Libro N° 9788. Complicidad Previa Al Hecho. Blackwood, Algernon.
© Libro N° 9788. Complicidad Previa Al Hecho. Blackwood, Algernon. Emancipación. Abril
9 de 2022.
Título original: © Accessory Before the Fact, Algernon Blackwood
(1869-1951)
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Original: © Complicidad Previa Al Hecho. Algernon Blackwood
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Algernon Blackwood
Complicidad Previa Al Hecho
Algernon Blackwood
«COMPLICIDAD PREVIA AL HECHO»:
ALGERNON BLACKWOOD; RELATO Y ANÁLISIS
Complicidad previa al hecho (Accessory Before the
Fact) es un relato de terror del escritor inglés Algernon Blackwood
(1869-1951), publicado en la antología de 1914: Cuentos de diez minutos (Ten
Minute Stories).
Complicidad previa al hecho, uno de los más
destacados relatos de Algernon Blackwood, narra la historia de un hombre que
recorre los pantanos ingleses hasta que se topa con una señal insólita: los
nombres de aquellos sitios pantanosos no son los que deberían ser, lo mismo que
las distancias, hasta que por fin se observa una huella casi indescifrable en
la luz mortecina.
En esencia se trata del relato de un viajero que no
solo se pierde en la naturaleza, sino que además pierde la cordura, o, visto de
otro modo, que acaso expande su conciencia, permitiéndole cuestionar la fibra
más íntima de la realidad al considerarse cómplice de un hecho que no ha
ocurrido... aún.
Lo más interesante de Complicidad previa al hecho
—un cuento de Algernon Blackwood realmente notable— es esa capacidad para
desgarrar el velo de la realidad capa por capa, y sumirnos, junto con el
protagonista, en un plano sobrenatural donde el horror no se presenta
necesariamente bajo una forma siniestra, sino precisamente debido a esa ruptura
con el orden natural de las cosas.
Complicidad
Previa Al Hecho
Algernon
Blackwood
(1869-1951)
Al llegar a aquella encrucijada del páramo Martin
se detuvo, y permaneció un rato observando perplejo los cuatro letreros del
poste indicador. Aquellos no eran los nombres que esperaba encontrar y, además,
no figuraban las distancias; su mapa —tuvo que admitir con fastidio— debía
estar completamente anticuado. Lo extendió contra el poste y se inclinó para
estudiarlo más de cerca. El viento levantaba las esquinas y las batía contra su
cara. Apenas conseguía descifrar la letra pequeña a la tenue luz del atardecer.
Sin embargo —por lo que alcanzó a distinguir— parecía ser que dos millas más
atrás había tomado un desvío equivocado.
Recordaba aquel desvío. El sendero tenía un aspecto
muy tentador, y tras vacilar un momento, se había decidido a seguirlo, atraído
—como tantos otros caminantes— por el señuelo de que quizá resultara ser un
atajo. La trampa del atajo es tan vieja como la naturaleza humana. Durante
algunos minutos estudió alternativamente el poste y el mapa. Caía la noche y la
mochila comenzaba a pesarle. Aquellas dos guías no concordaban en nada y la
incertidumbre iba haciendo presa en su ánimo. Se sentía desconcertado, frustrado.
Cada vez le costaba más trabajo pensar con claridad. Tomar una decisión le
parecía la cosa más difícil del mundo.
—Estoy hecho un lío —pensó—, debo estar cansado —Y
finalmente optó por seguir la indicación que le pareció más prometedora—. Tarde
o temprano me conducirá a una posada, aunque no sea a la que yo pretendía
llegar.
Se confió a la suerte del caminante y reanudó la
marcha con energía. En el letrero podía leerse: por la colina Litacy, escrito
en unos caracteres muy finos y pequeños que parecían oscilar y cambiar de lugar
cada vez que los miraba; aquel nombre no figuraba en el mapa, pero al igual que
el atajo, resultaba tentador. Un impulso similar al que había sentido antes
volvía a determinar su elección. Sólo que esta vez parecía ser más apremiante,
casi urgente.
Fue en aquel momento cuando se dio cuenta de la
inmensa soledad del paisaje que le rodeaba. El camino continuaba en línea recta
unas cien yardas para después curvarse, como un río plateado, y perderse en el
infinito; el intenso tono verdeazulado de las matas de brezo que cubrían los
márgenes se fundía con los colores del crepúsculo; y espaciados a uno y otro
lado del camino, se alzaban solitarios unos pinos pequeños muy enigmáticos.
Desde que se le había ocurrido ese curioso adjetivo no conseguía quitárselo de
la cabeza. Eran tantas las cosas que aquella tarde le parecían igualmente
enigmáticas... el atajo, el mapa velado, los nombres del poste, sus propios
impulsos erráticos o aquel misterioso estado de confusión que le iba
embargando.
El paisaje entero requería una explicación, aunque
quizá interpretación fuera la palabra más exacta. Aquellos árboles solitarios
se lo habían hecho ver claro ¿Por qué se había extraviado con tanta facilidad?
¿Por qué consentía que aquellas vagas impresiones le indicaran el camino a
seguir? ¿Por qué se encontraba aquí, precisamente aquí? ¿Y por qué marchaba
ahora por la colina Litacy?
Entonces, junto a un prado verde que resplandecía
como un rayo de luz en medio de la oscuridad del páramo, distinguió una figura
tumbada en la hierba. Era como una mancha en el paisaje, un simple amasijo de
harapos sucios a los que su propia fealdad confería cierto aire pintoresco; y
su mente —aunque sus conocimientos de alemán eran muy básicos— eligió de
inmediato los términos alemanes en vez de los ingleses. Las palabras lump y
lumpen acudieron misteriosamente a su memoria. En aquel instante le parecieron
las más correctas, las más expresivas, casi como onomatopeyas visuales, si tal
cosa fuera posible. Ni «harapos» ni «rufián» habrían hecho justicia a lo que
acaba de ver. Sólo en alemán se podía describir aquello con alguna precisión.
Aquel era un mensaje que le enviaba su lado
irracional. Pero, aparentemente, le pasó desapercibido. Un momento después, el
vagabundo se incorporó y le preguntó la hora. Lo hizo en alemán. Y Martin, sin
dudarlo un instante, le respondió también en alemán:
—Halb sieben —las seis y media.
No le falló su intuición. Un vistazo al reloj,
cuando lo miró un poco más tarde, se lo confirmó. Oyó que el hombre le decía,
con esa solapada insolencia tan característica de los vagabundos:
—Grrasias, muy agrradesido —Martin no había
enseñado el reloj; otra intuición de su subconsciente que había obedecido.
Con el ánimo agitado por una extraña mezcla de
ideas y sentimientos, avivó el paso y prosiguió su marcha por la soledad del
camino. De alguna manera, sabía que le harían esa pregunta y que se la harían
en alemán. Aquello hacía que se sintiera nervioso y abatido. Pero había otra
cosa que también había contribuido a ese estado de nerviosismo y abatimiento;
por alguna extraña razón también se la esperaba, y no se había equivocado.
Cuando aquel bulto marrón cubierto de harapos se incorporó para hacerle la pregunta,
una parte de él había permanecido tendida en la hierba: había otro bulto marrón
y sucio. Eran dos los vagabundos. Pudo verles perfectamente la cara. Tras sus
barbas desaliñadas, y medio ocultos por unos viejos sombreros, descubrió unos
rostros desagradables y sagaces que le observaban con atención mientras pasaba
delante de ellos. Le seguían con la mirada.
Durante un segundo los había mirado fijamente para
poder identificarlos mejor. Y había comprendido con horror que sus rostros eran
demasiado delicados, demasiado finos y astutos para ser los de unos simples
vagabundos. Aquellos hombres no eran ni mucho menos unos vagabundos. Estaban
disfrazados.
—¡Qué manera más furtiva de mirarme! —pensó,
mientras se alejaba de prisa por aquel camino ensombrecido, plenamente
consciente ahora de la abrumadora soledad y desolación del páramo que le
rodeaba.
Lleno de inquietud y de angustia, aceleró aún más
la marcha. De pronto, mientras pensaba en el inoportuno ruido que hacían sus
botas de clavos al golpear en la dura superficie del camino, irrumpieron en su
mente todo el conjunto de cosas que le habían obsesionado por parecerle
«enigmáticas». Le comunicaban un único y categórico mensaje: que todo aquello
no tenía nada que ver con él —de ahí su confusión y su perplejidad— que se
había entrometido en un escenario que no le correspondía y estaba invadiendo el
territorio vital de otra persona. Al tomar algún desvío interno erróneo, se
había situado en medio de un conjunto de fuerzas desconocidas que operaban en
el pequeño mundo de otro individuo.
Sin darse cuenta, en algún lugar, había traspasado
el umbral, y ahora ya se había adentrado demasiado: era un intruso, un
entrometido, un mirón. Estaba escuchando, espiando; sus oídos captaban cosas
que no tenía ningún derecho a conocer porque no era a él a quien estaban
dirigidas. Como un barco en alta mar, interceptaba mensajes de radio que no
alcanzaba a descifrar porque su receptor no estaba correctamente sintonizado.
Pero había algo más: ¡aquellos mensajes advertían de algún peligro!
El miedo, como la noche, se abatió sobre él. Estaba
atrapado en una red de fuerzas sutiles y profundas que era incapaz de
controlar, pues desconocía tanto su origen como su propósito. Le habían
conducido hacia una inmensa trampa psíquica, elaborada con todo detalle, pero
concebida para otra persona. Algo le había atraído hacia ella; algo en el
paisaje, en la hora del día, en su estado de ánimo. Alguna oculta debilidad
interna había hecho de él una presa fácil. Su miedo pasó a convertirse en
terror.
Lo que sucedió entonces ocurrió con tal rapidez y
en tan corto espacio de tiempo que le pareció que todo ello se comprimía en un
solo instante. Ocurrió de golpe, como en un torbellino. No hubo forma de
evitarlo. Haciendo eses de un lado a otro del camino, avanzaba hacia él un
hombre que sin duda fingía estar borracho: era un vagabundo. Cuando Martin se
apartó para dejarle paso, los bandazos se transformaron en una acometida y el
tipo se le vino encima. El impacto fue súbito y brutal; no obstante, mientras se
tambaleaba, Martin pudo darse cuenta de que a sus espaldas se abalanzaba sobre
él un segundo hombre que le levantó por las piernas y le hizo caer de bruces
sobre la tierra con un estrépito sordo.
Entonces comenzaron a lloverle los golpes;
distinguió el resplandor de un objeto brillante; y una náusea letal le hundió
en un estado de debilidad absoluta que hizo inútil toda defensa. Sintió que un
objeto ardiente le penetraba en el cuello y, al instante, comenzó a brotar de
sus labios un liquido dulce y viscoso que le asfixiaba. Después, se hizo la
oscuridad.
Sin embargo, en medio de todo el horror yla
confusión, se había dado perfecta cuenta de dos cosas: que el primer vagabundo
se había escabullido a toda prisa entre los brezales para adelantarle e ir a su
encuentro; y que le arrancaban de debajo de la ropa un objeto pesado que unos
cierres mantenían firmemente ajustado a su cuerpo.
De repente, las tinieblas se rasgaron, se disiparon
del todo. Se encontró de nuevo mirando de cerca el mapa que sostenía apoyado
contra el poste. El viento batía las esquinas contra sus mejillas, y él
estudiaba atentamente unos nombres, que ahora, podía distinguir con toda
nitidez. Alzó la vista: las direcciones que figuraban en el poste eran las que
había esperado encontrar, exactamente las mismas que venían en su mapa. Las
cosas volvían a estar en su sitio, tal y como debía ser. Leyó el nombre del pueblo
al que tenía pensado dirigirse; era perfectamente visible a la luz del
crepúsculo, dos millas era la distancia que se indicaba. Perplejo, turbado,
incapaz de pensar, apretujó el mapa en el bolsillo sin doblarlo y se apresuró
camino adelante como quien acabara de despertar de un sueño espantoso que, en
apenas un segundo, hubiera condensado todo el tormento de una prolongada y
angustiosa pesadilla.
Se echó a correr con un trote continuo que pronto
se convirtió en galope; chorreaba sudor, las piernas le flojeaban y le costaba
controlar la respiración. Tan sólo era consciente del deseo irrefrenable de
alejarse cuanto antes de aquel poste de la encrucijada donde le había asaltado
la terrible visión. Martin, un contable de vacaciones, nunca había sospechado
que existieran otros mundos llenos de posibilidades psíquicas. Para él, todo lo
ocurrido había sido un auténtico suplicio.
Mucho peor que aquella confabulación de jefes y
empleados que, en cierta ocasión, le habían acusado injustamente de haber
«amañado» un saldo en los libros de cuentas. Corría como si el campo entero,
aullando, le pisara los talones. Y en ningún momento le abandonaba la increíble
certeza de que nada de aquello le estaba destinado. Había escuchado los
secretos de otra persona. Se había apropiado de advertencias que no estaban
dirigidas a él, y al hacerlo, había modificado su curso. Había impedido que
llegaran a su verdadero destinatario. La conmoción que todo aquello le producía
no se podía expresar con palabras. Desajustaba los mecanismos de aquella alma
equilibrada y precisa. La advertencia estaba destinada a otra persona, que ya
nunca llegaría a recibirla.
El esfuerzo físico acabó por ejercer sobre él un
efecto beneficioso y le permitió recobrar hasta cierto punto la calma. A la
vista de las luces del pueblo, aminoró la marcha y entró a un ritmo más
pausado. Una vez hubo llegado a la posada, inspeccionó y alquiló una
habitación, y encargó la cena, a la que acompañó con una sustanciosa y
reconfortante jarra de cerveza que le ayudara a mitigar aquella endiablada sed
y a completar la total recuperación de su equilibrio mental. Las singulares
sensaciones que hasta entonces le habían embargado acabaron por pasársele en
gran medida; y de igual manera, le abandonó aquella extraña impresión de que
cualquier cosa en su sencillo y saludable mundo requería una explicación.
Poseído aún de una vaga inquietud, pero superada ya
la sensación de miedo, entró al bar para fumar su pipa de después de cenar y
charlar un rato con los parroquianos, como tenía costumbre de hacer cuando
estaba de vacaciones. Entonces se fijó en dos hombres que, apoyados en la barra
al fondo de la sala, le daban la espalda. Al instante vio sus rostros
reflejados en el espejo, y la pipa estuvo a punto de caérsele de la boca. Eran
unos rostros bien afeitados, finos y astutos; charlaban mientras tomaban una copa,
y Martin alcanzó a coger una o dos palabras de lo que decían: eran palabras
alemanas. Los dos vestían bien, no había nada en su atuendo que llamara la
atención; con sus trajes de tweed y sus botas de campo podrían haber sido, como
él, dos turistas de vacaciones.
De pronto, pagaron las copas y se marcharon. En
ningún momento llegó a verlos cara a cara, pero volvió a sentirse empapado de
sudor y una ráfaga febril de frío y de calor le recorrió todo el cuerpo; había
reconocido sin ningún genero de duda a los dos vagabundos, en esta ocasión sin
disfrazar... todavía sin disfrazar.
No se movió de su esquina, el regreso de aquel vil
terror apenas si le permitía sostener la pipa, que continuaba chupando con
frenesí a pesar de estar ya apagada. Con la absoluta claridad de una certeza,
acudió de nuevo a su mente la idea de que aquellos hombres no tenían nada que
ver con él, y aún más, que por nada del mundo tenía derecho a inmiscuirse en
sus asuntos. No tenía locus standi; sería inmoral... incluso si se presentaba
la oportunidad. Y tenía la impresión de que la oportunidad se presentaría. Había
estado escuchando a escondidas y había accedido a una información privada de
carácter secreto que no tenía derecho a utilizar, ni tan siquiera para hacer el
bien... ni tan siquiera para salvar una vida.
Sentado en aquella esquina —aterrorizado, en
silencio— permaneció a la espera de lo que fuera a ocurrir después.
Pero la noche no trajo explicación alguna. No
ocurrió nada. Durmió profundamente. En la posada sólo había otro huésped; un
hombre, ya entrado en años que, como él, debía de ser un turista. Llevaba gafas
con montura de oro, y a la mañana siguiente, Martin oyó cómo preguntaba al
posadero el camino para ir a la colina Litacy. Los dientes le empezaron a
castañetear y las rodillas le flojearon.
—Doble a la izquierda en el cruce de caminos —se
apresuró a decir Martin antes de que el posadero alcanzara a responderle—.
Encontrará el poste indicador como a dos millas de aquí; a partir de entonces
es cosa de otras cuatro millas.
Con espanto se preguntó cómo diablos podía saberlo.
—Yo voy en la misma dirección —dijo a
continuación—. ¡Le acompaño un rato, si no le importa!
Aquellas palabras le habían surgido de manera
espontánea, de golpe; sin pensar. Su dirección era justo la contraria pero no
quería que aquel hombre fuera solo. El desconocido, sin embargo, eludió
amablemente su ofrecimiento de compañía. Le dio las gracias y le comentó que no
tenía pensado partir hasta que el día estuviera más avanzado.
Los tres se encontraban junto al abrevadero que
había frente a la posada y, en ese preciso instante, un vagabundo que avanzaba
encorvado por el camino alzó la vista y les preguntó la hora. Fue el hombre de
las gafas con montura de oro quien respondió.
—Muchas grrassias; muy agrradessido —dijo el
vagabundo mientras se alejaba con aquel caminar encorvado y cansino.
El posadero, un hombre muy locuaz, aprovechó para
hacer un comentario sobre el gran número de alemanes que vivían en Inglaterra y
que parecían dispuestos a engrosar las filas de una invasión teutona que, al
menos él, consideraba inminente.
Pero Martin no lo escuchó. Aún no había recorrido
una milla de camino cuando se adentró en el bosque para enfrentarse con su
conciencia a solas. Su debilidad, su cobardía, constituían sin duda un delito.
Le atormentaba una genuina angustia. Una docena de veces decidió volver sobre
sus pasos, y otras tantas veces, la singular autoridad de aquella voz que le
susurraba que no tenía derecho a entrometerse, le detuvo. ¿Cómo iba a actuar
basándose en un conocimiento que había obtenido escuchando algo a escondidas?
¿Cómo iba a interferir en los asuntos privados de la vida oculta de otra
persona por el simple hecho de haber escuchado, como si de un cruce de líneas
se tratara, los peligros secretos que la amenazaban?
Una especie de confusión interna le impedía pensar
con la más mínima claridad. Aquel desconocido le tomaría por loco. No tenía
ningún hecho en el que basarse. Reprimió un centenar de impulsos, y finalmente
siguió su camino con el corazón encogido.
Sus dos últimos días de vacaciones fueron un
infierno, sembrado de dudas, interrogantes y sobresaltos. Todos ellos
justificados más tarde, cuando leyó que un turista había sido asesinado en la
colina Litacy. El hombre usaba gafas con montura de oro y llevaba, guardada en
un cinturón atado alrededor del cuerpo, una gran cantidad de dinero. Le habían
degollado. Y la policía andaba tras la pista de un misterioso par de
vagabundos, a los que se creía... alemanes.
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Algernon Blackwood (1869-1951)

