Libro N° 9783. Cita En Averoigne. Ashton Smith, Clark.
© Libro N° 9783. Cita En Averoigne. Ashton Smith, Clark. Emancipación. Abril
9 de 2022.
Título original: © A Rendezvous in Averoigne, Clark Ashton Smith
(1893-1961)
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Original: © Cita En Averoigne. Clark Ashton Smith
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Clark Ashton Smith
Cita En Averoigne
Clark Ashton Smith
«CITA EN AVEROIGNE»:
CLARK ASHTON SMITH; RELATO Y ANÁLISIS
Cita en Averoigne (A Rendezvous in Averoigne) es un
relato de vampiros del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961),
publicado en las ediciones de abril y mayo de 1931 de la revista Weird Tales, y
luego reeditado por Arkham House en la antología de 1942: Fuera del espacio y
el tiempo (Out of Space and Time).
Cita en Averoigne, uno de los grandes cuentos de
Clark Ashton Smith, pertenece al ciclo de relatos de Averoigne, aquella región
apócrifa de la Francia medieval donde lo fantástico y lo sobrenatural forman
parte del paisaje.
El argumento de Cita en Averoigne narra la historia
de un trovador, Gérard de l'Automne, quien se encuentra viajando junto a una
mujer noble, Fleurette, cuando ambos se encuentran inesperadamente con Sieur du
Malinbois y su esposa, dos vampiros que viene asediando la región desde hace
varias generaciones.
Cita En Averoigne
Clark Ashton Smith
(1893-1961)
Mientras se dirigía a Vyones por el sendero
cubierto de hojas que atravesaba los bosques de Averoigne, Gerard de l'Automne
meditaba sobre las rimas de una nueva balada que estaba componiendo en honor de
Fleurette. Pero más que en la balada, sus verdaderos progresos radicaban en él mismo,
sobre todo desde que se había puesto en marcha para encontrarse con Fleurette,
a quien había prometido una cita entre robles y hayas, como se promete a
cualquier muchacha campesina que se precie. Su amor estaba en esa fase en que,
incluso para un trovador profesional, anda más cautivo de la ensoñación que de
la inspiración.
Así, continuamente pensaba en situaciones que iban
más allá del intercambio de palabras amorosas. Los árboles y los prados habían
adquirido el fresco esplendor de las primaveras medievales; la hierba estaba
salpicada de diminutas poblaciones de flores azules, blancas y amarillas, como
bordadas artísticamente; junto al camino discurría un arroyuelo cristalino cuyo
murmullo remitía al delicioso parloteo de ondinas bajo las aguas. El aire,
acunado por los rayos del sol, llegaba como en bocanadas de juventud y aventura;
y los deseos que emanaban del corazón de Gerard semejaban mezclarse de modo
místico con la balsamina silvestre.
Gerard era un trovero cuya juventud y numerosas
peripecias le habían reportado fama considerable. Siguiendo la costumbre de su
oficio, vagaba de corte en corte, de castillo en castillo. En aquellos días era
el invitado del conde de la Frenaie, cuya elevada fortaleza dominaba más de la
mitad de los bosques circundantes. Un día, cuando visitaba Vyones, singular
ciudad catedralicia muy próxima al bosque de Averoigne, el trovador vio a
Fleurette, hija de un adinerado mercero que se llamaba Guillaume Cochin; y aunque
parezca extraño, se enamoró sinceramente de la joven, más de lo que suele ser
común entre personas de su talante y oficio.
Se las arregló para revelarle sus sentimientos. Y
así, tras un mes a base de cartas de amor, baladas y entrevistas furtivas
mediadas por una alcahueta, ella concertó una cita silvestre aprovechando que
su padre debía ausentarse. Escoltada por una dama de compañía y un sirviente, a
primera hora de la tarde debía salir de Vyones y encontrarse con Gerard bajo un
haya enorme y muy vieja. Una vez allí, los sirvientes debían retirarse
discretamente para que los amantes pudieran estar solos. Era poco probable que alguien
los viera o importunase: el tupido e inmemorial bosque tenía muy mala fama
entre los campesinos. En algún lugar yacían las ruinas del derruido y encantado
castillo de Faussesflammes.
Asimismo, había una doble tumba sin consagrar en la
que el señor Hugh du Malinbois y su castellana, célebre por sus prácticas
brujescas, estaban enterrados desde hacía más de doscientos años. Circulaban
leyendas espeluznantes en torno a sus figuras y espectros, había historias de
hombres lobo y duendes, de hadas, demonios y vampiros que infestaban Averoigne.
Gerard había prestado poca atención a aquellos rumores y consideraba improbable
que tales engendros osaran aparecérsele a plena luz del día. La alocada
Fleurette también era del mismo parecer; ahora bien, para que los criados la
acompañasen había sido necesario prometerles una sustanciosa recompensa, ya que
ellos sí creían plenamente en las supersticiones de la comarca.
Gerard se había olvidado por completo de las
siniestras leyendas de Averoigne; aceleró su marcha por el sendero moteado por
los rayos del sol que se filtraban por las enramadas. Estaba a sólo un recodo
del punto de encuentro; el corazón le latía con desenfreno y emoción al
preguntarse si Fleurette ya lo estaría esperando. Desistió de seguir
componiendo la balada; en las tres millas recorridas desde La Frenaie, se había
quedado a mitad de esbozar la primera estancia. Aquellos pensamientos propios
de un joven enamorado e impaciente fueron interrumpidos por un horrísono grito,
nacido de la repulsa y el terror más intensos, que parecía proceder de la verde
calma de los pinos que se alzaban junto al sendero.
Sorprendido, escrutó las gruesas ramas. Y cuando se
restableció el silencio, percibió el son de pasos amortiguados y apresurados y
el correteo de varios cuerpos. Volvió a oír el grito, inconfundiblemente
proferido por una mujer que se encontraba en peligro. Aflojó las correas de la
daga envainada y, empuñando con decisión un largo garrote de carpe para
protegerse de las víboras que, se decía, acechaban en los bosques de Averoigne,
se internó sin demora ni indecisión entre los troncos de denso follaje. En un
pequeño claro abierto más allá de los árboles, descubrió a una mujer que
pugnaba por zafarse de tres rufianes excepcionalmente brutales y malvados. A
pesar de las circunstancias, Gerard se dio cuenta de que jamás los había visto
en su vida.
La mujer, ataviada con una toga esmeralda como el
verde de sus ojos, manifestaba en el rostro la palidez de las cosas muertas,
una belleza sobrenatural, y sus labios lucían el carmesí intenso de la sangre
joven. Por su parte, los hombres eran oscuros como sarracenos, sus ojos
ardientes brasas bajo las cejas, tupidas y gruesas como las cerdas de una
bestia. Sus pies guardaban una forma muy peculiar; sin embargo, Gerard no
reparó en aquel hecho hasta mucho después, cuando recordó que, aunque se movían
con agilidad pasmosa, exhibían una extraña deformidad. Por algún inexplicable
motivo, nunca fue capaz de rememorar cómo iban vestidos.
La mujer le dirigió una mirada suplicante nada más
reparar en él. Los agresores, en cambio, parecieron no prestarle atención. Sin
embargo, la peluda mano de uno de ellos aprisionó las de la mujer, que en vano
intentaba ir junto al hombre que venía a salvarla. Enarbolando el garrote,
Gerard se precipitó contra los villanos. Asestó tal golpe sobre la cabeza del
que estaba más cerca que debería haberlo tumbado. Sin embargo, el palo sólo
hendió el aire y Gerard hizo grandes esfuerzos para mantener el equilibrio.
Desconcertado y sin entender nada, se dio cuenta de que el barullo de las
figuras se había desvanecido por completo.
Los tres hombres habían desaparecido pero, en medio
de las ramas de un alto pino alejado del claro, las pálidas facciones de la
mujer, antes de fundirse en la espesura, por un instante le sonrieron con
tenue, casi imperceptible malicia. Se hizo la luz en Gerard; y mientras se
persignaba, un fuerte estremecimiento le recorrió el cuerpo. Unos fantasmas o
demonios lo habían engañado, sin duda con maléficos propósitos; había sido
objeto de algún extraño encantamiento. Todo aquello tenía que ver con las sombrías
leyendas de los bosques de Averoigne. Retrocedió sus pasos hasta el sendero.
Sin embargo, cuando pensó que estaba de nuevo en el punto donde había oído los
gritos, el sendero ya no existía; tampoco reconoció ni vio nada que le
recordase un solo rasgo del bosque.
El follaje ya no era de un verde intenso, sino
lúgubre. Los árboles presentaban las trazas propias de los cipreses, o eran
presa del decaimiento otoñal o de su muerte definitiva. En lugar de aguas
cantarinas había una laguna de aguas oscuras y espesas como sangre coagulada,
sin que en ellas se reflejasen las oscuras juncias otoñales que la flanqueaban
como la cabellera de un suicida y los troncos de las mimbreras que se retorcían
en las márgenes.
Gerard tenía la plena convicción de padecer un
malvado encantamiento. El precio de atender a la llamada de auxilio había sido
cazado por el hechizo, haber sido atraído hacia el centro de su influjo.
Ignoraba qué clase de poderes brujescos o demoniacos lo habían elegido como
víctima; no obstante, estaba seguro de que acechaban fuerzas sobrenaturales.
Asió con más fuerza el garrote de carpe y, mientras intentaba descubrir
indicios tangibles de una maligna presencia, se encomendó a todos los santos
que conocía. Imperaba la más absoluta desolación; el entorno era lugar propicio
para una reunión entre cadáveres y demonios. Nada se movía, ni una sola hoja
caída, ni un solo murmullo de ramas movidas por el viento, ni un solo trino de
pájaro ni zumbido de abejas, ni un solo borboteo de agua. Parecía como si el
sol jamás se hubiese alzado sobre aquellos cielos mortecinos; la luz diurna
brillaba débilmente, sin matices ni variaciones, sin claros ni oscuros.
Gerard escrutó aquel entorno con suma atención:
cuanto más se fijaba más aumentaba su intranquilidad, a cada mirada descubría
algo inquietante. En el bosque se movían unas luces que, si las observaba con
atención, huían como espejismos; sobre la laguna se dibujaban rostros que
aparecían y desaparecían cual burbujas con vida propia antes de poder discernir
sus rasgos. Y al escudriñar todo el lago, se preguntó por qué hasta entonces no
había visto aquel castillo con tantas torretas de piedra vetusta cuyas murallas
se asentaban cerca de las aguas estancadas. Tan gris y desgastado lo vio, que
semejaba haber permanecido de aquella guisa durante incontables eras entre
aguas putrefactas y cielos gangrenados. Era más antiguo que el mundo, anterior
a la luz, coetáneo del miedo y la oscuridad. En él habitaba y se extendía un
terror inmaterial que se intuía en sus bastiones.
No se apreciaban indicios de que estuviese
habitado, ni en las torretas ni en la torre del homenaje ondeaban banderas o
estandartes. Pero Gerard tenía la certeza, como si una voz se lo hubiera
advertido con total nitidez, de que allí se encontraba el origen de la brujería
de la que era víctima. Le envolvió un pánico creciente, creyó notar el batir de
unas alas malignas, el murmullo de amenazas y conjuras demoniacas. Se dio la
vuelta y, a carrera tendida, se zambulló en la fúnebre maleza. En medio de su azoramiento,
en plena carrera, pensó en Fleurette, se preguntó si lo estaría aguardando en
el punto de encuentro, o si ella y su séquito también habrían sido atraídos
hacia aquel reino de enfermizas fantasías y estarían atrapados en él. Volvió a
elevar sus plegarias e imploró a los santos por que velasen tanto por ella como
por él mismo. La floresta era un cúmulo de desconciertos y misterios.
Carecía de rasgos distintivos ni huellas de
animales. Los oscuros cipreses y los moribundos árboles otoñales eran cada vez
más espesos, como si una perversa voluntad los aunase para impedirle la huida.
Las ramas eran brazos implacables que procuraban por todos los medios cerrarle
el paso. Gerard habría jurado que sentía cómo se le enroscaban con el vigor y
la suavidad de cosas vivas. Se resistió con todas sus fuerzas, al borde de la
locura, y le pareció oír el chasquido de una carcajada mefistofélica que se
mofaba de sus denuedos.
Por fin, con un respingo de alivio, dio con una
especie de camino forestal. Se internó en él y corrió como alma que lleva el
diablo. Y al cabo de poco, se topó con las orillas de la laguna y, sobre las
impávidas aguas, divisó las altas torres del castillo intemporal. Volvió a dar
la vuelta y a fundirse en la espesura. Y de nuevo, tras peripecias parecidas,
sus pasos lo condujeron a la laguna.
Abatido, sintiéndose botín de lo inevitable, se
resignó y abandonó cualquier tentativa de huida. Tenía totalmente embotado el
entendimiento, afligido como por designio de una voluntad superior que le
anulaba cualquier atisbo de minúscula oposición. Incapaz de resistirse, una
asoladora y aborrecible coacción lo empujó por la orilla de la laguna en
dirección al castillo. Cuando estuvo más cerca, vio que lo rodeaba un foso de
aguas estancadas como las de la laguna, cubiertas por espumarajos de
corrupción. El puente levadizo estaba bajado, la poterna abierta, como si ya
estuvieran esperándolo hacía rato. Sin embargo, no parecía habitado, los muros
de aquella gris edificación estaban tan silenciosos como los de un sepulcro.
Y más fúnebre que todo el conjunto era la mole
cuadrada y alta de la impresionante torre del homenaje. Impelido por el mismo
poder que lo había guiado desde la laguna, cruzó el puente levadizo y superó la
barbacana para acceder hasta un patio vacío. Ventanas con barrotes semejaban
contemplarlo con mirada vacua desde las alturas; y en el extremo opuesto del
patio, una puerta inexplicablemente abierta revelaba un oscuro vestíbulo. Al
aproximarse a la entrada, un hombre estaba plantado bajo el umbral. Hubiera jurado
que, justo un momento antes, allí no había nadie. Gerard seguía llevando su
garrote; y aunque su entendimiento le decía que resultaría inútil contra
cualquier enemigo sobrenatural, una enigmática intuición lo urgió a asirlo con
más resolución a medida que se aproximaba a la figura de la puerta.
Era un hombre extraordinariamente alto y de
facciones cadavéricas, ataviado con prendas muy anticuadas. Tenía los labios
acentuadamente rojos, que contrastaban aún más con su barba azulada y la
mortuoria palidez del rostro. Se acordó de los labios carmesíes de la mujer
que, junto con sus agresores, se había desvanecido misteriosamente cuando
Gerard se había acercado a ellos. Tenía los ojos blancos, la mirada pálida.
Gerard se estremeció al mirarlos, al percibir la sonrisa fría e irónica de sus
labios escarlatas, madriguera de un universo de secretos demasiado abominables
para revelarlos.
—Soy el señor du Malinbois —dijo el individuo con
tono empalagoso y huero, lo que incrementó la sensación de repulsa del
trovador. Y cuando separó los labios, Gerard entrevió unos dientes
artificiosamente pequeños, puntiagudos como los de una bestia feroz—. La
Fortuna ha querido que seais mi huésped —prosiguió—. Ruda e insuficiente es la
hospitalidad que os puedo dispensar, y no sería de extrañar que encontraseis mi
morada más bien lúgubre. Pero mi bienvenida es absolutamente sincera;
considerad vuestro cuanto haya en mi casa.
—Os doy las gracias por tan gentil ofrecimiento
—contestó Gerard—. Pero debo reunirme con un amigo y, por extraños designios,
parece que me he perdido. Os agradecería en grado sumo si pudierais indicarme
el camino hacia Vyones. No lejos de aquí debe haber algún sendero; he sido lo
suficientemente estúpido como para desviarme de él.
Sus propias palabras le sonaron vacías,
desesperadas a medida que las pronunciaba; y aquel nombre, señor du Malinbois,
le resonaba en la cabeza como los acordes de una marcha fúnebre, aunque fuese
incapaz de recordar las ideas macabras y fantasmagóricas a las que lo asociaba.
—Lamentablemente, desde mi castillo no hay senderos
hacia Vyones —replicó el extraño—. Y en cuanto a vuestra cita, la tendréis en
otro lugar y de un modo distinto. Así pues, insisto en que aceptéis mi
hospitalidad. Entrad, os lo ruego, y dejad vuestro garrote en la puerta. Ya no
os hará ninguna falta.
Gerard creyó que sus últimas palabras las había
pronunciado con desagrado y aversión, que sus ojos observaban el garrote de
carpe con oscura inquietud. El peculiar tono de sus palabras y sus ademanes le
despertaron más pensamientos macabros y espectrales, si bien no los pudo
expresar del todo hasta mucho después. Algo le aconsejaba no separarse del
objeto, pese a la probable ineficacia contra un enemigo etéreo o un ser
diabólico. Por ese motivo, dijo:
—Apelo a vuestra magnanimidad para que me permitáis
quedarme con el garrote. Hice voto de llevarlo conmigo, empuñarlo en la derecha
y no dejarlo más allá del alcance de mi brazo hasta haber matado dos víboras
con él.
—Extraño voto el vuestro —observó su anfitrión—.
Llevadlo con vos, si os place. Que decidáis cargar con un bastón de madera no
es asunto de mi incumbencia.
Se giró abruptamente y le instó a que lo siguiese.
Gerard obedeció con renuencia; antes de entrar, miró por última vez el pálido
cielo y el patio vacío. Se percató, ya sin maravillarse, de que una repentina y
furtiva oscuridad sin luna ni estrellas se hubiese cernido sobre el castillo,
como si para hacerlo hubiera estado aguardando a que Gerard penetrase en la
morada. Grande como los pliegues de un tapiz desgastado, sin aire fresco, el
interior era agobiante como las tinieblas de un sepulcro sellado durante
siglos. Nada más cruzar el umbral fue presa de una auténtica opresión,
resultaba difícil respirar con normalidad. Unos faroles ardían en la penumbra
del vestíbulo, aunque no podía precisar si en realidad iluminaban algo.
La luz que irradiaban era singularmente vaga,
indefinida, y en el vestíbulo se proyectaban infinitud de sombras que se movían
con desasosiego, pese a que las llamas estaban quietas como si ardiesen en el
velatorio de una cripta sin ventanas. Al final del corredor, el señor du
Malinbois abrió una pesada puerta de madera oscura. Más allá, en lo que parecía
el refectorio del castillo, vio a varias personas sentadas a una larga mesa a
la luz de faroles no menos débiles e inquietantes que los del vestíbulo. En una
atmósfera tan ambigua y extraña, sus rostros inspiraban una tenebrosa
desconfianza, como víctimas de una escabrosa distorsión. Le pareció que apenas
podía discernir las sombras y las figuras reunidas alrededor de la tabla.
Aun así, reconoció a la mujer del vestido verde
esmeralda que se había desvanecido tan misteriosamente entre los pinos cuando
había corrido a rescatarla. A su lado, tremendamente pálida, triste y
aterrorizada, estaba Fleurette Cochin. En el último extremo, reservado a los
criados y demás servidumbre, se hallaban la dama y el criado que la habían
acompañado a la cita.
El señor du Malinbois se giró hacia el trovador con
una sonrisa de sardónica diversión.
—Creo que ya conocéis a los aquí presentes
—observó—. Ahora bien, todavía no os he presentado formalmente a Agathe, mi
esposa, que preside la mesa. Agathe, permitidme que os presente a Gerard de
l'Automne, joven trovador de profusa fama y prestigio.
Sin musitar palabra, la mujer asintió levemente y
señaló la silla que estaba enfrente de Fleurette. Gerard se sentó y el señor du
Malinbois, a la usanza feudal, ocupó plaza en la cabecera de la mesa al lado de
su esposa. Por primera vez, Gerard se percató de que había servidumbre. Varios
criados penetraron en la estancia y depositaron sobre la mesa diversas clases
de vinos y viandas. Prodigiosamente rápidos y silenciosos, resultaba muy
difícil precisar sus facciones o la clase de atavíos que llevaban. Parecían
moverse como el presagio de un siniestro y perpetuo crepúsculo. Gerard se turbó
al notar que le recordaban a los villanos demoniacos que habían desaparecido en
el claro del bosque poco después de su ataque.
La comida se celebró entre sensaciones extrañas y
fúnebres. Una ineludible pesadumbre, un horror sofocante, una terrible
opresión, apabullaron a Gerard. Tenía un alud de preguntas que hacer a
Fleurette, así como pedir explicaciones a sus anfitriones y, sin embargo, le
resultó imposible construir y articular el más mínimo sonido. Sólo podía mirar
a su amada y contemplar reflejado en ella su mismo desconcierto y horrendo
cautiverio. El señor du Malinbois y su esposa permanecieron en silencio;
durante la comida intercambiaron miradas de complicidad cuyo significado sólo
conocían ellos. Obviamente, los criados de Fleurette estaban paralizados por el
terror, como el pájaro encadenado por la mirada hipnótica de una serpiente
venenosa.
Los alimentos tenían un sabor peculiar pero muy
exquisitos; los vinos eran extraordinariamente añejos, semejaban retener en sus
posos de topacio o púrpura el fuego perpetuo de siglos olvidados. Ahora bien,
Gerard y Fleurette apenas si mojaron los labios, y se dieron cuenta de que el
señor du Malinbois y su dama ni bebieron ni probaron la comida. Las tinieblas
de la estancia se acentuaron; los movimientos de la servidumbre devinieron más
furtivos y espectrales; el aire estancado, portador de un peligro innombrable,
estaba poseído por el hechizo de una magia negra y letal. Pese a los
penetrantes efluvios de las exóticas viandas y los vinos de solera, se percibía
el hedor de criptas ocultas, de putrefacción embalsamada y centenaria, junto
con la peculiar fragancia especiada que parecía emanar de la dama. Gerard
recordó las numerosas historias de las leyendas de Averoigne y que había
menoscabado tras escucharlas.
Evocó la historia de un tal señor du Malinbois y de
su dama, la última y más depravada de su estirpe, ambos enterrados en algún
lugar de aquel bosque desde hacía varios siglos; que la gente evitaba su
sepulcro pues, aun después de muertos, seguían atormentando con sus hechizos.
Se preguntó qué habría aturdido su memoria de tal modo que, la primera vez que
oyó el nombre de su anfitrión, había olvidado quién era -o había sido- en
realidad. Le vinieron otras historias a la cabeza, y no hicieron sino confirmar
las sospechas que tenía respecto a la naturaleza de aquella gente en cuyas
manos había caído.
Asimismo, se acordó de una superstición popular que
hablaba de cómo usar una estaca de madera y cayó en la cuenta del interés que
el señor du Malinbois había manifestado por su garrote de carpe. Lo había
dejado en el suelo, junto a su silla; comprobó que seguía allí. Muy lentamente
y con disimulo, apoyó el pie sobre él.
Finalizó la comida. El anfitrión y su dama se
levantaron.
—Os conduciré a vuestros aposentos —anunció el
señor du Malinbois, con una sombría e inextricable mirada que abarcó a todos
sus convidados—. Cada cual dispondrá de su propia cámara, si ese es vuestro
deseo; o Fleurette Cochin y su dama, Angelique, pueden dormir juntas, y Raoul,
el criado, puede compartir habitación con messieur Gerard.
Fleurette y Gerard se inclinaron por la segunda
opción. Aborrecían hasta extremos insufribles la mera idea de pasar una noche
solos en aquel enigmático castillo. Los cuatro fueron acompañados a sus
estancias respectivas, emplazadas una frente a la otra en un pasillo cuya
longitud apenas si esbozaban las tenues luces. Fleurette y Gerard se desearon
unas desesperadas buenas noches sin querer separarse el uno del otro bajo la
coaccionadora presencia de su anfitrión. ¡Cuán poco se parecía la cita con que
habían soñado! Ambos estaban trastornados ante la situación sobrenatural, los
inciertos horrores e ineluctables embrujos de que eran víctimas.
Nada más dejar a Fleurette, Gerard comenzó a
maldecirse por cobarde, por no haberse opuesto a separarse de su lado. Se
maravilló de los efectos del servilismo que gobernaba sus facultades. Parecía
como si no fuese él, que una extraña voluntad se hubiese apoderado de la suya y
que lo manejara a su antojo. La habitación del trovador estaba amueblada con un
diván y un lecho enorme cuyas cortinas estaban dispuestas y tejidas con tela
muy antigua. Ardían velas que recordaban a las de un funeral y el aire hedía a
estancado, como si no se hubiera renovado en siglos.
—Que tengáis dulces sueños -deseó el señor du
Malinbois. La sonrisa que acompañó a sus palabras era tan turbadora como el
tono pringoso y sepulcral con que las pronunció.
Cuando salió y cerró la puerta, un profundo alivio
reconfortó a los dos jóvenes. Un alivio que apenas alteró el chasquido de una
llave en la cerradura de la puerta. Gerard inspeccionó la estancia y se acercó
a su única ventana; a través de ella sólo vio la opresiva oscuridad de una
noche muy cerrada, como si todo el lugar estuviera sepultado bajo tierra y
asfixiado por el moho. Después, poseído por un acceso de ira a causa de su
separación de Fleurette, se precipitó contra la puerta y la golpeó, en vano, con
sus puños. Dándose cuenta de la inutilidad de su acción, desistió y se giró
hacia el criado.
—Bueno, Raoul —dijo—, ¿qué te parece todo esto?
Antes de contestarle, Raoul se persignó y su rostro
devino la encarnación de un terror inmenso.
—Creo, messieur —contestó al fin—, que nos han
echado un maléfico hechizo, y que los cuerpos y almas de vos, yo, mademoiselle
Fleurette y dama Angelique corren mortal peligro.
—Soy de la misma opinión —repuso Gerard—. Lo mejor
será dormir por turnos. El que esté de guardia empuñará el garrote de carpe.
Pero antes voy a afilarle el extremo con mi daga. Estoy convencido de que
sabrás cómo usarlo si tenemos visita. Pues si tal cosa sucede, no me cabe la
menor duda de quiénes serán y cuáles serán sus propósitos. Estamos en un
castillo irreal en calidad de invitados de gente que lleva muerta, o
presumiblemente muerta, más de doscientos años. Y esos seres, cuando
despiertan, practican una serie de hábitos que, supongo, no hace falta que te
explique.
—Decís bien, messieur —dijo Raoul sin poder
reprimir un estremecimiento, pero mirando con vivo interés cómo Gerard afilaba
el bastón.
Dejó el extremo aguzado como una lanza; escondió
con cuidado las virutas. Incluso labró en la madera una pequeña cruz en medio
del garrote pensando que, de este modo, quizá aumentaría su eficacia o los
preservaría de ser molestados. Acto seguido, bastón en mano, se sentó sobre la
cama; desde allí dominaba toda la estancia entre las cortinas.
—Duerme tú primero, Raoul —le indicó el diván, que
estaba cerca de la puerta.
Durante algunos minutos se cruzaron unos pocos
comentarios más. Tras oír el relato de Raoul sobre cómo Fleurette, Angelique y
él mismo habían sido atraídos por los gritos de auxilio de una dama entre los
pinos y habían sido incapaces de volver al camino, el trovador cambió de tema.
Para contrarrestar la torturante preocupación por Fleurette, comenzó a hablar
frívolamente sobre asuntos que nada tenían que ver con su actual situación. De
repente, notó que Raoul ya no le replicaba: se había dormido. En contra de su
voluntad y los temores que lo acechaban, casi inmediatamente se apoderó de él
un irresistible cansancio.
A través de su imparable somnolencia, percibió un
susurro como de alas que batían por los corredores del castillo; captó la
pronunciación sibilante de voces ominosas, como las de los allegados que
responden a invocaciones de magos, y creyó oír, aun en las bóvedas, torres y
estancias más apartadas, pisadas de pies que se apresuraban a cumplir secretos
y malignos cometidos. Pero pronto una negra malla de olvido se cernió sobre su
cabeza y la sitió implacablemente, hasta ahogar los recelos de sus agitados sentidos.
Cuando al fin despertó, las velas se habían
consumido por completo; una artificial claridad diurna se filtraba por la
ventana. El garrote seguía en su mano y, aunque continuaba con los sentidos
embotados a causa del extraño sueño, fue consciente de que nada malo le había
sucedido. Pero al mirar entre las cortinas, descubrió que Raoul yacía sobre el
diván mortalmente pálido, exangüe, con apariencia de moribundo agotado. Corrió
hacia él. Una pequeña herida escarlata le brillaba en el cuello; el pulso le latía
muy despacio, débilmente, como cuando se ha perdido mucha sangre. Tenía un
aspecto muy mustio, como si la vida ya no corriese por sus venas. Un penetrante
aroma emanó del diván, evocación espectral del perfume de dama Agathe. Tras
muchos esfuerzos, Gerard consiguió incorporar al sirviente. Raoul estaba muy
débil y somnoliento. No podía recordar nada; le invadió un profundo horror al
darse cuenta de lo que le había sucedido.
—La próxima vez será vuestro turno, messieur
—gritó—. Los vampiros nos retendrán entre estos muros con sus malas artes hasta
haber bebido nuestra última gota de sangre. Sus hechizos son como la mandrágora
o los brebajes narcotizantes de Catay, nadie se puede resistir a ellos.
Gerard intentó abrir la puerta y, para su sorpresa,
descubrió que no estaba cerrada. Satisfechos sus apetitos, la vampiresa había
descuidado las precauciones. Imperaba una gran tranquilidad. Le pareció a
Gerard que el inquieto espíritu del mal ahora estaba apaciguado, que las
oscuras alas del horror y la maldad se habían marchado para cumplir otras
misiones siniestras invocadas por hechiceros, que sus acólitos estaban sumidos
en un sueño temporal. Abrió la puerta, miró a ambos lados del desierto corredor
y llamó a la puerta de enfrente. Completamente vestida, Fleurette abrió la
puerta al instante y se echó en sus brazos sin pronunciar palabra, buscando su
mirada con tierna ansiedad.
Por encima de ella, vio a Angelique, sentada sobre
la cama, inmóvil, con una herida en el cuello similar a la de Raoul. Antes de
que Fleurette comenzase a explicarlo, comprendió que la mujer había sufrido un
percance nocturno idéntico al del sirviente. Mientras procuraba confortar y
tranquilizar a Fleurette, sus pensamientos se obsesionaron con un hecho
peculiar: fuera no se veía a nadie, y era más que probable que el señor du
Malinbois y su dama estuviesen dormidos, resarciéndose del festín. Gerard se imaginó
el lugar y el modo como dormían, y se volvió aún más pensativo al calcular
algunas de las posibilidades que se le ocurrieron.
—Animaos, ángel mío —dijo a Fleurette—. Quizá
dentro de muy poco podamos huir de esta abominable telaraña de superchería.
Pero debo dejaros por un rato y hablar de nuevo con Raoul, pues precisaré de su
ayuda.
Regresó a su aposento. El sirviente estaba sentado
sobre el diván, persignándose una y otra vez, debilitado, murmurando oraciones
con voz hueca, casi a punto de apagarse.
—Raoul —dijo el trovador con cierta brusquedad—,
debes reunir todas las fuerzas que te queden y acompañarme. Entre estos muros
que nos aprisionan, los pasadizos antiguos y sombríos, las elevadas torres y
los pesados bastiones, sólo una cosa existe de veras, el resto no es sino mero
espejismo. Debemos encontrar esa realidad a la que me refiero y enfrentarnos a
ella con coraje, como auténticos cristianos. Recorramos el castillo antes que
sus dueños despierten de su vampírico letargo.
Se desplazó por los tortuosos corredores con una
rapidez impensable. En su mente había reconstruido el vetusto montón de almenas
y torreones que había visto el día anterior. Y conjeturó que la torre del
homenaje, emplazada en el centro de la fortaleza, bien pudiera ser el lugar que
buscaba. Con el afilado garrote en mano, y Raoul rezagado como sin fuerzas
detrás de él, cruzó las puertas de muchas estancias secretas, miró por las
numerosas ventanas que daban a la ceguera de un patio interior. Finalmente, salió
a la planta baja de acceso a la torre del homenaje. Era una estancia de grandes
proporciones, desprovista de ornamentación, construida totalmente en piedra.
Las estrechas saeteras de la parte superior del
muro la iluminaban deficientemente; pese a todo, Gerard distinguió la brillante
silueta de un objeto que, en un lugar como aquel, forzosamente llamaba la
atención: una tumba de mármol. Al aproximarse, descubrió que estaba
extrañamente desgastada, maculada por líquenes grises y amarillos que florecían
sólo al incidir sobre ellos los rayos fugaces del sol. La losa que la cubría
tenía doble espesor y, para levantarla, se precisaba toda la fuerza de dos
hombres.
Raoul contemplaba la tumba con expresión embobada.
—¿Y ahora qué hacemos, messieur? —inquirió.
—Estamos a punto de penetrar en el tálamo de
nuestros anfitriones, Raoul.
Siguiendo sus indicaciones, el criado asió un
extremo de la losa y Gerard tomó el otro. Con un esfuerzo que les hizo forzar
al máximo tendones y músculos, intentaron apartarla, pero la losa apenas se
movió. Por fortuna, sujetando los dos el mismo extremo, pudieron inclinarla; se
deslizó y cayó sobre el suelo provocando un enorme estruendo. El interior de la
tumba contenía dos ataúdes: en uno yacía el señor Hugh du Malinbois; en el
otro, su esposa, Agathe. Ambos parecían disfrutar un sueño tan plácido como el
de los niños; las facciones de sus rostros llevaban estampada una serena
maldad, una perfidia saciada, y el escarlata de los labios refulgía como nunca.
Sin pensárselo dos veces, Gerard hendió el pecho
del señor du Malinbois con la punta afilada del garrote. El cuerpo se desmenuzó
como si estuviese hecho de cenizas amasadas y pintadas hasta darles apariencia
humana. Se percibió un ligero hedor de corrupción y antigüedad. A continuación,
repitió la maniobra en el pecho de la señora. Y a la par que su disgregación,
el suelo y los muros de la torre del homenaje parecieron disolverse en un
atormentado vapor, se desmoronaron por cada uno de los lados de la torre como
sacudidos por un trueno mudo.
Confundidos, embriagados por una inefable sensación
de vértigo, Gerard y Raoul se apercibieron de que todo el castillo se había
desvanecido como las almenas y torreones de una tormenta extinguida; que la
laguna muerta y sus ominosas orillas ya no agredían con maléficas visiones.
Ambos se hallaban en medio de un claro silvestre, bajo la hermosa luz de un sol
vespertino. Del castillo sólo quedaba la tumba sucia de líquenes. Fleurette y
su dama quedaban a cierta distancia. Gerard corrió hacia la hija del mercero y
la tomó en sus brazos. Ella estaba confundida por aquellas experiencias, como
quien escapa del laberinto nocturno de una pesadilla para descubrir que todo ha
sido un sueño.
—Creo, dueña mía —afirmó Gerard—, que el señor du
Malinbois y su dama no interrumpirán nuestra próxima cita.
Fleurette, todavía aturdida, sólo le pudo responder
con un beso.
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Clark Ashton Smith (1893-1961)

