Libro N° 9787. Cómo Él Abandonó El Hotel. Baldwin, Louisa.
© Libro N° 9787. Cómo Él Abandonó El Hotel. Baldwin, Louisa. Emancipación. Abril
9 de 2022.
Título original: © How He Left the Hotel, Louisa Baldwin
(1845-1925)
Versión
Original: © Cómo Él Abandonó El Hotel. Louisa Baldwin
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Louisa Baldwin
Cómo Él Abandonó El Hotel
Louisa Baldwin
«CÓMO ÉL ABANDONÓ EL HOTEL»: LOUISA BALDWIN; RELATO Y ANÁLISIS
Cómo él abandonó el hotel (How He Left the Hotel)
es un relato de fantasmas de la escritora británica Louisa Baldwin (1845-1925),
publicado en la antología de 1894: La sombra sobre los ciegos y otros relatos
de fantasmas (The Shadow on the Blind and Other Ghost Stories).
Cómo él abandonó el hotel, uno de los mejores
cuentos de Louisa Baldwin, nos sitúa en un hotel embrujado, donde una presencia
fantasmagórica ronda por los ascensores del edificio, con la particularidad de
moverse como si todavía estuviese vivo.
En este sentido, Cómo él abandonó el hotel de
Louisa Baldwin se inscribe entre los primeros relatos de terror de hoteles.
Cómo Él
Abandonó El Hotel
Louisa
Baldwin
(1845-1925)
Solía trabajar en el ascensor del Hotel Empire, esa
gran construcción en líneas de ladrillos rojos y blancos como panceta rayada,
que se levanta en la esquila de la calle ***. Hice mi servicio militar y fui
descargado con galones de buena conducta; y esta es la forma en que obtuve el
empleo. El hotel era una gran compañía con un comité de administradores
compuesto por oficiales retirados y personas por el estilo; caballeros con
dinero invertido en el consorcio y nada que hacer más que ponerse nerviosos
sobre ello, y mi finado coronel fue uno de ellos. Fue un hombre de buen
carácter que nunca dio un paso cuando su genio estuviera cruzado, y cuando le
pregunté por un empleo, me dijo:
—Mole, eres el hombre justo para trabajar en
nuestro gran hotel. Los soldados son civiles y prácticos, y el público los
quiere más que a los marinos. Se nos fue un hombre y tu ocuparás su lugar.
Me gustaba mi trabajo tanto como la paga, y cuidé
el puesto por un año, y aún estaría allí de no mediar una circunstancia. Pero
no me anticiparé. La nuestra era un ascensor hidráulico. Nada de esas
desvencijadas cosas que se mecían como un loro enjaulado en una escalinata, a
la que no podría confiar tranquilo mi cuello. La nuestra andaba tan suave como
aceite, que un niño podía estar ahí y estar tan seguro como en el suelo. En vez
de tenerla repleta de anuncios como un omnibus, teníamos espejos y las damas se
podía ver el reflejo, dar palmaditas en sus peinados, y arreglar el maquillaje.
Era como una pequeña salita de estar, con almohadones de tercipelo rojo donde
sentarse, de esos que uno no quería hacer más nada que apoyarse encima para
sentirse flotando como un ave.
Todos los visitantes acostumbraban a utilizar el
ascensor una vez u otra, para subir o bajar. Algunos de ellos eran franceses, y
le llamaban "assenser", que era bastante bueno para ellos en su
lenguaje, sin duda. Pero no me podía figurar porque los americanos, que podían
hablar inglés cuando querían, y estaban buscando siempre la manera de hacer
cosas más rápido que los demás, perdían su tiempo llamándole elevador. Yo
estaba a cargo desde el mediodía hasta la medianoche.
En ese tiempo regresaba la gente que iba al teatro
y a los restaurantes, y cada uno que volvía tarde tenía que subir las
escaleras, ya que mi día de trabajo había llegado a su fin. Uno de los porteros
manejaba el ascensor durante la mañana, hasta que yo llegaba a mi puesto. Entre
las doce y las dos de la tarde no había mucho que hacer. Luego había una hora
pico con visitantes subiendo y bajando constantemente y el timbre eléctrico
llamándome de un piso a otro como en una casa en llamas. Luego venía una temporada
de quietud durante la cena, en la que podía sentarme confortable en mi asiento
y leer el periódico (únicamente no podía fumar). Algunas veces tenía que pedir
a algunos caballeros que no fumaran, ya que iba contra las reglas.
Siempre veía muchas caras y las reconocía, ya que
tenía buena vista y buena memoria, y ninguno de los visitantes necesitaba
decirme dos veces a donde tenía que llevarlo. Los conocía y sabía sus pisos tan
bien como ellos mismos. Fue en noviembre que el coronel Saxby vino al Hotel
Empire. Lo advertí particularmente, a causa que lo había conocido antes cuando
era soldado. Era un hombre alto, delgado, de cerca de cincuenta años, con una
nariz aguileña, ojos penetrantes, y un mostacho gris, que caminaba con rigidez
a causa de una herida en la rodilla. Pero lo que me llamó más la atención fue
la cicatriz de un sable sobre el costado derecho del rostro.
Cuando entró en el ascensor para ir a su habitación
en el cuarto piso, pensé que diferencia entre oficiales. El coronel Saxby me
recordó un poste del telégrafo, por su altura y delgadez; mi viejo coronel era
como un barril en uniforme, un bravo soldado y al mismo tiempo un caballero. El
cuarto del Coronel Saxby era el 210, justo el opuesto a la puerta de vidrio que
daba al ascensor, así que cada vez que paraba en el piso cuarto, su número 210
me daba a la cara.
El Coronel solía subir por el ascensor todos los
días, regularmente, a pesar que nunca bajaba en él hasta... Algunas veces
cuando él estaba solo en el ascensor, me hablaba. Preguntaba en que regimiento
serví y me decía que él conocía a los oficiales del mismo. Pero yo no podía
decir que él estuviera confortable hablando de ello. Había algo extraño acerca
de él, siempre parecía estar profundamente ensimismado. Nunca se sentaba en el
ascensor. Tanto estuviera vacío o repleto de gente, él siempre permanecía parado
recto bajo la lámpara, donde la luz caía derecha sobre su pálido rostro y
mejilla cicatrizada.
Un día en febrero no llevé al Coronel arriba con el
ascensor, y dado que él era muy regular, como un reloj, me di cuenta de ello,
pero supuse que estaría fuera algunos días, y ya no pensé más en el asunto.
Cada vez que paraba en el cuarto piso, la puerta del 210 estaba cerrada, y dado
que él acostumbraba a dejarla abierta, tuve seguridad que el Coronel se había
marchado. Al final de la semana escuché a una mucama decir que el Coronel Saxby
estaba enfermo; así que esa era la razón de su ausencia.
Era martes a la noche, y yo estaba inusualmente
ocupado. Había mucha gente que subía y bajaba, y así estuvo toda la noche. Era
cerca de la medianoche, y yo estaba a punto de apagar la luz del ascensor,
cerrar la puerta y dejar la llave en la oficina para el hombre de la mañana,
cuando la campanilla del timbre sonó aguda; miré el dial y vi que era requerido
desde el piso cuarto. Cuando pasé del piso segundo al tercero, me pregunté
quien sería el pasajero, ya era muy tarde, y pensé que sería un extraño que no
conocía las reglas del hotel. Pero cuando paré en el piso cuarto y abrí las
puertas, era el Coronel Saxby que estaba parado, envuelto en su capa militar.
La puerta de su habitación estaba cerrada, así que pude leer el número en ella.
Pensé que el coronel estaba enfermo, en cama, y se
veía bastante enfermo, pero tenía su sombrero puesto, y ¿qué iba a hacer un
hombre que había estado diez días en cama, durante una noche invernal como
aquella? No se si me miró, pero cuando puse el ascensor en movimiento, yo lo
miré parado bajo la lámpara, con la sombre de su sombrero cayendo en sus ojos,
y la luz cayéndole en la parte inferior de su cara, que estaba muy pálida, con
la cicatriz en su mejilla haciéndola parecer aún más pálida.
—Qué bueno volver a verle, señor —dije; pero él
nada contestó, y no quise volver a mirarlo.
Permaneció parado como una estatua con su capa, y
me sentí muy feliz cuando abrí nuevamente la puerta del ascensor para que él
pudiera salir al exterior. Lo saludé cuando salía.
—El Coronel quiere salir —dije al portero que
estaba parado, mirando, y él abrió la puerta para que el Coronel Saxby pudiera
salir caminando afuera, a la nieve.
—¡Qué persona rara! —dijo el portero.
—Lo dicho —dije—, no me gustó el aspecto del
Coronel, no parecía el mismo de antes. Estaba enfermo, tendría que estar en
cama, y salió afuera una noche como esta.
—Como sea, tiene una capa notable como para
mantenerse caliente. Digo, supongo que se habrá ido a una fiesta de disfraces,
y bajo su capa ocultaba su disfraz —dijo el portero, riendo desasosegadamente,
de tal manera que ambos nos sentimos un poco raros.
—¡No más pasajeros para mí! —dije; y ya estaba
apagando la luz cuando Joe abrió la puerta, y dos caballeros ingresaron, yo
sabía que eran doctores. Uno era alto y el otro petiso y ancho, y ambos se
encaminaron al ascensor—. Lo siento caballeros, pero es contra las reglas ir
por el ascensor luego de la medianoche.
—¡Tonterías! —dijo el caballero petiso—. No ha
pasado mucho tiempo de la medianoche, y es cuestión de vida o muerte. Llévenos
al cuarto piso —y fueron hacia el ascensor como una flecha, así que fuimos
arriba y cuando abrí la puerta, y ellos caminaron derecho al número 210. Una
enfermera los atendió, y el doctor petiso preguntó—: ¿Alguna recaída, supongo?
Y pude escuchar su respuesta:
—El paciente murió hace cinco minutos, señor.
Pensé que no era momento de hablar, que era más de
lo que podía aguantar. Seguí a los doctores hasta la puerta y dije:
—Hay una equivocación aquí, caballeros, hace un
rato llevé al Coronel abajo en el ascensor, cuando el reloj diera las doce, y
él salió afuera.
El doctor petiso dijo tajantemente:
—Un caso de confusión de identidades. Usted llevó a
alguien más que no era el Coronel.
—Le pido perdón, caballeros, pero era el Coronel en
persona. El portero del hotel le abrió la puerta y lo conoce tan bien como yo.
Estaba bien abrigado, con su capa militar.
—Pase y véalo por sí mismo —dijo la enfermera.
Seguí a los doctores a la habitación, y ahí estaba
el Coronel Saxby, tal y como yo lo había visto hacía unos minutos. Yacía muerto
tal y como sus ancestros, y la gran capa tendida sobre la cama, que lo habrá
mantenido caliente hasta que ya no pudo sentir más calor. Esa noche no pude
conciliar el sueño. Me senté con Joe, esperando a cada minuto escuchar al
Coronel llamándome con el timbre. Al siguiente día, cada vez que el timbre del
ascensor sonaba, el sudor rompía en mi frente y me sentía tan mal como cuando
tuve mi primera acción. Junto con Joe le contamos lo sucedido al gerente, y él
dijo que pudo haber sido un sueño; también dijo:
—Saben que no deben hablar al respecto, o el hotel
se vaciará en una semana.
El ataúd del Coronel llegó a la siguiente noche. El
gerente, los empleados de la funeraria y yo lo llevamos en el ascensor y lo
introdujimos en la habitación 210. Mientras esperaba para bajarlo nuevamente
una extraña sensación me asaltó. Entonces la puerta se abrió y los cuatro
hombres salieron con el ataúd, directo al ascensor, con los pies hacia
adelante, y el gerente mirando alrededor mío.
—No puedo hacerlo —dije—, no puede bajar al Coronel
de nuevo. Lo bajé ayer a la medianoche, y eso es suficiente para mí.
—Empújalo —dijo el gerente, hablando corto y
afilado, y ellos condujeron el féretro hacia el interior del ascensor sin el
menor ruido.
El gerente entró último y luego cerró la puerta y
dijo:
—Mole, tu trabajaste en este ascensor por última
vez, me temo.
Y supe que no iba a seguir estando en el Hotel
Empire luego de lo que había pasado, por más que hubieran doblado mi sueldo; y
me retiré junto con el portero.
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Louisa Baldwin (1845-1925)

