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Libro N° 9793. El Sistema De La Naturaleza; O, Las Leyes Del Mundo Moral Y Físico. Parte II. Thiery, Paul Henri (Barón de Holbach)

Guillermo Molina Miranda enero 12, 2026

 


© Libro N° 9793. El Sistema De La Naturaleza; O, Las Leyes Del Mundo Moral Y Físico. Parte II. Thiery, Paul Henri (Barón de Holbach)  Emancipación. Abril 9 de 2022.

 

Título original: ©  El Sistema De La Naturaleza; O, Las Leyes Del Mundo Moral Y Físico. Parte I. Paul Henri Thiery (Barón de Holbach)

 

Versión Original: © El Sistema De La Naturaleza; O, Las Leyes Del Mundo Moral Y Físico. Parte I. Paul Henri Thiery (Barón de Holbach)

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EL SISTEMA DE LA NATURALEZA; O, LAS LEYES DEL MUNDO MORAL Y FÍSICO

Paul Henri Thiery

(Barón de Holbach)

Parte II

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Sistema De La Naturaleza; O, Las Leyes Del Mundo Moral Y Físico Paul Henri Thiery

(Barón de Holbach)

Parte II

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL SISTEMA DE LA NATURALEZA, VOLUMEN II,

o,

LAS LEYES DEL MUNDO MORAL Y FISICO.

 

Por Paul Henri Thiery (Barón D'Holbach)

 

traducido del original francés de M. De Mirabaud

 

NOTAS DE PRODUCCIÓN: Publicado por primera vez en francés en 1770 bajo el seudónimo de Mirabaud. Este libro electrónico se basa en una reimpresión facsímil de una traducción al inglés publicada originalmente entre 1820 y 1821. Este texto electrónico cubre el segundo de los dos volúmenes originales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

CONTENIDOS DETALLADOS

 

 

EL SISTEMA DE LA NATURALEZA DE MIRABAUD

 

 

PARTE II.

 

GORRA. I.

 

GORRA. II.

 

GORRA. tercero

 

GORRA. IV.

 

GORRA. v

 

GORRA. VI.

 

GORRA. VIII.

 

GORRA. VIII.

 

GORRA. IX.

 

GORRA. X.

 

GORRA. XI.

 

GORRA. XII.

 

GORRA. XIII.

 

GORRA. XIV.

 

 

[APÉNDICE DEL TRADUCTOR]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDOS DETALLADOS

 

PARTE II. De la Divinidad.—Pruebas de su existencia.—

De sus atributos.—De su influencia sobre la felicidad del hombre.

CAP. I. El origen de las ideas del hombre sobre la Divinidad.

CAP. II. De mitología.—De teología

CAP. tercero De las ideas confusas y contradictorias de la teología.

CAP. IV. Examen de las pruebas de la existencia de la Divinidad, tal como las

da Clarke.

CAP. V. Examen de las pruebas ofrecidas por Descartes, Malebranche,

Newton, &c.

CAP. VI. del panteísmo; o de las ideas naturales de la Divinidad.

CAP. VIII. Del teísmo—Del sistema del optimismo—De las causas finales

CAP. VIII. Examen de las ventajas que resultan de las

nociones del hombre sobre la divinidad; de su influencia sobre la moral; sobre la

política; sobre la ciencia; sobre la felicidad de las naciones y la de

los individuos.

CAP. IX. Las Nociones Teológicas no pueden ser la Base de la

Moralidad.—Comparación entre Ética Teológica y Moralidad Natural

—Teología perjudicial para la Mente Humana.

CAP. X. El hombre no puede sacar ninguna Conclusión de las Ideas que se le ofrecen

de la Divinidad.—De su falta de Inferencia justa.—De la Inutilidad de

su Conducta.

CAP. XI Defensa de los Sentimientos contenidos en esta Obra.—De

la Impiedad.—¿Existen Ateos?

CAP. XII. ¿Es compatible lo que se denomina Ateísmo con la Moralidad?

CAP. XIII. De los motivos que conducen a lo que falsamente se llama

Ateísmo.—¿Puede ser peligroso este Sistema?—¿Puede ser abrazado por los

Analfabetos?

CAP. XIV. Un resumen del Código de la Naturaleza.

Breve esbozo de la vida y los escritos del señor de Mirabaud

 

 

 

 

 

 

 

EL SISTEMA DE LA NATURALEZA DE MIRABAUD

Traducido del original por Samuel Wilkinson

 

 

 

 

 

 

 

PARTE II.

SOBRE LA DIVINIDAD:—PRUEBAS DE SU EXISTENCIA:—DE SUS ATRIBUTOS: DE SU INFLUENCIA SOBRE LA FELICIDAD DEL HOMBRE.

 

 

 

 

 

 

 

CAP. I.

El origen de las ideas del hombre sobre la divinidad.

Si el hombre tuviera el coraje, si tuviera la industria necesaria para recurrir a la fuente de aquellas opiniones que están grabadas más profundamente en su cerebro; si se dio cuenta fiel de las razones que le hacen tener estas opiniones como sagradas; si examinara con frialdad la base de sus esperanzas, la base de sus temores, encontraría que sucede con mucha frecuencia, que esos objetos, o esas ideas que lo conmueven más poderosamente, o no tienen existencia real, o son palabras sin significado, que el terror ha conjurado para explicar algún desastre repentino; que a menudo son fantasmas engendrados por una imaginación desordenada, modificada por la ignorancia; el efecto de una mente ardiente distraída por pasiones en pugna, que le impiden razonar con justicia o consultar la experiencia en su juicio; que esta mente trabaja a menudo con una precipitación que confunde sus facultades intelectuales; que desconcierta sus ideas; que, en consecuencia, da sustancia y forma a las quimeras, a las nadas aéreas, que luego idolatra por pereza, reverencia por prejuicio.

 

Un ser sensible colocado en una naturaleza donde cada parte está en movimiento, tiene varios sentimientos, ya sea como consecuencia de los efectos agradables o desagradables que está obligado a experimentar de esta acción y reacción continuas; en consecuencia, se encuentra feliz o miserable; según la calidad de las sensaciones excitadas en él, amará o temerá, buscará o huirá de las causas reales o supuestas de tan marcados efectos operados en su máquina. Pero si ignora la naturaleza, si carece de experiencia, con frecuencia se engañará a sí mismo en cuanto a estas causas; por falta de capacidad o inclinación para volver a ellos, no tendrá un conocimiento verdadero de su energía, ni una idea clara de su modo de actuar: así hasta que la experiencia reiterada haya formado sus ideas,

 

El hombre es un ser que no trae al mundo nada más que la capacidad de sentir de una manera más o menos viva según su organización individual: no tiene conocimiento innato de ninguna de las causas que actúan sobre él: poco a poco su facultad de el sentimiento le descubre sus diversas cualidades; aprende a juzgarlos; el tiempo lo familiariza con sus propiedades; les atribuye ideas, según la manera en que lo han afectado; estas ideas son correctas o no, en proporción a la solidez de su estructura orgánica: su juicio es defectuoso o no, según estos órganos estén bien o mal constituidos; en la medida en que sean competentes para proporcionarle una experiencia segura y reiterada.

 

Los primeros momentos del hombre están marcados por sus necesidades; es decir, el primer impulso que recibe es el de conservar su existencia; esto no lo podría sostener sin la concurrencia de muchas causas análogas: estas carencias en un ser sensible, se manifiestan por una languidez general, un hundimiento, una confusión en su máquina, que le da la conciencia de una sensación dolorosa: esto el trastorno subsiste, incluso aumenta, hasta que la causa adecuada para eliminarlo restablece la armonía tan necesaria para la existencia del cuerpo humano. La necesidad, por lo tanto, es el primer mal que experimenta el hombre; sin embargo, es un requisito para el mantenimiento de su existencia. Si no fuera por este trastorno de su cuerpo, que le obliga a proporcionar su remedio, no sería advertido de la necesidad de conservar la existencia que ha recibido. Sin necesidades el hombre sería una máquina insensible, semejante a un vegetal; así sería incapaz de conservarse; no sería competente para utilizar los medios necesarios para conservar su ser. A sus necesidades se deben atribuir sus pasiones; sus deseos; el ejercicio de sus funciones corporales; el juego de sus facultades intelectuales: son sus necesidades las que lo obligan a pensar; que determinan su voluntad, que lo inducen a actuar; es para satisfacerlas o más bien para poner fin a las sensaciones dolorosas que suscita su presencia, que según su capacidad, según la sensibilidad natural de su alma, según las energías que le son propias, da rienda suelta a sus facultades, ejerce la actividad de su fuerza corporal, o muestra los extensos poderes de su mente. Siendo sus necesidades perpetuas, está obligado a trabajar sin descanso, procurar objetos aptos para satisfacerlos. En una palabra, es debido a sus deseos multiplicados que la energía del hombre se mantiene en un estado de actividad continua: tan pronto como deja de tener deseos, cae en la inacción, se vuelve apático, decae en la apatía, se hunde en una languidez que es incómoda para sus sentimientos o perjudicial para su existencia: este estado letárgico de cansancio dura hasta que las nuevas necesidades, al darle una nueva actividad, despiertan sus facultades adormecidas, sacuden su estupor, reaniman su vigor y destruyen el la lentitud de la que se había convertido en presa.

 

From hence it will be obvious that evil is necessary to man; without it he would neither be in a condition to know that which injures him; to avoid its presence; or to seek his own welfare: without this stimulus, he would differ in nothing from insensible, unorganized beings: if those evanescent evils which he calls wants, did not oblige him to call forth his faculties, to set his energies in motion, to cull experience, to compare objects, to discriminate them, to separate those which have the capabilities to injure him, from those which possess the means to benefit him, he would be insensible to happiness—inadequate to enjoyment. In short, without evil man would be ignorant of good; he would be continually exposed to perish like the leaf on a tree. He would resemble an infant, who, destitute of experience, runs the risque of meeting his destruction at every step he takes, unguarded by his nurse. What the nurse is to the child, experience is to the adult; when either are wanting, these children of different lustres generally go astray: frequently encounter disaster. Without evil he would be unable to judge of any thing; he would have no preference; his will would be without volition, he would be destitute of passions; desire would find no place in his heart; he would not revolt at the most disgusting objects; he would not strive to put them away; he would neither have stimuli to love, nor motives to fear any thing; he would be an insensible automaton; he would no longer be a man.

 

If no evil had existed in this world, man would never have dreamt of those numerous divinities, to whom he has rendered such various modes of worship. If nature had permitted him easily to satisfy all his regenerating wants, if she had given him none but agreeable sensations, his days would have uninterruptedly rolled on in one perpetual uniformity; he would never have discovered his own nakedness; he would never have had motives to search after the unknown causes of things—to meditate in pain. Therefore man, always contented, would only have occupied himself with satisfying his wants; with enjoying the present, with feeling the influence of objects, that would unceasingly warn him of his existence in a mode that he must necessarily approve; nothing would alarm his heart; every thing would be analogous to his existence: he would neither know fear, experience distrust, nor have inquietude for the future: these feelings can only be the consequence of some troublesome sensation, which must have anteriorly affected him, or which by disturbing the harmony of his machine, has interrupted the course of his happiness; which has shewn him he is naked.

 

Independent of those wants which in man renew themselves every instant; which he frequently finds it impossible to satisfy; every individual experiences a multiplicity of evils—he suffers from the inclemency of the seasons—he pines in penury—he is infected with plague—he is scourged by war—he is the victim of famine—he is afflicted with disease—he is the sport of a thousand accidents, &c. This is the reason why all men are fearful; why the whole human race are diffident. The knowledge he has of pain alarms him upon all unknown causes, that is to say, upon all those of which he has not yet experienced the effect; this experience made with precipitation, or if it be preferred, by instinct, places him on his guard against all those objects from the operation of which he is ignorant what consequences may result to himself.

 

Su inquietud es proporcionada; sus temores van a la par de la magnitud del desorden que estos objetos le producen; se les mide por su rareza, es decir, por la inexperiencia que tiene de ellos; por la sensibilidad natural del alma; y por el ardor de su imaginación. Cuanto más ignorante está el hombre, cuanto menos experiencia tiene, más susceptible es al miedo; la soledad, la oscuridad de un bosque, el silencio y la oscuridad de la noche, las ruinas desoladas, el bramido del viento, los ruidos repentinos y confusos, son objeto de terror para todos los que no están acostumbrados a estas cosas. El ignorante es un niño al que todo asombra; que tiembla ante todo lo que encuentra: sus alarmas desaparecen, sus temores disminuyen, su mente se calma, en la medida en que la experiencia lo familiariza, más o menos, con los efectos naturales; sus temores cesan por completo, en cuanto comprende, o cree comprender, las causas que actúan; o cuando sabe evitar sus efectos. Pero si no puede penetrar en las causas que lo perturban, si no puede descubrir los agentes por los cuales sufre, si no puede hallar a qué atribuir la confusión que experimenta, su inquietud aumenta; sus temores se redoblan; su imaginación lo desvía; exagera su maldad; pinta desordenadamente estos desconocidos objetos de su terror; magnifica sus poderes; luego, haciendo una analogía entre ellos y esos objetos terribles, con los que ya está familiarizado, se sugiere a sí mismo los medios que suele tomar para mitigar su ira; para conciliar su bondad; emplea medidas similares para ablandar la ira, para desarmar el poder, para conjurar los efectos de la causa oculta que da origen a sus inquietudes, que lo llena de ansiedad, que alarma sus miedos. Es así que su debilidad, ayudada por la ignorancia, lo vuelve supersticioso.

 

Hay muy pocos hombres, incluso en nuestros días, que hayan estudiado suficientemente la naturaleza, que estén plenamente informados de las causas físicas o de los efectos que necesariamente deben producir. Esta ignorancia, sin duda, fue mucho mayor en las edades más remotas del mundo, cuando la mente humana, aún en su infancia, no había recogido esa experiencia, tomado esa expansión, dado esos pasos hacia el perfeccionamiento, que distingue el presente del presente. pasado. Salvajes dispersos, erráticos, escasamente dispersos arriba y abajo, conocían el curso de la naturaleza muy imperfectamente o nada en absoluto; solo la sociedad perfecciona el conocimiento humano: requiere esfuerzos no solo multiplicados sino combinados para desentrañar los secretos de la naturaleza. Concedido esto, todas las causas naturales eran misterios para nuestros antepasados ​​errantes; toda la naturaleza era para ellos un enigma; todo su fenómeno fue maravilloso, todo acontecimiento inspiraba terror a los seres desprovistos de experiencia; casi todo lo que vieron debe haberles parecido extraño, inusual, contrario a su idea del orden de las cosas.

 

No puede entonces dar motivo de sorpresa si contemplamos a los hombres en la actualidad temblando ante la vista de los objetos que en otro tiempo llenaron de consternación a sus padres. Eclipse, cometas, meteoros, fueron, en los días antiguos, temas de alarma para todas las personas de la tierra: estos efectos, tan naturales a los ojos del filósofo sensato, que poco a poco ha sondeado sus verdaderas causas, tienen sin embargo el derecho, poseen el poder, para alarmar a los más numerosos, excitar los temores de la parte menos instruida de las naciones modernas. La gente de hoy, así como sus ignorantes antepasados, encuentran algo maravilloso, creen que hay una agencia sobrenatural en todos esos objetos a los que sus ojos no están acostumbrados; consideran maravillosas todas aquellas causas desconocidas, que actúan con una fuerza de la que su mente no tiene idea si es posible que sean capaces los agentes conocidos. Los ignorantes ven maravillas prodigios, milagros, en todos aquellos efectos sorprendentes de los que no pueden darse cuenta satisfactoriamente; todas las causas que las producen las creen sobrenaturales ; esto, sin embargo, en realidad no implica nada más que no les son familiares, o que no han presenciado hasta ahora agentes naturales, cuya energía estaba a la altura de la producción de efectos tan raros, tan asombrosos, como aquellos con los que su vista ha sido vista. horrorizado

 

Además de los fenómenos ordinarios de que fueron testigos las naciones sin ser competentes para desentrañar las causas, han experimentado en tiempos muy lejanos a los nuestros calamidades, generales o locales, que las llenaron de la más cruel inquietud; lo que los sumió en un abismo de consternación. Las tradiciones de todos los pueblos, los anales de todas las naciones, recuerdan, incluso en este día, acontecimientos melancólicos, desastres físicos, catástrofes espantosas, que tuvieron el efecto de sembrar el terror universal entre nuestros antepasados, pero cuando la historia guarde silencio sobre estas estupendas revoluciones , ¿no sería suficiente nuestra propia reflexión sobre lo que pasa bajo nuestros ojos para convencernos de que todas las partes de nuestro globo han sido, y siguiendo el curso de las cosas, serán necesariamente de nuevo violentamente agitadas, volcadas, cambiadas, desbordadas, en estado de conflagración? Vastos continentes han sido inundados, los mares rompiendo sus límites han usurpado el dominio de la tierra; retirándose al fin, estas aguas han dejado llamativas, pruebas de su presencia, por los vestigios marinos de conchas, esqueletos de peces marinos, etc. que el observador atento encuentra a cada paso, en las entrañas de esos países fértiles que ahora habitamos, fuegos subterráneos han abierto para sí los volcanes más espantosos, cuyos cráteres frecuentemente arrojan destrucción por todos lados. En resumen, los elementos desatados, se han disputado en varios tiempos entre sí el imperio de nuestro globo; esto exhibe evidencia del hecho, por esos vastos montones de restos, esas estupendas ruinas esparcidas sobre su superficie. ¿Cuáles, entonces, deben haber sido los temores de la humanidad, ¿Quién en aquellos países creyó contemplar a toda la naturaleza armada contra su paz, amenazando con destruir su misma morada? ¿Cuál debe haber sido la inquietud de un pueblo así desprovisto, que se imaginaba ver a la naturaleza trabajando cruelmente para su aniquilación? Quien contempló un mundo listo para ser estrellado en átomos; que fue testigo de cómo la tierra se partía repentinamente; ¿Qué abismo abierto fue la tumba de grandes ciudades, provincias enteras, naciones enteras? ¿Qué ideas deben formarse los mortales, así abrumados por el terror, de la causa irresistible que podría producir efectos tan extensos? Sin duda, no atribuyeron estas calamidades de amplia difusión a la naturaleza; ni concibieron que fueran meras causas físicas; no podían sospechar que ella era la autora, la cómplice de la confusión que ella misma vivía; no vieron que estas tremendas revoluciones, estos abrumadores desórdenes, eran el resultado necesario de sus leyes inmutables; que contribuyeron al orden general por el cual ella subsiste; que, de hecho, no había nada más sorprendente en la inundación de grandes porciones de la tierra, en la deglución de toda una nación, en una conflagración volcánica que sembraba la destrucción en provincias enteras, que en una piedra que cae a tierra , o la muerte de una mosca; que cada uno tiene igualmente su resorte en la necesidad de las cosas. en tragarse a toda una nación, en una conflagración volcánica esparciendo destrucción sobre provincias enteras, que en una piedra que cae a tierra, o en la muerte de una mosca; que cada uno tiene igualmente su resorte en la necesidad de las cosas. en tragarse a toda una nación, en una conflagración volcánica esparciendo destrucción sobre provincias enteras, que en una piedra que cae a tierra, o en la muerte de una mosca; que cada uno tiene igualmente su resorte en la necesidad de las cosas.

 

Fue bajo estas asombrosas circunstancias, que las naciones, bañadas en las más amargas lágrimas, perplejas con las más espantosas visiones, electrizadas de terror, sin creer que existieran en esta mundana bola, causas suficientemente poderosas para operar los gigantescos fenómenos que llenaron sus mentes de consternación, llevaron sus ojos llorosos hacia el cielo, donde sus trémulos temores los llevaron a suponer que estos agentes desconocidos, cuya enemistad no provocada destruyó, su felicidad terrenal, solo podrían residir.

 

Fue en el regazo de la ignorancia, en la estación de la alarma, en el seno de la calamidad, que la humanidad formó sus primeras nociones de la Divinidad .. Por lo tanto, es obvio que sus ideas sobre este tema son de sospecha, que sus nociones son en gran medida falsas, que siempre afligen. De hecho, en cualquier parte de nuestra esfera que pongamos nuestros ojos, ya sea en los climas helados del norte, en las regiones tórridas del sur o en las zonas más templadas, vemos en todas partes a la gente cuando es asaltada por desgracias, o se han hecho dioses nacionales, o bien han adoptado los que les han dado sus conquistadores; ante estos seres, ya sea de su propia creación o adopción, se han postrado temblando en la hora de la calamidad, solicitando alivio; han atribuido ignorantemente a bloques de piedra, oa hombres como ellos, aquellos efectos naturales que estaban más allá de su comprensión; los habitantes de muchas naciones, no contento con los dioses nacionales, se hizo cada uno uno o más dioses, que suponía presidían exclusivamente sobre su propia casa, de los que suponía derivaba su propia felicidad peculiar, a los que atribuía todas sus desgracias domésticas. La idea de estos poderosos agentes, estos supuestos distribuidores del bien y del mal, estuvo siempre asociada a la del terror; su nombre nunca fue pronunciado sin recordar al viento del hombre sus propias calamidades particulares o las de sus padres. En muchos lugares el hombre tiembla en este día, porque sus progenitores han temblado durante miles de años pasados. El pensamiento de sus dioses despertaba siempre en el hombre las ideas más aflictivas. Si recurrió a la fuente de sus miedos reales, al comienzo de esas impresiones melancólicas que se graban en su mente cuando se anuncia su nombre, lo encontraría en las conflagraciones, en las revoluciones, en esos extensos desastres, que en diversas épocas han destruido grandes porciones de la raza humana; que sobrecogió de espanto a aquellos seres miserables que escaparon de la destrucción de la tierra; éstos al transmitir a la posteridad, la tradición de tan aflictivos hechos, también le han transmitido a él sus temores; han entregado a sus sucesores aquellas lúgubres ideas que su aturdida imaginación, unida a su bárbara ignorancia de las causas naturales, les había formado de la ira de sus irritados dioses, a los cuales su alarma atribuía falsamente estos arrolladores desastres. que sobrecogió de espanto a aquellos seres miserables que escaparon de la destrucción de la tierra; éstos al transmitir a la posteridad, la tradición de tan aflictivos hechos, también le han transmitido a él sus temores; han entregado a sus sucesores aquellas lúgubres ideas que su aturdida imaginación, unida a su bárbara ignorancia de las causas naturales, les había formado de la ira de sus irritados dioses, a los cuales su alarma atribuía falsamente estos arrolladores desastres. que sobrecogió de espanto a aquellos seres miserables que escaparon de la destrucción de la tierra; éstos al transmitir a la posteridad, la tradición de tan aflictivos hechos, también le han transmitido a él sus temores; han entregado a sus sucesores aquellas lúgubres ideas que su aturdida imaginación, unida a su bárbara ignorancia de las causas naturales, les había formado de la ira de sus irritados dioses, a los cuales su alarma atribuía falsamente estos arrolladores desastres.

 

Si los dioses de las naciones tuvieron su nacimiento en el seno de la alarma, fue nuevamente en el de la desesperación que cada individuo formó el poder desconocido que hizo exclusivamente para sí mismo. Ignorante de las causas físicas, sin experiencia en su modo de acción, desacostumbrado a sus efectos, cada vez que experimentaba una desgracia grave, cada vez que se veía afligido por una sensación dolorosa, no sabía cómo explicarla; por lo tanto, lo atribuyó a los dioses de su hogar, a quienes hizo una súplica inmediata de asistencia, o más bien, de paciencia para futuras aflicciones: esta disposición en el hombre ha sido finamente descrita por Esopo en su fábula de "el Carretillero y Hércules". El movimiento que en desprecio de sí mismo se excitó en su máquina, sus enfermedades, sus apuros, sus pasiones, su inquietud, las dolorosas alteraciones que sufría su cuerpo, sin que pudiera sondear las verdaderas causas; finalmente, la muerte, cuyo aspecto es tan formidable para un ser fuertemente apegado a la existencia, eran efectos que él consideraba sobrenaturales, o bien los concebía como repugnantes a su naturaleza real; los atribuía a alguna causa poderosa, que magraba todos sus esfuerzos, disponía de él en cada momento. Así, paralizado por la alarma, entorpecido por el terror, meditó pensativo en sus penas; agitado por el miedo, buscó medios para evitar las calamidades que lo amenazaban con la destrucción; su imaginación, así desesperada por su resistencia a los males que consideraba inevitables, le formó esos fantasmas que llamó dioses; ante quien tembló por la conciencia de su propia debilidad; así dispuesto, se esforzó por postrarse, por sacrificios, por oraciones, para desarmar la ira de estos seres imaginarios a los que su inquietud había dado a luz; a quien ignorantemente imaginaba como la causa de su miseria, a quien su fantasía le pintaba como dotado del poder de aliviar sus sufrimientos: fue así en la extremidad de su pena, en la exacerbación de su mente, agobiada por la desgracia, aquel desdichado forjó aquellas quimeras que lo llenaron de las ideas más lúgubres, que transmitió a su posteridad, como el medio más seguro de evitar los males a que él mismo había sido sometido.

 

El hombre nunca juzga de aquellos objetos que ignora, sino por medio de aquellos que están dentro de su conocimiento: así el hombre, tomándose a sí mismo por modelo, atribuyó voluntad, inteligencia, diseño, proyectos, pasiones; en una palabra, cualidades análogas a las suyas, a todas aquellas causas desconocidas cuya acción experimentó. Tan pronto como una causa visible o supuesta le afecta de una manera agradable, o de un modo favorable a su existencia, concluye que es buena, que está bien intencionada para con él: por el contrario, juzga malas todas aquellas en su naturaleza, mal dispuesta, tener la intención de dañarlo, lo que le causa sensaciones dolorosas. Atribuye puntos de vista, planes, un sistema de conducta como el suyo, a todo lo que a sus ideas limitadas parece producir por sí mismo efectos relacionados; actuar con regularidad; operar constantemente de la misma manera; que uniformemente produce las mismas sensaciones en su propia persona. De acuerdo con estas nociones, que siempre toma prestadas de sí mismo, de su propio modo de acción peculiar, o ama o teme los objetos que lo han afectado; en consecuencia, se acerca a ellos con confianza o timidez; los busca o huye de ellos en proporción a que los sentimientos que han despertado sean placenteros o dolorosos. Habiendo viajado hasta aquí, ahora se dirige a ellos; invoca su ayuda; ora a ellos por socorro; los conjura para que cesen sus aflicciones; dejar de atormentarlo; como se encuentra sensible a los regalos, complacido con la sumisión, trata de ganarlos para sus intereses por la humillación, por los sacrificios; ejerce hacia ellos la hospitalidad que él mismo ama; les da asilo; les edifica una morada; les proporciona ropa costosa; hace humear sus altares con manjares deliciosos; ofrece a su aceptación las primeras flores de la primavera; los mejores frutos del otoño; el rico grano del verano; en resumen, les presenta todas aquellas cosas que cree que les agradarán más, porque él mismo les da el mayor valor. Estas disposiciones nos permiten dar cuenta de la formación de dioses tutelares, de lares, de larvas, que cada hombre se hace a sí mismo en las naciones salvajes y sin pulir. Así percibimos que los débiles mortales supersticiosos, ignorantes de la verdad, carentes de experiencia, consideran como árbitros de su destino, dispensadores del bien y del mal, a los animales, a las piedras, a las sustancias inanimadas y sin forma, que el esfuerzo de sus acaloradas imaginaciones transforman en dioses. , a quienes invisten de inteligencia,

 

Otra disposición que sirve para engañar al hombre salvaje, y que engañará igualmente a aquellos a quienes la razón no aclare sobre estos asuntos, es su apego a los presagios; o la concurrencia fortuita de ciertos efectos, con causas que no los han producido; la coexistencia de estos efectos con ciertas causas, que no tienen la menor relación con ellos, ha descarriado con frecuencia a seres muy inteligentes; naciones que se consideraban muy ilustradas; que han sido reacios o incapaces de separar el uno del otro: así el salvaje atribuye generosidad o la voluntad de prestarle servicio, a cualquier objeto, ya sea animado o inanimado, como una piedra de cierta forma, una roca, una montaña , un árbol, una serpiente, un búho, etc. si cada vez que encuentra estos objetos en una determinada posición, si sucediera que tiene más éxito de lo normal en la caza, que captura una cantidad inusual de pescado, que obtiene la victoria en la guerra, o que emprende cualquier empresa que pueda emprender en ese momento: lo mismo salvaje será igualmente gratuito en atribuir la malicia, la maldad, la determinación de herirlo, ya sea al mismo objeto en una posición diferente, o a cualquier otro en una postura dada, de qué manera se han encontrado sus ojos en los días en que habrá sufrido algún grave accidente, ha sido muy infructuoso en sus empresas, desafortunado en el azar, decepcionado en su trago de pescado: incapaz de razonar, conecta estos efectos con causas, que la reflexión lo convencería de que no tienen nada en común entre sí; que se deben enteramente a causas físicas, a circunstancias necesarias, sobre las que ni él ni sus presagios tienen el menor control: sin embargo, le resulta mucho más fácil atribuirlas a estas causas imaginarias; él por lo tantodeificaellos; los mira como sus ángeles guardianes, o bien como sus enemigos más empedernidos. Habiéndolos investido de poderes sobrenaturales, se vuelve ansioso por explicarse a sí mismo su modo de acción; su amor propio le impide buscar en otra parte el modelo: así les asigna todos aquellos motivos que lo mueven a él mismo; los dota de pasiones; les da designio-inteligencia-voluntad-imagina que pueden dañarlo o beneficiarlo, ya que puede hacerlos propicios o no a sus puntos de vista: termina adorándolos; con pagarles honores divinos; los nombra sacerdotes; o al menos siempre los consulta antes de emprender cualquier objeto de momento: tal es su influencia, que si se ponen en la mala posición, dejará de lado la empresa más importante. El salvaje en esto nunca es más que un niño, que está enojado con el objeto que le desagrada; como el perro que roe la piedra que lo hirió, sin volver a la mano que la arrojó.

 

Tal es el fundamento de la fe del hombre, tanto en los presagios felices como en los infelices: desprovisto de experiencia, no acostumbrado a razonar con precisión, temeroso de invocar la evidencia de la verdad, los mira como dioses mismos o como advertencias dadas por él. sus otros dioses, a los que atribuye las facultades de sagacidad y previsión, de las que él mismo carece miserablemente. La ignorancia, cuando se ve envuelta en un desastre, cuando se sumerge en un problema, cree una piedra, un reptil, un pájaro, mucho mejor instruido que él mismo. La escasa observación del ignorante sólo sirve para volverlo más supersticioso; ve ciertos pájaros anunciar con su vuelo, con sus gritos, ciertos cambios en el tiempo, como el frío, el calor, la lluvia, las tormentas; él contempla en ciertos períodos, surgen vapores del fondo de algunas cavernas en particular? no se necesita nada más para inculcarle la creencia de que estos seres poseen el conocimiento de eventos futuros; disfruta de los dones de la profecía: los mira como agentes sobrenaturales, empleados por sus dioses: es así como se convierte en el embaucador de su propia credulidad.

 

Si poco a poco la verdad relampaguea ocasionalmente en su mente, la experiencia y la reflexión llegan a desengañarlo, respecto del poder, la inteligencia, las virtudes que realmente residen en estos objetos; al menos los supone puestos en actividad por algún secreto, alguna causa oculta; que son los instrumentos empleados por algún agente invisible, que es amigo o enemigo de su bienestar. A este agente oculto, por lo tanto, se dirige él mismo; le paga sus votos; implora su ayuda; desprecia su ira; busca propiciarle a sus intereses; está dispuesto a suavizar su ira; para este propósito emplea los mismos medios de los que se vale, ya sea para apaciguar o ganar a los seres de su propia especie.

 

Las sociedades en su origen, viéndose frecuentemente afligidas por la naturaleza, supusieron que los elementos, o los poderes ocultos que las regulaban, poseían una voluntad, puntos de vista, necesidades, deseos similares a los suyos. De ahí, los sacrificios imaginados para nutrirlos; las libaciones derramadas sobre ellos; los vapores, el incienso para complacer sus nervios olfativos. Su superstición los llevó a creer que estos elementos o sus motores irritados debían ser aplacados como el hombre irritado, con oraciones, humillaciones, regalos. Su imaginación fue saqueada para descubrir los regalos que serían más aceptables a sus ojos; para averiguar las oblaciones que serían más agradables, los sacrificios que más seguramente propiciarían su bondad: como éstos no daban a conocer sus inclinaciones, el hombre discrepaba con su prójimo sobre las más convenientes; cada uno siguió su propia disposición; o más bien cada uno ofreció lo que era más estimable a sus propios ojos; de ahí surgieron diferencias para nunca reconciliarse, las más amargas animosidades; las aversiones más invencibles; ¡los celos más destructivos! Así, unos trajeron los frutos de la tierra, otros ofrecieron gavillas de maíz: algunos esparcieron flores sobre sus templos; algunos los adornaban con las joyas más costosas; algunos los servían con carnes; otros sacrificaron corderos, novillas, toros; al fin tal era su delirio, tal el desvarío de sus imaginaciones, que manchaban sus altares con sangre humana, hacían oblaciones de niños pequeños vírgenes inmoladas, para apaciguar la ira de estas supuestas deidades. las aversiones más invencibles; ¡los celos más destructivos! Así, unos trajeron los frutos de la tierra, otros ofrecieron gavillas de maíz: algunos esparcieron flores sobre sus templos; algunos los adornaban con las joyas más costosas; algunos los servían con carnes; otros sacrificaron corderos, novillas, toros; al fin tal era su delirio, tal el desvarío de sus imaginaciones, que manchaban sus altares con sangre humana, hacían oblaciones de niños pequeños vírgenes inmoladas, para apaciguar la ira de estas supuestas deidades. las aversiones más invencibles; ¡los celos más destructivos! Así, unos trajeron los frutos de la tierra, otros ofrecieron gavillas de maíz: algunos esparcieron flores sobre sus templos; algunos los adornaban con las joyas más costosas; algunos los servían con carnes; otros sacrificaron corderos, novillas, toros; al fin tal era su delirio, tal el desvarío de sus imaginaciones, que manchaban sus altares con sangre humana, hacían oblaciones de niños pequeños vírgenes inmoladas, para apaciguar la ira de estas supuestas deidades.

 

Los ancianos, por tener la mayor experiencia, solían encargarse de la conducción de estas ofrendas de paz, de donde proviene el nombre SACERDOTE; [letras griegas], presbos, en griego significa anciano. Estos los acompañaban con ceremonias, instituían ritos, usaban precauciones consultando presagios; adoptaron formalidades, devolvieron a sus conciudadanos las nociones que les transmitieron sus antepasados; recogieron las observaciones hechas por sus antepasados; repitieron las fábulas que habían recibido; comentarios añadidos propios; súplicas adjuntas a los ídolos en cuyo santuario estaban sacrificando. Así se estableció el orden sacerdotal; así se estableció ese culto público; gradualmente cada comunidad formó un cuerpo de principios para ser observados por los ciudadanos; estos fueron transmitidos de raza en raza; considerados sagrados por reverencia a sus padres; al final, se consideró un sacrilegio dudar de estas pandectas en cualquier particular; incluso los errores, que se habían deslizado en ellos con el tiempo, fueron contemplados con temor reverencial; el que se atrevía a razonar sobre ellos, era visto como un enemigo de la comunidad; como uno cuya impiedad atrajo sobre ellos la venganza de estos seres adorados, a los que sólo la imaginación había dado a luz; no contentos con adoptar los ritos, con seguir las ceremonias inventadas por ellos mismos, una comunidad hacía la guerra a otra, para obligarla a recibir sus credos particulares; que los viejos que los regían, declaraban que les ganarían infaliblemente el favor de sus deidades tutelares: así muchas veces para conciliar su favor, el partido victorioso inmolaba en los altares de sus dioses, los cuerpos de sus desdichados cautivos; con frecuencia llevaron su barbarie salvaje hasta el extremo de exterminar naciones enteras, que adoraban dioses diferentes de los suyos: así sucedía con frecuencia, que los amigos de la serpiente, cuando victoriosos, cubrieron sus altares con los cadáveres destrozados de los adoradores de la piedra, a quienes la fortuna de la guerra había puesto en sus manos: tales eran los informes, los elementos precarios de los que las naciones rudas en todas partes aprovecharon ellos mismos para componer sus supersticiones: siempre fueron un sistema de conducta inventado por la imaginación: concebido en la ignorancia, organizado en la desgracia, para hacer que los poderes desconocidos, a los que creían que la naturaleza estaba sometida, fueran favorables a sus puntos de vista, o para inducirlos. para cesar aquellas aflicciones que las causas naturales, para los propósitos más sabios, estaban acumulando continuamente sobre ellos; así, algún ser irascible, a la vez apacible, fue elegido siempre como base de la superstición adoptada; fue sobre estos principios pueriles, sobre estas nociones absurdas, que los ancianos o los sacerdotes descansaron sus doctrinas; fundaron sus derechos; establecieron su autoridad: fue para hacer que estos seres fantasiosos fueran amistosos con la raza humana, que erigieron templos, levantaron altares, los llenaron de riqueza; en fin, fue de tan rudos cimientos, que surgió la magnífica estructura de la superstición; bajo las cuales tembló el hombre durante miles de años: que rigió la condición de la sociedad, que determinó las acciones de las personas, dio el tono al carácter, inundó la tierra con sangre, durante tan larga serie de edades. Pero aunque estas supersticiones fueron originalmente inventadas por salvajes, todavía tienen el poder de regular el destino de muchas naciones civilizadas, que no son menos tenaces con sus quimeras que sus rudos progenitores. Estos sistemas, tan ruinosos en sus principios, han sido diversamente modificados por la mente humana, de la cual es la esencia, para trabajar incesantemente en objetos desconocidos; siempre comienza atribuyéndoles una importancia de primer orden, que luego nunca se atreve a examinar con frialdad.

 

Tal fue el curso de la imaginación del hombre, en las ideas sucesivas que se formó a sí mismo, o que recibió de sus padres, sobre la divinidad. La primera teología del hombre se basaba en el miedo, modelada por la ignorancia: afligido o beneficiado por los elementos, adoraba a estos mismos elementos; por una paridad de razonamiento, si se le puede llamar razonamiento, extendió su reverencia a todo objeto material, basto; luego rindió homenaje a los agentes que supuso presidían estos elementos; a poderosos genios; a los genios inferiores; a los héroes; a los hombres dotados de grandes o llamativas cualidades. El tiempo, ayudado por la reflexión, con aquí y allá una leve corruscación de la verdad, lo indujo en algunos lugares a abandonar sus ideas originales; creyó simplificar la cosa disminuyendo el número de sus dioses, pero nada consiguió con esto para llegar a la verdad; al pasar de causa en causa el hombre acabó por perder de vista todas las cosas; en esta oscuridad, en este tenebroso abismo, su mente aún trabajaba, formó nuevas quimeras, hizo nuevos dioses, o más bien formó una complejísima maquinaria; sin embargo, como antes, cada vez que no podía dar cuenta de algún fenómeno que golpeaba su vista, no estaba dispuesto a atribuirlo a causas físicas; y el nombre de su divinidad, cualquiera que fuera, siempre se mencionaba para suplir su propia ignorancia de las causas naturales. como antes, cada vez que no podía dar cuenta de algún fenómeno que golpeaba su vista, no estaba dispuesto a atribuirlo a causas físicas; y el nombre de su divinidad, cualquiera que fuera, siempre se mencionaba para suplir su propia ignorancia de las causas naturales. como antes, cada vez que no podía dar cuenta de algún fenómeno que golpeaba su vista, no estaba dispuesto a atribuirlo a causas físicas; y el nombre de su divinidad, cualquiera que fuera, siempre se mencionaba para suplir su propia ignorancia de las causas naturales.

 

Si se hiciera un recuento fiel de las ideas del hombre sobre la Divinidad, se vería obligado a reconocer que, en su mayor parte, la palabra Diosesse ha utilizado para expresar las causas ocultas, remotas y desconocidas de los efectos que presenció; que aplica este término cuando el manantial de lo natural, la fuente de las causas conocidas, deja de ser visible: tan pronto como pierde el hilo de estas causas, o tan pronto como su mente ya no puede seguir la cadena, resuelve la dificultad, termina su investigación, atribuyéndola a sus dioses; dando así una vaga definición a una causa desconocida, en la que o su ociosidad, o su limitado conocimiento, le obligan a detenerse. Cuando, por lo tanto, atribuye a sus dioses la producción de algún fenómeno, la novedad o la extensión del cual lo asombra, pero cuya ignorancia le impide desentrañar la verdadera causa, o cree que los poderes naturales con los que está es conocido son inadecuados para dar a luz; ¿Él, de hecho, hacer algo más que sustituir la oscuridad de su propia mente, un sonido al que se ha acostumbrado a escuchar con reverencia reverencial? Puede decirse que la ignorancia es la herencia de la generalidad de los hombres; éstos atribuyen a sus dioses no sólo los efectos extraordinarios que estallan en sus sentidos con una fuerza asombrosa, sino también los eventos más simples, cuyas causas son las más fáciles de conocer para cualquiera que esté dispuesto a meditar sobre ellas. En fin, el hombre siempre ha respetado esas causas desconocidas, esos efectos sorprendentes que su ignorancia le impedía sondear. éstos atribuyen a sus dioses no sólo los efectos extraordinarios que estallan en sus sentidos con una fuerza asombrosa, sino también los eventos más simples, cuyas causas son las más fáciles de conocer para cualquiera que esté dispuesto a meditar sobre ellas. En fin, el hombre siempre ha respetado esas causas desconocidas, esos efectos sorprendentes que su ignorancia le impedía sondear. éstos atribuyen a sus dioses no sólo los efectos extraordinarios que estallan en sus sentidos con una fuerza asombrosa, sino también los eventos más simples, cuyas causas son las más fáciles de conocer para cualquiera que esté dispuesto a meditar sobre ellas. En fin, el hombre siempre ha respetado esas causas desconocidas, esos efectos sorprendentes que su ignorancia le impedía sondear.

 

But does this afford us one single, correct idea of the Divinity? Can it be possible we are acting rationally, thus eternally to make him the agent of our stupidity, of our sloth, of our want of information on natural causes? Do we, in fact, pay any kind of adoration to this being, by thus bringing him forth on every trifling occasion, to solve the difficulties ignorance throws in our way? Of whatever nature this great cause of causes may be, it is evident to the slightest reflection that he has been sedulous to conceal himself from our view; that he has rendered it impossible for us to have the least acquaintance with him, except through the medium of nature, which he has unquestionably rendered competent to every thing: this is the rich banquet spread before man; he is invited to partake, with a welcome he has no right to dispute; to enjoy therefore is to obey; to be happy is to render that worship which must make him most acceptable; to be happy himself is to make others happy; to make others happy is to be virtuous; to be virtuous he must revere truth: to know what truth is, he must examine with caution, scrutinize with severity, every opinion he adopts: this granted, is it at all consistent with the majesty of the Divinity, is it not insulting to such a being to clothe him with our wayward passions; to ascribe to him designs similar to our narrow view of things; to give him our filthy desires; to suppose he can be guided by our finite conceptions; to bring him on a level with frail humanity, by investing him with our qualities, however much we may exaggerate them; to indulge an opinion that he can either act or think as we do; to imagine he can in any manner resemble such a feeble play-thing, as is the greatest, the most distinguished man? No! it is to degrade him in the eye of reason; to violate every regard for truth; to set moral decency at defiance; to fall back into the depth of cimmerian darkness. Let man therefore sit down cheerfully to the feast; let him contentedly partake of what he finds; but let him not worry the Divinity with his useless prayers, with his shallow-sighted requests, to solicit at his hands that which, if granted, would in all probability be the most injurious for himself; these supplications are, in fact, at once to say, that with our limited experience, with our slender knowledge, we better understand what is suitable to our condition, what is convenient to our welfare, than the mighty Cause of all causes who has left us in the hands of nature: it is to be presumptuous in the highest degree of presumption; it is impiously to endeavour to lift up a veil which it is evidently forbidden man to touch; that even his most strenuous efforts attempt in vain.

 

It remains, then, to inquire, if man can reasonably flatter himself with obtaining a perfect knowledge of the power of nature; of the properties of the beings she contains; of the effects which may result from their various combinations? Do we know why the magnet attracts iron? Are we better acquainted with the cause of polar attraction? Are we in a condition to explain the phenomena of light, electricity, elasticity? Do we understand the mechanism by which that modification of our brain, which we tall volition, puts our arm or our legs into motion? Can we render to ourselves an account of the manner in which our eyes behold objects, in which our ears receive sounds, in which our mind conceives ideas? All we know upon these subjects is, that they are so. If then we are incapable of accounting for the most ordinary phenomena, which nature daily exhibits to us, by what chain of reasoning do we refuse to her the power of producing other effects equally incomprehensible to us? Shall we be more instructed, when every time we behold an effect of which we are not in a capacity to develope the cause, we may idly say, this effect is produced by the power, by the will of God? Undoubtedly it is the great Cause of causes must have produced every thing; but is it not lessening the true dignity of the Divinity, to introduce him as interfering in every operation of nature; nay, in every action of so insignificant a creature as man? As a mere agent executing his own eternal, immutable laws; when experience, when reflection, when the evidence of all we contemplate, warrants the idea, that this ineffable being has rendered nature competent to every effect, by giving her those irrevocable laws, that eternal, unchangeable system, according to which all the beings she contains must eternally act? Is it not more worthy the exalted mind of the GREAT PARENT OF PARENTS, ens entium, more consistent with truth, to suppose that his wisdom in giving these immutable, these eternal laws to the macrocosm, foresaw every thing that could possibly be requisite for the happiness of the beings contained in it; that therefore he left it to the invariable operation of a system, which never can produce any effect that is not the best possible that circumstances however viewed will admit: that consequently the natural activity of the human mind, which is itself the result of this eternal action, was purposely given to man, that he might endeavour to fathom, that he might strive to unravel, that he might seek out the concatenation of these laws, in order to furnish remedies against the evils produced by ignorance. How many discoveries in the great science of natural philosophy has mankind progressively made, which the ignorant prejudices of our forefathers on their first announcement considered as impious, as displeasing to the Divinity, as heretical profanations, which could only be expiated by the sacrifice of the enquiring individuals; to whose labour their posterity owes such an infinity of gratitude? Even in modern days we have seen a SOCRATES destroyed, a GALLILEO condemned, whilst multitudes of other benefactors to mankind have been held in contempt by their uninformed cotemporaries, for those very researches into nature which the present generation hold in the highest veneration. Whenever ignorant priests are permitted to guide the opinions of nations, science can make but a very slender progress: natural discoveries will be always held inimical to the interest of bigotted superstitious men. It may, to the minds of infatuated mortals, to the shallow comprehension of prejudiced beings, appear very pious to reply on every occasion our gods do this, our gods do that; but to the contemplative philosopher, to the man of reason, to the real adorers of the great Cause of causes, it will never be convincing, that a sound, a mere word, can attach the reason of things; can have more than a fixed sense; can suffice to explain problems. The word GOD is for the most part used to denote the impenetrable cause of those effects which astonish mankind; which man is not competent to explain. But is not this wilful idleness? Is it not inconsistent with our nature? Is it not being truly impious, to sit down with those fine faculties we have received, and give the answer of a child to every thing we do not understand; or rather which our own sloth, or our own want of industry has prevented us from knowing? Ought we not rather to redouble our efforts to penetrate the cause of those phenomena which strike our mind? Is not this, in fact, the duty we owe to the great, the universal Parent? When we have given this answer, what have we said? nothing but what every one knows. Could the great Cause of causes make the whole, without also making its part? But does it of necessity follow that he executes every trifling operation, when he has so noble an agent as his own nature, whose laws he has rendered unchangeable, whose scale of operations can never deviate from the eternal routine he has marked out for her and all the beings she embraces? Whose secrets, if sought out, contain the true balsam of life—the sovereign remedy for all the diseases of man.

 

When we shall be ingenuous with ourselves, we shall be obliged to agree that it was uniformly the ignorance in which our ancestors were involved, their want of knowledge of natural causes, their unenlightened ideas on the powers of nature, which gave birth to the gods they worshipped; that it is, again, the impossibility which the greater part of mankind find to withdraw, themselves out of this ignorance, the difficulty they consequently find to form to themselves simple ideas of the formation of things, the labour that is required to discover the true sources of those events, which they either admire or fear, that makes them believe these ideas are necessary to enable them to render an account of those phenomena, to which their own sluggishness renders them incompetent to recur. Here, without doubt, is the reason they treat all those as irrational who do not see the necessity of admitting an unknown agent, or some secret energy, which for want of being acquainted with Nature, they have placed out of herself.

 

The phenomena of nature necessarily breed various sentiments in man: some he thinks favorable to him, some prejudicial, while the whole is only what it can be. Some excite his love, his admiration, his gratitude; others fill him with trouble, cause aversion, drive him to despair. According to the various sensations he experiences, he either loves or fears the causes to which he attributes the effects, which produce in him these different passions: these sentiments are commensurate with the effects he experiences; his admiration is enhanced, his fears are augmented, in the same ratio as the phenomena which strikes his senses are more or less extensive, more or less irresistible or interesting to him. Man necessarily makes himself the centre of nature; indeed he can only judge of things, as he is himself affected by them; he can only love that which he thinks favorable to his being; he hates, he fears every thing which causes him to suffer: in short, as we have seen in the former volume, he calls confusion every thing that deranges the economy of his machine; he believes all is in order, as soon as he experiences nothing but what is suitable to his peculiar mode of existence. By a necessary consequence of these ideas, man firmly believes that the entire of nature was made for him alone; that it was only himself which she had in view in all her works; or rather that the powerful cause to which this nature was subordinate, had only for object man and his convenience, in all the stupendous effects which are produced in the universe.

 

If there existed on this earth other thinking beings besides man, they would fall exactly into similar prejudices with himself; it is a sentiment founded upon that predilection which each individual necessarily has for himself; a predilection that will subsist until reason, aided by experience, in pointing out the truth, shall have rectified his errors.

 

Thus, whenever man is contented, whenever every thing is in order with respect to himself, he either admires or loves the causes to which he believes he is indebted for his welfare; when he becomes discontented with his mode of existence, he either fears or hates the cause which he supposes has produced these afflicting effects. But his welfare confounds itself with his existence; it ceases to make itself felt when it has become habitual, when it has been of long continuance; he then thinks it is inherrent to his essence; he concludes from it that he is formed to be always happy; he finds it natural that every thing should concur to the maintenance of his being. It is by no means the same when he experiences a mode of existence that is displeasing to himself: the man who suffers is quite astonished at the change which his taken place in his machine; he judges it to be contrary to the entire of nature, because it is incommodious to his own particular nature; he, imagines those events by which he is wounded, to be contrary to the order of things; he believes that nature is deranged every time she does not procure for him that mode of feeling which is suitable to his ideas: he concludes from these suppositions that nature, or rather that the agent who moves her; is irritated against him.

 

It is thus that man, almost insensible to good, feels evil in a very lively manner; the first he believes natural, the other he thinks opposed to nature. He is either ignorant, or forgets, that he constitutes part of a whole, formed by the assemblage of substances, of which some are analogous, others heterogeneous; that the various beings of which nature is composed, are endowed with a variety of properties, by virtue of which they act diversely on the bodies who find themselves within the sphere of their action; that some have an aptitude to attraction, whilst it is of the essence of others to repel; that even those bodies that attract at one distance, repel at another; that the peculiar attractions and repulsions of the particles of bodies perpetually oppose, invariably counteract the general ones of the masses of matter: he does not perceive that these beings, as destitute of goodness, as devoid of malice, act only according to their respective essences; follow the laws their properties impose upon them; without being in capacity to act otherwise than they do. It is, therefore, for want of being acquainted with these things, that he looks upon the great Author of nature, the great Cause of causes, as the immediate cause of those evils to which he is submitted; that he judges erroneously when he imagines that the Divinity is exasperated against him.

 

The fact is, man believes that his welfare is a debt due to him from nature; that when he suffers evil she does him an injustice; fully persuaded that this nature was made solely for himself, he cannot conceive she would make him, who is her lord paramount, suffer, if she was not moved thereto by a power who is inimical to his happiness; who has reasons with which he is unacquainted for afflicting, who has motives which he wishes to discover, for punishing him. From hence it will be obvious, that evil, much more than good, is the true motive of those researches which man has made concerning the Divinity—of those ideas which he has formed to himself—of the conduct he has held towards him. The admiration of the works of nature, or the acknowledgement of its goodness, seem never alone to have determined the human species to recur painfully by thought to the source of these things; familiarized at once with all those effects which are favourable to his existence, he does not by any means give himself the same trouble to seek the causes, that he does to discover those which disquiet him, or by which he is afflicted. Thus, in reflecting upon the Divinity, it was generally upon the cause of his evils that man meditated; his meditations were fruitless, because the evil he experiences, as well as the good he partakes, are equally necessary effects of natural causes, to which his mind ought rather to have bent its force, than to have invented fictitious causes of which he never could form to himself any but false ideas; seeing that he always borrowed them, from his own peculiar mariner of existing, acting, and feeling. Obstinately refusing to see any thing, but himself, he never became acquainted with that universal nature of which he constitutes such a very feeble part.

 

The slightest reflection, however, would have been sufficient to undeceive him on these erroneous ideas. Everything tends to prove that good and evil are modes of existence that depend upon causes by which a man is moved; that a sensible being is obliged to experience them. In a nature composed of a multitude of beings infinitely varied, the shock occasioned by the collision of discordant matter must necessarily disturb the order, derange the mode of existence of those beings who have no analogy with them: these act in every thing they do after certain laws, which are in themselves immutable; the good or evil, therefore, which man experiences, are necessary consequences of the qualities inherent to the beings, within whose sphere of action he is found. Our birth, which we call a benefit, is an effect as necessary as our death, which we contemplate as an injustice of fate: it is of the nature of all analogous beings to unite themselves to form a whole: it is of the nature of all compound beings to be destroyed, or to dissolve themselves; some maintain their union for a longer period than others; some disperse very quickly, as the ephemeron; some endure for ages, as the planets; every being in dissolving itself gives birth to new beings; these are destroyed in their turn; to execute the eternal, the immutable laws of a nature that only exists by the continual changes that all its parts undergo. Thus nature cannot be accused of malice, since every thing that takes place in it is necessary—is produced by an invariable system, to which every other being, as well as herself, is eternally subjected. The same igneous matter that in man is the principle of life, frequently becomes the principle of his destruction, either by the conflagration of a city, the explosion of a volcano, or his mad passion for war. The aqueous fluid that circulates through his machine, so essentially necessary to his actual existence, frequently becomes too abundant, and terminates him by suffocation; is the cause of those inundations which sometimes swallow up both the earth and its inhabitants. The air, without which he is not able to respire, is the cause of those hurricanes, of those tempests, which frequently render useless the labour of mortals. These elements are obliged to burst their bonds, when they are combined in a certain manner; their necessary but fatal consequences are those ravages, those contagions, those famines, those diseases, those various scourges, against which man, with streaming eyes and violent emotions, vainly implores the aid of those powers who are deaf to his cries: his prayers are never granted; but the same necessity which afflicted him, the same immutable laws which overwhelmed him with trouble, replaces things in the order he finds suitable to his species: a relative order of things which was, is, and always will be the only standard of his judgment.

 

Man, however, made no such simple reflections: he either did not or would not perceive that every thing in nature acted by invariable laws; he continued stedfast in contemplating the good of which he was partaker, as a favor; in considering the evil he experienced, as a sign of anger in this nature, which he supposed to be animated by the same passions as himself or at least that it was governed by secret agents, who acted after his own manner, who obliged it to execute their will, that was sometimes favourable, sometimes inimical to the human species. It was to these supposed agents, with whom in the sunshine of his prosperity he was but little occupied, that in the bosom of his calamity he addressed his prayers; he thanked them, however, for their favours, fearing lest their ingratitude might farther provoke their fury: thus when assailed by disaster, when afflicted with disease, he invoked them with fervor: he required them to change in his favor the mode of acting which was the very essence of beings; he was willing that to make the slightest evil he experienced cease, that the eternal chain of things might be broken; and the unerring, undeviating course of nature might he arrested.

 

It was upon such ridiculous pretensions, that were founded those supplications, those fervent prayers, which mortals, almost always discontented with their fate, never in accord in their respective desires, addressed to their gods. They were unceasingly upon their knees before the altars, were ever prostrate before the power of the beings, whom they judged had the right of commanding nature; who they supposed to have sufficient energy to divert her course; who they considered to possess the means to make her subservient to their particular views; thus each hoped by presents, by humiliation, to induce them to oblige this nature, to satisfy the discordant desires of their race. The sick man, expiring in his bed, asks that the humours accumulated in his body should in an instant lose those properties which renders them injurious to his existence; that by an act of their puissance, his gods should renew or recreate the springs of a machine worn out by infirmities. The cultivator of a low swampy country, makes complaint of the abundance of rain with which his fields are inundated; whilst the inhabitant of the hill, raises his thanks for the favors he receives, solicits a continuance of that which causes the despair of his neighbour. In this, each is willing to have a god for himself, and asks according to his momentary caprices, to his fluctuating wants, that the invariable essence of things, should be continually changed in his favour.

 

From this it must be obvious, that man every moment asks a miracle to be wrought in his support. It is not, therefore, at all surprising that he displayed such ready credulity, that he adopted with such facility the relation of the marvellous deeds which were universally announced to him as the acts of the power, or the effects of the benevolence, of the various gods which presided over the nations of the earth: these wonderful tales, which were offered to his acceptance, as the most indubitable proofs of the empire of these gods over nature, which man always found deaf to his entreaties, were readily accredited by him; in the expectation, that if he could gain them over to his interest, this nature, which he found so sullen, so little disposed to lend herself to his views, would then be controuled in his own favor.

 

By a necessary consequence of these ideas, nature was despoiled of all power; she was contemplated only as a passive instrument, who acted at the will, under the influence of the numerous, all-powerful agents to whom the various superstitions had rendered her subordinate. It was thus for want of contemplating nature under her true point of view, that man has mistaken her entirely, that he believed her incapable of producing any thing by herself; that he ascribed the honor of all those productions, whether advantageous or disadvantageous to the human species, to fictitious powers, whom he always clothed with his own peculiar dispositions, only he aggrandized their force. In short, it was upon the ruins of nature, that man erected the imaginary colossus of superstition, that he reared the altars of a Jupiter, the temples of an Apollo.

 

If the ignorance of nature gave birth to such a variety of gods, the knowledge of this nature is calculated to destroy them. As soon as man becomes enlightened, his powers augment, his resources increase in a ratio with his knowledge; the sciences, the protecting arts, industrious application, furnish him assistance; experience encourages his progress, truth procures for him the means of resisting the efforts of many causes, which cease to alarm him as soon as he obtains a correct knowledge of them. In a word, his terrors dissipate in proportion as his mind becomes enlightened, because his trepidation is ever commensurate with his ignorance, and furnishes this great lesson, that man, instructed by truth, ceases to be superstitious.

 

 

 

 

 

 

 

 

CHAP. II.

Of Mythology, and Theology.

The elements of nature were, as we have shewn, the first divinities of man; he has generally commenced with adoring material beings; each individual, as we have already said, as may be still seen in savage nations, made to himself a particular god, of some physical object, which he supposed to be the cause of those events, in which he was himself interested; he never wandered to seek out of visible nature, the source either of what happened to himself, or of those phenomena to which he was a witness. As he every where saw only material effects, he attributed them to causes of the same genus; incapable in his infancy of those profound reveries, of those subtle speculations, which are the fruit of time, the result of leisure, he did not imagine any cause distinguished from the objects that met his sight, nor of any essence totally different from every thing he beheld.

 

The observation of nature was the first study of those who had leisure to meditate: they could not avoid being struck with the phenomena of the visible world. The rising and setting of the sun, the periodical return of the seasons, the variations of the atmosphere, the fertility and sterility of the earth, the advantages of irrigation, the damage caused by floods, the useful effects of fire, the terrible consequences of conflagration, were proper and suitable objects to occupy their thoughts. It was natural for them to believe that those beings they saw move of themselves, acted by their own peculiar energies; according as their influence over the inhabitants of the earth was either favorable or otherwise, they concluded them to have either the power to injure them, or the disposition to confer benefits. Those who first acquired the knowledge of gaining an ascendancy over man, then savage, wandering, unpolished, or dispersed in woods, with but little attachment to the soil, of which he had not yet learned to reap the advantage, were always more practised observers—individuals more instructed in the ways of nature, than the people, or rather the scattered hordes, whom they found ignorant and destitute of experience: their superior knowledge placed them in a capacity to render these services—to discover to them useful inventions, which attracted the confidence of the unhappy beings to whom they came to offer an assisting hand; savages who were naked, half famished, exposed to the injuries of the weather, obnoxious to the attacks of ferocious beasts, dispersed in caverns, scattered in forests, occupied with hunting, painfully labouring to procure themselves a very precarious subsistence, had not sufficient leisure to make discoveries calculated to facilitate their labour, or to render it less incessant. These discoveries are generally the fruit of society: isolated beings, detached families, hardly ever make any discoveries—scarcely ever think of making any. The savage is a being who lives in a perpetual state of infancy, who never reaches maturity unless some one comes to draw him out of his misery. At first repulsive, unsociable, intractable, he by degrees familiarizes himself with those who render him service; once gained by their kindness, he readily lends them his confidence; in the end he goes the length of sacrificing to them his liberty.

 

It was commonly from the bosom of civilized nations that have issued those personages who have carried sociability, agriculture, art, laws, gods, superstition, forms of worship, to those families or hordes as yet scattered; who united them either to the body of some other nations, or formed them into new nations, of which they themselves became the leaders, sometimes the king, frequently the high priest, and often their god. These softened their manners—gathered them together—taught them to reap the advantages of their own powers—to render each other reciprocal assistance—to satisfy their wants with greater facility. In thus rendering their existence more comfortable, thus augmenting their happiness, they attracted their love; obtained their veneration, acquired the right of prescribing opinions to them, made them adopt such as they had either invented themselves, or else drawn up in the civilized countries from whence they came. History points out to us the most famous legislators as men, who, enriched with useful knowledge they had gleaned in the bosom of polished nations, carried to savages without industry, needing assistance, those arts, of which, until then, these rude people were ignorant: such were the Bacchus's, the Orpheus's, the Triptolemus's, the Numa's, the Zamolixis's; in short, all those who first gave to nations their gods—their worship—the rudiments of agriculture, of science, of superstition, of jurisprudence, of religion, &c.

 

It will perhaps be enquired, If those nations which at the present day we see assembled, were all originally dispersed? We reply, that this dispersion may have been produced at various times, by those terrible revolutions, of which it has before been remarked our globe has more than once been the theatre; in times so remote, that history has not been able to transmit us the detail. Perhaps the approach of more than one comet may have produced on our earth several universal ravages, which have at each time annihilated the greater portion of the human species.

 

These hypotheses will unquestionably appear bold to those who have not sufficiently meditated on nature, but to the philosophic enquirer they are by no means inconsistent. There may not only have been one general deluge, but even a great number since the existence of our planet; this globe itself may have been a new production in nature; it may not always have occupied the place it does at present. Whatever idea may be adopted on this subject, if it is very certain that, independent of those exterior causes, which are competent to totally change its face, as the impulse of a comet may do, this globe contains within itself, a cause adequate to alter it entirely, since, besides the diurnal and sensible motion of the earth, it has one extremely slow, almost imperceptible, by which every thing must eventually be changed in it: this is the motion from whence depends the precession of the equinoctial points, observed by Hipparchus and other mathematicians, now well understood by astronomers; by this motion, the earth must at the end of several thousand years change totally: this motion will at length cause the ocean to occupy that space which at present forms the lands or continents. From this it will be obvious that our globe, as well as all the beings in nature, has a continual disposition to change. This motion was known to the ancients, and was what gave rise to what they called their great year, which the Egyptians fixed at thirty-six thousand five hundred and twenty-five years: the Sabines at thirty-six thousand four hundred and twenty-five, whilst others have extended it to one hundred thousand, some even to seven hundred and fifty-three thousand years. Again, to those general revolutions which our planet has at different times experienced, way he added those that have been partial, such as inundations of the sea, earthquakes, subterraneous conflagrations, which have sometimes had the effect of dispersing particular nations, and to make them forget all those sciences with which they were, before acquainted. It is also probable that the first volcanic fires, having had no previous vent, were more central, and greater in quantity, before they burst the crust of earth; as the sea washed the whole, it must have rapidly sunk down into every opening, where, falling on the boiling lava, it was instantly expanded into steam, producing irresistible explosion: whence it is reasonable to conclude, that the primaeval earthquakes wore more widely extended, and of much greater force, than those which occur in our days. Other vapours may be produced by intense heat, possessing a much greater elasticity, from substances that evaporate, such as mercury, diamonds, &c.; the expansive force of these vapours would be much greater than the steam of water, even at red hot heat consequently they, way have had sufficient energy to raise islands, continents, or even to have detached the moon from the earth; if the moon, as has been supposed by some philosophers, was thrown out of the great cavity which now contains the South Sea; the immense quantity of water flowing in from the original ocean, and which then covered the earth, would much contribute to leave the continents and islands, which might be raised at the same time, above the surface of the water. In later days we have accounts of huge stones falling, from the firmament, which may have been thrown by explosion from some distant earthquake, without having been impelled with a force sufficient to cause them to circulate round the earth, and thus produce numerous small moons or satellites.

 

Los que pudieron escapar de la ruina del mundo, llenos de consternación, sumidos en la miseria, estaban poco preparados para conservar a su posteridad un conocimiento, borrado por aquellas desgracias, de las que habían sido víctimas y testigos: abrumados por el espanto, temblando de miedo, no pudieron transmitir la historia de sus espantosas aventuras, excepto por oscuras tradiciones; mucho menos para transmitirnos las opiniones, los sistemas, las artes, las ciencias, anteriores a estas petrificantes revoluciones de nuestra esfera. Quizás ha habido hombres sobre la tierra desde toda la eternidad; pero en diferentes períodos pueden haber sido casi aniquilados, junto con sus monumentos, sus ciencias y sus artes; los que sobrevivieron a estas revoluciones periódicas, cada vez formaron una nueva raza de hombres, que a fuerza de tiempo, trabajo, y la experiencia, han sacado poco a poco del olvido las invenciones de las razas primitivas. Es, quizás, a estas revoluciones periódicas de la especie humana, a lo que hay que atribuir la profunda ignorancia en que vemos al hombre sumido todavía, sobre aquellos objetos que le son más interesantes. Esta es, quizás, la verdadera fuente de la imperfección de su conocimiento, de los vicios de sus instituciones políticas, del defecto de su religión, del crecimiento de la superstición, sobre la cual siempre ha presidido el terror; aquí, con toda probabilidad, está la causa de esa inexperiencia pueril, de esos prejuicios insulsos que mantienen al hombre en casi todas partes en un estado de infancia, y que lo hacen tan poco capaz de escuchar la razón o de consultar la verdad. A juzgar por la lentitud de su progreso, por la debilidad de su avance,

 

Sea como fuere con estas conjeturas, si la raza humana pudo haber existido siempre sobre la tierra, si pudo haber sido una producción reciente de la naturaleza, si los animales más grandes que ahora contemplamos se derivaron originalmente de los más pequeños microscópicos, que han aumentado en masa con la progresión del tiempo, o si, como pensaban los filósofos egipcios, la humanidad era originalmente hermafrodita, que como el aphismostrando que la humanidad estaba en el estado primitivo de ambos sexos, unidos, que luego se dividieron en machos y hembras. Sin embargo, digo, puede ser, es sumamente fácil volver al origen de muchas naciones existentes: las encontraremos siempre en estado salvaje; es decir, dispersos; compuesta por familias separadas unas de otras; de errantes, hordas; estos se juntaron, se acercaron a la voz de algún misionero o legislador, de quien recibieron grandes beneficios, que les dio dioses, opiniones y leyes. Estos personajes, de los que el pueblo recién congregado reconocía prontamente la superioridad, fijaban los dioses nacionales, dejando a cada individuo los que él mismo había formado, según sus propias ideas peculiares, o bien sustituyéndolos por otros traídos de aquellas regiones de donde ellos mismos habían emigrado. quien luego fue dividido en machos y hembras. Sin embargo, digo, puede ser, es sumamente fácil volver al origen de muchas naciones existentes: las encontraremos siempre en estado salvaje; es decir, disperso; compuesta por familias separadas unas de otras; de errantes, hordas; estos se juntaron, se acercaron a la voz de algún misionero o legislador, de quien recibieron grandes beneficios, que les dio dioses, opiniones y leyes. Estos personajes, de los que el pueblo recién congregado reconocía prontamente la superioridad, fijaban los dioses nacionales, dejando a cada individuo los que él mismo había formado, según sus propias ideas peculiares, o bien sustituyéndolos por otros traídos de aquellas regiones de donde ellos mismos habían emigrado. quien luego fue dividido en machos y hembras. Sin embargo, digo, puede ser, es sumamente fácil volver al origen de muchas naciones existentes: las encontraremos siempre en estado salvaje; es decir, disperso; compuesta por familias separadas unas de otras; de errantes, hordas; estos se juntaron, se acercaron a la voz de algún misionero o legislador, de quien recibieron grandes beneficios, que les dio dioses, opiniones y leyes. Estos personajes, de los que el pueblo recién congregado reconocía prontamente la superioridad, fijaban los dioses nacionales, dejando a cada individuo los que él mismo había formado, según sus propias ideas peculiares, o bien sustituyéndolos por otros traídos de aquellas regiones de donde ellos mismos habían emigrado. es sumamente fácil volver al origen de muchas naciones existentes: las encontraremos siempre en estado salvaje; es decir, disperso; compuesta por familias separadas unas de otras; de errantes, hordas; estos se juntaron, se acercaron a la voz de algún misionero o legislador, de quien recibieron grandes beneficios, que les dio dioses, opiniones y leyes. Estos personajes, de los que el pueblo recién congregado reconocía prontamente la superioridad, fijaban los dioses nacionales, dejando a cada individuo los que él mismo había formado, según sus propias ideas peculiares, o bien sustituyéndolos por otros traídos de aquellas regiones de donde ellos mismos habían emigrado. es sumamente fácil volver al origen de muchas naciones existentes: las encontraremos siempre en estado salvaje; es decir, disperso; compuesta por familias separadas unas de otras; de errantes, hordas; estos se juntaron, se acercaron a la voz de algún misionero o legislador, de quien recibieron grandes beneficios, que les dio dioses, opiniones y leyes. Estos personajes, de los que el pueblo recién congregado reconocía prontamente la superioridad, fijaban los dioses nacionales, dejando a cada individuo los que él mismo había formado, según sus propias ideas peculiares, o bien sustituyéndolos por otros traídos de aquellas regiones de donde ellos mismos habían emigrado. compuesta por familias separadas unas de otras; de errantes, hordas; estos se juntaron, se acercaron a la voz de algún misionero o legislador, de quien recibieron grandes beneficios, que les dio dioses, opiniones y leyes. Estos personajes, de los que el pueblo recién congregado reconocía prontamente la superioridad, fijaban los dioses nacionales, dejando a cada individuo los que él mismo había formado, según sus propias ideas peculiares, o bien sustituyéndolos por otros traídos de aquellas regiones de donde ellos mismos habían emigrado. compuesta por familias separadas unas de otras; de errantes, hordas; estos se juntaron, se acercaron a la voz de algún misionero o legislador, de quien recibieron grandes beneficios, que les dio dioses, opiniones y leyes. Estos personajes, de los que el pueblo recién congregado reconocía prontamente la superioridad, fijaban los dioses nacionales, dejando a cada individuo los que él mismo había formado, según sus propias ideas peculiares, o bien sustituyéndolos por otros traídos de aquellas regiones de donde ellos mismos habían emigrado.

 

Para imprimir mejor sus lecciones en las mentes de sus nuevos súbditos, estos hombres se convirtieron en guías, sacerdotes, soberanos, amos de estas nacientes sociedades; formaron discursos por los cuales hablaron a la imaginación de sus oyentes deseosos. LA POESÍA parece la más adecuada para golpear la mente de esta gente grosera, para grabar en su memoria aquellas ideas con las que estaban dispuestos a imbuirlos: sus imágenes, sus ficciones, sus números, su rima su armonía, todo conspirado para complacer su fantasía, para hacer permanentes las impresiones que producía: así, la naturaleza entera, así como todas sus partes, fueron personificadas por sus hermosas alegorías: a su voz suave, árboles, piedras, rocas, tierra, aire, fuego, agua, por la imaginación tomó la inteligencia, conversó con el hombre, y con ellos mismos; los elementos fueron deificados por sus canciones, todo estaba figurativamente detallado en armoniosas composiciones. El cielo, que según la filosofía de entonces, era un cóncavo arqueado, extendiéndose sobre la tierra, que se suponía que era una llanura llana; (por la doctrina delas antípodas es de una fecha bastante moderna) se hizo un dios; se consideraba una residencia más adecuada, ya que hacía una mayor distinción para estas deidades imaginarias que la tierra en la que residía el hombre mismo. Así el firmamento se llenó de deidades.

 

El tiempo, bajo el nombre de Saturno, fue representado como el hijo del cielo; o Coelus por la tierra, llamada Terra, o Thea; se le representaba como una divinidad inexorable, astuta por naturaleza, que devoraba a sus propios hijos, que vengaba la ira de su madre sobre su padre; para lo cual ella lo armó con una guadaña, hecha de metales extraídos de sus propias entrañas, con la que golpeó a Coelus, en el acto de unirse a Thea, y lo mutiló de tal manera que quedó incapacitado para siempre para aumentar el número de sus hijos: se dice que dividió el trono con Jano rey de Italia, su reinado parece haber sido tan suave, tan benéfico, que se le llamó la edad de oro; en sus altares se sacrificaban víctimas humanas, hasta que Hércules las abolió, sustituyéndolas por pequeñas imágenes de barro. Los festivales en honor de este dios, llamado Saturnalia, se instituyeron mucho antes de la fundación de Roma; se celebraban a mediados de diciembre, ya sea el 16, el 17 o el 18; duraron en los últimos tiempos varios días, originalmente solo uno. La libertad universal prevaleció en la celebración, se permitió a los esclavos ridiculizar a sus amos, hablar libremente sobre cualquier tema, no se ejecutó a ningún criminal, nunca se declaró la guerra; los sacerdotes hacían sus ofrendas humanas con la cabeza descubierta; circunstancia peculiar de las saturnales, no adoptada en otras festividades.

 

La materia ígnea, el fluido eléctrico etéreo, ese fuego invisible que vivifica la naturaleza, que penetra en todos los seres, que fecunda la tierra, que es el gran principio del movimiento, la fuente del calor, fue deificado bajo el nombre de Júpiter: su combinación con cada ser de la naturaleza se expresaba por sus metamorfosis, por los frecuentes adulterios que se le imputaban. Estaba armado con truenos, para indicar que produjo meteoros, para tipificar el fluido eléctrico que se llama relámpago. Se casó con los vientos, que fueron designados bajo el nombre de Juno, por lo que se la llamó la Diosa de los Vientos, sus nupcias se celebraron con gran solemnidad; asistieron todos los dioses, toda la creación bruta, toda la humanidad, excepto una joven llamada Quelona, ​​que se reía de las ceremonias, por cuya impiedad Mercurio la transformó en tortuga, y condenado al silencio perpetuo. Era el más poderoso de todos los dioses, y considerado rey y padre tanto de los dioses como de los hombres: su culto era muy extenso, realizado con mayor solemnidad, que el de cualquier otro dios. Sobre sus altares ahumaban cabras, ovejas y toros blancos, en los que se dice que se deleitaba particularmente; el roble le fue consagrado, porque enseñó a la humanidad a vivir de bellotas; tenía muchos oráculos donde se entregaban sus preceptos, los más célebres de estos fueron en Dodona y Ammon en Libia; se suponía que era invisible para los habitantes de la tierra; los lacedemonios erigieron su estatua con cuatro cabezas, lo que indica que escuchó con prontitud las solicitudes de todos los rincones de la tierra. Minerva es representada como sin madre, pero habiendo salido completamente armada de su cerebro, cuando su cabeza fue abierta por Vulcano; por lo cual se quiere inferir que la sabiduría es el resultado de este fluido etéreo. Así, siguiendo las mismas ficciones, el sol, esa estrella benéfica que tiene una influencia tan marcada sobre la tierra, se convirtió en un Osiris, un Belus, un Mitra, un Adonis, un Apolo. La naturaleza, entristecida por su ausencia periódica, era una Isis, una Astarté, una Venus, una Cibeles. Astarté tenía un magnífico templo en Hierópolis atendido por trescientos sacerdotes, que siempre se dedicaban a ofrecer sacrificios. Los sacerdotes de Cibeles, llamados Corybantes, también Galli, no eran admitidos a sus funciones sagradas sin mutilación previa. En la celebración de sus fiestas estos sacerdotes usaban todo tipo de expresiones indecentes, golpeaban tambores, címbalos y se comportaban como locos: su culto se extendía por toda Frigia,Misterios de Eleusis . En resumen, todo estaba personificado: el mar estaba bajo el imperio de Neptuno; el fuego era adorado por los egipcios bajo el nombre de Serapis; por los persas, bajo el de Ormus u Oromaze; y por los romanos, bajo el de Vesta y Vulcano.

 

Tal fue el origen de la mitología: puede decirse que es hija de la filosofía natural, embellecida por la poesía; destinado únicamente a describir la naturaleza y sus partes. Si se consulta la antigüedad, se percibirá sin mucha dificultad que estos famosos sabios, esos legisladores, esos sacerdotes, esos conquistadores, que fueron los instructores de las nacientes naciones, adoraban ellos mismos la naturaleza activa, o el gran todo considerado en relación con sus diferentes operaciones. o cualidades; que esto era lo que hacían adorar a los ignorantes salvajes que habían reunido. Era el gran todo lo que deificaban; fueron sus diversas partes las que hicieron sus dioses inferiores; fue por la necesidad de sus leyes que hicieron el destino. Los griegos la llamaban Naturaleza, una divinidad que tenía mil nombres. Varro dice: "Yo creo que Dios es el alma del universo, y que el universo es Dios." Cicerón dice "que en los misterios de Samotracia, de Lemnos, de Eleusis, era la naturaleza mucho más que los dioses, se les explicaba a los iniciados." Plinio dice, "debemos creer que el mundo , o lo que está contenido bajo la vasta extensión de los cielos, es la Divinidad; incluso eterno, infinito, sin principio ni fin". Fueron estos diferentes modos de considerar la naturaleza los que dieron nacimiento al politeísmo, a la idolatría. La alegoría enmascaró su modo de acción: fueron finalmente partes de este gran todo, que la idolatría representada por y simbolos o lo que está contenido bajo la vasta extensión de los cielos, es la Divinidad; incluso eterno, infinito, sin principio ni fin". Fueron estos diferentes modos de considerar la naturaleza los que dieron nacimiento al politeísmo, a la idolatría. La alegoría enmascaró su modo de acción: fueron finalmente partes de este gran todo, que la idolatría representada por y simbolos o lo que está contenido bajo la vasta extensión de los cielos, es la Divinidad; incluso eterno, infinito, sin principio ni fin". Fueron estos diferentes modos de considerar la naturaleza los que dieron nacimiento al politeísmo, a la idolatría. La alegoría enmascaró su modo de acción: fueron finalmente partes de este gran todo, que la idolatría representada por y simbolos

 

To complete the proofs of what has been said; to shew distinctly that it was the great whole, the universe, the nature of things, which was the real object of the worship of Pagan antiquity, hardly any thing can be more decisive than the beginning of the hymn of Orpheus addressed to the god Pan.

 

"O Pan! I invoke thee, O powerful god! O universal nature! the heavens, the sea, the earth, who nourish all, and the eternal fire, because these are thy members, O all powerful Pan," &c. Nothing can be more suitable to confirm these ideas, than the ingenious explanation which is given of the fable of Pan, as well as of the figure under which he is represented. It is said, "Pan, according to the signification of his name, is the emblem by which the ancients have designated the great assemblage of things or beings: he represents the universe; and, in the mind of the wisest philosophers of antiquity, he passed for the greatest and most ancient of the gods. The features under which he is delineated form the portrait of nature, and of the savage state in which she was found in the beginning. The spotted skin of the leopard, which serves him for a mantle, imagined the heavens filled with stars and constellations. His person was compounded of parts, some of which were suitable to a reasonable animal, that is to say, to man; and others to the animal destitute of reason, such as the goat. It is thus," says he, "that the universe is composed of an intelligence that governs the whole, and of the prolific, fruitful elements of fire, water, earth, air. Pan, loved to drink and to follow the nymphs; this announces the occasion nature has for humidity in all her productions, and that this god, like nature, is strongly inclined to propagation. According to the Egyptians, and the most ancient Grecian philosophers, Pan had neither father nor mother; he came out of Demogorgon at the same moment with the Destinies, his fatal sisters; a fine method of expressing that the universe was the work of an unknown power, and that it was formed after the invariable relations, the eternal laws of necessity; but his most significant symbol, that most suitable to express the harmony of the universe, is his mysterious pipe, composed of seven unequal tubes, but calculated to produce the nicest, the most perfect concord. The orbs which compose the seven planets of our solar system, are of different diameters; being bodies of unequal mass, they describe their revolutions round the sun in various periods; nevertheless it is from the order of their motion that results the harmony of the spheres," &c.

 

Here then is the great macrocosm, the mighty whole, the assemblage of things adored and deified by the philosophers of antiquity; whilst the uninformed stopped at the emblem under which this nature was depicted; at the symbols under which its various parts, its numerous functions were personified; his narrow mind, his barbarous ignorance, never permitted him to mount higher; they alone were deemed worthy of being, initiated into the mysteries, who knew the realities masqued under these emblems. Indeed, it is not to be doubted for an instant, that the wisest among the Pagans adored nature; which ethnic theology designated under a great variety of nomenclature, under an immense number of different emblems. Apuleius, although a decided Platonist, accustomed to the mysterious, unintelligible notions of his master, calls "Nature the parent of all; the mother of the elements, the first offspring of the world;" again, "the mother of the stars, the parent of the seasons, and the governess of the whole world."—She was worshipped by many under the appellation of the mother of the gods. Indeed, the first institutors of nations, and their immediate successors in authority, only spoke to the people by fables, allegories, enigmas, of which they reserved to themselves the right of giving an explanation: this, in fact, constituted the mysteries of the various worship paid to the Pagan divinities. This mysterious tone they considered necessary, whether it was to mask their own ignorance, or whether it was to preserve their power over the uninformed, who for the most part only respect that which is above their comprehension. Their explications were generally dictated either by interest, or by a delirious imagination, frequently by imposture; thus from age to age, they did no more than render nature and its parts, which they had originally depicted, more unknown, until they completely lost sight of the primitive ideas; these were replaced by a multitude of fictitious personages, under whose features this nature had primarily been represented to them. The people, either unaccustomed to think, or deeply steeped in ignorance, adored these personages, without penetrating into the true sense of the emblematical fables recounted to them. These ideal beings, with material figures, in whom they believed there resided a mysterious virtue, a divine power, were the objects of their worship, the source of their fears, the fountain of their hopes. The wonderful, the incredible actions ascribed to these fancied divinities, were an inexhaustible fund of admiration, which gave perpetual play to the fancy; which delighted not only the people of those days, but even the children of latter ages. Thus were transmitted from age to age, those marvellous accounts, which, although necessary to the existence of the power usurped by the ministers of these gods, did, in fact, nothing more than confirm the blindness of the ignorant: these never supposed that it was nature, its various operations, its numerous component parts—that it was the passions of man and his diverse faculties that lay buried under an heap of allegories; they did not perceive that the passions and faculties of human nature were used as emblems, because man was ignorant of the true cause of the phenomena he beheld. As strong passions seemed to hurry man along, in despite of himself, they either attributed these passions to a god, or deified them; frequently they did both: it was thus love became a deity; that eloquence, poetry, industry, were transformed into gods, under the names of Hermes, Mercury, Apollo; the stings of conscience were called the Furies: the people, bowed down in stupid ignorance, had no eyes but for these emblematical persons, under which nature was masked: they attributed to their influence the good, to their displeasure the evil, which they experienced: they entered into every kind of folly, into the most delirious acts of madness, to render them propitious to their views; thus, for want of being acquainted with the reality of things, their worship frequently degenerated into the most cruel extravagance, into the most ridiculous folly.

 

Thus it is obvious, that every thing proves nature and its various parts to have every where been the first divinities of man. Natural philosophers studied these deities, either superficially or profoundly,—explained some of their properties, detailed some of their modes of action. Poets painted them to the imagination of mortals, either in the most fascinating colours, or under the most hideous deformities; embodied them—furnished them with reasoning faculties—recounted their exploits—recorded their will. The statuary executed sometimes with the most enrapturing art, the ideas of the poets,—gave substance to their shadows—form to their airy nothings. The priest decorated these united works with a thousand marvellous qualities—with the most terrible passions—with the most inconceivable attributes; gave them, "a local habitation and a name." The people adored them; prostrated themselves before these gods, who were neither susceptible of love or hatred, goodness, or malice; they became persecuting, malevolent, cruel, unjust, in order to render themselves acceptable to powers generally described to them under the most odious features.

 

By dint of reasoning upon these emblems, by meditating upon nature, thus decorated, or rather disfigured, subsequent speculators no longer recollected the source from whence their predecessors had drawn their gods, nor the fantastic ornaments with which they had embellished them. Natural philosophers and poets were transformed by leisure into metaphysicians and theologians; tired with contemplating what they could have understood, they believed they had made an important discovery by subtilly distinguishing nature from herself—from her own peculiar energies—from her faculty of action. By degrees they made an incomprehensible being of this energy, which as before they personified, this they called the mover of nature, divided it into two, one congenial to man's happiness, the other inimical to his welfare; these they deified in the same manner as they had before done nature with her various parts. These abstract, metaphysical beings, became the sole object of their thoughts; were the subject of their continual contemplation; they looked upon them as realities of the highest importance: thus nature quite disappeared; she was despoiled of her rights; she was considered as nothing more than an unwieldy mass, destitute of power; devoid of energy, as an heap of ignoble matter purely passive: who, incapable of acting by herself, was not competent to any of the operations they beheld, without the direct, the immediate agency of the moving powers they had associated with her: which they had made the fulcrum necessary to the action of the lever. They either did not or would not perceive, that the great Cause of causes, ens entium, Parent of parents, had, in unravelling chaotic matter, with a wisdom for which man can never be sufficiently grateful, with a sagacity which he can never sufficiently admire, foreseen every thing that could contribute not only to his own individual happiness, but also to that of all the beings in nature; that he had given this nature immutable laws, according to which she is for ever regulated; after which she is obliged invariably to act; that he has described for her an eternal course, from which it is not permitted her to deviate, even for an instant; that she is therefore, rendered competent to the production of every phenomena, not only that he beholds, but of an infinity that he has never yet contemplated; that she needs not any exterior energy for this purpose, having received her powers from a hand far superior to any the feeble weak imagination of man is able to form; that when this nature appears to afflict him, it is only from the contraction of his own views, from the narrowness of his own ideas, that he judges; that, in fact, what he considers the evils of nature, are the greatest possible benefits he can receive, if he was but in a condition to be acquainted with previous causes, with subsequent effects. That the evils resulting to him from his own vices, have equally their remedies in this nature, which it is his duty to study; which if he does he will find, that the same omnipotent goodness, who gave her irrefragable laws, also planted in her bosom, balsams for all his maladies, whether physical or moral: but that it is not given him to know what this great, this universal cause is, for purposes of which he ought not to dispute the wisdom, when he contemplates the mighty wonders that surround him.

 

Thus man ever preferred an unknown power, to that of which he was enabled to have some knowledge, if he had only deigned to consult his experience; but he presently ceases to respect that which he understands; to estimate those objects which are familiar to him: he figures to himself something marvellous in every thing he does not comprehend; his mind, above all, labours to seize upon that which appears to escape his consideration; in default of experience, he no longer consults any thing, but his imagination, which feeds him with chimeras. In consequence, those speculators who have subtilly distinguished nature from her own powers, have successively laboured to clothe the powers thus separated with, a thousand incomprehensible qualities: as they did not see this power, which is only a mode, they made it a spirit—an intelligence—an incorporeal being; that is to say, of a substance totally different from every thing of which we have a knowledge. They never perceived that all their inventions, that all the words which they imagined, only served to mask their real ignorance; that all their pretended science was limited to saying, in what manner nature acted, by a thousand subterfuges which they themselves found it impossible to comprehend. Man always deceives himself for want of studying nature; he leads himself astray, every time he is disposed to go out of it; he is always quickly necessitated to return; he is even in error when he substitutes words which he does not himself understand, for things which he would much better comprehend if he was willing to look at them without prejudice.

 

Can a theologian ingenuously believe himself more enlightened, for having substituted the vague words spirit, incorporeal substance, &c. to the more intelligible terms nature, matter, mobility, necessity? However this may be, these obscure words once imagined, it was necessary to attach ideas to them; in doing this, he has not been able to draw them from any other source than the beings of this despised nature, which are ever the only beings of which he is enabled to have any knowledge. Man, consequently, drew them up in himself; his own soul served for the model of the universal soul, of which indeed according to some it only formed a portion; his own mind was the standard of the mind that regulated nature; his own passions, his own desires, were the prototypes of those by which he actuated this being; his own intelligence was that from which he formed that of the mover of nature; that which was suitable to himself, he called the order of nature; this pretended order was the scale by which he measured the wisdom of this being; in short, those qualities which he calls perfections in himself, were the archetypes in miniature, of the perfections of the being, he thus gratuitously supposed to be the agent, who operated the phenomena of nature. It was thus, that in despite of all their efforts, the theologians were, perhaps always will be, true Anthropomorphites. A sect of this denomination appeared in 359, in Egypt, they held the doctrine that their god had a bodily shape. Indeed it is very difficult, if not impossible to prevent man from making himself the sole model of his divinity. Montaigne says "man is not able to be other than he is, nor imagine but after his capacity; let him take what pains he may, he will never have a knowledge of any soul but his own." Xenophanes said, "if the ox or the elephant understood either sculpture or painting, they would not fail to represent the divinity under their own peculiar figure that in this, they would have as much reason as Polyclitus or Phidias, who gave him the human form." It was said to a very celebrated man that "God made man after his own image;" "man has returned the compliment," replied the philosopher. Indeed, man generally sees in his God, nothing but a man. Let him subtilize as he will, let him extend his own powers as he may, let him swell his own perfections to the utmost, he will have done nothing more than make a gigantic, exaggerated man, whom he will render illusory by dint of heaping together incompatible qualities. He will never see in such a god, but a being of the human species, in whom he will strive to aggrandize the proportions, until he has formed a being totally inconceivable. It is according to these dispositions that he attributes intelligence, wisdom, goodness, justice, science, power, to his divinity, because he is himself intelligent; because he has the idea of wisdom in some beings of his own species; because he loves to find in them ideas favourable to himself: because he esteems those who display equity; because he has a knowledge, which he holds more extensive in some individuals than himself; in short, because he enjoys certain faculties which depend on his own organization. He presently extends or exaggerates all these qualities in forming his god; the sight of the phenomena of nature, which he feels he is himself incapable of either producing or imitating, obliges him to make this difference between the being he pourtrays and himself; but he knows not at what point to stop; he fears lest he should deceive himself, if he should see any limits to the qualities he assigns, the word infinite, therefore, is the abstract, the vague term which he uses to characterize them. He says that his power is infinite, which signifies that when he beholds those stupendous effects which nature produces, he has no conception at what point his power can rest; that his goodness, his wisdom, his knowledge are infinite: this announces that he is ignorant how far these perfections ma be carried in a being whose power so much surpasses his own; that he is of infinite duration, because he is not capable of conceiving he could have had a beginning or can ever cease to be; because of this he considers a defect in those transitory beings of whom he beholds the dissolution, whom he sees are subjected to death. He presumes the cause of those effects to which he is a witness, of those striking phenomena that assail his sight, is immutable, permanent, not subjected to change, like all the evanescent beings whom he knows are submitted to dissolution, to destruction, to change of form. This mover of nature being always invisible to man, his mode of action being, impenetrable, he believes that, like his soul or the concealed principle which animates his own body, which he calls spiritual, a spirit, is the moving power of the universe; in consequence he makes a spirit the soul, the life, the principle of motion in nature. Thus when by dint of subtilizing, he has arrived at believing the principle by which his body is moved is a spiritual, immaterial substance, he makes the spirit of the universe immaterial in like manner: he makes it immense, although without extent; immoveable, although capable of moving nature: immutable, although he supposes him to be the author of all the changes, operated in the universe.

 

The idea of the unity of God, which cost Socrates his life, because the Athenians considered those Atheists who believed but in one, was the tardy fruit of human meditation. Plato himself did not dare to break entirely the doctrine of Polytheism; he preserved Venus, an all-powerful Jupiter, and a Pallas, who was the goddess of the country. The sight of those opposite, frequently contradictory effects, which man saw take place in the world, had a tendency to persuade him there must be a number of distinct powers or causes independent of each other. He was unable to conceive that the various phenomena he beheld, sprung from a single, from an unique cause; he therefore admitted many causes or gods, acting upon different principles; some of which he considered friendly, others as inimical to his race. Such is the origin of that doctrine, so ancient, so universal, which supposed two principles in nature, or two powers of opposite interests, who were perpetually at war with each other; by the assistance of which he explained, that constant mixture of good and evil, that blending of prosperity with misfortune, in a word, those eternal vicissitudes to which in this world the human being, is subjected. This is the source of those combats which all antiquity has supposed to exist between good and wicked gods, between an Osiris and a Typhoeus; between an Orosmadis and an Arimanis; between a Jupiter and the Titanes; in these rencounters man for his own peculiar interest always gave the palm of victory to the beneficent deity; this, according to all the traditions handed down, ever remained in possession of the field of battle; it was so far right, as it is evidently for the benefit of mankind that the good should prevail over the wicked.

 

When, however, man acknowledged only one God, he generally supposed the different departments of nature were confided to powers subordinate to his supreme orders, under whom the sovereign of the gods discharged his care in the administration of the world. These subaltern gods were prodigiously multiplied; each man, each town, each country, had their local, their tutelary gods; every event, whether fortunate or unfortunate, had a divine cause; was the consequence of a sovereign decree; each natural effect, every operation of nature, each passion, depended upon a divinity, which a theological imagination, disposed to see gods every where, mistaking nature, either embellished or disfigured. Poetry tuned its harmonious lays, on these occasions, exaggerated the details, animated its pictures; credulous ignorance received the portraits with eagerness—heard the doctrines with submission.

 

Such is the origin of Polytheism: indeed the Greek word Theos, [Greek letters], is derived from Theaomai, [Greek letters], which implies to contemplate, or take a view of secret or hidden things. Such are the foundations, such the titles of the hierarchy, which man established between himself and his gods, because he generally believed he was incapable of the exalted privilege of immediately addressing himself to the incomprehensible Being whom he had acknowledged for the only sovereign of nature, without even having any distinct idea on the subject: such is the true genealogy of those inferior gods whom the uninformed place as, a proportional means between themselves and the first of all other causes. In consequence, among the Greeks and the Romans, we see the deities divided into two classes, the one were called great gods, because the whole world were nearly in accord in deifying the most striking parts of nature, such as the sun, fire; the sea, time, &c. these formed a kind of aristocratic order, who were distinguished from the minor gods, or from the multitude of ethnic divinities, who were entirely local; that is to say, were reverenced only in particular countries, or by individuals; as in Rome, where every citizen had his familiar spirit, called lares; and household god, called penates. Nevertheless, the first rank of these Pagan divinities, like the latter, were submitted to Fate, that is, to destiny, which obviously is nothing more than nature acting by immutable, rigorous, necessary laws; this destiny was looked upon as the god of gods; it is evident, that this was nothing more than necessity personified; that therefore it was a weakness in the heathens to fatigue with their sacrifices, to solicit with their prayers, those divinities whom they themselves believed were submitted to the decrees of an inexorable destiny, of which it was never possible for them to alter the mandates. But man, generally, ceases to reason, whenever his theological notions are either brought into question, or are the subject of his inquiry.

 

What has been already said, serves to show the common source of that multitude of intermediate powers, subordinate to the gods, but superior to man, with which he filled the universe: they were venerated under the names of nymphs, demi-gods, angels, daemons, good and evil genii, spirits, heroes, saints, &c. Among the Romans they were called Dei medioxumi, intermediate angels; they were looked upon as intercessors, as mediators, as powers whom it was necessary to reverence, in order either to obtain their favour, appease their anger, or divert their malignant intentions; these constitute different classes of intermediate divinities, who became either the foundation of their hopes, the object of their fears, the means of consolation, or the source of dread to those very mortals who only invented them when they found it impossible to form to themselves distinct, perspicuous ideas of the incomprehensible Being who governed the world in chief; or when they despaired of being able to hold communication with him directly.

 

Meditation and reflection diminished the number of those deities which composed the ethnic polytheism: some who gave the subject more consideration than others, reduced the whole to one all-powerful Jupiter; but still they painted this being in the most hideous colours, gave him the most revolting features, because they were still obstinately bent on making man, his action and his passions, the model: this folly led them into continual perplexities, because it heaped together contradictory, incompatible, extravagant qualities; it was quite natural it should do so: the limited views, the superficial knowledge, the irregular desires of frail, feeble mortals, were but little calculated to typify the mind of the real Divinity; of that great Cause of causes, that Parent of parents, from whom every thing must have emanated. Although they persuaded themselves it was sinning to give him rivals, yet they described him as a jealous monarch who could not bear a division of empire; thus taking the vanity of earthly princes for their emblem, as if it was possible such a being could have a competitor like a terrestrial monarch. Not having contemplated the immutable laws with which he has invested nature, to which every thing it contains is subjected, which are the result of the most perfect wisdom, they were puzzled to account for the contrariety of those effects which their weak minds led them to suppose as evils; seeing that sometimes those who fulfilled in the most faithful manner their duties in this life, were involved in the same ruin with the boldest, the most inconsiderate violaters: thus in making him the immediate agent, instead of the first author, the executive instead of the formative power, they caused him to appear capricious, as unreasonably vindictive against his creatures, when they ought to have known that his wisdom was unlimited, his kindness without bounds, when he infused into nature that power which produces these apparently contradictory effects; which, although they seem injurious to man's interests, are, if he was but capacitated to judge fairly, the most beneficial advantages that he can possibly derive. Thus they made the Divinity appear improvident, by continually employing him to destroy the work of his own hands: they, in fact, taxed him with impotence, by the perpetual non-performance of those projects of which their own imbecillity, their own erring judgment, had vainly supposed him to be the contriver.

 

To solve these difficulties, man created enemies to the Divinity, who although subordinate to the supreme God, were nevertheless competent to disturb his empire, to frustrate his views. Can any thing be worse conceived, can any thing be more truly derogatory to the great Parent of parents, than thus to make him resemble a king, who is surrounded with adversaries, willing to dispute with him his diadem? Such, however, is the origin of the Fable of the Titanes, or of the rebellious angels, whose presumption caused them to be plunged into the abyss of misery—who were changed into demons, or into evil genii: these according to their mythology, had no other functions, than to render abortive the projects of the Divinity; to seduce, to raise to rebellion, those who were his subjects. Miserable invention, feeble subterfuge, for the vices of mankind, although decorated with all the beauty of language. Can then sublimity of versification, the harmony of numbers, reconcile man to the idea that the puny offspring of natural causes is adequate for a single instant to dispute the commands, to thwart the desires, to render nugatory the decrees of a Being whose wisdom is of the most polished perfection; whose goodness is boundless; whose power must be more capacious than the human mind can possibly conceive?

 

In consequence of this Fable of the Titanes, the monarch of nature was represented as perpetually in a scuffle with the enemies he had himself created; as unwilling totally to subdue those with whom these fabulists have described him as dividing his authority—partaking his supreme power. This again was borrowed from the conduct of earthly monarchs, who, when they find a potent enemy, make a treaty with him; but this was quite unnecessary for the great Cause of causes; and only shows that man is utterly incapable of forming any other ideas than those which he derives from the situation of those of his own race, or of the beings by whom he is surrounded. According to this fable the subjects of the universal Monarch were never properly submitted to his authority; like an earthly king, he was in a continual state of hostility, and punished those who had the misfortune to enter into the conspiracies of the enemies of his glory: seeing that human legislators put forth laws, issued decrees, they established similar institutions for the Divinity; established oracles; his ministers pretended, through these mysterious mediums, to convey to the people his heavenly mandates, to unveil his concealed intentions: the ignorant multitude received these without examination, they did not perceive that it was man, and not the Divinity, who thus spoke to them; they did not feel that it must be impossible for weak creatures to act contrary to the will of God.

 

The Fable of the Titanes, or rebellious angels, is extremely ancient; very generally diffused over the world; it serves for the foundation of the theology of the Brachmins of Hindostan: according to these, all living bodies are animated by fallen angels, who under these forms expiate their rebellion. These contradictory notions were the basis of nearly all the superstitions of the world; by these means they imagined they accounted for the origin of evil—demonstrated the cause why the human species experience misery. In short, the conduct of the most arbitrary tyrants of the earth was but too frequently brought forth, too often acted upon, in forming the character of the Divinity, held forth to the worship of man: their imperfect jurisprudence was the source from whence they drew that which they ascribed to their god. Pagan theology was remarkable for displaying in the character of their divinities the most dissolute vices; for making them vindictive; for causing them to punish with extreme rigour those, crimes which the oracles predicted; to doom to the most lasting torments those who sinned without knowing their transgression; to hurl vengeance on those who were ignorant of their obscure will, delivered in language which set comprehension at defiance; unless it was by the priest who both made and fulminated it. It was upon these unreasonable notions, that the theologians founded the worship which man ought to render to the Divinity. Do not then let us be at all surprised if the superstitious man was in a state of continual alarm: if he experienced trances—if his mind was ever in the most tormenting dread; the idea of his gods recalled to him unceasingly, that of a pitiless tyrant who sported with the miseries of his subjects; who, without being conscious of their own wrong, might at each moment incur his displeasure: he could not avoid feeling that although they had formed the universe entirely for man, yet justice did not regulate the actions of these powerful beings, or rather those of the priests; but he also believed that their elevated rank placed them infinitely above the human species, that therefore they might afflict him at their pleasure.

 

It is then for want of considering good and evil as equally necessary; it is for want of attributing them to their true causes, that man has created to himself fictitious powers, malicious divinities, respecting whom it is found so difficult to undeceive him. Nevertheless, in contemplating nature, he would have been able to have perceived, that physical evil is a necessary consequence of the peculiar properties of some beings; he would have acknowledged that plague, contagion, disease, are due to physical causes under particular circumstances; to combinations, which, although extremely natural, are fatal to his species; he would have sought—in the bosom of nature herself the remedies suitable to diminish these evils, or to have caused the cessation of those effects under which he suffered: he would have seen in like manner that moral evil was the necessary consequence of defective institutions; that it was not to the Divinity, but to the injustice of his fellows he ought to ascribe those wars, that poverty, those famines, those reverses of fortune, those multitudinous calamities, those vices, those crimes, under which he so frequently groans. Thus to rid himself of these evils he would not have uselessly extended his trembling hands towards shadows incapable of relieving him; towards beings who were not the authors of his sorrows; he would have sought remedies for these misfortunes in a more rational administration of justice—in more equitable laws—in more I reasonable institutions—in a greater degree of benevolence towards his fellow man—in a more punctual performance of his own duties.

 

As these gods were generally depicted to man as implacable to his frailties as they denounced nothing but the most dreadful punishments against those who involuntarily offended, it is not at all surprising that the sentiment of fear prevailed over that of love: the gloomy ideas presented to his mind were calculated to make him tremble, without making him better; an attention to this truth will serve to explain the foundation of that fantastical, irrational, frequently cruel worship, which was paid to these divinities; he often committed the most cruel extravagancies against his own person, the most hideous crimes against the person of others, under the idea that in so doing, he disarmed the anger, appeased the justice, recalled the clemency, deserved the mercy of his gods.

 

In general, the superstitious systems of man, his human and other sacrifices, his prayers, his ceremonies, his customs; have had only for their object either to divert the fury of his gods, whom he believed he had offended; to render them propitious to his own selfish views; or to excite in them that good disposition towards himself, which his own perverse mode of thinking made him imagine they bestowed exclusively on others: on the other hand, the efforts, the subtilties of theology, have seldom had any other end, than to reconcile in the divinities it has pourtrayed, those discordant ideas which its own dogmas has raised in the minds of mortals. From what has preceded, it may fairly be concluded that ethnic theology undermined itself by its own inconsistencies; that the art of composing chimeras may therefore with great justice be defined to be that of combining those qualities which are impossible to be reconciled with each other.

 

 

 

 

 

 

 

 

CHAP. III.

Of the confused and contradictory Ideas of Theology.

Every thing that has been said, proves pretty clearly, that, in despite of all his efforts, man has never been able to prevent himself from drawing together from his own peculiar nature, the qualities he has assigned to the Being who governs the universe. The contradictions necessarily resulting from the incompatible assemblage of these human qualities, which cannot become suitable to the same subject, seeing that the existence of one destroys the existence of the other, have been shewn:—the theologians themselves have felt the insurmountable difficulties which their divinities presented to reason: they were so substantive, that as they felt the impossibility of withdrawing themselves out of the dilemma, they endeavoured to prevent man from reasoning, by throwing his mind into confusion—by continually augmenting the perplexity of those ideas, already so discordant, which they offered him of the gods. By these means they enveloped them in mystery, covered them with dense clouds, rendered them inaccessible to mankind: thus they themselves became the interpreters, the masters of explaining, according either to their fancy or their interest, the ways of those enigmatical beings they made him adore. For this purpose they exaggerated them more and more—neither time nor space, nor the entire of nature could contain their immensity—every thing became an impenetrable mystery. Although man has originally borrowed from himself the traits, the colours, the primitive lineaments of which he composed his gods; although he has made them jealous, powerful, vindictive monarchs, yet his theology, by force of dreaming, entirely lost sight of human nature. In order to render his divinities still more different from their creatures, it assigned them, over and above the usual qualities of man, properties so marvellous, so uncommon, so far removed from every thing of which his mind could form a conception, that he lost sight of them himself. From thence he persuaded himself these qualities were divine, because he could no longer comprehend them; he believed them worthy of his gods, because no man could figure to himself any one distinct idea of them. Thus theology obtained the point of persuading man he must believe that which he could not conceive; that he must receive with submission improbable systems; that he must adopt, with pious deference, conjectures contrary to his reason; that this reason itself was the most agreeable sacrifice he could make on the altars of his gods, who were unwilling he should use the gift they had bestowed upon him. In short, it had made mortals implicitly believe that they were not formed to comprehend the thing of all others the most important to themselves. Thus it is evident that superstition founded its basis upon the absurd principle that man is obliged to accredit firmly that which he is in the most complete impossibility of comprehending. On the other hand, man persuaded himself that the gigantic, the truly incomprehensible attributes which were assigned to these celestial monarchs, placed between them and their slaves a distance so immense, that these could not be by any means offended with the comparison; that these distinctions rendered them still greater; made them more powerful, more marvellous, more inaccessible to observation. Man always entertains the idea, that what he is not in a condition to conceive, is much more noble, much wore respectable, than that which he has the capacity to comprehend. The more a thing is removed from his reach, the more valuable it always appears.

 

These prejudices in man for the marvellous, appear to have been the source that gave birth to those wonderful, unintelligible qualities with which superstition clothed these divinities. The invincible ignorance of the human mind, whose fears reduced him to despair, engendered those obscure, vague notions, with which mythology decorated its gods. He believed he could never displease them, provided he rendered them incommensurable; impossible to be compared with any thing, of which he had a knowledge; either with that which was most sublime, or that which possessed the greatest magnitude, From hence the multitude of negative attributes with which ingenious dreamers have successively embellished their phantoms, to the end that they might more surely form a being distinguished from all others, or which possessed nothing in common with that which the human mind had the faculty of being acquainted with: they did not perceive that after all their endeavours, it was nothing wore than exaggerated human qualities, which they thus heaped together, with no more skill than a painter would display who should delineate all the members of the body of the same size, taking a giant for dimension.

 

The theological attributes with which metaphysicians decorated these divinities, were in fact nothing but pure negations of the qualities found in man, or in those beings of which he has a knowledge; by these attributes their gods were supposed exempted from every thing which they considered weakness or imperfection in him, or in the beings by whom he is surrounded: they called every quality infinite, which has been shewn is only to affirm, that unlike man, or the beings with whom he is acquainted, it is not circumscribed by the limits of space; this, however, is what he can never in any manner comprehend, because he is himself finite. Hobbes in his Leviathan, says, "whatsoever we imagine is finite. Therefore there is no idea, or conception of any thing we call infinite. No man can have in his mind an image of infinite magnitude, nor conceive infinite swiftness, infinite time, infinite force, or infinite power. When we say any thing is infinite, we signify only, that we are not able to conceive the ends and bound of the thing named, having no conception of the thing, but of our own inability." Sherlock says, "the word infinite is only a negation, which signifies that which has neither end, nor limits, nor extent, and, consequently, that which has no positive and determinate nature, and is therefore nothing;" he adds, "that nothing but custom has caused this word to be adopted, which without that, would appear devoid of sense, and a contradiction."

 

When it is said these gods are eternal, it signifies they have not had, like man or like every thing that exists, a beginning, and that they will never have an end: to say they are immutable, is to say, that unlike himself or every thing which he sees, they are not subject to change: to say they are immaterial, is to advance, that their substance or essence is of a nature not conceivable by himself, but which must from that very circumstance be totally different from every thing of which he has cognizance.

 

It is from the confused collection of these negative qualities, that has resulted the theological gods; those metaphysical wholes of which it is impossible for man to form to himself any correct idea. In these abstract beings every thing is infinity,—immensity,— spirituality,—omniscience,—order,—wisdom,—intelligence,— omnipotence. In combining these vague terms, or these modifications, the ethnic priests believed they formed something, they extended these qualities by thought, and they imagined they made gods, whilst they only composed chimeras. They imagined that these perfections or these qualities must be suitable to their gods, because they were not suitable to any thing of which they had a knowledge; they believed that incomprehensible beings must have inconceivable qualities. These were the materials of which theology availed itself to compose those inexplicable shadows before which they commanded the human race to bend the knee.

 

Nevertheless, experience soon proved that beings so vague, so impossible to be conceived, so incapable of definition, so far removed from every thing of which man could have any knowledge, were but little calculated to fix his restless views; his mind requires to be arrested by qualities which he is capacitated to ascertain; of which he is in a condition to form a judgment. Thus after it had subtilized these metaphysical gods, after it had rendered them so different in idea, from every thing that acts upon the senses, theology found itself under the necessity of again assimilating them to man, from whom it had so far removed them: it therefore again made them human by the moral qualities which it assigned them; it felt that without this it would not be able to persuade mankind there could possibly exist any relation between him and such vague, ethereal, fugitive, incommensurable beings; that it would never be competent to secure for them his adoration.

 

It began to perceive that these marvellous gods were only calculated to exercise the imagination of some few thinkers, whose minds were accustomed to labour upon chimerical subjects, or to take words for realities; in short it found, that for the greater number of the material children of the earth it was necessary to have gods more analogous to themselves, more sensible, more known to them. In consequence these divinities were re-clothed with human qualities; theology never felt the incompatibility of these qualities with beings it had made essentially different from man, who consequently could neither have his properties, nor be modified like himself. It did not see that gods who were immaterial, destitute of corporeal organs, were neither able to think nor to act as material beings, whose peculiar organizations render them susceptible of the qualities, the feelings the will, the virtues, that are found in them. The necessity it felt to assimilate the gods to their worshippers, to make an affinity between them, made it pass over without consideration these palpable contradictions—this want of keeping in their portrait: thus ethnic theology obstinately continued to unite those incompatible qualities, that discrepancy of character, which the human mind attempted in vain either to conceive or to reconcile: according to it, pure spirits were the movers of the material world; immense beings were enabled to occupy space, without however excluding nature; immutable deities were the causes of those continual changes operated in the world: omnipotent beings did not prevent those evils which were displeasing to them; the sources of order submitted to confusion: in short, the wonderful properties of these theological beings every moment contradicted themselves.

 

There is not less discrepancy, less incompatibility, less discordance in the human perfections, less contradiction in the moral qualities attributed to them, to the end that man might be enabled to form to himself some idea of these beings. These were all said to be eminently possessed by the gods, although they every moment contradicted each other: by this means they formed a kind of patch-work character, heterogeneous beings, discrepant phenomena, entirely inconceivable to man, because nature had never constructed any thing like them, whereby he was enabled to form a judgment. Man was assured they were eminently good—that it was visible in all their actions. Now goodness is a known quality, recognizable in some beings of the human species; this is, above every other, a property he is desirous to find in all those upon whom he is in a state of dependence; but he is unable to bestow the title of good on any among his fellows, except their actions produce on him those effects which he approves—that he finds in unison with his existence—in conformity with his own peculiar modes of thinking. It was evident, according to this reasoning, these ethnic gods did not impress him with this idea; they were said to be equally the authors of his pleasures, as of his pains, which were to be either secured or averted by sacrifices: thus when man suffered by contagion, when he was the victim of shipwreck, when his country was desolated by war, when he saw whole nations devoured by rapacious earthquakes, when he was a prey to the keenest sorrows, he at least was unable to conceive the bounty of those beings. How could he perceive the beautiful order which they had introduced into the world, while he groaned under such a multitude of calamities? How was he able to discern the beneficence of men whom he beheld sporting as it were with his species? How could he conceive the consistency of those who destroyed that which he was assured they had taken such pains to establish, solely for his own peculiar happiness? But had his mind been properly enlightened, had he been taught to know, that nature, acting by unerring laws, produces all the phenomena he beholds as a necessary consequence of her primitive impulse—that like the rest of nature he was himself subjected to the general operation—that no peculiar exemption had been made in his behalf—that sacrifices were useless—that the great Parent of parents, equally mindful of all his creatures, had set in action with the most consummate wisdom an invariable system, the apparent, casual evils of which were ever counterbalanced by the resulting good; that without repining, it was his duty, his interest, to submit; at the same time to examine with sedulity, to search with earnestness, into the recesses of this nature for remedies to the sorrows he endured. If he had been thus instructed, we should never behold him arraigning either the kindness, the wisdom, or the consistency of the gods; he would neither have ascribed his sufferings to the malicious interference of inferior deities, so derogatory to the divine majesty of the Great Cause of causes, nor would he have taxed with either inconsistency or unkindness, that nature which cannot act otherwise than she does. Perhaps of all the ideas that can be infused into the mind of man, none is more really subversive of his true happiness, none more incompatible with the reality of things, than that which persuades him he is himself a privileged being, the king of a nature where every thing is submitted to laws, the extent of which his finite mind cannot possibly conceive. Even admitting it should ultimately turn out to be a fact, he has yet no one positive evidence to justify the assumption; experience, which after all must always prove the best criterion for his judgment, daily proves, that in every thing he is subjected, like every other part of nature, to those invariable decrees from which nothing that he beholds is exempted.

 

Feeble monarch! of whom a grain of sand, some atoms of bile, some misplaced humours, destroy at once the existence and the reign: yet thou pretendest every thing was made for thee! Thou desirest that the entire of nature should be thy domain, and thou canst not even defend thyself from the slightest of her shocks! Thou makest to thyself a god for thyself alone; thou supposest that he unceasingly occupieth himself only for thy peculiar happiness; thou imaginest every thing was made solely for thy pleasure; and, following up thy presumptuous ideas, thou hast the audacity to call nature good or bad as thy weak intellect inclines: thou darest to think that the kindness exhibited towards thee, in common with other beings, is contradicted by the evil genii thy fancy has created! Dost thou not see that those beasts which thou supposest submitted to thine empire, frequently devour thy fellow-creatures; that fire consumeth them; that the ocean swalloweth them up; that those elements of which thou sometimes admirest the order, which sometimes thou accusest of confusion, frequently sweep them off the face of the earth; dost thou not see that all this is necessarily what it must be; that thou art not in any manner consulted in any of this phenomena? Indeed, according to thine own ideas, if thou wast to examine them with care, dost thou not admit that thy gods are the universal cause of all; that they maintain the whole by the destruction of its parts. Are they not then according to thyself, the gods of nature—of the ocean—of rivers—of mountains—of the earth, in which they occupiest, so very small a space—of all those other globes that thou seest roll in the regions of space—of those orbs that revolve round the sun that enlighteneth thee?—Cease, then, obstinately to persist in beholding nothing but thy sickly self in nature; do not flatter thyself that the human race, which reneweth itself, which disappeareth like the leaves on the trees, can absorb all the care, can ingross all the tenderness of that universal being, who, according to thyself, properly understood, ruleth the destiny of all things. Submit thyself in silence to mandates which thy unavailing prayers; can never change; to a wisdom which thy imbecility cannot fathom; to the unerring shafts of a fate, which nothing but thine own vanity, aided by thy perverse ignorance, could ever question, being the best possible good that can befall thee! which if thou couldst alter, thou wouldst with thy defective judgment render worse! What is the human race compared to the earth? What is this earth compared to the sun? What is our sun compared to those myriads of suns which at immense distances occupy the regions of space? not for the purpose of diverting thy weak eyes; not with a view to excite thy stupid admiration, as thou vainly imaginest; since multitudes of them are placed out of the range of thy visual organs: but to occupy the place which necessity hath assigned them. Mortal, feeble and vain! restore thyself to thy proper sphere; acknowledge every where the effect of necessity; recognize in thy benefits, behold in thy sorrows, the different modes of action of those various beings endowed with such a variety of properties, which surround thee; of which the macrocosm is the assemblage; and do not any longer suppose that this nature, much less its great cause, can possess such incompatible qualities as would be the result of human views or of visionary ideas, which have no existence but in thyself.

 

As long as theologians shall continue obstinately bent to make man the model of their gods; as long ask they shall pertinaciously undertake to explain the nature of these gods, which they will never be able to do, but after human ideas, although they may associate the most heterogeneous properties, the most discrepant functions; so long, I say, experience will contradict at every moment the beneficent views they, attach to their divinities; it will be in vain that they call them good: man, reasoning thus, will never be able to find good but in those objects which impel him in a manner favourable to his actual mode of existence; he always finds confusion in that which fills him with grievous sensations; he calls evil every thing that painfully affects him, even cursorily; those beings that produce in him two modes of feeling, so very opposite to each other, he will naturally conclude are sometimes favourable, sometimes unfavourable to him; at least, if he will not allow that they act necessarily, consequently are neither one nor the other, he will say that a world where he experiences so much evil cannot be submitted to men who are perfectly good; on the other hand, he will also assume that a world in which man receives so many benefits, cannot be governed by those who are without kindness. Thus he is obliged to admit of two principles equally powerful, who are in hostility with each other; or rather, he must agree that the same persons are alternately kind and unkind; this after all is nothing more than avowing they cannot be otherwise than they are; in this case it would be useless to sacrifice to them—to make solicitation; seeing it would be nothing but destiny—the necessity of things submitted invariable rules.

 

In order to justify these beings, constructed upon mortal principles, from injustice, in consequence of the evils the human species experience, the theologian is reduced to the necessity of calling them punishments inflicted for the transgressions of man. But then these general calamities include all men. Some, at least, may be supposed not to have offended. Thus he involves contradictions he finds it difficult to reconcile; to effectuate this he makes his anthropomorphites immaterial—incorporeal; that is, he says they are the negation of every thing of which he has a knowledge; consequently, beings who can have no relation with corporeal beings: and this avails him no better, as will be evident by reasoning on the subject. To offend any one, is to diminish the sum of his happiness; it is to afflict him, to deprive him of something, to make him experience a painful sensation. How is it possible man can operate on such beings; how can the physical actions of a material substance have any influence over an immaterial substance, devoid of parts, having no point of contact. How can a corporeal being make an incorporeal being experience incommodious sensations? On the other hand, justice, according to the only ideas man can ever form of it, supposes, a permanent disposition to render to each what is due to him; the theologian will not admit that the beings he has jumbled together owe any thing to man; he insists that the benefits they bestow are all the gratuitous effects of their own goodness; that they have the right to dispose of the work of their hands according to their own pleasure; to plunge it if they please into the abyss of misery; in short, that their volition is the only guide of their conduct. It is easy to see, that according to man's idea of justice, this does not even contain the shadow of it; that it is, in fact, the mode of action adopted by what he calls the most frightful tyrants. How then can he be induced to call men just who act after this manner? Indeed, while he sees innocence suffering, virtue in tears, crime triumphant, vice recompensed, and at the same time, is told the beings whom theology has invented are the authors, he will never be able to acknowledge them to have justice. But he will find no such contradictory qualities in nature, where every thing is the result of immutable laws: he will at once perceive that these transient evils produce more permanent good; that they are necessary to the conservation of the whole, or else result from modifications of matter, which it is competent for him to change, by altering his own mode of action; a lesson that nature herself teaches him when he is willing to receive her instructions. But to form gods with human passions, is to make them appear unjust; to say that such beings chastise their friends for their own I good, is at once to upset all the ideas he has either of kindness or unkindness: thus the incompatible human qualities ascribed to these beings, do in fact destroy their existence. If it be insisted they have the knowledge and power of man, only that they are more extended, then it becomes a very natural reply, to say, since they know every thing, they ought at least to restrain mischief; because this would be the observation of man upon the action of his fellows;—if it be urged these qualities are similar to the same qualities possessed by man, then it may be fairly asked in what do they differ? To this, if any answer be given, be what it may, it will still be only changing the language: it will be invariably another method of expressing the same thing; seeing that man with all his ingenuity, will never be able to describe properties but after himself or those of the beings by whom he is surrounded.

 

Where is the man filled with kindness, endowed with humanity, who does not desire with all his heart to render his fellow creatures happy? If these beings, as the theologians assert, really have man's qualities augmented, would they not, by the same reasoning, exercise their infinite power to render them all happy? Nevertheless, in despite of these theologists, we scarcely find any one who is perfectly satisfied with his condition on earth: for one mortal that enjoys, we behold a thousand who suffer; for one rich man who lives in the midst of abundance, there are thousands of poor who want common necessaries: whole nations groan in indigence, to satisfy the passions of some avaricious princes, of some few nobles, who are not thereby rendered more contented—who do not acknowledge themselves more fortunate on that account. In short, under the dominion of these beings, the earth is drenched with the tears of the miserable. What must be the inference from all this? That they are either negligent of, or incompetent to, his happiness. But the mythologists will tell you coolly, that the judgments of his gods are impenetrable! How do we understand this term? Not to be taught—not to be informed—impervious—not to be pierced: in this case it would be an unreasonable question to inquire by what authority do you reason upon them? How do you become acquainted with these impenetrable mysteries? Upon what foundation do you attribute virtues which you cannot penetrate? What idea do you form to yourself of a justice that never resembles that of man? Or is it a truth that you yourself are not a man, but one of those impenetrable beings whom you say you represent?

 

To withdraw themselves from this, they will affirm that the justice of these idols are tempered with mercy, with compassion, with goodness: these again are human qualities: what, therefore, shall we understand by them? What idea do we attach to mercy? Is it not a derogation from the severe rules of an exact, a rigorous justice, which causes a remission of some part of a merited punishment? Here hinges the great incompatibility, the incongruity of those qualities, especially when augmented by the word omni; which shews how little suitable human properties are to the formation of divinities. In a prince, clemency is either a violation of justice, or the exemption from a too severe law: nevertheless, man approves of clemency in a sovereign, when its too great facility does not become prejudicial to society; he esteems it, because it announces humanity, mildness, a compassionate, noble soul; qualities he prefers in his governors to rigour, cruelty, inflexibility: besides, human laws are defective; they are frequently too severe; they are not competent to foresee all the circumstances of every case: the punishments they decree are not always commensurate with the offence: he therefore does not always think them just: but he feels very well, he understands distinctly, that when the sovereign extends his mercy, he relaxes from his justice—that if mercy he merited, the punishment ought not to take place—that then its exercise is no longer clemency, but justice: thus he feels, that in his fellow creatures these two qualities cannot exist at the same moment. How then is he to form his judgment of beings who are represented to possess both in the extremest degree? Is it not, in fact, announcing these beings to be men like ourselves, who act with our imperfections on an enlarged scale?

 

They then say, well, but in the next world these idols will reward you for all the evils you suffer in this: this, indeed, is something to look to, if it could be contemplated alone; unmixed with all they have formerly asserted: if we could also find that there was an unison of thinking on this point—if there was a reasonable comprehensible view of it held forth: but alas! here again human pleasures, human feelings, are the basis on which these rewards are rested; only they are promised in a way we cannot comprehend them; houris, or females who are to remain for ever virgins, notwithstanding the knowledge of man, are so opposed to all human comprehension, so opposite to all experience, are such mystic assertions, that the human mind cannot possibly embrace an idea of them: besides this is only promised by one class of these beings; others affirm it will be altogether different: in short, the number of modes in which this hereafter reward is promised to him, obliges man to ask himself one plain question, Which is the real history of these blissful abodes? At this question he staggers—he seeks for advice: each assures him that the other is in error—that his peculiar mode is that which will really have place; that to believe the other is a crime. How is he to judge now? Take what course he will, he runs the chance of being wrong; he has no standard whereby to measure the correctness of these contradictory assurances; his mind is held suspended; he feels the impossibility of the whole being right; he knows not that which he ought to elect! Again, they have positively asserted these beings owe nothing to man: how then is he to expect in a future life, a more real happiness than he enjoys in the present? This they parry, by assuring him it is founded upon their promises, contained in their revealed oracles. Granted: but is he quite certain these oracles have emanated from themselves? If they are so different in their detail, may there not be reasonable ground for suspecting some of them are not authentic? If there is, which are the spurious, which are the genuine? By what rule is he to guide himself in the choice; how, with his frail methods of judging, is he to scrutinize oracles delivered by such powerful beings—to discriminate the true from the false? The ministers of each will give you an infallible method, one that, is according to their own asseveration, cannot err; that is, by an implicit belief in the particular doctrine each promulgates.

 

Thus will be perceived the multitude of contradictions, the extravagant hypotheses which these human attributes, with which theology clothes its divinities, must necessarily produce. Beings embracing at one time so many discordant qualities will always be undefinable—can only present a train of ideas calculated to displace each other; they will consequently ever remain beings of the imagination. These beings, say their ministers, created the heavens, the earth, the creatures who inhabit it, to manifest their own peculiar glory; they have neither rivals, nor equals in nature; nothing which can be compared with them. Glory is, again, a human passion: it is in man the desire of giving his fellow-creatures an high opinion of him; this, passion is laudable when it stimulates him to undertake great projects—when it determines him to perform useful actions—but it is very frequently a weakness attached to his nature; it is nothing more than a desire to be distinguished from those beings with whom he compares himself, without exciting him to one noble, one generous act. It is easy to perceive that beings who are so much elevated above men, cannot be actuated by such a defective passion. They say these beings are jealous of their prerogatives. Jealousy is another human passion, not always of the most respectable kind: but it is rather difficult to conceive the existence of jealousy with profound wisdom, unlimited power, and the perfection of justice. Thus the theologians by dint of heaping quality on quality, aggrandizing each as is added, seem to have reduced themselves to the situation of a painter, who spreading all his colours upon his canvas together, after thus blending them into an unique mass, loses sight of the whole in the composition.

 

They will, nevertheless, reply to these difficulties, that goodness, wisdom, justice, are in these beings qualities so pre-eminent, so distinct, have so little affinity with these same qualities in man, that they are totally dissimilar—have not the least relation. Admit this to be the case, How then can he form to himself any idea of these perfections, seeing they are totally unlike those with which he is acquainted? They surely cannot mean to insinuate that they are the reverse of every thing he understands; because that would, in effect, bring them to a precise point which would not need any explanation; it is therefore a matter of certainty this cannot be the case: then if these qualities, when exercised by the beings they have described, are only human actions so obscured, so hidden, as not to be recognizable by man, How can weak mortals pretend to announce them, to have a knowledge of them, to explain them to others? Does then theology impart to the mind the ineffable boon of enabling it to conceive that which no man is competent to understand? Does it procure for its agents the marvellous faculty of having distinct ideas of beings composed of so many contradictory properties? Does it, in fact, make the theologian himself one of these incomprehensible beings.

 

They will impose silence, by saying the oracles have spoken; that through these mystical means they have made themselves known to mortals. The next question would naturally be, When, where, or to whom have these oracles spoken? Where are these oracles? An hundred voices raise themselves in the same moment; hands of Briaraeus are immediately stretched forth to shew them in a number of discordant collections, which each maintains, with an equal degree of vehemence, is the true code—the only doctrine man ought to believe: he runs them over, finds they scarcely agree in any one particular; but that in all the heaviest penalties are denounced against those who doubt the smallest part of any one of them. These beings of consummate wisdom are made to speak an obscure, irrational language; some of them, although their goodness is proclaimed, have been cruel and sanguinary; others, although their justice is held forth, have been partial, unjust, capricious; some, who are represented as all merciful, destine to the most hideous punishments the unhappy victims to their wrath: examine any one of them more closely, he will find that they have never in any two countries held literally the same language: that although they are said to have spoken in many places, that they have always spoken variously: What is the necessary result? The human mind, incapable of reconciling such manifest contradictions, unable to obtain from their ministers any corroborative evidence, that is not disputed by the others, falls into the strangest perplexity; is involved in doubts, entangled in a labyrinth to which no clue is to be found.

 

Thus the relations, which are supposed to exist between man and these theological idols, can only be founded on the moral qualities of these beings: if these are not known to him, if he cannot in any manner comprehend them, they cannot by any ingenuity of argument serve him for models. In order that they may be imitated, it is needful that these qualities were cognizable by the being who is to imitate them. How can he imitate that goodness, that justice, that mercy, which does not resemble either his own, or any thing he can conceive? If these beings partake in nothing of that which forms man—if the properties they do possess, although different, are not within the reach of his comprehension—if, he cannot embrace the most distant idea of them, which the theologian assures him he cannot, How is it possible he can set about imitating them? How follow a conduct suitable to please them—to render himself acceptable in their sight? What can in effect be the motive of that worship, of that homage, of that obedience, which these beings are said to exact—which he is informed he should offer at their altars, if he does not establish it upon their goodness—their veracity—their justice: in short, upon qualities which he is competent to understand? How can he have clear, distinct ideas of those qualities, if they are no longer of the same nature as those which he has learned to reverence in the beings of his own species?

 

To this they will reply, because none of them ever admit the least doubt of the rectitude of their own individual creed, that there can be no proportion between these idols and mortals, who are the work of their hands; that it is not permitted to the clay to demand of the potter who has formed it, "why ye have fashioned me thus;"—but if there can be no common measure between the workman and his work—if there can be no analogy between them, because the one is immaterial, the other corporeal, How do they reciprocally act upon each other? How can the gross organs of the one, comprehend the subtile quality of the other? Reasoning in the only way he is capable, and it surely will never be seriously argued that he is not to reason, will he not perceive that the earthen vase could only have received the form which it pleased the potter to give; that if it is formed badly, if it is rendered inadequate to the use for which it was designed, the vase is not in this instance to be blamed; the potter certainly has the power to break it; the vase cannot prevent him; it will neither have motives nor means to soften his anger; it will be obliged to submit to its destiny; but he will not be able to prevent his mind from thinking the potter harsh in thus punishing the vase, rather than by forming it anew, by giving it another figure, render it competent to the purposes he intended.

 

According to these notions the relations between man and these theological beings have no existence, they owe nothing to him, are dispensed from shewing him either goodness or justice; that man, on the contrary, owes them every thing: but contradictions appear at every step. If these have promised by their oracles any thing to man, it is rather difficult for him to believe, that what is so solemnly promised does not belong to him if he fulfils the condition of the promise. The difference a theologian may choose to find in these relations will hardly be convincing to a reasonable mind. The duties of man towards these beings can, according to their own shewing, have no other foundation than the happiness he expects from them: thus the relation has a reciprocity, it is founded upon their goodness, upon their justice, it demands obedience on his part, a conduct suitable to the benefits he receives. Thus, in whatever manner the theological system is viewed, it destroys itself. Will theology never feel that the more it endeavours to exaggerate the human qualities, the less it exalts the beings it pictures; the more incomprehensible it renders them, the more it contributes to swell its own ocean of contradictions; that to take human passions, mortal faculties at all, is perhaps the worst means it can pursue to form a perfect being; but that if it must persist in this method, then the further they remove them from man, the more they debase him, the more they weaken the relations subsisting between them: that in thus aggregating human properties, it should carefully abstain from associating in these pictures those qualities which man finds detestable in his fellows. Thus, despotism in man is looked upon as an unjust, unreasonable power; if it introduces such a quality into its portraits, it cannot rationally suppose them suitable to cultivate the esteem, to attract the voluntary homage of the human race: if, however, the canvas be examined, we shall frequently be struck, with perceiving this the leading feature; we shall equally find a want of keeping through the whole; that shadows are introduced, where lights ought to prevail; that the colouring is incongruous—the design without harmony.

 

The discrepancy of conduct which theology imputes to these idols, is not less remarkable than the contrariety of qualities it ascribes to them, or the inconsistency of the passions with which it invests them; sometimes, according to this, they are the friends to reason, desirous of the happiness of society; sometimes they are inimical to virtue; interdict the use of reason; flattered with seeing society disturbed, they sometimes afflict man without his being able to guess the cause of their displeasure; sometimes they are favourable to mankind—at others, indisposed towards the human species: sometimes they are represented as permitting crimes for the pleasure of punishing them—at others, they exert all their power to arrest crime in its birth; sometimes they elect a small number to receive eternal happiness, predestinating the rest to perpetual misery—to everlasting torments; at others, they throw open the gates of mercy to all who choose to enter them; sometimes they are pourtrayed as destroying the universe—at others, as establishing the most beautiful order in the planet we inhabit; sometimes they are held forth as countenancing deception—at others, as having the highest reverence for truth—as holding deceit in abomination. This, again, is the necessary result of the human faculties, the mortal passions, the frail qualities of which they compose the beings they hold forth to the admiration, to the worship, to the homage of the world.

 

Perhaps the most fatal consequences have arisen from founding the moral character of these divinities upon that of man. Those who first had the confidence to tell man that in these matters it was not permitted him to consult his reason, that the interests of society demanded its sacrifice, evidently proposed to themselves to make him the sport of their own wantonness—to make him the blind instrument of their own unworthiness. It is from this radical error that has sprung all those extravagances which the various superstitions have introduced upon the earth: from hence has flowed that sacred fury which has frequently deluged it with blood: here is the cause of those inhuman persecutions which have so often desolated nations: in short, all those horrid tragedies which have been acted on the vast theatre of the world, by command of the different ministers of the various systems, whose gods they have said ordained these shocking spectacles.

 

The theologians themselves have thus been the means, of calumniating the gods they pretended to serve, under the pretext of exalting their name—of covering them with glory; in this they may have been said to be true atheists, since they seem only to have been anxious to destroy the idols they themselves had raised, by the actions they have attributed to them—which has debased them in the eye of reason—rendered their existence more than doubtful to the man of humanity. Indeed, it would require more than human credulity to accredit the assertion that these beings ever could order the atrocities committed in their name. Every time they have been willing to disturb the harmony of mankind—whenever they have been desirous to render him unsociable, they have cried out that their gods ordained that he should be so. Thus they render mortals uncertain, make the ethical system fluctuate by founding it upon changeable, capricious idols, whom they represent much more frequently cruel and unjust, than filled with bounty and benevolence.

 

However it may be, admitting if they will for a moment that their idols possess all the human virtues in an infinite degree of perfection, we shall quickly be obliged to acknowledge that they cannot connect them with those metaphysical, theological, negative attributes, of which we have already spoken. If these beings are spirits that are immaterial, how can they be able to act like man, who is a corporeal being? Pure spirits, according to the only idea man can form of them, having no organs, no parts, cannot see any thing; can neither hear our prayers, attend to our solicitations, nor have compassion for our miseries. They cannot be immutable, if their dispositions can suffer change: they cannot be infinite, if the totality of nature, without being them, can exist conjointly with them: they cannot be omnipotent, if they either permit or do not prevent evil: they cannot be omnipresent, if they are not every where: they must therefore be in the evil as well as in the good. Thus in whatever manner they are contemplated, under whatever point of view they are considered, the human qualities which are assigned to them, necessarily destroy each other; neither can these same properties in any possible manner combine themselves with the supernatural attributes given to them by theology.

 

With respect to the revealed will of these idols, by means of their oracles, far from being a proof of their good will, of their commisseration for man, it would rather seem evidence of their ill-will. It supposes them capable of leaving mankind for a considerable season unacquainted with truths highly important to their interests; these oracles communicated to a small number of chosen men, are indicative of partiality, of predilections, that are but little compatible with the common Father of the human race. These oracles were ill imagined, since they tend to injure the immutability ascribed to these idols, by supposing that they permitted man to be ignorant at one time of their will, whilst at another time they were willing he should be instructed on the subject. Moreover, these oracles frequently predicted offences for which afterwards severe punishments were inflicted on those who did no more than fulfil them. This, according to the reasoning of man, would be unjust. The ambiguous language in which they were delivered, the almost impossibility of comprehending them, the inexplicable mysteries they contained, seemed to render them doubtful; at least they are not consistent with the ideas man is capable of forming of infinite perfection: but the fact clearly is, they were thus rendered capable of application to the contingency of events—could be made to suit almost any circumstances: this would render it not a very improbable conjecture, that these oracles were solely delivered by the priests themselves. It these were tried by the only test of which he has any knowledge—HIS REASON, it would naturally occur to the mind of man, that mystery could never, on any occasion, be used in the promulgation of substantive decrees meant to operate on the obedience, to actuate the moral conduct of man: it is quite usual with most legislators to render their laws as explicit as possible, to adapt them to the meanest understanding; in short, it would be reckoned want of good faith in a government, to throw a thick, mysterious veil over the announcement of that conduct which it wished its citizens to adopt; they would be apt to think such a procedure was either meant to cover its own peculiar ignorance, or else to entrap them into a snare; at best, it would be considered as furnishing a never-failing source of dispute, which a wise government would endeavour to avoid.

 

It will thus be obvious, that the ideas which theology has at various times, under various systems, held forth to man, have for the most part been confused, discordant, incompatible, and have had a general tendency to disturb the repose of mankind. The obscure notions, the vague speculations of these multiplied creeds, would be matter of great indifference, if man was not taught to hold them as highly important to his welfare—if he did not draw from them conclusions pernicious to himself—if he did not learn from these theologians that he must sharpen his asperity against those who do not contemplate them in the same point of view with himself: as he perhaps, then, will never have a common standard, a fixed rule, a regular graduated scale, whereby to form his judgment on these points—as all efforts of the imagination must necessarily assume divers shapes, undergo a variety of modifications, which can never be assimilated to each other, it was little likely that mankind would at all times be able to understand each other on this subject; much less that they would be in accord in the opinions they should adopt. From hence that diversity of superstitions which in all ages have given rise to the most irrational disputes; which have engendered the most sanguinary wars; which have caused the most barbarous massacres; which have divided man from his fellow by the most rancorous animosities, that will perhaps never be healed; because he has been impelled to consider the peculiar tenets he adopted, not only as immediately essential to his individual welfare, but also as intimately connected with the happiness, closely interwoven with the tranquillity of the nation of which he was a citizen. That such contrariety of sentiment, such discrepancy of opinion should exist, is not in the least surprising; it is, in fact, the natural result of those physical causes to which, as long as he exists, he is at all times submitted. The man of a heated imagination cannot accommodate himself to the god of a phlegmatic, tranquil being: the infirm, bilious, discontented, angry mortal, cannot view him under the same aspect as he who enjoys a sounder constitution,—as the individual of a gay turn, who enjoys the blessing of content, who wishes to live in peace. An equitable, kind, compassionate, tender-hearted man, will not delineate to himself the same portrait of his god, as the man who is of an harsh, unjust, inflexible, wicked character. Each individual will modify his god after his own peculiar manner of existing, after his own mode of thinking, according to his particular mode of feeling. A wise, honest, rational man will always figure to himself his god as humane and just.

 

Nevertheless, as fear usually presided at the formation of those idols man set up for the object of his worship; as the ideas of these beings were generally associated with that of terror as the recollections of sufferings, which he attributed to them, often made him tremble; frequently awakened in his mind the most afflicting, reminiscence; as it sometimes filled him with inquietude, sometimes inflamed his imagination, sometimes overwhelmed him with dismay, the experience of all ages proves, that these vague idols became the most important of all considerations—was the affair which most seriously occupied the human race: that they every where spread consternation—produced the most frightful ravages, by the delirious inebriation resulting from the opinions with which they intoxicated the mind. Indeed, it is extremely difficult to prevent habitual fear, which of all human passions is the most incommodious, from becoming a dangerous leaven; which in the long run will sour, exasperate, and give malignancy to the most moderate temperament.

 

If a misanthrope, in hatred of his race, had formed the project of throwing man into the greatest perplexity,—if a tyrant, in the plenitude of his unruly desire to punish, had sought out the most efficacious means; could either the one or the other have imagined that which was so well calculated to gratify their revenge, as thus to occupy him unceasingly with objects not only unknown to him, but which no two of them should ever see with precisely the same eyes; which notwithstanding they should be obliged to contemplate as the centre of all their thoughts—as the only model of their conduct—as the end of all their actions—as the subject of all their research—as a thing of more importance to them than life itself; upon which all their present felicity, all their future happiness, must necessarily depend? Could the gods themselves, in their solicitude to punish the impious Prometheus, for having stolen fire from the sun, have imagined a more certain method of executing their wishes? Was not Pandora's box, though stuffed with evils, trifling when compared with this? That at least left hope, to the unfortunate Epimetheus; this effectually cut it off.

 

If man was subjected to an absolute monarch, to a sultan who should keep himself secluded from his subjects; who followed no rule but his own desires; who did not feel himself bound by any duty; who could for ever punish the offences committed against him; whose fury it was easy to provoke; who was irritated even by the ideas, the thoughts of his subjects; whose displeasure might be incurred without even their own knowledge; the name of such a sovereign would assuredly be sufficient to carry trouble, to spread terror, to diffuse consternation into the very souls of those who should hear it pronounced; his idea would haunt them every where—would unceasingly afflict them—would plunge them into despair. What tortures would not their mind endure to discover this formidable being, to ascertain the secret of pleasing him! What labour would not their imagination bestow, to discover what mode of conduct might be able to disarm his anger! What fears would assail them, lest they might not have justly hit upon the means of assuaging his wrath! What disputes would they not enter into upon the nature, the qualities of a ruler, equally unknown to them all! What a variety of means would not be adopted, to find favour in his eyes; to avert his chastisement!

 

Such is the history of the effects superstition has produced upon the earth. Man has always been panic-struck, because the systems adopted never enable him to form any correct opinion, any fixed ideas, upon a subject so material to his happiness; because every thing conspired either to give his ideas a fallacious turn, or else to keep his mind in the most profound ignorance; when he was willing to set himself right, when he was sedulous to examine the path which conducted to his felicity, when he was desirous of probing opinions so consequential to his peace, involving so much mystery, yet combining both his hopes and his fears, he was forbidden to employ the only proper method,—HIS REASON, guided by his experience; he was assured this would be an offence the most indelible. If he asked, Wherefore his reason had then been given him, since he was not to use it in matters of such high behest? he was answered, those were mysteries of which none but the initiated could be informed; that it sufficed for him to know, that the reason which he seemed so highly to prize, which he held in so much esteem, was his most dangerous enemy—his most inveterate, most determined foe. Where can be the propriety of such an argument? Can it really be that reason is dangerous? If so, the Turks are justified in their predilection for madmen: but to proceed, he is told that he must believe in the gods, not question the mission of their priests; in short, that he had nothing to do with the laws they imposed, but to obey them: when he then required that these laws might at least be made comprehensible to him; that he might be placed in a capacity to understand them; the old answer was returned, that they were mysteries; he must not inquire into them. But where is the necessity for mystery in points of such vast importance? He might, indeed, from time to time consult these oracles, when he was able to make the sacrifices demanded; he would then receive precepts for his conduct: these were always, however, given in such vague, indeterminate terms, that he had scarcely the chance of acting right. At different times the same oracles delivered different opinions: thus he had nothing, steady; nothing permanent, whereby to guide his steps; like a blind man left to himself in the streets, he was obliged to grope his way at the peril of his existence. This will serve to shew the urgent necessity there is for truth to throw its radiant lustre on systems big with so much importance; that are so calculated to corroborate the animosities, to confirm the bitterness of soul, between those whom nature intended should always act as brothers.

 

By the magical charms with which these idols were surrounded, the human species has remained either as if it was benumbed, in a state of stupid apathy, or else he has become furious with fanaticism: sometimes, desponding with fear, man cringed like a slave who bends under the scourge of an inexorable master, always ready to strike him; he trembled under a yoke made too ponderous for his strength: he lived in continual dread of a vengeance he was unceasingly striving to appease, without ever knowing when he had succeeded: as he was always bathed in tears, continually enveloped in misery—as he was never permitted to lose sight of his fears—as he was continually exhorted to nourish his alarm, he could neither labour for his own happiness nor contribute to that of others; nothing could exhilirate him; he became the enemy of himself, the persecutor of his fellow-creatures, because his felicity here below was interdicted; he passed his time in heaving the most bitter sighs; his reason being forbidden him, he fell into either a state of infancy or delirium, which submitted him to authority; he was destined to this servitude from the hour he quitted his mother's womb, until that in which he was returned to his kindred dust; tyrannical opinion bound him fast in her massive fetters; a prey to the terrors with which he was inspired, he appeared to have come upon the earth for no other purpose than to dream—with no other desire than to groan—with no other motives than to sigh; his only view seemed to be to injure himself; to deprive himself of every rational pleasure, to embitter his own existence; to disturb the felicity of others. Thus, abject, slothful, irrational, he frequently became wicked, under the idea of doing honour to his gods; because they instilled into his mind that it was his duty to avenge their cause, to sustain their honour, to propagate their worship.

 

Mortals were prostrate from race to race, before vain idols to which fear had given birth in the bosom of ignorance, during the calamities of the earth; they tremblingly adored phantoms which credulity had placed in the recesses of their own brain, where they found a sanctuary which time only served to strengthen; nothing could undeceive them; nothing was competent to make them feel, it was themselves they adored—that they bent the knee before their own work—that they terrified themselves with the extravagant pictures they had themselves delineated; they obstinately persisted in prostrating themselves, in perplexing themselves, in trembling; they even made a crime of endeavouring to dissipate their fears; they mistook the production of their own folly; their conduct resembled that of children, who having disfigured their own features, become afraid of themselves when a mirror reflects the extravagance they have committed. These notions so afflicting for themselves, so grievous to others, have their epoch from the calamities of man; they will continue, perhaps augment, until their mind, enlightened by discarded reason, illumined by truth, shall set in their true colours these various systems; until reflection guided by experience, shall attach no more importance to them, than is consistent with the happiness of society; until man, bursting the chains of superstition—recalling to mind the great end of his existence—taking a rational view of that which surrounds him, shall no longer refuse to contemplate nature under her true character; shall no longer persist in refusing to acknowledge she contains within herself the cause of that wonderful phenomena which strikes on the dazzled optics of man: until thoroughly persuaded of the weakness of their claim to the homage of mankind, he shall make one pious, simultaneous, mighty effort, and overthrow the altars of Moloch and his priests.

 

 

 

 

 

 

 

 

CHAP. IV.

Examination of the Proofs of the Existence of the Divinity, as given by CLARKE.

 

The unanimity of man in acknowledging the Divinity, is commonly looked upon as the strongest proof of his existence. There is not, it is said, any people on the earth who have not some ideas, whether true or false, of an all-powerful agent who governs the world. The rudest savages as well as the most polished nations, are equally obliged to recur by thought to the first cause of every thing that exists; thus it is affirmed, the cry of Nature herself ought to convince us of the existence of the Godhead, of which she has taken pains to engrave the notion in the minds of men: they therefore conclude, that the idea of God is innate.

 

Quizá no haya nada de lo que el hombre deba ser más diligentemente cuidadoso que permitir un ensamblaje promiscuo de lo correcto con lo incorrecto, o permitir que se extraigan conclusiones falsas de proposiciones verdaderas; No es improbable que esto sea más o menos el caso en este caso; la existencia de la gran Causa de las causas , el Padre de los padres , creo que no admite ninguna duda en la mente de cualquiera que haya razonado: pero, si esta existencia no descansara sobre mejores fundamentos que la unanimidad del hombre sobre este asunto, temo que no se colocaría sobre una roca tan sólida como pueden imaginar los que hacen esta aseveración: el hecho es que el hombre generalmente no está de acuerdo sobre este punto; si lo fuera, la superstición no podría existir; la idea de dios no puede ser innata, porque, independientemente de las pruebas ofrecidas por todos lados de la casi imposibilidad de las ideas innatas, un simple hecho hará descansar para siempre tal opinión, excepto con aquellos que están obstinadamente decididos a no ser convencidos ni siquiera por sus propios argumentos: si esta idea era innata, debe ser igual en todas partes; viendo que lo que es anterior al ser del hombre, no puede haber experimentado las modificaciones de su existencia, que son posteriores. Incluso si se renunciara a que se debe esperar la misma idea de toda la humanidad, pero que solo cada nación debe tener sus ideas similares sobre este tema, la experiencia no garantizará la afirmación, ya que nada puede establecerse mejor que la idea no es uniforme incluso en el mismo pueblo; ahora bien, esto sería una cualidad insuperable en una idea innata. No pocas veces sucede, que en el afán de probar demasiado, se debilita lo que estaba firme antes del intento; así, un mal abogado daña con frecuencia una buena causa, aunque no pueda anular los derechos sobre los que descansa. Por lo tanto, quizás, se acercaría más al punto si se dijera, "que la curiosidad natural de la humanidad en todas las épocas y en todas las naciones, lo ha llevado a buscar la causa primaria de los fenómenos que contempla; que debido a a las variaciones de su clima, a la diferencia de su organización, a la mayor o menor calamidad que haya experimentado, a la variedad de sus facultades intelectuales y a las circunstancias en que ha sido colocado, el hombre ha tenido las más opuestas, contradictorias, extravagantes nociones de la Divinidad, sino que ha estado uniformemente de acuerdo en reconocer tanto la existencia,

 

Si, desligados de los prejuicios, analizamos esta prueba, veremos que el consentimiento universal del hombre, tan difundido sobre la tierra, prueba en realidad poco más que haber estado en todos los países expuesto a espantosas revoluciones, experimentado desastres, sido sensible a los dolores. de las cuales ha confundido las causas físicas; que aquellos hechos de los que ha sido víctima o testigo han suscitado su admiración o suscitado su temor; que por falta de conocimiento de los poderes de la naturaleza, por falta de comprensión de sus leyes, por falta de comprensión de sus infinitos recursos, por falta de conocimiento de los efectos que necesariamente debe producir en determinadas circunstancias, ha creído que estos fenómenos se debían a alguna agente secreto del que ha tenido vagas ideas, a seres de los que supuso que se comportaban a su manera;

 

Entonces, el consentimiento del hombre en reconocer una variedad de dioses, no prueba nada, excepto que en el seno de la ignorancia ha admirado los fenómenos de la naturaleza, o ha temblado bajo su influencia; que su imaginación fue perturbada por lo que vio o sufrió; que ha buscado en vano aliviar su perplejidad sobre la causa desconocida de los fenómenos que presenciaba, que con frecuencia le obligaban a temblar de terror: la imaginación del género humano ha trabajado diversamente sobre estas causas, que casi siempre han sido incomprensibles para él. él; aunque todo confesaba su ignorancia, su incapacidad para definir estas causas, sin embargo sostenía que estaba seguro de su existencia; cuando se le presionaba, hablaba de un espíritu (palabra a la que era imposible adjuntar una idea determinada) que no enseñaba nada más que la pereza,

 

Sin embargo, no debe suscitar ninguna sorpresa que el hombre sea incapaz de formarse ideas sustantivas, excepto de aquellas cosas que actúan, o que hasta ahora han actuado sobre sus sentidos; es muy evidente que los únicos objetos aptos para mover sus órganos son los materiales, que sólo los seres físicos pueden proporcionarle ideas, una verdad que ha quedado suficientemente clara al comienzo de este trabajo, como para no necesita más pruebas. Bastará, pues, con decir que la idea de Dios no es una noción innata, sino adquirida; que es la naturaleza misma de esta noción variar de época en época; diferir en un país de otro; para ser visto de diversas maneras por los individuos. ¿Qué digo? Es, de hecho, una idea casi nunca constante en el mismo mortal. Esta diversidad, esta fluctuación, este cambio, lo sella con el verdadero carácter de una opinión adquirida. Por otra parte, la prueba más fuerte que puede aducirse de que estas ideas están fundadas en el error, es que el hombre ha llegado gradualmente a perfeccionar todas las ciencias que tienen algún objeto conocido por base, mientras que la ciencia de la teología no ha avanzado. ; está casi en todas partes en el mismo punto; los hombres parecen igualmente indecisos sobre este tema; los que más se han ocupado de él, han hecho poco; parecen, en verdad, más bien haber hecho más oscuras las ideas primitivas que el hombre se formó sobre este punto, haber envuelto en un mayor misterio todas sus opiniones originales. que el hombre ha llegado gradualmente a perfeccionar todas las ciencias que tienen algún objeto conocido por base, mientras que la ciencia de la teología no ha avanzado; está casi en todas partes en el mismo punto; los hombres parecen igualmente indecisos sobre este tema; los que más se han ocupado de él, han hecho poco; parecen, en verdad, más bien haber hecho más oscuras las ideas primitivas que el hombre se formó sobre este punto, haber envuelto en un mayor misterio todas sus opiniones originales. que el hombre ha llegado gradualmente a perfeccionar todas las ciencias que tienen algún objeto conocido por base, mientras que la ciencia de la teología no ha avanzado; está casi en todas partes en el mismo punto; los hombres parecen igualmente indecisos sobre este tema; los que más se han ocupado de él, han hecho poco; parecen, en verdad, más bien haber hecho más oscuras las ideas primitivas que el hombre se formó sobre este punto, haber envuelto en un mayor misterio todas sus opiniones originales.

 

Tan pronto como se le pregunta al hombre cuáles son los dioses ante los cuales se postra, inmediatamente sus sentimientos se dividen. Para que sus opiniones estuvieran de acuerdo, sería necesario que ideas uniformes, sensaciones análogas, percepciones invariables, hubieran dado nacimiento en todas partes a sus nociones sobre este tema: pero esto supondría órganos perfectamente similares, modificados por sensaciones que tienen una afinidad perfecta: esto es lo que no podría suceder: porque el hombre, esencialmente diferente por su temperamento, que se encuentra en circunstancias completamente desemejantes, debe tener necesariamente una gran diversidad de ideas sobre los objetos que cada individuo contempla de manera tan diversa. De acuerdo en algunos puntos generales, cada uno se hizo un dios a su manera; le temía, le servía, a su manera. Así el dios de un hombre, o de una nación, casi nunca fue la de otro hombre, o de otra nación. El dios de un pueblo salvaje, sin pulir, es comúnmente algún objeto material, sobre el cual la mente se ha ejercitado muy poco; este dios parece muy ridículo a los ojos de una comunidad más refinada, cuyas mentes han trabajado más intensamente sobre el tema. Un dios espiritual, cuyos adoradores desprecian la adoración que los salvajes rinden a un objeto material tosco, es la producción sutil del cerebro de los pensadores, quienes, recostados en el regazo de la sociedad refinada en su tiempo libre, han meditado profundamente, han meditado durante mucho tiempo. se ocuparon del tema. El dios teológico, aunque en su mayor parte incomprensible, es el último esfuerzo de la imaginación humana; es para el dios del salvaje, qué habitante de la ciudad de Sybaris, donde reinaba la ostentación y el lujo, donde la pompa y la pompa habían alcanzado su clímax, vestido con un hábito de seda púrpura curiosamente bordado, era para un hombre completamente desnudo o simplemente cubierto con la piel de una bestia tal vez recién sacrificada. Es sólo en las sociedades civilizadas que el ocio brinda la oportunidad de soñar, que la comodidad procura la facilidad de razonar; en estas asociaciones, los especuladores ociosos meditan, disputan, forman metafísica: la facultad de pensar está casi vacía en el salvaje, que se ocupa o en la caza, en la pesca, o en los medios de procurarse una subsistencia muy precaria a fuerza de un trabajo casi incesante . La generalidad de los hombres, sin embargo, no tienen nociones más elevadas de la divinidad, no la han analizado más que al salvaje. Un Dios espiritual, inmaterial, se forma sólo para ocupar el ocio de algunos hombres sutiles, que no tienen ocasión de trabajar para subsistir. La teología, aunque ciencia tan alabada, considerada tan importante para los intereses del hombre, sólo es útil para aquellos que viven a expensas de los demás; o de los que se arrogaron el privilegio de pensar por todos los que trabajan. Esta ciencia se convierte, en algunas sociedades refinadas, que no son por ello más ilustradas, en una rama del comercio sumamente ventajosa para sus profesores; igualmente improductivo para los ciudadanos; sobre todo cuando éstos tienen la locura de interesarse muy decididamente en su sistema ininteligible, en sus opiniones discordantes. o de los que se arrogaron el privilegio de pensar por todos los que trabajan. Esta ciencia se convierte, en algunas sociedades refinadas, que no son por ello más ilustradas, en una rama del comercio sumamente ventajosa para sus profesores; igualmente improductivo para los ciudadanos; sobre todo cuando éstos tienen la locura de interesarse muy decididamente en su sistema ininteligible, en sus opiniones discordantes. o de los que se arrogaron el privilegio de pensar por todos los que trabajan. Esta ciencia se convierte, en algunas sociedades refinadas, que no son por ello más ilustradas, en una rama del comercio sumamente ventajosa para sus profesores; igualmente improductivo para los ciudadanos; sobre todo cuando éstos tienen la locura de interesarse muy decididamente en su sistema ininteligible, en sus opiniones discordantes.

 

¡Qué distancia infinita entre una piedra informe, un animal, una estrella, una estatua y la Deidad abstraída, que la teología ha revestido de atributos bajo los cuales se pierde de vista! El salvaje sin duda se engaña a sí mismo en el objeto al que dirige sus votos; como un niño, es herido por el primer objeto que golpea su vista, que opera sobre él de una manera viva; como el infante, sus temores se alarman por aquello de lo cual concibe que ha recibido un daño o ha sufrido una desgracia; sin embargo, sus ideas están fijadas por un ser sustantivo, por un objeto que puede examinar por sus sentidos. El laponés que adora una roca, el negro que se postra ante una serpiente monstruosa, ven al menos los objetos que adoran. El idólatra cae de rodillas ante una estatua, en el que cree que reside alguna virtud oculta, alguna cualidad poderosa, que juzga que puede ser útil o perjudicial para él mismo; pero ese razonador sutil, llamado metafísico, que a consecuencia de su ciencia ininteligible, cree que tiene derecho a reírse del salvaje, a mofarse del Laplander, a mofarse del negro, a ridiculizar al idólatra, no se da cuenta de que es postrado ante un ser de su propia imaginación, del cual es imposible que se forme una idea correcta, a menos que, como el salvaje, vuelva a entrar en la naturaleza visible, para revestirlo de cualidades capaces de ser puestas dentro del rango de su comprension.

 

En su mayor parte, las nociones sobre la Divinidad, que gozan de crédito incluso en la actualidad, no son más que un terror general diversamente adquirido, diversamente modificado en la mente de las naciones, que no tienden a probar nada, excepto que han las recibieron de sus temblorosos e ignorantes antepasados. Estos dioses han sido sucesivamente alterados, adornados, sutilizados, por esos pensadores, esos legisladores, esos sacerdotes, que han meditado profundamente sobre ellos; que han prescrito sistemas de adoración a los ignorantes; que se han valido de sus prejuicios existentes, para someterlos a su yugo; que han obtenido un dominio sobre su mente, apoderándose de su credulidad, haciéndoles partícipes de sus errores, trabajando sobre sus miedos; estas disposiciones serán siempre una consecuencia necesaria de la ignorancia del hombre,

 

If it be true, as asserted, that the earth has never witnessed any nation so unsociable, so savage, to be without some form of religious worship—who did not adore some god—but little will result from it respecting the Divinity. The word GOD, will rarely be found to designate more than the unknown cause of those effects which man has either admired or dreaded. Thus, this notion so generally diffused, upon which so much stress is laid; will prove little more than that man in all generations has been ignorant of natural causes,—that he has been incompetent, from some cause or other, to account for those phenomena which either excited his surprise or roused his fears. If at the present day a people cannot be found destitute of some kind of worship, entirely without superstition, who do not acknowledge a God, who have not adopted a theology more or less subtle, it is because the uninformed ancestors of these people have all endured misfortunes—have been alarmed by terrifying effects, which they have attributed to unknown causes—have beheld strange sights, which they have ascribed to powerful agents, whose existence they could not fathom; the details of which, together with their own bewildered notions, they have handed down to their posterity who have not given them any kind of examination.

 

It will readily be allowed, that the universality of an opinion by no means proves its truth. Do we not see a great number of ignorant prejudices, a multitude of barbarous errors, even at the present day, receive the almost universal sanction of the human race? Are not nearly all the inhabitants of the earth imbued with the idea of magic—in the habit of acknowledging occult powers—given to divination—believers in enchantment—the slaves to omens—supporters of witchcraft—thoroughly persuaded of the existence of ghosts? If some of the most enlightened persons are cured of these follies, they still find very zealous partizans in the greater number of mankind, who accredit them with the firmest confidence. It would not, however, be concluded by men of sound sense, in many instances not by the theologian himself, that therefore these chimeras actually have existence, although sanctioned with the credence of the multitude. Before Copernicus, there was no one who did not believe that the earth was stationary, that the sun described his annual revolution round it. Was, however, this universal consent of man upon a principle of astronomical science, which endured for so many thousand years, less an error on that account? Yet to have doubted the truth of such a generally-diffused opinion, one that had received the sanction of so many learned men—that was clothed with the sacred vestments of so many ages of credulity—that had been adopted by Moses, acknowledged by Solomon, accredited by the Persian magi—that Elijah himself had not refuted—that had obtained the fiat of the most respectable universities, the most enlightened legislators, the wisest kings, the most eloquent ministers; in short, a principle that embraced all the stability that could be derived from the universal consent of all ranks: to have doubted, I say, of this, would at one period have been held as the highest degree of profanation, as the most presumptuous scepticism, as an impious blasphemy, that would have threatened the very existence of that unhappy country from whose unfortunate bosom such a venomous, sacrilegious mortal could have arisen. It is well known what opinion was entertained of Gallileo for maintaining the existence of the antipodes. Pope Gregory excommunicated as atheists all those who gave it credit. Thus each man has his God: But do all these gods exist? In reply it will be said, somewhat triumphantly, each man hath his ideas of the sun, do all these suns exist? However narrow may be the pass by which superstition imagines it has thus guarded its favourite hypothesis, nothing will perhaps be more easy than the answer: the existence of the sun is a fact verified by the daily use of the senses; all the world see the sun; no one bath ever said there is no sun; nearly all mankind have acknowledged it to be both luminous and hot: however various may be the opinions of man, upon this luminary, no one has ever yet pretended there was more than one attached to our planetary system. But we may perhaps be told, there is a wide difference between that which can be contemplated by the visual organs, which can be understood by the sense of feeling, and that which does not come under the cognizance of any part of the organic structure of man. We must confess theology here has the advantage; that we are unable to follow it through its devious sinuosities; amidst its meandering labyrinths: but then it is the advantage of those who see sounds, over those who only hear them; of those who hear colours, over those who only see them; of the professors of a science, where every thing is built upon laws inverted from those common to the globe we inhabit; over those common understandings, who cannot be sensible to any thing that does not give an impulse to some of their organs.

 

If man, therefore, had the courage to throw aside his prejudices, which every thing conspires to render as durable as himself—if divested of fear he would examine coolly—if guided by reason he would dispassionately view the nature of things, the evidence adduced in support of any given doctrine; he would, at least, be under the necessity to acknowledge, that the idea of the Divinity is not innate—that it is not anterior to his existence—that it is the production of time, acquired by communication with his own species—that, consequently, there was a period when it did not actually exist in him: he would see clearly, that he holds it by tradition from those who reared him: that these themselves received it from their ancestors: that thus tracing it up, it will be found to have been derived in the last resort, from ignorant savages, who were our first fathers. The history of the world will shew that crafty legislators, ambitious tyrants, blood-stained conquerors, have availed themselves of the ignorance, the fears, the credulity of his progenitors, to turn to their own profit an idea to which they rarely attached any other substantive meaning than that of submitting them to the yoke of their own domination.

 

Without doubt there have been mortals who have dreamed they have seen the Divinity. Mahomet, I believe, boasted he had a long conversation with the Deity, who promulgated to him the system of the Mussulmans. But are there not thousands, even of the theologians, who will exhaust their breath, and fatigue their lungs with vociferating this man was a liar; whose object was to take advantage of the simplicity, to profit by the enthusiasm, to impose on the credulity of the Arabs; who promulgated for truths, the crazy reveries of his own distempered imagination? Nevertheless, is it not a truth, that this doctrine of the crafty Arab, is at this day the creed of millions, transmitted to them by their ancestors, rendered sacred by time, read to them in their mosques, adorned with all the ceremonies of superstitious worship; of which the inhabitants of a vast portion of the earth do not permit themselves for an instant to doubt the veracity; who, on the contrary, hold those who do not accredit it as dogs, as infidels, as beings of an inferior rank, of meaner capacities than themselves? Indeed that man, even if he were a theologian, would not experience the most gentle treatment from the infuriated Mahometan, who should to his face venture to dispute the divine mission of his prophet. Thus the ancestors of the Turk have transmitted to their posterity, those ideas of the Divinity which they manifestly received from those who deceived them; whose impositions, modified from age to age, subtilized by the priests, clothed with the reverential awe inspired by fear, have by degrees acquired that solidity, received that corroboration, attained that veteran stability, which is the natural result of public sanction, backed by theological parade.

 

The word God is, perhaps, among the first that vibrate on the ear of man; it is reiterated to him incessantly; he is taught to lisp it with respect; to listen to it with fear; to bend the knee when it is reverberated: by dint of repetition, by listening to the fables of antiquity, by hearing it pronounced by all ranks and persuasions, he seriously believes all men bring the idea with them into the world; he thus confounds a mechanical habit with instinct; whilst it is for want of being able to recal to himself the first circumstances under which his imagination was awakened by this name; for want of recollecting all the recitals made to him during the course of his infancy; for want of accurately defining what was instilled into him by his education; in short, because his memory does not furnish him with the succession of causes that have engraven it on his brain, that he believes this idea is really inherent to his being; innate in all his species. Iamblicus, indeed, who was a Pythagorean philosopher not in the highest repute with the learned world, although one of those visionary priests in some estimation with theologians, (at least if we may venture to judge by the unlimited draughts they have made on the bank of his doctrines) who was unquestionably a favourite with the emperor Julian, says, "that anteriorly to all use of reason, the notion of the gods is inspired by nature, and that we have even a sort of feeling of the Divinity, preferable to the knowledge of him." It is, however, uniformly by habit, that man admires, that he fears a being, whose name he has attended to from his earliest infancy. As soon as he hears it uttered, he without reflection mechanically associates it with those ideas with which his imagination has been filled by the recitals of others; with those sensations which he has been instructed to accompany it. Thus, if for a season man would be ingenuous with himself, he would concede that in the greater number of his race, the ideas of the gods, and of those attributes with which they are clothed, have their foundation, take their rise in, are the fruit of the opinions of his fathers, traditionally infused into him by education—confirmed by habit—corroborated by example—enforced by authority. That it very rarely happens he examines these ideas; that they are for the most part adopted by inexperience, propagated by tuition, rendered sacred by time, inviolable from respect to his progenitors, reverenced as forming part of those institutions he has most learned to value. He thinks he has always had them, because he has had them from his infancy; he considers them indubitable, because he is never permitted to question them—because he never has the intrepidity to examine their basis.

 

If it had been the destiny of a Brachman, or a Mussulman, to have drawn his first breath on the shores of Africa, he would adore, with as much simplicity, with as much fervour, the serpent reverenced by the Negroes, as he does the God his own metaphysicians have offered to his reverence. He would be equally indignant if any one should presumptuously dispute the divinity of this reptile, which he would have learned to venerate from the moment he quitted the womb of his mother, as the most zealous, enthusiastic fakir, when the marvellous wonders of his prophet should be brought into question; or as the most subtile theologian when the inquiry turned upon the incongruous qualities with which he has decorated his gods. Nevertheless, if this serpent god of the Negro should be contested, they could not at least dispute his existence. Simple as may be the mind of this dark son of nature, uncommon as may be the qualities with which he has clothed his reptile, he still may be evidenced by all who choose to exercise their organs of sight; not so with the theologian; he absolutely questions the existence of every other god but that which he himself has formed; which is questioned in its turn by his brother metaphysician. They are by no means disposed to admit the proofs offered by each other. Descartes, Paschal, and Doctor Samuel Clarke himself, have been accused of atheism by the theologians of their time. Subsequent reasoners have made use of their proofs, and even given them as extremely valid. Doctor Bowman published a work, in which he pretends all the proofs hitherto brought forward are crazy and fragile: he of course substitutes his own; which in their turn have been the subject of animadversion. Thus it would appear these theologians are not more in accord with themselves than they are with Turks or Pagans. They cannot even agree as to their proofs of existence: from age to age new champions arise, new evidence is adduced, the old discarded, or treated with contempt; profound philosophers, subtle metaphysicians, are continually attacking each other for their ignorance on a point of the very first importance. Amidst this variety of discussion, it is very difficult for simple winds, for those who steadily search after truth, who only wish to understand what they believe, to find a point upon which they can fix with reliance—a standard round which they may rally without fear of danger—a common measure that way serve them for a beacon to avoid the quicksands of delusion—the sophistry of polemics.

 

Men of very great genius have successively miscarried in their demonstrations; have been held to have betrayed their cause by the weakness of the arguments by which they have supported it; by the manner in which they have attempted to establish their positions. Thus many of them, when they believed they had surmounted a difficulty, had the mortification to find they had only given birth to an hundred others. They seem, indeed, not to be in a capacity to understand each other, or to agree among themselves, when they reason upon the nature and qualities of beings created by such a variety of imaginations, which each contemplates diversely, upon which the natural self-love of each disputant induces him to reject with vehement indignation every thing that does not fall in with his own peculiar mode of thinking—that does not quadrate either with his superstition or his ignorance, or sometimes with both.

 

The opponents of Clarke charge him with begging the question in his work on The Being and Attributes of God. They say he has pretended to prove this existence a priori, which they deem impossible, seeing there is nothing anterior to the first of causes; that therefore it can only be proved a posteriori, that is to say, by its effects. Law, in his Inquiry into the Ideas of Space, Time, Immensity, &c. has attacked him very triumphantly, for this manner of proof, which is stated to be so very repugnant to the school-men. His arguments have been treated with no more ceremony by Thomas D'Aquinas, John Scott, and others of the schools. At the present day I believe he is held in more respect—that his authority outweighs that of all his antagonists together. Be that as it may, those who have followed him have done nothing more than either repeat his ideas, or present his evidence under a new form. Tillotson argues at great length, but it would be rather difficult to understand which side of the question he adopts on this momentous subject; whether he is a Necessitarian, or among the opposers of Fatalism. Speaking of man, he says, "he is liable to many evils and miseries, which he can neither prevent or redress; he is full of wants, which he cannot supply, and compassed about with infirmities which he cannot remove, and obnoxious to dangers which he can never sufficiently provide against: he is apt to grieve for what he cannot help, and eagerly to desire what he is never able to obtain." If the proofs of Clarke, who has drawn them up in twelve propositions, are examined with attention, I think they may be fairly shielded from the reproach with which they have been loaded; it does not appear that he has proved his positions a priori, but a posteriori, according to rule. It seems clear, however, that he has mistaken the proof of the existence of the effects, for the proof of the existence of the cause: but here he seems to have more reason than his critics, who in their eagerness to prove that Clarke has not conformed to the rules of the schools, would entirely overlook the best, the surest foundation whereon to rest the existence of the Great Cause of causes, that Parent of Parents, whose wisdom shines so manifestly in nature, of which Clarke's work may be said to be such a masterly evidence. We shall follow, step by step, the different propositions in which this learned divine developes the received opinions upon the Divinity; which, when applied to nature, will be found to be so accurate, so correct, as to leave no further room to doubt either the existence or the wisdom of her great author, thus proved through her own existence. Dr. Clarke sets out with saying:

 

"1st. Something has existed from all eternity."

 

This proposition is evident—hath no occasion for proofs. Matter has existed from all eternity, its forms alone are evanescent; matter is the great engine used by nature to produce all her phenomena, or rather it is nature herself. We have some idea of matter, sufficient to warrant the conclusion that this has always existed. First, that which exists, supposes existence essential to its being. That which cannot, annihilate itself, exists necessarily; it is impossible to conceive that that which cannot cease to exist, or that which cannot annihilate itself, could ever have had a beginning. If matter cannot be annihilated, it could not commence to be. Thus we say to Dr. Clarke, that it is matter, it is nature, acting by her own peculiar energy, of which no particle is ever in an absolute state of rest, which hath always existed. The various material bodies which this nature contains often change their form, their combination, their properties, their mode of action: but their principles or elements are indestructible—have never been able to commence. What this great scholar actually understands, when he makes the assertion "that an eternal duration is now actually past," is not quite so clear; yet he affirms, "that not to believe it would be a real and express contradiction." We may, however, safely admit his argument, "that when once any proposition is clearly demonstrated to, be true, it ought not to disturb us that there be perhaps some perplexing difficulties on the other side, which merely for want of adequate ideas of the manner of the existence of the things demonstrated, are not easily to be cleared."

 

2nd, "There has existed from eternity some one unchangeable and independent Being."

 

We may fairly inquire what is this Being? Is it independent of its own peculiar essence, or of those properties which constitute it such as it is? We shall further inquire, if this Being, whatever it may be, can make the other beings which it produces, or which it moves, act otherwise than they do, according to the properties which it has given them? And in this case we shall ask, if this Being, such as it way be supposed to be, does not act necessarily; if it is not obliged to employ indispensible means to fulfil its designs, to arrive at the end which it either has, or may be supposed to have in view? Then we shall say, that nature is obliged to act after her essence; that every thing which takes place in her is necessary; but that she is independent of her forms.

 

A man is said to be independent, when he is determined in his actions only by the general causes which are accustomed to move him; he is equally said to be dependent on another, when he cannot act but in consequence of the determination which this last gives him. A body is dependent on another body when it owes to it its existence, and its mode of action. A being existing from eternity cannot owe his existence to any other being; he cannot then be dependent upon him, except he owes his action to him; but it is evident that an eternal or self-existent Being contains in his own nature every thing that is necessary for him to act: then, matter being eternal, is necessarily independent in the sense we have explained; of course it hath no occasion for a mover upon which it ought to depend.

 

This eternal Being is also immutable, if by this attribute be understood that he cannot change his nature; but if it be intended to infer by it that he cannot change his mode of action or existence, it is without doubt deceiving themselves, since even in supposing an immaterial being, they would be obliged to acknowledge in him different modes of being, different volitions, different ways of acting; particularly if he was not supposed totally deprived of action, in which case he would be perfectly useless. Indeed it follows of course that to change his mode of action he must necessarily change his manner of being. From hence it will be obvious, that the theologians, in making their gods immutable, render them immoveable, consequently they cannot act. An immutable being, could evidently neither have successive volition, nor produce successive action; if this being hath created matter, or given birth to the universe, there must have been a time in which he was willing that this matter, this universe, should exist; and this time must have been preceded by another time, in which he was willing that it might not yet exist. If God be the author of all things, as well as of the motion and of the combinations of matter, he is unceasingly occupied in producing and destroying; in consequence, he cannot be called immutable, touching his mode of existing. The material world always maintains itself by motion, and the continual change of its parts; the sum of the beings who compose it, or of the elements which act in it, is invariably the same; in this sense the immutability of the universe is much more easy of comprehension, much more demonstrable than that of an other being to whom, they would attribute all the effects, all the mutations which take place. Nature is not more to be accused of mutability, on account of the succession of its forms, than the eternal Being is by the theologians, by the diversity of his decrees. Here we shall be able to perceive that, supposing the laws by which nature acts to be immutable, it does not require tiny of these logical distinctions to account for the changes that take place: the mutation which results, is, on the contrary, a striking proof of the immutability of the system which produces them; and completely brings mature under the range of this second proposition as stated by Dr. Clarke.

 

3dly, "That unchangeable and independent Being which has existed from eternity without any eternal cause of its existence, must be self-existent, that is, necessarily existing."

 

This proposition is merely a repetition of the first; we reply to it by inquiring, Why matter, which is indestructible, should not be self-existent? It is evident that a being who had no beginning, must be self-existent; if he had existed by another, he would have commenced to be; consequently he would not be eternal.

 

4thly, "What the substance or essence of that Being which is self-existent, or necessarily existing, is, we have no idea; neither is it at all possible for us to comprehend it."

 

Dr. Clarke would perhaps have spoken more correctly if he had said his essence is impossible to be known: nevertheless, we shall readily concede that the essence of matter is incomprehensible, or at least that we conceive it very feebly by the manner in which we are affected by it; but without this we should be less able to conceive the Divinity, who would then be impervious on any side. Thus it must necessarily be concluded, that it is folly to argue upon it, since it is by matter alone we can have any knowledge of him; that is to say, by which we can assure ourselves of his existence,—by which we can at all guess at his qualities. In short we must conclude, that every thing related of the Divinity, either proves him material, or else proves the impossibility in which the human mind will always find itself, of conceiving any being different from matter; without extent, yet omnipresent; immaterial, yet acting upon matter; spiritual, yet producing matter; immutable, yet putting every thing in activity, &c.

 

Indeed it must be allowed that the incomprehensibility of the Divinity does not distinguish him from matter; this will not be more easy of comprehension when we shall associate it with a being much less comprehensible than itself; we have some slender knowledge of it through some of its parts. We do not certainly know the essence of any being, if by that word we are to understand that which constitutes its peculiar nature. We only know matter by the sensations, the perceptions, the ideas which it furnishes; it is according to these that we judge it to be either favorable or unfavourable, following the particular disposition of our organs. But when a being does not act upon any part of our organic structure, it does not exist for us; we cannot, without exhibiting folly, without betraying our ignorance, without falling into obscurity, either speak of its nature, or assign its qualities; our senses are the only channel by which we could have formed the slightest idea of it; these not having received any impulse, we are, in point of fact, unacquainted with its existence. The incomprehensibility of the Divinity ought to convince man that it is a point at which he is bound to stop; indeed he is placed in a state of utter incapacity to proceed: this, however, would not suit with those speculators who are willing to reason upon him continually, to shew the depth of their learning,—to persuade the uninformed they understand that which is incomprehensible to all men; by which they expect to be able to submit him to their own views. Nevertheless, if the Divinity be incomprehensible, It would not be straining a point beyond its tension, to conclude that a priest, or metaphysician, did not comprehend him better than other men: it is not, perhaps, either the wisest or the surest way to become acquainted with him, to represent him to ourselves, by the imagination of a theologian.

 

5thly, "Though the substance, or essence of the self-existent Being, is in itself absolutely incomprehensible to us, yet many of the essential attributes of his nature are strictly demonstrable, as well as his existence. Thus, in the first place, the self-existent Being must of necessity be eternal."

 

This proposition differs in nothing from the first, except Dr. Clarke does not here understand that as the self-existent Being had no beginning, he can have no end. However this may be, we must ever inquire, Why this should not be matter? We shall further observe, that matter not being capable of annihilation, exists necessarily, consequently will never cease to exist; that the human mind has no means of conceiving how matter should originate from that which is not itself matter: is it not obvious, that matter is necessary; that there is nothing, except its powers, its arrangement, its combinations, which are contingent or evanescent? The general motion is necessary, but the given motion is not so; only during the season that the particular combinations subsist, of which this motion is the consequence, or the effect: we may be competent to change the direction, to either accelerate or retard, to suspend or arrest, a particular motion, but the general motion can never possibly be annihilated. Man, in dying, ceases to live; that is to say, he no longer either walks, thinks, or acts in the mode which is peculiar to human organization: but the matter which composed his body, the matter which formed his mind, does not cease to move on that account: it simply becomes susceptible of another species of motion.

 

6thly, "The self-existent Being must of necessity be infinite and omnipresent."

 

The word infinite presents only a negative idea—which excludes all bounds: it is evident that a being who exists necessarily, who is independent, cannot be limited by any thing which is out of himself; he must consequently be his own limits; in this sense we may say he is infinite.

 

Touching what is said of his omnipresence, it is equally evident that if there be nothing exterior to this being, either there is no place in which he must not be present, or that there will be only himself and the vacuum. This granted, I shall inquire if matter exists; if it does not at least occupy a portion of space? In this case, matter, or the universe, must exclude every other being who is not matter, from that place which the material beings occupy in space. In asking whether the gods of the theologians be by chance the abstract being which they call the vacuum or space, they will reply, no! They will further insist, that their gods, who are not matter, penetrate that which is matter. But it must be obvious, that to penetrate matter, it is necessary to have some correspondence with matter, consequently to have extent; now to have extent, is to have one of the properties of matter. If the Divinity penetrates matter, then he is material; by a necessary deduction he is inseparable from matter; then if he is omnipresent, he will be in every thing. This the theologian will not allow: he will say it is a mystery; by which I shall understand that he is himself ignorant how to account for his own positions; this will not be the case with making nature act after immutable laws; she will of necessity be every where, in my body, in my arm, in every other material being, because matter composes them all. The Divinity who has given this invariable system, will without any incongruous reasoning, without any subterfuge, be also present every where, inasmuch as the laws he has prescribed will unchangeably act through the whole; this does not seem inconsistent with reason to suppose.

 

7º, "El Ser Autoexistente debe ser necesariamente uno solo".

 

Si no hay nada exterior a un ser que existe necesariamente, debe seguirse que es único. Será obvio que esta proposición es la misma que la anterior; al menos, si no están dispuestos a negar la existencia del mundo material.

 

8º, "La Causa original y autoexistente de todas las cosas, debe ser un ser inteligente".

 

Aquí el Dr. Clarke asigna incuestionablemente una cualidad humana: la inteligencia es una facultad perteneciente a los seres organizados o animados, de la cual no tenemos conocimiento fuera de estos seres. Para tener inteligencia, es necesario pensar; para pensar se requiere tener ideas; tener ideas, supone sentidos; cuando los sentidos existen son materiales; cuando son materiales, no pueden ser un espíritu puro, en el lenguaje del teólogo.

 

El Ser necesario que comprende, que contiene, que produce seres animados, contiene, incluye y produce inteligencia. Pero tiene el gran todo una inteligencia peculiar, que lo mueve, que lo hace actuar, que lo determina del modo en que la inteligencia mueve y determina los cuerpos animados; o más bien, ¿no es esta inteligencia la consecuencia de leyes inmutables, una cierta modificación resultó de cierta combinación de materia, que existe bajo una forma de estas combinaciones, pero falta bajo otra forma? Esto es ciertamente lo que nada es absolutamente competente y demostrable para probar.Habiéndose puesto el hombre en el primer rango del universo, ha querido juzgar cada cosa según lo que vio dentro de sí mismo, porque ha pretendido que para ser perfecto era necesario ser como él mismo. Aquí está la fuente de todo su razonamiento erróneo sobre la naturaleza: el fundamento de sus ideas sobre sus dioses. Por lo tanto, ha llegado a la conclusión, quizás no con la sabiduría más refinada, de que sería indecoroso en sí mismo, perjudicial para la Divinidad, no investirlo con una cualidad que se encuentra estimable en el hombre, que él valora mucho, a la que desea. Adjunte la idea de perfección, que él considera como una prueba manifiesta de superioridad. Ve que su prójimo se ofende cuando se piensa que carece de inteligencia;por lo tanto, juzga que es lo mismo con la Divinidad. Niega esta cualidad a la naturaleza, porque la considera una masa de materia innoble, incapaz de actuar por sí misma; aunque contiene y produce seres inteligentes. Pero esto es más bien una personificación de una cualidad abstracta, que un atributo de la Deidad, con cuyas perfecciones, con cuyo modo de existencia, no puede por ningún medio familiarizarse de acuerdo con la quinta proposición del propio Dr. Clarke. Es en la tierra que se engendran esos animales vivientes llamados gusanos; sin embargo, no decimos que la tierra es un ser viviente. El pan que come el hombre, el vino que bebe, no son en sí mismas sustancias pensantes;sin embargo, nutren, sostienen y hacen pensar a aquellos seres que son susceptibles de esta modificación de su existencia. Es igualmente en la naturaleza, que se forman seres inteligentes, sensibles, pensantes; sin embargo, no puede decirse racionalmente que la naturaleza siente, piensa y es inteligente a la manera de estos seres, que sin embargo brotan de su seno. Es en la tierra que se engendran esos animales vivientes llamados gusanos; sin embargo, no decimos que la tierra es un ser viviente. El pan que come el hombre, el vino que bebe, no son en sí mismas sustancias pensantes; sin embargo, nutren, sostienen y hacen pensar a aquellos seres que son susceptibles de esta modificación de su existencia.Es igualmente en la naturaleza, que se forman seres inteligentes, sensibles, pensantes; sin embargo, no puede decirse racionalmente que la naturaleza siente, piensa y es inteligente a la manera de estos seres, que sin embargo brotan de su seno. Es en la tierra que se engendran esos animales vivientes llamados gusanos; sin embargo, no decimos que la tierra es un ser viviente. El pan que come el hombre, el vino que bebe, no son en sí mismas sustancias pensantes; sin embargo, nutren, sostienen y hacen pensar a aquellos seres que son susceptibles de esta modificación de su existencia. Es igualmente en la naturaleza, que se forman seres inteligentes, sensibles, pensantes;sin embargo, no puede decirse racionalmente que la naturaleza siente, piensa y es inteligente a la manera de estos seres, que sin embargo brotan de su seno. que son susceptibles de esta modificación de su existencia. Es igualmente en la naturaleza, que se forman seres inteligentes, sensibles, pensantes; sin embargo, no puede decirse racionalmente que la naturaleza siente, piensa y es inteligente a la manera de estos seres, que sin embargo brotan de su seno. que son susceptibles de esta modificación de su existencia. Es igualmente en la naturaleza, que se forman seres inteligentes, sensibles, pensantes; sin embargo, no puede decirse racionalmente que la naturaleza siente, piensa y es inteligente a la manera de estos seres, que sin embargo brotan de su seno.

 

¡Cómo! grita el metafísico, el filósofo sutil, ¡qué! ¿negar a la Divinidad aquellas cualidades que descubrimos en sus criaturas? ¿Debe, pues, la obra ser más perfecta que el obrero? ¿Acaso Dios, que hizo el ojo, no lo vio él mismo? ¿Dios, que formó el oído, no oirá él mismo? A simple vista, esto parece insuperable: pero, ¿son conscientes los que preguntan, por muy triunfalmente que hagan la pregunta, de lo lejos que esto les llevaría, incluso si sus preguntas eventualmente respondieron con la obtenida más absoluta? ¿Han reflexionado suficientemente sobre la tendencia de este modo de afeitar? Si esto se admite como un postulatum, ¿están dispuesto a seguirlo en toda su extensión? Supongamos que su argumento es concedido,¿Qué hacer con todas esas otras cualidades a las que el hombre no da un valor tan alto? ¿Deben atribuirse también a la Divinidad, porque no le negamos las cualidades que poseen sus criaturas? Por una paridad de razonamientos deberíamos atribuir facultades que degradarían a la Divinidad. Así sucede siempre con aquellos que viajan fuera de los límites de su propio conocimiento; se involucran en perpetuas contradicciones que nunca pueden reconciliar; que sólo sirven para probar que al argumentar sobre puntos en los que prevalece la ignorancia universal, el resultado es constante que todas las deducciones hechas a partir de principios tan inestables, deben estar no obstante en guerra entre sí, en hostilidad conseguir las mismas.Así, aunque no podemos dejar de sentir la profunda sabiduría que debe haber dictado el sistema que vemos actuar con tanta uniformidad, con tanta constancia, con tan asombroso poder, no podemos formarnos la más delgada idea de la naturaleza particular de esa sabiduría; porque si por un instante fuéramos a similarlo a nuestro, débil y endeble como es, estaríamos desde ese instante en estado de contradicción; viendo que entonces no podíamos dejar de considerar el mal que presenciamos, el dolor que experimentamos, como un abandono de esta sabiduría, que al menos prueba una gran verdad, que somos completamente incapaces de formarnos una idea de la Divinidad .Pero al contemplar las cosas como nuestra propia experiencia lo garantiza en todo lo que entendemos, al considerar la naturaleza como actuada por leyes inmutables, encontramos que el bien y el mal existen no obstante, sin involucrar en absoluto la sabiduría de la gran Causa de las causas ; quien así no tiene necesidad de remediar aquello que el progreso ulterior del sistema eterno regulará por sí mismo, o que la laboriosidad y la investigación paciente de nuestra parte nos permitirán descubrir los medios para evitarlo en el futuro.

 

9º, "La causa original y autoexistente de todas las cosas, no es un agente necesario, sino un ser dotado de libertad y elección ".

 

El hombre se llama libre cuando encuentra en sí mismos motivos que lo determinan a la acción, o cuando su voluntad no encuentra obstáculo para la realización de aquello a lo que sus motivos lo han determinado. El Ser necesario del que aquí se hace la pregunta, ¿no encuentra obstáculos para la ejecución de los proyectos que se le atribuyen? ¿Está dispuesto, adoptando su propia hipótesis, a que se cometa el mal, o no puede impedirlo? En este último caso no es libre; si su voluntad encuentra obstáculos, si está dispuesto a permitir el mal; luego soporta que el hombre restrinja su libertad, trastornando sus proyectos; si no tiene estos proyectos, entonces ellos mismos están en error quienes se los atribuyen.¿Cómo saldrán los metafísicos de esta complejidad desconcertante?

 

Cuanto más avanza un teólogo, mientras considera a sus dioses como poseedores de cualidades humanas, actúa por motivos mortales, más tropieza, mayor es la masa de contradicciones que amontona: así, si se le pide, ¿puede Dios recompensar el crimen? , castigar la virtud, inmediatamente responderá, ¡no! En esta respuesta tendrá la verdad: pero entonces esta verdad, y la libertad que se le atribuye, no pueden, según las ideas humanas, existir juntas; Porque si este ser no puede amar el vicio, no puede odiar la virtud, y es evidente que no puede, en efecto no es más libre que el hombre mismo. Nuevamente, se dice que Dios hizo un pacto con sus criaturas; ahora es la misma esencia de un pacto para exigir la elección;y ese ser debe ser considerado un agente necesario que está bajo la necesidad de cumplir cualquier acto dado. Como es imposible suponer que la Divinidad pueda actuar irracionalmente, se debe conceder que como hizo estas leyes, él mismo está obligado a seguirlas: porque si no lo fuera, como debemos suponer de nuevo, no hace nada sin una buena razón, de ese modo implicaría que el modo de acción que adoptaría sería más sabio; lo que implicaría de nueva una contradicción. Los teólogos temiendo, sin duda, coartar la libertad de la Divinidad, han supuesto que era necesario que no se sujetara a sus propias leyes, en las cuales han mostrado algo más de ignorancia de su materia de lo que imaginaban. que el modo de acción que adoptara sería más sabio;lo que implicaría de nueva una contradicción. Los teólogos temiendo, sin duda, coartar la libertad de la Divinidad, han supuesto que era necesario que no se sujetara a sus propias leyes, en las cuales han mostrado algo más de ignorancia de su materia de lo que imaginaban. que el modo de acción que adoptara sería más sabio; lo que implicaría de nueva una contradicción. Los teólogos temiendo, sin duda, coartar la libertad de la Divinidad, han supuesto que era necesario que no se sujetara a sus propias leyes, en las cuales han mostrado algo más de ignorancia de su materia de lo que imaginaban.

 

10º, "El Ser autoexistente, la Causa suprema de todas las cosas, no obstante debe tener un poder infinito".

 

Como la naturaleza es adecuada para producir todo lo que vemos, como contiene todo el poder unido del universo, su poder, en consecuencia, no tiene límites: el ser que confirió este poder no puede tener menos. Pero si se adoptaran las ideas de los teólogos, este poder no parecería tan ilimitado; ya que, según ellos, el hombre es un agente libre, por consiguiente tiene los medios de actuar contra este poder, que a la vez le pone un límite. Un monarca equitativo es quizás nada menos que un agente libre; cuando se crea obligado a obrar conforme a las leyes, que ha jurado observar, o que no puede violar sin lesionar su justicia. El teólogo es un hombre que puede preferir neutral con bastante justicia; porque con una mano destruye lo que con la otra establece.

 

11º, "La Causa Suprema y Autor de todas las cosas, no obstante debe ser infinitamente sabio".

 

Como la naturaleza produce todas las cosas por ciertas leyes inmutables, no hay dificultad gran dificultad admitir que puede ser infinitamente sabia: de hecho, cualquiera que sea el lado del argumento que se tome, este hecho resultará como una consecuencia necesaria. Difícilmente admitirá una pregunta que todas las cosas son producidas por la naturaleza: si, por lo tanto, no permitimos que su sabiduría sea de primer orden, sería un insulto a la Divinidad, que le dio su sistema. Si el teólogo mismo va a tomar la iniciativa, también admite que la naturaleza opera bajo los auspicios inmediatos de sus dioses; haga lo que haga, debe entonces, de acuerdo con su propia demostración, ser ejecutado con la sabiduría más refinada.Pero el teólogo no se contenta con ir tan lejos: insistirá, no sólo en que sabe lo que son estas cosas, sino también en que sabe el fin que tienen a la vista: esto, por desgracia, es la roca sobre la que se abre . Según él mismo admite, los caminos de Dios son impenetrables para el hombre. Si le concedemos su posición, ¿cuál es el resultado? Pues, que es al azar que habla. Si estos caminos son impenetrables, ¿por qué medios adquirieron su conocimiento de ellos? ¿Cómo descubrió el fin propuesto por la Deidad? Si no son impenetrables, entonces pueden ser igualmente conocidos por otros hombres como por él mismo. El teólogo estaría desconcertado si demostrara que tiene más privilegios en la naturaleza que sus congéneres mortales.Además, si ha afirmado que estas cosas son impenetrables, cuando no lo son, entonces está en la situación en que él mismo ha puesto a Mahoma: ya no es digno de ser atendido, porque se ha desviado de la verdad. certeza no es muy consistente con la sublime idea de la Divinidad que debe estar revestida con esa débil, Causa de causas actúa por reglas tan fútiles.

 

12, "La causa suprema y el autor de todas las cosas debe ser no obstante un ser de infinita bondad, justicia y verdad, y todas las demás perfecciones morales, como para convertirse en el supremo gobernador y juez del mundo".

 

Debemos repetir nuevamente que estas son cualidades humanas extraídas del modelo del mismo hombre; sólo suponen un ser de la especie humana, que debe ser despojado de lo que llamamos imperfecciones: éste es sin duda el punto de vista más alto en el que nuestros mentes finitas son capaces de contemplar la Divinidad: pero como este ser no especie tiene ni causa , en consecuencia, ningún semejante debe ser no obstante de un orden tan diferente al hombre, que las facultades humanas de ninguna manera pueden asignarse apropiadamente. La idea de perfección, tal como la entiende el hombre, es una idea abstracta, metafísica, negativa, de la que no tiene arquetipo para formarse un juicio: llamaría a eso un ser perfecto, que, semejante a él, careciera de esas cualidades. que encuentra perjudicial para él;pero tal ser, después de todo, no sería más desgastado que un hombre. Siempre es relativo a sí mismo, a su propio modo de sentir y de pensar, que una cosa es perfecta o imperfecta; es según esto, que a sus ojos una cosa es más o menos útil o perjudicial; agradable o desagradable. La justicia incluye todas las perfecciones morales. Uno de los rasgos más destacados de la justicia, en las ideas del hombre, es la equidad de las relaciones que subsisten entre los seres, fundadas en sus necesidades mutuas. Según el teólogo, sus dioses no deben nada al hombre. Entonces, ¿cómo mide él sus ideas de justicia?Que un monarca dijera que no debía nada a sus súbditos sería considerado, incluso por este mismo teólogo, como una flagrante injusticia; porque esperaría el cumplimiento de los deberes de parte de ellos, sin ejercer los que le incumbían. Deberes, según la única idea de que el hombre puede formarse de ellos, debe ser recíproco. Es más bien estirar las capacidades humanas, para comprender las relaciones entre un espíritu puro y los seres materiales —entre la finitud y la infinitud—, entre los seres eternos y los que son transitorios: así es, que la metafísica plantea un ser inconcebible por los mismos atributos con que lo visten;porque o tiene estos atributos, o no los tiene: ya sea que los tenga o no los tenga, el hombre sólo puede entenderlos según sus propios poderes de comprensión. Si los comprende, no puede tener la menor idea de la justicia sin los deberes, que son la base misma, la superestructura, los pilares sobre los que descansa esta virtud. Ya sea que lo veamos como amor propio o ignorancia en el te, que así viste a sus dioses como él mismo, seguramente no fue el más feliz esfuerzo de su imaginación trabajar con una regla inversa: porque, según él mismo, las cualidades que describen son todas la negacion de lo que el llama. El propio doctor Clarke tropieza un poco con estos puntos; insiste en el libre albedrío y utiliza este método extraordinario para apoyar su argumento;él dice: "Dios es, por necesidad, un agente libre: y no puede dejar de serlo más de lo que puede dejar de existir. Debe no obstante, en cada momento, elegir actuar, o elegir abstenerse de actuar; porque dos contradictorios no pueden ser verdaderos a la vez. El hombre es también por necesidad, no en la naturaleza de las cosas, sino por designio de Dios, un agente libre. Y no está en su poder dejar de serlo de otra manera que privándose de sí mismo. la vida". ¿Nos permitirá el doctor Clarke hacer una pregunta simple? Si estar obligado a hacer una cosa determinada es ser libre, ¿qué es ser coaccionado? O si dos contradictorios no pueden ser verdaderos a la vez, ¿por qué regla de la lógica de medir la idea de esa libertad que surge de la necesidad?Suponiendo que la necesidad fuera lo que el Dr. Johnson, (usando a Milton como su autoridad) dice que es, "compulsión", "fatalidad", ¿se consideraría que un hombre estaba menos restringido en sus acciones porque solo estaba obligado a hacer lo correcto? ? Sin duda, la moderación sería beneficiosa para él, pero no lo convertiría, por lo tanto, en un agente libre. Si la Divinidad no puede amar la maldad, no puede odiar la bondad (y seguramente los mismos teólogos no pretenderán que puede), entonces el poder de elección no tiene existencia en lo que respeta a estas dos cosas; y esto sobre el propio principio de Clarke, porque dos contradictorios no pueden ser verdaderos a la vez. Creo que nada podría parecer una mayor contradicción que la idea de que elLa Gran Causa de las causas podría por cualquier posibilidad amar el vicio: si un principio tan monstruoso pudiera tener existencia por un momento, habría un fin de todos los fundamentos de la religión.

 

El Doctor es un poco más feliz al razonar sobre la inmaterialidad.. Dice, a modo de ilustración de su argumento, "que es posible un poder infinito para crear una sustancia cogitativa inmaterial, dotada con un poder de movimiento inicial y con libertad de voluntad o elección". De nuevo, "que las sustancias inmateriales no son imposibles; o que una sustancia inmaterial no es una noción contradictoria. Ahora bien, quien afirma que es contradictoria, debe afirmar que todo lo que no es materia es nada; y que, para decir que existe cualquier cosa que no es materia, es decir que existe algo que es nada, que en otras palabras es evidente esto, que todo aquello de lo que no tenemos una idea, es nada, e imposible de ser".Me inclino a creer que nunca podría haber pasado por una mente razonable que una cosa fuera imposible porque no podía tener idea de ella: muchas cosas, por el contrario, son posibles, de lo cual no tenemos la más mínima noción: pero supongo que no fluye consecutivamente de esta admisión de que, por lo tanto, todo es lo que no es imposible. El doctor Clarke, entonces, más bien plantea la pregunta en esta ocasión. En las escuelas nunca se considera requisito acreditar una negativa; de hecho, los lógicos clasifican esto entre las cosas imposibles de ser, pero se considera de la mayor importancia para la solidez del argumento, establecer lo afirmativo mediante el razonamiento más concluyente. Dando esto por sentado, aplicaremos el razonamiento del propio médico.Él dice: "Nada es aquello de lo cual todas las cosas pueden ser verdaderamente afirmadas. De modo que la idea de nada, si se me permite hablar así, es absolutamente el negativo de todas las ideas; la idea, por lo tanto, o de una nada finita o infinita es una contradicción en los términos". Afirmar, de una cosa con la verdad, debe ser necesario estar familiarizado con esa cosa. Para tener ideas, como ya hemos probado, es necesario tener percepciones; para tener percepciones se requiere tener sensaciones; para tener sensaciones, se requieren órganos. Una idea no puede ser y no ser al mismo tiempo: la idea de sustancia, difícilmente se negará, es la de una cosa sólida, real, según Dryden; capaz de soportar accidentes, según Watts;algo de lo que podemos decir que lo es, según Davies; cuerpo, naturaleza corpórea, según Newton; la idea de inmaterial, según Hooker, es incorpórea. Entonces, ¿cómo debo entender la sustancia inmaterial? ¿No es, según estas definiciones, lo que no puede acoplarse? Si una cosa es inmaterial, no puede ser sustancia; si es una sustancia, no puede ser inmaterial: los que aprehendo no tendrán muchas ideas, el que no ve esto es un completo negativo de todas las ideas. Si, por tanto, al principio el médico no puede encontrar palabras con las que pueda transmitir la idea de aquello de lo que está tan deseoso de probar la existencia, ¿por qué cadena de razonamiento se jacta de ser intermedio?Se esforzará por salir de este dilema, asegurando que hay cosas que no podemos ver ni tocar, pero que no por eso dejan de existir. Concedido: pero desde allí no podemos razonar sobre ellos, ni asignarles cualidades; Debemos al menos sentirlos o algo parecido a ellos, antes de que podamos tener alguna idea de ellos: esto, sin embargo, no probaría que no resultaron sustancias, ni que las sustancias pueden ser inmateriales. Puede existir una cosa con gran posibilidad de la que no tenemos conocimiento, y sin embargo ser material; pero sostengo que hasta que tengamos conocimiento de ello, no existe para nosotros, como tampoco existen los colores para un ciego de nacimiento; el hombre que tiene vista sabe que existe, puede describírselos a su oscuro vecino;de esta descripción el ciego puede formarse alguna idea de ellos por analogía con lo que él mismo ya sabe; o, tal vez, teniendo un tacto más fino que su vecino, puede ser capaz de distinguirlos por sus superficies; sería, pues, mal raciocinio en el ciego de nacimiento, negar la existencia de los colores; porque aunque estos colores no tengan relación con los sentidos en ausencia de la vista, sí la tienen con aquellos que tienen en su poder verlos y conocerlos: este ciego, sin embargo, parecería un poco ridículo si se propusiera definirlos con todas sus gradaciones de sombra ; con todas sus variaciones bajo diferentes masas de luz.Además, si aquellos que eran competentes para discriminar estas modificaciones de la materia llamadas colores, se las definieran a este ciego, como esas modificaciones de la materia llamadas sonido, ¿sería capaz el ciego de tener algún concepto de ellas? Ciertamente, no sería prudente en él afirmar que tal cosa como el sonido colorífico no tenía existencia, era imposible; pero al menos tengo mucha razón para decir que parecían contradicciones, porque tenía algunas ideas de sonido que no le ayudaban en nada a formar las de color; tal vez no sería muy inconcluso si sospechara la competencia de su informante para la definición intentada, debido a su incapacidad para transmitirle en términos claros y entendidos sus propias ideas de colores. El teólogo es un ciego,que explicaría a otros también ciegos, los matices y colores de un retrato cuyo original ni siquiera ha tropezado en la oscuridad. No hay nada incongruente en suponer que todo lo que tiene existencia es materia; pero requiere la inversión completa de todas nuestras ideas, para concebir aquello que es inmaterial; porque, en efecto, esta sería una cualidad de la que "nada se puede afirmar con verdad".

 

Es cierto que Platón, que fue un gran creador de quimeras, dice: "aquellos que no mostró nada más que lo que pueden sentir y ver, son seres estúpidos e ignorantes, que se niegan a admitir la realidad de la existencia de las cosas invisibles . " Con la debida deferencia a tal autoridad, aún podemos aventurarnos a preguntar si no hay diferencia, ni matiz, ni gradación, entre la admisión de posibilidades y la prueba de realidades. La teología sería entonces la única ciencia en la que se permite concluir que una cosa es, en cuanto es posible ser. ¿La sustentabilidad de Clarke o Platón se mantendrá absolutamente en el lugar de toda evidencia? ¿Permitirían ellos mismos que cuentos cosas convincentes si se usaran en su contra?Los teólogos sostienen evidentemente este lenguaje platónico, dogmático; han soñado los sueños de su amo; tal vez si se examinaran un poco, no se encontrarían más que el resultado de esas nociones oscuras, esa metafísica ininteligible, adoptada por los sacerdotes egipcios, caldeos y asirios, entre los cuales Platón elaboró ​​​​su filosofía. Sin embargo, si la filosofía significa lo que se nos hace suponer, según el gran John Locke, es "un sistema mediante el cual se explican los efectos naturales".Tomado en este sentido, estaremos en la necesidad de estar de acuerdo, que las doctrinas platónicas de ninguna manera merecen esta distinción, ya que él solo ha sacado la mente humana de la contemplación de la naturaleza visible, para sumergirla en las profundidades insondables de la invisibilidad de intangibilidad, de supuesta especulación, donde puede encontrar poco más alimento que quimeras o conjeturas. Tal filosofía es bastante fantástica,sin embargo, parecería que estamos obligados a suscribir sus posiciones sin que se nos permita compararlas con la razón, examinarlas por medio de la experiencia, probar el oro por la acción del fuego: así tenemos en abundancia los términos espíritus, sustancias incorporadas, poderes invisibles , efectos sobrenaturales, ideas innatas, virtudes misteriosas, poseído por demonios, etc. &C. que vuelven completamente inútiles nuestros sentidos, que ponen en fuga todo lo que se parece a la experiencia; mientras que se nos dice gravemente que "nada es aquello de lo que nada puede afirmarse verdaderamente".Quien esté dispuesto a tomarse la molestia de leer las obras de Platón y sus discípulos, como Proclo, Jámblico, Plotino y otros, no dejar de encontrar en ellas casi todas las doctrinas, todos los temas metafísicos del teólogo; De hecho, la teúrgia de muchas de las supersticiones modernas, que en su mayor parte parece ser poco más que una ligera variación de la adoptada por los sacerdotes étnicos. Los soñadores no han tenido en sus locuras esa variedad que generalmente se ha imaginado. Que algunas de estas cosas sean ampliamente admitidas, de ninguna manera proporciona prueba de su existencia. Nada parece más fácil que hacer admitir a la humanidad los mayores absurdos, bajo el imponente nombre de misterios;después de haberlo imbuido desde la infancia de máximas calculadas para engañar a su razón, para desviarlo, para impedirle examinar lo que se le dice que debe creer. De esto bien no puede existir una prueba más decisiva que la gran extensión del país, los millones de seres humanos que fielmente y sin examen han adoptado los sueños vanos, los rancios absurdos, de ese archi impostor Mahoma. Sea como fuere, nos veremos obligados a responder de nuevo a Platón ya aquellos de sus seguidores que nos imponen la necesidad de creer lo que no podemos comprender, que, para saber que una cosa existe, es al menos necesario tener alguna idea de ello; que esta idea sólo puede venir a nosotros por medio de nuestros sentidos;que, por consiguiente, todo aquello de lo que nuestros sentidos no nos dan conocimiento, es de hecho nada para nosotros; y sólo puede descansar sobre nuestra fe; sobre esa admisión que es bastante generalmente, incluso por el mismo teólogo, considerada como un fundamento más bien arenoso sobre el cual erigir el altar de la verdad: que si hay un absurdo en no acreditar la existencia de lo que no sabemos, no hay menos extravagancia en atribuirle cualidades; en razonar sobre sus propiedades; en revestirlo de facultades, que puede o no ser adecuado a su modo de existencia; en sustituirlos por ídolos de nuestra propia creación; en la combinación de atributos incompatibles, que no resistirán la prueba de la experiencia ni el escrutinio de la razón;y luego esforzándose por hacer que todo pase corriente a fuerza de la palabra infinita, que ahora examinaremos.

 

Infinito, según Dennis, significa "ilimitado, ilimitado". El doctor Clarke lo describe así: dice: "El ser que existe por sí mismo debe ser un ser incorruptible, inmutable y muy simple; sin partes, figura, movimiento, divisibilidad o cualquier otra propiedad como la que se encuentra en la materia. Para todos estas cosas implican clara y no obstante finitud en su propia noción, y son completamente inconsistentes con la infinidad completa". Ingenuamente, ¿es posible que el hombre se forme una noción verdadera de tal calidad? Los mismos teólogos afirman que no puede.Además, el Doctor admite, "Que en cuanto a la manera particular de ser infinito, o estar presente en todas partes, en oposición a la manera en que las cosas creadas están presentes en cuentos o cuales lugares finitos, esto es imposible de comprender para entendimientos finitos. o explicar, pero ¿aquello que ningún hombre puede explicar o comprender nuestros? Si no se puede comprender, no se puede detallar ; y esta es la propia explicación de la nada del Dr. Clarke.En efecto, ¿no está la mente humana obligada por su propia naturaleza a unir cantidades limitadas con otras cantidades, que sólo puede concebir como limitadas, para formar una especie de idea confusa de algo que está fuera de su alcance, sin llegar nunca a la punto del infinito, que elude todo intento de definición? Entonces parecería que es una abstracción, una mera negación de la limitación. pero ¿aquello que ningún hombre puede explicar o comprender? Si no se puede comprender, no se puede detallar; si no se puede detallar, es precisamente "aquello de lo cual nada se puede afirmar con verdad"; y esta es la propia explicación de la nada del Dr. Clarke.En efecto, ¿no está la mente humana obligada por su propia naturaleza a unir cantidades limitadas con otras cantidades, que sólo puede concebir como limitadas, para formar una especie de idea confusa de algo que está fuera de su alcance, sin llegar nunca a la punto del infinito, que elude todo intento de definición? Entonces parecería que es una abstracción, una mera negación de la limitación. s propia explicación de nada. En efecto, ¿no está la mente humana obligada por su propia naturaleza a unir cantidades limitadas con otras cantidades, que sólo puede concebir como limitadas, para formar una especie de idea confusa de algo que está fuera de su alcance, sin llegar nunca a la punto del infinito, que elude todo intento de definición?Entonces parecería que es una abstracción, una mera negación de la limitación. s propia explicación de nada. En efecto, ¿no está la mente humana obligada por su propia naturaleza a unir cantidades limitadas con otras cantidades, que sólo puede concebir como limitadas, para formar una especie de idea confusa de algo que está fuera de su alcance, sin llegar nunca a la punto del infinito, que elude todo intento de definición? Entonces parecería que es una abstracción, una mera negación de la limitación.

 

Nuestro adversario parece extraño que no se acredite generalmente la existencia de sustancias sabias incorporadas e inmateriales, cuya esencia no somos capaces de comprender. Para reforzar esta creencia, dice: "No hay planta o animal tan ruin y despreciable que no confunda el entendimiento más amplio sobre la tierra: es más, incluso el más simple y simple de todos los seres inanimados tiene su esencia o sustancia escondida". de nosotros en la oscuridad más profunda e impenetrable".

 

Le responderemos,

 

Primero , que la idea de una sustancia inmaterial; o el ser sin extensión, es sólo una ausencia de ideas, una negación de la extensión, como ya hemos mostrado; que cuando se nos dice que un ser no es materia, nos hablan de lo que no es, y no nos enseñan lo que es; porque al insistir en que un ser es tal, que no puede actuar sobre ninguno de nuestros sentidos, de hecho nos informan que no tenemos medios para asegurarnos si tal ser existe o no.

 

en segundo lugar, Debemos confesar sin la menor vacilación, que los hombres del mayor genio, de la investigación más infatigable, no están familiarizados con la esencia de las piedras, plantas, animales, ni con los manantiales secretos que constituyen unos, que hacen que otros vegetar o actuar : pero entonces al menos los sentimos o los vemos; nuestros sentidos tienen un conocimiento de ellos en algunos aspectos; podemos percibir algunos de sus efectos; tenemos algo por lo que juzgar de ellos, ya sea con precisión o inexactitud; podemos concebir lo que es materia, por variada, sutil o diminuta que sea, por analogía con otra materia; pero nuestros sentidos no pueden abarcar lo que es inmaterial por ningún lado; no podemos por ningún medio entenderlo;no tenemos ningún medio de determinar su existencia; en consecuencia, ni siquiera podemos formarnos una idea de él; tal ser es para nosotros un principio oculto, o más bien un ser que la imaginación ha compuesto, deduciendo de él todas las cualidades conocidas. Si ignoramos la combinación íntima de los seres más materiales, al menos descubrimos, con la ayuda de la experiencia, algunas de sus relaciones con nosotros mismos: conocemos su superficie, su extensión, su forma, su color, su suavidad, su densidad; por las impresiones que producen en nuestros sentidos, somos capaces de discriminarlos, de compararlos, de juzgarlos de alguna manera, de verlos, de evitarlos o cortarlos, según los diferentes modos en que se manifiestan. somos afectados por ellos;no podemos aplicar ninguna de estas pruebas a los seres inmateriales; a los espíritus; tampoco pueden esos hombres que están hablando incesantemente a la humanidad de estas cosas inconcebibles. o más bien un ser que la imaginación ha compuesto, deduciendo de él todas las cualidades conocidas. Si ignoramos la combinación íntima de los seres más materiales, al menos descubrimos, con la ayuda de la experiencia, algunas de sus relaciones con nosotros mismos: conocemos su superficie, su extensión, su forma, su color, su suavidad, su densidad;por las impresiones que producen en nuestros sentidos, somos capaces de discriminarlos, de compararlos, de juzgarlos de alguna manera, de verlos, de evitarlos o cortarlos, según los diferentes modos en que se manifiestan. somos afectados por ellos; no podemos aplicar ninguna de estas pruebas a los seres inmateriales; a los espíritus; tampoco pueden esos hombres que están hablando incesantemente a la humanidad de estas cosas inconcebibles. o más bien un ser que la imaginación ha compuesto, deduciendo de él todas las cualidades conocidas.Si ignoramos la combinación íntima de los seres más materiales, al menos descubrimos, con la ayuda de la experiencia, algunas de sus relaciones con nosotros mismos: conocemos su superficie, su extensión, su forma, su color, su suavidad, su densidad; por las impresiones que producen en nuestros sentidos, somos capaces de discriminarlos, de compararlos, de juzgarlos de alguna manera, de verlos, de evitarlos o cortarlos, según los diferentes modos en que se manifiestan. somos afectados por ellos; no podemos aplicar ninguna de estas pruebas a los seres inmateriales; a los espíritus; tampoco pueden esos hombres que están hablando incesantemente a la humanidad de estas cosas inconcebibles. deduciendo de ella todas las cualidades conocidas.Si ignoramos la combinación íntima de los seres más materiales, al menos descubrimos, con la ayuda de la experiencia, algunas de sus relaciones con nosotros mismos: conocemos su superficie, su extensión, su forma, su color, su suavidad, su densidad; por las impresiones que producen en nuestros sentidos, somos capaces de discriminarlos, de compararlos, de juzgarlos de alguna manera, de verlos, de evitarlos o cortarlos, según los diferentes modos en que se manifiestan. somos afectados por ellos; no podemos aplicar ninguna de estas pruebas a los seres inmateriales; a los espíritus; tampoco pueden esos hombres que están hablando incesantemente a la humanidad de estas cosas inconcebibles. deduciendo de ella todas las cualidades conocidas.Si ignoramos la combinación íntima de los seres más materiales, al menos descubrimos, con la ayuda de la experiencia, algunas de sus relaciones con nosotros mismos: conocemos su superficie, su extensión, su forma, su color, su suavidad, su densidad; por las impresiones que producen en nuestros sentidos, somos capaces de discriminarlos, de compararlos, de juzgarlos de alguna manera, de verlos, de evitarlos o cortarlos, según los diferentes modos en que se manifiestan. somos afectados por ellos; no podemos aplicar ninguna de estas pruebas a los seres inmateriales; a los espíritus; tampoco pueden esos hombres que están hablando incesantemente a la humanidad de estas cosas inconcebibles.con la ayuda de la experiencia, algunas de sus relaciones con nosotros mismos: conocemos su superficie, su extensión, su forma, su color, su suavidad, su densidad; por las impresiones que producen en nuestros sentidos, somos capaces de discriminarlos, de compararlos, de juzgarlos de alguna manera, de verlos, de evitarlos o cortarlos, según los diferentes modos en que se manifiestan. somos afectados por ellos; no podemos aplicar ninguna de estas pruebas a los seres inmateriales; a los espíritus; tampoco pueden esos hombres que están hablando incesantemente a la humanidad de estas cosas inconcebibles. con la ayuda de la experiencia, algunas de sus relaciones con nosotros mismos: conocemos su superficie, su extensión, su forma, su color, su suavidad, su densidad;por las impresiones que producen en nuestros sentidos, somos capaces de discriminarlos, de compararlos, de juzgarlos de alguna manera, de verlos, de evitarlos o cortarlos, según los diferentes modos en que se manifiestan. somos afectados por ellos; no podemos aplicar ninguna de estas pruebas a los seres inmateriales; a los espíritus; tampoco pueden esos hombres que están hablando incesantemente a la humanidad de estas cosas inconcebibles. somos capaces de discriminarlos, de compararlos, de juzgarlos de alguna manera, de verlos, de evitarlos o de cortarlos, segun los diferentes modos en que somos afectados por ellos; no podemos aplicar ninguna de estas pruebas a los seres inmateriales; a los espíritus;tampoco pueden esos hombres que están hablando incesantemente a la humanidad de estas cosas inconcebibles. somos capaces de discriminarlos, de compararlos, de juzgarlos de alguna manera, de verlos, de evitarlos o de cortarlos, segun los diferentes modos en que somos afectados por ellos; no podemos aplicar ninguna de estas pruebas a los seres inmateriales; a los espíritus; tampoco pueden esos hombres que están hablando incesantemente a la humanidad de estas cosas inconcebibles.

 

En tercer lugarTenemos conciencia de ciertas modificaciones en nosotros mismos, que llamamos sentimiento, pensamiento, voluntad, pasiones: por falta de conocimiento de nuestra propia esencia peculiar; por falta de comprensión precisa de la energía de nuestra propia organización particular, atribuimos estos efectos a una causa oculta, distintos de nosotros mismos; lo que los teólogos llaman causa espiritual, en cuanto parece obrar diferente de nuestro cuerpo. Sin embargo, la reflexión, la experiencia, todo lo que nos forma cualquier tipo de juicio, permite probar que los efectos materiales sólo pueden emanar de causas materiales. No vemos en el universo más que efectos físicos, materiales, estos sólo pueden ser producidos por causas análogas;es, entonces, seguramente más racional atribuirlos a la naturaleza misma, de la que podemos saber algo,

 

Si la incomprensibilidad no es una razón suficiente para negar absolutamente la posibilidad de la inmaterialidad, ciertamente no es convincente para establecer su existencia; estaremos siempre menos en capacidad de comprender una causa espiritual, que una que es material; porque la materialidad es una calidad conocida; la espiritualidad es una calidad oculta, desconocida; o más bien es un modo de hablar del que nos valemos para echar un velo sobre nuestra propia ignorancia. Se nos dice repetidamente que nuestros sentidos sólo nos dan a conocer lo externo de las cosas; que nuestras ideas limitadas no son capaces de concebir seres inmateriales: estamos francamente de acuerdo con esta posición;pero entonces nuestros sentidos ni siquiera nos muestran lo externo de estas sustancias inmateriales, que los teólogos, sin embargo, intentarán definirnos; sobre lo cual disputan incesantemente entre ellos; sobre lo cual incluso hasta el día de hoy no están en perfecta armonía entre sí. El gran John Locke en sus familiares cartas dice: "Estimo mucho a todos los que defienden fielmente sus opiniones; pero hay tan pocas personas que, según la forma en que las defienden, parecen totalmente convencidas de las opiniones que profesan, que Estoy tentado a creer que hay más escépticos en el mundo de lo que generalmente se imagina".

 

Abady, uno de los más enérgicos defensores del inmaterialismo, dice: "La pregunta no es qué es la incorporeidad, sino si lo es". Para resolver este punto discutible, era necesario tener algunos datos sobre los cuales formarían nuestro juicio; pero ¿cómo asegurarnos de la existencia de aquello de lo que nunca seremos competentes para tener conocimiento? Si no se nos dice qué es esto; si alguna evidencia tangible no se ofrece a la mente humana; ¿Cómo nos sentiremos capacitados para juzgar si su existencia es o no posible?¿Cómo hacer una estimación de ese cuadro cuyos colores escapan a nuestra vista, cuyo diseño no podemos percibir, sus rasgos no tienen forma de familiarizarse con nuestra mente, cuyo lienzo mismo se niega a toda nuestra investigación, del cual el mismo artista no puede permitirse otra cosa? idea, ninguna otra descripción, sino que es, ¡aunque él mismo no puede mostrarnos cómo ni dónde! Hemos visto los cimientos ruinosos sobre los cuales los hombres han erigido hasta ahora esta fantasiosa idea de inmaterialidad; hemos examinado las pruebas que han ofrecido, si es que pueden llamarse pruebas, en apoyo de su hipótesis; hemos tamizado las pruebas que han querido que se acrediten, para establecer su posición;hemos señalado las innumerables contradicciones que resultan de su falta de unión en este tema, de las cualidades irreconciliables con que revisten su sistema imaginario. ¿Qué conclusión, entonces, debe sacarse del todo de manera justa, racional y consistente? ¿Podemos o no podemos admitir que su argumento sea concluyente, tal como podría recibir los seres que se creen cuerdos? ¿Permitirá alguna otra inferencia que no sea que no tiene existencia; que la inmaterialidad es una calidad hasta ahora no probada; la idea de cual la mente del hombre no tiene forma de abarcar?Aun así, insistirán, "no hay contradicciones entre las cualidades que atribuyen a estas sustancias inmateriales; pero hay una diferencia entre la comprensión del hombre y la naturaleza de estas sustancias". Concedido esto, ¿están más cerca del punto en el que trabajan? ¿Qué patrón es necesario que el hombre posea para poder juzgar estas sustancias? ¿Pueden mostrarles la prueba que los llevará a conocerlos? que han dado rienda suelta a su imaginación, que han dado a luz a este sistema, ¿aquellos no son ellos mismos hombres? ¿Acaso la desproporción de la que hablan con tan asombrosa confianza no apegarse a sí mismos tanto como a los demás?Si se necesita una mente infinita para comprender el infinito, para formar una idea de la incorporeidad, ¿puede el teólogo jactarse de que está en capacidad de comprenderlo? Entonces, ¿con qué propósito hablan de estas cosas a los demás? ¿Por qué intentan descripciones de lo que permiten que sea indescriptible? El hombre, que nunca será un ser infinito, nunca podrá concebir el infinito; si, entonces, ha sido hasta ahora incompetente para esta perfección del conocimiento, ¿puede razonablemente jactarse de que alguna vez la obtenga? ¿Puede él esperar bajo cualquier circunstancia conquistar lo que según la demostración de todos es invencible?hasta ahora ha sido incompetente para esta perfección del conocimiento, ¿puede razonablemente jactarse de que alguna vez la obtenga? ¿Puede él esperar bajo cualquier circunstancia conquistar lo que según la demostración de todos es invencible? hasta ahora ha sido incompetente para esta perfección del conocimiento, ¿puede razonablemente jactarse de que alguna vez la obtenga? ¿Puede él esperar bajo cualquier circunstancia conquistar lo que según la demostración de todos es invencible?

 

Sin embargo, se pretende que es absolutamente necesario conocer estas sustancias: pero ¿cómo probar la necesidad de tener un conocimiento de lo que es imposible conocer? Entonces se nos dice que el buen sentido y la razón son suficientes para convencernos de su existencia: esto toma un nuevo terreno, cuando el viejo se ha encontrado insostenible: porque también se nos dice que la razón es una guía traicionera; uno que con frecuencia nos lleva por mal camino; que en materia religiosa no debe prevalecer: al menos entonces deben indicarnos el tiempo preciso en que debemos retomar esta razón. ¿Deberíamos consultarlo de nuevo, cuando la pregunta es, si lo que ellos relacionan es probable; si las cualidades discordantes que unen se combinan consistentemente;si sus propios argumentos tienen toda la solidez que ellos mismos desearían que poseyeran? Pero los hemos confundido extrañamente si quieren que recurramos a él sobre estos puntos; en cambio, insistirán en que debemos ser dirigidos ciegamente por lo que se dignan informarnos; que el camino más seguro de la felicidad es someterse en todas las cosas a lo que han creído conveniente decidir sobre la naturaleza de las cosas, de lo cual confiesan su propia ignorancia, cuando afirman que están fuera del alcance de los mortales. Así parecería que cuando consintiéramos en acreditar estos misterios, nunca surgiría de nuestro propio conocimiento; viendo esto no se puede obtener de otra manera sino por el efecto de la evidencia demostrable;nunca surgiría de ninguna convicción íntima de nuestros mentes; pero sería enteramente en la palabra del mismo teólogo, que deberíamos fundamentalar nuestra fe; que debemos ceder en nuestra creencia. Si estas cosas son para la especie humana lo que los colores son para el ciego de nacimiento, al menos no tienen existencia en relación con nosotros. De nada le servirá al ciego diciendo que estos colores no tienen menos existencia, porque no los puede ver. Pero, ¿qué diremos de ese retrato qué colores el ciego intenta explicar, qué rasgos desea que recibamos bajo su autoridad, cuyas proporciones deben tomarse de su descripción, simplemente porque sabemos que no puede contemplarlas? por lo menos no tienen existencia en relación con nosotros.De nada le servirá al ciego diciendo que estos colores no tienen menos existencia, porque no los puede ver. Pero, ¿qué diremos de ese retrato qué colores el ciego intenta explicar, qué rasgos desea que recibamos bajo su autoridad, cuyas proporciones deben tomarse de su descripción, simplemente porque sabemos que no puede contemplarlas? por lo menos no tienen existencia en relación con nosotros. De nada le servirá al ciego diciendo que estos colores no tienen menos existencia, porque no los puede ver. Pero, ¿qué diremos de ese retrato qué colores el ciego intenta explicar, qué rasgos desea que recibamos bajo su autoridad, cuyas proporciones deben tomarse de su descripción, simplemente porque sabemos que no puede contemplarlas?

 

El Doctor, aunque no desea abandonar su tema, no elimina la dificultad cuando pregunta: "¿Son nuestros cinco sentidos, por una necesidad absoluta en la naturaleza de la cosa, todas y las únicas formas posibles de percepción? ¿Y es imposible y contradictorio debe haber algún ser en el universo, dotado de formas de percepción distintas de las que son el resultado de nuestra presente composición?, ¿o son estas cosas, por el contrario, puramente arbitrarias, y el mismo poder que nos las dio, puede tener dado otros a otros seres, y podría, si hubiera querido, darnos otros en este estado actual?" Parece perfectamente efectivo para el verdadero punto del argumento razonar sobre lo que se puede o no se puede hacer: por lo tanto, responde que el hecho es que solo tenemos cinco sentidos:con la ayuda de estos el hombre no es competente para formar idea alguna de inmaterialidad; pero también se encuentra en un estado de absoluta ignorancia sobre problemas que podrían ser sus capacidades de concepción, si tuvieran más sentidos. Es más bien reconocer una debilidad en su testimonio, por parte del Doctor, verse obligado a basarlo en la suposición de lo que podría ser el caso, si el hombre fuera un ser diferente de lo que es; en otras palabras, que serían convincentes para la humanidad si la raza humana no fuera un ser humano.Por lo tanto, exigir lo que la Divinidad podría haber hecho en tal caso, es suponer la cosa en cuestión, ya que no podemos formarnos una idea de hasta dónde se extiende el poder de la Divinidad: pero se nos puede permitir razonablemente usar el argumento teológico en la elucidación. ; estos hombres insisten muy seriamente en qué autoridad deben conocer mejor ellos mismos, "que Dios no puede comunicar a sus obras la perfección que él mismo posee"; al mismo tiempo no dejan de anunciar su omnipotencia. ¿Requerirá alguna capacidad, más de la que suele tener un niño, comprender la absurda contradicción de las dos afirmaciones?Como seres que poseemos sólo cinco sentidos, debemos entonces, por necesidad, regular nuestro juicio por la información que estos son capaces de brindarnos: no podemos, de ninguna manera, tener un conocimiento de aquellos que adquirieron la capacidad de comprender a los seres, de un orden enteramente distinto de aquel en el que ocupamos un lugar. Ignoramos el modo en que incluso las plantas vegetan, ¿cómo entonces conocer lo que no tiene afinidad con nosotros? Un hombre ciego de nacimiento, tiene solo el uso de cuatro sentidos; sin embargo, no tiene derecho a asumirlo como un hecho, no existe un sentido extra para los demás;pero puede muy razonablemente, y con gran verdad, afirmar que no tiene idea de los efectos que se producirían en él, por el sentido que le falta: no obstante, si este ciego estuviese rodeado de otros hombres, cuyo nacimiento también había los dejó desprovistos de vista, no podría él, sin ninguna presunción muy injustificable, estar autorizado a preguntarles con qué derecho, con qué autoridad, le hablaron de un sentido que ellos mismos no poseían; ¿Cómo se les permitió razonar, detallar las minucias de esa sensación sobre la cual su propia experiencia peculiar no les enseñó nada?si este ciego estaba rodeado de otros hombres, cuyo nacimiento también los había dejado sin vista o sin vista, ¿no podría él, sin una presunción muy injustificada, estar autorizado a preguntarles con qué derecho, con qué autoridad, le hablaron de un sentido? ellos mismos no poseían; ¿Cómo se les permitió razonar, detallar las minucias de esa sensación sobre la cual su propia experiencia peculiar no les enseñó nada? si este ciego estaba rodeado de otros hombres, cuyo nacimiento también los había dejado sin vista o sin vista, ¿no podría él, sin una presunción muy injustificada, estar autorizado a preguntarles con qué derecho, con qué autoridad, le hablaron de un sentido? ellos mismos no poseían;¿Cómo se les permitió razonar, detallar las minucias de esa sensación sobre la cual su propia experiencia peculiar no les enseñó nada?

 

En resumen, podemos responder de nuevo al Dr. Clarke ya los teólogos que, siguiendo sus propios sistemas, la suposición es imposible y no debe hacerse, ya que la Divinidad, que según su propia demostración, hizo al hombre. , no estaba dispuesto a que tuviera más de cinco sentidos; en otras palabras, que no debe ser sino lo que realmente es; todos fundaron la existencia de estas sustancias inmateriales en la necesidad de un poder que tenga la facultad de dar comienzo al movimiento. Pero si la materia ha existido siempre, de lo que no parece existir duda, siempre ha tenido movimiento, que le es tan esencial como su extensión, y que procede de sus propiedades primitivas.De hecho, la mente humana, con sus cinco sentidos, no es más competente para comprender la materia desprovista de movimiento, que comprender la cualidad peculiar de la inmaterialidad: por tanto, el movimiento existe sólo en y por la materia; la movilidad es consecuencia de su existencia; no que el gran todo pueda ocupar otras partes del espacio de las que realmente ocupa; la imposibilidad de eso no necesita argumento, pero todas sus partes pueden cambiar sus respectivas situaciones, cambiarlas continuamente;de ahí resulta la conservación, la vida de la naturaleza, que es siempre en su conjunto inmutable: pero suponiendo, como se hace todos los días, que la materia es inerte, es decir, incapaz de producir cosa alguna por sí misma, sin con la ayuda de un poder motor que la pone en movimiento, ¿podemos de algún modo concebir que la naturaleza material recibe esta actividad de un agente, que no participa en nada de la sustancia material? ¿Puede el hombre realmente imaginarse a sí mismo, incluso en una idea, que aquello que no tiene una sola propiedad de materia, puede crear materia, extraerla de su propia fuente peculiar, ordenarla, penetrarla, darle juego, guiar su curso?¿No es, por el contrario, más racional para la mente, más consistente con la verdad, más afín a la experiencia, suponer que el ser que hizo la materia es él mismo material? ¿Existe la menor necesidad de suponer lo contrario? ¿Puede hacer al hombre mejor o peor el que considere material todo lo que existe? ¿Lo hará de alguna manera un peor súbdito para su soberano; un peor padre para sus hijos; un marido mas desagradable; ¿Un amigo más infiel? más consistente con la verdad, más afín a la experiencia, suponer que el ser que hizo la materia es él mismo material: ¿hay la menor necesidad de suponer lo contrario? ¿Puede hacer al hombre mejor o peor el que considere material todo lo que existe?¿Lo hará de alguna manera un peor súbdito para su soberano; un peor padre para sus hijos; un marido mas desagradable; ¿Un amigo más infiel? más consistente con la verdad, más afín a la experiencia, suponer que el ser que hizo la materia es él mismo material: ¿hay la menor necesidad de suponer lo contrario? ¿Puede hacer al hombre mejor o peor el que considere material todo lo que existe? ¿Lo hará de alguna manera un peor súbdito para su soberano; un peor padre para sus hijos; un marido mas desagradable; ¿Un amigo más infiel?

 

El movimiento, pues, es coeterno con la materia: desde toda la eternidad las partículas del universo han actuado y reaccionado unas sobre otras, en virtud de sus respectivas energías; de sus peculiares esencias; de sus elementos primitivos; de sus diversas combinaciones. Estas partículas deben combinarse como consecuencia de su afinidad; deben haber sido atraídos o repelidos por sus respectivas relaciones entre sí; en virtud de estas diversas esencias, deben haber gravitado una sobre la otra; unidos cuando eran analogos; separados cuando se disolvió esa analogía, por el acercamiento de la materia heterogénea; deben haber recibido sus formas, sufrido un cambio de figura, por el choque continuo de los cuerpos.En un mundo material, los poderes que actúan deben ser materiales: en un todo, cada parte del cual está abundante en movimiento, no hay ocasión para que un poder se distinga de sí mismo; el todo debe estar en perpetuo movimiento por su propia energía peculiar. El movimiento general, como hemos probado en otra parte, tiene su origen en el movimiento individual, que los seres siempre activos deben comunicarse ininterrumpidamente entre sí. Así toda causa produce su efecto; este efecto, a su vez, se convierte en una causa, que de la misma manera produce un efecto; esto constituye la cadena eterna de las cosas, que aunque cambia perpetuamente en sus detalles, no sufre cambio en su totalidad.este efecto, a su vez, se convierte en una causa, que de la misma manera produce un efecto; esto constituye la cadena eterna de las cosas, que aunque cambia perpetuamente en sus detalles, no sufre cambio en su totalidad. este efecto, a su vez, se convierte en una causa, que de la misma manera produce un efecto; esto constituye la cadena eterna de las cosas, que aunque cambia perpetuamente en sus detalles, no sufre cambio en su totalidad.

 

Después de todo, la teología rara vez ha hecho más que personificar esta serie eterna de movimiento; el principio de movilidad inherente a la materia: ha revestido este principio con cualidades humanas, por lo que lo ha vuelto ininteligible: al aplicar estas propiedades, no han tomado ningún medio para comprender hasta qué punto eran adecuados o no: en su afán de hacer los asimilan, los han extendido más allá de su propia concepción; los han amontonado sin ningún juicio; y se han sorprendido cuando estas cualidades, contradictorias en sí mismas, no les permitían dar cuenta satisfactoriamente de todos los fenómenos que contemplaban; desde allí se han peleado; se acusaron unos a otros de imbecilidad;sin embargo, se enfurecieron contra cualquiera que tuviera la temeridad de cuestionar lo que ellos mismos no entendieron; en breve,

 

Sea como fuere, la mayor parte de lo que nos dicen el Dr. Clarke o los teólogos se vuelve, en algunos aspectos, suficientemente inteligible tan pronto como se aplica a la naturaleza, a la materia: es eterna, es decir, es eterna. no puede haber tenido un comienzo, nunca tendrá un final; es infinito, es decir, no tenemos concepción de sus límites. Sin embargo, las cualidades humanas, que siempre deben tomarse prestadas de nosotros mismos, y con los demás tenemos una relación muy escasa, no pueden adaptarse bien a toda la naturaleza; viendo que estas cualidades son en sí mismos modos de ser, o modos que pertenecen sólo a los seres particulares: no al gran todo que los contiene.

 

Así, para resumir las respuestas que se han dado al Dr. Clarke, diremos: Primero , podemos concebir que la materia ha existido desde toda la eternidad, ya que no podemos concebir que haya sido capaz de comenzar. En segundo lugar , que la materia es independiente, puesto que no hay nada exterior a ella; que es inmutable, ya que no puede cambiar su naturaleza, aunque está cambiando sin cesar su forma y su combinación. En tercer lugar , que la materia es autoexistente, ya que al no poder concebirla puede ser aniquilada, no podemos concebir que haya comenzado a existir. Por cuartos , que no conocemos la esencia, o la verdadera naturaleza de la materia, aunque tenemos conocimiento de algunas de sus propiedades;de algunas de sus cualidades: según el modo en que actúan sobre nosotros. En quinto lugar , que la materia no habiendo tenido principio, nunca tendrá fin, aunque sus numerosas combinaciones, sus diversas formas, no obstante tendrán un principio y un período. En sexto lugar , que si todo lo que existe, o todo lo que nuestra mente puede concebir, es materia, esta materia es infinita; es decir, no puede ser limitado por cosa alguna; que es omnipresente, ya que no hay lugar exterior a sí mismo, en efecto, si hubiera un lugar exterior a él, estaría un vacío. Séptimo , que la naturaleza es única, aunque sus elementos o sus partes puedan ser variados hasta el infinito, dotados de propiedades sumamente opuestas;con capacidades diferentes. Octavo , que la materia, ordenada, modificada y combinada de cierto modo, produce en algunos seres lo que llamamos inteligencia, que es uno de sus modos de ser, no una de sus propiedades esenciales. Noveno , que la materia no es un agente libre. , ya que no puede actuar de otra manera que lo que hace, en virtud de las leyes de su naturaleza, o de su existencia; que en consecuencia, los cuerpos pesados ​​deben no obstante caer; los cuerpos ligeros por la misma necesidad se elevan; el fuego debe ordenar; el hombre debe experimentar el bien y el mal, según la calidad de los seres cuya acción experimenta. décimo, que el poder o la energía de la materia, no tiene otros límites que los prescritos por su propia existencia. Undécimo , que la sabiduría, la justicia, la bondad, etc. son cualidades propias de la materia combinada y modificada, como se encuentra en algunos seres de la especie humana; que la idea de perfección es una idea o modo de considerar los objetos abstracto, negativo, metafísico, que no supone que nada real sea exterior a sí mismo. Duodécimo, que la materia es el principio del movimiento, que contiene en sí mismo: ya que la materia sola es capaz de dar o recibir movimiento: esto es lo que no puede concebirse de la inmaterialidad o de los seres simples desprovistos de partes, desprovistos de extensión, sin masa, que no tiene ponderosidad, por lo que no puede moverse ni a sí mismo ni a otros cuerpos.

 

 

 

 

 

 

 

 

GORRA. v

Examen de las Pruebas ofrecidas por DESCARTES, MALEBRANCHE, NEWTON, &c .

 

Si el testimonio de Clarke no resultó satisfactorio, si los teólogos de su época cuestionaron la forma en que manejó su tema, si estaban dispuestos a pensar que no había establecido su argumento sobre las bases adecuadas, no parecía probable que o bien el sistema de Descartes , los sublimes ensueños de Malebranche o el modo más metódico adoptado por Newton tienen todas las probabilidades de encontrar una mejor acogida; las mismas objeciones se harán contra todos ellos, que no han demostrado la existencia de sus sustancias inmateriales; aunque han hablado incesantemente de ellos, como si sucedieran cosas de las que tuvieran el conocimiento más íntimo. Desgraciadamente, esta es una roca que los genios más sublimes no han sido capaces de evitar:los hombres más esclarecidos han hecho poco más que tartamudear sobre un tema que todos han coincidido en considerar de la mayor importancia; que incesantemente sostienen como lo más necesario que el hombre conozca; sin considerar al mismo tiempo que no está en condiciones de ocuparse de objetos inaccesibles a sus sentidos, que su mente, en consecuencia, nunca puede captar, que su mayor investigación no puede llevar a esa forma tangible por la cual solo él puede ser. capacitado para formar un juicio.

 

A fin de que nos convenzamos de esa falta de solidez que los más grandes hombres no han sabido dar a las pruebas que han ofrecido, pero que sucesivamente han imaginado que ha establecido sus posiciones, examinemos probablemente lo que los más célebres filósofos, lo que han dicho los metafísicos más sutiles. Para ello comenzaremos con Descartes, el restaurador de la filosofía entre los modernos, a aquellos sublimes errores que estamos en deuda por las refulgentes verdades del sistema newtoniano.Este gran hombre mismo nos dice: "Toda la fuerza del argumento que he usado hasta ahora para probar la existencia de sustancias inmateriales, consiste en esto, que reconozco que no sería posible, mi naturaleza era tal como es, es decir, para decir, que tengo en mí la idea de inmaterialidad, si esta incorporeidad no existiera verdaderamente;

 

primeroResponderemos a Descartes, no es una deducción justificable, que porque tenemos una idea de una cosa, debemos por lo tanto concluir que existe; dar validez a tal modo de razonar produciría el mayor de los males; tendería, de hecho, a subvertir todas las instituciones humanas. Nuestra imaginación nos presenta la idea de una esfinge, o de un hipogrifo, además de otros mil seres fantásticos; ¿Debemos, con esa autoridad, insistir en que estas cosas realmente existen? ¿Es la mera circunstancia de que tengamos una idea de las diversas partes de la naturaleza, mezcladas de manera discrepante, sin ninguna otra evidencia en cuanto al conjunto, garantía suficiente para pedir a la humanidad que acredite la existencia de masas tan heterogéneas?Si un filósofo de la experiencia más consumada, de la mayor celebridad,

 

En segundo lugar , es obvio que la mera circunstancia de la existencia no prueba la existencia absoluta de ninguna cosa anterior a sí misma; aunque en el hombre, así como en los demás seres de la naturaleza, es evidencia de que algo ha existido antes que él. Si se admitiera este argumento, ¿son conscientes de hasta dónde los llevaría? Sostener que la existencia de un ser prueba demostrablemente la existencia de un ser anterior sería, de hecho, negar que cualquier cosa existiera por sí mismo. La falacia de tal posición es demasiado evidente para necesitar refutación.

 

En tercer lugar , no es posible que tenga una idea clara y positiva de la inmaterialidad, de la cual él, al igual que el teólogo, se esfuerza por probar la existencia. Es imposible para el hombre, para un ser material, formarse una idea correcta, o incluso cualquier idea, de incorporeidad; de una sustancia sin extensión, que actúa sobre la naturaleza, que es corpórea; una verdad que no puede ser demasiado presuntuoso decir que ya hemos probado suficientemente.

 

En cuarto lugar , es igualmente imposible que el hombre tenga una idea clara y decidida de la perfección, de la infinitud, de la inmensidad y de otros atributos teológicos. Por lo tanto, debemos responder a Descartes como lo hemos hecho con el Dr. Clarke en su duodécima proposición.

 

Así, nada puede ser menos concluyente que las pruebas sobre las que Descartes basa la existencia de la inmaterialidad. Le da pensamiento e inteligencia, pero ¿cómo concebir estas cualidades sin un sujeto al que pueden adherirse? Pretende que no podemos concebirlo sino "como un poder que se aplique sucesivamente a las partes del universo". De nuevo, dice, "que no puede decirse que una sustancia inmaterial tenga extensión, sino como decimos del fuego contenido en un trozo de hierro, que no tiene propiamente hablando otra extensión que la del propio hierro". Según estas nociones, estaremos justificados en acusarlo de haber anunciado de manera muy clara, de la manera más inequívoca, que esto es la naturaleza misma: esto es, en verdad, un espinosismo puro;fue decididamente sobre los principios de Descartes que Spinosa redactó su sistema;

 

mos, por lo tanto, con gran razón, acusar a Descartes de ateísmo, ya que destruye muy eficientemente las podría débiles pruebas que aducen en apoyo de su propia hipótesis; tenemos fundamento sólido para insistir en que su sistema trastorna la idea de la creación, porque si a la modificación le sustraemos el sujeto, la modificación misma desaparece: y si, según los cartesianos, esta inmaterialidad no es nada sin la naturaleza, son completos espinosianos , con otro nombre. Si la incorporación es la fuerza motriz de esta naturaleza, ya no existe independientemente; en efecto, no existe más que subsiste el sujeto al que es inherente. Por lo tanto, al no existir más independientemente, existirá solo mientras perdure la naturaleza que se mueve;sin materia, sin sujeto para mover, para preservar, qué ha de ser de ella,

 

Será obvio por esto, que Descartes, lejos de establecer sobre un cimiento rocoso la existencia de esta inmaterialidad, destruye totalmente su propio sistema. Lo mismo sucederá no obstante a todos los que razonan sobre sus principios; siempre terminarán por refutarlo y contradecirse a sí mismos. La misma falta de justa inferencia, la misma discrepancia, se entrometerán en los principios del célebre Padre Malebranche; que, si se considera con la más mínima atención, parecen conducir directamente al espinosismo;de hecho, ¿puede algo estar más al unísono con el lenguaje del propio Spinosa que decir, como dice Malebranche, "que el universo es sólo una emanación de Dios; que vemos todo en Dios, que todo lo que vemos es sólo Dios; que sólo Dios hace todo lo que se hace;que toda la acción, con cada operación que se hace en la naturaleza, está Dios mismo;en una palabra, que Dios es todo ser y el único ser”. ¿No es esto afirmar formalmente que la naturaleza misma es Dios? Además, al mismo tiempo que Malebranche nos asegura que vemos todas las cosas en Dios, pretende que todavía no está claro. demostró que la materia y los cuerpos tienen existencia, que sólo la fe nos enseña estos misterios, de los cuales, sin ella, no tenemos conocimiento alguno. En respuesta, podría ser una pregunta muy justa, cómo la existencia del ser que creó la materia puede demostrarse, si la existencia de esta materia es igual todavía un problema? Él mismo reconoce "que no podemos tener una demostración distinta de la existencia de ningún otro ser que no sea el que es necesario", agrega además, "que si ser examinado de cerca, se verá, sin embargo, la fe misma supone su existencia ;sin embargo, si no es seguro que existe, y el obispo de Cloyne, Dr. Berkeley, también lo ha puesto en duda, ¿cómo seremos persuadidos de que debemos creer en los oráculos que han sido entregados a un mundo visionario? sin embargo, la fe misma supone su existencia; sin embargo, si no es seguro que existe, y el obispo de Cloyne, Dr. Berkeley, también lo ha puesto en duda, ¿cómo seremos persuadidos de que debemos creer en los oráculos que han sido entregados a un mundo visionario?

 

Por otro lado, estas nociones de Malebranche anulan por completo todas las doctrinas teológicas del libre albedrío. ¿Cómo puede conciliarse la libertad de acción del hombre con la idea de que es la Divinidad quien es el motor inmediato de la naturaleza; quien en realidad da impulso a la materia ya los cuerpos, sin cuya intervención inmediata nada sucede; ¿Quién predetermina a sus criaturas a todo lo que hacen? ¿Cómo pretender, si se ha de acreditar esta doctrina, que las almas humanas tienen la facultad de formar pensamientos, tienen la facultad de querer, están en condiciones de moverse por sí mismas, tienen la capacidad de modificar su existencia?Si se supone con los teólogos, que la conservación de las criaturas en el universo es una creación continuada, ¿no debe parecer que siendo así perpetuamente recreada, ¿Están capacitados para cometer el mal? Será entonces un hecho evidente que, admitiendo el sistema de Malebranche, Dios hace todo, y que sus criaturas no son más que instrumentos pasivos en sus manos. Bajo esta idea, no podrían ser responsables de sus pecados, porque no tendrían forma de evitarlos. Bajo esta noción no podrá tener ni mérito ni demérito; serían como un instrumento agudo en sus propias manos, que ya sea que se aplicara a un propósito bueno o malo, se uniría a ellos mismos, no al instrumento: esto aniquilaría toda religión: es así como la teología está continuamente ocupada en suicidarse.Bajo esta idea, no podrían ser responsables de sus pecados, porque no tendrían forma de evitarlos. Bajo esta noción no podrá tener ni mérito ni demérito; serían como un instrumento agudo en sus propias manos, que ya sea que se aplicara a un propósito bueno o malo, se uniría a ellos mismos, no al instrumento: esto aniquilaría toda religión: es así como la teología está continuamente ocupada en suicidarse. Bajo esta idea, no podrían ser responsables de sus pecados, porque no tendrían forma de evitarlos. Bajo esta noción no podrá tener ni mérito ni demérito;serían como un instrumento agudo en sus propias manos, que ya sea que se aplicara a un propósito bueno o malo, se uniría a ellos mismos, no al instrumento: esto aniquilaría toda religión: es así como la teología está continuamente ocupada en suicidarse.

 

Veamos ahora si el inmortal Newton, la gran lumbrera de la ciencia, el campeón de la verdad astronómica, nos conseguimos nociones más claras, ideas más distintas, evidencia más cierta de la existencia de sustancias inmateriales. Este gran hombre, cuyo genio comprensivo desentrañó la naturaleza, cuyo mente capaz desarrolló sus leyes, parece haberse desconcertado a sí mismo en el instante en que las perdió de vista. Esclavo de los prejuicios de su infancia, no tuvo el valor de acercar la lámpara de su propio entendimiento iluminado al agente que la teología ha asociado tan gratuitamente con la naturaleza; él no ha podido permitir que sus propios poderes peculiares sean necesarios para la producción de esos hermosos fenómenos, que con tan magistral talento ha explicado tan luminosamente.En resumen, el propio Newton sublime se convierte en un niño cuando abandona la física, cuando deja de lado la demostración, para perderse en las tortuosas sinuosidades, en los inextricables laberintos, en las engañosas regiones de la teología. Esta es la manera en que habla de la Divinidad:

 

"Este Dios", dice él, "gobierna todo, no como el alma del mundo, sino como el señor y soberano de todas las cosas. Es en consecuencia de su soberanía que se le llama el Señor Dios, [letras griegas], pantokrator , el emperador universal.En efecto, la palabra Dios es relativa y se relaciona con los esclavos: la Deidad es el dominio o la soberanía de Dios, no sobre su propio cuerpo, como piensan aquellos que consideran a Dios como el alma del mundo, sino sobre los esclavos".

 

De aquí se verá que Newton, al igual que los teólogos, hace de la Divinidad un espíritu puro, que preside el universo como monarca, como señor supremo; es decir, lo que el hombre define en gobernantes terrenales, déspotas, príncipes absolutos, monarcas poderosos, pudieron gobiernos no tienen modelo sino su propia voluntad, que ejercen un poder ilimitado sobre sus súbditos, transformados en esclavos; a quienes suelen obligar a sentir de manera muy dolorosa el peso de su autoridad. Pero según las ideas de Newton, el mundo no existe desde la eternidad, las varas de Dios se han formado en el transcurso del tiempo; de esto sería una inferencia justa, que antes de la creación del mundo el dios de Newton era un soberano sin súbditos.

 

Él no es ni la eternidad ni el infinito, pero es eterno e infinito; no es espacio o duración, sino que existe y está presente". El término que se usa aquí esadest , que parece haber sido colocado allí para evitar decir que Dios está contenido en el espacio.

 

En toda esta serie ininteligible, no se encuentran más que increíbles esfuerzos por conciliar los atributos teológicos, lo abstracto con las cualidades humanas, que se han atribuido a la Divinidad; vemos en él cualidades negativas, que ya no pueden ser adecuadas al hombre, dadas, sin embargo, al Soberano de la naturaleza, a quien ha supuesto un rey. Sea como fuere, esta imagen siempre supone que el Dios Supremo tiene ocasión de que los súbditos establezcan su soberanía. Hace que Dios tenga necesidad del hombre para el ejercicio de su imperio; sin estos, según el texto, no sería rey;él podría no haber tenido un imperio cuando no había nada: pero si esta descripción de Newton fuera justa, si realmente representaba a la Divinidad, se nos permitiría muy bien preguntar: ¿Este Rey Espiritual no ejerce su imperio espiritual en vano? sobre seres refractarios, que no hacen en todo momento lo que él quiere que hagan; que luchan continuamente contra su poder; ¿Quién esparce el desorden en sus estados? Este Monarca Espiritual, que es dueño de las mentes, de las almas, de las voluntades, de las pasiones de sus esclavos, ¿les deja la libertad de rebelarse contra él? Este Monarca infinito, que todo lo lleno con su inmensidad, que todo lo gobierna, gobierna también al hombre que peca; ¿dirige sus acciones?¿Está él en él cuando ofende a su Dios? El diablo, el dios falso, el principio del mal, no tiene, según esto, un imperio más extenso que el Dios verdadero, cuyos proyectos, si hemos de creer a los teólogos, él está incesantemente volcando? En los gobiernos terrenales, generalmente se considera que el verdadero soberano es aquel cuyo poder en un estado influye en el mayor número de sus súbditos. Si, pues, pudiéramos suponerle omnipresente, es decir, presente en todos los lugares, ¿no deberíamos decir que fue el triste testigo de todos los ultrajes cometidos contra su autoridad, y no deberíamos tener una opinión muy exaltada de su poder? si les permitía continuar.Esto, es cierto, sería argumentar sobre un monarca de este mundo, pero aún así sería el lenguaje que mantendrían los observados. y no deberíamos tener una opinión muy exaltada de su poder si les permitiera continuar. Esto, es cierto, sería argumentar sobre un monarca de este mundo, pero aún así sería el lenguaje que mantendrían los observados. y no deberíamos tener una opinión muy exaltada de su poder si les permitiera continuar. Esto, es cierto, sería argumentar sobre un monarca de este mundo, pero aún así sería el lenguaje que mantendrían los observados.

 

¿Está bien sustentada la espiritualidad de la Divinidad por aquellos que dicen que llena todo el espacio, que desde ese instante le dan extensión, le atribuyen volumen, le hacen corresponder con los diversos puntos del espacio? Este es el reverso mismo de una sustancia inmaterial.

 

"Dios es uno", continúa Newton, "y es el mismo para siempre y en todas partes, no solo por su virtud o por su energía, sino también por su sustancia". Pero ¿cómo concebir que un ser que está en continua actividad, que produzca todos los cambios que experimenten los seres, pueda ser siempre el mismo? ¿Qué debe entenderse por esta virtud o por esta energía? Estos son términos relativos, que no presentan a nuestro mente ninguna idea clara y distinta, excepto en lo que se refiere al hombre: ¿qué hemos de entender, sin embargo, por la sustancia divina? Si esta sustancia es espiritual, es decir, desprovista de extensión, ¿cómo puede haber en ella partes? ¿Cómo puede dar impulso a la materia, cómo ponerla en movimiento?¿Cómo puede siquiera ser concebido por los mortales?

 

Sin embargo, Newton nos informa "que todas las cosas están contenidas en él y se mueven en él, pero sin reciprocidad de acción: Dios no experimenta nada por el movimiento de los cuerpos; estos no experimentan resistencia alguna por su omnipresencia". Aquí parecería que viste a la Divinidad con aquello que tiene el carácter de vacío, de nada; sin eso, sería casi imposible no tener una acción o relación recíproca entre estas sustancias, que son penetradas o abarcadas por todos los lados. Debe ser obvio que en este caso nuestro autor científico no se comprende claramente a sí mismo.

 

Prosigue: "Es una verdad incontestable que Dios existe no obstante, y la misma necesidad obliga a existir siempre y en todas partes: de donde se sigue que Él es en todo semejante a sí mismo; es todo ojos, todo oídos, todo cerebro, todo brazo, todo sentimiento, toda inteligencia, toda acción, pero de un modo nada humano, nada corpóreo, y que nos es totalmente desconocido, del mismo modo que un ciego no tiene idea de los colores. , es que no tenemos idea del modo en que Dios siente y comprende". La existencia necesaria de la Divinidad es precisamente la cosa en cuestión; es esta existencia la que era necesario haber verificado por pruebas tan claras, por evidencias tan distintas, por demostraciones tan fuertes, como la gravitación y la atracción.Difícilmente se hubiera pensado que las capacidades expansivas de Newton no lo hubieran superado. Pero ¡oh, genio sin igual! tan poderoso, tan poderoso, tan colosal, mientras aún eras una geómetra; tan insignificante, tan débil, tan inconsistente; cuando te hiciste teólogo; es decir, cuando razonabais sobre lo que no se puede calcular, ni someter a la experiencia; ¿Cómo se te ocurre hablarnos de un tema que, según tu propia confesión, es para ti lo mismo que un cuadro para un ciego de nacimiento? ¿Por qué abandonar la naturaleza, que ya os había explicado tanto?¿Por qué buscar en espacios imaginarios esas causas, esos poderes, esa energía, que ella te habría señalado claramente, si hubieras estado dispuesto a consultarla con tu acostumbrada sagacidad? El giganteco, el inteligente Newton, se deja engañar, cegado por los prejuicios; no tiene el valor de mirar una pregunta a la cara, cuando esa pregunta involucra nociones que el hábito ha vuelto sagradas para él; aparta los ojos de la verdad, echa atrás su experiencia, adormece su razón, cuando se hace necesario sondear opiniones llenas de contradicciones, pero cargadas de los mejores intereses de la humanidad.

 

Sigamos, sin embargo, examinando hasta qué punto el genio más trascendente es capaz de extraviarse, una vez que abandona la experiencia, una vez que encadena su razón, una vez que se deja guiar por su imaginación.

 

"Dios", continúa el padre de la filosofía moderna, "está totalmente desprovisto de cuerpo y de figura corpórea; he aquí la razón por la cual no puede ser visto, tocado ni comprendido; y no debe ser adorado bajo ninguna forma corpórea". ¿Qué idea, sin embargo, puede formarse de un ser que no se parece a nada de lo que tengamos conocimiento? ¿Cuáles son las relaciones que se pueden suponer que existen entre seres tan disímiles? Cuando el hombre rinde a este ser su adoración, en realidad, a pesar de sí mismo, no hace de él un ser semejante a su propia especie; ¿No supone que, como él mismo, es sensible a los homenajes, a ser ganado con regalos, ganado con halagos;en fin, se le trata como a un rey de la tierra, que exige el respeto, exige la lealtad, exige la obediencia de todos los que se someten a él. newton agrega,

 

Si tenemos una idea de los atributos de Dios, es sólo porque lo vestimos con los que nos pertenecen; que nunca hacemos más que engrandecer, que sólo aumentamos o exageramos; luego las confundimos con aquellas cualidades con las que usamos al principio. Si en todas aquellas sustancias que son permeables a nuestros sentidos, sólo las conocemos por los efectos que producen en nosotros, después de lo cual les asignamos cualidades, al menos estas cualidades son algo tangibles, dan nacimiento a ideas claras y distintas. Este conocimiento superficial, por escaso que sea, que nos garanticen nuestros sentidos, es el único que posiblemente puedan tener;amueblados como estamos, nos encontramos en la necesidad de estar contentos con él, y descubrimos que es suficiente para nuestras necesidades; pero no tenemos ni la idea más superficial de inmaterialidad, o una sustancia que se distingue de todas aquellas con las que tenemos el más mínimo conocimiento. Sin embargo, oímos a los hombres razonar a toda hora sobre él, discutiendo sobre sus propiedades, adelantando sus facultades, como si tuvieran la evidencia más demostrable del hecho; haciéndose pedazos unos a otros, porque uno no admite fácilmente lo que el otro afirma, sobre un tema que ningún hombre es competente para entender.

 

Nuestro autor continúa: "Solo tenemos conocimiento de Dios por sus atributos, por sus propiedades, por el arreglo excelente y sabio que ha dado a todas las cosas, y por sus CAUSAS FINALES: lo admiramos en consecuencia de sus perfecciones". Repito, que no tenemos conocimiento real de la Divinidad; que tomamos prestados sus atributos de nosotros mismos; pero es evidente que estos no pueden ser adecuados al Ser Universal, que tampoco pueden tener la misma naturaleza ni las mismas propiedades que los seres particulares; sin embargo, es después de nosotros que le asignamos inteligencia, sabiduría, perfección, sustrayendo de ellos lo que llamamos defectos.En cuanto al orden o disposición del universo, el hombre lo encuentra excelente, lo estima como la perfección de la sabiduría, siempre que sea favorable a su especie; o cuando las causas que son coexistentes con él no perturban su propia existencia peculiar; de lo contrario, es probable que se queje de confusión, y las causas finales se desvanecen: entonces atribuye a un Dios inmutable, motivos igualmente tomados de su propio modo peculiar de acción, para trastornar el hermoso orden que tanto admira en el universo. Así es siempre en sí mismo, es decir, en su propio modo individual de sentir, que extrae las ideas del orden, la sabiduría, la excelencia, la perfección que atribuye a la Deidad;mientras que tanto el bien como el mal que tienen lugar en el mundo, son la consecuencia necesaria de la esencia de las cosas; de las leyes generales e inmutables de la naturaleza; en fin, de la gravitación, de la repulsión de la materia; de esas leyes inmutables del movimiento, que el mismo Newton ha arrojado tan hábilmente a la luz; pero que por una extraña fatuidad se ha abstenido de aplicar cuando se trató de la causa de estos fenómenos, que el prejuicio ha negado a las capacidades de la naturaleza. Continúa: "Reverenciamos y adoramos a Dios por su soberanía: lo adoramos como a sus esclavos; un Dios desprovisto de soberanía, de providencia y de causas finales, no sería más que naturaleza y destino".Es verdad que la superstición ordena al hombre adorar a sus dioses como esclavos ignorantes, que tiemblan bajo un amo que no conocen; ciertamente les reza en todas las ocasiones, pidiéndoles a veces nada menos que un cambio completo en la esencia de las cosas, para satisfacer sus deseos caprichosos, y tal vez sea bueno para él que no sean competentes para conceder su petición: en el origen, como hemos mostrado, estos dioses no eran más que la naturaleza actuante por leyes necesarias, revestida bajo una variedad de fábulas; o la necesidad personificada bajo una multitud de nombres.Sea como fuere, no creo que la verdadera religión, ese culto supremo que hace al hombre agradecido, al mismo tiempo que exalta la majestad de la Divinidad, exija tal mezquindad del hombre que actúe como un esclavo; más bien se espera que se siente al banquete preparado para él, con toda la dignidad de un invitado; bajo la alegre conciencia de una bienvenida que nunca se concede a los esclavos; no se requiere nada de sus manos, sino que debe comportarse con moderación en la sala de banquetes; que debe estar agradecido por el buen ánimo que recibe; que debe tener virtud; (que ya hemos explicado lo suficiente es hacerse útil, haciendo felices a los demás);que no debe perturbar la armonía de la fiesta al establecer pertinazmente opiniones caprichosas e insistir en que su prójimo las adopte; que debe ser lo suficientemente inteligente para saber cuándo es realmente feliz, y no buscar menospreciar la alegría de sus compañeros de viaje; sino que debe levantarse del tablero satisfecho consigo mismo, contento con los demás; en resumen, para comprender el todo en un trillado axioma de uno de los filósofos griegos, debería aprender el invaluable secreto, "para sino que debe levantarse del tablero satisfecho consigo mismo, contento con los demás; en resumen, para comprender el todo en un trillado axioma de uno de los filósofos griegos, debería aprender el invaluable secreto, "parasino que debe levantarse del tablero satisfecho consigo mismo, contento con los demás; en resumen, para comprender el todo en un trillado axioma de uno de los filósofos griegos, debería aprender el invaluable secreto, "paraaguanta y aguanta ".

 

Pero para proceder. Newton nos dice, "que de una necesidad física y ciega, que debe presidir en todas partes, y ser siempre la misma, no podría emanar variedad alguna en los seres; la diversidad que contemplamos, sólo podría tener su origen en las ideas y en la voluntad de un ser que existe no obstante; pero ¿por qué esta diversidad no debe brotar de causas naturales, de la materia que actúa sobre la materia; ¿cuya acción atrae y combina elementos diversos pero análogos, o bien separa los seres por la intervención de aquellas sustancias que no tienen disposición a unirse ?En cuanto a la necesidad ciega, como se dice en otra parte, debemos reconocer que es aquella de la que somos ignorantes, ya sea de sus propiedades o de sus energías; del cual estamos nosotros mismos ciegos no tenemos conocimiento de su modo de acción. Los filósofos explican todos los fenómenos que ocurren por las propiedades de la materia; y aunque siento la falta de un conocimiento más íntimo de las causas naturales, no por eso las creen menos deducibles de estas propiedades o estas causas. ¿Son, pues, los filósofos ateos, porque no responde, es Dios quien es el autor de estos efectos?¿Ha de ser desafiado como ateo el trabajador industrioso que hace pólvora, porque dice que los terribles efectos de este material destructivo, que inspiró a los nativos americanos con tal temor reverencial, que suscitó en sus vientos tanta maravilla, deben atribuirse a la unión de las sustancias aparentemente inofensivas de nitro, carbón y azufre, puestas en actividad por la adhesión de centelleos triviales, Priest of the Sun , que ignora la composición, elige pensar que no es posible que un fenómeno tan sorprendente pueda ser obra de algo menos que los agentes secretos, a quienes él mismo ha designado para gobernar el mundo.

 

"Se dice alegóricamente que Dios ve, oye, habla, sonríe, ama, odia, desea, da, recibe, se alegra, se enoja, pelea, hace o modela, etc. porque todo lo que se dice de Dios es tomado de la conducta del hombre, por una analogía imperfecta". El hombre no ha podido obrar de otro modo, por falta de conocimiento de la naturaleza y de su curso eterno: cada vez que ha imaginado una energía peculiar que no ha podido sondear, le ha dado el nombre de Dios; y entonces le ha hecho actuar sobre los mismos principios que él mismo adoptaría, según los cuales actuaría si fuera el amo. Es de esta propensión a la Teantropía , que ha fluido todas esas ideas absurdas, y frecuentemente peligrosas, sobre las cuales se fundan las supersticiones del mundo;que todos adoran en sus dioses causas naturales que ignoran, o poderosos mortales de cuya malicia se asombran. La siguiente muestra los efectos fatales que han resultado para la humanidad de las ideas absurdas que muy frecuentemente se han formado de la Divinidad; que nada podría ser más degradante para él, más injurioso para ellos, que la idea de compararlo con un soberano absoluto, con un déspota, con un tirano. Por el momento, continuamos examinando las pruebas ofrecidas en apoyo de sus diversos sistemas.

 

Se repite sin cesar que la acción regular, el orden invariable que reina en el universo, los beneficios amontonados sobre los mortales, anuncian una sabiduría, una inteligencia, una bondad, que no podemos dejar de reconocer, en la causa que produce estos efectos maravillosos . . A esto debemos responder que es incuestionablemente cierto que no sólo estas cosas, sino que todos los fenómenos que contemplan, indican la existencia de algo dotado muy superiormente al hombre errante; la gran pregunta, sin embargo, es una que tal vez nunca se resuelva, ¿qué es este ser? ¿Se responde a esta pregunta reuniendo las estimables cualidades del hombre?Hablando con relación a nosotros mismos, que es todo lo que realmente hace el teólogo, aunque en tantas regiones pretende hacer mucho más, podemos aplicar los términos bondad, sabiduría, inteligencia, lo mejor que conocemos, a falta de tener los que sean apropiados ; pero sostengo que esto, de hecho, no nos proporciona una sola idea de laGran causa de las causas; admiramos sus obras; y sabiendo que lo que aprobamos mucho en nuestra propia especie, lo atribuimos a que son sabios, decimos que la Divinidad muestra sabiduría. Hasta aquí está bien; pero esto, después de todo, es una cualidad humana. Si consultamos la experiencia, pronto nos convenceremos de que nuestra sabiduría no guarda la menor afinidad con las acciones atribuidas a la Divinidad. Para acercarnos un poco más a esto, debemos esforzarnos por descubrir lo que no llamamos sabiduría en el hombre; Esto nos ayudará a formar una estimación de cuántos incompetentes somos para describir las cualidades de un ser que difieren tan materialmente de nosotros.Probablemente no deberíamos llamar sabio al haber construido una hermosa residencia, él mismo le prende fuego; y así destruir lo que él había trabajado tanto para llevar a la perfección: sin embargo, esto sucede todos los días en la naturaleza, sin que sea de ninguna manera una garantía para que la acusemos de locura. Por lo tanto, si tuviéramos que formar nuestros juicios según nuestras propias ideas insignificantes de sabiduría, ¿qué diríamos? ¿Por qué, en realidad, lo que hace el hombre que, pensando que ha llovido demasiado, implora que haga buen tiempo? Lo cual, propiamente convertido, no es ni más ni menos que dar a entender a la Divinidad que es quien mejor sabe lo que le conviene.La única inferencia justa que se puede extraer de esto es que positivamente no sabemos nada sobre el asunto; que los que pretenden que sí lo harían, si se tratara de cualquier otro tema, sospechaba que tenían una mente enferma. No pretendemos insistir en que estemos en lo cierto, pero pretendemos afirmar que el objeto de este trabajo no es tanto construir nuevos sistemas o derribar los antiguos,como al mostrarle al hombre la falta de conclusión de sus razonamientos sobre asuntos que no son accesibles a su comprensión, para inducirlo a ser más tolerante con su prójimo, para invitarlo a ser menos rencoroso contra aquellos que no ven con sus ojos, para sostenerlo. presentarle motivos para la indulgencia, contra aquellos cuyo sistema de fe no puede armonizar exactamente con el suyo propio, para hacerlo menos feroz en apoyo de opiniones, las cuales, si se deshace de sus prejuicios, puede encontrar que no están tan sólidamente arraigadas como el imagina Todo lo que sabemos es poco más que el movimiento que presenciamos en el universo es la consecuencia necesaria de las leyes de la materia; que la uniformidad de este movimiento es evidencia de su inmutabilidad;que no es exagerado decir que no puede dejar de actuar como lo hace, mientras operen las mismas causas, gobernado por las mismas circunstancias. Evidentemente vemos que el movimiento, por regular que sea en nuestra mente, ese orden, por hermoso que sea a nuestra óptica admirada, cede a lo que llamamos desorden, a lo que llamamos confusión espantosa, tan pronto como causas nuevas, no análogas a las precedentes, tampoco perturbar o suspender su acción.Sabemos además que un mejor conocimiento de la naturaleza, la consecuencia del tiempo, el resultado de investigaciones físicas laboriosas y pacientes, con la comparación de los hechos y la aplicación de la experiencia, ha permitido al hombre en muchos casos desviar de sí los efectos nocivos de las causas inevitables, que anteriores a estos descubrimientos abrumaron con la ruina a sus desdichados progenitores. Hasta qué punto estos desarrollos saludables deben ser llevados por la industria, qué se puede lograr con la honestidad, qué luz debe recogerse de la recesión del prejuicio, el más sabio de los hombres no es competente para decidir.Cierto es que los fenómenos que durante siglos se suponía que denunciaban la ira de la Deidad contra la humanidad, ahora se entienden bien como efectos comunes de causas naturales.

 

El orden, como hemos mostrado en otra parte, son sólo los efectos que resultan para nosotros de una serie de movimientos; no puede haber ningún desorden relativo al gran todo; en el que todo lo que sucede es necesario; en el que todo está determinado por leyes que nada puede cambiar. El orden de la naturaleza puede ser dañado o destruido con respecto a nosotros, pero nunca contradicho con respecto a ella misma, ya que ella no puede actuar de otra manera: si le atribuimos los males que soportamos, estamos igualmente obligados a reconocer que debemos a ella. ella el bien que experimentamos.

 

Se dice que los animales proporcionan una prueba convincente de la poderosa causa de su existencia; que la admirable armonía de sus partes, la mutua ayuda que se prestan, la regularidad con que cumplen sus funciones, la conservación de estas partes, la conservación de tan complicados todos, anuncian un obrero que une la sabiduría con el poder; en resumen, se han copiado tratados completos de anatomía y botánica para probar nada más que estas cosas existen, porque del poder que las producidas no puede quedar duda. Nunca aprenderemos más de estos tratados eruditos, excepto que existen en la naturaleza ciertos elementos con una aptitud para la atracción; una disposición a unir, apta para formar conjuntos, para inducir fácilmente producir efectos muy llamativos.Sorprenderse de que el cerebro, el corazón, las arterias, las venas, los ojos, las orejas de un animal, actuar como los vemos; que las raíces de las plantas atraen jugos, o que los árboles producen frutos, es sorprendentese de que existe un árbol, una planta o un animal. . Estos seres no existirían, o dejarían de ser lo que sabemos que son, si dejaran de actuar como lo hacen: esto es lo que sucede cuando mueren. Si la formación, la combinación, los modos de acción, poseídos diversamente por estos seres, si su conservación por un tiempo, seguida de su destrucción o disolución, prueban algo, es la inmutabilidad de esas leyes que operan en la naturaleza: no podemos dudar del poder de la naturaleza;ella produce todos los animales que contemplamos, por la combinación, de materia, continuamente en movimiento; la armonía que subsiste entre las partes componentes de estos seres, es una consecuencia de las leyes necesarias de su naturaleza, y de lo que resulta de su combinación. Tan pronto como cesa este acuerdo, el animal no obstante es destruido: de esto debemos concluir que toda mutación en la naturaleza es necesaria; es sólo una consecuencia de sus leyes; que no podria ser de otro modo de lo que es, en las circunstancias en que se encuentra.

 

Hombre, que se ve a sí mismo como el chef d'oeuvre, proporciona más que cualquier otra producción una prueba de la inmutabilidad de las leyes de la naturaleza: en este ser sensible, inteligente, pensante, cuya vanidad le lleva a creerse el único objeto de la predilección divina, que forma a su Dios según su propia peculiaridad modelo, vemos sólo una máquina más inconstante, más frágil; uno más sujeto a ser trastornado por su extrema complicación, que los seres más groseros: las bestias desprovistas de nuestro conocimiento, las plantas que vegetan, las piedras desprovistas de sentimiento, son en muchos aspectos seres más favorecidos que el hombre: están al menos exentos de las penas. de la mente, de los tormentos de la reflexión, de ese disgusto devorador del que tan frecuentemente es presa. ¿Quién es el que no quiere ser una planta o una piedra,cada vez que la reminiscencia impone a su imaginación la pérdida irreparable de un objeto amado? ¿No sería mejor ser una masa inanimada, que un ser inquieto, turbulento, supersticioso, que no hace sino temblar bajo el imaginario desagrado de seres de su propia creación; quien para apoyar sus propias opiniones sombrías, inmola a sus semejantes en el santuario de su ídolo; ¿Quién devasta el país e inunda la tierra con la sangre de aquellos que difieren de él en un punto especulativo de un credo ininteligible? Los seres desprovistos de vida, desprovistos de sentimiento, sin memoria, sin facultades de pensamiento, al menos no están afligidos por la idea del pasado, del presente o del futuro;en todo caso no se cree en peligro de volverse eternamente infelices, por haber razonado mal;

 

No se diga, pues, que no podemos tener una idea de una obra, sin tener también una idea del obrero, a diferencia de su obra: el salvaje, cuando vio por primera vez la terrible operación de la pólvora, no formó la más lejana idea de que era obra de un hombre como el. La naturaleza no debe ser contemplada como una obra de este tipo; ella es autoexistente. En su seno todo se produce: es una inmensa elaboradora, provista de materiales, que hace los instrumentos de que se sirve en sus operaciones. Todas sus obras son los efectos de sus propias energías; de aquellos agentes que ella misma produce; de esas leyes inmutables por las que pone todo en actividad.Elementos eternos e indestructibles, siempre en movimiento, se combinan de diversas formas, y así dan nacimiento a todos los seres, a todos los fenómenos que llenan de asombro y consternación los débiles ojos de los errantes mortales; a todos los efectos, sean buenos o malos, de los cuales el hombre experimenta la influencia; a todas las vicisitudes que sufre, desde el momento de su nacimiento hasta el de su muerte; al orden ya la confusión, que nunca discrimina sino por los diversos modos en que se ve afectado: en una palabra, a todos esos espectáculos milagrosos en los que ocupa su meditación -sobre los que ejercita su razón- que con frecuencia sembran la consternación en todo el mundo. la superficie de la tierra.Estos elementos no necesitan nada cuando las circunstancias favorecen su unión, salvo sus propiedades propias peculiares, ya sean individuales o unidas, con el movimiento que les es esencial, para producir todos aquellos fenómenos que golpean poderosamente los sentidos de la humanidad, o lo llenan de admiración, o lo llenan de admiración.

 

Pero suponiendo por un momento que fuera imposible concebir la obra, sin concebir también al obrero, que vela por su trabajo, ¿dónde debemos situar a este obrero? ¿Será interior o exterior a su producción? ¿Es materia y movimiento, o es sólo espacio o el vacío? En todos estos casos, o no sería nada, o estaría contenido en la naturaleza: como la naturaleza no contiene más que materia y movimiento, debe concluirse que el agente que la mueve es material; que es corpóreo; si este agente es exterior a la naturaleza, entonces ya no podemos formarnos idea alguna del lugar que ocupa: tampoco podemos concebir mejor un ser inmaterial; ni el modo en que un espíritu sin extensión puede actuar sobre la materia de la que está separada.Estos espacios desconocidos, que la imaginación ha colocado más allá del mundo visible, no pueden tener existencia para un ser, que con dificultad ve hasta sus pies; no puede pintar en su mente ninguna imagen del poder que los habita; pero si se ve obligado a formar algún tipo de imagen, debe combinar al azar los colores fantásticos que siempre se ve obligado a extraer del mundo que habita: en este caso, realmente no hará más que reproducir en idea, parte o parcelas de lo que realmente ha visto; formará un todo que tal vez no tenga existencia en la naturaleza, pero que en vano se esforzará por distinguir de ella; poner fuera de su seno.Cuando sea ingenioso consigo mismo, cuando ya no esté dispuesto a engañar a los demás, se verá obligado a reconocer que el retrato que ha pintado, aunque en su combinación no se parece a nada en el universo, es, sin embargo, en todos sus miembros constituyentes, una delineación exacta de lo que la naturaleza presenta a nuestra vista. Hobbes en suleviatanen quien no consideramos qué atributo expresa mejor su naturaleza, que es incomprensible; sino lo que mejor expresa nuestro deseo de honrarlo".

 

Se insistirá en que si se mostrará una estatua o un reloj a un salvaje que nunca antes había visto ninguno de los dos, no podría evitar reconocer que estas cosas eran obra de algún agente inteligente de mayor habilidad, que poseía más industria que él mismo: Se concluirá allí que igualmente estamos obligados a reconocer que el universo, que el hombre, que los diversos fenómenos, son obras de un agente, cuya inteligencia es más amplia, cuyo poder supera con mucho nuestro propio. Concedido: ¿quién lo ha dudado alguna vez? la proposición es evidente por sí misma; no puede admitir ni siquiera una cavilación. No obstante, respondemos, en primer lugar , que no hay que dudar de que la naturaleza es sumamente poderosa;diligentemente laboriosa: admiramos su actividad cada vez que nos sorprende la amplitud, cada vez que contemplamos la variedad, cada vez que contemplamos esos complicados efectos que se despliegan en sus obras; o cuando nos tomamos la molestia de meditar en ellos: sin embargo, ella no es realmente más laboriosa en una de sus obras que en otra; no se la sondea con más facilidad en las que llamamos sus producciones más despreciables, que en sus más sublimes esfuerzos: no comprendemos más cómo ha sido capaz de producir una piedra o un metal, que los medios por los cuales organizaron una cabeza como la del ilustrador newton. Llamamos industrial al hombre que puede lograr cosas que nosotros no podemos; la naturaleza es competente para cada cosa: tan pronto como una cosa existe,es una prueba de que ella ha sido capaz de producirlo: pero nunca es más que en relación con nosotros mismos que juzgamos a los seres como industriales: luego los comparamos con nosotros; y como gozamos de una cualidad que llamamos inteligencia, con la ayuda de la cual hacemos cosas, con la que mostramos nuestra diligencia, naturalmente deducimos de ella que aquellas obras que más nos asombran, no pertenecen a ella, sino que son de ella. atribuirse a un ser inteligente como nosotros, pero en quien hacemos la inteligencia proporcional al asombro que estos fenómenos suscitan en nosotros; es decir, en otras palabras, a nuestra propia ignorancia peculiar, ya la debilidad inherente a nuestra naturaleza.y como gozamos de una cualidad que llamamos inteligencia, con la ayuda de la cual hacemos cosas, con la que mostramos nuestra diligencia, naturalmente deducimos de ella que aquellas obras que más nos asombran, no pertenecen a ella, sino que son de ella. atribuirse a un ser inteligente como nosotros, pero en quien hacemos la inteligencia proporcional al asombro que estos fenómenos suscitan en nosotros; es decir, en otras palabras, a nuestra propia ignorancia peculiar, ya la debilidad inherente a nuestra naturaleza.y como gozamos de una cualidad que llamamos inteligencia, con la ayuda de la cual hacemos cosas, con la que mostramos nuestra diligencia, naturalmente deducimos de ella que aquellas obras que más nos asombran, no pertenecen a ella, sino que son de ella. atribuirse a un ser inteligente como nosotros, pero en quien hacemos la inteligencia proporcional al asombro que estos fenómenos suscitan en nosotros; es decir, en otras palabras, a nuestra propia ignorancia peculiar, ya la debilidad inherente a nuestra naturaleza. pero en quien hacemos la inteligencia acorde con el asombro que estos fenómenos suscitan en nosotros; es decir, en otras palabras, a nuestra propia ignorancia peculiar, ya la debilidad inherente a nuestra naturaleza.pero en quien hacemos la inteligencia acorde con el asombro que estos fenómenos suscitan en nosotros; es decir, en otras palabras, a nuestra propia ignorancia peculiar, ya la debilidad inherente a nuestra naturaleza.

 

en segundo lugar, debemos observar que el salvaje, a quien se le lleva la estatua o el reloj, tendrá o no ideas de la industria humana: si tiene ideas de ella, resultará que este reloj o esta estatua, de alguna manera ser la obra de un ser de su propia especie, que disfruta de facultades de las que él mismo carece: si no tiene idea de ello, si no comprende los recursos del arte humano, cuando contempla el movimiento espontáneo del reloj, impresionarse con la creencia de que es un animal, que no puede ser obra del hombre. La experiencia multiplicada confirma este modo de pensar que se atribuye al salvaje. Los peruanos confundieron a los españoles con dioses, porque hacían uso de la pólvora, iban a caballo y venían en barcos que navegaban muy solos.Los habitantes de la isla de Tenian ignorando el fuego antes de la llegada de los europeos, la primera vez que lo vieron, lo concibieron como un animal que devoraba la leña. Así es que el salvaje, al igual que muchos grandes y sabios, que se creen mucho más agudos, atribuirá los extraños efectos que golpean sus órganos, a un genio oa un espíritu; es decir, a un poder desconocido; a quien atribuirá capacidades de las que cree que los seres de su propia especie están completamente desprovistos: con esto no probará nada, excepto que él mismo ignora lo que el hombre es capaz de producir. Es así que un pueblo tosco y sin pulir levanta los ojos al cielo, cada vez que presencia algún fenómeno insólito.Así es como el pueblo se denomina a todos aquellos efectos extraños, cuyas causas naturales ignoran, milagrosos, sobrenaturales, divinos; pero estas no son consideradas por personas razonables como pruebas de lo que afirman: como la multitud generalmente desconoce la causa de cualquier cosa, cada objeto se convierte en un milagro a sus ojos; al menos imaginan que Dios es la causa inmediata del bien que disfrutan, del mal que sufren. En suma, es así como los mismos teólogos resuelven cada dificultad que se presenta en su camino; atribuyen a Dios todos aquellos fenómenos cuyas causas ellos mismos ignoran o no quieren que el hombre conozca la fuente. es así que los mismos teólogos resuelven cada dificultad que se presenta en su camino;atribuyen a Dios todos aquellos fenómenos cuyas causas ellos mismos ignoran o no quieren que el hombre conozca la fuente. es así que los mismos teólogos resuelven cada dificultad que se presenta en su camino; atribuyen a Dios todos aquellos fenómenos cuyas causas ellos mismos ignoran o no quieren que el hombre conozca la fuente.

 

en tercer lugar, el salvaje, al abrir el reloj y examinar sus partes, tal vez sienta que esta maquinaria anuncia un trabajo que sólo puede ser el resultado del trabajo humano. Quizá perciba que difieran muy obviamente de las producciones inmediatas de la naturaleza, a quienes no ha observado que producirán ruedas hechas de metal pulido. También notará, quizás, que estas partes, cuando estén separadas, ya no actuarán como lo hacían cuando estaban combinadas; que el movimiento que tanto admiraba, cesa cuando se rompe su unión. Tras estas observaciones, atribuirá el reloj al ingenio del hombre; es decir, a un ser como él, del que tiene algunas ideas, pero al que juzga capaz de construir máquinas para las que él mismo es completamente incompetente.En resumen, atribuirá el honor de su reloj a un ser conocido por él en algunos aspectos, dotado de facultades muy superiores a las suyas; pero será a una inmensa distancia de la creencia, que este trabajo material, cuya ingenuidad tanto le agrada, pueda ser efecto de una causa inmaterial; o de un agente desprovisto de órganos, sin extensión; cuya acción sobre los seres materiales no puede estar dentro, la esfera de su comprensión. Sin embargo, el hombre, cuando no puede abarcar las causas de las cosas, no tiene escrúpulos en insistir en que es imposible que sean producción de la naturaleza, aunque ignora por completo hasta dónde se extienden los poderes de esta naturaleza; a lo que sus capacidades son iguales.Al contemplar el mundo, debemos reconocer las causas materiales de muchos de los fenómenos que tienen lugar en él; aquellos que estudian la naturaleza continuamente agregan nuevos descubrimientos a esta lista de causas físicas; ciencia,el prejuicio , ayudó por su compañera casi inseparable, la ignorancia , se ataría para siempre con las cadenas de la impotencia.

 

No se nos diga, sin embargo, que siguiendo esta hipótesis, atribuimos todo a una causa ciega, a la concurrencia fortuita de los átomos, al azar. Sólo se llaman causas ciegas aquellas de las que no conocemos ni la combinación, ni las leyes, ni la potencia. Se llaman efectos fortuitos aquellos cuyas causas desconoce el hombre; de lo que su experiencia no le da ninguna pista; que su ignorancia le impide antes. Todos aquellos efectos, de los que no ve la necesaria conexión con sus causas, los atribuye al azar. La naturaleza no es una causa ciega; nunca actúa por casualidad;nada de lo que ella haga sería considerado fortuito por él, que debería entender su modo de acción, que tenía conocimiento de sus recursos, que era inteligente en sus formas. Todo lo que ella produce es estrictamente necesario, nunca es más que una consecuencia de sus leyes eternas e inmutables; todo está conectado en ella por lazos invisibles; todo efecto que presenciamos fluye no obstante de su causa, ya sea que estemos en condiciones de sondearlo, ya sea que estemos obligados a dejar que permanezca oculto a nuestra vista. Es muy posible que haya ignorancia por nuestra parte; pero las palabras espiritu, inteligencia, no remediaran esta ignorancia; más bien lo redoblarán, deteniendo nuestra investigación;impidiéndonos vencer aquellos impedimentos que nos obstruyen en sondear las causas naturales de los efectos, con las cuales nuestras facultades visuales nos hacen conocer. si estamos en condiciones de sondearlo, o si estamos obligados a dejarlo oculto a nuestra vista. Es muy posible que haya ignorancia por nuestra parte; pero las palabras espiritu, inteligencia, no remediaran esta ignorancia; más bien lo redoblarán, deteniendo nuestra investigación; impidiéndonos vencer aquellos impedimentos que nos obstruyen en sondear las causas naturales de los efectos, con las cuales nuestras facultades visuales nos hacen conocer. si estamos en condiciones de sondearlo, o si estamos obligados a dejarlo oculto a nuestra vista.Es muy posible que haya ignorancia por nuestra parte; pero las palabras espiritu, inteligencia, no remediaran esta ignorancia; más bien lo redoblarán, deteniendo nuestra investigación; impidiéndonos vencer aquellos impedimentos que nos obstruyen en sondear las causas naturales de los efectos, con las cuales nuestras facultades visuales nos hacen conocer.

 

Esto puede servir como respuesta al clamor de aquellos que objetan perpetuamente a los decididos de la naturaleza, acusándolos sin cesar de atribuirlo todo al azar. El azar es una palabra desprovista de sentido, que no proporciona ninguna idea sustantiva; al menos indica solo la ignorancia de sus patrones. Sin embargo, se nos dice triunfalmente, se reitera continuamente, que una obra regular no puede atribuirse a la concurrencia del azar. Nunca, se nos informa, será posible llegar a la formación de un poema como la Ilíada, por medio de letras lanzadas juntas promiscuamente o combinadas al azar. Lo aceptamos sin dudarlo; pero, ingeniosamente, ¿las letras que componen un poema se tiran con la mano a modo de dados?Valdría mucho decir que no podremos pronunciar un discurso con los pies. es la naturaleza, que combina de acuerdo con leyes necesarias, en circunstancias dadas, una cabeza organizada de un modo adecuado para producir un poema: es la naturaleza quien reúne los elementos, que proporciona al hombre un cerebro competente para dar a luz tal obra: es la naturaleza , quien, por medio de la imaginación, por medio de las pasiones, en consecuencia del temperamento que ella otorga al hombre, lo capacita para producir tal obra maestra de fantasía;un esfuerzo tan inmarcesible de la mente: es su cerebro modificado de cierta manera, atestado de ideas, decorado con imágenes, fecundado por las circunstancias, lo único que puede convertirse en la matriz en la que puede concebirse un poema, en la que la materia se puede decir: esta es la única matriz cuya actividad podría dar paso a un mundo de admiración, las sublimes estrofas que desarrollan la historia del desdichado Príamo, e inmortalizar a su autor. Una cabeza organizada como la de Homero, provista del mismo vigor, resplandeciente de la misma vívida imaginación, enriquecida con la misma erudición, colocada en las mismas circunstancias, produciría no obstante, y no por casualidad, el poema de la Ilíada;al menos, a menos que se niegue que causas similares en todas las cosas deben producir efectos perfectamente idénticos. Sin duda nos sorprendería, si hubiera en una caja de dados cien mil dados, ver cien mil seises seguir en sucesión; pero si estos dados estuvieran todos dentados o cargados, cesaría nuestra sorpresa: las partículas de materia pueden compararse a dados dentados, es decir, produciendo siempre ciertos efectos determinados en ciertas circunstancias dadas; estas partículas siendo muy variadas en sí mismas, innumerables en sus combinaciones, están engranadas en miríadas de modos diferentes. La cabeza de Homero o de Virgilio no era más que un conjunto de partículas que poseían propiedades peculiares;o si se quiere, de dados dentados por la naturaleza; es decir, de seres tan combinados, de materia tan trabajada, como para producir los hermosos poemas de la Ilíada o la Eneida. Lo mismo puede decirse de todas las demás producciones: de hecho, ¿qué son los hombres mismos sino dados dentados, máquinas en las que la naturaleza ha infundido el sesgo necesario para producir efectos de cierta descripción? Un hombre de genio produce una buena obra, de la misma manera que un árbol de buena especie, colocado en un suelo fértil, cultivado con cuidado, injertado con juicio, produce frutos excelentes. o si se quiere, de dados dentados por la naturaleza; es decir, de seres tan combinados, de materia tan trabajada, como para producir los hermosos poemas de la Ilíada o la Eneida.Lo mismo puede decirse de todas las demás producciones: de hecho, ¿qué son los hombres mismos sino dados dentados, máquinas en las que la naturaleza ha infundido el sesgo necesario para producir efectos de cierta descripción? Un hombre de genio produce una buena obra, de la misma manera que un árbol de buena especie, colocado en un suelo fértil, cultivado con cuidado, injertado con juicio, produce frutos excelentes. o si se quiere, de dados dentados por la naturaleza; es decir, de seres tan combinados, de materia tan trabajada, como para producir los hermosos poemas de la Ilíada o la Eneida.Lo mismo puede decirse de todas las demás producciones: de hecho, ¿qué son los hombres mismos sino dados dentados, máquinas en las que la naturaleza ha infundido el sesgo necesario para producir efectos de cierta descripción? Un hombre de genio produce una buena obra, de la misma manera que un árbol de buena especie, colocado en un suelo fértil, cultivado con cuidado, injertado con juicio, produce frutos excelentes. ¿Qué son los hombres mismos sino dados dientes, máquinas en las que la naturaleza ha infundido el sesgo necesario para producir efectos de cierta descripción? Un hombre de genio produce una buena obra, de la misma manera que un árbol de buena especie, colocado en un suelo fértil, cultivado con cuidado, injertado con juicio, produce frutos excelentes.¿Qué son los hombres mismos sino dados dientes, máquinas en las que la naturaleza ha infundido el sesgo necesario para producir efectos de cierta descripción? Un hombre de genio produce una buena obra, de la misma manera que un árbol de buena especie, colocado en un suelo fértil, cultivado con cuidado, injertado con juicio, produce frutos excelentes.

 

Entonces, ¿no es picardía ni puerilidad hablar de componer una obra esparciendo letras con la mano; mezclando promiscuamente personajes; o reuniendo por casualidad, lo que sólo puede resultar de un cerebro humano, con una organización peculiar, modificada de cierta manera? El principio de la generación humana no se desarrolla por casualidad; no puede nutrirse con efecto, expandirse a la vida, sino en el seno de una mujer: un confuso montón de caracteres, un revoltijo de símbolos, no es más que un ensamblaje de signos, cuya disposición adecuada es adecuada para pintar ideas humanas; pero para que estas ideas puedan ser delineadas correctamente, es requisito previo que hayan sido concebidas, combinadas, alimentadas, conectadas y desarrolladas en el cerebro de un poeta;donde las circunstancias hacen fructificar, madurarlos, y hacerlos nacer en perfección, en razón de la fecundidad, por el calor genial y la energía peculiar de la matriz, en que se habrán puesto estas semillas intelectuales. Las ideas, al combinarse, expandirse, conectarse y asociarse, formar un todo, como todos los demás cuerpos de la naturaleza: este todo nos proporciona placer, se convierte en una fuente de disfrute, cuando da lugar a sensaciones agradables en la mente; cuando ofrece a nuestro examen imágenes calculadas para conmovernos de manera viva.Así es como la historia de la guerra de Troya, digerida en la mente de Homero, lanzó en el mundo con toda la fascinante armonía de los números que le es propia, tiene el poder de dar un placentero impulso a las mentes, que por su analogía con que de esta incomparable Grecia, están en capacidad de sentir sus bellezas. en razón de la fecundidad, engendrada por el calor genial y la energía peculiar de la matriz, en que habrán sido depositadas estas semillas intelectuales. Las ideas, al combinarse, expandirse, conectarse y asociarse, formar un todo, como todos los demás cuerpos de la naturaleza: este todo nos proporciona placer, se convierte en una fuente de disfrute, cuando da lugar a sensaciones agradables en la mente;cuando ofrece a nuestro examen imágenes calculadas para conmovernos de manera viva. Así es como la historia de la guerra de Troya, digerida en la mente de Homero, lanzó en el mundo con toda la fascinante armonía de los números que le es propia, tiene el poder de dar un placentero impulso a las mentes, que por su analogía con que de esta incomparable Grecia, están en capacidad de sentir sus bellezas. en razón de la fecundidad, engendrada por el calor genial y la energía peculiar de la matriz, en que habrán sido depositadas estas semillas intelectuales.Las ideas, al combinarse, expandirse, conectarse y asociarse, formar un todo, como todos los demás cuerpos de la naturaleza: este todo nos proporciona placer, se convierte en una fuente de disfrute, cuando da lugar a sensaciones agradables en la mente; cuando ofrece a nuestro examen imágenes calculadas para conmovernos de manera viva. Así es como la historia de la guerra de Troya, digerida en la mente de Homero, lanzó en el mundo con toda la fascinante armonía de los números que le es propia, tiene el poder de dar un placentero impulso a las mentes, que por su analogía con que de esta incomparable Grecia, están en capacidad de sentir sus bellezas. generados por el calor genial y la energia peculiar de la matriz, en la cual estas semillas intelectuales habran sido colocadas.Las ideas, al combinarse, expandirse, conectarse y asociarse, formar un todo, como todos los demás cuerpos de la naturaleza: este todo nos proporciona placer, se convierte en una fuente de disfrute, cuando da lugar a sensaciones agradables en la mente; cuando ofrece a nuestro examen imágenes calculadas para conmovernos de manera viva. Así es como la historia de la guerra de Troya, digerida en la mente de Homero, lanzó en el mundo con toda la fascinante armonía de los números que le es propia, tiene el poder de dar un placentero impulso a las mentes, que por su analogía con que de esta incomparable Grecia, están en capacidad de sentir sus bellezas. generados por el calor genial y la energia peculiar de la matriz, en la cual estas semillas intelectuales habran sido colocadas.Las ideas, al combinarse, expandirse, conectarse y asociarse, formar un todo, como todos los demás cuerpos de la naturaleza: este todo nos proporciona placer, se convierte en una fuente de disfrute, cuando da lugar a sensaciones agradables en la mente; cuando ofrece a nuestro examen imágenes calculadas para conmovernos de manera viva. Así es como la historia de la guerra de Troya, digerida en la mente de Homero, lanzó en el mundo con toda la fascinante armonía de los números que le es propia, tiene el poder de dar un placentero impulso a las mentes, que por su analogía con que de esta incomparable Grecia, están en capacidad de sentir sus bellezas. en que se habrán puesto estas semillas intelectuales.Las ideas, al combinarse, expandirse, conectarse y asociarse, formar un todo, como todos los demás cuerpos de la naturaleza: este todo nos proporciona placer, se convierte en una fuente de disfrute, cuando da lugar a sensaciones agradables en la mente; cuando ofrece a nuestro examen imágenes calculadas para conmovernos de manera viva. Así es como la historia de la guerra de Troya, digerida en la mente de Homero, lanzó en el mundo con toda la fascinante armonía de los números que le es propia, tiene el poder de dar un placentero impulso a las mentes, que por su analogía con que de esta incomparable Grecia, están en capacidad de sentir sus bellezas. en que se habrán puesto estas semillas intelectuales.Las ideas, al combinarse, expandirse, conectarse y asociarse, formar un todo, como todos los demás cuerpos de la naturaleza: este todo nos proporciona placer, se convierte en una fuente de disfrute, cuando da lugar a sensaciones agradables en la mente; cuando ofrece a nuestro examen imágenes calculadas para conmovernos de manera viva. Así es como la historia de la guerra de Troya, digerida en la mente de Homero, lanzó en el mundo con toda la fascinante armonía de los números que le es propia, tiene el poder de dar un placentero impulso a las mentes, que por su analogía con que de esta incomparable Grecia, están en capacidad de sentir sus bellezas. este todo nos proporciona placer, se convierte en una fuente de disfrute, cuando da lugar a sensaciones agradables en la mente;cuando ofrece a nuestro examen imágenes calculadas para conmovernos de manera viva. Así es como la historia de la guerra de Troya, digerida en la mente de Homero, lanzó en el mundo con toda la fascinante armonía de los números que le es propia, tiene el poder de dar un placentero impulso a las mentes, que por su analogía con que de esta incomparable Grecia, están en capacidad de sentir sus bellezas. este todo nos proporciona placer, se convierte en una fuente de disfrute, cuando da lugar a sensaciones agradables en la mente; cuando ofrece a nuestro examen imágenes calculadas para conmovernos de manera viva.Así es como la historia de la guerra de Troya, digerida en la mente de Homero, lanzó en el mundo con toda la fascinante armonía de los números que le es propia, tiene el poder de dar un placentero impulso a las mentes, que por su analogía con que de esta incomparable Grecia, están en capacidad de sentir sus bellezas.

 

De esto será obvio que nada puede ser producido por casualidad; que ningún efecto puede existir sin una causa adecuada para su existencia; que el uno debe estar siempre en consonancia con el otro. Todas las obras de la naturaleza surgen de la acción uniforme de leyes invariables, ya sea que nuestro mente pueda seguir con facilidad la concatenación de las causas sucesivas que operan; o si, como en sus producciones más complicadas, nos encontramos en la imposibilidad de distinguir los diversos recursos que ella pone en movimiento para dar a luz a sus fenómenos. Para la naturaleza, la dificultad no es más producir un gran poeta, capaz de escribir un poema admirable, que formar una piedra brillante o un metal brillante que gravita hacia un centro.El modo que ella adopta para dar a luz a estos diversos seres, es igualmente desconocido para nosotros, cuando no hemos meditado en ello; con frecuencia la atención más diligente del paciente, la investigación más no nos proporciona ninguna información; a veces, sin embargo, la infatigable laboriosidad del filósofo se ve recompensada arrojando a la luz las operaciones más misteriosas. Así, la aguda penetración de Newton, ayudada por una diligencia poco común, demostró el sistema estelar que, durante tantos miles de años, había eludido la investigación de todos los astrónomos que le precedieron.Así la sagacidad de un Harvey dando vigor a su aplicación, sacó de la oscuridad en que había estado sepultada durante casi incontables siglos, el verdadero curso seguido por el fluido sanguinario, al circular por las venas y arterias del hombre, dando actividad a su máquina , difundiendo vida a través de su sistema, y ​​capacitándolo para realizar aquellas acciones que con tanta frecuencia sorprenden a un mundo asombrado con asombro y pesar. Así, Galileo, por una rapidez de percepción, una profundidad de razonamiento peculiar a él mismo, sostuvo ante un mundo admirado, la forma y situación reales del planeta que habitamos; que hasta entonces había escapado a la observación de los genios más profundos, los metafísicos más sutiles, toda la hueste de los sacerdotes;que cuando se promulgó por primera vez se pensó tan extraordinario, tan contradictorio con todas las opiniones entonces recibidas, ya sagradas o profanas, que se lo clasificó como ateo, como un blasfemo impío, para tener comunión con quien, aseguraría a los comulgantes un lugar en las regiones de tormento eterno; en fin, se tuvo por herejía de tan indeleble tinte, que no obstante la infalibilidad de su sagrada función,

 

El hombre nace por la necesaria concurrencia de aquellos elementos adecuados a su construcción; aumenta de volumen, corrobora su sistema, expande sus poderes, de la misma manera que una planta o una piedra; los cuales, al igual que él mismo, son repetidos en su volumen, fortalecidos en sus capacidades, por la dentro de materia homogénea, que existe de la esfera de su atracción. El hombre siente, piensa, recibe ideas, actúa de cierta manera, es decir, según su estructura orgánica, que le es propia; eso lo hace susceptible de modificaciones, de las cuales la piedra y la planta son totalmente incapaces.Por otra parte, la organización de estos seres es de naturaleza que les permite recibir otras modificaciones, que el hombre no está más capacitado para experimentar, que la piedra o la planta son las que le constituyen lo que es. Como consecuencia de este arreglo peculiar, el hombre de genio produce obras de mérito; la planta cuando está sana da frutos deliciosos el hueso cuando se coloca en una matriz adecuada posee un fulgor fulgurante que deslumbra a los ojos de los mortales; cada uno en su esfera de acción nos sorprende y nos deleita; porque sentimos que nos excitan sensaciones, que armonizan con eso que llamamos orden; en consecuencia del placer que infunden, por la rareza, por la magnitud y por la variedad de los efectos que nos ocasionan experimentar.Sin embargo, lo que se encuentra más admirable en las producciones de la naturaleza, lo que es más estimado en las acciones del hombre, lo más apreciado en los animales, lo más buscado en la vegetación, lo más solicitado entre los fósiles, nunca es más que los efectos naturales de las diferentes partículas de materia, diversamente dispuestas, variadamente combinadas, expuestas a numerosas modificaciones; de la materia así unida resultan órganos, cerebros, temperamento, gusto, talentos, todas las múltiples propiedades, todas las multitudinarias cualidades, que discriminan a los seres cuya actividad multiplicada constituye la suma de lo que se denomina naturaleza animada.

 

Entonces la naturaleza no produce nada más que lo que es necesario; no es por combinación fortuita, por azares, que ella exhibe a nuestra vista los seres que contemplamos; todos sus lanzamientos son seguros, todas las causas que emplean tienen infaliblemente sus efectos. Cada vez que ella da a luz a seres extraordinarios, maravillosos, raros, es que el orden requerido de las cosas, la concurrencia de las causas productivas necesarias, sucede rara vez. Tan pronto como existen esos seres, deben atribuirse a la naturaleza, al igual que las más familiares de sus producciones; para la naturaleza todo es igualmente posible, fácil, cuando se reúnen los instrumentos o las causas necesarias para actuar.Así parece presunción en el hombre poner límites a los poderes de la naturaleza, que tan imperfectamente entiende. Las combinaciones, o si lo hacen, los lanzamientos que hacen en una eternidad de existencia, pueden producir fácilmente todos los seres que han existido: su marcha eterna no debe producir, una y otra vez, las circunstancias más asombrosas; las ocurrencias mas raras; las más calculadas para suscitar el asombro, para suscitar la admiración de los seres, que sólo están en condiciones de prestarles una consideración momentánea; que no pueden obtener nada más que un vistazo, sin tener nunca ni el tiempo libre ni los medios para investigar las causas, que yacen ocultas a sus ojos débiles, en las profundidades de la oscuridad cimeria.Incontables lanzamientos durante la eternidad, con elementos y combinaciones variadas casi hasta el infinito, bastante en relación con el hombre, bastan para producir todo aquello de lo que tiene conocimiento, con multitud de otros efectos, de los que nunca tendrán la menor concepción. puede producir fácilmente todos los seres que han existido: su marcha eterna debe producir no obstante, una y otra vez, las circunstancias más asombrosas; las ocurrencias mas raras; las más calculadas para suscitar el asombro, para suscitar la admiración de los seres, que sólo están en condiciones de prestarles una consideración momentánea;que no pueden obtener nada más que un vistazo, sin tener nunca ni el tiempo libre ni los medios para investigar las causas, que yacen ocultas a sus ojos débiles, en las profundidades de la oscuridad cimeria. Incontables lanzamientos durante la eternidad, con elementos y combinaciones variadas casi hasta el infinito, bastante en relación con el hombre, bastan para producir todo aquello de lo que tiene conocimiento, con multitud de otros efectos, de los que nunca tendrán la menor concepción. puede producir fácilmente todos los seres que han existido: su marcha eterna debe producir no obstante, una y otra vez, las circunstancias más asombrosas; las ocurrencias mas raras;las más calculadas para suscitar el asombro, para suscitar la admiración de los seres, que sólo están en condiciones de prestarles una consideración momentánea; que no pueden obtener nada más que un vistazo, sin tener nunca ni el tiempo libre ni los medios para investigar las causas, que yacen ocultas a sus ojos débiles, en las profundidades de la oscuridad cimeria. Incontables lanzamientos durante la eternidad, con elementos y combinaciones variadas casi hasta el infinito, bastante en relación con el hombre, bastan para producir todo aquello de lo que tiene conocimiento, con multitud de otros efectos, de los que nunca tendrán la menor concepción. su eterna marcha ha de traer no obstante, una y otra vez, las más asombrosas circunstancias; las ocurrencias mas raras;las más calculadas para suscitar el asombro, para suscitar la admiración de los seres, que sólo están en condiciones de prestarles una consideración momentánea; que no pueden obtener nada más que un vistazo, sin tener nunca ni el tiempo libre ni los medios para investigar las causas, que yacen ocultas a sus ojos débiles, en las profundidades de la oscuridad cimeria. Incontables lanzamientos durante la eternidad, con elementos y combinaciones variadas casi hasta el infinito, bastante en relación con el hombre, bastan para producir todo aquello de lo que tiene conocimiento, con multitud de otros efectos, de los que nunca tendrán la menor concepción. su eterna marcha ha de traer no obstante, una y otra vez, las más asombrosas circunstancias; las ocurrencias mas raras;las más calculadas para suscitar el asombro, para suscitar la admiración de los seres, que sólo están en condiciones de prestarles una consideración momentánea; que no pueden obtener nada más que un vistazo, sin tener nunca ni el tiempo libre ni los medios para investigar las causas, que yacen ocultas a sus ojos débiles, en las profundidades de la oscuridad cimeria. Incontables lanzamientos durante la eternidad, con elementos y combinaciones variadas casi hasta el infinito, bastante en relación con el hombre, bastan para producir todo aquello de lo que tiene conocimiento, con multitud de otros efectos, de los que nunca tendrán la menor concepción.las más calculadas para suscitar el asombro, para suscitar la admiración de los seres, que sólo están en condiciones de prestarles una consideración momentánea; que no pueden obtener nada más que un vistazo, sin tener nunca ni el tiempo libre ni los medios para investigar las causas, que yacen ocultas a sus ojos débiles, en las profundidades de la oscuridad cimeria. Incontables lanzamientos durante la eternidad, con elementos y combinaciones variadas casi hasta el infinito, bastante en relación con el hombre, bastan para producir todo aquello de lo que tiene conocimiento, con multitud de otros efectos, de los que nunca tendrán la menor concepción.las más calculadas para suscitar el asombro, para suscitar la admiración de los seres, que sólo están en condiciones de prestarles una consideración momentánea; que no pueden obtener nada más que un vistazo, sin tener nunca ni el tiempo libre ni los medios para investigar las causas, que yacen ocultas a sus ojos débiles, en las profundidades de la oscuridad cimeria. Incontables lanzamientos durante la eternidad, con elementos y combinaciones variadas casi hasta el infinito, bastante en relación con el hombre, bastan para producir todo aquello de lo que tiene conocimiento, con multitud de otros efectos, de los que nunca tendrán la menor concepción. que yacen ocultos a sus débiles ojos, en las profundidades de la oscuridad cimeria.Incontables lanzamientos durante la eternidad, con elementos y combinaciones variadas casi hasta el infinito, bastante en relación con el hombre, bastan para producir todo aquello de lo que tiene conocimiento, con multitud de otros efectos, de los que nunca tendrán la menor concepción. que yacen ocultos a sus débiles ojos, en las profundidades de la oscuridad cimeria. Incontables lanzamientos durante la eternidad, con elementos y combinaciones variadas casi hasta el infinito, bastante en relación con el hombre, bastan para producir todo aquello de lo que tiene conocimiento, con multitud de otros efectos, de los que nunca tendrán la menor concepción.

 

Así, no podemos repetir demasiado a los metafísicos, a los decisivos de la inmaterialidad, a los teólogos inconsistentes, que probablemente dependen a sus adversarios las opiniones más ridículas, para obtener un triunfo fácil y efímero a los ojos prejuiciosos de la multitud; o en las mentes estancadas de aquellos que nunca examinaron profundamente; que el azar no es más que una palabra, así como muchas otras palabras, imaginadas únicamente para cubrir la ignorancia de aquellos para quienes el curso de la naturaleza es inexplicable, para proteger la ociosidad de otros que son demasiado perezosos para investigar las propiedades de la acción. causas No es el azar lo que ha producido el universo, es autoexistente;la naturaleza existe no obstante desde toda la eternidad: es omnipotente porque todo es producido por sus energías; ella es omnipresente, porque llena todo el espacio; ella es omnisciente, porque cada cosa sólo puede ser lo que en realidad es; es inamovible, porque en su conjunto no puede ser desplazada; ella es inmutable, porque su esencia no puede cambiar, aunque sus formas pueden variar; ella es infinita, porque no puede tener limites; es toda perfecta, porque contiene todas las cosas: en fin, tiene todas las cualidades abstractas del metafísico, todas las facultades morales del teólogo, sin que ello implique ninguna contradicción, ya que lo que es el conjunto de todos, no obstante debe contener las propiedades de todos.

 

Por ocultos que sean sus caminos, la existencia de la naturaleza es indudable; su modo de acción nos es conocido en algunos aspectos. La experiencia demuestra enormemente que, si fuéramos más laboriosos, pudimos conocer mejores sus secretos; pero con una sustancia inmaterial, con un espíritu puro, la mente del hombre nunca puede familiarizarse: no tiene ningún medio por el cual puede imaginarse esta incomprensible, esta cualidad inconcebible: a pesar de la rotundidad de la sustentación adoptada por el teólogo. , a pesar de todas las sutilezas del metafísico, será siempre para el hombre, mientras permanezca tal como es ahora, en el lenguaje del doctor Samuel Clarke, aquello de lo que nada se puede afirmar con verdad .

 

 

 

 

 

 

 

 

GORRA. VI.

del panteísmo; o de las Ideas Naturales de la Divinidad.

El falso principio de que la materia no existe por sí misma; que por su naturaleza se encuentra en una imposibilidad de moverse; en consecuencia, incompetente para la producción de esos sorprendentes fenómenos que atrapan nuestros ojos asombrados en la amplia extensión del universo; será obvio, para todos los que atiendan seriamente a lo que ha precedido, que es el origen de las pruebas sobre las cuales la teología descansa la existencia de la inmaterialidad. Después de estas suposiciones, tan gratuitas como errores, cuya falacia hemos expuesto en otra parte, se ha creído que la materia no existió siempre, sino que su existencia, así como su movimiento, es una producción del tiempo; debido a una causa distinta de sí mismo;a un agente desconocido a quien está subordinado. Como el hombre encuentra en su propia especie una cualidad que llama inteligencia, que preside todas sus acciones, con cuya ayuda llega al fin que se propone; ha revestido a este agente invisible de esta calidad, que ha extendido más allá de los límites de su propia concepción: la ha magnificado así, porque, habiéndolo hecho autor de efectos de los que se encontraron insuficientes, no concebía posible que la inteligencia que él misma poseía, a menos que sería prodigiosamente amplificada, suficiente para dar cuenta de aquellas producciones, a las que su juicio erróneo le llevó a concluir que la energía natural de las causas físicas no era adecuada.

 

Como este agente era invisible, como su modo de acción era inconcebible, lo convirtió en un espíritu, una palabra que en realidad no significa más que ignorar su esencia, o que actúa como el aliento cuyo movimiento no puede rastrear. . Así, al hablar de espiritualidad, designó una cualidad oculta, que debió ser adecuada a un ser oculto, cuyo modo de acción era siempre imperceptible a los sentidos. Sin embargo, parecería que originalmente la palabra espíritu no significaba inmaterialidad; pero una materia de una naturaleza más sutil que la que actuó groseramente sobre los órganos: aún de una naturaleza capaz de penetrar la materia más grosera, de comunicarle movimiento, de infundirle vida activa, de dar nacimiento a esas Combinaciones. —de impartirles esas modificaciones,que su estructura orgánica le permitiría descubrir. Tal era, como se ha mostrado, que el todopoderoso Júpiter, que en la teología de los antiguos, estaba originalmente destinado a representar la materia sutil etérea que penetra, vivifica y da actividad a todos los cuerpos de los cuales la naturaleza es el conjunto común .

 

Nos engañaríamos groseramente si creyéramos que la idea de espiritualidad, tal como la presentaran los metafísicos soñadores en estos días, fue la que se ofreció a nuestros antepasados ​​en las primeras etapas de la mente humana. Esta inmaterialidad, que excluye toda analogía con cualquier cosa que no sea ella misma, que no se parece a nada de lo que el hombre está capacitado para tener conocimiento, fue, como ya hemos observado, el fruto lento y tardío de su imaginación, después de habia abandonado la experiencia y renunciado a la razon.Los hombres criados en el ocio lujurioso, meditando sin cesar, sin la ayuda de las ayudas naturales con las que la observación atenta les habría provisto, finalmente llegaron a la formación de esta cualidad incomprensible, que es tan fugitiva, que aunque el hombre se ha visto obligado a reverenciarla. , para acreditarlo contra toda la evidencia de sus sentidos, nunca han podido dar otra explicación de su naturaleza, que usando un término al que es imposible adjuntar ninguna idea inteligible. Seraphis dijo, con lágrimas en los ojos, "que al hacerle adoptar la opinión de la espiritualidad, lo habían privado de su Dios". Muchos padres de la iglesia han dado forma humana a la Divinidad, y han tratado como herejes a todos aquellos que la hacían espiritual.Así, a fuerza de razonamiento, a fuerza de sutileza, la palabra espíritu ya no presenta ninguna imagen en la que la mente pueda fijarse; cuando están deseosos de hablar de él, se hace imposible entenderlos, viendo que cada visionario lo pinta a su manera; y en el retrato que forma, consulta sólo su propio temperamento, no sigue nada más que su propia imaginación, no adopta nada más que sus propios ensueños peculiares; el único punto en el que están del todo al unísono es en atribuirle cualidades inconcebibles, que naturalmente creen que son las más adecuadas para los seres incomprensibles que han delineado: del montón incompatible de estas cualidades, generalmente resultó un todo, cuya existencia que hicieron así imposibleEn fin, esta palabra, que ha ocupado la búsqueda de tantos hombres eruditos e inteligentes; que se considera de tanta importancia para la humanidad, ha sido, a consecuencia de los ensueños teológicos, siempre fluctuante: sin tener nunca la menor semejanza entre sí, se ha vuelto desprovisto de todo sentido fijo, un mero sonido, al que cada uno que le hace eco fija sus propias ideas peculiares, que nunca están en armonía con las de su vecino; que en realidad ni siquiera son firmes en sí mismos, sino que, como el camello, toman el color de cada circunstancia diferente. Esta palabra ininteligible ha sido sustituida por la más inteligible de materia;el hombre, cuando se reviste de poder, ha abrigado las más rencorosas antipatías, ha perseguido las más bárbaras persecuciones, contra aquellos que no han sido capaces de contemplar esta idea cambiante bajo el mismo punto de vista lograr mismo.

 

Ha habido, sin embargo, hombres que han tenido valor suficiente para resistir este torrente de opiniones, para oponerse a este delirio; que han creído, que el objeto que se anunciaba como el más importante para los mortales, como el único objeto digno de sus pensamientos, exigía un atento examen; quien entendió que si la experiencia podía ser de alguna utilidad, si el juicio podía proporcionar alguna ventaja, si la razón era de alguna utilidad, debía ser, sin duda alguna, considerar esta cualidad tan opuesta a todas las cosas de la naturaleza, que se decía regulaba todos los seres que ella contiene. Estos pronto vieron que no pudieron suscribirse a la opinión general de los ignorantes, que nunca examinaron nada, que toman todo en el crédito de los demás;mucho menos era conforme al sano sentido estar de acuerdo con sus guías, quienes, ya sea engañadores o engañados, prohibió a otros someterlo al escrutinio de la razón; quienes se encontraron frecuentemente en una completa incapacidad para pasarlo bajo tal prueba. Así, algunos pensadores, hastiados de las nociones oscuras y contradictorias que otros habían atribuido mecánicamente por costumbre a esta propiedad incomprensible, tuvieron la temeridad de sacudirse el yugo que les había sido impuesto desde la infancia: llamando a la razón en su ayuda contra esos terrores con lo cual alarmaron a los ignorantes, repugnantes ante las espantosas descripciones bajo las cuales intentaron defender su hipótesis, tuvieron la intrepidez de rasgar el velo del engaño;desgarrar las barreras de la impostura; consideraron con serena resolución, este formidable prejuicio, contemplaron con ojos serenos esta opinión sin fundamento,

 

El resultado de estas investigaciones ha sido uniformemente, una convicción de que nunca se ha aducido ninguna prueba racional en apoyo de esta hipótesis; que por la naturaleza de la cosa misma, ninguno puede ser ofrecido; que una incorporación es inconcebible para los seres corpóreos; que éstos sólo contemplan la naturaleza actuante según leyes invariables, en las que todo es material; que todos los fenómenos de los que el mundo es teatro, brotan de causas naturales; que el hombre como todos los demás seres es la obra de esta naturaleza, es sólo un instrumento en su mano, obligado a cumplir los eternos decretos de una imperiosa necesidad.

 

Cualesquiera que sean los esfuerzos que haga el filósofo para penetrar en los secretos de la naturaleza, nunca encuentra más, como hemos repetido muchas veces, que la materia; varios en sí mismos, diversamente modificados en consecuencia del movimiento que experimentan. Su todo, al igual que sus partes, sólo muestra causas necesarias que producen efectos necesarios, que fluyen no obstante unos de otros: de los cuales la mente, ayudada por la experiencia, es más o menos competente para descubrir la concatenación.En virtud de sus propiedades específicas, todos los seres que examinamos, gravitan hacia un centro — atraen materia análoga — rechazan lo que no es combinable — reciben e impulsan potencia — adquieren cualidades — sufren modificaciones que mantienenlos en existencia por una temporada— nacen y se disuelven por la operación de un decreto inexorable, que obliga a todo, contemplamos pasar a un nuevo modo de existencia. Es a estas continuas vicisitudes a las que deben atribuirse todos los fenómenos, ya sean triviales o de gran magnitud; ordinaria o extraordinaria; conocido o desconocido; sencillo o complicado; que se operan en el universo.Sólo por estos elementos tenemos algún conocimiento de la naturaleza: sólo es misterioso para quienes la contemplan a través del velo del prejuicio: su curso es siempre sencillo para quienes la miran sin prejuicios.

 

Atribuir los efectos de los que somos testigos, a la naturaleza, a la materia, diversamente combinados con el movimiento que le es inherente, es darles una causa inteligible y conocida; intentar penetrar más profundo es sumergirnos en regiones imaginarias, donde no encontramos más que un caos de oscuridades, donde nos perdemos en un abismo insondable de incertidumbre. Contentémonos, pues, con contemplar la naturaleza, la cual, siendo autoexistente, debe en su esencia poseer movimiento; que no puede concebirse sin propiedades, de las que resultan acciones y reacciones perpetuas; o esos continuos esfuerzos que dan nacimiento a tan numerosa serie de circunstancias;en el que no se puede encontrar una sola molécula, que no ocupa no obstante el lugar que le asignan las leyes inmutables y necesarias, que está por un instante en un estado de reposo absoluto. ¿Qué necesidad puede existir de buscar en la materia un poder para darle juego, si su movimiento fluye tan aunque su existencia como su volumen, su forma, su gravedad, etc.? ya que la naturaleza en la inaccion ya no seria naturaleza?

 

Si se nos pregunta, ¿cómo podemos imaginarnos a nosotros mismos que la materia por su propia energía peculiar puede producir todos los efectos que presenciamos? Responderé que si por materia se obstina en entender nada más que una masa muerta, inerte, desprovista de toda propiedad, incapaz de moverse por sí misma, ya no tendremos una sola idea de materia; ya no podremos dar cuenta de nada. Sin embargo, tan pronto como exista, debe tener propiedades; tan pronto como tiene propiedades, sin las cuales no podrian existir, debe actuar en virtud de esas propiedades; ya que sólo por su acción podemos tener conocimiento de su existencia, ser conscientes de sus propiedades.Es evidente que si por materia se entiende lo que no es, o si se niega su existencia, no se le pueden atribuir los fenómenos que golpean nuestros órganos visuales. Pero si por naturaleza se entiende (lo que ella realmente es) un montón de materia existente, que posee varias propiedades, estaremos obligados a reconocer que la naturaleza debe ser competente para moverse por sí misma; por la diversidad de su movimiento, debe tener la capacidad, independientemente de la ayuda exterior, para producir los efectos que contemplamos; encontraremos que nada se puede hacer de la nada; que nada se hace por casualidad; que el modo de acción de cada partícula de materia, por diminuta que sea, está determinado por sus propias propiedades peculiares o individuales.encontraremos que nada se puede hacer de la nada; que nada se hace por casualidad; que el modo de acción de cada partícula de materia, por diminuta que sea, está determinado por sus propias propiedades peculiares o individuales. encontraremos que nada se puede hacer de la nada; que nada se hace por casualidad; que el modo de acción de cada partícula de materia, por diminuta que sea, está determinado por sus propias propiedades peculiares o individuales.

 

Hemos dicho en otra parte que lo que no se puede aniquilar, lo que en su naturaleza es indestructible, no puede haber sido incipiente, no puede haber tenido un comienzo para su existencia, sino que existe no obstante desde toda la eternidad; contiene en sí mismo una causa suficiente para su propia existencia peculiar. Se vuelve entonces perfectamente inútil buscar en la naturaleza una causa para su acción que nos sea conocida en algunos aspectos; con el cual la infatigable investigacion puede, juzgando el futuro por el pasado, hacernos mas familiares. Como conocemos algunas de las propiedades generales de la materia;como podemos descubrir algunas de sus cualidades, ¿por qué deberíamos buscar su movimiento en una causa ininteligible, de la cual no estamos en condiciones de conocer ninguna de sus propiedades? ¿Podemos concebir que la inmaterialidad pueda extraer materia de su propia fuente? imposible; no está al alcance del intelecto humano. Si la creacion es una educcion de la nada, deberia haber un tiempo en que la materia no tenia existencia; en consecuencia, debe haber un tiempo en que dejar de ser: esto último es reconocido por muchos teólogos mismos como imposible. Quienes hablan continuamente de este misterioso acto de omnipotencia, por el cual una masa de materia ha sido, de golpe, sustituida por la nada, ¿entienden perfectamente lo que nos dicen?¿Hay un hombre en la tierra que conciba que un ser desprovisto de extensión pueda existir, convertirse en la causa de la existencia de los seres que tienen extensión, actuar sobre la materia, extraerla de su propia esencia peculiar, ponerla en movimiento? En verdad, cuanto más consideramos la teología, más debemos estar convencidos de que ha inventado palabras desprovistas de sentido; sonidos reemplazados por realidades inteligibles. Si la creacion es una educcion de la nada, deberia haber un tiempo en que la materia no tenia existencia; en consecuencia, debe haber un tiempo en que dejar de ser: esto último es reconocido por muchos teólogos mismos como imposible.Quienes hablan continuamente de este misterioso acto de omnipotencia, por el cual una masa de materia ha sido, de golpe, sustituida por la nada, ¿entienden perfectamente lo que nos dicen? ¿Hay un hombre en la tierra que conciba que un ser desprovisto de extensión pueda existir, convertirse en la causa de la existencia de los seres que tienen extensión, actuar sobre la materia, extraerla de su propia esencia peculiar, ponerla en movimiento? En verdad, cuanto más consideramos la teología, más debemos estar convencidos de que ha inventado palabras desprovistas de sentido; sonidos reemplazados por realidades inteligibles. Si la creacion es una educcion de la nada, deberia haber un tiempo en que la materia no tenia existencia;en consecuencia, debe haber un tiempo en que dejar de ser: esto último es reconocido por muchos teólogos mismos como imposible. Quienes hablan continuamente de este misterioso acto de omnipotencia, por el cual una masa de materia ha sido, de golpe, sustituida por la nada, ¿entienden perfectamente lo que nos dicen? ¿Hay un hombre en la tierra que conciba que un ser desprovisto de extensión pueda existir, convertirse en la causa de la existencia de los seres que tienen extensión, actuar sobre la materia, extraerla de su propia esencia peculiar, ponerla en movimiento? En verdad, cuanto más consideramos la teología, más debemos estar convencidos de que ha inventado palabras desprovistas de sentido; sonidos reemplazados por realidades inteligibles.deberia haber un tiempo en que la materia no tenia existencia; en consecuencia, debe haber un tiempo en que dejar de ser: esto último es reconocido por muchos teólogos mismos como imposible. Quienes hablan continuamente de este misterioso acto de omnipotencia, por el cual una masa de materia ha sido, de golpe, sustituida por la nada, ¿entienden perfectamente lo que nos dicen? ¿Hay un hombre en la tierra que conciba que un ser desprovisto de extensión pueda existir, convertirse en la causa de la existencia de los seres que tienen extensión, actuar sobre la materia, extraerla de su propia esencia peculiar, ponerla en movimiento? En verdad, cuanto más consideramos la teología, más debemos estar convencidos de que ha inventado palabras desprovistas de sentido;sonidos reemplazados por realidades inteligibles. deberia haber un tiempo en que la materia no tenia existencia; en consecuencia, debe haber un tiempo en que dejar de ser: esto último es reconocido por muchos teólogos mismos como imposible. Quienes hablan continuamente de este misterioso acto de omnipotencia, por el cual una masa de materia ha sido, de golpe, sustituida por la nada, ¿entienden perfectamente lo que nos dicen? ¿Hay un hombre en la tierra que conciba que un ser desprovisto de extensión pueda existir, convertirse en la causa de la existencia de los seres que tienen extensión, actuar sobre la materia, extraerla de su propia esencia peculiar, ponerla en movimiento?En verdad, cuanto más consideramos la teología, más debemos estar convencidos de que ha inventado palabras desprovistas de sentido; sonidos reemplazados por realidades inteligibles. esto último es reconocido por muchos teólogos mismos como imposible. 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Quienes hablan continuamente de este misterioso acto de omnipotencia, por el cual una masa de materia ha sido, de golpe, sustituida por la nada, ¿entienden perfectamente lo que nos dicen? ¿Hay un hombre en la tierra que conciba que un ser desprovisto de extensión pueda existir, convertirse en la causa de la existencia de los seres que tienen extensión, actuar sobre la materia, extraerla de su propia esencia peculiar, ponerla en movimiento?En verdad, cuanto más consideramos la teología, más debemos estar convencidos de que ha inventado palabras desprovistas de sentido; sonidos reemplazados por realidades inteligibles. reemplazado a nada, ¿entiendes perfectamente lo que nos dicen? ¿Hay un hombre en la tierra que conciba que un ser desprovisto de extensión pueda existir, convertirse en la causa de la existencia de los seres que tienen extensión, actuar sobre la materia, extraerla de su propia esencia peculiar, ponerla en movimiento? En verdad, cuanto más consideramos la teología, más debemos estar convencidos de que ha inventado palabras desprovistas de sentido; sonidos reemplazados por realidades inteligibles. reemplazado a nada, ¿entiendes perfectamente lo que nos dicen?¿Hay un hombre en la tierra que conciba que un ser desprovisto de extensión pueda existir, convertirse en la causa de la existencia de los seres que tienen extensión, actuar sobre la materia, extraerla de su propia esencia peculiar, ponerla en movimiento? En verdad, cuanto más consideramos la teología, más debemos estar convencidos de que ha inventado palabras desprovistas de sentido; sonidos reemplazados por realidades inteligibles.

 

Por falta de consultar la experiencia, por falta de estudiar la naturaleza, por falta de examinar el mundo material, nos hemos hundido en un vacío intelectual, que hemos poblado de quimeras, No nos hemos rebajado a considerar la materia, a estudiar sus diferentes períodos, seguirlo a través de sus numerosos cambios. Hemos confundido ridícula o maliciosamente la disolución, la descomposición, la separación de las partículas elementales de los cuerpos, con su destrucción radical; no hemos querido ver que los elementos son indestructibles; aunque las formas son fugaces y dependen de una combinación transitoria. No hemos distinguido el cambio de figura, la alteración de posición, la mutación de textura, a que está sujeta la materia, de su aniquilación, que es imposible; hemos concluido falsamente, que la materia no era un ser necesario, que empezó a existir, que esta existencia se derivaba de aquello que no tenía nada en común consigo mismo, que lo que no era sustancia podía dar a luz a lo que es. Así, un nombre ininteligible ha sido reemplazado por materia, que nos proporciona ideas verdaderas de la naturaleza; cuya influencia experimentamos a cada instante, cuya acción sufrimos, cuyo poder sentimos, y de la que tenemos un conocimiento mucho mejor, si nuestras opiniones abstractas no pusieran continuamente una venda sobre nuestros ojos. que nos proporciona verdaderas ideas de la naturaleza;cuya influencia experimentamos a cada instante, cuya acción sufrimos, cuyo poder sentimos, y de la que tenemos un conocimiento mucho mejor, si nuestras opiniones abstractas no pusieran continuamente una venda sobre nuestros ojos. que nos proporciona verdaderas ideas de la naturaleza; cuya influencia experimentamos a cada instante, cuya acción sufrimos, cuyo poder sentimos, y de la que tenemos un conocimiento mucho mejor, si nuestras opiniones abstractas no pusieran continuamente una venda sobre nuestros ojos.

 

De hecho, las nociones más simples de la filosofía nos muestran que, aunque los cuerpos cambian y desaparecen, nada se pierde en la naturaleza; los diversos productos de la avería de un cuerpo sirven para los elementos, suministran materiales, forman la base, sientan las bases para las adiciones, contribuyen al mantenimiento de otros cuerpos. Toda la naturaleza subsiste y se conserva sólo por la circulación, la transmigración, el intercambio, el perpetuo desplazamiento de los átomos insensibles, la continua mutación de las combinaciones sensibles de la materia. Es por esta palingenesia, esta regeneración, que subsiste el gran todo, el poderoso macrocosmos; que, como el Saturno de los antiguos, está perpetuamente ocupado en devorar a sus propios hijos.

 

No será entonces incompatible con la observación, repugnante a la razón, contrario al buen sentido, reconocer que la materia existe por sí misma; que actúa por una energía peculiar a sí mismo; que nunca será aniquilado. Digamos entonces que la materia es eterna; que la naturaleza ha estado, está y estará siempre ocupada en producir y destruir; con hacer y deshacer; combinar y separar; en suma, con seguir un sistema de leyes resultando de su necesaria existencia. Para cada cosa que hace, sólo necesita combinar los elementos de la materia; estos, pueden ser diversos, no obstante se atraen o se repelen; entra en colisión, de donde resulta su unión o disolución;por las mismas leyes que uno se aproxima, el otro se aleja de sus respectivas esferas de accion. Así es como ella da a luz plantas, fósiles, animales, hombres; así ella da existencia a los seres pensantes, sensibles y organizados, así como a aquellos que están desprovistos de sentimiento o pensamiento. Todos estos actúan por la temporada de su respectiva duración, según leyes inmutables, determinadas por sus diversas propiedades; derivados de su configuración; dependiendo de sus masas; resultado de su ponderosidad, &c. Aquí está el verdadero origen de todo lo que se presenta a nuestra vista;esto indica el modo por el cual la naturaleza, de acuerdo con sus propios poderes peculiares, está en estado de producir todos esos efectos asombrosos que asaltan nuestros ojos asombrados; todos aquellos fenómenos de los cuales la humanidad es testigo; así como todos los cuerpos que actúan diversamente sobre los órganos de que están dotados, de los cuales sólo pueden juzgar según la manera en que estos órganos son afectados. Dice que son buenos, cuando son análogos a su propio modo de existencia, cuando contribuyen al mantenimiento de la armonía de su máquina: dice que son malos, cuando perturban esta armonía. Es así como atribuye puntos de vista, ideas, designios, al ser que supone que es el poder por el cual se mueve la naturaleza;aunque toda la experiencia que somos capaces de recoger prueba inequívocamente que ella actúa según un invariable y eterno código de leyes.

 

La naturaleza está desprovista de esos puntos de vista que impulsan al hombre; actúa no obstante, porque existe: su sistema es inmutable y se funda en la esencia de las cosas. Es la esencia de la semilla del macho, compuesta de elementos primitivos, que sirven de base a un ser organizado, para unirse con el de la hembra; para fructificarlo; producir, por esta combinación, un nuevo ser organizado; quien, débilmente en su origen, al no haber adquirido aún una cantidad suficiente de partículas materiales para darle consistencia, se corrobora a sí mismo por grados; se fortalece por la acumulación diaria de materia análoga;se nutre de las modificaciones propias de su existencia; madura por la siguiente de las circunstancias calculadas para dar vigor a su estructura; así vive, piensa, actúa, engendra a su vez otros seres organizados semejantes a él. Por consecuencia de su temperamento y de las leyes físicas, esta generación no se produce sino cuando se dan las circunstancias necesarias para su producción. Así esta procreación no se opera por casualidad; el animal no fructifica, sino con un animal de su propia especie, porque éste es el único análogo a él, que une las cualidades, que combina las circunstancias, apto para producir un ser semejante a él; sin esto no produciría nada, o sólo daría una luz un ser que sería denominado monstruo, porque sería desemejante a él.Es de la esencia del grano de las plantas, para ser impregnado por el polen o semilla del estigma de la flor; en este estado de copulación se desarrolla en consecuencia en las entrañas de la tierra; expandirse con la ayuda del agua; brotar por la adhesión del calor; atraerán partículas análogas para corroborar su sistema: así, gradualmente, forman una planta, un arbusto, un árbol, susceptibles de esa vida, llenos de ese movimiento, capaces de esa acción que es adecuada a la existencia vegetal. Es de la esencia de partículas particulares de tierra, homogéneas en su naturaleza, cuando separadas por las circunstancias, atenuadas por el agua, elaboradas por el calor, se unen en el seno de las montañas, con otros átomos que son análogos;formar por su agregación, según sus diversas afinidades, aquellos cuerpos que posean mayor o menor solidez; que tienen mayor o menor pureza, que se llaman diamantes, cristales, piedras, metales, minerales. Es de la esencia de las exhalaciones levantadas por el calor de la atmosfera, combinarse, juntarse, chocar unas contra otras, y ya sea por su union o su colision para producir meteoros, para generar truenos. Es de la esencia de alguna materia inflamable juntarse, fermentar en las cavernas de la tierra, aumentar su fuerza activa aumentando su calor, y luego explotar, por la incorporación de otra materia adecuada a la operación, con esa tremenda fuerza que llamamos terremotos; por el cual las montañas son destruidas; ciudades derribadas;los habitantes de los llanos sumidos en un estado de consternación; estos llenos de alarma, no acostumbrados a meditar sobre los efectos naturales, inconscientes de la extensión de los poderes físicos, extienden sus manos consternados, lanzan los más desalentados suspiros, lanzan en voz alta sus quejas e imploran encarecidamente el cese de esos males que la naturaleza, actuar según las leyes necesarias, los obliga a experimentar tan no obstante como ella aquellos beneficios por los cuales los colma de la alegría más extravagante.En resumen, es de la esencia de ciertos climas que producen hombres tan organizados, cuyo temperamento está tan modificado, que se vuelven extremadamente útiles o muy perjudiciales para su especie, del mismo modo que es propiedad de ciertas porciones de la misma. tierra, para producir frutos deliciosos o venenos peligrosos.

 

En todo esto la naturaleza actúa no obstante; ella sigue un curso sin desviarse, que estamos obligados a considerar la perfección de la sabiduría; porque ella existe no obstante, tiene sus modos de acción determinados por ciertas leyes invariables, que a su vez emanan de las propiedades constitutivas de los diversos seres que contiene, y de aquellas circunstancias que el movimiento eterno en el que se encuentra no obstante debe producir. Somos nosotros mismos los que tenemos un fin necesario, que es nuestra propia conservación; es por esto que regulamos todas las ideas que nos formamos de las causas que actúan en la naturaleza; es de acuerdo con este estándar que juzgamos de cada cosa que vemos o sentimos.Animados nosotros mismos, existiendo de cierta manera, poseyendo un alma dotada de raras y peculiares cualidades, nosotros, como el salvaje, atribuimos alma y vida animada a todo lo que actúa sobre nosotros. Nosotros mismos, pensantes e inteligentes, damos estas facultades a aquellos seres que suponemos más poderosos que los mortales; pero como vemos la generalidad de la materia incapaz de modificarse, suponemos que debe recibir su impulso de algún agente oculto, alguna causa externa, que nuestra imaginación pinta como semejante a nosotros. Atraídos no obstante por lo que nos es ventajoso, repeliendo por igual necesidad lo que es perjudicial a nuestro modo de existir;dejemos de reflexionar que nuestros modos de sentir se deben a nuestra peculiar organización, modificada por causas físicas: en este estado, ya sea de inatención o de ignorancia, confundimos los resultados naturales de nuestra propia estructura peculiar con instrumentos empleados por un ser a quien revestidos de nuestras propias pasiones, que suponemos impulsadas por nuestros propios puntos de vista, que, poseyendo nuestras ideas,

 

Si después de esto se pregunta: ¿Cuál es el fin de la naturaleza? Responderemos que en este punto somos ignorantes; que es más que probable que ningún hombre descubra jamás el secreto; pero también diremos, es evidentemente existir, actuar, conservarla entera. Si entonces se pregunta, ¿Por qué existe? Responderemos nuevamente, de esto no sabemos nada en este momento, posiblemente nunca lo sepamos; pero diremos también que existe necesariamente, que sus operaciones, su movimiento, sus fenómenos, son las consecuencias necesarias de su existencia necesaria. Necesariamente existe algo; esto es la naturaleza o el universo, esta naturaleza actúa necesariamente como lo hace. Si se desea sustituir cualquier otra palabra por naturaleza, la cuestión seguirá siendo la misma, en cuanto a la causa de su existencia; el fin que ella tiene a la vista. No es cambiando de términos que un geómetra puede resolver problemas; una palabra no arrojará más luz sobre un tema que otra, a menos que esa palabra lleve un cierto grado de convicción en las ideas que genera. Mientras hablemos de materia, si no podemos desarrollar todas sus propiedades, al menos tendremos ideas fijas, determinadas; algo tangible, de lo que tenemos un ligero conocimiento, que podemos someter al examen de nuestros sentidos: pero desde el momento en que comenzamos a hablar de inmaterialidad, de incorporeidad, desde allí nuestras ideas se confunden; estamos perdidos en un laberinto de conjeturas, no tenemos medios para tomar el tema por ningún lado, estamos, después de los argumentos más elaborados, después del razonamiento más sutil, obligados a reconocer que no podemos formar la opinión más débil con respecto a eso, que tiene algo sustantivo para su apoyo. En suma, que es precisamente aquella cosa "de la que se puede negar todo, pero de la que nada se puede afirmar con verdad". Revistamos a este ser incomprensible con las cualidades que podamos, será siempre en nosotros mismos donde busquemos el modelo; serán nuestras propias facultades las que delineamos, nuestras propias pasiones las que describimos. Del mismo modo, el hombre, mientras sea ignorante, siempre conjeturará que el universo se formó sólo para él; no obstante, no tiene más que hacer que abrir los ojos para desengañarse. Entonces verá que pasa por un destino común, participa igualmente con todos los demás seres de los beneficios, comparte con ellos sin excepción los males de la vida; como ellos está sometido a una imperiosa necesidad, inexorable en sus decretos;

 

Así, todo prueba que la naturaleza, o materia, existe no obstante; que no puede en ningún momento desviarse de las leyes que le impone su existencia. Si no puede ser aniquilado, no puede haber sido incipiente. El mismo teólogo está de acuerdo en que se requiere un milagro para aniquilar un átomo. Pero, ¿es posible derogar las leyes necesarias de la existencia? ¿Puede lo que existe no obstante, actuar sino de acuerdo con las leyes que le son propias? Milagro es otra palabra inventada para proteger nuestra propia pereza, para cubrir nuestra propia ignorancia; es entonces por lo que queremos designar esos raros sucesos, esos efectos solitarios de causas naturales, cuya infrecuencia no nos permite sumergirnos en sus manantiales.Sólo está diciendo por otra expresión, que una causa desconocida tiene por modos que no podemos rastrear, produjo un efecto poco común que no esperábamos, que por lo tanto nos parece extraño. Concedido esto, la intervención de las palabras, lejos de remover la ignorancia en que nos encontrábamos con respecto al poder y las capacidades de la naturaleza, sólo sirve para aumentarla, para darle más durabilidad. La creación de la materia se vuelve para nuestra mente tan incomprensible y parece tan imposible como su aniquilación.

 

Concluyamos, pues, que todas aquellas palabras que no presentan a la mente ninguna idea determinada, deben ser desterradas del lenguaje de los que están deseosos de hablar para ser entendidos; que los términos abstractos, inventados por la ignorancia, sólo están calculados para satisfacer a los hombres desprovistos de experiencia; que son demasiado perezosos para estudiar la naturaleza, demasiado tímidos para investigar sus caminos; que sólo sirven para contentar a aquellos entusiastas, cuya curiosa imaginación se complace en hacer esfuerzos infructuosos para saltar más allá del mundo visible;que se ocupan de quimeras de su propia creación: en una palabra, que estas palabras sólo son útiles para aquellos cuyo único oficio es alimentar los oídos de los ignorantes con sonidos pomposos, que no son conocidos por sí mismos, en cuyo sentido se encuentran en un estado de perpetua hostilidad entre sí, en cuyo verdadero significado nunca han podido llegar a un acuerdo común; que cada uno ve según su manera peculiar de contemplar los objetos, en los que nunca hubo, ni probablemente nunca habrá, la menor armonía de sentimiento.

 

El hombre es un ser material; en consecuencia, no puede tener ninguna idea, sino de lo que, como él, es material; es decir, de lo que está en capacidad de actuar sobre sus órganos, que tiene algunas cualidades análogas a las suyas. A pesar de sí mismo, siempre asigna propiedades materiales a sus dioses; la imposibilidad que encuentra de abarcarlos, le ha hecho suponer que son espirituales; material distinguido del mundo. En efecto, él debe contentarse, o no comprenderse a sí mismo, o debe tener ideas materiales de la Divinidad; la mente humana puede torturarse tanto como quiera, nunca, después de todos sus esfuerzos, podrá comprender que los efectos materiales pueden emanar de causas inmateriales;o que tales causas pueden tener alguna relación con los seres materiales. Aquí está la razón por la cual el hombre, como hemos visto, se cree obligado a dar a sus dioses, esta moral que tanto estima, en aquellos seres de su raza que tienen la suerte de poseerla: olvida que un ser que es espiritual, adoptando la hipótesis teológica, no puede desde ahí su organización o sus ideas; que no puede pensar a su manera, ni actuar a su manera; que en consecuencia no puede tener lo que él llama inteligencia, sabiduría, bondad, ira, justicia, etc. como él mismo entiende esos términos.Así, en verdad, las cualidades morales con las que ha revestido a la Divinidad, la supone material y las nociones teológicas más abstractas, están, después de todo, fundadas en una relación directa e innegable. olvida que un ser que es espiritual, adoptando la hipótesis teológica, no puede de allí tener ni su organización, ni sus ideas; que no puede pensar a su manera, ni actuar a su manera; que en consecuencia no puede tener lo que él llama inteligencia, sabiduría, bondad, ira, justicia, etc. como él mismo entiende esos términos. Así, en verdad, las cualidades morales con las que ha revestido a la Divinidad, la supone material y las nociones teológicas más abstractas, están, después de todo, fundadas en una relación directa e innegable.olvida que un ser que es espiritual, adoptando la hipótesis teológica, no puede de allí tener ni su organización, ni sus ideas; que no puede pensar a su manera, ni actuar a su manera; que en consecuencia no puede tener lo que él llama inteligencia, sabiduría, bondad, ira, justicia, etc. como él mismo entiende esos términos. Así, en verdad, las cualidades morales con las que ha revestido a la Divinidad, la supone material y las nociones teológicas más abstractas, están, después de todo, fundadas en una relación directa e innegable. como él mismo entiende esos términos.Así, en verdad, las cualidades morales con las que ha revestido a la Divinidad, la supone material y las nociones teológicas más abstractas, están, después de todo, fundadas en una relación directa e innegable. como él mismo entiende esos términos. Así, en verdad, las cualidades morales con las que ha revestido a la Divinidad, la supone material y las nociones teológicas más abstractas, están, después de todo, fundadas en una relación directa e innegable. antropomorfismo .

 

A pesar de todas sus sutilezas, los teólogos no pueden hacer otra cosa; como todos los seres de la especie humana, tienen sólo un conocimiento de la materia: no tienen idea real de un espíritu puro. Cuando hablan de la inteligencia, de la sabiduría, de los designios de sus dioses, son siempre los de los hombres que describen, que obstinadamente se empeñan en dar a los seres, de los cuales, según su propia demostración, a la evidencia ellos ellos mismos aducen, su esencia no los vuelve susceptibles; quienes si tuvieran aquellas cualidades con que los revisten, desde ese mismo momento dejarían de ser incorporados; sería, en el sentido más estricto de la palabra, materia sustantiva. ¿Cómo conciliaremos la sostenida,que seres que no tienen ocasión de nada, que se bastan a sí mismos, sus proyectos deben ser ejecutados tan pronto como se forman; puede tener volición, pasiones, deseos? ¿Cómo atribuiremos la ira a seres sin sangre ni bilis? ¿Cómo podemos concebir que un ser omnipotente (cuya sabiduría admiramos en el sorprendente orden que él mismo ha establecido en el universo) puedo permitir que este hermoso arreglo sea continuamente perturbado, ya sea por los elementos en discordia o por los crímenes de los seres humanos ? ? En resumen, este ser no puede tener ninguna de las cualidades humanas, que siempre depende de la organización peculiar del hombre, de sus necesidades, de sus instituciones, que siempre son en sí similares a la sociedad en la que vive.El teólogo se esfuerza en vano por engrandecer, por exagerar en la idea, llevar a la perfección, a fuerza de abstracción, las cualidades morales del hombre; son inadecuados a la Divinidad; en vano se afirma que son en él de una naturaleza diferente de la que son en sus criaturas; que son perfectos; infinito; supremo; eminente; al sostener este lenguaje, ya no se entienden a sí mismos; no pueden tener una sola idea de las cualidades que están describiendo, ya que el hombre nunca puede tener un concepto de ellas, sino en la medida en que tienen una analogía con las mismas cualidades en sí mismo.

 

Es así que por la fuerza de la sutileza metafísica, los mortales ya no tienen ninguna idea fija, determinados de los seres a los que han dado a luz. Pero poco contento con comprender las causas físicas, con contemplar la naturaleza activa; cansado de examinar la materia, que la experiencia prueba que es competente para la producción de todas las cosas, el hombre ha estado deseoso de despojarla de la energía que es su esencia poseer, para investirla en un espíritu puro; en una sustancia inmaterial; que está bajo la necesidad de rehacer un ser material, cada vez que tiene una inclinación, ya sea para formarse una idea de él, o hacerlo entender por otros.Al reunir las partes del hombre, que no hace más que agrandar, que hincha hasta el infinito, cree formar un ser inmaterial, que por eso mismo adquiere la capacidad de realizar todos aquellos fenómenos, con las verdaderas causas que ignoran; sin embargo, aquellas operaciones de las cuales él comprende el recurso, niega diligentemente que se deban a los poderes de este ser; el tiempo, por lo tanto, de acuerdo con estas ideas, a medida que avanza el progreso de la ciencia, a medida que desarrolla más los secretos de la naturaleza, disminuyendo continuamente el número de acciones atribuidas a este ser, circunscribe constantemente su esfera de acción. Es sobre el modelo del alma humana que él forma el alma de la naturaleza, o ese agente secreto del cual recibe impulso.Después de haber duplicado a sí mismo, desdobla igualmente la naturaleza, y entonces la supone vivificada por una inteligencia, que él tomado prestado de sí mismo, colocado en una imposibilidad de conocer a este agente, así como con lo que gratuitamente ha distinguido de su propio cuerpo; ha inventado la palabra espiritual para encubrir su ignorancia; lo cual, en otras palabras, es sólo confesar que es una sustancia completamente desconocida para él. Desde ese momento, sin embargo, no tiene idea alguna de lo que él mismo ha hecho; porque primero lo revisa con todas las cualidades que estima en sus semejantes, y luego las destruye asegurando que en nada se parecen a las cualidades que ha estado tan ansioso por otorgar.Para remediar este inconveniente, concluya que esta sustancia espiritual es mucho más noble que la materia; que su prodigiosa sutileza, que él llama simplicidad, pero que no es más que el efecto de la abstracción metafísica, la protección de la disfunción, de la disolución, de todas esas revoluciones a las que los cuerpos, como materiales producidos por la naturaleza, están evidentemente expuestos.

 

Es así, que el hombre siempre prefiere lo maravilloso a lo simple; lo ininteligible lo inteligible; lo que no puede comprender, a lo que está dentro del alcance de su entendimiento; desprecia los objetos que le son familiares; estima sólo aquellos con los que es incapaz de tener alguna relación: aquello de lo que sólo ha confundido vagas ideas, concluye que debe contener algo importante que él debe saber, debe tener algo sobrenatural en su construcción. En resumen, necesita misterio para mover su imaginación, para ejercitar su mente, para alimentar su curiosidad; que nunca se afana más que cuando se ocupa de enigmas imposibles de adivinar; lo cual, por esa misma circunstancia, juzga sumamente digno de su investigación.Esta, sin duda, es la razón por la que mira la materia, que tiene continuamente bajo sus ojos, que ve perpetuamente en acción, cambiando eternamente su forma, como una cosa despreciable, como un ser contingente, que no existe siempre; en consecuencia, eso no puede existir independientemente: por eso ha imaginado un espíritu, que nunca podrá concebir; que por eso declara ser superior a la materia; que afirma rotundamente que es anterior a la naturaleza y el único ser existente por sí mismo. El viento humano halló alimento en estas ideas místicas, lo ocuparon sin cesar; la imaginación tenía juego, los embellecía a su manera: la ignorancia se alimentaba de las fábulas a que estos misterios daban lugar;el hábito las identificaba con la existencia del mismo hombre: cuando cada uno podía preguntar al otro acerca de estas ideas, sin que nadie estuviera en capacidad de devolverle una respuesta directa, se sintió complacido, inmediatamente concluyó que la imposibilidad general de responder les imprimía la maravillosa facultad de interesar inmediatamente su bienestar; de involucrar sus intereses más destacados, más que todas las cosas juntas, con las que tenía cualquier medio posible de familiarizarse íntimamente. Así llegaron a ser necesarios para su felicidad; creyó caer en el vacío sin ellos; se convirtió en el enemigo decidido de todos aquellos que se esforzaron por devolverlo a la naturaleza, que había aprendido a despreciar;considere sólo como una masa impotente, un montón de materia inerte, que no posee más energía que la que recibe de causas exteriores a sí misma; como un conjunto despreciable de prendas frágiles, cuyas formas estaban continuamente sujetas a perecer. se sintió complacido, concluyó inmediatamente que la imposibilidad general de contestarles imprimía la maravillosa facultad de interesar inmediatamente su bienestar; de involucrar sus intereses más destacados, más que todas las cosas juntas, con las que tenía cualquier medio posible de familiarizarse íntimamente. Así llegaron a ser necesarios para su felicidad; creyó caer en el vacío sin ellos;se convirtió en el enemigo decidido de todos aquellos que se esforzaron por devolverlo a la naturaleza, que había aprendido a despreciar; considere sólo como una masa impotente, un montón de materia inerte, que no posee más energía que la que recibe de causas exteriores a sí misma; como un conjunto despreciable de prendas frágiles, cuyas formas estaban continuamente sujetas a perecer. se sintió complacido, concluyó inmediatamente que la imposibilidad general de contestarles imprimía la maravillosa facultad de interesar inmediatamente su bienestar; de involucrar sus intereses más destacados, más que todas las cosas juntas, con las que tenía cualquier medio posible de familiarizarse íntimamente. Así llegaron a ser necesarios para su felicidad;creyó caer en el vacío sin ellos; se convirtió en el enemigo decidido de todos aquellos que se esforzaron por devolverlo a la naturaleza, que había aprendido a despreciar; considere sólo como una masa impotente, un montón de materia inerte, que no posee más energía que la que recibe de causas exteriores a sí misma; como un conjunto despreciable de prendas frágiles, cuyas formas estaban continuamente sujetas a perecer. inmediatamente concluyó que la imposibilidad general de contestar les imprimía la maravillosa facultad de interesar inmediatamente su bienestar; de involucrar sus intereses más destacados, más que todas las cosas juntas, con las que tenía cualquier medio posible de familiarizarse íntimamente.Así llegaron a ser necesarios para su felicidad; creyó caer en el vacío sin ellos; se convirtió en el enemigo decidido de todos aquellos que se esforzaron por devolverlo a la naturaleza, que había aprendido a despreciar; considere sólo como una masa impotente, un montón de materia inerte, que no posee más energía que la que recibe de causas exteriores a sí misma; como un conjunto despreciable de prendas frágiles, cuyas formas estaban continuamente sujetas a perecer. inmediatamente concluyó que la imposibilidad general de contestar les imprimía la maravillosa facultad de interesar inmediatamente su bienestar;de involucrar sus intereses más destacados, más que todas las cosas juntas, con las que tenía cualquier medio posible de familiarizarse íntimamente. Así llegaron a ser necesarios para su felicidad; creyó caer en el vacío sin ellos; se convirtió en el enemigo decidido de todos aquellos que se esforzaron por devolverlo a la naturaleza, que había aprendido a despreciar; considere sólo como una masa impotente, un montón de materia inerte, que no posee más energía que la que recibe de causas exteriores a sí misma; como un conjunto despreciable de prendas frágiles, cuyas formas estaban continuamente sujetas a perecer.de involucrar sus intereses más destacados, más que todas las cosas juntas, con las que tenía cualquier medio posible de familiarizarse íntimamente. Así llegaron a ser necesarios para su felicidad; creyó caer en el vacío sin ellos; se convirtió en el enemigo decidido de todos aquellos que se esforzaron por devolverlo a la naturaleza, que había aprendido a despreciar; considere sólo como una masa impotente, un montón de materia inerte, que no posee más energía que la que recibe de causas exteriores a sí misma; como un conjunto despreciable de prendas frágiles, cuyas formas estaban continuamente sujetas a perecer.de involucrar sus intereses más destacados, más que todas las cosas juntas, con las que tenía cualquier medio posible de familiarizarse íntimamente. Así llegaron a ser necesarios para su felicidad; creyó caer en el vacío sin ellos; se convirtió en el enemigo decidido de todos aquellos que se esforzaron por devolverlo a la naturaleza, que había aprendido a despreciar; considere sólo como una masa impotente, un montón de materia inerte, que no posee más energía que la que recibe de causas exteriores a sí misma; como un conjunto despreciable de prendas frágiles, cuyas formas estaban continuamente sujetas a perecer. se convirtió en el enemigo decidido de todos aquellos que se esforzaron por devolverlo a la naturaleza, que había aprendido a despreciar;considere sólo como una masa impotente, un montón de materia inerte, que no posee más energía que la que recibe de causas exteriores a sí misma; como un conjunto despreciable de prendas frágiles, cuyas formas estaban continuamente sujetas a perecer. se convirtió en el enemigo decidido de todos aquellos que se esforzaron por devolverlo a la naturaleza, que había aprendido a despreciar; considere sólo como una masa impotente, un montón de materia inerte, que no posee más energía que la que recibe de causas exteriores a sí misma; como un conjunto despreciable de prendas frágiles, cuyas formas estaban continuamente sujetas a perecer.

 

Al distinguir la naturaleza de su motor, el hombre ha caído en el mismo absurdo que cuando separó su alma de su cuerpo; la vida del ser viviente; la facultad de pensar del ser pensante: engañado sobre su propia naturaleza peculiar, habiendo asumido una opinión errónea sobre la energía de sus propios órganos, ha sido igualmente engañado sobre la organización del universo; ha distinguido la naturaleza de sí misma; la vida de la naturaleza de la naturaleza viva; la acción de la naturaleza de la naturaleza activa. Fue esta alma del mundo, esta energía de la naturaleza, este principio de actividad, que el hombre primero personificó, luego se separó por medio de la abstracción; a veces decorado con atributos imaginarios;a veces con cualidades prestadas de su propia esencia peculiar. Tales eran los materiales aéreos de que se debe al hombre para construir lo incomprensible, sustancias inmateriales, que han llenado el mundo de disputas, que han separado al hombre de su prójimo, que hasta el día de hoy nunca ha podido definir, ni siquiera a su propia satisfacción. Su propia alma era el modelo. Engañado sobre la naturaleza de esto, nunca tuvo ideas justas de la Divinidad, que en su mente no era más que una copia exagerada o desfigurada hasta el punto de confundir el prototipo sobre el cual se había formado originalmente. .

 

Si, porque el hombre se ha distinguido de su propia existencia, le ha sido imposible jamás formarse una idea verdadera de su propia naturaleza; es también porque él ha distinguido la naturaleza de sí mismo, que tanto ella como sus caminos se han equivocado. El hombre ha dejado de estudiar la naturaleza para poder recurrir con el pensamiento a una sustancia que no tiene nada en común con ella; esta sustancia la ha hecho motor de la naturaleza, sin la cual ella no sería capaz de nada; a quien debe atribuirse todo lo que acontece en su sistema;la conducta de este ser ha aparecido misteriosa, ha sido presentada como maravillosa, parecía ser una contradicción continua: cuando si el hombre hubiera vuelto a la inmutabilidad de las leyes de la naturaleza, al sistema invariable que ella persigue, todo hubiera parecido inteligible; todo se hubiera reconciliado; la aparente contrariedad se habría desvanecido. Al tomar así una visión equivocada de las cosas, la sabiduría y la inteligencia parecían oponerse a la confusión y al desorden; la bondad se vuelve nula por el mal; mientras que todo es sólo lo que inevitablemente debe ser, bajo las circunstancias dadas.A consecuencia de estas opiniones erróneas, en lugar de dedicarse al estudio de la naturaleza, para descubrir el método de obtener sus favores, o para buscar los medios de destrucción de sus desgracias; en la sala de consulta de su experiencia; en lugar de trabajar util para su propia felicidad; sólo se ha ocupado de esperar estas cosas por canales por donde no fluyen; ha estado discutiendo sobre objetos que nunca podrán entender, mientras que ha descuidado totalmente lo que estaba dentro del alcance de sus propios poderes; que podría haber hecho propicio a sus puntos de vista, mediante una aplicación más industrial de su propio talento;por una paciente investigacion, con el fin de sacar de la fuente de la verdad, el bálsamo límpido que es el único que puede curar las penas de su corazón.

 

Nada podría ser más perjudicial para su raza que esta extravagante teoría; que, como probaremos, se ha convertido en fuente de innumerables machos. El hombre ha estado durante millas de años temblando ante los ídolos de su propia creación, inclinándose ante ellos con el más servil homenaje, ocupado en desarmar su ira, diligentemente ocupado en propiciar su bondad, sin avanzar un solo paso en el camino. tiene tantas ganas de viajar. Quizá continúe el mismo curso durante los siglos venideros, a menos que por algún esfuerzo inesperado de su parte, deseche los prejuicios que lo ciegan; dejar de lado su entusiasmo por lo maravilloso; abandonar su afición por lo enigmático;reuniones alrededor del estandarte de su razón: a menos que, tomando la experiencia como guía, avance impertérrito bajo el estandarte de la verdad, y poner en fuga esa multitud de jerga ininteligible, bajo cuya pesada carga ha perdido de vista su propia felicidad; lo que con demasiada frecuencia le ha impedido buscar el único medio adecuado para satisfacer sus necesidades o para mejorar los machos que no obstante está obligado a experimentar.

 

Entonces, volvamos a conducir a los desconcertados mortales al altar de la naturaleza; esforcémonos por destruir ese engaño que la ignorancia del hombre, ayudado por una imaginación desordenada, lo ha inducido a elevar a su trono; esforcémonos por disipar esa espesa niebla que le oscurece los caminos de la verdad; procuramos desterrar de su mente aquellas ideas visionarias que le impiden dar actividad a su experiencia;enseñémosle, si es posible, a no buscar en la naturaleza mismas las causas de los fenómenos que admira, a estar satisfecho de que ella contiene remedios para todos sus males, que tiene múltiples beneficios reservados para aquellos que, reuniendo su industria, están disponibles a investigue con paciencia sus leyes, que rara vez oculta sus secretos a las investigaciones de aquellos que trabajan diligentemente para desentrañarlos. Asegurémosle que sólo la razón puede hacerlo feliz; que la razón no es más que la ciencia de la naturaleza, aplicada a la conducta del hombre en sociedad; que esta razón enseña que todo es necesario; que tanto sus placeres como sus penas son efectos de la naturaleza, que en todas sus obras sigue solo leyes que nada puede hacerla revocar;que su interés exige que aprenda a soportar con ecuanimidad de espíritu todos aquellos varones que los medios naturales no le permitan apartar. En fin, repitámosle sin cesar que está haciendo feliz a su prójimo que él mismo llegará a una felicidad que en vano esperará de los demás, cuando su propia conducta se la niega. que esta razón enseña que todo es necesario; que tanto sus placeres como sus penas son efectos de la naturaleza, que en todas sus obras sigue solo leyes que nada puede hacerla revocar; que su interés exige que aprenda a soportar con ecuanimidad de espíritu todos aquellos varones que los medios naturales no le permitan apartar.En fin, repitámosle sin cesar que está haciendo feliz a su prójimo que él mismo llegará a una felicidad que en vano esperará de los demás, cuando su propia conducta se la niega. que esta razón enseña que todo es necesario; que tanto sus placeres como sus penas son efectos de la naturaleza, que en todas sus obras sigue solo leyes que nada puede hacerla revocar; que su interés exige que aprenda a soportar con ecuanimidad de espíritu todos aquellos varones que los medios naturales no le permitan apartar. En fin, repitámosle sin cesar que está haciendo feliz a su prójimo que él mismo llegará a una felicidad que en vano esperará de los demás, cuando su propia conducta se la niega. todos aquellos varones que los medios naturales no le permiten apartar.En fin, repitámosle sin cesar que está haciendo feliz a su prójimo que él mismo llegará a una felicidad que en vano esperará de los demás, cuando su propia conducta se la niega. todos aquellos varones que los medios naturales no le permiten apartar. En fin, repitámosle sin cesar que está haciendo feliz a su prójimo que él mismo llegará a una felicidad que en vano esperará de los demás, cuando su propia conducta se la niega.

 

La naturaleza es autoexistente; ella siempre existirá; ella produce todo; contiene en sí misma la causa de todo; su movimiento es una consecuencia necesaria de su existencia; sin movimiento no podemos formar ningún concepto de la naturaleza; bajo este nombre colectivo designamos el conjunto de materia actuante en virtud de sus energías peculiares. Todo nos prueba que no es por naturaleza que el hombre deba buscar la Divinidad.Si sólo tenemos un conocimiento incompleto de la naturaleza y sus modos, si sólo tenemos ideas superficiales e imperfectas de la materia, ¿cómo vamos a poder jactarnos de comprender o tener ciertas nociones de inmaterialidad, de seres mucho más fugitivos, mucho más difícil de abarcar , incluso con el pensamiento, que los elementos materiales; mucho más tímido de acceso que los principios constitutivos de los cuerpos, sus propiedades primitivas, sus diversos modos de actuar, o su diferente manera de existir? Si no podemos recurrir a las causas primeras, contentémonos con las causas segundas, con aquellos efectos que podamos someter a la experiencia, recopilemos los hechos con los que tenemos conocimiento;nos permitirán juzgar de lo que no sabemos: limitémonos al menos a los débiles destellos de verdad que nos garantizan nuestros sentidos, ya que no poseemos medios para adquirir masas más amplias de luz.

 

No confundamos con ciencias reales aquellas que no tienen otra base que nuestra imaginación; emos que tales cosas pueden ser, a lo sumo, visionarias: aferrémonos a la naturaleza que vemos, que encontramos, de la que experimentamos la acción; de las cuales por lo menos entendemos las leyes generales. Si ignoramos sus detalles, si no podemos sondear los principios secretos que empleamos en sus producciones más complicadas, al menos estamos seguros de que actúa de manera permanente, uniforme, análoga, necesaria. Observemos entonces esta naturaleza; observemos sus movimientos;pero nunca intentemos salir de la rutina que ella prescribe para los seres de nuestra especie: si lo hacemos, no sólo nos veremos obligados a regresar, sino que seremos castigados infaliblemente con innumerables errores, que oscurecerán nuestra mente, nos alejarán. de la razón; la consecuencia necesaria será un sinnúmero de dolores, que de otro modo podemos evitar. Considerémonos partes sensibles de un todo, en el que las formas sólo se producen para ser destruidas; en el que las combinaciones se introducen en la vida, para que puedan abandonarla nuevamente, después de haber subsistido durante una temporada más larga o más corta. Consideremos la naturaleza como un enorme elaborador que contiene todo lo necesario para su acción;a quien no le falta ningún requisito para la producción de todos los fenómenos que despliegan a nuestra vista. Reconocemos que su poder es inherente a su esencia; muy acorde a su marcha eterna; totalmente adecuado a la felicidad de todos los seres que contiene. Considerémosla como un todo, que sólo puede estabilizarse por lo que llamamos la discordia de los elementos; que ella existe por la continua disolución y reunión de sus partes; que de aquí brota la armonía universal; que de esto tiene su nacimiento la estabilidad general. Restablezcamos, pues, la naturaleza omnipotente, tanto tiempo confundida por el hombre, en sus legítimos derechos.Pongámosla en ese trono adamantino, que es para la felicidad de la raza humana que debe ocupar. Rodeémosla con esos ministros que nunca pueden engañar, que nunca pueden perder nuestra confianza— Justicia y Conocimiento Práctico . Escuchemos su voz eterna; ella no habla ambiguamente, ni en un lenguaje ininteligible; ella puede ser fácilmente alcanzada por la gente de todas las naciones; porque la razon es su fiel interprete. Ella no ofrece nada a nuestra contemplación sino verdades inmutables. Impongamos, pues, para siempre, el silencio sobre ese entusiasmo que nos extravía; avergoncemos de aquella impostura que se amotinaría en nuestra credulidad;descartamos esa lúgubre superstición, que nos ha apartado del único culto propio de los seres inteligentes. Sobre todo, no olvidemos nunca que al templo de la felicidad sólo se puede llegar a través de las arboledas de la virtud, que lo rodean por todos lados; que los caminos que conducen a estos hermosos sólo pueden ser atravesados ​​​​por el camino de la experiencia, cuyos portales están abiertos únicamente a aquellos que les aplican la clave de la verdad: esta clave es de estructura muy simple, no tiene ninguna complejidad complicado de y se forma facilmente en el yunque de las relaciones sociales, simplemente porno hacer a los demás lo que no desearías que te hicieran a ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

GORRA. VIII.

Del Teísmo.—Del Sistema del Optimismo.—De las Causas finales .

Muy pocos hombres tienen el coraje o la industria para examinar opiniones, que todos están de acuerdo en reconocer; apenas hay quien se atreva a dudar de su verdad, aun cuando no se hayan aducido sólidos argumentos en su apoyo. La indolencia natural del hombre los recibe fácilmente sin examen sobre la autoridad de otros, los comunica a sus sucesores en la época de su infancia; así se transmite de raza en raza, nociones que, una vez obtenida la sanción del tiempo, se contemplan revestidas de un carácter sagrado, aunque tal vez a una mente desprejuiciada, que se empeñará en escudriñar en su fundamento, no aparecerán pruebas de que alguna vez fueron verificados. Es así con la inmaterialidad: ha pasado corriente de padre a hijo durante muchas eras,sin que éstas hayan hecho otra cosa que consignar habitualmente en su cerebro aquellas oscuras ideas que en un principio se le atribuyeron, que es evidente, por la admisión incluso de sus defensores, nunca podrán ser removidas, para admitir otras de naturaleza más ilustrada. . De hecho, ¿cómo puede ser posible que la luz pueda arrojarse sobre un tema incomprensible: cada uno lo modifica a su manera; cada uno le da el colorido que más armoniza con su propia existencia peculiar; cada uno lo contempla bajo esa perspectiva que es el resultado de su propia visión particular: esto por la naturaleza de las cosas no puede ser el mismo en cada individuo: debe haber entonces no obstante una gran contrariedad en las opiniones resultantes.Es así también que cada hombre se forma a sí mismo un Dios en particular, de acuerdo con su propio temperamento peculiar, de acuerdo con sus propias disposiciones naturales: las circunstancias individuales en las que se encuentra, el calor de su imaginación, los prejuicios que ha recibido, el modo en que se ve afectado en diferentes momentos, tienen toda su influencia en la imagen que forma. El hombre contento, sano, no lo ve con los mismos ojos que el hombre afligido y enfermo; el hombre de sangre caliente, que tiene una imaginación ardiente, o está sujeto a la bilis, no lo presenta bajo los mismos rasgos que el que goza de un alma más apacible, que tiene una imaginación más fresca, que es de un hábito más flemático . Esto no es todo;Incluso el mismo individuo no lo ve de la misma manera en diferentes períodos de su vida: sufre todas las variaciones de su máquina, todas las revoluciones de su temperamento, todas esas continuas vicisitudes que experimenta su existencia. Se dice que la idea de la Divinidad es innata; por el contrario, está perpetuamente fluctuando en la mente de cada individuo; variando a cada momento en todos los seres de la especie humana; tanto es así, que no hay dos que admitan precisamente la misma Deidad; no hay uno solo que, en diferentes circunstancias, no lo veas de diversas maneras.

 

No nos sorprendimos entonces de la variedad de sistemas adoptados por la humanidad sobre este tema; no debe asombrarnos que haya tan poca armonía entre los hombres sobre un punto de tanta trascendencia; no debe parecer extraño que prevalezca tanta contradicción en las diversas doctrinas expuestas; que tengan tan poca consistencia, tan escasa conexión entre sí; que los profesantes discutan continuamente sobre la rectitud de las opiniones adoptadas por cada uno: no obstante deben disputar sobre lo que cada uno contempla de manera tan diversa, sobre lo cual apenas hay un solo mortal que esté constantemente de acuerdo consigo mismo.

 

Todos los hombres están bastante de acuerdo sobre los objetos que pueden someter a la prueba de la experiencia; no escuchamos ninguna disputa sobre los principios de la geometría; aquellas verdades que son evidentes, que son fácilmente demostrables, nunca varían en nuestra mente; nunca dudamos que la parte es menos que el todo; que dos y dos son cuatro; que la benevolencia es una cualidad amable; que la equidad es necesaria al hombre en sociedad. Pero no encontramos más que perpetua controversia sobre todos aquellos sistemas que tienen a la Divinidad por objeto; están llenos de incertidumbre;sujeto a continuas variaciones: no vemos ninguna armonía ni en los principios de la teología, ni en los principios de sus graduados. Incluso las pruebas ofrecidas de su existencia han sido objeto de cavilaciones; han sido considerados demasiado débiles, han sido presentados en contra de la regla, o bien no han sido asumidos con celo para complacer a los suficientes diversos razonadores que defienden la causa; los corolarios extraídos de las premisas establecidas, no son los mismos en dos naciones necesarias, apenas en dos individuos; los pensadores de todas las épocas, en todos los países, están perpetuamente en rivalidad unos con otros; pelean incesantemente sobre todos los puntos de la religión;nunca pueden ponerse de acuerdo sobre sus hipótesis teológicas, o sobre las verdades fundamentales que podrían servir para su base; incluso los atributos, las mismas cualidades atribuidas, son tan calurosamente contestadas por algunos como celosamente defendidas por otros. los pensadores de todas las épocas, en todos los países, están perpetuamente en rivalidad unos con otros; pelean incesantemente sobre todos los puntos de la religión; nunca pueden ponerse de acuerdo sobre sus hipótesis teológicas, o sobre las verdades fundamentales que podrían servir para su base; incluso los atributos, las mismas cualidades atribuidas, son tan calurosamente contestadas por algunos como celosamente defendidas por otros.los pensadores de todas las épocas, en todos los países, están perpetuamente en rivalidad unos con otros; pelean incesantemente sobre todos los puntos de la religión; nunca pueden ponerse de acuerdo sobre sus hipótesis teológicas, o sobre las verdades fundamentales que podrían servir para su base; incluso los atributos, las mismas cualidades atribuidas, son tan calurosamente contestadas por algunos como celosamente defendidas por otros.

 

Estas disputas interminables, estas perpetuas variaciones, necesarias, por lo menos, convencen a los que no tienen prejuicios, de que las ideas de la Divinidad no tienen ni la evidencia generalmente admitida, ni la certeza que se les atribuye; por el contrario, estas contrariedades en las opiniones de los teólogos, si se someten a la lógica de las escuelas, podrían ser fatales para todos ellos: según ese modo de razonar, que al menos tiene la sanción de nuestras universidades, todas las probabilidades en el mundo no pueden adquirir la fuerza de una demostración; una verdad no se hace evidente sino cuando la experiencia constante, la reflexión reiterada, la exhibe siempre bajo el mismo punto de vista;la evidencia de una proposición no puede ser admitida a menos que lleve consigo una demostración sustantiva; de la constante relación que hacen los sentidos bien armados, resulta esa evidencia, esa certeza, que es lo único que puede producir plena convicción: si la proposición mayor de un silogismo fuera derribado por la menor, el todo se derrumbaría. Cicerón, que no es una autoridad menor en tal tema, dice expresamente: "Ningún razonamiento puede hacer falso lo que la experiencia ha demostrado como evidente". Wolff, en su Ontología, dice; "Lo que es repugnante en sí mismo, no puede ser entendido; que aquellas cosas que son en sí mismas contradicciones, deben estar siempre desprovistas de evidencia".Dice Santo Tomás: "Ser, es todo lo que no repugna a la existencia". quien no es una autoridad menor en tal tema, dice expresamente: "Ningún razonamiento puede hacer falso lo que la experiencia ha demostrado como evidente". Wolff, en su Ontología, dice; "Lo que es repugnante en sí mismo, no puede ser entendido; que aquellas cosas que son en sí mismas contradicciones, deben estar siempre desprovistas de evidencia". Dice Santo Tomás: "Ser, es todo lo que no repugna a la existencia". quien no es una autoridad menor en tal tema, dice expresamente: "Ningún razonamiento puede hacer falso lo que la experiencia ha demostrado como evidente". Wolff, en su Ontología, dice;"Lo que es repugnante en sí mismo, no puede ser entendido; que aquellas cosas que son en sí mismas contradicciones, deben estar siempre desprovistas de evidencia". Dice Santo Tomás: "Ser, es todo lo que no repugna a la existencia".

 

Sea como fuere con estas cualidades que los teólogos atribuyen a sus seres inmateriales, ya sean irreconciliables, ya sean totalmente incomprensibles, ¿qué puede resultar a la especie humana de suponerles inteligencia y puntos de vista? ¿Puede una inteligencia universal, cuyo cuidado debe extenderse igualmente a todo lo que existe, tener relaciones más directas, más íntimas con el hombre, que sólo forma una parte insensible del gran todo? ¿Podemos creer seriamente que es para alegrar a los insectos, para complacer a las hormigas de su jardín, que el Monarca del universo ha construido y embellecido su habitación? ¿Se fortalecerían, por lo tanto, nuestros débiles ojos? ¿Se agrandaría nuestra visión estrecha de las cosas? ¿Deberíamos estar mejor capacitados para comprender sus proyectos? ¿Podríamos adivinar sus aviones con más certeza? entrar en sus designios: ¿sería nuestro exilio de juicio competente para medir su sabiduría, para seguir el orden eterno que él ha establecido? Esos efectos, que fluyen de su omnipotencia, emanarán de su providencia, ya sea que los estimemos como buenos o los juzguemos como malos, ya sea que los consideremos beneficiosos o los veamos como perjudiciales, ¿serán menos los resultados necesarios? de su sabiduría, de su justicia, de sus decretos eternos?En este caso, ¿podemos suponer razonablemente que un Ser tan sabio, tan justo, tan inteligente, trastorne su sistema, cambie su plan, por seres tan débiles como nosotros? ¿Podemos creer racionalmente que tenemos la capacidad de dirigir oraciones dignas, de hacer pedidos adecuados, de señalar modos de conducta adecuados a tal Ser? ¿Podemos jactarnos de que para complacernos, para satisfacer nuestros deseos discordantes, alterará sus leyes inmutables? ¿Podemos imaginar que a nuestra súplica tomará de los seres que nos rodean sus esencias, sus propiedades, sus diversos modos de acción? ¿Tenemos algún derecho a esperar que él derogue en nuestro favor las leyes eternas de la naturaleza, que perturbe su marcha eterna, detenga su curso eterno, que su sabiduría ha planeado;que su bondad ha conferido; que son, de hecho, la admiracion de la humanidad? ¿Podemos esperar que a nuestro favor el fuego deje de arder, cuando nos aproximamos demasiado a él; que la fiebre no consumirá nuestro hábito, cuando el contagio ha penetrado nuestro sistema; que la gota no nos atormente, cuando un modo de vida destemplado haya acumulado los humores que no obstante resulten de tal conducta; que un edificio que se derrumba en ruinas no nos aplaste con su caída, cuando estamos dentro del vórtice de su acción? ¿Nuestros gritos vanos, nuestras súplicas más fervientes, impedirán que un país sea infeliz, cuando sea devastado por un conquistador ambicioso;¿cuándo será sometido a la voluntad caprichosa de tiranos insensibles, que la doblegarán bajo la barra de hierro de su opresión?

 

Si esta inteligencia infinita da libre curso a los acontecimientos que su sabiduría ha preparado; si nada acontece en este mundo sino según sus diseños impenetrables; debemos someternos en silencio; de hecho, no tenemos nada que pedir; estaríamos locos si opusiéramos nuestro débil intelecto a una sabiduría tan amplia; ofreciéramos un insulto a su prudencia si quisiéramos regularlos. El hombre no debe jactarse de ser más sabio que su Dios; que está en capacidad de cambiar de voluntad; con poder para determinarlo a tomar otros medios que los que ha elegido para cumplir sus decretos. Una Divinidad inteligente sólo puede haber tomado aquellas medidas que abarcan la justicia completa;sólo puede tener validez de aquellos medios que están mejor calculados para llegar a su fin; si fuera capaz de cambiarlos, no podría llamarse sabio, inmutable ni providente. Si se concediera que la Divinidad por un solo instante suspendió aquellas leyes que él mismo ha dado, si alguna cosa cambiare en su plan, sería suponiendo que no hubiera previsto los motivos de esta suspensión; que no habia calculado las causas de este cambio; si no hizo entrar en su plan estos motivos, estaría diciendo que no había previsto las causas que los hacen necesarios; si los ha previsto sin hacerlos parte de su sistema, estaría acusando la perfección del todo.Así, de cualquier manera que se contemplen estas cosas, bajo cualquier punto de vista que se examinen, es evidente que las oraciones que el hombre dirige a la Divinidad, que son sancionadas por las diversas formas de culto, supongamos siempre que está suplicando a una ser cuya sabiduría y providencia son defectuosas; de hecho, que la suya es más adecuada a su situación. Suponer que es capaz de cambiar de conducta es poner en tela de juicio su omnisciencia; atacar vitalmente su omnipotencia; para acusar su bondad; decir inmediatamente que no está dispuesto o no es competente para juzgar lo que sería más conveniente para el hombre;no obstante, para cuya única ventaja y placer insisten en que creó el universo: tales son las doctrinas inconsistentes de la teología; tales los esfuerzos imbéciles de la metafísica. decir inmediatamente que no está dispuesto o no es competente para juzgar lo que sería más conveniente para el hombre; no obstante, para cuya única ventaja y placer insisten en que creó el universo: tales son las doctrinas inconsistentes de la teología; tales los esfuerzos imbéciles de la metafísica. decir inmediatamente que no está dispuesto o no es competente para juzgar lo que sería más conveniente para el hombre; no obstante, para cuya única ventaja y placer insisten en que creó el universo: tales son las doctrinas inconsistentes de la teología;tales los esfuerzos imbéciles de la metafísica.

 

Sin embargo, es sobre estas nociones, por extravagantes que pueden parecer, mal encaminadas como seguramente son, inconclusas como deben ser reconocidas por mentes sin prejuicios, que se basan todas las supersticiones y muchas de las religiones de la tierra. De ninguna manera es un espectáculo poco común ver al hombre de rodillas ante un Dios omnisapiente, cuya conducta se esfuerza por regular; Qué decretos desea evitar; cuyo plan desea reformar. Está ocupado en obtener estos objetos inconsistentes, por medios igualmente repugnantes al buen sentido; igualmente injurioso a la dignidad de la Divinidad: adoptar sus propias sensaciones como criterio de los sentimientos de la Deidad; en algunos lugares trata de ganarlo para sus intereses con regalos;a veces vemos incluso a los príncipes de la tierra tratando de dirigir sus puntos de vista, ofreciéndoles ropas espléndidas, sobre los cuales su propia fatuidad establece un valor desmesurado, simplemente porque ellos mismos han trabajado en ellos; algunos se esfuerzan por desarmar su justicia con la más espléndida pompa; otros por las prácticas más repugnantes a la humanidad; algunos piensan que su inmutabilidad cederá a ceremonias ociosas; otros a las oraciones más discordantes; no pocas veces sucede que para inducirle a cambiar en su favor sus decretos eternos, los que tienen intereses opuestos que promover, cada uno le devuelve gracias por lo que los otros consideran como la mayor maldición que les puede sobrevenir.En resumen, el hombre está casi en todas partes postrado ante un Dios omnipotente, que, a juzgar por la discrepancia de sus peticiones, nunca ha hecho a sus criaturas como deben ser; quien para lograr sus divinas visiones nunca ha tomado las medidas adecuadas,

 

Vemos, pues, que la superstición se basa en contradicciones manifiestas, en las que el hombre siempre debe caer cuando se equivoca con las causas naturales de las cosas, cuando atribuye el bien o el mal que experimenta a una causa inteligente, distinta de la naturaleza , de la naturaleza. que nunca será competente para formarse ninguna idea determinada. En efecto, el hombre siempre se verá reducido, como tantas veces hemos repetido, a la necesidad de revestir a sus dioses de sus propias cualidades imbéciles: siendo él mismo un ser cambiante, cuya inteligencia es limitada; quien, colocado en diversas circunstancias, parece estar frecuentemente en contradicción consigo mismo;aunque cree honrar a sus dioses recibiendo sus propias cualidades peculiares, en realidad no hace más que prestarles su propia inconstancia, cubrirlos con su propia debilidad, investirlos con sus propios vicios. Es así que al razonar es incapaz de dar cuenta de la necesidad de las cosas, que imagina que hay una confusión que sus oraciones tenderán a eliminar, que piensa que los males de la vida son más que proporcionales a los buenos. : no se percibe que un sistema invariable, al operar sobre seres diversamente organizados, cuyas circunstancias son diferentes, cuyos modos de acción varían, debe a veces parecer no obstante ser enemigo de los intereses del individuo, mientras que abraza el interés general. bien del todo.El teólogo puede sutilizar, exagerar, hacer tan ininteligibles como querer los atributos con los que reviste sus divinidades, nunca podrá eliminar las contradicciones que surgen de las cualidades discordantes que así amontona; ni podrá dar al hombre otro modo de juzgar que el que surge del ejercicio de sus sentidos, tal como en realidad se encuentran. Nunca podrá proporcionar la idea de un ser inmutable, mientras que representará a este ser como capaz de ser irritado y apaciguado por las oraciones de los mortales. Nunca delineará los rasgos de la omnipotencia bajo el retrato de un ser que no puede refrenar las acciones de sus inferiores. Nunca sostendrá una norma de justicia, mientras que la mezclará con la misericordia, por amable que sea la calidad;o mientras lo represente como castigo de aquellas acciones que los perpetradores se vieron en la necesidad de cometer. Tampoco podrá, bajo ninguna circunstancia, hacer comprender la infinidad a una mente finita; mucho menos cuando represente este infinito como limitado por la misma finitud. tal como realmente se encuentran. Nunca podrá proporcionar la idea de un ser inmutable, mientras que representará a este ser como capaz de ser irritado y apaciguado por las oraciones de los mortales. Nunca delineará los rasgos de la omnipotencia bajo el retrato de un ser que no puede refrenar las acciones de sus inferiores. Nunca sostendrá una norma de justicia, mientras que la mezclará con la misericordia, por amable que sea la calidad;o mientras lo represente como castigo de aquellas acciones que los perpetradores se vieron en la necesidad de cometer. Tampoco podrá, bajo ninguna circunstancia, hacer comprender la infinidad a una mente finita; mucho menos cuando represente este infinito como limitado por la misma finitud. tal como realmente se encuentran. Nunca podrá proporcionar la idea de un ser inmutable, mientras que representará a este ser como capaz de ser irritado y apaciguado por las oraciones de los mortales. Nunca delineará los rasgos de la omnipotencia bajo el retrato de un ser que no puede refrenar las acciones de sus inferiores. Nunca sostendrá una norma de justicia, mientras que la mezclará con la misericordia, por amable que sea la calidad;o mientras lo represente como castigo de aquellas acciones que los perpetradores se vieron en la necesidad de cometer. Tampoco podrá, bajo ninguna circunstancia, hacer comprender la infinidad a una mente finita; mucho menos cuando represente este infinito como limitado por la misma finitud. mientras que representará a este ser como capaz de ser irritado y apaciguado por las oraciones de los mortales. Nunca delineará los rasgos de la omnipotencia bajo el retrato de un ser que no puede refrenar las acciones de sus inferiores. Nunca sostendrá una norma de justicia, mientras que la mezclará con la misericordia, por amable que sea la calidad; o mientras lo represente como castigo de aquellas acciones que los perpetradores se vieron en la necesidad de cometer.Tampoco podrá, bajo ninguna circunstancia, hacer comprender la infinidad a una mente finita; mucho menos cuando represente este infinito como limitado por la misma finitud. mientras que representará a este ser como capaz de ser irritado y apaciguado por las oraciones de los mortales. Nunca delineará los rasgos de la omnipotencia bajo el retrato de un ser que no puede refrenar las acciones de sus inferiores. Nunca sostendrá una norma de justicia, mientras que la mezclará con la misericordia, por amable que sea la calidad; o mientras lo represente como castigo de aquellas acciones que los perpetradores se vieron en la necesidad de cometer. Tampoco podrá, bajo ninguna circunstancia, hacer comprender la infinidad a una mente finita;mucho menos cuando represente este infinito como limitado por la misma finitud. Nunca sostendrá una norma de justicia, mientras que la mezclará con la misericordia, por amable que sea la calidad; o mientras lo represente como castigo de aquellas acciones que los perpetradores se vieron en la necesidad de cometer. Tampoco podrá, bajo ninguna circunstancia, hacer comprender la infinidad a una mente finita; mucho menos cuando represente este infinito como limitado por la misma finitud. Nunca sostendrá una norma de justicia, mientras que la mezclará con la misericordia, por amable que sea la calidad; o mientras lo represente como castigo de aquellas acciones que los perpetradores se vieron en la necesidad de cometer.Tampoco podrá, bajo ninguna circunstancia, hacer comprender la infinidad a una mente finita; mucho menos cuando represente este infinito como limitado por la misma finitud.

 

A partir de esto será obvio que las sustancias inmateriales, tal como las descritas por los teólogos, sólo pueden depender de la descendencia de un cerebro metafísico, sin el apoyo de ninguna de las pruebas que generalmente se requieren para establecer las proposiciones establecidas entre los hombres. ; todas las cualidades que les atribuyen, son sólo las propias de las sustancias materiales; todas las propiedades abstractas con que las revisten, son incomprensibles para los seres materiales; el conjunto en su conjunto es una masa confusa de contradicciones: le han enseñado al hombre que era muy importante para sus intereses conocer, comprender estas sustancias;en consecuencia, ha puesto su intelecto en acción para descubrir algún medio de lograr un fin, que se dice que es tan importante para su bienestar; sin embargo, no ha podido hacer ningún progreso, porque no se le pudo ofrecer ninguna pista del camino que debía seguir; todo fue mera sostenido sin apoyo de evidencia; el conjunto estaba envuelto en una completa oscuridad, en la que nunca pudo penetrar el menor centelleo de luz. Sin embargo, tan pronto como el hombre se cree muy interesado en conocer una cosa, se esfuerza por formarse una idea de aquellos cuyo conocimiento considera tan importante;si obstáculos insuperables impiden sus investigaciones, si intervienen dificultades de una magnitud que alarman su industria, si con un trabajo enorme hace pero poco progreso, entonces el escaso éxito que acompaña a su investigación, ayudó por una disposición perezosa, mientras fatiga su diligencia lo dispone a la credulidad. Fue así, que un astuto árabe ambicioso, sutil y pícaro en sus modales, insinuando en su discurso, aprovechando esta crédula inclinación, hizo que sus compatriotas adoptaran sus propios ensueños fantasiosos como verdades permanentes, de las cuales no les estaba permitido dudar ni un instante ; siguiendo con entusiasmo estas opiniones, los estimuló a convertirse en conquistadores;obligando a los vencidos a prestarse a su sistema, dio curso a un credo, inventado únicamente con el propósito de esclavizar a la humanidad, que ahora se extiende por inmensas regiones habitadas por una numerosa población, aunque como otros sistemas no escapan al sectarismo, teniendo sobre todo setenta ramas. Así, la ignorancia, la desesperación, la pereza, la falta de hábitos reflexivos, colocan al género humano en un estado de dependencia de aquellos que construyen sistemas, mientras que sobre los objetos que son los cimientos, no tienen una idea fija: una vez adoptada, sin embargo,cada vez que se cuestionan estos sistemas, el hombre o razón de una manera muy extraña, o bien es engañado por argumentos muy engañosos: cuando se agitan, y le resulta imposible comprender lo que se dice acerca de ellos cuando su mente no puede abarcar la ambigüedad de estas doctrinas, imagina que quienes le hablan conocen mejor que él los objetos de su discurso; estos aprovechando la oportunidad favorable, no la dejan escapar, le reiteran con pulmones estentóreos: "Que el camino más seguro es estar de acuerdo con lo que le dicen; dejarse guiar por ellos"; en una palabra, lo persuaden a cerrar los ojos, para que distinga con mayor claridad el camino que ha de recorrer: una vez llegada a esta influencia, fijan indeleblemente sus lecciones; encadenarlo irrevocablemente al remo;poniendo a su vista los castigos que le pretenden estos seres imaginarios, en caso de que se niegue a acreditar, de la manera más liberal, sus maravillosas invenciones; este argumento, aunque sólo supone la cosa en cuestión, sirve para cerrarle la boca, para poner fin a su investigación; alarmado, confundido, desconcertado, parece convencido por este razonamiento victorioso—le atribuye una sacralidad que lo lleno de asombro—concibe ciegamente que tienen ideas mucho más claras que él sobre el tema—teme percibir las contradicciones palpables de las doctrinas que le han sido anunciadas , hasta que, tal vez, algún ser más sutil que los que lo han esclavizado, labrando incesantemente el punto, atacándolo en el lado débil de su interés, llega a arrojar a la luz el absurdo de su sistema,y finalmente lo logra induciéndolo a adoptar el de otro grupo de especuladores. El hombre ignorante generalmente cree que sus sacerdotes tienen más sentidos que él; los toma por seres superiores; para los hombres divinos. Sólo ve lo que estos sacerdotes le informan que debe contemplar; para todo lo demás sus ojos están completamente engañados; así, la autoridad de los sacerdotes decide con frecuencia, sin apelación, lo que es útil quizás sólo al sacerdocio.

 

Cuando estemos dispuestos a recurrir al origen de las cosas, siempre encontraremos que ha sido la imaginación del hombre, guiados por su ignorancia, bajo la influencia del miedo, la que dio a luz a sus dioses; que el entusiasmo o la impostura los han embellecido o desfigurado generalmente; que la credulidad cambiará fácilmente las cuentas fabulosas que la duplicidad interesada promulgó respecto de ellas; que estas disposiciones, sancionadas por el tiempo, se hicieron habituales. Los tiranos, que encuentran su ventaja en sostenerlos, generalmente han establecido su poder sobre la ceguera de la humanidad y los temores supersticiosos que siempre los acompañan. Así, bajo cualquier punto de vista que se considere, siempre se encontrará que elerror no puede ser útil a la especie humana.

 

cubre la tierra de verde para deleitarse; carga los árboles de deliciosos frutos para complacer su paladar; llena los bosques de animales adecuados a su alimentacion; suspende sobre su cabeza planetas con innumerables estrellas, para iluminarlo de día, para guiar sus pasos errantes de noche; extender a su alrededor el firmamento azul para alegrar su vista; adorna los prados con flores para complacer su imaginación; hace brotar fuentes de cristal con límpidos arroyos para saciar su sed; hace serpentear riachuelos por sus tierras para fructificar la tierra; lava su morada con ríos nobles, que le dan pescado en abundancia. ¡Sí!Permíteme que te agradezca, autor de tantos beneficios: no me prives de mis encantadoras sensaciones. no encontraré mis ilusiones tan dulces,

 

"Por tanto", dirá el desdichado, a quien su destino ha privado con rigor de aquellos beneficios que han prodigado a tantos otros; "¿Por qué arrancas de mí un error que me es querido? ¿Por qué aniquilas para mí un ser, cuya idea consoladora seca la fuente de mis lágrimas, que sirve para calmar mis penas? ¿Por qué me privas de un objeto que represento para mí mismo? , querer hundirlos en un vacío, tratando de desengañarlos?, ¿no es un error útil,

 

Así razonará igualmente el negro, el musulmán, el brachman y otros. Responderemos a estos entusiastas, ¡no! la verdad nunca puede hacerte infeliz; esto es lo que realmente nos consuela; es un tesoro escondido, muy superior a todas las supersticiones jamás inventadas por el miedo; puede alegrar el corazón; dale coraje para soportar las cargas de la vida; haznos sonreir ante la adversidad; elevar el alma; hacerlo activo; le proporciona los medios para resistir los ataques del destino; para combatir las desgracias con exito. Esto muestra claramente que el bien y el mal de la vida se distribuyen por igual, sin respeto a las comodidades peculiares del hombre;que todos los seres son igualmente considerados en el universo; que todo se somete a las leyes necesarias; que el hombre no tiene derecho alguno a requerir un ser particularmente favorecido, que está exento de las operaciones comunes de la eterna rutina; que es una locura pensar que él es el único ser considerado, uno para cuyo disfrute solo se produce todo; una atención a los hechos será suficiente para poner fin a este engaño, por muy agradable que sea la indulgencia de tal noción; la mirada más superficial del ojo será suficiente para desengañarnos en la idea, que él es el de la creación: el objeto constante de los trabajos de la naturaleza, o de su Autor.causas finalesPreguntémosle seriamente, si no es un testigo del bien mezclado constantemente con el mal. si no los comparten por igual con los demas seres de la naturaleza? Estar obstinadamente inclinado a ver solo el mal es tan irracional como estar dispuesto a ver solo el bien. La providencia parece ocuparse tanto de una clase de seres como de otra. Vemos que la calma sucede a la tormenta; la enfermedad da lugar a la salud; las bendiciones de la paz siguen a las calamidades de la guerra; la tierra en todos los países producirán raíces necesarias para el alimento del hombre, producirán otras adecuadas para su destrucción. Cada individuo de la especie humana es un compuesto de buenas y malas cualidades;todas las naciones presentan variado espectáculo de virtudes, creciendo junto a los vicios; lo que alegra a un ser, sumerge a otro en la tristeza: no ocurre ningún evento que no produzca ventajas para unos y desventajas para otros. Los insectos encuentran un refugio seguro en la ruina del palacio, que aplastan al hombre en su caída; el hombre con su muerte proporciona alimento a miríadas de despreciables insectos; los animales son destruidos por miles para que pueda aumentar su volumen; permanecerá durante una temporada una existencia febril. Vemos seres comprometidos en perpetua hostilidad, cada uno viviendo a expensas de su prójimo; uno deleitándose con lo que causa la desolación del otro;algunos creciendo lujosamente en carne sobre la miseria que convierte a otros en esqueletos, beneficiándose de las desgracias, amotinados por los desastres, que finalmente, los destruyen recíprocamente. Los venenos más mortíferos brotan junto a los frutos más saludables; la tierra nutre igualmente el acero fatal que acaba con la carrera del hombre, y el grano fecundo que prolonga su existencia; la maldición y su antídoto son vecinos cercanos, descansan en el mismo seno, maduran bajo el mismo sol, igualmente cortejan la mano del extraño incauto. Los ríos que el hombre cree que fluyen sin otro propósito que el de irrigar su residencia, a veces aumentan sus aguas, se desbordan, inundan sus campos, vuelcan su vivienda y arrastran al rebaño y al pastor.El océano, que él imagina en vano, sólo se reunió para facilitar su comercio, suministrarle pescado y lavar sus costas; a menudo hace naufragar sus barcos, con frecuencia rompe sus límites, devasta sus tierras, destruye el producto de su industria, y comete los más espantosos estragos. El alción, encantado con la tempestad, se mezcla voluntariamente con la tormenta; cabalga contenta sobre el oleaje; regocijado por los espantosos aullidos de la ráfaga del norte, juega con feliz flotabilidad sobre las olas espumosas, que han hecho añicos sin piedad la embarcación del infortunado marinero; que, hundido en un abismo de miseria, con trémula emoción se aferra al naufragio;ve con horrorosa desesperación la destrucción prematura de sus esperanzas consentidas; suspira profundamente ante los pensamientos del hogar; con el corazón dolorido, piensa en los queridos amigos que sus ojos llorosos nunca más verán en una agonía del alma se detiene en el afecto fiel de una esposa adorada, que nunca más reposará su cabeza inclinada sobre su pecho varonil; crece salvaje con el recuerdo aterrador de los hijos amados, sus brazos cansados ​​nunca más rodearán con cariño paternal; luego se hunde para siempre, víctima infeliz de las circunstancias que llenan de júbilo al pájaro que aletea, que lo ve ceder ante la fuerza abrumadora de las olas enfurecidas.El conquistador hace gala de su pericia militar, libra una batalla sangrienta, pone en fuga a su enemigo, arrasa su país, masacra a miles de sus compatriotas, sume en lágrimas distritos enteros, llena la tierra con los gemidos de los huérfanos, los lamentos de los viuda, para que los cuervos tengan un banquete, para que las bestias feroces se atiborren glotonamente de sangre humana, para que los gusanos se desenfrenen en el lujo. que love ceder a la fuerza abrumadora de las olas enfurecidas.El conquistador hace gala de su pericia militar, libra una batalla sangrienta, pone en fuga a su enemigo, arrasa su país, masacra a miles de sus compatriotas, sume en lágrimas distritos enteros, llena la tierra con los gemidos de los huérfanos, los lamentos de los viuda, para que los cuervos tengan un banquete, para que las bestias feroces se atiborren glotonamente de sangre humana, para que los gusanos se desenfrenen en el lujo. que love ceder a la fuerza abrumadora de las olas enfurecidas.El conquistador hace gala de su pericia militar, libra una batalla sangrienta, pone en fuga a su enemigo, arrasa su país, masacra a miles de sus compatriotas, sume en lágrimas distritos enteros, llena la tierra con los gemidos de los huérfanos, los lamentos de los viuda, para que los cuervos tengan un banquete, para que las bestias feroces se atiborren glotonamente de sangre humana, para que los gusanos se desenfrenen en el lujo.

 

Así, cuando se trata de un agente, vemos actuar de manera tan diversa; cuáles son los motivos que parecen a veces ser ventajosos, a veces desventajosos para la raza humana; al menos cada individuo juzgará según el modo peculiar en que él mismo se ve afectado; en consecuencia, no habrá un punto fijo, ninguna norma general en las opiniones que los hombres se formen de sí mismos. En efecto, nuestro modo de juzgar siempre estará regido por nuestra manera de ver, por nuestra manera de sentir. Esto llegó de nuestro temperamento, que a su vez brota de nuestra organización, y de la peculiaridad de las circunstancias en que nos encontramos; estos nunca pueden ser los mismos para todos los seres de nuestra especie.Estos modos individuales de ser afectados, entonces, obtendrán siempre los colores del retrato que el hombre puede pintarse a sí mismo de la Divinidad; por lo tanto, debe ser obvio que nunca pueden ser determinados, no pueden tener fijeza, nunca pueden reducirse a ninguna escala graduada; las inducciones que pueden extraer de ellos nunca pueden ser ni constantes ni uniformes; cada uno juzgará siempre por sí mismo, nunca verá nada más que a sí mismo oa su propia situación peculiar en el cuadro que delinea.

 

Concedido esto, el hombre que tiene un alma sensible, contenta, con una imaginación viva, pintará la Divinidad bajo los rasgos más encantadores; Creerá que no ve en toda la naturaleza más que pruebas de benevolencia, evidencias de bondad, porque le producirá incesantemente sensaciones agradables. En su éxtasis po imaginarético que percibirá en todas partes la impresión de una inteligencia perfecta, de una sabiduría infinita, de una providencia tiernamente ocupada con el bienestar del hombre; el amor propio uniéndose a estas exaltadas cualidades, pondrá la mano final a su persuasión, que el universo está hecho únicamente para la raza humana; se esforzará en la imaginación por besar con arrebato la mano de la que cree recibir tantos beneficios; tocado con su bondad,gratificado con el perfume de las rosas cuyas espinas no se perciben, o que su delirio extático le impide sentir, pensará que nunca podrá reconocer suficientemente los efectos necesarios, que considerará como testimonio indudable de la predilección divina por el hombre. Completamente embriagado de estos sentimientos, este entusiasta no contemplará esas penas, no advertirá esa confusión de la que el universo es el teatro: o si así sucede, no podrá dejar de ser testigo, estará persuadido de que en las vistas de una providencia indulgente, estas calamidades son necesarias para conducir al hombre a un estado superior de felicidad; la confianza que tiene en la divinidad, de quien imagina que depende, lo induce a creer que el hombre solo sufre por su bien; que este ser, que es fecundo en recursos,sabrá cómo sacarle provecho de los machos que experimentan en este mundo: su mente así preocupada, de allí nada ve que no suscite su admiración suscite su gratitud; excitar su confianza; aquellos incluso efectos que son los más naturales, los más necesarios, aparecen a sus ojos como milagros de benevolencia; prodigios de bondad: cierra los ojos a los desórdenes que podrían poner en entredicho estas amables cualidades: las calamidades más crueles, los acontecimientos más aflictivos, las circunstancias más desgarradoras, dejan de ser desórdenes a sus ojos, y no hacen nada, más que proporcionarle nuevas pruebas de las perfecciones divinas; se convence a sí mismo de que lo que parece defectuoso o imperfecto, sólo lo es en apariencia;admira la sabiduría, reconoce la generosidad de la Divinidad,

 

Es, sin duda, a esta feliz disposición de la mente humana, en algunos seres de su orden, a la que debe atribuirse el sistema del Optimismo. , por la cual los entusiastas, provistos de una imaginación romántica, parecen haber renunciado a la evidencia de sus sentidos: encontrar que incluso para el hombre todo es bueno en la naturaleza, donde el bien tiene constantemente su mal concomitante, y donde las mentes menos prejuiciosas, menos poético, juzgaría que cada cosa es sólo lo que puede ser, que el bien y el mal son igualmente necesarios, que tienen su origen en la naturaleza de las cosas;además, para atribuir algún carácter particular a los hechos que tienen lugar, sería necesario conocer el fin del todo: ahora bien, el todo no puede tener un fin, porque si tuviera una tendencia, un fin o un fin, ya no sería el todo , ya que aquello a lo que tendía sería una parte no incluida.

 

Algunos afirmarán que los males que contemplamos en este mundo son sólo relativos, meramente aparentes; que no prueban nada contra el bien: pero el hombre no juzga casi uniformemente según su propio modo de sentir; según su manera de coexistir con aquellas causas que lo engloban; que constituye el orden de la naturaleza con relación a sí mismo; en consecuencia, atribuye sabiduría y bondad a todo lo que le afecta agradablemente, y desorden a aquel estado de cosas que le perjudica. Sin embargo, todo lo que presenciamos en el mundo conspira para probarnos que todo lo que es, es necesario; que nada se hace por casualidad;que todos los acontecimientos, buenos o malos, ya sea para nosotros o para seres de otro orden, se producen por causas que actúan según leyes ciertas y determinadas;

 

Con respecto a los que pretenden que la sabiduría suprema sabrá sacarnos los mayores beneficios, aun del seno de aquellas calamidades que está permitido que experimentemos en este mundo; les preguntaremos, si ellos mismos son los confidentes de la Divinidad; ¿O sobre qué encontramos estas afirmaciones tan halagadoras para sus esperanzas? Sin duda nos dirán que juzgaran por analogía; que de las pruebas reales de bondad y sabiduría, tienen un justo derecho de concluir a favor de la generosidad futura. ¿No sería una respuesta justa preguntar: Si razonan por analogía, y el hombre no ha sido completamente feliz en este mundo, qué analogía les informa que lo será en otro?Si, según su propia demostración, el hombre es a veces hecho víctima del mal en su existencia presente, para que pueda alcanzar un bien mayor,

 

Así, este lenguaje se funda sobre hipótesis ruinosas, que no tienen por base más que una imaginación prejuiciada. De hecho, no significa nada más que el hombre, una vez persuadido, sin ninguna evidencia, de su futura felicidad, no creerá posible que se le permita ser infeliz: pero ¿no podría preguntarse qué testimonio encuentra, qué fundamento? conocimiento ha obtenido del peculiar bien que resulta a la especie humana de aquellas esterilidades, de esas hambrunas, de esos contagios, de esos conflictos sanguinarios, que hacen perecer a tantos millones de hombres; que sin cesar despoblan la tierra, y desolar el mundo que habitamos? ¿Hay alguien que tenga suficiente brújula de comprensión para cerciorarse de las ventajas que resulten de los machos que nos asedian por todos lados?¿No asistimos diariamente a seres consagrados a la desgracia, desde el momento en que abandonaron el vientre del padre que los volvieron a la existencia, hasta el que los volvieron a encomendar a la tierra, para dormir en paz con sus padres; que a duras penas encontre tiempo para respirar; se sintió el deporte constante de la fortuna; abrumado por la aflicción, sumergido en el dolor, soportando los reveses más crueles? ¿Quién va a medir la cantidad precisa de miseria requerida para obtener una cierta porción de bien? ¿Quién puede decir cuándo estará colmada la medida del mal que es necesario padecer? hasta la que los volvieron a encomendar a la tierra, para dormir en paz con sus padres; que a duras penas encontre tiempo para respirar;se sintió el deporte constante de la fortuna; abrumado por la aflicción, sumergido en el dolor, soportando los reveses más crueles? ¿Quién va a medir la cantidad precisa de miseria requerida para obtener una cierta porción de bien? ¿Quién puede decir cuándo estará colmada la medida del mal que es necesario padecer? hasta la que los volvieron a encomendar a la tierra, para dormir en paz con sus padres; que a duras penas encontre tiempo para respirar; se sintió el deporte constante de la fortuna; abrumado por la aflicción, sumergido en el dolor, soportando los reveses más crueles? ¿Quién va a medir la cantidad precisa de miseria requerida para obtener una cierta porción de bien?¿Quién puede decir cuándo estará colmada la medida del mal que es necesario padecer? ¿soportando los reveses más crueles? ¿Quién va a medir la cantidad precisa de miseria requerida para obtener una cierta porción de bien? ¿Quién puede decir cuándo estará colmada la medida del mal que es necesario padecer? ¿soportando los reveses más crueles? ¿Quién va a medir la cantidad precisa de miseria requerida para obtener una cierta porción de bien? ¿Quién puede decir cuándo estará colmada la medida del mal que es necesario padecer?

 

Los optimistas más entusiastas, los mismos teístas , los decididos de la religión natural, así como los más crédulos y supersticiosos, están obligados a recurrir al sistema de otra vida, para remediar los males que el hombre está decretado sufrir en el presente; pero ¿tienen realmente alguna base justa para suponer que el otro mundo le otorga una felicidad que le ha sido negada en este? Si es necesario recurrir a una doctrina tan poco probable como la de una existencia futura, ¿por qué cadena de fundamentada su opinión de que cuando él ya no tenga órganos, con la ayuda de los cuales ahora es el único capaz de hacerlo? ya sea para gozar o para sufrir, podrá compensar a los varones que haya soportado; gozar de una felicidad, participar de un placer que esta estructura orgánica le ha negado en su peregrinaje por la tierra de sus padres.

 

De esto se verá, que las pruebas de una inteligencia soberana, o de una calidad humana magnificada sacada del orden, de la armonía, de la belleza del universo, nunca son más que las que se derivan de los hombres que están organizados. y modificado después de un cierto modo; o cuya alegre imaginación está construida de tal manera que engendra agradables quimeras que embellecen según su fantasía: estas ilusiones, sin embargo, deben disiparse con frecuencia incluso en ellos mismos, cada vez que su máquina se trastorna; cuando los asaltan las penas, cuando la desgracia les corroe la mente; el espectáculo de la naturaleza, que en ciertas circunstancias les ha parecido tan delicioso, tan seductor, debe entonces dar paso al desorden, debe dar paso a la confusión.Un hombre de temperamento melancólico, agriado por las desgracias, irritable por las enfermedades, no puede ver la naturaleza y su autor bajo la misma perspectiva, como el hombre sano de humor vivaz, que está contento con todo. Privado de felicidad, el hombre irritable sólo puede encontrar desorden, no puede ver nada más que deformidad, no puede encontrar nada más que temas con los que afligirse; sólo contempla el universo como teatro de la malicia, como escenario de los tiranos para ejecutar su venganza; se vuelve supersticioso, cede el paso a la credulidad y no pocas veces se vuelve cruel para servir a un amo a quien cree haber ofendido. sólo contempla el universo como teatro de la malicia, como escenario de los tiranos para ejecutar su venganza;se vuelve supersticioso, cede el paso a la credulidad y no pocas veces se vuelve cruel para servir a un amo a quien cree haber ofendido. sólo contempla el universo como teatro de la malicia, como escenario de los tiranos para ejecutar su venganza; se vuelve supersticioso, cede el paso a la credulidad y no pocas veces se vuelve cruel para servir a un amo a quien cree haber ofendido.

 

Como consecuencia de estas ideas, que tienen su origen en un temperamento infeliz, que se originan en un humor malhumorado, que son fruto de una imaginación perturbada, los supersticiosos están sostenidos de terror, son esclavos de la desconfianza, criaturas del descontento, continuamente en un estado de terrible alarma. La naturaleza no puede tener encantos para ellos; sus innumerables bellezas pasan desapercibidas; no participante en sus alegres escenas; ven este mundo, tan maravilloso para el hombre feliz, tan bueno para el entusiasta contento, como un valle de lágrimas , en que un destino vengativo los ha colocado sólo para expiar los delitos cometidos por ellos mismos o por sus padres;se considerando enviado aquí sin otro propósito que el de ser partícipes de la calamidad; el deporte de una fortuna caprichosa; que son hijos del dolor, destinados a sufrir las más duras pruebas, a fin de que lleguen eternamente a una nueva existencia, en la que serán felices o miserables, según su conducta para con los ministros de un ser que tiene su destino en sus manos . Estas lúgubres nociones han sido la fuente de todos los sistemas irracionales que han prevalecido; han dado a luz a las prácticas más repugnantes, moneda a las costumbres más absurdas. La historia abunda en detalles de las más atroces crueldades, bajo el imponente nombre de culto público;los golpes de la superstición no han considerado nada demasiado fantástico ni demasiado flagrante. Los padres han inmolado a sus hijos; los amantes han sacrificado los objetos de su afecto; los amigos se han destruido unos a otros: se han fomentado las disputas más sangrientas; se han engendrado las animosidades más interminables, para satisfacer el capricho de implacables sacerdotes, que con astutas invenciones han obtenido influencia sobre el pueblo; complacer a los fanáticos ciegos, que nunca han sido capaces ni de dar fijeza a sus ideas, ni de definir sus propios sentimientos.Ociosos soñadores nutridos de bilis, embriagados de furor teológico, atrabilarianos, cuyo humor melancólico los inclina frecuentemente a la maldad, visionarios, cuyas tortuosas imaginaciones, acaloradas con un celo desmedido, los conducen generalmente a los extremos del fanatismo, trabajando sobre la ignorancia, cuyo sesgo habitual es la credulidad, perturbaron incesantemente la armonía de la humanidad, encendieron la llama inextinguible de la discordia y, en una sucesión casi ininterrumpida, esparcieron la tierra con los cadáveres destrozados de las numerosas víctimas del error demente, cuyo único crimen ha sido su incapacidad para soñar según las reglas prescritas por estos enfurecidos maníacos;aunque estos nunca han sido uniformes, nunca asimilados en dos países, nunca han tenido las mismas características en dos épocas, ni siquiera han tenido la concurrencia unida de los perseguidores contemporáneos. esparcieron por la tierra los cadáveres mutilados de las multitudinarias víctimas del desquiciado error, cuyo único delito ha sido su incapacidad para soñar según las reglas prescritas por estos enfurecidos maníacos; aunque estos nunca han sido uniformes, nunca asimilados en dos países, nunca han tenido las mismas características en dos épocas, ni siquiera han tenido la concurrencia unida de los perseguidores contemporáneos.esparcieron por la tierra los cadáveres mutilados de las multitudinarias víctimas del desquiciado error, cuyo único delito ha sido su incapacidad para soñar según las reglas prescritas por estos enfurecidos maníacos; aunque estos nunca han sido uniformes, nunca asimilados en dos países, nunca han tenido las mismas características en dos épocas, ni siquiera han tenido la concurrencia unida de los perseguidores contemporáneos.

 

Es entonces en la diversidad de temperamento, que surge de la variedad de organización, en la contrariedad de las pasiones, brotando de esta miscelánea, modificada por las circunstancias más opuestas, donde debe buscarse la diferencia que encuentra en las opiniones del teísta, el optimista , el entusiasta feliz, el fanático, el devoto, el supersticioso de todas las denominaciones; todos son igualmente irracionales, los incautos de su imaginación, los niños ciegos del error. Lo que uno contempla bajo un punto de vista favorable, el otro nunca lo mira sino en el lado oscuro; lo que es el objeto de la investigación más diligente para un conjunto, es lo que los otros más buscan evitar: cada uno insiste en que tiene razón;nadie ofrece la menor sombra de prueba sustantiva de lo que asevera; cada uno señala la gran importancia de su misión, sin embargo, ni siquiera puede estar de acuerdo con sus colegas en la embajada, ya sea sobre la naturaleza de sus instrucciones o sobre los medios a adoptar. Es así que siempre que el hombre enuncia una suposición falsa, todos los razonamientos que sobre ella no son más que un largo tejido de errores, que le acarrean una serie interminable de desgracias; cada vez que renuncia a la evidencia de sus sentidos, es imposible calcular los límites en que se detendrá su imaginación;cuando abandona una vez el camino de la experiencia, cuando se aleja de la naturaleza, cuando pierde de vista su razón, para caer en los laberintos de la conjetura, es difícil saber adónde lo conducirá su locura, a qué maléficos pantanos es este. todos los razonamientos que hacen sobre ella no son más que un largo tejido de errores, que le acarrean una serie interminable de desgracias; cada vez que renuncia a la evidencia de sus sentidos, es imposible calcular los límites en que se detendrá su imaginación; cuando abandona una vez el camino de la experiencia, cuando se aleja de la naturaleza, cuando pierde de vista su razón, para caer en los laberintos de la conjetura, es difícil saber adónde lo conducirá su locura, a qué maléficos pantanos es este.todos los razonamientos que hacen sobre ella no son más que un largo tejido de errores, que le acarrean una serie interminable de desgracias; cada vez que renuncia a la evidencia de sus sentidos, es imposible calcular los límites en que se detendrá su imaginación; cuando abandona una vez el camino de la experiencia, cuando se aleja de la naturaleza, cuando pierde de vista su razón, para caer en los laberintos de la conjetura, es difícil saber adónde lo conducirá su locura, a qué maléficos pantanos es este. de la mente puede engañar sus pasos errantes. Cierto es que las ideas del entusiasta feliz serán menos peligrosas para sí mismo, menos nefastas para los demás, que las del fanático travieso, cuyo temperamento puede volverlo a la vez cobarde y cruel;ignis fatuosin embargo, las opiniones del uno y del otro no serán menos quiméricas; la única diferencia será que la primera producirá sueños agradables y alegres; mientras que la del segundo emprenda las más espantosas visiones, terroríficos espectros, fruto de un malhumorado transporte del cerebro: sin embargo, nunca habrá más que un paso entre todos ellos; la más pequeña revolución en la máquina, una leve enfermedad, una aflicción imprevista, basta cambiar el curso de los humores, viciar el temperamento, poner en peligro la organización, derribar todo el sistema de opiniones de los más felices. Tan pronto como el retrato se encuentra desfigurado, el hermoso orden de las cosas se trastorna relativamente a sí mismo;la melancolía se apodera de él, la pusilanimidad adormece sus facultades, lo sumerge gradualmente en las profundidades más rancias de la lúgubre superstición; luego degenera en todas esas irregularidades que son la lúgubre cosecha de la ignorancia fanática arada con credulidad.

 

Esas ideas, que no tienen arquetipo sino en la imaginación del hombre, deben no obstante tomar su complexión de su propio carácter; debe vestirse con sus propias pasiones; debe seguir constantemente las revoluciones de su máquina; ser animado o sombrio; favorable o perjudicial; amistoso o enemigo; sociable o salvaje; humano o cruel; de acuerdo con la disposición de aquél en cuyo cerebro habitan; de hecho, nunca pueden ser más que la sombra de la sustancia que él mismo interpone entre la luz y el suelo sobre el que se arrojan.Un mortal precipitado de un estado de felicidad a la miseria, salud se funde en la enfermedad cuya alegría se troca en aflicción, no puede en estas vicisitudes conservar las mismas ideas; éstos dependen naturalmente en cada instante de las variaciones que las sensaciones físicas obligan a sufrir a sus órganos.

 

Teísmo , o lo que se llama Religión Natural , no puede tener ciertos principios; aquellos que la profesan no obstante deben estar sujetos a variar en sus opiniones, a fluctuar en su conducta, que fluye de ellos. Un sistema fundado en la sabiduría y la inteligencia, que nunca puede contradecirse a sí mismo, cuando las circunstancias cambien pronto se transformen en fanatismo; degenerar rápidamente en superstición; tal sistema, meditado sucesivamente por entusiastas de caracteres muy distintos, no obstante debe experimentar vicisitudes y salir rápidamente de su primitiva simplicidad.La mayor parte de los filósofos que se han inclinado a sustituir la superstición por el teísmo, no han sentido que se formó para corromperse a sí mismo, para degenerar. Ejemplos llamativos, sin embargo, prueban esta verdad fatal. El teísmo está corrompido en casi todas partes; poco a poco ha dado paso a esas supersticiones, a esas sectas extravagantes, a esas opiniones perjudiciales con que se degrada a la especie humana. Tan pronto como el hombre consiente en reconocer poderes invisibles de la naturaleza, sobre los cuales su mente inquieta nunca podrá invariablemente fijar sus ideas, que sólo su imaginación será capaz de pintarle;siempre que no se atreva a consultar su razón con relación a esos poderes, no obstante debe ser que el primer paso en falso lo lleve por mal camino, que su conducta, así como sus opiniones, se vuelvan a la larga perfectamente absurdas.

 

Se suele llamar teístas a los que, desengañados del mayor número de errores más groseros a los que los desinformados, los supersticiosos ignorantes, tienden con más determinación, sostienen simplemente la noción de agentes desconocidos dotados de inteligencia, sabiduría, poder y bondad, en suma . , llenos de infinitas perfecciones, a quienes distinguen de la naturaleza, pero a quienes visten a su manera; a quienes atribuyen sus propios puntos de vista limitados; a quienes hacen actuar segun sus propias pasiones absurdas. La religión de Abraham parece haber sido originalmente una especie de teísmo, imaginado para reformar la superstición de los caldeos; Moisés lo modificó y le dio la forma judaica. Sócrates era un teísta, que perdió la vida en su ataque al politeísmo;su discípulo Aristócles, o Platón, como se le llamó después por sus anchos hombros, embelleció el teísmo de su maestro, con los colores místicos que tomó prestados de los sacerdotes egipcios y caldeos, que modificó en su propio cerebro poético, y conservó un remanente de politeísmo. Los discípulos de Platón, como Proclo, Amonio, Jamblicus. Plotino, Longino, Porfiro y otros, la disfrazaron aún más fantásticamente, agregaron una gran cantidad de parodia supersticiosa, la mezclaron con magia y otras doctrinas ininteligibles. Los primeros doctores del cristianismo fueron platónicos, que combinaron el judaísmo reformado con la filosofía enseñada en la Academia.Mahoma, al combatir el politeísmo de su país, parece haber estado deseoso de restaurar el teísmo primitivo de Abraham y de su hijo Ismael; sin embargo, esto tiene ahora setenta y dos sectas. Por lo tanto, será obvio que el teísmo no tiene un punto fijo, ningún estándar, ninguna medida común más que otros sistemas: que va de una suposición a otra, para encontrar de qué manera el mal se ha infiltrado en el mundo. De hecho, ha sido con este propósito, que quizás después de todo nunca se explicará satisfactoriamente, que se presentó la doctrina de la agencia libre; que se imaginó la fábula de Prometeo y la caja de Pandora; que se inventó la historia de los Titanes;sin embargo, debe ser evidente que estas cosas, así como todos los demás atavíos de la superstición, no son más difíciles de comprender que las sustancias inmateriales de los teístas; la mente que puede admitir que los seres desprovistos de partes, desprovistos de órganos, sin volumen, pueden mover la materia, pensar como el hombre, tener las cualidades morales de la naturaleza humana, no debe vacilar en admitir que las ceremonias, ciertos movimientos del cuerpo, palabras, ritos, templos, estatuas, también pueden contener virtudes secretas; no tiene ocasión de negar su fe a los poderes ocultos de la magia, la teúrgia, los encantamientos, los amuletos, los talismanes, etc.;no puede mostrar ninguna buena razón por la que no deba acreditar inspiraciones, sueños, visiones, presagios, adivinos, metamorfosis y toda la hueste de las ciencias ocultas: cuando se ofreció libremente cosas tan contrarias a los dictados de la razón, tan completamente opuestas al buen sentido, ya no puede haber una cosa que deba poseer el derecho de hacer que la credulidad se rebele; aquellos que dan sanción a uno, pueden creer sin mucha vacilación cualquier otra cosa que se ofrezca a su credibilidad. Sería imposible señalar el punto preciso en el que la imaginación debe detenerse, el límite exacto que debe circunscribir la creencia, la verdadera dosis de locura que se les puede permitir;o el grado de indulgencia que puede extenderse con seguridad a aquellos sacerdotes que tienen el hábito de enseñar tan diversamente, tan contradictoriamente, lo que el hombre debe pensar sobre los temas que manejan tan ventajosamente para ellos; quienes cuando se trata de la cuestión de qué remuneración debe la humanidad por sus esfuerzos incansables en su favor, están, a pesar de todas sus otras diferencias, en la unión más perfecta; excepto quizás cuando llegue al reparto del botín: en esto, en efecto, la manzana de la discordia toma a veces un rol tremendo. Así quedará claro que no puede haber bases sustantivas para separar a los teístas de los más supersticiosos; que se hace imposible fijar la línea de demarcación, que los separan del más crédulo de los hombres;para mostrar los hitos por los cuales pueden ser discriminados de aquellos que razonan con la persuasión menos concluyente. Si el teísta se niega a seguir al fanático en cada paso de su seducción, es por lo menos más inconsecuente que el último, quien habiendo admitido de oídas una doctrina inconsistente y caprichosa, también adopta sobre la base de los informes los medios extraños y ridículos que le proporciona. . El primero parte de una suposición absurda, de la que rechaza las consecuencias necesarias; el otro admite tanto el principio como la conclusión. No hay grados en la ficción más que en la verdad. Si admitimos la superstición, estamos obligados a recibir todo lo que sus ministros promulgan, como si emanara de su principio.Ninguno de los ensueños de la superstición abarca algo más increíble que la inmaterialidad; ensueños son sólo corolarios estos extraídos con más o menos sutileza de temas ininteligibles, por quienes tienen interés en apoyar el sistema. Las inducciones que han hecho los soñadores, una fuerza de meditar sobre materiales impenetrables, no son más que ingeniosas conclusiones, que han sido extraídas con maravillosa precisión, de premisas desconocidas, que son modestamente ofrecidos a la sanción de la humanidad por entusiastas, que pretenden una incondicionalidad. asentimiento, porque nos aseguran que ninguno de la raza humana está en capacidad de ver, sentir o comprender el objeto de su contemplación.¿No nos recuerda esto algo de lo que Rabelais describe como el empleo de los oficiales de la Reina Whim, en su quinto libro y capítulo veintidós? por aquellos que tienen interés en apoyar el sistema. Las inducciones que han hecho los soñadores, una fuerza de meditar sobre materiales impenetrables, no son más que ingeniosas conclusiones, que han sido extraídas con maravillosa precisión, de premisas desconocidas, que son modestamente ofrecidos a la sanción de la humanidad por entusiastas, que pretenden una incondicionalidad. asentimiento, porque nos aseguran que ninguno de la raza humana está en capacidad de ver, sentir o comprender el objeto de su contemplación.¿No nos recuerda esto algo de lo que Rabelais describe como el empleo de los oficiales de la Reina Whim, en su quinto libro y capítulo veintidós? por aquellos que tienen interés en apoyar el sistema. Las inducciones que han hecho los soñadores, una fuerza de meditar sobre materiales impenetrables, no son más que ingeniosas conclusiones, que han sido extraídas con maravillosa precisión, de premisas desconocidas, que son modestamente ofrecidos a la sanción de la humanidad por entusiastas, que pretenden una incondicionalidad. asentimiento, porque nos aseguran que ninguno de la raza humana está en capacidad de ver, sentir o comprender el objeto de su contemplación.¿No nos recuerda esto algo de lo que Rabelais describe como el empleo de los oficiales de la Reina Whim, en su quinto libro y capítulo veintidós? de premisas desconocidas, que son modestamente ofrecen a la sanción de la humanidad por los entusiastas, que reclaman un sentimiento incondicional, porque nos aseguran que nadie de la raza humana está en capacidad de ver, sentir o comprender el objeto de su contemplación. ¿No nos recuerda esto algo de lo que Rabelais describe como el empleo de los oficiales de la Reina Whim, en su quinto libro y capítulo veintidós?de premisas desconocidas, que son modestamente ofrecen a la sanción de la humanidad por los entusiastas, que reclaman un sentimiento incondicional, porque nos aseguran que nadie de la raza humana está en capacidad de ver, sentir o comprender el objeto de su contemplación. ¿No nos recuerda esto algo de lo que Rabelais describe como el empleo de los oficiales de la Reina Whim, en su quinto libro y capítulo veintidós?

 

Reconozcamos, pues, que el hombre que es tan crédulamente supersticioso, razón de manera más concluyente, o al menos es más consecuente en su credulidad, que aquellos que, después de haber adoptado una cierta posición de la que no tienen idea. , detenerse de golpe y negarse a acreditar ese sistema de conducta que es el resultado inmediato, necesario, de un error radical y primitivo. Tan pronto como suscriben un principio fatalmente opuesto a la razón, ¿con qué derecho disputan sus consecuencias, por absurdas que sean? No podemos repetir demasiado a menudo, para la felicidad de la humanidad, que la mente humana, se deje torturar tanto como quiera, cuando abandone la naturaleza visible se extravía a sí mismo;por falta de una guía inteligente, deambula por caminos que desconciertan sus poderes, y rápidamente se ve obligado, volver a aquello con lo que tiene al menos algo de familiaridad. Si el hombre confunde la naturaleza y sus energías, es porque no la estudia suficientemente, porque no somete a la prueba de la experiencia los fenómenos que contempla; si obstinadamente la priva del movimiento, ya no puede tener ninguna idea de ella. ¿Elucida, sin embargo, sus vergüenzas sometiendo la acción de ella a la agencia de un ser del que se hace modelo?¿Cree que forma un dios cuando reúne en una masa heterogénea sus propias cualidades discrepantes, magnificadas hasta que su óptica ya no es competente para reconocerlas, y luego les une propiedades abstractas de las que no puede formarse ninguna? ¿concepción? ¿Hace él, de hecho, algo más que reunir lo que se convierte, como consecuencia de su asociación, en perfectamente ininteligible?Sin embargo, por extraño que parezca, cuando ya no se comprende a sí mismo, cuando su mente, perdida en sus propias ficciones, se vuelve inadecuada para descifrar los personajes que ha ensamblado tan promiscuamente, cuando ha reunido un montón de incomprensibles y abstractos cualidades que está obligado a reconocer son meras criaturas de la imaginación, fuera del alcance del intelecto humano, se convence firmemente a sí mismo de que ha hecho un retrato muy exacto y hermoso de la Divinidad; exhibe ostentosamente su cuadro, exige el elogio del espectador y riñe con todos aquellos que no están de acuerdo en adular sus poderes creativos, adoptando el ser inconcebible que les ofrece para su adoración; en fin, cuestionar la existencia de su extravagancia suscita sus más amargos reproches;provoca su eterno desprecio;

 

Por otra parte, ¿qué podríamos esperar de un ser así, como han supuesto que es? ¿Qué podemos pedirle consistentemente? ¿Cómo comprender a un ser inmaterial, que no tiene órganos, ni espacio, ni punto, ni contacto, esa modificación de la materia llamada voz? Admítanse que éste es el ser que mueve la naturaleza, que establece sus leyes, que da a los seres sus diversas esencias, que los dota de sus respectivas propiedades; si todo lo que sucede es fruto de su infinita providencia, prueba de su profunda sabiduría, ¿con qué fin le dirigiremos nuestras oraciones? ¿Le pediremos que reconozca que la sabiduría y la providencia con que lo hemos revestido son de hecho erróneos, suplicándole que altere a nuestro favor sus leyes eternas?¿Le daremos a entender que nuestra sabiduría excede a la suya, pidiéndole: ¿Él, para nuestro placer, cambiar las propiedades de los cuerpos, aniquilar sus decretos inmutables, rastrear el curso invariable de las cosas, hacer que los seres actúen en oposición a las esencias con las que ha creído correcto investirlos? ¿Impedirá a nuestra intercesión que un cuerpo pesado y duro por su naturaleza, como una piedra, por ejemplo, hiera en su caída a un ser sensible como el cuerpo humano? Una vez más, ¿no deberíamos, de hecho, desafiar las imposibilidades, si los atributos discordantes que los teólogos trajeron a la unión ocasionalmente correctos; la inmutabilidad no se opondría a la omnipotencia; la misericordia al ejercicio de la justicia rígida;omnisciencia, a los cambios que se requieren en los planes previstos? En física, como consecuencia de la investigación general después de un movimiento perpetuo, la ciencia ha sacado adelante el descubrimiento,

 

Quizá se insistirá en que la ciencia infinita del Creador de todas las cosas, conoce recursos en los seres que ha formado, que están ocultos a los imbéciles mortales; que, en consecuencia, sin cambiar nada, ni en las leyes de la naturaleza, ni en la esencia de las cosas, es competente para producir efectos que superan la comprensión de nuestro débil entendimiento; que estos efectos no serán en modo alguno contrario al orden que él mismo ha establecido en la naturaleza. Concedido: pero luego respondo, primero, que todo lo que es conforme a la naturaleza de las cosas, no puede llamarse ni sobrenatural ni milagroso: muchas cosas están, incuestionablemente, por encima de nuestra comprensión; pero entonces todo lo que opera en el mundo es natural: surge de esas leyes inmutables por las que se rige la naturaleza. En segundo lugar, será obligatorio observar, que por la palabra milagro se designa un efecto, del cual, por falta de comprensión de la naturaleza, se la cree insuficiente. en el tercerolugar, es digno de notarse que los teólogos, casi universalmente, insisten en que por milagro no se entiende un esfuerzo extraordinario de la naturaleza, sino un efecto directamente opuesto a sus leyes, que sin embargo también cuestionan haber sido prescritas por la Divinidad. Buddaeus dice, "un milagro es una operación por la cual se suspenden las leyes de la naturaleza, de las cuales depende el orden y la hicieron del universo". Sin embargo, si la Deidad, en aquellos fenómenos que más excitan nuestra sorpresa, no hace más que dar juego a recursos desconocidos para los mortales, entonces no hay nada en la naturaleza que, en este sentido, no pueda ser considerado como un milagro;porque la causa por la que cae una piedra nos es tan desconocida, como la que hace girar nuestro globo sobre su propio eje. Así, explicar los fenómenos de la naturaleza por medio de un milagro es, en otras palabras, decir que ignoramos las causas actuantes; atribuirlas a la Divinidad es aceptar que no comprendemos los recursos de la naturaleza: es poco mejor que acreditar la magia. Atribuir a un ser soberanamente inteligente, inmutable, previsor, sabio, aquellos milagros por los que se apartan de sus propias leyes, es aniquilar de golpe todas estas cualidades: es una inconsecuencia que avergonzaría a un niño.No se puede suponer que la omnipotencia tenga necesidad de milagros para gobernar el universo, ni para convencer a sus criaturas, cuyas mentes y corazones deben estar en sus propias manos. El último refugio del teólogo, cuando es expulsado de todo otro terreno, es la posibilidad de todo lo que afirma, expresó en el dogma, "que nada es imposible para la Divinidad". Hace esta sustentada con cierta autocomplacencia, con aire de triunfo, eso casi persuadiría a uno de que no podría estar equivocado; con toda seguridad, con aquellos que no se sumergen más allá de la superficie, tiene una convicción completa. Pero debemos permitirnos examinar un poco la naturaleza de esta proposición, y comprendemos que un grado muy ligero de consideración muestra que es insostenible.En el En primer lugar, como hemos observado antes, la posibilidad de una cosa no prueba en modo alguno su existencia absoluta: una cosa puede ser extremadamente posible y, sin embargo, no serlo. En segundo lugar , si esto alguna vez se convirtiera en un argumento admitido, habría, de hecho, el fin de toda moralidad y religión. El obispo de Chester, el doctor John Wilkins, dice: "¿No se consideraría generalmente como locos a esos hombres que podrían complacerse a sí mismos abrigando esperanzas reales de cualquier cosa, simplemente por la posibilidad de ello, o atormentarse a sí mismos con temores de todos los males que son posibles? ¿Hay algo imaginable usado salvaje y extravagante entre aquellos en el caos que esto sería ?, la imposibilidad parecería razonablemente estar del otro lado, así que lejos de que nada sea imposible, todo lo que es erróneo parecería serlo en realidad; la Divinidad posiblemente no podría amar el vicio, acariciar el crimen, complacerse con la depravación o cometer el mal; esto decididamente vuelve el argumento en su contra; deben admitir la más monstruosa de todas las suposiciones o retirarse de detrás del escudo con el que han imaginado hacerse invulnerables.

 

A los que se sientan inclinados a preguntar, si no sería mejor que todas las cosas encontradas operadas por un Ser bueno, sabio, inteligente, que por una naturaleza ciega, en la que no se encuentra una sola cualidad consoladora; por una necesidad fatal siempre inexorable al trato humano? Puede replicarse, en primer lugar, que nuestro interés no decide la realidad de las cosas, y que cuando éste fuera incluso más ventajoso de lo que se señala, no probaría nada. En segundo lugar , que como estamos obligados a admitir que algunas cosas son operadas por la naturaleza, es ciertamente del lado de la probabilidad de que ella realice las demás; especialmente porque sus capacidades son probadas más sustancialmente por cada edad a medida que avanza.En tercer lugar , que la naturaleza debidamente estudiada proporciona todo lo necesario para hacernos tan felices como nuestra esencia lo admitimos. Cuando, guiados por la experiencia, la consultamos, con cultivada razón; ella nos descubrirá nuestros deberes, es decir, los medios indispensables a los que sus leyes eternas y necesarios han unido nuestra conservación, nuestra propia felicidad y la de la sociedad. Es decididamente en su seno donde encontraremos con qué satisfacer nuestras necesidades físicas; todo lo que está fuera de la naturaleza, no puede tener existencia relativa a nosotros.

 

La naturaleza, entonces, no es una madrastra para nosotros; no dependemos de un destino inexorable. Procuremos, pues, familiarizarnos más con sus recursos; ella nos procurará multitud de beneficios cuando le prestemos la atención que merece: cuando nos sintamos prestados a consultarla, nos proveerá de los requisitos para aliviar nuestros males tanto físicos como morales: sólo nos castigará con rigor, cuando, a pesar de sus advertencias, nos sumergimos en excesos que nos deshonran. ¿Tiene el voluptuoso alguna razón para quejarse de los agudos dolores infligidos por la gota, cuando la experiencia, si hubiera atendido a sus consejos, le ha advertido tan a menudo,¿Que la grosería de la indulgencia sensual debe acumularse inevitablemente en su máquina esos humores que dan origen a la agonía que él siente tan agudamente? ¿Tiene el fanático supersticioso algún motivo para lamentarse por la miseria de sus ideas inciertas, cuando un examen atento de esa naturaleza, que considera de tan poca importancia, lo habría convencido de que los ídolos bajo los cuales tiembla, no son más que personificaciones de ella misma, disfrazada bajo algun otro nombre? Es evidentemente por la incertidumbre, la discordia, la ceguera, el delirio, ella castiga a los que se niegan a reconocer la justicia de sus pretensiones. disfrazado bajo algun otro nombre?Es evidentemente por la incertidumbre, la discordia, la ceguera, el delirio, ella castiga a los que se niegan a reconocer la justicia de sus pretensiones. disfrazado bajo algun otro nombre? Es evidentemente por la incertidumbre, la discordia, la ceguera, el delirio, ella castiga a los que se niegan a reconocer la justicia de sus pretensiones.

 

Mientras tanto, no se puede negar que un Teísmo puro, o lo que se llama Religión Natural, no puede ser preferible a la superstición, de la misma manera que la reforma ha desterrado muchos de los abusos de aquellos países que la han abrazado; pero no hay nada menos que una libertad de pensamiento ilimitada e inviolable, que pueda asegurar permanentemente el reposo de la mente. Las opiniones de los hombres sólo son peligrosas cuando están restringidas, o cuando se cree necesario hacer pensar a los demás como pensamos nosotros. Ninguna opinión, ni siquiera la de la superstición misma, sería peligrosa, si los supersticiosos no se sintieran obligados a imponer su adopción, o no tuvieran poder para perseguir a los que se negaran.Es este prejuicio el que, en beneficio de la humanidad, es esencial aniquilar; y si la cosa no fuere realizable, entonces, el próximo objeto que la filosofía puede razonablemente proponerse a sí mismo, será hacer que los depositarios del poder se sientan que nunca deben permitir que sus súbditos cometan el mal por opiniones supersticiosas o religiosas. En este caso, las guerras serían casi inauditas entre los hombres: en lugar de contemplar el melancólico espectáculo del hombre degollando a su prójimo, porque este no puede ver con sus ojos, lo presenciaremos trabajará por su propia felicidad promoviendo que de su prójimo; cultivar la tierra en paz;produciendo tranquilamente las producciones de la naturaleza, en lugar de confundir su cerebro con disputas teológicas, que nunca pueden ser de la más mínima ventaja, excepto para los sacerdotes. Debe ser una verdad evidente, que un argumento de los hombres, sobre lo que no es accesible al hombre, será hacer sentir a los depositarios del poder que nunca deben permitir que sus súbditos cometan el mal por opiniones supersticiosas o religiosas. En este caso, las guerras serían casi inauditas entre los hombres: en lugar de contemplar el melancólico espectáculo del hombre degollando a su prójimo, porque este no puede ver con sus ojos, lo presenciaremos trabajará por su propia felicidad promoviendo que de su prójimo; cultivar la tierra en paz;produciendo tranquilamente las producciones de la naturaleza, en lugar de confundir su cerebro con disputas teológicas, que nunca pueden ser de la más mínima ventaja, excepto para los sacerdotes. Debe ser una verdad evidente, que un argumento de los hombres, sobre lo que no es accesible al hombre, será hacer sentir a los depositarios del poder que nunca deben permitir que sus súbditos cometan el mal por opiniones supersticiosas o religiosas. En este caso, las guerras serían casi inauditas entre los hombres: en lugar de contemplar el melancólico espectáculo del hombre degollando a su prójimo, porque este no puede ver con sus ojos, lo presenciaremos trabajará por su propia felicidad promoviendo que de su prójimo; cultivar la tierra en paz;produciendo tranquilamente las producciones de la naturaleza, en lugar de confundir su cerebro con disputas teológicas, que nunca pueden ser de la más mínima ventaja, excepto para los sacerdotes. Debe ser una verdad evidente, que un argumento de los hombres, sobre lo que no es accesible al hombre, en lugar de contemplar el melancólico espectáculo del hombre degollando a su prójimo, porque éste no puede ver con sus ojos, lo veremos esforzándose mucho por su propia felicidad promoviendo la de su prójimo; cultivar la tierra en paz; produciendo tranquilamente las producciones de la naturaleza, en lugar de confundir su cerebro con disputas teológicas, que nunca pueden ser de la más mínima ventaja, excepto para los sacerdotes.Debe ser una verdad evidente, que un argumento de los hombres, sobre lo que no es accesible al hombre, en lugar de contemplar el melancólico espectáculo del hombre degollando a su prójimo, porque éste no puede ver con sus ojos, lo veremos esforzándose mucho por su propia felicidad promoviendo la de su prójimo; cultivar la tierra en paz; produciendo tranquilamente las producciones de la naturaleza, en lugar de confundir su cerebro con disputas teológicas, que nunca pueden ser de la más mínima ventaja, excepto para los sacerdotes. Debe ser una verdad evidente, que un argumento de los hombres, sobre lo que no es accesible al hombre, lo cual nunca puede ser de la menor ventaja, excepto para los sacerdotes.Debe ser una verdad evidente, que un argumento de los hombres, sobre lo que no es accesible al hombre, lo cual nunca puede ser de la menor ventaja, excepto para los sacerdotes. Debe ser una verdad evidente, que un argumento de los hombres, sobre lo que no es accesible al hombre,sólo podía haber sido inventado por bribones que, como los profesores de prestidigitación, estaban decididos a desbocarse lujosamente en la ignorancia y la credulidad de la humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

GORRA. VIII.

Examen de las ventajas que resultan de las nociones del hombre sobre la divinidad.—De su influencia sobre los mortales;—sobre la política;—sobre la ciencia;—sobre la felicidad de las naciones y la de los individuos.

 

El fundamento débil de esas ideas que los hombres se forman de sus dioses, debe haber aparecido obviamente en lo que ha precedido; se han examinado las pruebas que se han ofrecido en apoyo de la existencia de sustancias inmateriales; se ha puesto de manifiesto la falta de armonía que hay en las opiniones sobre este asunto, que todos concurren en convenir en ser igualmente imposible de ser conocido por los habitantes de la tierra; se ha explicado la incompatibilidad de los atributos con que la teología ha revestido la incorporeidad.Se ha probado que los ídolos que el hombre pone a la adoración, por lo general han tenido su nacimiento, ya sea en el seno de la desgracia, cuando la ignorancia no podía explicar las calamidades de la tierra sobre principios naturales, o bien han sido el fruto informe de la melancolía, obrando sobre una mente alarmada, junto con el entusiasmo y una imaginación desenfrenada. Se ha señalado cómo estos prejuicios, transmitidos por tradición de padres a hijos, injertándose en las mentes infantiles, cultivados por la educación, alimentados por el miedo, corroborados por el hábito, han sido mantenidos por la autoridad; perpetuado por el ejemplo.En resumen, todo debe habernos evidenciado claramente que las ideas de los dioses, tan generalmente difundidas sobre la tierra, han sido poco más que un engaño universal de la raza humana. Queda ahora por examinar si este error ha sido de utilidad. En resumen, todo debe habernos evidenciado claramente que las ideas de los dioses, tan generalmente difundidas sobre la tierra, han sido poco más que un engaño universal de la raza humana. Queda ahora por examinar si este error ha sido de utilidad. En resumen, todo debe habernos evidenciado claramente que las ideas de los dioses, tan generalmente difundidas sobre la tierra, han sido poco más que un engaño universal de la raza humana. Queda ahora por examinar si este error ha sido de utilidad.

 

Se necesita poco para probar que el error nunca puede ser ventajoso para la humanidad; siempre se basa en su ignorancia, que es en sí mismo un mal conocido; brota de la ceguera de su mente a las verdades reconocidas, y su falta de experiencia, que hay que admitir que son perjudiciales para sus intereses: cuanto más importancia, por lo tanto, dar a estos errores, más fatales serán las consecuencias. derivados de su adopción. Bacon, el ilustre sofista que fue el primero en sacar la filosofía de las escuelas, tenía mucha razón cuando dijo: "Lo peor de todas las cosas es el error deificado". De hecho, los males que surgen de la superstición o de los errores religiosos han sido y serán siempre los más terribles en sus consecuencias, los más extensos en su devastación.Cuanto más se respeten estos errores, más juego dan a las pasiones; cuanto más valor se les atribuye, más se perturba la mente; cuanto más se insiste en ellos, más irracionales vuelven a los que se apoderan de la rabia del proselitismo; cuanto más se aprecian, mayor influencia tienen en toda la conducta de nuestras vidas. De hecho, hay pocas probabilidades de que el que renuncie a su razón, en lo que considere más esencial para su felicidad, la escuche en cualquier otra ocasión.

 

La más mínima reflexión dará amplia prueba de esta triste verdad: en esas nociones fatales que el hombre ha acariciado sobre este tema, se encuentran las verdaderas fuentes de todos esos prejuicios, la fuente de todos esos dolores, de los que es víctima. Sin embargo, como hemos dicho en otra parte, la utilidad debe ser el único patrón, la escala uniforme, por la cual formarse un juicio sobre las opiniones, las instituciones, los sistemas o las acciones de los seres inteligentes; es en la medida de la felicidad que estas cosas nos procuran, que debemos cubrirlas con nuestra estima, o exponerlas a nuestro desprecio. Siempre que sean inútiles es nuestro deber despreciarlos; en cuanto se vuelven perniciosos, es imperativo rechazarlos;

 

Tomando estos principios por una marca, que se funda en nuestra naturaleza, que debe parecer incontestable a todo ser razonable, con la experiencia por faro, examinemos fríamente los efectos que estas nociones han producido en la tierra.Ya hemos dado, en más de una parte de la obra, un atisbo de la doctrina de esa moral, que teniendo sólo por objeto la conservación del hombre, y su conducta en la sociedad, no puede tener nada en común con los sistemas imaginarios: Se ha demostrado que la esencia de un ser sensible, inteligente y racional, debidamente meditada, descubriría motivos competentes para moderar la furia de sus pasiones, para inducirlo a resistir sus propensiones viciosas, para hacerlo volar hábitos criminales. invitarlo a hacerse útil a aquellos seres para quienes sus propias necesidades tienen una ocasión continua; por lo tanto, ganarse el cariño de sus compañeros mortales, volverse respetable en su propia estimación.Incuestionablemente se admitirá que estos motivos poseen más solidez, abarcan mayor potencia, involucran más verdad que aquellos que se toman prestados de sistemas que necesitan estabilidad; que asumen más formas que lenguajes hay; que no son tangibles al tacto de la humanidad; eso no obstante debe presentar una perspectiva diferente a todos los que los verán a través del prejuicio. De lo que se ha adelantado, se entenderá que la opinión pública, que debe hacer que el hombre en su vida temprana adquiera buenos hábitos, adopte disposiciones favorables, fortalecida por el respeto a la opinión pública, vigorizada por ideas de decencia, fortalecida por leyes sanas , corroborada por la de merecer la amistad de los demás deseo, estimulado por el temor de perder la propia estima,sería completamente suficiente para acostumbrarlo a una conducta loable, sumamente suficiente para desviarlo incluso de esos crímenes secretos, de los que está obligado a castigarse con el remordimiento; lo cual le cuesta el trabajo más incesante de mantener oculto, por el temor de esa vergüenza, que siempre debe seguir a su publicidad. La experiencia demuestra de la manera más clara, que el éxito de un primer crimen lo dispone a cometer un segundo; la impunidad lleva a la tercera, ésta a una secuela lamentable que cierra con frecuencia una carrera miserable con la exhibición más ignominiosa;así la primera delincuencia es el comienzo de un hábito: hay mucha menos distancia de éste al centésimo, que de la inocencia a la criminalidad: el hombre, sin embargo, que se presta a una serie de malas acciones, aun bajo la seguridad de la impunidad, es muy lamentablemente engañado, porque no puede evitar castigarse a sí mismo: además, no puede saber en qué punto de iniquidad se detendrá. Se ha demostrado que los castigos que la sociedad, para su propia conservación, tiene derecho a infligir a los que perturban su armonía, son más sustanciales, más eficaces, más saludables en sus efectos, que todos los tormentos lejanos proclamados por los sacerdotes;intervienen un obstáculo más inmediato a las obstinadas propensiones de esos miserables obstinados, que, insensibles a los encantos de la virtud, son sordos a las ventajas que brotan de su práctica, al que pueden oponerse a las denuncias, formuladas en una existencia más allá, que se le enseña en el mismo momento puede evitarse mediante el arrepentimiento, que sólo tendrá lugar cuando haya cesado la capacidad de cometer más errores. en breve,uno llevaría a pensar que es obvio a la menor reflexión, que la política, fundada sobre la naturaleza del hombre, sobre los principios de la sociedad, armada con leyes equitativas, vigilante sobre la moral, fiel en recompensar la virtud, constante en castigar el crimen, sería más adecuado para revestir de respetabilidad la ética, para arrojar un manto sagrado sobre la bondad moral, para dar estabilidad a la virtud pública, que cualquier autoridad que pueda derivarse de sistemas impugnados, cuya conducta los profesantes frecuentemente deshonran las doctrinas que motivado, que después todos rara vez hacen más que refrenar a aquellos cuya apacibilidad de temperamento les impide caer en excesos; los que, ya entregados a la justicia, no requieren coacción.Por otro lado, nos hemos esforzado en probar que nada puede ser más absurdo, nada realmente más peligroso,

 

Platón ha dicho "que la virtud consiste en parecerse a Dios". Pero, ¿cómo puede el hombre parecer a un ser que, se reconoce, es incomprensible para la humanidad, que no puede ser concebido por ninguno de esos medios, por los cuales sólo él es capaz de tener percepciones? Si este ser, que se muestra al hombre bajo aspectos tan diversos, de quien se dice que nada debe a sus criaturas, es el autor de todo el bien, así como de todo el mal que se produce, ¿cómo puede ser el modelo para el comportamiento del genero humano conviviendo en sociedad? A lo sumo sólo puede seguir un lado del carácter, porque entre sus semejantes sólo se tiene por virtuoso al que no se aparta de la justicia en su conducta; que se abstiene del mal;quien cumple con puntualidad los deberes que debe a sus semejantes. Si se toma, y ​​se insiste en que él no es el autor del mal, sólo de los buenos, digo muy bien: eso es precisamente lo que quería saber; reconoce así que no es el autor de todo; ya no estamos en cuestion; no es concluyente para sus propias premisas, por lo tanto, no debe exigir una confianza implícita en lo que elige afirmar.

 

Pero, responde el sutil teólogo, ese no es el asunto; debéis buscarlo en el credo que he expuesto, en la religión de la que soy un pilar. Muy bien: ¿Es entonces realmente en el sistema de los fanáticos, que el hombre debe elaborar sus ideas de virtud? ¿Es en las doctrinas que estos códigos exponen, que debe buscar un modelo? ¡Pobre de mí! ¿No vierten sus ídolos: bajo los colores más insalubres;¿No los representan siguiendo su capricho en todo, que aman u odian, que eligen o rechazan, que aprueban o condenan según su capricho, que se deleitan en la matanza, que envían discordia entre los hombres, que actúan irracionalmente, que cometen desenfreno , que juegan con sus débiles súbditos, que les deben trampas continuas, que prohíben rigurosamente el uso de su razón? ¿Qué sería, preguntamonos seriamente, de la moral,

 

Sin embargo, fueron en su mayor parte sistemas de este carácter los que adoptaron las naciones. Fue en consecuencia de estos principios que lo que se ha llamado religión en la mayoría de los países, estuvo muy lejos de ser favorable a la moralidad; por el contrario, a menudo la sacudía hasta sus cimientos, a menudo no dejaba vestigios de su existencia. Dividió al hombre, en lugar de estrechar los lazos de unión; en lugar de ese amor mutuo, esa reciprocidad de socorro, que siempre debe distinguir a la sociedad humana, introdujo el odio y la persecución; les hizo aprovechar cada oportunidad para degollarse unos a otros por opiniones especulativas, igualmente irracionales;engendraba los más violentos ardores del corazón, las animosidades más rencorosas, el desprecio más soberano. La más mínima diferencia en sus opiniones recibidas los convertidos en los enemigos más mortales; separaron sus intereses para siempre; hizo que se despreciaran unos a otros; y buscan todos los medios para hacer miserable su existencia. Por estas conjeturas teológicas, las naciones se oponen a las naciones; el soberano se armaba frecuentemente contra sus súbditos; los súbditos hacían la guerra a su soberano; los ciudadanos dieron actividad a la más sanguinaria hostilidad unos contra otros; los padres detestaban a sus hijos;los niños hundieron el acero puntiagudo, la flecha con púas, en el seno de quienes les dieron la existencia; esposos y esposas desunidos, se cerraron en azotes unos de otros; las relaciones, olvidando los lazos de consanguinidad, se despedazaban condiciones, o bien las consignaban recíprocamente al olvido; todos los lazos de la sociedad se rompieron; se rompió el pacto social; la sociedad se suicidó: mientras que en medio de este espantoso naufragio, a pesar de los horribles gritos provocados por esta espantosa confusión, sin preocupación por los estragos que avanzaban por todos lados, cada uno pretendía que se ajustaba a las opiniones de su ídolo, detallados por él. su sacerdote… fulminado por los oráculos.Lejos de hacerse ningún reproche por la miseria que esparció en el extranjero, cada uno elogió su propia conducta individual; se gloriaba en los crímenes que cometía en apoyo de su sagrada causa.

 

El mismo espíritu de furia maníaca impregnaba los ritos, las ceremonias, las costumbres, que el culto, adoptado por la superstición, colocaba por encima de todas las virtudes sociales. En un país, tiernas madres entregaban a sus hijos para humedecer con su sangre inocente los altares de sus ídolos; en otra, el pueblo reunido, realizó la ceremonia de consolación a sus deidades, por los ultrajes que cometían contra ellas, y terminó por inmolar a sus ira víctimas humanas; en otra, un entusiasta frenético laceraba su cuerpo, se condenaba de por vida a los más rigurosos tormentos, para apaciguar la ira de sus dioses. El Júpiter de los Paganos era un monstruo lascivo; el Moloch de los fenicios era un caníbal;el ídolo salvaje del mexicano requiere que millas de mortales se desangren sobre su altar, para satisfacer su apetito sanguinario.

 

Tales son los modelos que la superstición ofrece a la imitación del hombre; ¿Es entonces sorprendente que el nombre de estos déspotas se convirtiera en la señal para que el entusiasmo desquiciado ejerciera su furia escandalosa; el estándar bajo el cual la cobardía desencadenó su crueldad; la consigna de la inhumanidad de las naciones para reunir su fuerza bárbara; un sonido que siembra el terror allá donde su eco pueda llegar; un pretexto continuo para las más descaradas infracciones al decoro público; por la mas desvergonzada violacion de los deberes morales?Fue el carácter espantoso que los hombres dieron a sus dioses, lo que desterró la bondad de sus corazones, la virtud de su conducta, la felicidad de sus habitaciones, la razón de su mente: casi en todas partes había algún ídolo, que estaba perturbado por el modo. en que pensaron los desdichados mortales; esto los armó con puñales unos contra otros; les hizo sofocar los gritos de la naturaleza; los hicieron bárbaros consigo mismos; atroces para con sus semejantes: en fin, se volvieron irracionales, respiraban venganza, ultrajaban a la humanidad, cada vez que, instigados por el sacerdote, se inclinaban a imitar a los dioses de su idolatría, a desplegar su celo, a hacerse aceptables en sus templos.

 

No es, pues, en tales sistemas, que el hombre deba buscar ni modelos de virtud, ni reglas de conducta adecuadas para vivir en sociedad. Necesita la moralidad humana, fundada sobre su propia naturaleza; construido sobre la experiencia invariable; sometido a la razon. La ética de la superstición siempre será perjudicial para la tierra; los amos crueles no pueden ser bien servidos sino por aquellos que se les asemejan: ¿qué pasa entonces con las grandes ventajas que se han imaginado resultaron para el hombre, de las nociones que le han sido incesantemente infundidas de sus dioses? Vemos que casi todas las naciones los reconocen;sin embargo, para conformarse a sus puntos de vista, pisotearon los más claros derechos de la naturaleza, los más evidentes deberes de la humanidad; parecían actuar como si fuera sólo por la locura la más incurable, por la locura la más absurda, por los crímenes más flagrantes, hechos con mano implacable, que esperaban atraer sobre sí el favor del cielo, las bendiciones de la inteligencia soberana de la que tanto se jactan de servir con un celo incesante; con el más devoto fervor; con la más ilimitada obediencia.Por tanto, tan pronto como los sacerdotes les dan a entender que sus deidades ordenan la comisión de un crimen, o cuando se trata de sus respectivos credos, aunque están envueltos en la oscuridad más impenetrable, se obligan a conseguir ellos mismos a desenfrenarse. su rencor, para dar rienda suelta a las pasiones más furiosas; confunden los más claros preceptos de la moral; creer crédulamente que la remisión de sus propios pecados será la recompensa de sus transgresiones contra su prójimo. ¿No sería mejor ser un habitante de Soldania en África,

 

De hecho, no es generalmente en esos venerados mortales, esparcidos por la tierra para anunciar los oráculos de los dioses, que se encuentran las virtudes más esterlinas. Estos hombres que se creen tan ilustrados, que se llaman a sí mismos ministros del cielo, no predican con frecuencia más que el odio, la discordia y la furia en su nombre: el temor de los dioses, lejos de tener una influencia saludable sobre su propia moral, lejos de sometiéndolos a una sana disciplina, frecuentemente no hacen más que aumentar su avaricia, aumentar su ambición, inflar su orgullo, extender su codicia, volverlos obstinadamente tercos y aguantar sus corazones. Podemos verlos incesantemente ocupados en dar a luz las animosidades más duraderas, por sus disputas ininteligibles.Los vemos luchando hostilmente con el poder soberano, que sostienen está subordinado al suyo propio. Los vemos armar a los jefes de las naciones contra los magistrados legítimos; Distribuya a la multitud crédula las armas más mortales, para masacrarse unos a otros en la persecución de esas fútiles controversias, que la vanidad sacerdotal reviste de la más interesante trascendencia. Estos hombres, que promueven la belleza de sus teorías, que amenazan al pueblo con venganza eterna, ¿se valen de sus propias y maravillosas nociones para moderar su orgullo, para abatir su vanidad, para disminuir su codicia, para refrenar su turbulencia? ”para controlar sus humores vengativos?¿Son ellos, incluso en aquellos países donde su imperio está establecido sobre columnas de bronce, asentados sobre rocas diamantinas, adornados con los más curiosos esfuerzos del ingenio humano, donde el manto sagrado de la opinión pública los protege con impunidad, donde la credulidad, plantada en el semillero de la ignorancia, hunde las raíces de su autoridad en el mismo centro de la tierra; ¿Son ellos, me gustaría preguntar, los enemigos del libertinaje, los enemigos de la intemperancia, los que odian esos excesos que insisten en que un Dios severo prohíbe a sus adoradores? Al contrario, ¿no se les ve envalentonados en el crimen; intrépido en la iniquidad; cometiendo las atrocidades más vergonzosas; dando libre alcance a sus irregularidades;complaciendo su odio; saciando su venganza; ejerciendo las más salvajes crueldades sobre las miserables víctimas ante su cobarde sospecha? En resumen, se puede avanzar con seguridad, sin temor a la contradicción, que casi nada es más frecuente, que aquellos hombres que anuncian estos terribles credos, que hacen temblar a los hombres bajo su yugo, que aregan incesantemente sobre la eternidad y la terrible naturaleza de sus castigos, que se declaran los ministros escogidos de sus leyes oraculares, que hacen todos los deberes de la moralidad se centran en sí mismos; son aquellos a quienes la superstición menos contribuyen a hacer virtuosos; son hombres que poseen la menor leche de bondad humana; los mínimos sentimientos de ternura;quienes son los más intolerantes con sus vecinos; los más indulgentes consigo mismos; los más insociables en sus hábitos; los más licenciados en sus modales; los más implacables en su disposición. Al contemplar su conducta, deberíamos sentirnos tentados a acreditar que estaban perfectamente desengañados con respecto a los ídolos a quienes sirven; que nadie era menos incauto de esas amenazas que tan solemnemente pronuncian en su nombre, que ellos mismos. En manos de los sacerdotes de casi todos los países, sus divinidades se asemejaban a la cabeza de Medusa, que, sin herir a quien la mostraba, petrificaba a todas las demás. Los sacerdotes son generalmente los hombres más astutos, y muchos de ellos son sustancialmente malvados.

 

¿La idea de estos sistemas de venganza, de remuneración, se impone a algunos príncipes de la tierra, que encontraron sus títulos, que descansan su poder sobre ellos; que se valen de su tremendo poder para intimidar a sus súbditos; para hacer que el pueblo, a menudo desdichado por su capricho, los tenga en reverencia? ¡Pobre de mí! las ideas teológicas, sobrenaturales, adoptadas por el orgullo de algunos soberanos, no han hecho más que corromper la política, metamorfoseándola en una tiranía abyecta. Los ministros de estos ídolos, siempre tiranos ellos mismos, o acariciadores de déspotas, claman sin cesar a los monarcas que son imágenes de la Divinidad. ¿No informan a la crédula multitud que el cielo quiere que giman bajo la más cruel esclavitud;retorciéndose bajo las más múltiples injusticias; que sufrir es su herencia; que sus príncipes tienen el derecho indudable de apropiarse de los bienes, disponer de las personas, coaccionar la libertad; comandar la vida de sus súbditos? ¿No imaginan algunos de estos jefes de naciones, así envenenados en nombre de ídolos deificados, que se les permite libremente toda indulgencia de su caprichoso humor? Competidores, representantes y rivales a la vez de los poderes celestiales, ¿no ejercen en algunos casos, siguiendo su ejemplo, el despotismo más arbitrario?¿No piensan ellos, en la embriaguez en que los ha sumido la adulación sacerdotal, que como sus ídolos, no son responsables de sus actos ante los hombres, que no deben nada al resto de los mortales, que no están ligados por ningún lazo sino por su propia voluntad rebelde, a sus miserables súbditos? que sus príncipes tienen el derecho indudable de apropiarse de los bienes, disponer de las personas, coaccionar la libertad; comandar la vida de sus súbditos? ¿No imaginan algunos de estos jefes de naciones, así envenenados en nombre de ídolos deificados, que se les permite libremente toda indulgencia de su caprichoso humor? Competidores, representantes y rivales a la vez de los poderes celestiales, ¿no ejercen en algunos casos, siguiendo su ejemplo, el despotismo más arbitrario?¿No piensan ellos, en la embriaguez en que los ha sumido la adulación sacerdotal, que como sus ídolos, no son responsables de sus actos ante los hombres, que no deben nada al resto de los mortales, que no están ligados por ningún lazo sino por su propia voluntad rebelde, a sus miserables súbditos? que sus príncipes tienen el derecho indudable de apropiarse de los bienes, disponer de las personas, coaccionar la libertad; comandar la vida de sus súbditos? ¿No imaginan algunos de estos jefes de naciones, así envenenados en nombre de ídolos deificados, que se les permite libremente toda indulgencia de su caprichoso humor? Competidores, representantes y rivales a la vez de los poderes celestiales, ¿no ejercen en algunos casos, siguiendo su ejemplo, el despotismo más arbitrario?¿No piensan ellos, en la embriaguez en que los ha sumido la adulación sacerdotal, que como sus ídolos, no son responsables de sus actos ante los hombres, que no deben nada al resto de los mortales, que no están ligados por ningún lazo sino por su propia voluntad rebelde, a sus miserables súbditos? coaccionar la libertad; comandar la vida de sus súbditos? ¿No imaginan algunos de estos jefes de naciones, así envenenados en nombre de ídolos deificados, que se les permite libremente toda indulgencia de su caprichoso humor? Competidores, representantes y rivales a la vez de los poderes celestiales, ¿no ejercen en algunos casos, siguiendo su ejemplo, el despotismo más arbitrario?¿No piensan ellos, en la embriaguez en que los ha sumido la adulación sacerdotal, que como sus ídolos, no son responsables de sus actos ante los hombres, que no deben nada al resto de los mortales, que no están ligados por ningún lazo sino por su propia voluntad rebelde, a sus miserables súbditos? coaccionar la libertad; comandar la vida de sus súbditos? ¿No imaginan algunos de estos jefes de naciones, así envenenados en nombre de ídolos deificados, que se les permite libremente toda indulgencia de su caprichoso humor? Competidores, representantes y rivales a la vez de los poderes celestiales, ¿no ejercen en algunos casos, siguiendo su ejemplo, el despotismo más arbitrario?¿No piensan ellos, en la embriaguez en que los ha sumido la adulación sacerdotal, que como sus ídolos, no son responsables de sus actos ante los hombres, que no deben nada al resto de los mortales, que no están ligados por ningún lazo sino por su propia voluntad rebelde, a sus miserables súbditos? ¿Imagina que se les permite libremente toda indulgencia de su caprichoso humor? Competidores, representantes y rivales a la vez de los poderes celestiales, ¿no ejercen en algunos casos, siguiendo su ejemplo, el despotismo más arbitrario?¿No piensan ellos, en la embriaguez en que los ha sumido la adulación sacerdotal, que como sus ídolos, no son responsables de sus actos ante los hombres, que no deben nada al resto de los mortales, que no están ligados por ningún lazo sino por su propia voluntad rebelde, a sus miserables súbditos? ¿Imagina que se les permite libremente toda indulgencia de su caprichoso humor? Competidores, representantes y rivales a la vez de los poderes celestiales, ¿no ejercen en algunos casos, siguiendo su ejemplo, el despotismo más arbitrario?¿No piensan ellos, en la embriaguez en que los ha sumido la adulación sacerdotal, que como sus ídolos, no son responsables de sus actos ante los hombres, que no deben nada al resto de los mortales, que no están ligados por ningún lazo sino por su propia voluntad rebelde, a sus miserables súbditos?

 

Entonces es evidente que es a las nociones teológicas, a la zalamería de sus ministros, a las que se debe atribuir el despotismo, la injusticia tiránica, la corrupción, el libertinaje de algunos príncipes, y la ceguera de aquel pueblo, a quien en en nombre del cielo, prohíben el amor a la libertad; a quienes se les prohíbe trabajar adecuadamente para su propia felicidad; oponerse a la violencia, por flagrante que sea; ejercer sus derechos naturales, por más conductores que sean a su bienestar. Estos gobernantes ebrios, incluso mientras adoran a sus dioses vengadores, en el acto de someter a otros a su adoración, no tienen escrúpulos en ultrajarlos por sus irregularidades, por su falta de virtud moral.¿Qué moral es ésta, sino la de los hombres que se ofrecen como imágenes vivas, como representantes animados de la Divinidad? ¿Son esos monarcas, entonces, ¿Quiénes son habitualmente injustos, que arrebatan sin remordimientos el pan de las manos de un pueblo hambriento, para dárselo a la prodigalidad de sus insaciables cortesanos, para mimar el lujo de los viles instrumentos de sus enormidades, ateos ? Son, pues, ateos aquellos conquistadores ambiciosos que no contentos con oprimir a sus propios esclavos, llevan la desolación, esparcen la miseria, reparten la muerte entre los súbditos ajenos? ¿No vemos en algunos de esos potentados que gobiernan sobre las naciones por repartir la muerte entre los súbditos de otros, ateos?¿No vemos en algunos de esos potentados que gobiernan sobre las naciones por repartir la muerte entre los súbditos de otros, ateos? ¿No vemos en algunos de esos potentados que gobiernan sobre las naciones por , (una patente de poder, que todo usurpador reclama como propio) mortales ambiciosos, cuya furia exterminadora nada puede detener; con corazones perfectamente insensibles a los dolores de la humanidad; con mente sin energía; con almas sin virtud; que descuidan sus deberes más evidentes, con los que ni siquiera se dignan conocer; hombres poderosos, que insolentemente se colocan por encima de las reglas de la equidad; sobornos que hacen de la honestidad un deporte?derecho divino Marte y JesucristoHablando en general, ¿hay la menor sinceridad en las alianzas que estos gobernantes forman entre sí? ¿Alguna vez duran más que para la temporada de su conveniencia? ¿Encontramos virtudes sustantivas que adornan a aquellos que se someten más abyectamente a todas las locuras de la superstición? ¿No se gravan unos a otros como violadores de la propiedad, como engrandeciéndose infielmente a gastos de su prójimo; de hecho, ¿no los vemos esforzándose por sorprender, ansiosos por excederse, listos para herirse unos a otros, sin ser detenidos por las amenazas de sus credos, o cediendo en absoluto a los llamados de la humanidad? En general, son demasiado altaneros para ser humanos; demasiado inflado con la ambición de ser virtuoso;crean un código para ellos mismos, que no pueden evitar violar. Carlos V solía decir, "que siendo un guerrero, le era imposible tener ni conciencia ni religión". Su general, el marqués de Piscaire, demostró que "nada era más difícil que servir al mismo tiempo al dios son demasiado altivos para ser humanos; demasiado inflado con la ambición de ser virtuoso; crean un código para ellos mismos, que no pueden evitar violar . Carlos V solía decir, "que siendo un guerrero, le era imposible tener ni conciencia ni religión". Su general, el marqués de Piscaire, demostró que "nada era más difícil que servir al mismo tiempo al dios son demasiado altivos para ser humanos ; demasiado inflado con la ambición de ser virtuoso;crean un código para ellos mismos, que no pueden evitar violar. Carlos V solía decir, "que siendo un guerrero, le era imposible tener ni conciencia ni religión". Su general, el marqués de Piscaire, demostró que "nada era más difícil que servir al mismo tiempo al dios seguido rígidamente, si no pensarían que el funcionamiento completo de su propio sistema chocaría con sus propios intereses inmediatos? ¿Es un axioma demostrable que los ministros de la fe cristiana no creen que los soldados sean seres sumamente bien calculados para dar eficacia a su doctrina, solidez a sus ventajas, durabilidad a sus pretensiones? Sea como fuere, tanto los sacerdotes como los monarcas han hecho la guerra ocasionalmente por los intereses más fútiles;empobreció a un pueblo por motivos anticristianos; arrancados unos de otros con todo el veneno de furores, el remanente sangriento de las naciones que han asolado; en efecto, a juzgar por su conducta en ciertas ocasiones, podría haber sido una cuestión si no estuvieran discutiendo quién debería tener el crédito de hacer el mayor número de seres miserables sobre la tierra. En longitud, o cansados ​​​​de su propia furia, agotados por sus propias pasiones devoradoras, o compelidos por la mano dura de la necesidad, han permitido tomar aliento a la humanidad doliente; han permitido que las miserias concomitantes a la guerra, cesen por un instante en sus devastadores estragos;han hecho las paces en el nombre de ese Dios, aquellos decretos, como ellos mismos atestiguan, han sido tan desenfrenadamente ultrajantes, pero todavía están dispuestos a violar sus compromisos más solemnes, cuando el más pequeño interés podría ofrecer un pretexto. .

 

Así será evidente, de qué manera la idea de la Divinidad opera sobre el sacerdote, así como sobre aquellos que son llamados sus imágenes; que insisten en que no tienen que rendir cuentas sino sólo a él. Entre estos representantes de la Majestad Divina, difícilmente durante miles de años encontramos algunos que tendrán equidad, sensibilidad, virtud, o incluso el talento más ordinario. La historia señala algunos de estos vicerregentes de la Deidad, que en la exacerbación de su delirante cólera, se han empeñado en desplazarla, exaltándose en dioses; y exigiendo la adoración más obsequiosa; que han infligido los tormentos más crueles a los que se han opuesto a su locura y se han negado a reconocer la Divinidad de sus personas.Estos hombres, cuyo libertinaje no conocía límites, por la impunidad que acompañó sus acciones, no obstante habían aprendido a despreciar la opinión pública, a desafiar la decencia, a entregarse al vicio más desvergonzado: a pesar del poder que poseían; del homenaje que recibimos; del terror que inspiraban: aunque habían aprendido a falsificar, con gran efecto, todo el catálogo de las virtudes humanas; encontrado imposible, incluso con el agregado de su enorme riqueza, arrancada de las necesidades de la honestidad laboriosa, falsificar el rubor animador que produce el mérito modesto, cuando es elogiado por algún ser feliz cuya felicidad él ha ocasionado, siguiendo la gran ley de la naturaleza, que dice: "aunque habían aprendido a falsificar, con gran efecto, todo el catálogo de las virtudes humanas; encontrado imposible, incluso con el agregado de su enorme riqueza, arrancada de las necesidades de la honestidad laboriosa, falsificar el rubor animador que produce el mérito modesto, cuando es elogiado por algún ser feliz cuya felicidad él ha ocasionado, siguiendo la gran ley de la naturaleza, que dice: " aunque habían aprendido a falsificar, con gran efecto, todo el catálogo de las virtudes humanas;encontrado imposible, incluso con el agregado de su enorme riqueza, arrancada de las necesidades de la honestidad laboriosa, falsificar el rubor animador que produce el mérito modesto, cuando es elogiado por algún ser feliz cuya felicidad él ha ocasionado, siguiendo la gran ley de la naturaleza, que dice: " ama a tu prójimo como a ti mismo ". Por el contrario, los vemos volverse apáticos por la saciedad; disgustados con sus propias indulgencias desordenadas; obligados a recurrir a placeres extraños, a despertar sus facultades entumecidas; a precipitarse en las locuras más costosas, en el intento infructuoso de mantener la actividad de sus almas, la primavera de la que habían relajado para siempre, por el despilfarro de su disfrute.

 

La historia, aunque describe una multitud de gobernantes viciosos, cuyas propensiones irregulares fueron de las consecuencias más dañinas para la raza humana, sin embargo, nos muestra muy pocos que hayan sido ateos. Los anales de las naciones, por el contrario, ofrecen a nuestra vista gran número de príncipes supersticiosos, gobernados por sus señoras, dirigidos por favoritos indignos, aliados con sacerdotes, que pasaron la vida sumergidos en el lujo; entregarse a las actividades más afeminadas; siguiendo los placeres más infantiles; complacido con el espectáculo ostentoso; esclavos hasta de la moda de las vestiduras que los cubrían; pero extraños a toda virtud varonil; insensibles a las penas de sus súbditos;aunque uniformemente buenos con sus cortesanos hambrientos, invariablemente amables con los serviles aduladores que rodeaban a sus personas, y envenenaron sus oídos con la más grosera adulación: en fin, supersticiosos perseguidores, que para hacerse aceptables a sus sacerdotes, para expiar sus vergonzosas irregularidades, añadían a todos sus otros vicios el de tiranizar la mente, encadenar la conciencia. , de destruir a sus súbditos por sus opiniones, cuando estaban en hostilidad con sus propias doctrinas recibidas. De hecho, la superstición en los príncipes se alía frecuentemente con los crímenes más horribles; casi todos han profesado la religión, aunque muy pocos de ellos han tenido un conocimiento justo de la moral, han practicado alguna virtud sustantiva útil.Las nociones supersticiosas, por el contrario, sirven a menudo para volverlos más ciegos, para aumentar sus malas inclinaciones; situarlos a mayor distancia de la bondad moral. Ellos en su mayor parte se creen seguros del favor del cielo; creer servir fielmente a sus dioses, que se apacigua la cólera de sus divinidades, si por un breve tiempo se muestran apegados a costumbres fútiles, se prestan a ritos absurdos, cumplir algunos deben ridículos, que la superstición les impone, con con miras a obtener su asistencia en la persecución de sus propios planos, muy rara vez en estricta armonía con su interés inmediato.Nerón, el Nerón cruel, sanguinario, matricida, con las manos aún apestando a la sangre de aquel desdichado que lo había llevado en su seno, que con dolores agónicos había entregado al mundo el monstruo que le clavó el puñal en el corazón, estaba deseoso de ser iniciado en la que la cólera de sus divinidades se apacigua, si por un corto tiempo se muestran apegados a costumbres fútiles, se prestan a ritos absurdos, realizan algunos deben ridículos, que la superstición les impone, con miras a obtener su ayuda en la persecución de sus propios planos, muy raramente en estricta armonía con su interés inmediato.Nerón, el Nerón cruel, sanguinario, matricida, con las manos aún apestando a la sangre de aquel desdichado que lo había llevado en su seno, que con dolores agónicos había entregado al mundo el monstruo que le clavó el puñal en el corazón, estaba deseoso de ser iniciado en la que la cólera de sus divinidades se apacigua, si por un corto tiempo se muestran apegados a costumbres fútiles, se prestan a ritos absurdos, realizan algunos deben ridículos, que la superstición les impone, con miras a obtener su ayuda en la persecución de sus propios planos, muy raramente en estricta armonía con su interés inmediato.Nerón, el Nerón cruel, sanguinario, matricida, con las manos aún apestando a la sangre de aquel desdichado que lo había llevado en su seno, que con dolores agónicos había entregado al mundo el monstruo que le clavó el puñal en el corazón, estaba deseoso de ser iniciado en la con miras a obtener su asistencia en la prosecución de sus propios planos, muy rara vez en estricta armonía con su interés inmediato. Nerón, el Nerón cruel, sanguinario, matricida, con las manos aún apestando a la sangre de aquel desdichado que lo había llevado en su seno, que con dolores agónicos había entregado al mundo el monstruo que le clavó el puñal en el corazón, estaba deseoso de ser iniciado en lacon miras a obtener su asistencia en la prosecución de sus propios planos, muy rara vez en estricta armonía con su interés inmediato. Nerón, el Nerón cruel, sanguinario, matricida, con las manos aún apestando a la sangre de aquel desdichado que lo había llevado en su seno, que con dolores agónicos había entregado al mundo el monstruo que le clavó el puñal en el corazón, estaba deseoso de ser iniciado en la Misterios de Eleusis . El odioso Constantino mismo, encontró en los sacerdotes, cómplices dispuestos a expiar sus crímenes. El infame Felipe, cuya ingobernable ambición hizo que lo llamaran el demonio del sur, mientras asesinaba a su esposa e hijo, hizo que los miserables bátavos degollados por sus opiniones religiosas.Es así como los sacerdotes de la superstición a veces persuaden a los soberanos de que pueden expiar los crímenes cometiendo otros de un tipo más atroz, de mayor magnitud.

 

Sería justo concluir, de la conducta de tantos príncipes, que tienen tanta superstición, pero tan poca parte de virtud, que la noción de sus dioses, lejos de serles útiles, sólo responsabilidad para corromperlos. —hacerlos más abominables de lo que ya eran; que la idea de un poder vengador, puesta en la perspectiva del futuro, impuso poca contención a la turbulencia de los tiranos deificados, que eran lo suficientemente poderosos para no temer los reproches de sus súbditos, que tenían la insensibilidad de hacer oídos sordos a la de sus semejantes, que estaban dotados de una obstinación de alma que les impedía tener compasión por las miserias de la humanidad, de la que se creían tan distinguidos; que, de hecho, lo fueron, si el crimen puede ser permitido como estándar de distinción.Ni el cielo ni la tierra proporcionó un bálsamo de suficiente eficacia para curar las heridas inveteradas de los seres ulcerados hasta este grado: para tales enfermedades crónicas, no hay "bálsamo en Galaad": no hay freno lo suficientemente coercitivo para refrenar las pasiones, a las que la superstición misma da actividad; lo que sólo los hace más rebeldes; los vuelve más inveteradamente imprudentes. Cuando los hombres se jactan de expiar fácilmente sus pecados, cuando se calman con la idea consoladora de apaciguar la ira de los dioses con una demostración de seriedad, se entregan entonces, con la libertad más desenfrenada, a la inclinación de sus criminales. actividadesLos hombres más disolutos a menudo parecen muy apegados a la superstición: ésta les proporciona un medio de compensación por medio de ceremonias,

 

Bajo jefes, depravados hasta por la superstición, las naciones continuarán no obstante corrompidas. Los grandes se conformaron a los vicios de sus amos; el ejemplo de estos ilustres hombres, a quienes los ignorantes erróneamente creen felices, fue seguido por el pueblo; los tribunales se susurraron así en los sumideros de donde salía el contagio epidémico de la indulgencia licenciosa. La ley sólo presentó cuadros de honestidad; los dispensadores de jurisprudencia eran parciales, participaban de la manía de los tiempos, trabajaban bajo la enfermedad general; Justicia sufrió que su equilibrio se oxidara, de vez en cuando se quitaba la venda, aunque siempre la usaba en presencia de los pobres;las ideas genuinas de equidad habían caído en desuso; las distintas nociones de lo correcto y lo incorrecto se volvieron problemáticos y pasadas de moda; se descubrió la educación; sólo se basa para producir seres con prejuicios, basado en la ignorancia, devotos, siempre listos para hacerse daño a sí mismos, fanáticos, ansiosos por mostrar su celo, siempre dispuesto a molestar a sus desafortunados vecinos. La superstición, sostenida por la tiranía, expulsó a todos los demás sentimientos, engañó a sus víctimas destinadas, volvió dóciles a aquellos a quienes tenían la intención de despojar. Quien dude de estas perogrulladas, sólo tiene que hojear las páginas de la historia, encontrará miríadas de pruebas de mucho más de lo que aquí se afirma.Maquiavelo, en su sólo tiene que hojear las páginas de la historia, encontrará miríadas de pruebas de mucho más de lo que aquí se afirma. Maquiavelo, en su sólo tiene que hojear las páginas de la historia, encontrará miríadas de pruebas de mucho más de lo que aquí se afirma. Maquiavelo, en suDiscursos políticos sobre Tito Livio , trabaja mucho el punto, para mostrar la utilidad de la superstición para la República Romana: desafortunadamente, sin embargo, los ejemplos que presenta en su apoyo, prueban indiscutiblemente que nadie más que el Senado se benefició del enamoramiento del pueblo , quien se valió de su ceguera más eficazmente para someterlos a su yugo.

 

Así fue que las naciones, desprovistas de leyes equitativas, deficientes en la administración de justicia, sometidas a un gobierno irracional, continuadas en la esclavitud por el monarca, encadenadas en la ignorancia por el sacerdote, por falta de ilustraciones, privadas de una educación razonable, se concluye en corruptos, supersticiosos y flagelosos. La naturaleza del hombre, los justos intereses de la sociedad, la ventaja real del soberano, la verdadera felicidad del pueblo, una vez equivocados, se pierden por completo de vista; la moralidad de la naturaleza, fundada sobre la esencia del hombre viviendo en sociedad, era igualmente desconocida; yacían enterrados bajo una enorme carga de prejuicios, que ningún esfuerzo común era capaz de eliminar.Se olvidó por completo que el hombre tiene necesidades; que la sociedad se formó para que él pudiera, con mayor seguridad, facilitar los medios para satisfacerlos; ese gobierno, para ser legítimo, debe tener por objeto la felicidad; por fin, el medio de mantener la indivisibilidad de la comunidad; que, en consecuencia, debe dar actividad a los resortes, pleno juego a los motivos adecuados para tener una influencia favorable sobre los seres sensibles. Se pasó por alto por completo que la virtud fielmente recompensada, el vicio como visitado periódicamente, tenía una fuerza elástica, de la cual las autoridades públicas podrían aprovecharse eficazmente para determinar a sus ciudadanos a combinar sus intereses;para trabajar en su propia felicidad, trabajando para la felicidad del cuerpo del que eran miembros. Se desconocían las virtudes sociales, el pleno juego a los motivos adecuados para ejercer una influencia favorable sobre los seres sensibles. Se pasó por alto por completo que la virtud fielmente recompensada, el vicio como visitado periódicamente, tenía una fuerza elástica, de la cual las autoridades públicas podrían aprovecharse eficazmente para determinar a sus ciudadanos a combinar sus intereses; para trabajar en su propia felicidad, trabajando para la felicidad del cuerpo del que eran miembros. Se desconocían las virtudes sociales, el pleno juego a los motivos adecuados para ejercer una influencia favorable sobre los seres sensibles.Se pasó por alto por completo que la virtud fielmente recompensada, el vicio como visitado periódicamente, tenía una fuerza elástica, de la cual las autoridades públicas podrían aprovecharse eficazmente para determinar a sus ciudadanos a combinar sus intereses; para trabajar en su propia felicidad, trabajando para la felicidad del cuerpo del que eran miembros. Se desconocían las virtudes sociales, la amor patriae se convirtió en una quimera. Los hombres así asociados, así cegados por su parcialidad supersticiosa, creyeron crédulamente que su interés inmediato consistía en hacerse daño unos a otros;sólo se ocupaban de merecer el favor de aquellos hombres, que fatalmente acreditaban la doctrina de los aduladores clericales, de los cortesanos plateados, que enseñaban que tenían distintos intereses en perjudicar al todo.

 

Este es el modo en que el corazón humano se ha pervertido; aquí está la fuente genuina del mal moral; el semillero de esa depravación epidémica, la causa de esa corrupción hereditaria, la fuente de esa delincuencia empedernida, que invadió la tierra; haciendo de la abundancia de la naturaleza nada mejor que una maldición; arruinando las perspectivas más justas de la humanidad; degradando al hombre debajo de la bestia del bosque; hundiendo sus facultades intelectuales en la barbarie más salvaje; convirtiéndolo en el vil instrumento de la ambición sin ley; la miserable herramienta por la cual los grilletes de su especie fueron firmemente remachados;obligándolo a humedecer su cosecha con las amargas lágrimas de la más abyecta esclavitud. Para remediar tantos machos clamorosos, hechos insoportables, se recurrió a nuevas supersticiones. A pesar de que esto solo los había producido, todavía se imaginaba que las amenazas del cielo reprimirían las pasiones que todo conspiraba para despertar en todos los corazones; la fatuidad persuadió a los monarcas de que ideales, barreras metafísicas, fábulas terribles, fantasmas lejanos, serían competentes para refrenar esos deseos desmesurados, para refrenar esa impetuosa propensión al crimen, que volvía a la sociedad incómoda lograr la misma;la credulidad imaginó que los poderes invisibles serían más eficaces que aquellos motivos visibles que evidentemente invitaban a los mortales a cometer travesuras. Se entendía que todo se lograba, ocupando la mente del hombre con quimeras tenebrosas, con terrores vagos, indefinibles, con ángeles vengadores; y la política creyó locamente que sus propios intereses nacían de la ciega sumisión de sus súbditos a los ministros de estas engañosas doctrinas. que las amenazas del cielo reprimirían las pasiones que todo conspiraba para despertar en todos los corazones;la fatuidad persuadió a los monarcas de que ideales, barreras metafísicas, fábulas terribles, fantasmas lejanos, serían competentes para refrenar esos deseos desmesurados, para refrenar esa impetuosa propensión al crimen, que volvía a la sociedad incómoda lograr la misma; la credulidad imaginó que los poderes invisibles serían más eficaces que aquellos motivos visibles que evidentemente invitaban a los mortales a cometer travesuras. Se entendía que todo se lograba, ocupando la mente del hombre con quimeras tenebrosas, con terrores vagos, indefinibles, con ángeles vengadores; y la política creyó locamente que sus propios intereses nacían de la ciega sumisión de sus súbditos a los ministros de estas engañosas doctrinas.que las amenazas del cielo reprimirían las pasiones que todo conspiraba para despertar en todos los corazones; la fatuidad persuadió a los monarcas de que ideales, barreras metafísicas, fábulas terribles, fantasmas lejanos, serían competentes para refrenar esos deseos desmesurados, para refrenar esa impetuosa propensión al crimen, que volvía a la sociedad incómoda lograr la misma; la credulidad imaginó que los poderes invisibles serían más eficaces que aquellos motivos visibles que evidentemente invitaban a los mortales a cometer travesuras. Se entendía que todo se lograba, ocupando la mente del hombre con quimeras tenebrosas, con terrores vagos, indefinibles, con ángeles vengadores;y la política creyó locamente que sus propios intereses nacían de la ciega sumisión de sus súbditos a los ministros de estas engañosas doctrinas. fábulas terribles, fantasmas lejanos, serían competentes para refrenar esos deseos desmesurados, para refrenar esa impetuosa propensión al crimen, que volvía a la sociedad incómoda lograr misma; la credulidad imaginó que los poderes invisibles serían más eficaces que aquellos motivos visibles que evidentemente invitaban a los mortales a cometer travesuras. Se entendía que todo se lograba, ocupando la mente del hombre con quimeras tenebrosas, con terrores vagos, indefinibles, con ángeles vengadores;y la política creyó locamente que sus propios intereses nacían de la ciega sumisión de sus súbditos a los ministros de estas engañosas doctrinas. fábulas terribles, fantasmas lejanos, serían competentes para refrenar esos deseos desmesurados, para refrenar esa impetuosa propensión al crimen, que volvía a la sociedad incómoda lograr misma; la credulidad imaginó que los poderes invisibles serían más eficaces que aquellos motivos visibles que evidentemente invitaban a los mortales a cometer travesuras. Se entendía que todo se lograba, ocupando la mente del hombre con quimeras tenebrosas, con terrores vagos, indefinibles, con ángeles vengadores;y la política creyó locamente que sus propios intereses nacían de la ciega sumisión de sus súbditos a los ministros de estas engañosas doctrinas. la credulidad imaginó que los poderes invisibles serían más eficaces que aquellos motivos visibles que evidentemente invitaban a los mortales a cometer travesuras. Se entendía que todo se lograba, ocupando la mente del hombre con quimeras tenebrosas, con terrores vagos, indefinibles, con ángeles vengadores; y la política creyó locamente que sus propios intereses nacían de la ciega sumisión de sus súbditos a los ministros de estas engañosas doctrinas. la credulidad imaginó que los poderes invisibles serían más eficaces que aquellos motivos visibles que evidentemente invitaban a los mortales a cometer travesuras.Se entendía que todo se lograba, ocupando la mente del hombre con quimeras tenebrosas, con terrores vagos, indefinibles, con ángeles vengadores; y la política creyó locamente que sus propios intereses nacían de la ciega sumisión de sus súbditos a los ministros de estas engañosas doctrinas.

 

¿Cuál fue el resultado? Las naciones sólo tienen leyes sacerdotales; moralidad teológica; acomodado a los intereses de la jerarquía, adecuado a los puntos de vista de los sacerdotes sutiles: que sustituyeron los ensueños por las realidades, las opiniones por la razón, las falacias de rango por las verdades esterlinas; quien hizo que las ceremonias ocuparan el lugar de la virtud; una piadosa ceguera reemplaza la necesidad de un entendimiento iluminado; socavó la sacralidad de los juramentos y colocó el fanatismo en los altares de la sociabilidad.Como consecuencia necesaria de esa confianza que el pueblo se vio obligado a dar a los ministros de la superstición, se encontraron dos autoridades distintas en cada estado, que estuvieron sustancialmente en desacuerdo, en continua hostilidad entre sí. El sacerdote combatió al soberano con la formidable arma de la opinión; generalmente se desarrolló ser lo suficientemente poderosa como para sacudir los tronos más establecidos.Así, aunque la jerarquía exhortaba incesantemente al pueblo a someterse a la autoridad divina de sus soberanos, porque ésta procedió inmediatamente del cielo, sin embargo, siempre que ocurría que el monarca no devolvía su defensa cediendo ciegamente a su propia autoridad a la supervisión de los sacerdotes, éstos no tuvieron escrúpulo en amenazarlo con la pérdida de sus temporalidades; fulminó sus anatemas, prohibió sus dominios y, a veces, llegó al extremo de absolver a sus súbditos de la lealtad. La superstición, en general, sólo sostiene el despotismo, para que pueda dirigir con mayor certeza sus golpes contra sus enemigos; lo derroca cada vez que se encuentra en conflicto con sus intereses.Los ministros de los poderes invisibles predican la obediencia a los poderes visibles, sólo cuando los encuentran humildemente dedicados a sí mismos. Así, el soberano nunca descansaba, pero cuando se encogía abyectamente a su sacerdote, recibía las lecciones de manera dócil —se prestaba a su celo frenético— y le permitía piadosamente llevar a cabo la furiosa ocupación del proselitismo.Estos sacerdotes, siempre inquietos, llenos de ambición, ardiendo en intolerancia, incitaban con frecuencia al soberano a devastar sus propios estados, lo incitaban a la tiranía: cuando, persiguiendo esta manía sacerdotal, temía haber ultrajado a la humanidad, haber incurrido en el disgusto de cielo, se reconcilió rápidamente conseguir mismo, con la promesa de emprender una expedición lejana, con el propósito de traer a alguna nación desafortunada dentro de los límites de su propio credo particular. Cuando los dos poderes rivales se unieron, la moralidad no ganó nada con la unión; el pueblo no era ni más feliz, ni más virtuoso; su moral, su bienestar, su libertad, fueron igualmente abrumados por los poderes combinados.Así, los príncipes supersticiosos siempre se sintieron interesados ​​​​en el mantenimiento de opiniones teológicas, que se tornaron halagadoras de su vanidad, favorables a su poder. Como los agradecidos perfumes de Arabia, que se usan para encubrir el mal olor de un veneno mortal, el sacerdote los arrullaba en seguridad administrando sus sensualidades; éstos, a su vez, hicieron causa común con él: plenamente convencidos de que la superstición que ellos mismos adoptaron debían ser la más saludable para sus súbditos, la más propicia para sus intereses, aquellos que se negaron a recibir el favor, que así se les impuso gratuitamente, fueron tratados como enemigos expuestos al escarnio público y convertidos en víctimas del castigo.El soberano más supersticioso se convertía, políticamente o por piedad, en verdugo de una parte de sus esclavos; se le enseñó a creer que era un deber sagrado tiranizar la mente, abrumar a los refractarios, aplastar al enemigo de su sacerdote, bajo la idea de que, por lo tanto, era hostil a su propia autoridad. Al degollar a estos desafortunados escépticos, imaginó que de inmediato cumplió con sus obligaciones para con el cielo y dio seguridad a su propio poder. No se dio cuenta de que al inmolar víctimas a su sacerdote, de hecho fortalecía el brazo de su más formidable enemigo, el verdadero enemigo de su autoridad, el rival de su grandeza, el menos sometido de sus súbditos. y rindió a las víctimas del castigo.El soberano más supersticioso se convertía, políticamente o por piedad, en verdugo de una parte de sus esclavos; se le enseñó a creer que era un deber sagrado tiranizar la mente, abrumar a los refractarios, aplastar al enemigo de su sacerdote, bajo la idea de que, por lo tanto, era hostil a su propia autoridad. Al degollar a estos desafortunados escépticos, imaginó que de inmediato cumplió con sus obligaciones para con el cielo y dio seguridad a su propio poder. No se dio cuenta de que al inmolar víctimas a su sacerdote, de hecho fortalecía el brazo de su más formidable enemigo, el verdadero enemigo de su autoridad, el rival de su grandeza, el menos sometido de sus súbditos. y rindió a las víctimas del castigo.El soberano más supersticioso se convertía, políticamente o por piedad, en verdugo de una parte de sus esclavos; se le enseñó a creer que era un deber sagrado tiranizar la mente, abrumar a los refractarios, aplastar al enemigo de su sacerdote, bajo la idea de que, por lo tanto, era hostil a su propia autoridad. Al degollar a estos desafortunados escépticos, imaginó que de inmediato cumplió con sus obligaciones para con el cielo y dio seguridad a su propio poder. No se dio cuenta de que al inmolar víctimas a su sacerdote, de hecho fortalecía el brazo de su más formidable enemigo, el verdadero enemigo de su autoridad, el rival de su grandeza, el menos sometido de sus súbditos. el verdugo de una parte de sus esclavos;se le enseñó a creer que era un deber sagrado tiranizar la mente, abrumar a los refractarios, aplastar al enemigo de su sacerdote, bajo la idea de que, por lo tanto, era hostil a su propia autoridad. Al degollar a estos desafortunados escépticos, imaginó que de inmediato cumplió con sus obligaciones para con el cielo y dio seguridad a su propio poder. No se dio cuenta de que al inmolar víctimas a su sacerdote, de hecho fortalecía el brazo de su más formidable enemigo, el verdadero enemigo de su autoridad, el rival de su grandeza, el menos sometido de sus súbditos. el verdugo de una parte de sus esclavos;se le enseñó a creer que era un deber sagrado tiranizar la mente, abrumar a los refractarios, aplastar al enemigo de su sacerdote, bajo la idea de que, por lo tanto, era hostil a su propia autoridad. Al degollar a estos desafortunados escépticos, imaginó que de inmediato cumplió con sus obligaciones para con el cielo y dio seguridad a su propio poder. No se dio cuenta de que al inmolar víctimas a su sacerdote, de hecho fortalecía el brazo de su más formidable enemigo, el verdadero enemigo de su autoridad, el rival de su grandeza, el menos sometido de sus súbditos. Al degollar a estos desafortunados escépticos, imaginó que de inmediato cumplió con sus obligaciones para con el cielo y dio seguridad a su propio poder.No se dio cuenta de que al inmolar víctimas a su sacerdote, de hecho fortalecía el brazo de su más formidable enemigo, el verdadero enemigo de su autoridad, el rival de su grandeza, el menos sometido de sus súbditos. Al degollar a estos desafortunados escépticos, imaginó que de inmediato cumplió con sus obligaciones para con el cielo y dio seguridad a su propio poder. No se dio cuenta de que al inmolar víctimas a su sacerdote, de hecho fortalecía el brazo de su más formidable enemigo, el verdadero enemigo de su autoridad, el rival de su grandeza, el menos sometido de sus súbditos.

 

Pero la prevalencia de estas falsas nociones, que tanto la mente del soberano como la del pueblo estaban poseídas, se encontró que todo en la sociedad concurría a gratificar la avidez, a reforzar el orgullo, a saciar la venganza del orden sacerdotal: en todas partes se observó que los hombres más turbulentos, los más peligrosos, los más inútiles, eran los más inmensamente recompensados. Se presentó el extraño espectáculo de contemplar a aquellos que nacían como los más acérrimos enemigos del poder soberano, amados por su cuidado protector, honrados por sus manos: los súbditos más rebeldes eran considerados como los pilares del trono; los corruptores del pueblo fueron convertidos en dueños exclusivos de la educación;los menos laboriosos de los ciudadanos fueron ricamente recompensados ​​​​por su ociosidad, generosamente remunerados por las más fútiles especulaciones, respetados por su fatal discordia, saciados de beneficios por sus oraciones ineficaces: barrieron la grasa de la tierra para sus expiaciones, tan destructivas para la moral, tan calculadas para dar permanencia al crimen. Así, por una extraña fatuidad, la víbora que podía, y con frecuencia lo hizo, infligir la picadura más mortal en el pecho de la credulidad confiada, fue mimada y alimentada por la mano desprevenida de su víctima destinada.

 

Durante miles de años, tanto las naciones como los soberanos se despojaron necesarios para enriquecer a los expositores de la superstición; para permitirles revolcarse en la abundancia: los colmaron de honores, los adornaron con títulos, los invistieron de privilegios, les concedieron inmunidades, sin otro fin que el de hacerlos malos ciudadanos, súbditos ingobernables, seres maliciosos, que se vengaban de la sociedad las ventajas que habían recibido. ¿Cuál fue el fruto que reyes y pueblos recogieron de su imprudente bondad? ¿Cuál fue la cosecha que estos hombres dieron a su trabajo? ¿Los príncipes realmente se volvieron más poderosos? se hicieron más felices las naciones; crecieron más florecientes; ¿Se volvieron los hombres más racionales?¡No! Incuestionablemente, el soberano perdió la mayor parte de su autoridad; era esclavo de su sacerdote;

 

¿Mejoró la moral de la gente bajo el cuidado pastoral de estas guías, que fueron tan generosamente recompensados? ¡Pobre de mí! los supersticiosos nunca los conocieron, su credo fanático había usurpado el lugar de toda virtud; sus ministros, satisfechos de sostener las doctrinas, de conservar las ceremonias tan útiles a sus propios intereses, sólo inventaron crímenes ficticios, multiplicaron dolorosas penitencias, instituyeron costumbres absurdas; hasta el fin, para que puedan convertir incluso las transgresiones de sus esclavos en su propio beneficio inmediato. En todas partes ejercieron el monopolio de las indulgencias expiatorias; hicieron un tráfico lucrativo de pretendidos perros desde arriba;venía un arancel, según el cual el delito ya no era de contrabando, sino admitido libremente pagando la aduana. Los sujetos a los impuestos más pesados, fueron siempre los que la jerarquía juzgó más hostiles a su propia estabilidad; se podía obtener muy fácilmente permiso para atacar la dignidad del soberano, para socavar el poder temporal, pero era probable caro permitirse tocar hasta el borde de las vestiduras sacerdotales. Así la herejía, el sacrilegio, etc.eran considerados delitos de un tinte mucho más profundo, que fijaban una mancha indeleble en el autor, alarmaban la mente de la orden sacerdotal, mucho más gravemente que la villanía más empedernida, la delincuencia más decidida, que involucraba más inmediatamente los verdaderos intereses de la sociedad. Desde allí, las ideas de la gente fueron completamente trastornadas, los crímenes imaginarios los aterrorizaron, mientras que los crímenes reales no tuvieron efecto en sus corazones obstinados. Un hombre, cuyas opiniones estaban en desacuerdo con las doctrinas recibidas, nuestros sistemas abstractos no armonizaban con los de su sacerdote, era más aborrecido que un corruptor de la juventud; más aborrecido que un asesino; más odiado que un opresor;fue tenido en mayor desprecio que un ladrón; fue castigado con mayor rigor que el seductor de la inocencia. El colmo de toda maldad era despreciar lo que el sacerdote deseaba que se considerara sagrado. El célebre Gordon dice que "la más abominable de las herejías es creer que hay otro dios que el clero". Las leyes civiles concurrieron a ayudar a esta confusión de ideas; infligieron las penas más graves, castigaron de la manera más atroz aquellos crímenes desconocidos que la imaginación había magnificado en las acciones más flagrantes; los herejes, los infieles, fueron llevados a la hoguera y quemados públicamente con el mayor refinamiento de la crueldad;el cerebro fue torturado para encontrar medios de aumentar los sufrimientos de las victimas infelices a la furia sacerdotal; mientras que los calumniadores de la inocencia, los adúlteros, los depredadores de todo tipo, los bribones de todo tipo, fueron absueltos a un costo insignificante de su iniquidad pasada y abrieron una nueva cuenta de delincuencia futura.

 

Bajo tales instructores, ¿qué podría ser de la juventud? El período de la juventud fue vergonzosamente sacrificado a la superstición. El hombre, desde su más tierna infancia, fue envenenado con nociones ininteligibles; alimentador con misterios; repleto de fábulas; empapado de doctrinas, en las que se vio obligado a aceptar sin poder comprender. Su cerebro estaba perturbado por fantasmas, alarmado por quimeras, enloquecido por visiones. Su genio estaba lleno de actividades pueriles, devociones mecanicas, bagatelas sagradas.La superstición, finalmente, fascinó tanto la mente humana, se convirtió a la humanidad en meros autómatas, que la gente consintió en acercarse a sus dioses en un dialecto que ellos mismos no entendieron: las mujeres ocupaban toda su vida cantando en latín, sin comprender una palabra del idioma; la gente asistió muy puntualmente, sin ser competentes para explicar parte alguna del culto, bajo la idea de que se les tomaría bien que así se cansaran; que era suficiente mostrar sus personas en los templos sagrados, que estaban bellamente decorados para fascinar sus sentidos. Así desperdiciaba el hombre sus momentos más preciados en costumbres absurdas; pasó su vida en ceremonias ociosas; su cuenta estaba llena de sofismas, su mente estaba cargada de errores;embriagado de fanatismo, era enemigo declarado de la razón; siempre predispuesto contra la verdad, la energía de su alma fue resistida por grilletes demasiado pesados ​​para su elasticidad; la primavera cedió, y él se hundió en la pereza y la miseria: de este estado humillante nunca más pudo remontarse; ya no podía volverse útil ni para sí mismo ni para sus asociados: la importancia que atribuía a su ciencia imaginaria, o más bien la ignorancia sistemática que le atribuye de base, hizo imposible que la tierra más fértil produjera otra cosa que espinas; para que el árbol mejor proporcionado produzca cualquier cosa menos cangrejos.

 

¿Una educación supersticiosa, sacerdotal, forma ciudadanos intrépidos, inteligentes padres de familia, buenos esposos, amos justos, servidores fieles, súbditos leales, socios pacíficos? ¡No! o bien hace malhumorados entusiastas o malhumorados devotos, que son incómodos consigo mismos, molestos con los demás: hombres sin principios, que rápidamente vierten las aguas del Leteo sobre los terrores con los que han sido perturbados; que no conocen la obligación moral, que no respetan la virtud. Así, la superstición, elevada por encima de todo lo demás, defendía el dogma fanático: "Es mejor obedecer a los dioses que a los hombres"; en consecuencia, el hombre creía que debía rebelarse contra su príncipe, separarse de su mujer, detestar a sus hijos, alejarse de sus amigos, degollar a sus conciudadanos, cada vez que cuestionaban la veracidad de su fe: en fin,

 

¡Qué ventajas no habrían cosechado las naciones si hubieran empleado en objetos útiles esas riquezas que la ignorancia ha prodigado tan vergonzosamente en los expositores de la superstición; ¿Qué fatuidad ha concedido a las ceremonias más inútiles? ¿Cuál no hubiera sido el progreso del genio, si hubiera disfrutado de esas amplias remuneraciones, concedidas durante tantos siglos a aquellos sacerdotes que en todo tiempo se opusieron a su elevación? ¿Qué perfección no habría alcanzado la ciencia, qué altura no habrían alcanzado las artes, si hubieran tenido los mismos socorros que se extendieron con mano pródiga al entusiasmo y la futilidad? Sobre qué rocas no se habría asentado la moral, qué sólidos cimientos no habría encontrado la política, con qué majestuosa grandeza no habría iluminado la verdad el horizonte humano, si hubieran experimentado los mismos cuidados de crianza,

 

Entonces es obvio que las nociones teológicas supersticiosas no han producido ninguna de esas sólidas ventajas que se han expuesto; si cabe dudar de que no hayan sido siempre, y siempre lo serán, contrariamente a la sana política, opuestas a la sana moral; frecuentemente transforman a los soberanos en divinidades inquietas, celosas, traviesas; transforman a sus súbditos en esclavos envidiosos y malvados, que por vanas pompas, por fútiles ceremonias, por una exterior aquiescencia a opiniones ininteligibles, se creen ampliamente compensados ​​por el mal que cometen unos contra otros. Los que nunca han tenido la confianza de examinar estas opiniones sublimadas; los que se sienten persuadidos de que sus deberes brotan de estas abstrusas doctrinas; aquellos a quienes realmente se les ordena vivir en paz, cuidarse unos a otros, prestarse ayuda mutua, abstenerse del mal y hacer el bien, perdáis ahora de vista estas estériles especulaciones, tan pronto como los intereses presentes, las pasiones ingobernables, los hábitos empedernidos o los caprichos irresistibles, las apresuren. ¿Dónde debemos buscar esa equidad, esa unión de intereses, esa paz, esa concordia que estas nociones inestables, apoyadas en la superstición, respaldadas con toda la fuerza de la autoridad, prometen a las sociedades puestas bajo su vigilancia? Bajo la influencia de cortes corruptas, de sacerdotes que sirven el tiempo, que, ya sea impostores o fanáticos, nunca están en armonía unos con otros, solo se distinguen como hombres viciosos, degradados por la ignorancia, esclavizados por hábitos criminales, dominados por transitorios. intereses -guiados por vergonzosos placeres- hundidos en un vórtice de disipación; que ni siquiera piensan en la Divinidad. A pesar de sus ideas teológicas, el sutil cortesano sigue tejiendo sus oscuras tramas, se afana por satisfacer su ambición, busca saciar su avidez, complacer su odio, descargar su venganza, dar rienda suelta a todas las pasiones inherentes a la perversidad de su ser: maugre que infierno espantoso, del que sólo la idea la hace temblar, la mujer intrigante persiste en sus amores; continúa su prostitución, se deleita en sus adulterios. A pesar de su conducta disipada, sus modales disolutos, su total falta de principios morales, la mayor parte de los que pululan en los tribunales, que se aglomeran en las ciudades, retrocederían con horror si se exhibiera la más mínima duda sobre la verdad de ese credo que profesan. ultraje cada momento, de sus vidas. ¿Qué provecho, pues, ha resultado para el género humano de aquellas opiniones, tan universales, al mismo tiempo tan estéril? Rara vez parecen haber tenido otro tipo de influencia que la de servir de pretexto para las pasiones más peligrosas, como manto de seguridad para las indulgencias más criminales. ¿Acaso el déspota supersticioso, que tendría escrúpulos en omitir la menor parte de las ceremonias de su persuasión, al abandonar los altares en los que ha estado sacrificando, al abandonar el templo donde han estado pronunciando los oráculos y el crimen aterrador en nombre de cielo, volver a sus vicios, reiterar su injusticia, aumentar sus crímenes políticos, aumentar sus transgresiones contra la sociedad? Saliendo del templo sagrado, con los oídos aún resonando con las doctrinas que han oído, el ministro vuelve a sus vejaciones, el cortesano a sus intrigas, la cortesana a sus prostituciones, el publicano a sus extorsiones,

 

¿Se pretenderá que esos cobardes asesinos, esos cobardes ladrones, esos miserables criminales, a quienes las malas instituciones, la negligencia del gobierno, la laxitud de la moral, multiplican continuamente; de quien las leyes, en muchos casos demasiado sanguinarias, arrebatan frecuentemente su existencia; ¿Se pretenderá, digo, que los malhechores que regularmente proveen los patíbulos, que diariamente abarrotan los cadalsos, son incrédulos o ateos? ¡No! Incuestionablemente, estos desdichados, estos miserables marginados, estos hijos de la vileza, creen firmemente en Dios; su nombre les ha sido repetido desde su infancia; han sido informados del castigo destinado a los pecadores: se han habituado en su vida temprana a temblar ante sus juicios; sin embargo han indignado a la sociedad; sus pasiones rebeldes, más fuertes que sus miedos,

 

En fin, ¿no nos da la experiencia de cada día la lección de que los hombres, persuadidos de que una Deidad que todo lo ve los mira, los oye, los envuelve, no por eso detienen su marcha cuando existe el furor, ni para satisfacer sus licenciosas pasiones, o cometiendo las acciones más deshonestas? El mismo individuo que temería la inspección del más mezquino de sus semejantes, a quien la presencia de otro hombre impediría cometer una mala acción, entregarse a algún vicio escandaloso, peca libremente, se presta alegremente al crimen, cuando cree ningún ojo lo contempla sino los de su Dios. ¿A qué responde, entonces, la convicción de la omnisciencia, la ubicuidad, la omnipotencia de la Divinidad, si se impone mucho menos sobre la conducta del ser humano, que la idea de ser pasado por alto por el menor de sus semejantes? Quien no tenga la temeridad de cometer un crimen, incluso en presencia de un niño, no tendrá escrúpulos en cometerlo con denuedo, cuando sólo tendrá a su Dios por testigo. Estos hechos, que son indudables, no sirven de réplica a los que insisten en que el temor de Dios es más adecuado para refrenar las acciones de los hombres, que las leyes sanas, con estricta disciplina. Cuando el hombre cree que sólo tiene que temer a su Dios, comúnmente no permite que nada interrumpa su curso. de nada servirá como respuesta a los que insisten en que el temor de Dios es más adecuado para refrenar las acciones de los hombres, que las leyes sanas, con estricta disciplina. Cuando el hombre cree que sólo tiene que temer a su Dios, comúnmente no permite que nada interrumpa su curso. de nada servirá como respuesta a los que insisten en que el temor de Dios es más adecuado para refrenar las acciones de los hombres, que las leyes sanas, con estricta disciplina. Cuando el hombre cree que sólo tiene que temer a su Dios, comúnmente no permite que nada interrumpa su curso.

 

Aquellas personas que no sospechan en lo más mínimo el poder de las nociones supersticiosas, que tienen la confianza más perfecta en su eficacia, sin embargo, muy raramente las emplean cuando están deseosas de influir en la conducta de aquellos que están subordinados a ellas; cuando están dispuestos a reconducirlos por los caminos de la razón. En el consejo que un padre da a su hijo vicioso y criminal, más bien le representa los inconvenientes temporales presentes a que le expone su conducta, que el peligro que encuentra al ofender a un Dios vengador; le señala las consecuencias naturales de sus irregularidades, su salud dañada por los libertinajes; la pérdida de su reputación por actividades criminales; la ruina de su fortuna por el juego; los castigos de la sociedad, etc. Así, el mismo DEICOLISTA, en las ocasiones más importantes de la vida,

 

Casi todos los hombres creen en un Dios vengador y remunerador; sin embargo, casi en todos los países el número de los malvados tiene una proporción mayor que la de los buenos. Si se rastrea la verdadera causa de esta corrupción general, se encontrará más frecuentemente en las nociones supersticiosas inculcadas por la teología que en esas fuentes imaginarias que las diversas supersticiones han inventado para explicar la depravación humana. El hombre es siempre corrupto dondequiera que esté mal gobernado; dondequiera que la superstición deifica al soberano, su gobierno se torna indigno: esto pervertido y asegurado de la impunidad, hace necesariamente miserable a su pueblo; la miseria, cuando excede el punto de la resistencia, como necesariamente los vuelve malvados. Cuando el pueblo está sometido a amos irracionales, nunca se deja guiar por la razón. Si son cegados por los sacerdotes, quienes son engañados o impostores, su razón se vuelve inútil. Los tiranos, cuando se combinan con los sacerdotes, generalmente han tenido éxito en sus esfuerzos por evitar que las naciones se iluminen, busquen la verdad, mejoren su condición, perfeccionen su moral; y nunca la unión ha sonreído a la libertad: el pueblo, incapaz de resistir el caudaloso torrente producido por la confluencia de dos de tales ríos, se ha hundido habitualmente en la más abyecta esclavitud. Es sólo iluminando a la masa de la humanidad, demostrando la verdad, que podemos prometer hacerle mejor; que podemos satisfacer la esperanza de hacerlo feliz. Es haciendo que tanto los soberanos como los súbditos sientan sus verdaderas relaciones entre sí, que se mejorarán sus intereses reales; que su política se perfeccionará: entonces se sentirá y acreditará que el verdadero arte de gobernar a los mortales, el método seguro de ganarse sus afectos, no es el arte de cegarlos, de engañarlos o de tiranizarlos. Consultemos, pues, con buen humor a la razón, aprovechémonos de la experiencia, interroguemos a la naturaleza; encontraremos, tal vez, lo que es necesario hacer para trabajar eficazmente por la felicidad de la raza humana. Con toda seguridad percibiremos que el error es la verdadera fuente de los males que amargan nuestra existencia; que es alegrando los corazones, disipando esos vanos fantasmas que alarman a los ignorantes, poniendo el hacha en la raíz de la superstición, que podemos buscar pacíficamente la verdad; que sólo en la conflagración de este árbol funesto, podemos esperar encender la antorcha que iluminará el camino a la felicidad. Entonces que el hombre estudie la naturaleza; observa sus leyes inmutables; que se sumerja en su propia esencia; que se cure de sus prejuicios: estos medios lo conducirán por un suave declive a esa virtud, sin la cual debe sentir que nunca podrá ser permanentemente feliz en el mundo que habita.

 

Si el hombre pudiera dejar una vez de temer, desde ese momento sería verdaderamente feliz. La superstición es un enemigo doméstico que lleva siempre dentro de sí: aquellos que se ocupen seriamente de este formidable fantasma, deben contentarse con soportar continuas agonías, con vivir en perpetua inquietud: si descuidan los objetos más dignos de interesarlos, para corriendo tras quimeras, pasarán comúnmente una existencia melancólica, en gemir, en orar, en sacrificar, en expiar faltas, reales o imaginarias, que creen calculadas para ofender a sus sacerdotes; con frecuencia, en su furor irracional, se atormentarán a sí mismos, tendrán el deber de infligir sobre sí mismos los castigos más bárbaros: pero la sociedad no sacará ningún beneficio de estas lúgubres opiniones, de las torturas de estos piadosos irracionales; porque su mente, completamente absorbida por sus sombríos ensueños, su tiempo disipado en las más absurdas ceremonias, no les dejará oportunidad de ser realmente ventajosos para la comunidad de la que son miembros. Los hombres más supersticiosos son comúnmente misántropos, bastante inútiles para el mundo y muy dañinos para sí mismos: si alguna vez muestran energía, es solo para idear medios por los cuales pueden aumentar su propia aflicción; descubrir nuevos métodos para torturar su mente; encontrar los medios más eficaces para privarse de aquellos objetos que su naturaleza hace deseables. Es común en el mundo contemplar a los penitentes, que están íntimamente persuadidos de que a fuerza de bárbaras inflicciones en sus propias personas, por medio de un suicidio prolongado, merecerán el favor del cielo. Los locos de esta especie se ven por todas partes; la superstición ha dado a luz en todas las épocas, en todos los lugares, las más crueles extravagancias, las más injuriosas locuras.

 

Si, en verdad, estos devotos irracionales sólo se dañan a sí mismos y privan a la sociedad de la ayuda que le deben, sin duda hacen menos daño que esos fanáticos turbulentos y celosos que, enfurecidos con sus ideas supersticiosas, se creen obligados a perturbar la sociedad. mundo, para cometer crímenes reales, para sostener la causa de lo que ellos denominan la verdadera fe. Ocurre con poca frecuencia que, ultrajando la moralidad, el entusiasta entusiasta supone que se vuelve agradable a su Dios. Hace consistir la perfección en atormentarse a sí mismo, o en desgarrar, en favor de sus ideas fanáticas, los lazos más sagrados que unen a los mortales entre sí.

 

Reconozcamos, pues, que las nociones de superstición, no son más adecuadas para procurar el bienestar, para establecer el contenido, para confirmar la paz de los individuos, que lo son de la sociedad de la que son miembros. Si algunos entusiastas pacíficos, honestos, inconclusos, se encuentran en ellos consuelo o consuelo, hay millones que, más conclusivos con sus principios, son infelices durante toda su vida; que están perpetuamente asaltados por las ideas más melancólicas; a quienes su imaginación desordenada les muestra estas nociones, como envolviéndolos a cada instante en los castigos más crueles. Bajo tan formidables sistemas, un devoto tranquilo y sociable es un hombre que no ha razonado sobre ellos.

 

En resumen, todo sirve para probar que las opiniones supersticiosas tienen la mayor influencia sobre los hombres; que los atormentan sin cesar, los separan de sus conexiones más queridas, inflaman sus mentes, envenenan sus pasiones, los hacen miserables sin nunca refrenar sus acciones, excepto cuando su propio temperamento resulta demasiado débil para impulsarlos hacia adelante: todo esto encierra una gran lección , que la superstición es incompatible con la libertad, y nunca puede proporcionar buenos ciudadanos .

 

 

 

 

 

 

 

 

GORRA. IX.

Las Nociones Teológicas no pueden ser la Base de la Moralidad.—Comparación entre Ética Teológica y Moralidad Natural.—Teología perjudicial para la Mente humana.

 

La felicidad es el gran fin de la existencia humana; una suposición, por lo tanto, para ser realmente útil al hombre, debe hacerlo feliz. ¿Con qué paridad de razonamientos puede jactarse de que una hipótesis, que no le facilita la felicidad en su presente duración, puede un día conducirlo a la bienaventuranza permanente? Si los mortales sólo suspiran, tiemblan y gimen en este mundo del que tienen conocimiento, ¿sobre qué fundamento esperan una existencia más feliz en el más allá, en un mundo del que no saben nada? Si el hombre es en todas partes el hijo de la calamidad, la víctima del mal necesario, el infeliz que sufre bajo un sistema inmutable, ¿debería razonablemente permitirse una mayor confianza en la felicidad futura?

 

Por otra parte, una suposición que debería arrojar luz sobre todas las cosas, debería proporcionar una solución fácil a todas las cuestiones a las que podría utilizar, cuando incluso no debería ser competente para demostrar la certeza, probablemente sería verdadera: pero aquel sistema que no hiciera más que oscurecer las nociones más claras, tornando más insolubles los problemas que por él se pretenden resolver, sería con toda seguridad tachado de falaz; como inutil o peligroso. Para convencernos de este principio, examinemos sin prejuicios si las ideas teológicas de la Divinidad han dado alguna vez la solución a alguna dificultad. ¿Ha progresado el entendimiento humano un solo paso con la ayuda de esta ciencia metafísica?¿No ha tendido, por el contrario, a oscurecer la cierta ciencia de la moral? ¿No ha sido, en muchos casos, convertido en problemáticos los deberes más esenciales de nuestra naturaleza? ¿No ha confundido en gran medida las nociones de virtud y vicio, de justicia e injusticia? En efecto, ¿qué es la virtud, a los ojos de la generalidad de los teólogos? Al instante responderán, "aquello que es conforme a la voluntad de los seres incomprensibles que gobiernan la naturaleza". Pero ¿cómo no se puede preguntar, sin ofender las opiniones individuales de nadie, qué son estos seres de los que hablan sin cesar, sin tener capacidad para comprenderlos? ¿Cómo podemos adquirir un conocimiento de su voluntad?Inmediatamente responderán, con una confianza que pretende convencer a las mentes desinformadas, contando lo que no son, sin siquiera intentar informarnos lo que son. Si se comprometen a dar una idea de ellos, amontonarán sobre sus seres hipotéticos una multitud de atributos contradictorios e incompatibles con los que formarán un todo, a la vez imposible de concebir para la mente humana o bien se referirán a los oráculos, por los que insisten en que sus intenciones han sido promulgadas a la humanidadPero si se les pide que prueben la autenticidad de estos oráculos, que tan dispares entre sí, se referirán a milagros en apoyo de lo que afirman: estos milagros, independientemente de la dificultad que debe existir para reposar en ellos. nuestra fe, cuando, como hemos visto, son admitidas incluso por los mismos teólogos, como contrarias a la inteligencia, la inmutabilidad, la omnipotencia de sus sustancias inmateriales, son, además, calurosamente discutidas por cada secta particular, como siendo imposiciones, practicada por los demás para su propio beneficio individual. Como último recurso, pues, habrá que acreditar la integridad, confiar en la veracidad, descansar en la buena fe de los sacerdotes, que anuncian estos oráculos. En esto nuevamente, surgen dos dificultades casi insuperables, en elen primer lugar, ¿quién nos asegurará su misión real? ¿Estamos seguros de que ninguno de ellos puede estar equivocado? ¿Cómo seremos justificados al dar crédito a sus poderes? ¿No son estos mismos sacerdotes, que nos anuncian que son los intérpretes infalibles de un ser al que afirman no conocer en absoluto? en el segundolugar, ¿qué conjunto de estos desarrollos oraculares vamos a adoptar? Porque dar moneda al todo, de hecho, los aniquilaría por completo; viendo que no hay dos de ellos corriendo al unísono entre sí. Concedido esto, los sacerdotes, es decir, hombres extremadamente suspicaces, pero poco en armonía unos con otros, serán los árbitros de la moralidad; ellos decidirán (según su propio conocimiento incierto, según sus diversas pasiones, de conformidad con las diferentes perspectivas bajo las cuales ven estas cosas), sobre todo el sistema de ética; sobre el cual descansa absolutamente el reposo del mundo, la felicidad esterlina de cada individuo. ¿Sería este un estado deseable?¿Sería aquello de lo que la humanidad tiene la perspectiva mejor fundada de esa felicidad, que es el objeto deseado de su investigación? Otra vez; ¿No vemos que el entusiasmo o el interés es la única norma de sus decisiones? que su moral es tan variable como su capricho? aquellos que los escuchan, muy rara vez descubren a qué línea se apegarán. En sus diversos escritos, tenemos evidencia de las animosidades más amargas; encontramos continuas contradicciones; interminables disputas sobre lo que ellos mismos reconocen como los puntos más esenciales; sobre aquellas premisas, de cuya prueba sustantiva depende todo su sistema;los mismos seres que representan como la fuente de sus diversos credos, se presentan tan variables como ellos mismos; tan frecuentemente cambiando sus planos como estos son sus argumentos. ¿Qué resulta de todo esto para un hombre racional? Será natural para él concluir que ni los dioses inconstantes, ni los sacerdotes vacilantes, cuyas opiniones son más fluctuantes que las estaciones, pueden ser los modelos adecuados de un sistema moral, que debe ser tan regular, tan determinado, tan invariable como las leyes de la misma naturaleza; como esa marcha eterna, de la que nunca la vemos derogar.

 

¡No! ¡Nociones arbitrarias, inconclusas, contradictorias, especulaciones abstractas e ininteligibles, nunca pueden ser las bases esterlinas de la ciencia ética! Deben ser principios evidentes y demostrables, deducidos de la naturaleza del hombre, fundados en sus necesidades, inspirados por la educación racional, hechos familiares por el hábito, sagrados por leyes sanas, que destellarán convicción en nuestra mente, harán que los sistemas sean útiles para la humanidad, haz que la virtud sea cara para nosotros, que poblará las naciones con hombres honestos, llenará las filas con súbditos fieles, las llenará de ciudadanos intrépidos. Los seres incomprensibles nada pueden presentar a nuestra imaginación, salvo vagas ideas, que nunca abrazarán ningún punto común de unión entre quienes los contemplarán.Si estos seres son pintados como terribles, la mente se extravía; si cambiable, siempre nos impide determinar el camino que debemos seguir. Las amenazas lanzadas por aquellos que, a pesar de sus propias afirmaciones, dicen estar fortalecidas con las opiniones, con la determinación de estos seres, rara vez serán más que volver desagradable la virtud; sólo el miedo nos hará practicar con desgana lo que la razón, que nuestro propio interés inmediato, debería hacernos ejecutar con placer.La inculcación de ideas terribles sólo sirve para perturbar a las personas honestas, sin detener en lo más mínimo el progreso de los libertinos, ni desviar el curso de los flageladores: la mayor parte de los hombres, cuando estén presentes al pecado, a entregarse. a las propensiones viciosas, dejarán de contemplar estas ideas terribles, sólo contemplarán a un Dios misericordioso, que está lleno de bondad, quien perdonará las transgresiones de su debilidad. El hombre nunca ve las cosas sino del lado que es más conforme a sus deseos.

 

La bondad de Dios alegra a los malvados; su rigor perturba al hombre honesto. Así, las cualidades con las que la teología reviste sus sustancias inmateriales resultando en sí mismas desventajosas para la sana moral. En esta bondad infinita tendrán la audacia de contar los hombres más corrompidos, cuando se vean precipitados por el crimen o entregados al vicio habitual. Si, pues, se les recuerda su conducta criminal, responda: "Dios es bueno, su misericordia es infinita, su clemencia sin límites". depravación. La superstición, sobre todo, más bien instiga al crimen que lo reprime, al afirmar a los mortales que con la asistencia de ciertas ceremonias, la realización de ciertos ritos, la repetición de ciertas oraciones,ayudaron por el pago de ciertas sumas de dinero, pueden apaciguar la ira de sus dioses, calmar la ira del cielo, lavar las manchas de sus pecados y ser recibidos con los brazos abiertos en el feliz número de los elegidos: ser colocados en las dichosas moradas de la eternidad. En suma, ¿no afirman universalmente los sacerdotes de la superstición, que poseen secretos infalibles, para reconciliar a los más perversos con la palidez de sus respectivos sistemas?

 

Debe concluirse de esto que, como quiera que se vean estos sistemas, de cualquier manera que se los considere, no pueden servir como base de la moralidad, que en su misma naturaleza está formada para ser invariablemente la misma. Los sistemas irascibles sólo son útiles para aquellos que encuentran interés en aterrorizar la ignorancia de la humanidad, para que puedan aprovecharse de sus temores, profundizar sus expiaciones. Los nobles de la tierra, que son con frecuencia hombres no dotados de la moral más ejemplar, que no exhiben en todas las ocasiones los más perfectos especímenes de abnegación, que no estarían, quizás, en todo momento representados como espejos. de virtud, no verán estos formidables sistemas, cuando estén inclinados a escuchar sus pasiones;para prestarse a la complacencia de sus deseos rebeldes: ellos, sin embargo, no sientan repugnancia en servirse de ellos para asustar a los demás, con el fin de que conserven intacta su superioridad; para que conserven íntegras sus prerrogativas; para que los aten más eficazmente a la servidumbre. Como el resto de la humanidad, verán a su Dios bajo los rasgos de su benevolencia; siempre lo creerán indulgente con los ultrajes que cometan contra sus semejantes, con tal de que ellos mismos le muestren el debido respeto: la superstición les dan medios fáciles para desviar su Ira; sus ministros rara vez omiten una oportunidad provechosa, para expiar los crímenes de la naturaleza humana. verán a su Dios bajo los rasgos de su benevolencia;siempre lo creerán indulgente con los ultrajes que cometan contra sus semejantes, con tal de que ellos mismos le muestren el debido respeto: la superstición les dan medios fáciles para desviar su Ira; sus ministros rara vez omiten una oportunidad provechosa, para expiar los crímenes de la naturaleza humana. verán a su Dios bajo los rasgos de su benevolencia; siempre lo creerán indulgente con los ultrajes que cometan contra sus semejantes, con tal de que ellos mismos le muestren el debido respeto: la superstición les dan medios fáciles para desviar su Ira; sus ministros rara vez omiten una oportunidad provechosa, para expiar los crímenes de la naturaleza humana.

 

La moralidad no está hecha para seguir los caprichos de la imaginación, la furia de las pasiones, los intereses fluctuantes de los hombres: debe poseer estabilidad; ser en todo tiempo el mismo, para todos los individuos de la raza humana; no debe variar en un país, ni en una raza de otra: ni la superstición ni la religión tienen el privilegio de subordinar su inmutabilidad a las leyes cambiantes de sus sistemas. Sólo hay un método para dar a la ética esta solidez; se ha señalado más de una vez en el curso de este trabajo: sólo debe fundarse en la naturaleza del hombre, basarse en sus deberes, reposar en las relaciones subsistentes entre seres inteligentes, que están enamorados, de su felicidad, que se ocupan de su propia conservación, que conviven en sociedad para que con mayor facilidad puedan cerciorarse de estos fines.

 

Al sopesar estos principios, que son evidentes por sí mismos, confirmados por la experiencia constante, aprobados por la razón, extraídos de la naturaleza misma, tendremos un tono de conducta invariable; un sistema seguro de moralidad, que nunca estará en contradicción consigo mismo. El hombre no tendrá ocasión de recurrir a especulaciones teológicas para regular su conducta en el mundo visible. Entonces estaremos capacitados para responder a aquellos que pretenden que sin ellos no puede haber moralidad. Si reflexionamos sobre el largo tejido de errores, sobre la inmensa cadena de divagaciones que se derivan de las nociones oscuras que engendran estos diversos sistemas, de las ideas siniestras que inculca la superstición en todos los países; Sería mucho más conforme a la verdad decir que toda ética sólida, toda moralidad, ya sea útil para los individuos o beneficiosa para la sociedad, es totalmente incompatible con sistemas que nunca representan a sus dioses sino bajo la forma de monarcas absolutos, cuyas buenas cualidades son continuamente eclipsadas por peligrosos caprichos. En consecuencia, nos veremos obligados a reconocer que para establecer la moral sobre un fundamento firme, debemos necesariamente comenzar por abandonar al menos esos sistemas quiméricos sobre los que hasta ahora se ha construido el edificio ruinoso de la moral sobrenatural, que durante tantos siglos, tan inútilmente ha sido predicado a una gran parte de los habitantes de la tierra.

 

Cualquiera que haya sido la causa que colocó al hombre en su presente morada, que le dio las facultades que posee; si se considera a la especie humana como obra de la naturaleza, o si se supone que debe su existencia a un ser inteligente, distinto de la naturaleza; la existencia del hombre, tal como es, es un hecho; vemos en él un ser que piensa, que siente, que tiene inteligencia, que se ama a sí mismo, que tiende a su propia conservación, que en cada instante de su duración se esfuerza por hacer agradable su existencia; quien, más fácilmente para satisfacer sus necesidades y procurarse placer, se congrega en sociedad con seres similares a él; de quien su conducta puede conciliar el favor, o atraer sobre él la desafección. Es, entonces, sobre estos sentimientos generales, inherentes a su naturaleza, que subsistirá mientras perdure su raza, que debemos fundar la moralidad; que es sólo una ciencia que abarca los deberes de los hombres que viven juntos en sociedad.

 

Estos deben tener su origen en nuestra naturaleza, se fundan en nuestras necesidades, porque no podemos alcanzar la meta de la felicidad, si no empleamos los medios necesarios: estos medios constituyen la ciencia moral. Para ser felices permanentemente, debemos comportarnos de tal manera que merezcamos el afecto, actuar de tal manera que aseguremos la asistencia de aquellos seres con quienes estamos asociados; éstos sólo nos otorgarán su amor, nos prestarán su estimación, nos ayudarán en nuestros proyectos, trabajarán para nuestra peculiar felicidad, pero en la proporción en que nuestros propios esfuerzos se empleen en beneficio de ellos. Es esta necesidad, que fluye naturalmente de las relaciones de la humanidad, lo que se llama OBLIGACIÓN MORAL.Se basa en la reflexión, se apoya en aquellos motivos competentes para determinar a los seres sensibles e a seguir inteligentes esa línea de conducta, que en el mejor calculado para lograr esa felicidad hacia la que están continuamente al borde. Estos motivos en la especie humana, nunca pueden ser otros que el deseo, siempre regenerador, de procurar el bien y evitar el mal. El placer y el dolor, la esperanza de la felicidad o el miedo a la miseria, son los únicos motivos aptos para ejercer una influencia eficaz sobre la voluntad de los seres sensibles.Para impulsarlos hacia este fin, es suficiente que estos motivos existan y sean entendidos para tener un conocimiento de ellos, solo es necesario considerar nuestra propia constitución: según esto, encontraremos que solo podemos amar esas acciones, aprobar esa conducta. , de donde resulta la utilidad real y recíproca; esto constituye la VIRTUD. En consecuencia, para conservarnos, para hacer nuestra propia felicidad, para gozar de seguridad, estamos obligados a seguir la rutina que conduce a este fin; para interesar a otros en nuestra propia conservación, estamos obligados a mostrar interés en la de ellos; no debemos hacer nada que pueda tender a interrumpir esa cooperación mutua que es la única que puede conducir a la felicidad deseada.Tal es el verdadero establecimiento de la obligación moral.

 

Siempre que se intente dar a la moralidad otra base que la naturaleza del hombre, siempre nos engañaremos a nosotros mismos; ningun otro puede tener la menor estabilidad; ninguno puede ser mas solido. Algunos autores, incluso de gran integridad, han pensado que para dar a la ética más respetabilidad a los ojos del hombre, para hacer más inviolables los deberes que su naturaleza le impone, era necesario revestirlos de la autoridad de un ser a quien han hecho superior a la naturaleza, a quien han hecho mas poderosa que la necesidad. La teología, apoderándose de estas ideas, con su propia falta general de inferencia justa, ha invadido en consecuencia la moralidad; se ha esforzado por conectarlo con sus diversos sistemas.Algunos han imaginado que esta unión haría más sagrada la virtud; que el miedo ligado a los poderes invisibles, que gobiernan la naturaleza, daría más peso, daría más eficacia a sus leyes; en suma, se ha creído que el hombre, persuadido de la necesidad del sistema moral, viéndola unida a la superstición, consideraría la superstición misma como necesaria para su felicidad. De hecho, es la suposición de que estos sistemas son esenciales para la moralidad lo que sostiene las ideas teológicas, lo que da permanencia a la mayor parte de todos los credos en la tierra; se imagina erróneamente que sin ellos el hombre no comprendería ni practicaría los deberes que debe a los demás.Este prejuicio, una vez establecido, da vigencia a la opinión de que las ideas vagan que surgen de estos sistemas están de tal manera conectadas con la moral, están tan vinculados con el bienestar real de la sociedad, que no pueden ser atacadas sin anular los deberes sociales que los unen. hombre a su prójimo. Se piensa que la reciprocidad de necesidades, el deseo de felicidad, los intereses evidentes de la comunidad, serían meros motivos esqueléticos, desprovistos de toda energía activa, si no tomaran prestada su sustancia de estos diversos sistemas; si no estuvieran investidos de la fuerza derivada de estos numerosos credos; si no estuvieran revestidos de la sanción de aquellas ideas que han sido hechas árbitros de todas las cosas.

 

Sin embargo, nada está más confirmado por la evidencia de la experiencia, nada se ha grabado más profundamente en las mentes de los hombres reflexivos que el peligro que surge siempre de conectar la verdad con la ficción; lo conocido con lo desconocido; el delirio del entusiasmo, con la tranquilidad de la razon. En efecto, ¿qué ha resultado de la confusa alianza, de las maravillosas especulaciones, que la teología ha hecho con las realidades más sustantivas? de mezclar sus evanescentes conjeturas con los aforismos confirmados del tiempo?La imaginación, desconcertada, ha confundido la verdad: la superstición, con la ayuda de sus suposiciones gratuitas, ha dominado a la naturaleza, ha hecho doblegar a la razón bajo su voluminoso yugo, ha sometido al hombre a sus peculiares caprichos; muy frecuentemente en nombre de sus dioses le obligaba a sofocar su naturaleza, violar piadosamente los deberes más sagrados de la moral. Cuando estas supersticiones han querido refrenar a los mortales a los que antes habían engañado, a los que habían vuelto irracionales, no les dieron más que frenos ideales, motivos imaginarios; sus causas insustanciales, por aquellas que eran sustantivas; maravillosos poderes sobrenaturales, por los que eran naturales, y bien entendidos;suministró realidades reales, por medio de romances ideales y fábulas visionarias. Por esta inversión de principio, la moral ya no tenía ninguna base fija: la naturaleza, la razón, la virtud, la demostración, estaban postradas ante los sistemas más indefinibles; se les hizo depender de promulgaciones oraculares, que nunca hablaron claramente; es más, en general silenciaron la razón, muchas veces fueron entregados por fanáticos, que el tiempo hubo ser impostores; por aquellos que, adoptando siempre el apelativo de seres inspirados, no dieron más que las andanzas de su propio delirio, o bien deseaban aprovecharse de los errores que ellos mismos inculcaban a la humanidad.Así estos hombres se interesaron profundamente en predicar la sumisión abyecta, la no resistencia, la obediencia pasiva, las virtudes ficticias, las ceremonias frívolas; en una palabra, una moralidad arbitraria, conforme a sus propias pasiones reinantes; frecuentemente perjudicial para el resto de la raza humana. conforme a sus propias pasiones reinantes; frecuentemente perjudicial para el resto de la raza humana. conforme a sus propias pasiones reinantes; frecuentemente perjudicial para el resto de la raza humana.

 

Fue así que, al hacer fluir la ética de estos diversos sistemas, de hecho la sometieron a las pasiones dominantes de los hombres, quienes tenían un interés directo en moldearla en su propio beneficio. Al estar dispuestos a fundarla en teorías no demostradas, la fundaron en nada; al derivarla de fuentes imaginarias, de las cuales cada individuo se forma su propia noción, generalmente adversa a la de su prójimo; al apoyarlo en oscuros oráculos, siempre pronunciados de manera ambigua, frecuentemente interpretados por hombres en el colmo del delirio, a veces por bribones, que tenían intereses inmediatos que promover, lo volvieron inestable, desprovisto de un principio fijo, con demasiada frecuencia lo dejaron. a merced de los más astutos de la humanidad. Al proponer al hombre los credos cambiantes de los teólogos como modelo, debilitaron el sistema moral de las acciones humanas; frecuentemente aniquilaba lo que la naturaleza proporcionaba; a menudo sustituía en su lugar nada más que la incertidumbre más desconcertante; la incoherencia más ruinosa. Estos sistemas, por las cualidades que se les atribuyen, se convierten en enigmas inexplicables, que cada uno expone como mejor le conviene; que cada uno explica según su propio modo peculiar de pensar; en la que el teólogo encuentra siempre lo que más armoniza con sus designios; que puede doblegar a sus propios fines siniestros; que ofrece como prueba irrefutable de la rectitud de esas acciones, que en el fondo no tienen más que su propio beneficio a la vista. Si exhortan al hombre manso, indulgente, equitativo, a ser bueno, compasivo, benévolo; igualmente excitan al furioso, que está desprovisto de estas cualidades, a ser intolerante, inhumano, despiadado. La moralidad de estos sistemas varía en cada individuo; difiere en un país de otro; de hecho, aquellas acciones que algunos hombres consideran sagradas, que han aprendido a considerar meritorias, hacen que otros se estremezcan de horror, los llenen de los más dolorosos recuerdos. Algunos ven a la Divinidad llena de dulzura y misericordia; otros lo contemplan como lleno de ira y furor, cuya ira debe ser mitigada por la comisión de las más espantosas crueldades.

 

La moralidad de la naturaleza es clara, es evidente incluso para quienes la ultrajan. No es así con la moralidad supersticiosa; esto es tan oscuro como los sistemas que lo prescriben; o más bien, tan fluctuantes como las pasiones, tan cambiantes como los temperamentos, de quienes las exponen; si se dejara a los teólogos, la ética debería ser considerada como la ciencia de todas las demás, la más problemática, la más inestable, la más difícil de llevar a un punto; se necesitaría el genio más profundo y penetrante, la mente más activa y vigorosa, para descubrir los principios de esos deberes que el hombre se debe a sí mismo, que debe ejercer para con los demás; esto haría que las fuentes del sistema moral fueran alcanzables por un número muy pequeño de individuos; los encerraría efectivamente en los gabinetes de los metafísicos; ponerlos bajo la traicionera tutela de los sacerdotes: derivarlo de esos sistemas, que son en sí mismos indefinibles, con los fundamentos de los cuales nadie está realmente familiarizado, que cada uno contempla según su propio modo, modifica según sus propias ideas peculiares, es al menos una vez para someterlo al capricho de cada individuo; es completamente reconocer, no sabemos de dónde se deriva, ni de dónde tiene sus principios. Cualquiera que sea el agente del que hacen depender la naturaleza o los seres que contiene; cualquiera que sea el poder que se le suponga investido, es muy cierto que el hombre existe o no existe; pero tan pronto como se reconozca su existencia, tan pronto como se admita lo que realmente es, cuando se le permita ser un ser sensible que vive en sociedad, enamorado de su propia felicidad, no pueden, sin aniquilarlo o modelarlo de nuevo, hacer que exista de otra manera. Por tanto, según su esencia actual, conforme a sus cualidades absolutas, conforme a aquellas modificaciones que lo constituyen en ser, de la especie humana, la moral se le hace necesaria, y el deseo de conservarse le hará preferir la virtud al vicio, por la misma necesidad que prefiere el placer al dolor. Si, siguiendo la doctrina de los teólogos, "que el hombre tiene ocasión de la gracia sobrenatural para capacitarlo para hacer el bien", debe ser muy perjudicial para los sólidos principios de la moralidad; porque siempre esperará "la llamada de lo alto", para ejercitar esa virtud, que es indispensable para su bienestar. Tertuliano, sin embargo, dice expresamente: "¿Por qué os afanáis,

 

To say, that man cannot possess any moral sentiments without embracing the discordant systems offered to his acceptance, is, in point of fact, saying, that he cannot distinguish virtue from vice; it is to pretend that without these systems, man would not feel the necessity of eating to live, would not make the least distinction, would be absolutely without choice in his food: it is to pretend, that unless he is fully acquainted with the name, character, and qualities of the individual who prepares a mess for him, he is not competent to discriminate whether this mess be agreeable or disagreeable, good or bad. He who does not feel himself satisfied what opinions to adopt, upon the foundation and moral attributes of these systems, or who even formally denies them, cannot at least doubt his own existence-his own functions—his own qualities—his own mode of feeling—his own method of judging; neither can he doubt the existence of other organized beings similar to himself; in whom every thing discovers to him qualities analogous with his own; of whom he can, by certain actions, either gain the love or incur the hatred—secure the assistance or attract the ill-will—merit the esteem or elicit the contempt; this knowledge is sufficient to enable him to distinguish moral good and evil. In short, every man enjoying a well-ordered organization, possessing the faculty of making true experience, will only need to contemplate himself in order to discover what he owes to others: his own nature will enlighten him much more effectually upon his duties, than those systems in which he will consult either his own unruly passions, those of some enthusiast, or those of an impostor. He will allow, that to conserve himself, to secure his own permanent welfare, he is frequently obliged to resist the blind impulse of his own desires; that to conciliate the benevolence of others, he must act in a mode conformable to their advantage; in reasoning thus, he will find out what virtue actually is; if he puts his theory into practice, he will be virtuous; he will be rewarded for his conduct by the harmony of his own machine; by the legitimate esteem of himself, confirmed by the good opinion of others, whose kindness he will have secured: if he acts in a contrary mode, the trouble that will ensue, the disorder of his frame, will quickly warn him that nature, thwarted by his actions, disapproves his conduct, which is injurious to himself; to which he will be obliged to add the condemnation of others, who will hate him. If the wanderings of his mind prevent him from seeing the more immediate consequences of his irregularities, neither will he perceive the distant rewards, the remote punishments, which these systems hold forth; because they will never speak to him so distinctly as his conscience, which will either reward or punish him on the spot. Theology has never yet known how to give a true definition of virtue: according to it, it is an effort of grace, that disposes man to do that which is agreeable to the Divinity. But what is this grace? How doth it act upon man? How shall we know what is agreeable to a Divinity who is incomprehensible to all men?

 

Every thing that has been advanced evidently proves, that superstitious morality is an infinite loser when compared with the morality of nature, with which, indeed, it is found in perpetual contradiction. Nature invites man to love himself, to preserve his existence, to incessantly augment the sum of his happiness: superstition teaches him to be in love only with formidable doctrines, calculated to generate his dislike; to detest himself; to sacrifice to his idols his most pleasing sensations—the most legitimate pleasures of his heart. Nature counsels man to consult reason, to adopt it for his guide; superstition pourtrays this reason as corrupted, as a treacherous director, that will infallibly lead him astray. Nature warns him to enlighten his understanding, to search after truth, to inform himself of his duties; superstition enjoins him not to examine any thing, to remain in ignorance, to fear truth; it persuades him there are no relations so important to his interest, as those which subsist between himself and systems which he can never understand. Nature tells the being who is in love with his welfare, to moderate his passions, to resist them when they are found destructive to himself, to counteract them by substantive motives collected from experience; superstition desires a sensible being to have no passions, to be an insensible mass, or else to combat his propensities by motives borrowed from the imagination, which are as variable as itself. Nature exhorts man to be sociable, to love his fellow creatures, to be just, peaceable, indulgent, benevolent, to permit his associates to freely enjoy their opinions; superstition admonishes him to fly society, to detach himself from his fellow mortals, to hate them when their imagination does not procure them dreams conformable to his own; to break through the most sacred bonds, to maintain his own opinions, or to frustrate those of his neighbour; to torment, to persecute, to massacre, those who will not be mad after his own peculiar manner. Nature exacts that man in society should cherish glory, labour to render himself estimable, endeavour to establish an imperishable name, to be active, courageous, industrious; superstition tells him to be abject, pusillanimous, to live in obscurity, to occupy himself with ceremonies; it says to him, be useless to thyself, and do nothing for others. Nature proposes to the citizen, for his model, men endued with honest, noble, energetic souls, who have usefully served their fellow citizens; superstition recommends to his imitation mean, cringing sycophants; extols pious enthusiasts, frantic penitents, zealous fanatics, who for the most ridiculous opinions have disturbed the tranquility of empires. Nature urges the husband to be tender, to attach himself to the company of his mate, to cherish her in his bosom; superstition makes a crime of his susceptibility, frequently obliges him to look upon the conjugal bonds as a state of pollution, as the offspring of imperfection. Nature calls to the father to nurture his children, to cherish their affection, to make them useful members of society; superstition advises him to rear them in fear of its systems, to hoodwink them, to make them superstitious, which renders them incapable of actually serving society, but extremely well calculated to disturb its repose. Nature cries out to children to honor their parents, to listen to their admonitions, to be the support of their old age; superstition says, prefer the oracles; in support of the systems of which you are an admitted member, trample father and mother under your feet. Nature holds out to the philosopher that he should occupy himself with useful objects, consecrate his cares to his country, make advantageous discoveries, suitable to perfect the condition of mankind; superstition saith, occupy thyself with useless reveries; employ thy time in endless dispute; scatter about with a lavish hand the seeds of discord, calculated to induce the carnage of thy fellows; obstinately maintain opinions which thou thyself canst never understand. Nature points out to the perverse man, that he should blush for his vices, that he should feel sorrow for his disgraceful propensities, that he should be ashamed of crime; it shews him, that his most secret irregularities will necessarily have an influence over his own felicity; superstition crieth to the most corrupt men, to the most flagitious mortals, "do not irritate the gods, whom thou knowest not; but if, peradventure, against their express command, thou dost deliver thyself up to crime, remember that their mercy is infinite, that their compassion endureth for ever, that therefore they may be easily appeased; thou hast nothing more to do than to go into their temples, prostrate thyself before their altars, humiliate thyself at the feet of their ministers; expiate thy transgressions by largesses, by sacrifices, by offerings, by ceremonies, and by prayer; these things done with a willing spirit, and a contrite heart, will pacify thine own conscience, and cleanse thee in the eyes of heaven."

 

The rights of the citizen, or the man in society, are not less injured by superstition, which is always in contradiction with sound politics. Nature says distinctly to man, "thou art free; no power on earth can justly deprive thee of thy rights, without thine own consent; and even then, thou canst not legitimately make thyself a slave to thy like." Superstition tells him he is a slave, condemned to groan all his life under the iron rod of the representatives of its system. Nature commands man to love the country which gave him birth, to serve it faithfully, to blend his interests with it, to unite against all those who shall attempt to injure it; superstition generally orders him to obey without murmur the tyrants who oppress it, to serve them against its best interests, to merit their favors by contributing to enslave their fellow citizens to their ungovernable caprices: notwithstanding these general orders, if the sovereign be not sufficiently devoted to the priest, superstition quickly changes its language, it then calls upon subjects to become rebels; it makes it a duty in them to resist their masters; it cries out to them, "it is better to obey the gods than men." Nature acquaints princes that they are men: that it is not by their capricious whims that they can decide what is just; that it is not their wayward humours that can mark what is unjust; that the public will maketh the law. Superstition often insinuates to them that they are gods, to whom nothing in this world ought to offer resistance; sometimes, indeed, it transforms them into tyrants, whom enraged heaven is desirous should be immolated to its wrath.

 

Superstition corrupts princes; these corrupt the law, which, like themselves, becomes unjust; from thence institutions are perverted; education only forms men who are worthless, blinded with prejudice, smitten with vain objects, enamoured of wealth, devoted to pleasures, which they must obtain by iniquitous means: thus nature, mistaken, is disdained; virtue is only a shadow quickly sacrificed to the slightest interest, while superstition, far from remedying these evils to which it has given birth, does nothing more than render them still more inveterate; or else engenders sterile regrets which it presently effaces: thus, by its operation, man is obliged to yield to the force of habit, to the general example, to the stream of those propensities, to those causes of confusion, which conspire to hurry all his species, who are not willing to renounce their own welfare, on to the commission of crime.

 

Here is the mode by which superstition, united with politics, exert their efforts to pervert, abuse, and poison the heart of man; the generality of human institutions appear to have only for their object to abase the human character, to render it more flagitiously wicked. Do not then let us be at all astonished if morality is almost every where a barren speculation, from which every one is obliged to deviate in practice, if he will not risk the rendering himself unhappy. Men can only have sound morals, when, renouncing his prejudices, he consults his nature; but the continued impulse which his soul is every moment receiving, on the part of more powerful motives, quickly compels him to forget those ethical rules which nature points out to him. He is continually floating between vice and virtue; we behold him unceasingly in contradiction with himself; if, sometimes, he justly appreciates the value of an honest, upright conduct, experience very soon shews him, that this cannot lead him to any thing, which he has been taught to desire, on the contrary, that it may be an invincible obstacle to the happiness which his heart never ceases for an instant to search after. In corrupt societies it is necessary to become corrupt, in order to become happy.

 

Citizens, led astray at the same time both by their spiritual and temporal guides, neither knew reason nor virtue. The slaves both of their superstitious systems, and of men like themselves, they had all the vices attached to slavery; kept in a perpetual state of infancy, they had neither knowledge nor principles; those who preached virtue to them, knew nothing of it themselves, and could not undeceive them with respect to those baubles in which they had learned to make their happiness consist. In vain they cried out to them to stifle those passions which every thing conspired to unloose: in vain they made the thunder of the gods roll to intimidate men whose tumultuous passions rendered them deaf. It was soon discovered that the gods of the heavens were much less feared than those of the earth; that the favour of the latter procured a much more substantive welfare than the promises of the former; that the riches of this world were more tangible than the treasures reserved for favorites in the next; that it was much more advantageous for men to conform themselves to the views of visible powers than to those of powers who were not within the compass of their visual faculties.

 

Thus society, corrupted by its priests, guided by their caprice, could only bring forth a corrupt offspring. It gave birth to avaricious, ambitious, jealous, dissolute citizens, who never saw any thing happy but crime; who beheld meanness rewarded; incapacity honoured; wealth adored; debauchery held in esteem; who almost every where found talents discouraged; virtue neglected; truth proscribed; elevation of soul crushed; justice trodden under foot; moderation languishing in misery; liberality of mind obligated to groan under the ponderous bulk of haughty injustice.

 

En medio de este desorden, en esta confusión de ideas, los preceptos de la moral no podían ser más que vagas declamaciones, incapaces de convencer a nadie. ¿Qué barrera podría oponer la superstición, con sus motivos imaginarios, a la corrupción general? Cuando hablaba razón, no podía ser oído; sus propios dioses no eran lo suficientemente poderosos para resistir el torrente; sus amenazas fracasaron en aquellos corazones que todo precipitaba al crimen; sus promesas lejanas no podían contrarrestar las ventajas presentes; sus expiaciones, siempre prontas a limpiar a los mortales de sus pecados, los envalentonaban para perseverar en sus actividades criminales; sus frívolas ceremonias calmaron sus conciencias; su celo, sus disputas, sus caprichos, no hacían sino multiplicar los males, con que la sociedad se encontraba afligida; solo les dio una inveteración que los hizo más traviesos; en fin, en las naciones más viciadas había multitud de devotos, y muy pocos hombres honrados. Grandes y pequeños escuchaban las doctrinas de la superstición, cuando les parecían favorables a sus pasiones dominantes; cuando deseaban contrarrestarlos, ya no escuchaban. Siempre que la superstición era conforme a la moral, parecía incómoda, solo se seguía cuando combatía la ética o la destruía. El mismo déspota lo encontró maravilloso, cuando le aseguró que era un dios sobre la tierra; que sus súbditos nacieron para adorarlo solo, para administrar a sus fantasmas. La descuidó cuando le dijo que fuera justo; de allí vio que estaba en contradicción consigo misma, que era inútil predicar la equidad a un mortal deificado; además, estaba seguro de que los dioses lo perdonarían todo, tan pronto como él consintiera en recurrir a sus sacerdotes, siempre dispuestos a reconciliarlos; los más malvados de sus súbditos contaban de la misma manera con su ayuda divina: así la superstición, lejos de refrenar el vicio, aseguraba su impunidad; sus amenazas no pudieron destruir los efectos que sus indignos halagos habían producido en los príncipes; estas mismas amenazas no pudieron aniquilar la esperanza que sus expiaciones habían dado a todos. Los soberanos, inflados de orgullo o siempre seguros de lavar sus crímenes mediante sacrificios oportunos, ya no temían a sus dioses; convertidos ellos mismos en dioses, creían que les estaba permitido cualquier cosa contra los pobres y miserables mortales, a quienes ya no consideraban bajo otra luz que como juguetes destinados a su diversión terrenal. tan pronto como consintiera en recurrir a sus sacerdotes, siempre dispuesto a reconciliarlos; los más malvados de sus súbditos contaban de la misma manera con su ayuda divina: así la superstición, lejos de refrenar el vicio, aseguraba su impunidad; sus amenazas no pudieron destruir los efectos que sus indignos halagos habían producido en los príncipes; estas mismas amenazas no pudieron aniquilar la esperanza que sus expiaciones habían dado a todos. Los soberanos, inflados de orgullo o siempre seguros de lavar sus crímenes mediante sacrificios oportunos, ya no temían a sus dioses; convertidos ellos mismos en dioses, creían que les estaba permitido cualquier cosa contra los pobres y miserables mortales, a quienes ya no consideraban bajo otra luz que como juguetes destinados a su diversión terrenal. tan pronto como consintiera en recurrir a sus sacerdotes, siempre dispuesto a reconciliarlos; los más malvados de sus súbditos contaban de la misma manera con su ayuda divina: así la superstición, lejos de refrenar el vicio, aseguraba su impunidad; sus amenazas no pudieron destruir los efectos que sus indignos halagos habían producido en los príncipes; estas mismas amenazas no pudieron aniquilar la esperanza que sus expiaciones habían dado a todos. Los soberanos, inflados de orgullo o siempre seguros de lavar sus crímenes mediante sacrificios oportunos, ya no temían a sus dioses; convertidos ellos mismos en dioses, creían que les estaba permitido cualquier cosa contra los pobres y miserables mortales, a quienes ya no consideraban bajo otra luz que como juguetes destinados a su diversión terrenal. los más malvados de sus súbditos contaban de la misma manera con su ayuda divina: así la superstición, lejos de refrenar el vicio, aseguraba su impunidad; sus amenazas no pudieron destruir los efectos que sus indignos halagos habían producido en los príncipes; estas mismas amenazas no pudieron aniquilar la esperanza que sus expiaciones habían dado a todos. Los soberanos, inflados de orgullo o siempre seguros de lavar sus crímenes mediante sacrificios oportunos, ya no temían a sus dioses; convertidos ellos mismos en dioses, creían que les estaba permitido cualquier cosa contra los pobres y miserables mortales, a quienes ya no consideraban bajo otra luz que como juguetes destinados a su diversión terrenal. los más malvados de sus súbditos contaban de la misma manera con su ayuda divina: así la superstición, lejos de refrenar el vicio, aseguraba su impunidad; sus amenazas no pueden destruir los efectos que sus indignos halagos han producido en los príncipes; estas mismas amenazas no pueden aniquilar la esperanza que sus expiaciones habían dado a todos. Los soberanos, inflados de orgullo o siempre seguros de lavar sus crímenes mediante sacrificios oportunos, ya no temían a sus dioses; se convirtieron ellos mismos en dioses, creían que les estaba permitido cualquier cosa contra los pobres y miserables mortales, a quienes ya no apreciaron bajo otra luz que como juguetes destinados a su diversión terrenal. sus amenazas no pueden destruir los efectos que sus indignos halagos han producido en los príncipes; estas mismas amenazas no pueden aniquilar la esperanza que sus expiaciones habían dado a todos.Los soberanos, inflados de orgullo o siempre seguros de lavar sus crímenes mediante sacrificios oportunos, ya no temían a sus dioses; se convirtieron ellos mismos en dioses, creían que les estaba permitido cualquier cosa contra los pobres y miserables mortales, a quienes ya no apreciaron bajo otra luz que como juguetes destinados a su diversión terrenal. sus amenazas no pueden destruir los efectos que sus indignos halagos han producido en los príncipes; estas mismas amenazas no pueden aniquilar la esperanza que sus expiaciones habían dado a todos. Los soberanos, inflados de orgullo o siempre seguros de lavar sus crímenes mediante sacrificios oportunos, ya no temían a sus dioses;se convirtieron ellos mismos en dioses, creían que les estaba permitido cualquier cosa contra los pobres y miserables mortales, a quienes ya no apreciaron bajo otra luz que como juguetes destinados a su diversión terrenal. ya no temían a sus dioses; se convirtieron ellos mismos en dioses, creían que les estaba permitido cualquier cosa contra los pobres y miserables mortales, a quienes ya no apreciaron bajo otra luz que como juguetes destinados a su diversión terrenal. ya no temían a sus dioses; se convirtieron ellos mismos en dioses, creían que les estaba permitido cualquier cosa contra los pobres y miserables mortales, a quienes ya no apreciaron bajo otra luz que como juguetes destinados a su diversión terrenal.

 

Si se consultara la naturaleza del hombre en su política, que las ideas sobrenaturales han depravado tan lamentablemente, se rectificarían por completo esas nociones falsas que abrigan por igual los soberanos y los súbditos; contribuiría más ampliamente que todas las supersticiones existentes a hacer, poderosa y floreciente a la sociedad bajo la autoridad racional. La naturaleza le enseñaría al hombre que es con el propósito de disfrutar de una mayor porción de felicidad, que los mortales viven juntos en sociedad; que es su propia conservación, su propia felicidad inmediata, lo que la sociedad debe tener por objeto determinado e inmutable; que sin equidad, una nación sólo se parece a una congregación de enemigos;que su más cruel enemigo, es el hombre que lo engaña para esclavizarlo; que los flagelos más temibles, son aquellos sacerdotes que corrompen a sus jefes, que,

 

Esta naturaleza, interrogada por los príncipes, les enseñaría que son hombres y no dioses; que su poder sólo se deriva del consentimiento de otros hombres; que ellos mismos son ciudadanos, encargados por otros ciudadanos, del cuidado de velar por la seguridad de todos; que la ley debe ser sólo la expresión de la voluntad pública; que nunca se les permite contrarrestar la naturaleza, o frustrar el fin invariable de la sociedad. Esta naturaleza haría que los monarcas sintieran que para ser verdaderamente grandes, para ser decididamente poderosos, deberían comandar almas elevadas y virtuosas; no mentes degradadas por el despotismo, viciadas por la superstición.Esta naturaleza enseñaría a los soberanos que, para ser apreciados por sus súbditos, deben brindarles socorro; para hacerles disfrutar de aquellos beneficios que sus necesidades hacen imperiosas, que deben mantenerlos en todo tiempo, inviolablemente, en la posesión de sus derechos, de los cuales son los defensores designados, de los cuales son los guardianes constituidos. Esta naturaleza probaría a todos aquellos príncipes que se dignasen consultarla, que sólo por las buenas acciones, por la bondad, pueden merecer el amor, o asegurar el apego del pueblo; que la opresión no hace más que levantar enemigos contra ellos; que la violencia sólo hace que su poder sea inestable; que la fuerza, por brutal que sea su uso, no puede conferirles ningún derecho legítimo;que los seres muy enamorados de la felicidad, deben terminar tarde o temprano por rebelarse contra una autoridad que se erige en la injusticia; que sólo se hace sentir por el ultraje que comete: así es como la naturaleza, soberana de todos los seres, que eres el hombre de tu pueblo; el ministro de tu nación; el intérprete de sus leyes; el ejecutor de su voluntad; el conciudadano de aquellos a quienes tienen derecho de mandar, sólo porque consienten en obedecerte, en vista del bien que les promete procurar. Reina, pues, en estas condiciones; cumple tus compromisos sagrados. Ser benévolo: sobre todo, equitativo. Si estás dispuesto a que te aseguren tu poder, nunca abuses de él;que sea circunscrito por los límites inamovibles de la justicia eterna. Sé padre de tu pueblo, y ellos te cuidarán como a tus hijos. Pero, si descuidas tus deberes, los descuidas; si descuidas tu propio interés, los separas de los de tu gran familia, si niegas a tus súbditos la felicidad que les debes; si, indiferente a tu propia seguridad, tú te armas contra ellos; serás como todos los tiranos, esclavo de sombrías sospechas, esclavo de la alarma, vasallo de la cruel sospecha: serás víctima de tu propia locura. Tu pueblo, reducido a la desesperación, despojado de su felicidad, ya no reconocerá tus derechos divinos. En vano, pues, pedirías ayuda a esa superstición que te ha deificado;de nada puede servir a tu pueblo, a quien la aguda miseria habia dejado sordo; el cielo te abandonará a la furia de aquellos enemigos a los que tu frenesí habrá dado a luz. Los sistemas supersticiosos no pueden hacer nada contra mis decretos irrevocables, que pretenden que el hombre siempre se irrite contra la causa de sus dolores". el vasallo de la cruel sospecha: serás víctima de tu propia locura. Tu pueblo, reducido a la desesperación, despojado de su felicidad, ya no reconocerá tus derechos divinos. furia de aquellos enemigos a los que tu frenesí habrá dado a luz.Los sistemas supersticiosos no pueden hacer nada contra mis decretos irrevocables, que pretenden que el hombre siempre se irrite contra la causa de sus dolores". el vasallo de la cruel sospecha: serás víctima de tu propia locura. Tu pueblo, reducido a la desesperación, despojado de su felicidad, ya no reconocerá tus derechos divinos. furia de aquellos enemigos a los que tu frenesí habrá dado a luz. Los sistemas supersticiosos no pueden hacer nada contra mis decretos irrevocables, que pretenden que el hombre siempre se irrite contra la causa de sus dolores".de nada puede servir a tu pueblo, a quien la aguda miseria habia dejado sordo; el cielo te abandonará a la furia de aquellos enemigos a los que tu frenesí habrá dado a luz. Los sistemas supersticiosos no pueden hacer nada contra mis decretos irrevocables, que pretenden que el hombre siempre se irrite contra la causa de sus dolores". de nada puede servir a tu pueblo, a quien la aguda miseria había dejado sordo; el cielo te abandonará a la furia de aquellos enemigos a los que tu frenesí habrá dado a luz. Los sistemas supersticiosos no pueden hacer nada contra mis decretos irrevocables, que pretenden que el hombre siempre se irrite contra la causa de sus dolores".

 

En resumen, todo haría saber a los príncipes racionales que no tienen motivo para que la superstición sea obedecida fielmente en la tierra; que todos los poderes contenidos en estos sistemas no los sustentarán cuando actúen como tiranos; que sus verdaderos amigos son los que desengañan al pueblo en sus engaños; que sus verdaderos enemigos son aquellos que los intoxican con halagos, que los aguantan en el crimen, que les hacen demasiado fácil el camino al cielo, que los alimentan con doctrinas fantasiosas y quiméricas, calculadas para desviarlos de esos cuidados, para desviarlos de esos sentimientos , que justamente deben a sus naciones.

 

Es entonces, lo repito, sólo reconduciendo al hombre a la naturaleza, que podemos procurarle nociones distintas, opiniones evidentes, conocimientos ciertos; sólo mostrándole sus verdaderas relaciones con sus semejantes podemos ponerlo en el camino de la felicidad. La mente humana, cegada por la teología, apenas ha avanzado un solo paso. Los sistemas supersticiosos del hombre lo han vuelto escéptico sobre las verdades más demostrables. La superstición, mientras lo impregnaba todo, mientras tenía una influencia universal, servía para corromper el todo: la filosofía, arrastrada en su estela, aunque engrosaba su procesión triunfal, ya no era más que una ciencia imaginaria: abandonaba el mundo real. sumergirse en las sinuosidades de lo ideal, inconcebibles laberintos de la metafísica;descuidó a la naturaleza, que abrió espontáneamente su libro a su examen, ocuparse de sistemas llenos de espíritus, de poderes invisibles, que sólo sirvieron para oscurecer todas las cuestiones; los cuales, cuanto más se sondeaban, más inexplicables se volvían; que se deleitaba en promulgar lo que nadie era competente para comprender. En todas las dificultades introdujo la Divinidad; desde allí las cosas sólo se volvieron más y más confusas, hasta que nada pudo ser explicado. Las nociones teológicas parecen haber sido inventadas sólo para hacer huir la razón del hombre; para confundir su juicio; para engañar su mente; volcar sus ideas mas claras en todas las ciencias.En manos del teólogo, la lógica, o el arte de razonar, no era más que una jerga ininteligible, calculada para apoyar el sofisma, para tolerar la falsedad, para intentar probar las contradicciones más palpables. La moral, como hemos visto, se volvió vacilante e incierto, porque se fundaba en sistemas ideales, nunca en armonía consigo mismos, que, por el contrario, contradecían continuamente sus afirmaciones más positivas. La política, como hemos dicho en otra parte, fue cruelmente pervertida por las ideas falaces dadas a los soberanos de sus derechos reales. La jurisprudencia decidida estaba sujetamente sujeta a los caprichos de la superstición, que encadenaba el trabajo, encadenaba la industria humana, controlaba la actividad y trababa el comercio de las naciones.En una palabra, todo fue sacrificado a los intereses inmediatos de estos teólogos: en lugar de toda ciencia racional, no enseñaron más que una metafísica oscura y pendenciera, que con demasiada frecuencia hizo correr copiosamente la sangre de aquellos desdichados que eran incapaz de entender sus alucinaciones. porque se fundaba en sistemas ideales, nunca en armonía consigo mismos, que, por el contrario, contradecían continuamente sus más positivas afirmaciones. La política, como hemos dicho en otra parte, fue cruelmente pervertida por las ideas falaces dadas a los soberanos de sus derechos reales. La jurisprudencia estaba decididamente sujeta a los caprichos de la superstición, que encadenaba el trabajo, encadenaba la industria humana, controlaba la actividad y trababa el comercio de las naciones. En una palabra, todo fue sacrificado a los intereses inmediatos de estos teólogos: en lugar de toda ciencia racional, no enseñaron más que una metafísica oscura y pendenciera, que con demasiada frecuencia hizo correr copiosamente la sangre de aquellos desdichados que eran incapaz de entender sus alucinaciones. porque se fundaba en sistemas ideales, nunca en armonía consigo mismos, que, por el contrario, contradecían continuamente sus más positivas afirmaciones. La política, como hemos dicho en otra parte, fue cruelmente pervertida por las ideas falaces dadas a los soberanos de sus derechos reales. La jurisprudencia estaba decididamente sujeta a los caprichos de la superstición, que encadenaba el trabajo, encadenaba la industria humana, controlaba la actividad y trababa el comercio de las naciones. En una palabra, todo fue sacrificado a los intereses inmediatos de estos teólogos: en lugar de toda ciencia racional, no enseñaron más que una metafísica oscura y pendenciera, que con demasiada frecuencia hizo correr copiosamente la sangre de aquellos desdichados que eran incapaz de entender sus alucinaciones. nunca en armonía con ellos mismos, que, por el contrario, contradecían continuamente sus afirmaciones más positivas. La política, como hemos dicho en otra parte, fue cruelmente pervertida por las ideas falaces dadas a los soberanos de sus derechos reales. La jurisprudencia estaba decididamente sujeta a los caprichos de la superstición, que encadenaba el trabajo, encadenaba la industria humana, controlaba la actividad y trababa el comercio de las naciones. En una palabra, todo fue sacrificado a los intereses inmediatos de estos teólogos: en lugar de toda ciencia racional, no enseñaron más que una metafísica oscura y pendenciera, que con demasiada frecuencia hizo correr copiosamente la sangre de aquellos desdichados que eran incapaz de entender sus alucinaciones. nunca en armonía con ellos mismos, que, por el contrario, contradecían continuamente sus afirmaciones más positivas. La política, como hemos dicho en otra parte, fue cruelmente pervertida por las ideas falaces dadas a los soberanos de sus derechos reales. La jurisprudencia estaba decididamente sujeta a los caprichos de la superstición, que encadenaba el trabajo, encadenaba la industria humana, controlaba la actividad y trababa el comercio de las naciones. En una palabra, todo fue sacrificado a los intereses inmediatos de estos teólogos: en lugar de toda ciencia racional, no enseñaron más que una metafísica oscura y pendenciera, que con demasiada frecuencia hizo correr copiosamente la sangre de aquellos desdichados que eran incapaz de entender sus alucinaciones. contradecían continuamente sus afirmaciones más positivas. La política, como hemos dicho en otra parte, fue cruelmente pervertida por las ideas falaces dadas a los soberanos de sus derechos reales. La jurisprudencia estaba decididamente sujeta a los caprichos de la superstición, que encadenaba el trabajo, encadenaba la industria humana, controlaba la actividad y trababa el comercio de las naciones. En una palabra, todo fue sacrificado a los intereses inmediatos de estos teólogos: en lugar de toda ciencia racional, no enseñaron más que una metafísica oscura y pendenciera, que con demasiada frecuencia hizo correr copiosamente la sangre de aquellos desdichados que eran incapaz de entender sus alucinaciones. contradecían continuamente sus afirmaciones más positivas. La política, como hemos dicho en otra parte, fue cruelmente pervertida por las ideas falaces dadas a los soberanos de sus derechos reales. La jurisprudencia estaba decididamente sujeta a los caprichos de la superstición, que encadenaba el trabajo, encadenaba la industria humana, controlaba la actividad y trababa el comercio de las naciones. En una palabra, todo fue sacrificado a los intereses inmediatos de estos teólogos: en lugar de toda ciencia racional, no enseñaron más que una metafísica oscura y pendenciera, que con demasiada frecuencia hizo correr copiosamente la sangre de aquellos desdichados que eran incapaz de entender sus alucinaciones. La jurisprudencia estaba decididamente sujeta a los caprichos de la superstición, que encadenaba el trabajo, encadenaba la industria humana, controlaba la actividad y trababa el comercio de las naciones. En una palabra, todo fue sacrificado a los intereses inmediatos de estos teólogos: en lugar de toda ciencia racional, no enseñaron más que una metafísica oscura y pendenciera, que con demasiada frecuencia hizo correr copiosamente la sangre de aquellos desdichados que eran incapaz de entender sus alucinaciones. La jurisprudencia estaba decididamente sujeta a los caprichos de la superstición, que encadenaba el trabajo, encadenaba la industria humana, controlaba la actividad y trababa el comercio de las naciones. En una palabra, todo fue sacrificado a los intereses inmediatos de estos teólogos: en lugar de toda ciencia racional, no enseñaron más que una metafísica oscura y pendenciera, que con demasiada frecuencia hizo correr copiosamente la sangre de aquellos desdichados que eran incapaz de entender sus alucinaciones.

 

Born an enemy to experience, theology, that supernatural science, was an invincible obstacle to the progress of the natural sciences, as it almost always threw itself in their way. It was not permitted to experimental philosophy, to natural history, to anatomy, to see any thing but through the jaundiced eye of superstition. The most evident facts were rejected with disdain, proscribed with horror, when ever they could not be made to quadrate with the idle hypotheses of superstition. Virgil, the Bishop of Saltzburg, was condemned by the church, for having dared to maintain the existence of the antipodes; Gallileo suffered the most cruel persecutions, for asserting that the sun did not make its revolution round the earth. Descartes was obliged to die in a foreign land. Priests, indeed, have a right to be the enemies to the sciences; the progress of reason must, sooner or later, annihilate superstitious ideas. Nothing that is founded upon nature, that is bottomed upon truth, can ever be lost; while the systems of imaginations, the creeds of imposture, must be overturned. Theology unceasingly opposed itself to the happiness of nations—to the progress of the human mind—to useful researches—to the freedom of thought; it kept man in ignorance; all his steps being guided by it, he was no more than a tissue of errors. Indeed, is it resolving a question in natural philosophy, to say that an effect which excites our surprise, that an unusual phenomenon, that a volcano, a deluge, a hurricane, a comet, &c. are either signs of divine wrath, or works contrary to the laws of nature? In persuading nations, as it has done, that the calamities, whether physical or moral, which they experience, are the effects of the divine anger, or chastisements which his power inflicts on them, has it not, in fact, prevented them from seeking after remedies for these evils? Would it not have been more useful to have studied the nature of things, to have sought in nature herself, or in human industry, for succours against those sorrows with which mortals are afflicted, than to attribute the evil which man experiences to an unknown power, against whose will it cannot be supposed there exists any relief? The study of nature, the search after truth, elevates the soul, expands the genius, is calculated to render man active, to make him courageous. Theological notions appear to have been made to debase him, to contract his mind, to plunge him into despondence. In the place of attributing to the divine vengeance those wars, those famines, those sterilities, those contagions, that multitude of calamities, which desolate the earth; would it not have been more useful, more consistent with truth, to have shewn man that these evils were to be ascribed to his own folly, or rather to the unruly passions, to the want of energy, to the tyranny of some princes, who sacrifice nations to their frightful delirium? The irrational people, instead of amusing themselves with expiations for their pretended crimes, seeking to render themselves acceptable to imaginary powers; should they not rather have sought in a more healthy administration, the true means of avoiding those scourges, to which they were the victims? Natural evils demand natural remedies: ought not experience then long since to have convinced mortals of the inefficacy of supernatural remedies, of expiatory sacrifices, of fastings, of processions, &c. which almost all the people of the earth have vainly opposed to the disasters which they experienced?

 

Let us then conclude, that theology with its notions, far from being useful to the human species, is the true source of all those sorrows which afflict the earth of all those errors by which man is blinded; of those prejudices which benumb mankind; of that ignorance which renders him credulous; of those vices which torment him; of those governments which oppress him. Let us be fully persuaded that those theological, supernatural ideas, with which man is inspired from his infancy, are the actual causes of his habitual folly; are the springs of his superstitious quarrels; of his sacred dissensions; of his inhuman persecutions. Let us, at length, acknowledge, that they are these fatal ideas which have obscured morality; corrupted polities; retarded the progress of the sciences; annihilated happiness; banished peace from the bosom of mankind, Then let it be no longer dissimulated, that all those calamities, for which man turns his eyes towards heaven, bathed in tears, have their spring in the imaginary systems he has adopted: let him, therefore, cease to expect relief from them; let him seek in nature, let him search in his own energies, those resources, which superstition, deaf to his cries, will never procure for him. Let him consult the legitimate desires of his heart, and he will find that which he oweth to himself, also that which he oweth to others; let him examine his own essence, let him dive into the aim of society, from thence he will no longer be a slave; let him consult experience, he will find truth, and he will discover, that error can never possible render him happy.

 

 

 

 

 

 

 

 

CHAP. X.

Man can form no Conclusion from the Ideas which are offered him of the Divinity.—Of their want of just Inference.—Of the Inutility of his Conduct.

 

It has been already stated, that ideas to be useful, must be founded upon truth; that experience must at all times demonstrate their justice: if, therefore, as we have proved, the erroneous ideas which man has in almost all ages formed to himself of the Divinity, far from being of utility, are prejudicial to morality, to politics, to the happiness of society, to the welfare of the individuals who compose it, in short, to the progress of the human understanding; reason, and our interest, ought to make us feel the necessity of banishing from our mind these illusive, futile opinions, which can never do more than confound it—which can only disturb the tranquillity of our hearts. In vain should we flatter ourselves with arriving at the correction of theological notions; erroneous in their principles, they are not susceptible of reform. Under whatever shape an error presents itself, as soon as man shall attach an undue importance to it, it will, sooner or later, finish by producing consequences dangerous in proportion to their extent. Besides, the inutility of those researches, which in all ages have been made after the true nature of the Divinity, the notions that have hitherto been entertained, have done little more than throw it into greater obscurity, even to those who have most profoundly meditated on the subject; then, ought not this very inutility to convince us that this subject is not within the reach of our capacity that this being will not be better known to us, or by our descendants, than it hath been to our ancestors, either the most savage or the most ignorant? The object, which of all others man has at all times reasoned upon the most, written upon the most, nevertheless remains the least known; far from progressing in his research, time, with the aid of theological ideas, has only rendered it more impossible to be conceived. If the Divinity be such as dreaming theology depicts, he must himself be a Divinity who is competent to form an idea of him. We know little of man, we hardly know ourselves, or our own faculties, yet we are disposed to reason upon a being inaccessible to our senses. Let us, then, travel in peace over the line described for us by nature, without having a wish to diverge from it, to hunt after vague systems; let us occupy ourselves with our true happiness; let us profit of the benefits spread before us; let us labour to multiply them, by diminishing the number of our errors; let us quietly submit to those evils we cannot avoid, and not augment them by filling our mind with prejudices calculated to lead us astray. When we shall give it serious reflection, every thing will clearly prove that the pretended science of theology is, in truth, nothing but presumptuous ignorance, masked under pompous, unintelligible words. In short, let us terminate unfruitful researches; be content at least to acknowledge our invincible ignorance; it will clearly be more substantively advantageous, than an arrogant science, which has hitherto done little more than sow discord on the earth—affliction in the heart of man.

 

In supposing a sovereign intelligence who governs the world; in supposing a Divinity who exacts from his creatures that they should have a knowledge of him, that they should understand his attributes, his wisdom, his power; who is desirous they should render him homage; it must be allowed, that no man on earth in this respect completely fulfils the views of providence. Indeed, nothing is more demonstrable than the impossibility in which the theologians find themselves, to form to their mind any idea whatever of the Divinity. Procopius, the first bishop of the Goths, says in the most solemn manner: "I esteem it a very foolish temerity to be disposed to penetrate into the knowledge of the nature of God;" and further on he acknowledges, "that he has nothing more to say of him, except that he is perfectly good. He who knoweth more, whether he be ecclesiastic or layman, has only to tell it." The weakness, the obscurity of the proofs offered, of the systems attributed to him, the manifest contradictions into which they fall, the sophisms, the begging of the question, which are employed, evidently prove they are themselves in the greatest incertitude upon the nature of that being with whom it is their profession to occupy their thoughts: even the author of A New View of Society acknowledges, "that up to this moment it is, not possible yet to say which is right or which is wrong: that had any one of the various opposing systems which until this day have governed the world, and disunited man from man, been true, without any mixture of error; that system, very speedily after its public promulgation, would have pervaded society, and compelled all men to have acknowledged its truth." But granting that they have a knowledge of this being, that his essence, his attributes, his systems, were so fully demonstrated to them, as no longer to leave any doubt in their mind, do the rest of the human race enjoy the same advantages? Are they, in fact, in a condition to be charged with this knowledge? Ingenuously, how many persons are to be found in the world, who have the leisure, the capacity, the penetration, necessary to understand what is meant to be designated under the name of an immaterial being—of a pure spirit, who moveth matter without being himself matter; who is the motive of all the powers of nature, without being contained in nature—without being able to touch it? Are there, in the most religious societies, many persons who are competent to follow their spiritual guides, in the subtle proofs which they adduce in evidence of their creeds, upon which they bottom their systems of theology?

 

Without question very few men are capable of profound, connected meditation; the exercise of intense thought is, for the greater number, a species of labour as painful as it is unusual. The people, obliged to toil hard, in order to obtain subsistence, are commonly incapable of reflection; nobles, men of the world, women, young people, occupied with their own immediate affairs, taken up with gratifying their passions, employed in procuring themselves pleasure, as rarely think deeply as the uninformed. There are not, perhaps, two men in an hundred thousand, who have seriously asked themselves the question, What it is they understand by the word God? Whilst it is extremely rare to find persons to whom the nature of God is a problem. Nevertheless, as we have said, conviction supposes that evidence alone has banished doubt from the mind. Where, then, are the web who are convinced of the rectitude of these systems? Who are those in whom we shall find the complete certitude of these truths, so important to all? Who are the persons, who have given themselves an accurate account of the ideas they have formed upon the Divinity, upon his attributes, upon his essence? Alas! throughout the whole world, are only to be seen some speculators, who, by dint of occupying themselves with the idea, have, with great fatuity, believed they have discovered something decisive in the confused, unconnected wanderings of their own imagination; they have, in consequence, endeavoured to form a whole, which, chimerical as it is, they have accustomed themselves to consider as actually existing: by force of musing upon it, they have sometimes persuaded themselves they, saw it distinctly; these have not unfrequently succeeded in making others believe, their reveries, although they may not have mused upon it quite so much as themselves.

 

It is seldom more than hearsay, that the mass of the people adopt either the systems of their fathers, or of their priests: authority, confidence, submission, habit, take place of conviction—supersede proof; they prostrate themselves before idols, lend themselves to different creeds, because their ancestors have taught them to fall down, and worship; but never do they inquire wherefore they bend the knee: it is only because, in times far distant, their legislators, their guides, have imposed it upon them as a duty; these have said, "adore and believe those gods, whom ye cannot comprehend; yield yourselves in this instance to our profound wisdom; we know more than ye do respecting the Divinity." But wherefore, it might be inquired, should I take this system upon your authority? It is, they will reply, because the gods will have it thus; because they will punish you, if you dare to resist. But are not these gods the thing in question? Nevertheless, man has always been satisfied with this circle of errors; the idleness of his mind made him find it most easy to yield to the judgment of others. All superstitions are uniformly founded upon error, established by authority; equally forbid examination; are equally indisposed to permit that man should reason upon them; it is power that wills he should unconditionally accredit them: they are rested solely upon the influence of some few men, who pretend to a knowledge of things, which they admit are incomprehensible for all their species; who, at the same time, affirm they are sent as missionaries to announce them to the inhabitants of the earth: these inconceivable systems, formed in the brain of some enthusiastic persons, have most unquestionably occasion for men to expound them to their fellows. Man is generally credulous as a child upon those objects which relate to superstition; he is told he must believe them; as he generally understands nothing of the matter, he imagines he runs no risk in joining sentiments with his priest, whom he supposes has been competent to discover what he himself is not able to comprehend. The most rational people argue thus: "What shall I do? What interest can so many persons have to deceive?" But, seriously, does this prove that they do not deceive? They may do it from two motives: either because they are themselves deceived, or because they have a great interest in deceiving. By the confession of the theologians themselves, man is, for the greater part, without religion: he has only superstition. Superstition, according to them, "is a worship of the Divinity, either badly understood or irrational," or else, "worship rendered to a false Divinity." But where are the people or the clergy who will allow, either that their Divinity is false, or their worship irrational? How shall it be decided who is right, or who is wrong? It is evident that in this affair great numbers must be wrong. Indeed, Buddaeus, in his Treatise on Atheism, tells us, "in order that a religion may be true, not only the object of the worship must be true, but we must also have a just idea of it. He, then, who adoreth God without knowing him, adoreth him in a perverse and corrupt manner, and is generally guilty of superstition." This granted, would it not be fair to demand of the theologians, if they themselves can boast of having a just idea or real knowledge of the Divinity?

 

Admit for a moment they have, would it not then be evident, that it is for the priest, for the inspired, for the metaphysician, that this idea, which is said to be so necessary for the whole human race, is exclusively reserved? If we examine, however, we shall not find any harmony among the theological notions of these various inspired men, or of that hierarchy which is scattered over the earth: even those who make a profession of the same system, are not in unison upon the leading points. Are they ever contented with the proofs offered by their colleagues? Do they unanimously subscribe to each other's ideas? Are they agreed upon the conduct to be adopted; upon the manner of explaining their texts; upon the interpretation of the various oracles? Does there exist one country upon the whole earth, where the science of theology is actually perfectioned?—where the ideas of the Divinity are rendered so clear, as not to admit of cavil? Has this science obtained any of that steadiness, any of that consistency, any of that uniformity, which is found attached to other branches of human knowledge; even to the most futile arts, or to those trades which are most despised? Has the multitude of subtle distinctions, with which theology in some countries is filled throughout; have the words spirit, immateriality, incorporeity, predestination, grace, with other ingenious inventions, imagined by sublime thinkers, who during so many ages have succeeded each other, actually had any other effect than to perplex things; to render the whole obscure; decidedly unintelligible? Alas! do, they not offer practical demonstration, that the science held forth as the most necessary to man, has not, hitherto, been able to acquire the least degree of stability; has remained in the most determined state of indecision; has entirely failed in obtaining solidity? For thousands of years the most idle dreamers have been relieving each other, meditating on systems, diving into concealed ways, inventing hypothesis suitable to develope this important enigma. Their slender success has not at all discouraged theological vanity; the priests have always spoken of it as of a thing with which they were most intimately acquainted; they have disputed with all the pertinancy of demonstrated argument; they have destroyed each other with the most savage barbarity; yet, notwithstanding, to this moment, this sublime science remains entirely unauthenticated; almost unexamined. Indeed, if things were coolly contemplated, it would be obvious that these theories are not formed for the generality of mankind, who for the most part are utterly incompetent to comprehend the aerial subtilities upon which they rest. Who is the man, that understandeth any thing of the fundamental principles of these systems? Whose capacity embraces spirituality, immateriality, incorporeity, or the mysteries of which he is every day informed? Are there many persons who can boast of perfectly understanding the state of the question, in those theological disputations, which have frequently had the potency to disturb the repose of mankind? Nevertheless, even women believe themselves obliged to take part in the quarrels excited by these idle speculators, who are of less actual utility, to society, than the meanest artizan.

 

Man would, perhaps, have been too happy, if confining himself to those visible objects which interest him, he had employed half that energy which he has wasted in researches after incomprehensible systems, upon perfectioning the real sciences; in giving consistency to his laws; in establishing his morals upon solid foundations; in spreading a wholesome education among his fellows. He would, unquestionably, have been much wiser, more fortunate, if he had agreed to let his idle, unemployed guides quarrel among themselves unheeded; if he had permitted them to fathom those depths calculated to astound the mind, to amaze the intellect, without intermeddling with their irrational disputes. But it is the essence of ignorance, to attach great importance to every thing which it doth not understand. Human vanity makes the mind bear up against difficulties. The more an object eludes our inquiry, the more efforts we make to compass it; because from thence our pride is spurred on, our curiosity is set afloat, our passions are irritated, and it assumes the character of being highly interesting to us. On the other hand, the more continued, the more laborious our researches have been, the more importance we attach to either our real or our pretended discoveries; the more we are desirous not to have wasted our time; besides, we are always ready warmly to defend the soundness of our own judgment. Do not let us then be surprised at the interest that ignorant persons have at all times taken in the discoveries of their priests; nor at the obstinate pertinacity which they have ever manifested in their disputes. Indeed, in combating for his own peculiar system, each only fought for the interests of his own vanity, which of all human passions is the most quickly alarmed, the most calculated to lead man on to the commission of great follies.

 

Theology is truly the vessel of the Danaides. By dint of contradictory qualities, by means of bold assertions, it has so shackled its own systems as to render it impossible they should act. Indeed, when even we should suppose the existence of these theological systems, the reality of codes so discordant with each other and with themselves, we can conclude nothing from them to authorize the conduct, or sanction the mode of worship which they prescribe. If their gods are infinitely good, wherefore should we dread them? If they are infinitely wise, what reason have we to disturb ourselves with our condition? If they are omniscient, wherefore inform them of our wants, why fatigue them with our requests? If they are omnipresent, of what use can it be to erect temples to them? If they are lords of all, why make sacrifices to them; why bring them offerings of what already belongs to them? If they are just, upon what foundation believe that they will punish those creatures whom they have filled with imbecility? If their grace works every thing in man, what reason can there be why he should be rewarded? If they are omnipotent, how can they be offended; how can we resist them? If they are rational, how can the enrage themselves against blind mortals, to whom they have left the liberty of acting irrationally? If they are immutable, by what right shall we pretend to make them change their decrees? If they are inconceivable, wherefore should we occupy ourselves with them? If the knowledge of these systems be the most necessary thing, wherefore are they not more evident, more consistent, more manifest?

 

This granted, he who can undeceive himself on the afflicting notions of these theories, hath this advantage over the credulous, trembling, superstitious mortal—that he establishes in his heart a momentary tranquility, which, at least, rendereth him happy in this life. If the study of nature hath banished from his mind, those chimeras with which the superstitions man is infested, he, at least, enjoys a security of which this sees himself deprived. In consulting this nature, his fears are dissipated, his opinions, whether true or false, acquire a steadiness of character; a calm succeeds the storm, which panic terror, the result of wavering notions, excite in the hearts of all men who occupy themselves with these systems. If the human soul, cheered by philosophy, had the boldness to consider things coolly; it would no longer behold the universe submitted to implacable systems, under which man is continually trembling. If he was rational, he would perceive that in committing evil he did not disturb nature; that he either injureth himself alone, or injures other beings capable of feeling the effects of his conduct, from thence he would know the line of his duties; he would prefer virtue to vice, for his own permanent repose: he would, for his own satisfaction, for his own felicity in this world, find himself deeply interested in the practice of moral goodness; in rendering virtue habitual; in making it dear to the feeling of his heart: his own immediate welfare would be concerned in avoiding vice, in detesting crime, during the short season of his abode among intelligent, sensible beings, from whom he expects his happiness. By attaching himself to these rules, he would live contented with his own conduct; he would be cherished by those who are capable of feeling the influence of his actions; he would expect without inquietude the term when his existence should have a period; he would have no reason to dread the existence which might follow the one he at present enjoys: he would not fear to be deceived in his reasonings. Guided by demonstration, led gently along by honesty, he would perceive, that he could have nothing to dread from a beneficent Divinity, who would not punish him for those involuntary errors which depend upon the organization, which without his own consent he has received.

 

Such a man so conducting himself, would have nothing to apprehend, whether at the moment of his death, he falls asleep for ever; or whether that sleep is only a prelude to another existence, in which he shall find himself in the presence of his God. Addressing himself to the Divinity, he might with confidence say,

 

"O God! Father, who hath rendered thyself invisible to thy child! Inconceivable, hidden Author of all, whom I could not discover! Pardon me, if my limited understanding hath not been able to know thee, in a nature, where every thing hath appeared to me to be necessary! Excuse me, if my sensible heart hath not discerned thine august traits among those numerous systems which superstitious mortals tremblingly adore: if, in that assemblage of irreconcileable qualities, with which the imagination hath clothed thee, I could only see a phantom. How could my coarse eyes perceive thee in nature, in which all my senses have never been able to bring me acquainted but with material beings, with, perishable forms? Could I, by the aid of these senses, discover thy spiritual essence, of which no one could furnish me any idea? Could my feeble brain, obliged to form its judgments after its own capacity, discern thy plans, measure thy wisdom, conceive thine intelligence, whilst the universe presented to my view a continued mixture of order and confusion—of good and evil—of formation and destruction? Have I been able to render homage to the justice of thy priests, whilst I so frequently beheld crime triumphant, virtue in tears? Could I possibly acknowledge the voice of a being filled with wisdom, in those ambiguous, puerile, contradictory oracles, published in thy name in the different countries of the earth I have quitted? If I have not known thy peculiar existence, it is because I have not known either what thou couldst be, where thou couldst be placed, or the qualities which could be assigned thee. My ignorance is excusable, because it was invincible: my mind could not bend itself under the authority of men, who acknowledged they were as little enlightened upon thine essence as myself; who were for ever disputing among themselves; who were in harmony only in imperiously crying out to me, to sacrifice to them that reason which thou hadst given to me; But, oh God! If thou cherishest thy creatures, I also, like thee, have cherished them; I have endeavoured to render them happy, in the sphere in which I have lived. If thou art the author of reason, I have always listened to it—have ever endeavoured to follow it; if virtue pleaseth thee, my heart hath always honoured it; I have never willingly outraged it: when my powers have permitted me, I have myself practised it; I was an affectionate husband, a tender father, a sincere friend, a faithful subject, a zealous citizen; I have held out consolation to the afflicted; and if the foibles of my nature have been either injurious to myself or incommodious to others, I have not at least made the unfortunate groan under the weight of my injustice. I have not devoured the substance of the poor—I have not seen without pity the widow's tears; I have not heard without commiseration the cries of the orphan. If thou didst render man sociable, if thou was disposed that society should subsist, if thou wast desirous the community might be happy, I have been the enemy to all who oppressed him, the decided foe to all those who deceived him, in order that they might advantage themselves of his misfortunes.

 

"If I have not thought properly of thee, it is because my understanding could not conceive thee; if I have spoken ill of thy systems, it is because my heart, partaking too much of human nature, revolted against the odious portrait under which they depicted thee. My wanderings have been the effect of the temperament which thou hast given me; of the circumstances in which, without my consent, thou hast placed me; of those ideas, which in despite of me, have entered into my mind. As thou art good, as thou art just, (as we are assured thou art) thou wilt not punish me for the wanderings of mine imagination; for faults caused by my passions, which are the necessary consequence of the organization which I have received from thee. Thus I cannot doubt thy justice, I cannot dread the condition which thou preparest for me. Thy goodness cannot have permitted that I should incur punishment for inevitable errors. Thou wouldst rather prevent my being born, than have called me into the rank of intelligent beings, there to enjoy the fatal liberty of rendering myself eternally unhappy."

 

It is thus that a disciple of nature, who, transported all at once into the regions of space, should find himself in the presence of his God, would be able to speak, although he should not have been in a condition to lend himself to all the abstract systems of theology which appear to have been invented for no other purpose than to overturn in his mind all natural ideas. This illusory science seems bent an forming its systems in a manner the most contradictory to human reason; notwithstanding we are obliged to judge in this world according to its dictates; if, however, in the succeeding world, there is nothing conformable to this, what can be of more inutility, than to think of it or reason upon it? Besides, wherefore should we leave it to the judgment of men, who are, themselves, only enabled to act after our manner?

 

Without a very marked derangement of our organs, our sentiments hardly ever vary upon those objects which either our senses experience, or which reason has clearly demonstrated, In whatever circumstances we are found, we have no doubt either upon the whiteness of snow, the light of day, or the utility of virtue. It is not so with those objects which depend solely upon our imagination—which are not proved to us by the constant evidence of our senses; we judge of them variously, according to the dispositions in which we find ourselves. These dispositions fluctuate by reason of the involuntary impulse which our organs every instant receive, on the part of an infinity of causes, either exterior to ourselves, or else contained within our own frame. These organs are, without our knowledge, perpetually modified, either relaxed or braced by the density, more or less, of the atmosphere; by heat and by cold; by dryness and by humidity; by health and by sickness; by the heat of the blood; by the abundance of bile; by the state of the nervous system, &c. These various causes have necessarily an influence upon the momentary ideas, upon the instantaneous thoughts, upon the fleeting opinions of man, He is, consequently, obliged to see under a great variety of hues, those objects which his imagination presents to him; without it all times having the capacity to correct them by experience: to compare them by memory. This, without doubt, is the reason why man is continually obliged to view his gods, to contemplate his superstitious systems, under such a diversity of aspects, in different periods of his existence. In the moment, when his fibres find themselves disposed to he tremulous, he will be cowardly, pusillanimous; he will think of these systems only with fear and trembling. In the moment, when these same fibres shall have more tension, he will possess more firmness, he will then view these systems with greater coolness. The theologian will call his pusillanimity, "inward feeling;" "warning from heaven;" "secret inspiration;" but he who knoweth man, will say that this is nothing more than a mechanical motion, produced by a physical or natural cause. Indeed, it is by a pure physical mechanism, that we can explain all the revolutions that take place in the system, frequently from one minute to another; all the fluctuations in the opinions of mankind; all the variations of his judgment: in consequence of which we sometimes see him reasoning justly, sometimes in the most irrational manner.

 

This is the mode by which, without recurring to grace, to inspirations, to visions, to supernatural notions, we can render ourselves an account of that uncertain, that wavering state into which we sometimes behold persons fall, when there is a question respecting their superstition, who are otherwise extremely enlightened. Frequently, in despite of all reasoning, momentary dispositions re-conduct them to the prejudices of their infancy, upon which on other occasions they appear to be entirely undeceived. These changes are very apparent, especially under infirmities, in sickness, or at approach of death. The barometer of the understanding is then frequently obliged to fall. Those chimeras which he despised, or which in a state of health, he set down at their true value, are then realized. He trembles, because his machine is enfeebled; he is irrational because his brain is incapable of fulfilling its functions with exactitude. It is evident these are the actual causes of those changes which the priests well know how to make use of against what they call incredulity; from which they draw proofs of the reality of their sublimated opinions. Those conversions, or those alterations, which take place, in the ideas of man, have always their origin in some derangement of his machine; brought on either by chagrin or by some other natural or known cause.

 

Submitted to the continual influence of physical causes, our systems invariably follow the variations of the body; we reason well when the body is healthy—when it is soundly constituted; we reason badly when the corporeal faculties are deranged; from thence our ideas become disconnected, we are no longer equal to the task of associating them with precision; we are incapable of finding principles, or to draw from them just inferences; the brain, in fact, is shaken; we no longer contemplate any thing under its actual point of view. It is a man of this kind, who does not see things in frosty weather, under the same traits as when the season is cloudy, or when it is rainy; he does not view them in the same manner in sorrow as in gaiety; when in company as when alone. Good sense suggests to us, that it is when the body is sound, when the mind is undisturbed by any mist, that we can reason with accuracy; this state can furnish us with a general standard, calculated to regulate our judgment; even to rectify our ideas, when unexpected causes shall make them waver.

 

If the opinions even of the same individual, are fluctuating, subject to vaccillate, how many changes must they experience in the various beings who compose the human race? If there do not, perhaps, exist two persons who see a physical object under the same exact form or colour, what much greater variety must they not have in their mode of contemplating those things which have existence only in their imagination? What an infinity of combinations, what a multitude of ideas, must not minds essentially different, form to themselves when they endeavour to compose an ideal being, which each moment of their existence must present to them under a different aspect? It would, then, be a most irrational enterprise, to attempt to prescribe to man what he ought to think of superstition, which is entirely under the cognizance of his imagination; for the admeasurement of which, as we have very frequently repeated, mortals will never have any common standard. To oppugn the superstitious opinions of man, is to commence hostilities with his imagination—to attack his fancy—to be at war with his organization—to enter the lists with his habits, which are of themselves sufficient to identify with his existence, the most absurd, the most unfounded ideas. The more imagination man has, the greater enthusiast he will be in matters of superstition; reason will have the less ability to undeceive him in his chimeras. In proportion as his fancy is powerful, these chimeras themselves will become food necessary to its ardency. In fine, to battle with the superstitious notions of man, is to combat the passions he usually indulges for the marvellous; it is to assail him on that side where he is least vulnerable; to force him in that position where he unites all his strength—where he keeps the most vigilant guard. In despite of reason, those persons who have a lively imagination, are perpetually re-conducted to those chimeras which habit renders dear to them, even when they are found troublesome; although they should prove fatal. Thus a tender soul hath occasion for a God that loveth him; the happy enthusiast needeth a God who rewardeth him; the unfortunate visionary wants a God who taketh part in his sorrows; the melancholy devotee requireth a God who chastiseth him, who maintaineth him in that trouble which has become necessary to his diseased organization; the frantic penitent exacteth a God, who imposes upon him an obligation to be inhuman towards himself; whilst the furious fanatic would believe himself unhappy, if he was deprived of a God who commanded him to make others experience the effect of his inflamed humours, of his unruly passions.

 

He is, without question, a less dangerous enthusiast who feeds himself with agreeable illusions, than he whose soul is tormented with odious spectres. If a placid, tender soul, does not commit ravages in society, a mind agitated by incommodious passions, cannot fall to become, sooner or later, troublesome to his fellow creatures. The God of a Socrates, or a Fenelon, may be suitable to souls as gentle as theirs; but he cannot be that of a whole nation, in which it is extremely rare men of their temper are found: if honest men only view their gods as fitted with benefits; vicious, restless, inflexible individuals, will give them their own peculiar character, from thence will authorize themselves to indulge, a free course to their passions. Each will view his deities with eyes only open to his own reigning prejudice; the number of those who will paint them as afflicting will always be greater, much more to be feared, than those who shall delineate them under seducing colors: for one mortal that those ideas will render happy, there will be thousands who will be made miserable; they will, sooner or later, become an inexhaustible source of contention; a never failing spring of extravagant folly; they will disturb the mind of the ignorant, over whom impostors will always gain ascendancy—over whom fanatics will ever have an influence: they will frighten the cowardly, terrify the pussillanimous, whose imbecility will incline them to perfidy, whose weakness will render them cruel; they will cause the most upright to tremble, who, even while practising virtue, will fear incurring the divine displeasure; but they will not arrest the progress of the wicked, who will easily cast them aside, that they may the more commodiously deliver themselves up to crime; or who will even take advantage of these principles, to justify their transgression. In short, in the hands of tyrants, these systems will only serve to crush the liberty of the people; will be the pretext for violating, with impunity, all equitable rights. In the hands of priests they will become talismans, suitable to intoxicate the mind; calculated to hoodwink the people; competent to subjugate equally the sovereign as the subject; in the hands of the multitude, they will be a two-edged sword, with which they will inflict, at the same moment, the most dreadful wounds on themselves—the most serious injuries on their associates.

 

On the other hand, these theological systems, as we have seen, being only an heap of contradictions, which represent the Divinity under the most incompatible characters, seem to doubt his wisdom, when they invite mortals to address their prayers to him, for the gratification of their desires; to pray to him to grant that which he has not thought it proper to accord to them. Is it not, in other words, to accuse him with neglecting his creatures? Is it not to ask him to alter the eternal decrees of his justice; to change the invariable laws which he hath himself determined? Is it not to say to him, "O, my God! I acknowledge thy wisdom, thine omniscience, thine infinite goodness; nevertheless, thou forgettest thy servant; thou losest sight of thy creature; thou art ignorant, or thou feignest ignorance, of that which he wanteth: dost thou not see that I suffer from the marvellous arrangement, which thy wise laws have made in the universe? Nature, against thy commands, actually renders my existence painful: change then, I beseech thee, the essence which thy will has given to all beings. Grant that the elements, at this moment, lose in my favor their distinguishing properties; so order it, that heavy bodies shall not fall, that fire shall not burn, that the brittle frame which I have received at thine hands, shall not suffer those shocks which it every instant experiences. Rectify, I pray thee, for my happiness, the plan which thine infinite prudence hath marked out from all eternity." Such is very nearly the euchology which man adopts; such are the discordant, absurd requests which he continually puts up to the Divinity, whose wisdom he extols; whose intelligence he holds forth to admiration; whose providence he eulogizes; whose equity he applauds; whilst he is hardly ever contented with the effects of the divine perfections.

 

Man is not more consequent in those thanksgivings which he believes himself obliged to offer to the throne of grace. Is it not just, he exclaims, to thank the Divinity for his kindness? Would it not be the height of ingratitude to refuse our homage to the Author of our existence; to withhold our acknowledgements from the Giver of every thing that contributes to render it agreeable? But does he not frequently offer up his thanksgivings for actions that overwhelm his neighbour with misery? Does not the husbandman on the hill, return thanks for the rain that irrigates his lands parched with drought, whilst the cultivator of the valley is imploring a cessation of those showers which deluge his fields—that render useless the labour of his hands? Thus each becomes thankful for that which his own limited views points out to him as his immediate interest, regardless of the general effect produced by those circumstances on the welfare of his fellows. Each believes that it is either a peculiar dispensation of providence in his own favor, or a signal of the heavenly wrath directed against himself; whilst the slightest reflection would clearly evince it to be nothing more than the inevitable order of things, which take place without the least regard to his individual comforts. From this it will be obvious, that these systems do not teach their votaries, practically, to love their neighbour as themselves. But in matters of superstition, mortals never reason; they only follow the impulse of their fears; the direction of their imagination; the force of their temperament; the bent of their own peculiar passions; or those of the guides, who have acquired the right of controling their understanding. Fear has generally created these systems; terror unceasingly accompanies them; it is impossible to reason while we tremble.

 

We do not, however, flatter ourselves that reason will be capable, all at once, to deliver the human race from those errors with which so many causes united have contributed to poison him. The vainest of all projects would be the expectation of curing, in an instant, those epidemical follies, those hereditary fallacies, rooted during so many ages; continually fed by ignorance; corroborated by custom; borne along by the passions made inveterate by interest; grounded upon the fears, established upon the ever regenerating calamities of nations. The ancient disasters of the earth gave birth to the first systems of theology, new revolutions would equally produce others; even if the old ones should chance to be forgotton. Ignorant, miserable, trembling beings, will always either form to themselves systems, or else adopt those which imposture shall announce—which fanaticism shall be disposed to give them.

 

It would therefore be useless to propose more than to hold out reason to those who are competent to understand it; to present truth to those who can sustain its lustre; who can with serenity contemplate its refulgent beauty; to undeceive those who shall not be inclined to oppose obstacles to demonstration; to enlighten those who shall not desire pertinaciously to persist in error. Let us, then, infuse courage into those who want power to break with their illusions; let us cheer up the honest man, who is much more alarmed by his fears than the wicked, who, in despite of his opinions, always follows the rule of his passions: let us console the unfortunate, who groans under a load of prejudices which he has not examined: let us dissipate the incertitude of those whose doubts render them unhappy; who ingenuously seek after truth, but who find in philosophy itself only wavering opinions little calculated to determine their fluctuating minds. Let us banish from the man of genius those chimerical speculations which cause him to waste his time; let us wrest his gloomy superstition from the intimidated mortal, who, duped by his vain fears, becomes useless to society; let us remove from the atrabilarious being those systems that afflict him, that exasperate his mind, that do nothing more than kindle his anger against his incredulous neighbour; let us tear from the fanatic those terrible ideas which arm him with poniards against the happiness of his fellows; let us pluck from tyrants, let us snatch from impostors, those opinions which enable them to terrify, to enslave, and to despoil the human species. In removing from honest men their formidable notions let us not encourage those of the wicked, who are the enemies of society; let us deprive the latter of those illegitimate sources, upon which they reckon to expiate their transgressions; let us substitute actual, present terrors, to those which are distant and uncertain to those which do not arrest the most licentious excesses; let us make the profligate blush at beholding themselves what they really are; let the ministers of superstition tremble at finding their conspiracies discovered; let them dread the arrival of the day, when mortals, cured of those errors with which they have abused them, will no longer be enslaved by their artifice.

 

If we cannot induce nations to lay aside their inveterate prejudices, let us, at least, endeavour to prevent them from relapsing into those excesses, to the commission of which superstition has so frequently hurried them; let mankind form to himself chimeras, if he cannot do without them; let him think as he may feel inclined, provided his reveries do not make him forget that he is a man; that he does not cease to remember that a sociable being is not formed to resemble the most ferocious animals. Let us try to balance the fictitious interests of superstition, by the more immediate advantages of the earth. Let sovereigns, as well as their subjects, at length acknowledge that the benefits resulting from truth, the happiness arising from justice, the tranquillity springing out of wholesome laws, the blessings to be derived from a rational education, the superiority to be obtained from a physical, peaceable morality, are much more substantive than those they vainly expect from their respective superstitious systems, Let them feel, that advantages so tangible, benefits so precious, ought not to be sacrificed to uncertain hopes, so frequently contradicted by experience. In order to convince themselves of these truths, let every rational man consider the numberless crimes which superstition has caused upon our globe; let them study the frightful history of theology: let them read over the biography of its more odious ministers, who have too often fanned the spirit of discord—kindled the flame of fury—stirred up the raging fire of madness: let the prince and the people, at least, sometimes learn to resist the demoniacal passions of these interpreters of unintelligible systems, which they acknowledge they do not themselves at all understand, especially when they shall invoke them to be inhuman; when they shall preach up intolerance; when they invite them to barbarity; above all, when they shall command them, in the name of their gods, to stifle the cries of nature; to put down the voice of equity; to be deaf to the remonstrances of reason; to be blind to the interest of society.

 

Feeble mortals! led astray by error, how long will ye permit your imagination, so active, so prompt to seize on the marvellous, to continue to seek out of the universe pretexts to render you baneful to yourselves, injurious to the beings with whom ye live in society? Wherefore do ye not follow in peace, the simple, easy route marked out for ye by nature? To what purpose do ye scatter thorns on the road of life? What avails it, that ye multiply those sorrows to which your destiny exposes ye? What advantages can ye derive from systems with which the united efforts of the whole human species have not been competent to bring ye acquainted? Be content, then, to remain ignorant of that, which the human mind is not formed to comprehend; which human intellect is not adequate to embrace: occupy yourselves with truth; learn the invaluable art of living happy; perfection your morals; give rationality to your governments; simplify your laws, and rest them on the pillars of justice; watch over education, and see that it is of an invigorating quality; give attention to agriculture, and encourage beneficial improvements; foster those sciences which are actually useful, and place their professors in the most honorable stations; labor with ardour, and munificently reward those whose assiduity promotes the general welfare; oblige nature by your industry to open her immense stores, to become propitious to your exertions; do these things, and the gods will oppose nothing to your felicity. Leave to idle thinkers, to soporific dreamers, to waking visionaries, to useless enthusiasts, the unproductive task, the unfruitful occupation, of fathoming depths, from which ye ought sedulously to divert your attention; enjoy with moderation, the benefits attached to your present existence; augment their number when reason sanctions the multiplication; but never attempt to spring yourselves forward, beyond the sphere destined for your action. If you must have chimeras, permit your fellow creatures to have theirs also; but never cut the throats of your brethren, when, they cannot rave in your own manner. If ye will have unintelligible systems, if ye cannot be contented without marvellous doctrines, if the infirmities of your nature require an invisible crutch, adopt such as may best suit with your humour; select those which you may think most calculated to support your tottering frame; if ye can, let your own imagination give birth to them; but do not insist on your neighbours making the same choice with yourself: do not suffer these imaginary theories to infuriate your mind: let them not so far intoxicate your understandings, as to make ye mistake the duties ye owe to the real beings with whom ye are associated. Always remember, that amongst these duties, the foremost, the most consequential, the most immediate in its bearing upon the felicity of the human race, stands, una indulgencia razonable para las debilidades de los demás .

 

 

 

 

 

 

 

 

GORRA. XI.

Defensa de los Sentimientos contenidos en esta Obra.—De la Impiedad.—¿Existen Ateos?

 

Lo dicho en el curso de esta obra debe bastar para desengañar a los que son capaces de razonar sobre los prejuicios a los que concedían tanta importancia. Pero las verdades más evidentes frecuentemente se agazapan bajo el miedo; se mantienen a raya por costumbre; resultar abortivo contra la fuerza del entusiasmo. Nada es más difícil de sacar de su lugar de reposo que el error, especialmente cuando una larga prescripción le ha dado plena posesión de la mente humana. Es casi inexpugnable cuando está respaldado por el consentimiento general; cuando se propaga por la educación; cuando ha adquirido la inveteración por la costumbre: comúnmente resiste todo esfuerzo por perturbarla, cuando es fortificada por el ejemplo, mantenida por la autoridad, alimentada por las esperanzas o acariciada por los temores de un pueblo, que han aprendido a considerar estos engaños como los remedios más potentes para sus penas. Tales son las fuerzas unidas que sustentan el imperio de sistemas ininteligibles sobre los habitantes de este mundo; aparecen para dar estabilidad a su trono; para hacer inamovible su poder; para hacer su reinado tan duradero como la raza humana.

 

No debemos, entonces, sorprendernos al ver que la multitud acaricia su propia ceguera; fomentar sus nociones supersticiosas; exhibir el miedo más sensible a la verdad. Por todas partes vemos mortales obstinadamente apegados a fantasmas de los que esperan su felicidad; no obstante, estas falacias son evidentemente la fuente de todos sus dolores. Profundamente enamorados de lo maravilloso, desdeñando lo simple, despreciando lo fácil de comprender, pero poco instruidos en los caminos de la naturaleza, acostumbrados a descuidar el uso de su razón, los ignorantes, de edad en edad, se postran ante esos poderes invisibles. que les han enseñado a adorar. A ellos dirigen sus oraciones más fervientes; imploradles en sus desgracias, ofrecedles los frutos de su trabajo; están incesantemente ocupados en agradecer a sus ídolos vanos los beneficios que no han recibido en sus bandas, o bien en pedirles favores que nunca pueden obtener. Ni la experiencia ni la reflexión pueden desengañarlos; ellos no perciben estos ídolos, obra de sus propias manos, han sido siempre sordos a sus súplicas; lo atribuyen a su propia conducta; créanlos que están violentamente irritados: tiemblan, gimen los más tristes lamentos; suspirar amargamente en sus sienes; derramar sus altares con regalos; cargar a sus sacerdotes con sus generosidades; nunca les llama la atención que estos seres, a quienes imaginan tan poderosos, estén ellos mismos sometidos a la naturaleza; nunca son propicios a sus deseos, sino cuando la naturaleza misma es favorable. Es así que las naciones son cómplices de quienes las engañan;

 

En materia de superstición, hay muy pocas personas que no participen, más o menos, de las opiniones de los analfabetos. Todo hombre que echa a un lado las ideas recibidas, es generalmente considerado un loco; es considerado como un ser presuntuoso, que insolentemente se cree mucho más sabio que sus asociados. Al sonido mágico de la superstición, un pánico repentino, un terror trémulo se apodera de la especie humana: cada vez que es atacada, la sociedad se alarma; cada individuo imagina que ya ve al monarca celestial levantar su brazo vengador contra el país en el que la naturaleza rebelde ha producido un monstruo con suficiente temeridad para desafiar estas sagradas opiniones. Incluso las personas más moderadas gravan con locura, marcan con sedición, a cualquiera que se atreva a combatir con estos sistemas imaginarios, cuyos derechos nunca ha examinado el buen sentido. En consecuencia, el hombre que se propone romper la banda del prejuicio, aparece como un ser irracional, un ciudadano peligroso; su sentencia se pronuncia con una voz casi unánime; la indignación pública, suscitada por el fanatismo, suscitada por la impostura, hace imposible que se le oiga en su defensa; cada uno se cree culpable, si no exhibe su furor contra él; si no muestra su celo en cazarlo; es por tales medios que el hombre busca ganarse el favor de los dioses enojados, cuya ira se supone que debe ser provocada. Así, el individuo que consulta su razón, el discípulo de la naturaleza, es visto como una peste pública; el enemigo de la superstición es considerado como el enemigo de la raza humana; el que quiere establecer una paz duradera entre los hombres, es tratado como el perturbador de la sociedad; el hombre que estaría dispuesto a alegrar a los mortales asustados rompiendo esos ídolos, ante los cuales los prejuicios los han obligado a temblar, es unánimemente proscrito como ateo. Ante el simple nombre de ateo, el hombre supersticioso se estremece; el deísta mismo está alarmado; el sacerdote entra en la silla del juicio con la furia brillando en sus ojos; la tiranía prepara su pira funeraria, el vulgo aplaude los castigos que leyes irracionales, parciales, decretan contra el verdadero amigo de la especie humana.

 

Tales son los sentimientos que debe esperar despertar todo hombre que se atreva a presentar a sus semejantes esa verdad que todos parecen estar buscando, pero que todos o temen encontrar, o confunden lo que estamos dispuestos a mostrar. a ellos Pero, ¿qué es este hombre, que es tan vituperablemente calumniado como ateo? Es el que destruye las quimeras perjudiciales para la raza humana; que se esfuerza por reconducir a los mortales errantes de vuelta a la naturaleza; que está deseoso de colocarlos en el camino de la experiencia; que está ansioso de que ellos deben emplear activamente su razón. Es un pensador quien, habiendo meditado sobre la materia, sus energías, sus propiedades, sus modos de actuar, no tiene ocasión de inventar potencias ideales, de recurrir a sistemas imaginarios para explicar los fenómenos del universo, de desarrollar las operaciones de la naturaleza;

 

Así, los únicos hombres que pueden tener ideas puras, simples y reales de la naturaleza, son considerados como especuladores absurdos o pícaros. Aquellos que se forman nociones distintas e inteligibles de los poderes del universo son acusados ​​de negar la existencia de este poder; aquellos que encontraron todo lo que funciona en este mundo, sobre leyes determinadas e inmutables, son acusados ​​de atribuir todo al azar; son gravados con ceguera, marcados con delirio, por esos mismos entusiastas, cuya imaginación, siempre vagando en el vacío, atribuyen regularmente los efectos de la naturaleza a causas ficticias, que no tienen existencia sino en su propio cerebro acalorado; a seres fantasiosos de su propia creación; a los poderes quiméricos, que obstinadamente se empeñan en preferir a las causas reales y demostrables. Ningún hombre en sus sentidos propios puede negar la energía de la naturaleza, o la existencia de un poder en virtud del cual actúa la materia; por el cual se pone en movimiento; pero ningún hombre puede, sin renunciar a su razón, atribuir este poder a una sustancia inmaterial; a un poder puesto fuera de la naturaleza; distinguido de la materia; no tener nada en común con ella. ¿No es decir, este poder no existe, pretender que reside en un ser desconocido, formado por un montón de cualidades ininteligibles, de atributos incompatibles, de donde necesariamente resulta un todo, imposible de tener existencia? Los elementos indestructibles, los átomos de Epicuro, de los que se dice que el movimiento, el choque, la combinación han producido todos los seres, son, incuestionablemente, mucho más tangibles que los numerosos sistemas teológicos, planteados en diversas partes de la tierra. Por lo tanto, para hablar con precisión, son los partidarios de teorías imaginarias, los defensores de seres contradictorios, los defensores de credos, imposibles de concebir, los artífices de sustancias que la mente humana no puede abarcar por ningún lado, que son o absurdos o pícaros; esos entusiastas, que no nos ofrecen más que vagos nombres, de los que todo se niega, de los que nada se afirma, son los verdaderosateos ; aquellos, digo, que hacen de tales seres los autores del movimiento, los conservadores del universo, son ciegos o irracionales. Esos soñadores, que son incapaces de atribuir ninguna idea positiva a las causas de las que hablan sin cesar, ¿no son verdaderos negadores? Esos visionarios, que hacen de una pura nada la fuente de todos los seres, ¿no son realmente hombres que andan a tientas en la oscuridad? ¿No es el colmo de la locura personificar abstracciones, organizar ideas negativas y luego postrarnos ante las invenciones de nuestro propio cerebro?

 

Sin embargo, son hombres de este temperamento los que regulan las opiniones del mundo; los que resisten el escarnio público, los que son consecuentes con los principios; que exponen a la venganza más enfurecida a los que son más racionales que ellos mismos. Si acreditas a esos soñadores profundos, no hay nada menos que locura, nada de este lado el trastorno más completo del intelecto, que puede rechazar un poder de motivación totalmente incomprensible en la naturaleza. ¿Es entonces un delirio preferir lo conocido a lo desconocido? ¿Es delito consultar la experiencia, apelar a la evidencia de nuestros sentidos, en el examen de lo que se nos informa es lo más importante a comprender? ¿Es un ultraje horrible dirigirnos a la razón; preferir sus oráculos a las decisiones sublimes de algunos sofistas, ¿Quiénes mismos reconocen no comprender nada de los sistemas que anuncian? Sin embargo, según estos hombres, no hay crimen más digno de castigo, no hay empresa más peligrosa para la moral, ni traición más sustantiva contra la sociedad, que despojar estas sustancias inmateriales, de las que nada saben, de esos inconcebibles. cualidades que estos doctos doctores les atribuyen, de ese equipo con el que una imaginacion fanatica les ha dotado, de esas propiedades milagrosas con que la ignorancia, el miedo y la impostura se han emulado al rodearlos: no hay nada mas impío que invoquen la razón del hombre sobre credos supersticiosos; nada más herético que animar a los mortales contra los sistemas, cuya sola idea es la fuente de todos sus dolores;

 

In consequence of these clamours, perpetually renovated by the disciples of imposture, kept constantly afloat by the theologians, reiterated by ignorance, those nations, which reason, in all ages, has sought to undeceive, have never dared to hearken to its benevolent lessons: they have stood aghast at the very name of physical truth. The friends of mankind were never listened to, because they were the enemies to his superstition—the examiners of the doctrines of his priest. Thus the people continued to tremble; very few philosophers had the courage to cheer them; scarcely any one dared brave public opinion; completely inoculated by superstition, they dreaded the power of imposture, the menaces of tyranny, which always sought to uphold themselves by delusion. The yell of triumphant ignorance, the rant of haughty fanaticism, at all time stifled the feeble voice of the disciple of nature; his lessons were quickly forgotten; he was obliged to keep silence; when he even dared to speak, it was frequently only in an enigmatical language, perfectly unintelligible to the great mass of mankind. How should the uninformed, who with difficulty compass the most evident truths, those that are the most distinctly announced, be able to comprehend the mysteries of nature, presented under half words, couched under intricate emblems.

 

In contemplating the outrageous language which is excited among theologians, by the opinions of those whom they choose to call atheists; in looking at the punishments which at their instigation were frequently decreed against them, should we not be authorized to conclude, that these doctors either are not so certain as they say they are, of the infallibility of their respective systems; or else that they do not consider the opinions of their adversaries so absurd as they pretend? It is always either distrust, weakness, or fear, frequently the whole united, that render men cruel; they have no anger against those whom they despise; they do not look upon folly as a punishable crime. We should be content with laughing at an irrational mortal, who should deny the existence of the sun; we should not think of punishing him, unless we had, ourselves, taken leave of our senses. Theological fury never proves more than the imbecility of its cause. Lucian describes Jupiter, who disputing with Menippus, is disposed to strike him to the earth with his thunder; upon which the philosopher says to him, "Ah! thou vexest thyself, thou usest thy thunder! then thou art in the wrong." The inhumanity of these men-monsters, whose profession it was to announce chimerical systems to nations, incontestibly proves, that they alone have an interest in the invisible powers they describe; of which they successfully avail themselves to terrify, mortals: they are these tyrants of the mind, however, who, but little consequent to their own principles, undo with one hand that which they rear up with the other: they are these profound logicians who, after having formed a deity filled with goodness, wisdom and equity, traduce, disgrace, and completely annihilate him, by saving he is cruel, capricious, unjust, and despotic: this granted, these men are truly impious; decidedly heretical.

 

He who knoweth not this system, cannot do it any injury, consequently cannot be called impious. "To be impious," says Epicurus, "is not to take away from the illiterate the gods which they have; it is to attribute to these gods the opinions of the vulgar." To be impious is to insult systems which we believe; it is knowingly to outrage them. To be impious, is to admit a benevolent, just God, at the same time we preach up persecution and carnage. To be impious, is to deceive men in the name of a Deity, whom we make use of as a pretext for our own unworthy passions. To be impious, is to speak falsely on the part of a God, whom we suppose to be the enemy of falsehood. In fine, to be impious, is to make use of the name of the Divinity in order to disturb society—to enslave it to tyrants—to persuade man that the cause of imposture is the cause of God; it is to impute to God those crimes which would annihilate his divine perfections. To be impious, and irrational, at the same time, is to make, by the aggregation of discrepant qualities, a mere chimera of the God we adore.

 

On the other hand, to be pious, is to serve our country with fidelity; it is to be useful to our fellow creatures; to labour to the welfare of society. Every one can put in his claim to this piety, according to his faculties; he who meditates can render himself useful, when he has the courage to announce truth—to attack error—to battle those prejudices which everywhere oppose themselves to the happiness of mankind; it is to be truly useful, it is even a duty, to wrest from the hands of mortals those homicidal weapons which wretched fanatics so profusely distribute among them; it is highly praiseworthy to deprive imposture of its influence; it is loving our neighbour as ourself to despoil tyranny of its fatal empire over opinion, which at all times it so successfully employs to elevate knaves at the expence of public happiness; to erect its power upon the ruins of liberty; to establish unruly passions upon the wreck of public security. To be truly pious, is religiously to observe the wholesome laws of nature; to follow up faithfully those duties which she prescribes to us; in short, to be pious is to be humane, equitable, benevolent: it is to respect the rights of mankind. To be pious and rational at the same time, is to reject those reveries which would be competent to make us mistake the sober counsels of reason.

 

Thus, whatever fanaticism, whatever imposture may say, he who denieth the solidity of systems which have no other foundation than an alarmed imagination; he who rejecteth creeds continually in contradiction with themselves; he who banisheth from his heart, doctrines perpetually wrestling with nature, always in hostility with reason, ever at war with the happiness of man; he, I repeat, who undeceiveth himself on such dangerous chimeras, when his conduct shall not deviate from those invariable rules which sound morality dictates, which nature approves, which reason prescribes, may be fairly reputed pious, honest, and virtuous. Because a man refuseth to admit contradictory systems, as well as the obscure oracles, which are issued in the name of the gods, does it then follow, that such a man refuses to acknowledge the evident, the demonstrable laws of nature, upon which he depends, of which he in obliged to fulfil the necessary duties, under pain of being punished in this world; whatever he may be in the in the next? It is true, that if virtue could by any chance consist in an ignominious renunciation of reason, in a destructive fanaticism, in useless customs, the atheist, as he is called, could not pass for a virtuous being: but if virtue actually consists in doing to society all the good of which we are capable, this miscalled atheist may fairly lay claim to its practice: his courageous, tender soul, will not be found guilty, for hurling his legitimate indignation against prejudices, fatal to the happiness of the human species.

 

Let us listen, however, to the imputations which the theologians lay upon those men they falsely denominate atheists; let us coolly, without any peevish humour, examine the calumnies which they vomit forth against them: it appears to them that atheism, (as they call differing in opinion from themselves,) is the highest degree of delirium that can assail the human mind; the greatest stretch of perversity that can infect the human heart; interested in blackening their adversaries, they make incredulity the undeniable offspring of folly; the absolute effect of crime. "We do not," say they to us, "see those men fall into the horrors of atheism, who have reason to hope the future state will be for them a state of happiness." In short, according to these metaphysical doctors, it is the interest of their passions which makes them seek to doubt systems, at whose tribunals they are accountable for the abuses of this life; it is the fear of punishment which is alone known to atheists; they are unceasingly repeating the words of a Hebrew prophet, who pretends that nothing but folly makes men deny these systems; perhaps, however, if he had suppressed his negation, he would have more closely aproximated the truth. Doctor Bentley, in his Folly of Atheism, has let loose the whole Billingsgate of theological spleen, which he has scattered about with all the venom of the most filthy reptiles: if he and other expounders are to be believed, "nothing is blacker than the heart of an atheist; nothing is more false than his mind. Atheism," according to them, "can only be the offspring of a tortured conscience, that seeks to disengage itself from the cause of its trouble. We have a right", says Derham, "to look upon an atheist as a monster among rational beings; as one of those extraordinary productions which we hardly ever meet with in the whole human species; and who, opposing himself to all other men, revolts not only against reason and human nature, but against the Divinity himself."

 

We shall simply reply to all these calumnies by saying, it is for the reader to judge if the system which these men call atheism, be as absurd as these profound speculators (who are perpetually in dispute on the uninformed, ill organized, contradictory, whimsical productions of their own brain) would have it believed to be! It is true, perhaps, that the system of naturalism hitherto has not been developed in all its extent: unprejudiced persons however, will, at least, be enabled to know whether the author has reasoned well or ill; whether or not he has attempted to disguise the most important difficulties; distinctly to see if he has been disingenuous; they will be competent to observe if, like unto the enemies of human reason, he has recourse to subterfuges, to sophisms, to subtle discriminations, which ought always to make it suspected of those who use them, either that they do not understand or else that they fear the truth. It belongs then to candour, it is the province of disinterestedness, it is the duty of reason to judge, if the natural principles which have been here ushered to the world be destitute of foundation; it is to these upright jurisconsults that a disciple of nature submits his opinions: he has a right to except against the judgment of enthusiasm; he has the prescription to enter his caveat against the decision of presumptuous ignorance; above all, he is entitled to challenge the verdict of interested knavery. Those persons who are accustomed to think, will, at least find reasons to doubt many of those marvellous notions, which appear as incontestable truths only to those, who have never assayed them by the standard of good sense.

 

We agree with Derham, that atheists are rare; but then we also say, that superstition has so disfigured nature, so entangled her rights—enthusiasm has so dazzled the human mind-terror has so disturbed the heart of man—imposture has so bewildered his imagination—tyranny has so enslaved his thoughts: in fine, error, ignorance, and delirium have so perplexed and confused the clearest ideas, that nothing is more uncommon than to find men who have sufficient courage to undeceive themselves on notions which every thing conspires to identify with their very existence. Indeed, many theologians in despite of those bitter invectives with which they attempt to overwhelm the men they choose to call atheists, appear frequently to have doubted whether any ever existed in the world. Tertullian, who, according to modern systems, would be ranked as an atheist, because he admitted a corporeal God, says, "Christianity has dissipated the ignorance in which the Pagans were immersed respecting the divine essence, and there is not an artizan among the Christians who does not see God, and who does not know him." This uncertainty of the theologic professors was, unquestionably, founded upon those absurd ideas, which they ascribe to their adversaries, whom they have unceasingly accused with attributing every thing to chance—to blind causes—to dead, inert matter, incapable of self-action. We have, I think, sufficiently justified the partizans of nature against these ridiculous accusations; we have throughout the whole proved, and we repeat it, that chance is a word devoid of sense, which as well as all other unintelligible words, announces nothing but ignorance of actual causes. We have demonstrated that matter is not dead; that nature, essentially active and self-existent, has sufficient energy to produce all the beings which she contains—all the phenomena we behold. We have, throughout, made it evident that this cause is much more tangible, more easy of comprehension, than the inconceivable theory to which theology assigns these stupendous effects. We have represented, that the incomprehensibility of natural effects was not a sufficient reason for assigning to them a system still more incomprehensible than any of those of which, at least, we have a slight knowledge. In fine, if the incomprehensibility of a system does not authorize the denial of its existence, it is at least certain that the incompatibility of the attributes with which it is clothed, authorizes the assertion, that those which unite them cannot be any thing more than chimeras, of which the existence is impossible.

 

This granted, we shall be competent to fix the sense that ought to be attached to the name of atheist; which, notwithstanding, the theologians lavish on all those who deviate in any thing from their opinions. If, by atheist, be designated a man who denieth the existence of a power inherent in matter, without which we cannot conceive nature, and if it be to this power that the name of God is given, then there do not exist any atheists, and the word under which they are denominated would only announce fools. But if by atheists be understood men without enthusiasm; who are guided by experience; who follow the evidence of their senses; who see nothing in nature but what they actually find to have existence, or that which they are capacitated to know; who neither do, nor can perceive any thing but matter essentially active, moveable, diversely combined, in the full enjoyment of various properties, capable of producing all the beings who display themselves to our visual faculties, if by atheists be understood natural philosophers, who are convinced that without recurring to chimerical causes, they can explain every thing, simply by the laws of motion; by the relation subsisting between beings; by their affinities; by their analogies; by their aptitude to attraction; by their repulsive powers; by their proportions; by their combinations; by their decomposition: if by atheists be meant these persons who do not understand what Pneumatology is, who do not perceive the necessity of spiritualizing, or of rendering incomprehensible, those corporeal, sensible, natural causes, which they see act uniformly; who do not find it requisite to separate the motive-power from the universe; who do not see, that to ascribe this power to an immaterial substance, to that whose essence is from thenceforth totally inconceivable, is a means of becoming more familiar with it: if by atheists are to be pourtrayed those men who ingenuously admit that their mind can neither receive nor reconcile the union of the negative attributes and the theological abstractions, with the human and moral qualities which are given to the Divinity; or those men who pretend that from such an incompatible alliance, there could only result an imaginary being; seeing that a pure spirit is destitute of the organs necessary to exercise the qualities, to give play to the faculties of human nature: if by atheists are described those men who reject systems, whose odious and discrepant qualities are solely calculated to disturb the human species—to plunge it into very prejudicial follies: if, I repeat it, thinkers of this description are those who are called atheists, it is not possible to doubt their existence; and their number would be considerable, if the light of sound natural philosophy was more generally diffused; if the torch of reason burnt more distinctly; or if it was not obscured by the theological bushel: from thence, however, they would be considered neither as irrational; nor as furious beings, but as men devoid of prejudice, of whose opinions, or if they prefer it, whose ignorance, would be much more useful to the human race, than those ideal sciences, those vain hypotheses, which for so many ages have been the actual causes of all man's tribulation.

 

Doctor Cudworth, in his Intellectual System, reckons four species of atheists among the ancients.

 

First.—The disciples of Anaximander, called Hylopathians, who attributed every thing to matter destitute of feeling. His doctrine was, that men were born of earth united with water, and vivified by the beams of the sun; his crime seems to have been, that he made the first geographical maps and sun-dials; declared the earth moveable and of a cylindrical form.

 

Secondly.—The Atomists, or the disciples of Democritus, who attribute every thing, to the concurrence of atoms. His crime was, having first taught that the milky way was occasioned by the confused light from a multitude of stars.

 

Thirdly.—The Stoics, or the disciples of Zeno, who admitted a blind nature acting after certain laws. His crime appears to be, that he practised virtue with unwearied perseverance, and taught that this quality alone would render mankind happy.

 

Fourthly.—The Hylozoists, or the disciples of Strato, who attributed life to matter. His crime consisted in being one of the most acute natural philosophers of his day, enjoying high favour with Ptolemy Philadelphus, an intelligent prince, whose preceptor be was.

 

If, however, by atheists, are meant those men, who are obliged to avow, that they have not one idea of the system they adore, or which they announce to others; who cannot give any satisfactory account, either of the nature or of the essence of their immaterial substances; who can never agree amongst themselves on the proofs which they adduce in support of their System; on the qualities or on the modes of action of their incorporeities, which by dint of negations they render a mere nothing; who either prostrate themselves, or cause others to bow down, before the absurd fictions of their own delirium: if, I say, by atheists, be denominated men of this stamp, we shall be under the necessity of allowing, that the world is filled with them: we shall even be obliged to place in this number some of the most active theologians, who are unceasingly reasoning upon that Which they do not understand; who are eternally disputing upon points which they cannot demonstrate; who by their contradictions very efficaciously undermine their own systems; who annihilate all their own assertions of perfection, by the numberless imperfections with which they clothe them; who rebel against their gods by the atrocious character under which they depict them. In short, we shall be able to consider as true atheists, those credulous, weak persons, who upon hearsay and from tradition, bend the knee before idols, of whom they have no other ideas, than those which are furnished them by their spiritual guides, who themselves acknowledge that they comprehend nothing about the matter.

 

What has been said amply proves that the theologians themselves have not always known the sense they could affix to the word atheist; they have vaguely attacked, in an indistinct manner, calumniated with it, those persons whose sentiments and principles were opposed to their own. Indeed, we find that these sublime professors, always infatuated with their own particular opinions, have frequently been extremely lavish in their accusations of atheism, against all those whom they felt a desire to injure; whose characters it was their pleasure to paint in unfavourable colours; whose doctrines they wished to blacken; whose systems they sought to render odious: they were certain of alarming the illiterate, of rousing the antipathies of the silly, by a loose imputation, or by a word, to which ignorance attaches the idea of horror, merely because it is unacquainted with its true sense. In consequence of this policy, it has been no uncommon spectacle to see the partizans of the same sect, the adorers of the same gods, reciprocally treat each other as atheists, in the fervour of their theological quarrels; to be an atheist, in this sense, is not to have, in every point, exactly the same opinions as those with whom we dispute, either on superstitious or religious subjects. In all times the uninformed have considered those as atheists, who did not think upon the Divinity precisely in the same manner as the guides whom they were accustomed to follow. Socrates, the adorer of a unique God, was no more than an atheist in the eyes of the Athenian people.

 

Still more, as we have already observed, those persons have frequently been accused of atheism, who have taken the greatest pains to establish the existence of the gods, but who have not produced satisfactory proofs: when their enemies wished to take advantage of them, it was easy to make them pass for atheists, who had wickedly betrayed their cause, by defending it too feebly. The theologians have frequently been very highly incensed against those who believed they had discovered the most forcible proof of the existence of their gods, because they were obliged to discover that their adversaries could make very contrary inductions from their propositions; they did not perceive that it was next to impossible not to lay themselves open to attack, in establishing principles visibly founded upon that which each man sees variously. Thus Paschal says, "I have examined if this God, of whom all the world speaks, might not have left some marks of himself. I look every where, and every where I see nothing but obscurity. Nature offers one nothing, that may not be a matter of doubt and inquietude. If I saw nothing in nature which indicated a Divinity, I should determine with myself, to believe nothing about it. If every where I saw the sign of a creator, I should repose myself in peace, in the belief of one. But seeing too much to deny, and too little to assure me of his existence, I am in a situation that I lament, and in which I have an hundred times wished, that if a God doth sustain nature, he would give unequivocal marks of it, and that if the signs which he hath given be deceitful, that he would suppress them entirely; that he said all or nothing, to the end that I might see which side I ought to follow."

 

En una palabra, aquellos que más vigorosamente han asumido la causa de los sistemas teológicos, han sido gravados con el ateísmo y la irreligión; los partidarios más celosos han sido mirados como desertores, han sido contemplados como traidores; los teólogos más ortodoxos no han podido garantizarse de este reproche; se han besado mutuamente; pródigamente, con maligna reciprocidad, los términos más abusivos: casi todos han merecido, sin duda, estas invectivas, si en el término ateo se incluyen aquellos hombres que no tienen idea alguna de sus diversos sistemas, que no se destruyen a sí mismos, cada vez que están dispuestos a someterlo a la piedra de toque de la razón. De donde podemos concluir, sin someternos al reproche de ser apresurados, que el error no resistirá la prueba de la investigación; que no pasará la prueba de la comparación; que es en sus matices un perfecto camaleón; que, en consecuencia, nunca puede hacer más que llevar a las deducciones más absurdas: que los sistemas más ingeniosos, cuando tienen su fundamento en la alucinación, se desmoronan como el polvo bajo la ruda banda del ensayador; que las doctrinas más sublimadas, cuando carecen de la cualidad sustantiva de la rectitud, se evaporan bajo el escrutinio del recio examinador, que las prueba en el crisol; que no es por lanzar un lenguaje abusivo contra los que investigan teorías sofisticadas, o bien serán depurados de sus absurdos, adquirirán solidez, o encontrarán un establecimiento que les dé perpetuidad; que las oblicuidades morales nunca pueden volverse rectilíneas por la mera aplicación de términos ininteligibles, o por la mezcla desconsiderada de propiedades discrepantes,que siempre es consistente consigo mismo .

 

 

 

 

 

 

 

 

GORRA. XII.

¿Es compatible lo que se denomina ateísmo con la moralidad?

Después de haber probado la existencia de aquellos a quienes el fanático supersticioso, el teólogo acalorado, el teísta inconsecuente, llama ateos , volvamos a las calumnias que tan profusamente derraman sobre ellos los deicolistas. Según Abady, en su Tratado sobre la verdad de la religión cristiana, "un ateo no puede ser virtuoso: para él la virtud es sólo una quimera; la probidad no es más que un escrúpulo vano; la honestidad no es más que necedad; no conoce otra ley que su interés: donde prevalece este sentimiento, la conciencia es sólo una prejuicio; la ley de la naturaleza es sólo una ilusión; el derecho no es más que un error; la benevolencia ya no tiene ningún fundamento; los lazos de la sociedad se aflojan; los lazos de la fidelidad se rompen; el amigo está dispuesto a traicionar al amigo; el ciudadano a entregar su patria, el hijo de asesinar a su padre, para gozar de su herencia, siempre que halle ocasión, y que la autoridad o el silencio los proteja del brazo del poder secular, que es lo único que se debe temer. , y las leyes más sagradas, ya no deben ser consideradas, excepto como sueños y visiones". Tal, tal vez, sería la conducta, no de un ser sensible, pensante, reflexivo, susceptible de razón; sino de un bruto feroz, de un miserable irracional, que no debe tener idea alguna de las relaciones naturales que subsisten entre los seres, recíprocamente necesarios para la felicidad de los demás. ¿Puede realmente suponerse que un hombre capaz de experimentar, provisto de los más leves atisbos de sentido común, se prestaría a la conducta que aquí se atribuye al ateo; es decir, a un hombre versado en la evidencia de los hechos; que busca ardientemente la verdad; quien es suficientemente susceptible de reflexión, para desengañarse a sí mismo razonando sobre esos prejuicios que todos se esfuerzan por mostrarle como importantes; que todas las voces se esfuerzan por anunciarle como sagrado? ¿Se puede suponer, repito, que cualquier sociedad ilustrada, cualquier sociedad refinada, contiene un ciudadano tan completamente ciego, para no reconocer sus deberes más naturales; tan absurdo, no admitir sus intereses más queridos; tan completamente embrutecido para no darse cuenta del peligro en el que incurre al molestar incesantemente a sus semejantes; ¿O no siguiendo otra regla que sus apetitos momentáneos? Todo ser humano que razona de la manera más mínima posible, ¿no está obligado a sentir que la sociedad le es ventajosa; que tiene necesidad de asistencia; que la estima de sus semejantes es necesaria para su propia felicidad individual; provocado, que tiene todo que temer de la ira de sus asociados; que las leyes amenazan a cualquiera que se atreva a infringirlas? Todo hombre que haya recibido una educación virtuosa, que haya experimentado en su infancia los tiernos cuidados de un padre; que en consecuencia ha probado los dulces de la amistad; quien ha recibido bondad; quien conoce el valor de la benevolencia; quien pone un justo valor a la equidad; que siente el placer que nos procura el afecto de nuestros semejantes; quien sufre los inconvenientes que resultan de su aversión, quien sufre bajo el aguijón que le infligen su desprecio, está obligado a temblar al perder, por sus medidas, ventajas tan manifiestas, al incurrir en un peligro tan inminente. El odio de los demás, el miedo al castigo, el propio desprecio de sí mismo, ¿no perturbarán su reposo cada vez que, volviéndose interiormente sobre su propia conducta, la contemple bajo la misma perspectiva que su prójimo? ¿No hay entonces remordimiento sino para aquellos que creen en sistemas incomprensibles? ¿Es la idea de que estamos bajo la mirada de seres de los que sólo tenemos nociones vagas, más contundente que el pensamiento de que somos vistos por nuestros semejantes; que el miedo a ser detectados por nosotros mismos; que el miedo a la exposición; que la cruel necesidad de volvernos despreciables a nuestros propios ojos; que la desdichada alternativa de vernos obligados a sonrojarnos culpablemente cuando reflexionamos sobre nuestra carrera salvaje y los sentimientos que infaliblemente debe inspirar?

 

Concedido esto, responderemos deliberadamente a este Abady, que un ateo es un hombre que comprende la naturaleza, que estudia sus leyes; que conoce su propia naturaleza; que siente lo que le impone. Un ateo tiene experiencia; esta experiencia le prueba a cada momento que el vicio puede herirlo; que sus faltas más ocultas, sus disposiciones más secretas, puedan ser detectadas, que pueda exhibir su carácter a plena luz del día; esta experiencia le prueba que la sociedad es útil para su felicidad; que su interés exige autoritariamente que se adhiera al país que lo protege, que le permite gozar con seguridad de los beneficios de la naturaleza; todo le muestra que para ser feliz debe hacerse querer; que su padre es para él el más seguro de los amigos; que la ingratitud lo apartaría de su benefactor; que la justicia es necesaria para el mantenimiento de toda asociación; que ningún hombre, cualquiera que sea su poder, puede contentarse consigo mismo, cuando sabe que es objeto del odio público. El que ha reflexionado con madurez sobre sí mismo, sobre su propia naturaleza, sobre la de sus asociados, sobre sus propias necesidades, sobre los medios para procurarlas, no puede evitar que se familiarice con sus deberes, que descubra las obligaciones que tiene consigo mismo. , así como los que debe a otros; de ahí que tenga moralidad, tenga motivos reales para confirmarse a sus dictados; está obligado a sentir que estos deberes son imperiosos: si su razón no está perturbada por pasiones ciegas, si su mente no está contaminada por hábitos viciosos, encontrará que la virtud es el camino más seguro hacia la felicidad. Los ateos, como se les llama, o los fatalistas, construyen su sistema sobre la necesidad: así, sus especulaciones morales, fundadas sobre la naturaleza de las cosas, son al menos mucho más permanentes, mucho más invariables, que aquellas que sólo descansan sobre sistemas que alteran su aspecto de acuerdo con las diversas disposiciones de sus adherentes” ”en conformidad con las pasiones descarriadas de quienes las contemplan. La esencia de las cosas y las leyes inmutables de la naturaleza no están sujetas a fluctuaciones; es imperativo para el ateo, como lo llama burlonamente el teólogo, llamar vicio o locura a todo lo que lo lastima a sí mismo; para designar lo que daña a otros, delito; describir todo lo que es ventajoso para la sociedad, todo lo que contribuye a su felicidad permanente, la virtud. son por lo menos mucho más permanentes, mucho más invariables que aquellas que sólo descansan sobre sistemas que alteran su aspecto de acuerdo con las diversas disposiciones de sus adherentes, de conformidad con las pasiones descarriadas de quienes las contemplan. La esencia de las cosas y las leyes inmutables de la naturaleza no están sujetas a fluctuaciones; es imperativo para el ateo, como lo llama burlonamente el teólogo, llamar vicio o locura a todo lo que lo lastima a sí mismo; para designar lo que daña a otros, delito; describir todo lo que es ventajoso para la sociedad, todo lo que contribuye a su felicidad permanente, la virtud. son por lo menos mucho más permanentes, mucho más invariables que aquellas que sólo descansan sobre sistemas que alteran su aspecto de acuerdo con las diversas disposiciones de sus adherentes, de conformidad con las pasiones descarriadas de quienes las contemplan. La esencia de las cosas y las leyes inmutables de la naturaleza no están sujetas a fluctuaciones; es imperativo para el ateo, como lo llama burlonamente el teólogo, llamar vicio o locura a todo lo que lo lastima a sí mismo; para designar lo que daña a otros, delito; describir todo lo que es ventajoso para la sociedad, todo lo que contribuye a su felicidad permanente, la virtud. La esencia de las cosas y las leyes inmutables de la naturaleza no están sujetas a fluctuaciones; es imperativo para el ateo, como lo llama burlonamente el teólogo, llamar vicio o locura a todo lo que lo lastima a sí mismo; para designar lo que daña a otros, delito; describir todo lo que es ventajoso para la sociedad, todo lo que contribuye a su felicidad permanente, la virtud. La esencia de las cosas y las leyes inmutables de la naturaleza no están sujetas a fluctuaciones; es imperativo para el ateo, como lo llama burlonamente el teólogo, llamar vicio o locura a todo lo que lo lastima a sí mismo; para designar lo que daña a otros, delito; describir todo lo que es ventajoso para la sociedad, todo lo que contribuye a su felicidad permanente, la virtud.

 

It will be obvious, then, that the principles of the miscalled atheist are much less liable to be shaken, than those of the enthusiast, who shall have studied a baby from his earliest Infancy; who should have devoted not only his days, but his nights, to gleaning the scanty portion of actual information that he scatters through his volumes; they will have a much more substantive foundation than those of the theologian, who shall construct his morality upon the harlequin scenery of systems that so frequently change, even in his own distempered brain. If the atheist, as they please to call those who differ in opinion with themselves, objects to the correctness, of—their systems, he cannot deny his own existence, nor that of beings similar to himself, by whom he is surrounded; he cannot doubt the reciprocity of the relations that subsist between them; he cannot question the duties which spring out of these relations; Pyrrhonism, then, cannot enter his mind upon the actual principles of morality; which is nothing more than the science of the relations of beings living together in society.

 

If, however, satisfied with a barren, speculative knowledge of his duties, the atheist of the theologian should not apply them in his conduct—if, hurried along by the current of his ungovernable passions—if, borne forward by criminal habits—if, abandoned to shameful vices-if, possessing a vicious temperament, which he has not been sedulous to correct—if, lending himself to the stream of outrageous desires, he appears to forget his moral obligations, it by no means follows, either that he hath no principles, or that his principles are false: it can only be concluded from such conduct, that in the intoxication of his passions, in the delirium of his habits, in the confusion of his reason, he does not give activity to doctrines grounded upon truth; that he forgets to give currency to ascertained principles; that he may follow those propensities which lead him astray. In this, indeed, he will have dreadfully descended to the miserable level of the theologian, but he will nevertheless find him the partner of his folly—the partaker of his insanity—the companion of his crime.

 

Nothing is, perhaps, more common among men, than a very marked discrepancy between the mind and the heart; that is to say, between the temperament, the passions, the habits the caprices, the imagination, and the judgment, assisted by reflection. Nothing is, in fact, more rare, than to find these harmoniously running upon all fours with each other; it is, however, only when they do, that we see speculation influence practice. The most certain virtues are those which are founded upon the temperament of man. Indeed, do we not every day behold mortals in contradiction with themselves? Does not their more sober judgment unceasingly condemn the extravagancies to which their undisciplined passions deliver them up? In short, doth not every thing prove to us hourly, that men, with the very best theory, have sometimes the very worst practice; that others with the most vicious theory, frequently adopt the most amiable line of conduct? In the blindest systems, in the most atrocious superstitions, in those which are most contrary to reason, we meet with virtuous men, the mildness of whose character, the sensibility of whose hearts, the excellence of whose temperament, re conducts them to humanity, makes them fall back upon the laws of nature, in despite of their furious theories. Among the adorers of the most cruel, vindictive, jealous gods, are found peaceable, souls, who are enemies to persecution; who set their faces against violence; who are decidedly opposed to cruelty: among the disciples of a God filled with mercy, abounding in clemency, are seen barbarous monsters; inhuman cannibals: nevertheless, both the one and the other acknowledge, that their gods ought to serve them for a model. Wherefore, then, do they not in all things conform themselves? It is because the most wicked systems cannot always corrupt a virtuous soul; that those which are most bland, most gentle in their precepts, cannot always restrain hearts driven along by the impetuosity of vice. The organization will, perhaps, be always more potential than either superstition or religion. Present objects, momentary interests, rooted habits, public opinion, have much more efficacy than unintelligible theories, than imaginary systems, which themselves depend upon the organic structure of the human frame.

 

The point in question then is, to examine if the principles of the atheist, as he is erroneously called, be true, and not whether his conduct be commendable? An atheist, having an excellent theory, founded upon nature, grafted upon experience, constructed upon reason, who delivers himself up to excesses, dangerous to himself, injurious to society, is, without doubt, an inconsistent man. But he is not more to be feared than a superstitious bigot; than a zealous enthusiast; or than even a religious man who, believing in a good, confiding in an equitable, relying on a perfect God, does not scruple to commit the most frightful devastations in his name. An atheistical tyrant would assuredly not be more to be dreaded than a fanatical despot. An incredulous philosopher, however, is not so mischievous a being as an enthusiastic priest, who either fans the flame of discord among his fellow subjects, or rises in rebellion against his legitimate monarch. Would, then, an atheist clothed with power, be equally dangerous as a persecuting priest-ridden king; as a savage inquisitor; as a whimsical devotee; or, as a morose bigot? These are assuredly more numerous in the world than atheists, as they are ludicrously termed, whose opinions, or whose vices are far from being in a condition to have an influence upon society; which is ever too much hoodwinked by the priest, too much blinded by prejudice, too much the slave of superstition, to be disposed to give them a patient hearing.

 

An intemperate, voluptuous atheist, is not more dangerous to society than a superstitions bigot, who knows how to connect licentiousness, punic faith, ingratitude, libertinism, corruption of morals, with his theological notions. Can it, however, be ingeniously imagined, that a man, because he is falsely termed an atheist, or because he does not subscribe to the vengeance of the most contradictory systems, will therefore be a profligate debauche�, malicious, and persecuting; that he will corrupt the wife of his friend; will turn his own wife adrift; will consume both his time and his money in the most frivolous gratifications; will be the slave to the most childish amusements; the companion of the most dissolute men; that he will discard all his old friends; that he will select his bosom confidents from the brazen betrayers of their native land—from among the hoary despoilers of connubial happiness—from out of the ranks of veteran gamblers; that he will either break into his neighbour's dwelling, or cut his throat; in short, that he will lend himself to all those excesses, the most injurious to society, the most prejudicial to himself, the most deserving public castigation? The blemishes of an atheist, then, as the theologian styles him, have not any thing more extraordinary in them than those of the superstitious man; they possess nothing with which his doctrine can be fairly reproached. A tyrant, who should be incredulous, would not be a more incommodious scourge to his subjects, than a theological autocrat, who should wield his sceptre to the misery of his people. Would the nation of the latter feel more happy, from the mere circumstance that the tyger who governed it believed in the most abstract systems, heaped the most sumptuous presents on the priests, and humiliated himself at their shrine? At least it must be acknowledged, according to the shewing of the theologian himself, that under the dominion of the atheist, a nation would not have to apprehend superstitious vexations; to dread persecutions for opinion; to fear proscriptions for ill-digested systems; neither would it witness those strange outrages that have sometimes been Committed for the interests of heaven, even under the mildest monarchs. If it was the victim to the turbulent passions of an unbelieving prince, the sacrifice to the folly of a sovereign who should be an infidel, it would not, at least, suffer from his blind infatuation, for theological systems which he does not understand; nor from his fanatical zeal, which of all the passions that infest monarchs, is ever the most destructive, always the most dangerous. An atheistical tyrant, who should persecute for opinions, would be a man not consistent with his own principles; he could not exist; he would not, indeed, according to the theologian, be an atheist at most, he would only furnish one more example, that mortals much more frequently follow the blind impulse of their passions, the more immediate stimulus of their interest, the irresistible torrent of their temperament, than their speculations, however grave, however wise. It is, at least, evident, that an atheist has one pretext less than a credulous prince, for exercising his natural wickedness.

 

Indeed, if men condescended to examine things coolly, they would find that on this earth the name of God is but too frequently made use of as a motive to indulge the worst of human passions. Ambition, imposture, and tyranny, have often formed a league to avail themselves of its influence, to the end that they might blind the people, and bend them beneath a galling yoke: the monarch sometimes employs it to give a divine lustre to his person—the sanction of heaven to his rights—the confidence of its votaries to his most unjust, most extravagant whims. The priest frequently uses it to give currency to his pretensions, to the end that he may with impunity gratify his avarice, minister to his pride, secure his independence. The vindictive, enraged, superstitious being, introduces the cause of his gods, that he may give free scope to his fury, which he qualifies with zeal. In short, superstition becomes dangerous, because it justifies those passions, lends legitimacy to those crimes, holds forth as commendable those excesses, of which it does not fail to gather the fruit: according to its ministers, every thing is permitted to revenge the most high: thus the name of the Divinity is made use of to authorize the most baneful actions, to palliate the most injurious transgressions. The atheist, as he is called, when he commits crimes, cannot, at least, pretend that it is his gods who command them, or who clothe them with the mantle of their approval, this is the excuse the superstitious being offers for his perversity; the tyrant for his persecutions; the priest for his cruelty, and for his sedition; the fanatic for the ebullition of his boiling passions; the penitent for his inutility.

 

"They are not," says Bayle, "the general opinions of the mind, but the passions, which determine us to act." Atheism, as it is called, is a system which will not make a good man wicked but it may, perhaps, make a wicked man good. "Those," says the same author, "who embraced the sect of Epicurus, did not become debauche�s because they had adopted the doctrine of Epicurus; they only lent themselves to the system, then badly understood, because they were debauche�s." In the same manner, a perverse man may embrace atheism, because he will flatter himself, that this system will give full scope to his passions: he will nevertheless be deceived. Atheism, as it is called, if well understood, is founded upon nature and upon reason, which never can, like superstition, either justify or expiate the crimes of the profligate.

 

From the diffusion of doctrines which make morality depend upon unintelligible, incomprehensible systems, that are proposed to man for a model, there has unquestionably resulted very great inconvenience. Corrupt souls, in discovering, how much each of these suppositions are erroneous or doubtful, give loose to the rein of their vices, and conclude there are not more substantive motives for acting well; they imagine that virtue, like these fragile systems, is merely chimerical; that there is not any cogent solid reason for practising it in this world. Nevertheless, it must be evident, that it is not as the disciples of any particular tenet, that we are bound to fulfil the duties of morality; it is as men, living together in society, as sensible beings seeking to secure to ourselves a happy existence, that we should feel the moral obligation. Whether these systems maintain their ground, or whether the do not, our duties will remain the same; our nature, if consulted, will incontestibly prove, that vice is a decided evil, that virtue is an actual, a substantial good.

 

If, then, there be found atheists who have denied the distinction of good and evil, or who have dared to strike at the foundations of morality; we ought to conclude, that upon this point they have reasoned badly; that they have neither been acquainted with the nature of man, nor known the true source of his duties; that they have falsely imagined that ethics, as well as theology, was only an ideal science; that the fleeting systems once destroyed, there no longer remained any bonds to connect mortals. Nevertheless, the slightest reflection would have incontestibly proved, that morality is founded upon immutable relations subsisting between sensible, intelligent, sociable beings; that without virtue, no society can maintain itself; that without putting the curb on his desires, no mortal can conserve himself: man is constrained from his nature to love virtue, to dread crime, by the same necessity that obliges him to seek happiness, and fly from sorrow: thus nature compels him to place a distinction between those objects which please, and those objects Which injure him. Ask a man, who is sufficiently irrational to deny the difference between virtue and vice, if it would be indifferent to him to be beaten, robbed, calumniated, treated with ingratitude, dishonoured by his wife, insulted by his children, betrayed by his friend? His answer will prove to you, that whatever he may say, he discriminates the actions of mankind; that the distinction between good and evil, does not depend either upon the conventions of men, or upon the ideas which they may have of particular systems; upon the punishments or upon the recompenses which attend mortals in a future existence.

 

On the contrary, an atheist, as he is denominated, who should reason with justness, would feel himself more interested than another in practising those virtues to which he finds his happiness attached in this world. If his views do not extend themselves beyond the limits of his present existence, he must, at least, desire to see his days roll on in happiness and in peace. Every man, who during the calm of his passions, falls back upon himself, will feel that his interest invites him to his own preservation; that his felicity rigorously demands he should take the necessary means to enjoy life peaceably that it becomes an imperative duty to himself to keep his actual abode free from alarm; his mind untainted by remorse. Man oweth something to man, not merely because he would offend any particular system, if he was to injure his fellow creature; but because in doing him an injury he would offend a man; would violate the laws of equity; in the maintenance of which every human being finds himself interested.

 

We every day see persons who are possessed of great talents, who have very extensive knowledge, who enjoy very keen penetration, join to these advantages a very corrupt heart; who lend, themselves to the most hideous vices: their opinions may be true in some respects, false in a great many others; their principles may be just, but their inductions are frequently defective; very often precipitate. A man may embrace sufficient knowledge to detect some of his errors, yet command too little energy to divest himself of his vicious propensities. Man is a being whose character depends upon his organization, modified by habit—upon his temperament, regulated by education—upon his propensities, marshalled by example—upon his; passions, guided by his government; in short, he is only what transitory or permanent circumstances make him: his superstitious ideas are obliged to yield to this temperament; his imaginary systems feel a necessity to accommodate themselves to his propensities; his theories give way to his interests. If the system which constitutes man an atheist in the eyes of this theologic friend, does not remove him from the vices with which he was anteriorly tainted, neither does it tincture him with any new ones; whereas, superstition furnishes its disciples with a thousand pretexts for committing evil without repugnance; induces them even to applaud themselves for the commission of crime. Atheism, at least, leaves men such as they are; it will neither increase a man's intemperance, nor add to his debaucheries, it will not render him more cruel than his temperament before invited him to be: whereas superstition either lacks the rein to the most terrible passions, gives loose to the most abominable suggestions, or else procures easy expiations for the most dishonourable vices. "Atheism," says Chancellor Bacon, "leaves to man reason, philosophy, natural piety, laws, reputation, and every thing that can serve to conduct him to virtue; but superstition destroys all these things, and erects itself into a tyranny over the understandings of men: this is the reason why atheism never disturbs the government, but renders man more clear-sighted, as seeing nothing beyond the bounds of this life." The same author adds, "that the times in which men have turned towards atheism, have been the most tranquil; whereas superstition has always inflamed their minds, and carried them on to the greatest disorders; because it infatuates the people with novelties, which wrest from and carry with them all the authority of government."

 

Los hombres habituados a la meditación, acostumbrados a hacer del estudio un placer, no son por lo general ciudadanos peligrosos: cualesquiera que sean sus especulaciones, nunca producen revoluciones repentinas sobre la tierra. Los vientos del pueblo, siempre susceptibles de ser inflamados por lo maravilloso, sus pasiones dormidas susceptibles de ser despertadas por el entusiasmo, resisten obstinadamente a la luz de las verdades simples; nunca se calienten por sistemas que exigen un largo tren de reflexión, que requieren la profundidad del razonamiento más agudo. El sistema del ateísmo, como eligen denominarlo los sacerdotes, sólo puede ser el resultado de una larga meditación; el fruto del estudio conectado; el producto de una imaginación enfriada por la experiencia: es el hijo de la razón. El pacífico Epicuro nunca perturbó a Grecia; su filosofía fue enseñada públicamente en Atenas durante muchos siglos; gozaba del increíble favor de sus compatriotas, quienes hicieron que le erigieran estatuas; tuvo un número prodigioso de amigos, y su escuela subsistió por un período muy largo. Cicerón, aunque enemigo decidido de los epicúreos, da un brillante testimonio de la probidad tanto de Epicuro como de sus discípulos, que se destacaron por la amistad inviolable que se tenían. En la época de Marco Aurelio, había en Atenas un profesor público de la filosofía de Epicuro, pagado por ese emperador, que era él mismo un estoico. Hobbes no hizo correr sangre en Inglaterra, aunque en su tiempo el fanatismo religioso hacía perecer a un rey en el patíbulo. El poema de Lucrecio no provocó guerras civiles en Roma; los escritos de Spinosa no provocaron en Holanda los mismos problemas que las disputas de Gomar y D'Arminius. En breve, podemos desafiar a los enemigos de la razón humana a citar un solo ejemplo, que prueba de manera decisiva que las opiniones puramente filosóficas, o directamente contrarias a la superstición, siempre han provocado disturbios en el estado. Los tumultos han surgido generalmente de nociones teológicas, porque tanto los príncipes como el pueblo siempre han creído tontamente que debían tomar parte en ellos. No hay nada tan peligroso como esa filosofía vacía que los teólogos han combinado con sus sistemas. Es a la filosofía, corrompida por los sacerdotes, a la que pertenece peculiarmente hacer estallar las ascuas de la discordia; invitar al pueblo a la rebelión; para empapar la tierra con sangre humana. No hay, tal vez, cuestión teológica que no haya sido fuente de inmensos males para el hombre; mientras que todos los escritos de los denominados ateos, ya sean antiguos o modernos, jamás han causado mal alguno sino a sus autores; a quien la impostura dominante ha inmolado con frecuencia en su santuario engañoso.

 

Los principios del ateísmo no se forman para la masa del pueblo, que comúnmente está bajo la tutela de sus sacerdotes; no están calculados para esas capacidades frívolas, no convienen a esas mentes disipadas, que llenan la sociedad con sus vicios, que cada hora dan prueba de su propia inutilidad; no complacerán a los ambiciosos; ni son adecuados para intrigantes, ni apropiados para esos seres inquietos que encuentran su interés inmediato en perturbar la armonía del pacto social: mucho menos están hechos para un gran número de personas, que, ilustradas en otros aspectos, no tienen el valor suficiente divorciarse de los prejuicios recibidos.

 

Tantas causas se unen para confirmar al hombre en esos errores que atrae con la leche de su madre, que cada paso que lo aparta de estas entrañables falacias, le cuesta insólitos dolores. Aquellas personas que son las más ilustradas, frecuentemente se aferran por algún lado a la predisposición general. Al renunciar a estas veneradas ideas, nos sentimos, por así decirlo, aislados en la sociedad: cada vez que estamos solos en nuestras opiniones, parece que ya no hablamos el idioma de nuestros asociados; somos propensos a imaginarnos colocados en una isla desierta y árida, a la vista de un país populoso y fructífero, al que nunca podremos llegar: por lo tanto, se requiere un gran coraje para adoptar un modo de pensar que tiene pocos aprobadores. En aquellos países donde el conocimiento humano ha hecho algún progreso; donde, además, se disfruta de cierta libertad de pensamiento, Puede encontrarse fácilmente un gran número de deicolistas, teístas o seres incrédulos, que, contentos de haber pisoteado los prejuicios más groseros de los analfabetos, no se han atrevido a volver a la fuente, para citar los sistemas más sutiles antes que los demás. tribunal de la razón. Si estos pensadores no se detuvieran en el camino, la reflexión les demostraría rápidamente que aquellos sistemas que no tienen la fortaleza de examinar son igualmente perjudiciales para el sano raciocinio, tan repugnantes para el buen sentido como repugnantes para la evidencia de la experiencia. , como cualquiera de aquellas doctrinas, misterios, fábulas o costumbres supersticiosas, cuya futilidad ya han reconocido; sentirían, como ya hemos probado, que todas estas cosas no son más que las consecuencias necesarias de esos errores primitivos en los que el hombre se ha entregado durante tantas edades sucesivas; que al admitir estos errores, ya no tienen ninguna causa racional para rechazar las deducciones que la imaginación ha sacado de ellos. Un poco de atención les mostraría claramente que son precisamente estos errores los que son la verdadera causa de todos los males de la sociedad; que esas disputas interminables, esas querellas sanguinarias, que la superstición y el espíritu de fiesta engendran a cada instante, son los efectos inevitables de la importancia que dan a los errores que poseen todos los medios de distracción, que casi nunca dejan de poner la mente de hombre en un estado de combustión. En definitiva, nada más fácil que convencernos de que los sistemas imaginarios, no reducibles a la comprensión,

 

Muchas personas reconocen que las extravagancias a las que presta actividad la superstición son verdaderos males; muchos se quejan del abuso de la superstición, pero son muy pocos los que sienten que este abuso, junto con los males, son las consecuencias necesarias de los principios fundamentales de toda superstición; que se basan en las nociones más dolorosas, que se apoyan en las opiniones más atormentadoras. Diariamente vemos personas desengañadas por ideas supersticiosas, que sin embargo pretenden que esta superstición "es saludable para el pueblo"; que sin su magia sobrenatural, no podrían mantenerse dentro de los debidos límites; en otras palabras, no podían hacerse esclavos voluntarios del sacerdote. Pero, razonar así, ¿no es decir que el veneno es beneficioso para la humanidad, que por lo tanto es apropiado envenenarlos, para evitar que hagan un uso indebido de su poder? ¿No es de hecho pretender que es ventajoso hacerlos absurdos; que es un curso provechoso hacerlos extravagantes; saludable para darles un sesgo irracional; que tienen necesidad de duendes para cegarlos; requieren los sistemas más incomprensibles para hacerlos vertiginosos; que es imperativo someterlos a impostores oa fanáticos, que se valen de sus locuras para perturbar el reposo del mundo? Nuevamente, ¿es un hecho comprobado, la experiencia garantiza la conclusión de que la superstición tiene una influencia útil sobre la moral de las personas? Parece mucho más evidente, está mucho mejor confirmado por la observación, cae más en la evidencia de los sentidos, que los esclaviza sin mejorarlos; que constituye una manada de seres ignorantes, a quienes los terrores de pánico mantienen bajo el yugo de sus capataces; a quienes sus miedos inútiles convierten en los miserables instrumentos de la ambición imponente de los tiranos rapaces; del sutil oficio de diseñar sacerdotes: que forma esclavos estúpidos, que no conocen otra virtud que la ciega sumisión a las costumbres más fútiles, a las que atribuyen un valor mucho más sustantivo que a las virtudes reales que brotan del deberes de moralidad; o emanando del pacto social que nunca les ha sido dado a conocer. Si por casualidad la superstición reprime a unos pocos individuos, no tiene ningún efecto sobre la mayoría, que se dejan arrastrar por los vicios epidémicos que los infectan: son arrojados por ella a la corriente de la corrupción, y la marea o se los lleva, o bien, hinchando las aguas, rompe a través de sus débiles montículos, y envuelve el todo en una masa indistinguible de ruina. Es en aquellos países donde la superstición tiene el mayor poder, donde siempre se encontrará la menor moralidad. La virtud es incompatible con la ignorancia; no puede fusionarse con la superstición; no puede existir con la esclavitud: los esclavos sólo pueden ser mantenidos en subordinación por el miedo al castigo; los niños ignorantes son por un momento intimidados por terrores imaginarios. Pero los hombres libres, los hijos de la verdad, no temen sino a sí mismos; no deben ser adormecidos en la sumisión por deberes visionarios, ni coaccionados por sistemas fantasiosos; prestan pronta obediencia a las demostraciones evidentes de virtud; son los fieles, los invulnerables defensores de los sistemas sólidos; aferrarse con ardor a los dictados de la razón; formar murallas impenetrables alrededor de sus legítimos soberanos; y fijan sus tronos sobre una base inamovible, desconocida para el teólogo; que no se puede tocar con manos impías; cuya duración será proporcional a la existencia del tiempo mismo. Sin embargo, para formar hombres libres, para tener ciudadanos virtuosos, es necesario ilustrarlos; corresponde exhibirles la verdad; es imperativo razonar con ellos; es indispensable hacerles sentir sus intereses; es primordial que aprendan a respetarse a sí mismos; deben ser instruidos para temer la vergüenza; deben estar emocionados de tener una idea justa del honor; se les debe familiarizar con el valor de la virtud, se les deben mostrar motivos sustantivos para seguir sus lecciones. ¿Cómo se pueden esperar estos felices efectos de las fuentes contaminadas de la superstición, cuyas aguas no hacen más que degradar a la humanidad? ¿O cómo sacarlos del pesado y voluminoso yugo de la tiranía, que no se propone otra cosa que vencerlos dividiéndolos? mantenerlos en la condición más abyecta por medio de los vicios lascivos y los crímenes más detestables?

 

La falsa idea que tantas personas tienen de la utilidad de la superstición, que ellos, al menos, juzgan calculada para refrenar el libertinaje de los analfabetos, surge del prejuicio fatal de que es un error útil; que la verdad puede ser peligrosa. Este principio tiene completa eficacia para eternizar las penas de la tierra: quien tenga el coraje necesario para examinar estas cosas, reconocerá sin vacilación que todas las miserias de la raza humana deben atribuirse a sus errores; que de éstos, el error supersticioso debe ser el más perjudicial, por la importancia que generalmente se le atribuye; de la altivez con que inspira a los soberanos; de la condición sin valor que prescribe a los súbditos; del frenesí que excita entre el vulgo. Por lo tanto, nos veremos obligados a concluir, que los errores supersticiosos del hombre, sacralizados por el tiempo, son precisamente aquellos que por el interés permanente de la humanidad, por el bienestar de la sociedad, por la seguridad del mismo monarca, exigen la más completa destrucción; que es principalmente a su aniquilación, los esfuerzos de una sana filosofía deben ser dirigidos. No es de temer que este intento produzca desórdenes o revoluciones: cuanto más libertad acompañe a la voz de la verdad, más convincente aparecerá; aunque cuanto más simple sea, menos influirá en los hombres, que sólo se enamoran de lo maravilloso; incluso aquellos individuos que más diligentemente buscan la verdad, que la persiguen con el mayor ardor, tienen frecuentemente una inclinación irresistible, que los apremia, y los dispone incesantemente a reconciliar el error con su antípoda. Aquel gran maestro del arte de pensar, que tan hábiles consejos da a sus discípulos, dice, con sobrada razón, "que no hay sino una buena y sólida filosofía, que puede, como otro Hércules, exterminar a esos monstruos llamados errores populares". : es eso solo lo que puede dar libertad a la mente humana".

 

Here is, unquestionably, the true reason why atheism, as it is called, of which hitherto the principles have not been sufficiently developed, appears to alarm even those persons who are the most destitute of prejudice. They find the interval too great between vulgar superstition and an absolute renunciation of it; they imagine they take a wise medium in compounding with error; they therefore reject the consequences, while they admit the principle; they preserve the shadow and throw away the substance, without foreseeing that, sooner or later, it must, by its obstetric art, usher into the world, one after another, the same follies which now fill the heads of bewildered human beings, lost in the labyrinths of incomprehensible systems. The major part of the incredulous, the greater number of reformers, do no more than prune a cankered tree, to whose root they dare not apply the axe; they do not perceive that this tree will in the end produce the same fruit. Theology, or superstition, will always be an heap of combustible matter: brooded in the imagination of mankind, it will always finish by causing the most terrible explosions. As long as the sacerdotal order shall have the privilege of infecting youth—of habituating their minds to tremble before unmeaning words—of alarming nations with the most terrific systems, so long will fanaticism be master of the human mind; imposture will, at its pleasure, cast the apple of discord among the members of the state. The most simple error, perpetually fed, unceasingly modified, continually exaggerated by the imagination of man, will by degrees assume a collossal figure, sufficiently powerful to upset every institution; amply competent to the overthrow of empires. Theism is a system at which the human mind cannot make a long sojourn; founded upon error, it will, sooner or later, degenerate into the most absurd, the most dangerous superstition.

 

Many incredulous beings, many theists, are to be met with in those countries where freedom of opinion reigns; that is to say, where the civil power has known how to balance superstition. But, above all, atheists as they are termed, will be found in those nations where, superstition, backed by the sovereign authority, most enforces the ponderosity of its yoke; most impresses the volume of its severity; imprudently abuses its unlimited power. Indeed, when in these kind of countries, science, talents, the seeds of reflection, are not entirely stifled, the greater part of the men who think, revolt at the crying abuses of superstition; are ashamed of its multifarious follies; are shocked at the corruption of its professors; scandalized at the tyranny of its priests: are struck with horror at those massive chains which it imposes on the credulous. Believing with great reason, that they can never remove themselves too far from its savage principles, the system that serves for the basis of such a creed, becomes as odious as the superstition itself; they feel that terrific systems can only be detailed by cruel ministers; these become detestable objects to every enlightened, to every honest mind, in which either the love of equity, or the sacred fire of freedom resides; to every one who is the advocate of humanity—the indignant spurner of tyranny. Oppression gives a spring to the soul; it obliges man to examine closely into the cause of his sorrows; misfortune is a powerful incentive, that turns the mind to the side of truth. How formidable a foe must not outraged reason be to falsehood? It at least throws it into confusion, when it tears away its mask; when it follows it into its last entrenchment; when it proves, beyond contradiction, that nothing is so dastardly as delusion detected, or tyrannic power held at bay.

 

 

 

 

 

 

 

 

CHAP. XIII.

Of the motives which lead to what is falsely called Atheism.—Can this System be dangerous?—Can it be embraced by the Illiterate?

 

The reflections, as well as the facts which have preceded, will furnish a reply to those who inquire what interest man has in not admitting unintelligible systems? The tyrannies, the persecutions, the numberless outrages committed under these systems; the stupidity, the slavery, into which their ministers almost every where plunge the people; the sanguinary disputes to which they give birth; the multitude of unhappy beings with which their fatal notions fill the world; are surely abundantly sufficient to create the most powerful, the most interesting motives, to determine all sensible men, who possess the faculty of thought, to examine into the authenticity of doctrines, which cause so many serious evils to the inhabitants of the earth.

 

A theist, very estimable for his talents, asks, "if there can be any other cause than an evil disposition, which can make men atheists?" I reply to him, yes, there are other causes. There is the desire, a very laudable one, of having a knowledge of interesting truths; there is the powerful interest of knowing what opinions we ought to hold upon the object which is announced to us as the most important; there is the fear of deceiving ourselves upon systems which are occupied with the opinions of mankind, which do not permit he should deceive himself respecting them with impunity. But when these motives, these causes, should not subsist, is not indignation, or if they will, an evil disposition, a legitimate cause, a good and powerful motive, for closely examining the pretensions, for searching into the rights of systems, in whose name so many crimes are perpetrated? Can any man who feels, who thinks, who has any elasticity in his soul, avoid being incensed against austere theories, which are visibly the pretext, undeniably the source, of all those evils, which on every side assail the human race? Are they not these fatal systems which are at once the cause and the ostensible reason of that iron yoke that oppresses mankind; of that wretched slavery in which he lives; of that blindness which hides from him his happiness; of that superstition, which disgraces him; of those irrational customs which torment him; of those sanguinary quarrels which divide him; of all the outrages which he experiences? Must not every breast in which humanity is not extinguished, irritate itself against that theoretical speculation, which in almost every country is made to speak the language of capricious, inhuman, irrational tyrants?

 

To motives so natural, so substantive, we shall join those which are still more urgent, more personal to every reflecting man: namely, that benumbing terror, that incommodious fear, which must be unceasingly nourished by the idea of capricious theories, which lay man open to the most severe penalties, even for secret thoughts, over which he himself has not any controul; that dreadful anxiety arising out of inexorable systems, against which he may sin without even his own knowledge; of morose doctrines, the measure of which he can never be certain of having fulfilled; which so far from being equitable, make all the obligations lay on one side; which with the most ample means of enforcing restraint, freely permit evil, although they hold out the most excruciating punishments for the delinquents? Does it not then, embrace the best interests of humanity, become of the highest importance to the welfare of mankind, of the greatest consequence to the quiet of his existence, to verify the correctness of these systems? Can any thing be more rational than to probe to the core these astounding theories? Is it possible that any thing can be more just, than to inquire rigorously into the rights, sedulously to examine the foundations, to try by every known test, the stability of doctrines, that involve in their operations, consequences of such colossal magnitude; that embrace, in their dictatory mandates, matters of such high behest; that implicate the eternal felicity of such countless millions in the vortex of their action? Would it not be the height of folly to wear such a tremendous yoke without inquiry; to let such overwhelming notions pass current unauthenticated; to permit the soi-disant ministers of these terrific systems to establish their power, without the most ample verification of their patents of mission? Would it, I repeat, be at all wonderful, if the frightful qualities of some of these systems, as exhibited by their official expounders, whom the accredited functionaries of similar systems, do not scruple, in the face of day, to brand as impostors, should induce rational beings to drive them entirely from their hearts; to shake off such an intolerable burden of misery; to even deny the existence of such appalling doctrines, of such petrifying systems, which the superstitious themselves, whilst paying them their homage, frequently curse from the very bottom of their hearts?

 

The theist, however, will not fail to tell the atheist, as he calls him, that these systems are not such as superstition paints them; that the colours are coarse, too glaring, ill assorted, the perspective out of all keeping; he will then exhibit his own picture, in which the tints are certainly blended with more mellowness, the colouring of a more pleasing hue, the whole more harmonious, but the distances equally indistinct: the atheist, in reply, will say, that superstition itself, with all the absurd prejudices, all the mischievous notions to which it gives birth, are only corollaries drawn from the fallacious ideas, from those obscure principles, which the deicolist himself indulges. That his own incomprehensible system authorizes the incomprehensible absurdities, the inconceivable mysteries, with which superstition abounds; that they flow consecutively from his own premises; that when once the mind of mortals is bewildered in the dark, inextricable mazes of an ill-directed imagination, it will incessantly multiply its chimeras. To assure the repose of mankind, fundamental errors must be annihilated; that he may understand his true relations, be acquainted with his imperative duties, primary delusions must be rectified; to procure him that serenity of soul, without which there can be no substantive happiness, original fallacies must be undermined. If the systems of the superstitious be revolting, if their theories be gloomy, if their dogmas are unintelligible, those of the theist will always be contradictory; will prove fatal, when he shall be disposed to meditate upon them; will become the source of illusions, with which, sooner or later, imposture will not omit to abuse his credulity. Nature alone, with the truths she discovers, is capable of lending to the human mind that firmness which falsehood will never be able to shake; to the human heart that self-possession, against which imposture will in vain direct its attacks.

 

Let us again reply to those who unceasingly repeat that the interest of the passions alone conduct man to what is termed atheism: that it is the dread of future punishment that determines corrupt individuals to make the most strenuous efforts to break up a system they have reason to dread. We shall, without hesitation, agree that it is the interest of man's passions which excites him to make inquiries; without interest, no man is tempted to seek; without passion, no man will seek vigorously. The question, then, to be examined, is, if the passions and interests, which determine some thinkers to dive into the stability or the systems held forth to their adoption, are or are not legitimate? These interests have, already been exposed, from which it has been proved, that every rational man finds in his inquietudes, in his fears, reasonable motives to ascertain, whether or not it be necessary to pass his life in perpetual dread; in never ceasing agonies? Will it be said, that an unhappy being, unjustly condemned to groan in chains, has not the right of being willing to render them asunder; to take some means to liberate himself from his prison; to adopt some plan to escape from those punishments, which every instant threaten him? Will it be pretended that his passion for liberty has no legitimate foundation, that he does an injury to the companions of his misery, in withdrawing himself from the shafts of tyrannical infliction; or in furnishing, them also with means to escape from its cruel strokes? Is, then, an incredulous man, any thing more than one who has taken flight from the general prison, in which despotic superstition detains nearly all mankind? Is not an atheist, as he is called, who writes, one who has broken his fetters, who supplies to those of his associates who have sufficient courage to follow him, the means of setting themselves free from the terrors that menace them? The priests unceasingly repeat that it is pride, vanity, the desire of distinguishing himself from the generality of mankind, that determines man to incredulity. In this they are like some of those wealthy mortals, who treat all those as insolent who refuse to cringe before them. Would not every rational man have a right to ask the priest, where is thy superiority in matters of reasoning? What motives can I have to submit my reason to thy delirium? On the other hand, way it not be said to the hierarchy, that it is interest which makes them priests; that it is interest which renders them theologians; that it is for the interest of their passions, to inflate their pride, to gratify their avarice, to minister to their ambition, &c. that they attach themselves to systems, of which they alone reap the benefits? Whatever it may be, the priesthood, contented with exercising their power over the illiterate, ought to permit those men who do think, to be excused from bending the knee before their vain, illusive idols.

 

We also agree, that frequently the corruption of morals, a life of debauchery, a licentiousness of conduct, even levity of mind, may conduct man to incredulity; but is it not possible to be a libertine, to be irreligious, to make a parade of incredulity, without being on that account an atheist? There is unquestionably a difference between those who are led to renounce belief in unintelligible systems by dint of reasoning, and those who reject or despise superstition, only because they look upon it as a melancholy object, or an incommodious restraint. Many persons, no doubt, renounce received prejudices, through vanity or upon hearsay; these pretended strong minds have not examined any thing for themselves; they act upon the authority of others, whom they suppose to have weighed things more maturely. This kind of incredulous beings, have not, then, any distinct ideas, any substantive opinions, and are but little capacitated to reason for themselves; they are indeed hardly in a state to follow the reasoning of others. They are irreligious in the same manner as the majority of mankind are superstitious, that is to say, by credulity like the people; or through interest like the priest. A voluptuary devoted to his appetites; a debauche� drowned in drunkenness; an ambitious mortal given up to his own schemes of aggrandizement; an intriguer surrounded by his plots; a frivolous, dissipated mortal, absorbed by his gewgaws, addicted to his puerile pursuits, buried in his filthy enjoyments; a loose woman abandoned to her irregular desires; a choice spirit of the day: are these I say, personages, actually competent to form a sound judgment of superstition, which they have never examined? Are they in a condition to maturely weigh theories that require the utmost depth of thought? Have they the capabilities to feel the force of a subtle argument; to compass the whole of a system: to embrace the various ramifications of an extended doctrine? If some feeble scintillations occasionally break in upon the cimmerian darkness of their minds; if by any accident they discover some faint glimmerings of truth amidst the tumult of their passions; if occasionally a sudden calm, suspending, for a short season, the tempest of their contending vices, permits the bandeau of their unruly desires by which they are blinded, to drop for an instant from their hoodwinked eyes, these leave on them only evanescent traces; scarcely sooner received than obliterated. Corrupt men only attack the gods when they conceive them to be the enemies to their vile passions. Arrian says, "that when men imagine the gods are in opposition to their passions, they abuse them, and overturn their altars." The Chinese, I believe, do the same. The honest man makes war against systems which he finds are inimical to virtue—injurious to his own happiness—baneful to that of his fellow mortals—contradictory to the repose, fatal to the interests of the human species. The bolder, therefore, the sentiments of the honest atheist, the more strange his ideas, the more suspicious they appear to other men, the more strictly he ought to observe his own obligations; the more scrupulously he should perform his duties; especially if he be not desirous that his morals shall calumniate his system; which duly weighed, will make the necessity of sound ethics, the certitude of morality, felt in all its force; but which every species of superstition tends to render problematical, or to corrupt.

 

Whenever our will is moved by concealed and complicated motives, it is extremely difficult to decide what determines it; a wicked man may be conducted to incredulity or to scepticism by those motives which he dare not avow, even to himself; in believing he seeks after truth, he may form an illusion to his mind, only to follow the interest of his passions; the fear of an avenging system will perhaps determine him to deny their existence without examination; uniformly because he feels them incommodious. Nevertheless, the passions sometimes happen to be just; a great interest carries us on to examine things more minutely; it may frequently make a discovery of the truth, even to him who seeks after it the least, or who is only desirous to be lulled to sleep, who is only solicitous to deceive himself. It is the same with a perverse man who stumbles upon truth, as it is with him, who flying from an imaginary danger, should encounter in his road a dangerous serpent, which in his haste he should destroy; he does that by accident, without design, which a man, less disturbed in his mind, would have done with premeditated deliberation.

 

To judge properly of things, it is necessary to be disinterested; it is requisite to have an enlightened mind, to have connected ideas to compass a great system. It belongs, in fact, only to the honest man to examine the proofs of systems—to scrutinize the principles of superstition; it belongs only to the man acquainted with nature, conversant with her ways, to embrace with intelligence the cause of the SYSTEM OF NATURE. The wicked are incapable of judging with temper; the ignorant are inadequate to reason with accuracy; the honest, the virtuous, are alone competent judges in so weighty an affair. What do I say? Is not the virtuous man, from thence in a condition to ardently desire the existence of a system that remunerates the goodness of men? If he renounces those advantages, which his virtue confers upon him the right to hope, it is, undoubtedly, because he finds them imaginary. Indeed, every man who reflects will quickly perceive, that for one timid mortal, of whom these systems restrain the feeble passions, there are millions whose voice they cannot curb, of whom, on the contrary, they excite the fury; for one that they console, there are millions whom they affright, whom they afflict; whom they make unhappy: in short, he finds, that against one inconsistent enthusiast, which these systems, which are thought so excellent, render happy, they carry discord, carnage, wretchedness into vast countries; plunge whole nations into misery; deluge them with tears.

 

However this may be, do not let us inquire into motives which may determine a man to embrace a system; let us rather examine the system itself; let us convince ourselves of its rectitude; if we shall find that it is founded upon truth, we shall never, be able to esteem it dangerous. It is always falsehood that is injurious to man; if error be visibly the source of his sorrows, reason is the true remedy for them; this is the panacea that can alone carry consolation to his afflictions. Do not let us farther examine the conduct of a man who presents us with a system; his ideas, as we have already said, may be extremely sound, when even his actions are highly deserving of censure. If the system of atheism cannot make him perverse, who is not so by his temperament, it cannot render him good, who does not otherwise know the motives that should conduct him to virtue. At least we have proved, that the superstitious man, when he has strong passions, when he possesses a depraved heart, finds even in his creed a thousand pretexts more than the atheist, for injuring the human species. The atheist has not, at least, the mantle of zeal to cover his vengeance; he has not the command of his priest to palliate his transports; he has not the glory of his gods to countenance his fury; the atheist does not enjoy the faculty of expiating, at the expence of a sum of money, the transgressions of his life; of availing himself of certain ceremonies, by the aid of which he may atone for the outrages he may have committed against society; he has not the advantage of being able to reconcile himself with heaven, by some easy custom; to quiet the remorse of his disturbed conscience, by an attention to outward forms: if crime has not deadened every feeling of his heart, he is obliged continually to carry within himself an inexorable judge, who unceasingly reproaches him for his odious conduct; who forces him to blush for his own folly; who compels him to hate himself; who imperiously obliges him to fear examination, to dread the resentment of others. The superstitious man, if he be wicked, gives himself up to crime, which is followed by remorse; but his superstition quickly furnishes him with the means a getting rid of it; his life is generally no more than a long series of error and grief, of sin and expiation, following each other in alternate succession; still more, he frequently, as we have seen, perpetrates crimes of greater magnitude, in order to wash away the first. Destitute of any permanent ideas on morality, he accustoms himself to look upon nothing as criminal, but that which the ministers, the official expounders of his system, forbid him to commit: he considers actions of the blackest dye as virtues, or as the means of effacing those transgressions, which are frequently held out to him as faithfully executing the duties of his creed. It is thus we have seen fanatics expiate their adulteries by the most atrocious persecutions; cleanse their souls from infamy by the most unrelenting cruelty; make atonement for unjust wars by the foulest means; qualify their usurpations by outraging every principle of virtue; in order to wash away their iniquities, bathe themselves in the blood of those superstitious victims, whose infatuation made them martyrs.

 

An atheist, as he is falsely called, if he has reasoned justly, if he has consulted nature, hath principles more determinate, more humane, than the superstitious; his system, whether gloomy or enthusiastic, always conducts the latter either to folly or cruelty; the imagination of the former will never be intoxicated to that degree, to make him believe that violence, injustice, persecution, or assassination are either virtuous or legitimate actions. We every day see that superstition, or the cause of heaven, as it is called, hoodwinks even those persons who on every other occasion are humane, equitable, and rational; so much so, that they make it a paramount duty to treat with determined barbarity, those men who happen to step aside from their mode of thinking. An heretic, an incredulous being, ceases to be a man, in the eyes of the superstitious. Every society, infected with the venom of bigotry, offers innumerable examples of juridical assassination, which the tribunals commit without scruple, even without remorse. Judges who are equitable on every other occasion, are no longer so when there is a question of theological opinions; in steeping their hands in the blood of their victims, they believe, on the authority of the priests, they conform themselves to the views of the Divinity. Almost every where the laws are subordinate to superstition; make themselves accomplices in its fanatical fury; they legitimate those actions most opposed to the gentle voice of humanity; they even transform into imperative duties, the most barbarous cruelties. The president Grammont relates, with a satisfaction truly worthy of a cannibal, the particulars of the punishment of Vanini, who was burned at Thoulouse, although he had disavowed the opinions with which he was accused; this president carries his demoniac prejudices so far, as to find wickedness in the piercing cries, in the dreadful howlings, which torment wrested from this unhappy victim to superstitious vengeance. Are not all these avengers of the gods miserable men, blinded by their piety, who, under the impression of duty, wantonly immolate at the shrine of superstition, those wretched victims whom the priests deliver over to them? Are they not savage tyrants, who have the rank injustice to violate thought; who have the folly to believe they can enslave it? Are they not delirious fanatics, on whom the law, dictated by the most inhuman prejudices, imposes the necessity of acting like ferocious brutes? Are not all those sovereigns, who to gratify the vanity of the priesthood, torment and persecute their subjects, who sacrifice to their anthropophagite gods human victims, men whom superstitious zeal has converted into tygers? Are not those priests, so careful of the soul's health, who insolently break into the sacred sanctuary of man's mind, to the end that they may find in his opinions motives for doing him an injury, abominable knaves, disturbers of the public repose, whom superstition honours, but whom virtue detests? What villains are more odious in the eyes of humanity, what depredators more hateful to the eye of reason, than those infamous inquisitors, who by the blindness of princes, by the delirium of monarchs, enjoy the advantage of passing judgment on their own enemies; who ruthlessly commit them to the charity of the flames? Nevertheless, the fatuity of the people makes even these monsters respected; the favour of kings covers them with kindness; the mantle of superstitious opinion shields them from the effect of the just execration of every honest man. Do not a thousand examples prove, that superstition has every where produced the most frightful ravages: that it has continually justified the most unaccountable horrors? Has it not a thousand times armed its votaries with the dagger of the homicide; let loose passions much wore terrible than those which it pretended to restrain; broken up the most sacred bonds by which mortals are connected with each other? Has it not, under the pretext of duty, under the colour of faith, under the semblance of zeal, under the sacred name of piety, favoured cupidity, lent wings to ambition, countenanced cruelty, given a spring to tyranny? Has it not legitimatized murder; given a system to perfidy; organized rebellion; made a virtue of regicide? Have not those princes who have been foremost as the avengers of heaven, who have been the lictors of superstition, frequently themselves become its victims? In short, has it not been the signal for the most dismal follies, the most wicked outrages, the most horrible massacres? Has not its altars been drenched with human gore? Under whatever form it has been exhibited, has it not always been the ostensible cause of the most bare-faced violation—of the sacred rights of humanity?

 

Never will an atheist, as he is called, as called, as he enjoys his proper senses, persuade himself that similar actions can be justifiable; never will he believe that he who commits them can be an estimable man; there is no one but the superstitious, whose blindness makes him forget the most evident principles of morality, whose callous soul renders him deaf to the voice of nature, whose zeal causes him to overlook the dictates of reason, who can by any possibility imagine the most destructive crimes are the most prominent features of virtue. If the atheist be perverse, he, at least, knows that he acts wrong; neither these systems, nor their priests, will be able to persuade him that he does right: one thing, however, is certain, whatever crimes he may allow himself to commit, he will never be capable of exceeding those which superstition perpetrates without scruple; that it encourages in those whom it intoxicates with its fury; to whom it frequently holds forth wickedness itself, either as expiations for offences, or else as orthodox, meritorious actions.

 

Thus the atheist, however wicked he may be supposed, will at most be upon a level with the devotee, whose superstition encourages him to commit crimes, which it transforms into virtue. As to conduct, if he be debauched, voluptuous, intemperate, adulterous, the atheist in this differs in nothing from the most credulously superstitious, who frequently knows how to connect these vices with his credulity, to blend with his superstition certain atrocities, for which his priests, provided he renders due homage to their power, especially if he augments their exchequer, will always find means to pardon him. If he be in Hindoostan, his brahmins will wash him in the sacred waters of the Ganges, while reciting a prayer. If he be a Jew, upon making an offering, his sins will be effaced. If he be in Japan, he will be cleansed by performing a pilgrimage. If he be a Mahometan, he will be reputed a saint, for having visited the tomb of his prophet; the Roman pontiff himself will sell him indulgences; but none of them will ever censure him for those crimes he may have committed in the support of their several faiths.

 

We are constantly told, that the indecent behaviour of the official expounders of superstition, the criminal conduct of the priests, or of their sectaries, proves nothing against the goodness of their systems. Admitted: but wherefore do they not say the same thing of the conduct of those whom they call atheists, who, as we have already proved, way have a very substantive, a very correct system of morality, even while leading a very dissolute life? If it be necessary to judge the opinions of mankind according to their conduct, which is the theory that would bear the scrutiny? Let us, then, examine the opinion of the atheist, without approving his conduct; let us adopt his mode of thinking, if we find it marked by the truth; if it shall appear useful; if it shall be proved rational; but let us reject his mode of action, if that should be found blameable. At the sight of a work performed with truth, we do not embarrass ourselves with the morals of the workman: of what importance is it to the universe, whether the illustrious Newton was a sober, discreet citizen, or a debauched intemperate man? It only remains for us to examine his theory; we want nothing more than to know whether he has reasoned acutely; if his principles be steady; if the parts of his system are connected; if his work contains more demonstrable truths, than bold ideas? Let us judge in the same manner of the principles of the atheist; if they appear strange, if they are unusual, that is a solid reason for probing them more strictly; if he has spoken truth, if he has demonstrated his positions, let us yield to the weight of evidence; if he be deceived in some parts, let us distinguish the true from the false; but do not let us fall into the hacknied prejudice, which on account of one error in the detail, rejects a multitude of incontestible truisms. Doctor Johnson, I think, says in his preface to his Dictionary, "when a man shall have executed his task with all the accuracy possible, he will only be allowed to have done his duty; but if he commits the slightest error, a thousand snarlers are ready to point it out." The atheist, when he is deceived, has unquestionably as much right to throw his faults on the fragility of his nature, as the superstitious man. An atheist may have vices, may be defective, he may reason badly; but his errors will never have the consequences of superstitious novelties; they will not, like these, kindle up the fire of discord in the bosom of nations; the atheist will not justify his vices, defend his wanderings by superstition; he will not pretend to infallibility, like those self-conceited theologians who attach the Divine sanction to their follies; who initiate that heaven authorizes those sophisms, gives currency to those falsehoods, approves those errors, which they believe themselves warranted to distribute over the face of the earth.

 

It will perhaps be said, that the refusal to believe in these systems, will rend asunder one of the most powerful bonds of society, by making the sacredness of an oath vanish. I reply, that perjury is by no means rare, even in the most superstitious nations, nor even among the most religious, or among those who boast of being the most thoroughly convinced of the rectitude of their theories. Diagoras, superstitious as he was, and it was not well possible to be more so, it is said became an atheist, on seeing that the gods did not thunder their vengeance on a man who had taken them as evidence to a falsity. Upon this principle, how many atheists ought there to be? From the systems that have made invisible unknown beings the depositaries of man's engagements, we do not always see it result that they are better observed; or that the most solemn contracts have acquired a greater solidity. If history was consulted, it would now and then be in evidence, that even the conductors of nations, those who have said they were the images of the Divinity, who have declared that they held their right of governing immediately from his hands, have sometimes taken the Deity as the witness to their oaths, have made him the guarantee of their treaties, without its having had all the effect that might have been expected, when very trifling interests have intervened; it would appear, unless historians are incorrect, that they did not always religiously observe those sacred engagements they made with their allies, much less with their subjects. To form a judgment from these historic documents, we should be inclined to say, there have been those who had much superstition, joined with very little probity; who made a mockery both of gods and men; who perhaps blushed when they reviewed their own conduct: nor can this be at all surprising, when it not unfrequently happened that superstition itself absolved them from their oaths. In fact, does not superstition sometimes inculcate perfidy; prescribe violation of plighted faith? Above all, when there is a question of its own interests, does it not dispense with engagements, however solemn, made with those whom it condemns? It is, I believe, a maxim in the Romish church, that "no faith is to be held with heretics." The general council of Constance decided thus, when, notwithstanding the emperor's passport, it decreed John Hus and Jerome of Prague to be burnt. The Roman pontiff has, it is well known, the right of relieving his sectaries from their oaths; of annulling their vows: this same pontiff has frequently arrogated to himself the right of deposing kings; of absolving their subjects from their oaths of fidelity. Indeed, it is rather extraordinary that oaths should be prescribed, by the laws of those nations which profess Christianity, seeing that Christ has expressly forbidden the use of them. If things were considered attentively, it would be obvious that under such management, superstition and politics are schools of perjury. They render it common: thus knaves of every description never recoil, when it is necessary to attest the name of the Divinity to the most manifest frauds, for the vilest interests. What end, then, do oaths answer? They are snares, in which simplicity alone can suffer itself to be caught: oaths, almost every where, are vain formalities, that impose nothing upon villains; nor do they add any thing to the sacredness of the engagements of honest men; who would neither have the temerity nor the wish to violate them; who would not think themselves less bound without an oath. A perfidious, perjured, superstitious being, has not any advantage over an atheist, who should fail in his promises: neither the one nor the other any longer deserves the confidence of their fellow citizens nor the esteem of good men; if one does not respect his gods, in whom he believes, the other neither respects his reason, his reputation, nor public opinion, in which all rational men cannot refuse to believe. Hobbes says, "an oath adds nothing to the obligation. For a covenant, if lawful, binds in the sight of God, without the oath, as much as with it: if unlawful, bindeth not at all: though it be confirmed with an oath." The heathen form was, "let Jupiter kill me else, as I kill this beast." Adjuration only augments, in the imagination of him who swears, the fear of violating an engagement, which he would have been obliged to keep, even without the ceremony of an oath.

 

It has frequently been asked, if there ever was a nation that had no idea of the Divinity: and if a people, uniformly composed of atheists, would be able to subsist? Whatever some speculators may say, it does not appear likely that there ever has been upon our globe, a numerous people who have not had an idea of some invisible power, to whom they have shewn marks of respect and submission: it has been sometimes believed that the Chinese were atheists: but this is an error, due to the Christian missionaries, who are accustomed to treat all those as atheists, who do not hold opinions similar with their own upon Divinity. It always appears that the Chinese are a people extremely addicted to superstition, but that they are governed by chiefs who are not so, without however their being atheists for that reason. If the empire of China be as flourishing as it is said to be, it at least furnishes a very forcible proof that those who govern have no occasion to be themselves superstitious, in order to govern with propriety a people who are so. It is pretended that the Greenlanders have no idea of the Divinity. Nevertheless, it is difficult to believe it of a nation so savage. Man, inasmuch as he is a fearful, ignorant animal, necessarily becomes superstitious in his misfortunes: either he forms gods for himself, or he admits the gods which others are disposed to give him; it does not then appear, that we can rationally suppose there may have been, or that there actually is, a people on the earth a total stranger to some Divinity. One will shew us the sun, the moon, or the stars; the other will shew us the sea, the lakes, the rivers, which furnish him his subsistence, the trees which afford him an asylum against the inclemency of the weather; another will shew us a rock of an odd form; a lofty mountain; or a volcano that frequently astonishes him by its emission of lava; another will present you with his crocodile, whose malignity he fears; his dangerous serpent, the reptile to which he attributes his good or bad fortune. In short, each individual will make you behold his phantasm or his tutelary or domestic gods with respect.

 

But from the existence of his gods, the savage does not draw the same inductions as the civilized, polished man: the savage does not believe it a duty to reason continually upon their qualities; he does not imagine that they ought to influence his morals, nor entirely occupy his thoughts: content with a gross, simple, exterior worship, he does not believe that these invisible powers trouble themselves with his conduct towards his fellow creatures; in short, he does not connect his morality with his superstition. This morality is coarse, as must be that of all ignorant people; it is proportioned to his wants, which are few; it is frequently irrational, because it is the fruit of ignorance; of inexperience; of the passions of men but slightly restrained, or to say thus, in their infancy. It is only numerous, stationary, civilized societies, where man's wants are multiplied, where his interests clash, that he is obliged to have recourse to government, to laws, to public worship, in order to maintain concord. It is then, that men approximating, reason together, combine their ideas, refine their notions, subtilize their theories; it is then also, that those who govern them avail themselves of invisible powers, to keep them within bounds, to render them docile, to enforce their obedience, to oblige them to live peaceably. It was thus, that by degrees, morals and politics found themselves associated with superstitious systems. The chiefs of nations, frequently, themselves, the children of superstition, but little enlightened upon their actual interests; slenderly versed in sound morality; with an extreme exilty of knowledge on the actuating motives of the human heart; believed they had effected every thing requisite for the stability of their own authority; as well as achieved all that could guarantee the repose of society, that could consolidate the happiness of the people, in rendering their subjects superstitious like themselves; by menacing them with the wrath of invisible powers; in treating them like infants who are appeased with fables, like children who are terrified by shadows. By the assistance of these marvellous inventions, to which even the chiefs, the conductors of nations, are themselves frequently the dupes; which are transmitted as heirlooms from race to race; sovereigns were dispensed from the trouble of instructing themselves in their duties; they in consequence neglected the laws, enervated themselves in luxurious ease, rusted in sloth; followed nothing but their caprice: the care of restraining their subjects was reposed in their deities; the instruction of the people was confided to their priests, who were commissioned to train them to obedience, to make them submissive, to render them devout, to teach them at an early age to tremble under the yoke of both the visible and invisible gods.

 

It was thus that nations, kept by their tutors in a perpetual state of infancy, were only restrained by vain, chimerical theories. It was thus that politics, jurisprudence, education, morality, were almost every where infected with superstition; that man no longer knew any duties, save those which grew out of its precepts: the ideas of virtue were thus falsely associated with those of imaginary systems, to which imposture generally gave that language which was most conducive to its own immediate interests: mankind thus fully persuaded, that without these marvellous systems, there could not exist any sound morality, princes, as well as subjects, equally blind to their actual interests, to the duties of nature, to their reciprocal rights, habituated themselves to consider superstition as necessary to mortals—as indispensibly requisite to govern men—as the most effectual method of preserving power—as the most certain means of attaining happiness.

 

It is from these dispositions, of which we have so frequently demonstrated the fallacy, that so many persons, otherwise extremely enlightened, look upon it as an impossibility that a society formed of atheists, as they are termed, could subsist for any length of time. It does not admit a question, that a numerous society, who should neither have religion, morality, government, laws, education, nor principles, could not maintain itself; that it would simply congregate beings disposed to injure each other, or children who would follow nothing but the blindest impulse; but then is it not a lamentable fact, that with all the superstition that floats in the world, the greater number of human societies are nearly in this state? Are not the sovereigns of almost every country in a continual state of warfare with their subjects? Are not the people, in despite of their superstition, not withstanding the terrific notions which it holds forth, unceasingly occupied with reciprocally injuring each other; with rendering themselves mutually unhappy? Does not superstition itself, with its supernatural notions, unremittingly flatter the vanity of monarchs, unbridle the passions of princes, throw oil into the fire of discord, which it kindles between those citizens who are divided in their opinion? Could those infernal powers, who are supposed to be ever on the alert to mischief mankind, be capable of inflicting greater evils upon the human race than spring from fanaticism, than arise out of the fury to which theology gives birth? Could atheists, however irrational they may be supposed, if assembled together in society, conduct themselves in a more criminal manner? In short, is it possible they could act worse than the superstitious, who, saturated with the most pernicious vices, guided by the most extravagant systems, during so many successive ages, have done nothing more than torment themselves with the most cruel inflictions; savagely cut each other's throats, without a shadow of reason; make a merit of mutual extermination? It cannot be pretended they would. On the contrary, we boldly assert, that a community of atheists, as the theologian calls them, because they cannot fall in with his mysteries, destitute of all superstition, governed by wholesome laws, formed by a salutary education, invited to the practice of virtue by instantaneous recompences, deterred from crime by immediate punishments, disentangled from illusive theories, unsophisticated by falsehood, would be decidedly more honest, incalculably more virtuous, than those superstitious societies, in which every thing contributes to intoxicate the mind; where every thing conspires to corrupt the heart.

 

When we shall be disposed usefully to occupy ourselves with the happiness of mankind, it is with superstition that the reform must commence; it is by abstracting these imaginary theories, destined to affright the ignorant, who are completely in a state of infancy, that we shall be able to promise ourselves the desirable harvest of conducting man to a state of maturity. It cannot be too often repeated, there can be no morality without consulting the nature of man, without studying his actual relations with the beings of his own species; there can be no fixed principle for man's conduct, while it is regulated upon unjust theories; upon capricious doctrines; upon corrupt systems; there can be no sound politics without attending to human temperament, without contemplating him as a being associated for the purpose of satisfying his wants, consolidating his happiness, and assuring its enjoyment. No wise government can found itself upon despotic systems; they will always make tyrants of their representatives. No laws can be wholesome, that do not bottom themselves upon the strictest equity; which have not for their object the great end of human society. No jurisprudence can be advantageous for nations, if its administration be regulated by capricious systems, or by human passions deified. No education can be salutary, unless it be founded upon reason; to be efficacious to its proposed end, it must neither be construed upon chimerical theories, nor upon received prejudices. In short, there can be no probity, no talents, no virtue, either under corrupt masters, or under the conduct of those priests who render man the enemy to himself—the determined foe to others; who seek to stifle in his bosom the germ of reason; who endeavour to smother science, or who try to damp his courage.

 

Tal vez se pregunte si podemos enorgullecernos razonablemente de llegar alguna vez al punto de hacer que todo un pueblo olvide por completo sus opiniones supersticiosas; o abandonar las ideas que tienen de sus dioses? Respondo que la cosa parece del todo imposible; que este no es el fin que nos podemos proponer. Estas ideas, inculcadas desde las edades más tempranas, no parecen de naturaleza que admita erradicación de la mente de la mayoría de la humanidad: sería, tal vez, igualmente arduo dárselas a aquellas personas que, llegados a un determinado momento de la vida, nunca Debería haber oído hablar de ellos, como para desterrarlos de las mentes de aquellos que han estado imbuidos de ellos desde su más tierna infancia.Así, no puede esperarse posible hacer a toda una nación del abismo de la superstición, es decir, del seno de la ignorancia, de los delirios del delirio, al naturalismo absoluto, o como lo denominarían los sacerdotes de la superstición, al ateísmo; lo cual supone reflexión—requiere estudio intenso—exigen extensos conocimientos—exigen una larga serie de experiencias—incluye el hábito de contemplar la naturaleza—la facultad de observar sus leyes; que, en suma, abarca la ciencia expansiva de las causas que producen sus diversos fenómenos; sus combinaciones multiplicadas, junto con las acciones diversificadas de los seres que contiene, así como sus numerosas propiedades.Para ser ateo, o para estar seguro de las capacidades de la naturaleza, es imperativo haberla meditado profundamente: una mirada superficial no hará conocer al hombre sus recursos; la óptica, pero poco practicada en sus poderes, será engañada sin cesar; la ignorancia de las causas reales inducirá siempre a la suposición de las imaginarias; la credulidad volverá a conducir así al mismo filósofo natural a los pies de fantasmas supersticiosos, en los que o su visión limitada, o su pereza habitual, le harán creer que encontrará la solución a cada dificultad.

 

El ateísmo, pues, como la filosofía, como todas las ciencias profundas y abstrusas, no está calculada para el vulgo; tampoco es adecuado para la gran masa de la humanidad. Hay, en todas las naciones populosas y civilizadas, personas cuyas circunstancias les permiten dedicar su tiempo a la meditación, cuyas finanzas fáciles les permiten tiempo libre para hacer investigaciones profundas sobre la naturaleza de las cosas, que a menudo hacen descubrimientos útiles que, tarde o temprano , después de haber sido sometidos a la prueba infalible de la experiencia, cuando han pasado la prueba de fuego de la verdad, extienden mucho sus efectos saludables, se vuelven sumamente beneficiosas para la sociedad, sumamente ventajosos para los individuos.El geómetra, el químico, el mecánico, el filósofo natural, el civil, el artesano mismo, están laboriosamente empleados, ya sea en sus armarios o en sus talleres, buscando los medios para servir a la sociedad, cada uno en su esfera: pecado embargo, ninguna de sus ciencias o profesiones son familiares para los analfabetos; ninguna de las artes en las que se ocupan respectivamente es conocida por los no iniciados: estos, sin embargo, no dejan, a la larga, de aprovecharlas, de cosechar ventajas sustanciales de esos trabajos, de los cuales ellos mismos no tienen nada. idea. Es por el marinero, que el astrónomo explora su ardua ciencia; es para él que el geómetra calcula;para su uso el mecánico ejerce su oficio: es para el albañil, para el carpintero, para el trabajador, que el hábil arquitecto estudia sus órdenes, establece elaborados planos bien proporcionados. Anya que sea la pretendida utilidad de la pneumatología, seguramente que sean las cacareadas ventajas de las opiniones supersticiosas, la disputa polémica, el te sutil, no puede jactarse ni de trabajar, ni de escribir, ni de disputar en beneficio del pueblo, al cual , sin embargo, se las ingenios para gravar, muy exorbitantemente, por aquellos sistemas que jamás podrán comprender; de los cuales cobra las contribuciones más opresivas, como remuneración por el detalle de esos misterios, que bajo ninguna circunstancia posible, en ningún momento, pueden serles del menor beneficio.No es, pues, para la multitud que un filósofo debe proponerse, ya sea para escribir o para meditar: el Código de la Naturaleza, o los principios del ateísmo, como lo llama el sacerdote, no son, como hemos mostrado, ni apenas calculados para el meridiano de un gran número de personas, que frecuentemente están demasiado predispuestas a favor de los prejuicios recibidos, aunque extremadamente ilustradas en otros puntos. Es extremadamente raro encontrar hombres que, a una mente ampliada, amplios conocimientos, grandes talentos, una imaginación bien regulada o el valor necesario para oponerse con éxito a los errores habituales; para atacar triunfalmente esos sistemas quiméricos, con los que el cerebro ha sido inoculado desde la primera hora de su nacimiento.Un prejuicio secreto, una inclinación invencible, a menudo, a pesar de todo razonamiento, vuelve a conducir a las mentes más comprensivas, mejor fortificadas, más liberales, a esos prejuicios que tienen un establecimiento ampliamente difundido; de los cuales ellos mismos han tomado copiosos tragos durante las primeras etapas de la vida. Sin embargo, aquellos principios que a primera vista parecen extraños, que por su audacia parecen repugnantes, de los que la timidez huye con temor, cuando tienen la sanción de la verdad, eventualmente se insinúan en la mente humana, se familiarizan con su ejercicio, extiendan su feliz influencia por todos los lados y finalmente produzcan las ventajas más sustanciales para la sociedad.Con el tiempo, los hombres se habitúan a ideas que en un principio funcionarán absurdas; que a simple vista contemplaban como nocivos o irracionales: al menos, dejan de tener por odiosos a los que profesan opiniones sobre materias sobre las que la experiencia hace evidente que se les puede permitir tener dudas, sin peligro inminente para la tranquilidad pública.

 

Entonces la difusión de las ideas entre los hombres no es un evento de temer: si son verdades, no obstante serán útiles: poco a poco fructificarán. El hombre que escribe, no debe fijar sus ojos en el tiempo en que vive, en sus conciudadanos reales, ni en el país que habita. Debe hablar a la raza humana; debe instruir a las generaciones futuras; debe extender sus puntos de vista al seno del futuro; en vano esperará los elogios de sus contemporáneos; en vano se jactará de ver adoptado su razonamiento; en vano se consolará con la grata reflexión, que sus precoces principios serán recibidos con bondad; si ha exhibido perogrulladas, las edades que seguirán harán justicia a sus esfuerzos;las naciones no nacidas aplaudirán sus esfuerzos; sus futuros compatriotas coronarán sus recios intentos con esos laureles, que el prejuicio interesado le niega en sus propios días; por lo tanto, debe ser de la posteridad, debe esperar la necesidad de aplausos debido a sus servicios; la raza presente está sellada herméticamente contra él: mientras tanto, que se contente con haber hecho bien; con los secretos sufragios de esos pocos amigos a la verdad que tan escasamente se esparcen por la faz de la tierra. Es después de su muerte, que triunfa el razonador fiel, el escritor fiel, el promulgador de principios puros, el hijo de la sencillez;es entonces cuando los aguijones del odio, los dardos de la envidia, las flechas de la malicia, agotadas o desafiladas, capacitan a la humanidad para juzgar con imparcialidad; ceder a la convicción; para establecer la verdad eterna sobre sus propios altares imperecederos, la cual por su esencia debe sobrevivir a todo el error de la tierra. Es entonces cuando la calumnia, aplastada como el caracol devorador por el cuidadoo jardinero, deja de manchar el carácter de un hombre honesto, mientras su baba venenosa, vidriada por el sol, permite al observador rastrear el sucio progreso que había hecho.

 

Es un problema con muchas personas, si la verdad no puede ser perjudicial? Las personas con las mejores intenciones a menudo tienen grandes dudas sobre este importante punto. El hecho es que nunca daña a nadie más que a aquellos que engañan a la humanidad. : esto tiene, sin embargo, el mayor interés en ser desengañado. La verdad puede ser perjudicial para el individuo que la anuncia, pero nunca, bajo ninguna posibilidad, puede dañar a la especie humana; nunca puede ser demasiado evidente presentado a los seres, siempre poco dispuesto a escuchar sus dictados, o demasiado perezosos para comprender su eficacia.Si todos aquellos que escriben para publicar verdades importantes, que, de todas las demás, se consideran siempre las más peligrosas, exclusivo lo suficientemente ardientes para el bien público como para hablar libremente, aun a riesgo de desagradar a sus lectores, la raza humana sería mucho más iluminado, mucho más feliz de lo que es ahora. Escribir en términos ambiguos es muy frecuente no escribir a nadie. La mente humana está ociosa; debemos ahorrarle, tanto como sea posible, el trabajo de la reflexión; debemos liberarlo de la vergüenza del pensamiento intenso.¿Qué tiempo no consume, qué estudio no requiere, en la actualidad, para desentrañar los oráculos anfibológicos de los antiguos filósofos, qué sentimientos reales se pierden casi por completo para la raza actual de hombres? Si la verdad es útil a los seres humanos, es una injusticia privarlos de sus ventajas; si se debe admitir la verdad, debemos admitir sus consecuencias, que también son verdades. El hombre, en general, es aficionado a la verdad, pero sus consecuencias le inspiran a menudo tanto pavor, tanto alarman su imbecilidad, que, con frecuencia, prefiere permanecer en el error, del cual un hábito confirmado le impide sentir los deplorables efectos.Además, diremos con Hobbes, "que no podemos hacer ningún daño a los hombres proponiéndoles la verdad; el peor modo es dejarlos en duda, dejarlos en disputa". Si un autor que escribe se engaña, es porque pudo haber razonado mal. ¿Ha establecido principios falsos? Queda por examinarlos. ¿Es su sistema falaz? ¿Es ridículo? Servirá para que la verdad apareció con el mayor esplendor: su obra caerá en desprecio; el escritor, si es testigo de su caída, será suficientemente castigado por su temeridad; si ha muerto, los vivos no pueden remover sus cenizas. Ningún hombre escribe con el propósito de dañar a sus semejantes;siempre se propone a sí mismo merecer sus sufragios, ya sea divirtiéndolos, despertando su curiosidad, o comunicándoles descubrimientos, que cree útiles. Sobre todo, ninguna obra puede ser realmente peligrosa, si contiene verdad. No sería así, aunque contuviera principios evidentemente contrarios a la experiencia, opuestos al buen sentido. Por supuesto, qué resultaría de un trabajo que ahora debería decirnos que el sol no es luminoso; que el parricidio es legítimo; que el robo esta permitido; que el adulterio no es un delito? La menor reflexión nos haría pies en la falsedad de estos principios; toda la raza humana protestaría contra ellos. Los hombres se reirían de la locura del autor;pronto su libro, junto con su nombre, sería conocido sólo por sus ridículas extravagancias. No hay más que locuras supersticiosas que son perniciosas para los mortales; y por que? Es que la autoridad siempre pretende establecerlos por la violencia; hacerlos pasar por virtudes sustantivas; castigar rigurosamente a quienes estén dispuestos a reírse de su inconsecuencia oa examinar sus pretensiones. Si el hombre fuera más racional, examinaría las opiniones supersticiosas como examina todo lo demás; miraría las teorías teológicas con los mismos ojos que contemplan los sistemas de filosofía natural, o los problemas de geometría: estos últimos nunca perturban el reposo de la sociedad, aunque a veces suscitan disputas muy acaloradas en el mundo erudito.Las querellas teológicas nunca tendrían malas consecuencias si el hombre pudiera lograr el punto desearía de hacer sentir a los que ejercerían el poder que las querellas de personas que no entenderían las maravillosas cuestiones sobre las que nunca cesan de pelear, no deben dar a luz otras sensaciones que las de la indiferencia; no despertar otra pasion que la del desprecio. aunque a veces suscitan disputas muy acaloradas en el mundo erudito. Las querellas teológicas nunca tendrían malas consecuencias si el hombre pudiera lograr el punto desearía de hacer sentir a los que ejercerían el poder que las querellas de personas que no entenderían las maravillosas cuestiones sobre las que nunca cesan de pelear, no deben dar a luz otras sensaciones que las de la indiferencia;no despertar otra pasion que la del desprecio. aunque a veces suscitan disputas muy acaloradas en el mundo erudito. Las querellas teológicas nunca tendrían malas consecuencias si el hombre pudiera lograr el punto desearía de hacer sentir a los que ejercerían el poder que las querellas de personas que no entenderían las maravillosas cuestiones sobre las que nunca cesan de pelear, no deben dar a luz otras sensaciones que las de la indiferencia; no despertar otra pasion que la del desprecio. no debe dar nacimiento a otras sensaciones que las de la indiferencia; no despertar otra pasion que la del desprecio. no debe dar nacimiento a otras sensaciones que las de la indiferencia; no despertar otra pasion que la del desprecio.

 

Es, por lo menos, esta indiferencia, no teorías especulativas, tan justas, tan racionales, tan ventajosas para los estados, que la sana filosofía puede proponer introducir, gradualmente, sobre la tierra. ¿No sería mucho más feliz la raza humana, si los soberanos del mundo, ocupados en el bienestar de sus súbditos, dejando a supersticiosos teólogos sus fútiles contiendas, haciendo que sus diversos sistemas cedieran a la sana política; obligó a estos antiguos ministros a convertirse en ciudadanos; impidió cuidadosamente que sus disputas interrumpieran la tranquilidad pública? ¿Qué ventaja no podría resultar para la ciencia;¿Qué comienzo se daría al progreso de la mente humana, a la causa de la sana moral, al avance de la jurisprudencia equitativa, al perfeccionamiento de la legislación, a la difusión de la educación, a partir de una libertad de pensamiento ilimitada? En el presente, el genio en todas partes encuentra trabas; la superstición se opone invariablemente a su curso; el hombre, estreñido por las vendas, apenas goza del libre uso de cualquiera de sus facultades; su mente misma está abarrotada; aparece continuamente envuelto en los pañales de la infancia.El poder civil, aliado a la dominación espiritual, sólo parece dispuesto a gobernar sobre esclavos embrutecidos, encerrados en una prisión oscura, donde se aguijonean recíprocamente con la efervescencia de su mutuo mal humor. Los soberanos, en general, detestan la libertad de pensamiento, porque temen la verdad; esto les parece formidable, porque condenaría sus excesos; estas irregularidades les son caras, porque no entender, mejor que sus súbditos, sus verdaderos intereses; correctamente considerados, estos deben mezclarse en una masa uniforme. la superstición se opone invariablemente a su curso; el hombre, estreñido por las vendas, apenas goza del libre uso de cualquiera de sus facultades; su mente misma está abarrotada;aparece continuamente envuelto en los pañales de la infancia. El poder civil, aliado a la dominación espiritual, sólo parece dispuesto a gobernar sobre esclavos embrutecidos, encerrados en una prisión oscura, donde se aguijonean recíprocamente con la efervescencia de su mutuo mal humor. Los soberanos, en general, detestan la libertad de pensamiento, porque temen la verdad; esto les parece formidable, porque condenaría sus excesos; estas irregularidades les son caras, porque no entender, mejor que sus súbditos, sus verdaderos intereses; correctamente considerados, estos deben mezclarse en una masa uniforme. la superstición se opone invariablemente a su curso;el hombre, estreñido por las vendas, apenas goza del libre uso de cualquiera de sus facultades; su mente misma está abarrotada; aparece continuamente envuelto en los pañales de la infancia. El poder civil, aliado a la dominación espiritual, sólo parece dispuesto a gobernar sobre esclavos embrutecidos, encerrados en una prisión oscura, donde se aguijonean recíprocamente con la efervescencia de su mutuo mal humor. Los soberanos, en general, detestan la libertad de pensamiento, porque temen la verdad; esto les parece formidable, porque condenaría sus excesos; estas irregularidades les son caras, porque no entender, mejor que sus súbditos, sus verdaderos intereses; correctamente considerados, estos deben mezclarse en una masa uniforme.apenas goza del libre uso de cualquiera de sus facultades; su mente misma está abarrotada; aparece continuamente envuelto en los pañales de la infancia. El poder civil, aliado a la dominación espiritual, sólo parece dispuesto a gobernar sobre esclavos embrutecidos, encerrados en una prisión oscura, donde se aguijonean recíprocamente con la efervescencia de su mutuo mal humor. Los soberanos, en general, detestan la libertad de pensamiento, porque temen la verdad; esto les parece formidable, porque condenaría sus excesos; estas irregularidades les son caras, porque no entender, mejor que sus súbditos, sus verdaderos intereses; correctamente considerados, estos deben mezclarse en una masa uniforme.apenas goza del libre uso de cualquiera de sus facultades; su mente misma está abarrotada; aparece continuamente envuelto en los pañales de la infancia. El poder civil, aliado a la dominación espiritual, sólo parece dispuesto a gobernar sobre esclavos embrutecidos, encerrados en una prisión oscura, donde se aguijonean recíprocamente con la efervescencia de su mutuo mal humor. Los soberanos, en general, detestan la libertad de pensamiento, porque temen la verdad; esto les parece formidable, porque condenaría sus excesos; estas irregularidades les son caras, porque no entender, mejor que sus súbditos, sus verdaderos intereses; correctamente considerados, estos deben mezclarse en una masa uniforme.aparece continuamente envuelto en los pañales de la infancia. El poder civil, aliado a la dominación espiritual, sólo parece dispuesto a gobernar sobre esclavos embrutecidos, encerrados en una prisión oscura, donde se aguijonean recíprocamente con la efervescencia de su mutuo mal humor. Los soberanos, en general, detestan la libertad de pensamiento, porque temen la verdad; esto les parece formidable, porque condenaría sus excesos; estas irregularidades les son caras, porque no entender, mejor que sus súbditos, sus verdaderos intereses; correctamente considerados, estos deben mezclarse en una masa uniforme. aparece continuamente envuelto en los pañales de la infancia.El poder civil, aliado a la dominación espiritual, sólo parece dispuesto a gobernar sobre esclavos embrutecidos, encerrados en una prisión oscura, donde se aguijonean recíprocamente con la efervescencia de su mutuo mal humor. Los soberanos, en general, detestan la libertad de pensamiento, porque temen la verdad; esto les parece formidable, porque condenaría sus excesos; estas irregularidades les son caras, porque no entender, mejor que sus súbditos, sus verdaderos intereses; correctamente considerados, estos deben mezclarse en una masa uniforme. donde se aguijonea recíprocamente con la efervescencia de su mutuo mal humor. Los soberanos, en general, detestan la libertad de pensamiento, porque temen la verdad;esto les parece formidable, porque condenaría sus excesos; estas irregularidades les son caras, porque no comprenden, mejor que sus súbditos, sus verdaderos intereses; correctamente considerados, estos deben mezclarse en una masa uniforme. donde se aguijonean recíprocamente con la efervescencia de su mutuo mal humor. Los soberanos, en general, detestan la libertad de pensamiento, porque temen la verdad; esto les parece formidable, porque condenaría sus excesos; estas irregularidades les son caras, porque no comprenden, mejor que sus súbditos, sus verdaderos intereses; correctamente considerados, estos deben mezclarse en una masa uniforme.

 

Que el valor del filósofo, sin embargo, no se debilite por tantos obstáculos unidos, que parecerían suprimir para siempre a la verdad de su propio dominio; desterrar la razón de la mente del hombre; despojar a la naturaleza de sus derechos imprescriptibles. La milésima parte de los cuidados que se dedican a infectar la mente humana, sería suficiente para hacerla completa. No desesperaremos, pues, del caso: no hagamos al hombre el daño de creer que la verdad no está hecha para él; su mente la busca incesantemente; su corazón lo desea fielmente; su felicidad lo exige con voz imperiosa; sólo lo teme o lo confunde, porque la superstición, que ha confundido todas sus ideas, mantiene perpetuamente la venda del engaño ceñida sobre sus ojos;se esfuerza, con una fuerza casi irresistible,

 

Maugre los prodigiosos esfuerzos que se hacen para sacar la verdad de la tierra; a pesar de los extraordinarios dolores utilizados para exiliar la razón, de los esfuerzos ininterrumpidos por expulsar la verdadera ciencia de la residencia de los mortales; el tiempo, asistido por el conocimiento progresivo de las edades, pueda algún día iluminar incluso a aquellos príncipes que son los más ultrajantes en su oposición a la iluminación de la mente humana; que aparecen tan decididos enemigos de la justicia, tan decididos contra las libertades de la humanidad. El destino, tal vez, cuando menos se lo espere, conducirá a estos parias errantes al trono de algún soberano ilustrado, equitativo, valiente, generoso, benévolo, quien, herido por los encantos de la virtud, desechará la duplicidad, reconocerá francamente la verdadera fuente del ser humano. miseria, y aplicarle aquellos remedios con los que la sabiduría le ha proporcionado: tal vez pueda sentir que esos sistemas, de donde se pretende que deriva su poder, son los verdaderos azotes de su pueblo; la causa real de su propia debilidad: que los expositores oficiales de estos sistemas son sus enemigos más sustanciales, sus rivales más formidables; puede descubrir que la superstición, que se le ha enseñado a considerar como el principal apoyo de su autoridad, en realidad sólo la debilita, la hace tambalearse; que la moralidad supersticiosa, falsa en sus principios, sólo está calculada para pervertir su autoridad. asignaturas; para quebrantar su intrepidez; para volverlos pérfidos; en una palabra, darles los vicios de los esclavos, en lugar de las virtudes de los ciudadanos. Un príncipe así desenredado de prejuicios, tal vez contemplará, en errores supersticiosos,

 

Hasta que llegue esta época tan deseable para la humanidad, los principios del naturalismo serán adoptados sólo por un pequeño número de hombres liberales, que se sumergirán bajo la superficie; estos no pueden jactarse ni de hacer prosélitos, ni de tener un gran número de aprobados: por el contrario, encontrarn celosos adversarios, con ardientes detractores, incluso en aquellas personas que sobre cualquier otra materia descubren las mentes más agudas; mostrar el conocimiento más consumado. los hombres que poseen la mayor parte de la habilidad, como ya hemos observado, no siempre pueden resolverse a divorciarse por completo de sus ideas supersticiosas;la imaginación, tan necesaria a los talentos espléndidos, constituye con frecuencia en ellos un obstáculo insuperable para la extinción total de los prejuicios; esto depende mucho más del juicio que de la mente. A esta disposición, ya tan pronta a formarse ilusiones, debe unirse también la fuerza del hábito; a un gran número de hombres, sería arrebatarles una parte de sí mismos para quitarles sus nociones supersticiosas; sería privarlos de un alimento acostumbrado; sumergiéndolos en un vacío espantoso: obligando a perecer sus mentes destempladas por falta de ejercicio. Menage comenta, "que la historia habla de muy pocas mujeres incrédulas, o mujeres ateas:" esto no es sorprendente; su organización los vuelve temerosos; su sistema nervioso sufre variaciones periódicas; la educación que reciben los dispone a la credulidad. Aquellos de entre ellos que tienen una constitución sana, que tienen una imaginación bien ordenada, tienen ocasión de quimeras adecuadas para ocupar su ocio; sobre todo, cuando el mundo los abandona,

 

No nos sorprendimos si hombres muy inteligentes, extremadamente eruditos, cierran obstinadamente los ojos, o van en contra de su sagacidad ordinaria, cada vez que se trata de una cuestión relativa a un objeto que no tienen el valor de examinar con la atención que prestan. a muchos otros El Lord Canciller Bacon pretende, "que un poco de filosofía predispone a los hombres al ateísmo, pero esa gran profundidad los reconduce a la religión". Si analizamos esta proposición, encontraremos que significa que incluso los pensadores moderados e indiferentes se capacitan rápidamente para percibir los groseros absurdos de la superstición;pero que muy poco acostumbrados a meditar, o bien desprovistos de aquellos principios fijos que podrían servirles de guía, su imaginación los reemplaza pronto en el laberinto teológico, de donde la razón, demasiado débil para el propósito, parecían dispuestos a retirarlos: estas almas tímidas , que temen tomar coraje, con mentes disciplinadas para contentarse con soluciones teológicas, ya no ven en la naturaleza otra cosa que un enigma inexplicable; un abismo que les es imposible sondear: estos, habituados a fijar sus ojos en un punto ideal, matemático, que han hecho el centro de todas las cosas, cada vez que lo pierden de vista, encuentran que el universo se convierte en un revoltijo ininteligible para ellos. ellos;entonces la confusión en que se sienten envueltos les hace preferir volver a los prejuicios de su infancia, que parecen explicarlo todo, que flotar en el vacío o abandonar un fundamento que juzgan inamovible. Así, la proposición de Bacon debería parecer, para indicar nada, salvo que las personas más experimentadas no pueden en todo tiempo defenderse de las ilusiones de su imaginación; cuya impetuosidad resiste al razonamiento más fuerte.

 

Sin embargo, un estudio deliberado de la naturaleza es suficiente para desengañar a todo hombre que considere las cosas con calma: descubrirá que los fenómenos del mundo están conectados por vínculos, invisibles a la observación superficial, también ocultos para el observador demasiado impetuoso, pero extremadamente inteligibles para el observador. el que la mira con serenidad. Descubrirá que los efectos más insólitos, los más maravillosos, así como los más insignificantes u ordinarios, son igualmente inexplicables, pero que todos fluyen por igual de causas naturales; que las causas sobrenaturales, cualquiera que sea el nombre con que se las designe, cualquiera que sean las cualidades con que se las decore, nunca harán más que aumentar las dificultades;sólo hará que las quimeras se multipliquen. La más simple observación le probará indiscutiblemente que todo es necesario; que todos los efectos que percibimos son materiales; que sólo pueden tener su origen en causas de la misma naturaleza, cuando ni siquiera podrán recurrir a ellas con la ayuda de sus sentidos. Así su mente, debidamente dirigida, no le muestra en todas partes más que materia, obrando unas veces de un modo que sus órganos le pueden seguir, otras de un modo imperceptible por las facultades que posee: verá que todos los seres siguen leyes constantes e invariables. , por el cual todas las combinaciones son unidas y destruidas; encontrará que todas las formas cambian, pero que, sin embargo, el gran todo siempre permanece igual.Así, curado de las nociones ociosas en que estaba imbuido, desengañado de aquellas ideas erróneas que por costumbre se unen a sistemas imaginarios, consentirá alegremente en ignorar lo que sus órganos no le permiten abarcar; sabrá que términos oscuros, sin sentido, no están calculados para explicar las dificultades; guiado por la razón, desechará toda hipótesis de la imaginación; el campeón de la rectitud, se apegará a las realidades, que son confirmadas por la experiencia, que son evidenciadas por la verdad.

 

La mayor parte de los que estudian la naturaleza, con frecuencia no considerando que los ojos prejuiciados nunca descubrirán más de lo que previamente se han determinado a encontrar: tan pronto como percibieron hechos contrarios a sus propias ideas, rápidamente se desvían y creen. sus órganos visuales los han engañado; si vuelven a la tarea, es con la esperanza de encontrar medios por los cuales puedan reconciliar los hechos con las nociones con las que su propia mente está previamente teñida. Así encontramos filósofos entusiastas, cuya determinada predisposición les muestra lo que ellos denominan evidencias incontestables de los sistemas que les preocupan, incluso en aquellas cosas que más abiertamente contradicen sus hipótesis: de ahí esas pretendidas demostraciones de la existencia de teorías,que se extraen de las causas finales, del orden de la naturaleza, de la bondad manifestada al hombre, etc. ¿Perciben estos mismos entusiastas el desorden, son testigos de las calamidades? Inducen nuevas pruebas de la sabiduría, nueva evidencia de la inteligencia, testimonio adicional de la generosidad de su sistema, mientras que todos estos acontecimientos contradicen visiblemente estas cualidades, como el primero parece confirmarlas o establecerlas. Estos observaron prejuiciados que están extasiados al ver los movimientos periódicos de los planetas; al orden de las estrellas; en las diversas producciones de la tierra; en la asombrosa armonía de las partes componentes de los animales: en ese momento, sin embargo, olvidan las leyes del movimiento;los poderes de la gravitación; la fuerza de atracción y repulsión; atribuyen todos estos fenómenos llamativos a causas desconocidas, de los cuales no tienen una idea sustantiva. En suma, en el fervor de su imaginación se sitúan al hombre en el centro de la naturaleza; creer que es el objeto, el fin, de todo lo que existe; que es para su conveniencia todo se hace; que es para regocijar su mente, para complacer sus sentidos, que el todo fue creado; mientras no se dan cuenta, que muy frecuentemente toda la naturaleza parece estar desatada contra su debilidad; que los elementos mismos lo abruman con calamidad; que el destino se obstina en convertirlo en el mas miserable de los seres.El progreso de la sana filosofía será siempre fatal para la superstición, cuyas nociones serán continuamente contradichas por la naturaleza. de todo lo que existe; que es para su conveniencia todo se hace; que es para regocijar su mente, para complacer sus sentidos, que el todo fue creado; mientras no se dan cuenta, que muy frecuentemente toda la naturaleza parece estar desatada contra su debilidad; que los elementos mismos lo abruman con calamidad; que el destino se obstina en convertirlo en el mas miserable de los seres. El progreso de la sana filosofía será siempre fatal para la superstición, cuyas nociones serán continuamente contradichas por la naturaleza. de todo lo que existe;que es para su conveniencia todo se hace; que es para regocijar su mente, para complacer sus sentidos, que el todo fue creado; mientras no se dan cuenta, que muy frecuentemente toda la naturaleza parece estar desatada contra su debilidad; que los elementos mismos lo abruman con calamidad; que el destino se obstina en convertirlo en el mas miserable de los seres. El progreso de la sana filosofía será siempre fatal para la superstición, cuyas nociones serán continuamente contradichas por la naturaleza. que el destino se obstina en convertirlo en el mas miserable de los seres. El progreso de la sana filosofía será siempre fatal para la superstición, cuyas nociones serán continuamente contradichas por la naturaleza.que el destino se obstina en convertirlo en el mas miserable de los seres. El progreso de la sana filosofía será siempre fatal para la superstición, cuyas nociones serán continuamente contradichas por la naturaleza.

 

La astronomía ha hecho desaparecer la astrología judicial; la filosofía experimental, el estudio de la historia natural y la química, han hecho imposible que los malabaristas, los sacerdotes o los hechiceros sigan realizando milagros. La naturaleza, profundamente estudiada, debe no obstante provocar el derrocamiento de aquellas teorías quiméricas, que la ignorancia ha reemplazado a sus poderes.

 

El ateísmo, como se le llama, es tan raro, porque todo conspira para embriagar al hombre con un entusiasmo deslumbrante, desde su más tierna edad; inflarlo desde su más tierna infancia, con el error sistemático, con la ignorancia organizada, que de todas las demás es la más difícil de vencer, la más ardua de desarraigar. La teología no suele ser más que una ciencia de las palabras, que a fuerza de repetición nos mos a sustituir las cosas: en cuanto nos sentimos bien a analizarlas, nos asombramos de que no nos presenten ningún sentido real. Hay, en todo el mundo, muy pocos hombres que piensen profundamente: que se den cuenta fiel de sus propias ideas; que tienen mentes agudas y penetrantes.La justicia del intelecto es uno de los dones más raros que la naturaleza otorga a la especie humana. No es, sin embargo, que se entienda por esto, que la naturaleza tiene alguna elección en la formación de sus seres; es meramente de considerar, que muy rara vez ocurren las circunstancias que permiten la unión de una cierta cantidad de esos átomos o partes, necesaria para formar la máquina humana en proporciones tales que una disposición no desequilibre a las otras; y así hacer que el juicio sea erróneo, conecte un sesgo particular. Conocemos el proceso general de elaboración de la pólvora;sin embargo, sucederá a veces que los ingredientes se han mezclado tan felizmente, que este artículo destructivo es de una calidad superior al producto general de la fábrica, sin que, sin embargo, el químico tenga por ello derecho a ningún elogio particular; las circunstancias han sido decididamente favorables, y rara vez ocurren. una imaginación demasiado viva,una curiosidad demasiado ansiosa, son obstáculos tan poderosos para el descubrimiento de la verdad, como excesiva flema, una concepción lenta, la indolencia de la mente, o la falta de un hábito de pensar: todos los hombres tienen más o menos imaginación, curiosidad, flema, bilis, indolencia, actividad: es del feliz equilibrio que la naturaleza ha observado en su organización, que depende esa bendición invaluable, la corrección de la mente. Sin embargo, como hemos dicho hasta ahora, la estructura orgánica del hombre está sujeta a cambios; la precisión de su mente varía con los cambios de su máquina: de ahí pueden seguirse esas revoluciones casi perpetuas que tienen lugar en las ideas de los mortales;sobre todo cuando se trata de aquellos sobre los cuales la experiencia no proporciona ninguna base fija sobre la cual descansar sus méritos. son obstáculos tan poderosos para el descubrimiento de la verdad, como excesiva flema, una concepción lenta, la indolencia de la mente o la falta de un hábito de pensar: todos los hombres tienen más o menos imaginación, curiosidad, flema, bilis, indolencia, actividad: es del feliz equilibrio que la naturaleza ha observado en su organización, que depende esa bendición invaluable, la corrección de la mente. Sin embargo, como hemos dicho hasta ahora, la estructura orgánica del hombre está sujeta a cambios;la precisión de su mente varía con los cambios de su máquina: de ahí pueden seguirse esas revoluciones casi perpetuas que tienen lugar en las ideas de los mortales; sobre todo cuando se trata de aquellos sobre los cuales la experiencia no proporciona ninguna base fija sobre la cual descansar sus méritos. son obstáculos tan poderosos para el descubrimiento de la verdad, como excesiva flema, una concepción lenta, la indolencia de la mente o la falta de un hábito de pensar: todos los hombres tienen más o menos imaginación, curiosidad, flema, bilis, indolencia, actividad: es del feliz equilibrio que la naturaleza ha observado en su organización, que depende esa bendición invaluable, la corrección de la mente.Sin embargo, como hemos dicho hasta ahora, la estructura orgánica del hombre está sujeta a cambios; la precisión de su mente varía con los cambios de su máquina: de ahí pueden seguirse esas revoluciones casi perpetuas que tienen lugar en las ideas de los mortales; sobre todo cuando se trata de aquellos sobre los cuales la experiencia no proporciona ninguna base fija sobre la cual descansar sus méritos. o la falta de un hábito de pensar: todos los hombres tienen más o menos imaginación, curiosidad, flema, bilis, indolencia, actividad: es del feliz equilibrio que la naturaleza ha observado en su organización, que depende esa bendición invaluable, la corrección de la mente Sin embargo, como hemos dicho hasta ahora, la estructura orgánica del hombre está sujeta a cambios;la precisión de su mente varía con los cambios de su máquina: de ahí pueden seguirse esas revoluciones casi perpetuas que tienen lugar en las ideas de los mortales; sobre todo cuando se trata de aquellos sobre los cuales la experiencia no proporciona ninguna base fija sobre la cual descansar sus méritos. o la falta de un hábito de pensar: todos los hombres tienen más o menos imaginación, curiosidad, flema, bilis, indolencia, actividad: es del feliz equilibrio que la naturaleza ha observado en su organización, que depende esa bendición invaluable, la corrección de la mente Sin embargo, como hemos dicho hasta ahora, la estructura orgánica del hombre está sujeta a cambios;la precisión de su mente varía con los cambios de su máquina: de ahí pueden seguirse esas revoluciones casi perpetuas que tienen lugar en las ideas de los mortales; sobre todo cuando se trata de aquellos sobre los cuales la experiencia no proporciona ninguna base fija sobre la cual descansar sus méritos. de eso depende esa bendición invaluable, la corrección de la mente. Sin embargo, como hemos dicho hasta ahora, la estructura orgánica del hombre está sujeta a cambios; la precisión de su mente varía con los cambios de su máquina: de ahí pueden seguirse esas revoluciones casi perpetuas que tienen lugar en las ideas de los mortales;sobre todo cuando se trata de aquellos sobre los cuales la experiencia no proporciona ninguna base fija sobre la cual descansar sus méritos. de eso depende esa bendición invaluable, la corrección de la mente. Sin embargo, como hemos dicho hasta ahora, la estructura orgánica del hombre está sujeta a cambios; la precisión de su mente varía con los cambios de su máquina: de ahí pueden seguirse esas revoluciones casi perpetuas que tienen lugar en las ideas de los mortales; sobre todo cuando se trata de aquellos sobre los cuales la experiencia no proporciona ninguna base fija sobre la cual descansar sus méritos.

 

Para buscar lo correcto, para descubrir la verdad, se requiere una mente aguda, penetrante, justa y activa; porque cada cosa se esfuerza por ocultarnos sus bellezas: necesita un corazón recto, de buena fe consigo mismo, unido a una imaginación templada por la razón, porque nuestros temores habituales nos hacen temer con frecuencia su resplandor, que a veces está como un meteoro en nuestras cabezas. facultades oscurecidas; además, no pocas veces sucede que somos en realidad cómplices de aquellos que nos extravían, por una inclinación que demasiado a menudo manifiestamos a disimilares con nosotros mismos en esta importante medida. La verdad nunca se revela tampoco al entusiasta enamorado de sus propios ensueños; al fanático infeliz esclavizado por sus prejuicios;al vano glorioso mortal hinchado de su propia ignorancia presuntuosa; al voluptuoso entregado a sus placeres; o al razonador astuto, quien, siendo falso consigo mismo, tiene una espontaneidad peculiar para formar ilusiones en su mente. Bendecido, sin embargo, con un corazón, dotado de una mente como la descrita, el hombre seguramente descubrirá esta rara ave: Así constituidos, el filósofo atento, el geómetra, el moralista, el político, el mismo teólogo, cuando busque sinceramente la verdad , encontrará que la piedra angular que sirve de fundamento a todos los sistemas supersticiosos se apoya evidentemente en la ficción. El filósofo descubrirá en la materia una causa suficiente de su existencia;percibirá que su movimiento, su combinación, sus modos de actuar, están siempre regulados por leyes generales, incapacidades de variación. El geómetra, sin renunciar a la naturaleza, calculará la fuerza activa de la materia; entonces le resultará evidente que para explicar sus fenómenos no es necesario en modo alguno recurrirá a lo que es inconmensurable con todos los poderes conocidos. El politico, instruido en la verdadera primavera que puede actuar sobre la mente de las naciones, deficiente claramente, que no es imperativo recurrir a teorias imaginarias, mientras haya motivos reales para dar rienda suelta a la voluntad de los ciudadanos; inducirlos a trabajar eficazmente para el mantenimiento de su asociacion;Reconocerá fácilmente que los sistemas ficticios están calculados para disminuir los esfuerzos o para perturbar el movimiento de una máquina tan complicada como una sociedad humana. Quien honre más la verdad que las vanas sutilezas de la teología, pronto percibirá que esta pomposa ciencia no es más que un revoltijo ininteligible de falsas hipótesis; que implora continuamente sus principios; está lleno de sofismas; contiene solo círculos viciosos; abraza las distinciones más sutiles; se introduce a la humanidad por los argumentos más falsos, de los cuales no es posible, bajo ninguna circunstancia dada, debería resultar cualquier cosa menos puerilidades, las disputas más interminables.En suma, todos los hombres que tengan sanas ideas de moralidad, que tengan nociones correctas de la virtud, que comprendan lo que es útil al ser humano en sociedad, ya sea para conservarse a sí mismo individualmente, o al cuerpo del que es miembro, reconozca que para descubrir sus relaciones, para determinar sus deberes, no tiene más que consultar su propia naturaleza; que debe tener especial cuidado de no basarlos en sistemas discrepantes, ni tomarlos prestados de que modelos nunca pueden hacer más que perturbar su mente; eso sólo hará fluctuar su conducta; eso lo dejará para siempre inseguro de su propio carácter.Quien comprenda lo que es útil al ser humano en sociedad, ya sea para conservarse a sí mismo individualmente, o al cuerpo del que es miembro, reconocerá que para descubrir sus relaciones, para averiguar sus deberes, no tiene más que consultar su propia naturaleza; que debe tener especial cuidado de no basarlos en sistemas discrepantes, ni tomarlos prestados de que modelos nunca pueden hacer más que perturbar su mente; eso sólo hará fluctuar su conducta; eso lo dejará para siempre inseguro de su propio carácter. Quien comprenda lo que es útil al ser humano en sociedad, ya sea para conservarse a sí mismo individualmente, o al cuerpo del que es miembro, reconocerá que para descubrir sus relaciones, para averiguar sus deberes, no tiene más que consultar su propia naturaleza;que debe tener especial cuidado de no basarlos en sistemas discrepantes, ni tomarlos prestados de que modelos nunca pueden hacer más que perturbar su mente; eso sólo hará fluctuar su conducta; eso lo dejará para siempre inseguro de su propio carácter. que debe tener especial cuidado de no basarlos en sistemas discrepantes, ni tomarlos prestados de que modelos nunca pueden hacer más que perturbar su mente; eso sólo hará fluctuar su conducta; eso lo dejará para siempre inseguro de su propio carácter. que debe tener especial cuidado de no basarlos en sistemas discrepantes, ni tomarlos prestados de que modelos nunca pueden hacer más que perturbar su mente; eso sólo hará fluctuar su conducta;eso lo dejará para siempre inseguro de su propio carácter.

 

Así, todo pensador racional, que renuncie a sus prejuicios, podrá sentir la inutilidad, comprender la falacia de tantos sistemas abstractos; percibirá que hasta ahora no han respondido a otro propósito que el de confundir las nociones de la humanidad; hacer dudosas las verdades mas claras. Al abandonar las regiones del empyreum, donde su mente sólo puede confundirse a sí misma, al volver a entrar en su propia esfera, al consultar la razón, el hombre descubrirá aquello de lo que necesita el conocimiento; podrá desengañarse de esas teorías quiméricas, que el entusiasmo ha reemplazado a las causas naturales reales; para detectar esas ficciones, por las cuales la impostura ha resultado casi en todas partes los motivos reales que pueden dar actividad en la naturaleza;fuera de la cual la mente humana nunca divaga, sin desviarse lamentablemente;

 

Los deicolistas, al igual que los teólogos, reprochan continuamente a sus adversarios su gusto por las paradojas, su apego a los sistemas; mientras que ellos mismos basaron todo su razonamiento en hipótesis imaginarias, en teorías visionarias; hacer un principio de someter su entendimiento al yugo de la autoridad; de renunciar a la experiencia; de poner como nada la evidencia de sus sentidos.¿No sería justificable que los discípulos de la naturaleza dijeran a estos hombres que así la desprecian: "Nosotros sólo nos aseguramos de lo que vemos; no cedemos a nada más que a la evidencia; si tenemos un sistema, es uno fundado en los hechos ; percibimos en nosotros mismos, contemplamos en todas partes, nada más que materia; por lo tanto, deducimos de ello que la materia puede sentir tanto como pensar: vemos que el movimiento del universo funciona según leyes mecánicas; que el todo resulta de las propiedades , es el efecto de la combinación, la consecuencia inmediata de la modificación de la materia; así, estamos contentos, no buscamos otra explicación de los fenómenos que presenta la naturaleza.Concebimos sólo un mundo único, en el que todo está conectado;donde cada efecto está ligado a una causa natural, conocida o desconocida, que produce según las leyes necesarias; nada afirmamos que no sea demostrable; nada que no estéis obligados a admitir tan bien como nosotros mismos: los principios que establecemos son distintos: son evidentes por sí mismos: son hechos. Si encontramos algunas cosas ininteligibles, si las causas se vuelven arduas con frecuencia, estamos ingeniosamente de acuerdo con su oscuridad; es decir, hasta los límites de nuestro propio conocimiento. Pero para explicar estos efectos no imaginamos una hipótesis;o consentimos en ignorarlos para siempre, o esperamos hasta que el tiempo, la experiencia, con el progreso de la mente humana, los arrojen a la luz: ¿no es, entonces, nuestra manera de filosofar conformar a la verdad? De hecho, en todo lo que avanzamos sobre el tema de la naturaleza, procedemos precisamente de la misma manera que nuestros opuestos mismos lo hacen en todas las demás ciencias, como la historia natural, la filosofía experimental, las matemáticas, la química, etc. Nos limitamos escrupulosamente a lo que llega a nuestro conocimiento a través de nuestros sentidos; los instrumentos únicos con los que la naturaleza nos ha provisto para descubrir la verdad. ¿Cuál es la conducta de nuestros adversarios? Para exponer cosas que ignoran,imaginan teorías aún más incomprensibles que lo que están deseosos de explicar; teorías de las que ellos mismos están obligados a reconocer que no tienen la menor noción. Así invierten los verdaderos principios de la lógica, que exigen que procedamos gradualmente de lo que es más conocido a lo que menos conocemos. Nuevamente, ¿sobre qué fundaron la existencia de estas teorías, con cuya ayuda pretenden resolver todas las dificultades? Es sobre la ignorancia universal de la humanidad; sobre la inexperiencia del hombre; sobre sus miedos; sobre su imaginación desordenada; sobre un pretendido que requiere que procedamos gradualmente de lo que es más conocido a lo que menos conocemos.Nuevamente, ¿sobre qué fundaron la existencia de estas teorías, con cuya ayuda pretenden resolver todas las dificultades? Es sobre la ignorancia universal de la humanidad; sobre la inexperiencia del hombre; sobre sus miedos; sobre su imaginación desordenada; sobre un pretendido que requiere que procedamos gradualmente de lo que es más conocido a lo que menos conocemos. Nuevamente, ¿sobre qué fundaron la existencia de estas teorías, con cuya ayuda pretenden resolver todas las dificultades? Es sobre la ignorancia universal de la humanidad; sobre la inexperiencia del hombre; sobre sus miedos; sobre su imaginación desordenada; sobre un pretendidosentido íntimo de esa ferocidad salvaje, bajo la cual aplastáis igualmente la razón humana, la felicidad del individuo y la felicidad de las naciones. ", que en realidad no es más que el efecto del vulgar prejuicio; el resultado del pavor; la consecuencia de la falta de un hábito reflexivo, que los induzca a agacharse a las opiniones de los demás; guiarse por los mandatos de la autoridad, en lugar de tomarse la molestia de examinar su propia información. ¡Tal, oh teólogos! son los cimientos ruinosos sobre los que erigen la superestructura de vuestra doctrina. En consecuencia, les resulta imposible formar una idea clara de aquellas teorías que sirven de base a sus sistemas; eres incapaz de comprender sus atributos, su existencia, la naturaleza de sus localidades o su modo de acción.Así, incluso por vuestra propia confesión, estáis en un estado de profunda ignorancia, sobre los elementos primarios de aquello que constituye la causa de todo lo que existe: de los cuales, según vuestro propio relato, es imperativo tener un conocimiento correcto. Bajo cualquier punto de vista, por lo tanto, se os contempla, debe admitirse que sois los fundadores de los sistemas aéreos; de teorías fantasiosas: de todos los sistematizadores, sois, en consecuencia, los más absurdos; porque al desafiar vuestra imaginación a crear una causa, esta causa, al menos, debe difundir luz sobre el todo; sólo con esta condición sería perdonable su incomprensibilidad; pero para hablar con ingenio, ¿sirve esta causa para explicar algo?¿Nos hace concebir más claramente el origen del mundo; llévanos más claramente a conocer con la naturaleza real del hombre; esclarece más inteligiblemente las facultades del alma; o señalando con más perspicuidad la fuente del bien y del mal? ¡No! incuestionablemente: estas sutiles teorías nada explican, aunque multiplican al infinito sus propias dificultades; ellos, de hecho, entorpecen la elucidación, sumergiendo en mayor oscuridad aquellos asuntos en los que se interponen. Cualquiera que sea la cuestión planteada, se complica: tan pronto como se introducen estas teorías, envuelven a las ciencias más demostrables con una niebla espesa e impenetrable; hacer complejas las nociones mas simples;dar opacidad a las ideas más diáfanas; convertir las opiniones más evidentes en enigmas insolubles. ¿Qué exposición de la moralidad presenta al hombre las teorías sobre las cuales fundasteis toda la virtud? ¿No respiran todos tus oráculos incoherencias? ¿No abarcan vuestras doctrinas todas las gradaciones de carácter, por discrepantes que sean: todas las propiedades conocidas, por opuestas que sean? Todos tus ingeniosos sistemas, todos tus misterios, todas las sutilezas que han inventado, ¿son capaces de reconciliar ese conjunto discordante de cualidades amables y desagradables con las que han disfrazado tus ficciones? En resumen, ¿no es por estas teorías que perturban la armonía del universo;¿No es en su nombre que cumplís vuestras bárbaras proscripciones? en su apoyo, que extermináis tan inhumanamente a todos los que se niegan a suscribirse a vuestros ensueños organizados; que niegan su asentimiento a esos esfuerzos de la imaginación que ustedes han decorado colectivamente con el pomposo nombre de religión; pero que individualmente, tildáis de superstición, excepto siempre aquello a lo que os prestáis. ¡De acuerdo, entonces, oh teólogos! ¡Reconozcan, entonces, metafísicos sutiles! ¡Consientan, pues, organizadores de teorías fantasiosas! que no solo sois sistemáticamente absurdos, pero también que acabáis por ser atroces;porque cada vez que obtenéis el ascendiente unos sobre otros, vuestra desgraciada preeminencia se distingue por la más malévola persecución; tu dominación se introduce con crueldad; vuestra carrera está descrita con sangre: por la importancia que vuestro propio interés da a vuestros ruinosos dogmas; del orgullo con que derribáis los sistemas menos afortunados de aquellos que partieron con vosotros por el premio del saqueo;

 

 

 

 

 

 

 

 

GORRA. XIV.

Un Resumen del Código de la Naturaleza .

La verdad es el único objeto digno de la investigación de todo sabio; ya que lo que es falso no puede serle util: lo que constantemente le daña no puede fundarse en la verdad; en consecuencia, debe ser proscrito para siempre. Es, pues, ayudar a la mente humana, trabajar verdaderamente por su felicidad, señalarle la clave por la cual puede salir de esos espantosos laberintos en que vaga su imaginación; de esas sinuosidades cuyo curso tortuoso le hace errar, sin encontrar jamás un término a su incertidumbre. Sólo la naturaleza, conocida a través de la experiencia, puede proporcionarle este hilo deseable; sus energías eternas son las únicas que pueden proporcionar los medios para atacar al Minotauro; de exterminar los productos de la hipocresía;de destruir a esos monstruos, que durante tantos siglos, han devorado a las infelices víctimas, que la tiranía de los ministros de Moloch ha exigido como cruel tributo a los mortales asustados. Al agarrar con firmeza esta clave inestimable, que la belleza de la donante hace aún más preciosa, el hombre nunca puede ser descarriado, nunca se desviará de su curso; pero si, sin importarle sus invaluables propiedades, por un solo instante deja que se le caiga de la mano; si, como otro Teseo, desagradecido por el favor, abandona al justo dador, infaliblemente caerá de nuevo en sus antiguas andanzas; con toda seguridad convertirse en presa de la descendencia caníbal del Toro Blanco.En vano llevará sus puntos de vista por encima de su cabeza, para encontrar los recursos que están a sus pies; mientras el hombre, encaprichado con sus nociones supersticiosas, busque en un mundo imaginario la regla de su conducta terrestre, estará sin principios; mientras contemplará pertinazmente las regiones de una fantasía destemplada, tanto tiempo buscará a tientas en aquellas en las que realmente se encuentra; sus pasos inciertos nunca encontrarán el bienestar que anhela; nunca lo conduzcas a ese reposo por el cual suspira tan ardientemente, ni lo conduzcas a esa seguridad que es tan decididamente necesaria para consolidar su felicidad.

 

Pero el hombre, cegado por sus prejuicios; vuelto obstinado en herir a su prójimo, por su entusiasmo; se muestra hostil incluso contra aquellos que están sinceramente deseosos de procurarle los beneficios más sustanciales. Acostumbrado a ser engañado, está en un estado de continua sospecha; habituado a desconfiar de sí mismo, a mirar con timidez su razón, a mirar la verdad como peligroso, trata como enemigos incluso a aquellos que más ansiosamente se esfuerzan por alentarlo; advertido en su juventud contra el engaño, por la sutileza de la impostura, se cree llamado imperiosamente a guardar con la más diligente actividad la bandeau con que le han engañado; piensa que su bienestar eterno consiste en mantenerlo para siempre sobre sus ojos;por lo tanto, lucha con todos aquellos que intentan arrancarlo de su óptica oscurecida. Si sus órganos visuales, acostumbrados a la oscuridad, se abren por un momento, la luz los ofende; está angustiado por su resplandor; él piensa que es criminal ser ilustrado; se lanza con furia sobre los que sostienen el flambeau con el que está deslumbrado. En consecuencia, el ateo, como lo llama ridículamente el archipícaro del que se diferencia, es visto como una peste maligna, como un veneno público, que como otros Upas, destruye todo lo que se encuentra en el vórtice de su influencia; pasa por perturbador el que osa despertar a los mortales del hábito letárgico que han inducido las dosis narcóticas administradas por los teólogos;el que trata de calmar sus arrebatos frenéticos, de moderar la furia de sus paroxismos maníacos, es él mismo visto como un loco, que debería estar encadenado en las mazmorras apropiadas para lunáticos; el que invita a sus asociados a rasgar sus cadenas, a romper sus mortificantes cadenas, aparece sólo como un ser irracional, desconsiderado, incluso para los mismos miserables cautivos: a quienes se les ha enseñado a creer que la naturaleza los formó con el único propósito de temblar : solo los llamaron a la existencia para que pudieran ser cargados con grilletes. Como consecuencia de estas fatales predisposiciones, elDiscípulo de la Naturaleza es generalmente tratado como un asesino; es comúnmente recibido por sus conciudadanos de la misma manera que la raza emplumada recibe al pájaro lúgubre de la noche, que tan pronto como abandona su retiro, todos los demás pájaros lo siguen con un odio común, profiriendo una variedad de gritos lúgubres.

 

¡No, mortales mezclados por el terror! El amigo de la naturaleza no es tu enemigo; su intérprete no es el ministro de la falsedad; el destructor de vuestros vanos fantasmas no es el destructor de aquellas verdades necesarias a vuestra felicidad; el discípulo de la razón no es un ser irracional, que o busca envenenaros, o contagiaros de un peligroso delirio. Si desea arrancar el trueno de esas terribles teorías que os espantan, es que descontinuéis vuestra marcha, en medio de las tempestades, por caminos que sólo se distinguen por los súbitos pero evanescentes destellos del fluido eléctrico. Si rompe esos ídolos, que el miedo ha servido con mirra e incienso, que la superstición ha rodeado de melancólico desánimo, que el fanatismo ha empañado de sangre;es sustituirlas por aquellas verdades consoladoras que están calculadas para sanar las heridas desesperadas que han recibido; que son aptos para inspiraros valor, para oponeros resueltamente a tan peligrosos errores; que tienen poder para permitirte resistir a enemigos tan formidables. Si derriba los templos, derriba los altares, tan frecuentemente bañados con las amargas lágrimas de los desdichados, ennegrecidos por los más crueles sacrificios, ahumados con incienso servil, es para erigir un santuario consagrado a la paz; una sala dedicada a la razón; un monumento duradero a la virtud, en el que puedes encontrar en todo momento un asilo contra tu propio frenesí; un refugio de tus propias pasiones ingobernables;un santuario contra esos poderosos dogmáticos, por los cuales sois oprimidos. Si atacan las altivas pretensiones de los tiranos deificados, que os aplastan con cetro de hierro, es para que podáis gozar de los derechos de vuestra naturaleza; es con el fin de que seáis hombres sustancialmente libres, tanto de mente como de cuerpo; para que no seáis esclavos, eternamente encadenados al remo de la miseria; es que a la larga podáis ser gobernados por hombres que son ciudadanos, que pueden apreciar sus propias apariencias, que de alguna manera protegen a los mortales como ellos, que pueden realmente consultar los intereses de aquellos de quienes tienen su poder.Si lucha contra la impostura es para restaurar la verdad en esos derechos que tanto tiempo han sido usurpados por la ficción. Si socava la base de esa moralidad inestable y fanática, que hasta ahora no ha hecho más que confundir vuestros mentes, sin corregir vuestros corazones; es dar a la ética una base inamovible, un fundamento sólido, asegurado sobre vuestra propia naturaleza; sobre la reciprocidad de aquellas necesidades que continuamente se regeneran en los seres sensibles: atrévanse, pues, a escuchar su voz; la hallaréis mucho más inteligible que esos oráculos ambiguos, que se os anuncian como hijos de teorías caprichosas; como decretos imperiosos que están incesantemente en desacuerdo consigo mismos.Escuchen entonces a la naturaleza, ella nunca contradice sus propias leyes eternas.

 

"¡Oh tú!" grita esta naturaleza al hombre, "que, siguiendo el impulso que os he dado, durante toda vuestra existencia, tendéis incesantemente a la felicidad, no os esforcéis en resistir mi ley soberana. Trabajad por vuestra propia felicidad; participad sin temor del banquete que es extendido ante ti, con la más calurosa acogida, encontrarás los medios legiblemente escritos en tu propio corazón. la buscarás en esas teorías inexorables, que tu imaginación, siempre propensa a divagar, establecería sobre mi trono eterno: en vano la esperas en esas regiones fantasiosas, a las que tu propio delirio ha dado una localidad y una vergüenza: en vano la esperas tú cuentas con sistemas caprichosos,con cuyas ventajas estás en tales éxtasis; Mientras ellos solo llenan tu morada de calamidad, tu corazón de pavor, tu mente de ilusiones, tu pecho de gemidos. Sabe que cuando descuides mis consejos, los dioses rechazarán su ayuda. Atrévete, pues, a librarte de las trabas de la superstición, mi engreído y pragmático rival, que confunde mis derechos; renuncia a esas teorías vacías, que son usurpadoras de mis privilegios; Vuélvete bajo el dominio de mis leyes, que, por varias que sean, son suaves en comparación con las del fanatismo. Sólo en mi imperio reina la verdadera libertad. La tiranía es desconocida para su suelo;la equidad vela sin cesar por los derechos de todos mis súbditos, los mantiene en posesión de sus justas pretensiones; la benevolencia, injertada en la humanidad, los une por lazos amistosos; la verdad los ilumina; la impostura nunca podrá cegarlos con sus brumas oscurecedoras. ¡Vuelve, pues, hijo mío, a los brazos de tu madre adoptiva! ¡Desertor, remonta tus pasos errantes a la naturaleza! Ella te consolará de tus machos; ella alejará de tu corazón esos temores atroces que te abruman; esas inquietudes que te distraen; esos transportes que te agitan; esos odios que te separan de tu prójimo, a quien debes amar como a ti mismo. ¡Vuelve a la naturaleza, a la humanidad, a ti mismo!Esparce flores sobre el camino de la vida: deja de contemplar el futuro; vive para tu propia felicidad; existe para tus semejantes; retírate a ti mismo, examina tu propio corazón, luego considera los seres sensibles que te rodean: deja a sus inventores esos sistemas que no pueden efectuar nada hacia tu felicidad. Diviértete, y haz gozar también a otros, de aquellas comodidades que él puso con mano generosa, para todos los hijos de la tierra; que todos igualmente emanan de mi seno: ayúdalos a soportar las penas a que la necesidad los ha sometido en común contigo.Sabe que apruebo tus placeres, cuando sin perjudicarte a ti mismo, no son fatales para tus hermanos, a quienes él hecho indispensablemente necesario para tu propia felicidad individual. Estos placeres te son permitidos libremente, si las entregas con moderación; con esa discreción que yo mismo fijé. ¡Sé feliz, entonces, oh hombre! La naturaleza te invita a participar en ella; pero recuerda siempre, no puedes estar tan solo; porque invito a todos los mortales a la felicidad como a ti mismo; descubrirás que sólo asegurando su felicidad puedes consolidar la tuya. Tal es el decreto de tu destino: si tratas de sustraerte de su operación, recuerda que el odio te perseguirá; la venganza alcance tus pasos;y el remordimiento esté siempre a mano para castigar las infracciones de sus mandatos irrevocables.

 

deja que el brillo genial de la amistad sincera anime tu corazon honesto; deja que el cariñoso apego de una compañera, acariciado por tu afecto más cálido, te haga olvidar las penas de la vida: sé fiel a su amor, responsable a su ternura, para que ella te recompense con una reciprocidad de sentimiento; para que ante los ojos de los padres unidos en virtuosa estima, tu descendencia aprenda a evaluar adecuadamente la virtud práctica; que después de haber ocupado tus años más maduros, pueden consolar tu edad declinante, dorar con satisfacción tu sol poniente, alegrar el atardecer de tu existencia, por una debida devolución del cuidado que tú habrás obtenido a su infancia imbécil. responsable de su ternura, para que te recompense con una reciprocidad de sentimientos;para que ante los ojos de los padres unidos en virtuosa estima, tu descendencia aprenda a evaluar adecuadamente la virtud práctica; que después de haber ocupado tus años más maduros, pueden consolar tu edad declinante, dorar con satisfacción tu sol poniente, alegrar el atardecer de tu existencia, por una debida devolución del cuidado que tú habrás obtenido a su infancia imbécil. responsable de su ternura, para que te recompense con una reciprocidad de sentimientos; para que ante los ojos de los padres unidos en virtuosa estima, tu descendencia aprenda a evaluar adecuadamente la virtud práctica;que después de haber ocupado tus años más maduros, pueden consolar tu edad declinante, dorar con satisfacción tu sol poniente, alegrar el atardecer de tu existencia, por una debida devolución del cuidado que tú habrás obtenido a su infancia imbécil.

 

"¡Sé justo, porque la equidad es el sostén de la sociedad humana! ¡Sé bueno, porque la bondad une todos los corazones con lazos diamantinos! ¡Sé indulgente, porque tú mismo eres débil, vives con seres que participan de tu debilidad! ¡Sé amable, porque la dulzura atrae la atención! ¡Sé agradecido, porque la gratitud alimenta la benevolencia, nutre la generosidad!, ¡Sé modesto, porque la altivez es repugnante para los seres siempre bien conseguirlos mismos! porque la venganza perpetúa el odio!, Haz el bien a quien te injuria, para mostrarte más noble. de lo que es; ¡hacer amigo de él, que una vez fue tu enemigo! Sé reservado en tu conducta, moderado en tu disfrute, casto en tus placeres, porque la voluptuosidad engendra hastío, la intemperancia engendra enfermedad, los modales atrevidos son repugnantes.el exceso en todo momento relaja los recursos de tu máquina, finalmente destruirá tu ser y te hará odioso para ti mismo, despreciable para los demás.

 

"Sé un ciudadano fiel, porque la comunidad es necesaria para tu propia seguridad, para el disfrute de tu propia existencia, para la promoción de tu propia felicidad. Sé leal, pero sé valiente; sométete a la autoridad legítima, porque es un requisito para la mantenimiento de la sociedad que te es necesario.Sé obediente a las leyes, porque son , o deben ser , la expresión de la voluntad pública, a la que tu propia voluntad particular debe estar siempre subordinada. lo que te hace feliz, lo que contiene tu propiedad, así como los seres más queridos de tu corazón: no permitas que este padre común tuyo, así como de tus conciudadanos, caiga bajo los grilletes de la tiranía;porque desde allí no será más que tu prisión común. Si tu patria, sorda a la equidad de tus pretensiones, te niega la felicidad, si, sufrió un poder injusto, te deja oprimir, retírate de su seno en silencio, pero nunca perturbes su paz.

 

nunca estarás totalmente desprovisto de la recompensa que te corresponda; ningún poder en la tierra podrá arrebatar de ti esa fuente inagotable de la felicidad más pura, el contenido interior; en cada momento volvers a caer con placer sobre ti mismo; no ocurrirá el dolor de la vergüenza, el terror de la alarma interna, ni encontrarás tu corazón corroído por el remordimiento. Te estimarás a ti mismo; serás apreciado por los virtuosos, aplaudido y amado por todos los hombres buenos, cuyos sufragios son mucho más valiosos que los de la multitud desconcertada. Sin embargo, si lo externo ocupa tu contemplación, semblantes sonrientes saludarán tu presencia; los rostros felices expresarán el interés que tienen por tu bienestar;los seres jocosos te harán partícipe de sus plácidos sentimientos. Una vida así gastada, cada momento estará marcado por la serenidad de tu propia alma, por el cariño de los seres que te rodean; será alegrado por la amistad de tus compañeros; te permitirá levantarte como un invitado contento y satisfecho de la fiesta general; condúcete suavemente por el declive de la vida, condúcete pacíficamente al período de tus días; porque debes morir: pero ya te sobrevivirás a ti mismo en el pensamiento; siempre vivirás en el recuerdo de tus amigos; en el recuerdo agradecido de aquellos seres cuyas comodidades han sido aumentadas por tus amistosas atenciones;tus virtudes habrán erigido de antemano a tu fama un monumento imperecedero: si el cielo se ocupa de ti, se lucirá satisfecho de tu conducta, cuando así haya contento a la tierra. invitado satisfecho de la fiesta general; condúcete suavemente por el declive de la vida, condúcete pacíficamente al período de tus días; porque debes morir: pero ya te sobrevivirás a ti mismo en el pensamiento; siempre vivirás en el recuerdo de tus amigos; en el recuerdo agradecido de aquellos seres cuyas comodidades han sido aumentadas por tus amistosas atenciones; tus virtudes habrán erigido de antemano a tu fama un monumento imperecedero: si el cielo se ocupa de ti, se lucirá satisfecho de tu conducta, cuando así haya contento a la tierra.invitado satisfecho de la fiesta general; condúcete suavemente por el declive de la vida, condúcete pacíficamente al período de tus días; porque debes morir: pero ya te sobrevivirás a ti mismo en el pensamiento; siempre vivirás en el recuerdo de tus amigos; en el recuerdo agradecido de aquellos seres cuyas comodidades han sido aumentadas por tus amistosas atenciones; tus virtudes habrán erigido de antemano a tu fama un monumento imperecedero: si el cielo se ocupa de ti, se sentirá satisfecho de tu conducta, cuando así haya contentado a la tierra. en el recuerdo agradecido de aquellos seres cuyas comodidades han sido aumentadas por tus amistosas atenciones; tus virtudes habrán erigido de antemano a tu fama un monumento imperecedero: si el cielo se ocupa de ti, se sentirá satisfecho de tu conducta, cuando así haya contentado a la tierra. en el recuerdo agradecido de aquellos seres cuyas comodidades han sido aumentadas por tus amistosas atenciones; tus virtudes habrán erigido de antemano a tu fama un monumento imperecedero: si el cielo se ocupa de ti, se sentirá satisfecho de tu conducta, cuando así haya contentado a la tierra.

 

Nunca seas cómplice mercenario de los saqueadores de tu patria; están obligados a sonrojarse en secreto cada vez que se encuentran con el ojo público.

 

no obstante, están obligados a temblar bajo la operación silenciosa de mis decretos. Soy yo quien los castiga; soy yo quien les llena el pecho de sospecha; soy yo quien les inspira terror; soy yo quien los hace retorcerse bajo la inquietud; soy yo quien los hace estremecer de horror, ante el mismo nombre de la augusta verdad; soy yo quien, en medio de la multitud de nobles que los rodean, les hago sentir las entrañas de la vergüenza; la aguda angustia de la culpa; las flechas envenenadas del arrepentimiento; los crueles aguijones del remordimiento; soy yo quien, cuando abusan de mi generosidad, esparzo el cansancio sobre sus almas entumecidas; soy yo quien sigue la justicia eterna e increada; soy yo quien, sin distinción de personas, sé equilibrar la balanza; ajustar el castigo a la falta; hacer que la miseria guarde su debida proporción con la depravación; infligir una pena acorde con el delito. Las leyes del hombre son justas, sólo cuando están en conformidad con las mías; sus juicios son racionales, sólo cuando Yo los he dictado: sólo mis leyes son inmutables, universales, irrefragables; formado para regular la condición de la raza humana, en todas las épocas, en todos los lugares, bajo todas las circunstancias.

 

es inconsciente del odio que suscita su opresión; del desprecio que le provocan sus vicios; de las burlas que provoca su inutilidad; del desprecio que sus libertinajes acarrean sobre su nombre? ¿Piensas que el altivo cortesano no se ruboriza interiormente ante los insultos mortificantes que tolera; despreciar, desde el fondo de su alma, aquellas mezquindades por las que se ve obligado a comprar favores; siente en el fondo de su corazón la miserable dependencia en que le coloca su codicia. aquellas mezquindades por las que se ve obligado a comprar favores; siente en el fondo de su corazón la miserable dependencia en que le coloca su codicia. aquellas mezquindades por las que se ve obligado a comprar favores; siente en el fondo de su corazón la miserable dependencia en que le coloca su codicia.

 

afluentes contaminados al cirujano. Ver al mentiroso privado de toda confianza; el bribón despojado de toda confianza; el hipócrita esquivando temerosamente las miradas penetrantes de su vecino inquisitivo; el impostor temblando ante el mismo nombre de la formidable verdad. Pon bajo tu mirada el corazón de los envidiosos, inútilmente deshonrados; que se marchita a la vista de la prosperidad de su prójimo. Pon tus ojos en el alma congelada del desgraciado desagradecido, a quien ninguna bondad puede calentar, ninguna benevolencia derretir, ninguna beneficencia convertir en un fluido genial. Examina los sentimientos de hierro de ese monstruo a quien los suspiros de los desdichados no pueden apaciguar.He aquí el ser vengativo nutrido de hiel venenosa, sus mismos pensamientos son serpientes; que en su furor se consume a sí mismo. Envidia, si puedes, los sueños de vigilia del homicida; los arranques del juez inicuo; la inquietud del opresor de la inocencia; las espantosas visiones del extorsionador; como lechos estan infestados con las antorchas de las furias.Sin duda tiemblas ante la vista de esa distracción que, en medio de sus espléndidos lujos, agita a esos labradores de renta, que se engordan con la calamidad pública, que devoran la hacienda del huérfano, que consumen los medios de la viuda, que muele las duras ganancias de los pobres: te estremeces al presenciar el remordimiento que desgarra las almas de esos reverendos criminales, a quienes los ignorantes creen felices, mientras que el desprecio que se tienen a sí mismos, las flechas infalibles de secretos reproches, son incesantemente vengativos . una nación indignada. Tú ves que el contenido es para siempre desterrado del corazón; quieto para siempre expulsado de las habitaciones de esos miserables miserables en cuyas mentes he grabado indeleblemente el desprecio, la infamia, el castigo que merecen.¡Pero no! tus ojos no pueden sostener el trágico espectáculo de mi venganza. La humanidad te obliga a participar de sus merecidos sufrimientos; te mueves a compadecerte de este pueblo infeliz, a quien los errores consagrados hacen necesario el vicio; qué hábitos fatales los familiarizan con el crimen. Si; los evitas sin odiarlos; los socorrerías, si su perversidad contumaz te hubiera dejado los medios. Cuando compares tu propia condición, cuando examines tu propia alma, tendrás motivos justos para felicitarte, si encuentras que la paz ha tomado tu morada contigo; ese contentamiento mora en el fondo de tu propio corazon. en breve,

 

Tal es la suma de aquellas verdades que están contenidas en el Código de la Naturaleza; tales son las doctrinas que sus discípulos pueden anunciar. Son incuestionablemente preferibles a esa superstición sobrenatural que nunca hace más que daño a la especie humana. Tal es el culto que enseña esa razón sagrada, que es objeto de desprecio por parte del teólogo; que se encuentra con el insulto del fanático; que sólo estima lo que el hombre no puede ni concebir ni practicar; que hacen consistir su moralidad en deberes ficticios; su virtud en acciones generalmente inútiles, frecuentemente perniciosas para el bienestar de la sociedad; quienes por falta de conocimiento de la naturaleza que está ante sus ojos, se creen obligados a buscar en los mundos ideales motivos imaginarios, de los cuales todo prueba la ineficacia.El motivo que emplea la moralidad de la naturaleza es el interés evidente de cada individuo, de cada comunidad, de toda la especie humana, en todos los tiempos, en todos los países, en todas las circunstancias. Su culto es el sacrificio del vicio, la práctica de las virtudes reales; su objeto es la conservación de la raza humana, la felicidad del individuo, la paz de la humanidad; sus recompensas son el afecto, la estima y la gloria; o en su defecto, contentamiento de ánimo, con merecida autoestima, de la que ningún poder podrá jamás despojar a los virtuosos mortales; sus castigos son el odio, el desprecio y la indignación; que la sociedad se reserva siempre para quienes atiendan contra sus intereses;de la que incluso los más poderosos nunca pueden protegerse eficazmente. la felicidad del individuo, la paz de la humanidad; sus recompensas son el afecto, la estima y la gloria; o en su defecto, contentamiento de ánimo, con merecida autoestima, de la que ningún poder podrá jamás despojar a los virtuosos mortales; sus castigos son el odio, el desprecio y la indignación; que la sociedad se reserva siempre para quienes atiendan contra sus intereses; de la que incluso los más poderosos nunca pueden protegerse eficazmente. la felicidad del individuo, la paz de la humanidad; sus recompensas son el afecto, la estima y la gloria;o en su defecto, contentamiento de ánimo, con merecida autoestima, de la que ningún poder podrá jamás despojar a los virtuosos mortales; sus castigos son el odio, el desprecio y la indignación; que la sociedad se reserva siempre para quienes atiendan contra sus intereses; de la que incluso los más poderosos nunca pueden protegerse eficazmente.

 

Aquellas naciones que están dispuestas a practicar una moral tan sabia, que la inculquen en la infancia, cuyas leyes la confirmen incesantemente, no tendrán ocasión de superstición, ni de quimeras. que obstinadamente preferirían las ficciones a sus más queridos intereses, seguramente aquellos marcharán hacia la ruina. Si se mantiene por una temporada, es porque el poder de la naturaleza los vuelve a veces a la razón, a pesar de los prejuicios que parecen conducirlos a una destrucción segura. La superstición, aliada con la tiranía, para el despilfarro de la especie humana, se ven obligados a menudo a implorar la ayuda de una razón que desprecian; de una naturaleza que desdeñan; que envilecen;que se esfuerzan por aplastar bajo la pesada masa de las teorias artificiales. La superstición, en todos los tiempos tan fatal para los mortales, cuando es atacado por la razón, asume el manto sagrado de la utilidad pública; basa su importancia en falsos fundamentos, funda sus derechos en la alianza indisoluble que pretende subsiste entre la moral y ella misma; no obstante, no cesa ni un solo instante de biblioteca contra ella la más cruel hostilidad. Es, sin duda, por este artificio, que ha seducido a tantos sabios. En la honestidad de sus corazones, lo creen útil a la política; necesario para contener la furia ingobernable de las pasiones;así la superstición hipócrita, para enmascarar a los observados superficiales su propio carácter espantoso, como el asno con piel de león, siempre sabe cubrirse con la sagrada armadura de la utilidad; ceñirse el escudo invulnerable de la virtud; por lo que se ha creído imperativo respetarlo, no obstante se sintió incómodo bajo estos gravámenes; en consecuencia, se ha convertido en un deber favoreciendo la impostura, porque ella se ha atrincherado astutamente detrás de los altares de la verdad; sus oídos, sin embargo, descubren su inutilidad; su cobardía natural se traiciona a sí misma; es de este atrincheramiento que debemos expulsarlo; debe ser arrastrado a la vista del público; despojado de su subrepticia panoplia;expuesto en su deformidad nativa; para que la raza humana conozca su disimulo; para que la humanidad tenga conocimiento de sus crímenes; para que el universo contemple sus manos sacrílegas, armadas de puñales homicidas, manchadas con la sangre de las naciones, a las que embriaga con su furor, o inmola sin piedad a la violencia de sus pasiones. en consecuencia, se ha convertido en un deber favoreciendo la impostura, porque ella se ha atrincherado astutamente detrás de los altares de la verdad; sus oídos, sin embargo, descubren su inutilidad; su cobardía natural se traiciona a sí misma; es de este atrincheramiento que debemos expulsarlo; debe ser arrastrado a la vista del público; despojado de su subrepticia panoplia;expuesto en su deformidad nativa; para que la raza humana conozca su disimulo; para que la humanidad tenga conocimiento de sus crímenes; para que el universo contemple sus manos sacrílegas, armadas de puñales homicidas, manchadas con la sangre de las naciones, a las que embriaga con su furor, o inmola sin piedad a la violencia de sus pasiones. en consecuencia, se ha convertido en un deber favoreciendo la impostura, porque ella se ha atrincherado astutamente detrás de los altares de la verdad; sus oídos, sin embargo, descubren su inutilidad; su cobardía natural se traiciona a sí misma; es de este atrincheramiento que debemos expulsarlo; debe ser arrastrado a la vista del público; despojado de su subrepticia panoplia;expuesto en su deformidad nativa; para que la raza humana conozca su disimulo; para que la humanidad tenga conocimiento de sus crímenes; para que el universo contemple sus manos sacrílegas, armadas de puñales homicidas, manchadas con la sangre de las naciones, a las que embriaga con su furor, o inmola sin piedad a la violencia de sus pasiones. su cobardía natural se traiciona a sí misma; es de este atrincheramiento que debemos expulsarlo; debe ser arrastrado a la vista del público; despojado de su subrepticia panoplia; expuesto en su deformidad nativa; para que la raza humana conozca su disimulo; para que la humanidad tenga conocimiento de sus crímenes;para que el universo contemple sus manos sacrílegas, armadas de puñales homicidas, manchadas con la sangre de las naciones, a las que embriaga con su furor, o inmola sin piedad a la violencia de sus pasiones. su cobardía natural se traiciona a sí misma; es de este atrincheramiento que debemos expulsarlo; debe ser arrastrado a la vista del público; despojado de su subrepticia panoplia; expuesto en su deformidad nativa; para que la raza humana conozca su disimulo; para que la humanidad tenga conocimiento de sus crímenes; para que el universo contemple sus manos sacrílegas, armadas de puñales homicidas, manchadas con la sangre de las naciones, a las que embriaga con su furor, o inmola sin piedad a la violencia de sus pasiones.

 

La MORAL DE LA NATURALEZA es el único credo que su intérprete ofrece a sus conciudadanos; a las naciones; a la especie humana; a las razas futuras, destetados de aquellos prejuicios que con tanta frecuencia han turbado la felicidad de sus antepasados. El amigo de la humanidad no puede ser el amigo del engaño, que en todos los tiempos ha sido un verdadero flagelo para la tierra. El APÓSTOL DE LA NATURALEZA no será instrumento de quimeras engañosas, por las cuales este mundo se hace sólo morada de ilusiones; el adorador de la verdad no transigirá con la falsedad; no hará pacto con el error; consciente debe ser siempre fatal para los mortales.Sabe que la felicidad del género humano exige imperiosamente que el edificio oscuro e inestable de la superstición sea arrasado hasta sus cimientos; para levantar sobre sus ruinas un templo adecuado a la paz, un templo sagrado a la virtud. Siente que sólo extirpando, hasta las fibras más finas, el árbol venenoso, que durante tantos siglos ha ensombrecido el universo, los habitantes de este mundo podrán usar su propia óptica para soportar con firmeza que luz que es competente para iluminar su entendimiento, para guiar sus pasos descarriados, para dar el ardor necesario a sus almas. Si sus esfuerzos lograron en vano; si no puede inspirar valor a los seres demasiado acostumbrados a temblar; al menos se aplaudirá a sí mismo por haber osado el intento.Sin embargo, no juzgará inútiles sus esfuerzos, si sólo ha sido capaz de hacer feliz a un solo mortal: si sus principios han calmado los transportes conflictivos de un alma honesta; si sus razonamientos han alegrado algunos corazones virtuosos. Al menos tendrá la ventaja de haber desterrado de su propia mente el inoportuno terror de la superstición; de haber expulsado de su propio corazón la hiel que exaspera el celo; de haber pisoteado esas quimeras con que se atormenta a los ignorantes. Así, escapado del peligro de la tempestad, contemplará serenamente desde la cumbre de su roca, esos tremendos huracanes que excitan la superstición; extenderá una mano de socorro a aquellos que estén dispuestos a aceptarla; los alentará con su voz;los secundará con sus mejores esfuerzos, y en el calor de su propio corazón compasivo, exclamará: de haber pisoteado esas quimeras con que se atormenta a los ignorantes. Así, escapado del peligro de la tempestad, contemplará serenamente desde la cumbre de su roca, esos tremendos huracanes que excitan la superstición; extenderá una mano de socorro a aquellos que estén dispuestos a aceptarla; los alentará con su voz; los secundará con sus mejores esfuerzos, y en el calor de su propio corazón compasivo, exclamará: de haber pisoteado esas quimeras con que se atormenta a los ignorantes. Así, escapado del peligro de la tempestad, contemplará serenamente desde la cumbre de su roca, esos tremendos huracanes que excitan la superstición;extenderá una mano de socorro a aquellos que estén dispuestos a aceptarla; los alentará con su voz; los secundará con sus mejores esfuerzos, y en el calor de su propio corazón compasivo, exclamará:

 

OH NATURALEZA; soberano de todos los seres! y vosotras, sus adorables hijas, ¡VIRTUD, RAZÓN y VERDAD! sed para siempre nuestros venerados protectores: a vosotros os pertenecen las alabanzas del género humano; a ti pertenece el homenaje de la tierra. Muéstranos entonces, ¡OH NATURALEZA! lo que el hombre debe hacer para obtener la felicidad que tu le haces desear. ¡VIRTUD! Anímalo con tu fuego benéfico. ¡RAZÓN! Conduce sus pasos inciertos por los caminos de la vida. ¡VERDAD! Deja que tu antorcha ilumine su intelecto, disipe la oscuridad de su camino. ¡Uníos, oh deidades asistentes! tus poderes, para someter los corazones de la humanidad a tu dominio.Desterrar el error de nuestra mente; maldad de nuestros corazones; confusión de nuestros pasos; haz que el conocimiento extienda su reino saludable; bondad para ocupar nuestras almas; serenidad para habitar en nuestros senos. Deja que la impostura, confundido, no se atreva nunca más a asomar la cabeza. Dejemos que nuestros ojos, tanto tiempo, ya sea deslumbrados o con los ojos vendados, se fijen finalmente en los objetos que debemos buscar. Disipa para siempre esas nieblas de la ignorancia, esos espantosos fantasmas, junto con esas seductoras quimeras, que solo sirven para desviarnos. Sácanos de ese oscuro abismo en el que nos sumerge la superstición; derrocar el imperio fatal de la ilusión;derrumba el trono de la falsedad; arrancar de sus manos contaminadas el poder que han usurpado. Manda a los hombres, sin compartir tu autoridad con los mortales: rompe las cadenas que los atan a la esclavitud: arranca la bandeau con la que están engañados; calmar la furia que los embriaga; romper en manos de tiranos sanguinarios, sin ley, ese cetro de hierro con que los aplastan al destierro; las regiones imaginarias, de donde les ha importado el miedo, aquellas teorías que los afligen. Inspira coraje al ser inteligente; infunde energía en su sistema, para que, finalmente, pueda sentir su propia dignidad; que se atreva a amarse a sí mismo; estimar sus propias acciones cuando son dignas;que esclavo sólo de vuestras leyes eternas, ya no tema liberarse de todas las demás ataduras; que bendecido con la libertad, pueda tener la sabiduría para apreciar a su prójimo; y ser feliz aprendiendo a la perfección su propia condición; instrúyelo en la gran lección, que el camino elevado hacia la felicidad, es participar prudentemente, y también hacer que otros disfruten, del rico banquete que tú, ¡Oh Naturaleza! tan generosamente ha puesto delante de él. Consolad a vuestros hijos de las penas a que les somete a su destino, por aquellos placeres que la sabiduría les permite participar; enséñales a estar contentos con su condición; para desterrar la envidia de su mente; ceder silenciosamente a la necesidad.Condúcelos sin alarma a ese período que todos los seres deben encontrar; que aprendan que el tiempo cambia todas las cosas, que en consecuencia no están hechos para evitar su guadaña ni para temer su llegada.

 

 

 

 

 

 

 

 

[APÉNDICE DEL TRADUCTOR]

UN BREVE ESQUEMA

DE EL

VIDA Y ESCRITOS

Delaware

M. DE. MIRABAUD.

En momentos en que estamos en vísperas de un cambio importante en nuestros asuntos políticos, que evidentemente debe conducir oa la recuperación y restablecimiento de nuestras libertades, oa un despotismo militar, quienes están relacionados con la prensa deben utilizar todo esfuerzo por ilustrar a sus conciudadanos y hacer valer su derecho a sondear, de la manera más libre y sin restricciones, todos los temas relacionados con la felicidad del hombre.

 

Los sacerdocios han sido siempre instrumentos convenientes en manos de los tiranos, para mantener al horrible del pueblo en un servilismo degradado. Por las doctrinas supersticiosas y serviles que infunden en sus mentes, les impiden pensar por sí mismos y afirmar su propia independencia. En momentos en que se erigen escuelas nacionales en todos los rincones del país, no con el sincero deseo de iluminar a la naciente generación, sino con el insidioso designio de inculcar en sus mentes las doctrinas de "Iglesia y Rey", a fin de reforzar un poco más el actual sistema podría, tambaleante y corrupto: en un momento, también, cuando miles de predicadores fanáticos recorren el país,con miras a subyugar la mente humana al funesto imperio del entusiasmo visionario y el fanatismo sectario hasta la extinción total de todo principio noble, varonil, liberal y pilantrópico; en un momento como este, pensamos que el "SISTEMA DE LA NATURALEZA" no podía dejar de prestar un servicio esencial a la causa de la libertad tanto civil como religiosa. Ninguna obra, antigua o moderna, la ha superado en la elocuencia y sublimidad de su lenguaje, o en la facilidad con que trata los temas más abismales y difíciles.Es, sin excepción, el esfuerzo más audaz que la mente humana ha producido hasta ahora, en la investigación de la moral y la teología, en la destrucción del sacerdocio y la superstición, y en el desarrollo de las fuentes de todas esas pasiones y prejuicios que han resultado tan fatales. a la tranquilidad del mundo. principio liberal y pilantrópico; en un momento como éste, pensamos que el "SISTEMA DE LA NATURALEZA" no podía dejar de prestar un servicio esencial a la causa de la libertad tanto civil como religiosa. Ninguna obra, antigua o moderna, la ha superado en la elocuencia y sublimidad de su lenguaje, o en la facilidad con que trata los temas más abismales y difíciles.Es, sin excepción, el esfuerzo más audaz que la mente humana ha producido hasta ahora, en la investigación de la moral y la teología, en la destrucción del sacerdocio y la superstición, y en el desarrollo de las fuentes de todas esas pasiones y prejuicios que han resultado tan fatales. a la tranquilidad del mundo. principio liberal y pilantrópico; en un momento como éste, pensamos que el "SISTEMA DE LA NATURALEZA" no podía dejar de prestar un servicio esencial a la causa de la libertad tanto civil como religiosa. Ninguna obra, antigua o moderna, la ha superado en la elocuencia y sublimidad de su lenguaje, o en la facilidad con que trata los temas más abismales y difíciles.Es, sin excepción, el esfuerzo más audaz que la mente humana ha producido hasta ahora, en la investigación de la moral y la teología, en la destrucción del sacerdocio y la superstición, y en el desarrollo de las fuentes de todas esas pasiones y prejuicios que han resultado tan fatales. a la tranquilidad del mundo. no podía dejar de prestar un servicio esencial a la causa de la libertad civil y religiosa. Ninguna obra, antigua o moderna, la ha superado en la elocuencia y sublimidad de su lenguaje, o en la facilidad con que trata los temas más abismales y difíciles.Es, sin excepción, el esfuerzo más audaz que la mente humana ha producido hasta ahora, en la investigación de la moral y la teología, en la destrucción del sacerdocio y la superstición, y en el desarrollo de las fuentes de todas esas pasiones y prejuicios que han resultado tan fatales. a la tranquilidad del mundo. no podía dejar de prestar un servicio esencial a la causa de la libertad civil y religiosa. Ninguna obra, antigua o moderna, la ha superado en la elocuencia y sublimidad de su lenguaje, o en la facilidad con que trata los temas más abismales y difíciles.Es, sin excepción, el esfuerzo más audaz que la mente humana ha producido hasta ahora, en la investigación de la moral y la teología, en la destrucción del sacerdocio y la superstición, y en el desarrollo de las fuentes de todas esas pasiones y prejuicios que han resultado tan fatales. a la tranquilidad del mundo.

 

La república de las letras nunca ha producido un autor cuya pluma era tan bien calculada para emancipar a la humanidad de todas aquellas trabas con las que el enfermero, el maestro de escuela y el cura han encerrado sucesivamente sus más nobles facultades, antes de que presente capaz de razonar y juzgar por sí mismos. . Las espantosas aprensiones del lúgubre fanático y todos los espantosos terrores de la superstición quedan completamente aniquilados aquí, para completa satisfacción de toda persona imparcial e imparcial. Consideramos estas observaciones necesarias antes de cualquier intento de biografía del autor.

 

La biografía puede contarse entre las producciones literarias más interesantes. Su valor intrínseco es tal que, aunque capaz de un extraordinario embellecimiento de la mano del genio, ninguna inferioridad de ejecución puede degradarlo tanto como para privarlo de utilidad. Todo lo que se relaciona incluso con el hombre en general, considerado sólo como un conjunto de seres activos e inteligentes, tiene un fuerte reclamo sobre nuestra; pero lo que se refiere a nuestro autor, a diferencia del resto de su especie, moviéndose en una más exaltada y elevándose sobre ellos por las resplandecientes excelencias de su mente, me parece especialmente calculado para nuestra contemplación, y debería ser el mayor placer de nuestras vidas.Hay un principio de curiosidad implantado en nosotros, que nos lleva, de manera especial, a investigar a nuestros semejantes; la ávida curiosidad con que el mecánico busca conocer la historia de sus compañeros de trabajo y el ardor con que el filósofo, el poeta o el historiador busca detalles que pueden familiarizarlo con un Descartes o un Newton, con un Milton, un Hume o un Gibbon , brotan de la misma fuente. Su objeto, sin embargo, puede variar; porque, en el primero, puede ser por detracción, cavilación envidiosa o malicia; en el segundo, es un dulce homenaje rendido por el corazón humano a la memoria del genio difunto. porque, en el primero, puede ser por detracción, cavilación envidiosa o malicia;en el segundo, es un dulce homenaje rendido por el corazón humano a la memoria del genio difunto. porque, en el primero, puede ser por detracción, cavilación envidiosa o malicia; en el segundo, es un dulce homenaje rendido por el corazón humano a la memoria del genio difunto.

 

Se ha observado repetidamente que la vida de un erudito ofrece pocos materiales para la biografía. Esto es sólo negativamente cierto; si todos los eruditos tuvieran un Boswell, la observación se desvanecería; o si todos los eruditos resultaron Rousseau, Gibbon o Cumberland, serían igualmente inútiles. ¿Qué puede presentar objetos más elevados de contemplación, qué puede reclamar con más fuerza nuestra atención, dónde podemos buscar temas de una naturaleza más preciosa que en la elucidación de las de la mente, la adquisición del conocimiento, la expansión gradual del genio? ; su aplicación, sus felicidades, sus penas, sus coronas de fama, su frío e inmerecido descubierto?Tales escenas, pintadas por el propio artista, son un rico legado para la humanidad: incluso cuando están trazadas por la mano de la amistad o el lápiz de la admiración, tienen un interés permanente en nuestros corazones. No puedo concebir una vida más digna de atención pública, más importante, más interesante para la naturaleza humana que la vida de un hombre de letras, si se ejecutara de acuerdo con las ideas que me formó de ella: si exhibiera una delineación fiel del progreso. del intelecto, desde la cuna para arriba; ¿Representó, con colores precisos, la producción de lo que llamamos genio? ¿Por qué accidente se despertó por primera vez? característicos fueron sus primeras tendencias; cómo se dirige a un objeto en particular; por qué medios fue nutrido y desarrollado;el progreso gradual de su operación en la producción de una obra; sus esperanzas y temores; sus delicias; sus miserias; sus inspiraciones; y todas las mil alegrías fugaces que tan a menudo invierten su camino pero por un momento, y luego se desvanecen como el rocío de la mañana. Que contenga también una transcripción de los muchos transportes sin nombre que flotan alrededor del corazón, que bailan en el círculo alegre ante el ojo que mira ardientemente, cuando la primera concepción de algún esfuerzo futuro golpea la mente; cómo pinta indefinidos deleites de fama y aplausos populares;cómo anticipar los momentos brillantes de la invención y se detiene con éxtasis profético en la feliz ejecución de partes particulares, que ya comienza a existir por el toque mágico de una imaginación acalorada. Dejemos que represente los tiernos sentimientos de soledad, las respiraciones del silencio de medianoche, las escenas de la vida mímica, del juicio imaginado, que a menudo ocupó la mente pensativa; sea ​​tal obra, así dibujada, así coloreada, ¿y quién la calificará de inferior? ¿Quién no confesará que presenta una imagen de la naturaleza humana, donde cada corazón puede encontrar alguna armonía correspondiente? Cuando, por lo tanto, se dice que la vida de un erudito es estéril, es así solo porque nunca ha sido delineada adecuadamente;porque sólo se han seleccionado aquellas partes que son comunes y no lograron distinguirlo del hombre común; porque jamás hemos penetrado en su aposento, ni en su corazón; porque lo hemos dibujado sólo como una figura exterior, y hemos dejado pasar desapercibida esa estructura interna que deleitaría, asombraría y mejoraría. Y luego, cuando comparamos la vida de tal hombre con la vida más activa de un soldado, un estadista o un abogado, la declaramos insípida, sin interés. Cierto, el hombre de estudio no ha luchado por un sueldo, no ha matado por orden de un maestro: desdeñaría hacerlo. Aunque no va acompañado de las acciones deslumbrantes de los hombres públicos,que confunden y deslumbran por su publicidad, pero se apartan de la estimación de la verdad moral, presentaría un cuadro mucho más noble; sÃ, y más instructiva:–el sereno discÃpulo de la razón medita en silencio; camina su camino con inocua humildad; es pobre, pero su mente es su tesoro; él cultiva su razón, y ella lo eleva al pináculo de la verdad; aprende a rasgar el velo del amor propio, la locura, el orgullo y los prejuicios, y desnuda el corazón humano para su inspección; corrección y enmienda; repara las brechas hechas por la pasión; el orgulloso pasa de largo y lo mira con desdén;pero él siente su propio valor, esa conciencia ennoblecedora que se hincha en cada vena, y lo inspira con verdadero orgullo, con varonil independencia: ante un hombre así me inclinaría antes con reverencia que ante el más altivo, candidato más exitoso para la ambición del mundo. Pero de tales hombres, por la razón que ya mencionó, nuestra información es escasa. Mientras que de otros, que han contado con una mayor parte de la notoriedad pública, la admiración venal o equivocada ha dado más de lo que deseábamos saber. Entre estos individuos respetados de la naturaleza humana, se puede ubicar a Mirabaud. Si Mirabaud hubiera sido un inglés, que duda pero que hubiésemos poseído al menos amplios detalles de los temas habituales de la noticia biográfica;mientras que todo lo que se ha recopilado entre sus propios compatriotas, es una memoria escasa en un diccionario común. Que estemos condenados a permanecer ignorantes de la vida de tales hombres, habla de una gran desgracia. Lo lamento. que han contado con mayor parte de la notoriedad pública, la admiración venal o equivocada ha dado más de lo que deseábamos saber. Entre estos individuos respetados de la naturaleza humana, se puede ubicar a Mirabaud. Si Mirabaud hubiera sido un inglés, que duda pero que hubiésemos poseído al menos amplios detalles de los temas habituales de la noticia biográfica; mientras que todo lo que se ha recopilado entre sus propios compatriotas, es una memoria escasa en un diccionario común.Que estemos condenados a permanecer ignorantes de la vida de tales hombres, habla de una gran desgracia. Lo lamento. que han contado con mayor parte de la notoriedad pública, la admiración venal o equivocada ha dado más de lo que deseábamos saber. Entre estos individuos respetados de la naturaleza humana, se puede ubicar a Mirabaud. Si Mirabaud hubiera sido un inglés, que duda pero que hubiésemos poseído al menos amplios detalles de los temas habituales de la noticia biográfica; mientras que todo lo que se ha recopilado entre sus propios compatriotas, es una memoria escasa en un diccionario común. Que estemos condenados a permanecer ignorantes de la vida de tales hombres, habla de una gran desgracia. Lo lamento.quién duda sino que hubiésemos poseído por los menos amplios detalles de los temas habituales de noticia biográfica; mientras que todo lo que se ha recopilado entre sus propios compatriotas, es una memoria escasa en un diccionario común. Que estemos condenados a permanecer ignorantes de la vida de tales hombres, habla de una gran desgracia. Lo lamento. quién duda sino que hubiésemos poseído por los menos amplios detalles de los temas habituales de noticia biográfica; mientras que todo lo que se ha recopilado entre sus propios compatriotas, es una memoria escasa en un diccionario común. Que estemos condenados a permanecer ignorantes de la vida de tales hombres, habla de una gran desgracia. Lo lamento.

 

JOHN BAPTISTE MIRABAUD, nació en París en el año 1674. Prosiguió sus estudios infantiles bajo la dirección de sus padres, y luego ingresó como miembro de la Congregación de los Sacerdotes del Oratorio , donde pasó varios años, y produjo algunos escritos muy audaces, que nunca fueron pensados ​​para su publicación.

 

Posteriormente fue nombrado tutor de las princesas de la Casa de Orleans, y luego tomó la resolución de destruir la mayor parte de los manuscritos que produjo mientras era miembro de la Congregación. ; pero la traición de algunos de sus amigos, a quienes habían confiado sus manuscritos, hizo inútil esta precaución, pues algunas de sus obras fueron publicadas durante el tiempo que permanecieron como preceptor de sus alumnos reales; entre los cuales se pueden contar sus "Nuevas libertades de pensamiento", una obra poco calculada para ganarle amigos en los alrededores de la corte de Orleans.El "Origen y Antigüedad del Mundo", en tres partes, también se publicó en este período, y de la publicación de este trabajo, puede fecharse la resolución del Sr. de Mirabaud de dejar su oficio de preceptor, al que renunció, habiéndose vuelto más independiente; ahora se entregó por completo a sus estudios filosóficos y produjo el "Sistema de la naturaleza", en el que fue asistido por Diderot, D'Alembert, Baron D'Olbac y otros.

 

El profundo conocimiento metafísico desplegado en todo el Sistema de la Naturaleza, y las doctrinas que en él se presentan, justifican la conclusión de que es a la vez la obra más decisiva, más audaz y más extraordinaria que el entendimiento humano haya tenido jamás el coraje de producir El estudio de la metafísica generalmente se ha considerado el más terrible para la mente indolente; pero el razonamiento claro y perspicuo de un Mirabaud, que ha unido el argumento más profundo, con la elocuencia más fascinante, nos encanta e instruye al mismo tiempo.Pero no era de esperar que las doctrinas contenidas en el Sistema de la Naturaleza surgieran sin encontrar alguna oposición de los metafísicos superficiales e intolerantes, que sintieran interés en defender un sistema de engaño y superstición. ¡No! seguro que no,nave en peligro, y la consecuencia fue, que el Ateo o Discípulo de la Naturaleza , ha sido abusado con todos los epítetos difamatorios, "lleno de ruido y furia, sin significar nada".

 

Se estigmatiza al ateísmo por haber "abierto una puerta ancha al libertinaje, destruyendo el pacto social y moral; y asestando un golpe mortal a la religión. Se afirma que el ateo, que con sus opiniones se ha privado de la esperanza y el consuelo de un futuro vida, no tiene motivo para la práctica de la virtud, ni para contribuir al bienestar de la sociedad Privado de una quimera que la religión en todas partes le presenta, vaga por la tristeza melancólica del escepticismo, sin importar las consecuencias de una vida abandonada. Sin Dios, no reconoce ningún bienhechor, sin leyes divinas, no conoce regla para la conducta de la vida, y no se somete a ninguna ley sino a sus pasiones. Enemigo de todo orden social, desprecia las leyes humanas y rompe todas las barreras. opuesto a su maldad".Bajo cuentos colores esta pintado un ateo:

 

Admito que el ateísmo asesta un golpe mortal a la religión; porque bajo el manto de la religión, la humanidad ha sido oprimida en todas las edades; pero que fomenta el libertinaje o destruye el "pacto social y moral", todavía tengo que aprender. En todos los gobiernos organizados, los hombres son refrenados del crimen y obligados a someterse a leyes que se supone han sido hechas para el beneficio general. Estas leyes son el efecto de la primera formación de la sociedad para la conservación mutua. He aquí, pues, motivo suficiente para que lo uno y lo otro contribuyan al bienestar de la sociedad. Las leyes de la Naturaleza tienen el mismo efecto sobre el ateo y el religioso.Si el hombre es llevado cautivo por sus pasiones y se entrega al libertinaje y la voluptuosidad, la naturaleza lo castigará con enfermedades corporales y una mente debilitada. Si es destemplado, ella acortará sus días y lo llevará a la tumba con el remordimiento más punzante. Los efectos fatales de sus propensiones viciosas caerán sobre su propia cabeza. Un perturbador del orden social vivirá con el temor continuo de la venganza de la sociedad, y ese mismo temor es un castigo más terrible que la justa venganza de la que quizás escapa. Hace que la vida sea una carga y hace que el hombre se odie a sí mismo. ¿Pueden los hombres tener motivos más fuertes para la práctica de la virtud?El ateo está en plena posesión de estos motivos, y el religioso está más completamente influenciado por ellos, posiblemente que sean otros sus pretensiones hacia derivados de la religión. Pero estamos seguros de que tiene otros motivos; incentivos más poderosos, en la promesa de futuras recompensas y castigos. Esta, como todas las demás doctrinas quiméricas, no puede sostenerse si observamos la práctica general de la humanidad. Rastreemos los efectos de esta doctrina, o más bien examinemos las acciones, la conducta y el carácter de los hombres que la profesan, y veamos cuánta influencia tiene sobre ellos. El horrible de la sociedad cree que responderá en una vida futura por las acciones realizadas en el presente.No, difícilmente creo que uno entre cien mil diga que lo duda. ¿Cuál es entonces su efecto? Con esta terrible frase, ¿Cuál es entonces su efecto? Con esta terrible frase, ¿Cuál es entonces su efecto? Con esta terrible frase, "Irás al castigo eterno",resuena continuamente en sus oídos, ¿no vemos diariamente cometidas las mayores enormidades? ¿No se perpetrarán los crímenes más horrendos en todas partes del mundo? Las propensiones más viciosas y las locuras más extravagantes son gratificadas casi indiscriminadamente. ¿No triunfa con frecuencia el vicio y la virtud se ve obligada a buscar su propia recompensa en el retiro? Las leyes de la sociedad son violadas por la injusticia más flagrante, y las leyes de la naturaleza ultrajadas por la depravación más espantosa. Todo este mal existe en las naciones creyéndose seres responsables después de la muerte. Entonces, ¿dónde están surgiendo los efectos benéficos para la humanidad de la promulgación de esta doctrina?Los hombres que no pueden ser refrenados de hacer el mal por las leyes humanas, no temen a ningún otro. Toda su vida y conducta lo confirman. Otros que viven en sumisión a las leyes de la sociedad, entregarse a esos hábitos viciosos, (sin temor a las leyes divinas) de los cuales la ley no toma conocimiento. Los hombres, no del todo depravado, o no sin los límites de la sociedad, respetan generalmente las leyes y temen la mala opinión de los demás. De ahí que observemos que cuando el interés o la pasión los conducen a vicios secretos, invariablemente se hacen la hipócrita; y aunque son conscientes de las denuncias de su Dios, a quien reconoce como testigo de todas sus acciones, mientras conservan su justa fama, aún perseveran.De hecho, viven como si no creyeran en su existencia; y, sin embargo, el más grande de los criminales, el desgraciado más depravado, se estremecería si le dijeran que Dios no existe. El ateo, como hombre, está sujeto a cometer los mismos delitos y caer en los mismos vicios que el creyente; pero como es ateo, ¿Es peor criminal que el otro? En un aspecto, concibo que no es tan malo. Él sólo actúa en desafío de leyes humanas , sólo ofende a los hombres; el otro infringe tanto lo divino como lo humano ; Desafía tanto a Dios como al hombre. Ambos son perjudiciales para la sociedad y para ellos mismos, y ambos están motivados por los mismos motivos.

 

Nuevamente se nos dice que la parte bien dispuesta de la humanidad se vuelve más virtuosa y la viciosa menos viciosa por esta doctrina. ¿Cómo vamos a saber eso? Si el hombre virtuoso actúa con rectitud, hace el bien a sus semejantes, refrena sus pasiones y devuelve bien por mal, la experiencia le enseña que es su interés hacerlo así. Aquellos que tienen una disposición viciosa solo son disuadidos del crimen por las leyes penales. Las sociedades no pueden existir por mucho tiempo, donde el mal tiene ascendencia. Sin leyes sociales, esto sería realmente así, a pesar de las amenazas de un Dios vengador.Si se dijera a los hombres que no serían responsables del mal cometido en esta vida a las leyes humanas, sino que Dios los castigaría después de la muerte, es evidente que la raza humana pronto sería exterminada. Por otro lado, dígales que sus crímenes nunca serán castigados por Dios, o en otras palabras, no hay otro Dios que la NATURALEZA, sino que las leyes de los hombres vengarán las ofensas a la sociedad; mientras esas leyes se administren con justicia e imparcialidad, esa sociedad seguirá mejorando. Por lo tanto, es evidente que el sistema que mantendrá el orden en la sociedad por sí mismo debe ser el mejor y el más racional.Un buen gobierno sin religión sería más sólido y duradero, y tendería más a la falta de la humanidad, que todos los gobiernos teocráticos o eclesiásticos a los que estuvo sujeto el mundo. Esto es lo que dicen los adversarios del ateísmo. Por lo tanto, es evidente que el sistema que mantendrá el orden en la sociedad por sí mismo debe ser el mejor y el más racional. Un buen gobierno sin religión sería más sólido y duradero, y tendería más a la falta de la humanidad, que todos los gobiernos teocráticos o eclesiásticos a los que estuvo sujeto el mundo. Esto es lo que dicen los adversarios del ateísmo. Por lo tanto, es evidente que el sistema que mantendrá el orden en la sociedad por sí mismo debe ser el mejor y el más racional.Un buen gobierno sin religión sería más sólido y duradero, y tendería más a la falta de la humanidad, que todos los gobiernos teocráticos o eclesiásticos a los que estuvo sujeto el mundo. Esto es lo que dicen los adversarios del ateísmo.

 

Se ha afirmado con perversa obstinación, por los defensores de la existencia de una deidad, que el SISTEMA DE LA NATURALEZA nunca fue escrito por el autor cuyo nombre lleva. Se concede que no fue publicado durante su vida: pero esa circunstancia no constituye razón alguna por la que deba extraerse tal conclusión. Las persecuciones que han soportado los ateos, fueron excusa suficiente para que la obra no apareciera en forma alguna durante la vida de su venerable autor. Los atenienses intentaron juzgar a Diágoras el Meliano por ateísmo; pero huyó de Atenas, y se ofreció precio por su cabeza. Protágoras fue desterrado de Atenas y sus libros quemados porque se atrevió a afirmar que no sabía nada de los dioses. Stephen Dolet fue quemado en París por ateísmo.Giordano Bruno fue quemado por los inquisidores en Italia. Lucilio Vanini fue quemado en Thuulouse, a través de los amables oficios de un Fiscal General. Bayle se vio en la necesidad de huir a Holanda. Casimio Liszynski fue ejecutado en Grodno; y Akenhead en Edinborough. Y el cuerpo del elocuente y erudito Hume, fue obligado a ser vigilado muchas noches por sus amigos, para que no fuera arrebatado por los fanáticos, que lo pensaron uno de los mayores monstruos de la iniquidad, porque no se le ocurrió creer como él. creían.—Con estos cuadros de la persecución cristiana ante sus ojos, ¿es de extrañar que el señor de Mirabaud adopte la resolución de hacer que el SISTEMA DE LA NATURALEZA apareció como obra póstuma?Que la misma suerte le habría corrido, el cristiano más devoto no se atreverá a negar. Casimio Liszynski fue ejecutado en Grodno; y Akenhead en Edinborough. Y el cuerpo del elocuente y erudito Hume, fue obligado a ser vigilado muchas noches por sus amigos, para que no fuera arrebatado por los fanáticos, que lo pensaron uno de los mayores monstruos de la iniquidad, porque no se le ocurrió creer como él. creían.—Con estos cuadros de la persecución cristiana ante sus ojos, ¿es de extrañar que el señor de Mirabaud adopte la resolución de hacer que el SISTEMA DE LA NATURALEZA apareció como obra póstuma? Que la misma suerte le habría corrido, el cristiano más devoto no se atreverá a negar. Casimio Liszynski fue ejecutado en Grodno; y Akenhead en Edinborough.Y el cuerpo del elocuente y erudito Hume, fue obligado a ser vigilado muchas noches por sus amigos, para que no fuera arrebatado por los fanáticos, que lo pensaron uno de los mayores monstruos de la iniquidad, porque no se le ocurrió creer como él. creían.—Con estos cuadros de la persecución cristiana ante sus ojos, ¿es de extrañar que el señor de Mirabaud adopte la resolución de hacer que el SISTEMA DE LA NATURALEZA apareció como obra póstuma? Que la misma suerte le habría corrido, el cristiano más devoto no se atreverá a negar.quienes lo mejoraron uno de los mayores monstruos de la iniquidad, porque él no creía como ellos creían.—Con estos cuadros de la persecución cristiana ante sus ojos, ¿es sorprendente que el Sr. de Mirabaud adopte la resolución de sufrir la SISTEMA DE NATURALEZA para aparecer como obra póstuma? Que la misma suerte le habría corrido, el cristiano más devoto no se atreverá a negar. quienes lo mejoraron uno de los mayores monstruos de la iniquidad, porque él no creía como ellos creían.—Con estos cuadros de la persecución cristiana ante sus ojos, ¿es sorprendente que el Sr. de Mirabaud adopte la resolución de sufrir la SISTEMA DE NATURALEZA para aparecer como obra póstuma? Que la misma suerte le habría corrido, el cristiano más devoto no se atreverá a negar.

 

Aunque los sentimientos del señor de Mirabaud pueden ser condenados por los fanáticos, todos los que le conocieron dan el más brillante testimonio de su integridad, de su franqueza y de la solidez de su entendimiento; en una palabra, a sus virtudes sociales ya la inocencia de sus modales. Murió universalmente arrepentido, en París, el veinticuatro de junio de 1760, a los ochenta y seis años de edad.

 

Las siguientes obras, escritas por él en diferentes períodos, nunca se publicaron: La vida de Jesucristo. Reflexiones imparciales sobre el Evangelio. La Moralidad de la Naturaleza. Una historia abreviada del sacerdocio; Antiguo y Moderno. Las opiniones de los antiguos sobre los judios. Una miserable edición mutilada de este último trabajo fue publicada en Amsterdam, en 1740, en dos pequeños volúmenes, bajo el título de Miscellaneous Dissertations .

 

FINIS.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fin del Proyecto Gutenberg EBook de El Sistema de la Naturaleza, Volumen 2, por

Paul Henri Thiery (Barón D'Holbach)

 

*** FIN DE ESTE PROYECTO GUTENBERG EBOOK EL SISTEMA DE LA NATURALEZA, VOLUMEN 2 ***

 

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