Libro N° 9792. El Sistema De La Naturaleza; O, Las Leyes Del Mundo Moral Y Físico. Parte I. Thiery, Paul Henri (Barón de Holbach)
© Libro N° 9792. El Sistema De La Naturaleza; O, Las Leyes Del Mundo Moral Y Físico. Parte I. Thiery, Paul Henri (Barón de Holbach) Emancipación. Abril 9 de 2022.
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Mundo Moral Y Físico. Parte I. Paul Henri Thiery (Barón de Holbach)
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Físico. Parte I. Paul Henri Thiery (Barón de Holbach)
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EL SISTEMA DE LA
NATURALEZA; O, LAS LEYES DEL MUNDO MORAL Y FÍSICO
Paul Henri Thiery
(Barón de Holbach)
Parte I
El Sistema De La Naturaleza; O, Las Leyes Del Mundo Moral Y Físico Paul Henri Thiery
(Barón de Holbach)
Parte I
EL SISTEMA DE LA NATURALEZA, VOLUMEN I (de II)
Por Paul Henri Thiery (Barón de Holbach)
Introducción de Robert D. Richardson, Jr.
NOTAS DE PRODUCCIÓN: Publicado por primera vez en
francés en 1770 bajo el seudónimo de Mirabaud. Este libro electrónico se basa
en una reimpresión facsímil de una traducción al inglés publicada originalmente
entre 1820 y 1821. Este texto electrónico cubre el primero de los dos volúmenes
originales.
INTRODUCCIÓN
Paul Henri Thiery, barón de Holbach (1723-1789),
fue el centro del ala radical de los philosophes . Fue amigo, anfitrión y
mecenas de un amplio círculo que incluía a Diderot, D'Alembert, Helvetius y
Hume. Holbach escribió, tradujo, editó y publicó una serie de libros y
folletos, a menudo con otros nombres, que lo han convertido en la desesperación
de los bibliógrafos, pero ha conectado su nombre, mediante insinuaciones,
chismes y asociaciones, con la mayor parte de lo que estaba escrito en defensa
del materialismo ateo en la Francia de finales del siglo XVIII.
Holbach es mejor conocido por El sistema de la
naturaleza.(1770) y con razón, ya que es una exposición clara y razonablemente
sistemática de sus principales ideas. Su posición inicial determina todo el
resto de su argumento. "No hay, no puede haber nada fuera de esa
Naturaleza que incluye a todos los seres". Al concebir la naturaleza como
estrictamente limitada a la materia y el movimiento, los cuales siempre han
existido, niega rotundamente que exista el espíritu o algo sobrenatural. La
mitología comenzó, afirma Holbach, cuando los hombres aún se encontraban en un
estado natural y en el punto en que hombres sabios, fuertes y en su mayor parte
benignos estaban surgiendo como líderes y legisladores. Estos líderes
"formaron discursos mediante los cuales hablaron a la imaginación de sus
oyentes dispuestos", utilizando el medio de la poesía, porque
"parecía {parecía} más adecuado para golpear la mente". A través de
la poesía, entonces, y por medio de " los teólogos hicieron una distinción
entre el poder de la naturaleza y la naturaleza misma, separaron los dos,
hicieron el poder de la naturaleza anterior a la naturaleza y lo llamaron Dios.
Así quedó el hombre con un ser abstracto y quimérico por un lado y una
naturaleza inerte expoliada, desprovista de poder, por el otro. En la crítica
de Holbach, el punto en el que la teología se separa de la mitología marca el
momento de la alienación de la naturaleza de sí misma y allana el camino para
la alienación del hombre de la naturaleza.
Holbach es, pues, significativo para el interés
romántico por el mito de dos maneras. En primer lugar, proporciona una
declaración clara de lo que puede llamarse vagamente la posición antimítica,
esa condescendencia racionalista y la derogación de todo mito y toda religión
que nunca estuvo lejos de la superficie durante la era romántica. Holbach fue y
es un recordatorio de que la afirmación romántica del mito nunca fue fácil,
acrítica o sin oposición. Cualquier nuevo respaldo al mito tenía que hacerse frente
a Holbach y los demás escépticos. El mismo vigor de la crítica holbachiana del
mito impulsó a los románticos a pensar más profundamente y defender con más
cuidado cualquier nueva reivindicación del mito. En segundo lugar, aunque el
argumento de Holbach generalmente se opone tanto al mito como a la religión,
hizo una distinción importante, de hecho salvadora, entre mitología y teología.
La mitología es la personificación más o menos inofensiva del poder en y de la
naturaleza; la teología se ocupa de lo que para Holbach era el poder
inexistente más allá o detrás de la naturaleza. Explotando esta distinción
sería posible que un Shelley, por ejemplo, adoptara una fuerte posición
antiteológica, incluso anticristiana, sin tener que abandonar el mito.
Holbach fue una de las principales fuentes de
William Godwin para sus ideas sobre la justicia política, y Shelley, quien
discutió sobre Holbach con Godwin, cita extensamente de The System of Nature en
Queen Mab . Además, Volney's Ruins , otro libro importante para Shelley,
desciende directamente de The System of Nature . Por otro lado, Holbach fue un
desafío permanente para escritores como Coleridge y Goethe y fue reimpreso y
traducido extensamente en Estados Unidos, donde su trabajo era bien conocido por
el círculo racionalista en torno a Jefferson y Barlow.
Publicado en 1770 como si fuera obra de Jean
Baptiste de Mirabaud (antiguo secretario perpetuo de la Acad�mie fran�aise
que había muerto diez años antes), La Syst�me de la nature fue traducido y
reimpreso con frecuencia. La traducción de Samuel Wilkinson que elegimos
reimprimir fue la versión en inglés más reimpresa o pirateada. Un punto de
partida útil para el trabajo de Holbach es Jerome Vercruysse, Bibliographie
description des �crits du baron d'Holbach (París, 1971). El difícil tema de
la evolución esencialmente clandestina de la crítica bíblica como crítica
anticristiana y antimítica en la primera parte del siglo XVIII, antes de la era
bien documentada del crítico bíblico Eichhorn en Alemania, se ilumina en Ira
Wade,La organización clandestina y la difusión de ideas filosóficas en Francia
entre 1700 y 1750 (Princeton Univ. Press, 1938).
Robert D.Richardson, Jr.
universidad de denver
{Ilustración: Parke sculp't M. DE MIRABAUD}
EL SISTEMA DE LA NATURALEZA; O, LAS LEYES DEL MUNDO
MORAL Y FÍSICO.
TRADUCIDO DEL ORIGINAL FRANCÉS DE M. DE MIRABAUD
VUELO. I.
CONTENIDO
INTRODUCCIÓN
EL SISTEMA DE LA NATURALEZA; O, LAS LEYES DEL MUNDO
MORAL Y FÍSICO.
VUELO. I.
CONTENIDOS DETALLADOS
PREFACIO
EL SISTEMA DE LA NATURALEZA DE MIRABAUD
PARTE I.
CAP. I.
CAP. II.
CAP. tercero
CAP. IV.
CAP. B.
CAP. PORQUE.
CAP. VIENES.
CAP. VIII.
CAP. IX.
CAP. X.
CAP. XI
CAP. XII.
CAP. XIII.
CAP. XIV.
CAP. XV.
CAP. XVI
CAP. XVII.
CONCLUSIÓN.
CONTENIDOS DETALLADOS
Prefacio
PARTE I—Leyes de la naturaleza.—Del hombre.—Las
facultades del alma.
—Doctrina de la inmortalidad. —Sobre la
felicidad.
CAP. I. La naturaleza y sus leyes.
CAP. II. Del movimiento y su origen.
CAP. tercero De la materia, de sus diversas
combinaciones, de su movimiento diversificado
, o del curso de la Naturaleza.
CAP. IV. Leyes de movimiento comunes a todos los
seres de la Naturaleza—atracción y
repulsión—fuerza inerte-necesidad.
CAP. V. Orden y confusión—inteligencia—azar.
CAP. VI. Distinciones morales y físicas del hombre:
su origen.
CAP. VIII. El alma y el sistema espiritual.
CAP. VIII. El alma y el sistema espiritual.
CAP. VIII. Las facultades intelectuales derivadas
de la facultad de
sentir.
CAP. IX. La diversidad de las facultades
intelectuales; dependen de
causas físicas, al igual que sus cualidades
morales.—Los principios naturales de la
sociedad—moral—política.
CAP. X. El alma no deriva sus ideas de sí misma, no
tiene
ideas innatas.
CAP. XI. Del sistema de libre albedrío del hombre.
CAP. XII. Un examen de la opinión que pretende que
el sistema
del fatalismo es peligroso.
CAP. XIII. De la inmortalidad del alma, de la
doctrina de un estado futuro
, del miedo a la muerte.
CAP. XIV. La educación, la moral y las leyes
bastan para frenar al hombre —del
deseo de inmortalidad— del suicidio.
CAP. XV. Del verdadero interés del hombre, o de las
ideas que se forma de la
felicidad.—El hombre no puede ser feliz sin la
virtud.
CAP. XVI. Los errores del hombre.—Sobre lo que
constituye la felicidad.—La
verdadera fuente de sus males.—Remedios que pueden
aplicarse.
CAP. XVII. Aquellas ideas que son verdaderas, o
fundadas en la Naturaleza, son los
únicos remedios para el mal del
hombre.—Recapitulación.—Conclusiones de la
Primera Parte.
PREFACIO
La fuente de la infelicidad del hombre es su
ignorancia de la Naturaleza. La pertinacia con la que se aferra a ciegas
opiniones embebidas en su infancia, que se entrelazan con su existencia, el
consiguiente prejuicio que tuerce su mente, que impide su expansión, que lo
convierte en esclavo de la ficción, parece condenarlo al error continuo. Se
asemeja a un niño desprovisto de experiencia, lleno de nociones ideales: una
levadura peligrosa se mezcla con todo su conocimiento: es necesariamente
oscuro, es vacilante y falso: —Toma el tono de sus ideas sobre la autoridad de
otros , que están ellos mismos en el error, o tienen interés en engañarlo. Para
eliminar esta oscuridad cimmeria, estas barreras para la mejora de su
condición; para desenredarlo de las nubes de error que lo envuelven; para
guiarlo fuera de este laberinto cretense, requiere la pista de Ariadna, con
todo el amor que pudo otorgar a Teseo. Exige más que el esfuerzo común; se
necesita el valor más decidido, el más intrépido; nunca se lleva a cabo sino
mediante una resolución perseverante de actuar, de pensar por sí mismo;
examinar con rigor e imparcialidad las opiniones que haya adoptado. Descubrirá
que las malas hierbas más nocivas han brotado junto a hermosas flores; se
enroscaban en sus tallos, los ensombrecían con una exuberancia de follaje,
ahogaban el suelo, debilitaban su crecimiento, disminuían sus pétalos; atenuado
el brillo de sus colores; que engañado por la aparente frescura de su verdor,
por la rapidez de su exfoliación, los ha cultivado, regado, nutrido, cuando
debería haberles arrancado las mismas raíces. con todo el amor que pudo dar a
Teseo. Exige más que el esfuerzo común; se necesita el valor más decidido, el
más intrépido; nunca se lleva a cabo sino mediante una resolución perseverante
de actuar, de pensar por sí mismo; examinar con rigor e imparcialidad las
opiniones que haya adoptado. Descubrirá que las malas hierbas más nocivas han
brotado junto a hermosas flores; se enroscaban en sus tallos, los ensombrecían
con una exuberancia de follaje, ahogaban el suelo, debilitaban su crecimiento,
disminuían sus pétalos; atenuado el brillo de sus colores; que engañado por la
aparente frescura de su verdor, por la rapidez de su exfoliación, los ha
cultivado, regado, nutrido, cuando debería haberles arrancado las mismas
raíces. con todo el amor que pudo dar a Teseo. Exige más que el esfuerzo común;
se necesita el valor más decidido, el más intrépido; nunca se lleva a cabo sino
mediante una resolución perseverante de actuar, de pensar por sí mismo;
examinar con rigor e imparcialidad las opiniones que haya adoptado. Descubrirá
que las malas hierbas más nocivas han brotado junto a hermosas flores; se
enroscaban en sus tallos, los ensombrecían con una exuberancia de follaje,
ahogaban el suelo, debilitaban su crecimiento, disminuían sus pétalos; atenuado
el brillo de sus colores; que engañado por la aparente frescura de su verdor,
por la rapidez de su exfoliación, los ha cultivado, regado, nutrido, cuando
debería haberles arrancado las mismas raíces. se necesita el valor más
decidido, el más intrépido; nunca se lleva a cabo sino mediante una resolución
perseverante de actuar, de pensar por sí mismo; examinar con rigor e
imparcialidad las opiniones que haya adoptado. Descubrirá que las malas hierbas
más nocivas han brotado junto a hermosas flores; se enroscaban en sus tallos,
los ensombrecían con una exuberancia de follaje, ahogaban el suelo, debilitaban
su crecimiento, disminuían sus pétalos; atenuado el brillo de sus colores; que
engañado por la aparente frescura de su verdor, por la rapidez de su
exfoliación, los ha cultivado, regado, nutrido, cuando debería haberles
arrancado las mismas raíces. se necesita el valor más decidido, el más
intrépido; nunca se lleva a cabo sino mediante una resolución perseverante de
actuar, de pensar por sí mismo; examinar con rigor e imparcialidad las
opiniones que haya adoptado. Descubrirá que las malas hierbas más nocivas han
brotado junto a hermosas flores; se enroscaban en sus tallos, los ensombrecían
con una exuberancia de follaje, ahogaban el suelo, debilitaban su crecimiento,
disminuían sus pétalos; atenuado el brillo de sus colores; que engañado por la
aparente frescura de su verdor, por la rapidez de su exfoliación, los ha
cultivado, regado, nutrido, cuando debería haberles arrancado las mismas
raíces. examinar con rigor e imparcialidad las opiniones que haya adoptado.
Descubrirá que las malas hierbas más nocivas han brotado junto a hermosas
flores; se enroscaban en sus tallos, los ensombrecían con una exuberancia de
follaje, ahogaban el suelo, debilitaban su crecimiento, disminuían sus pétalos;
atenuado el brillo de sus colores; que engañado por la aparente frescura de su
verdor, por la rapidez de su exfoliación, los ha cultivado, regado, nutrido,
cuando debería haberles arrancado las mismas raíces. examinar con rigor e
imparcialidad las opiniones que haya adoptado. Descubrirá que las malas hierbas
más nocivas han brotado junto a hermosas flores; se enroscaban en sus tallos,
los ensombrecían con una exuberancia de follaje, ahogaban el suelo, debilitaban
su crecimiento, disminuían sus pétalos; atenuado el brillo de sus colores; que
engañado por la aparente frescura de su verdor, por la rapidez de su
exfoliación, los ha cultivado, regado, nutrido, cuando debería haberles
arrancado las mismas raíces. atenuado el brillo de sus colores; que engañado
por la aparente frescura de su verdor, por la rapidez de su exfoliación, los ha
cultivado, regado, nutrido, cuando debería haberles arrancado las mismas
raíces. atenuado el brillo de sus colores; que engañado por la aparente
frescura de su verdor, por la rapidez de su exfoliación, los ha cultivado,
regado, nutrido, cuando debería haberles arrancado las mismas raíces.
El hombre busca salirse de su esfera: a pesar de
los frenos reiterados que experimenta su ambiciosa locura, todavía intenta lo
imposible; se esfuerza por llevar sus investigaciones más allá del mundo
visible; y caza la miseria en regiones imaginarias. Sería un metafísico antes
de convertirse en un filósofo práctico. Abandona la contemplación de las
realidades para meditar sobre quimeras. Descuida la experiencia para
alimentarse de conjeturas, para entregarse a hipótesis. No se atreve a cultivar
su razón, porque desde sus primeros días se le ha enseñado a considerarla
criminal. Pretende saber su fecha en las indistintas moradas de otra vida,
antes de haber considerado los medios por los cuales ha de hacerse feliz en el
mundo que habita: en fin, el hombre desdeña el estudio de la Naturaleza, salvo
que sea parcialmente: persigue fantasmas que se asemejan a un ignis-fatuus, que
a la vez deslumbra, desconcierta y asusta: como el viajero ignorante
descarriado por estas exhalaciones engañosas de un suelo pantanoso, abandona
con frecuencia la llanura, el camino simple de la verdad, persiguiéndolo, es el
único que puede esperar razonablemente alguna vez alcanzar la meta de la
felicidad.
El más importante de nuestros deberes, entonces, es
buscar medios por los cuales podamos destruir los engaños que nunca pueden
hacer más que engañarnos. Los remedios para estos males hay que buscarlos en la
Naturaleza misma; es sólo en la abundancia de sus recursos que podemos esperar
racionalmente encontrar antídotos para los males que nos trae un entusiasmo mal
dirigido y abrumador. Es hora de que se busquen estos remedios; es hora de
mirar al mal de frente con valentía, de examinar sus fundamentos, de escudriñar
su superestructura: la razón, con su guía fiel, la experiencia, debe atacar en
sus atrincheramientos esos prejuicios de los que la raza humana ha sido víctima
durante demasiado tiempo. . Para este propósito, la razón debe ser restaurada a
su rango apropiado, debe ser rescatada de la mala compañía con la que está
asociada. Ha sido degradada durante demasiado tiempo, descuidada durante
demasiado tiempo, la cobardía la ha vuelto subordinada al delirio, esclava de
la falsedad. Ya no debe ser sostenida por las afirmaciones masivas de los
prejuicios ignorantes.
La verdad es invariable, es un requisito para el
hombre, nunca puede dañarlo, sus mismas necesidades, tarde o temprano, lo hacen
consciente de esto; obligarlo a reconocerlo. Entonces descubrámoslo a los
mortales, exhibamos sus encantos, derramemos su resplandor sobre el camino
oscuro; es el único modo por el cual el hombre puede disgustarse con esa
vergonzosa superstición que lo lleva al error, y que muy a menudo usurpa su
homenaje al cubrirse traidoramente con la máscara de la verdad; su brillo no
puede herir a nadie más que a esos enemigos. raza humana cuyo poder se basa
únicamente en la ignorancia, en la oscuridad en la que tienen en casi todas las
pretensiones ideadas para involucrar la mente del hombre.
La verdad no habla a esos seres perversos:—su voz
sólo puede ser escuchada por almas generosas acostumbradas a la reflexión, cuya
sensibilidad les hace lamentar las innumerables calamidades vertidas sobre la
tierra por la tiranía política y religiosa—cuyas mentes iluminadas contemplan
con horror la la inmensidad, la pesadez de esa serie de desgracias que el error
ha abrumado en todas las épocas a la humanidad.
Al error hay que atribuir esas cadenas
insoportables que los tiranos, que los sacerdotes han forjado para la mayoría
de las naciones. Al error debe atribuirse igualmente esa abyecta esclavitud en
la que han caído los pueblos de casi todos los países. La naturaleza dispuso
que persiguieran su felicidad con la libertad más perfecta. Al error deben
atribuirse esos terrores religiosos que, en casi todos los climas, han
petrificado al hombre con miedo o lo han llevado a destruirse a sí mismo por
seres toscos o fantasiosos. Al error hay que atribuir esos odios empedernidos,
esas bárbaras persecuciones, esas numerosas masacres, esas espantosas
tragedias, de las cuales, con el pretexto de servir a los intereses del cielo,
la tierra ha sido con demasiada frecuencia teatro. Es el error consagrado por
el entusiasmo religioso, el que produce esa ignorancia, esa incertidumbre en
que se encuentra siempre el hombre con respecto a sus deberes más evidentes, a
sus derechos más claros, a las verdades más demostrables. En resumen, el hombre
es casi en todas partes un pobre cautivo degradado, desprovisto de grandeza de
alma, de razón o de virtud, a quien sus inhumanos carceleros nunca han
permitido ver la luz del día.
Procuremos, pues, disipar esas nubes de ignorancia,
esos vapores de tinieblas, que estorban al hombre en su camino, que oscurecen
su progreso, que le impiden marchar por la vida con firmeza, con firmeza.
Tratemos de inspirarle coraje, respeto a su razón, amor inextinguible a la
verdad, recuerdo de Galileo, para que aprenda a conocerse a sí mismo, a conocer
sus legítimos derechos. “para que aprenda a consultar su experiencia y no se
deje engañar por una imaginación descarriada por la autoridad, para que renuncie
a los prejuicios de su infancia, para que aprenda a fundar su moral en su
naturaleza, en su quiere, en la ventaja real de la sociedad, que puede
atreverse a amarse a sí mismo, que puede aprender a buscar su verdadera
felicidad promoviendo la de los demás, en una palabra,
Si debe tener sus quimeras, que al menos aprenda a
permitir que otros formen las suyas a su manera; ya que nada puede ser más
inmaterial que la manera de pensar de los hombres sobre temas no accesibles a
la razón, con tal de que esos pensamientos no se dejen encarnar en acciones
perjudiciales para otros: sobre todo, que esté completamente persuadido de que
es de suma importancia para los habitantes de este mundo sean JUSTOS, AMABLES y
PACÍFICOS.
Lejos de lesionar la causa de la virtud, un examen
imparcial de los principios de esta obra mostrará que su objeto es restituir la
verdad a su propio templo, edificar un altar cuyos cimientos sean consolidados
por la moral, la razón y la justicia: de este cristal sagrado, virtud
custodiada por la verdad, revestida de experiencia, derramará su resplandor
sobre los mortales encantados; cuyo homenaje fluyendo consecutivamente abrirá
al mundo una nueva era, al hacer general la creencia de que la felicidad, el verdadero
fin de la existencia del hombre, nunca puede alcanzarse sino PROMOVER LA DE SU
SEMEJANTE CRIATURA.
En resumen, el hombre debe aprender a saber que la
felicidad es simplemente una cualidad emanativa formada por la reflexión; que
cada individuo debe ser el sol de su propio sistema, derramando continuamente a
su alrededor sus rayos geniales; que estos, al reaccionar, mantendrán su propia
existencia constantemente abastecida con el calor necesario para permitirle
producir buenos frutos.
EL SISTEMA DE LA NATURALEZA DE MIRABAUD
Por Paul Henri Thiery (Barón D'Holbach)
Traducido del original, por Samuel Wilkinson
PARTE I.
LEYES DE LA NATURALEZA — DEL HOMBRE — LAS
FACULTADES DEL ALMA — DOCTRINA DE LA INMORTALIDAD — SOBRE LA FELICIDAD.
CAP. I.
La naturaleza y sus leyes .
El hombre siempre se ha engañado a sí mismo cuando
abandona la experiencia para seguir sistemas imaginarios. Es obra de la
naturaleza. Existe en la naturaleza. Está sometido a las leyes de la
naturaleza. No puede liberar. él mismo de ellos: - no puede pasar más allá de
ellos incluso en pensamiento. Es en vano que su mente salte más allá del mundo
visible: la terrible e imperiosa necesidad lo obliga siempre a regresar: al
estar formado por la Naturaleza, está circunscrito por sus leyes; no existe
nada más allá del gran todo del que forma parte, del que experimenta la
influencia. Los seres que su fantasía representa por encima de la naturaleza, o
que se distinguen de ella, son siempre quimeras formadas a partir de lo que ya
ha visto, pero de las que es completamente imposible que pueda formarse una
idea acabada, ya sea en cuanto al lugar que ocupan, o su manera de actuar—para
él no hay,
Por tanto, en lugar de buscar en el mundo en que
habita seres que puedan procurarle una felicidad que la Naturaleza le niega,
que estudie esta Naturaleza, aprenda sus leyes, contemple sus energías, observe
las reglas inmutables por las que actúa”. “Que aplique estos descubrimientos a
su propia felicidad y se someta en silencio a sus preceptos, que nada puede
alterar. Que consienta alegremente en ignorar las causas que se le ocultan bajo
el velo más impenetrable. ceder a los decretos de un poder universal, que nunca
podrá ser llevado a su comprensión, ni jamás emanciparlo de aquellas leyes que
le impone su esencia.
La distinción que tan a menudo se ha hecho entre lo
físico y lo moralser, es evidentemente un abuso de términos. El hombre es un
ser puramente físico: el hombre moral no es más que este ser físico considerado
bajo cierto punto de vista; es decir, con relación a algunos de sus modos de
acción, derivados de su organización individual. Pero, ¿no es esta organización
misma obra de la Naturaleza? El movimiento o impulso a la acción, del que es
susceptible, ¿no es eso físico? Sus acciones visibles, así como el movimiento
invisible excitado interiormente por su voluntad o sus pensamientos, son
igualmente los efectos naturales, las consecuencias necesarias, de su
construcción peculiar, y el impulso que recibe de aquellos seres que lo rodean
siempre. Todo lo que la mente humana ha inventado sucesivamente, con miras a
cambiar o perfeccionar su ser, para hacerse feliz, nunca fue más que la
consecuencia necesaria de la esencia peculiar del hombre y de los seres que
actúan sobre él. El objeto de todas sus instituciones, de todas sus
reflexiones, de todo su conocimiento, es sólo procurar esa felicidad hacia la
cual está continuamente impelido por la peculiaridad de su naturaleza. Todo lo
que hace, todo lo que piensa, todo lo que es, todo lo que será, no es más que
lo que la Naturaleza Universal ha hecho de él. Sus ideas, sus acciones, su
voluntad, son los efectos necesarios de aquellas propiedades que le ha
infundido la Naturaleza y de aquellas circunstancias en que ella le ha
colocado. En resumen, el arte no es más que la Naturaleza actuando con las
herramientas que ella ha proporcionado. es sólo procurar esa felicidad hacia la
cual está continuamente impelido por la peculiaridad de su naturaleza. Todo lo
que hace, todo lo que piensa, todo lo que es, todo lo que será, no es más que
lo que la Naturaleza Universal ha hecho de él. Sus ideas, sus acciones, su
voluntad, son los efectos necesarios de aquellas propiedades que le ha
infundido la Naturaleza y de aquellas circunstancias en que ella le ha
colocado. En resumen, el arte no es más que la Naturaleza actuando con las
herramientas que ella ha proporcionado. es sólo procurar esa felicidad hacia la
cual está continuamente impelido por la peculiaridad de su naturaleza. Todo lo
que hace, todo lo que piensa, todo lo que es, todo lo que será, no es más que
lo que la Naturaleza Universal ha hecho de él. Sus ideas, sus acciones, su
voluntad, son los efectos necesarios de aquellas propiedades que le ha
infundido la Naturaleza y de aquellas circunstancias en que ella le ha
colocado. En resumen, el arte no es más que la Naturaleza actuando con las
herramientas que ella ha proporcionado.
La naturaleza envía al hombre desnudo e indigente a
este mundo que será su morada: rápidamente aprende a cubrir su desnudez, a
protegerse de las inclemencias del tiempo, primero con chozas construidas sin
arte y con las pieles de las bestias del bosque. ; gradualmente corrige su
apariencia, los hace más convenientes: establece fábricas para suplir sus
necesidades inmediatas; extrae arcilla, oro y otros fósiles de las entrañas de
la tierra; los convierte en ladrillos para su casa, en recipientes para su uso,
mejora gradualmente su forma y aumenta su belleza. A un ser exaltado por encima
de nuestro globo terrestre, el hombre no le parecería menos sujeto a las leyes
de la Naturaleza cuando desnudo en el bosque busca penosamente su sustento, que
cuando vive en sociedad civilizada rodeado de comodidad, o enriquecido con
mayor experiencia, sumergido en el lujo, donde cada día inventa mil nuevas
necesidades y descubre mil nuevos modos de satisfacerlas. Todos los pasos dados
por el hombre para regular su existencia, sólo deben ser considerados como una
larga sucesión de causas y efectos, que no son más que el desarrollo del primer
impulso que le dio la naturaleza.
El mismo animal, en virtud de su organización, pasa
sucesivamente de las necesidades más simples a las más complicadas; sin
embargo, es la consecuencia de su naturaleza. La mariposa cuya belleza
admiramos, cuyos colores son tan ricos, cuya apariencia es tan brillante,
comienza como un huevo inanimado y poco atractivo; de esto, el calor produce un
gusano, éste se convierte en crisálida, luego se transforma en ese hermoso
insecto adornado con los más vivos tintes: llegado a esta etapa se reproduce,
engendra; despojado por fin de sus ornamentos, se ve obligado a desaparecer,
habiendo cumplido la tarea que le impone la Naturaleza, habiendo realizado el
círculo de transformación señalado para los seres de su orden.
El mismo curso, el mismo cambio tiene lugar en el
mundo vegetal. Es por una serie de combinaciones entretejidas originalmente con
las energías del aloe, que esta planta se regula insensiblemente, se expande
gradualmente y al cabo de varios años produce esas flores que anuncian su
disolución.
Lo mismo ocurre con el hombre, que en todo su
movimiento, en todos los cambios que experimenta, nunca actúa sino de acuerdo
con las leyes propias de su organización y de la materia de que está compuesto.
El hombre físico , es el que actúa por las causas
que nuestras facultades nos hacen comprender.
El hombre moral es aquel que actúa por causas
físicas, de las que nuestros prejuicios nos impiden llegar a un conocimiento
perfecto.
El hombre salvaje es un niño desprovisto de
experiencia, incapaz de proceder en su felicidad, porque no ha sabido oponer
resistencia a los impulsos que recibe de aquellos seres que lo rodean.
El hombre civilizado es aquel a quien la
experiencia y la sociabilidad le han permitido sacar de la naturaleza los
medios de su propia felicidad, porque ha aprendido a oponer resistencia a esos
impulsos que recibe de los seres exteriores, cuando la experiencia le ha
enseñado que serían destructivos para su bienestar.
El hombre iluminado es hombre en su madurez, en su
perfección; quien es capaz de promover su propia felicidad, porque ha aprendido
a examinar, a pensar por sí mismo, y no a tomar eso por la verdad sobre la
autoridad de otros, cuya experiencia le ha enseñado que una disquisición
crítica frecuentemente resultará errónea.
El hombre feliz es el que sabe disfrutar de los
beneficios que le otorga la naturaleza: en otras palabras, el que piensa por sí
mismo; que agradece el bien que posee; que no envidia el bienestar de los
demás, ni suspira por beneficios imaginarios siempre fuera de su alcance.
El hombre infeliz es el que está incapacitado para
disfrutar de los beneficios de la naturaleza; es decir, el que deja que los
demás piensen por él; que descuida el bien absoluto que posee, en una búsqueda
infructuosa de beneficios ideales; quien en vano suspira por aquello que
siempre elude su búsqueda.
Resulta necesariamente que el hombre en su
investigación debe siempre contemplar la experiencia y la filosofía natural:
esto es lo que debe consultar en su religión, en su moral, en su legislación,
en su gobierno político. ,–en las artes,–en las ciencias, –en sus
placeres, –sobre todo, en sus desgracias. La experiencia enseña que la
Naturaleza actúa por leyes simples, regulares e invariables. Es por sus
sentidos que el hombre está ligado a esta Naturaleza universal; es por su
percepción que debe penetrar sus secretos; es de sus sentidos que debe sacar
experiencia de sus leyes. Por lo tanto, cada vez que descuida adquirir
experiencia o abandona su camino, tropieza en un abismo; su imaginación lo
lleva por mal camino.
Todos los errores del hombre son físicos: nunca se
engaña a sí mismo sino cuando se niega a volver a la naturaleza, a consultar
sus leyes, a llamar en su ayuda al conocimiento práctico. Es por falta de
conocimiento práctico que se forma ideas tan imperfectas de la materia, de sus
propiedades, de sus combinaciones, de su poder, de su modo de acción y de las
energías que brotan de su esencia. Al querer esta experiencia, el universo
entero, para él, no es más que una vasta escena de error. Los resultados más ordinarios
le parecen los fenómenos más asombrosos; se asombra de todo, no entiende nada y
cede la dirección de sus acciones a los interesados en traicionar sus
intereses. Es ignorante de la Naturaleza y ha confundido sus leyes; no ha
contemplado la rutina necesaria que ella ha marcado para cada cosa que tiene.
Equivocadas las leyes de la Naturaleza, ¿dije? Se ha equivocado: la
consecuencia es que todos sus sistemas, todas sus conjeturas, todos sus
razonamientos, de los que ha desterrado la experiencia, no son más que un
tejido de errores, una larga cadena de inconsistencias.
El error es siempre perjudicial para el hombre: es
engañándose a sí mismo, el género humano se hunde en la miseria. Descuidó la
Naturaleza; no comprendió sus leyes; formó dioses de las clases más absurdas y
ridículas: estos se convirtieron en los únicos objetos de su esperanza, y las
criaturas de su miedo: era infeliz, temblaba bajo estas deidades visionarias;
bajo la supuesta influencia de seres visionarios creados por él mismo; bajo el
terror que inspiran los bloques de piedra; por troncos de madera; por pez
volador; o el ceño fruncido de hombres, mortales como él, a quienes su
perturbada fantasía había elevado por encima de esa Naturaleza de la que sólo
él es capaz de formarse una idea. Su propia posteridad se ríe de su locura,
porque la experiencia los ha convencido de lo absurdo de sus miedos infundados,
de su adoración fuera de lugar. Así ha pasado la mitología antigua,
Sin comprender que la Naturaleza, igual en sus
distribuciones, enteramente desprovista de malicia, sigue sólo leyes necesarias
e inmutables, cuando produce seres o los destruye, cuando hace sufrir a
aquellos cuya construcción crea sensibilidad; cuando esparce entre ellos el
bien y el mal; cuando ella los somete a un cambio incesante, él no percibió que
estaba en el seno de la Naturaleza misma, que era en su exuberancia que debía
buscar para satisfacer sus deficiencias; para remedios contra sus dolores; por los
medios de hacerse feliz: esperaba obtener estos beneficios de seres
fantásticos, a quienes suponía por encima de la Naturaleza; a quienes
erróneamente imaginó que eran los autores de sus placeres y la causa de sus
desgracias. De ahí se desprende que a su ignorancia de la Naturaleza, el hombre
debe la creación de esos poderes ilusorios; bajo el cual ha temblado de miedo
durante tanto tiempo; ese culto supersticioso, que ha sido la fuente de toda su
miseria, y los males acarreados sobre la posteridad.
Por falta de comprender claramente su propia
naturaleza peculiar, su curso propio, sus necesidades y sus derechos, el hombre
ha caído en la sociedad, de la LIBERTAD a la ESCLAVITUD. Había olvidado el
propósito de su existencia, o bien se creía obligado a suprimir los deseos
naturales de su corazón, a sacrificar su bienestar al capricho de los jefes,
elegidos por él mismo, o sometidos sin examen. Ignoraba la verdadera política
de la asociación: el objeto del gobierno; desdeñó escuchar la voz de la Naturaleza,
que proclamaba en voz alta que el precio de toda sumisión es la protección y la
felicidad: el fin de todo gobierno es el beneficio de los gobernados, no la
ventaja exclusiva de los gobernantes. Se entregó sin preguntar a hombres como
él, a quienes sus prejuicios lo inducían a considerar como seres de un orden
superior, como dioses en la tierra, se beneficiaron de su ignorancia, se
aprovecharon de sus prejuicios, lo corrompieron, lo volvieron vicioso, lo
esclavizaron y lo hicieron miserable. Así el hombre, destinado por la
Naturaleza al pleno goce de la libertad, a buscar pacientemente sus leyes, a
investigar sus secretos, a aferrarse a su experiencia; ha caído en el
servilismo por un descuido de sus saludables amonestaciones, por una ignorancia
inexcusable de su propia esencia peculiar: ha sido gobernado perversamente.
Habiéndose equivocado a sí mismo, ha permanecido
ignorante de la afinidad indispensable que subsiste entre él y los seres de su
propia especie: habiéndose equivocado en su deber para consigo mismo, se sigue,
en consecuencia, que se ha equivocado en su deber para con los demás. Hizo un
cálculo erróneo de lo que requería su felicidad; no percibió lo que se debía a
sí mismo, los excesos que debía evitar, los deseos que debía resistir, los
impulsos que debía seguir, para consolidar su felicidad, promover su comodidad
y promover su ventaja. En resumen, ignoraba sus verdaderos intereses; de ahí
sus irregularidades, sus excesos, su vergonzosa extravagancia, con esa larga
serie de vicios, a los que se ha entregado, a expensas de su conservación, a
costa de su permanente prosperidad.
Es, pues, la ignorancia de sí mismo lo que ha
impedido al hombre iluminar su moral. Las autoridades corruptas a las que se
había sometido, sintieron interés en entorpecer el ejercicio de sus funciones,
aun cuando las conocía. El tiempo, con la influencia de la ignorancia, ayudados
por su corrupción, les dio una fuerza para no ser resistidos por su voz
debilitada. Sus deberes continuaron sin cumplir y cayó en el desprecio tanto
consigo mismo como con los demás.
La ignorancia del Hombre ha durado tanto tiempo, ha
dado pasos tan lentos, tan irresolutos para mejorar su condición, sólo porque
se ha negado a estudiar la Naturaleza, a escudriñar sus leyes, a buscar sus
recursos, a descubrir sus propiedades, que su la pereza encuentra su cuenta,
dejándose guiar por el ejemplo, en lugar de seguir la experiencia, que exige
actividad; dejarse llevar por la rutina, más que por su razón, que ordena la
reflexión; tomar eso por verdad sobre la autoridad de otros, lo que requeriría
una investigación diligente y paciente. De ahí puede seguirse el odio que el
hombre traiciona por todo lo que se desvía de las reglas a las que se ha
acostumbrado; de ahí su estúpido, su escrupuloso respeto por la antigüedad, por
las instituciones más tontas, absurdas y ridículas de sus padres: de ahí esos
temores que se apoderan de él, cuando se le proponen los cambios más benéficos,
o se hacen los intentos más verosímiles para mejorar su estado. Teme examinar,
porque se le ha enseñado a mantenerlo sin reverencia de algo inmediatamente
relacionado con su bienestar; su credulidad le permite creer en los consejos
interesados, y desprecia a los que quieren mostrarle el peligro del camino que
está recorriendo.
Esta es la razón por la cual las naciones
permanecen en el letargo más vergonzoso, sufriendo los abusos transmitidos de
siglo en siglo, temblando ante la idea misma de lo único que puede reparar sus
calamidades.
Es por falta de energía, por falta de experiencia
consultiva, que la medicina, la filosofía natural, la agricultura, la pintura,
en fin, todas las ciencias útiles, han permanecido tanto tiempo bajo los
grilletes de la autoridad, han progresado tan poco: los que profesan estas las
ciencias, prefieren recorrer los caminos trillados, por imperfectos que sean,
antes que emprender otros nuevos; prefieren el frenesí de su imaginación, sus
conjeturas voluntarias, a esa experiencia laboriosa que es la única que puede
extraer sus secretos de la Naturaleza.
El hombre, en fin, ya sea por pereza o por terror,
habiendo abnegado la evidencia de sus sentidos, ha sido guiado en todas sus
acciones, en todas sus empresas, por la imaginación, por el entusiasmo, por el
hábito, por opiniones preconcebidas, pero sobre todo, por la influencia de la
autoridad, que supo bien cómo engañarlo, convertir su ignorancia en estima, su
pereza en ventaja. Así, los sistemas imaginarios e insustanciales han suplido
el lugar de la experiencia, de la reflexión madura, de la razón. El hombre,
petrificado por sus miedos, embriagado por lo maravilloso, estupefacto por la
pereza, entregó su experiencia: guiado por su credulidad, no pudo recaer en
ella; en consecuencia, se volvió inexperto; desde allí dio a luz las más
ridículas opiniones, o bien adoptó todas aquellas vagas quimeras,
Así, la raza humana ha continuado tanto tiempo en
un estado de infancia, porque el hombre no ha prestado atención a la
Naturaleza; ha descuidado sus caminos, porque ha desdeñado la experiencia,
porque se ha desviado de su razón, porque se ha embelesado con lo maravilloso y
lo sobrenatural, porque ha TEMBLADO innecesariamente. Estas son las razones por
las que es tan difícil conducirlo de este estado de niñez al de la edad adulta.
No ha tenido más que las hipótesis más triviales, de las que nunca se ha atrevido
a examinar ni los principios ni las pruebas, porque se ha acostumbrado a
tenerlas por sagradas, a considerarlas como las verdades más perfectas, y que
no se le permite. dudar, aunque sea por un instante. Su ignorancia lo hizo
crédulo; su curiosidad le hizo tragar lo maravilloso: el tiempo lo confirmó en
sus opiniones, y pasó sus conjeturas de carrera en carrera por realidades; un
poder tiránico lo mantuvo en sus nociones, porque sólo de ellas podía
esclavizarse la sociedad. Fue en vano que algunos débiles destellos de la
Naturaleza intentaran de vez en cuando recuperar su razón; que leves fulgores
de la experiencia arrojaban a veces a la luz sus tinieblas, el interés de unos
pocos se basaba en su entusiasmo; su preeminencia dependía de su amor por lo maravilloso;
su misma existencia descansaba en la firmeza de su ignorancia; en consecuencia,
no tuvieron oportunidad de escapar, de sofocar incluso la llama transitoria de
la inteligencia. Los muchos fueron así primero engañados en la credulidad,
luego forzados a la sumisión. Finalmente, toda la ciencia del hombre se
convirtió en una masa confusa de oscuridad, falsedad y contradicciones, con un
débil rayo de verdad aquí y allá. proporcionado por esa Naturaleza, de la que
nunca puede despojarse por completo; porque, sin su percepción, sus necesidades
lo están trayendo continuamente de vuelta a los recursos de ella.
¡Entonces, si es posible, elevémonos por encima de
estas nubes de prejuicios! Dejemos la atmósfera pesada en la que estamos
enucleados; en un medio más inmaculado, en una corriente más elástica,
contemplemos las opiniones de los hombres y observemos sus diversos sistemas.
Aprendamos a desconfiar de una concepción desordenada; tomemos ese monitor
fiel, la experiencia, por guía; consultemos a la Naturaleza, examinemos sus
leyes, sumerjámonos en sus provisiones; saquemos de ella, nuestras ideas de los
seres que contiene; recuperemos nuestros sentidos, que el error interesado nos
ha enseñado a sospechar; consultemos esa razón, que por los propósitos más
viles ha sido tan infamemente calumniada, tan cruelmente deshonrada; examinemos
con atención el mundo visible; intentemos,
El universo, ese vasto conjunto de todas las cosas
que existen, presenta sólo materia y movimiento: el todo ofrece a nuestra
contemplación, nada más que una inmensa e ininterrumpida sucesión de causas y
efectos; algunas de estas causas nos son conocidas, porque o golpean
inmediatamente nuestros sentidos, o han sido puestas bajo su conocimiento por
el examen de una larga experiencia; otras nos son desconocidas, porque obran
sobre nosotros por efectos, frecuentemente muy alejados de su causa primera.
Una inmensa variedad de materia, combinada bajo una infinidad de formas, se
comunica incesantemente, recibe incesantemente una diversidad de impulsos. Las
diferentes cualidades de esta materia, sus innumerables combinaciones, sus
diversos modos de acción, que son la consecuencia necesaria de estas
asociaciones, constituyen para el hombre lo que él llama la ESENCIA de los
seres:naturaleza _
La naturaleza, por lo tanto, en su significado más
significativo, es el gran todo que resulta del conjunto de la materia, bajo sus
diversas combinaciones, con esa contrariedad de movimiento que el universo
presenta a nuestra vista. La naturaleza, en un sentido menos amplio, o
considerada en cada individuo, es el todo que resulta de su esencia; es decir,
las cualidades peculiares, la combinación, el impulso y los diversos modos de
acción, por los cuales se discrimina de otros seres. Es así que el HOMBRE es, en
su conjunto, o en su naturaleza, el resultado de una cierta combinación de
materia, dotada de propiedades peculiares, competente para dar, capaz de
recibir, ciertos impulsos, cuyo arreglo se llama organización.; cuya esencia es
sentir, pensar, actuar, moverse, de una manera distinta de otros seres, con los
que se puede comparar. El hombre, por tanto, se ubica en un orden, en un
sistema, en una clase por sí mismo, que difiere de la de otros animales, en los
cuales no percibimos aquellas propiedades que posee. Los diferentes sistemas de
seres, o si se quiere, sus naturalezas particulares , dependen del sistema
general del gran todo, o de esa Naturaleza Universal, de la que forman parte; a
la que todo lo que existe está necesariamente sometido y unido.
Habiendo descrito la definición adecuada que debe
aplicarse a la palabra NATURALEZA, debo advertir al lector, de una vez por
todas, que cada vez que en el curso de este trabajo aparece la expresión, que
"La Naturaleza produce tal o cual efecto", no hay intención de
personificar esa naturaleza que es puramente un ser abstracto; simplemente
indica que el efecto del que se habla brota necesariamente de las propiedades
peculiares de esos seres que componen el poderoso macrocosmos. Por lo tanto, cuando
se dice que la naturaleza exige que el hombre busque su propia felicidad , es
para evitar circunloquios, para evitar la tautología; se ha de entender, que es
propiedad de un ser que siente, que piensa, que obra, trabajar para su propia
felicidad; en fin, eso se llama natural, que es conforme a la esencia de las
cosas, oa las leyes que la Naturaleza prescribe a los seres que contiene, en
los diferentes órdenes que ocupan, en las diversas circunstancias por las que
están obligados a pasar. Así, la salud es natural al hombre en cierto estado;
la enfermedad le es natural en otras circunstancias; la disolución, o si se
quiere, la muerte, es un estado natural para un cuerpo, privado de algunas de
esas cosas, necesarias para mantener la existencia del animal, etc. Por ESENCIA
debe entenderse lo que constituye un ser, tal como es; el conjunto de las
propiedades o cualidades por las que actúa como lo hace. Así, cuando se dice,
es la esenciade la caída de una piedra, es lo mismo que decir que su descenso
es el efecto necesario de su gravedad, de su densidad, de la cohesión de sus
partes, de los elementos que la componen. En resumen, la esencia de un ser es
su naturaleza particular, individual.
CAP. II.
Del movimiento y su origen.
El movimiento es un efecto por el cual un cuerpo
cambia, o tiene tendencia a cambiar, su posición: es decir, por el cual se
corresponde sucesivamente con diferentes partes del espacio, o cambia su
distancia relativa a otros cuerpos. Es solo el movimiento lo que establece la
relación entre nuestros sentidos y los seres exteriores o interiores: es solo
por el movimiento que estos seres se imprimen en nosotros, que conocemos su
existencia, que juzgamos de sus propiedades, que distinguimos el uno del otro, que
los distribuimos en clases.
Los seres, las sustancias o los diversos cuerpos de
los que la Naturaleza es el conjunto, son ellos mismos efectos de ciertas
combinaciones o causas que a su vez se convierten en causas. UNA CAUSA es un
ser que pone en movimiento a otro, o que produce en él algún cambio. El EFECTO
es el cambio producido en un cuerpo, por el movimiento o presencia de otro.
Cada ser, por su esencia, por su naturaleza
peculiar, tiene la facultad de producir, es capaz de recibir, tiene el poder de
comunicar, una variedad de movimiento. Así algunos seres son propicios para
golpear nuestros órganos; estos órganos son competentes para recibir la
impresión, son adecuados para sufrir cambios por su presencia. Los que no
pueden actuar sobre ninguno de nuestros órganos, ni inmediatamente y por sí
mismos, ni inmediatamente por la intervención de otros cuerpos, no existen para
nosotros; ya que no pueden ni conmovernos, ni por consiguiente proporcionarnos
ideas: no pueden ser conocidos por nosotros, ni por supuesto ser juzgados por
nosotros. Conocer un objeto es haberlo sentido; para sentirlo se requiere haber
sido movido por él. Ver es haber sido movido por algo que actúa sobre los
órganos visuales; oír es haber sido golpeado por algo en nuestros nervios
auditivos. En breve,
La naturaleza, como ya hemos dicho, es el conjunto
de todos los seres, por consiguiente de todos los movimientos de los que
tenemos conocimiento, así como de muchos otros de los que nada sabemos, porque
aún no se han hecho accesibles a nuestros sentidos. . De la continua acción y
reacción de estos seres resultan una serie de causas y efectos; o una cadena de
movimiento guiada por las constantes e invariables leyes propias de cada ser;
que son necesarios o inherentes a su naturaleza particular, que le hacen actuar
o moverse siempre de una manera determinada. Los diferentes principios de este
movimiento nos son desconocidos, porque ignoramos en muchos casos, si no en
todos, lo que constituye la esencia de los seres. Los elementos de los cuerpos
escapan a nuestros sentidos; los conocemos sólo en la masa: no estamos
familiarizados con su combinación íntima, ni la proporción de estas
combinaciones; de donde necesariamente debe resultar su modo de acción, su
impulso, o sus diferentes efectos.
Nuestros sentidos nos hacen conocer generalmente
dos tipos de movimiento en los seres que nos rodean: uno es el movimiento de la
masa, por el cual un cuerpo entero se traslada de un lugar a otro. Del
movimiento de este género somos perfectamente sensibles. Así, vemos caer una
piedra, rodar una pelota, moverse un brazo o cambiar su posición. El otro es un
movimiento interno u oculto, que depende siempre de las energías peculiares de
un cuerpo: es decir, de su esencia ., o la combinación, la acción y reacción
del minuto, de las partículas insensibles de materia, de las que se compone ese
cuerpo. Este movimiento no lo vemos; lo conocemos sólo por la alteración o
cambio que después de algún tiempo descubrimos en estos cuerpos o mezclas. De
este género es ese movimiento oculto que produce la fermentación en las
partículas que componen la harina, las cuales, por dispersas que estén, por
separadas que estén, se unen y forman esa masa que llamamos PAN. Tal es también
el movimiento imperceptible por el cual vemos una planta o un animal
agrandarse, fortalecerse, sufrir cambios y adquirir nuevas cualidades, sin que
nuestros ojos sean competentes para seguir su progresión, o para percibir las
causas que han producido estos efectos. Tal es también el movimiento interno que
tiene lugar en el hombre, que se llama sus FACULTADES INTELECTUALES, sus
PENSAMIENTOS, sus PASIONES, su voluntad. De estos no tenemos otro modo de
juzgar, que por su acción; esto es, por aquellos efectos sensibles que los
acompañan o los siguen. Así, cuando vemos a un hombre huir, juzgamos que está
interiormente movido por la pasión del miedo.
El movimiento, ya sea visible u oculto, se llama
ADQUIRIDO cuando es impreso en un cuerpo por otro; o por una causa que nos es
ajena, o por un agente exterior que nuestros sentidos nos permiten descubrir.
Así llamamos a ese movimiento adquirido, que el viento da a las velas de un
barco. Aquel movimiento que se excita en un cuerpo, que contiene en sí mismo
las causas de los cambios que le vemos sufrir, se llama ESPONTÁNEO. Entonces se
dice que este cuerpo actúa o se mueve por sus propias energías peculiares. De
esta clase es el movimiento del hombre que camina, que habla, que piensa. Sin
embargo, si examinamos el asunto un poco más de cerca, estaremos convencidos de
que, estrictamente hablando, no existe tal cosa como el movimiento espontáneo
en ninguno de los diversos cuerpos de la Naturaleza; viendo que están
perpetuamente actuando uno sobre el otro; que todos sus cambios deben
atribuirse a las causas, visibles u ocultas, por las que son movidos. La
voluntad del hombre es secretamente movida o determinada por alguna causa
exterior que produce en él un cambio: creemos que se mueve por sí mismo,
Se llama MOVIMIENTO SIMPLE, el que se excita en un
cuerpo por una sola causa. MOVIMIENTO COMPUESTO, el que se produce por dos o
más causas diferentes; si estas causas son iguales o desiguales, conspirando de
manera diferente, actuando juntas o en sucesión, conocidas o desconocidas.
Cualquiera que sea la naturaleza del movimiento de
los seres, es siempre la consecuencia necesaria de su esencia, o de las
propiedades que los componen, y de aquellas causas cuya acción experimentan.
Cada ser sólo puede moverse y actuar de una manera particular; es decir,
conforme a aquellas leyes que resultan de su esencia peculiar, de su
combinación particular, de su naturaleza individual: en fin, de sus energías
específicas, y de las de los cuerpos de los que recibe un impulso. Esto es lo
que constituye las leyes invariables del movimiento: digo invariable, porque
nunca pueden cambiar, sin producir confusión en la esencia de las cosas. Es así
que un cuerpo pesado debe necesariamente caer, si no encuentra obstáculo
suficiente para detener su descenso; que un cuerpo sensible debe buscar
naturalmente el placer y evitar el dolor; ese fuego debe necesariamente arder y
difundir la luz.
Cada ser, pues, tiene leyes de movimiento, que se
adaptan a sí mismo, y obra o se mueve constantemente según estas leyes; al
menos cuando ninguna causa superior interrumpe su acción. Así, el fuego cesa de
quemar materia combustible, tan pronto como se le echa suficiente agua para
detener su progreso. Así, un ser sensible deja de buscar el placer, tan pronto
como teme que el dolor sea el resultado.
La comunicación del movimiento, o el medio de la
acción, de un cuerpo a otro, también sigue ciertas y necesarias leyes; un ser
sólo puede comunicar movimiento a otro por la afinidad, por la semejanza, por
la conformidad, por la analogía o por el punto de contacto que tiene con ese
otro ser. El fuego sólo puede propagarse cuando encuentra materia análoga a él:
se extingue cuando encuentra cuerpos que no puede abrazar; es decir, que no
guardan con ella cierto grado de relación o afinidad.
Todo en el universo está en movimiento: la esencia
de la materia es actuar: si consideramos atentamente sus partes, descubriremos
que no hay partícula que goce de reposo absoluto. Los que nos parecen sin
movimiento, en realidad sólo están en reposo relativo o aparente; experimentan
un movimiento tan imperceptible, y lo exponen tan poco en sus superficies, que
no podemos percibir los cambios que experimentan. Todo lo que nos parece estar
en reposo, no permanece, sin embargo, un instante en el mismo estado. Todos los
seres se reproducen, aumentan, disminuyen o dispersan continuamente, con mayor
o menor torpeza o rapidez. El insecto llamado EPHEMERO, se produce y muere en
el mismo día; en consecuencia, experimenta muy rápidamente, a nuestros ojos,
los mayores cambios de su ser. Esas combinaciones que forman los cuerpos más
sólidos, que parecen gozar del más perfecto reposo, sin embargo se descomponen
y disuelven con el transcurso del tiempo. Las piedras más duras, poco a poco,
van cediendo al contacto del aire. Una masa de hierro, que el tiempo y la
acción de la atmósfera ha roído hasta convertirla en herrumbre, debe haber
estado en movimiento, desde el momento de su formación, en las entrañas de la
tierra, hasta el instante en que la contemplamos en este estado de disolución.
Los filósofos naturales, en su mayor parte, parecen
no haber reflexionado lo suficiente sobre lo que llaman el nisus; es decir, los
esfuerzos incesantes que un cuerpo hace sobre otro, pero que, sin embargo,
parecen, a nuestra observación superficial, gozar del más perfecto reposo. Una
piedra de quinientos pesos parece reposar quieta sobre la tierra, sin embargo,
no cesa ni un instante de presionar con fuerza sobre la tierra, que a su vez la
resiste o la rechaza. ¿Se aventurará la afirmación de que la piedra y la tierra
no actúan? ¿Quieren ser desengañados? No tienen nada que hacer sino interponer
su mano entre la tierra y la piedra; entonces se descubrirá que, a pesar de su
aparente reposo, la piedra tiene suficiente poder para magullarla; porque la
mano no tiene suficientes energías, dentro de sí misma, para resistir
eficazmente tanto a la piedra como a la tierra. La acción no puede existir en
los cuerpos sin reacción. Un cuerpo que experimenta un impulso, una atracción,
o una presión de cualquier tipo, si resiste, demuestra claramente por tal
resistencia que reacciona; de donde se sigue, hay una fuerza oculta, llamada
por estos filósofosvis inercia , que se manifiesta contra otra fuerza; y esto
demuestra claramente que esta fuerza inerte es capaz tanto de actuar como de
reaccionar. En resumen, se encontrará, tras una investigación minuciosa, que
los poderes que se llaman muertos y los que se llaman vivos o en movimiento son
poderes del mismo tipo; que sólo se muestran de una manera diferente.
Permítenos ir a una distancia aún mayor. ¿No podemos decir que en esos cuerpos,
o masas, de los cuales su totalidad se hace evidente por las apariencias para
nosotros de estar en reposo, hay, no obstante, una acción continua y
contraacción, esfuerzos constantes, fuerza ininterrumpida o comunicada, y
continua oposición? En resumen, un nisus, por el cual las partes constituyentes
de estos cuerpos se presionan entre sí, resistiéndose mutuamente, actuando y
reaccionando incesantemente? que esta reciprocidad de acción, esta reacción
simultánea, las mantiene unidas, hace que sus partículas formen una masa, un
cuerpo y una combinación que, vista en su totalidad, tiene la apariencia de un
completo reposo, a pesar de que ninguna de sus partículas realmente dejan de
estar en movimiento por un solo instante? Estas masas colectivas parecen estar
en reposo, simplemente por la igualdad del movimiento, por el impulso
responsorial de los poderes que actúan en ellas.
Así parece que los cuerpos que gozan de perfecto
reposo reciben realmente, ya sea en su superficie o en su interior, una fuerza
comunicada continua, de aquellos cuerpos por los cuales están rodeados o
penetrados, dilatados o contraídos, enrarecidos o condensados: en efecto, de
los que los componen; por lo que sus partículas actúan y reaccionan
incesantemente, o en continuo movimiento, cuyos efectos se manifiestan mediante
cambios extraordinarios. Así el calor enrarece y dilata los metales, lo cual es
evidencia deducible de que una barra de hierro, por el solo cambio de la
atmósfera, debe estar en continuo movimiento; que no hay una sola partícula en
él de la que se pueda decir que disfruta del descanso ni siquiera por un solo
momento. En esos cuerpos duros, en efecto, cuyas partículas están en contacto
real, y que están íntimamente unidas, ¿cómo es posible concebir que el aire,
¿Puede el frío o el calor actuar sobre una de estas partículas, aun
exteriormente, sin que el movimiento se comunique a las más íntimas y diminutas
en su unión? Sin movimiento, ¿cómo podríamos comprender la manera en que
nuestro sentido del olfato es afectado por las emanaciones que se escapan de
los cuerpos más sólidos, de los cuales todas las partículas parecen estar en
perfecto reposo? ¿Cómo podríamos, incluso con la ayuda de un telescopio, ver
las estrellas más distantes, si no hubiera un movimiento progresivo de luz
desde estas estrellas hasta la retina de nuestro ojo? por emanaciones que se
escapan de los cuerpos más sólidos, de los cuales todas las partículas parecen
estar en perfecto reposo? ¿Cómo podríamos, incluso con la ayuda de un
telescopio, ver las estrellas más distantes, si no hubiera un movimiento
progresivo de luz desde estas estrellas hasta la retina de nuestro ojo? por
emanaciones que se escapan de los cuerpos más sólidos, de los cuales todas las
partículas parecen estar en perfecto reposo? ¿Cómo podríamos, incluso con la
ayuda de un telescopio, ver las estrellas más distantes, si no hubiera un
movimiento progresivo de luz desde estas estrellas hasta la retina de nuestro
ojo?
La observación y la reflexión deben convencernos de
que todo en la Naturaleza está en continuo movimiento, que no hay una sola
parte, por pequeña que sea, que goce de reposo, que la Naturaleza actúa en
todos, que dejaría de ser Naturaleza si ella no actuó. El conocimiento práctico
nos enseña que sin un movimiento incesante, nada podría ser preservado, nada
podría ser producido, nada podría actuar en esta Naturaleza. Así, la idea de
Naturaleza incluye necesariamente la de movimiento. Pero se preguntará, y no
poco triunfalmente, ¿de dónde sacó ella su moción? Nuestra respuesta es, no lo
sabemos, ni ellos tampoco, que nunca lo sabremos , que ellosnunca será. Es un
secreto oculto a nosotros, oculto a ellos, por el velo más impenetrable.
Respondemos también que es justo inferir, a menos que se pueda probar
lógicamente lo contrario, que está en sí misma, ya que es el gran todo, del
cual nada puede existir. Decimos que este movimiento es una forma de
existencia, que fluye, necesariamente, de la naturaleza de la materia; que la
materia se mueve por sus propias energías peculiares; que su movimiento debe
atribuirse a la fuerza que le es inherente; que la variedad de movimiento, y
los fenómenos que resultan, proceden de la diversidad de las propiedades —de
las cualidades— de las combinaciones que se encuentran originalmente en la
materia primitiva, de la cual la Naturaleza es el conjunto.
Los filósofos naturales, en su mayor parte, han
considerado como inanimados, o privados de la facultad de movimiento, aquellos
cuerpos que sólo son movidos por la intervención de algún agente o causa
exterior; se han considerado justificados al concluir que la materia que forma
estos cuerpos es perfectamente inerte en su naturaleza. No han abandonado este
error, aunque deben haber observado que siempre que un cuerpo se deja solo o se
desata de aquellos obstáculos que se oponen a su descenso, tiene tendencia a
caer o acercarse al centro de la tierra, por un movimiento uniformemente
acelerado; han elegido más bien suponer una causa exterior visionaria, de la
que ellos mismos no tenían más que una idea imperfecta, que admitir que estos
cuerpos mantenían su movimiento por su propia naturaleza peculiar.
Estos filósofos, también, a pesar de que vieron
sobre ellos un número infinito de globos que se movían con gran rapidez
alrededor de un centro común, seguían adheridos a sus opiniones favoritas; y
nunca dejaron de suponerse algunas causas caprichosas para estos movimientos,
hasta que el inmortal NEWTON demostró claramente que era efecto de la
gravitación de estos cuerpos celestes entre sí. Los filósofos experimentales,
sin embargo, y entre ellos el gran Newton mismo, han sostenido que la causa de
la gravitación es inexplicable. No obstante el gran peso de esta autoridad,
parece manifiesto que puede deducirse del movimiento de la materia, por el cual
los cuerpos se determinan diversamente. La gravitación no es más que un modo de
moverse, una tendencia hacia un centro: para hablar estrictamente, todo
movimiento es gravitación relativa; ya que lo que cae con relación a nosotros,
se eleva con relación a otros cuerpos. De esto se sigue que todo movimiento en
nuestro microcosmos es el efecto de la gravitación; viendo que no hay en el
universo ni arriba ni abajo, ni ningún centro absoluto. Debe parecer que el
peso de los cuerpos depende de su configuración, tanto externa como interna, lo
que les da esa forma de acción que se llama gravitación. Así, por ejemplo, un trozo
de plomo, de forma esférica, cae rápida y directamente: redúzcase esta bola en
láminas muy finas, se mantendrá en el aire mucho más tiempo: aplíquele la
acción del fuego, este plomo ascender en la atmósfera: aquí, entonces, el mismo
metal, variadamente modificado, tiene modos de acción muy diferentes. que cada
movimiento en nuestro microcosmos es el efecto de la gravitación; viendo que no
hay en el universo ni arriba ni abajo, ni ningún centro absoluto. Debe parecer
que el peso de los cuerpos depende de su configuración, tanto externa como
interna, lo que les da esa forma de acción que se llama gravitación. Así, por
ejemplo, un trozo de plomo, de forma esférica, cae rápida y directamente:
redúzcase esta bola en láminas muy finas, se mantendrá en el aire mucho más
tiempo: aplíquele la acción del fuego, este plomo ascender en la atmósfera:
aquí, entonces, el mismo metal, variadamente modificado, tiene modos de acción
muy diferentes. que cada movimiento en nuestro microcosmos es el efecto de la
gravitación; viendo que no hay en el universo ni arriba ni abajo, ni ningún
centro absoluto. Debe parecer que el peso de los cuerpos depende de su
configuración, tanto externa como interna, lo que les da esa forma de acción
que se llama gravitación. Así, por ejemplo, un trozo de plomo, de forma
esférica, cae rápida y directamente: redúzcase esta bola en láminas muy finas,
se mantendrá en el aire mucho más tiempo: aplíquele la acción del fuego, este
plomo ascender en la atmósfera: aquí, entonces, el mismo metal, variadamente
modificado, tiene modos de acción muy diferentes. tanto exteriores como
interiores, lo que les da esa forma de acción que se llama gravitación. Así,
por ejemplo, un trozo de plomo, de forma esférica, cae rápida y directamente:
redúzcase esta bola en láminas muy finas, se mantendrá en el aire mucho más
tiempo: aplíquele la acción del fuego, este plomo ascender en la atmósfera:
aquí, entonces, el mismo metal, variadamente modificado, tiene modos de acción
muy diferentes. tanto exteriores como interiores, lo que les da esa forma de
acción que se llama gravitación. Así, por ejemplo, un trozo de plomo, de forma
esférica, cae rápida y directamente: redúzcase esta bola en láminas muy finas,
se mantendrá en el aire mucho más tiempo: aplíquele la acción del fuego, este
plomo ascender en la atmósfera: aquí, entonces, el mismo metal, variadamente
modificado, tiene modos de acción muy diferentes.
Habría bastado una observación muy simple para que
los filósofos, anteriores a Newton, sintieran la inadecuación de las causas que
admitían para operar con un efecto tan poderoso. Tenían suficiente para
convencerse, en el choque de dos cuerpos, que podían contemplar, y en las
conocidas leyes de ese movimiento, que éstas comunican siempre por razón de su
mayor o menor compacidad; de donde deberían haber inferido que la densidad de
la materia sutil o etérea , siendo considerablemente menor que la de los planetas,
sólo podía comunicarles un movimiento muy débil, bastante insuficiente para
producir esa velocidad de acción, de la cual podían No es posible evitar ser
los testigos.
Si la Naturaleza hubiera sido vista sin la
influencia de los prejuicios, hace mucho que deben haber estado convencidos de
que la materia actúa por su propia actividad peculiar; que no necesita ninguna
fuerza comunicativa exterior para ponerlo en movimiento. Podrían haber
percibido que cada vez que se colocaban cuerpos mixtos en una situación para
actuar unos sobre otros, el movimiento se excitaba instantáneamente; y que
estas mezclas actuaban con una fuerza capaz de producir los resultados más
sorprendentes.
Si se mezclan partículas de hierro, azufre y agua,
estos cuerpos así capacitados para actuar unos sobre otros, se calientan por
grados, y finalmente producen una combustión violenta. Si se humedece la harina
con agua y se cierra la mezcla, se descubrirá, después de algún tiempo (con la
ayuda de un microscopio), que ha producido seres organizados que disfrutan de
la vida, de los cuales se creía que el agua y la harina incapaz: es así como la
materia inanimada puede pasar a la vida, o la materia animada, que en sí misma
no es más que un ensamblaje de movimiento.
Razonando por analogía, que los filósofos de hoy no
tienen por incompatible, la producción de un hombre, independiente de los
medios ordinarios, no sería más asombrosa que la de un insecto con harina y
agua. La fermentación y las sustancias pútridas producen evidentemente animales
vivos. Tenemos aquí el principio; con los materiales adecuados, los principios
siempre pueden ponerse en acción. Esa generación que se llama incierta sólo lo
es para aquellos que no reflexionan, o que no se permiten, atentamente, observar
las operaciones de la Naturaleza.
El generador del movimiento y su desarrollo, así
como la energía de la materia, pueden verse en todas partes; más
particularmente en aquellas uniones en que el fuego, el aire y el agua se
encuentran combinados. Estos elementos, o más bien estos cuerpos mixtos, son
los más volátiles, los más fugitivos de los seres; sin embargo, en manos de la
Naturaleza, son los agentes esenciales empleados para producir los fenómenos
más llamativos. A estos debemos atribuir los efectos del trueno, la erupción de
volcanes, terremotos, etc. La ciencia ofrece a nuestra consideración un agente
de fuerza asombrosa, en la pólvora, en el instante en que entra en contacto con
el fuego. En resumen, los efectos más terribles resultan de la combinación de
materia, que generalmente se cree que está muerta e inerte.
Estos hechos prueban, sin lugar a dudas, que el
movimiento se produce, se aumenta, se acelera en la materia, sin la ayuda de
ningún agente exterior: por tanto, es razonable concluir que el movimiento es
la consecuencia necesaria de leyes inmutables, resultantes de la esencia, de
las propiedades existentes en los diferentes elementos, y de las diversas
combinaciones de estos elementos. ¿No estamos justificados, entonces, al
concluir, a partir de estos precedentes, que puede haber una infinidad de otras
combinaciones, con las que no estamos familiarizados, capaces de producir una
gran variedad de movimiento en la materia, sin estar bajo la necesidad de
recurrir, para la explicación, a agentes que son más difíciles de comprender
que incluso los efectos que se les atribuyen?
Si el hombre hubiera prestado la debida atención a
lo que pasaba bajo su control, no habría buscado en la Naturaleza, un poder
distinto de ella, para ponerla en acción, y sin el cual él cree que ella no
puede moverse. Si, en verdad, por Naturaleza se entiende un montón de materia
muerta, desprovista de cualidades peculiares puramente pasivas,
incuestionablemente debemos buscar en esta Naturaleza el principio de su
movimiento. Pero si por Naturaleza se entiende lo que es realmente, un todo,
del cual las numerosas partes están dotadas de varias propiedades, que las
obligan a obrar según estas propiedades; que están en una alternancia perpetua
de acción y reacción; que presionan, que gravitan hacia un centro común,
mientras que otras parten y vuelan hacia la periferia o circunferencia; que
atraen y repelen; que por aproximación continua y colisión constante, producir
y descomponer todos los cuerpos que contemplamos; entonces, digo, no hay
necesidad de recurrir a poderes sobrenaturales, para dar cuenta de la formación
de las cosas, y esas apariencias extraordinarias que son el resultado del
movimiento.
Los que admiten una causa exterior a la materia,
están obligados a creer que esta causa produjo todo el movimiento por el cual
la materia se agita al darle existencia. Esta creencia descansa en otra, a
saber, que la materia podría comenzar a existir; una hipótesis que, hasta el
momento, nunca ha sido satisfactoriamente demostrada. Producir de la nada, o la
CREACIÓN, es un término que no puede darnos la menor idea de la formación del
universo; no presenta ningún sentido en el que la mente pueda confiar. De hecho,
la mente humana no es adecuada para concebir un momento de inexistencia, o
cuando todo habrá pasado; aun admitiendo que esto sea una verdad, no es verdad
para nosotros, porque por la naturaleza misma de nuestra organización, no
podemos admitir posiciones como hechos, de las cuales no se puede aducir
evidencia que tenga relación con nuestros sentidos; podemos, de hecho,
consentir en creerlo, porque otros lo dicen; pero ¿algún ser racional estará
satisfecho con tal admisión? ¿Puede surgir algún bien moral de una seguridad
tan ciega? ¿Es coherente con la sana doctrina, con la filosofía o con la razón?
¿Prestamos, de hecho, algún respeto a los poderes intelectuales de otro, cuando
le decimos: "Yo creeré esto, porque en todos los intentos que has hecho,
con el propósito de probar lo que dices, has fracasado por completo ¿Y te has
visto finalmente obligado a reconocer que no sabes nada sobre el asunto? ¿Qué
confianza moral deberíamos tener en tales personas? La hipótesis puede suceder
a la hipótesis; el sistema puede destruir el sistema: un nuevo conjunto de
ideas puede anular las ideas de un día anterior. Otros Gallileos pueden ser
condenados a muerte, otros Newton pueden surgir, podemos razonar, discutir,
disputar, pelear, castigar y destruir: no, podemos incluso exterminar a
aquellos que difieren de nosotros en opinión; pero cuando hayamos hecho todo
esto, nos veremos obligados a volver a nuestras tinieblas originales, a
confesar que aquello que no tiene relación con nuestros sentidos, aquello que
no puede manifestarse a nosotros por alguno de los modos ordinarios por los que
otros las cosas se manifiestan, no tienen existencia para nosotros, no son
comprensibles para nosotros, nunca pueden eliminar por completo nuestra duda,
nunca pueden apoderarse de nuestra firme creencia; verlo es aquello de lo que
no podemos formarnos ni siquiera una noción; en una palabra, que es aquello
que, mientras sigamos siendo lo que somos, debe estar oculto de nosotros por un
velo, que ningún poder, ninguna facultad, ninguna energía que poseemos puede
quitar. Todos los que no están esclavizados por el prejuicio están de acuerdo
con la verdad de la posición, que nos veremos obligados a volver a nuestra
oscuridad original, a confesar que lo que no tiene relación con nuestros sentidos,
lo que no puede manifestarse a nosotros por algunos de los modos ordinarios por
los cuales otras cosas se manifiestan, no tiene existencia para nosotros.
nosotros—no es comprensible para nosotros—nunca puede eliminar por completo
nuestra duda—nunca puede apoderarse de nuestra firme creencia; verlo es aquello
de lo que no podemos formarnos ni siquiera una noción; en una palabra, que es
aquello que, mientras sigamos siendo lo que somos, debe estar oculto de
nosotros por un velo, que ningún poder, ninguna facultad, ninguna energía que
poseemos puede quitar. Todos los que no están esclavizados por el prejuicio
están de acuerdo con la verdad de la posición, que nos veremos obligados a
volver a nuestra oscuridad original, a confesar que lo que no tiene relación con
nuestros sentidos, lo que no puede manifestarse a nosotros por algunos de los
modos ordinarios por los cuales otras cosas se manifiestan, no tiene existencia
para nosotros. nosotros—no es comprensible para nosotros—nunca puede eliminar
por completo nuestra duda—nunca puede apoderarse de nuestra firme creencia;
verlo es aquello de lo que no podemos formarnos ni siquiera una noción; en una
palabra, que es aquello que, mientras sigamos siendo lo que somos, debe estar
oculto de nosotros por un velo, que ningún poder, ninguna facultad, ninguna
energía que poseemos puede quitar. Todos los que no están esclavizados por el
prejuicio están de acuerdo con la verdad de la posición, que lo que no puede
manifestarse a nosotros por algunos de los modos ordinarios por los cuales se
manifiestan otras cosas, no tiene existencia para nosotros, no es comprensible
para nosotros, nunca puede eliminar por completo nuestra duda, nunca puede
apoderarse de nuestra firme creencia; verlo es aquello de lo que no podemos
formarnos ni siquiera una noción; en una palabra, que es aquello que, mientras
sigamos siendo lo que somos, debe estar oculto de nosotros por un velo, que
ningún poder, ninguna facultad, ninguna energía que poseemos puede quitar.
Todos los que no están esclavizados por el prejuicio están de acuerdo con la
verdad de la posición, que lo que no puede manifestarse a nosotros por algunos
de los modos ordinarios por los cuales se manifiestan otras cosas, no tiene
existencia para nosotros, no es comprensible para nosotros, nunca puede
eliminar por completo nuestra duda, nunca puede apoderarse de nuestra firme
creencia; verlo es aquello de lo que no podemos formarnos ni siquiera una
noción; en una palabra, que es aquello que, mientras sigamos siendo lo que
somos, debe estar oculto de nosotros por un velo, que ningún poder, ninguna
facultad, ninguna energía que poseemos puede quitar. Todos los que no están
esclavizados por el prejuicio están de acuerdo con la verdad de la posición,
que debe estar oculto de nosotros por un velo, que ningún poder, ninguna
facultad, ninguna energía que poseamos, es capaz de quitar. Todos los que no
están esclavizados por el prejuicio están de acuerdo con la verdad de la
posición, que debe estar oculto de nosotros por un velo, que ningún poder, ninguna
facultad, ninguna energía que poseamos, es capaz de quitar. Todos los que no
están esclavizados por el prejuicio están de acuerdo con la verdad de la
posición, quenada se puede hacer de la nada . Muchos teólogos han reconocido
que la Naturaleza es un todo activo. Casi todos los filósofos antiguos estaban
de acuerdo en considerar el mundo como eterno. OCELLUS LUCANUS, hablando del
universo, dice: " siempre ha sido y siempre será ". VATABLE y GROCIO
nos aseguran que para traducir correctamente la frase hebrea del primer
capítulo del Génesis, debemos decir: " cuando Dios hizo el cielo y la
tierra, la materia no tenía forma ". Si esto es cierto, y todo hebraísta
puede juzgar por sí mismo . , entonces la palabra que ha sido traducida creado
, significa solamente modelar, formar, arreglar. Sabemos que las palabras
griegas crear y formar , siempre han indicado lo mismo. Según ST. JEROME,creare
tiene el mismo significado que condere , fundar, construir. La Biblia no dice
en ninguna parte de manera clara que el mundo fue hecho de la nada. TERTULIANO
y el padre PETAU admiten que " esta es una verdad establecida más por la
razón que por la autoridad ". ST. JUSTIN parece haber contemplado la
materia como eterna, ya que elogia a PLATÓN por haber dicho que " Dios, en
la creación del mundo, sólo dio impulso a la materia y la formó ". BURNET
y PITÁGORAS eran enteramente de esta opinión, e incluso nuestro Servicio de la
Iglesia se puede aducir en apoyo; porque aunque admite por implicación un
principio, niega expresamente un fin: " Como era en el principio, es ahora
y será siempre, un mundo sin fin.“Es fácil percibir que aquello que no puede
dejar de existir, debe haber existido siempre.
El movimiento se vuelve aún más oscuro, cuando la
creación, o la formación de la materia, se atribuye a un ser ESPIRITUAL; es
decir, a un ser que no tiene analogía, ni punto de contacto con él, a un ser
que no tiene extensión ni partes, y por lo tanto no puede ser susceptible de
movimiento, tal como entendemos el término; siendo esto sólo el cambio de un
cuerpo, en relación con otro cuerpo, en el que el cuerpo movido presenta
sucesivamente diferentes partes a diferentes puntos del espacio. Además, como todo
el mundo está casi de acuerdo en que la materia nunca puede ser totalmente
aniquilada o dejar de existir; ¿Por qué razonamiento, me preguntaría,
comprenden, cómo entienden, que lo que no puede dejar de ser, pudo haber tenido
un comienzo?
Si, por lo tanto, se pregunta, ¿de dónde vino la
materia? es muy razonable decir que siempre ha existido. Si se pregunta, ¿de
dónde procede el movimiento que agita la materia? el mismo razonamiento
proporciona la respuesta; a saber, que como el movimiento es coetáneo con la
materia, debe haber existido desde toda la eternidad, ya que el movimiento es
la consecuencia necesaria de su existencia, de su esencia, de sus propiedades
primitivas, como su extensión, su gravedad, su impenetrabilidad. , su figura,
&c. En virtud de estas propiedades constitutivas esenciales, inherentes a
toda materia, y sin las cuales es imposible formarse una idea de ella, las
diversas materias que componen el universo deben haber presionado desde toda la
eternidad,
La existencia supone propiedades en la cosa que
existe: siempre que tiene propiedades, su modo de acción debe necesariamente
fluir de aquellas propiedades que constituyen su modo de ser. Así, cuando un
cuerpo es pesado, debe caer; cuando cae, debe chocar con los cuerpos que
encuentra en su descenso; cuando es densa, cuando es sólida, debe, en razón de
esta densidad, comunicar movimiento a los cuerpos con los que choca; cuando
tiene analogía, cuando tiene afinidad con estos cuerpos, debe atraerse, debe unirse
con ellos; cuando no tiene punto de analogía con ellos, debe ser rechazado.
De lo cual puede inferirse justamente que al
suponer, como estamos en la necesidad de hacer, la existencia de la materia,
debemos suponer que tiene alguna clase de propiedades; del cual su movimiento,
o modos de acción, necesariamente debe fluir. Para formar el universo, DECARTES
sólo pidió materia y movimiento: le bastó una diversidad de materia; la
variedad de movimiento era la consecuencia de su existencia, de su esencia, de
sus propiedades: sus diferentes modos de acción serían la consecuencia necesaria
de sus diferentes modos de ser. La materia sin propiedades sería una mera nada;
por tanto, en cuanto la materia existe, debe actuar; tan pronto como es
variada, debe actuar diversamente; si no puede comenzar a existir, debe haber
existido desde toda la eternidad; si siempre ha existido, nunca puede dejar de
ser: si nunca puede dejar de ser, nunca puede dejar de actuar por su propia
energía. El movimiento es una manera de ser, que la materia deriva de su
existencia peculiar.
La existencia, pues, de la materia es un hecho: la
existencia del movimiento es otro hecho. Nuestros órganos visuales nos señalan
materia con diferentes esencias, formando una variedad de combinaciones,
dotadas de diversas propiedades que las discriminan. De hecho, es un error
palpable creer que la materia es un cuerpo homogéneo, cuyas partes difieren
entre sí solo por sus diversas modificaciones. Entre los individuos de la misma
especie que se nos presentan, no hay dos que se parezcan exactamente; y es pues
evidente que la sola diferencia de situación llevará, necesariamente, una
diversidad más o menos sensible, no sólo en las modificaciones, sino también en
la esencia, en las propiedades, en todo el sistema de los seres. Esta verdad
fue bien comprendida por el profundo y sutil LEIBNITZ.
Si este principio se digiere debidamente, y la
experiencia parece siempre producir evidencia de su verdad, debemos estar
convencidos de que la materia o los elementos primitivos que entran en la
composición de los cuerpos, no son de la misma naturaleza y, en consecuencia,
tampoco pueden tener la misma naturaleza. mismas propiedades, ni las mismas
modificaciones; y si es así, no pueden tener el mismo modo de moverse y actuar.
Su actividad o movimiento, ya diferente, puede diversificarse hasta el infinito,
aumentarse o disminuirse, acelerarse o retardarse, según las combinaciones, las
proporciones, la presión, la densidad, el volumen de la materia que entra en su
composición. La infinita variedad que se producirá no necesitará más
ilustración que la que nos proporciona el libro más común de aritmética, donde
se encontrará que para hacer sonar todos los cambios que se pueden producir en
doce campanas solamente, ocuparía un espacio de más de noventa y un años. El
elemento fuego es visiblemente más activo y más inconstante que el de la
tierra. Esto es más sólido y pesado que el fuego, el aire o el agua. Según la
cantidad de estos elementos que entran en la composición de los cuerpos, estos
deben actuar de manera diversa, y su movimiento debe participar en alguna medida
del movimiento propio de cada una de sus partes constituyentes. El fuego
elemental parece ser en la Naturaleza el principio de actividad; puede
compararse a una levadura fecunda, que pone a fermentar la masa y le da vida.
La tierra parece ser el principio de solidez de los cuerpos, por su
impenetrabilidad y por la firme coherencia de sus partes. El agua es un medio,
para facilitar la combinación de cuerpos, en los que ella misma entra, como
parte constituyente. El aire es un fluido cuyo negocio parece ser, proporcionar
a los otros elementos el espacio necesario para expandirse, para ejercer su
movimiento, y que, además, se encuentra adecuado para combinarse con ellos.
Estos elementos, que nuestros sentidos nunca descubren en estado puro, que
continuamente y recíprocamente se ponen en movimiento unos por otros, que
siempre están actuando y reaccionando, combinándose y separándose, atrayéndose
y repeliéndose, son suficientes para explicar a nosotros la formación de todos
los seres que contemplamos. Su movimiento se produce ininterrumpida y
recíprocamente el uno del otro; son alternativamente causas y efectos. Por lo
tanto, forman un vasto círculo de generación y destrucción, de combinación y
descomposición, que, es muy razonable suponer, nunca podría haber tenido un
comienzo y que, en consecuencia, nunca puede tener un final. En resumen, la
Naturaleza no es más que una inmensa cadena de causas y efectos, que fluyen
incesantemente unos de otros. El movimiento de los seres particulares depende
del movimiento general, que a su vez es mantenido por el movimiento individual.
Este se fortalece o se debilita, se acelera o se retarda, se simplifica o se
complica, se procrea o se destruye, por una variedad de combinaciones y
circunstancias, que a cada momento cambian las direcciones, la tendencia, los
modos de existir y de actuar de los diferentes seres que la componen. recibir
su impulso.
Si fuera cierto, como han afirmado algunos
filósofos, que cada cosa tiene tendencia a formar una única o sola masa, y en
esa única masa llegara el instante en que todo estuviese en nisus , todo
permanecería eternamente en este estado; a toda la eternidad no habría más que
un Ser y un esfuerzo: esto sería la muerte eterna y universal.
Si deseamos ir más allá de esto, encontrar el
principio de acción en la materia, rastrear el origen de las cosas, es caer
para siempre en dificultades; es absolutamente abreviar la evidencia de
nuestros sentidos; por el cual sólo podemos entender, por el cual sólo podemos
juzgar las causas que actúan sobre ellos, o el impulso por el cual se ponen en
acción.
Contentémonos, pues, con decir QUÉ está sustentado
por nuestra experiencia, y por todas las evidencias que somos capaces de
comprender; contra cuya verdad nunca se ha aducido ni una sombra de prueba,
como la que nuestra razón puede admitir, que ha sido sostenida por los
filósofos de todas las épocas, que los mismos teólogos no han negado, pero que
muchos de ellos han defendido; a saber, que la materia existió siempre; que se
mueve en virtud de su esencia; que todos los fenómenos de la Naturaleza son atribuibles
al movimiento diversificado de la variedad de materia que contiene; y que, como
el ave fénix, se está regenerando continuamente a partir de sus propias
cenizas.
CAP. tercero
De la Materia.—De sus varias Combinaciones.—De su
Movimiento diversificado, o del Curso de la Naturaleza.
No sabemos nada de los elementos de los cuerpos,
pero conocemos algunas de sus propiedades o cualidades; y distinguimos sus
diversas materias por el efecto o cambio producido en nuestros sentidos; es
decir, por la variedad de movimiento que su presencia suscita en nosotros. En
consecuencia, descubrimos en ellos la extensión, la movilidad, la
divisibilidad, la solidez, la gravedad y la fuerza inerte. De estas propiedades
generales y primitivas se derivan otras, como densidad, figura, color,
ponderosidad, etc. Así, en relación con nosotros, la materia es todo lo que
afecta a nuestros sentidos de cualquier manera; las diversas propiedades que
atribuimos a la materia, por las que discriminamos su diversidad, se fundan en
las distintas impresiones que recibimos sobre los cambios que producen en
nosotros.
Todavía no se ha dado una definición satisfactoria
de la materia. El hombre, engañado y extraviado por sus prejuicios, se formó
nociones vagas, superficiales e imperfectas acerca de ella. Lo consideró como
un ser único, burdo y pasivo, incapaz de moverse por sí mismo, de formar
combinaciones o de producir cualquier cosa por sus propias energías. En lugar
de esta jerga ininteligible, debió haberla contemplado como un género de seres,
cuyos individuos, aunque poseyeran algunas propiedades comunes, como extensión,
divisibilidad, figura, etc. sin embargo, no deben estar todos clasificados en
la misma clase, ni comprendidos bajo la misma denominación general.
Un ejemplo servirá más ampliamente para explicar lo
que hemos afirmado, arrojar luz sobre su corrección y facilitar la aplicación.
Las propiedades comunes a toda materia son la extensión, la divisibilidad, la
impenetrabilidad, la figura, la movilidad o la propiedad de ser movida en masa.
El FUEGO, además de estas propiedades generales, comunes a toda la materia,
goza también de la peculiar propiedad de ser puesto en actividad por un
movimiento que produce en nuestros órganos sensibles la sensación de calor; y
por otro, que comunica a nuestros órganos visuales la sensación de luz. El
hierro, al igual que la materia en general, tiene extensión y figura; es
divisible y móvil en masa: si el fuego se combina con él en cierta proporción,
el hierro adquiere dos nuevas propiedades; a saber, las de excitar en nosotros
sensaciones similares de calor y luz, que fueron excitadas por el elemento
fuego, pero que no tenía el hierro, antes de su combinación con la materia
ígnea. Estas propiedades distintivas son inseparables de la materia, y los
fenómenos que resultan pueden, en el sentido más estricto de la palabra,
decirse que resultan necesariamente.
Si contemplamos un poco los caminos de la
Naturaleza, si, por un tiempo, rastreamos a los seres en esta Naturaleza, bajo
los diferentes estados por los cuales, en razón de sus propiedades, se ven
obligados a pasar; Descubriremos que es al movimiento, y sólo al movimiento, a
lo que se deben atribuir todos los cambios, todas las combinaciones, todas las
formas, en una palabra, todas las diversas modificaciones de la materia. Que es
por el movimiento que todo lo que existe se produce, cambia, se expande y se destruye.
Es el movimiento lo que altera el aspecto de los seres; que añada o quite sus
propiedades; que obliga a cada uno de ellos, por una consecuencia de su
naturaleza, después de haber ocupado cierto rango u orden, a abandonarlo, para
ocupar otro, y contribuir a la generación, mantenimiento y descomposición de
otros seres, totalmente diferentes en su masa , rango,
En lo que los filósofos experimentales han
denominado los TRES ÓRDENES DE LA NATURALEZA, es decir, el mineral , el vegetal
y el animal .mundos, han establecido, con la ayuda del movimiento, una
transmigración, un intercambio, una circulación continua en las partículas de
materia. La naturaleza tiene ocasión en un lugar de aquellas partículas que,
durante un tiempo, ha colocado en otro. Estas partículas, después de haber
constituido, por combinaciones particulares, seres dotados de esencias
peculiares, de propiedades específicas, de determinados modos de acción, se
disuelven y se separan con más o menos facilidad; y combinándose de una manera
nueva, forman nuevos seres. El observador atento ve ejecutarse esta ley, de
manera más o menos prominente, a través de todos los seres que lo rodean. Ve la
naturaleza llena de germen errático, algunos de los cuales se expanden,
mientras que otros esperan que el movimiento los haya colocado en su situación
adecuada, en matrices o matrices adecuadas, en las circunstancias necesarias,
para desplegarse, aumentarse, hacerse más perceptibles por la adición de otras
sustancias de la materia. análogo a su ser primitivo. En todo esto no vemos más
que el efecto del movimiento, necesariamente guiado, modificado, acelerado o
debilitado, fortalecido o debilitado, en razón de las diversas propiedades que
los seres adquieren y pierden sucesivamente; que, a cada instante, produce
infaliblemente alteraciones en los cuerpos más o menos marcadas. En efecto,
estos cuerpos no pueden ser, estrictamente hablando, los mismos en dos momentos
cualesquiera sucesivos de su existencia; deben, a cada instante, adquirir o
perder: en una palabra, están obligados a sufrir continuas variaciones en sus
esencias,
Los animales, después de haber sido expandidos y
sacados de las matrices adecuadas a los elementos de su máquina, se agrandan,
fortalecen, adquieren nuevas propiedades, nuevas energías, nuevas facultades;
ya sea extrayendo alimento de plantas análogas a su ser, o devorando otros
animales cuya sustancia es adecuada para su conservación; es decir, para
reparar la continua pérdida o pérdida de alguna porción de su propia sustancia,
que se va desprendiendo a cada instante. Estos mismos animales se alimentan, conservan,
fortalecen y agrandan con la ayuda del aire, el agua, la tierra y el fuego.
Privados del aire, o del fluido que los rodea, que los presiona, que los
penetra, que les da su elasticidad, dejan de vivir. El agua, combinada con este
aire, entra en todo el mecanismo del cual facilita el movimiento. La tierra les
sirve de base, dando solidez a su textura: es transportada por el aire y el
agua, que la llevan a aquellas partes del cuerpo con las que puede combinarse.
El fuego mismo, disfrazado y envuelto bajo una infinidad de formas, recibido
continuamente en el animal, le proporciona calor, le da continuidad en la vida,
le hace capaz de ejercer sus funciones. Los alimentos cargados de estos
diversos principios, entrando en el estómago, restablecen el sistema nervioso y
restauran, por su actividad y los elementos que los componen, la máquina que
comienza a languidecer, a deprimirse, por la pérdida que ha sufrido. ha
sostenido. Inmediatamente el animal experimenta un cambio en todo su sistema;
tiene más energía, más actividad; siente más coraje; muestra más alegría; el
actúa, se mueve, piensa, de otra manera; todas sus facultades se ejercen con
más facilidad. Esta materia ígnea, tan afín a la generación, tan restauradora
en su efecto, tan necesaria a la vida, era el JÚPITER de los antiguos: por todo
lo que ha precedido, es claro que lo que se llama los elementos, o partes
primitivas de la la materia, combinada de diversas formas, se unen
continuamente a la sustancia de los animales y se asimilan a ella por medio del
movimiento —que modifican visiblemente su ser— tienen una influencia evidente
sobre sus acciones, es decir, sobre el movimiento que experimentan, ya sea
visible u oculto.
Los mismos elementos, que bajo ciertas
circunstancias sirven para nutrir, fortalecer, mantener al animal, se
convierten, bajo otras, en los principios de su debilidad, en los instrumentos
de su disolución, de su muerte: obran su destrucción, siempre que se
encuentren. no en la justa proporción que los hace adecuados para mantener su
existencia: así, cuando el agua abunda demasiado en el cuerpo del animal, lo
enerva, relaja las fibras e impide la necesaria acción de los demás elementos:
así, el fuego admitido en exceso, excita en él un movimiento desordenado
destructor de su máquina: así, el aire, cargado de principios no análogos a su
mecanismo, le acarrea peligrosas enfermedades y contagios. En fin, los
alimentos modificados según ciertos modos, en el lugar de la alimentación,
destruyen al animal y conducen a su ruina: el animal no se conserva mientras
estas sustancias sean análogas a su sistema. Lo arruinan cuando quieren ese
justo equilibrio que los vuelve aptos para mantener su existencia.
Las plantas que sirven para nutrir y restaurar a
los animales se nutren ellas mismas de la tierra; se expanden en su seno, se
agrandan y fortalecen a su costa, recibiendo continuamente en su textura, por
sus raíces y por sus poros, agua, aire y materia ígnea: el agua los reanima
visiblemente cada vez que languidece su vegetación o género de vida; les
transmite esos principios análogos por los cuales se les permite alcanzar la
perfección: el aire es un requisito para su expansión, y les proporciona agua,
tierra y la materia ígnea con la que está cargado. Por estos medios reciben más
o menos materia inflamable; las diferentes proporciones de estos principios,
sus numerosas combinaciones, de donde resultan una infinidad de propiedades,
una variedad de formas, constituyen las diversas familias y clases en que los
botánicos han distribuido las plantas: es así que vemos desarrollar su
crecimiento el cedro y el hisopo; el uno sube a las nubes, el otro se arrastra
humildemente sobre la tierra. Así, poco a poco, de una bellota brota el
majestuoso roble, acumulando, con el tiempo, sus numerosas ramas, y
ensombreciéndonos con su follaje. Así, un grano de maíz, después de haber
extraído su propio alimento de los jugos de la tierra, sirve, a su vez, para el
alimento del hombre, en cuyo sistema transmite los elementos o principios por
los cuales él mismo ha sido expandido, combinado. , y modificado de tal manera
que haga que este vegetal sea adecuado para asimilarse y unirse con el cuerpo
humano; es decir, con los fluidos y sólidos que la componen. de una bellota
brota el majestuoso roble, acumulando, con el tiempo, sus numerosas ramas, y
ensombreciéndonos con su follaje. Así, un grano de maíz, después de haber
extraído su propio alimento de los jugos de la tierra, sirve, a su vez, para el
alimento del hombre, en cuyo sistema transmite los elementos o principios por
los cuales él mismo ha sido expandido, combinado. , y modificado de tal manera
que haga que este vegetal sea adecuado para asimilarse y unirse con el cuerpo
humano; es decir, con los fluidos y sólidos que la componen. de una bellota
brota el majestuoso roble, acumulando, con el tiempo, sus numerosas ramas, y
ensombreciéndonos con su follaje. Así, un grano de maíz, después de haber
extraído su propio alimento de los jugos de la tierra, sirve, a su vez, para el
alimento del hombre, en cuyo sistema transmite los elementos o principios por
los cuales él mismo ha sido expandido, combinado. , y modificado de tal manera
que haga que este vegetal sea adecuado para asimilarse y unirse con el cuerpo
humano; es decir, con los fluidos y sólidos que la componen. en cuyo sistema
transmite los elementos o principios por los cuales ha sido expandido,
combinado y modificado de tal manera que hace que este vegetal sea adecuado
para asimilarse y unirse con el cuerpo humano; es decir, con los fluidos y
sólidos que la componen. en cuyo sistema transmite los elementos o principios
por los cuales ha sido expandido, combinado y modificado de tal manera que hace
que este vegetal sea adecuado para asimilarse y unirse con el cuerpo humano; es
decir, con los fluidos y sólidos que la componen.
Los mismos elementos, los mismos principios, se
encuentran en la formación de los minerales, así como en su descomposición, ya
sea natural o artificial. Encontramos que la tierra, diversamente modificada,
labrada y combinada, sirve para aumentar su volumen y darles más o menos
densidad y gravedad. El aire y el agua contribuyen a cohesionar sus partículas;
la materia ígnea, o principio inflamable, los tiñe de color, y algunas veces
indica claramente su presencia, por el brillante centelleo que el movimiento suscita
en ellos. Estas piedras y metales, estos cuerpos, tan compactos y sólidos, se
disgregan, se destruyen, por obra del aire, del agua y del fuego; que el
análisis más ordinario es suficiente para probar, así como una multitud de
experiencias, de las cuales nuestros ojos son la evidencia diaria.
Los animales, las plantas y los minerales, después
de un lapso de tiempo, devuelven a la Naturaleza; es decir, a la masa general
de las cosas, a la revista universal, los elementos, o principios, que han
tomado prestados: La tierra retoma aquella parte del cuerpo del que formaba la
base y la solidez; el aire se carga de estas partes, que son, análogas a él, y
de aquellas partículas que son ligeras y sutiles; el agua se lleva lo que
conviene a la licuescencia; el fuego, rompiendo sus cadenas, se desliga y se
precipita en nuevas combinaciones con otros cuerpos.
Las partículas elementales del animal, estando así
disueltas, desunidas y dispersadas; asumen nueva actividad, y forman nuevas
combinaciones: así, sirven para nutrir, conservar o destruir nuevos seres;
entre otros, las plantas, que llegadas a su madurez, nutren y conservan nuevos
animales; estos a su vez cediendo al mismo destino que el primero.
Tal es el curso constante, invariable, de la
Naturaleza; tal es el círculo eterno de la mutación, que todo lo existente está
obligado a describir. Es así que el movimiento genera, conserva por un tiempo,
y sucesivamente, destruye, una parte del universo por la otra; mientras que la
suma de la existencia permanece eternamente igual. La naturaleza, por sus
combinaciones, produce soles, que se colocan en el centro de tantos sistemas:
forma planetas que, por su esencia peculiar, gravitan y describen sus revoluciones
alrededor de estos soles: gradualmente el movimiento cambia por completo y se
vuelve excéntrico: tal vez llegue el día en que se dispersen estas maravillosas
masas, de las cuales el hombre, en el corto espacio de su existencia, sólo
puede tener un leve y transitorio atisbo.
Es claro, entonces, que el movimiento continuo
inherente a la materia, cambia y destruye todos los seres; despojándolos a cada
instante de algunas de sus propiedades, para sustituirlas por otras: es el
movimiento, que, cambiando así su esencia actual, cambia también su orden, su
dirección, su tendencia, y las leyes que regulan su modo de actuar y de ser:
desde la piedra formada en las entrañas de la tierra, por la íntima combinación
y estrecha coherencia de partículas semejantes y análogas, hasta el sol, ese
vasto reservorio de partículas ígneas, que derrama torrentes de luz sobre el
firmamento; de la ostra entumecida, al hombre reflexivo y activo; vemos una
progresión ininterrumpida, una cadena perpetua de movimiento y combinación; del
que se produce, seres que sólo se diferencian entre sí por la variedad de su
materia elemental, por las numerosas combinaciones de estos elementos, de donde
brotan modos de acción y existencia, diversificados hasta el infinito. En la
generación, en la nutrición, en la conservación, no vemos más que materia,
diversamente combinada, cada una de las cuales tiene su movimiento peculiar,
regulado por leyes fijas y determinadas, que las obligan a someterse a cambios
necesarios. Encontraremos, en la formación, en el crecimiento, en la vida
instantánea de los animales, vegetales y minerales, nada más que materia; que
combinándose, acumulándose, agregando y expandiéndose por grados, forma seres
que están sintiendo, viviendo, vegetando, o bien desprovistos de estas
facultades; que, habiendo existido algún tiempo bajo una forma particular,
Así, hablando estrictamente, nada en la Naturaleza
nace o muere, según la acepción común de esos términos. Esta verdad fue sentida
por muchos de los filósofos antiguos. PLATÓN dice que, según la tradición,
"los vivos nacieron de los muertos, así como los muertos nacieron de los
vivos; y esa es la rutina constante de la Naturaleza". Añade de sí mismo:
"¿Quién sabe si vivir, no ser morir, y si morir, no ser vivir?" Esta
era la doctrina de PITÁGORAS, hombre de gran talento y no menor nota.
EMPEDOCLES afirma, "no hay nacimiento ni muerte, para ningún mortal, sino
sólo una combinación y una separación de lo que se combinó, y eso es lo que
entre los hombres llaman nacimiento y muerte". Nuevamente remarca, “esos
son infantes, o miopes, con entendimientos muy contraídos,
CAP. IV.
Leyes del Movimiento, comunes a todo Ser de la
Naturaleza.—Atracción y Repulsión.—Fuerza Inerte.—Necesidad.
El hombre nunca se sorprende de esos efectos, de
los cuales cree conocer la causa; cree conocer la causa, tan pronto como los ve
actuar de manera uniforme y determinada, o cuando el movimiento provocado es
simple: el descenso de una piedra, que cae por su propio peso peculiar, es
objeto de contemplación para el filósofo solamente; para quienes el modo por el
cual actúan las causas más inmediatas y el movimiento más simple no son
misterios menos impenetrables que el movimiento más complejo y la manera por la
cual las causas más complicadas dan impulso. Los ignorantes rara vez se ven
tentados a examinar los efectos que les son familiares oa recurrir a los
primeros principios. Creen no ver nada en el descenso de una piedra que deba
provocar su sorpresa o convertirse en objeto de su investigación: se requiere
un NEWTON para sentir que el descenso de cuerpos pesados es un fenómeno,
digno de toda su, su más seria atención; se requiere la sagacidad de un
profundo filósofo experimental para descubrir las leyes por las que caen los
cuerpos pesados, por las que comunican a otros su movimiento peculiar. En
resumen, la mente que está más practicada en la observación filosófica, tiene
frecuentemente el disgusto de encontrar que los efectos más simples y más
comunes escapan a todas sus investigaciones, y permanecen inexplicables para
él.
Cuando se produzca algún efecto extraordinario,
cualquiera insólito, al que nuestros ojos no estén acostumbrados; o cuando
ignoramos las energías de la causa, cuya acción golpea nuestros sentidos con
tanta fuerza, estamos tentados a meditar sobre ella y tomarla en nuestra
consideración. El europeo, acostumbrado al uso de la PÓLVORA, la pasa de largo,
sin pensar mucho en sus extraordinarias energías; el obrero que se esfuerza en
fabricarla, no encuentra nada de maravilloso en sus propiedades, porque diariamente
manipula la materia que forma su composición. El americano, para quien este
polvo era un extraño, que nunca había visto su funcionamiento, lo consideraba
como un poder divino y sus energías como sobrenaturales. Los desinformados, que
ignoran la verdadera causa del TRUENO, lo contemplan como el instrumento de la
venganza divina.
Sea como fuere, cada vez que vemos actuar una
causa, consideramos su efecto como natural: cuando esta causa se hace familiar
a la vista, cuando nos acostumbramos a ella, creemos comprenderla, y sus
efectos ya no nos sorprenden. . Cada vez que se percibe un efecto inusual, sin
que descubramos la causa, la mente se pone a trabajar, se inquieta; esta
inquietud aumenta en proporción a su extensión: tan pronto como se cree que
amenaza nuestra conservación, nos agitamos por completo; buscamos la causa con
un fervor proporcionado a nuestra alarma; nuestra perplejidad aumenta en una
proporción equivalente a la persuasión bajo la cual estamos: cuán esencial es
el requisito de que nos familiaricemos con la causa que nos ha afectado de
manera tan viva. Como sucede con frecuencia que nuestros sentidos nada pueden
enseñarnos respecto a esta causa que tan profundamente nos interesa, que
buscamos con tanto ardor, recurrimos a nuestra imaginación; éste, perturbado
por la alarma, enervado por el miedo, se convierte en un guía sospechoso,
falaz: creamos quimeras, causas ficticias, a quienes damos el crédito, a
quienes adjudicamos el honor de esos fenómenos que tanto nos han alarmado. Es a
esta disposición de la mente humana a la que deben atribuirse, como se verá más
adelante, los errores religiosos del hombre, quien, desesperando de la
capacidad de rastrear las causas naturales de esos desconcertantes fenómenos de
los que fue testigo, ya veces la víctima, crea en su cerebro (calentado por el
terror) causas imaginarias, que se han convertido para él en fuente de la
locura más extravagante. una guía falaz: creamos quimeras, causas ficticias, a
quienes les damos el crédito, a quienes les adjudicamos el honor de esos
fenómenos que tanto nos han alarmado. Es a esta disposición de la mente humana
a la que deben atribuirse, como se verá más adelante, los errores religiosos
del hombre, quien, desesperando de la capacidad de rastrear las causas
naturales de esos desconcertantes fenómenos de los que fue testigo, ya veces la
víctima, crea en su cerebro (calentado por el terror) causas imaginarias, que
se han convertido para él en fuente de la locura más extravagante. una guía
falaz: creamos quimeras, causas ficticias, a quienes les damos el crédito, a
quienes les adjudicamos el honor de esos fenómenos que tanto nos han alarmado.
Es a esta disposición de la mente humana a la que deben atribuirse, como se
verá más adelante, los errores religiosos del hombre, quien, desesperando de la
capacidad de rastrear las causas naturales de esos desconcertantes fenómenos de
los que fue testigo, ya veces la víctima, crea en su cerebro (calentado por el
terror) causas imaginarias, que se han convertido para él en fuente de la
locura más extravagante.
En la Naturaleza, sin embargo, sólo puede haber
causas y efectos naturales; todo movimiento excitado en esta Naturaleza sigue
leyes constantes y necesarias: las operaciones naturales, para cuyo
conocimiento somos competentes, de las que estamos en capacidad de juzgar, son
por sí mismas suficientes para permitirnos descubrir aquellas que escapan a
nuestra vista. ; al menos podemos juzgarlos por analogía. Si estudiamos con
atención la Naturaleza, los modos de acción que ella despliega a nuestros
sentidos nos enseñarán a no dejarnos desconcertar por aquellos que ella se
niega a descubrir. Aquellas causas que están más alejadas de sus efectos,
incuestionablemente actúan por causas intermedias; con la ayuda de estos, con
frecuencia podemos rastrear el primero. Si en la cadena de estas causas nos
encontramos a veces con obstáculos que se oponen a nuestra investigación,
debemos esforzarnos con paciencia y diligencia para vencerlos; cuando acontece
que no podemos vencer las dificultades que acontecen, aun así nunca se
justifica concluir que la cadena se rompa, o que la causa que actúa sea
SOBRENATURAL. Contentémonos, pues, con una honesta confesión de que la
naturaleza contiene recursos que ignoramos; pero nunca sustituyamos por
fantasmas, ficciones o causas imaginarias, términos sin sentido, aquellas
causas que escapan a nuestra investigación; porque, por tales medios, sólo nos
confirmamos en la ignorancia, impedimos nuestras investigaciones y permanecemos
obstinadamente en el error. que la Naturaleza contiene recursos de los que
somos ignorantes; pero nunca sustituyamos por fantasmas, ficciones o causas
imaginarias, términos sin sentido, aquellas causas que escapan a nuestra
investigación; porque, por tales medios, sólo nos confirmamos en la ignorancia,
impedimos nuestras investigaciones y permanecemos obstinadamente en el error.
que la Naturaleza contiene recursos de los que somos ignorantes; pero nunca
sustituyamos por fantasmas, ficciones o causas imaginarias, términos sin
sentido, aquellas causas que escapan a nuestra investigación; porque, por tales
medios, sólo nos confirmamos en la ignorancia, impedimos nuestras
investigaciones y permanecemos obstinadamente en el error.
A pesar de nuestra ignorancia con respecto a los
meandros de la Naturaleza (porque de la esencia del ser, de sus propiedades,
sus elementos, sus combinaciones, sus proporciones, conocemos las leyes simples
y generales, según las cuales se mueven los cuerpos); vemos claramente, que
algunas de estas leyes, comunes a todos los seres, jamás se contradicen;
aunque, en algunas ocasiones, parecen variar, con frecuencia somos competentes
para descubrir que la causa complejizándose, por combinación con otras causas,
o impide o impide que su modo de acción sea tal como en su estado primitivo
teníamos derecho a esperar. . Sabemos que la materia ígnea activa, aplicada a
la pólvora, debe necesariamente hacerla explotar: siempre que este efecto no
siga a la combinación de la materia ígnea con la pólvora, siempre que nuestros
sentidos no nos den evidencia del hecho, estamos justificados al concluir que
el polvo está húmedo o que está unido a alguna otra sustancia que contrarresta
su explosión. Sabemos que todas las acciones del hombre tienen una tendencia a
hacerlo feliz: por lo tanto, siempre que lo vemos trabajando para dañarse o
destruirse a sí mismo, es justo inferir que lo mueve alguna causa opuesta a su
tendencia natural; que está engañado por algún prejuicio; que, por falta de
experiencia, es ciego a las consecuencias: que no ve a dónde lo llevarán sus
acciones. es justo inferir que lo mueve alguna causa opuesta a su tendencia
natural; que está engañado por algún prejuicio; que, por falta de experiencia,
es ciego a las consecuencias: que no ve a dónde lo llevarán sus acciones. es
justo inferir que lo mueve alguna causa opuesta a su tendencia natural; que
está engañado por algún prejuicio; que, por falta de experiencia, es ciego a
las consecuencias: que no ve a dónde lo llevarán sus acciones.
Si el movimiento excitado en los seres fue siempre
simple; si sus acciones no se mezclaran y combinaran entre sí, sería fácil
saberlo, y deberíamos estar seguros, en primera instancia, del efecto que
produciría una causa. Sé que una piedra, al descender, debe describir una
perpendicular; sé también que si encuentra algún otro cuerpo que cambia su
curso, está obligada a tomar una dirección oblicua, pero si su caída es
interrumpida por varias fuerzas contrarias , que actúan sobre él
alternativamente, ya no soy competente para determinar qué línea describirá.
Puede ser una parábola, una elipsis, espiral, circular, etc. esto dependerá del
impulso que reciba y de las potencias que lo impulsen.
El movimiento más complejo, sin embargo, nunca es
más que el resultado del movimiento simple combinado: por lo tanto, tan pronto
como conocemos las leyes generales de los seres y su acción, solo tenemos que
descomponerlas, analizarlas para descubrir aquellas de las cuales se combinan;
la experiencia nos enseña los efectos que debemos esperar. Así es claro, el
movimiento más simple causa esa unión necesaria de materia diferente, de la
cual se componen todos los cuerpos: esa materia, variada en su esencia, en sus
propiedades, en sus combinaciones, tiene cada uno sus varios modos de acción o
movimiento, peculiares. a sí mismo; el movimiento total de un cuerpo es, en
consecuencia, la suma total de cada movimiento particular que se combina.
Entre la materia que contemplamos, alguna está
constantemente dispuesta a unirse, mientras que otra es incapaz de unión; lo
que es apto para unir, forma combinaciones más o menos íntimas, poseyendo más o
menos durabilidad, es decir, con más o menos capacidad de conservar su unión,
de resistir la disolución. Esos cuerpos que se llaman SÓLIDOS, reciben en su
composición gran número de partículas homogéneas, semejantes y análogas,
dispuestas a unirse con energías conspirantes o tendientes a un mismo punto.
Los seres primitivos, o elementos de los cuerpos, tienen necesidad de soportes,
de puntales; es decir, de la presencia unos de otros, con el fin de
conservarse; de adquirir consistencia o solidez: una verdad, que se aplica con
igual uniformidad a lo que se llama, en cuanto a lo que se denomina moral .
Es sobre esta disposición de la materia y de los
cuerpos, en relación unos con otros, que se fundan esos modos de acción que los
filósofos naturales designan con los términos atracción, repulsión, simpatía,
antipatía, afinidades, relaciones ; que los moralistas describen bajo los
nombres de amor, odio, amistad, aversión. El hombre, como todos los seres de la
naturaleza, experimenta el impulso de atracción y repulsión; el movimiento
excitado en él difiere del de otros seres, sólo porque está más oculto, y frecuentemente
tan oculto, que ni las causas que lo excitan, ni su modo de acción son
conocidos. Este sistema de atracción y repulsión es muy antiguo, aunque
requirió un NEWTON para desarrollarlo. Ese amor, al que los antiguos atribuían
el despliegue o desenredo del caos, parece no haber sido más que una
personificación del principio de atracción. Todas sus alegorías y fábulas sobre
el caos, evidentemente no indican más que el acuerdo o unión que existe entre
sustancias análogas y homogéneas; de donde resultó la existencia del universo:
mientras que la discordia o repulsión, que llamaron SOIS, fue la causa de
disolución, confusión y desorden; apenas puede quedar una duda, pero este fue
el origen de las doctrinas de los DOS PRINCIPIOS. Según DIOGENES LAERTIUS, el
filósofo EMPEDOCLES, afirmó que "hay una especie de afecto por el cual los
elementos se unen; y una especie de discordia, por la cual se separan o se
quitan. "
Sea como fuere, nos basta saber que por una ley
invariable, ciertos cuerpos están dispuestos a unirse con más o menos
facilidad; mientras que otros no pueden combinarse o unirse: el agua se combina
fácilmente con la sal, pero no se mezcla con el aceite. Algunas combinaciones
son muy fuertes y se unen con gran fuerza, como los metales; otros son
extremadamente débiles, su cohesión es ligera y se descomponen fácilmente, como
en colores fugitivos. Algunos cuerpos, incapaces de unirse por sí mismos, se
vuelven susceptibles de unión por medio de otros cuerpos, que sirven de lazos
comunes o MEDIOS. Así, el aceite y el agua, naturalmente heterogéneos, se
combinan y hacen jabón, por la intervención de la sal alcalina. De la materia
diversamente combinada, en proporciones variadas casi hasta el infinito,
resultan todos los cuerpos físicos y morales;
Es así, por la reciprocidad de su atracción, las
primitivas partículas imperceptibles de materia, que constituyen los cuerpos,
se vuelven sensibles, forman sustancias compuestas, masas agregadas; por la
unión de materias semejantes y análogas, cuyas esencias les hacen coherentes.
Los mismos cuerpos se disuelven, su unión rota, cada vez que sufren la acción
de la materia enemiga de su unión. Así por grados se forman las plantas, los
metales, los animales, los hombres; cada uno crece, se expande y aumenta en su
propio sistema u orden; sosteniéndose en su respectiva existencia, por la
atracción continua de materia análoga; al que se une, y por el cual se conserva
y fortalece. Así, ciertos alimentos se vuelven aptos para el sustento del
hombre, mientras que otros destruyen su existencia: algunos le son agradables,
fortalecen su hábito; otros le repugnan, debilitan su sistema: en una palabra,
para nunca separar las leyes físicas de las morales, es así que los hombres,
mutuamente atraídos entre sí por sus necesidades recíprocas, forman esas
uniones que designamos con los términos, MATRIMONIO, FAMILIAS , SOCIEDADES,
AMISTADES, CONEXIONES: es así como la virtud las fortalece y consolida; ese
vicio los relaja o los disuelve totalmente.
Cualquiera que sea la naturaleza de la combinación
de los seres, su movimiento tiene siempre una dirección o tendencia: sin
dirección no podríamos tener ninguna idea de movimiento: esta dirección está
regulada por las propiedades de cada ser; en cuanto tienen unas propiedades
dadas, obran necesariamente en obediencia a ellas: es decir, siguen la ley
determinada invariablemente por esas mismas propiedades; las cuales, por sí
mismas, constituyen el ser tal como se encuentra, y establecen su modo de
acción, que es siempre consecuencia de su modo de existir. Pero ¿cuál es la
dirección general, o la tendencia común, vemos en todos los seres? ¿Cuál es el
fin visible y conocido de todo su movimiento? Es conservar su existencia
actual, preservarse a sí mismos, fortalecer sus diversos cuerpos, atraer lo que
les es favorable, repeler lo que les es perjudicial, evitar lo que puede
dañarlos, resistir los impulsos contrarios a su modo de existencia y a su
tendencia natural.
Existir es experimentar el movimiento propio de una
esencia determinada: conservar esta existencia es dar y recibir el movimiento
del que resulta su mantenimiento: es atraer materia adecuada para corroborar su
ser, evitar que por lo que puede estar en peligro o debilitado. Así, todos los
seres de que tenemos algún conocimiento, tienen tendencia a conservarse, cada
uno a su manera peculiar: la piedra, por la firme adhesión de sus partículas,
opone resistencia a su destrucción. Los seres organizados se conservan por
medios más complicados, pero que, sin embargo, están calculados para mantener
su existencia contra aquello por lo que puede ser perjudicada. El hombre, tanto
en su capacidad física como moral, es un ser vivo, sensible, pensante, activo;
quien, cada instante de su duración, se esfuerza igualmente por evitar lo que
puede ser perjudicial y procurar lo que le agrada o conviene a su modo de
existencia; todas sus acciones tendientes únicamente a conservarse a sí mismo.
S T. AGUSTÍN admite esta tendencia en todos, organizados o no.
La conservación es, pues, el punto común al que
parecen dirigirse continuamente todas las energías, todas las potencias, todas
las facultades de los seres. Los filósofos naturales llaman a esta dirección o
tendencia, AUTOGRAVITACIÓN: NEWTON la llama FUERZA INERTE: los moralistas la
denominan en el hombre AMOR PROPIO que no es más que la tendencia que tiene a
conservarse —un deseo de felicidad— un amor de su propio bienestar - un deseo
de placer - una prontitud en apoderarse de todo lo que parece favorable a su
conservación - una marcada aversión a todo lo que perturba su felicidad o
amenaza su existencia - sentimientos primitivos, que son comunes a todos los
seres de la especie humana; que todas sus facultades se esfuerzan continuamente
por satisfacer; que todas sus pasiones, sus voluntades, sus acciones, tienen
eternamente por objeto y fin. Esta auto-gravitación, entonces, es claramente
una disposición necesaria en el hombre, y en todos los demás seres; los cuales,
por diversos medios, contribuyen a la conservación de la existencia que han
recibido, siempre que nada trastorne el orden de su máquina, o su tendencia
primitiva.
La causa siempre produce efecto; no puede haber
efecto sin causa. Al impulso siempre le sigue algún movimiento, más o menos
sensible; por algún cambio, más o menos notable en el cuerpo que lo recibe.
Pero el movimiento, y sus diversos modos de manifestarse, está, como ya se ha
mostrado, determinado por la naturaleza, la esencia, las propiedades, las
combinaciones de los seres que actúan. Debe, pues, concluirse que el
movimiento, o los modos por los cuales actúan los seres, surge de alguna causa;
que como esta causa no puede moverse ni obrar, sino conforme a su modo de ser
oa sus propiedades esenciales, debe igualmente concluirse que todos los
fenómenos que percibimos son necesarios; que todo ser de la Naturaleza, en las
circunstancias en que se encuentra y con las propiedades dadas que posee, no
puede obrar de otro modo que como lo hace.
La necesidad es la relación constante e infalible
de las causas con sus efectos. El fuego consume, por necesidad, la materia
combustible depositada dentro de su circuito de acción: el hombre, por
fatalidad, desea lo que realmente es, o parece ser, útil para su bienestar. La
naturaleza, en todas las apariencias extraordinarias que exhibe, actúa
necesariamente según su propia esencia peculiar: todos los seres que contiene,
actúan necesariamente cada uno según su propia naturaleza individual: es por el
movimiento que el todo tiene relación con sus partes; y estas partes con el
todo: es así que en el sistema general cada cosa está conectada: ella misma no
es más que una inmensa cadena de causas y efectos, que fluyen sin cesar, unas
de otras. Si reflexionamos, estaremos obligados a reconocer que todo lo que
vemos es necesario; que no puede ser de otra manera de lo que es; que todos los
seres que contemplamos, así como los que escapan a nuestra vista, actúan por
leyes invariables. Según estas leyes, los cuerpos pesados caen, los cuerpos
ligeros ascienden, las sustancias análogas se atraen entre sí, los seres
tienden a conservarse, el hombre se quiere a sí mismo; ama lo que considera
ventajoso, detesta lo que tiene una idea que puede resultarle desfavorable. En
fin, estamos obligados a admitir que no puede haber energía perfectamente
independiente, ni causa separada, ni acción separada. , en una naturaleza donde
todos los seres están en reciprocidad de acción —que, sin interrupción, se
impulsan y se resisten mutuamente— que no es ella misma más que un eterno
círculo de movimiento, dado y recibido según leyes necesarias; que bajo los
mismos incidentes dados, invariablemente producen el mismo efecto. así como las
que escapan a nuestra vista, obran por leyes invariables. Según estas leyes,
los cuerpos pesados caen, los cuerpos ligeros ascienden, las sustancias
análogas se atraen entre sí, los seres tienden a conservarse, el hombre se
quiere a sí mismo; ama lo que considera ventajoso, detesta lo que tiene una
idea que puede resultarle desfavorable. En fin, estamos obligados a admitir que
no puede haber energía perfectamente independiente, ni causa separada, ni
acción separada. , en una naturaleza donde todos los seres están en
reciprocidad de acción —que, sin interrupción, se impulsan y se resisten
mutuamente— que no es ella misma más que un eterno círculo de movimiento, dado
y recibido según leyes necesarias; que bajo los mismos incidentes dados,
invariablemente producen el mismo efecto. así como las que escapan a nuestra
vista, obran por leyes invariables. Según estas leyes, los cuerpos pesados
caen, los cuerpos ligeros ascienden, las sustancias análogas se atraen entre
sí, los seres tienden a conservarse, el hombre se quiere a sí mismo; ama lo que
considera ventajoso, detesta lo que tiene una idea que puede resultarle
desfavorable. En fin, estamos obligados a admitir que no puede haber energía
perfectamente independiente, ni causa separada, ni acción separada. , en una
naturaleza donde todos los seres están en reciprocidad de acción —que, sin
interrupción, se impulsan y se resisten mutuamente— que no es ella misma más
que un eterno círculo de movimiento, dado y recibido según leyes necesarias;
que bajo los mismos incidentes dados, invariablemente producen el mismo efecto.
los cuerpos pesados caen, los cuerpos livianos ascienden, las sustancias
análogas se atraen entre sí, los seres tienden a preservarse, el hombre se
aprecia a sí mismo; ama lo que considera ventajoso, detesta lo que tiene una
idea que puede resultarle desfavorable. En fin, estamos obligados a admitir que
no puede haber energía perfectamente independiente, ni causa separada, ni
acción separada. , en una naturaleza donde todos los seres están en
reciprocidad de acción —que, sin interrupción, se impulsan y se resisten
mutuamente— que no es ella misma más que un eterno círculo de movimiento, dado
y recibido según leyes necesarias; que bajo los mismos incidentes dados,
invariablemente producen el mismo efecto. los cuerpos pesados caen, los
cuerpos livianos ascienden, las sustancias análogas se atraen entre sí, los
seres tienden a preservarse, el hombre se aprecia a sí mismo; ama lo que
considera ventajoso, detesta lo que tiene una idea que puede resultarle
desfavorable. En fin, estamos obligados a admitir que no puede haber energía
perfectamente independiente, ni causa separada, ni acción separada. , en una
naturaleza donde todos los seres están en reciprocidad de acción -que, sin
interrupción, se impulsan y se resisten mutuamente- que no es ella misma más que
un eterno círculo de movimiento, dado y recibido según leyes necesarias; que
bajo los mismos incidentes dados, invariablemente producen el mismo efecto. ama
lo que considera ventajoso, detesta lo que tiene una idea que puede resultarle
desfavorable. En fin, estamos obligados a admitir que no puede haber energía
perfectamente independiente, ni causa separada, ni acción separada. , en una
naturaleza donde todos los seres están en reciprocidad de acción —que, sin
interrupción, se impulsan y se resisten mutuamente— que no es ella misma más
que un eterno círculo de movimiento, dado y recibido según leyes necesarias;
que bajo los mismos incidentes dados, invariablemente producen el mismo efecto.
ama lo que considera ventajoso, detesta lo que tiene una idea que puede
resultarle desfavorable. En fin, estamos obligados a admitir que no puede haber
energía perfectamente independiente, ni causa separada, ni acción separada. ,
en una naturaleza donde todos los seres están en reciprocidad de acción —que,
sin interrupción, se impulsan y se resisten mutuamente— que no es ella misma
más que un eterno círculo de movimiento, dado y recibido según leyes
necesarias; que bajo los mismos incidentes dados, invariablemente producen el
mismo efecto. se impulsan y se resisten recíprocamente, que ella misma no es
más que un círculo eterno de movimiento, dado y recibido según leyes
necesarias; que bajo los mismos incidentes dados, invariablemente producen el
mismo efecto. se impulsan y se resisten recíprocamente, que ella misma no es más
que un círculo eterno de movimiento, dado y recibido según leyes necesarias;
que bajo los mismos incidentes dados, invariablemente producen el mismo efecto.
Dos ejemplos servirán para arrojar luz sobre el
principio aquí establecido: uno se tomará de la física, el otro de la moral.
En un torbellino de polvo, levantado por la fuerza
elemental, confuso como parece a nuestros ojos, en la más espantosa tempestad
agitada por vientos contrarios, cuando las olas se elevan como montañas, no hay
una sola partícula de polvo, ni gota de agua. , que ha sido colocado por
CASUALIDAD, que no tiene causa para ocupar el lugar donde se encuentra; que no
actúa, en el sentido más riguroso de la palabra, como debe hacerlo; esto es,
según su propia esencia peculiar, y la de los seres de quienes recibe esta
fuerza comunicada. Un geómetra que conociera exactamente las diferentes
energías que actúan en cada caso, con las propiedades de las partículas en
movimiento, podría demostrar que después de las causas dadas, cada partícula
actuó precisamente como debía actuar, y que no podía haber actuado de otra
manera.
En esas terribles convulsiones que a veces agitan a
las sociedades políticas, sacuden sus cimientos y producen con frecuencia el
derrocamiento de un imperio; no hay una sola acción, una sola palabra, un solo
pensamiento, una sola voluntad, una sola pasión en los agentes, ya sea que
actúen como destructores o como víctimas, que no sea el resultado necesario de
las causas que operan; que no actúa, como, por necesidad, debe actuar, por la
esencia peculiar de los seres que dan el impulso, y la de los agentes que lo
reciben, según la situación que estos agentes llenan en el torbellino moral.
Esto podría ser evidentemente probado por un entendimiento capaz de evaluar
toda la acción y reacción de las mentes y cuerpos de aquellos que contribuyeron
a la revolución.
De hecho, si todo está conectado en la Naturaleza,
si todo movimiento se produce, el uno del otro, a pesar de sus comunicaciones
secretas, frecuentemente escapa a nuestra vista; debemos sentirnos convencidos
de esta verdad, que no hay causa, por pequeña que sea, por remota que sea, que
no produzca a veces los efectos más grandes e inmediatos en el hombre. Quizá
sea en las resecas llanuras de Libia donde se acumulan los primeros elementos
de una tormenta o tempestad que, llevada por los vientos, se aproxima a nuestro
clima, vuelve densa nuestra atmósfera y, actuando así sobre el temperamento,
puede influir las pasiones de un hombre, cuyas circunstancias lo habrán
capacitado para influir en muchos otros, quienes decidirán según su voluntad el
destino de muchas naciones.
El hombre, en efecto, se encuentra en la Naturaleza
y forma parte de ella: actúa según leyes que le son propias; recibe de manera
más o menos distinta, la acción y el impulso de los seres que le rodean;
quienes ellos mismos actúan de acuerdo con leyes que son peculiares a su
esencia. Por lo tanto, se modifica de diversas formas; pero sus acciones son
siempre el resultado de su propia energía y la de los seres que actúan sobre él
y por los cuales es modificado. Esto es lo que da tanta variedad a sus determinaciones,
lo que generalmente produce tal contradicción en sus pensamientos, sus
opiniones, su voluntad, sus acciones; en resumen, en ese movimiento, ya sea
oculto o visible, por el cual se agita. Tendremos ocasión, a continuación, de
colocar esta verdad, actualmente tan discutida, bajo una luz más clara: será
suficiente para nuestro propósito en este momento probar, en general,
El movimiento, comunicado y recibido
alternativamente, establece la conexión o relación entre los diferentes órdenes
de seres: cuando están en la esfera de la acción recíproca, la atracción los
aproxima; la repulsión los disuelve y los separa; el uno los fortalece y los
preserva; el otro los debilita y los destruye. Una vez combinados, tienden a
conservarse en ese modo de existencia, en virtud de su fuerza inerte .; en esto
no pueden tener éxito, porque están expuestos a la influencia continua de todos
los demás seres, que perpetua y sucesivamente actúan sobre ellos; su cambio de
forma, su disolución, es un requisito para la conservación de la Naturaleza
misma: este es el único fin que podemos asignarle, al que la vemos tender sin
interrupción, al que ella sigue sin interrupción, por la destrucción y
reproducción de todos los seres subordinados, que están obligados a someterse a
sus leyes, a concurrir, por su modo de acción, al mantenimiento de su
existencia activa, tan esencialmente necesaria para el GRAN TODO.
Es así que cada ser es un individuo que, en la gran
familia, realiza su parte necesaria del trabajo general, que ejecuta la tarea
ineludible que le ha sido asignada. Todos los cuerpos actúan según leyes,
inherentes a su esencia peculiar, sin capacidad de desviarse, ni por un solo
instante, de aquellas según las cuales actúa la Naturaleza misma. Este es el
poder central, al que están sometidos todos los demás poderes, esencias y
energías: ella regula los movimientos de los seres, por la necesidad de su propia
esencia peculiar: los hace coincidir de varios modos con el plan general: esto
parece ser nada más que la vida, acción y mantenimiento del todo, por el cambio
continuo de sus partes. Este objeto lo obtiene, quitándolos uno por el otro;
por lo que establece, y por lo que destruye, la relación que subsiste entre
ellos; por lo que les da y por lo que les priva de sus formas, combinaciones,
proporciones y cualidades, según las cuales actúan por un tiempo, según un modo
dado; éstos se les quitan después, para hacerlos obrar de otra manera. Es así
como la Naturaleza los hace expandirse y cambiar, crecer y declinar, aumentar y
disminuir, aproximarse y quitarse, formarlos y destruirlos, según lo encuentra
necesario para mantener el todo; hacia la conservación a la que esta Naturaleza
misma está esencialmente obligada a tender. Es así como la Naturaleza los hace
expandirse y cambiar, crecer y declinar, aumentar y disminuir, aproximarse y
quitarse, formarlos y destruirlos, según lo encuentra necesario para mantener el
todo; hacia la conservación a la que esta Naturaleza misma está esencialmente
obligada a tender. Es así como la Naturaleza los hace expandirse y cambiar,
crecer y declinar, aumentar y disminuir, aproximarse y quitarse, formarlos y
destruirlos, según lo encuentra necesario para mantener el todo; hacia la
conservación a la que esta Naturaleza misma está esencialmente obligada a
tender.
Este poder irresistible, esta necesidad universal,
esta energía general, entonces, es sólo una consecuencia de la naturaleza de
las cosas; en virtud de la cual cada cosa actúa, sin interrupción, según leyes
constantes e inmutables: estas leyes no varían más para el todo que para los
seres que lo componen. La naturaleza es un todo viviente activo, al que
necesariamente concurren todas sus partes; de los cuales, sin su propio
conocimiento, mantienen la actividad, la vida y la existencia. La naturaleza
actúa y existe necesariamente: todo lo que contiene, necesariamente conspira
para perpetuar su existencia activa. Esta es la decidida opinión de PLATÓN,
cuando dice: " la materia y la necesidad son una misma cosa; esta
necesidad es la madre del mundo.cuyas propiedades conocemos algunas pocas, pero
de las que todavía somos extremadamente ignorantes, para recurrir a un poder,
del cual es completamente imposible que podamos, mientras seamos hombres,
formarnos una idea distinta; de los cuales, a pesar de que puede ser una
verdad, no podemos, por ningún medio que poseamos, demostrar la existencia.
Como, por lo tanto, estos deben ser, en el mejor de los casos, puntos de
creencia especulativos, que cada individuo, debido a su oscuridad, puede
contemplar con diferentes ópticas, bajo varios aspectos, seguramente deben
dejarse libres para que cada uno juzgue a su manera. : el hindú no puede tener
justa causa de enemistad contra el cristiano por su fe: éste no tiene derecho
moral a cuestionar al musulmán sobre la suya; las numerosas sectas de cada una
de las diversas creencias esparcidas sobre la faz de la tierra, debe
convertirse en un credo mirar con ojos de complacencia la desviación de los
demás; y descanse en ese gran axioma moral, que es estrictamente conforme a la
Naturaleza, que contiene toda la felicidad del hombre...No hagáis a otro lo que
no queráis que otro os haga a vosotros ;» pues es evidente, según sus propias
doctrinas, de toda la variedad de sistemas, sólo uno puede tener razón.
Veremos a continuación cuánto trabaja la
imaginación del hombre para formarse una idea de las energías de esa Naturaleza
que ha personificado y distinguido de sí misma: en una palabra, examinaremos
algunas de las ridículas y perniciosas invenciones que, por falta de de
comprender la Naturaleza, han sido imaginados para impedir su curso, para
suspender sus leyes eternas, para poner obstáculos a la necesidad de las cosas.
CAP. B.
Orden y Confusión.—Inteligencia.—Azar.
La observación del movimiento necesario, regular y
periódico del universo, generó en la mente del hombre la idea de ORDEN; este
término, en su significado original, no representa más que un modo de
considerar, una facilidad de percibir, juntas y separadamente, las diferentes
relaciones de un todo; en el que se descubre, por su manera de existir y de
actuar, cierta afinidad o conformidad con la suya propia. El hombre, al
extender esta idea al universo, llevó consigo esos métodos de considerar las
cosas que le son propios: en consecuencia, supuso que existían realmente en la
Naturaleza afinidades y relaciones, que clasificó bajo el nombre de ORDEN; y
otras que le parecieron no conformes a aquéllas, las cuales ha catalogado bajo
el término de CONFUSIÓN.
Es fácil comprender que esta idea de orden y
confusión no puede tener existencia absoluta en la Naturaleza, donde todo es
necesario; donde el todo sigue leyes constantes e invariables, que obligan a
cada ser, en cada momento de su duración, a someterse a otras leyes, que brotan
de su propio modo peculiar de existencia. Por lo tanto, es en su imaginación,
solamente, que el hombre encuentra un modelo de eso que él llama orden o
confusión; que, como todas sus ideas metafísicas abstractas, no supone nada fuera
de su alcance. El orden, sin embargo, nunca es más que la facultad de
conformarse con los seres que le rodean, o con el todo del que forma parte.
Sin embargo, si la idea de orden se aplica a la
Naturaleza, se encontrará que no es más que una serie de acciones o
movimientos, que ella juzga que conspiran para un fin común. Así, en un cuerpo
que se mueve, el orden es la cadena de la acción, la serie del movimiento,
propia para constituirlo como es y para mantenerlo en su estado actual. El
orden, relativo al conjunto de la Naturaleza, es la concatenación de causas y
efectos, necesarios para su funcionamiento activo .existencia… para
mantenerla constantemente unida; pero, como se ha probado en el capítulo
anterior, todo ser individual está obligado a concurrir a este fin, en los
diferentes rangos que ocupa; de donde se deduce necesariamente que lo que se
llama el ORDEN DE LA NATURALEZA, nunca puede ser más que una cierta manera de
considerar la necesidad de las cosas, a la cual se somete todo aquello de lo
que el hombre tiene algún conocimiento. Lo que se llama CONFUSIÓN, es sólo un
término relativo, usado para designar esa serie de acción necesaria, esa cadena
de movimiento requerido, por la cual un ser individual es necesariamente
cambiado o perturbado en su modo de existencia, por la cual es instantáneamente
obligado. alterar su forma de acción; pero ninguna de estas acciones, ninguna
parte de este movimiento es capaz, ni siquiera por un solo instante, de
contradecir o trastornar el orden general de la Naturaleza; de donde todos los
seres derivan su existencia, sus propiedades, el movimiento propio de cada uno.
Lo que se llama confusión en un ser, no es más que
su paso a una nueva clase, a un nuevo modo de existencia; que necesariamente
lleva consigo una nueva serie de acción, una nueva cadena de movimiento,
distinta de aquella de la que este ser se encontraba susceptible en el rango
precedente que ocupaba. Eso que se llama orden, en la Naturaleza, es un modo de
existencia, o una disposición de sus partículas, estrictamente necesario. En
cualquier otro conjunto de causas y efectos, de mundos, así como en el que habitamos,
necesariamente se establecería algún tipo de disposición, algún tipo de orden.
Supongamos que las sustancias más incongruentes y heterogéneas se pusieran en
actividad y se reunieran por una concatenación de circunstancias
extraordinarias; formarían entre ellos, un orden completo, un arreglo perfecto.
Esta es la verdadera noción de una propiedad, que puede definirse, una aptitud
para constituir un ser, tal como se encuentra realmente, tal como es con
respecto al todo del que hace parte.
El orden, entonces, no es más que necesidad,
considerada en relación con la serie de acciones, o la cadena conectada de
causas y efectos, que produce en el universo. ¿Cuál es el movimiento en nuestro
sistema planetario; sino una serie de fenómenos, operados según leyes
necesarias, que regulan los cuerpos que la componen? De conformidad con estas
leyes, el sol ocupa el centro; los planetas gravitan hacia él y giran alrededor
de él en períodos regulados: los satélites de estos planetas gravitan hacia los
que están en el centro de su esfera de acción y describen alrededor de ellos su
ruta periódica. Uno de estos planetas, la tierra que habita el hombre, gira
sobre su propio eje; y por los varios aspectos que su revolución la obliga a
presentar al sol, experimenta esas variaciones regulares que se llaman
ESTACIONES.Invierno : en primavera , estos seres se reaniman, como si salieran
de un largo letargo. En suma, el modo en que la tierra recibe los rayos del
sol, influye en todas sus producciones; estos rayos, cuando se lanzan
oblicuamente, no actúan de la misma manera que cuando caen perpendicularmente;
su ausencia periódica, causada por la revolución de esta esfera sobre sí misma,
produce la noche y el día . Sin embargo, en todo esto, el hombre nunca
atestigua más que los efectos necesarios, que fluyen de la naturaleza de las
cosas, que, mientras permanece igual, nunca puede oponerse con propiedad. Estos
efectos se deben a la gravitación, la atracción, el poder centrífugo, etc.
Por otra parte, este orden , que el hombre admira
como un efecto sobrenatural, a veces se ve perturbado o transformado en lo que
él llama confusión .: esta confusión es, sin embargo, siempre una consecuencia
necesaria de las leyes de la Naturaleza; en la cual es requisito para el
sostenimiento del todo que algunas de sus partes se trastornen y se desvíen del
curso ordinario. Es así, COMETAS se presentan tan inesperadamente a los ojos
asombrados del hombre; su movimiento excéntrico perturba la tranquilidad de su
sistema planetario; excitan el terror de los mal instruidos para quienes todo
lo inusual es maravilloso. El mismo filósofo natural conjetura que en épocas
anteriores, estos cometas han derribado la superficie de esta bola mundana y
causado grandes revoluciones en la tierra. Independiente de esta extraordinaria
confusión, está expuesto a otros más familiares para él: a veces, las
estaciones parecen haberse usurpado el lugar unas a otras; haber abandonado su
orden regular: a veces los elementos opuestos parecen disputarse entre sí el
dominio del mundo; el mar desborda sus límites; la tierra sólida se estremece y
se parte; las montañas están en estado de conflagración; las enfermedades
pestilentes destruyen tanto a los hombres como a los animales; la esterilidad
desola un país: entonces el hombre asustado lanza gritos desgarradores, ofrece
sus oraciones para recuperar el orden; levanta temblando sus manos hacia el Ser
que supone el autor de todas estas calamidades; sin embargo, toda esta
aflictiva confusión son efectos necesarios, producidos por causas naturales;
que actúan según leyes fijas, determinadas por su propia esencia peculiar, y la
esencia universal de la Naturaleza: en el cual todo debe necesariamente ser
cambiado, movido y disuelto; donde eso que se llama ORDEN, a veces debe ser
perturbado y alterado en un nuevo modo de existencia; que a su mente engañada,
a su imaginación, descarriada por la ignorancia y la falta de reflexión, le
parece CONFUSIÓN.
No puede existir lo que generalmente se llama una
confusión de la Naturaleza : el hombre encuentra orden en todo lo que es
conforme a su propio modo de ser; confusión en todo lo que se le opone: sin
embargo, en la Naturaleza, todo está en orden; porque ninguna de sus partes
puede jamás emanciparse de esas reglas invariables que brotan de sus
respectivas esencias: no hay , no puede haber confusión en un todo, a cuyo
mantenimiento se llamala confusión es un requisito absoluto; de los cuales el
curso general nunca puede ser descompuesto, aunque los individuos pueden serlo,
y necesariamente lo son; cuando todos los efectos producidos son consecuencia
de causas naturales, que en las circunstancias en que se encuentran, obran sólo
como infaliblemente están obligados a obrar.
De ahí se sigue que no puede haber ni monstruos ni
prodigios; prodigios ni milagros en la Naturaleza: los que se denominan
MONSTRUOS, son ciertas combinaciones, con las cuales los ojos del hombre no
están familiarizados; pero que, por lo tanto, no son menos los efectos
necesarios de las causas naturales. Los que llama PRODIGIOS, MARAVILLAS o
efectos SOBRENATURALES, son fenómenos de la Naturaleza, cuyo modo de acción
desconoce; de los cuales su ignorancia no le permite conocer los principios;
cuyas causas no puede rastrear; pero que su impaciencia, su imaginación
acalorada, ayudada por el deseo de explicar, le hace atribuir tontamente a
causas imaginarias; que, como la idea de orden, no tienen existencia sino en sí
mismos; y que, para ocultar su propia ignorancia, para obtener más respeto de
los ignorantes, sitúa más allá de la Naturaleza,
En cuanto a esos efectos que se llaman MILAGROS, es
decir, contrarios a las leyes inalterables de la Naturaleza, hay que sentir que
tales cosas son imposibles; porque, nada puede, por un instante, suspender el
curso necesario de los seres, sin que toda la Naturaleza sea detenida; sin ella
estaba perturbada en su tendencia. No ha habido prodigios ni milagros en la
Naturaleza; excepto para aquellos que no han estudiado suficientemente las
leyes, que en consecuencia no sienten que esas leyes nunca pueden ser contradichas,
incluso en las partes más pequeñas, sin que el todo sea destruido, o al menos
sin cambiar su esencia, su modo de ser. acción; que es el colmo de la locura
recurrir a las causas sobrenaturales para explicar los fenómenos que el hombre
contempla, antes de que se familiarice plenamente con las causas naturales, con
los poderes y capacidades que contiene la Naturaleza misma.
Orden y Confusiónson, pues, sólo términos
relativos, por los cuales el hombre designa el estado en que se encuentran los
seres particulares. Dice que un ser está en orden cuando todo el movimiento que
experimenta conspira para favorecer su tendencia a su propia conservación;
cuando conduce al mantenimiento de su existencia actual; que está en confusión
cuando las causas que la mueven perturban la armonía de su existencia, o
tienden a destruir el equilibrio necesario para la conservación de su estado
actual. Sin embargo, la confusión, como hemos mostrado, no es más que el paso
de un ser a un nuevo orden; cuanto más rápido el progreso, mayor la confusión
para el ser que a él se somete: lo que conduce al hombre a lo que se llama la
muerte, es para él la mayor de todas las confusiones posibles. Sin embargo,
esta muerte no es más que un paso a un nuevo modo de existencia:
Se dice que el cuerpo humano está en orden, cuando
sus diversas partes actúan de ese modo, de donde resulta la conservación del
todo; de donde emana aquello que es la tendencia de su actual existencia; en
otras palabras, cuando todo el impulso que recibe, todo el movimiento que
comunica, tiende a conservar su salud, a hacerlo feliz, promoviendo la
felicidad de sus semejantes. Se dice que goza de salud cuando los fluidos y los
sólidos de su cuerpo concurren para volverlo robusto, para mantener vigorosa su
mente; cuando cada uno se presta ayuda mutua para este fin. Se dice que está
confundido ., o en mala salud, cada vez que se perturba esta tendencia; cuando
alguna de las partes esenciales de su cuerpo deja de concurrir a su
conservación, o de cumplir sus funciones propias. Esto es lo que sucede en un
estado de enfermedad, en el que, sin embargo, el movimiento excitado en la
máquina humana es tan necesario, está regulado por leyes tan ciertas, tan
naturales, tan invariables como las que concurren a producir la salud. La
enfermedad simplemente produce en él un nuevo orden de movimiento, una nueva
serie de acción, una nueva cadena de cosas. El hombre muere: esto le parece la
mayor confusión que puede experimentar; su cuerpo ya no es lo que era, sus
partes ya no concurren al mismo fin, su sangre ha perdido la circulación, está
privado de sentimientos, sus ideas se han desvanecido, ya no piensa más, sus
deseos han huido: la muerte es la época, el cese de su existencia humana. –Su
estructura se convierte en una masa inanimada, por sustracción de aquellos
principios por los que estaba animada; es decir, que la hizo obrar de
determinada manera: su tendencia ha recibido una nueva dirección; su acción es
cambiada; el movimiento excitado en sus ruinas conspira para un nuevo fin. A
ese movimiento, cuya armonía llama orden, que produjo la vida, el sentimiento,
el pensamiento, las pasiones, la salud, sucede una serie de movimientos de otra
especie; que, sin embargo, sigue leyes tan necesarias como la primera; todas
las partes del muerto conspiran para producir lo que se llama disolución,
fermentación, putrefacción: estos nuevos modos de ser, de actuar, son tan
naturales al hombre, reducido a este estado, como la sensibilidad, el
pensamiento, el movimiento periódico del sangre c. eran para el hombre
viviente: habiendo cambiado su esencia, su modo de acción ya no puede ser el
mismo. A ese movimiento regulado, a esa acción necesaria, que conspiraba para
la producción de la vida, sucede ese movimiento determinado, esa serie de acciones
que concurren a producir la disolución del cadáver muerto; la dispersión de sus
partes; la formación de nuevas combinaciones, de las que resultan nuevos seres;
y que, como antes hemos visto, es el orden inmutable de la Naturaleza activa.
¿Cómo, pues, puede repetirse con demasiada
frecuencia que, en relación con el gran todo, todo el movimiento de los seres,
todos sus modos de acción, nunca pueden ser sino en orden, es decir, son
siempre conformes a la Naturaleza; que en todas las etapas por las que los
seres están obligados a pasar, actúan invariablemente según un modo
necesariamente subordinado al todo universal? Para decir más, cada ser
individual actúa siempre en orden; todas sus acciones, todo el sistema de su
movimiento, son la consecuencia necesaria de su peculiar modo de existencia; ya
sea momentáneo o duradero. El orden, en la sociedad política, es el efecto de
una serie necesaria de ideas, de voluntades, de acciones, en quienes la
componen; cuyos movimientos están regulados de una manera, ya sea calculada
para mantener su indivisibilidad, o para acelerar su disolución. El hombre
constituido, o modificado,
Así, el orden y la confusión en los seres
individuales, no es más que la manera en que el hombre considera los efectos
naturales y necesarios que se producen en relación a sí mismo. Teme al impío;
dice que traerá confusión a la sociedad, porque perturba su tendencia y pone
obstáculos a su felicidad. Evita la caída de una piedra, porque trastornará en
él el orden necesario para su conservación. Sin embargo, el orden y la
confusión son siempre, como hemos mostrado, consecuencias igualmente necesarias
para el estado transitorio o duradero de los seres. Es para que el fuego arda,
porque su esencia es arder; por otra parte, es conveniente que un ser
inteligente se aleje de todo lo que pueda perturbar su modo de existencia. Un
ser, cuya organización lo hace sensible,
El hombre llama inteligentes a esos seres, que
están organizados a su manera; en quien ve facultades propias para su
conservación; aptos para mantener su existencia en el orden que les sea
conveniente; que les permita tomar las medidas necesarias para este fin, con
conciencia del movimiento que experimentan. De aquí se percibirá que la
facultad llamada inteligencia consiste en poseer capacidad para obrar conforme
a un fin conocido, en el ser a quien se atribuye. Mira a estos seres como
privados de inteligencia, en los que no encuentra conformidad consigo mismo; en
quien no descubre ni la misma construcción, ni las mismas facultades: de las
cuales no conoce la esencia, el fin al que tienden, las energías por las que
actúan, ni el orden que les es necesario. El todo no puede tener un nombre o
fin distinto, porque no hay nada fuera de sí mismo, a lo que pueda tener una
tendencia. Si es en sí mismo, que dispone la idea deorden , es también en sí
mismo, que elabora el de la inteligencia . Rehúsa atribuirla a aquellos seres
que no actúan a su manera: la atribuye a todos aquellos que supone que actúan
como él: a estos últimos los llama agentes inteligentes: a los primeros causas
ciegas; es decir, agentes inteligentes que actúan por casualidad : así la
casualidad es una palabra vacía sin sentido, pero que siempre se opone a la de
inteligencia, sin adjuntar ningún determinado, ni ninguna idea cierta.
El hombre, en efecto, atribuye al azar todos
aquellos efectos, de los cuales no se ve la conexión que tienen con sus causas.
Así usa la palabra casualidad para encubrir su ignorancia de aquellas causas
naturales que producen efectos visibles, por medios de los cuales no puede
formarse una idea; o aquel acto por un modo del cual no percibe el orden; o
cuyo sistema no es seguido por acciones conformes al suyo propio. Tan pronto
como ve, o cree ver, el orden de la acción o la manera del movimiento, atribuye
este orden a una inteligencia ; que no es más que una cualidad prestada de sí
mismo, de su propio modo peculiar de acción, de la manera en que él mismo es
afectado.
Así, un ser inteligente es aquel que piensa, que
quiere y que actúa, para alcanzar un fin. Si es así, debe tener órganos, fin
conforme a los del hombre: por tanto, decir que la Naturaleza está gobernada
por una inteligencia, es afirmar que está gobernada por un ser, provisto de
órganos; ya que sin esta construcción orgánica no puede tener sensaciones,
percepciones, ideas, pensamiento, voluntad, plan, ni acción que entienda.
El hombre siempre se hace a sí mismo el centro del
universo: es a sí mismo a quien relaciona todo lo que contempla. Tan pronto
como cree descubrir un modo de acción que tiene una conformidad con la suya, o
algún fenómeno que interesa a sus sentimientos, lo atribuye a una causa que se
parece a él, que actúa a su manera, que tiene facultades similares a las de él.
aquellos que posee -cuyos intereses son como los suyos propios- cuyos proyectos
están al unísono y tienen la misma tendencia que aquellos a los que él mismo se
entrega: en resumen, es de sí mismo, o de las propiedades que lo mueven, que
forma el modelo de esta causa. Es así como el hombre contempla, fuera de su
propia especie, nada más que seres que actúan de manera diferente a él; sin
embargo, cree observar en la Naturaleza un orden similar a sus propias ideas,
puntos de vista conformes a los que él mismo posee. Imagina que la Naturaleza
está gobernada por una causa cuya inteligencia es conforme a la suya, a la que
atribuye el honor del orden que cree presenciar —de esas opiniones que
coinciden con las que le son propias— de una objetivo que cuadra con el que es
el gran fin de todas sus propias acciones. Es cierto que el hombre, sintiendo
su incapacidad para producir los efectos vastos y multiplicados de los que es
testigo del funcionamiento, al contemplar el universo, se vio en la necesidad
de hacer una distinción entre él y la causa que él suponía autora. efectos tan
estupendos; creyó quitar toda dificultad, ampliando en esta causa todas
aquellas facultades de que él mismo estaba en posesión; añadiendo otras de las
que su propio amor propio le hizo desear, o que creía que haría más perfecto su
ser: así le dio alas a JÚPITER, con la facultad de asumir cualquier forma que
creyera conveniente: fue así, por grados, llegó a formarse una idea de aquella
causa inteligente, que él ha colocado por encima de la Naturaleza, para
presidir la acción, para darle ese movimiento del que ha elegido creer que ella
era incapaz por sí misma. Se empeña obstinadamente en considerar esta
Naturaleza como un montón de materia muerta, inerte, sin forma, que no tiene en
sí misma el poder de producir ninguno de esos grandes efectos, esos fenómenos
regulares, de los que emana lo que él llama presidir la acción, darle esa
moción de la que él ha decidido creer que ella era incapaz por sí misma. Se
empeña obstinadamente en considerar esta Naturaleza como un montón de materia
muerta, inerte, sin forma, que no tiene en sí misma el poder de producir
ninguno de esos grandes efectos, esos fenómenos regulares, de los que emana lo
que él llama presidir la acción, darle esa moción de la que él ha decidido
creer que ella era incapaz por sí misma. Se empeña obstinadamente en considerar
esta Naturaleza como un montón de materia muerta, inerte, sin forma, que no
tiene en sí misma el poder de producir ninguno de esos grandes efectos, esos
fenómenos regulares, de los que emana lo que él llamael orden del universo. Se
dice que ANAXÁGORAS fue el primero que supuso el universo creado y gobernado
por una inteligencia: ARISTÓTELES le reprocha haber hecho un autómata de esta
inteligencia; o en otras palabras, con atribuirle la producción de cosas, sólo
cuando no podía dar cuenta de su apariencia. De donde puede deducirse que es
por falta de conocimiento de los poderes de la Naturaleza, o de las propiedades
de la materia, que el hombre ha multiplicado los seres sin necesidad, que ha
supuesto el universo bajo el gobierno de una causa inteligente, del cual él es,
y tal vez siempre será, él mismo el modelo: en fin, esta causa ha sido
personificada bajo tal variedad de formas, sexos y nombres, que una lista de
las deidades que él ha supuesto en varios tiempos para guiar esta Naturaleza ,
o a quien él la ha sometido, Hace un gran volumen que ocupa algunos años de su
formación juvenil para comprenderlo. Sólo hizo más inconcebible esta causa,
cuando extendió demasiado en ella sus propias facultades. O lo aniquila, o lo
vuelve completamente imposible, cuando quisiera atribuirle cualidades
incompatibles, lo cual está obligado a hacer, para permitirle dar cuenta de los
efectos contradictorios y desordenados que contempla en el mundo. De hecho, ve
confusión en el mundo; sin embargo, a pesar de su confusión, contradice el
plan, el poder, la sabiduría, la generosidad de esta inteligencia y el orden
milagroso que le atribuye; dice, la disposición extremadamente hermosa del
conjunto le obliga a suponer que es obra de una inteligencia soberana: incapaz,
sin embargo, de conciliar esta aparente confusión con la benevolencia que concede
a esta causa, recurrió a otro esfuerzo de su imaginación; hizo una nueva causa,
a quien atribuyó todo el mal, toda la miseria, resultante de esta confusión:
sin embargo, su propia persona sirvió de modelo; a lo que añadió aquellas
deformidades que había aprendido a despreciar: al multiplicar estas causas
contrarias o destructoras, pobló Pandemonium.
Sin duda se argumentará que, como la naturaleza
contiene y produce seres inteligentes, debe ser ella misma inteligente o debe
ser gobernada por una causa inteligente. Respondemos que la inteligencia es una
facultad propia de los seres organizados, es decir, de los seres constituidos y
combinados de una manera determinada; de donde resultan ciertos modos de
acción, que se designan bajo varios nombres; según los diferentes efectos que
producen estos seres: el vino no tiene las propiedades llamadas ingenio y coraje;
sin embargo, a veces se ve que comunica esas cualidades a los hombres, que se
supone que están en sí mismos completamente desprovistos de ellas. No puede
decirse que la Naturaleza sea inteligente a la manera de cualquiera de los
seres que contiene; pero puede producir seres inteligentes reuniendo materia
adecuada a su particular organización, de cuyos peculiares modos de acción
resultará la facultad llamada inteligencia; quien será capaz de producir
ciertos efectos que son la consecuencia necesaria de esta propiedad. Repito,
pues, que para tener inteligencia, designios y miras, se requiere tener ideas;
para la producción de ideas son necesarios órganos o sentidos: esto es lo que
no se dice de la Naturaleza ni de las causas que ha supuesto presidir sus
acciones. En resumen, la experiencia justifica la afirmación, hace más,
De lo dicho debe concluirse racionalmente que el
orden nunca es más que la necesaria o uniforme conexión de las causas con sus
efectos; o esa serie de acción que fluye de las propiedades peculiares de los
seres, mientras permanecen en un estado dado; esa confusión no es más que el
cambio de este estado; que en el universo todo está necesariamente en orden,
porque cada cosa actúa y se mueve según las diversas propiedades de los
diferentes seres que contiene; que en la Naturaleza no puede haber confusión ni
mal real, ya que cada cosa sigue las leyes de su existencia natural; que no hay
ni chanceni cosa alguna fortuita en esta Naturaleza, donde ningún efecto se
produce sin causa suficiente, sin causa sustancial; donde todas las causas
actúan necesariamente de acuerdo con leyes fijas y ciertas, que dependen a su
vez de las propiedades esenciales de estas causas o seres, así como de la
combinación que constituye su estado transitorio o permanente; que la
inteligencia es un modo de actuar, un método de existencia natural a algunos
seres particulares; que si esta inteligencia debe atribuirse a la Naturaleza,
entonces no sería más que la facultad de conservarse en existencia activa por
los medios necesarios. Al negarle a la Naturaleza la inteligencia de la que él
mismo disfruta, al rechazar la causa inteligente que se supone que es la
creadora de esta Naturaleza, o el principio de ese orden .descubre en su curso
que nada se da al azar , nada a una causa ciega, nada a un poder que es
indistinguible; pero todo lo que contempla lo atribuye a causas reales,
conocidas; oa las que por analogía son fáciles de comprender. Todo lo que
existe se reconoce como consecuencia de las propiedades inherentes de la
materia eterna, que por contacto, por mezcla, por combinación, por cambio de
forma, produce orden y confusión; con todas esas variedades que asaltan su
vista, es él mismo el que es ciego, cuando imagina causas ciegas: el hombre
sólo manifestó su ignorancia de los poderes del movimiento, de las leyes de la
Naturaleza, cuando atribuyó, cualquiera de sus efectos al azar. No mostró un
sentimiento más ilustrado cuando los atribuyó a una inteligencia, cuya idea
tomó prestada de sí mismo, pero que nunca está en conformidad con los efectos
que atribuye a su intervención; sólo imaginó palabras para suplir el lugar. de
las cosas: hizo que JÚPITER, SATURNO, JUNO y otros mil hicieran funcionar lo
que él mismo se encontró incapaz de realizar; las distinguió de la Naturaleza,
les dio una ampliación de sus propias propiedades, y creyó comprenderlas
oscureciendo así las ideas, que nunca se atrevió a definir ni analizar.
CAP. PORQUE.
Distinciones morales y físicas del hombre.—Su
origen.
Apliquemos ahora las leyes generales que hemos
escudriñado, a aquellos seres de la Naturaleza que más nos interesan. Veamos en
qué se diferencia el hombre de los demás seres que le rodean. Examinemos si no
tiene ciertos puntos en conformidad con ellos, que le obliguen, no obstante las
diferentes propiedades que respectivamente poseen, a obrar en ciertos aspectos
según las leyes universales a las que todo está sometido. Preguntémonos
finalmente si las ideas que se ha formado de sí mismo al meditar sobre su peculiar
modo de existencia son quiméricas o fundadas en la razón.
El hombre ocupa un lugar en medio de esa multitud,
esa multitud de seres, de los cuales la Naturaleza es el conjunto. Su esencia,
es decir, el modo peculiar de existencia por el que se distingue de los demás
seres, lo hace susceptible de varios modos de acción, de una variedad de
movimientos, algunos de los cuales son simples y visibles, otros ocultos y
complicados. . Su vida misma no es más que una larga serie, una sucesión de
movimientos necesarios y conectados; que opera cambios perpetuos en su máquina;
que tiene por principio causas contenidas en sí mismo, tales como sangre,
nervios, fibras, carne, huesos; en una palabra, la materia, tanto sólida como
fluida, de que se compone su cuerpo, o aquellas causas exteriores que, actuando
sobre él, lo modifican diversamente; tales como el aire que lo envuelve, los
alimentos que lo nutren,
El hombre, como todos los demás seres de la
Naturaleza, tiende a su propia destrucción—experimenta una fuerza
inerte—gravita sobre sí mismo—es atraído por objetos que son contrarios o
repugnantes a su existencia—busca algo—él moscas, o se esfuerza por alejarse de
los demás. Es esta variedad de acción, esta diversidad de modificación de que
es susceptible el ser humano, la que ha sido designada con nombres tan
diferentes, por nomenclatura tan variada. Será necesario, en la actualidad,
examinarlos de cerca y profundizar más en los detalles.
Por maravillosos, ocultos, secretos y complicados
que sean los modos de acción por los que pasa la estructura humana, ya sea
interior o exteriormente; cualquiera que sea o parezca ser el impulso que
recibe o comunica, examinado de cerca, se encontrará que todo su movimiento,
todas sus operaciones, todos sus cambios, todos sus diversos estados, todas sus
revoluciones, están constantemente regulados por el las mismas leyes que la
Naturaleza ha prescrito a todos los seres que ella engendra, a los que desarrolla,
a los que enriquece con facultades, a los que aumenta la masa, a los que
conserva por un tiempo, a los que termina por descomponer, destruyendo:
obligándolos a cambiar de forma.
El hombre, en su origen, es un punto imperceptible,
una mota, cuyas partes no tienen forma; de los cuales la movilidad, la vida,
escapa a sus sentidos; en fin, en que no percibe señal alguna de aquellas
cualidades, llamadas SENTIMIENTO, SENTIMIENTO, PENSAMIENTO, INTELIGENCIA,
FUERZA, RAZÓN, etc. Colocado en la matriz adecuada a su expansión, este punto
se despliega, se extiende, aumenta, por la adición continua de materia que
atrae, que es análoga a su ser, que en consecuencia se asimila a él. Habiendo salido
de este vientre, tan apropiado para conservar su existencia, para desplegar sus
cualidades, para fortalecer sus hábitos; tan competente para dar, por una
temporada, consistencia a los débiles rudimentos de su cuerpo; transita por la
etapa de la infancia; se vuelve adulto: su cuerpo ha adquirido entonces una
considerable extensión de volumen, su movimiento es marcado, su acción es
visible, es sensible en todas sus partes; es una masa viva, activa; es decir,
una combinación que siente y piensa; que cumple las funciones propias de los
seres de su especie. Pero, ¿cómo se ha vuelto sensato? Porque ha sido poco a
poco nutrido, agrandado, reparado por la atracción continua que se hace dentro
de sí mismo, de esa especie de materia que se dice inerte, insensible,
inanimada; que, sin embargo, se combina continuamente con su máquina; del cual
forma un todo activo, que es vivo, que siente, juzga, razona, quiere, delibera,
escoge, elige; que tiene la capacidad de trabajar, más o menos eficazmente,
para su propia conservación individual; es decir, al mantenimiento de la
armonía de su existencia. una masa activa; es decir, una combinación que siente
y piensa; que cumple las funciones propias de los seres de su especie. Pero,
¿cómo se ha vuelto sensato? Porque ha sido poco a poco nutrido, agrandado,
reparado por la atracción continua que se hace dentro de sí mismo, de esa
especie de materia que se dice inerte, insensible, inanimada; que, sin embargo,
se combina continuamente con su máquina; del cual forma un todo activo, que es
vivo, que siente, juzga, razona, quiere, delibera, escoge, elige; que tiene la
capacidad de trabajar, más o menos eficazmente, para su propia conservación
individual; es decir, al mantenimiento de la armonía de su existencia. una masa
activa; es decir, una combinación que siente y piensa; que cumple las funciones
propias de los seres de su especie. Pero, ¿cómo se ha vuelto sensato? Porque ha
sido poco a poco nutrido, agrandado, reparado por la atracción continua que se
hace dentro de sí mismo, de esa especie de materia que se dice inerte,
insensible, inanimada; que, sin embargo, se combina continuamente con su
máquina; del cual forma un todo activo, que es vivo, que siente, juzga, razona,
quiere, delibera, escoge, elige; que tiene la capacidad de trabajar, más o
menos eficazmente, para su propia conservación individual; es decir, al
mantenimiento de la armonía de su existencia. Pero, ¿cómo se ha vuelto sensato?
Porque ha sido poco a poco nutrido, agrandado, reparado por la atracción
continua que se hace dentro de sí mismo, de esa especie de materia que se dice
inerte, insensible, inanimada; que, sin embargo, se combina continuamente con
su máquina; del cual forma un todo activo, que es vivo, que siente, juzga,
razona, quiere, delibera, escoge, elige; que tiene la capacidad de trabajar,
más o menos eficazmente, para su propia conservación individual; es decir, al
mantenimiento de la armonía de su existencia. Pero, ¿cómo se ha vuelto sensato?
Porque ha sido poco a poco nutrido, agrandado, reparado por la atracción
continua que se hace dentro de sí mismo, de esa especie de materia que se dice
inerte, insensible, inanimada; que, sin embargo, se combina continuamente con
su máquina; del cual forma un todo activo, que es vivo, que siente, juzga,
razona, quiere, delibera, escoge, elige; que tiene la capacidad de trabajar,
más o menos eficazmente, para su propia conservación individual; es decir, al
mantenimiento de la armonía de su existencia. combinándose continuamente con su
máquina; del cual forma un todo activo, que es vivo, que siente, juzga, razona,
quiere, delibera, escoge, elige; que tiene la capacidad de trabajar, más o
menos eficazmente, para su propia conservación individual; es decir, al
mantenimiento de la armonía de su existencia. combinándose continuamente con su
máquina; del cual forma un todo activo, que es vivo, que siente, juzga, razona,
quiere, delibera, escoge, elige; que tiene la capacidad de trabajar, más o
menos eficazmente, para su propia conservación individual; es decir, al
mantenimiento de la armonía de su existencia.
Todos los movimientos y cambios que el hombre
experimenta en el curso de su vida, ya sea de los objetos exteriores o de las
sustancias contenidas en él, son favorables o perjudiciales para su existencia;
o mantener su orden, o arrojarlo a la confusión; o están en conformidad con la
tendencia esencial de su peculiar modo de ser o repugnan a ella. Está obligado
por la Naturaleza a aprobar a unos, a desaprobar a otros; algunos
necesariamente lo hacen feliz, otros contribuyen a su miseria; algunos se
convierten en objeto de su más ardiente deseo, otros de su decidida aversión:
algunos suscitan su confianza, otros lo hacen temblar de miedo.
En todos los fenómenos que presenta el hombre,
desde el momento en que abandona el vientre de su madre hasta aquel en que se
convierte en el habitante de la tumba silenciosa, no percibe sino una sucesión
de causas y efectos necesarios, estrictamente conformes a aquellas leyes que
son comunes a todos los seres de la Naturaleza. Todos sus modos de acción,
todas sus sensaciones, todas sus ideas, todas sus pasiones, cada acto de su
voluntad, cada impulso que da o recibe, son las consecuencias necesarias de sus
propias propiedades peculiares, y esos que encuentra en los diversos seres que
lo mueven. Todo lo que hace, todo lo que sucede dentro de sí mismo, su
movimiento oculto, su acción visible, son los efectos de la fuerza inerte, de
la autogravitación, de los poderes atractivos o repulsivos contenidos en su
máquina, del tendencia que tiene, en común con otros seres, para su propia
conservación individual; en una palabra, de esa energía que es propiedad común
de todo ser que contempla. La naturaleza, en el hombre, no hace más que
mostrar, de manera decidida, lo que pertenece a la naturaleza peculiar por la
que se distingue de los seres de otro sistema u orden.
La fuente de esos errores en los que ha caído el
hombre, cuando se ha contemplado a sí mismo, tiene su origen, como se
demostrará enseguida, en la opinión que ha albergado, de que se movía por sí
mismo, que siempre actúa por su propia energía natural. —que en sus acciones,
en la voluntad que le daba impulso, era independiente de las leyes generales de
la Naturaleza; y de aquellos objetos que, frecuentemente, sin su conocimiento,
siempre a pesar de él, en obediencia a estas leyes, actúan continuamente sobre él.
Si se hubiera examinado atentamente, debe haber reconocido que ninguno de los
movimientos que experimentó fue espontáneo; debió haber descubierto que incluso
su nacimiento dependía de causas, completamente fuera del alcance de sus
propios poderes. fue sin su propio consentimiento que entró en el sistema en el
que ocupa un lugar, que, desde el momento en que nace hasta aquel en que muere,
está continuamente impelido por causas que, a su pesar, influyen en su forma,
modifican su existencia, disponen de su conducta. ¿No le habría bastado la
menor reflexión para probarle que los fluidos, los sólidos de que está
compuesto su cuerpo, así como ese mecanismo oculto que él cree independiente de
las causas exteriores, están, de hecho, perpetuamente bajo la influencia de
estas causas; que sin ellos se encuentra en una incapacidad total para actuar?
¿No habría visto que su temperamento, su constitución, no dependían en modo
alguno de él mismo, que sus pasiones son la consecuencia necesaria de este
temperamento, que su voluntad está influenciada, sus acciones determinadas por
estas pasiones; en consecuencia, por opiniones que no se ha dado a sí mismo, de
la que no es el amo? Su sangre, más o menos caliente o abundante; sus nervios
más o menos reforzados, sus fibras más o menos relajadas, le dan disposiciones
transitorias o duraderas, ¿no son éstas, en todo momento, decisivas para sus
ideas? de sus pensamientos: de sus deseos: de sus miedos: de su movimiento, ya
sea visible u oculto? El estado en que se encuentra, no depende necesariamente
del aire que lo rodea diversamente modificado; sobre las diversas propiedades
de los alimentos que lo nutren; ¿De las combinaciones secretas que se forman en
su máquina, que conservan su orden o la confunden? En resumen, si el hombre se
hubiera estudiado bastante a sí mismo, todo debería haberlo convencido de que
en cada momento de su duración, no era más que un instrumento pasivo en manos
de la necesidad. sus nervios más o menos reforzados, sus fibras más o menos
relajadas, le dan disposiciones transitorias o duraderas, ¿no son éstas, en
todo momento, decisivas para sus ideas? de sus pensamientos: de sus deseos: de
sus miedos: de su movimiento, ya sea visible u oculto? El estado en que se
encuentra, no depende necesariamente del aire que lo rodea diversamente
modificado; sobre las diversas propiedades de los alimentos que lo nutren; ¿De
las combinaciones secretas que se forman en su máquina, que conservan su orden
o la confunden? En resumen, si el hombre se hubiera estudiado bastante a sí
mismo, todo debería haberlo convencido de que en cada momento de su duración,
no era más que un instrumento pasivo en manos de la necesidad. sus nervios más
o menos reforzados, sus fibras más o menos relajadas, le dan disposiciones
transitorias o duraderas, ¿no son éstas, en todo momento, decisivas para sus
ideas? de sus pensamientos: de sus deseos: de sus miedos: de su movimiento, ya
sea visible u oculto? El estado en que se encuentra, no depende necesariamente
del aire que lo rodea diversamente modificado; sobre las diversas propiedades
de los alimentos que lo nutren; ¿De las combinaciones secretas que se forman en
su máquina, que conservan su orden o la confunden? En resumen, si el hombre se
hubiera estudiado bastante a sí mismo, todo debería haberlo convencido de que
en cada momento de su duración, no era más que un instrumento pasivo en manos
de la necesidad. dadle disposiciones transitorias o duraderas, ¿no son éstas,
en todo momento, decisivas para sus ideas?; de sus pensamientos: de sus deseos:
de sus miedos: de su movimiento, ya sea visible u oculto? El estado en que se
encuentra, no depende necesariamente del aire que lo rodea diversamente
modificado; sobre las diversas propiedades de los alimentos que lo nutren; ¿De
las combinaciones secretas que se forman en su máquina, que conservan su orden
o la confunden? En resumen, si el hombre se hubiera estudiado bastante a sí
mismo, todo debería haberlo convencido de que en cada momento de su duración,
no era más que un instrumento pasivo en manos de la necesidad. dadle
disposiciones transitorias o duraderas, ¿no son éstas, en todo momento,
decisivas para sus ideas?; de sus pensamientos: de sus deseos: de sus miedos:
de su movimiento, ya sea visible u oculto? El estado en que se encuentra, no
depende necesariamente del aire que lo rodea diversamente modificado; sobre las
diversas propiedades de los alimentos que lo nutren; ¿De las combinaciones
secretas que se forman en su máquina, que conservan su orden o la confunden? En
resumen, si el hombre se hubiera estudiado bastante a sí mismo, todo debería
haberlo convencido de que en cada momento de su duración, no era más que un
instrumento pasivo en manos de la necesidad. ya sea visible u oculto? El estado
en que se encuentra, no depende necesariamente del aire que lo rodea
diversamente modificado; sobre las diversas propiedades de los alimentos que lo
nutren; ¿De las combinaciones secretas que se forman en su máquina, que
conservan su orden o la confunden? En resumen, si el hombre se hubiera
estudiado bastante a sí mismo, todo debería haberlo convencido de que en cada
momento de su duración, no era más que un instrumento pasivo en manos de la
necesidad. ya sea visible u oculto? El estado en que se encuentra, no depende
necesariamente del aire que lo rodea diversamente modificado; sobre las
diversas propiedades de los alimentos que lo nutren; ¿De las combinaciones
secretas que se forman en su máquina, que conservan su orden o la confunden? En
resumen, si el hombre se hubiera estudiado bastante a sí mismo, todo debería
haberlo convencido de que en cada momento de su duración, no era más que un
instrumento pasivo en manos de la necesidad.
Así debe parecer que donde todo está conectado,
donde todas las causas están ligadas entre sí, donde el todo forma una inmensa
cadena, no puede haber ninguna energía independiente, aislada; cualquier poder
separado. Se sigue entonces que la Naturaleza, siempre en acción, señala al
hombre cada punto de la línea que está obligado a describir; establece la ruta,
por la cual debe viajar. Es la Naturaleza la que elabora, la que combina los
elementos de los que debe estar compuesto; es la Naturaleza la que le da su
ser, su tendencia, su peculiar modo de acción. Es la Naturaleza la que lo
desarrolla, lo expande, lo fortalece, aumenta su volumen, lo preserva por una
temporada, durante la cual está obligado a cumplir la tarea que se le impone.
Es la Naturaleza, que en su andar por la vida, esparce por el camino esos
objetos, esos acontecimientos; esas aventuras, que lo modifican de diversas
maneras, que le dan impulsos unas veces agradables y benéficos, otras
perjudiciales y desagradables. Es la Naturaleza, que al darle sentimiento, al
proporcionarle sentimiento, le ha dotado de capacidad para elegir, los medios
para elegir esos objetos, para tomar aquellos métodos que son más conducentes,
más adecuados, más naturales, para su conservación. Es la Naturaleza, que cuando
ha corrido su carrera, cuando ha terminado su carrera, cuando ha trazado el
círculo que le ha sido trazado, lo conduce a su vez a su destrucción; disuelve
la unión de sus partículas elementales, y lo obliga a someterse a la constante,
la ley universal; de cuya operación nada está exento. Es así que el movimiento
coloca al hombre en la matriz de su madre; lo saca de su vientre; lo sostiene
por una temporada; finalmente lo destruye; le obliga a volver al seno de la
Naturaleza; quien lo reproduce velozmente, esparcido bajo una infinidad de
formas; en que cada una de sus partículas recorre de nuevo, del mismo modo, las
distintas etapas, tan necesarias como el todo había recorrido antes las de su
existencia precedente.
Los seres de la especie humana, así como todos los
demás seres, son susceptibles de dos clases de movimiento: uno, el de la masa,
por el cual un cuerpo entero, o algunas de sus partes, se trasladan
visiblemente de un lugar a otro. ; la otra, interna y oculta, de la cual el
hombre es sensible en parte, mientras que otra ocurre sin su conocimiento, y ni
siquiera puede adivinarse, sino por el efecto que produce exteriormente. En una
máquina tan extremadamente compleja como el hombre, formada por la combinación
de tal multiplicidad de materia, tan diversificada en sus propiedades, tan
diferente en sus proporciones, tan variada en sus modos de acción, el
movimiento se vuelve necesariamente de la clase más complicada; su torpeza, así
como su rapidez, escapan frecuentemente a la observación de aquellos mismos en
quienes tiene lugar.
No nos sorprendamos, pues, si, cuando el hombre se
iba a dar cuenta de su existencia, de su manera de actuar, encontrando tantos
obstáculos que tropezar, inventara hipótesis tan extrañas para explicar el
resorte oculto de su máquina, si luego le pareció que este movimiento era
diferente del de otros cuerpos, concibió la idea de que se movía y actuaba de
una manera completamente distinta de los demás seres de la Naturaleza. Percibió
claramente que su cuerpo, así como diferentes partes de él, sí actuaban; pero,
con frecuencia, era incapaz de descubrir qué los ponía en acción: de dónde
recibía el impulso: entonces conjeturaba que contenía dentro de sí mismo un
principio de movimiento distinto de su máquina, que secretamente daba un
impulso a los resortes que ponían esta máquina en marcha. movimiento; que lo
movía por su propia energía natural; que, en consecuencia, actuó de acuerdo con
leyes totalmente distintas de las que regulaban el movimiento de otros seres:
era consciente de cierto movimiento interno, que no podía dejar de sentir; pero
¿cómo podía concebir que este movimiento invisible fuera tan frecuentemente
competente para producir efectos tan sorprendentes? ¿Cómo podía comprender que
una idea fugitiva, un acto de pensamiento imperceptible, estuviera tan
frecuentemente capacitado para traer todo su ser a problemas y confusión? Cayó
en la creencia de que percibía dentro de sí mismo una sustancia distinta de ese
yo, dotada de una fuerza secreta; en las que supuso que existían cualidades
claramente diferentes de aquellas, ya sea de las causas visibles que actuaron
sobre sus órganos, o de esos órganos mismos. No comprendió suficientemente que
la causa primitiva que hace caer una piedra, o el movimiento de sus brazos, son
tal vez tan difíciles de comprender, tan arduos de explicar, como esos impulsos
internos, de los cuales son efectos su pensamiento o su voluntad. Así, a falta
de meditar sobre la Naturaleza, de considerarla bajo su verdadero punto de
vista, de notar la conformidad, de notar la simultaneidad, la unidad del
movimiento de esta fuerza motriz imaginada con la de su cuerpo, de sus órganos
materiales, conjeturó que no sólo era un ser distinto, sino que estaba
apartado, con diferentes energías, de todos los demás seres de la Naturaleza;
que era de una esencia más simple que no tenía nada en común con nada de lo que
lo rodeaba; nada que lo conectara con todo lo que contemplaba. del cual su
pensamiento o su voluntad son los efectos. Así, a falta de meditar sobre la
Naturaleza, de considerarla bajo su verdadero punto de vista, de notar la
conformidad, de notar la simultaneidad, la unidad del movimiento de esta fuerza
motriz imaginada con la de su cuerpo, de sus órganos materiales, conjeturó que
no sólo era un ser distinto, sino que estaba apartado, con diferentes energías,
de todos los demás seres de la Naturaleza; que era de una esencia más simple
que no tenía nada en común con nada de lo que lo rodeaba; nada que lo conectara
con todo lo que contemplaba. del cual su pensamiento o su voluntad son los
efectos. Así, a falta de meditar sobre la Naturaleza, de considerarla bajo su
verdadero punto de vista, de notar la conformidad, de notar la simultaneidad,
la unidad del movimiento de esta fuerza motriz imaginada con la de su cuerpo,
de sus órganos materiales, conjeturó que no sólo era un ser distinto, sino que
estaba apartado, con diferentes energías, de todos los demás seres de la
Naturaleza; que era de una esencia más simple que no tenía nada en común con
nada de lo que lo rodeaba; nada que lo conectara con todo lo que contemplaba.
la unidad del movimiento de esta fuerza motriz imaginaria con la de su cuerpo,
de sus órganos materiales, conjeturó que no sólo era un ser distinto, sino que
estaba separado, con diferentes energías, de todos los demás seres. en naturaleza;
que era de una esencia más simple que no tenía nada en común con nada de lo que
lo rodeaba; nada que lo conectara con todo lo que contemplaba. la unidad del
movimiento de esta fuerza motriz imaginaria con la de su cuerpo, de sus órganos
materiales, conjeturó que no sólo era un ser distinto, sino que estaba
separado, con diferentes energías, de todos los demás seres. en naturaleza; que
era de una esencia más simple que no tenía nada en común con nada de lo que lo
rodeaba; nada que lo conectara con todo lo que contemplaba.
Es de allí que ha surgido sucesivamente sus
nociones de ESPIRITUALIDAD, INMATERIALIDAD, INMORTALIDAD; en fin, todas esas
vagas palabras sin sentido que ha inventado por grados, para sutilizar y
designar los atributos del poder desconocido, que cree contener en sí mismo;
que él conjetura que es el principio oculto de todas sus acciones visibles
cuando el hombre una vez embebe una idea que no puede comprender, medita sobre
ella hasta que le ha dado una personificación completa: Así vio, o imaginó ver,
la materia ígnea penetrar todo; conjeturó que era el único principio de vida y
actividad; procedió a encarnarlo; le dio su propia forma; lo llamó JÚPITER, y
terminó por adorar esta imagen de su propia creación, como el poder del que
derivaba todo bien que experimentaba, todo mal que soportaba. Para coronar las
atrevidas conjeturas que se atrevía a hacer sobre esta fuerza motriz interna,
suponía que, a diferencia de todos los demás seres, incluso del cuerpo que
servía para envolverlo, no estaba obligado a disolverse; que tal era su
perfecta sencillez, que no podía descomponerse, ni siquiera cambiar de forma;
en fin, que estaba por su esencia exenta de aquellas revoluciones a que veía
sometido el cuerpo, así como todos los seres compuestos de que está llena la
Naturaleza.
Así el hombre, en sus propias ideas, se hizo doble;
se miraba a sí mismo como un todo, compuesto por la inconcebible asamblea de
dos naturalezas diferentes, dos distintas, que no tienen ningún punto de
analogía entre sí: distinguía dos sustancias en sí mismo; uno evidentemente
sometido a la influencia de seres groseros, compuestos de materia grosera e
inerte: a esto lo llamó CUERPO; el otro, que él supuso simple, de una esencia
más pura, fue contemplado actuando por sí mismo: dando movimiento a la cuerpo,
con el cual se encontró tan milagrosamente unido: a esto él lo llamó ALMA, o
ESPÍRITU; las funciones del uno, las denominó físicas, corporales, materiales ;
las funciones del otro las llamó espirituales, intelectuales.El Hombre,
considerado relativamente al primero, se denominó HOMBRE FÍSICO; visto en
relación con el último, fue designado el HOMBRE MORAL. Estas distinciones,
aunque adoptadas por la mayor parte de los filósofos de la actualidad, no
están, sin embargo, más que fundadas en suposiciones gratuitas. El hombre
siempre ha creído remediar su ignorancia de las cosas, inventando palabras a
las que nunca podría atribuirles ningún sentido o significado verdadero.
Imaginó que entendía la materia, sus propiedades, sus facultades, sus recursos,
sus diferentes combinaciones, porque vislumbró superficialmente algunas de sus
cualidades: sin embargo, en realidad no ha hecho más que oscurecer las vagas
ideas que se le ha ocurrido. capacitado para formar de esta materia,
asociándola con una sustancia mucho menos inteligible que ella misma. Es así,
hombre especulativo, al formar palabras, al multiplicar los seres, no ha hecho
más que sumergirse en mayores dificultades que las que se esforzaba en evitar;
y por lo tanto puso obstáculos al progreso de su conocimiento: cada vez que ha
carecido de hechos, ha recurrido a conjeturas, que rápidamente transformó en
realidades imaginadas. Así, su imaginación, ya no guiada por la experiencia,
apurada por sus nuevas ideas, se perdió, sin esperanza de retorno, en el
laberinto de un ideal, de un mundo intelectual, al que él mismo había dado a
luz; era casi imposible sacarlo de este engaño, colocarlo en el camino
correcto, del cual sólo la experiencia puede proporcionarle la pista. La
naturaleza señala al hombre que en él mismo, así como en todos los objetos que
actúan sobre él, no hay nunca más que materia dotada de varias propiedades,
diversamente modificada, que actúa en razón de estas propiedades: que el hombre
es un todo organizado, compuesto de una variedad de materia; que como todas las
demás producciones de la Naturaleza, sigue leyes generales y conocidas, así
como aquellas leyes o modos de acción que le son peculiares y desconocidos.
Así, cuando se indague, ¿qué es el hombre?
Decimos que es un ser material, organizado de una
manera peculiar; conformado a un cierto modo de pensar, de sentir; capaz de
modificación en ciertos modos peculiares a él mismo, a su organización, a esa
combinación particular de materia que se encuentra reunida en él.
Si, nuevamente, se preguntara, ¿qué origen le damos
a los seres de la especie humana?
Respondemos que, como todos los demás seres, el
hombre es una producción de la Naturaleza, que se les parece en algunos
aspectos y se encuentra sometido a las mismas leyes; que se diferencia de ellos
en otros aspectos, y sigue leyes particulares, determinadas por la diversidad
de su conformación.
Si, entonces, se pregunta, ¿de dónde vino el
hombre?
Respondemos que nuestra experiencia sobre este
punto no nos capacita para resolver la cuestión: pero que no nos puede
interesar, pues nos basta saber que el hombre existe; que está así constituido,
como para ser competente a los efectos que testificamos.
Pero se insistirá, ¿ha existido siempre el hombre?
¿Ha existido la especie humana desde toda la eternidad; ¿O es sólo una
producción instantánea de la Naturaleza? ¿Ha habido siempre hombres como
nosotros? ¿Siempre habrá tal? ¿Ha habido, en todos los tiempos, hombres y
mujeres? ¿Hubo un primer hombre, de quien descienden todos los demás? ¿Era el
animal anterior al huevo, o el huevo precedía al animal? ¿Es esta especie sin
principio? ¿Será también sin fin? La especie misma, ¿es indestructible o perece
como sus individuos? ¿Ha sido siempre el hombre lo que es ahora? ¿O se ha visto
obligado, antes de llegar al estado en que lo vemos, a pasar por una infinidad
de desarrollos sucesivos? ¿Puede el hombre al fin jactarse de haber llegado a
un ser fijo, o la especie humana debe volver a cambiar? Si el hombre es
producto de la Naturaleza, se preguntará tal vez: ¿Es esta Naturaleza
competente para producir nuevos seres, para hacer desaparecer las viejas
especies? Adoptando esta suposición, cabe preguntarse, ¿por qué la Naturaleza
no produce ante nuestros propios ojos nuevos seres, nuevas especies?
Al revisar estas preguntas, parecería ser
perfectamente indiferente, en cuanto a la estabilidad del argumento que hemos
usado, de qué lado se tomó; que, por falta de experiencia, la hipótesis debe
satisfacer una curiosidad que siempre se esfuerza por saltar más allá de los
límites prescritos a nuestra mente. Concedido esto, dirá el contemplador de la
Naturaleza, que no ve contradicción alguna en suponer que la especie humana,
tal como es hoy, fue producida en el transcurso del tiempo, o desde toda la eternidad:
no percibirá ninguna ventaja que puede derivarse de suponer que ha llegado por
diferentes etapas, o desarrollos sucesivos, al estado en que se encuentra
realmente. La materia es eterna, es necesaria, pero sus formas son evanescentes
y contingentes. Puede preguntarse al hombre si es algo más que materia
combinada,
Sin embargo, algunas reflexiones parecen favorecer
la suposición, para hacer más probable la hipótesis, de que el hombre es una
producción formada en el transcurso del tiempo; quién es peculiar del globo que
habita, quién es el resultado de las leyes peculiares por las cuales está
dirigido; quien, en consecuencia, sólo puede fechar su formación como coetánea
con la de su planeta. La existencia es esencial al universo, o conjunto total
de materia esencialmente variada que se presenta a nuestra contemplación; las
combinaciones, las formas, sin embargo, no son esenciales. Concedido esto,
aunque la materia de la que se compone la tierra siempre ha existido, es
posible que esta tierra no siempre haya tenido su forma actual, sus propiedades
reales; tal vez sea una masa desprendida en el curso del tiempo de algún otro
cuerpo celeste; tal vez sea el resultado de las manchas, o esas incrustaciones
que los astrónomos descubren en el disco solar, que han tenido la facultad de
difundirse sobre nuestro sistema planetario; tal vez la esfera que habitamos
puede ser un cometa extinguido o desplazado, que hasta ahora ocupaba algún otro
lugar en las regiones del espacio; que, en consecuencia, era entonces
competente para producir seres muy diferentes de los que ahora contemplamos
esparcidos sobre su superficie; viendo que su posición entonces, su naturaleza,
debió hacer sus producciones diferentes de las que hoy ofrece a nuestra vista.
entonces era competente para producir seres muy diferentes de los que ahora
contemplamos esparcidos sobre su superficie; viendo que su posición entonces,
su naturaleza, debió hacer sus producciones diferentes de las que hoy ofrece a
nuestra vista. entonces era competente para producir seres muy diferentes de
los que ahora contemplamos esparcidos sobre su superficie; viendo que su
posición entonces, su naturaleza, debió hacer sus producciones diferentes de
las que hoy ofrece a nuestra vista.
Cualquiera que sea la suposición adoptada, las
plantas, los animales, los hombres, sólo pueden ser considerados como
producciones inherentes y naturales a nuestro globo, en la posición y en las
circunstancias en que realmente se encuentra: estas producciones sería
razonable inferir que ser cambiado, si este globo por cualquier revolución
llegara a cambiar su situación. Lo que parece reforzar esta hipótesis es que en
nuestra bola misma, todas las producciones varían, en razón de sus diferentes
climas: hombres, animales, vegetales, minerales, no son los mismos en todas
partes de ella: varían a veces en un manera muy sensata, a distancias muy
despreciables. El elefante es autóctono o nativo de la zona tórrida: el reno es
propio de los climas gélidos del norte; Indostan es la matriz que madura el
diamante; no lo encontramos producido en nuestro propio país: la piña crece en
la atmósfera común de América; en nuestro clima nunca se produce al aire libre,
nunca hasta que el arte ha proporcionado un sol análogo al que requiere; el
europeo en su propio clima no encuentra esta deliciosa fruta. El hombre en
diferentes climas varía en su color, en su tamaño, en su conformación, en sus
poderes, en su industria, en su coraje y en las facultades de su mente. Pero,
¿qué es lo que constituye el clima? Es la diferente posición de partes del
mismo globo, en relación con el sol; posiciones que bastan para hacer una
variedad sensible en sus producciones. El hombre en diferentes climas varía en
su color, en su tamaño, en su conformación, en sus poderes, en su industria, en
su coraje y en las facultades de su mente. Pero, ¿qué es lo que constituye el
clima? Es la diferente posición de partes del mismo globo, en relación con el
sol; posiciones que bastan para hacer una variedad sensible en sus
producciones. El hombre en diferentes climas varía en su color, en su tamaño,
en su conformación, en sus poderes, en su industria, en su coraje y en las
facultades de su mente. Pero, ¿qué es lo que constituye el clima? Es la
diferente posición de partes del mismo globo, en relación con el sol;
posiciones que bastan para hacer una variedad sensible en sus producciones.
Hay, pues, fundamento suficiente para conjeturar
que si por algún accidente nuestro globo se desplazara, todas sus producciones
cambiarían necesariamente; siendo las causas ya no las mismas, o no actuando ya
de la misma manera, los efectos ya no serían necesariamente lo que ahora son,
todas las producciones, para que puedan conservarse o mantener su existencia
actual, tienen ocasión coordinarse con el todo del que han emanado. Sin esto ya
no estarían en condiciones de subsistir: es esta facultad de coordenarse, esta
adaptación relativa, que se llama ORDEN DEL UNIVERSO: la falta de ella se llama
CONFUSIÓN. Aquellas producciones que son tratadas como MONSTRUOSAS, son tales
que son incapaces de coordinarse con las leyes generales o particulares de los
seres que los rodean, o con el todo en que se encuentran colocados: han tenido
la facultad en su formación de acomodarse a estas leyes; pero estas mismas
leyes se oponen a su perfección: por eso no pueden subsistir. Es así que por
cierta analogía de conformación que existe entre los animales de diferentes
especies, las mulas se producen fácilmente; pero estas mulas, incapaces de
coordinarse con los seres que las rodean, no pueden llegar a la perfección, por
lo que no pueden propagar su especie. El hombre sólo puede vivir en el aire, el
pez sólo en el agua: poned al hombre en el agua, al pez en el aire, al no poder
coordinarse con los fluidos que los rodean, estos animales serán rápidamente
destruidos. Transportado por la imaginación, un hombre de nuestro planeta a SATURNO,
sus pulmones serán en breve desgarrados por una atmósfera demasiado enrarecida
para su modo de ser, sus miembros se congelarán con la intensidad del frío;
perecerá por falta de encontrar elementos análogos a su existencia real:
transportar a otro a MERCURIO, el exceso de calor, más allá de lo que su modo
de existencia puede soportar, lo destruirá rápidamente.
Así, todo parece autorizar la conjetura de que la
especie humana es una producción peculiar de nuestra esfera, en la posición en
que se encuentra: que cuando esta posición pueda cambiar, la especie humana, en
consecuencia, será cambiado o será obligado a desaparecer; viendo que no habría
entonces aquello con lo que el hombre pudiera coordenarse con el todo, o
conectarse con lo que le permite subsistir. Es esta aptitud del hombre para
coordenarse con el todo, lo que no sólo le proporciona la idea de orden, sino
que también le hace exclamar: " todo lo que es, es correcto
".mientras que cada cosa es sólo lo que puede ser, en tanto que el todo es
necesariamente lo que es; mientras que positivamente no es ni bueno ni malo,
tal como entendemos esos términos: sólo es necesario desplazar a un hombre,
hacer él acusa al universo de confusión.
Estas reflexiones parecerían contradecir las ideas
de aquellos que están dispuestos a conjeturar que los otros planetas, como el
nuestro, están habitados por seres que se parecen a nosotros. Pero si el
LAPLANDERO difiere de manera tan marcada del HOTTENTOT, ¿qué diferencia no
deberíamos suponer racionalmente entre un habitante de nuestro planeta y uno de
SATURNO o de VENUS?
Sea como fuere, si nos vemos obligados a recurrir
con la imaginación al origen de las cosas, a la infancia de la especie humana,
podemos decir que es probable que el hombre fuera una consecuencia necesaria
del desenmarañamiento de nuestro globo; o uno de los resultados de las
cualidades, de las propiedades, de las energías, de las cuales es susceptible
en su posición actual—que nació hombre y mujer—que su existencia está
coordinada con la del globo, bajo su posición actual, que mientras subsista
esta coordinación, la especie humana se conservará, se propagará, según el
impulso, según las leyes primitivas que ha recibido originalmente, que si esta
co- la ordenación debería cesar; si la tierra, desplazada, dejara de recibir el
mismo impulso, la misma influencia, por parte de aquellas causas que
actualmente actúan sobre él, o que le dan energía; que entonces la especie
humana cambiaría, para dar lugar a nuevos seres, aptos para coordinarse con el
estado que debería suceder al que ahora vemos subsistir.
Al suponer así los cambios en la posición de
nuestro globo, el hombre primitivo, tal vez, difería más del hombre actual que
el cuadrúpedo del insecto. Así el hombre, al igual que todo lo que existe en
nuestro planeta, así como en todos los demás, puede ser considerado como en un
estado de continua vicisitud: así el último término de la existencia del hombre
es para nosotros como desconocido y como indistinto como el primero: no hay,
por tanto, contradicción en la creencia de que las especies varían incesantemente,
que para nosotros es tan imposible saber en qué se convertirá como saber lo que
ha sido.
Con respecto a los que se pregunten ¿por qué la
Naturaleza no produce nuevos seres? podemos preguntarles a ellos a su vez,
¿sobre qué base suponen este hecho? ¿Qué es lo que les autoriza a creer en esta
esterilidad de la Naturaleza? ¿Saben ellos si, en las diversas combinaciones
que ella está formando a cada instante, la Naturaleza no se ocupa en producir
nuevos seres, sin el conocimiento de estos observadores? ¿Quién les ha
informado que esta Naturaleza no está reuniendo en realidad, en su inmenso elaborador,
los elementos adecuados para sacar a la luz generaciones enteramente nuevas,
que no tendrán nada en común con las de las especies actualmente existentes?
¿Qué absurdo entonces, o qué falta de justa inferencia, imaginar que el hombre,
el caballo, el pez, el pájaro, ya no existirán? ¿Son estos animales tan
indispensablemente necesarios para la Naturaleza, que sin ellos no puede
continuar su curso eterno? ¿No cambia todo a nuestro alrededor? ¿No cambiamos
nosotros mismos? ¿No es evidente que todo el universo no ha sido, en su
anterior duración eterna, rigurosamente lo mismo que ahora es? que es
imposible, en su eterna duración posterior, puede estar rígidamente en el mismo
estado que ahora está por un solo instante? ¿Cómo, pues, pretender adivinar
aquello a lo que la sucesión infinita de destrucción, de reproducción, de
combinación, de disolución, de metamorfosis, de cambio, de transposición, puede
eventualmente conducirlo por su consecuencia? Los soles se incrustan y se
extinguen; los planetas perecen y se dispersan en las vastas llanuras del aire;
otros soles se encienden, e iluminan sus sistemas; se forman nuevos planetas,
ya sea para hacer revoluciones alrededor de estos soles, o para describir
nuevas rutas; y el hombre, porción infinitamente pequeña del globo, que no es
más que un punto imperceptible en la inmensidad del espacio, cree en vano que
para sí mismo está hecho este universo; tontamente imagina que debería ser el
confidente de la Naturaleza; confiadamente se jacta de ser eterno: y se hace llamar
REY DEL UNIVERSO!!!
¡Oh hombre! ¿Nunca concebirás que no eres más que
un efímero? Todos los cambios en el gran macrocosmos: nada permanece igual un
instante, en el planeta que habitas: la naturaleza no contiene una forma
constante, sin embargo, pretendes que tu especie nunca puede desaparecer; ¡que
estarás exento de la ley universal, que desea que todos experimenten cambios!
¡Pobre de mí! En tu ser actual, ¿no estás sometido a continuas alteraciones?
¡Tú, que en tu locura, con arrogancia te atribuyes el título de REY DE LA NATURALEZA!
¡Tú, que mides la tierra y los cielos! ¡Tú, que en tu vanidad imaginas que el
todo fue hecho, porque eres inteligente! Sólo se requiere un accidente muy
leve, un solo átomo para ser desplazado, para hacerte perecer; para degradarte;
para arrebatarte esta inteligencia de la que pareces tan orgulloso.
Si todas las conjeturas anteriores son rechazadas
por aquellos que se nos oponen; si se pretende que la Naturaleza actúa por una
cierta cantidad de leyes inmutables y generales; si se cree que los hombres,
los cuadrúpedos, los peces, los insectos, las plantas, son desde toda la
eternidad, y permanecerán eternamente, lo que ahora son; del espacio, han
iluminado el firmamento; si se insiste, no debemos preguntar más por qué el
hombre es tal como aparece, y luego preguntar por qué la naturaleza es tal como
la contemplamos, o por qué existe el mundo. Ya no nos oponemos a tales
argumentos. Cualquiera que sea el sistema adoptado, quizás responda igualmente
bien a las dificultades con las que nuestros oponentes se esfuerzan por
entorpecer el camino: examinado de cerca, se percibirá que no hacen nada contra
esas verdades, que hemos recogido por experiencia. No le es dado al hombre
conocer todas las cosas, no le es dado conocer su origen, no le es dado
penetrar en la esencia de las cosas, ni recurrir a los primeros principios,
pero le es dado, tener razón, tener honestidad, admitir con ingenuidad que
ignora lo que no puede saber, y no sustituir su incertidumbre por palabras
ininteligibles, suposiciones absurdas. Así, decimos a aquellos que para
resolver dificultades muy por encima de su alcance, pretenden que la especie
humana desciende de un primer hombre y una primera mujer, creados diversamente
según diferentes credos, que tenemos algunas ideas de la Naturaleza, pero que
no tenemos nada de la creación; que la mente humana es incapaz de comprender el
período en que todo era nada; que usar palabras que no podemos entender,
Concluyamos entonces, que el hombre no tiene razón
justa, ni sólida para creerse un ser privilegiado en la Naturaleza; porque está
sujeto a las mismas vicisitudes, como todas sus otras producciones. Sus
pretendidas prerrogativas tienen su fundamento en el error, proveniente de
opiniones equivocadas acerca de su existencia. Que se eleve con sus
pensamientos sobre el globo que habita, mirará a su propia especie con los
mismos ojos que mira a todos los demás seres de la Naturaleza: entonces
percibirá claramente que de la misma manera que cada árbol produce su fruto, en
razón de sus energías, en consecuencia de su especie: así cada hombre actúa en
razón de su energía particular; que produce frutos, acciones, obras, igualmente
necesarios: sentirá que la ilusión que anticipa a favor suyo, surge de su ser,
a la vez, un espectador y una parte del universo. Reconocerá que la idea de
excelencia que atribuye a su ser no tiene otro fundamento que su propio interés
peculiar; que la predilección que tiene por sí mismo, que la doctrina que ha
abordado con tan aparente confianza, se basa en un fundamento muy sospechoso, a
saber, la IGNORANCIA y el AMOR PROPIO.
CAP. VIENES.
El Alma y el Sistema Espiritual .
El hombre, después de haberse supuesto
gratuitamente compuesto de dos sustancias independientes distintas, que no
tienen propiedades comunes, relativamente entre sí; ha pretendido, como hemos
visto, que lo que lo acciona interiormente, ese movimiento que es invisible,
ese impulso que se pone dentro de sí mismo, es esencialmente diferente de los
que actúan exteriormente. Al primero lo designó, como ya hemos dicho, con el
nombre de ESPÍRITU o de ALMA. Sin embargo, si se pregunta, ¿qué es un espíritu?
Los modernos responderán que todo el fruto de sus investigaciones metafísicas
se limita a saber que esta fuerza motriz, que afirman ser el resorte de la
acción del hombre, es una sustancia de naturaleza desconocida; tan simple, tan
indivisible, tan privada de extensión, tan invisible, tan imposible de ser
descubierta por los sentidos, que sus partes no pueden separarse, incluso por
abstracción o pensamiento. Surge entonces la pregunta, ¿cómo podemos concebir
tal sustancia, que es sólo la negación de todo aquello de lo que tenemos
conocimiento? Cómo formarnos una idea de una sustancia, vacía de extensión,
pero que actúa sobre nuestros sentidos; es decir, en aquellos órganos que son
materiales, que tienen extensión? ¿Cómo puede ser móvil un ser sin extensión;
¿Cómo poner la materia en acción? ¿Cómo puede una sustancia desprovista de
partes, corresponder sucesivamente con diferentes partes del espacio? Pero una
pregunta muy convincente se presenta en esta ocasión: si esta sustancia
distinta que se dice que forma una de las partes componentes del hombre, es
realmente lo que se informa, y si no lo es, no es lo que se describe; si es
desconocido, si no es permeable a los sentidos; si es invisible, ¿Por qué
medios los mismos metafísicos se familiarizaron con él? ¿Cómo se formaron ideas
de una sustancia que, tomando su propia cuenta de ella, no es, bajo ninguna de
sus circunstancias, ni directamente ni por analogía, cognoscible para la mente
del hombre? Si pudieran lograr esto positivamente, ya no habría ningún misterio
en la Naturaleza: sería tan fácil concebir el tiempo en que todo era nada,
cuando todo habrá pasado, para dar cuenta de la producción de todo lo que
contemplamos, como cavar en un jardín o leer una conferencia.—La duda se
desvanecería de la especie humana; ya no podía haber ninguna diferencia de
opinión, ya que todos debían estar necesariamente de acuerdo sobre un tema tan
accesible a cada investigador. ya sea directamente o por analogía, cognoscible
para la mente del hombre? Si pudieran lograr esto positivamente, ya no habría
ningún misterio en la Naturaleza: sería tan fácil concebir el tiempo en que
todo era nada, cuando todo habrá pasado, para dar cuenta de la producción de
todo lo que contemplamos, como cavar en un jardín o leer una conferencia.—La
duda se desvanecería de la especie humana; ya no podía haber ninguna diferencia
de opinión, ya que todos debían estar necesariamente de acuerdo sobre un tema
tan accesible a cada investigador. ya sea directamente o por analogía,
cognoscible para la mente del hombre? Si pudieran lograr esto positivamente, ya
no habría ningún misterio en la Naturaleza: sería tan fácil concebir el tiempo
en que todo era nada, cuando todo habrá pasado, para dar cuenta de la
producción de todo lo que contemplamos, como cavar en un jardín o leer una
conferencia.—La duda se desvanecería de la especie humana; ya no podía haber
ninguna diferencia de opinión, ya que todos debían estar necesariamente de
acuerdo sobre un tema tan accesible a cada investigador. –La duda
desaparecerÃa de la especie humana; ya no podía haber ninguna diferencia de
opinión, ya que todos debían estar necesariamente de acuerdo sobre un tema tan
accesible a cada investigador. –La duda desaparecerÃa de la especie humana;
ya no podía haber ninguna diferencia de opinión, ya que todos debían estar
necesariamente de acuerdo sobre un tema tan accesible a cada investigador.
Pero se responderá, admite el materialista mismo,
los filósofos naturales de todas las épocas han admitido, elementos y átomos,
seres simples e indivisibles, de los cuales se componen los cuerpos:—concedido;
no tienen más: también han admitido que muchos de estos átomos, muchos de estos
elementos, si no todos, les son desconocidos: sin embargo, estos seres simples,
estos átomos del materialista, no son lo mismo con el espíritu, o el alma del
metafísico. Cuando el filósofo natural habla de átomos, cuando los describe
como seres simples, no indica nada más que que son homogéneos, puros, sin
mezcla: pero luego admite que tienen extensión, por lo tanto partes, son
separables por el pensamiento, aunque ningún otro agente natural que él conozca
es capaz de dividirlos: si hubiera recurrido a los átomos del primero —si
hubiera hecho de esta sustancia el último término posible de la división de la
materia— al menos habría sido inteligible; también habría sido inmortal, ya
que, según los razonamientos de todos los hombres, sean metafísicos, teólogos o
filósofos de la naturaleza, un átomo es un elemento indestructible, que debe
existir por toda la eternidad.
Todos los hombres están de acuerdo en esta
posición, que el movimiento es el cambio sucesivo de las relaciones de un
cuerpo con otros cuerpos, o con las diferentes partes del espacio. Si eso que
se llama espírituser susceptible de comunicar o recibir movimiento, si actúa,
si da juego a los órganos del cuerpo, para producir estos efectos, se sigue
necesariamente que este ser cambia sucesivamente su relación, su tendencia, su
correspondencia, la posición de sus partes, ya sea con relación a los
diferentes puntos del espacio, o a los diferentes órganos del cuerpo que pone
en acción: pero para cambiar su relación con el espacio, con los órganos a los
que da impulso, se sigue necesariamente que este espíritu la mayoría tiene
extensión, solidez, por lo tanto partes distintas: siempre que una sustancia
posee estas cualidades, es lo que llamamos MATERIA, ya no puede ser considerada
como un simple ser puro, en el sentido que le atribuyen los modernos o los
teólogos.
Así se verá, que aquellos que, para vencer
dificultades insuperables, han supuesto en el hombre una sustancia inmaterial,
distinta de su cuerpo, no se han entendido cabalmente a sí mismos; de hecho, no
han hecho más que imaginar una cualidad negativa, de la que no pueden tener una
idea correcta: la materia sola es capaz de actuar sobre nuestros sentidos; sin
esta acción nada sería capaz de darse a conocer a nosotros. No han visto que un
ser sin extensión no está en capacidad de moverse por sí mismo, ni tiene la
capacidad de comunicar el movimiento al cuerpo; ya que tal ser, al no tener
partes, no tiene la facultad de cambiar su relación, o su distancia, con
relación a otros cuerpos, ni de excitar el movimiento en el cuerpo humano, que
es en sí mismo material. Eso que se llama nuestra alma se mueve con nosotros;
ahora bien, el movimiento es una propiedad de la materia: esta alma da impulso
al brazo; el brazo, movido por él, hace una impresión, un golpe, que sigue la
ley general del movimiento: en este caso, permaneciendo la fuerza igual, si la
masa fuera doble, el golpe debería ser doble. Esta alma vuelve a evidenciar su
materialidad en los obstáculos invencibles que encuentra por parte del cuerpo.
Si el brazo se mueve por su impulso cuando nada se le opone, sin embargo, este
brazo ya no puede moverse, cuando está cargado con un peso superior a su
fuerza. He aquí pues una masa de materia que aniquila el impulso dado por una
causa espiritual, causa espiritual que no teniendo analogía con la materia, no
debe encontrar más dificultad en mover el mundo entero, que en mover un solo
átomo, ni un átomo, que el universo. De esto, es justo concluir, tal sustancia
es una quimera, un ser de la imaginación. Que se requería un ser diferentemente
dotado, diferentemente constituido, para poner la materia en movimiento, para
crear todos los fenómenos que contemplamos: sin embargo, es un ser que los
metafísicos han hecho el artífice, el Autor de la Naturaleza. Como el hombre,
en todas sus especulaciones, se toma a sí mismo por modelo, tan pronto como
imaginó un espíritu dentro de sí mismo, dándole extensión, lo hizo universal;
luego le atribuyó todas aquellas causas que su ignorancia le impide conocer,
así se identificó con el Autor de la Naturaleza—entonces se valió de la suposición
para explicar la conexión del alma con el cuerpo: su autocomplacencia le
impidió su percepción de que sólo estaba ampliando el círculo de sus errores,
al pretender comprender lo que es más que posible que nunca se le permitirá
saber; su amor propio le impedía sentir que cada vez que castigaba a otro por
no pensar como él, cometía la mayor injusticia, a menos que pudiera probar
satisfactoriamente que el otro estaba equivocado y que él mismo tenía razón:
que si él mismo estaba obligado a recurrir a hipótesis, a suposiciones
gratuitas, sobre las cuales fundar su doctrina, que por la falibilidad misma de
su naturaleza, éstas podrían ser erróneas: así fue perseguido GALILEO, porque
los metafísicos, los teólogos de su tiempo, optaron por hacer creer a los demás.
lo que era evidente no lo entendían ellos mismos.
Tan pronto como siento un impulso, o experimento un
movimiento, me veo en la necesidad de reconocer la extensión, la solidez, la
densidad, la impenetrabilidad de la sustancia que veo moverse o de la que
recibo el impulso: así, cuando la acción se atribuye a una causa cualquiera ,
me veo en la obligación de considerarlo MATERIAL. Puedo ignorar su naturaleza
individual, su modo de acción o sus propiedades genéricas; pero no puedo
engañarme a mí mismo en las propiedades generales, que son comunes a toda la
materia: esta ignorancia sólo aumentará cuando dé por sentado lo de un ser, del
cual desde ese momento estoy impedido por lo que admito de formarme idea
alguna. , que además le priva por completo de la facultad de moverse, de dar un
impulso o de actuar. Así, según la idea recibida del término, una sustancia
espiritual que se mueve a sí misma,
Los partidarios de la espiritualidad creen
responder a las dificultades que han acumulado al afirmar que " el alma es
completa, es completa en cada punto de su extensión".cuando el cuerpo
avanza, el alma no se queda atrás; si es así, tiene una cualidad en común con
el cuerpo, peculiar a la materia; ya que se transporta de un lugar a otro junto
con el cuerpo. Así, cuando incluso el alma debe ser admitida como inmaterial,
¿qué conclusión debe sacarse? Enteramente sometido al movimiento del cuerpo,
sin este cuerpo permanecería muerto e inerte. Esta alma sería sólo parte de una
doble máquina, necesariamente impulsada por una concatenación o conexión con el
todo. Se parecería a un pájaro, que un niño conduce a su antojo por la cuerda
con que está atado. cuando incluso el alma debe ser admitida como inmaterial,
¿qué conclusión debe sacarse? Enteramente sometido al movimiento del cuerpo,
sin este cuerpo permanecería muerto e inerte. Esta alma sería sólo parte de una
doble máquina, necesariamente impulsada por una concatenación o conexión con el
todo. Se parecería a un pájaro, que un niño conduce a su antojo por la cuerda
con que está atado. cuando incluso el alma debe ser admitida como inmaterial,
¿qué conclusión debe sacarse? Enteramente sometido al movimiento del cuerpo,
sin este cuerpo permanecería muerto e inerte. Esta alma sería sólo parte de una
doble máquina, necesariamente impulsada por una concatenación o conexión con el
todo. Se parecería a un pájaro, que un niño conduce a su antojo por la cuerda
con que está atado.
Así, es por falta de consultar la experiencia, por
no atender a la razón, que el hombre ha oscurecido sus ideas sobre el principio
oculto de su movimiento. Si, desenredado de prejuicios, si, desprovisto de
suposiciones gratuitas, si, desechando el error, contemplara su alma, o el
principio motor que actúa en él, se convenciera de que forma parte de su
cuerpo, que no puede distinguirse de él sino por abstracción; que es sólo el
cuerpo mismo, considerado relativamente con algunas de sus funciones, o con aquellas
facultades de las que su naturaleza, o su organización peculiar, lo hace
susceptible: - él percibirá que esta alma está obligada a sufrir los mismos
cambios como el cuerpo; que nace con él; que se expande con él; que al igual
que el cuerpo, pasa por un estado de infancia, un período de debilidad, una
temporada de inexperiencia; que se agranda, que se fortalece, en la misma
progresión; que al igual que el cuerpo, llega a la edad adulta o alcanza la
madurez; que es entonces, y no hasta entonces, que obtiene la facultad de
cumplir ciertas funciones; que es en esta etapa, y no en otra, que goza de
razón; que muestra más o menos ingenio, juicio y actividad varonil; que, como
el cuerpo, está sujeto a aquellas vicisitudes que las causas exteriores le
obligan a sufrir por su influencia; que, juntamente con el cuerpo, sufre,
disfruta, participa de sus placeres, comparte sus dolores, es sano cuando el
cuerpo está sano y enfermo cuando el cuerpo está oprimido por la enfermedad;
que como el cuerpo, se modifica continuamente por los diferentes grados de
densidad de la atmósfera; por la variedad de las estaciones,
A pesar de esta analogía, o más bien de esta
continua identidad, del alma con el cuerpo, el hombre ha querido distinguir su
esencia; por lo tanto, ha hecho del alma un ser inconcebible: pero para
formarse una idea de ella, estaba, sin embargo, obligado a recurrir a los seres
materiales ya su manera de actuar. La palabra espíritu , por lo tanto, no
presenta a la mente otras ideas que las de respiración, de respiración, de
viento. Así, cuando se dice que el alma es un espíritu, realmente no significa
nada más que su modo de acción es como el de la respiración: que aunque
invisible en sí mismo, o actuando sin ser visto, sin embargo, produce efectos
muy visibles. Pero el aliento, se reconoce, es una causa material; se permite
modificar con aire; no es, por tanto, una sustancia simple o pura, como la
designan los modernos con el nombre de ESPÍRITU.
Es bastante singular que en el hebreo, el griego y
el latín, la sinonimia o el término correspondiente para espíritu signifique
aliento . Los mismos metafísicos pueden decir mejor por qué han adoptado tal
palabra, para designar la sustancia que han distinguido de la materia: algunos
de ellos, temerosos de no tener seres suficientemente distintos, han ido más
lejos, y han compuesto al hombre de tres sustancias, CUERPO, ALMA e INTELECTO.
Aunque la palabra espíritues tan antigua entre los
hombres, el sentido que le atribuyen los modernos es bastante nuevo: la idea de
espiritualidad, tal como se admite en la actualidad, es una producción reciente
de la imaginación. Ni Pitágoras ni PLATÓN, por acalorado que fuera su cerebro,
por decidido que fuera su gusto por lo maravilloso, parecen haber entendido por
espíritu una sustancia inmaterial, o sin extensión, desprovista de partes; como
aquella de la que los modernos han formado el alma humana, autora oculta del
movimiento. Los antiguos, por la palabra espíritu, estaban deseosos de definir
la materia de una sutileza extrema, de una calidad más pura que la que actuaba
groseramente sobre nuestros sentidos. En consecuencia, algunos han considerado
el alma como una sustancia etérea; otros como materia ígnea; otros nuevamente
lo han comparado con la luz. DEMÓCRITO la hizo consistir en movimiento, por
consiguiente le dio un modo de existencia. ARISTOXENES, que era él mismo
músico, hizo armonía. ARISTÓTELES consideraba el alma como la facultad motora,
de la que dependía el movimiento de los cuerpos vivos.
Los primeros doctores del cristianismo no tenían
otra idea del alma que la de que era material. TERTULIANO, ARNOBIO, CLEMENTE DE
ALEJANDRÍA, ORIGEN, SAN JUSTINO, IRENAEO, todos han disertado sobre él; pero
nunca he hablado de ella sino como sustancia corpórea, como materia. Estaba
reservado para sus sucesores en una gran distancia de tiempo, hacer del alma
humana y del mundo espíritus puros.; es decir, sustancias inmateriales, de las
que es imposible formarse una idea exacta: poco a poco esta incomprensible
doctrina de la espiritualidad, conforme sin duda a los puntos de vista de
quienes hacen de ella un principio para aniquilar la razón, prevaleció sobre
las demás: Pero podría preguntarse con justicia si las supuestas pruebas de
esta doctrina se deben a un hombre que en un punto mucho más comprensible ha
sido probado en error; si, en lo que el tiempo ha demostrado que era accesible
a la razón del hombre, el gran paladín en apoyo de este dogma fue engañado; ¿No
estamos obligados a examinar, con la más rigurosa investigación, los
razonamientos, las pruebas, de quien fue el decidido, el probado hijo del
entusiasmo y del error? Sin embargo, DESCARTES, a cuyos sublimes errores el
mundo está en deuda por el sistema newtoniano,lo que piensa debe distinguirse
de la materia ", de donde concluye un tanto apresuradamente que el alma, o
lo que piensa en el hombre, es un espíritu, o una simple sustancia indivisible.
Quizá hubiera sido más lógico, más consecuente con razón, haber dicho, puesto
que el hombre, que es materia, que no tiene idea sino de materia, goza de la
facultad de pensar, la materia puede pensar, es decir, es susceptible de esa
modificación particular llamada pensamiento.
Sea como fuere, esta doctrina se creía divina,
sobrenatural, porque era inconcebible para el hombre. Aquellos que se
atrevieron a creer incluso lo que antes se creía; a saber, que el alma era
material, fueron considerados como locos temerarios y desconsiderados, o bien
tratados como enemigos del bienestar y la felicidad de la raza humana. Cuando
el hombre había renunciado una vez a la experiencia; cuando había abjurado de
su razón; cuando se había unido al estandarte de esta entusiasta novedad; no
hizo más que, día tras día, sutilizar el delirio, los delirios de su
imaginación: se complacía en hundirse cada vez más en las profundidades más
insondables del error: se felicitaba de sus descubrimientos; en su pretendido
conocimiento; en una proporción exacta a medida que su entendimiento se vio
envuelto en las nieblas de la oscuridad, rodeado por las nubes de la
ignorancia. Así, como consecuencia del razonamiento del hombre sobre principios
falsos; de haber renunciado a la evidencia de sus sentidos; el principio motor
dentro de él, el autor oculto del movimiento, se ha convertido en una mera
quimera, un mero ser de la imaginación, porque la ha despojado de todas las
propiedades conocidas; porque no le ha atribuido nada más que propiedades que,
por la misma naturaleza de su existencia, está incapacitado para comprender.
La doctrina de la espiritualidad, tal como existe
ahora, no ofrece más que ideas vagas; o más bien es la ausencia de todas las
ideas. ¿Qué presenta a la mente, sino una sustancia que no posee nada de lo que
nuestros sentidos nos permitan tener un conocimiento? ¿Puede ser verdad que un
hombre es capaz de figurarse a sí mismo un ser no material, sin extensión ni
partes, que, sin embargo, actúa sobre la materia sin tener ningún punto de
contacto, ninguna clase de analogía con ella; y que ella misma recibe el impulso
de la materia por medio de órganos materiales, que le anuncian la presencia de
otros seres? ¿Es posible concebir la unión del alma con el cuerpo; ¿comprender
cómo este cuerpo material puede atar, encerrar, constreñir, determinar un ser
fugitivo que escapa a todos nuestros sentidos? ¿Es honesto, es un trato
sencillo, para resolver estas dificultades, diciendo que hay un misterio en
ellos; que son los efectos de un poder, más inconcebible que el alma humana;
que su modo de actuar, por oculto que esté a nuestra vista? Cuando para
resolver estos problemas, el hombre se ve obligado a recurrir a los milagros oa
hacer intervenir a la Divinidad, ¿no confiesa su propia ignorancia? Cuando, a
pesar de la ignorancia que así se ve obligado a confesar valiéndose de la
agencia divina, nos dice, esta sustancia inmaterial, esta alma, experimentará
la acción del elemento fuego, que él permite que sea material; cuando dice
confiadamente que esta alma será quemada; sufrirá en el purgatorio; ¿No tenemos
derecho a creer que, o tiene el propósito de engañarnos, o que él mismo no
comprende lo que tanto ansía que creyéramos en su palabra? que son los efectos
de un poder, más inconcebible que el alma humana; que su modo de actuar, por
oculto que esté a nuestra vista? Cuando para resolver estos problemas, el
hombre se ve obligado a recurrir a los milagros oa hacer intervenir a la
Divinidad, ¿no confiesa su propia ignorancia? Cuando, a pesar de la ignorancia
que así se ve obligado a confesar valiéndose de la agencia divina, nos dice,
esta sustancia inmaterial, esta alma, experimentará la acción del elemento
fuego, que él permite que sea material; cuando dice confiadamente que esta alma
será quemada; sufrirá en el purgatorio; ¿No tenemos derecho a creer que, o
tiene el propósito de engañarnos, o que él mismo no comprende lo que tanto
ansía que creyéramos en su palabra? que son los efectos de un poder, más
inconcebible que el alma humana; que su modo de actuar, por oculto que esté a
nuestra vista? Cuando para resolver estos problemas, el hombre se ve obligado a
recurrir a los milagros oa hacer intervenir a la Divinidad, ¿no confiesa su
propia ignorancia? Cuando, a pesar de la ignorancia que así se ve obligado a
confesar valiéndose de la agencia divina, nos dice, esta sustancia inmaterial,
esta alma, experimentará la acción del elemento fuego, que él permite que sea
material; cuando dice confiadamente que esta alma será quemada; sufrirá en el
purgatorio; ¿No tenemos derecho a creer que, o tiene el propósito de
engañarnos, o que él mismo no comprende lo que tanto ansía que creyéramos en su
palabra? que su modo de actuar, por oculto que esté a nuestra vista? Cuando
para resolver estos problemas, el hombre se ve obligado a recurrir a los
milagros oa hacer intervenir a la Divinidad, ¿no confiesa su propia ignorancia?
Cuando, a pesar de la ignorancia que así se ve obligado a confesar valiéndose
de la agencia divina, nos dice, esta sustancia inmaterial, esta alma,
experimentará la acción del elemento fuego, que él permite que sea material; cuando
dice confiadamente que esta alma será quemada; sufrirá en el purgatorio; ¿No
tenemos derecho a creer que, o tiene el propósito de engañarnos, o que él mismo
no comprende lo que tanto ansía que creyéramos en su palabra? que su modo de
actuar, por oculto que esté a nuestra vista? Cuando para resolver estos
problemas, el hombre se ve obligado a recurrir a los milagros oa hacer
intervenir a la Divinidad, ¿no confiesa su propia ignorancia? Cuando, a pesar
de la ignorancia que así se ve obligado a confesar valiéndose de la agencia
divina, nos dice, esta sustancia inmaterial, esta alma, experimentará la acción
del elemento fuego, que él permite que sea material; cuando dice confiadamente
que esta alma será quemada; sufrirá en el purgatorio; ¿No tenemos derecho a
creer que, o tiene el propósito de engañarnos, o que él mismo no comprende lo
que tanto ansía que creyéramos en su palabra? ¿No reconoce su propia
ignorancia? Cuando, a pesar de la ignorancia que así se ve obligado a confesar
valiéndose de la agencia divina, nos dice, esta sustancia inmaterial, esta
alma, experimentará la acción del elemento fuego, que él permite que sea
material; cuando dice confiadamente que esta alma será quemada; sufrirá en el
purgatorio; ¿No tenemos derecho a creer que, o tiene el propósito de
engañarnos, o que él mismo no comprende lo que tanto ansía que creyéramos en su
palabra? ¿No reconoce su propia ignorancia? Cuando, a pesar de la ignorancia
que así se ve obligado a confesar valiéndose de la agencia divina, nos dice,
esta sustancia inmaterial, esta alma, experimentará la acción del elemento
fuego, que él permite que sea material; cuando dice confiadamente que esta alma
será quemada; sufrirá en el purgatorio; ¿No tenemos derecho a creer que, o
tiene el propósito de engañarnos, o que él mismo no comprende lo que tanto
ansía que creyéramos en su palabra? sufrirá en el purgatorio; ¿No tenemos
derecho a creer que, o tiene el propósito de engañarnos, o que él mismo no
comprende lo que tanto ansía que creyéramos en su palabra? sufrirá en el
purgatorio; ¿No tenemos derecho a creer que, o tiene el propósito de
engañarnos, o que él mismo no comprende lo que tanto ansía que creyéramos en su
palabra?
No nos sorprendamos, pues, de esas sutiles
hipótesis, tan ingeniosas como insatisfactorias, a las que el prejuicio
teológico ha obligado a recurrir a los más profundos especuladores modernos;
cuando se han comprometido a conciliar la espiritualidad del alma, con la
acción física de los seres materiales, sobre esta sustancia incorpórea; su
reacción sobre estos seres; su unión con el cuerpo. Cuando la mente humana se
deja guiar por la autoridad sin pruebas, dejarse llevar por el entusiasmo;
cuando renuncia a la evidencia de sus sentidos; ¿Qué puede hacer más que
hundirse en el error? Que los que duden de esto lean las novelas metafísicas de
LEIBNITZ, DESCARTES, MALEBRANCHE, CUDWORTH y muchos otros: que examinen con
frialdad los ingeniosos pero fantasiosos sistemas tituladosla armonía
preestablecida de causas ocasionales; pre-movimiento físico, &c.
Si el hombre quiere formarse ideas claras y
perspicuas de su alma, que se arroje sobre su experiencia, que renuncie a sus
prejuicios, que evite las conjeturas teológicas, que rompa las vendas que le
han enseñado a cree necesario, pero con el que ha sido vendado, sólo para
confundir su razón. Si se quiere llevar al hombre a la virtud, que el filósofo
natural, el anatomista, el médico, unan sus experiencias; que comparen sus
observaciones, a fin de mostrar lo que debe pensarse de una sustancia, tan
disfrazada, tan oculta por absurdos, que no es fácil de conocer. Sus
descubrimientos tal vez puedan enseñar a los moralistas el verdadero poder de
motivación que debe influir en las acciones del hombre: los legisladores, los
verdaderos motivos que deben impulsarlo, eso debería estimularlo a trabajar por
el bienestar de la sociedad: soberanos, el medio de hacer verdaderamente
felices a sus súbditos; de dar solidez al poderío de las naciones encomendadas
a su cargo. Las almas físicas tienen necesidades físicas y demandan felicidad
física. Estos son reales, son objetos preferibles a esa variedad de quimeras
fantasiosas, cada una a su vez dando lugar a la otra, con las que se ha
alimentado la mente del hombre durante tantos siglos. Trabajemos, pues, para
perfeccionar la moralidad del hombre; hagámoslo agradable a él; excitemos en él
una sed ardiente por su pureza: pronto veremos que su moral se vuelve mejor, él
mismo se vuelve más feliz; su alma se vuelve tranquila y serena; su voluntad
determinada a la virtud, por lo natural, por los motivos palpables que se le
presentan. Por la diligencia, por el cuidado que los legisladores pondrán en la
filosofía natural, formarán ciudadanos de sano entendimiento; robusto y bien
constituido; quienes, encontrándose felices, serán ellos mismos cómplices de
ese útil impulso tan necesario para su alma. Cuando el cuerpo sufre, cuando las
naciones son infelices, el alma no puede estar en un estado adecuado.Mens sana
in corpore sano , una mente sana en un cuerpo sano, siempre podrá hacer un buen
ciudadano.
Cuanto más reflexione el hombre, más se convencerá
de que el alma, muy lejos de distinguirse del cuerpo, no es más que el cuerpo
mismo, considerado en relación con algunas de sus funciones, o con algunos de
los modos de existir o de actuar, de que es susceptible mientras disfruta de la
vida. Así, el alma es el hombre, considerada en relación con la facultad que
tiene de sentir, de pensar, de obrar en un modo que resulta de su naturaleza
peculiar; es decir, de sus propiedades, de su organización particular: de las
modificaciones, duraderas o transitorias, que los seres que actúan sobre él
hacen sufrir a su máquina.
Aquellos que han distinguido el alma del cuerpo,
parecen haber distinguido solamente su cerebro de ellos mismos. En efecto, el
cerebro es el centro común, donde todos los nervios, distribuidos por todas las
partes del cuerpo, se encuentran y se mezclan: es con la ayuda de este órgano
interior que se realizan todas aquellas operaciones que se atribuyen al alma:
ella es el impulso, o el movimiento, comunicado al nervio, que modifica el
cerebro: en consecuencia, reacciona o da juego a los órganos corporales; o más
bien actúa sobre sí mismo, y se vuelve capaz de producir dentro de sí mismo una
gran variedad de movimiento, que se ha denominado facultades intelectuales .
De esto puede verse que algunos filósofos han
estado deseosos de hacer una sustancia espiritual del cerebro. Evidentemente,
no es más que la ignorancia lo que ha dado a luz y acreditado este sistema, que
abarca tan poco, ya sea de lo natural o de lo racional. Es por no haberse
estudiado a sí mismo que el hombre ha supuesto que estaba compuesto con un
agente, esencialmente diferente de su cuerpo: al examinar este cuerpo,
encontrará que es del todo inútil recurrir a hipótesis para la explicación de
los diversos fenómenos que contiene. presenta a su contemplación; esa hipótesis
no puede hacer más que desviarlo del camino correcto hacia la información que
busca. Lo que oscurece esta cuestión surge de que el hombre no puede verse a sí
mismo: en verdad, para este fin, sería requisito lo que es imposible; a saber,
que podría estar en un mismo momento tanto dentro como fuera de sí mismo: puede
ser comparado con un arpa eólica, que emite sonidos por sí misma, y debería
preguntar qué es lo que hace que los emita. No percibe que la cualidad
sensitiva de sus cuerdas hace que el aire las abrace; que estando así
reforzado, se vuelve sonoro por cada ráfaga de viento con el que entra en
contacto.
Cuando a un teólogo, obstinadamente empeñado en
admitir en el hombre dos sustancias esencialmente diferentes, se le pregunta
por qué multiplica los seres sin necesidad. él responderá, porque "el
pensamiento no puede ser una propiedad de la materia". Si, pues, se le
pregunta, ¿no puede Dios dar a la materia la facultad de pensar? él responderá:
"¡No! ¡Ya que Dios no puede hacer cosas imposibles!"De acuerdo con
sus principios, es tan imposible que el espíritu o el pensamiento puedan producir
la materia, como es imposible que la materia pueda producir el espíritu o el
pensamiento: podría, por lo tanto, concluirse en su contra que el mundo no fue
hecho por un espíritu, cualquiera que sea. más que un espíritu fue hecho por el
mundo. Pero en este caso, ¿no se reconoce el teólogo, según su propia
afirmación, como el verdadero ateo? ¿No circunscribe, de hecho, los atributos
de la Deidad y niega su poder, para satisfacer sus propios propósitos? Sin
embargo, estos hombres exigen la creencia implícita en las doctrinas, que están
obligados a mantener por las afirmaciones más contradictorias.
Cuanta más experiencia acumulemos, más estaremos
convencidos de que la palabra espíritu , en su uso recibido actual, no
transmite ningún sentido que sea tangible, ni para nosotros ni para quienes la
inventaron; en consecuencia, no puede ser de la menor utilidad, ni en la física
ni en la moral. Lo que los metafísicos modernos creen y entienden por la
palabra, no es más que un poder oculto , imaginado para explicar lo oculto
.cualidades y acciones, pero que, de hecho, no explica nada. Las naciones
salvajes admiten espíritus para dar cuenta de aquellos efectos que les parecen
maravillosos, mientras su ignorancia ignora la causa a la que deben atribuirse.
Al atribuir a los espíritus los fenómenos de la Naturaleza, así como los del
cuerpo humano, ¿hacemos, de hecho, algo más que razonar como salvajes? El
hombre ha llenado de espíritus a la Naturaleza, porque casi siempre ha ignorado
las verdaderas causas de aquellos efectos que le asombraban. No estando
familiarizado con los poderes de la Naturaleza, ha supuesto que está animada
por un gran espíritu ; sin comprender la energía de la estructura humana, ha
conjeturado de la misma manera que está animada por un espíritu menor .: de
esto parecería que cada vez que deseaba indicar la causa desconocida de un
fenómeno, que no sabía cómo explicar de una manera natural, recurría a la
palabra espíritu . En resumen, espírituera un término con el que resolvía todas
sus dudas y se aclaraba su ignorancia. Fue de acuerdo con estos principios que
cuando los AMERICANOS vieron por primera vez los terribles efectos de la
pólvora, atribuyeron la causa a espíritus coléricos, a sus divinidades
enfurecidas: fue adoptando estos principios que nuestros antepasados creían
en una pluralidad de dioses, en fantasmas. , en genios, &c. Siguiendo la
misma pista, debemos atribuir a los espíritus gravitación, electricidad,
magnetismo, etc. &C. Es un tanto singular que los sacerdotes en todas las
épocas hayan defendido tan enérgicamente esos sistemas que el tiempo ha
estallado; que han aparecido como los más astutos o los más ignorantes de los
hombres. ¿Dónde están ahora los sacerdotes de Apolo, de Juno, del Sol y mil
más? Sin embargo, estos son los hombres, quienes en todos los tiempos han
perseguido a los que han sido los primeros en dar explicaciones naturales de
los fenómenos de la Naturaleza, como atestiguan ANAXÁGORAS, ARISTÓTELES,
GALILEO, DESCARTES, &c. &C.
CAP. VIII.
Las Facultades Intelectuales derivadas de la
Facultad del Sentimiento .
Para convencernos de que las facultades llamadas
intelectuales , no son más que ciertos modos de existencia, o determinadas
maneras de obrar, que resultan de la peculiar organización del cuerpo, basta
analizarlas; luego veremos que todas las operaciones que se atribuyen al alma,
no son más que ciertas modificaciones del cuerpo; de lo cual no es susceptible
una sustancia que no tiene extensión, que no tiene partes, que es inmaterial.
La primera facultad que contemplamos en el hombre
vivo, y de la que emanan todas las demás, es el sentimiento : por inexplicable
que pueda parecer esta facultad, a primera vista, si se la examina de cerca, se
encontrará que es una consecuencia de la esencia, o resultado de las
propiedades de los seres organizados; lo mismo que la gravedad, el magnetismo,
la elasticidad, la electricidad, &C. resultan de la esencia o naturaleza de
algunos otros. También encontraremos que estos últimos fenómenos no son menos inexplicables
que el del sentimiento. Sin embargo, si deseamos definirnos una idea clara y
precisa de él, encontraremos que el sentimiento es una manera particular de ser
movido, un modo de recibir un impulso peculiar a ciertos órganos de los cuerpos
animados, que es ocasionado por el presencia de un objeto material que actúa
sobre estos órganos y transmite el impulso o shock al cerebro.
El hombre sólo siente con la ayuda de los nervios
dispersos por su cuerpo; que en sí mismo, para hablar correctamente, no es más
que un gran nervio; o puede decirse que se parece a un árbol grande, cuyas
ramas experimentan la acción de la raíz, comunicada a través del tronco. En el
hombre los nervios se unen y se pierden en el cerebro; ese intestino es el
verdadero asiento del sentir: como la araña en el centro de su telaraña, se
advierte rápidamente de todos los cambios que le suceden al cuerpo, incluso en
las extremidades a las que envía sus filamentos y ramas. La experiencia nos
permite comprobar que el hombre deja de sentir en aquellas partes de su cuerpo
cuya comunicación con el cerebro está interceptada; él siente muy poco, o nada
en absoluto, cada vez que este órgano está perturbado o afectado de una manera
demasiado viva. Una prueba de esto se ofrece en las transacciones de la Real
Academia de Ciencias de París: nos informan de un hombre al que le quitaron el
cráneo, en cuya habitación se recuperó su cerebro con piel; en la medida en que
la mano ejercía presión sobre su cerebro, el hombre caía en una especie de
insensibilidad que lo privaba de todo sentimiento. BARTOLIN dice que el cerebro
de un hombre es dos veces más grande que el de un buey. Esta observación ya la
había hecho ARISTÓTELES. En el cadáver de un idiota disecado por WILLIS, se
encontró el cerebro más pequeño de lo normal: dice que la mayor diferencia que
encontró entre las partes del cuerpo de este idiota y las de hombres más sabios
fue que el plexo de la intercostal nervios, que es el mediador entre el cerebro
y el corazón, era extremadamente pequeño, acompañado de un número de nervios
menor que el habitual.ourang outang , o el hombre bestia. Hay, por tanto, todas
las razones para creer que está enteramente en el cerebro, que consiste la
diferencia, que se encuentra no sólo entre el hombre y las bestias, sino
también entre el hombre de ingenio y el tonto: entre el hombre de pensamiento,
y el que es ignorante; entre el hombre de buen entendimiento y el loco: una
multitud de experiencias sirve para probar que aquellas personas que están más
acostumbradas a usar sus facultades intelectuales, tienen su cerebro más
extendido que otros: lo mismo se ha observado de los hombres de agua, que tienen
los brazos mucho más largos que otros hombres.
Sea como fuere, la sensibilidad del cerebro y de
todas sus partes es un hecho: si se pregunta, ¿de dónde viene esta propiedad?
Responderemos, es el resultado de un arreglo, de una combinación, peculiar del
animal: es así como la leche, el pan, el vino, se transforman en la sustancia
del hombre, que es un ser sensible: esta materia insensible se vuelve sensible.
, en combinarse con un todo sensible. Algunos filósofos piensan que la
sensibilidad es una cualidad universal de la materia: en este caso, sería inútil
buscar de dónde se deriva esta propiedad, tal como la conocemos por sus
efectos. Si se admite esta hipótesis, del mismo modo que se distinguen en la
naturaleza dos clases de movimiento, uno llamado fuerza viva , el otro muerto o
inerte .fuerza, se distinguirán dos clases de sensibilidad, la una activa o
viva, la otra inerte o muerta. Entonces, animalizar una sustancia, es sólo
destruir los obstáculos que le impiden ser activa o sensible. De hecho, la
sensibilidad es una cualidad que se comunica como el movimiento y que se
adquiere por combinación; o esta sensibilidad es una propiedad inherente a toda
materia: en ambos, o en cualquiera de los dos casos, un ser inextenso, sin
partes, como se dice que es el alma humana, no puede ser causa de ella ni estar
sometido a su operación; pero podemos concluir con justicia que todas las
partes de la Naturaleza disfrutan de la capacidad de llegar a la animación; el
obstáculo está sólo en el estado, no en la calidad. La vida es la perfección de
la Naturaleza: no tiene partes que no tiendan a ella, que no la alcancen por
los mismos medios. La vida en un insecto, un perro, un hombre, no tiene otra
diferencia que la de que este acto es más perfecto, relativamente a nosotros,
en proporción a la estructura de los órganos: si, por lo tanto, se pregunta,
¿qué se requiere para animar un cuerpo? respondemos, no necesita ayuda
exterior; es suficiente que el poder de la Naturaleza se una a su organización.
La conformación, la disposición, la textura, la
delicadeza de los órganos, tanto exteriores como interiores, que componen a los
hombres y animales, hacen que sus partes sean extremadamente móviles, o que su
máquina sea susceptible de ser movida con gran facilidad. En un cuerpo, que no
es más que un montón de fibras, una masa de nervios, contiguos unos a otros,
unidos en un centro común, siempre dispuestos a actuar; en un todo, compuesto
de fluidos y sólidos, cuyas partes están en equilibrio, tocándose las más
pequeñas, están activas en su movimiento, comunicándose recíprocamente,
alternativamente y en sucesión, la impresión, oscilaciones y choques que
reciben; en tal composición, no es de extrañar que el menor impulso se propague
con celeridad; que los choques excitados en sus partes más remotas, se hacen
sentir rápidamente en el cerebro, cuya delicada textura lo hace susceptible de
ser modificado muy fácilmente. El aire, el fuego, el agua, los agentes más
inconstantes, de movimiento más rápido, circulan continuamente por las fibras,
penetran incesantemente en los nervios: sin duda contribuyen a esa increíble
celeridad con que el cerebro se familiariza con lo que pasa en las extremidades
de los nervios. cuerpo.
No obstante la gran movilidad con que la
organización del hombre lo hace susceptible, aunque continuamente actúen sobre
él causas tanto exteriores como interiores, no siempre siente de manera
distinta, decidida, el impulso dado a sus sentidos; no sentirlo, hasta que haya
producido algún cambio, o dado algún golpe a su cerebro. Así, aunque
completamente rodeado por el aire, no siente su acción, hasta que se modifica
de tal manera que golpea con un grado suficiente de fuerza sobre sus órganos;
para penetrar su piel, a través de la cual su cerebro es advertido de su
presencia. Así, durante un sueño profundo y tranquilo, no perturbado por ningún
sueño, el hombre deja de sentir. En resumen, a pesar del movimiento continuo
que agita su cuerpo, el hombre no parece sentir, cuando este movimiento actúa
en un orden conveniente; no percibe un estado de salud, pero descubre un estado
de aflicción o enfermedad; porque, en el primero, su cerebro no recibe un
impulso demasiado vivo, mientras que en los otros, sus nervios están
contraídos, conmocionados y agitados, con movimiento violento, con desorden:
estos comunicándose con su cerebro, dan cuenta de que alguna causa actúa
fuertemente sobre ellos- los impulsa de una manera que no guarda analogía con
su hábito natural: esto constituye, en él, ese modo peculiar de existir que él
llamadolor _
Por otra parte, a veces sucede que los objetos
exteriores producen cambios muy considerables en su cuerpo, sin que él los
perciba en el momento. A menudo, en el fragor de la batalla, el soldado no se
da cuenta de que está gravemente herido, porque, en ese momento, la rapidez, la
multiplicidad de movimientos impetuosos que asaltan su cerebro, no le permiten
distinguir el cambio particular en una parte de su cuerpo. cuerpo ha sufrido
por la herida. En resumen, cuando un gran número de causas actúan simultáneamente
sobre él con demasiada vivacidad, se hunde bajo su presión acumulada, se
desmaya, pierde los sentidos, se ve privado de sentimiento.
En general, el sentimiento sólo se obtiene cuando
el cerebro puede distinguir claramente las impresiones hechas en los órganos
con los que tiene comunicación; es el choque distinto, la modificación decidida
que sufre el hombre, lo que constituye la conciencia . El doctor Clarke, dice
al efecto: "La conciencia es el acto de reflexionar, por medio del cual sé
que pienso, y que mis pensamientos, o mis acciones, me pertenecen a mí, y no a
otro". De esto surgirá, ese sentimientoes un modo de ser, un cambio marcado,
producido en nuestro cerebro, ocasionado por el impulso comunicado a nuestros
órganos, ya sea por agentes interiores o exteriores, por el cual se modifica de
manera duradera o transitoria: no siempre es requisito que los órganos del
hombre deben ser movidos por un objeto exterior, para que pueda sentir que debe
ser consciente de los cambios operados en él: puede sentirlos dentro de sí
mismo por medio de un impulso interior; su cerebro se modifica entonces, o más
bien renueva en sí mismo las modificaciones anteriores. No nos extrañe que el
cerebro esté necesariamente advertido de los choques, de los impedimentos, de
los cambios que le pueden ocurrir a una máquina tan complicada como el cuerpo
humano, en el cual, no obstante todas las partes son contiguas al cerebro, y se
concentran en este cerebro,
Cuando un hombre experimenta los dolores de la
gota, es consciente de ellos; en otras palabras, siente interiormente que ha
producido en él cambios muy marcados, muy distintos, sin que perciba que ha
recibido un impulso de alguna causa exterior; sin embargo, si recurre a la
verdadera fuente de estos cambios, encontrará que han sido enteramente
producidos por agentes exteriores: han sido consecuencia, ya sea de su
temperamento; de la organización recibida de sus padres; de los alimentos con
que se ha nutrido su cuerpo; además de mil causas triviales, inapreciables, que
congregándose por grados le producen el humor gotoso; cuyo efecto es hacerlo
sentir de una manera aguda y muy viva. El dolor de la gota engendra en su
cerebro una idea,
Los órganos visibles del cuerpo del hombre, por
cuya intervención se modifica su cerebro, toman el nombre de sentidos . Las
diversas modificaciones que recibe su cerebro con la ayuda de estos sentidos,
asumen una variedad de nombres. Sensación , percepción e idea , son términos
que designan nada más que los cambios producidos en este órgano interior, a
consecuencia de las impresiones hechas en los órganos exteriores por los
cuerpos que actúan sobre ellos: estos cambios, considerados por sí mismos, se
llaman sensaciones ; adoptan el término percepción cuando el cerebro es
advertido de su presencia; ideases ese estado de ellos en que el cerebro es
capaz de atribuirlos a los objetos por los cuales han sido producidos.
Toda sensación , pues, no es más que el choque dado
a los órganos, toda percepción es este choque propagado al cerebro; toda idea
es la imagen del objeto al que se debe atribuir la sensación y la percepción.
De donde se verá que si los sentidos no se mueven, no puede haber sensaciones,
percepciones, ni ideas: esto se probará a aquellos que todavía pueden
permitirse dudar de una verdad tan demostrable y sorprendente.
Es la extrema movilidad de que es capaz el hombre,
debido a su peculiar organización, lo que lo distingue de otros seres que se
llaman insensibles o inanimados; los diferentes grados de esta movilidad, de
que son susceptibles los individuos de su especie, los discriminan unos de
otros; hacen esa increíble variedad, esa infinidad de diferencia que se
encuentra, tanto en sus facultades corporales, como en las mentales o
intelectuales. De esta movilidad, más o menos notable en cada ser humano,
resulta el ingenio, la sensibilidad, la imaginación, el gusto, etc.: por ahora,
sin embargo, sigamos la operación de los sentidos; examinemos de qué manera
actúan sobre ellos y son modificados por los objetos exteriores: luego
examinaremos la reacción del órgano interior o cerebro.
Los ojos son órganos muy delicados, muy móviles,
por medio de los cuales se experimenta la sensación de la luz o del color:
estos dan al cerebro una percepción distinta, en consecuencia de la cual, el
hombre se forma una idea, generada por la acción de los rayos luminosos o
coloreados. cuerpos: tan pronto como se abren los párpados, la retina se afecta
de una manera peculiar; el fluido, las fibras, los nervios que los componen,
son excitados por choques que comunican al cerebro; a los que delinean las imágenes
de los cuerpos de los que han recibido el impulso; por este medio se adquiere
una idea del color, del tamaño, de la forma, de la distancia de estos cuerpos:
es así como puede explicarse el mecanismo de la vista .
La movilidad y la elasticidad de que es susceptible
la piel, por las fibras y nervios que forman su textura, explica la rapidez con
que esta envoltura del cuerpo humano es afectada cuando se aplica á cualquier
otro cuerpo; por su mediación, el cerebro se da cuenta de su presencia, de su
extensión, de su aspereza, de su tersura, de su superficie, de su presión, de
su ponderosidad, etc. Cualidades de las que el cerebro deriva distintas
percepciones, que engendran en él una diversidad de ideas; esto es lo que constituye
el tacto o sentimiento .
La delicadeza de la membrana que cubre el interior
de las fosas nasales las hace fácilmente susceptibles de irritación, aun por
los corpúsculos invisibles e impalpables que emanan de los cuerpos olorosos:
por este medio se excitan las sensaciones, el cerebro tiene percepciones y
genera ideas. : es esto lo que forma el sentido del olfato .
La boca, llena de glándulas nerviosas, sensibles,
móviles, irritables, saturadas de jugos adecuados para la disolución de las
sustancias salinas, es afectada de una manera muy viva por los alimentos que
pasan por ella para la nutrición del cuerpo; estas glándulas transmiten al
cerebro las impresiones recibidas: las percepciones son importantes; las ideas
siguen: es de este mecanismo que resulta el gusto .
El oído, cuya conformación le conviene para recibir
los diversos impulsos del aire, diversamente modificado, comunica al cerebro
los golpes o sensaciones; estos engendran la percepción del sonido y generan la
idea de los cuerpos sonoros: esto es lo que constituye la audición .
Tales son los únicos medios por los cuales el
hombre recibe sensaciones, percepciones e ideas. Estas modificaciones sucesivas
de su cerebro son efectos producidos por objetos que dan impulso a sus
sentidos; ellos mismos se vuelven causas, produciendo en su alma nuevas
modificaciones, que se denominan pensamiento, reflexión, memoria, imaginación,
juicio, voluntad, acción ; la base, sin embargo, de todo esto es la sensación .
Para formarse una noción precisa del pensamiento ,
será necesario examinar, paso a paso, lo que pasa en el hombre durante la
presencia de cualquier objeto. Supongamos por un momento que este objeto sea un
melocotón: esta fruta produce, a primera vista, dos impresiones diferentes en
sus ojos; es decir, produce dos modificaciones, que se transmiten al cerebro,
que en esta ocasión experimenta dos nuevas percepciones, o tiene dos nuevas
ideas o modos de existencia, designadas con los términos color y rotundidad ;
en consecuencia, tiene una idea de un cuerpo que posee redondez y color: si
pone su mano sobre esta fruta, puesto que el órgano del sentimiento se ha
puesto en acción, su mano experimenta tres nuevas impresiones, que se llaman
suavidad, frescura, peso., de donde resultan tres nuevas percepciones en el
cerebro, tiene en consecuencia tres nuevas ideas: si acerca este melocotón a su
nariz, el órgano del olfato recibe un impulso, el cual, comunicado al cerebro,
surge una nueva percepción, por la cual él adquiere una nueva idea, llamada
olor : si lleva este fruto a la boca, el órgano del gusto se ve afectado de
manera muy viva: este impulso comunicado al cerebro, es seguido por una
percepción que genera en él la idea de sabor. Al reunir todas estas impresiones,
o estas diversas modificaciones de sus órganos, que han sido consecuentemente
transmitidas a su cerebro; es decir, al combinar las diferentes sensaciones,
percepciones e ideas, que resultan del impulso que ha recibido, tiene una idea
de un todo, al que designa con el nombre de un melocotón, con el cual puede
entonces ocupar su pensamientos.
De esto está suficientemente probado que el
pensamiento tiene un comienzo, una duración, un fin; o más bien una generación,
una sucesión, una disolución, como todas las demás modificaciones de la
materia; como ellos, el pensamiento se excita, se determina, se aumenta, se
divide, se compone, se simplifica, etc. Si, pues, el alma, o el principio que
piensa, es indivisible; cómo sucede, que esta alma tiene facultad de memoria, o
de olvido; ¿Está capacitado para pensar sucesivamente, dividir, abstraer, combinar,
ampliar sus ideas, retenerlas o perderlas? ¿Cómo puede dejar de pensar? Si las
formas aparecen divisibles en la materia, es sólo considerándolas por
abstracción, según el método de los geómetras; pero esta divisibilidad de la
forma no existe en la Naturaleza, en la que no hay punto, ni átomo, ni forma
perfectamente regular;
Lo dicho es suficiente para mostrar la generación
de sensaciones, de percepciones, de ideas, con su asociación o conexión en el
cerebro: se verá que estas diversas modificaciones no son más que la
consecuencia de impulsos sucesivos, que el exterior los órganos transmiten al
órgano interior, que goza de la facultad de pensar, es decir, de sentir en sí
mismo las diversas modificaciones que ha recibido, o de percibir las diversas
ideas que ha engendrado; combinarlos, separarlos, extenderlos, abreviarlos, compararlos,
renovarlos, etc. De donde se verá que el pensamiento no es más que la
percepción de ciertas modificaciones que el cerebro se da a sí mismo o ha
recibido de los objetos exteriores.
En efecto, no sólo el órgano interior percibe las
modificaciones que recibe del exterior, sino que además tiene la facultad de
modificarse a sí mismo; de considerar los cambios que tienen lugar en él, el
movimiento por el cual se agita en sus operaciones peculiares, de las cuales
absorbe nuevas percepciones y nuevas ideas. Es el ejercicio de este poder de
replegarse sobre sí mismo lo que se llama reflexión .
De esto se deducirá que para el hombre pensar y
reflexionar es sentir o percibir dentro de sí mismo las impresiones, las
sensaciones, las ideas que han sido proporcionadas a su cerebro por aquellos
objetos que dan impulso a sus sentidos, con los diversos cambios que su cerebro
produjo en sí mismo en consecuencia.
La memoria es la facultad que tiene el cerebro de
renovar en sí mismo las modificaciones que ha recibido, o mejor dicho, de
restituirse a un estado semejante a aquél en que lo han puesto las sensaciones,
las percepciones, las ideas, producidas por los objetos exteriores. , en el
orden exacto en que los recibió, sin ninguna acción nueva por parte de estos
objetos, o incluso cuando estos objetos están ausentes; el cerebro percibe que
estas modificaciones se asimilan a las que antes experimentaba en presencia de
los objetos a los que se relaciona o atribuye. La memoria es fiel, cuando estas
modificaciones son precisamente las mismas; es traicionera, cuando difieren de
las que los órganos han experimentado exteriormente.
La imaginación en el hombre es sólo la facultad que
tiene el cerebro de modificarse a sí mismo, o de formarse nuevas percepciones,
sobre el modelo de las que anteriormente ha recibido por la acción de los
objetos exteriores sobre los sentidos. El cerebro, pues, no hace más que
combinar ideas que ya ha formado, que se recuerda, a partir de las cuales forma
un todo, o una colección de modificaciones, que no ha recibido, que no existe
en ninguna parte sino en sí mismo. , aunque las ideas individuales, o las partes
de que se compone este todo ideal, le hayan sido previamente comunicadas, a
consecuencia del impulso dado a los sentidos por los objetos exteriores: es así
que el hombre se forma a sí mismo la idea de centauros , o un ser compuesto de
un hombre y un caballo, de hipogrifos, o un ser compuesto por un caballo con
alas y un grifo, además de otros mil objetos igualmente ridículos. Por la
memoria, el cerebro renueva en sí mismo las sensaciones, las percepciones y las
ideas que ha recibido o generado; representa a sí mismo los objetos que
realmente han movido sus órganos. Por la imaginación los combina diversamente:
forma objetos en su lugar que no han movido sus órganos, aunque conoce
perfectamente los elementos o ideas de que los compone. Es así que el hombre,
combinando un gran número de ideas tomadas de sí mismo, tales como la justicia,
la sabiduría, la bondad, la inteligencia, etc. con la ayuda de la imaginación,
ha formado varios seres ideales, o totalidades imaginarias, a los que ha
llamado JÚPITER, JUNO, BRAMAH, SATURNO, etc.
El juicio es la facultad que posee el cerebro de
comparar entre sí las modificaciones que recibe, las ideas que engendra o que
tiene el poder de despertar en sí mismo, con el fin de descubrir sus relaciones
o sus efectos.
La voluntad es una modificación del cerebro, por la
cual se dispone a la acción, es decir, a dar un impulso tal a los órganos del
cuerpo que pueda inducirlos a actuar de una manera que procure por sí misma lo
que se requiere. para modificarlo en un modo análogo a su propia existencia, o
para permitirle evitar aquello por lo que puede ser dañado. Querer es estar
dispuesto a la acción . Los objetos exteriores, o las ideas interiores, que dan
origen a esta disposición, se llaman motivos , porque son los resortes o
movimientos que la determinan a obrar, es decir, que dan juego a los órganos
del cuerpo. Así, las acciones voluntariasson el movimiento del cuerpo,
determinado por la modificación del cerebro. La fruta que cuelga de un árbol,
por medio de los órganos visuales, modifica el cerebro de tal manera que
dispone el brazo a estirarse para cortarla; otra vez, la modifica de otra
manera, por la cual excita la mano para llevarla a la boca.
Todas las modificaciones que recibe el órgano
interior o el cerebro, todas las sensaciones, todas las percepciones, todas las
ideas que son engendradas por los objetos que dan impulso a los sentidos, o que
renueva dentro de sí mismo por sus propias facultades peculiares, son o bien
favorables o perjudiciales al modo de existencia del hombre, ya sea transitorio
o habitual: disponen el órgano interior a la acción, que ejerce en razón de su
propia energía peculiar: esta acción no es, sin embargo, la misma en todos los
individuos del especie humana, dependiendo mucho de sus respectivos
temperamentos. De ahí nacen las PASIONES: éstas son más o menos violentas; sin
embargo, no son más que el movimiento de la voluntad, determinado por los
objetos que le dan actividad; compuesta por consiguiente de la analogía o de la
discordancia que se encuentra entre estos objetos, el modo peculiar de
existencia del hombre y la fuerza de su temperamento. De aquí resulta que las
pasiones son modos de existencia o modificaciones del cerebro; que atraen o
repelen los objetos que rodean al hombre; que en consecuencia están sometidos
en su acción a las leyes físicas de atracción y repulsión.
La facultad de percibir o de modificarse, así como
los objetos exteriores de que disfruta el cerebro, se designa a veces con el
término comprensión . Al conjunto de las diversas facultades de que es
susceptible este órgano interior, se le aplica el nombre de inteligencia . A un
modo determinado en que el cerebro ejercita las facultades que le son propias,
se le da el nombre de razón . Las disposiciones o modificaciones del cerebro,
unas constantes, otras transitorias, que dan impulso a los seres de la especie
humana, haciéndoles actuar, se llaman ingenio, sabiduría, bondad, prudencia,
virtud, etc.
En una palabra, como habrá oportunidad de probar en
breve, todas las facultades intelectuales, es decir, todos los modos de acción
atribuidos al alma, pueden reducirse a las modificaciones, a las cualidades, a
los modos de existencia. , a los cambios producidos por el movimiento del
cerebro; que es visiblemente en el hombre el asiento del sentimiento, el
principio de todas sus acciones. Estas modificaciones deben atribuirse a los
objetos que golpean sus sentidos; cuya impresión se transmite al cerebro, o más
bien a las ideas, que allí han generado las percepciones causadas por la acción
de estos objetos sobre sus sentidos, y que tiene la facultad de reproducir.
Este cerebro se mueve a su vez, reacciona sobre sí mismo, da juego a los
órganos que se concentran en él, o que más bien no son más que una extensión de
su propia sustancia peculiar. Es así el movimiento oculto del órgano interior,
se hace sensible por signos exteriores y visibles. El cerebro, afectado por una
modificación que se llama MIEDO, difunde una palidez sobre el semblante, excita
un movimiento trémulo en los miembros llamado temblor. El cerebro, afectado por
una sensación de DOLOR, hace brotar lágrimas de los ojos, aun sin ser movido
por ningún objeto exterior; una idea que retoma con mucha fuerza, basta para
darle muy pocas modificaciones, que influyen visiblemente en todo el cuadro.
excita un movimiento trémulo en las extremidades llamado temblor. El cerebro,
afectado por una sensación de DOLOR, hace brotar lágrimas de los ojos, aun sin
ser movido por ningún objeto exterior; una idea que retoma con mucha fuerza,
basta para darle muy pocas modificaciones, que influyen visiblemente en todo el
cuadro. excita un movimiento trémulo en las extremidades llamado temblor. El
cerebro, afectado por una sensación de DOLOR, hace brotar lágrimas de los ojos,
aun sin ser movido por ningún objeto exterior; una idea que retoma con mucha
fuerza, basta para darle muy pocas modificaciones, que influyen visiblemente en
todo el cuadro.
En todo esto, no debe percibirse más que la misma
sustancia que actúa diversamente sobre las diversas partes del cuerpo. Si se
objetara que este mecanismo no explica suficientemente los principios del
movimiento o las facultades del alma; respondemos que está en la misma
situación que todos los demás cuerpos de la Naturaleza, en los que el
movimiento más simple, los fenómenos más ordinarios, los modos de acción más
comunes son misterios inexplicables, de los cuales nunca podremos sondear el
significado. primeros principios. De hecho, ¿cómo podemos jactarnos de que
alguna vez seremos capaces de comprender el verdadero principio de esa gravedad
por la cual cae una piedra? ¿Conocemos el mecanismo que produce la atracción en
algunas sustancias, repulsión en los demás? ¿Estamos en condiciones de explicar
la comunicación del movimiento de un cuerpo a otro? Pero se puede preguntar con
razón: ¿Se eliminan las dificultades que surgen cuando se intenta explicar la
manera en que actúa el alma al convertirla en unser espiritual , una sustancia
de la que no tenemos ni podemos formarnos una idea, que en consecuencia debe
desconcertar todas las nociones que somos capaces de formarnos de este ser?
Contentémonos, pues, con saber que el alma se mueve, se modifica, a consecuencia
de causas materiales que actúan sobre ella y le dan actividad: de donde se
puede decir que se sigue consecutivamente la conclusión de que todas sus
operaciones, todas sus facultades , probar que es en sí mismo material .
CAP. IX.
La Diversidad de las Facultades Intelectuales:
dependen de Causas Físicas, al igual que sus Cualidades Morales.—Los Principios
Naturales de la Sociedad.—Moral.—Política .
La naturaleza se ve en la necesidad de diversificar
todas sus obras. La materia elemental, diferente en su esencia, debe formar
necesariamente seres diferentes, diversos en sus combinaciones, en sus
propiedades, en sus modos de acción, en su manera de existir. No hay, ni puede
haber, dos seres, dos combinaciones, que sean matemática y rigurosamente
iguales; porque el lugar, las circunstancias, las relaciones; las proporciones,
las modificaciones, no siendo nunca exactamente iguales, los seres que resultan
nunca pueden tener una semejanza perfecta entre sí: sus modos de acción deben
necesariamente variar en algo, incluso cuando creemos encontrar entre ellos la
mayor conformidad.
En consecuencia de este principio, que todo lo que
vemos conspira para demostrar que es una verdad, no hay dos individuos de la
especie humana que tengan exactamente los mismos rasgos, que piensen
exactamente de la misma manera, que vean las cosas bajo el mismo prisma. el
mismo punto de vista idéntico —que tienen decididamente las mismas ideas; en
consecuencia, no hay dos de ellos que tengan uniformemente el mismo sistema de
conducta. Los órganos visibles del hombre, así como sus órganos ocultos, tienen
ciertamente alguna analogía, algunos puntos comunes de semejanza, alguna
conformidad general; lo que los hace parecer, vistos en conjunto, afectados de
la misma manera por ciertas causas: pero la diferencia es infinita en los
detalles. El alma humana puede compararse a aquellos instrumentos cuyas
cuerdas, ya diversificadas en sí mismas, por la manera en que han sido hiladas,
también se ensartan en diferentes notas: golpeadas por el mismo impulso, cada
cuerda emite el sonido que le es propio; es decir, aquello que depende de su
textura, de su tensión, de su volumen, del estado momentáneo en que lo coloca
el aire circundante. Esto es lo que produce el espectáculo diversificado, la
escena variada, que el mundo moral ofrece a nuestra vista: de ahí resulta la sorprendente
contrariedad que se encuentra en las mentes, en las facultades, en las
pasiones, en el energías, en el gusto, en la imaginación, en las ideas, en las
opiniones del hombre. Esta diversidad es tan grande como la de sus poderes
físicos: como ellos depende de su temperamento, que es tan variado como su
fisonomía. Esta variedad da nacimiento a esa serie continua de acción y
reacción,
La diversidad que se encuentra entre los individuos
de la especie humana, provoca desigualdades entre hombre y hombre: esta
desigualdad constituye el sostén de la sociedad. Si todos los hombres fueran
iguales en sus poderes corporales, en sus talentos mentales, no tendrían
ninguna ocasión los unos para los otros: es la variación de sus facultades, la
desigualdad en que esto lo coloca, con respecto a sus semejantes, lo que hace
que la moral necesarios al hombre: sin éstos, viviría solo, permanecería como
un ser aislado. De donde se puede percibir que esta desigualdad de la que el
hombre se queja tan a menudo sin causa, esta imposibilidad que cada hombre
encuentra cuando está en un estado aislado, cuando está abandonado a sí mismo,
cuando no está asociado con sus semejantes, para trabajar eficazmente para sí
mismo. bienestar, para hacer su propia seguridad, para asegurar su propia
conservación; lo coloca en la feliz situación de asociarse con sus semejantes,
de depender de sus compañeros asociados, de merecer su socorro, de propiciarlos
a sus opiniones, de atraer su atención, de pedir su ayuda para ahuyentar,
mediante esfuerzos comunes y unidos. , lo que tendría el poder de perturbar o
trastornar el orden de su existencia. Como consecuencia de la diversidad del
hombre, de la desigualdad que resulta, el más débil está obligado a buscar la
protección del más fuerte; éste, a su vez, recurre al entendimiento, a los
talentos, a la laboriosidad del más débil, siempre que su juicio le señala que
puede serle útil: esta natural desigualdad proporciona la razón por la que las
naciones distinguen a los ciudadanos que han rendido su patria. servicios
eminentes. Es en consecuencia de sus exigencias que el hombre honra y
recompensa a aquellos cuya comprensión, buenas obras, ayuda o virtudes le han
procurado ventajas reales o supuestas, placeres o sensaciones agradables de
cualquier clase: es por este medio que el genio gana una supremacía sobre la
mente del hombre, y obliga a todo un pueblo a reconocer sus poderes. Así, la diversidad
y desigualdad de las facultades, tanto corporales como mentales o
intelectuales, hace al hombre necesario a sus semejantes, lo convierte en un
ser social, y le prueba indiscutiblemente la necesidad de la moral.
Según esta diversidad de facultades, los individuos
de la especie humana se dividen en diferentes clases, cada una en proporción a
los efectos producidos, o a las diferentes cualidades que pueden señalarse:
todas estas variedades en el hombre proceden de las propiedades individuales de
su alma, o de la modificación particular de su cerebro. Es así, que el ingenio,
la imaginación, la sensibilidad, los talentos, etc. diversificar hasta el
infinito las diferencias que se encuentran en el hombre. Es así, que unos son
llamados buenos, otros malos; unos se denominan virtuosos, otros viciosos;
algunos se clasifican como eruditos, otros como ignorantes; algunos se
consideran razonables, otros irrazonables, etc.
Si se examinan todas las diversas facultades
atribuidas al alma, se encontrará que, como las del cuerpo, deben atribuirse a
causas físicas, a las que será muy fácil recurrir. Se encontrará que los
poderes del alma son los mismos que los del cuerpo; que dependen siempre de la
organización de este cuerpo, de sus propiedades peculiares, de las
modificaciones permanentes o transitorias que sufre; en una palabra, de su
temperamento.
El temperamento es, en cada individuo, el estado
habitual en que se encuentran los fluidos y los sólidos que componen su cuerpo.
Este temperamento varía, en razón de los elementos o materia que predominan en
él, a consecuencia de las diversas combinaciones, de las diversas
modificaciones, que esta materia, diversificada en sí misma, sufre en su
máquina. Así, en uno, la sangre es sobreabundante; en otro, la bilis; en un
tercero, flema, etc.
Es de la Naturaleza, de sus padres, de las causas
que desde el primer momento de su existencia lo han modificado incesantemente,
que el hombre deriva su temperamento. Es en el vientre de su madre donde ha
atraído la materia que, durante toda su vida, influirá en sus facultades
intelectuales, en sus energías, en sus pasiones, en su conducta. El mismo
alimento que toma, la calidad del aire que respira, el clima que habita, la
educación que recibe, las ideas que se le presentan, las opiniones que embebe,
modifican este temperamento. Como estas circunstancias nunca pueden ser
rigurosamente las mismas en todos los puntos para dos hombres cualesquiera, no
es en modo alguno sorprendente que se encuentre en el hombre una variedad tan
asombrosa, una contrariedad tan grande; o que existan tantos temperamentos
diferentes,
Así, aunque el hombre pueda tener una semejanza
general, difiere esencialmente, tanto por la textura de sus fibras y la
disposición de sus nervios, como por la naturaleza, la calidad, la cantidad de
materia que les da juego, que fija sus órganos. en movimiento. El hombre, ya
diferente de su prójimo, por la elasticidad de sus fibras, la tensión de sus
nervios, se distingue aún más por una variedad de otras circunstancias: es más
activo, más robusto, cuando recibe alimentos nutritivos, cuando bebe vino , cuando
hace ejercicio: mientras que otro, que no bebe más que agua, que toma alimentos
menos jugosos, que languidece en la ociosidad, será perezoso y débil.
Todas estas causas tienen necesariamente una
influencia sobre la mente, sobre las pasiones, sobre la voluntad; en una
palabra, sobre las llamadas facultades intelectuales. Así, se puede observar,
que un hombre de constitución sanguínea, es comúnmente vivaz, ingenioso, lleno
de imaginación, apasionado, voluptuoso, emprendedor; mientras que el hombre
flemático es torpe, de entendimiento pesado, lento de concepción, inactivo,
difícil de mover, pusilánime, sin imaginación, o poseyéndola en un grado menos
vivo, incapaz de tomar medidas fuertes o de querer resueltamente.
Si se consultara la experiencia, en la sala de los
prejuicios, el médico recogería de la moral, la llave del corazón humano: al
curar el cuerpo, a veces estaría seguro de curar la mente. El hombre, al hacer
de su alma una sustancia espiritual, se ha contentado con administrarle
remedios espirituales, que o no tienen influencia sobre su temperamento, o le
hacen daño. La doctrina de la espiritualidad del alma ha hecho de la moral una
ciencia conjetural, que no proporciona un conocimiento de los verdaderos motivos
que deben ponerse en actividad para influir en el hombre para su bienestar. Si,
recurriendo a la experiencia, el hombre buscara los elementos que forman la
base de su temperamento, o de la mayor parte de los individuos que componen una
nación, entonces descubriría lo que le conviene más, - lo que podría ser más
conveniente para su modo de existencia - lo que más podría conducir a su
verdadero interés - qué leyes serían necesarias para su felicidad - qué
instituciones serían más útiles para él - qué reglamentos serían más
beneficioso En resumen, la moral y la política estarían igualmente capacitadas
para extraer dematerialismo, ventajas que el dogma de la espiritualidad nunca
puede proporcionar, de las cuales incluso excluye la idea. El hombre seguirá siendo
siempre un misterio para aquellos que persistan obstinadamente en mirarlo con
ojos obsesionados por la metafísica; será siempre un enigma para aquellos que
pertinazmente atribuirán sus acciones a un principio, del cual es imposible
formarse una idea distinta. Cuando el hombre esté seriamente inclinado a
comprenderse a sí mismo, que se esfuerce diligentemente en descubrir la materia
que entra en su combinación, que constituye su temperamento; estos
descubrimientos le proporcionarán la clave de la naturaleza de sus deseos, de
la calidad de sus pasiones,
En efecto, no hay que dudar de que el temperamento
del hombre es susceptible de ser corregido, modificado, cambiado, por causas
tan físicas como la materia de que está constituido. Todos somos en alguna
medida capaces de formar nuestro propio temperamento: un hombre de constitución
sanguínea, tomando alimentos menos jugosos, disminuyendo su cantidad,
absteniéndose de licores fuertes, etc. puede lograr la corrección de la
naturaleza, la calidad, la cantidad, la tendencia, el movimiento de los fluidos
que predominan en su máquina. Un hombre bilioso o melancólico puede, con la
ayuda de ciertos remedios, disminuir la masa de este líquido bilioso; puede
corregir la imperfección de su humor con la ayuda del ejercicio; puede disipar
su melancolía por la alegría que resulta del aumento del movimiento. Un europeo
trasplantado a Indostán, será,
Aunque se han hecho pocos experimentos con miras a
aprender lo que constituye el temperamento del hombre, todavía hay suficientes
si él se dignara hacer uso de ellos, si se dignara aplicar a propósitos útiles
la poca experiencia que ha recogido. . Parecería, hablando en general, que el
principio ígneo que los químicos designan con el nombre de flogisto, o materia
inflamable, es la que en el hombre le da la vida más activa, le proporciona la
mayor energía, proporciona la mayor movilidad a su estructura, proporciona el
mayor resorte a sus órganos, da la mayor elasticidad a sus fibras, la mayor
tensión a sus nervios, la mayor rapidez a sus fluidos. De estas causas, que son
enteramente materiales, resultan comúnmente las disposiciones o facultades
llamadas sensibilidad, ingenio, imaginación, genio, vivacidad, etc. que dan el
tono a las pasiones, a la voluntad, a las acciones morales del hombre. En este
sentido, aplicamos con gran justicia las expresiones 'calor de alma', 'ardor de
imaginación', 'fuego de genio', etc.
Es este elemento ígneo, desigualmente difundido,
repartido en varias proporciones a través de los seres de la especie humana, el
que pone al hombre en movimiento, le da actividad, le proporciona el calor
animal, y que, si se nos permite la expresión, lo vuelve más o menos vivo. Esta
materia ígnea, tan activa, tan sutil, se disipa con gran facilidad, luego
requiere ser reintegrada en su sistema por medio de alimentos que la contienen,
que se vuelven así propios para restaurar su máquina, para dar nuevo calor al
cerebro, para dotarla de la elasticidad necesaria para el desempeño de aquellas
funciones que se llaman intelectuales. Es esta materia ardiente contenida en el
vino, en el licor fuerte, la que da al hombre más aletargado, al más torpe, al
más perezoso, una vivacidad de la cual, sin ella, sería incapaz, lo que impulsa
incluso al cobarde a la batalla. Cuando este elemento ígneo abunda demasiado en
el hombre, mientras sufre ciertas enfermedades, lo sumerge en el delirio;
cuando es demasiado débil o en cantidad demasiado pequeña, se desmaya, se hunde
en la tierra. Esta materia ígnea disminuye en su vejez, se disipa totalmente en
su muerte. No sería descabellado suponer que lo que los médicos llaman el
fluido nervioso, que tan pronto da aviso al cerebro de todo lo que le sucede al
cuerpo, no es más que materia eléctrica; que las diversas proporciones de esta
materia difundida por su sistema, es la causa de que se descubra esa gran
diversidad en el ser humano, y en las facultades que posee. lo sumerge en el
delirio; cuando es demasiado débil o en cantidad demasiado pequeña, se desmaya,
se hunde en la tierra. Esta materia ígnea disminuye en su vejez, se disipa
totalmente en su muerte. No sería descabellado suponer que lo que los médicos
llaman el fluido nervioso, que tan pronto da aviso al cerebro de todo lo que le
sucede al cuerpo, no es más que materia eléctrica; que las diversas
proporciones de esta materia difundida por su sistema, es la causa de que se
descubra esa gran diversidad en el ser humano, y en las facultades que posee.
lo sumerge en el delirio; cuando es demasiado débil o en cantidad demasiado
pequeña, se desmaya, se hunde en la tierra. Esta materia ígnea disminuye en su
vejez, se disipa totalmente en su muerte. No sería descabellado suponer que lo
que los médicos llaman el fluido nervioso, que tan pronto da aviso al cerebro
de todo lo que le sucede al cuerpo, no es más que materia eléctrica; que las
diversas proporciones de esta materia difundida por su sistema, es la causa de
que se descubra esa gran diversidad en el ser humano, y en las facultades que
posee. que lo que los médicos llaman el fluido nervioso, que tan pronto da
aviso al cerebro de todo lo que le sucede al cuerpo, no es más que materia
eléctrica; que las diversas proporciones de esta materia difundida por su
sistema, es la causa de que se descubra esa gran diversidad en el ser humano, y
en las facultades que posee. que lo que los médicos llaman el fluido nervioso,
que tan pronto da aviso al cerebro de todo lo que le sucede al cuerpo, no es
más que materia eléctrica; que las diversas proporciones de esta materia
difundida por su sistema, es la causa de que se descubra esa gran diversidad en
el ser humano, y en las facultades que posee.
Si las facultades intelectuales del hombre, o sus
cualidades morales, se examinan de acuerdo con los principios aquí
establecidos, debe ser completa la convicción de que se deben atribuir a causas
materiales, que tienen una influencia más o menos marcada, ya sea transitoria o
duradera. , sobre su peculiar organización. Pero ¿de dónde deriva esta
organización, sino de los padres de quienes recibe los elementos de una máquina
necesariamente análoga a la suya? ¿De dónde saca la mayor o menor cantidad de
materia ígnea, o calor vivificante, que decide, que da el tono a sus cualidades
mentales? Es de la madre que lo llevó en su vientre, que le ha comunicado una
parte de aquel fuego con que ella misma estaba animada, que circulaba por sus
venas con su sangre; —es de los alimentos que lo han alimentado, —es del
clima que habita, —es de la atmósfera que lo rodea: todas estas causas
tienen influencia sobre sus lÃquidos, sobre sus sólidos, y decidir sobre sus
disposiciones naturales. Al examinar estas disposiciones, de las que dependen
sus facultades, se encontrará siempre que soncorpóreos , que son materiales .
La más prominente de estas disposiciones en el
hombre es la sensibilidad física de la que fluyen todas sus cualidades
intelectuales o morales. Sentir, según lo dicho, es recibir un impulso, ser
conmovido, tener conciencia de los cambios operados en su sistema. Tener
sensibilidad no es más que estar constituido para sentir prontamente y de
manera muy viva las impresiones de los objetos que actúan sobre él. Un alma
sensible es sólo el cerebro del hombre, dispuesto de modo a recibir con
facilidad el movimiento que se le comunica, a reaccionar con prontitud, dando
un impulso instantáneo a los órganos. Así se llama sensato al hombre a quien la
vista de los afligidos, la contemplación de los infelices, el relato de un
cuento melancólico, el testimonio de una catástrofe aflictiva, o la idea de un
espectáculo espantoso, toca de una manera tan viva que permite que el cerebro
dé juego a sus órganos lagrimales, lo que le hace derramar lágrimas; signo por
el cual reconocemos el efecto de un gran dolor, de una angustia extrema en el
ser humano. Se dice que el hombre en quien los sonidos musicales excitan cierto
grado de placer, o producen efectos muy notables, tiene unasensible o de buen
oído. En suma, cuando se percibe que la elocuencia, la belleza de las artes,
los diversos objetos que golpean sus sentidos, excitan en él emociones muy
vivas, se dice que posee un alma llena de sensibilidad.
El ingenio , es una consecuencia de esta
sensibilidad física; en efecto, el ingenio no es más que la facilidad que
poseen algunos seres, de la especie humana, de captar con prontitud, de
desarrollar con rapidez, un todo, con sus diversas relaciones con otros
objetos. Genio , es la facilidad con que algunos hombres comprenden este todo,
y sus diversas relaciones cuando son difíciles de conocer, pero útiles para
adelantar grandes y portentosos proyectos. El ingenio puede compararse con un
ojo penetrante que percibe las cosas rápidamente. El genio es un ojo que
comprende en una sola mirada, todos los puntos de un horizonte extendido: o lo
que el término francés coup d'oeil. El verdadero ingenio es el que percibe los
objetos con sus relaciones tal como realmente son. El falso ingenio es el que
capta las relaciones, que no se aplican al objeto, o que surge de alguna falla
en la organización. El verdadero ingenio se asemeja a la dirección en un poste
de mano.
Imaginaciónes la facultad de combinar con prontitud
ideas o imágenes; consiste en el poder que posee el hombre de reproducir con
facilidad las modificaciones de su cerebro: de conectarlas, de unirlas a los
objetos a los que convienen. Cuando la imaginación hace esto, da placer; sus
ficciones son aprobadas, embellece la Naturaleza, es una prueba de la cordura
de la mente, ayuda a la verdad: cuando, por el contrario, combina ideas, no
formadas para asociarse entre sí, cuando no pinta más que fantasmas desagradables.
, repugna, sus ficciones son censuradas, deforma la Naturaleza, aboga por la
falsedad, es la prueba de una mente desordenada, de un desquiciado: así la
poesía, calculada para hacer a la Naturaleza más patética, más conmovedora,
agrada cuando crea seres ideales, pero que nos conmueven agradablemente:
nosotros, por lo tanto, perdonad las ilusiones que ha hecho, por el placer que
de ellas hemos cosechado. Las espantosas quimeras de la superstición
desagradan, porque no son más que productos de una imaginación desquiciada, que
sólo puede despertar las sensaciones más aflictivas, llenarnos de las ideas más
desagradables.
La imaginación, cuando divaga, produce fanatismo,
terrores supersticiosos, celo desconsiderado, frenesí y los más tremendos
crímenes: cuando está bien regulada, engendra una fuerte predilección por los
objetos útiles, una enérgica pasión por la virtud, un entusiasta amor por la
nuestra patria, y la amistad más ardiente: el hombre desprovisto de
imaginación, es comúnmente aquel en cuya constitución aletargada predomina la
flema sobre el fluido ígneo, sobre ese fuego sagrado, que es el gran principio
de su movilidad, de ese calor de sentimiento , que vivifica todas sus
facultades intelectuales. Debe haber entusiasmo por las virtudes trascendentes
tanto como por los crímenes atroces; el entusiasmo pone el alma en un estado
semejante al de la embriaguez; tanto el uno como el otro excitan en el hombre
esa rapidez de movimiento que se aprueba, cuando los buenos resultados, cuando
sus efectos son beneficiosos; mas lo que se censura, se llama locura, delirio,
crimen, furor; cuando no produce más que desorden y confusión.
La mente está fuera de orden, es incapaz de juzgar
con cordura; la imaginación está mal regulada, siempre que la organización del
hombre no se modifique lo suficiente como para desempeñar sus funciones con
precisión. En cada momento de su existencia, el hombre acumula experiencia;
cada sensación que tiene proporciona un hecho que deposita en su cerebro una
idea que su memoria recuerda con más o menos fidelidad: estos hechos se
conectan entre sí, estas ideas se asocian; su cadena constituye la experiencia
; esto sienta las bases de la ciencia. El conocimiento es esa conciencia que
surge de la experiencia reiterada, de los experimentos hechos con precisión de
las sensaciones, de las ideas, de los efectos que un objeto es capaz de
producir, ya sea en nosotros mismos o en los demás. Toda ciencia, para ser
justa, debe fundarse en la verdad. La verdad misma descansa en la relación
constante y fiel de nuestros sentidos. Así, la verdades esa conformidad, esa
afinidad perpetua, que los sentidos del hombre, cuando están bien constituidos,
cuando son ayudados por la experiencia, le descubren, entre los objetos de los
que tiene un conocimiento, y las cualidades con las que los reviste. En
resumen, la verdad no es más que la asociación justa y precisa de sus ideas.
Pero ¿cómo puede él, sin experiencia, asegurarse de la exactitud, de la
justicia de esta asociación? ¿Cómo, si no reitera esta experiencia, puede
compararla? ¿Cómo probar su verdad? Si sus sentidos están viciados, ¿cómo es
posible que puedan transmitirle con precisión las sensaciones, los hechos que
almacenan en su cerebro? Sólo mediante la experiencia multiplicada,
diversificada, repetida, puede rectificar los errores de sus primeras
concepciones.
El hombre está en error cada vez que sus órganos,
ya sea originalmente defectuosos en su naturaleza, o viciados por las
modificaciones duraderas o transitorias que experimentan, lo vuelven incapaz de
juzgar correctamente los objetos. El error consiste en la falsa asociación de
ideas, por la cual se atribuyen a objetos cualidades que no poseen. El hombre
se equivoca cuando supone que realmente tienen existencia aquellos seres que no
tienen morada local sino en su propia imaginación: se equivoca cuando asocia la
idea de felicidad con objetos capaces de dañarlo, ya sea inmediatamente o a
distancia. consecuencias que no puede prever.
Pero, ¿cómo puede prever efectos de los que todavía
no tiene ningún conocimiento? Es con la ayuda de la experiencia: con la ayuda
que esta experiencia brinda, se sabe que las causas análogas, similares,
producen análogos, producen efectos similares. La memoria, al recordar estos
efectos, le permite formarse un juicio de los que puede esperar, ya sea por las
mismas causas, o por causas que guardan relación con aquellas cuya acción ya ha
experimentado. De esto resultará, que la prudencia , la previsión, son facultades
atribuibles a, que surgen de la experiencia. Si ha sentido aquel fuego excitado
en sus órganos una sensación dolorosa, esta experiencia le basta para saber,
para prever, que el fuego así aplicado excitará en consecuencia las mismas
sensaciones. Si ha descubierto que ciertas acciones, de su parte, despertaron
el odio, provocaron el desprecio de los demás, esta experiencia le permite
prever que cada vez que actúe de manera similar, será odiado o despreciado.
El hombre tiene la facultad de acumular
experiencias, de recordárselas, de prever los efectos por los cuales puede
evitar todo lo que pueda dañarlo, procurar lo que puede ser útil a la
conservación de su existencia, lo que puede contribuir a lo que es el único fin
de todas sus acciones, ya sean corporales o mentales, su felicidad, constituye
lo que, en una palabra, se designa con el nombre de Razón . El sentimiento, la
imaginación, el temperamento, pueden ser capaces de descarriarlo, pueden tener
el poder de engañarlo; pero la experiencia y la reflexión rectificarán sus
errores, señalarán sus errores, lo colocarán en el buen camino, le enseñarán lo
que realmente puede conducir, lo que verdaderamente puede conducirlo a la
felicidad. A partir de esto, aparecerá, que la razónes la naturaleza del
hombre, modificada por la experiencia, moldeada por el juicio, regulada por la
reflexión: supone un temperamento moderado, sobrio; una mente justa y sana; una
imaginación bien regulada y ordenada; un conocimiento de la verdad, basado en
la experiencia probada y reiterada; en efecto, la prudencia y la previsión:
esto servirá para probar que, aunque nada se afirme más comúnmente, aunque la
frase se repita a diario, más aún, a cada hora, que el hombre es un ser
razonable, sin embargo, hay un número muy pequeño de los individuos que
componen la especie humana, de los cuales se puede decir con verdad; quienes
realmente disfrutan de la facultad de la razón, o quienes combinan las
disposiciones, la experiencia, por la cual se constituye. No debería, entonces,
causar sorpresa que los individuos de la raza humana, que están en capacidad de
hacer verdadera experiencia, sean tan pocos en número. El hombre, cuando nace,
trae consigo al mundo órganos susceptibles de recibir impulso, de acumular
ideas, de acumular experiencia; pero ya sea por el vicio de su sistema, la
imperfección de su organización, o por aquellas causas que la modifican, su
experiencia es falsa, sus ideas son confusas, sus imágenes están mal asociadas,
su juicio es erróneo, su cerebro está saturado de viciosos, de sistemas
perversos,
Los sentidos del hombre, como se ha demostrado, son
el único medio por el cual puede determinar si sus opiniones son verdaderas o
falsas, si su conducta es útil para él y beneficiosa para los demás, si es
ventajosa o desventajosa. Pero para que sus sentidos puedan ser competentes
para hacer una relación fiel, para que puedan estar en capacidad de imprimir
ideas verdaderas en su cerebro, es requisito que sean sanos; es decir, en el
estado necesario para mantener su existencia; en el orden que conviene a su conservación,
esa condición calculada para asegurar su felicidad permanente. También es
indispensable que su propio cerebro esté sano, o en las circunstancias
adecuadas para que pueda cumplir con precisión sus funciones, para ejercitar
sus facultades con vigor. Es necesario que la memoria delinee fielmente sus
sensaciones anteriores, que vuelva a trazar con precisión sus ideas anteriores;
con el fin de que sea competente para juzgar, para prever los efectos que deba
esperar, las consecuencias que deba temer, de aquellas acciones a las que esté
determinado por su voluntad. Si su sistema orgánico es vicioso, si sus órganos
interiores o exteriores son defectuosos, ya sea por su conformación natural o
por las causas que los regulan, sólo siente imperfectamente, de una manera
menos clara de lo necesario; sus ideas son falsas o sospechosas, juzga mal,
está en un delirio, en un estado de embriaguez, en una especie de embriaguez
que le impide captar la verdadera relación de las cosas. En resumen, si su
memoria es defectuosa, si es traicionera, su reflexión es vana, su imaginación
lo desvía, su mente lo engaña, mientras que la sensibilidad de sus órganos,
asaltada simultáneamente por una multitud de impresiones, conmocionada por una
variedad de impulsos, lo oponen a la prudencia, a la previsión, al ejercicio de
su razón. Por el contrario, si la conformación de sus órganos, como sucede con
los de temperamento flemático, de hábito torpe, no le permite moverse, sino con
debilidad, de manera perezosa, su experiencia es lenta, frecuentemente inútil.
. La tortuga y la mariposa son igualmente incapaces de evitar su destrucción.
El estúpido, lo mismo que el ebrio, se encuentran en ese estado que les
imposibilita llegar o alcanzar el fin que se proponen. oponerle a la prudencia,
a la previsión, al ejercicio de la razón. Por el contrario, si la conformación
de sus órganos, como sucede con los de temperamento flemático, de hábito torpe,
no le permite moverse, sino con debilidad, de manera perezosa, su experiencia
es lenta, frecuentemente inútil. . La tortuga y la mariposa son igualmente
incapaces de evitar su destrucción. El estúpido, lo mismo que el ebrio, se
encuentran en ese estado que les imposibilita llegar o alcanzar el fin que se
proponen. oponerle a la prudencia, a la previsión, al ejercicio de la razón.
Por el contrario, si la conformación de sus órganos, como sucede con los de
temperamento flemático, de hábito torpe, no le permite moverse, sino con
debilidad, de manera perezosa, su experiencia es lenta, frecuentemente inútil.
. La tortuga y la mariposa son igualmente incapaces de evitar su destrucción.
El estúpido, lo mismo que el ebrio, se encuentran en ese estado que les
imposibilita llegar o alcanzar el fin que se proponen. frecuentemente no
rentable. La tortuga y la mariposa son igualmente incapaces de evitar su
destrucción. El estúpido, lo mismo que el ebrio, se encuentran en ese estado
que les imposibilita llegar o alcanzar el fin que se proponen. frecuentemente
no rentable. La tortuga y la mariposa son igualmente incapaces de evitar su
destrucción. El estúpido, lo mismo que el ebrio, se encuentran en ese estado
que les imposibilita llegar o alcanzar el fin que se proponen.
Pero, ¿cuál es el final? ¿Cuál es el fin del hombre
en la esfera que ocupa? Es para preservarse a sí mismo; para hacer feliz su
existencia. Se vuelve entonces de suma importancia, que comprenda los
verdaderos medios que la razón le indica, que la prudencia le enseña a usar,
para que pueda con certeza, que llegue constantemente al fin que se propone.
Encontrará que son sus facultades naturales, su mente, sus talentos, su
industria, sus acciones, determinadas por aquellas pasiones de las que su
naturaleza lo hace susceptible, que dan más o menos actividad a su voluntad. La
experiencia y la razón le muestran de nuevo que los hombres con los que se
asocia le son necesarios, son capaces de contribuir a su felicidad, son capaces
de administrar sus placeres, son competentes para asistirlo con aquellas
facultades que les son propias; la experiencia le enseña el modo que debe
adoptar para inducirlos a concurrir en sus designios, para determinarlos a
querer e inclinarlos a obrar en su favor. Esto le indica las acciones que
aprueban, las que les desagradan, la conducta que los atrae, lo que los repele,
el juicio por el que se dejan influir, las ventajas que se producen, los
efectos perjudiciales que resultan. a él desde sus varios modos de existencia y
desde su diversa manera de actuar. Esta experiencia le proporciona las ideas de
virtud y de vicio, de justicia y de injusticia, de bondad y de maldad, de
decencia y de indecencia, de probidad y de picardía: en suma, aprende a
formarse un juicio de los hombres, a estimar sus acciones, a distinguir los
diversos sentimientos suscitados en ellos, según la diversidad de los efectos
que le hacen experimentar. Es sobre la necesaria diversidad de estos efectos
que se funda la discriminación entre el bien y el mal, entre la virtud y el
vicio; distinciones que no descansan, como han creído algunos pensadores, en
las convenciones hechas entre los hombres; menos aún, como han afirmado algunos
metafísicos, de la voluntad quimérica de los seres sobrenaturales: sino de las
relaciones sólidas, invariables, eternas que subsisten entre los seres de la
especie humana congregados y viviendo en sociedad: relaciones que tendrán
existencia como mientras el hombre permanezca, mientras la sociedad continúe
existiendo. según la diversidad de los efectos que le hacen experimentar. Es
sobre la necesaria diversidad de estos efectos que se funda la discriminación
entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio; distinciones que no
descansan, como han creído algunos pensadores, en las convenciones hechas entre
los hombres; menos aún, como han afirmado algunos metafísicos, de la voluntad
quimérica de los seres sobrenaturales: sino de las relaciones sólidas,
invariables, eternas que subsisten entre los seres de la especie humana
congregados y viviendo en sociedad: relaciones que tendrán existencia como
mientras el hombre permanezca, mientras la sociedad continúe existiendo. según
la diversidad de los efectos que le hacen experimentar. Es sobre la necesaria
diversidad de estos efectos que se funda la discriminación entre el bien y el
mal, entre la virtud y el vicio; distinciones que no descansan, como han creído
algunos pensadores, en las convenciones hechas entre los hombres; menos aún,
como han afirmado algunos metafísicos, de la voluntad quimérica de los seres
sobrenaturales: sino de las relaciones sólidas, invariables, eternas que
subsisten entre los seres de la especie humana congregados y viviendo en
sociedad: relaciones que tendrán existencia como mientras el hombre permanezca,
mientras la sociedad continúe existiendo. distinciones que no descansan, como
han creído algunos pensadores, en las convenciones hechas entre los hombres;
menos aún, como han afirmado algunos metafísicos, de la voluntad quimérica de
los seres sobrenaturales: sino de las relaciones sólidas, invariables, eternas
que subsisten entre los seres de la especie humana congregados y viviendo en
sociedad: relaciones que tendrán existencia como mientras el hombre permanezca,
mientras la sociedad continúe existiendo. distinciones que no descansan, como
han creído algunos pensadores, en las convenciones hechas entre los hombres;
menos aún, como han afirmado algunos metafísicos, de la voluntad quimérica de
los seres sobrenaturales: sino de las relaciones sólidas, invariables, eternas
que subsisten entre los seres de la especie humana congregados y viviendo en
sociedad: relaciones que tendrán existencia como mientras el hombre permanezca,
mientras la sociedad continúe existiendo.
Así , la virtud es todo lo que es verdaderamente
beneficioso, todo lo que es constantemente útil a los individuos del género
humano, viviendo juntos en sociedad; vicio todo lo que sea realmente
perjudicial, todo lo que les perjudique permanentemente. Las virtudes más
grandes son las que procuran al hombre las ventajas más duraderas, de las que
deriva la felicidad más sólida, que conserva el mayor grado de orden en su
asociación: los vicios más grandes son los que más perturban su tendencia a la
felicidad, los que perpetúan error, que más interrumpen el orden necesario de
la sociedad.
El hombre virtuoso , es aquel cuyas acciones
tienden uniformemente al bienestar, constantemente a la felicidad, de sus
semejantes. El hombre vicioso , es aquel cuya conducta tiende a la miseria,
cuyas propensiones forman la infelicidad de aquellos con quienes convive; de
donde resulta más comúnmente su propia miseria peculiar.
Todo lo que procura al hombre la felicidad
verdadera y permanente es razonable; todo lo que perturba su felicidad
individual, o la de los seres necesarios para su felicidad, es insensato e
irrazonable. El hombre que hiere a otros, es malvado; el hombre que se daña a
sí mismo es un ser imprudente, que no tiene conocimiento de la razón, de sus
propios intereses peculiares, ni de la verdad.
Los deberes del hombre son los medios que le señala
la experiencia, el círculo que le describe la razón, por el cual ha de llegar a
la meta que se propone; estos deberes son la consecuencia necesaria de las
relaciones que subsisten entre los mortales, que igualmente desean la
felicidad, que igualmente están ansiosos de conservar su existencia. Cuando se
dice que estos deberes le obligan , no significa otra cosa que, sin tomar estos
medios, no podría alcanzar el fin que su naturaleza le propone. Así, la obligación
morales la necesidad de emplear los medios naturales para hacer felices a los
seres con los que vive; con el fin de determinarlos a su vez para contribuir a
su propia felicidad individual: su obligación para consigo mismo es la
necesidad que tiene de tomar aquellos medios, sin los cuales sería incapaz de
conservarse o hacer su existencia sólida y permanentemente feliz. La moral,
como el universo, se funda en la necesidad, o en la relación eterna de las
cosas.
La felicidad es un modo de existencia cuya duración
desea naturalmente el hombre, o en el que está dispuesto a continuar. Se mide
por su duración, por su vivacidad. La mayor felicidad es la que tiene mayor
permanencia: la felicidad transitoria, o la que tiene sólo una corta duración,
se llama Placer ; cuanto más vivo es, más fugitivo, porque los sentidos del
hombre sólo son susceptibles de un cierto cuanto de movimiento. Cuando el
placer excede esta cantidad dada, se transforma en angustia ., o en ese doloroso
modo de existencia, cuyo cese desea ardientemente: esta es la razón por la que
el placer y el dolor se aproximan con frecuencia tan estrechamente que apenas
se pueden discriminar. El placer inmoderado es el precursor del
arrepentimiento. Le sucede el tedio, le sigue el cansancio, acaba en el
disgusto: la felicidad transitoria se convierte con frecuencia en desgracia
duradera. Según estos principios se verá que el hombre, que en cada momento de
su duración busca necesariamente la felicidad, debe, cuando es razonable,
administrar, administrar, regular sus placeres; negarse a sí mismo a todos
aquellos cuya indulgencia sería sucedida por el arrepentimiento; evitar las que
pueden convertirse en dolor; para que se procure la felicidad más permanente.
La felicidad no puede ser igual para todos los
seres de la especie humana; los mismos placeres no pueden afectar igualmente a
hombres cuya conformación es diferente, cuya modificación es diversa. Esta es,
sin duda, la verdadera razón por la cual la mayor parte de los filósofos
morales están tan poco de acuerdo sobre los objetos en que han hecho consistir
la felicidad del hombre, así como sobre los medios por los cuales puede
obtenerse. Sin embargo, en general, la felicidad parece ser un estado, ya sea momentáneo
o duradero, en el cual el hombre consiente fácilmente, porque lo encuentra
conforme a su ser. Este estado resulta del acuerdo, brota de la conformidad que
se encuentra entre él y aquellas circunstancias en que ha sido puesto por la
Naturaleza; o, si se prefiere, la felicidad es la coordinación del hombre, con
las causas que le dan impulso.
Las ideas que el hombre se forma de la felicidad
dependen no sólo de su temperamento, de su conformación individual, sino
también de los hábitos que ha contraído. El hábito es, en el hombre, un modo de
existencia —de pensar— de actuar, que sus órganos, tanto interiores como
exteriores, contraen por la reiteración frecuente de un mismo movimiento; de
donde resulta la facultad de realizar estas acciones con prontitud, de
ejecutarlas con facilidad.
Si las cosas se consideran con atención, se
encontrará que casi toda la conducta del hombre, todo el sistema de sus
acciones, sus ocupaciones, sus conexiones, sus estudios, sus diversiones, sus
modales, sus costumbres. ”Su misma ropa, incluso sus alimentos, son el efecto
del hábito. Debe igualmente al hábito, la facilidad con que ejercita sus
facultades mentales de pensamiento, de juicio, de ingenio, de razón, de gusto,
etc. Es al hábito al que debe la mayor parte de sus inclinaciones, de sus
deseos, de sus opiniones, de sus prejuicios, de las ideas, verdaderas o falsas,
que se forma de su bienestar. En una palabra, es al hábito, consagrado por el
tiempo, al que debe esos errores en que todo se empeña en precipitarle; de la
cual todo está calculado para impedir que se emancipe. Es el hábito lo que le
une a la virtud o al vicio: la experiencia lo prueba: la observación enseña
indiscutiblemente que el primer crimen va siempre acompañado de más
remordimientos que el segundo; esto de nuevo, por más del tercio; así
sucesivamente a los que siguen. Una primera acción es el comienzo de un hábito;
las que lo logran lo confirman: a fuerza de combatir los obstáculos que impiden
la comisión de acciones criminales, el hombre llega al poder de vencerlas con
facilidad; de conquistarlos con facilidad. Por lo tanto, con frecuencia se
vuelve malvado por hábito. las que lo logran lo confirman: a fuerza de combatir
los obstáculos que impiden la comisión de acciones criminales, el hombre llega
al poder de vencerlas con facilidad; de conquistarlos con facilidad. Por lo
tanto, con frecuencia se vuelve malvado por hábito. las que lo logran lo
confirman: a fuerza de combatir los obstáculos que impiden la comisión de
acciones criminales, el hombre llega al poder de vencerlas con facilidad; de
conquistarlos con facilidad. Por lo tanto, con frecuencia se vuelve malvado por
hábito.
El hombre está tan modificado por el hábito, que
frecuentemente se lo confunde con su naturaleza; de ahí resultan, como se verá
enseguida, esas opiniones o esas ideas, que él ha llamado innatas , porque no
ha querido volver a la fuente. de donde surgieron: que se ha identificado, por
así decirlo, con su cerebro. Sea como fuere, se adhiere con gran fuerza de
apego a todas aquellas cosas a las que está habituado; su mente experimenta una
especie de violencia, una repugnancia incómoda, un desagrado molesto, cuando se
intenta hacerle cambiar el curso de sus ideas: una predilección fatal lo
conduce frecuentemente de vuelta al viejo camino a pesar de la razón.
Es por un mecanismo puro que pueden explicarse los
fenómenos del hábito, tanto físicos como morales; el alma, a pesar de su
espiritualidad, se modifica exactamente de la misma manera que el cuerpo. El
hábito, en el hombre, hace que los órganos de la voz aprendan el modo de
expresar rápidamente las ideas confiadas a su cerebro, por medio de cierto
movimiento, que, durante su infancia, la lengua adquiere el poder de ejecutar
con facilidad: su lengua, una vez habituado a moverse de cierta manera,
encuentra muchos problemas, tiene mucho dolor, para moverse de otra manera; la
garganta cede con dificultad a aquellas inflexiones que le exige un lenguaje
diferente del que está acostumbrado. Lo mismo ocurre con sus ideas; su cerebro,
su órgano interior, su alma, habituados a una determinada forma de
modificación, acostumbrado a unir ciertas ideas a ciertos objetos, usado
durante mucho tiempo para formar a sí mismo un sistema relacionado con ciertas
opiniones, ya sean verdaderas o falsas, experimenta una sensación dolorosa,
cada vez que intenta darle un nuevo impulso, o alterar la dirección de su
movimiento habitual . Es casi tan difícil hacerle cambiar de opinión como de
lenguaje.
He aquí, pues, sin duda, la causa de ese apego casi
invencible que el hombre muestra a esas costumbres, a esos prejuicios, a esas
instituciones de las que en vano la razón, la experiencia, el buen sentido le
prueban la inutilidad, o incluso El peligro. El hábito se opone a las
manifestaciones más claras, más evidentes; de nada sirven contra aquellas
pasiones, contra esos vicios que el tiempo ha enraizado en él, contra los
sistemas más ridículos, contra las nociones más absurdas, contra las hipótesis
más extravagantes, contra las costumbres más extrañas: sobre todo, cuando ha
aprendido a vincularles las ideas de utilidad, de interés común, de bienestar
de la sociedad. Tal es el origen de esa obstinación, de esa terquedad, que el
hombre manifiesta por su religión, por los usos antiguos, por las costumbres
irrazonables, por leyes tan poco acordes con la justicia, por los abusos que
tan frecuentemente le hacen sufrir, por los prejuicios de los que a veces
reconoce el absurdo, pero no quiere despojarse de ellos. Esta es la razón por
la cual las naciones contemplan las novedades más útiles como innovaciones
maliciosas: por qué creen que se perderían si remediaran los males a los que se
han habituado; que han aprendido a considerar como necesario para su reposo; que
se les ha enseñado a considerar peligrosas para ser curadas. si fueran a
remediar aquellos males a que se han habituado; que han aprendido a considerar
como necesario para su reposo; que se les ha enseñado a considerar peligrosas
para ser curadas. si fueran a remediar aquellos males a que se han habituado;
que han aprendido a considerar como necesario para su reposo; que se les ha
enseñado a considerar peligrosas para ser curadas.
Educaciónes sólo el arte de hacer contraer al
hombre, en la juventud, es decir, cuando sus órganos son extremadamente
flexibles, los hábitos, las opiniones, los modos de existencia, adoptados por
la sociedad en que se encuentra. Los primeros momentos de su infancia los
emplea en acumular experiencia; los que están encargados del cuidado de
criarlo, o a quienes se les encomienda criarlo, le enseñan a aplicarlo: son
ellos los que desarrollan en él la razón: el primer impulso que le dan decide
comúnmente sobre su condición, sobre su pasiones, de las ideas que se forma de
la felicidad, de los medios que empleará para procurarla, de sus virtudes y de
sus vicios. Bajo la mirada de sus amos, el niño adquiere ideas: bajo su
enseñanza aprende a asociarlas, a pensar de cierta manera, a juzgar bien o mal.
Le señalan varios objetos, que le acostumbran a amar oa odiar, a desear oa
evitar, a estimar oa despreciar. Es así como se transmiten las opiniones de
padres, madres, nodrizas y maestros, al hombre en su estado infantil. Es así,
que su mente por grados se satura de verdad, o se llena de error; después de lo
cual regula su conducta, que lo vuelve feliz o miserable, virtuoso o vicioso,
estimable u odioso. Es así como se siente satisfecho o descontento con su
destino, según los objetos hacia los que han dirigido sus pasiones, hacia los
que han dirigido las energías de su mente; es decir, en que le han mostrado su
interés, en que le han enseñado a poner su felicidad: en consecuencia, ama y
busca lo que le han enseñado a reverenciar, lo que han hecho objeto de su
investigación; tiene esos gustos, esas inclinaciones, esos fantasmas, que,
durante todo el curso de su vida, está deseoso de complacer, que está ansioso
por satisfacer, en proporción a la actividad que han excitado en él, y la
capacidad con la que ha sido provisto por la Naturaleza.
Políticadebería ser el arte de regular las pasiones
del hombre, de dirigirlas al bienestar de la sociedad, de desviarlas hacia una
corriente genial de felicidad, de hacerlas fluir suavemente para el beneficio
general de todos: pero con demasiada frecuencia no es más que el detestable
arte de armar las pasiones de los diversos miembros de la sociedad entre sí, de
convertirlos en motores para lograr su mutua destrucción, de convertirlos en
agentes que amargan su existencia, crean celos entre ellos, y llenan de
animosidades rencorosas esa asociación de la cual, si se maneja adecuadamente,
el hombre debe derivar su felicidad. La sociedad es comúnmente tan viciosa
porque no se basa en la Naturaleza, en la experiencia y en la utilidad general;
sino por el contrario, sobre las pasiones, sobre los caprichos, y sobre los
intereses particulares de aquellos por quienes es gobernado. En resumen, es en
su mayor parte la ventaja de unos pocos frente a la prosperidad de muchos.
La política, para ser útil, debe basar sus
principios en la Naturaleza; es decir, debe amoldarse a la esencia del hombre,
amoldarse al gran fin de la sociedad: pero ¿qué es la sociedad? y cual es su
final? Es un todo, formado por la unión de un gran número de familias, o por
una colección de individuos, reunidos de una reciprocidad de interés, para que
puedan satisfacer con mayor facilidad sus necesidades recíprocas, para que
puedan, con más certeza, procurar las ventajas que desean, para que puedan obtener
ayuda mutua, sobre todo, para que puedan obtener la facultad de disfrutar, con
seguridad, de aquellos beneficios que la Naturaleza y la industria pueden
proporcionarles: se sigue, por supuesto, que la política, que tiene por objeto
mantener la sociedad y consolidar los intereses de esta congregación, debe
entrar en sus puntos de vista,
El hombre, al aproximarse a su prójimo, para vivir
con él en sociedad, ha hecho, formal o tácitamente, un pacto; por el cual se
compromete a prestar servicios mutuos, a no hacer nada que pueda ser
perjudicial para su prójimo. Pero como la naturaleza de cada individuo lo
impulsa a cada instante a buscar su propio bienestar, que ha confundido
erróneamente con la satisfacción de sus pasiones y la complacencia de sus
caprichos transitorios, sin tener en cuenta la conveniencia de sus semejantes;
se necesitaba un poder que lo condujera a su deber, que lo obligara a
conformarse a sus obligaciones y que lo llamara a sus compromisos, que la prisa
de sus pasiones le hace olvidar con frecuencia. Este poder es la ley.; es, o
debería ser, el conjunto de la voluntad de la sociedad, reunida para fijar la
conducta de sus miembros, para dirigir su acción de tal modo que concurra al
gran fin de su asociación: el bien general. .
Pero como la sociedad, más especialmente cuando es
muy numerosa, es incapaz de reunirse, a no ser con gran dificultad, ya que no
puede dar a conocer con tumulto sus intenciones, se ve obligada a elegir
ciudadanos en quienes deposita su confianza, a quienes hace intérpretes de su
testamento, a quienes constituye los depositarios del poder necesario para
llevarlo a cabo. Tal es el origen de todo gobierno ., que para ser legítima
sólo puede fundarse en el libre consentimiento de la sociedad. Los que están encargados
del cuidado de gobernar, se llaman soberanos, jefes, legisladores: según la
forma que la sociedad ha querido dar a su gobierno: estos soberanos se llaman
monarcas, magistrados, representantes, etc. El gobierno sólo toma prestado su
poder de la sociedad: al estar establecido sin otro propósito que su bienestar,
es evidente que la sociedad puede revocar este poder siempre que su interés lo
exija; cambiar la forma de su gobierno; extender o limitar el poder que ha
confiado a sus jefes, sobre los cuales, por las leyes inmutables de la
naturaleza, conserva siempre una autoridad suprema: porque estas leyes ordenan
que la parte permanezca siempre subordinada al todo.
Así, los soberanos son los ministros de la
sociedad, sus intérpretes, los depositarios de una mayor o menor parte de su
poder; pero no son sus amos absolutos, ni son los propietarios de las naciones.
por un pacto, expresa o implícitamente, se comprometen a velar por el
mantenimiento, a ocuparse del bienestar de la sociedad; es sólo bajo estas
condiciones que la sociedad consiente en obedecerlas. El precio de la
obediencia es la protección. Hay o debe haber una reciprocidad de intereses
entre el gobernado y el gobernante: siempre que falta esta reciprocidad, la
sociedad está en ese estado de confusión de que hablábamos en el capítulo
quinto: está al borde de la destrucción. Ninguna sociedad sobre la tierra
estuvo jamás dispuesta o fue competente para conferir irrevocablemente a sus
jefes el poder, el derecho, de hacerle daño. Tal concesión, tal pacto, sería
anulado, sería anulado por la Naturaleza; porque quiere que cada sociedad, al
igual que cada individuo de la especie humana, tienda a su propia conservación;Las
leyes , para que sean justas, deben tener invariablemente por fin el interés
general de la sociedad; es decir, asegurar al mayor número de ciudadanos
aquellas ventajas para las cuales el hombre se asoció originalmente. Estas
ventajas son la libertad, la propiedad, la seguridad .
La libertad , para el hombre, es la facultad de
hacer, para su propia felicidad particular, todo lo que no perjudique o
disminuya la felicidad de sus asociados: al asociarse, cada individuo renunció
al ejercicio de aquella parte de su libertad natural que podría perjudicar o
lesionar la libertad de sus semejantes. Se llama libertinaje el ejercicio de
esa libertad que es perjudicial para la sociedad .
La propiedad , para el hombre, es la facultad de
gozar de aquellas ventajas que nacen del trabajo; aquellos beneficios que la
industria o el talento ha procurado a cada miembro de la sociedad.
La seguridad , para el hombre, es la certeza, la
seguridad que debe tener cada individuo, de gozar en su persona, de encontrar
para sus bienes la protección de las leyes, con tal de que observe fielmente,
con tal de que cumpla puntualmente realizar, sus compromisos con la sociedad.
La justicia , al hombre, asegura a todos los
miembros de la sociedad, la posesión de estas ventajas, el goce de aquellos
derechos que les pertenecen. De esto se verá que sin justicia la sociedad no
está en condiciones de procurar la felicidad de ningún hombre. La justicia
también se llama equidad , porque con la ayuda de las leyes hechas para mandar
el todo, reduce a todos sus miembros a un estado de igualdad; es decir, les
impide prevalecer unos sobre otros, por la desigualdad que la Naturaleza o la
industria hayan hecho entre sus respectivas potencias.
Derechos, para el hombre, son todas las cosas que
la sociedad, por leyes equitativas, permite a cada individuo hacer para su
propia felicidad peculiar. Estos derechos están evidentemente limitados por el
fin invariable de toda asociación: la sociedad tiene, por su parte, derechos
sobre todos sus miembros, en virtud de las ventajas que les procura; todos sus
miembros, a su vez, tienen derecho a reclamar, a exigir de la sociedad, oa
obtener de sus ministros, aquellas ventajas para cuya obtención se congregaron,
en favor de las cuales renunciaron a una parte de su libertad natural. Una
sociedad en la que los jefes, auxiliados por las leyes, no procuran ningún bien
a sus miembros, pierde evidentemente su derecho sobre ellos: los jefes que
perjudican a la sociedad pierden el derecho de mandar. No es nuestro país, sin
que se asegure el bienestar de sus habitantes; una sociedad sin equidad sólo
contiene enemigos; una sociedad oprimida se compone sólo de tiranos y esclavos;
los esclavos son incapaces de ser ciudadanos; es la libertad, la propiedad y la
seguridad lo que nos hace queridos por nuestro país; es el verdadero amor a su
patria lo que forma al ciudadano.
Por falta de un conocimiento adecuado de estas
verdades, o por falta de aplicarlas cuando se conocen, algunas naciones se han
vuelto infelices, no han contenido más que un vil montón de esclavos, separados
unos de otros, separados de la sociedad, que ni procura para sí. ningún bien,
ni les asegura ninguna ventaja. A consecuencia de la imprudencia de algunas
naciones, o de la astucia, astucia y violencia de aquellos a quienes han
confiado el poder de hacer leyes y llevarlas a cabo, sus soberanos se han convertido
en dueños absolutos de la sociedad. Éstos, confundiendo la verdadera fuente de
su poder, pretendían retenerlo del cielo, ser responsables de sus actos sólo
ante Dios, no deber nada, no tener ninguna obligación con la sociedad, en una
palabra, ser dioses en la tierra, ser poseen el derecho de gobernar
arbitrariamente. A partir de ahí la política se corrompió: sólo fueron una
burla. Tales naciones, deshonradas y despreciables, no se atrevieron a resistir
la voluntad de sus jefes; sus leyes no eran más que la expresión del capricho
de estos caciques; el bienestar público fue sacrificado a sus intereses
peculiares; la fuerza de la sociedad se volvió contra sí misma; sus miembros se
retiraron para adherirse a sus opresores, a sus tiranos; éstos para seducirlos,
les permitieron injuriarlo impunemente y aprovecharse de sus desgracias. Así,
la libertad, la justicia, la seguridad y la virtud fueron desterradas de muchas
naciones; la política ya no era más que el arte de valerse de las fuerzas de un
pueblo y del tesoro de la sociedad; de dividirlo en el sujeto de su interés,
para subyugarlo por sí mismo; al fin un hábito estúpido, mecánico,
El hombre cuando no tiene nada que temer, pronto se
vuelve malvado; el que cree que no tiene ocasión para su prójimo, se convence a
sí mismo de que puede seguir las inclinaciones de su corazón sin cautela ni
discreción. Así, el miedo es el único obstáculo que la sociedad puede oponer
eficazmente a las pasiones de sus jefes; sin ella se corromperán rápidamente, y
no tendrán escrúpulos en valerse de los medios que la sociedad ha puesto en sus
manos, para hacerlos cómplices de su iniquidad. Para prevenir estos abusos, es
requisito que la sociedad ponga límites a su confianza; debe limitar el poder
que delega a sus jefes; debe reservarse una parte suficiente de la autoridad
para evitar que la perjudiquen; debe establecer controles prudentes: debe
dividir con cautela el poder que confiere, porque reunido, por tal reunión será
infaliblemente oprimida. La más mínima reflexión, la revisión más escasa, hará
que los hombres sientan que la carga del gobierno y el peso de la
administración son demasiado pesados y abrumadores para que los lleve un
individuo; que el alcance de su jurisdicción, que el alcance de su vigilancia y
la multiplicidad de sus deberes siempre deben volverlo negligente; que la
extensión de su poder siempre tiene una tendencia a volverlo travieso. En
resumen, la experiencia de todas las edades convencerá a las naciones de que el
hombre está continuamente tentado al abuso del poder: que como la abundancia de
licor fuerte embriaga su cerebro, así el poder ilimitado corrompe su corazón;
que por lo tanto el soberano debe estar sujeto a la ley, no la ley al soberano.
hará que los hombres sientan que la carga de gobernar y el peso de la
administración es demasiado pesada y abrumadora para que la lleve un individuo;
que el alcance de su jurisdicción, que el alcance de su vigilancia y la
multiplicidad de sus deberes siempre deben volverlo negligente; que la
extensión de su poder siempre tiene una tendencia a volverlo travieso. En
resumen, la experiencia de todas las edades convencerá a las naciones de que el
hombre está continuamente tentado al abuso del poder: que como la abundancia de
licor fuerte embriaga su cerebro, así el poder ilimitado corrompe su corazón;
que por lo tanto el soberano debe estar sujeto a la ley, no la ley al soberano.
hará que los hombres sientan que la carga de gobernar y el peso de la
administración es demasiado pesada y abrumadora para que la lleve un individuo;
que el alcance de su jurisdicción, que el alcance de su vigilancia y la
multiplicidad de sus deberes siempre deben volverlo negligente; que la
extensión de su poder siempre tiene una tendencia a volverlo travieso. En
resumen, la experiencia de todas las edades convencerá a las naciones de que el
hombre está continuamente tentado al abuso del poder: que como la abundancia de
licor fuerte embriaga su cerebro, así el poder ilimitado corrompe su corazón;
que por lo tanto el soberano debe estar sujeto a la ley, no la ley al soberano.
y la multiplicidad de sus deberes siempre debe volverlo negligente; que la
extensión de su poder siempre tiene una tendencia a volverlo travieso. En
resumen, la experiencia de todas las edades convencerá a las naciones de que el
hombre está continuamente tentado al abuso del poder: que como la abundancia de
licor fuerte embriaga su cerebro, así el poder ilimitado corrompe su corazón;
que por lo tanto el soberano debe estar sujeto a la ley, no la ley al soberano.
y la multiplicidad de sus deberes siempre debe volverlo negligente; que la
extensión de su poder siempre tiene una tendencia a volverlo travieso. En
resumen, la experiencia de todas las edades convencerá a las naciones de que el
hombre está continuamente tentado al abuso del poder: que como la abundancia de
licor fuerte embriaga su cerebro, así el poder ilimitado corrompe su corazón;
que por lo tanto el soberano debe estar sujeto a la ley, no la ley al soberano.
Gobiernotiene necesariamente una influencia igual
sobre la filosofía, como sobre la moral de las naciones. Del mismo modo que su
cuidado produce trabajo, actividad, abundancia, salubridad y justicia; su
negligencia induce la ociosidad, la pereza, el desánimo, la penuria, el
contagio, la injusticia, los vicios y los crímenes. Depende del gobierno
fomentar la industria, madurar el genio, dar un impulso a los talentos o
sofocarlos. De hecho, el gobierno, el perturbador de dignidades, de riquezas,
de premios y castigos; el maestro de aquellos objetos en los que el hombre
desde su infancia ha aprendido a colocar su felicidad, y contemplar como los
medios de su felicidad; adquiere una influencia necesaria sobre su conducta:
enciende sus pasiones; les da dirección; lo hace instrumental para cualquier
propósito que le plazca; lo modifica; determina sus modales; que en todo un
pueblo, como en el individuo, no es más que la conducta, el sistema general de
voluntades, de acciones que necesariamente resultan de su educación, gobierno,
leyes y opiniones religiosas, sus instituciones, ya sean racionales o
irracionales. En suma, las costumbres son los hábitos de un pueblo: éstos son
buenos siempre que la sociedad saque de ellos la verdadera felicidad y la
felicidad sólida; son malos, son detestables a los ojos de la razón, cuando de
ellos no brota la felicidad de la sociedad; son malsanos cuando no tienen más a
su favor que el sufragio del tiempo, y el semblante del prejuicio que rara vez
consulta la experiencia, que casi siempre está en desacuerdo con el buen
sentido: a pesar de que pueden tener la sanción de la ley, la costumbre, la
religión , la opinión pública o el ejemplo, pueden ser indignos y vergonzosos,
siempre que la sociedad esté en desorden; que abunda el crimen; que la virtud
se encoge bajo el ojo de basilisco del vicio triunfante; entonces puede decirse
que se asemejan a las UPAS, cuyo follaje lujurioso pero venenoso, producto de
un suelo rancio, se vuelve más nefasto para los que están sometidos a su
vórtice, en la medida en que extiende sus ramas. Si consultó la experiencia, se
encontrará que no hay acción, por abominable que sea, que no haya recibido el
aplauso, que no haya obtenido la aprobación de algunas personas. El parricidio,
el sacrificio de niños, el robo, la usurpación, la crueldad, la intolerancia y
la prostitución, han sido a su vez acciones autorizadas; han sido defendidos;
han sido considerados hechos loables y meritorios con algunas naciones de la
tierra. Sobre todo, entonces puede decirse que se asemejan a las UPAS, cuyo
follaje lujurioso pero venenoso, producto de un suelo rancio, se vuelve más
nefasto para los que están sometidos a su vórtice, en la medida en que extiende
sus ramas. Si consultó la experiencia, se encontrará que no hay acción, por
abominable que sea, que no haya recibido el aplauso, que no haya obtenido la
aprobación de algunas personas. El parricidio, el sacrificio de niños, el robo,
la usurpación, la crueldad, la intolerancia y la prostitución, han sido a su
vez acciones autorizadas; han sido defendidos; han sido considerados hechos
loables y meritorios con algunas naciones de la tierra. Sobre todo, entonces
puede decirse que se asemejan a las UPAS, cuyo follaje lujurioso pero venenoso,
producto de un suelo rancio, se vuelve más nefasto para los que están sometidos
a su vórtice, en la medida en que extiende sus ramas. Si consultó la
experiencia, se encontrará que no hay acción, por abominable que sea, que no
haya recibido el aplauso, que no haya obtenido la aprobación de algunas personas.
El parricidio, el sacrificio de niños, el robo, la usurpación, la crueldad, la
intolerancia y la prostitución, han sido a su vez acciones autorizadas; han
sido defendidos; han sido considerados hechos loables y meritorios con algunas
naciones de la tierra. Sobre todo, Si consultó la experiencia, se encontrará
que no hay acción, por abominable que sea, que no haya recibido el aplauso, que
no haya obtenido la aprobación de algunas personas. El parricidio, el
sacrificio de niños, el robo, la usurpación, la crueldad, la intolerancia y la
prostitución, han sido a su vez acciones autorizadas; han sido defendidos; han
sido considerados hechos loables y meritorios con algunas naciones de la
tierra. Sobre todo, Si consultó la experiencia, se encontrará que no hay
acción, por abominable que sea, que no haya recibido el aplauso, que no haya
obtenido la aprobación de algunas personas. El parricidio, el sacrificio de
niños, el robo, la usurpación, la crueldad, la intolerancia y la prostitución,
han sido a su vez acciones autorizadas; han sido defendidos; han sido
considerados hechos loables y meritorios con algunas naciones de la tierra.
Sobre todo,la superstición ha consagrado las costumbres más irrazonables, las
más repugnantes.
Las pasiones del hombre resultan y dependen del
movimiento de atracción o repulsión, del cual la Naturaleza lo hace
susceptible; que le permite, por su peculiar esencia, ser atraído por aquellos
objetos que le parecen útiles, ser repelido por aquellos que considera
perjudiciales; se sigue que el gobierno, al sostener el imán, puede poner en
actividad estas pasiones, tiene el poder de refrenarlas o de darles una
dirección favorable o desfavorable. Todas sus pasiones están constantemente
limitadas por amar u odiar, buscar o evitar, desear o temer. Estas pasiones,
tan necesarias a la conservación del hombre, son consecuencia de su
organización; se muestran con más o menos energía, según su temperamento; la
educación y el hábito los desarrollan; el gobierno les da play, los conduce
hacia aquellos objetos que se cree interesado en hacer deseables a sus
súbditos. Los diversos nombres que se han dado a estas pasiones son relativos a
los diferentes objetos que las excitan, tales como placer, grandeza o riquezas,
que producen voluptuosidad, ambición, vanidad y avaricia. Si se examina
atentamente la fuente de esas pasiones que predominan en las naciones, se
encontrará comúnmente en sus gobiernos. Es el impulso recibido de sus jefes lo
que los vuelve a veces belicosos, a veces supersticiosos, a veces aspirantes a
la gloria, a veces codiciosos de riquezas, a veces racionales, a veces
irrazonables; si los soberanos, para iluminar y hacer felices sus dominios, no
emplearan más que las Los diversos nombres que se han dado a estas pasiones son
relativos a los diferentes objetos que las excitan, tales como placer, grandeza
o riquezas, que producen voluptuosidad, ambición, vanidad y avaricia. Si se
examina atentamente la fuente de esas pasiones que predominan en las naciones,
se encontrará comúnmente en sus gobiernos. Es el impulso recibido de sus jefes
lo que los vuelve a veces belicosos, a veces supersticiosos, a veces aspirantes
a la gloria, a veces codiciosos de riquezas, a veces racionales, a veces
irrazonables; si los soberanos, para iluminar y hacer felices sus dominios, no
emplearan más que las Los diversos nombres que se han dado a estas pasiones son
relativos a los diferentes objetos que las excitan, tales como placer, grandeza
o riquezas, que producen voluptuosidad, ambición, vanidad y avaricia. Si se
examina atentamente la fuente de esas pasiones que predominan en las naciones,
se encontrará comúnmente en sus gobiernos. Es el impulso recibido de sus jefes
lo que los vuelve a veces belicosos, a veces supersticiosos, a veces aspirantes
a la gloria, a veces codiciosos de riquezas, a veces racionales, a veces
irrazonables; si los soberanos, para iluminar y hacer felices sus dominios, no
emplearan más que las que producen voluptuosidad, ambición, vanidad y avaricia.
Si se examina atentamente la fuente de esas pasiones que predominan en las
naciones, se encontrará comúnmente en sus gobiernos. Es el impulso recibido de
sus jefes lo que los vuelve a veces belicosos, a veces supersticiosos, a veces
aspirantes a la gloria, a veces codiciosos de riquezas, a veces racionales, a
veces irrazonables; si los soberanos, para iluminar y hacer felices sus
dominios, no emplearan más que las que producen voluptuosidad, ambición,
vanidad y avaricia. Si se examina atentamente la fuente de esas pasiones que
predominan en las naciones, se encontrará comúnmente en sus gobiernos. Es el
impulso recibido de sus jefes lo que los vuelve a veces belicosos, a veces
supersticiosos, a veces aspirantes a la gloria, a veces codiciosos de riquezas,
a veces racionales, a veces irrazonables; si los soberanos, para iluminar y
hacer felices sus dominios, no emplearan más que las a veces racional ya veces
irrazonable; si los soberanos, para iluminar y hacer felices sus dominios, no
emplearan más que las a veces racional ya veces irrazonable; si los soberanos,
para iluminar y hacer felices sus dominios, no emplearan más que lasuna décima
parte de los vastos gastos que prodigan, sólo una décima parte de los dolores
que emplean para embrutecerlos, embrutecerlos, engañarlos y afligirlos; sus
súbditos serían ahora tan sabios, pronto serían tan felices, como ahora son
notables por ser ciegos, ignorantes y miserables.
Abandonó el proyecto vano de destruir, el engañoso
intento de arrancar sus pasiones del corazón del hombre; que se haga un
esfuerzo para dirigirlos hacia objetos que puedan ser útiles para él,
beneficiosos para sus asociados. Que la educación, que el gobierno, que las
leyes lo habitúen a refrenar sus pasiones dentro de los justos límites que fija
la experiencia y prescribe la razón. Tengan los ambiciosos honores, títulos,
distinciones y poder, cuando hayan servido útilmente a su patria; que se den
las riquezas a los que las codician, cuando se hayan hecho necesarias para sus
conciudadanos; que los elogios, los elogios animen a los que serán impulsados
por el amor de la gloria. En suma, que las pasiones del hombre tengan un
curso libre e ininterrumpido, siempre que de su ejercicio resulte algo real,
sustancial, y ventajas duraderas para la sociedad. Que la educación encienda
sólo aquellas que son verdaderamente beneficiosas para la especie humana; que
favorezca sólo a los que son realmente necesarios para el mantenimiento de la
sociedad. Las pasiones del hombre son peligrosas sólo porque todo conspira para
darles una mala dirección.
La naturaleza no hace al hombre ni bueno ni malo:
combina máquinas más o menos activas, móviles y enérgicas; ella le proporciona
órganos y temperamento, de los cuales sus pasiones, más o menos impetuosas, son
la consecuencia necesaria; estas pasiones tienen siempre su felicidad por
objeto, su bienestar por fin: en consecuencia son legítimas, son naturales,
sólo pueden llamarse malas o buenas, relativamente, a la influencia que tienen
sobre los seres de su especie. La naturaleza da al hombre piernas propias para
sostener su peso, y necesarias para transportarlo de un lugar a otro; el
cuidado de quienes los crían los fortalece, lo habitúa a valerse de él, lo
acostumbra a hacer buen o mal uso de ellos. El brazo que ha recibido de la
Naturaleza no es ni bueno ni malo; es necesaria a un gran número de las
acciones de la vida; sin embargo, el uso de esta arma se convierte en delito,
si ha contraído la costumbre de usarla para robar, para asesinar, con miras a
obtener ese dinero que le han enseñado desde su infancia a desear, y que la
sociedad en la que vive. vida que le hace necesaria, pero que su laboriosidad
le permitirá obtener sin perjudicar a su prójimo.
El corazón del hombre es un suelo que la naturaleza
ha hecho igualmente adecuado para la producción de zarzas o de cereales útiles,
de veneno deletéreo o de frutos refrescantes, en virtud de las semillas que
pueden sembrarse en él, mediante el cultivo. que se le pueden otorgar. En su
infancia, se le señalan los objetos que debe estimar o despreciar, buscar o
evitar, amar u odiar. Son sus padres, sus instructores, quienes lo hacen
virtuoso o malvado, sabio o irrazonable, estudioso o disipado, firme o frívolo,
sólido o vanidoso. Su ejemplo, su discurso, lo modifican a lo largo de toda su
vida, enseñándole cuáles son las cosas que debe desear o evitar; cuáles son los
objetos que debe temer o amar: los desea, en consecuencia; y se impone la tarea
de obtenerlos, de acuerdo con la energía de su temperamento, que siempre decide
la fuerza de sus pasiones. Es así que la educación, inspirándole con opiniones,
infundiéndole ideas, sean verdaderas o falsas, le da esos impulsos primitivos
según los cuales actúa, de manera ventajosa o perjudicial tanto para sí mismo
como para los demás. El hombre, al nacer, no trae consigo al mundo más que la
necesidad de conservarse, de hacer feliz su existencia: la instrucción, el
ejemplo, las costumbres del mundo, le presentan los medios, reales o
imaginarios, de lograrlo. ; el hábito le procura la facilidad de emplear estos
medios: se apega fuertemente a aquellos que juzga mejor calculados, más
apropiados para asegurarle la posesión de los objetos que le han enseñado, que
ha aprendido a desear como el bien preferible asociado a su existencia. Siempre
que su educación, siempre que los ejemplos que se le han proporcionado, siempre
que los medios con los que se le ha proporcionado, son aprobados por la razón,
son el resultado de la experiencia, todo concurre para volverlo virtuoso; el
hábito fortalece estas disposiciones en él; se convierte, en consecuencia, en
un miembro útil de la sociedad; a cuyos intereses, cada cosa debe probarle su
propio bienestar permanente, su propia felicidad duradera, está necesariamente
aliada. Si, por el contrario, su educación, sus instituciones, los ejemplos que
se le presentan, las opiniones que se le sugieren en su infancia, son de tal
naturaleza que muestran a su mente la virtud como inútil y repugnante. vicio
como útil y congenial a su propia felicidad individual, se volverá vicioso; se
creerá interesado en dañar a la sociedad, en hacer infelices a sus asociados;
será arrastrado por la corriente general: renunciará a la virtud, que ya no
será para él más que un ídolo vano, sin atractivos que lo induzcan a seguirla;
sin encantos para tentar su adoración; porque parecerá exigir, que debe inmolar
en su santuario, que debe sacrificar en su altar todos aquellos objetos que se
le ha enseñado constantemente a considerar los más queridos para sí mismo;
contemplar como prestaciones las más deseables. sin atractivos que lo induzcan
a seguirlo; sin encantos para tentar su adoración; porque parecerá exigir, que
debe inmolar en su santuario, que debe sacrificar en su altar todos aquellos
objetos que se le ha enseñado constantemente a considerar los más queridos para
sí mismo; contemplar como prestaciones las más deseables. sin atractivos que lo
induzcan a seguirlo; sin encantos para tentar su adoración; porque parecerá exigir,
que debe inmolar en su santuario, que debe sacrificar en su altar todos
aquellos objetos que se le ha enseñado constantemente a considerar los más
queridos para sí mismo; contemplar como prestaciones las más deseables.
Para que el hombre llegue a ser virtuoso, es
absolutamente necesario que tenga interés, que encuentre ventajas en la
práctica de la virtud. Para este fin, es necesario que la educación inculque en
él ideas razonables; que la opinión pública se incline hacia la virtud, como el
bien más deseable; ese ejemplo debe señalarlo como el objeto más digno de
estima; que el gobierno debe recompensarlo fielmente, debe recompensarlo
regularmente; que el honor debe acompañar siempre su práctica; que el vicio
debe ser constantemente despreciado; que el crimen debe ser invariablemente
castigado. ¿Está la virtud en esta situación entre los hombres? ¿La educación
del hombre le infunde ideas justas y fieles de felicidad, nociones verdaderas
de virtud, disposiciones realmente favorables a los seres con los que ha de
convivir? Los ejemplos se extendieron ante él, ¿Son adecuados para la inocencia
y los modales? ¿Están calculadas para hacerle respetar la decencia, para
hacerle amar la probidad, para practicar la honestidad, para valorar la buena
fe, para estimar la equidad, para venerar la fidelidad conyugal, para observar
la exactitud en el cumplimiento de sus deberes? La religión, que es la única
que pretende regular sus modales, ¿le hace sociable, le hace pacífico, le
enseña a ser humano? Los árbitros, los soberanos de la sociedad, ¿son fieles en
recompensar, puntuales en recompensar a los que mejor han servido a su patria?
en castigar a los que saquearon, a los que robaron, a los que saquearon, a los
que dividieron, a los que arruinaron? Justicia, ¿mantiene su balanza con
firmeza, con mano pareja, entre todos los ciudadanos del Estado? Las leyes,
¿nunca apoyan a los fuertes contra los débiles, favorecen a los ricos contra
los pobres, defienden a los felices contra los miserables? En suma, ¿es un
espectáculo poco común ver al crimen muchas veces justificado, muchas veces
aplaudido, algunas veces coronado por el éxito, triunfando insolentemente,
caminando con arrogancia sobre ese mérito que desdeña, sobre esa virtud que
ultraja? Pues bien, en las sociedades así constituidas, la virtud sólo puede
ser oída por un número muy reducido de ciudadanos pacíficos, por unas cuantas
almas generosas, que saben estimar su valor, que la disfrutan en secreto. Para
los demás, es sólo un objeto repugnante; no ven en él más que el supuesto
enemigo de su felicidad, o el censor de su conducta individual. a veces
coronado de éxito, triunfante insolente, caminando con arrogancia sobre el
mérito que desdeña, sobre la virtud que ultraja? Pues bien, en las sociedades
así constituidas, la virtud sólo puede ser oída por un número muy reducido de
ciudadanos pacíficos, por unas cuantas almas generosas, que saben estimar su
valor, que la disfrutan en secreto. Para los demás, es sólo un objeto
repugnante; no ven en él más que el supuesto enemigo de su felicidad, o el
censor de su conducta individual. a veces coronado de éxito, triunfante
insolente, caminando con arrogancia sobre el mérito que desdeña, sobre la
virtud que ultraja? Pues bien, en las sociedades así constituidas, la virtud
sólo puede ser oída por un número muy reducido de ciudadanos pacíficos, por
unas cuantas almas generosas, que saben estimar su valor, que la disfrutan en
secreto. Para los demás, es sólo un objeto repugnante; no ven en él más que el
supuesto enemigo de su felicidad, o el censor de su conducta individual. es
sólo un objeto repugnante; no ven en él más que el supuesto enemigo de su
felicidad, o el censor de su conducta individual. es sólo un objeto repugnante;
no ven en él más que el supuesto enemigo de su felicidad, o el censor de su
conducta individual.
Si el hombre, según su naturaleza, está obligado a
desear su bienestar, está igualmente obligado a amar y a cuidar los medios por
los que cree que ha de adquirirlo: sería inútil, tal vez injusto, exigir que un
el hombre debe ser virtuoso, si no puede serlo sin volverse miserable. Siempre
que crea que el vicio lo hace feliz, necesariamente debe amar el vicio; siempre
que vea recompensada la inutilidad, recompensado el crimen, siempre que vea
honrados a uno o ambos, ¿qué interés encontrará en ocuparse de la felicidad de
sus semejantes? ¿Qué ventaja descubrirá en refrenar la furia de sus pasiones?
Cada vez que su mente está saturada de ideas falsas, llena de opiniones
peligrosas, se sigue, por supuesto, que toda su conducta se convertirá en nada
más que una larga cadena de errores,
Se nos informa que los salvajes, para aplanar la
cabeza de sus hijos, los estrujan entre dos tablas, impidiendo así que tomen la
forma que les ha diseñado la Naturaleza. Es casi lo mismo con las instituciones
del hombre; comúnmente conspiran para contrarrestar a la Naturaleza, para
constreñir y desviar, para extinguir el impulso que la Naturaleza le ha dado,
para sustituirlo por otros que son la fuente de todas sus desgracias. En casi
todos los países de la tierra, el hombre está despojado de la verdad, se alimenta
de falsedades y se divierte con maravillosas quimeras: se le trata como a esos
niños cuyos miembros, por el cuidado imprudente de sus nodrizas, están
envueltos en filetes, atados levantados con rodillos, que les privan del libre
uso de sus extremidades, obstruyen su crecimiento, impiden su actividad y se
oponen a su salud.
La mayor parte de las opiniones supersticiosas del
hombre no tienen por objeto más que mostrarle su suprema felicidad en aquellas
ilusiones por las que encienden sus pasiones; pero como los fantasmas que se
presentan a su imaginación no pueden ser considerados bajo la misma luz por
todos, quien los contempla, está perpetuamente en disputa acerca de estos
objetos; odia a su prójimo, persigue a su prójimo, su prójimo a su vez lo
persigue a él, y cree que al hacer esto está haciendo bien: que al cometer los
más grandes crímenes para sostener sus opiniones está actuando correctamente.
Es así que la superstición enamora al hombre desde su infancia, lo llena de
vanidad y lo esclaviza con el fanatismo: si tiene una imaginación acalorada, lo
lleva a la furia; si tiene actividad, lo convierte en un loco, que con
frecuencia es tan cruel como él mismo,
Opinión públicacada instante ofrece a la
contemplación del hombre falsas ideas de honor, y malas nociones de gloria:
atribuye su estima no sólo a ventajas frívolas, sino también a intereses
perjudiciales y acciones lesivas; qué ejemplo autoriza, qué prejuicio consagra,
qué hábito le impide contemplar con el disgusto y el horror que merecen. De
hecho, el hábito familiariza su mente con las ideas más absurdas, las
costumbres más irrazonables, las acciones más censurables; con prejuicios los
más contrarios a sus propios intereses, y en detrimento de la sociedad en que
vive. No encuentra nada extraño, nada singular, nada despreciable, nada
ridículo, excepto aquellas opiniones y objetos a los que él mismo no está
acostumbrado. Hay países en los que las acciones más loables parecen muy
censurables y ridículas, donde las acciones más sucias y diabólicas pasan por
una conducta muy honesta y perfectamente racional. En algunas naciones matan a
los ancianos; en algunos los hijos estrangulan a sus padres. Los fenicios y cartagineses
inmolaban a sus hijos a sus dioses. los europeos aprueban los duelos; el que se
niega a degollar a otro, oa volarle los sesos a su prójimo, es contemplado por
ellos como deshonrado. Los españoles y los portugueses creen meritorio quemar a
un hereje. En algunos países las mujeres se prostituyen sin deshonor; en otros,
es el colmo de la hospitalidad que un hombre presente a su esposa a los abrazos
del extraño: la negativa a aceptar esto, excita su desprecio y suscita su
resentimiento. Los fenicios y cartagineses inmolaban a sus hijos a sus dioses.
los europeos aprueban los duelos; el que se niega a degollar a otro, oa volarle
los sesos a su prójimo, es contemplado por ellos como deshonrado. Los españoles
y los portugueses creen meritorio quemar a un hereje. En algunos países las
mujeres se prostituyen sin deshonor; en otros, es el colmo de la hospitalidad
que un hombre presente a su esposa a los abrazos del extraño: la negativa a
aceptar esto, excita su desprecio y suscita su resentimiento. Los fenicios y
cartagineses inmolaban a sus hijos a sus dioses. los europeos aprueban los
duelos; el que se niega a degollar a otro, oa volarle los sesos a su prójimo,
es contemplado por ellos como deshonrado. Los españoles y los portugueses creen
meritorio quemar a un hereje. En algunos países las mujeres se prostituyen sin
deshonor; en otros, es el colmo de la hospitalidad que un hombre presente a su
esposa a los abrazos del extraño: la negativa a aceptar esto, excita su
desprecio y suscita su resentimiento. En algunos países las mujeres se
prostituyen sin deshonor; en otros, es el colmo de la hospitalidad que un
hombre presente a su esposa a los abrazos del extraño: la negativa a aceptar
esto, excita su desprecio y suscita su resentimiento. En algunos países las
mujeres se prostituyen sin deshonor; en otros, es el colmo de la hospitalidad
que un hombre presente a su esposa a los abrazos del extraño: la negativa a
aceptar esto, excita su desprecio y suscita su resentimiento.
Autoridadcomúnmente se cree interesada en mantener
las opiniones recibidas: aquellos prejuicios y errores que considera necesarios
para el mantenimiento de su poder y la consolidación de sus intereses, se
sostienen por la fuerza, que nunca es racional. Los mismos príncipes, llenos de
imágenes engañosas de felicidad, nociones equivocadas de poder, opiniones
erróneas de grandeza y falsas ideas de gloria, están rodeados de cortesanos
halagadores, que están interesados en mantener el engaño de sus amos: estos
hombres despreciables han adquirido ideas de la virtud, sólo para ultrajarla:
poco a poco corrompen al pueblo, éste se deprava, se presta a sus libertinajes,
complace los vicios de los grandes, luego hace mérito de imitarlos en sus
irregularidades. Un tribunal es con demasiada frecuencia el verdadero foco de
la corrupción de un pueblo.
Esta es la verdadera fuente del mal moral. Es así
como todo conspira para volver vicioso al hombre y dar un impulso fatal a su
alma: de donde resulta la confusión general de la sociedad, que se vuelve
infeliz por la miseria de casi todos sus miembros. Las fuerzas motrices más
poderosas se ponen en acción para inspirar al hombre una pasión por objetos
fútiles que le son indiferentes; que lo hacen peligroso para sus semejantes,
por los medios que se ve obligado a emplear para obtenerlos. Los que tienen el
encargo de guiar sus pasos, sean los mismos impostores, o los embaucados de sus
propios prejuicios, prohíbanle atender a la razón; hacen que la verdad le
parezca peligrosa; exhiben el error como requisito para su bienestar, no sólo
en este mundo, sino en el venidero. En resumen, el hábito lo ata fuertemente a
sus opiniones irracionales, a sus peligrosas inclinaciones ya su ciega pasión
por objetos inútiles o peligrosos. He aquí, pues, la razón por la que en su
mayor parte el hombre se encuentra necesariamente determinado al mal; la razón
por la cual las pasiones, inherentes a su Naturaleza y necesarias para su
conservación, se convierten en los instrumentos de su destrucción, y en la
ruina de aquella sociedad, que debidamente conducida, deben preservar; la razón
por la cual la sociedad se convierte en un estado de guerra; por qué no hace
más que juntar enemigos, que se envidian unos a otros, y son siempre rivales
por el premio. Si se han de encontrar algunos seres virtuosos en estas
sociedades, hay que buscarlos en el número muy reducido de aquellos que,
nacidos con un temperamento flemático, tienen pasiones moderadas, que por lo
tanto, o no desean en absoluto, o desean muy débilmente,
La naturaleza del hombre, diversamente cultivada,
decide sobre sus facultades, tanto corporales como intelectuales; de sus
cualidades, tanto morales como físicas. El hombre que es de constitución
robusta y sanguínea, necesariamente debe tener pasiones fuertes; el que es de
hábitos biliosos y melancólicos, necesariamente tendrá pasiones fantásticas y
lúgubres; el hombre alegre, de viva imaginación, tendrá pasiones alegres;
mientras que el hombre en quien abunda la flema, tendrá las que son suaves, o
que tienen un grado muy leve de violencia. Parece que del equilibrio de los
humores depende el estado del hombre que se llama virtuoso .; su temperamento
parece ser el resultado de una combinación en la que los elementos o principios
se equilibran con tal precisión que ninguna pasión predomina sobre otra, ni
lleva a su máquina más desorden que su vecina.
Habit, as we have seen, is man's nature modified:
this latter furnishes the matter; education, domestic example, national
manners, give it the form: these, acting on his temperament, make him either
reasonable, or irrational—enlightened, or stupid—a fanatic, or a hero—an
enthusiast for the public good, or an unbridled criminal—a wise man, smitten
with the advantages of virtue, or a libertine, plunged into every kind of vice.
All the varieties of the moral man, depend on the diversity of his ideas; which
are themselves arranged and combined in his brain by the intervention of his
senses. His temperament is the produce of physical substances, his habits are
the effect of physical modifications; the opinions, whether good or bad,
injurious or beneficial, true or false, which form themselves in his mind, are
never more than the effect of those physical impulsions which the brain
receives by the medium of the senses.
CAP. X.
El Alma no deriva sus ideas de sí misma—No tiene
Ideas innatas.
Lo que antecede basta para probar que el órgano
interior del hombre, que se llama su alma, es puramente material. Podrá
convencerse de esta verdad por la manera en que adquiere sus ideas, a partir de
aquellas impresiones que los objetos materiales hacen sucesivamente en sus
órganos, que se reconocen como materiales. Se ha visto que las facultades que
se llaman intelectuales deben atribuirse a la del sentimiento; las diferentes
cualidades de esas facultades que se llaman morales, han sido explicadas según
las leyes necesarias de un mecanismo muy simple: resta ahora responder a los
que todavía obstinadamente se obstinan en hacer del alma una sustancia distinta
del cuerpo, o que insisten en en darle una esencia totalmente distinta. Parecen
basar su distinción en esto, que este órgano interior tiene la facultad de
sacar sus ideas de dentro de sí mismo; lo tendrán, aquel hombre, en su
nacimiento,innato _ Los judíos tienen una doctrina similar que tomaron prestada
de los caldeos: sus rabinos enseñaban que cada alma, antes de unirse a la
semilla que debe formar un niño en el vientre de una mujer, está confiada al
cuidado de un ángel, que le hace contemplar el cielo, la tierra y el infierno:
esto, pretenden, se hace con la ayuda de una lámpara, que se apaga tan pronto
como el niño viene al mundo. Algunos filósofos antiguos han sostenido que el
alma contiene originalmente los principios de varias nociones o doctrinas: los
estoicos la designaron con el término PROLEPSIS, opiniones anticipadas ; los
matemáticos griegos, KOINAS ENNOIAS, ideas universales. Han creído que el alma,
por un privilegio especial, en una naturaleza donde todo está conectado, gozaba
de la facultad de moverse sin recibir impulso alguno; de crearse ideas, de
pensar sobre un tema, sin estar determinado a tal acción, por ningún objeto
exterior; que moviendo sus órganos debe proporcionarle una imagen del sujeto de
sus pensamientos. A consecuencia de estas suposiciones gratuitas, de estas
extraordinarias pretensiones, que sólo es necesario exponer, para refutar a
algunos muy hábiles especuladores, que estaban poseídos por sus prejuicios
supersticiosos; Me he aventurado a afirmar que sin modelo, sin prototipo que
actúe sobre los sentidos, el alma es competente para delinearse a sí misma el
universo entero con todos los seres que contiene. Descartes y sus discípulos
nos han asegurado, que el cuerpo fue absolutamente para nada, en las
sensaciones, en las percepciones, en las ideas del alma; que pueda sentir, que
pueda percibir, que pueda comprender, que pueda gustar, que pueda tocar, aun
cuando no exista nada que sea corpóreo o material exterior a nosotros. Pero qué
se dirá de un BERKELEY, que se ha esforzado, que se ha esforzado por
demostrarle al hombre, que todo lo que hay en este mundo no es más que una ilusión
quimérica; que el universo no existe en ninguna parte sino en sí mismo; que no
tiene identidad sino en su imaginación; quien ha vuelto problemática la
existencia de todas las cosas con la ayuda de sofismas, insolubles incluso para
aquellos que sostienen la doctrina de la espiritualidad del alma. que pueda
percibir, que pueda comprender, que pueda saborear, que pueda tocar, aun cuando
no exista nada que sea corpóreo o material exterior a nosotros. Pero qué se
dirá de un BERKELEY, que se ha esforzado, que se ha esforzado por demostrarle
al hombre, que todo lo que hay en este mundo no es más que una ilusión
quimérica; que el universo no existe en ninguna parte sino en sí mismo; que no
tiene identidad sino en su imaginación; quien ha vuelto problemática la existencia
de todas las cosas con la ayuda de sofismas, insolubles incluso para aquellos
que sostienen la doctrina de la espiritualidad del alma. que pueda percibir,
que pueda comprender, que pueda saborear, que pueda tocar, aun cuando no exista
nada que sea corpóreo o material exterior a nosotros. Pero qué se dirá de un
BERKELEY, que se ha esforzado, que se ha esforzado por demostrarle al hombre,
que todo lo que hay en este mundo no es más que una ilusión quimérica; que el
universo no existe en ninguna parte sino en sí mismo; que no tiene identidad
sino en su imaginación; quien ha vuelto problemática la existencia de todas las
cosas con la ayuda de sofismas, insolubles incluso para aquellos que sostienen
la doctrina de la espiritualidad del alma. que se ha esforzado por probar al
hombre, que todo lo que hay en este mundo no es más que una ilusión quimérica;
que el universo no existe en ninguna parte sino en sí mismo; que no tiene
identidad sino en su imaginación; quien ha vuelto problemática la existencia de
todas las cosas con la ayuda de sofismas, insolubles incluso para aquellos que
sostienen la doctrina de la espiritualidad del alma. que se ha esforzado por
probar al hombre, que todo lo que hay en este mundo no es más que una ilusión
quimérica; que el universo no existe en ninguna parte sino en sí mismo; que no
tiene identidad sino en su imaginación; quien ha vuelto problemática la
existencia de todas las cosas con la ayuda de sofismas, insolubles incluso para
aquellos que sostienen la doctrina de la espiritualidad del alma.
Por extravagante que pueda parecer esta doctrina
del OBISPO DE CLOYNE, no puede serlo más que la de MALEBRANCHE, el campeón de
las ideas innatas; que hace de la divinidad el vínculo común entre el alma y el
cuerpo: o que la de aquellos metafísicos, que sostienen que el alma es una
sustancia heterogénea al cuerpo; quienes al atribuir a esta alma los
pensamientos del hombre, de hecho han hecho superfluo el cuerpo. No han
percibido que estaban sujetos a una objeción sólida, a saber, que si las ideas
del hombre son innatas, si las deriva de un ser superior, independiente de
causas exteriores, si ve todas las cosas en Dios; ¿Cómo es que flotan tantas
ideas falsas, que prevalecen tantos errores, de los que está saturada la mente
humana? ¿De dónde vienen estas opiniones, que según los teólogos desagradan
tanto a Dios? ¿No podría ser una pregunta para los malebranchistas, fue en la
Divinidad que SPINOZA contempló su sistema?
Sin embargo, para justificar tan monstruosas
opiniones, afirman que las ideas son sólo objetos del pensamiento. Pero según
el último análisis, estas ideas sólo pueden llegar al hombre desde los objetos
exteriores, que al dar impulso a sus sentidos modifican su cerebro; o de los
seres materiales contenidos en el interior de su máquina, que hacen
experimentar en algunas partes de su cuerpo aquellas sensaciones que él
percibe, que le proporcionan ideas, que relaciona, fiel o no, con la causa que
lo mueve. Cada idea es un efecto, pero por difícil que sea recurrir a la causa,
¿podemos suponer que no es atribuible a una causa? Si sólo podemos formar ideas
de sustancias materiales, ¿cómo podemos suponer que la causa de nuestras ideas
puede ser inmaterial? Pretender que el hombre sin la ayuda de objetos
exteriores,
Es muy fácil percibir la fuente de esos errores en
que han caído los hombres, por lo demás sumamente profundos y muy ilustrados,
cuando han querido hablar del alma: describir sus operaciones. Obligados por
sus propios prejuicios, o por el temor de combatir las opiniones de algún
teólogo imperioso, se han convertido en los defensores del principio de que el
alma era un espíritu puro: una sustancia inmaterial; de una esencia
directamente diferente de la del cuerpo; de todo lo que contemplamos: esto
concedido, han sido incapaces de concebir cómo podían operar los objetos
materiales, de qué manera los órganos groseros y corpóreos estaban habilitados
para actuar sobre una sustancia, que no tenía ninguna clase de analogía con
ellos; cómo estaban en capacidad de modificarlo transmitiendo sus ideas; en la
imposibilidad de explicar este fenómeno, percibiendo al mismo tiempo que el
alma tenía ideas, concluyeron que debía sacarlas de sí misma, y no de
aquellos seres que, según su propia hipótesis, eran incapaces de actuar sobre
ella, o más bien, de los que no podían concebir la forma de acción; por lo
tanto, imaginaron que todas las modificaciones, todas las acciones de esta
alma, surgidas de su propia energía peculiar, fueron impresas en ella desde su
primera formación, por el Autor de la Naturaleza: que éstas no dependían de
ninguna manera de los seres de los cuales tenemos un conocimiento, o que
actuamos sobre él, por los medios burdos de nuestros sentidos.
Hay, sin embargo, algunos fenómenos que,
considerados superficialmente, parecen apoyar la opinión de estos filósofos;
anunciar una facultad en el alma humana de producir ideas dentro de sí misma,
sin ninguna ayuda exterior; estos son sueños, en el que el órgano interior del
hombre, desprovisto de objetos que lo muevan visiblemente, no deja, sin
embargo, de tener ideas—ponerse en actividad—modificarse de manera
suficientemente sensible—tener una influencia sobre su cuerpo. Pero si se
recurre a un poco de reflexión, se encontrará la solución a esta dificultad: se
percibirá que, incluso durante el sueño, su cerebro está provisto de una
multitud de ideas, con las que el ojo o el tiempo anterior lo han abastecido;
estas ideas le fueron comunicadas por objetos exteriores o corporales, por los
cuales han sido modificadas: se encontrará que estas modificaciones se
renuevan, no por ningún movimiento espontáneo, no por ningún movimiento
voluntario de su parte, sino por una cadena de movimientos involuntarios. las que
tienen lugar en su máquina, las que determinan, las que excitan las que dan
juego al cerebro; estas modificaciones se renuevan con mayor o menor fidelidad,
con mayor o menor grado de conformidad con las que ha experimentado
anteriormente. A veces, en sueños, tiene memoria, luego vuelve sobre sí mismo
los objetos que le han impresionado fielmente; otras veces, estas
modificaciones se renuevan sin orden y sin conexión, muy diferente de aquellas
que los objetos reales han excitado antes. en su órgano interior. Si en un
sueño cree ver a un amigo, su cerebro renueva en sí mismo las modificaciones o
las ideas que este amigo había excitado antes, en el mismo orden en que se
dispusieron cuando sus ojos realmente lo vieron, esto no es más que un efecto
de la memoria. Si en su sueño le parece ver un monstruo que no tiene modelo en
la naturaleza, su cerebro es entonces modificado de la misma manera que lo fue
por lo particular, por las ideas separadas, con las cuales no hace entonces más
que componer un todo ideal; por reunir y asociar, de manera ridícula, las ideas
dispersas que le fueron consignadas a su custodia; es entonces, que al soñar
tiene imaginación.
Esos sueños que son molestos, extravagantes,
caprichosos o inconexos, son comúnmente el efecto de alguna confusión en su
máquina; tales como una indigestión dolorosa, una sangre recalentada, una
fermentación perjudicial, etc., estas causas materiales excitan en su cuerpo un
movimiento desordenado, que impide que el cerebro se modifique de la misma
manera que el día anterior; como consecuencia de este movimiento irregular el
cerebro se perturba, sólo se representa ideas confusas que quieren conexión.
Cuando en sueños cree ver una esfinge, un ser que los poetas suponen que tiene
cabeza y rostro de mujer, cuerpo de perro, alas de pájaro y garras de león, que
plantea acertijos y mató a los que no pudieron exponerlos; o bien, ha visto la
representación de uno cuando estaba despierto, o bien el movimiento desordenado
del cerebro es tal que le hace combinar ideas, unir partes, de lo cual resulta
un todo sin modelo, cuyas partes no fueron formadas para estar unidas. Es así
que su cerebro combina la cabeza de una mujer, de la que ya tiene la idea, con
el cuerpo de una leona, de la que también tiene la imagen. En esto su cabeza
obra de la misma manera, que cuando por algún defecto en el órgano interior, su
imaginación desordenada le pinta algunos objetos, no obstante estar despierto.
Frecuentemente sueña, sin estar dormido: sus sueños nunca producen nada tan
extraño que no tenga alguna semejanza con los objetos que anteriormente han
actuado sobre sus sentidos; que ya han comunicado ideas a su cerebro. Los
teólogos vigilantes han compuesto, en su tiempo libre, en sus horas de vigilia,
esos fantasmas, de los que se valen para aterrorizar o asustar al hombre; no
han hecho más que reunir los rasgos dispersos que han encontrado en los seres
más terribles de su propia especie; exagerando los poderes, agrandando los
derechos reclamados por los tiranos, han formado seres ideales, ante los cuales
el hombre tiembla y tiene miedo.
Así, se ve, que los sueños, lejos de probar que el
alma actúa por su propia energía peculiar, que saca sus ideas de sus propios
recovecos; prueba, por el contrario, que en el sueño es enteramente pasivo, que
ni siquiera renueva sus modificaciones, sino según la confusión involuntaria
que las causas físicas producen en el cuerpo, de las cuales todo tiende a
mostrar la identidad, la consustancialidad. con el alma Lo que parece haber
inducido a error a los que sostenían que el alma sacaba sus ideas de sí misma,
es que han contemplado estas ideas como si fueran seres reales, cuando en
realidad no son más que el modificaciones producidas en el cerebro del hombre,
por objetos a los que este cerebro es extraño; son estos objetos, que son los
verdaderos modelos, que son los arquetipos reales a los que hay que recurrir:
En el que sueña, el alma no obra más por sí misma
que en el que está borracho, es decir, modificado por algún licor espiritoso, o
que en el enfermo, cuando está delirante, es decir, cuando es modificado por
aquellas causas físicas que perturban su máquina, que la entorpecen en el
desempeño de sus funciones; o que lo hace en aquel cuyo cerebro está
desordenado: los sueños, como estos diversos estados, no anuncian más que una
confusión física en la máquina humana, bajo cuya influencia el cerebro deja de
actuar, de manera precisa y regular: este desorden puede atribuirse a causas
físicas, tales como los alimentos, los humores, las combinaciones, las
fermentaciones, que son muy poco análogas al estado saludable del hombre; de
ahí aparecerá,
Do not let him, therefore, believe that his soul
acts by itself, or without a cause, in any one moment of his existence; it is,
conjointly with the body, submitted to the impulse of beings, who act on him
necessarily, according to their various properties. Wine taken in too great a
quantity, necessarily disturbs his ideas, causes confusion in his corporeal
functions, occasions disorder in his mental faculties.
Si existiera realmente un ser en la Naturaleza, con
la capacidad de moverse por sus propias energías peculiares, es decir, capaz de
producir movimiento, independientemente de todas las demás causas, tal ser
tendría el poder de detenerse a sí mismo, o de suspender el movimiento del
universo; que no es más que una inmensa cadena de causas ligadas unas a otras,
actuando y reaccionando por leyes necesarias inmutables, y que no se pueden
cambiar, que son incapaces de suspenderse, a menos que se cambien las esencias
de cada cosa en ella, sin las propiedades de cada cosa fueron aniquiladas. En
el sistema general del mundo, nada puede percibirse más que una larga serie de
movimientos, recibidos y comunicados en sucesión, por seres capaces de
impulsarse unos a otros: es así, que cada cuerpo es movido por la colisión de
algún otro. otro cuerpo El movimiento invisible de un alma debe atribuirse a
causas ocultas dentro de sí mismo; cree que se mueve por sí mismo, porque no ve
los resortes que lo ponen en movimiento, o porque concibe que esos poderes son
incapaces de producir los efectos que tanto admira: pero, ¿concibe más
claramente cómo una chispa en la explosión de pólvora, es capaz de producir los
terribles efectos que presencia? La fuente de sus errores proviene de que
considera su cuerpo como grosero e inerte, mientras que este cuerpo es una
máquina sensible, que tiene necesariamente una conciencia instantánea en el
momento en que recibe una impresión; que es consciente de su propia existencia
por el recuerdo de las impresiones experimentadas sucesivamente; memoria
resucitando una impresión recibida anteriormente, deteniéndola,razonamiento _
Una idea, que no es más que una imperceptible
modificación del cerebro, da juego al órgano del habla, que se manifiesta por
el movimiento que excita en la lengua: ésta, a su vez, engendra ideas,
pensamientos y pasiones en esos seres. que están provistos de órganos
susceptibles de recibir movimiento análogo; en consecuencia de lo cual, se ven
influenciadas las voluntades de un gran número de hombres, quienes, aunando sus
esfuerzos, producen una revolución en un estado, o incluso tienen influencia
sobre todo el globo. Es así, que un ALEJANDRO decidió la suerte de Asia, es
así, que un MAHOMET cambió la faz de la tierra; es así como las causas
imperceptibles producen los efectos más terribles, los más extensos, por una
serie de movimientos necesarios impresos en el cerebro del hombre.
La dificultad de comprender los efectos producidos
en el alma del hombre, le ha hecho atribuirle aquellas cualidades
incomprensibles que han sido examinadas. Con la ayuda de la imaginación, con el
poder del pensamiento, esta alma parece abandonar su cuerpo, llevarse con la
mayor facilidad, transportarse con la mayor facilidad hacia los objetos más
distantes; recorrer, aproximar en un abrir y cerrar de ojos, todos los puntos
del universo: por lo tanto, ha creído que un ser que es susceptible de un
movimiento tan rápido debe ser de una naturaleza muy distinta de todos los
demás; se ha persuadido a sí mismo de que esta alma en realidad viaja, que
realmente salta sobre el inmenso espacio necesario para encontrarse con estos
diversos objetos; no percibió, que para hacerlo en un instante,
De hecho, nunca es por ningún otro medio que por
sus sentidos, que los seres llegan a ser conocidos por el hombre, o le
proporcionan ideas; es sólo a consecuencia del impulso dado a su cuerpo que su
cerebro se modifica, o que su alma piensa, quiere y actúa. Si, como afirmó
Aristóteles hace más de dos mil años, " nada entra en la mente del hombre
sino por medio de sus sentidos "., "- se sigue como consecuencia, que
todo lo que sale de él debe encontrar algún objeto sensible al que pueda unir
sus ideas, ya sea inmediatamente, como un hombre, un árbol, un pájaro, etc. o
en el último análisis o descomposición, tales como el placer, la felicidad, el
vicio, la virtud, etc.. Este principio, tan verdadero, tan luminoso, tan
importante en su consecuencia, ha sido expuesto en todo su esplendor, por un
gran número de filósofos, entre los demás Por lo tanto, siempre que una palabra
o su idea no se conecta con algún objeto sensible con el que pueda
relacionarse, esta palabra o esta idea carece de significado y está vacía de
sentido; sería mejor para el hombre que la la idea fue desterrada de su mente,
borrada de su lenguaje: este principio es sólo el inverso del axioma de
ARISTÓTELES,...si la directa es evidente, la inversa debe serlo igualmentele
impide ver la aplicación más simple de los principios más evidentes. En las
investigaciones metafísicas, los grandes hombres son con frecuencia nada más
que niños, incapaces de prever o deducir la consecuencia de sus propios datos.
LOCKE, como todos los que han adoptado su sistema,
que es tan demostrable, o el axioma de ARISTÓTELES, que es tan claro, deberían
haber concluido de él que todas esas cosas maravillosas con las que los
metafísicos se han divertido , son meras quimeras; meros vagabundeos de la
imaginación; que un espíritu o sustancia inmaterial, sin extensión, sin partes,
en realidad no es más que una ausencia de ideas; en fin, debieron sentir que la
inefable inteligencia que han supuesto presidir el timón del mundo, no es al
fin y al cabo más que un ser de su propia imaginación, sobre el cual el hombre
nunca se ha puesto de acuerdo, a quien ha retratado bajo toda la variedad de
formas, a las que en diferentes períodos, en diferentes climas, ha atribuido
todo tipo de atributos, buenos o malos;
Por la misma razón, los filósofos morales deberían
haber concluido que lo que se llama sentimiento moral, instinto moral , es
decir, ideas innatas de la virtud, anteriores a toda experiencia de los buenos
o malos efectos resultantes de su práctica, son meras nociones quiméricas, las
cuales, como tantas otras, tienen por garantía y base sólo la especulación
metafísica. Antes de que el hombre pueda juzgar, debe sentir; antes de poder
distinguir el bien del mal, debe comparar. Moralidad, es una ciencia de los hechos:
fundarlos, por tanto, en una hipótesis inaccesible a sus sentidos, de la que no
tiene medios para probar la realidad, es volverlos inciertos; es arrojar el
leño de la discordia en su regazo, hacer que discuta incesantemente sobre lo
que nunca podrá comprender. Afirmar que las ideas de la moral son innatas , o
efecto del instinto , es pretender que el hombre sabe leer antes de haber
aprendido las letras del alfabeto; que está familiarizado con las leyes de la
sociedad antes de que sean hechas o promulgadas.
Para desengañarlo, respecto a las ideas innatas o
modificaciones, impresas en su alma, en el momento de su nacimiento, es
simplemente requisito acudir a su fuente; entonces verá que aquellos con los
que está familiarizado, que se han identificado, por así decirlo, con su
existencia, han venido a él por medio de algunos de sus sentidos; que a veces
están grabados en su cerebro con gran dificultad, que nunca han sido
permanentes, que han variado perpetuamente en él: verá que estas supuestas
ideas inherentes a su alma son el efecto de la educación. , de ejemplo, sobre
todo, del hábito, que por el movimiento reiterado ha enseñado a su cerebro a
asociar sus ideas de manera confusa o perspicaz; familiarizarse con sistemas
racionales o absurdos. En breve, las toma por ideas innatas cuyo origen ha
olvidado; ya no se recuerda, ni la época precisa, ni las circunstancias
sucesivas en que estas ideas fueron consignadas por primera vez en su cerebro:
llegado a cierta edad, cree haber tenido siempre las mismas nociones; su
memoria, atestada de experiencia, cargada de multitud de hechos, ya no es capaz
de distinguir las circunstancias particulares que han contribuido a dar a su
cerebro las modificaciones actuales; su modo instantáneo de pensar; sus
opiniones reales. Por ejemplo, ninguno de su raza, tal vez, recuerda la primera
vez que la palabra Dios golpeó sus oídos, las primeras ideas que se formó en
él, los primeros pensamientos que le produjo; sin embargo, es cierto que desde
allí ha buscado algún ser con quien relacionar la idea que se ha formado o que
le ha sido sugerida: acostumbrado a oír hablar continuamente de Dios, tiene,
cuando en otros aspectos, los más ilustrados consideraban esta idea como si se
la infundiera la Naturaleza; mientras que es visiblemente atribuible a aquellas
delineaciones que sus padres o sus instructores le han hecho; que, en
consecuencia, ha modificado de acuerdo con su propia organización particular y
las circunstancias en que ha sido colocado; es así que cada individuo se forma
a sí mismo un Dios, del cual él mismo es modelo, o que modifica a su manera.
los más ilustrados consideraban esta idea como si se la infundiera la
Naturaleza; mientras que es visiblemente atribuible a aquellas delineaciones
que sus padres o sus instructores le han hecho; que, en consecuencia, ha
modificado de acuerdo con su propia organización particular y las
circunstancias en que ha sido colocado; es así que cada individuo se forma a sí
mismo un Dios, del cual él mismo es modelo, o que modifica a su manera. los más
ilustrados consideraban esta idea como si se la infundiera la Naturaleza;
mientras que es visiblemente atribuible a aquellas delineaciones que sus padres
o sus instructores le han hecho; que, en consecuencia, ha modificado de acuerdo
con su propia organización particular y las circunstancias en que ha sido
colocado; es así que cada individuo se forma a sí mismo un Dios, del cual él
mismo es modelo, o que modifica a su manera.
Sus ideas de la moral, aunque más reales que las de
la metafísica, no son sin embargo innatas: los sentimientos morales que forma
sobre la voluntad, o el juicio que emite sobre las acciones del hombre, se
basan en la experiencia; el único que puede capacitarlo para discriminar los
que son útiles o perjudiciales, virtuosos o viciosos, honestos o deshonestos,
dignos de su estima o merecedores de su censura. Sus sentimientos morales son
fruto de una multitud de experiencias, frecuentemente muy largas y muy complicadas.
Lo recoge con el tiempo; es más o menos fiel, en razón de su organización
particular y de las causas por las que se modifica; finalmente aplica esta
experiencia con mayor o menor facilidad; a esto debe atribuirse su hábito de
juzgar. La celeridad con que aplica su experiencia cuando juzga las acciones
morales de sus semejantes,instinto moral .
Lo que en filosofía natural se llama instinto, is
only the effect of some want of the body, the consequence of some attraction or
some repulsion in man or animals. The child that is newly born, sucks for the
first time; the nipple of the breast is put into his mouth: by the natural
analogy, that is found between the conglomerate glands, filled with nerves;
which line his mouth, and the milk which flows from the bosom of the nurse,
through the medium of the nipple, causes the child to press it with his mouth,
in order to express the fluid appropriate to nourish his tender age; from all
this the infant gathers experience; by degrees the idea of a nipple, of milk,
of pleasure, associate themselves in his brain: every time he sees the nipple,
he seizes it, promptly conveys it to his mouth, and applies it to the use for
which it is designed.
What has been said, will enable us to judge of
those prompt and sudden sentiments, which have been designated the force of
blood. Those sentiments of love, which fathers and mothers have for their
children—those feelings of affection, which children, with good inclinations,
bear towards their parents, are by no means innate sentiments; they are nothing
more, than the effect of experience, of reflection, of habit, in souls of
sensibility. These sentiments do not even exist in a great number of human beings.
We but too often witness tyrannical parents, occupied with making enemies of
their children, who appear to have been formed, only to be the victims of their
irrational caprices or their unreasonable desires.
From the instant in which man commences, until that
in which he ceases to exist, he feels—he is moved either agreeably or
unpleasantly—he collects facts—he gathers experience; these produce ideas
in his brain, that are either cheerful or gloomy. Not one individual has all
this experience present to his memory at the same time, it does not ever
represent to him the whole clew at once: it is, however, this experience that
mechanically directs him, without his knowledge, in all his actions; it was to
designate the rapidity with, which he applied this experience, of which he so
frequently loses the connection—of which he is so often at a loss to render
himself an account, that he imagined the word instinct: it appears to be the
effect of magic, the operation of a supernatural power, to the greater number
of individuals: it is a word devoid of sense to many others; but to the
philosopher it is the effect of a very lively feeling to him it consists in the
faculty of combining, promptly, a multitude of experience—of arranging with
facility—of comparing with quickness, a long and numerous train of extremely
complicated ideas. It is want that causes the inexplicable instinct we behold
in animals which have been denied souls without reason, whilst they are
susceptible of an infinity of actions that prove they think—judge—have
memory—are capable of experience—can combine ideas—can apply them with
more or less facility to satisfy the wants engendered by their particular
organization; in short, that prove they have passions that are capable of being
modified. Nothing but the height of folly can refuse intellectual faculties to
animals; they feel, choose, deliberate, express love, show hatred; in many
instances their senses are much keener than those of man. Fish will return
periodically to the spot where it is the custom to throw them bread.
It is well known the embarrassments which animals
have thrown in the way of the partizans of the doctrine of spirituality; they
have been fearful, if they allowed them to have a spiritual soul, of elevating
them to the condition of human creatures; on the other hand, in not allowing
them to have a soul, they have furnished their adversaries with authority to
deny it in like manner to man, who thus finds himself debased to the condition
of the animal. Metaphysicians have never known how to extricate themselves from
this difficulty. DESCARTES fancied he solved it by saying that beasts have no
souls, but are mere machines. Nothing can be nearer the surface, than the
absurdity of this principle. Whoever contemplates Nature without prejudice,
will readily acknowledge that there is no other difference between the man and
the beast, than that which is to be attributed to the diversity of his
organization.
In some beings of the human species, who appear to
be endowed with a greater sensibility of organs than others, may be seen an
instinct, by the assistance of which they very promptly judge of the concealed
dispositions of their fellows, simply by inspecting the lineaments of their
face. Those who are denominated physiognomists, are only men of very acute
feelings; who have gathered an experience of which others, whether from the
coarseness of their organs, from the little attention they have paid, or from some
defect in their senses, are totally incapable: these last do not believe in the
science of physiognomy, which appears to them perfectly ideal. Nevertheless, it
is certain, that the action of this soul, which has been made spiritual, makes
impressions that are extremely marked upon the exterior of the body; these
impressions, continually reiterated, their image remains: thus the habitual
passions of man paint themselves on his countenance; by which the attentive
observer, who is endowed with acute feeling, is enabled to judge with great
rapidity of his mode of existence, and even to foresee his actions, his
inclinations, his desires, his predominant passions, &c. Although the
science of physiognomy appears chimerical to a great number of persons, yet
there are few who have not a clear idea of a tender regard—of a cruel
eye—of an austere aspect—of a false, dissimulating look—of an open
countenance, &c. Keen practised optics acquire without doubt the faculty of
penetrating the concealed motion of the soul, by the visible traces it leaves
upon features that it has continually modified. Above all, the eyes of man very
quickly undergo changes according to the motion which is excited in him: these
delicate organs are visibly altered by the smallest shock communicated to his
brain. Serene eyes announce a tranquil soul; wild eyes indicate a restless
mind; fiery eyes pourtray a choleric, sanguine temperament; fickle or
inconstant eyes give room to suspect a soul either alarmed or dissimulating. It
is the study of this variety of shades that renders man practised and acute:
upon the spot he combines a multitude of acquired experience, in order to form
his judgment of the person he beholds. His judgment, thus rapidly formed,
partakes in nothing of the supernatural, in nothing of the wonderful: such a
man is only distinguished by the fineness of his organs, and by the celerity
with which his brain performs its functions.
It is the same with some beings of the human
species, in whom may be discovered an extraordinary sagacity, which, to the
uninformed, appears miraculous. The most skilful practitioners in medicine,
are, no doubt, men endowed with very acute feelings, similar to that of the
physiognomists, by the assistance of which they judge with great facility of
diseases, and very promptly draw their prognostics. Indeed, we see men who are
capable of appreciating in the twinkling of an eye a multitude of circumstances,
who have sometimes the faculty of foreseeing the most distant events; yet, this
species of prophetic talent has nothing in it of the supernatural; it indicates
nothing more than great experience, with an extremely delicate organization,
from which they derive the faculty of judging with extreme faculty of causes,
of foreseeing their very remote effects. This faculty, however, is also found
in animals, who foresee much better than man, the variations of the atmosphere
with the various changes of the weather. Birds have long been the prophets, and
even the guides of several nations who pretend to be extremely enlightened.
It is, then, to their organization, exercised after
a particular manner, that must be attributed those wonderous faculties which
distinguish some beings, that astonish others. To have instinct, only signifies
to judge quickly, without requiring to make a long, reasoning on the subject.
Man's ideas upon vice and upon virtue, are by no means innate; they are, like
all others, acquired: the judgment he forms, is founded upon experience,
whether true or false,—this depends upon his conformation, and upon the habits
that have modified him. The infant has no ideas either of the Divinity or of
virtue; it is from those who instruct him that he receives these ideas; he
makes more or less use of them, according to his natural organization, or as
his dispositions have been more or less exercised. Nature gives man legs, the
nurse teaches him their use, his agility depends upon their natural
conformation, and the manner in which he exercises them.
What is called taste, in the fine arts, is to be
attributed, in the same manner, only to the acuteness of man's organs,
practised by the habit of seeing, of comparing, of judging certain objects;
from whence results, to some of his species, the faculty of judging with great
rapidity, in the twinkling of an eye, the whole with its various relations. It
is by the force of seeing, of feeling, of experiencing objects, that he attains
to a knowledge of them; it is in consequence of reiterating this experience, that
he acquires the power, that he gains the habit of judging with celerity. But
this experience is by no means innate, he did not possess it before he was
born; he is neither able to think, to judge, nor to have ideas, before he has
feeling; he is neither in a capacity to love, nor to hate; to approve, nor to
blame, before he has been moved, either agreeably or disagreeably.
Nevertheless, this is precisely what must be supposed by those who are desirous
to make man admit of innate ideas, of opinions; infused by Nature, whether in
morals, metaphysics, or any other science. That his mind should have the
faculty of thought, that it should occupy itself with an object, it is
requisite it should be acquainted with its qualities; that it may have a
knowledge of these qualities, it is necessary some of his senses should have
been struck by them: those objects, therefore, of which he does not know any of
the qualities, are nullities; or at least they do not exist for him.
It will be asserted, perhaps, that the universal
consent of man, upon certain propositions, such as the whole is greater than
its part, upon all geometrical demonstrations, appear to warrant the
supposition of certain primary notions that are innate, not acquired. It may be
replied, that these notions are always acquired; that they are the fruit of an
experience more or less prompt; that it is requisite to have compared the whole
with its part, before conviction can ensue, that the whole is the greater of the
two. Man when he is born, does not bring with him the idea that two and two
make four; but he is, nevertheless, speedily convinced of its truth. Before
forming any judgment whatever, it is absolutely necessary to have compared
facts.
It is evident, that those who have gratuitously
supposed innate ideas, or notions inherent in man, have confounded his
organization, or his natural dispositions, with the habit by which he is
modified; with the greater or less aptitude he has of making experience, and of
applying it in his judgment. A man who has taste in painting, has, without
doubt, brought with him into the world eyes more acute, more penetrating than
another; but these eyes would by no means enable him to judge with promptitude,
if he had never had occasion to exercise them; much less, in some respects, can
those dispositions which are called natural, be regarded as innate. Man is not,
at twenty years of age, the same as he was when he came into the world; the
physical causes that are continually acting upon him, necessarily have an
influence upon his organization, and so modify it, that his natural
dispositions themselves are not at one period what they are at another. La
Motte Le Vayer says, "We think quite otherwise of things at one time than
at another; when young than when old—when hungry than when our appetite is
satisfied—in the night than in the day—when peevish than when cheerful.
Thus, varying every hour, by a thousand other circumstances, which keep us in a
state of perpetual inconstancy and instability." Every day may be seen
children, who, to a certain age—display a great deal of ingenuity, a strong
aptitude for the sciences, who finish by falling into stupidity. Others may be
observed, who, during their infancy, have shown dispositions but little
favourable to improvement, yet develope themselves in the end, and astonish us
by an exhibition of those qualities of which we hardly thought them
susceptible: there arrives a moment in which the mind takes a spring, makes use
of a multitude of experience which it has amassed, without its having been
perceived; and, if I may be allowed the expression, without their own
knowledge.
Thus, it cannot be too often repeated, all the
ideas, all the notions, all the modes of existence, and all the thoughts of
man, are acquired. His mind cannot act, cannot exercise itself, but upon that
of which it has knowledge; it can understand either well or ill, only those
things which it has previously felt. Such of his ideas that do not suppose some
exterior material object for their model, or one to which he is able to relate
them, which are therefore called abstract ideas, are only modes in which his
interior organ considers its own peculiar modifications, of which it chooses
some without respect to others. The words which he uses to designate these
ideas, such as bounty, beauty, order, intelligence, virtue, &c. do not
offer any one sense, if he does not relate them to, or if he does not explain
them by, those objects which his senses have shewn him to be susceptible of
those qualities, or of those modes of existence, of that manner of acting,
which is known to him. What is it that points out to him the vague idea of
beauty, if he does not attach it to some object that has struck his senses in a
peculiar manner, to which, in consequence, he attributes this quality? What is
it that represents the word intelligence, if he does not connect it with a certain
mode of being and of acting? Does the word order signify any thing, if he does
not relate it to a series of actions, to a chain of motion, by which he is
affected in a certain manner? Is not the word virtue void of sense, if he does
not apply it to those dispositions of his fellows which produce known effects,
different from those which result from contrary inclinations? What do the words
pain and pleasure offer to his mind in the moment when his organs neither
suffer nor enjoy, if it be not the modes in which he has been affected, of
which his brain conserves the remembrance, of those impressions, which
experience has shewn him to be either useful or prejudicial? But when he bears
the words spirituality, immateriality, incorporeality, &c. pronounced, neither
his senses nor his memory afford him any assistance; they do not furnish him
with any means by which he can form an idea of their qualities, or of the
objects to which he ought to apply them; in that which is not matter he can
only see vacuum and emptiness, which as long as he remains what he is, cannot,
to his mind, be susceptible of any one quality.
All the errors, all the disputes of men, have their
foundation in this, that they have renounced experience, have surrendered the
evidence of their senses, to give themselves up to the guidance of notions
which they have believed infused or innate; although in reality they are no
more than the effect of a distempered imagination, of prejudices, in which they
have been instructed from their infancy, with which habit has familiarized
them, which authority has obliged them to conserve. Languages are filled with
abstract words, to which are attached confused and vague ideas; of which, when
they come to be examined, no model can be found in Nature; no object to which
they can be related. When man gives himself the trouble to analyze things, he
is quite surprised to find, that those words which are continually in the
mouths of men, never present any fixed or determinate idea: he hears them
unceasingly speaking of spirits—of the soul and its faculties—of
duration—of space—of immensity—of infinity—of perfection—of
virtue—of reason—of sentiment—of instinct—of taste, &c. without his
being able to tell precisely, what they themselves understand by these words.
Nevertheless, they do not appear to have been invented, but for the purpose of
representing the images of things; or to paint, by the assistance of the
senses, those known objects on which the mind is able to meditate, which it is
competent to appreciate, to compare, and to judge.
For man to think of that which has not acted on any
of his senses, is to think on words; it is for his senses to dream; it is to
seek in his own imagination for objects to which he can attach his wandering
ideas: to assign qualities to these objects is, unquestionably, to redouble his
extravagance, to set no limits to his folly. If a word be destined to represent
to him an object that has not the capacity to act on any one of his organs; of
which, it is impossible for him to prove either the existence or the qualities;
his imagination, by dint of racking itself, will nevertheless, in some measure,
supply him with the ideas he wants; he composes some kind of a picture, with
the images or colours he is always obliged to borrow, from the objects of which
he has a knowledge: thus the Divinity has been represented by some under the
character of a venerable old man; by others, under that of a puissant monarch;
by others, as an exasperated, irritated being, &c. It is evident, however,
that man, with some of his qualities, has served for the model of these
pictures: but if he be informed of objects that are represented as pure
spirits—that have neither body nor extent—that are not contained in
space—that are beyond nature,—here then he is plunged into emptiness; his
mind no longer has any ideas—it no longer knows upon what it meditates. This,
as will be seen in the sequel, no doubt, is the source of those unformed
notions which some men have formed of the Divinity; they themselves frequently
annihilate him, by assembling incompatible and contradictory attributes. In
giving him morals—in composing him of known qualities,—they make him a
man;—in assigning him the negative attributes of every thing they know, they
render him inaccessible to their senses—they destroy all antecedent
ideas—they make him a mere nothing. From this it will appear, that those
sublime sciences which are called Theology, Psychology, Metaphysics, have been
mere sciences of words: morals and politics, with which they very frequently
mix, have, in consequence, become inexplicable enigmas, which there is nothing
short of the study of Nature can enable us to expound.
Man has occasion for truth; it consists in a
knowledge of the true relations he has with those beings competent to have an
influence on his welfare; these relations are to be known only by experience:
without experience there can be no reason; without reason man is only a blind
creature, who conducts himself by chance. But, how is he to acquire experience
upon ideal objects, which his senses neither enable him to know nor to examine?
How is he to assure himself of the existence, how ascertain the qualities of
beings he is not able to feel? How can he judge whether there objects be
favorable or prejudicial to him? How is he to know, without the evidence of his
senses, what he ought to love, what he should hate, what to seek after, what to
shun, what to do, what to leave undone? It is, however, upon this knowledge
that his condition in this world rests; it is upon this knowledge that morals
is founded. From whence it may be seen, that, by causing him to blend vague
metaphysical notions with morals, or the science of the certain and invariable
relations which subsist between mankind; or by weakly establishing them upon
chimerical ideas, which have no existence but in his imagination; these morals,
upon which the welfare of society so much depends, are rendered uncertain, are
made arbitrary, are abandoned to the caprices of fancy, are not fixed upon any
solid basis.
Beings essentially different by their natural
organization, by the modifications they experience, by the habits they
contract, by the opinions they acquire, must of necessity think differently.
His temperament, as we have seen, decides the mental qualities of man: this
temperament itself is diversely modified in him: from whence it consecutively
follows, his imagination cannot possibly be the same; neither can it create to
him the same images. Each individual is a connected whole, of which all the
parts have a necessary correspondence. Different eyes must see differently,
must give extremely varied ideas of the objects they contemplate, even when
these objects are real. What, then, must be the diversity of these ideas, if
the objects meditated upon do not act upon the senses? Mankind have pretty
nearly the same ideas, in the gross, of those substances that act upon his
organs with vivacity; he is sufficiently in unison upon some qualities which he
contemplates very nearly in the same manner; I say, very nearly, because the
intelligence, the notion, the conviction of any one proposition, however
simple, however evident, however clear it may be supposed, is not, nor cannot
be, strictly the same, in any two men. Indeed, one man not being another man,
the first cannot, for example, have rigorously and mathematically the same
notion of unity as the second; seeing that an identical effect cannot be the
result of two different causes. Thus, when men are in accord in their ideas, in
their modes of thinking, in their judgment, in their passions, in their
desires, in, their tastes, their consent does not arise from their seeing or
feeling the same objects precisely in the same manner, but pretty nearly;
language is not, nor cannot be, sufficiently copious to designate the vast
variety of shades, the multiplicity of imperceptible differences, which is to
be found in their modes of seeing and thinking. Each man, then, has, to say
thus, a language which is peculiar to himself alone, and this language is
incommunicable to others. What harmony, what unison, then, can possibly exist
between them, when they discourse with each other, upon objects only known to
their imagination? Can this imagination in one individual ever be the same as
in another? How can they possibly understand each other, when they assign to
those objects qualities that can only be attributed to the particular manner in
which their brain is affected.
For one man to exact from another that he shall
think like himself, is to insist that he shall be organized precisely in the
same manner—that he shall have been modified exactly the same in every moment
of his existence: that he shall have received the same temperament, the same
nourishment, the same education: in a word, that he shall require that other to
be himself. Wherefore is it not exacted that all men shall have the same
features? Is man more the master of his opinions? Are not his opinions the necessary
consequence of his Nature, and of those peculiar circumstances which, from his
infancy, have necessarily had an influence upon his mode of thinking, and his
manner of acting? If man be a connected whole, whenever a single feature
differs from his own, ought he not to conclude that it is not possible his
brain can either think, associate ideas, imagine, or dream precisely in the
same manner with that other.
La diversidad en el temperamento del hombre es la
fuente natural, necesaria de la diversidad de sus pasiones, de sus gustos, de
sus ideas de felicidad, de sus opiniones de todo tipo. Así, esta misma
diversidad será la fuente fatal de sus disputas, de sus odios, de su
injusticia, toda vez que razonará sobre objetos desconocidos, pero a los que
dará la mayor importancia. Jamás se entenderá a sí mismo ni a los demás al
hablar de un alma espiritual o de sustancias inmateriales distintas de la
Naturaleza; dejará, desde ese momento, de hablar el mismo idioma, y nunca
asociará las mismas ideas a las mismas palabras. ¿Qué será, pues, la norma
común que decidirá cuál es el hombre que piensa con mayor justicia? ¿Cuál es la
escala con la que medir quién tiene la imaginación mejor regulada? ¿Qué
equilibrio se encontrará suficientemente exacto para determinar de quién es el
conocimiento más cierto, cuando agita temas que la experiencia no puede
permitirle examinar, que escapan a todos sus sentidos, que no tienen modelo,
que están por encima de la razón? Cada individuo, cada legislador, cada
especulador, cada nación, se ha formado alguna vez ideas diferentes sobre estas
cosas; cada uno cree que sus propios ensueños peculiares deben preferirse a los
de sus vecinos; que siempre le parecen tan absurdas, ridículas y falsas como
las suyas posiblemente le hayan parecido a su prójimo; cada uno se aferra a su
propia opinión, porque cada uno conserva su propio modo peculiar de existencia;
cada uno cree que su felicidad depende de su apego a sus prejuicios, que nunca
adopta sino porque los cree beneficiosos para su bienestar. Proponle a un
hombre cambiar su religión por la tuya, te creerá un loco; sólo excitarás su
indignación, provocarás su desprecio; él os propondrá, a su vez, adoptar sus
propias opiniones peculiares; después de mucho razonamiento, os trataréis unos
a otros como seres absurdos, ridículamente opinados, pertinazmente tercos: y
mostrará la menor locura, quien ceda primero. Pero si los adversarios se
acaloran en la disputa, lo que sucede siempre, cuando suponen importante el
asunto, o cuando defienden la causa de su amor propio; de ahí que sus pasiones
se agudicen, se enojen, se provoquen querellas, se odien unos a otros y
terminen por injuriarse recíprocamente. Es por lo tanto, que por opiniones, que
ningún hombre puede demostrar, vemos al brahmán despreciado; el mahometano
odiaba; el pagano despreciado; que oprimen y desprecian a cada uno con la
animosidad más rencorosa: el cristiano quema al judío en lo que se llama unauto-de-fe
, porque se aferra a la fe de sus padres: el católico romano condena al
protestante a las llamas, y toma conciencia de masacrarlo a sangre fría: éste
reacciona a su vez; a veces, las diversas sectas de cristianos se unen contra
el incrédulo turco, y por un momento suspenden sus propias disputas sangrientas
para castigar a los enemigos a la verdadera fe; venganza enfurecida el uno del
otro.
Si las imaginaciones de los hombres fueran las
mismas, las quimeras que engendran serían las mismas en todas partes; no habría
disputas entre ellos sobre este asunto, si todos soñaran de la misma manera;
gran número de seres humanos se salvarían si el hombre ocupara su mente con
objetos susceptibles de ser conocidos, cuya existencia se probara, de los
cuales fuera competente para descubrir las verdaderas cualidades, con certeza,
por experiencia reiterada. Los sistemas de Filosofía no están sujetos a disputa
sino cuando sus principios no están suficientemente probados; gradualmente la
experiencia, al señalar la verdad y detectar sus errores, pone fin a estas
disputas. No hay variación entre los geómetras.sobre los principios de su
ciencia; sólo se plantea, cuando sus suposiciones son falsas, o sus objetos
demasiado complicados. teólogosencuentran tanta dificultad en ponerse de
acuerdo entre ellos, simplemente porque, en sus concursos, dividen sin cesar,
proposiciones no conocidas y examinadas, pero prejuicios con los que han estado
imbuidos en su juventud -en las escuelas- por los libros de cada uno. , &C.
Están perpetuamente razonando, no sobre objetos reales, cuya existencia está
demostrada, sino sobre sistemas imaginarios cuya realidad nunca han examinado;
encontraron estas disputas, no en la experiencia afirmada o en hechos
constantes, sino en suposiciones gratuitas, que cada uno se esfuerza por
convencer al otro de que carecen de solidez. Encontrando estas ideas de larga
data, que pocas personas se niegan a admitirlas, las toman por verdades
incontestables, que deben ser recibidas simplemente al ser anunciadas; siempre
que les concedan gran importancia,
Si se hubieran dejado de lado los prejuicios, tal
vez se habría descubierto que muchos de esos objetos, que han dado lugar a las
más espantosas, a las más sanguinarias disputas entre los hombres, eran meros
fantasmas; que un pequeño examen habría demostrado que no eran dignos de su
atención: los sacerdotes de ApoloHabría sido inofensivo si el hombre hubiera
examinado por sí mismo, sin prejuicios, los principios que exponían: habría
descubierto que estaba peleando, que estaba degollando a su prójimo, por palabras
sin sentido; o, por lo menos, habría aprendido a dudar de su derecho a obrar
como lo hizo; habría renunciado a ese tono dogmático, imperioso que asumía, por
el cual obligaba a su prójimo a unirse a él en opinión. La más mínima reflexión
le habría mostrado la necesidad de esta diversidad en sus nociones, de esta
contrariedad en su imaginación, que depende de su conformación Natural
diversamente modificada: que necesariamente tiene una influencia sobre sus
pensamientos, sobre su voluntad y sobre sus acciones. . En resumen, si hubiera
consultado la moral, si hubiera recurrido a la razón, todo habría conspirado
para probarle que los seres que se dicen racionales estaban hechos para pensar
de manera diversa; por eso estaban destinados a vivir en paz unos con otros, a
amarse unos a otros, a prestarse ayuda recíproca cualquiera que sea su opinión
sobre temas, ya sea imposibles de conocer o de ser contemplados bajo el mismo
punto de vista: todo se habría unido en evidencia para convencerlo de la
tiranía irrazonable, de la violencia injusta, de la crueldad inútil de esos
hombres de sangre, que persiguen, que destruyen a la humanidad, para moldearlo
a sus propias opiniones peculiares; todo habría conducido a los mortales a
prestarse mutuo socorro cualquiera que sea su opinión sobre temas imposibles de
conocer o de contemplar bajo el mismo punto de vista: todo se habría juntado en
evidencia para convencerlo de la irrazonable tiranía, de la injusta violencia ,
de la crueldad inútil de esos hombres de sangre, que persiguen, que destruyen a
la humanidad, para moldearla a sus propias opiniones peculiares; todo habría
conducido a los mortales a prestarse mutuo socorro cualquiera que sea su
opinión sobre temas imposibles de conocer o de contemplar bajo el mismo punto
de vista: todo se habría juntado en evidencia para convencerlo de la
irrazonable tiranía, de la injusta violencia , de la crueldad inútil de esos
hombres de sangre, que persiguen, que destruyen a la humanidad, para moldearla
a sus propias opiniones peculiares; todo habría conducido a los mortales a para
que puedan moldearlo a sus propias opiniones peculiares; todo habría conducido
a los mortales a para que puedan moldearlo a sus propias opiniones peculiares;
todo habría conducido a los mortales aapacibilidad , a la indulgencia , a la
tolerancia ; virtudes, incuestionablemente de mayor importancia real, mucho más
necesarias para el bienestar de la sociedad, que las maravillosas
especulaciones en que se divide, por las que con frecuencia se apresura a
sacrificar a una furia maníaca, los pretendidos enemigos de estos venerados
vuelos de la imaginación.
De esto debe ser evidente, de qué importancia es
para la moralexaminar las ideas a las que se ha convenido en conceder tanto
valor; a la que el hombre está continuamente sacrificando su propia felicidad
peculiar; al que va inmolando la tranquilidad de las naciones, al mando
irracional de guías fanáticos y crueles. Deja que recurra a su experiencia; que
vuelva a la Naturaleza; que se ocupe de la razón; que consulte aquellos objetos
que son reales, que son útiles a su felicidad permanente; que estudie las leyes
de la Naturaleza; que se estudie a sí mismo; que consulte los lazos que lo unen
a sus semejantes mortales; que examine los lazos ficticios que lo encadenan a
los prejuicios más funestos. Si su imaginación debe alimentarse siempre de
ilusiones, si permanece firme en sus propias opiniones, si sus prejuicios le
son caros, que al menos permita que los demás divaguen a su manera, o buscar la
verdad como mejor se adapte a su inclinación; pero que siempre recuerde que
todas las opiniones, todas las ideas, todos los sistemas, todas las voluntades,
todas las acciones del hombre son la consecuencia necesaria de su naturaleza,
de su temperamento, de su organización y de su organización. de aquellas
causas, transitorias o constantes, que modifican la insinuación: en suma, queel
hombre no es más un agente libre para pensar que para actuar: una verdad que se
demostrará nuevamente en el capítulo siguiente.
CAP. XI
Del Sistema de agencia libre del Hombre.
Los que han pretendido que el alma se distingue del
cuerpo, es inmaterial, extrae sus ideas de su propia fuente peculiar, actúa por
sus propias energías sin la ayuda de ningún objeto exterior; por una
consecuencia de su propio sistema, lo han privado de aquellas leyes físicas,
según las cuales todos los seres de los que tenemos conocimiento están
obligados a actuar. Han creído que lo inmundo es dueño de su propia conducta,
capaz de regular sus propias operaciones peculiares; tiene la facultad de
determinar su voluntad por su propia energía natural; en una palabra, han
pretendido que el hombre es un agente libre .
Ya se ha probado suficientemente que el alma no es
más que el cuerpo, considerado con relación a algunas de sus funciones, más
ocultas que otras: se ha demostrado que esta alma, aun cuando se suponga
inmaterial, se modifica continuamente. conjuntamente con el cuerpo; se somete a
todo su movimiento; que sin esto permanecería inerte y muerto; que, en
consecuencia, está sujeto a la influencia de aquellos materiales, a la
operación de aquellas causas físicas, que dan impulso al cuerpo; del cual el
modo de existencia, ya sea habitual o transitorio, depende de los elementos
materiales que lo rodean; que forman su textura; que constituyen su
temperamento; que entran en él por medio de los alimentos; que la penetran por
su sutileza; las facultades que se llaman intelectuales, y aquellas cualidades
que se llaman morales, han sido explicadas de una manera puramente física;
completamente natural: en último lugar, se ha demostrado que todas las ideas,
todos los sistemas, todos los afectos, todas las opiniones, sean verdaderas o
falsas, que el hombre se forma a sí mismo, deben atribuirse a sus poderes
físicos; deben atribuirse a sus sentidos materiales. Así el hombre es un ser
puramente físico; cualquiera que sea su consideración, está ligado a la
Naturaleza universal: sometido a lo necesario, a las leyes inmutables que ella
impone a todos los seres que contiene, según sus esencias peculiares; conforme
a las respectivas propiedades con que, sin consultarlas, dota a cada especie
particular. La vida del hombre es una línea que la Naturaleza le manda trazar
sobre la faz de la tierra: sin que jamás pudiera desviarse de él ni por un
instante. Nace sin su propio consentimiento; sus organizaciones no dependen de
ninguna manera de sí mismo; sus ideas le vienen involuntariamente; sus hábitos
están en poder de quienes le hacen contraerlos; es incesantemente modificado
por causas, ya sean visibles u ocultas, sobre las que no tiene control; dar el
matiz a su manera de pensar, y determinar su manera de actuar. Es bueno o malo,
feliz o miserable, sabio o tonto, razonable o irracional, sin que su voluntad
sirva para nada en estos diversos estados. Sin embargo, a pesar de los
grilletes que lo atan, se pretende que es un agente libre, o que,
independientemente de las causas que lo mueven, determina su propia voluntad;
regula su propia condición. Nace sin su propio consentimiento; sus
organizaciones no dependen de ninguna manera de sí mismo; sus ideas le vienen
involuntariamente; sus hábitos están en poder de quienes le hacen contraerlos;
es incesantemente modificado por causas, ya sean visibles u ocultas, sobre las
que no tiene control; dar el matiz a su manera de pensar, y determinar su
manera de actuar. Es bueno o malo, feliz o miserable, sabio o tonto, razonable
o irracional, sin que su voluntad sirva para nada en estos diversos estados.
Sin embargo, a pesar de los grilletes que lo atan, se pretende que es un agente
libre, o que, independientemente de las causas que lo mueven, determina su
propia voluntad; regula su propia condición. Nace sin su propio consentimiento;
sus organizaciones no dependen de ninguna manera de sí mismo; sus ideas le
vienen involuntariamente; sus hábitos están en poder de quienes le hacen
contraerlos; es incesantemente modificado por causas, ya sean visibles u
ocultas, sobre las que no tiene control; dar el matiz a su manera de pensar, y
determinar su manera de actuar. Es bueno o malo, feliz o miserable, sabio o
tonto, razonable o irracional, sin que su voluntad sirva para nada en estos
diversos estados. Sin embargo, a pesar de los grilletes que lo atan, se
pretende que es un agente libre, o que, independientemente de las causas que lo
mueven, determina su propia voluntad; regula su propia condición. sus hábitos
están en poder de quienes le hacen contraerlos; es incesantemente modificado
por causas, ya sean visibles u ocultas, sobre las que no tiene control; dar el
matiz a su manera de pensar, y determinar su manera de actuar. Es bueno o malo,
feliz o miserable, sabio o tonto, razonable o irracional, sin que su voluntad
sirva para nada en estos diversos estados. Sin embargo, a pesar de los
grilletes que lo atan, se pretende que es un agente libre, o que,
independientemente de las causas que lo mueven, determina su propia voluntad;
regula su propia condición. sus hábitos están en poder de quienes le hacen
contraerlos; es incesantemente modificado por causas, ya sean visibles u
ocultas, sobre las que no tiene control; dar el matiz a su manera de pensar, y
determinar su manera de actuar. Es bueno o malo, feliz o miserable, sabio o
tonto, razonable o irracional, sin que su voluntad sirva para nada en estos
diversos estados. Sin embargo, a pesar de los grilletes que lo atan, se
pretende que es un agente libre, o que, independientemente de las causas que lo
mueven, determina su propia voluntad; regula su propia condición. Es bueno o
malo, feliz o miserable, sabio o tonto, razonable o irracional, sin que su
voluntad sirva para nada en estos diversos estados. Sin embargo, a pesar de los
grilletes que lo atan, se pretende que es un agente libre, o que,
independientemente de las causas que lo mueven, determina su propia voluntad;
regula su propia condición. Es bueno o malo, feliz o miserable, sabio o tonto,
razonable o irracional, sin que su voluntad sirva para nada en estos diversos estados.
Sin embargo, a pesar de los grilletes que lo atan, se pretende que es un agente
libre, o que, independientemente de las causas que lo mueven, determina su
propia voluntad; regula su propia condición.
However slender the foundation of this opinion, of
which every thing ought to point out to him the error; it is current at this
day for an incontestible truth, and believed enlightened; it is the basis or
religion, which has been incapable of imagining how man could either merit
reward or deserve punishment if he was not a free agent. Society has been
believed interested in this system, because an idea has gone abroad, that if
all the actions of man were to be contemplated as necessary, the right of
punishing those who injure their associates would no longer exist. At length
human vanity accommodated itself to an hypothesis which, unquestionable,
appears to distinguish man from all other physical beings, by assigning to him
the special privilege of a total independence of all other causes; but of which
a very little reflection would have shewn him the absurdity or even the
impossibility.
As a part, subordinate to the great whole, man is
obliged to experience its influence. To be a free agent it were needful that
each individual was of greater strength than the entire of Nature; or, that he
was out of this Nature: who, always in action herself, obliges all the beings
she embraces, to act, and to concur to her general motion; or, as it has been
said elsewhere, to conserve her active existence, by the motion that all beings
produce in consequence of their particular energies, which result from their
being submitted to fixed, eternal, and immutable laws. In order that man might
be a free agent, it were needful that all beings should lose their essences; it
is equally necessary that he himself should no longer enjoy physical
sensibility; that he should neither know good nor evil; pleasure nor pain; but
if this was the case, from that moment he would no longer be in a state to
conserve himself, or render his existence happy; all beings would become
indifferent to him; he would no longer have any choice; he would cease to know
what he ought to love; what it was right he should fear; he would not have any
acquaintance with that which he should seek after; or with that which it is
requisite he should avoid. In short, man would be an unnatural being; totally
incapable of acting in the manner we behold. It is the actual essence of man to
tend to his well-being; to be desirous to conserve his existence; if all the
motion of his machine springs as a necessary consequence from this primitive
impulse; if pain warns him of that which he ought to avoid; if pleasure
announces to him that which he should desire; if it is in his essence to love
that which either excites delight, or, that from which he expects agreeable
sensations; to hate that which makes him either fear contrary impressions; or,
that which afflicts him with uneasiness; it must necessarily be, that he will
be attracted by that which he deems advantageous; that his will shall be
determined by those objects which he judges useful; that he will be repelled by
those beings which he believes prejudicial, either to his habitual, or to his
transitory mode of existence; by that which he considers disadvantageous. It is
only by the aid of experience, that man acquires the faculty of understanding
what he ought to love; of knowing what he ought to fear. Are his organs sound?
his experience will be true: are they unsound? it will be false: in the first
instance he will have reason, prudence, foresight; he will frequently foresee
very remote effects; he will know, that what he sometimes contemplates as a
good, may possibly become an evil, by its necessary or probable consequences:
that what must be to him a transient evil, may by its result procure him a
solid and durable good. It is thus experience enables him to foresee that the
amputation of a limb will cause him painful sensation, he consequently is
obliged to fear this operation, and he endeavours to avoid the pain; but if
experience has also shewn him, that the transitory pain this amputation will
cause him may be the means of saving his life; the preservation, of his
existence being of necessity dear to him, he is obliged to submit himself to
the momentary pain with a view to procuring a permanent good, by which it will
be overbalanced.
The will, as we have elsewhere said, is a
modification of the brain, by which it is disposed to action or prepared to
give play to the organs. This will is necessarily determined by the qualities,
good or bad, agreeable or painful, of the object or the motive that acts upon
his senses; or of which the idea remains with him, and is resuscitated by his
memory. In consequence, he acts necessarily; his action is the result of the
impulse he receives either from the motive, from the object, or from the idea,
which has modified his brain, or disposed his will. When he does not act
according to this impulse, it is because there comes some new cause, some new
motive, some new idea, which modifies his brain in a different manner, gives
him a new impulse, determines his will in another way; by which the action of
the former impulse is suspended: thus, the sight of an agreeable object, or its
idea, determines his will to set him in action to procure it; but if a new
object or a new idea more powerfully attracts him, it gives a new direction to
his will, annihilates the effect of the former, and prevents the action by
which it was to be procured. This is the mode in which reflection, experience,
reason, necessarily arrests or suspends the action of man's will; without this,
he would, of necessity, have followed the anterior impulse which carried him
towards a then desirable object. In all this he always acts according to
necessary laws, from which he has no means of emancipating himself.
If, when tormented with violent thirst, he figures
to himself an idea, or really perceives a fountain, whose limpid streams might
cool his feverish habit, is he sufficient master of himself to desire or not to
desire the object competent to satisfy so lively a want? It will no doubt be
conceded, that it is impossible he should not be desirous to satisfy it; but it
will be said,—If at this moment it is announced to him, the water he so
ardently desires is poisoned, he will, notwithstanding his vehement thirst,
abstain from drinking it; and it has, therefore, been falsely concluded that he
is a free agent. The fact, however, is, that the motive in either case is
exactly the same: his own conservation. The same necessity that determined him
to drink, before he knew the water was deleterious, upon this new discovery,
equally determines him not to drink; the desire of conserving himself, either
annihilates or suspends the former impulse; the second motive becomes stronger
than the preceding; that is, the fear of death, or the desire of preserving
himself, necessarily prevails over the painful sensation caused by his
eagerness to drink. But, (it will be said) if the thirst is very parching, an
inconsiderate man, without regarding the danger, will risque swallowing the
water. Nothing is gained by this remark: in this case, the anterior impulse
only regains the ascendency; he is persuaded, that life may possibly be longer
preserved, or that he shall derive a greater good by drinking the poisoned
water, than by enduring the torment, which, to his mind, threatens instant
dissolution: thus, the first becomes the strongest, and necessarily urges him
on to action. Nevertheless, in either case, whether he partakes of the water,
or whether he does not, the two actions will be equally necessary; they will be
the effect of that motive which finds itself most puissant; which consequently
acts in a most coercive manner upon his will.
This example will serve to explain the whole
phaenomena of the human will. This will, or rather the brain, finds itself in
the same situation as a bowl, which although it has received an impulse that
drives it forward in a straight line, is deranged in its course, whenever a
force, superior to the first, obliges it to change its direction. The man who
drinks the poisoned water, appears a madman; but the actions of fools are as
necessary as those of the most prudent individuals. The motives that determine
the voluptuary, that actuate the debauchee to risk their health, are as
powerful, their actions are as necessary, as those which decide the wise man to
manage his. But, it will be insisted, the debauchee may be prevailed on to
change his conduct; this does not imply that he is a free agent; but, that
motives may be found sufficiently powerful to annihilate the effect of those
that previously acted upon him; then these new motives determine his will to
the new mode of conduct he may adopt, as necessarily as the former did to the
old mode.
Man is said to deliberate when the action of the
will is suspended; this happens when two opposite motives act alternately upon
him. To deliberate, is to hate and to love in succession; it is to be
alternately attracted and repelled; it is to be moved sometimes by one motive,
sometimes by another. Man only deliberates when he does not distinctly
understand the quality of the objects from which he receives impulse, or when
experience has not sufficiently apprised him of the effects, more or less
remote, which his actions will produce. He would take the air, but the weather
is uncertain; he deliberates in consequence; he weighs the various motives that
urge his will to go out or to stay at home; he is at length determined by that
motive which is most probable; this removes his indecision, which necessarily
settles his will either to remain within or to go abroad: this motive is always
either the immediate or ultimate advantage he finds or thinks he finds in the
action to which he is persuaded.
Man's will frequently fluctuates between two
objects, of which either the presence or the ideas move him alternately: he
waits until he has contemplated the objects or the ideas they have left in his
brain; which solicit him to different actions; he then compares these objects
or ideas: but even in the time of deliberation, during the comparison, pending
these alternatives of love and hatred, which succeed each other sometimes with
the utmost rapidity, he is not a free agent for a single instant; the good or
the evil which he believes he finds successively in the objects, are the
necessary motives of these momentary wills; of the rapid motion of desire or
fear that he experiences as long as his uncertainty continues. From this it
will be obvious, that deliberation is necessary; that uncertainty is necessary;
that whatever part he takes, in consequence of this deliberation, it will
always necessarily be that which he has judged, whether well or ill, is most
probable to turn to his advantage.
When the soul is assailed by two motives that act
alternately upon it, or modify it successively, it deliberates; the brain is in
a sort of equilibrium, accompanied with perpetual oscillations, sometimes
towards one object, sometimes towards the other, until the most forcible
carries the point, and thereby extricates it, from this state of suspense, in
which consists the indecision of his will. But when the brain is simultaneously
assailed by causes equally strong, that move it in opposite directions; agreeable
to the general law of all bodies, when they are struck equally by contrary
powers, it stops, it is in nisu; it is neither capable to will nor to act; it
waits until one of the two causes has obtained sufficient force to overpower
the other, to determine its will, to attract it in such a manner that it may
prevail over the efforts of the other cause.
Este mecanismo, tan simple, tan natural, basta para
demostrar por qué la incertidumbre es dolorosa; por qué el suspenso es siempre
un estado violento para el hombre. El cerebro, órgano tan delicado, tan móvil,
experimenta modificaciones tan rápidas, que se fatiga; o cuando es empujada en
direcciones contrarias, por causas igualmente poderosas, sufre una especie de
compresión, que impide la actividad adecuada a la conservación del todo, que es
necesaria para procurar lo que es ventajoso para su existencia. Este mecanismo
explicará también la irregularidad, la indecisión, la inconstancia del hombre;
y dar cuenta de esa conducta, que con frecuencia aparece como un misterio
inexplicable, que ciertamente lo es, bajo los sistemas recibidos. Al consultar
la experiencia, se encontrará que el alma está sujeta precisamente a las mismas
leyes físicas que el cuerpo material. Si la voluntad de cada individuo, en un
tiempo dado, estuviese movida únicamente por una sola causa o pasión, nada
sería más fácil que prever sus acciones; pero su corazón es frecuentemente
asaltado por poderes contrarios, por motivos adversos, que actúan sobre él
simultáneamente o en sucesión; entonces su cerebro, atraído en direcciones
opuestas, se fatiga o se atormenta en un estado de compresión que lo priva de
actividad. A veces se encuentra en un estado de incómoda inacción; a veces es
el deporte de los choques alternos que sufre. Tal, sin duda, es el estado en
que se encuentra el hombre cuando una pasión viva lo solicita a la comisión del
crimen, mientras que el miedo le señala el peligro que lo acompaña: tal es
también la condición de aquel a quien remordimiento, por el trabajo continuo de
su alma distraída,
Si las potencias o causas, exteriores o interiores,
que actúan sobre la mente del hombre, tienden hacia puntos opuestos, su alma,
como todos los demás cuerpos, tomará una dirección media entre las dos; como
consecuencia de la violencia con que su alma es apremiada, su condición se
vuelve a veces tan penosa que su existencia es inquietante: ya no tiene
tendencia a su propia conservación peculiar; busca la muerte, como un santuario
contra sí mismo, como el único remedio a su desesperación: así es como vemos a
los hombres, miserables y descontentos, voluntariamente destruirse a sí mismos,
cada vez que la vida se vuelve insoportable. El hombre es capaz de apreciar su
existencia, no más de lo que la vida le ofrece encantos; cuando es forzado por
sensaciones dolorosas, o atraído por impulsos contrarios, su tendencia natural
se trastorna, se ve en la necesidad de seguir una nueva ruta; esto lo conduce a
su fin, que incluso le muestra como el bien más deseable. De esta manera puede
explicarse la conducta de esos seres melancólicos, cuyos temperamentos
viciosos, cuyas conciencias torturadas, cuyo disgusto, cuyoel hastío , a veces
los determina a renunciar a la vida.
Las diversas potencias, frecuentemente muy
complicadas, que actúan sucesiva o simultáneamente sobre el cerebro del hombre,
que lo modifican tan diversamente en los diferentes períodos de su existencia,
son las verdaderas causas de esa oscuridad en la moral, de esa dificultad que
se encuentra, cuando se quiere desentrañar los manantiales ocultos de su
enigmática conducta. El corazón del hombre es un laberinto, sólo porque muy
pocas veces sucede que poseemos el don necesario para juzgarlo; de donde se desprende
que sus circunstancias, su indecisión, su conducta, ya sea ridícula o
inesperada, son las consecuencias necesarias de los cambios operados en él; no
son más que el efecto de motivos que determinan sucesivamente su voluntad; que
dependen de las frecuentes variaciones experimentadas por su máquina. De
acuerdo con estas variaciones, los mismos motivos no tienen siempre la misma
influencia sobre su voluntad, los mismos objetos ya no gozan de la facultad de
agradarle; su temperamento ha cambiado, ya sea momentáneamente o para siempre.
Se sigue como consecuencia, que su gusto, sus deseos, sus pasiones, cambiarán;
no puede haber ningún tipo de uniformidad en su conducta, ni certeza alguna en
los efectos que se esperan.
La elección de ninguna manera prueba el libre
albedrío del hombre; sólo delibera cuando aún no sabe cuál escoger de los
muchos objetos que lo mueven, se encuentra entonces en un aprieto, que no cesa,
hasta que su voluntad, decidida por la mayor ventaja que cree hallar en el
objeto que desea. elige, o la acción que emprende. De donde puede verse que la
elección es necesaria, porque él no determinaría para un objeto, o para una
acción, si no creyera que debe encontrar en ello alguna ventaja directa. Para que
el hombre tenga libre albedrío, sería necesario que pudiera querer o elegir sin
motivo; o bien, que podía impedir que los motivos coaccionaran su voluntad.
Siendo siempre la acción el efecto de su voluntad una vez determinada, como su
voluntad no puede ser determinada sino por un motivo, que no está en su propio
poder, se sigue que él nunca es el dueño de la determinación de su propia
voluntad peculiar; que, en consecuencia, nunca actúa como un agente libre. Se
ha creído que el hombre era un agente libre, porque tenía voluntad con el poder
de elegir; pero no se ha prestado atención al hecho de que incluso su voluntad
se mueve por causas independientes de él, se debe a lo que es inherente a su
propia organización, o que pertenece a la naturaleza de los seres que actúan
sobre él. De hecho, el hombre pasa una gran parte de su vida sin siquiera
querer. Su voluntad atiende al motivo por el cual se determina. Si tuviera que
dar cuenta exacta de todo lo que hace en el curso de cada día, desde levantarse
por la mañana hasta acostarse por la noche, encontraría que ninguna de sus
acciones ha sido en lo más mínimo voluntaria; que han sido mecánicos,
habituales, determinado por causas que no pudo prever, a las que estaba
obligado a ceder, o con las que estaba tentado a aceptar; descubriría que todos
los motivos de sus trabajos, de sus diversiones, de sus discursos, de sus
pensamientos, han sido necesarios; que evidentemente lo han seducido o lo han
arrastrado. ¿Es el maestro de la voluntad, de no retirar la mano del fuego cuando
teme que se queme? ¿O tiene el poder de quitarle al fuego la propiedad que le
hace temerlo? ¿Es el maestro de no elegir un plato de carne que sabe que es
agradable o análogo a su paladar; ¿de no preferirlo a lo que sabe desagradable
o peligroso? Es siempre según sus sensaciones, según su propia experiencia
peculiar, o según sus suposiciones, que juzga las cosas bien o mal;
Todas las causas que por su voluntad son actuadas,
deben actuar sobre él de una manera suficientemente marcada, para darle alguna
sensación, alguna percepción, alguna idea, ya sea completa o incompleta,
verdadera o falsa; tan pronto como se determina su voluntad, debe haber
sentido, fuerte o débilmente; si no fuera así, habría determinado sin motivo:
así, para hablar correctamente, no hay causas que sean verdaderamente
indiferentes a la voluntad: por muy débil que sea el impulso que recibe, ya sea
de parte de los objetos mismos o de parte de la voluntad. parte de sus imágenes
o ideas, en cuanto actúa su voluntad, el impulso ha sido competente para
determinarlo. A consecuencia de un ligero, de un débil impulso, la voluntad es
débil, es esta debilidad de la voluntad lo que se llama indiferencia .. Su
cerebro percibe con dificultad la sensación que ha recibido; en consecuencia,
actúa con menos vigor, ya sea para obtener o para sustraer el objeto o la idea
que lo ha modificado. Si el impulso es poderoso, la voluntad es fuerte, le hace
actuar vigorosamente, para obtener o quitar el objeto que le parece muy
agradable o muy incómodo.
Se ha creído que el hombre era un agente libre,
porque se ha imaginado que su alma podía recordar a voluntad ideas, que a veces
bastan para refrenar sus deseos más ingobernables. Así, la idea de un mal
remoto le impide con frecuencia gozar de un bien presente y actual: así, el
recuerdo, que es una ligera modificación casi insensible de su cerebro,
aniquila, a cada instante, los objetos reales que actúan sobre su voluntad. .
Pero no es maestro en recordar sus ideas a placer; su asociación es
independiente de él; están dispuestos en su cerebro, a pesar de él, sin su
propio conocimiento, donde han dejado una impresión más o menos profunda; su
memoria misma depende de su organización; su fidelidad depende del estado
habitual o momentáneo en que se encuentre; cuando su voluntad está fuertemente
determinada a algún objeto o idea que excita en él una pasión muy viva,
aquellos objetos o ideas que podrían detener su acción ya no se presentan a su
mente; en esos momentos sus ojos están cerrados a los peligros que lo amenazan,
de los cuales la idea debe hacerlo abstenerse; marcha precipitadamente hacia el
objeto por cuya imagen se apresura; la reflexión no puede operar sobre él de
ninguna manera; no ve nada más que el objeto de sus deseos; las ideas
saludables que podrían detener su progreso desaparecen, o se manifiestan
demasiado débilmente o demasiado tarde para impedir su actuación. Tal es el
caso de todos aquellos que, cegados por alguna fuerte pasión, no están en
condiciones de recordar esos motivos, de los cuales la sola idea, en los
momentos más frescos, sería suficiente para disuadirlos de proceder; el
desorden en que se encuentran, les impide juzgar cabalmente; hacerlos incapaces
de prever las consecuencias de sus actos; les impide aplicar su experiencia; de
hacer uso de su razón; las operaciones naturales, que suponen una justicia en
el modo de asociar sus ideas; pero para lo cual su cerebro no es entonces más
competente, a consecuencia del delirio momentáneo que sufre, que su mano para
escribir mientras hacen un ejercicio violento.
El modo de pensar del hombre está necesariamente
determinado por su manera de ser; debe, por tanto, depender de su organización
natural, y la modificación que su sistema recibe independientemente de su
voluntad. De esto nos vemos obligados a concluir que sus pensamientos, sus
reflexiones, su manera de ver las cosas, de sentir, de juzgar, de combinar
ideas, no es voluntaria ni libre. En una palabra, que su alma no es dueña del
movimiento que en ella se suscita, ni de representarse a sí misma, cuando quiere,
aquellas imágenes o ideas que son capaces de contrarrestar el impulso que
recibe. Esta es la razón por la cual el hombre, cuando está apasionado, deja de
razonar; en ese momento la razón es tan imposible de ser escuchada, como lo es
durante un éxtasis, o en un acceso de embriaguez. Los malvados nunca son más
que hombres que están borrachos o locos: si razonan, no es hasta que se
restablece la tranquilidad en su máquina; entonces, y no hasta entonces, las
ideas tardías que se presentan a su mente, les permiten ver las consecuencias
de sus acciones, y dan nacimiento a ideas que les traen ese problema, que se
denominavergüenza, arrepentimiento, remordimiento .
Los errores de los filósofos sobre el libre
albedrío del hombre han surgido de considerar su voluntad como el primum
mobile, the original motive of his actions; for want of recurring back, they
have not perceived the multiplied, the complicated causes, which, independently
of him, give motion to the will itself, or which dispose and modify his brain,
whilst he himself is purely passive in the motion he receives. Is he the master
of desiring or not desiring an object that appears desirable to him? Without doubt
it will be answered, No: but he is the master of resisting his desire, if he
reflects on the consequences. But, I ask, is he capable of reflecting on these
consequences when his soul is hurried along by a very lively passion, which
entirely depends upon his natural organization, and the causes by which he is
modified? Is it in his power to add to these consequences all the weight
necessary to counterbalance his desire? Is he the master of preventing the
qualities which render an object desirable from residing in it? I shall be
told, he ought to have learned to resist his passions; to contract a habit of
putting a curb on his desires. I agree to it without any difficulty: but in
reply, I again ask, Is his nature susceptible of this modification? Does his
boiling blood, his unruly imagination, the igneous fluid that circulates in his
veins, permit him to make, enable him to apply true experience in the moment
when it is wanted? And, even when his temperament has capacitated him, has his
education, the examples set before him, the ideas with which he has been
inspired in early life, been suitable to make him contract this habit of
repressing his desires? Have not all these things rather contributed to induce
him to seek with avidity, to make him actually desire those objects which you
say he ought to resist.
The ambitious man cries out,—You will have me
resist my passion, but have they not unceasingly repeated to me, that rank,
honours, power, are the most desirable advantages in life? Have I not seen my
fellow-citizens envy them—the nobles of my country sacrifice every thing to
obtain them? In the society in which I live, am I not obliged to feel, that if
I am deprived of these advantages, I must expect to languish in contempt, to
cringe under the rod of oppression?
The miser says,—You forbid me to love money, to
seek after the means of acquiring it: alas! does not every thing tell me, that
in this world money is the greatest blessing; that it is amply sufficient to
render me happy? In the country I inhabit, do I not see all my fellow-citizens
covetous of riches? but do I not also witness that they are little scrupulous
in the means of obtaining wealth? As soon as they are enriched by the means
which you censure, are they not cherished, considered, and respected? By what
authority, then, do you object to my amassing treasure? what right have you to
prevent my using means, which although you call them sordid and criminal, I see
approved by the sovereign? Will you have me renounce my happiness?
The voluptuary argues,—You pretend that I should
resist my desires; but was I the maker of my own temperament, which unceasingly
invites me to pleasure? You call my pleasures disgraceful; but in the country
in which I live, do I not witness the most dissipated men enjoying the most
distinguished rank? Do I not behold, that no one is ashamed of adultery but the
husband it has outraged? do not I see men making trophies of their
debaucheries, boasting of their libertinism, rewarded, with applause?
The choleric man vociferates,—You advise me to
put a curb on my passions; to resist the desire of avenging myself: but can I
conquer my nature? Can I alter the received opinions of the world? Shall I not
be for ever disgraced, infallibly dishonoured in society, if I do not wash out,
in the blood of my fellow-creature, the injuries I have received?
The zealous enthusiast exclaims,—You recommend to
me mildness, you advise me to be tolerant, to be indulgent to the opinions of
my fellow-men; but is not my temperament violent? Do I not ardently love my
God? Do they not assure me that zeal is pleasing to him; that sanguinary
inhuman persecutors have been his friends? That those who do not think as I do
are his enemies? I wish to render myself acceptable in his sight, I therefore
adopt the means you reprobate.
In short, the actions of man are never free; they
are always the necessary consequence of his temperament, of the received ideas,
of the notions, either true or false, which he has formed to himself of
happiness: of his opinions, strengthened by example, forfeited by education,
consolidated by daily experience. So many crimes are witnessed on the earth,
only because every thing conspires to render man vicious, to make him criminal;
very frequently, the superstitions he has adopted, his government, his education,
the examples set before him, irresistibly drive him on to evil: under these
circumstances morality preaches virtue to him in vain. In those societies where
vice is esteemed, where crime is crowned, where venality is constantly
recompenced, where the most dreadful disorders are punished, only in those who
are too weak to enjoy the privilege of committing them with impunity; the
practice of virtue is considered nothing more than a painful sacrifice of
fancied happiness. Such societies chastise, in the lower orders, those excesses
which they respect in the higher ranks; and frequently have the injustice to
condemn those in penalty of death, whom public prejudices, maintained by
constant example, have rendered criminal.
Man, then, is not a free agent in any one instant
of his life; he is necessarily guided in each step by those advantages, whether
real or fictitious, that he attaches to the objects by which his passions are
roused: these passions themselves are necessary in a being who, unceasingly
tends towards his own happiness; their energy is necessary, since that depends
on his temperament; his temperament is necessary, because it depends on the
physical elements which enter into his composition; the modification of this
temperament is necessary, as it is the infallible result, the inevitable
consequence of the impulse he receives from the incessant action of moral and
physical beings.
In despite of these proofs of the want of
free-agency in man, so clear to unprejudiced minds, it will, perhaps, be
insisted upon with no small feeling of triumph, that if it be proposed to any
one to move or not to move his hand, an action in the number of those called
indifferent, he evidently appears to be the master of choosing; from which it
is concluded, evidence has been offered of his free-agency. The reply is, this
example is perfectly simple; man in performing some action which he is resolved
on doing, does not by any means prove his free-agency: the very desire of
displaying this quality, excited by the dispute, becomes a necessary motive
which decides his will either for the one or the other of these actions: what
deludes him in this instance, or that which persuades him he is a free agent at
this moment, is, that he does not discern the true motive which sets him in
action; which is neither more nor less than the desire of convincing his
opponent: if in the heat of the dispute he insists and asks, "Am I not the
master of throwing myself out of the window?" I shall answer him, no; that
whilst he preserves his reason, there is not even a probability that the desire
of proving his free-agency, will become a motive sufficiently powerful, to make
him sacrifice his life to the attempt; if, notwithstanding this, to prove he is
a free agent, he should actually precipitate himself from the window, it would
not be a sufficient warrantry to conclude he acted freely, but rather that it
was the violence of his temperament which spurred him on to this folly. Madness
is a state that depends upon the heat of the blood, not upon the will. A
fanatic or a hero, braves death as necessarily as a more phlegmatic man or a
coward flies from it. There is, in point of fact, no difference between the man
who is cast out of the window by another, and the man who throws himself out of
it, except that the impulse in the first instance comes immediately from
without, whilst that which determines the fall in the second case, springs from
within his own peculiar machine, having its more remote cause also exterior.
When Mutius Scaevola held his hand in the fire, he was as much acting under the
influence of necessity, caused by interior motives, that urged him to this
strange action, as if his arm had been held by strong men; pride, despair, the
desire of braving his enemy, a wish to astonish him, an anxiety to intimidate
him, &c. were the invisible chains that held his hand bound to the fire.
The love of glory, enthusiasm for their country, in like manner, caused Codrus
and Decius to devote themselves for their fellow citizens. The Indian Calanus
and the philosopher Peregrinus were equally obliged to burn themselves, by the
desire of exciting the astonishment of the Grecian assembly.
It is said that free-agency is the absence of those
obstacles competent to oppose themselves to the actions of man, or to the
exercise of his faculties: it is pretended that he is a free agent, whenever,
making use of these faculties, he produces the effect he has proposed to
himself. In reply to this reasoning, it is sufficient to consider that it in no
wise depends upon himself to place or remove the obstacles that either
determine or resist him; the motive that causes his action is no more in his
own power than the obstacle that impedes him, whether this obstacle or motive
be within his own machine or exterior of his person: he is not master of the
thought presented to his mind which determines his will; this thought is
excited by some cause independent of himself.
To be undeceived on the system of his free-agency,
man has simply to recur to the motive by which his will is determined, he will
always find this motive is out of his own controul. It is said, that in
consequence of an idea to which the mind gives birth, man acts freely if he
encounters no obstacle. But the question is, what gives birth to this idea in
his brain? has he the power either to prevent it from presenting itself, or
from renewing itself in his brain? Does not this idea depend either upon
objects that strike him exteriorly and in despite of himself, or upon causes
that without his knowledge act within himself and modify his brain? Can he prevent
his eyes, cast without design upon any object whatever, from giving him an idea
of this object, from moving his brain? He is not more master of the obstacles;
they are the necessary effects of either interior or exterior causes, which
always act according to their given properties. A man insults a coward, who is
necessarily irritated against his insulter, but his will cannot vanquish the
obstacle that cowardice places to the object of his desire, which is, to resent
the insult; because his natural conformation, which does not depend upon
himself, prevents his having courage. In this case the coward is insulted in
despite of himself, and against his will is obliged patiently to brook the
insult he has received.
The partizans of the system of free-agency appear
ever to have confounded constraint with necessity. Man believes he acts as a
free agent, every time he does not see any thing that places obstacles to his
actions; he does not perceive that the motive which causes him to will is
always necessary, is ever independent of himself. A prisoner loaded with chains
is compelled to remain in prison, but he is not a free agent, he is not able to
resist the desire to emancipate himself; his chains prevent him from acting,
but they do not prevent him from willing; he would save himself if they would
loose his fetters, but he would not save himself as a free agent, fear or the
idea of punishment would be sufficient motives for his action.
El hombre puede, por lo tanto, dejar de estar
restringido, sin que por ello se convierta en un agente libre: de cualquier
manera que actúe, actuará necesariamente; según los motivos por los que se
determine. Se le puede comparar a un cuerpo pesado, que se encuentra detenido
en su descenso por cualquier obstáculo cualquiera: quítenle este obstáculo,
gravitará o seguirá cayendo; pero ¿quién dirá que este cuerpo denso es libre de
caer o no? ¿No es su descenso el efecto necesario de su propia gravedad específica?
El virtuoso Sócrates se sometió a las leyes de su país, aunque fueran injustas;
a pesar de que le dejaron abiertas las puertas de su cárcel, no se salvaría;
pero en esto no actuó como un agente libre; las cadenas invisibles de la
opinión, el amor secreto al decoro, el respeto interior a las leyes, aun cuando
fueran inicuas, el temor de empañar su gloria lo retenía en su prisión: eran
motivos bastante poderosos, en este entusiasta de la virtud, para inducirlo a
esperar la muerte con tranquilidad; no estaba en su poder salvarse a sí mismo,
porque no podía encontrar ningún motivo potencial que lo llevara a apartarse,
ni siquiera por un instante, de aquellos principios a los que su mente estaba
acostumbrada.
El hombre, dice, actúa frecuentemente en contra de
su inclinación, de donde ha concluido falsamente que es un agente libre; cuando
parece obrar en contra de su inclinación, está determinado a ello por algún
motivo suficientemente eficaz para vencer esta inclinación. Un enfermo, con
miras a su curación, llega a vencer su repugnancia a los remedios más
repugnantes: el miedo al dolor, el pavor a la muerte, se convierten entonces en
motivos necesarios e inteligentes; en consecuencia, no se puede decir con verdad,
en modo alguno, que este enfermo actúe libremente.
Cuando se dice que el hombre no es un agente libre,
no se pretende compararlo con un cuerpo movido por una simple causa impulsiva:
contiene en sí mismo causas inherentes a su existencia; es movido por un órgano
interior, que tiene sus propias leyes peculiares; que está a su vez
necesariamente determinado, como consecuencia de ideas formadas a partir de
percepciones, resultantes de sensaciones, que recibe de objetos exteriores.
Como el mecanismo de estas sensaciones, de estas percepciones y la manera en que
graban las ideas en el cerebro del hombre, no le son conocidas, porque es
incapaz de desentrañar todos estos movimientos; porque no puede percibir la
cadena de operaciones en su alma, o el motivo-principio que actúa dentro de él,
se supone a sí mismo como un agente libre; lo cual, traducido literalmente,
significa que se mueve por sí mismo; que se determina a sí mismo sin causa;
cuando más bien debería decir, ignora cómo o por qué actúa de la manera que lo
hace. Es cierto que el alma goza de una actividad que le es propia, pero es
igualmente cierto que esta actividad nunca se desplegaría si algún motivo o
alguna causa no la pusiera en condiciones de ejercitarse, al menos no se
pretenderá que la el alma es capaz de amar o de odiar sin conmoverse, sin
conocer los objetos, sin tener alguna idea de sus cualidades. La pólvora tiene
incuestionablemente una actividad particular, pero esta actividad nunca se
manifestará, a menos que se le aplique fuego; esto, sin embargo, inmediatamente
se pone en marcha. pero es igualmente cierto que esta actividad nunca se
desplegaría si algún motivo o alguna causa no la pusiera en condiciones de
ejercerse, por lo menos no se pretenderá que el alma es capaz o de amar o de
odiar sin conmoverse. , sin conocer los objetos, sin tener alguna idea de sus
cualidades. La pólvora tiene incuestionablemente una actividad particular, pero
esta actividad nunca se manifestará, a menos que se le aplique fuego; esto, sin
embargo, inmediatamente se pone en marcha. pero es igualmente cierto que esta actividad
nunca se desplegaría si algún motivo o alguna causa no la pusiera en
condiciones de ejercerse, por lo menos no se pretenderá que el alma es capaz o
de amar o de odiar sin conmoverse. , sin conocer los objetos, sin tener alguna
idea de sus cualidades. La pólvora tiene incuestionablemente una actividad
particular, pero esta actividad nunca se manifestará, a menos que se le aplique
fuego; esto, sin embargo, inmediatamente se pone en marcha. a menos que se le
aplique fuego; esto, sin embargo, inmediatamente se pone en marcha. a menos que
se le aplique fuego; esto, sin embargo, inmediatamente se pone en marcha.
Es la gran complicación del movimiento en el
hombre, es la variedad de su acción, es la multiplicidad de causas que lo
mueven, ya sea simultáneamente o en sucesión continua, lo que lo convence de
que es un agente libre: si todos sus movimientos fueran simples , si las causas
que lo mueven no se confundieran, si fueran distintas, si su máquina fuera
menos complicada, percibiría que todas sus acciones son necesarias, porque
podría recurrir instantáneamente a la causa que lo hizo. él actuar. Un hombre
que debería estar siempre obligado a ir hacia el oeste siempre iría por ese
lado, pero se sentiría muy bien, que al ir así no era un agente libre: si
tuviera otro sentido, ya que sus acciones o su movimiento aumentaban. por un
sexto sería aún más variado, mucho más complicado,
Es, pues, por no recurrir a las causas que lo
mueven, por no poder analizar, por no ser competente para descomponer el
complicado movimiento de su máquina, que el hombre se cree agente libre; es
sólo sobre su propia ignorancia que funda la noción profunda pero engañosa que
tiene de su libre albedrío, que construye esas opiniones que presenta como una
prueba sorprendente de su pretendida libertad de acción. Si, por un corto
tiempo, cada hombre estuviera dispuesto a examinar sus propias acciones
peculiares, a buscar sus verdaderos motivos, a descubrir su concatenación,
permanecería convencido de que el sentimiento que tiene de su libre albedrío
natural es una quimera que debe ser destruido rápidamente por la experiencia.
Sin embargo, debe reconocerse que la multiplicidad,
la diversidad de las causas que continuamente actúan sobre el hombre,
frecuentemente sin siquiera su conocimiento, le hacen imposible, o al menos
extremadamente difícil, recurrir a los verdaderos principios de sus propias
acciones peculiares. , mucho menos las acciones de otros; frecuentemente
dependen de causas tan fugitivas, tan alejadas de sus efectos, y que,
examinadas superficialmente, parecen tener tan poca analogía, tan escasa
relación con ellos, que se requiere singular sagacidad para sacarlas a la luz.
Esto es lo que hace del estudio del hombre moral una tarea de tanta dificultad;
esta es la razón por la cual su corazón es un abismo, del cual muchas veces le
es imposible sondear la profundidad. El es, entonces, obligado a contentarse
con el conocimiento de las leyes generales y necesarias por las que se rige el
corazón humano; para los individuos de su misma especie estas leyes son casi
las mismas, no varían sino a consecuencia de la organización que es peculiar a
cada uno, y de la modificación que sufre; esto, sin embargo, no es, no puede
ser rigurosamente el mismo en dos cualesquiera. Basta saber que por su esencia
el hombre tiende a conservarse a sí mismo, a hacer feliz su existencia: esto
supuesto, cualesquiera que sean sus acciones, si recurre a este primer
principio, a esta tendencia general, necesaria de su voluntad, nunca puede ser
engañado con respecto a sus motivos. El hombre, sin duda, por falta de cultivo
de la razón, al estar desprovisto de experiencia, se engaña con frecuencia
sobre los medios para llegar a este fin; a veces los medios que emplea son
desagradables para sus semejantes, porque son perjudiciales para sus intereses;
o bien aquellos de que se sirve parecen irracionales, porque lo alejan del fin
al que se aproximaría; pero cualesquiera que sean estos medios, tienen siempre
necesaria e invariablemente por objeto, una felicidad existente o imaginaria;
están dirigidas a conservarse en un estado análogo a su modo de existencia, a
su manera de sentir, a su manera de pensar; ya sea duradero o transitorio. Es
por haberse equivocado de esta verdad, que la mayor parte de los filósofos
morales han hecho más bien el romance que la historia del corazón humano; han
atribuido las acciones del hombre a causas ficticias; al menos no han buscado
los motivos necesarios de su conducta. Los políticos y los legisladores han
estado en el mismo estado de ignorancia; o bien los impostores han encontrado
mucho más corto emplear fuerzas motrices imaginarias que las que realmente
tienen existencia: han preferido hacer que el hombre se desvíe de su camino,
hacerlo temblar bajo fantasmas incómodos, que guiarlo a la virtud por medio de
la camino directo a la felicidad; no obstante la conformidad de éste con los
deseos naturales de su corazón. Tan cierto es queel error nunca puede ser útil
a la especie humana .
Sea como fuere, el hombre ve o cree ver mucho más
claramente la relación necesaria de los efectos con sus causas en la filosofía
natural que en el corazón humano; al menos ve en el primero que las causas
sensibles producen constantemente efectos sensibles, siempre los mismos, cuando
las circunstancias son semejantes. Después de esto, no vacila en considerar
necesarios los efectos físicos, mientras se niega a reconocer la necesidad en
los actos de la voluntad humana; éstos los ha atribuido, sin justa base, a una
fuerza motriz que actúa independientemente por su propia energía peculiar, que
es capaz de modificarse sin la concurrencia de causas exteriores, y que se
distingue de todos los seres materiales o físicos. Agriculturase basa en la
seguridad proporcionada por la experiencia de que la tierra, cultivada y
sembrada de cierta manera, cuando tiene las cualidades requeridas por lo demás,
proporcionará granos, frutos y flores, ya sea necesarios para la subsistencia o
agradables a los sentidos. Si las cosas fueran consideradas sin prejuicios, se
percibiría que en la educación moral no es más que la agricultura de la mente ;
que como la tierra, por razón de su disposición natural, del cultivo que se le
da, de las semillas con que se siembra, de las estaciones más o menos
favorables que la conducen a la madurez, podemos estar seguros de que el alma
producirá virtud o vicio; fruto moral que será saludable para el hombre o
nefasto para la sociedad. Moralidades la ciencia de las relaciones que
subsisten entre las mentes, las voluntades y las acciones de los hombres; del
mismo modo que la geometría es la ciencia de las relaciones que se dan entre
los cuerpos. La moral sería una quimera, no tendría principios ciertos, si no
estuviera fundada en el conocimiento de los motivos que necesariamente deben
influir sobre la voluntad humana, y que necesariamente deben determinar las
acciones de los seres humanos.
Si tanto en el mundo moral como en el físico, una
causa cuya acción no se interrumpe es necesariamente seguida por un efecto
dado, se sigue consecutivamente que una educación razonable, injertado en la
verdad, fundado en leyes sabias, que los principios honestos inculcados durante
la juventud, los ejemplos virtuosos expuestos continuamente, la estima
atribuida únicamente al mérito, la recompensa concedida sólo a las buenas
acciones, el desprecio que visita regularmente al vicio, la vergüenza que sigue
a la falsedad como su la sombra, los castigos rigurosos aplicados sin
distinción al delito, son causas que actuarían necesariamente sobre la voluntad
del hombre; eso determinaría a la mayor parte de su especie a exhibir la
virtud, a amarla por sí misma, a buscarla como el bien más deseable, como el
camino más seguro hacia la felicidad que tan ardientemente desea. Pero si, por
el contrario, la superstición, la política, el ejemplo, la opinión pública,
todos trabajan para tolerar la maldad, para entrenar al hombre en el vicio; si
en vez de avivar sus virtudes, sofocan los buenos principios; si, en lugar de
dirigir sus estudios a su favor, hacen que su educación sea inútil o
improductiva; si esta misma educación, en lugar de cimentarlo en la virtud,
sólo lo inocula en el vicio; si, en lugar de inculcarle la razón, le imbuye de
prejuicios; si, en lugar de enamorarlo de la verdad, le proporciona nociones
falsas; si en vez de atesorar su mente con justas ideas extraídas de la
experiencia, lo llena de peligrosas opiniones; si, en lugar de fomentar la
dulzura y la paciencia, enciende en su pecho sólo aquellas pasiones que son
incómodas para él y dañinas para los demás; debe ser de necesidad, que la
voluntad de la mayor parte los determine al mal; los hará indignos, los hará
nefastos para la sociedad. Muchos autores han reconocido la importancia de una
buena educación, que la juventud era la estación para alimentar el corazón
humano con dieta sana; pero no han sentido que una buena educación es
incompatible, más aún, imposible, con la superstición del hombre, ya que ésta
comienza por dar a su mente una falsa inclinación: que es igualmente
inconsistente con el gobierno arbitrario, porque éste siempre teme que se
ilumina, y está siempre diligente en volverlo servil, mezquino, despreciable y
servil; que es incongruente con leyes que no se fundan en la equidad, que
frecuentemente se fundan en la injusticia; que no puede obtenerse con aquellas
costumbres recibidas que se oponen al buen sentido; que no puede existir
mientras la opinión pública sea desfavorable a la virtud; sobre todo, que es
absurdo esperarlo de instructores incapaces, de maestros de mente débil,
quienes solo tienen la habilidad de infundir en sus eruditos esas ideas falsas
con las que ellos mismos están infectados. Aquí, sin duda, está la verdadera
fuente de donde brota esa corrupción universal, esa depravación tan extendida,
de la que los moralistas, con gran justicia, se quejan tan ruidosamente; sin
señalar, sin embargo, las causas del mal, que son verdaderas en cuanto
necesarias: en lugar de esto, lo buscan en la naturaleza humana, dicen que está
corrompida, culpan al hombre de amarse a sí mismo y de buscar su propia
felicidad , insiste en que debe tener asistencia sobrenatural, alguna
interferencia maravillosa, para permitirle llegar a ser bueno: esta es una
doctrina muy perjudicial para él, es directamente subversiva de su verdadera
felicidad; al enseñarle a despreciarse a sí mismo, tiende necesariamente a
desanimarlo; o lo vuelve lento, o lo lleva a la desesperación mientras espera
esta gracia: ¿no es fácil percibir que la tendría siempre si estuviera bien
educado; si fue gobernado honestamente? Bien no puede existir un sistema de
moral más salvaje o más extraño que el de los teólogos que atribuyen todo mal
moral a un pecado original, y todo bien moral al perdón de éste. No debería
despertar sorpresa si tal sistema no es de eficacia; ¿Cuál puede ser
razonablemente el resultado de tal hipótesis? Sin embargo, a pesar de la
supuesta y alardeada libre albedrío del hombre, se insiste en que nada menos
que el mismo Autor de la Naturaleza es necesario para destruir los malvados
deseos de su corazón: pero, ¡ay! ningún poder se encuentra suficientemente
eficaz para resistir esas infelices propensiones que, bajo la constitución
fatal de las cosas, los motivos más vigorosos, como antes se observó, se están
infundiendo continuamente en la voluntad del hombre; ningún organismo parece
competente para desviar el curso de esa desdichada dirección que éstos están
dando perpetuamente a la corriente de sus pasiones naturales. De hecho, se le
exhorta incesantemente a resistir estas pasiones, a sofocarlas y a arrancarlas
de su corazón; pero ¿no es evidente que son necesarios para su bienestar? ¿No
se puede percibir que son inherentes a su naturaleza? ¿No prueba la experiencia
que sean útiles a su conservación, ya que tienen por objeto, sólo evitar lo que
le puede ser nocivo; procurar lo que puede ser ventajoso para su modo de
existencia? En una palabra, ¿no es fácil ver que esas pasiones, bien dirigidas,
es decir, llevadas hacia objetos que son verdaderamente útiles, que son
realmente interesantes para él, que abrazan la felicidad de los demás,
contribuiría necesariamente al bienestar sustancial, permanente de la sociedad?
Los mismos teólogos han sentido, han reconocido la necesidad de las pasiones:
muchos de los padres de la iglesia han abordado esta doctrina; entre las demás,
el padre Senault ha escrito un libro expresamente sobre el tema: las pasiones
del hombre son como el fuego, a la vez necesarias a las necesidades de la vida,
adecuadas para mejorar la condición de la humanidad, e igualmente capaces de
producir los más terribles estragos, la devastación más espantosa.
Todo se convierte en un impulso de la voluntad; una
sola palabra basta con frecuencia para modificar a un hombre durante todo el
curso de su vida, para decidir para siempre sus propensiones; un niño que se ha
quemado el dedo por haberlo acercado demasiado a la llama de un cirio
encendido, es advertido desde allí que debe abstenerse de caer en una tentación
similar; un hombre, una vez castigado y despreciado por haber cometido una
acción deshonesta, no se ve tentado a menudo a seguir un curso tan desfavorable.
Cualquiera que sea el punto del hombre que se considere, nunca actúa sino según
el impulso dado a su voluntad, ya sea por la voluntad de otros, o por causas
físicas más perceptibles. La organización particular decide la naturaleza del
impulso; las almas actúan sobre las almas que son análogas; imaginaciones
inflamadas y ardientes, actúan con facilidad sobre las pasiones fuertes; sobre
imaginaciones fáciles de inflamar, el sorprendente progreso del entusiasmo; la
propagación hereditaria de la superstición; la transmisión de los errores
religiosos de raza en raza, el ardor excesivo con que el hombre se apodera de
lo maravilloso, son efectos tan necesarios como los que resultan de la acción y
reacción de los cuerpos.
A pesar de las ideas gratuitas que el hombre se ha
formado sobre sí mismo en su pretendido libre albedrío; desafiando las
ilusiones de este supuesto sentido íntimo que, contrariamente a su experiencia,
lo persuade de que es dueño de su voluntad, todas sus instituciones se basan
realmente en la necesidad: en esto, como en una variedad de otras ocasiones ,
la práctica deja de lado la especulación. En efecto, si no se creyera que
ciertos motivos encierran el poder necesario para determinar la voluntad del hombre,
para detener el progreso de sus pasiones, para dirigirlas hacia un fin, para
modificarlo; ¿De qué serviría la facultad de hablar? ¿Qué beneficio podría
derivarse de la educación misma? ¿Qué logra la educación, sino dar el primer
impulso a la voluntad humana, hacer que el hombre adquiera hábitos, obligarlo a
persistir en ellos, proporcionarle motivos, sean verdaderos o falsos, actuar de
una manera dada? Cuando el padre amenaza a su hijo con un castigo o le promete
una recompensa, ¿no está convencido de que estas cosas actuarán según su
voluntad? ¿Qué pretende la legislación, sino presentar a los ciudadanos de un
Estado aquellos motivos que se suponen necesarios para determinarlos a realizar
algunas acciones que se consideran dignas; abstenerse de cometer otros que se
consideran indignos? ¿Cuál es el objeto de la moral, si no es mostrar al hombre
que su interés le exige que suprima la ebullición momentánea de sus pasiones,
con miras a promover una felicidad más segura, un bienestar más duradero, que
el que posiblemente pueda resultar de la gratificación de sus deseos
transitorios? ¿No supone la religión de todos los países que el género humano,
junto con toda la Naturaleza, sometidos a la voluntad irresistible de un ser
necesario, que regula su condición según las leyes eternas de la sabiduría
inmutable? ¿No es Dios el dueño absoluto de su destino? ¿No es este ser divino
el que elige y rechaza? Los anatemas que fulmina la religión, las promesas que
encierra, ¿no se basan en la idea de los efectos que necesariamente producirán
sobre la humanidad? ¿No es el hombre traído a la existencia sin su propio
conocimiento? ¿No está obligado a desempeñar un papel contra su voluntad? ¿No
depende su felicidad o su miseria del papel que representa? ¿No se basan en la
idea de los efectos que necesariamente producirán sobre la humanidad? ¿No es el
hombre traído a la existencia sin su propio conocimiento? ¿No está obligado a
desempeñar un papel contra su voluntad? ¿No depende su felicidad o su miseria
del papel que representa? ¿No se basan en la idea de los efectos que
necesariamente producirán sobre la humanidad? ¿No es el hombre traído a la
existencia sin su propio conocimiento? ¿No está obligado a desempeñar un papel
contra su voluntad? ¿No depende su felicidad o su miseria del papel que
representa?
All religion has been evidently founded upon
Fatalism. Among the Greeks they supposed men were punished for their necessary
faults, as may be seen in Orestes, in Oedipus, &c. who only committed
crimes predicted by the oracles. It is rather singular that the theological
defenders of the doctrine of free-agency, which they endeavour to oppose to
that of predestination,—which according to them is irreconcileable with
Christianity, inasmuch as it is a false and dangerous system,—should not have
been aware that the doctrines of the fall of angels, original sin, the small
number of the elect, the system of grace, &c. were most incontestibly
supporting, by the most cogent arguments, a true system of fatalism.
Education, then, is only necessity shewn to
children: legislation is necessity shewn to the members of the body politic: morals
is the necessity of the relations subsisting between men, shewn to reasonable
beings: in short, man grants necessity in every thing for which he believes he
has certain, unerring experience: that of which he does not comprehend the
necessary connection of causes with their effects he styles probability: he
would not act as he does, if he was not convinced, or, at least, if he did not
presume he was, that certain effects will necessarily follow his actions. The
moralist preaches reason, because he believes it necessary to man: the
philosopher writes, because he believes truth must, sooner or later, prevail
over falsehood: tyrants and fanatical priests necessarily hate truth, despise
reason, because they believe them prejudicial to their interests: the
sovereign, who strives to terrify crime by the severity of his laws, but who
nevertheless, from motives of state policy sometimes renders it useful and even
necessary to his purposes, presumes the motives he employs will be sufficient
to keep his subjects within bounds. All reckon equally upon the power or upon
the necessity of the motives they make use of; each individual flatters
himself, either with or without reason, that these motives will have an
influence on the conduct of mankind. The education of man is commonly so
defective, so inefficacious, so little calculated to promote the end he has in
view, because it is regulated by prejudice: even when this education is good,
it is but too often speedily counteracted, by almost every thing that takes place
in society. Legislation and politics are very frequently iniquitous, and serve
no better purpose than to kindle passions in the bosom of man, which once set
afloat, they are no longer competent to restrain. The great art of the moralist
should be, to point out to man, to convince those who are entrusted with the
sacred office of regulating his will, that their interests are identified; that
their reciprocal happiness depends upon the harmony of their passions; that the
safety, the power, the duration of empires, necessarily depend on the good
sense diffused among the individual members; on the truth of the notions
inculcated in the mind of the citizens, on the moral goodness that is sown in
their hearts, on the virtues that are cultivated in their breasts; religion
should not be admissible, unless it truly fortified, unless it really
strengthened these motives. But in the miserable state into which error has
plunged a considerable portion of the human species, man, for the most part, is
seduced to be wicked: he injures his fellow-creature as a matter of conscience,
because the strongest motives are held out to him to be persecuting; because
his institutions invite him to the commission of evil, under the lure of
promoting his own immediate happiness. In most countries superstition renders
him a useless being, makes him an abject slave, causes him to tremble under its
terrors, or else turns him into a furious fanatic, who is at once cruel,
intolerant, and inhuman: in a great number of states arbitrary power crushes
him, obliges him to become a cringing sycophant, renders him completely
vicious: in those despotic states the law rarely visits crime with punishment,
except in those who are too feeble to oppose its course? or when it has become
incapable of restraining the violent excesses to which a bad government gives
birth. In short, rational education is neglected; a prudent culture of the
human mind is despised; it depends, but too frequently, upon bigotted,
superstitious priests, who are interested in deceiving man, and who are
sometimes impostors; or else upon parents or masters without understanding, who
are devoid of morals, who impress on the ductile mind of their scholars those
vices with which they are themselves tormented; who transmit to them the false
opinions, which they believe they have an interest in making them adopt.
All this proves the necessity of falling back to
man's original errors, and recurring to the primitive source of his wanderings,
if it be seriously intended to furnish him with suitable remedies for such
enormous maladies: it is useless to dream of correcting his mistakes, of curing
him of his depravity, until the true causes that move his will are unravelled;
until more real, more beneficial, more certain motives are substituted for
those which are found so inefficacious; which prove so dangerous both to society
and to himself. It is for those who guide the human will, who regulate the
condition of nations, who hold the real happiness of man in their grasp, to
seek after these motives,—with which reason will readily furnish them—which
experience will enable them to apply with success: even a good book, by
touching the heart of a great prince, may become a very powerful cause that
shall necessarily have an influence over the conduct of a whole people, and
decide upon the felicity of a portion of the human race.
From all that has been advanced in this chapter, it
results, that in no one moment of his existence man is a free agent: he is not
the architect of his own conformation; this he holds from Nature, he has no
controul over his own ideas, or over the modification of his brain; these are
due to causes, that, in despite of him, very frequently without his own
knowledge, unceasingly act upon him; he is not the master of not loving that
which he finds amiable; of not coveting that which appears to him desirable; he
is not capable of refusing to deliberate, when he is uncertain of the effects
certain objects will produce upon him; he cannot avoid choosing that which he
believes will be most advantageous to him: in the moment when his will is
determined by his choice, he is not competent to act otherwise than he does: in
what instance, then, is he the master of his own actions? In what moment is he
a free agent?
That which a man is about to do is always a
consequence of that which he has been—of that which he is—of that which he
has done up to the moment of the action: his total and actual existence,
considered under all its possible circumstances, contains the sum of all the
motives to the action he is about to commit; this is a principle, the truth of
which no thinking, being will be able to refuse accrediting: his life is a
series of necessary moments; his conduct, whether good or bad, virtuous or
vicious, useful or prejudicial, either to himself or to others, is a
concatenation of action, a chain of causes and effects, as necessary as all the
moments of his existence. To live, is to exist in a necessary mode during the
points of its duration, which succeed each other necessarily: to will, is to
acquiesce or not in remaining such as he is: to be free, is to yield to the
necessary motives that he carries within himself.
If he understood the play of his organs, if he was
able to recal to himself all the impulsions they have received, all the
modifications they have undergone, all the effects they have produced, he would
perceive, that all his actions are submitted to that fatality which regulates
his own particular system, as it does the entire system of the universe: no one
effect in him, any more than in Nature, produce itself by chance; this, as has
been before proved, is a word void of sense. All that passes in him, all that
is done by him, as well as all that happens in Nature, or that is attributed to
her, is derived from necessary laws, which produce necessary effects; from
whence necessarily flow others.
Fatality is the eternal, the immutable, the
necessary order established in Nature, or the indispensible connection of
causes that act with the effects they operate. Conforming to this order, heavy
bodies fall, light bodies rise; that which is analogous in matter, reciprocally
attracts; that which is heterogeneous, mutually repels; man congregates himself
in society, modifies each his fellow, becomes either virtuous or wicked; either
contributes to his mutual happiness, or reciprocates his misery; either loves
his neighbour, or hates his companion necessarily; according to the manner in
which the one acts upon the other. From whence it may be seen, that the same
necessity which regulates the physical, also regulates the moral world: in
which every thing is in consequence submitted to fatality. Man, in running
over, frequently without his own knowledge, often in despite of himself, the
route which Nature has marked out for him, resembles a swimmer who is obliged
to follow the current that carries him along; he believes himself a free agent,
because he sometimes consents, sometimes does not consent, to glide with the
stream; which, notwithstanding, always hurries him forward; he believes himself
the master of his condition, because he is obliged to use his arms under the
fear of sinking.
The false ideas he has formed to himself upon
free-agency, are in general thus founded: there are certain events which he
judges necessary; either because he sees they are effects that are constantly,
are invariably linked to certain causes, which nothing seems to prevent; or
because he believes he has discovered the chain of causes and effects that is
put in play to produce those events: whilst he contemplates as contingent,
other events, of whose causes he is ignorant; the concatenation of which he does
not perceive; with whose mode of acting he is unacquainted: but in Nature,
where every thing is connected by one common bond, there exists no effect
without a cause. In the moral as well as in the physical world, every thing
that happens is a necessary consequence of causes, either visible or concealed;
which are, of necessity, obliged to act after their peculiar essences. In man,
free-agency is nothing more than necessity contained within himself.
CHAP. XII.
An examination of the Opinion which pretends that
the System of Fatalism is dangerous.
For a being whose essence obliges him to have a
constant tendency to his own conservation, to continually seek to render
himself happy, experience is indispensible: without it he cannot discover
truth, which is nothing more, as has been already said, than a knowledge of the
constant relations which subsist between man, and those objects that act upon
him; according to his experience he denominates those that contribute to his
permanent welfare useful and salutary; those that procure him pleasure, more or
less durable, he calls agreeable. Truth itself becomes the object of his
desires, only when he believes it is useful; he dreads it, whenever he presumes
it will injure him. But has truth the power to injure him? Is it possible that
evil can result to man from a correct understanding of the relations he has
with other beings? Can it be true, that he can be harmed by becoming acquainted
with those things, of which, for his own happiness, he is interested in having
a knowledge? No: unquestionably not. It is upon its utility that truth founds
its worth; upon this that it builds its rights; sometimes it may be
disagreeable to individuals—it may even appear contrary to their
interests—but it will ever be beneficial to them in the end; it will always
be useful to the whole human species; it will eternally benefit the great bulk
of mankind; whose interests must for ever remain distinct from those of men,
who, duped by their own peculiar passions, believe their advantage consists in
plunging others into error.
Utility, then, is the touchstone of his systems,
the test of his opinions, the criterion of the actions of man; it is the
standard of the esteem, the measure of the love he owes to truth itself: the
most useful truths are the most estimable: those truths which are most
interesting for his species, he styles eminent; those of which the utility
limits itself to the amusement of some individuals who have not correspondent
ideas, similar modes of feeling, wants analogous to his own, he either
disdains, or else calls them barren.
It is according to this standard, that the
principles laid down in this work, ought to be judged. Those who are acquainted
with the immense chain of mischief produced on the earth by erroneous systems
of superstition, will acknowledge the importance of opposing to them systems
more accordant with truth, schemes drawn from Nature, sciences founded on
experience. Those who are, or believe they are, interested in maintaining the
established errors, will contemplate, with horror, the truths here presented to
them: in short, those infatuated mortals, who do not feel, or who only feel
very faintly, the enormous load of misery brought upon mankind by metaphysical
speculation; the heavy yoke of slavery under which prejudice makes him groan,
will regard all our principles as useless; or, at most, as sterile truths,
calculated to amuse the idle hours of a few speculators.
No astonishment, therefore, need be excited at the
various judgments formed by man: his interests never being the same, any more
than his notions of utility, he condemns or disdains every thing that does not
accord with his own peculiar ideas. This granted, let us examine, if in the
eyes of the disinterested man, who is not entangled by prejudice—who is
sensible to the happiness of his species—who delights in truth—the doctrine
of fatalism be useful or dangerous? Let us see if it is a barren speculation,
that his not any influence upon the felicity of the human race? At has been
already shewn, that it will furnish morals with efficacious arguments, with
real motives to determine the will, supply politics with the true lever to
raise the proper activity in the mind of man. It will also be seen that it
serves to explain in a simple manner the mechanism of man's actions; to
develope in an easy way the arcana of the most striking phenomena of the human
heart: on the other hand, if his ideas are only the result of unfruitful
speculations, they cannot interest the happiness of the human species. Whether
he believes himself a free agent, or whether he acknowledges the necessity of
things, he always equally follows the desires imprinted on his soul; which are to
preserve his existence and render himself happy. A rational education, honest
habits, wise systems, equitable laws, rewards uprightly distributed,
punishments justly inflicted, will conduct man to happiness by making him
virtuous; while thorny speculations, filled with difficulties, can at most only
have an influence over persons unaccustomed to think.
After these reflections, it will be very easy to
remove the difficulties that are unceasingly opposed to the system of fatalism,
which so many persons, blinded by their superstitious prejudices, are desirous
to have considered as dangerous—as deserving of punishment—as calculated to
disturb public tranquility—as tending to unchain the passions—to undermine
the opinions man ought to have; and to confound his ideas of vice and of
virtue.
The opposers of necessity, say, that if all the
actions of man are necessary, no right whatever exists to punish bad ones, or
even to he angry with those who commit them: that nothing ought to be imputed
to them; that the laws would be unjust if they should decree punishment for
necessary actions; in short, that under this system man could neither have
merit nor demerit. In reply, it may be argued, that, to impute an action to any
one, is to attribute that action to him; to acknowledge him for the author: thus,
when even an action was supposed to be the effect of an agent, and that agent
necessity, the imputation would lie: the merit or demerit, that is ascribed to
an action are ideas originating in the effects, whether favourable or
pernicious, that result to those who experience its operation; when, therefore,
it should be conceded, that the agent was necessity, it is not less certain,
that the action would be either good or bad; estimable or contemptible, to
those who must feel its influence; in short that it would be capable of either
eliciting their love, or exciting their anger. Love and anger are modes of
existence, suitable to modify, beings of the human species: when, therefore,
man irritates himself against his fellow, he intends to excite his fear, or
even to punish him, in order to deter him from committing that which is
displeasing to him. Moreover his anger is necessary; it is the result of his
Nature; the consequence of his temperament. The painful sensation produced by a
stone that falls on the arm, does not displease the less, because it comes from
a cause deprived of will; which acts by the necessity of its Nature. In
contemplating man as acting necessarily, it is impossible to avoid
distinguishing that mode of action or being which is agreeable, which elicits
approbation, from that which is afflicting, which irritates, which Nature
obliges him to blame and to prevent. From this it will be seen, that the system
of fatalism, does not in any manner change the actual state of things, and is
by no means calculated to confound man's ideas of virtue and vice.
Man's Nature always revolts against that which
opposes it: there are men so choleric, that they infuriate themselves even
against insensible and inanimate objects; reflection on their own impotence to
modify these objects ought to conduct them back to reason. Parents are
frequently very much to be blamed for correcting their children with anger:
they should be contemplated as beings who are not yet modified; or who have,
perhaps, been very badly modified by themselves: nothing is more common in
life, than to see men punish faults of which they are themselves the cause.
Laws are made with a view to maintain society; to
uphold its existence; to prevent man associated, from injuring his neighbour;
they are therefore competent to punish those who disturb its harmony, or those
who commit actions that are injurious to their fellows; whether these
associates may be the agents of necessity, or whether they are free agents, it
suffices to know they are susceptible of modification, and are therefore
submitted to the operation of the law. Penal laws are, or ought to be, those motives
which experience has shewn capable of restraining the inordinate passions of
man, or of annihilating the impulse these passions give to his will; from
whatever necessary cause man may derive these passions, the legislator proposes
to arrest their effect, when he takes suitable means, when he adopts proper
methods, he is certain of success. The Judge, in decreeing to crime, gibbets,
tortures, or any other chastisement whatever, does nothing more than is done by
the architect, who in building a house, places gutters to carry off the rain,
and prevent it from sapping the foundation.
Whatever may be the cause that obliges man to act,
society possesses the right to crush the effects, as much as the man whose land
would be ruined by a river, has to restrain its waters by a bank: or even, if
he is able, to turn its course. It is by virtue of this right that society has
the power to intimidate, the faculty to punish, with a view to its own
conservation, those who may be tempted to injure it; or those who commit
actions which are acknowledged really to interrupt its repose; to be inimical
to its security; repugnant to its happiness.
It will, perhaps, be argued, that society does not,
usually, punish those faults in which the will has no share; that, in fact, it
punishes the will alone; that this it is which decides the nature of the crime,
and the degree of its atrocity; that if this will be not free, it ought not to
be punished. I reply, that society is an assemblage of sensible beings,
susceptible of reason, who desire their own welfare; who fear evil, and seek
after good. These dispositions enable their will to be so modified or determined,
that they are capable of holding such a conduct as will conduce to the end they
have in view. Education, the laws, public opinion, example, habit, fear, are
the causes that must modify associated man, influence his will, regulate his
passions, restrain the actions of him who is capable of injuring the end of his
association, and thereby make him concur to the general happiness. These causes
are of a nature to make impressions on every man, whose organization, whose
essence, whose sanity, places him in a capacity to contract the habits, to
imbibe the modes of thinking, to adopt the manner of acting, with which society
is willing to inspire him. All the individuals of the human species are
susceptible of fear, from whence it flows as a natural consequence, that the
fear of punishment, or the privation of the happiness he desires, are motives
that must necessarily more or less influence his will, and regulate his
actions. If the man is to be found who is so badly constituted as to resist,
whose organization is so vicious as to be insensible to those motives which
operate upon all his fellows, he is not fit to live in society; he would
contradict the very end of his association: he would be its enemy; he would
place obstacles to its natural tendency; his rebellious disposition, his
unsociable will, not being susceptible of that modification which is convenient
to his own true interests and to the interests of his fellow-citizens; these
would unite themselves against such an enemy; and the law which is, or ought to
be the expression of the general will, would visit with condign punishment that
refractory individual upon whom the motives presented to him by society, had
not the effect which it had been induced to expect: in consequence, such an
unsociable man would be chastised; he would be rendered miserable, and
according to the nature of his crime he would be excluded from society as a
being but little calculated to concur in its views.
If society has the right to conserve itself, it has
also the right to take the means: these means are the laws which present or
ought to present to the will of man those motives which are most suitable to
deter him from committing injurious actions. If these motives fail of the
proper effect, if they are unable to influence him, society, for its own
peculiar good, is obliged to wrest from him the power of doing it further
injury. From whatever source his actions may arise, therefore, whether they are
the result of free-agency, or whether they are the offspring of necessity,
society coerces him if, after having furnished him with motives, sufficiently
powerful to act upon reasonable beings, it perceives that these motives have
not been competent to vanquish his depraved nature. It punishes him with
justice, when the actions from which it dissuades him are truly injurious to
society; it has an unquestionable right to punish, when it only commands those
things that are conformable to the end proposed by man in his association; or
defends the commission of those acts, which are contrary to this end; which are
hostile to the nature of beings associated for their reciprocal advantage. But,
on the other hand, the law has not acquired the right to punish him: if it has
failed to present to him the motives necessary to have an influence over his
will, it has not the right to coerce him if the negligence of society has
deprived him of the means of subsisting; of exercising his talents; of exerting
his industry; of labouring for its welfare. It is unjust, when it punishes
those to whom it has, neither given an education, nor honest principles; whom
it has not enabled to contract habits necessary to the maintenance of society:
it is unjust when it punishes them for faults which the wants of their nature,
or the constitution of society has rendered necessary to them: it is unjust, it
is irrational, whenever it chastises them for having followed those
propensities, which example, which public opinion, which the institutions, which
society itself conspires to give them. In short, the law is defective when it
does not proportion the punishment to the real evil which society has
sustained. The last degree of injustice, the acme of folly is, when society is
so blinded as to inflict punishment on those citizens who have served it
usefully.
The penal laws, in exhibiting terrifying objects to
man, who must be supposed susceptible of fear, presents him with motives
calculated to have an influence over his will. The idea of pain, the privation
of liberty, the fear of death, are, to a being well constituted, in the full
enjoyment of his faculties, very puissant obstacles, that strongly oppose
themselves to the impulse of his unruly desires: when these do not coerce his
will, when they fail to arrest his progress, he is an irrational being; a madman;
a being badly organized; against whom society has the right to guarantee
itself; against whom it has a right to take measures for its own security.
Madness is, without doubt, an involuntary, a necessary state; nevertheless, no
one feels it unjust to deprive the insane of their liberty, although their
actions can only be imputed to the derangement of their brain. The wicked are
men whose brain is either constantly or transitorily disturbed; still they must
be punished by reason of the evil they commit; they must always be placed in
the impossibility of injuring society: if no hope remains of bringing them back
to a reasonable conduct—if every prospect of recalling them to their duty has
vanished—if they cannot be made to adopt a mode of action conformable to the
great end of association—they must be for ever excluded its benefits.
No será necesario examinar aquí hasta qué punto
pueden llevarse razonablemente los castigos que la sociedad inflige a quienes
la ofenden. La razón debería parecer indicar que la ley debe mostrar a los
delitos necesarios del hombre, toda la indulgencia que sea compatible con la
conservación de la sociedad. El sistema del fatalismo, como hemos visto, no
deja impune el delito; pero está, por lo menos, calculada para moderar la
barbarie con que cierto número de naciones castigan a las víctimas a su ira.
Esta crueldad se vuelve aún más absurda cuando la experiencia ha demostrado su
inutilidad: el hábito de presenciar castigos feroces familiariza a los
criminales con la idea. Si es verdad que la sociedad tiene el derecho de quitar
la vida a sus miembros, si es realmente un hecho que la muerte de un criminal,
en adelante inútil, puede ser ventajoso para la sociedad, que habrá que
examinar, la humanidad, por lo menos, exige que esta muerte no vaya acompañada
de inútiles torturas; con las que las leyes, quizá demasiado rigurosas en este
caso, parecen con frecuencia deleitarse en abrumar a su víctima. Esta crueldad
parece derrotar su propio fin, sólo sirve para hacer sufrir al culpable, que es
inmolado a la venganza pública, sin beneficio alguno para la sociedad; mueve la
compasión del espectador, lo interesa a favor del miserable delincuente que
gime bajo su peso; no impresiona nada en el impío, sino la vista de aquellas
crueldades destinadas a él mismo; lo que, con demasiada frecuencia, lo vuelve
más feroz, más cruel, más enemigo de sus asociados: si el ejemplo de la muerte
fuera menos frecuente, aun sin ir acompañada de torturas, sería más eficaz. Si
se consultara la experiencia, se encontraría que la mayor parte de los
delincuentes sólo ven la muerte como unmal cuarto de hora . Es un hecho
indudable que un ladrón, viendo a uno de sus compañeros mostrar falta de
firmeza bajo el castigo, le dijo: "¿No es esto lo que te he dicho muchas
veces, que en nuestro negocio tenemos un mal más que el resto de la humanidad?"Los
robos se cometen a diario, incluso al pie de los cadalsos donde se castiga a
los delincuentes. En aquellas naciones donde la pena de muerte se aplica con
tanta ligereza, se ha prestado suficiente atención al hecho de que la sociedad
se ve privada cada año de un gran número de individuos que podrían prestarle un
servicio muy útil, si se les hiciera trabajar, y así indemnizar a la comunidad
por los daños que han cometido? La facilidad con que se quita la vida a los
hombres, prueba la incapacidad de los consejeros; es una evidencia de la
negligencia de los legisladores: les resulta un camino mucho más corto, que les
da menos trabajo destruir a los ciudadanos que buscar los medios para hacerlos
mejores.
¿Qué se dirá de la injusta crueldad de algunas
naciones, en las que la ley, que debe tener por objeto el provecho de todos,
parece hecha sólo para la seguridad de los más poderosos? ¿Cómo dar cuenta de
la inhumanidad de esas sociedades, en las que los castigos más
desproporcionados con el crimen, quitan sin piedad la vida de los hombres, a
quienes la más urgente necesidad, la terrible alternativa de morir de hambre en
una tierra de abundancia, ha obligado a convertirse en ¿delincuente? Es así que
en gran número de naciones civilizadas, la vida del ciudadano se coloca en la
misma balanza que el dinero; ¡Que el infeliz que perece de hambre, que se
retuerce bajo la miseria más abyecta, sea condenado a muerte por haber tomado
una porción lastimosa de lo superfluo de otro a quien ve rodar en abundancia!
Es esto que,justicia , o hacer el castigo acorde con el crimen.
Que el hombre de la humanidad, cuyos tiernos
sentimientos están vivos para el bienestar de su especie, que el moralista, que
predica la virtud, que ofrece paciencia al hombre, que el filósofo, que se
sumerge en los secretos de la Naturaleza, que el El mismo teólogo dice, si esta
espantosa iniquidad, este atroz pecado, no se hace aún más clamoroso, cuando
las leyes decretan los más crueles suplicios por los crímenes que engendraron
las más irracionales costumbres, que las malas instituciones engendran, que los
malos ejemplos multiplican. ? ¿No es esto algo así como construir una choza
lamentable e inconveniente, y luego castigar al habitante, porque no encuentra
todas las comodidades de la mansión más completa, de la estructura más acabada?
El hombre, como no se puede repetir con demasiada frecuencia, es tan propenso
al mal sólo porque todo parece impulsarlo a cometerlo, mostrándole con
demasiada frecuencia el vicio triunfante: su educación es nula en un gran
número de estados, tal vez defectuosa en casi todos; en muchos lugares no
recibe de la sociedad otros principios, salvo los de una superstición
ininteligible; que no hacen más que una débil barrera contra aquellas
propensiones que son excitadas por modales disolutos; que son alentados por
ejemplos corruptos: en vano la ley le clama: "abstente de los bienes de tu
prójimo"; sus necesidades, más poderosas, le declaran en voz alta que debe
vivir: no acostumbrado a la razón, sin haber estado nunca sometido a una sana
disciplina, concibe que debe hacerlo a expensas de una sociedad que no ha hecho
nada por él: que lo condena gemir en la miseria, languidecer en la indigencia:
frecuentemente privado de las necesidades comunes requeridas para sostener su
existencia, que es su esencia, de la que no es dueño, le obliga a conservar. Se
compensa con el robo, se venga con el asesinato, se convierte en saqueador de
profesión, asesino de oficio; se sumerge en el crimen y busca, arriesgando su
vida, satisfacer esas necesidades, reales o imaginarias, que todo lo que lo
rodea conspira para dar a luz. Privado de educación, no se le ha enseñado a
refrenar la furia de su temperamento, a guiar sus pasiones con discreción, a
refrenar sus inclinaciones. Sin ideas de decoro, desprovisto de los verdaderos
principios del honor, se dedica a actividades criminales que lesionan a su
patria: que a la vez no ha sido para él más que una madrastra. En el paroxismo
de su rabia, en la exacerbación de su mente, pierde de vista los derechos del
prójimo, pasa por alto el patíbulo, olvida la tortura; sus deseos rebeldes se
han vuelto demasiado potentes, han absorbido por completo su mente; por una
indulgencia criminal han dado una inveteración a sus hábitos que le impiden
cambiarlos; la pereza lo ha vuelto aletargado: el remordimiento ha roído su
paz; la desesperación lo ha dejado ciego; se precipita hacia la muerte; y la
sociedad se ve obligada a castigarlo rigurosamente por esas fatales, esas
necesarias disposiciones, que tal vez ella misma ha engendrado en su corazón
por el mal ejemplo: o que, al menos, no se ha tomado la molestia oportuna de
desarraigar; a lo que ha olvidado oponerse con motivos adecuados, por aquellos
calculados para darle principios honestos, para excitarlo a hábitos laboriosos,
para imbuirlo de inclinaciones virtuosas. Así, la sociedad castiga con
frecuencia aquellas propensiones de las que ella misma es autora,
Por injusta, por irrazonable que pueda ser o
parecer esta conducta, no por ello es menos necesaria: la sociedad, tal como
es, cualquiera que sea su corrupción, cualesquiera que sean los vicios que
puedan impregnar sus instituciones, como todo lo demás en la Naturaleza, es
dispuesto a subsistir; tiende a conservarse: en consecuencia, está obligado a
castigar los excesos que ha producido su propia constitución viciosa: a pesar
de sus peculiares prejuicios, a pesar de sus vicios, siente convincentemente que
su propia seguridad inmediata exige que debe destruir las conspiraciones de
aquellos que hacen la guerra contra su tranquilidad: si éstos, apresurados por
la corriente fétida de sus propensiones necesarias, perturban su reposo; si,
llevados por la corriente de sus deseos mal dirigidos, dañan sus intereses,
esto siguiendo la ley natural , lo que la obliga a trabajar para su peculiar
conservación, las saca de su camino; los castiga con más o menos rigor, según
los objetos a los que da mayor importancia, o que supone más adecuados para
favorecer su propio y peculiar bienestar: sin duda, se engaña con frecuencia,
tanto en estos objetos como en los medios; pero se engaña a sí mismo
necesariamente, por falta del conocimiento calculado para iluminarlo, con
respecto a sus verdaderos intereses; por falta de aquellos que regulan sus
movimientos poseyendo la debida vigilancia, talentos adecuados, la virtud
requerida. De esto se verá que la injusticia de una sociedad mal constituida y
cegada por sus prejuicios es tan necesaria como los crímenes de aquellos por
quienes es hostilmente atacada, por cuyos vicios es distraída. El cuerpo
político,
Todavía se dirá que estas máximas, sometiendo todo
a la necesidad, deben confundir, o incluso destruir, las nociones que el hombre
se forma de la justicia y la injusticia; del bien y del mal; de mérito y
demérito: lo niego. Aunque el hombre, en todo lo que hace, actúa
necesariamente, sus acciones son buenas, son justas, son meritorias, siempre
que tiendan a la utilidad real de sus semejantes; de la sociedad de la que
forma parte: se distinguen necesariamente de las que son realmente
perjudiciales para el bienestar de sus asociados. La sociedad es justa, es
buena, es digna de nuestra reverencia, cuando procura a todos sus miembros sus
necesidades físicas, cuando les brinda protección, cuando asegura su libertad,
cuando los pone en posesión de sus derechos naturales. En esto consiste toda la
felicidad de que es susceptible el pacto social: la sociedad es injusta, es
mala, es indigna de nuestra estima, cuando es parcial para unos pocos, cuando
es cruel para la mayoría: es luego que multiplica sus enemigos, los obliga a
vengarse con acciones criminales que se ve en la necesidad de castigar. No es
de los caprichos de la sociedad política de lo que dependen las verdaderas
nociones de justicia e injusticia, las ideas correctas del bien y el mal
morales, una justa apreciación del mérito y el demérito; está sobre No es de
los caprichos de la sociedad política de lo que dependen las verdaderas
nociones de justicia e injusticia, las ideas correctas del bien y el mal
morales, una justa apreciación del mérito y el demérito; está sobre No es de
los caprichos de la sociedad política de lo que dependen las verdaderas
nociones de justicia e injusticia, las ideas correctas del bien y el mal
morales, una justa apreciación del mérito y el demérito; está sobreutilidad,
sobre la necesidad de las cosas, que obliga siempre al hombre a sentir que
existe un modo de actuar en el que se apoya implícitamente, que está obligado a
venerar, que no puede dejar de aprobar ni en sus semejantes, ni en sí mismo, ni
en la sociedad: mientras que hay otro modo al que no puede prestar su
confianza, que su naturaleza le hace odiar, que sus sentimientos le obligan a
condenar. Es sobre su propia esencia peculiar que el hombre funda sus ideas del
placer y del dolor, del bien y del mal, del vicio y de la virtud: la única
diferencia entre estos es que el placer y el dolor los hacen sentir
instantáneamente en su cerebro. ; se vuelve consciente de su existencia en el
acto; en su lugar, las ventajas que le corresponden de la justicia, el
beneficio que obtiene de la virtud, con frecuencia no se manifiestan sino
después de un largo tren de reflexiones, después de una experiencia
multiplicada y una atención complicada; que muchos, ya sea por un defecto en su
conformación, o por la peculiaridad de las circunstancias en que se colocan, se
ven impedidas de hacer, o al menos de hacer correctamente.
Por una consecuencia necesaria de esta
perogrullada, el sistema del fatalismo, aunque ha sido frecuentemente acusado,
no tiende a alentar al hombre en el crimen, a hacer desaparecer el
remordimiento de su mente. Sus propensiones deben atribuirse a su naturaleza;
el uso que hace de sus pasiones depende de sus hábitos, de sus opiniones, de
las ideas que ha recibido en su educación; en los ejemplos presentados por la
sociedad en la que vive. Estas cosas son las que necesariamente deciden su
conducta. Así, cuando su temperamento lo hace susceptible de fuertes pasiones,
es violento en sus deseos, cualesquiera que sean sus especulaciones.
Remordimientoes el sentimiento doloroso excitado en
él por el dolor, causado ya sea por el efecto inmediato o probable futuro de
sus pasiones consentidas: si estos efectos le fueran siempre útiles, no
experimentaría remordimiento; pero, tan pronto como está seguro de que sus
acciones lo hacen odioso, que sus pasiones lo hacen despreciable; o, tan pronto
como teme ser castigado de un modo u otro, se inquieta, se descontenta consigo
mismo, se reprocha su propia conducta, se siente avergonzado, teme el juicio de
aquellos seres cuyo afecto siente. ha aprendido a estimar, en cuya buena
voluntad encuentra profundamente interesado su propio bienestar. Su experiencia
le prueba que el malvado es odioso para todos aquellos sobre quienes sus
acciones tienen alguna influencia: si estas acciones se ocultan en el momento
de su comisión, él sabe que muy pocas veces sucede que permanecen así para
siempre. La menor reflexión lo convence de que no hay hombre malvado que no se
avergüence de su propia conducta, que esté verdaderamente contento consigo
mismo, que no envidie la condición del hombre bueno, que no esté obligado a
reconocer que ha pagado muy caro aquellas ventajas de las que nunca es capaz de
gozar, sin experimentar las más molestas sensaciones, sin hacerse los más amargos
reproches a sí mismo; entonces se siente avergonzado, se desprecia a sí mismo,
se odia a sí mismo, su conciencia se alarma, el remordimiento le sigue la
corriente. Para estar convencidos de la verdad de este principio, sólo es
necesario fijar la vista en las precauciones extremas que los tiranos y
villanos, que por lo demás son lo suficientemente poderosos como para no temer
el castigo del hombre, toman para evitar la exposición; –hasta qué extremos
llevan sus crueldades contra unos, hasta qué mezquindades rebajan a otros de
aquellos que son capaces de oponerlos al escarnio público. ¿No tienen, pues,
conciencia de sus propias iniquidades? ¿No saben que son odiosos y
despreciables? ¿No tienen remordimiento? ¿Es feliz su condición? Las personas bien
educadas adquieren estos sentimientos en su educación; que son fortalecidos o
debilitados por la opinión pública, por el hábito o por los ejemplos que se les
presentan. En una sociedad depravada, el remordimiento o no existe, o
desaparece pronto; porque, en todas sus acciones, es siempre el juicio de su
prójimo el que el hombre está obligado a considerar necesariamente. Nunca
siente vergüenza ni remordimiento por las acciones que ve aprobadas, que
practica el mundo. Bajo gobiernos corruptos, almas venales, ser avaro,
mercenarios, no os ruboricen ni de la mezquindad, ni del robo, ni del rapto,
cuando el ejemplo lo autorice; en las naciones licenciosas, nadie se avergüenza
del adulterio sino el marido, a cuyas expensas se comete; en los países
supersticiosos, el hombre no se avergüenza de asesinar a su prójimo por sus
opiniones. Será evidente, por tanto, que su remordimiento, así como las ideas,
sean buenas o malas, que el hombre tiene de la decencia, la virtud, la
justicia, etc. son la consecuencia necesaria de su temperamento, modificado por
la sociedad en que vive: asesinos y ladrones, cuando viven sólo entre ellos, no
tienen vergüenza ni remordimiento. en los países supersticiosos, el hombre no
se avergüenza de asesinar a su prójimo por sus opiniones. Será evidente, por
tanto, que su remordimiento, así como las ideas, sean buenas o malas, que el
hombre tiene de la decencia, la virtud, la justicia, etc. son la consecuencia
necesaria de su temperamento, modificado por la sociedad en que vive: asesinos
y ladrones, cuando viven sólo entre ellos, no tienen vergüenza ni
remordimiento. en los países supersticiosos, el hombre no se avergüenza de
asesinar a su prójimo por sus opiniones. Será evidente, por tanto, que su
remordimiento, así como las ideas, sean buenas o malas, que el hombre tiene de
la decencia, la virtud, la justicia, etc. son la consecuencia necesaria de su
temperamento, modificado por la sociedad en que vive: asesinos y ladrones,
cuando viven sólo entre ellos, no tienen vergüenza ni remordimiento.
Así, repito, todas las acciones del hombre son
necesarias, las que son siempre útiles, las que contribuyen constantemente a lo
real, tienden a la felicidad permanente de su especie, se llaman virtudes ., y
agradan necesariamente a todos los que experimentan su influencia; al menos, si
sus pasiones o falsas opiniones no les obligan a juzgar de esa manera poco
acorde con la naturaleza de las cosas: cada hombre actúa, cada individuo juzga,
necesariamente, según su propio modo peculiar de existencia, después de las
ideas, verdaderas o falsas, que se ha formado con respecto a su felicidad. Hay
acciones necesarias que el hombre está obligado a aprobar; hay otros que, a
pesar de sí mismo, se ve obligado a censurar; de los cuales la idea genera
vergüenza cuando su reflejo le permite contemplarlos bajo el mismo punto de
vista que los miran sus asociados. El hombre virtuoso y el malvado actúan por
motivos igualmente necesarios: se diferencian simplemente en su organización,
en las ideas que se forman de la felicidad: amamos a uno necesariamente,
detestamos al otro por la misma necesidad. La ley de su naturaleza, que quiere
que un ser sensible trabaje constantemente para conservarse a sí mismo, no ha
dejado al hombre el poder de elegir, o la libertad de preferir el dolor al
placer, el vicio a la utilidad, el crimen a la virtud. Es, pues, la esencia del
hombre mismo la que le obliga a discriminar las acciones que le son ventajosas,
de las que son perjudiciales para su interés, de las que son nefastas para su
felicidad. o el libre albedrío para preferir el dolor al placer, el vicio a la
utilidad, el crimen a la virtud. Es, pues, la esencia del hombre mismo la que
le obliga a discriminar las acciones que le son ventajosas, de las que son
perjudiciales para su interés, de las que son nefastas para su felicidad. o el
libre albedrío para preferir el dolor al placer, el vicio a la utilidad, el
crimen a la virtud. Es, pues, la esencia del hombre mismo la que le obliga a
discriminar las acciones que le son ventajosas, de las que son perjudiciales
para su interés, de las que son nefastas para su felicidad.
This distinction subsists even in the most corrupt
societies, in which the ideas of virtue, although completely effaced from their
conduct, remain the same in their mind. Let us suppose a matt, who had
decidedly determined for villainy, who should say to himself—"It is
folly to be virtuous in a society that is depraved, in a community that is
debauched." Let us suppose also, that he has sufficient address, the
unlooked-for good fortune to escape censure or punishment, during a long series
of years; I say, that in despite of all these circumstances, apparently so
advantageous for himself, such a man has neither been happy nor contented with
his own conduct, He has been in continual agonies—ever at war with his own
actions—in a state of constant agitation. How much pain, how much anxiety,
has he not endured in this perpetual conflict with himself? How many
precautions, what excessive labour, what endless solicitude, has he not been
compelled to employ in this continued struggle; how many embarrassments, how
many cares, has he not experienced in this eternal wrestling with his
associates, whose penetration he dreads, whose scorn he fears will follow a
true knowledge of his pursuits. Demand of him what he thinks of himself, he
will shrink from the question. Approach the bedside of this villain at the
moment he is dying; ask him if he would be willing to recommence, at the same
price, a life of similar agitation? If he is ingenuous, he will avow that he
has tasted neither repose nor happiness; that each crime filled him with
inquietude—that reflection prevented him from sleeping—that the world has
been to him only one continued scene of alarm—an uninterrupted concatenation
of terror—an everlasting, anxiety of mind;—that to live peaceably upon
bread and water, appears to him to be a much happier, a more easy condition,
than to possess riches, credit, reputation, honours, on the same terms that he
has himself acquired them. If this villain, notwithstanding all his success,
finds his condition so deplorable, what must be thought of the feelings of
those who have neither the same resources nor the same advantages to succeed in
their criminal projects.
Thus, the system of necessity is a truth not only
founded upon certain experience, but, again, it establishes morals upon an
immoveable basis. Far from sapping the foundations of virtue, it points out its
necessity; it clearly shows the invariable sentiments it must
excite—sentiments so necessary, so strong, so congenial to his existence,
that all the prejudices of man—all the vices of his institutions—all the
effect of evil example, have never been able entirely to eradicate them from
his mind. When he mistakes the advantages of virtue, it ought to be ascribed to
the errors that are infused into him—to the irrationality of his
institutions: all his wanderings are the fatal consequences of error,—the
necessary result of prejudices which have identified themselves with his
existence. Let it not, therefore, any longer be imputed to his nature that he
has become wicked, but to those baneful opinions which he has imbibed with his
mother's milk,—that have rendered him ambitious, avaricious, envious, haughty,
arrogant, debauched, intolerant, obstinate, prejudiced, incommodious to his
fellows, mischievous to himself. It is education that carries into his system
the germ of those vices which necessarily torment him during the whole course
of his life.
Fatalism is reproached with discouraging man—with
damping the ardour of his soul—with plunging him into apathy—with
destroying the bonds that should connect him with society. Its opponents say,
"If every thing is necessary, we must let things go on, and not be
disturbed by any thing." But does it depend on man to be sensible or not?
Is he master of feeling or not feeling pain? If Nature has endowed him with a
humane, with a tender soul, is it possible he should not interest himself in a very
lively manner, in the welfare of beings whom he knows are necessary to his own
peculiar happiness? His feelings are necessary: they depend on his own peculiar
nature, cultivated by education. His imagination, prompt to concern itself with
the felicity of his race, causes his heart to be oppressed at the sight of
those evils his fellow-creature is obliged to endure,—makes his soul tremble
in the contemplation of the misery arising from the despotism that crushes
him—from the superstition that leads him astray—from the passions that
distract him in a state of warfare against his neighbour. Although he knows
that death is the fatal, the necessary period to the form of all beings, his
soul is not affected in a less lively manner at the loss of a beloved wife,—at
the demise of a child calculated to console his old age,—at the final
separation from an esteemed friend who had become dear to his heart. Although
he is not ignorant that it is the essence of fire to burn, he does not believe
he is dispensed from using his utmost efforts to arrest the progress of a
conflagration. Although he is intimately convinced that the evils to which he
is a witness, are the necessary consequence of primitive errors with which his
fellow-citizens are imbued, he feels he ought to display truth to them, if
Nature has given him the necessary courage; under the conviction, that if they
listen to it, it will, by degrees, become a certain remedy for their
sufferings, that it will produce those necessary effects which it is of its
essence to operate.
If the speculations of man modify his conduct, if
they change his temperament, he ought not to doubt that the system of necessity
would have the most advantageous influence over him; not only is it suitable to
calm the greater part of his inquietude, but it will also contribute to inspire
him with a useful submission, a rational resignation, to the decrees of a
destiny with which his too great sensibility frequently causes him to be
overwhelmed. This happy apathy, without doubt, would be, desirable to those
whose souls, too tender to brook the inequalities of life, frequently render
them the deplorable sport of their fate; or whose organs, too weak to make
resistance to the buffettings of fortune, incessantly expose them to be dashed
in pieces under the rude blows of adversity.
But, of all the important advantages the human race
would be enabled to derive from the doctrine of fatalism, if man was to apply
it to his conduct, none would be of greater magnitude, none of more happy
consequence, none that would more efficaciously corroborate his happiness, than
that general indulgence, that universal toleration, that must necessarily
spring from the opinion, that all is necessary. In consequence, of the adoption
of this principle, the fatalist, if he had a sensible soul, would commisserate
the prejudices of his fellow-man—would lament over his wanderings—would
seek to undeceive him—would try by gentleness to lead him into the right
path, without ever irritating himself against his weakness, without ever
insulting his misery. Indeed, what right have we to hate or despise man for his
opinions? His ignorance, his prejudices, his imbecility, his vices, his
passions, his weakness, are they not the inevitable consequence of vicious
institutions? Is he not sufficiently punished by the multitude of evils that
afflict him on every side? Those despots who crush him with an iron sceptre,
are they not continual victims to their own peculiar restlessness—mancipated
to their perpetual diffidence—eternal slaves to their suspicions? Is there one
wicked individual who enjoys a pure, an unmixed, a real happiness? Do not
nations unceasingly suffer from their follies? Are they not the incessant dupes
to their prejudices? Is not the ignorance of chiefs, the ill-will they bear to
reason, the hatred they have for truth, punished by the imbecility of their
citizens, by the ruin of the states they govern? In short, the fatalist would
grieve to witness necessity each moment exercising its severe decrees upon
mortals who are ignorant of its power, or who feel its castigation, without
being willing to acknowledge the hand from whence it proceeds; he will perceive
that ignorance is necessary, that credulity is the necessary result of
ignorance—that slavery and bondage are necessary consequences of ignorant credulity—that
corruption of manners springs necessarily from slavery—that the miseries of
society, the unhappiness of its members, are the necessary offspring of this
corruption. The fatalist, in consequence, of these ideas, will neither be a
gloomy misanthrope, nor a dangerous citizen; he will pardon in his brethren
those wanderings, he will forgive them those errors—which their vitiated
nature, by a thousand causes, has rendered necessary—he will offer them
consolation—he will endeavour to inspire them with courage—he will be
sedulous to undeceive them in their idle notions, in their chimerical ideas;
but he will never display against them bitterness of soul—he will never show
them that rancorous animosity which is more suitable, to make them revolt from
his doctrines, than to attract them to reason;—he will not disturb the repose
of society—he will not raise the people to insurrection against the sovereign
authority; on the contrary, he will feel that the miserable blindness of the great,
and the wretched perverseness, the fatal obstinacy of so many conductors of the
people, are the necessary consequence of that flattery that is administered to
them in their infancy—that feeds their hopes with allusive falsehoods—of
the depraved malice of those who surround them—who wickedly corrupt them,
that they may profit by their folly—that they may take advantage of their
weakness: in short, that these things are the inevitable effect of that
profound ignorance of their true interest, in which every thing strives to keep
them.
The fatalist has no right to be vain of his
peculiar talents; no privilege to be proud of his virtues; he knows that these
qualities are only the consequence of his natural organization, modified by
circumstances that have in no wise depended upon himself. He will neither have
hatred nor feel contempt for those whom Nature and circumstances have not
favoured in a similar manner. It is the fatalist who ought to be humble, who
should be modest from principle: is he not obliged to acknowledge, that he possesses
nothing that he has not previously received?
De hecho, ¿no conducirá todo a la indulgencia al
fatalista a quien la experiencia ha convencido de la necesidad de las cosas?
¿No verá con dolor que es la esencia de una sociedad mal constituida,
imprudentemente gobernada, esclava de prejuicios, apegada a costumbres
irrazonables, sometida a leyes irracionales, degradada por el despotismo,
corrompida por el lujo, embriagada por falsas opiniones, ser lleno de miembros
insignificantes; estar compuesto de ciudadanos viciosos; estar formado por
esclavos humillados, que se enorgullecen de sus cadenas; de hombres ambiciosos,
sin idea de la verdadera gloria; de avaros y pródigos; de fanáticos y
libertinos! Convencido de la necesaria conexión de las cosas, no se sorprenderá
de ver que la indolencia de sus jefes lleva el desánimo a su país, o que la
influencia de sus gobernantes suscite guerras sangrientas por las que se
despueble, y ocasione gastos inútiles que la empobrezcan; que todos estos
excesos unidos, es la causa de que tantas naciones contengan sólo hombres deseosos
de la felicidad, sin entendimiento para alcanzarla; que están desprovistos de
moral, desprovistos de virtud. En todo esto no contemplará nada más que la
necesaria acción y reacción de la física sobre la moral, de la moral sobre la
física. En suma, todos los que reconocen la fatalidad, quedarán persuadidos de
que una nación mal gobernada es un suelo muy fértil en reptiles venenosos, muy
abundante en plantas venenosas; que estos tienen un crecimiento tan abundante
que se amontonan unos a otros y se ahogan. Es en un país cultivado por las
manos de un Licurgo, que será testigo de la producción de intrépidos
ciudadanos, de individuos nobles, de hombres desinteresados, ajenos a los
placeres irregulares. En un país cultivado por un Tiberio, no encontrará más
que villanos de corazón depravado, hombres de alma mezquina y despreciable,
delatores despreciables, traidores execrables. Es el suelo, son las
circunstancias en que se encuentra el hombre, lo que lo convierte en un objeto
útil o en un ser perjudicial: el sabio evita el uno, como lo haría con esos
peligrosos reptiles cuya naturaleza es picar y comunicar sus veneno mortal; se
une al otro, lo estima, lo ama, como lo hace con esos deliciosos frutos con
cuya rica madurez su paladar se complace agradablemente, con cuyos jugos
refrescantes se encuentra agradablemente refrescado: ve al malvado sin ira;
bueno con placer, se deleita en lo generoso:
No se diga, pues, que es degradante reducir al
hombre sus funciones a un puro mecanismo; que es vergonzosamente
menospreciarlo, escandalosamente abusar de él, compararlo con un árbol; a una
vegetación abyecta. El filósofo desprovisto de prejuicios no comprende este
lenguaje, inventado por quienes ignoran lo que constituye la verdadera dignidad
del hombre. Un árbol es un objeto que, en su estación, une lo útil con lo
agradable; merece nuestra aprobación cuando produce frutos dulces y agradables;
cuando ofrece una sombra favorable. Todas las máquinas son valiosas cuando son
verdaderamente útiles, cuando cumplen fielmente las funciones para las que
fueron diseñadas. Sí, lo digo con valentía, lo reitero con gusto, el hombre
honesto, cuando tiene talentos, cuando posee virtudes, es, para los seres de su
especie, un árbol que les da frutos deliciosos, que les da cobijo refrescante:
el hombre honesto es una máquina cuyos resortes están adaptados para cumplir
sus funciones de una manera que debe satisfacer la expectativa de todos sus
semejantes. No, no debería sonrojarme, no debería sentirme degradado por ser
una máquina de este tipo; y mi corazón saltaría de alegría, si pudiera prever
que el fruto de mis reflexiones sería un día útil a mi raza, consolador a mi
prójimo.
¿No es la Naturaleza misma una gran máquina, de la
cual la especie humana no es más que un resorte muy débil? No veo nada
despreciable ni en ella ni en sus producciones; todos los seres que salen de
sus manos son buenos, son nobles, son sublimes, siempre que cooperen a la
producción de otro, al mantenimiento de la armonía en la esfera donde deben
actuar. Cualquiera que sea la naturaleza del alma, ya sea que se haga mortal, o
que se suponga inmortal; si se le considera como un espíritu, o si se le considera
como una parte del cuerpo; en un Sócrates, en un Arístides, en un Catón, se la
tendrá por abyecta, se la considerará despreciable, se la considerará noble, se
la considerará grande, se la considerará buena, se la considerará será llamado
corrupto, en un Claudio, en un Sejano, en un Nerón: sus energías serán
admiradas,
Todo lo que se ha dicho en el curso de este
trabajo, prueba claramente que todo es necesario; que todo está siempre en
orden, en relación con la Naturaleza; donde todos los seres no hacen más que
seguir las leyes que les son impuestas a sus respectivas clases. Es parte de su
plan, que ciertas porciones de la tierra produzcan frutos deliciosos, florezcan
hermosas flores; mientras que otros sólo proporcionarán zarzas, no producirán
más que vegetales nocivos: ella ha querido que algunas sociedades produzcan hombres
sabios, grandes héroes; que los demás sólo deben dar a luz almas abyectas,
hombres despreciables, sin energía, destituidos de virtud. Las pasiones, los
vientos, las tempestades, los huracanes, los volcanes, las guerras, las pestes,
las hambrunas, las enfermedades, la muerte, son tan necesarias a su marcha
eterna como el calor benéfico del sol, la serenidad de la atmósfera, los suaves
aguaceros de la primavera, los años de abundancia, la paz, la salud, la
armonía, la vida: el vicio y la virtud, las tinieblas y la luz, y la ciencia
son igualmente necesarios; los unos no son beneficios, los otros no son males,
excepto para aquellos seres en cuya felicidad influyen favoreciendo o
trastornando su peculiar modo de existencia.El todo no puede ser miserable,
pero puede contener individuos infelices.
La naturaleza, pues, reparte con la misma mano lo
que se llama orden y lo que se llama desorden ; lo que se llama placer , y lo
que se llama dolor: en fin, ella difunde por la necesidad de su existencia, el
bien y el mal en el mundo que habitamos. Que el hombre, por lo tanto, no
desafíe su generosidad ni la juzgue con malicia; que no imagine que sus débiles
gritos, sus débiles súplicas, nunca podrán detener su colosal poder, actuando
siempre según leyes inmutables; que se someta en silencio a su condición; y
cuando padezca, no busque remedio recurriendo a quimeras que su propia
imaginación destemplada ha creado; que saque de los depósitos de la Naturaleza
misma, los remedios que ella le ofrece para el mal que le trae; si ella le
envía enfermedades, que busque en su seno aquellas producciones saludables que
ella ha dado a luz, que las curarán. : si le da errores, también le proporciona
experiencia para contrarrestarlos; en verdad, ella le proporciona un antídoto
adecuado para destruir sus efectos fatales. Si ella permite al hombre gemir
bajo la presión de sus vicios, bajo el peso de sus locuras, también le muestra
en la virtud, un remedio seguro para sus enfermedades: si los males que
experimentan algunas sociedades son necesarios, cuando se hayan vuelto demasiado
incómodos se verán irresistiblemente obligados a buscar aquellos remedios que
la Naturaleza siempre les señalará. Si esta Naturaleza ha hecho insoportable la
existencia, a algunos desdichados que parece haber elegido como víctimas, aún
la muerte es una puerta que seguramente se les abrirá, que los librará de sus
desgracias, aunque en su insignificante estado. , juicio imbécil y caprichoso,
pueden considerarse imposibles de curar. Si ella permite al hombre gemir bajo
la presión de sus vicios, bajo el peso de sus locuras, también le muestra en la
virtud, un remedio seguro para sus enfermedades: si los males que experimentan
algunas sociedades son necesarios, cuando se hayan vuelto demasiado incómodos
se verán irresistiblemente obligados a buscar aquellos remedios que la
Naturaleza siempre les señalará. Si esta Naturaleza ha hecho insoportable la
existencia, a algunos desdichados que parece haber elegido como víctimas, aún
la muerte es una puerta que seguramente se les abrirá, que los librará de sus
desgracias, aunque en su insignificante estado. , juicio imbécil y caprichoso,
pueden considerarse imposibles de curar. Si ella permite al hombre gemir bajo
la presión de sus vicios, bajo el peso de sus locuras, también le muestra en la
virtud, un remedio seguro para sus enfermedades: si los males que experimentan
algunas sociedades son necesarios, cuando se hayan vuelto demasiado incómodos
se verán irresistiblemente obligados a buscar aquellos remedios que la
Naturaleza siempre les señalará. Si esta Naturaleza ha hecho insoportable la
existencia, a algunos desdichados que parece haber elegido como víctimas, aún
la muerte es una puerta que seguramente se les abrirá, que los librará de sus
desgracias, aunque en su insignificante estado. , juicio imbécil y caprichoso,
pueden considerarse imposibles de curar. si los males que experimentan algunas
sociedades son necesarios, cuando se hayan vuelto demasiado incómodos se verán
irresistiblemente obligadas a buscar aquellos remedios que la Naturaleza
siempre les señalará. Si esta Naturaleza ha hecho insoportable la existencia, a
algunos desdichados que parece haber elegido como víctimas, aún la muerte es
una puerta que seguramente se les abrirá, que los librará de sus desgracias,
aunque en su insignificante estado. , juicio imbécil y caprichoso, pueden
considerarse imposibles de curar. si los males que experimentan algunas
sociedades son necesarios, cuando se hayan vuelto demasiado incómodos se verán
irresistiblemente obligadas a buscar aquellos remedios que la Naturaleza siempre
les señalará. Si esta Naturaleza ha hecho insoportable la existencia, a algunos
desdichados que parece haber elegido como víctimas, aún la muerte es una puerta
que seguramente se les abrirá, que los librará de sus desgracias, aunque en su
insignificante estado. , juicio imbécil y caprichoso, pueden considerarse
imposibles de curar.
No acuse, pues, el hombre a la Naturaleza de serle
inexorable, ya que no existe en todo su círculo un mal para el cual ella no
haya dado el remedio, a los que tienen el valor de buscarlo, a los que tienen
la fortaleza de aplicarlo. eso. La naturaleza sigue leyes generales y
necesarias en todas sus operaciones; la calamidad física y el mal moral no
deben atribuirse a su falta de bondad, sino a la necesidad de las cosas. La
calamidad física es el trastorno producido en los órganos del hombre por causas
físicas que él ve actuar: el mal moral es el trastorno producido en él por
causas físicas cuya acción es para él un secreto. Estas causas terminan siempre
por producir efectos sensibles, que son capaces de herir sus sentidos; ni los
pensamientos ni la voluntad del hombre se manifiestan jamás, sino por los
marcados efectos que producen en sí mismo o en aquellos seres a quienes la
Naturaleza ha hecho susceptibles de sentir su impulso. Sufre, porque es de la
esencia de algunos seres trastornar la economía de su máquina; goza, porque las
propiedades de algunos seres son análogas a su propio modo de existencia; nace,
porque es de la naturaleza de alguna materia combinarse bajo una forma
determinada; vive, actúa, piensa, porque es de la esencia de ciertas
combinaciones mantenerse en existencia por medios dados durante una temporada;
al fin muere, porque una ley necesaria prescribe que todas las combinaciones
que se forman, o se destruyen o se disuelven. De todo esto resulta que la
Naturaleza es imparcial a todas sus producciones; somete al hombre, como a
todos los demás seres, a esas leyes eternas de las que ni ella misma se ha
sustraído; si suspendiera estas leyes, aunque fuera por un instante, desde ese
momento reinaría el desorden en su sistema; su armonía sería perturbada.
Aquellos que deseen estudiar la Naturaleza, deben
tomar la experiencia como guía; esto, y sólo esto, puede capacitarlos para
zambullirse en sus secretos, para desentrañar gradualmente la trama
frecuentemente imperceptible de esas débiles causas, de las que ella se sirve
para operar los más grandes fenómenos: con la ayuda de la experiencia, el
hombre descubre a menudo en sus propiedades, percibe modos de acción
enteramente desconocidos en las edades que le han precedido; aquellos efectos
que sus abuelos contemplaban como maravillosos, que consideraban esfuerzos
sobrenaturales, considerados como milagros, se le han hecho familiares en la
actualidad, y son en este momento contemplados como consecuencias simples y
naturales, cuyo mecanismo comprende” ”de la cual entiende la causa, de la cual
puede desarrollar la forma de acción. El hombre, al sondear la Naturaleza, ha
llegado a descubrir las verdaderas causas de los terremotos; del movimiento
periódico del mar; de conflagraciones subterráneas; de meteoros; del fluido
eléctrico, todo lo cual fue considerado por sus antepasados, y lo es todavía
por los ignorantes, por los desinformados, como signos indudables de la ira del
cielo. Su posteridad, al seguir, al rectificar la experiencia ya hecha, tal vez
irá más allá y descubrirá aquellas causas que están totalmente veladas a los
ojos actuales. Los esfuerzos unidos de la especie humana tal vez penetrarán
algún día hasta en el santuario de la Naturaleza, y arrojarán a la luz muchos
de esos misterios que hasta el presente parece haber negado a todas sus
investigaciones. todos los cuales fueron considerados por sus antepasados, y
todavía lo son por los ignorantes, por los desinformados, como signos
indudables de la ira del cielo. Su posteridad, al seguir, al rectificar la
experiencia ya hecha, tal vez irá más allá y descubrirá aquellas causas que
están totalmente veladas a los ojos actuales. Los esfuerzos unidos de la
especie humana tal vez penetrarán algún día hasta en el santuario de la
Naturaleza, y arrojarán a la luz muchos de esos misterios que hasta el presente
parece haber negado a todas sus investigaciones. todos los cuales fueron
considerados por sus antepasados, y todavía lo son por los ignorantes, por los
desinformados, como signos indudables de la ira del cielo. Su posteridad, al
seguir, al rectificar la experiencia ya hecha, tal vez irá más allá y
descubrirá aquellas causas que están totalmente veladas a los ojos actuales.
Los esfuerzos unidos de la especie humana tal vez penetrarán algún día hasta en
el santuario de la Naturaleza, y arrojarán a la luz muchos de esos misterios
que hasta el presente parece haber negado a todas sus investigaciones.
In contemplating man under his true aspect; in
quitting authority to follow experience; in laying aside error to consult
reason; in submitting every thing to physical laws, from which his imagination
has vainly exerted its utmost power to withdraw them; it will be found that the
phenomena of the moral world follow exactly the same general rules as those of
the physical; that the greater part of those astonishing effects, which
ignorance, aided by his prejudices, make him consider as inexplicable, and regard
as wonderful, are natural consequences flowing from simple causes. He will find
that the eruption of a volcano and the birth of a Tamerlane are to Nature the
same thing; in recurring to the primitive causes of those striking events which
he beholds with consternation, which he contemplates with fearful alarm, in
falling back to the sources of those terrible revolutions, those frightful
convulsions, those dreadful explosions that distract mankind, lay waste the
fairest works of Nature, ravage nations, and tear up society by the roots; he
will find the wills that compassed the most surprising changes, that operated
the most extensive alterations in the state of things, that brought about the
most unlooked-for events, were moved by physical causes, whose exility made him
treat them as contemptible; whose want of consequence in his own purblind eyes
led him to believe them utterly incapable to give birth to the phenomena whose
magnitude strikes him with such awe, whose stupendous range fills him with such
amazement.
If man was to judge of causes by their effects,
there would be no small causes in the universe. In a Nature where every thing
is connected, where every thing acts and re-acts, moves and changes, composes
and decomposes, forms and destroys, there is not an atom which does not play an
important part—that does not occupy a necessary station; there is not an
imperceptible particle, however minute, which, placed in convenient
circumstances, does not operate the most prodigious effects. If man was in a
capacity to follow the eternal chain, to pursue the concatenated links, that
connect with their causes all the effects he witnesses, without losing sight of
any one of its rings,—if he could unravel the ends of those insensible
threads that give impulse to the thoughts, decision to the will, direction to
the passions of those men who are called mighty, according to their actions, he
would find, they are true atoms which Nature employs to move the moral world;
that it is the unexpected but necessary function of these indiscernible
particles of matter, it is their aggregation, their combination, their
proportion, their fermentation, which modifying the individual by degrees, in
despite of himself, frequently without his own knowledge, make him think, will,
and act, in a determinate, but necessary mode. If, then, the will and the
actions of this individual have an influence over a great number of other men,
here is the moral world in a state of the greatest combustion, and those
consequences ensue which man contemplates with fearful wonder. Too much
acrimony in the bile of a fanatic—blood too much inflamed in the heart of a
conqueror—a painful indigestion in the stomach of a monarch—a whim that
passes in the mind of a woman—are sometimes causes sufficient to bring on
war—to send millions of men to the slaughter—to root out an entire
people—to overthrow walls—to reduce cities into ashes—to plunge nations
into slavery—to put a whole people into mourning—to breed famine in a
land—to engender pestilence—to propagate calamity—to extend misery—to
spread desolation far and wide upon the surface of our globe, through a long
series of ages.
The dominant passion of an individual of the human
species, when it disposes of the passions of many others, arrives at combining
their will, at uniting their efforts, and thus decides the condition of man. It
is after this manner that an ambitious, crafty, and voluptuous Arab, gave to
his countrymen an impulse of which the effect was the subjugation and
desolation of vast countries in Asia, in Africa, and in Europe; whose
consequences were sufficiently potential to erect a new, extensive, but slavish
empire; to give a novel system of religion to millions of human beings; to
overturn the altars of their former gods; in short, to alter the opinions, to
change the customs of a considerable portion of the population of the earth.
But in examining the primitive sources of this strange revolution, what were
the concealed causes that had an influence over this man—that excited his
peculiar passions, and modified his temperament? What was the matter from the
combination of which resulted a crafty, ambitious, enthusiastic, and eloquent
man; in short, a personage competent to impose on his
fellow-creatures—capable of making them concur in his most extravagant views.
They were, undoubtedly, the insensible particles of his blood; the
imperceptible texture of his fibres; the salts, more or less acrid, that
stimulated his nerves; the proportion of igneous fluid that circulated in his
system. From whence came these elements? It was from the womb of his mother;
from the aliments which nourished him; from the climate in which he had his
birth; from the ideas he received; from the air which he respired; without
reckoning a thousand inappreciable, a thousand transitory causes, that in the
instance given had modified, had determined the passions of this importent
being, who had thereby acquired the capacity to change the face of this mundane
sphere.
To causes so weak in their principles, if in the
origin the slightest obstacle had been opposed, these wonderful events, which
have astounded man, would never have been produced. The fit of an ague, the
consequence of bile a little too much inflamed, had sufficed, perhaps, to have
rendered abortive all the vast projects, of the legislator of the Mussulmen.
Spare diet, a glass of water, a sanguinary evacuation, would sometimes have
been sufficient to have saved kingdoms.
It will be seen, then, that the condition of the
human species, as well as that of each of its individuals, every instant
depends on insensible causes, to which circumstances, frequently fugitive, give
birth; that opportunity developes, that convenience puts in action: man
attributes their effects to chance, whilst these causes operate necessarily,
act according to fixed rules: he has frequently neither the sagacity nor the
honesty to recur to their true principles; he regards such feeble motives with
contempt, because he has been taught to consider them as incapable of producing
such stupendous events. They are, however, these motives, weak as they may
appear to be, these springs, so pitiful in his eyes, is which according to her
necessary laws, suffice in the hands of Nature to move the universe. The
conquests of a Gengis-Khan have nothing in them that is more strange to the eye
of a philosopher than the explosion of a mine, caused in its principle by a
feeble spark, which commences with setting fire to a single grain of powder;
this presently communicates itself to many millions of other contiguous grains,
of which the united force, the multiplied powers, terminate by blowing up
mountains, overthrowing fortifications, or converting populous, well-built cities,
into heaps of ruins.
Thus, imperceptible causes, concealed in the bosom
of Nature, until the moment their action is displayed, frequently decide the
fate of man. The happiness or the wretchedness, the prosperity or the misery of
each individual, as well as that of whole nations, are attached to powers which
it is impossible for him to foresee, which he cannot appreciate, of which he is
incapable to arrest the action. Perhaps at this moment atoms are amassing,
insensible particles are combining, of which the assemblage shall form a
sovereign, who will be either the scourge or the saviour of a mighty empire.
Man cannot answer for his own destiny one single instant; he has no cognizance
of what is passing within himself; he is ignorant of the causes which act in
the interior of his machine; he knows nothing of the circumstances that will
give them activity: he is unacquainted with what may develope their energy; it
is, nevertheless, on these causes, impossible to be unravelled by him, that
depends his condition in life. Frequently, an unforeseen rencontre gives birth
to a passion in his soul, of which the consequences shall, necessarily, have an
influence over his felicity. It is thus that the most virtuous man, by a
whimsical combination of unlooked-for circumstances, may become in an instant
the most criminal of his species.
This truth, without doubt, will be found
frightful—this fact will unquestionably appear terrible: but at bottom, what
has it more revolting than that which teaches him that an infinity of
accidents, as irremediable as they are unforeseen, may every instant wrest from
him that life to which he is so strongly attached? Fatalism reconciles the good
man easily to death: it makes him contemplate it as a certain means of
withdrawing himself from wickedness; this system shews death, even to the happy
man himself, as a medium between him and those misfortunes which frequently
terminate by poisoning his happiness; that end with embittering the most
fortunate existence.
Let man, then, submit to necessity: in despite of
himself it will always hurry him forward: let him resign himself to Nature, let
him accept the good with which she presents him: let him oppose to the
necessary evil which she makes him experience, those necessary remedies which
she consents to afford him; let him not disturb his mind with useless
inquietude; let him enjoy with moderation, because he will find that pain is
the necessary companion of excess: let him follow the paths of virtue, because
every thing will prove to him, even in this world of perverseness, that it is
absolutely necessary to render him estimable in the eyes of others, to make him
contented with himself.
Feeble, vain mortal, thou pretendest to be a free
agent. Alas! dost thou not see all the threads which enchain thee? Dost thou
not perceive that they are atoms which form thee; that they are atoms which
move thee; that they are circumstances independent of thyself, that modify thy
being; that they are circumstances over which thou hast not any controul, that
rule thy destiny? In the puissant Nature that environs thee, shalt thou pretend
to be the only being who is able to resist her power? Dost thou really believe
that thy weak prayers will induce her to stop in her eternal march; that thy
sickly desires can oblige her to change her everlasting course?
CHAP. XIII.
Of the Immortality of the Soul;—of the Doctrine
of a future State;—of the Fear of Death.
The reflections presented to the reader in this
work, tend to shew what ought to be thought of the human soul, as well as of
its operations and faculties: every thing proves, in the most convincing
manner, that it acts, that it moves according to laws similar to those
prescribed to the other beings of Nature; that it cannot be distinguished from
the body; that it is born with it; that it grows up with it; that it is
modified in the same progression; in short, every thing ought to make man
conclude that it perishes with it. This soul, as well as the body, passes
through a state of weakness and infancy; it is in this stage of its existence,
that it is assailed by a multitude of modifications; that it is stored with an
infinity of ideas, which it receives from exterior objects through the medium
of the organs; that it amasses facts, that it collects experience, whether true
or false, that it forms to itself a system of conduct, according to which it
thinks, in conformity with which it acts, from whence results either its
happiness or its misery, its reason or its delirium, its virtues or its vices;
arrived with the body at its full powers, having in conjunction with it reached
maturity, it does not cease for a single instant to partake in common of its
sensations, whether these are agreeable or disagreeable; it participates in all
its pleasures; it shares in all its pains; in consequence it conjointly
approves or disapproves its state; like it, it is either sound or diseased;
active or languishing; awake or asleep. In old age man extinguishes entirely,
his fibres become rigid, his nerves loose their elasticity, his senses are
obtunded, his sight grows dim, his ears lose their quickness, his ideas become
unconnected, his memory fails, his imagination cools: what then becomes of his
soul? Alas! it sinks down with the body; it gets benumbed as this loses its
feeling; becomes sluggish as this decays in activity; like it, when enfeebled
by years it fulfils its functions with pain; this substance, which is deemed
spiritual, which is considered immaterial, which it is endeavoured to
distinguish from matter, undergoes the same revolutions, experiences the same
vicissitudes, submits to the same modifications, as does the body itself.
A pesar de esta prueba de la materialidad del alma,
de su identidad con el cuerpo, tan convincente para los desprejuiciados,
algunos pensadores han supuesto que aunque éste es perecedero, aquél no perece:
que esta porción del hombre goza de la privilegio especial de la inmortalidad;
que está exento de disolución: libre de esos cambios de forma que sufren todos
los seres de la Naturaleza: en consecuencia de esto, el hombre se ha persuadido
a sí mismo, que esta alma privilegiada no muere: su inmortalidad, sobre todo,
parece indudable a los que suponen espiritual: después de haberlo hecho un ser
simple, sin extensión, desprovisto de partes, totalmente diferente de cualquier
cosa de la que tiene conocimiento, pretendió que no estaba sujeto a las leyes
de descomposición comunes a todos los seres, de las cuales la experiencia le
muestra la operación continua.
El hombre, sintiendo en sí mismo una fuerza oculta,
esa acción producida insensiblemente, que daba dirección imperceptiblemente al
movimiento de su máquina, creía que toda la Naturaleza, de cuyas energías
ignora, cuyos modos de actuar ignora, debía su movimiento a un agente análogo a
su propia alma; quien actuó sobre el gran macrocosmos, de la misma manera que
esta alma actuó sobre su cuerpo. El hombre, habiéndose supuesto doble, hizo
también doble a la Naturaleza: la distinguió de su propia energía peculiar; la
separó de su motor, al que gradualmente hizo espiritual. Así, la Naturaleza, a
diferencia de sí misma, era considerada como el alma del mundo; y el alma del
hombre era considerada como opiniones emanadas de esta alma universal. Esta
noción sobre el origen del alma es de una antigüedad muy remota. Era la de los
egipcios,sabios de oriente. Parece que Moisés creía con los egipcios en la
emanación divina de las almas: según él, "Dios formó al hombre del polvo
de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un alma
viviente": sin embargo, el católico, en este día, rechaza este sistema de
emanación divina, viendo que supone la divinidad divisible: lo que habría sido
inconveniente para la idea romana del purgatorio, o para el sistema de castigo
eterno. Aunque Moisés, en la cita anterior, parece indicar que el alma era una
porción de la Divinidad, no parece que la doctrina de la inmortalidad del
almase estableció en cualquiera de los libros que se le atribuyen. Fue durante
el cautiverio babilónico, que los judíos aprendieron la doctrina de los premios
y castigos futuros, enseñada por Zoroastro a los persas, pero que el legislador
hebreo no entendió, o al menos dejó ignorante a su pueblo sobre el tema. Fue en
esas escuelas donde Ferécides, Pitágoras y Platón redactaron una doctrina tan
halagadora para la vanidad de la naturaleza humana, tan gratificante para la
imaginación de los mortales. El hombre se creyó así una porción de la
Divinidad; inmortal, como la Deidad, en una parte de sí mismo: sin embargo, las
religiones posteriores han renunciado a estas ventajas, que juzgaban
incompatibles con las otras partes de sus sistemas; sostuvieron que el Soberano
de la Naturaleza, o su artífice, no era el alma del hombre, sino que, en virtud
de su omnipotencia, creó las almas humanas, en la medida en que produjo los
cuerpos que deben animar; y enseñaron que estas almas una vez producidas, por
un efecto de la misma omnipotencia, disfrutaban de la inmortalidad.
Sea como fuere con estas variaciones sobre el
origen de las almas, los que las suponían emanando de la Divinidad, creían que
después de la muerte del cuerpo, que les servía de envoltura, volvían, por
reintegrarse a su primera fuente. Los que, sin adoptar la opinión de la
emanación divina, admiraban la espiritualidad, creían en la inmortalidad del
alma, se vieron en la necesidad de suponer una región, de encontrar una morada
para estas almas, que su imaginación les pintaba, cada una según sus sus
miedos, sus esperanzas, sus deseos y sus prejuicios.
Nada es más popular que la doctrina de la
inmortalidad del alma;nada está más universalmente difundido que la expectativa
de otra vida. Habiendo inspirado la naturaleza al hombre el amor más ardiente
por su existencia, el deseo de conservarse para siempre fue una consecuencia
necesaria; este deseo se convirtió luego en certeza: de ese deseo de existir
eternamente que la Naturaleza ha implantado en él, hizo un argumento, para
probar que el hombre nunca dejaría de existir. Abady dice, "nuestra alma no
tiene deseos inútiles, naturalmente desea una vida eterna"; y por una
lógica muy extraña, concluye que este deseo no podía dejar de cumplirse.
Cicerón, antes que Abady, había declarado que la inmortalidad del alma era una
idea innata en el hombre; sin embargo, por extraño que parezca, en otra parte
de sus obras considera a Ferécides como el inventor de la doctrina. Sea como
fuere, el hombre así dispuesto, escuchaba con avidez a quienes le anunciaban
sistemas tan conformes a sus deseos. Sin embargo, no debe considerar como
sobrenatural el deseo de existir, que siempre fue y siempre será de la esencia
del hombre; no debe causar sorpresa, si recibió con avidez una hipótesis que
halagaba sus esperanzas, prometiéndole que su deseo sería un día gratificado;
pero que se cuide de cómo llega a la conclusión de que este deseo mismo es una
prueba indudable de la realidad de esta vida futura, en la que ahora parece
estar tan ocupado. La pasión por la existencia es en el hombre sólo una
consecuencia natural de la tendencia de un ser sensible, cuya esencia es estar
dispuesto a conservarse a sí mismo: en el ser humano sigue la energía de su
alma, sigue el ritmo de la fuerza de su imaginación, siempre dispuesto a
realizar lo que desea intensamente. Desea la vida del cuerpo, sin embargo este
deseo se ve frustrado; ¿Por qué el deseo de la vida del alma no debe ser
frustrado como el otro? Los partidarios de la doctrina de la inmortalidad del
alma razonan así: "Todos los hombres desean vivir para siempre, por lo
tanto, vivirán para siempre". Supongamos que el argumento les respondiera;
se creeria? Si se afirmara: "Todos los hombres naturalmente desean ser
ricos; por lo tanto, todos los hombres algún día serán ricos", ¿cuántos
partidarios encontraría esta doctrina? ¿Por qué el deseo de la vida del alma no
debe ser frustrado como el otro? Los partidarios de la doctrina de la
inmortalidad del alma razonan así: "Todos los hombres desean vivir para
siempre, por lo tanto, vivirán para siempre". Supongamos que el argumento
les respondiera; se creeria? Si se afirmara: "Todos los hombres
naturalmente desean ser ricos; por lo tanto, todos los hombres algún día serán
ricos", ¿cuántos partidarios encontraría esta doctrina? ¿Por qué el deseo
de la vida del alma no debe ser frustrado como el otro? Los partidarios de la
doctrina de la inmortalidad del alma razonan así: "Todos los hombres
desean vivir para siempre, por lo tanto, vivirán para siempre". Supongamos
que el argumento les respondiera; se creeria? Si se afirmara: "Todos los
hombres naturalmente desean ser ricos; por lo tanto, todos los hombres algún
día serán ricos", ¿cuántos partidarios encontraría esta doctrina?
La más simple reflexión sobre la naturaleza de su
alma debería convencer al hombre de que la idea de su inmortalidad es sólo una
ilusión del cerebro. En efecto, ¿qué es su alma, sino el principio de la
sensibilidad? Qué es, pensar, gozar, sufrir; no es para sentir? ¿Qué es la
vida, sino ser el conjunto de modificaciones, la congregación del movimiento,
propio de un ser organizado? Así, tan pronto como el cuerpo deja de vivir, su
sensibilidad ya no puede ejercitarse; cuando su sensibilidad ya no existe, ya no
puede tener ideas, ni en consecuencia pensamientos. Las ideas, como hemos
probado, sólo pueden llegar al hombre a través de sus sentidos; ahora bien,
¿cómo van a tener, que una vez privado de sus sentidos, todavía es capaz de
recibir sensaciones, de tener percepciones, de formar ideas? Como han hecho del
alma del hombre un ser separado del cuerpo animado, ¿Por qué no han hecho de la
vida un ser distinto del cuerpo viviente? La vida en un cuerpo es la totalidad
de este movimiento; el sentimiento y el pensamiento forman parte de este
movimiento: así es razonable suponer que en el muerto estos movimientos
cesarán, como todos los demás.
En efecto, ¿por qué razonamiento se probará que
esta alma, que no puede sentir, pensar, querer o actuar, sino con la ayuda de
los órganos del hombre, puede sufrir dolor, ser susceptible de placer, o
incluso tener una conciencia de su propia existencia? , cuando los órganos que
deberían advertirla de su presencia están descompuestos o destruidos? ¿No es
evidente que el alma depende de la disposición de las diversas partes del
cuerpo; en el orden con que estas partes conspiran para realizar sus funciones;
en el movimiento combinado del todo? Así, una vez destruida la estructura
orgánica, ¿se puede dudar razonablemente que el alma también será destruida?
¿No se ve que durante todo el curso de la vida humana esta alma es estimulada,
cambiada, trastornada, perturbada por todos los cambios que experimentan los
órganos del hombre? Y, sin embargo, se insistirá en que esta alma actúa,
piensa, subsiste,
Un ser organizado puede compararse con un reloj
que, una vez roto, ya no es adecuado para el uso para el que fue diseñado.
Decir que el alma sentirá, pensará, gozará, sufrirá después de la muerte del
cuerpo; es pretender que un reloj, partido en mil pedazos, seguirá dando la
hora; todavía tendrá la facultad de marcar el progreso del tiempo. Los que
dicen que el alma del hombre es capaz de subsistir, a pesar de la destrucción
del cuerpo, apoyan evidentemente la posición de que la modificación de un cuerpo
podrá conservarse después de que el sujeto sea destruido: esto en cualquier
otra ocasión sería considerarse completamente absurdo.
Se dirá que la conservación del alma después de la
muerte del cuerpo, es un efecto de la Omnipotencia Divina: pero esto es
sustentar un absurdo con una hipótesis gratuita. Seguramente no se entiende por
Omnipotencia Divina, de cualquier naturaleza que se suponga, que una cosa
existirá y no existirá al mismo tiempo: a menos que esto se conceda, será
bastante difícil probar que un alma sentirá y pensará. sin los intermedios
necesarios para el pensamiento.
Que se abstengan, pues, al menos, de afirmar que la
doctrina de la inmortalidad del alma no hiere a la razón; o por la expectativa
de una vida futura. Estas nociones, formadas para halagar al hombre, para
perturbar la imaginación de los ignorantes, que no razonan, no pueden parecer
ni convincentes ni probables a las mentes ilustradas. La razón, exenta de las
ilusiones del prejuicio, está sin duda herida por la suposición de un alma que
siente, que piensa, que se aflige, que se alegra, que tiene ideas, sin tener
órganos; es decir, desprovisto del único medio conocido, falto de todos los
medios naturales, por los cuales, según podemos entender, le es posible sentir
sensaciones, tener percepciones o formarse ideas. Si se contesta, pueden
existir otros medios, que son sobrenaturales odesconocido , se puede responder,
que estos medios de transmitir ideas al alma, separados del cuerpo, no son más
conocidos ni más al alcance de quienes los suponen que son de otros hombres.
Es, por lo menos, muy cierto, no puede admitir ni siquiera controversia, que
todos aquellos que rechazan el sistema de ideas innatas, no pueden, sin
contradecir sus propios principios, admitir la doctrina de la inmortalidad del
alma.
In defiance of the consolation that so many persons
pretend to find in the notion of an eternal existence; in despite of that firm
persuasion which such numbers of men assure us they have, that their souls will
survive their bodies, they seem so very much alarmed at the dissolution of this
body, that they do not contemplate their end, which they ought to desire as the
period of so many miseries, but with the greatest inquietude; so true it is,
that the real, the present, even accompanied with pain, has much more influence
over mankind, than the most beautiful chimeras of the future; which he never
views but through the clouds of uncertainty. Indeed the most religious men,
notwithstanding the conviction they express of a blessed eternity, do not find
these flattering hopes sufficiently consoling to repress their fears; to
prevent their trembling, when they think on the necessary dissolution of their
bodies. Death was always, for mortals, the most frightful point of view; they
regard it as a strange phenomenon, contrary to the order of things, opposed to
Nature; in a word, as an effect of the celestial vengeance, as the wages of
sin. Although every thing proves to man that death is inevitable, he is never
able to familiarize himself with its idea; he never thinks on it without
shuddering; the assurance of possessing an immortal soul but feebly indemnifies
him for the grief he feels in the deprivation of his perishable body. Two
causes contribute to strengthen his fears, to nourish his alarm; the one is,
that this death, commonly accompanied with pain, wrests from him an existence
that pleases him—with which he is acquainted—to which he is accustomed; the
other is the uncertainty of the state that must succeed his actual existence.
The illustrious Bacon has said, that "men fear
death for the same reason that children dread being alone in darkness."
Man naturally challenges every thing with which he is unacquainted; he is
desirous to see clearly to the end, that he may guarantee himself against those
objects which may menace his safety; that he may also be enabled to procure for
himself those which may be useful to him; the man who exists cannot form to
himself any idea of non-existence; as this circumstance disturbs him, for want
of experience, his imagination sets to work; this points out to him, either
well or ill, this uncertain state: accustomed to think, to feel, to be
stimulated into activity, to enjoy society, he contemplates as the greatest
misfortune, a dissolution that will strip him of these objects, that will
deprive him of those sensations which his present nature has rendered necessary
to him; he views with dismay a situation that will prevent his being warned of
his own existence—that shall bereave him of his pleasures—to plunge him
into nothing. In supposing it even exempt from pain, he always looks upon this
nothing as an afflicting solitude—as an heap of profound darkness; he sees
himself in a state of general desolation; destitute of all assistance; and he
feels keenly all the rigour of this frightful situation. But does not a
profound sleep help to give him a true idea of this nothing? Does not that
deprive him of every thing? Does it not appear to annihilate the universe to
him, and him to the universe? Is death any thing more than a profound, a
permanent steep? It is for want of being able to form an idea of death that man
dreads it; if he could figure to himself a true image of this state of
annihilation, he would from thence cease to fear it; but he is not able to
conceive a state in which there is no feeling; he therefore believes, that when
he shall no longer exist, he will have the same feelings, the same
consciousness of things, which, during his existence, appear so sad to his
mind; which his fancy paints in such gloomy colours. Imagination pictures to
him his funeral pomp—the grave they are digging for him—the lamentations
that will accompany him to his last abode-the epicedium that surviving
friendship may dictate; he persuades himself that these melancholy objects will
affect him as painfully even after his decease, as they do in his present
condition, in which he is in full possession of his senses.
¡Mortal, descarriado por el miedo! después de tu
muerte tus ojos no verán más; tus oídos no oirán más; en el fondo de tu tumba
no serás más testigo de esta escena, que tu imaginación, en el presente, te
representa bajo colores tan funestos; ya no tomarás parte en lo que se hará en
el mundo; no estarás más ocupado con lo que pueda acontecer a tus restos
inanimados, de lo que pudiste estar el día anterior al que te clasificó entre
los seres de tu especie. Morir es dejar de pensar; carecer de sentimiento; ya no
para gozar; encontrar un período para el sufrimiento; tus ideas perecerán
contigo; tus penas no te seguirán a la tumba silenciosa. Piensa en la muerte,
no para alimentar tus miedos, no para alimentar tu melancolía, sino para
acostumbrarte a mirarla con ojos pacíficos; ¡para animarte contra esos falsos
terrores que los enemigos de tu reposo se esfuerzan por inspirarte! Los miedos
a la muerte son ilusiones vanas, que deben desaparecer en cuanto aprendamos a
contemplar este acontecimiento necesario bajo su verdadero punto de vista. Un
gran hombre ha definido la filosofía comoa meditation on death;no desea por eso
que se entienda que el hombre debe ocuparse dolorosamente de su fin, con miras
a alimentar sus temores; por el contrario, quiere invitarlo a familiarizarse
con un objeto que la Naturaleza le ha hecho necesario; acostumbrarse a
esperarlo con semblante sereno. Si la vida es un beneficio, si es necesario
amarla, no es menos necesario abandonarla; la razón debe enseñarle una serena
resignación a los decretos del destino: su bienestar exige que adquiera el
hábito de contemplar con placidez, de contemplar sin alarma, un acontecimiento
que su esencia ha hecho inevitable: su interés exige que no cavile sobre él.
tristemente por su desgracia; que no debe, por temor continuo, amargar su vida;
cuyos encantos debe inevitablemente destruir, si nunca puede ver su terminación
sino con temor. La razón y su interés, pues, concurren para asegurarle contra
esos vagos terrores que le inspira su imaginación en este aspecto. Si los
llamara en su ayuda, lo reconciliarían con un objeto que solo lo asusta, porque
no tiene conocimiento de él; porque sólo se le muestra con esos espantosos
acompañamientos con los que la superstición la reviste. Que se esfuerce
entonces en despojar a la muerte de estas vanas ilusiones, y percibirá que es
sólo el sueño de la vida; que este sueño no sea turbado con sueños
desagradables; que nunca es probable que lo siga un despertar desagradable.
Morir es dormir; es entrar en ese estado de insensibilidad en que estaba antes
de su nacimiento; antes de que tuviera sentidos; antes de que fuera consciente
de su existencia real. Leyes, tan necesarias como las que lo engendraron, lo
harán volver al seno de la Naturaleza, de donde fue extraído, para reproducirlo
después bajo alguna forma nueva, que de nada le serviría conocer: sin consultar
a él, la Naturaleza lo coloca por una temporada en el orden de los seres
organizados; sin su consentimiento, ella lo obligará a dejarlo, a ocupar algún
otro orden.
Que no se queje entonces de que la Naturaleza es
insensible; sólo lo somete a una ley de la que no exime a ninguno de los seres
que contiene. El hombre se queja de la corta duración de la vida, de la
rapidez con que pasa el tiempo; sin embargo, la mayor parte de los hombres no
saben cómo emplear ni el tiempo ni la vida. Si todos nacen y perecen, si todo
es cambiado y destruido, si el nacimiento de un ser nunca es más que el primer
paso hacia su fin; ¿Cómo es posible esperar que el hombre, cuya máquina es tan
frágil, cuyas partes son tan complicadas, cuyo todo posee una movilidad tan
extrema, esté exento de la ley común; que decreta que incluso la tierra sólida
que él habita experimentará cambios, sufrirá alteraciones, ¡quizás será
destruida! ¡Débil, frágil mortal! Pretendes existir para siempre; contigo,
entonces, ¿Que sólo por ti la Naturaleza eterna cambiará su curso invariable?
¿No ves en esos cometas excéntricos con los que tus ojos a veces se asombran,
que los planetas mismos están sujetos a la muerte? Vive entonces en paz durante
la temporada que la Naturaleza te permita; si tu mente está iluminada por la
razón, ¡morirás sin terror!
No obstante la sencillez de estas reflexiones; nada
es más raro que la vista de hombres verdaderamente fortalecidos contra los
temores de la muerte: el mismo sabio palidece ante su proximidad; tiene ocasión
de reunir toda la fuerza de su mente, de esperarlo con serenidad. No puede,
pues, dar motivo de sorpresa, si la idea de la muerte es tan repugnante para la
generalidad de los mortales; aterroriza a los jóvenes, redobla el disgusto de
los de mediana edad, incluso aumenta el dolor de los viejos, que están desgastados
por la enfermedad: de hecho, los ancianos, aunque debilitados por el tiempo, lo
temen mucho más que los jóvenes, que están en pleno vigor de vida; el hombre de
muchos lustres está más acostumbrado a vivir los años que ruedan sobre su
cabeza, confirman su apego a la existencia; sin embargo, los esfuerzos
prolongados e incansables debilitan los poderes de su mente; trabajo,
enfermedad, y el dolor, gasta su fuerza animal; tiene menos energía; su
voluntad se vuelve débil, los terrores supersticiosos lo aterran fácilmente;
finalmente la enfermedad lo consume; a veces con torturas insoportables: el
infeliz, así sumido en la desgracia, sin embargo, casi nunca se ha atrevido a
contemplar la muerte; que debe considerar como el período de toda su angustia.
Si se busca la fuente de esta pusilanimidad, se
encontrará en su naturaleza, que lo apega a la vida; en esa falta de energía en
su alma, que casi nada tiende a corroborar, pero que todo se esfuerza por
debilitar: que la superstición, en lugar de fortalecer, contribuye a magullar.
Casi todas las instituciones humanas, casi todas las opiniones del hombre,
conspiran para aumentar sus temores; hacer más terribles sus ideas sobre la
muerte; para hacerlos más repugnantes a sus sentimientos. En efecto, la superstición
se complace en exhibir la muerte bajo los rasgos más espantosos: se la
representa al hombre bajo los colores más repugnantes; como un momento
espantoso, que no sólo pone fin a sus placeres, sino que lo entrega sin defensa
al extraño rigor de un decreto despiadado, que nada puede suavizar. Según esta
superstición, el hombre más virtuoso tiene motivos para temblar por la
severidad de su destino; nunca está seguro de ser feliz; los tormentos más
espantosos, los castigos interminables, esperan a la víctima hasta la debilidad
involuntaria; a las faltas necesarias de una existencia efímera; sus
enfermedades, sus ofensas momentáneas, las propensiones que han sido plantadas
en su corazón, los errores de su mente, las opiniones que ha absorbido, incluso
en la sociedad en la que nació sin su propio consentimiento, las ideas que ha
formado, el las pasiones que se ha entregado sobre todo, el no poder comprender
todos los dogmas extravagantes que se le ofrecen a su aceptación, deben ser
vengadas implacablemente con las penas más severas e interminables. Ixion está
para siempre atado a su rueda; Sísifo debe por toda la eternidad hacer rodar su
piedra sin poder llegar nunca a la cúspide de su montaña; el buitre debe cazar
perpetuamente en el hÃgado del desgraciado Prometeo: los que se atreven a
pensar por sà mismos, los que se han negado a escuchar a sus entusiastas guÃas,
los que no han reverenciado los oráculos, los que han tenido la audacia de
consulten su razón: los que se han aventurado audazmente a detectar impostores,
los que han dudado de la misión divina de Phythonissa, los que creen que
Júpiter violó la decencia en su visita a Dánae, los que ven a Apolo como
nada mejor que un músico ambulante —aquellos que piensan que Mahoma era un
archi bribón— van a doler eternamente en océanos llameantes de azufre ardiente;
van a flotar por toda la eternidad en las más atroces agonías sobre mares de
azufre líquido, gimiendo y rechinando los dientes: qué maravilla, entonces, si
el hombre teme ser arrojado a estos horribles abismos; si su mente detesta la
horrible imagen; si desea aplazar por una temporada estos terribles castigos;
si se aferra a una existencia, por dolorosa que sea, en lugar de enfrentarse a
crueldades tan repugnantes.
Tales son, pues, los objetos aflictivos con que la
superstición ocupa a sus desdichados y crédulos discípulos; tales son los
temores que el tirano de los pensamientos humanos les señala como saludables.
En desafío del despilfarro del efecto que estas nociones producen sobre la
mayor parte, incluso de aquellos que dicen estarlo, o que se creen persuadidos,
se presentan como la muralla más poderosa que puede oponerse a las
irregularidades del hombre. Sin embargo, como se verá a continuación, se
encontrará que estos sistemas, o más bien estas quimeras, tan terribles de
contemplar, operan poco o nada sobre la mayor parte de la humanidad, que sueña
con ellos pero rara vez, nunca en el momento en que la pasión. , el interés, el
placer o el ejemplo, los apura. Si estos temores actúan, es comúnmente en
aquellos que tienen pocas ocasiones de abstenerse del mal; hacen temblar los
corazones honestos, pero dejan de tener efecto sobre los perversos. Atormentan
a las almas sensibles, pero dejan en reposo a las endurecidas; perturban las
mentes mansas y dóciles, pero no causan problemas a los espíritus rebeldes: por
lo tanto, no alarman a nadie sino a aquellos que ya están suficientemente
alarmados; coaccionan solo a aquellos que ya están restringidos.
Estas nociones, pues, no impresionan en nada a los
malvados; cuando por accidente actúan sobre ellos, es sólo para redoblar la
maldad de su carácter natural, para justificarlos ante sus propios ojos, para
proporcionarles pretextos para ejercerlo sin temor, para seguirlo sin
escrúpulos. En efecto, la experiencia de un gran número de edades ha demostrado
a qué exceso de maldad, a qué extremos lo han llevado las pasiones del hombre,
cuando han sido autorizadas por el sacerdocio, cuando han sido desencadenadas por
la superstición, o , al menos, cuando ha sido capacitado para cubrirse con su
manto. Jamás ha sido el hombre más ambicioso, ni más codicioso, ni más astuto,
ni más cruel, ni más sedicioso, que cuando se ha persuadido a sí mismo de que
la superstición le permitía u ordenaba serlo: así, la superstición no hizo más
que prestar una fuerza invencible a sus pasiones naturales, que bajo sus
sagrados auspicios podía ejercer con impunidad, complacer sin remordimiento;
más aún, los más grandes villanos, al dar rienda suelta a las detestables
propensiones de su maldad natural, han creído bajo su influencia que, mostrando
un celo sobrecalentado, merecían el bien del cielo; que se eximían por nuevos
delitos del castigo que creían haber merecido abundantemente su conducta
anterior. merecieron bien del cielo; que se eximían por nuevos delitos del
castigo que creían haber merecido abundantemente su conducta anterior.
merecieron bien del cielo; que se eximían por nuevos delitos del castigo que
creían haber merecido abundantemente su conducta anterior.
Estos son, pues, los efectos que se llaman los
efectos saludables.nociones de superstición, producen en los mortales. Estas
reflexiones darán respuesta a los que dicen que "si el cielo se prometiera
por igual a los impíos que a los justos, no se hallaría incrédulo de otra
vida". Respondemos que, de hecho, la superstición concede el cielo a los
malvados, ya que frecuentemente coloca en esta feliz morada a los más inútiles,
a los más depravados de los hombres. ¿No está el mismo Mahoma entronizado en el
empíreo por esta superstición? Si se examinara el calendario de los santos
romanos, ¿se encontraría que sólo contiene justos, sólo hombres buenos? ¿No
priva el mahometanismo de toda posibilidad de existencia futura, y en
consecuencia de toda esperanza de llegar al cielo, a la parte femenina de la
humanidad? ¿Acaso los judíos no exaltaron a nadie a las regiones celestiales,
salvar a los virtuosos? Cuando el judío es condenado a las llamas devoradoras,
¿no esperan los hombres que así torturan a un desdichado, cuyo único delito es
la adhesión a la religión de sus antepasados, ser recompensados por el hecho
con la felicidad eterna? ¿No se les promete la salvación eterna por su
ortodoxia? ¿Fueron Constantino, fue San Cirilo, fue San Atanasio, fue Santo
Domingo, dignos de beatificación? ¿Eran Júpiter, Thor, Mercurio, Woden y mil
más, merecedores de diademas celestiales? ¿Es el hombre errante y débil, con
todas sus imbecilidades, competente para formarse un juicio de los méritos
celestiales de sus semejantes? ¿Puede ser, con su óptica tenue, con su visión
limitada, sondear el corazón humano? ¿Puede sondear sus profundidades, rastrear
sus meandros, sumergirse en sus recovecos, con suficiente precisión, para
determinar quién entre su raza posee o no el mérito necesario para disfrutar de
una eternidad bendita? Así, los hombres malvados son presentados como modelos
por la superstición, la cual, como veremos, agudiza las pasiones de los hombres
mal dispuestos, al legitimar aquellos crímenes ante los cuales, sin esta sanción,
se estremecerían; que temerían cometer; o por los que, al menos, sentirían
vergüenza; por lo que experimentarían remordimiento. En resumen, los ministros
de la superstición dan a los hombres más libertinos el poder de complacer sus
pasiones inflamadas, y luego les presentan los medios de desviar de sus propias
cabezas el rayo que debería caer sobre sus crímenes, esparciendo ante ellos
nuevos incentivos para la intolerancia. persecución, con la promesa de una
felicidad inmarcesible. sin esta sanción, se estremecerían; que temerían
cometer; o por los que, al menos, sentirían vergüenza; por lo que
experimentarían remordimiento. En resumen, los ministros de la superstición dan
a los hombres más libertinos el poder de complacer sus pasiones inflamadas, y
luego les presentan los medios de desviar de sus propias cabezas el rayo que
debería caer sobre sus crímenes, esparciendo ante ellos nuevos incentivos para
la intolerancia. persecución, con la promesa de una felicidad inmarcesible. sin
esta sanción, se estremecerían; que temerían cometer; o por los que, al menos,
sentirían vergüenza; por lo que experimentarían remordimiento. En resumen, los
ministros de la superstición dan a los hombres más libertinos el poder de
complacer sus pasiones inflamadas, y luego les presentan los medios de desviar
de sus propias cabezas el rayo que debería caer sobre sus crímenes, esparciendo
ante ellos nuevos incentivos para la intolerancia. persecución, con la promesa
de una felicidad inmarcesible.
With respect to the incredulous, without doubt,
there may be amongst them wicked men, as well as amongst the most credulous;
but incredulity no more supposes wickedness, than credulity supposes
righteousness. On the contrary, the man who thinks, who meditates, knows far
better the true motives to goodness, than he who suffers himself to be blindly
guided by uncertain motives, or by the interest of others. Sensible men have
the greatest advantage in examining opinions, which it is pretended must have
an influence over their eternal happiness: if these are found false, if they
appear injurious to their present life, they will not therefore conclude, that
they have not another life either to fear or to hope; that they are permitted
to deliver themselves up with impunity to vice, which would do an injury to
themselves, that would draw upon them the contempt of their neighbour, which
would subject them to the anger of society: the man who does not expect another
life, is only more interested in prolonging his existence in this; in rendering
himself dear to his fellows, by cultivating virtue; by performing all his
duties with more strictness, in the only life of which he has any knowledge: he
has made a great stride towards felicity, in disengaging himself from those
terrors which afflict others, which frequently prevent their acting. Such a man
has nothing to fear, but every thing to hope; if, contrary to what he is able
to judge, there should be an hereafter existence, will not his actions have
been so regulated by virtue, will he not have so comported himself in his
present existence, as to stand a fair chance of enjoying in their fullest
extent those felicities prepared for his species?
Superstition, in fact, takes a pride in rendering
man slothful, in moulding him to credulity, in making him pusillanimous. It is
its principle to afflict him without intermission; to redouble in him the
horrors of death: ever ingenious in tormenting him, it has extended his
inquietudes beyond even his own existence; its ministers, the more securely to
dispose of him in this world, invented, in future regions, a variety of rewards
and punishments, reserving to themselves the privilege of awarding these heavenly
recompences to those who yielded most implicitly to their arbitrary laws; of
decreeing punishment to those refractory beings who rebelled against their
power: thus, according to them, Tantalus for divulging their secrets, must
eternally fear, engulphed in burning sulphur, the stone ready to fall on his
devoted head; whilst Romulus was beatified and worshipped as a god under the
name of Quirinus. The same system of superstition caused the philosopher
Callisthenes to be put to death, for opposing the worship of Alexander; and
elevated the monk Athanasius to be a saint in heaven. Far from holding forth
consolation to mortals, far from cultivating man's reason, far from teaching
him to yield under the hands of necessity, superstition, in a great many countries,
strives to render death still more bitter to him; to make its yoke sit heavy;
to fill up its retinue with a multitude of hideous phantoms; to paint it in the
most frightful colours; to render its approach terrible: by this means it has
crowded the world with enthusiasts, whom it seduces by vague promises; with
contemptible slaves, whom it coerces with the fear of imaginary evils: it has
at length persuaded man, that his actual existence is only a journey, by which
he will arrive at a more important life: this doctrine, whether it be rational
or irrational, prevents him from occupying himself with his true happiness;
from even dreaming of ameliorating his institutions, of improving his laws, of
advancing the progress of science, of perfectioning his morals. Vain and gloomy
ideas have absorbed his attention: he consents to groan under fanatical
tyranny—to writhe under political inflictions—to live in error—to
languish in misfortune—in the hope, when he shall be no more, of being one
day happier; in the firm confidence, that after he has disappeared, his
calamities, his patience, will conduct him to a never-ending felicity: he has
believed himself submitted to cruel priests, who are willing to make him
purchase his future welfare at the expence of every thing most dear to his
peace, most valuable to his existence here below: they have pictured heaven as
irritated against him, as disposed to appease itself by punishing him
eternally, for any efforts he should make to withdraw himself from, their power.
It is thus the doctrine of a future life has been made fatal to the human
species: it plunged whole nations into sloth, made them languid, filled them
with indifference to their present welfare, or else precipitated them, into the
most furious enthusiasm, which hurried them on to such lengths that they tore
each other in pieces in order to merit the promised heaven.
It will be asked, perhaps, by what road has man
been conducted to form to himself these gratuitous ideas of another world? I
reply, that it is a truth man has no idea of a future life, they are the ideas
of the past and the present that furnish his imagination with the materials of
which he constructs the edifice of the regions of futurity. Hobbes says,
"We believe that, that which is will always be, and that the same causes
will have the same effects." Man in his actual state, has two modes of
feeling, one that he approves, another that he disapproves: thus, persuaded
that these two modes of feeling must accompany him, even beyond his present
existence, he placed in the regions of eternity two distinguished abodes, one
destined to felicity, the other to misery: the one must contain those who obey
the calls of superstition, who believe in its dogmas; the other is a prison,
destined to avenge the cause of heaven, on all those who shall not faithfully
believe the doctrines promulgated by the ministers of a vast variety of
superstitions. Has sufficient attention been paid to the fact that results as a
necessary consequence from this reasoning; which on examination will be found
to have rendered the first place entirely useless, seeing, that by the number
and contradiction of these various systems, let man believe which ever he may,
let him follow it in the most faithful manner, still he must be ranked as an
infidel, as a rebel to the Divinity, because he cannot believe in all; and
those from which he dissents, by a consequence of their own creed, condemn him
to the prison-house?
Tal es el origen de las ideas sobre una vida
futura, tan difundidas entre la humanidad. Por todas partes se puede ver un
Elíseo y un Tártaro; un Paraíso y un Infierno; en una palabra, dos moradas
distinguidas, construidas según la imaginación de los entusiastas que las han
inventado, que las han acomodado a sus peculiares prejuicios, a las esperanzas,
a los temores, de las personas que creen en ellas. El indio figura la primera
de estas moradas como una de acción, de reposo permanente, porque, siendo habitante
de un clima cálido, ha aprendido a contemplar el descanso como el extremo de la
felicidad: el musulmán se promete placeres corporales, semejantes a los que en
realidad constituyen el objeto de su investigación en esta vida: cada uno
figura para sí mismo aquello a lo que ha aprendido a dar el mayor valor.
Cualquiera que sea la naturaleza de estos placeres,
el hombre comprendió que un cuerpo era necesario para que su alma pudiera
disfrutar de los placeres, o experimentar los dolores que le estaban
reservados: de ahí la doctrina de la resurrección .; pero cuando vio que este
cuerpo se pudría, cuando lo vio disolverse, cuando fue testigo de su
descomposición, después de la muerte, no sabía cómo formar de nuevo lo que él
concebía tan necesario para su sistema, por lo que recurrió a la Omnipotencia
Divina, por cuya interposición ahora cree que se efectuará. Esta opinión, tan
incomprensible, se dice que se originó en Persia, entre los magos, y encuentra
un gran número de adeptos, que nunca le han dado un examen serio: pero la
doctrina de la resurrección parece perfectamente inútil a todos los que creen.
en la existencia de un alma que siente, piensa, sufre y goza, después de una
separación del cuerpo: en efecto, ya hay sectas que empiezan a sostener que el
cuerpo no es necesario; que por tanto no resucitará. Al igual que Berkeley,
conciben que " sin tener ocasión de cuerpos para ese fin. Otros, incapaces
de elevarse a estas sublimes nociones, creían que bajo diversas formas, el
hombre animaba sucesivamente a diferentes animales de diversas especies; que
nunca dejó de ser un habitante de la tierra; tal era la opinión de quienes
adoptaron la doctrina de la Metempsicosis. sin tener ocasión de cuerpos para
ese fin. Otros, incapaces de elevarse a estas sublimes nociones, creían que
bajo diversas formas, el hombre animaba sucesivamente a diferentes animales de
diversas especies; que nunca dejó de ser un habitante de la tierra; tal era la
opinión de quienes adoptaron la doctrina de la Metempsicosis.
En cuanto a la miserable morada de las almas, la
imaginación de los fanáticos, deseosos de gobernar al pueblo, se esforzó en
reunir las imágenes más espantosas, para hacerla aún más terrible: el fuego es
de todos los seres lo que produce en el hombre la sensación más punzante. ; no
encontrando nada más cruel, los enemigos de los diversos dogmas debían ser
eternamente castigados con este elemento torturante: el fuego, por lo tanto,
era el punto en el que su imaginación estaba obligada a detenerse. Los ministros
de los diversos sistemas coincidieron bastante en general en que el fuego
vengaría un día a sus divinidades ofendidas: así pintaron a las víctimas, para
enojo de los dioses, o más bien de aquellos que cuestionaban sus propios
credos, como confinados en mazmorras de fuego, como perpetuamente rodando. en
un torbellino de llamas bituminosas, como sumergidos en insondables pozos de
azufre líquido,
Pero se preguntará, tal vez, cómo podría el hombre
reconciliarse con la creencia de una existencia acompañada de tormentos
eternos; sobre todo, como muchos, según sus propias supersticiones, tenían
motivos para temerlo por sí mismos? Muchas causas han concurrido para que
adopte tan repugnante opinión: en primer lugar, muy pocos hombres pensantes han
creído jamás tal absurdo, cuando se han dignado hacer uso de su razón; o,
cuando lo han acreditado, esta noción estuvo siempre contrarrestada por la idea
de la bondad, por una confianza en la misericordia, que atribuían a sus
respectivas divinidades: en segundo lugar, aquellos que estaban cegados por sus
temores, nunca se rendían a sí mismos cualquier relato de estas extrañas
doctrinas, que recibieron con temor de sus legisladores, o que les fueron
transmitidas por sus padres: en tercer lugar, cada uno ve el objeto de sus
terrores sólo a una distancia favorable: además, la superstición le promete los
medios de escapar de las torturas que cree haber merecido. Al final, como esos
enfermos a los que vemos aferrarse con cariño, incluso a la vida más dolorosa,
el hombre prefirió la idea de una existencia infeliz, aunque desconocida, a la
de la inexistencia, que consideraba como el mal más espantoso que podría
acontecerle; ya sea porque no podía formarse idea de ello, o porque su
imaginación le pintó esta inexistencia, esta nada, como el conjunto confuso de
todos los males. Un mal conocido, cualquiera que fuera su magnitud, lo alarmaba
menos (sobre todo cuando quedaba la esperanza de poder evitarlo) que un mal del
que no sabía nada, sobre el cual, en consecuencia, su imaginación se ocupaba
penosamente,
Se verá, entonces, que la superstición, lejos de
consolar al hombre sobre la necesidad de la muerte, sólo redobla sus terrores,
por los males con que pretende que seguirá su muerte; estos terrores son tan
fuertes, que los miserables que creen estrictamente en estas formidables
doctrinas, pasan sus días en la aflicción, bañados en las más amargas lágrimas.
¿Qué se dirá de una opinión tan destructiva para la sociedad, pero adoptada por
tantas naciones, que les anuncia que un destino severo puede tomarlas desprovistas
en cada instante; que en cada momento son susceptibles de pasar bajo el juicio
más riguroso? ¿Qué idea puede ser más adecuada para aterrorizar al hombre,
qué más probable que lo desaliente, qué idea más calculada para amortiguar
el deseo de mejorar su condición, que la aflictiva perspectiva de un mundo
siempre al borde de la disolución; de una Divinidad sentada sobre las ruinas
de la Naturaleza, ¿Listo para juzgar a la especie humana? Tales son, sin
embargo, las fatales opiniones con las que la mente de las naciones ha sido
alimentada durante miles de años: son tan peligrosas, que si por una feliz
falta de justa inferencia, no se desvió en su conducta de estas aflictivas
ideas, caería en la más abyecta estupidez. ¿Cómo podría el hombre ocuparse de
un mundo perecedero, listo en todo momento para desmoronarse en átomos? ¿Cómo
soñar con hacerse feliz en la tierra, cuando no es más que el pórtico de un
reino eterno? ¿Es entonces sorprendente que las supersticiones a las que sirven
de base doctrinas similares hayan prescrito a sus discípulos un desapego total
de las cosas de abajo, una renuncia total a los placeres más inocentes; han
dado a luz una pereza, una pusilanimidad, una abyección del alma, una
insociabilidad, que lo vuelve inútil para sí mismo, peligroso para los demás?
Si la necesidad no obligara al hombre a apartarse en su práctica de estos
sistemas irracionales, si sus necesidades no lo devolvieran a la razón, a pesar
de estas doctrinas supersticiosas, el mundo entero se convertiría en un vasto
desierto, habitado por unos pocos. salvajes aislados, que ni siquiera tendrían
valor para multiplicarse. ¿Qué son estas, sino nociones que necesariamente debe
dejar de lado, para que la asociación humana pueda subsistir? que ni siquiera
tendrían valor para multiplicarse. ¿Qué son estas, sino nociones que
necesariamente debe dejar de lado, para que la asociación humana pueda
subsistir? que ni siquiera tendrían valor para multiplicarse. ¿Qué son estas,
sino nociones que necesariamente debe dejar de lado, para que la asociación
humana pueda subsistir?
Sin embargo, la doctrina de una vida futura,
acompañada de premios y castigos, ha sido considerada durante un gran número de
edades como el más poderoso, o incluso como el único motivo capaz de coaccionar
las pasiones del hombre; como el único medio que puede obligarlo a ser
virtuoso: poco a poco, esta doctrina se ha convertido en la base de casi todas
las religiones y sistemas políticos, tanto es así, que en el día de hoy se dice
que este prejuicio no puede ser atacado sin desgarrar absolutamente los lazos
de la sociedad. Los fundadores de la superstición se han servido de ella para
ligar a sus crédulos discípulos; los legisladores lo han considerado como el
freno mejor calculado para mantener a la humanidad bajo disciplina; la religión
lo considera necesario para su felicidad; muchos filósofos mismos han creído
con sinceridad que esta doctrina era necesaria para aterrorizar al hombre, era
el único medio para apartarlo del crimen: no obstante, cuando la doctrina de la
inmortalidad del alma salió por primera vez de la escuela de Platón; cuando se
difundió por primera vez entre los griegos, causó los mayores estragos;
determinó a una multitud de hombres, que estaban descontentos con su condición,
a poner fin a su existencia: Ptolomeo Filadelfo, rey de Egipto, al ver el
efecto que esta doctrina, que en la actualidad se considera tan saludable,
produjo en el cerebro de su materias, prohibía su enseñanza bajo pena de
muerte.
De hecho, debe admitirse que esta doctrina ha sido
de la mayor utilidad para aquellos que han dado supersticiones a las naciones,
que al mismo tiempo se hicieron sus ministros; era el fundamento de su poder,
la fuente de su riqueza, la causa permanente de esa ceguera, la base sólida de
esos terrores, que les interesaba alimentar en la raza humana. Por esta
doctrina el sacerdote se convirtió primero en el rival, luego en el amo de los
reyes: es por este dogma que las naciones se llenan de entusiastas ebrios de
superstición, siempre más dispuestos a escuchar sus amenazas que a los consejos
de las razones, a las órdenes del soberano, a los gritos de la Naturaleza, oa
las leyes de la sociedad. La política misma estaba esclavizada al capricho del
sacerdote; el monarca temporal se vio obligado a doblegarse bajo el yugo del
monarca de la superstición; el uno sólo dispuso de este mundo perecedero, el
otro extendió su poder al mundo venidero; mucho más importante para el hombre
que la tierra, en la que no es más que un peregrino, un mero pasajero. Así, la
doctrina de otra vida colocó al gobierno mismo en un estado de dependencia del
sacerdote; el monarca no era más que su primer súbdito; nunca fue obedecido,
sino cuando los dos estaban de acuerdo. La naturaleza en vano clamó al hombre,
que se cuidara de su presente felicidad; el sacerdote le ordenó que fuera
infeliz, en espera de la felicidad futura; en vano la razón le exhortó a ser
pacífico; el sacerdote exhalaba fanatismo, furor fulminado, lo obligaba a
perturbar la tranquilidad pública,
Tal es el fruto que la política ha recogido de la
doctrina de una vida futura; las regiones del mundo venidero han permitido al
sacerdocio conquistar el mundo actual. La expectativa de la felicidad celestial
y el temor de las torturas futuras sólo sirvieron para impedir que el hombre
buscara los medios para hacerse feliz aquí abajo. Así, el error, bajo cualquier
aspecto que se le considere, nunca será más que una fuente de mal para la
humanidad. La doctrina de otra vida, al presentar a los mortales una felicidad
ideal, los hará entusiastas; al abrumarlos con temores, hará seres inútiles;
generar cobardes; formar hombres arabiosos o furiosos; que perderán de vista su
morada actual, para ocuparse de las regiones representadas de un mundo
venidero, con esos males terribles que deben temer después de su muerte.
Si se insiste en que la doctrina de las recompensas
y castigos futuros es el freno más poderoso para refrenar las pasiones del
hombre, responderemos apelando a la experiencia diaria. Si miramos a nuestro
alrededor, si por un momento examinamos lo que pasa ante nosotros, veremos que
se contradice esta afirmación; encontraremos que estas maravillosas
especulaciones no disminuyen en nada el número de los malvados, porque son
incapaces de cambiar el temperamento del hombre, de aniquilar las pasiones que
los vicios de la sociedad engendran en su corazón. En aquellas naciones que
parecen más profundamente convencidas de este futuro castigo, pueden verse
asesinos, ladrones, bribones astutos, opresores, adúlteros, voluptuosos; todos
estos pretenden estar firmemente persuadidos de la realidad de un más allá; sin
embargo, en el torbellino de la disipación,
En fin, en muchos de esos países donde la doctrina
de la otra vida está tan firmemente asentada, que cada uno se irrita contra
cualquiera que tenga la temeridad de combatir la opinión, o aun de dudarla,
vemos que es absolutamente incapaz de impresionar. cualquier cosa sobre los
gobernantes injustos, que son negligentes con el bienestar de su pueblo, que
son libertinos, sobre los cortesanos que son lascivos en sus hábitos, sobre los
avaros avaros, sobre los ladrones de piedra que engordan con la riqueza de una
nación, sobre las mujeres sin pudor, en una gran multitud de borrachos,
destemplados, viciosos, en gran número incluso entre aquellos sacerdotes, cuya
función es predicar este estado futuro, a quienes se les paga para anunciar la
venganza del cielo, contra los vicios que ellos mismos alientan por su ejemplo.
Si se les pregunta, ¿Cómo se atreven a entregarse a acciones tan escandalosas,
que deben saber que les acarrearán el castigo eterno? Contestarán que la locura
de sus pasiones, la fuerza de sus hábitos, el contagio del ejemplo, o incluso
el poder de las circunstancias, los han apresurado; les han hecho olvidar las
terribles consecuencias en que su conducta puede implicarles; además, dirán,
que los tesoros de la divina misericordia son infinitos; que el arrepentimiento
es suficiente para borrar las transgresiones más inmundas; para limpiar la más
negra culpa; para borrar los crímenes más enormes: en esta multitud de seres
miserables, que cada uno a su manera desola la sociedad con sus actividades criminales,
encontrarás solo un pequeño número que está suficientemente intimidado por los
temores del más allá miserable, para resistir sus malas propensiones. ¿Qué
dije? Estas propensiones son en sí mismas demasiado débiles para llevarlas
adelante sin la ayuda de la doctrina de otra vida; sin esto, la ley y el miedo
a la censura habrían sido motivos suficientes para evitar que se convirtieran
en criminales.
Es en verdad, en las almas temerosas y timoratas,
en quienes los terrores de otra vida hacen una profunda impresión; los seres
humanos de este tipo vienen al mundo con pasiones moderadas, son de
organización débil, poseen una imaginación fría; no es, por tanto, sorprendente
que en tales hombres, que ya están restringidos por su naturaleza, el temor del
castigo futuro contrapesa los débiles esfuerzos de sus débiles pasiones; pero
de ninguna manera es lo mismo con esos pecadores empedernidos, con esos criminales
empedernidos, con esos hombres que son habitualmente viciosos, cuyos excesos
indecorosos nada puede detener, que en su violencia cierran los ojos al temor
de las leyes de este mundo, despreciando aún más las del otro. Sin embargo,
¿cuántas personas dicen estar, e incluso creerse, restringidas por los temores
de la vida venidera? Pero, o nos engañan, o se imponen, atribuyéndoles a estos
temores lo que no es más que el efecto de motivos mucho más cercanos; tales
como la debilidad de su máquina, la apacibilidad de su temperamento, la escasa
energía de sus almas, su timidez natural, las ideas embebidas en su educación,
el miedo a las consecuencias que resultan inmediatamente de las acciones
criminales, los males físicos que acompañan a las irregularidades desenfrenadas:
estos son los verdaderos motivos que los refrenan; no las nociones de una vida
futura: que los hombres, que dicen estar más firmemente persuadidos de su
existencia, olvidan cada vez que un interés poderoso les solicita pecar. Si por
un tiempo el hombre prestara atención a lo que pasa ante sus ojos, percibiría
que atribuye al temor de los dioses lo que en realidad es sólo el efecto de una
debilidad peculiar, de la pusilanimidad, del pequeño interés encontrado para
cometer el mal: estos hombres no actuarían de otra manera que como lo hacen, si
no tuvieran este temor delante de ellos; si, por lo tanto, reflexionara,
sentiría que siempre es la necesidad lo que hace que los hombres actúen como lo
hacen.
Man cannot be restrained, when he does not find
within himself motives sufficiently powerful to conduct him back to reason.
There is nothing, either in this world or in the other, that can render him
virtuous, when an untoward organization—a mind badly cultivated—a violent
imagination—inveterate habits—fatal examples—powerful interests—invite
him from every quarter to the commission of crime. No speculations are capable
of restraining the man who braves public opinion, who despises the law, who is
careless of its censure, who turns a deaf ear to the cries of conscience, whose
power in this world places him out of the reach of punishment; in the violence
of his transports, he will fear still less a distant futurity, of which the
idea always recedes before that which he believes necessary to his immediate
interests, consistent with his present happiness. All lively passions blind man
to every thing that is not its immediate object; the terrors of a future life,
of which his passions always possess the secret to diminish to him the
probability, can effect nothing upon the wicked man, who does not fear even the
much nearer punishment of the law; who sets at nought the assured hatred of
those by whom he is surrounded. Man, when he delivers himself up to crime, sees
nothing certain except the supposed advantage which attends it; the rest always
appear to him either false or problematical.
If man would but open his eyes, even for a moment,
he would clearly perceive, that to effect any thing upon hearts hardened by
crime, he must not reckon upon the chastisement of an avenging Divinity, which
the self-love natural to man always shews him as pacified in the long run. He
who has arrived at persuading himself he cannot be happy without crime, will
always readily deliver himself up to it, notwithstanding the menaces of
religion. Whoever is sufficiently blind not to read his infamy in his own heart,
to see his own vileness in the countenances of his associates, his own
condemnation in the anger of his fellow-men, his own unworthiness in the
indignation of the judges established to punish the offences he may commit:
such a man, I say, will never feel the impression his crimes shall make on the
features of a judge, that is either hidden from his view, or that he only
contemplates at a distance. The tyrant who with dry eyes can hear the cries of
the distressed, who with callous heart can behold the tears of a whole people,
of whose misery he is the cause, will not see the angry countenance of a more
powerful master: like another Menippus, he may indeed destroy himself from
desperation, to avoid reiterated reproach; which only proves, that when a
haughty, arrogant despot pretends to be accountable for his actions to the
Divinity alone, it is because he fears his nation more than he does his God.
On the other hand, does not superstition itself,
does not even religion, annihilate the effects of those fears which it
announces as salutary? Does it not furnish its disciples with the means of
extricating themselves from the punishments with which it has so frequently
menaced them? Does it not tell them, that a steril repentance will, even at the
moment of death, disarm the celestial wrath; that it will purify the filthy
souls of sinners? Do not even the priests, in some superstitions, arrogate to
themselves the right of remitting to the dying the punishment due to the crimes
committed during the course of a disorderly life? In short, do not the most
perverse men, encouraged in iniquity, countenanced in debauchery, upheld in
crime, reckon, even to the last moment, either upon the assistance of
superstition, or upon the aid of religion, that promises them the infallible
means of reconciling themselves to the Divinity, whom they have irritated; of
avoiding the rigorous punishments pronounced against their enormities?
In consequence of these notions, so favourable to
the wicked, so suitable to tranquillize their fears, we see that the hope of an
easy expiation, far from correcting man, engages him to persist, until death,
in the most crying disorders. Indeed, in despite of the numberless advantages
which he is assured flows from the doctrine of a life to come, in defiance of
its pretended efficacy to repress the passions of men, do not the priests
themselves, although so interested in the maintenance of this system, every day
complain of its insufficiency? They acknowledge, that mortals, who from their
infancy they have imbued with these ideas, are not less hurried forward by
their evil propensities—less sunk in the vortex of dissipation—less the
slaves to their pleasures—less captivated by bad habits—less driven along
by the torrent of the world—less seduced by their present interest—which
make them forget equally the recompense and the chastisement of a future
existence. In a word, the interpreters of superstition, the ministers of
religion themselves, allow that their disciples, for the greater part, conduct
themselves in this world as if they had nothing either to hope or fear in
another.
In short, let it be supposed for a moment, that the
doctrine of eternal punishments was of some utility; that it really restrained
a small number of individuals; what are these feeble advantages compared to the
numberless evils that flow from it? Against one timid man whom this idea
restrains, there are thousands upon whom it operates nothing; there are
thousands whom it makes irrational; whom it renders savage persecutors; whom it
converts into fanatics; there are thousands whose mind it disturbs; whom it diverts
from their duties towards society; there are an infinity whom it grievously
afflicts, whom it troubles without producing any real good for their
associates.
Notwithstanding so many are inclined to consider
those who do not fall in with this doctrine as the enemies of society; it will
be found on examination that the wisest the most enlightened men of antiquity,
as well as many of the moderns, have believed not only that the soul is
material and perishes with the body, but also that they have attacked without
subterfuge the opinion of future everlasting punishments; it will also be found
that many of the systems, set up to establish the immortality of the soul, are
in themselves the best evidence that can be adduced of the futility of this
doctrine; if for a moment we only follow up the natural the just inferences
that are to be drawn from them. This sentiment was far from being, as some have
supposed, peculiar to the Epicureans, it has been adopted by philosophers of
all sects, by Pythagoreans, by Stoics, by Peripatetics, by Academics; in short
by the most godly the most virtuous men of Greece and of Rome.
Pythagoras, according to Ovid, speaks strongly to
the fact. Timaeus of Locris, who was a Pythagorean, admits that the doctrine of
future punishments was fabulous, solely destined for the imbecility of the
uninformed; but little calculated for those who cultivate their reason.
Aristotle expressly says, that "man has
neither good to hope nor evil to fear after death."
Zeno, according to Cicero, supposed the soul to be
an igneous substance, from whence he concluded it destroyed itself.
Cicero, the philosophical orator, who was of the
sect of Academics, although he is not on all occasions, in accord with himself,
treats openly as fables the torments of Hell; and looks upon death as the end
of every thing for man.
Seneca, the philosopher, is filled with passages
which contemplate death as a state of total annihilation, particularly in
speaking of it to his brother: and nothing can be more decisive of his holding
this opinion, than what he writes to Marcia, to console him.
Seneca, the tragedian, explains himself in the same
manner as the philosopher.
The Platonists, who made the soul immortal, could
not have an idea of future punishments, because the soul according to them was
a portion of the divinity which after the dissolution of the body it returned
to rejoin.
Epictetus has the same idea. In a passage reported
by Arrian, he says, "but where are you going? It cannot be to a place of
suffering: you will only return to the place from whence you came; you are
about to be again peaceably associated with the elements from which you are
derived. That which in your composition, is of the nature of fire, will return
to the element of fire; that which is of the nature of earth, will rejoin
itself to the earth; that which is air, will re-unite itself with air; that
which is water, will resolve itself into water; there is no Hell, no Acheron,
no Cocytus, no Phlegethon."
In another place he says, "the hour of death
approaches; but do not aggravate your evil, nor render things worse than they
are: represent them to yourself under their true point of view. The time is
come when the materials of which you are composed, go to resolve themselves
into the elements from whence they were originally borrowed. What is there that
is terrible or grievous in that? Is there any thing in the world that perishes
totally?"
The sage and pious Antoninus says, "he who
fears death, either fears to be deprived of all feeling, or dreads to
experience different sensations. If you lose all feeling, you will no longer be
subject either to pain or to misery. If you are provided with other senses of a
different nature, you will become a creature of a different species." This
great emperor further says, "that we must expect death with tranquillity,
seeing, that it is only a dissolution of the elements of which each animal is
composed."
A la evidencia de tantos grandes hombres de la
antigüedad pagana , se puede unir la del autor del Eclesiastés, que habla de la
muerte y de la condición del alma humana, como un epicúreo ; dice, "porque
lo que les sucede a los hijos de los hombres, les sucede a las bestias; incluso
una cosa les sucede: como muere uno, así muere el otro; sí, todos tienen un
mismo aliento: de modo que el hombre no tiene preeminencia sobre una bestia,
porque todo es vanidad. Todos van a un mismo lugar; todos son del polvo, y todo
se vuelve polvo otra vez". Y además, "por lo cual percibo que no hay
nada mejor que el que el hombre se regocije en sus propias obras, porque esa es
su porción: porque ¿quién lo llevará a ver qué será después de él?"
En resumen, ¿cómo puede conciliarse la utilidad o
la necesidad de esta doctrina con el hecho de que el gran legislador de los
judíos ; ¿Quién se supone inspirado por la Divinidad, debió callar sobre un
tema que se dice de tanta importancia? En el tercer capítulo del Génesis se
dice: "Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la
tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.
"
CAP. XIV.
La educación, la moral y las leyes bastan para
refrenar al hombre.—Del deseo de la inmortalidad.—Del suicidio.
No es, pues, en un mundo ideal, tal vez no
existente en ninguna parte, sino en la imaginación del hombre, que debe buscar
reunir motivos calculados para hacerlo obrar propiamente en éste; es en el
mundo visible donde se encontrarán incitaciones para desviarlo del crimen;
despertarlo a la virtud. Es en la Naturaleza, en la experiencia, en verdad,
donde debe buscar remedios para los males de su especie; por motivos adecuados
para infundir en el corazón humano, propensiones verdaderamente útiles a la
sociedad; calculado para promover su ventaja; para conducir al fin para el cual
fue diseñado.
Si se ha prestado atención a lo dicho en el
transcurso de este trabajo, se verá que ante todo se trata de educación .que
mejor proporcionará los medios verdaderos de rectificar los errores, de
recordar las andanzas de la humanidad. Es esto lo que debe esparcir las
Semillas en su corazón; cultivar los brotes tiernos; hacer un uso provechoso de
sus disposiciones; tome en cuenta aquellas facultades que dependen de su
organización: las cuales deben acariciar el fuego de su imaginación, encenderlo
para objetos útiles; humedecerlo o extinguirlo para otros; en fin, es esto lo
que debe hacer que las almas sensibles adquieran hábitos ventajosos para la
sociedad y benéficos para el individuo. Educado de esta manera, el hombre no
tendría ocasión de los castigos celestiales, para enseñarle el valor de la
virtud; no necesitaría contemplar abismos ardientes de azufre bajo sus pies,
para inducirlo a sentir horror por el crimen; La naturaleza sin estas fábulas,
enseñaría mucho mejor lo que se debe a sí mismo; la ley señalaría lo que debe
al cuerpo político del que es miembro. Es así que la educación basada en la
utilidad formaría ciudadanos valiosos para el estado; los depositarios del
poder distinguirían a aquellos a quienes la educación debería haber formado
así, en razón de las ventajas que procurarían a su país; castigarían a los que
fueran hallados injuriosos; haría ver a los ciudadanos que las promesas de
recompensa que ofrece la educación, los castigos denunciados por la moral, no
son en modo alguno vanos; que en un estado bien constituido, los depositarios
del poder distinguirían a aquellos a quienes la educación debería haber formado
así, en razón de las ventajas que procurarían a su país; castigarían a los que
fueran hallados injuriosos; haría ver a los ciudadanos que las promesas de
recompensa que ofrece la educación, los castigos denunciados por la moral, no
son en modo alguno vanos; que en un estado bien constituido, los depositarios
del poder distinguirían a aquellos a quienes la educación debería haber formado
así, en razón de las ventajas que procurarían a su país; castigarían a los que
fueran hallados injuriosos; haría ver a los ciudadanos que las promesas de
recompensa que ofrece la educación, los castigos denunciados por la moral, no
son en modo alguno vanos; que en un estado bien constituido,la virtud es la
verdad, el único camino a la felicidad; talentos el camino para ganar respeto;
que la inutilidad conduce a la desgracia: que el crimen conduce al desprecio.
Un gobierno justo, ilustrado, virtuoso y vigilante,
que proponga honestamente el bien público, no tendría ocasión ni de fábulas ni
de falsedades, para gobernar asuntos razonables; se avergonzaría de hacer uso
de la impostura, para engañar a sus ciudadanos; quienes, instruidos en sus
deberes, encontrarían su interés en someterse a leyes equitativas; quién sería
capaz de sentir el beneficio que éstos tienen el poder de conferirles; sentiría
que la costumbre es suficiente para inspirarles horror, aun por aquellos
crímenes encubiertos que escapan a los ojos de la sociedad; comprendería que
los castigos visibles de este mundo imponen mucho más a la generalidad de los
hombres, que los de un futuro incierto y lejano: en suma, comprobaría que los
beneficios sensibles dentro del alcance del poder soberano distribuir,
El hombre es casi en todas partes tan malvado, tan
corrompido, tan rebelde a la razón, sólo porque no está gobernado de acuerdo
con su Naturaleza, ni debidamente instruido en sus leyes necesarias: está casi
en todos los climas alimentado con quimeras supersticiosas; sometido a maestros
que descuidan su instrucción o que buscan engañarlo. Sobre la faz de este
globo, pueden verse con frecuencia soberanos injustos, que, enervados por el
lujo, corrompidos por la adulación, depravados por el libertinaje, envilecidos
por la impunidad, desprovistos de talento, sin moral, desprovistos de virtud,
son incapaces de ejercer energía alguna. en beneficio de los estados que
gobiernan; en consecuencia, están poco ocupados con el bienestar de su pueblo;
indiferente a sus deberes; de los cuales, de hecho, a menudo son ignorantes.
Tales gobernantes dejan que toda su atención sea absorbida por diversiones
frívolas; estimulados por el deseo de encontrar continuamente medios para
alimentar su insaciable ambición, se embarcan en inútiles guerras
despobladoras; y nunca ocupan su mente en aquellos objetos que son los más
importantes para la felicidad de su nación: sin embargo, estos hombres débiles
se sienten interesados en mantener los prejuicios recibidos, y visitan con
severidad a aquellos que consideran los medios de curarlos: en una palabra,
privados de ellos mismos. aquel entendimiento, que enseña al hombre que le
interesa ser bondadoso, justo y virtuoso; ordinariamente no recompensan más que
aquellos delitos que su imbecilidad les hace imaginar que les son útiles;
generalmente castigan aquellas virtudes que se oponen a sus propias pasiones
imprudentes, pero que la razón señalaría como verdaderamente beneficiosas para
sus intereses. Bajo tales amos es sorprendente que la sociedad sea devastada;
que los seres débiles estén dispuestos a imitarlos; que los hombres perversos
se emulen unos a otros en la opresión de sus miembros; en sacrificar sus
intereses más queridos; en despojar su felicidad? El estado de la sociedad en
tales países es un estado de hostilidad del soberano contra el todo, de cada
uno de sus miembros el uno contra el otro. El hombre es malo, no porque nazca
así, sino porque así se vuelve; los grandes, los poderosos, aplastan
impunemente a los indigentes y desdichados; estos, a riesgo de sus vidas,
buscan tomar represalias, devolver el mal que han recibido: atacan abiertamente
o en secreto a un país, que para ellos es una madrastra, que da todo a algunos
de sus hijos, y despoja a los demás de todo: lo castigan por su parcialidad, y
mostrar claramente que los motivos tomados de una vida futura son impotentes
contra la furia de aquellas pasiones a las que ha dado a luz una administración
corrupta; que el terror de los castigos en este mundo son demasiado débiles
frente a la necesidad; contra los hábitos delictivos; contra la organización
peligrosa no corregida por la educación.
En muchos países se descuida la moral de la gente;
el gobierno sólo se ocupa de hacerlos tímidos; con hacerlos miserables. El
hombre es casi en todas partes un esclavo; entonces debe seguirse
necesariamente que es bajo, interesado, disimulado, sin honor, en una palabra,
que tiene los vicios del estado del que es ciudadano. Casi en todas partes es
engañado; alentado en la ignorancia; impedido de cultivar su razón; por
supuesto que debe ser estúpido, irracional y malvado casi en todas partes donde
ve aplaudir el vicio y honrar el crimen; de ahí concluye que el vicio es un
bien; virtud, sólo un inútil sacrificio de sí mismo: casi en todas partes es
miserable, por lo que injuria a sus semejantes en un intento infructuoso de
aliviar su propia angustia: es en vano mostrarle el cielo para contenerlo; sus
puntos de vista actualmente descienden de nuevo a la tierra; está dispuesto a
ser feliz a cualquier precio; por tanto, las leyes que no han provisto para su
instrucción, para su moral, ni para su felicidad, lo amenazan inútilmente; se
sumerge en sus empresas, y estas finalmente lo castigan, por la injusta
negligencia de sus legisladores. Si la política más ilustrada, se ocupara
seriamente de la instrucción, del bienestar del pueblo; si las leyes fueran más
equitativas; si cada sociedad, menos parcial, concediera a sus miembros el
cuidado, la educación y la ayuda que tienen derecho a esperar; si los gobiernos
menos codiciosos y más vigilantes se afanaran en hacer más felices a sus
súbditos, no se vería tal número de malhechores, de ladrones, de asesinos, que
por doquier infestan la sociedad; no estarían obligados a destruir la vida,
para castigar la maldad; lo cual es comúnmente atribuible a los vicios de sus
propias instituciones: sería innecesario buscar en otra vida quimeras
fantasiosas, que siempre resultan abortivas contra las pasiones enfurecidas;
contra las necesidades reales del hombre. En fin, si el pueblo fuera instruido,
sería más feliz; la política ya no se reduciría a la exigencia de engañarlos,
para refrenarlos; ni destruir a tantos desdichados, por haber procurado lo
necesario, a expensas de sus conciudadanos de corazón duro. serían más felices;
la política ya no se reduciría a la exigencia de engañarlos, para refrenarlos;
ni destruir a tantos desdichados, por haber procurado lo necesario, a expensas
de sus conciudadanos de corazón duro. serían más felices; la política ya no se
reduciría a la exigencia de engañarlos, para refrenarlos; ni destruir a tantos
desdichados, por haber procurado lo necesario, a expensas de sus conciudadanos
de corazón duro.
When it shall be desired to enlighten man, let him
always have truth laid before him. Instead of kindling his imagination by the
idea of those punishments that a future state has in reserve for him, let him
be solaced—let him be succoured; or, at least, let him be permitted to enjoy
the fruit of his labour—let not his substance be ravished from him by cruel
imposts—let him not be discouraged from work, by finding all his labour
inadequate to support his existence; let him not be driven into that idleness,
that will surely lead him on to crime: let him consider his present existence,
without carrying his views to that which may attend him after his death; let
his industry be excited—let his talents be rewarded—let him be rendered
active, laborious, beneficent, and virtuous, in the world he inhabits; let it
be shewn to him, that his actions are capable of having an influence over his
fellow-men. Let him not be menaced with the tortures of a future existence when
he shall be no more; let him behold society armed against those who disturb its
repose; let him see the consequence of the hatred of his associates; let him
learn to feel the value of their affection; let him be taught to esteem
himself; let him understand, that to obtain it, he must have virtue; above all,
that the virtuous man in society has nothing to fear, but every thing to hope.
If it be desired to form honest, courageous,
industrious citizens, who may be useful to their country, let them beware of
inspiring man from his infancy with an ill-founded dread of death; of amusing
his imagination with marvellous fables; of occupying his mind with his destiny
in a future life, quite useless to be known, which has nothing in common with
his real felicity. Let them speak of immortality to intrepid, noble souls; let
them shew it as the price of their labours to energetic minds, who are solely
occupied with virtue; who springing forward beyond the boundaries of their
actual existence—who, little satisfied with eliciting the admiration, with
gaining the love of their contemporaries, are will also to wrest the homage, to
secure the affection of future races. Indeed, this is an immortality to which
genius, talents, above all virtue, has a just right to pretend; do not
therefore let them censure—do not let them endeavour to stifle so noble a
passion in man; which is founded upon his nature; which is so calculated to
render him happy; from which society gather the most advantageous fruits.
The idea of being buried in total oblivion, of
having nothing in common after his death with the beings of his species; of losing
all possibility of again having any influence over them, is a thought extremely
painful to man; it is above all afflicting to those who possess an ardent
imagination. The desire of immortality, or of living in the memory of his
fellow men, was always the passion of great souls; it was the motive to the
actions of all those who have played a great part on the earth. Heroes whether
virtuous or criminal, philosophers as well as conquerors, men of genius and men
of talents, those sublime personages who have done honor to their species, as
well as those illustrious villains who have debased and ravaged it, have had an
eye to posterity in all their enterprises; have flattered themselves with the
hope of acting upon the souls of men, even when they themselves should no
longer exist. If man in general does not carry his views so far, he is at least
sensible to the idea of seeing himself regenerated in his children; whom he
knows are destined to survive him; to transmit his name; to preserve his
memory; to represent him in society; it is for them that he rebuilds his
cottage; it is for them that he plants the tree which his eyes will never
behold in its vigour; it is that they may be happy that he labours. The sorrow
which embitters the life of those rich men, frequently so useless to the world,
when they have lost the hope of continuing their race, has its source in the
fear of being entirely forgotten: they feel that the useless man dies entirely.
The idea that his name will be in the mouths of men, the thought that it will
be pronounced with tenderness, that it will be recollected with kindness, that
it will excite in their hearts favourable sentiments, is an illusion that is
useful; is a vision suitable to flatter even those who know that nothing will
result from it. Man pleases himself with dreaming that he shall have power,
that he shall pass for something in the universe, even after the term of his
human existence; he partakes by imagination in the projects, in the actions, in
the discussions of future ages, and would be extremely unhappy if he believed
himself entirely excluded from their society. The laws in all countries have
entered into these views; they have so far been willing to console their
citizens for the necessity of dying, by giving them the means of exercising
their will, even for a long time after their death: this condescension goes to
that length, that the dead frequently regulate the condition of the living
during a long series of years.
Every thing serves to prove the desire in man of
surviving himself. Pyramids, mausoleums, monuments, epitaphs, all shew that he
is willing to prolong his existence even beyond his decease. He, is not
insensible to the judgment of posterity; it is for him the philosopher writes;
it is to astonish him that the monarch erects sumptuous edifices, gorgeous
palaces; it is his praises, it is his commendations, that the great man already
hears echo in his ears; it is to him that the virtuous citizen appeals from unjust
laws; from prejudiced contemporaries—happy chimera! generous illusion! mild
vision! its power is so consoling, so bland, that it realizes itself to ardent
imaginations; it is calculated to give birth, to sustain, to nurture, to mature
enthusiasm of genius, constancy of courage, grandeur of soul, transcendency of
talent; its force is so gentle, its influence so pleasing, that it is sometimes
able to repress the vices, to restrain the excesses of the most powerful men;
who are, as experience has shewn, frequently very much disquieted for the
judgment of their posterity; from a conviction that this will sooner or later
avenge the living of the foul injustice which they may be inclined to make them
suffer.
Ningún hombre, por lo tanto, puede consentir en ser
completamente borrado del recuerdo de sus semejantes; algunos hombres no tienen
la temeridad de ponerse por encima del juicio de la futura especie humana, de
degradarse a sus ojos. ¿Dónde está el ser que es insensible al placer de
excitar las lágrimas de los que le sobreviven; de volver a actuar sobre sus
almas; de ocupar una vez más sus pensamientos; de ejercer sobre ellos su poder
aun desde el fondo de su tumba? Que se imponga, pues, el silencio eterno a esos
seres supersticiosos, a esos hombres melancólicos, a esos fanáticos furiosos,
que censuran un sentimiento del que la sociedad saca tantas ventajas reales;
que la humanidad no escuche a esos filósofos desapasionados que están
dispuestos a sofocar este gran y noble manantial de su alma; que no se deje
seducir por los sarcasmos de esos voluptuosos, que pretenden despreciar una
inmortalidad, hacia la cual no tienen poder para encaminarse; el deseo de
complacer a la posteridad, de hacer agradable su nombre a las generaciones
venideras, es un motivo respetable y loable, cuando le lleva a emprender
aquellas cosas cuya utilidad se puede sentir, cuyas ventajas pueden tener una
influencia no sólo sobre sus contemporáneos, sino también sobre naciones que
aún no tienen existencia. Que no trate como irracional el entusiasmo de esos
seres benéficos, de esos poderosos genios, de esos estupendos talentos, cuyas
agudas, cuyas penetrantes miradas, lo han previsto aun en su día; que se han
ocupado por él; por su bienestar; por su felicidad; que han deseado su
sufragio; que han escrito para él; que lo han enriquecido con sus
descubrimientos; que lo han curado de algunos de sus errores. Que les rinda el
homenaje que han esperado de sus manos; que, al menos, reverencie su memoria
por los beneficios que ha obtenido de ellos; que trate con respeto sus restos
desmoronados, por el placer que recibe de sus trabajos; pague a sus cenizas un
tributo de grato recuerdo, por la felicidad que se han esforzado en procurarle.
Que rocíe con sus lágrimas, que santifique con su recuerdo, que consagre con su
más fina sensibilidad, las urnas de Sócrates, de Foción; de Arquímedes; de
Anaxarco; que lave la mancha que su castigo ha hecho en la especie humana;
expía con su pesar la ingratitud ateniense, la barbarie salvaje de Nicocreonte;
que aprenda con su ejemplo a temer el fanatismo supersticioso; aborrecer la
intolerancia política; que tema acosar el mérito; que tenga cuidado de cómo
insulta la virtud, al perseguir a aquellos que pueden diferir de él en sus
prejuicios.
Que derrame flores sobre las tumbas de un Homero,
de un Tasso, de un Shakespeare, de un Milton, de un orfebre; que reverencie las
sombras inmortales de esos felices genios, cuyas canciones todavía vibran en
sus oídos; cuyas armoniosas puestas excitan en su alma los más tiernos
sentimientos; bendiga la memoria de todos aquellos bienhechores del pueblo, que
fueron las delicias del género humano; que adore las virtudes de un Tito, de un
Trajano, de un Antonino, de un Juliano: que merezca en su esfera, los elogios
de las edades futuras; que siempre recuerde, que para llevar consigo a la tumba
el pesar de su prójimo, debe desplegar talentos; demostrar integridad;
practicar la virtud. Las ceremonias fúnebres de los monarcas más poderosos,
rara vez se han mojado con las lágrimas del pueblo, comúnmente las han vaciado
en vida. Los nombres de los tiranos excitan el horror de quienes los llevan
pronunciados. ¡Tiemblad, pues, crueles reyes! vosotros que hundís a vuestros
súbditos en la miseria; que los bañan con lágrimas amargas – que asolan las
naciones – que inundan la tierra con la corriente vital – que transforman
la tierra fecunda en un cementerio yermo; tiembla por los rasgos sanguinarios
bajo los cuales el futuro historiador te pintará, a las generaciones aún no
nacidas: ni tus espléndidos monumentos, tus imponentes victorias, tus
innumerables ejércitos, ni tus cortesanos aduladores, pueden impedir que la
posteridad vengue a sus abuelos; de insultar tus odiosas melenas; de tratar con
desdén tus execrables recuerdos; de derramar su desprecio sobre tus
trascendentes crímenes. que los bañan con lágrimas amargas – que asolan las
naciones – que inundan la tierra con la corriente vital – que transforman
la tierra fecunda en un cementerio yermo; tiembla por los rasgos sanguinarios
bajo los cuales el futuro historiador te pintará, a las generaciones aún no
nacidas: ni tus espléndidos monumentos, tus imponentes victorias, tus
innumerables ejércitos, ni tus cortesanos aduladores, pueden impedir que la
posteridad vengue a sus abuelos; de insultar tus odiosas melenas; de tratar con
desdén tus execrables recuerdos; de derramar su desprecio sobre tus
trascendentes crímenes. que los bañan con lágrimas amargas – que asolan las
naciones – que inundan la tierra con la corriente vital – que transforman
la tierra fecunda en un cementerio yermo; tiembla por los rasgos sanguinarios
bajo los cuales el futuro historiador te pintará, a las generaciones aún no
nacidas: ni tus espléndidos monumentos, tus imponentes victorias, tus
innumerables ejércitos, ni tus cortesanos aduladores, pueden impedir que la
posteridad vengue a sus abuelos; de insultar tus odiosas melenas; de tratar con
desdén tus execrables recuerdos; de derramar su desprecio sobre tus
trascendentes crímenes. ni vuestros espléndidos monumentos, vuestras imponentes
victorias, vuestros innumerables ejércitos, ni vuestros cortesanos aduladores,
pueden impedir que la posteridad vengue a sus abuelos; de insultar tus odiosas
melenas; de tratar con desdén tus execrables recuerdos; de derramar su
desprecio sobre tus trascendentes crímenes. ni vuestros espléndidos monumentos,
vuestras imponentes victorias, vuestros innumerables ejércitos, ni vuestros
cortesanos aduladores, pueden impedir que la posteridad vengue a sus abuelos;
de insultar tus odiosas melenas; de tratar con desdén tus execrables recuerdos;
de derramar su desprecio sobre tus trascendentes crímenes.
El hombre no sólo ve con dolor su disolución, sino
que nuevamente desea que su muerte sea un acontecimiento interesante para los
demás. Pero, como ya hemos dicho, debe tener talentos, debe tener beneficencia,
debe tener virtud, para que los que le rodean se interesen por su condición;
para que los que le sobrevivan, den pena a sus cenizas. ¿Es, entonces,
sorprendente que la mayor parte de los hombres, ocupados enteramente en sí
mismos, completamente absorbidos por su propia vanidad, entregados a sus propios
objetos pueriles, siempre ocupados en el cuidado de satisfacer sus viles
pasiones, a expensas, quizás, de de la felicidad de su familia, indiferentes a
las necesidades de una esposa, indiferentes a la necesidad de sus hijos,
indiferentes a los llamados de la amistad, independientemente de su deber para
con la sociedad, no exciten con su muerte la sensibilidad de sus
sobrevivientes; o que deben ser olvidados en la actualidad? Hay una infinidad
de monarcas de los que la historia no nos dice nada, salvo que hayan vivido. A
pesar de la inutilidad en que los hombres en su mayor parte pasan su
existencia, maugre el poco cuidado que ponen, para hacerse queridos por los
seres que los rodean; no obstante las numerosas acciones que cometen para
desagradar a sus asociados; el amor propio de cada individuo lo persuade de que
su muerte debe ser un acontecimiento interesante: pocos hombres se creen a sí
mismos como un Euryalus en la amistad, todos esperan encontrar un Nisus, por lo
que la filauería exagerada del hombre le muestra que dice así el orden de las
cosas se revierten a su muerte. ¡Oh mortal! débil y vano! ¿No conoces a los
Sesostris, los Alejandros, los césares están muertos? Sin embargo, el curso del
universo no se detiene; la muerte de aquellos célebres conquistadores, que
afligieron a unos pocos esclavos favorecidos, fue motivo de deleite para toda
la raza humana. ¿Crees, pues, neciamente que tus talentos deberían interesar a
tu especie, que son lo bastante grandes como para enlutarla a tu muerte? ¡Pobre
de mí! ¡Los Corneille, los Locke, los Newton, los Boyle, los Harvey, los
Montesquieus, los Sheridan ya no existen! Lamentada por un pequeño número de
amigos, que ahora se han consolado con sus necesarias vocaciones, su muerte fue
indiferente para la mayor parte de sus conciudadanos. ¡Entonces te atreves a
halagarte a ti mismo, que tu reputación, tus títulos, tus riquezas, tus comidas
suntuosas, tus placeres diversificados, harán de tu funeral un evento
melancólico! Unos pocos hablarán de ella durante dos días, y no os extrañéis en
absoluto: aprended que han muerto en épocas pasadas, en Babilonia, en Sardis,
en Cartago, en Atenas, en Roma, millones de ciudadanos más ilustres, más
poderoso, más opulento, más voluptuoso que tú; de los cuales, sin embargo,
nadie se ha ocupado de transmitirte ni siquiera los nombres. ¡Sé entonces
virtuoso, oh hombre! en cualquier posición que tu destino te asigne, y serás
feliz en tu vida; haz el bien y serás apreciado; adquiere talentos y serás
respetado; la posteridad te admirará, si esos talentos, haciéndose beneficiosos
para sus intereses, les hacen conocer el nombre con el que en otro tiempo
designaron a tu ser aniquilado. Pero el universo no se perturbará por tu
pérdida; y cuando llegues a morir, mientras tu mujer, tus hijos,
No se ocupe, pues, el hombre de su condición
futura, sino que se esfuerce diligentemente en hacerse útil a aquellos con
quienes vive; que para su propia felicidad peculiar se haga obediente a sus
padres, fiel a su esposa, atento a sus hijos, amable con sus parientes, fiel a
sus amigos, indulgente con sus sirvientes; que se esfuerce por llegar a ser
estimable a los ojos de sus conciudadanos; que sirva fielmente a un país que le
asegura su bienestar; que el deseo de agradar a la posteridad, de merecer sus
aplausos, lo incite a aquellas labores que suscitarán sus elogios; que un
legítimo amor propio, cuando sea digno de él, le haga gustar de antemano los
elogios que está dispuesto a recibir. merecer; que aprenda a amarse a sí mismo,
a estimarse a sí mismo; pero nunca consienta que vicios ocultos, que crímenes
sagrados, lo degraden a sus propios ojos; le obligará a avergonzarse de su
propia conducta.
Así dispuesto, contemple su propio fallecimiento
con la misma indiferencia, que será mirado por el mayor número de sus
semejantes; que espere la muerte con constancia; espéralo con tranquila
resignación; que aprenda a sacudirse esos vanos terrores con que la
superstición lo abrumaría; que deje al entusiasta sus vagas esperanzas; al
fanático sus locas especulaciones; al fanático esos temores con los que
ministra a su propia melancolía; pero que su corazón, fortificado por la razón,
corroborado por el amor a la virtud, no tema ya una disolución que destruirá
todo sentimiento.
Cualquiera que sea el apego que el hombre tenga a
la vida, cualquiera que sea su miedo a la muerte, se atestigua todos los días
que el hábito, esa opinión, ese prejuicio, son motivos suficientemente
poderosos para aniquilar estas pasiones en su pecho; para hacerle enfrentar el
peligro; para hacerle arriesgar su existencia. La ambición, el orgullo, los
celos, el amor, la vanidad, la avaricia, el deseo de gloria, esa deferencia de
opinión que se adorna con el sonoro título de una cuestión de honor ., tienen la
eficacia de hacerle cerrar los ojos al peligro; reírse del peligro; para
empujarlo a la muerte: la vejación, la ansiedad de la mente, la desgracia, la
falta de éxito, suaviza para él sus rasgos duros; le hace considerarla como una
puerta que le dará cobijo de la injusticia de la humanidad: la indigencia, la
miseria, la adversidad, le familiariza con esta muerte, tan terrible para los
felices. El pobre, condenado al trabajo, habituado a las privaciones, privado
de las comodidades de la vida, ve su llegada con indiferencia: el desgraciado,
cuando es infeliz, cuando no tiene recursos, la abraza desesperado; el
desdichado acelera su marcha en cuanto ve que la felicidad ya no está a su
alcance.
El hombre en diferentes épocas, en diferentes
países, se ha formado opiniones muy diversas sobre la conducta de aquellos que
han tenido la temeridad de poner fin a su propia existencia. Sus ideas sobre
este tema, como sobre todos los demás, han tomado el tono de su religión, han
sido gobernadas por sus sistemas supersticiosos, han sido modificadas por sus
instituciones políticas. Los griegos, los romanos y otras naciones, a las que
todo conspiraba para volverlos intrépidos, para hacerlos valerosos, para llevarlos
a la magnanimidad, consideraban héroes, contemplaban como dioses a los que
voluntariamente cortaban el hilo de la vida. En Indoostan, el brahmán aún sabe
cómo inspirar a las mujeres con suficiente fortaleza para quemarse sobre los
cadáveres de sus maridos. El japonés, en la ocasión más insignificante, no
tiene ningún tipo de dificultad en clavarle una daga en el pecho.
Entre la gente de nuestro propio país, la religión
hace al hombre menos pródigo en vida; enseña que es ofensivo para la Deidad que
se destruya a sí mismo. Algunos moralistas, abstrayendo el colmo de las ideas
religiosas, han sostenido que nunca está permitido al hombre quebrantar las
condiciones del pacto que ha hecho con la sociedad. Otros han considerado el
suicidio como una cobardía; han pensado que era debilidad, que desplegaba
pusilanimidad, para sufrir, para verse arrollado él mismo con los dardos de su
destino; y he sostenido que habría mucho más coraje, más elevación del alma, en
soportar sus aflicciones, en resistir los golpes del destino.
Si se consulta a la naturaleza sobre este punto, se
encontrará que todas las acciones del hombre, ese débil juguete en manos de la
necesidad, son indispensables; que dependen de causas que lo mueven a pesar de
sí mismo; que sin su conocimiento, lo hacen cumplir en cada momento de su
existencia alguno de sus decretos. Si el mismo poder que obliga a todos los
seres inteligentes a apreciar su existencia, hace que la del hombre sea tan
dolorosa, tan cruel, que le resulte insoportable abandonar su especie; el orden
es destruido para él, cumple un decreto de la Naturaleza, que quiere que ya no
exista. Esta Naturaleza ha trabajado durante miles de años, para formar en las
entrañas de la tierra el hierro que debe contar sus días.
Si se examina la relación del hombre con la
Naturaleza, se encontrará que su compromiso no fue voluntario por su parte, ni
recíproco por parte de la Naturaleza. La volición de su voluntad no participó
en su nacimiento; es comúnmente contra su voluntad que se ve obligado a
terminar la vida; sus acciones son, como hemos probado, sólo los efectos
necesarios de causas desconocidas que determinan su voluntad. Él es, en manos
de la Naturaleza, lo que una espada es en sus propias manos; puede caer sobre
él sin que pueda acusarlo de romper sus compromisos; o de estampar con
ingratitud la mano que la sostiene: el hombre sólo puede amar su existencia a
condición de ser feliz; tan pronto como toda la naturaleza le niega esta
felicidad; tan pronto como todo lo que le rodea se vuelve incómodo para él, tan
pronto como sus ideas melancólicas no ofrecen más que cuadros aflictivos a su
imaginación; ya no existe más; está suspendido en el vacío; deja un puesto que
ya no le conviene; en el que no encuentra interés alguno; que no le ofrece
protección; que lo abruma con la calamidad; en el que ya no puede ser útil ni
para sí mismo ni para los demás.
Si se considera el pacto que une al hombre a la
sociedad, será evidente que todo contrato es condicional, debe ser recíproco;
es decir, supone ventajas mutuas entre las partes contratantes. El ciudadano no
puede estar ligado a su patria, a sus asociados, sino por los lazos de la
felicidad. ¿Se cortan estos lazos en dos? Es restaurado a la libertad. ¿La
sociedad, o quienes la representan, lo tratan con dureza, lo tratan con
injusticia, le hacen penosa la existencia? ¿La deshonra lo mantiene al dedo del
escarnio; ¿Lo amenaza la indigencia en un mundo obstinado? Amigos pérfidos, ¿lo
abandonan en la adversidad? Una esposa infiel, ¿le ultraja el corazón? Hijos
rebeldes e ingratos, afligen su vejez? ¿Ha puesto su felicidad exclusivamente
en algún objeto que le es imposible procurar? El disgusto, el remordimiento, la
melancolía y la desesperación, ¿han desfigurado para él el espectáculo del
universo? En resumen, por la causa que sea: si no es capaz de soportar sus
males, abandona un mundo que en adelante es para él sólo un desierto espantoso;
se aparta para siempre de un país que cree que ya no quiere contarlo entre el
número de sus hijos; abandona una casa que, en su opinión, está lista para
enterrarlo bajo sus ruinas; renuncia a una sociedad a cuya felicidad ya no
puede contribuir; que sólo su propia y peculiar felicidad puede hacer caro para
él: y ¿podría reprocharse al hombre que, encontrándose inútil; quien estando
sin recursos, en el pueblo donde el destino lo parió, debe dejarlo con
disgusto, para sumergirse en la soledad? La muerte parece a los desdichados el
único remedio para la desesperación; es entonces cuando la espada parece el
único amigo, el único consuelo que le queda al desdichado: mientras la
esperanza siga siendo el inquilino de su pecho, mientras sus males le parezcan
soportables, mientras halague a sí mismo con verlos llevados a su fin, mientras
encuentre algún consuelo en la existencia, por débil que sea, no consentirá en
privarse de la vida: pero cuando nada sostenga más en él el amor de esta existencia,
entonces vivir , es para él el mayor de los males; morir, el único modo por el
cual puede evitar el exceso de desesperación. Esta ha sido la opinión de muchos
grandes hombres: Séneca, el moralista, a quien Lactancio llama el pagano
divino, que ha sido elogiado por igual por San Austin y San Agustín, se
esfuerza por toda clase de argumentos para hacer de la muerte un asunto de
indiferencia para el hombre. Siempre se ha elogiado a Catón porque no
sobreviviría a la causa de la libertad; por eso no viviría esclavo. Curtius,
que cabalgó voluntariamente hasta la brecha para salvar a su país, siempre ha
sido presentado como un modelo de virtud heroica. ¿No es evidente que aquellos
mártires que se han entregado al castigo, han preferido dejar el mundo a vivir
en él contrariamente a sus propios ideales de felicidad? Cuando Sansón quiso
vengarse de los filisteos, ¿no consintió en morir con ellos como único medio?
Si nuestro país es atacado, ¿no sacrificamos voluntariamente nuestras vidas en
su defensa? porque no sobreviviría a la causa de la libertad; por eso no
viviría esclavo. Curtius, que cabalgó voluntariamente hasta la brecha para
salvar a su país, siempre ha sido presentado como un modelo de virtud heroica.
¿No es evidente que aquellos mártires que se han entregado al castigo, han
preferido dejar el mundo a vivir en él contrariamente a sus propios ideales de
felicidad? Cuando Sansón quiso vengarse de los filisteos, ¿no consintió en
morir con ellos como único medio? Si nuestro país es atacado, ¿no sacrificamos
voluntariamente nuestras vidas en su defensa? porque no sobreviviría a la causa
de la libertad; por eso no viviría esclavo. Curtius, que cabalgó
voluntariamente hasta la brecha para salvar a su país, siempre ha sido
presentado como un modelo de virtud heroica. ¿No es evidente que aquellos
mártires que se han entregado al castigo, han preferido dejar el mundo a vivir
en él contrariamente a sus propios ideales de felicidad? Cuando Sansón quiso
vengarse de los filisteos, ¿no consintió en morir con ellos como único medio?
Si nuestro país es atacado, ¿no sacrificamos voluntariamente nuestras vidas en
su defensa? ¿Han preferido abandonar el mundo a vivir en él en contra de sus
propios ideales de felicidad? Cuando Sansón quiso vengarse de los filisteos,
¿no consintió en morir con ellos como único medio? Si nuestro país es atacado,
¿no sacrificamos voluntariamente nuestras vidas en su defensa? ¿Han preferido
abandonar el mundo a vivir en él en contra de sus propios ideales de felicidad?
Cuando Sansón quiso vengarse de los filisteos, ¿no consintió en morir con ellos
como único medio? Si nuestro país es atacado, ¿no sacrificamos voluntariamente
nuestras vidas en su defensa?
Que la sociedad que no tiene la capacidad, o que no
está dispuesta a procurar al hombre ningún beneficio, pierde todos sus derechos
sobre él; La naturaleza, cuando ha hecho completamente miserable su existencia,
le ha ordenado en efecto que la abandone: al morir no hace más que cumplir uno
de sus decretos, como lo hizo cuando respiró por primera vez. Para el que no
teme a la muerte, no hay mal sin remedio; para el que se niega a morir, aún
existen beneficios que lo atan al mundo; en este caso, que reúna sus poderes,
que oponga el coraje a un destino que lo oprime, que invoque los recursos que
la naturaleza todavía le proporciona; ella no puede haberlo abandonado
totalmente, mientras todavía le deja la sensación de placer; las esperanzas de
ver un período a sus dolores.
El hombre regula su juicio sobre sus semejantes,
sólo por su propio modo peculiar de sentir; juzga como locura, llama delirio a
todas aquellas acciones violentas que cree poco acordes con sus causas; o que
le parecen calculados para privarlo de esa felicidad, hacia la que supone un
ser en el goce de sus sentidos, no puede dejar de tener una tendencia: trata a
su asociado como una criatura débil, cuando lo ve afectado con aquello que lo
toca pero ligeramente; o cuando es incapaz de soportar aquellos males, que su
amor propio le halaga, él mismo podría soportar con más fortaleza. Acusa de
locura a quien se priva de la vida, por objetos que juzga indignos de tan caro
sacrificio; lo carga con frenesí, porque él mismo ha aprendido a considerar
esta vida como la mayor bendición. Es así como se erige siempre en juez de la
felicidad de los demás, de su modo de ver, de su manera de sentir: un avaro que
se destruye a sí mismo después de la pérdida de su tesoro, aparece como un
tonto a los ojos de los demás. el que está menos apegado a las riquezas; no
siente, que sin dinero, la vida para este avaro es solo una tortura continua;
que nada en el mundo es capaz de apartarlo de sus dolorosas sensaciones: te
dirá con orgullo, que en su lugar no había hecho tanto; pero para estar
exactamente en el lugar de otro hombre, es necesario tener su organización, su
temperamento, sus pasiones, sus ideas; de hecho es necesario ser ese otro; ser
colocado exactamente en las mismas circunstancias; ser movido por las mismas
causas; y en este caso todos los hombres, como el avaro, sacrificarían su vida,
El que se priva de su existencia, no adopta este
extremo, tan repugnante a su tendencia natural; pero cuando nada en este mundo
tiene la facultad de regocijarlo; cuando no quedan medios para desviar su
aflicción; cuando la razón ya no actúa; su desgracia sea cual sea, para él es
real; su organización, sea fuerte o sea débil, es la suya, no la de otro: un
hombre que está enfermo sólo en la imaginación, sufre realmente mucho; incluso
los sueños problemáticos lo colocan en una situación muy incómoda. Así, cuando
un hombre se mata a sí mismo, debe concluirse que la vida, en lugar de ser un
beneficio, se había convertido para él en un mal muy grande; esa existencia
había perdido todos sus encantos a sus ojos; que toda la naturaleza estaba para
él desprovista de atracción; que ya no contenía nada que pudiera seducirlo;
Muchos considerarán peligrosas estas máximas;
ciertamente explican por qué los infelices cortan el hilo de la vida, de una
manera que no corresponde a los prejuicios recibidos; pero, sin embargo, es un
temperamento agriado por el disgusto, una constitución biliosa, un hábito
melancólico, un defecto en la organización, un trastorno en la mente; es de
hecho la necesidad y no las especulaciones razonables lo que engendra en el
hombre el designio de destruirse a sí mismo. Nada le invita a dar este paso
mientras le quede la razón; o mientras aún posee esperanza, ese bálsamo
soberano para todo mal: en cuanto al desdichado, que no puede perder de vista
sus penas, que no puede olvidar sus penas, que tiene sus males siempre
presentes en su mente; está obligado a tomar consejo solo de estos: además,
¿qué ayuda, qué ventaja puede prometerse la sociedad a sí mismo, de un
miserable miserable reducido a la desesperación; de un misántropo abrumado por
el dolor; ¿de un desgraciado atormentado por los remordimientos, que ya no
tiene ningún motivo para hacerse útil a los demás, que se ha abandonado a sí
mismo, que ya no encuentra interés en conservar su vida? Frecuentemente, los
que se destruyen a sí mismos son tales que si hubieran vivido, las leyes
ofendidas se habrían visto obligadas en última instancia a sacarlos de una
sociedad que deshonraron; de un país al que habían herido. las leyes ofendidas
deben haber sido finalmente obligadas a removerlas de una sociedad que
deshonraron; de un país al que habían herido. las leyes ofendidas deben haber
sido finalmente obligadas a removerlas de una sociedad que deshonraron; de un
país al que habían herido.
Como la vida es comúnmente la mayor bendición para
el hombre, es de suponer que quien se priva de ella está obligado a ella por
una fuerza invencible. Es el exceso de miseria, el colmo de la desesperación,
el trastorno de su cerebro, causado por la melancolía, lo que impulsa al hombre
a destruirse a sí mismo. Agitado por impulsos contrarios, se ve, como antes
dijimos, obligado a seguir un camino medio que lo conduce a la muerte; si el
hombre no es un agente libre, en cualquier instante de su vida, lo es mucho
menos en el acto por el cual termina.
Se verá, pues, que el que se mata a sí mismo, no
comete, como se pretende, un ultraje a la naturaleza. Sigue un impulso que lo
ha privado de la razón; adopta el único medio que le queda para salir de su
angustia; sale por una puerta que ella le deja abierta; no puede ofender al
cumplir una ley de necesidad: la mano de hierro de ésta ha roto el resorte que
le hace apetecible la vida; lo que lo instó a la autoconservación, le muestra
que debe abandonar un rango o sistema en el que se siente demasiado miserable
para tener el deseo de permanecer. Su país o su familia no tienen derecho a
quejarse de un miembro a quien no tienen medios para hacer feliz; de quien, en
consecuencia, no tienen nada más que esperar: para ser útil a cualquiera, es
necesario que aprecie su propia existencia peculiar; que tenga interés en
conservarse, que ame los lazos que le unen a los demás, que sea capaz de
ocuparse de su felicidad, que tenga dominio propio. Que el suicida se
arrepienta de su precipitación, que se sobreviva a sí mismo, que lleve consigo
a su futura residencia, sus órganos, sus sentidos, su memoria, sus ideas, su
actual modo de existir, su determinada manera de pensar.
En suma, nada es más útil para la sociedad que
inspirar al hombre el desprecio por la muerte; desterrar de su mente las falsas
ideas que tiene de sus consecuencias. El miedo a la muerte nunca puede hacer
más que cobardes; el miedo a sus consecuencias no hará más que seres fanáticos
o melancólicos, inútiles para sí mismos, inútiles para los demás. La muerte es
un recurso que de ningún modo se debe quitar a la virtud oprimida; que la
injusticia del hombre reduce frecuentemente a la desesperación. Si el hombre
temiera menos a la muerte, no sería ni esclavo ni supersticioso; la verdad
encontraría defensores más celosos; los derechos de la humanidad serían
sostenidos con más fuerza; se defendería intrépidamente la virtud: se opondría
más poderosamente al error; la tiranía sería desterrada de las naciones: la
cobardía la alimenta, el miedo la perpetúa. De hecho,el hombre no puede estar
contento ni feliz mientras sus opiniones lo obliguen a temblar .
CAP. XV.
Del verdadero Interés del Hombre, o de las Ideas
que se forma de la Felicidad.—El hombre no puede ser feliz sin la Virtud.
La utilidad, como se ha observado antes, debe ser
la única norma del juicio del hombre. Ser útil, es contribuir a la felicidad de
sus semejantes; ser perjudicial es aumentar su miseria. Concedido esto,
examinemos si los principios que hemos establecido hasta aquí son perjudiciales
o ventajosos, útiles o inútiles para la raza humana. Si el hombre busca
incesantemente su felicidad, sólo puede aprobar aquello que le procura su
objeto o le proporciona los medios por los cuales ha de obtenerlo.
Lo que ya se ha dicho servirá para fijar nuestras
ideas sobre lo que constituye esta felicidad: ya se ha mostrado que no es más
que un placer continuado: pero para que un objeto pueda agradar, es necesario
que las impresiones que hace, las percepciones que da, las ideas que deja, en
una palabra, que el movimiento que excita en el hombre debe ser análogo a su
organización; conforme a su temperamento; asimilado a su naturaleza individual:
modificado como está por el hábito, determinado como está por una infinidad de
circunstancias, es necesario que la acción del objeto por el cual es movido, o
de la cual la idea permanece con él, lejos de debilitarlo, lejos de aniquilar
sus sentimientos, debe tender a fortalecerlo; es necesario, que sin fatigar su
mente, agotar sus facultades, o trastornar sus órganos, este objeto debe
impartir a su máquina ese grado de actividad para el que continuamente tiene
ocasión. ¿Cuál es el objeto que une todas estas cualidades? ¿Dónde está el
hombre cuyos órganos son susceptibles de agitación continua sin fatigarse; sin
experimentar una sensación dolorosa; sin hundirse? El hombre está siempre
dispuesto a ser advertido de su existencia de la manera más viva, siempre que
pueda serlo sin dolor. ¿Qué digo? Consiente frecuentemente en sufrir, antes que
en no sentir. Se acostumbra a mil cosas que al principio debieron afectarle de
manera desagradable; pero que muchas veces terminan por convertirse en
necesidades, o por no afectarle ya en modo alguno: de esta verdad el tabaco, el
café y sobre todo el aguardiente dan ejemplos: por eso corre a ver tragedias;
que es testigo de la ejecución de criminales. En suma, el deseo de sentir, de
ser poderosamente conmovido, parece ser el principio de la curiosidad; de esa
avidez con que el hombre se apodera de lo maravilloso; de ese fervor con que se
aferra a lo sobrenatural; de la disposición que manifiesta hacia lo
incomprensible. ¿Dónde, de hecho, puede encontrar siempre objetos en la
naturaleza capaces de suministrar continuamente el estímulo necesario para
mantenerlo en actividad, que será siempre proporcional al estado de su propia
organización; que su extrema movilidad hace sujeto a perpetua variación? Los
placeres más vivos son siempre los menos duraderos, ya que son los que más le
agotan. de esa avidez con que el hombre se apodera de lo maravilloso; de ese
fervor con que se aferra a lo sobrenatural; de la disposición que manifiesta
hacia lo incomprensible. ¿Dónde, de hecho, puede encontrar siempre objetos en
la naturaleza capaces de suministrar continuamente el estímulo necesario para
mantenerlo en actividad, que será siempre proporcional al estado de su propia
organización; que su extrema movilidad hace sujeto a perpetua variación? Los
placeres más vivos son siempre los menos duraderos, ya que son los que más le
agotan. de esa avidez con que el hombre se apodera de lo maravilloso; de ese
fervor con que se aferra a lo sobrenatural; de la disposición que manifiesta
hacia lo incomprensible. ¿Dónde, de hecho, puede encontrar siempre objetos en
la naturaleza capaces de suministrar continuamente el estímulo necesario para
mantenerlo en actividad, que será siempre proporcional al estado de su propia
organización; que su extrema movilidad hace sujeto a perpetua variación? Los
placeres más vivos son siempre los menos duraderos, ya que son los que más le
agotan. que será siempre proporcional al estado de su propia organización; que
su extrema movilidad hace sujeto a perpetua variación? Los placeres más vivos
son siempre los menos duraderos, ya que son los que más le agotan. que será
siempre proporcional al estado de su propia organización; que su extrema
movilidad hace sujeto a perpetua variación? Los placeres más vivos son siempre
los menos duraderos, ya que son los que más le agotan.
Para que el hombre fuera ininterrumpidamente feliz,
sería requisito que sus poderes fueran infinitos; requeriría que a su movilidad
uniera un vigor, una solidez, que nada podría cambiar; o bien es necesario que
los objetos de los que recibe el impulso adquieran o pierdan propiedades, según
los diferentes estados por los que su máquina se ve obligada a pasar
sucesivamente; se necesitaría que las esencias de los seres fueran cambiadas en
la misma proporción que sus disposiciones; debe someterse a la influencia
continua de mil causas, que lo modifican sin su conocimiento ya pesar de sí
mismo. Si, en cada momento, su máquina sufre cambios más o menos marcados, que
son atribuibles a los diferentes grados de elasticidad, de densidad, de
serenidad de la atmósfera; a la porción de fluido ígneo que circula por su
sangre; a la armonía de sus órganos; al orden que existe entre las diversas
partes de su cuerpo; si, en cada período de su existencia, sus nervios no
tienen las mismas tensiones, sus fibras la misma elasticidad, su mente la misma
actividad, su imaginación el mismo ardor, etc. es evidente que las mismas
causas, conservando para él sólo las mismas cualidades, no pueden afectarle
siempre de la misma manera. Aquí está la razón por la que los objetos que le
agradan en una estación le desagradan en otra: estos objetos no han cambiado
sensiblemente; pero sus órganos, sus disposiciones, sus ideas, su modo de ver,
su manera de sentir, han cambiado: tal es la fuente de la inconstancia del
hombre. al orden que existe entre las diversas partes de su cuerpo; si, en cada
período de su existencia, sus nervios no tienen las mismas tensiones, sus
fibras la misma elasticidad, su mente la misma actividad, su imaginación el
mismo ardor, etc. es evidente que las mismas causas, conservando para él sólo
las mismas cualidades, no pueden afectarle siempre de la misma manera. Aquí
está la razón por la que los objetos que le agradan en una estación le
desagradan en otra: estos objetos no han cambiado sensiblemente; pero sus
órganos, sus disposiciones, sus ideas, su modo de ver, su manera de sentir, han
cambiado: tal es la fuente de la inconstancia del hombre. al orden que existe
entre las diversas partes de su cuerpo; si, en cada período de su existencia,
sus nervios no tienen las mismas tensiones, sus fibras la misma elasticidad, su
mente la misma actividad, su imaginación el mismo ardor, etc. es evidente que
las mismas causas, conservando para él sólo las mismas cualidades, no pueden
afectarle siempre de la misma manera. Aquí está la razón por la que los objetos
que le agradan en una estación le desagradan en otra: estos objetos no han
cambiado sensiblemente; pero sus órganos, sus disposiciones, sus ideas, su modo
de ver, su manera de sentir, han cambiado: tal es la fuente de la inconstancia
del hombre. es evidente que las mismas causas, conservando para él sólo las
mismas cualidades, no pueden afectarle siempre de la misma manera. Aquí está la
razón por la que los objetos que le agradan en una estación le desagradan en
otra: estos objetos no han cambiado sensiblemente; pero sus órganos, sus
disposiciones, sus ideas, su modo de ver, su manera de sentir, han cambiado:
tal es la fuente de la inconstancia del hombre. es evidente que las mismas
causas, conservando para él sólo las mismas cualidades, no pueden afectarle
siempre de la misma manera. Aquí está la razón por la que los objetos que le
agradan en una estación le desagradan en otra: estos objetos no han cambiado
sensiblemente; pero sus órganos, sus disposiciones, sus ideas, su modo de ver,
su manera de sentir, han cambiado: tal es la fuente de la inconstancia del
hombre.
Si los mismos objetos no están constantemente en
ese estado competente para formar la felicidad del mismo individuo, es fácil
percibir que son aún menos capaces de complacer a todos los hombres; o que la
misma felicidad no puede ser adecuada para todos. Seres ya diversos en su
temperamento, diferentes en sus facultades, diversos en su organización,
diferentes en su imaginación, disímiles en sus ideas, de opiniones distintas,
de hábitos contrarios, que una infinidad de circunstancias, ya sean físicas o morales,
han modificado diversamente, necesariamente deben formar nociones muy
diferentes de la felicidad. Los de un MISER no pueden ser los mismos que los de
un PRÓDIGO; los de un VOLUPTUARIO, lo mismo que los de uno que es FLEMÁTICO;
las de un intemperante, las mismas que las de un hombre racional, que cuida su
salud. la felicidad de cada uno, está en consecuencia compuesto de su
organización natural, y de aquellas circunstancias, de esos hábitos, de esas
ideas, sean verdaderas o falsas, que lo han modificado: esta organización y
estas circunstancias, no siendo nunca las mismas en dos hombres cualesquiera,
se sigue, que lo que es el objeto de las opiniones de un hombre, debe ser
indiferente, o incluso desagradable para otro; así, como antes hemos dicho,
nadie puede ser capaz de juzgar de lo que puede contribuir a la felicidad de su
prójimo.
Interesares el objeto al que cada individuo, según
su temperamento y sus propias ideas peculiares, atribuye su bienestar; de donde
se percibirá que este interés nunca es más que el que cada uno contempla como
necesario para su felicidad. Por lo tanto, debe concluirse que ningún hombre
está totalmente desinteresado. La del avaro para amasar riquezas; la del
pródigo para disiparla: el interés del ambicioso es obtener poder; la del
filósofo modesto para disfrutar de la tranquilidad; el interés del libertino es
entregarse, sin reservas, a toda clase de placeres; la del hombre prudente,
abstenerse de las que puedan perjudicarle; el interés del malvado es satisfacer
sus pasiones a cualquier precio; la del virtuoso, merecer con su conducta el
amor, obtener con sus acciones la aprobación de los demás ;
Así, cuando se dice que el interés es el único
motivo de las acciones humanas;tiene la intención de indicar que cada hombre
trabaja a su manera, para su propia felicidad peculiar; que lo coloca en algún
objeto visible u oculto; ya sea real o imaginario; que todo el sistema de su
conducta está dirigido a su consecución. Concedido esto, ningún hombre puede
ser llamado desinteresado; esta denominación sólo se aplica a aquellos cuyos
motivos ignoramos; o cuyo interés aprobamos. Así, el hombre que encuentra mayor
placer en ayudar a sus amigos en la desgracia que en guardar en sus arcas
tesoros inútiles, se llama generoso, fiel y desinteresado; del mismo modo se
denominan desinteresados todos los hombres que sienten su gloria mucho más
preciosa que su fortuna. En suma, se denominan desinteresados todos los
hombres que ponen su felicidad en hacer sacrificios que el hombre considera
costosos,
El hombre juzga frecuentemente muy erróneamente del
interés de los demás, ya sea porque los motivos que los animan le resultan
demasiado complicados para desentrañar; o porque para poder juzgar de ellos
justamente, es necesario tener los mismos ojos, los mismos órganos, las mismas
pasiones, las mismas opiniones; sin embargo, obligado a formar su juicio de las
acciones de la humanidad, por su efecto sobre sí mismo, aprueba el interés que
los mueve siempre que el resultado es ventajoso para su especie: así, admira el
valor, la generosidad, el amor a la libertad, los grandes talentos, la virtud,
etc. entonces sólo aprueba los objetos en los que los seres que aplaude han
puesto su felicidad; aprueba estas disposiciones aun cuando no esté en
condiciones de sentir sus efectos; pero en este juicio él mismo no está
desinteresado; experiencia, reflexión, hábito, razón,virtudencuentra a la vista
un bello cuadro del que no es propietario. El que se ha formado el hábito de
practicar la virtud, es un hombre que tiene incesantemente ante sus ojos el
interés que tiene en merecer el afecto, en merecer la estima, en conseguir la
ayuda de los demás, así como en amar y estimar. él mismo: impresionado por
estas ideas que se han vuelto habituales en él, se abstiene incluso de delitos
ocultos, ya que éstos lo degradarían a sus propios ojos: se parece a un hombre
que, habiendo contraído desde su infancia el hábito de la limpieza, se sentiría
dolorosamente afectado en verse sucio, incluso cuando nadie debería
presenciarlo. El hombre honesto es aquel a quien la verdad ha mostrado su
interés o su felicidad en un modo de actuar que los demás están obligados a
amar, están en la necesidad de aprobar por su propio interés peculiar.
Estos principios, debidamente desarrollados, son la
verdadera base de la moral; nada hay más quimérico que los que se fundan en
motivos imaginarios colocados fuera de la naturaleza; o sobre sentimientos
innatos; que algunos especuladores han considerado anterior a la experiencia
del hombre; como totalmente independiente de las ventajas que resultan para él
de su uso: es la esencia del hombre amarse a sí mismo; tender a su propia
conservación; buscar hacer feliz su existencia: así el interés, o el deseo de felicidad,
es el único motivo real de todas sus acciones; este interés depende de su
organización natural, se basa en sus necesidades, se funda en sus ideas
adquiridas, brota de los hábitos que ha contraído: sin duda está en el error,
cuando una organización viciada o falsas opiniones le muestran su bienestar en
cosas inútiles o perjudiciales para sí mismo, así como para los demás; marcha
firmemente por los senderos de la virtud cuando las ideas verdaderas le han
hecho descansar su felicidad en una conducta útil a su especie; en lo que es
aprobado por otros; lo que lo convierte en un objeto interesante para sus
asociados.La moral sería una ciencia vana si no probara indiscutiblemente al
hombre que su interés consiste en ser virtuoso. La obligación de cualquier
tipo, sólo puede fundarse en la probabilidad o certeza de obtener un bien o
evitar un mal.
De hecho, en ningún instante de su duración, un ser
sensible, inteligente, puede perder de vista su propia conservación u olvidar
su propio bienestar; se debe la felicidad a sí mismo; pero la experiencia le
demuestra rápidamente que privado de asistencia, completamente solo, abandonado
por completo a sí mismo, no puede procurarse todos los objetos que son
necesarios para su felicidad: vive con seres sensibles e inteligentes, ocupados
como él en su propia felicidad peculiar. ; pero capaz de asistirlo, en la obtención
de aquellos objetos que más desea; descubre que estos seres no serán favorables
a sus puntos de vista, pero cuando encuentran su interés involucrado; de lo
cual concluye que su propia felicidad exige, que sus propias necesidades hacen
necesario que se conduzca en todo momento de una manera adecuada para conciliar
el apego, para obtener la aprobación, para obtener la estima, para asegurar la
asistencia de aquellos seres que están más capacitados para promover sus
designios. Percibe que es el hombre quien es más necesario para el bienestar
del hombre: que para inducirlo a unirse a sus intereses, debe hacerle encontrar
ventajas reales al registrar sus proyectos: pero para procurar ventajas reales
a los seres del especie humana, es tener virtud; el hombre razonable, por
tanto, está obligado a sentir que le interesa ser virtuoso. pero procurar
ventajas reales a los seres de la especie humana, es tener virtud; el hombre
razonable, por tanto, está obligado a sentir que le interesa ser virtuoso. pero
procurar ventajas reales a los seres de la especie humana, es tener virtud; el
hombre razonable, por tanto, está obligado a sentir que le interesa ser
virtuoso.La virtud es sólo el arte de hacerse feliz por la felicidad de los
demás . El hombre virtuoso es aquel que comunica felicidad a aquellos seres que
son capaces de hacer feliz su propia condición; quienes son necesarios para su
conservación; que tienen la capacidad de procurarle una existencia feliz.
Tal es, pues, el verdadero fundamento de toda
moral; el mérito y la virtud se basan en la naturaleza del hombre; tienen su
dependencia de sus deseos. Sólo la virtud puede hacerlo verdaderamente feliz:
sin la virtud la sociedad no puede ser útil ni subsistir; sólo puede tener
utilidad real cuando reúne seres animados por el deseo de agradarse unos a
otros, y dispuestos a trabajar en beneficio recíproco: no existe consuelo en
aquellas familias cuyos miembros no están en la feliz disposición de prestarse
mutuo socorro; que no tienen una reciprocidad de sentimientos que los estimule
a ayudarse unos a otros; que los induce a aferrarse unos a otros, a soportar
las penas de la vida; unir sus esfuerzos, para apartar los males a que la
naturaleza los ha sometido; los lazos conyugales, son dulces sólo en la medida
en que identifican el interés de dos seres, unidos por la falta de legítimo
placer; de donde resulta el mantenimiento de la sociedad política y los medios
para dotarla de ciudadanos. La amistad tiene encantos sólo cuando asocia más
particularmente a dos seres virtuosos; es decir, animados del sincero deseo de
conspirar a su recíproca felicidad. En resumen, sólo exhibiendo la virtud puede
el hombre merecer la benevolencia, ganarse la confianza, ganarse la estima de
todos aquellos con quienes se relaciona; en una palabra, ningún hombre puede
ser feliz independientemente. es decir, animados del sincero deseo de conspirar
a su recíproca felicidad. En resumen, sólo exhibiendo la virtud puede el hombre
merecer la benevolencia, ganarse la confianza, ganarse la estima de todos
aquellos con quienes se relaciona; en una palabra, ningún hombre puede ser
feliz independientemente. es decir, animados del sincero deseo de conspirar a
su recíproca felicidad. En resumen, sólo exhibiendo la virtud puede el hombre
merecer la benevolencia, ganarse la confianza, ganarse la estima de todos
aquellos con quienes se relaciona; en una palabra, ningún hombre puede ser
feliz independientemente.
En efecto, la felicidad de cada individuo humano
depende de los sentimientos que engendra, de los sentimientos que nutre en los
seres entre los que su destino lo ha colocado; la grandeza puede deslumbrarlos;
el poder puede arrancarles un homenaje involuntario; la fuerza puede obligar a
una obediencia involuntaria; la opulencia puede seducir a los mezquinos, puede
atraer a las almas venales; pero es la humanidad, es la benevolencia, es la
compasión, es la equidad, que sin la ayuda de éstos, puede obtener sin esfuerzo
para él, de aquellos que lo rodean, esos deliciosos sentimientos de apego, esos
calmantes sentimientos de ternura, esos dulces ideas de estima, de las cuales
todos los hombres razonables sienten la necesidad. Ser virtuoso, entonces, es
poner su interés en lo que concuerda con el interés de los demás; es disfrutar
de esos beneficios, participar de ese placer que él mismo difunde entre sus
semejantes. Aquel a quien su naturaleza, su educación, sus reflexiones, sus
hábitos, lo han hecho susceptible de estas disposiciones, y a quien sus
circunstancias le han dado la facultad de satisfacerlas, se convierte en un
objeto interesante para todos los que se le acercan: disfruta de cada instante,
lee con satisfacción el contento, contempla con placer la alegría que ha
derramado sobre todos los semblantes: su mujer, sus hijos, sus amigos, sus
criados le saludan con rostros alegres y serenos, indicativos de ese contento,
presagios de aquel la paz, que reconoce por su propia obra: todo lo que le
rodea está dispuesto a participar de sus placeres; compartir sus dolores;
querido, respetado, admirado por los demás, todo lo conduce a agradables
reflexiones; conoce los derechos que ha adquirido sobre sus corazones; se
aplaude a sí mismo por ser la fuente de una felicidad que cautiva al mundo
entero; su propia condición, sus sentimientos de amor propio, se vuelven cien
veces más deliciosos cuando los ve participar de todos aquellos con quienes su
destino lo ha unido. El hábito de la virtud no crea para él más necesidades que
las que la virtud misma basta para satisfacer; es asi quela virtud es siempre
su propia recompensa peculiar , que se remunera a sí misma con todas las
ventajas que procura incesantemente a los demás.
Se dirá, y tal vez hasta se probará, que bajo la
presente constitución de las cosas, la virtud lejos de procurar el bienestar de
quienes la practican, sumerge frecuentemente al hombre en la desgracia; a
menudo pone continuos obstáculos a su felicidad; que casi en todas partes es
sin recompensa. ¿Qué digo? Mil ejemplos podrían aducirse como prueba, de que en
casi todos los países se odia, se persigue, se obliga a lamentar la ingratitud
de la naturaleza humana. Respondo confesando que, por una consecuencia necesaria
de los errores de su raza, la virtud rara vez conduce al hombre a aquellos
objetos en que los ignorantes hacen consistir su felicidad. La mayor parte de
las sociedades, gobernadas con demasiada frecuencia por aquellos cuya
ignorancia les hace abusar de su poder, cuyos prejuicios los convierten en
enemigos de la virtud, que halagados por aduladores, seguros de la impunidad de
que disfrutan sus acciones, comúnmente prodigan su estima, otorguen su bondad,
sólo a los objetos más indignos; premie sólo a los más frívolos, recompense
sólo a las cualidades más perjudiciales; y casi nunca conceden al mérito esa
justicia que incuestionablemente le corresponde. Pero el hombre verdaderamente
honesto, no es ni ambicioso de remuneración, ni diligente de los sufragios de
una sociedad así mal constituida: contento con la felicidad doméstica, no busca
aumentar las relaciones, que no harían más que aumentar su peligro; sabe que
una comunidad viciada es un torbellino, con el que un hombre honesto no puede
coordinarse: por eso se hace a un lado; abandona el camino trillado, al
continuar en el que infaliblemente sería aplastado. Hace todo el bien del que
es capaz en su esfera; deja el camino libre a los malvados, que están
dispuestos a vadear su fango; lamenta los fuertes golpes que se infligen a sí
mismos; aplaude la mediocridad que le da seguridad: se compadece de esas
naciones miserables por sus errores, desdichadas por esas pasiones que son la
consecuencia fatal pero necesaria; ve que no contienen más que miserables ciudadanos,
que lejos de cultivar su verdadero interés, lejos de trabajar para su mutua
felicidad, lejos de sentir el verdadero valor de la virtud, sin saber cuán
querida debe ser para ellos, no hacen sino atacar abiertamente , o herirlo en
secreto; en resumen, que detesta una cualidad que restringe sus propensiones
desordenadas. se compadece de aquellas naciones que se hacen miserables por sus
errores, que se vuelven infelices por esas pasiones que son la consecuencia
fatal pero necesaria; ve que no contienen más que miserables ciudadanos, que
lejos de cultivar su verdadero interés, lejos de trabajar para su mutua
felicidad, lejos de sentir el verdadero valor de la virtud, sin saber cuán
querida debe ser para ellos, no hacen sino atacar abiertamente , o herirlo en
secreto; en resumen, que detesta una cualidad que restringe sus propensiones
desordenadas. se compadece de aquellas naciones que se hacen miserables por sus
errores, que se vuelven infelices por esas pasiones que son la consecuencia
fatal pero necesaria; ve que no contienen más que miserables ciudadanos, que
lejos de cultivar su verdadero interés, lejos de trabajar para su mutua
felicidad, lejos de sentir el verdadero valor de la virtud, sin saber cuán
querida debe ser para ellos, no hacen sino atacar abiertamente , o herirlo en
secreto; en resumen, que detesta una cualidad que restringe sus propensiones
desordenadas. no hagáis sino atacarlo abiertamente o herirlo en secreto; en
resumen, que detesta una cualidad que restringe sus propensiones desordenadas.
no hagáis sino atacarlo abiertamente o herirlo en secreto; en resumen, que
detesta una cualidad que restringe sus propensiones desordenadas.
Al decir que la virtud es su propia recompensa
peculiar, simplemente se pretende anunciar que en una sociedad cuyos puntos de
vista estuvieran guiados por la verdad, entrenados por la experiencia,
conducidos por la razón, cada individuo conocería sus verdaderos intereses;
comprendería el verdadero fin de la asociación; tendría motivos fundados para
desempeñar sus funciones; encontrar ventajas reales en su cumplimiento; de
hecho, estaría convencido de que para hacerse sólidamente feliz, debería ocupar
sus acciones con el bienestar de sus semejantes; por su utilidad merecen su
estima, provocan su bondad y aseguran su ayuda. En una sociedad bien
constituida, el gobierno, las leyes, la educación, el ejemplo, todo conspiraría
para probar al ciudadano que la nación de la que forma parte, es un todo que no
puede ser feliz, que no puede subsistir sin virtud; la experiencia sería, en
cada paso, convencerlo de que el bienestar de sus partes sólo puede resultar
del de toda la entidad corporativa; la justicia le haría sentir que ninguna
sociedad puede ser ventajosa para sus miembros cuando la voluntad de los que
actúan no es tan conforme a los intereses del conjunto como para producir una
reacción ventajosa.
¡Pero Ay! por la confusión que los errores del
hombre han llevado a sus ideas: la virtud deshonrada, desterrada y perseguida,
no encuentra ninguna de las ventajas que tiene derecho a esperar: al hombre se
le muestran ciertamente esas recompensas en una vida futura, de las cuales casi
siempre está privado de su existencia real. Se cree necesario engañar, se
considera propio seducir, justo intimidarlo, para inducirlo a seguir esa virtud
que todo le vuelve incómoda; se le alimenta con lejanas esperanzas, para incitarle
a practicar la virtud, mientras que la contemplación del mundo le hace odioso;
está alarmado por terrores remotos, para disuadirlo de cometer el mal, que sus
asociados pintan como amable; que todo conspira para hacer necesario. Es así
que la política, así esa superstición, por la formación de quimeras, por medio
de la creación de intereses ficticios pretender proporcionar esos verdaderos,
esos motivos reales que proporciona la naturaleza, que la experiencia
señalaría, que un gobierno ilustrado debería defender, que la ley debería hacer
cumplir, - qué instrucción debería sancionar, - qué ejemplo debería alentar, -
qué opiniones racionales harían agradables. El hombre, cegado por sus pasiones,
no menos peligroso que necesario, arrastrado por el precedente, autorizado por
la costumbre, esclavizado por el hábito, no presta atención a estas promesas
inciertas, es indiferente a las amenazas que se le presentan; los intereses
reales de sus placeres inmediatos, la fuerza de sus pasiones, la inveteración
de sus hábitos, se elevan siempre por encima de los lejanos intereses señalados
en su futuro bienestar, o de los remotos males que le amenazan; que siempre
parecen dudosos,
Así la superstición, lejos de hacer al hombre
virtuoso por principio, no hace más que imponerle un yugo tan severo como
inútil.; sólo la soportan los entusiastas o los pusilánimes; los que, sin
mejorar, mastican temblando el débil bocado que se les mete en la boca; quienes
se vuelven infelices por sus opiniones, o peligrosos por sus principios; en
efecto, la experiencia, ese fiel monitor, prueba incontestablemente que la
superstición es un dique inadecuado para resistir el torrente de corrupción, al
que tantas causas acumuladas dan una fuerza irresistible; es más, esta
superstición misma no aumenta el desorden público, por la pasiones peligrosas
que desencadena, por la conducta que sanciona, por las acciones que consagra?
La virtud, en casi todos los climas, está confinada a unas pocas almas
racionales, que tienen suficiente fortaleza mental para resistir la corriente
del prejuicio; que se contentan con remunerarse con los beneficios que difunden
en la sociedad: cuyas disposiciones templadas se gratifican con los sufragios
de un pequeño número de aprobadores virtuosos; en una palabra, que están
desligados de esas frívolas ventajas que la injusticia de la sociedad concede
con demasiada frecuencia sólo a la bajeza, que rara vez concede, excepto a la
intriga, con la que en general no premia sino al crimen.
A pesar de la injusticia que reina en el mundo,
hay, sin embargo, algunos hombres virtuosos en el seno aun de las naciones más
degeneradas; no obstante la depravación general, hay algunos seres benévolos,
todavía enamorados de la virtud; que están plenamente familiarizados con su
verdadero valor; que son suficientemente ilustrados para saber que exige
homenaje aun de sus enemigos; quienes para usar el lenguaje de ECLESIASTES,
" se regocijan en sus propias obrasel placer inefable de estimarse a sí mismo;
la gratificación pura de sumergirse con satisfacción en los recovecos de su
propio corazón; el tranquilo deleite de contemplar sus propias acciones con esa
deliciosa complacencia que deberían hacer los demás, si no fueran engañados,
Ningún poder es suficiente para arrebatarle la merecida estima de sí mismo;
ninguna autoridad es suficientemente potente para dárselo cuando no lo merece;
el más poderoso monarca no puede dar estabilidad a esta estima, cuando no está
bien fundada; es entonces un sentimiento ridículo: debe ser considerado,
realmente lo es " si no estuvieran encapuchados, ningún poder es
suficiente para arrebatarle la merecida estima de sí mismo; ninguna autoridad
es suficientemente potente para dárselo cuando no lo merece; el más poderoso
monarca no puede dar estabilidad a esta estima, cuando no está bien fundada; es
entonces un sentimiento ridículo: debe ser considerado, realmente lo es "
si no estuvieran encapuchados, ningún poder es suficiente para arrebatarle la
merecida estima de sí mismo; ninguna autoridad es suficientemente potente para
dárselo cuando no lo merece; el más poderoso monarca no puede dar estabilidad a
esta estima, cuando no está bien fundada; es entonces un sentimiento ridículo:
debe ser considerado, realmente lo es "vanidad y aflicción de espíritu
", no es sabiduría, sino locura en extremo; debe ser censurada cuando se
manifiesta de un modo que mortifica a su prójimo, de una manera que molesta a
otros; entonces se le llama ARROGANCIA; se llama VANIDAD; pero cuando no puede
ser condenada, cuando se sabe que es legítima, cuando se descubre que tiene un
fundamento sólido, cuando se basa en talentos, cuando se levanta en grandes
acciones que son útiles a la comunidad, cuando erige su edificio sobre la
virtud, aunque la sociedad no deba poner estos méritos en su justo precio, es
ORGULLO NOBLE, ELEVACIÓN DE LA MENTE y GRANDEZA DEL ALMA.
¿Qué importancia tiene entonces escuchar a esos
seres supersticiosos, esos enemigos de la felicidad del hombre, que han querido
destruirla, aun en lo más recóndito de su corazón; que le han prescrito el odio
de su seguidor; que lo han llenado de desprecio por sí mismo; que pretenden
arrebatarle al hombre honesto ese amor propio que muchas veces es la única
recompensa que le queda a la virtud, en un mundo perverso. Aniquilar en él este
sentimiento tan lleno de justicia, este amor de sí mismo, es romper el resorte
más poderoso, debilitar el estímulo más eficaz que lo impulsa a obrar
rectamente; que lo impulsa a hacer el bien a sus semejantes mortales. ¿Qué
motivo, en verdad, sino este, queda para él en la mayor parte de las sociedades
humanas? ¿No se desalienta la virtud? ¿No se desprecia la honestidad? ¿No se
fomenta el crimen audaz? ¿No se elogia la intriga sutil? ¿No se recompensa el
vicio astuto? ¿No es el amor al bien público gravado como una locura; la
exactitud en el cumplimiento de los deberes es vista como una burbuja? ¿No es
la compasión objeto de burla? ¿Acaso los traidores no se distinguen por los
honores públicos? ¿No se aplaude la negligencia de las costumbres, se burla de
la sensibilidad, se burla de la ternura, se burla de la fidelidad conyugal, se
desprecia la sinceridad, se ridiculiza la amistad envidiable, mientras que la
seducción, el adulterio, la dureza de corazón, la fe púnica, la avaricia y el
fraude, avanzan imperturbables, engalanados con espléndidos atavíos, alabados
por el mundo? El hombre debe tener motivos para actuar: no actúa ni bien ni
mal, sino con miras a su propia felicidad:desea tan devotamente la consumación
", piensa en su interés; no hace nada gratuitamente; cuando se le niega la
recompensa por las acciones útiles, se ve reducido a ser tan abandonado como
los demás, o bien a remunerarse con su propio aplauso.
Esto concedido; el hombre honesto nunca puede ser
completamente infeliz; nunca se le puede privar por completo de la recompensa
que le corresponde; la virtud es competente para retribuirle todos los
beneficios que puede otorgar a los demás; puede compensarle con creces toda la
felicidad que le niega la opinión pública; pero nada puede compensarle la falta
de virtud. No se sigue que el hombre honesto estará exento de aflicciones: como
el malvado, está sujeto a los males físicos; puede languidecer en la indigencia;
puede ser privado de la amistad; puede estar desgastado por la enfermedad; con
frecuencia puede ser objeto de calumnias; puede ser víctima de la injusticia;
puede ser tratado con ingratitud; puede estar expuesto al odio; pero en medio
de todas sus desgracias, en el seno mismo de sus penas, en la extremidad de su
aflicción, encuentra apoyo en sí mismo; está contento con su propia conducta;
se respeta a sí mismo; siente su propia dignidad; conoce la equidad de sus
derechos; se consuela con la confianza que le inspira la justicia de su causa;
se alegra a sí mismo en medio de las circunstancias más sombrías. Estos apoyos
no están calculados para los malvados; de nada le sirven: igualmente expuesto
con el hombre honesto a las enfermedades, igualmente sometido a los caprichos
de su destino, igualmente el deporte de un mundo fluctuante, encuentra los
rincones de su propio corazón llenos de terribles alarmas; enfermo con cuidado;
gangrenado por la soledad; corroído por el arrepentimiento; roído por el remordimiento;
muere dentro de sí mismo; su conciencia no lo sostiene sino que lo carga de
oprobio; su mente, abrumada, se hunde bajo su propia bajeza; su reflejo son los
amargos posos de la cicuta; una angustia enloquecedora lo sujeta al espejo que
le muestra su propia deformidad; que recuerda hechos impíos; pensamientos
sombríos se precipitan sobre su memoria demasiado fiel; el desánimo lo
entumece; su cuerpo, asaltado simultáneamente por todos lados, se dobla bajo la
tormenta de... sus propias pasiones ingobernables; por fin la desesperación lo
aprisiona contra su seno inmundo, huye de sí mismo. El hombre honesto no es un
estoico insensible; la virtud no procura la impasibilidad; la honestidad no lo
exime de la desgracia, pero le permite soportarla con alegría; para desechar la
desesperación, para mantener su propia compañía: si está enfermo, si está
desgastado por la enfermedad, tiene menos de qué quejarse que el ser vicioso
que está oprimido por la enfermedad, que está debilitado por los años; si es
indigente, es menos infeliz en su pobreza; si está en desgracia, puede
soportarla con fortaleza, no se ve abrumado por su presión, como el miserable
esclavo del crimen. tiene menos de qué quejarse que el ser vicioso que está
oprimido por la enfermedad, que está debilitado por los años; si es indigente,
es menos infeliz en su pobreza; si está en desgracia, puede soportarla con
fortaleza, no se ve abrumado por su presión, como el miserable esclavo del
crimen. tiene menos de qué quejarse que el ser vicioso que está oprimido por la
enfermedad, que está debilitado por los años; si es indigente, es menos infeliz
en su pobreza; si está en desgracia, puede soportarla con fortaleza, no se ve
abrumado por su presión, como el miserable esclavo del crimen.
Así, la felicidad de cada individuo depende del
cultivo de su temperamento; la naturaleza hace tanto felices como infelices; es
la cultura la que da valor al suelo que la naturaleza ha formado; es la
instrucción la que hace apetecible el fruto que produce; Es la reflexión lo que
la hace útil. Para el hombre nacer felizmente, es haber recibido de la
naturaleza un cuerpo sano, órganos que actúen con precisión, una mente justa,
un corazón cuyas pasiones sean análogas, cuyos deseos sean conformes a las circunstancias
en que su destino lo ha colocado: la naturaleza, entonces, ha hecho todo por
él, cuando ha unido a estas facultades la cantidad de vigor, la porción de
energía, suficiente para permitirle obtener aquellas cosas Propias, que su
posición, su modo de pensar, su temperamento, se han vuelto deseables. La
naturaleza le ha hecho un regalo fatal, cuando ha llenado sus vasos sanguíneos
con un fluido recalentado; cuando ella le ha dado una imaginación demasiado
activa; cuando ella le ha infundido deseos demasiado impetuosos; cuando tiene
anhelo de objetos imposibles o impropios de obtener en sus circunstancias; o
que al menos no puede procurar sin esos increíbles esfuerzos, que o ponen en
peligro su propio bienestar o perturban el reposo de la sociedad. El hombre más
feliz, es comúnmente el que posee un alma pacífica; que sólo desea aquellas
cosas que puede procurar con trabajo, adecuadas para mantener su actividad; que
puede obtener sin causar esas conmociones, que son demasiado violentas para la
sociedad o molestas para sus asociados. Un filósofo cuyas necesidades se
satisfacen fácilmente, que es ajeno a la ambición, que se contenta con el
círculo limitado de un pequeño número de amigos, es sin duda un ser mucho más
felizmente constituido que un conquistador ambicioso, cuya imaginación
codiciosa se reduce a la desesperación por tener un solo mundo que saquear. El
que nace felizmente, oa quien la naturaleza ha hecho susceptible de ser
modificado convenientemente, no es un ser nocivo para la sociedad: generalmente
la turban los hombres que nacen infelizmente, cuya organización los vuelve
turbulentos; que están descontentos con su destino; que están embriagados con
sus propias pasiones licenciosas; que están encaprichados con sus propios
esquemas viles; que están enamorados de empresas difíciles; que incendiaron el
mundo, para reunir beneficios imaginarios a fin de alcanzar los cuales deben
infligir las más pesadas maldiciones a la humanidad, pero en los que hacen
consistir su propia felicidad. Un ALEJANDRO requiere la destrucción de
imperios, naciones que se inunden de sangre, ciudades que se reduzcan a
cenizas, que sus habitantes sean exterminados, para contentar esa pasión por la
gloria, de la que se ha formado una falsa idea; pero que su imaginación
demasiado ardiente, su mente demasiado vehemente ansía ansiosamente: para un
DIOGENES sólo se necesita una tina con la libertad de parecer caprichosa; a
SÓCRATES no quiere sino el placer de formar discípulos en la virtud.
El hombre por su organización es un ser para quien
el movimiento es siempre necesario; por lo tanto, debe desearlo siempre: esta
es la razón por la cual demasiada facilidad en procurar los objetos de su
búsqueda, los vuelve rápidamente insípidos. Para sentir felicidad, es necesario
esforzarse por obtenerla; para encontrar encantos en su disfrute, es necesario
que el deseo sea agudizado por obstáculos; actualmente está disgustado con los
beneficios que le han costado poco dolor. La expectativa de la felicidad, el
trabajo necesario para procurarla, las variadas perspectivas que ofrece, las
múltiples imágenes que su imaginación le forma, suministran a su cerebro el
movimiento para el que tiene ocasión; esto da impulso a sus órganos, pone en
actividad toda su máquina, ejercita sus facultades, pone en juego todos sus
resortes, en una palabra, lo pone en esa actividad agradable, por cuya falta el
goce de la felicidad misma no puede compensarlo. La acción es el verdadero
elemento de la mente humana; tan pronto como deja de actuar, cae en el asco, se
hunde en la lasitud. Su alma tiene la misma ocasión para las ideas que su
estómago para el alimento.
Así, el impulso que le da el deseo es en sí mismo
un gran beneficio; es para la mente lo que el ejercicio es para el cuerpo; sin
ella no obtendría ningún placer en los alimentos que se le presentaban; es la
sed lo que hace tan agradable el placer de beber; la vida es un círculo
perpetuo de deseos regenerados y necesidades satisfechas: el reposo es sólo un
placer para el que trabaja; es una fuente de cansancio, la causa del dolor, la
primavera del vicio para el que no tiene nada que hacer. Gozar sin interrupción
no es gozar de nada: el hombre que no tiene nada que desear es ciertamente más
infeliz que el que sufre.
Estas reflexiones, basadas en la experiencia,
extraídas de la fuente de la verdad, deben probar al hombre que tanto el bien
como el mal dependen de la esencia de las cosas. La felicidad que se siente no
se puede continuar. El trabajo es necesario para hacer intervalos entre sus
placeres; su cuerpo tiene ocasión de ejercitarse, de coordinarlo con los seres
que lo rodean; su corazón debe tener deseos; solo los problemas pueden darle el
sabor correcto de su bienestar; es esto lo que pone en las sombras, lo que
proporciona la verdadera perspectiva al cuadro de la vida humana. Por una ley
irrevocable de su destino, el hombre está obligado a estar descontento con su
condición presente; hacer esfuerzos para cambiarlo; envidiar recíprocamente esa
felicidad de la que ningún individuo goza perfectamente. Así envidia el pobre
la opulencia de su vecino más rico, aunque éste es frecuentemente más infeliz
que su necesitado difamador; así el rico ve con dolor las ventajas de una
pobreza, a la que ve activa, sana y frecuentemente jocunda, aun en el seno de
la miseria.
Si el hombre estuviera perfectamente satisfecho, ya
no habría ninguna actividad en el mundo; es necesario que él desee; es
requisito que actúe; es necesario que trabaje para que sea feliz: tal es el
curso de la naturaleza en que la vida consiste en la acción. Las sociedades
humanas sólo pueden subsistir, mediante el continuo intercambio de aquellas
cosas en las que el hombre pone su felicidad. El pobre está obligado a desear,
está necesitado de trabajar, para poder procurarse lo que sabe que es necesario
para la conservación de su existencia; las necesidades primarias que le da la
naturaleza son alimentarse, vestirse, alojarse y propagar su especie; ¿Ha
satisfecho esto? Rápidamente se ve obligado a crear otros completamente nuevos;
o más bien, su imaginación sólo refina la primera; busca diversificarlos; está
dispuesto a darles un gusto fresco; llegado a la opulencia, cuando ha recorrido
todo el círculo de las necesidades, cuando ha agotado por completo sus
combinaciones, cae en el disgusto. Dispensado del trabajo, su cuerpo acumula
humores; desprovisto de deseos, su corazón siente languidez; privado de
actividad, está obligado a participar de sus riquezas con seres más activos,
más laboriosos que él: éstos, siguiendo sus propios intereses peculiares,
asumen la tarea de trabajar para su beneficio; de procurarle medios para
satisfacer su necesidad; de atender sus caprichos, para quitarle la languidez
que lo oprime. Es así que los grandes, los ricos excitan las energías, dan
juego a la actividad, despiertan las facultades, espolean la industria de los
indigentes; estos trabajan para su propio bienestar peculiar al trabajar para
otros: así el deseo de mejorar su condición, hace al hombre necesario a su
prójimo; así las necesidades, siempre en regeneración, nunca satisfechas, son
los principios de la vida, el alma de la actividad, la fuente de la salud, la
base de la sociedad. Si cada individuo fuera competente para la provisión de
sus propias exigencias, no tendría ocasión de congregarse en sociedad; pero son
sus necesidades, sus deseos, sus caprichos, los que lo colocan en un estado de
dependencia de los demás: estas son las causas que cada individuo, para
promover su propio interés peculiar, está obligado a ser útil a aquellos que
tienen la capacidad de procurarle los objetos que él mismo no tiene. Una nación
no es más que la unión de un gran número de individuos, conectados entre sí por
la reciprocidad de sus necesidades; por su mutuo deseo de placer. El hombre más
feliz es aquel que tiene menos deseos y que tiene los medios más numerosos para
satisfacerlos. El hombre que quiere ser verdaderamente rico, no tiene necesidad
de aumentar su fortuna, basta que disminuya sus necesidades.
En los individuos de la especie humana, lo mismo
que en la sociedad política, la progresión de las necesidades es cosa
absolutamente necesaria; se basa en la esencia del hombre, es un requisito que
las necesidades naturales, una vez satisfechas, sean reemplazadas por aquellas
que él llama Imaginarias, o necesidades de la Fantasía:estos se vuelven tan
necesarios para su felicidad como el primero. La costumbre, que permite al
nativo americano andar completamente desnudo, obliga al habitante más
civilizado de Europa a vestirse; el pobre se contenta con vestidos muy
sencillos, que le sirven igualmente para el invierno que para el verano, para
el otoño que para la primavera; el rico desea tener vestidos adecuados a cada
mutación de estas estaciones; experimentaría dolor si no tuviera la
conveniencia de cambiar su ropa con cada variación de su clima; sería un
desdichado si se le obligara a usar los mismos hábitos en el calor del verano
que usa en el invierno; en una palabra, sería desdichado si el gasto y la variedad
de su traje no mostraran a la multitud circundante su opulencia, señalaran su
rango, anunciaran su superioridad. Es así como el hábito se multiplica, las
necesidades de los ricos; es así que la vanidad misma se convierte en una
necesidad que pone en movimiento mil manos, mil cabezas a trabajar, todas
ansiosas de satisfacer sus anhelos; en una palabra, esta misma vanidad procura
al hombre necesitado, los medios de subsistir a expensas de sus vecinos
opulentos El que está acostumbrado a la pompa, que está acostumbrado al
esplendor ostentoso, cuyos hábitos son lujosos, cada vez que se ve privado de
estas insignias de la opulencia, a la que ha unido la idea de la felicidad, se
encuentra tan desdichado como el miserable que no tiene con qué cubrir su
desnudez. Las naciones civilizadas de la actualidad fueron en su origen
salvajes compuestas de tribus erráticas, meros vagabundos que estaban ocupados
en la guerra; empleado en, la casualidad; dolorosamente obligados a buscar una
subsistencia precaria cazando en aquellos bosques que la industria de sus
sucesores ha limpiado; que su labor ha cubierto de mazorcas amarillas y
ondulantes de maíz nutritivo; con el tiempo se han vuelto estacionarios: se
dedicaron primero a la agricultura, luego al comercio: gradualmente se han
refinado en sus necesidades primitivas, han ampliado su esfera de acción, han
dado a luz a mil necesidades nuevas, han imaginado mil medios nuevos para
satisfacerlas. ; este es el curso natural, la progresión necesaria, la marcha
regular de los seres activos, que no pueden vivir sin sentir; quienes para ser
felices, deben necesariamente diversificar sus sensaciones. A medida que las
necesidades del hombre se multiplican, los medios para satisfacerlas se hacen
más difíciles, se ve obligado a depender de un mayor número de sus semejantes;
su interés le obliga a despertar su actividad; comprometerlos a estar de
acuerdo con sus puntos de vista; en consecuencia, está obligado a procurarles
aquellos objetos por los cuales pueden ser excitados; está bajo la necesidad de
satisfacer sus deseos, que aumentan como los suyos, con el mismo alimento que
los satisface. El salvaje no necesita más que extender la mano para recoger el
fruto que se ofrece espontáneamente a su alcance: éste lo encuentra suficiente
para su alimento. El ciudadano opulento de una sociedad floreciente está
obligado a poner a trabajar innumerables manos para producir la suntuosa
comida; las cuatro partes del globo son saqueadas para procurarse las viandas
inverosímiles que se hacen necesarias para revivir su lánguido apetito; el
mercader, el marinero, el mecánico, no dejan nada sin intentar para halagar su
desmesurada vanidad. De esto aparecerá, que en la misma proporción se
multiplican las necesidades del hombre, está obligado a aumentar los medios
para satisfacerlas. Las riquezas no son más que la medida de una convención,
con cuya ayuda el hombre puede hacer concurrir a un gran número de sus
semejantes a la satisfacción de sus deseos; por lo cual está capacitado para
invitarlos, por sus propios intereses peculiares, a contribuir a sus placeres.
¿Qué hace, en efecto, el rico, sino anunciar al necesitado que puede
proporcionarle los medios de subsistencia si consiente en prestarse a su
voluntad? ¿Qué hace el hombre en el poder, sino mostrar a los demás que está en
condiciones de proporcionar los requisitos para hacerlos felices? Los
soberanos, los nobles, los hombres ricos, parecen ser felices, solo porque
poseen la habilidad,
Cuantas más cosas se consideren, más se convencerá
el hombre de que su falsa opinión es la verdadera fuente de su miseria; tanto
más claro le parecerá que la felicidad es tan rara, sólo porque la atribuye a
objetos indiferentes o inútiles para su bienestar; que, cuando se disfrutan, se
convierten en verdaderos males; que le afligen; que se convierten en la causa
de su desgracia.
Las riquezas son indiferentes en sí mismas, sólo
por su aplicación, por los fines que persiguen, se convierten en objetos de
utilidad para el hombre o se vuelven perjudiciales para su bienestar.
El dinero , inútil para el salvaje que no comprende
su valor, lo amasa el avaro, por temor a que se emplee inútilmente; no sea que
sea despilfarrado por el pródigo; o disipado por el voluptuoso; que no hacen de
ella otro uso que el de comprar enfermedades; para comprar arrepentimiento.
Los placeres no son nada para el hombre incapaz de
sentirlos; se convierten en verdaderos males cuando son consentidos con
demasiada libertad, cuando son destructivos para su salud, cuando trastornan la
economÃa de su mquina, cuando acarrean enfermedades para sà mismo y para su
posteridad, cuando lo hacen descuidar sus deberes, cuando lo hacen despreciable
a los ojos de los demás.
El poder no es nada en sí mismo, es inútil al
hombre si no se vale de él para promover su propia felicidad peculiar,
aumentando la felicidad de su especie; se vuelve fatal para él tan pronto como
abusa de él; se vuelve odioso cada vez que lo emplea para hacer miserables a
otros; siempre es la causa de su propia miseria cuando la extiende más allá de
los debidos límites prescritos por la naturaleza.
A falta de ser esclarecido sobre su verdadero
interés, el hombre que disfruta de todos los medios para hacerse completamente
feliz, rara vez descubre el secreto de hacer que esos medios estén
verdaderamente subordinados a su propia felicidad peculiar: el arte de gozar,
es el que de todos otros son los menos comprendidos; el hombre debe aprender
este arte antes de empezar a desear; la tierra está cubierta de individuos que
sólo se ocupan del cuidado de procurar los medios sin conocer jamás el fin.
Todo el mundo desea fortuna, solicita poder, busca placer, pero muy pocos, en
verdad, son aquellos a quienes los objetos hacen verdaderamente felices.
Es del todo natural en el hombre, es sumamente
razonable, es absolutamente necesario, desear aquellas cosas que pueden
contribuir a aumentar la suma de su felicidad. placer, riquezas, poder,son
objetos dignos de su ambición, que merecen sus más denodados esfuerzos, cuando
ha aprendido a emplearlos; cuando ha adquirido la facultad de hacerlos hacer
realmente más agradable su existencia. Es imposible censurar a quien los desea,
despreciar a quien los manda, pero cuando para obtenerlos emplea medios odiosos;
o cuando después de haberlos obtenido hace de ellos un uso pernicioso,
injurioso para sí mismo, en perjuicio de los demás; que desee el poder, que
busque la grandeza, que sea ambicioso de reputación, cuando pueda mostrarles
justas pretensiones; cuando pueda obtenerlas, sin hacer la compra a expensas de
su propio reposo, o el de los seres con quienes vive; que desee las riquezas,
cuando sepa hacer de ellas un uso que le sea verdaderamente ventajoso,
realmente beneficioso para los demás; pero que nunca emplee aquellos medios
para conseguirlos de los que pueda avergonzarse; con lo que puede verse
obligado a reprocharse a sí mismo; que puede atraer sobre él el odio de sus
asociados; o que puede volverlo detestable para el castigo de la sociedad: que
siempre recuerde que su sólida felicidad debe basarse en su propia estima, en
las ventajas que procura a los demás; sobre todo, que no olvide ni por un
momento, que de todos los objetos a que puede apuntar su ambición, el más
impracticable para un ser que vive en sociedad, es el de que su sólida
felicidad descanse sus cimientos sobre su propia estima, sobre las ventajas que
procura a los demás; sobre todo, que no olvide ni por un momento, que de todos
los objetos a que puede apuntar su ambición, el más impracticable para un ser
que vive en sociedad, es el de que su sólida felicidad descanse sus cimientos
sobre su propia estima, sobre las ventajas que procura a los demás; sobre todo,
que no olvide ni por un momento, que de todos los objetos a que puede apuntar
su ambición, el más impracticable para un ser que vive en sociedad, es el
detratando de hacerse exclusivamente feliz .
CAP. XVI
Los Errores del Hombre, - sobre lo que constituye
la Felicidad. - la verdadera Fuente de su Mal. - Remedios que pueden ser
aplicados.
La razón de ninguna manera prohíbe al hombre formar
deseos de gran capacidad; la ambición es una pasión útil a su especie cuando
tiene por objeto la felicidad de su raza. Grandes mentes, almas elevadas, están
deseosas de actuar sobre una esfera extensa; los genios poderosos, los seres
iluminados, los hombres benéficos, distribuyen muy ampliamente su benigna
influencia; deben necesariamente, para promover su propia felicidad peculiar,
hacer felices a un gran número. Tantos príncipes no alcanzan a gozar de la
verdadera felicidad sólo porque sus almas débiles y estrechas se ven obligadas
a actuar en una esfera demasiado extensa para sus energías: es así que por la
indolencia, la indolencia, la incapacidad de sus jefes, las naciones
frecuentemente suspiran. en la miseria; a menudo se someten a los amos, cuyo
exilio de la mente es tan poco calculado para promover su propia felicidad
inmediata, como lo es para promover la de sus miserables súbditos. Por otra
parte, las almas demasiado vehementes, demasiado inflamadas, demasiado activas,
son ellas mismas atormentadas por la estrecha esfera que las encierra; su ardor
fuera de lugar, se convierte en el flagelo de la raza humana. Alejandro fue un
monarca igualmente injurioso para la tierra, igualmente descontento con su
condición, como el déspota indolente a quien destronó. Las almas de ninguno de
los dos eran de ninguna manera acordes con su esfera de acción. como el déspota
indolente a quien destronó. Las almas de ninguno de los dos eran de ninguna
manera acordes con su esfera de acción. como el déspota indolente a quien
destronó. Las almas de ninguno de los dos eran de ninguna manera acordes con su
esfera de acción.
La felicidad del hombre nunca será más que el
resultado de la armonía que subsiste entre sus deseos y sus circunstancias. El
poder soberano al que no sabe aplicarlo en provecho de sus ciudadanos, es como
nada; ni siquiera puede conducir a su propia felicidad peculiar. Si lo hace
miserable, es un mal real; si produce la desgracia de una parte del género
humano, es un abuso detestable. Los príncipes más poderosos son de ordinario
tan ajenos a la felicidad, sus súbditos son tan desdichados por lo general, sólo
porque los primeros poseen todos los medios para hacerse felices sin darles
nunca actividad; o porque el único conocimiento que tienen de ellos, es su
abuso. Un sabio sentado en un trono, sería el más feliz de los mortales. Un
monarca es un hombre para quien su poder, sea del grado que sea, no puede
procurar otros órganos, otros modos de sentir, que el más bajo de sus súbditos;
si tiene ventaja sobre ellos, es por la grandeza, la variedad, la multiplicidad
de los objetos en que puede ocuparse; que, dando actividad perpetua a su mente,
puede impedir que se deteriore; de caer en la pereza. Si su alma es virtuosa,
si su mente es expansiva, su ambición encuentra alimento continuo en la
contemplación del poder que posee, para unir con dulzura, para consolidar con
bondad, la voluntad de sus súbditos con la suya propia; interesarlos en su
propia conservación, merecer sus afectos, atraer el respeto de los extraños,
hacer luminosa la página de la historia, provocar los elogios de todas las
naciones, vestir al huérfano, –para secar las lágrimas de la viuda. Tales
son las conquistas que la razón propone a todos aquellos cuyo destino es
gobernar la suerte de los imperios; son lo suficientemente grandes para
satisfacer la imaginación más ardiente, de una sublimidad para satisfacer la
ambición más amplia: para un monarca son deberes primordiales. Los REYES son
los más felices de los hombres, solo porque tienen el poder de hacer felices a
los demás. ; porque poseen los medios de multiplicar consigo mismas las causas
del contenido legítimo.
De las ventajas del poder soberano participan todos
los que contribuyen al gobierno de los estados. Así, la grandeza, el rango, la
reputación son deseables, son objetos legítimos para todos los que están
familiarizados con los medios para hacerlos subordinados a su propia felicidad
peculiar; son inútiles, son ilegítimos para aquellos hombres ordinarios que no
tienen ni la energía ni la capacidad para emplearlos en un modo ventajoso para
ellos; son detestables siempre que para obtenerlas el hombre compromete su
propia felicidad, cuando implica el bienestar de la sociedad: esta misma
sociedad está en un error cada vez que respeta a los hombres que sólo emplean
para su destrucción, un poder cuyo ejercicio nunca debe aprobar, sino cuando
obtiene de ello beneficios sustanciales.
Riquezas, inútiles al avaro, que no es más que su
miserable carcelero; perjudiciales para el libertino, a quien sólo procuran
enfermedades; injuriosos para los voluptuosos, a quienes sólo provocan
repugnancia, a quienes oprimen con saciedad; puede en manos del hombre honesto
producir innumerables medios de aumentar la suma de su felicidad; pero antes de
que el hombre codicie la riqueza conviene que sepa emplearla; el dinero es sólo
un símbolo, un representante de la felicidad; disfrutarlo es usarlo para hacer
felices a los demás: este es el gran secreto, este es el talismán, esta es la
realidad. El dinero, según el pacto del hombre, le procura todos los beneficios
que puede desear; sólo hay uno, que no procurará, es decir, el conocimiento de
cómo aplicarlo correctamente. Para el hombre tener dinero, sin el verdadero
secreto de cómo disfrutarlo, es poseer la llave de un cómodo palacio al cual
tiene prohibida la entrada; prodigarlo, pródigamente, es tirar la llave al río;
hacer un mal uso de él, es sólo hacer de él el medio de herirse a sí mismo. Dad
los tesoros más amplios al hombre iluminado, no se abrumará con ellos; si tiene
una mente capaz, si tiene un alma noble, sólo extenderá más ampliamente su
benevolencia; merecerá el cariño de un mayor número de sus semejantes; atraerá
el amor, conseguirá el homenaje, de todos los que le rodean; se refrenará en
sus placeres, para poder disfrutarlos verdaderamente; sabrá que el dinero no
puede reestablecer un alma desgastada por el goce; no puede dar nueva elasticidad
a los órganos debilitados por el exceso; no puede dar nueva tensión a los
nervios flácidos por el abuso; no puede vigorizar un cuerpo enervado por el
libertinaje; no puede corroborar una máquina, de ahí en adelante se vuelve
incapaz de sostenerlo, excepto por la necesidad de las privaciones; sabrá que
el libertinaje de lo voluptuoso ahoga el placer en su fuente; que todo el
tesoro del mundo no puede renovar sus sentidos.
Por esto, será evidente, que nada es más frívolo
que las declamaciones de una lúgubre filosofía contra el deseo de poder; nada
más absurdo que la diatriba de la superstición contra la búsqueda de la
grandeza; nada más inconsistente que las homilías contra la adquisición de
riquezas; nada más irrazonable que los dogmas que prohiben el disfrute del
placer. Estos objetos son deseables para el hombre, siempre que su situación le
permita hacer pretensiones sobre ellos; son útiles a la sociedad, conducentes a
la felicidad pública, siempre que haya adquirido el conocimiento de hacer que
se conviertan en su propio beneficio real; la razón no puede censurarle, la
virtud no puede despreciarle, cuando para obtenerlas nunca se aparta del camino
de la verdad; cuando en su adquisición no hiere el interés de nadie; cuando
persigue sólo medios legítimos: sus asociados lo aplaudirán; sus contemporáneos
lo estimarán: él se respetará a sí mismo, cuando sólo emplee su albedrío para
asegurar su propia felicidad y la de sus semejantes. El placer es un beneficio,
es de la esencia del hombre amar, es incluso racional cuando hace que su
existencia sea realmente valiosa para él, cuando no le perjudica en su propia
estima; cuando sus consecuencias no son gravosas para los demás.Las riquezas
son los símbolos de la gran mayoría de los beneficios de esta vida; se hacen
realidad en manos del hombre que tiene la clave para su justa aplicación. El
poder es el más noble de todos los beneficios, cuando quien es su depositario
ha recibido de la naturaleza un alma suficientemente noble, una mente
suficientemente elevada, un corazón suficientemente benévolo, facultades
suficientemente enérgicas, sobre todo, cuando ha obtenido de la educación una
verdadera consideración por virtud, ese amor sagrado por la verdad que le
permite extender su feliz influencia sobre naciones enteras; que por este medio
pone en, un estado de legítima dependencia de su voluntad;el hombre sólo
adquiere el derecho de mandar a los hombres, cuando los hace felices.
El derecho del hombre sobre su prójimo sólo puede
fundarse en la felicidad real que le asegura, o en la que le da motivos para
esperar que le procurará; sin esto, el poder que ejerce sería violencia,
usurpación, tiranía manifiesta; es sólo sobre la facultad de hacerlo feliz, que
la autoridad legítima construye su estructura; sin esto es el " tejido sin
base de una visión". Ningún hombre deriva de la naturaleza el derecho de
mandar a otro ; pero se concede voluntariamente a aquellos de quienes espera su
bienestar. Gobiernoes el derecho de mandar, conferido al soberano solo para
beneficio de los que son gobernados. Los soberanos son los defensores de las
personas, los guardianes de la propiedad, los protectores de la libertad de sus
súbditos: este es el precio de su obediencia; sólo con esta condición éstos
consienten en obedecer; el gobierno no sería mejor que un robo siempre que se
valiera de los poderes que se le han confiado, para hacer infeliz a la
sociedad. El imperio de la religiónse basa en la opinión que tiene el hombre de
que tiene el poder de hacer felices a las naciones; el gobierno y la religión
son instituciones razonables; pero sólo así, en la medida en que contribuyen
igualmente a la felicidad del hombre: sería una locura en él someterse a un yugo
del que no resultaría sino el mal. Sería una locura esperar que el hombre se
ate a la miseria; ¡Sería una gran injusticia obligarle a renunciar a sus
derechos sin una ventaja correspondiente!
La autoridad que un padre ejerce sobre su familia
sólo se funda en las ventajas que debe procurarle. El rango, en la sociedad
política, sólo tiene por base la utilidad real o imaginaria de unos ciudadanos
por la que los demás están dispuestos a distinguirlos, a aceptar respetarlos, a
obedecerlos. Los ricos adquieren derechos sobre los indigentes, los ricos
reclaman el homenaje de los necesitados, sólo en virtud del bienestar que están
condicionados a procurarlos. El genio, los talentos, la ciencia, las artes,
tienen derechos sobre el hombre, sólo en consecuencia de su utilidad; del
deleite que confieren; de las ventajas que procuran a la sociedad. En una
palabra, es la felicidad, es la espera de la felicidad, es su imagen lo que el
hombre acaricia, estima, adora incesantemente. Los monarcas, los ricos, los
grandes, pueden fácilmente imponerle, podrán deslumbrarlo, podrán intimidarlo,
pero jamás podrán obtener la sumisión voluntaria de su corazón, que es lo único
que les puede conferir derechos legítimos, sin que le hagan experimentar
verdaderos beneficios, sin que ostenten virtud. La utilidad no es más que la
verdadera felicidad; ser útil es ser virtuoso; ser virtuoso es hacer felices a
los demás.
The happiness which man derives from them is the
invariable, the necessary standard of his sentiments, for the beings of his
species; for the objects he desires; for the opinions he embrases; for those
actions on which he decides. He is the dupe of his prejudices every time he
ceases to avail himself of this standard to regulate his judgment. He will
never run the risk of deceiving himself, when he shall examine strictly what is
the real utility resulting to his species from the religion, from the superstition,
from the laws, from the institutions, from the inventions, from the various
actions of all mankind.
A superficial view may sometimes seduce him; but
experience, aided by reflection, will reconduct him to reason, which is
incapable of deceiving him. This teaches him that pleasure is a momentary
happiness, which frequently becomes an evil; that evil is a fleeting trouble
that frequently becomes a good: it makes him understand the true nature of
objects, enables him to foresee the effects he may expect; it makes him
distinguish those desires to which his welfare permits him to lend himself,
from those to whose seduction he ought to make resistance. In short, it will
always convince him that the true interest of intelligent beings, who love
happiness, who desire to render their own existence felicitous, demands that
they should root out all those phantoms, abolish all those chimerical ideas,
destroy all those prejudices, which by traducing virtue, obstruct their
felicity in this world.
If he consults experience, he will perceive that it
is in illusions, in false opinions, rendered sacred by time, that he ought to
search out the source of that multitude of evils which almost every where
overwhelms mankind. From ignorance of natural causes, man has created imaginary
causes; not knowing to what cause to attribute thunder, he ascribed it to an
imaginary being whom he called JUPITER; imposture availing itself of this
disposition, rendered these causes terrible to him; these fatal ideas haunted
him without rendering him better; made him tremble without either benefit to
himself or to others; filled his mind with chimeras that opposed themselves to
the progress of his reason; that prevented him from really seeking after his
happiness. His vain fears rendered him the slave of those who deceived him,
under pretence of consulting his welfare; he committed evil, because they
persuaded him his gods demanded sacrifices; he lived in misfortune, because
they made him believe these gods condemned him to be miserable; the slave of
beings, to which his own imagination had given birth, he never dared to
disentangle himself from his chains; the artful ministers of these divinities
gave him to understand that stupidity, the renunciation of reason, sloth of mind,
abjection of soul, were the sure means of obtaining eternal felicity.
Prejudices, not less dangerous, have blinded man
upon the true nature of government. Nations in general are ignorant of the true
foundations of authority; they dare not demand happiness from those kings who
are charged with the care of procuring it for them: some have believed their
sovereigns were gods disguised, who received with their birth the right of
commanding the rest of mankind; that they could at their pleasure dispose of
the felicity of the people; that they were not accountable for the misery they
engendered. By a necessary consequence of these erroneous opinions, politics
have almost every where degenerated into the fatal art of sacrificing the
interests of the many, either to the caprice of an individual, or to some few
privileged irrational beings. In despite of the evils which assailed them,
nations fell down in adoration before the idols they themselves had made:
foolishly respected the instruments of their misery; had a stupid veneration
for those who possessed the sovereign power of injuring them; obeyed their
unjust will; lavished their blood; exhausted their treasure; sacrificed their
lives, to glut the ambition, to feed the cupidity to minister to the
regenerated phantasms, to gratify the never-ending caprices of these men; they
bend the knee to established opinion, bowed to rank, yielded to title, to
opulence, to pageantry, to ostentation: at length victims to their prejudices,
they in vain expected their welfare at the hands of men who were themselves
unhappy from their own vices; whose neglect of virtue, had rendered them
incapable of enjoying true felicity; who are but little disposed to occupy
themselves with their prosperity: under such chiefs their physical and moral
happiness were equally neglected or even annihilated.
The same blindness may be perceived in the science
of morals. Superstition, which never had any thing but ignorance for its basis,
which never had more than a disordered imagination for its guide, did not found
ethics upon man's nature; upon his relations with his fellows; upon those
duties which necessarily flow from these relations; it preferred, as more in
unison with itself, founding them upon imaginary relations which it pretended
subsisted between him and those invisible powers it had so gratuitously imagined;
that were delivered by oracles which their priests had the address to make him
believe spoke the will of the Divinity: thus, TROPHONIUS, from his cave made
affrightened mortals tremble; shook the stoutest nerves; made them turn pale
with fear; his miserable, deluded supplicants, who were obliged to sacrifice to
him, anointed their bodies with oil, bathed in certain rivers, and after they
had offered their cake of honey and received their destiny, became so dejected,
so wretchedly forlorn, that to this day their descendants, when they behold a
malencholy man, exclaim, "He has consulted the oracle of Trophonius."
It was these invisible gods, which superstition always paints as furious
tyrants, who were declared the arbiters of man's destiny; the models of his
conduct: when he was willing to imitate them, when he was willing to conform
himself to the lessons of their interpreters, he became wicked, was an
unsociable creature, an useless being or else a turbulent maniac—a zealous
fanatic. It was these alone who profited by superstition, who advantaged
themselves by the darkness in which they contrived to involve the human mind;
nations were ignorant of nature; they knew nothing of reason; they understood
not truth; they had only a gloomy superstition, without one certain idea of
either morals or virtue. When man committed evil against his fellow creature,
he believed he had offended these gods; but he also believed himself forgiven,
as soon as he had prostrated himself before them; as soon as he had by costly
presents gained over the priest to his interest. Thus superstition, far from
giving a sure, far from affording a natural, far from introducing a known basis
to morals, only rested it on an unsteady foundation; made it consist in ideal
duties impossible to be accurately understood. What did I say? It first
corrupted him, and his expiations finished by ruining him. Thus when
superstition was desirous to combat the unruly passions of man it attempted it
in vain; always enthusiastic, ever deprived of experience, it knew nothing of
the true remedies: those which it applied were disgusting, only suitable to
make the sick revolt against them; it made them pass for divine, because they
were not made of man; they were inefficacious, because chimeras could effectuate
nothing against those substantive passions to which motives more real,
impulsions more powerful, concurred to give birth, which every thing conspired,
to flourish in his heart. The voice of superstition or of the gods, could not
make itself heard amidst the tumult of society—where all was in
confusion—where the priest cried out to man, that he could not render himself
happy without injuring his fellow creatures, who happened to differ from him in
opinion: these vain clamours only made virtue hateful to him, because they
always represented it as the enemy to his happiness; as the bane of human
pleasures: he consequently failed in the observation of his duties, because
real motives were never held forth to induce him to make the requisite sacrifice;
the present prevailed over the future; the visible over the invisible; the
known over the unknown: man became wicked because every thing informed him he
must be so, in order to obtain the happiness after which he sighed.
Thus the sum of human misery was never diminished;
on the contrary, it was accumulating either by his superstition, by his
government, by his education, by his opinions or by the institutions he adopted
under the idea of rendering his condition more pleasant: it not unfrequently
happened that the whole of these acted upon him simultaneously; he was then
completely wretched. It cannot be too often repeated, it is in error that man
will find the true spring of those evils with which the human race is afflicted;
it is not nature that renders him miserable; it is not nature that makes him
unhappy; it is not an irritated Divinity who is desirous he should live in
tears; it is not hereditary depravation that has caused him to be wicked; it is
to error, to long cherished, consecrated error, to error identified with his
very existence, that these deplorable effects are to be ascribed.
The sovereign good, so much sought after by some
philosophers, announced with so much emphasis by others, may be considered as a
chimera, like unto that marvellous panacea which some adepts have been willing
to pass upon mankind for an universal remedy. All men are diseased; the moment
of their birth delivers them over to the contagion of error; but individuals
are variously affected by it by a consequence of their natural organization; of
their peculiar circumstances. If there is a sovereign remedy, which can be
indiscriminately applied to the diseases of man, there is without doubt only
ONE, this catholic balsam is TRUTH, Which he must draw from nature.
At the afflicting sight of those errors which blind
the greater number of mortals—of those delusions which man is doomed to suck
in with his mother's milk; viewing with painful sensations those irregular
desires, those disgusting propensities, by which he is perpetually agitated;
seeing the terrible effect of those licentious passions which torment him; of
those lasting inquietudes which gnaw his repose; of those stupendous evils, as
well physical as moral, which assail him on every side: the contemplator of
humanity would be tempted to believe that happiness was not made for this
world; that any effort to cure those minds which every thing unites to poison,
would be a vain enterprize; that it was an Augean stable, requiring the
strength of another Hercules. When he considers those numerous superstitions by
which man is kept in a continual state of alarm—that divide him from his
fellow—that render him vindictive, persecuting, and irrational; when he
beholds the many despotic governments that oppress him; when he examines those
multitudinous, unintelligible, contradictory laws that torture him; the
manifold injustice under which he groans; when he turns his mind to the
barbarous ignorance in which he is steeped, almost over the whole surface of
the earth; when he witnesses those enormous crimes that debase society; when he
unmasks those rooted vices that render it so hateful to almost every
individual; he has great difficulty to prevent his mind from embracing the idea
that misfortune is the only appendage of the human species; that this world is
made solely to assemble the unhappy; that human felicity is a chimera, or at
least a point so fugitive, that it is impossible it can be fixed.
Así los mortales supersticiosos, los hombres
atrabiliarios, los seres alimentados en la melancolía, ven incesantemente que
la naturaleza o su autor se exasperan contra el género humano; suponen que el
hombre es objeto constante de la ira del cielo; que lo irrita incluso con sus
deseos; que se vuelve criminal buscando una felicidad que no está hecha para
él: asombrado al ver que esos objetos que codicia con más vivacidad, nunca son
capaces de contentar su corazón, tienen los denunció como abominaciones, como
cosas perjudiciales a sus intereses, como odiosas a sus dioses; le prescriben
abstinencia de toda búsqueda de ellos; que debe evitarlos por completo; se han
esforzado por poner en fuga todas sus pasiones, sin distinción alguna incluso
de las que le son más útiles, la más provechosa para aquellos seres con quienes
convive: han querido que el hombre se volviese insensible; debe convertirse en
su propio enemigo; que debe separarse de sus semejantes; que debe renunciar a
todo placer; que rechace la felicidad; en breve,que deje de ser hombre, que se
vuelva antinatural . "¡Mortales!" ¿Habéis dicho: "nacisteis para
ser infelices; el autor de vuestra existencia os ha destinado a la desgracia;
entrad pues en sus miras, y haceos vosotros mismos miserables. Combatid los
deseos rebeldes que tienen por objeto la felicidad; renunciad a los placeres
que vuestra esencia es el amor; no os apeguéis a nada de este mundo; por una
sociedad que sólo sirve para inflamar vuestra imaginación, para haceros
suspirar por beneficios que no debéis disfrutar; rompid el manantial de
vuestras almas; reprimid aquella actividad que busca poner fin a vuestros
sufrimientos; sufrir, afligiros, gemir, ser miserables; tal es para vosotros el
verdadero camino de la felicidad".
¡Médicos ciegos! que han confundido con una
enfermedad el estado natural del hombre! no han visto que sus deseos eran
necesarios; que sus pasiones eran esenciales para él; que para defenderlo de
amar los placeres legítimos; prohibirle que los desee, es privarlo de esa
actividad que es el principio vital de la sociedad; que decirle que odie,
desearle que se desprecie, es quitarle el motivo más sustantivo que puede
conducirle a la virtud. Es así que, con sus remedios sobrenaturales, con su
miserable panacea, la superstición, lejos de curar esos males que decrépitan al
hombre, que lo doblan casi hasta el suelo, no ha hecho más que aumentarlos; los
hizo más desesperados; en la sala de calmar sus pasiones, les da
empedernimiento; los hace más peligrosos; los vuelve más venenosos; convierte
en maldición aquello que la naturaleza le ha dado para su conservación; ser el
medio de su propia felicidad. No es extinguiendo las pasiones del hombre como
se le hace más feliz; es convirtiéndolos en canales adecuados, dirigiéndolos
hacia objetos útiles, que siendo verdaderamente ventajosos para él,
necesariamente deben ser beneficiosos para los demás.
A pesar de los errores que ciegan a la raza humana,
a pesar de la extravagancia de la superstición del hombre, a pesar de la
imbecilidad de sus instituciones políticas, a pesar de las quejas, a pesar de
los murmullos que está continuamente exhalando contra su destino, todavía hay
felices individuos sobre la tierra. El hombre tiene a veces la dicha de
contemplar soberanos animados por la noble pasión de hacer prosperar a las
naciones; llenos de la loable ambición de hacer feliz a su pueblo; de vez en
cuando se encuentra con un ANTONINO, un TRAJANO, un JULIAN, un ALFRED, un
WASHINGTON; se encuentra con espíritus elevados que ponen su gloria en alentar
el mérito, que descansan su felicidad en socorrer a la indigencia, que
consideran honorable ayudar a la virtud oprimida: ve al genio ocupado en el
deseo de merecer los elogios de la posteridad;
No se crea que el mismo hombre pobre está excluido
de la felicidad: la mediocridad y la indigencia le procuran con frecuencia
ventajas que la opulencia y la grandeza están obligadas a reconocer; cuyo
título y riquezas se ven obligados a envidiar: el alma del menesteroso, siempre
en acción, nunca cesa de formar deseos que su actividad pone a su alcance;
mientras que los ricos, los poderosos, se encuentran con frecuencia en la
dolorosa vergüenza de no saber qué desear, o bien de desear aquellos objetos que
su apatía les hace imposible obtener. El cuerpo del pobre, habituado al
trabajo, conoce las dulzuras del reposo; este reposo del cuerpo es la fatiga
más molesta para el que está cansado de su ociosidad; el ejercicio y la
frugalidad procuran a uno el vigor, la salud y la alegría; la intemperancia y
la pereza del otro sólo le proporcionan repugnancia, lo cargan de debilidades.
La indigencia pone a funcionar todos los resortes del alma; es la madre de la
industria; de su seno surge el genio; es el padre de los talentos, el semillero
de ese mérito al que la opulencia está obligada a rendir tributo; a la que la
grandeza inclina su homenaje. En fin, los golpes del destino encuentran en el
pobre un junco flexible, que se dobla sin romperse, mientras que las tempestades
de la adversidad desgarran al rico como la robusta encina del bosque, de raíz.
a la que la grandeza inclina su homenaje. En fin, los golpes del destino
encuentran en el pobre un junco flexible, que se dobla sin romperse, mientras
que las tempestades de la adversidad desgarran al rico como la robusta encina
del bosque, de raíz. a la que la grandeza inclina su homenaje. En fin, los
golpes del destino encuentran en el pobre un junco flexible, que se dobla sin
romperse, mientras que las tempestades de la adversidad desgarran al rico como
la robusta encina del bosque, de raíz.
Así, la Naturaleza no es una madrastra para la
mayor parte de sus hijos. Aquel a quien la fortuna ha puesto en una posición
oscura ignora esa ambición que devora al cortesano; no sabe nada de la
inquietud que priva al intrigante de su descanso; es ajeno al remordimiento,
ajeno al asco, es inconsciente del hastío del hombre, que, enriquecido con los
despojos de una nación, no sabe cómo aprovecharlos. Cuanto más trabaja el
cuerpo, más reposa la imaginación; es la diversidad de los objetos sobre los
que el hombre atropella lo que la enciende; es la saciedad de esos objetos lo
que le produce repugnancia; la imaginación del indigente está circunscrita por
la necesidad: recibe pocas ideas; conoce pocos objetos; en consecuencia, tiene
poco que desear; se contenta con eso poco: mientras que toda la naturaleza
difícilmente basta para satisfacer los deseos insaciables, para gratificar las
necesidades imaginarias del hombre, sumido en el lujo, que ha atropellado y
agotado todos los objetos comunes. Aquellos, a quienes el prejuicio contempla;
como los más infelices de los hombres, disfrutan frecuentemente de ventajas más
reales, de felicidad mucho mayor que aquellos que los oprimen, que los
desprecian, pero que, sin embargo, a menudo se ven reducidos a la miseria de
envidiarlos. Los deseos limitados son un verdadero beneficio: el hombre de más
baja condición, en su humilde fortuna, sólo desea pan: lo obtiene con el sudor
de su frente; lo comería con placer si la injusticia no se lo volviera amargo a
veces. Por el delirio de algunos gobiernos, los que ruedan en abundancia, sin
por ello ser más felices,Los príncipes sacrifican a veces su verdadera
felicidad, así como la de sus estados, a estas pasiones, a esos caprichos que
desalientan al pueblo; que hunden en la miseria a sus provincias: que hacen
infelices a millones, sin beneficio alguno para ellos. tiranosobligar a los
súbditos a maldecir su existencia; abandonar el trabajo; quitadles el valor de
engendrar una descendencia que sería tan infeliz como sus padres: el exceso de
opresión les obliga a veces a rebelarse; los hace vengarse con inicuos ultrajes
de la injusticia que ha amontonado sobre sus devotas cabezas: la injusticia, al
reducir la indigencia a la desesperación, la obliga a buscar en el crimen,
recursos, contra su miseria. Un gobierno injusto, produce desánimo en el alma:
sus vejaciones despoblan un país; bajo su influencia, la tierra queda sin
cultura; de allí se engendra una hambruna espantosa, que engendra contagio y
peste. La miseria de un pueblo produce revoluciones; amargados por las
desgracias, sus mentes entran en estado de fermentación; el derrocamiento de un
imperio, es el efecto necesario. Es así quela física y la moral siempre están
conectadas, o más bien son la misma cosa .
Si las malas costumbres de los caciques no siempre
producen efectos tan marcados, por lo menos engendran la pereza, cuyo efecto es
llenar de mendigos a la sociedad; para llenarlo de malhechores; cuyo curso
vicioso ni la superstición ni el terror de las leyes pueden detener; que nada
puede inducir a permanecer como espectadores infelices de un bienestar al que
no se les permite participar. Buscan una felicidad pasajera a costa incluso de
sus vidas, cuando la injusticia les ha cerrado el camino del trabajo, esos
caminos de la industria que los habrían hecho útiles y honestos.
No se diga, pues, que ningún gobierno puede hacer
felices a todos sus súbditos; sin duda no puede jactarse de contentarse con los
humores caprichosos de algunos ciudadanos ociosos que se ven obligados a
devanarse la imaginación, para aplacar el disgusto que nace de la lasitud: pero
puede, y debe ocuparse de atender las verdaderas necesidades de la multitud. ,
con dar una actividad útil a todo el cuerpo político. Una sociedad disfruta de
toda la felicidad de la que es susceptible siempre que el mayor número de sus
miembros estén sanamente alimentados, decentemente vestidos, cómodamente
alojados; en una palabra, cuando pueden, sin un exceso de trabajo más allá de
sus fuerzas, procurar con qué satisfacer aquellas necesidades que les son
propias. la naturaleza ha hecho necesaria su existencia. Su mente descansa
contenta tan pronto como se convencen de que ningún poder puede arrebatarles
los frutos de su industria; que trabajan para sí mismos; que el sudor de su
frente es para el consuelo inmediato de sus propias familias. Por consecuencia
de la locura humana en algunas regiones, naciones enteras se ven obligadas a
trabajar sin cesar, a gastar sus fuerzas, a sudar bajo sus cargas, a ondular el
aire con sus suspiros, a empapar la tierra con sus lágrimas, para mantener el
lujo , para satisfacer los caprichos, para apoyar la corrupción de un pequeño
número de seres irracionales; de unos cuantos inútiles a quienes la felicidad
se les ha hecho imposible, porque su imaginación aturdida ya no conoce límites.
Es así que supersticiosos, así que los errores políticos han cambiado el
hermoso rostro de la naturaleza en un valle de lágrimas. que trabajan para sí
mismos; que el sudor de su frente es para el consuelo inmediato de sus propias
familias. Por consecuencia de la locura humana en algunas regiones, naciones
enteras se ven obligadas a trabajar sin cesar, a gastar sus fuerzas, a sudar
bajo sus cargas, a ondular el aire con sus suspiros, a empapar la tierra con
sus lágrimas, para mantener el lujo , para satisfacer los caprichos, para
apoyar la corrupción de un pequeño número de seres irracionales; de unos
cuantos inútiles a quienes la felicidad se les ha hecho imposible, porque su
imaginación aturdida ya no conoce límites. Es así que supersticiosos, así que
los errores políticos han cambiado el hermoso rostro de la naturaleza en un
valle de lágrimas. que trabajan para sí mismos; que el sudor de su frente es
para el consuelo inmediato de sus propias familias. Por consecuencia de la
locura humana en algunas regiones, naciones enteras se ven obligadas a trabajar
sin cesar, a gastar sus fuerzas, a sudar bajo sus cargas, a ondular el aire con
sus suspiros, a empapar la tierra con sus lágrimas, para mantener el lujo ,
para satisfacer los caprichos, para apoyar la corrupción de un pequeño número
de seres irracionales; de unos cuantos inútiles a quienes la felicidad se les
ha hecho imposible, porque su imaginación aturdida ya no conoce límites. Es así
que supersticiosos, así que los errores políticos han cambiado el hermoso
rostro de la naturaleza en un valle de lágrimas. naciones enteras están
obligadas a trabajar sin cesar, a derrochar sus fuerzas, a sudar bajo sus
cargas a ondular el aire con sus suspiros, a empapar la tierra con sus
lágrimas, para mantener el lujo, para satisfacer los caprichos, para sostener
la corrupción de un pequeño número de seres irracionales; de unos cuantos
inútiles a quienes la felicidad se les ha hecho imposible, porque su
imaginación aturdida ya no conoce límites. Es así que supersticiosos, así que
los errores políticos han cambiado el hermoso rostro de la naturaleza en un
valle de lágrimas. naciones enteras están obligadas a trabajar sin cesar, a
derrochar sus fuerzas, a sudar bajo sus cargas a ondular el aire con sus
suspiros, a empapar la tierra con sus lágrimas, para mantener el lujo, para
satisfacer los caprichos, para sostener la corrupción de un pequeño número de
seres irracionales; de unos cuantos inútiles a quienes la felicidad se les ha
hecho imposible, porque su imaginación aturdida ya no conoce límites. Es así
que supersticiosos, así que los errores políticos han cambiado el hermoso
rostro de la naturaleza en un valle de lágrimas. de unos cuantos inútiles a
quienes la felicidad se les ha hecho imposible, porque su imaginación aturdida
ya no conoce límites. Es así que supersticiosos, así que los errores políticos
han cambiado el hermoso rostro de la naturaleza en un valle de lágrimas. de
unos cuantos inútiles a quienes la felicidad se les ha hecho imposible, porque
su imaginación aturdida ya no conoce límites. Es así que supersticiosos, así
que los errores políticos han cambiado el hermoso rostro de la naturaleza en un
valle de lágrimas.
For want of consulting reason, for want of knowing
the value of virtue, for want of being instructed in their true interest, for
want of being acquainted with what constitutes solid happiness, in what
consists real felicity, the prince and the people, the rich and the poor, the
great and the little, are unquestionably, frequently very far removed from
content; nevertheless if an impartial eye be glanced over the human race, it
will be found to comprise a greater number of benefits than of evils. No man is
entirely happy, but he is so in detail; those who make the most bitter
complaints of the rigour of their fate, are however, held in existence by
threads frequently imperceptible; are prevented from the desire of quitting it
by circumstances of which they are not aware. In short, habit lightens to man
the burden of his troubles; grief suspended becomes true enjoyment; every want
is a pleasure in the moment when it is satisfied; freedom from chagrin, the
absence of disease, is a happy state which he enjoys secretly, without even
perceiving it; hope, which rarely abandons him entirely, helps him to support
the most cruel disasters. The PRISONER laughs in his irons. The wearied
VILLAGER returns singing to his cottage. In short, the man who calls himself
the most unfortunate, never sees death approach without dismay, at least, if
despair has not totally disfigured nature in his eyes.
Mientras el hombre desee la continuación de su ser,
no tiene derecho a llamarse completamente infeliz; mientras la esperanza lo
sostiene, todavía disfruta de un gran beneficio. Si el hombre fuera más justo,
al rendirse cuenta de sus placeres, al estimar sus dolores, reconocería que la
suma de los primeros excede en mucho a la suma de los últimos; percibiría que
lleva un libro de contabilidad muy exacto del mal, pero un diario muy infiel
del bien: de hecho, confesaría que hay muy pocos días completamente infelices
durante todo el curso de su existencia. Sus necesidades periódicas le procuran
el placer de satisfacerlas; su alma está perpetuamente conmovida por mil
objetos, de los cuales, la variedad, la multiplicidad, la novedad, lo regocija,
suspende sus penas, distrae su disgusto. Sus males físicos, son violentos? No
son de larga duración; lo conducen rápidamente a su fin: las penas de su mente,
cuando son demasiado poderosas, lo conducen igualmente a él. Al mismo tiempo
que la naturaleza le niega toda felicidad, le abre una puerta por la que
abandona la vida; ¿Se niega a entrar? Es que todavía encuentra placer en la
existencia. ¿Están las naciones reducidas a la desesperación? ¿Son
completamente miserables? Recurren a las armas; a riesgo de perecer, hacen los
esfuerzos más violentos para poner fin a sus sufrimientos. ¿Están las naciones
reducidas a la desesperación? ¿Son completamente miserables? Recurren a las
armas; a riesgo de perecer, hacen los esfuerzos más violentos para poner fin a
sus sufrimientos. ¿Están las naciones reducidas a la desesperación? ¿Son
completamente miserables? Recurren a las armas; a riesgo de perecer, hacen los
esfuerzos más violentos para poner fin a sus sufrimientos.
Así, porque ve a tantos de sus semejantes aferrados
a la vida, el hombre debe concluir que no son tan infelices como él piensa.
Entonces, que no exagere los males del género humano, sino que imponga silencio
a ese humor lúgubre que le persuade de que estos males no tienen remedio; que
sólo disminuya por grados el número de sus errores, sus calamidades se
desvanecerán en la misma proporción; no debe concluirse infeliz porque su
corazón nunca deja de formar nuevos deseos, que le resulta difícil, a veces imposible,
satisfacer. Puesto que su cuerpo requiere alimento diariamente, infórmese que
está sano, que cumple sus funciones. Mientras tenga deseos, la deducción
adecuada debe ser que su mente se mantiene en la actividad necesaria; debe
deducir de todo esto que las pasiones le son esenciales, que constituyen la
felicidad de un ser que siente; son indispensables para un hombre que piensa;
son requisitos para proporcionarle ideas; que son un principio vital para una
criatura que necesariamente debe amar lo que le proporciona comodidad, que debe
igualmente desear lo que le promete un modo de existencia análogo a sus
energías naturales. Mientras existe, mientras el manantial de su alma mantiene
su elasticidad, esta alma desea; mientras lo desea, experimenta la actividad
que le es necesaria; mientras actúa, mientras vive. La vida humana puede
compararse con un río, cuyas aguas se suceden, se impulsan y fluyen sin
interrupción; estas aguas, obligadas a rodar sobre un lecho desigual,
encuentran a intervalos aquellos obstáculos que impiden su estancamiento; nunca
dejan de ondular;el océano de la naturaleza .
CAP. XVII.
Aquellas Ideas que son verdaderas, o fundadas en la
Naturaleza, son los únicos Remedios para los Males del
Hombre.—Recapitulación.—Conclusión de la primera Parte.
Siempre que el hombre deja de tomar la experiencia
por guía, cae en el error. Sus errores se vuelven aún más peligrosos, asumen
una inveterancia más decidida, cuando están revestidos con la sanción de la
superstición; es entonces cuando casi nunca consiente en volver a los caminos
de la verdad; se cree profundamente interesado en no ver ya con claridad lo que
tiene delante; imagina que tiene una ventaja esencial al no comprenderse más a
sí mismo; supone que su felicidad exige que cierre los ojos a la verdad. Si la
mayoría de los filósofos morales han confundido el corazón humano, si se han
engañado acerca de sus enfermedades, si han calculado mal los remedios que son
adecuados, si los remedios que han administrado han sido ineficaces o incluso
peligrosos, es porque han abandonado la naturaleza, porque se han resistido a
la experiencia, porque no han tenido la firmeza suficiente para consultar a su
razón, porque han renunciado a la evidencia de sus sentidos, porque sólo han
seguido los caprichos de una imaginación o deslumbrada. por el entusiasmo o
perturbado por el miedo; porque han preferido las ilusiones que ha presentado a
las realidades de la naturaleza,que nunca engaña .
Es por no haber sentido que un ser inteligente no
puede perder de vista ni por un instante su propia conservación peculiar —de
sus intereses particulares, sean reales o ficticios— de su propio bienestar,
sea permanente o transitorio; en fin, de su felicidad, sea verdadera o falsa.
Es por no haber considerado que los deseos son naturales, que las pasiones son
esenciales, que tanto el uno como el otro son movimientos necesarios al alma
del hombre, que los médicos de la mente humana han supuesto causas sobrenaturales
para su andanzas; sólo han aplicado a sus males remedios tópicos, inútiles o
peligrosos. En efecto, al desearle sofocar sus deseos, combatir sus
propensiones, aniquilar sus pasiones, no han hecho más que darle preceptos
estériles, a la vez vagos e impracticables; estas vanas lecciones a nadie han
influido; a lo sumo han refrenado a unos pocos mortales a quienes una tranquila
imaginación pero débilmente solicitaba al mal; los terrores con que los han
acompañado han perturbado la tranquilidad de las personas moderadas por su
naturaleza, sin detener jamás el temperamento ingobernable de los embriagados
por sus pasiones, o apresurados; por el torrente de la costumbre. En suma, las
promesas de la superstición, así como las amenazas que encierra, no han hecho
más que formar fanáticos, engendrar entusiastas, peligrosos o inútiles para la
sociedad, sin llegar nunca a hacer verdaderamente virtuoso al hombre; es decir,
útil a sus semejantes. los terrores con que los han acompañado han perturbado
la tranquilidad de las personas moderadas por su naturaleza, sin detener jamás
el temperamento ingobernable de los embriagados por sus pasiones, o
apresurados; por el torrente de la costumbre. En suma, las promesas de la
superstición, así como las amenazas que encierra, no han hecho más que formar
fanáticos, engendrar entusiastas, peligrosos o inútiles para la sociedad, sin
llegar nunca a hacer verdaderamente virtuoso al hombre; es decir, útil a sus
semejantes. los terrores con que los han acompañado han perturbado la tranquilidad
de las personas moderadas por su naturaleza, sin detener jamás el temperamento
ingobernable de los embriagados por sus pasiones, o apresurados; por el
torrente de la costumbre. En suma, las promesas de la superstición, así como
las amenazas que encierra, no han hecho más que formar fanáticos, engendrar
entusiastas, peligrosos o inútiles para la sociedad, sin llegar nunca a hacer
verdaderamente virtuoso al hombre; es decir, útil a sus semejantes. que son
peligrosos o inútiles a la sociedad, sin hacer jamás al hombre verdaderamente
virtuoso; es decir, útil a sus semejantes. que son peligrosos o inútiles a la
sociedad, sin hacer jamás al hombre verdaderamente virtuoso; es decir, útil a
sus semejantes.
Éstos, empíricos guiados por una ciega rutina, no
han visto que el hombre mientras existe, está obligado a sentir, a desear, a
tener pasiones, a satisfacerlas en proporción a la energía que su organización
le ha dado; no han percibido que la educación sembró en su corazón estos
anhelos – que la costumbre los enraizó – que su gobierno, muchas veces
vicioso, corroboró su crecimiento– que la opinión pública les imprimió su
aprobación – que – la experiencia los hizo necesarios†“que decirles a
los hombres así constituidos que destruyan sus pasiones, era hundirlos en la
desesperación o ordenarles remedios demasiado repugnantes para su temperamento.
En el estado actual de las sociedades opulentas, decir a un hombre que sabe por
experiencia que las riquezas procuran todos los placeres, que no debe
desearlas; que no debe hacer ningún esfuerzo para obtenerlos; que debe
desprenderse de ellos: es persuadirlo para que se haga miserable. Decirle a un
hombre ambicioso que no desee la grandeza, que no codicie el poder, que todo
conspira para señalarle como el colmo de la felicidad, es ordenarle que derribe
de un golpe el sistema habitual de sus ideas; es hablar, a un sordo. Decir a un
amante de temperamento impetuoso que sofoque sus pasiones por el objeto que le
encanta, es hacerle comprender que debe renunciar a su felicidad. Oponer la
superstición a intereses tan sustantivos, tan poderosos, es combatir las
realidades con especulaciones quiméricas. es ordenarle que derribe de un golpe
el sistema habitual de sus ideas; es hablar, a un sordo. Decir a un amante de
temperamento impetuoso que sofoque sus pasiones por el objeto que le encanta,
es hacerle comprender que debe renunciar a su felicidad. Oponer la superstición
a intereses tan sustantivos, tan poderosos, es combatir las realidades con
especulaciones quiméricas. es ordenarle que derribe de un golpe el sistema
habitual de sus ideas; es hablar, a un sordo. Decir a un amante de temperamento
impetuoso que sofoque sus pasiones por el objeto que le encanta, es hacerle
comprender que debe renunciar a su felicidad. Oponer la superstición a
intereses tan sustantivos, tan poderosos, es combatir las realidades con
especulaciones quiméricas.
En efecto, si se examinaran las cosas sin
prejuicios, se encontraría que la mayor parte de los preceptos inculcados por
la superstición, que enuncian los dogmas fanáticos, que los mortales
sobrenaturales dan al hombre, son tan ridículos como imposibles de poner en
práctica. . Prohibir la pasión al hombre, es desear de él que no sea criatura
humana; aconsejar a un individuo de imaginación violenta que modere sus deseos,
es aconsejarle que cambie de temperamento, es pedirle que su sangre fluya más
lentamente. Decir a un hombre que renuncie a sus hábitos es estar dispuesto a
que un ciudadano, acostumbrado a vestirse, consienta en andar completamente
desnudo; serviría tanto desearle cambiar el contorno de su rostro, destruir su
configuración, extinguir su imaginación, alterar el curso de sus fluidos, como
para ordenarle que no tenga pasiones que exciten una actividad análoga a su
energía natural; o dejar de lado los que el hábito confirmado le ha hecho
contraer; que sus circunstancias, por una larga sucesión de causas y efectos,
han convertido en necesidades. Tales son, sin embargo, los remedios tan
cacareados que la mayor parte de los filósofos morales aplican a la depravación
humana. ¿Es entonces sorprendente que no produzcan el efecto deseado, o que
sólo reduzcan al hombre a un estado de desesperación por la efervescencia que
resulta del continuo conflicto que suscitan entre las pasiones de su corazón y
estas fantasiosas doctrinas; entre sus vicios y sus virtudes; entre sus hábitos
y esos miedos quiméricos con los que la superstición siempre está dispuesta a
abrumarlo? Los vicios de la sociedad, ayudada por los objetos de los que se
sirve, que son los deseos del hombre, los placeres, las riquezas, la grandeza
que su gobierno le ofrece como imanes seductores, la ventaja que la educación,
los beneficios que el ejemplo, los intereses que la opinión pública lo ama, lo
atrae por un lado; mientras que una moral sombría, fundada sobre ilusiones
supersticiosas, lo solicita en vano por el otro; así, la superstición lo hunde
en la miseria; sostiene una lucha violenta con su corazón, sin obtener casi
nunca la victoria; cuando por accidente prevalece contra tantas fuerzas unidas,
lo vuelve infeliz; destruye por completo el manantial de su alma. los
beneficios que el ejemplo, los intereses que la opinión pública le acaricia, lo
atraen por un lado; mientras que una moral sombría, fundada sobre ilusiones
supersticiosas, lo solicita en vano por el otro; así, la superstición lo hunde
en la miseria; sostiene una lucha violenta con su corazón, sin obtener casi
nunca la victoria; cuando por accidente prevalece contra tantas fuerzas unidas,
lo vuelve infeliz; destruye por completo el manantial de su alma. los
beneficios que el ejemplo, los intereses que la opinión pública le acaricia, lo
atraen por un lado; mientras que una moral sombría, fundada sobre ilusiones
supersticiosas, lo solicita en vano por el otro; así, la superstición lo hunde
en la miseria; sostiene una lucha violenta con su corazón, sin obtener casi
nunca la victoria; cuando por accidente prevalece contra tantas fuerzas unidas,
lo vuelve infeliz; destruye por completo el manantial de su alma. lo vuelve
infeliz; destruye por completo el manantial de su alma. lo vuelve infeliz;
destruye por completo el manantial de su alma.
Las pasiones son el verdadero contrapeso de las
pasiones; entonces que no busque destruirlos; pero que se esfuerce en
dirigirlos; que equilibre las que son perjudiciales con las que son útiles a la
sociedad. La razón , fruto de la experiencia, no es más que el arte de elegir
aquellas pasiones a las que para su propia y peculiar felicidad debe escuchar.
La educación es el verdadero arte de difundir el método propio de cultivar
pasiones ventajosas en el corazón del hombre. La legislación es el arte de refrenar
las pasiones peligrosas; de excitar aquellas que puedan ser conducentes al
bienestar público. Supersticiónes sólo el miserable arte de sembrar el trabajo
improductivo, de alimentar en el alma del hombre esas quimeras, esas ilusiones,
esas imposturas, esas incertidumbres de donde brotan pasiones fatales tanto
para él como para los demás: sólo es soportando con fortaleza contra éstos para
que pueda colocarse con seguridad en el camino de la felicidad. La verdadera
religión es el arte de defender la verdad, de renunciar al error, de contemplar
la realidad, de extraer sabiduría de la experiencia, de cultivar la naturaleza
del hombre para su propia felicidad, enseñándole a contribuir a la de sus
asociados; en suma, es razón, educación y legislación ., unidos para promover
el gran fin de la existencia humana, haciendo que las pasiones del hombre
fluyan en una corriente genial para su propia felicidad.
Razón y moralno pueden efectuar nada en la
humanidad si no le indican a cada individuo que su verdadero interés está
ligado a una conducta que sea útil a los demás o beneficiosa para sí mismo;
esta conducta para ser útil debe conciliar para él la benevolencia, ganar para
él el favor de estos seres que son necesarios para su felicidad: es entonces
por el interés de la humanidad, por la felicidad de la raza humana, es por la
estima de él mismo, por el amor de sus semejantes, por las ventajas que se
derivan, que la educación en la vida temprana debe encender la imaginación del
ciudadano; este es el verdadero medio de obtener esos felices resultados con
los que el hábito debe familiarizarlo; que la opinión pública debe hacer
querido en su corazón; cuyo ejemplo debe despertar continuamente sus
facultades; después de lo cual se le debe enseñar a buscar con atención
incesante.El gobierno , con la ayuda de las recompensas, debe alentarlo a
seguir este plan; al visitar el crimen con castigo, debería disuadir a aquellos
que están dispuestos a interrumpirlo. Así, la esperanza de un verdadero
bienestar, el temor del verdadero mal, serán pasiones adecuadas para
contrarrestar aquellas que por su impetuosidad dañarían a la sociedad; estos
últimos, por lo menos, se volverán muy raros, si en vez de alimentar la mente
del hombre con especulaciones ininteligibles, en lugar de hacer vibrar en sus
oídos palabras sin sentido, sólo se le habla de realidades, sólo se le muestran
aquellos intereses que están al unísono con la verdad.
El hombre es frecuentemente tan malo, sólo porque
casi siempre se siente interesado en serlo; que sea más ilustrado, más
familiarizado con la verdad, más acostumbrado a la virtud, será más feliz;
necesariamente mejorará. Un gobierno equitativo, una administración vigilante,
pronto llenará el estado de ciudadanos honestos; les presentará razones
presentes para la benevolencia; ventajas reales en verdad; motivos palpables
para ser virtuosos; los instruirá en sus deberes; los cuidará con sus cuidados;
los seducirá con la seguridad de su propia felicidad peculiar; sus promesas
fielmente cumplidas, sus amenazas regularmente ejecutadas, indudablemente
tendrán mucho más peso que las de una lúgubre superstición, que nunca exhibe a
su vista más que ilusorios beneficios, falaces castigos, de las cuales el
hombre endurecido en la maldad dudará cada vez que encuentre interés en
cuestionarlas: los motivos presentes dirán más a su corazón que aquellos que
son lejanos y en el mejor de los casos inciertos. Los viciosos y los malvados
son tan comunes sobre la tierra, tan pertinaces en sus malos procederes, tan
apegados a sus irregularidades, sólo porque son pocos los gobiernos que hacen
sentir al hombre la ventaja de ser justo, el placer de ser honesto, la
felicidad de ser benévolo por el contrario, apenas hay lugar donde los
intereses más poderosos no lo soliciten al crimen, favoreciendo las
propensiones de una organización viciosa; fomentando aquellas apetencias que
nada ha intentado rectificar o conducir a la virtud. Un salvaje, que en su
horda no conoce el valor del dinero, ciertamente no cometería un crimen, si
trasplantado a la sociedad civilizada, pronto aprende a desearlo, si se
esfuerza por obtenerlo, y si puede sin peligro terminar por robarlo; sobre
todo, si no se le hubiera enseñado a respetar la propiedad de los seres que le
rodean. Los salvajes y el niño están precisamente en el mismo estado; es la
negligencia de la sociedad, de los encargados de su educación, lo que hace
malvados tanto al uno como al otro. El hijo de un noble, desde su infancia
aprende a desear el poder, en una edad más madura se vuelve ambicioso; si tiene
la dirección para insinuarse en el favor, tal vez se vuelva malvado, porque en
algunas sociedades se le ha enseñado a saber que puede serlo con impunidad
cuando puede dominar el oído de su soberano. No es, pues, la naturaleza la que
hace malvado al hombre, son sus instituciones las que lo determinan al vicio.
El infante criado entre ladrones, generalmente puede convertirse en nada más
que un malhechor; si se hubiera criado con gente honesta, lo más probable es
que hubiera sido un hombre virtuoso.
Si se busca el origen de esa profunda ignorancia en
que se encuentra el hombre con respecto a su moral, a los motivos que pueden
dar volición a su voluntad, se hallará en aquellas ideas falsas que se han
formado la mayor parte de los especuladores, de la naturaleza humana. La
ciencia de la moral se ha convertido en un enigma imposible de desentrañar;
porque el hombre se ha hecho doble; ha distinguido su alma de su cuerpo; la
supuso de una naturaleza diferente de todos los seres conocidos, con modos de acción,
con propiedades distintas de todos los demás cuerpos, porque ha emancipado esta
alma de las leyes físicas, para someterla a leyes caprichosas emanadas de
hombres que han pretendido serlo. derivadas de regiones imaginarias, situadas a
distancias muy remotas: los metafísicos se apoderaron de estas suposiciones
gratuitas, y a fuerza de sutilizarlas, los han vuelto completamente
ininteligibles. Estos moralistas no han percibido que el movimiento es esencial
tanto para el alma como para el cuerpo viviente; que tanto el uno como el otro
nunca se mueven sino por lo material, por los objetos físicos; que la necesidad
de cada uno se regenere sin cesar; que las necesidades del alma, así como las
del cuerpo, son puramente físicas; que entre el alma y el cuerpo subsiste la
más íntima, la más constante conexión; o más bien no han querido permitir que
comieran sólo lo mismo considerado bajo diferentes puntos de vista. Obstinados
en sus opiniones sobrenaturales e ininteligibles, se han negado a abrir los
ojos, lo que los habría convencido de que el cuerpo en el sufrimiento hacía
miserable al alma; que el alma afligida socavaba el cuerpo y lo descomponía;
que tanto los placeres como las agonías de la mente tienen una influencia sobre
el cuerpo, lo sumergen en la pereza o le dan actividad: más bien han elegido
creer que el alma extrae sus pensamientos, ya sean agradables o sombríos, de
sus propias fuentes peculiares. , mientras que el hecho es que deriva sus ideas
solo de objetos materiales que golpean los órganos físicos; que no está
determinado por la alegría ni llevado a la tristeza, sino por el estado actual,
ya sea permanente o transitorio, en el que se encuentran los fluidos y sólidos
del cuerpo. En resumen, han sido reacios a reconocer que el alma, puramente
pasiva, sufre los mismos cambios que experimenta el cuerpo; sólo se conmueve
con su intervención; actúa sólo con su ayuda, recibe sus sensaciones, sus
percepciones, forma sus ideas, deriva su felicidad o su miseria de los objetos
físicos, a través de los órganos de los que se compone el cuerpo;
frecuentemente sin su propio conocimiento, a menudo a pesar de sí mismo.
Por una consecuencia de estas opiniones, conectadas
con sistemas maravillosos, o sistemas inventados para justificarlos, han
supuesto que el alma humana es un agente libre; es decir, que tiene la facultad
de moverse por sí mismo; que goza del privilegio de actuar independientemente
del impulso que recibe de los objetos exteriores, a través de los órganos del
cuerpo; que independientemente de estos impulsos, incluso puede resistirlos y
seguir sus propias direcciones por sus propias energías; que no sólo es diferente
en su naturaleza de todos los demás seres, sino que tiene un modo de acción
separado; en otras palabras, que es un punto aislado que no está sometido a esa
cadena ininterrumpida de movimiento que los cuerpos se comunican entre sí en
una naturaleza, cuyas partes están siempre en acción. Enamorados de sus
nociones sublimes, estos especuladores no se dieron cuenta de que al distinguir
así el alma del cuerpo y de todos los seres conocidos, hacían imposible
formarse una idea verdadera de ella, ni para ellos ni para los demás: no
estaban dispuestos a percibir la analogía perfecta que es se encuentra entre la
manera de actuar del alma y la que aflige al cuerpo; cierran los ojos a la
necesaria y continua correspondencia que se encuentra entre el alma y el
cuerpo; tal vez no advirtieron que, como el cuerpo, está sujeto al movimiento
de atracción y repulsión; tiene una aptitud para ser atraído, una disposición
para repeler, que es atribuible a cualidades inherentes a aquellas sustancias
físicas que dan juego a los órganos del cuerpo; que la voluntad de su voluntad,
la actividad de sus pasiones, la continua regeneración de sus deseos, nunca son
más que consecuencias de aquella actividad que se produce en el cuerpo por los
objetos materiales que no están bajo su control; que estos objetos lo hacen
feliz o miserable, activo o lánguido, contento o descontento, a pesar de sí
mismo, desafiando todos los esfuerzos que es capaz de hacer para hacerlo de
otra manera; más bien han optado por buscar en los cielos poderes desconocidos
para ponerlo en movimiento; han presentado al hombre intereses distantes e
imaginarios: con el pretexto de procurarle una felicidad futura, se le ha
impedido trabajar por su felicidad presente, que ha sido cuidadosamente
ocultada a su conocimiento: su mirada se ha fijado en los cielos, para que
pierda de vista la tierra: la verdad le ha sido ocultada; y se ha pretendido
que sería feliz a fuerza de terrores, siempre a una distancia inmensa; por
medio de sombras, con cuyas sustancias nunca podría entrar en contacto; de
quimeras formadas por su propia imaginación desconcertada, que cambiaba casi
tan a menudo como los gobiernos a los que estaba sometido. En resumen, engañado
por sus miedos, cegado por su propia credulidad,sólo era guiado por los tortuosos
caminos de la vida, por hombres ciegos como él, donde tanto el uno como el otro
se perdían frecuentemente en el laberinto .
CONCLUSIÓN.
De todo lo que se ha dicho hasta aquí, resulta
evidentemente que todos los errores de la humanidad, cualquiera que sea su
naturaleza, provienen de que el hombre renunció a la razón, abandonó la
experiencia y rehusó la evidencia de sus sentidos para poder ser guiado por la
imaginación. , frecuentemente engañosa; por autoridad, siempre desconfiado. El
hombre se equivocará jamás en su verdadera felicidad mientras deje de estudiar
la naturaleza, de investigar sus leyes, de buscar en ella sólo los remedios para
los males que son consecuencia de sus errores: será un enigma para sí mismo,
mientras se creerá doble; que está movido por un poder espiritual inconcebible,
cuyas leyes y naturaleza ignora; sus facultades intelectuales y morales, le
quedarán ininteligibles si no las contempla con los mismos ojos que sus
cualidades corporales; si no los ve sometidos en todo al mismo impulso,
gobernados por las mismas reglas. El sistema de su pretendida agencia libre no
tiene sustento; la experiencia lo contradice a cada instante, y prueba que
nunca deja de estar bajo el influjo de la necesidad en todas sus acciones; esta
verdad, lejos de ser peligrosa para el hombre, lejos de ser destructiva de su
moral, le proporciona su verdadera base haciéndole sentir la necesidad de esas
relaciones que subsisten entre seres sensibles unidos en sociedad: que se han
congregado con el fin de unir sus esfuerzos comunes para su felicidad
recíproca. De la necesidad de estas relaciones nace la necesidad de sus
deberes; éstos le señalan los sentimientos de amor, que debe conceder a la
conducta virtuosa; esa aversión que debe tener por lo vicioso; el horror que
debe sentir por todo lo criminal. De ahí el verdadero fundamento deSerá
evidente la Obligación Moral , que no es más que la necesidad de hablar de
medios para obtener el fin que el hombre se propone al unirse en sociedad; en
el que cada individuo por su propio interés peculiar, su propia felicidad
particular, su propia seguridad personal, está obligado a mostrar disposiciones
necesarias para conciliar los afectos de sus asociados; tener una conducta
adecuada a la conservación de la comunidad; contribuir con sus acciones a la
felicidad de todos. En una palabra, es sobre la necesaria acción y reacción de
la voluntad humana sobre la necesaria atracción y repulsión del alma del
hombre, que toda su moral descansa: es el unísono de su voluntad, el concierto
de sus acciones, que mantiene la sociedad; se vuelve miserable por su
discordancia; se disuelve por su falta de unión.
De lo dicho puede concluirse que los nombres bajo
los cuales el hombre ha designado las causas ocultas que actúan en la
naturaleza, y sus diversos efectos, nunca son más que necesariamente
considerados bajo diferentes puntos de vista, con la causa original de los
cuales: la gran causa de las causas , siempre debe permanecer ignorante. Se
encontrará que lo que él llama orden es una consecuencia necesaria de causas y
efectos, de los cuales ve, o cree ver, la conexión completa, la rutina
completa, que le agrada como un todo, cuando la encuentra conforme a su
existencia. De la misma manera se verá que lo que él llama confusión, es una
consecuencia de causas y efectos necesarios semejantes, de los cuales pierde la
concatenación, que por lo tanto piensa desfavorable a sí mismo, o poco
conveniente a su ser. Que ha designado con los nombres de...
Inteligencia , aquellas causas necesarias que
operan necesariamente la cadena de acontecimientos que comprende bajo el
término orden :
Divinidad , aquellas causas necesarias pero
invisibles que dan juego a la naturaleza, en la que cada cosa actúa según leyes
inmutables y necesarias:
Destino o fatalidad , la conexión necesaria de esas
causas y efectos desconocidos que contempla en el mundo:
El azar , aquellos efectos que no puede prever, o
de los que ignora la necesaria conexión, con sus causas:
Facultades intelectuales y morales, aquellos
efectos y aquellas modificaciones necesarias a un ser organizado, que ha
supuesto ser movido por un agente inconcebible; que ha creído distinguido de su
cuerpo, de una naturaleza totalmente diferente de él, y que ha designado con la
palabra ALMA. En consecuencia, ha creído inmortal a este agente; no soluble
como el cuerpo. Se ha demostrado que la maravillosa doctrina de otra vida, está
fundada sobre suposiciones gratuitas, contradichas por reflexiones, no sustentadas
por la experiencia, que puede ser o no ser, sin que el hombre sepa cosa alguna
sobre el asunto. Se ha probado que la hipótesis no sólo es inútil para la moral
del hombre, sino que está calculada para paralizar sus esfuerzos; desviarlo de
la búsqueda activa del verdadero camino hacia su propia felicidad; llenarlo de
caprichos románticos; embriagarlo con opiniones perjudiciales para su
tranquilidad; en fin, adormecer la vigilancia de los legisladores;
dispensándolos de dar a la educación, a las instituciones, a las leyes de la
sociedad, toda aquella atención que es deber y por su interés deben prestar. Se
debe haber sentido, queinexplicablemente la política se ha basado en opiniones
equivocadas; sobre ideas poco capaces de satisfacer esas pasiones, que todo
conspira para encender en el corazón del hombre; que deja de ver el futuro,
mientras que el presente lo seduce y lo apura. Se ha demostrado que el
desprecio de la muerte es un sentimiento ventajoso, calculado para inspirar
valor a la mente del hombre; para volverlo intrépido; inducirlo a emprender lo
que sea verdaderamente útil a la sociedad; en una palabra, de lo que antecede
se verá lo que es competente para conducir al hombre a la felicidad, y también
cuáles son los obstáculos que el error opone a su felicidad.
No seamos, pues, acusados de demoler prejuicios,
sin edificar la mente; con combatir el error sin sustituir la verdad; con
menospreciar el poder de la gran causa de las causas ; con socavar al mismo
tiempo los cimientos de la superstición y de la sana moral. El último es
necesario para el hombre; está fundado en su naturaleza; sus deberes son
ciertos, deben durar mientras subsista la raza humana; le impone obligaciones,
porque sin ella ni los individuos ni la sociedad podrían subsistir, ni obtener
ni gozar de las ventajas que la naturaleza les obliga a desear.
¡Escucha entonces, oh hombre! a aquellas morales
que se basan en la experiencia; que se basan en la necesidad de las cosas; no
prestes oídos a esas supersticiones fundadas en ensoñaciones; descansaba sobre
la impostura; construido sobre los caprichos caprichosos de una imaginación
desordenada. Seguid las lecciones de esas morales humanas, apacibles, que
conducen al hombre a la virtud, por la voz de la felicidad; haced oídos sordos
a los gritos ineficaces de la superstición, que hace al hombre realmente infeliz;
que jamás podrá hacerle reverenciar la VIRTUD; que hace odiosa la verdad; que
pinta la veracidad con horribles colores; en fin, que vea si la RAZÓN, sin la
ayuda de un rival que prohibe su uso, no lo conducirá más seguramente hacia ese
gran fin, que es el objeto de su investigación, que es la tendencia natural de
todas sus opiniones.
En efecto, ¿qué provecho ha sacado hasta ahora el
género humano de esas nociones sublimes, sobrenaturales, con que la
superstición ha alimentado a los mortales durante tantos siglos? Todos esos
fantasmas conjurados —por la ignorancia— empollados por la imaginación;
todas esas hipótesis, sutiles como irracionales; de la que se destierra la
experiencia, todas esas palabras vacías de sentido con las que se abarrotan los
lenguajes; todas esas esperanzas fantásticas; esos terrores de pánico que han
sido traídos para operar sobre la voluntad del hombre; ¿qué han hecho? ¿Alguno
de ellos o todos ellos lo han hecho mejor, más ilustrado en sus deberes, más
fiel en su desempeño? ¿Esos sistemas maravillosos, o esas invenciones
sofísticas, por las cuales han sido apoyados, han llevado convicción a su
mente, razón a su conducta, virtud en su corazón? ¿Lo han llevado al más mínimo
conocimiento de los grandes¿Causa de causas? ¡Pobre de mí! es un hecho
lamentable, que no se puede exponer demasiado, que todas estas cosas no han
hecho más que hundir el entendimiento humano en esa oscuridad de la que es
difícil sustraerse; sembrado en el corazón del hombre los más peligrosos
errores; del cual es casi imposible despojarlo; dado a luz esas pasiones
fatales, en las que se puede encontrar la verdadera fuente de esos males que
afligen a su especie: pero nunca han iluminado su mente con la verdad, ni lo
han conducido a esa adoración justa y saludable, que el hombre paga mejor por
un goce racional de las facultades de que está dotado.
¡Cesa entonces, oh mortal! dejarse turbar con
quimeras, dejar que su mente se turbe con fantasmas que ha creado su propia
imaginación, oa los que ha dado a luz la archi impostura. Renuncia a tus vagas
esperanzas, despreocúpate de tus miedos abrumadores, sigue sin inquietud la
rutina necesaria que la naturaleza te ha señalado; esparce el camino con flores
si tu destino lo permite; Quita, si puedes, las espinas esparcidas sobre él. No
intentes hundir tus puntos de vista en un futuro impenetrable; su oscuridad
debería ser suficiente para probarte que es inútil o peligroso de sondear.
Piensa en hacerte feliz en esa existencia que te es conocida: si quieres
conservarte, sé templado, sé moderado, sé razonable: si buscas hacer duradera
tu existencia, no seas pródigo en placer; abstente de todo lo que pueda ser
perjudicial para ti mismo, perjudicial para los demás: sé verdaderamente
inteligente; es decir, aprende a estimarte a ti mismo, a conservar tu ser, a
cumplir ese fin que en cada momento te propones. Sed virtuosos, con el fin de
que os hagáis sólidamente felices, para que gocéis de los afectos, aseguréis la
estima, participéis de la ayuda de aquellos que os rodean; de aquellos seres
que la naturaleza ha hecho necesarios para vuestra propia y peculiar felicidad.
Aun cuando sean injustos, hazte digno de su aplauso, de tu propio amor, y
vivirás contento, tu serenidad no será turbada, el fin de tu carrera no
calumniará tu vida; que estará exento de remordimiento: la muerte será para ti
la puerta a una nueva existencia, a un nuevo orden, en el que te someterás,
como eres ahora, a las leyes eternas de la naturaleza, que ordena, que para
VIVIR FELIZ AQUÍ ABAJO, DEBES HACER FELICES A LOS DEMÁS. Déjate, pues, ser
arrastrado suavemente a lo largo de tu camino, hasta que duermas apaciblemente
en ese seno que te ha dado a luz: si contrariamente a tu expectativa, hay otra
vida de felicidad eterna, no puedes dejar de ser un partícipe.
¡Para ti, malvado desafortunado! que te encuentras
en continua contradicción contigo mismo; tú, cuya máquina desordenada no puede
concordar con tu propia naturaleza peculiar, ni con la de tus asociados,
cualesquiera que sean tus crímenes, cualesquiera que sean tus miedos al castigo
en otra vida, ¿ya estás al menos cruelmente castigado en esta? ¿Tus locuras,
tus hábitos vergonzosos, tus libertinajes, no dañan tu salud? ¿No te demoras la
vida en disgusto, fatigado con tus propios excesos? ¿No te castiga la apatía
por tus pasiones saciadas? Tu vigor, tu alegría, tu contento, ¿no han cedido ya
a la debilidad, agazapados bajo las debilidades, dado lugar al arrepentimiento?
¿Tus vicios no cavan cada día tu tumba? Cada vez que te has manchado con el
crimen, te has atrevido sin horror a volver a ti mismo, para examinar tu propia
conciencia? ¿No has encontrado remordimiento, error, vergüenza establecidos en
tu corazón? ¿No has temido el escrutinio de tu prójimo? ¿No has temblado cuando
estabas solo? incesantemente temido, que la verdad, tan terrible para ti,
descubra tus oscuras transgresiones, arroje a la luz tus enormes iniquidades?
No temas, pues, más separarte de tu existencia, al menos pondrá fin a esos
tormentos ricamente merecidos que te has infligido a ti mismo;La muerte, al
librar a la tierra de una carga incómoda, también te librará a ti de tu enemigo
más cruel, tú mismo .
FIN DE LA PARTE I.
Fin del Proyecto Gutenberg EBook de El Sistema de
la Naturaleza, Volumen 1, por
Paul Henri Thiery (Barón D'Holbach)
*** FIN DE ESTE PROYECTO GUTENBERG EBOOK EL SISTEMA
DE LA NATURALEZA, VOLUMEN 1 ***
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