Libro N° 9786. Cómo Desapareció El Miedo De La Galería Alargada. Benson, E.F.
© Libro N° 9786. Cómo Desapareció El Miedo De La
Galería Alargada. Benson, E.F. Emancipación. Abril 9 de
2022.
Título original: © How Fear Departed from the Long Gallery, E.F.
Benson (1867-1940)
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Original: © Cómo Desapareció El Miedo De La Galería Alargada. E.F. Benson
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CÓMO DESAPARECIÓ EL MIEDO DE LA GALERÍA ALARGADA
E.F. Benson
Cómo Desapareció El Miedo De La Galería Alargada
E.F. Benson
«CÓMO DESAPARECIÓ EL MIEDO DE LA GALERÍA ALARGADA»:
E.F. BENSON; RELATO Y ANÁLISIS
Cómo desapareció el miedo de la galería alargada
(How Fear Departed from the Long Gallery) es un relato de fantasmas del
escritor inglés E.F. Benson (1867-1940), publicado originalmente en la edición
de diciembre de 1911 de la revista The Windsor Magazine, y luego reeditado en
la antología de 1912: La habitación en la torre y otros relatos (The Room in
the Tower and Other Stories).
Cómo desapareció el miedo de la galería alargada,
uno de los mejores relatos de E.F. Benson, regresa sobre uno de los temas
principales de su producción literaria: las casas embrujadas.
Aquí, un fantasma familiar particularmente temido
es perturbado por una joven que se queda dormida en la parte equivocada de
Church-Peveril, una casona ancestral con demasiados secretos oscuros en su
pasado.
Cómo Desapareció El Miedo De La Galería Alargada
E.F. Benson
(1867-1940)
Church-Peveril es una casa tan acosada y
frecuentada por espectros, tanto visibles como audibles, que ningún miembro de
la familia que vive bajo su acre y medio de tejados de color verde cobrizo se
toma mínimamente en serio los fenómenos psíquicos. Para los Peveril la
aparición de un fantasma es un hecho que apenas tiene mayor significado que la
del correo para aquellos que viven en casas más ordinarias. Es decir, llega
prácticamente todos los días, llama (o provoca algún otro ruido), se le ve
subir por la calzada (o por cualquier otro lugar). Yo mismo, encontrándome
allí, he visto a la actual señora Peveril, que es bastante corta de vista,
escudriñar en la oscuridad mientras tomábamos el café en la terraza, después de
la cena, y decirle a su hija:
—Querida, ¿no es la Dama Azul la que acaba de
meterse entre los arbustos? Espero que no asuste a Fio. Silba a Fio para que
venga, querida.
(Debe saberse que Fio es el más joven y hermoso de
los numerosos perros tejoneras que allí viven)
Blanche Peveril lanzó un silbido rápido y masticó
entre sus blanquísimos dientes el azúcar que no se había disuelto y se
encontraba en el fondo de su taza de café.
—Bueno, querida, Fio no es tan tonta corno para
preocuparnos —dijo—. ¡La pobre tía Bárbara azul es tan aburrida! Siempre que me
la encuentro parece como si quisiera hablarme, pero cuando le pregunto: «¿Qué
sucede, tía Bárbara?», no responde nunca, sólo señala hacia algún lugar de la
casa, en un movimiento vago. Creo que quiere confesar algo que sucedió hace
unos doscientos años, pero que ha olvidado de qué se trata.
En ese momento Fio dio dos o tres ladridos breves y
complacidos, salió de entre los arbustos moviendo la cola y empezó a corretear
alrededor de lo que a mí me parecía un trozo de prado absolutamente vacío.
—¡Mira! Fio ha hecho amistad con ella —comentó la
señora Peveril—. Me preguntó por qué se vestirá con ese estúpido tono azul.
De lo anterior puede deducirse que incluso con
respecto a los fenómenos psíquicos hay cierta verdad en el proverbio que habla
de la familiaridad. Pero no es exacto que los Peveril traten a sus fantasmas
con desprecio, pues la mayor parte de los miembros de esa deliciosa familia
jamás ha despreciado a nadie salvo a aquellas personas que reconocen no
interesarse por la caza, el tiro, el golf o el patinaje. Y dado que todos sus
fantasmas pertenecen a la familia, parece razonable suponer que todos ellos, incluso
la pobre Dama Azul, destacaron alguna vez en los deportes de campo. Por tanto,
y hasta ahora, no han albergado sentimientos de desprecio o falta de
amabilidad, sino sólo de piedad.
Por ejemplo, le tienen mucho cariño a un Peveril
que se rompió el cuello en un vano intento de subir la escalera principal
montado en una yegua de pura sangre después de algún acto monstruoso y violento
que se había producido en el jardín de atrás, y Blanche baja las escaleras por
la mañana con una mirada inusualmente brillante cuando puede anunciar que el
amo Anthony «armó mucho alboroto» anoche. Dejando a un lado el hecho de que el
amo Anthony hubiera sido un rufián tan vil, también fue un tipo tremendo en el
campo, y a los Peveril les gustan estos signos de la continuidad de su soberbia
vitalidad. De hecho, cuando uno permanecía en Church-Peveril se suponía que era
un cumplido que se le asignara un dormitorio frecuentado por miembros difuntos
de la familia.
Eso significa que a uno le consideran digno de ver
al augusto y villanesco difunto, y que se encontrará en alguna cámara abovedada
o cubierta de tapices, sin el beneficio de la luz eléctrica, y le contarán que
la tatarabuela Bridget se dedica ocasionalmente a ciertos e imprecisos asuntos
junto a la chimenea, pero que es mejor no hablarle, y que uno oirá
«tremendamente bien» al amo Anthony si éste utiliza la escalera principal en
algún momento anterior al amanecer.
Después te abandonan para el reposo nocturno y,
tras haberte desvestido entre temblores, empiezas a apagar, desganadamente, las
velas. En esas grandes estancias hay corrientes, por lo que los solemnes
tapices se mueven, rugen y amainan, y las llamas de la chimenea bailan
adoptando las formas de cazadores, guerreros, y recuerdan severas
persecuciones. Entonces te metes en la cama, una cama tan enorme que sientes
como si se extendiera ante ti el desierto del Sahara, y, lo mismo que los
marineros que zarparon con San Pablo, rezas para que llegue el día.
En todo momento te das cuenta de que Freddy, Harry,
Blanche y posiblemente hasta la señora Peveril son totalmente capaces de
disfrazarse y provocar inquietantes ruidos fuera de tu puerta, para que cuando
la abras te encuentres frente a un horror que ni siquiera puedes sospechar. Por
mi parte, me aferré a la afirmación de que tengo una desconocida enfermedad en
las válvulas cardíacas, y así pude dormir sin ser molestado en el ala nueva de
la casa, en la que nunca penetran tía Bárbara, la tatarabuela Bridget o el amo
Anthony. He olvidado los detalles de la tatarabuela Bridget, pero parece ser
que le cortó la garganta a un pariente distante antes de haber sido destripada
ella misma con el hacha que se utilizó en Agincourt. Antes de eso había llevado
una vida muy apasionada y repleta de incidentes sorprendentes.
Pero hay en Church-Peveril un fantasma del que la
familia nunca se ríe, y por el que no sienten ningún interés amigable o
divertido, y del que sólo hablan lo necesario para la seguridad de sus
invitados. Sería más adecuado describirlo como dos fantasmas, pues la
«aparición» en cuestión es la de dos niños muy jóvenes, gemelos. Sin razón
alguna, la familia se los toma muy en serio. La historia de éstos, tal como me
la contó la señora Peveril, es la siguiente:
En el año de 1602, el que fue el último de la Reina
Isabel, recibía en la Corte grandes favores un tal Dick Peveril. Era hermano
del amo Joseph Peveril, propietario de las tierras y la casa familiar, quien
dos años antes, a la respetable edad de setenta y cuatro años, fue padre de dos
muchachos gemelos, primogénitos de su progenie. Se sabe que la regia y anciana
virgen le había dicho al bello Dick, casi cuarenta años más joven que su
hermano Joseph, «es una pena que no seas el amo de Church-Peveril», y fueron
probablemente esas palabras las que le sugirieron un plan siniestro. Pero sea
como sea, el guapo Dick, que mantenía adecuadamente la reputación familiar de
perversidad, cabalgó hasta Yorkshire y descubrió el conveniente hecho de que a
su hermano Joseph le acababa de dar una apoplejía, la cual parecía consecuencia
de una racha continuada de tiempo caluroso combinada con la necesidad de apagar
la sed con una dosis cada vez mayor de Jerez, y llegó a morir mientras el guapo
Dick, que Dios sabrá qué pensamientos tenía en su mente, se dirigía hacia el
norte.
Llegó así a Church-Peveril a tiempo para el funeral
de su hermano. Asistió con gran decoro a las exequias y regresó para pasar uno
o dos días de luto con su cuñada viuda, dama de corazón débil poco apta para
acoplarse a halcones como aquél. En la segunda noche de su estancia, hizo lo
que los Peveril han lamentado hasta hoy. Entró en el dormitorio en el que
dormían los gemelos con su ama y estranguló tranquilamente a ésta mientras
dormía. Cogió después a los gemelos y los arrojó al fuego que calienta la galería
alargada. El tiempo, que hasta el día mismo de la muerte de Joseph había sido
tan caluroso, se había vuelto de pronto muy frío, por lo que en la chimenea se
amontonaban los leños ardientes y estaba llena de llamas. En medio de esta
conflagración abrió una cámara de cremación y arrojó en ella a los dos niños,
pateándolos con sus botas de montar.
Éstos, que apenas sabían andar, no pudieron salir
de aquel lugar ardiente. Se cuenta que él se reía mientras echaba más leños. Se
convirtió así en amo de Church-Peveril.
El crimen no le sirvió de mucho, pues no vivió más
de un año disfrutando de su herencia teñida de sangre. Cuando yacía como
moribundo se confesó al sacerdote que le atendía, pero su espíritu salió de su
envoltura carnal antes de que pudieran darle la absolución. Aquella misma noche
comenzó en Church-Peveril la aparición de la que hasta hoy raramente habla la
familia, y en caso de hacerlo sólo en voz baja y con semblante serio. Una hora
o dos después de la muerte del guapo Dick uno de los criados, al pasar por la
puerta de la larga galería, escuchó dentro risotadas tan joviales y al mismo
tiempo tan siniestras como las que no creía que iba a volver a escuchar en la
casa.
En uno de esos momentos de valor frío tan cercanos
al terror mortal, abrió la puerta y entró, esperando ver alguna manifestación
del que yacía muerto en la habitación inferior. Pero lo que vio fue a dos
pequeñas figuras vestidas de blanco que avanzaban hacia él con poca seguridad
cogidas de la mano sobre el suelo iluminado por la luna.
Los que se encontraban en la habitación de abajo
subieron rápidamente sobresaltados por el ruido que produjo el cuerpo del
criado al caer, y le encontraron atacado por una convulsión terrible. Poco
antes de amanecer recuperó la conciencia y contó su historia. Luego, señalando
la puerta con un dedo tembloroso y ceniciento, lanzó un grito y cayó muerto
hacia atrás.
En los cincuenta años siguientes se fijó y
consolidó esta leyenda extraña y terrible de los gemelos. Por fortuna para los
habitantes de la casa, su aparición era muy rara, y durante aquellos años
parece ser que sólo fueron vistos en cuatro o cinco ocasiones. Siempre se
presentaban por la noche, entre el crepúsculo y el amanecer, siempre en la
misma galería alargada, y siempre como dos niños que avanzan sin seguridad,
apenas sabiendo andar.
Y en todas las ocasiones el desafortunado individuo
que les vio murió de manera rápida o terrible, o rápida y terrible al mismo
tiempo, después de que se le hubiera presentado la visión maldita. A veces
conseguía vivir algunos meses: pero tenía suerte si moría, tal como le sucedió
al criado que les vio la primera vez, en pocas horas. Mucho más terrible fue el
destino de una tal señora Canning, que tuvo la mala fortuna de verles en mitad
del siguiente siglo, o para ser más precisos en el año de 1760. Para entonces
las horas y el lugar de la aparición eran bien conocidos, y hasta hace un año
se advertía a los visitantes que no entraran en la galería alargada entre el
crepúsculo y el amanecer.
Pero la señora Canning, mujer hermosa y de gran
inteligencia, además de admiradora y amiga del notorio escéptico señor
Voltaire, acudía a propósito al lugar de la aparición y se sentaba allí noche
tras noche a pesar de las protestas de todos los demás. Durante cuatro noches no
vio nada, pero en la quinta se cumplió su deseo, pues se abrió la puerta
situada en mitad de la galería y caminó con paso inseguro hacia ella la pareja
de pequeños inocentes de mal augurio. Parece ser que ni siquiera entonces se
asustó, pues a la pobre infeliz le pareció adecuado burlarse de ellos y
decirles que era hora de que regresaran al fuego. Estos no le respondieron,
sino que se dieron la vuelta y se alejaron de ella llorando y sollozando.
Inmediatamente después de que desaparecieran de su vista, descendió con
movimientos ligeros hasta donde le aguardaban los familiares y huéspedes de la
casa, y anunció con aire triunfal que había visto a ambos y tenía necesidad de
escribir al señor Voltaire para contarle que había hablado con los espíritus
manifestados.
Eso le haría reír. Pero cuando meses más tarde le
llegaron todas las noticias, no pudo reír en absoluto.
La señora Canning era una de las bellezas de su
época, y en el año de 1760 estaba en la cumbre y el cénit de su florecimiento.
Su principal atractivo, si es posible destacar un punto donde todo era tan
exquisito, radicaba en el color deslumbrante y el brillo incomparable de su
tez. Tenía entonces treinta años, pero a pesar de los excesos de su vida
conservaba la nieve y las rosas de su juventud, y cortejaba la luz brillante
del día que otras mujeres evitaban, pues con ella se mostraba con gran ventaja
el esplendor de su piel. Por eso se sintió considerablemente abrumada una
mañana, unos quince días después de la extraña experiencia de la galería, al
observar en la mejilla izquierda, tres o cuatro centímetros por debajo de sus
ojos color turquesa, una manchita grisácea en el cutis, del tamaño de una
moneda de tres peniques.
En vano se aplicó sus habituales enjuagues y
ungüentos: vanas fueron también las artes de su fárdense y de su consejero
médico. Se mantuvo apartada durante una semana martirizándose con la soledad y
médicos desconocidos, y como consecuencia al final de esa semana no había
mejorado para consolarse: lo que sucedió en cambio fue que el tamaño de aquella
lamentable mancha gris se había doblado. Después de eso, la desconocida
enfermedad, fuera la que fuese, se desarrolló de maneras nuevas y terribles.
Desde el centro de la mancha brotaron pequeños zarcillos parecidos a líquenes
de color gris verdoso, y apareció otra mancha sobre su labio inferior. También
ésta tuvo un crecimiento vegetal y una mañana, al abrir los ojos al horror de
un nuevo día, descubrió que su vista se había vuelto extrañamente borrosa.
De un salto se acercó a su espejo y lo que vio le
hizo gritar horrorizada. Pues del párpado superior había brotado por la noche
un nuevo crecimiento, semejante a un champiñón, y sus filamentos se extendían
hacia abajo cubriendo la pupila del ojo. Poco después fueron atacadas la lengua
y la garganta: se obstruyeron los conductos del aire y, tras tantos
sufrimientos, la muerte por sofocación resultó piadosa.
Más aterrador fue todavía el caso de un tal coronel
Blantyre, que disparó a los niños con su revolver. Pero lo que sucedió no lo
registraremos aquí. Era por tanto esa aparición la que los Peveril se tomaban
muy en serio, y a todo invitado que llegara a la casa se le advertía que no
entrara bajo ningún pretexto en la galería alargada desde la caída de la noche.
Sin embargo durante el día es una habitación deliciosa que merece ser descrita
por sí misma, aparte del hecho de que para lo que voy a relatar ahora se
necesita una clara comprensión de su geografía. Tiene sus buenos veinticinco
metros de longitud, y está iluminada por una fila de seis ventanas altas que
dan a los jardines traseros. Una puerta comunica con el rellano superior de la
escalera principal, y a mitad de la galería, en la pared que da a las ventanas,
hay otra puerta que comunica con la escalera posterior y los alojamientos del
servicio, de manera que la galería es un lugar de paso constante para ellos
cuando acuden a las habitaciones del primer rellano.
Por esa puerta entraron los pequeños niños cuando
se le aparecieron a la señora Canning, y se sabe que también en otras ocasiones
entraron por ella, pues la habitación de la que les sacó el guapo Dick está
exactamente más allá de la parte superior de la escalera posterior. También
está en la galería la chimenea a la que los arrojó, y en el extremo hay un gran
mirador que da directamente a la avenida. Encima de la chimenea está colgado,
con un significado tenebroso, un retrato del guapo Dick con la belleza insolente
de su juventud, atribuido a Holbein, y hay frente a las ventanas otra docena de
retratos de gran mérito.
Durante el día es la sala de estar más frecuentada
de la casa, pues sus otros visitantes nunca se presentan allí en esos momentos,
ni resuena jamás la risa jovial y dura del guapo Dick, que a veces es
escuchada, cuando ha anochecido, por los que pasan por el rellano exterior.
Pero a Blanche no se le pone la mirada brillante cuando la oye: se tapa los
oídos y se apresura a alejarse lo más posible del sonido de esa alegría atroz.
Durante el día, numerosos ocupantes frecuentan la
galería alargada, y resuenan allí muchas risas que en modo alguno son
siniestras o saturnianas. Cuando el verano es caluroso, los ocupantes reposan
en los asientos de las ventanas, y cuando el invierno extiende sus dedos
helados y sopla con estridencia entre sus palmas congeladas, se congregan
alrededor de la chimenea del extremo y, en compañía de alegres conversadores,
se sientan en el sofá, las sillas, los sillones y el suelo. A menudo he estado
sentado allí en las largas tardes de agosto hasta la hora de la cena, pero
nunca, al oír que alguien pareciera dispuesto a quedarse hasta más tarde, he
dejado de oír la advertencia:
«Se cierra al anochecer: ¿nos vamos?»
Posteriormente, en los días más cortos del otoño
suelen tomar allí el té, y ha sucedido a veces que incluso cuando la alegría
era mayor la señora Peveril miraba de pronto por la ventana y decía:
—Queridos, se está haciendo demasiado tarde:
prosigamos nuestras absurdas historias abajo, en el salón.
Y entonces, por un momento, un curioso silencio cae
siempre sobre los locuaces invitados y familiares, y como si acabáramos de
enterarnos de alguna mala noticia todos salimos en silencio del lugar. Hay que
decir, sin embargo, que el espíritu de los Peveril (me refiero claro está al de
los vivos) es de lo más mercuriano que pueda imaginarse, por lo que el
infortunio que cae sobre ellos al pensar en el guapo Dick y sus hechos
desaparece de nuevo con sorprendente rapidez.
Poco después de las Navidades del último año se
encontraba en Church-Peveril un grupo típico, amplio, juvenil y particularmente
alegre, y como de costumbre, el treinta y uno de diciembre la señora Peveril
celebraba su baile anual de Nochevieja. La casa estaba atestada y habían
acudido la mayor parte de las familias Peveril para que proporcionaran
dormitorio a aquellos invitados que no lo tenían. Durante los días anteriores,
una helada negra y sin viento había impedido toda actividad de caza, pero mala
es la falta de viento que golpea sin producir bien (si se me permite mezclar
así las metáforas), y el lago que había bajo la casa se había cubierto durante
los últimos dos días con una capa de hielo adecuada y admirable.
Todos los que habitaban la casa ocuparon la mañana
entera de aquel día realizando veloces y violentas maniobras sobre la esquiva
superficie, y en cuanto terminamos el almuerzo todos, con una sola excepción,
volvimos a salir precipitadamente.
La excepción fue Madge Dalrymple, quien había
tenido la mala fortuna de sufrir una caída bastante seria a primera hora,
aunque esperaba que si dejaba reposar su rodilla herida, en lugar de unirse de
nuevo a los patinadores, podría bailar aquella noche. Es cierto que aquella
esperanza era de lo más optimista, pues sólo pudo regresar a la casa cojeando
de manera innoble, pero con esa alegría jovial que caracteriza a los Peveril
(es prima hermana de Blanche), comentó que en su estado presente sólo podría obtener
un placer tibio con el patinaje, y por ello estaba dispuesta a sacrificar un
poco para poder luego ganar mucho.
En consecuencia, tras una rápida taza de café que
fue servida en la galería alargada, dejamos a Madge cómodamente reclinada en el
sofá grande situado en ángulo recto con la chimenea, con un libro atractivo que
le permitiera entretener el tedio hasta la hora del té. Como era de la familia,
lo sabía todo sobre el guapo Dick y los niños, y conocía el destino de la
señora Canning y el coronel Blantyre, pero cuando nos íbamos oí que Blanche le
decía:
—No te quedes hasta el último minuto, querida.
—No —le contestó Madge—. Saldré bastante antes del
crepúsculo.
Y así nos fuimos, dejándola a solas en la galería.
Madge pasó algunos minutos leyendo su atractivo libro, pero como no conseguía
sumergirse en él, lo dejó y se acercó cojeando a la ventana. Aunque apenas eran
poco más de las dos, entraba por ella una luz sombría e incierta, ya que el
brillo cristalino de la mañana había dado paso a una oscuridad velada que
producían las espesas nubes que se acercaban perezosamente desde el nordeste.
El cielo entero estaba ya cubierto por ellas, y ocasionalmente algunos copos de
nieve se agitaban ondulantes frente a las largas ventanas.
Por la oscuridad y el frío de la tarde, le pareció
que iba a caer una fuerte nevada en breve, y aquellos signos exteriores tenían
un paralelismo interior en esa somnolencia apagada del cerebro que provoca la
tormenta en los seres sensibles a las presiones y veleidades del clima. Madge
era presa peculiar de esas influencias externas: una mañana alegre producía un
brillo y una energía inefables en su espíritu, y en consecuencia la proximidad
del mal tiempo le producía una sensación somnolienta que al mismo tiempo la
deprimía y adormecía.
En ese estado de ánimo regresó cojeando al sofá
situado junto a la chimenea. Toda la casa estaba cómodamente calentada por
calefacción de agua, y aunque el fuego de leños y turba, que formaban una
combinación adorable, ardía muy bajo, la habitación se encontraba caliente.
Contempló ociosamente las llamas menguantes y no volvió a abrir el libro, sino
que se quedó tumbada en el sofá de cara a la chimenea, intentando escribir
adormecida una o dos cartas en cuya escritura iba retrasada en lugar de irse
inmediatamente a su habitación a pasar el tiempo hasta que el regreso de los
patinadores volviera a traer la alegría a la casa. Adormecida, empezó a pensar
en lo que debía comunicar: una carta a su madre, muy interesada por los asuntos
psíquicos de la familia.
Le contaría que el amo Anthony había estado
prodigiosamente activo en la escalera una o dos noches antes, y que la Dama
Azul, con independencia de la severidad del clima, había sido vista paseando
aquella misma mañana por la señora Peveril. Resultaba bastante interesante que
la Dama Azul hubiera bajado por el paseo de los laureles y se la hubiera visto
entrar en los establos, en los que en aquel momento Freddy Peveril estaba
inspeccionando los caballos de caza. En ese instante se extendió por los establos
un pánico repentino y los caballos empezaron a relinchar, cocear, espantarse y
sudar. De los gemelos fatales no se había visto nada en muchos años, pero tal
como su madre sabía, los Peveril no utilizaban nunca la galería larga después
de la caída del sol.
En ese momento se irguió, al recordar que se
encontraba en la galería. Pero apenas sí pasaba un poco de las dos y media, y
si se iba a su habitación en media hora tendría tiempo suficiente para escribir
esa carta y la otra antes del té. Hasta entonces leería el libro. Se dio cuenta
entonces de que lo había dejado en el alféizar de la ventana y no le pareció
oportuno ir a recogerlo. Se sentía muy adormilada.
El sofá había sido tapizado recientemente en un
terciopelo de tono verde grisáceo, parecido al color del liquen. Era de una
textura suave y gruesa, y estiró perezosamente los brazos, uno a cada lado del
cuerpo, apretando la lanilla con los dedos. Qué horrible había sido la historia
de la señora Canning: lo que le creció en el rostro tenía el color del liquen.
Y entonces, sin más transición o desdibujamiento del pensamiento, Madge se
quedó dormida.
Soñó.
Soñó que despertaba y se encontraba exactamente
donde se había dormido, y exactamente en la misma actitud. Las llamas de los
leños habían vuelto a avivarse y saltaban sobre las paredes, iluminando
adecuadamente el cuadro del guapo Dick colgado sobre la chimenea. En el sueño
sabía exactamente lo que había hecho aquel día, y por qué razón se encontraba
recostada allí en lugar de estar fuera con los demás patinadores.
Recordaba también (todavía en sueños) que iba a
escribir una o dos cartas antes del té, y se dispuso a levantarse para regresar
a su habitación. Cuando lo había hecho a medias, vio sus brazos recostados a
ambos lados sobre el sofá de terciopelo gris. Pero no podía ver dónde estaban
sus manos y dónde empezaba el terciopelo: parecía que los dedos se le hubieran
fusionado con la lana. Veía con toda claridad las muñecas, una vena azul en el
dorso de las manos y algún nudillo aquí y allá. Luego, en el sueño, recordaba
el último pensamiento que había cruzado por su mente antes de dormirse, el
crecimiento de una vegetación de color liquen en el rostro, ojos y garganta de
la señora Canning. Con ese pensamiento comenzó el terror paralizante de la
pesadilla real: sabía que se estaba transformando en ese material gris, pero
era absolutamente incapaz de moverse.
Muy pronto, el gris se extendería por sus brazos y
pies; cuando llegaran de patinar no encontrarían más que un enorme cojín
informe de terciopelo color liquen, y sería ella. El horror se hizo más agudo,
y entonces, con un esfuerzo violento, se liberó de las garras de ese sueño
maligno y despertó.
Permaneció allí tumbada uno o dos minutos,
consciente sólo del alivio tremendo que le producía estar despierta. Volvió a
tocar con los dedos el agradable terciopelo, y los movió hacia atrás y adelante
para asegurarse de que no estaba fusionada con el material gris y suave, tal
como había sugerido el sueño. Pero se mantuvo quieta, a pesar de la violencia
del despertar, muy somnolienta, y se quedó allí, mirando hacia abajo, hasta
darse cuenta de que no podía ver sus manos. Había oscurecido mucho.
En ese momento, un parpadeo repentino de la llama
brotó del fuego moribundo y una llamarada de gas ardiente desprendida de la
turba inundó la habitación. El retrato del guapo Dick la miraba con malignidad,
y volvió a ver sus manos. Se apoderó de ella entonces un pánico peor que el de
su sueño. La luz del día había desaparecido totalmente y sabía que estaba a
solas en la oscuridad de la terrible galería. Aquel pánico tenía la naturaleza
de la pesadilla, pero se sentía incapaz de moverse por causa del terror. Era
peor que una pesadilla porque sabía que estaba despierta. Y entonces comprendió
plenamente qué era lo que causaba aquel miedo paralizante; supo con absoluta
certeza y convicción que iba a ver a los gemelos.
Sintió que de pronto le brotaba una humedad en el
rostro al mismo tiempo que dentro de la boca la lengua y la garganta se le
quedaban secas, y sintió que la lengua le raspaba en la superficie interior de
los dientes. Había desaparecido de sus miembros toda capacidad de movimiento, y
estaban muertos e inertes mientras contemplaba con los ojos bien abiertos la
negrura. La bola de fuego que había salido de la turba había vuelto a
desaparecer y la oscuridad la envolvía.
Entonces, en la pared opuesta, frente a las
ventanas, apareció una luz débil de color carmesí oscuro. Pensó por un momento
que anunciaba la proximidad de la visión terrible, pero la esperanza se reanimó
en su corazón y recordó que espesas nubes habían cubierto el cielo antes de
quedarse dormida, y conjeturó que aquella luz procedía del sol, que todavía no
se había puesto del todo. Esa repentina recuperación de la esperanza le dio el
estímulo necesario para levantarse de un salto del sofá en el que estaba reclinada.
Miró por la ventana hacia el exterior y vio una luz apagada en el horizonte.
Pero antes de que pudiera dar un paso, había regresado la oscuridad. De la
chimenea salía una débil chispa de luz que apenas iluminaba los ladrillos con
la que estaba hecha, y la nieve, que caía pesadamente, golpeaba los cristales
de las ventanas. No había más luz ni sonido que aquéllos.
No la había abandonado del todo, sin embargo, el
valor que le había dado la capacidad de movimiento, por lo que empezó a abrirse
paso por la galería. Descubrió entonces que estaba perdida. Tropezó con una
silla, y nada más recuperarse tropezó con otra. Después era una mesa la que le
impedía el paso, y girando rápidamente hacia un lado se encontró atrapada por
el respaldo de un sofá. De nuevo giró y vio la débil luz de la chimenea en el
lado contrario al que ella esperaba. Al avanzar a tientas y a ciegas debía
haber cambiado de dirección. ¿Pero qué dirección podía tomar? Parecía bloqueada
por los muebles, y en todo momento resultaba insistente e inminente el hecho de
que dos fantasmas terribles e inocentes se le iban a aparecer.
Comenzó entonces a rezar. «Oh Señor, ilumina
nuestra oscuridad», dijo para sí misma. Pero no se acordaba de cómo proseguía
la oración, que tan desesperadamente necesitaba. Era algo acerca de los
peligros de la noche. Incesantemente tanteaba los alrededores con manos
nerviosas. El brillo del fuego que debía haber estado a su izquierda se
encontraba de nuevo a la derecha; por tanto debía girar otra vez. «Ilumina
nuestra oscuridad», susurraba, para después repetir en voz alta: «Ilumina
nuestra oscuridad».
Chocó con una pantalla cuya existencia no
recordaba. Precipitadamente tanteó a su lado a ciegas y tocó algo suave y
aterciopelado. ¿Se trataba del sofá sobre el que había estado reclinada? En ese
caso se encontraba en la cabecera. Tenía cabeza, espalda y pies, era como una
persona recubierta de liquen verde. Perdió totalmente la cabeza. Lo único que
podía hacer era rezar; estaba perdida, perdida en un lugar horrible en el que
nadie salía en la oscuridad salvo los niños que lloraban. Y escuchó su voz, que
crecía desde el susurro al habla, y del habla al grito.
Gritó las palabras sagradas, las chilló como si
blasfemara mientras se movía a tientas entre mesas, sillas y objetos agradables
de la vida ordinaria, pero que se habían vuelto terribles.
Se produjo entonces una respuesta repentina y
terrible a la oración vociferada. Una vez más, una bolsa de gas inflamable de
la turba de la chimenea se levantó entre las ascuas que ardían lentamente e
iluminó la estancia. Vio los ojos malignos del guapo Dick y vio los pequeños y
fantasmales copos de nieve cayendo con fuerza en el exterior. Y vio dónde
estaba: exactamente delante de la puerta por la que entraban los terribles
gemelos. La llama volvió a desaparecer y la dejó una vez más en la negrura.
Pero había ganado algo, pues ahora conocía su posición. La parte central de la
estancia carecía de muebles, y un movimiento rápido la llevaría hasta la puerta
del rellano situado encima de la escalera principal, y por tanto a la
seguridad.
Con aquel brillo había sido capaz de ver el asa de
la puerta, de bronce brillante, luminosa como una estrella. Iría directamente
hacia ella, era cuestión sólo de unos segundos.
Tomó una inspiración profunda en parte como alivio
y en parte para satisfacer las demandas de su corazón palpitante. Pero sólo
había respirado a medias cuando la sobrecogió de nuevo la inmovilidad de la
pesadilla. Escuchó entonces un pequeño susurro, nada más que eso, desde la
puerta frente a la que se encontraba, y por la que entraron los gemelos. En el
exterior no había oscurecido totalmente, pues pudo ver que la puerta se abría.
Y allí, en ella, estaban una al lado de la otra las dos pequeñas figuras blancas.
Avanzaron hacia ella lentamente, arrastrando los pies. No podía ver con
claridad rostro o forma algunos, pero las dos pequeñas figuras blancas
avanzaban.
Sabía que eran los fantasmas del terror, inocentes
del destino terrible que iban a producir, aunque también ella fuera inocente.
Con una inconcebible rapidez de pensamiento decidió qué iba a hacer. No les
haría daño ni se reiría de ellos, y ellos... ellos sólo eran unos bebés cuando
aquel acto perverso y sangriento les había enviado a su ardiente muerte.
Seguramente los espíritus de aquellos niños no serían inaccesibles al llanto de
aquella que era de su misma sangre y que no había cometido falta alguna que la
hiciera merecedora del destino que ellos traían. Si les suplicaba podrían tener
piedad, podrían evitar transmitirle la maldición, podrían permitirle que
saliera de aquel lugar sin infortunio, sin la sentencia de muerte, o la sombra
de cosas peores que la muerte.
Sólo vaciló durante un momento, y luego cayó de
rodillas y extendió las manos hacia ellos.
—Queridos míos —dijo—. Sólo me quedé dormida. No he
cometido ningún otro mal que ése...
Se detuvo un momento y su tierno corazón juvenil no
pensó ya en sí misma, sino en ellos, en aquellos pequeños e inocentes espíritus
sobre los que había caído tan terrible destino, que transmitían la muerte
mientras otros niños transmitían la risa y un destino placentero. Pero todos
aquellos que les habían visto antes les habían temido o se habían burlado de
ellos. Y entonces, cuando la luz de la piedad apareció en ella, su miedo
desapareció como la hoja arrugada que recubre los dulces y plegados capullos de
la primavera.
—Queridos, siento tanta pena por vosotros. No es
culpa vuestra que me hayáis traído adonde estoy, pero ya no os tengo miedo.
Sólo siento pena por vosotros. Que Dios os bendiga, pobres niños.
Levantó la cabeza y les miró. Aunque estaba muy
oscuro pudo verles el rostro.
Los rostros no eran desgraciados ni crueles: le
sonreían con su sonrisa tímida de niños pequeños. Y mientras ella les miraba
fueron desapareciendo lentamente como espirales de vapor en un aire helado.
Madge no se movió nada más desaparecer los niños, pues en lugar del miedo que
la había envuelto sentía ahora una maravillosa sensación de paz, tan feliz y
serena que no deseaba moverse, lo que podría turbarla. Pero al poco se levantó,
y abriéndose camino a tientas, aunque sin la sensación de pesadilla presionando
en ella, y sin espolearla el frenesí del miedo, salió de la galería y se
encontró a Blanche que subía las escaleras silbando y balanceando los patines
que llevaba en una mano.
—¿Cómo tienes la pierna, querida? Veo que ya no
cojeas.
Hasta ese momento Madge no había pensado en ello.
—Creo que la debo tener bien —contestó—. Pero en
cualquier caso me había olvidado de ella. Blanche, querida, no te asustes de lo
que voy a decirte, ¿me lo prometes?... He visto a los gemelos.
El rostro de Blanche palideció un momento por el
terror.
—¿Cómo? —preguntó en un susurro.
—Sí, los acabo de ver ahora. Pero eran amables, me
sonrieron; y yo sentí pena por ellos. No sé por qué, pero estoy segura de que
no tengo nada que temer.
Parece ser que Madge tenía razón, pues no le ha
sucedido nada desagradable. Algo, podemos suponer que su actitud hacia ellos,
su piedad y simpatía, conmovió, disolvió y aniquiló la maldición. La última
semana llegué a Church-Peveril después de oscurecer. Cuando pasé por la puerta
de la galería, Blanche salió por ella.
—Ah, es usted —me dijo—. Acabo de ver a los
gemelos. Parecen tan dulces, se quedaron casi diez minutos. Vamos a tomar el té
enseguida.
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E.F. Benson (1867-1940)

