Libro N° 9779. Cenizas. Lovecraft, H.P. Y Eddy Jr., C.M.
© Libro N° 9779. Cenizas. Lovecraft, H.P. Y Eddy Jr., C.M. Emancipación.
Abril 9 de 2022.
Título original: © Ashes, H.P. Lovecraft (1890-1937) C.M. Eddy
Jr. (1896-1967)
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Original: © Cenizas. H.P. Lovecraft Y C.M. Eddy Jr
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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H.P. Lovecraft
C.M. Eddy Jr
H.P. Lovecraft
C.M. Eddy Jr
CENIZAS:
H.P. LOVECRAFT;
C.M. EDDY JR
Cenizas (Ashes) es un relato de terror del escritor
norteamericano H.P. Lovecraft, escrito en colaboración con C.M. Eddy jr -con
quien trabajó en Los amados muertos (The loved dead) y El devorador de
fantasmas (The Ghost-Eater)-, publicado en la edición de marzo de 1924 de la
revista Weird Tales, entrega que contó, además, con otro cuento de terror de
H.P. Lovecraft: Las ratas en las paredes (The Rats in the Walls)
Cenizas
H.P. Lovecraft (1890-1937) C.M. Eddy Jr.
(1896-1967)
-Hola, Bruce. Hace siglos que no te veo. Entra.
Dejé la puerta abierta y me siguió al interior de
la habitación. Su flaca y desgarbada figura se acomodó con torpeza en la silla
que le ofrecía mientras comenzaba a jugar con su sombrero entre los dedos. Sus
profundos ojos tenían un mirar asustado, distraído, y atisbaban furtivos por
entre los rincones de la habitación, como si buscasen algo escondido dispuesto
a echarse sobre él en cualquier momento. Su rostro estaba ojeroso y sin color.
Las comisuras de sus labios tenían un rictus espasmódico.
-¿Qué te ocurre, viejo? Parece que has visto un
fantasma. ¡Levanta el ánimo!
Me acerqué al mueble bar y llené un pequeño vaso
con el vino de una botella.
-¡Bébete esto!
Vació el vaso de un sorbo y continuó jugando con su
sombrero.
-Gracias, Prague; no me siento demasiado bien esta
noche.
-¡No hace falta que lo digas! ¿Qué es lo que va
mal?
Malcolm Bruce se agitó inquieto en su silla. Lo
miré en silencio, preguntándome qué podía haberle afectado de aquella manera.
Conocía a Bruce y lo tenía catalogado como un hombre tranquilo y con voluntad
de acero. Verlo en aquel estado de nervios no era normal. Le ofrecí un cigarro,
y él lo tomó, mecánicamente. Pero, hasta que Bruce no encendió el segundo
cigarrillo, el silencio entre los dos continuó. Su nerviosismo parecía
desaparecer poco a poco. Una vez más fue el hombre dominante, seguro de sí mismo,
que yo conocía.
-Prague –empezó-, me acaba de suceder la
experiencia más diabólica y terrible que puede acontecerle a un hombre. No
estoy muy seguro de si debo contártelo o no, pues tengo miedo de que pienses
que estoy loco; ¡cosa que no te reprocharía! Pero es cierto, ¡hasta la última
palabra!
Hizo una dramática pausa y lanzó al aire unos
tenues anillos de humo. Sonreí. Ya había escuchado más de una historia de miedo
en aquella misma mesa. Debía haber alguna especie de peculiaridad en mi forma
de ser que inspiraba confianza a los demás; me han contado historias tan
extrañas que algunos hombres darían años de su vida por escucharlas. Pero, a
pesar de mi gusto por lo sobrenatural y peligroso, de mi atracción por el
conocimiento de lejanas e inexploradas regiones, me he visto condenado a una
vida prosaica y aburrida, con un trabajo anodino.
-¿Has oído hablar alguna vez del profesor Van
Allister? -preguntó Bruce.
-¿Quieres decir de Arthur Van Allister?
-¡El mismo! ¿O sea que le conoces?
-¡Desde luego! Hace años que le conozco. Desde el
momento en que renunció a su profesorado de química en la escuela para
dedicarse a sus experimentos. Yo le ayudé a diseñar el laboratorio insonorizado
en el ático de su casa. Después comenzó a estar tan embebido en su trabajo que
no tenía tiempo de ser amable con nadie.
-Recordarás, Prague, que cuando ambos estábamos en
la escuela, yo era muy aficionado a la química.
Asentí, y Bruce siguió hablando.
-Hace unos cuatro meses yo estaba buscando trabajo.
Van Allister publicó un anuncio en el que requería un ayudante, y yo le
contesté. Se acordaba de cuando yo estaba, en el colegio, y pude convencerle de
que sabía lo suficiente de química como para serle útil. Tenía una joven de
secretaria, la señorita Marjorie Purdy. Era la típica mujer que se dedicaba por
completo a su trabajo, tan eficiente como bonita. Había ayudado algunas veces a
Van Allister en el laboratorio, y pronto descubrí que mostraba mucho interés en
este trabajo y que hacia sus propios experimentos. Pasaba casi todo su tiempo
libre en el laboratorio con nosotros. Sólo era cuestión de tiempo que tanta
camaradería se convirtiese en una profunda amistad, de tal forma que llegó un
momento en el que yo dependía de su ayuda en mis experimentos más difíciles,
cuando el profesor estaba ocupado. Jamás vi que titubease ante mis
requerimientos. ¡Aquella chica se desenvolvía con la química como el pato en el
agua! Hace aproximadamente dos meses el profesor Van Allister dividió el
laboratorio en dos estancias, quedando una de ellas para su uso personal. Nos
dijo que iba a realizar una serie de experimentos que, si tenían éxito, le
darían una fama universal. Se negó firmemente a darnos cualquier tipo de información
sobre sus características.
«Por entonces, la señorita Purdy y yo estábamos
solos cada vez más tiempo. El profesor permanecía encerrado en su habitación
durante días y no aparecía ni tan siquiera para comer. Esto también nos
permitía tener más tiempo libre. Nuestra amistad se hizo más fuerte.
Sentía una creciente admiración por la delicada
joven que parecía moverse con genuina seguridad entre olorosos frascos y densas
mezclas químicas, embutida en ropas blancas desde la cabeza a los pies,
incluyendo los guantes de goma que llevaba en las manos.
«Anteayer, Van Allister nos invitó a su cuarto de
trabajo. “Por fin lo he conseguido”, dijo, mostrándonos un pequeño recipiente
que contenía un líquido incoloro. “Aquí tengo lo que va a ser el mayor
descubrimiento químico jamás conocido. Voy a probar delante de vosotros su
eficacia. Bruce, ¿podrías traerme uno de los conejos, por favor?” Fui a la otra
habitación y cogí uno de los conejos que guardamos, junto con las cobayas, para
nuestros experimentos. Puso al pequeño animalillo en una caja de cristal lo suficientemente
grande para que cupiese y cerró la tapa. Después colocó un embudo de cristal en
un pequeño agujero que había sobre la tapa. Nos acercamos para ver mejor.
Destapó el recipiente y echó su contenido sobre la caja donde estaba el
conejillo. "¡Ahora vamos a descubrir si mis semanas de esfuerzos
continuados han tenido éxito o han fracasado!” Lenta, metódicamente, yació el
contenido del frasco en el embudo, mientras veíamos cómo el líquido se esparcía
por el recipiente donde estaba el aterrado animalillo. La señorita Purdy emitió
un grito de asombro, mientras que yo parpadeaba para asegurarme de que lo que
veía era cierto. ¡Pues en el sitio donde hacía sólo unos momentos había habido
un conejo vivo y aterrado, ahora no habla más que un montoncito de livianas,
blancas cenizas!
«El profesor Van Allister se volvió hacia nosotros
con un aire de triunfal satisfacción.
De su rostro emanaba un júbilo malsano y sus ojos
brillaban con una expresión salvaje y cruel. Su voz adoptó un tono de
superioridad cuando nos dijo:
«Bruce —y usted también, señorita Purdy— habéis
tenido el privilegio de contemplar el éxito de los resultados de una fórmula
que revolucionará el mundo.
¡Este preparado reduce instantáneamente a cenizas a
cualquier objeto que toque, excepto al cristal!
Pensad en lo que puede significar. ¡Un ejército
equipado con bombas de cristal llenas con mi fórmula podría ser capaz de
aniquilar el mundo! Madera, metal, piedra, ladrillo —cualquier cosa—
desaparecerían ante su paso, sin dejar más restos que lo mismo que ha quedado
del conejillo con el que he experimentado, ¡un montoncito de tenues, blancas
cenizas!”
«Miré a la señorita Purdy. Su rostro estaba tan
blanco corno la bata que vestía. Esperarnos a que Van Allister recogiera en un
pequeño frasco todo lo que había quedado del conejillo. Debo admitir que mi
mente estaba helada cuando me dijo que podíamos irnos. Le dejarnos solo tras
las pesadas puertas que separaban su cuarto de trabajo. Una vez a salvo y
solos, la señorita Purdy no pudo contener sus nervios. Sufrió un desmayo y
habría caído al suelo si yo no la hubiese sujetado en mis brazos. La sensación de
su cuerpo delicado y tembloroso sobre el mío era insoportable. La acerqué
suavemente hacia mí pegando mi boca a la suya. La besé varias veces presionando
con mis labios los suyos, rojos y delicados, hasta que abrió los ojos y vi el
amor reflejado en ellos. Después de una deliciosa eternidad volvimos de nuevo a
la tierra, con el suficiente conocimiento como para darnos cuenta de que aquel
laboratorio no era el lugar más idóneo para aquellas ardientes demostraciones.
En cualquier momento, el profesor podía salir de su retiro y, dado su estado
actual de ánimo, no sabíamos qué podía ocurrir si nos descubría en aquella
amorosa aptitud. Pasé el resto de la jornada como en un sueño. Me asombraba de
que fuese capaz de seguir con mi trabajo en tal estado. Actuaba como un
autómata, una máquina bien engrasada, ocupándose mecánicamente de sus tareas,
mientras que mi mente vagaba por lejanas y deliciosas regiones de ensueño.
Marjorie estuvo ocupada con sus tareas de secretaria durante el resto del día,
y procuré no mirada ni una sola vez hasta que mis ocupaciones en el laboratorio
estuvieron terminadas. Aquella noche nos dedicamos a disfrutar de nuestra nueva
felicidad. ¡Prague, recordaré esa noche mientras viva! El momento más feliz de
mi vida fue cuando Marjorie Purdy me dijo que se casaría conmigo. Ayer fue otro
día de éxtasis y arrobamiento. Transcurrió la jornada con dulces sentimientos
mientras trabajaba. Luego siguió otra noche de amor. ¡Si nunca has amado a una
mujer en la vida, Prague, a la única mujer del mundo, no podrás entender el
delirio que te produce pensar en ella! Y Marjorie hacía que pensase
continuamente en ella. Se dio sin reservas a mí. Hacia el mediodía de hoy tuve
que salir a la farmacia a comprar unos productos que necesitaba para completar
uno de mis experimentos. Cuando volví eché de menos la presencia de Marjorie.
Miré si todavía estaban su sombrero y su abrigo,
pero no fue así. No había visto al profesor desde el experimento con el
conejillo, ya que estaba encerrado en su cuarto de trabajo.
-Pregunté a la servidumbre, pero ninguno la había
visto salir de la casa, ni les había dejado ningún mensaje dirigido a mí. Según
iba atardeciendo, la sensación de angustia se agrandaba. Pronto se hizo de
noche y seguía sin rastro de mi querida niña. Ya no tenía ganas de trabajar.
Comencé a caminar de un lado a otro de la habitación como un tigre enjaulado.
En cuanto sonaba el teléfono o el timbre de la puerta renacían en mí las
esperanzas de volver a escuchar su voz, pero todas las veces fue en vano. Cada minuto
se alargaba una hora; ¡cada hora una eternidad! ¡Buen Dios, Prague! ¡No puedes
imaginarte cuánto he sufrido! Desde las cumbres del amor sublime me he visto
sumido en las más oscuras simas de la desesperación. Ante mis ojos aparecían
las más horribles visiones, los peores hechos que pudieran acontecer.
Y seguía sin volver a escuchar su voz.
-Parecía que había pasado una vida entera, aunque
al mirar el reloj me di cuenta de que sólo eran las siete y media, cuando el
mayordomo me dijo que Van Allister requería mi presencia en el laboratorio. No
tenía ningunas ganas de hacer experimentos, pero mientras estuviese bajo su
techo él era mi maestro, y me veía obligado a obedecerle. El profesor estaba en
su cuarto de trabajo, con la puerta ligeramente abierta. Me dijo que me
acercase y que cerrara la puerta del laboratorio. Debido a mi estado de ánimo en
aquellos momentos, mi mente actuó como una cámara fotográfica, registrando
todos los hechos que sucedieron a continuación. En el centro de la habitación,
sobre una alta mesa de mármol, habla un recipiente de cristal del tamaño y
forma aproximados de un ataúd. Rebosaba del mismo líquido incoloro que había
estado dentro de la pequeña botella, dos días antes. A la izquierda, sobre un
taburete de cristal, había otro frasco de cristal. No pude reprimir un
escalofrío involuntario cuando vi que estaba lleno de ligeras, blancas cenizas.
¡De repente, vi algo más que hizo que mi corazón dejase de latir! Sobre una
silla, en un rincón de la habitación, reposaban el sombrero y el abrigo de la
mujer que había decidido unir su vida a la mía; ¡la mujer a la que yo había
jurado lealtad y protección mientras durasen nuestras vidas! Mis sentidos se
nublaron, mi alma se colmó de pánico, cuando me di cuenta de lo que había
sucedido. No podía haber otra explicación. ¡Las cenizas del frasco era todo lo
que había quedado de Marjorie Purdy!
«El mundo quedó suspendido durante unos largos,
terribles instantes; ¡después me volví un loco, un loco ceñudo con un solo
objetivo! Lo siguiente que soy capaz de recordar es la imagen del profesor y la
mía forcejeando desesperadamente. Aunque ya era viejo, aún conservaba una
fuerza similar a la mía, y además tenía la ventaja añadida de su estado de
tranquilidad y autocontrol. Poco a poco fue empujándome hacia el recipiente de
cristal. En breves instantes, mis cenizas se mezclarían con las de la mujer que
había amado. Choqué contra el taburete y mis dedos se cerraron sobre el frasco
que contenía las cenizas. ¡Con un último y supremo esfuerzo, lo levanté por
encima de mi cabeza y golpeé el cráneo de mi oponente con todas las fuerzas que
me quedaban! Sus brazos se relajaron de inmediato y su desvaída figura cayó al
suelo inconsciente. Aún bajo los efectos del acaloramiento, levanté el
silencioso cuerpo del profesor y con mucho cuidado, bastante más del que había
mostrado al golpearle, ¡introduje el cuerpo en el cajón de la muerte!
«Desapareció en un instante. Tanto el líquido como
el profesor se habían esfumado, ¡y en su lugar sólo quedaba un pequeño
montoncito de livianas, blancas cenizas! Pero, mientras contemplaba el
resultado de mi acción y fueron pasando los efectos de mi locura, tuve que
enfrentarme ante la dura y fría verdad: había asesinado a una persona. Una
calma antinatural se apoderó de mí. Sabía que no quedaba ni un solo rastro que
pudiera delatarme, exceptuando el hecho de que yo había sido la última persona
que había sido vista con el profesor. Por otra parte, ¡no había más que
cenizas! Me puse el sombrero y el abrigo, y le dije al mayordomo que el
profesor me había dado estrictas órdenes de que no se le molestase, indicándome
también que podía tomarme el resto de la tarde. Una vez en el exterior, todo mi
autocontrol se vino abajo. No había forma de contener mis nervios. No sabía
dónde dirigirme; sólo recuerdo que vagué de aquí para allá hasta darme cuenta
de que me hallaba en tu apartamento, hace unos minutos. Necesitaba hablar con
alguien, Prague; sólo quiero aliviar mi torturado cerebro. Se que puedo confiar
en ti, viejo amigo, así que te he contado toda la verdad. Aquí estoy; puedes
hacer lo que prefieras. ¡Ahora que Marjorie no está, la vida ya no significa
nada para mí!
La voz de Bruce se estremeció por la emoción cuando
pronunció el nombre de la mujer a la que amaba. Me incliné sobre la mesa y
observé con atención la mirada del hombre desesperado que se acurrucaba
alicaído en el sillón. Me levanté, me puse el sombrero y el abrigo y me acerqué
a Bruce, que sacudía la cabeza, oculta entre las manos, y profería débiles
lamentos.
-¡Bruce!
Malcolm Bruce levantó la vista.
-Bruce, escúchame. ¿Estás seguro de que Marjorie
Purdy ha muerto?
-Estoy seguro… -Sus ojos se dilataron ante tal
sugerencia y su cuerpo se puso rígido.
Insistí:
-¿Estás total y absolutamente seguro que las
cenizas que contenía el frasco eran las de Marjorie Purdy?
-¡Pues… yo… las vi, Prague! ¿Adónde quieres ir a
parar?
-Entonces no estás totalmente seguro. Viste el
sombrero y el abrigo de la mujer sobre la silla y, en tu estado de ánimo,
tomaste una conclusión precipitada.
-Las cenizas tienen que ser las de la mujer
desaparecida… El profesor ha experimentado con ella… y cosas por el estilo.
Vamos, seguramente Van Allister te dijo algo.
-No sé qué pudo decir. ¡Ya te he dicho que me
convertí en un loco salvaje!
-Entonces tienes que venir conmigo. Si no ha
muerto, tiene que hallarse en algún rincón de la casa, y si está allí, ¡tenemos
que encontrarla!
Ya en la calle, paramos un taxi y en breves
instantes el mayordomo nos permitió entrar en la casa de Van Allister. Bruce
abrió el laboratorio con su llave. La puerta del cuarto de trabajo del profesor
aún estaba entornada. Mis ojos barrieron la habitación reconociendo todos sus
rincones. A la izquierda, cerca de la ventana, había una puerta cerrada.
Atravesé la habitación y tiré del manillar, pero ni tan siquiera se movió.
-¿Adónde da?
-Es sólo una antesala donde el profesor acostumbra
a guardar sus aparatos.
-Es igual, hay que abrir esta puerta, insistí,
ceñudo. Retrocedí unos pasos y di una fuerte patada sobre la madera. Después de
varios intentos, la cerradura saltó, dejándonos el paso libre.
Bruce, con un grito inarticulado, atravesó la
habitación hasta situarse ante un arca de caoba. Escogió una de las llaves de
su llavero, la metió en la cerradura y abrió la tapa con manos temblorosas.
-Aquí está, Prague; ¡rápido! ¡Tiene que darle el
aire!
Entre los dos llevamos el desmayado cuerpo de la
mujer hasta el laboratorio. Bruce preparó una infusión que hizo resbalar por
entre sus labios. Después de unos momentos, sus ojos comenzaron a abrirse. Miró
asombrada el cuarto donde se hallaba, hasta que reparó en Bruce y sus ojos se
iluminaron de repente con la felicidad de encontrarle allí. Más tarde, después
de los primeros intercambios de palabras, la mujer nos contó todo lo que habla
sucedido:
-Cuando Malcolm se fue, al atardecer, el profesor
me hizo llamar a su cuarto de trabajo.
Como me mandaba frecuentemente a hacer algún que
otro recado, pensé que éste era el motivo y cogí el abrigo y el sombrero para
ganar tiempo. Cerró la puerta del pequeño cuarto y, sin previo aviso, me atacó
por detrás. Pronto me dominó y me ató las manos y los pies. Era imposible que
nadie me oyese. Como ya sabes, el laboratorio está totalmente insonorizado.
Entonces sacó un mastín que debía haber atrapado de algún sitio y lo redujo a
cenizas delante de mis ojos. Luego puso las cenizas en un frasco de cristal
sobre el taburete que hay en el laboratorio. Se dirigió a la pequeña antesala y
sacó esa especie de ataúd de cristal del arca que habéis visto. ¡Por lo menos
eso parecía a mis aterrados sentidos! Vertió la suficiente cantidad de ese
horrible líquido como para rebosar el recipiente. Entonces me dijo algo que es
lo único que recuerdo. ¡Tenía la intención de experimentar su compuesto con una
persona humana!
Se estremeció ante el recuerdo.
Empezó a ponderar sobre el privilegio que era ser
la primera persona en dar su vida por una causa tan digna. Después, con toda la
calma del mundo, me comunicó que te había elegido a ti como conejillo de
indias, ¡y que yo sería la testigo de su éxito! Me desmayé. El profesor debía
tener miedo de que alguien se enterase, pues lo siguiente que recuerdo es que
me desperté dentro del arcón en donde me habéis encontrado. ¡Era sofocante!
Cada vez me costaba más respirar. Pensaba en ti, Malcolm, en las horas maravillosas
y felices que habíamos pasado juntos los últimos días. ¡No sabía qué haría
cuando tú no estuvieses! ¡Rogué, incluso, que me matara a mí también! Tenía la
garganta dolorida y seca; todo comenzó a oscurecerse. Por fin, desperté para
encontrarme a tu lado, Malcolm. Su voz era un susurro nervioso y ronco.
-¿Dónde está el profesor?
Bruce la llevó en silencio hasta el laboratorio.
Ella se estremeció ante la visión del ataúd de cristal. Todavía en silencio,
Bruce se dirigió directamente al recipiente, ¡y, cogiendo en su mano un puñado
de livianas, blancas cenizas, dejó que resbalasen suavemente entre sus dedos!
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H.P. Lovecraft (1890-1937)
C.M. Eddy Jr (1896-1967)

