Libro N° 9781. Chickamauga. Bierce, Ambrose.
© Libro N° 9781. Chickamauga. Bierce, Ambrose. Emancipación. Abril
9 de 2022.
Título original: © Chickamauga.
Ambrose Bierce (1842-1914)
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Original: © Chickamauga. Ambrose Bierce
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Ambrose Bierce
Chickamauga
Ambrose Bierce
«CHICKAMAUGA»:
AMBROSE BIERCE; RELATO Y ANÁLISIS
Chickamauga (Chickamauga) es un relato fantástico
del escritor norteamericano Ambrose Bierce (1842-1914), publicado originalmente
en la edición del 20 de enero de 1889 del periódico San Francisco Examiner, y
luego reeditado en la antología de 1891: Cuentos de soldados y civiles (Tales
of Soldiers and Civilians).
Chickamauga, uno de los mejores relatos de Ambrose
Bierce, narra la historia de un muchacho sordo, espada de madera en mano, quien
procede a jugar a los soldados sin advertir que una verdadera y sangrienta
batalla se está desarrollando muy cerca.
Este notable cuento de Ambrose Bierce nos sitúa en
medio de un atroz combate de la Guerra Civil Norteamericana: la Batalla de
Chickamauga, que se desarrolló entre el 18 y el 20 de septiembre de 1863.
Chickamauga
Ambrose Bierce (1842-1914)
En una tarde soleada de otoño, un niño perdido en
el campo, lejos de su rústica vivienda, entró en un bosque sin ser visto.
Sentía la nueva felicidad de escapar a toda vigilancia, de andar y explorar a
la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus antepasados, y durante
miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas memorables en
descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos críticos
eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en
peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a
través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado
en un tercero donde recibió como herencia la guerra y el poder.
Era un niño de seis años, hijo de un pobre
plantador. Éste, durante su primera juventud, había sido soldado, había luchado
contra salvajes desnudos, había seguido la bandera de su país hasta la capital
de una raza civilizada en el extremo sur. Pero en la existencia apacible del
plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida, nunca se
apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las había
comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo, sin
embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con
gallardía, como conviene al hijo de una raza heroica, y se paraba de tiempo en
tiempo en los claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las
actitudes de agresión y defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas.
Enardecido por la facilidad con que echaba por
tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el error
táctico, bastante frecuente, de proseguir su avance hasta un extremo peligroso,
y se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas
rápidas aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo
derrotado que acaba de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido
guerrero no iba a dejarse amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado
el ancho mar ardía, invencible, dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo
sofocarlo. En el lecho del río descubrió un lugar donde había algunos cantos
rodados, espaciados a un paso o a un brinco de distancia; gracias a ellos pudo
atravesarlo, cayó de nuevo sobre la retaguardia de sus enemigos imaginarios, y
los pasó a todos a cuchillo.
Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia
exigía que se replegara sobre la base de sus operaciones. ¡Ay!, como tantos
otros conquistadores más grandes que él, como el más grande de todos, no podía
ni refrenar su sed de guerra, ni comprender que el más afortunado no puede
tentar al Destino. De pronto, mientras avanzaba desde la orilla, se encontró
frente a un nuevo y formidable adversario. A la vuelta de un sendero, con las
orejas tiesas y las patas delanteras colgantes, muy erguido, estaba sentado un
conejo. El niño lanzó una exclamación de asombro, dio media vuelta y escapó sin
saber qué dirección tomaba, llamando a su madre con gritos inarticulados,
llorando, tropezando, con su tierna piel cruelmente desgarrada por las zarzas,
su corazoncito palpitando de terror, sin aliento, enceguecido por las lágrimas,
perdido en el bosque.
Después, durante más de una hora, sus pies
vagabundos lo llevaron a través de malezas inextricables, y por fin, rendido de
cansancio, se acostó en un estrecho espacio entre dos rocas a pocas yardas del
río. Allí, sin dejar de apretar su sable de madera, que no era ya para él un
arma sino un compañero, se durmió a fuerza de sollozos. Encima de su cabeza,
los pájaros del bosque cantaban alegremente; las ardillas, castigando el aire
con el esplendor de sus colas, chillaban y corrían de árbol en árbol, ignorando
al niño lastimero; y en alguna parte, muy lejos, gruñía un trueno, extraño y
sordo, como si las perdices redoblaran para celebrar la victoria de la
naturaleza sobre el hijo de aquellos que, desde tiempos inmemoriales, la han
reducido a la esclavitud.
Y del otro lado, en la pequeña plantación, donde
hombres blancos y negros llenos de alarma buscaban febrilmente en los campos y
los cercos, una madre tenía el corazón destrozado por la desaparición de su
hijo.
Pasaron las horas, y el pequeño durmiente se
levantó. La frescura de la tarde transía sus miembros; el temor a las
tinieblas, su corazón. Pero había descansado y no lloraba más. Impulsado a
obrar por un impulso ciego, se abrió camino a través de las malezas que lo
rodeaban hasta llegar a un terreno más abierto: a su derecha, el arroyo; a su
izquierda, una suave pendiente con unos pocos árboles; arriba, las sombras cada
vez más densas del crepúsculo. Una niebla tenue, espectral, a lo largo del
agua, le inspiró miedo y repugnancia; en lugar de atravesar el arroyo por
segunda vez en la dirección en que había venido, le dio la espalda y avanzó
hacia el bosque sombrío que lo cercaba.
Súbitamente, ante sus ojos, vio desplazarse un
objeto extraño que tomó al principio por un enorme animal: perro, cerdo, no lo
sabía; quizá fuera un oso. Había visto imágenes de osos y, no conociendo nada
en su descrédito, había deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma
o en el movimiento de aquel objeto, algo torpe en su andar, le dijo que no era
un oso; el miedo refrenó la curiosidad, y el niño se detuvo. Sin embargo, a
medida que la extraña criatura avanzaba con lentitud, aumentó su coraje porque
advirtió que no tenía, al menos, las orejas largas, amenazadoras, del conejo.
Quizá su espíritu impresionable era consciente a medias de algo familiar en ese
andar vacilante, ingrato.
Antes de que se hubiera acercado lo suficiente para
disipar sus dudas, vio que la criatura era seguida por otra y otra y otra. Y
había muchas más a derecha e izquierda: el campo abierto que lo rodeaba
hormigueaba de aquellos seres, y todos avanzaban hacia el arroyo.
Eran hombres. Trepaban con las manos y las
rodillas. Algunos sólo usaban las manos, arrastrando las piernas; otros sólo
las rodillas, y los brazos colgaban, inútiles, de cada lado. Trataban de
ponerse en pie, pero se abatían en el curso de su esfuerzo, el rostro contra la
tierra. Nada hacían normalmente, nada hacían de igual manera, salvo esa
progresión pie por pie en el mismo sentido. De uno en uno, de dos en dos, en
pequeños grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hacían
un alto, otros se les adelantaban, arrastrándose con lentitud, y aquéllos,
entonces, reanudaban el movimiento.
Llegaban por docenas y por centenares; se extendían
a derecha e izquierda hasta donde podía escrutarse en la oscuridad creciente, y
el bosque negro detrás de ellos parecía interminable. El suelo mismo parecía
desplazarse hacia el arroyo. De tiempo en tiempo, uno de aquellos que habían
hecho un alto no reanudaba su camino y yacía inmóvil: estaba muerto. Algunos se
detenían y gesticulaban de manera extraña: levantaban los brazos y los dejaban
caer de nuevo, se tomaban la cabeza con ambas manos, extendían sus palmas hacia
el cielo como hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en común.
El niño no reparó en todos estos detalles que sólo
hubiera podido advertir un espectador de más edad. Sólo vio una cosa: eran
hombres, y sin embargo, se arrastraban como niñitos. Eran hombres; nada tenían
pues de terrible, aunque algunos llevaran vestimentas que desconocía. Caminó
libremente en medio de ellos, mirándolos de cerca con infantil curiosidad. Los
rostros de todos eran singularmente pálidos; muchos estaban cubiertos de
rastros y gotas rojas.
Esto, unido a sus actitudes grotescas, le recordó
al payaso pintarrajeado que había visto en el circo el verano anterior, y se
puso a reír al contemplarlos. Pero esos hombres mutilados y sanguinolentos no
dejaban de avanzar, sin advertir, al igual que el niño, el dramático contraste
entre la risa de éste y su propia y horrible gravedad. Para el niño era un
espectáculo cómico. Había visto a los negros de su padre arrastrarse sobre las
manos y las rodillas para divertirlo: en esta posición los había montado, haciendo
creer que los tomaba por caballos. Y entonces, se aproximó por detrás a una de
esas formas rampantes, y después, con un ágil movimiento, se le sentó a
horcajadas.
El hombre se desplomó sobre el pecho, recuperó el
equilibrio furiosamente, hizo caer redondo al niño como hubiera podido hacerlo
un potrillo salvaje y después volvió hacia él un rostro al que le faltaba la
mandíbula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abría un gran
hueco rojo franqueado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. El
saliente monstruoso de la nariz, la falta de mentón, los ojos montaraces, daban
al herido el aspecto de un gran pájaro rapaz con el cuello y el pecho
enrojecidos por la sangre de su presa.
El hombre se incorporó sobre las rodillas. El niño
se puso de pie. El hombre lo amenazó con el puño. El niño, por fin
aterrorizado, corrió hasta un árbol próximo, se guareció detrás del tronco, y
después encaró la situación con mayor seriedad. Y la siniestra multitud
continuaba arrastrándose, lenta, dolorosa, en una lúgubre pantomima, bajando la
pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jamás el menor
ruido, en un silencio profundo, absoluto.
En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenzó
a iluminarse. Más allá del arroyo, a través de la cintura de árboles, brillaba
una extraña luz roja sobre la cual se destacaba el negro encaje de las ramas;
golpeaba las siluetas rampantes y proyectaba sobre ellas monstruosas sombras
que caricaturizaban sus movimientos en la hierba iluminada; caía en sus
rostros, teñía su palidez de un color bermellón, acentuando las manchas que
distorsionaban y maculaban a tantos de ellos, y centelleaba sobre los botones y
las partes metálicas de sus ropas.
Por instinto, el niño se volvió hacia aquel
resplandor siempre creciente, y bajó la colina con sus horribles compañeros; en
pocos instantes, había pasado al primero de la multitud, hazaña fácil dada su
manifiesta superioridad sobre todos. Se colocó a la cabeza, el sable de madera
siempre en la mano, y dirigió la marcha, adaptando su andar al de ellos,
solemne, volviéndose de vez en cuando para verificar si sus fuerzas no quedaban
atrás. A buen seguro, nunca un jefe tuvo semejante séquito.
Esparcidos por el terreno que enangostaba
lentamente aquella marcha atroz de la multitud hacia el agua, había algunos
objetos que no provocaban ninguna asociación de ideas significativas en el
espíritu del jefe: en algunos lugares, una manta enrollada a lo largo, con las
dos puntas atadas por una cuerda; aquí, una pesada mochila de soldado; allá, un
fusil roto; en suma, esos desechos que se encuentran en la retaguardia de las
tropas en retirada, jalonando la pista de los vencidos que han huido de sus perseguidores.
En todos lados, junto al arroyo, bordeado en aquel sitio por tierras bajas, el
suelo había sido hollado y transformado en lodo por los pies de los hombres y
los cascos de los caballos. Un observador más experimentado habría advertido
que esas huellas iban en ambas direcciones; dos veces habían pasado por el
terreno: avanzando, retrocediendo.
Algunas horas antes, aquellos heridos sin esperanza
habían penetrado en el bosque por millares, en compañía de sus camaradas más
felices, muy lejos ahora. Sus batallones sucesivos, dispersándose en enjambres
y reformándose en líneas, habían desfilado junto al niño dormido, por poco lo
habían pisoteado en su sueño. El ruido y el murmullo de su marcha no lo habían
despertado. Casi a la distancia de un hondazo del lugar en que estaba acostado,
habían librado batalla; pero el niño no había oído el estruendo de los fusiles,
el estampido de los cañones, «la voz tonante de los capitanes y los clamores».
Había dormido durante casi todo el combate,
apretando contra su pecho el sable de madera, quizá por inconsciente simpatía
hacia el conjunto marcial que lo rodeaba, pero tan insensible a la
magnificencia de la lucha como los caídos que allí habían muerto para hacerla
gloriosa.
Más allá de los árboles, del otro lado del arroyo,
ahora el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su bóveda de humo
y bañaba todo el paisaje, transformando en vapor dorado la línea sinuosa de la
niebla. Sobre el agua brillaban anchas manchas rojas, y rojas eran igualmente
casi todas las piedras que emergían. Pero sobre aquellas piedras había sangre:
los heridos menos graves las habían maculado al pasar. Gracias a ellas,
también, el niño cruzó el arroyo a paso rápido; iba hacia el fuego. Una vez en
la otra orilla, se volvió para mirar a sus compañeros de marcha. La vanguardia
llegaba al arroyo. Los más vigorosos se habían arrastrado hasta el borde y
habían hundido el rostro en el agua.
Tres o cuatro, que yacían inmóviles, parecían no
tener ya cabeza. Ante ese espectáculo, los ojos del niño se dilataron de
asombro; por hospitalario que fuera su espíritu, no podía aceptar un fenómeno
que implicara pareja vitalidad. Después de haber abrevado su sed, aquellos
hombres no habían tenido fuerzas para retroceder ni mantener sus cabezas por
encima del agua: se habían ahogado. Detrás de ellos, los claros del bosque
permitieron ver al jefe, como al principio de su marcha, innumerables e
informes siluetas. Pero no todas se movían. El niño agitó su gorra para
animarlas y, sonriendo, señaló con el sable de madera en dirección a la
claridad que lo guiaba, columna de fuego de aquel extraño éxodo.
Confiando en la fidelidad de sus compañeros,
penetró en la cintura de árboles, la franqueó fácilmente a la luz roja, escaló
una empalizada, atravesó corriendo un campo, volviéndose de riempo en tiempo
para coquetear con su obediente sombra, y de tal modo se aproximó a las ruinas
de una casa en llamas. Por doquiera, la desolación. A la luz del inmenso
brasero, no se veía un ser viviente. No se preocupó por ello. El espectáculo le
gustaba y se puso a bailar de alegría como bailaban las llamas vacilantes. Corrió
aquí y allá para recoger combustible, pero todos los objetos que encontraba
eran demasiado pesados y no podía arrojarlos al fuego, dada la distancia que le
imponía el calor. Desesperado, lanzó su sable a la hoguera: se rendía ante las
fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar había terminado.
Como cambiara de lugar, detuvo la mirada en algunas
dependencias cuyo aspecto era extrañamente familiar: tenía la impresión de
haber soñado con ellas. Se puso a reflexionar, sorprendido, y de pronto la
plantación entera, con el bosque que la rodeaba, pareció girar sobre su eje.
Vaciló su pequeño universo, se trastocó el orden de los puntos cardinales. ¡En
los edificios en llamas reconoció su propia casa! Durante un instante quedó
estupefacto por la brutal revelación. Después se puso a correr en torno a las ruinas.
Allí, plenamente visible a la luz del incendio, yacía el cadáver de una mujer:
el rostro pálido vuelto al cielo, las manos extendidas, agarrotadas y llenas de
hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro, enmarañado, cubierto de
sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y del agujero
desgarrado salía el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y
espumosa coronada de racimos escarlata: la obra de un obús.
El niño hizo ademanes salvajes e inciertos. Lanzó
gritos inarticulados, indescriptibles, que hacían pensar en los chillidos de un
mono y en los cloqueos de un ganso, sonido atroz, sin alma —maldito lenguaje
del demonio—. El niño era sordomudo. Después permaneció inmóvil, los labios
temblorosos, los ojos fijos en las ruinas.
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Ambrose Bierce (1842-1914)

