Libro N° 9782. Circe. Cortázar, Julio.
© Libro N° 9782. Circe. Cortázar, Julio. Emancipación. Abril
9 de 2022.
Título original: © Circe. Julio Cortázar
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Julio Cortázar
Circe
Julio Cortázar
«Circe»: Julio Cortázar; relato y análisis
Circe (Circe) es un relato fantástico del escritor
argentino Julio Cortázar (1914-1984), publicado en la antología de 1951:
Bestiario (Bestiario).
Circe, acaso uno de los mejores cuentos de Julio
Cortázar, narra la historia de una misteriosa mujer llamada Delia Mañara —según
el autor: «fina, rubia, demasiado lenta en sus gestos»—, capaz de seducir a
cualquier hombre, de jugar con ellos, y, posteriormente, de conducirlos a un
destino fatal a través del envenenamiento [ver: Casa Tabú: análisis de «Casa
Tomada» de Julio Cortázar]
El nombre del cuento alude a un personaje siniestro
de los mitos griegos: la bruja Circe, aquella que mantuvo cautivo a Odiseo. Al
igual que ella, Delia Mañaro es una mujer fatal, una hechicera, una
encantadora, una devoradora de hombres, acaso también inspirada en la voraz
doncella de La Belle Damme Sans Merci (La bella dama sin piedad), de John
Keats. No obstante, su fuente principal es Circe, tal vez el primer personaje
occidental en practicar la nigromancia.
Delia Mañara es, en esencia, una bruja, y como tal
utiliza las mismas herramientas atribuidas a las brujas medievales pero
actualizadas al siglo XX. Por ejemplo, prescinde de los filtros y ungüentos
mágicos; en cambio, envenena a sus amantes con bombones. Posee un poder
increíble sobre los animales, en especial sobre los gatos, y una influencia
total sobre los varones, a quienes seduce y asesina casi tan sutilmente como
una araña que teje su tela alrededor de su víctima.
Circe
Julio Cortázar (1914-1984)
Porque ya no ha de importarle, pero esa vez le
dolió la coincidencia de los chismes entrecortados, la cara servil de Madre
Celeste contándole a tía Bebé la incrédula desazón en el gesto de su padre.
Primero fue la de la casa de altos, su manera vacuna de girar despacio la
cabeza, rumiando las palabras con delicia de bolo vegetal. Y también la chica
de la farmacia —no porque yo lo crea, pero si fuese verdad, ¡qué horrible!— y
hasta don Emilio, siempre discreto como sus lápices y sus libretas de hule. Todos
hablaban de Delia Mañara con un resto de pudor, nada seguros de que pudiera ser
así, pero en Mario se abría paso a puerta limpia un aire de rabia subiéndole a
la cara.
Odió de improviso a su familia con un ineficaz
estallido de independencia. No los había querido nunca, sólo la sangre y el
miedo a estar solo lo ataban a su madre y a los hermanos. Con los vecinos fue
directo y brutal; a don Emilio lo puteó de arriba abajo la primera vez que se
repitieron los comentarios. A la de la casa de altos le negó el saludo como si
eso pudiera afligirla. Y cuando volvía del trabajo entraba ostensiblemente para
saludar a los Mañara y acercarse —a veces con caramelos o un libro— a la muchacha
que había matado a sus dos novios.
Yo me acuerdo mal de Delia, pero era fina y rubia,
demasiado lenta en sus gestos (yo tenía doce años, el tiempo y las cosas son
lentas entonces) y usaba vestidos claros con faldas de vuelo libre. Mario creyó
un tiempo que la gracia de Delia y sus vestidos apoyaban el odio de la gente.
Se lo dijo a Madre Celeste:
—La odian porque no es chusma como ustedes, como yo
mismo —y ni parpadeó cuando su madre hizo ademán de cruzarle la cara con una
toalla.
Después de eso fue la ruptura manifiesta; lo
dejaban solo, le lavaban la ropa como por favor, los domingos se iban a Palermo
o de picnic sin siquiera avisarle. Entonces Mario se acercaba a la ventana de
Delia y le tiraba una piedrita. A veces ella salía, a veces la escuchaba reírse
adentro, un poco malvadamente y sin darle esperanzas.
Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró
y hubo indignaciones brutales, seguidas de una humillada melancolía casi
colonial. Los Mañara se mudaron a cuatro cuadras y eso hace mucho en Almagro,
de manera que otros vecinos empezaron a tratar a Delia, las familias de
Victoria y Castro Barros se olvidaron del caso y Mario siguió viéndola dos
veces por semana cuando volvía del banco. Era ya verano y Delia quería salir a
veces, iban juntos a las confiterías de Rivadavia o a sentarse en Plaza Once. Mario
cumplió diecinueve años, Delia vio llegar sin fiestas —todavía estaba de negro—
los veintidós.
Los Mañara encontraban injustificado el luto por un
novio, hasta Mario hubiera preferido un dolor sólo por dentro. Era penoso
presenciar la sonrisa velada de Delia cuando se ponía el sombrero ante el
espejo, tan rubia sobre el luto. Se dejaba adorar vagamente por Mario y los
Mañara, se dejaba pasear y comprar cosas, volver con la última luz y recibir
los domingos por la tarde. A veces salía sola hasta el antiguo barrio, donde
Héctor la había festejado. Madre Celeste la vio pasar una tarde y cerró con ostensible
desprecio las persianas. Un gato seguía a Delia, no se sabía si era cariño o
dominación, le andaban cerca sin que ella los mirara. Mario notó una vez que un
perro se apartaba cuando Delia iba a acariciarlo. Ella lo llamó (era en el
Once, de tarde) y el perro vino manso, tal vez contento, hasta sus dedos.
La madre decía que Delia había jugado con arañas
cuando chiquita. Todos se asombraban, hasta Mario que les tenía poco miedo. Y
las mariposas venían a su pelo —Mario vio dos en una sola tarde, en San
Isidro—, pero Delia las ahuyentaba con un gesto liviano. Héctor le había
regalado un conejo blanco, que murió pronto, antes que Héctor. Pero Héctor se
tiró en Puerto Nuevo, un domingo de madrugada. Fue entonces cuando Mario oyó
los primeros chismes. La muerte de Rolo Médicis no había interesado a nadie
desde que medio mundo se muere de un síncope. Cuando Héctor se suicidó los
vecinos vieron demasiadas coincidencias, en Mario renacía la cara servil de
Madre Celeste contándole a tía Bebé, la incrédula desazón en el gesto de su
padre.
Para colmo fractura del cráneo, porque Rolo cayó de
una pieza al salir del zaguán de los Mañara, y aunque ya estaba muerto, el
golpe brutal contra el escalón fue otro feo detalle. Delia se había quedado
adentro, raro que no se despidieran en la misma puerta, pero de todos modos
estaba cerca de él y fue la primera en gritar. En cambio Héctor murió solo, en
una noche de helada blanca, a las cinco horas de haber salido de casa de Delia
como todos los sábados.
Yo me acuerdo mal de Mario, pero dicen que hacía
linda pareja con Delia. Aunque ella estaba todavía con el luto por Héctor
(nunca se puso luto por Rolo, vaya a saber el capricho), aceptaba la compañía
de Mario para pasear por Almagro o ir al cine. Hasta ese entonces Mario se
había sentido fuera de Delia, de su vida, hasta de la casa. Era siempre una
visita, y entre nosotros la palabra tiene un sentido exacto y divisorio. Cuando
la tomaba del brazo para cruzar la calle, o al subir la escalera de la estación
Medrano, miraba a veces su mano apretada contra la seda negra del vestido de
Delia. Medía ese blanco sobre negro, esa distancia. Pero Delia se acercaría
cuando volviera al gris, a los claros sombreros para el domingo de mañana.
Ahora que los chismes no eran un artificio
absoluto, lo miserable para Mario estaba en que anexaban episodios indiferentes
para darles un sentido. Mucha gente muere en Buenos Aires de ataques cardíacos
o asfixia por inmersión. Muchos conejos languidecen y mueren en las casas, en
los patios. Muchos perros rehúyen o aceptan las caricias. Las pocas líneas que
Héctor dejó a su madre, los sollozos que la de la casa de altos dijo haber oído
en el zaguán de los Mañara la noche en que murió Rolo (pero antes del golpe),
el rostro de Delia los primeros días… La gente pone tanta inteligencia en esas
cosas, y cómo de tantos nudos agregándose nace al final el trozo de tapiz.
Mario vería a veces el tapiz, con asco, con terror, cuando el insomnio entraba
en su piecita para ganarle la noche.
—Perdóname mi muerte, es imposible que entiendas,
pero perdóname, mamá.
Un papelito arrancado al borde de Crítica, apretado
con una piedra al lado del saco que quedó como un mojón para el primer marinero
de la madrugada. Hasta esa noche había sido tan feliz, claro que lo habían
visto raro las últimas semanas; no raro, mejor distraído, mirando el aire como
si viera cosas. Igual que si tratara de escribir algo en el aire, descifrar un
enigma. Todos los muchachos del café Rubí estaban de acuerdo. Mientras que Rolo
no, le falló el corazón de golpe, Rolo era un muchacho solo y tranquilo, con
plata y un Chevrolet doble faetón, de manera que pocos lo habían confrontado en
ese tiempo final.
En los zaguanes las cosas resuenan tanto, la de la
casa de altos sostuvo días y días que el llanto de Rolo había sido como un
alarido sofocado, un grito entre las manos que quieren ahogarlo y lo van
cortando en pedazos. Y casi enseguida el golpe atroz de la cabeza contra el
escalón, la carrera de Delia clamando, el revuelo ya inútil.
Sin darse cuenta, Mario juntaba pedazos de
episodios, se descubría urdiendo explicaciones paralelas al ataque de los
vecinos. Nunca preguntó a Delia, esperaba vagamente algo de ella. A veces
pensaba si Delia sabría exactamente lo que se murmuraba. Hasta los Mañara eran
raros, con su manera de aludir a Rolo y a Héctor sin violencia, como si
estuviesen de viaje. Delia callaba protegida por ese acuerdo precavido e
incondicional. Cuando Mario se agregó, discreto como ellos, los tres cubrieron
a Delia con una sombra fina y constante, casi transparente los martes o los
jueves, más palpable y solícita de sábado a lunes.
Delia recobraba ahora una menuda vivacidad
episódica, un día tocó el piano, otra vez jugó al ludo; era más dulce con
Mario, lo hacía sentarse cerca de la ventana de la sala y le explicaba
proyectos de costura o de bordado. Nunca le decía nada de los postres o los
bombones, a Mario le extrañaba, pero lo atribuía a delicadeza, a miedo de
aburrirlo. Los Mañara alababan los licores de Delia; una noche quisieron
servirle una copita, pero Delia dijo con brusquedad que eran licores para
mujeres y que había volcado casi todas las botellas.
—A Héctor... —empezó plañidera su madre, y no dijo
más por no apenar a Mario.
Después se dieron cuenta de que a Mario no lo
molestaba la evocación de los novios. No volvieron a hablar de licores hasta
que Delia recobró la animación y quiso probar recetas nuevas. Mario se acordaba
de esa tarde porque acababan de ascenderlo, y lo primero que hizo fue comprarle
bombones a Delia. Los Mañara picoteaban pacientemente la galena del aparatito
con teléfonos, y lo hicieron quedarse un rato en el comedor para que escuchara
cantar a Rosita Quiroga. Luego él les dijo lo del ascenso, y que le traía
bombones a Delia.
—Hiciste mal en comprar eso, pero andá, lleváselos,
está en la sala.
Y lo miraron salir y se miraron hasta que Mañara se
sacó los teléfonos como si se quitara una corona de laurel, y la señora suspiró
desviando los ojos. De pronto los dos parecían desdichados, perdidos. Con un
gesto turbio Mañara levantó la palanquita de la galena.
Delia se quedó mirando la caja y no hizo mucho caso
de los bombones, pero cuando estaba comiendo el segundo, de menta con una
crestita de nuez, le dijo a Mario que sabía hacer bombones. Parecía excusarse
por no haberle confiado antes tantas cosas, empezó a describir con agilidad la
manera de hacer los bombones, el relleno y los baños de chocolate o moka. Su
mejor receta eran unos bombones a la naranja rellenos de licor, con una aguja
perforó uno de los que le traía Mario para mostrarle cómo se los manipulaba;
Mario veía sus dedos demasiado blancos contra el bombón, mirándola explicar le
parecía un cirujano pausando un delicado tiempo quirúrgico.
El bombón como una menuda laucha entre los dedos de
Delia, una cosa diminuta pero viva que la aguja laceraba. Mario sintió un raro
malestar, una dulzura de abominable repugnancia.
—Tire ese bombón —hubiera querido decirle—. Tírelo
lejos, no vaya a llevárselo a la boca, porque está vivo, es un ratón vivo.
Después le volvió la alegría del ascenso, oyó a
Delia repetir la receta del licor de té, del licor de rosa. Hundió los dedos en
la caja y comió dos, tres bombones seguidos. Delia se sonreía como burlándose.
Él se imaginaba cosas, y fue temerosamente feliz.
—El tercer novio —pensó raramente—. Decirle así: su
tercer novio, pero vivo.
Ahora ya es más difícil hablar de esto, está
mezclado con otras historias que uno agrega a base de olvidos menores, de
falsedades mínimas que tejen y tejen por detrás de los recuerdos; parece que él
iba más seguido a lo de Mañara, la vuelta a la vida de Delia lo ceñía a sus
gustos y a sus caprichos, hasta los Mañara le pidieron con algún recelo que
alentara a Delia, y él compraba las sustancias para los licores, los filtros y
embudos que ella recibía con una grave satisfacción en la que Mario sospechaba
un poco de amor, por lo menos algún olvido de los muertos.
Los domingos se quedaba de sobremesa con los suyos,
y Madre Celeste se lo agradecía sin sonreír, pero dándole lo mejor del postre y
el café muy caliente. Por fin habían cesado los chismes, al menos no se hablaba
de Delia en su presencia. Quién sabe si los bofetones al más chico de los
Camiletti o el agrio encresparse frente a Madre Celeste entraban en eso; Mario
llegó a creer que habían recapacitado, que absolvían a Delia y hasta la
consideraban de nuevo. Nunca habló de su casa en lo de Mañara, ni mencionó a su
amiga en las sobremesas del domingo. Empezaba a creer posible esa doble vida a
cuatro cuadras una de otra; la esquina de Rivadavia y Castro Barros era el
puente necesario y eficaz. Hasta tuvo esperanza de que el futuro acercara las
casas, las gentes, sordo al paso incomprensible que sentía -a veces, a solas-
como íntimamente ajeno y oscuro.
Otras gentes no iban a ver a los Mañara. Asombraba
un poco esa ausencia de parientes o de amigos. Mario no tenía necesidad de
inventarse un toque especial de timbre, todos sabían que era él. En diciembre,
con un calor húmedo y dulce, Delia logró el licor de naranja concentrado, lo
bebieron felices un atardecer de tormenta. Los Mañara no quisieron probarlo,
seguros de que les haría mal. Delia no se ofendió, pero estaba como
transfigurada mientras Mario sorbía apreciativo el dedalito violáceo lleno de
luz naranja, de olor quemante.
—Me va a hacer morir de calor, pero está delicioso
—dijo una o dos veces.
Delia, que hablaba poco cuando estaba contenta,
observó:
—Lo hice para vos.
Los Mañara la miraban como queriendo leerle la
receta, la alquimia minuciosa de quince días de trabajo.
A Rolo le habían gustado los licores de Delia,
Mario lo supo por unas palabras de Mañara dichas al pasar cuando Delia no
estaba:
—Ella le hizo muchas bebidas. Pero Rolo tenía miedo
por el corazón. El alcohol es malo para el corazón.
Tener un novio tan delicado, Mario comprendía ahora
la liberación que asomaba en los gestos, en la manera de tocar el piano de
Delia. Estuvo por preguntarle a los Mañara qué le gustaba a Héctor, si también
Delia le hacía licores o postres a Héctor. Pensó en los bombones que Delia
volvía a ensayar y que se alineaban para secarse en una repisa de la
antecocina. Algo le decía a Mario que Delia iba a conseguir cosas maravillosas
con los bombones. Después de pedir muchas veces, obtuvo que ella le hiciera probar
uno. Ya se iba cuando Delia le trajo una muestra blanca y liviana en un platito
de alpaca. Mientras lo saboreaba —algo apenas amargo, con un asomo de menta y
nuez moscada mezclándose raramente—, Delia tenía los ojos bajos y el aire
modesto.
Se negó a aceptar los elogios, no era más que un
ensayo y aún estaba lejos de lo que se proponía. Pero a la visita siguiente
—también de noche, ya en la sombra de la despedida junto al piano— le permitió
probar otro ensayo. Había que cerrar los ojos para adivinar el sabor, y Mario
obediente cerró los ojos y adivinó un sabor a mandarina, levísimo, viniendo
desde lo más hondo del chocolate. Sus dientes desmenuzaban trocitos crocantes,
no alcanzó a sentir su sabor y era sólo la sensación agradable de encontrar un
apoyo entre esa pulpa dulce y esquiva.
Delia estaba contenta del resultado, dijo a Mario
que su descripción del sabor se acercaba a lo que había esperado. Todavía
faltaban ensayos, había cosas sutiles por equilibrar. Los Mañara le dijeron a
Mario que Delia no había vuelto a sentarse al piano, que se pasaba las horas
preparando los licores, los bombones. No lo decían con reproche, pero tampoco
estaban contentos; Mario adivinó que los gastos de Delia los afligían. Entonces
pidió a Delia en secreto una lista de las esencias y sustancias necesarias.
Ella hizo algo que nunca antes, le pasó los brazos por el cuello y lo besó en
la mejilla. Su boca olía despacito a menta. Mario cerró los ojos llevado por la
necesidad de sentir el perfume y el sabor desde debajo de los párpados. Y el
beso volvió, más duro y quejándose.
No supo si le había devuelto el beso, tal vez se
quedó quieto y pasivo, catador de Delia en la penumbra de la sala. Ella tocó el
piano, como casi nunca ahora, y le pidió que volviera al otro día. Nunca habían
hablado con esa voz, nunca se habían callado así. Los Mañara sospecharon algo,
porque vinieron agitando los periódicos y con noticias de un aviador perdido en
el Atlántico. Eran días en que muchos aviadores se quedaban a mitad del
Atlántico. Alguien encendió la luz y Delia se apartó enojada del piano, a Mario
le pareció un instante que su gesto ante la luz tenía algo de la fuga
enceguecida del ciempiés, una loca carrera por las paredes. Abría y cerraba las
manos, en el vano de la puerta, y después volvió como avergonzada, mirando de
reojo a los Mañara; los miraba de reojo y se sonreía.
Sin sorpresa, casi como una confirmación, midió
Mario esa noche la fragilidad de la paz de Delia, el peso persistente de la
doble muerte. Rolo, vaya y pase; Héctor era ya el desborde, el trizado que
desnuda un espejo. De Delia quedaban las manías delicadas, la manipulación de
esencias y animales, su contacto con cosas simples y oscuras, la cercanía de
las mariposas y los gatos, el aura de su respiración a medias en la muerte. Se
prometió una caridad sin límites, una cura de años en habitaciones claras y parques
alejados del recuerdo; tal vez sin casarse con Delia, simplemente prolongando
este amor tranquilo hasta que ella no viese más una tercera muerte andando a su
lado, otro novio, el que sigue para morir.
Creyó que los Mañara iban a alegrarse cuando él
empezara a traerle los extractos a Delia; en cambio se enfurruñaron y se
replegaron hoscos, sin comentarios, aunque terminaban transando y yéndose,
sobre todo cuando venía la hora de las pruebas, siempre en la sala y casi de
noche, y había que cerrar los ojos y definir -con cuántas vacilaciones a veces
por la sutilidad de la materia- el sabor de un trocito de pulpa nueva, pequeño
milagro en el plato de alpaca.
A cambio de esas atenciones, Mario obtenía de Delia
una promesa de ir juntos al cine o pasear por Palermo. En los Mañara advertía
gratitud y complicidad cada vez que venía a buscarla el sábado de tarde o la
mañana del domingo. Como si prefiriesen quedarse solos en la casa para oír
radio o jugar a las cartas. Pero también sospechó una repugnancia de Delia a
irse de la casa cuando quedaban los viejos. Aunque no estaba triste junto a
Mario, las pocas veces que salieron con los Mañara se alegró más, entonces se
divertía de veras en la Exposición Rural, quería pastillas y aceptaba juguetes
que a la vuelta miraba con fijeza, estudiándolos hasta cansarse. El aire puro
le hacía bien, Mario le vio una tez más clara y un andar decidido. Lástima esa
vuelta vespertina al laboratorio, el ensimismamiento interminable con la
balanza o las tenacillas. Ahora los bombones la absorbían al punto de dejar los
licores; ahora pocas veces daba a probar sus hallazgos.
A los Mañara nunca; Mario sospechaba sin razones
que los Mañara hubieran rehusado probar sabores nuevos; preferían los caramelos
comunes y si Delia dejaba una caja sobre la mesa, sin invitarlos pero como
invitándolos, ellos escogían las formas simples, las de antes, y hasta cortaban
los bombones para examinar el relleno. A Mario lo divertía el sordo descontento
de Delia junto al piano, su aire falsamente distraído. Guardaba para él las
novedades, a último momento venía de la cocina con el platito de alpaca; una
vez se hizo tarde tocando el piano y Delia dejó que la acompañara hasta la
cocina para buscar unos bombones nuevos.
Cuando encendió la luz, Mario vio el gato dormido
en su rincón y las cucarachas que huían por las baldosas. Se acordó de la
cocina de su casa, Madre Celeste desparramando polvo amarillo en los zócalos.
Aquella noche los bombones tenían gusto a moka y un dejo raramente salado (en
lo más lejano del sabor), como si al final del gusto se escondiera una lágrima;
era idiota pensar en eso, en el resto de las lágrimas caídas la noche de Rolo
en el zaguán.
—El pez de color está tan triste —dijo Delia,
mostrándole el bocal con piedritas y falsas vegetaciones.
Un pececillo rosa translúcido dormitaba con un
acompasado movimiento de la boca. Su ojo frío miraba a Mario como una perla
viva. Mario pensó en el ojo salado como una lágrima que resbalaría entre los
dientes al mascarlo.
—Hay que renovarle más seguido el agua —propuso.
—Es inútil, está viejo y enfermo. Mañana se va a
morir.
A él le sonó el anuncio como un retorno a lo peor,
a la Delia atormentada del luto y los primeros tiempos. Todavía tan cerca de
aquello, del peldaño y el muelle, con fotos de Héctor apareciendo de golpe
entre los pares de medias o las enaguas de verano. Y una flor seca —del velorio
de Rolo— sujeta sobre una estampa en la hoja del ropero.
Antes de irse le pidió que se casara con él en el
otoño. Delia no dijo nada, se puso a mirar el suelo como si buscara una hormiga
en la sala. Nunca habían hablado de eso. Delia parecía querer habituarse y
pensar antes de contestarle. Después lo miró brillantemente, irguiéndose de
golpe. Estaba hermosa, le temblaba un poco la boca. Hizo un gesto como para
abrir una puertecita en el aire, un ademán casi mágico.
—Entonces sos mi novio —dijo—. Qué distinto me
parecés, qué cambiado.
Madre Celeste oyó sin hablar la noticia, puso a un
lado la plancha y en todo el día no se movió de su cuarto, adonde entraban de a
uno los hermanos para salir con caras largas y vasitos de Hesperidina. Mario se
fue a ver fútbol y por la noche llevó rosas a Delia. Los Mañara lo esperaban en
la sala, lo abrazaron y le dijeron cosas, hubo que destapar una botella de
oporto y comer masas. Ahora el tratamiento era íntimo y a la vez más lejano.
Perdían la simplicidad de amigos para mirarse con los ojos del pariente, del
que lo sabe todo desde la primera infancia. Mario besó a Delia, besó a mamá
Mañara y al abrazar fuerte a su futuro suegro hubiera querido decirle que
confiaran en él, nuevo soporte del hogar, pero no le venían las palabras. Se
notaba que también los Mañara hubieran querido decirle algo y no se animaban.
Agitando los periódicos volvieron a su cuarto y Mario se quedó con Delia y el
piano, con Delia y la llamada de amor indio.
Una o dos veces, durante esas semanas de noviazgo,
estuvo a un paso de citar a papá Mañara fuera de la casa para hablarle de los
anónimos. Después lo creyó inútilmente cruel porque nada podía hacerse contra
esos miserables que lo hostigaban. El peor vino un sábado a mediodía en un
sobre azul, Mario se quedó mirando la fotografía de Héctor en Última Hora y los
párrafos subrayados con tinta azul.
—Sólo una honda desesperación pudo arrastrarlo al
suicidio, según declaraciones de los familiares.
Pensó raramente que los familiares de Héctor no
habían aparecido más por lo de Mañara. Quizá fueron alguna vez en los primeros
días. Se acordaba ahora del pez de color, los Mañara habían dicho que era
regalo de la madre de Héctor. Pez de color muerto el día anunciado por Delia.
Sólo una honda desesperación pudo arrastrarlo. Quemó el sobre, el recorte, hizo
un recuento de sospechosos y se propuso franquearse con Delia, salvarla en sí
mismo de los hilos de baba, del rezumar intolerable de esos rumores. A los cinco
días (no había hablado con Delia ni con los Mañara), vino el segundo. En la
cartulina celeste había primero una estrellita (no se sabía por qué) y después:
—Yo que usted tendría cuidado con el escalón de la
cancel.
Del sobre salió un perfume vago a jabón de
almendra. Mario pensó si la de la casa de altos usaría jabón de almendra, hasta
tuvo el torpe valor de revisar la cómoda de Madre Celeste y de su hermana.
También quemó este anónimo, tampoco le dijo nada a Delia. Era en diciembre, con
el calor de esos diciembres del veintitantos, ahora iba después de cenar a lo
de Delia y hablaban paseándose por el jardincito de atrás o dando vuelta a la
manzana. Con el calor comían menos bombones, no que Delia renunciara a sus ensayos,
pero traía pocas muestras a la sala, prefería guardarlos en cajas antiguas,
protegidos en moldecitos, con un fino césped de papel verde claro por encima.
Mario la notó inquieta, como alerta.
A veces miraba hacia atrás en las esquinas, y la
noche que hizo un gesto de rechazo al llegar al buzón de Medrano y Rivadavia,
Mario comprendió que también a ella la estaban torturando desde lejos; que
compartían sin decirlo un mismo hostigamiento.
Se encontró con papá Mañara en el Munich de
Cangallo y Pueyrredón, lo colmó de cerveza y papas fritas sin arrancarlo de una
vigilante modorra, como si desconfiara de la cita. Mario le dijo riendo que no
iba a pedirle plata, sin rodeos le habló de los anónimos, la nerviosidad de
Delia, el buzón de Medrano y Rivadavia.
—Ya sé que apenas nos casemos se acabarán estas
infamias. Pero necesito que ustedes me ayuden, que la protejan. Una cosa así
puede hacerle daño. Es tan delicada, tan sensible.
—Vos querés decir que se puede volver loca, ¿no es
cierto?
—Bueno, no es eso. Pero si recibe anónimos como yo
y se los calla, y eso se va juntando...
—Vos no la conocés a Delia. Los anónimos se los
pasa... quiero decir que no le hacen mella. Es más dura de lo que te pensás.
—Pero mire que está como sobresaltada, que algo la
trabaja —atinó a decir indefenso Mario.
—No es por eso, sabés —Bebía su cerveza como para
que le tapara la voz—. Antes fue igual, yo la conozco bien.
—¿Antes de qué?
—Antes de que se le murieran, zonzo. Pagá que estoy
apurado.
Quiso protestar, pero papá Mañara estaba ya andando
hacia la puerta. Le hizo un gesto vago de despedida y se fue para el Once con
la cabeza gacha. Mario no se animó a seguirlo, ni siquiera pensar mucho lo que
acababa de oír. Ahora estaba otra vez solo como al principio, frente a Madre
Celeste, la de la casa de altos y los Mañara. Hasta los Mañara.
Delia sospechaba algo porque lo recibió distinta,
casi parlanchina y sonsacadora. Tal vez los Mañara habían hablado del encuentro
en el Munich. Mario esperó que tocara el tema para ayudarla a salir de ese
silencio, pero ella prefería Rose Marie y un poco de Schumann, los tangos de
Pacho con un compás cortado y entrador, hasta que los Mañara llegaron con
galletitas y málaga y encendieron todas las luces. Se habló de Pola Negri, de
un crimen en Liniers, del eclipse parcial y la descompostura del gato. Delia creía
que el gato estaba empachado de pelos y apoyaba un tratamiento de aceite de
castor.
Los Mañara le daban la razón sin opinar, pero no
parecían convencidos. Se acordaron de un veterinario amigo, de unas hojas
amargas. Optaban por dejarlo solo en el jardincito, que él mismo eligiera los
pastos curativos. Pero Delia dijo que el gato se moriría; tal vez el aceite le
prolongara la vida un poco más. Oyeron a un diariero en la esquina y los Mañara
corrieron juntos a comprar Última Hora. A una muda consulta de Delia fue Mario
a apagar las luces de la sala. Quedó la lámpara en la mesa del rincón, manchando
de amarillo viejo la carpeta de bordados futuristas. En torno del piano había
una luz velada.
Mario preguntó por la ropa de Delia, si trabajaba
en su ajuar, si marzo era mejor que mayo para el casamiento. Esperaba un
instante de valor para mencionar los anónimos, un resto de miedo a equivocarse
lo detenía cada vez. Delia estaba junto a él en el sofá verde oscuro, su ropa
celeste la recortaba débilmente en la penumbra. Una vez que quiso besarla, la
sintió contraerse poco a poco.
—Mamá va a volver a despedirse. Esperá que se vayan
a la cama.
Afuera se oía a los Mañara, el crujir del diario,
su diálogo continuo. No tenían sueño esa noche, las once y media y seguían
charlando. Delia volvió al piano, como obstinándose tocaba largos valses
criollos con da capo al fine una vez y otra, escalas y adornos un poco cursis,
pero que a Mario le encantaban, y siguió en el piano hasta que los Mañara
vinieron a decirles buenas noches, y que no se quedaran mucho rato, ahora que
él era de la familia tenía que velar más que nunca por Delia y cuidar que no trasnochara.
Cuando se fueron, como a disgusto, pero rendidos de
sueño, el calor entraba a bocanadas por la puerta del zaguán y la ventana de la
sala. Mario quiso un vaso de agua fresca y fue a la cocina, aunque Delia quería
servírselo y se molestó un poco. Cuando estuvo de vuelta vio a Delia en la
ventana, mirando la calle vacía por donde antes en noches iguales se iban Rolo
y Héctor. Algo de luna se acostaba ya en el piso cerca de Delia, en el plato de
alpaca que Delia guardaba en la mano como otra pequeña luna. No había querido
pedirle a Mario que probara delante de los Mañara, él tenía que comprender cómo
la cansaban los reproches de los Mañara, siempre encontraban que era abusar de
la bondad de Mario pedirle que probara los nuevos bombones —claro que si no
tenía ganas, pero nadie le merecía más confianza, los Mañara eran incapaces de
apreciar un sabor distinto.
Le ofrecía el bombón como suplicando, pero Mario
comprendió el deseo que poblaba su voz, ahora lo abarcaba con una claridad que
no venía de la luna, ni siquiera de Delia. Puso el vaso de agua sobre el piano
(no había bebido en la cocina) y sostuvo con dos dedos el bombón, con Delia a
su lado esperando el veredicto, anhelosa la respiración, como si todo
dependiera de eso, sin hablar pero urgiéndolo con el gesto, los ojos crecidos
—o era la sombra de la sala—, oscilando apenas el cuerpo al jadear, porque ahora
era casi un jadeo cuando Mario acercó el bombón a la boca, iba a morder, bajaba
la mano y Delia gemía como si en medio de un placer infinito se sintiera de
pronto frustrada.
Con la mano libre apretó apenas los flancos del
bombón, pero no lo miraba, tenía los ojos en Delia y la cara de yeso, un
pierrot repugnante en la penumbra. Los dedos se separaban, dividiendo el
bombón. La luna cayó de plano en la masa blanquecina de la cucaracha, el cuerpo
desnudo de su revestimiento coriáceo, y alrededor, mezclados con la menta y el
mazapán, los trocitos de patas y alas, el polvillo del caparacho triturado.
Cuando le tiró los pedazos a la cara, Delia se tapó
los ojos y empezó a sollozar, jadeando en un hipo que la ahogaba, cada vez más
agudo el llanto, como la noche de Rolo; entonces los dedos de Mario se cerraron
en su garganta como para protegerla de ese horror que le subía del pecho, un
borborigmo de lloro y quejido, con risas quebradas por retorcimientos, pero él
quería solamente que se callara y apretaba para que solamente se callara; la de
la casa de altos estaría ya escuchando con miedo y delicia, de modo que había
que callarla a toda costa.
A su espalda, desde la cocina donde había
encontrado al gato con las astillas clavadas en los ojos, todavía arrastrándose
para morir dentro de la casa, oía la respiración de los Mañara levantados,
escondiéndose en el comedor para espiarlos, estaba seguro de que los Mañara
habían oído y estaban ahí contra la puerta, en la sombra del comedor, oyendo
cómo él hacía callar a Delia. Aflojó el apretón y la dejó resbalar hasta el
sofá, convulsa y negra, pero viva. Oía jadear a los Mañara, le dieron lástima
por tantas cosas, por Delia misma, por dejársela otra vez y viva. Igual que
Héctor y Rolo, se iba y se las dejaba. Tuvo mucha lástima de los Mañara, que
habían estado ahí agazapados y esperando que él —por fin alguno— hiciera callar
a Delia que lloraba, hiciera cesar por fin el llanto de Delia.
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Julio Cortázar (1914-1984)

