Libros Más Recientes

Emancipación N° 1050

Emancipación N° 1049

Emancipación N° 1048

PODCAST REVISTA

Libro N° 9791. Superstición En Todas Las Edades. Meslier, Jean.

Guillermo Molina Miranda enero 12, 2026

 


© Libro N° 9791. Superstición En Todas Las Edades. Meslier, Jean. Emancipación. Abril 9 de 2022.

 

Título original: ©  Superstición En Todas Las Edades. Por Jean Meslier

 

Versión Original: © Superstición En Todas Las Edades. Por Jean Meslier

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www-gutenberg-org.translate.goog/files/17607/17607-h/17607-h.htm?_x_tr_sl=auto&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=nui

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Fondo:

https://img.freepik.com/vector-gratis/fondo-acuarela_220290-40.jpg?t=st=1648320933~exp=1648321533~hmac=6dd73d3f6642d81581b34dceafc1820c07f4796b542f7c126c8c549dd3e2fa3a&w=740

 

Portada E.O. de Imagen original:

https://1.bp.blogspot.com/-zpbbNLLKroI/Xgh0SRZAVvI/AAAAAAAAIKU/TvDaSZC8Cw0NXXBpjRwPVzehXheR3nVAQCLcBGAsYHQ/w1200-h630-p-k-no-nu/AAAmeslier.jpg

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SUPERSTICIÓN EN TODAS LAS EDADES

Por Jean Meslier

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Superstición En Todas Las Edades

Jean Meslier

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SUPERSTICIÓN EN TODAS LAS EDADES

 

Por Jean Meslier

 

1732

 

 

UN SACERDOTE CATÓLICO ROMANO, QUE, DESPUÉS DE UN SERVICIO PASTORAL DE TREINTA AÑOS EN ETREPIGNY EN CHAMPAGNE, FRANCIA, ABJURÓ TOTALMENTE DOGMAS RELIGIOSOS, Y DEJÓ COMO SU ÚLTIMA VOLUNTAD Y TESTAMENTO A SUS FELIPERES, Y AL MUNDO, PARA SER PUBLICADO DESPUÉS DE SU MUERTE, LAS SIGUIENTES PÁGINAS, TITULADA: SENTIDO COMÚN.

 

Traducido del original francés por Miss Anna Knoop

1878

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

 

VIDA DE JEAN MESLIER POR VOLTAIRE.

 

PREFACIO DEL AUTOR.

 

SENTIDO COMÚN.

 

 

I.   APÓLOGO.

 

 

II   ¿QUÉ ES LA TEOLOGÍA?

 

 

tercero    

 

 

IV   HOMBRE QUE NO NACIÓ RELIGIOSO NI DEÍSTA.

 

 

V   NO ES NECESARIO CREER EN UN DIOS

 

 

VI   LA RELIGIÓN SE FUNDA EN LA CREDULIDAD.

 

 

VII   TODA RELIGIÓN ES UN ABSURDO.

 

 

VIII   LA NOCIÓN DE DIOS ES IMPOSIBLE.

 

 

IX   ORIGEN DE LA SUPERSTICIÓN.

 

 

X   ORIGEN DE TODA RELIGIÓN.

 

 

XI   EN NOMBRE DE LA RELIGIÓN LOS CHARLATÁNS SE APROVECHAN

 

 

XII   LA RELIGIÓN ATRAE A LA IGNORANCIA CON LA AYUDA DE LO MARAVILLOSO.

 

 

XIII   CONTINUACIÓN.

 

 

XIV   NUNCA HABRÍA EXISTIDO NINGUNA RELIGIÓN SI . . .

 

 

XV   TODA RELIGIÓN NACIÓ DEL DESEO DE DOMINAR.

 

 

XVI   LO QUE SIRVE DE BASE A TODA RELIGIÓN ES MUY INCIERTO.

 

 

XVII   ES IMPOSIBLE ESTAR CONVENCIDO DE LA EXISTENCIA DE DIOS.

 

 

XVIII   CONTINUACIÓN.

 

 

XIX   NO SE PRUEBA LA EXISTENCIA DE DIOS.

 

 

XX   DECIR QUE DIOS ES ESPÍRITU, ES HABLAR SIN DECIR NADA

 

 

XXI   LA ESPIRITUALIDAD ES UNA QUIMERA.

 

 

XXII   TODO LO QUE EXISTE SURGE DEL SENO DE LA MATERIA.

 

 

XXIII   ¿QUÉ ES EL DIOS METAFÍSICO DE LA TEOLOGÍA MODERNA?

 

 

XXIV   SERÍA MÁS RACIONAL ADORAR AL SOL QUE A UN DIOS ESPIRITUAL.

 

 

XXVI  UN DIOS ESPIRITUAL ES INCAPAZ DE QUERER Y DE ACTUAR.

 

 

XXVI   ¿QUÉ ES DIOS?

 

 

XXVII   NOTABLES CONTRADICCIONES DE LA TEOLOGÍA.

 

 

XXVIII   ADORAR A DIOS ES ADORAR UNA FICCIÓN.

 

 

XXIX   LA INFINIDAD DE DIOS Y LA IMPOSIBILIDAD DE CONOCER LO DIVINO

 

 

XXX   NO ES NI MENOS NI MÁS CRIMINAL CREER EN DIOS QUE NO CREER EN DIOS

 

 

XXXI   LA CREENCIA EN DIOS NO ES SOLO UN HÁBITO MECÁNICO

 

 

XXXII   ES UN PREJUICIO QUE SE HA TRANSMITIDO DE PADRE A INFANTIL

 

 

XXXIII   ORIGEN DE LOS PREJUICIOS.

 

 

XXXIV   COMO ECHAN RAÍCES Y SE PROPAGAN.

 

 

XXXVI  LOS HOMBRES NUNCA HABRÍAN CREIDO EN LOS PRINCIPIOS DE LA TEOLOGÍA MODERNA

 

 

XXXVI   LAS MARAVILLAS DE LA NATURALEZA NO PRUEBAN LA EXISTENCIA DE DIOS.

 

 

XXXVII   LAS MARAVILLAS DE LA NATURALEZA SE EXPLICAN POR CAUSAS NATURALES.

 

 

XXXVIII   CONTINUACIÓN.

 

 

XXXIX   EL MUNDO NO HA SIDO CREADO Y LA MATERIA SE MUEVE POR SÍ MISMA.

 

 

XL   CONTINUACIÓN.

 

 

XLI   OTRAS PRUEBAS DE QUE EL MOVIMIENTO ESTÁ EN LA ESENCIA DE LA MATERIA

 

 

XLII   LA EXISTENCIA DEL HOMBRE NO PRUEBA LA DE DIOS.

 

 

XLIII   SIN EMBARGO, NI EL HOMBRE NI EL UNIVERSO SON EFECTO DEL AZAR.

 

 

XLIV   EL ORDEN DEL UNIVERSO TAMPOCO PRUEBA LA EXISTENCIA DE UN DIOS

 

 

XLV  CONTINUACIÓN.

 

 

XLVI   UN ESPÍRITU PURO NO PUEDE SER INTELIGENTE

 

 

XLVII   TODAS LAS CUALIDADES QUE LA TEOLOGÍA DA A SU DIOS SON CONTRARIAS

 

 

XLVIII   CONTINUACIÓN.

 

 

XLIX   ES ABSURDO DECIR QUE LA RAZA HUMANA ES EL OBJETO Y EL FIN

 

 

L   DIOS NO ESTÁ HECHO PARA EL HOMBRE, NI EL HOMBRE PARA DIOS.

 

 

LI   NO ES CIERTO QUE EL OBJETO DE LA FORMACIÓN DEL . . .

 

 

LII   LO QUE SE LLAMA PROVIDENCIA NO ES SOLO UNA PALABRA SIN SENTIDO.

 

 

LIII   ESTA PRETENDIDA PROVIDENCIA SE OCUPA MENOS EN CONSERVAR. . .

 

 

¡ LIV   NO! EL MUNDO NO ESTÁ GOBERNADO POR UN SER INTELIGENTE.

 

 

LV   DIOS NO PUEDE SER LLAMADO INMUTABLE.

 

 

LVI  EL MAL Y EL BIEN SON LOS EFECTOS NECESARIOS DE LAS CAUSAS NATURALES

 

 

LVII   LA VANIDAD DE LOS CONSUELOS TEOLÓGICOS

 

 

LVIII   OTRO INCREÍBLE ENGAÑO.

 

 

LIX   EN VANO SE ESFUERZA LA TEOLOGIA PARA ABSOLVER A DIOS DE LOS DEFECTOS DEL HOMBRE.

 

 

LX   NO PODEMOS CREER EN UNA DIVINA PROVIDENCIA

 

 

LXI   CONTINUACIÓN.

 

 

LXII   LA TEOLOGÍA HACE DE SU DIOS UN MONSTRUO DE TONTERÍA, DE INJUSTICIA

 

 

LXIII   TODA RELIGIÓN INSPIRA SINO UN MIEDO COBARDE Y DESORDENADO

 

 

LXIV   EN REALIDAD NO HAY DIFERENCIA ENTRE . . .

 

 

LXV   SEGÚN LAS IDEAS QUE DA LA TEOLOGÍA DE LA DIVINIDAD

 

 

LXVI  POR LA INVENCIÓN DEL DOGMA DE LOS ETERNOS TORMENTOS DEL INFIERNO

 

 

LXVII   LA TEOLOGÍA NO ES SOLO UNA SERIE DE CONTRADICCIONES PALPABLES.

 

 

LXVIII   LAS PRETENDIDAS OBRAS DE DIOS NO PRUEBAN NADA. . .

 

 

LXIX   LA PERFECCIÓN DE DIOS NO MUESTRA MÁS VENTAJA. . .

 

 

LXX   LA TEOLOGÍA PREDICA LA OMNIPOTENCIA DE SU DIOS

 

 

LXXI   SEGÚN TODOS LOS SISTEMAS RELIGIOSOS DE LA TIERRA

 

 

LXXII   ES ABSURDO DECIR QUE EL MAL NO VIENE DE DIOS.

 

 

LXXIII   LA PREVISIÓN ATRIBUIDA A DIOS

 

 

LXXIV   ABSURDIDAD DE LAS FÁBULAS TEOLÓGICAS SOBRE EL PECADO ORIGINAL

 

 

LXXV   EL DIABLO, COMO LA RELIGIÓN, FUE INVENTADO PARA ENRIQUECER A LOS SACERDOTES.

 

 

LXXVI   SI DIOS NO PUDO LIMPIA LA NATURALEZA HUMANA, NO TIENE DERECHO . . .

 

 

LXXVII   ES ABSURDO DECIR QUE LA CONDUCTA DE DIOS DEBE SER UN MISTERIO PARA EL HOMBRE

 

 

LXXVIII   ES ABSURDO LLAMARLO UN DIOS DE JUSTICIA Y DE BONDAD

 

 

LXXIX   UN DIOS QUE CASTIGA LAS FALTAS QUE ÉL PUDO HABER PREVENIDO

 

 

LXXX   EL LIBRE ALBEDRÍO ES UN LUJO OCIOSO.

 

 

LXXXI   NO DEBEMOS CONCLUIR DE ESTO QUE LA SOCIEDAD NO TIENE DERECHO . . .

 

 

LXXXII   REFUTACIÓN DE LOS ARGUMENTOS A FAVOR DEL LIBRE ALBEDRÍO.

 

 

LXXXIII   CONTINUACIÓN.

 

 

LXXXIV   DIOS MISMO, SI HUBIERA DIOS, NO SERÍA LIBRE

 

 

LXXXV  AUN SEGÚN LOS PRINCIPIOS TEOLÓGICOS EL HOMBRE NO ES LIBRE

 

 

LXXXVI   TODO MAL, TODO DESORDEN, TODO PECADO SE PUEDEN ATRIBUIR PERO A DIOS

 

 

LXXXVII   LAS ORACIONES DE LOS HOMBRES A DIOS PRUEBAN SUFICIENTEMENTE QUE NO LO SON. . .

 

 

LXXXVIII   LA REPARACIÓN DE LAS INIQUIDADES Y LAS MISERIAS DE ESTA

 

 

LXXXIX   TEOLOGÍA JUSTIFICA EL MAL Y LA INJUSTICIA PERMITIDA POR SU DIOS,

 

 

XC LA REDENCIÓN Y LOS CONTINUOS   EXTERMINOS ATRIBUIDOS A JEHOVÁ

 

 

XCI   ¿CÓMO ENCONTRAR UN PADRE TIERNO, GENEROSO Y EQUITATIVO

 

 

XCII   LA VIDA DE MORTALES, TODO LO QUE OCURRE AQUÍ ABAJO

 

 

XCIII   NO ES CIERTO QUE DEBEMOS NINGUNA GRATITUD A LO QUE LLAMAMOS . . .

 

 

XCIV  PRETENDER QUE EL HOMBRE ES EL HIJO AMADO DE LA PROVIDENCIA

 

 

XCV   COMPARACIÓN ENTRE EL HOMBRE Y LOS ANIMALES.

 

 

XCVI   NO HAY ANIMALES MÁS DETESTABLES EN ESTE MUNDO QUE LOS TIRANOS.

 

 

XCVII   REFUTACIÓN DE LA EXCELENCIA DEL HOMBRE.

 

 

XCVIII   UNA LEYENDA ORIENTAL.

 

 

XCIX   ES LOCO VER EN EL UNIVERSO SOLO LOS BENEFICIOS DE DIOS

 

 

C   ¿QUÉ ES EL ALMA? NO SABEMOS NADA DE ELLO

 

 

CI   LA EXISTENCIA DE UN ALMA ES UNA SUPOSICIÓN ABSURDA

 

 

CII   ES EVIDENTE QUE EL HOMBRE TODO MUERE.

 

 

CIII   PRUEBAS INCONTESTABLES CONTRA LA ESPIRITUALIDAD DEL ALMA.

 

 

CIV   EL ABSURDO DE LAS CAUSAS SOBRENATURALES

 

 

CV  ES FALSO QUE EL MATERIALISMO PUEDE DEGRADAR A LA RAZA HUMANA.   CONTINUACIÓN

 

 

CVI .

 

 

CVII   EL DOGMA DE OTRA VIDA ES ÚTIL PERO PARA QUIENES SE BENEFICIAN DE ÉL

 

 

CVIII   ES FALSO QUE EL DOGMA DE OTRA VIDA PUEDE SER CONSOLADOR

 

 

CIX   TODOS LOS PRINCIPIOS RELIGIOSOS SON IMAGINARIOS

 

 

CX TODA   RELIGIÓN ES SOLO UN SISTEMA IMAGINADO PARA EL FIN. . .

 

 

CXI   ABSURDO E INUTILIDAD DE LOS MISTERIOS

 

 

CXII   CONTINUACIÓN.

 

 

CXIII   CONTINUACIÓN.

 

 

CXIV   UN DIOS UNIVERSAL DEBIÓ HABER REVELADO UNA RELIGIÓN UNIVERSAL.

 

 

CXV   LA PRUEBA DE QUE LA RELIGIÓN NO ES NECESARIA

 

 

CXVI  TODAS LAS RELIGIONES SON BURLADAS POR LAS DE CONTRARIO. . .

 

 

CXVII   OPINIÓN DE UN CELEBRADO TEÓLOGO.

 

 

CXVIII   EL DIOS DEL DEÍSTA NO ES MENOS CONTRADICTORIO. . .

 

 

CXIX   NO PRUEBAMOS EN ABSOLUTO LA EXISTENCIA DE UN DIOS DICIENDO . . .

 

 

CXX   TODOS LOS DIOSES SON DE ORIGEN BÁRBARO; TODAS LAS RELIGIONES LO SON. . .

 

 

CXXI   TODAS LAS CEREMONIAS RELIGIOSAS LLEVAN EL SELLO DE LA ESTUPIDEZ O LA BARBARIE.

 

 

CXXII CUANTO   MÁS ANTIGUA Y GENERAL ES UNA OPINIÓN RELIGIOSA. . .

 

 

CXXIII   ESCEPTICISMO EN CUESTIÓN DE RELIGIÓN

 

 

CXXIV   REVELACIÓN REFUTADA.

 

 

CXXV   DONDE ESTÁ LA PRUEBA DE QUE DIOS SE HA MOSTRADO A LOS HOMBRES

 

 

CXXVI  NADA ESTABLECE LA VERDAD DE LOS MILAGROS.

 

 

CXXVII   SI DIOS HUBIESE HABLADO, SERÍA EXTRAÑO QUE HABIA HABLADO

 

 

CXXVIII   OSCURO Y SOSPECHOSO ORIGEN DE LOS ORÁCULOS.

 

 

CXXIX   ABSURDIDAD DE PRETENDIDOS MILAGROS.

 

 

CXXX   REFUTACIÓN DEL RAZONAMIENTO DE PASCAL

 

 

CXXXI   AUN SEGÚN LOS PRINCIPIOS DE LA TEOLOGÍA MISMA . . .

 

 

CXXXII   HASTA LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES, TESTIFICA. . .

 

 

CXXXIII   EL FANATISMO DE LOS MÁRTIRES

 

 

CXXXIV   LA TEOLOGÍA HACE DE SU DIOS ENEMIGO DEL SENTIDO COMÚN

 

 

CXXXV   LA FE ES IRRECONCILIABLE CON LA RAZÓN

 

 

CXXXVI  QUÉ ABSURDA Y RIDÍCULA ES LA SOFISTERÍA DE AQUELLOS. . .

 

 

CXXXVII   CÓMO PRETENDER QUE EL HOMBRE DEBE CREER EL TESTIMONIO VERBAL

 

 

CXXXVIII   LA FE ECHA RAÍCES PERO EN MENTES DÉBILES, IGNORANTES O INDOLENTES.

 

 

CXXXIX   ENSEÑAR QUE EXISTE UNA VERDADERA RELIGIÓN ES UN ABSURDO,

 

 

CXL   LA RELIGIÓN NO ES NECESARIA PARA LA MORAL Y LA VIRTUD.

 

 

CXLI   LA RELIGIÓN ES LA RESTRICCIÓN MÁS DÉBIL A LA QUE SE PUEDE OPONER. . .

 

 

EL HONOR CXLII   ES UN CONTROL MÁS SALUDABLE Y MÁS FUERTE QUE LA RELIGIÓN.

 

 

LA RELIGIÓN CXLIII   CIERTAMENTE NO ES UN CONTROL PODEROSO SOBRE LAS PASIONES

 

 

CXLIV   ORIGEN DE LO MÁS ABSURDO, LO MÁS RIDÍCULO Y . . .

 

 

CXLV  LA RELIGIÓN ES FATAL PARA LA POLÍTICA; FORMA MAS LIBERTINUA. . .

 

 

CXLVI EL   CRISTIANISMO SE EXTENDIÓ PERO AL FOMENTAR EL DESPOTISMO

 

 

CXLVII   EL ÚNICO OBJETIVO DE LOS PRINCIPIOS RELIGIOSOS ES PERPETUAR. . .

 

 

CXLVIII   QUE FATAL ES CONVENCER A LOS REYES QUE SOLO TIENEN A DIOS. . .

 

 

CLXIX   UN REY RELIGIOSO ES AGREGADO PARA SU REINO.

 

 

CL   EL ESCUDO DE LA RELIGIÓN ES PARA LA TIRANÍA

 

 

CLI   LA RELIGIÓN FAVORECE LOS ERRORES DE LOS PRÍNCIPE

 

 

CLII   ¿QUÉ ES UN SOBERANO ILUMINADO?

 

 

CLIII   LAS PASIONES Y CRÍMENES DOMINANTES DEL SACERDOCIO.

 

 

CLIV   CHARLATANERIA DE LOS SACERDOTES.

 

 

CLV  INCONTABLES CALAMIDADES SON PRODUCIDAS POR LA RELIGIÓN

 

 

CLVI TODA   RELIGIÓN ES INTOLERANTE, Y EN CONSECUENCIA DESTRUCTIVA DE

 

 

CLVII   ABUSO DE UNA RELIGIÓN DE ESTADO.

 

 

CLVIII LA   RELIGIÓN DA LICENCIA A LA FEROCIDAD DEL PUEBLO

 

 

CLIX   REFUTACIÓN DEL ARGUMENTO, QUE LOS MALES ATRIBUIDOS A LA RELIGIÓN

 

 

CLX   TODA MORAL ES INCOMPATIBLE CON LAS OPINIONES RELIGIOSAS.

 

 

CLXI   LA MORAL DEL EVANGELIO SON IMPRACTICABLES.

 

 

CLXII   UNA SOCIEDAD DE SANTOS SERÍA IMPOSIBLE.

 

 

CLXIII   LA NATURALEZA HUMANA NO ES DEPRAVADA

 

 

CLXIV   DE JESUCRISTO, EL DIOS DEL SACERDOTE.

 

 

CLXV  SE HA INVENTADO EL DOGMA DE LA REMISIÓN DE LOS PECADOS

 

 

CLXVI   EL TEMOR DE DIOS ES IMPOTENTE CONTRA LAS PASIONES HUMANAS.

 

 

CLXVII   LA INVENCIÓN DEL INFIERNO ES DEMASIADO ABSURDA PARA PREVENIR EL MAL.

 

 

CLXVIII   ABSURDIDAD DE LA MORAL Y DE LAS VIRTUDES RELIGIOSAS

 

 

CLXIX   QUÉ IMPORTA ESA CARIDAD CRISTIANA A

 

 

CLXX   CONFESIÓN QUE MINA DE ORO PARA LOS SACERDOTES

 

 

CLXXI   NO ES NECESARIA LA SUPOSICIÓN DE LA EXISTENCIA DE UN DIOS

 

 

CLXXII   LA RELIGIÓN Y SU MORAL SOBRENATURAL SON FATAL PARA EL PUEBLO

 

 

CLXXIII   CÓMO LA UNIÓN DE RELIGIÓN Y POLÍTICA ES FATAL PARA EL PUEBLO

 

 

CLXXIV  LOS CREDOS SON GRAVES Y RUINOSAS PARA LA MAYORÍA DE LAS NACIONES.

 

 

CLXXV   LA RELIGIÓN PARALIZA LA MORAL.

 

 

CLXXVI   CONSECUENCIAS FATALES DE LA PIEDAD.

 

 

CLXXVII   LA SUPOSICIÓN DE OTRA VIDA NO CONSUELA AL HOMBRE. . .

 

 

CLXXVIII   UN ATEO TIENE MÁS MOTIVOS PARA ACTUAR CON INCORRECCIÓN

 

 

CLXXIX   UN REY ATEO SERÍA PREFERIBLE A UN RELIGIOSO

 

 

CLXXX   LA MORAL ADQUIRIDA POR LA FILOSOFÍA ES SUFICIENTE A LA VIRTUD.

 

 

CLXXXI   LAS OPINIONES RARAMENTE INFLUYEN EN LA CONDUCTA.

 

 

CLXXXII   - LA RAZÓN LLEVA A LOS HOMBRES A LA IRRELIGIÓN Y AL ATEÍSMO

 

 

CLXXXIII SÓLO   EL MIEDO CREA TEÍSTAS E INFÁNICOS.

 

 

CLXXIV  ¿PODEMOS O DEBEMOS AMAR O NO AMAR A DIOS?

 

 

CLXXXV   LAS DIVERSAS Y CONTRADICTORIAS IDEAS QUE EXISTEN EN TODAS PARTES

 

 

CLXXXVI   LA EXISTENCIA DE DIOS, QUE ES LA BASE DE TODA RELIGIÓN

 

 

CLXXXVII   LOS SACERDOTES, MÁS QUE LOS NO CREYENTES, ACTÚAN POR INTERÉS.

 

 

CLXXXVIII   ORGULLO, PRESUNCIÓN Y CORRUPCIÓN DEL CORAZÓN

 

 

CLXXXIX LOS   PREJUICIOS SON POR UN TIEMPO, Y NINGÚN PODER ES DURADERO

 

 

CXC   CUANTO PODER Y CONSIDERACIÓN LOS MINISTROS DE LOS DIOSES. . .

 

 

CXCI   QUÉ FELIZ Y GRAN REVOLUCIÓN TENDRÍA LUGAR. . .

 

 

CXCII   LA RETRACCIÓN DE UN NO CREYENTE A LA HORA DE LA MUERTE

 

 

CXCIII  NO ES CIERTO QUE EL ATEISMO DESPRENDE TODOS LOS LAZOS DE LA SOCIEDAD.

 

 

CXCIV   REFUTACIÓN DE LA ASERCIÓN DE QUE LA RELIGIÓN ES NECESARIA

 

 

CXCV   TODO SISTEMA RACIONAL NO ESTÁ HECHO PARA LA MULTITUD.

 

 

CXCVI   FUTILIDAD Y PELIGRO DE LA TEOLOGIA. SABIOS CONSEJOS A PRÍNCIPE.

 

 

CXCVII   EFECTOS FATALES DE LA RELIGIÓN SOBRE EL PUEBLO Y LOS PRÍNCIPE.

 

 

CXCVIII   CONTINUACIÓN.

 

 

CXCIX   LA HISTORIA NOS ENSEÑA QUE TODAS LAS RELIGIONES FUERON ESTABLECIDAS. . .

 

 

CC   TODAS LAS RELIGIONES, ANTIGUAS Y MODERNAS, SE HAN PRESTADO MUTUAMENTE. . .

 

 

LA TEOLOGÍA CCI   SIEMPRE HA DESVIADO A LA FILOSOFÍA DE SU VERDADERO CURSO.

 

 

CCII  -LA TEOLOGÍA NI EXPLICA NI ILUMINA NADA EN EL MUNDO

 

 

CCIII   CÓMO LA TEOLOGÍA HA ENTRAÑADO LA MORAL HUMANA Y RETRASO EL PROGRESO

 

 

CCIV   CONTINUACIÓN.

 

 

CCV   NO PODRÍAMOS REPETIR LO MUY EXTRAVAGANTE Y FATAL QUE LA RELIGIÓN

 

 

CCVI   ES LA CAJA DE PANDORA, Y ESTA CAJA FATAL ESTÁ ABIERTA.

 

 

RESUMEN DEL TESTAMENTO DE JUAN MESLIER

 

I   DE LAS RELIGIONES.

 

 

II   DE LOS MILAGROS.

 

 

III   SEMEJANZA ENTRE MILAGROS ANTIGUOS Y MODERNOS.

 

 

IV   DE LA FALSIDAD DE LA RELIGIÓN CRISTIANA.

 

 

V   LAS SAGRADAS ESCRITURAS. (1) DEL ANTIGUO TESTAMENTO.

 

 

VI   LAS SAGRADAS ESCRITURAS. (2) EL NUEVO TESTAMENTO.

 

 

VII      ERRORES DE DOCTRINA Y DE MORAL.

 

 

PREFACIO DEL EDITOR.

NOTA PREFATORIA DEL TRADUCTOR

PREFACIO DEL EDITOR DE LA EDICIÓN EN FRANCÉS DE 1830.

 

 

 

 

VIDA DE JEAN MESLIER POR VOLTAIRE.

Jean Meslier, nacido en 1678, en el pueblo de Mazerny, dependencia del ducado de Rethel, era hijo de un tejedor de sarga; criado en el campo, prosiguió sin embargo sus estudios y consiguió el sacerdocio. En el seminario, donde vivió con mucha asiduidad, se dedicó al sistema de Descartes.

 

Al convertirse en coadjutor de Etrepigny en Champagne y vicario de una pequeña parroquia anexa llamada Bue, se destacó por la austeridad de sus hábitos. Entregado en todos sus deberes, todos los años daba lo que le quedaba de su salario a los pobres de sus parroquias; entusiasta y de rígida virtud, era muy templado, tanto en su apetito como en relación con las mujeres.

 

MM. Voiri y Delavaux, el uno coadjutor de Varq, el otro coadjutor de Boulzicourt, fueron sus confesores, y los únicos con los que se asoció.

 

El cura Meslier era un rígido partidario de la justicia y, a veces, llevó su celo un poco demasiado lejos. El señor de su pueblo, M. de Touilly, habiendo maltratado a algunos campesinos, se negó a orar por él en su servicio. M. de Mailly, arzobispo de Reims, ante quien se llevó el caso, lo condenó. Pero el domingo que siguió a esta decisión, el abad Meslier subió al púlpito y se quejó de la sentencia del cardenal. "Este es", dijo, "el destino general del pobre párroco rural; los arzobispos, que son grandes señores, los desprecian y no los escuchan. Por lo tanto, oremos por el señor de este lugar. Oraremos por Antoine de Touilly, para que se convierta y se le conceda la gracia de no agraviar a los pobres y despojar a los huérfanos". Su Señoría, que estuvo presente en esta súplica mortificante,

 

Apenas ha habido otros acontecimientos en su vida, ni otro beneficio, que el de Etrepigny. Murió en olor de santidad en el año 1733, a los cincuenta y cinco años. Se cree que, disgustado con la vida, rechazó expresamente los alimentos necesarios, pues durante su enfermedad no estaba dispuesto a tomar nada, ni siquiera una copa de vino.

 

A su muerte dio todo lo que poseía, que era insignificante, a sus feligreses y deseó ser enterrado en su jardín.

 

Se sorprendieron mucho al encontrar en su casa tres manuscritos, cada uno con trescientas sesenta y seis páginas, todos escritos de su puño y letra, firmados y titulados por él, "Mi Testamento". Esta obra, que el autor dirigió a sus feligreses y al señor Leroux, abogado y procurador del parlamento de Meziers, es una simple refutación de todos los dogmas religiosos, sin exceptuar uno. El gran vicario de Reims retuvo una de las tres copias; otro fue enviado a Monsieur Chauvelin, guardián del sello del Estado; el tercero permaneció en la oficina del secretario de la justicia de St. Minehould. El conde de Caylus tuvo uno de esos tres ejemplares en su poder durante algún tiempo, y poco después había más de cien en París, vendidos a diez luises de oro cada uno.

 

El cura Meslier había escrito en un papel gris que envolvía la copia destinada a sus feligreses estas notables palabras: "He visto y reconocido los errores, los abusos, las locuras y las maldades de los hombres. Los he odiado y despreciado. Yo no me atreví a decirlo en vida, pero lo diré por lo menos al morir, y después de mi muerte; y es para que se sepa, que escribo este presente memorial para que sirva de testimonio de verdad a todos aquellos que pueden verlo y leerlo si así lo desean".

 

Al comienzo de esta obra se encuentra este documento (una especie de enmienda honrosa, que en su carta al Conde de d'Argental del 31 de mayo de 1762, Voltaire califica de prólogo), dirigido a sus feligreses.

 

"Saben", dijo, "hermanos míos, mi desinterés; no sacrifico mi creencia a ningún interés vil. Si abracé una profesión tan directamente opuesta a mis sentimientos, no fue por codicia. Obedecí a mis padres. Yo Hubiera preferido ilustraros antes si pudiera hacerlo con seguridad. Vosotros sois testigos de lo que afirmo. No he deshonrado mi ministerio exigiendo las retribuciones que son parte de él.

 

La simpatía que manifesté por vuestros problemas me salva de la menor sospecha. Cuántas veces he realizado gratuitamente las funciones de mi ministerio. ¡Cuántas veces se ha afligido también mi corazón por no poder asistiros tan a menudo y tan abundantemente como hubiera querido! ¿No os he probado siempre que me agradaba más dar que recibir? Evité cuidadosamente exhortarte a la intolerancia y te hablé lo menos posible de nuestros desafortunados dogmas. Era necesario que me absolviera como sacerdote de mi ministerio, pero ¡cuántas veces no he sufrido dentro de mí mismo cuando me vi obligado a predicaros esas piadosas mentiras que despreciaba en mi corazón! ¡Qué desdén tenía por mi ministerio, y particularmente por aquella Misa supersticiosa, y aquellas ridículas administraciones de los sacramentos, sobre todo si me vi obligado a cumplirlas con la solemnidad que despertó toda vuestra piedad y toda vuestra buena fe. ¡Qué remordimiento tuve por excitar tu credulidad! Mil veces a punto de estallar públicamente, iba a abrirte los ojos, pero un miedo superior a mis fuerzas me retuvo y me obligó a callar hasta la muerte".

 

El abad Meslier había escrito dos cartas a los curas de su barrio para informarles de su Testamento; les dijo que había consignado a la cancillería de St. Minnehould una copia de su manuscrito en 366 hojas en octavo; pero temía que fuera suprimida, según la mala costumbre establecida para impedir que los pobres se instruyeran y conocieran la verdad.

 

El cura Meslier, el fenómeno más singular jamás visto entre todos los meteoros fatales para la religión cristiana, trabajó toda su vida en secreto para atacar las opiniones que creía falsas. Para componer su manuscrito contra Dios, contra toda religión, contra la Biblia y la Iglesia, no tuvo más ayuda que la Biblia misma, Moreri Montaigne y algunos padres.

 

Mientras el abad Meslier reconocía ingenuamente que no deseaba ser quemado hasta después de su muerte, Thomas Woolston, médico de Cambridge, publicó y vendió públicamente en Londres, en su propia casa, sesenta mil ejemplares de sus "Discursos" contra los milagros. de Jesucristo.

 

Fue una cosa muy asombrosa que dos sacerdotes escribieran al mismo tiempo contra la religión cristiana. El cura Meslier ha ido aún más lejos que Woolston; se atreve a tratar el transporte de nuestro Salvador por el diablo sobre la montaña, las bodas de Caná, el pan y los peces, como fábulas absurdas, injuriosas a la divinidad, ignoradas durante trescientos años por todo el Imperio Romano, y finalmente pasó de la clase baja al palacio de los emperadores, cuando la política los obligaba a adoptar las locuras del pueblo para subyugarlo más fácilmente. Las denuncias del cura inglés no se acercan a las del cura champán. Woolston a veces es indulgente, Meslier nunca. Era un hombre profundamente amargado por los crímenes que presenció, de los que responsabiliza a la religión cristiana. No hay milagro que para él no sea objeto de desprecio y horror; ninguna profecía que no compare con las de Nostredamus. Escribió así contra Jesucristo cuando estaba en los brazos de la muerte, en un momento en que los más disimulados no se atreven a mentir, y cuando los más intrépidos tiemblan. Asombrado por las dificultades que encontraba en la Escritura, la vituperaba con más amargura que Acosta y todos los judíos, más que los famosos Porfiro, Celsa, Iamblique, Julián, Libanio y todos los partidarios de la razón humana.

 

Entre los libros del cura Meslier se encontró un manuscrito impreso del Tratado de Fenelon, arzobispo de Cambray, sobre la existencia de Dios y sus atributos, y las reflexiones del jesuita Tournemine sobre el ateísmo, a cuyo tratado añadió notas marginales firmadas por su mano

 

DECRETO

 

de la CONVENCIÓN NACIONAL sobre la proposición de erigir una estatua al cura Jean Meslier, el 27 Brumario, en el año II. (17 de noviembre de 1793). La Convención Nacional envía al Comité de Instrucción Pública la propuesta hecha por uno de sus miembros de erigir una estatua a Jean Meslier, coadjutor de Etrepigny, en Champagne, el primer sacerdote que tuvo el coraje y la honestidad de abjurar de los errores religiosos.

 

PRESIDENTE Y SECRETARIOS.

 

FIRMADO: PA Laloy, presidente; Bazire, Charles Duval, Philippeaux, Frecine y Merlin (de Thionville), Secretarios.

 

Certificado según el original.

 

MIEMBROS DE LA COMISIÓN DE DECRETOS Y PROCESO-VERBAL.

 

FIRMADO: Batellier, Echasseriaux, Monnel, Becker, Vernetey, P�rard, Vinet, Bouillerot, Auger, Cordier, Delecloy y Cosnard.

 

 

 

 

 

 

PREFACIO DEL AUTOR.

Cuando deseamos examinar con serenidad y serenidad las opiniones de los hombres, nos sorprende mucho encontrar que en las que consideramos más esenciales, nada es más raro que encontrarlas usando el sentido común; es decir, la porción de juicio suficiente para conocer las verdades más simples, rechazar los absurdos más sorprendentes y escandalizarse ante las contradicciones palpables. Ejemplo de esto lo tenemos en la Teología, ciencia venerada en todos los tiempos, en todos los países, por la mayor cantidad de mortales; un objeto considerado el más importante, el más útil y el más indispensable para la felicidad de la sociedad. Si se tomaran la molestia de sondear los principios sobre los que se basa esta supuesta ciencia, se verían obligados a admitir que los principios que se consideraban indiscutibles no son más que suposiciones peligrosas, concebida en la ignorancia, propagada por el entusiasmo o por la mala intención, adoptada por la tímida credulidad, conservada por el hábito, que nunca razona, y reverenciada únicamente porque no se la comprende. Algunos, dice Montaigne, hacen creer al mundo lo que ellos mismos no creen; un mayor número de otros se hacen creer, sin comprender lo que es creer. En una palabra, cualquiera que consulte el sentido común sobre las opiniones religiosas, y lleve a este examen la atención dada a los objetos de interés ordinario, percibirá fácilmente que estas opiniones no tienen un fundamento sólido; que toda religión no es más que un castillo en el aire; que la Teología no es sino ignorancia de las causas naturales reducida a un sistema; que no es más que un largo tejido de quimeras y contradicciones; que presenta a todas las diferentes naciones de la tierra sólo romances desprovistos de probabilidad, de los cuales el héroe mismo está hecho de cualidades imposibles de conciliar, teniendo su nombre el poder de suscitar en todos los corazones respeto y temor, se encuentra que es sólo una palabra vaga, que los hombres pronuncian continuamente, pudiendo atribuirle sólo aquellas ideas o cualidades que los hechos desmienten, o que evidentemente se contradicen entre sí. La noción de este ser imaginario, o más bien la palabra con la que lo designamos, no tendría ninguna consecuencia si no causara estragos sin número sobre la tierra. Nacidos de la opinión de que este fantasma es para ellos una realidad muy interesante, los hombres, en lugar de concluir sabiamente de su incomprensibilidad que están exentos de pensar en él, por el contrario, concluyen que no pueden ocuparse lo suficiente de él, que deben meditarlo sin cesar, razonar sin fin, y nunca perderlo de vista. La invencible ignorancia en que se mantienen a este respecto, lejos de desanimarlos, no hace más que excitar su curiosidad; en lugar de ponerlos en guardia contra su imaginación, esta ignorancia los hace positivos, dogmáticos, imperiosos, y los hace pelear con todos aquellos que oponen dudas a los ensueños que sus cerebros han producido. ¡Qué perplejidad, cuando intentamos resolver un problema irresoluble! Las meditaciones ansiosas sobre un objeto imposible de asir, y que, sin embargo, se supone que es muy importante para él, sólo pueden poner al hombre de mal humor y producir en su cerebro peligrosos transportes. Cuando el interés, la vanidad y la ambición se unen a una disposición tan taciturna, la sociedad necesariamente se turba. Por eso tantas naciones se han convertido a menudo en teatros de extravagancias provocadas por visionarios sin sentido que, publicando sus superficiales especulaciones sobre la verdad eterna, han encendido el entusiasmo de príncipes y de pueblos, y los han preparado para opiniones que consideraban esenciales. para gloria de la divinidad y felicidad de los imperios. Hemos visto, mil veces, en todas partes de nuestro globo, fanáticos enfurecidos matándose unos a otros, incendiando las piras funerarias, cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. publicando sus superficiales especulaciones sobre la verdad eterna, han encendido el entusiasmo de los príncipes y del pueblo, y los han preparado para las opiniones que consideraban esenciales para la gloria de la divinidad y la felicidad de los imperios. Hemos visto, mil veces, en todas partes de nuestro globo, fanáticos enfurecidos matándose unos a otros, incendiando las piras funerarias, cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. publicando sus superficiales especulaciones sobre la verdad eterna, han encendido el entusiasmo de los príncipes y del pueblo, y los han preparado para las opiniones que consideraban esenciales para la gloria de la divinidad y la felicidad de los imperios. Hemos visto, mil veces, en todas partes de nuestro globo, fanáticos enfurecidos matándose unos a otros, incendiando las piras funerarias, cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. y los han preparado para las opiniones que representaron como esenciales para la gloria de la divinidad y para la felicidad de los imperios. Hemos visto, mil veces, en todas partes de nuestro globo, fanáticos enfurecidos matándose unos a otros, incendiando las piras funerarias, cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. y los han preparado para las opiniones que representaron como esenciales para la gloria de la divinidad y para la felicidad de los imperios. Hemos visto, mil veces, en todas partes de nuestro globo, fanáticos enfurecidos matándose unos a otros, incendiando las piras funerarias, cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra.

 

Originariamente, naciones salvajes, feroces, perpetuamente en guerra, adoraban, bajo diversos nombres, algún Dios conforme a sus ideas; es decir, crueles, carnívoras, egoístas, ávidas de sangre. Encontramos en todas las religiones de la tierra un Dios de los ejércitos, un Dios celoso, un Dios vengador, un Dios exterminador, un Dios que disfruta con la matanza y cuyos adoradores tienen el deber de servirle a su gusto. Le son sacrificados corderos, toros, niños, hombres, herejes, infieles, reyes, naciones enteras. Los celosos servidores de este Dios bárbaro llegan a creer que están obligados a ofrecerse en sacrificio a él. Por todas partes vemos fanáticos que, después de haber meditado tristemente en su Dios terrible, imaginan que, para agradarle, deben hacerse todo el daño posible e infligirse, en su honor, todos los tormentos imaginables. En una palabra, en todas partes las nocivas ideas de la Divinidad, lejos de consolar a los hombres por las desgracias inherentes a su existencia, han llenado el corazón de problemas y engendrado locuras destructivas para ellos. ¿Cómo podría progresar la mente humana, llena de espantosos fantasmas y guiada por hombres interesados ​​en perpetuar su ignorancia y su miedo? El hombre se vio obligado a vegetar en su estupidez primitiva; fue preservado solo por poderes invisibles, de quienes se suponía que dependía su destino. Ocupado únicamente de sus alarmas y de sus ininteligibles ensoñaciones, estaba siempre a merced de sus sacerdotes, que se reservaban el derecho de pensar por él y de regular su conducta. y dado a luz a locuras destructivas para ellos. ¿Cómo podría progresar la mente humana, llena de espantosos fantasmas y guiada por hombres interesados ​​en perpetuar su ignorancia y su miedo? El hombre se vio obligado a vegetar en su estupidez primitiva; fue preservado solo por poderes invisibles, de quienes se suponía que dependía su destino. Ocupado únicamente de sus alarmas y de sus ininteligibles ensoñaciones, estaba siempre a merced de sus sacerdotes, que se reservaban el derecho de pensar por él y de regular su conducta. y dado a luz a locuras destructivas para ellos. ¿Cómo podría progresar la mente humana, llena de espantosos fantasmas y guiada por hombres interesados ​​en perpetuar su ignorancia y su miedo? El hombre se vio obligado a vegetar en su estupidez primitiva; fue preservado solo por poderes invisibles, de quienes se suponía que dependía su destino. Ocupado únicamente de sus alarmas y de sus ininteligibles ensoñaciones, estaba siempre a merced de sus sacerdotes, que se reservaban el derecho de pensar por él y de regular su conducta.

 

Así, el hombre era, y siempre fue, un niño sin experiencia, un esclavo sin coraje, un necio que temía a la razón, y que nunca pudo escapar del laberinto en el que sus antepasados ​​lo habían conducido; se sintió obligado a gemir bajo el yugo de sus dioses, de los cuales no sabía nada excepto los relatos fabulosos de sus ministros. Estos, después de haberlo encadenado con los lazos de la opinión, han seguido siendo sus amos o lo han entregado indefenso al poder absoluto de tiranos, no menos terribles que los Dioses, de quienes eran representantes en la tierra. Oprimido por el doble yugo del poder espiritual y temporal, al pueblo le era imposible instruirse y trabajar por su propio bien. Así, la religión, la política y la moral se convirtieron en santuarios en los que no se permitía la entrada a los profanos. Los hombres no tenían otra moral que la que sus legisladores y sus sacerdotes pretendían descender de desconocidas regiones empíreas. La mente humana, perpleja por estas opiniones teológicas, se malinterpretó a sí misma, dudó de sus propios poderes, desconfió de la experiencia, temió la verdad, desdeñó su razón y la dejó ciegamente siguiendo a la autoridad. El hombre era una pura máquina en manos de sus tiranos y de sus sacerdotes, los únicos que tenían derecho a regular sus movimientos. Siempre tratado como esclavo, tuvo en todo tiempo y en todo lugar vicios y disposiciones de esclavo. y lo dejó para seguir ciegamente a la autoridad. El hombre era una pura máquina en manos de sus tiranos y de sus sacerdotes, los únicos que tenían derecho a regular sus movimientos. Siempre tratado como esclavo, tuvo en todo tiempo y en todo lugar vicios y disposiciones de esclavo. y lo dejó para seguir ciegamente a la autoridad. El hombre era una pura máquina en manos de sus tiranos y de sus sacerdotes, los únicos que tenían derecho a regular sus movimientos. Siempre tratado como esclavo, tuvo en todo tiempo y en todo lugar vicios y disposiciones de esclavo.

 

Estas son las verdaderas fuentes de la corrupción de los hábitos, a las que la religión nunca opone más que obstáculos ideales e inútiles; la ignorancia y la servidumbre tienden a hacer a los hombres malvados e infelices. Sólo la ciencia, la razón, la libertad, pueden reformarlos y hacerlos más felices; pero todo conspira para cegarlos y confirmarlos en su ceguera. Los sacerdotes los engañan, los tiranos los corrompen para someterlos más fácilmente. La tiranía ha sido y será siempre la fuente principal de la moral depravada y las calamidades habituales del pueblo. Éstos, fascinados casi siempre por sus nociones religiosas o por ficciones metafísicas, en vez de mirar a las causas naturales y visibles de sus miserias, atribuyen sus vicios a las imperfecciones de su naturaleza, y sus desgracias a la ira de sus Dioses; ofrecen al Cielo votos, sacrificios y presentes, para poner fin a sus desgracias, que en realidad no se deben más que a la negligencia, a la ignorancia y a la perversidad de sus guías, a la insensatez de sus instituciones, a su costumbres tontas, a sus falsas opiniones, a sus leyes irrazonables, y especialmente a su falta de iluminación. Deja que la mente se llene temprano con ideas verdaderas; que se cultive la razón del hombre; que la justicia lo gobierne; y no habrá necesidad de oponer a sus pasiones la barrera impotente del temor de los dioses. Los hombres serán buenos cuando sean bien instruidos, bien gobernados, castigados o censurados por el mal, y justamente recompensados ​​por el bien que hayan hecho a sus conciudadanos. Es vano pretender curar a los mortales de sus vicios si no empezamos por curarlos de sus prejuicios. Sólo mostrándoles la verdad podrán conocer sus mejores intereses y los motivos reales que los llevarán a la felicidad. Los instructores del pueblo tienen bastante tiempo fijos sus ojos en el cielo; que al fin los traigan de vuelta a la tierra. Cansada de una teología incomprensible, de fábulas ridículas, de misterios impenetrables, de ceremonias pueriles, ocúpese la mente humana de cosas naturales, objetos inteligibles, verdades sensibles y conocimientos útiles. Que se disipen las vanas quimeras que asedian al pueblo, y muy pronto las opiniones racionales llenarán la mente de los que se creían destinados a estar siempre en el error. Para aniquilar los prejuicios religiosos bastaría con mostrar que lo que es inconcebible para el hombre no puede serle de ninguna utilidad. ¿Se necesita, entonces, todo menos simple sentido común para percibir que un ser más claramente irreconciliable con las nociones de la humanidad, que una causa continuamente opuesta a los efectos que se le atribuyen; que un ser del que no se puede decir una palabra sin caer en contradicciones; que un ser que lejos de explicar los misterios del universo, sólo los vuelve más inexplicables; que un ser a quien durante tantos siglos los hombres se dirigieron tan vanamente para obtener su felicidad y liberación de sus sufrimientos; ¿Se necesita, digo, más que el simple sentido común para comprender que la idea de tal ser es una idea sin modelo, y que él mismo evidentemente no es un ser razonable? ¿Se requiere algo más que sentido común para sentir que hay al menos delirio y frenesí en odiarse y atormentarse por opiniones ininteligibles de un ser de este tipo? Finalmente, ¿no prueba todo esto que la moral y la virtud son totalmente incompatibles con la idea de un Dios, cuyos ministros e intérpretes lo han pintado en todos los países como el más fantástico, el más injusto y el más cruel de los tiranos, cuyos pretendidos deseos han de servir de reglas y leyes para los habitantes de la tierra? Para descubrir los verdaderos principios de la moralidad, los hombres no necesitan teología, ni revelación, ni dioses; sólo necesitan sentido común; sólo tienen que mirar dentro de sí mismos, reflexionar sobre su propia naturaleza, consultar sus intereses evidentes, considerar el objeto de la sociedad y de cada uno de los miembros que la componen, y comprenderán fácilmente que la virtud es una ventaja, y que el vicio es un perjuicio para los seres de su especie. Enseñemos a los hombres a ser justos, benévolos, moderados y sociables, no porque sus dioses lo exijan, sino para agradar a los hombres; digámosles que se abstengan del vicio y del crimen, no porque serán castigados en otro mundo, sino porque sufrirán en el presente. Hay, dice Montesquieu, medios para prevenir el crimen, son sufrimientos; para cambiar las costumbres, estos son buenos ejemplos. La verdad es simple, el error es complicado, incierto en su andar, lleno de rodeos; la voz de la naturaleza es inteligible, la de la falsedad es ambigua, enigmática y misteriosa; el camino de la verdad es recto, el de la impostura es oblicuo y oscuro; esta verdad, siempre necesaria al hombre, es sentida por todas las mentes justas; las lecciones de la razón son seguidas por todas las almas honestas; los hombres son infelices sólo porque son ignorantes; son ignorantes sólo porque todo conspira para impedirles ser ilustrados, y son malvados sólo porque su razón no está suficientemente desarrollada.

 

 

 

 

 

 

SENTIDO COMÚN.

Detexit quo dolose Vaticinandi furore sacerdotes mysteria, illis spe ignota, audactur publicant.—PETRON. SÁTIRO.

 

 

 

 

 

 

I.—APÓLOGO.

Hay un vasto imperio gobernado por un monarca, cuya conducta sólo confunde las mentes de sus súbditos. Quiere ser conocido, amado, respetado y obedecido, pero nunca se muestra; todo tiende a hacer inciertas las nociones que somos capaces de formarnos sobre él. El pueblo sujeto a su poder sólo tiene las ideas del carácter y las leyes de su soberano invisible que sus ministros les dan; estos convienen, sin embargo, porque ellos mismos no tienen idea de su amo, porque sus caminos son impenetrables, y sus puntos de vista y sus cualidades son totalmente incomprensibles; además, sus ministros discrepan entre sí respecto de las órdenes que pretenden emanar del soberano cuyos órganos pretenden ser; las anuncian diversamente en cada provincia del imperio; se desacreditan y se tratan como impostores y mentirosos; los decretos y ordenanzas que promulgan son oscuros; son enigmas, hechos para no ser entendidos o adivinados por los sujetos para cuya instrucción estaban destinados. Las leyes del monarca invisible necesitan intérpretes, pero quienes las explican siempre se pelean entre sí por la verdadera manera de entenderlas; más que esto, no se ponen de acuerdo entre sí; todo lo que cuentan de su príncipe oculto no es más que un tejido de contradicciones, apenas una sola palabra que no se contradiga de inmediato. Se le llama supremamente bueno, sin embargo no es una persona sino que se queja de sus decretos. Se supone que es infinitamente sabio, y en su administración todo parece contrario a la razón y al buen sentido. Se jactan de su justicia, y los mejores de sus súbditos son generalmente los menos favorecidos. Estamos seguros de que él ve todo, sin embargo, su presencia no remedia nada. Se dice que es amigo del orden, y todo en su universo se encuentra en estado de confusión y desorden; todo es creado por él, pero los eventos rara vez suceden de acuerdo con sus proyectos. Todo lo prevé, pero su previsión no impide nada. Se impacienta si alguno le ofende; al mismo tiempo pone a todos en el camino de ofenderlo. Su conocimiento se admira en la perfección de sus obras, pero sus obras están llenas de imperfecciones y de poca permanencia. Está continuamente ocupado creando y destruyendo, y luego reparando lo que ha hecho, y nunca parece estar satisfecho con su trabajo. En todas sus empresas no busca sino su propia gloria, pero no logra ser glorificado. Trabaja pero por el bien de sus súbditos, y la mayoría de ellos carecen de las necesidades de la vida. Aquellos a quienes parece favorecer, son generalmente los que están menos satisfechos con su destino; los vemos a todos rebelándose continuamente contra un maestro cuya grandeza admiran, cuya sabiduría exaltan, cuya bondad adoran y cuya justicia temen, reverenciando órdenes que nunca siguen. Este imperio es el mundo; su monarca es Dios; Sus ministros son los sacerdotes; sus súbditos son hombres.

 

 

 

 

 

 

II.—¿QUÉ ES LA TEOLOGÍA?

Hay una ciencia que tiene por objeto sólo cosas incomprensibles. A diferencia de todos los demás, se ocupa pero con cosas que no se ven. Hobbes lo llama "el reino de las tinieblas". En esta tierra todos obedecen leyes opuestas a las que los hombres reconocen en el mundo que habitan. En esta maravillosa región la luz no es más que tinieblas, la evidencia se vuelve dudosa o falsa, lo imposible se vuelve creíble, la razón es una guía infiel y el sentido común se troca en delirio. Esta ciencia se llama Teología, y esta Teología es un insulto continuo a la razón humana.

 

 

 

 

 

 

tercero

Mediante la repetición frecuente de si, pero y quizás, logramos formar un sistema imperfecto y quebrado que deja perplejas las mentes de los hombres hasta el punto de hacerles olvidar las nociones más claras y tornar inciertas las verdades más palpables. Con la ayuda de este disparate sistemático, toda la naturaleza se ha convertido en un enigma inexplicable para el hombre; el mundo visible ha desaparecido para dar lugar a regiones invisibles; la razón está obligada a ceder el lugar a la imaginación, que sólo puede conducirnos al país de las quimeras que ella misma ha inventado.

 

 

 

 

 

 

IV.—EL HOMBRE NO NACIDO NI RELIGIOSO NI DEÍSTA.

All religious principles are founded upon the idea of a God, but it is impossible for men to have true ideas of a being who does not act upon any one of their senses. All our ideas are but pictures of objects which strike us. What can the idea of God represent to us when it is evidently an idea without an object? Is not such an idea as impossible as an effect without a cause? An idea without a prototype, is it anything but a chimera? Some theologians, however, assure us that the idea of God is innate, or that men have this idea from the time of their birth. Every principle is a judgment; all judgment is the effect of experience; experience is not acquired but by the exercise of the senses: from which it follows that religious principles are drawn from nothing, and are not innate.

 

 

 

 

 

 

V.—IT IS NOT NECESSARY TO BELIEVE IN A GOD, AND THE MOST REASONABLE THING IS NOT TO THINK OF HIM.

No religious system can be founded otherwise than upon the nature of God and of men, and upon the relations they bear to each other. But, in order to judge of the reality of these relations, we must have some idea of the Divine nature. But everybody tells us that the essence of God is incomprehensible to man; at the same time they do not hesitate to assign attributes to this incomprehensible God, and assure us that man can not dispense with a knowledge of this God so impossible to conceive of. The most important thing for men is that which is the most impossible for them to comprehend. If God is incomprehensible to man, it would seem rational never to think of Him at all; but religion concludes that man is criminal if he ceases for a moment to revere Him.

 

 

 

 

 

 

VI.—RELIGION IS FOUNDED UPON CREDULITY.

We are told that Divine qualities are not of a nature to be grasped by limited minds. The natural consequence of this principle ought to be that the Divine qualities are not made to employ limited minds; but religion assures us that limited minds should never lose sight of this inconceivable being, whose qualities can not be grasped by them: from which we see that religion is the art of occupying limited minds with that which is impossible for them to comprehend.

 

 

 

 

 

 

VII.—EVERY RELIGION IS AN ABSURDITY.

Religion unites man with God or puts them in communication; but do you say that God is infinite? If God is infinite, no finite being can have communication or any relation with Him. Where there are no relations, there can be no union, no correspondence, no duties. If there are no duties between man and his God, there exists no religion for man. Thus by saying that God is infinite, you annihilate, from that moment, all religion for man, who is a finite being. The idea of infinity is for us in idea without model, without prototype, without object.

 

 

 

 

 

 

VIII.—THE NOTION OF GOD IS IMPOSSIBLE.

If God is an infinite being, there can be neither in the actual world or in another any proportion between man and his God; thus the idea of God will never enter the human mind. In the supposition of a life where men will be more enlightened than in this one, the infinity of God will always place such a distance between his idea and the limited mind of man, that he will not be able to conceive of God any more in a future life than in the present. Hence, it evidently follows that the idea of God will not be better suited to man in the other life than in the present. God is not made for man; it follows also that intelligences superior to man—such as angels, archangels, seraphims, and saints—can have no more complete notions of God than has man, who does not understand anything about Him here below.

 

 

 

 

 

 

IX.—ORIGIN OF SUPERSTITION.

¿Cómo es que hemos logrado persuadir a los seres razonables de que lo más imposible de comprender era lo más esencial para ellos? Es porque estaban muy asustados; es que cuando los hombres se mantienen en el miedo dejan de razonar; es porque se les ha ordenado expresamente desconfiar de su razón. Cuando el cerebro está perturbado, creemos todo y no examinamos nada.

 

 

 

 

 

 

X.—ORIGEN DE TODA RELIGIÓN.

La ignorancia y el miedo son los dos ejes de toda religión. La incertidumbre que acompaña a la relación del hombre con su Dios es precisamente el motivo que lo une a su religión. El hombre tiene miedo cuando está en la oscuridad, física o moral. Su miedo le es habitual y se convierte en una necesidad; creería que le falta algo si no tuviera nada que temer.

 

 

 

 

 

 

XI.—EN NOMBRE DE LA RELIGIÓN LOS CHARLATANS SE APROVECHAN DE LA DEBILIDAD DE LOS HOMBRES.

El que desde niño ha tenido la costumbre de temblar cada vez que oía ciertas palabras, necesita estas palabras, y necesita temblar. De esta manera, está más dispuesto a escuchar a quien alienta sus miedos que a quien quiere disipar sus miedos. El hombre supersticioso quiere tener miedo; su imaginación lo exige. Parece que nada teme más que no tener ningún objeto que temer. Los hombres son pacientes imaginarios, a quienes los charlatanes interesados ​​se preocupan de alentar en su debilidad, a fin de tener un mercado para sus remedios. Se escucha más a los médicos que ordenan un gran número de remedios que a los que recomiendan un buen régimen, y que dejan actuar a la naturaleza.

 

 

 

 

 

 

XII.— LA RELIGIÓN ENGAÑA A LA IGNORANCIA CON LA AYUDA DE LO MARAVILLOSO.

Si la religión fuera clara, tendría menos atractivos para los ignorantes. Necesitan oscuridad, misterios, fábulas, milagros, cosas increíbles, que mantengan sus cerebros perpetuamente en funcionamiento. Los romances, las historias ociosas, los cuentos de fantasmas y brujas, tienen más encantos para el vulgo que las narraciones verdaderas.

 

 

 

 

 

 

XIII.—CONTINUACIÓN.

En materia de religión, los hombres no son más que niños demasiado grandes. Cuanto más absurda es una religión, y más llena de maravillas, más poder ejerce; el devoto se cree obligado a no poner límites a su credulidad; cuanto más inconcebibles son las cosas, más divinas le parecen; cuanto más increíbles son, más mérito se da a sí mismo por creerlas.

 

 

 

 

 

 

XIV.—NUNCA HABÍA EXISTIDO NINGUNA RELIGIÓN SI NUNCA HABÍA EXISTIDO UNA EDAD OSCURA Y BÁRBARA.

El origen de las opiniones religiosas data, por lo general, de la época en que las naciones salvajes estaban todavía en un estado de infancia. A los hombres groseros, ignorantes y estúpidos se dirigieron en todas las épocas los fundadores de la religión, para presentarles Dioses, ceremonias, historias de Divinidades fabulosas, fábulas maravillosas y terribles. Estas quimeras, adoptadas sin examen por los padres, han sido transmitidas con más o menos cambios a sus pulidos hijos, que muchas veces no razonan más que sus padres.

 

 

 

 

 

 

XV.—TODA RELIGIÓN NACIÓ DEL DESEO DE DOMINAR.

Los primeros legisladores de las naciones tenían por objeto dominar. El medio más fácil de lograrlo era asustar al pueblo e impedirle razonar; los condujeron por caminos tortuosos para que no percibiesen los designios de sus guías; los obligaron a mirar al aire, por temor a que miraran a sus pies; los divertían en el camino con historias; en una palabra, los trataban como nodrizas, que emplean canciones y amenazas para dormir a los niños o para obligarlos a estar quietos.

 

 

 

 

 

 

XVI.—LO QUE SIRVE DE BASE A TODA RELIGIÓN ES MUY INCIERTO.

The existence of a God is the basis of all religion. Few people seem to doubt this existence, but this fundamental principle is precisely the one which prevents every mind from reasoning. The first question of every catechism was, and will always be, the most difficult one to answer.

 

 

 

 

 

 

XVII.—IT IS IMPOSSIBLE TO BE CONVINCED OF THE EXISTENCE OF GOD.

Can one honestly say that he is convinced of the existence of a being whose nature is not known, who remains inaccessible to all our senses, and of whose qualities we are constantly assured that they are incomprehensible to us? In order to persuade me that a being exists, or can exist, he must begin by telling me what this being is; in order to make me believe the existence or the possibility of such a being, he must tell me things about him which are not contradictory, and which do not destroy one another; finally, in order to convince me fully of the existence of this being, he must tell me things about him which I can comprehend, and prove to me that it is impossible that the being to whom he attributes these qualities does not exist.

 

 

 

 

 

 

XVIII.—CONTINUATION.

A thing is impossible when it is composed of two ideas so antagonistic, that we can not think of them at the same time. Evidence can be relied on only when confirmed by the constant testimony of our senses, which alone give birth to ideas, and enable us to judge of their conformity or of their incompatibility. That which exists necessarily, is that of which the non-existence would imply contradiction. These principles, universally recognized, are at fault when the question of the existence of God is considered; what has been said of Him is either unintelligible or perfectly contradictory; and for this reason must appear impossible to every man of common sense.

 

 

 

 

 

 

XIX.—THE EXISTENCE OF GOD IS NOT PROVED.

All human intelligences are more or less enlightened and cultivated. By what fatality is it that the science of God has never been explained? The most civilized nations and the most profound thinkers are of the same opinion in regard to the matter as the most barbarous nations and the most ignorant and rustic people. As we examine the subject more closely, we will find that the science of divinity by means of reveries and subtleties has but obscured it more and more. Thus far, all religion has been founded on what is called in logic, a "begging of the question;" it supposes freely, and then proves, finally, by the suppositions it has made.

 

 

 

 

 

 

XX.—TO SAY THAT GOD IS A SPIRIT, IS TO SPEAK WITHOUT SAYING ANYTHING AT ALL.

By metaphysics, God is made a pure spirit, but has modern theology advanced one step further than the theology of the barbarians? They recognized a grand spirit as master of the world. The barbarians, like all ignorant men, attribute to spirits all the effects of which their inexperience prevents them from discovering the true causes. Ask a barbarian what causes your watch to move, he will answer, "a spirit!" Ask our philosophers what moves the universe, they will tell you "it is a spirit."

 

 

 

 

 

 

XXI.—SPIRITUALITY IS A CHIMERA.

El bárbaro, cuando habla de un espíritu, atribuye al menos algún sentido a esta palabra; entiende por ella un agente semejante al viento, al aire agitado, al soplo, que produce, invisiblemente, efectos que percibimos. Al sutilizar, el teólogo moderno se vuelve tan poco inteligible para sí mismo como para los demás. Pregúntele qué quiere decir con un espíritu. Él responderá que es una sustancia desconocida, que es perfectamente simple, que no tiene nada tangible, nada en común con la materia. De buena fe, ¿hay algún mortal que pueda formarse la menor idea de tal sustancia? Un espíritu en el lenguaje de la teología moderna no es más que una ausencia de ideas. La idea de espiritualidad es otra idea sin modelo.

 

 

 

 

 

 

XXII.—TODO LO QUE EXISTE SALE DEL SENO DE LA MATERIA.

¿No es más natural y más inteligible deducir todo lo que existe, del seno de la materia, cuya existencia es demostrada por todos nuestros sentidos, cuyos efectos sentimos a cada momento, que vemos actuar, moverse, comunicarse, moverse y constantemente dar existencia a los seres vivos, que atribuir la formación de las cosas a una fuerza desconocida, a un ser espiritual, que no puede sacar de su suelo lo que él mismo no tiene, y que, por la esencia espiritual que se le atribuye, es incapaz de hacer algo y de poner algo en movimiento? Nada es más claro que que nos quieran hacer creer que un espíritu intangible puede actuar sobre la materia.

 

 

 

 

 

 

XXIII.—¿QUÉ ES EL DIOS METAFÍSICO DE LA TEOLOGÍA MODERNA?

El Júpiter material de los antiguos podía mover, edificar, destruir y propagar seres semejantes a él; pero el Dios de la teología moderna es un ser estéril. De acuerdo con su supuesta naturaleza, no puede ocupar ningún lugar, ni mover la materia, ni producir un mundo visible, ni propagar ni a los hombres ni a los Dioses. El Dios metafísico es un obrero sin manos; sólo puede producir nubes, sospechas, ensoñaciones, locuras y peleas.

 

 

 

 

 

 

XXIV.— SERIA MAS RACIONAL ADORAR AL SOL QUE A UN DIOS ESPIRITUAL.

Siendo necesario que los hombres tuvieran un Dios, ¿por qué no tuvieron el sol, el Dios visible, adorado por tantas naciones? Qué ser tenía más derecho al homenaje de los mortales que la estrella del día, que da luz y calor; que vigoriza a todos los seres; cuya presencia reanima y rejuvenece la naturaleza; cuya ausencia parece hundirla en la tristeza y la languidez? Si algún ser concedió a los hombres poder, actividad, benevolencia, fuerza, fue sin duda el sol, que debe ser reconocido como el padre de la naturaleza, como el alma del mundo, como la Divinidad. Al menos uno no podría sin locura disputar su existencia, o negarse a reconocer su influencia y sus beneficios.

 

 

 

 

 

 

XXV.— UN DIOS ESPIRITUAL ES INCAPAZ DE QUERER Y DE ACTUAR.

El teólogo nos dice que Dios no necesita manos ni brazos para actuar, y que actúa sólo por su voluntad. Pero, ¿qué es este Dios que tiene voluntad? ¿Y cuál puede ser el sujeto de esta voluntad divina? ¿Es más ridículo o más difícil creer en las hadas, en las sílfides, en los fantasmas, en las brujas, en los hombres lobo, que creer en la acción mágica o imposible del espíritu sobre el cuerpo? Tan pronto como admitimos a tal Dios, ya no hay fábulas o visiones que no se puedan creer. Los teólogos tratan a los hombres como niños, que nunca cavilan sobre las posibilidades de los cuentos que escuchan.

 

 

 

 

 

 

XXVI.—¿QUÉ ES DIOS?

Para desestabilizar la existencia de un Dios, basta con pedirle a un teólogo que hable de Él; en cuanto pronuncia una palabra acerca de Él, la menor reflexión nos hace descubrir de inmediato que lo que dice es incompatible con la esencia que atribuye a su Dios. Por lo tanto, ¿qué es Dios? Es una palabra abstracta, acuñada para designar las fuerzas ocultas de la naturaleza; o bien, es un punto matemático, que no tiene ni largo, ni ancho, ni espesor. Un filósofo [David Hume] ha dicho muy ingeniosamente hablando de los teólogos, que han encontrado la solución al famoso problema de Arquímedes; un punto en los cielos desde donde mueven el mundo.

 

 

 

 

 

 

XXVII.—CONTRADICCIONES NOTABLES DE LA TEOLOGÍA.

La religión pone de rodillas a los hombres ante un ser sin extensión, y que, sin embargo, es infinito, y llena todo el espacio con su inmensidad; ante un ser todopoderoso, que nunca ejecuta lo que desea; ante un ser supremamente bueno, y que sólo causa desagrado; ante un ser, el amigo del orden, y en cuyo gobierno todo es desorden. Después de todo esto, conjeturemos cuál es ese Dios de la teología.

 

 

 

 

 

 

XXVIII.—ADORAR A DIOS ES ADORAR UNA FICCIÓN.

Para evitar toda vergüenza, nos dicen que no es necesario saber qué es Dios; que debemos adorar sin saber; que no nos está permitido volver una mirada de temeridad sobre sus atributos. Pero si debemos adorar a un Dios sin conocerlo, ¿no deberíamos estar seguros de que existe? Además, ¿cómo estar seguro de que Él existe sin haber examinado si es posible que las diversas cualidades que se le atribuyen, se encuentren en Él? En verdad, adorar a Dios no es adorar más que ficciones del propio cerebro, o mejor dicho, no es adorar nada.

 

 

 

 

 

 

XXIX.—LA INFINIDAD DE DIOS Y LA IMPOSIBILIDAD DE CONOCER LA ESENCIA DIVINA, OCASIONA Y JUSTIFICA EL ATEISMO.

Sin duda cuanto más para confundir las cosas, los teólogos han optado por no decir nada acerca de cuál es su Dios; nos dicen lo que Él no es. Por negaciones y abstracciones se imaginan a sí mismos componiendo un ser real y perfecto, mientras que de él no puede resultar sino un ser de razón humana. Un espíritu no tiene cuerpo; un ser infinito es un ser que no es finito; un ser perfecto es un ser que no es imperfecto. ¿Puede alguien formarse nociones reales de tal multitud de deficiencias o ausencia de ideas? Lo que excluye toda idea, ¿puede ser otra cosa que la nada? Pretender que los atributos divinos están más allá de la comprensión de la mente humana es hacer que Dios no sea apto para los hombres. Si estamos seguros de que Dios es infinito, admitimos que no puede haber nada en común entre Él y sus criaturas. Decir que Dios es infinito, es destruirlo por los hombres,

 

God, we are told, created men intelligent, but He did not create them omniscient: that is to say, capable of knowing all things. We conclude that He was not able to endow him with intelligence sufficient to understand the divine essence. In this case it is demonstrated that God has neither the power nor the wish to be known by men. By what right could this God become angry with beings whose own essence makes it impossible to have any idea of the divine essence? God would evidently be the most unjust and the most unaccountable of tyrants if He should punish an atheist for not knowing that which his nature made it impossible for him to know.

 

 

 

 

 

 

XXX.—IT IS NEITHER LESS NOR MORE CRIMINAL TO BELIEVE IN GOD THAN NOT TO BELIEVE IN HIM.

Para la generalidad de los hombres, nada hace que un argumento sea más convincente que el miedo. En consecuencia de este hecho, los teólogos nos dicen que se debe tomar el lado más seguro; que nada hay más criminal que la incredulidad; que Dios castigará sin piedad a todos aquellos que tengan la temeridad de dudar de su existencia; que su severidad es justa; ya que sólo la locura o la perversidad cuestionan la existencia de un monarca enojado que se venga cruelmente de los ateos. Si examinamos estas amenazas con calma, encontraremos que asumen siempre la cosa en cuestión. Deben comenzar por probar a nuestra satisfacción la existencia de un Dios, antes de decirnos que es más seguro creer, y que es horrible dudarlo o negarlo. Luego deben probar que es posible que un Dios justo castigue cruelmente a los hombres por haber estado en un estado de locura, lo que les impedía creer en la existencia de un ser que su razón iluminada no podía comprender. En una palabra, deben probar que un Dios que se dice lleno de equidad, podría castigar sin medida la invencible y necesaria ignorancia del hombre, causada por su relación con la esencia divina. ¿No es muy singular el modo de razonar de los teólogos? Crean fantasmas, los llenan de contradicciones y finalmente nos aseguran que el camino más seguro es no dudar de la existencia de esos fantasmas, que ellos mismos han inventado. Siguiendo este método, no hay absurdo que no sea más seguro creer que no creer. podría castigar sin medida la invencible y necesaria ignorancia del hombre, causada por su relación con la esencia divina. ¿No es muy singular el modo de razonar de los teólogos? Crean fantasmas, los llenan de contradicciones y finalmente nos aseguran que el camino más seguro es no dudar de la existencia de esos fantasmas, que ellos mismos han inventado. Siguiendo este método, no hay absurdo que no sea más seguro creer que no creer. podría castigar sin medida la invencible y necesaria ignorancia del hombre, causada por su relación con la esencia divina. ¿No es muy singular el modo de razonar de los teólogos? Crean fantasmas, los llenan de contradicciones y finalmente nos aseguran que el camino más seguro es no dudar de la existencia de esos fantasmas, que ellos mismos han inventado. Siguiendo este método, no hay absurdo que no sea más seguro creer que no creer.

 

Todos los niños son ateos, no tienen idea de Dios; ¿Son, entonces, criminales a causa de esta ignorancia? ¿A qué edad empiezan a verse obligados a creer en Dios? Es, dices, en la edad de la razón. ¿A qué hora comienza esta edad? Además, si los teólogos más profundos se pierden en la esencia divina, que se jactan de no comprender, ¿qué ideas puede tener la gente común? ¿Mujeres, mecánicos y, en fin, los que componen la masa del género humano?

 

 

 

 

 

 

XXXI.—LA CREENCIA EN DIOS NO ES SOLO UN HÁBITO MECÁNICO DE LA INFANCIA.

Los hombres creen en Dios sólo por la palabra de aquellos que no tienen más idea de Él que ellos mismos. Nuestras enfermeras son nuestras primeras teólogas; hablan a los hijos de Dios como les hablan de los hombres lobo; les enseñan desde la más tierna edad a unir las manos mecánicamente. ¿Tienen las nodrizas nociones de Dios más claras que los niños, a quienes obligan a rezarle?

 

 

 

 

 

 

XXXII.—ES UN PREJUICIO QUE SE HA DADO DEL PADRE A LOS HIJOS.

La religión se transmite de padres a hijos como propiedad de una familia con las cargas. Muy pocas personas en el mundo tendrían un Dios si no se hubiera cuidado de dárselo. Cada uno recibe de sus padres y de sus instructores el Dios que ellos mismos han recibido de los suyos; sólo que, según su propio temperamento, cada uno lo arregla, modifica y pinta agradablemente a su gusto.

 

 

 

 

 

 

XXXIII.—ORIGEN DE LOS PREJUICIOS.

El cerebro del hombre es, sobre todo en la infancia, como una cera blanda, lista para recibir todas las impresiones que queramos hacerle; la educación le proporciona casi todas sus opiniones, en un período en que es incapaz de juzgar por sí mismo. Creemos que las ideas, verdaderas o falsas, que a una tierna edad nos fueron forzadas a la cabeza, las recibimos de la naturaleza al nacer; y esta persuasión es una de las mayores fuentes de nuestros errores.

 

 

 

 

 

 

XXXIV.—CÓMO ECHAN RAÍCES Y SE PROPAGAN.

El prejuicio tiende a confirmar en nosotros las opiniones de quienes están encargados de nuestra instrucción. Los creemos más hábiles que nosotros; suponemos que están completamente convencidos de las cosas que nos enseñan. Tenemos la mayor confianza en ellos. Después del cuidado que han tenido de nosotros cuando no podíamos ayudarnos, los juzgamos incapaces de engañarnos. Estos son los motivos que nos hacen adoptar mil errores sin otro fundamento que la palabra peligrosa de quienes nos han educado; incluso el hecho de que se nos prohíba razonar sobre lo que nos dicen no disminuye nuestra confianza, sino que contribuye a menudo a aumentar nuestro respeto por sus opiniones.

 

 

 

 

 

 

XXXV.— LOS HOMBRES NUNCA HABRÃAN CREIDO EN LOS PRINCIPIOS DE LA TEOLOGà A MODERNA SI NO HABIERAN SIDO ENSEÑADOS EN UNA EDAD EN LA QUE ERAN INCAPAZ DE RAZONAR.

Los instructores de la raza humana actúan con mucha prudencia al enseñar a los hombres sus principios religiosos antes de que puedan distinguir lo verdadero de lo falso, o la mano izquierda de la derecha. Sería tan difícil domar el espíritu de un hombre de cuarenta años con las extravagantes nociones que se nos dan de la Divinidad, como desterrar estas nociones de la cabeza de un hombre que las ha embebido desde su más tierna infancia.

 

 

 

 

 

 

XXXVI.— LAS MARAVILLAS DE LA NATURALEZA NO PRUEBAN LA EXISTENCIA DE DIOS.

Estamos seguros de que las maravillas de la naturaleza son suficientes para creer en la existencia de un Dios y para convencernos plenamente de esta importante verdad. Pero ¿cuántas personas hay en este mundo que tienen el ocio, la capacidad, el gusto necesario para contemplar la naturaleza y meditar sobre su progreso? La mayoría de los hombres no le prestan atención. Un campesino no se conmueve en absoluto por la belleza del sol, que ve todos los días. Al marinero no le sorprenden los movimientos regulares del océano; no sacará de ellos inducciones teológicas. Los fenómenos de la naturaleza no prueban la existencia de un Dios, excepto a unos pocos hombres prevenidos, a los que se les ha mostrado de antemano el dedo de Dios en todos los objetos cuyo mecanismo podría avergonzarlos. El filósofo sin prejuicios no ve nada en las maravillas de la naturaleza sino leyes permanentes e invariables;

 

 

 

 

 

 

XXXVII.— LAS MARAVILLAS DE LA NATURALEZA SE EXPLICAN POR CAUSAS NATURALES.

¿Hay algo más sorprendente que la lógica de tantos médicos profundos que, en lugar de reconocer la poca luz que tienen sobre los agentes naturales, buscan fuera de la naturaleza, es decir, en regiones imaginarias, un agente menos comprendido que este? naturaleza, de la que al menos pueden formarse alguna idea? Decir que Dios es el autor de los fenómenos que vemos, ¿no es atribuirlos a una causa oculta? ¿Qué es Dios? ¿Qué es un espíritu? Son causas de las que no tenemos idea. ¡Sabios! estudia la naturaleza y sus leyes; y cuando podáis desentrañar de ellas la acción de las causas naturales, no vayáis en busca de las causas sobrenaturales, que lejos de esclarecer vuestras ideas, no harán más que enredarlas cada vez más y haceros imposible comprenderos a vosotros mismos.

 

 

 

 

 

 

XXXVIII—CONTINUACIÓN.

La naturaleza, dices, es totalmente inexplicable sin un Dios; es decir, para explicar lo que tan poco comprendes, necesitas una causa que no comprendes en absoluto. Pretendes aclarar lo oscuro, magnificando su oscuridad. Crees que has desatado un nudo multiplicando nudos. Filósofos entusiastas, para probarnos la existencia de un Dios, copiáis tratados completos de botánica; entras en detalles minuciosos de las partes del cuerpo humano; asciendes por los aires para contemplar las revoluciones de las estrellas; vuelves entonces a tierra para admirar el curso de las aguas; voláis en éxtasis sobre mariposas, insectos, pólipos, átomos organizados, en los que pensáis encontrar la grandeza de vuestro Dios; todas estas cosas no probarán la existencia de este Dios; sólo probarán que no tienes las ideas que deberías tener de la inmensa variedad de causas y efectos que pueden producir las combinaciones infinitamente diversas, de las cuales el universo es el conjunto. Esto probará que ignoras a la naturaleza, que no tienes idea de sus recursos cuando la juzgas incapaz de producir una multitud de formas y seres, de los cuales tus ojos, incluso con la ayuda del microscopio, ven sólo la mínima parte; esto probará, finalmente, que no pudiendo conocer los agentes sensibles y comprensibles, os resulta más fácil recurrir a una palabra, por la que designáis un agente, del cual os será siempre imposible formaros una idea verdadera. . Esto probará que ignoras a la naturaleza, que no tienes idea de sus recursos cuando la juzgas incapaz de producir una multitud de formas y seres, de los cuales tus ojos, incluso con la ayuda del microscopio, ven sólo la mínima parte; esto probará, finalmente, que no pudiendo conocer los agentes sensibles y comprensibles, os resulta más fácil recurrir a una palabra, por la que designáis un agente, del cual os será siempre imposible formaros una idea verdadera. . Esto probará que ignoras a la naturaleza, que no tienes idea de sus recursos cuando la juzgas incapaz de producir una multitud de formas y seres, de los cuales tus ojos, incluso con la ayuda del microscopio, ven sólo la mínima parte; esto probará, finalmente, que no pudiendo conocer los agentes sensibles y comprensibles, os resulta más fácil recurrir a una palabra, por la que designáis un agente, del cual os será siempre imposible formaros una idea verdadera. .

 

 

 

 

 

 

XXXIX.—EL MUNDO NO HA SIDO CREADO, Y LA MATERIA SE MUEVE POR SÍ MISMA.

Nos dicen gravemente que no hay efecto sin causa; nos repiten muy a menudo que el mundo no se creó a sí mismo. Pero el universo es una causa, no un efecto; no es una obra, no se ha hecho, porque era imposible que se hiciera. El mundo siempre ha sido, su existencia es necesaria. Es la causa de sí mismo. La naturaleza, cuya esencia es visiblemente actuando y produciendo, para cumplir sus funciones, como vemos, no necesita ningún motor invisible mucho más desconocido que ella misma. La materia se mueve por su propia energía, por el resultado necesario de su heterogeneidad; la diversidad de sus movimientos o de sus modos de actuar, constituyen sólo la diversidad de las sustancias; distinguimos un ser de otro sino por la diversidad de las impresiones o movimientos que comunican a nuestros órganos.

 

 

 

 

 

 

XL.—CONTINUACIÓN.

¡Ves que todo en la naturaleza está en estado de actividad, y finges que la naturaleza en sí misma está muerta y sin energía! ¡Crees que todo esto, actuando por sí mismo, necesita un motor! ¡Bien! quien es este motor Es un espíritu, es decir, un ser absolutamente incomprensible y contradictorio. Concluid pues, os digo, que la materia actúa por sí misma, y ​​cesad de razonar sobre vuestro motor espiritual, que nada tiene que sea necesario para ponerlo en movimiento. Vuelve de tus inútiles excursiones; bajar de un mundo imaginario a uno real; apoderarse de las causas segundas; dejad a los teólogos su "Primera Causa", de la que la naturaleza no tiene necesidad para producir todos los efectos que veis.

 

 

 

 

 

 

XLI.- OTRAS PRUEBAS DE QUE EL MOVIMIENTO ES EN LA ESENCIA DE LA MATERIA, Y QUE NO ES NECESARIO SUPONER UN MOTOR ESPIRITUAL.

No es sino por la diversidad de impresiones o de efectos que las sustancias o los cuerpos hacen sobre nosotros, que los sentimos, que tenemos percepciones e ideas de ellos, que los distinguimos unos de otros, que les asignamos peculiaridades. Además, para percibir o sentir un objeto, este objeto debe actuar sobre nuestros órganos; este objeto no puede actuar sobre nosotros sin excitar en nosotros algún movimiento; no puede producir ningún movimiento en nosotros si ella misma no está en movimiento. Tan pronto como veo un objeto, mis ojos deben ser impactados por él; No puedo concebir la luz y la visión sin un movimiento en el cuerpo luminoso, extenso y coloreado que se comunica a mi ojo, o que actúa sobre mi retina. Tan pronto como huelo un cuerpo, mi nervio olfativo debe ser irritado o puesto en movimiento por las partes exhaladas de un cuerpo oloroso. Tan pronto como escucho un sonido, el tímpano de mi oído debe ser golpeado por el aire puesto en movimiento por un cuerpo sonoro, que no podría actuar si no se moviera por sí mismo. De lo cual se sigue, evidentemente, que sin movimiento no puedo sentir, ver, distinguir, comparar, ni juzgar el cuerpo, ni siquiera ocupar mi pensamiento con cualquier asunto. Se dice en las escuelas, que la esencia de un ser es aquello de donde fluyen todas las propiedades de ese ser. Ahora bien, es evidente que todas las propiedades de los cuerpos o de las sustancias de que tenemos ideas, se deben al movimiento que es el único que nos informa de su existencia y nos da las primeras concepciones de ella. No puedo estar informado o seguro de mi propia existencia sino por los movimientos que experimento dentro de mí mismo. Me veo obligado a concluir que el movimiento es tan esencial para la materia como su extensión, y que no puede concebirse sin ella. Si uno persiste en cavilar sobre las evidencias que nos prueban que el movimiento es una propiedad esencial de la materia, debe por lo menos reconocer que las sustancias que parecían muertas o desprovistas de toda energía, toman movimiento por sí mismas tan pronto como son llevadas dentro de las condiciones apropiadas. distancia para actuar unos sobre otros. Pyrophorus, cuando está encerrado en una botella o privado del contacto con el aire, no puede encenderse por sí mismo, pero arde tan pronto como se expone al aire. La harina y el agua provocan la fermentación tan pronto como se mezclan. Así, las sustancias muertas engendran movimiento por sí mismas. La materia tiene entonces el poder de moverse por sí misma, y ​​la naturaleza, para actuar, no necesita un motor cuya esencia impediría su actividad. Si uno persiste en cavilar sobre las evidencias que nos prueban que el movimiento es una propiedad esencial de la materia, debe por lo menos reconocer que las sustancias que parecían muertas o desprovistas de toda energía, toman movimiento por sí mismas tan pronto como son llevadas dentro de las condiciones apropiadas. distancia para actuar unos sobre otros. Pyrophorus, cuando está encerrado en una botella o privado del contacto con el aire, no puede encenderse por sí mismo, pero arde tan pronto como se expone al aire. La harina y el agua provocan la fermentación tan pronto como se mezclan. Así, las sustancias muertas engendran movimiento por sí mismas. La materia tiene entonces el poder de moverse por sí misma, y ​​la naturaleza, para actuar, no necesita un motor cuya esencia impediría su actividad. Si uno persiste en cavilar sobre las evidencias que nos prueban que el movimiento es una propiedad esencial de la materia, debe por lo menos reconocer que las sustancias que parecían muertas o desprovistas de toda energía, toman movimiento por sí mismas tan pronto como son llevadas dentro de las condiciones apropiadas. distancia para actuar unos sobre otros. Pyrophorus, cuando está encerrado en una botella o privado del contacto con el aire, no puede encenderse por sí mismo, pero arde tan pronto como se expone al aire. La harina y el agua provocan la fermentación tan pronto como se mezclan. Así, las sustancias muertas engendran movimiento por sí mismas. La materia tiene entonces el poder de moverse por sí misma, y ​​la naturaleza, para actuar, no necesita un motor cuya esencia impediría su actividad. toman un movimiento por sí mismos tan pronto como son llevados a la distancia adecuada para actuar unos sobre otros. Pyrophorus, cuando está encerrado en una botella o privado del contacto con el aire, no puede encenderse por sí mismo, pero arde tan pronto como se expone al aire. La harina y el agua provocan la fermentación tan pronto como se mezclan. Así, las sustancias muertas engendran movimiento por sí mismas. La materia tiene entonces el poder de moverse por sí misma, y ​​la naturaleza, para actuar, no necesita un motor cuya esencia impediría su actividad. toman un movimiento por sí mismos tan pronto como son llevados a la distancia adecuada para actuar unos sobre otros. Pyrophorus, cuando está encerrado en una botella o privado del contacto con el aire, no puede encenderse por sí mismo, pero arde tan pronto como se expone al aire. La harina y el agua provocan la fermentación tan pronto como se mezclan. Así, las sustancias muertas engendran movimiento por sí mismas. La materia tiene entonces el poder de moverse por sí misma, y ​​la naturaleza, para actuar, no necesita un motor cuya esencia impediría su actividad.

 

 

 

 

 

 

XLII.— LA EXISTENCIA DEL HOMBRE NO PRUEBA LA DE DIOS.

¿De dónde viene el hombre? ¿Cuál es su origen? ¿Es el resultado del encuentro fortuito de los átomos? ¿Se formó el primer hombre del polvo de la tierra? ¡No lo sé! El hombre me parece una producción de la naturaleza como todos los demás que ella abraza. Tanto me avergonzaría deciros de dónde salieron las primeras piedras, los primeros árboles, los primeros elefantes, las primeras hormigas, las primeras bellotas, como explicaros el origen de la especie humana. Reconocer, se nos dice, la mano de Dios, de un obrero infinitamente inteligente y poderoso, en una obra tan maravillosa como la máquina humana. Admitiría sin dudar que la máquina humana me parece sorprendente; pero como el hombre existe en la naturaleza, no creo correcto decir que su formación está más allá de las fuerzas de la naturaleza. Agregaré, que podría concebir mucho menos la formación de la máquina humana, cuando para explicármelo me dicen que un espíritu puro, que no tiene ojos, ni pies, ni manos, ni cabeza, ni pulmones, ni boca, ni aliento, ha hecho al hombre tomando un poco de polvo y soplando sobre él. Los salvajes habitantes del Paraguay se hacen pasar por descendientes de la luna, y se nos presentan como simplones; los teólogos de Europa pretenden descender de un espíritu puro. ¿Es esta pretensión más sensata?

 

El hombre es inteligente, por lo que se concluye que debe ser obra de un ser inteligente, y no de una naturaleza desprovista de inteligencia. Aunque nada es más raro que ver al hombre usar esta inteligencia, de la que parece tan orgulloso, admitiré que es inteligente, que sus necesidades desarrollan en él esta facultad, que la sociedad de otros hombres contribuye especialmente a cultivarla. Pero en la máquina humana y en la inteligencia de que está dotada, no veo nada que muestre de manera precisa la inteligencia infinita del obrero que tiene el honor de fabricarla. Veo que esta admirable máquina está sujeta a enajenación; que en ese momento esta maravillosa inteligencia se desordena, ya veces desaparece totalmente; de esto concluyo que la inteligencia humana depende de una cierta disposición de los órganos materiales del cuerpo, y que, debido a que el hombre es un ser inteligente, no es bueno concluir que Dios debe ser un ser inteligente, así como no estamos obligados a concluir que Dios es material debido a que el hombre es material. La inteligencia del hombre no prueba la inteligencia de Dios más que la malicia de los hombres prueba la malicia de este Dios, de quien pretenden que el hombre es obra. De cualquier forma que se tome la teología, Dios será siempre una causa contradicha por sus efectos, o de la cual es imposible juzgar por sus obras. Siempre veremos el mal, las imperfecciones y las locuras resultantes de una causa que se dice llena de bondad, de perfecciones y de sabiduría. La inteligencia del hombre no prueba la inteligencia de Dios más que la malicia de los hombres prueba la malicia de este Dios, de quien pretenden que el hombre es obra. De cualquier forma que se tome la teología, Dios será siempre una causa contradicha por sus efectos, o de la cual es imposible juzgar por sus obras. Siempre veremos el mal, las imperfecciones y las locuras resultantes de una causa que se dice llena de bondad, de perfecciones y de sabiduría. La inteligencia del hombre no prueba la inteligencia de Dios más que la malicia de los hombres prueba la malicia de este Dios, de quien pretenden que el hombre es obra. De cualquier forma que se tome la teología, Dios será siempre una causa contradicha por sus efectos, o de la cual es imposible juzgar por sus obras. Siempre veremos el mal, las imperfecciones y las locuras resultantes de una causa que se dice llena de bondad, de perfecciones y de sabiduría.

 

 

 

 

 

 

XLIII.—SIN EMBARGO, NI EL HOMBRE NI EL UNIVERSO SON EFECTO DEL AZAR.

Entonces dirás que el hombre inteligente y hasta el universo y todo lo que encierra, son efectos del azar. No, respondo, el universo no es un efecto; es la causa de todos los efectos; todos los seres que abraza son los efectos necesarios de esta causa que a veces nos muestra su modo de actuar, hacia afuera que a menudo nos oculta su camino. Los hombres pueden usar la palabra "casualidad" para cubrir su ignorancia de las verdaderas causas; sin embargo, aunque las ignoren, estas causas obran, pero por ciertas leyes. No hay efecto sin causa.

 

Naturaleza es una palabra que usamos para designar el inmenso conjunto de seres, diversas sustancias, infinitas combinaciones y todos los diversos movimientos que vemos. Todos los cuerpos, organizados o no, son los resultados necesarios de ciertas causas, hechos para producir necesariamente los efectos que vemos. Nada en la naturaleza puede hacerse por casualidad; todos siguen leyes fijas; estas leyes no son más que la unión necesaria de ciertos efectos con sus causas. Un átomo de materia no se encuentra con otro átomo por accidente o por azar; este encuentro se debe a leyes permanentes, que hacen que cada ser actúe por necesidad como lo hace, y no puede obrar de otro modo en las mismas circunstancias. Hablar de la unión accidental de los átomos, o atribuir algún efecto al azar, es no decir nada, sino ignorar las leyes por las cuales los cuerpos actúan, se encuentran, se combinan,

 

Everything is made by chance for those who do not understand nature, the properties of beings, and the effects which must necessarily result from the concurrence of certain causes. It is not chance that has placed the sun in the center of our planetary system; it is by its very essence, the substance of which it is composed, that it occupies this place, and from thence diffuses itself to invigorate the beings who live in these planets.

 

 

 

 

 

 

XLIV.—NEITHER DOES THE ORDER OF THE UNIVERSE PROVE THE EXISTENCE OF A GOD.

The worshipers of a God find, especially in the order of the universe, an invincible proof of the existence of an intelligent and wise being who rules it. But this order is only a result of motions necessarily brought on by causes or by circumstances which are sometimes favorable and sometimes injurious to ourselves; we approve the former and find fault with the latter.

 

Nature follows constantly the same progress; that is to say, the same causes produce the same effects, as long as their action is not interrupted by other causes which occasion the first ones to produce different effects. When the causes, whose effects we feel, are interrupted in their action by causes which, although unknown to us, are no less natural and necessary, we are stupefied, we cry out miracles: and we attribute them to a cause far less known than all those we see operating before us. The universe is always in order; there can be no disorder for it. Our organization alone is suffering if we complain about disorder. Bodies, causes, beings, which this world embraces, act necessarily in the manner in which we see them act, whether we approve or disapprove their action. Earthquakes, volcanoes, inundations, contagions, and famines are effects as necessary in the order of nature as the fall of heavy bodies, as the course of rivers, as the periodical movements of the seas, the blowing of the winds, the abundant rains, and the favorable effects for which we praise and thank Providence for its blessings.

 

To be astonished that a certain order reigns in the world, is to be surprised to see the same causes constantly producing the same effects. To be shocked at seeing disorder, is to forget that the causes being changed or disturbed in their action, the effects can no longer be the same. To be astonished to see order in nature, is to be astonished that anything can exist; it is to be surprised at one's own existence. What is order for one being, is disorder for another. All wicked beings find that everything is in order when they can with impunity put everything into disorder; they find, on the contrary, that everything is in disorder when they are prevented from exercising their wickedness.

 

 

 

 

 

 

XLV.—CONTINUATION.

Supposing God to be the author and the motor of nature, there could be no disorder relating to Him; all causes which He would have made would necessarily act according to their properties the essences and the impulsions that He had endowed them with. If God should change the ordinary course of things, He would not be immutable. If the order of the universe—in which we believe we see the most convincing proof of His existence, of His intelligence, His power, and His goodness—should be inconsistent, His existence might be doubted; or He might be accused at least of inconstancy, of inability, of want of foresight, and of wisdom in the first arrangement of things; we would have a right to accuse Him of blundering in His choice of agents and instruments. Finally, if the order of nature proves the power and the intelligence, disorder ought to prove the weakness, inconstancy, and irrationality of Divinity. You say that God is everywhere; that He fills all space; that nothing was made without Him; that matter could not act without Him as its motor. But in this case you admit that your God is the author of disorder; that it is He who deranges nature; that He is the Father of confusion; that He is in man; and that He moves man at the moment when he sins. If God is everywhere, He is in me; He acts with me; He is deceived when I am deceived; He questions with me the existence of God; He offends God with me. Oh, theologians! you never understand yourselves when you speak of God.

 

 

 

 

 

 

XLVI.—A PURE SPIRIT CAN NOT BE INTELLIGENT, AND TO ADORE A DIVINE INTELLIGENCE IS A CHIMERA.

To be what we call intelligent, we must have ideas, thoughts, will; to have ideas, thoughts, and will, we must have organs; to have organs, we must have a body; to act upon bodies, we must have a body; to experience trouble, we must be capable of suffering; from which it evidently follows that a pure spirit can not be intelligent, and can not be affected by that which takes place in the universe.

 

La inteligencia divina, las ideas divinas, las opiniones divinas, decís, no tienen nada en común con las de los hombres. ¡Mucho mejor! Pero en este caso, ¿cómo pueden los hombres juzgar estos puntos de vista, ya sean buenos o malos, razonar sobre estas ideas o admirar esta inteligencia? Sería juzgar, admirar, adorar aquello de lo que no podemos formarnos idea. Adorar las visiones profundas de la sabiduría divina, ¿no es adorar aquello de lo que nos es imposible juzgar? Admirar estas mismas vistas, ¿no es admirar sin saber irónico? La admiración es siempre hija de la ignorancia. Los hombres admiran y adoran sólo lo que no entienden.

 

 

 

 

 

 

XLVII.—TODAS LAS CUALIDADES QUE LA TEOLOGÍA DA A SU DIOS SON CONTRARIAS A LA ESENCIA MISMO QUE LE SUPONE TENER.

Todas estas cualidades que se dan a Dios no convienen a un ser que, por su propia esencia, está desprovisto de toda semejanza con los seres humanos. Es verdad, piensan encontrar esta semejanza exagerando las cualidades humanas con que han revestido a la Divinidad; los arrojan al infinito, y desde ese momento dejan de comprenderse a sí mismos. ¿Cuál es el resultado de esta combinación del hombre con Dios, o de esta teantropía? Su único resultado es una quimera, de la que nada se puede afirmar sin que se desvanezca el fantasma que tanto se habían tomado la molestia de conjurar.

 

Dante, en su poema del Paraíso, relata que la Divinidad se le apareció bajo la figura de tres círculos, que formaban un iris, cuyos vivos colores surgían unos de otros; pero habiendo querido conservar su brillante luz, el poeta sólo vio su propio rostro. Al adorar a Dios, el hombre se adora a sí mismo.

 

 

 

 

 

 

XLVIII.—CONTINUACIÓN.

La más mínima reflexión basta para probarnos que Dios no puede tener ninguna de las cualidades, virtudes o perfecciones humanas. Nuestras virtudes y nuestras perfecciones son el resultado de nuestro temperamento modificado. ¿Tiene Dios un temperamento como el nuestro? Nuestras buenas cualidades son nuestros hábitos en relación con los seres en cuya sociedad vivimos. Dios, según tú, es un ser solitario. Dios no tiene a nadie como Él; No vive en sociedad; Él no tiene necesidad de nadie; Goza de una felicidad que nada puede alterar. Admite, pues, según tus propios principios, que Dios no puede poseer lo que llamamos virtudes, y que el hombre no puede ser virtuoso con respecto a Él.

 

 

 

 

 

 

XLIX.—ES ABSURDO DECIR QUE LA RAZA HUMANA ES EL OBJETO Y EL FIN DE LA CREACIÓN.

El hombre, encantado con sus propios méritos, imagina que es su propia especie lo que Dios se ha propuesto como objeto y fin en la formación del universo. ¿En qué se basa esta opinión tan halagüeña? Es, se nos dice, sobre esto: que el hombre es el único ser dotado de una inteligencia que le permite conocer la naturaleza divina y rendirle homenaje digno de ella. Estamos seguros de que Dios creó el mundo para Su propia gloria, y que la raza humana fue incluida en Su plan, a fin de tener quien lo admire y lo glorifique en Sus obras. Pero por estas intenciones, ¿Dios no ha perdido visiblemente su fin?

 

1. Según vosotros, sería siempre imposible para el hombre conocer a su Dios, y se mantendría en la más invencible ignorancia de la esencia divina.

 

2. Un ser que no tiene iguales, no puede ser susceptible de gloria. La gloria sólo puede resultar de la comparación de su propia excelencia con la de los demás.

 

3. Si Dios por sí mismo es infinitamente feliz y se basta a sí mismo, ¿por qué necesita el homenaje de sus débiles criaturas?

 

4. A pesar de todas sus obras, Dios no es glorificado; al contrario, todas las religiones del mundo nos lo muestran perpetuamente ofendido; su gran objetivo es reconciliar al hombre pecador, ingrato y rebelde con su Dios iracundo.

 

 

 

 

 

 

L.—DIOS NO ESTÁ HECHO PARA EL HOMBRE, NI EL HOMBRE PARA DIOS.

Si Dios es infinito, está creado aún menos para el hombre que el hombre para las hormigas. ¿Razonarían pertinentemente las hormigas de un jardín con referencia al jardinero, si intentaran ocuparse de sus intenciones, sus deseos y sus proyectos? ¿Razonarían correctamente si pretendieran que el parque de Versalles fue hecho exclusivamente para ellos, y que un monarca fastidioso había tenido como único objetivo albergarlos soberbiamente? Pero según la teología, el hombre en su relación con Dios está muy por debajo de lo que el insecto más bajo es para el hombre. Así, por el reconocimiento de la teología misma, la teología, que sólo se ocupa de los atributos y puntos de vista de la Divinidad, es la más completa de las locuras.

 

 

 

 

 

 

LI.—NO ES CIERTO QUE EL OBJETIVO DE LA FORMACIÓN DEL UNIVERSO FUE HACER FELICES A LOS HOMBRES.

Se pretende que al formar el universo, Dios no tuvo otro objeto que hacer feliz al hombre. Pero, en un mundo creado expresamente para él y gobernado por un Dios todopoderoso, ¿es el hombre después de todo muy feliz? ¿Son duraderos sus placeres? ¿No se mezclan sus placeres con los sufrimientos? ¿Hay mucha gente que está contenta con su destino? ¿No es la humanidad víctima continua de males físicos y morales? Esta máquina humana, que se nos muestra como la obra maestra de la industria del Creador, ¿no tiene mil formas de trastornarse? ¿Admiraríamos la habilidad de un mecánico que nos mostrara una máquina complicada, susceptible de averiarse en cualquier momento, y que después de un tiempo se destruiría a sí misma?

 

 

 

 

 

 

LII.—LO QUE SE LLAMA PROVIDENCIA NO ES SOLO UNA PALABRA SIN SENTIDO.

Llamamos Providencia al generoso cuidado que la Divinidad manifiesta al proveer a nuestras necesidades y al velar por la felicidad de sus amadas criaturas. Pero, tan pronto como miramos a nuestro alrededor, encontramos que Dios no provee nada. La providencia desatiende a la mayor parte de los habitantes de este mundo. Contra un número muy pequeño de hombres, que se supone que son felices, ¡qué multitud de miserables gimen bajo la opresión y languidecen en la miseria! ¡Naciones enteras se ven obligadas a morir de hambre para complacer las extravagancias de unos pocos tiranos malhumorados, que no son más felices que los esclavos a quienes oprimen! Al mismo tiempo que nuestros filósofos alardean enérgicamente de las bondades de la Providencia, y nos exhortan a confiar en ella, ¿no los vemos clamar ante catástrofes imprevistas, con las que la Providencia juega con los vanos proyectos de los hombres; ¿No vemos que desbarata sus designios, se ríe de sus esfuerzos, y que su profunda sabiduría se complace en engañar a los mortales? Pero, ¿cómo podemos confiar en una Providencia maliciosa que se ríe y juega con la humanidad? ¿Cómo puedo admirar el curso desconocido de una sabiduría oculta cuyo modo de actuar me resulta inexplicable? ¡Júzgalo por sus efectos! Tu dirás; es por esto que lo juzgo, y encuentro que estos efectos son a veces útiles ya veces perjudiciales para mí.

 

Pensamos justificar a la Providencia diciendo que en este mundo hay más bendiciones que males para cada hombre en particular. Supongamos que las bendiciones de que esta Providencia nos hace gozar sean como el cien, y que los males sean como el diez por ciento; ¿No resultaría siempre que contra estos cien grados de bondad, la Providencia posee un décimo grado de malignidad?, lo cual es incompatible con la perfección que suponemos que tiene.

 

Todos los libros están llenos de las más lisonjeras alabanzas a la Providencia, cuyo atento cuidado se ensalza; nos parecería, como si para vivir feliz aquí abajo, el hombre no necesitase esforzarse. Sin embargo, sin trabajo, el hombre apenas podría vivir un día. Para vivir lo veo obligado a sudar, trabajar, cazar, pescar, afanarse sin descanso; sin estas causas secundarias, la Primera Causa (al menos en la mayoría de los países) no podría satisfacer ninguna de sus necesidades. Si examino todas las partes de este globo, veo tanto al hombre incivilizado como al civilizado en una lucha perpetua con la Providencia; se ve obligado a conjurar los golpes que envía en forma de huracanes, tempestades, heladas, granizo, inundaciones, esterilidad y los diversos accidentes que tantas veces inutilizan todos sus trabajos. En una palabra, Veo al género humano continuamente ocupado en protegerse de las perversas artimañas de esta Providencia, de la que se dice que se ocupa del cuidado de su felicidad. Un devoto admiró a la Divina Providencia por haber hecho fluir sabiamente ríos por todos los lugares donde los hombres habían construido grandes ciudades. ¿No es el modo de razonar de este hombre tan sensato como el de muchos eruditos que no cesan de hablarnos de Causas Finales, o que pretenden percibir claramente las benévolas miras de Dios en la formación de las cosas?

 

 

 

 

 

 

LIII.—ESTA PRETENDIDA PROVIDENCIA SE OCUPA MENOS EN CONSERVAR QUE EN MOLESTAR AL MUNDO—MÁS ENEMIGA QUE AMIGA DEL HOMBRE.

¿Vemos, pues, que la Divina Providencia se manifiesta de manera sensible en la conservación de sus obras admirables, por lo que la honramos? Si es la Divina Providencia la que gobierna el mundo, la encontramos tan ocupada en destruir como en crear; en exterminar como en producir. ¿No hace perecer a cada instante a miles de esos mismos hombres, a cuya conservación y bienestar se supone que debe prestar su atención continua? A cada momento pierde de vista a sus amadas criaturas; a veces derriba sus viviendas; a veces destruye sus cosechas, inunda sus campos, arrasa con una sequía, arma a toda la naturaleza contra el hombre, enfrenta al hombre contra el hombre y termina por hacerlo morir de dolor. ¿Es esto lo que llamas preservar un universo? Si tratáramos de considerar sin prejuicios la conducta equívoca de la Providencia relativa a la humanidad y a todos los seres sintientes, encontraríamos que muy lejos de parecerse a una madre tierna y cuidadosa, se parece más bien a aquellas madres antinaturales que, olvidando los desdichados frutos de sus ilícitas amores, abandonan a sus hijos tan pronto como nacen; y que, complacidos de haberlos concebido, los exponen sin piedad a los caprichos del destino.

 

Los hotentotes, más sabios en este particular que otras naciones, que los tratan como bárbaros, se niegan, se dice, a adorar a Dios, porque si Él a veces hace el bien, otras veces hace el mal. ¿No es este razonamiento más justo y más conforme a la experiencia que el de tantos hombres que se empeñan en ver en su Dios sólo bondad, sabiduría y previsión; ¿Y quiénes se niegan a ver que los innumerables males, de los cuales el mundo es teatro, deben venir de la misma Mano que besan con transporte?

 

 

 

 

 

 

LIV.–¡NO! EL MUNDO NO ESTÁ GOBERNADO POR UN SER INTELIGENTE.

La lógica del sentido común nos enseña que no debemos juzgar una causa sino por sus efectos. Una causa no puede ser reputada como siempre buena, sino cuando produce constantemente efectos buenos, útiles y agradables. Una causa que produce el bien en un momento y el mal en otro, es una causa que a veces es buena ya veces mala. Pero la lógica de la Teología destruye todo esto. Según él, los fenómenos de la naturaleza, o los efectos que vemos en este mundo, nos prueban la existencia de una Causa infinitamente buena, y esta Causa es Dios. Aunque este mundo esté lleno de males, aunque aquí reine con mucha frecuencia el desorden, aunque los hombres gimen a cada momento bajo el destino que los oprime, debemos estar convencidos de que estos efectos se deben a una Causa benévola e inmutable; ¡y mucha gente lo cree, o finge creerlo!

 

Todo lo que sucede en el mundo nos prueba de la manera más clara que no está gobernado por un ser inteligente. No podemos juzgar la inteligencia de un ser sino por los medios que emplea para lograr el diseño que se propone. El fin de Dios, se dice, es la felicidad de nuestra raza; sin embargo, la misma necesidad regula el destino de todos los seres sintientes, que nacen para sufrir mucho, disfrutar poco y morir. La copa del hombre está llena de alegría y de amargura; en todas partes el bien está al lado del mal; el orden es reemplazado por el desorden; la generación es seguida por la destrucción. Si me dices que los designios de Dios son misterios y que sus puntos de vista son imposibles de entender, te responderé que en este caso me es imposible juzgar si Dios es inteligente.

 

 

 

 

 

 

LV.—DIOS NO PUEDE SER LLAMADO INMUTABLE.

You pretend that God is immutable! But what is it that occasions the continual instability in this world, which you claim as His empire? Is any state subject to more frequent and cruel revolutions than that of this unknown monarch? How can we attribute to an immutable God, powerful enough to give solidity to His works, the government of a world where everything is in a continual vicissitude? If I think to see a God unchanging in all the effects advantageous to my kind, what God can I discover in the continual misfortunes by which my kind is oppressed? You tell me that it is our sins that force Him to punish us. I will answer that God, according to yourselves, is not immutable, because the sins of men compel Him to change His conduct in regard to them. Can a being who is sometimes irritated, and sometimes appeased, be constantly the same?

 

 

 

 

 

 

LVI.—EVIL AND GOOD ARE THE NECESSARY EFFECTS OF NATURAL CAUSES. WHAT IS A GOD WHO CAN CHANGE NOTHING?

The universe is but what it can be; all sentient beings enjoy and suffer here: that is to say, they are moved sometimes in an agreeable, and at other times in a disagreeable way. These effects are necessary; they result from causes that act according to their inherent tendencies., These effects necessarily please or displease me, according to my own nature. This same nature compels me to avoid, to remove, and to combat the one, and to seek, to desire, and to procure the other. In a world where everything is from necessity, a God who remedies nothing, and allows things to follow their own course, is He anything else but destiny or necessity personified? It is a deaf God who can effect no change on the general laws to which He is subjected Himself. What do I care for the infinite power of a being who can do but a very few things to please me? Where is the infinite kindness of a being who is indifferent to my happiness? What good to me is the favor of a being who, able to bestow upon me infinite good, does not even give me a finite one?

 

 

 

 

 

 

LVII.—THE VANITY OF THEOLOGICAL CONSOLATIONS IN THE TROUBLES OF THIS LIFE. THE HOPE OF A HEAVEN, OF A FUTURE LIFE, IS BUT IMAGINARY.

When we ask why, under a good God, so many are wretched, we are reminded that the present world is but a pass-way, designed to conduct man to a happier sphere; we are assured that our sojourn on the earth, where we live, is for trial; they silence us by saying that God would not impart to His creatures either the indifference to the sufferings of others, or the infinite happiness which He reserved for Himself alone. How can we be satisfied with these answers?

 

1. The existence of another life has no other guaranty than the imagination of men, who, in supposing it, have but manifested their desire to live again, in order to enter upon a purer and more durable state of happiness than that which they enjoy at present.

 

2. How can we conceive of a God who, knowing all things, must know to their depths the nature of His creatures, and yet must have so many proofs in order to assure Himself of their proclivities?

 

3. According to the calculations of our chronologists, the earth which we inhabit has existed for six or seven thousand years; during this time the nations have, under different forms, experienced many vicissitudes and calamities; history shows us that the human race in all ages has been tormented and devastated by tyrants, conquerors, heroes; by wars, inundations, famines, epidemics, etc. Is this long catalogue of proofs of such a nature as to inspire us with great confidence in the hidden views of the Divinity? Do such constant evils give us an exalted idea of the future fate which His kindness is preparing for us?

 

4. If God is as well-disposed as they assure us He is, could He not at least, without bestowing an infinite happiness upon men, communicate to them that degree of happiness of which finite beings are susceptible? In order to be happy, do we need an Infinite or Divine happiness?

 

5. If God has not been able to render men happier than they are here below, what will become of the hope of a Paradise, where it is pretended that the elect or chosen few will rejoice forever in ineffable happiness? If God could not or would not remove evil from the earth (the only sojourning place we know of), what reason could we have to presume that He can or will remove it from another world, of which we know nothing? More than two thousand years ago, according to Lactance, the wise epicure said: "Either God wants to prevent evil, and can not, or He can and will not; or He neither can nor will, or He will and can. If He wants to, without the power, He is impotent; if He can, and will not, He is guilty of malice which we can not attribute to Him; if He neither can nor will, He is both impotent and wicked, and consequently can not be God; if He wishes to and can, whence then comes evil, or why does He not prevent it?" For more than two thousand years honest minds have waited for a rational solution of these difficulties; and our theologians teach us that they will not be revealed to us until the future life.

 

 

 

 

 

 

LVIII.—ANOTHER IDLE FANCY.

We are told of a pretended scale for human beings; it is supposed that God has divided His creatures into different classes, each one enjoying the degree of happiness of which he is susceptible. According to this romantic arrangement, all beings, from the oyster to the angel, enjoy the happiness which belongs to them. Experience contradicts this sublime revery. In the world where we are, we see all sentient beings living and suffering in the midst of dangers. Man can not step without wounding, tormenting, crushing a multitude of sentient beings which he finds in his path, while he himself, at every step, is exposed to a throng of evils seen or unseen, which may lead to his destruction. Is not the very thought of death sufficient to mar his greatest enjoyment? During the whole course of his life he is subject to sufferings; there is not a moment when he feels sure of preserving his existence, to which he is so strongly attached, and which he regards as the greatest gift of Divinity.

 

 

 

 

 

 

LIX.—IN VAIN DOES THEOLOGY EXERT ITSELF TO ACQUIT GOD OF MAN'S DEFECTS. EITHER THIS GOD IS NOT FREE, OR HE IS MORE WICKED THAN GOOD.

El mundo, se dirá, tiene toda la perfección de que era susceptible; por la misma razón de que el mundo no era el Dios que lo hizo, era necesario que tuviera grandes cualidades y grandes defectos. Pero responderemos que teniendo el mundo necesariamente grandes defectos, hubiera sido más adecuado a la naturaleza de un Dios bueno no crear un mundo que Él no pudiera hacer completamente feliz. Si Dios, que según vosotros era supremamente feliz antes de la creación del mundo, había continuado siendo supremamente feliz en el mundo creado, ¿por qué no permaneció en paz? ¿Por qué debe sufrir el hombre? ¿Por qué debe existir el hombre? ¿Qué es su existencia para Dios? nada o algo Si su existencia no es útil ni necesaria a Dios, ¿por qué no lo dejó en la nada? Si la existencia del hombre es necesaria para Su gloria, Él entonces necesitaba al hombre,

 

Podemos perdonar a un trabajador inexperto por hacer un trabajo imperfecto, porque debe trabajar, bien o mal, o morir de hambre; este obrero es excusable; pero tu Dios no lo es. Según vosotros, Él es autosuficiente; en este caso, ¿por qué crea a los hombres? Él tiene, según vosotros, todo lo necesario para hacer feliz al hombre; ¿Por qué, entonces, no lo hace? Debes concluir que tu Dios tiene más malicia que bondad, o debes admitir que Dios fue obligado a hacer lo que ha hecho, sin poder hacer otra cosa. Sin embargo, nos aseguras que tu Dios es libre; decís también que es inmutable, aunque comenzando en el tiempo y cesando en el tiempo para ejercer su poder, como todos los seres inconstantes de este mundo. ¡Ay, teólogos! vanos esfuerzos habéis hecho para absolver a vuestro Dios de todos los defectos del hombre; siempre hay visible en este Dios tan perfecto, "

 

 

 

 

 

 

LX.—NO PODEMOS CREER EN UNA DIVINA PROVIDENCIA, EN UN DIOS INFINITAMENTE BUENO Y PODEROSO.

¿No es Dios el dueño de sus favores? ¿No tiene Él el derecho de dispensar Sus beneficios? ¿No puede Él volver a tomarlos de nuevo? Su criatura no tiene derecho a preguntar la razón de Su conducta; Él puede disponer a voluntad de las obras de Sus manos. Soberano absoluto de los mortales, distribuye la felicidad o la infelicidad, según Su voluntad. Estas son las soluciones que dan los teólogos para consolarnos de los males que Dios nos inflige. Les diríamos que un Dios que fuera infinitamente bueno, no sería dueño de sus favores, sino que estaría obligado por su propia naturaleza a repartirlos entre sus criaturas; les diríamos que un ser verdaderamente benévolo no creería tener derecho a abstenerse de hacer el bien; les diríamos que un ser verdaderamente generoso no retira lo que ha dado, y el que lo hace, pierde la gratitud, y no tiene derecho a quejarse de ingratitud. ¿Cómo puede conciliarse la conducta arbitraria y caprichosa que los teólogos atribuyen a Dios, con la religión que supone un pacto o acuerdo mutuo entre este Dios y los hombres? Si Dios no debe nada a sus criaturas, ellas, por su parte, no pueden deberle nada a su Dios. Toda religión se funda en la felicidad que los hombres creen tener derecho a esperar de la Divinidad, que debe decirles: "¡Ama, adora, obedéceme y yo te haré feliz!" Los hombres por su parte le dicen: "¡Haznos felices, sé fiel a tus promesas, y te amaremos, te adoraremos, obedeceremos tus leyes!" Al descuidar la felicidad de sus criaturas, al repartir sus favores y sus gracias según su capricho, y al retirar sus dones,

 

Cicerón ha dicho con razón que si Dios no se hace agradable al hombre, no puede ser su Dios. [Nisi Deus homini placuerit, Deus non erit.] La bondad constituye la Divinidad; esta Bondad puede manifestarse al hombre sólo por las ventajas que deriva de ella. Tan pronto como es desgraciado, esta Bondad desaparece y deja de ser Divinidad. Una Bondad infinita no puede ser ni parcial ni exclusiva. Si Dios es infinitamente bueno, debe la felicidad a todas sus criaturas; un solo desdichado bastaría para aniquilar una bondad ilimitada. Bajo un Dios infinitamente bueno y poderoso, ¿es posible concebir que un solo hombre pueda sufrir? Un animal, un ácaro, que sufre, proporciona argumentos invencibles contra la Divina Providencia y sus infinitos beneficios.

 

 

 

 

 

 

LXI.—CONTINUACIÓN.

Según los teólogos, las aflicciones y males de esta vida son castigos que los hombres culpables reciben de la Divinidad. Pero, ¿por qué los hombres son culpables? Si Dios es Todopoderoso, ¿le cuesta más decir: "¡Que todo permanezca en orden!", "¡Que todos mis súbditos sean buenos, inocentes, afortunados!", que decir: "¿Que todo exista? " ¿Era más difícil para este Dios hacer bien su obra que hacerla tan mal? ¿Estaba más lejos de la inexistencia de los seres a su existencia sabia y feliz, que de su inexistencia a su existencia insensata y miserable? La religión nos habla de un infierno, es decir, de un lugar temible donde, a pesar de su bondad, Dios reserva tormentos eternos para la mayoría de los hombres. Así, después de haber hecho muy miserables a los mortales en este mundo, la religión les enseña que Dios puede hacerlos mucho más miserables en otro. Responden a nuestras objeciones diciendo que, de lo contrario, la bondad de Dios tomaría el lugar de su justicia. Pero la bondad que reemplaza a la más terrible crueldad no es una bondad infinita. Además, un Dios que, después de haber sido infinitamente bueno, se vuelve infinitamente malvado, ¿puede ser considerado como un ser inmutable? Un Dios lleno de furor implacable, ¿es un Dios en el que podemos encontrar una sombra de caridad o de bondad? ¿Puede ser considerado como un ser inmutable? Un Dios lleno de furor implacable, ¿es un Dios en el que podemos encontrar una sombra de caridad o de bondad? ¿Puede ser considerado como un ser inmutable? Un Dios lleno de furor implacable, ¿es un Dios en el que podemos encontrar una sombra de caridad o de bondad?

 

 

 

 

 

 

LXII.— LA TEOLOGà A HACE DE SU DIOS UN MONSTRUO DE TONTERIA, DE INJUSTICIA, DE MALIGNA Y DE ATROCIDAD, UN SER ABSOLUTAMENTE ODIOSO.

La justicia divina, tal como la pintan nuestros teólogos, es, sin duda, una cualidad destinada a hacernos amar la Divinidad. Según las nociones de la teología moderna, parece evidente que Dios ha creado a la mayoría de los hombres con el único fin de castigarlos eternamente. ¿No hubiera sido más conforme a la bondad, a la razón, a la equidad, crear sólo piedras o plantas, y no seres sintientes, que crear hombres cuya conducta en este mundo les acarrearía eternos castigos en otro? Un Dios tan pérfido y malvado como para crear un solo hombre y dejarlo expuesto a los peligros de la condenación, no puede ser considerado como un ser perfecto, sino como un monstruo de tontería, injusticia, malicia y atrocidad. Lejos de formar un Dios perfecto, los teólogos han hecho el más imperfecto de los seres. Según las ideas teológicas, Dios se asemeja a un tirano que, habiendo privado a la mayoría de sus esclavos de la vista, los confinaría en una celda donde, para divertirse, pudiera observar de incógnito su conducta a través de una trampilla, para tener ocasión de castigarlos cruelmente. todos aquellos que al andar se hiriesen unos a otros; pero quién recompensaría espléndidamente al pequeño número de aquellos a quienes se les perdonó la vista, por tener la habilidad de evitar un encuentro con sus camaradas. ¡Tales son las ideas que da de la Divinidad el dogma de la predestinación gratuita! pero quién recompensaría espléndidamente al pequeño número de aquellos a quienes se les perdonó la vista, por tener la habilidad de evitar un encuentro con sus camaradas. ¡Tales son las ideas que da de la Divinidad el dogma de la predestinación gratuita! pero quién recompensaría espléndidamente al pequeño número de aquellos a quienes se les perdonó la vista, por tener la habilidad de evitar un encuentro con sus camaradas. ¡Tales son las ideas que da de la Divinidad el dogma de la predestinación gratuita!

 

Aunque los hombres nos repitan que su Dios es infinitamente bueno, es evidente que en el fondo de sus corazones no pueden creer nada de ello. ¿Cómo podemos amar algo que no conocemos? ¿Cómo podemos amar a un ser cuya idea sólo puede mantenernos en ansiedad y problemas? ¿Cómo podemos amar a un ser de quien todo lo que se cuenta conspira para volverlo supremamente odioso?

 

 

 

 

 

 

LXIII.—TODA RELIGIÓN INSPIRA SOLO UN TEMOR COBARDE Y DESORDENADO A LA DIVINIDAD.

Many people make a subtle distinction between true religion and superstition; they tell us that the latter is but a cowardly and inordinate fear of Divinity, that the truly religious man has confidence in his God, and loves Him sincerely; while the superstitious man sees in Him but an enemy, has no confidence in Him, and represents Him as a suspicious and cruel tyrant, avaricious of His benefactions and prodigal of His chastisements. But does not all religion in reality give us these same ideas of God? While we are told that God is infinitely good, is it not constantly repeated to us that He is very easily offended, that He bestows His favors but upon a few, that He chastises with fury those to whom He has not been pleased to grant them?

 

 

 

 

 

 

LXIV.—THERE IS IN REALITY NO DIFFERENCE BETWEEN RELIGION AND THE MOST SOMBRE AND SERVILE SUPERSTITION.

If we take our ideas of God from the nature of the things where we find a mixture of good and evil, this God, according to the good and evil which we experience, does naturally appear to us capricious, inconstant, sometimes good, sometimes wicked, and in this way, instead of exciting our love, He must produce suspicion, fear, and uncertainty in our hearts. There is no real difference between natural religion and the most sombre and servile superstition. If the Theist sees God but on the beautiful side, the superstitious man looks upon Him from the most hideous side. The folly of the one is gay of the other is lugubrious; but both are equally delirious.

 

 

 

 

 

 

LXV.—ACCORDING TO THE IDEAS WHICH THEOLOGY GIVES OF DIVINITY, TO LOVE GOD IS IMPOSSIBLE.

If I take my ideas of God from theology, God shows Himself to me in such a light as to repel love. The devotees who tell us that they love their God sincerely, are either liars or fools who see their God but in profile; it is impossible to love a being, the thought of whom tends to excite terror, and whose judgments make us tremble. How can we face without fear, a God whom we suppose sufficiently barbarous to wish to damn us forever? Let them not speak to us of a filial or respectful fear mingled with love, which men should have for their God. A son can not love his father when he knows he is cruel enough to inflict exquisite torments upon him; in short, to punish him for the least faults. No man upon earth can have the least spark of love for a God who holds in reserve eternal, hard, and violent chastisements for ninety-nine hundredths of His children.

 

 

 

 

 

 

LXVI.—BY THE INVENTION OF THE DOGMA OF THE ETERNAL TORMENTS OF HELL, THEOLOGIANS HAVE MADE OF THEIR GOD A DETESTABLE BEING, MORE WICKED THAN THE MOST WICKED OF MEN, A PERVERSE AND CRUEL TYRANT WITHOUT AIM.

The inventors of the dogma of eternal torments in hell, have made of the God whom they call so good, the most detestable of beings. Cruelty in man is the last term of corruption. There is no sensitive soul but is moved and revolts at the recital alone of the torments which the greatest criminal endures; but cruelty merits the greater indignation when we consider it gratuitous or without motive. The most sanguinary tyrants, Caligula, Nero, Domitian, had at least some motive in tormenting their victims and insulting their sufferings; these motives were, either their own safety, the fury of revenge, the design to frighten by terrible examples, or perhaps the vanity to make parade of their power, and the desire to satisfy a barbarous curiosity. Can a God have any of these motives? In tormenting the victims of His wrath, He would punish beings who could not really endanger His immovable power, nor trouble His felicity, which nothing can change. On the other hand, the sufferings of the other life would be useless to the living, who can not witness them; these torments would be useless to the damned, because in hell is no more conversion, and the hour of mercy is passed; from which it follows, that God, in the exercise of His eternal vengeance, would have no other aim than to amuse Himself and insult the weakness of His creatures. I appeal to the whole human race! Is there in nature a man so cruel as to wish in cold blood to torment, I do not say his fellow-beings, but any sentient being whatever, without fee, without profit, without curiosity, without having anything to fear? Conclude, then, O theologians! that according to your own principles, your God is infinitely more wicked than the most wicked of men. You will tell me, perhaps, that infinite offenses deserve infinite chastisements, and I will tell you that we can not offend a God whose happiness is infinite. I will tell you further, that offenses of finite beings can not be infinite; that a God who does not want to be offended, can not consent to make His creatures' offenses last for eternity; I will tell you that a God infinitely good, can not be infinitely cruel, nor grant His creatures infinite existence solely for the pleasure of tormenting them forever.

 

It could have been but the most cruel barbarity, the most notorious imposition, but the blindest ambition which could have created the dogma of eternal damnation. If there exists a God who could be offended or blasphemed, there would not be upon earth any greater blasphemers than those who dare to say that this God is perverse enough to take pleasure in dooming His feeble creatures to useless torments for all eternity.

 

 

 

 

 

 

LXVII.—THEOLOGY IS BUT A SERIES OF PALPABLE CONTRADICTIONS.

To pretend that God can be offended with the actions of men, is to annihilate all the ideas that are given to us of this being. To say that man can disturb the order of the universe, that he can grasp the lightning from God's hand, that he can upset His projects, is to claim that man is stronger than his God, that he is the arbiter of His will, that it depends on him to change His goodness into cruelty. Theology does nothing but destroy with one hand that which it builds with the other. If all religion is founded upon a God who becomes angry, and who is appeased, all religion is founded upon a palpable contradiction.

 

All religions agree in exalting the wisdom and the infinite power of the Divinity; but as soon as they expose His conduct, we discover but imprudence, want of foresight, weakness, and folly. God, it is said, created the world for Himself; and so far He has not succeeded in making Himself properly respected! God has created men in order to have in His dominion subjects who would render Him homage; and we continually see men revolt against Him!

 

 

 

 

 

 

LXVIII.—THE PRETENDED WORKS OF GOD DO NOT PROVE AT ALL WHAT WE CALL DIVINE PERFECTION.

We are continually told of the Divine perfections; and as soon as we ask the proofs of them, we are shown the works in which we are assured that these perfections are written in ineffaceable characters. All these works, however, are imperfect and perishable; man, who is regarded as the masterpiece, as the most marvelous work of Divinity, is full of imperfections which render him disagreeable in the eyes of the Almighty workman who has formed him; this surprising work becomes often so revolting and so odious to its Author, that He feels Himself compelled to cast him into the fire. But if the choicest work of Divinity is imperfect, by what are we to judge of the Divine perfections? Can a work with which the author himself is so little satisfied, cause us to admire his skill? Physical man is subject to a thousand infirmities, to countless evils, to death; the moral man is full of defects; and yet they exhaust themselves by telling us that he is the most beautiful work of the most perfect of beings.

 

 

 

 

 

 

LXIX.—THE PERFECTION OF GOD DOES NOT SHOW TO ANY MORE ADVANTAGE IN THE PRETENDED CREATION OF ANGELS AND PURE SPIRITS.

It appears that God, in creating more perfect beings than men, did not succeed any better, or give stronger proofs of His perfection. Do we not see in many religions that angels and pure spirits revolted against their Master, and even attempted to expel Him from His throne? God intended the happiness of angels and of men, and He has never succeeded in rendering happy either angels or men; pride, malice, sins, the imperfections of His creatures, have always been opposed to the wishes of the perfect Creator.

 

 

 

 

 

 

LXX.—THEOLOGY PREACHES THE OMNIPOTENCE OF ITS GOD, AND CONTINUALLY SHOWS HIM IMPOTENT.

All religion is visibly founded upon the principle that "God proposes and man disposes." All the theologies of the world show us an unequal combat between Divinity on the one side, and His creatures on the other. God never relies on His honor; in spite of His almighty power, He could not succeed in making the works of His hands as He would like them to be. To complete the absurdity, there is a religion which pretends that God Himself died to redeem the human race; and, in spite of His death, men are not in the least as this God would desire them to be!

 

 

 

 

 

 

LXXI.—ACCORDING TO ALL THE RELIGIOUS SYSTEMS OF THE EARTH, GOD WOULD BE THE MOST CAPRICIOUS AND THE MOST INSENSATE OF BEINGS.

Nothing could be more extravagant than the role which in every country theology makes Divinity play. If the thing was real, we would be obliged to see in it the most capricious and the most insane of beings; one would be obliged to believe that God made the world to be the theater of dishonoring wars with His creatures; that He created angels, men, demons, wicked spirits, but as adversaries, against whom He could exercise His power. He gives them liberty to offend Him, makes them wicked enough to upset His projects, obstinate enough to never give up: all for the pleasure of getting angry, and being appeased, of reconciling Himself, and of repairing the confusion they have made. Had Divinity formed at once His creatures such as they ought to be in order to please Him, what trouble He might have spared Himself! or, at least, how much embarrassment He might have saved to His theologians! According to all the religious systems of the earth, God seems to be occupied but in doing Himself injury; He does it as those charlatans do who wound themselves, in order to have occasion to show the public the value of their ointments. We do not see, however, that so far Divinity has been able to radically cure itself of the evil which is caused by men.

 

 

 

 

 

 

LXXII.—IT IS ABSURD TO SAY THAT EVIL DOES NOT COME FROM GOD.

God is the author of all; still we are assured that evil does not come from God. Whence, then, does it come? From men? But who has made men? It is God: then that evil comes from God. If He had not made men as they are, moral evil or sin would not exist in the world. We must blame God, then, that man is so perverse. If man has the power to do wrong or to offend God, we must conclude that God wishes to be offended; that God, who has created man, resolved that evil should be done by him: without this, man would be an effect contrary to the cause from which he derives his being.

 

 

 

 

 

 

LXXIII.—THE FORESIGHT ATTRIBUTED TO GOD, WOULD GIVE TO GUILTY MEN WHOM HE PUNISHES, THE RIGHT TO COMPLAIN OF HIS CRUELTY.

The faculty of foresight, or the ability to know in advance all which is to happen in the world, is attributed to God. But this foresight can scarcely belong to His glory, nor spare Him the reproaches which men could legitimately heap upon Him. If God had the foresight of the future, did He not foresee the fall of His creatures whom He had destined to happiness? If He resolved in His decrees to allow this fall, there is no doubt that He desired it to take place: otherwise it would not have happened. If the Divine foresight of the sin of His creatures had been necessary or forced, it might be supposed that God was compelled by His justice to punish the guilty; but God, enjoying the faculty of foresight and the power to predestinate everything, would it not depend upon Himself not to impose upon men these cruel laws? Or, at least, could He not have dispensed with creating beings whom He might be compelled to punish and to render unhappy by a subsequent decree? What does it matter whether God destined men to happiness or to misery by a previous decree, the effect of His foresight, or by a subsequent decree, the effect of His justice. Does the arrangement of these decrees change the fate of the miserable? Would they not have the right to complain of a God who, having the power of leaving them in oblivion, brought them forth, although He foresaw very well that His justice would force Him sooner or later to punish them?

 

 

 

 

 

 

LXXIV.—ABSURDIO DE LAS FÁBULAS TEOLÓGICAS SOBRE EL PECADO ORIGINAL Y SOBRE SATANÁS.

El hombre, decís vosotros, salido de las manos de Dios, era puro, inocente y bueno; pero su naturaleza se corrompió a consecuencia del pecado. Si el hombre pudo pecar, cuando acababa de salir de las manos de Dios, ¡entonces su naturaleza no era perfecta! ¿Por qué Dios le permitió pecar y que su naturaleza se corrompiera? ¿Por qué Dios permitió que lo sedujeran, sabiendo bien que sería demasiado débil para resistir al tentador? ¿Por qué Dios creó a Satanás, un espíritu malicioso, un tentador? ¿Por qué Dios, que estaba tan deseoso de hacer el bien a la humanidad, por qué no aniquiló de una vez por todas a tantos genios malignos cuya naturaleza los convertía en enemigos de nuestra felicidad? O más bien, ¿por qué Dios creó espíritus malignos, cuyas victorias y terribles influencias sobre la raza humana debe haber previsto? Finalmente, ¿por qué fatalidad, en todas las religiones del mundo,

 

 

 

 

 

 

LXXV.—EL DIABLO, COMO LA RELIGIÓN, FUE INVENTADO PARA ENRIQUECER A LOS SACERDOTES.

Se nos cuenta la historia de la sencillez de corazón de un monje italiano, que le honra. Este buen hombre que predicaba un día se sintió obligado a anunciar a su auditorio que, gracias al Cielo, había descubierto por fin un medio seguro de hacer felices a todos los hombres. "El diablo -dijo- tienta a los hombres sino para tenerlos como compañeros de su miseria en el infierno. Dirijámonos, pues, al Papa, que posee las llaves del paraíso y del infierno; pidámosle que le suplique Dios, a la cabeza de toda la Iglesia, para reconciliarse con el diablo, para tomarlo de nuevo en su favor, para restablecerlo en su primer rango, esto no puede dejar de poner fin a sus siniestros proyectos contra la humanidad. " El buen monje no vio, quizás, que el diablo es al menos tan útil como Dios para los ministros de la religión. Éstos obtienen demasiados beneficios de sus diferencias para prestarse voluntariamente a una reconciliación entre los dos lazos enemigos, de cuyas contiendas dependen su existencia y sus ingresos. Si los hombres dejaran de ser tentados y de pecar, el ministerio de los sacerdotes les sería inútil. El maniqueísmo es evidentemente el sostén de todas las religiones; pero desgraciadamente el demonio, siendo inventado para quitar toda sospecha de malicia a la Divinidad, nos prueba a cada momento la impotencia o la torpeza de su Adversario celestial.

 

 

 

 

 

 

LXXVI.—SI DIOS NO PUEDE DEJAR SIN PECADO A LA NATURALEZA HUMANA, NO TIENE DERECHO DE CASTIGAR AL HOMBRE.

La naturaleza del hombre, se dice, necesariamente debe corromperse. Dios no pudo dotarlo de impecabilidad, que es una parte inalienable de la perfección divina. Pero si Dios no podía dejarlo sin pecado, ¿por qué se tomó la molestia de crear al hombre, cuya naturaleza debía corromperse y que, en consecuencia, tenía que ofender a Dios? Por otro lado, si Dios mismo no fue capaz de hacer que la naturaleza humana fuera sin pecado, ¿qué derecho tenía Él de castigar a los hombres por no ser sin pecado? No es sino por el derecho de poder. Pero el derecho del más fuerte es la violencia; y la violencia no conviene al más Justo de los Seres. Dios sería supremamente injusto si castigara a los hombres por no tener una parte de las perfecciones divinas, o por no poder ser dioses como Él.

 

¿No podría Dios al menos dotar a los hombres de esa especie de perfección de la que es susceptible su naturaleza? Si algunos hombres son buenos o se hacen agradables a su Dios, ¿por qué este Dios no concedió el mismo favor o dio las mismas disposiciones a todos los seres de nuestra especie? ¿Por qué el número de los malvados supera tanto al número de los buenos? ¿Por qué, por cada amigo, Dios encuentra diez mil enemigos en un mundo que dependía sólo de Él para poblar con hombres honestos? Si es verdad que Dios se propone formar en el cielo una corte de santos, de escogidos, o de hombres que hayan vivido en este mundo según sus designios, ¿no habría tenido una corte más numerosa, más brillante y más honorable? a Él, si estuviera compuesta de todos los hombres a quienes, al crearlos, ¿Hubiera podido conceder el grado de bondad necesario para obtener la felicidad eterna? Finalmente, ¿no sería más fácil no sacar al hombre de la nada que crearlo lleno de defectos, rebelde a su Creador, perpetuamente expuesto a perderse por un fatal abuso de su libertad? En lugar de crear a los hombres, un Dios perfecto no debería haber creado sino ángeles dóciles y sumisos. Los ángeles, se dice, son libres; unos pocos de ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la tierra? ¿No sería más fácil no sacar al hombre de la nada que crearlo lleno de defectos, rebelde a su Creador, perpetuamente expuesto a perderse por un fatal abuso de su libertad? En lugar de crear a los hombres, un Dios perfecto no debería haber creado sino ángeles dóciles y sumisos. Los ángeles, se dice, son libres; unos pocos de ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la tierra? ¿No sería más fácil no sacar al hombre de la nada que crearlo lleno de defectos, rebelde a su Creador, perpetuamente expuesto a perderse por un fatal abuso de su libertad? En lugar de crear a los hombres, un Dios perfecto no debería haber creado sino ángeles dóciles y sumisos. Los ángeles, se dice, son libres; unos pocos de ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la tierra? perpetuamente expuesto a perderse por un fatal abuso de su libertad? En lugar de crear a los hombres, un Dios perfecto no debería haber creado sino ángeles dóciles y sumisos. Los ángeles, se dice, son libres; unos pocos de ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la tierra? perpetuamente expuesto a perderse por un fatal abuso de su libertad? En lugar de crear a los hombres, un Dios perfecto no debería haber creado sino ángeles dóciles y sumisos. Los ángeles, se dice, son libres; unos pocos de ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la tierra? unos pocos de ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la tierra? unos pocos de ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la tierra?

 

 

 

 

 

 

LXXVII.—ES ABSURDO DECIR QUE LA CONDUCTA DE DIOS DEBE SER UN MISTERIO PARA EL HOMBRE, Y QUE ÉL NO TIENE DERECHO DE EXAMINARLA Y JUZGARLA.

Se nos dice que la enorme distancia que separa a Dios de los hombres, hace que la conducta de Dios sea necesariamente un misterio para nosotros, y que no tenemos derecho a interrogar a nuestro Maestro. ¿Es satisfactoria esta afirmación? Pero según tú, cuando se trata de mi felicidad eterna, ¿no tengo yo derecho a examinar la conducta del mismo Dios? Es sólo con la esperanza de la felicidad que los hombres se someten al imperio de un Dios. Un déspota al que los hombres están sometidos pero por miedo, un señor al que no pueden interrogar, un soberano totalmente inaccesible, no puede merecer el homenaje de los seres inteligentes. Si la conducta de Dios es un misterio para mí, no está hecha para mí. El hombre no puede adorar, admirar, respetar o imitar una conducta de la que todo es imposible concebir, o de la que no puede formarse sino ideas repugnantes;

 

¡Sacerdotes! nos enseñas que los designios de Dios son impenetrables; que Sus caminos no son nuestros caminos; que Sus pensamientos no son nuestros pensamientos; que es una locura quejarse de su administración, cuyos motivos y caminos secretos nos son enteramente desconocidos; que hay temeridad en acusarle de juicios injustos, porque son incomprensibles para nosotros. ¿Pero no veis que al hablar de esta manera, destruís con vuestras propias manos todos vuestros sistemas profundos que no tienen otro propósito que el de explicar los caminos de la Divinidad que llamáis impenetrables? Estos juicios, estos caminos y estos designios, ¿los has penetrado? No te atrevas a decirlo; y, aunque sazonas sin cesar, no los entiendes más que nosotros. Si por casualidad conoces el plan de Dios, que nos dices que admiremos, siendo mucha la gente que lo encuentra tan poco digno de un justo, ser bueno, inteligente y racional; no digas que este plan es impenetrable. Si sois tan ignorantes como nosotros, tened alguna indulgencia con los que ingenuamente confiesan que no comprenden nada de ella, o que no ven en ella nada divino. Cesad de perseguir por opiniones que vosotros mismos no entendéis; cesen de calumniarse unos a otros por sueños y conjeturas que son del todo contradictorias; háblanos de cosas inteligibles y verdaderamente útiles; y no nos habléis más de los caminos impenetrables de un Dios, sobre el cual no hacéis más que tartamudear y contradeciros. Cesad de perseguir por opiniones que vosotros mismos no entendéis; cesen de calumniarse unos a otros por sueños y conjeturas que son del todo contradictorias; háblanos de cosas inteligibles y verdaderamente útiles; y no nos habléis más de los caminos impenetrables de un Dios, sobre el cual no hacéis más que tartamudear y contradeciros. Cesad de perseguir por opiniones que vosotros mismos no entendéis; cesen de calumniarse unos a otros por sueños y conjeturas que son del todo contradictorias; háblanos de cosas inteligibles y verdaderamente útiles; y no nos habléis más de los caminos impenetrables de un Dios, sobre el cual no hacéis más que tartamudear y contradeciros.

 

Al hablarnos incesantemente de las inmensas profundidades de la sabiduría divina, al prohibirnos sondear estas profundidades al decirnos que es una insolencia llamar a Dios al tribunal de nuestra humilde razón, al convertir en un crimen juzgar a nuestro Maestro, los teólogos sólo confiesan la vergüenza en que se encuentran en cuanto tienen que dar cuenta de la conducta de un Dios, que nos dicen que es maravillosa, sólo porque les es totalmente imposible comprenderla por sí mismos.

 

 

 

 

 

 

LXXVIII.—ES ABSURDO LLAMARLE DIOS DE JUSTICIA Y DE BONDAD, A QUIEN INDISCRIMINA EL MAL AL ​​BUENO Y AL MALO, AL INOCENTE Y AL CULPABLE; ES OCIOSO EXIGIR QUE LOS DESGRACIADOS SE CONSUELEN DE SUS DESFORTUNAS, EN LOS MISMOS BRAZOS DE AQUEL QUE SOLO ES AUTOR DE ELLAS.

El mal físico comúnmente pasa como el castigo del pecado. Calamidades, enfermedades, hambres, guerras, terremotos, son los medios que Dios emplea para castigar a los hombres perversos. Por tanto, no tienen dificultad en atribuir estos males a la severidad de un Dios justo y bueno. Sin embargo, ¿no vemos que estas plagas caen indistintamente sobre buenos y malos, sobre impíos y piadosos, sobre inocentes y culpables? ¿Cómo se nos puede hacer admirar, en este proceder, la justicia y la bondad de un ser, cuya idea parece tan consoladora para los desdichados? Sin duda el cerebro de estos desdichados ha sido perturbado por sus desgracias, pues olvidan que Dios es el árbitro de las cosas, el único dispensador de los acontecimientos de este mundo. En este caso, ¿no deberían culparlo por los males para los cuales encontrarían consuelo en sus brazos? ¡Desgraciado padre! ¡Te consuelas en el seno de la Providencia por la pérdida de un hijo amado o de una esposa, que hizo tu felicidad! ¡Pobre de mí! ¿No ves que tu Dios los ha matado? Tu Dios te ha hecho miserable; y queréis que os consuele de los tremendos golpes que os ha dado.

 

Las nociones fantásticas y sobrenaturales de la teología han logrado de tal modo vencer las ideas más simples, más claras, más naturales del espíritu humano, que los piadosos, incapaces de acusar a Dios de malicia, se acostumbran a mirar estas tristes aflicciones como pruebas indudables de bondad celestial. Si están en aflicción, se les dice que crean que Dios los ama, que Dios los visita, que Dios desea probarlos. ¡Así es como la religión cambia el mal en bien! Alguien ha dicho profanamente, pero con razón: "Si el buen Dios trata así a los que ama, le ruego de todo corazón que no piense en mí". Los hombres debieron formarse ideas muy siniestras y muy crueles de su Dios a quien llaman tan bueno, ¡para persuadirse de que las más espantosas calamidades y las más dolorosas aflicciones son signos de Su favor! ¿Sería un Genio malvado o un Demonio más ingenioso para atormentar a sus enemigos que a veces este Dios de bondad, que tan a menudo se ocupa de infligir Sus castigos a Sus amigos más queridos?

 

 

 

 

 

 

LXXIX.—UN DIOS QUE CASTIGA LAS FALTAS QUE PUDO HABER PREVENIDO, ES UN TONTO, QUE A LA LOCURA AÑADE INJUSTICIA.

¿Qué diríamos de un padre que, se nos asegura, vela sin descanso por el bienestar de sus débiles e imprevistos hijos, y que, sin embargo, los dejaría en libertad de extraviarse en medio de peñascos, precipicios y aguas; quién les impediría, pero rara vez, seguir sus apetitos desordenados; ¿Quién les permitiría manejar, sin precaución, armas mortíferas, a riesgo de herirse gravemente? ¿Qué pensaríamos de este mismo padre, si en lugar de culparse a sí mismo por el daño que habría hecho a sus pobres hijos, los castigara por sus faltas de la manera más cruel? Diríamos, con razón, que es un tonto este padre, que une la injusticia a la necedad. Un Dios que castiga las faltas que podría haber evitado, es un ser que carece de sabiduría, bondad y equidad. Un Dios de previsión prevendría el mal, y así se ahorraría el trabajo de castigarlo. Un Dios bueno no castigaría las debilidades que sabe que son inherentes a la naturaleza humana. Un Dios justo, si Él ha hecho al hombre, no lo castigaría por no ser lo suficientemente fuerte para resistir sus deseos. Castigar la debilidad, es la tiranía más injusta. ¿No es calumniar a un Dios justo, decir que castiga a los hombres por sus faltas, aun en la vida presente? ¿Cómo castigaría a los seres a quienes sólo Él puede corregir y que, mientras no hayan recibido la gracia, no pueden obrar de otra manera? Castigar la debilidad, es la tiranía más injusta. ¿No es calumniar a un Dios justo, decir que castiga a los hombres por sus faltas, aun en la vida presente? ¿Cómo castigaría a los seres a quienes sólo Él puede corregir y que, mientras no hayan recibido la gracia, no pueden obrar de otra manera? Castigar la debilidad, es la tiranía más injusta. ¿No es calumniar a un Dios justo, decir que castiga a los hombres por sus faltas, aun en la vida presente? ¿Cómo castigaría a los seres a quienes sólo Él puede corregir y que, mientras no hayan recibido la gracia, no pueden obrar de otra manera?

 

Según los principios de los mismos teólogos, el hombre, en su actual estado de corrupción, no puede hacer sino el mal, pues sin la gracia divina no tiene fuerza para hacer el bien. Además, si la naturaleza del hombre, abandonada a sí misma, desprovista de la ayuda divina, lo inclina necesariamente al mal, o lo incapacita para hacer el bien, ¿qué sucede con su libre albedrío? De acuerdo con tales principios, el hombre no puede merecer ni recompensa ni castigo; al recompensar al hombre por el bien que hace, Dios se recompensaría a sí mismo; al castigar al hombre por el mal que hace, Dios lo castiga por no haberle dado la gracia, sin la cual le es imposible hacer lo mejor.

 

 

 

 

 

 

LXXX.— EL LIBRE ALBEDRÃO ES UNA FANTASIA OCIOSA.

Los teólogos nos dicen y repiten que el hombre es libre, mientras todas sus enseñanzas conspiran para destruir su libertad. Tratando de justificar a la Divinidad, lo acusan realmente de la más negra injusticia. Suponen que, sin la gracia, el hombre se ve obligado a hacer el mal: ¡y sostienen que Dios lo castigará por no haberle dado la gracia para hacer el bien! Con un poco de reflexión, nos veremos obligados a ver que el hombre en todas las cosas actúa por compulsión, y que su libre albedrío es una quimera, incluso según el sistema teológico. ¿Depende del hombre si nacerá o no de tales o cuales padres? ¿Depende del hombre aceptar o no aceptar las opiniones de sus padres y de sus maestros? Si hubiera nacido de padres idólatras o mahometanos, ¿habría dependido de mí convertirme en cristiano? Sin embargo,

 

El nacimiento del hombre no depende de su elección; no se le preguntó si vendría o no al mundo; la naturaleza no le consultó sobre la patria y los padres que le dio; las ideas que adquirió, sus opiniones, sus nociones verdaderas o falsas, son los frutos necesarios de la educación que ha recibido, y de la cual no ha sido maestro; sus pasiones y sus deseos son los resultados necesarios del temperamento que la naturaleza le ha dado y de las ideas que le han inspirado; durante todo el curso de su vida, sus deseos y sus acciones están determinados por su entorno, sus hábitos, sus ocupaciones, sus placeres, sus conversaciones y por los pensamientos que se le presentan involuntariamente; en fin, por una multitud de hechos y accidentes que escapan a su control. Incapaz de prever el futuro, no sabe ni lo que deseará ni lo que hará en el tiempo que debe seguir inmediatamente al presente. El hombre pasa su vida, desde el momento de su nacimiento hasta el de su muerte, sin haber sido libre un instante. El hombre, decís, desea, delibera, elige, determina; de ahí que concluyas que sus acciones son libres. Es cierto que el hombre tiene la intención, pero no es dueño de su voluntad ni de sus deseos. Puede desear y desear sólo lo que juzga ventajoso para sí mismo; no puede amar el dolor ni detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer; pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo determina a privarse de uno menos deseable. ni lo que hará en el tiempo que debe seguir inmediatamente al presente. El hombre pasa su vida, desde el momento de su nacimiento hasta el de su muerte, sin haber sido libre un instante. El hombre, decís, desea, delibera, elige, determina; de ahí que concluyas que sus acciones son libres. Es cierto que el hombre tiene la intención, pero no es dueño de su voluntad ni de sus deseos. Puede desear y desear sólo lo que juzga ventajoso para sí mismo; no puede amar el dolor ni detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer; pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo determina a privarse de uno menos deseable. ni lo que hará en el tiempo que debe seguir inmediatamente al presente. El hombre pasa su vida, desde el momento de su nacimiento hasta el de su muerte, sin haber sido libre un instante. El hombre, decís, desea, delibera, elige, determina; de ahí que concluyas que sus acciones son libres. Es cierto que el hombre tiene la intención, pero no es dueño de su voluntad ni de sus deseos. Puede desear y desear sólo lo que juzga ventajoso para sí mismo; no puede amar el dolor ni detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer; pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo determina a privarse de uno menos deseable. sin haber sido libre un instante. El hombre, decís, desea, delibera, elige, determina; de ahí que concluyas que sus acciones son libres. Es cierto que el hombre tiene la intención, pero no es dueño de su voluntad ni de sus deseos. Puede desear y desear sólo lo que juzga ventajoso para sí mismo; no puede amar el dolor ni detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer; pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo determina a privarse de uno menos deseable. sin haber sido libre un instante. El hombre, decís, desea, delibera, elige, determina; de ahí que concluyas que sus acciones son libres. Es cierto que el hombre tiene la intención, pero no es dueño de su voluntad ni de sus deseos. Puede desear y desear sólo lo que juzga ventajoso para sí mismo; no puede amar el dolor ni detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer; pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo determina a privarse de uno menos deseable. no puede amar el dolor ni detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer; pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo determina a privarse de uno menos deseable. no puede amar el dolor ni detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer; pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo determina a privarse de uno menos deseable.

 

No es el amante quien da a su amante los rasgos que le encantan; no es entonces el amo de amar o no amar al objeto de su ternura; no es dueño de la imaginación ni del temperamento que lo domina; de lo cual se sigue, evidentemente, que el hombre no es dueño de los deseos y deseos que surgen en su alma, independientemente de él. Pero el hombre, decís, puede resistir sus deseos; entonces es libre. El hombre resiste sus deseos cuando los motivos que lo apartan de un objeto son más fuertes que los que lo atraen hacia él; pero entonces, su resistencia es necesaria. Un hombre que teme la deshonra y el castigo más que ama el dinero, resiste necesariamente el deseo de tomar posesión del dinero de otro. ¿No somos libres cuando deliberamos?—pero uno tiene el poder de saber o no saber, ¿estar inseguro o estar seguro? La deliberación es el efecto necesario de la incertidumbre en la que nos encontramos con referencia a los resultados de nuestras acciones. Tan pronto como nos creemos ciertos de estos resultados, necesariamente decidimos; y entonces actuamos necesariamente según hayamos juzgado correcto o incorrecto. Nuestros juicios, verdaderos o falsos, no son libres; están necesariamente determinados por las ideas que hemos recibido o que nuestra mente ha formado. El hombre no es libre en su elección; evidentemente se ve obligado a elegir lo que juzga más útil o más agradable para sí mismo. Cuando suspende su elección, no es más libre; se ve obligado a suspenderlo hasta que sepa o crea que conoce las cualidades de los objetos que se le presentan, o hasta que haya sopesado las consecuencias de sus acciones. Hombre, dirás, decide en cada momento sobre acciones que sabe que lo pondrán en peligro; el hombre se suicida a veces, entonces es libre. ¡Lo niego! ¿Tiene el hombre la capacidad de razonar correcta o incorrectamente? ¿No dependen su razón y su sabiduría de las opiniones que se ha formado o de su constitución mental? Como ni el uno ni el otro dependen de su voluntad, de ninguna manera pueden probar su libertad.

 

Si apuesto a hacer o no hacer una cosa, ¿no soy libre? ¿No depende de mí hacerlo o no hacerlo? No; Te responderé, el deseo de ganar la apuesta te determinará necesariamente a hacer o no hacer la cosa en cuestión. "¿Pero si consiento en perder la apuesta?" Entonces el deseo de probarme que sois libres se habrá convertido para vosotros en un motivo más fuerte que el deseo de ganar la apuesta; y este motivo os habrá determinado necesariamente a hacer o no hacer lo que entre nosotros se entendió. Pero dirás: "Me siento libre". Es una ilusión que puede compararse con la de la mosca de la fábula que, posándose sobre el eje de un pesado carro, se aplaudía a sí misma como conductora del vehículo que lo transportaba. El hombre que se cree libre, es una mosca que se cree motor-maestro en la máquina del universo, mientras que él mismo, sin su propia voluntad, es llevado por ella. El sentimiento que nos hace creer que somos libres para hacer o no hacer una cosa, no es más que una pura ilusión. Cuando lleguemos al verdadero principio de nuestras acciones, encontraremos que no son más que los resultados necesarios de nuestras voluntades y de nuestros deseos, que nunca están en nuestro poder. Vosotros os creéis libres porque hacéis lo que queréis; pero ¿eres realmente libre de querer o no querer, de desear o no desear? Vuestras voluntades y vuestros deseos, ¿no están necesariamente excitados por objetos o por cualidades que no dependen en absoluto de vosotros? encontraremos que no son más que los resultados necesarios de nuestras voluntades y de nuestros deseos, que nunca están en nuestro poder. Vosotros os creéis libres porque hacéis lo que queréis; pero ¿eres realmente libre de querer o no querer, de desear o no desear? Vuestras voluntades y vuestros deseos, ¿no están necesariamente excitados por objetos o por cualidades que no dependen en absoluto de vosotros? encontraremos que no son más que los resultados necesarios de nuestras voluntades y de nuestros deseos, que nunca están en nuestro poder. Vosotros os creéis libres porque hacéis lo que queréis; pero ¿eres realmente libre de querer o no querer, de desear o no desear? Vuestras voluntades y vuestros deseos, ¿no están necesariamente excitados por objetos o por cualidades que no dependen en absoluto de vosotros?

 

 

 

 

 

 

LXXXI.—NO DEBEMOS CONCLUIR DE ESTO QUE LA SOCIEDAD NO TIENE DERECHO DE CASTIGAR A LOS MALOS.

Si las acciones de los hombres son necesarias, si los hombres no son libres, ¿qué derecho tiene la sociedad de castigar a los malvados que la infestan? ¿No es muy injusto castigar a seres que no podían actuar de otra manera? Si los malvados actúan por el impulso de su naturaleza corrupta, la sociedad, al castigarlos, actúa necesariamente de su lado por el deseo de preservarse. Ciertos objetos producen en nosotros la sensación de dolor; por lo tanto, nuestra naturaleza nos obliga a odiarlos y nos incita a eliminarlos. Un tigre, presionado por el hambre, ataca al hombre a quien quiere devorar; pero el hombre no es dueño de su miedo al tigre, y busca necesariamente los medios para exterminarlo.

 

 

 

 

 

 

LXXXII.—REFUTACIÓN DE LOS ARGUMENTOS A FAVOR DEL LIBRE ALBEDRÍO.

Si todo es necesario, si los errores, las opiniones y las ideas de los hombres están predestinados, ¿cómo o por qué pretender reformarlos? Los errores de los hombres son los resultados necesarios de su ignorancia; su ignorancia, su obstinación, su credulidad, son los resultados necesarios de su inexperiencia, de su indiferencia, de su falta de reflexión; al igual que la congestión del cerebro o el letargo son los efectos naturales de algunas enfermedades. La verdad, la experiencia, la reflexión, la razón, son los remedios adecuados para curar la ignorancia, el fanatismo y las locuras; al igual que el sangrado es bueno para calmar la congestión del cerebro. Pero diréis, ¿por qué la verdad no produce este efecto en muchas de las cabezas enfermas? Hay algunas enfermedades que resisten todos los remedios; es imposible curar a los pacientes obstinados que se niegan a tomar los remedios que se les dan; el interés de algunos hombres y la locura de otros los oponen naturalmente a la admisión de la verdad. Una causa produce su efecto sólo cuando no es interrumpida en su acción por otras causas más fuertes, o que debilitan la acción de la causa primera o la inutilizan. Es enteramente imposible que los mejores argumentos sean aceptados por hombres que están fuertemente interesados ​​en el error; que tengan prejuicios a su favor; que se niegan a reflexionar; pero necesariamente debe ser que la verdad desengañe a las almas honestas que la buscan de buena fe. La verdad es una causa; produce necesariamente su efecto cuando su impulso no es interrumpido por causas que suspenden sus efectos. o que debilitan la acción de la causa primera o la inutilizan. Es enteramente imposible que los mejores argumentos sean aceptados por hombres que están fuertemente interesados ​​en el error; que tengan prejuicios a su favor; que se niegan a reflexionar; pero necesariamente debe ser que la verdad desengañe a las almas honestas que la buscan de buena fe. La verdad es una causa; produce necesariamente su efecto cuando su impulso no es interrumpido por causas que suspenden sus efectos. o que debilitan la acción de la causa primera o la inutilizan. Es enteramente imposible que los mejores argumentos sean aceptados por hombres que están fuertemente interesados ​​en el error; que tengan prejuicios a su favor; que se niegan a reflexionar; pero necesariamente debe ser que la verdad desengañe a las almas honestas que la buscan de buena fe. La verdad es una causa; produce necesariamente su efecto cuando su impulso no es interrumpido por causas que suspenden sus efectos.

 

 

 

 

 

 

LXXXIII.—CONTINUACIÓN.

Quitarle al hombre su libre albedrío es, se nos dice, hacer de él una pura máquina, un autómata sin libertad; no existiría en él ni el mérito ni la virtud. ¿Qué es el mérito en el hombre?

 

Es una cierta manera de actuar lo que lo hace estimable a los ojos de sus semejantes. ¿Qué es la virtud? Es la disposición que nos lleva a hacer el bien a los demás. ¿Qué puede haber de despreciable en las máquinas automáticas capaces de producir efectos tan deseables? Marco Aurelio fue un resorte muy útil para la vasta maquinaria del Imperio Romano. ¿Con qué derecho despreciará una máquina a otra máquina, cuyos resortes facilitarían su propio juego? Las buenas personas son manantiales que ayudan a la sociedad en su tendencia a la felicidad; los hombres malos son resortes mal formados, que perturban el orden, el progreso y la armonía de la sociedad. Si por sus propios intereses la sociedad ama y premia a los buenos, odia, desprecia y aparta a los malos, como motores inútiles o peligrosos.

 

 

 

 

 

 

LXXXIV.—DIOS MISMO, SI HUBIERA DIOS, NO SERÍA LIBRE; DE AHÍ LA INÚTILIDAD DE TODA RELIGIÓN.

El mundo es un agente necesario; todos los seres que la componen están unidos entre sí, y no pueden hacer otra cosa que ellos, mientras sean movidos por las mismas causas y posean las mismas cualidades. Si pierden estas cualidades, actuarán necesariamente de manera diferente. Dios mismo (admitiendo su existencia por un momento) no puede ser considerado como un agente libre; si existiera un Dios, su manera de actuar estaría necesariamente determinada por las cualidades inherentes a su naturaleza; nada podría alterar ni oponerse a sus deseos. Considerando esto, ni nuestras acciones ni nuestras oraciones ni nuestros sacrificios podrían suspender o cambiar Su progreso invariable y Sus designios inmutables, de lo cual nos vemos obligados a concluir que toda religión sería completamente inútil.

 

 

 

 

 

 

LXXXV.—AUN SEGÚN PRINCIPIOS TEOLÓGICOS, EL HOMBRE NO ES LIBRE NI UN INSTANTE.

Si los teólogos no se contradijeran constantemente, sabrían, por sus propias hipótesis, que el hombre no puede llamarse libre ni por un instante. ¿No se supone que el hombre está en una dependencia continua de Dios? ¿Se es libre, cuando no se podría haber existido o no se puede vivir sin Dios, y cuando se deja de existir por voluntad de su suprema voluntad? Si Dios creó al hombre de la nada, si la conservación del hombre es una creación continua, si Dios no puede perder de vista a su criatura ni un instante, si todo lo que le sucede es resultado de la voluntad divina, si el hombre es nada por sí mismo. , si todos los acontecimientos que experimenta son efectos de decretos divinos, si no puede hacer ningún bien sin la ayuda de lo alto, ¿cómo puede pretenderse que el hombre goce de libertad durante un momento de su vida? Si Dios no lo salvó en el momento en que peca, ¿Cómo podría el hombre pecar? Si Dios lo preserva, entonces Dios lo obliga a vivir para pecar.

 

 

 

 

 

 

LXXXVI.—TODO MAL, TODO DESORDEN, TODO PECADO, PUEDE ATRIBUIRSE SINO A DIOS; Y EN CONSECUENCIA, NO TIENE DERECHO A CASTIGAR NI PREMIAR.

Divinity is continually compared to a king, the majority of whose subjects revolt against Him and it is pretended that He has the right to reward His faithful subjects, and to punish those who revolt against Him. This comparison is not just in any of its parts. God presides over a machine, of which He has made all the springs; these springs act according to the way in which God has formed them; it is the fault of His inaptitude if these springs do not contribute to the harmony of the machine in which the workman desired to place them. God is a creating King, who created all kinds of subjects for Himself; who formed them according to His pleasure, and whose wishes can never find any resistance. If God in His empire has rebellious subjects, it is God who resolved to have rebellious subjects. If the sins of men disturb the order of the world, it is God who desired this order to be disturbed. Nobody dares to doubt Divine justice; however, under the empire of a just God, we find nothing but injustice and violence. Power decides the fate of nations. Equity seems to be banished from the earth; a small number of men enjoy with impunity the repose, the fortunes, the liberty, and the life of all the others. Everything is in disorder in a world governed by a God of whom it is said that disorder displeases Him exceedingly.

 

 

 

 

 

 

LXXXVII.—LAS ORACIONES DE LOS HOMBRES A DIOS PRUEBAN SUFICIENTEMENTE QUE NO ESTÁN SATISFECHOS CON LA DIVINA ECONOMÍA.

Aunque los hombres admiran incesantemente la sabiduría, la bondad, la justicia, el hermoso orden de la Providencia, en realidad nunca se contentan con ello. Las oraciones que continuamente ofrecen al Cielo, nos prueban que no están nada satisfechos con la administración de Dios. Orar a Dios, pedirle un favor, es desconfiar de su cuidado vigilante; pedir a Dios que evite o suprima un mal, es esforzarse por poner obstáculos en el camino de su justicia; implorar la asistencia de Dios en nuestras calamidades, significa apelar al mismo autor de estas calamidades para representarle nuestro bienestar; que debe rectificar a nuestro favor su plan, que no es provechoso para nuestros intereses. El optimista, o el que piensa que todo está bien en el mundo, y que nos repite incesantemente que vivimos en el mejor mundo posible, si fuera consecuente, nunca debería orar; menos aún debe esperar otro mundo donde los hombres sean más felices. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de interesarse por Dios. nunca debe orar; menos aún debe esperar otro mundo donde los hombres sean más felices. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de interesarse por Dios. nunca debe orar; menos aún debe esperar otro mundo donde los hombres sean más felices. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de interesarse por Dios. menos aún debe esperar otro mundo donde los hombres sean más felices. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de interesarse por Dios. menos aún debe esperar otro mundo donde los hombres sean más felices. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de interesarse por Dios. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de interesarse por Dios. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de interesarse por Dios. ¿Pretender que Él hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de interesarse por Dios. ¿Pretender que Él hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de interesarse por Dios.

 

 

 

 

 

 

LXXXVIII.—LA REPARACIÓN DE LAS INIQUIDADES Y LAS MISERIAS DE ESTE MUNDO EN OTRO MUNDO, ES UNA CONJETURA VACA Y UNA SUPOSICIÓN ABSURDA.

Cuando nos quejamos de los males de los que este mundo es teatro, somos remitidos a otro mundo; se nos dice que allí reparará Dios todas las iniquidades y miserias que permite por un tiempo aquí abajo. Sin embargo, si dejando dormir por un tiempo a su justicia eterna, Dios pudo consentir el mal durante el tiempo de la existencia de nuestro globo, ¿qué seguridad tenemos de que durante la existencia de otro globo, la justicia divina no dormirá igualmente durante las desgracias de nuestro globo? ¿sus habitantes? Nos consuelan en nuestras penas diciendo que Dios es paciente, y que su justicia, aunque a menudo muy lenta, no es menos cierta. ¿Pero no ves que la paciencia no puede convenir a un ser justo, inmutable y omnipotente? ¿Puede Dios tolerar la injusticia por un instante? Contemporizar con un mal que uno conoce, evidencia o incertidumbre, debilidad, o colusión; tolerar el mal que se tiene el poder de prevenir, es consentir que se cometa el mal.

 

 

 

 

 

 

LXXXIX.—LA TEOLOGÍA JUSTIFICA EL MAL E INJUSTICIA PERMITIDOS POR SU DIOS, SÓLO CONCEDIENDO A ESTE DIOS EL DERECHO DEL MÁS FUERTE, ES DECIR, LA VIOLACIÓN DE TODOS LOS DERECHOS, O EN MANDAR DE LOS HOMBRES UNA DEVOCIÓN ESTÚPIDA.

¡Escucho a una multitud de teólogos decirme por todos lados, que Dios es infinitamente justo, pero que su justicia no es la de los hombres! ¿De qué clase o de qué naturaleza es entonces esta justicia divina? ¿Qué idea puedo formarme de una justicia que tan a menudo se parece a la injusticia humana? ¿No es confundir todas nuestras ideas de justicia y de injusticia decirnos que lo que es equitativo en Dios es inicuo en sus criaturas? ¿Cómo podemos tomar como modelo un ser cuyas perfecciones divinas son precisamente contrarias a las perfecciones humanas? Dios, decís, es el árbitro soberano de nuestros destinos; Su poder supremo, que nada puede limitar, lo autoriza a hacer lo que le plazca con sus obras; un gusano, como el hombre, no tiene derecho a murmurar contra Él. Este tono arrogante está literalmente tomado del lenguaje que sostienen los ministros de los tiranos, cuando silencian a los que sufren por sus violencias; no puede ser, pues, el lenguaje de los ministros de un Dios de cuya equidad se jactan. No puede imponerse a un ser que razona. ¡Ministros de un Dios justo! Os digo, pues, que el mayor poder no es capaz de conferir ni siquiera a vuestro Dios mismo el derecho de ser injusto con la más vil de sus criaturas. Un déspota no es un Dios. Un Dios que se arroga el derecho de hacer el mal, es un tirano; un tirano no es un modelo para los hombres. Debería ser un objeto execrable a sus ojos. ¿No es extraño que, para justificar a la Divinidad, hicieran de Él el más injusto de los seres? Tan pronto como nos quejamos de Su conducta, piensan silenciarnos afirmando que Dios es el Maestro; lo que significa que Dios, siendo el más fuerte, no está sujeto a reglas ordinarias. Pero el derecho del más fuerte es la violación de todos los derechos; puede pasar como un derecho pero a los ojos de un conquistador salvaje, que en la embriaguez de su furor se imagina con derecho a hacer lo que le plazca con los desdichados a quienes ha conquistado; este derecho bárbaro sólo puede parecer legítimo a los esclavos, que son lo bastante ciegos para pensar que todo está permitido a los tiranos, que son demasiado fuertes para resistir.

 

Por una tonta simplicidad, o más bien por una llana contradicción de términos, ¿no vemos a los devotos exclamar, en medio de las mayores calamidades, que el buen Dios es el Maestro? Pues, razonadores ilógicos, creéis de buena fe que el buen Dios os envía la pestilencia; que vuestro buen Dios da guerra; que el buen Dios es la causa del hambre; en una palabra, que el buen Dios, sin dejar de ser bueno, tiene la voluntad y el derecho de haceros los mayores males que podáis soportar. Cesad de llamar bueno a vuestro Señor cuando os hace mal; no digáis que Él es justo; decid que Él es el más fuerte, y que os es imposible apartar los golpes que os da su capricho. Dios, decís, nos castiga por nuestro mayor bien; pero ¿qué beneficio real puede resultar para una nación en ser exterminada por contagio, asesinada por guerras, corrompidos por los ejemplos de amos perversos, presionados continuamente por el cetro de hierro de tiranos despiadados, sometidos al flagelo de un mal gobierno, que muchas veces durante siglos hace sufrir a las naciones sus efectos destructivos? ¡Los ojos de la fe deben ser ojos extraños, si por medio de ellos vemos alguna ventaja en las miserias más espantosas y en los males más duraderos, en los vicios y locuras que afligen tan cruelmente a nuestra especie!

 

 

 

 

 

 

XC.—REDEMPTION, AND THE CONTINUAL EXTERMINATIONS ATTRIBUTED TO JEHOVAH IN THE BIBLE, ARE SO MANY ABSURD AND RIDICULOUS INVENTIONS WHICH PRESUPPOSE AN UNJUST AND BARBAROUS GOD.

What strange ideas of the Divine justice must the Christians have who believe that their God, with the view of reconciling Himself with mankind, guilty without knowledge of the fault of their parents, sacrificed His own innocent and sinless Son! What would we say of a king, whose subjects having revolted against him, in order to appease himself could find no other expedient than to put to death the heir to his crown, who had taken no part in the general rebellion? It is, the Christian will say, through kindness for His subjects, incapable of satisfying themselves of His Divine justice, that God consented to the cruel death of His Son. But the kindness of a father to strangers does not give him the right to be unjust and cruel to his son. All the qualities that theology gives to its God annul each other. The exercise of one of His perfections is always at the expense of another.

 

Has the Jew any more rational ideas than the Christian of Divine justice? A king, by his pride, kindles the wrath of Heaven. Jehovah sends pestilence upon His innocent people; seventy thousand subjects are exterminated to expiate the fault of a monarch that the kindness of God resolved to spare.

 

 

 

 

 

 

XCI.—HOW CAN WE DISCOVER A TENDER, GENEROUS, AND EQUITABLE FATHER IN A BEING WHO HAS CREATED HIS CHILDREN BUT TO MAKE THEM UNHAPPY?

In spite of the injustice with which all religions are pleased to blacken the Divinity, men can not consent to accuse Him of iniquity; they fear that He, like the tyrants of this world, will be offended by the truth, and redouble the weight of His malice and tyranny upon them. They listen, then, to their priests, who tell them that their God is a tender Father; that this God is an equitable Monarch, whose object in this world is to assure Himself of the love, obedience, and respect of His subjects; who gives them the liberty to act, in order to give them occasion to deserve His favors and to acquire eternal happiness, which He does not owe them in any way. In what way can we recognize the tenderness of a Father who created the majority of His children but for the purpose of dragging out a life of pain, anxiety, and bitterness upon this earth? Is there any more fatal boon than this pretended liberty which, it is said, men can abuse, and thereby expose themselves to the risk of eternal misery?

 

 

 

 

 

 

XCII.— LA VIDA DE LOS MORTALES, TODO LO QUE SE REALIZA AQUà ABAJO, TESTIFICA CONTRA LA LIBERTAD DEL HOMBRE Y CONTRA LA JUSTICIA Y LA BONDAD DE UN DIOS PRETENDIDO.

Al llamar a los mortales a la vida, ¡qué juego tan cruel y peligroso les obliga a jugar la Divinidad! Arrojados al mundo sin su deseo, provistos de un temperamento del que no son dueños, animados por pasiones y deseos inherentes a su naturaleza, expuestos a trampas que no saben evitar, arrastrados por acontecimientos que no podrían ni prever ni prevenir, los desdichados están obligados a seguir una carrera que los conduce a horribles suplicios.

 

Los viajeros aseguran que en alguna parte de Asia reina un sultán lleno de fantasías y muy absoluto en su voluntad. Por una extraña manía, este príncipe pasa su tiempo sentado ante una mesa, sobre la cual están colocados seis dados y una caja de dados. Un extremo de la mesa está cubierto con un montón de oro, con el fin de excitar la codicia de los cortesanos y del pueblo que rodea al sultán. Él, conociendo el punto débil de sus súbditos, les habla de esta manera: "¡Esclavos! Os deseo lo mejor; mi objetivo es enriqueceros y haceros felices a todos. ¿Veis estos tesoros? ¡Bien, son para vosotros! tratad de ganarlos; que cada uno por turno tome esta caja y estos dados; el que tenga la suerte de sortear seis, será dueño de este tesoro; pero os advierto que el que no tenga la suerte de tirar el número requerido , será precipitado para siempre en una celda oscura, donde mi justicia exige que sea quemado a fuego lento. Ante esta amenaza del monarca, se miraron consternados; nadie dispuesto a correr un riesgo tan peligroso. !" dijo el sultán enojado, "¿nadie quiere jugar? ¡Ay, esto no me conviene! Mi gloria exige que juegues. Sortearás entonces; Lo deseo; ¡obedece sin responder!" Es bueno observar que los dados del déspota están preparados de tal manera, que en cien mil lanzamientos sólo uno gana; así el generoso monarca tiene el placer de ver su prisión bien llena, y su tesoros que rara vez se llevan. ¡Mortales!, este sultán es vuestro Dios; sus tesoros son el cielo; su celda, el infierno; ¡y vosotros sois los dados! Ante esta amenaza del monarca, se miraron consternados; nadie dispuesto a correr un riesgo tan peligroso. "¡Qué!", dijo el sultán enfadado, "¿nadie quiere jugar? ¡Ay, esto no me conviene! Mi gloria exige que juegues. Sortearás entonces; Lo deseo; ¡obedece sin responder!" Es bueno observar que los dados del déspota están preparados de tal manera, que en cien mil lanzamientos sólo uno gana; así el generoso monarca tiene el placer de ver su prisión bien llena, y su tesoros que rara vez se llevan. ¡Mortales!, este sultán es vuestro Dios; sus tesoros son el cielo; su celda, el infierno; ¡y vosotros sois los dados! Ante esta amenaza del monarca, se miraron consternados; nadie dispuesto a correr un riesgo tan peligroso. "¡Qué!", dijo el sultán enfadado, "¿nadie quiere jugar? ¡Ay, esto no me conviene! Mi gloria exige que juegues. Sortearás entonces; Lo deseo; ¡obedece sin responder!" Es bueno observar que los dados del déspota están preparados de tal manera, que en cien mil lanzamientos sólo uno gana; así el generoso monarca tiene el placer de ver su prisión bien llena, y su tesoros que rara vez se llevan. ¡Mortales!, este sultán es vuestro Dios; sus tesoros son el cielo; su celda, el infierno; ¡y vosotros sois los dados! nadie quiere jugar? ¡Ay, esto no me conviene! Mi gloria exige que juegues. Sortearás entonces; Lo deseo; ¡obedece sin responder!" Es bueno observar que los dados del déspota están preparados de tal manera, que en cien mil lanzamientos sólo uno gana; así el generoso monarca tiene el placer de ver su prisión bien llena, y su tesoros que rara vez se llevan. ¡Mortales!, este sultán es vuestro Dios; sus tesoros son el cielo; su celda, el infierno; ¡y vosotros sois los dados! nadie quiere jugar? ¡Ay, esto no me conviene! Mi gloria exige que juegues. Sortearás entonces; Lo deseo; ¡obedece sin responder!" Es bueno observar que los dados del déspota están preparados de tal manera, que en cien mil lanzamientos sólo uno gana; así el generoso monarca tiene el placer de ver su prisión bien llena, y su tesoros que rara vez se llevan. ¡Mortales!, este sultán es vuestro Dios; sus tesoros son el cielo; su celda, el infierno; ¡y vosotros sois los dados! y sus tesoros rara vez son llevados. ¡Mortales! este Sultán es vuestro Dios; Sus tesoros son el cielo; Su celda es un infierno; ¡y tú tienes los dados! y sus tesoros rara vez son llevados. ¡Mortales! este Sultán es vuestro Dios; Sus tesoros son el cielo; Su celda es un infierno; ¡y tú tienes los dados!

 

 

 

 

 

 

XCIII.—NO ES CIERTO QUE DEBEMOS NINGUNA GRATITUD A LO QUE LLAMAMOS PROVIDENCIA.

Constantemente se nos dice que debemos infinita gratitud a la Providencia por las innumerables bendiciones que se complace en prodigarnos. Se jactan sobre todo de que nuestra existencia es una bendición. ¡Pero Ay! ¿Cuántos mortales están realmente satisfechos con su modo de existencia? Si la vida tiene sus dulces, ¿cuánta amargura se mezcla con ella? ¿No es suficiente una amarga molestia para arruinar de repente la vida más pacífica y feliz? ¿Hay un gran número de hombres que, si de ellos dependiera, querrían comenzar, con el mismo sacrificio, la penosa carrera a la que, sin su consentimiento, los ha lanzado el destino? Dices que la existencia misma es una gran bendición. Pero esta existencia no está continuamente perturbada por penas, miedos y, a menudo, enfermedades crueles e inmerecidas. Esta existencia, amenazada por tantos lados, ¿No podemos ser privados de ella en cualquier momento? ¿Quién hay, después de haber vivido algún tiempo, que no haya sido privado de una esposa amada, un hijo amado, un amigo consolador, cuya pérdida llena su mente constantemente? Hay muy pocos mortales que no hayan sido obligados a beber de la copa de la amargura; hay muy pocos que no hayan deseado morir a menudo. Finalmente, no dependía de nosotros existir o no existir. ¿Estaría el pájaro en tan grandes obligaciones con el pajarero por haberlo atrapado en su red y por haberlo puesto en su jaula, para comérselo después de divertirse con él? hay muy pocos que no hayan deseado morir a menudo. Finalmente, no dependía de nosotros existir o no existir. ¿Estaría el pájaro en tan grandes obligaciones con el pajarero por haberlo atrapado en su red y por haberlo puesto en su jaula, para comérselo después de divertirse con él? hay muy pocos que no hayan deseado morir a menudo. Finalmente, no dependía de nosotros existir o no existir. ¿Estaría el pájaro en tan grandes obligaciones con el pajarero por haberlo atrapado en su red y por haberlo puesto en su jaula, para comérselo después de divertirse con él?

 

 

 

 

 

 

XCIV.— PRETENDER QUE EL HOMBRE ES EL HIJO AMADO DE LA PROVIDENCIA, EL PREFERIDO DE DIOS, EL ÓNICO OBJETO DE SUS TRABAJOS, EL REY DE LA NATURALEZA, ES LOCURA.

A pesar de las enfermedades, los problemas, las miserias a las que el hombre se ve obligado a someterse en este mundo; a pesar del peligro que su imaginación alarmada crea con respecto a otro, es todavía lo suficientemente tonto como para creerse el favorito de Dios, el único fin de todas sus obras. Imagina que todo el universo fue hecho para él; se llama a sí mismo con arrogancia el rey de la naturaleza y se ubica muy por encima de otros animales. ¡Pobre mortal! ¿Sobre qué puedes fundar tus altas pretensiones? Es, decís, sobre vuestra alma, sobre vuestra razón, sobre vuestras sublimes facultades, las que os ponen en condiciones de ejercer una autoridad absoluta sobre los seres que os rodean. Pero débil soberano de este mundo, ¿estás seguro un instante de la duración de tu reinado? Los más pequeños átomos de materia que despreciáis, ¿No son suficientes para despojaros de vuestro trono y de vuestra vida? Finalmente, ¿el rey de los animales no termina siempre por convertirse en alimento para los gusanos?

 

Hablas de tu alma. ¿Pero sabes lo que es tu alma? ¿No ves que esta alma no es más que el conjunto de tus órganos, de los cuales resulta la vida? ¿Rechazarías un alma a otros animales que viven, que piensan, que juzgan, que comparan, que buscan el placer y evitan el dolor como lo haces tú, y que a menudo poseen órganos mejores que los tuyos? Os jactáis de vuestras facultades intelectuales, pero estas facultades que os enorgullecen, ¿os hacen más felices que otras criaturas? ¿Hacéis uso a menudo de esta razón de la que os gloriáis y que la religión os ordena no escuchar? Esos animales que despreciáis por ser más débiles o menos astutos que vosotros, ¿están sujetos a aflicciones, a angustias mentales, a mil pasiones frívolas, a mil necesidades imaginarias, de las que vuestro corazón es continuamente presa? Son ellos,

 

Limitado únicamente al presente, lo que llamáis su instinto, y lo que yo llamo su inteligencia, ¿no es suficiente conservarlos y defenderlos y proveer a sus necesidades? Este instinto, del que hablas con desdén, ¿no les sirve muchas veces mucho más que tus maravillosas facultades? Su apacible ignorancia, ¿no es más ventajosa que estas extravagantes meditaciones y estas fútiles investigaciones que os hacen miserables y por las que os conducís a asesinar seres de vuestra noble especie? Por último, estos animales, ¿tienen, como los mortales, una imaginación turbada que les hace temer no sólo a la muerte, sino incluso a los tormentos eternos? Augusto, al enterarse de que Herodes, rey de Judea, había asesinado a sus hijos, gritó: "¡Sería mejor ser el cerdo de Herodes que su hijo!" Podemos decir lo mismo de los hombres; este amado hijo de la Providencia corre riesgos mucho mayores que todos los demás animales. Después de haber sufrido mucho en este mundo, ¿no nos creemos en peligro de sufrir eternamente en otro?

 

 

 

 

 

 

XCV.—COMPARACION ENTRE EL HOMBRE Y LOS ANIMALES.

¿Cuál es la línea exacta de demarcación entre el hombre y los otros animales que él llama brutos? ¿En qué se diferencia esencialmente de las bestias? Es, se nos dice, por su inteligencia, por las facultades de su mente, por su razón, que el hombre es superior a todos los demás animales, los cuales en todo lo que hacen, actúan sólo por impulsos físicos, sin que la razón tome parte. Pero las bestias, al tener necesidades más limitadas que los hombres, se las arreglan muy bien sin estas facultades intelectuales, que serían perfectamente inútiles en su modo de vivir. Su instinto les basta, mientras que todas las facultades del hombre apenas bastan para hacer soportable su existencia y satisfacer las necesidades que su imaginación, sus prejuicios y sus instituciones multiplican para su tormento.

 

El bruto no se ve afectado por los mismos objetos que el hombre; no tiene ni las mismas necesidades, ni los mismos deseos, ni los mismos caprichos; alcanza tempranamente la madurez, mientras que nada es más raro que ver al ser humano gozar de todas sus facultades, ejercitarlas libremente y hacer un buen uso de ellas para su propia felicidad.

 

 

 

 

 

 

XCVI.—NO HAY ANIMALES MAS DETESTABLES EN ESTE MUNDO QUE LOS TIRANOS.

Estamos seguros de que el alma humana es una sustancia simple; pero si el alma es una sustancia tan simple, debe ser la misma en todos los individuos de la raza humana, los cuales deben tener todos las mismas facultades intelectuales; Sin embargo, éste no es el caso; los hombres difieren tanto en las cualidades mentales como en las facciones del rostro. Hay en la raza humana seres tan diferentes entre sí como lo es el hombre de un caballo o de un perro. ¿Qué conformidad o semejanza encontramos entre algunos hombres? ¡Qué distancia infinita entre el genio de un Locke, de un Newton, y el de un campesino, de un hotentote o de un laponés!

 

El hombre no se diferencia de los demás animales sino por la diferencia de su organización, que le hace producir efectos de los que ellos no son capaces. La variedad que notamos en los órganos de los individuos de la raza humana basta para explicarnos la diferencia que a menudo se encuentra entre ellos en cuanto a las facultades intelectuales. Más o menos delicadeza en estos órganos, de calor en la sangre, de prontitud en los fluidos, más o menos de flexibilidad o de rigidez en las fibras y los nervios, debe producir necesariamente las infinitas diversidades que se notan en la mente de los hombres. . Es por el ejercicio, por la costumbre, por la educación, que la mente humana se desarrolla y logra elevarse por encima de los seres que la rodean; el hombre, sin cultura y sin experiencia, es un ser tan desprovisto de razón y de industria como el bruto. Un individuo estúpido es un hombre cuyos órganos se actúan con dificultad, cuyo cerebro es difícil de mover, cuya sangre circula lentamente; un hombre de mente es aquel cuyos órganos son flexibles, que siente muy rápidamente, cuyo cerebro se mueve prontamente; un hombre erudito es aquel cuyos órganos y cuyo cerebro se han ejercitado durante mucho tiempo sobre los objetos que le ocupan.

 

El hombre sin cultura, sin experiencia, ni razón, ¿no es más despreciable y más abominable que los más viles insectos, o las más feroces bestias? ¿Existe en la naturaleza un ser más detestable que un Tiberio, un Nerón, un Calígula? Estos destructores de la raza humana, conocidos con el nombre de conquistadores, ¿tienen mejores almas que las de los osos, leones y panteras? ¿Hay animales más detestables en este mundo que los tiranos?

 

 

 

 

 

 

XCVII.—REFUTACIÓN DE LA EXCELENCIA DEL HOMBRE.

Las extravagancias humanas pronto disipan, a los ojos de la razón, la superioridad que el hombre reclama con arrogancia sobre los demás animales. ¿No vemos a muchos animales mostrar más mansedumbre, más reflexión y razón que el animal que se dice razonable por excelencia? ¿Hay entre los hombres, tan a menudo esclavizados y oprimidos, sociedades tan bien organizadas como las de las hormigas, las abejas o los castores? ¿Vemos alguna vez bestias feroces del mismo tipo reunirse en las llanuras para devorarse unos a otros sin provecho? ¿Vemos entre ellos guerras religiosas? La crueldad de las bestias contra otras especies es causada por el hambre, la necesidad de alimento; la crueldad del hombre contra el hombre no tiene otro motivo que la vanidad de sus amos y la locura de sus impertinentes prejuicios. Teóricos que intentan hacernos creer que todo en el universo fue hecho para el hombre, se avergüenzan mucho cuando les preguntamos de qué manera tantos animales traviesos que continuamente infestan nuestra vida aquí, pueden contribuir al bienestar de los hombres. ¿Qué ventaja conocida resulta que el amigo de Dios sea mordido por una víbora, picado por un mosquito, devorado por alimañas, despedazado por un tigre? ¿No razonarían todos estos animales tan sabiamente como nuestros teólogos, si pretendieran que el hombre fue hecho para ellos?

 

 

 

 

 

 

XCVIII.—AN ORIENTAL LEGEND.

A poca distancia de Bagdad, un dervis, célebre por su santidad, pasaba sus días tranquilamente en agradable soledad. Los habitantes de los alrededores, para tener interés en sus oraciones, le traían con entusiasmo todos los días provisiones y regalos. El hombre santo agradeció a Dios incesantemente por las bendiciones que la Providencia colmó sobre él. "Oh Allah", dijo, "cuán inefable es Tu ternura hacia Tus siervos. ¡Qué he hecho para merecer los beneficios con los que Tu liberalidad me colma! ¡Oh, Monarca de los cielos! ¡Oh, Padre de la naturaleza! ¡Qué alabanzas podrían ser ¡Digno de celebrar Tu munificencia y Tus cuidados paternales! ¡Oh Allah, cuán grandes son Tus dones para los hijos de los hombres! Lleno de gratitud, nuestro ermitaño hizo voto de emprender por séptima vez la peregrinación a La Meca. La guerra, que entonces existía entre los persas y los turcos, no podía hacerle postergar la ejecución de su piadosa empresa. Lleno de confianza en Dios, emprendió su camino; bajo el resguardo inviolable de un traje respetado, atravesó sin obstáculo los destacamentos enemigos; lejos de ser molestado, recibe a cada paso señales de veneración de los soldados de ambos bandos. Al fin, vencido por el cansancio, se ve obligado a buscar refugio de los rayos del sol abrasador; lo encuentra debajo de un grupo fresco de palmeras, cuyas raíces fueron regadas por un riachuelo límpido. En este lugar solitario, donde el silencio sólo era roto por el murmullo de las aguas y el canto de los pájaros, el hombre de Dios encontró no sólo un retiro encantador, sino también un delicioso refrigerio; no tenía más que extender la mano para recoger dátiles y otras frutas agradables; el riachuelo puede calmar su sed; muy pronto una parcela verde lo invita a tomar un dulce reposo. Al despertar realiza la limpieza santa; y en un arrebato de éxtasis, exclamó: "¡Oh Allah! ¡CUÁN GRANDE ES TU BONDAD PARA CON LOS HIJOS DE LOS HOMBRES!" Bien descansado, refrescado, lleno de vida y alegría, nuestro santo varón prosigue su camino; lo conduce por algún tiempo a través de un país delicioso, que no ofrece a su vista sino orillas florecientes y árboles llenos de frutos. Ablandado por este espectáculo, adora incesantemente la mano rica y liberal de la Providencia, que por todas partes se ve ocupada en el bienestar del género humano. Yendo un poco más adelante, se encuentra con algunas montañas, que eran bastante difíciles de ascender; pero habiendo llegado a su cima, una vista horrible de repente se encuentra con sus ojos; su alma es toda consternación. Descubre una vasta llanura completamente devastada por la espada y el fuego; lo mira y lo encuentra cubierto con más de cien mil cadáveres, restos deplorables de una cruenta batalla que había tenido lugar pocos días antes. Águilas, buitres, cuervos y lobos devoraban los cadáveres que cubrían la tierra. Esta vista sume a nuestro peregrino en un triste ensueño. El cielo, por un favor especial, le había hecho entender el lenguaje de las bestias. Escuchó a un lobo, saciado de carne humana, exclamar en su excesiva alegría: "¡Oh, Alá! ¡Cuán grande es Tu bondad para con los hijos de los lobos! Tu sabiduría previsora ​​se encarga de enamorar a estos hombres detestables que son tan peligrosos para nosotros. Por un efecto de Tu Providencia que vela por Tus criaturas, éstas, nuestros destructores, se matan unos a otros, y así nos proveen de comidas suntuosas. ¡Oh Allah! ¡CUÁN GRANDE ES TU BONDAD CON LOS HIJOS DE LOS LOBOS!"

 

 

 

 

 

 

XCIX.– ES LOCURA VER EN EL UNIVERSO SOLO LOS BENEFICIOS DEL CIELO, Y CREER QUE ESTE UNIVERSO FUE HECHO SINO PARA EL HOMBRE.

Una imaginación exaltada no ve en el universo más que los beneficios del Cielo; una mente tranquila encuentra en ella el bien y el mal. existo, dirás; pero ¿es esta existencia siempre un beneficio? Dirás, mira este sol, que brilla para ti; esta tierra, que se cubre de frutos y verdor; estas flores, que brotan para nuestra vista y olfato; estos árboles, que se doblan bajo el peso de los frutos; estas corrientes puras, que fluyen sólo para saciar tu sed; estos mares, que abrazan el universo para facilitar vuestro comercio; estos animales, que una naturaleza previsora ​​produce para vuestro uso! Sí, veo todas estas cosas y las disfruto cuando puedo. Pero en algunos climas este hermoso sol casi siempre se oscurece para mí; en otras me atormenta su excesivo calor, produce tempestad, da lugar a enfermedades espantosas, seca los campos; los prados no tienen hierba, los árboles son estériles, las mieses se queman, los manantiales se secan; Apenas puedo existir, y suspiro bajo la crueldad de una naturaleza que encuentras tan benévola. Si estos mares me traen especias, riquezas y cosas inútiles, ¿no destruyen una multitud de mortales que son bastante incautos para ir tras ellos?

 

La vanidad del hombre lo persuade de que él es el único centro del universo; crea para sí mismo un mundo y un Dios; se cree de suficiente importancia como para trastornar la naturaleza a su voluntad, pero razona como un ateo cuando se trata de la cuestión de otros animales. ¿No se imagina que los individuos distintos de su especie son autómatas indignos de los cuidados de la Providencia universal, y que las bestias no pueden ser objeto de su justicia y bondad? Los mortales consideran los sucesos afortunados o desafortunados, la salud o la enfermedad, la vida y la muerte, la abundancia o el hambre, como recompensas o castigos por el uso o mal uso de la libertad que se arrogan. ¿Razonan sobre este principio cuando se toman en consideración los animales? No; aunque los vean bajo un Dios justo gozar y sufrir, estar sanos y enfermos, vivir y morir, como ellos, no les pasa por la cabeza preguntar qué crímenes han cometido estas bestias para causar el desagrado del Árbitro de la naturaleza. ¡Los filósofos, cegados por sus prejuicios teológicos, para desembarazarse de sí mismos, han llegado a fingir que las bestias no tienen sentimientos!

 

¿Nunca renunciarán los hombres a sus necias pretensiones? ¿No reconocerán que la naturaleza no fue hecha para ellos? ¿No verán que esta naturaleza ha puesto en pie de igualdad a todos los seres que ella produjo? ¿No verán que todos los seres organizados están igualmente hechos para nacer y para morir, para gozar y para sufrir? Finalmente, en lugar de enorgullecerse absurdamente de sus facultades mentales, ¿no se ven obligados a admitir que a menudo las hacen más infelices que las bestias, en las que no encontramos opiniones, prejuicios, vanidades ni las debilidades que deciden en cada momento el bien? -ser de hombres?

 

 

 

 

 

 

C.—¿QUÉ ES EL ALMA? NO SABEMOS NADA AL RESPECTO. SI ESTA PRETENDIDA ALMA FUERA DE OTRA ESENCIA DE LA DEL CUERPO, SERÍA IMPOSIBLE SU UNIÓN.

La superioridad que los hombres se arrogan sobre los demás animales se funda principalmente en la opinión de poseer exclusivamente un alma inmortal. Pero tan pronto como preguntamos qué es esta alma, comienzan a tartamudear. Es una sustancia desconocida; es una fuerza secreta que se distingue de sus cuerpos; es un espíritu del cual no pueden formarse idea. Pregúntales cómo este espíritu, que suponen como su Dios, totalmente desprovisto de sustancia física, podría combinarse con sus cuerpos materiales. Te dirán que no saben nada al respecto; que es un misterio para ellos; que esta combinación es el efecto del poder Todopoderoso. ¡Estas son las ideas claras que los hombres se forman de la sustancia oculta, o más bien imaginaria, que consideran el motor de todas sus acciones! Si el alma es una sustancia esencialmente diferente del cuerpo, y que no pueden tener afinidad con ella, su unión sería, no un misterio, sino una cosa imposible. Además, esta alma, siendo de una esencia diferente a la del cuerpo, debe obrar necesariamente de manera diferente a ella. Sin embargo, vemos que los movimientos del cuerpo son sentidos por esta alma fingida, y que estas dos sustancias, tan diferentes en esencia, actúan siempre en armonía. Nos dirás que esta armonía es un misterio; y os diré que no veo mi alma, que conozco y siento sino mi cuerpo; que es mi cuerpo el que siente, el que reflexiona, el que juzga, el que sufre y el que goza, y que todas sus facultades son resultados necesarios de su propio mecanismo o de su organización. siendo de una esencia diferente a la del cuerpo, debe obrar necesariamente de manera diferente a ella. Sin embargo, vemos que los movimientos del cuerpo son sentidos por esta alma fingida, y que estas dos sustancias, tan diferentes en esencia, actúan siempre en armonía. Nos dirás que esta armonía es un misterio; y os diré que no veo mi alma, que conozco y siento sino mi cuerpo; que es mi cuerpo el que siente, el que reflexiona, el que juzga, el que sufre y el que goza, y que todas sus facultades son resultados necesarios de su propio mecanismo o de su organización. siendo de una esencia diferente a la del cuerpo, debe obrar necesariamente de manera diferente a ella. Sin embargo, vemos que los movimientos del cuerpo son sentidos por esta alma fingida, y que estas dos sustancias, tan diferentes en esencia, actúan siempre en armonía. Nos dirás que esta armonía es un misterio; y os diré que no veo mi alma, que conozco y siento sino mi cuerpo; que es mi cuerpo el que siente, el que reflexiona, el que juzga, el que sufre y el que goza, y que todas sus facultades son resultados necesarios de su propio mecanismo o de su organización. Nos dirás que esta armonía es un misterio; y os diré que no veo mi alma, que conozco y siento sino mi cuerpo; que es mi cuerpo el que siente, el que reflexiona, el que juzga, el que sufre y el que goza, y que todas sus facultades son resultados necesarios de su propio mecanismo o de su organización. Nos dirás que esta armonía es un misterio; y os diré que no veo mi alma, que conozco y siento sino mi cuerpo; que es mi cuerpo el que siente, el que reflexiona, el que juzga, el que sufre y el que goza, y que todas sus facultades son resultados necesarios de su propio mecanismo o de su organización.

 

 

 

 

 

 

CI.—LA EXISTENCIA DE UN ALMA ES UNA SUPOSICIÓN ABSURDA, Y LA EXISTENCIA DE UN ALMA INMORTAL ES UNA SUPOSICIÓN AÚN MÁS ABSURDA.

Aunque es imposible que los hombres tengan la menor idea del alma, o de este pretendido espíritu que los anima, se persuaden, sin embargo, de que esta alma desconocida está exenta de muerte; todo les prueba que sienten, piensan, adquieren ideas, disfrutan o sufren, pero por medio de los sentidos o de los órganos materiales del cuerpo. Aun admitiendo la existencia de esta alma, no se puede dejar de reconocer que depende enteramente del cuerpo, y sufre juntamente con él todas las vicisitudes que ella misma experimenta; y sin embargo se imagina que por su naturaleza no tiene nada análogo a ella; se pretende que pueda actuar y sentir sin la ayuda de este cuerpo; que privada de este cuerpo y despojada de sus sentidos, esta alma podrá vivir, gozar, sufrir, ser sensible al goce oa los tormentos rigurosos.

 

Si pregunto qué fundamento tenemos para suponer que el alma es inmortal, responden que es porque el hombre por su naturaleza desea ser inmortal, o vivir para siempre. Pero repito, si deseas mucho algo, ¿es suficiente concluir que este deseo se cumplirá? ¿Por qué extraña lógica deciden que una cosa no puede dejar de suceder porque desean ardientemente que suceda? Los deseos infantiles de la imaginación del hombre, ¿son ellos la medida de la realidad? Pueblos impíos, decís, privados de las halagadoras esperanzas de otra vida, desean ser aniquilados. Bien, ¿no tienen ellos tanto derecho a concluir por este deseo que serán aniquilados, como tú a concluir que existirás para siempre porque lo deseas?

 

 

 

 

 

 

CII.—ES EVIDENTE QUE TODO EL HOMBRE MUERE.

El hombre muere por completo. Nada es más evidente para el que no delira. El cuerpo humano, después de la muerte, no es más que una masa, incapaz de producir ningún movimiento cuya unión constituya la vida. Ya no vemos la circulación, la respiración, la digestión, el habla o la reflexión. Se afirma entonces que el alma se ha separado del cuerpo. Pero decir que esta alma, que es desconocida, es el principio de la vida, no es decir nada, a menos que una fuerza desconocida sea el principio invisible de los movimientos imperceptibles. Nada es más natural y más simple que creer que el muerto ya no vive, nada más absurdo que creer que el muerto todavía vive.

 

We ridicule the simplicity of some nations whose fashion is to bury provisions with the dead—under the idea that this food might be useful and necessary to them in another life. Is it more ridiculous or more absurd to believe that men will eat after death than to imagine that they will think; that they will have agreeable or disagreeable ideas; that they will enjoy; that they will suffer; that they will be conscious of sorrow or joy when the organs which produce sensations or ideas are dissolved and reduced to dust? To claim that the souls of men will be happy or unhappy after the death of the body, is to pretend that man will be able to see without eyes, to hear without ears, to taste without a palate, to smell without a nose, and to feel without hands and without skin. Nations who believe themselves very rational, adopt, nevertheless, such ideas.

 

 

 

 

 

 

CIII.—INCONTESTABLE PROOFS AGAINST THE SPIRITUALITY OF THE SOUL.

The dogma of the immortality of the soul assumes that the soul is a simple substance, a spirit; but I will always ask, what is a spirit? It is, you say, a substance deprived of expansion, incorruptible, and which has nothing in common with matter. But if this is true, how came your soul into existence? how did it grow? how did it strengthen? how weaken itself, get out of order, and grow old with your body? In reply to all these questions, you say that they are mysteries; but if they are mysteries, you understand nothing about them. If you do not understand anything about them, how can you positively affirm anything about them? In order to believe or to affirm anything, it is necessary at least to know what that consists of which we believe and which we affirm. To believe in the existence of your immaterial soul, is to say that you are persuaded of the existence of a thing of which it is impossible for you to form any true idea; it is to believe in words without attaching any sense to them; to affirm that the thing is as you claim, is the highest folly or assumption.

 

 

 

 

 

 

CIV.—THE ABSURDITY OF SUPERNATURAL CAUSES, WHICH THEOLOGIANS CONSTANTLY CALL TO THEIR AID.

Are not theologians strange reasoners? As soon as they can not guess the natural causes of things, they invent causes, which they call supernatural; they imagine them spirits, occult causes, inexplicable agents, or rather words much more obscure than the things which they attempt to explain. Let us remain in nature when we desire to understand its phenomena; let us ignore the causes which are too delicate to be seized by our organs; and let us be assured that by seeking outside of nature we can never find the solution of nature's problems. Even upon the theological hypothesis—that is to say, supposing an Almighty motor in matter—what right have theologians to refuse their God the power to endow this matter with thought? Would it be more difficult for Him to create combinations of matter from which results thought, than spirits which think? At least, in supposing a substance endowed with thought, we could form some idea of the object of our thoughts, or of what thinks in us; while attributing thought to an immaterial being, it is impossible for us to form the least idea of it.

 

 

 

 

 

 

CV.—IT IS FALSE THAT MATERIALISM CAN BE DEBASING TO THE HUMAN RACE.

Materialism, it is objected, makes of man a mere machine, which is considered very debasing to the human race. But will the human race be more honored when it can be said that man acts by the secret impulsions of a spirit, or a certain something which animates him without his knowing how? It is easy to perceive that the superiority which is given to mind over matter, or to the soul over the body, is based upon the ignorance of the nature of this soul; while we are more familiarized with matter or the body, which we imagine we know, and of which we believe we have understood the springs; but the most simple movements of our bodies are, for every thinking man, enigmas as difficult to divine as thought.

 

 

 

 

 

 

CVI.—CONTINUATION.

The esteem which so many people have for the spiritual substance, appears to result from the impossibility they find in defining it in an intelligible way. The contempt which our metaphysicians show for matter, comes from the fact that "familiarity breeds contempt." When they tell us that the soul is more excellent and noble than the body, they tell us nothing, except that what they know nothing about must be more beautiful than that of which they have some faint ideas.

 

 

 

 

 

 

CVII.—THE DOGMA OF ANOTHER LIFE IS USEFUL BUT FOR THOSE WHO PROFIT BY IT AT THE EXPENSE OF THE CREDULOUS PUBLIC.

We are constantly told of the usefulness of the dogma of life hereafter. It is pretended that even if it should be a fiction, it is advantageous, because it imposes upon men and leads them to virtue. But is it true that this dogma renders men wiser and more virtuous? The nations where this fiction is established, are they remarkable for the morality of their conduct? Is not the visible world always preferred to the invisible world? If those who are charged to instruct and to govern men had themselves enlightenment and virtue, they would govern them far better by realities than by vain chimeras; but deceitful, ambitious, and corrupt, the legislators found it everywhere easier to put the nations to sleep by fables than to teach them truths; than to develop their reason; than to excite them to virtue by sensible and real motives; than to govern them in a reasonable way.

 

Theologians, no doubt, have had reasons for making the soul immaterial. They needed souls and chimeras to populate the imaginary regions which they have discovered in the other life. Material souls would have been subjected, like all bodies, to dissolution. Moreover, if men believe that everything is to perish with the body, the geographers of the other world would evidently lose the chance of guiding their souls to this unknown abode. They would draw no profits from the hopes with which they feast them, and from the terrors with which they take care to overwhelm them. If the future is of no real utility to the human race, it is at least of the greatest advantage to those who take upon themselves the responsibility of conducting mankind thither.

 

 

 

 

 

 

CVIII.—IT IS FALSE THAT THE DOGMA OF ANOTHER LIFE CAN BE CONSOLING; AND IF IT WERE, IT WOULD BE NO PROOF THAT THIS ASSERTION IS TRUE.

But, it will be said, is not the dogma of the immortality of the soul consoling for beings who often find themselves very unhappy here below? If this should be an illusion, is it not a sweet and agreeable one? Is it not a benefit for man to believe that he can live again and enjoy, sometime, the happiness which is refused to him on earth? Thus, poor mortals! you make your wishes the measure of the truth! Because you desire to live forever, and to be happier, you conclude from thence that you will live forever, and that you will be more fortunate in an unknown world than in the known world, in which you so often suffer! Consent, then, to leave without regret this world, which causes more trouble than pleasure to the majority of you. Resign yourselves to the order of destiny, which decrees that you, like all other beings, should not endure forever. But what will become of me? you ask! What you were several millions of years ago. You were then, I do not know what; resign yourselves, then, to become again in an instant, I do not know what; what you were then; return peaceably to the universal home from which you came without your knowledge into your material form, and pass by without murmuring, like all the beings which surround you!

 

We are repeatedly told that religious ideas offer infinite consolation to the unfortunate; it is pretended that the idea of the immortality of the soul and of a happier life has a tendency to lift up the heart of man and to sustain him in the midst of the adversities with which he is assailed in this life. Materialism, on the contrary, is, we are told, an afflicting system, tending to degrade man, which ranks him among brutes; which destroys his courage, whose only hope is complete annihilation, tending to lead him to despair, and inducing him to commit suicide as soon as he suffers in this world. The grand policy of theologians is to blow hot and to blow cold, to afflict and to console, to frighten and to reassure.

 

According to the fictions of theology, the regions of the other life are happy and unhappy. Nothing more difficult than to render one worthy of the abode of felicity; nothing easier than to obtain a place in the abode of torments that Divinity prepares for the unfortunate victims of His eternal fury. Those who find the idea of another life so flattering and so sweet, have they then forgotten that this other life, according to them, is to be accompanied by torments for the majority of mortals? Is not the idea of total annihilation infinitely preferable to the idea of an eternal existence accompanied with suffering and gnashing of teeth? The fear of ceasing to exist, is it more afflicting than the thought of having not always been? The fear of ceasing to be is but an evil for the imagination, which alone brought forth the dogma of another life.

 

You say, O Christian philosophers, that the idea of a happier life is delightful; we agree; there is no one who would not desire a more agreeable and a more durable existence than the one we enjoy here below. But, if Paradise is tempting, you will admit, also, that hell is frightful. It is very difficult to merit heaven, and very easy to gain hell. Do you not say that one straight and narrow path leads to the happy regions, and that a broad road leads to the regions of the unhappy? Do you not constantly tell us that the number of the chosen ones is very small, and that of the damned is very large? Do we not need, in order to be saved, such grace as your God grants to but few? Well! I tell you that these ideas are by no means consoling; I prefer to be annihilated at once rather than to burn forever; I will tell you that the fate of beasts appears to me more desirable than the fate of the damned; I will tell you that the belief which delivers me from overwhelming fears in this world, appears to me more desirable than the uncertainty in which I am left through belief in a God who, master of His favors, gives them but to His favorites, and who permits all the others to render themselves worthy of eternal punishments. It can be but blind enthusiasm or folly that can prefer a system which evidently encourages improbable conjectures, accompanied by uncertainty and desolating fear.

 

 

 

 

 

 

CIX.—ALL RELIGIOUS PRINCIPLES ARE IMAGINARY. INNATE SENSE IS BUT THE EFFECT OF A ROOTED HABIT. GOD IS AN IDLE FANCY, AND THE QUALITIES WHICH ARE LAVISHED UPON HIM DESTROY EACH OTHER.

All religious principles are a thing of imagination, in which experience and reason have nothing to do. We find much difficulty in conquering them, because imagination, when once occupied in creating chimeras which astonish or excite it, is incapable of reasoning. He who combats religion and its phantasies by the arms of reason, is like a man who uses a sword to kill flies: as soon as the blow is struck, the flies and the fancies return to the minds from which we thought to have banished them.

 

As soon as we refuse the proofs which theology pretends to give of the existence of a God, they oppose to the arguments which destroy them, an innate conviction, a profound persuasion, an invincible inclination inherent in every man, which brings to him, in spite of himself, the idea of an Almighty being which he can not altogether expel from his mind, and which he is compelled to recognize in spite of the strongest reasons that we can give him. But if we wish to analyze this innate conviction, upon which so much weight is placed, we will find that it is but the effect of a rooted habit, which, making them close their eyes against the most demonstrative proofs, leads the majority of men, and often the most enlightened ones, back to the prejudices of childhood. What can this innate sense or this ill-founded persuasion prove against the evidence which shows us that what implies contradiction can not exist?

 

We are told, very gravely, that it is not demonstrated that God does not exist. However, nothing is better demonstrated, notwithstanding all that men have told us so far, than that this God is an idle fancy, whose existence is totally impossible, as nothing is more evident or more clearly demonstrated than that a being can not combine qualities so dissimilar, so contradictory, so irreconcilable as those which all the religions of the earth ascribe to Divinity. The theologian's God, as well as the God of the theist, is He not evidently a cause incompatible with the effects attributed to Him? In whatever light we may look upon it, we must either invent another God, or conclude that the one which, for so many centuries, has been revealed to mortals, is at the same time very good and very wicked, very powerful and very weak, immutable and changeable, perfectly intelligent and perfectly destitute of reason, of plan, and of means; the friend of order and permitting disorder; very just and very unjust; very skillful and very awkward. Finally, are we not obliged to admit that it is impossible to reconcile the discordant attributes which are heaped upon a being of whom we can not say a single word without falling into the most palpable contradictions? Let us attempt to attribute but a single quality to Divinity, and what is said of it will be contradicted immediately by the effects we assign to this cause.

 

 

 

 

 

 

CX.—EVERY RELIGION IS BUT A SYSTEM IMAGINED FOR THE PURPOSE OF RECONCILING CONTRADICTIONS BY THE AID OF MYSTERIES.

Theology could very properly be defined as the science of contradictions. Every religion is but a system imagined for the purpose of reconciling irreconcilable ideas. By the aid of habitude and terror, we come to persist in the greatest absurdities, even when they are the most clearly exposed. All religions are easy to combat, but very difficult to eradicate. Reason can do nothing against habit, which becomes, as is said, a second nature. There are many persons otherwise sensible, who, even after having examined the ruinous foundations of their belief, return to it in spite of the most striking arguments.

 

As soon as we complain of not understanding religion, finding in it at every step absurdities which are repulsive, seeing in it but impossibilities, we are told that we are not made to conceive the truths of the religion which is proposed to us; that wandering reason is but an unfaithful guide, only capable of conducting us to perdition; and what is more, we are assured that what is folly in the eyes of man, is wisdom in the eyes of God, to whom nothing is impossible. Finally, in order to decide by a single word the most insurmountable difficulties which theology presents to us on all sides, they simply cry out: "Mysteries!"

 

 

 

 

 

 

CXI.—ABSURDITY AND INUTILITY OF THE MYSTERIES FORGED IN THE SOLE INTEREST OF THE PRIESTS.

What is a mystery? If I examine the thing closely, I discover very soon that a mystery is nothing but a contradiction, a palpable absurdity, a notorious impossibility, on which theologians wish to compel men to humbly close the eyes; in a word, a mystery is whatever our spiritual guides can not explain to us.

 

It is advantageous for the ministers of religion that the people should not comprehend what they are taught. It is impossible for us to examine what we do not comprehend. Every time that we can not see clearly, we are obliged to be guided. If religion was comprehensible, priests would not have so many charges here below.

 

No religion is without mysteries; mystery is its essence; a religion destitute of mysteries would be a contradiction of terms. The God which serves as a foundation to natural religion, to theism or to deism, is Himself the greatest mystery to a mind wishing to dwell upon Him.

 

 

 

 

 

 

CXII.—CONTINUATION.

All the revealed religions which we see in the world are filled with mysterious dogmas, unintelligible principles, of incredible miracles, of astonishing tales which seem imagined but to confound reason. Every religion announces a concealed God, whose essence is a mystery; consequently, it is just as difficult to conceive of His conduct as of the essence of this God Himself. Divinity has never spoken to us but in an enigmatical and mysterious way in the various religions which have been founded in the different regions of our globe. It has revealed itself everywhere but to announce mysteries, that is to say, to warn mortals that it designs that they should believe in contradictions, in impossibilities, or in things of which they were incapable of forming any positive idea.

 

The more mysteries a religion has, the more incredible objects it presents to the mind, the better fitted it is to please the imagination of men, who find in it a continual pasturage to feed upon. The more obscure a religion is, the more it appears divine, that is to say, in conformity to the nature of an invisible being, of whom we have no idea.

 

It is the peculiarity of ignorance to prefer the unknown, the concealed, the fabulous, the wonderful, the incredible, even the terrible, to that which is clear, simple, and true. Truth does not give to the imagination such lively play as fiction, which each one may arrange as he pleases. The vulgar ask nothing better than to listen to fables; priests and legislators, by inventing religions and forging mysteries from them, have served them to their taste. In this way they have attracted enthusiasts, women, and the illiterate generally. Beings of this kind resign easily to reasons which they are incapable of examining; the love of the simple and the true is found but in the small number of those whose imagination is regulated by study and by reflection. The inhabitants of a village are never more pleased with their pastor than when he mixes a good deal of Latin in his sermon. Ignorant men always imagine that he who speaks to them of things which they do not understand, is a very wise and learned man. This is the true principle of the credulity of nations, and of the authority of those who pretend to guide them.

 

 

 

 

 

 

CXIII.—CONTINUATION.

To speak to men to announce to them mysteries, is to give and retain, it is to speak not to be understood. He who talks but by enigmas, either seeks to amuse himself by the embarrassment which he causes, or finds it to his advantage not to explain himself too clearly. Every secret betrays suspicion, weakness, and fear. Princes and their ministers make a mystery of their projects for fear that their enemies in penetrating them would cause them to fail. Can a good God amuse Himself by the embarrassment of His creatures? A God who enjoys a power which nothing in the world can resist, can He apprehend that His intentions could be thwarted? What interest would He have in putting upon us enigmas and mysteries? We are told that man, by the weakness of his nature, is not capable of comprehending the Divine economy which can be to him but a tissue of mysteries; that God can not unveil secrets to him which are beyond his reach. In this case, I reply, that man is not made to trouble himself with Divine economy, that this economy can not interest him in the least, that he has no need of mysteries which he can not understand; finally, that a mysterious religion is not made for him, any more than an eloquent discourse is made for a flock of sheep.

 

 

 

 

 

 

CXIV.– UN DIOS UNIVERSAL DEBIÓ HABER REVELADO UNA RELIGIÓN UNIVERSAL.

La divinidad se ha revelado en las diferentes partes de nuestro globo de una manera tan poco uniforme, que en materia de religión los hombres se miran unos a otros con odio y desdén. Los partidarios de las distintas sectas se ven muy ridículos y tontos. Los misterios más respetados en una religión son ridículos para otra. Dios, habiéndose revelado a los hombres, debe por lo menos hablar en el mismo idioma a todos, y aliviar sus mentes débiles de la vergüenza de buscar cuál puede ser la religión que verdaderamente emanó de Él, o cuál es la forma de adoración más agradable. en sus ojos.

 

Un Dios universal debería haber revelado una religión universal. ¿Por qué fatalidad se encuentran tantas religiones diferentes en la tierra? ¿Cuál es el verdadero entre el gran número de los que cada uno pretende ser el correcto, con exclusión de todos los demás? Tenemos todas las razones para creer que ninguno de ellos disfruta de esta ventaja. Las divisiones y las disputas de opiniones son signos indudables de la incertidumbre y de la oscuridad de los principios que profesan.

 

 

 

 

 

 

CXV.— LA PRUEBA DE QUE LA RELIGIÓN NO ES NECESARIA, ES QUE ES ININTELIGIBLE.

Si la religión fuera necesaria para todos los hombres, debería ser inteligible para todos los hombres. Si esta religión era la cosa más importante para ellos, la bondad de Dios, parece, debería hacerla para ellos la más clara, la más evidente y la mejor demostrada de todas las cosas. ¿No es asombroso ver que esta materia, tan esencial para la salvación de los mortales, sea precisamente la que menos entienden y sobre la que, durante tantos siglos, sus médicos han discutido más? Jamás sacerdotes, ni siquiera de la misma secta, se han puesto de acuerdo entre ellos sobre la manera de entender los deseos de un Dios que verdaderamente se les ha revelado. El mundo que habitamos se puede comparar con un lugar público, en cuyas diferentes partes se colocan varios charlatanes, cada uno esforzándose por atraer clientes depreciando los remedios ofrecidos por sus competidores. Cada puesto tiene sus compradores, que están persuadidos de que sólo su empírico posee los buenos remedios; no obstante el continuo uso que hacen de ellos, no perciben que no son mejores, o que están tan enfermos como los que corren tras los charlatanes de otra tribuna. La devoción es una enfermedad de la imaginación, contraída en la infancia; el devoto es un hipocondríaco, que aumenta su enfermedad por el uso de remedios. El sabio no toma nada de eso; sigue un buen régimen y deja el resto a la naturaleza. no perciben que no son mejores, o que están tan enfermos como los que corren detrás de los charlatanes de otra tribuna. La devoción es una enfermedad de la imaginación, contraída en la infancia; el devoto es un hipocondríaco, que aumenta su enfermedad por el uso de remedios. El sabio no toma nada de eso; sigue un buen régimen y deja el resto a la naturaleza. no perciben que no son mejores, o que están tan enfermos como los que corren detrás de los charlatanes de otra tribuna. La devoción es una enfermedad de la imaginación, contraída en la infancia; el devoto es un hipocondríaco, que aumenta su enfermedad por el uso de remedios. El sabio no toma nada de eso; sigue un buen régimen y deja el resto a la naturaleza.

 

 

 

 

 

 

CXVI.—TODAS LAS RELIGIONES SON BURLADAS POR AQUELLAS DE CREENCIAS OPUESTAS, AUNQUE IGUALMENTE LOCAS.

Nada parece más ridículo a los ojos de un hombre sensato que una denominación critique a otra cuyo credo es igualmente tonto. Un cristiano piensa que el Corán, la revelación divina anunciada por Mahoma, no es más que un tejido de sueños impertinentes e imposturas injuriosas a la Divinidad. El mahometano, por su parte, trata al cristiano como un idólatra y un perro; no ve más que absurdos en su religión; se imagina con derecho a conquistar su país y obligarlo, espada en mano, a aceptar la fe de su Divino profeta; cree especialmente que nada es más impío o más irrazonable que adorar a un hombre o creer en la Trinidad. El cristiano protestante, que sin escrúpulos adora a un hombre, y que cree firmemente en el inconcebible misterio de la Trinidad, ridiculiza al cristiano católico porque éste cree en el misterio de la transubstanciación. Lo trata de tonto, de impío e idólatra, porque se arrodilla para adorar el pan en el que cree ver al Dios del universo. Todas las denominaciones cristianas coinciden en considerar como una locura la encarnación del Dios de las Indias, Vishnu. Sostienen que la única encarnación verdadera es la de Jesús, Hijo del Dios del universo y de la mujer de un carpintero. El teísta, que se llama a sí mismo devoto de la religión natural, se contenta con reconocer a un Dios del que no tiene concepción; se entrega a bromear sobre otros misterios enseñados por todas las religiones del mundo. porque se arrodilla para adorar el pan en el que cree ver al Dios del universo. Todas las denominaciones cristianas coinciden en considerar como una locura la encarnación del Dios de las Indias, Vishnu. Sostienen que la única encarnación verdadera es la de Jesús, Hijo del Dios del universo y de la mujer de un carpintero. El teísta, que se llama a sí mismo devoto de la religión natural, se contenta con reconocer a un Dios del que no tiene concepción; se entrega a bromear sobre otros misterios enseñados por todas las religiones del mundo. porque se arrodilla para adorar el pan en el que cree ver al Dios del universo. Todas las denominaciones cristianas coinciden en considerar como una locura la encarnación del Dios de las Indias, Vishnu. Sostienen que la única encarnación verdadera es la de Jesús, Hijo del Dios del universo y de la mujer de un carpintero. El teísta, que se llama a sí mismo devoto de la religión natural, se contenta con reconocer a un Dios del que no tiene concepción; se entrega a bromear sobre otros misterios enseñados por todas las religiones del mundo. quien se llama a sí mismo devoto de la religión natural, se contenta con reconocer a un Dios del que no tiene concepción; se entrega a bromear sobre otros misterios enseñados por todas las religiones del mundo. quien se llama a sí mismo devoto de la religión natural, se contenta con reconocer a un Dios del que no tiene concepción; se entrega a bromear sobre otros misterios enseñados por todas las religiones del mundo.

 

 

 

 

 

 

CXVII.—OPINIÓN DE UN CELEBRADO TEÓLOGO.

¿No reconoció un famoso teólogo lo absurdo de admitir la existencia de un Dios y detener su curso? "A nosotros", dijo, "que creemos por la fe en un Dios verdadero, una sustancia individual, no debe haber ningún problema en creer todo lo demás. Este primer misterio, que no es poca cosa en sí mismo, una vez admitido, nuestra razón No puedo sufrir violencia en admitir todo lo demás. En cuanto a mí, no es más molesto aceptar un millón de cosas que no entiendo, que creer la primera".

 

¿Hay algo más contradictorio, más imposible o más misterioso que la creación de la materia por un Ser inmaterial, que Él mismo es inmutable, provoca los continuos cambios que vemos en el mundo? ¿Hay algo más incompatible con todas las ideas del sentido común que creer que un Ser bueno, sabio, equitativo y poderoso preside la naturaleza y dirige Él mismo los movimientos de un mundo lleno de locuras, miserias, crímenes y desórdenes, que pudo haber previsto, y con una sola palabra pudo haber impedido o hecho desaparecer? Finalmente, en cuanto admitimos un Ser tan contradictorio como el Dios teológico, ¿qué derecho tenemos a negarnos a aceptar las fábulas más inverosímiles, los milagros más asombrosos, los misterios más profundos?

 

 

 

 

 

 

CXVIII.— EL DIOS DEL DEÃSTA NO ES MENOS CONTRADICTORIO, NI MENOS FANTASICO, QUE EL DIOS DEL TEÃLOGO.

El teísta exclama: "Tened cuidado de no adorar al Dios feroz y extraño de la teología; el mío es mucho más sabio y mejor; Él es el Padre de los hombres; Él es el más suave de los Soberanos; ¡Es Él quien llena el universo con Sus beneficios! " Pero le diré, ¿no ves que todo en este mundo contradice las buenas cualidades que atribuyes a tu Dios? En la numerosa familia de este manso Padre veo mas desgraciados. Bajo el imperio de este justo Soberano veo el crimen victorioso y la virtud en apuros. Entre estos beneficios de que os jactáis, y que sólo ve vuestro entusiasmo, veo multitud de males de todas clases, sobre los cuales cerráis obstinadamente los ojos.

 

Obligado a reconocer que vuestro buen Dios, en contradicción consigo mismo, reparte con la misma mano el bien y el mal, os veréis obligados, para justificarle, a enviarme, como harían los sacerdotes, a la otra vida. Inventaos, pues, otro Dios que el de la teología, porque vuestro Dios es tan contradictorio como su Dios. Un Dios bueno que hace el mal o que permite que se haga, un Dios lleno de equidad y en un imperio donde tantas veces se oprime la inocencia; un Dios perfecto que produce sólo obras imperfectas y miserables; tal Dios y su conducta, ¿no son misterios tan grandes como el de la encarnación? Os ruborizáis, decís, por vuestros semejantes que están persuadidos de que el Dios del universo podría transformarse en hombre y morir en una cruz en un rincón de Asia.

 

¡Bien! ¿Son todos estos misterios más escandalosos para la razón que un Dios que castiga y premia las acciones de los hombres? El hombre, según sus puntos de vista, ¿es libre o no? En cualquier caso, vuestro Dios, si tiene la sombra de la justicia, no puede ni castigarlo ni recompensarlo. Si el hombre es libre, es Dios quien lo hizo libre para actuar o no actuar; es Dios, pues, quien es la causa primitiva de todas sus acciones; al castigar al hombre por sus faltas, lo castigaría por haber hecho lo que le dio la libertad de hacer. Si el hombre no es libre de obrar de otro modo que como lo hace, ¿no sería Dios el más injusto de los seres para castigarle por las faltas que no podría dejar de cometer? Muchas personas se sorprenden con el detalle de los absurdos con los que están llenas todas las religiones del mundo; pero no tienen el valor de buscar la fuente de donde necesariamente brotaron estos absurdos. No ven que un Dios lleno de contradicciones, de rarezas, de cualidades incompatibles, ya sea inflamando o alimentando la imaginación de los hombres, podría crear sino una larga línea de ociosas fantasías.

 

 

 

 

 

 

CXIX.—NO PRUEBAMOS EN ABSOLUTO LA EXISTENCIA DE UN DIOS DICIENDO QUE EN TODAS LAS EDADES TODA NACION HA RECONOCIDO ALGUN TIPO DE DIVINIDAD.

Creen, para silenciar a los que niegan la existencia de un Dios, diciéndoles que todos los hombres, en todas las épocas y en todos los siglos, han creído en alguna especie de Dios; que no hay pueblo sobre la tierra que no haya creído en un ser invisible y poderoso, a quien hicieron objeto de su culto y de su veneración; finalmente, que no hay nación, por ignorante que la supongamos, que no esté persuadida de la existencia de alguna inteligencia superior a la naturaleza humana. Pero ¿puede la creencia de todos los hombres cambiar un error en verdad? Un célebre filósofo ha dicho con toda razón: "Ni la tradición general ni el consentimiento unánime de todos los hombres podrían imponer mandato alguno a la verdad". [Bayle.] Otro sabio dijo antes que él, que "

 

Hubo un tiempo en que todos los hombres creían que el sol giraba alrededor de la tierra, mientras que ésta permanecía inmóvil en el centro de todo el sistema del universo; hace poco más de doscientos años que este error fue refutado. Hubo un tiempo en que nadie creía en la existencia de las antípodas, y en que perseguían a quienes tenían el coraje de sustentarlas; hoy ningún erudito se atreve a dudarlo. Todas las naciones del mundo, excepto algunos hombres menos crédulos que otros, creen todavía en hechiceros, fantasmas, apariciones, espíritus; ningún hombre sensato se cree obligado a adoptar estas locuras; ¡pero las personas más sensatas se sienten obligadas a creer en un Espíritu universal!

 

 

 

 

 

 

CXX.—TODOS LOS DIOSES SON DE ORIGEN BÁRBARO; TODAS LAS RELIGIONES SON ANTIGUOS MONUMENTOS DE IGNORANCIA, SUPERSTICIÓN Y FEROCIDAD; Y LAS RELIGIONES MODERNAS NO SON MAS QUE ANTIGUAS LOCURAS REVIVIDAS.

Todos los Dioses adorados por los hombres tienen un origen bárbaro; fueron visiblemente imaginados por naciones estúpidas, o fueron presentados por legisladores ambiciosos y astutos a gentes simples e ignorantes, que no tenían ni la capacidad ni el coraje de examinar adecuadamente el objeto que, por medio de terrores, estaban obligados a adorar. Al examinar de cerca al Dios que vemos adorado todavía en nuestros días por las naciones más civilizadas, nos vemos obligados a reconocer que tiene rasgos evidentemente bárbaros. Ser bárbaro es no reconocer más derecho que la fuerza; es ser cruel hasta el exceso; no es más que seguir el propio capricho; es una falta de previsión, de prudencia y de razón. ¡Pueblos, que os creéis civilizados! ¿No percibes este carácter espantoso del Dios a quien ofreces tu incienso? Las imágenes que se dibujan de la Divinidad, ¿no son visiblemente prestados del humor implacable, celoso, vengativo, sanguinario, caprichoso, desconsiderado del hombre que aún no ha cultivado su razón? ¡Oh hombres! no adoras sino a un gran salvaje, a quien consideras como un modelo a seguir, como un amo amable, como un soberano perfecto.

 

Las opiniones religiosas de los hombres en todos los países son monumentos antiguos y duraderos de la ignorancia, la credulidad, los terrores y la ferocidad de sus antepasados. Todo bárbaro es un niño sediento de lo maravilloso, que embebe con placer, y que nunca razona sobre lo que encuentra adecuado para excitar su imaginación; su ignorancia de los caminos de la naturaleza le hace atribuir a los espíritus, a los encantamientos, a la magia, todo lo que le parece extraordinario; a sus ojos sus sacerdotes son hechiceros, en quienes supone un poder omnipotente; ante quien se humilla su confusa razón, cuyos oráculos son para él decretos infalibles, contradecir lo cual sería peligroso. En materia de religión la mayoría de los hombres han permanecido en su primitiva barbarie. Las religiones modernas no son más que locuras de los viejos tiempos rejuvenecidas o presentadas en alguna forma nueva. Si los antiguos bárbaros han adorado montañas, ríos, serpientes, árboles, fetiches de todo tipo; si los sabios egipcios adoraban cocodrilos, ratas, cebollas, ¿no vemos naciones que se creen más sabias que ellos, adoran con reverencia un pan, en el que imaginan que los encantamientos de sus sacerdotes hacen descender la Divinidad? ¿No es el Dios-pan el fetiche de muchas naciones cristianas, tan poco racionales en este punto como el de las naciones más bárbaras? en el que imaginan que los encantamientos de sus sacerdotes hacen descender a la Divinidad? ¿No es el Dios-pan el fetiche de muchas naciones cristianas, tan poco racionales en este punto como el de las naciones más bárbaras? en el que imaginan que los encantamientos de sus sacerdotes hacen descender a la Divinidad? ¿No es el Dios-pan el fetiche de muchas naciones cristianas, tan poco racionales en este punto como el de las naciones más bárbaras?

 

 

 

 

 

 

CXXI.—TODAS LAS CEREMONIAS RELIGIOSAS LLEVAN EL SELLO DE LA ESTUPIDEZ O LA BARBARIE.

En todos los tiempos la ferocidad, la estupidez, la insensatez de los hombres salvajes se manifestaron en costumbres religiosas a menudo crueles y extravagantes. Un espíritu de barbarie ha llegado a nuestros días; se entromete en las religiones que son seguidas por las naciones más civilizadas. ¿No vemos todavía víctimas humanas ofrecidas a la Divinidad? Para aplacar la ira de un Dios que suponemos feroz, celoso, vengativo, salvaje, ¿no hacen las leyes sanguinarias la destrucción de los que se cree que le han desagradado por su modo de pensar?

 

Las naciones modernas, a instigación de sus sacerdotes, han superado incluso la locura atroz de las naciones más bárbaras; por lo menos, ¿no encontramos que nunca pasó por la mente de un salvaje atormentar en aras de las opiniones, entrometerse en el pensamiento, molestar a los hombres por las acciones invisibles de sus cerebros? Cuando vemos naciones pulidas y sabias, como la inglesa, la francesa, la alemana, etc., a pesar de todas sus luces, siguen arrodilladas ante el Dios bárbaro de los judíos, es decir, de los más estúpidos, de los más crédulos, la nación más salvaje, la más antisocial que haya existido jamás sobre la tierra; cuando vemos a estas naciones iluminadas dividirse en sectas, desgarrarse, odiarse y despreciarse por opiniones, igualmente ridículas, sobre la conducta y las intenciones de este Dios irracional; cuando vemos a personas inteligentes ocuparse neciamente en meditar los deseos de este Dios caprichoso y necio; estamos tentados a exclamar: "¡Oh, hombres! ¡Sois todavía salvajes! ¡Oh, hombres! ¡Sois niños en materia de religión!"

 

 

 

 

 

 

CXXII.—CUANTO MÁS ANTIGUA Y GENERAL ES UNA OPINIÓN RELIGIOSA, MAYOR MOTIVO PARA SOSPECHAR DE ELLA.

Quien se haya formado ideas verdaderas de la ignorancia, la credulidad, la negligencia y la estupidez de la gente común, considerará siempre sus opiniones religiosas con la mayor desconfianza por ser generalmente establecidas. La mayoría de los hombres no examinan nada; se dejan conducir ciegamente por la costumbre y la autoridad; sus opiniones religiosas son especialmente aquellas que tienen menos valor y capacidad para examinar; como no entienden nada acerca de ellos, se ven obligados a callar o poner fin a su razonamiento. Pregúntale al hombre común si cree en Dios. Se sorprenderá de que puedas dudarlo. Luego pregúntele qué entiende por la palabra Dios. Lo confundirás; se dará cuenta enseguida de que es incapaz de formarse una idea real de esta palabra que tantas veces repite; te dirá que Dios es Dios,

 

Todas las naciones hablan de un Dios; pero ¿están de acuerdo con este Dios? ¡No! Bueno, la diferencia de opinión no sirve como evidencia, sino que es un signo de incertidumbre y oscuridad. ¿El mismo hombre siempre está de acuerdo consigo mismo en sus ideas de Dios? ¡No! Esta idea varía con las vicisitudes de su vida. Esta es otra señal de incertidumbre. Los hombres siempre están de acuerdo con otros hombres y consigo mismos sobre las verdades demostradas, independientemente de la posición en que se encuentren; excepto los locos, todos están de acuerdo en que dos y dos son cuatro, que el sol brilla, que el todo es mayor que cualquiera de sus partes, que la justicia es un bien, que hay que ser benévolos para merecer el amor de los hombres, que la injusticia y la crueldad son incompatibles con la bondad. ¿Están de acuerdo de la misma manera si hablan de Dios? Todo lo que piensan o dicen de Él es inmediatamente contradicho por los efectos que quieren atribuirle. Dile a varios artistas que pinten una quimera, cada uno de ellos se formará una idea diferente de ella, y la pintarán de manera diferente; no encontrarás semejanza en los rasgos que cada uno de ellos habrá dado a un retrato cuyo modelo no existe en ninguna parte. Al pintar a Dios, ¿alguno de los teólogos del mundo lo representa de otra manera que como una gran quimera, sobre cuyos rasgos nunca se ponen de acuerdo, disponiéndolo cada uno según su estilo, que no tiene su origen sino en su propio cerebro? No hay dos individuos en el mundo que tengan o puedan tener las mismas ideas de su Dios. y lo pintará de otra manera; no encontrarás semejanza en los rasgos que cada uno de ellos habrá dado a un retrato cuyo modelo no existe en ninguna parte. Al pintar a Dios, ¿alguno de los teólogos del mundo lo representa de otra manera que como una gran quimera, sobre cuyos rasgos nunca se ponen de acuerdo, disponiéndolo cada uno según su estilo, que no tiene su origen sino en su propio cerebro? No hay dos individuos en el mundo que tengan o puedan tener las mismas ideas de su Dios. y lo pintará de otra manera; no encontrarás semejanza en los rasgos que cada uno de ellos habrá dado a un retrato cuyo modelo no existe en ninguna parte. Al pintar a Dios, ¿alguno de los teólogos del mundo lo representa de otra manera que como una gran quimera, sobre cuyos rasgos nunca se ponen de acuerdo, disponiéndolo cada uno según su estilo, que no tiene su origen sino en su propio cerebro? No hay dos individuos en el mundo que tengan o puedan tener las mismas ideas de su Dios. que tiene su origen sino en su propio cerebro? No hay dos individuos en el mundo que tengan o puedan tener las mismas ideas de su Dios. que tiene su origen sino en su propio cerebro? No hay dos individuos en el mundo que tengan o puedan tener las mismas ideas de su Dios.

 

 

 

 

 

 

CXXIII.—EL ESCEPTICISMO EN MATERIA DE RELIGION, PUEDE SER EFECTO SOLO DE UN EXAMEN SUPERFICIAL DE LOS PRINCIPIOS TEOLÓGICOS.

Quizá sería más veraz decir que todos los hombres son escépticos o ateos, que pretender que están firmemente convencidos de la existencia de un Dios. ¿Cómo podemos estar seguros de la existencia de un ser que nunca hemos podido examinar, del cual es imposible formarse una idea permanente, cuyos diferentes efectos sobre nosotros mismos nos impiden formarnos un juicio invariable, del cual no puede formarse idea alguna? uniforme en dos cerebros diferentes? ¿Cómo podemos pretender estar completamente persuadidos de la existencia de un ser al que constantemente estamos obligados a atribuir una conducta opuesta a las ideas que habíamos tratado de formarnos de él? ¿Es posible creer firmemente lo que no podemos concebir? Al creer así, ¿no nos adherimos a las opiniones de los demás sin tener una propia? Los sacerdotes regulan la creencia del vulgo; pero ¿no reconocen estos mismos sacerdotes que Dios les es incomprensible? Concluyamos, pues, que la convicción de la existencia de un Dios no es tan general como se afirma.

 

Ser escéptico es carecer de los motivos necesarios para establecer un juicio. En vista de las pruebas que parecen establecer, y de los argumentos que combaten la existencia de un Dios, algunas personas prefieren dudar y suspender su juicio; pero en el fondo, esta incertidumbre es el resultado de un examen insuficiente. ¿Es, entonces, posible dudar de la evidencia? La gente sensata ridiculiza, y con razón, un pirronismo absoluto, e incluso lo considera imposible. Un hombre que pudiera dudar de su propia existencia, o de la del sol, parecería muy ridículo, o sería sospechoso de razonar de mala fe. ¿Es menos extravagante tener incertidumbres sobre la inexistencia de un ser evidentemente imposible? ¿Es más absurdo dudar de la propia existencia, que dudar sobre la imposibilidad de un ser cuyas cualidades se destruyen entre sí? ¿Encontramos más probabilidades de creer en un ser espiritual que de creer en la existencia de un palo sin dos puntas? ¿Es la noción de un ser infinitamente bueno y poderoso que permite una infinidad de males, menos absurda o menos imposible que la de un triángulo cuadrado?

 

¡Concluyamos, pues, que el escepticismo religioso no puede ser más que el efecto de un examen superficial de los principios teológicos, que están en perpetua contradicción con los principios más claros y mejor demostrados! Dudar es deliberar sobre el juicio que debemos emitir. El escepticismo no es más que un estado de indecisión que resulta de un examen superficial de los temas. ¿Es posible ser escéptico en materia de religión cuando pretendemos volver a sus principios, y mirar de cerca la idea del Dios que le sirve de fundamento? La duda surge ordinariamente de la pereza, la debilidad, la indiferencia o la incapacidad. Dudar, para muchas personas, es temer la molestia de examinar cosas a las que uno concede poco interés. Aunque la religión se presenta a los hombres como lo más importante para ellos tanto en este mundo como en el otro, el escepticismo y la duda sobre este tema pueden ser para la mente un estado desagradable y sólo ofrece un colchón cómodo. Ningún hombre que no tenga el coraje de contemplar sin prejuicios al Dios sobre el que se funda toda religión, puede saber qué religión aceptar; no sabe qué creer y qué no creer, aceptar o rechazar, qué esperar o temer; finalmente, es incompetente para juzgar por sí mismo.

 

La indiferencia hacia la religión no puede confundirse con el escepticismo; esta indiferencia misma se basa en la seguridad o en la probabilidad que encontramos al creer que la religión no está hecha para interesarnos. La persuasión que tenemos de que una cosa que se nos presenta como muy importante, no lo es, o es sino indiferente, supone un examen suficiente de la cosa, sin el cual sería imposible tener esta persuasión. Aquellos que se llaman a sí mismos escépticos en cuanto a los puntos fundamentales de la religión, son generalmente hombres ociosos y perezosos, incapaces de examinarlos.

 

 

 

 

 

 

CXXIV.—REVELACIÓN REFUTADA.

En todas partes del mundo, estamos seguros de que Dios se reveló a sí mismo. ¿Qué enseñó a los hombres? ¿Él les prueba evidentemente que Él existe? ¿Les dice dónde reside? ¿Les enseña lo que es o en qué consiste su esencia? ¿Les explica claramente sus intenciones y su plan? Lo que Él dice de este plan, ¿concuerda con los efectos que vemos? ¡No! Sólo nos informa que "Él es el que es" [Yo soy el que soy, dice el Señor] que es un Dios invencible, que sus caminos son inefables, que se enfurece en cuanto se tiene la temeridad de penetrar Sus decretos, o consultar la razón para juzgar de Él o de Sus obras. ¿Corresponde la conducta revelada de Dios con las ideas magníficas que se nos dan de su sabiduría, bondad, justicia, de su omnipotencia? Para nada; en toda revelación esta conducta muestra un ser parcial, caprichoso, por lo menos, bueno para su pueblo predilecto, enemigo de todos los demás. Si se digna a mostrarse a algunos hombres, cuida de mantener a todos los demás en una ignorancia invencible de sus intenciones divinas. ¿No anuncia toda revelación especial un Dios injusto, parcial y malicioso?

 

¿Son los deseos revelados de un Dios capaces de sorprendernos por la razón sublime o por la sabiduría que encierran? ¿Tienden a la felicidad de las personas a quienes la Divinidad los ha declarado? Examinando los deseos divinos, no encuentro en ellos, en todos los países, sino ordenanzas caprichosas, preceptos ridículos, ceremonias cuyo fin no comprendemos, prácticas pueriles, principios de conducta indignas del Monarca de la Naturaleza, ofrendas, sacrificios, expiaciones, útil, de hecho, para los ministros de Dios, pero muy onerosa para el resto de la humanidad. Encuentro también, que a menudo tienen una tendencia a volver a los hombres antisociales, desdeñosos, intolerantes, pendencieros, injustos, inhumanos hacia todos aquellos que no han recibido las mismas revelaciones que ellos, o las mismas ordenanzas, o los mismos favores del Cielo.

 

 

 

 

 

 

CXXV.— ¿Dónde, entonces, está la prueba de que Dios se mostró alguna vez a los hombres o les habló?

¿Son los preceptos de la moral anunciados por la Divinidad verdaderamente divinos o superiores a los que todo hombre racional podría imaginar? Son Divinos sólo porque es imposible para la mente humana ver su utilidad. Su virtud consiste en una renuncia total a la naturaleza humana, en un olvido voluntario de la propia razón, en un santo odio a sí mismo; finalmente, estos sublimes preceptos nos muestran la perfección en una conducta cruel con nosotros mismos y perfectamente inútil para los demás.

 

How did God show Himself? Did He Himself promulgate His laws? Did He speak to men with His own mouth? I am told that God did not show Himself to a whole nation, but that He employed always the organism of a few favored persons, who took the care to teach and to explain His intentions to the unlearned. It was never permitted to the people to go to the sanctuary; the ministers of the Gods always alone had the right to report to them what transpired.

 

 

 

 

 

 

CXXVI.—NOTHING ESTABLISHES THE TRUTH OF MIRACLES.

If, in the economy of all Divine revelations, I am unable to recognize either the wisdom, the goodness, or the equity of a God; if I suspect deceit, ambition, selfish designs in the great personages who have interposed between Heaven and us, I am assured that God has confirmed, by splendid miracles, the mission of those who have spoken for Him. But was it not much easier to show Himself, and to explain for Himself? On the other hand, if I have the curiosity to examine these miracles, I find that they are tales void of probability, related by suspicious people, who had the greatest interest in making others believe that they were sent from the Most High.

 

What witnesses are referred to in order to make us believe incredible miracles? They call as witnesses stupid people, who have ceased to exist for thousands of years, and who, even if they could attest the miracles in question, would be suspected of having been deceived by their own imagination, and of permitting themselves to be seduced by the illusions which skillful impostors performed before their eyes. But, you will say, these miracles are recorded in books which through constant tradition have been handed down to us. By whom were these books written? Who are the men who have transmitted and perpetuated them? They are either the same people who established these religions, or those who have become their adherents and their assistants. Thus, in the matter of religion, the testimony of interested parties is irrefragable and can not be contested!

 

 

 

 

 

 

CXXVII.—IF GOD HAD SPOKEN, IT WOULD BE STRANGE THAT HE HAD SPOKEN DIFFERENTLY TO ALL THE ADHERENTS OF THE DIFFERENT SECTS, WHO DAMN EACH OTHER, WHO ACCUSE EACH OTHER, WITH REASON, OF SUPERSTITION AND IMPIETY.

God has spoken differently to each nation of the globe which we inhabit. The Indian does not believe one word of what He said to the Chinaman; the Mohammedan considers what He has told to the Christian as fables; the Jew considers the Mohammedan and the Christian as sacrilegious corruptors of the Holy Law, which his God has given to his fathers. The Christian, proud of his more modern revelation, equally damns the Indian and the Chinaman, the Mohammedan, and even the Jew, whose holy books he holds. Who is wrong or right? Each one exclaims: "It is I!" Every one claims the same proofs; each one speaks of his miracles, his saints, his prophets, his martyrs. Sensible men answer, that they are all delirious; that God has not spoken, if it is true that He is a Spirit who has neither mouth nor tongue; that the God of the Universe could, without borrowing mortal organism, inspire His creatures with what He desired them to learn, and that, as they are all equally ignorant of what they ought to think about God, it is evident that God did not want to instruct them. The adherents of the different forms of worship which we see established in this world, accuse each other of superstition and of ungodliness. The Christians abhor the superstition of the heathen, of the Chinese, of the Mohammedans. The Roman Catholics treat the Protestant Christians as impious; the latter incessantly declaim against Roman superstition. They are all right. To be impious, is to have unjust opinions about the God who is adored; to be superstitious, is to have false ideas of Him. In accusing each other of superstition, the different religionists resemble humpbacks who taunt each other with their malformation.

 

 

 

 

 

 

CXXVIII.—OBSCURE AND SUSPICIOUS ORIGIN OF ORACLES.

The oracles which the Deity has revealed to the nations through His different mediums, are they clear? Alas! there are not two men who understand them alike. Those who explain them to others do not agree among themselves; in order to make them clear, they have recourse to interpretations, to commentaries, to allegories, to parables, in which is found a mystical sense very different from the literal one. Men are needed everywhere to explain the wishes of God, who could not or would not explain Himself clearly to those whom He desired to enlighten. God always prefers to use as mediums men who can be suspected of having been deceived themselves, or having reasons to deceive others.

 

 

 

 

 

 

CXXIX.—ABSURDITY OF PRETENDED MIRACLES.

The founders of all religions have usually proved their mission by miracles. But what is a miracle? It is an operation directly opposed to the laws of nature. But, according to you, who has made these laws? It is God. Thus your God, who, according to you, has foreseen everything, counteracts the laws which His wisdom had imposed upon nature! These laws were then defective, or at least in certain circumstances they were but in accordance with the views of this same God, for you tell us that He thought He ought to suspend or counteract them.

 

An attempt is made to persuade us that men who have been favored by the Most High have received from Him the power to perform miracles; but in order to perform a miracle, it is necessary to have the faculty of creating new causes capable of producing effects opposed to those which ordinary causes can produce. Can we realize how God can give to men the inconceivable power of creating causes out of nothing? Can it be believed that an unchangeable God can communicate to man the power to change or rectify His plan, a power which, according to His essence, an immutable being can not have himself? Miracles, far from doing much honor to God, far from proving the Divinity of religion, destroy evidently the idea which is given to us of God, of His immutability, of His incommunicable attributes, and even of His omnipotence. How can a theologian tell us that a God who embraced at once the whole of His plan, who could make but perfect laws, who can change nothing in them, should be obliged to employ miracles to make His projects successful, or grant to His creatures the faculty of performing prodigies, in order to execute His Divine will? Is it probable that a God needs the support of men? An Omnipotent Being, whose wishes are always gratified, a Being who holds in His hands the hearts and the minds of His creatures, needs but to wish, in order to make them believe all He desires.

 

 

 

 

 

 

CXXX.—REFUTATION OF PASCAL'S MANNER OF REASONING AS TO HOW WE SHOULD JUDGE MIRACLES.

What should we say of religions that based their Divinity upon miracles which they themselves cause to appear suspicious? How can we place any faith in the miracles related in the Holy Books of the Christians, where God Himself boasts of hardening hearts, of blinding those whom He wishes to ruin; where this God permits wicked spirits and magicians to perform as wonderful miracles as those of His servants; where it is prophesied that the Anti-Christ will have the power to perform miracles capable of destroying the faith even of the elect? This granted, how can we know whether God wants to instruct us or to lay a snare for us? How can we distinguish whether the wonders which we see, proceed from God or the Devil? Pascal, in order to disembarrass us, says very gravely, that we must judge the doctrine by miracles, and the miracles by the doctrine; that doctrine judges the miracles, and the miracles judge the doctrine. If there exists a defective and ridiculous circle, it is no doubt in this fine reasoning of one of the greatest defenders of the Christian religion. Which of all the religions in the world does not claim to possess the most admirable doctrine, and which does not bring to its aid a great number of miracles?

 

Is a miracle capable of destroying a demonstrated truth? Although a man should have the secret of curing all diseases, of making the lame to walk, of raising all the dead of a city, of floating in the air, of arresting the course of the sun and of the moon, will he be able to convince me by all this that two and two do not make four; that one makes three and that three makes but one; that a God who fills the universe with His immensity, could have transformed Himself into the body of a Jew; that the eternal can perish like man; that an immutable, foreseeing, and sensible God could have changed His opinion upon His religion, and reform His own work by a new revelation?

 

 

 

 

 

 

CXXXI.—EVEN ACCORDING TO THE PRINCIPLES OF THEOLOGY ITSELF, EVERY NEW REVELATION SHOULD BE REFUTED AS FALSE AND IMPIOUS.

According to the principles of theology itself, whether natural or revealed, every new revelation ought to be considered false; every change in a religion which had emanated from the Deity ought to be refuted as ungodly and blasphemous. Does not every reform suppose that God did not know how at the start to give His religion the required solidity and perfection? To say that God in giving a first law accommodated Himself to the gross ideas of a people whom He wished to enlighten, is to pretend that God neither could nor would make the people whom He enlightened at that time, as reasonable as they ought to be to please Him.

 

 

 

 

 

 

El cristianismo es una impiedad, si es cierto que el judaísmo como religión realmente emanó de un Dios Previsor Santo, Inmutable, Todopoderoso, rejilla. La religión de Cristo implica defectos en la ley que Dios mismo dio por medio de Moisés, o impotencia o malicia en este Dios que no pudo o no quiso hacer a los judíos como debían ser para agradarle. Todas las religiones, ya sean nuevas o antiguas reformadas, se basan evidentemente en la debilidad, la inconstancia, la imprudencia y la malicia de la Deidad.

 

 

 

 

 

 

CXXXII.—AUN LA SANGRE DE LOS mártires, TESTIFICA CONTRA LA VERDAD DE LOS MILAGROS Y CONTRA EL ORIGEN DIVINO QUE RECLAMA EL CRISTIANISMO.

Si la historia me informa que los primeros apóstoles, fundadores o reformadores de las religiones, realizaron grandes milagros, la historia también me enseña que estos apóstoles reformadores y sus adherentes han sido generalmente despreciados, perseguidos y condenados a muerte como perturbadores de la paz de las naciones. Entonces estoy tentado a creer que no han realizado los milagros que se les atribuyen. Finalmente, estos milagros deberían haberles procurado un gran número de discípulos entre los que los presenciaron, que deberían haber impedido que los ejecutantes fueran maltratados. Mi incredulidad aumenta si me dicen que los hacedores de milagros han sido cruelmente atormentados o asesinados. ¿Cómo podemos creer que los misioneros, protegidos por un Dios, investidos de su Divino Poder, y gozando del don de los milagros,

 

Las persecuciones mismas se consideran como una prueba convincente a favor de la religión de quienes las han sufrido; pero una religión que se jacta de haber causado la muerte de muchos mártires, y que nos informa que sus fundadores han sufrido por su extensión tormentos inauditos, no puede ser la religión de un Dios benévolo, equitativo y Todopoderoso. Un Dios bueno no permitiría que los hombres encargados de revelar su voluntad fueran maltratados. Un Dios omnipotente queriendo fundar una religión, hubiera empleado medios más sencillos y menos fatales para sus más fieles servidores. Decir que Dios quiso que su religión fuera sellada con sangre, es decir que este Dios es débil, injusto, ingrato y sanguinario, y que sacrifica indignamente a sus misioneros en interés de su ambición.

 

 

 

 

 

 

CXXXIII.—EL FANATISMO DE LOS MÁRTIRES, EL CELO INTERESADO DE LOS MISIONEROS, PRUEBAN DE NINGUNA MANERA LA VERDAD DE LA RELIGIÓN.

Morir por una religión no prueba que sea verdadera o divina; esto prueba a lo sumo que suponemos que es así. Un entusiasta de la muerte no prueba sino que el fanatismo religioso es a menudo más fuerte que el amor a la vida. Un impostor a veces puede morir con coraje; hace entonces, como se dice, "una virtud de la necesidad". A menudo nos sorprendemos y conmovemos al ver el coraje generoso y el celo desinteresado que han llevado a los misioneros a predicar su doctrina a riesgo incluso de sufrir los tormentos más rigurosos. Sacamos de este amor, que se exhibe para la salvación de los hombres, deducciones favorables a la religión que han proclamado; pero en verdad este desinterés es sólo aparente. "¡Nada arriesgado, nada ganado!" Un misionero busca fortuna con la ayuda de su doctrina; sabe que si tiene la suerte de vender al por menor su mercancía, se convertirá en dueño absoluto de quienes lo acepten como su guía; está seguro de convertirse en objeto de su cuidado, de su respeto, de su veneración; tiene todas las razones para creer que se le proveerá abundantemente. Estos son los verdaderos motivos que encienden el celo y la caridad de tantos predicadores y misioneros que viajan por todo el mundo.

 

Morir por una opinión no prueba más la verdad o la solidez de esta opinión que morir en una batalla prueba el derecho del príncipe, por cuyo beneficio tanta gente es tan tonta como para sacrificarse. El coraje de un mártir, animado por la idea del Paraíso, no es más sobrenatural que el coraje de un guerrero, animado por la idea de la gloria o obligado al deber por el miedo a la desgracia. ¿Qué diferencia encontramos entre un iroqués que canta mientras es quemado a fuego lento, y el mártir San Lorenzo, que sobre la parrilla insulta a su tirano?

 

Los predicadores de una nueva doctrina sucumben porque no son los más fuertes; los apóstoles suelen practicar un negocio peligroso, cuyas consecuencias pueden prever; su valiente muerte no prueba más la verdad de sus principios o su propia sinceridad, como la muerte violenta de un hombre ambicioso o de un bandolero prueba que tenían derecho a perturbar a la sociedad, o que se creían autorizados para hacerlo. La profesión de misionero siempre ha favorecido su ambición y le ha permitido subsistir a expensas de la gente común; estas ventajas han sido suficientes para hacerle olvidar los peligros que están relacionados con ella.

 

 

 

 

 

 

CXXXIV.— LA TEOLOGà A HACE DE SU DIOS UN ENEMIGO DEL SENTIDO COMúN Y DE LA ILUSTRACIÓN.

¡Dígannos ustedes, oh teólogos! que "lo que es locura a los ojos de los hombres, es sabiduría delante de Dios, a quien le agrada confundir la sabiduría de los sabios". ¿Pero no pretendes que la sabiduría humana es un regalo del Cielo? Al decirnos que esta sabiduría desagrada a Dios, no es más que una locura a Sus ojos, y que Él desea confundirla, proclamas que tu Dios no es más que el amigo de la gente ignorante, y que hace a la gente sensata un regalo fatal, por lo cual este tirano pérfido promete castigarlos cruelmente algún día. ¿No es muy extraño que no podamos ser amigos de vuestro Dios sino declarándonos enemigos de la razón y del sentido común?

 

 

 

 

 

 

CXXXV.— LA FE ES IRRECONCILIABLE CON LA RAZÓN, Y LA RAZÓN ES PREFERIBLE A LA FE.

Faith, according to theologians, is consent without evidence. From this it follows that religion exacts that we should firmly believe, without evidence, in propositions which are often improbable or opposed to reason. But to challenge reason as a judge of faith, is it not acknowledging that reason can not agree with faith? As the ministers of religion have determined to banish reason, they must have felt the impossibility of reconciling reason with faith, which is visibly but a blind submission to those priests whose authority, in many minds, appears to be of a greater importance than evidence itself, and preferable to the testimony of the senses. "Sacrifice your reason; give up experience; distrust the testimony of your senses; submit without examination to all that is given to you as coming from Heaven." This is the usual language of all the priests of the world; they do not agree upon any point, except in the necessity of never reasoning when they present principles to us which they claim as the most important to our happiness.

 

I will not sacrifice my reason, because this reason alone enables me to distinguish good from evil, the true from the false. If, as you pretend, my reason comes from God, I will never believe that a God whom you call so good, had ever given me reason but as a snare, in order to lead me to perdition. Priests! in crying down reason, do you not see that you slander your God, who, as you assure us, has given us this reason?

 

I will not give up experience, because it is a much better guide than imagination, or than the authority of the guides whom they wish to give me. This experience teaches me that enthusiasm and interest can blind and mislead them, and that the authority of experience ought to have more weight upon my mind than the suspicious testimony of many men whom I know to be capable of deceiving themselves, or very much interested in deceiving others.

 

I will not distrust my senses. I do not ignore the fact that they can sometimes lead me into error; but on the other hand, I know that they do not deceive me always. I know very well that the eye shows the sun much smaller than it really is; but experience, which is only the repeated application of the senses, teaches me that objects continually diminish by reason of their distance; it is by these means that I reach the conclusion that the sun is much larger than the earth; it is thus that my senses suffice to rectify the hasty judgments which they induced me to form. In warning me to doubt the testimony of my senses, you destroy for me the proofs of all religion. If men can be dupes of their imagination, if their senses are deceivers, why would you have me believe in the miracles which made an impression upon the deceiving senses of our ancestors? If my senses are faithless guides, I learn that I should not have faith even in the miracles which I might see performed under my own eyes.

 

 

 

 

 

 

CXXXVI.—HOW ABSURD AND RIDICULOUS IS THE SOPHISTRY OF THOSE WHO WISH TO SUBSTITUTE FAITH FOR REASON.

You tell me continually that the "truths of religion are beyond reason." Do you not admit, then, that these truths are not made for reasonable beings? To pretend that reason can deceive us, is to say that truth can be false, that usefulness can be injurious. Is reason anything else but the knowledge of the useful and the true? Besides, as we have but our reason, which is more or less exercised, and our senses, such as they are, to lead us in this life, to claim that reason is an unsafe guide, and that our senses are deceivers, is to tell us that our errors are necessary, that our ignorance is invincible, and that, without extreme injustice, God can not punish us for having followed the only guides which He desired to give us. To pretend that we are obliged to believe in things which are beyond our reason, is an assertion as ridiculous as to say that God would compel us to fly without wings. To claim that there are objects on which reason should not be consulted, is to say that in the most important affairs, we must consult but imagination, or act by chance.

 

Nuestros Doctores en Divinidad nos dicen que debemos sacrificar nuestra razón a Dios; pero ¿qué motivos podemos tener para sacrificar nuestra razón a un ser que no nos da más que dones inútiles, de los que no quiere que nos aprovechemos? ¿Qué confianza podemos depositar en un Dios que, según nuestros mismos Doctores, es lo suficientemente malvado como para endurecer los corazones, para herirnos con ceguera, para poner trampas en nuestro camino, para llevarnos a la tentación? Finalmente, ¿cómo podemos confiar en los ministros de este Dios que, para guiarnos más convenientemente, nos manda cerrar los ojos?

 

 

 

 

 

 

CXXXVII.—¿CÓMO PRETENDER QUE EL HOMBRE DEBE CREER EL TESTIMONIO VERBAL DE LO QUE SE DICE QUE ES LO MÁS IMPORTANTE PARA ÉL?

Los hombres se convencen a sí mismos de que la religión es el asunto más serio del mundo para ellos, mientras que es precisamente lo que menos examinan por sí mismos. Si la cuestión se presenta en la compra de un terreno, de una casa, de la inversión de dinero, de una transacción, o de algún tipo de acuerdo, veréis que cada uno examine todo con cuidado, tome las mayores precauciones, sopese todos los palabras de un documento, para cuidarse de cualquier sorpresa o imposición. No es lo mismo con la religión; cada uno lo acepta al azar, y lo cree por testimonio verbal, sin tomarse la molestia de examinarlo. Dos causas parecen concurrir en sostener a los hombres en la negligencia y la irreflexión que muestran cuando se trata de examinar sus opiniones religiosas. El primero es, la desesperanza de penetrar en la oscuridad que rodea a toda religión; incluso en sus primeros principios, tiene sólo una tendencia a repeler las mentes indolentes, que ven en él sólo el caos, para penetrar lo que juzgan imposible. La segunda es que cada uno tiene miedo de incomodarse con los severos preceptos que todos admiran en la teoría, y que pocas personas se toman la molestia de practicar. Mucha gente conserva su religión como viejos títulos de familia que nunca se han tomado la molestia de examinar minuciosamente, pero que guardan en sus archivos por si los necesitan. que cada uno tiene miedo de incomodarse con los severos preceptos que todos admiran en la teoría, y que pocas personas se toman la molestia de practicar. Mucha gente conserva su religión como viejos títulos de familia que nunca se han tomado la molestia de examinar minuciosamente, pero que guardan en sus archivos por si los necesitan. que cada uno tiene miedo de incomodarse con los severos preceptos que todos admiran en la teoría, y que pocas personas se toman la molestia de practicar. Mucha gente conserva su religión como viejos títulos de familia que nunca se han tomado la molestia de examinar minuciosamente, pero que guardan en sus archivos por si los necesitan.

 

 

 

 

 

 

CXXXVIII.– LA FE ECHA RAÃZ PERO EN MENTES DÉBILES, IGNORANTES O INDOLENTES.

Los discípulos de Pitágoras tenían una fe implícita en la doctrina de su Maestro: "¡ÉL LO HA DICHO!" era para ellos la solución de todos los problemas. La mayoría de los hombres actúan con la misma razón. Un cura, un sacerdote, un monje ignorante, se convertirá en materia de religión en el dueño de los propios pensamientos. La fe alivia la debilidad de la mente humana, para quien la aplicación es comúnmente un trabajo muy doloroso; es mucho más fácil confiar en los demás que examinarse uno mismo; siendo el examen lento y difícil, suele ser desagradable tanto para las mentes ignorantes y estúpidas como para las muy ardientes; por eso, sin duda, la fe encuentra tantos partidarios.

 

Cuanta menos iluminación y razón poseen los hombres, más celo muestran por su religión. En todas las facciones religiosas, las mujeres, excitadas por sus directores, muestran un celo muy grande en opiniones de las que es evidente que no tienen la menor idea. En las querellas teológicas la gente se lanza como una bestia feroz sobre todos aquellos contra los que su sacerdote quiere excitarlos. Ignorancia profunda, credulidad ilimitada, cabeza muy débil, imaginación irritada, estos son los materiales de los que están hechos los devotos, los fanáticos, los fanáticos y los santos. ¿Cómo hacer entrar en razón a aquellas personas que se dejan guiar sin examinar nada? Los devotos y la gente común son, en manos de sus guías, sólo autómatas que mueven a su antojo.

 

 

 

 

 

 

CXXXIX.– ENSEÑAR QUE EXISTE UNA RELIGIÓN VERDADERA ES UN ABSURDO, Y CAUSA DE MUCHOS PROBLEMAS ENTRE LAS NACIONES.

La religión es cosa de costumbres y modas; debemos hacer como los demás. Pero, entre las muchas religiones que hay en el mundo, ¿cuál debemos elegir? Este examen sería demasiado largo y doloroso; entonces debemos aferrarnos a la fe de nuestros padres, a la de nuestro país, oa la del príncipe, quien, poseyendo poder, debe ser el mejor. Sólo el azar decide la religión de un hombre y de un pueblo. Los franceses serían hoy tan buenos musulmanes como cristianos, si sus antepasados ​​no hubieran rechazado los esfuerzos de los sarracenos. Si juzgamos las intenciones de la Providencia por los acontecimientos y las revoluciones de este mundo, nos vemos obligados a creer que es bastante indiferente a las diferentes religiones que existen en la tierra. Durante miles de años el Paganismo, el Politeísmo y la Idolatría han sido las religiones del mundo; estamos seguros hoy, que durante este período las naciones más florecientes no tenían la menor idea de la Deidad, una idea que, sin embargo, se afirma que es tan importante para todos los hombres. Los cristianos pretenden que, con la excepción del pueblo judío, es decir, un puñado de seres desdichados, toda la raza humana vivía en la más absoluta ignorancia de sus deberes para con Dios, y no tenía sino ideas imperfectas de la majestad divina. El cristianismo, retoño del judaísmo, que era muy humilde en su origen oscuro, se hizo poderoso y cruel bajo los emperadores cristianos, quienes, impulsados ​​por un celo santo, lo extendieron maravillosamente en su imperio a espada y fuego, y lo fundaron sobre las ruinas de Paganismo derrocado. Mahoma y sus sucesores, ayudados por la Providencia, o por sus armas victoriosas, lograron en poco tiempo expulsar a la religión cristiana de una parte de Asia, África, e incluso de la propia Europa; el Evangelio se vio obligado a rendirse al Corán. En todas las facciones o sectas que durante gran número de siglos han lacerado a los cristianos, "LA RAZÓN DEL MÁS FUERTE FUE SIEMPRE LA MEJOR"; sólo las armas y la voluntad de los príncipes decidieron la doctrina más útil para la salvación de las naciones. ¿No podríamos concluir por esto que la Deidad se interesa muy poco por la religión de los hombres, o que Él se declara siempre a favor de las opiniones que mejor convienen a las Autoridades de la tierra, a fin de que Él pueda cambiar Sus sistemas tan pronto como sea posible? como toman una noción para cambiar?

 

Un rey de Macassar, cansado de la idolatría de sus padres, tuvo un día la idea de dejarlo. El consejo del monarca deliberó durante mucho tiempo para saber si debían consultar a médicos cristianos o mahometanos. Ante la imposibilidad de saber cuál era la mejor de las dos religiones, se resolvió enviar al mismo tiempo a los misioneros de ambas, y aceptar la doctrina de los que tuvieran la ventaja de llegar primero. No dudaron de que Dios, que dispone de los acontecimientos, explicaría así mismo su voluntad. Habiendo sido más diligentes los misioneros de Mahoma, el rey con su pueblo se sometió a la ley que se había impuesto a sí mismo; los misioneros de Cristo fueron despedidos por falta de su Dios, que no les permitió llegar con suficiente antelación.

 

Los que gobiernan, siempre deciden la religión del pueblo. La verdadera religión no es más que la religión del príncipe; el Dios verdadero es el Dios a quien el príncipe quiere que adoren; la voluntad de los sacerdotes que gobiernan al príncipe, se convierte siempre en la voluntad de Dios. Un bromista dijo una vez, con razón, que "la verdadera fe es siempre la que tiene de su parte al 'príncipe y al verdugo'".

 

Emperadores y verdugos sostuvieron durante mucho tiempo a los Dioses de Roma contra el Dios de los cristianos; estos últimos, habiendo ganado para su lado a los emperadores, sus soldados y sus verdugos, lograron suprimir el culto a los dioses romanos. El Dios de Mahoma logró expulsar al Dios de los cristianos de gran parte de los países que antes ocupaba. En la parte oriental de Asia hay un gran país muy floreciente, muy productivo, densamente poblado y gobernado por leyes tan sabias, que los más salvajes conquistadores las adoptaron con respeto. ¡Es China! Con la excepción del cristianismo, que fue desterrado como peligroso, siguieron sus propias ideas supersticiosas; mientras que los mandarines o magistrados, desengañados desde hace mucho acerca de la religión popular, no se preocupan por ella, salvo velar por ella, que los bonzos o sacerdotes no se sirvan de esta religión para perturbar la paz del Estado. Sin embargo, no vemos que la Providencia retenga sus beneficios de una nación cuyos jefes se interesan tan poco en el culto que se le ofrece. Los chinos disfrutan, por el contrario, de bendiciones y de una paz digna de ser envidiada por muchas naciones que la religión divide, devasta y muchas veces destruye. No podemos esperar razonablemente privar a un pueblo de sus locuras; pero podemos esperar curar de sus locuras a los que gobiernan al pueblo; éstos entonces evitarán que las locuras de la gente se vuelvan peligrosas. Nunca se debe temer a la superstición excepto cuando cuenta con el apoyo de príncipes y soldados; sólo entonces se vuelve cruel y sanguinario. Todo soberano que asuma la protección de una secta o de una facción religiosa,

 

 

 

 

 

 

CXL.— LA RELIGIÓN NO ES NECESARIA PARA LA MORAL Y LA VIRTUD.

Se nos dice constantemente, y muchas personas sensatas llegan a creerlo, que la religión es necesaria para refrenar a los hombres; que sin ella no habría control sobre el pueblo; que la moralidad y la virtud están íntimamente conectadas con ella: "El temor del Señor es", se nos dice, "el principio de la sabiduría". Los terrores de otra vida son terrores saludables y calculados para subyugar las pasiones de los hombres. Para desengañarnos respecto a la utilidad de las nociones religiosas, basta con abrir los ojos y considerar cuál es la moral de las personas más religiosas. Vemos tiranos altivos, ministros opresores, cortesanos pérfidos, extorsionadores innumerables, magistrados sin escrúpulos, impostores, adúlteros, libertinos, prostitutas, ladrones y granujas de toda clase, que nunca han dudado de la existencia de un Dios vengativo,

 

Aunque muy inútiles para la mayoría de los hombres, los ministros de la religión han tratado de hacer que la muerte parezca terrible a los ojos de sus devotos. Si los cristianos más devotos pudieran ser consecuentes, pasarían toda su vida en lágrimas, y finalmente morirían en las más terribles alarmas. ¿Qué es más espantoso que la muerte para aquellos desdichados a quienes se les recuerda constantemente que "horrenda cosa es caer en manos de un Dios vivo"; que deben "buscar la salvación con temor y temblor!" Sin embargo, se nos asegura que la muerte del cristiano tiene grandes consuelos, de los que se ve privado el incrédulo. El buen cristiano, se nos dice, muere con la firme esperanza de gozar de la felicidad eterna, que ha tratado de merecer. Pero esta firme seguridad, ¿No es una presunción punible a los ojos de un Dios severo? Los más grandes santos, ¿no deben dudar si son dignos del amor o del odio de Dios? tuvisteis la ventaja de ver vuestros nombres y los nuestros inscritos en el libro de la vida?

 

 

 

 

 

 

CXLI.— LA RELIGIÓN ES EL FRENO MAS DEBIL QUE PUEDE OPONERSE A LAS PASIONES.

Oponer a las pasiones e intereses presentes de los hombres las oscuras nociones acerca de un Dios metafísico que nadie puede concebir; los increíbles castigos de otra vida; los placeres del Cielo, de los que no podemos formarnos una idea, ¿no es combatir realidades con quimeras? Los hombres siempre han tenido ideas confusas de su Dios; lo ven sólo en las nubes; nunca piensan en Él cuando desean hacer el mal. Siempre que la ambición, la fortuna o el placer los seduce o los aleja, Dios y sus amenazas y sus promesas no pesan nada en la balanza. Las cosas de esta vida tienen para los hombres un grado de certeza, que la fe más viva jamás podrá dar a los objetos de otra vida.

 

Toda religión, en su origen, fue una restricción inventada por legisladores que deseaban subyugar las mentes de la gente común. Como nodrizas que asustan a los niños para hacerlos dormir, los hombres ambiciosos usan el nombre de los dioses para infundir miedo en los salvajes; el terror parece adecuado para obligarlos a someterse tranquilamente al yugo que se les va a imponer. ¿Son las historias de fantasmas de la infancia aptas para la edad madura? El hombre en su madurez ya no cree en ellas, o si las cree, se inquieta poco por ellas, y sigue su camino.

 

 

 

 

 

 

CXLII.—EL HONOR ES UN CONTROL MÁS SALUDABLE Y MÁS FUERTE QUE LA RELIGIÓN.

Apenas hay un hombre que no tema más lo que ve que lo que no ve; los juicios de los hombres, de los cuales experimenta los efectos, que los juicios de Dios, de quienes no tiene más que ideas flotantes. El deseo de agradar al mundo, la corriente de la costumbre, el miedo a ser ridiculizado, y al "¿QUÉ DIRAN?" tienen más poder que todas las opiniones religiosas. Un guerrero con miedo a la deshonra, ¿no arriesga su vida en las batallas todos los días, incluso a riesgo de incurrir en la condenación eterna?

 

Las personas más religiosas muestran a veces más respeto por un siervo que por Dios. Un hombre que cree firmemente que Dios lo ve todo, lo sabe todo, está en todas partes, cuando está solo, cometerá acciones que nunca haría en presencia del más mezquino de los mortales. Incluso aquellos que pretenden ser los más firmemente convencidos de la existencia de un Dios, actúan a cada instante como si no creyeran nada al respecto.

 

 

 

 

 

 

CXLIII.—CIERTAMENTE LA RELIGIÓN NO ES UN PODEROSO CONTROL DE LAS PASIONES DE LOS REYES, QUE SON CASI SIEMPRE CRUELES Y FANTÁSTICOS TIRANOS A EJEMPLO DE ESTE MISMO DIOS, DE QUIEN SE DICEN REPRESENTANTES; UTILIZAN LA RELIGIÓN PERO PARA BRUTALIZAR A SUS ESCLAVOS MUCHO MÁS, PARA ADORNARLOS A DORMIR EN SUS GRILES, Y PARA APROVECHARLES CON MAYOR FACILIDAD.

"Let us tolerate at least," we are told, "the idea of a God, which alone can be a restraint upon the passions of kings." But, in good faith, can we admire the marvelous effects which the fear of this God produces generally upon the mind of the princes who claim to be His images? What idea can we form of the original, if we judge it by its duplicates? Sovereigns, it is true, call, themselves the representatives of God, His lieutenants upon earth. But does the fear of a more powerful master than themselves make them attend to the welfare of the peoples that Providence has confided to their care? The idea of an invisible Judge, to whom alone they pretend to be accountable for their actions, should inspire them with terror! But does this terror render them more equitable, more humane, less avaricious of the blood and the goods of their subjects, more moderate in their pleasures, more attentive to their duties? Finally, does this God, by whom we are assured that kings reign, prevent them from vexing in a thousand ways the peoples of whom they ought to be the leaders, the protectors, and fathers? Let us open our eyes, let us turn our regards upon all the earth, and we shall see, almost everywhere, men governed by tyrants, who make use of religion but to brutalize their slaves, whom they oppress by the weight of their vices, or whom they sacrifice without mercy to their fatal extravagances. Far from being a restraint to the passions of kings, religion, by its very principles, gives them a loose rein. It transforms them into Divinities, whose caprices the nations never dare to resist. At the same time that it unchains princes and breaks for them the ties of the social pact, it enchains the minds and the hands of their oppressed subjects. Is it surprising, then, that the gods of the earth believe that all is permitted to them, and consider their subjects as vile instruments of their caprices or of their ambition?

 

Religion, in every country, has made of the Monarch of Nature a cruel, fantastic, partial tyrant, whose caprice is the rule. The God-monarch is but too well imitated by His representatives upon the earth. Everywhere religion seems invented but to lull to sleep the people in fetters, in order to furnish their masters the facility of devouring them, or to render them miserable with impunity.

 

 

 

 

 

 

CXLIV.—ORIGIN OF THE MOST ABSURD, THE MOST RIDICULOUS, AND THE MOST ODIOUS USURPATION, CALLED THE DIVINE RIGHT OF KINGS. WISE COUNSELS TO KINGS.

In order to guard themselves against the enterprises of a haughty Pontiff who desired to reign over kings, and in order to protect their persons from the attacks of the credulous people excited by their priests, several princes of Europe pretended to have received their crowns and their rights from God alone, and that they should account to Him only for their actions. Civil power in its battles against spiritual power, having at length gained the advantage, and the priests being compelled to yield, recognized the Divine right of kings and preached it to the people, reserving to themselves the right to change opinions and to preach revolution, every time that the divine rights of kings did not agree with the divine rights of the clergy. It was always at the expense of the people that peace was restored between the kings and the priests, but the latter maintained their pretensions notwithstanding all treaties.

 

Muchos tiranos y príncipes malvados, cuya conciencia les reprocha su negligencia o su perversidad, lejos de temer a su Dios, prefieren negociar con este Juez invisible, que nunca niega nada, o con sus sacerdotes, que se acomodan a los amos de la tierra y no a sus súbditos. El pueblo, reducido a la desesperación, considera como un abuso los derechos divinos de sus jefes. Cuando los hombres se exasperan, los derechos divinos de los tiranos se ven obligados a ceder ante los derechos naturales de sus súbditos; tienen mejor mercado con los dioses que con los hombres. Los reyes no son responsables de sus actos sino ante Dios, los sacerdotes ante sí mismos; hay razón para creer que ambos tienen más fe en la indulgencia del Cielo que en la de la tierra. Es mucho más fácil escapar de los juicios de los dioses, quien puede ser apaciguado con poco gasto, que los juicios de los hombres cuya paciencia está agotada. Si quitas a los soberanos el temor de un poder invisible, ¿qué freno opondrás a su mala conducta? Que aprendan a gobernar, a ser justos, a respetar los derechos de los pueblos, a reconocer los beneficios de las naciones de quienes obtienen su grandeza y poder; que aprendan a temer a los hombres, a someterse a las leyes de la equidad, que nadie puede violar sin peligro; que estas leyes restrinjan por igual al poderoso y al débil, al grande y al pequeño, al soberano y a los súbditos. cómo respetar los derechos de los pueblos, reconocer los beneficios de las naciones de quienes obtienen su grandeza y poder; que aprendan a temer a los hombres, a someterse a las leyes de la equidad, que nadie puede violar sin peligro; que estas leyes restrinjan por igual al poderoso y al débil, al grande y al pequeño, al soberano y a los súbditos. cómo respetar los derechos de los pueblos, reconocer los beneficios de las naciones de quienes obtienen su grandeza y poder; que aprendan a temer a los hombres, a someterse a las leyes de la equidad, que nadie puede violar sin peligro; que estas leyes restrinjan por igual al poderoso y al débil, al grande y al pequeño, al soberano y a los súbditos.

 

El miedo a los dioses, la religión, los terrores de otra vida, ¡éstas son las barreras metafísicas y sobrenaturales que se oponen a las furiosas pasiones de los príncipes! ¿Son suficientes estas barreras? ¡Dejamos que la experiencia resuelva la pregunta! Oponer la religión a la maldad de los tiranos, es desear que las vagas especulaciones sean más poderosas que las inclinaciones que conspiran para fortalecerlas en ella de día en día.

 

 

 

 

 

 

CXLV.—LA RELIGIÓN ES FATAL PARA LA POLÃTICA; NO FORMA SOLO DÉSPOTAS LIBERTINOS Y PERVERSOS, ASÍ COMO SÚBDITOS ABYECTOS E INFELICES.

Se nos habla constantemente de las inmensas ventajas que la religión asegura a la política; pero si reflexionamos un momento, veremos sin problema que las opiniones religiosas ciegan y desvían por igual a los gobernantes y al pueblo, y nunca los iluminan ni en cuanto a sus verdaderos deberes ni a sus verdaderos intereses. La religión, pero con demasiada frecuencia, forma tiranos licenciosos e inmorales, obedecidos por esclavos que están obligados a ajustarse a sus puntos de vista. Por falta del conocimiento de los verdaderos principios de la administración, el fin y los derechos de la vida social, los intereses reales de los hombres y los deberes que los unen, los príncipes se vuelven, en casi todas las tierras, licenciosos, absolutos y perversos. ; y sus súbditos abyectos, infelices y malvados. Fue para evitar la molestia de estudiar estos importantes temas, que se vieron obligados a recurrir a las quimeras, que hasta ahora, en lugar de ser un remedio, no han hecho sino aumentar los males de la raza humana y desviar su atención de las cosas más interesantes. La manera injusta y cruel con que se gobiernan aquí abajo tantas naciones, ¿no proporciona las pruebas más visibles, no sólo de la ineficacia que produce el miedo a otra vida, sino de la inexistencia de una Providencia interesada en la el destino de la raza humana? Si existiera un Dios bueno, ¿no estaríamos obligados a admitir que extrañamente descuida a la mayoría de los hombres en esta vida? Parecería que este Dios creó las naciones para que fueran juguetes de las pasiones y locuras de sus representantes sobre la tierra. La manera injusta y cruel con que se gobiernan aquí abajo tantas naciones, ¿no proporciona las pruebas más visibles, no sólo de la ineficacia que produce el miedo a otra vida, sino de la inexistencia de una Providencia interesada en la el destino de la raza humana? Si existiera un Dios bueno, ¿no estaríamos obligados a admitir que extrañamente descuida a la mayoría de los hombres en esta vida? Parecería que este Dios creó las naciones para que fueran juguetes de las pasiones y locuras de sus representantes sobre la tierra. La manera injusta y cruel con que se gobiernan aquí abajo tantas naciones, ¿no proporciona las pruebas más visibles, no sólo de la ineficacia que produce el miedo a otra vida, sino de la inexistencia de una Providencia interesada en la el destino de la raza humana? Si existiera un Dios bueno, ¿no estaríamos obligados a admitir que extrañamente descuida a la mayoría de los hombres en esta vida? Parecería que este Dios creó las naciones para que fueran juguetes de las pasiones y locuras de sus representantes sobre la tierra. ¿No nos veríamos obligados a admitir que extrañamente descuida a la mayoría de los hombres en esta vida? Parecería que este Dios creó las naciones para que fueran juguetes de las pasiones y locuras de sus representantes sobre la tierra. ¿No nos veríamos obligados a admitir que extrañamente descuida a la mayoría de los hombres en esta vida? Parecería que este Dios creó las naciones para que fueran juguetes de las pasiones y locuras de sus representantes sobre la tierra.

 

 

 

 

 

 

CXLVI.— EL CRISTIANISMO SE EXTENDIó PERO ALIMENTANDO EL DESPOTISMO, DEL CUAL ES, COMO TODA RELIGIÓN, EL SOPORTE MAS FUERTE.

Si leemos la historia con alguna atención, veremos que el cristianismo, adulador al principio, se insinuó entre las naciones salvajes y libres de Europa pero mostrando a sus jefes que sus principios favorecerían el despotismo y pondrían en sus manos el poder absoluto. Vemos, en consecuencia, reyes bárbaros que se convierten con prontitud milagrosa; es decir, adoptar sin examen un sistema tan favorable a su ambición y esforzarse por hacerlo adoptar por sus súbditos. Si desde entonces los ministros de esta religión han moderado a menudo sus principios serviles, es porque la teoría no tiene influencia sobre la conducta de los ministros del Señor, excepto cuando conviene a sus intereses temporales.

 

El cristianismo se jacta de haber traído a los hombres una felicidad desconocida en los siglos precedentes. Es cierto que los griegos no han conocido el derecho divino de los tiranos o usurpadores sobre su patria. Bajo el reinado del Paganismo, a nadie se le pasó por la cabeza que el Cielo no quisiera que una nación se defendiera de una bestia feroz que la asolaba con insolencia. La religión cristiana, ideada en beneficio de los tiranos, se estableció sobre el principio de que las naciones debían renunciar a la legítima defensa de sí mismas. Así, las naciones cristianas se ven privadas de la primera ley de la naturaleza, que decreta que el hombre debe resistir el mal y desarmar a todos los que intentan destruirlo. Si los ministros de la Iglesia han permitido a menudo que las naciones se rebelen por la causa del Cielo, nunca permitieron que se rebelaran contra los males reales o las violencias conocidas.

 

Del Cielo han venido las cadenas para encadenar las mentes de los mortales. ¿Por qué el mahometano es esclavo en todas partes? Es porque su Profeta lo subyugó en el nombre de la Deidad, así como Moisés antes que él subyugó a los judíos. En todas partes del mundo vemos que los sacerdotes fueron los primeros legisladores y los primeros soberanos de los salvajes a quienes gobernaban. La religión parece haber sido inventada pero para exaltar a los príncipes sobre sus naciones, y para entregar a la gente a su discreción. Tan pronto como estos últimos se encuentran desdichados aquí abajo, se les hace callar amenazándolos con la ira de Dios; sus ojos están fijos en el Cielo, para impedirles percibir las verdaderas causas de sus sufrimientos y aplicar los remedios que la naturaleza les ofrece.

 

 

 

 

 

 

CXLVII.—THE ONLY AIM OF RELIGIOUS PRINCIPLES IS TO PERPETUATE THE TYRANNY OF KINGS AND TO SACRIFICE THE NATIONS TO THEM.

By incessantly repeating to men that the earth is not their true country; that the present life is but a passage; that they were not made to be happy in this world; that their sovereigns hold their authority but from God, and are responsible to Him alone for the misuse of it; that it is never permitted to them to resist, the priesthood succeeded in perpetuating the misconduct of the kings and the misfortunes of the people; the interests of the nations have been cowardly sacrificed to their chiefs. The more we consider the dogmas and the principles of religion, the more we shall be convinced that their only aim is to give advantage to tyrants and priests; not having the least regard for the good of society. In order to mask the powerlessness of these deaf Gods, religion has succeeded in making mortals believe that it is always iniquity which excites the wrath of Heaven. The people blame themselves for the disasters and the adversities which they endure continually. If disturbed nature sometimes causes the people to feel its blows, their bad governments are but too often the immediate and permanent causes from which spring the continual calamities that they are obliged to endure. Is it not the ambition of kings and of the great, their negligence, their vices, their oppression, to which are generally due sterility, mendacity, wars, contagions, bad morals, and all the multiplied scourges which desolate the earth?

 

In continually directing the eyes of men toward Heaven, making them believe that all their evils are due to Divine wrath, in furnishing them but inefficient and futile means of lessening their troubles, it would appear that the only object of the priests is to prevent the nations from dreaming of the true sources of their miseries, and to perpetuate them. The ministers of religion act like those indigent mothers, who, in need of bread, put their hungry children to sleep by songs, or who present them toys to make them forget the want which torments them.

 

Blinded from childhood by error, held by the invincible ties of opinion, crushed by panic terrors, stupefied at the bosom of ignorance, how could the people understand the true causes of their troubles? They think to remedy them by invoking the gods. Alas! do they not see that it is it the name of these gods that they are ordered to present their throat to the sword of their pitiless tyrants, in whom they would find the most visible cause of the evils under which they groan, and for which they uselessly implore the assistance of Heaven? Credulous people! in your adversities redouble your prayers, your offerings, your sacrifices; besiege your temples, strangle countless victims, fast in sackcloth and in ashes, drink your own tears; finally, exhaust yourselves to enrich your gods: you will do nothing but enrich their priests; the gods of Heaven will not be propitious to you, except when the gods of the earth will recognize that they are men like yourselves, and will give to your welfare the care which is your due.

 

 

 

 

 

 

CXLVIII.—HOW FATAL IT IS TO PERSUADE KINGS THAT THEY HAVE ONLY GOD TO FEAR IF THEY INJURE THE PEOPLE.

Negligent, ambitious, and perverse princes are the real causes of public adversities, of useless and unjust wars continually depopulating the earth, of greedy and despotic governments, destroying the benefactions of nature for men. The rapacity of the courts discourages agriculture, blots out industry, causes famine, contagion, misery; Heaven is neither cruel nor favorable to the wishes of the people; it is their haughty chiefs, who always have a heart of brass.

 

It is a notion destructive to wholesome politics and to the morals of princes, to persuade them that God alone is to be feared by them, when they injure their subjects or when they neglect to render them happy. Sovereigns! It is not the Gods, but your people whom you offend when you do evil. It is to these people, and by retroaction, to yourselves, that you do harm when you govern unjustly.

 

Nothing is more common in history than to see religious tyrants; nothing more rare than to find equitable, vigilant, enlightened princes. A monarch can be pious, very strict in fulfilling servilely the duties of his religion, very submissive to his priests, liberal in their behalf, and at the same time destitute of all the virtues and talents necessary for governing. Religion for the princes is but an instrument intended to keep the people more firmly under the yoke. According to the beautiful principles of religious morality, a tyrant who, during a long reign, will have done nothing but oppress his subjects, rob them of the fruits of their labor, sacrifice them without pity to his insatiable ambition; a conqueror who will have usurped the provinces of others, who will have slaughtered whole nations, who will have been all his life a real scourge of the human race, imagines that his conscience can be tranquillized, if, in order to expiate so many crimes, he will have wept at the feet of a priest, who will have the cowardly complaisance to console and reassure a brigand, whom the most frightful despair would punish too little for the evil which he has done upon earth.

 

 

 

 

 

 

CLXIX.—A RELIGIOUS KING IS A SCOURGE TO HIS KINGDOM.

A sincerely religious sovereign is generally a very dangerous chief for a State; credulity always indicates a narrow mind; devotion generally absorbs the attention which the prince ought to give to the ruling of his people. Docile to the suggestions of his priests, he constantly becomes the toy of their caprices, the abettor of their quarrels, the instrument and the accomplice of their follies, to which he attaches the greatest importance. Among the most fatal gifts which religion has bestowed upon the world, we must consider above all, these devoted and zealous monarchs, who, with the idea of working for the salvation of their subjects, have made it their sacred duty to torment, to persecute, to destroy those whose conscience made them think otherwise than they do. A religious bigot at the head of an empire, is one of the greatest scourges which Heaven in its fury could have sent upon earth. One fanatical or deceitful priest who has the ear of a credulous and powerful prince, suffices to put a State into disorder and the universe into combustion.

 

In almost all countries, priests and devout persons are charged with forming the mind and the heart of the young princes destined to govern the nations. What enlightenment can teachers of this stamp give? Filled themselves with prejudices, they will hold up to their pupil superstition as the most important and the most sacred thing, its chimerical duties as the most holy obligations, intolerance, and the spirit of persecution, as the true foundations of his future authority; they will try to make him a chief of party, a turbulent fanatic, and a tyrant; they will suppress at an early period his reason; they will premonish him against it; they will prevent truth from reaching him; they will prejudice him against true talents, and prepossess him in favor of despicable talents; finally they will make of him an imbecile devotee, who will have no idea of justice or of injustice, of true glory or of true greatness, and who will be devoid of the intelligence and virtue necessary to the government of a great kingdom. Here, in brief, is the plan of education for a child destined to make, one day, the happiness or the misery of several millions of men.

 

 

 

 

 

 

CL.—THE SHIELD OF RELIGION IS FOR TYRANNY, A WEAK RAMPART AGAINST THE DESPAIR OF THE PEOPLE. A DESPOT IS A MADMAN, WHO INJURES HIMSELF AND SLEEPS UPON THE EDGE OF A PRECIPICE.

Priests in all times have shown themselves supporters of despotism, and the enemies of public liberty. Their profession requires vile and submissive slaves, who never have the audacity to reason. In an absolute government, their great object is to secure control of the mind of a weak and stupid prince, in order to make themselves masters of the people. Instead of leading the people to salvation, priests have always led them to servitude.

 

En aras de los títulos sobrenaturales que la religión ha forjado para los príncipes más malvados, éstos se han unido generalmente con los sacerdotes, los cuales, seguros de gobernar controlando la opinión del mismo soberano, se encargan de atar las manos del pueblo y de mantenerlos bajo su yugo. Pero es vano que el tirano, protegido por el escudo de la religión, se jacte de estar resguardado de todos los golpes del destino. La opinión es una muralla débil contra la desesperación de la gente. Además, el sacerdote es amigo del tirano sólo mientras saca provecho de la tiranía; predica la sedición y derriba el ídolo que ha hecho, cuando lo considera ya no conforme a los intereses del cielo, del que habla como le place, y que nunca habla sino en nombre de sus intereses. Sin duda se dirá, que los soberanos, sabiendo todas las ventajas que les procura la religión, están verdaderamente interesados ​​en sostenerla con todas sus fuerzas. Si las opiniones religiosas son útiles a los tiranos, es evidente que son inútiles a los que gobiernan según las leyes de la razón y de la equidad. ¿Hay alguna ventaja en ejercer la tiranía? ¿No priva la tiranía a los príncipes del verdadero poder, el amor del pueblo, en el que está la seguridad? ¿No debería todo príncipe racional darse cuenta de que el déspota no es más que un loco que se daña a sí mismo? ¿No se cuidará todo príncipe ilustrado de sus aduladores, cuyo objeto es hacerlo dormir al borde del precipicio al que lo conducen? Si las opiniones religiosas son útiles a los tiranos, es evidente que son inútiles a los que gobiernan según las leyes de la razón y de la equidad. ¿Hay alguna ventaja en ejercer la tiranía? ¿No priva la tiranía a los príncipes del verdadero poder, el amor del pueblo, en el que está la seguridad? ¿No debería todo príncipe racional darse cuenta de que el déspota no es más que un loco que se daña a sí mismo? ¿No se cuidará todo príncipe ilustrado de sus aduladores, cuyo objeto es hacerlo dormir al borde del precipicio al que lo conducen? Si las opiniones religiosas son útiles a los tiranos, es evidente que son inútiles a los que gobiernan según las leyes de la razón y de la equidad. ¿Hay alguna ventaja en ejercer la tiranía? ¿No priva la tiranía a los príncipes del verdadero poder, el amor del pueblo, en el que está la seguridad? ¿No debería todo príncipe racional darse cuenta de que el déspota no es más que un loco que se daña a sí mismo? ¿No se cuidará todo príncipe ilustrado de sus aduladores, cuyo objeto es hacerlo dormir al borde del precipicio al que lo conducen? ¿En qué está la seguridad? ¿No debería todo príncipe racional darse cuenta de que el déspota no es más que un loco que se daña a sí mismo? ¿No se cuidará todo príncipe ilustrado de sus aduladores, cuyo objeto es hacerlo dormir al borde del precipicio al que lo conducen? ¿En qué está la seguridad? ¿No debería todo príncipe racional darse cuenta de que el déspota no es más que un loco que se daña a sí mismo? ¿No se cuidará todo príncipe ilustrado de sus aduladores, cuyo objeto es hacerlo dormir al borde del precipicio al que lo conducen?

 

 

 

 

 

 

CLI.– LA RELIGIÓN FAVORECE LOS ERRORES DE LOS PRINCIPES LIBRANDOLOS DEL MIEDO Y DEL REMMORD.

Si las lisonjas sacerdotales logran pervertir a los príncipes y convertirlos en tiranos, éstos, por su parte, corrompen necesariamente a los grandes hombres y al pueblo. Bajo un amo injusto, sin bondad, sin virtud, que no conoce más ley que su capricho, una nación debe necesariamente depravarse. ¿Deseará este maestro tener cerca de él hombres honestos, ilustrados y virtuosos? ¡No! necesita aduladores en los que se le acercan, imitadores, esclavos, mentes bajas y serviles, que se entregan a su gusto; su corte extenderá el contagio del vicio a las clases inferiores. Gradualmente todos serán necesariamente corrompidos, en un Estado cuyo jefe es corrupto él mismo. Se dijo hace mucho tiempo que los príncipes parecen ordenados a hacer todo lo que hacen por sí mismos. La religión, lejos de ser un freno para los soberanos, les da derecho, sin miedo y sin remordimiento, a los errores que son tan fatales para ellos como para las naciones que gobiernan. Los hombres nunca son engañados con impunidad. Dile a un príncipe que es un Dios, y muy pronto creerá que no le debe nada a nadie. Mientras sea temido, no le importará mucho el amor; no reconocerá derechos, ni relaciones con sus súbditos, ni obligaciones en su nombre. Dile a este príncipe que él es responsable de sus acciones solo ante Dios, y muy pronto actuará como si no fuera responsable ante nadie. ninguna relación con sus súbditos, ni obligaciones en su nombre. Dile a este príncipe que él es responsable de sus acciones solo ante Dios, y muy pronto actuará como si no fuera responsable ante nadie. ninguna relación con sus súbditos, ni obligaciones en su nombre. Dile a este príncipe que él es responsable de sus acciones solo ante Dios, y muy pronto actuará como si no fuera responsable ante nadie.

 

 

 

 

 

 

CLII.—¿QUÉ ES UN SOBERANO ILUMINADO?

Un soberano ilustrado es aquel que comprende sus verdaderos intereses; sabe que están unidos a los de su nación; sabe que un príncipe no puede ser ni grande, ni poderoso, ni amado, ni respetado, mientras no coma más que miserables esclavos; sabe que la equidad, la benevolencia y la vigilancia le darán más derechos reales sobre los hombres que títulos fabulosos que pretenden venir del Cielo. Sentirá que la religión es útil sólo para los sacerdotes; que es inútil para la sociedad, que a menudo se ve perturbada por él; que debe limitarse para evitar que haga daño; finalmente comprenderá que, para reinar con gloria, debe hacer buenas leyes, poseer virtudes y no basar su poder en imposiciones y quimeras.

 

 

 

 

 

 

CLIII.— LAS PASIONES DOMINANTES Y CRIMEN DEL SACERDOCIO. CON LA AYUDA DE SU PRETENDIDO DIOS Y DE LA RELIGIÓN, AFIRMA SUS PASIONES Y COMETE SUS CRÍMENES.

Los ministros de la religión han tenido mucho cuidado en hacer de su Dios un tirano terrible, caprichoso y cambiante; les era necesario que Él fuera así para que se prestara a sus diversos intereses. Un Dios que sea justo y bueno, sin mezcla de capricho y perversidad; un Dios que tuviera constantemente las cualidades de un hombre honesto o de un soberano complaciente, no convendría a sus ministros. Es necesario a los sacerdotes que tiemblemos ante su Dios, a fin de que recurramos a ellos para obtener los medios para aquietarnos. Ningún hombre es un héroe para su ayuda de cámara. No es sorprendente que un Dios vestido por sus sacerdotes de tal manera que haga que otros le teman, rara vez se imponga a esos sacerdotes, o ejerza muy poca influencia sobre su conducta. En consecuencia, los vemos comportarse de manera uniforme en todos los países; en todas partes devoran naciones, envilecen almas, desalientan la industria y siembran discordia bajo el pretexto de la gloria de su Dios. La ambición y la avaricia fueron en todo momento las pasiones dominantes del sacerdocio; en todas partes el sacerdote se coloca por encima del soberano y de las leyes; en todas partes lo vemos ocupado pero con los intereses de su orgullo, su codicia, su talante despótico y vengativo; en todas partes lo sustituye por expiaciones, sacrificios, ceremonias y prácticas misteriosas; en una palabra, inventos lucrativos para sí mismo por virtudes útiles y sociales. La mente se confunde y la razón se interpone ante la vista de las prácticas ridículas y los medios lamentables que los ministros de los dioses inventaron en cada país para purificar las almas y hacer que el Cielo sea favorable a las naciones. Aquí, practican la circuncisión a un niño para procurarle la benevolencia divina; allí le vierten agua sobre la cabeza para lavar los crímenes que aún no podía haber cometido; en otros lugares se le dice que se sumerja en un río cuyas aguas tienen el poder de lavar todas sus impurezas; en otros lugares le está prohibido cierto alimento, cuyo uso no dejaría de excitar la indignación celestial; en otros países mandan que el pecador venga periódicamente para la confesión de sus faltas a un sacerdote, que muchas veces es más pecador que él. en otros lugares le está prohibido cierto alimento, cuyo uso no dejaría de excitar la indignación celestial; en otros países mandan que el pecador venga periódicamente para la confesión de sus faltas a un sacerdote, que muchas veces es más pecador que él. en otros lugares le está prohibido cierto alimento, cuyo uso no dejaría de excitar la indignación celestial; en otros países mandan que el pecador venga periódicamente para la confesión de sus faltas a un sacerdote, que muchas veces es más pecador que él.

 

 

 

 

 

 

CLIV.—CHARLATANIA DE LOS SACERDOTES.

¿Qué diríamos de una multitud de charlatanes, que todos los días expondrían en un lugar público, vendiendo sus remedios y recomendándolos como infalibles, mientras los encontráramos aquejados de las mismas enfermedades que pretenden curar? ¿Tendríamos mucha confianza en las recetas de estos charlatanes, que gritarían: "Toma nuestros remedios, sus efectos son infalibles, curan a todos menos a nosotros?" ¿Qué pensaríamos al ver a estos mismos charlatanes pasarse la vida quejándose de que sus remedios nunca producen ningún efecto en los pacientes que los toman? Finalmente, ¿qué idea nos formaríamos de la insensatez del hombre común que, a pesar de esta confesión, seguiría pagando muy alto por remedios que no le serán beneficiosos? Los sacerdotes se asemejan a los alquimistas, que afirman audazmente que tienen el secreto para hacer oro,

 

Los ministros de religión declaman incesantemente contra la corrupción de la época, y se quejan a gritos del poco éxito de sus enseñanzas, al mismo tiempo que nos aseguran que la religión es el remedio universal, la verdadera panacea para todos los males humanos. Estos sacerdotes están enfermos ellos mismos; sin embargo, los hombres continúan frecuentando sus puestos y teniendo fe en sus Divinos antídotos, que, según su propia confesión, ¡no curan a nadie!

 

 

 

 

 

 

CLV.— INCONTABLES CALAMIDADES SON PRODUCIDAS POR LA RELIGIÓN, QUE HA MANCHADO LA MORAL Y PERTURBADO TODAS LAS IDEAS JUSTAS Y TODAS LAS SANA DOCTRINAS.

La religión, especialmente entre la gente moderna, al tomar posesión de la moralidad, oscureció totalmente sus principios; ha vuelto a los hombres antisociales por un sentido del deber; los ha obligado a ser inhumanos con todos aquellos que no pensaban como ellos. Las disputas teológicas, igualmente ininteligibles para las partes ya irritadas entre sí, han trastornado imperios, provocado revoluciones, arruinado soberanos, devastado toda Europa; estas rencillas despreciables no podían extinguirse ni en ríos de sangre. Después de la extinción del Paganismo, el pueblo estableció el principio religioso de entrar en frenesí, cada vez que surgía una opinión que sus sacerdotes consideraban contraria a la santa doctrina. Los devotos de una religión que predica externamente sino caridad, armonía y paz, se han mostrado más feroces que caníbales o salvajes cada vez que sus instructores los han excitado a la destrucción de sus hermanos. No hay crimen que los hombres no hayan cometido con la idea de agradar a la Deidad o de aplacar Su ira. La idea de un Dios terrible que fue representado como un déspota, necesariamente debe haber hecho malvados a sus súbditos. El miedo no hace más que esclavos, y los esclavos son cobardes, bajos, crueles, y creen que tienen derecho a hacer cualquier cosa cuando se trata de ganar la buena voluntad o de escapar de los castigos del amo a quien temen. Sólo la libertad de pensamiento puede dar a los hombres humanidad y grandeza de alma. La noción de un Dios tirano sólo puede crear esclavos abyectos, enojados, pendencieros e intolerantes. Toda religión que suponga un Dios fácilmente irritable, celoso, vengativo, puntilloso acerca de sus derechos o de su título, un Dios lo suficientemente pequeño como para ofenderse por las opiniones que tenemos de Él, un Dios lo suficientemente injusto para exigir ideas uniformes con respecto a Él, tal religión se vuelve necesariamente turbulenta, antisocial, sanguinaria; los adoradores de tal Dios nunca creen poder, sin delito, prescindir de odiar y aun de destruir a todos los que designan como adversarios de este Dios; se creerían traidores a la causa de su monarca celestial, si convivieran en buenos términos con los conciudadanos rebeldes. Amar lo que Dios odia, ¿no sería exponerse a su odio implacable? ¡Infames perseguidores, y vosotros, religiosos caníbales! ¿Nunca sentirás la locura y la injusticia de tu carácter intolerante? ¿No ven que el hombre ya no es dueño de sus opiniones religiosas, de su credulidad o incredulidad, que del lenguaje que aprende en la infancia, y que no puede cambiar? Decirle a los hombres que piensen como tú, ¿no es pedirle a un extranjero que exprese sus pensamientos en tu idioma? Castigar a un hombre por sus opiniones erróneas, ¿no es castigarlo por haber sido educado de manera diferente a la tuya? Si soy incrédulo, ¿me es posible desterrar de mi mente las razones que han perturbado mi fe? Si Dios permite a los hombres la libertad de condenarse a sí mismos, ¿es asunto suyo? ¿Eres más sabio y más prudente que este Dios cuyos derechos quieres vengar? ¿No es castigarlo por haber sido educado de manera diferente a la tuya? Si soy incrédulo, ¿me es posible desterrar de mi mente las razones que han perturbado mi fe? Si Dios permite a los hombres la libertad de condenarse a sí mismos, ¿es asunto suyo? ¿Eres más sabio y más prudente que este Dios cuyos derechos quieres vengar? ¿No es castigarlo por haber sido educado de manera diferente a la tuya? Si soy incrédulo, ¿me es posible desterrar de mi mente las razones que han perturbado mi fe? Si Dios permite a los hombres la libertad de condenarse a sí mismos, ¿es asunto suyo? ¿Eres más sabio y más prudente que este Dios cuyos derechos quieres vengar?

 

 

 

 

 

 

CLVI.—TODA RELIGIÓN ES INTOLERANTE Y, EN CONSECUENCIA, DESTRUCTORA DE LA BENEFICENCIA.

No hay religioso que, según su temperamento, no odie, desprecie o se compadezca de los adeptos de una secta distinta a la suya. La religión dominante (que nunca es sino la del soberano y los ejércitos) siempre hace sentir su superioridad de una manera muy cruel e injuriosa hacia las sectas más débiles. No existe aún sobre la tierra una verdadera tolerancia; en todas partes se adora a un Dios celoso, y cada nación se cree su amiga con exclusión de todas las demás.

 

Toda nación se jacta de adorar al Dios verdadero, al Dios universal, al Soberano de la Naturaleza; pero cuando llegamos a examinar a este Monarca del mundo, percibimos que cada organización, cada secta, cada partido religioso, hace de este Dios poderoso un soberano inferior, cuyos cuidados y bondad se extienden solo sobre un pequeño número de Sus súbditos que pretender tener la ventaja exclusiva de sus favores, y que no se inquieta por los demás.

 

Los fundadores de religiones, y los sacerdotes que las mantienen, han pretendido separar las naciones que adoctrinaron, de otras naciones; deseaban separar su propio rebaño por rasgos distintivos; dieron a sus devotos Dioses enemigos de otros Dioses así como las formas de adoración, dogmas, ceremonias, por separado; los persuadieron especialmente de que las religiones de los demás eran impías y abominables. Por este infame artificio, estos impostores ambiciosos tomaron posesión exclusiva de las mentes de sus devotos, los volvieron antisociales y les hicieron considerar como parias a todos aquellos que no tenían las mismas ideas y forma de culto que los suyos. Así es como la religión logró cerrar el corazón y desterrar de él el afecto que el hombre debe tener por su prójimo. Sociabilidad, tolerancia, humanidad,

 

 

 

 

 

 

CLVII.—ABUSE OF A STATE RELIGION.

Every national religion has a tendency to make man vain, unsocial, and wicked; the first step toward humanity is to permit each one to follow peacefully the worship and the opinions which suit him. But such a conduct can not please the ministers of religion, who wish to have the right to tyrannize over even the thoughts of men. Blind and bigoted princes, you hate, you persecute, you devote heretics to torture, because you are persuaded that these unfortunate ones displease God. But do you not claim that your God is full of kindness? How can you hope to please Him by such barbarous actions which He can not help disapproving of? Besides, who told you that their opinions displease your God? Your priests told you! But who guarantees that your priests are not deceived themselves or that they do not wish to deceive you? It is these same priests! Princes! it is upon the perilous word of your priests that you commit the most atrocious and the most unheard-of crimes, with the idea of pleasing the Deity!

 

 

 

 

 

 

CLVIII.—RELIGION GIVES LICENSE TO THE FEROCITY OF THE PEOPLE BY LEGITIMIZING IT, AND AUTHORIZES CRIME BY TEACHING THAT IT CAN BE USEFUL TO THE DESIGNS OF GOD.

"Never," says Pascal, "do we do evil so thoroughly and so willingly as when we do it through a false principle of conscience." Nothing is more dangerous than a religion which licenses the ferocity of the people, and justifies in their eyes the blackest crimes; it puts no limits to their wickedness as soon as they believe it authorized by their God, whose interests, as they are told, can justify all their actions. If there is a question of religion, immediately the most civilized nations become true savages, and believe everything is permitted to them. The more cruel they are, the more agreeable they suppose themselves to be to their God, whose cause they imagine can not be sustained by too much zeal. All religions of the world have authorized countless crimes. The Jews, excited by the promises of their God, arrogated to themselves the right of exterminating whole nations; the Romans, whose faith was founded upon the oracles of their Gods, became real brigands, and conquered and ravaged the world; the Arabians, encouraged by their Divine preceptor, carried the sword and the flame among Christians and idolaters. The Christians, under pretext of spreading their holy religion, covered the two hemispheres a hundred times with blood. In all events favorable to their own interests, which they always call the cause of God, the priests show us the finger of God. According to these principles, religious bigots have the luck of seeing the finger of God in revolts, in revolutions, massacres, regicides, prostitutions, infamies, and, if these things contribute to the advantage of religion, we can say, then, that God uses all sorts of means to secure His ends. Is there anything better calculated to annihilate every idea of morality in the minds of men, than to make them understand that their God, who is so powerful and so perfect, is often compelled to use crime to accomplish His designs?

 

 

 

 

 

 

CLIX.—REFUTATION OF THE ARGUMENT, THAT THE EVILS ATTRIBUTED TO RELIGION ARE BUT THE SAD EFFECTS OF THE PASSIONS OF MEN.

When we complain about the violence and evils which generally religion causes upon earth, we are answered at once, that these excesses are not due to religion, but that they are the sad effect of men's passions. I would ask, however, what unchained these passions? It is evidently religion; it is a zeal which renders inhuman, and which serves to cover the greatest infamy. Do not these disorders prove that religion, instead of restraining the passions of men, does but cover them with a cloak that sanctifies them; and that nothing would be more beneficial than to tear away this sacred cloak of which men make such a bad use? What horrors would be banished from society, if the wicked were deprived of a pretext so plausible for disturbing it!

 

En lugar de fomentar la paz entre los hombres, los sacerdotes incitaron el odio y la contienda. Alegaron su conciencia y pretendieron haber recibido del Cielo el derecho de ser pendencieros, turbulentos y rebeldes. ¿No se consideran agraviados los ministros de Dios, no pretenden que su Divina Majestad sea agraviada cada vez que los soberanos tienen la temeridad de tratar de impedir que hagan agravio? ¡Los sacerdotes se parecen a esa mujer irritable que gritó fuego! ¡asesinato! asesinos! mientras su esposo le sostenía las manos para evitar que lo golpeara.

 

 

 

 

 

 

CLX.— TODA MORAL ES INCOMPATIBLE CON LAS OPINIONES RELIGIOSAS.

A pesar de las tragedias sangrientas que la religión ha causado con tanta frecuencia en este mundo, se nos dice constantemente que no puede haber moralidad sin religión. Si juzgamos las opiniones teológicas por sus efectos, tendríamos razón al suponer que toda moralidad es perfectamente incompatible con las opiniones religiosas de los hombres. "Imitar a Dios", se nos repite constantemente. ¡Ay! ¡Qué moral tendríamos si fuéramos a imitar a este Dios! ¿A qué Dios debemos imitar? ¿Es el Dios de los deístas? Pero incluso este Dios no puede ser un modelo de bondad para nosotros. Si Él es el autor de todo, Él es igualmente el autor de lo bueno y lo malo que vemos en este mundo; si es autor del orden, es también autor del desorden, que no existiría sin su permiso; si produce, destruye; si da la vida, también causa la muerte; si Él da la abundancia, riquezas, prosperidad y paz, Él permite o envía hambres, pobreza, calamidades y guerras. ¿Cómo se puede aceptar como modelo de beneficencia permanente al Dios del teísmo o de la religión natural, cuyas intenciones favorables se contradicen en todo momento con todo lo que sucede en el mundo? La moral necesita una base más firme que el ejemplo de un Dios cuya conducta varía, y al que no podemos llamar bueno sino cerrando obstinadamente los ojos al mal que provoca o permite que se produzca en este mundo. cuyas intenciones favorables son contradichas en todo momento por todo lo que sucede en el mundo? La moral necesita una base más firme que el ejemplo de un Dios cuya conducta varía, y al que no podemos llamar bueno sino cerrando obstinadamente los ojos al mal que provoca o permite que se produzca en este mundo. cuyas intenciones favorables son contradichas en todo momento por todo lo que sucede en el mundo? La moral necesita una base más firme que el ejemplo de un Dios cuya conducta varía, y al que no podemos llamar bueno sino cerrando obstinadamente los ojos al mal que provoca o permite que se produzca en este mundo.

 

¿Imitaremos al bueno y grande Júpiter del paganismo antiguo? Imitar a tal Dios sería tomar como modelo a un hijo rebelde, que le arrebata el trono a su padre y luego mutila su cuerpo; es imitar a un libertino y adúltero, un hombre incestuoso, destemplado, cuya conducta haría sonrojar a cualquier mortal razonable. ¿Qué hubiera sido de los hombres bajo el dominio del paganismo si hubieran imaginado, según Platón, que la virtud consistía en imitar a los dioses?

 

¿Debemos imitar al Dios de los judíos? ¿Encontraremos un modelo para nuestra conducta en Jehová? Es verdaderamente un Dios salvaje, realmente creado para un pueblo ignorante, cruel e inmoral; Es un Dios que está constantemente enfurecido, respirando sólo venganza; el que no tiene piedad, el que ordena la matanza y el robo; en una palabra, es un Dios cuya conducta no puede servir de modelo a un hombre honesto, y que sólo puede ser imitado por un jefe de bandoleros.

 

¿Imitaremos, pues, al Jesús de los cristianos? Este Dios, que murió para apaciguar la furia implacable de su Padre, ¿puede servir de ejemplo que los hombres deben seguir? ¡Pobre de mí! no veremos en Él más que a un Dios, o más bien un fanático, un misántropo, que sumergido en la miseria, y predicando a los desdichados, les aconseja ser pobres, combatir y extinguir la naturaleza, odiar el placer, buscar los sufrimientos, y despreciarse a sí mismos; Les dice que dejen padre, madre, todas las ataduras de la vida, para seguirlo. ¡Qué hermosa moralidad! Tu dirás. Es admirable, sin duda; debe ser Divino, porque es impracticable para los hombres. Pero esta sublime moralidad, ¿no tiende a hacer despreciable la virtud? Según esta jactanciosa moralidad del hombre-Dios de los cristianos, sus discípulos en este mundo inferior son, como Tántalo, atormentados por una sed ardiente, que no se les permite saciar. ¿No nos da esa moral una maravillosa idea del Autor de la naturaleza? Si Él, como se nos asegura, ha creado todo para el uso de sus criaturas, ¿por qué extraño capricho prohibe el uso de las cosas buenas que Él ha creado para ellas? ¿Es el placer que el hombre desea constantemente sino una trampa que Dios ha tendido maliciosamente en su camino para atraparlo?

 

 

 

 

 

 

CLXI.— LA MORAL DEL EVANGELIO SON IMPRACTICABLES.

Los devotos de Cristo quisieran hacernos considerar como un milagro el establecimiento de su religión, que es en todos los aspectos contraria a la naturaleza, opuesta a todas las inclinaciones del corazón, enemiga de los placeres físicos. Pero la austeridad de una doctrina tiende a hacerla más maravillosa a los ignorantes. La misma razón que nos hace respetar, como divinos y sobrenaturales, misterios inconcebibles, nos hace admirar, como divinos y sobrenaturales, una moral impracticable y más allá del poder del hombre. Admirar la moral y practicarla son dos cosas muy diferentes. Todos los cristianos admiran continuamente la moral del Evangelio, pero es practicada por un pequeño número de santos; admirado por personas que evitan imitar su conducta, bajo el pretexto de que les falta el poder o la gracia.

 

El universo entero está más o menos infectado por una moralidad religiosa que se basa en la opinión de que para complacer a la Deidad es necesario volverse infeliz sobre la tierra. Vemos en todas partes de nuestro globo penitentes, ermitaños, faquires, fanáticos, que parecen haber estudiado profundamente los medios de atormentarse por la gloria de un Ser cuya bondad todos concuerdan en celebrar. La religión, por su esencia, es enemiga de la alegría y del bienestar de los hombres. "¡Bienaventurados los que sufren!" ¡Ay de los que tienen abundancia y gozo! ¡Estas son las raras revelaciones que enseña el cristianismo!

 

 

 

 

 

 

CLXII.— UNA SOCIEDAD DE SANTOS SERIA IMPOSIBLE.

In what consists the saint of all religions? It is a man who prays, fasts, who torments himself, who avoids the world, who, like an owl, is pleased but in solitude, who abstains from all pleasure, who seems frightened at every object which turns him a moment from his fanatical meditations. Is this virtue? Is a being of this stamp of any use to himself or to others? Would not society be dissolved, and would not men retrograde into barbarism, if each one should be fool enough to wish to be a saint?

 

It is evident that the literal and rigorous practice of the Divine morality of the Christians would lead nations to ruin. A Christian who would attain perfection, ought to drive away from his mind all that can alienate him from heaven—his true country. He sees upon earth but temptations, snares, and opportunities to go astray; he must fear science as injurious to faith; he must avoid industry, as it is a means of obtaining riches, which are fatal to salvation; he must renounce preferments and honors, as things capable of exciting his pride and calling his attention away from his soul; in a word, the sublime morality of Christ, if it were not impracticable, would sever all the ties of society.

 

A saint in the world is no more useful than a saint in the desert; the saint has an unhappy, discontented, and often irritable, turbulent disposition; his zeal often obliges him, conscientiously, to disturb society by opinions or dreams which his vanity makes him accept as inspirations from Heaven. The annals of all religions are filled with accounts of anxious, intractable, seditious saints, who have distinguished themselves by ravages that, for the greater glory of God, they have scattered throughout the universe. If the saints who live in solitude are useless, those who live in the world are very often dangerous. The vanity of performing a role, the desire of distinguishing themselves in the eyes of the stupid vulgar by a strange conduct, constitute usually the distinctive characteristics of great saints; pride persuades them that they are extraordinary men, far above human nature; beings who are more perfect than others; chosen ones, which God looks upon with more complaisance than the rest of mortals. Humility in a saint is, is a general rule, but a pride more refined than that of common men. It must be a very ridiculous vanity which can determine a man to continually war with his own nature!

 

 

 

 

 

 

CLXIII.–LA NATURALEZA HUMANA NO ES DEPRAVADA; Y UNA MORAL QUE CONTRADICE ESTE HECHO NO ESTÁ HECHA PARA EL HOMBRE.

Una moral que contradice la naturaleza del hombre no está hecha para él. Pero dirás que la naturaleza del hombre es depravada. ¿En qué consiste esta pretendida depravación? ¿Es porque tiene pasiones? Pero, ¿no son las pasiones la esencia misma del hombre? ¿No debe buscar, desear, amar lo que es, o lo que cree ser, esencial para su felicidad? ¿No debe temer y evitar lo que juzga perjudicial o fatal para él? Excite sus pasiones con objetos útiles; déjenlo apegarse a estos mismos objetos, desviarlo por motivos sensibles y conocidos de aquello que puede hacerle daño a él oa otros, y ustedes harán de él un ser razonable y virtuoso. Un hombre sin pasiones sería igualmente indiferente al vicio ya la virtud.

 

¡Santos doctores! constantemente nos decís que la naturaleza del hombre está pervertida; nos decís que el camino de toda carne es corrompido; nos dices que la naturaleza nos da inclinaciones desmesuradas. En este caso acusas a tu Dios, que no ha podido ni querido mantener esta naturaleza en su perfección original. Si esta naturaleza se corrompió, ¿por qué este Dios no la reparó? El cristiano me asegura que la naturaleza humana está reparada, que la muerte de su Dios la ha restablecido en su integridad. ¿Cómo es entonces que la naturaleza humana, a pesar de la muerte de un Dios, sigue siendo depravada? ¿Es, entonces, una pura pérdida que tu Dios muriera? ¿Qué será de su omnipotencia y de su victoria sobre el demonio, si es verdad que el demonio aún detenta el imperio que, según vosotros, ha ejercido siempre en el mundo?

 

La muerte, según la teología cristiana, es la pena del pecado. Esta opinión concuerda con la de algunas naciones negras salvajes, que imaginan que la muerte de un hombre es siempre el efecto sobrenatural de la ira de los Dioses. Los cristianos creen firmemente que Cristo los ha librado del pecado, mientras ven que, en su religión como en las demás, el hombre está sujeto a la muerte. Decir que Jesucristo nos ha librado del pecado, ¿no es afirmar que un juez ha concedido el perdón a un hombre culpable, mientras lo vemos enviado a la tortura?

 

 

 

 

 

 

CLXIV.—DE JESUCRISTO, EL DIOS DEL SACERDOTE.

Si, cerrando los ojos ante todo lo que sucede en este mundo, confiáramos en los devotos de la religión cristiana, creeríamos que la venida de nuestro Divino Salvador ha producido la revolución más maravillosa y la reforma más completa en la moral de las naciones. . El Mesías, según Pascal, [Ver Pensamientos de Pascal] debe por sí solo producir un pueblo grande, selecto y santo; conduciéndola y alimentándola, e introduciéndola en el lugar de reposo y santidad, santificándola para Dios, haciéndola templo de Dios, salvándola de la ira de Dios, librándola de la servidumbre del pecado, dando leyes a este pueblo , grabando estas leyes en sus corazones, ofreciéndose a Dios por ellos, aplastando la cabeza de la serpiente, etc. Este gran hombre se ha olvidado de mostrarnos el pueblo sobre el cual Su Divino Mesías ha producido los efectos milagrosos de los que habla con tanto énfasis; ¡Hasta ahora, al parecer, no existen sobre la tierra!

 

Si examinamos aunque sea un poco la moral de las naciones cristianas, y escuchamos los clamores de sus sacerdotes, nos veremos obligados a concluir que su Dios, Jesucristo, predicó sin fruto, sin éxito; que su voluntad todopoderosa encuentra todavía en los hombres una resistencia, sobre la cual este Dios no puede o no quiere triunfar. La moral de este Divino Doctor que sus discípulos tanto admiran y practican tan poco, es seguida durante todo un siglo pero por media docena de santos oscuros, monjes fanáticos e ignorantes, los únicos que tendrán la gloria de brillar en la corte celestial. ; todo el resto de los mortales, aunque redimidos por la sangre de este Dios, serán presa de las llamas eternas.

 

 

 

 

 

 

CLXV.— EL DOGMA DE LA REMISIÓN DE LOS PECADOS HA SIDO INVENTADO EN INTERÉS DE LOS SACERDOTES.

Cuando un hombre tiene un gran deseo de pecar, piensa muy poco en su Dios; más aún, cualesquiera que sean los delitos que haya cometido, siempre se jacta de que este Dios mitigará la severidad de sus castigos. Ningún mortal cree seriamente que su conducta pueda condenarlo. Aunque teme a un Dios terrible, que a menudo lo hace temblar, cada vez que es fuertemente tentado sucumbe y ve sólo a un Dios de misericordia, cuya idea lo aquieta. ¿Hace el mal? Espera tener tiempo para corregirse y promete sinceramente arrepentirse algún día.

 

Hay en la farmacia religiosa recetas infalibles para calmar la conciencia; los sacerdotes de todos los países poseen secretos soberanos para desarmar la ira del Cielo. Por cierto que sea que la ira de la Deidad se aplaca con oraciones, ofrendas, sacrificios, lágrimas penitenciales, no tenemos derecho a decir que la religión mantiene bajo control las irregularidades de los hombres; primero pecarán, y después buscarán los medios para reconciliar a Dios. Toda religión que expía y que promete la remisión de los crímenes, si restringe a alguno, alienta a la gran mayoría a cometer el mal. A pesar de su inmutabilidad, Dios es, en todas las religiones de este mundo, un verdadero Proteo. Sus sacerdotes lo muestran ahora armado de severidad, y luego lleno de clemencia y mansedumbre; ahora cruel y despiadado, y luego fácilmente reconciliados por el arrepentimiento y las lágrimas de los pecadores. En consecuencia, los hombres se enfrentan a la Deidad de la manera que más se ajuste a sus intereses presentes. Un Dios siempre colérico repelería a sus adoradores o los arrojaría a la desesperación. Los hombres necesitan un Dios que se enoje y que pueda ser apaciguado; si su ira alarma a algunas almas tímidas, su clemencia tranquiliza a los malvados decididos que pretenden recurrir tarde o temprano a los medios de reconciliarse con Él; si los juicios de Dios espantan a unos pocos devotos pusilánimes que ya por temperamento y por costumbre no están inclinados al mal, los tesoros de la misericordia divina tranquilizan a los más grandes criminales, que tienen motivos para esperar que participarán en ellos con los demás. los hombres se enfrentan a la Deidad de la manera que más se ajuste a sus intereses presentes. Un Dios siempre colérico repelería a sus adoradores o los arrojaría a la desesperación. Los hombres necesitan un Dios que se enoje y que pueda ser apaciguado; si su ira alarma a algunas almas tímidas, su clemencia tranquiliza a los malvados decididos que pretenden recurrir tarde o temprano a los medios de reconciliarse con Él; si los juicios de Dios espantan a unos pocos devotos pusilánimes que ya por temperamento y por costumbre no están inclinados al mal, los tesoros de la misericordia divina tranquilizan a los más grandes criminales, que tienen motivos para esperar que participarán en ellos con los demás. los hombres se enfrentan a la Deidad de la manera que más se ajuste a sus intereses presentes. Un Dios siempre colérico repelería a sus adoradores o los arrojaría a la desesperación. Los hombres necesitan un Dios que se enoje y que pueda ser apaciguado; si su ira alarma a algunas almas tímidas, su clemencia tranquiliza a los malvados decididos que pretenden recurrir tarde o temprano a los medios de reconciliarse con Él; si los juicios de Dios espantan a unos pocos devotos pusilánimes que ya por temperamento y por costumbre no están inclinados al mal, los tesoros de la misericordia divina tranquilizan a los más grandes criminales, que tienen motivos para esperar que participarán en ellos con los demás. si su ira alarma a algunas almas tímidas, su clemencia tranquiliza a los malvados decididos que pretenden recurrir tarde o temprano a los medios de reconciliarse con Él; si los juicios de Dios espantan a unos pocos devotos pusilánimes que ya por temperamento y por costumbre no están inclinados al mal, los tesoros de la misericordia divina tranquilizan a los más grandes criminales, que tienen motivos para esperar que participarán en ellos con los demás. si su ira alarma a algunas almas tímidas, su clemencia tranquiliza a los malvados decididos que pretenden recurrir tarde o temprano a los medios de reconciliarse con Él; si los juicios de Dios espantan a unos pocos devotos pusilánimes que ya por temperamento y por costumbre no están inclinados al mal, los tesoros de la misericordia divina tranquilizan a los más grandes criminales, que tienen motivos para esperar que participarán en ellos con los demás.

 

 

 

 

 

 

CLXVI.—THE FEAR OF GOD IS POWERLESS AGAINST HUMAN PASSIONS.

The majority of men rarely think of God, or, at least, do not occupy themselves much with Him. The idea of God has so little stability, it is so afflicting, that it can not hold the imagination for a long time, except in some sad and melancholy visionists who do not constitute the majority of the inhabitants of this world. The common man has no conception of it; his weak brain becomes perplexed the moment he attempts to think of Him. The business man thinks of nothing but his affairs; the courtier of his intrigues; worldly men, women, youth, of their pleasures; dissipation soon dispels the wearisome notions of religion. The ambitious, the avaricious, and the debauchee sedulously lay aside speculations too feeble to counterbalance their diverse passions.

 

Whom does the idea of God overawe? A few weak men disappointed and disgusted with this world; some persons whose passions are already extinguished by age, by infirmities, or by reverses of fortune. Religion is a restraint but for those whose temperament or circumstances have already subjected them to reason. The fear of God does not prevent any from committing sin but those who do not wish to sin very much, or who are no longer in a condition to sin. To tell men that Divinity punishes crime in this world, is to claim as a fact that which experience contradicts constantly The most wicked men are usually the arbiters of the world, and those whom fortune blesses with its favors. To convince us of the judgments of God by sending us to the other life, is to make us accept conjectures in order to destroy facts which we can not dispute.

 

 

 

 

 

 

CLXVII.—THE INVENTION OF HELL IS TOO ABSURD TO PREVENT EVIL.

Nadie sueña con otra vida cuando está muy absorto en los objetos que encuentra en la tierra. A los ojos de un amante apasionado, la presencia de su amante apaga los fuegos del infierno, y sus encantos borran todos los placeres del Paraíso. ¡Mujer! ¿Dejas, dices, a tu amante por tu Dios? Es que tu amado ya no es el mismo en tu estimación; o tu amante te deja, y debes llenar el vacío que se hace en tu corazón. Nada es más común que ver a hombres ambiciosos, perversos, corruptos e inmorales que son religiosos, y que a veces muestran hasta celo en su favor; si no practican la religión, se prometen a sí mismos que algún día la practicarán; lo guardan en reserva como un remedio que, tarde o temprano, será necesario para aquietar la conciencia del mal que todavía pretenden hacer. Además, siendo los devotos y sacerdotes un partido muy numeroso, activo y poderoso, no es de extrañar ver impostores y ladrones buscar su apoyo para lograr sus fines. Se nos dirá, sin duda, que muchas personas honestas son sinceramente religiosas sin provecho; pero ¿la rectitud de corazón va siempre acompañada de inteligencia? Se nos cita a un gran número de hombres eruditos, hombres de genio, que son muy religiosos. Esto prueba que los hombres de genio pueden tener prejuicios, pueden ser pusilánimes, pueden tener una imaginación que los seduzca y les impida examinar los objetos con frialdad. Pascal no prueba nada a favor de la religión, excepto que un hombre de genio puede poseer una pizca de debilidad, y no es más que un niño cuando es lo suficientemente débil como para escuchar los prejuicios. El mismo Pascal nos dice “que la mente puede ser fuerte y estrecha, y tan extensa como débil. Dice más: "Podemos tener bien nuestros sentidos, y no ser igualmente capaces en todas las cosas; porque hay hombres que, teniendo razón en cierta esfera de las cosas, se pierden en otras”.

 

 

 

 

 

 

CLXVIII.—ABSURDIO DE LA MORAL Y DE LAS VIRTUDES RELIGIOSAS ESTABLECIDAS ÚNICAMENTE EN INTERÉS DE LOS SACERDOTES.

¿Qué es la virtud según la teología? Es, se nos dice, la conformidad de las acciones de los hombres con la voluntad de Dios. Pero, ¿quién es Dios? Es un ser que nadie es capaz de concebir y que, en consecuencia, cada uno modifica a su manera. ¿Cuál es la voluntad de Dios? Es lo que nos han dicho los hombres que han visto a Dios, oa quienes Dios ha inspirado. ¿Quiénes son los que han visto a Dios? O son fanáticos, o sinvergüenzas, o hombres ambiciosos, en cuya palabra no podemos confiar. Fundar la moral sobre un Dios que cada hombre representa diferentemente, que cada uno compone por su propia idea, que cada uno dispone según su propio temperamento y su propio interés, es evidentemente fundar la moral sobre el capricho y sobre la imaginación de los hombres; se basa en los caprichos de una secta, facción o partido que, excluyendo a todos los demás,

 

Establecer la moralidad, o los deberes del hombre, sobre la voluntad divina, es fundarla sobre los deseos, los ensueños o los intereses de aquellos que hacen hablar a Dios sin temor a la contradicción. En toda religión sólo los sacerdotes tienen derecho a decidir lo que agrada o desagrada a su Dios; podemos estar seguros de que decidirán sobre lo que les agrada o les disgusta.

 

Los dogmas, las ceremonias, la moral y las virtudes que prescriben todas las religiones del mundo, están visiblemente calculadas sólo para extender el poder o aumentar los emolumentos de los fundadores y de los ministros de estas religiones; los dogmas son oscuros, inconcebibles, espantosos y, por lo tanto, muy propensos a hacer divagar la imaginación y hacer al hombre común más dócil a quienes quieren dominarlo; las ceremonias y prácticas procuran fortuna o consideración a los sacerdotes; la moral y las virtudes religiosas consisten en una fe sumisa, que impide razonar; en una devota humildad, que asegura a los sacerdotes la sumisión de sus esclavos; en un celo ardiente, cuando se agita la cuestión de la religión; es decir, cuando se considera el interés de estos sacerdotes,

 

 

 

 

 

 

CLXIX.—¿A qué equivale esa caridad cristiana, tal como la enseñan y practican los teólogos?

Cuando reprochamos a los teólogos la esterilidad de sus virtudes religiosas, alaban, con énfasis, la caridad, ese tierno amor al prójimo que el cristianismo hace un deber esencial para sus discípulos. ¡Pero Ay! ¿Qué pasa con esta pretendida caridad tan pronto como examinamos las acciones de los ministros del Señor? Pregunta si debes amar a tu prójimo si es impío, hereje e incrédulo, es decir, si no piensa como ellos. Pregúntales si debes tolerar opiniones contrarias a las que ellos profesan. Pregúnteles si el Señor puede mostrar indulgencia a los que están en el error. Inmediatamente desaparece su caridad, y el clero dominante os dirá que el príncipe lleva la espada pero para sostener los intereses del Altísimo; os dirán que por amor al prójimo hay que perseguirlo, encarcelarlo, exiliarlo o quemarlo.

 

La religión cristiana, que originalmente fue predicada por mendigos y por hombres muy miserables, recomienda fuertemente la limosna bajo el nombre de caridad; la fe de Mahoma lo convierte igualmente en un deber indispensable. Nada, sin duda, conviene más a la humanidad que socorrer a los desdichados, vestir a los desnudos, tender una mano caritativa a quien la necesita. Pero, ¿no sería más humano y más caritativo prever la miseria y evitar que aumenten los pobres? Si la religión, en lugar de deificar a los príncipes, les hubiera enseñado a respetar la propiedad de sus súbditos, a ser justos y a ejercer solo sus derechos legítimos, no veríamos un número tan grande de mendicantes en sus reinos. Un gobierno codicioso, injusto, tiránico, multiplica la miseria; el rigor de los impuestos produce desánimo, ociosidad, indigencia, que, por su parte, producir robos, asesinatos y toda clase de delitos. Si los soberanos tuvieran más humanidad, caridad y justicia, sus Estados no estarían poblados por tantos desdichados cuya miseria se hace imposible de aliviar.

 

Los Estados cristianos y mahometanos están llenos de vastos y ricamente dotados hospitales, en los que admiramos la piadosa caridad de los reyes y de los sultanes que los erigieron. ¿No hubiera sido más humano gobernar bien al pueblo, procurarle comodidad, excitar y favorecer la industria y el comercio, permitirle gozar con seguridad de los frutos de su trabajo, que oprimirlo bajo un yugo despótico, empobrecerlos con guerras sin sentido, reducirlos a la mendicidad para satisfacer un lujo inmoderado, y luego construir suntuosos monumentos que pueden contener sólo una porción muy pequeña de aquellos a quienes han hecho miserables? La religión, por sus virtudes, no ha hecho sino cambiar a los hombres; en lugar de prever los males, aplica pero remedios insuficientes. Los ministros del Cielo siempre han sabido sacar provecho de las calamidades ajenas; la miseria pública se convirtió en su elemento; se hicieron administradores de los bienes de los pobres, distribuidores de limosnas, depositarios de caridades; de ese modo extendieron y mantuvieron en todo momento su poder sobre los desdichados que suelen componer la parte más numerosa, más ansiosa, más sediciosa de la sociedad. Así los mayores males son aprovechados para los ministros del Señor.

 

Los sacerdotes cristianos nos dicen que los bienes que poseen son los bienes de los pobres, y pretenden con este título que sus posesiones son sagradas; en consecuencia, los soberanos y el pueblo se afanan en acumular para ellos tierras, rentas, tesoros; bajo pretexto de la caridad, nuestros guías espirituales se han vuelto muy opulentos, y gozan, a la vista de las naciones empobrecidas, de bienes que estaban destinados pero para los miserables; los segundos, lejos de murmurar, aplauden una engañosa generosidad que enriquece a la Iglesia, pero que muy pocas veces alivia los sufrimientos de los pobres.

 

According to the principles of Christianity, poverty itself is a virtue, and it is this virtue which the sovereigns and the priests make their slaves observe the most. According to these ideas, a great number of pious Christians have renounced with good-will the perishable riches of the earth; have distributed their patrimony to the poor, and have retired into a desert to live a life of voluntary indigence. But very soon this enthusiasm, this supernatural taste for misery, must surrender to nature. The successors to these voluntary poor, sold to the religious people their prayers and their powerful intercession with the Deity; they became rich and powerful; thus, monks and hermits lived in idleness, and, under the pretext of charity, devoured insultingly the substance of the poor. Poverty of spirit was that of which religion made always the greatest use. The fundamental virtue of all religion, that is to say, the most useful one to its ministers, is faith. It consists in an unlimited credulity, which causes men to believe, without examination, all that which the interpreters of the Deity wish them to believe. With the aid of this wonderful virtue, the priests became the arbiters of justice and of injustice; of good and of evil; they found it easy to commit crimes when crimes became necessary to their interests. Implicit faith has been the source of the greatest outrages which have been committed upon the earth.

 

 

 

 

 

 

CLXX.—CONFESSION, THAT GOLDEN MINE FOR THE PRIESTS, HAS DESTROYED THE TRUE PRINCIPLES OF MORALITY.

He who first proclaimed to the nations that, when man had wronged man, he must ask God's pardon, appease His wrath by presents, and offer Him sacrifices, obviously subverted the true principles of morality. According to these ideas, men imagine that they can obtain from the King of Heaven, as well as from the kings of the earth, permission to be unjust and wicked, or at least pardon for the evil which they might commit.

 

Morality is founded upon the relations, the needs, and the constant interests of the inhabitants of the earth; the relations which subsist between men and God are either entirely unknown or imaginary. The religion associating God with men has visibly weakened or destroyed the ties which unite men.

 

Mortals imagine that they can, with impunity, injure each other by making a suitable reparation to the Almighty Being, who is supposed to have the right to remit all the injuries done to His creatures. Is there anything more liable to encourage wickedness and to embolden to crime, than to persuade men that there exists an invisible being who has the right to pardon injustice, rapine, perfidy, and all the outrages they can inflict upon society? Encouraged by these fatal ideas, we see the most perverse men abandon themselves to the greatest crimes, and expect to repair them by imploring Divine mercy; their conscience rests in peace when a priest assures them that Heaven is quieted by sincere repentance, which is very useless to the world; this priest consoles them in the name of Deity, if they consent in reparation of their faults to divide with His ministers the fruits of their plunderings, of their frauds, and of their wickedness. Morality united to religion, becomes necessarily subordinate to it. In the mind of a religious person, God must be preferred to His creatures; "It is better to obey Him than men!" The interests of the Celestial Monarch must be above those of weak mortals. But the interests of Heaven are evidently the interests of the ministers of Heaven; from which it follows evidently, that in all religions, the priests, under pretext of Heaven's interest's, or of God's glory, will be able to dispense with the duties of human morals when they do not agree with the duties which God is entitled to impose.

 

Besides, He who has the power to pardon crimes, has He not the right to order them committed?

 

 

 

 

 

 

CLXXI.—THE SUPPOSITION OF THE EXISTENCE OF A GOD IS NOT NECESSARY TO MORALITY.

We are constantly told that without a God, there can be no moral obligation; that it is necessary for men and for the sovereigns themselves to have a lawgiver sufficiently powerful to compel them to be moral; moral obligation implies a law; but this law arises from the eternal and necessary relations of things among themselves, which have nothing in common with the existence of a God. The rules which govern men's conduct spring from their own nature, which they are supposed to know, and not from the Divine nature, of which they have no conception; these rules compel us to render ourselves estimable or contemptible, amiable or hateful, worthy of reward or of punishments, happy or unhappy, according to the extent to which we observe them. The law that compels man not to harm himself, is inherent in the nature of a sensible being, who, no matter how he came into this world, or what can be his fate in another, is compelled by his very nature to seek his welfare and to shun evil, to love pleasure and to fear pain. The law which compels a man not to harm others and to do good, is inherent in the nature of sensible beings living in society, who, by their nature, are compelled to despise those who do them no good, and to detest those who oppose their happiness. Whether there exists a God or not, whether this God has spoken or not, men's moral duties will always be the same so long as they possess their own nature; that is to say, so long as they are sensible beings. Do men need a God whom they do not know, or an invisible lawgiver, or a mysterious religion, or chimerical fears in order to comprehend that all excess tends ultimately to destroy them, and that in order to preserve themselves they must abstain from it; that in order to be loved by others, they must do good; that doing evil is a sure means of incurring their hatred and vengeance? "Before the law there was no sin." Nothing is more false than this maxim. It is enough for a man to be what he is, to be a sensible being in order to distinguish that which pleases or displeases him. It is enough that a man knows that another man is a sensible being like himself, in order for him to know what is useful or injurious to him. It is enough that man needs his fellow-creature, in order that he should fear that he might produce unfavorable impressions upon him. Thus a sentient and thinking being needs but to feel and to think, in order to discover that which is due to him and to others. I feel, and another feels, like myself; this is the foundation of all morality.

 

 

 

 

 

 

CLXXII.—RELIGION AND ITS SUPERNATURAL MORALITY ARE FATAL TO THE PEOPLE, AND OPPOSED TO MAN'S NATURE.

We can judge of the merit of a system of morals but by its conformity with man's nature. According to this comparison, we have a right to reject it, if we find it detrimental to the welfare of mankind. Whoever has seriously meditated upon religion and its supernatural morality, whoever has weighed its advantages and disadvantages, will become convinced that they are both injurious to the interests of the human race, or directly opposed to man's nature.

 

"People, to arms! Your God's cause is at stake! Heaven is outraged! Faith is in danger! Down upon infidelity, blasphemy, and heresy!"

 

By the magical power of these valiant words, which the people never understand, the priests in all ages were the leaders in the revolts of nations, in dethroning kings, in kindling civil wars, and in imprisoning men. When we chance to examine the important objects which have excited the Celestial wrath and produced so many ravages upon the earth, it is found that the foolish reveries and the strange conjectures of some theologian who did not understand himself, or, the pretensions of the clergy, have severed all ties of society and inundated the human race in its own blood and tears.

 

 

 

 

 

 

CLXXIII.—HOW THE UNION OF RELIGION AND POLITICS IS FATAL TO THE PEOPLE AND TO THE KINGS.

Los soberanos de este mundo, al asociar a la Deidad en el gobierno de sus reinos, al pretender ser Sus lugartenientes y Sus representantes en la tierra, al admitir que obtienen su poder de Él, necesariamente deben aceptar a Sus ministros como rivales o como amos. ¿Es entonces asombroso que los sacerdotes hayan hecho sentir a menudo a los reyes la superioridad del Monarca Celestial? ¿No han hecho comprender más de una vez a los príncipes temporales que el mayor poder físico está obligado a rendirse al poder espiritual de la opinión? Nada hay más difícil que servir a dos señores, especialmente cuando no se ponen de acuerdo en lo que exigen de sus súbditos. La unión de la religión con la política ha provocado necesariamente una doble legislación en los Estados. La ley de Dios, interpretada por sus sacerdotes, es a menudo contrario a la ley del soberano o al interés del Estado. Cuando los príncipes están firmes y seguros del amor de sus súbditos, la ley de Dios se ve obligada a veces a cumplir con las sabias intenciones del soberano temporal; pero más a menudo la autoridad soberana se ve obligada a retroceder ante la autoridad divina, es decir, ante los intereses del clero. Nada hay más peligroso para un príncipe que meterse en los asuntos eclesiásticos (meter las manos en la olla del agua bendita), es decir, intentar la reforma de los abusos consagrados por la religión. Dios nunca está más enojado que cuando se interfieren con los derechos divinos, los privilegios, las posesiones y las inmunidades de sus sacerdotes. s la ley es a veces obligada a cumplir con las sabias intenciones del soberano temporal; pero más a menudo la autoridad soberana se ve obligada a retroceder ante la autoridad divina, es decir, ante los intereses del clero. Nada hay más peligroso para un príncipe que meterse en los asuntos eclesiásticos (meter las manos en la olla del agua bendita), es decir, intentar la reforma de los abusos consagrados por la religión. Dios nunca está más enojado que cuando se interfieren con los derechos divinos, los privilegios, las posesiones y las inmunidades de sus sacerdotes. s la ley es a veces obligada a cumplir con las sabias intenciones del soberano temporal; pero más a menudo la autoridad soberana se ve obligada a retroceder ante la autoridad divina, es decir, ante los intereses del clero. Nada hay más peligroso para un príncipe que meterse en los asuntos eclesiásticos (meter las manos en la olla del agua bendita), es decir, intentar la reforma de los abusos consagrados por la religión. Dios nunca está más enojado que cuando se interfieren con los derechos divinos, los privilegios, las posesiones y las inmunidades de sus sacerdotes. que entrometerse en los asuntos eclesiásticos (meter las manos en la olla del agua bendita), es decir, intentar la reforma de los abusos consagrados por la religión. Dios nunca está más enojado que cuando se interfieren con los derechos divinos, los privilegios, las posesiones y las inmunidades de sus sacerdotes. que entrometerse en los asuntos eclesiásticos (meter las manos en la olla del agua bendita), es decir, intentar la reforma de los abusos consagrados por la religión. Dios nunca está más enojado que cuando se interfieren con los derechos divinos, los privilegios, las posesiones y las inmunidades de sus sacerdotes.

 

Las especulaciones metafísicas o las opiniones religiosas de los hombres, nunca influyen en su conducta sino cuando las creen conformes a sus intereses. Nada prueba esta verdad con más fuerza que la conducta de un gran número de príncipes con respecto al poder espiritual, al que los vemos resistir muy a menudo. ¿No debería un soberano que está persuadido de la importancia y los derechos de la religión, sentirse conscientemente obligado a recibir con respeto las órdenes de sus sacerdotes, y considerarlas como mandamientos de la Deidad? Hubo un tiempo en que los reyes y el pueblo, más conformes y convencidos de los derechos del poder espiritual, se hacían sus esclavos, se rendían a él en toda ocasión, y no eran más que dóciles instrumentos en sus manos; este momento feliz ya no existe. Por una extraña inconsistencia, a veces vemos a los monarcas más religiosos oponerse a las empresas de aquellos a quienes consideran ministros de Dios. Un soberano que está lleno de religión o respeto por su Dios, debe estar constantemente postrado ante sus sacerdotes, y considerarlos como sus verdaderos soberanos. ¿Hay un poder sobre la tierra que tenga el derecho de medirse con el del Altísimo?

 

 

 

 

 

 

CLXXIV.— LOS CREDOS SON GRAVIOSOS Y RUINOSOS PARA LA MAYORIA DE LAS NACIONES.

Que los príncipes que se creen interesados ​​en propagar los prejuicios de sus súbditos, hayan reflexionado bien sobre los efectos que producen los demagogos privilegiados, que tienen derecho a hablar cuando quieren, y excitan en nombre del Cielo las pasiones de muchos millones de sus temas? ¿Qué estragos no causarían estas santas arengas si conspiraran para perturbar un Estado, como tantas veces lo han hecho?

 

¡Nada hay más oneroso y más ruinoso para la mayor parte de las naciones que el culto a sus Dioses! En todas partes, sus ministros no sólo ocupan el primer lugar en el Estado, sino que también disfrutan de la mayor parte de los beneficios de la sociedad y tienen derecho a imponer impuestos continuos a sus conciudadanos. ¿Qué ventajas reales procuran al pueblo estos órganos del Altísimo a cambio de los inmensos beneficios que de ellos sacan? ¿Les dan a cambio de sus riquezas y de sus cortesías otra cosa que misterios, hipótesis, ceremonias, preguntas sutiles, querellas interminables, que muchas veces sus Estados deben pagar con su sangre?

 

 

 

 

 

 

CLXXV.— LA RELIGIÓN PARALIZA LA MORALIDAD.

La religión, que pretende ser el soporte más firme de la moral, evidentemente la despoja de su verdadero motor, para sustituirlo por motores imaginarios, quimeras inconcebibles, que, siendo evidentemente contrarias al sentido común, no pueden ser firmemente creídas por nadie. Todo el mundo nos asegura que cree firmemente en un Dios que premia y castiga; todos pretenden estar persuadidos de la existencia de un infierno y de un Paraíso; sin embargo, ¿vemos que estas ideas hacen mejores a los hombres o contrarrestan en la mente de la mayor parte de ellos el menor interés? Cada uno nos asegura que tiene miedo de los juicios de Dios, aunque cada uno da rienda suelta a sus pasiones cuando se cree seguro de escapar a los juicios de los hombres. El miedo a los poderes invisibles rara vez es tan grande como el miedo a los poderes visibles. Los sufrimientos desconocidos o distantes impresionan menos a las personas que la horca erigida o el ejemplo de un ahorcado. Apenas hay cortesano que tema más la ira de Dios que el disgusto de su amo. Una pensión, un título, una cinta, bastan para hacer olvidar los tormentos del infierno y los placeres de la corte celestial. Las caricias de una mujer lo exponen cada día al desagrado del Altísimo. Una broma, una broma, un bon-mot, impresionan más al hombre de mundo que todas las nociones graves de su religión. ¿No estamos seguros de que un verdadero arrepentimiento es suficiente para apaciguar a la Divinidad? Sin embargo, no vemos que este verdadero arrepentimiento se exprese con sinceridad; por lo menos, muy rara vez vemos a grandes ladrones, aun en la hora de la muerte, restituir los bienes que saben haber adquirido injustamente. Los hombres se convencen a sí mismos, sin duda, que se someterán al fuego eterno, si no pueden garantizarse contra él. Pero como se pueden hacer arreglos con el Cielo dando a la Iglesia una parte de sus fortunas, son muy pocos los ladrones religiosos que no mueren perfectamente tranquilos sobre la manera en que ganaron sus riquezas en este mundo.

 

 

 

 

 

 

CLXXVI.—CONSECUENCIAS FATALES DE LA PIEDAD.

Incluso por la confesión de los más ardientes defensores de la religión y de su utilidad, nada es más raro que las conversiones sinceras; a lo que podríamos añadir, nada hay más inútil para la sociedad. Los hombres no se disgustan con el mundo hasta que el mundo se disgusta con ellos; una mujer se entrega a Dios sólo cuando el mundo ya no la quiere. Su vanidad encuentra en la devoción religiosa un papel que la ocupa y la consuela de la ruina de sus encantos. Pasa su tiempo en las más triviales prácticas, fiestas, intrigas, invectivas y calumnias; el celo le proporciona los medios para distinguirse y convertirse en objeto de consideración en el círculo religioso. Si los fanáticos tienen el talento de agradar a Dios y a sus sacerdotes, rara vez poseen el de agradar a la sociedad o el de serle útiles. La religión para un devoto es un velo que cubre y justifica todas sus pasiones, su orgullo, su mal humor, su ira, su venganza, su impaciencia, su amargura. La religión se arroga una superioridad tiránica que destierra del comercio toda dulzura, alegría y alegría; da el derecho de censurar a otros; capturar y exterminar a los infieles para la gloria de Dios; es muy común ser religioso y no tener ninguna de las virtudes o cualidades necesarias para la vida social.

 

 

 

 

 

 

CLXXVII.—LA SUPOSICIÓN DE OTRA VIDA NO ES CONSOLADORA PARA EL HOMBRE NI NECESARIA PARA LA MORAL.

Estamos seguros de que el dogma de otra vida es de la mayor importancia para la paz de la sociedad; se imagina que sin ella los hombres no tendrían motivos para hacer el bien. ¿Por qué necesitamos terrores y fábulas para enseñar a cualquier hombre razonable cómo debe comportarse en la tierra? ¿No ve cada uno de nosotros que tiene el mayor interés en merecer la aprobación, la estima y la bondad de los seres que le rodean, y en evitar todo lo que pueda causar la censura, el desprecio y el resentimiento de la sociedad? Por breve que sea la duración de una fiesta, de una conversación o de una visita, ¿no desea cada uno de nosotros desempeñar en ella un papel digno, agradable a sí mismo ya los demás? Si la vida es sólo un pasaje, tratemos de hacerlo fácil; no puede ser así si nos faltan los saludos de quienes viajan con nosotros.

 

La religión, que está tan tristemente ocupada con sus sombríos ensueños, nos representa al hombre como un peregrino sobre la tierra; concluye que para viajar con mayor seguridad debe viajar solo; renunciar a los placeres que encuentra y privarse de las diversiones que podrían consolarle de las fatigas y cansancios del camino. Una filosofía estoica y taciturna nos da a veces consejos tan insensatos como la religión; pero una filosofía más racional nos inspira a esparcir flores en el camino de la vida; para disipar la melancolía y los terrores de pánico; vincular nuestros intereses con los de nuestros compañeros de viaje; distraernos con la alegría y los placeres honestos de las penas y las cruces a las que tantas veces estamos expuestos. Se nos hace sentir que, para viajar placenteramente, debemos abstenernos de lo que podría resultar perjudicial para nosotros mismos,

 

 

 

 

 

 

CLXXVIII.—UN ATEO TIENE MAS MOTIVOS PARA ACTUAR GRATUITAMENTE, MAS CONCIENCIA, QUE UNA PERSONA RELIGIOSA.

Se pregunta qué motivos tiene un ateo para hacer el bien. Puede tener el motivo de complacerse a sí mismo ya sus semejantes; de vivir feliz y tranquilamente; de hacerse amado y respetado por los hombres, cuya existencia y cuyas disposiciones son más conocidas que las de un ser imposible de comprender. ¿Puede el que no teme a los Dioses, temer algo? Puede temer a los hombres, a su desprecio, a su falta de respeto ya los castigos que infligen las leyes; finalmente, puede temerse a sí mismo; puede temer el remordimiento que experimentan todos aquellos cuya conciencia les reprocha haber merecido el odio de sus semejantes. La conciencia es el testimonio interior que nos damos a nosotros mismos por haber actuado de tal manera que merecemos la estima o la censura de aquellos con quienes nos relacionamos. Esta conciencia se basa en el conocimiento que tenemos de los hombres y de los sentimientos que nuestras acciones deben despertar en ellos. La conciencia de una persona religiosa la persuade de que ha agradado o desagradado a su Dios, de quien no tiene idea, y cuyas intenciones oscuras y dudosas le son explicadas sólo por hombres desconfiados, que no saben más de la esencia de la Divinidad que él. y que no están de acuerdo en lo que puede agradar o desagradar a Dios. En una palabra, la conciencia de un hombre crédulo es guiada por hombres cuya propia conciencia está en el error, o cuyo interés apaga la inteligencia. que no saben más de la esencia de la Divinidad que él, y que no están de acuerdo en lo que puede agradar o desagradar a Dios. En una palabra, la conciencia de un hombre crédulo es guiada por hombres cuya propia conciencia está en el error, o cuyo interés apaga la inteligencia. que no saben más de la esencia de la Divinidad que él, y que no están de acuerdo en lo que puede agradar o desagradar a Dios. En una palabra, la conciencia de un hombre crédulo es guiada por hombres cuya propia conciencia está en el error, o cuyo interés apaga la inteligencia.

 

¿Puede un ateo tener conciencia? ¿Cuáles son sus motivos para abstenerse de vicios y crímenes secretos que otros hombres ignoran y que están fuera del alcance de las leyes? Puede estar seguro por la experiencia constante de que no hay vicio que, en la naturaleza de las cosas, no acarree su propio castigo. Si quiere conservarse, evitará todos aquellos excesos que puedan ser nocivos para su salud; no desearía vivir y demorarse, convirtiéndose así en una carga para sí mismo y para los demás. En cuanto a los crímenes secretos, los evitaría por temor a avergonzarse de sí mismo, de quien no puede esconderse. Si tiene razón, sabrá el precio de la estima que un hombre honesto debe tener por sí mismo. Sabrá, además, que circunstancias imprevistas pueden develar a los ojos de los demás la conducta que él se siente interesado en ocultar.

 

 

 

 

 

 

CLXXIX.–UN REY ATEO SERIA PREFERIBLE A UNO QUE ES RELIGIOSO Y MALO, COMO LO VEMOS A MENUDO.

The speculating atheist, the theist will tell us, may be an honest man, but his writings will cause atheism in politics. Princes and ministers, being no longer restrained by the fear of God, will give themselves up without scruple to the most frightful excesses. But no matter what we can suppose of the depravity of an atheist on a throne, can it ever be any greater or more injurious than that of so many conquerors, tyrants, persecutors, of ambitious and perverse courtiers, who, without being atheists, but who, being very often religious, do not cease to make humanity groan under the weight of their crimes? Can an atheistical king inflict more evil on the world than a Louis XI., a Philip II., a Richelieu, who have all allied religion with crime? Nothing is rarer than atheistical princes, and nothing more common than very bad and very religious tyrants.

 

 

 

 

 

 

CLXXX.—LA MORALIDAD ADQUIRIDA POR LA FILOSOFà A ES SUFICIENTE A LA VIRTUD.

Todo hombre que reflexiona no puede dejar de conocer sus deberes, de descubrir las relaciones que subsisten entre los hombres, de meditar sobre su propia naturaleza, de discernir sus necesidades, sus inclinaciones y sus deseos, y de percibir lo que debe a los seres necesarios. a su propia felicidad. Estas reflexiones conducen naturalmente al conocimiento de la moral que es la más esencial para la sociedad. Todo hombre que ama retirarse en sí mismo para estudiar y buscar los principios de las cosas, no tiene pasiones muy peligrosas; su mayor pasión será conocer la verdad, y su mayor ambición mostrarla a los demás. La filosofía es beneficiosa para cultivar el corazón y la mente. En cuanto a la moral, ¿no tiene ventaja el que reflexiona y razona sobre el que no razona?

 

Si la ignorancia es útil a los sacerdotes ya los opresores de la humanidad, es muy fatal para la sociedad. El hombre, privado de inteligencia, no goza del uso de su razón; el hombre, privado de razón e inteligencia, es un salvaje, que en cualquier momento está expuesto a ser inducido al crimen. La moralidad, o la ciencia de los deberes morales, no se adquiere sino mediante el estudio del hombre y sus relaciones. El que no reflexiona por sí mismo no conoce la verdadera moral, y no puede andar por el camino de la virtud. Cuanto menos razonan los hombres, más malvados son. Los bárbaros, los príncipes, los grandes y la escoria de la sociedad, son generalmente los más malvados porque son los que menos razonan. El hombre religioso nunca reflexiona y evita razonar; teme el examen; sigue a la autoridad; y muy a menudo una conciencia equivocada le hace considerar un deber santo hacer el mal. El hombre incrédulo razona, consulta la experiencia y la prefiere al prejuicio. Si ha razonado con justicia, su conciencia se aclara; encuentra motivos más reales para hacer el bien que el hombre religioso, que no tiene más motivos que sus quimeras, y que nunca atiende a razones. ¿No son los motivos del hombre incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones? ¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que deberían refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno irreligioso? y lo prefiere al prejuicio. Si ha razonado con justicia, su conciencia se aclara; encuentra motivos más reales para hacer el bien que el hombre religioso, que no tiene más motivos que sus quimeras, y que nunca atiende a razones. ¿No son los motivos del hombre incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones? ¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que deberían refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno irreligioso? y lo prefiere al prejuicio. Si ha razonado con justicia, su conciencia se aclara; encuentra motivos más reales para hacer el bien que el hombre religioso, que no tiene más motivos que sus quimeras, y que nunca atiende a razones. ¿No son los motivos del hombre incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones? ¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que deberían refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno irreligioso? encuentra motivos más reales para hacer el bien que el hombre religioso, que no tiene más motivos que sus quimeras, y que nunca atiende a razones. ¿No son los motivos del hombre incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones? ¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que deberían refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno irreligioso? encuentra motivos más reales para hacer el bien que el hombre religioso, que no tiene más motivos que sus quimeras, y que nunca atiende a razones. ¿No son los motivos del hombre incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones? ¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que deberían refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno irreligioso? ¿No son los motivos del hombre incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones? ¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que deberían refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno irreligioso? ¿No son los motivos del hombre incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones? ¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que deberían refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno irreligioso? continuar llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno irreligioso? continuar llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno irreligioso?

 

 

 

 

 

 

CLXXXI.—LAS OPINIONES RARAMENTE INFLUYEN EN LA CONDUCTA.

No hay nada más raro en el mundo que los hombres consistentes. Sus opiniones no influyen en su conducta, excepto cuando se ajustan a su temperamento, a sus pasiones ya sus intereses. Las opiniones religiosas, según la experiencia cotidiana, producen mucho más mal que bien; son injuriosas, porque muy a menudo concuerdan con las pasiones de tiranos, fanáticos y sacerdotes; no producen ningún efecto, porque no tienen el poder de equilibrar los intereses presentes de la mayoría de los hombres. Los principios religiosos siempre se dejan de lado cuando se oponen a los deseos ardientes; sin ser incrédulos, hacen como si no creyeran nada. Corremos el riesgo de ser engañados cuando juzgamos las opiniones de los hombres por su conducta o su conducta por sus opiniones. Hombre muy religioso, a pesar de los principios austeros y crueles de una religión sanguinaria, será a veces, por una afortunada incoherencia, humana, tolerante, moderada; en este caso los principios de su religión no concuerdan con la mansedumbre de su disposición. Un libertino, un libertino, un hipócrita, un adúltero o un ladrón nos mostrarán a menudo que tiene las ideas más claras de la moral. ¿Por qué no las practican? Es porque ni su temperamento, ni sus intereses, ni sus hábitos concuerdan con sus sublimes teorías. Los rígidos principios de la moralidad cristiana, que tantos intentan hacer pasar por divinos, tienen muy poca influencia sobre la conducta de quienes los predican a los demás. ¿No nos dicen todos los días que hagamos lo que predican y no lo que practican? Un libertino, un libertino, un hipócrita, un adúltero o un ladrón nos mostrarán a menudo que tiene las ideas más claras de la moral. ¿Por qué no las practican? Es porque ni su temperamento, ni sus intereses, ni sus hábitos concuerdan con sus sublimes teorías. Los rígidos principios de la moralidad cristiana, que tantos intentan hacer pasar por divinos, tienen muy poca influencia sobre la conducta de quienes los predican a los demás. ¿No nos dicen todos los días que hagamos lo que predican y no lo que practican? Un libertino, un libertino, un hipócrita, un adúltero o un ladrón nos mostrarán a menudo que tiene las ideas más claras de la moral. ¿Por qué no las practican? Es porque ni su temperamento, ni sus intereses, ni sus hábitos concuerdan con sus sublimes teorías. Los rígidos principios de la moralidad cristiana, que tantos intentan hacer pasar por divinos, tienen muy poca influencia sobre la conducta de quienes los predican a los demás. ¿No nos dicen todos los días que hagamos lo que predican y no lo que practican? que tantos intentan hacer pasar por divinas, tienen muy poca influencia sobre la conducta de quienes las predican a los demás. ¿No nos dicen todos los días que hagamos lo que predican y no lo que practican? que tantos intentan hacer pasar por divinas, tienen muy poca influencia sobre la conducta de quienes las predican a los demás. ¿No nos dicen todos los días que hagamos lo que predican y no lo que practican?

 

Los partidarios religiosos generalmente designan a los incrédulos como libertinos. Puede ser que muchos incrédulos sean inmorales; esta inmoralidad se debe a su temperamento, y no a sus opiniones. Pero, ¿qué tiene que ver su conducta con estas opiniones? ¿No puede un hombre inmoral ser un buen médico, un buen arquitecto, un buen geómetra, un buen lógico, un buen metafísico? Con una conducta intachable se puede estar ignorante de muchas cosas y razonar muy mal. Cuando se presenta la verdad, no importa de quién venga. No juzguemos a los hombres por sus opiniones, ni por las opiniones de los hombres; juzguemos a los hombres por su conducta; y sus opiniones por su conformidad con la experiencia, la razón y su utilidad para la humanidad.

 

 

 

 

 

 

CLXXXII.—LA RAZÓN LLEVA A LOS HOMBRES A LA IRRELIGIÓN Y AL ATEÍSMO, PORQUE LA RELIGIÓN ES ABSURDA, Y EL DIOS DE LOS SACERDOTES ES UN SER MALIGNO Y FEROZ.

Todo hombre que razona pronto se vuelve incrédulo, porque el razonamiento le prueba que la teología no es más que un tejido de falsedades; que la religión es contraria a todos los principios del sentido común; que da un color falso a todo conocimiento humano. El hombre racional se vuelve incrédulo, porque ve que la religión, lejos de hacer más felices a los hombres, es la primera causa de los mayores desórdenes y de las permanentes calamidades con que aflige al género humano. El hombre que busca su bienestar y su propia tranquilidad, examina su religión y se desengaña, porque encuentra inconveniente e inútil pasar la vida temblando ante fantasmas que no se hacen sino para intimidar a mujeres o niños tontos. Si, a veces, el libertinaje, que razona poco, conduce a la irreligión, el hombre que es regular en su moral puede tener motivos muy legítimos para examinar su religión y para desterrarla de su mente. Demasiado débiles para intimidar a los malvados, en quienes el vicio se ha arraigado profundamente, los terrores religiosos afligen, atormentan y agobian las mentes imaginativas. Si las almas tienen coraje y elasticidad, se sacuden un yugo que llevan de mala gana. Si son débiles o timoratos, llevan el yugo durante toda su vida, y envejecen temblando, o por lo menos viven bajo una agobiante incertidumbre.

 

Los sacerdotes han hecho de Dios un ser tan malicioso, feroz, tan dispuesto a enfadarse, que hay pocos hombres en el mundo que no deseen en el fondo de su corazón que este Dios no exista. No podemos vivir felices si estamos siempre con miedo. ¡Adorais a un Dios terrible, oh pueblo religioso! ¡Pobre de mí! Y sin embargo lo odiáis; deseas que Él no lo fuera. ¿Podemos evitar desear la ausencia o la destrucción de un maestro, cuya idea no puede más que atormentar la mente? Son los colores oscuros con los que los sacerdotes pintan a la Deidad los que rebelan a los hombres, llevándolos a odiarlo y rechazarlo.

 

 

 

 

 

 

CLXXXIII.— SóLO EL MIEDO CREA TEÃSTAS E BIGOTS.

Si el miedo ha creado a los Dioses, el miedo todavía mantiene su imperio en la mente de los mortales; se han acostumbrado tan pronto a temblar incluso ante el nombre de la Deidad, que se ha convertido para ellos en un espectro, un duende, un hombre lobo que los atormenta, y cuya idea les priva incluso del valor para intentar tranquilizarse. . Temen que este espectro invisible los golpee si dejan de tener miedo. El pueblo religioso teme demasiado a su Dios para amarlo sinceramente; le sirven como esclavos, que no pueden escapar de su poder, y toman parte en halagar a su Señor; y quienes, mintiendo continuamente, se persuaden a sí mismos de que lo aman. Hacen virtud de la necesidad. El amor de los fanáticos religiosos por su Dios, y de los esclavos por sus déspotas, no es más que un homenaje servil y simulado que rinden por compulsión,

 

 

 

 

 

 

CLXXXIV.—¿PODEMOS O DEBEMOS AMAR O NO AMAR A DIOS?

Los Doctores Cristianos han hecho tan poco digno de amor a su Dios, que varios entre ellos han creído que era su deber no amarlo; esta es una blasfemia que hace temblar a los médicos menos sinceros. Santo Tomás, habiendo afirmado que estamos obligados a amar a Dios tan pronto como podamos usar nuestra razón, el jesuita Sirmond le respondió que eso era muy pronto; el jesuita Vásquez afirma que es suficiente amar a Dios en la hora de la muerte; Hurtado dice que debemos amar a Dios en todo momento; Henríquez se contenta con amarlo cada cinco años; Sotus, todos los domingos. "¿Sobre qué vamos a confiar?" pregunta el padre Sirmond, quien agrega: "que Suárez desea que amemos a Dios algunas veces. Pero ¿en qué momento? Él te permite juzgarlo; él mismo no sabe nada al respecto, porque agrega: '¡Qué doctor sabio no sabe ¿Quién puede saberlo? Continúa el mismo jesuita Sirmond, diciendo: “que Dios no nos manda amarlo con afecto humano, y no nos promete la salvación sino a condición de darle nuestro corazón; basta obedecerle y amarle, con el cumplimiento de sus mandamientos; que este es el único amor que le debemos, y Él no ha mandado tanto amarlo como no odiarlo". [Ver "Apología, Des Lettres Provinciales", Tomo II.] Esta doctrina parece herética, impía y abominable para los jansenistas, que, por la repugnante severidad que atribuyen a su Dios, lo hacen aún menos amable que sus adversarios, los jesuitas, los cuales, para hacer conversos, representan a Dios de tal manera que dan confianza a los más perversos mortales.Así, nada está menos establecido entre los cristianos que la cuestión importante, si podemos o debemos amar o no amar a Dios. Entre sus guías espirituales algunos pretenden que debemos amar a Dios con todo el corazón, a pesar de toda su severidad; otros, como el padre Daniel, piensan que un acto de puro amor de Dios es el acto más heroico de la virtud cristiana, y que la debilidad humana difícilmente puede llegar tan alto. El jesuita Pintereau va aún más lejos; dice: "La liberación del doloroso yugo del amor divino es un privilegio de la nueva alianza". y que la debilidad humana difícilmente puede llegar tan alto. El jesuita Pintereau va aún más lejos; dice: "La liberación del doloroso yugo del amor divino es un privilegio de la nueva alianza". y que la debilidad humana difícilmente puede llegar tan alto. El jesuita Pintereau va aún más lejos; dice: "La liberación del doloroso yugo del amor divino es un privilegio de la nueva alianza".

 

 

 

 

 

 

CLXXXV.— LAS DIVERSAS Y CONTRADICTORIAS IDEAS QUE EXISTEN POR TODAS PARTES SOBRE DIOS Y LA RELIGIÓN, DEMUESTRAN QUE SON SOLO FANTASIAS OCIOSAS.

Es siempre el carácter del hombre el que decide sobre el carácter de su Dios; cada uno crea un Dios para sí mismo ya su propia imagen. El hombre alegre que se entrega a los placeres y la disipación, no puede imaginarse a Dios como un ser austero y reprensor; necesita un Dios fácil con el que pueda hacer un pacto. El hombre severo, agrio, bilioso, quiere un Dios como él; el que inspira miedo; y considera perversos a los que sólo aceptan a un Dios que es complaciente y fácil de conquistar. Las herejías, las disputas y los cismas son necesarios. ¿Pueden hombres diversamente organizados y modificados por diversas circunstancias, ponerse de acuerdo respecto a un ser imaginario que existe pero en sus propios cerebros? Las disputas crueles e interminables que continuamente surgen entre los ministros del Señor, no tienden a atraer la confianza de aquellos que las miran imparcialmente. ¿Cómo podemos ayudar a nuestra incredulidad, cuando vemos principios sobre los cuales aquellos que los enseñan a otros, nunca están de acuerdo? ¿Cómo no dudar de la existencia de un Dios cuya idea varía de manera tan notable en la mente de sus ministros? ¿Cómo no rechazar totalmente a un Dios lleno de contradicciones? ¿Cómo podemos confiar en sacerdotes a quienes vemos continuamente discutiendo, acusándose unos a otros de ser infieles y herejes, desgarrándose y persiguiéndose sin piedad, sobre la forma en que entienden las pretendidas verdades que revelan al mundo? ¿La idea de quién varía de manera tan notable en la mente de Sus ministros? ¿Cómo no rechazar totalmente a un Dios lleno de contradicciones? ¿Cómo podemos confiar en sacerdotes a quienes vemos continuamente discutiendo, acusándose unos a otros de ser infieles y herejes, desgarrándose y persiguiéndose sin piedad, sobre la forma en que entienden las pretendidas verdades que revelan al mundo? ¿La idea de quién varía de manera tan notable en la mente de Sus ministros? ¿Cómo no rechazar totalmente a un Dios lleno de contradicciones? ¿Cómo podemos confiar en sacerdotes a quienes vemos continuamente discutiendo, acusándose unos a otros de ser infieles y herejes, desgarrándose y persiguiéndose sin piedad, sobre la forma en que entienden las pretendidas verdades que revelan al mundo?

 

 

 

 

 

 

CLXXXVI.—THE EXISTENCE OF GOD, WHICH IS THE BASIS OF ALL RELIGION, HAS NOT YET BEEN DEMONSTRATED.

However, so far, this important truth has not yet been demonstrated, not only to the incredulous, but in a satisfactory way to theologians themselves. In all times, we have seen profound thinkers who thought they had new proofs of the truth most important to men. What have been the fruits of their meditations and of their arguments? They left the thing at the same point; they have demonstrated nothing; nearly always they have excited the clamors of their colleagues, who accuse them of having badly defended the best of causes.

 

 

 

 

 

 

CLXXXVII.—PRIESTS, MORE THAN UNBELIEVERS, ACT FROM INTEREST.

The apologists of religion repeat to us every day that the passions alone create unbelievers. "It is," they say, "pride, and a desire to distinguish themselves, that make atheists; they seek also to efface the idea of God from their minds, because they have reason to fear His rigorous judgments." Whatever may be the motives which cause men to be irreligious, the thing in question is whether they have found truth. No man acts without motives; let us first examine the arguments—we shall examine the motives afterward—and we shall find that they are more legitimate, and more sensible, than those of many credulous devotees who allow themselves to be guided by masters little worthy of men's confidence.

 

You say, O priests of the Lord! that the passions cause unbelievers; you pretend that they renounce religion through interest, or because it interferes with their irregular inclinations; you assert that they attack your Gods because they fear their punishments. Ah! yourselves in defending this religion and its chimeras, are you, then, really exempt from passions and interests? Who receive the fees of this religion, on whose behalf the priests are so zealous? It is the priests. To whom does religion procure power, credit, honors, wealth? To the priests! In all countries, who make war upon reason, science, truth, and philosophy and render them odious to the sovereigns and to the people? Who profit by the ignorance of men and their vain prejudices? The priests! You are, O priests, rewarded, honored, and paid for deceiving mortals, and you punish those who undeceive them. The follies of men procure you blessings, offerings, expiations; the most useful truths bring to those who announce them, chains, sufferings, stakes. Let the world judge between us.

 

 

 

 

 

 

CLXXXVIII.—PRIDE, PRESUMPTION, AND CORRUPTION OF THE HEART ARE MORE OFTEN FOUND AMONG PRIESTS THAN AMONG ATHEISTS AND UNBELIEVERS.

Pride and vanity always were and always will be the inherent vices of the priesthood. Is there anything that has a tendency to render men haughty and vain more than the assumption of exercising Heavenly power, of possessing a sacred character, of being the messengers of the Most High? Are not these dispositions continually increased by the credulity of the people, by the deference and the respect of the sovereigns, by the immunities, the privileges, and the distinctions which the clergy enjoy? The common man is, in every country, more devoted to his spiritual guides, whom he considers as Divine men, than to his temporal superiors, whom he considers as ordinary men. Village priests enjoy more honor than the lord or the judge. A Christian priest believes himself far above a king or an emperor. A Spanish grandee having spoken hastily to a monk, the latter said to him, arrogantly, "Learn to respect a man who has every day your God in his hands and your queen at his feet."

 

Have the priests any right to accuse the unbelievers of pride? Do they distinguish themselves by a rare modesty or profound humility? Is it not evident that the desire to domineer over men is the essence of their profession? If the Lord's ministers were truly modest, would we see them so greedy of respect, so easily irritated by contradictions, so prompt and so cruel in revenging themselves upon those whose opinions offend them? Does not modest science impress us with the difficulty of unraveling truth? What other passion than frenzied pride can render men so ferocious, so vindictive, so devoid of toleration and gentleness? What is more presumptuous than to arm nations and cause rivers of blood, in order to establish or to defend futile conjectures?

 

You say, O Doctors of Divinity! that it is presumption alone which makes atheists. Teach them, then, what your God is; instruct them about His essence; speak of Him in an intelligible way; tell of Him reasonable things, which are not contradictory or impossible! If you are not in the condition to satisfy them; if, so far, none of you have been able to demonstrate the existence of a God in a clear and convincing way; if, according to your own confession, His essence is as much hidden from you as from the rest of mortals, pardon those who can not admit that which they can neither understand nor reconcile. Do not accuse of presumption and vanity those who have the sincerity to confess their ignorance; accuse not of folly those who find it impossible to believe in contradictions. You should blush at the thought of exciting the hatred of the people and the vengeance of the sovereigns against men who do not think as you do upon a Being of whom you have no idea yourselves. Is there anything more audacious and more extravagant than to reason about an object which it is impossible to conceive of?

 

You tell us it is corruption of the heart which produces atheists; that they shake off the yoke of the Deity because they fear His terrible judgments. But why do you paint your God in such black colors? Why does this powerful God permit that such corrupt hearts should exist? Why should we not make efforts to break the yoke of a Tyrant who, being able to make of the hearts of men what He pleases, allows them to become perverted and hardened; blinds them; refuses them His grace, in order to have the satisfaction of punishing them eternally for having been hardened, blinded, and not having received the grace which He refused them? The theologians and the priests must feel themselves very sure of Heaven's grace and of a happy future, in order not to detest a Master so capricious as the God whom they announce to us. A God who damns eternally must be the most odious Being that the human mind could imagine.

 

 

 

 

 

 

CLXXXIX.—PREJUDICES ARE BUT FOR A TIME, AND NO POWER IS DURABLE EXCEPT IT IS BASED UPON TRUTH, REASON, AND EQUITY.

No man on earth is truly interested in sustaining error; sooner or later it is compelled to surrender to truth. General interest tends to the enlightenment of mortals; even the passions sometimes contribute to the breaking of some of the chains of prejudice. Have not the passions of some sovereigns destroyed, within the past two centuries in some countries of Europe, the tyrannical power which a haughty Pontiff formerly exercised over all the princes of his sect? Politics, becoming more enlightened, has despoiled the clergy of an immense amount of property which credulity had accumulated in their hands. Should not this memorable example make even the priests realize that prejudices are but for a time, and that truth alone is capable of assuring a substantial well-being?

 

Have not the ministers of the Lord seen that in pampering the sovereigns, in forging Divine rights for them, and in delivering to them the people, bound hand and foot, they were making tyrants of them? Have they not reason to fear that these gigantic idols, whom they have raised to the skies, will crush them also some day? Do not a thousand examples prove that they ought to fear that these unchained lions, after having devoured nations, will in turn devour them?

 

We will respect the priests when they become citizens. Let them make use, if they can, of Heaven's authority to create fear in those princes who incessantly desolate the earth; let them deprive them of the right of being unjust; let them recognize that no subject of a State enjoys living under tyranny; let them make the sovereigns feel that they themselves are not interested in exercising a power which, rendering them odious, injures their own safety, their own power, their own grandeur; finally, let the priests and the undeceived kings recognize that no power is safe that is not based upon truth, reason, and equity.

 

 

 

 

 

 

CXC.—HOW MUCH POWER AND CONSIDERATION THE MINISTERS OF THE GODS WOULD HAVE, IF THEY BECAME THE APOSTLES OF REASON AND THE DEFENDERS OF LIBERTY!

The ministers of the Gods, in warring against human reason, which they ought to develop, act against their own interest. What would be their power, their consideration, their empire over the wisest men; what would be the gratitude of the people toward them if, instead of occupying themselves with their vain quarrels, they had applied themselves to the useful sciences; if they had sought the true principles of physics, of government, and of morals. Who would dare reproach the opulence and credit of a corporation which, consecrating its leisure and its authority to the public good, should use the one for studying and meditating, and the other for enlightening equally the minds of the sovereigns and the subjects?

 

Priests! lay aside your idle fancies, your unintelligible dogmas, your despicable quarrels; banish to imaginary regions these phantoms, which could be of use to you only in the infancy of nations; take the tone of reason, instead of sounding the tocsin of persecution against your adversaries; instead of entertaining the people with foolish disputes, of preaching useless and fanatical virtues, preach to them humane and social morality; preach to them virtues which are really useful to the world; become the apostles of reason, the lights of the nations, the defenders of liberty, reformers of abuses, the friends of truth, and we will bless you, we will honor you, we will love you, and you will be sure of holding an eternal empire over the hearts of your fellow-beings.

 

 

 

 

 

 

CXCI.—WHAT A HAPPY AND GREAT REVOLUTION WOULD TAKE PLACE IN THE UNIVERSE, IF PHILOSOPHY WAS SUBSTITUTED FOR RELIGION!

Philosophers, in all ages, have taken the part that seemed destined for the ministers of religion. The hatred of the latter for philosophy was never more than professional jealousy. All men accustomed to think, instead of seeking to injure each other, should unite their efforts in combating errors, in seeking truth, and especially in dispelling the prejudices from which the sovereigns and subjects suffer alike, and whose upholders themselves finish, sooner or later, by becoming the victims.

 

In the hands of an enlightened government the priests would become the most useful of citizens. Could men with rich stipends from the State, and relieved of the care of providing for their own subsistence, do anything better than to instruct themselves in order to be able to instruct others? Would not their minds be better satisfied in discovering truth than in wandering in the labyrinths of darkness? Would it be any more difficult to unravel the principles of man's morals, than the imaginary principles of Divine and theological morals? Would ordinary men have as much trouble in understanding the simple notions of their duties, as in charging their memories with mysteries, unintelligible words, and obscure definitions which are impossible for them to understand? How much time and trouble is lost in trying to teach men things which are of no use to them. What resources for the public benefit, for encouraging the progress of the sciences and the advancement of knowledge, for the education of youth, are presented to well-meaning sovereigns through so many monasteries, which, in a great number of countries devour the people's substance without an equivalent. But superstition, jealous of its exclusive empire, seems to have formed but useless beings. What advantage could not be drawn from a multitude of cenobites of both sexes whom we see in so many countries, and who are so well paid to do nothing. Instead of occupying them with sterile contemplations, with mechanical prayers, with monotonous practices; instead of burdening them with fasts and austerities, let there be excited among them a salutary emulation that would inspire them to seek the means of serving usefully the world, which their fatal vows oblige them to renounce. Instead of filling the youthful minds of their pupils with fables, dogmas, and puerilities, why not invite or oblige the priests to teach them true things, and so make of them citizens useful to their country? The way in which men are brought up makes them useful but to the clergy, who blind them, and to the tyrants, who plunder them.

 

 

 

 

 

 

CXCII.—THE RETRACTION OF AN UNBELIEVER AT THE HOUR OF DEATH, PROVES NOTHING AGAINST INCREDULITY.

The adherents of credulity often accuse the unbelievers of bad faith because they sometimes waver in their principles, changing opinions during sickness, and retracting them at the hour of death. When the body is diseased, the faculty of reasoning is generally disturbed also. The infirm and decrepit man, in approaching his end, sometimes perceives himself that reason is leaving him, he feels that prejudice returns. There are diseases which have a tendency to lessen courage, to make pusillanimous, and to enfeeble the brain; there are others which, in destroying the body, do not affect the reason. However, an unbeliever who retracts in sickness, is not more rare or more extraordinary than a devotionist who permits himself, while in health, to neglect the duties that his religion prescribes for him in the most formal manner.

 

Cleomenes, King of Sparta, having shown little respect for the Gods during his reign, became superstitious in his last days; with the view of interesting Heaven in his favor, he called around him a multitude of sacrificing priests. One of his friends expressing his surprise, Cleomenes said: "What are you astonished at? I am no longer what I was, and not being the same, I can not think in the same way."

 

The ministers of religion in their daily conduct, often belie the rigorous principles which they teach to others, so that the unbelievers in their turn think they have a right to accuse them of bad faith. If some unbelievers contradict, in sight of death or during sickness, the opinions which they entertained in health, do not the priests in health belie opinions of the religion which they hold? Do we see a great multitude of humble, generous prelates devoid of ambition, enemies of pomp and grandeur, the friends of poverty? In short, do we see the conduct of many Christian priests corresponding with the austere morality of Christ, their God and their model?

 

 

 

 

 

 

CXCIII.—IT IS NOT TRUE THAT ATHEISM SUNDERS ALL THE TIES OF SOCIETY.

Atheism, we are told, breaks all social ties. Without belief in God, what becomes of the sacredness of the oath? How can we bind an atheist who can not seriously attest the Deity? But does the oath place us under stronger obligations to the engagements which we make? Whoever dares to lie, will he not dare to perjure himself? He who is base enough to violate his word, or unjust enough to break his promises in contempt of the esteem of men, will not be more faithful for having taken all the Gods as witnesses to his oaths. Those who rank themselves above the judgments of men, will soon put themselves above the judgments of God. Are not princes, of all mortals, the most prompt in taking oaths, and the most prompt in violating them?

 

 

 

 

 

 

CXCIV.—REFUTATION OF THE ASSERTION THAT RELIGION IS NECESSARY FOR THE MASSES.

Religion, they tell us, is necessary for the masses; that though enlightened persons may not need restraint upon their opinions, it is necessary at least for the common people, in whom education has not developed reason. Is it true, then, that religion is a restraint for the people? Do we see that this religion prevents them from intemperance, drunkenness, brutality, violence, frauds, and all kinds of excesses?

 

Could a people who had no idea of the Deity, conduct itself in a more detestable manner than many believing people in whom we see dissolute habits, and the vices most unworthy of rational beings? Do we not see the artisan or the man of the people go from his church and plunge headlong into his usual excesses, persuading himself all the while that his periodical homage to God gives him the right to follow without remorse his vicious practices and habitual inclinations? If the people are gross and ignorant, is not their stupidity due to the negligence of the princes who do not attend to the public education, or who oppose the instruction of their subjects? Finally, is not the irrationality of the people plainly the work of the priests, who, instead of interesting them in a rational morality, do nothing but entertain them with fables, phantoms, intrigues, observances, idle fancies, and false virtues, upon which they claim that everything depends?

 

Religion is, for the people, but a vain attendance upon ceremonies, to which they cling from habit, which amuses their eyes, which enlivens temporarily their sleepy minds, without influencing the conduct, and without correcting their morals. By the confession even of the ministers at the altars, nothing is more rare than the interior and spiritual religion, which is alone capable of regulating the life of man, and of triumphing over his inclinations. In good faith, among the most numerous and the most devotional people, are there many capable of understanding the principles of their religious system, and who find them of sufficient strength to stifle their perverse inclinations?

 

Many people will tell us that it is better to have some kind of a restraint than none at all. They will pretend that if religion does not control the great mass, it serves at least to restrain some individuals, who, without it, would abandon themselves to crime without remorse. No doubt it is necessary for men to have a restraint; but they do not need an imaginary one; they need true and visible restraints; they need real fears, which are much better to restrain them than panic terrors and idle fancies. Religion frightens but a few pusillanimous minds, whose weakness of character already renders them little to be dreaded by their fellow-citizens. An equitable government, severe laws, a sound morality, will apply equally to everybody; every one would be forced to believe in it, and would feel the danger of not conforming to it.

 

 

 

 

 

 

CXCV.—TODO SISTEMA RACIONAL NO ESTá HECHO PARA LA MULTITUD.

Se nos puede preguntar si el ateísmo puede adaptarse a la multitud. Respondo que todo sistema que exige discusión no es para la multitud. ¿De qué sirve, entonces, predicar el ateísmo? Puede al menos hacer sentir a los que razonan, que nada es más extravagante que inquietarnos a nosotros mismos, y nada más injusto que inquietar a los demás a causa de conjeturas desprovistas de todo fundamento. En cuanto al hombre común, que nunca razona, los argumentos de un ateo no le convienen más que la hipótesis de un filósofo, las observaciones de un astrónomo, los experimentos de un químico, los cálculos de un geómetra, los exámenes de un médico, los diseños de un arquitecto o los alegatos de un abogado. , que todos trabajan para la gente sin su conocimiento.

 

Los argumentos metafísicos de la teología y las disputas religiosas que han ocupado durante tanto tiempo a muchos visionarios profundos, ¿están hechos más para el hombre común que los argumentos de un ateo? Más aún, los principios del ateísmo, fundados en el sentido común, ¿no son más inteligibles que los de una teología que vemos erizada de dificultades insolubles, aun para las mentes más activas? La gente de cada país tiene una religión que no entiende, que no examina y que sigue sólo por rutina; sólo sus sacerdotes se ocupan de la teología que es demasiado sublime para ellos. Si por casualidad el pueblo perdiera esta teología desconocida, podría consolarse de la pérdida de una cosa que no sólo es enteramente inútil, sino que produce entre ellos ebulliciones muy peligrosas.

 

Sería muy tonto escribir para el hombre común o tratar de curar todos sus prejuicios a la vez. Escribimos pero para los que leen y razonan; la gente lee poco y razona menos. Las personas sensatas y pacíficas se iluminan; su luz se esparce gradualmente y con el tiempo llega a la gente. Por otra parte, los que engañan a los hombres, ¿no se preocupan ellos mismos muchas veces de desengañarlos?

 

 

 

 

 

 

CXCVI.—FUTILIDAD Y PELIGRO DE LA TEOLOGÍA. SABIOS CONSEJOS A PRÍNCIPE.

Si la teología es una rama del comercio útil para los teólogos, se ha demostrado que es superflua y perjudicial para el resto de la sociedad. Los intereses de los hombres lograrán abrirles los ojos tarde o temprano. Los soberanos y el pueblo descubrirán algún día la indiferencia y el desprecio que merece una ciencia fútil que no sirve más que para inquietar a los hombres sin mejorarlos. Sentirán la inutilidad de muchas prácticas costosas, que en nada contribuyen al bienestar público; se avergonzarán de muchas querellas lamentables, que dejarán de perturbar la tranquilidad de los Estados tan pronto como dejen de darles importancia.

 

¡Príncipes! en vez de tomar parte en las contiendas sin sentido de vuestros sacerdotes, en vez de abrazar tontamente sus impertinentes querellas, en vez de esforzaros por llevar a todos vuestros súbditos a opiniones uniformes, ocúpate de su felicidad en este mundo, y no te preocupes por el destino que les espera en otro. Gobiérnenlos con justicia, denles buenas leyes, respeten su libertad y su propiedad, supervisen su educación, anímenlos en sus trabajos, recompensen sus talentos y sus virtudes, repriman su libertinaje y no se preocupen por lo que ellos piensan acerca de cosas inútiles para ellos. ellos y para ti. Entonces ya no necesitaréis ficciones para haceros obedecer; seréis los únicos guías de vuestros súbditos; sus ideas serán uniformes sobre los sentimientos de amor y respeto que le corresponderán.

 

 

 

 

 

 

CXCVII.—EFECTOS FATALES DE LA RELIGIÓN SOBRE EL PUEBLO Y LOS PRÍNCIPES.

¿Se requieren los esfuerzos del genio para comprender que lo que está más allá del hombre, no está hecho para los hombres; que lo sobrenatural, no está hecho para los seres naturales; que los misterios impenetrables no están hechos para mentes limitadas? Si los teólogos son lo suficientemente tontos como para discutir sobre temas que reconocen como ininteligibles para ellos mismos, ¿debería la sociedad tomar parte en sus estúpidas disputas? ¿Debe correr la sangre humana para dar valor a las conjeturas de unos pocos visionarios obstinados? Si es muy difícil curar a los teólogos de su manía y al pueblo de sus prejuicios, al menos es muy fácil evitar que las extravagancias de uno y la locura de otro produzcan efectos perniciosos. Que a cada uno se le permita pensar como quiera, pero que no se le permita molestar a otros por su modo de pensar. Si los jefes de las naciones fueran más justos y más sensatos, las opiniones teológicas no perturbarían la tranquilidad pública más que las disputas de los filósofos, de los médicos, de los gramáticos y de los críticos. Es la tiranía de los príncipes lo que hace que las disputas teológicas tengan graves consecuencias. Cuando los reyes dejen de entrometerse con la teología, las disputas teológicas ya no serán algo que temer.

 

Quienes tanto se jactan de la importancia y utilidad de la religión, deben mostrarnos sus benéficos resultados, y las ventajas que las disputas y especulaciones abstractas de la teología pueden traer a los cargadores, a los artesanos, a los labradores, a los pescaderos, a las mujeres y a los demás. a tantos siervos depravados, de los cuales se llenan las grandes ciudades. Las personas de este tipo son todas religiosas, tienen una fe implícita; sus sacerdotes creen por ellos; aceptan una fe desconocida para sus guías; escuchan con asiduidad los sermones; asisten regularmente a las ceremonias; piensan que es un gran crimen transgredir las ordenanzas a las que desde la infancia se les ha enseñado a cumplir. ¿Qué bien a la moral resulta de todo esto? Ninguno en absoluto; no tienen idea de moralidad, y se les ve entregarse a todo tipo de picardías, fraudes, rapiñas, y excesos que la ley no castiga. Las masas, en verdad, no tienen idea de religión; lo que se llama religión, no es más que un apego ciego a opiniones desconocidas y tratos misteriosos. De hecho, privar a las personas de la religión es privarlas de nada. Si consiguiéramos destruir sus prejuicios, disminuiríamos o aniquilaríamos la peligrosa confianza que tienen en guías egoístas, y les enseñaríamos a cuidarse de aquellos que, bajo el pretexto de la religión, muy a menudo los conducen a fatales excesos.

 

 

 

 

 

 

CXCVIII.—CONTINUACIÓN.

Under pretext of instructing and enlightening men, religion really holds them in ignorance, and deprives them even of the desire of understanding the objects which interest them the most. There exists for the people no other rule of conduct than that which their priests indicate to them. Religion takes the place of everything; but being in darkness itself, it has a greater tendency to misguide mortals, than to guide them in the way of science and happiness. Philosophy, morality, legislation, and politics are to them enigmas. Man, blinded by religious prejudices, finds it impossible to understand his own nature, to cultivate his reason, to make experiments; he fears truth as soon as it does not agree with his opinions. Everything tends to render the people devout, but all is opposed to their being humane, reasonable, and virtuous. Religion seems to have for its object only to blunt the feeling and to dull the intelligence of men.

 

La guerra que siempre existió entre los sacerdotes y las mejores mentes de todos los tiempos, viene de esto, que los sabios percibieron los grilletes que la superstición quería poner sobre la mente humana, que quisiera mantener en la infancia eterna, para que pudiera ser ocupado en fábulas, cargado de terrores y atemorizado por fantasmas que le impedirían progresar. Incapaz de perfeccionarse, la teología opuso barreras infranqueables al progreso del verdadero conocimiento; parecía ocuparse sólo del cuidado de mantener a las naciones ya sus jefes en la más profunda ignorancia de sus verdaderos intereses, de sus relaciones, de sus deberes, de los motivos reales que pueden conducirlos a la prosperidad; no hace más que oscurecer la moralidad; hace arbitrarios sus principios, la somete a los caprichos de los dioses o de sus ministros; convierte el arte de gobernar a los hombres en una misteriosa tiranía que se convierte en el azote de las naciones; convierte a los príncipes en déspotas injustos y licenciosos, y al pueblo en esclavos ignorantes, que se corrompen para obtener el favor de sus amos.

 

 

 

 

 

 

CXCIX.— LA HISTORIA NOS ENSEñA QUE TODAS LAS RELIGIONES FUERON ESTABLECIDAS CON LA AYUDA DE LA IGNORANCIA, Y POR HOMBRES QUE TUVIERON TU DESFRONTERÍA PARA LLEGAR A SÍ MISMOS LOS ENVIADOS DE LA DIVINIDAD.

Si nos tomamos la molestia de seguir la historia de la mente humana, descubriremos que la teología se cuidó de no extender sus límites. Comenzó repitiendo fábulas, que pretendía ser verdades sagradas; engendró la poesía, que llenó la imaginación del pueblo de pueriles ficciones; los entretuvo mas con sus dioses y sus hazañas increíbles; en una palabra, la religión siempre trató a los hombres como niños, a quienes adormecía con cuentos que sus ministros querrían hacer pasar todavía por verdades incontestables. Si los ministros de los Dioses hicieron a veces útiles descubrimientos, siempre se preocuparon de ocultarlos en enigmas y de envolverlos en sombras de misterio. Los Pitágoras y los Platón, para adquirir algunos logros fútiles, se vieron obligados a arrastrarse a los pies de los sacerdotes, para ser iniciados en sus misterios, someterse a las pruebas que quisieran imponerles; a este precio se les permitió sacar del manantial sus exaltadas ideas, seduciendo aún así a todos los que admiran lo ininteligible. Fue entre sacerdotes egipcios, indios, caldeos; fue en las escuelas de estos soñadores, interesados ​​de oficio en destronar la razón humana, donde la filosofía se vio obligada a tomar prestados sus primeros rudimentos. Oscura o falsa en sus principios, mezclada con ficciones y fábulas, hecha únicamente para seducir la imaginación, esta filosofía progresó pero vacilante, y en lugar de iluminar la mente, la cegó y la apartó de los objetos útiles. Las especulaciones teológicas y los ensueños místicos de los antiguos tienen, aún en nuestros días, la ley en gran parte del mundo filosófico. Adoptado por la teología moderna, difícilmente podemos desviarnos de ellos sin herejía; nos entretienen con seres aéreos, con espíritus, ángeles, demonios, genios y otros fantasmas, que son objeto de las meditaciones de nuestros más profundos pensadores, y que sirven de base a la metafísica, ciencia abstracta y fútil, sobre la cual los mayores genios se han ejercitado en vano durante miles de años. Así, las hipótesis, inventadas por unos pocos visionarios de Menfis y de Babilonia, siguen siendo la base de una ciencia venerada por la oscuridad que la hace pasar por maravillosa y divina. Los primeros legisladores de las naciones fueron sacerdotes; los primeros mitólogos y poetas fueron sacerdotes; los primeros filósofos fueron sacerdotes; los primeros médicos fueron sacerdotes. En sus manos la ciencia se convirtió en algo sagrado, prohibido a los profanos; hablaban sólo por medio de alegorías, emblemas, enigmas,

 

 

 

 

 

 

CC.—TODAS LAS RELIGIONES, ANTIGUAS Y MODERNAS, SE HAN TOMADO PRESTADAS MUTUAMENTE SUS ABSTRACTOS ENSEÑAMIENTOS Y SUS RIDÃCULAS PRACTICAS.

Las religiones de estos antiguos sacerdotes han desaparecido, o mejor dicho, han cambiado de forma. Aunque nuestros teólogos modernos consideran a los antiguos sacerdotes como impostores, se han preocupado de recoger los fragmentos dispersos de sus sistemas religiosos, cuyo conjunto ya no existe para nosotros; encontraremos en nuestras religiones modernas, no sólo los dogmas metafísicos que la teología tiene pero vestidos de otra forma, sino que todavía encontramos restos notables de sus prácticas supersticiosas, de su teúrgia, de su magia, de sus encantamientos.

 

A los cristianos todavía se les ordena mirar con respeto los monumentos de los legisladores, de los sacerdotes y de los profetas de la religión hebrea, la cual, según las apariencias, ha tomado prestadas de Egipto las nociones fantásticas de que la vemos llena. Así, las extravagancias inventadas por los farsantes o los visionarios idólatras, ¡todavía son consideradas como opiniones sagradas por los cristianos!

 

Si miramos la historia, vemos semejanzas sorprendentes en todas las religiones. En todas partes de la tierra encontramos ideas religiosas que periódicamente afligen y alegran a la gente; en todas partes vemos ritos, prácticas a menudo abominables y formidables misterios que ocupan la mente y se convierten en objetos de meditación. Vemos las diferentes supersticiones tomando prestadas unas de otras sus ensoñaciones abstractas y sus ceremonias. Las religiones son generalmente rapsodias sin forma combinadas por nuevos Doctores en Divinidad, quienes, al componerlas, han utilizado los materiales de sus predecesores, reservándose el derecho de agregar o restar lo que convenga o no a sus puntos de vista actuales. La religión de Egipto evidentemente sirvió como base para la religión de Moisés, quien eliminó de ella la adoración de ídolos. Moisés no era más que un cismático egipcio, el cristianismo no es más que un judaísmo reformado.

 

 

 

 

 

 

CCI.—THEOLOGY HAS ALWAYS TURNED PHILOSOPHY FROM ITS TRUE COURSE.

From the most remote period theology alone regulated the march of philosophy. What aid has it lent it? It changed it into an unintelligible jargon, which only had a tendency to render the clearest truth uncertain; it converted the art of reasoning into a science of words; it threw the human mind into the aerial regions of metaphysics, where it unsuccessfully occupied itself in sounding useless and dangerous abysses. For physical and simple causes, this philosophy substituted supernatural causes, or, rather, causes truly occult; it explained difficult phenomena by agents more inconceivable than these phenomena; it filled discourse with words void of sense, incapable of giving the reason of things, better suited to obscure than to enlighten, and which seem invented but to discourage man, to guard him against the powers of his own mind, to make him distrust the principles of reason and evidence, and to surround the truth with an insurmountable barrier.

 

 

 

 

 

 

CCII.—-THEOLOGY NEITHER EXPLAINS NOR ENLIGHTENS ANYTHING IN THE WORLD OR IN NATURE.

If we would believe the adherents of religion, nothing could be explicable in the world without it; nature would be a continual enigma; it would be impossible for man to comprehend himself. But, at the bottom, what does this religion explain to us? The more we examine it, the more we find that theological notions are fit but to perplex all our ideas; they change all into mysteries; they explain to us difficult things by impossible things. Is it, then, explaining things to attribute them to unknown agencies, to invisible powers, to immaterial causes? Is it really enlightening the human mind when, in its embarrassment, it is directed to the "depths of the treasures of Divine Wisdom," upon which they tell us it is in vain for us to turn our bold regards? Can the Divine Nature, which we know nothing about, make us understand man's nature, which we find so difficult to explain?

 

Ask a Christian philosopher what is the origin of the world. He will answer that God created the universe. What is God? We do not know anything about it. What is it to create? We have no idea of it! What is the cause of pestilences, famines, wars, sterility, inundations, earthquakes? It is God's wrath. What remedies can prevent these calamities? Prayers, sacrifices, processions, offerings, ceremonies, are, we are told, the true means to disarm Celestial fury. But why is Heaven angry? Because men are wicked. Why are men wicked? Because their nature is corrupt. What is the cause of this corruption? It is, a theologian of enlightened Europe will reply, because the first man was seduced by the first woman to eat of an apple which his God had forbidden him to touch. Who induced this woman to do such a folly? The Devil. Who created the Devil? God! Why did God create this Devil destined to pervert the human race? We know nothing about it; it is a mystery hidden in the bosom of the Deity.

 

Does the earth revolve around the sun? Two centuries ago a devout philosopher would have replied that such a thought was blasphemy, because such a system could not agree with the Holy Book, which every Christian reveres as inspired by the Deity Himself. What is the opinion to-day about it? Notwithstanding Divine Inspiration, the Christian philosophers finally concluded to rely upon evidence rather than upon the testimony of their inspired books.

 

What is the hidden principle of the actions and of the motions of the human body? It is the soul. What is a soul? It is a spirit. What is a spirit? It is a substance which has neither form, color, expansion, nor parts. How can we conceive of such a substance? How can it move a body? We know nothing about it. Have brutes souls? The Carthusian assures you that they are machines. But do we not see them act, feel, and think in a manner which resembles that of men? This is a pure illusion, you say. But why do you deprive the brutes of souls, which, without understanding it, you attribute to men? It is that the souls of the brutes would embarrass our theologians, who, content with the power of frightening and damning the immortal souls of men, do not take the same interest in damning those of the brutes. Such are the puerile solutions which philosophy, always guided by the leading-strings of theology, was obliged to bring forth to explain the problems of the physical and moral world.

 

 

 

 

 

 

CCIII.—HOW THEOLOGY HAS FETTERED HUMAN MORALS AND RETARDED THE PROGRESS OF ENLIGHTENMENT, OF REASON, AND OF TRUTH.

How many subterfuges and mental gymnastics all the ancient and modern thinkers have employed, in order to avoid falling out with the ministers of the Gods, who in all ages were the true tyrants of thought! How Descartes, Malebranche, Leibnitz, and many others have been compelled to invent hypotheses and evasions in order to reconcile their discoveries with the reveries and the blunders which religion had rendered sacred! With what prevarications have not the greatest philosophers guarded themselves even at the risk of being absurd, inconsistent, and unintelligible whenever their ideas did not correspond with the principles of theology! Vigilant priests were always ready to extinguish systems which could not be made to tally with their interests. Theology in every age has been the bed of Procrustes upon which this brigand extended his victims; he cut off the limbs when they were too long, or stretched them by horses when they were shorter than the bed upon which he placed them.

 

What sensible man who has a love for science, and is interested in the welfare of humanity, can reflect without sorrow and pain upon the loss of so many profound, laborious, and subtle heads, who, for many centuries, have foolishly exhausted themselves upon idle fancies that proved to be injurious to our race? What light could have been thrown into the minds of many famous thinkers, if, instead of occupying themselves with a useless theology, and its impertinent disputes, they had turned their attention upon intelligible and truly important objects. Half of the efforts that it cost the genius that was able to forge their religious opinions, half of the expense which their frivolous worship cost the nations, would have sufficed to enlighten them perfectly upon morality, politics, philosophy, medicine, agriculture, etc. Superstition nearly always absorbs the attention, the admiration, and the treasures of the people; they have a very expensive religion; but they have for their money, neither light, virtue, nor happiness.

 

 

 

 

 

 

CCIV.—CONTINUATION.

Some ancient and modern philosophers have had the courage to accept experience and reason as their guides, and to shake off the chains of superstition. Lucippe, Democritus, Epicurus, Straton, and some other Greeks, dared to tear away the thick veil of prejudice, and to deliver philosophy from theological fetters. But their systems, too simple, too sensible, and too stripped of wonders for the lovers of fancy, were obliged to surrender to the fabulous conjectures of Plato, Socrates, and Zeno. Among the moderns, Hobbes, Spinoza, Bayle, and others have followed the path of Epicurus, but their doctrine found but few votaries in a world still too much infatuated with fables to listen to reason.

 

In all ages one could not, without imminent danger, lay aside the prejudices which opinion had rendered sacred. No one was permitted to make discoveries of any kind; all that the most enlightened men could do was to speak and write with hidden meaning; and often, by a cowardly complaisance, to shamefully ally falsehood with truth. A few of them had a double doctrine—one public and the other secret. The key of this last having been lost, their true sentiments often became unintelligible and, consequently, useless to us. How could modern philosophers who, being threatened with the most cruel persecution, were called upon to renounce reason and to submit to faith—that is to say, to priestly authority—I say, how could men thus fettered give free flight to their genius, perfect reason, or hasten human progress? It was but in fear and trembling that the greatest men obtained glimpses of truth; they rarely had the courage to announce it; those who dared to do it have generally been punished for their temerity. Thanks to religion, it was never permitted to think aloud or to combat the prejudices of which man is everywhere the victim or the dupe.

 

 

 

 

 

 

CCV.—NO PODEMOS REPETIR LO EXTRAVAGANTE Y FATAL QUE ES LA RELIGIÓN.

Todo hombre que tiene la audacia de anunciar verdades al mundo, está seguro de recibir el odio de los sacerdotes; estos últimos llaman en voz alta a los poderes fácticos en busca de ayuda; necesitan la asistencia de los reyes para sostener sus argumentos y sus dioses. Estos clamores muestran la debilidad de su causa.

 

"Están avergonzados cuando piden ayuda a gritos".

 

No está permitido errar en materia de religión; en cualquier otro tema podemos ser engañados con impunidad; nos compadecemos de los que se extravían, y tenemos cierta simpatía por las personas que descubren verdades nuevas para nosotros. Pero tan pronto como la teología se supone involucrada, ya sea en errores o descubrimientos, se enciende un celo santo; los soberanos exterminan; la gente vuela en frenesí; y las naciones se alborotan sin saber por qué. ¿Hay algo más aflictivo que ver el bienestar público e individual depender de una ciencia fútil, que carece de principios, que no tiene más fundamento que la imaginación, y que presenta a la mente sólo palabras sin sentido? De qué sirve una religión que nadie entiende; que continuamente atormenta a los que se preocupan por ello; que es incapaz de hacer mejores a los hombres; y que a menudo les da el crédito de ser injustos y malvados? ¿Hay locura más deplorable, y que más debe ser mitigada, que la que, lejos de hacer algún bien al género humano, no hace más que cegarlo, enloquecerlo y hacerlo miserable, privándolo de la verdad, que es la única que puede suavizar el rigor del destino?

 

 

 

 

 

 

CCVI.— LA RELIGIÓN ES LA CAJA DE PANDORA, Y ESTA CAJA FATAL ESTA ABIERTA.

En todas las épocas, la religión ha mantenido la mente humana en tinieblas y la ha mantenido en la ignorancia de sus verdaderas relaciones, de sus verdaderos deberes y de sus verdaderos intereses. Es solo al remover sus nubes y fantasmas que podemos encontrar las fuentes de la verdad, la razón, la moralidad y los motivos reales que inspiran la virtud. Esta religión nos pone en el camino equivocado por las causas de nuestros males, y los remedios naturales que podemos aplicar. Lejos de curarlos, sólo puede multiplicarlos y hacerlos más duraderos.

 

Digamos, pues, con el célebre Lord Bolingbroke, en sus obras póstumas: “La teología es la Caja de Pandora; y si es imposible cerrarla, al menos es útil advertir que esta caja fatal está abierta. "

 

Creo, mis queridos amigos, que les he dado suficiente prevención contra todas estas locuras. ¡Vuestra razón hará más que mis discursos, y deseo sinceramente que sólo tengamos que quejarnos de haber sido engañados! Pero sangre humana ha corrido desde la época de Constantino para el establecimiento de estas horribles imposiciones. Las iglesias romana, griega y protestante, por disputas vanas, ambiciosas e hipócritas, han asolado Europa, Asia y África. Añádanse a estos hombres, a quienes estas querellas asesinaron, las multitudes de monjes y de monjas, que se volvieron estériles por su profesión, y verán que la religión cristiana ha destruido a la mitad de la raza humana.

 

Concluyo con el deseo de que volvamos a la Naturaleza, cuyo enemigo declarado es la religión cristiana, y que necesariamente nos instruye a hacer con los demás lo que nos gustaría que hicieran con nosotros. Entonces el universo se compondrá de buenos ciudadanos, padres justos, hijos obedientes, amigos tiernos. La Naturaleza nos ha dado esta Religión, al darnos la Razón. ¡Que el fanatismo no lo pervierta más! Muero lleno de estos deseos más que de esperanza.

 

ETREPIGNIA, 15 de marzo de 1732

 

JUAN MESLIER

 

 

 

 

 

RESUMEN DEL TESTAMENTO DE JOHN MESLIER

por Voltaire;

O, SENTIMIENTOS DEL CURADO DE ETREPIGNY DIRIGIDO A SUS feligreses.

 

 

 

 

 

I.—DE LAS RELIGIONES.

As there is no one religious denomination which does not pretend to be truly founded upon the authority of God, and entirely exempt from all the errors and impositions which are found in the others, it is for those who purpose to establish the truth of the faith of their sect, to show, by clear and convincing proofs, that it is of Divine origin; as this is lacking, we must conclude that it is but of human invention, and full of errors and deceptions; for it is incredible that an Omnipotent and Infinitely good God would have desired to give laws and ordinances to men, and not have wished them to bear better authenticated marks of truth, than those of the numerous impostors. Moreover, there is not one of our Christ-worshipers, of whatever sect he may be, who can make us see, by convincing proofs, that his religion is exclusively of Divine origin; and for want of such proof they have been for many centuries contesting this subject among themselves, even to persecuting each other by fire and sword to maintain their opinions; there is, however, not one sect of them all which could convince and persuade the others by such witnesses of truth; this certainly would not be, if they had, on one side or the other, convincing proofs of Divine origin. For, as no one of any religious sect, enlightened and of good faith, pretends to hold and to favor error and falsehood; and as, on the contrary, each, on his side, pretends to sustain truth, the true means of banishing all errors, and of uniting all men in peace in the same sentiments and in the same form of religion, would be to produce convincing proofs and testimonies of the truth; and thus show that such religion is of Divine origin, and not any of the others; then each one would accept this truth; and no person would dare to question these testimonies, or sustain the side of error and imposition, lest he should be, at the same time, confounded by contrary proofs: but, as these proofs are not found in any religion, it gives to impostors occasion to invent and boldly sustain all kinds of falsehoods.

 

He aquí todavía otras pruebas, que no serán menos evidentes, de la falsedad de las religiones humanas, y especialmente de la falsedad de la nuestra. Toda religión que se apoye en misterios como fundamento, y que tome como regla de su doctrina y de su moral un principio de errores, y que sea al mismo tiempo fuente de perturbaciones y eternas divisiones entre los hombres, no puede ser religión verdadera, ni una Institución Divina. Ahora bien, las religiones humanas, especialmente la católica, establecen como base de su doctrina y de su moral, un principio de errores; luego, se sigue que estas religiones no pueden ser verdaderas, ni de origen Divino. No veo que podamos negar la primera proposición de este argumento; es demasiado claro y demasiado evidente para admitir una duda. Paso a la prueba de la segunda proposición, que es, que la religión cristiana toma por regla de su doctrina y su moral lo que llaman fe, una confianza ciega, pero sin embargo firme, y asegurada por algunas leyes o revelaciones de alguna Deidad. Debemos suponer necesariamente que es así, porque es esta creencia en alguna Deidad y en algunas Revelaciones Divinas, lo que le da todo el crédito y toda la autoridad que tiene en el mundo, y sin la cual no podríamos hacer uso de lo que ella tiene. prescribe Por eso no hay religión que no recomiende expresamente a sus devotos a ser firmes en su fe. ["¡Estate fortes in fide!"] Esta es la razón por la que todos los cristianos aceptan como máxima que la fe es el principio y el fundamento de la salvación, que es la raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresa en el Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII. y asegurado por algunas leyes o revelaciones de alguna Deidad. Debemos suponer necesariamente que es así, porque es esta creencia en alguna Deidad y en algunas Revelaciones Divinas, lo que le da todo el crédito y toda la autoridad que tiene en el mundo, y sin la cual no podríamos hacer uso de lo que ella tiene. prescribe Por eso no hay religión que no recomiende expresamente a sus devotos a ser firmes en su fe. ["¡Estate fortes in fide!"] Esta es la razón por la que todos los cristianos aceptan como máxima que la fe es el principio y el fundamento de la salvación, que es la raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresa en el Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII. y asegurado por algunas leyes o revelaciones de alguna Deidad. Debemos suponer necesariamente que es así, porque es esta creencia en alguna Deidad y en algunas Revelaciones Divinas, lo que le da todo el crédito y toda la autoridad que tiene en el mundo, y sin la cual no podríamos hacer uso de lo que ella tiene. prescribe Por eso no hay religión que no recomiende expresamente a sus devotos a ser firmes en su fe. ["¡Estate fortes in fide!"] Esta es la razón por la que todos los cristianos aceptan como máxima que la fe es el principio y el fundamento de la salvación, que es la raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresa en el Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII. que le da todo el crédito y toda la autoridad que tiene en el mundo, y sin la cual no podríamos hacer uso de lo que prescribe. Por eso no hay religión que no recomiende expresamente a sus devotos a ser firmes en su fe. ["¡Estate fortes in fide!"] Esta es la razón por la que todos los cristianos aceptan como máxima que la fe es el principio y el fundamento de la salvación, que es la raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresa en el Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII. que le da todo el crédito y toda la autoridad que tiene en el mundo, y sin la cual no podríamos hacer uso de lo que prescribe. Por eso no hay religión que no recomiende expresamente a sus devotos a ser firmes en su fe. ["¡Estate fortes in fide!"] Esta es la razón por la que todos los cristianos aceptan como máxima que la fe es el principio y el fundamento de la salvación, que es la raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresa en el Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII. que la fe es el comienzo y la base de la salvación, que es la raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresó en el Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII. que la fe es el comienzo y la base de la salvación, que es la raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresó en el Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII.

 

Ahora bien, es evidente que una fe ciega en todo lo que se propone en nombre y autoridad de Dios, es un principio de errores y falsedades. Como prueba, vemos que no hay impostor en materia de religión, que no pretenda estar revestido del nombre y de la autoridad de Dios, y que no pretenda ser especialmente inspirado y enviado por Dios. No sólo es esta fe y creencia ciega que aceptan como base de su doctrina, un principio de errores, etc., sino que también es fuente de turbación y división entre los hombres para el mantenimiento de su religión. No hay crueldad que no se practiquen unos con otros bajo este engañoso pretexto.

 

Ahora bien, no es creíble que un Dios Todopoderoso, Bondadoso y Sabio quisiera utilizar tales medios o de manera tan engañosa para informar a los hombres de Sus deseos; porque esto sería manifiestamente querer inducirlos al error y ponerles trampas en el camino, para hacerlos aceptar el lado de la falsedad. Es imposible creer que un Dios que amó la unidad y la paz, el bienestar y la felicidad de los hombres, hubiera establecido alguna vez como base de su religión, una fuente tan fatal de problemas y de divisiones eternas entre ellos. Tales religiones no pueden ser verdaderas, ni pueden haber sido instituidas por Dios. Pero veo que nuestros adoradores de Cristo no dejarán de recurrir a sus supuestos motivos de credulidad, y dirán que aunque su fe y su creencia pueden ser ciegas en un sentido, sin embargo, están respaldados por testimonios de verdad tan claros y convincentes, que no sólo sería imprudencia, sino temeridad e insensatez no entregarse. Generalmente reducen estos motivos pretendidos a tres o cuatro características principales. La primera la sacan de la pretendida santidad de su religión, que condena el vicio y recomienda la práctica de la virtud. Su doctrina es tan pura, tan sencilla, según dicen, que es evidente que no podía brotar sino de la santidad de un Dios infinitamente bueno y sabio. y que recomienda la práctica de la virtud. Su doctrina es tan pura, tan sencilla, según dicen, que es evidente que no podía brotar sino de la santidad de un Dios infinitamente bueno y sabio. y que recomienda la práctica de la virtud. Su doctrina es tan pura, tan sencilla, según dicen, que es evidente que no podía brotar sino de la santidad de un Dios infinitamente bueno y sabio.

 

El segundo motivo de la credulidad, lo sacan de la inocencia y de la santidad de la vida en aquellos que la abrazaron con amor, y la defendieron sufriendo la muerte y los más crueles tormentos, antes que abandonarla: no siendo creíble que tan grandes personajes quisieran se dejan engañar en su creencia, que renunciarían a todas las ventajas de la vida, y se expondrían a tan crueles tormentos y persecuciones, para mantener errores e imposiciones. Su tercer motivo para la credulidad, lo sacan de los oráculos y profecías que durante tanto tiempo se han pronunciado en su favor, y que pretenden que se han cumplido de una manera que no permite ninguna duda. Finalmente, su cuarto motivo de credulidad, que es el más importante de todos, se deriva de la grandeza y la multitud de los milagros realizados, en todas las edades,

 

Pero es fácil refutar todos estos razonamientos inútiles y mostrar la falsedad de todas estas evidencias. Porque, en primer lugar, los argumentos que nuestros adoradores de Cristo extraen de sus supuestos motivos de credulidad pueden servir para establecer y confirmar la falsedad tanto como la verdad; porque vemos que no hay religión, por falsa que sea, que no pretenda tener una sana y verdadera doctrina, y que, a su manera, no condene todos los vicios y recomiende la práctica de todas las virtudes; no hay uno que no haya tenido defensores firmes y celosos que hayan sufrido persecución por mantener su religión; y, finalmente, no hay ninguno que no pretenda tener prodigios y milagros que se hayan hecho a su favor. Los mahometanos, los indios, los paganos, así como los cristianos, reclaman milagros en sus religiones. Si nuestros adoradores de Cristo hacen uso de sus milagros y sus profecías, no se encuentran menos en las religiones paganas que en las suyas. Así, la ventaja que podríamos sacar de todos estos motivos para la credulidad se encuentra más o menos igual en todas las clases de religiones. Establecido esto, como lo demuestran la historia y la práctica de todas las religiones, se sigue evidentemente que todos estos supuestos motivos de credulidad, a los que nuestros adoradores de Cristo dan tanto valor, se encuentran igualmente en todas las religiones; y, en consecuencia, no pueden servir como pruebas fidedignas de la verdad de su religión más que de la verdad de cualquier otra. El resultado es claro. se encuentra más o menos igual en todo tipo de religiones. Establecido esto, como lo demuestran la historia y la práctica de todas las religiones, se sigue evidentemente que todos estos supuestos motivos de credulidad, a los que nuestros adoradores de Cristo dan tanto valor, se encuentran igualmente en todas las religiones; y, en consecuencia, no pueden servir como pruebas fidedignas de la verdad de su religión más que de la verdad de cualquier otra. El resultado es claro. se encuentra más o menos igual en todo tipo de religiones. Establecido esto, como lo demuestran la historia y la práctica de todas las religiones, se sigue evidentemente que todos estos supuestos motivos de credulidad, a los que nuestros adoradores de Cristo dan tanto valor, se encuentran igualmente en todas las religiones; y, en consecuencia, no pueden servir como pruebas fidedignas de la verdad de su religión más que de la verdad de cualquier otra. El resultado es claro.

 

En segundo lugar. Para dar una idea de la semejanza de los milagros del paganismo con los del cristianismo, ¿no podríamos decir, por ejemplo, que habría más razón para creer a Filóstrato en lo que relata de la vida de Apolonio que para creer en todos los evangelistas en lo que dicen de los milagros de Jesucristo; porque sabemos, al menos, que Filóstrato fue un hombre de inteligencia, elocuencia y fluidez; que él era el secretario de la emperatriz Julia, esposa del emperador Severo, y que esta emperatriz le pidió que escribiera la vida y los hechos maravillosos de Apolonio? Es evidente que Apolonio se hizo famoso por hechos grandes y extraordinarios, ya que una emperatriz estaba lo suficientemente interesada en ellos como para desear una historia de su vida. Esto es lo que no se puede decir de Jesucristo, ni de los que nos han dado su biografía, que no eran más que ignorantes del pueblo, pobres obreros, pescadores, que ni siquiera tenían el sentido de relatar coherentemente los hechos de que hablan, y que se contradicen entre sí muy a menudo. En cuanto a Aquel cuya vida y acciones describen, si realmente hubiera realizado los milagros que se le atribuyen, se habría hecho notable por sus hermosos actos; todos le habrían admirado, y le habrían erigido estatuas como se hacía para los Dioses; pero en lugar de eso, fue considerado como un hombre sin importancia, como un fanático, etc. Josefo, el historiador, después de haber hablado de los grandes milagros realizados a favor de su nación y su religión, inmediatamente les resta credibilidad y la vuelve sospechosa al decir que deja a cada uno la libertad de creer lo que quiera; esto muestra evidentemente que no tenía mucha fe en ellos. También da ocasión a los más juiciosos de considerar las historias que hablan de este tipo de cosas como narraciones fabulosas. [Véase Montaigne, y el autor de la "Apología de los grandes hombres".] Todo lo que se puede decir sobre este tema nos muestra claramente que se pueden inventar supuestos milagros para favorecer el vicio y la falsedad, así como la justicia y la verdad.

 

Lo pruebo por la evidencia de lo que incluso nuestros adoradores de Cristo llaman la Palabra de Dios, y por la evidencia de Aquel a quien adoran; porque sus libros, que dicen contener la Palabra de Dios, y al mismo Cristo, a quien adoran como un hombre hecho por Dios, nos muestran explícitamente que no sólo hay falsos profetas, es decir, impostores, que pretenden enviados por Dios, y que hablan en Su nombre, pero que muestran tan explícitamente que estos falsos profetas pueden realizar milagros tan grandes y prodigiosos que engañarán a los mismos elegidos. [Ver Mateo, capítulo xxiv., versículos 5, 21-27.] Más que eso, todos estos supuestos hacedores de milagros desean que pongamos fe solo en ellos, y no en aquellos que pertenecen a un partido opuesto.

 

En una ocasión uno de estos supuestos profetas, llamado Sedecias, siendo contradicho por otro, llamado Miquea, el primero golpeó al segundo y le dijo amablemente: "¿Por qué camino pasó el Espíritu de Dios de mí a ti?"

 

Pero, ¿cómo pueden estos supuestos milagros ser evidencias de la verdad? porque es claro que no se realizaron. Porque habría que saber: Primero, si los que se dice que son los primeros autores de estas narraciones, verdaderamente lo son. En segundo lugar, si fueran hombres honestos, dignos de confianza, sabios e ilustrados; y saber si no estaban predispuestos en favor de aquellos de quienes tan favorablemente hablan. En tercer lugar, si han examinado todas las circunstancias de los hechos que relatan; si los conocen bien; y si hacen un informe fiel de ellos. En cuarto lugar, ¿si los libros o las historias antiguas que relatan todos estos grandes milagros no han sido falsificados y cambiados con el transcurso del tiempo, como lo han sido tantos otros?

 

Si consultamos a Tácito ya muchos otros célebres historiadores, respecto a Moisés y su nación, veremos que son considerados como una horda de ladrones y bandidos. La magia y la astrología eran en aquellos días las únicas ciencias de moda; y como Moisés estaba, se dice, instruido en la sabiduría de los egipcios, no le fue difícil inspirar veneración y cariño por sí mismo en los rústicos e ignorantes hijos de Jacob, e inducirlos a aceptar, en su miseria, la disciplina que deseaba darles. Eso es muy diferente de lo que los judíos y nuestros adoradores de Cristo quieren hacernos creer. ¿Por qué regla cierta podemos saber que debemos poner fe en estos en lugar de en los otros? No hay una razón sólida para ello. Hay tan poca certeza e incluso probabilidad en los milagros del Nuevo Testamento como en los del Antiguo.

 

De nada servirá decir que las historias que relatan los hechos contenidos en los Evangelios han sido consideradas como verdaderas y sagradas; que siempre han sido fielmente conservados sin alteración alguna de las verdades que contienen; ya que tal vez esta sea la razón misma por la que deben ser más sospechosos, habiendo sido corrompidos por aquellos que se beneficiaron de ellos, o que temían que no les fueran suficientemente favorables.

 

Generalmente, los autores que transcriben este tipo de historias, se reservan el derecho de ampliar o reducir lo que quieran, para servir a sus propios intereses. Esto es lo que ni siquiera nuestros adoradores de Cristo pueden negar; pues, sin mencionar a varios otros personajes importantes que reconocieron las adiciones, los recortes y las falsificaciones que se han hecho en diferentes tiempos en sus Sagradas Escrituras, su san Jerónimo, un famoso filósofo entre ellos, dijo formalmente en varios pasajes de sus "Prólogos , "que habían sido corrompidos y falsificados; estando, aun en su día, en manos de toda clase de personas, que añadían y suprimían lo que quisiesen; así que, "Así había", dijo él, "tantos modelos diferentes como copias diferentes de los Evangelios".

 

Con respecto a los libros del Antiguo Testamento, Esdras, un sacerdote de la ley, da testimonio de haber corregido y completado totalmente los pretendidos libros sagrados de su ley, que en parte se habían perdido y en parte corrompidos. Los dividió en veintidós libros, según el número de las letras hebraicas, y escribió varios otros libros, cuya doctrina había de ser revelada únicamente a los eruditos. Si estos libros se han perdido en parte y se han corrompido en parte, como testifican Esdras y San Jerónimo en tantos pasajes, entonces no hay certeza con respecto a lo que contienen; y en cuanto a que Esdras dijo que los había corregido y compilado por inspiración del mismo Dios, no hay certeza de eso, ya que no hay impostor que no haga la misma afirmación. todos los libros de la ley de Moisés y de los profetas que se hallaron, fueron quemados en los días de Antíoco. El Talmud, considerado por los judíos como un libro santo y sagrado, y que contiene todas las leyes divinas, con las sentencias y dichos notables de los rabinos, de su interpretación de las leyes divinas y humanas, y un número prodigioso de otras secretos y misterios en lengua hebraica, es considerado por los cristianos como un libro compuesto de ensoñaciones, fábulas, imposiciones e impiedades. En el año 1559 quemaron en Roma, según mandato de los inquisidores de la fe, mil doscientos de estos Talmuds, que fueron hallados en una biblioteca de la ciudad de Cremona. Los fariseos, una secta famosa entre los judíos, aceptaban sólo los cinco libros de Moisés y rechazaban a todos los profetas. Entre los cristianos, Marción y sus seguidores rechazaron los libros de Moisés y los profetas, e introdujo otras Escrituras de moda. Carpócrates y sus seguidores hicieron lo mismo, y rechazaron todo el Antiguo Testamento, y sostuvieron que Jesucristo no era más que un hombre como todos los demás. Los marcionitas repudiaron como malo todo el Antiguo Testamento y rechazaron la mayor parte de los cuatro Evangelios y las Epístolas de San Pablo. Los ebionitas aceptaron solamente el Evangelio de San Mateo, rechazando los otros tres y las Epístolas de San Pablo. Los marcionitas publicaron un evangelio bajo el nombre de San Matías, para confirmar su doctrina. Los apóstoles introdujeron otras Escrituras para mantener sus errores; y para llevar esto a cabo se sirvieron de ciertas Actas, que atribuyeron a San Andrés ya Santo Tomás. y sostuvo que Jesucristo no era más que un hombre como todos los demás. Los marcionitas repudiaron como malo todo el Antiguo Testamento y rechazaron la mayor parte de los cuatro Evangelios y las Epístolas de San Pablo. Los ebionitas aceptaron solamente el Evangelio de San Mateo, rechazando los otros tres y las Epístolas de San Pablo. Los marcionitas publicaron un evangelio bajo el nombre de San Matías, para confirmar su doctrina. Los apóstoles introdujeron otras Escrituras para mantener sus errores; y para llevar esto a cabo se sirvieron de ciertas Actas, que atribuyeron a San Andrés ya Santo Tomás. y sostuvo que Jesucristo no era más que un hombre como todos los demás. Los marcionitas repudiaron como malo todo el Antiguo Testamento y rechazaron la mayor parte de los cuatro Evangelios y las Epístolas de San Pablo. Los ebionitas aceptaron solamente el Evangelio de San Mateo, rechazando los otros tres y las Epístolas de San Pablo. Los marcionitas publicaron un evangelio bajo el nombre de San Matías, para confirmar su doctrina. Los apóstoles introdujeron otras Escrituras para mantener sus errores; y para llevar esto a cabo se sirvieron de ciertas Actas, que atribuyeron a San Andrés ya Santo Tomás. Mateo, rechazando los otros tres, y las Epístolas de San Pablo. Los marcionitas publicaron un evangelio bajo el nombre de San Matías, para confirmar su doctrina. Los apóstoles introdujeron otras Escrituras para mantener sus errores; y para llevar esto a cabo se sirvieron de ciertas Actas, que atribuyeron a San Andrés ya Santo Tomás. Mateo, rechazando los otros tres, y las Epístolas de San Pablo. Los marcionitas publicaron un evangelio bajo el nombre de San Matías, para confirmar su doctrina. Los apóstoles introdujeron otras Escrituras para mantener sus errores; y para llevar esto a cabo se sirvieron de ciertas Actas, que atribuyeron a San Andrés ya Santo Tomás.

 

Los maniqueos escribieron un evangelio de su propio estilo y rechazaron las Escrituras de los profetas y los apóstoles. Los etzaítas vendieron cierto libro que afirmaban haber venido del Cielo; cortaron las otras Escrituras según su fantasía. El mismo Orígenes, con toda su gran mente, corrompió las Escrituras y forjó cambios en las alegorías que no le convenían, corrompiendo así el sentido de los profetas y apóstoles, y hasta algunos de los puntos principales de la doctrina. Sus libros ahora están mutilados y falsificados; no son más que fragmentos recogidos por otros que han aparecido desde entonces. Los ellogianos atribuyeron al hereje Corinto el Evangelio y el Apocalipsis de San Juan; por eso los rechazan. Los herejes de nuestros últimos siglos rechazan como apócrifos varios libros que los católicos romanos consideran verdaderos y sagrados, como los libros de Tobías, Judit, Ester, Baruc, el Canto de los tres niños en el horno, la Historia de Susana, y la del Ídolo Bel, la Sabiduría de Salomón, el Eclesiástico, el primer y segundo libro de los Macabeos; a los cuales libros inciertos y dudosos podríamos agregar varios otros que han sido atribuidos a los demás apóstoles; como, por ejemplo, los Hechos de Santo Tomás, sus Circuitos, su Evangelio y su Apocalipsis; el Evangelio de San Bartolomé, el de San Matías, el de San Jacques, el de San Pedro y el de los Apóstoles, como también las Obras de San Pedro, su libro sobre la Predicación, y el de su Apocalipsis; la del Juicio, la de la Infancia del Salvador, y varias otras del mismo género, los cuales son todos rechazados como apócrifos por los católicos romanos, incluso por el Papa Gelasee, y por la SSFF de la Comunión Romana. Lo que más confirma que no hay fundamento de verdad en cuanto a la autoridad dada a estos libros, es que los que sostienen su divinidad están obligados a reconocer que no tienen como base la certeza, si su fe no les asegura y obliga. ellos a creerlo. Ahora bien, como la fe no es más que un principio de error e impostura, ¿cómo puede la fe, es decir, una creencia ciega, hacer fiables los libros que son en sí mismos el fundamento de esta creencia ciega? ¡Qué pena y qué locura! Pero veamos si estos libros tienen por sí mismos algún rasgo de verdad; como, por ejemplo, de erudición, de sabiduría y de santidad, u otras perfecciones que convienen sólo a un Dios;

 

No hay erudición, ni pensamiento sublime, ni producción alguna que supere las capacidades ordinarias de la mente humana. Por el contrario, veremos por un lado cuentos fabulosos parecidos al de una mujer formada de una costilla de hombre; del pretendido Paraíso terrestre; de una serpiente que hablaba, que razonaba, y que era más astuta que el hombre; de un asno que hablaba y reprendía a su amo por maltratarlo; de un diluvio universal, y de un arca donde se encerraban animales de toda especie; de la confusión de las lenguas y de la división de las naciones, sin hablar de otras muchas narraciones inútiles sobre temas bajos y frívolos que importantes autores desdeñarían relatar. Todas estas narraciones parecen fábulas, tanto como las inventadas sobre la industria de Prometeo, la caja de Pandora,

 

Por otra parte, veremos una mezcla de leyes y ordenanzas, o prácticas supersticiosas acerca de los sacrificios, las purificaciones de la ley antigua, las distinciones sin sentido con respecto a los animales, de los cuales supone que unos son puros y otros impuros. Estas leyes no son más respetables que las de las naciones más idólatras. Veremos sino simples historias, verdaderas o falsas, de varios reyes, príncipes o individuos, que vivieron bien o mal, o que realizaron acciones nobles o mezquinas, con otras cosas bajas y frívolas también relatadas.

 

De todo esto, es evidente que no se requirió gran genio, ni Revelaciones Divinas para producir estas cosas. No sería acreditable a un Dios.

 

Finalmente, no vemos en estos libros más que los discursos, la conducta y las acciones de aquellos renombrados profetas que se proclamaron especialmente inspirados por Dios. Veremos su forma de actuar y de hablar, sus sueños, sus ilusiones, sus ensoñaciones; y será fácil juzgar si no se parecen mucho más a visionarios y fanáticos que a sabios e ilustrados.

 

Hay, sin embargo, en algunos de estos libros, varias buenas enseñanzas y bellas máximas de moral, como en los Proverbios atribuidos a Salomón, en el libro de la Sabiduría y del Eclesiastés; pero este mismo Salomón, el más sabio de sus escritores, es también el más incrédulo; duda incluso de la inmortalidad del alma, y ​​concluye sus obras diciendo que no hay nada bueno sino disfrutar en paz los frutos del propio trabajo y vivir con aquellos a quienes amamos.

 

¡Cuán superiores son los autores que se llaman profanos, como Jenofonte, Platón, Cicerón, el emperador Antonino, el emperador Juliano, Virgilio, etc., a los libros que se dice que son inspirados por Dios! Puedo decir con verdad que las fábulas de Esopo, por ejemplo, son ciertamente más ingeniosas y más instructivas que todas estas toscas y pobres parábolas que se relatan en los Evangelios.

 

Pero lo que nos muestra que este tipo de libros no es de Inspiración Divina, es que además del bajo orden, la tosquedad de estilo, y la falta de sistema en las narraciones de los diferentes hechos, que están muy mal arregladas, no ver que los autores estén de acuerdo; se contradicen en varias cosas; ni siquiera tenían la iluminación suficiente o los talentos naturales para escribir una historia.

 

He aquí algunos ejemplos de las contradicciones que se encuentran entre ellos. El evangelista Mateo afirma que Jesucristo descendió del rey David por su hijo Salomón a través de José, supuestamente su padre; y Lucas afirma que es descendiente del mismo David por su hijo Natán a través de José.

 

Mateo dice, hablando de Jesús, que, siendo noticia en Jerusalén que había nacido un nuevo rey de los judíos, y que los magos habían venido a adorarlo, el rey Herodes, temiendo que este pretendido nuevo rey le robara su corona un día, provocó el asesinato de todos los niños recién nacidos menores de dos años, en todo el vecindario de Belén, donde se le había dicho que había nacido este nuevo rey; y que José y la madre de Jesús, habiendo sido advertidos en sueños por un ángel, de esta mala intención, huyeron inmediatamente a Egipto, donde permanecieron hasta la muerte de Herodes, que sucedió muchos años después.

 

Por el contrario, Lucas afirma que José y la madre de Jesús vivieron en paz durante seis semanas en el lugar donde nació su hijo Jesús; que fue circuncidado según la ley de los judíos, ocho días después de su nacimiento; y cuando llegó el tiempo prescrito por la ley para la purificación de su madre, ella y José, su marido, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo a Dios en su templo, y ofrecer al mismo tiempo un sacrificio que era ordenado por la ley de Dios; después de lo cual volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret, donde su niño Jesús crecía cada día en gracia y en sabiduría. Lucas continúa diciendo que su padre y su madre iban todos los años a Jerusalén en los días solemnes de su fiesta de Pascua, pero no menciona su huida a Egipto, ni de la crueldad de Herodes con los niños de la provincia de Belén. En cuanto a la crueldad de Herodes, como no hablan de ella los historiadores de entonces, ni Josefo, el historiador que escribió la vida de este Herodes, y como no la mencionan los demás evangelistas, es evidente que el viaje de aquellos sabios, guiados por una estrella, esta masacre de niños pequeños, y esta huida a Egipto, no eran más que absurdas falsedades. Porque no es creíble que Josefo, que reprochaba los vicios de este rey, pudiera haber callado ante tan oscura y detestable acción, si hubiera sido verdad lo dicho por el evangelista. es evidente que el viaje de aquellos sabios, guiados por una estrella, esta masacre de niños pequeños, y esta huida a Egipto, no eran más que absurdas falsedades. Porque no es creíble que Josefo, que reprochaba los vicios de este rey, pudiera haber callado ante tan oscura y detestable acción, si hubiera sido verdad lo dicho por el evangelista. es evidente que el viaje de aquellos sabios, guiados por una estrella, esta masacre de niños pequeños, y esta huida a Egipto, no eran más que absurdas falsedades. Porque no es creíble que Josefo, que reprochaba los vicios de este rey, pudiera haber callado ante tan oscura y detestable acción, si hubiera sido verdad lo dicho por el evangelista.

 

En cuanto a la duración de la vida pública de Jesucristo, según dicen los tres primeros evangelistas, apenas podían pasar de tres meses desde el tiempo de su bautismo hasta su muerte, suponiendo que tuviera treinta años cuando fue bautizado. por Juan, según Lucas, y que nació el 25 de diciembre. Porque desde este bautismo, que fue en el año 15 de Tiberio César, y en el año en que Ana y Caifás eran sumos sacerdotes, hasta la primera Pascua siguiente, que fue en el mes de marzo, no hubo sino como tres meses; según dicen los tres primeros evangelistas, fue crucificado en la víspera de la primera Pascua siguiente a su bautismo, y la primera vez que fue a Jerusalén con sus discípulos; porque todo lo que dicen de su bautismo, de sus viajes, de sus milagros, de su predicación, de Su muerte y pasión, debe haber tenido lugar en el mismo año de Su bautismo, porque los evangelistas no hablan de ningún otro año siguiente, y parece incluso por la narración de Sus actos que Él los realizó consecutivamente inmediatamente después de Su bautismo, y en un tiempo muy corto, durante el cual vemos sólo un intervalo de seis días antes de su Transfiguración; durante estos seis días no vemos que Él haya hecho nada. Vemos por esto que Él vivió sólo unos tres meses después de Su bautismo, de los cuales, si restamos los cuarenta días y cuarenta noches que Él pasó en el desierto inmediatamente después de Su bautismo, se seguiría que la duración de Su vida pública de Su la primera predicación hasta Su muerte, habría durado sólo unas seis semanas; y según dice Juan, habría durado por lo menos tres años y tres meses,

 

Ahora bien, si es cierto que había estado allí tres o cuatro veces después de su bautismo, como testifica Juan, es falso que vivió solo tres meses después de su bautismo, y que fue crucificado la primera vez que fue a Jerusalén.

 

Si se dice que estos primeros tres evangelistas realmente significan sólo un año, pero que no indican claramente los otros que transcurrieron desde su bautismo; o que Juan entendió que había una sola Pascua, aunque habla de varias, y que sólo anticipó el tiempo cuando nos dice repetidas veces que la fiesta de Pascua de los judíos estaba cerca, y que Jesús fue a Jerusalén, y, en consecuencia, que no hay más que una aparente contradicción sobre este tema entre los evangelistas, estoy dispuesto a aceptar esto; pero es cierto que esta aparente contradicción nace del hecho de que no se explican en todas las circunstancias que se notan en la narración que hacen. Sea como fuere, siempre se hará esta inferencia, que no fueron inspirados por Dios cuando escribieron sus biografías de Cristo.

 

Aquí hay otra contradicción con respecto a lo primero que Jesús

 

Cristo lo hizo inmediatamente después de Su bautismo; pues los tres primeros evangelistas afirman que fue transportado inmediatamente por el Espíritu al desierto, donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches, y donde fue varias veces tentado por el diablo; y, según dice Juan, dos días después de su bautismo partió para ir a Galilea, donde hizo su primer milagro al cambiar el agua en vino en las bodas de Caná, donde se encontró tres días después de su llegada a Galilea, más de treinta leguas del lugar en que había estado.

 

En cuanto al lugar de su primer retiro después de su partida del desierto, Mateo dice que volvió a Galilea, y que dejando la ciudad de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, ciudad marítima; y Lucas dice que primero vino a Nazaret, y luego fue a Cafarnaúm.

 

Se contradicen en cuanto al tiempo y modo en que los apóstoles le siguieron; porque los tres primeros dicen que Jesús, pasando por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, y que vio a poca distancia a Santiago y a su hermano Juan con su padre Zebedeo. Juan, por el contrario, dice que fue Andrés, hermano de Simón Pedro, quien primero siguió a Jesús con otro discípulo de Juan el Bautista, habiéndole visto pasar delante de ellos, cuando estaban con su Maestro a orillas del Jordán.

 

En cuanto a la Cena del Señor, los tres primeros evangelistas señalan que Jesucristo instituyó el Sacramento de su cuerpo y de su sangre, en forma de pan y vino, lo mismo que dicen nuestros adoradores romanos de Cristo; y Juan no menciona este misterioso sacramento. Juan dice que después de esta cena, Jesús lavó los pies de sus apóstoles y les mandó que hicieran lo mismo unos con otros, y relata un largo discurso que pronunció entonces. Pero los otros evangelistas no hablan del lavatorio de los pies, ni del largo discurso que les dio entonces. Por el contrario, testifican que inmediatamente después de esta cena, Él fue con Sus apóstoles al Monte de los Olivos, donde entregó Su Espíritu a la tristeza, y estaba angustiado mientras Sus apóstoles dormían, a corta distancia. Se contradicen sobre el día en que dicen el Señor' s Tuvo lugar la cena; porque por un lado, notan que era la víspera de Pascua, es decir, la tarde del primer día de Azymes, o de la fiesta de los panes sin levadura; como se nota (1) en Éxodo, (2) en Levítico, y (3) en Números; y por otra parte, dicen que fue crucificado al día siguiente de la Cena del Señor, como al mediodía después que los judíos tuvieron Su juicio durante toda la noche y toda la mañana. Ahora bien, según dicen, el día después de esta cena no debe ser víspera de Pascua. Por tanto, si murió en la víspera de la Pascua, hacia el mediodía, no fue en la víspera de esta fiesta que tuvo lugar esta cena. Por lo tanto, hay un error manifiesto. como se nota (1) en Éxodo, (2) en Levítico, y (3) en Números; y por otra parte, dicen que fue crucificado al día siguiente de la Cena del Señor, como al mediodía después que los judíos tuvieron Su juicio durante toda la noche y toda la mañana. Ahora bien, según dicen, el día después de esta cena no debe ser víspera de Pascua. Por tanto, si murió en la víspera de la Pascua, hacia el mediodía, no fue en la víspera de esta fiesta que tuvo lugar esta cena. Por lo tanto, hay un error manifiesto. como se nota (1) en Éxodo, (2) en Levítico, y (3) en Números; y por otra parte, dicen que fue crucificado al día siguiente de la Cena del Señor, como al mediodía después que los judíos tuvieron Su juicio durante toda la noche y toda la mañana. Ahora bien, según dicen, el día después de esta cena no debe ser víspera de Pascua. Por tanto, si murió en la víspera de la Pascua, hacia el mediodía, no fue en la víspera de esta fiesta que tuvo lugar esta cena. Por lo tanto, hay un error manifiesto. si murió en la víspera de Pascua, hacia el mediodía, no fue en la víspera de esta fiesta que tuvo lugar esta cena. Por lo tanto, hay un error manifiesto. si murió en la víspera de Pascua, hacia el mediodía, no fue en la víspera de esta fiesta que tuvo lugar esta cena. Por lo tanto, hay un error manifiesto.

 

También se contradicen respecto de las mujeres que siguieron a Jesús desde Galilea, porque los tres primeros evangelistas dicen que estas mujeres, y las que le conocieron, entre las cuales estaban María Magdalena, y María, madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo, miraban a lo lejos cuando fue ahorcado y clavado en la cruz. Juan dice, por el contrario, que la madre de Jesús y la hermana de su madre, y María Magdalena estaban de pie junto a su cruz con Juan, su apóstol. La contradicción es manifiesta, porque si estas mujeres y este discípulo estaban cerca de él, no estaban lejos, como dicen los demás.

 

Se contradicen entre sí sobre las supuestas apariciones que relatan que Jesús hizo después de su supuesta resurrección; porque Mateo habla de dos apariciones: una cuando se apareció a María Magdalena y a otra mujer, también llamada María, y cuando se apareció a sus once discípulos que habían regresado a Galilea sobre la montaña donde él había designado para reunirse con ellos. Marcos habla de tres apariciones: La primera, cuando se apareció a María Magdalena; la segunda, cuando se apareció a sus dos discípulos, que iban a Emaús; y el tercero, cuando se apareció a sus once discípulos, a quienes reprocha su incredulidad. Lucas habla de dos apariciones iguales a las de Mateo; y el evangelista Juan habla de cuatro apariciones, y añade a las tres de Marcos,

 

Se contradicen, también, en cuanto al lugar de estas apariciones; porque Mateo dice que fue en Galilea, sobre un monte; Mark dice que fue cuando estaban en la mesa; Lucas dice que los sacó de Jerusalén hasta Betania, donde los dejó subiendo al cielo; y Juan dice que fue en la ciudad de Jerusalén, en una casa cuyas puertas habían cerrado, y otra vez a orillas del mar Tiberiano.

 

Por lo tanto, hay mucha contradicción en el informe de estas supuestas apariciones. Se contradicen entre sí con respecto a Su pretendida ascensión al cielo; pues Lucas y Marcos afirman positivamente que Él fue al cielo en presencia de los once apóstoles, pero ni Mateo ni Juan mencionan en absoluto esta supuesta ascensión. Más que esto, Mateo testifica suficientemente que Él no ascendió al cielo; porque dijo positivamente que Jesucristo aseguró a sus apóstoles que estaría y permanecería siempre con ellos hasta el fin del mundo. "Id", les dijo, en esta supuesta aparición, "y enseñad a todas las naciones, y estad seguros de que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Lucas se contradice sobre el tema; pues en su Evangelio dice que fue en Betania donde ascendió al cielo en presencia de sus apóstoles, y en sus Hechos de los Apóstoles (suponiendo que él haya sido el autor) dice que fue sobre el Monte de los Olivos. Se vuelve a contradecir acerca de esta ascensión; porque él nota en su Evangelio que fue el mismo día de Su resurrección, o la primera noche siguiente, que Él ascendió al cielo; y en los Hechos de los Apóstoles dice que fue cuarenta días después de su resurrección; esto ciertamente no corresponde. Si todos los apóstoles hubieran visto realmente a su Maestro subir gloriosamente al cielo, ¿cómo era posible que Mateo y Juan, que lo habrían visto como los demás, pasaran en silencio tan glorioso misterio, y que era tan ventajoso para sus hermanos? Maestría, considerando que relatan muchas otras circunstancias de su vida y de sus acciones que son mucho menos importantes que ésta? ¿Cómo es que Mateo no menciona esta ascensión? ¿Y por qué Cristo no explica claramente cómo viviría siempre con ellos, aunque los dejó visiblemente para subir al cielo? No es fácil comprender en qué secreto pudo vivir con los que dejó.

 

Paso en silencio muchas otras contradicciones; lo que he dicho es suficiente para mostrar que estos libros no son de inspiración divina, ni siquiera de sabiduría humana, y, en consecuencia, no merecen que les pongamos fe alguna.

 

 

 

 

 

 

II.—DE LOS MILAGROS.

Pero ¿en virtud de qué privilegio estos cuatro evangelios, y algunos otros libros similares, pasan por santos y divinos más que varios otros, que llevan no menos el título de evangelios, y que han sido publicados con el nombre de algunos otros apóstoles? Si se dice que los supuestos Evangelios se atribuyen falsamente a los apóstoles, lo mismo podemos decir de los primeros; si suponemos que las primeras están falsificadas y cambiadas, podemos pensar lo mismo de las demás. Así, no hay prueba positiva que nos haga discernir el uno del otro; a pesar de la Iglesia, que supone burlarse del asunto, no es creíble.

 

En cuanto a los supuestos milagros relatados en el Antiguo Testamento, podrían haber sido realizados pero para indicar de parte de Dios una injusta y odiosa discriminación entre naciones y entre individuos; injuriando deliberadamente a uno para favorecer especialmente al otro. Prueba de ello es la vocación y la elección que Dios hizo de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, para hacer de su posteridad un pueblo al que quisiera santificar y bendecir por encima de todos los demás pueblos de la tierra. Pero se dirá que Dios es dueño absoluto de sus favores y de sus beneficios; Él puede concederlos a quien Él quiere, sin que nadie tenga derecho a quejarse o acusarlo de injusticia. Esta razón es inútil; porque Dios, el Autor de la naturaleza, el Padre de todos los hombres, debe amarlos a todos por igual como su propia obra, y, en consecuencia, Él debe ser igualmente su protector y su benefactor; dándoles vida, debe dar todo lo necesario para el bienestar de sus criaturas.

 

Si todos estos supuestos milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento fueran ciertos, podríamos decir que Dios se habría preocupado más de proveer el menor bien de los hombres que su mayor y principal bien; que hubiera castigado con más severidad las faltas insignificantes de ciertas personas que los grandes crímenes de otras; y, finalmente, que no hubiera querido mostrarse tan benéfico en las necesidades más apremiantes como en las más pequeñas. Esto es bastante fácil de mostrar tanto por los milagros que se pretende que realizó, como por los que no realizó, y que habría realizado antes que cualquier otro, si es verdad que realizó alguno. Por ejemplo, se afirma que Dios tuvo la bondad de enviar un ángel para consolar y ayudar a una simple doncella, mientras Él se iba, y todavía se va todos los días, un número incontable de inocentes a languidecer y morir de hambre; se dice que Él preservó milagrosamente durante cuarenta años la ropa y el calzado de unos pocos, mientras que Él no velará por la conservación natural de las vastas cantidades de bienes que son útiles y necesarios para la subsistencia de las grandes naciones, y que son perdido cada día por diferentes accidentes. Se dice que envió a los primeros seres de la raza humana, Adán y Eva, un demonio, o una simple serpiente, para seducirlos y así arruinar a todos los hombres. ¡Esto no es creíble! Se afirma que por una providencia especial, impidió que el rey de Gerais, un pagano, cometiera pecado con una mujer extraña, aunque no habría resultados a seguir; y, sin embargo, no impidió que Adán y Eva lo ofendieran y cayesen en el pecado de la desobediencia, pecado que, según nuestros adoradores de Cristo, sería fatal y causaría la destrucción de la raza humana. ¡Esto no es creíble!

 

Vayamos a los pretendidos milagros del Nuevo Testamento. Consisten, como se pretende, en esto: que Jesucristo y sus apóstoles curaron, por medio de la Deidad, toda clase de enfermedades y dolencias, dando vista a los ciegos, oído a los sordos, habla a los mudos, haciendo andar a los cojos. , curando a los paralíticos, echando a los demonios de entre los endemoniados, y resucitando a los muertos.

 

Encontramos varios de estos milagros en los Evangelios, pero vemos muchos más en los libros que nuestros adoradores de Cristo han escrito sobre las vidas admirables de sus santos; porque en estas vidas casi en todas partes leemos que estos pretendidos bienaventurados curaban enfermedades y dolencias, expulsaban a los demonios dondequiera que los encontraban, únicamente en el nombre de Jesús o por la señal de la cruz; que controlaban los elementos; que Dios los favoreció tanto que incluso les preservó su poder divino después de su muerte, y que este poder divino podía comunicarse incluso a la más pequeña de sus ropas, incluso a sus sombras, y aun a los infames instrumentos de su muerte. Se dice que el zapato de San Honorio levantó un muerto el seis de enero; que el bastón de San Pedro, el de Santiago y el de San Bernard hizo milagros. Lo mismo se dice del cordón de San Francisco, del bastón de San Juan de Dios y del cinto de Santa Melania. Se dice que San Gracilien fue divinamente instruido en cuanto a lo que debía creer y enseñar, y que él, por la influencia de su oración, removió una montaña que le impedía construir una iglesia; que del sepulcro de San Andrés manaba incesantemente un licor que curaba toda clase de enfermedades; que el alma de San Benito fue vista ascendiendo al Cielo vestida con un manto precioso y rodeada de lámparas encendidas; que Santo Domingo dijo que Dios nunca le negó nada de lo que pidió; que San Francisco mandaba obedecerle a las golondrinas, cisnes y otras aves, y que a menudo los peces, los conejos y las liebres venían y se ponían en sus manos y en su regazo; que san Pablo y san Pantaleón, habiendo sido decapitado, fluyó leche en lugar de sangre; que el bienaventurado Pedro de Luxemburgo, en los dos primeros años después de su muerte (1388 y 1389), realizó dos mil cuatrocientos milagros, entre los cuales resucitaron cuarenta y dos muertos, sin contar más de tres mil otros milagros que ha hecho realizado desde; que los cincuenta filósofos a quienes Santa Catalina convirtió, habiendo sido todos arrojados a un gran fuego, sus cuerpos fueron encontrados después y ni un solo cabello fue quemado; que el cuerpo de Santa Catalina fue llevado por ángeles después de su muerte y enterrado por ellos en el Monte Sinaí; que el día de la canonización de San Antonio de Padua, todas las campanas de la ciudad de Lisboa repicaron solas, sin que nadie supiera cómo; que estando este santo una vez cerca de la orilla del mar, y llamando a los peces, vinieron a él en gran multitud, y sacaron la cabeza del agua y lo escucharon atentamente. Nunca deberíamos llegar a un final si tuviéramos que informar toda esta charla ociosa; no hay tema, por vano, frívolo y hasta ridículo que sea, sobre el cual los autores de estas "VIDAS DE SANTOS" no se complacen en amontonar milagros sobre milagros, pues son hábiles en falsificar absurdas falsedades.

 

Ciertamente no es sin razón que consideramos estas cosas como mentiras; porque es fácil ver que todos estos supuestos milagros han sido inventados pero imitando las fábulas de los poetas paganos. Esto es suficientemente obvio por la semejanza que tienen entre sí.

 

 

 

 

 

 

III.—SEMEJANZA ENTRE LOS MILAGROS ANTIGUOS Y LOS MODERNOS.

Si nuestros adoradores de Cristo afirman que Dios dotó a sus santos con poder para realizar los milagros relatados en sus vidas, algunos paganos afirman también que las hijas de Anio, sumo sacerdote de Apolo, habían recibido realmente del dios Baco el poder de cambiar todo lo que quisieran en trigo, en vino, o en aceite, etc.; que Júpiter dio a las ninfas que cuidaban de su educación, un cuerno de la cabra que lo crió en su infancia, con esta virtud, que les podía dar en abundancia de todo lo que deseaban.

 

If our Christ-worshipers assert that their saints had the power of raising the dead, and that they had Divine revelations, the Pagans had said before them that Athalide, son of Mercury, had obtained from his father the gift of living, dying, and coming to life whenever he wished, and that he had also the knowledge of all that transpired in this world as well as in the other; and that Esculapius, son of Apollo, had raised the dead, and, among others, he brought to life Hyppolites, son of Theseus, by Diana's request; and that Hercules, also, raised from the dead Alceste, wife of Admetus, King of Thessalia, to return her to her husband.

 

If our Christ-worshipers say that Christ was miraculously born of a virgin, the Pagans had said before them that Remus and Romulus, the founders of Rome, were miraculously born of a vestal virgin named Ilia, or Silvia, or Rhea Silvia; they had already said that Mars, Argus, Vulcan, and others were born of the goddess Juno without sexual union; and, also, that Minerva, goddess of the sciences, sprang from Jupiter's brain, and that she came out of it, all armed, by means of a blow which this god gave to his own head.

 

If our Christ-worshipers claim that their saints made water gush from rocks, the Pagans pretend also that Minerva made a fountain of oil spring forth from a rock as a recompense for a temple which had been dedicated to her.

 

If our Christ-worshipers boast of having received images from Heaven miraculously, as, for example, those of Notre-Dame de Loretto, and of Liesse and several other gifts from Heaven, as the pretended Holy Vial of Rheims, as the white Chasuble which St. Ildefonse received from the Virgin Mary, and other similar things: the Pagans boasted before them of having received a sacred shield as a mark of the preservation of their city of Rome, and the Trojans boasted before them of having received miraculously from Heaven their Palladium, or their Idol of Pallas, which came, they said, to takes its place in the temple which they had erected in honor of this Goddess.

 

If our Christ-worshipers pretend that Jesus Christ was seen by His apostles ascending to Heaven, and that several of their pretended saints were transported to Heaven by angels, the Roman Pagans had said before them, that Romulus, their founder, was seen after his death; that Ganymede, son of Troas, king of Troy, was transported to Heaven by Jupiter to serve him as cup-bearer that the hair of Berenice, being consecrated to the temple of Venus, was afterward carried to Heaven; they say the same thing of Cassiope and Andromedes, and even of the ass of Silenus.

 

If our Christ-worshipers pretend that several of their saints' bodies were miraculously saved from decomposition after death, and that they were found by Divine Revelations, after having been lost for a long time, the Pagans say the same of the holy of Orestes, which they pretend to have found through an oracle, etc.

 

If our Christ-worshipers say that the seven sleeping brothers slept during one hundred and seventy-seven years, while they were shut up in a cave, the Pagans claim that Epimenides, the philosopher, slept during fifty-seven years in a cave where he fell asleep.

 

If our Christ-worshipers claim that several of their saints continued to speak after losing the head, or having the tongue cut out, the Pagans claim that the head of Gambienus recited a long poem after separation from his body.

 

If our Christ-worshipers glorify themselves that their temples and churches are ornamented with several pictures and rich gifts which show miraculous cures performed by the intercession of their saints, we also see, or at least we formerly saw in the temple of Esculapius at Epidaurus, many paintings of miraculous cures which he had performed.

 

If our Christ-worshipers claim that several of their saints have been miraculously preserved in the flames without having received any injury to their bodies or their clothing, the Pagans claim that the Holy women of the temple of Diana walked upon burning coals barefooted without burning or hurting their feet, and that the priests of the Goddess Feronie and of Hirpicus walked in the same way upon burning coals in the fires which were made in honor of Apollo.

 

If the angels built a chapel for St. Clement at the bottom of the sea, the little house of Baucis and of Philemon was miraculously changed into a superb temple as a reward of their piety. If several of their saints, as St. James and St. Maurice, appeared several times in their armies, mounted and equipped in ancient style, and fought for them, Castor and Pollux appeared several times in battles and fought for the Romans against their enemies; if a ram was miraculously found to be offered as a sacrifice in the place of Isaac, whom his father Abraham was about to sacrifice, the Goddess Vesta also sent a heifer to be sacrificed in the place of Metella, daughter of Metellus: the Goddess Diana sent a hind in the place of Iphigenie when she was at the stake to be sacrificed to her, and by this means Iphigenie was saved.

 

If St. Joseph went into Egypt by the warning of an angel, Simonides, the poet, avoided several great dangers by miraculous warnings which had been given to him.

 

If Moses forced a stream of water to flow from a rock by striking it with his staff, the horse Pegasus did the same: by striking a rock with his foot a fountain issued.

 

If St. Vincent Ferrier brought to life a dead man hacked into pieces, whose body was already half roasted and half broiled, Pelops, son of Tantalus king of Phrygia, having been torn to pieces by his father to be sacrificed to the Gods, they gathered all the pieces, joined them, and brought them to life.

 

If several crucifixes and other images have miraculously spoken and answered, the Pagans say that their oracles have spoken and given answers to those who consulted them, and that the head of Orpheus and that of Policrates gave oracles after their death.

 

If God revealed by a voice from Heaven that Jesus Christ was His Son, as the Evangelists say, Vulcan showed by the apparition of a miraculous flame, that Coceculus was really his son.

 

If God has miraculously nourished some of His saints, the Pagan poets pretend that Triptolemus was miraculously nourished with Divine milk by Ceres, who gave him also a chariot drawn by two dragons, and that Phineus, son of Mars, being born after his mother's death, was nevertheless miraculously nourished by her milk.

 

Si varios santos domaron milagrosamente la ferocidad de las bestias más crueles, se dice que Orfeo atrajo hacia sí, por la dulzura de su voz y por la armonía de sus instrumentos, leones, osos y tigres, y suavizó la ferocidad de su naturaleza. ; que atraía rocas y árboles, y que hasta los ríos detenían su curso para escuchar su canto.

 

Finalmente, para abreviar, porque podríamos relatar muchos otros, si nuestros adoradores de Cristo pretenden que los muros de la ciudad de Jericó cayeron al sonido de sus trompetas, los paganos dicen que los muros de la ciudad de Tebas fueron edificados al sonido de los instrumentos musicales de Amphion; las piedras, como dicen los poetas, disponiéndose a la dulzura de su armonía; esto sería mucho más milagroso y más admirable que ver los muros derribados.

 

Ciertamente hay una gran similitud entre los milagros paganos y los nuestros. Así como sería una gran locura dar crédito a estos pretendidos milagros del Paganismo, no lo es menos tener fe en los del Cristianismo, porque todos provienen de la misma fuente de error. Fue por esto que los maniqueos y los arrianos, que existían al comienzo de la era cristiana, se burlaron de estos supuestos milagros realizados por la invocación de los santos, y culparon a los que los invocaban después de la muerte y honraban sus reliquias.

 

Volvamos ahora al fin principal que Dios se propuso a sí mismo, al enviar a su Hijo al mundo para hacerse hombre; debe haber sido, como dicen, para redimir al mundo del pecado y destruir completamente las obras del pretendido Diablo, etc. Esto es lo que afirman también nuestros adoradores de Cristo, que Jesucristo murió por ellos según la intención de Su Padre, lo cual se afirma claramente en todos los pretendidos Libros Sagrados. ¡Qué! un Dios Todopoderoso, que estaba dispuesto a convertirse en un hombre mortal por amor a los hombres, y a derramar Su sangre hasta la última gota, para salvarlos a todos, habría limitado Su poder a curar solo unas pocas enfermedades y dolencias físicas de un pocos individuos que fueron traídos a Él; ¡y no hubiera empleado su bondad divina en curar las enfermedades del alma! es decir, en curar a todos los hombres de sus vicios y de sus depravaciones, que son peores que las enfermedades de sus cuerpos! Esto no es creíble. ¡Qué! un Dios tan bueno desearía preservar los cadáveres de la podredumbre y corrupción; ¡y no evitaría el contagio y la corrupción del vicio y el pecado de las almas de un número incontable de personas a quienes Él procuró redimir al precio de Su sangre y santificar por Su gracia! ¡Qué lamentable contradicción!

 

 

 

 

 

 

IV.—DE LA FALSIDAD DE LA RELIGIÓN CRISTIANA.

Pasemos a las supuestas visiones y Revelaciones Divinas, sobre las cuales nuestros adoradores de Cristo establecen la verdad y la certeza de su religión.

 

Para dar una idea justa de ello, creo que lo mejor es decir en general, que son tales, que si alguno se atreviese ahora a jactarse de otros semejantes, o quisiera hacerlos valorar, ciertamente sería considerado como un tonto o un fanático.

 

Esto es lo que son las pretendidas Visiones y Revelaciones Divinas:

 

Dios, como afirman estos supuestos Libros Sagrados, habiéndose aparecido por primera vez a Abraham, le dijo: "Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré". Abraham, habiendo ido allí, Dios, dice la Biblia, se le apareció por segunda vez y le dijo: "A tu descendencia daré esta tierra", y edificó allí un altar al Señor, que se le había aparecido. Después de la muerte de Isaac, su hijo, yendo Jacob un día a Mesopotamia a buscar una esposa que le conviniera, habiendo caminado todo el día, y estando cansado por la larga distancia, deseaba descansar hacia la tarde; tendido en el suelo, con la cabeza apoyada sobre unas pocas piedras, se durmió, y mientras dormía vio una escalera apoyada en el suelo, y la parte superior de ella llegaba al Cielo; y vio a los ángeles de Dios que subían y descendían sobre ella. Y he aquí, el Señor se paró sobre ella y dijo: "Yo soy el Señor, Dios de Abraham tu padre, y Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado, te la daré a ti y a tu descendencia. Y tu La simiente será como el polvo de la tierra, y tú te extenderás al occidente y al oriente, al norte y al sur, y en ti y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra. Yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho". Y Jacob despertó de su sueño, y dijo: "Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía". Y tuvo miedo, y dijo: "¡Qué terrible es este lugar!

 

Aquí hay otra visión. Mirando los rebaños de su suegro Labán, quien le había prometido que todos los corderos moteados producidos por sus ovejas serían su recompensa, soñó una noche que vio a todos los machos saltar sobre las hembras, y todos los corderos que dieron a luz estaban moteados. En este hermoso sueño, Dios se le apareció y le dijo: "Alza ahora tus ojos y mira que los carneros que saltan sobre el ganado tienen rayas, manchas y canas; porque he visto todo lo que Labán te hace. Ahora levántate, sal de esta tierra y vuélvete a la tierra de tu parentela". Y volviendo él con toda su familia, y con todo lo que había obtenido de su suegro, tuvo, dice la Biblia, una lucha con un desconocido durante toda la noche, hasta que rayaba el alba, y así el hombre no había podido someterlo, Le preguntó quién era. Jacob le dijo su nombre; y Él dijo: "Tu nombre no se llamará más Jacob, sino Israel; porque como un príncipe tienes poder con Dios y con los hombres, y has prevalecido".

 

Este es un espécimen de la primera de estas pretendidas Visiones y Revelaciones Divinas. Podemos juzgar a los demás por estos. Ahora bien, ¿qué apariencia de Divinidad hay en sueños tan groseros e ilusiones tan vanas? Como si algunos extranjeros, alemanes por ejemplo, vinieran a nuestra Francia y, después de ver todas las hermosas provincias de nuestro reino, afirmaran que Dios se les apareció en su país, que les dijo que fueran a Francia, y que les daría a ellos ya su posteridad todas las hermosas tierras, dominios y provincias de este reino que se extienden desde los ríos Rin y Ródano, hasta el mar; que haría con ellos una alianza eterna, que multiplicaría su raza, que haría su posteridad tan numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar, etc., que no se reiría de tal insensatez,

 

Ahora bien, no hay razón para pensar de otra manera de todo lo que han dicho estos pretendidos Santos Patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, con respecto a las Revelaciones Divinas que afirman haber tenido. En cuanto a la institución de los sacrificios sangrientos, las Sagradas Escrituras la atribuyen a Dios. Como sería demasiado fatigoso entrar en los repugnantes detalles de este tipo de sacrificios, remito al lector a Éxodo. [Véanse los capítulos xxv, xxvii, xxyiii y xxix].

 

¿No estaban los hombres locos y ciegos al creer que estaban honrando a Dios al despedazar, descuartizar y quemar a sus propias criaturas, con el pretexto de ofrecerlas como sacrificios a Él? E incluso ahora, ¿cómo es que nuestros adoradores de Cristo son tan extravagantes como para esperar agradar a Dios Padre, ofreciéndole el sacrificio de Su Divino Hijo, en recuerdo de Su vergüenza clavado en una cruz en la que murió? ? Ciertamente, esto sólo puede surgir de una obstinada ceguera mental.

 

En cuanto al detalle de los sacrificios de animales, no consiste sino en ropas de colores, sangre, plumas, hígados, buches de pájaros, riñones, garras, pieles, en el estiércol, humo, tortas, ciertas medidas de aceite y vino, el todo el ser ofrecido e infectado por sucias ceremonias tan sucias y despreciables como las más extravagantes representaciones de la magia. Lo más horrible de todo esto es que la ley de este detestable pueblo judío mandaba que aun los hombres debían ser ofrecidos como sacrificio. Los bárbaros, quienesquiera que fueran, que introdujeron esta ley horrible, mandaron matar a cualquier hombre que se hubiera consagrado al Dios de los judíos, a quien llamaban Adonai: y es de acuerdo con este execrable precepto que Jefté sacrificó a su hija, y que Saúl quería sacrificar a su hijo.

 

Pero he aquí otra prueba más de la falsedad de estas revelaciones de las que hemos hablado. Es la falta de cumplimiento de las grandes y magníficas promesas que los acompañaban, pues es evidente que estas promesas nunca se han cumplido.

 

La prueba de esto consiste en tres puntos principales:

 

En primer lugar. Su posteridad sería más numerosa que todas las demás naciones del mundo.

 

En segundo lugar. El pueblo que surgiría de su raza sería el más feliz, el más santo y el más victorioso de todos los pueblos de la tierra.

 

En tercer lugar. Su pacto sería eterno, y ellos poseerían para siempre el país que Él les daría. Ahora es claro que estas promesas nunca se cumplieron.

 

En primer lugar. Es cierto que el pueblo judío, o el pueblo de Israel, que es el único que se puede considerar descendiente de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y los únicos a los que debieron cumplirse estas promesas” “nunca ha sido tan numerosa que se pueda comparar con las demás naciones de la tierra, mucho menos con las arenas del mar, etc., porque vemos que en la misma época en que era la más numerosa y la más floreciente, nunca ocupó más que las pequeñas provincias estériles de Palestina y sus alrededores, que son casi nada en comparación con la vasta extensión de una multitud de reinos florecientes que están por todos lados de la tierra.

 

En segundo lugar. Nunca se han cumplido con respecto a las grandes bendiciones con las que debían ser favorecidos; porque, aunque ganaron algunas pequeñas victorias sobre algunas naciones pobres que saquearon, esto no impidió que fueran conquistados y reducidos a servidumbre; su reino destruido así como su nación, por el ejército romano; e incluso ahora el resto de esta desafortunada nación es considerada como la más vil y despreciable de toda la tierra, sin patria, sin dominio, sin superioridad.

 

Finalmente, estas promesas no se han cumplido con respecto a este pacto eterno, que Dios debería haberles cumplido; porque no vemos ahora, y nunca hemos visto, ninguna evidencia de este pacto; y, por el contrario, han sido durante muchos siglos excluidos de la posesión del pequeño país que pretendían que Dios les había prometido que disfrutarían para siempre. Así, puesto que estas pretendidas promesas nunca se cumplieron, es prueba cierta de su falsedad; lo que prueba, claramente, que estos pretendidos Libros Sagrados que los contienen no eran de inspiración Divina. Por lo tanto, es inútil que nuestros adoradores de Cristo pretendan servirse de ellos como testimonio infalible para probar la verdad de su religión.

 

 

 

 

 

 

LAS SAGRADAS ESCRITURAS.

 

 

 

 

 

V.—(1) DEL ANTIGUO TESTAMENTO.

Nuestros adoradores de Cristo añaden a sus razones de credulidad y a las pruebas de la verdad de su testimonio, las profecías que son, como pretenden, evidencias seguras de la verdad de las revelaciones o inspiraciones de Dios, no habiendo nadie sino Dios que podía predecir eventos futuros mucho antes de que sucedieran, como los que han sido predichos por los profetas.

 

Veamos, entonces, quiénes son estos supuestos profetas, y si debemos considerarlos tan importantes como pretenden ser nuestros adoradores de Cristo. Estos hombres no eran más que visionarios y fanáticos, que actuaban y hablaban de acuerdo con los impulsos de sus pasiones dominantes, y que imaginaban que era el Espíritu de Dios por el cual hablaban y actuaban; o eran impostores que se hacían pasar por profetas, y que para engañar más fácilmente a los ignorantes e ingenuos, se jactaban de obrar y hablar por el Espíritu de Dios. Quisiera saber cómo sería recibido un Ezequiel que dijera que Dios le hizo desayunar un rollo de pergamino; mandó que lo ataran como a un demente, y que permaneciese acostado sobre su lado derecho y cuarenta días sobre su lado izquierdo, y le mandó comer estiércol de hombre sobre su pan, y después, como alojamiento, estiércol de vaca? Pregunto ¿cómo sería recibida una declaración tan sucia por la gente más estúpida de nuestras provincias?

 

¿Qué puede ser una prueba más grande de la falsedad de estas pretendidas profecías, que la violencia con la que estos profetas se reprochan unos a otros por hablar falsamente en el nombre de Dios, reproches que pretenden hacer en nombre de Dios? Todos ellos dicen: "¡Cuidado con los falsos profetas!" como dicen los charlatanes: "¡Cuidado con las pastillas falsificadas!" ¿Cómo podrían estos impostores locos predecir el futuro? Nunca se cumplió ninguna profecía a favor de su nación judía. El número de profecías que predicen la prosperidad y la grandeza de Jerusalén es casi innumerable; en explicación de esto, se dirá que es muy natural que un pueblo subyugado y cautivo se consuele en sus verdaderas aflicciones con esperanzas imaginarias—como un año después de que el Rey James fuera depuesto,

 

Pero si estas promesas hechas a los judíos hubieran sido realmente ciertas, la nación judía hace mucho tiempo habría sido y sería todavía la más numerosa, la más poderosa, la más bendecida y la más victoriosa de todas las naciones.

 

 

 

 

 

 

VI.—(2) EL NUEVO TESTAMENTO.

Examinemos las supuestas profecías que están contenidas en los Evangelios.

 

En primer lugar. Habiéndosele aparecido un ángel en sueños a un varón llamado José, padre, o por lo menos así reputado, de Jesús, hijo de María, le dijo:

 

"José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará su pueblo de sus pecados". Este ángel le dijo también a María:

 

"No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Y he aquí, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. El será grande, y será llamado Hijo del Altísimo : y el Señor Dios le dará el trono de David su padre. Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin". Jesús comenzó a predicar y a decir:

 

"Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis, ni por vuestro cuerpo qué vestiréis. ¿No es la vida más que la comida, y el cuerpo que la vestidura, porque vuestro Padre Celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas".

 

Ahora, que todo hombre que no haya perdido el sentido común, examine si este Jesús alguna vez fue rey, o si sus discípulos tuvieron abundancia de todas las cosas. Este Jesús prometió liberar al mundo del pecado. ¿Hay alguna profecía que sea más falsa? ¿No es nuestra época una prueba sorprendente de ello? Se dice que Jesús vino a salvar a su pueblo. ¿De qué manera lo salvó? Es el mayor número el que gobierna cualquier partido. Por ejemplo, una docena o dos de españoles o franceses no constituyen el pueblo francés o español; y si un ejército de ciento veinte mil hombres fuere hecho prisionero de guerra por un ejército de enemigos más fuerte, y si el jefe de este ejército redimiere solamente algunos hombres, como diez o doce soldados u oficiales, pagando sus rescate, no se podía afirmar que había liberado o redimido a su ejército. Entonces, ¿quién es este Dios que ha sido sacrificado, ¿Quién murió para salvar al mundo y deja condenadas a tantas naciones? ¡Qué lástima! y que horror!

 

Jesucristo dice que sólo tenemos que pedir y recibiremos, y buscar y encontraremos. Él nos asegura que todo lo que pidamos a Dios en Su nombre nos será concedido, y que si tuviéramos fe como un grano de mostaza, con una sola palabra podríamos mover montañas. Si esta promesa es verdadera, nada parece imposible para nuestros adoradores de Cristo que tienen fe en Jesús. Sin embargo, sucede lo contrario. Si Mahoma hubiera hecho las promesas a sus devotos que Cristo hizo a los suyos, sin éxito, qué no se diría al respecto. Gritarían: "¡Ay, el tramposo! ¡Ay, el impostor!" Estos adoradores de Cristo están en la misma condición: han estado ciegos y aún no se han recuperado de su ceguera; al contrario, son tan ingeniosos para engañarse a sí mismos, que pretenden que estas promesas se han cumplido desde el comienzo del cristianismo; que en ese tiempo era necesario tener milagros, para convencer a los incrédulos de la verdad de la religión; pero que estando esta religión suficientemente establecida, los milagros ya no eran necesarios. ¿Dónde, entonces, está su prueba de todo esto?

 

Además, el que hizo estas promesas no las limitó a cierto tiempo, ni a ciertos lugares, ni a ciertas personas; pero Él los hizo en general para todos. La fe de los que creen, dice Él, será seguida por estos milagros; "En mi nombre echarán fuera demonios, hablarán en diversas lenguas, manipularán serpientes", etc.

 

Con respecto a la remoción de montañas, Él dice positivamente que “cualquiera que diga a una montaña: 'Quítate, y échate en el mar;' debe ser hecho;" con tal que no dude en su corazón, sino que crea que todo lo que mande se hará. ¿No se dan todas estas promesas de manera general, sin restricción de tiempo, lugar o personas?

 

Se dice que todas las sectas que se fundan en errores e imposturas terminarán vergonzosamente. Pero si Jesucristo quiere decir que Él ha establecido una sociedad de seguidores que no caerá ni en el vicio ni en el error, estas palabras son absolutamente falsas, ya que no hay en la cristiandad ninguna secta, ninguna sociedad, ninguna iglesia que no esté llena de errores y vicios, especialmente la Iglesia Romana, aunque pretende ser la más pura y la más santa de todas. Nació en el error, o más bien fue concebida y formada en el error; y aun ahora está llena de engaños que son contrarios a las intenciones, los sentimientos o la doctrina de su Fundador, porque, en contra de Su intención, ha abolido las leyes de los judíos, que Él aprobó, y que Él mismo vino. , como Él dijo, para cumplir y no para destruir.

 

Sé bien que nuestros adoradores de Cristo consideran falta de inteligencia aceptar literalmente las promesas y profecías tal como son expresadas; rechazan el sentido literal y natural de las palabras, para darles un sentido místico y espiritual al que llaman alegórico y figurativo; afirmando, por ejemplo, que el pueblo de Israel y Judea, a quienes se hicieron estas promesas, no se entendía como los israelitas según el cuerpo, sino como los israelitas en espíritu: es decir, los cristianos que son el Israel de Dios, verdadero pueblo elegido que por la promesa hecha a este pueblo esclavizado, de librarlo del cautiverio, se entiende no la liberación corporal de un solo pueblo cautivo, sino la liberación espiritual de todos los hombres de la servidumbre del Diablo, que debía ser realizado por su Divino Salvador; que por la abundancia de riquezas, y todas las bendiciones temporales prometidas a este pueblo, se entiende la abundancia de gracias espirituales; y finalmente, que por ciudad de Jerusalén no se entiende la Jerusalén terrestre, sino la Jerusalén espiritual, que es la Iglesia cristiana.

 

Pero es fácil ver que estos significados espirituales y alegóricos, teniendo sólo un sentido extraño e imaginario, siendo un subterfugio de los intérpretes, no pueden servir para mostrar la verdad o la falsedad de una proposición, o de promesas cualesquiera. Es ridículo falsificar tales significados alegóricos, ya que sólo por las relaciones del sentido natural y verdadero podemos juzgar de su verdad o falsedad. Una proposición, una promesa, por ejemplo, que se tiene por verdadera en el sentido propio y natural de los términos en que se expresa, no se hará falsa en sí misma al amparo de un sentido extraño, que no le pertenece. Por el mismo razonamiento, lo que es manifiestamente falso en su sentido propio y natural, no llegará a ser verdadero en sí mismo, aunque le demos un sentido extraño, ajeno a lo verdadero.

 

Podemos decir que las profecías del Antiguo Testamento ajustadas al Nuevo, serían cosas muy absurdas y pueriles. Por ejemplo, Abraham tuvo dos esposas, de las cuales la una, que no era más que una sierva, representaba a la sinagoga, y la otra, su legítima esposa, representaba a la Iglesia cristiana; y que este Abraham tuvo dos hijos, de los cuales el nacido de Agar, la sierva, representaba el Antiguo Testamento; y el otro, nacido de Sara, la esposa, representaba el Nuevo Testamento. ¿Quién no se reiría de una doctrina tan ridícula?

 

¿No es gracioso que un trozo de tela roja, exhibido por una prostituta como señal a los espías, en el Antiguo Testamento se haga para representar la sangre de Jesucristo derramada en el Nuevo? Si, de acuerdo con esta manera de interpretar alegóricamente todo lo que se dice, hace y practica en la antigua ley de los judíos, debemos interpretar de la misma manera alegórica todos los discursos, las acciones y las aventuras del famoso Don Quijote de la Mancha, encontraríamos la misma especie de misterios y figuras ridículas.

 

Sin embargo, es sobre este fundamento absurdo que descansa toda la religión cristiana. Así es que apenas hay nada en esta antigua ley que los doctores adoradores de Cristo no traten de explicar de una manera mística para construir su sistema. La profecía más falsa y ridícula jamás hecha es la de Jesús, en Lucas, donde se pretende que habrá señales en el sol y en la luna, y que el Hijo del Hombre aparecerá en una nube para juzgar a los hombres; y esto está predicho para la generación que vive en ese tiempo. ¿Ha llegado a pasar? ¿Apareció el Hijo del Hombre en una nube?

 

 

 

 

 

 

VII.—ERRORES DE DOCTRINA Y DE MORAL.

La Religión Cristiana Apostólica Romana enseña y obliga a creer que hay un solo Dios y, al mismo tiempo, que hay tres personas divinas, cada una de las cuales es Dios. Esto es absurdo; porque si hay tres que son verdaderamente Dios, entonces hay tres Dioses. Es falso, entonces, decir que hay un solo Dios; o si esto es cierto, es falso decir que realmente hay tres que son Dios, porque uno y tres no pueden pretender ser uno y el mismo número. También se dice que la primera de estas presuntas personas divinas, llamada el Padre, ha engendrado la segunda persona, que se llama el Hijo, y que estas dos primeras personas juntas han engendrado la tercera, que se llama el Espíritu Santo, y , sin embargo, estas tres personas pretendidamente divinas no dependen la una de la otra, e incluso esa no es más antigua que la otra. Esta, también, es manifiestamente absurdo; porque una cosa no puede recibir su existencia de otra cosa sin alguna dependencia de esta otra; y una cosa debe existir necesariamente para dar a luz a otra. Si, pues, la Segunda y la Tercera personas de la Divinidad han recibido su existencia de la Primera persona, necesariamente deben depender para su existencia de esta Primera persona, que les dio a luz, o que los engendró, y es necesario también que la Primera persona de la Divinidad, que dio a luz a las otras dos personas, debió existir antes que ellas; porque lo que no existe no puede engendrar nada. Sin embargo, es tan repugnante como absurdo pretender que algo pueda ser engendrado o nacido sin haber tenido un comienzo. Ahora bien, según nuestros adoradores de Cristo, la Segunda y la Tercera persona de la Divinidad fueron engendradas y nacidas; luego tuvieron un principio, y la Primera persona no lo tuvo, no siendo engendrada por otra; por tanto, se sigue necesariamente que uno existió antes que el otro.

 

Nuestros adoradores de Cristo, que sienten estos absurdos y no pueden evitarlos con ningún buen razonamiento, no tienen otro recurso que decir que debemos ignorar la razón humana y adorar humildemente estos sublimes misterios sin querer comprenderlos; pero eso que llaman fe es refutado cuando nos dicen que debemos someternos; nos está diciendo que debemos creer ciegamente en lo que no creemos. Nuestros adoradores de Cristo condenan la ceguera de los antiguos paganos, que adoraban a varios dioses; se burlan de la genealogía de esos Dioses, de su nacimiento, de sus matrimonios y de la generación de sus hijos; sin embargo, no se dan cuenta de que ellos mismos dicen cosas mucho más ridículas y absurdas.

 

Si los paganos creían que había Diosas además de Dioses, que estos Dioses y Diosas se casaban y engendraban hijos, entonces no pensaban en nada más que en lo natural; porque aún no creían que los Dioses fueran sin cuerpo ni sentimiento; creían que eran similares a los hombres. ¿Por qué no debería haber tanto mujeres como hombres? No es más razonable negar o reconocer lo uno que lo otro; y suponiendo que hubiera Dioses y Diosas, ¿por qué no habrían de engendrar hijos de la manera ordinaria? Ciertamente no habría nada ridículo o absurdo en esta doctrina, si fuera verdad que sus Dioses existieron. Pero en la doctrina de nuestros adoradores de Cristo hay algo absolutamente ridículo y absurdo; porque además de afirmar que un Dios forma Tres, y que estos Tres forman uno solo, pretenden que este Dios Triple y Único no tiene cuerpo, ni forma, ni rostro; que la primera persona de este Dios triple y único, a quien llaman Padre, engendró de sí una segunda persona, a la que llaman Hijo, y que es lo mismo que su Padre, siendo, como él, sin cuerpo, forma o rostro. Si esto es cierto, ¿por qué al Primero se le llama Padre en lugar de madre, o al Segundo llamado Hijo en lugar de hija? Porque si el Primero es realmente padre en lugar de madre, y si el Segundo es hijo en lugar de hija, debe haber algo en estas dos personas que hace que uno sea padre en lugar de madre, y el otro hijo en lugar de madre. que hija. Ahora, ¿quién puede afirmar que son hombres y no mujeres? Pero ¿cómo han de ser más bien machos que hembras, si no tienen ni cuerpo, ni forma, ni ni cara? Eso no es una cosa imaginable, y se destruye a sí mismo. No importa, pretenden que estas dos Personas, sin cuerpo, forma o rostro, y, en consecuencia, sin diferencia de sexo, son sin embargo Padre e Hijo, y que por su mutuo amor produjeron una tercera persona, a la que llamaron el Santo. Fantasma, que, como los otros dos, no tiene cuerpo, forma ni rostro. ¡Qué estupidez abominable!

 

Como nuestros adoradores de Cristo limitan el poder de Dios Padre a engendrar un solo Hijo, ¿por qué no desean que esta Segunda persona y la Tercera tengan el mismo poder para engendrar un Hijo como ellos? Si este poder de engendrar un hijo es perfección en primera persona, entonces es una perfección y un poder que no existe en segunda y tercera persona. Así estas dos Personas, carentes de una perfección y de un poder que se encuentran en la Primera, no son, por consiguiente, iguales a Él. Si, por el contrario, dicen que este poder de engendrar un hijo no es una perfección, no deben atribuirlo, entonces, a la Primera persona más que a las otras dos; porque debemos atribuir perfecciones sólo a un ser absolutamente perfecto. Además, no se atreverían a decir que el poder de engendrar una persona Divina no es una perfección; y si pretenden que esta Primera persona pudo engendrar varios hijos e hijas, pero que no quiso sino a este único Hijo, y que las otras dos personas no quisieron engendrar a otros, podríamos preguntarles, en primer lugar, de dónde saben esto, porque no vemos en sus pretendidas Sagradas Escrituras que ninguno de estos personajes divinos revele tales afirmaciones; ¿Cómo, entonces, nuestros adoradores de Cristo pueden saber algo al respecto? Hablan pero de acuerdo a sus ideas y a sus huecas imaginaciones. En segundo lugar, no podíamos dejar de decir que si estos pretendidos personajes divinos tuvieran el poder de engendrar varios hijos, y no quisieran hacer uso de él, la consecuencia sería que este poder divino sería ineficaz. Sería completamente sin efecto en la Tercera persona, que no engendró ni produjo ninguno, y sería casi sin efecto en los otros dos, porque lo limitaban. Entonces este poder de engendrar o producir un número ilimitado de hijos quedaría ocioso e inútil; sería inconsistente suponer esto de Personajes Divinos, Uno de los cuales ya había producido un Hijo.

 

Nuestros adoradores de Cristo culpan y condenan a los paganos porque atribuyen divinidad a los hombres mortales y los adoran como dioses después de su muerte; tienen razón al hacer esto. Pero estos paganos sólo hicieron lo que todavía hacen nuestros adoradores de Cristo al atribuir divinidad a su Cristo; haciendo lo cual, también se condenan a sí mismos, porque están en el mismo error que estos paganos, en que adoran a un hombre que era mortal, y tan mortal que murió vergonzosamente en una cruz.

 

De nada serviría que nuestros adoradores de Cristo dijeran que había una gran diferencia entre su Jesucristo y los dioses paganos, bajo el pretexto de que su Cristo era, como pretenden, realmente Dios y hombre al mismo tiempo, mientras que la Divinidad se encarnó en Él, por medio de lo cual, la naturaleza Divina se encontró unida personalmente, como dicen, con la naturaleza humana; estas dos naturalezas habrían hecho de Jesucristo un verdadero Dios y un verdadero hombre; esto es lo que nunca sucedió, afirman, en los dioses paganos.

 

Pero es fácil mostrar la debilidad de esta respuesta; porque, por un lado, ¿no era tan fácil para los paganos como para los cristianos decir que la Divinidad estaba encarnada en los hombres a quienes adoraban como dioses? Por otra parte, si la Divinidad quería encarnarse y unirse en la naturaleza humana de su Jesucristo, ¿cómo sabían que esta Divinidad no querría encarnarse también y unirse personalmente a la naturaleza humana de aquellos grandes hombres y admirables mujeres que, por su virtud, por sus buenas cualidades o por sus nobles acciones, han superado a la generalidad de las personas y se han hecho adorar como dioses y diosas? Y si nuestros adoradores de Cristo no quieren creer que la Divinidad se encarnó alguna vez en estos grandes personajes, ¿Por qué quieren persuadirnos de que se encarnó en su Jesús? ¿Dónde está la prueba? Su fe y su creencia; pero como los paganos confían en la misma prueba, concluimos que ambos están igualmente en error.

 

Pero lo que es más ridículo en el cristianismo que en el paganismo, es que los paganos generalmente no han atribuido la divinidad sino a grandes hombres, autores de artes y ciencias, y que se destacaron en virtudes útiles a su país. Pero, ¿a quién atribuyen la divinidad nuestros adoradores de Dios-Cristo? A un don nadie, a un hombre vil y despreciable, que no tenía talento, ni ciencia, ni habilidad; nacido de padres pobres, y que, mientras figuraba en el mundo, pasó por un monomaníaco y un tonto sedicioso, que fue despreciado, ridiculizado, perseguido, azotado y, finalmente, fue ahorcado como la mayoría de los que deseaban actuar el misma parte, cuando no tenían ni el coraje ni la habilidad. Por esa época había varios otros impostores que afirmaban ser el verdadero Mesías prometido; entre otros un tal Judas, un galileo, un Teodoro, un Barcon, y otros que, bajo este vano pretexto,

 

Pasemos ahora a sus discursos ya algunas de sus acciones, que son las más singulares de este género: "Arrepentíos", dijo al pueblo, "porque el reino de los cielos se ha acercado; creed en estas buenas nuevas". Y recorrió toda Galilea predicando este pretendido acercamiento del reino de los cielos. Como nadie ha visto la llegada de este reino de los Cielos, es evidente que fue sólo imaginario. Pero veamos otras predicciones, la alabanza y la descripción de este hermoso reino.

 

He aquí lo que dijo al pueblo:

 

El reino de los cielos se asemeja a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras dormía, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual, cuando un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y de gozo va y vende todo lo que tiene, y compra ese campo. Además, el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, el cual, habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró. Además, el reino de los cielos es semejante a una red que se echa en el mar y se recoge de todas clases; el cual, cuando estuvo lleno, lo sacaron a la orilla, y se sentaron y juntaron lo bueno en vasijas, pero arrojaron lo malo. Es como un grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo que, en verdad,

 

¿Es este un lenguaje digno de un Dios? Emitiremos el mismo juicio sobre Él si examinamos Sus acciones más de cerca. Porque, en primer lugar, se le representa corriendo por todo un país predicando la proximidad de un pretendido reino; En segundo lugar, como transportado por el Diablo a un monte alto, desde el cual creía ver todos los reinos del mundo; esto solo le puede pasar a un visionario; porque es cierto que no hay montaña sobre la tierra desde la cual Él pudiera ver ni siquiera un reino entero, a menos que fuera el pequeño reino de Yvetot, que está en Francia; por lo tanto, fue solo en la imaginación que Él vio todos estos reinos, y fue transportado sobre esta montaña, así como sobre el pináculo del templo. En tercer lugar, cuando curó a los sordomudos, de los que habla San Marcos, se dice que puso los dedos en los oídos, escupió y se tocó la lengua, luego, levantando los ojos al cielo, suspiró profundamente y le dijo: "¡Ephphatha!" En fin, leamos todo lo que de El se dice, y podremos juzgar si hay en el mundo algo más ridículo.

 

Habiendo considerado algunas de las tonterías atribuidas a Dios por nuestros adoradores de Cristo, profundicemos un poco más en sus misterios. Adoran a un solo Dios en tres personas, oa tres personas en un solo Dios, y se atribuyen el poder de formar dioses de la masa, y de hacer tantos como quieran. Pues, según sus principios, no tienen más que decir cuatro palabras sobre cierta cantidad de vino o sobre estas pequeñas imágenes de pasta, para hacer de ellas tantos dioses como quieran. ¡Qué locura! Con todo el pretendido poder de su Cristo, no serían capaces de hacer volar al más pequeño, y sin embargo afirman tener la capacidad de producir millones de Dioses. Uno debe estar herido por una extraña ceguera para sostener cosas tan lamentables, y eso sobre un fundamento tan vano como las palabras equívocas de un fanático.

 

¿No pueden los sacerdotes de los ídolos jactarse de tener una habilidad similar?

 

¿No ven, además, que el mismo razonamiento que demuestra la vanidad de los dioses o ídolos de madera, de piedra, etc., que adoraban los paganos, muestra exactamente la misma vanidad de los dioses e ídolos de pasta o de harina que adoran nuestros adoradores de Cristo? ¿Con qué derecho se burlan de la falsedad de los dioses paganos? ¿No es porque no son más que obra de manos humanas, imágenes mudas e insensibles? ¿Y qué clase de dioses son esos que guardamos en cajas por miedo a los ratones?

 

¿Cuáles son estos recursos de los que se jactan los adoradores de Cristo? ¿Su moralidad? Es lo mismo que en todas las religiones, pero sus dogmas crueles produjeron y enseñaron persecución y problemas. ¿Sus milagros? Pero ¿qué pueblo no tiene lo suyo, y qué sabios no desdeñan estas fábulas? ¿Sus profecías? ¿No hemos mostrado su falsedad? ¿Su moral? ¿No son a menudo infames? ¿El establecimiento de su religión? pero ¿no comenzó el fanatismo, y la intriga no ha sostenido visiblemente este edificio? ¿La doctrina? pero ¿no es el colmo del absurdo?

 

Fin del resumen de Voltaire.

 

 

 

 

 

 

PREFACIO DEL EDITOR.

Al traducir a los idiomas inglés y alemán Le Bon Sens, que contiene la Última Voluntad y Testamento del cura francés JEAN MESLIER, la señorita Anna Knoop ha realizado una tarea muy útil y meritoria, y al publicar una nueva edición de este trabajo, es pero haga justicia a su memoria [Miss Knoop murió el 11 de enero de 1889.] para afirmar que su traducción ha recibido el respaldo de nuestros críticos más competentes.

 

En una carta fechada en Newburyport, Massachusetts, el 23 de septiembre de 1878, el célebre autor James Parton felicita a la señorita Knoop por "traducir tan bien el libro de Meslier" y dice que:

 

"Esta obra del pastor honesto es la más curiosa y la más poderosa de las que produjo el siglo pasado... Paine y Voltaire tenían reservas, pero Jean Meslier no las tenía. No se guarda nada; y sin embargo, después de Después de todo, la maravilla no es que haya habido un sacerdote que haya dejado ese testimonio a su muerte, sino que todos los sacerdotes no lo hacen. Es cierto que hay mucho más que decir sobre la religión, que creo que es una necesidad eterna de la naturaleza humana, pero ningún hombre ha expresado el lado negativo del asunto con tanta franqueza y exhaustividad como Jean Meslier".

 

El valor del testimonio de un sacerdote católico, que en sus últimos momentos se retractó de los errores de su fe y pidió perdón a Dios por haber enseñado la religión católica, fue plenamente apreciado por Voltaire, quien elogió mucho esta gran obra de Meslier. Voluntariamente hizo todo lo posible para aumentar su circulación, e incluso se quejó a D'Alembert "de que no había tantos ejemplares en todo París como los que él mismo había dispersado por las montañas de Suiza". [Ver Carta 504, Voltaire a D'Alembert] Pide encarecidamente a sus asociados que impriman y distribuyan en París una edición de al menos cuatro o cinco mil copias y, por sugerencia de D'Alembert, hizo un resumen o compendio de El Testamento. "tan pequeño que no cuesta más de cinco peniques,

 

El Abb� Barruel afirma en sus Memorias [Ver Historia del jacobinismo por el Abb� Barruel, 4 vols. 8 VO, traducido por el Excmo. Robert Clifford, FRS, e impreso en Londres en 1798. El erudito Abb� define el jacobinismo como "el error de todo hombre que, juzgando todas las cosas por el estándar de su propia razón, rechaza en asuntos religiosos toda autoridad que no se derive de la luz de la naturaleza Es el error de todo hombre que niega la posibilidad de cualquier misterio más allá de los límites de su razón, de todo aquel que, descartando la revelación en defensa de los pretendidos derechos de la Razón, la Igualdad y la Libertad, pretende subvertir todo el tejido de la religión cristiana". B. 4.] para detectar en los escritos de Voltaire y de los principales enciclopedistas, una conspiración no sólo contra el Altar sino también contra el Trono. Denuncia severamente la "Última voluntad de Jean Meslier, ese famoso cura de Etrepigni, cuya apostasía y blasfemias causaron una impresión tan fuerte en las mentes del populacho", y describe el plan de D'Alembert para circulando unos miles de ejemplares del Resumen del testamento, como "proyecto base contra las doctrinas del Evangelio". [Ibid, página 145] Incluso afirma su creencia de que:

 

"Los jacobinos un día declararán que todos los hombres son libres, que todos los hombres son iguales; y como consecuencia de esta Igualdad y Libertad concluirán que cada hombre debe ser dejado a la luz de la razón. Que toda religión sometiendo la razón del hombre a misterios, o a la autoridad de cualquier revelación que hable en nombre de Dios, es una religión de constricción y esclavitud; que como tal debe ser aniquilada para restablecer los derechos inexpugnables de Igualdad y Libertad en cuanto a la creencia o incredulidad de todo lo que el la razón del hombre aprueba o desaprueba: y llamarán a esta Igualdad y Libertad el reino de la Razón y el imperio de la Filosofía”. [Historia del jacobinismo, página 51.]

 

Los resultados que tan claramente anticipó el abb� Barruel se han realizado al fin. ¡Los trabajos de los jacobinos no han sido en vano, y la Revolución que ellos incitaron ha devuelto a Francia al gobierno del pueblo!

 

"Con ardiente esperanza en el futuro -dice el presidente Carnot en su discurso del centenario, el 5 de mayo de 1889- saludo en el palacio de la monarquía a los representantes de una nación que ahora está en completa posesión de sí misma, que es dueña de su destinos, y que está en todo el esplendor y la fuerza de la libertad. Los primeros pensamientos sobre este solemne encuentro se dirigen a nuestros padres. La generación inmortal de 1789, a fuerza de valor y muchos sacrificios, nos consiguió beneficios que debemos legar a nuestros hijos como la herencia más preciosa. Nunca podrá nuestra gratitud igualar la grandeza de los servicios prestados por nuestros padres a Francia y al género humano... La Revolución se basó en los derechos del hombre. Creó una nueva era en la historia y fundó la sociedad moderna".

 

Esto es literalmente cierto. Los librepensadores de Francia han enseñado a la humanidad las doctrinas de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. Han enseñado la dignidad de la razón humana y el carácter sagrado de los derechos humanos. Rompieron la servidumbre del altar, y rompieron las cadenas del trono; y es de lamentar que en la celebración del centenario celebrada en esta ciudad el 30 de abril de 1889, el orador designado [Ver Discurso del Centenario del Excmo. Chauncey M. Depew.] no se dio cuenta de la grandeza de la ocasión y, como Carnot, no rindió un tributo justo a nuestros aliados, los reformadores de Europa, así como a los padres de la república. Pero el pueblo de Estados Unidos recordará lo que el político ha olvidado. Recordarán los nombres y hazañas de sus benefactores extranjeros así como de los patriotas americanos del 76. Cuando recuerden a los ilustres europeos que lucharon por nuestras libertades recordarán el nombre de Lafayette; cuando piensen en la Declaración de Independencia no olvidarán el nombre de Thomas Jefferson; y cuando hablen de "los tiempos que probaron el alma de los hombres" recordarán con gratitud el nombre de Tomás Paine.

 

Aunque el cónclave eclesiástico en Roma reclama el poder de obrar milagros desafiando las leyes de la Naturaleza, con o sin milagros, nunca han respondido a los simples argumentos presentados por Jean Meslier; aunque afirman poseer las llaves del Paraíso y atar en la tierra a las almas que serán atadas en el cielo, año tras año su poder menguante refuta su jactancia sin sentido; aunque audazmente afirman el dogma de la infalibilidad papal, la pérdida del poder temporal que una vez ejerció Roma, y ​​la muerte de cada pontífice sucesor, atestiguan tanto la falibilidad del Papa como su mortalidad. De hecho, el sucesor de San Pedro no es más que humano: el colegio sagrado de Roma es mortal; y la fe y el dogma no pueden resistir para siempre la influencia de la luz y el conocimiento. El poder del catolicismo seguramente está decayendo en toda Europa; y si se ha vuelto agresivo en nuestras ciudades americanas, ¿no será porque los amigos de la libertad han olvidado el conocido axioma de que "la vigilancia eterna es el precio de la libertad"?

 

PETER ECKLER.

 

Nueva York, 21 de mayo de 1889.

 

 

 

 

 

 

NOTA PREFATORIA DEL TRADUCTOR

Hace algunos años cayó en mis manos un ejemplar de John Meslier. Me impresionó la simple veracidad de sus argumentos, y nunca me abandonó el pensamiento del feliz cambio que se produciría en todo el mundo cuando los prejuicios religiosos fueran disipados, y cuando todas las diferentes naciones y sectas se unieran y se prestaran unas a otras. otro una mano amiga.

 

Desde que tuve la oportunidad de escuchar los discursos y conferencias de hombres liberales, me ha parecido que ha llegado el momento de que esta obra de John Meslier sea apreciada, y concluí en traducirla a la lengua de mi país adoptivo, presumiendo que muchos estarían felices de estudiarlo.

 

En esta fe lo ofrezco ahora al público, y espero que el nombre de John Meslier sea honrado como uno de los más grandes benefactores de la humanidad.

 

ANA KNOOP.

 

 

 

 

 

PREFACIO DEL EDITOR DE LA EDICIÓN EN FRANCÉS DE 1830.

Se dice que la verdad es generalmente revelada por los labios moribundos. Cuando los hombres llenos de salud y gozando de todos los placeres de la vida, se esfuerzan sin cesar por excitar las mentes y aprovecharse de su fanatismo poniéndose la máscara de la religión, no dejará de tener interés o importancia saber lo que otros hombres, invirtieron con el mismo ministerio, han enseñado bajo el impulso de una conciencia avivada por la proximidad de la hora final. Sus confesiones son más valiosas porque llevan consigo el espíritu de contrición. Es entonces cuando la verdad, que ya no está oscurecida por las estrechas pasiones y los sórdidos intereses, se presenta en todo su esplendor e impone a quien la ha mantenido oculta durante su vida, el deber, e incluso la necesidad, de desvelarla. totalmente a su muerte. Es entonces cuando el habla humana,

 

Conocemos este hecho de un célebre predicador que al comienzo de la Revolución se paró en el mismo púlpito que nos complace llamar el púlpito de la verdad, y con la mano en el corazón declaró que hasta entonces sólo había enseñado falsedad. Hizo más; imploró a sus feligreses que lo perdonaran por los groseros errores en que los había mantenido y los felicitó por haber llegado por fin a un período en que se permitía establecer el imperio de la razón sobre las ruinas del prejuicio. Los tiempos han cambiado mucho, es cierto; sin embargo, mientras la prensa sea capaz de combatir los errores fatales del fanatismo religioso, y tal vez hasta en cierta medida prevenir su violencia, será deber de todo amigo de la humanidad reproducir continuamente las retractaciones completas que opusieron la sinceridad y la conciencia de los moribundos a la mala fe y avidez hipócrita de los vivos. Guiados por esta intención, y avergonzados de ver al género humano, en una tierra recién liberada del yugo de los prejuicios, engendrar un vergonzoso malabarismo que terminará en dominar la autoridad, y asociarse a las persecuciones de que son objeto nuestros incrédulos o disidentes antepasados. fueron las tristes vÃctimas, creemos útil reimprimir las últimas lecciones de un sacerdote —hombre honesto— legadas a sus conciudadanos ya la posteridad. El servicio que prestamos a la Filosofía será tanto mayor cuando podamos considerar como inmutable, perpetua, permanente y pronta a aparecer en la hora de la necesidad, la edición que estamos preparando de "

 

Para hacer justicia a estas dos obras, a las que hemos añadido apuntes analíticos que facilitarán mucho nuestras investigaciones, nos limitaremos a otorgar la imponente aprobación de dos filósofos del siglo XVIII, Voltaire y d'Alembert. Ciertamente entendieron mucho mejor la sublimidad de la moral evangélica, y hablaron de ella de una manera más digna de su autor, que aquellos que la deificaron para aprovecharse de su divinidad, y que abusaron tan cruelmente de la ignorancia y barbarie de los primeros siglos, establecer, en interés de sus fortunas y poder, tantos prejuicios viles, tantas prácticas pueriles y supersticiosas.

 

Esto es lo que Voltaire y d'Alembert pensaban del cura Meslier y de su obra. Sus cartas se presentan aquí para despertar la curiosidad y convencer al juicio:

 

VOLTAIRE A D'ALEMBERT.

 

FERNEY, febrero de 1762.

 

Han impreso en Holanda el Testamento de Jean Meslier. Temblé de horror al leerlo. El testimonio de un sacerdote, que al morir pide perdón a Dios por haber enseñado el cristianismo, debe ser un gran peso en la balanza de los liberales. Os enviaré una copia de este Testamento del anticristo, porque deseáis refutarlo. No tienes más que decirme de qué manera te llegará. Está escrito con una gran sencillez, que por desgracia se parece a la franqueza.

 

VOLTARIO AL MISMO.

 

FERNEY, 25 de febrero de 1762.

 

Meslier también tiene la sabiduría de la serpiente. Él es un ejemplo para ti; el buen grano estaba escondido en la paja de su libro. Un buen suizo ha hecho un resumen fiel y este resumen puede hacer mucho bien. Qué respuesta a los fanáticos insolentes que tratan a los filósofos como libertinos. ¡Qué respuesta para vosotros, miserables que sois, este testimonio de un sacerdote, que pide perdón a Dios por haber sido cristiano!

 

LA RESPUESTA DE D'ALEMBERT.

 

PARÍS, 31 de marzo de 1762.

 

Un malentendido ha sido la causa, mi querido filósofo, de que haya recibido hace pocos días el trabajo de Jean Meslier, que usted había enviado hace casi un mes. Esperé hasta recibirlo para escribirte. Me parece que podríamos inscribir en la lápida de este cura: "Aquí yace un sacerdote muy honrado, cura de un pueblo de la Champaña, que al morir pide perdón a Dios por haber sido cristiano, y que ha probado con esto , que noventa y nueve ovejas y una nativa de Champaña no hacen cien bestias". Sospecho que el resumen de su obra está escrito por un suizo, que entiende muy bien el francés, aunque finge hablarlo mal. Esto es limpio, serio y conciso, y bendigo al autor del resumen, quienquiera que sea. "Es del Señor cultivar la vid". Después de todo, mi querido filósofo, un poco más, y no sé si todos estos libros serán necesarios, y si el hombre no tendrá suficiente sentido común para comprender por sí mismo que tres no hacen uno, y que el pan no es Dios. Los enemigos de la razón están jugando un papel muy tonto en este momento, y creo que podemos decir como en la canción:

 

"Para destruir a toda esta gente, deberías dejarlos en paz".

 

No sé qué será de la religión de Cristo, pero sus profesantes están vestidos con ropas falsas. Lo que Pascal, Nicole y Arnaud no pudieron hacer, hay una apariencia que lo lograrán tres o cuatro fanáticos absurdos e ignorantes. La nación dará este golpe vigoroso dentro, mientras que fuera hace tan poco, y pondremos en las páginas cronológicas abreviadas del año 1762: "Este año Francia perdió todas sus colonias y expulsó a los jesuitas". No conozco nada más que polvo, que con tan poca fuerza aparente podría producir tan grandes resultados.

 

VOLTAIRE A D'ALEMBERT.

 

DELICES, 12 de julio de 1762.

 

Me parece que el Testamento de Jean Meslier tiene un gran efecto; todos los que lo leen quedan convencidos; este hombre discute y prueba. Habla en el momento de la muerte, en el momento en que incluso los mentirosos dicen toda la verdad. Este es el más fuerte de todos los argumentos. Jean Meslier es convertir el mundo. ¿Por qué su evangelio está en tan pocas manos? ¡Qué tibio eres en París! ¡Escondes tu luz bajo un celemín!

 

LA RESPUESTA DE D'ALEMBERT.

 

PARÍS, 31 de julio de 1762.

 

Nos reprocháis la tibieza, pero creo haberos dicho ya que el miedo al maricón es muy refrescante. Le gustaría que imprimiéramos el Testamento de Jean Meslier y distribuyéramos cuatro o cinco mil copias. El fanatismo infame, por infame que es, perdería poco o nada, y seríamos tratados como tontos por aquellos a quienes hubiésemos convertido. El hombre está tan poco ilustrado hoy sólo porque tuvimos la precaución o la suerte de ilustrarlo poco a poco. Si el sol apareciera de repente en una cueva, los habitantes sólo percibirían el daño que haría a sus ojos. El exceso de luz solo daría como resultado cegarlos.

 

D'ALEMBERT A VOLTAIRE.

 

PARÍS, 9 de julio de 1764.

 

A propósito, me han prestado aquella obra atribuida a San Evremont, y que se dice que es de Dumarsais, de la que me hablaste hace algún tiempo; es bueno, pero el Testamento de Meslier es aún mejor!

 

VOLTAIRE A D'ALEMBERT.

 

FERNEY, 16 de julio de 1764.

 

El Testamento de Meslier debería estar en el bolsillo de todos los hombres honestos; un buen sacerdote, lleno de candor, que pide perdón a Dios por engañarse a sí mismo, debe iluminar a los que se engañan a sí mismos.

 

VOLTAIRE AL CONDE D'ARGENTAL.

 

AUX DELICES, 6 de febrero de 1762.

 

Pero ningún pajarito me habló del libro infernal de ese cura, Jean Meslier; una obra muy importante para los ángeles de las tinieblas. Un excelente catecismo para Beelzebub. Sepa que este libro es muy raro; es un tesoro!

 

VOLTARIO AL MISMO.

 

AUX DEUCES, 31 de mayo de 1762.

 

Es solo que debo enviarte una copia de la segunda edición de Meslier. En la primera edición se olvidaron del prefacio, lo cual es muy extraño. Tienes amigos sabios que no lamentarían tener este libro en su gabinete secreto. Es excelente para formar mentes jóvenes. El libro, que se vendió en forma manuscrita por ocho luises de oro, es ilegible. Este pequeño resumen es muy edificante. Agradezcamos a las buenas almas que la dan gratuitamente, y roguemos a Dios que extienda sus bendiciones sobre esta útil lectura.

 

VOLTAIRE A D'AMILAVILLE.

 

AUX DEUCES, 8 de febrero de 1762.

 

Mi hermano tendrá un Meslier tan pronto como yo haya recibido el pedido; parecería que mi hermano no tiene los hechos. Hace quince o veinte años, el manuscrito de esta obra se vendió por ocho luises de oro; era un cuarto muy grande. Hay más de cien copias en París. El hermano Thiriot entiende los hechos. No se sabe quién hizo el resumen, pero está tomado completamente, palabra por palabra, del original. Todavía son muchas las personas que han visto al cura Meslier. Sería muy útil hacer una nueva edición de esta pequeña obra en París; se puede hacer fácilmente en tres o cuatro días.

 

VOLTARIO AL MISMO.

 

FERNEY, 6 de diciembre de 1762.

 

Pero creo que nunca habrá otra impresión del librito de Meslier. Piensa en el peso del testimonio de un moribundo, de un sacerdote, de un buen hombre.

 

VOLTARIO AL MISMO.

 

FERNEY, 6 de julio de 1764.

 

Trescientos Mesliers distribuidos en una provincia han provocado muchas conversiones. ¡Ah, si me ayudaran!

 

VOLTARIO AL MISMO.

 

FERNEY, 29 de septiembre de 1764.

 

Hay muy pocos Mesliers y demasiados estafadores.

 

VOLTARIO AL MISMO.

 

AUX DELICES, 8 de octubre de 1764.

 

Los nombres dañan la causa; despiertan prejuicios. Sólo el nombre de Jean Meslier puede hacer bien, porque el arrepentimiento de un buen sacerdote en la hora de la muerte debe causar una gran impresión. Este Meslier debería estar en manos de todo el mundo.

 

VOLTAIRE A LA SEÑORA DE FLORIAN.

 

AUX DELICES, 20 de mayo de 1762.

 

Mi querida sobrina, es muy triste estar tan lejos de ti. Lee y lee de nuevo a Jean Meslier; es un buen cura.

 

VOLTAIRE AL MARQUÉS DE ARGENCE.

 

2 de marzo de 1763.

 

He encontrado un Testamento de Jean Meslier, que te envío. La sencillez de este hombre, la pureza de sus modales, el perdón que pide a Dios y la autenticidad de su libro, deben producir un gran efecto. Yo os enviaré cuantos ejemplares queráis del Testamento de este buen cura.

 

VOLTAIRE A HELVECIO.

 

AUX DEUCES, 1 de mayo de 1763.

 

Me han enviado los dos resúmenes de Jean Meslier. Es cierto que está escrito al estilo de un coche de caballos, pero se adapta bien a la calle. ¡Y qué testimonio! ¡la de un sacerdote que pide perdón al morir, por haber enseñado cosas absurdas y horribles! ¡Qué respuesta a las perogrulladas de los fanáticos que tienen la audacia de afirmar que la filosofía no es más que el fruto del libertinaje!

 

 

 

 

 

 

Fin de la superstición en todas las edades del Proyecto Gutenberg (1732), de Jean Meslier

 

*** FIN DE ESTE PROYECTO GUTENBERG EBOOK SUPERSTICIÓN EN TODAS LAS EDADES (1732) ***

 

***** Este archivo debe llamarse 17607-h.htm o 17607-h.zip *****

Este y todos los archivos asociados de varios formatos se encontrarán en:

        http://www.gutenberg.org/1/7/6/0/17607/

 

Producida por Gary Klein

 

 

 

 

Related Posts

Libros del 9001 a 10000 7426298742905405990
- Navigation - Archive Status