Libro N° 9791. Superstición En Todas Las Edades. Meslier, Jean.
© Libro N° 9791. Superstición En Todas Las Edades. Meslier, Jean. Emancipación. Abril 9
de 2022.
Título original: © Superstición En Todas Las Edades. Por Jean
Meslier
Versión
Original: © Superstición En Todas Las Edades. Por Jean Meslier
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www-gutenberg-org.translate.goog/files/17607/17607-h/17607-h.htm?_x_tr_sl=auto&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=nui
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/fondo-acuarela_220290-40.jpg?t=st=1648320933~exp=1648321533~hmac=6dd73d3f6642d81581b34dceafc1820c07f4796b542f7c126c8c549dd3e2fa3a&w=740
Portada E.O. de Imagen original:
https://1.bp.blogspot.com/-zpbbNLLKroI/Xgh0SRZAVvI/AAAAAAAAIKU/TvDaSZC8Cw0NXXBpjRwPVzehXheR3nVAQCLcBGAsYHQ/w1200-h630-p-k-no-nu/AAAmeslier.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SUPERSTICIÓN EN TODAS LAS EDADES
Por Jean Meslier
Superstición En Todas Las Edades
Jean Meslier
SUPERSTICIÓN EN TODAS LAS EDADES
Por Jean Meslier
1732
UN SACERDOTE CATÓLICO ROMANO, QUE, DESPUÉS DE UN
SERVICIO PASTORAL DE TREINTA AÑOS EN ETREPIGNY EN CHAMPAGNE, FRANCIA, ABJURÓ
TOTALMENTE DOGMAS RELIGIOSOS, Y DEJÓ COMO SU ÚLTIMA VOLUNTAD Y TESTAMENTO A SUS
FELIPERES, Y AL MUNDO, PARA SER PUBLICADO DESPUÉS DE SU MUERTE, LAS SIGUIENTES
PÁGINAS, TITULADA: SENTIDO COMÚN.
Traducido del original francés por Miss Anna Knoop
1878
CONTENIDO
VIDA DE JEAN MESLIER POR VOLTAIRE.
PREFACIO DEL AUTOR.
SENTIDO COMÚN.
I. APÓLOGO.
II ¿QUÉ ES
LA TEOLOGÍA?
tercero
IV HOMBRE
QUE NO NACIÓ RELIGIOSO NI DEÍSTA.
V NO ES
NECESARIO CREER EN UN DIOS
VI LA
RELIGIÓN SE FUNDA EN LA CREDULIDAD.
VII TODA
RELIGIÓN ES UN ABSURDO.
VIII LA
NOCIÓN DE DIOS ES IMPOSIBLE.
IX ORIGEN
DE LA SUPERSTICIÓN.
X ORIGEN DE
TODA RELIGIÓN.
XI EN
NOMBRE DE LA RELIGIÓN LOS CHARLATÁNS SE APROVECHAN
XII LA
RELIGIÓN ATRAE A LA IGNORANCIA CON LA AYUDA DE LO MARAVILLOSO.
XIII
CONTINUACIÓN.
XIV NUNCA
HABRÍA EXISTIDO NINGUNA RELIGIÓN SI . . .
XV TODA
RELIGIÓN NACIÓ DEL DESEO DE DOMINAR.
XVI LO QUE
SIRVE DE BASE A TODA RELIGIÓN ES MUY INCIERTO.
XVII ES
IMPOSIBLE ESTAR CONVENCIDO DE LA EXISTENCIA DE DIOS.
XVIII
CONTINUACIÓN.
XIX NO SE
PRUEBA LA EXISTENCIA DE DIOS.
XX DECIR
QUE DIOS ES ESPÍRITU, ES HABLAR SIN DECIR NADA
XXI LA
ESPIRITUALIDAD ES UNA QUIMERA.
XXII TODO
LO QUE EXISTE SURGE DEL SENO DE LA MATERIA.
XXIII ¿QUÉ
ES EL DIOS METAFÍSICO DE LA TEOLOGÍA MODERNA?
XXIV SERÍA
MÁS RACIONAL ADORAR AL SOL QUE A UN DIOS ESPIRITUAL.
XXVI UN DIOS
ESPIRITUAL ES INCAPAZ DE QUERER Y DE ACTUAR.
XXVI ¿QUÉ
ES DIOS?
XXVII
NOTABLES CONTRADICCIONES DE LA TEOLOGÍA.
XXVIII
ADORAR A DIOS ES ADORAR UNA FICCIÓN.
XXIX LA
INFINIDAD DE DIOS Y LA IMPOSIBILIDAD DE CONOCER LO DIVINO
XXX NO ES
NI MENOS NI MÁS CRIMINAL CREER EN DIOS QUE NO CREER EN DIOS
XXXI LA
CREENCIA EN DIOS NO ES SOLO UN HÁBITO MECÁNICO
XXXII ES UN
PREJUICIO QUE SE HA TRANSMITIDO DE PADRE A INFANTIL
XXXIII
ORIGEN DE LOS PREJUICIOS.
XXXIV COMO
ECHAN RAÍCES Y SE PROPAGAN.
XXXVI LOS
HOMBRES NUNCA HABRÍAN CREIDO EN LOS PRINCIPIOS DE LA TEOLOGÍA MODERNA
XXXVI LAS
MARAVILLAS DE LA NATURALEZA NO PRUEBAN LA EXISTENCIA DE DIOS.
XXXVII LAS
MARAVILLAS DE LA NATURALEZA SE EXPLICAN POR CAUSAS NATURALES.
XXXVIII
CONTINUACIÓN.
XXXIX EL
MUNDO NO HA SIDO CREADO Y LA MATERIA SE MUEVE POR SÍ MISMA.
XL
CONTINUACIÓN.
XLI OTRAS
PRUEBAS DE QUE EL MOVIMIENTO ESTÁ EN LA ESENCIA DE LA MATERIA
XLII LA
EXISTENCIA DEL HOMBRE NO PRUEBA LA DE DIOS.
XLIII SIN
EMBARGO, NI EL HOMBRE NI EL UNIVERSO SON EFECTO DEL AZAR.
XLIV EL
ORDEN DEL UNIVERSO TAMPOCO PRUEBA LA EXISTENCIA DE UN DIOS
XLV
CONTINUACIÓN.
XLVI UN
ESPÍRITU PURO NO PUEDE SER INTELIGENTE
XLVII TODAS
LAS CUALIDADES QUE LA TEOLOGÍA DA A SU DIOS SON CONTRARIAS
XLVIII
CONTINUACIÓN.
XLIX ES
ABSURDO DECIR QUE LA RAZA HUMANA ES EL OBJETO Y EL FIN
L DIOS NO
ESTÁ HECHO PARA EL HOMBRE, NI EL HOMBRE PARA DIOS.
LI NO ES
CIERTO QUE EL OBJETO DE LA FORMACIÓN DEL . . .
LII LO QUE
SE LLAMA PROVIDENCIA NO ES SOLO UNA PALABRA SIN SENTIDO.
LIII ESTA
PRETENDIDA PROVIDENCIA SE OCUPA MENOS EN CONSERVAR. . .
¡ LIV NO!
EL MUNDO NO ESTÁ GOBERNADO POR UN SER INTELIGENTE.
LV DIOS NO
PUEDE SER LLAMADO INMUTABLE.
LVI EL MAL Y
EL BIEN SON LOS EFECTOS NECESARIOS DE LAS CAUSAS NATURALES
LVII LA
VANIDAD DE LOS CONSUELOS TEOLÓGICOS
LVIII OTRO
INCREÍBLE ENGAÑO.
LIX EN VANO
SE ESFUERZA LA TEOLOGIA PARA ABSOLVER A DIOS DE LOS DEFECTOS DEL HOMBRE.
LX NO
PODEMOS CREER EN UNA DIVINA PROVIDENCIA
LXI
CONTINUACIÓN.
LXII LA
TEOLOGÍA HACE DE SU DIOS UN MONSTRUO DE TONTERÍA, DE INJUSTICIA
LXIII TODA
RELIGIÓN INSPIRA SINO UN MIEDO COBARDE Y DESORDENADO
LXIV EN
REALIDAD NO HAY DIFERENCIA ENTRE . . .
LXV SEGÚN
LAS IDEAS QUE DA LA TEOLOGÍA DE LA DIVINIDAD
LXVI POR LA
INVENCIÓN DEL DOGMA DE LOS ETERNOS TORMENTOS DEL INFIERNO
LXVII LA
TEOLOGÍA NO ES SOLO UNA SERIE DE CONTRADICCIONES PALPABLES.
LXVIII LAS
PRETENDIDAS OBRAS DE DIOS NO PRUEBAN NADA. . .
LXIX LA
PERFECCIÓN DE DIOS NO MUESTRA MÁS VENTAJA. . .
LXX LA
TEOLOGÍA PREDICA LA OMNIPOTENCIA DE SU DIOS
LXXI SEGÚN
TODOS LOS SISTEMAS RELIGIOSOS DE LA TIERRA
LXXII ES
ABSURDO DECIR QUE EL MAL NO VIENE DE DIOS.
LXXIII LA
PREVISIÓN ATRIBUIDA A DIOS
LXXIV
ABSURDIDAD DE LAS FÁBULAS TEOLÓGICAS SOBRE EL PECADO ORIGINAL
LXXV EL
DIABLO, COMO LA RELIGIÓN, FUE INVENTADO PARA ENRIQUECER A LOS SACERDOTES.
LXXVI SI
DIOS NO PUDO LIMPIA LA NATURALEZA HUMANA, NO TIENE DERECHO . . .
LXXVII ES
ABSURDO DECIR QUE LA CONDUCTA DE DIOS DEBE SER UN MISTERIO PARA EL HOMBRE
LXXVIII ES
ABSURDO LLAMARLO UN DIOS DE JUSTICIA Y DE BONDAD
LXXIX UN
DIOS QUE CASTIGA LAS FALTAS QUE ÉL PUDO HABER PREVENIDO
LXXX EL
LIBRE ALBEDRÍO ES UN LUJO OCIOSO.
LXXXI NO
DEBEMOS CONCLUIR DE ESTO QUE LA SOCIEDAD NO TIENE DERECHO . . .
LXXXII
REFUTACIÓN DE LOS ARGUMENTOS A FAVOR DEL LIBRE ALBEDRÍO.
LXXXIII
CONTINUACIÓN.
LXXXIV DIOS
MISMO, SI HUBIERA DIOS, NO SERÍA LIBRE
LXXXV AUN
SEGÚN LOS PRINCIPIOS TEOLÓGICOS EL HOMBRE NO ES LIBRE
LXXXVI TODO
MAL, TODO DESORDEN, TODO PECADO SE PUEDEN ATRIBUIR PERO A DIOS
LXXXVII LAS
ORACIONES DE LOS HOMBRES A DIOS PRUEBAN SUFICIENTEMENTE QUE NO LO SON. . .
LXXXVIII LA
REPARACIÓN DE LAS INIQUIDADES Y LAS MISERIAS DE ESTA
LXXXIX
TEOLOGÍA JUSTIFICA EL MAL Y LA INJUSTICIA PERMITIDA POR SU DIOS,
XC LA REDENCIÓN Y LOS CONTINUOS EXTERMINOS ATRIBUIDOS A JEHOVÁ
XCI ¿CÓMO
ENCONTRAR UN PADRE TIERNO, GENEROSO Y EQUITATIVO
XCII LA
VIDA DE MORTALES, TODO LO QUE OCURRE AQUÍ ABAJO
XCIII NO ES
CIERTO QUE DEBEMOS NINGUNA GRATITUD A LO QUE LLAMAMOS . . .
XCIV
PRETENDER QUE EL HOMBRE ES EL HIJO AMADO DE LA PROVIDENCIA
XCV
COMPARACIÓN ENTRE EL HOMBRE Y LOS ANIMALES.
XCVI NO HAY
ANIMALES MÁS DETESTABLES EN ESTE MUNDO QUE LOS TIRANOS.
XCVII
REFUTACIÓN DE LA EXCELENCIA DEL HOMBRE.
XCVIII UNA
LEYENDA ORIENTAL.
XCIX ES
LOCO VER EN EL UNIVERSO SOLO LOS BENEFICIOS DE DIOS
C ¿QUÉ ES
EL ALMA? NO SABEMOS NADA DE ELLO
CI LA
EXISTENCIA DE UN ALMA ES UNA SUPOSICIÓN ABSURDA
CII ES
EVIDENTE QUE EL HOMBRE TODO MUERE.
CIII
PRUEBAS INCONTESTABLES CONTRA LA ESPIRITUALIDAD DEL ALMA.
CIV EL
ABSURDO DE LAS CAUSAS SOBRENATURALES
CV ES FALSO
QUE EL MATERIALISMO PUEDE DEGRADAR A LA RAZA HUMANA. CONTINUACIÓN
CVI .
CVII EL
DOGMA DE OTRA VIDA ES ÚTIL PERO PARA QUIENES SE BENEFICIAN DE ÉL
CVIII ES
FALSO QUE EL DOGMA DE OTRA VIDA PUEDE SER CONSOLADOR
CIX TODOS
LOS PRINCIPIOS RELIGIOSOS SON IMAGINARIOS
CX TODA
RELIGIÓN ES SOLO UN SISTEMA IMAGINADO PARA EL FIN. . .
CXI ABSURDO
E INUTILIDAD DE LOS MISTERIOS
CXII
CONTINUACIÓN.
CXIII
CONTINUACIÓN.
CXIV UN
DIOS UNIVERSAL DEBIÓ HABER REVELADO UNA RELIGIÓN UNIVERSAL.
CXV LA
PRUEBA DE QUE LA RELIGIÓN NO ES NECESARIA
CXVI TODAS
LAS RELIGIONES SON BURLADAS POR LAS DE CONTRARIO. . .
CXVII
OPINIÓN DE UN CELEBRADO TEÓLOGO.
CXVIII EL
DIOS DEL DEÍSTA NO ES MENOS CONTRADICTORIO. . .
CXIX NO
PRUEBAMOS EN ABSOLUTO LA EXISTENCIA DE UN DIOS DICIENDO . . .
CXX TODOS
LOS DIOSES SON DE ORIGEN BÁRBARO; TODAS LAS RELIGIONES LO SON. . .
CXXI TODAS
LAS CEREMONIAS RELIGIOSAS LLEVAN EL SELLO DE LA ESTUPIDEZ O LA BARBARIE.
CXXII CUANTO
MÁS ANTIGUA Y GENERAL ES UNA OPINIÓN RELIGIOSA. . .
CXXIII
ESCEPTICISMO EN CUESTIÓN DE RELIGIÓN
CXXIV
REVELACIÓN REFUTADA.
CXXV DONDE
ESTÁ LA PRUEBA DE QUE DIOS SE HA MOSTRADO A LOS HOMBRES
CXXVI NADA
ESTABLECE LA VERDAD DE LOS MILAGROS.
CXXVII SI
DIOS HUBIESE HABLADO, SERÍA EXTRAÑO QUE HABIA HABLADO
CXXVIII
OSCURO Y SOSPECHOSO ORIGEN DE LOS ORÁCULOS.
CXXIX
ABSURDIDAD DE PRETENDIDOS MILAGROS.
CXXX
REFUTACIÓN DEL RAZONAMIENTO DE PASCAL
CXXXI AUN
SEGÚN LOS PRINCIPIOS DE LA TEOLOGÍA MISMA . . .
CXXXII
HASTA LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES, TESTIFICA. . .
CXXXIII EL
FANATISMO DE LOS MÁRTIRES
CXXXIV LA
TEOLOGÍA HACE DE SU DIOS ENEMIGO DEL SENTIDO COMÚN
CXXXV LA FE
ES IRRECONCILIABLE CON LA RAZÓN
CXXXVI QUÉ
ABSURDA Y RIDÍCULA ES LA SOFISTERÍA DE AQUELLOS. . .
CXXXVII
CÓMO PRETENDER QUE EL HOMBRE DEBE CREER EL TESTIMONIO VERBAL
CXXXVIII LA
FE ECHA RAÍCES PERO EN MENTES DÉBILES, IGNORANTES O INDOLENTES.
CXXXIX
ENSEÑAR QUE EXISTE UNA VERDADERA RELIGIÓN ES UN ABSURDO,
CXL LA
RELIGIÓN NO ES NECESARIA PARA LA MORAL Y LA VIRTUD.
CXLI LA
RELIGIÓN ES LA RESTRICCIÓN MÁS DÉBIL A LA QUE SE PUEDE OPONER. . .
EL HONOR CXLII
ES UN CONTROL MÁS SALUDABLE Y MÁS FUERTE QUE LA RELIGIÓN.
LA RELIGIÓN CXLIII
CIERTAMENTE NO ES UN CONTROL PODEROSO SOBRE LAS PASIONES
CXLIV
ORIGEN DE LO MÁS ABSURDO, LO MÁS RIDÍCULO Y . . .
CXLV LA
RELIGIÓN ES FATAL PARA LA POLÍTICA; FORMA MAS LIBERTINUA. . .
CXLVI EL
CRISTIANISMO SE EXTENDIÓ PERO AL FOMENTAR EL DESPOTISMO
CXLVII EL
ÚNICO OBJETIVO DE LOS PRINCIPIOS RELIGIOSOS ES PERPETUAR. . .
CXLVIII QUE
FATAL ES CONVENCER A LOS REYES QUE SOLO TIENEN A DIOS. . .
CLXIX UN
REY RELIGIOSO ES AGREGADO PARA SU REINO.
CL EL
ESCUDO DE LA RELIGIÓN ES PARA LA TIRANÍA
CLI LA
RELIGIÓN FAVORECE LOS ERRORES DE LOS PRÍNCIPE
CLII ¿QUÉ
ES UN SOBERANO ILUMINADO?
CLIII LAS
PASIONES Y CRÍMENES DOMINANTES DEL SACERDOCIO.
CLIV
CHARLATANERIA DE LOS SACERDOTES.
CLV
INCONTABLES CALAMIDADES SON PRODUCIDAS POR LA RELIGIÓN
CLVI TODA
RELIGIÓN ES INTOLERANTE, Y EN CONSECUENCIA DESTRUCTIVA DE
CLVII ABUSO
DE UNA RELIGIÓN DE ESTADO.
CLVIII LA
RELIGIÓN DA LICENCIA A LA FEROCIDAD DEL PUEBLO
CLIX
REFUTACIÓN DEL ARGUMENTO, QUE LOS MALES ATRIBUIDOS A LA RELIGIÓN
CLX TODA
MORAL ES INCOMPATIBLE CON LAS OPINIONES RELIGIOSAS.
CLXI LA
MORAL DEL EVANGELIO SON IMPRACTICABLES.
CLXII UNA
SOCIEDAD DE SANTOS SERÍA IMPOSIBLE.
CLXIII LA
NATURALEZA HUMANA NO ES DEPRAVADA
CLXIV DE
JESUCRISTO, EL DIOS DEL SACERDOTE.
CLXV SE HA
INVENTADO EL DOGMA DE LA REMISIÓN DE LOS PECADOS
CLXVI EL
TEMOR DE DIOS ES IMPOTENTE CONTRA LAS PASIONES HUMANAS.
CLXVII LA
INVENCIÓN DEL INFIERNO ES DEMASIADO ABSURDA PARA PREVENIR EL MAL.
CLXVIII
ABSURDIDAD DE LA MORAL Y DE LAS VIRTUDES RELIGIOSAS
CLXIX QUÉ
IMPORTA ESA CARIDAD CRISTIANA A
CLXX
CONFESIÓN QUE MINA DE ORO PARA LOS SACERDOTES
CLXXI NO ES
NECESARIA LA SUPOSICIÓN DE LA EXISTENCIA DE UN DIOS
CLXXII LA
RELIGIÓN Y SU MORAL SOBRENATURAL SON FATAL PARA EL PUEBLO
CLXXIII
CÓMO LA UNIÓN DE RELIGIÓN Y POLÍTICA ES FATAL PARA EL PUEBLO
CLXXIV LOS
CREDOS SON GRAVES Y RUINOSAS PARA LA MAYORÍA DE LAS NACIONES.
CLXXV LA
RELIGIÓN PARALIZA LA MORAL.
CLXXVI
CONSECUENCIAS FATALES DE LA PIEDAD.
CLXXVII LA
SUPOSICIÓN DE OTRA VIDA NO CONSUELA AL HOMBRE. . .
CLXXVIII UN
ATEO TIENE MÁS MOTIVOS PARA ACTUAR CON INCORRECCIÓN
CLXXIX UN
REY ATEO SERÍA PREFERIBLE A UN RELIGIOSO
CLXXX LA
MORAL ADQUIRIDA POR LA FILOSOFÍA ES SUFICIENTE A LA VIRTUD.
CLXXXI LAS
OPINIONES RARAMENTE INFLUYEN EN LA CONDUCTA.
CLXXXII -
LA RAZÓN LLEVA A LOS HOMBRES A LA IRRELIGIÓN Y AL ATEÍSMO
CLXXXIII SÓLO
EL MIEDO CREA TEÍSTAS E INFÁNICOS.
CLXXIV
¿PODEMOS O DEBEMOS AMAR O NO AMAR A DIOS?
CLXXXV LAS
DIVERSAS Y CONTRADICTORIAS IDEAS QUE EXISTEN EN TODAS PARTES
CLXXXVI LA
EXISTENCIA DE DIOS, QUE ES LA BASE DE TODA RELIGIÓN
CLXXXVII
LOS SACERDOTES, MÁS QUE LOS NO CREYENTES, ACTÚAN POR INTERÉS.
CLXXXVIII
ORGULLO, PRESUNCIÓN Y CORRUPCIÓN DEL CORAZÓN
CLXXXIX LOS
PREJUICIOS SON POR UN TIEMPO, Y NINGÚN PODER ES DURADERO
CXC CUANTO
PODER Y CONSIDERACIÓN LOS MINISTROS DE LOS DIOSES. . .
CXCI QUÉ
FELIZ Y GRAN REVOLUCIÓN TENDRÍA LUGAR. . .
CXCII LA
RETRACCIÓN DE UN NO CREYENTE A LA HORA DE LA MUERTE
CXCIII NO ES
CIERTO QUE EL ATEISMO DESPRENDE TODOS LOS LAZOS DE LA SOCIEDAD.
CXCIV
REFUTACIÓN DE LA ASERCIÓN DE QUE LA RELIGIÓN ES NECESARIA
CXCV TODO
SISTEMA RACIONAL NO ESTÁ HECHO PARA LA MULTITUD.
CXCVI
FUTILIDAD Y PELIGRO DE LA TEOLOGIA. SABIOS CONSEJOS A PRÍNCIPE.
CXCVII
EFECTOS FATALES DE LA RELIGIÓN SOBRE EL PUEBLO Y LOS PRÍNCIPE.
CXCVIII
CONTINUACIÓN.
CXCIX LA
HISTORIA NOS ENSEÑA QUE TODAS LAS RELIGIONES FUERON ESTABLECIDAS. . .
CC TODAS
LAS RELIGIONES, ANTIGUAS Y MODERNAS, SE HAN PRESTADO MUTUAMENTE. . .
LA TEOLOGÍA CCI
SIEMPRE HA DESVIADO A LA FILOSOFÍA DE SU VERDADERO CURSO.
CCII -LA
TEOLOGÍA NI EXPLICA NI ILUMINA NADA EN EL MUNDO
CCIII CÓMO
LA TEOLOGÍA HA ENTRAÑADO LA MORAL HUMANA Y RETRASO EL PROGRESO
CCIV
CONTINUACIÓN.
CCV NO
PODRÍAMOS REPETIR LO MUY EXTRAVAGANTE Y FATAL QUE LA RELIGIÓN
CCVI ES LA
CAJA DE PANDORA, Y ESTA CAJA FATAL ESTÁ ABIERTA.
RESUMEN DEL TESTAMENTO DE JUAN MESLIER
I DE LAS
RELIGIONES.
II DE LOS
MILAGROS.
III
SEMEJANZA ENTRE MILAGROS ANTIGUOS Y MODERNOS.
IV DE LA
FALSIDAD DE LA RELIGIÓN CRISTIANA.
V LAS
SAGRADAS ESCRITURAS. (1) DEL ANTIGUO TESTAMENTO.
VI LAS
SAGRADAS ESCRITURAS. (2) EL NUEVO TESTAMENTO.
VII
ERRORES DE DOCTRINA Y DE MORAL.
PREFACIO DEL EDITOR.
NOTA PREFATORIA DEL TRADUCTOR
PREFACIO DEL EDITOR DE LA EDICIÓN EN FRANCÉS DE
1830.
VIDA DE JEAN MESLIER POR VOLTAIRE.
Jean Meslier, nacido en 1678, en el pueblo de
Mazerny, dependencia del ducado de Rethel, era hijo de un tejedor de sarga;
criado en el campo, prosiguió sin embargo sus estudios y consiguió el
sacerdocio. En el seminario, donde vivió con mucha asiduidad, se dedicó al
sistema de Descartes.
Al convertirse en coadjutor de Etrepigny en
Champagne y vicario de una pequeña parroquia anexa llamada Bue, se destacó por
la austeridad de sus hábitos. Entregado en todos sus deberes, todos los años
daba lo que le quedaba de su salario a los pobres de sus parroquias; entusiasta
y de rígida virtud, era muy templado, tanto en su apetito como en relación con
las mujeres.
MM. Voiri y Delavaux, el uno coadjutor de Varq, el
otro coadjutor de Boulzicourt, fueron sus confesores, y los únicos con los que
se asoció.
El cura Meslier era un rígido partidario de la
justicia y, a veces, llevó su celo un poco demasiado lejos. El señor de su
pueblo, M. de Touilly, habiendo maltratado a algunos campesinos, se negó a orar
por él en su servicio. M. de Mailly, arzobispo de Reims, ante quien se llevó el
caso, lo condenó. Pero el domingo que siguió a esta decisión, el abad Meslier
subió al púlpito y se quejó de la sentencia del cardenal. "Este es",
dijo, "el destino general del pobre párroco rural; los arzobispos, que son
grandes señores, los desprecian y no los escuchan. Por lo tanto, oremos por el
señor de este lugar. Oraremos por Antoine de Touilly, para que se convierta y
se le conceda la gracia de no agraviar a los pobres y despojar a los
huérfanos". Su Señoría, que estuvo presente en esta súplica mortificante,
Apenas ha habido otros acontecimientos en su vida,
ni otro beneficio, que el de Etrepigny. Murió en olor de santidad en el año
1733, a los cincuenta y cinco años. Se cree que, disgustado con la vida,
rechazó expresamente los alimentos necesarios, pues durante su enfermedad no
estaba dispuesto a tomar nada, ni siquiera una copa de vino.
A su muerte dio todo lo que poseía, que era
insignificante, a sus feligreses y deseó ser enterrado en su jardín.
Se sorprendieron mucho al encontrar en su casa tres
manuscritos, cada uno con trescientas sesenta y seis páginas, todos escritos de
su puño y letra, firmados y titulados por él, "Mi Testamento". Esta
obra, que el autor dirigió a sus feligreses y al señor Leroux, abogado y
procurador del parlamento de Meziers, es una simple refutación de todos los
dogmas religiosos, sin exceptuar uno. El gran vicario de Reims retuvo una de
las tres copias; otro fue enviado a Monsieur Chauvelin, guardián del sello del
Estado; el tercero permaneció en la oficina del secretario de la justicia de
St. Minehould. El conde de Caylus tuvo uno de esos tres ejemplares en su poder
durante algún tiempo, y poco después había más de cien en París, vendidos a
diez luises de oro cada uno.
El cura Meslier había escrito en un papel gris que
envolvía la copia destinada a sus feligreses estas notables palabras: "He
visto y reconocido los errores, los abusos, las locuras y las maldades de los
hombres. Los he odiado y despreciado. Yo no me atreví a decirlo en vida, pero
lo diré por lo menos al morir, y después de mi muerte; y es para que se sepa,
que escribo este presente memorial para que sirva de testimonio de verdad a
todos aquellos que pueden verlo y leerlo si así lo desean".
Al comienzo de esta obra se encuentra este
documento (una especie de enmienda honrosa, que en su carta al Conde de
d'Argental del 31 de mayo de 1762, Voltaire califica de prólogo), dirigido a
sus feligreses.
"Saben", dijo, "hermanos míos, mi
desinterés; no sacrifico mi creencia a ningún interés vil. Si abracé una
profesión tan directamente opuesta a mis sentimientos, no fue por codicia.
Obedecí a mis padres. Yo Hubiera preferido ilustraros antes si pudiera hacerlo
con seguridad. Vosotros sois testigos de lo que afirmo. No he deshonrado mi
ministerio exigiendo las retribuciones que son parte de él.
La simpatía que manifesté por vuestros problemas me
salva de la menor sospecha. Cuántas veces he realizado gratuitamente las
funciones de mi ministerio. ¡Cuántas veces se ha afligido también mi corazón
por no poder asistiros tan a menudo y tan abundantemente como hubiera querido!
¿No os he probado siempre que me agradaba más dar que recibir? Evité
cuidadosamente exhortarte a la intolerancia y te hablé lo menos posible de
nuestros desafortunados dogmas. Era necesario que me absolviera como sacerdote
de mi ministerio, pero ¡cuántas veces no he sufrido dentro de mí mismo cuando
me vi obligado a predicaros esas piadosas mentiras que despreciaba en mi
corazón! ¡Qué desdén tenía por mi ministerio, y particularmente por aquella
Misa supersticiosa, y aquellas ridículas administraciones de los sacramentos,
sobre todo si me vi obligado a cumplirlas con la solemnidad que despertó toda
vuestra piedad y toda vuestra buena fe. ¡Qué remordimiento tuve por excitar tu
credulidad! Mil veces a punto de estallar públicamente, iba a abrirte los ojos,
pero un miedo superior a mis fuerzas me retuvo y me obligó a callar hasta la
muerte".
El abad Meslier había escrito dos cartas a los
curas de su barrio para informarles de su Testamento; les dijo que había
consignado a la cancillería de St. Minnehould una copia de su manuscrito en 366
hojas en octavo; pero temía que fuera suprimida, según la mala costumbre
establecida para impedir que los pobres se instruyeran y conocieran la verdad.
El cura Meslier, el fenómeno más singular jamás
visto entre todos los meteoros fatales para la religión cristiana, trabajó toda
su vida en secreto para atacar las opiniones que creía falsas. Para componer su
manuscrito contra Dios, contra toda religión, contra la Biblia y la Iglesia, no
tuvo más ayuda que la Biblia misma, Moreri Montaigne y algunos padres.
Mientras el abad Meslier reconocía ingenuamente que
no deseaba ser quemado hasta después de su muerte, Thomas Woolston, médico de
Cambridge, publicó y vendió públicamente en Londres, en su propia casa, sesenta
mil ejemplares de sus "Discursos" contra los milagros. de Jesucristo.
Fue una cosa muy asombrosa que dos sacerdotes
escribieran al mismo tiempo contra la religión cristiana. El cura Meslier ha
ido aún más lejos que Woolston; se atreve a tratar el transporte de nuestro
Salvador por el diablo sobre la montaña, las bodas de Caná, el pan y los peces,
como fábulas absurdas, injuriosas a la divinidad, ignoradas durante trescientos
años por todo el Imperio Romano, y finalmente pasó de la clase baja al palacio
de los emperadores, cuando la política los obligaba a adoptar las locuras del
pueblo para subyugarlo más fácilmente. Las denuncias del cura inglés no se
acercan a las del cura champán. Woolston a veces es indulgente, Meslier nunca.
Era un hombre profundamente amargado por los crímenes que presenció, de los que
responsabiliza a la religión cristiana. No hay milagro que para él no sea
objeto de desprecio y horror; ninguna profecía que no compare con las de
Nostredamus. Escribió así contra Jesucristo cuando estaba en los brazos de la
muerte, en un momento en que los más disimulados no se atreven a mentir, y
cuando los más intrépidos tiemblan. Asombrado por las dificultades que
encontraba en la Escritura, la vituperaba con más amargura que Acosta y todos
los judíos, más que los famosos Porfiro, Celsa, Iamblique, Julián, Libanio y todos
los partidarios de la razón humana.
Entre los libros del cura Meslier se encontró un
manuscrito impreso del Tratado de Fenelon, arzobispo de Cambray, sobre la
existencia de Dios y sus atributos, y las reflexiones del jesuita Tournemine
sobre el ateísmo, a cuyo tratado añadió notas marginales firmadas por su mano
DECRETO
de la CONVENCIÓN NACIONAL sobre la proposición de
erigir una estatua al cura Jean Meslier, el 27 Brumario, en el año II. (17 de
noviembre de 1793). La Convención Nacional envía al Comité de Instrucción
Pública la propuesta hecha por uno de sus miembros de erigir una estatua a Jean
Meslier, coadjutor de Etrepigny, en Champagne, el primer sacerdote que tuvo el
coraje y la honestidad de abjurar de los errores religiosos.
PRESIDENTE Y SECRETARIOS.
FIRMADO: PA Laloy, presidente; Bazire, Charles
Duval, Philippeaux, Frecine y Merlin (de Thionville), Secretarios.
Certificado según el original.
MIEMBROS DE LA COMISIÓN DE DECRETOS Y
PROCESO-VERBAL.
FIRMADO: Batellier, Echasseriaux, Monnel, Becker,
Vernetey, P�rard, Vinet, Bouillerot, Auger, Cordier, Delecloy y Cosnard.
PREFACIO DEL AUTOR.
Cuando deseamos examinar con serenidad y serenidad
las opiniones de los hombres, nos sorprende mucho encontrar que en las que
consideramos más esenciales, nada es más raro que encontrarlas usando el
sentido común; es decir, la porción de juicio suficiente para conocer las
verdades más simples, rechazar los absurdos más sorprendentes y escandalizarse
ante las contradicciones palpables. Ejemplo de esto lo tenemos en la Teología,
ciencia venerada en todos los tiempos, en todos los países, por la mayor cantidad
de mortales; un objeto considerado el más importante, el más útil y el más
indispensable para la felicidad de la sociedad. Si se tomaran la molestia de
sondear los principios sobre los que se basa esta supuesta ciencia, se verían
obligados a admitir que los principios que se consideraban indiscutibles no son
más que suposiciones peligrosas, concebida en la ignorancia, propagada por el
entusiasmo o por la mala intención, adoptada por la tímida credulidad,
conservada por el hábito, que nunca razona, y reverenciada únicamente porque no
se la comprende. Algunos, dice Montaigne, hacen creer al mundo lo que ellos
mismos no creen; un mayor número de otros se hacen creer, sin comprender lo que
es creer. En una palabra, cualquiera que consulte el sentido común sobre las
opiniones religiosas, y lleve a este examen la atención dada a los objetos de
interés ordinario, percibirá fácilmente que estas opiniones no tienen un
fundamento sólido; que toda religión no es más que un castillo en el aire; que
la Teología no es sino ignorancia de las causas naturales reducida a un
sistema; que no es más que un largo tejido de quimeras y contradicciones; que
presenta a todas las diferentes naciones de la tierra sólo romances
desprovistos de probabilidad, de los cuales el héroe mismo está hecho de
cualidades imposibles de conciliar, teniendo su nombre el poder de suscitar en
todos los corazones respeto y temor, se encuentra que es sólo una palabra vaga,
que los hombres pronuncian continuamente, pudiendo atribuirle sólo aquellas ideas
o cualidades que los hechos desmienten, o que evidentemente se contradicen
entre sí. La noción de este ser imaginario, o más bien la palabra con la que lo
designamos, no tendría ninguna consecuencia si no causara estragos sin número
sobre la tierra. Nacidos de la opinión de que este fantasma es para ellos una
realidad muy interesante, los hombres, en lugar de concluir sabiamente de su
incomprensibilidad que están exentos de pensar en él, por el contrario,
concluyen que no pueden ocuparse lo suficiente de él, que deben meditarlo sin
cesar, razonar sin fin, y nunca perderlo de vista. La invencible ignorancia en
que se mantienen a este respecto, lejos de desanimarlos, no hace más que
excitar su curiosidad; en lugar de ponerlos en guardia contra su imaginación,
esta ignorancia los hace positivos, dogmáticos, imperiosos, y los hace pelear
con todos aquellos que oponen dudas a los ensueños que sus cerebros han
producido. ¡Qué perplejidad, cuando intentamos resolver un problema
irresoluble! Las meditaciones ansiosas sobre un objeto imposible de asir, y
que, sin embargo, se supone que es muy importante para él, sólo pueden poner al
hombre de mal humor y producir en su cerebro peligrosos transportes. Cuando el
interés, la vanidad y la ambición se unen a una disposición tan taciturna, la
sociedad necesariamente se turba. Por eso tantas naciones se han convertido a
menudo en teatros de extravagancias provocadas por visionarios sin sentido que,
publicando sus superficiales especulaciones sobre la verdad eterna, han encendido
el entusiasmo de príncipes y de pueblos, y los han preparado para opiniones que
consideraban esenciales. para gloria de la divinidad y felicidad de los
imperios. Hemos visto, mil veces, en todas partes de nuestro globo, fanáticos
enfurecidos matándose unos a otros, incendiando las piras funerarias,
cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes más
grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los
entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser
que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las
disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. publicando sus
superficiales especulaciones sobre la verdad eterna, han encendido el
entusiasmo de los príncipes y del pueblo, y los han preparado para las
opiniones que consideraban esenciales para la gloria de la divinidad y la
felicidad de los imperios. Hemos visto, mil veces, en todas partes de nuestro
globo, fanáticos enfurecidos matándose unos a otros, incendiando las piras
funerarias, cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes
más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los
entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser
que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las
disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. publicando sus
superficiales especulaciones sobre la verdad eterna, han encendido el
entusiasmo de los príncipes y del pueblo, y los han preparado para las
opiniones que consideraban esenciales para la gloria de la divinidad y la
felicidad de los imperios. Hemos visto, mil veces, en todas partes de nuestro
globo, fanáticos enfurecidos matándose unos a otros, incendiando las piras
funerarias, cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes
más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los
entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser
que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las
disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. y los han preparado para
las opiniones que representaron como esenciales para la gloria de la divinidad
y para la felicidad de los imperios. Hemos visto, mil veces, en todas partes de
nuestro globo, fanáticos enfurecidos matándose unos a otros, incendiando las
piras funerarias, cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los
crímenes más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes
conjeturas de los entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por
cuenta de un ser que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por
los estragos, las disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. y los
han preparado para las opiniones que representaron como esenciales para la
gloria de la divinidad y para la felicidad de los imperios. Hemos visto, mil
veces, en todas partes de nuestro globo, fanáticos enfurecidos matándose unos a
otros, incendiando las piras funerarias, cometiendo sin escrúpulos, como una
cuestión de deber, los crímenes más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las
impertinentes conjeturas de los entusiastas, o sancionar las picardías de los
impostores por cuenta de un ser que sólo existe en su imaginación, y que sólo
es conocido por los estragos, las disputas y las locuras que ha causado sobre
la tierra. cometiendo sin escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes
más grandes. ¿Por qué? Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los
entusiastas, o sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser
que sólo existe en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las
disputas y las locuras que ha causado sobre la tierra. cometiendo sin
escrúpulos, como una cuestión de deber, los crímenes más grandes. ¿Por qué?
Mantener o propagar las impertinentes conjeturas de los entusiastas, o
sancionar las picardías de los impostores por cuenta de un ser que sólo existe
en su imaginación, y que sólo es conocido por los estragos, las disputas y las
locuras que ha causado sobre la tierra.
Originariamente, naciones salvajes, feroces,
perpetuamente en guerra, adoraban, bajo diversos nombres, algún Dios conforme a
sus ideas; es decir, crueles, carnívoras, egoístas, ávidas de sangre.
Encontramos en todas las religiones de la tierra un Dios de los ejércitos, un
Dios celoso, un Dios vengador, un Dios exterminador, un Dios que disfruta con
la matanza y cuyos adoradores tienen el deber de servirle a su gusto. Le son
sacrificados corderos, toros, niños, hombres, herejes, infieles, reyes,
naciones enteras. Los celosos servidores de este Dios bárbaro llegan a creer
que están obligados a ofrecerse en sacrificio a él. Por todas partes vemos
fanáticos que, después de haber meditado tristemente en su Dios terrible,
imaginan que, para agradarle, deben hacerse todo el daño posible e infligirse,
en su honor, todos los tormentos imaginables. En una palabra, en todas partes
las nocivas ideas de la Divinidad, lejos de consolar a los hombres por las
desgracias inherentes a su existencia, han llenado el corazón de problemas y
engendrado locuras destructivas para ellos. ¿Cómo podría progresar la mente
humana, llena de espantosos fantasmas y guiada por hombres interesados en
perpetuar su ignorancia y su miedo? El hombre se vio obligado a vegetar en su
estupidez primitiva; fue preservado solo por poderes invisibles, de quienes se
suponía que dependía su destino. Ocupado únicamente de sus alarmas y de sus
ininteligibles ensoñaciones, estaba siempre a merced de sus sacerdotes, que se
reservaban el derecho de pensar por él y de regular su conducta. y dado a luz a
locuras destructivas para ellos. ¿Cómo podría progresar la mente humana, llena
de espantosos fantasmas y guiada por hombres interesados en perpetuar su
ignorancia y su miedo? El hombre se vio obligado a vegetar en su estupidez
primitiva; fue preservado solo por poderes invisibles, de quienes se suponía
que dependía su destino. Ocupado únicamente de sus alarmas y de sus
ininteligibles ensoñaciones, estaba siempre a merced de sus sacerdotes, que se
reservaban el derecho de pensar por él y de regular su conducta. y dado a luz a
locuras destructivas para ellos. ¿Cómo podría progresar la mente humana, llena
de espantosos fantasmas y guiada por hombres interesados en perpetuar su
ignorancia y su miedo? El hombre se vio obligado a vegetar en su estupidez
primitiva; fue preservado solo por poderes invisibles, de quienes se suponía
que dependía su destino. Ocupado únicamente de sus alarmas y de sus
ininteligibles ensoñaciones, estaba siempre a merced de sus sacerdotes, que se
reservaban el derecho de pensar por él y de regular su conducta.
Así, el hombre era, y siempre fue, un niño sin
experiencia, un esclavo sin coraje, un necio que temía a la razón, y que nunca
pudo escapar del laberinto en el que sus antepasados lo habían conducido; se
sintió obligado a gemir bajo el yugo de sus dioses, de los cuales no sabía nada
excepto los relatos fabulosos de sus ministros. Estos, después de haberlo
encadenado con los lazos de la opinión, han seguido siendo sus amos o lo han
entregado indefenso al poder absoluto de tiranos, no menos terribles que los
Dioses, de quienes eran representantes en la tierra. Oprimido por el doble yugo
del poder espiritual y temporal, al pueblo le era imposible instruirse y
trabajar por su propio bien. Así, la religión, la política y la moral se
convirtieron en santuarios en los que no se permitía la entrada a los profanos.
Los hombres no tenían otra moral que la que sus legisladores y sus sacerdotes
pretendían descender de desconocidas regiones empíreas. La mente humana,
perpleja por estas opiniones teológicas, se malinterpretó a sí misma, dudó de
sus propios poderes, desconfió de la experiencia, temió la verdad, desdeñó su
razón y la dejó ciegamente siguiendo a la autoridad. El hombre era una pura
máquina en manos de sus tiranos y de sus sacerdotes, los únicos que tenían derecho
a regular sus movimientos. Siempre tratado como esclavo, tuvo en todo tiempo y
en todo lugar vicios y disposiciones de esclavo. y lo dejó para seguir
ciegamente a la autoridad. El hombre era una pura máquina en manos de sus
tiranos y de sus sacerdotes, los únicos que tenían derecho a regular sus
movimientos. Siempre tratado como esclavo, tuvo en todo tiempo y en todo lugar
vicios y disposiciones de esclavo. y lo dejó para seguir ciegamente a la
autoridad. El hombre era una pura máquina en manos de sus tiranos y de sus
sacerdotes, los únicos que tenían derecho a regular sus movimientos. Siempre
tratado como esclavo, tuvo en todo tiempo y en todo lugar vicios y
disposiciones de esclavo.
Estas son las verdaderas fuentes de la corrupción
de los hábitos, a las que la religión nunca opone más que obstáculos ideales e
inútiles; la ignorancia y la servidumbre tienden a hacer a los hombres malvados
e infelices. Sólo la ciencia, la razón, la libertad, pueden reformarlos y
hacerlos más felices; pero todo conspira para cegarlos y confirmarlos en su
ceguera. Los sacerdotes los engañan, los tiranos los corrompen para someterlos
más fácilmente. La tiranía ha sido y será siempre la fuente principal de la
moral depravada y las calamidades habituales del pueblo. Éstos, fascinados casi
siempre por sus nociones religiosas o por ficciones metafísicas, en vez de
mirar a las causas naturales y visibles de sus miserias, atribuyen sus vicios a
las imperfecciones de su naturaleza, y sus desgracias a la ira de sus Dioses;
ofrecen al Cielo votos, sacrificios y presentes, para poner fin a sus
desgracias, que en realidad no se deben más que a la negligencia, a la
ignorancia y a la perversidad de sus guías, a la insensatez de sus
instituciones, a su costumbres tontas, a sus falsas opiniones, a sus leyes
irrazonables, y especialmente a su falta de iluminación. Deja que la mente se
llene temprano con ideas verdaderas; que se cultive la razón del hombre; que la
justicia lo gobierne; y no habrá necesidad de oponer a sus pasiones la barrera
impotente del temor de los dioses. Los hombres serán buenos cuando sean bien
instruidos, bien gobernados, castigados o censurados por el mal, y justamente
recompensados por el bien que hayan hecho a sus conciudadanos. Es vano
pretender curar a los mortales de sus vicios si no empezamos por curarlos de
sus prejuicios. Sólo mostrándoles la verdad podrán conocer sus mejores
intereses y los motivos reales que los llevarán a la felicidad. Los
instructores del pueblo tienen bastante tiempo fijos sus ojos en el cielo; que
al fin los traigan de vuelta a la tierra. Cansada de una teología
incomprensible, de fábulas ridículas, de misterios impenetrables, de ceremonias
pueriles, ocúpese la mente humana de cosas naturales, objetos inteligibles,
verdades sensibles y conocimientos útiles. Que se disipen las vanas quimeras
que asedian al pueblo, y muy pronto las opiniones racionales llenarán la mente
de los que se creían destinados a estar siempre en el error. Para aniquilar los
prejuicios religiosos bastaría con mostrar que lo que es inconcebible para el
hombre no puede serle de ninguna utilidad. ¿Se necesita, entonces, todo menos
simple sentido común para percibir que un ser más claramente irreconciliable
con las nociones de la humanidad, que una causa continuamente opuesta a los
efectos que se le atribuyen; que un ser del que no se puede decir una palabra
sin caer en contradicciones; que un ser que lejos de explicar los misterios del
universo, sólo los vuelve más inexplicables; que un ser a quien durante tantos
siglos los hombres se dirigieron tan vanamente para obtener su felicidad y
liberación de sus sufrimientos; ¿Se necesita, digo, más que el simple sentido
común para comprender que la idea de tal ser es una idea sin modelo, y que él
mismo evidentemente no es un ser razonable? ¿Se requiere algo más que sentido
común para sentir que hay al menos delirio y frenesí en odiarse y atormentarse
por opiniones ininteligibles de un ser de este tipo? Finalmente, ¿no prueba
todo esto que la moral y la virtud son totalmente incompatibles con la idea de
un Dios, cuyos ministros e intérpretes lo han pintado en todos los países como
el más fantástico, el más injusto y el más cruel de los tiranos, cuyos
pretendidos deseos han de servir de reglas y leyes para los habitantes de la
tierra? Para descubrir los verdaderos principios de la moralidad, los hombres
no necesitan teología, ni revelación, ni dioses; sólo necesitan sentido común;
sólo tienen que mirar dentro de sí mismos, reflexionar sobre su propia
naturaleza, consultar sus intereses evidentes, considerar el objeto de la
sociedad y de cada uno de los miembros que la componen, y comprenderán
fácilmente que la virtud es una ventaja, y que el vicio es un perjuicio para los
seres de su especie. Enseñemos a los hombres a ser justos, benévolos, moderados
y sociables, no porque sus dioses lo exijan, sino para agradar a los hombres;
digámosles que se abstengan del vicio y del crimen, no porque serán castigados
en otro mundo, sino porque sufrirán en el presente. Hay, dice Montesquieu,
medios para prevenir el crimen, son sufrimientos; para cambiar las costumbres,
estos son buenos ejemplos. La verdad es simple, el error es complicado,
incierto en su andar, lleno de rodeos; la voz de la naturaleza es inteligible,
la de la falsedad es ambigua, enigmática y misteriosa; el camino de la verdad
es recto, el de la impostura es oblicuo y oscuro; esta verdad, siempre
necesaria al hombre, es sentida por todas las mentes justas; las lecciones de
la razón son seguidas por todas las almas honestas; los hombres son infelices
sólo porque son ignorantes; son ignorantes sólo porque todo conspira para
impedirles ser ilustrados, y son malvados sólo porque su razón no está
suficientemente desarrollada.
SENTIDO COMÚN.
Detexit quo dolose Vaticinandi furore sacerdotes
mysteria, illis spe ignota, audactur publicant.—PETRON. SÁTIRO.
I.—APÓLOGO.
Hay un vasto imperio gobernado por un monarca, cuya
conducta sólo confunde las mentes de sus súbditos. Quiere ser conocido, amado,
respetado y obedecido, pero nunca se muestra; todo tiende a hacer inciertas las
nociones que somos capaces de formarnos sobre él. El pueblo sujeto a su poder
sólo tiene las ideas del carácter y las leyes de su soberano invisible que sus
ministros les dan; estos convienen, sin embargo, porque ellos mismos no tienen
idea de su amo, porque sus caminos son impenetrables, y sus puntos de vista y
sus cualidades son totalmente incomprensibles; además, sus ministros discrepan
entre sí respecto de las órdenes que pretenden emanar del soberano cuyos
órganos pretenden ser; las anuncian diversamente en cada provincia del imperio;
se desacreditan y se tratan como impostores y mentirosos; los decretos y
ordenanzas que promulgan son oscuros; son enigmas, hechos para no ser
entendidos o adivinados por los sujetos para cuya instrucción estaban
destinados. Las leyes del monarca invisible necesitan intérpretes, pero quienes
las explican siempre se pelean entre sí por la verdadera manera de entenderlas;
más que esto, no se ponen de acuerdo entre sí; todo lo que cuentan de su
príncipe oculto no es más que un tejido de contradicciones, apenas una sola
palabra que no se contradiga de inmediato. Se le llama supremamente bueno, sin
embargo no es una persona sino que se queja de sus decretos. Se supone que es
infinitamente sabio, y en su administración todo parece contrario a la razón y
al buen sentido. Se jactan de su justicia, y los mejores de sus súbditos son
generalmente los menos favorecidos. Estamos seguros de que él ve todo, sin
embargo, su presencia no remedia nada. Se dice que es amigo del orden, y todo
en su universo se encuentra en estado de confusión y desorden; todo es creado
por él, pero los eventos rara vez suceden de acuerdo con sus proyectos. Todo lo
prevé, pero su previsión no impide nada. Se impacienta si alguno le ofende; al
mismo tiempo pone a todos en el camino de ofenderlo. Su conocimiento se admira
en la perfección de sus obras, pero sus obras están llenas de imperfecciones y
de poca permanencia. Está continuamente ocupado creando y destruyendo, y luego
reparando lo que ha hecho, y nunca parece estar satisfecho con su trabajo. En
todas sus empresas no busca sino su propia gloria, pero no logra ser
glorificado. Trabaja pero por el bien de sus súbditos, y la mayoría de ellos
carecen de las necesidades de la vida. Aquellos a quienes parece favorecer, son
generalmente los que están menos satisfechos con su destino; los vemos a todos
rebelándose continuamente contra un maestro cuya grandeza admiran, cuya
sabiduría exaltan, cuya bondad adoran y cuya justicia temen, reverenciando
órdenes que nunca siguen. Este imperio es el mundo; su monarca es Dios; Sus
ministros son los sacerdotes; sus súbditos son hombres.
II.—¿QUÉ ES LA TEOLOGÍA?
Hay una ciencia que tiene por objeto sólo cosas
incomprensibles. A diferencia de todos los demás, se ocupa pero con cosas que
no se ven. Hobbes lo llama "el reino de las tinieblas". En esta
tierra todos obedecen leyes opuestas a las que los hombres reconocen en el
mundo que habitan. En esta maravillosa región la luz no es más que tinieblas,
la evidencia se vuelve dudosa o falsa, lo imposible se vuelve creíble, la razón
es una guía infiel y el sentido común se troca en delirio. Esta ciencia se llama
Teología, y esta Teología es un insulto continuo a la razón humana.
tercero
Mediante la repetición frecuente de si, pero y
quizás, logramos formar un sistema imperfecto y quebrado que deja perplejas las
mentes de los hombres hasta el punto de hacerles olvidar las nociones más
claras y tornar inciertas las verdades más palpables. Con la ayuda de este
disparate sistemático, toda la naturaleza se ha convertido en un enigma
inexplicable para el hombre; el mundo visible ha desaparecido para dar lugar a
regiones invisibles; la razón está obligada a ceder el lugar a la imaginación,
que sólo puede conducirnos al país de las quimeras que ella misma ha inventado.
IV.—EL HOMBRE NO NACIDO NI RELIGIOSO NI DEÍSTA.
All religious principles are founded upon the idea
of a God, but it is impossible for men to have true ideas of a being who does
not act upon any one of their senses. All our ideas are but pictures of objects
which strike us. What can the idea of God represent to us when it is evidently
an idea without an object? Is not such an idea as impossible as an effect
without a cause? An idea without a prototype, is it anything but a chimera?
Some theologians, however, assure us that the idea of God is innate, or that
men have this idea from the time of their birth. Every principle is a judgment;
all judgment is the effect of experience; experience is not acquired but by the
exercise of the senses: from which it follows that religious principles are
drawn from nothing, and are not innate.
V.—IT IS NOT NECESSARY TO BELIEVE IN A GOD, AND
THE MOST REASONABLE THING IS NOT TO THINK OF HIM.
No religious system can be founded otherwise than
upon the nature of God and of men, and upon the relations they bear to each
other. But, in order to judge of the reality of these relations, we must have
some idea of the Divine nature. But everybody tells us that the essence of God
is incomprehensible to man; at the same time they do not hesitate to assign
attributes to this incomprehensible God, and assure us that man can not
dispense with a knowledge of this God so impossible to conceive of. The most important
thing for men is that which is the most impossible for them to comprehend. If
God is incomprehensible to man, it would seem rational never to think of Him at
all; but religion concludes that man is criminal if he ceases for a moment to
revere Him.
VI.—RELIGION IS FOUNDED UPON CREDULITY.
We are told that Divine qualities are not of a
nature to be grasped by limited minds. The natural consequence of this
principle ought to be that the Divine qualities are not made to employ limited
minds; but religion assures us that limited minds should never lose sight of
this inconceivable being, whose qualities can not be grasped by them: from
which we see that religion is the art of occupying limited minds with that
which is impossible for them to comprehend.
VII.—EVERY RELIGION IS AN ABSURDITY.
Religion unites man with God or puts them in
communication; but do you say that God is infinite? If God is infinite, no
finite being can have communication or any relation with Him. Where there are
no relations, there can be no union, no correspondence, no duties. If there are
no duties between man and his God, there exists no religion for man. Thus by
saying that God is infinite, you annihilate, from that moment, all religion for
man, who is a finite being. The idea of infinity is for us in idea without model,
without prototype, without object.
VIII.—THE NOTION OF GOD IS IMPOSSIBLE.
If God is an infinite being, there can be neither
in the actual world or in another any proportion between man and his God; thus
the idea of God will never enter the human mind. In the supposition of a life
where men will be more enlightened than in this one, the infinity of God will
always place such a distance between his idea and the limited mind of man, that
he will not be able to conceive of God any more in a future life than in the
present. Hence, it evidently follows that the idea of God will not be better
suited to man in the other life than in the present. God is not made for man;
it follows also that intelligences superior to man—such as angels,
archangels, seraphims, and saints—can have no more complete notions of God
than has man, who does not understand anything about Him here below.
IX.—ORIGIN OF SUPERSTITION.
¿Cómo es que hemos logrado persuadir a los seres
razonables de que lo más imposible de comprender era lo más esencial para
ellos? Es porque estaban muy asustados; es que cuando los hombres se mantienen
en el miedo dejan de razonar; es porque se les ha ordenado expresamente
desconfiar de su razón. Cuando el cerebro está perturbado, creemos todo y no
examinamos nada.
X.—ORIGEN DE TODA RELIGIÓN.
La ignorancia y el miedo son los dos ejes de toda
religión. La incertidumbre que acompaña a la relación del hombre con su Dios es
precisamente el motivo que lo une a su religión. El hombre tiene miedo cuando
está en la oscuridad, física o moral. Su miedo le es habitual y se convierte en
una necesidad; creería que le falta algo si no tuviera nada que temer.
XI.—EN NOMBRE DE LA RELIGIÓN LOS CHARLATANS SE
APROVECHAN DE LA DEBILIDAD DE LOS HOMBRES.
El que desde niño ha tenido la costumbre de temblar
cada vez que oía ciertas palabras, necesita estas palabras, y necesita temblar.
De esta manera, está más dispuesto a escuchar a quien alienta sus miedos que a
quien quiere disipar sus miedos. El hombre supersticioso quiere tener miedo; su
imaginación lo exige. Parece que nada teme más que no tener ningún objeto que
temer. Los hombres son pacientes imaginarios, a quienes los charlatanes
interesados se preocupan de alentar en su debilidad, a fin de tener un
mercado para sus remedios. Se escucha más a los médicos que ordenan un gran
número de remedios que a los que recomiendan un buen régimen, y que dejan
actuar a la naturaleza.
XII.— LA RELIGIÓN ENGAÑA A LA IGNORANCIA CON LA
AYUDA DE LO MARAVILLOSO.
Si la religión fuera clara, tendría menos
atractivos para los ignorantes. Necesitan oscuridad, misterios, fábulas,
milagros, cosas increíbles, que mantengan sus cerebros perpetuamente en
funcionamiento. Los romances, las historias ociosas, los cuentos de fantasmas y
brujas, tienen más encantos para el vulgo que las narraciones verdaderas.
XIII.—CONTINUACIÓN.
En materia de religión, los hombres no son más que
niños demasiado grandes. Cuanto más absurda es una religión, y más llena de
maravillas, más poder ejerce; el devoto se cree obligado a no poner límites a
su credulidad; cuanto más inconcebibles son las cosas, más divinas le parecen;
cuanto más increíbles son, más mérito se da a sí mismo por creerlas.
XIV.—NUNCA HABÍA EXISTIDO NINGUNA RELIGIÓN SI NUNCA
HABÍA EXISTIDO UNA EDAD OSCURA Y BÁRBARA.
El origen de las opiniones religiosas data, por lo
general, de la época en que las naciones salvajes estaban todavía en un estado
de infancia. A los hombres groseros, ignorantes y estúpidos se dirigieron en
todas las épocas los fundadores de la religión, para presentarles Dioses,
ceremonias, historias de Divinidades fabulosas, fábulas maravillosas y
terribles. Estas quimeras, adoptadas sin examen por los padres, han sido
transmitidas con más o menos cambios a sus pulidos hijos, que muchas veces no
razonan más que sus padres.
XV.—TODA RELIGIÓN NACIÓ DEL DESEO DE DOMINAR.
Los primeros legisladores de las naciones tenían
por objeto dominar. El medio más fácil de lograrlo era asustar al pueblo e
impedirle razonar; los condujeron por caminos tortuosos para que no percibiesen
los designios de sus guías; los obligaron a mirar al aire, por temor a que
miraran a sus pies; los divertían en el camino con historias; en una palabra,
los trataban como nodrizas, que emplean canciones y amenazas para dormir a los
niños o para obligarlos a estar quietos.
XVI.—LO QUE SIRVE DE BASE A TODA RELIGIÓN ES MUY
INCIERTO.
The existence of a God is the basis of all
religion. Few people seem to doubt this existence, but this fundamental
principle is precisely the one which prevents every mind from reasoning. The
first question of every catechism was, and will always be, the most difficult
one to answer.
XVII.—IT IS IMPOSSIBLE TO BE CONVINCED OF THE
EXISTENCE OF GOD.
Can one honestly say that he is convinced of the
existence of a being whose nature is not known, who remains inaccessible to all
our senses, and of whose qualities we are constantly assured that they are
incomprehensible to us? In order to persuade me that a being exists, or can
exist, he must begin by telling me what this being is; in order to make me
believe the existence or the possibility of such a being, he must tell me
things about him which are not contradictory, and which do not destroy one another;
finally, in order to convince me fully of the existence of this being, he must
tell me things about him which I can comprehend, and prove to me that it is
impossible that the being to whom he attributes these qualities does not exist.
XVIII.—CONTINUATION.
A thing is impossible when it is composed of two
ideas so antagonistic, that we can not think of them at the same time. Evidence
can be relied on only when confirmed by the constant testimony of our senses,
which alone give birth to ideas, and enable us to judge of their conformity or
of their incompatibility. That which exists necessarily, is that of which the
non-existence would imply contradiction. These principles, universally
recognized, are at fault when the question of the existence of God is
considered; what has been said of Him is either unintelligible or perfectly
contradictory; and for this reason must appear impossible to every man of
common sense.
XIX.—THE EXISTENCE OF GOD IS NOT PROVED.
All human intelligences are more or less
enlightened and cultivated. By what fatality is it that the science of God has
never been explained? The most civilized nations and the most profound thinkers
are of the same opinion in regard to the matter as the most barbarous nations
and the most ignorant and rustic people. As we examine the subject more
closely, we will find that the science of divinity by means of reveries and
subtleties has but obscured it more and more. Thus far, all religion has been
founded on what is called in logic, a "begging of the question;" it
supposes freely, and then proves, finally, by the suppositions it has made.
XX.—TO SAY THAT GOD IS A SPIRIT, IS TO SPEAK
WITHOUT SAYING ANYTHING AT ALL.
By metaphysics, God is made a pure spirit, but has
modern theology advanced one step further than the theology of the barbarians?
They recognized a grand spirit as master of the world. The barbarians, like all
ignorant men, attribute to spirits all the effects of which their inexperience
prevents them from discovering the true causes. Ask a barbarian what causes
your watch to move, he will answer, "a spirit!" Ask our philosophers
what moves the universe, they will tell you "it is a spirit."
XXI.—SPIRITUALITY IS A CHIMERA.
El bárbaro, cuando habla de un espíritu, atribuye
al menos algún sentido a esta palabra; entiende por ella un agente semejante al
viento, al aire agitado, al soplo, que produce, invisiblemente, efectos que
percibimos. Al sutilizar, el teólogo moderno se vuelve tan poco inteligible
para sí mismo como para los demás. Pregúntele qué quiere decir con un espíritu.
Él responderá que es una sustancia desconocida, que es perfectamente simple,
que no tiene nada tangible, nada en común con la materia. De buena fe, ¿hay
algún mortal que pueda formarse la menor idea de tal sustancia? Un espíritu en
el lenguaje de la teología moderna no es más que una ausencia de ideas. La idea
de espiritualidad es otra idea sin modelo.
XXII.—TODO LO QUE EXISTE SALE DEL SENO DE LA
MATERIA.
¿No es más natural y más inteligible deducir todo
lo que existe, del seno de la materia, cuya existencia es demostrada por todos
nuestros sentidos, cuyos efectos sentimos a cada momento, que vemos actuar,
moverse, comunicarse, moverse y constantemente dar existencia a los seres
vivos, que atribuir la formación de las cosas a una fuerza desconocida, a un
ser espiritual, que no puede sacar de su suelo lo que él mismo no tiene, y que,
por la esencia espiritual que se le atribuye, es incapaz de hacer algo y de poner
algo en movimiento? Nada es más claro que que nos quieran hacer creer que un
espíritu intangible puede actuar sobre la materia.
XXIII.—¿QUÉ ES EL DIOS METAFÍSICO DE LA TEOLOGÍA
MODERNA?
El Júpiter material de los antiguos podía mover,
edificar, destruir y propagar seres semejantes a él; pero el Dios de la
teología moderna es un ser estéril. De acuerdo con su supuesta naturaleza, no
puede ocupar ningún lugar, ni mover la materia, ni producir un mundo visible,
ni propagar ni a los hombres ni a los Dioses. El Dios metafísico es un obrero
sin manos; sólo puede producir nubes, sospechas, ensoñaciones, locuras y
peleas.
XXIV.— SERIA MAS RACIONAL ADORAR AL SOL QUE A UN
DIOS ESPIRITUAL.
Siendo necesario que los hombres tuvieran un Dios,
¿por qué no tuvieron el sol, el Dios visible, adorado por tantas naciones? Qué
ser tenía más derecho al homenaje de los mortales que la estrella del día, que
da luz y calor; que vigoriza a todos los seres; cuya presencia reanima y
rejuvenece la naturaleza; cuya ausencia parece hundirla en la tristeza y la
languidez? Si algún ser concedió a los hombres poder, actividad, benevolencia,
fuerza, fue sin duda el sol, que debe ser reconocido como el padre de la naturaleza,
como el alma del mundo, como la Divinidad. Al menos uno no podría sin locura
disputar su existencia, o negarse a reconocer su influencia y sus beneficios.
XXV.— UN DIOS ESPIRITUAL ES INCAPAZ DE QUERER Y
DE ACTUAR.
El teólogo nos dice que Dios no necesita manos ni
brazos para actuar, y que actúa sólo por su voluntad. Pero, ¿qué es este Dios
que tiene voluntad? ¿Y cuál puede ser el sujeto de esta voluntad divina? ¿Es
más ridículo o más difícil creer en las hadas, en las sílfides, en los
fantasmas, en las brujas, en los hombres lobo, que creer en la acción mágica o
imposible del espíritu sobre el cuerpo? Tan pronto como admitimos a tal Dios,
ya no hay fábulas o visiones que no se puedan creer. Los teólogos tratan a los hombres
como niños, que nunca cavilan sobre las posibilidades de los cuentos que
escuchan.
XXVI.—¿QUÉ ES DIOS?
Para desestabilizar la existencia de un Dios, basta
con pedirle a un teólogo que hable de Él; en cuanto pronuncia una palabra
acerca de Él, la menor reflexión nos hace descubrir de inmediato que lo que
dice es incompatible con la esencia que atribuye a su Dios. Por lo tanto, ¿qué
es Dios? Es una palabra abstracta, acuñada para designar las fuerzas ocultas de
la naturaleza; o bien, es un punto matemático, que no tiene ni largo, ni ancho,
ni espesor. Un filósofo [David Hume] ha dicho muy ingeniosamente hablando de
los teólogos, que han encontrado la solución al famoso problema de Arquímedes;
un punto en los cielos desde donde mueven el mundo.
XXVII.—CONTRADICCIONES NOTABLES DE LA TEOLOGÍA.
La religión pone de rodillas a los hombres ante un
ser sin extensión, y que, sin embargo, es infinito, y llena todo el espacio con
su inmensidad; ante un ser todopoderoso, que nunca ejecuta lo que desea; ante
un ser supremamente bueno, y que sólo causa desagrado; ante un ser, el amigo
del orden, y en cuyo gobierno todo es desorden. Después de todo esto,
conjeturemos cuál es ese Dios de la teología.
XXVIII.—ADORAR A DIOS ES ADORAR UNA FICCIÓN.
Para evitar toda vergüenza, nos dicen que no es
necesario saber qué es Dios; que debemos adorar sin saber; que no nos está
permitido volver una mirada de temeridad sobre sus atributos. Pero si debemos
adorar a un Dios sin conocerlo, ¿no deberíamos estar seguros de que existe?
Además, ¿cómo estar seguro de que Él existe sin haber examinado si es posible
que las diversas cualidades que se le atribuyen, se encuentren en Él? En
verdad, adorar a Dios no es adorar más que ficciones del propio cerebro, o
mejor dicho, no es adorar nada.
XXIX.—LA INFINIDAD DE DIOS Y LA IMPOSIBILIDAD DE
CONOCER LA ESENCIA DIVINA, OCASIONA Y JUSTIFICA EL ATEISMO.
Sin duda cuanto más para confundir las cosas, los
teólogos han optado por no decir nada acerca de cuál es su Dios; nos dicen lo
que Él no es. Por negaciones y abstracciones se imaginan a sí mismos
componiendo un ser real y perfecto, mientras que de él no puede resultar sino
un ser de razón humana. Un espíritu no tiene cuerpo; un ser infinito es un ser
que no es finito; un ser perfecto es un ser que no es imperfecto. ¿Puede
alguien formarse nociones reales de tal multitud de deficiencias o ausencia de
ideas? Lo que excluye toda idea, ¿puede ser otra cosa que la nada? Pretender
que los atributos divinos están más allá de la comprensión de la mente humana
es hacer que Dios no sea apto para los hombres. Si estamos seguros de que Dios
es infinito, admitimos que no puede haber nada en común entre Él y sus
criaturas. Decir que Dios es infinito, es destruirlo por los hombres,
God, we are told, created men intelligent, but He
did not create them omniscient: that is to say, capable of knowing all things.
We conclude that He was not able to endow him with intelligence sufficient to
understand the divine essence. In this case it is demonstrated that God has
neither the power nor the wish to be known by men. By what right could this God
become angry with beings whose own essence makes it impossible to have any idea
of the divine essence? God would evidently be the most unjust and the most
unaccountable of tyrants if He should punish an atheist for not knowing that
which his nature made it impossible for him to know.
XXX.—IT IS NEITHER LESS NOR MORE CRIMINAL TO
BELIEVE IN GOD THAN NOT TO BELIEVE IN HIM.
Para la generalidad de los hombres, nada hace que
un argumento sea más convincente que el miedo. En consecuencia de este hecho,
los teólogos nos dicen que se debe tomar el lado más seguro; que nada hay más
criminal que la incredulidad; que Dios castigará sin piedad a todos aquellos
que tengan la temeridad de dudar de su existencia; que su severidad es justa;
ya que sólo la locura o la perversidad cuestionan la existencia de un monarca
enojado que se venga cruelmente de los ateos. Si examinamos estas amenazas con
calma, encontraremos que asumen siempre la cosa en cuestión. Deben comenzar por
probar a nuestra satisfacción la existencia de un Dios, antes de decirnos que
es más seguro creer, y que es horrible dudarlo o negarlo. Luego deben probar
que es posible que un Dios justo castigue cruelmente a los hombres por haber
estado en un estado de locura, lo que les impedía creer en la existencia de un
ser que su razón iluminada no podía comprender. En una palabra, deben probar
que un Dios que se dice lleno de equidad, podría castigar sin medida la
invencible y necesaria ignorancia del hombre, causada por su relación con la
esencia divina. ¿No es muy singular el modo de razonar de los teólogos? Crean
fantasmas, los llenan de contradicciones y finalmente nos aseguran que el
camino más seguro es no dudar de la existencia de esos fantasmas, que ellos
mismos han inventado. Siguiendo este método, no hay absurdo que no sea más
seguro creer que no creer. podría castigar sin medida la invencible y necesaria
ignorancia del hombre, causada por su relación con la esencia divina. ¿No es
muy singular el modo de razonar de los teólogos? Crean fantasmas, los llenan de
contradicciones y finalmente nos aseguran que el camino más seguro es no dudar
de la existencia de esos fantasmas, que ellos mismos han inventado. Siguiendo
este método, no hay absurdo que no sea más seguro creer que no creer. podría
castigar sin medida la invencible y necesaria ignorancia del hombre, causada
por su relación con la esencia divina. ¿No es muy singular el modo de razonar
de los teólogos? Crean fantasmas, los llenan de contradicciones y finalmente
nos aseguran que el camino más seguro es no dudar de la existencia de esos
fantasmas, que ellos mismos han inventado. Siguiendo este método, no hay
absurdo que no sea más seguro creer que no creer.
Todos los niños son ateos, no tienen idea de Dios;
¿Son, entonces, criminales a causa de esta ignorancia? ¿A qué edad empiezan a
verse obligados a creer en Dios? Es, dices, en la edad de la razón. ¿A qué hora
comienza esta edad? Además, si los teólogos más profundos se pierden en la
esencia divina, que se jactan de no comprender, ¿qué ideas puede tener la gente
común? ¿Mujeres, mecánicos y, en fin, los que componen la masa del género
humano?
XXXI.—LA CREENCIA EN DIOS NO ES SOLO UN HÁBITO
MECÁNICO DE LA INFANCIA.
Los hombres creen en Dios sólo por la palabra de
aquellos que no tienen más idea de Él que ellos mismos. Nuestras enfermeras son
nuestras primeras teólogas; hablan a los hijos de Dios como les hablan de los
hombres lobo; les enseñan desde la más tierna edad a unir las manos
mecánicamente. ¿Tienen las nodrizas nociones de Dios más claras que los niños,
a quienes obligan a rezarle?
XXXII.—ES UN PREJUICIO QUE SE HA DADO DEL PADRE A
LOS HIJOS.
La religión se transmite de padres a hijos como
propiedad de una familia con las cargas. Muy pocas personas en el mundo
tendrían un Dios si no se hubiera cuidado de dárselo. Cada uno recibe de sus
padres y de sus instructores el Dios que ellos mismos han recibido de los
suyos; sólo que, según su propio temperamento, cada uno lo arregla, modifica y
pinta agradablemente a su gusto.
XXXIII.—ORIGEN DE LOS PREJUICIOS.
El cerebro del hombre es, sobre todo en la
infancia, como una cera blanda, lista para recibir todas las impresiones que
queramos hacerle; la educación le proporciona casi todas sus opiniones, en un
período en que es incapaz de juzgar por sí mismo. Creemos que las ideas,
verdaderas o falsas, que a una tierna edad nos fueron forzadas a la cabeza, las
recibimos de la naturaleza al nacer; y esta persuasión es una de las mayores
fuentes de nuestros errores.
XXXIV.—CÓMO ECHAN RAÍCES Y SE PROPAGAN.
El prejuicio tiende a confirmar en nosotros las
opiniones de quienes están encargados de nuestra instrucción. Los creemos más
hábiles que nosotros; suponemos que están completamente convencidos de las
cosas que nos enseñan. Tenemos la mayor confianza en ellos. Después del cuidado
que han tenido de nosotros cuando no podíamos ayudarnos, los juzgamos incapaces
de engañarnos. Estos son los motivos que nos hacen adoptar mil errores sin otro
fundamento que la palabra peligrosa de quienes nos han educado; incluso el
hecho de que se nos prohíba razonar sobre lo que nos dicen no disminuye nuestra
confianza, sino que contribuye a menudo a aumentar nuestro respeto por sus
opiniones.
XXXV.— LOS HOMBRES NUNCA HABRÃAN CREIDO EN LOS
PRINCIPIOS DE LA TEOLOGÃ A MODERNA SI NO HABIERAN SIDO ENSEÑADOS EN UNA EDAD EN
LA QUE ERAN INCAPAZ DE RAZONAR.
Los instructores de la raza humana actúan con mucha
prudencia al enseñar a los hombres sus principios religiosos antes de que
puedan distinguir lo verdadero de lo falso, o la mano izquierda de la derecha.
Sería tan difícil domar el espíritu de un hombre de cuarenta años con las
extravagantes nociones que se nos dan de la Divinidad, como desterrar estas
nociones de la cabeza de un hombre que las ha embebido desde su más tierna
infancia.
XXXVI.— LAS MARAVILLAS DE LA NATURALEZA NO
PRUEBAN LA EXISTENCIA DE DIOS.
Estamos seguros de que las maravillas de la
naturaleza son suficientes para creer en la existencia de un Dios y para
convencernos plenamente de esta importante verdad. Pero ¿cuántas personas hay
en este mundo que tienen el ocio, la capacidad, el gusto necesario para
contemplar la naturaleza y meditar sobre su progreso? La mayoría de los hombres
no le prestan atención. Un campesino no se conmueve en absoluto por la belleza
del sol, que ve todos los días. Al marinero no le sorprenden los movimientos
regulares del océano; no sacará de ellos inducciones teológicas. Los fenómenos
de la naturaleza no prueban la existencia de un Dios, excepto a unos pocos
hombres prevenidos, a los que se les ha mostrado de antemano el dedo de Dios en
todos los objetos cuyo mecanismo podría avergonzarlos. El filósofo sin
prejuicios no ve nada en las maravillas de la naturaleza sino leyes permanentes
e invariables;
XXXVII.— LAS MARAVILLAS DE LA NATURALEZA SE
EXPLICAN POR CAUSAS NATURALES.
¿Hay algo más sorprendente que la lógica de tantos
médicos profundos que, en lugar de reconocer la poca luz que tienen sobre los
agentes naturales, buscan fuera de la naturaleza, es decir, en regiones
imaginarias, un agente menos comprendido que este? naturaleza, de la que al
menos pueden formarse alguna idea? Decir que Dios es el autor de los fenómenos
que vemos, ¿no es atribuirlos a una causa oculta? ¿Qué es Dios? ¿Qué es un
espíritu? Son causas de las que no tenemos idea. ¡Sabios! estudia la naturaleza
y sus leyes; y cuando podáis desentrañar de ellas la acción de las causas
naturales, no vayáis en busca de las causas sobrenaturales, que lejos de
esclarecer vuestras ideas, no harán más que enredarlas cada vez más y haceros
imposible comprenderos a vosotros mismos.
XXXVIII—CONTINUACIÓN.
La naturaleza, dices, es totalmente inexplicable
sin un Dios; es decir, para explicar lo que tan poco comprendes, necesitas una
causa que no comprendes en absoluto. Pretendes aclarar lo oscuro, magnificando
su oscuridad. Crees que has desatado un nudo multiplicando nudos. Filósofos
entusiastas, para probarnos la existencia de un Dios, copiáis tratados
completos de botánica; entras en detalles minuciosos de las partes del cuerpo
humano; asciendes por los aires para contemplar las revoluciones de las estrellas;
vuelves entonces a tierra para admirar el curso de las aguas; voláis en éxtasis
sobre mariposas, insectos, pólipos, átomos organizados, en los que pensáis
encontrar la grandeza de vuestro Dios; todas estas cosas no probarán la
existencia de este Dios; sólo probarán que no tienes las ideas que deberías
tener de la inmensa variedad de causas y efectos que pueden producir las
combinaciones infinitamente diversas, de las cuales el universo es el conjunto.
Esto probará que ignoras a la naturaleza, que no tienes idea de sus recursos
cuando la juzgas incapaz de producir una multitud de formas y seres, de los
cuales tus ojos, incluso con la ayuda del microscopio, ven sólo la mínima
parte; esto probará, finalmente, que no pudiendo conocer los agentes sensibles
y comprensibles, os resulta más fácil recurrir a una palabra, por la que
designáis un agente, del cual os será siempre imposible formaros una idea
verdadera. . Esto probará que ignoras a la naturaleza, que no tienes idea de
sus recursos cuando la juzgas incapaz de producir una multitud de formas y
seres, de los cuales tus ojos, incluso con la ayuda del microscopio, ven sólo
la mínima parte; esto probará, finalmente, que no pudiendo conocer los agentes
sensibles y comprensibles, os resulta más fácil recurrir a una palabra, por la
que designáis un agente, del cual os será siempre imposible formaros una idea
verdadera. . Esto probará que ignoras a la naturaleza, que no tienes idea de
sus recursos cuando la juzgas incapaz de producir una multitud de formas y seres,
de los cuales tus ojos, incluso con la ayuda del microscopio, ven sólo la
mínima parte; esto probará, finalmente, que no pudiendo conocer los agentes
sensibles y comprensibles, os resulta más fácil recurrir a una palabra, por la
que designáis un agente, del cual os será siempre imposible formaros una idea
verdadera. .
XXXIX.—EL MUNDO NO HA SIDO CREADO, Y LA MATERIA SE
MUEVE POR SÍ MISMA.
Nos dicen gravemente que no hay efecto sin causa;
nos repiten muy a menudo que el mundo no se creó a sí mismo. Pero el universo
es una causa, no un efecto; no es una obra, no se ha hecho, porque era
imposible que se hiciera. El mundo siempre ha sido, su existencia es necesaria.
Es la causa de sí mismo. La naturaleza, cuya esencia es visiblemente actuando y
produciendo, para cumplir sus funciones, como vemos, no necesita ningún motor
invisible mucho más desconocido que ella misma. La materia se mueve por su propia
energía, por el resultado necesario de su heterogeneidad; la diversidad de sus
movimientos o de sus modos de actuar, constituyen sólo la diversidad de las
sustancias; distinguimos un ser de otro sino por la diversidad de las
impresiones o movimientos que comunican a nuestros órganos.
XL.—CONTINUACIÓN.
¡Ves que todo en la naturaleza está en estado de
actividad, y finges que la naturaleza en sí misma está muerta y sin energía!
¡Crees que todo esto, actuando por sí mismo, necesita un motor! ¡Bien! quien es
este motor Es un espíritu, es decir, un ser absolutamente incomprensible y
contradictorio. Concluid pues, os digo, que la materia actúa por sí misma, y
cesad de razonar sobre vuestro motor espiritual, que nada tiene que sea
necesario para ponerlo en movimiento. Vuelve de tus inútiles excursiones; bajar
de un mundo imaginario a uno real; apoderarse de las causas segundas; dejad a
los teólogos su "Primera Causa", de la que la naturaleza no tiene
necesidad para producir todos los efectos que veis.
XLI.- OTRAS PRUEBAS DE QUE EL MOVIMIENTO ES EN LA
ESENCIA DE LA MATERIA, Y QUE NO ES NECESARIO SUPONER UN MOTOR ESPIRITUAL.
No es sino por la diversidad de impresiones o de
efectos que las sustancias o los cuerpos hacen sobre nosotros, que los
sentimos, que tenemos percepciones e ideas de ellos, que los distinguimos unos
de otros, que les asignamos peculiaridades. Además, para percibir o sentir un
objeto, este objeto debe actuar sobre nuestros órganos; este objeto no puede
actuar sobre nosotros sin excitar en nosotros algún movimiento; no puede
producir ningún movimiento en nosotros si ella misma no está en movimiento. Tan
pronto como veo un objeto, mis ojos deben ser impactados por él; No puedo
concebir la luz y la visión sin un movimiento en el cuerpo luminoso, extenso y
coloreado que se comunica a mi ojo, o que actúa sobre mi retina. Tan pronto
como huelo un cuerpo, mi nervio olfativo debe ser irritado o puesto en
movimiento por las partes exhaladas de un cuerpo oloroso. Tan pronto como
escucho un sonido, el tímpano de mi oído debe ser golpeado por el aire puesto
en movimiento por un cuerpo sonoro, que no podría actuar si no se moviera por
sí mismo. De lo cual se sigue, evidentemente, que sin movimiento no puedo
sentir, ver, distinguir, comparar, ni juzgar el cuerpo, ni siquiera ocupar mi
pensamiento con cualquier asunto. Se dice en las escuelas, que la esencia de un
ser es aquello de donde fluyen todas las propiedades de ese ser. Ahora bien, es
evidente que todas las propiedades de los cuerpos o de las sustancias de que
tenemos ideas, se deben al movimiento que es el único que nos informa de su
existencia y nos da las primeras concepciones de ella. No puedo estar informado
o seguro de mi propia existencia sino por los movimientos que experimento
dentro de mí mismo. Me veo obligado a concluir que el movimiento es tan
esencial para la materia como su extensión, y que no puede concebirse sin ella.
Si uno persiste en cavilar sobre las evidencias que nos prueban que el
movimiento es una propiedad esencial de la materia, debe por lo menos reconocer
que las sustancias que parecían muertas o desprovistas de toda energía, toman
movimiento por sí mismas tan pronto como son llevadas dentro de las condiciones
apropiadas. distancia para actuar unos sobre otros. Pyrophorus, cuando está
encerrado en una botella o privado del contacto con el aire, no puede
encenderse por sí mismo, pero arde tan pronto como se expone al aire. La harina
y el agua provocan la fermentación tan pronto como se mezclan. Así, las
sustancias muertas engendran movimiento por sí mismas. La materia tiene
entonces el poder de moverse por sí misma, y la naturaleza, para actuar, no
necesita un motor cuya esencia impediría su actividad. Si uno persiste en
cavilar sobre las evidencias que nos prueban que el movimiento es una propiedad
esencial de la materia, debe por lo menos reconocer que las sustancias que
parecían muertas o desprovistas de toda energía, toman movimiento por sí mismas
tan pronto como son llevadas dentro de las condiciones apropiadas. distancia
para actuar unos sobre otros. Pyrophorus, cuando está encerrado en una botella
o privado del contacto con el aire, no puede encenderse por sí mismo, pero arde
tan pronto como se expone al aire. La harina y el agua provocan la fermentación
tan pronto como se mezclan. Así, las sustancias muertas engendran movimiento
por sí mismas. La materia tiene entonces el poder de moverse por sí misma, y
la naturaleza, para actuar, no necesita un motor cuya esencia impediría su
actividad. Si uno persiste en cavilar sobre las evidencias que nos prueban que
el movimiento es una propiedad esencial de la materia, debe por lo menos
reconocer que las sustancias que parecían muertas o desprovistas de toda
energía, toman movimiento por sí mismas tan pronto como son llevadas dentro de
las condiciones apropiadas. distancia para actuar unos sobre otros. Pyrophorus,
cuando está encerrado en una botella o privado del contacto con el aire, no
puede encenderse por sí mismo, pero arde tan pronto como se expone al aire. La
harina y el agua provocan la fermentación tan pronto como se mezclan. Así, las
sustancias muertas engendran movimiento por sí mismas. La materia tiene
entonces el poder de moverse por sí misma, y la naturaleza, para actuar, no
necesita un motor cuya esencia impediría su actividad. toman un movimiento por
sí mismos tan pronto como son llevados a la distancia adecuada para actuar unos
sobre otros. Pyrophorus, cuando está encerrado en una botella o privado del
contacto con el aire, no puede encenderse por sí mismo, pero arde tan pronto
como se expone al aire. La harina y el agua provocan la fermentación tan pronto
como se mezclan. Así, las sustancias muertas engendran movimiento por sí
mismas. La materia tiene entonces el poder de moverse por sí misma, y la
naturaleza, para actuar, no necesita un motor cuya esencia impediría su
actividad. toman un movimiento por sí mismos tan pronto como son llevados a la
distancia adecuada para actuar unos sobre otros. Pyrophorus, cuando está
encerrado en una botella o privado del contacto con el aire, no puede
encenderse por sí mismo, pero arde tan pronto como se expone al aire. La harina
y el agua provocan la fermentación tan pronto como se mezclan. Así, las
sustancias muertas engendran movimiento por sí mismas. La materia tiene
entonces el poder de moverse por sí misma, y la naturaleza, para actuar, no
necesita un motor cuya esencia impediría su actividad.
XLII.— LA EXISTENCIA DEL HOMBRE NO PRUEBA LA DE
DIOS.
¿De dónde viene el hombre? ¿Cuál es su origen? ¿Es
el resultado del encuentro fortuito de los átomos? ¿Se formó el primer hombre
del polvo de la tierra? ¡No lo sé! El hombre me parece una producción de la
naturaleza como todos los demás que ella abraza. Tanto me avergonzaría deciros
de dónde salieron las primeras piedras, los primeros árboles, los primeros
elefantes, las primeras hormigas, las primeras bellotas, como explicaros el
origen de la especie humana. Reconocer, se nos dice, la mano de Dios, de un obrero
infinitamente inteligente y poderoso, en una obra tan maravillosa como la
máquina humana. Admitiría sin dudar que la máquina humana me parece
sorprendente; pero como el hombre existe en la naturaleza, no creo correcto
decir que su formación está más allá de las fuerzas de la naturaleza. Agregaré,
que podría concebir mucho menos la formación de la máquina humana, cuando para
explicármelo me dicen que un espíritu puro, que no tiene ojos, ni pies, ni
manos, ni cabeza, ni pulmones, ni boca, ni aliento, ha hecho al hombre tomando
un poco de polvo y soplando sobre él. Los salvajes habitantes del Paraguay se
hacen pasar por descendientes de la luna, y se nos presentan como simplones;
los teólogos de Europa pretenden descender de un espíritu puro. ¿Es esta pretensión
más sensata?
El hombre es inteligente, por lo que se concluye
que debe ser obra de un ser inteligente, y no de una naturaleza desprovista de
inteligencia. Aunque nada es más raro que ver al hombre usar esta inteligencia,
de la que parece tan orgulloso, admitiré que es inteligente, que sus
necesidades desarrollan en él esta facultad, que la sociedad de otros hombres
contribuye especialmente a cultivarla. Pero en la máquina humana y en la
inteligencia de que está dotada, no veo nada que muestre de manera precisa la
inteligencia infinita del obrero que tiene el honor de fabricarla. Veo que esta
admirable máquina está sujeta a enajenación; que en ese momento esta
maravillosa inteligencia se desordena, ya veces desaparece totalmente; de esto
concluyo que la inteligencia humana depende de una cierta disposición de los
órganos materiales del cuerpo, y que, debido a que el hombre es un ser
inteligente, no es bueno concluir que Dios debe ser un ser inteligente, así
como no estamos obligados a concluir que Dios es material debido a que el
hombre es material. La inteligencia del hombre no prueba la inteligencia de
Dios más que la malicia de los hombres prueba la malicia de este Dios, de quien
pretenden que el hombre es obra. De cualquier forma que se tome la teología,
Dios será siempre una causa contradicha por sus efectos, o de la cual es
imposible juzgar por sus obras. Siempre veremos el mal, las imperfecciones y
las locuras resultantes de una causa que se dice llena de bondad, de
perfecciones y de sabiduría. La inteligencia del hombre no prueba la
inteligencia de Dios más que la malicia de los hombres prueba la malicia de
este Dios, de quien pretenden que el hombre es obra. De cualquier forma que se
tome la teología, Dios será siempre una causa contradicha por sus efectos, o de
la cual es imposible juzgar por sus obras. Siempre veremos el mal, las
imperfecciones y las locuras resultantes de una causa que se dice llena de
bondad, de perfecciones y de sabiduría. La inteligencia del hombre no prueba la
inteligencia de Dios más que la malicia de los hombres prueba la malicia de
este Dios, de quien pretenden que el hombre es obra. De cualquier forma que se
tome la teología, Dios será siempre una causa contradicha por sus efectos, o de
la cual es imposible juzgar por sus obras. Siempre veremos el mal, las
imperfecciones y las locuras resultantes de una causa que se dice llena de
bondad, de perfecciones y de sabiduría.
XLIII.—SIN EMBARGO, NI EL HOMBRE NI EL UNIVERSO
SON EFECTO DEL AZAR.
Entonces dirás que el hombre inteligente y hasta el
universo y todo lo que encierra, son efectos del azar. No, respondo, el
universo no es un efecto; es la causa de todos los efectos; todos los seres que
abraza son los efectos necesarios de esta causa que a veces nos muestra su modo
de actuar, hacia afuera que a menudo nos oculta su camino. Los hombres pueden
usar la palabra "casualidad" para cubrir su ignorancia de las
verdaderas causas; sin embargo, aunque las ignoren, estas causas obran, pero
por ciertas leyes. No hay efecto sin causa.
Naturaleza es una palabra que usamos para designar
el inmenso conjunto de seres, diversas sustancias, infinitas combinaciones y
todos los diversos movimientos que vemos. Todos los cuerpos, organizados o no,
son los resultados necesarios de ciertas causas, hechos para producir
necesariamente los efectos que vemos. Nada en la naturaleza puede hacerse por
casualidad; todos siguen leyes fijas; estas leyes no son más que la unión
necesaria de ciertos efectos con sus causas. Un átomo de materia no se encuentra
con otro átomo por accidente o por azar; este encuentro se debe a leyes
permanentes, que hacen que cada ser actúe por necesidad como lo hace, y no
puede obrar de otro modo en las mismas circunstancias. Hablar de la unión
accidental de los átomos, o atribuir algún efecto al azar, es no decir nada,
sino ignorar las leyes por las cuales los cuerpos actúan, se encuentran, se
combinan,
Everything is made by chance for those who do not
understand nature, the properties of beings, and the effects which must
necessarily result from the concurrence of certain causes. It is not chance
that has placed the sun in the center of our planetary system; it is by its
very essence, the substance of which it is composed, that it occupies this
place, and from thence diffuses itself to invigorate the beings who live in
these planets.
XLIV.—NEITHER DOES THE ORDER OF THE UNIVERSE
PROVE THE EXISTENCE OF A GOD.
The worshipers of a God find, especially in the
order of the universe, an invincible proof of the existence of an intelligent
and wise being who rules it. But this order is only a result of motions
necessarily brought on by causes or by circumstances which are sometimes
favorable and sometimes injurious to ourselves; we approve the former and find
fault with the latter.
Nature follows constantly the same progress; that
is to say, the same causes produce the same effects, as long as their action is
not interrupted by other causes which occasion the first ones to produce
different effects. When the causes, whose effects we feel, are interrupted in
their action by causes which, although unknown to us, are no less natural and
necessary, we are stupefied, we cry out miracles: and we attribute them to a
cause far less known than all those we see operating before us. The universe is
always in order; there can be no disorder for it. Our organization alone is
suffering if we complain about disorder. Bodies, causes, beings, which this
world embraces, act necessarily in the manner in which we see them act, whether
we approve or disapprove their action. Earthquakes, volcanoes, inundations,
contagions, and famines are effects as necessary in the order of nature as the
fall of heavy bodies, as the course of rivers, as the periodical movements of
the seas, the blowing of the winds, the abundant rains, and the favorable
effects for which we praise and thank Providence for its blessings.
To be astonished that a certain order reigns in the
world, is to be surprised to see the same causes constantly producing the same
effects. To be shocked at seeing disorder, is to forget that the causes being
changed or disturbed in their action, the effects can no longer be the same. To
be astonished to see order in nature, is to be astonished that anything can
exist; it is to be surprised at one's own existence. What is order for one
being, is disorder for another. All wicked beings find that everything is in
order when they can with impunity put everything into disorder; they find, on
the contrary, that everything is in disorder when they are prevented from
exercising their wickedness.
XLV.—CONTINUATION.
Supposing God to be the author and the motor of
nature, there could be no disorder relating to Him; all causes which He would
have made would necessarily act according to their properties the essences and
the impulsions that He had endowed them with. If God should change the ordinary
course of things, He would not be immutable. If the order of the universe—in
which we believe we see the most convincing proof of His existence, of His
intelligence, His power, and His goodness—should be inconsistent, His
existence might be doubted; or He might be accused at least of inconstancy, of
inability, of want of foresight, and of wisdom in the first arrangement of things;
we would have a right to accuse Him of blundering in His choice of agents and
instruments. Finally, if the order of nature proves the power and the
intelligence, disorder ought to prove the weakness, inconstancy, and
irrationality of Divinity. You say that God is everywhere; that He fills all
space; that nothing was made without Him; that matter could not act without Him
as its motor. But in this case you admit that your God is the author of
disorder; that it is He who deranges nature; that He is the Father of
confusion; that He is in man; and that He moves man at the moment when he sins.
If God is everywhere, He is in me; He acts with me; He is deceived when I am
deceived; He questions with me the existence of God; He offends God with me.
Oh, theologians! you never understand yourselves when you speak of God.
XLVI.—A PURE SPIRIT CAN NOT BE INTELLIGENT, AND
TO ADORE A DIVINE INTELLIGENCE IS A CHIMERA.
To be what we call intelligent, we must have ideas,
thoughts, will; to have ideas, thoughts, and will, we must have organs; to have
organs, we must have a body; to act upon bodies, we must have a body; to
experience trouble, we must be capable of suffering; from which it evidently
follows that a pure spirit can not be intelligent, and can not be affected by
that which takes place in the universe.
La inteligencia divina, las ideas divinas, las
opiniones divinas, decís, no tienen nada en común con las de los hombres.
¡Mucho mejor! Pero en este caso, ¿cómo pueden los hombres juzgar estos puntos
de vista, ya sean buenos o malos, razonar sobre estas ideas o admirar esta
inteligencia? Sería juzgar, admirar, adorar aquello de lo que no podemos
formarnos idea. Adorar las visiones profundas de la sabiduría divina, ¿no es
adorar aquello de lo que nos es imposible juzgar? Admirar estas mismas vistas,
¿no es admirar sin saber irónico? La admiración es siempre hija de la
ignorancia. Los hombres admiran y adoran sólo lo que no entienden.
XLVII.—TODAS LAS CUALIDADES QUE LA TEOLOGÍA DA A SU
DIOS SON CONTRARIAS A LA ESENCIA MISMO QUE LE SUPONE TENER.
Todas estas cualidades que se dan a Dios no
convienen a un ser que, por su propia esencia, está desprovisto de toda
semejanza con los seres humanos. Es verdad, piensan encontrar esta semejanza
exagerando las cualidades humanas con que han revestido a la Divinidad; los
arrojan al infinito, y desde ese momento dejan de comprenderse a sí mismos.
¿Cuál es el resultado de esta combinación del hombre con Dios, o de esta
teantropía? Su único resultado es una quimera, de la que nada se puede afirmar
sin que se desvanezca el fantasma que tanto se habían tomado la molestia de
conjurar.
Dante, en su poema del Paraíso, relata que la
Divinidad se le apareció bajo la figura de tres círculos, que formaban un iris,
cuyos vivos colores surgían unos de otros; pero habiendo querido conservar su
brillante luz, el poeta sólo vio su propio rostro. Al adorar a Dios, el hombre
se adora a sí mismo.
XLVIII.—CONTINUACIÓN.
La más mínima reflexión basta para probarnos que
Dios no puede tener ninguna de las cualidades, virtudes o perfecciones humanas.
Nuestras virtudes y nuestras perfecciones son el resultado de nuestro
temperamento modificado. ¿Tiene Dios un temperamento como el nuestro? Nuestras
buenas cualidades son nuestros hábitos en relación con los seres en cuya
sociedad vivimos. Dios, según tú, es un ser solitario. Dios no tiene a nadie
como Él; No vive en sociedad; Él no tiene necesidad de nadie; Goza de una
felicidad que nada puede alterar. Admite, pues, según tus propios principios,
que Dios no puede poseer lo que llamamos virtudes, y que el hombre no puede ser
virtuoso con respecto a Él.
XLIX.—ES ABSURDO DECIR QUE LA RAZA HUMANA ES EL
OBJETO Y EL FIN DE LA CREACIÓN.
El hombre, encantado con sus propios méritos,
imagina que es su propia especie lo que Dios se ha propuesto como objeto y fin
en la formación del universo. ¿En qué se basa esta opinión tan halagüeña? Es,
se nos dice, sobre esto: que el hombre es el único ser dotado de una
inteligencia que le permite conocer la naturaleza divina y rendirle homenaje
digno de ella. Estamos seguros de que Dios creó el mundo para Su propia gloria,
y que la raza humana fue incluida en Su plan, a fin de tener quien lo admire y lo
glorifique en Sus obras. Pero por estas intenciones, ¿Dios no ha perdido
visiblemente su fin?
1. Según vosotros, sería siempre imposible para el
hombre conocer a su Dios, y se mantendría en la más invencible ignorancia de la
esencia divina.
2. Un ser que no tiene iguales, no puede ser
susceptible de gloria. La gloria sólo puede resultar de la comparación de su
propia excelencia con la de los demás.
3. Si Dios por sí mismo es infinitamente feliz y se
basta a sí mismo, ¿por qué necesita el homenaje de sus débiles criaturas?
4. A pesar de todas sus obras, Dios no es
glorificado; al contrario, todas las religiones del mundo nos lo muestran
perpetuamente ofendido; su gran objetivo es reconciliar al hombre pecador,
ingrato y rebelde con su Dios iracundo.
L.—DIOS NO ESTÁ HECHO PARA EL HOMBRE, NI EL HOMBRE
PARA DIOS.
Si Dios es infinito, está creado aún menos para el
hombre que el hombre para las hormigas. ¿Razonarían pertinentemente las
hormigas de un jardín con referencia al jardinero, si intentaran ocuparse de
sus intenciones, sus deseos y sus proyectos? ¿Razonarían correctamente si
pretendieran que el parque de Versalles fue hecho exclusivamente para ellos, y
que un monarca fastidioso había tenido como único objetivo albergarlos
soberbiamente? Pero según la teología, el hombre en su relación con Dios está
muy por debajo de lo que el insecto más bajo es para el hombre. Así, por el
reconocimiento de la teología misma, la teología, que sólo se ocupa de los
atributos y puntos de vista de la Divinidad, es la más completa de las locuras.
LI.—NO ES CIERTO QUE EL OBJETIVO DE LA FORMACIÓN
DEL UNIVERSO FUE HACER FELICES A LOS HOMBRES.
Se pretende que al formar el universo, Dios no tuvo
otro objeto que hacer feliz al hombre. Pero, en un mundo creado expresamente
para él y gobernado por un Dios todopoderoso, ¿es el hombre después de todo muy
feliz? ¿Son duraderos sus placeres? ¿No se mezclan sus placeres con los
sufrimientos? ¿Hay mucha gente que está contenta con su destino? ¿No es la
humanidad víctima continua de males físicos y morales? Esta máquina humana, que
se nos muestra como la obra maestra de la industria del Creador, ¿no tiene mil
formas de trastornarse? ¿Admiraríamos la habilidad de un mecánico que nos
mostrara una máquina complicada, susceptible de averiarse en cualquier momento,
y que después de un tiempo se destruiría a sí misma?
LII.—LO QUE SE LLAMA PROVIDENCIA NO ES SOLO UNA
PALABRA SIN SENTIDO.
Llamamos Providencia al generoso cuidado que la
Divinidad manifiesta al proveer a nuestras necesidades y al velar por la
felicidad de sus amadas criaturas. Pero, tan pronto como miramos a nuestro
alrededor, encontramos que Dios no provee nada. La providencia desatiende a la
mayor parte de los habitantes de este mundo. Contra un número muy pequeño de
hombres, que se supone que son felices, ¡qué multitud de miserables gimen bajo
la opresión y languidecen en la miseria! ¡Naciones enteras se ven obligadas a
morir de hambre para complacer las extravagancias de unos pocos tiranos
malhumorados, que no son más felices que los esclavos a quienes oprimen! Al
mismo tiempo que nuestros filósofos alardean enérgicamente de las bondades de
la Providencia, y nos exhortan a confiar en ella, ¿no los vemos clamar ante
catástrofes imprevistas, con las que la Providencia juega con los vanos
proyectos de los hombres; ¿No vemos que desbarata sus designios, se ríe de sus
esfuerzos, y que su profunda sabiduría se complace en engañar a los mortales?
Pero, ¿cómo podemos confiar en una Providencia maliciosa que se ríe y juega con
la humanidad? ¿Cómo puedo admirar el curso desconocido de una sabiduría oculta
cuyo modo de actuar me resulta inexplicable? ¡Júzgalo por sus efectos! Tu dirás;
es por esto que lo juzgo, y encuentro que estos efectos son a veces útiles ya
veces perjudiciales para mí.
Pensamos justificar a la Providencia diciendo que
en este mundo hay más bendiciones que males para cada hombre en particular.
Supongamos que las bendiciones de que esta Providencia nos hace gozar sean como
el cien, y que los males sean como el diez por ciento; ¿No resultaría siempre
que contra estos cien grados de bondad, la Providencia posee un décimo grado de
malignidad?, lo cual es incompatible con la perfección que suponemos que tiene.
Todos los libros están llenos de las más lisonjeras
alabanzas a la Providencia, cuyo atento cuidado se ensalza; nos parecería, como
si para vivir feliz aquí abajo, el hombre no necesitase esforzarse. Sin
embargo, sin trabajo, el hombre apenas podría vivir un día. Para vivir lo veo
obligado a sudar, trabajar, cazar, pescar, afanarse sin descanso; sin estas
causas secundarias, la Primera Causa (al menos en la mayoría de los países) no
podría satisfacer ninguna de sus necesidades. Si examino todas las partes de
este globo, veo tanto al hombre incivilizado como al civilizado en una lucha
perpetua con la Providencia; se ve obligado a conjurar los golpes que envía en
forma de huracanes, tempestades, heladas, granizo, inundaciones, esterilidad y
los diversos accidentes que tantas veces inutilizan todos sus trabajos. En una
palabra, Veo al género humano continuamente ocupado en protegerse de las
perversas artimañas de esta Providencia, de la que se dice que se ocupa del
cuidado de su felicidad. Un devoto admiró a la Divina Providencia por haber
hecho fluir sabiamente ríos por todos los lugares donde los hombres habían
construido grandes ciudades. ¿No es el modo de razonar de este hombre tan
sensato como el de muchos eruditos que no cesan de hablarnos de Causas Finales,
o que pretenden percibir claramente las benévolas miras de Dios en la formación
de las cosas?
LIII.—ESTA PRETENDIDA PROVIDENCIA SE OCUPA MENOS EN
CONSERVAR QUE EN MOLESTAR AL MUNDO—MÁS ENEMIGA QUE AMIGA DEL HOMBRE.
¿Vemos, pues, que la Divina Providencia se
manifiesta de manera sensible en la conservación de sus obras admirables, por
lo que la honramos? Si es la Divina Providencia la que gobierna el mundo, la
encontramos tan ocupada en destruir como en crear; en exterminar como en
producir. ¿No hace perecer a cada instante a miles de esos mismos hombres, a
cuya conservación y bienestar se supone que debe prestar su atención continua?
A cada momento pierde de vista a sus amadas criaturas; a veces derriba sus
viviendas; a veces destruye sus cosechas, inunda sus campos, arrasa con una
sequía, arma a toda la naturaleza contra el hombre, enfrenta al hombre contra
el hombre y termina por hacerlo morir de dolor. ¿Es esto lo que llamas
preservar un universo? Si tratáramos de considerar sin prejuicios la conducta
equívoca de la Providencia relativa a la humanidad y a todos los seres
sintientes, encontraríamos que muy lejos de parecerse a una madre tierna y
cuidadosa, se parece más bien a aquellas madres antinaturales que, olvidando
los desdichados frutos de sus ilícitas amores, abandonan a sus hijos tan pronto
como nacen; y que, complacidos de haberlos concebido, los exponen sin piedad a
los caprichos del destino.
Los hotentotes, más sabios en este particular que
otras naciones, que los tratan como bárbaros, se niegan, se dice, a adorar a
Dios, porque si Él a veces hace el bien, otras veces hace el mal. ¿No es este
razonamiento más justo y más conforme a la experiencia que el de tantos hombres
que se empeñan en ver en su Dios sólo bondad, sabiduría y previsión; ¿Y quiénes
se niegan a ver que los innumerables males, de los cuales el mundo es teatro,
deben venir de la misma Mano que besan con transporte?
LIV.–¡NO! EL MUNDO NO ESTÁ GOBERNADO POR UN SER
INTELIGENTE.
La lógica del sentido común nos enseña que no
debemos juzgar una causa sino por sus efectos. Una causa no puede ser reputada
como siempre buena, sino cuando produce constantemente efectos buenos, útiles y
agradables. Una causa que produce el bien en un momento y el mal en otro, es
una causa que a veces es buena ya veces mala. Pero la lógica de la Teología
destruye todo esto. Según él, los fenómenos de la naturaleza, o los efectos que
vemos en este mundo, nos prueban la existencia de una Causa infinitamente buena,
y esta Causa es Dios. Aunque este mundo esté lleno de males, aunque aquí reine
con mucha frecuencia el desorden, aunque los hombres gimen a cada momento bajo
el destino que los oprime, debemos estar convencidos de que estos efectos se
deben a una Causa benévola e inmutable; ¡y mucha gente lo cree, o finge
creerlo!
Todo lo que sucede en el mundo nos prueba de la
manera más clara que no está gobernado por un ser inteligente. No podemos
juzgar la inteligencia de un ser sino por los medios que emplea para lograr el
diseño que se propone. El fin de Dios, se dice, es la felicidad de nuestra
raza; sin embargo, la misma necesidad regula el destino de todos los seres
sintientes, que nacen para sufrir mucho, disfrutar poco y morir. La copa del
hombre está llena de alegría y de amargura; en todas partes el bien está al
lado del mal; el orden es reemplazado por el desorden; la generación es seguida
por la destrucción. Si me dices que los designios de Dios son misterios y que
sus puntos de vista son imposibles de entender, te responderé que en este caso
me es imposible juzgar si Dios es inteligente.
LV.—DIOS NO PUEDE SER LLAMADO INMUTABLE.
You pretend that God is immutable! But what is it
that occasions the continual instability in this world, which you claim as His
empire? Is any state subject to more frequent and cruel revolutions than that
of this unknown monarch? How can we attribute to an immutable God, powerful
enough to give solidity to His works, the government of a world where
everything is in a continual vicissitude? If I think to see a God unchanging in
all the effects advantageous to my kind, what God can I discover in the continual
misfortunes by which my kind is oppressed? You tell me that it is our sins that
force Him to punish us. I will answer that God, according to yourselves, is not
immutable, because the sins of men compel Him to change His conduct in regard
to them. Can a being who is sometimes irritated, and sometimes appeased, be
constantly the same?
LVI.—EVIL AND GOOD ARE THE NECESSARY EFFECTS OF
NATURAL CAUSES. WHAT IS A GOD WHO CAN CHANGE NOTHING?
The universe is but what it can be; all sentient
beings enjoy and suffer here: that is to say, they are moved sometimes in an
agreeable, and at other times in a disagreeable way. These effects are
necessary; they result from causes that act according to their inherent
tendencies., These effects necessarily please or displease me, according to my
own nature. This same nature compels me to avoid, to remove, and to combat the
one, and to seek, to desire, and to procure the other. In a world where
everything is from necessity, a God who remedies nothing, and allows things to
follow their own course, is He anything else but destiny or necessity
personified? It is a deaf God who can effect no change on the general laws to
which He is subjected Himself. What do I care for the infinite power of a being
who can do but a very few things to please me? Where is the infinite kindness
of a being who is indifferent to my happiness? What good to me is the favor of
a being who, able to bestow upon me infinite good, does not even give me a
finite one?
LVII.—THE VANITY OF THEOLOGICAL CONSOLATIONS IN
THE TROUBLES OF THIS LIFE. THE HOPE OF A HEAVEN, OF A FUTURE LIFE, IS BUT
IMAGINARY.
When we ask why, under a good God, so many are
wretched, we are reminded that the present world is but a pass-way, designed to
conduct man to a happier sphere; we are assured that our sojourn on the earth,
where we live, is for trial; they silence us by saying that God would not
impart to His creatures either the indifference to the sufferings of others, or
the infinite happiness which He reserved for Himself alone. How can we be
satisfied with these answers?
1. The existence of another life has no other
guaranty than the imagination of men, who, in supposing it, have but manifested
their desire to live again, in order to enter upon a purer and more durable
state of happiness than that which they enjoy at present.
2. How can we conceive of a God who, knowing all
things, must know to their depths the nature of His creatures, and yet must
have so many proofs in order to assure Himself of their proclivities?
3. According to the calculations of our
chronologists, the earth which we inhabit has existed for six or seven thousand
years; during this time the nations have, under different forms, experienced
many vicissitudes and calamities; history shows us that the human race in all
ages has been tormented and devastated by tyrants, conquerors, heroes; by wars,
inundations, famines, epidemics, etc. Is this long catalogue of proofs of such
a nature as to inspire us with great confidence in the hidden views of the Divinity?
Do such constant evils give us an exalted idea of the future fate which His
kindness is preparing for us?
4. If God is as well-disposed as they assure us He
is, could He not at least, without bestowing an infinite happiness upon men,
communicate to them that degree of happiness of which finite beings are
susceptible? In order to be happy, do we need an Infinite or Divine happiness?
5. If God has not been able to render men happier
than they are here below, what will become of the hope of a Paradise, where it
is pretended that the elect or chosen few will rejoice forever in ineffable
happiness? If God could not or would not remove evil from the earth (the only
sojourning place we know of), what reason could we have to presume that He can
or will remove it from another world, of which we know nothing? More than two
thousand years ago, according to Lactance, the wise epicure said: "Either
God wants to prevent evil, and can not, or He can and will not; or He neither
can nor will, or He will and can. If He wants to, without the power, He is
impotent; if He can, and will not, He is guilty of malice which we can not
attribute to Him; if He neither can nor will, He is both impotent and wicked,
and consequently can not be God; if He wishes to and can, whence then comes
evil, or why does He not prevent it?" For more than two thousand years
honest minds have waited for a rational solution of these difficulties; and our
theologians teach us that they will not be revealed to us until the future
life.
LVIII.—ANOTHER IDLE FANCY.
We are told of a pretended scale for human beings;
it is supposed that God has divided His creatures into different classes, each
one enjoying the degree of happiness of which he is susceptible. According to
this romantic arrangement, all beings, from the oyster to the angel, enjoy the
happiness which belongs to them. Experience contradicts this sublime revery. In
the world where we are, we see all sentient beings living and suffering in the
midst of dangers. Man can not step without wounding, tormenting, crushing a
multitude of sentient beings which he finds in his path, while he himself, at
every step, is exposed to a throng of evils seen or unseen, which may lead to
his destruction. Is not the very thought of death sufficient to mar his
greatest enjoyment? During the whole course of his life he is subject to
sufferings; there is not a moment when he feels sure of preserving his
existence, to which he is so strongly attached, and which he regards as the
greatest gift of Divinity.
LIX.—IN VAIN DOES THEOLOGY EXERT ITSELF TO ACQUIT
GOD OF MAN'S DEFECTS. EITHER THIS GOD IS NOT FREE, OR HE IS MORE WICKED THAN
GOOD.
El mundo, se dirá, tiene toda la perfección de que
era susceptible; por la misma razón de que el mundo no era el Dios que lo hizo,
era necesario que tuviera grandes cualidades y grandes defectos. Pero
responderemos que teniendo el mundo necesariamente grandes defectos, hubiera
sido más adecuado a la naturaleza de un Dios bueno no crear un mundo que Él no
pudiera hacer completamente feliz. Si Dios, que según vosotros era supremamente
feliz antes de la creación del mundo, había continuado siendo supremamente feliz
en el mundo creado, ¿por qué no permaneció en paz? ¿Por qué debe sufrir el
hombre? ¿Por qué debe existir el hombre? ¿Qué es su existencia para Dios? nada
o algo Si su existencia no es útil ni necesaria a Dios, ¿por qué no lo dejó en
la nada? Si la existencia del hombre es necesaria para Su gloria, Él entonces
necesitaba al hombre,
Podemos perdonar a un trabajador inexperto por
hacer un trabajo imperfecto, porque debe trabajar, bien o mal, o morir de
hambre; este obrero es excusable; pero tu Dios no lo es. Según vosotros, Él es
autosuficiente; en este caso, ¿por qué crea a los hombres? Él tiene, según
vosotros, todo lo necesario para hacer feliz al hombre; ¿Por qué, entonces, no
lo hace? Debes concluir que tu Dios tiene más malicia que bondad, o debes
admitir que Dios fue obligado a hacer lo que ha hecho, sin poder hacer otra
cosa. Sin embargo, nos aseguras que tu Dios es libre; decís también que es
inmutable, aunque comenzando en el tiempo y cesando en el tiempo para ejercer
su poder, como todos los seres inconstantes de este mundo. ¡Ay, teólogos! vanos
esfuerzos habéis hecho para absolver a vuestro Dios de todos los defectos del
hombre; siempre hay visible en este Dios tan perfecto, "
LX.—NO PODEMOS CREER EN UNA DIVINA PROVIDENCIA,
EN UN DIOS INFINITAMENTE BUENO Y PODEROSO.
¿No es Dios el dueño de sus favores? ¿No tiene Él
el derecho de dispensar Sus beneficios? ¿No puede Él volver a tomarlos de
nuevo? Su criatura no tiene derecho a preguntar la razón de Su conducta; Él
puede disponer a voluntad de las obras de Sus manos. Soberano absoluto de los
mortales, distribuye la felicidad o la infelicidad, según Su voluntad. Estas
son las soluciones que dan los teólogos para consolarnos de los males que Dios
nos inflige. Les diríamos que un Dios que fuera infinitamente bueno, no sería dueño
de sus favores, sino que estaría obligado por su propia naturaleza a
repartirlos entre sus criaturas; les diríamos que un ser verdaderamente
benévolo no creería tener derecho a abstenerse de hacer el bien; les diríamos
que un ser verdaderamente generoso no retira lo que ha dado, y el que lo hace,
pierde la gratitud, y no tiene derecho a quejarse de ingratitud. ¿Cómo puede
conciliarse la conducta arbitraria y caprichosa que los teólogos atribuyen a
Dios, con la religión que supone un pacto o acuerdo mutuo entre este Dios y los
hombres? Si Dios no debe nada a sus criaturas, ellas, por su parte, no pueden
deberle nada a su Dios. Toda religión se funda en la felicidad que los hombres
creen tener derecho a esperar de la Divinidad, que debe decirles: "¡Ama,
adora, obedéceme y yo te haré feliz!" Los hombres por su parte le dicen:
"¡Haznos felices, sé fiel a tus promesas, y te amaremos, te adoraremos,
obedeceremos tus leyes!" Al descuidar la felicidad de sus criaturas, al
repartir sus favores y sus gracias según su capricho, y al retirar sus dones,
Cicerón ha dicho con razón que si Dios no se hace
agradable al hombre, no puede ser su Dios. [Nisi Deus homini placuerit, Deus
non erit.] La bondad constituye la Divinidad; esta Bondad puede manifestarse al
hombre sólo por las ventajas que deriva de ella. Tan pronto como es
desgraciado, esta Bondad desaparece y deja de ser Divinidad. Una Bondad
infinita no puede ser ni parcial ni exclusiva. Si Dios es infinitamente bueno,
debe la felicidad a todas sus criaturas; un solo desdichado bastaría para
aniquilar una bondad ilimitada. Bajo un Dios infinitamente bueno y poderoso,
¿es posible concebir que un solo hombre pueda sufrir? Un animal, un ácaro, que
sufre, proporciona argumentos invencibles contra la Divina Providencia y sus
infinitos beneficios.
LXI.—CONTINUACIÓN.
Según los teólogos, las aflicciones y males de esta
vida son castigos que los hombres culpables reciben de la Divinidad. Pero, ¿por
qué los hombres son culpables? Si Dios es Todopoderoso, ¿le cuesta más decir:
"¡Que todo permanezca en orden!", "¡Que todos mis súbditos sean
buenos, inocentes, afortunados!", que decir: "¿Que todo exista?
" ¿Era más difícil para este Dios hacer bien su obra que hacerla tan mal?
¿Estaba más lejos de la inexistencia de los seres a su existencia sabia y
feliz, que de su inexistencia a su existencia insensata y miserable? La
religión nos habla de un infierno, es decir, de un lugar temible donde, a pesar
de su bondad, Dios reserva tormentos eternos para la mayoría de los hombres.
Así, después de haber hecho muy miserables a los mortales en este mundo, la
religión les enseña que Dios puede hacerlos mucho más miserables en otro.
Responden a nuestras objeciones diciendo que, de lo contrario, la bondad de
Dios tomaría el lugar de su justicia. Pero la bondad que reemplaza a la más terrible
crueldad no es una bondad infinita. Además, un Dios que, después de haber sido
infinitamente bueno, se vuelve infinitamente malvado, ¿puede ser considerado
como un ser inmutable? Un Dios lleno de furor implacable, ¿es un Dios en el que
podemos encontrar una sombra de caridad o de bondad? ¿Puede ser considerado
como un ser inmutable? Un Dios lleno de furor implacable, ¿es un Dios en el que
podemos encontrar una sombra de caridad o de bondad? ¿Puede ser considerado
como un ser inmutable? Un Dios lleno de furor implacable, ¿es un Dios en el que
podemos encontrar una sombra de caridad o de bondad?
LXII.— LA TEOLOGà A HACE DE SU DIOS UN MONSTRUO
DE TONTERIA, DE INJUSTICIA, DE MALIGNA Y DE ATROCIDAD, UN SER ABSOLUTAMENTE
ODIOSO.
La justicia divina, tal como la pintan nuestros
teólogos, es, sin duda, una cualidad destinada a hacernos amar la Divinidad.
Según las nociones de la teología moderna, parece evidente que Dios ha creado a
la mayoría de los hombres con el único fin de castigarlos eternamente. ¿No
hubiera sido más conforme a la bondad, a la razón, a la equidad, crear sólo
piedras o plantas, y no seres sintientes, que crear hombres cuya conducta en
este mundo les acarrearía eternos castigos en otro? Un Dios tan pérfido y malvado
como para crear un solo hombre y dejarlo expuesto a los peligros de la
condenación, no puede ser considerado como un ser perfecto, sino como un
monstruo de tontería, injusticia, malicia y atrocidad. Lejos de formar un Dios
perfecto, los teólogos han hecho el más imperfecto de los seres. Según las
ideas teológicas, Dios se asemeja a un tirano que, habiendo privado a la
mayoría de sus esclavos de la vista, los confinaría en una celda donde, para
divertirse, pudiera observar de incógnito su conducta a través de una
trampilla, para tener ocasión de castigarlos cruelmente. todos aquellos que al
andar se hiriesen unos a otros; pero quién recompensaría espléndidamente al
pequeño número de aquellos a quienes se les perdonó la vista, por tener la
habilidad de evitar un encuentro con sus camaradas. ¡Tales son las ideas que da
de la Divinidad el dogma de la predestinación gratuita! pero quién
recompensaría espléndidamente al pequeño número de aquellos a quienes se les
perdonó la vista, por tener la habilidad de evitar un encuentro con sus
camaradas. ¡Tales son las ideas que da de la Divinidad el dogma de la
predestinación gratuita! pero quién recompensaría espléndidamente al pequeño
número de aquellos a quienes se les perdonó la vista, por tener la habilidad de
evitar un encuentro con sus camaradas. ¡Tales son las ideas que da de la
Divinidad el dogma de la predestinación gratuita!
Aunque los hombres nos repitan que su Dios es
infinitamente bueno, es evidente que en el fondo de sus corazones no pueden
creer nada de ello. ¿Cómo podemos amar algo que no conocemos? ¿Cómo podemos
amar a un ser cuya idea sólo puede mantenernos en ansiedad y problemas? ¿Cómo
podemos amar a un ser de quien todo lo que se cuenta conspira para volverlo
supremamente odioso?
LXIII.—TODA RELIGIÓN INSPIRA SOLO UN TEMOR COBARDE
Y DESORDENADO A LA DIVINIDAD.
Many people make a subtle distinction between true
religion and superstition; they tell us that the latter is but a cowardly and
inordinate fear of Divinity, that the truly religious man has confidence in his
God, and loves Him sincerely; while the superstitious man sees in Him but an
enemy, has no confidence in Him, and represents Him as a suspicious and cruel
tyrant, avaricious of His benefactions and prodigal of His chastisements. But
does not all religion in reality give us these same ideas of God? While we are
told that God is infinitely good, is it not constantly repeated to us that He
is very easily offended, that He bestows His favors but upon a few, that He
chastises with fury those to whom He has not been pleased to grant them?
LXIV.—THERE IS IN REALITY NO DIFFERENCE BETWEEN
RELIGION AND THE MOST SOMBRE AND SERVILE SUPERSTITION.
If we take our ideas of God from the nature of the
things where we find a mixture of good and evil, this God, according to the
good and evil which we experience, does naturally appear to us capricious,
inconstant, sometimes good, sometimes wicked, and in this way, instead of
exciting our love, He must produce suspicion, fear, and uncertainty in our
hearts. There is no real difference between natural religion and the most
sombre and servile superstition. If the Theist sees God but on the beautiful
side, the superstitious man looks upon Him from the most hideous side. The
folly of the one is gay of the other is lugubrious; but both are equally
delirious.
LXV.—ACCORDING TO THE IDEAS WHICH THEOLOGY GIVES
OF DIVINITY, TO LOVE GOD IS IMPOSSIBLE.
If I take my ideas of God from theology, God shows
Himself to me in such a light as to repel love. The devotees who tell us that
they love their God sincerely, are either liars or fools who see their God but
in profile; it is impossible to love a being, the thought of whom tends to
excite terror, and whose judgments make us tremble. How can we face without
fear, a God whom we suppose sufficiently barbarous to wish to damn us forever?
Let them not speak to us of a filial or respectful fear mingled with love,
which men should have for their God. A son can not love his father when he
knows he is cruel enough to inflict exquisite torments upon him; in short, to
punish him for the least faults. No man upon earth can have the least spark of
love for a God who holds in reserve eternal, hard, and violent chastisements
for ninety-nine hundredths of His children.
LXVI.—BY THE INVENTION OF THE DOGMA OF THE
ETERNAL TORMENTS OF HELL, THEOLOGIANS HAVE MADE OF THEIR GOD A DETESTABLE
BEING, MORE WICKED THAN THE MOST WICKED OF MEN, A PERVERSE AND CRUEL TYRANT
WITHOUT AIM.
The inventors of the dogma of eternal torments in
hell, have made of the God whom they call so good, the most detestable of
beings. Cruelty in man is the last term of corruption. There is no sensitive
soul but is moved and revolts at the recital alone of the torments which the
greatest criminal endures; but cruelty merits the greater indignation when we
consider it gratuitous or without motive. The most sanguinary tyrants,
Caligula, Nero, Domitian, had at least some motive in tormenting their victims
and insulting their sufferings; these motives were, either their own safety,
the fury of revenge, the design to frighten by terrible examples, or perhaps
the vanity to make parade of their power, and the desire to satisfy a barbarous
curiosity. Can a God have any of these motives? In tormenting the victims of
His wrath, He would punish beings who could not really endanger His immovable
power, nor trouble His felicity, which nothing can change. On the other hand,
the sufferings of the other life would be useless to the living, who can not
witness them; these torments would be useless to the damned, because in hell is
no more conversion, and the hour of mercy is passed; from which it follows,
that God, in the exercise of His eternal vengeance, would have no other aim
than to amuse Himself and insult the weakness of His creatures. I appeal to the
whole human race! Is there in nature a man so cruel as to wish in cold blood to
torment, I do not say his fellow-beings, but any sentient being whatever,
without fee, without profit, without curiosity, without having anything to
fear? Conclude, then, O theologians! that according to your own principles,
your God is infinitely more wicked than the most wicked of men. You will tell
me, perhaps, that infinite offenses deserve infinite chastisements, and I will
tell you that we can not offend a God whose happiness is infinite. I will tell
you further, that offenses of finite beings can not be infinite; that a God who
does not want to be offended, can not consent to make His creatures' offenses
last for eternity; I will tell you that a God infinitely good, can not be
infinitely cruel, nor grant His creatures infinite existence solely for the
pleasure of tormenting them forever.
It could have been but the most cruel barbarity,
the most notorious imposition, but the blindest ambition which could have
created the dogma of eternal damnation. If there exists a God who could be
offended or blasphemed, there would not be upon earth any greater blasphemers
than those who dare to say that this God is perverse enough to take pleasure in
dooming His feeble creatures to useless torments for all eternity.
LXVII.—THEOLOGY IS BUT A SERIES OF PALPABLE
CONTRADICTIONS.
To pretend that God can be offended with the
actions of men, is to annihilate all the ideas that are given to us of this
being. To say that man can disturb the order of the universe, that he can grasp
the lightning from God's hand, that he can upset His projects, is to claim that
man is stronger than his God, that he is the arbiter of His will, that it
depends on him to change His goodness into cruelty. Theology does nothing but
destroy with one hand that which it builds with the other. If all religion is
founded upon a God who becomes angry, and who is appeased, all religion is
founded upon a palpable contradiction.
All religions agree in exalting the wisdom and the
infinite power of the Divinity; but as soon as they expose His conduct, we
discover but imprudence, want of foresight, weakness, and folly. God, it is
said, created the world for Himself; and so far He has not succeeded in making
Himself properly respected! God has created men in order to have in His
dominion subjects who would render Him homage; and we continually see men
revolt against Him!
LXVIII.—THE PRETENDED WORKS OF GOD DO NOT PROVE
AT ALL WHAT WE CALL DIVINE PERFECTION.
We are continually told of the Divine perfections;
and as soon as we ask the proofs of them, we are shown the works in which we
are assured that these perfections are written in ineffaceable characters. All
these works, however, are imperfect and perishable; man, who is regarded as the
masterpiece, as the most marvelous work of Divinity, is full of imperfections
which render him disagreeable in the eyes of the Almighty workman who has
formed him; this surprising work becomes often so revolting and so odious to
its Author, that He feels Himself compelled to cast him into the fire. But if
the choicest work of Divinity is imperfect, by what are we to judge of the
Divine perfections? Can a work with which the author himself is so little
satisfied, cause us to admire his skill? Physical man is subject to a thousand
infirmities, to countless evils, to death; the moral man is full of defects;
and yet they exhaust themselves by telling us that he is the most beautiful
work of the most perfect of beings.
LXIX.—THE PERFECTION OF GOD DOES NOT SHOW TO ANY
MORE ADVANTAGE IN THE PRETENDED CREATION OF ANGELS AND PURE SPIRITS.
It appears that God, in creating more perfect
beings than men, did not succeed any better, or give stronger proofs of His
perfection. Do we not see in many religions that angels and pure spirits
revolted against their Master, and even attempted to expel Him from His throne?
God intended the happiness of angels and of men, and He has never succeeded in
rendering happy either angels or men; pride, malice, sins, the imperfections of
His creatures, have always been opposed to the wishes of the perfect Creator.
LXX.—THEOLOGY PREACHES THE OMNIPOTENCE OF ITS
GOD, AND CONTINUALLY SHOWS HIM IMPOTENT.
All religion is visibly founded upon the principle
that "God proposes and man disposes." All the theologies of the world
show us an unequal combat between Divinity on the one side, and His creatures
on the other. God never relies on His honor; in spite of His almighty power, He
could not succeed in making the works of His hands as He would like them to be.
To complete the absurdity, there is a religion which pretends that God Himself
died to redeem the human race; and, in spite of His death, men are not in the
least as this God would desire them to be!
LXXI.—ACCORDING TO ALL THE RELIGIOUS SYSTEMS OF
THE EARTH, GOD WOULD BE THE MOST CAPRICIOUS AND THE MOST INSENSATE OF BEINGS.
Nothing could be more extravagant than the role
which in every country theology makes Divinity play. If the thing was real, we
would be obliged to see in it the most capricious and the most insane of
beings; one would be obliged to believe that God made the world to be the
theater of dishonoring wars with His creatures; that He created angels, men,
demons, wicked spirits, but as adversaries, against whom He could exercise His
power. He gives them liberty to offend Him, makes them wicked enough to upset His
projects, obstinate enough to never give up: all for the pleasure of getting
angry, and being appeased, of reconciling Himself, and of repairing the
confusion they have made. Had Divinity formed at once His creatures such as
they ought to be in order to please Him, what trouble He might have spared
Himself! or, at least, how much embarrassment He might have saved to His
theologians! According to all the religious systems of the earth, God seems to
be occupied but in doing Himself injury; He does it as those charlatans do who
wound themselves, in order to have occasion to show the public the value of
their ointments. We do not see, however, that so far Divinity has been able to
radically cure itself of the evil which is caused by men.
LXXII.—IT IS ABSURD TO SAY THAT EVIL DOES NOT
COME FROM GOD.
God is the author of all; still we are assured that
evil does not come from God. Whence, then, does it come? From men? But who has
made men? It is God: then that evil comes from God. If He had not made men as
they are, moral evil or sin would not exist in the world. We must blame God,
then, that man is so perverse. If man has the power to do wrong or to offend
God, we must conclude that God wishes to be offended; that God, who has created
man, resolved that evil should be done by him: without this, man would be an
effect contrary to the cause from which he derives his being.
LXXIII.—THE FORESIGHT ATTRIBUTED TO GOD, WOULD
GIVE TO GUILTY MEN WHOM HE PUNISHES, THE RIGHT TO COMPLAIN OF HIS CRUELTY.
The faculty of foresight, or the ability to know in
advance all which is to happen in the world, is attributed to God. But this
foresight can scarcely belong to His glory, nor spare Him the reproaches which
men could legitimately heap upon Him. If God had the foresight of the future,
did He not foresee the fall of His creatures whom He had destined to happiness?
If He resolved in His decrees to allow this fall, there is no doubt that He
desired it to take place: otherwise it would not have happened. If the Divine
foresight of the sin of His creatures had been necessary or forced, it might be
supposed that God was compelled by His justice to punish the guilty; but God,
enjoying the faculty of foresight and the power to predestinate everything,
would it not depend upon Himself not to impose upon men these cruel laws? Or,
at least, could He not have dispensed with creating beings whom He might be
compelled to punish and to render unhappy by a subsequent decree? What does it
matter whether God destined men to happiness or to misery by a previous decree,
the effect of His foresight, or by a subsequent decree, the effect of His
justice. Does the arrangement of these decrees change the fate of the
miserable? Would they not have the right to complain of a God who, having the
power of leaving them in oblivion, brought them forth, although He foresaw very
well that His justice would force Him sooner or later to punish them?
LXXIV.—ABSURDIO DE LAS FÁBULAS TEOLÓGICAS SOBRE EL
PECADO ORIGINAL Y SOBRE SATANÁS.
El hombre, decís vosotros, salido de las manos de
Dios, era puro, inocente y bueno; pero su naturaleza se corrompió a
consecuencia del pecado. Si el hombre pudo pecar, cuando acababa de salir de
las manos de Dios, ¡entonces su naturaleza no era perfecta! ¿Por qué Dios le
permitió pecar y que su naturaleza se corrompiera? ¿Por qué Dios permitió que
lo sedujeran, sabiendo bien que sería demasiado débil para resistir al
tentador? ¿Por qué Dios creó a Satanás, un espíritu malicioso, un tentador?
¿Por qué Dios, que estaba tan deseoso de hacer el bien a la humanidad, por qué
no aniquiló de una vez por todas a tantos genios malignos cuya naturaleza los
convertía en enemigos de nuestra felicidad? O más bien, ¿por qué Dios creó
espíritus malignos, cuyas victorias y terribles influencias sobre la raza
humana debe haber previsto? Finalmente, ¿por qué fatalidad, en todas las
religiones del mundo,
LXXV.—EL DIABLO, COMO LA RELIGIÓN, FUE INVENTADO
PARA ENRIQUECER A LOS SACERDOTES.
Se nos cuenta la historia de la sencillez de
corazón de un monje italiano, que le honra. Este buen hombre que predicaba un
día se sintió obligado a anunciar a su auditorio que, gracias al Cielo, había
descubierto por fin un medio seguro de hacer felices a todos los hombres.
"El diablo -dijo- tienta a los hombres sino para tenerlos como compañeros
de su miseria en el infierno. Dirijámonos, pues, al Papa, que posee las llaves
del paraíso y del infierno; pidámosle que le suplique Dios, a la cabeza de toda
la Iglesia, para reconciliarse con el diablo, para tomarlo de nuevo en su
favor, para restablecerlo en su primer rango, esto no puede dejar de poner fin
a sus siniestros proyectos contra la humanidad. " El buen monje no vio,
quizás, que el diablo es al menos tan útil como Dios para los ministros de la
religión. Éstos obtienen demasiados beneficios de sus diferencias para
prestarse voluntariamente a una reconciliación entre los dos lazos enemigos, de
cuyas contiendas dependen su existencia y sus ingresos. Si los hombres dejaran
de ser tentados y de pecar, el ministerio de los sacerdotes les sería inútil.
El maniqueísmo es evidentemente el sostén de todas las religiones; pero
desgraciadamente el demonio, siendo inventado para quitar toda sospecha de
malicia a la Divinidad, nos prueba a cada momento la impotencia o la torpeza de
su Adversario celestial.
LXXVI.—SI DIOS NO PUEDE DEJAR SIN PECADO A LA
NATURALEZA HUMANA, NO TIENE DERECHO DE CASTIGAR AL HOMBRE.
La naturaleza del hombre, se dice, necesariamente
debe corromperse. Dios no pudo dotarlo de impecabilidad, que es una parte
inalienable de la perfección divina. Pero si Dios no podía dejarlo sin pecado,
¿por qué se tomó la molestia de crear al hombre, cuya naturaleza debía
corromperse y que, en consecuencia, tenía que ofender a Dios? Por otro lado, si
Dios mismo no fue capaz de hacer que la naturaleza humana fuera sin pecado,
¿qué derecho tenía Él de castigar a los hombres por no ser sin pecado? No es sino
por el derecho de poder. Pero el derecho del más fuerte es la violencia; y la
violencia no conviene al más Justo de los Seres. Dios sería supremamente
injusto si castigara a los hombres por no tener una parte de las perfecciones
divinas, o por no poder ser dioses como Él.
¿No podría Dios al menos dotar a los hombres de esa
especie de perfección de la que es susceptible su naturaleza? Si algunos
hombres son buenos o se hacen agradables a su Dios, ¿por qué este Dios no
concedió el mismo favor o dio las mismas disposiciones a todos los seres de
nuestra especie? ¿Por qué el número de los malvados supera tanto al número de
los buenos? ¿Por qué, por cada amigo, Dios encuentra diez mil enemigos en un
mundo que dependía sólo de Él para poblar con hombres honestos? Si es verdad que
Dios se propone formar en el cielo una corte de santos, de escogidos, o de
hombres que hayan vivido en este mundo según sus designios, ¿no habría tenido
una corte más numerosa, más brillante y más honorable? a Él, si estuviera
compuesta de todos los hombres a quienes, al crearlos, ¿Hubiera podido conceder
el grado de bondad necesario para obtener la felicidad eterna? Finalmente, ¿no
sería más fácil no sacar al hombre de la nada que crearlo lleno de defectos,
rebelde a su Creador, perpetuamente expuesto a perderse por un fatal abuso de
su libertad? En lugar de crear a los hombres, un Dios perfecto no debería haber
creado sino ángeles dóciles y sumisos. Los ángeles, se dice, son libres; unos
pocos de ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado
de su libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado
sólo ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado,
¿no podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su
libertad haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de pecar en el cielo,
¿no podría Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la tierra? ¿No sería más
fácil no sacar al hombre de la nada que crearlo lleno de defectos, rebelde a su
Creador, perpetuamente expuesto a perderse por un fatal abuso de su libertad?
En lugar de crear a los hombres, un Dios perfecto no debería haber creado sino
ángeles dóciles y sumisos. Los ángeles, se dice, son libres; unos pocos de
ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su
libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo
ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no
podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad
haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría
Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la tierra? ¿No sería más fácil no
sacar al hombre de la nada que crearlo lleno de defectos, rebelde a su Creador,
perpetuamente expuesto a perderse por un fatal abuso de su libertad? En lugar
de crear a los hombres, un Dios perfecto no debería haber creado sino ángeles
dóciles y sumisos. Los ángeles, se dice, son libres; unos pocos de ellos han
pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su libertad al
rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo ángeles del tipo
bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no podría crear hombres
sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad haciendo el mal? Si
los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho
hombres sin pecado sobre la tierra? perpetuamente expuesto a perderse por un
fatal abuso de su libertad? En lugar de crear a los hombres, un Dios perfecto
no debería haber creado sino ángeles dóciles y sumisos. Los ángeles, se dice,
son libres; unos pocos de ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado;
todos no han abusado de su libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría
Dios haber creado sólo ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que
no hayan pecado, ¿no podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca
abusarían de su libertad haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de
pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la
tierra? perpetuamente expuesto a perderse por un fatal abuso de su libertad? En
lugar de crear a los hombres, un Dios perfecto no debería haber creado sino
ángeles dóciles y sumisos. Los ángeles, se dice, son libres; unos pocos de
ellos han pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su
libertad al rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo
ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no
podría crear hombres sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad
haciendo el mal? Si los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría
Dios haber hecho hombres sin pecado sobre la tierra? unos pocos de ellos han
pecado; pero todos ellos no han pecado; todos no han abusado de su libertad al
rebelarse contra su Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo ángeles del tipo
bueno? Si Dios pudo crear ángeles que no hayan pecado, ¿no podría crear hombres
sin pecado, o aquellos que nunca abusarían de su libertad haciendo el mal? Si
los elegidos son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho
hombres sin pecado sobre la tierra? unos pocos de ellos han pecado; pero todos
ellos no han pecado; todos no han abusado de su libertad al rebelarse contra su
Maestro. ¿No podría Dios haber creado sólo ángeles del tipo bueno? Si Dios pudo
crear ángeles que no hayan pecado, ¿no podría crear hombres sin pecado, o
aquellos que nunca abusarían de su libertad haciendo el mal? Si los elegidos
son incapaces de pecar en el cielo, ¿no podría Dios haber hecho hombres sin
pecado sobre la tierra?
LXXVII.—ES ABSURDO DECIR QUE LA CONDUCTA DE DIOS
DEBE SER UN MISTERIO PARA EL HOMBRE, Y QUE ÉL NO TIENE DERECHO DE EXAMINARLA Y
JUZGARLA.
Se nos dice que la enorme distancia que separa a
Dios de los hombres, hace que la conducta de Dios sea necesariamente un
misterio para nosotros, y que no tenemos derecho a interrogar a nuestro
Maestro. ¿Es satisfactoria esta afirmación? Pero según tú, cuando se trata de
mi felicidad eterna, ¿no tengo yo derecho a examinar la conducta del mismo
Dios? Es sólo con la esperanza de la felicidad que los hombres se someten al
imperio de un Dios. Un déspota al que los hombres están sometidos pero por
miedo, un señor al que no pueden interrogar, un soberano totalmente
inaccesible, no puede merecer el homenaje de los seres inteligentes. Si la
conducta de Dios es un misterio para mí, no está hecha para mí. El hombre no
puede adorar, admirar, respetar o imitar una conducta de la que todo es
imposible concebir, o de la que no puede formarse sino ideas repugnantes;
¡Sacerdotes! nos enseñas que los designios de Dios
son impenetrables; que Sus caminos no son nuestros caminos; que Sus
pensamientos no son nuestros pensamientos; que es una locura quejarse de su
administración, cuyos motivos y caminos secretos nos son enteramente
desconocidos; que hay temeridad en acusarle de juicios injustos, porque son
incomprensibles para nosotros. ¿Pero no veis que al hablar de esta manera,
destruís con vuestras propias manos todos vuestros sistemas profundos que no
tienen otro propósito que el de explicar los caminos de la Divinidad que
llamáis impenetrables? Estos juicios, estos caminos y estos designios, ¿los has
penetrado? No te atrevas a decirlo; y, aunque sazonas sin cesar, no los
entiendes más que nosotros. Si por casualidad conoces el plan de Dios, que nos
dices que admiremos, siendo mucha la gente que lo encuentra tan poco digno de
un justo, ser bueno, inteligente y racional; no digas que este plan es
impenetrable. Si sois tan ignorantes como nosotros, tened alguna indulgencia con
los que ingenuamente confiesan que no comprenden nada de ella, o que no ven en
ella nada divino. Cesad de perseguir por opiniones que vosotros mismos no
entendéis; cesen de calumniarse unos a otros por sueños y conjeturas que son
del todo contradictorias; háblanos de cosas inteligibles y verdaderamente
útiles; y no nos habléis más de los caminos impenetrables de un Dios, sobre el
cual no hacéis más que tartamudear y contradeciros. Cesad de perseguir por
opiniones que vosotros mismos no entendéis; cesen de calumniarse unos a otros
por sueños y conjeturas que son del todo contradictorias; háblanos de cosas
inteligibles y verdaderamente útiles; y no nos habléis más de los caminos
impenetrables de un Dios, sobre el cual no hacéis más que tartamudear y contradeciros.
Cesad de perseguir por opiniones que vosotros mismos no entendéis; cesen de
calumniarse unos a otros por sueños y conjeturas que son del todo
contradictorias; háblanos de cosas inteligibles y verdaderamente útiles; y no
nos habléis más de los caminos impenetrables de un Dios, sobre el cual no
hacéis más que tartamudear y contradeciros.
Al hablarnos incesantemente de las inmensas
profundidades de la sabiduría divina, al prohibirnos sondear estas
profundidades al decirnos que es una insolencia llamar a Dios al tribunal de
nuestra humilde razón, al convertir en un crimen juzgar a nuestro Maestro, los
teólogos sólo confiesan la vergüenza en que se encuentran en cuanto tienen que
dar cuenta de la conducta de un Dios, que nos dicen que es maravillosa, sólo
porque les es totalmente imposible comprenderla por sí mismos.
LXXVIII.—ES ABSURDO LLAMARLE DIOS DE JUSTICIA Y DE
BONDAD, A QUIEN INDISCRIMINA EL MAL AL BUENO Y AL MALO, AL INOCENTE Y AL
CULPABLE; ES OCIOSO EXIGIR QUE LOS DESGRACIADOS SE CONSUELEN DE SUS
DESFORTUNAS, EN LOS MISMOS BRAZOS DE AQUEL QUE SOLO ES AUTOR DE ELLAS.
El mal físico comúnmente pasa como el castigo del
pecado. Calamidades, enfermedades, hambres, guerras, terremotos, son los medios
que Dios emplea para castigar a los hombres perversos. Por tanto, no tienen
dificultad en atribuir estos males a la severidad de un Dios justo y bueno. Sin
embargo, ¿no vemos que estas plagas caen indistintamente sobre buenos y malos,
sobre impíos y piadosos, sobre inocentes y culpables? ¿Cómo se nos puede hacer
admirar, en este proceder, la justicia y la bondad de un ser, cuya idea parece
tan consoladora para los desdichados? Sin duda el cerebro de estos desdichados
ha sido perturbado por sus desgracias, pues olvidan que Dios es el árbitro de
las cosas, el único dispensador de los acontecimientos de este mundo. En este
caso, ¿no deberían culparlo por los males para los cuales encontrarían consuelo
en sus brazos? ¡Desgraciado padre! ¡Te consuelas en el seno de la Providencia
por la pérdida de un hijo amado o de una esposa, que hizo tu felicidad! ¡Pobre
de mí! ¿No ves que tu Dios los ha matado? Tu Dios te ha hecho miserable; y
queréis que os consuele de los tremendos golpes que os ha dado.
Las nociones fantásticas y sobrenaturales de la
teología han logrado de tal modo vencer las ideas más simples, más claras, más
naturales del espíritu humano, que los piadosos, incapaces de acusar a Dios de
malicia, se acostumbran a mirar estas tristes aflicciones como pruebas
indudables de bondad celestial. Si están en aflicción, se les dice que crean
que Dios los ama, que Dios los visita, que Dios desea probarlos. ¡Así es como
la religión cambia el mal en bien! Alguien ha dicho profanamente, pero con razón:
"Si el buen Dios trata así a los que ama, le ruego de todo corazón que no
piense en mí". Los hombres debieron formarse ideas muy siniestras y muy
crueles de su Dios a quien llaman tan bueno, ¡para persuadirse de que las más
espantosas calamidades y las más dolorosas aflicciones son signos de Su favor!
¿Sería un Genio malvado o un Demonio más ingenioso para atormentar a sus
enemigos que a veces este Dios de bondad, que tan a menudo se ocupa de infligir
Sus castigos a Sus amigos más queridos?
LXXIX.—UN DIOS QUE CASTIGA LAS FALTAS QUE PUDO
HABER PREVENIDO, ES UN TONTO, QUE A LA LOCURA AÑADE INJUSTICIA.
¿Qué diríamos de un padre que, se nos asegura, vela
sin descanso por el bienestar de sus débiles e imprevistos hijos, y que, sin
embargo, los dejaría en libertad de extraviarse en medio de peñascos,
precipicios y aguas; quién les impediría, pero rara vez, seguir sus apetitos
desordenados; ¿Quién les permitiría manejar, sin precaución, armas mortíferas,
a riesgo de herirse gravemente? ¿Qué pensaríamos de este mismo padre, si en
lugar de culparse a sí mismo por el daño que habría hecho a sus pobres hijos,
los castigara por sus faltas de la manera más cruel? Diríamos, con razón, que
es un tonto este padre, que une la injusticia a la necedad. Un Dios que castiga
las faltas que podría haber evitado, es un ser que carece de sabiduría, bondad
y equidad. Un Dios de previsión prevendría el mal, y así se ahorraría el
trabajo de castigarlo. Un Dios bueno no castigaría las debilidades que sabe que
son inherentes a la naturaleza humana. Un Dios justo, si Él ha hecho al hombre,
no lo castigaría por no ser lo suficientemente fuerte para resistir sus deseos.
Castigar la debilidad, es la tiranía más injusta. ¿No es calumniar a un Dios
justo, decir que castiga a los hombres por sus faltas, aun en la vida presente?
¿Cómo castigaría a los seres a quienes sólo Él puede corregir y que, mientras
no hayan recibido la gracia, no pueden obrar de otra manera? Castigar la
debilidad, es la tiranía más injusta. ¿No es calumniar a un Dios justo, decir
que castiga a los hombres por sus faltas, aun en la vida presente? ¿Cómo
castigaría a los seres a quienes sólo Él puede corregir y que, mientras no
hayan recibido la gracia, no pueden obrar de otra manera? Castigar la
debilidad, es la tiranía más injusta. ¿No es calumniar a un Dios justo, decir
que castiga a los hombres por sus faltas, aun en la vida presente? ¿Cómo
castigaría a los seres a quienes sólo Él puede corregir y que, mientras no
hayan recibido la gracia, no pueden obrar de otra manera?
Según los principios de los mismos teólogos, el
hombre, en su actual estado de corrupción, no puede hacer sino el mal, pues sin
la gracia divina no tiene fuerza para hacer el bien. Además, si la naturaleza
del hombre, abandonada a sí misma, desprovista de la ayuda divina, lo inclina
necesariamente al mal, o lo incapacita para hacer el bien, ¿qué sucede con su
libre albedrío? De acuerdo con tales principios, el hombre no puede merecer ni
recompensa ni castigo; al recompensar al hombre por el bien que hace, Dios se
recompensaría a sí mismo; al castigar al hombre por el mal que hace, Dios lo
castiga por no haberle dado la gracia, sin la cual le es imposible hacer lo
mejor.
LXXX.— EL LIBRE ALBEDRÃO ES UNA FANTASIA OCIOSA.
Los teólogos nos dicen y repiten que el hombre es
libre, mientras todas sus enseñanzas conspiran para destruir su libertad.
Tratando de justificar a la Divinidad, lo acusan realmente de la más negra
injusticia. Suponen que, sin la gracia, el hombre se ve obligado a hacer el
mal: ¡y sostienen que Dios lo castigará por no haberle dado la gracia para
hacer el bien! Con un poco de reflexión, nos veremos obligados a ver que el
hombre en todas las cosas actúa por compulsión, y que su libre albedrío es una
quimera, incluso según el sistema teológico. ¿Depende del hombre si nacerá o no
de tales o cuales padres? ¿Depende del hombre aceptar o no aceptar las
opiniones de sus padres y de sus maestros? Si hubiera nacido de padres
idólatras o mahometanos, ¿habría dependido de mí convertirme en cristiano? Sin
embargo,
El nacimiento del hombre no depende de su elección;
no se le preguntó si vendría o no al mundo; la naturaleza no le consultó sobre
la patria y los padres que le dio; las ideas que adquirió, sus opiniones, sus
nociones verdaderas o falsas, son los frutos necesarios de la educación que ha
recibido, y de la cual no ha sido maestro; sus pasiones y sus deseos son los
resultados necesarios del temperamento que la naturaleza le ha dado y de las
ideas que le han inspirado; durante todo el curso de su vida, sus deseos y sus
acciones están determinados por su entorno, sus hábitos, sus ocupaciones, sus
placeres, sus conversaciones y por los pensamientos que se le presentan
involuntariamente; en fin, por una multitud de hechos y accidentes que escapan
a su control. Incapaz de prever el futuro, no sabe ni lo que deseará ni lo que
hará en el tiempo que debe seguir inmediatamente al presente. El hombre pasa su
vida, desde el momento de su nacimiento hasta el de su muerte, sin haber sido
libre un instante. El hombre, decís, desea, delibera, elige, determina; de ahí
que concluyas que sus acciones son libres. Es cierto que el hombre tiene la
intención, pero no es dueño de su voluntad ni de sus deseos. Puede desear y
desear sólo lo que juzga ventajoso para sí mismo; no puede amar el dolor ni
detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer;
pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un
placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo
determina a privarse de uno menos deseable. ni lo que hará en el tiempo que
debe seguir inmediatamente al presente. El hombre pasa su vida, desde el
momento de su nacimiento hasta el de su muerte, sin haber sido libre un
instante. El hombre, decís, desea, delibera, elige, determina; de ahí que
concluyas que sus acciones son libres. Es cierto que el hombre tiene la
intención, pero no es dueño de su voluntad ni de sus deseos. Puede desear y
desear sólo lo que juzga ventajoso para sí mismo; no puede amar el dolor ni
detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer;
pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un
placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo
determina a privarse de uno menos deseable. ni lo que hará en el tiempo que
debe seguir inmediatamente al presente. El hombre pasa su vida, desde el
momento de su nacimiento hasta el de su muerte, sin haber sido libre un
instante. El hombre, decís, desea, delibera, elige, determina; de ahí que concluyas
que sus acciones son libres. Es cierto que el hombre tiene la intención, pero
no es dueño de su voluntad ni de sus deseos. Puede desear y desear sólo lo que
juzga ventajoso para sí mismo; no puede amar el dolor ni detestar el placer. El
hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer; pero entonces, prefiere
un dolor pasajero con la esperanza de procurar un placer mayor y más duradero.
En este caso, la idea de un bien mayor lo determina a privarse de uno menos
deseable. sin haber sido libre un instante. El hombre, decís, desea, delibera,
elige, determina; de ahí que concluyas que sus acciones son libres. Es cierto
que el hombre tiene la intención, pero no es dueño de su voluntad ni de sus
deseos. Puede desear y desear sólo lo que juzga ventajoso para sí mismo; no
puede amar el dolor ni detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere
el dolor al placer; pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza
de procurar un placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien
mayor lo determina a privarse de uno menos deseable. sin haber sido libre un
instante. El hombre, decís, desea, delibera, elige, determina; de ahí que
concluyas que sus acciones son libres. Es cierto que el hombre tiene la
intención, pero no es dueño de su voluntad ni de sus deseos. Puede desear y
desear sólo lo que juzga ventajoso para sí mismo; no puede amar el dolor ni
detestar el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer;
pero entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un
placer mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo
determina a privarse de uno menos deseable. no puede amar el dolor ni detestar
el placer. El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer; pero
entonces, prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un placer
mayor y más duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo determina a
privarse de uno menos deseable. no puede amar el dolor ni detestar el placer.
El hombre, se dirá, a veces prefiere el dolor al placer; pero entonces,
prefiere un dolor pasajero con la esperanza de procurar un placer mayor y más
duradero. En este caso, la idea de un bien mayor lo determina a privarse de uno
menos deseable.
No es el amante quien da a su amante los rasgos que
le encantan; no es entonces el amo de amar o no amar al objeto de su ternura;
no es dueño de la imaginación ni del temperamento que lo domina; de lo cual se
sigue, evidentemente, que el hombre no es dueño de los deseos y deseos que
surgen en su alma, independientemente de él. Pero el hombre, decís, puede
resistir sus deseos; entonces es libre. El hombre resiste sus deseos cuando los
motivos que lo apartan de un objeto son más fuertes que los que lo atraen hacia
él; pero entonces, su resistencia es necesaria. Un hombre que teme la deshonra
y el castigo más que ama el dinero, resiste necesariamente el deseo de tomar
posesión del dinero de otro. ¿No somos libres cuando deliberamos?—pero uno
tiene el poder de saber o no saber, ¿estar inseguro o estar seguro? La
deliberación es el efecto necesario de la incertidumbre en la que nos
encontramos con referencia a los resultados de nuestras acciones. Tan pronto
como nos creemos ciertos de estos resultados, necesariamente decidimos; y
entonces actuamos necesariamente según hayamos juzgado correcto o incorrecto.
Nuestros juicios, verdaderos o falsos, no son libres; están necesariamente
determinados por las ideas que hemos recibido o que nuestra mente ha formado.
El hombre no es libre en su elección; evidentemente se ve obligado a elegir lo
que juzga más útil o más agradable para sí mismo. Cuando suspende su elección,
no es más libre; se ve obligado a suspenderlo hasta que sepa o crea que conoce
las cualidades de los objetos que se le presentan, o hasta que haya sopesado
las consecuencias de sus acciones. Hombre, dirás, decide en cada momento sobre
acciones que sabe que lo pondrán en peligro; el hombre se suicida a veces,
entonces es libre. ¡Lo niego! ¿Tiene el hombre la capacidad de razonar correcta
o incorrectamente? ¿No dependen su razón y su sabiduría de las opiniones que se
ha formado o de su constitución mental? Como ni el uno ni el otro dependen de
su voluntad, de ninguna manera pueden probar su libertad.
Si apuesto a hacer o no hacer una cosa, ¿no soy
libre? ¿No depende de mí hacerlo o no hacerlo? No; Te responderé, el deseo de
ganar la apuesta te determinará necesariamente a hacer o no hacer la cosa en
cuestión. "¿Pero si consiento en perder la apuesta?" Entonces el
deseo de probarme que sois libres se habrá convertido para vosotros en un
motivo más fuerte que el deseo de ganar la apuesta; y este motivo os habrá
determinado necesariamente a hacer o no hacer lo que entre nosotros se
entendió. Pero dirás: "Me siento libre". Es una ilusión que puede
compararse con la de la mosca de la fábula que, posándose sobre el eje de un
pesado carro, se aplaudía a sí misma como conductora del vehículo que lo
transportaba. El hombre que se cree libre, es una mosca que se cree
motor-maestro en la máquina del universo, mientras que él mismo, sin su propia
voluntad, es llevado por ella. El sentimiento que nos hace creer que somos
libres para hacer o no hacer una cosa, no es más que una pura ilusión. Cuando
lleguemos al verdadero principio de nuestras acciones, encontraremos que no son
más que los resultados necesarios de nuestras voluntades y de nuestros deseos,
que nunca están en nuestro poder. Vosotros os creéis libres porque hacéis lo
que queréis; pero ¿eres realmente libre de querer o no querer, de desear o no
desear? Vuestras voluntades y vuestros deseos, ¿no están necesariamente
excitados por objetos o por cualidades que no dependen en absoluto de vosotros?
encontraremos que no son más que los resultados necesarios de nuestras
voluntades y de nuestros deseos, que nunca están en nuestro poder. Vosotros os
creéis libres porque hacéis lo que queréis; pero ¿eres realmente libre de
querer o no querer, de desear o no desear? Vuestras voluntades y vuestros
deseos, ¿no están necesariamente excitados por objetos o por cualidades que no
dependen en absoluto de vosotros? encontraremos que no son más que los
resultados necesarios de nuestras voluntades y de nuestros deseos, que nunca
están en nuestro poder. Vosotros os creéis libres porque hacéis lo que queréis;
pero ¿eres realmente libre de querer o no querer, de desear o no desear?
Vuestras voluntades y vuestros deseos, ¿no están necesariamente excitados por
objetos o por cualidades que no dependen en absoluto de vosotros?
LXXXI.—NO DEBEMOS CONCLUIR DE ESTO QUE LA SOCIEDAD
NO TIENE DERECHO DE CASTIGAR A LOS MALOS.
Si las acciones de los hombres son necesarias, si
los hombres no son libres, ¿qué derecho tiene la sociedad de castigar a los
malvados que la infestan? ¿No es muy injusto castigar a seres que no podían
actuar de otra manera? Si los malvados actúan por el impulso de su naturaleza
corrupta, la sociedad, al castigarlos, actúa necesariamente de su lado por el
deseo de preservarse. Ciertos objetos producen en nosotros la sensación de
dolor; por lo tanto, nuestra naturaleza nos obliga a odiarlos y nos incita a eliminarlos.
Un tigre, presionado por el hambre, ataca al hombre a quien quiere devorar;
pero el hombre no es dueño de su miedo al tigre, y busca necesariamente los
medios para exterminarlo.
LXXXII.—REFUTACIÓN DE LOS ARGUMENTOS A FAVOR DEL
LIBRE ALBEDRÍO.
Si todo es necesario, si los errores, las opiniones
y las ideas de los hombres están predestinados, ¿cómo o por qué pretender
reformarlos? Los errores de los hombres son los resultados necesarios de su
ignorancia; su ignorancia, su obstinación, su credulidad, son los resultados
necesarios de su inexperiencia, de su indiferencia, de su falta de reflexión;
al igual que la congestión del cerebro o el letargo son los efectos naturales
de algunas enfermedades. La verdad, la experiencia, la reflexión, la razón, son
los remedios adecuados para curar la ignorancia, el fanatismo y las locuras; al
igual que el sangrado es bueno para calmar la congestión del cerebro. Pero
diréis, ¿por qué la verdad no produce este efecto en muchas de las cabezas
enfermas? Hay algunas enfermedades que resisten todos los remedios; es
imposible curar a los pacientes obstinados que se niegan a tomar los remedios
que se les dan; el interés de algunos hombres y la locura de otros los oponen
naturalmente a la admisión de la verdad. Una causa produce su efecto sólo
cuando no es interrumpida en su acción por otras causas más fuertes, o que
debilitan la acción de la causa primera o la inutilizan. Es enteramente
imposible que los mejores argumentos sean aceptados por hombres que están
fuertemente interesados en el error; que tengan prejuicios a su favor; que se
niegan a reflexionar; pero necesariamente debe ser que la verdad desengañe a
las almas honestas que la buscan de buena fe. La verdad es una causa; produce
necesariamente su efecto cuando su impulso no es interrumpido por causas que
suspenden sus efectos. o que debilitan la acción de la causa primera o la
inutilizan. Es enteramente imposible que los mejores argumentos sean aceptados
por hombres que están fuertemente interesados en el error; que tengan
prejuicios a su favor; que se niegan a reflexionar; pero necesariamente debe
ser que la verdad desengañe a las almas honestas que la buscan de buena fe. La
verdad es una causa; produce necesariamente su efecto cuando su impulso no es
interrumpido por causas que suspenden sus efectos. o que debilitan la acción de
la causa primera o la inutilizan. Es enteramente imposible que los mejores
argumentos sean aceptados por hombres que están fuertemente interesados en el
error; que tengan prejuicios a su favor; que se niegan a reflexionar; pero
necesariamente debe ser que la verdad desengañe a las almas honestas que la
buscan de buena fe. La verdad es una causa; produce necesariamente su efecto
cuando su impulso no es interrumpido por causas que suspenden sus efectos.
LXXXIII.—CONTINUACIÓN.
Quitarle al hombre su libre albedrío es, se nos
dice, hacer de él una pura máquina, un autómata sin libertad; no existiría en
él ni el mérito ni la virtud. ¿Qué es el mérito en el hombre?
Es una cierta manera de actuar lo que lo hace
estimable a los ojos de sus semejantes. ¿Qué es la virtud? Es la disposición
que nos lleva a hacer el bien a los demás. ¿Qué puede haber de despreciable en
las máquinas automáticas capaces de producir efectos tan deseables? Marco
Aurelio fue un resorte muy útil para la vasta maquinaria del Imperio Romano.
¿Con qué derecho despreciará una máquina a otra máquina, cuyos resortes
facilitarían su propio juego? Las buenas personas son manantiales que ayudan a
la sociedad en su tendencia a la felicidad; los hombres malos son resortes mal
formados, que perturban el orden, el progreso y la armonía de la sociedad. Si
por sus propios intereses la sociedad ama y premia a los buenos, odia,
desprecia y aparta a los malos, como motores inútiles o peligrosos.
LXXXIV.—DIOS MISMO, SI HUBIERA DIOS, NO SERÍA
LIBRE; DE AHÍ LA INÚTILIDAD DE TODA RELIGIÓN.
El mundo es un agente necesario; todos los seres
que la componen están unidos entre sí, y no pueden hacer otra cosa que ellos,
mientras sean movidos por las mismas causas y posean las mismas cualidades. Si
pierden estas cualidades, actuarán necesariamente de manera diferente. Dios
mismo (admitiendo su existencia por un momento) no puede ser considerado como
un agente libre; si existiera un Dios, su manera de actuar estaría
necesariamente determinada por las cualidades inherentes a su naturaleza; nada
podría alterar ni oponerse a sus deseos. Considerando esto, ni nuestras
acciones ni nuestras oraciones ni nuestros sacrificios podrían suspender o
cambiar Su progreso invariable y Sus designios inmutables, de lo cual nos vemos
obligados a concluir que toda religión sería completamente inútil.
LXXXV.—AUN SEGÚN PRINCIPIOS TEOLÓGICOS, EL HOMBRE
NO ES LIBRE NI UN INSTANTE.
Si los teólogos no se contradijeran constantemente,
sabrían, por sus propias hipótesis, que el hombre no puede llamarse libre ni
por un instante. ¿No se supone que el hombre está en una dependencia continua
de Dios? ¿Se es libre, cuando no se podría haber existido o no se puede vivir
sin Dios, y cuando se deja de existir por voluntad de su suprema voluntad? Si
Dios creó al hombre de la nada, si la conservación del hombre es una creación
continua, si Dios no puede perder de vista a su criatura ni un instante, si
todo lo que le sucede es resultado de la voluntad divina, si el hombre es nada
por sí mismo. , si todos los acontecimientos que experimenta son efectos de
decretos divinos, si no puede hacer ningún bien sin la ayuda de lo alto, ¿cómo
puede pretenderse que el hombre goce de libertad durante un momento de su vida?
Si Dios no lo salvó en el momento en que peca, ¿Cómo podría el hombre pecar? Si
Dios lo preserva, entonces Dios lo obliga a vivir para pecar.
LXXXVI.—TODO MAL, TODO DESORDEN, TODO PECADO, PUEDE
ATRIBUIRSE SINO A DIOS; Y EN CONSECUENCIA, NO TIENE DERECHO A CASTIGAR NI
PREMIAR.
Divinity is continually compared to a king, the
majority of whose subjects revolt against Him and it is pretended that He has
the right to reward His faithful subjects, and to punish those who revolt
against Him. This comparison is not just in any of its parts. God presides over
a machine, of which He has made all the springs; these springs act according to
the way in which God has formed them; it is the fault of His inaptitude if
these springs do not contribute to the harmony of the machine in which the workman
desired to place them. God is a creating King, who created all kinds of
subjects for Himself; who formed them according to His pleasure, and whose
wishes can never find any resistance. If God in His empire has rebellious
subjects, it is God who resolved to have rebellious subjects. If the sins of
men disturb the order of the world, it is God who desired this order to be
disturbed. Nobody dares to doubt Divine justice; however, under the empire of a
just God, we find nothing but injustice and violence. Power decides the fate of
nations. Equity seems to be banished from the earth; a small number of men
enjoy with impunity the repose, the fortunes, the liberty, and the life of all
the others. Everything is in disorder in a world governed by a God of whom it
is said that disorder displeases Him exceedingly.
LXXXVII.—LAS ORACIONES DE LOS HOMBRES A DIOS
PRUEBAN SUFICIENTEMENTE QUE NO ESTÁN SATISFECHOS CON LA DIVINA ECONOMÍA.
Aunque los hombres admiran incesantemente la
sabiduría, la bondad, la justicia, el hermoso orden de la Providencia, en
realidad nunca se contentan con ello. Las oraciones que continuamente ofrecen
al Cielo, nos prueban que no están nada satisfechos con la administración de
Dios. Orar a Dios, pedirle un favor, es desconfiar de su cuidado vigilante;
pedir a Dios que evite o suprima un mal, es esforzarse por poner obstáculos en
el camino de su justicia; implorar la asistencia de Dios en nuestras calamidades,
significa apelar al mismo autor de estas calamidades para representarle nuestro
bienestar; que debe rectificar a nuestro favor su plan, que no es provechoso
para nuestros intereses. El optimista, o el que piensa que todo está bien en el
mundo, y que nos repite incesantemente que vivimos en el mejor mundo posible,
si fuera consecuente, nunca debería orar; menos aún debe esperar otro mundo
donde los hombres sean más felices. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de
todos los mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los
optimistas por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que
el que vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo.
¿Pero no ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él
hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder
de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista,
por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un
impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de
interesarse por Dios. nunca debe orar; menos aún debe esperar otro mundo donde
los hombres sean más felices. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos
los mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los
optimistas por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que
el que vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo.
¿Pero no ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él
hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder
de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista,
por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un
impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de
interesarse por Dios. nunca debe orar; menos aún debe esperar otro mundo donde
los hombres sean más felices. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos
los mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los
optimistas por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que
el que vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo.
¿Pero no ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él
hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder
de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista,
por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un
impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de
interesarse por Dios. menos aún debe esperar otro mundo donde los hombres sean
más felices. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los mundos
posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas por
haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que
vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no
ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo
mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de
producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por
su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío,
es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de
interesarse por Dios. menos aún debe esperar otro mundo donde los hombres sean
más felices. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los mundos
posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas por
haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que
vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no
ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo
mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de
producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por
su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío,
es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de
interesarse por Dios. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los
mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas
por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que
vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no
ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo
mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de
producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por
su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío,
es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de
interesarse por Dios. ¿Puede haber un mundo mejor que el mejor de todos los
mundos posibles? Algunos de los teólogos han tratado de impíos a los optimistas
por haber afirmado que Dios no podría haber hecho un mundo mejor que el que
vivimos; según estos doctores es limitar el poder Divino e insultarlo. ¿Pero no
ven los teólogos que es menos ofensivo para Dios, pretender que Él hizo lo
mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el poder de
producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por
su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío,
es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el pretexto de
interesarse por Dios. ¿Pretender que Él hizo lo mejor que pudo al crear el
mundo, que decir que Él, teniendo el poder de producir uno mejor, tuvo la
malicia de hacer uno muy malo? Si el optimista, por su sistema, hace daño al
poder divino, el teólogo, que lo trata como un impío, es él mismo un réprobo,
que hiere la bondad divina con el pretexto de interesarse por Dios. ¿Pretender
que Él hizo lo mejor que pudo al crear el mundo, que decir que Él, teniendo el
poder de producir uno mejor, tuvo la malicia de hacer uno muy malo? Si el
optimista, por su sistema, hace daño al poder divino, el teólogo, que lo trata
como un impío, es él mismo un réprobo, que hiere la bondad divina con el
pretexto de interesarse por Dios.
LXXXVIII.—LA REPARACIÓN DE LAS INIQUIDADES Y LAS
MISERIAS DE ESTE MUNDO EN OTRO MUNDO, ES UNA CONJETURA VACA Y UNA SUPOSICIÓN
ABSURDA.
Cuando nos quejamos de los males de los que este
mundo es teatro, somos remitidos a otro mundo; se nos dice que allí reparará
Dios todas las iniquidades y miserias que permite por un tiempo aquí abajo. Sin
embargo, si dejando dormir por un tiempo a su justicia eterna, Dios pudo
consentir el mal durante el tiempo de la existencia de nuestro globo, ¿qué
seguridad tenemos de que durante la existencia de otro globo, la justicia
divina no dormirá igualmente durante las desgracias de nuestro globo? ¿sus
habitantes? Nos consuelan en nuestras penas diciendo que Dios es paciente, y
que su justicia, aunque a menudo muy lenta, no es menos cierta. ¿Pero no ves
que la paciencia no puede convenir a un ser justo, inmutable y omnipotente?
¿Puede Dios tolerar la injusticia por un instante? Contemporizar con un mal que
uno conoce, evidencia o incertidumbre, debilidad, o colusión; tolerar el mal
que se tiene el poder de prevenir, es consentir que se cometa el mal.
LXXXIX.—LA TEOLOGÍA JUSTIFICA EL MAL E INJUSTICIA
PERMITIDOS POR SU DIOS, SÓLO CONCEDIENDO A ESTE DIOS EL DERECHO DEL MÁS FUERTE,
ES DECIR, LA VIOLACIÓN DE TODOS LOS DERECHOS, O EN MANDAR DE LOS HOMBRES UNA
DEVOCIÓN ESTÚPIDA.
¡Escucho a una multitud de teólogos decirme por
todos lados, que Dios es infinitamente justo, pero que su justicia no es la de
los hombres! ¿De qué clase o de qué naturaleza es entonces esta justicia
divina? ¿Qué idea puedo formarme de una justicia que tan a menudo se parece a
la injusticia humana? ¿No es confundir todas nuestras ideas de justicia y de
injusticia decirnos que lo que es equitativo en Dios es inicuo en sus
criaturas? ¿Cómo podemos tomar como modelo un ser cuyas perfecciones divinas
son precisamente contrarias a las perfecciones humanas? Dios, decís, es el
árbitro soberano de nuestros destinos; Su poder supremo, que nada puede
limitar, lo autoriza a hacer lo que le plazca con sus obras; un gusano, como el
hombre, no tiene derecho a murmurar contra Él. Este tono arrogante está
literalmente tomado del lenguaje que sostienen los ministros de los tiranos,
cuando silencian a los que sufren por sus violencias; no puede ser, pues, el
lenguaje de los ministros de un Dios de cuya equidad se jactan. No puede
imponerse a un ser que razona. ¡Ministros de un Dios justo! Os digo, pues, que
el mayor poder no es capaz de conferir ni siquiera a vuestro Dios mismo el
derecho de ser injusto con la más vil de sus criaturas. Un déspota no es un
Dios. Un Dios que se arroga el derecho de hacer el mal, es un tirano; un tirano
no es un modelo para los hombres. Debería ser un objeto execrable a sus ojos.
¿No es extraño que, para justificar a la Divinidad, hicieran de Él el más
injusto de los seres? Tan pronto como nos quejamos de Su conducta, piensan
silenciarnos afirmando que Dios es el Maestro; lo que significa que Dios,
siendo el más fuerte, no está sujeto a reglas ordinarias. Pero el derecho del
más fuerte es la violación de todos los derechos; puede pasar como un derecho
pero a los ojos de un conquistador salvaje, que en la embriaguez de su furor se
imagina con derecho a hacer lo que le plazca con los desdichados a quienes ha
conquistado; este derecho bárbaro sólo puede parecer legítimo a los esclavos,
que son lo bastante ciegos para pensar que todo está permitido a los tiranos,
que son demasiado fuertes para resistir.
Por una tonta simplicidad, o más bien por una llana
contradicción de términos, ¿no vemos a los devotos exclamar, en medio de las
mayores calamidades, que el buen Dios es el Maestro? Pues, razonadores
ilógicos, creéis de buena fe que el buen Dios os envía la pestilencia; que
vuestro buen Dios da guerra; que el buen Dios es la causa del hambre; en una
palabra, que el buen Dios, sin dejar de ser bueno, tiene la voluntad y el
derecho de haceros los mayores males que podáis soportar. Cesad de llamar bueno
a vuestro Señor cuando os hace mal; no digáis que Él es justo; decid que Él es
el más fuerte, y que os es imposible apartar los golpes que os da su capricho.
Dios, decís, nos castiga por nuestro mayor bien; pero ¿qué beneficio real puede
resultar para una nación en ser exterminada por contagio, asesinada por
guerras, corrompidos por los ejemplos de amos perversos, presionados
continuamente por el cetro de hierro de tiranos despiadados, sometidos al
flagelo de un mal gobierno, que muchas veces durante siglos hace sufrir a las
naciones sus efectos destructivos? ¡Los ojos de la fe deben ser ojos extraños,
si por medio de ellos vemos alguna ventaja en las miserias más espantosas y en
los males más duraderos, en los vicios y locuras que afligen tan cruelmente a
nuestra especie!
XC.—REDEMPTION, AND THE CONTINUAL EXTERMINATIONS
ATTRIBUTED TO JEHOVAH IN THE BIBLE, ARE SO MANY ABSURD AND RIDICULOUS
INVENTIONS WHICH PRESUPPOSE AN UNJUST AND BARBAROUS GOD.
What strange ideas of the Divine justice must the
Christians have who believe that their God, with the view of reconciling
Himself with mankind, guilty without knowledge of the fault of their parents,
sacrificed His own innocent and sinless Son! What would we say of a king, whose
subjects having revolted against him, in order to appease himself could find no
other expedient than to put to death the heir to his crown, who had taken no
part in the general rebellion? It is, the Christian will say, through kindness
for His subjects, incapable of satisfying themselves of His Divine justice,
that God consented to the cruel death of His Son. But the kindness of a father
to strangers does not give him the right to be unjust and cruel to his son. All
the qualities that theology gives to its God annul each other. The exercise of
one of His perfections is always at the expense of another.
Has the Jew any more rational ideas than the
Christian of Divine justice? A king, by his pride, kindles the wrath of Heaven.
Jehovah sends pestilence upon His innocent people; seventy thousand subjects
are exterminated to expiate the fault of a monarch that the kindness of God
resolved to spare.
XCI.—HOW CAN WE DISCOVER A TENDER, GENEROUS, AND
EQUITABLE FATHER IN A BEING WHO HAS CREATED HIS CHILDREN BUT TO MAKE THEM
UNHAPPY?
In spite of the injustice with which all religions
are pleased to blacken the Divinity, men can not consent to accuse Him of
iniquity; they fear that He, like the tyrants of this world, will be offended
by the truth, and redouble the weight of His malice and tyranny upon them. They
listen, then, to their priests, who tell them that their God is a tender
Father; that this God is an equitable Monarch, whose object in this world is to
assure Himself of the love, obedience, and respect of His subjects; who gives
them the liberty to act, in order to give them occasion to deserve His favors
and to acquire eternal happiness, which He does not owe them in any way. In
what way can we recognize the tenderness of a Father who created the majority
of His children but for the purpose of dragging out a life of pain, anxiety,
and bitterness upon this earth? Is there any more fatal boon than this
pretended liberty which, it is said, men can abuse, and thereby expose
themselves to the risk of eternal misery?
XCII.— LA VIDA DE LOS MORTALES, TODO LO QUE SE
REALIZA AQUÃ ABAJO, TESTIFICA CONTRA LA LIBERTAD DEL HOMBRE Y CONTRA LA
JUSTICIA Y LA BONDAD DE UN DIOS PRETENDIDO.
Al llamar a los mortales a la vida, ¡qué juego tan
cruel y peligroso les obliga a jugar la Divinidad! Arrojados al mundo sin su
deseo, provistos de un temperamento del que no son dueños, animados por
pasiones y deseos inherentes a su naturaleza, expuestos a trampas que no saben
evitar, arrastrados por acontecimientos que no podrían ni prever ni prevenir,
los desdichados están obligados a seguir una carrera que los conduce a
horribles suplicios.
Los viajeros aseguran que en alguna parte de Asia
reina un sultán lleno de fantasías y muy absoluto en su voluntad. Por una
extraña manía, este príncipe pasa su tiempo sentado ante una mesa, sobre la
cual están colocados seis dados y una caja de dados. Un extremo de la mesa está
cubierto con un montón de oro, con el fin de excitar la codicia de los
cortesanos y del pueblo que rodea al sultán. Él, conociendo el punto débil de
sus súbditos, les habla de esta manera: "¡Esclavos! Os deseo lo mejor; mi objetivo
es enriqueceros y haceros felices a todos. ¿Veis estos tesoros? ¡Bien, son para
vosotros! tratad de ganarlos; que cada uno por turno tome esta caja y estos
dados; el que tenga la suerte de sortear seis, será dueño de este tesoro; pero
os advierto que el que no tenga la suerte de tirar el número requerido , será
precipitado para siempre en una celda oscura, donde mi justicia exige que sea
quemado a fuego lento. Ante esta amenaza del monarca, se miraron consternados;
nadie dispuesto a correr un riesgo tan peligroso. !" dijo el sultán
enojado, "¿nadie quiere jugar? ¡Ay, esto no me conviene! Mi gloria exige
que juegues. Sortearás entonces; Lo deseo; ¡obedece sin responder!" Es
bueno observar que los dados del déspota están preparados de tal manera, que en
cien mil lanzamientos sólo uno gana; así el generoso monarca tiene el placer de
ver su prisión bien llena, y su tesoros que rara vez se llevan. ¡Mortales!,
este sultán es vuestro Dios; sus tesoros son el cielo; su celda, el infierno;
¡y vosotros sois los dados! Ante esta amenaza del monarca, se miraron
consternados; nadie dispuesto a correr un riesgo tan peligroso.
"¡Qué!", dijo el sultán enfadado, "¿nadie quiere jugar? ¡Ay,
esto no me conviene! Mi gloria exige que juegues. Sortearás entonces; Lo deseo;
¡obedece sin responder!" Es bueno observar que los dados del déspota están
preparados de tal manera, que en cien mil lanzamientos sólo uno gana; así el
generoso monarca tiene el placer de ver su prisión bien llena, y su tesoros que
rara vez se llevan. ¡Mortales!, este sultán es vuestro Dios; sus tesoros son el
cielo; su celda, el infierno; ¡y vosotros sois los dados! Ante esta amenaza del
monarca, se miraron consternados; nadie dispuesto a correr un riesgo tan
peligroso. "¡Qué!", dijo el sultán enfadado, "¿nadie quiere
jugar? ¡Ay, esto no me conviene! Mi gloria exige que juegues. Sortearás
entonces; Lo deseo; ¡obedece sin responder!" Es bueno observar que los
dados del déspota están preparados de tal manera, que en cien mil lanzamientos
sólo uno gana; así el generoso monarca tiene el placer de ver su prisión bien
llena, y su tesoros que rara vez se llevan. ¡Mortales!, este sultán es vuestro
Dios; sus tesoros son el cielo; su celda, el infierno; ¡y vosotros sois los
dados! nadie quiere jugar? ¡Ay, esto no me conviene! Mi gloria exige que
juegues. Sortearás entonces; Lo deseo; ¡obedece sin responder!" Es bueno
observar que los dados del déspota están preparados de tal manera, que en cien
mil lanzamientos sólo uno gana; así el generoso monarca tiene el placer de ver
su prisión bien llena, y su tesoros que rara vez se llevan. ¡Mortales!, este
sultán es vuestro Dios; sus tesoros son el cielo; su celda, el infierno; ¡y
vosotros sois los dados! nadie quiere jugar? ¡Ay, esto no me conviene! Mi
gloria exige que juegues. Sortearás entonces; Lo deseo; ¡obedece sin
responder!" Es bueno observar que los dados del déspota están preparados
de tal manera, que en cien mil lanzamientos sólo uno gana; así el generoso
monarca tiene el placer de ver su prisión bien llena, y su tesoros que rara vez
se llevan. ¡Mortales!, este sultán es vuestro Dios; sus tesoros son el cielo;
su celda, el infierno; ¡y vosotros sois los dados! y sus tesoros rara vez son
llevados. ¡Mortales! este Sultán es vuestro Dios; Sus tesoros son el cielo; Su
celda es un infierno; ¡y tú tienes los dados! y sus tesoros rara vez son
llevados. ¡Mortales! este Sultán es vuestro Dios; Sus tesoros son el cielo; Su
celda es un infierno; ¡y tú tienes los dados!
XCIII.—NO ES CIERTO QUE DEBEMOS NINGUNA GRATITUD A
LO QUE LLAMAMOS PROVIDENCIA.
Constantemente se nos dice que debemos infinita
gratitud a la Providencia por las innumerables bendiciones que se complace en
prodigarnos. Se jactan sobre todo de que nuestra existencia es una bendición.
¡Pero Ay! ¿Cuántos mortales están realmente satisfechos con su modo de
existencia? Si la vida tiene sus dulces, ¿cuánta amargura se mezcla con ella?
¿No es suficiente una amarga molestia para arruinar de repente la vida más
pacífica y feliz? ¿Hay un gran número de hombres que, si de ellos dependiera,
querrían comenzar, con el mismo sacrificio, la penosa carrera a la que, sin su
consentimiento, los ha lanzado el destino? Dices que la existencia misma es una
gran bendición. Pero esta existencia no está continuamente perturbada por
penas, miedos y, a menudo, enfermedades crueles e inmerecidas. Esta existencia,
amenazada por tantos lados, ¿No podemos ser privados de ella en cualquier
momento? ¿Quién hay, después de haber vivido algún tiempo, que no haya sido
privado de una esposa amada, un hijo amado, un amigo consolador, cuya pérdida
llena su mente constantemente? Hay muy pocos mortales que no hayan sido
obligados a beber de la copa de la amargura; hay muy pocos que no hayan deseado
morir a menudo. Finalmente, no dependía de nosotros existir o no existir. ¿Estaría
el pájaro en tan grandes obligaciones con el pajarero por haberlo atrapado en
su red y por haberlo puesto en su jaula, para comérselo después de divertirse
con él? hay muy pocos que no hayan deseado morir a menudo. Finalmente, no
dependía de nosotros existir o no existir. ¿Estaría el pájaro en tan grandes
obligaciones con el pajarero por haberlo atrapado en su red y por haberlo
puesto en su jaula, para comérselo después de divertirse con él? hay muy pocos
que no hayan deseado morir a menudo. Finalmente, no dependía de nosotros
existir o no existir. ¿Estaría el pájaro en tan grandes obligaciones con el
pajarero por haberlo atrapado en su red y por haberlo puesto en su jaula, para
comérselo después de divertirse con él?
XCIV.— PRETENDER QUE EL HOMBRE ES EL HIJO AMADO
DE LA PROVIDENCIA, EL PREFERIDO DE DIOS, EL ÓNICO OBJETO DE SUS TRABAJOS, EL
REY DE LA NATURALEZA, ES LOCURA.
A pesar de las enfermedades, los problemas, las
miserias a las que el hombre se ve obligado a someterse en este mundo; a pesar
del peligro que su imaginación alarmada crea con respecto a otro, es todavía lo
suficientemente tonto como para creerse el favorito de Dios, el único fin de
todas sus obras. Imagina que todo el universo fue hecho para él; se llama a sí
mismo con arrogancia el rey de la naturaleza y se ubica muy por encima de otros
animales. ¡Pobre mortal! ¿Sobre qué puedes fundar tus altas pretensiones? Es,
decís, sobre vuestra alma, sobre vuestra razón, sobre vuestras sublimes
facultades, las que os ponen en condiciones de ejercer una autoridad absoluta
sobre los seres que os rodean. Pero débil soberano de este mundo, ¿estás seguro
un instante de la duración de tu reinado? Los más pequeños átomos de materia
que despreciáis, ¿No son suficientes para despojaros de vuestro trono y de
vuestra vida? Finalmente, ¿el rey de los animales no termina siempre por
convertirse en alimento para los gusanos?
Hablas de tu alma. ¿Pero sabes lo que es tu alma?
¿No ves que esta alma no es más que el conjunto de tus órganos, de los cuales
resulta la vida? ¿Rechazarías un alma a otros animales que viven, que piensan,
que juzgan, que comparan, que buscan el placer y evitan el dolor como lo haces
tú, y que a menudo poseen órganos mejores que los tuyos? Os jactáis de vuestras
facultades intelectuales, pero estas facultades que os enorgullecen, ¿os hacen
más felices que otras criaturas? ¿Hacéis uso a menudo de esta razón de la que
os gloriáis y que la religión os ordena no escuchar? Esos animales que
despreciáis por ser más débiles o menos astutos que vosotros, ¿están sujetos a
aflicciones, a angustias mentales, a mil pasiones frívolas, a mil necesidades
imaginarias, de las que vuestro corazón es continuamente presa? Son ellos,
Limitado únicamente al presente, lo que llamáis su
instinto, y lo que yo llamo su inteligencia, ¿no es suficiente conservarlos y
defenderlos y proveer a sus necesidades? Este instinto, del que hablas con
desdén, ¿no les sirve muchas veces mucho más que tus maravillosas facultades?
Su apacible ignorancia, ¿no es más ventajosa que estas extravagantes
meditaciones y estas fútiles investigaciones que os hacen miserables y por las
que os conducís a asesinar seres de vuestra noble especie? Por último, estos animales,
¿tienen, como los mortales, una imaginación turbada que les hace temer no sólo
a la muerte, sino incluso a los tormentos eternos? Augusto, al enterarse de que
Herodes, rey de Judea, había asesinado a sus hijos, gritó: "¡Sería mejor
ser el cerdo de Herodes que su hijo!" Podemos decir lo mismo de los
hombres; este amado hijo de la Providencia corre riesgos mucho mayores que
todos los demás animales. Después de haber sufrido mucho en este mundo, ¿no nos
creemos en peligro de sufrir eternamente en otro?
XCV.—COMPARACION ENTRE EL HOMBRE Y LOS ANIMALES.
¿Cuál es la línea exacta de demarcación entre el
hombre y los otros animales que él llama brutos? ¿En qué se diferencia
esencialmente de las bestias? Es, se nos dice, por su inteligencia, por las
facultades de su mente, por su razón, que el hombre es superior a todos los
demás animales, los cuales en todo lo que hacen, actúan sólo por impulsos
físicos, sin que la razón tome parte. Pero las bestias, al tener necesidades
más limitadas que los hombres, se las arreglan muy bien sin estas facultades
intelectuales, que serían perfectamente inútiles en su modo de vivir. Su
instinto les basta, mientras que todas las facultades del hombre apenas bastan
para hacer soportable su existencia y satisfacer las necesidades que su
imaginación, sus prejuicios y sus instituciones multiplican para su tormento.
El bruto no se ve afectado por los mismos objetos
que el hombre; no tiene ni las mismas necesidades, ni los mismos deseos, ni los
mismos caprichos; alcanza tempranamente la madurez, mientras que nada es más
raro que ver al ser humano gozar de todas sus facultades, ejercitarlas
libremente y hacer un buen uso de ellas para su propia felicidad.
XCVI.—NO HAY ANIMALES MAS DETESTABLES EN ESTE
MUNDO QUE LOS TIRANOS.
Estamos seguros de que el alma humana es una
sustancia simple; pero si el alma es una sustancia tan simple, debe ser la
misma en todos los individuos de la raza humana, los cuales deben tener todos
las mismas facultades intelectuales; Sin embargo, éste no es el caso; los
hombres difieren tanto en las cualidades mentales como en las facciones del
rostro. Hay en la raza humana seres tan diferentes entre sí como lo es el
hombre de un caballo o de un perro. ¿Qué conformidad o semejanza encontramos
entre algunos hombres? ¡Qué distancia infinita entre el genio de un Locke, de
un Newton, y el de un campesino, de un hotentote o de un laponés!
El hombre no se diferencia de los demás animales
sino por la diferencia de su organización, que le hace producir efectos de los
que ellos no son capaces. La variedad que notamos en los órganos de los
individuos de la raza humana basta para explicarnos la diferencia que a menudo
se encuentra entre ellos en cuanto a las facultades intelectuales. Más o menos
delicadeza en estos órganos, de calor en la sangre, de prontitud en los
fluidos, más o menos de flexibilidad o de rigidez en las fibras y los nervios,
debe producir necesariamente las infinitas diversidades que se notan en la
mente de los hombres. . Es por el ejercicio, por la costumbre, por la
educación, que la mente humana se desarrolla y logra elevarse por encima de los
seres que la rodean; el hombre, sin cultura y sin experiencia, es un ser tan
desprovisto de razón y de industria como el bruto. Un individuo estúpido es un
hombre cuyos órganos se actúan con dificultad, cuyo cerebro es difícil de
mover, cuya sangre circula lentamente; un hombre de mente es aquel cuyos
órganos son flexibles, que siente muy rápidamente, cuyo cerebro se mueve
prontamente; un hombre erudito es aquel cuyos órganos y cuyo cerebro se han
ejercitado durante mucho tiempo sobre los objetos que le ocupan.
El hombre sin cultura, sin experiencia, ni razón,
¿no es más despreciable y más abominable que los más viles insectos, o las más
feroces bestias? ¿Existe en la naturaleza un ser más detestable que un Tiberio,
un Nerón, un Calígula? Estos destructores de la raza humana, conocidos con el
nombre de conquistadores, ¿tienen mejores almas que las de los osos, leones y
panteras? ¿Hay animales más detestables en este mundo que los tiranos?
XCVII.—REFUTACIÓN DE LA EXCELENCIA DEL HOMBRE.
Las extravagancias humanas pronto disipan, a los
ojos de la razón, la superioridad que el hombre reclama con arrogancia sobre
los demás animales. ¿No vemos a muchos animales mostrar más mansedumbre, más
reflexión y razón que el animal que se dice razonable por excelencia? ¿Hay
entre los hombres, tan a menudo esclavizados y oprimidos, sociedades tan bien
organizadas como las de las hormigas, las abejas o los castores? ¿Vemos alguna
vez bestias feroces del mismo tipo reunirse en las llanuras para devorarse unos
a otros sin provecho? ¿Vemos entre ellos guerras religiosas? La crueldad de las
bestias contra otras especies es causada por el hambre, la necesidad de
alimento; la crueldad del hombre contra el hombre no tiene otro motivo que la
vanidad de sus amos y la locura de sus impertinentes prejuicios. Teóricos que
intentan hacernos creer que todo en el universo fue hecho para el hombre, se
avergüenzan mucho cuando les preguntamos de qué manera tantos animales
traviesos que continuamente infestan nuestra vida aquí, pueden contribuir al
bienestar de los hombres. ¿Qué ventaja conocida resulta que el amigo de Dios
sea mordido por una víbora, picado por un mosquito, devorado por alimañas,
despedazado por un tigre? ¿No razonarían todos estos animales tan sabiamente como
nuestros teólogos, si pretendieran que el hombre fue hecho para ellos?
XCVIII.—AN ORIENTAL LEGEND.
A poca distancia de Bagdad, un dervis, célebre por
su santidad, pasaba sus días tranquilamente en agradable soledad. Los
habitantes de los alrededores, para tener interés en sus oraciones, le traían
con entusiasmo todos los días provisiones y regalos. El hombre santo agradeció
a Dios incesantemente por las bendiciones que la Providencia colmó sobre él.
"Oh Allah", dijo, "cuán inefable es Tu ternura hacia Tus
siervos. ¡Qué he hecho para merecer los beneficios con los que Tu liberalidad
me colma! ¡Oh, Monarca de los cielos! ¡Oh, Padre de la naturaleza! ¡Qué
alabanzas podrían ser ¡Digno de celebrar Tu munificencia y Tus cuidados
paternales! ¡Oh Allah, cuán grandes son Tus dones para los hijos de los
hombres! Lleno de gratitud, nuestro ermitaño hizo voto de emprender por séptima
vez la peregrinación a La Meca. La guerra, que entonces existía entre los
persas y los turcos, no podía hacerle postergar la ejecución de su piadosa
empresa. Lleno de confianza en Dios, emprendió su camino; bajo el resguardo
inviolable de un traje respetado, atravesó sin obstáculo los destacamentos
enemigos; lejos de ser molestado, recibe a cada paso señales de veneración de
los soldados de ambos bandos. Al fin, vencido por el cansancio, se ve obligado
a buscar refugio de los rayos del sol abrasador; lo encuentra debajo de un
grupo fresco de palmeras, cuyas raíces fueron regadas por un riachuelo límpido.
En este lugar solitario, donde el silencio sólo era roto por el murmullo de las
aguas y el canto de los pájaros, el hombre de Dios encontró no sólo un retiro
encantador, sino también un delicioso refrigerio; no tenía más que extender la
mano para recoger dátiles y otras frutas agradables; el riachuelo puede calmar
su sed; muy pronto una parcela verde lo invita a tomar un dulce reposo. Al
despertar realiza la limpieza santa; y en un arrebato de éxtasis, exclamó:
"¡Oh Allah! ¡CUÁN GRANDE ES TU BONDAD PARA CON LOS HIJOS DE LOS
HOMBRES!" Bien descansado, refrescado, lleno de vida y alegría, nuestro
santo varón prosigue su camino; lo conduce por algún tiempo a través de un país
delicioso, que no ofrece a su vista sino orillas florecientes y árboles llenos
de frutos. Ablandado por este espectáculo, adora incesantemente la mano rica y
liberal de la Providencia, que por todas partes se ve ocupada en el bienestar
del género humano. Yendo un poco más adelante, se encuentra con algunas
montañas, que eran bastante difíciles de ascender; pero habiendo llegado a su
cima, una vista horrible de repente se encuentra con sus ojos; su alma es toda
consternación. Descubre una vasta llanura completamente devastada por la espada
y el fuego; lo mira y lo encuentra cubierto con más de cien mil cadáveres,
restos deplorables de una cruenta batalla que había tenido lugar pocos días
antes. Águilas, buitres, cuervos y lobos devoraban los cadáveres que cubrían la
tierra. Esta vista sume a nuestro peregrino en un triste ensueño. El cielo, por
un favor especial, le había hecho entender el lenguaje de las bestias. Escuchó
a un lobo, saciado de carne humana, exclamar en su excesiva alegría: "¡Oh,
Alá! ¡Cuán grande es Tu bondad para con los hijos de los lobos! Tu sabiduría
previsora se encarga de enamorar a estos hombres detestables que son tan
peligrosos para nosotros. Por un efecto de Tu Providencia que vela por Tus
criaturas, éstas, nuestros destructores, se matan unos a otros, y así nos
proveen de comidas suntuosas. ¡Oh Allah! ¡CUÁN GRANDE ES TU BONDAD CON LOS
HIJOS DE LOS LOBOS!"
XCIX.– ES LOCURA VER EN EL UNIVERSO SOLO LOS
BENEFICIOS DEL CIELO, Y CREER QUE ESTE UNIVERSO FUE HECHO SINO PARA EL HOMBRE.
Una imaginación exaltada no ve en el universo más
que los beneficios del Cielo; una mente tranquila encuentra en ella el bien y
el mal. existo, dirás; pero ¿es esta existencia siempre un beneficio? Dirás,
mira este sol, que brilla para ti; esta tierra, que se cubre de frutos y
verdor; estas flores, que brotan para nuestra vista y olfato; estos árboles,
que se doblan bajo el peso de los frutos; estas corrientes puras, que fluyen
sólo para saciar tu sed; estos mares, que abrazan el universo para facilitar
vuestro comercio; estos animales, que una naturaleza previsora produce para
vuestro uso! Sí, veo todas estas cosas y las disfruto cuando puedo. Pero en
algunos climas este hermoso sol casi siempre se oscurece para mí; en otras me
atormenta su excesivo calor, produce tempestad, da lugar a enfermedades
espantosas, seca los campos; los prados no tienen hierba, los árboles son
estériles, las mieses se queman, los manantiales se secan; Apenas puedo
existir, y suspiro bajo la crueldad de una naturaleza que encuentras tan
benévola. Si estos mares me traen especias, riquezas y cosas inútiles, ¿no
destruyen una multitud de mortales que son bastante incautos para ir tras
ellos?
La vanidad del hombre lo persuade de que él es el
único centro del universo; crea para sí mismo un mundo y un Dios; se cree de
suficiente importancia como para trastornar la naturaleza a su voluntad, pero
razona como un ateo cuando se trata de la cuestión de otros animales. ¿No se
imagina que los individuos distintos de su especie son autómatas indignos de
los cuidados de la Providencia universal, y que las bestias no pueden ser
objeto de su justicia y bondad? Los mortales consideran los sucesos afortunados
o desafortunados, la salud o la enfermedad, la vida y la muerte, la abundancia
o el hambre, como recompensas o castigos por el uso o mal uso de la libertad
que se arrogan. ¿Razonan sobre este principio cuando se toman en consideración
los animales? No; aunque los vean bajo un Dios justo gozar y sufrir, estar
sanos y enfermos, vivir y morir, como ellos, no les pasa por la cabeza
preguntar qué crímenes han cometido estas bestias para causar el desagrado del
Árbitro de la naturaleza. ¡Los filósofos, cegados por sus prejuicios
teológicos, para desembarazarse de sí mismos, han llegado a fingir que las
bestias no tienen sentimientos!
¿Nunca renunciarán los hombres a sus necias
pretensiones? ¿No reconocerán que la naturaleza no fue hecha para ellos? ¿No
verán que esta naturaleza ha puesto en pie de igualdad a todos los seres que
ella produjo? ¿No verán que todos los seres organizados están igualmente hechos
para nacer y para morir, para gozar y para sufrir? Finalmente, en lugar de
enorgullecerse absurdamente de sus facultades mentales, ¿no se ven obligados a
admitir que a menudo las hacen más infelices que las bestias, en las que no encontramos
opiniones, prejuicios, vanidades ni las debilidades que deciden en cada momento
el bien? -ser de hombres?
C.—¿QUÉ ES EL ALMA? NO SABEMOS NADA AL RESPECTO. SI
ESTA PRETENDIDA ALMA FUERA DE OTRA ESENCIA DE LA DEL CUERPO, SERÍA IMPOSIBLE SU
UNIÓN.
La superioridad que los hombres se arrogan sobre
los demás animales se funda principalmente en la opinión de poseer
exclusivamente un alma inmortal. Pero tan pronto como preguntamos qué es esta
alma, comienzan a tartamudear. Es una sustancia desconocida; es una fuerza
secreta que se distingue de sus cuerpos; es un espíritu del cual no pueden
formarse idea. Pregúntales cómo este espíritu, que suponen como su Dios,
totalmente desprovisto de sustancia física, podría combinarse con sus cuerpos
materiales. Te dirán que no saben nada al respecto; que es un misterio para
ellos; que esta combinación es el efecto del poder Todopoderoso. ¡Estas son las
ideas claras que los hombres se forman de la sustancia oculta, o más bien
imaginaria, que consideran el motor de todas sus acciones! Si el alma es una
sustancia esencialmente diferente del cuerpo, y que no pueden tener afinidad
con ella, su unión sería, no un misterio, sino una cosa imposible. Además, esta
alma, siendo de una esencia diferente a la del cuerpo, debe obrar
necesariamente de manera diferente a ella. Sin embargo, vemos que los
movimientos del cuerpo son sentidos por esta alma fingida, y que estas dos
sustancias, tan diferentes en esencia, actúan siempre en armonía. Nos dirás que
esta armonía es un misterio; y os diré que no veo mi alma, que conozco y siento
sino mi cuerpo; que es mi cuerpo el que siente, el que reflexiona, el que
juzga, el que sufre y el que goza, y que todas sus facultades son resultados
necesarios de su propio mecanismo o de su organización. siendo de una esencia
diferente a la del cuerpo, debe obrar necesariamente de manera diferente a
ella. Sin embargo, vemos que los movimientos del cuerpo son sentidos por esta
alma fingida, y que estas dos sustancias, tan diferentes en esencia, actúan siempre
en armonía. Nos dirás que esta armonía es un misterio; y os diré que no veo mi
alma, que conozco y siento sino mi cuerpo; que es mi cuerpo el que siente, el
que reflexiona, el que juzga, el que sufre y el que goza, y que todas sus
facultades son resultados necesarios de su propio mecanismo o de su
organización. siendo de una esencia diferente a la del cuerpo, debe obrar
necesariamente de manera diferente a ella. Sin embargo, vemos que los
movimientos del cuerpo son sentidos por esta alma fingida, y que estas dos
sustancias, tan diferentes en esencia, actúan siempre en armonía. Nos dirás que
esta armonía es un misterio; y os diré que no veo mi alma, que conozco y siento
sino mi cuerpo; que es mi cuerpo el que siente, el que reflexiona, el que
juzga, el que sufre y el que goza, y que todas sus facultades son resultados
necesarios de su propio mecanismo o de su organización. Nos dirás que esta
armonía es un misterio; y os diré que no veo mi alma, que conozco y siento sino
mi cuerpo; que es mi cuerpo el que siente, el que reflexiona, el que juzga, el
que sufre y el que goza, y que todas sus facultades son resultados necesarios
de su propio mecanismo o de su organización. Nos dirás que esta armonía es un
misterio; y os diré que no veo mi alma, que conozco y siento sino mi cuerpo;
que es mi cuerpo el que siente, el que reflexiona, el que juzga, el que sufre y
el que goza, y que todas sus facultades son resultados necesarios de su propio
mecanismo o de su organización.
CI.—LA EXISTENCIA DE UN ALMA ES UNA SUPOSICIÓN
ABSURDA, Y LA EXISTENCIA DE UN ALMA INMORTAL ES UNA SUPOSICIÓN AÚN MÁS ABSURDA.
Aunque es imposible que los hombres tengan la menor
idea del alma, o de este pretendido espíritu que los anima, se persuaden, sin
embargo, de que esta alma desconocida está exenta de muerte; todo les prueba
que sienten, piensan, adquieren ideas, disfrutan o sufren, pero por medio de
los sentidos o de los órganos materiales del cuerpo. Aun admitiendo la
existencia de esta alma, no se puede dejar de reconocer que depende enteramente
del cuerpo, y sufre juntamente con él todas las vicisitudes que ella misma experimenta;
y sin embargo se imagina que por su naturaleza no tiene nada análogo a ella; se
pretende que pueda actuar y sentir sin la ayuda de este cuerpo; que privada de
este cuerpo y despojada de sus sentidos, esta alma podrá vivir, gozar, sufrir,
ser sensible al goce oa los tormentos rigurosos.
Si pregunto qué fundamento tenemos para suponer que
el alma es inmortal, responden que es porque el hombre por su naturaleza desea
ser inmortal, o vivir para siempre. Pero repito, si deseas mucho algo, ¿es
suficiente concluir que este deseo se cumplirá? ¿Por qué extraña lógica deciden
que una cosa no puede dejar de suceder porque desean ardientemente que suceda?
Los deseos infantiles de la imaginación del hombre, ¿son ellos la medida de la
realidad? Pueblos impíos, decís, privados de las halagadoras esperanzas de otra
vida, desean ser aniquilados. Bien, ¿no tienen ellos tanto derecho a concluir
por este deseo que serán aniquilados, como tú a concluir que existirás para
siempre porque lo deseas?
CII.—ES EVIDENTE QUE TODO EL HOMBRE MUERE.
El hombre muere por completo. Nada es más evidente
para el que no delira. El cuerpo humano, después de la muerte, no es más que
una masa, incapaz de producir ningún movimiento cuya unión constituya la vida.
Ya no vemos la circulación, la respiración, la digestión, el habla o la
reflexión. Se afirma entonces que el alma se ha separado del cuerpo. Pero decir
que esta alma, que es desconocida, es el principio de la vida, no es decir
nada, a menos que una fuerza desconocida sea el principio invisible de los movimientos
imperceptibles. Nada es más natural y más simple que creer que el muerto ya no
vive, nada más absurdo que creer que el muerto todavía vive.
We ridicule the simplicity of some nations whose
fashion is to bury provisions with the dead—under the idea that this food
might be useful and necessary to them in another life. Is it more ridiculous or
more absurd to believe that men will eat after death than to imagine that they
will think; that they will have agreeable or disagreeable ideas; that they will
enjoy; that they will suffer; that they will be conscious of sorrow or joy when
the organs which produce sensations or ideas are dissolved and reduced to dust?
To claim that the souls of men will be happy or unhappy after the death of the
body, is to pretend that man will be able to see without eyes, to hear without
ears, to taste without a palate, to smell without a nose, and to feel without
hands and without skin. Nations who believe themselves very rational, adopt,
nevertheless, such ideas.
CIII.—INCONTESTABLE PROOFS AGAINST THE
SPIRITUALITY OF THE SOUL.
The dogma of the immortality of the soul assumes
that the soul is a simple substance, a spirit; but I will always ask, what is a
spirit? It is, you say, a substance deprived of expansion, incorruptible, and
which has nothing in common with matter. But if this is true, how came your
soul into existence? how did it grow? how did it strengthen? how weaken itself,
get out of order, and grow old with your body? In reply to all these questions,
you say that they are mysteries; but if they are mysteries, you understand
nothing about them. If you do not understand anything about them, how can you
positively affirm anything about them? In order to believe or to affirm
anything, it is necessary at least to know what that consists of which we
believe and which we affirm. To believe in the existence of your immaterial
soul, is to say that you are persuaded of the existence of a thing of which it
is impossible for you to form any true idea; it is to believe in words without
attaching any sense to them; to affirm that the thing is as you claim, is the
highest folly or assumption.
CIV.—THE ABSURDITY OF SUPERNATURAL CAUSES, WHICH
THEOLOGIANS CONSTANTLY CALL TO THEIR AID.
Are not theologians strange reasoners? As soon as
they can not guess the natural causes of things, they invent causes, which they
call supernatural; they imagine them spirits, occult causes, inexplicable
agents, or rather words much more obscure than the things which they attempt to
explain. Let us remain in nature when we desire to understand its phenomena;
let us ignore the causes which are too delicate to be seized by our organs; and
let us be assured that by seeking outside of nature we can never find the
solution of nature's problems. Even upon the theological hypothesis—that is
to say, supposing an Almighty motor in matter—what right have theologians to
refuse their God the power to endow this matter with thought? Would it be more
difficult for Him to create combinations of matter from which results thought,
than spirits which think? At least, in supposing a substance endowed with
thought, we could form some idea of the object of our thoughts, or of what
thinks in us; while attributing thought to an immaterial being, it is
impossible for us to form the least idea of it.
CV.—IT IS FALSE THAT MATERIALISM CAN BE DEBASING
TO THE HUMAN RACE.
Materialism, it is objected, makes of man a mere
machine, which is considered very debasing to the human race. But will the
human race be more honored when it can be said that man acts by the secret
impulsions of a spirit, or a certain something which animates him without his
knowing how? It is easy to perceive that the superiority which is given to mind
over matter, or to the soul over the body, is based upon the ignorance of the
nature of this soul; while we are more familiarized with matter or the body, which
we imagine we know, and of which we believe we have understood the springs; but
the most simple movements of our bodies are, for every thinking man, enigmas as
difficult to divine as thought.
CVI.—CONTINUATION.
The esteem which so many people have for the
spiritual substance, appears to result from the impossibility they find in
defining it in an intelligible way. The contempt which our metaphysicians show
for matter, comes from the fact that "familiarity breeds contempt."
When they tell us that the soul is more excellent and noble than the body, they
tell us nothing, except that what they know nothing about must be more
beautiful than that of which they have some faint ideas.
CVII.—THE DOGMA OF ANOTHER LIFE IS USEFUL BUT FOR
THOSE WHO PROFIT BY IT AT THE EXPENSE OF THE CREDULOUS PUBLIC.
We are constantly told of the usefulness of the
dogma of life hereafter. It is pretended that even if it should be a fiction,
it is advantageous, because it imposes upon men and leads them to virtue. But
is it true that this dogma renders men wiser and more virtuous? The nations
where this fiction is established, are they remarkable for the morality of their
conduct? Is not the visible world always preferred to the invisible world? If
those who are charged to instruct and to govern men had themselves
enlightenment and virtue, they would govern them far better by realities than
by vain chimeras; but deceitful, ambitious, and corrupt, the legislators found
it everywhere easier to put the nations to sleep by fables than to teach them
truths; than to develop their reason; than to excite them to virtue by sensible
and real motives; than to govern them in a reasonable way.
Theologians, no doubt, have had reasons for making
the soul immaterial. They needed souls and chimeras to populate the imaginary
regions which they have discovered in the other life. Material souls would have
been subjected, like all bodies, to dissolution. Moreover, if men believe that
everything is to perish with the body, the geographers of the other world would
evidently lose the chance of guiding their souls to this unknown abode. They
would draw no profits from the hopes with which they feast them, and from the
terrors with which they take care to overwhelm them. If the future is of no
real utility to the human race, it is at least of the greatest advantage to
those who take upon themselves the responsibility of conducting mankind
thither.
CVIII.—IT IS FALSE THAT THE DOGMA OF ANOTHER LIFE
CAN BE CONSOLING; AND IF IT WERE, IT WOULD BE NO PROOF THAT THIS ASSERTION IS
TRUE.
But, it will be said, is not the dogma of the
immortality of the soul consoling for beings who often find themselves very
unhappy here below? If this should be an illusion, is it not a sweet and
agreeable one? Is it not a benefit for man to believe that he can live again
and enjoy, sometime, the happiness which is refused to him on earth? Thus, poor
mortals! you make your wishes the measure of the truth! Because you desire to
live forever, and to be happier, you conclude from thence that you will live forever,
and that you will be more fortunate in an unknown world than in the known
world, in which you so often suffer! Consent, then, to leave without regret
this world, which causes more trouble than pleasure to the majority of you.
Resign yourselves to the order of destiny, which decrees that you, like all
other beings, should not endure forever. But what will become of me? you ask!
What you were several millions of years ago. You were then, I do not know what;
resign yourselves, then, to become again in an instant, I do not know what;
what you were then; return peaceably to the universal home from which you came
without your knowledge into your material form, and pass by without murmuring,
like all the beings which surround you!
We are repeatedly told that religious ideas offer
infinite consolation to the unfortunate; it is pretended that the idea of the
immortality of the soul and of a happier life has a tendency to lift up the
heart of man and to sustain him in the midst of the adversities with which he
is assailed in this life. Materialism, on the contrary, is, we are told, an
afflicting system, tending to degrade man, which ranks him among brutes; which
destroys his courage, whose only hope is complete annihilation, tending to lead
him to despair, and inducing him to commit suicide as soon as he suffers in
this world. The grand policy of theologians is to blow hot and to blow cold, to
afflict and to console, to frighten and to reassure.
According to the fictions of theology, the regions
of the other life are happy and unhappy. Nothing more difficult than to render
one worthy of the abode of felicity; nothing easier than to obtain a place in
the abode of torments that Divinity prepares for the unfortunate victims of His
eternal fury. Those who find the idea of another life so flattering and so
sweet, have they then forgotten that this other life, according to them, is to
be accompanied by torments for the majority of mortals? Is not the idea of
total annihilation infinitely preferable to the idea of an eternal existence
accompanied with suffering and gnashing of teeth? The fear of ceasing to exist,
is it more afflicting than the thought of having not always been? The fear of
ceasing to be is but an evil for the imagination, which alone brought forth the
dogma of another life.
You say, O Christian philosophers, that the idea of
a happier life is delightful; we agree; there is no one who would not desire a
more agreeable and a more durable existence than the one we enjoy here below.
But, if Paradise is tempting, you will admit, also, that hell is frightful. It
is very difficult to merit heaven, and very easy to gain hell. Do you not say
that one straight and narrow path leads to the happy regions, and that a broad
road leads to the regions of the unhappy? Do you not constantly tell us that
the number of the chosen ones is very small, and that of the damned is very
large? Do we not need, in order to be saved, such grace as your God grants to
but few? Well! I tell you that these ideas are by no means consoling; I prefer
to be annihilated at once rather than to burn forever; I will tell you that the
fate of beasts appears to me more desirable than the fate of the damned; I will
tell you that the belief which delivers me from overwhelming fears in this
world, appears to me more desirable than the uncertainty in which I am left
through belief in a God who, master of His favors, gives them but to His
favorites, and who permits all the others to render themselves worthy of
eternal punishments. It can be but blind enthusiasm or folly that can prefer a
system which evidently encourages improbable conjectures, accompanied by
uncertainty and desolating fear.
CIX.—ALL RELIGIOUS PRINCIPLES ARE IMAGINARY.
INNATE SENSE IS BUT THE EFFECT OF A ROOTED HABIT. GOD IS AN IDLE FANCY, AND THE
QUALITIES WHICH ARE LAVISHED UPON HIM DESTROY EACH OTHER.
All religious principles are a thing of
imagination, in which experience and reason have nothing to do. We find much
difficulty in conquering them, because imagination, when once occupied in
creating chimeras which astonish or excite it, is incapable of reasoning. He
who combats religion and its phantasies by the arms of reason, is like a man
who uses a sword to kill flies: as soon as the blow is struck, the flies and
the fancies return to the minds from which we thought to have banished them.
As soon as we refuse the proofs which theology
pretends to give of the existence of a God, they oppose to the arguments which
destroy them, an innate conviction, a profound persuasion, an invincible
inclination inherent in every man, which brings to him, in spite of himself,
the idea of an Almighty being which he can not altogether expel from his mind,
and which he is compelled to recognize in spite of the strongest reasons that
we can give him. But if we wish to analyze this innate conviction, upon which so
much weight is placed, we will find that it is but the effect of a rooted
habit, which, making them close their eyes against the most demonstrative
proofs, leads the majority of men, and often the most enlightened ones, back to
the prejudices of childhood. What can this innate sense or this ill-founded
persuasion prove against the evidence which shows us that what implies
contradiction can not exist?
We are told, very gravely, that it is not
demonstrated that God does not exist. However, nothing is better demonstrated,
notwithstanding all that men have told us so far, than that this God is an idle
fancy, whose existence is totally impossible, as nothing is more evident or
more clearly demonstrated than that a being can not combine qualities so
dissimilar, so contradictory, so irreconcilable as those which all the
religions of the earth ascribe to Divinity. The theologian's God, as well as
the God of the theist, is He not evidently a cause incompatible with the
effects attributed to Him? In whatever light we may look upon it, we must
either invent another God, or conclude that the one which, for so many
centuries, has been revealed to mortals, is at the same time very good and very
wicked, very powerful and very weak, immutable and changeable, perfectly
intelligent and perfectly destitute of reason, of plan, and of means; the
friend of order and permitting disorder; very just and very unjust; very skillful
and very awkward. Finally, are we not obliged to admit that it is impossible to
reconcile the discordant attributes which are heaped upon a being of whom we
can not say a single word without falling into the most palpable
contradictions? Let us attempt to attribute but a single quality to Divinity,
and what is said of it will be contradicted immediately by the effects we
assign to this cause.
CX.—EVERY RELIGION IS BUT A SYSTEM IMAGINED FOR
THE PURPOSE OF RECONCILING CONTRADICTIONS BY THE AID OF MYSTERIES.
Theology could very properly be defined as the
science of contradictions. Every religion is but a system imagined for the
purpose of reconciling irreconcilable ideas. By the aid of habitude and terror,
we come to persist in the greatest absurdities, even when they are the most
clearly exposed. All religions are easy to combat, but very difficult to
eradicate. Reason can do nothing against habit, which becomes, as is said, a
second nature. There are many persons otherwise sensible, who, even after
having examined the ruinous foundations of their belief, return to it in spite
of the most striking arguments.
As soon as we complain of not understanding
religion, finding in it at every step absurdities which are repulsive, seeing
in it but impossibilities, we are told that we are not made to conceive the
truths of the religion which is proposed to us; that wandering reason is but an
unfaithful guide, only capable of conducting us to perdition; and what is more,
we are assured that what is folly in the eyes of man, is wisdom in the eyes of
God, to whom nothing is impossible. Finally, in order to decide by a single
word the most insurmountable difficulties which theology presents to us on all
sides, they simply cry out: "Mysteries!"
CXI.—ABSURDITY AND INUTILITY OF THE MYSTERIES
FORGED IN THE SOLE INTEREST OF THE PRIESTS.
What is a mystery? If I examine the thing closely,
I discover very soon that a mystery is nothing but a contradiction, a palpable
absurdity, a notorious impossibility, on which theologians wish to compel men
to humbly close the eyes; in a word, a mystery is whatever our spiritual guides
can not explain to us.
It is advantageous for the ministers of religion
that the people should not comprehend what they are taught. It is impossible
for us to examine what we do not comprehend. Every time that we can not see
clearly, we are obliged to be guided. If religion was comprehensible, priests
would not have so many charges here below.
No religion is without mysteries; mystery is its
essence; a religion destitute of mysteries would be a contradiction of terms.
The God which serves as a foundation to natural religion, to theism or to
deism, is Himself the greatest mystery to a mind wishing to dwell upon Him.
CXII.—CONTINUATION.
All the revealed religions which we see in the
world are filled with mysterious dogmas, unintelligible principles, of
incredible miracles, of astonishing tales which seem imagined but to confound
reason. Every religion announces a concealed God, whose essence is a mystery;
consequently, it is just as difficult to conceive of His conduct as of the
essence of this God Himself. Divinity has never spoken to us but in an
enigmatical and mysterious way in the various religions which have been founded
in the different regions of our globe. It has revealed itself everywhere but to
announce mysteries, that is to say, to warn mortals that it designs that they
should believe in contradictions, in impossibilities, or in things of which
they were incapable of forming any positive idea.
The more mysteries a religion has, the more
incredible objects it presents to the mind, the better fitted it is to please
the imagination of men, who find in it a continual pasturage to feed upon. The
more obscure a religion is, the more it appears divine, that is to say, in
conformity to the nature of an invisible being, of whom we have no idea.
It is the peculiarity of ignorance to prefer the
unknown, the concealed, the fabulous, the wonderful, the incredible, even the
terrible, to that which is clear, simple, and true. Truth does not give to the
imagination such lively play as fiction, which each one may arrange as he
pleases. The vulgar ask nothing better than to listen to fables; priests and
legislators, by inventing religions and forging mysteries from them, have
served them to their taste. In this way they have attracted enthusiasts, women,
and the illiterate generally. Beings of this kind resign easily to reasons
which they are incapable of examining; the love of the simple and the true is
found but in the small number of those whose imagination is regulated by study
and by reflection. The inhabitants of a village are never more pleased with
their pastor than when he mixes a good deal of Latin in his sermon. Ignorant
men always imagine that he who speaks to them of things which they do not
understand, is a very wise and learned man. This is the true principle of the
credulity of nations, and of the authority of those who pretend to guide them.
CXIII.—CONTINUATION.
To speak to men to announce to them mysteries, is
to give and retain, it is to speak not to be understood. He who talks but by
enigmas, either seeks to amuse himself by the embarrassment which he causes, or
finds it to his advantage not to explain himself too clearly. Every secret
betrays suspicion, weakness, and fear. Princes and their ministers make a
mystery of their projects for fear that their enemies in penetrating them would
cause them to fail. Can a good God amuse Himself by the embarrassment of His
creatures? A God who enjoys a power which nothing in the world can resist, can
He apprehend that His intentions could be thwarted? What interest would He have
in putting upon us enigmas and mysteries? We are told that man, by the weakness
of his nature, is not capable of comprehending the Divine economy which can be
to him but a tissue of mysteries; that God can not unveil secrets to him which
are beyond his reach. In this case, I reply, that man is not made to trouble
himself with Divine economy, that this economy can not interest him in the
least, that he has no need of mysteries which he can not understand; finally,
that a mysterious religion is not made for him, any more than an eloquent
discourse is made for a flock of sheep.
CXIV.– UN DIOS UNIVERSAL DEBIÓ HABER REVELADO
UNA RELIGIÓN UNIVERSAL.
La divinidad se ha revelado en las diferentes
partes de nuestro globo de una manera tan poco uniforme, que en materia de
religión los hombres se miran unos a otros con odio y desdén. Los partidarios
de las distintas sectas se ven muy ridículos y tontos. Los misterios más
respetados en una religión son ridículos para otra. Dios, habiéndose revelado a
los hombres, debe por lo menos hablar en el mismo idioma a todos, y aliviar sus
mentes débiles de la vergüenza de buscar cuál puede ser la religión que verdaderamente
emanó de Él, o cuál es la forma de adoración más agradable. en sus ojos.
Un Dios universal debería haber revelado una
religión universal. ¿Por qué fatalidad se encuentran tantas religiones
diferentes en la tierra? ¿Cuál es el verdadero entre el gran número de los que
cada uno pretende ser el correcto, con exclusión de todos los demás? Tenemos
todas las razones para creer que ninguno de ellos disfruta de esta ventaja. Las
divisiones y las disputas de opiniones son signos indudables de la
incertidumbre y de la oscuridad de los principios que profesan.
CXV.— LA PRUEBA DE QUE LA RELIGIÓN NO ES
NECESARIA, ES QUE ES ININTELIGIBLE.
Si la religión fuera necesaria para todos los
hombres, debería ser inteligible para todos los hombres. Si esta religión era
la cosa más importante para ellos, la bondad de Dios, parece, debería hacerla
para ellos la más clara, la más evidente y la mejor demostrada de todas las
cosas. ¿No es asombroso ver que esta materia, tan esencial para la salvación de
los mortales, sea precisamente la que menos entienden y sobre la que, durante
tantos siglos, sus médicos han discutido más? Jamás sacerdotes, ni siquiera de
la misma secta, se han puesto de acuerdo entre ellos sobre la manera de
entender los deseos de un Dios que verdaderamente se les ha revelado. El mundo
que habitamos se puede comparar con un lugar público, en cuyas diferentes
partes se colocan varios charlatanes, cada uno esforzándose por atraer clientes
depreciando los remedios ofrecidos por sus competidores. Cada puesto tiene sus
compradores, que están persuadidos de que sólo su empírico posee los buenos
remedios; no obstante el continuo uso que hacen de ellos, no perciben que no
son mejores, o que están tan enfermos como los que corren tras los charlatanes
de otra tribuna. La devoción es una enfermedad de la imaginación, contraída en
la infancia; el devoto es un hipocondríaco, que aumenta su enfermedad por el
uso de remedios. El sabio no toma nada de eso; sigue un buen régimen y deja el
resto a la naturaleza. no perciben que no son mejores, o que están tan enfermos
como los que corren detrás de los charlatanes de otra tribuna. La devoción es
una enfermedad de la imaginación, contraída en la infancia; el devoto es un
hipocondríaco, que aumenta su enfermedad por el uso de remedios. El sabio no
toma nada de eso; sigue un buen régimen y deja el resto a la naturaleza. no
perciben que no son mejores, o que están tan enfermos como los que corren
detrás de los charlatanes de otra tribuna. La devoción es una enfermedad de la
imaginación, contraída en la infancia; el devoto es un hipocondríaco, que
aumenta su enfermedad por el uso de remedios. El sabio no toma nada de eso;
sigue un buen régimen y deja el resto a la naturaleza.
CXVI.—TODAS LAS RELIGIONES SON BURLADAS POR
AQUELLAS DE CREENCIAS OPUESTAS, AUNQUE IGUALMENTE LOCAS.
Nada parece más ridículo a los ojos de un hombre
sensato que una denominación critique a otra cuyo credo es igualmente tonto. Un
cristiano piensa que el Corán, la revelación divina anunciada por Mahoma, no es
más que un tejido de sueños impertinentes e imposturas injuriosas a la
Divinidad. El mahometano, por su parte, trata al cristiano como un idólatra y
un perro; no ve más que absurdos en su religión; se imagina con derecho a
conquistar su país y obligarlo, espada en mano, a aceptar la fe de su Divino
profeta; cree especialmente que nada es más impío o más irrazonable que adorar
a un hombre o creer en la Trinidad. El cristiano protestante, que sin
escrúpulos adora a un hombre, y que cree firmemente en el inconcebible misterio
de la Trinidad, ridiculiza al cristiano católico porque éste cree en el
misterio de la transubstanciación. Lo trata de tonto, de impío e idólatra,
porque se arrodilla para adorar el pan en el que cree ver al Dios del universo.
Todas las denominaciones cristianas coinciden en considerar como una locura la
encarnación del Dios de las Indias, Vishnu. Sostienen que la única encarnación
verdadera es la de Jesús, Hijo del Dios del universo y de la mujer de un
carpintero. El teísta, que se llama a sí mismo devoto de la religión natural,
se contenta con reconocer a un Dios del que no tiene concepción; se entrega a
bromear sobre otros misterios enseñados por todas las religiones del mundo.
porque se arrodilla para adorar el pan en el que cree ver al Dios del universo.
Todas las denominaciones cristianas coinciden en considerar como una locura la
encarnación del Dios de las Indias, Vishnu. Sostienen que la única encarnación
verdadera es la de Jesús, Hijo del Dios del universo y de la mujer de un
carpintero. El teísta, que se llama a sí mismo devoto de la religión natural,
se contenta con reconocer a un Dios del que no tiene concepción; se entrega a
bromear sobre otros misterios enseñados por todas las religiones del mundo.
porque se arrodilla para adorar el pan en el que cree ver al Dios del universo.
Todas las denominaciones cristianas coinciden en considerar como una locura la
encarnación del Dios de las Indias, Vishnu. Sostienen que la única encarnación
verdadera es la de Jesús, Hijo del Dios del universo y de la mujer de un
carpintero. El teísta, que se llama a sí mismo devoto de la religión natural,
se contenta con reconocer a un Dios del que no tiene concepción; se entrega a
bromear sobre otros misterios enseñados por todas las religiones del mundo.
quien se llama a sí mismo devoto de la religión natural, se contenta con
reconocer a un Dios del que no tiene concepción; se entrega a bromear sobre
otros misterios enseñados por todas las religiones del mundo. quien se llama a
sí mismo devoto de la religión natural, se contenta con reconocer a un Dios del
que no tiene concepción; se entrega a bromear sobre otros misterios enseñados
por todas las religiones del mundo.
CXVII.—OPINIÓN DE UN CELEBRADO TEÓLOGO.
¿No reconoció un famoso teólogo lo absurdo de
admitir la existencia de un Dios y detener su curso? "A nosotros",
dijo, "que creemos por la fe en un Dios verdadero, una sustancia
individual, no debe haber ningún problema en creer todo lo demás. Este primer
misterio, que no es poca cosa en sí mismo, una vez admitido, nuestra razón No
puedo sufrir violencia en admitir todo lo demás. En cuanto a mí, no es más
molesto aceptar un millón de cosas que no entiendo, que creer la primera".
¿Hay algo más contradictorio, más imposible o más
misterioso que la creación de la materia por un Ser inmaterial, que Él mismo es
inmutable, provoca los continuos cambios que vemos en el mundo? ¿Hay algo más
incompatible con todas las ideas del sentido común que creer que un Ser bueno,
sabio, equitativo y poderoso preside la naturaleza y dirige Él mismo los
movimientos de un mundo lleno de locuras, miserias, crímenes y desórdenes, que
pudo haber previsto, y con una sola palabra pudo haber impedido o hecho desaparecer?
Finalmente, en cuanto admitimos un Ser tan contradictorio como el Dios
teológico, ¿qué derecho tenemos a negarnos a aceptar las fábulas más
inverosímiles, los milagros más asombrosos, los misterios más profundos?
CXVIII.— EL DIOS DEL DEÃSTA NO ES MENOS
CONTRADICTORIO, NI MENOS FANTASICO, QUE EL DIOS DEL TEÃLOGO.
El teísta exclama: "Tened cuidado de no adorar
al Dios feroz y extraño de la teología; el mío es mucho más sabio y mejor; Él
es el Padre de los hombres; Él es el más suave de los Soberanos; ¡Es Él quien
llena el universo con Sus beneficios! " Pero le diré, ¿no ves que todo en
este mundo contradice las buenas cualidades que atribuyes a tu Dios? En la
numerosa familia de este manso Padre veo mas desgraciados. Bajo el imperio de
este justo Soberano veo el crimen victorioso y la virtud en apuros. Entre estos
beneficios de que os jactáis, y que sólo ve vuestro entusiasmo, veo multitud de
males de todas clases, sobre los cuales cerráis obstinadamente los ojos.
Obligado a reconocer que vuestro buen Dios, en
contradicción consigo mismo, reparte con la misma mano el bien y el mal, os
veréis obligados, para justificarle, a enviarme, como harían los sacerdotes, a
la otra vida. Inventaos, pues, otro Dios que el de la teología, porque vuestro
Dios es tan contradictorio como su Dios. Un Dios bueno que hace el mal o que
permite que se haga, un Dios lleno de equidad y en un imperio donde tantas
veces se oprime la inocencia; un Dios perfecto que produce sólo obras imperfectas
y miserables; tal Dios y su conducta, ¿no son misterios tan grandes como el de
la encarnación? Os ruborizáis, decís, por vuestros semejantes que están
persuadidos de que el Dios del universo podría transformarse en hombre y morir
en una cruz en un rincón de Asia.
¡Bien! ¿Son todos estos misterios más escandalosos
para la razón que un Dios que castiga y premia las acciones de los hombres? El
hombre, según sus puntos de vista, ¿es libre o no? En cualquier caso, vuestro
Dios, si tiene la sombra de la justicia, no puede ni castigarlo ni
recompensarlo. Si el hombre es libre, es Dios quien lo hizo libre para actuar o
no actuar; es Dios, pues, quien es la causa primitiva de todas sus acciones; al
castigar al hombre por sus faltas, lo castigaría por haber hecho lo que le dio
la libertad de hacer. Si el hombre no es libre de obrar de otro modo que como
lo hace, ¿no sería Dios el más injusto de los seres para castigarle por las
faltas que no podría dejar de cometer? Muchas personas se sorprenden con el
detalle de los absurdos con los que están llenas todas las religiones del
mundo; pero no tienen el valor de buscar la fuente de donde necesariamente
brotaron estos absurdos. No ven que un Dios lleno de contradicciones, de
rarezas, de cualidades incompatibles, ya sea inflamando o alimentando la
imaginación de los hombres, podría crear sino una larga línea de ociosas
fantasías.
CXIX.—NO PRUEBAMOS EN ABSOLUTO LA EXISTENCIA DE
UN DIOS DICIENDO QUE EN TODAS LAS EDADES TODA NACION HA RECONOCIDO ALGUN TIPO
DE DIVINIDAD.
Creen, para silenciar a los que niegan la
existencia de un Dios, diciéndoles que todos los hombres, en todas las épocas y
en todos los siglos, han creído en alguna especie de Dios; que no hay pueblo
sobre la tierra que no haya creído en un ser invisible y poderoso, a quien
hicieron objeto de su culto y de su veneración; finalmente, que no hay nación,
por ignorante que la supongamos, que no esté persuadida de la existencia de
alguna inteligencia superior a la naturaleza humana. Pero ¿puede la creencia de
todos los hombres cambiar un error en verdad? Un célebre filósofo ha dicho con
toda razón: "Ni la tradición general ni el consentimiento unánime de todos
los hombres podrían imponer mandato alguno a la verdad". [Bayle.] Otro
sabio dijo antes que él, que "
Hubo un tiempo en que todos los hombres creían que
el sol giraba alrededor de la tierra, mientras que ésta permanecía inmóvil en
el centro de todo el sistema del universo; hace poco más de doscientos años que
este error fue refutado. Hubo un tiempo en que nadie creía en la existencia de
las antípodas, y en que perseguían a quienes tenían el coraje de sustentarlas;
hoy ningún erudito se atreve a dudarlo. Todas las naciones del mundo, excepto
algunos hombres menos crédulos que otros, creen todavía en hechiceros,
fantasmas, apariciones, espíritus; ningún hombre sensato se cree obligado a
adoptar estas locuras; ¡pero las personas más sensatas se sienten obligadas a
creer en un Espíritu universal!
CXX.—TODOS LOS DIOSES SON DE ORIGEN BÁRBARO; TODAS
LAS RELIGIONES SON ANTIGUOS MONUMENTOS DE IGNORANCIA, SUPERSTICIÓN Y FEROCIDAD;
Y LAS RELIGIONES MODERNAS NO SON MAS QUE ANTIGUAS LOCURAS REVIVIDAS.
Todos los Dioses adorados por los hombres tienen un
origen bárbaro; fueron visiblemente imaginados por naciones estúpidas, o fueron
presentados por legisladores ambiciosos y astutos a gentes simples e
ignorantes, que no tenían ni la capacidad ni el coraje de examinar
adecuadamente el objeto que, por medio de terrores, estaban obligados a adorar.
Al examinar de cerca al Dios que vemos adorado todavía en nuestros días por las
naciones más civilizadas, nos vemos obligados a reconocer que tiene rasgos
evidentemente bárbaros. Ser bárbaro es no reconocer más derecho que la fuerza;
es ser cruel hasta el exceso; no es más que seguir el propio capricho; es una
falta de previsión, de prudencia y de razón. ¡Pueblos, que os creéis
civilizados! ¿No percibes este carácter espantoso del Dios a quien ofreces tu
incienso? Las imágenes que se dibujan de la Divinidad, ¿no son visiblemente
prestados del humor implacable, celoso, vengativo, sanguinario, caprichoso,
desconsiderado del hombre que aún no ha cultivado su razón? ¡Oh hombres! no
adoras sino a un gran salvaje, a quien consideras como un modelo a seguir, como
un amo amable, como un soberano perfecto.
Las opiniones religiosas de los hombres en todos
los países son monumentos antiguos y duraderos de la ignorancia, la credulidad,
los terrores y la ferocidad de sus antepasados. Todo bárbaro es un niño
sediento de lo maravilloso, que embebe con placer, y que nunca razona sobre lo
que encuentra adecuado para excitar su imaginación; su ignorancia de los
caminos de la naturaleza le hace atribuir a los espíritus, a los
encantamientos, a la magia, todo lo que le parece extraordinario; a sus ojos
sus sacerdotes son hechiceros, en quienes supone un poder omnipotente; ante
quien se humilla su confusa razón, cuyos oráculos son para él decretos
infalibles, contradecir lo cual sería peligroso. En materia de religión la
mayoría de los hombres han permanecido en su primitiva barbarie. Las religiones
modernas no son más que locuras de los viejos tiempos rejuvenecidas o
presentadas en alguna forma nueva. Si los antiguos bárbaros han adorado
montañas, ríos, serpientes, árboles, fetiches de todo tipo; si los sabios
egipcios adoraban cocodrilos, ratas, cebollas, ¿no vemos naciones que se creen
más sabias que ellos, adoran con reverencia un pan, en el que imaginan que los
encantamientos de sus sacerdotes hacen descender la Divinidad? ¿No es el
Dios-pan el fetiche de muchas naciones cristianas, tan poco racionales en este
punto como el de las naciones más bárbaras? en el que imaginan que los
encantamientos de sus sacerdotes hacen descender a la Divinidad? ¿No es el
Dios-pan el fetiche de muchas naciones cristianas, tan poco racionales en este
punto como el de las naciones más bárbaras? en el que imaginan que los
encantamientos de sus sacerdotes hacen descender a la Divinidad? ¿No es el
Dios-pan el fetiche de muchas naciones cristianas, tan poco racionales en este
punto como el de las naciones más bárbaras?
CXXI.—TODAS LAS CEREMONIAS RELIGIOSAS LLEVAN EL
SELLO DE LA ESTUPIDEZ O LA BARBARIE.
En todos los tiempos la ferocidad, la estupidez, la
insensatez de los hombres salvajes se manifestaron en costumbres religiosas a
menudo crueles y extravagantes. Un espíritu de barbarie ha llegado a nuestros
días; se entromete en las religiones que son seguidas por las naciones más
civilizadas. ¿No vemos todavía víctimas humanas ofrecidas a la Divinidad? Para
aplacar la ira de un Dios que suponemos feroz, celoso, vengativo, salvaje, ¿no
hacen las leyes sanguinarias la destrucción de los que se cree que le han
desagradado por su modo de pensar?
Las naciones modernas, a instigación de sus
sacerdotes, han superado incluso la locura atroz de las naciones más bárbaras;
por lo menos, ¿no encontramos que nunca pasó por la mente de un salvaje
atormentar en aras de las opiniones, entrometerse en el pensamiento, molestar a
los hombres por las acciones invisibles de sus cerebros? Cuando vemos naciones
pulidas y sabias, como la inglesa, la francesa, la alemana, etc., a pesar de
todas sus luces, siguen arrodilladas ante el Dios bárbaro de los judíos, es decir,
de los más estúpidos, de los más crédulos, la nación más salvaje, la más
antisocial que haya existido jamás sobre la tierra; cuando vemos a estas
naciones iluminadas dividirse en sectas, desgarrarse, odiarse y despreciarse
por opiniones, igualmente ridículas, sobre la conducta y las intenciones de
este Dios irracional; cuando vemos a personas inteligentes ocuparse neciamente
en meditar los deseos de este Dios caprichoso y necio; estamos tentados a
exclamar: "¡Oh, hombres! ¡Sois todavía salvajes! ¡Oh, hombres! ¡Sois niños
en materia de religión!"
CXXII.—CUANTO MÁS ANTIGUA Y GENERAL ES UNA OPINIÓN
RELIGIOSA, MAYOR MOTIVO PARA SOSPECHAR DE ELLA.
Quien se haya formado ideas verdaderas de la
ignorancia, la credulidad, la negligencia y la estupidez de la gente común,
considerará siempre sus opiniones religiosas con la mayor desconfianza por ser
generalmente establecidas. La mayoría de los hombres no examinan nada; se dejan
conducir ciegamente por la costumbre y la autoridad; sus opiniones religiosas
son especialmente aquellas que tienen menos valor y capacidad para examinar;
como no entienden nada acerca de ellos, se ven obligados a callar o poner fin a
su razonamiento. Pregúntale al hombre común si cree en Dios. Se sorprenderá de
que puedas dudarlo. Luego pregúntele qué entiende por la palabra Dios. Lo
confundirás; se dará cuenta enseguida de que es incapaz de formarse una idea
real de esta palabra que tantas veces repite; te dirá que Dios es Dios,
Todas las naciones hablan de un Dios; pero ¿están
de acuerdo con este Dios? ¡No! Bueno, la diferencia de opinión no sirve como
evidencia, sino que es un signo de incertidumbre y oscuridad. ¿El mismo hombre
siempre está de acuerdo consigo mismo en sus ideas de Dios? ¡No! Esta idea
varía con las vicisitudes de su vida. Esta es otra señal de incertidumbre. Los
hombres siempre están de acuerdo con otros hombres y consigo mismos sobre las
verdades demostradas, independientemente de la posición en que se encuentren;
excepto los locos, todos están de acuerdo en que dos y dos son cuatro, que el
sol brilla, que el todo es mayor que cualquiera de sus partes, que la justicia
es un bien, que hay que ser benévolos para merecer el amor de los hombres, que
la injusticia y la crueldad son incompatibles con la bondad. ¿Están de acuerdo
de la misma manera si hablan de Dios? Todo lo que piensan o dicen de Él es
inmediatamente contradicho por los efectos que quieren atribuirle. Dile a
varios artistas que pinten una quimera, cada uno de ellos se formará una idea
diferente de ella, y la pintarán de manera diferente; no encontrarás semejanza
en los rasgos que cada uno de ellos habrá dado a un retrato cuyo modelo no
existe en ninguna parte. Al pintar a Dios, ¿alguno de los teólogos del mundo lo
representa de otra manera que como una gran quimera, sobre cuyos rasgos nunca
se ponen de acuerdo, disponiéndolo cada uno según su estilo, que no tiene su
origen sino en su propio cerebro? No hay dos individuos en el mundo que tengan
o puedan tener las mismas ideas de su Dios. y lo pintará de otra manera; no
encontrarás semejanza en los rasgos que cada uno de ellos habrá dado a un
retrato cuyo modelo no existe en ninguna parte. Al pintar a Dios, ¿alguno de
los teólogos del mundo lo representa de otra manera que como una gran quimera,
sobre cuyos rasgos nunca se ponen de acuerdo, disponiéndolo cada uno según su
estilo, que no tiene su origen sino en su propio cerebro? No hay dos individuos
en el mundo que tengan o puedan tener las mismas ideas de su Dios. y lo pintará
de otra manera; no encontrarás semejanza en los rasgos que cada uno de ellos
habrá dado a un retrato cuyo modelo no existe en ninguna parte. Al pintar a
Dios, ¿alguno de los teólogos del mundo lo representa de otra manera que como una
gran quimera, sobre cuyos rasgos nunca se ponen de acuerdo, disponiéndolo cada
uno según su estilo, que no tiene su origen sino en su propio cerebro? No hay
dos individuos en el mundo que tengan o puedan tener las mismas ideas de su
Dios. que tiene su origen sino en su propio cerebro? No hay dos individuos en
el mundo que tengan o puedan tener las mismas ideas de su Dios. que tiene su
origen sino en su propio cerebro? No hay dos individuos en el mundo que tengan
o puedan tener las mismas ideas de su Dios.
CXXIII.—EL ESCEPTICISMO EN MATERIA DE RELIGION,
PUEDE SER EFECTO SOLO DE UN EXAMEN SUPERFICIAL DE LOS PRINCIPIOS TEOLÓGICOS.
Quizá sería más veraz decir que todos los hombres
son escépticos o ateos, que pretender que están firmemente convencidos de la
existencia de un Dios. ¿Cómo podemos estar seguros de la existencia de un ser
que nunca hemos podido examinar, del cual es imposible formarse una idea
permanente, cuyos diferentes efectos sobre nosotros mismos nos impiden
formarnos un juicio invariable, del cual no puede formarse idea alguna?
uniforme en dos cerebros diferentes? ¿Cómo podemos pretender estar
completamente persuadidos de la existencia de un ser al que constantemente
estamos obligados a atribuir una conducta opuesta a las ideas que habíamos
tratado de formarnos de él? ¿Es posible creer firmemente lo que no podemos
concebir? Al creer así, ¿no nos adherimos a las opiniones de los demás sin
tener una propia? Los sacerdotes regulan la creencia del vulgo; pero ¿no
reconocen estos mismos sacerdotes que Dios les es incomprensible? Concluyamos,
pues, que la convicción de la existencia de un Dios no es tan general como se
afirma.
Ser escéptico es carecer de los motivos necesarios
para establecer un juicio. En vista de las pruebas que parecen establecer, y de
los argumentos que combaten la existencia de un Dios, algunas personas
prefieren dudar y suspender su juicio; pero en el fondo, esta incertidumbre es
el resultado de un examen insuficiente. ¿Es, entonces, posible dudar de la
evidencia? La gente sensata ridiculiza, y con razón, un pirronismo absoluto, e
incluso lo considera imposible. Un hombre que pudiera dudar de su propia existencia,
o de la del sol, parecería muy ridículo, o sería sospechoso de razonar de mala
fe. ¿Es menos extravagante tener incertidumbres sobre la inexistencia de un ser
evidentemente imposible? ¿Es más absurdo dudar de la propia existencia, que
dudar sobre la imposibilidad de un ser cuyas cualidades se destruyen entre sí?
¿Encontramos más probabilidades de creer en un ser espiritual que de creer en
la existencia de un palo sin dos puntas? ¿Es la noción de un ser infinitamente
bueno y poderoso que permite una infinidad de males, menos absurda o menos
imposible que la de un triángulo cuadrado?
¡Concluyamos, pues, que el escepticismo religioso
no puede ser más que el efecto de un examen superficial de los principios
teológicos, que están en perpetua contradicción con los principios más claros y
mejor demostrados! Dudar es deliberar sobre el juicio que debemos emitir. El
escepticismo no es más que un estado de indecisión que resulta de un examen
superficial de los temas. ¿Es posible ser escéptico en materia de religión
cuando pretendemos volver a sus principios, y mirar de cerca la idea del Dios
que le sirve de fundamento? La duda surge ordinariamente de la pereza, la
debilidad, la indiferencia o la incapacidad. Dudar, para muchas personas, es
temer la molestia de examinar cosas a las que uno concede poco interés. Aunque
la religión se presenta a los hombres como lo más importante para ellos tanto
en este mundo como en el otro, el escepticismo y la duda sobre este tema pueden
ser para la mente un estado desagradable y sólo ofrece un colchón cómodo.
Ningún hombre que no tenga el coraje de contemplar sin prejuicios al Dios sobre
el que se funda toda religión, puede saber qué religión aceptar; no sabe qué
creer y qué no creer, aceptar o rechazar, qué esperar o temer; finalmente, es
incompetente para juzgar por sí mismo.
La indiferencia hacia la religión no puede
confundirse con el escepticismo; esta indiferencia misma se basa en la
seguridad o en la probabilidad que encontramos al creer que la religión no está
hecha para interesarnos. La persuasión que tenemos de que una cosa que se nos
presenta como muy importante, no lo es, o es sino indiferente, supone un examen
suficiente de la cosa, sin el cual sería imposible tener esta persuasión.
Aquellos que se llaman a sí mismos escépticos en cuanto a los puntos
fundamentales de la religión, son generalmente hombres ociosos y perezosos,
incapaces de examinarlos.
CXXIV.—REVELACIÓN REFUTADA.
En todas partes del mundo, estamos seguros de que
Dios se reveló a sí mismo. ¿Qué enseñó a los hombres? ¿Él les prueba
evidentemente que Él existe? ¿Les dice dónde reside? ¿Les enseña lo que es o en
qué consiste su esencia? ¿Les explica claramente sus intenciones y su plan? Lo
que Él dice de este plan, ¿concuerda con los efectos que vemos? ¡No! Sólo nos
informa que "Él es el que es" [Yo soy el que soy, dice el Señor] que
es un Dios invencible, que sus caminos son inefables, que se enfurece en cuanto
se tiene la temeridad de penetrar Sus decretos, o consultar la razón para
juzgar de Él o de Sus obras. ¿Corresponde la conducta revelada de Dios con las
ideas magníficas que se nos dan de su sabiduría, bondad, justicia, de su
omnipotencia? Para nada; en toda revelación esta conducta muestra un ser
parcial, caprichoso, por lo menos, bueno para su pueblo predilecto, enemigo de
todos los demás. Si se digna a mostrarse a algunos hombres, cuida de mantener a
todos los demás en una ignorancia invencible de sus intenciones divinas. ¿No
anuncia toda revelación especial un Dios injusto, parcial y malicioso?
¿Son los deseos revelados de un Dios capaces de
sorprendernos por la razón sublime o por la sabiduría que encierran? ¿Tienden a
la felicidad de las personas a quienes la Divinidad los ha declarado?
Examinando los deseos divinos, no encuentro en ellos, en todos los países, sino
ordenanzas caprichosas, preceptos ridículos, ceremonias cuyo fin no
comprendemos, prácticas pueriles, principios de conducta indignas del Monarca
de la Naturaleza, ofrendas, sacrificios, expiaciones, útil, de hecho, para los
ministros de Dios, pero muy onerosa para el resto de la humanidad. Encuentro
también, que a menudo tienen una tendencia a volver a los hombres antisociales,
desdeñosos, intolerantes, pendencieros, injustos, inhumanos hacia todos
aquellos que no han recibido las mismas revelaciones que ellos, o las mismas
ordenanzas, o los mismos favores del Cielo.
CXXV.— ¿Dónde, entonces, está la prueba de que
Dios se mostró alguna vez a los hombres o les habló?
¿Son los preceptos de la moral anunciados por la
Divinidad verdaderamente divinos o superiores a los que todo hombre racional
podría imaginar? Son Divinos sólo porque es imposible para la mente humana ver
su utilidad. Su virtud consiste en una renuncia total a la naturaleza humana,
en un olvido voluntario de la propia razón, en un santo odio a sí mismo;
finalmente, estos sublimes preceptos nos muestran la perfección en una conducta
cruel con nosotros mismos y perfectamente inútil para los demás.
How did God show Himself? Did He Himself promulgate
His laws? Did He speak to men with His own mouth? I am told that God did not
show Himself to a whole nation, but that He employed always the organism of a
few favored persons, who took the care to teach and to explain His intentions
to the unlearned. It was never permitted to the people to go to the sanctuary;
the ministers of the Gods always alone had the right to report to them what
transpired.
CXXVI.—NOTHING ESTABLISHES THE TRUTH OF MIRACLES.
If, in the economy of all Divine revelations, I am
unable to recognize either the wisdom, the goodness, or the equity of a God; if
I suspect deceit, ambition, selfish designs in the great personages who have
interposed between Heaven and us, I am assured that God has confirmed, by
splendid miracles, the mission of those who have spoken for Him. But was it not
much easier to show Himself, and to explain for Himself? On the other hand, if
I have the curiosity to examine these miracles, I find that they are tales void
of probability, related by suspicious people, who had the greatest interest in
making others believe that they were sent from the Most High.
What witnesses are referred to in order to make us
believe incredible miracles? They call as witnesses stupid people, who have
ceased to exist for thousands of years, and who, even if they could attest the
miracles in question, would be suspected of having been deceived by their own
imagination, and of permitting themselves to be seduced by the illusions which
skillful impostors performed before their eyes. But, you will say, these
miracles are recorded in books which through constant tradition have been
handed down to us. By whom were these books written? Who are the men who have transmitted
and perpetuated them? They are either the same people who established these
religions, or those who have become their adherents and their assistants. Thus,
in the matter of religion, the testimony of interested parties is irrefragable
and can not be contested!
CXXVII.—IF GOD HAD SPOKEN, IT WOULD BE STRANGE
THAT HE HAD SPOKEN DIFFERENTLY TO ALL THE ADHERENTS OF THE DIFFERENT SECTS, WHO
DAMN EACH OTHER, WHO ACCUSE EACH OTHER, WITH REASON, OF SUPERSTITION AND
IMPIETY.
God has spoken differently to each nation of the
globe which we inhabit. The Indian does not believe one word of what He said to
the Chinaman; the Mohammedan considers what He has told to the Christian as
fables; the Jew considers the Mohammedan and the Christian as sacrilegious
corruptors of the Holy Law, which his God has given to his fathers. The
Christian, proud of his more modern revelation, equally damns the Indian and
the Chinaman, the Mohammedan, and even the Jew, whose holy books he holds. Who is
wrong or right? Each one exclaims: "It is I!" Every one claims the
same proofs; each one speaks of his miracles, his saints, his prophets, his
martyrs. Sensible men answer, that they are all delirious; that God has not
spoken, if it is true that He is a Spirit who has neither mouth nor tongue;
that the God of the Universe could, without borrowing mortal organism, inspire
His creatures with what He desired them to learn, and that, as they are all
equally ignorant of what they ought to think about God, it is evident that God
did not want to instruct them. The adherents of the different forms of worship
which we see established in this world, accuse each other of superstition and
of ungodliness. The Christians abhor the superstition of the heathen, of the
Chinese, of the Mohammedans. The Roman Catholics treat the Protestant
Christians as impious; the latter incessantly declaim against Roman
superstition. They are all right. To be impious, is to have unjust opinions
about the God who is adored; to be superstitious, is to have false ideas of
Him. In accusing each other of superstition, the different religionists
resemble humpbacks who taunt each other with their malformation.
CXXVIII.—OBSCURE AND SUSPICIOUS ORIGIN OF
ORACLES.
The oracles which the Deity has revealed to the
nations through His different mediums, are they clear? Alas! there are not two
men who understand them alike. Those who explain them to others do not agree
among themselves; in order to make them clear, they have recourse to
interpretations, to commentaries, to allegories, to parables, in which is found
a mystical sense very different from the literal one. Men are needed everywhere
to explain the wishes of God, who could not or would not explain Himself clearly
to those whom He desired to enlighten. God always prefers to use as mediums men
who can be suspected of having been deceived themselves, or having reasons to
deceive others.
CXXIX.—ABSURDITY OF PRETENDED MIRACLES.
The founders of all religions have usually proved
their mission by miracles. But what is a miracle? It is an operation directly
opposed to the laws of nature. But, according to you, who has made these laws?
It is God. Thus your God, who, according to you, has foreseen everything,
counteracts the laws which His wisdom had imposed upon nature! These laws were
then defective, or at least in certain circumstances they were but in
accordance with the views of this same God, for you tell us that He thought He
ought to suspend or counteract them.
An attempt is made to persuade us that men who have
been favored by the Most High have received from Him the power to perform
miracles; but in order to perform a miracle, it is necessary to have the
faculty of creating new causes capable of producing effects opposed to those
which ordinary causes can produce. Can we realize how God can give to men the
inconceivable power of creating causes out of nothing? Can it be believed that
an unchangeable God can communicate to man the power to change or rectify His
plan, a power which, according to His essence, an immutable being can not have
himself? Miracles, far from doing much honor to God, far from proving the
Divinity of religion, destroy evidently the idea which is given to us of God,
of His immutability, of His incommunicable attributes, and even of His omnipotence.
How can a theologian tell us that a God who embraced at once the whole of His
plan, who could make but perfect laws, who can change nothing in them, should
be obliged to employ miracles to make His projects successful, or grant to His
creatures the faculty of performing prodigies, in order to execute His Divine
will? Is it probable that a God needs the support of men? An Omnipotent Being,
whose wishes are always gratified, a Being who holds in His hands the hearts
and the minds of His creatures, needs but to wish, in order to make them
believe all He desires.
CXXX.—REFUTATION OF PASCAL'S MANNER OF REASONING
AS TO HOW WE SHOULD JUDGE MIRACLES.
What should we say of religions that based their
Divinity upon miracles which they themselves cause to appear suspicious? How
can we place any faith in the miracles related in the Holy Books of the
Christians, where God Himself boasts of hardening hearts, of blinding those
whom He wishes to ruin; where this God permits wicked spirits and magicians to
perform as wonderful miracles as those of His servants; where it is prophesied
that the Anti-Christ will have the power to perform miracles capable of destroying
the faith even of the elect? This granted, how can we know whether God wants to
instruct us or to lay a snare for us? How can we distinguish whether the
wonders which we see, proceed from God or the Devil? Pascal, in order to
disembarrass us, says very gravely, that we must judge the doctrine by
miracles, and the miracles by the doctrine; that doctrine judges the miracles,
and the miracles judge the doctrine. If there exists a defective and ridiculous
circle, it is no doubt in this fine reasoning of one of the greatest defenders
of the Christian religion. Which of all the religions in the world does not
claim to possess the most admirable doctrine, and which does not bring to its
aid a great number of miracles?
Is a miracle capable of destroying a demonstrated
truth? Although a man should have the secret of curing all diseases, of making
the lame to walk, of raising all the dead of a city, of floating in the air, of
arresting the course of the sun and of the moon, will he be able to convince me
by all this that two and two do not make four; that one makes three and that
three makes but one; that a God who fills the universe with His immensity,
could have transformed Himself into the body of a Jew; that the eternal can
perish like man; that an immutable, foreseeing, and sensible God could have
changed His opinion upon His religion, and reform His own work by a new
revelation?
CXXXI.—EVEN ACCORDING TO THE PRINCIPLES OF
THEOLOGY ITSELF, EVERY NEW REVELATION SHOULD BE REFUTED AS FALSE AND IMPIOUS.
According to the principles of theology itself,
whether natural or revealed, every new revelation ought to be considered false;
every change in a religion which had emanated from the Deity ought to be
refuted as ungodly and blasphemous. Does not every reform suppose that God did
not know how at the start to give His religion the required solidity and
perfection? To say that God in giving a first law accommodated Himself to the
gross ideas of a people whom He wished to enlighten, is to pretend that God neither
could nor would make the people whom He enlightened at that time, as reasonable
as they ought to be to please Him.
El cristianismo es una impiedad, si es cierto que
el judaísmo como religión realmente emanó de un Dios Previsor Santo, Inmutable,
Todopoderoso, rejilla. La religión de Cristo implica defectos en la ley que
Dios mismo dio por medio de Moisés, o impotencia o malicia en este Dios que no
pudo o no quiso hacer a los judíos como debían ser para agradarle. Todas las
religiones, ya sean nuevas o antiguas reformadas, se basan evidentemente en la
debilidad, la inconstancia, la imprudencia y la malicia de la Deidad.
CXXXII.—AUN LA SANGRE DE LOS mártires, TESTIFICA
CONTRA LA VERDAD DE LOS MILAGROS Y CONTRA EL ORIGEN DIVINO QUE RECLAMA EL
CRISTIANISMO.
Si la historia me informa que los primeros
apóstoles, fundadores o reformadores de las religiones, realizaron grandes
milagros, la historia también me enseña que estos apóstoles reformadores y sus
adherentes han sido generalmente despreciados, perseguidos y condenados a
muerte como perturbadores de la paz de las naciones. Entonces estoy tentado a
creer que no han realizado los milagros que se les atribuyen. Finalmente, estos
milagros deberían haberles procurado un gran número de discípulos entre los que
los presenciaron, que deberían haber impedido que los ejecutantes fueran
maltratados. Mi incredulidad aumenta si me dicen que los hacedores de milagros
han sido cruelmente atormentados o asesinados. ¿Cómo podemos creer que los
misioneros, protegidos por un Dios, investidos de su Divino Poder, y gozando
del don de los milagros,
Las persecuciones mismas se consideran como una
prueba convincente a favor de la religión de quienes las han sufrido; pero una
religión que se jacta de haber causado la muerte de muchos mártires, y que nos
informa que sus fundadores han sufrido por su extensión tormentos inauditos, no
puede ser la religión de un Dios benévolo, equitativo y Todopoderoso. Un Dios
bueno no permitiría que los hombres encargados de revelar su voluntad fueran
maltratados. Un Dios omnipotente queriendo fundar una religión, hubiera
empleado medios más sencillos y menos fatales para sus más fieles servidores.
Decir que Dios quiso que su religión fuera sellada con sangre, es decir que
este Dios es débil, injusto, ingrato y sanguinario, y que sacrifica
indignamente a sus misioneros en interés de su ambición.
CXXXIII.—EL FANATISMO DE LOS MÁRTIRES, EL CELO
INTERESADO DE LOS MISIONEROS, PRUEBAN DE NINGUNA MANERA LA VERDAD DE LA
RELIGIÓN.
Morir por una religión no prueba que sea verdadera
o divina; esto prueba a lo sumo que suponemos que es así. Un entusiasta de la
muerte no prueba sino que el fanatismo religioso es a menudo más fuerte que el
amor a la vida. Un impostor a veces puede morir con coraje; hace entonces, como
se dice, "una virtud de la necesidad". A menudo nos sorprendemos y
conmovemos al ver el coraje generoso y el celo desinteresado que han llevado a
los misioneros a predicar su doctrina a riesgo incluso de sufrir los tormentos
más rigurosos. Sacamos de este amor, que se exhibe para la salvación de los
hombres, deducciones favorables a la religión que han proclamado; pero en
verdad este desinterés es sólo aparente. "¡Nada arriesgado, nada
ganado!" Un misionero busca fortuna con la ayuda de su doctrina; sabe que
si tiene la suerte de vender al por menor su mercancía, se convertirá en dueño
absoluto de quienes lo acepten como su guía; está seguro de convertirse en
objeto de su cuidado, de su respeto, de su veneración; tiene todas las razones
para creer que se le proveerá abundantemente. Estos son los verdaderos motivos
que encienden el celo y la caridad de tantos predicadores y misioneros que
viajan por todo el mundo.
Morir por una opinión no prueba más la verdad o la
solidez de esta opinión que morir en una batalla prueba el derecho del
príncipe, por cuyo beneficio tanta gente es tan tonta como para sacrificarse.
El coraje de un mártir, animado por la idea del Paraíso, no es más sobrenatural
que el coraje de un guerrero, animado por la idea de la gloria o obligado al
deber por el miedo a la desgracia. ¿Qué diferencia encontramos entre un iroqués
que canta mientras es quemado a fuego lento, y el mártir San Lorenzo, que sobre
la parrilla insulta a su tirano?
Los predicadores de una nueva doctrina sucumben
porque no son los más fuertes; los apóstoles suelen practicar un negocio
peligroso, cuyas consecuencias pueden prever; su valiente muerte no prueba más
la verdad de sus principios o su propia sinceridad, como la muerte violenta de
un hombre ambicioso o de un bandolero prueba que tenían derecho a perturbar a
la sociedad, o que se creían autorizados para hacerlo. La profesión de
misionero siempre ha favorecido su ambición y le ha permitido subsistir a
expensas de la gente común; estas ventajas han sido suficientes para hacerle
olvidar los peligros que están relacionados con ella.
CXXXIV.— LA TEOLOGà A HACE DE SU DIOS UN ENEMIGO
DEL SENTIDO COMúN Y DE LA ILUSTRACIÓN.
¡Dígannos ustedes, oh teólogos! que "lo que es
locura a los ojos de los hombres, es sabiduría delante de Dios, a quien le
agrada confundir la sabiduría de los sabios". ¿Pero no pretendes que la
sabiduría humana es un regalo del Cielo? Al decirnos que esta sabiduría
desagrada a Dios, no es más que una locura a Sus ojos, y que Él desea
confundirla, proclamas que tu Dios no es más que el amigo de la gente
ignorante, y que hace a la gente sensata un regalo fatal, por lo cual este
tirano pérfido promete castigarlos cruelmente algún día. ¿No es muy extraño que
no podamos ser amigos de vuestro Dios sino declarándonos enemigos de la razón y
del sentido común?
CXXXV.— LA FE ES IRRECONCILIABLE CON LA RAZÓN, Y
LA RAZÓN ES PREFERIBLE A LA FE.
Faith, according to theologians, is consent without
evidence. From this it follows that religion exacts that we should firmly
believe, without evidence, in propositions which are often improbable or
opposed to reason. But to challenge reason as a judge of faith, is it not
acknowledging that reason can not agree with faith? As the ministers of
religion have determined to banish reason, they must have felt the
impossibility of reconciling reason with faith, which is visibly but a blind
submission to those priests whose authority, in many minds, appears to be of a
greater importance than evidence itself, and preferable to the testimony of the
senses. "Sacrifice your reason; give up experience; distrust the testimony
of your senses; submit without examination to all that is given to you as
coming from Heaven." This is the usual language of all the priests of the
world; they do not agree upon any point, except in the necessity of never
reasoning when they present principles to us which they claim as the most important
to our happiness.
I will not sacrifice my reason, because this reason
alone enables me to distinguish good from evil, the true from the false. If, as
you pretend, my reason comes from God, I will never believe that a God whom you
call so good, had ever given me reason but as a snare, in order to lead me to
perdition. Priests! in crying down reason, do you not see that you slander your
God, who, as you assure us, has given us this reason?
I will not give up experience, because it is a much
better guide than imagination, or than the authority of the guides whom they
wish to give me. This experience teaches me that enthusiasm and interest can
blind and mislead them, and that the authority of experience ought to have more
weight upon my mind than the suspicious testimony of many men whom I know to be
capable of deceiving themselves, or very much interested in deceiving others.
I will not distrust my senses. I do not ignore the
fact that they can sometimes lead me into error; but on the other hand, I know
that they do not deceive me always. I know very well that the eye shows the sun
much smaller than it really is; but experience, which is only the repeated
application of the senses, teaches me that objects continually diminish by
reason of their distance; it is by these means that I reach the conclusion that
the sun is much larger than the earth; it is thus that my senses suffice to
rectify the hasty judgments which they induced me to form. In warning me to
doubt the testimony of my senses, you destroy for me the proofs of all
religion. If men can be dupes of their imagination, if their senses are
deceivers, why would you have me believe in the miracles which made an
impression upon the deceiving senses of our ancestors? If my senses are
faithless guides, I learn that I should not have faith even in the miracles
which I might see performed under my own eyes.
CXXXVI.—HOW ABSURD AND RIDICULOUS IS THE
SOPHISTRY OF THOSE WHO WISH TO SUBSTITUTE FAITH FOR REASON.
You tell me continually that the "truths of
religion are beyond reason." Do you not admit, then, that these truths are
not made for reasonable beings? To pretend that reason can deceive us, is to
say that truth can be false, that usefulness can be injurious. Is reason
anything else but the knowledge of the useful and the true? Besides, as we have
but our reason, which is more or less exercised, and our senses, such as they
are, to lead us in this life, to claim that reason is an unsafe guide, and that
our senses are deceivers, is to tell us that our errors are necessary, that our
ignorance is invincible, and that, without extreme injustice, God can not
punish us for having followed the only guides which He desired to give us. To
pretend that we are obliged to believe in things which are beyond our reason,
is an assertion as ridiculous as to say that God would compel us to fly without
wings. To claim that there are objects on which reason should not be consulted,
is to say that in the most important affairs, we must consult but imagination,
or act by chance.
Nuestros Doctores en Divinidad nos dicen que
debemos sacrificar nuestra razón a Dios; pero ¿qué motivos podemos tener para
sacrificar nuestra razón a un ser que no nos da más que dones inútiles, de los
que no quiere que nos aprovechemos? ¿Qué confianza podemos depositar en un Dios
que, según nuestros mismos Doctores, es lo suficientemente malvado como para
endurecer los corazones, para herirnos con ceguera, para poner trampas en
nuestro camino, para llevarnos a la tentación? Finalmente, ¿cómo podemos confiar
en los ministros de este Dios que, para guiarnos más convenientemente, nos
manda cerrar los ojos?
CXXXVII.—¿CÓMO PRETENDER QUE EL HOMBRE DEBE CREER
EL TESTIMONIO VERBAL DE LO QUE SE DICE QUE ES LO MÁS IMPORTANTE PARA ÉL?
Los hombres se convencen a sí mismos de que la
religión es el asunto más serio del mundo para ellos, mientras que es
precisamente lo que menos examinan por sí mismos. Si la cuestión se presenta en
la compra de un terreno, de una casa, de la inversión de dinero, de una
transacción, o de algún tipo de acuerdo, veréis que cada uno examine todo con
cuidado, tome las mayores precauciones, sopese todos los palabras de un
documento, para cuidarse de cualquier sorpresa o imposición. No es lo mismo con
la religión; cada uno lo acepta al azar, y lo cree por testimonio verbal, sin
tomarse la molestia de examinarlo. Dos causas parecen concurrir en sostener a
los hombres en la negligencia y la irreflexión que muestran cuando se trata de
examinar sus opiniones religiosas. El primero es, la desesperanza de penetrar
en la oscuridad que rodea a toda religión; incluso en sus primeros principios,
tiene sólo una tendencia a repeler las mentes indolentes, que ven en él sólo el
caos, para penetrar lo que juzgan imposible. La segunda es que cada uno tiene
miedo de incomodarse con los severos preceptos que todos admiran en la teoría,
y que pocas personas se toman la molestia de practicar. Mucha gente conserva su
religión como viejos títulos de familia que nunca se han tomado la molestia de
examinar minuciosamente, pero que guardan en sus archivos por si los necesitan.
que cada uno tiene miedo de incomodarse con los severos preceptos que todos
admiran en la teoría, y que pocas personas se toman la molestia de practicar.
Mucha gente conserva su religión como viejos títulos de familia que nunca se
han tomado la molestia de examinar minuciosamente, pero que guardan en sus
archivos por si los necesitan. que cada uno tiene miedo de incomodarse con los
severos preceptos que todos admiran en la teoría, y que pocas personas se toman
la molestia de practicar. Mucha gente conserva su religión como viejos títulos
de familia que nunca se han tomado la molestia de examinar minuciosamente, pero
que guardan en sus archivos por si los necesitan.
CXXXVIII.– LA FE ECHA RAÃZ PERO EN MENTES
DÉBILES, IGNORANTES O INDOLENTES.
Los discípulos de Pitágoras tenían una fe implícita
en la doctrina de su Maestro: "¡ÉL LO HA DICHO!" era para ellos la
solución de todos los problemas. La mayoría de los hombres actúan con la misma
razón. Un cura, un sacerdote, un monje ignorante, se convertirá en materia de
religión en el dueño de los propios pensamientos. La fe alivia la debilidad de
la mente humana, para quien la aplicación es comúnmente un trabajo muy
doloroso; es mucho más fácil confiar en los demás que examinarse uno mismo;
siendo el examen lento y difícil, suele ser desagradable tanto para las mentes
ignorantes y estúpidas como para las muy ardientes; por eso, sin duda, la fe
encuentra tantos partidarios.
Cuanta menos iluminación y razón poseen los
hombres, más celo muestran por su religión. En todas las facciones religiosas,
las mujeres, excitadas por sus directores, muestran un celo muy grande en
opiniones de las que es evidente que no tienen la menor idea. En las querellas
teológicas la gente se lanza como una bestia feroz sobre todos aquellos contra
los que su sacerdote quiere excitarlos. Ignorancia profunda, credulidad
ilimitada, cabeza muy débil, imaginación irritada, estos son los materiales de
los que están hechos los devotos, los fanáticos, los fanáticos y los santos.
¿Cómo hacer entrar en razón a aquellas personas que se dejan guiar sin examinar
nada? Los devotos y la gente común son, en manos de sus guías, sólo autómatas
que mueven a su antojo.
CXXXIX.– ENSEÑAR QUE EXISTE UNA RELIGIÓN
VERDADERA ES UN ABSURDO, Y CAUSA DE MUCHOS PROBLEMAS ENTRE LAS NACIONES.
La religión es cosa de costumbres y modas; debemos
hacer como los demás. Pero, entre las muchas religiones que hay en el mundo,
¿cuál debemos elegir? Este examen sería demasiado largo y doloroso; entonces
debemos aferrarnos a la fe de nuestros padres, a la de nuestro país, oa la del
príncipe, quien, poseyendo poder, debe ser el mejor. Sólo el azar decide la
religión de un hombre y de un pueblo. Los franceses serían hoy tan buenos
musulmanes como cristianos, si sus antepasados no hubieran rechazado los esfuerzos
de los sarracenos. Si juzgamos las intenciones de la Providencia por los
acontecimientos y las revoluciones de este mundo, nos vemos obligados a creer
que es bastante indiferente a las diferentes religiones que existen en la
tierra. Durante miles de años el Paganismo, el Politeísmo y la Idolatría han
sido las religiones del mundo; estamos seguros hoy, que durante este período
las naciones más florecientes no tenían la menor idea de la Deidad, una idea
que, sin embargo, se afirma que es tan importante para todos los hombres. Los
cristianos pretenden que, con la excepción del pueblo judío, es decir, un
puñado de seres desdichados, toda la raza humana vivía en la más absoluta
ignorancia de sus deberes para con Dios, y no tenía sino ideas imperfectas de
la majestad divina. El cristianismo, retoño del judaísmo, que era muy humilde
en su origen oscuro, se hizo poderoso y cruel bajo los emperadores cristianos,
quienes, impulsados por un celo santo, lo extendieron maravillosamente en su
imperio a espada y fuego, y lo fundaron sobre las ruinas de Paganismo
derrocado. Mahoma y sus sucesores, ayudados por la Providencia, o por sus armas
victoriosas, lograron en poco tiempo expulsar a la religión cristiana de una
parte de Asia, África, e incluso de la propia Europa; el Evangelio se vio
obligado a rendirse al Corán. En todas las facciones o sectas que durante gran
número de siglos han lacerado a los cristianos, "LA RAZÓN DEL MÁS FUERTE
FUE SIEMPRE LA MEJOR"; sólo las armas y la voluntad de los príncipes
decidieron la doctrina más útil para la salvación de las naciones. ¿No
podríamos concluir por esto que la Deidad se interesa muy poco por la religión
de los hombres, o que Él se declara siempre a favor de las opiniones que mejor
convienen a las Autoridades de la tierra, a fin de que Él pueda cambiar Sus
sistemas tan pronto como sea posible? como toman una noción para cambiar?
Un rey de Macassar, cansado de la idolatría de sus
padres, tuvo un día la idea de dejarlo. El consejo del monarca deliberó durante
mucho tiempo para saber si debían consultar a médicos cristianos o mahometanos.
Ante la imposibilidad de saber cuál era la mejor de las dos religiones, se
resolvió enviar al mismo tiempo a los misioneros de ambas, y aceptar la
doctrina de los que tuvieran la ventaja de llegar primero. No dudaron de que
Dios, que dispone de los acontecimientos, explicaría así mismo su voluntad. Habiendo
sido más diligentes los misioneros de Mahoma, el rey con su pueblo se sometió a
la ley que se había impuesto a sí mismo; los misioneros de Cristo fueron
despedidos por falta de su Dios, que no les permitió llegar con suficiente
antelación.
Los que gobiernan, siempre deciden la religión del
pueblo. La verdadera religión no es más que la religión del príncipe; el Dios
verdadero es el Dios a quien el príncipe quiere que adoren; la voluntad de los
sacerdotes que gobiernan al príncipe, se convierte siempre en la voluntad de
Dios. Un bromista dijo una vez, con razón, que "la verdadera fe es siempre
la que tiene de su parte al 'príncipe y al verdugo'".
Emperadores y verdugos sostuvieron durante mucho
tiempo a los Dioses de Roma contra el Dios de los cristianos; estos últimos,
habiendo ganado para su lado a los emperadores, sus soldados y sus verdugos,
lograron suprimir el culto a los dioses romanos. El Dios de Mahoma logró
expulsar al Dios de los cristianos de gran parte de los países que antes
ocupaba. En la parte oriental de Asia hay un gran país muy floreciente, muy
productivo, densamente poblado y gobernado por leyes tan sabias, que los más
salvajes conquistadores las adoptaron con respeto. ¡Es China! Con la excepción
del cristianismo, que fue desterrado como peligroso, siguieron sus propias
ideas supersticiosas; mientras que los mandarines o magistrados, desengañados
desde hace mucho acerca de la religión popular, no se preocupan por ella, salvo
velar por ella, que los bonzos o sacerdotes no se sirvan de esta religión para
perturbar la paz del Estado. Sin embargo, no vemos que la Providencia retenga
sus beneficios de una nación cuyos jefes se interesan tan poco en el culto que
se le ofrece. Los chinos disfrutan, por el contrario, de bendiciones y de una
paz digna de ser envidiada por muchas naciones que la religión divide, devasta
y muchas veces destruye. No podemos esperar razonablemente privar a un pueblo
de sus locuras; pero podemos esperar curar de sus locuras a los que gobiernan
al pueblo; éstos entonces evitarán que las locuras de la gente se vuelvan
peligrosas. Nunca se debe temer a la superstición excepto cuando cuenta con el
apoyo de príncipes y soldados; sólo entonces se vuelve cruel y sanguinario.
Todo soberano que asuma la protección de una secta o de una facción religiosa,
CXL.— LA RELIGIÓN NO ES NECESARIA PARA LA MORAL
Y LA VIRTUD.
Se nos dice constantemente, y muchas personas
sensatas llegan a creerlo, que la religión es necesaria para refrenar a los
hombres; que sin ella no habría control sobre el pueblo; que la moralidad y la
virtud están íntimamente conectadas con ella: "El temor del Señor
es", se nos dice, "el principio de la sabiduría". Los terrores
de otra vida son terrores saludables y calculados para subyugar las pasiones de
los hombres. Para desengañarnos respecto a la utilidad de las nociones religiosas,
basta con abrir los ojos y considerar cuál es la moral de las personas más
religiosas. Vemos tiranos altivos, ministros opresores, cortesanos pérfidos,
extorsionadores innumerables, magistrados sin escrúpulos, impostores,
adúlteros, libertinos, prostitutas, ladrones y granujas de toda clase, que
nunca han dudado de la existencia de un Dios vengativo,
Aunque muy inútiles para la mayoría de los hombres,
los ministros de la religión han tratado de hacer que la muerte parezca
terrible a los ojos de sus devotos. Si los cristianos más devotos pudieran ser
consecuentes, pasarían toda su vida en lágrimas, y finalmente morirían en las
más terribles alarmas. ¿Qué es más espantoso que la muerte para aquellos
desdichados a quienes se les recuerda constantemente que "horrenda cosa es
caer en manos de un Dios vivo"; que deben "buscar la salvación con
temor y temblor!" Sin embargo, se nos asegura que la muerte del cristiano
tiene grandes consuelos, de los que se ve privado el incrédulo. El buen
cristiano, se nos dice, muere con la firme esperanza de gozar de la felicidad
eterna, que ha tratado de merecer. Pero esta firme seguridad, ¿No es una
presunción punible a los ojos de un Dios severo? Los más grandes santos, ¿no
deben dudar si son dignos del amor o del odio de Dios? tuvisteis la ventaja de
ver vuestros nombres y los nuestros inscritos en el libro de la vida?
CXLI.— LA RELIGIÓN ES EL FRENO MAS DEBIL QUE
PUEDE OPONERSE A LAS PASIONES.
Oponer a las pasiones e intereses presentes de los
hombres las oscuras nociones acerca de un Dios metafísico que nadie puede
concebir; los increíbles castigos de otra vida; los placeres del Cielo, de los
que no podemos formarnos una idea, ¿no es combatir realidades con quimeras? Los
hombres siempre han tenido ideas confusas de su Dios; lo ven sólo en las nubes;
nunca piensan en Él cuando desean hacer el mal. Siempre que la ambición, la
fortuna o el placer los seduce o los aleja, Dios y sus amenazas y sus promesas
no pesan nada en la balanza. Las cosas de esta vida tienen para los hombres un
grado de certeza, que la fe más viva jamás podrá dar a los objetos de otra
vida.
Toda religión, en su origen, fue una restricción
inventada por legisladores que deseaban subyugar las mentes de la gente común.
Como nodrizas que asustan a los niños para hacerlos dormir, los hombres
ambiciosos usan el nombre de los dioses para infundir miedo en los salvajes; el
terror parece adecuado para obligarlos a someterse tranquilamente al yugo que
se les va a imponer. ¿Son las historias de fantasmas de la infancia aptas para
la edad madura? El hombre en su madurez ya no cree en ellas, o si las cree, se
inquieta poco por ellas, y sigue su camino.
CXLII.—EL HONOR ES UN CONTROL MÁS SALUDABLE Y MÁS
FUERTE QUE LA RELIGIÓN.
Apenas hay un hombre que no tema más lo que ve que
lo que no ve; los juicios de los hombres, de los cuales experimenta los
efectos, que los juicios de Dios, de quienes no tiene más que ideas flotantes.
El deseo de agradar al mundo, la corriente de la costumbre, el miedo a ser
ridiculizado, y al "¿QUÉ DIRAN?" tienen más poder que todas las
opiniones religiosas. Un guerrero con miedo a la deshonra, ¿no arriesga su vida
en las batallas todos los días, incluso a riesgo de incurrir en la condenación
eterna?
Las personas más religiosas muestran a veces más
respeto por un siervo que por Dios. Un hombre que cree firmemente que Dios lo
ve todo, lo sabe todo, está en todas partes, cuando está solo, cometerá
acciones que nunca haría en presencia del más mezquino de los mortales. Incluso
aquellos que pretenden ser los más firmemente convencidos de la existencia de
un Dios, actúan a cada instante como si no creyeran nada al respecto.
CXLIII.—CIERTAMENTE LA RELIGIÓN NO ES UN PODEROSO
CONTROL DE LAS PASIONES DE LOS REYES, QUE SON CASI SIEMPRE CRUELES Y
FANTÁSTICOS TIRANOS A EJEMPLO DE ESTE MISMO DIOS, DE QUIEN SE DICEN
REPRESENTANTES; UTILIZAN LA RELIGIÓN PERO PARA BRUTALIZAR A SUS ESCLAVOS MUCHO
MÁS, PARA ADORNARLOS A DORMIR EN SUS GRILES, Y PARA APROVECHARLES CON MAYOR
FACILIDAD.
"Let us tolerate at least," we are told,
"the idea of a God, which alone can be a restraint upon the passions of
kings." But, in good faith, can we admire the marvelous effects which the
fear of this God produces generally upon the mind of the princes who claim to
be His images? What idea can we form of the original, if we judge it by its
duplicates? Sovereigns, it is true, call, themselves the representatives of
God, His lieutenants upon earth. But does the fear of a more powerful master
than themselves make them attend to the welfare of the peoples that Providence
has confided to their care? The idea of an invisible Judge, to whom alone they
pretend to be accountable for their actions, should inspire them with terror!
But does this terror render them more equitable, more humane, less avaricious
of the blood and the goods of their subjects, more moderate in their pleasures,
more attentive to their duties? Finally, does this God, by whom we are assured
that kings reign, prevent them from vexing in a thousand ways the peoples of
whom they ought to be the leaders, the protectors, and fathers? Let us open our
eyes, let us turn our regards upon all the earth, and we shall see, almost
everywhere, men governed by tyrants, who make use of religion but to brutalize their
slaves, whom they oppress by the weight of their vices, or whom they sacrifice
without mercy to their fatal extravagances. Far from being a restraint to the
passions of kings, religion, by its very principles, gives them a loose rein.
It transforms them into Divinities, whose caprices the nations never dare to
resist. At the same time that it unchains princes and breaks for them the ties
of the social pact, it enchains the minds and the hands of their oppressed
subjects. Is it surprising, then, that the gods of the earth believe that all
is permitted to them, and consider their subjects as vile instruments of their
caprices or of their ambition?
Religion, in every country, has made of the Monarch
of Nature a cruel, fantastic, partial tyrant, whose caprice is the rule. The
God-monarch is but too well imitated by His representatives upon the earth.
Everywhere religion seems invented but to lull to sleep the people in fetters,
in order to furnish their masters the facility of devouring them, or to render
them miserable with impunity.
CXLIV.—ORIGIN OF THE MOST ABSURD, THE MOST
RIDICULOUS, AND THE MOST ODIOUS USURPATION, CALLED THE DIVINE RIGHT OF KINGS.
WISE COUNSELS TO KINGS.
In order to guard themselves against the
enterprises of a haughty Pontiff who desired to reign over kings, and in order
to protect their persons from the attacks of the credulous people excited by
their priests, several princes of Europe pretended to have received their
crowns and their rights from God alone, and that they should account to Him
only for their actions. Civil power in its battles against spiritual power,
having at length gained the advantage, and the priests being compelled to
yield, recognized the Divine right of kings and preached it to the people,
reserving to themselves the right to change opinions and to preach revolution,
every time that the divine rights of kings did not agree with the divine rights
of the clergy. It was always at the expense of the people that peace was
restored between the kings and the priests, but the latter maintained their
pretensions notwithstanding all treaties.
Muchos tiranos y príncipes malvados, cuya
conciencia les reprocha su negligencia o su perversidad, lejos de temer a su
Dios, prefieren negociar con este Juez invisible, que nunca niega nada, o con
sus sacerdotes, que se acomodan a los amos de la tierra y no a sus súbditos. El
pueblo, reducido a la desesperación, considera como un abuso los derechos
divinos de sus jefes. Cuando los hombres se exasperan, los derechos divinos de
los tiranos se ven obligados a ceder ante los derechos naturales de sus súbditos;
tienen mejor mercado con los dioses que con los hombres. Los reyes no son
responsables de sus actos sino ante Dios, los sacerdotes ante sí mismos; hay
razón para creer que ambos tienen más fe en la indulgencia del Cielo que en la
de la tierra. Es mucho más fácil escapar de los juicios de los dioses, quien
puede ser apaciguado con poco gasto, que los juicios de los hombres cuya
paciencia está agotada. Si quitas a los soberanos el temor de un poder
invisible, ¿qué freno opondrás a su mala conducta? Que aprendan a gobernar, a
ser justos, a respetar los derechos de los pueblos, a reconocer los beneficios
de las naciones de quienes obtienen su grandeza y poder; que aprendan a temer a
los hombres, a someterse a las leyes de la equidad, que nadie puede violar sin
peligro; que estas leyes restrinjan por igual al poderoso y al débil, al grande
y al pequeño, al soberano y a los súbditos. cómo respetar los derechos de los
pueblos, reconocer los beneficios de las naciones de quienes obtienen su
grandeza y poder; que aprendan a temer a los hombres, a someterse a las leyes
de la equidad, que nadie puede violar sin peligro; que estas leyes restrinjan
por igual al poderoso y al débil, al grande y al pequeño, al soberano y a los
súbditos. cómo respetar los derechos de los pueblos, reconocer los beneficios
de las naciones de quienes obtienen su grandeza y poder; que aprendan a temer a
los hombres, a someterse a las leyes de la equidad, que nadie puede violar sin
peligro; que estas leyes restrinjan por igual al poderoso y al débil, al grande
y al pequeño, al soberano y a los súbditos.
El miedo a los dioses, la religión, los terrores de
otra vida, ¡éstas son las barreras metafísicas y sobrenaturales que se oponen a
las furiosas pasiones de los príncipes! ¿Son suficientes estas barreras?
¡Dejamos que la experiencia resuelva la pregunta! Oponer la religión a la
maldad de los tiranos, es desear que las vagas especulaciones sean más
poderosas que las inclinaciones que conspiran para fortalecerlas en ella de día
en día.
CXLV.—LA RELIGIÓN ES FATAL PARA LA POLÃTICA; NO
FORMA SOLO DÉSPOTAS LIBERTINOS Y PERVERSOS, ASÍ COMO SÚBDITOS ABYECTOS E
INFELICES.
Se nos habla constantemente de las inmensas
ventajas que la religión asegura a la política; pero si reflexionamos un
momento, veremos sin problema que las opiniones religiosas ciegan y desvían por
igual a los gobernantes y al pueblo, y nunca los iluminan ni en cuanto a sus
verdaderos deberes ni a sus verdaderos intereses. La religión, pero con
demasiada frecuencia, forma tiranos licenciosos e inmorales, obedecidos por
esclavos que están obligados a ajustarse a sus puntos de vista. Por falta del
conocimiento de los verdaderos principios de la administración, el fin y los
derechos de la vida social, los intereses reales de los hombres y los deberes
que los unen, los príncipes se vuelven, en casi todas las tierras, licenciosos,
absolutos y perversos. ; y sus súbditos abyectos, infelices y malvados. Fue
para evitar la molestia de estudiar estos importantes temas, que se vieron
obligados a recurrir a las quimeras, que hasta ahora, en lugar de ser un
remedio, no han hecho sino aumentar los males de la raza humana y desviar su
atención de las cosas más interesantes. La manera injusta y cruel con que se
gobiernan aquí abajo tantas naciones, ¿no proporciona las pruebas más visibles,
no sólo de la ineficacia que produce el miedo a otra vida, sino de la
inexistencia de una Providencia interesada en la el destino de la raza humana?
Si existiera un Dios bueno, ¿no estaríamos obligados a admitir que extrañamente
descuida a la mayoría de los hombres en esta vida? Parecería que este Dios creó
las naciones para que fueran juguetes de las pasiones y locuras de sus
representantes sobre la tierra. La manera injusta y cruel con que se gobiernan
aquí abajo tantas naciones, ¿no proporciona las pruebas más visibles, no sólo
de la ineficacia que produce el miedo a otra vida, sino de la inexistencia de
una Providencia interesada en la el destino de la raza humana? Si existiera un
Dios bueno, ¿no estaríamos obligados a admitir que extrañamente descuida a la
mayoría de los hombres en esta vida? Parecería que este Dios creó las naciones para
que fueran juguetes de las pasiones y locuras de sus representantes sobre la
tierra. La manera injusta y cruel con que se gobiernan aquí abajo tantas
naciones, ¿no proporciona las pruebas más visibles, no sólo de la ineficacia
que produce el miedo a otra vida, sino de la inexistencia de una Providencia
interesada en la el destino de la raza humana? Si existiera un Dios bueno, ¿no
estaríamos obligados a admitir que extrañamente descuida a la mayoría de los
hombres en esta vida? Parecería que este Dios creó las naciones para que fueran
juguetes de las pasiones y locuras de sus representantes sobre la tierra. ¿No
nos veríamos obligados a admitir que extrañamente descuida a la mayoría de los
hombres en esta vida? Parecería que este Dios creó las naciones para que fueran
juguetes de las pasiones y locuras de sus representantes sobre la tierra. ¿No
nos veríamos obligados a admitir que extrañamente descuida a la mayoría de los
hombres en esta vida? Parecería que este Dios creó las naciones para que fueran
juguetes de las pasiones y locuras de sus representantes sobre la tierra.
CXLVI.— EL CRISTIANISMO SE EXTENDIó PERO
ALIMENTANDO EL DESPOTISMO, DEL CUAL ES, COMO TODA RELIGIÓN, EL SOPORTE MAS
FUERTE.
Si leemos la historia con alguna atención, veremos
que el cristianismo, adulador al principio, se insinuó entre las naciones
salvajes y libres de Europa pero mostrando a sus jefes que sus principios
favorecerían el despotismo y pondrían en sus manos el poder absoluto. Vemos, en
consecuencia, reyes bárbaros que se convierten con prontitud milagrosa; es
decir, adoptar sin examen un sistema tan favorable a su ambición y esforzarse
por hacerlo adoptar por sus súbditos. Si desde entonces los ministros de esta
religión han moderado a menudo sus principios serviles, es porque la teoría no
tiene influencia sobre la conducta de los ministros del Señor, excepto cuando
conviene a sus intereses temporales.
El cristianismo se jacta de haber traído a los
hombres una felicidad desconocida en los siglos precedentes. Es cierto que los
griegos no han conocido el derecho divino de los tiranos o usurpadores sobre su
patria. Bajo el reinado del Paganismo, a nadie se le pasó por la cabeza que el
Cielo no quisiera que una nación se defendiera de una bestia feroz que la
asolaba con insolencia. La religión cristiana, ideada en beneficio de los
tiranos, se estableció sobre el principio de que las naciones debían renunciar a
la legítima defensa de sí mismas. Así, las naciones cristianas se ven privadas
de la primera ley de la naturaleza, que decreta que el hombre debe resistir el
mal y desarmar a todos los que intentan destruirlo. Si los ministros de la
Iglesia han permitido a menudo que las naciones se rebelen por la causa del
Cielo, nunca permitieron que se rebelaran contra los males reales o las
violencias conocidas.
Del Cielo han venido las cadenas para encadenar las
mentes de los mortales. ¿Por qué el mahometano es esclavo en todas partes? Es
porque su Profeta lo subyugó en el nombre de la Deidad, así como Moisés antes
que él subyugó a los judíos. En todas partes del mundo vemos que los sacerdotes
fueron los primeros legisladores y los primeros soberanos de los salvajes a
quienes gobernaban. La religión parece haber sido inventada pero para exaltar a
los príncipes sobre sus naciones, y para entregar a la gente a su discreción.
Tan pronto como estos últimos se encuentran desdichados aquí abajo, se les hace
callar amenazándolos con la ira de Dios; sus ojos están fijos en el Cielo, para
impedirles percibir las verdaderas causas de sus sufrimientos y aplicar los
remedios que la naturaleza les ofrece.
CXLVII.—THE ONLY AIM OF RELIGIOUS PRINCIPLES IS
TO PERPETUATE THE TYRANNY OF KINGS AND TO SACRIFICE THE NATIONS TO THEM.
By incessantly repeating to men that the earth is
not their true country; that the present life is but a passage; that they were
not made to be happy in this world; that their sovereigns hold their authority
but from God, and are responsible to Him alone for the misuse of it; that it is
never permitted to them to resist, the priesthood succeeded in perpetuating the
misconduct of the kings and the misfortunes of the people; the interests of the
nations have been cowardly sacrificed to their chiefs. The more we consider the
dogmas and the principles of religion, the more we shall be convinced that
their only aim is to give advantage to tyrants and priests; not having the
least regard for the good of society. In order to mask the powerlessness of
these deaf Gods, religion has succeeded in making mortals believe that it is
always iniquity which excites the wrath of Heaven. The people blame themselves
for the disasters and the adversities which they endure continually. If
disturbed nature sometimes causes the people to feel its blows, their bad
governments are but too often the immediate and permanent causes from which
spring the continual calamities that they are obliged to endure. Is it not the
ambition of kings and of the great, their negligence, their vices, their
oppression, to which are generally due sterility, mendacity, wars, contagions,
bad morals, and all the multiplied scourges which desolate the earth?
In continually directing the eyes of men toward
Heaven, making them believe that all their evils are due to Divine wrath, in
furnishing them but inefficient and futile means of lessening their troubles,
it would appear that the only object of the priests is to prevent the nations
from dreaming of the true sources of their miseries, and to perpetuate them.
The ministers of religion act like those indigent mothers, who, in need of
bread, put their hungry children to sleep by songs, or who present them toys to
make them forget the want which torments them.
Blinded from childhood by error, held by the
invincible ties of opinion, crushed by panic terrors, stupefied at the bosom of
ignorance, how could the people understand the true causes of their troubles?
They think to remedy them by invoking the gods. Alas! do they not see that it
is it the name of these gods that they are ordered to present their throat to
the sword of their pitiless tyrants, in whom they would find the most visible
cause of the evils under which they groan, and for which they uselessly implore
the assistance of Heaven? Credulous people! in your adversities redouble your
prayers, your offerings, your sacrifices; besiege your temples, strangle
countless victims, fast in sackcloth and in ashes, drink your own tears;
finally, exhaust yourselves to enrich your gods: you will do nothing but enrich
their priests; the gods of Heaven will not be propitious to you, except when
the gods of the earth will recognize that they are men like yourselves, and
will give to your welfare the care which is your due.
CXLVIII.—HOW FATAL IT IS TO PERSUADE KINGS THAT
THEY HAVE ONLY GOD TO FEAR IF THEY INJURE THE PEOPLE.
Negligent, ambitious, and perverse princes are the
real causes of public adversities, of useless and unjust wars continually
depopulating the earth, of greedy and despotic governments, destroying the
benefactions of nature for men. The rapacity of the courts discourages
agriculture, blots out industry, causes famine, contagion, misery; Heaven is
neither cruel nor favorable to the wishes of the people; it is their haughty
chiefs, who always have a heart of brass.
It is a notion destructive to wholesome politics
and to the morals of princes, to persuade them that God alone is to be feared
by them, when they injure their subjects or when they neglect to render them
happy. Sovereigns! It is not the Gods, but your people whom you offend when you
do evil. It is to these people, and by retroaction, to yourselves, that you do
harm when you govern unjustly.
Nothing is more common in history than to see religious
tyrants; nothing more rare than to find equitable, vigilant, enlightened
princes. A monarch can be pious, very strict in fulfilling servilely the duties
of his religion, very submissive to his priests, liberal in their behalf, and
at the same time destitute of all the virtues and talents necessary for
governing. Religion for the princes is but an instrument intended to keep the
people more firmly under the yoke. According to the beautiful principles of
religious morality, a tyrant who, during a long reign, will have done nothing
but oppress his subjects, rob them of the fruits of their labor, sacrifice them
without pity to his insatiable ambition; a conqueror who will have usurped the
provinces of others, who will have slaughtered whole nations, who will have
been all his life a real scourge of the human race, imagines that his
conscience can be tranquillized, if, in order to expiate so many crimes, he
will have wept at the feet of a priest, who will have the cowardly complaisance
to console and reassure a brigand, whom the most frightful despair would punish
too little for the evil which he has done upon earth.
CLXIX.—A RELIGIOUS KING IS A SCOURGE TO HIS
KINGDOM.
A sincerely religious sovereign is generally a very
dangerous chief for a State; credulity always indicates a narrow mind; devotion
generally absorbs the attention which the prince ought to give to the ruling of
his people. Docile to the suggestions of his priests, he constantly becomes the
toy of their caprices, the abettor of their quarrels, the instrument and the
accomplice of their follies, to which he attaches the greatest importance.
Among the most fatal gifts which religion has bestowed upon the world, we must
consider above all, these devoted and zealous monarchs, who, with the idea of
working for the salvation of their subjects, have made it their sacred duty to
torment, to persecute, to destroy those whose conscience made them think
otherwise than they do. A religious bigot at the head of an empire, is one of
the greatest scourges which Heaven in its fury could have sent upon earth. One
fanatical or deceitful priest who has the ear of a credulous and powerful
prince, suffices to put a State into disorder and the universe into combustion.
In almost all countries, priests and devout persons
are charged with forming the mind and the heart of the young princes destined
to govern the nations. What enlightenment can teachers of this stamp give?
Filled themselves with prejudices, they will hold up to their pupil
superstition as the most important and the most sacred thing, its chimerical
duties as the most holy obligations, intolerance, and the spirit of
persecution, as the true foundations of his future authority; they will try to
make him a chief of party, a turbulent fanatic, and a tyrant; they will
suppress at an early period his reason; they will premonish him against it;
they will prevent truth from reaching him; they will prejudice him against true
talents, and prepossess him in favor of despicable talents; finally they will
make of him an imbecile devotee, who will have no idea of justice or of
injustice, of true glory or of true greatness, and who will be devoid of the
intelligence and virtue necessary to the government of a great kingdom. Here,
in brief, is the plan of education for a child destined to make, one day, the
happiness or the misery of several millions of men.
CL.—THE SHIELD OF RELIGION IS FOR TYRANNY, A WEAK
RAMPART AGAINST THE DESPAIR OF THE PEOPLE. A DESPOT IS A MADMAN, WHO INJURES
HIMSELF AND SLEEPS UPON THE EDGE OF A PRECIPICE.
Priests in all times have shown themselves
supporters of despotism, and the enemies of public liberty. Their profession
requires vile and submissive slaves, who never have the audacity to reason. In
an absolute government, their great object is to secure control of the mind of
a weak and stupid prince, in order to make themselves masters of the people.
Instead of leading the people to salvation, priests have always led them to
servitude.
En aras de los títulos sobrenaturales que la
religión ha forjado para los príncipes más malvados, éstos se han unido
generalmente con los sacerdotes, los cuales, seguros de gobernar controlando la
opinión del mismo soberano, se encargan de atar las manos del pueblo y de
mantenerlos bajo su yugo. Pero es vano que el tirano, protegido por el escudo
de la religión, se jacte de estar resguardado de todos los golpes del destino.
La opinión es una muralla débil contra la desesperación de la gente. Además, el
sacerdote es amigo del tirano sólo mientras saca provecho de la tiranía;
predica la sedición y derriba el ídolo que ha hecho, cuando lo considera ya no
conforme a los intereses del cielo, del que habla como le place, y que nunca
habla sino en nombre de sus intereses. Sin duda se dirá, que los soberanos,
sabiendo todas las ventajas que les procura la religión, están verdaderamente
interesados en sostenerla con todas sus fuerzas. Si las opiniones religiosas
son útiles a los tiranos, es evidente que son inútiles a los que gobiernan
según las leyes de la razón y de la equidad. ¿Hay alguna ventaja en ejercer la
tiranía? ¿No priva la tiranía a los príncipes del verdadero poder, el amor del
pueblo, en el que está la seguridad? ¿No debería todo príncipe racional darse
cuenta de que el déspota no es más que un loco que se daña a sí mismo? ¿No se
cuidará todo príncipe ilustrado de sus aduladores, cuyo objeto es hacerlo
dormir al borde del precipicio al que lo conducen? Si las opiniones religiosas
son útiles a los tiranos, es evidente que son inútiles a los que gobiernan
según las leyes de la razón y de la equidad. ¿Hay alguna ventaja en ejercer la
tiranía? ¿No priva la tiranía a los príncipes del verdadero poder, el amor del
pueblo, en el que está la seguridad? ¿No debería todo príncipe racional darse
cuenta de que el déspota no es más que un loco que se daña a sí mismo? ¿No se
cuidará todo príncipe ilustrado de sus aduladores, cuyo objeto es hacerlo
dormir al borde del precipicio al que lo conducen? Si las opiniones religiosas
son útiles a los tiranos, es evidente que son inútiles a los que gobiernan
según las leyes de la razón y de la equidad. ¿Hay alguna ventaja en ejercer la
tiranía? ¿No priva la tiranía a los príncipes del verdadero poder, el amor del
pueblo, en el que está la seguridad? ¿No debería todo príncipe racional darse
cuenta de que el déspota no es más que un loco que se daña a sí mismo? ¿No se
cuidará todo príncipe ilustrado de sus aduladores, cuyo objeto es hacerlo
dormir al borde del precipicio al que lo conducen? ¿En qué está la seguridad?
¿No debería todo príncipe racional darse cuenta de que el déspota no es más que
un loco que se daña a sí mismo? ¿No se cuidará todo príncipe ilustrado de sus
aduladores, cuyo objeto es hacerlo dormir al borde del precipicio al que lo
conducen? ¿En qué está la seguridad? ¿No debería todo príncipe racional darse
cuenta de que el déspota no es más que un loco que se daña a sí mismo? ¿No se
cuidará todo príncipe ilustrado de sus aduladores, cuyo objeto es hacerlo
dormir al borde del precipicio al que lo conducen?
CLI.– LA RELIGIÓN FAVORECE LOS ERRORES DE LOS
PRINCIPES LIBRANDOLOS DEL MIEDO Y DEL REMMORD.
Si las lisonjas sacerdotales logran pervertir a los
príncipes y convertirlos en tiranos, éstos, por su parte, corrompen
necesariamente a los grandes hombres y al pueblo. Bajo un amo injusto, sin
bondad, sin virtud, que no conoce más ley que su capricho, una nación debe
necesariamente depravarse. ¿Deseará este maestro tener cerca de él hombres
honestos, ilustrados y virtuosos? ¡No! necesita aduladores en los que se le
acercan, imitadores, esclavos, mentes bajas y serviles, que se entregan a su
gusto; su corte extenderá el contagio del vicio a las clases inferiores.
Gradualmente todos serán necesariamente corrompidos, en un Estado cuyo jefe es
corrupto él mismo. Se dijo hace mucho tiempo que los príncipes parecen
ordenados a hacer todo lo que hacen por sí mismos. La religión, lejos de ser un
freno para los soberanos, les da derecho, sin miedo y sin remordimiento, a los
errores que son tan fatales para ellos como para las naciones que gobiernan.
Los hombres nunca son engañados con impunidad. Dile a un príncipe que es un
Dios, y muy pronto creerá que no le debe nada a nadie. Mientras sea temido, no
le importará mucho el amor; no reconocerá derechos, ni relaciones con sus
súbditos, ni obligaciones en su nombre. Dile a este príncipe que él es
responsable de sus acciones solo ante Dios, y muy pronto actuará como si no
fuera responsable ante nadie. ninguna relación con sus súbditos, ni
obligaciones en su nombre. Dile a este príncipe que él es responsable de sus
acciones solo ante Dios, y muy pronto actuará como si no fuera responsable ante
nadie. ninguna relación con sus súbditos, ni obligaciones en su nombre. Dile a
este príncipe que él es responsable de sus acciones solo ante Dios, y muy
pronto actuará como si no fuera responsable ante nadie.
CLII.—¿QUÉ ES UN SOBERANO ILUMINADO?
Un soberano ilustrado es aquel que comprende sus
verdaderos intereses; sabe que están unidos a los de su nación; sabe que un
príncipe no puede ser ni grande, ni poderoso, ni amado, ni respetado, mientras
no coma más que miserables esclavos; sabe que la equidad, la benevolencia y la
vigilancia le darán más derechos reales sobre los hombres que títulos fabulosos
que pretenden venir del Cielo. Sentirá que la religión es útil sólo para los
sacerdotes; que es inútil para la sociedad, que a menudo se ve perturbada por
él; que debe limitarse para evitar que haga daño; finalmente comprenderá que,
para reinar con gloria, debe hacer buenas leyes, poseer virtudes y no basar su
poder en imposiciones y quimeras.
CLIII.— LAS PASIONES DOMINANTES Y CRIMEN DEL
SACERDOCIO. CON LA AYUDA DE SU PRETENDIDO DIOS Y DE LA RELIGIÓN, AFIRMA SUS
PASIONES Y COMETE SUS CRÍMENES.
Los ministros de la religión han tenido mucho
cuidado en hacer de su Dios un tirano terrible, caprichoso y cambiante; les era
necesario que Él fuera así para que se prestara a sus diversos intereses. Un
Dios que sea justo y bueno, sin mezcla de capricho y perversidad; un Dios que
tuviera constantemente las cualidades de un hombre honesto o de un soberano
complaciente, no convendría a sus ministros. Es necesario a los sacerdotes que
tiemblemos ante su Dios, a fin de que recurramos a ellos para obtener los medios
para aquietarnos. Ningún hombre es un héroe para su ayuda de cámara. No es
sorprendente que un Dios vestido por sus sacerdotes de tal manera que haga que
otros le teman, rara vez se imponga a esos sacerdotes, o ejerza muy poca
influencia sobre su conducta. En consecuencia, los vemos comportarse de manera
uniforme en todos los países; en todas partes devoran naciones, envilecen
almas, desalientan la industria y siembran discordia bajo el pretexto de la
gloria de su Dios. La ambición y la avaricia fueron en todo momento las
pasiones dominantes del sacerdocio; en todas partes el sacerdote se coloca por
encima del soberano y de las leyes; en todas partes lo vemos ocupado pero con
los intereses de su orgullo, su codicia, su talante despótico y vengativo; en
todas partes lo sustituye por expiaciones, sacrificios, ceremonias y prácticas
misteriosas; en una palabra, inventos lucrativos para sí mismo por virtudes
útiles y sociales. La mente se confunde y la razón se interpone ante la vista
de las prácticas ridículas y los medios lamentables que los ministros de los
dioses inventaron en cada país para purificar las almas y hacer que el Cielo
sea favorable a las naciones. Aquí, practican la circuncisión a un niño para
procurarle la benevolencia divina; allí le vierten agua sobre la cabeza para
lavar los crímenes que aún no podía haber cometido; en otros lugares se le dice
que se sumerja en un río cuyas aguas tienen el poder de lavar todas sus
impurezas; en otros lugares le está prohibido cierto alimento, cuyo uso no dejaría
de excitar la indignación celestial; en otros países mandan que el pecador
venga periódicamente para la confesión de sus faltas a un sacerdote, que muchas
veces es más pecador que él. en otros lugares le está prohibido cierto
alimento, cuyo uso no dejaría de excitar la indignación celestial; en otros
países mandan que el pecador venga periódicamente para la confesión de sus
faltas a un sacerdote, que muchas veces es más pecador que él. en otros lugares
le está prohibido cierto alimento, cuyo uso no dejaría de excitar la
indignación celestial; en otros países mandan que el pecador venga
periódicamente para la confesión de sus faltas a un sacerdote, que muchas veces
es más pecador que él.
CLIV.—CHARLATANIA DE LOS SACERDOTES.
¿Qué diríamos de una multitud de charlatanes, que
todos los días expondrían en un lugar público, vendiendo sus remedios y
recomendándolos como infalibles, mientras los encontráramos aquejados de las
mismas enfermedades que pretenden curar? ¿Tendríamos mucha confianza en las
recetas de estos charlatanes, que gritarían: "Toma nuestros remedios, sus
efectos son infalibles, curan a todos menos a nosotros?" ¿Qué pensaríamos
al ver a estos mismos charlatanes pasarse la vida quejándose de que sus remedios
nunca producen ningún efecto en los pacientes que los toman? Finalmente, ¿qué
idea nos formaríamos de la insensatez del hombre común que, a pesar de esta
confesión, seguiría pagando muy alto por remedios que no le serán beneficiosos?
Los sacerdotes se asemejan a los alquimistas, que afirman audazmente que tienen
el secreto para hacer oro,
Los ministros de religión declaman incesantemente
contra la corrupción de la época, y se quejan a gritos del poco éxito de sus
enseñanzas, al mismo tiempo que nos aseguran que la religión es el remedio
universal, la verdadera panacea para todos los males humanos. Estos sacerdotes
están enfermos ellos mismos; sin embargo, los hombres continúan frecuentando
sus puestos y teniendo fe en sus Divinos antídotos, que, según su propia
confesión, ¡no curan a nadie!
CLV.— INCONTABLES CALAMIDADES SON PRODUCIDAS POR
LA RELIGIÓN, QUE HA MANCHADO LA MORAL Y PERTURBADO TODAS LAS IDEAS JUSTAS Y
TODAS LAS SANA DOCTRINAS.
La religión, especialmente entre la gente moderna,
al tomar posesión de la moralidad, oscureció totalmente sus principios; ha
vuelto a los hombres antisociales por un sentido del deber; los ha obligado a
ser inhumanos con todos aquellos que no pensaban como ellos. Las disputas
teológicas, igualmente ininteligibles para las partes ya irritadas entre sí,
han trastornado imperios, provocado revoluciones, arruinado soberanos,
devastado toda Europa; estas rencillas despreciables no podían extinguirse ni
en ríos de sangre. Después de la extinción del Paganismo, el pueblo estableció
el principio religioso de entrar en frenesí, cada vez que surgía una opinión
que sus sacerdotes consideraban contraria a la santa doctrina. Los devotos de
una religión que predica externamente sino caridad, armonía y paz, se han
mostrado más feroces que caníbales o salvajes cada vez que sus instructores los
han excitado a la destrucción de sus hermanos. No hay crimen que los hombres no
hayan cometido con la idea de agradar a la Deidad o de aplacar Su ira. La idea
de un Dios terrible que fue representado como un déspota, necesariamente debe
haber hecho malvados a sus súbditos. El miedo no hace más que esclavos, y los
esclavos son cobardes, bajos, crueles, y creen que tienen derecho a hacer
cualquier cosa cuando se trata de ganar la buena voluntad o de escapar de los
castigos del amo a quien temen. Sólo la libertad de pensamiento puede dar a los
hombres humanidad y grandeza de alma. La noción de un Dios tirano sólo puede
crear esclavos abyectos, enojados, pendencieros e intolerantes. Toda religión
que suponga un Dios fácilmente irritable, celoso, vengativo, puntilloso acerca
de sus derechos o de su título, un Dios lo suficientemente pequeño como para
ofenderse por las opiniones que tenemos de Él, un Dios lo suficientemente
injusto para exigir ideas uniformes con respecto a Él, tal religión se vuelve
necesariamente turbulenta, antisocial, sanguinaria; los adoradores de tal Dios
nunca creen poder, sin delito, prescindir de odiar y aun de destruir a todos
los que designan como adversarios de este Dios; se creerían traidores a la
causa de su monarca celestial, si convivieran en buenos términos con los
conciudadanos rebeldes. Amar lo que Dios odia, ¿no sería exponerse a su odio
implacable? ¡Infames perseguidores, y vosotros, religiosos caníbales! ¿Nunca
sentirás la locura y la injusticia de tu carácter intolerante? ¿No ven que el
hombre ya no es dueño de sus opiniones religiosas, de su credulidad o
incredulidad, que del lenguaje que aprende en la infancia, y que no puede
cambiar? Decirle a los hombres que piensen como tú, ¿no es pedirle a un
extranjero que exprese sus pensamientos en tu idioma? Castigar a un hombre por
sus opiniones erróneas, ¿no es castigarlo por haber sido educado de manera
diferente a la tuya? Si soy incrédulo, ¿me es posible desterrar de mi mente las
razones que han perturbado mi fe? Si Dios permite a los hombres la libertad de
condenarse a sí mismos, ¿es asunto suyo? ¿Eres más sabio y más prudente que
este Dios cuyos derechos quieres vengar? ¿No es castigarlo por haber sido
educado de manera diferente a la tuya? Si soy incrédulo, ¿me es posible
desterrar de mi mente las razones que han perturbado mi fe? Si Dios permite a
los hombres la libertad de condenarse a sí mismos, ¿es asunto suyo? ¿Eres más
sabio y más prudente que este Dios cuyos derechos quieres vengar? ¿No es
castigarlo por haber sido educado de manera diferente a la tuya? Si soy
incrédulo, ¿me es posible desterrar de mi mente las razones que han perturbado
mi fe? Si Dios permite a los hombres la libertad de condenarse a sí mismos, ¿es
asunto suyo? ¿Eres más sabio y más prudente que este Dios cuyos derechos
quieres vengar?
CLVI.—TODA RELIGIÓN ES INTOLERANTE Y, EN
CONSECUENCIA, DESTRUCTORA DE LA BENEFICENCIA.
No hay religioso que, según su temperamento, no
odie, desprecie o se compadezca de los adeptos de una secta distinta a la suya.
La religión dominante (que nunca es sino la del soberano y los ejércitos)
siempre hace sentir su superioridad de una manera muy cruel e injuriosa hacia
las sectas más débiles. No existe aún sobre la tierra una verdadera tolerancia;
en todas partes se adora a un Dios celoso, y cada nación se cree su amiga con
exclusión de todas las demás.
Toda nación se jacta de adorar al Dios verdadero,
al Dios universal, al Soberano de la Naturaleza; pero cuando llegamos a
examinar a este Monarca del mundo, percibimos que cada organización, cada
secta, cada partido religioso, hace de este Dios poderoso un soberano inferior,
cuyos cuidados y bondad se extienden solo sobre un pequeño número de Sus
súbditos que pretender tener la ventaja exclusiva de sus favores, y que no se
inquieta por los demás.
Los fundadores de religiones, y los sacerdotes que
las mantienen, han pretendido separar las naciones que adoctrinaron, de otras
naciones; deseaban separar su propio rebaño por rasgos distintivos; dieron a
sus devotos Dioses enemigos de otros Dioses así como las formas de adoración,
dogmas, ceremonias, por separado; los persuadieron especialmente de que las
religiones de los demás eran impías y abominables. Por este infame artificio,
estos impostores ambiciosos tomaron posesión exclusiva de las mentes de sus
devotos, los volvieron antisociales y les hicieron considerar como parias a
todos aquellos que no tenían las mismas ideas y forma de culto que los suyos.
Así es como la religión logró cerrar el corazón y desterrar de él el afecto que
el hombre debe tener por su prójimo. Sociabilidad, tolerancia, humanidad,
CLVII.—ABUSE OF A STATE RELIGION.
Every national religion has a tendency to make man
vain, unsocial, and wicked; the first step toward humanity is to permit each
one to follow peacefully the worship and the opinions which suit him. But such
a conduct can not please the ministers of religion, who wish to have the right
to tyrannize over even the thoughts of men. Blind and bigoted princes, you
hate, you persecute, you devote heretics to torture, because you are persuaded
that these unfortunate ones displease God. But do you not claim that your God
is full of kindness? How can you hope to please Him by such barbarous actions
which He can not help disapproving of? Besides, who told you that their
opinions displease your God? Your priests told you! But who guarantees that
your priests are not deceived themselves or that they do not wish to deceive
you? It is these same priests! Princes! it is upon the perilous word of your
priests that you commit the most atrocious and the most unheard-of crimes, with
the idea of pleasing the Deity!
CLVIII.—RELIGION GIVES LICENSE TO THE FEROCITY OF
THE PEOPLE BY LEGITIMIZING IT, AND AUTHORIZES CRIME BY TEACHING THAT IT CAN BE
USEFUL TO THE DESIGNS OF GOD.
"Never," says Pascal, "do we do evil
so thoroughly and so willingly as when we do it through a false principle of
conscience." Nothing is more dangerous than a religion which licenses the
ferocity of the people, and justifies in their eyes the blackest crimes; it
puts no limits to their wickedness as soon as they believe it authorized by
their God, whose interests, as they are told, can justify all their actions. If
there is a question of religion, immediately the most civilized nations become
true savages, and believe everything is permitted to them. The more cruel they
are, the more agreeable they suppose themselves to be to their God, whose cause
they imagine can not be sustained by too much zeal. All religions of the world
have authorized countless crimes. The Jews, excited by the promises of their
God, arrogated to themselves the right of exterminating whole nations; the
Romans, whose faith was founded upon the oracles of their Gods, became real
brigands, and conquered and ravaged the world; the Arabians, encouraged by
their Divine preceptor, carried the sword and the flame among Christians and
idolaters. The Christians, under pretext of spreading their holy religion,
covered the two hemispheres a hundred times with blood. In all events favorable
to their own interests, which they always call the cause of God, the priests
show us the finger of God. According to these principles, religious bigots have
the luck of seeing the finger of God in revolts, in revolutions, massacres,
regicides, prostitutions, infamies, and, if these things contribute to the
advantage of religion, we can say, then, that God uses all sorts of means to
secure His ends. Is there anything better calculated to annihilate every idea
of morality in the minds of men, than to make them understand that their God,
who is so powerful and so perfect, is often compelled to use crime to
accomplish His designs?
CLIX.—REFUTATION OF THE ARGUMENT, THAT THE EVILS
ATTRIBUTED TO RELIGION ARE BUT THE SAD EFFECTS OF THE PASSIONS OF MEN.
When we complain about the violence and evils which
generally religion causes upon earth, we are answered at once, that these
excesses are not due to religion, but that they are the sad effect of men's
passions. I would ask, however, what unchained these passions? It is evidently
religion; it is a zeal which renders inhuman, and which serves to cover the
greatest infamy. Do not these disorders prove that religion, instead of
restraining the passions of men, does but cover them with a cloak that sanctifies
them; and that nothing would be more beneficial than to tear away this sacred
cloak of which men make such a bad use? What horrors would be banished from
society, if the wicked were deprived of a pretext so plausible for disturbing
it!
En lugar de fomentar la paz entre los hombres, los
sacerdotes incitaron el odio y la contienda. Alegaron su conciencia y
pretendieron haber recibido del Cielo el derecho de ser pendencieros,
turbulentos y rebeldes. ¿No se consideran agraviados los ministros de Dios, no
pretenden que su Divina Majestad sea agraviada cada vez que los soberanos
tienen la temeridad de tratar de impedir que hagan agravio? ¡Los sacerdotes se
parecen a esa mujer irritable que gritó fuego! ¡asesinato! asesinos! mientras
su esposo le sostenía las manos para evitar que lo golpeara.
CLX.— TODA MORAL ES INCOMPATIBLE CON LAS
OPINIONES RELIGIOSAS.
A pesar de las tragedias sangrientas que la
religión ha causado con tanta frecuencia en este mundo, se nos dice
constantemente que no puede haber moralidad sin religión. Si juzgamos las
opiniones teológicas por sus efectos, tendríamos razón al suponer que toda
moralidad es perfectamente incompatible con las opiniones religiosas de los
hombres. "Imitar a Dios", se nos repite constantemente. ¡Ay! ¡Qué
moral tendríamos si fuéramos a imitar a este Dios! ¿A qué Dios debemos imitar?
¿Es el Dios de los deístas? Pero incluso este Dios no puede ser un modelo de
bondad para nosotros. Si Él es el autor de todo, Él es igualmente el autor de
lo bueno y lo malo que vemos en este mundo; si es autor del orden, es también
autor del desorden, que no existiría sin su permiso; si produce, destruye; si
da la vida, también causa la muerte; si Él da la abundancia, riquezas,
prosperidad y paz, Él permite o envía hambres, pobreza, calamidades y guerras.
¿Cómo se puede aceptar como modelo de beneficencia permanente al Dios del teísmo
o de la religión natural, cuyas intenciones favorables se contradicen en todo
momento con todo lo que sucede en el mundo? La moral necesita una base más
firme que el ejemplo de un Dios cuya conducta varía, y al que no podemos llamar
bueno sino cerrando obstinadamente los ojos al mal que provoca o permite que se
produzca en este mundo. cuyas intenciones favorables son contradichas en todo
momento por todo lo que sucede en el mundo? La moral necesita una base más
firme que el ejemplo de un Dios cuya conducta varía, y al que no podemos llamar
bueno sino cerrando obstinadamente los ojos al mal que provoca o permite que se
produzca en este mundo. cuyas intenciones favorables son contradichas en todo
momento por todo lo que sucede en el mundo? La moral necesita una base más
firme que el ejemplo de un Dios cuya conducta varía, y al que no podemos llamar
bueno sino cerrando obstinadamente los ojos al mal que provoca o permite que se
produzca en este mundo.
¿Imitaremos al bueno y grande Júpiter del paganismo
antiguo? Imitar a tal Dios sería tomar como modelo a un hijo rebelde, que le
arrebata el trono a su padre y luego mutila su cuerpo; es imitar a un libertino
y adúltero, un hombre incestuoso, destemplado, cuya conducta haría sonrojar a
cualquier mortal razonable. ¿Qué hubiera sido de los hombres bajo el dominio
del paganismo si hubieran imaginado, según Platón, que la virtud consistía en
imitar a los dioses?
¿Debemos imitar al Dios de los judíos?
¿Encontraremos un modelo para nuestra conducta en Jehová? Es verdaderamente un
Dios salvaje, realmente creado para un pueblo ignorante, cruel e inmoral; Es un
Dios que está constantemente enfurecido, respirando sólo venganza; el que no
tiene piedad, el que ordena la matanza y el robo; en una palabra, es un Dios
cuya conducta no puede servir de modelo a un hombre honesto, y que sólo puede
ser imitado por un jefe de bandoleros.
¿Imitaremos, pues, al Jesús de los cristianos? Este
Dios, que murió para apaciguar la furia implacable de su Padre, ¿puede servir
de ejemplo que los hombres deben seguir? ¡Pobre de mí! no veremos en Él más que
a un Dios, o más bien un fanático, un misántropo, que sumergido en la miseria,
y predicando a los desdichados, les aconseja ser pobres, combatir y extinguir
la naturaleza, odiar el placer, buscar los sufrimientos, y despreciarse a sí
mismos; Les dice que dejen padre, madre, todas las ataduras de la vida, para
seguirlo. ¡Qué hermosa moralidad! Tu dirás. Es admirable, sin duda; debe ser
Divino, porque es impracticable para los hombres. Pero esta sublime moralidad,
¿no tiende a hacer despreciable la virtud? Según esta jactanciosa moralidad del
hombre-Dios de los cristianos, sus discípulos en este mundo inferior son, como
Tántalo, atormentados por una sed ardiente, que no se les permite saciar. ¿No
nos da esa moral una maravillosa idea del Autor de la naturaleza? Si Él, como
se nos asegura, ha creado todo para el uso de sus criaturas, ¿por qué extraño
capricho prohibe el uso de las cosas buenas que Él ha creado para ellas? ¿Es el
placer que el hombre desea constantemente sino una trampa que Dios ha tendido
maliciosamente en su camino para atraparlo?
CLXI.— LA MORAL DEL EVANGELIO SON IMPRACTICABLES.
Los devotos de Cristo quisieran hacernos considerar
como un milagro el establecimiento de su religión, que es en todos los aspectos
contraria a la naturaleza, opuesta a todas las inclinaciones del corazón,
enemiga de los placeres físicos. Pero la austeridad de una doctrina tiende a
hacerla más maravillosa a los ignorantes. La misma razón que nos hace respetar,
como divinos y sobrenaturales, misterios inconcebibles, nos hace admirar, como
divinos y sobrenaturales, una moral impracticable y más allá del poder del
hombre. Admirar la moral y practicarla son dos cosas muy diferentes. Todos los
cristianos admiran continuamente la moral del Evangelio, pero es practicada por
un pequeño número de santos; admirado por personas que evitan imitar su
conducta, bajo el pretexto de que les falta el poder o la gracia.
El universo entero está más o menos infectado por
una moralidad religiosa que se basa en la opinión de que para complacer a la
Deidad es necesario volverse infeliz sobre la tierra. Vemos en todas partes de
nuestro globo penitentes, ermitaños, faquires, fanáticos, que parecen haber
estudiado profundamente los medios de atormentarse por la gloria de un Ser cuya
bondad todos concuerdan en celebrar. La religión, por su esencia, es enemiga de
la alegría y del bienestar de los hombres. "¡Bienaventurados los que sufren!"
¡Ay de los que tienen abundancia y gozo! ¡Estas son las raras revelaciones que
enseña el cristianismo!
CLXII.— UNA SOCIEDAD DE SANTOS SERIA IMPOSIBLE.
In what consists the saint of all religions? It is
a man who prays, fasts, who torments himself, who avoids the world, who, like
an owl, is pleased but in solitude, who abstains from all pleasure, who seems
frightened at every object which turns him a moment from his fanatical
meditations. Is this virtue? Is a being of this stamp of any use to himself or
to others? Would not society be dissolved, and would not men retrograde into
barbarism, if each one should be fool enough to wish to be a saint?
It is evident that the literal and rigorous
practice of the Divine morality of the Christians would lead nations to ruin. A
Christian who would attain perfection, ought to drive away from his mind all
that can alienate him from heaven—his true country. He sees upon earth but
temptations, snares, and opportunities to go astray; he must fear science as
injurious to faith; he must avoid industry, as it is a means of obtaining
riches, which are fatal to salvation; he must renounce preferments and honors, as
things capable of exciting his pride and calling his attention away from his
soul; in a word, the sublime morality of Christ, if it were not impracticable,
would sever all the ties of society.
A saint in the world is no more useful than a saint
in the desert; the saint has an unhappy, discontented, and often irritable,
turbulent disposition; his zeal often obliges him, conscientiously, to disturb
society by opinions or dreams which his vanity makes him accept as inspirations
from Heaven. The annals of all religions are filled with accounts of anxious,
intractable, seditious saints, who have distinguished themselves by ravages
that, for the greater glory of God, they have scattered throughout the universe.
If the saints who live in solitude are useless, those who live in the world are
very often dangerous. The vanity of performing a role, the desire of
distinguishing themselves in the eyes of the stupid vulgar by a strange
conduct, constitute usually the distinctive characteristics of great saints;
pride persuades them that they are extraordinary men, far above human nature;
beings who are more perfect than others; chosen ones, which God looks upon with
more complaisance than the rest of mortals. Humility in a saint is, is a
general rule, but a pride more refined than that of common men. It must be a
very ridiculous vanity which can determine a man to continually war with his
own nature!
CLXIII.–LA NATURALEZA HUMANA NO ES DEPRAVADA; Y
UNA MORAL QUE CONTRADICE ESTE HECHO NO ESTÁ HECHA PARA EL HOMBRE.
Una moral que contradice la naturaleza del hombre
no está hecha para él. Pero dirás que la naturaleza del hombre es depravada.
¿En qué consiste esta pretendida depravación? ¿Es porque tiene pasiones? Pero,
¿no son las pasiones la esencia misma del hombre? ¿No debe buscar, desear, amar
lo que es, o lo que cree ser, esencial para su felicidad? ¿No debe temer y
evitar lo que juzga perjudicial o fatal para él? Excite sus pasiones con
objetos útiles; déjenlo apegarse a estos mismos objetos, desviarlo por motivos
sensibles y conocidos de aquello que puede hacerle daño a él oa otros, y
ustedes harán de él un ser razonable y virtuoso. Un hombre sin pasiones sería
igualmente indiferente al vicio ya la virtud.
¡Santos doctores! constantemente nos decís que la
naturaleza del hombre está pervertida; nos decís que el camino de toda carne es
corrompido; nos dices que la naturaleza nos da inclinaciones desmesuradas. En
este caso acusas a tu Dios, que no ha podido ni querido mantener esta
naturaleza en su perfección original. Si esta naturaleza se corrompió, ¿por qué
este Dios no la reparó? El cristiano me asegura que la naturaleza humana está
reparada, que la muerte de su Dios la ha restablecido en su integridad. ¿Cómo
es entonces que la naturaleza humana, a pesar de la muerte de un Dios, sigue
siendo depravada? ¿Es, entonces, una pura pérdida que tu Dios muriera? ¿Qué
será de su omnipotencia y de su victoria sobre el demonio, si es verdad que el
demonio aún detenta el imperio que, según vosotros, ha ejercido siempre en el
mundo?
La muerte, según la teología cristiana, es la pena
del pecado. Esta opinión concuerda con la de algunas naciones negras salvajes,
que imaginan que la muerte de un hombre es siempre el efecto sobrenatural de la
ira de los Dioses. Los cristianos creen firmemente que Cristo los ha librado
del pecado, mientras ven que, en su religión como en las demás, el hombre está
sujeto a la muerte. Decir que Jesucristo nos ha librado del pecado, ¿no es
afirmar que un juez ha concedido el perdón a un hombre culpable, mientras lo
vemos enviado a la tortura?
CLXIV.—DE JESUCRISTO, EL DIOS DEL SACERDOTE.
Si, cerrando los ojos ante todo lo que sucede en
este mundo, confiáramos en los devotos de la religión cristiana, creeríamos que
la venida de nuestro Divino Salvador ha producido la revolución más maravillosa
y la reforma más completa en la moral de las naciones. . El Mesías, según
Pascal, [Ver Pensamientos de Pascal] debe por sí solo producir un pueblo
grande, selecto y santo; conduciéndola y alimentándola, e introduciéndola en el
lugar de reposo y santidad, santificándola para Dios, haciéndola templo de Dios,
salvándola de la ira de Dios, librándola de la servidumbre del pecado, dando
leyes a este pueblo , grabando estas leyes en sus corazones, ofreciéndose a
Dios por ellos, aplastando la cabeza de la serpiente, etc. Este gran hombre se
ha olvidado de mostrarnos el pueblo sobre el cual Su Divino Mesías ha producido
los efectos milagrosos de los que habla con tanto énfasis; ¡Hasta ahora, al
parecer, no existen sobre la tierra!
Si examinamos aunque sea un poco la moral de las
naciones cristianas, y escuchamos los clamores de sus sacerdotes, nos veremos
obligados a concluir que su Dios, Jesucristo, predicó sin fruto, sin éxito; que
su voluntad todopoderosa encuentra todavía en los hombres una resistencia,
sobre la cual este Dios no puede o no quiere triunfar. La moral de este Divino
Doctor que sus discípulos tanto admiran y practican tan poco, es seguida
durante todo un siglo pero por media docena de santos oscuros, monjes fanáticos
e ignorantes, los únicos que tendrán la gloria de brillar en la corte
celestial. ; todo el resto de los mortales, aunque redimidos por la sangre de
este Dios, serán presa de las llamas eternas.
CLXV.— EL DOGMA DE LA REMISIÓN DE LOS PECADOS HA
SIDO INVENTADO EN INTERÉS DE LOS SACERDOTES.
Cuando un hombre tiene un gran deseo de pecar,
piensa muy poco en su Dios; más aún, cualesquiera que sean los delitos que haya
cometido, siempre se jacta de que este Dios mitigará la severidad de sus
castigos. Ningún mortal cree seriamente que su conducta pueda condenarlo.
Aunque teme a un Dios terrible, que a menudo lo hace temblar, cada vez que es
fuertemente tentado sucumbe y ve sólo a un Dios de misericordia, cuya idea lo
aquieta. ¿Hace el mal? Espera tener tiempo para corregirse y promete sinceramente
arrepentirse algún día.
Hay en la farmacia religiosa recetas infalibles
para calmar la conciencia; los sacerdotes de todos los países poseen secretos
soberanos para desarmar la ira del Cielo. Por cierto que sea que la ira de la
Deidad se aplaca con oraciones, ofrendas, sacrificios, lágrimas penitenciales,
no tenemos derecho a decir que la religión mantiene bajo control las
irregularidades de los hombres; primero pecarán, y después buscarán los medios
para reconciliar a Dios. Toda religión que expía y que promete la remisión de
los crímenes, si restringe a alguno, alienta a la gran mayoría a cometer el
mal. A pesar de su inmutabilidad, Dios es, en todas las religiones de este
mundo, un verdadero Proteo. Sus sacerdotes lo muestran ahora armado de
severidad, y luego lleno de clemencia y mansedumbre; ahora cruel y despiadado,
y luego fácilmente reconciliados por el arrepentimiento y las lágrimas de los
pecadores. En consecuencia, los hombres se enfrentan a la Deidad de la manera
que más se ajuste a sus intereses presentes. Un Dios siempre colérico repelería
a sus adoradores o los arrojaría a la desesperación. Los hombres necesitan un
Dios que se enoje y que pueda ser apaciguado; si su ira alarma a algunas almas
tímidas, su clemencia tranquiliza a los malvados decididos que pretenden recurrir
tarde o temprano a los medios de reconciliarse con Él; si los juicios de Dios
espantan a unos pocos devotos pusilánimes que ya por temperamento y por
costumbre no están inclinados al mal, los tesoros de la misericordia divina
tranquilizan a los más grandes criminales, que tienen motivos para esperar que
participarán en ellos con los demás. los hombres se enfrentan a la Deidad de la
manera que más se ajuste a sus intereses presentes. Un Dios siempre colérico
repelería a sus adoradores o los arrojaría a la desesperación. Los hombres
necesitan un Dios que se enoje y que pueda ser apaciguado; si su ira alarma a
algunas almas tímidas, su clemencia tranquiliza a los malvados decididos que
pretenden recurrir tarde o temprano a los medios de reconciliarse con Él; si
los juicios de Dios espantan a unos pocos devotos pusilánimes que ya por
temperamento y por costumbre no están inclinados al mal, los tesoros de la
misericordia divina tranquilizan a los más grandes criminales, que tienen
motivos para esperar que participarán en ellos con los demás. los hombres se
enfrentan a la Deidad de la manera que más se ajuste a sus intereses presentes.
Un Dios siempre colérico repelería a sus adoradores o los arrojaría a la
desesperación. Los hombres necesitan un Dios que se enoje y que pueda ser
apaciguado; si su ira alarma a algunas almas tímidas, su clemencia tranquiliza
a los malvados decididos que pretenden recurrir tarde o temprano a los medios
de reconciliarse con Él; si los juicios de Dios espantan a unos pocos devotos
pusilánimes que ya por temperamento y por costumbre no están inclinados al mal,
los tesoros de la misericordia divina tranquilizan a los más grandes
criminales, que tienen motivos para esperar que participarán en ellos con los
demás. si su ira alarma a algunas almas tímidas, su clemencia tranquiliza a los
malvados decididos que pretenden recurrir tarde o temprano a los medios de
reconciliarse con Él; si los juicios de Dios espantan a unos pocos devotos
pusilánimes que ya por temperamento y por costumbre no están inclinados al mal,
los tesoros de la misericordia divina tranquilizan a los más grandes
criminales, que tienen motivos para esperar que participarán en ellos con los
demás. si su ira alarma a algunas almas tímidas, su clemencia tranquiliza a los
malvados decididos que pretenden recurrir tarde o temprano a los medios de
reconciliarse con Él; si los juicios de Dios espantan a unos pocos devotos
pusilánimes que ya por temperamento y por costumbre no están inclinados al mal,
los tesoros de la misericordia divina tranquilizan a los más grandes
criminales, que tienen motivos para esperar que participarán en ellos con los
demás.
CLXVI.—THE FEAR OF GOD IS POWERLESS AGAINST HUMAN
PASSIONS.
The majority of men rarely think of God, or, at
least, do not occupy themselves much with Him. The idea of God has so little
stability, it is so afflicting, that it can not hold the imagination for a long
time, except in some sad and melancholy visionists who do not constitute the
majority of the inhabitants of this world. The common man has no conception of
it; his weak brain becomes perplexed the moment he attempts to think of Him.
The business man thinks of nothing but his affairs; the courtier of his intrigues;
worldly men, women, youth, of their pleasures; dissipation soon dispels the
wearisome notions of religion. The ambitious, the avaricious, and the debauchee
sedulously lay aside speculations too feeble to counterbalance their diverse
passions.
Whom does the idea of God overawe? A few weak men
disappointed and disgusted with this world; some persons whose passions are
already extinguished by age, by infirmities, or by reverses of fortune.
Religion is a restraint but for those whose temperament or circumstances have
already subjected them to reason. The fear of God does not prevent any from
committing sin but those who do not wish to sin very much, or who are no longer
in a condition to sin. To tell men that Divinity punishes crime in this world,
is to claim as a fact that which experience contradicts constantly The most
wicked men are usually the arbiters of the world, and those whom fortune
blesses with its favors. To convince us of the judgments of God by sending us
to the other life, is to make us accept conjectures in order to destroy facts
which we can not dispute.
CLXVII.—THE INVENTION OF HELL IS TOO ABSURD TO
PREVENT EVIL.
Nadie sueña con otra vida cuando está muy absorto
en los objetos que encuentra en la tierra. A los ojos de un amante apasionado,
la presencia de su amante apaga los fuegos del infierno, y sus encantos borran
todos los placeres del Paraíso. ¡Mujer! ¿Dejas, dices, a tu amante por tu Dios?
Es que tu amado ya no es el mismo en tu estimación; o tu amante te deja, y
debes llenar el vacío que se hace en tu corazón. Nada es más común que ver a
hombres ambiciosos, perversos, corruptos e inmorales que son religiosos, y que
a veces muestran hasta celo en su favor; si no practican la religión, se
prometen a sí mismos que algún día la practicarán; lo guardan en reserva como
un remedio que, tarde o temprano, será necesario para aquietar la conciencia
del mal que todavía pretenden hacer. Además, siendo los devotos y sacerdotes un
partido muy numeroso, activo y poderoso, no es de extrañar ver impostores y
ladrones buscar su apoyo para lograr sus fines. Se nos dirá, sin duda, que
muchas personas honestas son sinceramente religiosas sin provecho; pero ¿la
rectitud de corazón va siempre acompañada de inteligencia? Se nos cita a un
gran número de hombres eruditos, hombres de genio, que son muy religiosos. Esto
prueba que los hombres de genio pueden tener prejuicios, pueden ser pusilánimes,
pueden tener una imaginación que los seduzca y les impida examinar los objetos
con frialdad. Pascal no prueba nada a favor de la religión, excepto que un
hombre de genio puede poseer una pizca de debilidad, y no es más que un niño
cuando es lo suficientemente débil como para escuchar los prejuicios. El mismo
Pascal nos dice “que la mente puede ser fuerte y estrecha, y tan extensa como
débil. Dice más: "Podemos tener bien nuestros sentidos, y no ser
igualmente capaces en todas las cosas; porque hay hombres que, teniendo razón
en cierta esfera de las cosas, se pierden en otras”.
CLXVIII.—ABSURDIO DE LA MORAL Y DE LAS VIRTUDES
RELIGIOSAS ESTABLECIDAS ÚNICAMENTE EN INTERÉS DE LOS SACERDOTES.
¿Qué es la virtud según la teología? Es, se nos
dice, la conformidad de las acciones de los hombres con la voluntad de Dios.
Pero, ¿quién es Dios? Es un ser que nadie es capaz de concebir y que, en
consecuencia, cada uno modifica a su manera. ¿Cuál es la voluntad de Dios? Es
lo que nos han dicho los hombres que han visto a Dios, oa quienes Dios ha
inspirado. ¿Quiénes son los que han visto a Dios? O son fanáticos, o
sinvergüenzas, o hombres ambiciosos, en cuya palabra no podemos confiar. Fundar
la moral sobre un Dios que cada hombre representa diferentemente, que cada uno
compone por su propia idea, que cada uno dispone según su propio temperamento y
su propio interés, es evidentemente fundar la moral sobre el capricho y sobre
la imaginación de los hombres; se basa en los caprichos de una secta, facción o
partido que, excluyendo a todos los demás,
Establecer la moralidad, o los deberes del hombre,
sobre la voluntad divina, es fundarla sobre los deseos, los ensueños o los
intereses de aquellos que hacen hablar a Dios sin temor a la contradicción. En
toda religión sólo los sacerdotes tienen derecho a decidir lo que agrada o
desagrada a su Dios; podemos estar seguros de que decidirán sobre lo que les
agrada o les disgusta.
Los dogmas, las ceremonias, la moral y las virtudes
que prescriben todas las religiones del mundo, están visiblemente calculadas
sólo para extender el poder o aumentar los emolumentos de los fundadores y de
los ministros de estas religiones; los dogmas son oscuros, inconcebibles,
espantosos y, por lo tanto, muy propensos a hacer divagar la imaginación y
hacer al hombre común más dócil a quienes quieren dominarlo; las ceremonias y
prácticas procuran fortuna o consideración a los sacerdotes; la moral y las virtudes
religiosas consisten en una fe sumisa, que impide razonar; en una devota
humildad, que asegura a los sacerdotes la sumisión de sus esclavos; en un celo
ardiente, cuando se agita la cuestión de la religión; es decir, cuando se
considera el interés de estos sacerdotes,
CLXIX.—¿A qué equivale esa caridad cristiana,
tal como la enseñan y practican los teólogos?
Cuando reprochamos a los teólogos la esterilidad de
sus virtudes religiosas, alaban, con énfasis, la caridad, ese tierno amor al
prójimo que el cristianismo hace un deber esencial para sus discípulos. ¡Pero
Ay! ¿Qué pasa con esta pretendida caridad tan pronto como examinamos las
acciones de los ministros del Señor? Pregunta si debes amar a tu prójimo si es
impío, hereje e incrédulo, es decir, si no piensa como ellos. Pregúntales si
debes tolerar opiniones contrarias a las que ellos profesan. Pregúnteles si el
Señor puede mostrar indulgencia a los que están en el error. Inmediatamente
desaparece su caridad, y el clero dominante os dirá que el príncipe lleva la
espada pero para sostener los intereses del Altísimo; os dirán que por amor al
prójimo hay que perseguirlo, encarcelarlo, exiliarlo o quemarlo.
La religión cristiana, que originalmente fue
predicada por mendigos y por hombres muy miserables, recomienda fuertemente la
limosna bajo el nombre de caridad; la fe de Mahoma lo convierte igualmente en
un deber indispensable. Nada, sin duda, conviene más a la humanidad que
socorrer a los desdichados, vestir a los desnudos, tender una mano caritativa a
quien la necesita. Pero, ¿no sería más humano y más caritativo prever la
miseria y evitar que aumenten los pobres? Si la religión, en lugar de deificar
a los príncipes, les hubiera enseñado a respetar la propiedad de sus súbditos,
a ser justos y a ejercer solo sus derechos legítimos, no veríamos un número tan
grande de mendicantes en sus reinos. Un gobierno codicioso, injusto, tiránico,
multiplica la miseria; el rigor de los impuestos produce desánimo, ociosidad,
indigencia, que, por su parte, producir robos, asesinatos y toda clase de
delitos. Si los soberanos tuvieran más humanidad, caridad y justicia, sus
Estados no estarían poblados por tantos desdichados cuya miseria se hace
imposible de aliviar.
Los Estados cristianos y mahometanos están llenos
de vastos y ricamente dotados hospitales, en los que admiramos la piadosa
caridad de los reyes y de los sultanes que los erigieron. ¿No hubiera sido más
humano gobernar bien al pueblo, procurarle comodidad, excitar y favorecer la
industria y el comercio, permitirle gozar con seguridad de los frutos de su
trabajo, que oprimirlo bajo un yugo despótico, empobrecerlos con guerras sin
sentido, reducirlos a la mendicidad para satisfacer un lujo inmoderado, y luego
construir suntuosos monumentos que pueden contener sólo una porción muy pequeña
de aquellos a quienes han hecho miserables? La religión, por sus virtudes, no
ha hecho sino cambiar a los hombres; en lugar de prever los males, aplica pero
remedios insuficientes. Los ministros del Cielo siempre han sabido sacar
provecho de las calamidades ajenas; la miseria pública se convirtió en su
elemento; se hicieron administradores de los bienes de los pobres,
distribuidores de limosnas, depositarios de caridades; de ese modo extendieron
y mantuvieron en todo momento su poder sobre los desdichados que suelen
componer la parte más numerosa, más ansiosa, más sediciosa de la sociedad. Así
los mayores males son aprovechados para los ministros del Señor.
Los sacerdotes cristianos nos dicen que los bienes
que poseen son los bienes de los pobres, y pretenden con este título que sus
posesiones son sagradas; en consecuencia, los soberanos y el pueblo se afanan
en acumular para ellos tierras, rentas, tesoros; bajo pretexto de la caridad,
nuestros guías espirituales se han vuelto muy opulentos, y gozan, a la vista de
las naciones empobrecidas, de bienes que estaban destinados pero para los
miserables; los segundos, lejos de murmurar, aplauden una engañosa generosidad
que enriquece a la Iglesia, pero que muy pocas veces alivia los sufrimientos de
los pobres.
According to the principles of Christianity,
poverty itself is a virtue, and it is this virtue which the sovereigns and the
priests make their slaves observe the most. According to these ideas, a great
number of pious Christians have renounced with good-will the perishable riches
of the earth; have distributed their patrimony to the poor, and have retired
into a desert to live a life of voluntary indigence. But very soon this
enthusiasm, this supernatural taste for misery, must surrender to nature. The successors
to these voluntary poor, sold to the religious people their prayers and their
powerful intercession with the Deity; they became rich and powerful; thus,
monks and hermits lived in idleness, and, under the pretext of charity,
devoured insultingly the substance of the poor. Poverty of spirit was that of
which religion made always the greatest use. The fundamental virtue of all
religion, that is to say, the most useful one to its ministers, is faith. It
consists in an unlimited credulity, which causes men to believe, without
examination, all that which the interpreters of the Deity wish them to believe.
With the aid of this wonderful virtue, the priests became the arbiters of
justice and of injustice; of good and of evil; they found it easy to commit crimes
when crimes became necessary to their interests. Implicit faith has been the
source of the greatest outrages which have been committed upon the earth.
CLXX.—CONFESSION, THAT GOLDEN MINE FOR THE
PRIESTS, HAS DESTROYED THE TRUE PRINCIPLES OF MORALITY.
He who first proclaimed to the nations that, when
man had wronged man, he must ask God's pardon, appease His wrath by presents,
and offer Him sacrifices, obviously subverted the true principles of morality.
According to these ideas, men imagine that they can obtain from the King of
Heaven, as well as from the kings of the earth, permission to be unjust and
wicked, or at least pardon for the evil which they might commit.
Morality is founded upon the relations, the needs,
and the constant interests of the inhabitants of the earth; the relations which
subsist between men and God are either entirely unknown or imaginary. The
religion associating God with men has visibly weakened or destroyed the ties
which unite men.
Mortals imagine that they can, with impunity,
injure each other by making a suitable reparation to the Almighty Being, who is
supposed to have the right to remit all the injuries done to His creatures. Is
there anything more liable to encourage wickedness and to embolden to crime,
than to persuade men that there exists an invisible being who has the right to
pardon injustice, rapine, perfidy, and all the outrages they can inflict upon
society? Encouraged by these fatal ideas, we see the most perverse men abandon
themselves to the greatest crimes, and expect to repair them by imploring
Divine mercy; their conscience rests in peace when a priest assures them that
Heaven is quieted by sincere repentance, which is very useless to the world;
this priest consoles them in the name of Deity, if they consent in reparation
of their faults to divide with His ministers the fruits of their plunderings,
of their frauds, and of their wickedness. Morality united to religion, becomes
necessarily subordinate to it. In the mind of a religious person, God must be
preferred to His creatures; "It is better to obey Him than men!" The
interests of the Celestial Monarch must be above those of weak mortals. But the
interests of Heaven are evidently the interests of the ministers of Heaven;
from which it follows evidently, that in all religions, the priests, under
pretext of Heaven's interest's, or of God's glory, will be able to dispense
with the duties of human morals when they do not agree with the duties which
God is entitled to impose.
Besides, He who has the power to pardon crimes, has
He not the right to order them committed?
CLXXI.—THE SUPPOSITION OF THE EXISTENCE OF A GOD
IS NOT NECESSARY TO MORALITY.
We are constantly told that without a God, there
can be no moral obligation; that it is necessary for men and for the sovereigns
themselves to have a lawgiver sufficiently powerful to compel them to be moral;
moral obligation implies a law; but this law arises from the eternal and
necessary relations of things among themselves, which have nothing in common
with the existence of a God. The rules which govern men's conduct spring from
their own nature, which they are supposed to know, and not from the Divine nature,
of which they have no conception; these rules compel us to render ourselves
estimable or contemptible, amiable or hateful, worthy of reward or of
punishments, happy or unhappy, according to the extent to which we observe
them. The law that compels man not to harm himself, is inherent in the nature
of a sensible being, who, no matter how he came into this world, or what can be
his fate in another, is compelled by his very nature to seek his welfare and to
shun evil, to love pleasure and to fear pain. The law which compels a man not
to harm others and to do good, is inherent in the nature of sensible beings
living in society, who, by their nature, are compelled to despise those who do
them no good, and to detest those who oppose their happiness. Whether there
exists a God or not, whether this God has spoken or not, men's moral duties
will always be the same so long as they possess their own nature; that is to
say, so long as they are sensible beings. Do men need a God whom they do not
know, or an invisible lawgiver, or a mysterious religion, or chimerical fears
in order to comprehend that all excess tends ultimately to destroy them, and
that in order to preserve themselves they must abstain from it; that in order
to be loved by others, they must do good; that doing evil is a sure means of
incurring their hatred and vengeance? "Before the law there was no
sin." Nothing is more false than this maxim. It is enough for a man to be
what he is, to be a sensible being in order to distinguish that which pleases or
displeases him. It is enough that a man knows that another man is a sensible
being like himself, in order for him to know what is useful or injurious to
him. It is enough that man needs his fellow-creature, in order that he should
fear that he might produce unfavorable impressions upon him. Thus a sentient
and thinking being needs but to feel and to think, in order to discover that
which is due to him and to others. I feel, and another feels, like myself; this
is the foundation of all morality.
CLXXII.—RELIGION AND ITS SUPERNATURAL MORALITY
ARE FATAL TO THE PEOPLE, AND OPPOSED TO MAN'S NATURE.
We can judge of the merit of a system of morals but
by its conformity with man's nature. According to this comparison, we have a
right to reject it, if we find it detrimental to the welfare of mankind.
Whoever has seriously meditated upon religion and its supernatural morality,
whoever has weighed its advantages and disadvantages, will become convinced
that they are both injurious to the interests of the human race, or directly
opposed to man's nature.
"People, to arms! Your God's cause is at
stake! Heaven is outraged! Faith is in danger! Down upon infidelity, blasphemy,
and heresy!"
By the magical power of these valiant words, which
the people never understand, the priests in all ages were the leaders in the
revolts of nations, in dethroning kings, in kindling civil wars, and in
imprisoning men. When we chance to examine the important objects which have
excited the Celestial wrath and produced so many ravages upon the earth, it is
found that the foolish reveries and the strange conjectures of some theologian
who did not understand himself, or, the pretensions of the clergy, have severed
all ties of society and inundated the human race in its own blood and tears.
CLXXIII.—HOW THE UNION OF RELIGION AND POLITICS
IS FATAL TO THE PEOPLE AND TO THE KINGS.
Los soberanos de este mundo, al asociar a la Deidad
en el gobierno de sus reinos, al pretender ser Sus lugartenientes y Sus
representantes en la tierra, al admitir que obtienen su poder de Él,
necesariamente deben aceptar a Sus ministros como rivales o como amos. ¿Es
entonces asombroso que los sacerdotes hayan hecho sentir a menudo a los reyes
la superioridad del Monarca Celestial? ¿No han hecho comprender más de una vez
a los príncipes temporales que el mayor poder físico está obligado a rendirse
al poder espiritual de la opinión? Nada hay más difícil que servir a dos
señores, especialmente cuando no se ponen de acuerdo en lo que exigen de sus
súbditos. La unión de la religión con la política ha provocado necesariamente
una doble legislación en los Estados. La ley de Dios, interpretada por sus
sacerdotes, es a menudo contrario a la ley del soberano o al interés del
Estado. Cuando los príncipes están firmes y seguros del amor de sus súbditos,
la ley de Dios se ve obligada a veces a cumplir con las sabias intenciones del
soberano temporal; pero más a menudo la autoridad soberana se ve obligada a
retroceder ante la autoridad divina, es decir, ante los intereses del clero.
Nada hay más peligroso para un príncipe que meterse en los asuntos
eclesiásticos (meter las manos en la olla del agua bendita), es decir, intentar
la reforma de los abusos consagrados por la religión. Dios nunca está más
enojado que cuando se interfieren con los derechos divinos, los privilegios,
las posesiones y las inmunidades de sus sacerdotes. s la ley es a veces
obligada a cumplir con las sabias intenciones del soberano temporal; pero más a
menudo la autoridad soberana se ve obligada a retroceder ante la autoridad
divina, es decir, ante los intereses del clero. Nada hay más peligroso para un
príncipe que meterse en los asuntos eclesiásticos (meter las manos en la olla
del agua bendita), es decir, intentar la reforma de los abusos consagrados por
la religión. Dios nunca está más enojado que cuando se interfieren con los
derechos divinos, los privilegios, las posesiones y las inmunidades de sus
sacerdotes. s la ley es a veces obligada a cumplir con las sabias intenciones
del soberano temporal; pero más a menudo la autoridad soberana se ve obligada a
retroceder ante la autoridad divina, es decir, ante los intereses del clero.
Nada hay más peligroso para un príncipe que meterse en los asuntos
eclesiásticos (meter las manos en la olla del agua bendita), es decir, intentar
la reforma de los abusos consagrados por la religión. Dios nunca está más enojado
que cuando se interfieren con los derechos divinos, los privilegios, las
posesiones y las inmunidades de sus sacerdotes. que entrometerse en los asuntos
eclesiásticos (meter las manos en la olla del agua bendita), es decir, intentar
la reforma de los abusos consagrados por la religión. Dios nunca está más
enojado que cuando se interfieren con los derechos divinos, los privilegios,
las posesiones y las inmunidades de sus sacerdotes. que entrometerse en los
asuntos eclesiásticos (meter las manos en la olla del agua bendita), es decir,
intentar la reforma de los abusos consagrados por la religión. Dios nunca está
más enojado que cuando se interfieren con los derechos divinos, los
privilegios, las posesiones y las inmunidades de sus sacerdotes.
Las especulaciones metafísicas o las opiniones
religiosas de los hombres, nunca influyen en su conducta sino cuando las creen
conformes a sus intereses. Nada prueba esta verdad con más fuerza que la
conducta de un gran número de príncipes con respecto al poder espiritual, al
que los vemos resistir muy a menudo. ¿No debería un soberano que está
persuadido de la importancia y los derechos de la religión, sentirse
conscientemente obligado a recibir con respeto las órdenes de sus sacerdotes, y
considerarlas como mandamientos de la Deidad? Hubo un tiempo en que los reyes y
el pueblo, más conformes y convencidos de los derechos del poder espiritual, se
hacían sus esclavos, se rendían a él en toda ocasión, y no eran más que dóciles
instrumentos en sus manos; este momento feliz ya no existe. Por una extraña
inconsistencia, a veces vemos a los monarcas más religiosos oponerse a las
empresas de aquellos a quienes consideran ministros de Dios. Un soberano que
está lleno de religión o respeto por su Dios, debe estar constantemente
postrado ante sus sacerdotes, y considerarlos como sus verdaderos soberanos.
¿Hay un poder sobre la tierra que tenga el derecho de medirse con el del
Altísimo?
CLXXIV.— LOS CREDOS SON GRAVIOSOS Y RUINOSOS PARA
LA MAYORIA DE LAS NACIONES.
Que los príncipes que se creen interesados en
propagar los prejuicios de sus súbditos, hayan reflexionado bien sobre los
efectos que producen los demagogos privilegiados, que tienen derecho a hablar
cuando quieren, y excitan en nombre del Cielo las pasiones de muchos millones
de sus temas? ¿Qué estragos no causarían estas santas arengas si conspiraran
para perturbar un Estado, como tantas veces lo han hecho?
¡Nada hay más oneroso y más ruinoso para la mayor
parte de las naciones que el culto a sus Dioses! En todas partes, sus ministros
no sólo ocupan el primer lugar en el Estado, sino que también disfrutan de la
mayor parte de los beneficios de la sociedad y tienen derecho a imponer
impuestos continuos a sus conciudadanos. ¿Qué ventajas reales procuran al
pueblo estos órganos del Altísimo a cambio de los inmensos beneficios que de
ellos sacan? ¿Les dan a cambio de sus riquezas y de sus cortesías otra cosa que
misterios, hipótesis, ceremonias, preguntas sutiles, querellas interminables,
que muchas veces sus Estados deben pagar con su sangre?
CLXXV.— LA RELIGIÓN PARALIZA LA MORALIDAD.
La religión, que pretende ser el soporte más firme
de la moral, evidentemente la despoja de su verdadero motor, para sustituirlo
por motores imaginarios, quimeras inconcebibles, que, siendo evidentemente
contrarias al sentido común, no pueden ser firmemente creídas por nadie. Todo
el mundo nos asegura que cree firmemente en un Dios que premia y castiga; todos
pretenden estar persuadidos de la existencia de un infierno y de un Paraíso;
sin embargo, ¿vemos que estas ideas hacen mejores a los hombres o contrarrestan
en la mente de la mayor parte de ellos el menor interés? Cada uno nos asegura
que tiene miedo de los juicios de Dios, aunque cada uno da rienda suelta a sus
pasiones cuando se cree seguro de escapar a los juicios de los hombres. El
miedo a los poderes invisibles rara vez es tan grande como el miedo a los
poderes visibles. Los sufrimientos desconocidos o distantes impresionan menos a
las personas que la horca erigida o el ejemplo de un ahorcado. Apenas hay
cortesano que tema más la ira de Dios que el disgusto de su amo. Una pensión,
un título, una cinta, bastan para hacer olvidar los tormentos del infierno y
los placeres de la corte celestial. Las caricias de una mujer lo exponen cada
día al desagrado del Altísimo. Una broma, una broma, un bon-mot, impresionan
más al hombre de mundo que todas las nociones graves de su religión. ¿No
estamos seguros de que un verdadero arrepentimiento es suficiente para
apaciguar a la Divinidad? Sin embargo, no vemos que este verdadero
arrepentimiento se exprese con sinceridad; por lo menos, muy rara vez vemos a
grandes ladrones, aun en la hora de la muerte, restituir los bienes que saben
haber adquirido injustamente. Los hombres se convencen a sí mismos, sin duda,
que se someterán al fuego eterno, si no pueden garantizarse contra él. Pero
como se pueden hacer arreglos con el Cielo dando a la Iglesia una parte de sus
fortunas, son muy pocos los ladrones religiosos que no mueren perfectamente
tranquilos sobre la manera en que ganaron sus riquezas en este mundo.
CLXXVI.—CONSECUENCIAS FATALES DE LA PIEDAD.
Incluso por la confesión de los más ardientes
defensores de la religión y de su utilidad, nada es más raro que las
conversiones sinceras; a lo que podríamos añadir, nada hay más inútil para la
sociedad. Los hombres no se disgustan con el mundo hasta que el mundo se
disgusta con ellos; una mujer se entrega a Dios sólo cuando el mundo ya no la
quiere. Su vanidad encuentra en la devoción religiosa un papel que la ocupa y
la consuela de la ruina de sus encantos. Pasa su tiempo en las más triviales
prácticas, fiestas, intrigas, invectivas y calumnias; el celo le proporciona
los medios para distinguirse y convertirse en objeto de consideración en el
círculo religioso. Si los fanáticos tienen el talento de agradar a Dios y a sus
sacerdotes, rara vez poseen el de agradar a la sociedad o el de serle útiles.
La religión para un devoto es un velo que cubre y justifica todas sus pasiones,
su orgullo, su mal humor, su ira, su venganza, su impaciencia, su amargura. La
religión se arroga una superioridad tiránica que destierra del comercio toda
dulzura, alegría y alegría; da el derecho de censurar a otros; capturar y
exterminar a los infieles para la gloria de Dios; es muy común ser religioso y
no tener ninguna de las virtudes o cualidades necesarias para la vida social.
CLXXVII.—LA SUPOSICIÓN DE OTRA VIDA NO ES
CONSOLADORA PARA EL HOMBRE NI NECESARIA PARA LA MORAL.
Estamos seguros de que el dogma de otra vida es de
la mayor importancia para la paz de la sociedad; se imagina que sin ella los
hombres no tendrían motivos para hacer el bien. ¿Por qué necesitamos terrores y
fábulas para enseñar a cualquier hombre razonable cómo debe comportarse en la
tierra? ¿No ve cada uno de nosotros que tiene el mayor interés en merecer la
aprobación, la estima y la bondad de los seres que le rodean, y en evitar todo
lo que pueda causar la censura, el desprecio y el resentimiento de la sociedad?
Por breve que sea la duración de una fiesta, de una conversación o de una
visita, ¿no desea cada uno de nosotros desempeñar en ella un papel digno,
agradable a sí mismo ya los demás? Si la vida es sólo un pasaje, tratemos de
hacerlo fácil; no puede ser así si nos faltan los saludos de quienes viajan con
nosotros.
La religión, que está tan tristemente ocupada con
sus sombríos ensueños, nos representa al hombre como un peregrino sobre la
tierra; concluye que para viajar con mayor seguridad debe viajar solo;
renunciar a los placeres que encuentra y privarse de las diversiones que
podrían consolarle de las fatigas y cansancios del camino. Una filosofía
estoica y taciturna nos da a veces consejos tan insensatos como la religión;
pero una filosofía más racional nos inspira a esparcir flores en el camino de
la vida; para disipar la melancolía y los terrores de pánico; vincular nuestros
intereses con los de nuestros compañeros de viaje; distraernos con la alegría y
los placeres honestos de las penas y las cruces a las que tantas veces estamos
expuestos. Se nos hace sentir que, para viajar placenteramente, debemos
abstenernos de lo que podría resultar perjudicial para nosotros mismos,
CLXXVIII.—UN ATEO TIENE MAS MOTIVOS PARA ACTUAR
GRATUITAMENTE, MAS CONCIENCIA, QUE UNA PERSONA RELIGIOSA.
Se pregunta qué motivos tiene un ateo para hacer el
bien. Puede tener el motivo de complacerse a sí mismo ya sus semejantes; de
vivir feliz y tranquilamente; de hacerse amado y respetado por los hombres,
cuya existencia y cuyas disposiciones son más conocidas que las de un ser
imposible de comprender. ¿Puede el que no teme a los Dioses, temer algo? Puede
temer a los hombres, a su desprecio, a su falta de respeto ya los castigos que
infligen las leyes; finalmente, puede temerse a sí mismo; puede temer el remordimiento
que experimentan todos aquellos cuya conciencia les reprocha haber merecido el
odio de sus semejantes. La conciencia es el testimonio interior que nos damos a
nosotros mismos por haber actuado de tal manera que merecemos la estima o la
censura de aquellos con quienes nos relacionamos. Esta conciencia se basa en el
conocimiento que tenemos de los hombres y de los sentimientos que nuestras
acciones deben despertar en ellos. La conciencia de una persona religiosa la
persuade de que ha agradado o desagradado a su Dios, de quien no tiene idea, y
cuyas intenciones oscuras y dudosas le son explicadas sólo por hombres
desconfiados, que no saben más de la esencia de la Divinidad que él. y que no
están de acuerdo en lo que puede agradar o desagradar a Dios. En una palabra,
la conciencia de un hombre crédulo es guiada por hombres cuya propia conciencia
está en el error, o cuyo interés apaga la inteligencia. que no saben más de la
esencia de la Divinidad que él, y que no están de acuerdo en lo que puede agradar
o desagradar a Dios. En una palabra, la conciencia de un hombre crédulo es
guiada por hombres cuya propia conciencia está en el error, o cuyo interés
apaga la inteligencia. que no saben más de la esencia de la Divinidad que él, y
que no están de acuerdo en lo que puede agradar o desagradar a Dios. En una
palabra, la conciencia de un hombre crédulo es guiada por hombres cuya propia
conciencia está en el error, o cuyo interés apaga la inteligencia.
¿Puede un ateo tener conciencia? ¿Cuáles son sus
motivos para abstenerse de vicios y crímenes secretos que otros hombres ignoran
y que están fuera del alcance de las leyes? Puede estar seguro por la
experiencia constante de que no hay vicio que, en la naturaleza de las cosas,
no acarree su propio castigo. Si quiere conservarse, evitará todos aquellos
excesos que puedan ser nocivos para su salud; no desearía vivir y demorarse,
convirtiéndose así en una carga para sí mismo y para los demás. En cuanto a los
crímenes secretos, los evitaría por temor a avergonzarse de sí mismo, de quien
no puede esconderse. Si tiene razón, sabrá el precio de la estima que un hombre
honesto debe tener por sí mismo. Sabrá, además, que circunstancias imprevistas
pueden develar a los ojos de los demás la conducta que él se siente interesado
en ocultar.
CLXXIX.–UN REY ATEO SERIA PREFERIBLE A UNO QUE ES
RELIGIOSO Y MALO, COMO LO VEMOS A MENUDO.
The speculating atheist, the theist will tell us,
may be an honest man, but his writings will cause atheism in politics. Princes
and ministers, being no longer restrained by the fear of God, will give
themselves up without scruple to the most frightful excesses. But no matter
what we can suppose of the depravity of an atheist on a throne, can it ever be
any greater or more injurious than that of so many conquerors, tyrants,
persecutors, of ambitious and perverse courtiers, who, without being atheists,
but who, being very often religious, do not cease to make humanity groan under
the weight of their crimes? Can an atheistical king inflict more evil on the
world than a Louis XI., a Philip II., a Richelieu, who have all allied religion
with crime? Nothing is rarer than atheistical princes, and nothing more common
than very bad and very religious tyrants.
CLXXX.—LA MORALIDAD ADQUIRIDA POR LA FILOSOFà A
ES SUFICIENTE A LA VIRTUD.
Todo hombre que reflexiona no puede dejar de
conocer sus deberes, de descubrir las relaciones que subsisten entre los
hombres, de meditar sobre su propia naturaleza, de discernir sus necesidades,
sus inclinaciones y sus deseos, y de percibir lo que debe a los seres
necesarios. a su propia felicidad. Estas reflexiones conducen naturalmente al
conocimiento de la moral que es la más esencial para la sociedad. Todo hombre
que ama retirarse en sí mismo para estudiar y buscar los principios de las
cosas, no tiene pasiones muy peligrosas; su mayor pasión será conocer la
verdad, y su mayor ambición mostrarla a los demás. La filosofía es beneficiosa
para cultivar el corazón y la mente. En cuanto a la moral, ¿no tiene ventaja el
que reflexiona y razona sobre el que no razona?
Si la ignorancia es útil a los sacerdotes ya los
opresores de la humanidad, es muy fatal para la sociedad. El hombre, privado de
inteligencia, no goza del uso de su razón; el hombre, privado de razón e
inteligencia, es un salvaje, que en cualquier momento está expuesto a ser
inducido al crimen. La moralidad, o la ciencia de los deberes morales, no se
adquiere sino mediante el estudio del hombre y sus relaciones. El que no
reflexiona por sí mismo no conoce la verdadera moral, y no puede andar por el
camino de la virtud. Cuanto menos razonan los hombres, más malvados son. Los
bárbaros, los príncipes, los grandes y la escoria de la sociedad, son
generalmente los más malvados porque son los que menos razonan. El hombre
religioso nunca reflexiona y evita razonar; teme el examen; sigue a la
autoridad; y muy a menudo una conciencia equivocada le hace considerar un deber
santo hacer el mal. El hombre incrédulo razona, consulta la experiencia y la
prefiere al prejuicio. Si ha razonado con justicia, su conciencia se aclara;
encuentra motivos más reales para hacer el bien que el hombre religioso, que no
tiene más motivos que sus quimeras, y que nunca atiende a razones. ¿No son los
motivos del hombre incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar
sus pasiones? ¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que
deberían refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni
peor ni mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus
sublimes preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena.
¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un
tirano religioso menos tirano que uno irreligioso? y lo prefiere al prejuicio.
Si ha razonado con justicia, su conciencia se aclara; encuentra motivos más
reales para hacer el bien que el hombre religioso, que no tiene más motivos que
sus quimeras, y que nunca atiende a razones. ¿No son los motivos del hombre
incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones? ¿Está
lo bastante ciego para no reconocer los intereses que deberían refrenarlo?
¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni mejor que muchos
hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes preceptos,
siguen llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un
asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso
menos tirano que uno irreligioso? y lo prefiere al prejuicio. Si ha razonado
con justicia, su conciencia se aclara; encuentra motivos más reales para hacer
el bien que el hombre religioso, que no tiene más motivos que sus quimeras, y
que nunca atiende a razones. ¿No son los motivos del hombre incrédulo lo
suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones? ¿Está lo bastante
ciego para no reconocer los intereses que deberían refrenarlo? ¡Bien! será
vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni mejor que muchos hombres
crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes preceptos, siguen
llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino
crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos
tirano que uno irreligioso? encuentra motivos más reales para hacer el bien que
el hombre religioso, que no tiene más motivos que sus quimeras, y que nunca
atiende a razones. ¿No son los motivos del hombre incrédulo lo suficientemente
fuertes como para contrarrestar sus pasiones? ¿Está lo bastante ciego para no
reconocer los intereses que deberían refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado;
pero aun así no será ni peor ni mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar
de la religión y de sus sublimes preceptos, siguen llevando una vida que esta
misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que
no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno irreligioso?
encuentra motivos más reales para hacer el bien que el hombre religioso, que no
tiene más motivos que sus quimeras, y que nunca atiende a razones. ¿No son los
motivos del hombre incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar
sus pasiones? ¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que
deberían refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni
peor ni mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus
sublimes preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena.
¿Es menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un
tirano religioso menos tirano que uno irreligioso? ¿No son los motivos del hombre
incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones?
¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que deberían
refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni
mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes
preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos
temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano
religioso menos tirano que uno irreligioso? ¿No son los motivos del hombre
incrédulo lo suficientemente fuertes como para contrarrestar sus pasiones?
¿Está lo bastante ciego para no reconocer los intereses que deberían
refrenarlo? ¡Bien! será vicioso y malvado; pero aun así no será ni peor ni
mejor que muchos hombres crédulos que, a pesar de la religión y de sus sublimes
preceptos, siguen llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es menos
temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano
religioso menos tirano que uno irreligioso? continuar llevando una vida que
esta misma religión condena. ¿Es menos temible un asesino crédulo que un
asesino que no cree en nada? ¿Es un tirano religioso menos tirano que uno
irreligioso? continuar llevando una vida que esta misma religión condena. ¿Es
menos temible un asesino crédulo que un asesino que no cree en nada? ¿Es un
tirano religioso menos tirano que uno irreligioso?
CLXXXI.—LAS OPINIONES RARAMENTE INFLUYEN EN LA
CONDUCTA.
No hay nada más raro en el mundo que los hombres
consistentes. Sus opiniones no influyen en su conducta, excepto cuando se
ajustan a su temperamento, a sus pasiones ya sus intereses. Las opiniones
religiosas, según la experiencia cotidiana, producen mucho más mal que bien;
son injuriosas, porque muy a menudo concuerdan con las pasiones de tiranos,
fanáticos y sacerdotes; no producen ningún efecto, porque no tienen el poder de
equilibrar los intereses presentes de la mayoría de los hombres. Los principios
religiosos siempre se dejan de lado cuando se oponen a los deseos ardientes;
sin ser incrédulos, hacen como si no creyeran nada. Corremos el riesgo de ser
engañados cuando juzgamos las opiniones de los hombres por su conducta o su
conducta por sus opiniones. Hombre muy religioso, a pesar de los principios
austeros y crueles de una religión sanguinaria, será a veces, por una
afortunada incoherencia, humana, tolerante, moderada; en este caso los
principios de su religión no concuerdan con la mansedumbre de su disposición.
Un libertino, un libertino, un hipócrita, un adúltero o un ladrón nos mostrarán
a menudo que tiene las ideas más claras de la moral. ¿Por qué no las practican?
Es porque ni su temperamento, ni sus intereses, ni sus hábitos concuerdan con
sus sublimes teorías. Los rígidos principios de la moralidad cristiana, que
tantos intentan hacer pasar por divinos, tienen muy poca influencia sobre la
conducta de quienes los predican a los demás. ¿No nos dicen todos los días que
hagamos lo que predican y no lo que practican? Un libertino, un libertino, un
hipócrita, un adúltero o un ladrón nos mostrarán a menudo que tiene las ideas
más claras de la moral. ¿Por qué no las practican? Es porque ni su
temperamento, ni sus intereses, ni sus hábitos concuerdan con sus sublimes
teorías. Los rígidos principios de la moralidad cristiana, que tantos intentan
hacer pasar por divinos, tienen muy poca influencia sobre la conducta de
quienes los predican a los demás. ¿No nos dicen todos los días que hagamos lo
que predican y no lo que practican? Un libertino, un libertino, un hipócrita,
un adúltero o un ladrón nos mostrarán a menudo que tiene las ideas más claras
de la moral. ¿Por qué no las practican? Es porque ni su temperamento, ni sus
intereses, ni sus hábitos concuerdan con sus sublimes teorías. Los rígidos
principios de la moralidad cristiana, que tantos intentan hacer pasar por
divinos, tienen muy poca influencia sobre la conducta de quienes los predican a
los demás. ¿No nos dicen todos los días que hagamos lo que predican y no lo que
practican? que tantos intentan hacer pasar por divinas, tienen muy poca
influencia sobre la conducta de quienes las predican a los demás. ¿No nos dicen
todos los días que hagamos lo que predican y no lo que practican? que tantos
intentan hacer pasar por divinas, tienen muy poca influencia sobre la conducta
de quienes las predican a los demás. ¿No nos dicen todos los días que hagamos
lo que predican y no lo que practican?
Los partidarios religiosos generalmente designan a
los incrédulos como libertinos. Puede ser que muchos incrédulos sean inmorales;
esta inmoralidad se debe a su temperamento, y no a sus opiniones. Pero, ¿qué
tiene que ver su conducta con estas opiniones? ¿No puede un hombre inmoral ser
un buen médico, un buen arquitecto, un buen geómetra, un buen lógico, un buen
metafísico? Con una conducta intachable se puede estar ignorante de muchas
cosas y razonar muy mal. Cuando se presenta la verdad, no importa de quién
venga. No juzguemos a los hombres por sus opiniones, ni por las opiniones de
los hombres; juzguemos a los hombres por su conducta; y sus opiniones por su
conformidad con la experiencia, la razón y su utilidad para la humanidad.
CLXXXII.—LA RAZÓN LLEVA A LOS HOMBRES A LA
IRRELIGIÓN Y AL ATEÍSMO, PORQUE LA RELIGIÓN ES ABSURDA, Y EL DIOS DE LOS
SACERDOTES ES UN SER MALIGNO Y FEROZ.
Todo hombre que razona pronto se vuelve incrédulo,
porque el razonamiento le prueba que la teología no es más que un tejido de
falsedades; que la religión es contraria a todos los principios del sentido
común; que da un color falso a todo conocimiento humano. El hombre racional se
vuelve incrédulo, porque ve que la religión, lejos de hacer más felices a los
hombres, es la primera causa de los mayores desórdenes y de las permanentes
calamidades con que aflige al género humano. El hombre que busca su bienestar y
su propia tranquilidad, examina su religión y se desengaña, porque encuentra
inconveniente e inútil pasar la vida temblando ante fantasmas que no se hacen
sino para intimidar a mujeres o niños tontos. Si, a veces, el libertinaje, que
razona poco, conduce a la irreligión, el hombre que es regular en su moral
puede tener motivos muy legítimos para examinar su religión y para desterrarla
de su mente. Demasiado débiles para intimidar a los malvados, en quienes el
vicio se ha arraigado profundamente, los terrores religiosos afligen,
atormentan y agobian las mentes imaginativas. Si las almas tienen coraje y
elasticidad, se sacuden un yugo que llevan de mala gana. Si son débiles o
timoratos, llevan el yugo durante toda su vida, y envejecen temblando, o por lo
menos viven bajo una agobiante incertidumbre.
Los sacerdotes han hecho de Dios un ser tan
malicioso, feroz, tan dispuesto a enfadarse, que hay pocos hombres en el mundo
que no deseen en el fondo de su corazón que este Dios no exista. No podemos
vivir felices si estamos siempre con miedo. ¡Adorais a un Dios terrible, oh
pueblo religioso! ¡Pobre de mí! Y sin embargo lo odiáis; deseas que Él no lo
fuera. ¿Podemos evitar desear la ausencia o la destrucción de un maestro, cuya
idea no puede más que atormentar la mente? Son los colores oscuros con los que
los sacerdotes pintan a la Deidad los que rebelan a los hombres, llevándolos a
odiarlo y rechazarlo.
CLXXXIII.— SóLO EL MIEDO CREA TEÃSTAS E BIGOTS.
Si el miedo ha creado a los Dioses, el miedo
todavía mantiene su imperio en la mente de los mortales; se han acostumbrado
tan pronto a temblar incluso ante el nombre de la Deidad, que se ha convertido
para ellos en un espectro, un duende, un hombre lobo que los atormenta, y cuya
idea les priva incluso del valor para intentar tranquilizarse. . Temen que este
espectro invisible los golpee si dejan de tener miedo. El pueblo religioso teme
demasiado a su Dios para amarlo sinceramente; le sirven como esclavos, que no
pueden escapar de su poder, y toman parte en halagar a su Señor; y quienes,
mintiendo continuamente, se persuaden a sí mismos de que lo aman. Hacen virtud
de la necesidad. El amor de los fanáticos religiosos por su Dios, y de los
esclavos por sus déspotas, no es más que un homenaje servil y simulado que
rinden por compulsión,
CLXXXIV.—¿PODEMOS O DEBEMOS AMAR O NO AMAR A DIOS?
Los Doctores Cristianos han hecho tan poco digno de
amor a su Dios, que varios entre ellos han creído que era su deber no amarlo;
esta es una blasfemia que hace temblar a los médicos menos sinceros. Santo
Tomás, habiendo afirmado que estamos obligados a amar a Dios tan pronto como
podamos usar nuestra razón, el jesuita Sirmond le respondió que eso era muy
pronto; el jesuita Vásquez afirma que es suficiente amar a Dios en la hora de
la muerte; Hurtado dice que debemos amar a Dios en todo momento; Henríquez se
contenta con amarlo cada cinco años; Sotus, todos los domingos. "¿Sobre
qué vamos a confiar?" pregunta el padre Sirmond, quien agrega: "que
Suárez desea que amemos a Dios algunas veces. Pero ¿en qué momento? Él te
permite juzgarlo; él mismo no sabe nada al respecto, porque agrega: '¡Qué
doctor sabio no sabe ¿Quién puede saberlo? Continúa el mismo jesuita Sirmond,
diciendo: “que Dios no nos manda amarlo con afecto humano, y no nos promete la
salvación sino a condición de darle nuestro corazón; basta obedecerle y amarle,
con el cumplimiento de sus mandamientos; que este es el único amor que le
debemos, y Él no ha mandado tanto amarlo como no odiarlo". [Ver
"Apología, Des Lettres Provinciales", Tomo II.] Esta doctrina parece
herética, impía y abominable para los jansenistas, que, por la repugnante
severidad que atribuyen a su Dios, lo hacen aún menos amable que sus
adversarios, los jesuitas, los cuales, para hacer conversos, representan a Dios
de tal manera que dan confianza a los más perversos mortales.Así, nada está
menos establecido entre los cristianos que la cuestión importante, si podemos o
debemos amar o no amar a Dios. Entre sus guías espirituales algunos pretenden
que debemos amar a Dios con todo el corazón, a pesar de toda su severidad;
otros, como el padre Daniel, piensan que un acto de puro amor de Dios es el
acto más heroico de la virtud cristiana, y que la debilidad humana difícilmente
puede llegar tan alto. El jesuita Pintereau va aún más lejos; dice: "La
liberación del doloroso yugo del amor divino es un privilegio de la nueva
alianza". y que la debilidad humana difícilmente puede llegar tan alto. El
jesuita Pintereau va aún más lejos; dice: "La liberación del doloroso yugo
del amor divino es un privilegio de la nueva alianza". y que la debilidad
humana difícilmente puede llegar tan alto. El jesuita Pintereau va aún más
lejos; dice: "La liberación del doloroso yugo del amor divino es un
privilegio de la nueva alianza".
CLXXXV.— LAS DIVERSAS Y CONTRADICTORIAS IDEAS QUE
EXISTEN POR TODAS PARTES SOBRE DIOS Y LA RELIGIÓN, DEMUESTRAN QUE SON SOLO
FANTASIAS OCIOSAS.
Es siempre el carácter del hombre el que decide
sobre el carácter de su Dios; cada uno crea un Dios para sí mismo ya su propia
imagen. El hombre alegre que se entrega a los placeres y la disipación, no
puede imaginarse a Dios como un ser austero y reprensor; necesita un Dios fácil
con el que pueda hacer un pacto. El hombre severo, agrio, bilioso, quiere un
Dios como él; el que inspira miedo; y considera perversos a los que sólo
aceptan a un Dios que es complaciente y fácil de conquistar. Las herejías, las
disputas y los cismas son necesarios. ¿Pueden hombres diversamente organizados
y modificados por diversas circunstancias, ponerse de acuerdo respecto a un ser
imaginario que existe pero en sus propios cerebros? Las disputas crueles e
interminables que continuamente surgen entre los ministros del Señor, no
tienden a atraer la confianza de aquellos que las miran imparcialmente. ¿Cómo
podemos ayudar a nuestra incredulidad, cuando vemos principios sobre los cuales
aquellos que los enseñan a otros, nunca están de acuerdo? ¿Cómo no dudar de la
existencia de un Dios cuya idea varía de manera tan notable en la mente de sus
ministros? ¿Cómo no rechazar totalmente a un Dios lleno de contradicciones?
¿Cómo podemos confiar en sacerdotes a quienes vemos continuamente discutiendo,
acusándose unos a otros de ser infieles y herejes, desgarrándose y
persiguiéndose sin piedad, sobre la forma en que entienden las pretendidas
verdades que revelan al mundo? ¿La idea de quién varía de manera tan notable en
la mente de Sus ministros? ¿Cómo no rechazar totalmente a un Dios lleno de
contradicciones? ¿Cómo podemos confiar en sacerdotes a quienes vemos
continuamente discutiendo, acusándose unos a otros de ser infieles y herejes,
desgarrándose y persiguiéndose sin piedad, sobre la forma en que entienden las
pretendidas verdades que revelan al mundo? ¿La idea de quién varía de manera
tan notable en la mente de Sus ministros? ¿Cómo no rechazar totalmente a un
Dios lleno de contradicciones? ¿Cómo podemos confiar en sacerdotes a quienes vemos
continuamente discutiendo, acusándose unos a otros de ser infieles y herejes,
desgarrándose y persiguiéndose sin piedad, sobre la forma en que entienden las
pretendidas verdades que revelan al mundo?
CLXXXVI.—THE EXISTENCE OF GOD, WHICH IS THE BASIS
OF ALL RELIGION, HAS NOT YET BEEN DEMONSTRATED.
However, so far, this important truth has not yet
been demonstrated, not only to the incredulous, but in a satisfactory way to
theologians themselves. In all times, we have seen profound thinkers who
thought they had new proofs of the truth most important to men. What have been
the fruits of their meditations and of their arguments? They left the thing at
the same point; they have demonstrated nothing; nearly always they have excited
the clamors of their colleagues, who accuse them of having badly defended the
best of causes.
CLXXXVII.—PRIESTS, MORE THAN UNBELIEVERS, ACT
FROM INTEREST.
The apologists of religion repeat to us every day
that the passions alone create unbelievers. "It is," they say,
"pride, and a desire to distinguish themselves, that make atheists; they
seek also to efface the idea of God from their minds, because they have reason
to fear His rigorous judgments." Whatever may be the motives which cause
men to be irreligious, the thing in question is whether they have found truth.
No man acts without motives; let us first examine the arguments—we shall
examine the motives afterward—and we shall find that they are more
legitimate, and more sensible, than those of many credulous devotees who allow
themselves to be guided by masters little worthy of men's confidence.
You say, O priests of the Lord! that the passions
cause unbelievers; you pretend that they renounce religion through interest, or
because it interferes with their irregular inclinations; you assert that they
attack your Gods because they fear their punishments. Ah! yourselves in
defending this religion and its chimeras, are you, then, really exempt from
passions and interests? Who receive the fees of this religion, on whose behalf
the priests are so zealous? It is the priests. To whom does religion procure power,
credit, honors, wealth? To the priests! In all countries, who make war upon
reason, science, truth, and philosophy and render them odious to the sovereigns
and to the people? Who profit by the ignorance of men and their vain
prejudices? The priests! You are, O priests, rewarded, honored, and paid for
deceiving mortals, and you punish those who undeceive them. The follies of men
procure you blessings, offerings, expiations; the most useful truths bring to
those who announce them, chains, sufferings, stakes. Let the world judge
between us.
CLXXXVIII.—PRIDE, PRESUMPTION, AND CORRUPTION OF
THE HEART ARE MORE OFTEN FOUND AMONG PRIESTS THAN AMONG ATHEISTS AND
UNBELIEVERS.
Pride and vanity always were and always will be the
inherent vices of the priesthood. Is there anything that has a tendency to
render men haughty and vain more than the assumption of exercising Heavenly
power, of possessing a sacred character, of being the messengers of the Most
High? Are not these dispositions continually increased by the credulity of the
people, by the deference and the respect of the sovereigns, by the immunities,
the privileges, and the distinctions which the clergy enjoy? The common man is,
in every country, more devoted to his spiritual guides, whom he considers as
Divine men, than to his temporal superiors, whom he considers as ordinary men.
Village priests enjoy more honor than the lord or the judge. A Christian priest
believes himself far above a king or an emperor. A Spanish grandee having
spoken hastily to a monk, the latter said to him, arrogantly, "Learn to
respect a man who has every day your God in his hands and your queen at his
feet."
Have the priests any right to accuse the
unbelievers of pride? Do they distinguish themselves by a rare modesty or
profound humility? Is it not evident that the desire to domineer over men is
the essence of their profession? If the Lord's ministers were truly modest,
would we see them so greedy of respect, so easily irritated by contradictions,
so prompt and so cruel in revenging themselves upon those whose opinions offend
them? Does not modest science impress us with the difficulty of unraveling
truth? What other passion than frenzied pride can render men so ferocious, so
vindictive, so devoid of toleration and gentleness? What is more presumptuous
than to arm nations and cause rivers of blood, in order to establish or to
defend futile conjectures?
You say, O Doctors of Divinity! that it is
presumption alone which makes atheists. Teach them, then, what your God is;
instruct them about His essence; speak of Him in an intelligible way; tell of
Him reasonable things, which are not contradictory or impossible! If you are
not in the condition to satisfy them; if, so far, none of you have been able to
demonstrate the existence of a God in a clear and convincing way; if, according
to your own confession, His essence is as much hidden from you as from the rest
of mortals, pardon those who can not admit that which they can neither
understand nor reconcile. Do not accuse of presumption and vanity those who
have the sincerity to confess their ignorance; accuse not of folly those who
find it impossible to believe in contradictions. You should blush at the
thought of exciting the hatred of the people and the vengeance of the
sovereigns against men who do not think as you do upon a Being of whom you have
no idea yourselves. Is there anything more audacious and more extravagant than
to reason about an object which it is impossible to conceive of?
You tell us it is corruption of the heart which
produces atheists; that they shake off the yoke of the Deity because they fear
His terrible judgments. But why do you paint your God in such black colors? Why
does this powerful God permit that such corrupt hearts should exist? Why should
we not make efforts to break the yoke of a Tyrant who, being able to make of
the hearts of men what He pleases, allows them to become perverted and
hardened; blinds them; refuses them His grace, in order to have the satisfaction
of punishing them eternally for having been hardened, blinded, and not having
received the grace which He refused them? The theologians and the priests must
feel themselves very sure of Heaven's grace and of a happy future, in order not
to detest a Master so capricious as the God whom they announce to us. A God who
damns eternally must be the most odious Being that the human mind could
imagine.
CLXXXIX.—PREJUDICES ARE BUT FOR A TIME, AND NO
POWER IS DURABLE EXCEPT IT IS BASED UPON TRUTH, REASON, AND EQUITY.
No man on earth is truly interested in sustaining
error; sooner or later it is compelled to surrender to truth. General interest
tends to the enlightenment of mortals; even the passions sometimes contribute
to the breaking of some of the chains of prejudice. Have not the passions of
some sovereigns destroyed, within the past two centuries in some countries of
Europe, the tyrannical power which a haughty Pontiff formerly exercised over
all the princes of his sect? Politics, becoming more enlightened, has despoiled
the clergy of an immense amount of property which credulity had accumulated in
their hands. Should not this memorable example make even the priests realize
that prejudices are but for a time, and that truth alone is capable of assuring
a substantial well-being?
Have not the ministers of the Lord seen that in
pampering the sovereigns, in forging Divine rights for them, and in delivering
to them the people, bound hand and foot, they were making tyrants of them? Have
they not reason to fear that these gigantic idols, whom they have raised to the
skies, will crush them also some day? Do not a thousand examples prove that
they ought to fear that these unchained lions, after having devoured nations,
will in turn devour them?
We will respect the priests when they become
citizens. Let them make use, if they can, of Heaven's authority to create fear
in those princes who incessantly desolate the earth; let them deprive them of
the right of being unjust; let them recognize that no subject of a State enjoys
living under tyranny; let them make the sovereigns feel that they themselves
are not interested in exercising a power which, rendering them odious, injures
their own safety, their own power, their own grandeur; finally, let the priests
and the undeceived kings recognize that no power is safe that is not based upon
truth, reason, and equity.
CXC.—HOW MUCH POWER AND CONSIDERATION THE
MINISTERS OF THE GODS WOULD HAVE, IF THEY BECAME THE APOSTLES OF REASON AND THE
DEFENDERS OF LIBERTY!
The ministers of the Gods, in warring against human
reason, which they ought to develop, act against their own interest. What would
be their power, their consideration, their empire over the wisest men; what
would be the gratitude of the people toward them if, instead of occupying
themselves with their vain quarrels, they had applied themselves to the useful
sciences; if they had sought the true principles of physics, of government, and
of morals. Who would dare reproach the opulence and credit of a corporation
which, consecrating its leisure and its authority to the public good, should
use the one for studying and meditating, and the other for enlightening equally
the minds of the sovereigns and the subjects?
Priests! lay aside your idle fancies, your
unintelligible dogmas, your despicable quarrels; banish to imaginary regions
these phantoms, which could be of use to you only in the infancy of nations;
take the tone of reason, instead of sounding the tocsin of persecution against
your adversaries; instead of entertaining the people with foolish disputes, of
preaching useless and fanatical virtues, preach to them humane and social
morality; preach to them virtues which are really useful to the world; become the
apostles of reason, the lights of the nations, the defenders of liberty,
reformers of abuses, the friends of truth, and we will bless you, we will honor
you, we will love you, and you will be sure of holding an eternal empire over
the hearts of your fellow-beings.
CXCI.—WHAT A HAPPY AND GREAT REVOLUTION WOULD
TAKE PLACE IN THE UNIVERSE, IF PHILOSOPHY WAS SUBSTITUTED FOR RELIGION!
Philosophers, in all ages, have taken the part that
seemed destined for the ministers of religion. The hatred of the latter for
philosophy was never more than professional jealousy. All men accustomed to
think, instead of seeking to injure each other, should unite their efforts in
combating errors, in seeking truth, and especially in dispelling the prejudices
from which the sovereigns and subjects suffer alike, and whose upholders
themselves finish, sooner or later, by becoming the victims.
In the hands of an enlightened government the
priests would become the most useful of citizens. Could men with rich stipends
from the State, and relieved of the care of providing for their own
subsistence, do anything better than to instruct themselves in order to be able
to instruct others? Would not their minds be better satisfied in discovering
truth than in wandering in the labyrinths of darkness? Would it be any more
difficult to unravel the principles of man's morals, than the imaginary
principles of Divine and theological morals? Would ordinary men have as much
trouble in understanding the simple notions of their duties, as in charging
their memories with mysteries, unintelligible words, and obscure definitions
which are impossible for them to understand? How much time and trouble is lost
in trying to teach men things which are of no use to them. What resources for
the public benefit, for encouraging the progress of the sciences and the
advancement of knowledge, for the education of youth, are presented to
well-meaning sovereigns through so many monasteries, which, in a great number
of countries devour the people's substance without an equivalent. But
superstition, jealous of its exclusive empire, seems to have formed but useless
beings. What advantage could not be drawn from a multitude of cenobites of both
sexes whom we see in so many countries, and who are so well paid to do nothing.
Instead of occupying them with sterile contemplations, with mechanical prayers,
with monotonous practices; instead of burdening them with fasts and
austerities, let there be excited among them a salutary emulation that would
inspire them to seek the means of serving usefully the world, which their fatal
vows oblige them to renounce. Instead of filling the youthful minds of their
pupils with fables, dogmas, and puerilities, why not invite or oblige the
priests to teach them true things, and so make of them citizens useful to their
country? The way in which men are brought up makes them useful but to the
clergy, who blind them, and to the tyrants, who plunder them.
CXCII.—THE RETRACTION OF AN UNBELIEVER AT THE
HOUR OF DEATH, PROVES NOTHING AGAINST INCREDULITY.
The adherents of credulity often accuse the
unbelievers of bad faith because they sometimes waver in their principles,
changing opinions during sickness, and retracting them at the hour of death.
When the body is diseased, the faculty of reasoning is generally disturbed
also. The infirm and decrepit man, in approaching his end, sometimes perceives
himself that reason is leaving him, he feels that prejudice returns. There are
diseases which have a tendency to lessen courage, to make pusillanimous, and to
enfeeble the brain; there are others which, in destroying the body, do not
affect the reason. However, an unbeliever who retracts in sickness, is not more
rare or more extraordinary than a devotionist who permits himself, while in
health, to neglect the duties that his religion prescribes for him in the most
formal manner.
Cleomenes, King of Sparta, having shown little
respect for the Gods during his reign, became superstitious in his last days;
with the view of interesting Heaven in his favor, he called around him a
multitude of sacrificing priests. One of his friends expressing his surprise,
Cleomenes said: "What are you astonished at? I am no longer what I was,
and not being the same, I can not think in the same way."
The ministers of religion in their daily conduct,
often belie the rigorous principles which they teach to others, so that the
unbelievers in their turn think they have a right to accuse them of bad faith.
If some unbelievers contradict, in sight of death or during sickness, the
opinions which they entertained in health, do not the priests in health belie
opinions of the religion which they hold? Do we see a great multitude of
humble, generous prelates devoid of ambition, enemies of pomp and grandeur, the
friends of poverty? In short, do we see the conduct of many Christian priests
corresponding with the austere morality of Christ, their God and their model?
CXCIII.—IT IS NOT TRUE THAT ATHEISM SUNDERS ALL
THE TIES OF SOCIETY.
Atheism, we are told, breaks all social ties.
Without belief in God, what becomes of the sacredness of the oath? How can we
bind an atheist who can not seriously attest the Deity? But does the oath place
us under stronger obligations to the engagements which we make? Whoever dares
to lie, will he not dare to perjure himself? He who is base enough to violate
his word, or unjust enough to break his promises in contempt of the esteem of
men, will not be more faithful for having taken all the Gods as witnesses to
his oaths. Those who rank themselves above the judgments of men, will soon put
themselves above the judgments of God. Are not princes, of all mortals, the
most prompt in taking oaths, and the most prompt in violating them?
CXCIV.—REFUTATION OF THE ASSERTION THAT RELIGION
IS NECESSARY FOR THE MASSES.
Religion, they tell us, is necessary for the
masses; that though enlightened persons may not need restraint upon their
opinions, it is necessary at least for the common people, in whom education has
not developed reason. Is it true, then, that religion is a restraint for the
people? Do we see that this religion prevents them from intemperance,
drunkenness, brutality, violence, frauds, and all kinds of excesses?
Could a people who had no idea of the Deity,
conduct itself in a more detestable manner than many believing people in whom
we see dissolute habits, and the vices most unworthy of rational beings? Do we
not see the artisan or the man of the people go from his church and plunge
headlong into his usual excesses, persuading himself all the while that his
periodical homage to God gives him the right to follow without remorse his
vicious practices and habitual inclinations? If the people are gross and
ignorant, is not their stupidity due to the negligence of the princes who do
not attend to the public education, or who oppose the instruction of their
subjects? Finally, is not the irrationality of the people plainly the work of
the priests, who, instead of interesting them in a rational morality, do
nothing but entertain them with fables, phantoms, intrigues, observances, idle
fancies, and false virtues, upon which they claim that everything depends?
Religion is, for the people, but a vain attendance
upon ceremonies, to which they cling from habit, which amuses their eyes, which
enlivens temporarily their sleepy minds, without influencing the conduct, and
without correcting their morals. By the confession even of the ministers at the
altars, nothing is more rare than the interior and spiritual religion, which is
alone capable of regulating the life of man, and of triumphing over his
inclinations. In good faith, among the most numerous and the most devotional
people, are there many capable of understanding the principles of their
religious system, and who find them of sufficient strength to stifle their
perverse inclinations?
Many people will tell us that it is better to have
some kind of a restraint than none at all. They will pretend that if religion
does not control the great mass, it serves at least to restrain some
individuals, who, without it, would abandon themselves to crime without
remorse. No doubt it is necessary for men to have a restraint; but they do not
need an imaginary one; they need true and visible restraints; they need real
fears, which are much better to restrain them than panic terrors and idle
fancies. Religion frightens but a few pusillanimous minds, whose weakness of
character already renders them little to be dreaded by their fellow-citizens.
An equitable government, severe laws, a sound morality, will apply equally to
everybody; every one would be forced to believe in it, and would feel the
danger of not conforming to it.
CXCV.—TODO SISTEMA RACIONAL NO ESTá HECHO PARA
LA MULTITUD.
Se nos puede preguntar si el ateísmo puede
adaptarse a la multitud. Respondo que todo sistema que exige discusión no es
para la multitud. ¿De qué sirve, entonces, predicar el ateísmo? Puede al menos
hacer sentir a los que razonan, que nada es más extravagante que inquietarnos a
nosotros mismos, y nada más injusto que inquietar a los demás a causa de
conjeturas desprovistas de todo fundamento. En cuanto al hombre común, que
nunca razona, los argumentos de un ateo no le convienen más que la hipótesis de
un filósofo, las observaciones de un astrónomo, los experimentos de un químico,
los cálculos de un geómetra, los exámenes de un médico, los diseños de un
arquitecto o los alegatos de un abogado. , que todos trabajan para la gente sin
su conocimiento.
Los argumentos metafísicos de la teología y las
disputas religiosas que han ocupado durante tanto tiempo a muchos visionarios
profundos, ¿están hechos más para el hombre común que los argumentos de un
ateo? Más aún, los principios del ateísmo, fundados en el sentido común, ¿no
son más inteligibles que los de una teología que vemos erizada de dificultades
insolubles, aun para las mentes más activas? La gente de cada país tiene una
religión que no entiende, que no examina y que sigue sólo por rutina; sólo sus
sacerdotes se ocupan de la teología que es demasiado sublime para ellos. Si por
casualidad el pueblo perdiera esta teología desconocida, podría consolarse de
la pérdida de una cosa que no sólo es enteramente inútil, sino que produce
entre ellos ebulliciones muy peligrosas.
Sería muy tonto escribir para el hombre común o
tratar de curar todos sus prejuicios a la vez. Escribimos pero para los que
leen y razonan; la gente lee poco y razona menos. Las personas sensatas y
pacíficas se iluminan; su luz se esparce gradualmente y con el tiempo llega a
la gente. Por otra parte, los que engañan a los hombres, ¿no se preocupan ellos
mismos muchas veces de desengañarlos?
CXCVI.—FUTILIDAD Y PELIGRO DE LA TEOLOGÍA. SABIOS
CONSEJOS A PRÍNCIPE.
Si la teología es una rama del comercio útil para
los teólogos, se ha demostrado que es superflua y perjudicial para el resto de
la sociedad. Los intereses de los hombres lograrán abrirles los ojos tarde o
temprano. Los soberanos y el pueblo descubrirán algún día la indiferencia y el
desprecio que merece una ciencia fútil que no sirve más que para inquietar a
los hombres sin mejorarlos. Sentirán la inutilidad de muchas prácticas
costosas, que en nada contribuyen al bienestar público; se avergonzarán de muchas
querellas lamentables, que dejarán de perturbar la tranquilidad de los Estados
tan pronto como dejen de darles importancia.
¡Príncipes! en vez de tomar parte en las contiendas
sin sentido de vuestros sacerdotes, en vez de abrazar tontamente sus
impertinentes querellas, en vez de esforzaros por llevar a todos vuestros
súbditos a opiniones uniformes, ocúpate de su felicidad en este mundo, y no te
preocupes por el destino que les espera en otro. Gobiérnenlos con justicia,
denles buenas leyes, respeten su libertad y su propiedad, supervisen su
educación, anímenlos en sus trabajos, recompensen sus talentos y sus virtudes,
repriman su libertinaje y no se preocupen por lo que ellos piensan acerca de
cosas inútiles para ellos. ellos y para ti. Entonces ya no necesitaréis
ficciones para haceros obedecer; seréis los únicos guías de vuestros súbditos;
sus ideas serán uniformes sobre los sentimientos de amor y respeto que le
corresponderán.
CXCVII.—EFECTOS FATALES DE LA RELIGIÓN SOBRE EL
PUEBLO Y LOS PRÍNCIPES.
¿Se requieren los esfuerzos del genio para
comprender que lo que está más allá del hombre, no está hecho para los hombres;
que lo sobrenatural, no está hecho para los seres naturales; que los misterios
impenetrables no están hechos para mentes limitadas? Si los teólogos son lo
suficientemente tontos como para discutir sobre temas que reconocen como
ininteligibles para ellos mismos, ¿debería la sociedad tomar parte en sus
estúpidas disputas? ¿Debe correr la sangre humana para dar valor a las
conjeturas de unos pocos visionarios obstinados? Si es muy difícil curar a los
teólogos de su manía y al pueblo de sus prejuicios, al menos es muy fácil
evitar que las extravagancias de uno y la locura de otro produzcan efectos
perniciosos. Que a cada uno se le permita pensar como quiera, pero que no se le
permita molestar a otros por su modo de pensar. Si los jefes de las naciones
fueran más justos y más sensatos, las opiniones teológicas no perturbarían la
tranquilidad pública más que las disputas de los filósofos, de los médicos, de
los gramáticos y de los críticos. Es la tiranía de los príncipes lo que hace
que las disputas teológicas tengan graves consecuencias. Cuando los reyes dejen
de entrometerse con la teología, las disputas teológicas ya no serán algo que
temer.
Quienes tanto se jactan de la importancia y
utilidad de la religión, deben mostrarnos sus benéficos resultados, y las
ventajas que las disputas y especulaciones abstractas de la teología pueden
traer a los cargadores, a los artesanos, a los labradores, a los pescaderos, a
las mujeres y a los demás. a tantos siervos depravados, de los cuales se llenan
las grandes ciudades. Las personas de este tipo son todas religiosas, tienen
una fe implícita; sus sacerdotes creen por ellos; aceptan una fe desconocida para
sus guías; escuchan con asiduidad los sermones; asisten regularmente a las
ceremonias; piensan que es un gran crimen transgredir las ordenanzas a las que
desde la infancia se les ha enseñado a cumplir. ¿Qué bien a la moral resulta de
todo esto? Ninguno en absoluto; no tienen idea de moralidad, y se les ve
entregarse a todo tipo de picardías, fraudes, rapiñas, y excesos que la ley no
castiga. Las masas, en verdad, no tienen idea de religión; lo que se llama
religión, no es más que un apego ciego a opiniones desconocidas y tratos
misteriosos. De hecho, privar a las personas de la religión es privarlas de
nada. Si consiguiéramos destruir sus prejuicios, disminuiríamos o
aniquilaríamos la peligrosa confianza que tienen en guías egoístas, y les
enseñaríamos a cuidarse de aquellos que, bajo el pretexto de la religión, muy a
menudo los conducen a fatales excesos.
CXCVIII.—CONTINUACIÓN.
Under pretext of instructing and enlightening men,
religion really holds them in ignorance, and deprives them even of the desire
of understanding the objects which interest them the most. There exists for the
people no other rule of conduct than that which their priests indicate to them.
Religion takes the place of everything; but being in darkness itself, it has a
greater tendency to misguide mortals, than to guide them in the way of science
and happiness. Philosophy, morality, legislation, and politics are to them
enigmas. Man, blinded by religious prejudices, finds it impossible to
understand his own nature, to cultivate his reason, to make experiments; he
fears truth as soon as it does not agree with his opinions. Everything tends to
render the people devout, but all is opposed to their being humane, reasonable,
and virtuous. Religion seems to have for its object only to blunt the feeling
and to dull the intelligence of men.
La guerra que siempre existió entre los sacerdotes
y las mejores mentes de todos los tiempos, viene de esto, que los sabios
percibieron los grilletes que la superstición quería poner sobre la mente
humana, que quisiera mantener en la infancia eterna, para que pudiera ser
ocupado en fábulas, cargado de terrores y atemorizado por fantasmas que le
impedirían progresar. Incapaz de perfeccionarse, la teología opuso barreras
infranqueables al progreso del verdadero conocimiento; parecía ocuparse sólo
del cuidado de mantener a las naciones ya sus jefes en la más profunda
ignorancia de sus verdaderos intereses, de sus relaciones, de sus deberes, de
los motivos reales que pueden conducirlos a la prosperidad; no hace más que
oscurecer la moralidad; hace arbitrarios sus principios, la somete a los
caprichos de los dioses o de sus ministros; convierte el arte de gobernar a los
hombres en una misteriosa tiranía que se convierte en el azote de las naciones;
convierte a los príncipes en déspotas injustos y licenciosos, y al pueblo en
esclavos ignorantes, que se corrompen para obtener el favor de sus amos.
CXCIX.— LA HISTORIA NOS ENSEñA QUE TODAS LAS
RELIGIONES FUERON ESTABLECIDAS CON LA AYUDA DE LA IGNORANCIA, Y POR HOMBRES QUE
TUVIERON TU DESFRONTERÍA PARA LLEGAR A SÍ MISMOS LOS ENVIADOS DE LA DIVINIDAD.
Si nos tomamos la molestia de seguir la historia de
la mente humana, descubriremos que la teología se cuidó de no extender sus
límites. Comenzó repitiendo fábulas, que pretendía ser verdades sagradas;
engendró la poesía, que llenó la imaginación del pueblo de pueriles ficciones;
los entretuvo mas con sus dioses y sus hazañas increíbles; en una palabra, la
religión siempre trató a los hombres como niños, a quienes adormecía con
cuentos que sus ministros querrían hacer pasar todavía por verdades incontestables.
Si los ministros de los Dioses hicieron a veces útiles descubrimientos, siempre
se preocuparon de ocultarlos en enigmas y de envolverlos en sombras de
misterio. Los Pitágoras y los Platón, para adquirir algunos logros fútiles, se
vieron obligados a arrastrarse a los pies de los sacerdotes, para ser iniciados
en sus misterios, someterse a las pruebas que quisieran imponerles; a este
precio se les permitió sacar del manantial sus exaltadas ideas, seduciendo aún
así a todos los que admiran lo ininteligible. Fue entre sacerdotes egipcios,
indios, caldeos; fue en las escuelas de estos soñadores, interesados de
oficio en destronar la razón humana, donde la filosofía se vio obligada a tomar
prestados sus primeros rudimentos. Oscura o falsa en sus principios, mezclada
con ficciones y fábulas, hecha únicamente para seducir la imaginación, esta
filosofía progresó pero vacilante, y en lugar de iluminar la mente, la cegó y
la apartó de los objetos útiles. Las especulaciones teológicas y los ensueños
místicos de los antiguos tienen, aún en nuestros días, la ley en gran parte del
mundo filosófico. Adoptado por la teología moderna, difícilmente podemos
desviarnos de ellos sin herejía; nos entretienen con seres aéreos, con
espíritus, ángeles, demonios, genios y otros fantasmas, que son objeto de las
meditaciones de nuestros más profundos pensadores, y que sirven de base a la
metafísica, ciencia abstracta y fútil, sobre la cual los mayores genios se han
ejercitado en vano durante miles de años. Así, las hipótesis, inventadas por
unos pocos visionarios de Menfis y de Babilonia, siguen siendo la base de una
ciencia venerada por la oscuridad que la hace pasar por maravillosa y divina.
Los primeros legisladores de las naciones fueron sacerdotes; los primeros
mitólogos y poetas fueron sacerdotes; los primeros filósofos fueron sacerdotes;
los primeros médicos fueron sacerdotes. En sus manos la ciencia se convirtió en
algo sagrado, prohibido a los profanos; hablaban sólo por medio de alegorías,
emblemas, enigmas,
CC.—TODAS LAS RELIGIONES, ANTIGUAS Y MODERNAS, SE
HAN TOMADO PRESTADAS MUTUAMENTE SUS ABSTRACTOS ENSEÑAMIENTOS Y SUS RIDÃCULAS
PRACTICAS.
Las religiones de estos antiguos sacerdotes han
desaparecido, o mejor dicho, han cambiado de forma. Aunque nuestros teólogos
modernos consideran a los antiguos sacerdotes como impostores, se han
preocupado de recoger los fragmentos dispersos de sus sistemas religiosos, cuyo
conjunto ya no existe para nosotros; encontraremos en nuestras religiones
modernas, no sólo los dogmas metafísicos que la teología tiene pero vestidos de
otra forma, sino que todavía encontramos restos notables de sus prácticas supersticiosas,
de su teúrgia, de su magia, de sus encantamientos.
A los cristianos todavía se les ordena mirar con
respeto los monumentos de los legisladores, de los sacerdotes y de los profetas
de la religión hebrea, la cual, según las apariencias, ha tomado prestadas de
Egipto las nociones fantásticas de que la vemos llena. Así, las extravagancias
inventadas por los farsantes o los visionarios idólatras, ¡todavía son
consideradas como opiniones sagradas por los cristianos!
Si miramos la historia, vemos semejanzas
sorprendentes en todas las religiones. En todas partes de la tierra encontramos
ideas religiosas que periódicamente afligen y alegran a la gente; en todas
partes vemos ritos, prácticas a menudo abominables y formidables misterios que
ocupan la mente y se convierten en objetos de meditación. Vemos las diferentes
supersticiones tomando prestadas unas de otras sus ensoñaciones abstractas y
sus ceremonias. Las religiones son generalmente rapsodias sin forma combinadas
por nuevos Doctores en Divinidad, quienes, al componerlas, han utilizado los
materiales de sus predecesores, reservándose el derecho de agregar o restar lo
que convenga o no a sus puntos de vista actuales. La religión de Egipto
evidentemente sirvió como base para la religión de Moisés, quien eliminó de
ella la adoración de ídolos. Moisés no era más que un cismático egipcio, el
cristianismo no es más que un judaísmo reformado.
CCI.—THEOLOGY HAS ALWAYS TURNED PHILOSOPHY FROM
ITS TRUE COURSE.
From the most remote period theology alone
regulated the march of philosophy. What aid has it lent it? It changed it into
an unintelligible jargon, which only had a tendency to render the clearest
truth uncertain; it converted the art of reasoning into a science of words; it
threw the human mind into the aerial regions of metaphysics, where it
unsuccessfully occupied itself in sounding useless and dangerous abysses. For
physical and simple causes, this philosophy substituted supernatural causes,
or, rather, causes truly occult; it explained difficult phenomena by agents
more inconceivable than these phenomena; it filled discourse with words void of
sense, incapable of giving the reason of things, better suited to obscure than
to enlighten, and which seem invented but to discourage man, to guard him
against the powers of his own mind, to make him distrust the principles of
reason and evidence, and to surround the truth with an insurmountable barrier.
CCII.—-THEOLOGY NEITHER EXPLAINS NOR ENLIGHTENS
ANYTHING IN THE WORLD OR IN NATURE.
If we would believe the adherents of religion,
nothing could be explicable in the world without it; nature would be a
continual enigma; it would be impossible for man to comprehend himself. But, at
the bottom, what does this religion explain to us? The more we examine it, the
more we find that theological notions are fit but to perplex all our ideas;
they change all into mysteries; they explain to us difficult things by
impossible things. Is it, then, explaining things to attribute them to unknown
agencies, to invisible powers, to immaterial causes? Is it really enlightening
the human mind when, in its embarrassment, it is directed to the "depths
of the treasures of Divine Wisdom," upon which they tell us it is in vain
for us to turn our bold regards? Can the Divine Nature, which we know nothing
about, make us understand man's nature, which we find so difficult to explain?
Ask a Christian philosopher what is the origin of
the world. He will answer that God created the universe. What is God? We do not
know anything about it. What is it to create? We have no idea of it! What is
the cause of pestilences, famines, wars, sterility, inundations, earthquakes?
It is God's wrath. What remedies can prevent these calamities? Prayers,
sacrifices, processions, offerings, ceremonies, are, we are told, the true
means to disarm Celestial fury. But why is Heaven angry? Because men are wicked.
Why are men wicked? Because their nature is corrupt. What is the cause of this
corruption? It is, a theologian of enlightened Europe will reply, because the
first man was seduced by the first woman to eat of an apple which his God had
forbidden him to touch. Who induced this woman to do such a folly? The Devil.
Who created the Devil? God! Why did God create this Devil destined to pervert
the human race? We know nothing about it; it is a mystery hidden in the bosom
of the Deity.
Does the earth revolve around the sun? Two
centuries ago a devout philosopher would have replied that such a thought was
blasphemy, because such a system could not agree with the Holy Book, which
every Christian reveres as inspired by the Deity Himself. What is the opinion
to-day about it? Notwithstanding Divine Inspiration, the Christian philosophers
finally concluded to rely upon evidence rather than upon the testimony of their
inspired books.
What is the hidden principle of the actions and of
the motions of the human body? It is the soul. What is a soul? It is a spirit.
What is a spirit? It is a substance which has neither form, color, expansion,
nor parts. How can we conceive of such a substance? How can it move a body? We
know nothing about it. Have brutes souls? The Carthusian assures you that they
are machines. But do we not see them act, feel, and think in a manner which
resembles that of men? This is a pure illusion, you say. But why do you deprive
the brutes of souls, which, without understanding it, you attribute to men? It
is that the souls of the brutes would embarrass our theologians, who, content
with the power of frightening and damning the immortal souls of men, do not
take the same interest in damning those of the brutes. Such are the puerile
solutions which philosophy, always guided by the leading-strings of theology,
was obliged to bring forth to explain the problems of the physical and moral
world.
CCIII.—HOW THEOLOGY HAS FETTERED HUMAN MORALS AND
RETARDED THE PROGRESS OF ENLIGHTENMENT, OF REASON, AND OF TRUTH.
How many subterfuges and mental gymnastics all the
ancient and modern thinkers have employed, in order to avoid falling out with
the ministers of the Gods, who in all ages were the true tyrants of thought!
How Descartes, Malebranche, Leibnitz, and many others have been compelled to
invent hypotheses and evasions in order to reconcile their discoveries with the
reveries and the blunders which religion had rendered sacred! With what
prevarications have not the greatest philosophers guarded themselves even at the
risk of being absurd, inconsistent, and unintelligible whenever their ideas did
not correspond with the principles of theology! Vigilant priests were always
ready to extinguish systems which could not be made to tally with their
interests. Theology in every age has been the bed of Procrustes upon which this
brigand extended his victims; he cut off the limbs when they were too long, or
stretched them by horses when they were shorter than the bed upon which he
placed them.
What sensible man who has a love for science, and
is interested in the welfare of humanity, can reflect without sorrow and pain
upon the loss of so many profound, laborious, and subtle heads, who, for many
centuries, have foolishly exhausted themselves upon idle fancies that proved to
be injurious to our race? What light could have been thrown into the minds of
many famous thinkers, if, instead of occupying themselves with a useless
theology, and its impertinent disputes, they had turned their attention upon
intelligible and truly important objects. Half of the efforts that it cost the
genius that was able to forge their religious opinions, half of the expense
which their frivolous worship cost the nations, would have sufficed to
enlighten them perfectly upon morality, politics, philosophy, medicine,
agriculture, etc. Superstition nearly always absorbs the attention, the
admiration, and the treasures of the people; they have a very expensive
religion; but they have for their money, neither light, virtue, nor happiness.
CCIV.—CONTINUATION.
Some ancient and modern philosophers have had the
courage to accept experience and reason as their guides, and to shake off the
chains of superstition. Lucippe, Democritus, Epicurus, Straton, and some other
Greeks, dared to tear away the thick veil of prejudice, and to deliver
philosophy from theological fetters. But their systems, too simple, too
sensible, and too stripped of wonders for the lovers of fancy, were obliged to
surrender to the fabulous conjectures of Plato, Socrates, and Zeno. Among the moderns,
Hobbes, Spinoza, Bayle, and others have followed the path of Epicurus, but
their doctrine found but few votaries in a world still too much infatuated with
fables to listen to reason.
In all ages one could not, without imminent danger,
lay aside the prejudices which opinion had rendered sacred. No one was
permitted to make discoveries of any kind; all that the most enlightened men
could do was to speak and write with hidden meaning; and often, by a cowardly
complaisance, to shamefully ally falsehood with truth. A few of them had a
double doctrine—one public and the other secret. The key of this last having
been lost, their true sentiments often became unintelligible and, consequently,
useless to us. How could modern philosophers who, being threatened with the
most cruel persecution, were called upon to renounce reason and to submit to
faith—that is to say, to priestly authority—I say, how could men thus
fettered give free flight to their genius, perfect reason, or hasten human
progress? It was but in fear and trembling that the greatest men obtained
glimpses of truth; they rarely had the courage to announce it; those who dared
to do it have generally been punished for their temerity. Thanks to religion,
it was never permitted to think aloud or to combat the prejudices of which man
is everywhere the victim or the dupe.
CCV.—NO PODEMOS REPETIR LO EXTRAVAGANTE Y FATAL
QUE ES LA RELIGIÓN.
Todo hombre que tiene la audacia de anunciar
verdades al mundo, está seguro de recibir el odio de los sacerdotes; estos
últimos llaman en voz alta a los poderes fácticos en busca de ayuda; necesitan
la asistencia de los reyes para sostener sus argumentos y sus dioses. Estos
clamores muestran la debilidad de su causa.
"Están avergonzados cuando piden ayuda a
gritos".
No está permitido errar en materia de religión; en
cualquier otro tema podemos ser engañados con impunidad; nos compadecemos de
los que se extravían, y tenemos cierta simpatía por las personas que descubren
verdades nuevas para nosotros. Pero tan pronto como la teología se supone
involucrada, ya sea en errores o descubrimientos, se enciende un celo santo;
los soberanos exterminan; la gente vuela en frenesí; y las naciones se
alborotan sin saber por qué. ¿Hay algo más aflictivo que ver el bienestar público
e individual depender de una ciencia fútil, que carece de principios, que no
tiene más fundamento que la imaginación, y que presenta a la mente sólo
palabras sin sentido? De qué sirve una religión que nadie entiende; que
continuamente atormenta a los que se preocupan por ello; que es incapaz de
hacer mejores a los hombres; y que a menudo les da el crédito de ser injustos y
malvados? ¿Hay locura más deplorable, y que más debe ser mitigada, que la que,
lejos de hacer algún bien al género humano, no hace más que cegarlo,
enloquecerlo y hacerlo miserable, privándolo de la verdad, que es la única que
puede suavizar el rigor del destino?
CCVI.— LA RELIGIÓN ES LA CAJA DE PANDORA, Y ESTA
CAJA FATAL ESTA ABIERTA.
En todas las épocas, la religión ha mantenido la
mente humana en tinieblas y la ha mantenido en la ignorancia de sus verdaderas
relaciones, de sus verdaderos deberes y de sus verdaderos intereses. Es solo al
remover sus nubes y fantasmas que podemos encontrar las fuentes de la verdad,
la razón, la moralidad y los motivos reales que inspiran la virtud. Esta
religión nos pone en el camino equivocado por las causas de nuestros males, y
los remedios naturales que podemos aplicar. Lejos de curarlos, sólo puede multiplicarlos
y hacerlos más duraderos.
Digamos, pues, con el célebre Lord Bolingbroke, en
sus obras póstumas: “La teología es la Caja de Pandora; y si es imposible
cerrarla, al menos es útil advertir que esta caja fatal está abierta. "
Creo, mis queridos amigos, que les he dado
suficiente prevención contra todas estas locuras. ¡Vuestra razón hará más que
mis discursos, y deseo sinceramente que sólo tengamos que quejarnos de haber
sido engañados! Pero sangre humana ha corrido desde la época de Constantino
para el establecimiento de estas horribles imposiciones. Las iglesias romana,
griega y protestante, por disputas vanas, ambiciosas e hipócritas, han asolado
Europa, Asia y África. Añádanse a estos hombres, a quienes estas querellas asesinaron,
las multitudes de monjes y de monjas, que se volvieron estériles por su
profesión, y verán que la religión cristiana ha destruido a la mitad de la raza
humana.
Concluyo con el deseo de que volvamos a la
Naturaleza, cuyo enemigo declarado es la religión cristiana, y que
necesariamente nos instruye a hacer con los demás lo que nos gustaría que
hicieran con nosotros. Entonces el universo se compondrá de buenos ciudadanos,
padres justos, hijos obedientes, amigos tiernos. La Naturaleza nos ha dado esta
Religión, al darnos la Razón. ¡Que el fanatismo no lo pervierta más! Muero
lleno de estos deseos más que de esperanza.
ETREPIGNIA, 15 de marzo de 1732
JUAN MESLIER
RESUMEN DEL TESTAMENTO DE JOHN MESLIER
por Voltaire;
O, SENTIMIENTOS DEL CURADO DE ETREPIGNY DIRIGIDO A
SUS feligreses.
I.—DE LAS RELIGIONES.
As there is no one religious denomination which
does not pretend to be truly founded upon the authority of God, and entirely
exempt from all the errors and impositions which are found in the others, it is
for those who purpose to establish the truth of the faith of their sect, to
show, by clear and convincing proofs, that it is of Divine origin; as this is
lacking, we must conclude that it is but of human invention, and full of errors
and deceptions; for it is incredible that an Omnipotent and Infinitely good God
would have desired to give laws and ordinances to men, and not have wished them
to bear better authenticated marks of truth, than those of the numerous
impostors. Moreover, there is not one of our Christ-worshipers, of whatever
sect he may be, who can make us see, by convincing proofs, that his religion is
exclusively of Divine origin; and for want of such proof they have been for
many centuries contesting this subject among themselves, even to persecuting
each other by fire and sword to maintain their opinions; there is, however, not
one sect of them all which could convince and persuade the others by such
witnesses of truth; this certainly would not be, if they had, on one side or
the other, convincing proofs of Divine origin. For, as no one of any religious
sect, enlightened and of good faith, pretends to hold and to favor error and
falsehood; and as, on the contrary, each, on his side, pretends to sustain
truth, the true means of banishing all errors, and of uniting all men in peace
in the same sentiments and in the same form of religion, would be to produce
convincing proofs and testimonies of the truth; and thus show that such
religion is of Divine origin, and not any of the others; then each one would
accept this truth; and no person would dare to question these testimonies, or
sustain the side of error and imposition, lest he should be, at the same time,
confounded by contrary proofs: but, as these proofs are not found in any
religion, it gives to impostors occasion to invent and boldly sustain all kinds
of falsehoods.
He aquí todavía otras pruebas, que no serán menos
evidentes, de la falsedad de las religiones humanas, y especialmente de la
falsedad de la nuestra. Toda religión que se apoye en misterios como
fundamento, y que tome como regla de su doctrina y de su moral un principio de
errores, y que sea al mismo tiempo fuente de perturbaciones y eternas
divisiones entre los hombres, no puede ser religión verdadera, ni una
Institución Divina. Ahora bien, las religiones humanas, especialmente la
católica, establecen como base de su doctrina y de su moral, un principio de
errores; luego, se sigue que estas religiones no pueden ser verdaderas, ni de
origen Divino. No veo que podamos negar la primera proposición de este
argumento; es demasiado claro y demasiado evidente para admitir una duda. Paso
a la prueba de la segunda proposición, que es, que la religión cristiana toma
por regla de su doctrina y su moral lo que llaman fe, una confianza ciega, pero
sin embargo firme, y asegurada por algunas leyes o revelaciones de alguna Deidad.
Debemos suponer necesariamente que es así, porque es esta creencia en alguna
Deidad y en algunas Revelaciones Divinas, lo que le da todo el crédito y toda
la autoridad que tiene en el mundo, y sin la cual no podríamos hacer uso de lo
que ella tiene. prescribe Por eso no hay religión que no recomiende
expresamente a sus devotos a ser firmes en su fe. ["¡Estate fortes in
fide!"] Esta es la razón por la que todos los cristianos aceptan como
máxima que la fe es el principio y el fundamento de la salvación, que es la
raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresa en el Concilio
de Trento.—Sess. 6, cap. VIII. y asegurado por algunas leyes o revelaciones
de alguna Deidad. Debemos suponer necesariamente que es así, porque es esta
creencia en alguna Deidad y en algunas Revelaciones Divinas, lo que le da todo
el crédito y toda la autoridad que tiene en el mundo, y sin la cual no
podríamos hacer uso de lo que ella tiene. prescribe Por eso no hay religión que
no recomiende expresamente a sus devotos a ser firmes en su fe. ["¡Estate
fortes in fide!"] Esta es la razón por la que todos los cristianos aceptan
como máxima que la fe es el principio y el fundamento de la salvación, que es
la raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresa en el
Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII. y asegurado por algunas leyes o
revelaciones de alguna Deidad. Debemos suponer necesariamente que es así,
porque es esta creencia en alguna Deidad y en algunas Revelaciones Divinas, lo
que le da todo el crédito y toda la autoridad que tiene en el mundo, y sin la
cual no podríamos hacer uso de lo que ella tiene. prescribe Por eso no hay
religión que no recomiende expresamente a sus devotos a ser firmes en su fe.
["¡Estate fortes in fide!"] Esta es la razón por la que todos los
cristianos aceptan como máxima que la fe es el principio y el fundamento de la
salvación, que es la raíz de toda justicia y de toda santificación, como se
expresa en el Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII. que le da todo el
crédito y toda la autoridad que tiene en el mundo, y sin la cual no podríamos
hacer uso de lo que prescribe. Por eso no hay religión que no recomiende
expresamente a sus devotos a ser firmes en su fe. ["¡Estate fortes in
fide!"] Esta es la razón por la que todos los cristianos aceptan como
máxima que la fe es el principio y el fundamento de la salvación, que es la
raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresa en el Concilio
de Trento.—Sess. 6, cap. VIII. que le da todo el crédito y toda la autoridad
que tiene en el mundo, y sin la cual no podríamos hacer uso de lo que
prescribe. Por eso no hay religión que no recomiende expresamente a sus devotos
a ser firmes en su fe. ["¡Estate fortes in fide!"] Esta es la razón
por la que todos los cristianos aceptan como máxima que la fe es el principio y
el fundamento de la salvación, que es la raíz de toda justicia y de toda
santificación, como se expresa en el Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII.
que la fe es el comienzo y la base de la salvación, que es la raíz de toda
justicia y de toda santificación, como se expresó en el Concilio de
Trento.—Sess. 6, cap. VIII. que la fe es el comienzo y la base de la salvación,
que es la raíz de toda justicia y de toda santificación, como se expresó en el
Concilio de Trento.—Sess. 6, cap. VIII.
Ahora bien, es evidente que una fe ciega en todo lo
que se propone en nombre y autoridad de Dios, es un principio de errores y
falsedades. Como prueba, vemos que no hay impostor en materia de religión, que
no pretenda estar revestido del nombre y de la autoridad de Dios, y que no
pretenda ser especialmente inspirado y enviado por Dios. No sólo es esta fe y
creencia ciega que aceptan como base de su doctrina, un principio de errores,
etc., sino que también es fuente de turbación y división entre los hombres para
el mantenimiento de su religión. No hay crueldad que no se practiquen unos con
otros bajo este engañoso pretexto.
Ahora bien, no es creíble que un Dios Todopoderoso,
Bondadoso y Sabio quisiera utilizar tales medios o de manera tan engañosa para
informar a los hombres de Sus deseos; porque esto sería manifiestamente querer
inducirlos al error y ponerles trampas en el camino, para hacerlos aceptar el
lado de la falsedad. Es imposible creer que un Dios que amó la unidad y la paz,
el bienestar y la felicidad de los hombres, hubiera establecido alguna vez como
base de su religión, una fuente tan fatal de problemas y de divisiones eternas
entre ellos. Tales religiones no pueden ser verdaderas, ni pueden haber sido
instituidas por Dios. Pero veo que nuestros adoradores de Cristo no dejarán de
recurrir a sus supuestos motivos de credulidad, y dirán que aunque su fe y su
creencia pueden ser ciegas en un sentido, sin embargo, están respaldados por
testimonios de verdad tan claros y convincentes, que no sólo sería imprudencia,
sino temeridad e insensatez no entregarse. Generalmente reducen estos motivos
pretendidos a tres o cuatro características principales. La primera la sacan de
la pretendida santidad de su religión, que condena el vicio y recomienda la
práctica de la virtud. Su doctrina es tan pura, tan sencilla, según dicen, que
es evidente que no podía brotar sino de la santidad de un Dios infinitamente
bueno y sabio. y que recomienda la práctica de la virtud. Su doctrina es tan
pura, tan sencilla, según dicen, que es evidente que no podía brotar sino de la
santidad de un Dios infinitamente bueno y sabio. y que recomienda la práctica
de la virtud. Su doctrina es tan pura, tan sencilla, según dicen, que es
evidente que no podía brotar sino de la santidad de un Dios infinitamente bueno
y sabio.
El segundo motivo de la credulidad, lo sacan de la
inocencia y de la santidad de la vida en aquellos que la abrazaron con amor, y
la defendieron sufriendo la muerte y los más crueles tormentos, antes que
abandonarla: no siendo creíble que tan grandes personajes quisieran se dejan
engañar en su creencia, que renunciarían a todas las ventajas de la vida, y se
expondrían a tan crueles tormentos y persecuciones, para mantener errores e
imposiciones. Su tercer motivo para la credulidad, lo sacan de los oráculos y
profecías que durante tanto tiempo se han pronunciado en su favor, y que
pretenden que se han cumplido de una manera que no permite ninguna duda.
Finalmente, su cuarto motivo de credulidad, que es el más importante de todos,
se deriva de la grandeza y la multitud de los milagros realizados, en todas las
edades,
Pero es fácil refutar todos estos razonamientos
inútiles y mostrar la falsedad de todas estas evidencias. Porque, en primer
lugar, los argumentos que nuestros adoradores de Cristo extraen de sus
supuestos motivos de credulidad pueden servir para establecer y confirmar la
falsedad tanto como la verdad; porque vemos que no hay religión, por falsa que
sea, que no pretenda tener una sana y verdadera doctrina, y que, a su manera,
no condene todos los vicios y recomiende la práctica de todas las virtudes; no hay
uno que no haya tenido defensores firmes y celosos que hayan sufrido
persecución por mantener su religión; y, finalmente, no hay ninguno que no
pretenda tener prodigios y milagros que se hayan hecho a su favor. Los
mahometanos, los indios, los paganos, así como los cristianos, reclaman
milagros en sus religiones. Si nuestros adoradores de Cristo hacen uso de sus
milagros y sus profecías, no se encuentran menos en las religiones paganas que
en las suyas. Así, la ventaja que podríamos sacar de todos estos motivos para
la credulidad se encuentra más o menos igual en todas las clases de religiones.
Establecido esto, como lo demuestran la historia y la práctica de todas las
religiones, se sigue evidentemente que todos estos supuestos motivos de
credulidad, a los que nuestros adoradores de Cristo dan tanto valor, se
encuentran igualmente en todas las religiones; y, en consecuencia, no pueden
servir como pruebas fidedignas de la verdad de su religión más que de la verdad
de cualquier otra. El resultado es claro. se encuentra más o menos igual en
todo tipo de religiones. Establecido esto, como lo demuestran la historia y la
práctica de todas las religiones, se sigue evidentemente que todos estos
supuestos motivos de credulidad, a los que nuestros adoradores de Cristo dan
tanto valor, se encuentran igualmente en todas las religiones; y, en
consecuencia, no pueden servir como pruebas fidedignas de la verdad de su
religión más que de la verdad de cualquier otra. El resultado es claro. se
encuentra más o menos igual en todo tipo de religiones. Establecido esto, como
lo demuestran la historia y la práctica de todas las religiones, se sigue
evidentemente que todos estos supuestos motivos de credulidad, a los que
nuestros adoradores de Cristo dan tanto valor, se encuentran igualmente en
todas las religiones; y, en consecuencia, no pueden servir como pruebas
fidedignas de la verdad de su religión más que de la verdad de cualquier otra.
El resultado es claro.
En segundo lugar. Para dar una idea de la semejanza
de los milagros del paganismo con los del cristianismo, ¿no podríamos decir,
por ejemplo, que habría más razón para creer a Filóstrato en lo que relata de
la vida de Apolonio que para creer en todos los evangelistas en lo que dicen de
los milagros de Jesucristo; porque sabemos, al menos, que Filóstrato fue un
hombre de inteligencia, elocuencia y fluidez; que él era el secretario de la
emperatriz Julia, esposa del emperador Severo, y que esta emperatriz le pidió
que escribiera la vida y los hechos maravillosos de Apolonio? Es evidente que
Apolonio se hizo famoso por hechos grandes y extraordinarios, ya que una
emperatriz estaba lo suficientemente interesada en ellos como para desear una
historia de su vida. Esto es lo que no se puede decir de Jesucristo, ni de los
que nos han dado su biografía, que no eran más que ignorantes del pueblo,
pobres obreros, pescadores, que ni siquiera tenían el sentido de relatar
coherentemente los hechos de que hablan, y que se contradicen entre sí muy a
menudo. En cuanto a Aquel cuya vida y acciones describen, si realmente hubiera
realizado los milagros que se le atribuyen, se habría hecho notable por sus
hermosos actos; todos le habrían admirado, y le habrían erigido estatuas como
se hacía para los Dioses; pero en lugar de eso, fue considerado como un hombre
sin importancia, como un fanático, etc. Josefo, el historiador, después de
haber hablado de los grandes milagros realizados a favor de su nación y su
religión, inmediatamente les resta credibilidad y la vuelve sospechosa al decir
que deja a cada uno la libertad de creer lo que quiera; esto muestra
evidentemente que no tenía mucha fe en ellos. También da ocasión a los más
juiciosos de considerar las historias que hablan de este tipo de cosas como
narraciones fabulosas. [Véase Montaigne, y el autor de la "Apología de los
grandes hombres".] Todo lo que se puede decir sobre este tema nos muestra
claramente que se pueden inventar supuestos milagros para favorecer el vicio y
la falsedad, así como la justicia y la verdad.
Lo pruebo por la evidencia de lo que incluso
nuestros adoradores de Cristo llaman la Palabra de Dios, y por la evidencia de
Aquel a quien adoran; porque sus libros, que dicen contener la Palabra de Dios,
y al mismo Cristo, a quien adoran como un hombre hecho por Dios, nos muestran
explícitamente que no sólo hay falsos profetas, es decir, impostores, que
pretenden enviados por Dios, y que hablan en Su nombre, pero que muestran tan
explícitamente que estos falsos profetas pueden realizar milagros tan grandes y
prodigiosos que engañarán a los mismos elegidos. [Ver Mateo, capítulo xxiv.,
versículos 5, 21-27.] Más que eso, todos estos supuestos hacedores de milagros
desean que pongamos fe solo en ellos, y no en aquellos que pertenecen a un
partido opuesto.
En una ocasión uno de estos supuestos profetas,
llamado Sedecias, siendo contradicho por otro, llamado Miquea, el primero
golpeó al segundo y le dijo amablemente: "¿Por qué camino pasó el Espíritu
de Dios de mí a ti?"
Pero, ¿cómo pueden estos supuestos milagros ser
evidencias de la verdad? porque es claro que no se realizaron. Porque habría
que saber: Primero, si los que se dice que son los primeros autores de estas
narraciones, verdaderamente lo son. En segundo lugar, si fueran hombres
honestos, dignos de confianza, sabios e ilustrados; y saber si no estaban
predispuestos en favor de aquellos de quienes tan favorablemente hablan. En
tercer lugar, si han examinado todas las circunstancias de los hechos que
relatan; si los conocen bien; y si hacen un informe fiel de ellos. En cuarto
lugar, ¿si los libros o las historias antiguas que relatan todos estos grandes
milagros no han sido falsificados y cambiados con el transcurso del tiempo,
como lo han sido tantos otros?
Si consultamos a Tácito ya muchos otros célebres
historiadores, respecto a Moisés y su nación, veremos que son considerados como
una horda de ladrones y bandidos. La magia y la astrología eran en aquellos
días las únicas ciencias de moda; y como Moisés estaba, se dice, instruido en
la sabiduría de los egipcios, no le fue difícil inspirar veneración y cariño
por sí mismo en los rústicos e ignorantes hijos de Jacob, e inducirlos a
aceptar, en su miseria, la disciplina que deseaba darles. Eso es muy diferente de
lo que los judíos y nuestros adoradores de Cristo quieren hacernos creer. ¿Por
qué regla cierta podemos saber que debemos poner fe en estos en lugar de en los
otros? No hay una razón sólida para ello. Hay tan poca certeza e incluso
probabilidad en los milagros del Nuevo Testamento como en los del Antiguo.
De nada servirá decir que las historias que relatan
los hechos contenidos en los Evangelios han sido consideradas como verdaderas y
sagradas; que siempre han sido fielmente conservados sin alteración alguna de
las verdades que contienen; ya que tal vez esta sea la razón misma por la que
deben ser más sospechosos, habiendo sido corrompidos por aquellos que se
beneficiaron de ellos, o que temían que no les fueran suficientemente
favorables.
Generalmente, los autores que transcriben este tipo
de historias, se reservan el derecho de ampliar o reducir lo que quieran, para
servir a sus propios intereses. Esto es lo que ni siquiera nuestros adoradores
de Cristo pueden negar; pues, sin mencionar a varios otros personajes
importantes que reconocieron las adiciones, los recortes y las falsificaciones
que se han hecho en diferentes tiempos en sus Sagradas Escrituras, su san
Jerónimo, un famoso filósofo entre ellos, dijo formalmente en varios pasajes de
sus "Prólogos , "que habían sido corrompidos y falsificados; estando,
aun en su día, en manos de toda clase de personas, que añadían y suprimían lo
que quisiesen; así que, "Así había", dijo él, "tantos modelos
diferentes como copias diferentes de los Evangelios".
Con respecto a los libros del Antiguo Testamento,
Esdras, un sacerdote de la ley, da testimonio de haber corregido y completado
totalmente los pretendidos libros sagrados de su ley, que en parte se habían
perdido y en parte corrompidos. Los dividió en veintidós libros, según el
número de las letras hebraicas, y escribió varios otros libros, cuya doctrina
había de ser revelada únicamente a los eruditos. Si estos libros se han perdido
en parte y se han corrompido en parte, como testifican Esdras y San Jerónimo en
tantos pasajes, entonces no hay certeza con respecto a lo que contienen; y en
cuanto a que Esdras dijo que los había corregido y compilado por inspiración
del mismo Dios, no hay certeza de eso, ya que no hay impostor que no haga la
misma afirmación. todos los libros de la ley de Moisés y de los profetas que se
hallaron, fueron quemados en los días de Antíoco. El Talmud, considerado por
los judíos como un libro santo y sagrado, y que contiene todas las leyes
divinas, con las sentencias y dichos notables de los rabinos, de su
interpretación de las leyes divinas y humanas, y un número prodigioso de otras
secretos y misterios en lengua hebraica, es considerado por los cristianos como
un libro compuesto de ensoñaciones, fábulas, imposiciones e impiedades. En el
año 1559 quemaron en Roma, según mandato de los inquisidores de la fe, mil
doscientos de estos Talmuds, que fueron hallados en una biblioteca de la ciudad
de Cremona. Los fariseos, una secta famosa entre los judíos, aceptaban sólo los
cinco libros de Moisés y rechazaban a todos los profetas. Entre los cristianos,
Marción y sus seguidores rechazaron los libros de Moisés y los profetas, e
introdujo otras Escrituras de moda. Carpócrates y sus seguidores hicieron lo
mismo, y rechazaron todo el Antiguo Testamento, y sostuvieron que Jesucristo no
era más que un hombre como todos los demás. Los marcionitas repudiaron como
malo todo el Antiguo Testamento y rechazaron la mayor parte de los cuatro
Evangelios y las Epístolas de San Pablo. Los ebionitas aceptaron solamente el
Evangelio de San Mateo, rechazando los otros tres y las Epístolas de San Pablo.
Los marcionitas publicaron un evangelio bajo el nombre de San Matías, para
confirmar su doctrina. Los apóstoles introdujeron otras Escrituras para
mantener sus errores; y para llevar esto a cabo se sirvieron de ciertas Actas,
que atribuyeron a San Andrés ya Santo Tomás. y sostuvo que Jesucristo no era
más que un hombre como todos los demás. Los marcionitas repudiaron como malo
todo el Antiguo Testamento y rechazaron la mayor parte de los cuatro Evangelios
y las Epístolas de San Pablo. Los ebionitas aceptaron solamente el Evangelio de
San Mateo, rechazando los otros tres y las Epístolas de San Pablo. Los
marcionitas publicaron un evangelio bajo el nombre de San Matías, para
confirmar su doctrina. Los apóstoles introdujeron otras Escrituras para
mantener sus errores; y para llevar esto a cabo se sirvieron de ciertas Actas,
que atribuyeron a San Andrés ya Santo Tomás. y sostuvo que Jesucristo no era
más que un hombre como todos los demás. Los marcionitas repudiaron como malo
todo el Antiguo Testamento y rechazaron la mayor parte de los cuatro Evangelios
y las Epístolas de San Pablo. Los ebionitas aceptaron solamente el Evangelio de
San Mateo, rechazando los otros tres y las Epístolas de San Pablo. Los
marcionitas publicaron un evangelio bajo el nombre de San Matías, para
confirmar su doctrina. Los apóstoles introdujeron otras Escrituras para
mantener sus errores; y para llevar esto a cabo se sirvieron de ciertas Actas,
que atribuyeron a San Andrés ya Santo Tomás. Mateo, rechazando los otros tres,
y las Epístolas de San Pablo. Los marcionitas publicaron un evangelio bajo el
nombre de San Matías, para confirmar su doctrina. Los apóstoles introdujeron
otras Escrituras para mantener sus errores; y para llevar esto a cabo se
sirvieron de ciertas Actas, que atribuyeron a San Andrés ya Santo Tomás. Mateo,
rechazando los otros tres, y las Epístolas de San Pablo. Los marcionitas
publicaron un evangelio bajo el nombre de San Matías, para confirmar su
doctrina. Los apóstoles introdujeron otras Escrituras para mantener sus
errores; y para llevar esto a cabo se sirvieron de ciertas Actas, que
atribuyeron a San Andrés ya Santo Tomás.
Los maniqueos escribieron un evangelio de su propio
estilo y rechazaron las Escrituras de los profetas y los apóstoles. Los
etzaítas vendieron cierto libro que afirmaban haber venido del Cielo; cortaron
las otras Escrituras según su fantasía. El mismo Orígenes, con toda su gran
mente, corrompió las Escrituras y forjó cambios en las alegorías que no le
convenían, corrompiendo así el sentido de los profetas y apóstoles, y hasta
algunos de los puntos principales de la doctrina. Sus libros ahora están mutilados
y falsificados; no son más que fragmentos recogidos por otros que han aparecido
desde entonces. Los ellogianos atribuyeron al hereje Corinto el Evangelio y el
Apocalipsis de San Juan; por eso los rechazan. Los herejes de nuestros últimos
siglos rechazan como apócrifos varios libros que los católicos romanos
consideran verdaderos y sagrados, como los libros de Tobías, Judit, Ester,
Baruc, el Canto de los tres niños en el horno, la Historia de Susana, y la del
Ídolo Bel, la Sabiduría de Salomón, el Eclesiástico, el primer y segundo libro
de los Macabeos; a los cuales libros inciertos y dudosos podríamos agregar
varios otros que han sido atribuidos a los demás apóstoles; como, por ejemplo,
los Hechos de Santo Tomás, sus Circuitos, su Evangelio y su Apocalipsis; el
Evangelio de San Bartolomé, el de San Matías, el de San Jacques, el de San
Pedro y el de los Apóstoles, como también las Obras de San Pedro, su libro
sobre la Predicación, y el de su Apocalipsis; la del Juicio, la de la Infancia
del Salvador, y varias otras del mismo género, los cuales son todos rechazados
como apócrifos por los católicos romanos, incluso por el Papa Gelasee, y por la
SSFF de la Comunión Romana. Lo que más confirma que no hay fundamento de verdad
en cuanto a la autoridad dada a estos libros, es que los que sostienen su
divinidad están obligados a reconocer que no tienen como base la certeza, si su
fe no les asegura y obliga. ellos a creerlo. Ahora bien, como la fe no es más
que un principio de error e impostura, ¿cómo puede la fe, es decir, una
creencia ciega, hacer fiables los libros que son en sí mismos el fundamento de
esta creencia ciega? ¡Qué pena y qué locura! Pero veamos si estos libros tienen
por sí mismos algún rasgo de verdad; como, por ejemplo, de erudición, de
sabiduría y de santidad, u otras perfecciones que convienen sólo a un Dios;
No hay erudición, ni pensamiento sublime, ni
producción alguna que supere las capacidades ordinarias de la mente humana. Por
el contrario, veremos por un lado cuentos fabulosos parecidos al de una mujer
formada de una costilla de hombre; del pretendido Paraíso terrestre; de una
serpiente que hablaba, que razonaba, y que era más astuta que el hombre; de un
asno que hablaba y reprendía a su amo por maltratarlo; de un diluvio universal,
y de un arca donde se encerraban animales de toda especie; de la confusión de
las lenguas y de la división de las naciones, sin hablar de otras muchas
narraciones inútiles sobre temas bajos y frívolos que importantes autores
desdeñarían relatar. Todas estas narraciones parecen fábulas, tanto como las
inventadas sobre la industria de Prometeo, la caja de Pandora,
Por otra parte, veremos una mezcla de leyes y
ordenanzas, o prácticas supersticiosas acerca de los sacrificios, las
purificaciones de la ley antigua, las distinciones sin sentido con respecto a
los animales, de los cuales supone que unos son puros y otros impuros. Estas
leyes no son más respetables que las de las naciones más idólatras. Veremos
sino simples historias, verdaderas o falsas, de varios reyes, príncipes o
individuos, que vivieron bien o mal, o que realizaron acciones nobles o
mezquinas, con otras cosas bajas y frívolas también relatadas.
De todo esto, es evidente que no se requirió gran
genio, ni Revelaciones Divinas para producir estas cosas. No sería acreditable
a un Dios.
Finalmente, no vemos en estos libros más que los
discursos, la conducta y las acciones de aquellos renombrados profetas que se
proclamaron especialmente inspirados por Dios. Veremos su forma de actuar y de
hablar, sus sueños, sus ilusiones, sus ensoñaciones; y será fácil juzgar si no
se parecen mucho más a visionarios y fanáticos que a sabios e ilustrados.
Hay, sin embargo, en algunos de estos libros,
varias buenas enseñanzas y bellas máximas de moral, como en los Proverbios
atribuidos a Salomón, en el libro de la Sabiduría y del Eclesiastés; pero este
mismo Salomón, el más sabio de sus escritores, es también el más incrédulo;
duda incluso de la inmortalidad del alma, y concluye sus obras diciendo que
no hay nada bueno sino disfrutar en paz los frutos del propio trabajo y vivir
con aquellos a quienes amamos.
¡Cuán superiores son los autores que se llaman
profanos, como Jenofonte, Platón, Cicerón, el emperador Antonino, el emperador
Juliano, Virgilio, etc., a los libros que se dice que son inspirados por Dios!
Puedo decir con verdad que las fábulas de Esopo, por ejemplo, son ciertamente
más ingeniosas y más instructivas que todas estas toscas y pobres parábolas que
se relatan en los Evangelios.
Pero lo que nos muestra que este tipo de libros no
es de Inspiración Divina, es que además del bajo orden, la tosquedad de estilo,
y la falta de sistema en las narraciones de los diferentes hechos, que están
muy mal arregladas, no ver que los autores estén de acuerdo; se contradicen en
varias cosas; ni siquiera tenían la iluminación suficiente o los talentos
naturales para escribir una historia.
He aquí algunos ejemplos de las contradicciones que
se encuentran entre ellos. El evangelista Mateo afirma que Jesucristo descendió
del rey David por su hijo Salomón a través de José, supuestamente su padre; y
Lucas afirma que es descendiente del mismo David por su hijo Natán a través de
José.
Mateo dice, hablando de Jesús, que, siendo noticia
en Jerusalén que había nacido un nuevo rey de los judíos, y que los magos
habían venido a adorarlo, el rey Herodes, temiendo que este pretendido nuevo
rey le robara su corona un día, provocó el asesinato de todos los niños recién
nacidos menores de dos años, en todo el vecindario de Belén, donde se le había
dicho que había nacido este nuevo rey; y que José y la madre de Jesús, habiendo
sido advertidos en sueños por un ángel, de esta mala intención, huyeron inmediatamente
a Egipto, donde permanecieron hasta la muerte de Herodes, que sucedió muchos
años después.
Por el contrario, Lucas afirma que José y la madre
de Jesús vivieron en paz durante seis semanas en el lugar donde nació su hijo
Jesús; que fue circuncidado según la ley de los judíos, ocho días después de su
nacimiento; y cuando llegó el tiempo prescrito por la ley para la purificación
de su madre, ella y José, su marido, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo a
Dios en su templo, y ofrecer al mismo tiempo un sacrificio que era ordenado por
la ley de Dios; después de lo cual volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret,
donde su niño Jesús crecía cada día en gracia y en sabiduría. Lucas continúa
diciendo que su padre y su madre iban todos los años a Jerusalén en los días
solemnes de su fiesta de Pascua, pero no menciona su huida a Egipto, ni de la
crueldad de Herodes con los niños de la provincia de Belén. En cuanto a la
crueldad de Herodes, como no hablan de ella los historiadores de entonces, ni
Josefo, el historiador que escribió la vida de este Herodes, y como no la
mencionan los demás evangelistas, es evidente que el viaje de aquellos sabios,
guiados por una estrella, esta masacre de niños pequeños, y esta huida a
Egipto, no eran más que absurdas falsedades. Porque no es creíble que Josefo,
que reprochaba los vicios de este rey, pudiera haber callado ante tan oscura y
detestable acción, si hubiera sido verdad lo dicho por el evangelista. es
evidente que el viaje de aquellos sabios, guiados por una estrella, esta
masacre de niños pequeños, y esta huida a Egipto, no eran más que absurdas
falsedades. Porque no es creíble que Josefo, que reprochaba los vicios de este
rey, pudiera haber callado ante tan oscura y detestable acción, si hubiera sido
verdad lo dicho por el evangelista. es evidente que el viaje de aquellos
sabios, guiados por una estrella, esta masacre de niños pequeños, y esta huida
a Egipto, no eran más que absurdas falsedades. Porque no es creíble que Josefo,
que reprochaba los vicios de este rey, pudiera haber callado ante tan oscura y
detestable acción, si hubiera sido verdad lo dicho por el evangelista.
En cuanto a la duración de la vida pública de
Jesucristo, según dicen los tres primeros evangelistas, apenas podían pasar de
tres meses desde el tiempo de su bautismo hasta su muerte, suponiendo que
tuviera treinta años cuando fue bautizado. por Juan, según Lucas, y que nació
el 25 de diciembre. Porque desde este bautismo, que fue en el año 15 de Tiberio
César, y en el año en que Ana y Caifás eran sumos sacerdotes, hasta la primera
Pascua siguiente, que fue en el mes de marzo, no hubo sino como tres meses; según
dicen los tres primeros evangelistas, fue crucificado en la víspera de la
primera Pascua siguiente a su bautismo, y la primera vez que fue a Jerusalén
con sus discípulos; porque todo lo que dicen de su bautismo, de sus viajes, de
sus milagros, de su predicación, de Su muerte y pasión, debe haber tenido lugar
en el mismo año de Su bautismo, porque los evangelistas no hablan de ningún
otro año siguiente, y parece incluso por la narración de Sus actos que Él los
realizó consecutivamente inmediatamente después de Su bautismo, y en un tiempo
muy corto, durante el cual vemos sólo un intervalo de seis días antes de su
Transfiguración; durante estos seis días no vemos que Él haya hecho nada. Vemos
por esto que Él vivió sólo unos tres meses después de Su bautismo, de los
cuales, si restamos los cuarenta días y cuarenta noches que Él pasó en el
desierto inmediatamente después de Su bautismo, se seguiría que la duración de
Su vida pública de Su la primera predicación hasta Su muerte, habría durado
sólo unas seis semanas; y según dice Juan, habría durado por lo menos tres años
y tres meses,
Ahora bien, si es cierto que había estado allí tres
o cuatro veces después de su bautismo, como testifica Juan, es falso que vivió
solo tres meses después de su bautismo, y que fue crucificado la primera vez
que fue a Jerusalén.
Si se dice que estos primeros tres evangelistas
realmente significan sólo un año, pero que no indican claramente los otros que
transcurrieron desde su bautismo; o que Juan entendió que había una sola
Pascua, aunque habla de varias, y que sólo anticipó el tiempo cuando nos dice
repetidas veces que la fiesta de Pascua de los judíos estaba cerca, y que Jesús
fue a Jerusalén, y, en consecuencia, que no hay más que una aparente
contradicción sobre este tema entre los evangelistas, estoy dispuesto a aceptar
esto; pero es cierto que esta aparente contradicción nace del hecho de que no
se explican en todas las circunstancias que se notan en la narración que hacen.
Sea como fuere, siempre se hará esta inferencia, que no fueron inspirados por
Dios cuando escribieron sus biografías de Cristo.
Aquí hay otra contradicción con respecto a lo
primero que Jesús
Cristo lo hizo inmediatamente después de Su
bautismo; pues los tres primeros evangelistas afirman que fue transportado
inmediatamente por el Espíritu al desierto, donde ayunó cuarenta días y
cuarenta noches, y donde fue varias veces tentado por el diablo; y, según dice
Juan, dos días después de su bautismo partió para ir a Galilea, donde hizo su
primer milagro al cambiar el agua en vino en las bodas de Caná, donde se
encontró tres días después de su llegada a Galilea, más de treinta leguas del
lugar en que había estado.
En cuanto al lugar de su primer retiro después de
su partida del desierto, Mateo dice que volvió a Galilea, y que dejando la
ciudad de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, ciudad marítima; y Lucas dice
que primero vino a Nazaret, y luego fue a Cafarnaúm.
Se contradicen en cuanto al tiempo y modo en que
los apóstoles le siguieron; porque los tres primeros dicen que Jesús, pasando
por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, y que vio
a poca distancia a Santiago y a su hermano Juan con su padre Zebedeo. Juan, por
el contrario, dice que fue Andrés, hermano de Simón Pedro, quien primero siguió
a Jesús con otro discípulo de Juan el Bautista, habiéndole visto pasar delante
de ellos, cuando estaban con su Maestro a orillas del Jordán.
En cuanto a la Cena del Señor, los tres primeros
evangelistas señalan que Jesucristo instituyó el Sacramento de su cuerpo y de
su sangre, en forma de pan y vino, lo mismo que dicen nuestros adoradores
romanos de Cristo; y Juan no menciona este misterioso sacramento. Juan dice que
después de esta cena, Jesús lavó los pies de sus apóstoles y les mandó que
hicieran lo mismo unos con otros, y relata un largo discurso que pronunció
entonces. Pero los otros evangelistas no hablan del lavatorio de los pies, ni
del largo discurso que les dio entonces. Por el contrario, testifican que
inmediatamente después de esta cena, Él fue con Sus apóstoles al Monte de los
Olivos, donde entregó Su Espíritu a la tristeza, y estaba angustiado mientras
Sus apóstoles dormían, a corta distancia. Se contradicen sobre el día en que
dicen el Señor' s Tuvo lugar la cena; porque por un lado, notan que era la
víspera de Pascua, es decir, la tarde del primer día de Azymes, o de la fiesta
de los panes sin levadura; como se nota (1) en Éxodo, (2) en Levítico, y (3) en
Números; y por otra parte, dicen que fue crucificado al día siguiente de la
Cena del Señor, como al mediodía después que los judíos tuvieron Su juicio
durante toda la noche y toda la mañana. Ahora bien, según dicen, el día después
de esta cena no debe ser víspera de Pascua. Por tanto, si murió en la víspera
de la Pascua, hacia el mediodía, no fue en la víspera de esta fiesta que tuvo
lugar esta cena. Por lo tanto, hay un error manifiesto. como se nota (1) en
Éxodo, (2) en Levítico, y (3) en Números; y por otra parte, dicen que fue
crucificado al día siguiente de la Cena del Señor, como al mediodía después que
los judíos tuvieron Su juicio durante toda la noche y toda la mañana. Ahora
bien, según dicen, el día después de esta cena no debe ser víspera de Pascua.
Por tanto, si murió en la víspera de la Pascua, hacia el mediodía, no fue en la
víspera de esta fiesta que tuvo lugar esta cena. Por lo tanto, hay un error
manifiesto. como se nota (1) en Éxodo, (2) en Levítico, y (3) en Números; y por
otra parte, dicen que fue crucificado al día siguiente de la Cena del Señor,
como al mediodía después que los judíos tuvieron Su juicio durante toda la
noche y toda la mañana. Ahora bien, según dicen, el día después de esta cena no
debe ser víspera de Pascua. Por tanto, si murió en la víspera de la Pascua,
hacia el mediodía, no fue en la víspera de esta fiesta que tuvo lugar esta
cena. Por lo tanto, hay un error manifiesto. si murió en la víspera de Pascua,
hacia el mediodía, no fue en la víspera de esta fiesta que tuvo lugar esta
cena. Por lo tanto, hay un error manifiesto. si murió en la víspera de Pascua,
hacia el mediodía, no fue en la víspera de esta fiesta que tuvo lugar esta
cena. Por lo tanto, hay un error manifiesto.
También se contradicen respecto de las mujeres que
siguieron a Jesús desde Galilea, porque los tres primeros evangelistas dicen
que estas mujeres, y las que le conocieron, entre las cuales estaban María
Magdalena, y María, madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de
Zebedeo, miraban a lo lejos cuando fue ahorcado y clavado en la cruz. Juan
dice, por el contrario, que la madre de Jesús y la hermana de su madre, y María
Magdalena estaban de pie junto a su cruz con Juan, su apóstol. La contradicción
es manifiesta, porque si estas mujeres y este discípulo estaban cerca de él, no
estaban lejos, como dicen los demás.
Se contradicen entre sí sobre las supuestas
apariciones que relatan que Jesús hizo después de su supuesta resurrección;
porque Mateo habla de dos apariciones: una cuando se apareció a María Magdalena
y a otra mujer, también llamada María, y cuando se apareció a sus once
discípulos que habían regresado a Galilea sobre la montaña donde él había
designado para reunirse con ellos. Marcos habla de tres apariciones: La
primera, cuando se apareció a María Magdalena; la segunda, cuando se apareció a
sus dos discípulos, que iban a Emaús; y el tercero, cuando se apareció a sus
once discípulos, a quienes reprocha su incredulidad. Lucas habla de dos
apariciones iguales a las de Mateo; y el evangelista Juan habla de cuatro
apariciones, y añade a las tres de Marcos,
Se contradicen, también, en cuanto al lugar de
estas apariciones; porque Mateo dice que fue en Galilea, sobre un monte; Mark
dice que fue cuando estaban en la mesa; Lucas dice que los sacó de Jerusalén
hasta Betania, donde los dejó subiendo al cielo; y Juan dice que fue en la
ciudad de Jerusalén, en una casa cuyas puertas habían cerrado, y otra vez a
orillas del mar Tiberiano.
Por lo tanto, hay mucha contradicción en el informe
de estas supuestas apariciones. Se contradicen entre sí con respecto a Su
pretendida ascensión al cielo; pues Lucas y Marcos afirman positivamente que Él
fue al cielo en presencia de los once apóstoles, pero ni Mateo ni Juan
mencionan en absoluto esta supuesta ascensión. Más que esto, Mateo testifica
suficientemente que Él no ascendió al cielo; porque dijo positivamente que
Jesucristo aseguró a sus apóstoles que estaría y permanecería siempre con ellos
hasta el fin del mundo. "Id", les dijo, en esta supuesta aparición,
"y enseñad a todas las naciones, y estad seguros de que yo estaré con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Lucas se contradice
sobre el tema; pues en su Evangelio dice que fue en Betania donde ascendió al
cielo en presencia de sus apóstoles, y en sus Hechos de los Apóstoles
(suponiendo que él haya sido el autor) dice que fue sobre el Monte de los
Olivos. Se vuelve a contradecir acerca de esta ascensión; porque él nota en su
Evangelio que fue el mismo día de Su resurrección, o la primera noche
siguiente, que Él ascendió al cielo; y en los Hechos de los Apóstoles dice que
fue cuarenta días después de su resurrección; esto ciertamente no corresponde.
Si todos los apóstoles hubieran visto realmente a su Maestro subir
gloriosamente al cielo, ¿cómo era posible que Mateo y Juan, que lo habrían
visto como los demás, pasaran en silencio tan glorioso misterio, y que era tan
ventajoso para sus hermanos? Maestría, considerando que relatan muchas otras
circunstancias de su vida y de sus acciones que son mucho menos importantes que
ésta? ¿Cómo es que Mateo no menciona esta ascensión? ¿Y por qué Cristo no
explica claramente cómo viviría siempre con ellos, aunque los dejó visiblemente
para subir al cielo? No es fácil comprender en qué secreto pudo vivir con los
que dejó.
Paso en silencio muchas otras contradicciones; lo
que he dicho es suficiente para mostrar que estos libros no son de inspiración
divina, ni siquiera de sabiduría humana, y, en consecuencia, no merecen que les
pongamos fe alguna.
II.—DE LOS MILAGROS.
Pero ¿en virtud de qué privilegio estos cuatro
evangelios, y algunos otros libros similares, pasan por santos y divinos más
que varios otros, que llevan no menos el título de evangelios, y que han sido
publicados con el nombre de algunos otros apóstoles? Si se dice que los
supuestos Evangelios se atribuyen falsamente a los apóstoles, lo mismo podemos
decir de los primeros; si suponemos que las primeras están falsificadas y
cambiadas, podemos pensar lo mismo de las demás. Así, no hay prueba positiva
que nos haga discernir el uno del otro; a pesar de la Iglesia, que supone
burlarse del asunto, no es creíble.
En cuanto a los supuestos milagros relatados en el
Antiguo Testamento, podrían haber sido realizados pero para indicar de parte de
Dios una injusta y odiosa discriminación entre naciones y entre individuos;
injuriando deliberadamente a uno para favorecer especialmente al otro. Prueba
de ello es la vocación y la elección que Dios hizo de los patriarcas Abraham,
Isaac y Jacob, para hacer de su posteridad un pueblo al que quisiera santificar
y bendecir por encima de todos los demás pueblos de la tierra. Pero se dirá que
Dios es dueño absoluto de sus favores y de sus beneficios; Él puede concederlos
a quien Él quiere, sin que nadie tenga derecho a quejarse o acusarlo de
injusticia. Esta razón es inútil; porque Dios, el Autor de la naturaleza, el
Padre de todos los hombres, debe amarlos a todos por igual como su propia obra,
y, en consecuencia, Él debe ser igualmente su protector y su benefactor;
dándoles vida, debe dar todo lo necesario para el bienestar de sus criaturas.
Si todos estos supuestos milagros del Antiguo y del
Nuevo Testamento fueran ciertos, podríamos decir que Dios se habría preocupado
más de proveer el menor bien de los hombres que su mayor y principal bien; que
hubiera castigado con más severidad las faltas insignificantes de ciertas
personas que los grandes crímenes de otras; y, finalmente, que no hubiera
querido mostrarse tan benéfico en las necesidades más apremiantes como en las
más pequeñas. Esto es bastante fácil de mostrar tanto por los milagros que se
pretende que realizó, como por los que no realizó, y que habría realizado antes
que cualquier otro, si es verdad que realizó alguno. Por ejemplo, se afirma que
Dios tuvo la bondad de enviar un ángel para consolar y ayudar a una simple
doncella, mientras Él se iba, y todavía se va todos los días, un número
incontable de inocentes a languidecer y morir de hambre; se dice que Él
preservó milagrosamente durante cuarenta años la ropa y el calzado de unos
pocos, mientras que Él no velará por la conservación natural de las vastas
cantidades de bienes que son útiles y necesarios para la subsistencia de las
grandes naciones, y que son perdido cada día por diferentes accidentes. Se dice
que envió a los primeros seres de la raza humana, Adán y Eva, un demonio, o una
simple serpiente, para seducirlos y así arruinar a todos los hombres. ¡Esto no
es creíble! Se afirma que por una providencia especial, impidió que el rey de
Gerais, un pagano, cometiera pecado con una mujer extraña, aunque no habría
resultados a seguir; y, sin embargo, no impidió que Adán y Eva lo ofendieran y
cayesen en el pecado de la desobediencia, pecado que, según nuestros adoradores
de Cristo, sería fatal y causaría la destrucción de la raza humana. ¡Esto no es
creíble!
Vayamos a los pretendidos milagros del Nuevo
Testamento. Consisten, como se pretende, en esto: que Jesucristo y sus
apóstoles curaron, por medio de la Deidad, toda clase de enfermedades y
dolencias, dando vista a los ciegos, oído a los sordos, habla a los mudos,
haciendo andar a los cojos. , curando a los paralíticos, echando a los demonios
de entre los endemoniados, y resucitando a los muertos.
Encontramos varios de estos milagros en los
Evangelios, pero vemos muchos más en los libros que nuestros adoradores de
Cristo han escrito sobre las vidas admirables de sus santos; porque en estas
vidas casi en todas partes leemos que estos pretendidos bienaventurados curaban
enfermedades y dolencias, expulsaban a los demonios dondequiera que los
encontraban, únicamente en el nombre de Jesús o por la señal de la cruz; que
controlaban los elementos; que Dios los favoreció tanto que incluso les
preservó su poder divino después de su muerte, y que este poder divino podía
comunicarse incluso a la más pequeña de sus ropas, incluso a sus sombras, y aun
a los infames instrumentos de su muerte. Se dice que el zapato de San Honorio
levantó un muerto el seis de enero; que el bastón de San Pedro, el de Santiago
y el de San Bernard hizo milagros. Lo mismo se dice del cordón de San
Francisco, del bastón de San Juan de Dios y del cinto de Santa Melania. Se dice
que San Gracilien fue divinamente instruido en cuanto a lo que debía creer y
enseñar, y que él, por la influencia de su oración, removió una montaña que le
impedía construir una iglesia; que del sepulcro de San Andrés manaba
incesantemente un licor que curaba toda clase de enfermedades; que el alma de
San Benito fue vista ascendiendo al Cielo vestida con un manto precioso y
rodeada de lámparas encendidas; que Santo Domingo dijo que Dios nunca le negó
nada de lo que pidió; que San Francisco mandaba obedecerle a las golondrinas,
cisnes y otras aves, y que a menudo los peces, los conejos y las liebres venían
y se ponían en sus manos y en su regazo; que san Pablo y san Pantaleón,
habiendo sido decapitado, fluyó leche en lugar de sangre; que el bienaventurado
Pedro de Luxemburgo, en los dos primeros años después de su muerte (1388 y
1389), realizó dos mil cuatrocientos milagros, entre los cuales resucitaron
cuarenta y dos muertos, sin contar más de tres mil otros milagros que ha hecho
realizado desde; que los cincuenta filósofos a quienes Santa Catalina
convirtió, habiendo sido todos arrojados a un gran fuego, sus cuerpos fueron
encontrados después y ni un solo cabello fue quemado; que el cuerpo de Santa
Catalina fue llevado por ángeles después de su muerte y enterrado por ellos en
el Monte Sinaí; que el día de la canonización de San Antonio de Padua, todas
las campanas de la ciudad de Lisboa repicaron solas, sin que nadie supiera
cómo; que estando este santo una vez cerca de la orilla del mar, y llamando a
los peces, vinieron a él en gran multitud, y sacaron la cabeza del agua y lo
escucharon atentamente. Nunca deberíamos llegar a un final si tuviéramos que
informar toda esta charla ociosa; no hay tema, por vano, frívolo y hasta
ridículo que sea, sobre el cual los autores de estas "VIDAS DE
SANTOS" no se complacen en amontonar milagros sobre milagros, pues son
hábiles en falsificar absurdas falsedades.
Ciertamente no es sin razón que consideramos estas
cosas como mentiras; porque es fácil ver que todos estos supuestos milagros han
sido inventados pero imitando las fábulas de los poetas paganos. Esto es
suficientemente obvio por la semejanza que tienen entre sí.
III.—SEMEJANZA ENTRE LOS MILAGROS ANTIGUOS Y LOS
MODERNOS.
Si nuestros adoradores de Cristo afirman que Dios
dotó a sus santos con poder para realizar los milagros relatados en sus vidas,
algunos paganos afirman también que las hijas de Anio, sumo sacerdote de Apolo,
habían recibido realmente del dios Baco el poder de cambiar todo lo que
quisieran en trigo, en vino, o en aceite, etc.; que Júpiter dio a las ninfas
que cuidaban de su educación, un cuerno de la cabra que lo crió en su infancia,
con esta virtud, que les podía dar en abundancia de todo lo que deseaban.
If our Christ-worshipers assert that their saints
had the power of raising the dead, and that they had Divine revelations, the
Pagans had said before them that Athalide, son of Mercury, had obtained from
his father the gift of living, dying, and coming to life whenever he wished,
and that he had also the knowledge of all that transpired in this world as well
as in the other; and that Esculapius, son of Apollo, had raised the dead, and,
among others, he brought to life Hyppolites, son of Theseus, by Diana's request;
and that Hercules, also, raised from the dead Alceste, wife of Admetus, King of
Thessalia, to return her to her husband.
If our Christ-worshipers say that Christ was
miraculously born of a virgin, the Pagans had said before them that Remus and
Romulus, the founders of Rome, were miraculously born of a vestal virgin named
Ilia, or Silvia, or Rhea Silvia; they had already said that Mars, Argus,
Vulcan, and others were born of the goddess Juno without sexual union; and,
also, that Minerva, goddess of the sciences, sprang from Jupiter's brain, and
that she came out of it, all armed, by means of a blow which this god gave to his
own head.
If our Christ-worshipers claim that their saints
made water gush from rocks, the Pagans pretend also that Minerva made a
fountain of oil spring forth from a rock as a recompense for a temple which had
been dedicated to her.
If our Christ-worshipers boast of having received
images from Heaven miraculously, as, for example, those of Notre-Dame de
Loretto, and of Liesse and several other gifts from Heaven, as the pretended
Holy Vial of Rheims, as the white Chasuble which St. Ildefonse received from
the Virgin Mary, and other similar things: the Pagans boasted before them of
having received a sacred shield as a mark of the preservation of their city of
Rome, and the Trojans boasted before them of having received miraculously from Heaven
their Palladium, or their Idol of Pallas, which came, they said, to takes its
place in the temple which they had erected in honor of this Goddess.
If our Christ-worshipers pretend that Jesus Christ
was seen by His apostles ascending to Heaven, and that several of their
pretended saints were transported to Heaven by angels, the Roman Pagans had
said before them, that Romulus, their founder, was seen after his death; that
Ganymede, son of Troas, king of Troy, was transported to Heaven by Jupiter to
serve him as cup-bearer that the hair of Berenice, being consecrated to the
temple of Venus, was afterward carried to Heaven; they say the same thing of
Cassiope and Andromedes, and even of the ass of Silenus.
If our Christ-worshipers pretend that several of
their saints' bodies were miraculously saved from decomposition after death,
and that they were found by Divine Revelations, after having been lost for a
long time, the Pagans say the same of the holy of Orestes, which they pretend
to have found through an oracle, etc.
If our Christ-worshipers say that the seven
sleeping brothers slept during one hundred and seventy-seven years, while they
were shut up in a cave, the Pagans claim that Epimenides, the philosopher,
slept during fifty-seven years in a cave where he fell asleep.
If our Christ-worshipers claim that several of
their saints continued to speak after losing the head, or having the tongue cut
out, the Pagans claim that the head of Gambienus recited a long poem after separation
from his body.
If our Christ-worshipers glorify themselves that
their temples and churches are ornamented with several pictures and rich gifts
which show miraculous cures performed by the intercession of their saints, we
also see, or at least we formerly saw in the temple of Esculapius at Epidaurus,
many paintings of miraculous cures which he had performed.
If our Christ-worshipers claim that several of
their saints have been miraculously preserved in the flames without having
received any injury to their bodies or their clothing, the Pagans claim that
the Holy women of the temple of Diana walked upon burning coals barefooted
without burning or hurting their feet, and that the priests of the Goddess
Feronie and of Hirpicus walked in the same way upon burning coals in the fires
which were made in honor of Apollo.
If the angels built a chapel for St. Clement at the
bottom of the sea, the little house of Baucis and of Philemon was miraculously
changed into a superb temple as a reward of their piety. If several of their
saints, as St. James and St. Maurice, appeared several times in their armies,
mounted and equipped in ancient style, and fought for them, Castor and Pollux
appeared several times in battles and fought for the Romans against their
enemies; if a ram was miraculously found to be offered as a sacrifice in the
place of Isaac, whom his father Abraham was about to sacrifice, the Goddess
Vesta also sent a heifer to be sacrificed in the place of Metella, daughter of
Metellus: the Goddess Diana sent a hind in the place of Iphigenie when she was
at the stake to be sacrificed to her, and by this means Iphigenie was saved.
If St. Joseph went into Egypt by the warning of an
angel, Simonides, the poet, avoided several great dangers by miraculous
warnings which had been given to him.
If Moses forced a stream of water to flow from a
rock by striking it with his staff, the horse Pegasus did the same: by striking
a rock with his foot a fountain issued.
If St. Vincent Ferrier brought to life a dead man
hacked into pieces, whose body was already half roasted and half broiled,
Pelops, son of Tantalus king of Phrygia, having been torn to pieces by his
father to be sacrificed to the Gods, they gathered all the pieces, joined them,
and brought them to life.
If several crucifixes and other images have
miraculously spoken and answered, the Pagans say that their oracles have spoken
and given answers to those who consulted them, and that the head of Orpheus and
that of Policrates gave oracles after their death.
If God revealed by a voice from Heaven that Jesus
Christ was His Son, as the Evangelists say, Vulcan showed by the apparition of
a miraculous flame, that Coceculus was really his son.
If God has miraculously nourished some of His
saints, the Pagan poets pretend that Triptolemus was miraculously nourished
with Divine milk by Ceres, who gave him also a chariot drawn by two dragons,
and that Phineus, son of Mars, being born after his mother's death, was
nevertheless miraculously nourished by her milk.
Si varios santos domaron milagrosamente la
ferocidad de las bestias más crueles, se dice que Orfeo atrajo hacia sí, por la
dulzura de su voz y por la armonía de sus instrumentos, leones, osos y tigres,
y suavizó la ferocidad de su naturaleza. ; que atraía rocas y árboles, y que
hasta los ríos detenían su curso para escuchar su canto.
Finalmente, para abreviar, porque podríamos relatar
muchos otros, si nuestros adoradores de Cristo pretenden que los muros de la
ciudad de Jericó cayeron al sonido de sus trompetas, los paganos dicen que los
muros de la ciudad de Tebas fueron edificados al sonido de los instrumentos
musicales de Amphion; las piedras, como dicen los poetas, disponiéndose a la
dulzura de su armonía; esto sería mucho más milagroso y más admirable que ver
los muros derribados.
Ciertamente hay una gran similitud entre los
milagros paganos y los nuestros. Así como sería una gran locura dar crédito a
estos pretendidos milagros del Paganismo, no lo es menos tener fe en los del
Cristianismo, porque todos provienen de la misma fuente de error. Fue por esto
que los maniqueos y los arrianos, que existían al comienzo de la era cristiana,
se burlaron de estos supuestos milagros realizados por la invocación de los
santos, y culparon a los que los invocaban después de la muerte y honraban sus
reliquias.
Volvamos ahora al fin principal que Dios se propuso
a sí mismo, al enviar a su Hijo al mundo para hacerse hombre; debe haber sido,
como dicen, para redimir al mundo del pecado y destruir completamente las obras
del pretendido Diablo, etc. Esto es lo que afirman también nuestros adoradores
de Cristo, que Jesucristo murió por ellos según la intención de Su Padre, lo
cual se afirma claramente en todos los pretendidos Libros Sagrados. ¡Qué! un
Dios Todopoderoso, que estaba dispuesto a convertirse en un hombre mortal por
amor a los hombres, y a derramar Su sangre hasta la última gota, para salvarlos
a todos, habría limitado Su poder a curar solo unas pocas enfermedades y
dolencias físicas de un pocos individuos que fueron traídos a Él; ¡y no hubiera
empleado su bondad divina en curar las enfermedades del alma! es decir, en
curar a todos los hombres de sus vicios y de sus depravaciones, que son peores
que las enfermedades de sus cuerpos! Esto no es creíble. ¡Qué! un Dios tan
bueno desearía preservar los cadáveres de la podredumbre y corrupción; ¡y no
evitaría el contagio y la corrupción del vicio y el pecado de las almas de un
número incontable de personas a quienes Él procuró redimir al precio de Su
sangre y santificar por Su gracia! ¡Qué lamentable contradicción!
IV.—DE LA FALSIDAD DE LA RELIGIÓN CRISTIANA.
Pasemos a las supuestas visiones y Revelaciones
Divinas, sobre las cuales nuestros adoradores de Cristo establecen la verdad y
la certeza de su religión.
Para dar una idea justa de ello, creo que lo mejor
es decir en general, que son tales, que si alguno se atreviese ahora a jactarse
de otros semejantes, o quisiera hacerlos valorar, ciertamente sería considerado
como un tonto o un fanático.
Esto es lo que son las pretendidas Visiones y
Revelaciones Divinas:
Dios, como afirman estos supuestos Libros Sagrados,
habiéndose aparecido por primera vez a Abraham, le dijo: "Vete de tu
tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te
mostraré". Abraham, habiendo ido allí, Dios, dice la Biblia, se le
apareció por segunda vez y le dijo: "A tu descendencia daré esta
tierra", y edificó allí un altar al Señor, que se le había aparecido.
Después de la muerte de Isaac, su hijo, yendo Jacob un día a Mesopotamia a
buscar una esposa que le conviniera, habiendo caminado todo el día, y estando
cansado por la larga distancia, deseaba descansar hacia la tarde; tendido en el
suelo, con la cabeza apoyada sobre unas pocas piedras, se durmió, y mientras
dormía vio una escalera apoyada en el suelo, y la parte superior de ella
llegaba al Cielo; y vio a los ángeles de Dios que subían y descendían sobre
ella. Y he aquí, el Señor se paró sobre ella y dijo: "Yo soy el Señor,
Dios de Abraham tu padre, y Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado, te
la daré a ti y a tu descendencia. Y tu La simiente será como el polvo de la
tierra, y tú te extenderás al occidente y al oriente, al norte y al sur, y en
ti y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra. Yo estoy
contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta
tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho". Y
Jacob despertó de su sueño, y dijo: "Ciertamente el Señor está en este
lugar, y yo no lo sabía". Y tuvo miedo, y dijo: "¡Qué terrible es
este lugar!
Aquí hay otra visión. Mirando los rebaños de su
suegro Labán, quien le había prometido que todos los corderos moteados
producidos por sus ovejas serían su recompensa, soñó una noche que vio a todos
los machos saltar sobre las hembras, y todos los corderos que dieron a luz
estaban moteados. En este hermoso sueño, Dios se le apareció y le dijo:
"Alza ahora tus ojos y mira que los carneros que saltan sobre el ganado
tienen rayas, manchas y canas; porque he visto todo lo que Labán te hace. Ahora
levántate, sal de esta tierra y vuélvete a la tierra de tu parentela". Y
volviendo él con toda su familia, y con todo lo que había obtenido de su
suegro, tuvo, dice la Biblia, una lucha con un desconocido durante toda la
noche, hasta que rayaba el alba, y así el hombre no había podido someterlo, Le
preguntó quién era. Jacob le dijo su nombre; y Él dijo: "Tu nombre no se
llamará más Jacob, sino Israel; porque como un príncipe tienes poder con Dios y
con los hombres, y has prevalecido".
Este es un espécimen de la primera de estas
pretendidas Visiones y Revelaciones Divinas. Podemos juzgar a los demás por
estos. Ahora bien, ¿qué apariencia de Divinidad hay en sueños tan groseros e
ilusiones tan vanas? Como si algunos extranjeros, alemanes por ejemplo,
vinieran a nuestra Francia y, después de ver todas las hermosas provincias de
nuestro reino, afirmaran que Dios se les apareció en su país, que les dijo que
fueran a Francia, y que les daría a ellos ya su posteridad todas las hermosas
tierras, dominios y provincias de este reino que se extienden desde los ríos
Rin y Ródano, hasta el mar; que haría con ellos una alianza eterna, que
multiplicaría su raza, que haría su posteridad tan numerosa como las estrellas
del cielo y como la arena del mar, etc., que no se reiría de tal insensatez,
Ahora bien, no hay razón para pensar de otra manera
de todo lo que han dicho estos pretendidos Santos Patriarcas, Abraham, Isaac y
Jacob, con respecto a las Revelaciones Divinas que afirman haber tenido. En
cuanto a la institución de los sacrificios sangrientos, las Sagradas Escrituras
la atribuyen a Dios. Como sería demasiado fatigoso entrar en los repugnantes
detalles de este tipo de sacrificios, remito al lector a Éxodo. [Véanse los
capítulos xxv, xxvii, xxyiii y xxix].
¿No estaban los hombres locos y ciegos al creer que
estaban honrando a Dios al despedazar, descuartizar y quemar a sus propias
criaturas, con el pretexto de ofrecerlas como sacrificios a Él? E incluso
ahora, ¿cómo es que nuestros adoradores de Cristo son tan extravagantes como
para esperar agradar a Dios Padre, ofreciéndole el sacrificio de Su Divino
Hijo, en recuerdo de Su vergüenza clavado en una cruz en la que murió? ?
Ciertamente, esto sólo puede surgir de una obstinada ceguera mental.
En cuanto al detalle de los sacrificios de
animales, no consiste sino en ropas de colores, sangre, plumas, hígados, buches
de pájaros, riñones, garras, pieles, en el estiércol, humo, tortas, ciertas
medidas de aceite y vino, el todo el ser ofrecido e infectado por sucias
ceremonias tan sucias y despreciables como las más extravagantes
representaciones de la magia. Lo más horrible de todo esto es que la ley de
este detestable pueblo judío mandaba que aun los hombres debían ser ofrecidos
como sacrificio. Los bárbaros, quienesquiera que fueran, que introdujeron esta
ley horrible, mandaron matar a cualquier hombre que se hubiera consagrado al
Dios de los judíos, a quien llamaban Adonai: y es de acuerdo con este execrable
precepto que Jefté sacrificó a su hija, y que Saúl quería sacrificar a su hijo.
Pero he aquí otra prueba más de la falsedad de
estas revelaciones de las que hemos hablado. Es la falta de cumplimiento de las
grandes y magníficas promesas que los acompañaban, pues es evidente que estas
promesas nunca se han cumplido.
La prueba de esto consiste en tres puntos
principales:
En primer lugar. Su posteridad sería más numerosa
que todas las demás naciones del mundo.
En segundo lugar. El pueblo que surgiría de su raza
sería el más feliz, el más santo y el más victorioso de todos los pueblos de la
tierra.
En tercer lugar. Su pacto sería eterno, y ellos
poseerían para siempre el país que Él les daría. Ahora es claro que estas
promesas nunca se cumplieron.
En primer lugar. Es cierto que el pueblo judío, o
el pueblo de Israel, que es el único que se puede considerar descendiente de
los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y los únicos a los que debieron
cumplirse estas promesas” “nunca ha sido tan numerosa que se pueda comparar con
las demás naciones de la tierra, mucho menos con las arenas del mar, etc.,
porque vemos que en la misma época en que era la más numerosa y la más
floreciente, nunca ocupó más que las pequeñas provincias estériles de Palestina
y sus alrededores, que son casi nada en comparación con la vasta extensión de
una multitud de reinos florecientes que están por todos lados de la tierra.
En segundo lugar. Nunca se han cumplido con
respecto a las grandes bendiciones con las que debían ser favorecidos; porque,
aunque ganaron algunas pequeñas victorias sobre algunas naciones pobres que
saquearon, esto no impidió que fueran conquistados y reducidos a servidumbre;
su reino destruido así como su nación, por el ejército romano; e incluso ahora
el resto de esta desafortunada nación es considerada como la más vil y
despreciable de toda la tierra, sin patria, sin dominio, sin superioridad.
Finalmente, estas promesas no se han cumplido con
respecto a este pacto eterno, que Dios debería haberles cumplido; porque no
vemos ahora, y nunca hemos visto, ninguna evidencia de este pacto; y, por el
contrario, han sido durante muchos siglos excluidos de la posesión del pequeño
país que pretendían que Dios les había prometido que disfrutarían para siempre.
Así, puesto que estas pretendidas promesas nunca se cumplieron, es prueba
cierta de su falsedad; lo que prueba, claramente, que estos pretendidos Libros
Sagrados que los contienen no eran de inspiración Divina. Por lo tanto, es
inútil que nuestros adoradores de Cristo pretendan servirse de ellos como
testimonio infalible para probar la verdad de su religión.
LAS SAGRADAS ESCRITURAS.
V.—(1) DEL ANTIGUO TESTAMENTO.
Nuestros adoradores de Cristo añaden a sus razones
de credulidad y a las pruebas de la verdad de su testimonio, las profecías que
son, como pretenden, evidencias seguras de la verdad de las revelaciones o
inspiraciones de Dios, no habiendo nadie sino Dios que podía predecir eventos
futuros mucho antes de que sucedieran, como los que han sido predichos por los
profetas.
Veamos, entonces, quiénes son estos supuestos
profetas, y si debemos considerarlos tan importantes como pretenden ser
nuestros adoradores de Cristo. Estos hombres no eran más que visionarios y
fanáticos, que actuaban y hablaban de acuerdo con los impulsos de sus pasiones
dominantes, y que imaginaban que era el Espíritu de Dios por el cual hablaban y
actuaban; o eran impostores que se hacían pasar por profetas, y que para
engañar más fácilmente a los ignorantes e ingenuos, se jactaban de obrar y
hablar por el Espíritu de Dios. Quisiera saber cómo sería recibido un Ezequiel
que dijera que Dios le hizo desayunar un rollo de pergamino; mandó que lo
ataran como a un demente, y que permaneciese acostado sobre su lado derecho y
cuarenta días sobre su lado izquierdo, y le mandó comer estiércol de hombre
sobre su pan, y después, como alojamiento, estiércol de vaca? Pregunto ¿cómo
sería recibida una declaración tan sucia por la gente más estúpida de nuestras
provincias?
¿Qué puede ser una prueba más grande de la falsedad
de estas pretendidas profecías, que la violencia con la que estos profetas se
reprochan unos a otros por hablar falsamente en el nombre de Dios, reproches
que pretenden hacer en nombre de Dios? Todos ellos dicen: "¡Cuidado con
los falsos profetas!" como dicen los charlatanes: "¡Cuidado con las
pastillas falsificadas!" ¿Cómo podrían estos impostores locos predecir el
futuro? Nunca se cumplió ninguna profecía a favor de su nación judía. El número
de profecías que predicen la prosperidad y la grandeza de Jerusalén es casi
innumerable; en explicación de esto, se dirá que es muy natural que un pueblo
subyugado y cautivo se consuele en sus verdaderas aflicciones con esperanzas
imaginarias—como un año después de que el Rey James fuera depuesto,
Pero si estas promesas hechas a los judíos hubieran
sido realmente ciertas, la nación judía hace mucho tiempo habría sido y sería
todavía la más numerosa, la más poderosa, la más bendecida y la más victoriosa
de todas las naciones.
VI.—(2) EL NUEVO TESTAMENTO.
Examinemos las supuestas profecías que están
contenidas en los Evangelios.
En primer lugar. Habiéndosele aparecido un ángel en
sueños a un varón llamado José, padre, o por lo menos así reputado, de Jesús,
hijo de María, le dijo:
"José, hijo de David, no temas recibir a María
tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a
luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará su pueblo de sus
pecados". Este ángel le dijo también a María:
"No temas, María, porque has hallado gracia
delante de Dios. Y he aquí, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y
llamarás su nombre Jesús. El será grande, y será llamado Hijo del Altísimo : y
el Señor Dios le dará el trono de David su padre. Y reinará sobre la casa de
Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin". Jesús comenzó a predicar y
a decir:
"Arrepentíos, porque el reino de los cielos se
ha acercado. No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis, ni
por vuestro cuerpo qué vestiréis. ¿No es la vida más que la comida, y el cuerpo
que la vestidura, porque vuestro Padre Celestial sabe que tenéis necesidad de
todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y
todas estas cosas os serán añadidas".
Ahora, que todo hombre que no haya perdido el
sentido común, examine si este Jesús alguna vez fue rey, o si sus discípulos
tuvieron abundancia de todas las cosas. Este Jesús prometió liberar al mundo
del pecado. ¿Hay alguna profecía que sea más falsa? ¿No es nuestra época una
prueba sorprendente de ello? Se dice que Jesús vino a salvar a su pueblo. ¿De
qué manera lo salvó? Es el mayor número el que gobierna cualquier partido. Por
ejemplo, una docena o dos de españoles o franceses no constituyen el pueblo francés
o español; y si un ejército de ciento veinte mil hombres fuere hecho prisionero
de guerra por un ejército de enemigos más fuerte, y si el jefe de este ejército
redimiere solamente algunos hombres, como diez o doce soldados u oficiales,
pagando sus rescate, no se podía afirmar que había liberado o redimido a su
ejército. Entonces, ¿quién es este Dios que ha sido sacrificado, ¿Quién murió
para salvar al mundo y deja condenadas a tantas naciones? ¡Qué lástima! y que
horror!
Jesucristo dice que sólo tenemos que pedir y
recibiremos, y buscar y encontraremos. Él nos asegura que todo lo que pidamos a
Dios en Su nombre nos será concedido, y que si tuviéramos fe como un grano de
mostaza, con una sola palabra podríamos mover montañas. Si esta promesa es
verdadera, nada parece imposible para nuestros adoradores de Cristo que tienen
fe en Jesús. Sin embargo, sucede lo contrario. Si Mahoma hubiera hecho las
promesas a sus devotos que Cristo hizo a los suyos, sin éxito, qué no se diría
al respecto. Gritarían: "¡Ay, el tramposo! ¡Ay, el impostor!" Estos
adoradores de Cristo están en la misma condición: han estado ciegos y aún no se
han recuperado de su ceguera; al contrario, son tan ingeniosos para engañarse a
sí mismos, que pretenden que estas promesas se han cumplido desde el comienzo
del cristianismo; que en ese tiempo era necesario tener milagros, para
convencer a los incrédulos de la verdad de la religión; pero que estando esta
religión suficientemente establecida, los milagros ya no eran necesarios.
¿Dónde, entonces, está su prueba de todo esto?
Además, el que hizo estas promesas no las limitó a
cierto tiempo, ni a ciertos lugares, ni a ciertas personas; pero Él los hizo en
general para todos. La fe de los que creen, dice Él, será seguida por estos
milagros; "En mi nombre echarán fuera demonios, hablarán en diversas
lenguas, manipularán serpientes", etc.
Con respecto a la remoción de montañas, Él dice
positivamente que “cualquiera que diga a una montaña: 'Quítate, y échate en el
mar;' debe ser hecho;" con tal que no dude en su corazón, sino que crea
que todo lo que mande se hará. ¿No se dan todas estas promesas de manera
general, sin restricción de tiempo, lugar o personas?
Se dice que todas las sectas que se fundan en
errores e imposturas terminarán vergonzosamente. Pero si Jesucristo quiere
decir que Él ha establecido una sociedad de seguidores que no caerá ni en el
vicio ni en el error, estas palabras son absolutamente falsas, ya que no hay en
la cristiandad ninguna secta, ninguna sociedad, ninguna iglesia que no esté
llena de errores y vicios, especialmente la Iglesia Romana, aunque pretende ser
la más pura y la más santa de todas. Nació en el error, o más bien fue concebida
y formada en el error; y aun ahora está llena de engaños que son contrarios a
las intenciones, los sentimientos o la doctrina de su Fundador, porque, en
contra de Su intención, ha abolido las leyes de los judíos, que Él aprobó, y
que Él mismo vino. , como Él dijo, para cumplir y no para destruir.
Sé bien que nuestros adoradores de Cristo
consideran falta de inteligencia aceptar literalmente las promesas y profecías
tal como son expresadas; rechazan el sentido literal y natural de las palabras,
para darles un sentido místico y espiritual al que llaman alegórico y
figurativo; afirmando, por ejemplo, que el pueblo de Israel y Judea, a quienes
se hicieron estas promesas, no se entendía como los israelitas según el cuerpo,
sino como los israelitas en espíritu: es decir, los cristianos que son el Israel
de Dios, verdadero pueblo elegido que por la promesa hecha a este pueblo
esclavizado, de librarlo del cautiverio, se entiende no la liberación corporal
de un solo pueblo cautivo, sino la liberación espiritual de todos los hombres
de la servidumbre del Diablo, que debía ser realizado por su Divino Salvador;
que por la abundancia de riquezas, y todas las bendiciones temporales
prometidas a este pueblo, se entiende la abundancia de gracias espirituales; y
finalmente, que por ciudad de Jerusalén no se entiende la Jerusalén terrestre,
sino la Jerusalén espiritual, que es la Iglesia cristiana.
Pero es fácil ver que estos significados
espirituales y alegóricos, teniendo sólo un sentido extraño e imaginario,
siendo un subterfugio de los intérpretes, no pueden servir para mostrar la
verdad o la falsedad de una proposición, o de promesas cualesquiera. Es
ridículo falsificar tales significados alegóricos, ya que sólo por las
relaciones del sentido natural y verdadero podemos juzgar de su verdad o
falsedad. Una proposición, una promesa, por ejemplo, que se tiene por verdadera
en el sentido propio y natural de los términos en que se expresa, no se hará
falsa en sí misma al amparo de un sentido extraño, que no le pertenece. Por el
mismo razonamiento, lo que es manifiestamente falso en su sentido propio y
natural, no llegará a ser verdadero en sí mismo, aunque le demos un sentido
extraño, ajeno a lo verdadero.
Podemos decir que las profecías del Antiguo
Testamento ajustadas al Nuevo, serían cosas muy absurdas y pueriles. Por
ejemplo, Abraham tuvo dos esposas, de las cuales la una, que no era más que una
sierva, representaba a la sinagoga, y la otra, su legítima esposa, representaba
a la Iglesia cristiana; y que este Abraham tuvo dos hijos, de los cuales el
nacido de Agar, la sierva, representaba el Antiguo Testamento; y el otro,
nacido de Sara, la esposa, representaba el Nuevo Testamento. ¿Quién no se
reiría de una doctrina tan ridícula?
¿No es gracioso que un trozo de tela roja, exhibido
por una prostituta como señal a los espías, en el Antiguo Testamento se haga
para representar la sangre de Jesucristo derramada en el Nuevo? Si, de acuerdo
con esta manera de interpretar alegóricamente todo lo que se dice, hace y
practica en la antigua ley de los judíos, debemos interpretar de la misma
manera alegórica todos los discursos, las acciones y las aventuras del famoso
Don Quijote de la Mancha, encontraríamos la misma especie de misterios y figuras
ridículas.
Sin embargo, es sobre este fundamento absurdo que
descansa toda la religión cristiana. Así es que apenas hay nada en esta antigua
ley que los doctores adoradores de Cristo no traten de explicar de una manera
mística para construir su sistema. La profecía más falsa y ridícula jamás hecha
es la de Jesús, en Lucas, donde se pretende que habrá señales en el sol y en la
luna, y que el Hijo del Hombre aparecerá en una nube para juzgar a los hombres;
y esto está predicho para la generación que vive en ese tiempo. ¿Ha llegado a
pasar? ¿Apareció el Hijo del Hombre en una nube?
VII.—ERRORES DE DOCTRINA Y DE MORAL.
La Religión Cristiana Apostólica Romana enseña y
obliga a creer que hay un solo Dios y, al mismo tiempo, que hay tres personas
divinas, cada una de las cuales es Dios. Esto es absurdo; porque si hay tres
que son verdaderamente Dios, entonces hay tres Dioses. Es falso, entonces,
decir que hay un solo Dios; o si esto es cierto, es falso decir que realmente
hay tres que son Dios, porque uno y tres no pueden pretender ser uno y el mismo
número. También se dice que la primera de estas presuntas personas divinas,
llamada el Padre, ha engendrado la segunda persona, que se llama el Hijo, y que
estas dos primeras personas juntas han engendrado la tercera, que se llama el
Espíritu Santo, y , sin embargo, estas tres personas pretendidamente divinas no
dependen la una de la otra, e incluso esa no es más antigua que la otra. Esta,
también, es manifiestamente absurdo; porque una cosa no puede recibir su
existencia de otra cosa sin alguna dependencia de esta otra; y una cosa debe
existir necesariamente para dar a luz a otra. Si, pues, la Segunda y la Tercera
personas de la Divinidad han recibido su existencia de la Primera persona,
necesariamente deben depender para su existencia de esta Primera persona, que
les dio a luz, o que los engendró, y es necesario también que la Primera
persona de la Divinidad, que dio a luz a las otras dos personas, debió existir
antes que ellas; porque lo que no existe no puede engendrar nada. Sin embargo,
es tan repugnante como absurdo pretender que algo pueda ser engendrado o nacido
sin haber tenido un comienzo. Ahora bien, según nuestros adoradores de Cristo,
la Segunda y la Tercera persona de la Divinidad fueron engendradas y nacidas;
luego tuvieron un principio, y la Primera persona no lo tuvo, no siendo
engendrada por otra; por tanto, se sigue necesariamente que uno existió antes
que el otro.
Nuestros adoradores de Cristo, que sienten estos
absurdos y no pueden evitarlos con ningún buen razonamiento, no tienen otro
recurso que decir que debemos ignorar la razón humana y adorar humildemente
estos sublimes misterios sin querer comprenderlos; pero eso que llaman fe es
refutado cuando nos dicen que debemos someternos; nos está diciendo que debemos
creer ciegamente en lo que no creemos. Nuestros adoradores de Cristo condenan
la ceguera de los antiguos paganos, que adoraban a varios dioses; se burlan de
la genealogía de esos Dioses, de su nacimiento, de sus matrimonios y de la
generación de sus hijos; sin embargo, no se dan cuenta de que ellos mismos
dicen cosas mucho más ridículas y absurdas.
Si los paganos creían que había Diosas además de
Dioses, que estos Dioses y Diosas se casaban y engendraban hijos, entonces no
pensaban en nada más que en lo natural; porque aún no creían que los Dioses
fueran sin cuerpo ni sentimiento; creían que eran similares a los hombres. ¿Por
qué no debería haber tanto mujeres como hombres? No es más razonable negar o
reconocer lo uno que lo otro; y suponiendo que hubiera Dioses y Diosas, ¿por
qué no habrían de engendrar hijos de la manera ordinaria? Ciertamente no habría
nada ridículo o absurdo en esta doctrina, si fuera verdad que sus Dioses
existieron. Pero en la doctrina de nuestros adoradores de Cristo hay algo
absolutamente ridículo y absurdo; porque además de afirmar que un Dios forma
Tres, y que estos Tres forman uno solo, pretenden que este Dios Triple y Único
no tiene cuerpo, ni forma, ni rostro; que la primera persona de este Dios
triple y único, a quien llaman Padre, engendró de sí una segunda persona, a la
que llaman Hijo, y que es lo mismo que su Padre, siendo, como él, sin cuerpo,
forma o rostro. Si esto es cierto, ¿por qué al Primero se le llama Padre en
lugar de madre, o al Segundo llamado Hijo en lugar de hija? Porque si el
Primero es realmente padre en lugar de madre, y si el Segundo es hijo en lugar
de hija, debe haber algo en estas dos personas que hace que uno sea padre en
lugar de madre, y el otro hijo en lugar de madre. que hija. Ahora, ¿quién puede
afirmar que son hombres y no mujeres? Pero ¿cómo han de ser más bien machos que
hembras, si no tienen ni cuerpo, ni forma, ni ni cara? Eso no es una cosa
imaginable, y se destruye a sí mismo. No importa, pretenden que estas dos
Personas, sin cuerpo, forma o rostro, y, en consecuencia, sin diferencia de
sexo, son sin embargo Padre e Hijo, y que por su mutuo amor produjeron una
tercera persona, a la que llamaron el Santo. Fantasma, que, como los otros dos,
no tiene cuerpo, forma ni rostro. ¡Qué estupidez abominable!
Como nuestros adoradores de Cristo limitan el poder
de Dios Padre a engendrar un solo Hijo, ¿por qué no desean que esta Segunda
persona y la Tercera tengan el mismo poder para engendrar un Hijo como ellos?
Si este poder de engendrar un hijo es perfección en primera persona, entonces
es una perfección y un poder que no existe en segunda y tercera persona. Así
estas dos Personas, carentes de una perfección y de un poder que se encuentran
en la Primera, no son, por consiguiente, iguales a Él. Si, por el contrario,
dicen que este poder de engendrar un hijo no es una perfección, no deben
atribuirlo, entonces, a la Primera persona más que a las otras dos; porque
debemos atribuir perfecciones sólo a un ser absolutamente perfecto. Además, no
se atreverían a decir que el poder de engendrar una persona Divina no es una
perfección; y si pretenden que esta Primera persona pudo engendrar varios hijos
e hijas, pero que no quiso sino a este único Hijo, y que las otras dos personas
no quisieron engendrar a otros, podríamos preguntarles, en primer lugar, de
dónde saben esto, porque no vemos en sus pretendidas Sagradas Escrituras que
ninguno de estos personajes divinos revele tales afirmaciones; ¿Cómo, entonces,
nuestros adoradores de Cristo pueden saber algo al respecto? Hablan pero de
acuerdo a sus ideas y a sus huecas imaginaciones. En segundo lugar, no podíamos
dejar de decir que si estos pretendidos personajes divinos tuvieran el poder de
engendrar varios hijos, y no quisieran hacer uso de él, la consecuencia sería
que este poder divino sería ineficaz. Sería completamente sin efecto en la
Tercera persona, que no engendró ni produjo ninguno, y sería casi sin efecto en
los otros dos, porque lo limitaban. Entonces este poder de engendrar o producir
un número ilimitado de hijos quedaría ocioso e inútil; sería inconsistente
suponer esto de Personajes Divinos, Uno de los cuales ya había producido un
Hijo.
Nuestros adoradores de Cristo culpan y condenan a
los paganos porque atribuyen divinidad a los hombres mortales y los adoran como
dioses después de su muerte; tienen razón al hacer esto. Pero estos paganos
sólo hicieron lo que todavía hacen nuestros adoradores de Cristo al atribuir
divinidad a su Cristo; haciendo lo cual, también se condenan a sí mismos,
porque están en el mismo error que estos paganos, en que adoran a un hombre que
era mortal, y tan mortal que murió vergonzosamente en una cruz.
De nada serviría que nuestros adoradores de Cristo
dijeran que había una gran diferencia entre su Jesucristo y los dioses paganos,
bajo el pretexto de que su Cristo era, como pretenden, realmente Dios y hombre
al mismo tiempo, mientras que la Divinidad se encarnó en Él, por medio de lo
cual, la naturaleza Divina se encontró unida personalmente, como dicen, con la
naturaleza humana; estas dos naturalezas habrían hecho de Jesucristo un
verdadero Dios y un verdadero hombre; esto es lo que nunca sucedió, afirman, en
los dioses paganos.
Pero es fácil mostrar la debilidad de esta
respuesta; porque, por un lado, ¿no era tan fácil para los paganos como para
los cristianos decir que la Divinidad estaba encarnada en los hombres a quienes
adoraban como dioses? Por otra parte, si la Divinidad quería encarnarse y
unirse en la naturaleza humana de su Jesucristo, ¿cómo sabían que esta
Divinidad no querría encarnarse también y unirse personalmente a la naturaleza
humana de aquellos grandes hombres y admirables mujeres que, por su virtud, por
sus buenas cualidades o por sus nobles acciones, han superado a la generalidad
de las personas y se han hecho adorar como dioses y diosas? Y si nuestros
adoradores de Cristo no quieren creer que la Divinidad se encarnó alguna vez en
estos grandes personajes, ¿Por qué quieren persuadirnos de que se encarnó en su
Jesús? ¿Dónde está la prueba? Su fe y su creencia; pero como los paganos
confían en la misma prueba, concluimos que ambos están igualmente en error.
Pero lo que es más ridículo en el cristianismo que
en el paganismo, es que los paganos generalmente no han atribuido la divinidad
sino a grandes hombres, autores de artes y ciencias, y que se destacaron en
virtudes útiles a su país. Pero, ¿a quién atribuyen la divinidad nuestros
adoradores de Dios-Cristo? A un don nadie, a un hombre vil y despreciable, que
no tenía talento, ni ciencia, ni habilidad; nacido de padres pobres, y que,
mientras figuraba en el mundo, pasó por un monomaníaco y un tonto sedicioso, que
fue despreciado, ridiculizado, perseguido, azotado y, finalmente, fue ahorcado
como la mayoría de los que deseaban actuar el misma parte, cuando no tenían ni
el coraje ni la habilidad. Por esa época había varios otros impostores que
afirmaban ser el verdadero Mesías prometido; entre otros un tal Judas, un
galileo, un Teodoro, un Barcon, y otros que, bajo este vano pretexto,
Pasemos ahora a sus discursos ya algunas de sus
acciones, que son las más singulares de este género: "Arrepentíos",
dijo al pueblo, "porque el reino de los cielos se ha acercado; creed en
estas buenas nuevas". Y recorrió toda Galilea predicando este pretendido
acercamiento del reino de los cielos. Como nadie ha visto la llegada de este
reino de los Cielos, es evidente que fue sólo imaginario. Pero veamos otras
predicciones, la alabanza y la descripción de este hermoso reino.
He aquí lo que dijo al pueblo:
El reino de los cielos se asemeja a un hombre que
sembró buena semilla en su campo. Pero mientras dormía, vino su enemigo y
sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Además, el reino de los cielos es
semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual, cuando un hombre lo
encuentra, lo vuelve a esconder, y de gozo va y vende todo lo que tiene, y
compra ese campo. Además, el reino de los cielos es semejante a un mercader que
busca buenas perlas, el cual, habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió
todo lo que tenía, y la compró. Además, el reino de los cielos es semejante a
una red que se echa en el mar y se recoge de todas clases; el cual, cuando
estuvo lleno, lo sacaron a la orilla, y se sentaron y juntaron lo bueno en
vasijas, pero arrojaron lo malo. Es como un grano de mostaza, que un hombre
tomó y sembró en su campo que, en verdad,
¿Es este un lenguaje digno de un Dios? Emitiremos
el mismo juicio sobre Él si examinamos Sus acciones más de cerca. Porque, en
primer lugar, se le representa corriendo por todo un país predicando la
proximidad de un pretendido reino; En segundo lugar, como transportado por el
Diablo a un monte alto, desde el cual creía ver todos los reinos del mundo;
esto solo le puede pasar a un visionario; porque es cierto que no hay montaña
sobre la tierra desde la cual Él pudiera ver ni siquiera un reino entero, a menos
que fuera el pequeño reino de Yvetot, que está en Francia; por lo tanto, fue
solo en la imaginación que Él vio todos estos reinos, y fue transportado sobre
esta montaña, así como sobre el pináculo del templo. En tercer lugar, cuando
curó a los sordomudos, de los que habla San Marcos, se dice que puso los dedos
en los oídos, escupió y se tocó la lengua, luego, levantando los ojos al cielo,
suspiró profundamente y le dijo: "¡Ephphatha!" En fin, leamos todo lo
que de El se dice, y podremos juzgar si hay en el mundo algo más ridículo.
Habiendo considerado algunas de las tonterías
atribuidas a Dios por nuestros adoradores de Cristo, profundicemos un poco más
en sus misterios. Adoran a un solo Dios en tres personas, oa tres personas en
un solo Dios, y se atribuyen el poder de formar dioses de la masa, y de hacer
tantos como quieran. Pues, según sus principios, no tienen más que decir cuatro
palabras sobre cierta cantidad de vino o sobre estas pequeñas imágenes de
pasta, para hacer de ellas tantos dioses como quieran. ¡Qué locura! Con todo el
pretendido poder de su Cristo, no serían capaces de hacer volar al más pequeño,
y sin embargo afirman tener la capacidad de producir millones de Dioses. Uno
debe estar herido por una extraña ceguera para sostener cosas tan lamentables,
y eso sobre un fundamento tan vano como las palabras equívocas de un fanático.
¿No pueden los sacerdotes de los ídolos jactarse de
tener una habilidad similar?
¿No ven, además, que el mismo razonamiento que
demuestra la vanidad de los dioses o ídolos de madera, de piedra, etc., que
adoraban los paganos, muestra exactamente la misma vanidad de los dioses e
ídolos de pasta o de harina que adoran nuestros adoradores de Cristo? ¿Con qué
derecho se burlan de la falsedad de los dioses paganos? ¿No es porque no son
más que obra de manos humanas, imágenes mudas e insensibles? ¿Y qué clase de
dioses son esos que guardamos en cajas por miedo a los ratones?
¿Cuáles son estos recursos de los que se jactan los
adoradores de Cristo? ¿Su moralidad? Es lo mismo que en todas las religiones,
pero sus dogmas crueles produjeron y enseñaron persecución y problemas. ¿Sus
milagros? Pero ¿qué pueblo no tiene lo suyo, y qué sabios no desdeñan estas
fábulas? ¿Sus profecías? ¿No hemos mostrado su falsedad? ¿Su moral? ¿No son a
menudo infames? ¿El establecimiento de su religión? pero ¿no comenzó el
fanatismo, y la intriga no ha sostenido visiblemente este edificio? ¿La doctrina?
pero ¿no es el colmo del absurdo?
Fin del resumen de Voltaire.
PREFACIO DEL EDITOR.
Al traducir a los idiomas inglés y alemán Le Bon
Sens, que contiene la Última Voluntad y Testamento del cura francés JEAN
MESLIER, la señorita Anna Knoop ha realizado una tarea muy útil y meritoria, y
al publicar una nueva edición de este trabajo, es pero haga justicia a su
memoria [Miss Knoop murió el 11 de enero de 1889.] para afirmar que su
traducción ha recibido el respaldo de nuestros críticos más competentes.
En una carta fechada en Newburyport, Massachusetts,
el 23 de septiembre de 1878, el célebre autor James Parton felicita a la
señorita Knoop por "traducir tan bien el libro de Meslier" y dice
que:
"Esta obra del pastor honesto es la más
curiosa y la más poderosa de las que produjo el siglo pasado... Paine y
Voltaire tenían reservas, pero Jean Meslier no las tenía. No se guarda nada; y
sin embargo, después de Después de todo, la maravilla no es que haya habido un
sacerdote que haya dejado ese testimonio a su muerte, sino que todos los
sacerdotes no lo hacen. Es cierto que hay mucho más que decir sobre la
religión, que creo que es una necesidad eterna de la naturaleza humana, pero
ningún hombre ha expresado el lado negativo del asunto con tanta franqueza y
exhaustividad como Jean Meslier".
El valor del testimonio de un sacerdote católico,
que en sus últimos momentos se retractó de los errores de su fe y pidió perdón
a Dios por haber enseñado la religión católica, fue plenamente apreciado por
Voltaire, quien elogió mucho esta gran obra de Meslier. Voluntariamente hizo
todo lo posible para aumentar su circulación, e incluso se quejó a D'Alembert
"de que no había tantos ejemplares en todo París como los que él mismo
había dispersado por las montañas de Suiza". [Ver Carta 504, Voltaire a
D'Alembert] Pide encarecidamente a sus asociados que impriman y distribuyan en
París una edición de al menos cuatro o cinco mil copias y, por sugerencia de
D'Alembert, hizo un resumen o compendio de El Testamento. "tan pequeño que
no cuesta más de cinco peniques,
El Abb� Barruel afirma en sus Memorias [Ver
Historia del jacobinismo por el Abb� Barruel, 4 vols. 8 VO, traducido por el
Excmo. Robert Clifford, FRS, e impreso en Londres en 1798. El erudito Abb�
define el jacobinismo como "el error de todo hombre que, juzgando todas
las cosas por el estándar de su propia razón, rechaza en asuntos religiosos
toda autoridad que no se derive de la luz de la naturaleza Es el error de todo
hombre que niega la posibilidad de cualquier misterio más allá de los límites
de su razón, de todo aquel que, descartando la revelación en defensa de los
pretendidos derechos de la Razón, la Igualdad y la Libertad, pretende subvertir
todo el tejido de la religión cristiana". B. 4.] para detectar en los
escritos de Voltaire y de los principales enciclopedistas, una conspiración no
sólo contra el Altar sino también contra el Trono. Denuncia severamente la
"Última voluntad de Jean Meslier, ese famoso cura de Etrepigni, cuya
apostasía y blasfemias causaron una impresión tan fuerte en las mentes del
populacho", y describe el plan de D'Alembert para circulando unos miles de
ejemplares del Resumen del testamento, como "proyecto base contra las
doctrinas del Evangelio". [Ibid, página 145] Incluso afirma su creencia de
que:
"Los jacobinos un día declararán que todos los
hombres son libres, que todos los hombres son iguales; y como consecuencia de
esta Igualdad y Libertad concluirán que cada hombre debe ser dejado a la luz de
la razón. Que toda religión sometiendo la razón del hombre a misterios, o a la
autoridad de cualquier revelación que hable en nombre de Dios, es una religión
de constricción y esclavitud; que como tal debe ser aniquilada para restablecer
los derechos inexpugnables de Igualdad y Libertad en cuanto a la creencia o
incredulidad de todo lo que el la razón del hombre aprueba o desaprueba: y
llamarán a esta Igualdad y Libertad el reino de la Razón y el imperio de la
Filosofía”. [Historia del jacobinismo, página 51.]
Los resultados que tan claramente anticipó el
abb� Barruel se han realizado al fin. ¡Los trabajos de los jacobinos no han
sido en vano, y la Revolución que ellos incitaron ha devuelto a Francia al
gobierno del pueblo!
"Con ardiente esperanza en el futuro -dice el
presidente Carnot en su discurso del centenario, el 5 de mayo de 1889- saludo
en el palacio de la monarquía a los representantes de una nación que ahora está
en completa posesión de sí misma, que es dueña de su destinos, y que está en
todo el esplendor y la fuerza de la libertad. Los primeros pensamientos sobre
este solemne encuentro se dirigen a nuestros padres. La generación inmortal de
1789, a fuerza de valor y muchos sacrificios, nos consiguió beneficios que
debemos legar a nuestros hijos como la herencia más preciosa. Nunca podrá
nuestra gratitud igualar la grandeza de los servicios prestados por nuestros
padres a Francia y al género humano... La Revolución se basó en los derechos
del hombre. Creó una nueva era en la historia y fundó la sociedad
moderna".
Esto es literalmente cierto. Los librepensadores de
Francia han enseñado a la humanidad las doctrinas de la Libertad, la Igualdad y
la Fraternidad. Han enseñado la dignidad de la razón humana y el carácter
sagrado de los derechos humanos. Rompieron la servidumbre del altar, y
rompieron las cadenas del trono; y es de lamentar que en la celebración del
centenario celebrada en esta ciudad el 30 de abril de 1889, el orador designado
[Ver Discurso del Centenario del Excmo. Chauncey M. Depew.] no se dio cuenta de
la grandeza de la ocasión y, como Carnot, no rindió un tributo justo a nuestros
aliados, los reformadores de Europa, así como a los padres de la república.
Pero el pueblo de Estados Unidos recordará lo que el político ha olvidado.
Recordarán los nombres y hazañas de sus benefactores extranjeros así como de
los patriotas americanos del 76. Cuando recuerden a los ilustres europeos que
lucharon por nuestras libertades recordarán el nombre de Lafayette; cuando
piensen en la Declaración de Independencia no olvidarán el nombre de Thomas
Jefferson; y cuando hablen de "los tiempos que probaron el alma de los
hombres" recordarán con gratitud el nombre de Tomás Paine.
Aunque el cónclave eclesiástico en Roma reclama el
poder de obrar milagros desafiando las leyes de la Naturaleza, con o sin
milagros, nunca han respondido a los simples argumentos presentados por Jean
Meslier; aunque afirman poseer las llaves del Paraíso y atar en la tierra a las
almas que serán atadas en el cielo, año tras año su poder menguante refuta su
jactancia sin sentido; aunque audazmente afirman el dogma de la infalibilidad
papal, la pérdida del poder temporal que una vez ejerció Roma, y la muerte de
cada pontífice sucesor, atestiguan tanto la falibilidad del Papa como su
mortalidad. De hecho, el sucesor de San Pedro no es más que humano: el colegio
sagrado de Roma es mortal; y la fe y el dogma no pueden resistir para siempre
la influencia de la luz y el conocimiento. El poder del catolicismo seguramente
está decayendo en toda Europa; y si se ha vuelto agresivo en nuestras ciudades
americanas, ¿no será porque los amigos de la libertad han olvidado el conocido
axioma de que "la vigilancia eterna es el precio de la libertad"?
PETER ECKLER.
Nueva York, 21 de mayo de 1889.
NOTA PREFATORIA DEL TRADUCTOR
Hace algunos años cayó en mis manos un ejemplar de
John Meslier. Me impresionó la simple veracidad de sus argumentos, y nunca me
abandonó el pensamiento del feliz cambio que se produciría en todo el mundo
cuando los prejuicios religiosos fueran disipados, y cuando todas las
diferentes naciones y sectas se unieran y se prestaran unas a otras. otro una
mano amiga.
Desde que tuve la oportunidad de escuchar los
discursos y conferencias de hombres liberales, me ha parecido que ha llegado el
momento de que esta obra de John Meslier sea apreciada, y concluí en traducirla
a la lengua de mi país adoptivo, presumiendo que muchos estarían felices de
estudiarlo.
En esta fe lo ofrezco ahora al público, y espero
que el nombre de John Meslier sea honrado como uno de los más grandes
benefactores de la humanidad.
ANA KNOOP.
PREFACIO DEL EDITOR DE LA EDICIÓN EN FRANCÉS DE
1830.
Se dice que la verdad es generalmente revelada por
los labios moribundos. Cuando los hombres llenos de salud y gozando de todos
los placeres de la vida, se esfuerzan sin cesar por excitar las mentes y
aprovecharse de su fanatismo poniéndose la máscara de la religión, no dejará de
tener interés o importancia saber lo que otros hombres, invirtieron con el
mismo ministerio, han enseñado bajo el impulso de una conciencia avivada por la
proximidad de la hora final. Sus confesiones son más valiosas porque llevan consigo
el espíritu de contrición. Es entonces cuando la verdad, que ya no está
oscurecida por las estrechas pasiones y los sórdidos intereses, se presenta en
todo su esplendor e impone a quien la ha mantenido oculta durante su vida, el
deber, e incluso la necesidad, de desvelarla. totalmente a su muerte. Es
entonces cuando el habla humana,
Conocemos este hecho de un célebre predicador que
al comienzo de la Revolución se paró en el mismo púlpito que nos complace
llamar el púlpito de la verdad, y con la mano en el corazón declaró que hasta
entonces sólo había enseñado falsedad. Hizo más; imploró a sus feligreses que
lo perdonaran por los groseros errores en que los había mantenido y los
felicitó por haber llegado por fin a un período en que se permitía establecer
el imperio de la razón sobre las ruinas del prejuicio. Los tiempos han cambiado
mucho, es cierto; sin embargo, mientras la prensa sea capaz de combatir los
errores fatales del fanatismo religioso, y tal vez hasta en cierta medida
prevenir su violencia, será deber de todo amigo de la humanidad reproducir
continuamente las retractaciones completas que opusieron la sinceridad y la
conciencia de los moribundos a la mala fe y avidez hipócrita de los vivos.
Guiados por esta intención, y avergonzados de ver al género humano, en una
tierra recién liberada del yugo de los prejuicios, engendrar un vergonzoso
malabarismo que terminará en dominar la autoridad, y asociarse a las
persecuciones de que son objeto nuestros incrédulos o disidentes antepasados.
fueron las tristes vÃctimas, creemos útil reimprimir las últimas lecciones de
un sacerdote —hombre honesto— legadas a sus conciudadanos ya la posteridad.
El servicio que prestamos a la Filosofía será tanto mayor cuando podamos
considerar como inmutable, perpetua, permanente y pronta a aparecer en la hora
de la necesidad, la edición que estamos preparando de "
Para hacer justicia a estas dos obras, a las que
hemos añadido apuntes analíticos que facilitarán mucho nuestras
investigaciones, nos limitaremos a otorgar la imponente aprobación de dos
filósofos del siglo XVIII, Voltaire y d'Alembert. Ciertamente entendieron mucho
mejor la sublimidad de la moral evangélica, y hablaron de ella de una manera
más digna de su autor, que aquellos que la deificaron para aprovecharse de su
divinidad, y que abusaron tan cruelmente de la ignorancia y barbarie de los
primeros siglos, establecer, en interés de sus fortunas y poder, tantos
prejuicios viles, tantas prácticas pueriles y supersticiosas.
Esto es lo que Voltaire y d'Alembert pensaban del
cura Meslier y de su obra. Sus cartas se presentan aquí para despertar la
curiosidad y convencer al juicio:
VOLTAIRE A D'ALEMBERT.
FERNEY, febrero de 1762.
Han impreso en Holanda el Testamento de Jean
Meslier. Temblé de horror al leerlo. El testimonio de un sacerdote, que al
morir pide perdón a Dios por haber enseñado el cristianismo, debe ser un gran
peso en la balanza de los liberales. Os enviaré una copia de este Testamento
del anticristo, porque deseáis refutarlo. No tienes más que decirme de qué
manera te llegará. Está escrito con una gran sencillez, que por desgracia se
parece a la franqueza.
VOLTARIO AL MISMO.
FERNEY, 25 de febrero de 1762.
Meslier también tiene la sabiduría de la serpiente.
Él es un ejemplo para ti; el buen grano estaba escondido en la paja de su
libro. Un buen suizo ha hecho un resumen fiel y este resumen puede hacer mucho
bien. Qué respuesta a los fanáticos insolentes que tratan a los filósofos como
libertinos. ¡Qué respuesta para vosotros, miserables que sois, este testimonio
de un sacerdote, que pide perdón a Dios por haber sido cristiano!
LA RESPUESTA DE D'ALEMBERT.
PARÍS, 31 de marzo de 1762.
Un malentendido ha sido la causa, mi querido
filósofo, de que haya recibido hace pocos días el trabajo de Jean Meslier, que
usted había enviado hace casi un mes. Esperé hasta recibirlo para escribirte.
Me parece que podríamos inscribir en la lápida de este cura: "Aquí yace un
sacerdote muy honrado, cura de un pueblo de la Champaña, que al morir pide
perdón a Dios por haber sido cristiano, y que ha probado con esto , que noventa
y nueve ovejas y una nativa de Champaña no hacen cien bestias". Sospecho
que el resumen de su obra está escrito por un suizo, que entiende muy bien el
francés, aunque finge hablarlo mal. Esto es limpio, serio y conciso, y bendigo
al autor del resumen, quienquiera que sea. "Es del Señor cultivar la
vid". Después de todo, mi querido filósofo, un poco más, y no sé si todos
estos libros serán necesarios, y si el hombre no tendrá suficiente sentido
común para comprender por sí mismo que tres no hacen uno, y que el pan no es
Dios. Los enemigos de la razón están jugando un papel muy tonto en este
momento, y creo que podemos decir como en la canción:
"Para destruir a toda esta gente, deberías
dejarlos en paz".
No sé qué será de la religión de Cristo, pero sus
profesantes están vestidos con ropas falsas. Lo que Pascal, Nicole y Arnaud no
pudieron hacer, hay una apariencia que lo lograrán tres o cuatro fanáticos
absurdos e ignorantes. La nación dará este golpe vigoroso dentro, mientras que
fuera hace tan poco, y pondremos en las páginas cronológicas abreviadas del año
1762: "Este año Francia perdió todas sus colonias y expulsó a los
jesuitas". No conozco nada más que polvo, que con tan poca fuerza aparente
podría producir tan grandes resultados.
VOLTAIRE A D'ALEMBERT.
DELICES, 12 de julio de 1762.
Me parece que el Testamento de Jean Meslier tiene
un gran efecto; todos los que lo leen quedan convencidos; este hombre discute y
prueba. Habla en el momento de la muerte, en el momento en que incluso los
mentirosos dicen toda la verdad. Este es el más fuerte de todos los argumentos.
Jean Meslier es convertir el mundo. ¿Por qué su evangelio está en tan pocas
manos? ¡Qué tibio eres en París! ¡Escondes tu luz bajo un celemín!
LA RESPUESTA DE D'ALEMBERT.
PARÍS, 31 de julio de 1762.
Nos reprocháis la tibieza, pero creo haberos dicho
ya que el miedo al maricón es muy refrescante. Le gustaría que imprimiéramos el
Testamento de Jean Meslier y distribuyéramos cuatro o cinco mil copias. El
fanatismo infame, por infame que es, perdería poco o nada, y seríamos tratados
como tontos por aquellos a quienes hubiésemos convertido. El hombre está tan
poco ilustrado hoy sólo porque tuvimos la precaución o la suerte de ilustrarlo
poco a poco. Si el sol apareciera de repente en una cueva, los habitantes sólo
percibirían el daño que haría a sus ojos. El exceso de luz solo daría como
resultado cegarlos.
D'ALEMBERT A VOLTAIRE.
PARÍS, 9 de julio de 1764.
A propósito, me han prestado aquella obra atribuida
a San Evremont, y que se dice que es de Dumarsais, de la que me hablaste hace
algún tiempo; es bueno, pero el Testamento de Meslier es aún mejor!
VOLTAIRE A D'ALEMBERT.
FERNEY, 16 de julio de 1764.
El Testamento de Meslier debería estar en el
bolsillo de todos los hombres honestos; un buen sacerdote, lleno de candor, que
pide perdón a Dios por engañarse a sí mismo, debe iluminar a los que se engañan
a sí mismos.
VOLTAIRE AL CONDE D'ARGENTAL.
AUX DELICES, 6 de febrero de 1762.
Pero ningún pajarito me habló del libro infernal de
ese cura, Jean Meslier; una obra muy importante para los ángeles de las
tinieblas. Un excelente catecismo para Beelzebub. Sepa que este libro es muy
raro; es un tesoro!
VOLTARIO AL MISMO.
AUX DEUCES, 31 de mayo de 1762.
Es solo que debo enviarte una copia de la segunda
edición de Meslier. En la primera edición se olvidaron del prefacio, lo cual es
muy extraño. Tienes amigos sabios que no lamentarían tener este libro en su
gabinete secreto. Es excelente para formar mentes jóvenes. El libro, que se
vendió en forma manuscrita por ocho luises de oro, es ilegible. Este pequeño
resumen es muy edificante. Agradezcamos a las buenas almas que la dan
gratuitamente, y roguemos a Dios que extienda sus bendiciones sobre esta útil lectura.
VOLTAIRE A D'AMILAVILLE.
AUX DEUCES, 8 de febrero de 1762.
Mi hermano tendrá un Meslier tan pronto como yo
haya recibido el pedido; parecería que mi hermano no tiene los hechos. Hace
quince o veinte años, el manuscrito de esta obra se vendió por ocho luises de
oro; era un cuarto muy grande. Hay más de cien copias en París. El hermano
Thiriot entiende los hechos. No se sabe quién hizo el resumen, pero está tomado
completamente, palabra por palabra, del original. Todavía son muchas las
personas que han visto al cura Meslier. Sería muy útil hacer una nueva edición
de esta pequeña obra en París; se puede hacer fácilmente en tres o cuatro días.
VOLTARIO AL MISMO.
FERNEY, 6 de diciembre de 1762.
Pero creo que nunca habrá otra impresión del
librito de Meslier. Piensa en el peso del testimonio de un moribundo, de un
sacerdote, de un buen hombre.
VOLTARIO AL MISMO.
FERNEY, 6 de julio de 1764.
Trescientos Mesliers distribuidos en una provincia
han provocado muchas conversiones. ¡Ah, si me ayudaran!
VOLTARIO AL MISMO.
FERNEY, 29 de septiembre de 1764.
Hay muy pocos Mesliers y demasiados estafadores.
VOLTARIO AL MISMO.
AUX DELICES, 8 de octubre de 1764.
Los nombres dañan la causa; despiertan prejuicios.
Sólo el nombre de Jean Meslier puede hacer bien, porque el arrepentimiento de
un buen sacerdote en la hora de la muerte debe causar una gran impresión. Este
Meslier debería estar en manos de todo el mundo.
VOLTAIRE A LA SEÑORA DE FLORIAN.
AUX DELICES, 20 de mayo de 1762.
Mi querida sobrina, es muy triste estar tan lejos
de ti. Lee y lee de nuevo a Jean Meslier; es un buen cura.
VOLTAIRE AL MARQUÉS DE ARGENCE.
2 de marzo de 1763.
He encontrado un Testamento de Jean Meslier, que te
envío. La sencillez de este hombre, la pureza de sus modales, el perdón que
pide a Dios y la autenticidad de su libro, deben producir un gran efecto. Yo os
enviaré cuantos ejemplares queráis del Testamento de este buen cura.
VOLTAIRE A HELVECIO.
AUX DEUCES, 1 de mayo de 1763.
Me han enviado los dos resúmenes de Jean Meslier.
Es cierto que está escrito al estilo de un coche de caballos, pero se adapta
bien a la calle. ¡Y qué testimonio! ¡la de un sacerdote que pide perdón al
morir, por haber enseñado cosas absurdas y horribles! ¡Qué respuesta a las
perogrulladas de los fanáticos que tienen la audacia de afirmar que la
filosofía no es más que el fruto del libertinaje!
Fin de la superstición en todas las edades del
Proyecto Gutenberg (1732), de Jean Meslier
*** FIN DE ESTE PROYECTO GUTENBERG EBOOK
SUPERSTICIÓN EN TODAS LAS EDADES (1732) ***
***** Este archivo debe llamarse 17607-h.htm o
17607-h.zip *****
Este y todos los archivos asociados de varios
formatos se encontrarán en:
http://www.gutenberg.org/1/7/6/0/17607/
Producida por Gary Klein

