Libro N° 9777. Casa En Alquiler. Le Fanu, Sheridan.
© Libro N° 9777. Casa En Alquiler. Le Fanu, Sheridan. Emancipación. Abril
9 de 2022.
Título original: © House To Let, Sheridan Le Fanu (1814-1873)
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Original: © Casa En Alquiler. Sheridan Le Fanu
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Sheridan Le Fanu
Casa En Alquiler
Sheridan Le Fanu
«CASA EN ALQUILER»: SHERIDAN LE FANU; RELATO Y
ANÁLISIS
Casa en alquiler (House To Let) es un relato de
terror del escritor irlandés Sheridan Le Fanu (1814-1873), escrito en 1838 y
publicado en la antología: Los trabajos de Purcell (The Purcell Papers).
Casa en alquiler, uno de los grandes cuentos de
Sheridan Le Fanu, explora el arquetipo de la casa embrujada desde una
perspectiva muy novedosa para la época (ver: Casas como metáfora de la psique
en el Horror)
Casa En Alquiler
Sheridan Le Fanu
(1814-1873)
Había estado mucho tiempo enfermo y mi médico y me
aconsejó que fuera a pasar la convalecencia en algún pueblecito tranquilo y
soleado de la costa meridional francesa, alejándose del clima húmedo y brumoso
de mi pueblo natal irlandés.
Nada especial me retenía en Dublín: sin ser rico,
disponía de unos ahorros que me permitían vivir con cierta holgura. Desde hacía
mucho tiempo carecía de familia, por lo que decidí, una vez que me sentí con
fuerzas suficientes, embarcarme para Marsella.
Mi criado, llamado Jones, me acompañó en este
viaje. Antiguo Sargento en el ejército de España del duque de Wellington, era,
por entonces, un viejo delgado; enérgico y de unos sesenta años de edad. Yo lo
apreciaba mucho, no sólo por la devoción que me testimoniaba sino, además, por
las numerosas cualidades que le hacían sumamente valioso.
En Marsella, adonde llegamos a principios del año
1840, me indicaron que había una casa en alquiler en un pueblecito de
pescadores de la costa provenzal. Insistieron en que se trataba de un lugar muy
bello, de clima agradable y maravillosas panorámicas. Como el alquiler era muy
barato, acabe por aceptar, modificando así los proyectos que tenía de
establecerme cerca de Nápoles. Días más tarde llegamos al pueblecito de
pescadores. La casa, me dijo el agente inmobiliario al entregarme las llaves,
había pertenecido durante cierto tiempo a un célebre marino francés, el bailío
de Suffren.
Una vez cerrada la puerta, Jones me miró y me dijo
, bruscamente, con esa franqueza castrense tan peculiar en él y que yo tanto
admiraba:
—Señor, esta casa no me agrada en absoluto.
Me eché a reír y contesté:
-¿Qué le ves de malo? Por mi parte, la encuentro
encantadora, exquisitamente amueblada, bien situada y muy soleada.
Jones se encogió de hombros, gruñó algo que no
entendí y se dispuso a subir nuestro equipaje. Mi nueva, residencia se componía
de una planta baja, en la que estaban situados el vestíbulo, el salón, el
comedor y un despacho, y de un piso superior en el que había tres dormitorios
para los señores y dos para los domésticos.
El agente inmobiliario había convenido conmigo en
que una mujer del pueblo vendría a hacer la limpieza y a prepararnos las
comidas. Me senté en un sillón del despacho y me puse a contemplar el mar a
través de la ventana, mientras soñaba en las jornadas felices de que
disfrutaría durante mi estancia en aquel lugar tan bonito. Instantes después
llamaron a la puerta.
-Entre -dije.
Una pobre mujer, doblada por el peso de los, años y
la miseria, apareció en el umbral.
-Soy Gabriella, su cocinera.
La manera de presentarse me hizo sonreír, pues se
veía qué aquella humilde pueblerina ignoraba el lenguaje ceremonioso utilizado
por los domésticos profesionales. Pero no le di la menor importancia, ya que
siempre he sido un hombre sencillo y por encima de todo tipo de prejuicios
sociales, y aprecio a las personas por sus valores morales y no por su lenguaje
más o menos refinado.
-Muy bien, Gabriella, ha sido un placer el
conocerla, respondí- En cuanto a su salario y al trabajo que tendrá que hacer
en esta casa, ya se arreglara con Jones.
Luego le dije que podía retirarse. Cuando llegó la
hora de la cena, tuve que hacer un tremendo esfuerzo, pues la anciana tenía la
costumbre de condimentar mucho las comidas. Mas a medida que fue pasando el
tiempo, no sólo me acostumbré a ellas, sino que incluso llegaron a gustarme.
A las ocho de la noche, Gabriella regresó a su
casa, y yo, cansado por el agotador viaje, decidí acostarme temprano. Le dije a
Jones que podía disponer de toda la noche, me dirigí a mi habitación y me metí
en la cama. Había cogido una novela francesa de M. Hugo, pero en honor a la
verdad, debo confesar que apenas pude llegar a la tercera página; no sé si fue
el libro o el cansancio, pero a los pocos minutos. me quedé profundamente
dormido.
Un ruido extraño me despertó y habría jurado que en
la habitación había alguien más que respiraba jadeando. La oscuridad era total,
por consiguiente, no podía ver nada. Nunca he sido un hombre timorato, como lo
demuestra mi historial militar durante el tiempo que serví En la India, pero
debo confesar que en aquel instante me sentí dominado por un terror espantoso.
Me incorporé en la cama y, no pudiendo resistir más aquella tensión nerviosa,
grité:
-¿Quién está ahí?
Nadie contestó, pero tuve la impresión, casi la
certeza, de que alguien se aproximaba a mí, pues sentía aquella respiración
jadeante cada vez más cercana. Volví a insistir, esta vez aún más nervioso:
-¿Quién esta ahí?
Algo frío, húmedo y pegajoso rozó mi muñeca. Perdí
el control de mis nervios y me puse a gritar con desesperación:
-Jones, Jones, corre, ayúdame, socorro, socorro!
Pero todo permaneció tan silencioso como antes. No
Se oía nada en toda la casa, y llegué a la conclusión de que Jones estaría
divirtiéndose por los bares del pueblo o, quizá, habría sido víctima, asimismo,
de aquella cosa, de mi misterioso visitante. Mis gritos parecieron haber parado
en seco el avance de aquel espectro, fantasma o lo que fuese, pues sentía su
hálito a la misma distancia.
Como no ocurría nada, acabe por apaciguarme y me
convencí de que todo no había sido más que una alucinación auditiva. Fue
desagradable, por cierto; pero no tenía nada de qué inquietarme. De todas
formas, y para acabar con toda duda cogí el mechero y encendí una vela. Al
mismo tiempo que la llama empezaba a brillar, oí unos pasos precipitados y un
gran ruido, como producido por un tejido grueso restregado con fuerza.
A la luz de la vela comprobé que en mi habitación,
no había nadie más que yo, y cuando me disponía a apagar la luz y volver a
dormir, mis ojos se clavaron maquinalmente en el suelo; este estaba cubierto de
unas manchas negruzcas que en aquel instante no pude identificar. Me bajé de la
cama y examiné con más detenimiento aquellas extrañas manchas. Lo que vi me
llenó de horror: unas huellas de pies desnudos partían de la cabecera de mi
lecho y se detenían, no delante de la puerta de la habitación como habría sido
lógico suponer, si mi extraño visitante era un ladrón como yo sospechaba, sino
delante del muro que daba a la parte posterior de la casa. ¿Había atravesado la
pared aquella cosa?
Era, imposible; Ningún ser humano puede atravesar
un muro de piedra. Como, aquel misterio ya empezaba a ponerme nervioso otra
vez, empecé a gritar con todas mis fuerzas, llamando a Jones; mas fue en vano.
Entonces tome una decisión que lamentaría durante el resto de mi vida.
Me vestí con rapidez, sin quitar los ojos del muro
cogí mi pistola y me acerque al lugar donde desaparecían las huellas. Al
examinar éstas de cerca, comprobé que, en efecto, penetraban en el tabique: la
prueba era que una de ellas parecía cortada en dos a ras del plinto. Entonces
pensé que podía tratarse de un muro giratorio que daba acceso a una escalera
secreta. Empujé con todas mis fuerzas en cada centímetro cuadrado de la pared,
pero esta no cedía. De repente, oí que en algún sitio del tabique giraban unos
goznes invisibles; un rectángulo negro apareció en él, al mismo tiempo que una
bocanada de aire pestilente penetraba por mis orificios nasales. Cogí la
palmatoria, empuñé mi pistola y franqueé el misterioso umbral. La débil luz que
proyectaba mí vela iluminaba una escalera de piedra que se hundía en espiral en
las entrañas de la tierra. Me armé de valor y empecé a descender. Llegué a
contar trescientos noventa y seis escalones; ya casi ni podía respirar, pero
puesto que me había embarcado en aquella aventura, lo lógico era seguir hasta
el final, descubrir quién era mi extraño visitante nocturno. Empecé a caminar
por un pasadizo estrecho por cuyo suelo avanzaban las huellas. Cuando ya había
recorrido unas cien yardas, me vi detenido por una pesada puerta de hierro; la
empujé, resistió un poco y, al fin se abrió, produciendo un siniestro chirrido.
Por un instante, una luz intensa me deslumbró; pero
una vez que mis ojos se hubieron acomodado poco a poco a la misma, me di cuenta
de que me encontraba dentro de una inmensa caverna en la que flotaba una
especie de bruma lechosa. Incluso me pareció que aquella luz procedía de esta
misma bruma. Unas formas movedizas, que apenas podía distinguir, atravesaban mi
campo visual. Sólo veía con claridad las huellas de los pasos que había seguido
hasta allí. Entonces me puse a temblar de horror; a la débil luz de mi vela,
había podido discernir el contorno de unas huellas de pies humanos..., pero
allí comprobé que estaban sangrantes. ¿Qué cuadro macabro iría a descubrir si
me aventuraba a proseguir mi camino? Con seguridad algo siniestro y
horripilante. De modo que decidí volver sobre mis pasos, subir a mi habitación
y abandonar aquella casa al día siguiente. Di media vuelta para buscar la
puerta por donde había entrado. Cuál no sería mi estupor y desesperación al
comprobar que había desaparecido. En ese momento, una risa sarcástica llegó a
mis oídos. Creo que perdí la cabeza y me puse a correr mientras gritaba
pidiendo socorro; no sabía adónde iba. Unos ruidos siniestros resonaban en la
estancia, mientras sentía que unas cosas inmundas me rozaban, unas formas monstruosas
que parecían obstruirme el camino.
Todo esto duró mucho tiempo. ¿Cuánto tiempo? No lo
sé: unos minutos, unos siglos, quizá una eternidad. La bruma era cada vez más
espesa y luminosa, mientras unas voces lanzaban alaridos en francés, en inglés,
en alemán y en italiano; unas llamadas que yo no comprendía. Y fue entonces
cuando comenzó la lluvia de sangre ..., Al principio, gruesas gotas- aisladas,
luego una verdadera tormenta de sangre que, sin embargo, daba la impresión de
respetar el camino que yo tomase y me facilitaba la huida.
-Michael O'Grady —dijo de repente una voz fuerte
que rugió como un trueno bajo las bóvedas de la caverna.
Me sobresalté al oír mi nombre, y tras armarme de
un valor ilusorio pregunté temblando:
-Sí, soy yo. ¿Quién es usted? ¿Qué desea de mí?
-¿Quién soy yo? No se lo diré en absoluto. En
cuanto a lo que quiero, lo único que deseo es que me ayude en algo muy
importante para mí.
Durante unos instantes permanecí mudo de asombro, y
cuando traté de hablar de nuevo, esa voz cavernosa y siniestra retumbó en el
hediondo antro:
-En el cementerio de Saint-Tropez hay una tumba sin
cruz y sin nombre. Deseo que mañana vaya usted a colocar sobre la losa un ramo
de flores, y que haga decir tres misas en la iglesia por el reposo de un alma
atormentada. ¿Me promete usted que cumplirá mi deseo?
¿Qué habría hecho usted, lector, en mi lugar? Le
prometí que cumpliría todos sus deseos, lo que quisiera. Mi invisible
interlocutor prosiguió:
-De, acuerdo. Pero no olvide de cumplir su promesa.
Sobre todo, Michael O’Grady, no la olvide.
Hubo un brusco y pesado silencio, preñado de
tácitas amenazas, y luego la voz continuó:
-Y ahora, regrese a su habitación.
Se calló, la lluvia de sangre cesó de caer y la
puerta de hierro, situada a unos metros delante de mí, empezó a elevarse hasta
que quedó completamente abierta. A pesar de mi emoción, no había soltado ni mi
pistola ni la vela, y me lancé con rapidez hacia la puerta, corriendo como un
gamo por el ahora libre pasadizo.
No sé cómo pude encontrar el camino de regreso; lo
cierto es que minutos más tarde me hallaba acostado en mi cama, y después quedé
sumido en el más profundo de los sueños, sin tener la más ligera pesadilla. Al
día siguiente por la mañana, Jones vino a despertarme. Mientras descorría las
cortinas de la ventana, a través de las cuales radiaba el sol de un hermoso
día, y se disponía a prepararme el desayuno, yo, poco a poco; me despeje -por
completo del sueño de la víspera.
-Dime una cosa, Jones -pregunté-; ¿a qué hora
regresaste anoche a casa?
-Entre las once y las doce, Señor.
-¿No oíste nada sospechoso?
-No, Señor.
Jones se dispuso a prepararme el desayuno, sin
conceder la menor atención a la pregunta, para mí tan importante, que le había
formulado. Pero, de repente, se volvió bruscamente, clavó en mí sus acerados
ojos y me dijo a quemarropa:
-Ruego al señor que me perdone, pero anoche oí unas
cosas muy extrañas, mientras bebía unos vasos en una taberna del pueblo.
Resulta que mis impresiones sobre esta casa, aquellas que le expuse ayer al
señor, fueron confirmadas por unos pescadores en ese lugar. Me dijeron que esta
casa tiene muy mala reputación, y, que jamás ningún inquilino ha permanecido
mucho tiempo en ella, desde la muerte del bailío de Suffren. La gente llegaba,
pero a los pocos días la abandonaba como Si estuviera habitada por mil fantasmas
o por el espectro del difunto bailío. Bueno, eso es lo que me contaron los
pescadores.
Como Jones era para mí, más que un doméstico, un
amigo, detalle que ya expuse al lector al principio del presente relato, le
conté todo lo que me había sucedido durante mi aventura nocturna de la víspera.
A medida que le relataba todos los pormenores de la misma, observé que su
rostro se endurecía. Cuando termine, Jones movió la cabeza con aire de persona
entendida en la materia y dijo:
-Creo, señor, que ya sé lo que ha sucedido. Si me
lo permite, voy a hacer una pequeña investigación por mi cuenta para
cerciorarme de lo que sospecho.
Acepté curioso la proposición de mí doméstico. Este
empezó por examinar el muro. Ya no había ninguna de aquellas huellas
sangrientas, ni tampoco ningún fragmento de materia negra Jones trató de
encontrar la entrada de la escalera secreta. Fue en vano. Se puso a golpear el
muro, tratando de localizar algún punto que sonara a hueco, pero tampoco tuvo
éxito en esta tarea. Perplejo, mi pobre doméstico me propuso derribar el muro
con un pico y un buen martillo. Me opuse a ello, alegando que la casa no era nuestra
como para ponernos a destrozarla., El día era muy hermoso, la atmósfera estaba
saturada del perfume de las flores y yo me encontraba de muy buen humor; acabe
por decirle al Jones, para disuadirle del todo:
-Escucha, Jones no vale la pena que te calientes
más la cabeza tratando de descubrir la puerta secreta. Probablemente he tenido
una pesadilla, y Si tuviéramos que hacer caso de todos los sueños, tendríamos
para largo. Vamos, déjalo y ocupémonos en otras cosas. Al mediodía, me pareció
que Gabriella me miraba de una forma muy extraña, con ojos en los que brillaba
una especie de curiosidad malsana., No le habría dado mucha importancia a este
detalle si, hacia el final de la comida, no me hubiera murmurado al oído, al
pasar junto a mí, las siguientes y misteriosas palabras:
-Saint-Tropez tiene un cementerio muy bonito; creo
que al señor le interesaría sacrificar unas horas y visitarlo lo antes posible.
Ah! ¡La miserable vieja! De golpe y porrazo, todos
los terrores y angustias de la noche pasada acudieron a mi mente, y sentí unas
ansias locas de estrangular con , mis propias manos a la cocinera. Pero me
calme casi al instante, pensando que sólo podía tratarse de una simple
coincidencia. Por lo demás, ¿cómo podía_Gabriella estar al corriente de aquella
espantosa pesadilla?
Después de comer, decidí dar un largo paseo por los
alrededores. Jones me acompañó. Nos pusimos a caminar en silencio por las
calles de aquel pueblecito de pescadores. Me agradó mucho ver sus casas altas y
estrechas, tan cerca unas de otras que habría sido posible saltar de una
vivienda a la de la acera de enfrente. Unas mujeres, engalanadas con oropeles
multicolores, hablaban en el lenguaje cantarín y animado típico de aquella
región. Finalmente llegamos a La Poche, el puerto de los pescadores. El mar estaba
tan tranquilo como una balsa de aceite, cosa que me extraño, ya que desde mi
infancia estaba acostumbrado al tormentoso océano Atlántico. Algunas velas
blancas se divisaban en el horizonte, bajo un cielo azul puro. Me sentía
dichoso de vivir en, aquel pacífico y bello pueblecito de pescadores, y olvidé
la pesadilla que había tenido la víspera.
Sólo el azar guiaba en aquel instante nuestros
pasos, mientras Jones y yo caminábamos por un sendero bordeado de setos en
flor. Daba gusto respirar el aire marino y sentir Sobre la piel la calurosa
caricia del sol. Una verja de hierro en muy mal estado nos cortó el paso
cuando, al llegar al final del sendero, nos vimos obligados a girar a la
izquierda; me acerque a ella, la abrí sin ninguna dificultad y momentos
después, nos encontrábamos en el interior del cementerio. Aquella sorpresa no
me pareció nada extraña, sino una cosa meramente fortuita, que me ofrecía la
oportunidad de visitar el cementerio y satisfacer la curiosidad que habían
despertado en mí las palabras de mi cocinera. En lugares semejantes, es
corriente encontrar tanto bonitas tumbas como emocionantes inscripciones
grabadas en ellas. Ese cementerio no tenía el aspecto siniestro y mórbido de
nuestros camposantos nórdicos. Jones, que siempre había sido un hombre
supersticioso, me dijo que prefería esperarme fuera mientras yo satisfacía mi
curiosidad. Le di mi permiso y me puse a recorrer el cementerio, fijándome de
vez en cuando en aquellas tumbas que llamaban mi atención. Ninguna de ellas
daba impresión de tristeza: las lápidas de color rosa o blanco estaban casi
cubiertas por una exuberante vegetación, y daba la impresión de que por todas
partes brotaban flores.
De repente, me sentí dominado por una espantosa
sensación de terror; me encontraba ante una lápida gris, desnuda, siniestra,
sin inscripción ni flores. Una impresión abominable de asco parecía emanar de
ella. Algunas imágenes furtivas pasaron por delante de mis ojos. Creí que
volvía a oír la extraña voz de la caverna. No pude soportarlo más y salí
huyendo.
Aquella misma tarde me marché de Saint-Tropez.
Había intentado enterarme de aquello que encerraba esa tumba, pero ninguna de
las personas a las que interrogue supo satisfacer mi curiosidad. Cuando oían mi
pregunta, se santiguaban y trataban de cambiar de conversación. Nadie sabía
nada o, seguramente, nadie quería saber nada... Entonces me acorde de
Gabriella; ella sí que podría decirme lo que encerraba la siniestra tumba. La
busque por todas partes, pero no pude hallarla; había desaparecido, nadie la había
visto. Cualquiera habría pensado que se había volatilizado en el aire sin dejar
el más mínimo rastro.
A pesar de todo, cumplí con la promesa que le
hiciera a aquello que habitaba en las profundidades de la caverna de la casita
que había alquilado; ordene que cubrieran de flores la misteriosa tumba y luego
fui a ver al cura del lugar, para pagarle tres misas por el eterno descanso de
un alma en pena. Cuando el sacerdote oyó mis palabras, se asombró tanto como si
le hubiese preguntado dónde se hallaba la tumba del conde Drácula. Una vez
pasado su estupor dijo:
-Lo siento mucho, mas no puedo complacerle. De
todas formas, le agradecería que me dijera por qué desea que diga tres misas
por un alma en pena. ¿Qué interés le guía al intentar pagarme esas tres misas?
Disculpe mi curiosidad, pero es que me extraña mucho.
Entonces le conté toda mi espantosa historia, Sin
ahorrar el más mínimo detalle; desde aquella primera noche en que entrara en mi
habitación el misterioso y furtivo visitante, hasta el instante en que oí su
siniestra voz haciéndome prometerle que depositaría unas flores sobre aquella
tumba y haría dar tres misas por un alma en pena.
Observé cómo el sacerdote, mientras yo hablaba, me
escuchaba con mucha atención, sin adoptar esa postura, con la que generalmente
se suele escuchar el relato de una persona neurótica de mente ardiente e
imaginativa, sino todo lo contrario; como si le estuviera contando algo
importante e interesante para él. Cuando termine mi relato, el cura permaneció
silencioso durante unos segundos, como si estuviera meditando sobre todo lo que
había dicho. Luego, se levantó y se puso a pasear, al mismo tiempo que me decía:
-La Iglesia; como usted sabe, desconfía en grado
sumo de las visiones y manifestaciones de ese género. A mi juicio, creo que su
sueño tiene una causa muy natural, y que esa historia de la tumba misteriosa
del cementerio de nuestro pueblo no es más que una simple coincidencia.
-Pero usted también sabe -le respondí
respetuosamente que la Casa del bailíode Suffren goza de mala reputación entre
los habitantes del pueblo, es decir, todos creen que allí ocurren cosas muy
extrañas, como si estuviera embrujada. ¿Qué puede decirme a este respecto?
¿Cuál es su autorizada opinión sobre tan misteriosos hechos?
Mas el sacerdote no pudo o no quiso decirme nada,
alegando que hacía poco que residía en Saint-Tropez, pero que, de todas formas,
no hiciera caso de aquellas historias de resucitados y duendes a la que tan
inclinados son los marineros, sean del país que fueren. Salí de la sacristía
con la conciencia en paz. ¿Pero por qué entonces, se preguntará el lector, me
marché tan pronto del pueblo, sin querer pasar ni una noche más en aquella
casa?
Tenía un motivo muy poderoso; cuando abri la puerta
de la casa, oí muy claramente, y Jones, que me seguía, también oyó la voz que
me decía:
-Muchísimas gracias, Michael O'Grady.
Sheridan Le Fanu (1814-1873)

