Libro N° 9778. Celefaïs. Lovecraft, H.P.
© Libro N° 9778. Celefaïs. Lovecraft, H.P. Emancipación. Abril 9 de 2022.
Título original: © Celephaïs, H.P. Lovecraft (1890-1937)
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H.P. Lovecraft
Celefaïs
H.P. Lovecraft
«CELEFAIS»: H.P. LOVECRAFT; RELATO Y ANÁLISIS
Celefaïs (Celephaïs) es un relato de terror del
escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890-1937) compuesto en noviembre de
1920 y publicado en la edición de mayo de 1922 de la revista pulp Rainbow, y
luego reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros
(The Outsider and Others).
Celefaïs es, además, el nombre de una ciudad
ficticia del Ciclo Onírico de H.P. Lovecraft que luego aparecería con mucho más
detalle en La búsqueda onírica de la desconocida Kadath (The Dream-Quest of
Unknown Kadath).
Como ocurre con muchos cuentos de H.P. Lovecraft,
Celefaïs está inspirado en un sueño en el que el autor fantaseó con volar sobre
una enorme y desconocida ciudad.
Celefaïs está directamente relacionado con el
estilo de Lord Dunsany, principalmente con su relato fantástico: La coronación
del señor Thomas Shap (The Coronation of Mr. Thomas Shap), publicado en El
libro de las maravillas (The Book of Wonder); y también con el cuento de
Ambrose Bierce: Un jinete en el cielo (A Horseman in the Sky) de 1891.
El protagonista de Celefaïs es el último
descendiente de su raza. Vive en una sórdida habitación de Londres, solo y
melancólico, donde elige vivir en su mundo de fantasías, un mundo onírico donde
se hace llamar Kuranes.
Bajo esta forma insólita, la de un hombre que
desprecia la realidad para vivir en un universo de ensueño, Kuranes vuelve a su
infancia, a la casa de sus antepasados, ubicada en una aldea hace largo tiempo
olvidada. Allí, por una grieta abierta en la ladera de una montaña, Kuranes
recorre la ciudad perdida de Celefaïs, en el Valle de Ooth-Nargai, más allá de
las colinas Tanarias, visitada cuarenta años atrás en un sueño infantil.
Kuranes recorre las asombrosas maravillas de aquel
reino: el río Naraxa, el templo de Nath-Horthath, donde el tiempo no existe;
las altas torres de Serannian, el monte Aran, donde se reúne con el capitán
Athib, a punto de embarcarse hacia el mar Cerenio, cuyas mareas, dicen,
conducen al cielo.
Entonces ocurre lo impensado: Kuranes despierta.
La ruidosa Londres lo rodea. Los mundos
maravillosos se repiten, uno tras otro, pero Kuranes es incapaz de regresar a
la ciudad de Celefaïs. Asediado por la nostalgia, recurre a métodos poco
recomendables para inducirse visiones similares al sueño. El hachís, en dosis
cada vez más altas y peligrosas, parecen alejarlo aún más de la ciudad soñada.
Kuranes lo pierde todo. Pobre y desalojado de sus
habitaciones deambula por las calles fétidas de Londres; loco, extraviado,
hasta que sobre los adoquines húmedos oye los cascos de una partida de jinetes.
Entre la bruma, tal vez, vislumbra un cortejo de caballeros venidos de Celefaïs
para llevarlo a su tierra eterna.
Su alma, libre e imperecedera, cabalga hacia la
hermosa Celefaïs, mientras el cadáver de Kuranes flota en las hediondas aguas
del canal de Innsmouth.
Celefaïs
H.P. Lovecraft
(1890-1937)
En un sueño, Kuranes vio la ciudad del valle, y la
costa que se extendía más allá, y el nevado pico que dominaba el mar, y las
galeras de alegres colores que salían del puerto rumbo a lejanas regiones donde
el mar se junta con el cielo. Fue en un sueño también, donde recibió el nombre
de Kuranes, ya que despierto se llamaba de otra manera. Quizá le resultó
natural soñar un nuevo nombre, pues era el último miembro de su familia, y
estaba solo entre los indiferentes millones de londinenses, de modo que no eran
muchos los que hablaban con él y recordaban quién había sido. Había perdido sus
tierras y riquezas; y le tenía sin cuidado la vida de las gentes de su
alrededor; porque él prefería soñar y escribir sobre sus sueños.
Sus escritos hacían reír a quienes los enseñaba,
por lo que algún tiempo después se los guardó para sí, y finalmente dejó de
escribir. Cuanto más se retraía del mundo que le rodeaba, más maravillosos se
volvían sus sueños; y habría sido completamente inútil intentar transcribirlos
al papel. Kuranes no era moderno, y no pensaba como los demás escritores.
Mientras ellos se esforzaban en despojar la vida de sus bordados ropajes del
mito y mostrar con desnuda fealdad lo repugnante que es la realidad, Kuranes buscaba
tan sólo la belleza. Y cuando no conseguía revelar la verdad y la experiencia,
la buscaba en la fantasía y la ilusión, en cuyo mismo umbral la descubría entre
los brumosos recuerdos de los cuentos y los sueños de niñez.
No son muchas las personas que saben las maravillas
que guardan para ellas los relatos y visiones de su propia juventud; pues
cuando somos niños escuchamos y soñamos y pensamos pensamientos a medias
sugeridos; y cuando llegamos a la madurez y tratamos de recordar, la ponzoña de
la vida nos ha vuelto torpes y prosaicos. Pero algunos de nosotros despiertan
por la noche con extraños fantasmas de montes y jardines encantados, de fuentes
que cantan al sol, de dorados acantilados que se asoman a unos mares rumorosos,
de llanuras que se extienden en torno a soñolientas ciudades de bronce y de
piedra, y de oscuras compañías de héroes que cabalgan sobre enjaezados caballos
blancos por los linderos de bosques espesos; entonces sabemos que hemos vuelto
la mirada, a través de la puerta de marfil, hacia ese mundo de maravilla que
fue nuestro, antes de alcanzar la sabiduría y la infelicidad.
Kuranes regresó súbitamente a su viejo mundo de la
niñez. Había estado soñando con la casa donde había nacido: el gran edificio de
piedra cubierto de hiedra, donde habían vivido tres generaciones de antepasados
suyos, y donde él había esperado morir. Brillaba la luna, y Kuranes había
salido sigilosamente a la fragante noche de verano; atravesó los jardines,
descendió por las terrazas, dejó atrás los grandes robles del parque, y
recorrió el largo camino que conducía al pueblo. El pueblo parecía muy viejo;
tenía su borde mordido como la luna que ha empezado a menguar, y Kuranes se
preguntó si los tejados puntiagudos de las casas ocultaban el sueño o la
muerte.
En las calles había tallos de larga hierba, y los
cristales de las ventanas de uno y otro lado estaban rotos o miraban
ciegamente. Kuranes no se detuvo, sino que siguió caminando trabajosamente,
como llamado hacia algún objetivo. No se atrevió a desobedecer ese impulso por
temor a que resultase una ilusión como las solicitudes y aspiraciones de la
vida despierta, que no conducen a objetivo ninguno. Luego se sintió atraído
hacia un callejón que salía de la calle del pueblo en dirección a los
acantilados del canal, y llegó al final de todo... al precipicio y abismo donde
el pueblo y el mundo caían súbitamente en un vacío infinito, y donde incluso el
cielo, allá delante, estaba vacío y no lo iluminaban siquiera la luna roída o
las curiosas estrellas.
La fe le había instado a seguir avanzando hacia el
precipicio, arrojándose al abismo, por el que descendió flotando, flotando,
flotando; pasó oscuros, informes sueños no soñados, esferas de apagado
resplandor que podían ser sueños apenas soñados, y seres alados y rientes que
parecían burlarse de los soñadores de todos los mundos. Luego pareció abrirse
una grieta de claridad en las tinieblas que tenía ante sí, y vio la ciudad del
valle brillando espléndidamente allá, allá abajo, sobre un fondo de mar y de cielo,
y una montaña coronada de nieve cerca de la costa.
Kuranes despertó en el instante en que vio la
ciudad; sin embargo, supo con esa mirada fugaz que no era otra que Celefais, la
ciudad del Valle de Ooth-Nargai, situada más allá de los Montes Tanarios, donde
su espíritu había morado durante la eternidad de una hora, en una tarde de
verano, hacía mucho tiempo, cuando había huido de su niñera y había dejado que
la cálida brisa del mar lo aquietara y lo durmiera mientras observaba las nubes
desde el acantilado próximo al pueblo. Había protestado cuando lo encontraron,
lo despertaron y lo llevaron a casa; porque precisamente en el momento en que
lo hicieron volver en sí, estaba a punto de embarcar en una galera dorada rumbo
a esas seductoras regiones donde el cielo se junta con el mar. Ahora se sintió
igualmente irritado al despertar, ya que al cabo de cuarenta monótonos años
había encontrado su ciudad fabulosa.
Pero tres noches después, Kuranes volvió a
Celefais. Como antes, soñó primero con el pueblo que parecía dormido o muerto,
y con el abismo al que debía descender flotando en silencio; luego apareció la
grieta de claridad una vez más, contempló los relucientes alminares de la
ciudad, las graciosas galeras fondeadas en el puerto azul, y los árboles gingco
del Monte Arán mecidos por la brisa marina. Pero esta vez no lo sacaron del
sueño; y descendió suavemente hacia la herbosa ladera como un ser alado, hasta
que al fin sus pies descansaron blandamente en el césped. En efecto, había
regresado al valle de Ooth-Nargai, y a la espléndida ciudad de Celefais.
Kuranes paseó en medio de yerbas fragantes y flores
espléndidas, cruzó el burbujeante Naraxa por el minúsculo puente de madera
donde había tallado su nombre hacía muchísimos años, atravesó la rumorosa
arboleda, y se dirigió hacia el gran puente de piedra que hay a la entrada de
la ciudad. Todo era antiguo; aunque los mármoles de sus muros no habían perdido
su frescor, ni se habían empañado las pulidas estatuas de bronce que sostenían.
Y Kuranes vio que no tenía por qué temer que hubiesen desaparecido las cosas
que él conocía; porque hasta los centinelas de las murallas eran los mismos, y
tan jóvenes como él los recordaba. Cuando entró en la ciudad, y cruzó las
puertas de bronce, y pisó el pavimento de ónice, los mercaderes y camelleros lo
saludaron como si jamás se hubiese ausentado; y lo mismo ocurrió en el templo
de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes, adornados con guirnaldas de
orquídeas le dijeron que no existe el tiempo en Ooth-Nargai, sino sólo la
perpetua juventud.
A continuación, Kuranes bajó por la Calle de los
Pilares hasta la muralla del mar, y se mezcló con los mercaderes y marineros y
los hombres extraños de esas regiones en las que el cielo se junta con el mar.
Allí permaneció mucho tiempo, mirando por encima del puerto resplandeciente
donde las ondulaciones del agua centelleaban bajo un sol desconocido, y donde
se mecían fondeadas las galeras de lejanos lugares. Y contempló también el
Monte Arán, que se alzaba majestuoso desde la orilla, con sus verdes laderas
cubiertas de árboles cimbreantes y con su blanca cima rozando el cielo.
Más que nunca deseó Kuranes zarpar en una galera
hacia lejanos lugares, de los que tantas historias extrañas había oído; así que
buscó nuevamente al capitán que en otro tiempo había accedido a llevarlo.
Encontró al hombre, Athib, sentado en el mismo cofre de especias en que lo
viera en el pasado; y Athib no pareció tener conciencia del tiempo
transcurrido. Luego fueron los dos en bote a una galera del puerto, dio órdenes
a los remeros, y salieron al Mar Cerenerio que llega hasta el cielo. Durante
varios días se deslizaron por las aguas ondulantes, hasta que al fin llegaron
al horizonte, donde el mar se junta con el cielo. No se detuvo aquí la galera,
sino que siguió navegando ágilmente por el cielo azul entre vellones de nube
teñidos de rosa. Y muy por debajo de la quilla, Kuranes divisó extrañas tierras
y ríos y ciudades de insuperable belleza, tendidas indolentemente a un sol que
no parecía disminuir ni desaparecer jamás. Por último, Athib le dijo que su
viaje no terminaba nunca, y que pronto entraría en el puerto de Sarannian, la
ciudad de mármol rosa de las nubes, construida sobre la etérea costa donde el
viento de poniente sopla hacia el cielo; pero cuando las más elevadas de las
torres esculpidas de la ciudad surgieron a la vista, se produjo un ruido en
alguna parte del espacio, y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.
Después, Kuranes buscó en vano durante meses la
maravillosa ciudad de Celefais y sus galeras que hacían la ruta del cielo; y
aunque sus sueños lo llevaron a numerosos y espléndidos lugares, nadie pudo
decirle cómo encontrar el Valle de Ooth-Nargai, situado más allá de los Montes
Tanarios. Una noche voló por encima de oscuras montañas donde brillaban débiles
y solitarias fogatas de campamento, muy diseminadas, y había extrañas y
velludas manadas de reses cuyos cabestros portaban tintineantes cencerros; y en
la parte más inculta de esta región montañosa, tan remota que pocos hombres
podían haberla visto, descubrió una especie de muralla o calzada empedrada,
espantosamente antigua, que zigzagueaba a lo largo de cordilleras y valles, y
demasiado gigantesca para haber sido construida por manos humanas.
Más allá de esa muralla, en la claridad gris del
alba, llegó a un país de exóticos jardines y cerezos; y cuando el sol se elevó,
contempló tanta belleza de flores blancas, verdes follajes y campos de césped,
pálidos senderos, cristalinos manantiales, pequeños lagos azules, puentes
esculpidos y pagodas de roja techumbre, que, embargado de felicidad, olvidó
Celefais por un instante. Pero nuevamente la recordó al descender por un blanco
camino hacia una pagoda de roja techumbre; y si hubiese querido preguntar por
ella a la gente de esta tierra, habría descubierto que no había allí gente
alguna, sino pájaros y abejas y mariposas.
Otra noche, Kuranes subió por una interminable y
húmeda escalera de caracol, hecha de piedra, y llegó a la ventana de una torre
que dominaba una inmensa llanura y un río iluminado por la luna llena; y en la
silenciosa ciudad que se extendía a partir de la orilla del río, creyó ver
algún rasgo o disposición que había conocido anteriormente. Habría bajado a
preguntar el camino de Ooth-Nargai, si no hubiese surgido la temible aurora de
algún remoto lugar del otro lado del horizonte, mostrando las ruinas y antigüedades
de la ciudad, y el estancamiento del río cubierto de cañas, y la tierra
sembrada de muertos, tal como había permanecido desde que el rey Kynaratholis
regresara de sus conquistas para encontrarse con la venganza de los dioses.
Y así, Kuranes buscó inútilmente la maravillosa
ciudad de Celefais y las galeras que navegaban por el cielo rumbo a Seranninan,
contemplando entretanto numerosas maravillas y escapando en una ocasión
milagrosamente del indescriptible gran sacerdote que se oculta tras una máscara
de seda amarilla y vive solitario en un monasterio prehistórico de piedra, en
la fría y desierta meseta de Leng. Al cabo del tiempo, le resultaron tan
insoportables los desolados intervalos del día, que empezó a procurarse drogas
a fin de aumentar sus periodos de sueño. El hachís lo ayudó enormemente, y en
una ocasión lo trasladó a una región del espacio donde no existen las formas,
pero los gases incandescentes estudian los secretos de la existencia. Y un gas
violeta le dijo que esta parte del espacio estaba al exterior de lo que él
llamaba el infinito. El gas no había oído hablar de planetas ni de organismos,
sino que identificaba a Kuranes como una infinitud de materia, energía y
gravitación. Kuranes se sintió ahora muy deseoso de regresar a la Celefais
salpicada de alminares, y aumentó su dosis de droga.
Después, un día de verano, lo echaron de su
buhardilla, y vagó sin rumbo por las calles, cruzó un puente, y se dirigió a
una zona donde las casas eran cada vez más escuálidas. Y allí fue donde culminó
su realización, y encontró el cortejo de caballeros que venían de Celefais para
llevarlo allí para siempre.
Hermosos eran los caballeros, montados sobre
caballos ruanos y ataviados con relucientes armaduras, y cuyos tabardos tenían
bordados extraños blasones con hilo de oro. Eran tantos, que Kuranes casi los
tomó por un ejército, aunque habían sido enviados en su honor; porque era él
quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, motivo por el cual iba a ser
nombrado ahora su dios supremo. A continuación, dieron a Kuranes un caballo y
lo colocaron a la cabeza de la comitiva, y emprendieron la marcha majestuosa
por las campiñas de Surrey, hacia la región donde Kuranes y sus antepasados
habían nacido. Era muy extraño, pero mientras cabalgaban parecía que
retrocedían en el tiempo; pues cada vez que cruzaban un pueblo en el
crepúsculo, veían a sus vecinos y sus casas como Chaucer y sus predecesores les
vieron; y hasta se cruzaban a veces con algún caballero con un pequeño grupo de
seguidores. Al avecinarse la noche marcharon más deprisa, y no tardaron en
galopar tan prodigiosamente como si volaran en el aire.
Cuando empezaba a alborear, llegaron a un pueblo
que Kuranes había visto agitarse de animación en su niñez, y dormido o muerto
durante sus sueños. Ahora estaba vivo, y los madrugadores aldeanos hicieron una
reverencia al paso de los jinetes calle abajo, entre el resonar de los cascos,
que luego desaparecieron por el callejón que termina en el abismo de los
sueños.
Kuranes se había precipitado en ese abismo de noche
solamente, y se preguntaba cómo sería de día; así que miró con ansiedad cuando
la columna empezó a acercarse al borde. Y mientras galopaba cuesta arriba hacia
el precipicio, una luz radiante y dorada surgió de occidente y vistió el
paisaje con refulgentes ropajes. El abismo era un caos hirviente de rosáceo y
cerúleo esplendor; unas voces invisibles cantaban gozosas mientras el séquito
de caballeros saltaba al vacío y descendía flotando graciosamente a través de
las nubes luminosas y los plateados centelleos. Seguían flotando
interminablemente los jinetes, y sus corceles pateaban el éter como si
galopasen sobre doradas arenas; luego, los encendidos vapores se abrieron para
revelar un resplandor aún más grande: el resplandor de la ciudad de Celefais, y
la costa, más allá; y el pico que dominaba el mar, y las galeras de vivos
colores que zarpan del puerto rumbo a lejanas regiones donde el cielo se junta
con el mar.
Y Kuranes reinó en Ooth-Nargai y todas las regiones
vecinas de los sueños, y tuvo su corte alternativamente en Celefais y en la
Serannian formada de nubes. Y aún reina allí, y reinará feliz para siempre;
aunque al pie de los acantilados de Innsmouth, las corrientes del canal jugaban
con el cuerpo de un vagabundo que había cruzado el pueblo semidesierto al
amanecer; jugaban burlonamente, y lo arrojaban contra las rocas, junto a las
Torres de Trevor cubiertas de hiedra, donde un millonario obeso y cervecero disfruta
de un ambiente comprado de nobleza extinguida.
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H.P. Lovecraft (1890-1937)

