Libro N° 9776. Einstein Y El Arte De Montar En Bicicleta. Irvine, Ben.
© Libro N° 9776. Einstein Y El Arte De Montar En
Bicicleta. Irvine, Ben. Emancipación. Abril 9 de
2022.
Título original: © Einstein
Y El Arte De Montar En Bicicleta. Ben Irvine
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Original: © Einstein Y El Arte De Montar En Bicicleta. Ben Irvine
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EINSTEIN Y EL ARTE DE
MONTAR EN BICICLETA
Ben Irvine
Einstein Y El Arte De Montar En Bicicleta
Ben Irvine
CONTENIDO
Agradecimientos
Introducción
1. El mejor de los inventos
2. A rueda libre, sin preocupaciones
3. La vuelta a la manzana
4. Una vuelta por el mundo
Conclusión
Para Rebecca
Agradecimientos
Ante todo, mi más expresivo agradecimiento a
Rebecca Watts: sus consejos, atención al detalle, creatividad y apoyo en todos
los frentes han contribuido notablemente a mejorar este libro y a hacer más
grata la labor de escribirlo.
Gracias asimismo a Mark Powell y a Daniel James
Paterson por haber leído los borradores y haberme asesorado en cuestiones
técnicas relacionadas tanto con el ciclismo como con la obra de Einstein.
Estas páginas no habrían visto la luz de no haber
existido Cycle Lifestyle, un proyecto en el que han participado numerosas
personas. Estoy agradecido a todas ellas, y en especial a Dominic Tyerman,
Gareth Jenkins, Adam Copeland, Jon Haste David Amos y Morris Lautman de
Barclays Print, Matt Dettmar, Rose Stowell, Richard Lawson y Stuart France.
Vaya también mi agradecimiento al equipo editor de
Ivy Press por haberme ofrecido esta oportunidad y por la calidez y solicitud
con que me han tratado del principio al fin, así como a Mark Williamson por
habernos puesto en contacto.
Por último, gracias a los escritores Walter
Isaacson, Robert Penn, Richard Layard, Jonty Heaversedge y Ed Halliwell por
haber escrito los libros que, en mayor medida que otros, han servido de
inspiración para el mío.
Introducción
Una mente equilibrada
Si te digo que el ciclismo te ayudará a parecerte a
Einstein, dudo mucho que me creas. Einstein ha sido unos de los científicos más
notables de la historia y montar en bicicleta es de lo más fácil. Pero ¿y si te
recuerdo la famosa fotografía en que se ve a Einstein pedaleando alegremente?
Quizá solo sirva para que pienses que vestir unos pantalones que te quedan
cortos y una chaqueta de punto te ayudará a parecerte a este enigmático genio
más que cualquier paseo en bicicleta.
Pensar como Einstein
Los grandes pensadores nos resultan a veces tan
enigmáticos como los misterios que sus trabajos pioneros contribuyeron a
desvelar. Einstein no es la excepción. Su vida estuvo plagada de
excentricidades, sorpresas y contrastes, de los que a primera vista se diría
que no hay gran cosa que aprender.
Einstein fue un rebelde (o un «holgazán», según lo
expresó uno de sus profesores de la universidad) que tardó nueve años en
iniciar su carrera docente después de haberse graduado. Y, sin embargo, en el
legendario «año milagroso» de 1905, mientras trabajaba como empleado de una
oficina de patentes, publicó cuatro estudios prodigiosos que revolucionaron la
física. Creía firmemente en la verdad y en la estructura matemática de la
realidad, pese a lo cual declaró que «la imaginación es más importante que el
conocimiento». Además le encantaba tocar el violín. Valoraba mucho los placeres
sencillos y sin pretensiones, hasta tal punto que prefería ayudar con los
deberes a los niños del barrio que hacer la menor ostentación de su éxito. No
obstante, se convirtió en una celebridad mundial, un ciudadano del mundo
autoproclamado y un apasionado defensor de un Gobierno mundial. Era un cabeza
de chorlito que olvidaba a menudo ponerse los calcetines o comer, pero eso no
le impidió luchar incansablemente por la democracia, la igualdad racial y el
pacifismo.
Socialista que abogaba por la libertad, solitario
profundamente interesado en la humanidad, agnóstico que concebía el universo
como una obra manual de Dios, Einstein fue la «persona del siglo» elegida por
la revista Time y, en contraste, también la figura que inspiró
a los personajes de E. T. y Yoda. En su lecho de muerte continuaba
garrapateando ecuaciones.
«Se me ocurrió mientras montaba en bicicleta».
ALBERT EINSTEIN (1879-1955). A PROPÓSITO DE SU TEORÍA DE LA RELATIVIDAD
§. Unidad en la diversidad
El maravilloso mundo de Einstein abarca todo esto y
mucho más. ¡Qué hombre genial tan caótico!, podríamos pensar, pero lo que para
algunos es caos, para otros es armonía. Tal como las teorías de Einstein buscan
la unidad en la diversidad de la naturaleza, su propia vida fue más coherente
de lo que pudiera parecer a primera vista. En el mundo de Einstein armonizaban
a la perfección lo local y lo global, lo individual y lo social, lo creativo y
lo práctico. Nunca sacrificaba un extremo por el otro. Tenía una visión del
mundo equilibrada. Y ahí encontramos el nexo de unión entre Einstein y el
ciclismo.
§. La visión desde la bicicleta
Este libro trata sobre cómo el ciclismo nos ayuda a
alcanzar el mismo equilibrio basado en la atención plena del que disfrutaba
Einstein, y en virtud del cual era capaz de conjugar lo local, lo global, lo
individual, lo social, lo creativo y lo práctico. En el mundo actual se tiene
la impresión de que hay que optar por algunos de estos aspectos y renunciar a
otros, pero al montar en bicicleta no sentimos esa necesidad, porque nuestro
pedaleo va entretejiendo con todos ellos una gran sensación de bienestar. La
sensibilidad localista encuentra amplios horizontes, la libertad expansiva
recala en comunidades amistosas, la imaginación desbordante se aúna con las
habilidades prácticas. Así como Einstein ascendió a altas cumbres intelectuales
y divisó maravillosas pautas que hasta entonces no se habían vislumbrado, la
humilde bicicleta nos ayuda a elevarnos sobre nuestras agitadas vidas e ir
conformando una visión más amplia del mundo y de los demás.
¿Qué es la atención plena?
«Hay dos formas de vivir la vida —comentó Einstein
en una ocasión—: como si nada fuera un milagro y como si todo lo fuera». Vivir
con atención o conciencia plena es experimentar cualquier cosa como un milagro.
Si te preguntas con curiosidad qué queremos decir con esto es que, de alguna
manera, ya lo sabes.
Que Einstein viviera todo como un milagro no
significa que se hincara de rodillas a cada rato para exclamar «¡Qué milagro!»,
sino que, gracias a su curiosidad, se mantenía en estado de asombro. Era
consciente de lo que le rodeaba, prestaba atención a lo que veía y observaba
los pequeños detalles. En lugar de pasar por la vida en piloto automático o de
cerrarse al mundo como si este fuera un mero telón de fondo sin mayor interés,
Einstein permanecía atento a su entorno y a los portentosos secretos que podía revelarle.
Vivía como si las danzarinas llamas de una hoguera lo tuvieran continuamente
fascinado.
«No tengo talentos especiales. Solo soy
apasionadamente curioso».
EINSTEIN
§. La atención plena como forma de meditación
La meditación no es solo cosa de hippies que
tratan de conectar con otra dimensión. La mayoría de las personas —ya sean
budistas u hombres de negocios— practican la meditación por un motivo muy
pragmático: la atención plena es una habilidad práctica que puede desarrollarse
y cuyos beneficios han sido demostrados por la ciencia. Es como hacer
ejercicio. Igual que entrenar en el gimnasio nos ayuda a fortalecer la
musculatura, la meditación nos va modificando el cerebro y nos vuelve más
conscientes y atentos. Al encauzar la curiosidad de una manera disciplinada,
aprendemos a concentrarnos mejor.
«Si fuéramos capaces de prestar mayor atención al
momento presente, al aquí y ahora, descubriríamos muchas más cosas sobre
nosotros y sobre el mundo que nos rodea».
DR. JONTY HEAVERSEDGE Y ED HALLIWELL, THE MINDFUL MANIFESTO, HAY HOUSE, 2010
§. Dejarse llevar por el flujo
El propósito de la atención plena es acercarse a
todo con espíritu curioso, pero la meditación suele iniciarse sintiendo
curiosidad por ti mismo. No es que los meditadores estén siempre mirándose el
ombligo; más bien al contrario. La meditación, igual que la caridad, «empieza
por uno mismo», porque la mayor fuente de distracción es nuestra propia mente.
Por lo general, no paramos de dar vueltas a los pensamientos, sensaciones y
emociones, ya sea para reprimirlos o darles rienda suelta, o porque nos preocupa
saber de dónde vienen o adónde nos llevarán. Estos forcejeos pueden evitarse si
nos observamos con plena atención al meditar. En lugar de juzgar nuestros
pensamientos, sensaciones y emociones, los contemplamos con curiosidad. Nos
limitamos a ser testigos de cómo pasan por el momento presente igual que las
nubes por el cielo. Al emplear una parte de nuestra mente para observar con
serenidad otra parte, permitimos que el contenido de nuestra vida interior se
equilibre por sí solo y, al propio tiempo, desarrollamos una curiosidad mayor
por el mundo exterior.
Cuando realizamos una tarea con atención plena, a
veces entramos en un estado que los psicólogos denominan flujo (y que, a veces,
se llama «estar en la zona»). La extrema concentración nos lleva a olvidarnos
de nosotros mismos, porque la mente se funde con la actividad que nos ocupa, ya
sea practicar un deporte o tocar un instrumento musical, realizar una creación
artística, tejer, cuidar el jardín o escribir un libro. Se diría que la
atención plena y el flujo son experiencias muy distintas, pero hay entre ambas
una relación intuitiva. La mente se deja llevar por el flujo siempre que nos
hallamos totalmente en paz con nuestros pensamientos, sensaciones y emociones.
Respirar con atención plena
Uno de los objetivos de la meditación es aprender a
ser. Si esta idea se nos antoja un tanto peculiar es porque casi todos estamos
más acostumbrados a hacer que a ser. Cuando no estamos corriendo frenéticamente
de un lado para otro, son nuestras mentes las que se aceleran. Motivos de
preocupación nunca faltan.
Bajo toda esta agitación, una parte de nosotros sigue un paso más uniforme: la
respiración. Por eso podemos utilizarla a modo de ancla para acordarnos de
permanecer un rato en el presente. La respiración no nos plantea problemas; es
algo automático. Es la base de nuestro ser, la delicada cadencia de nuestras
vidas.
Busca un lugar tranquilo y una superficie estable donde sentarte. Procura
hacerlo con la espalda tan recta como puedas, quizá en el suelo con las piernas
cruzadas, quizá en una silla de respaldo vertical. Mantén los labios
ligeramente separados y respira con naturalidad. A medida que comienzas a
relajarte, percibe el ritmo de entrada y salida del aire. No trates de
controlarlo. Déjalo fluir. Fija la atención en el camino que sigue el aire:
pasando junto a los labios, penetra por las fosas nasales, desciende por la
garganta, y entra y sale del pecho y del abdomen. Observa todas esas
sensaciones.
Notarás que tu mente no para de distraerse. Esto es absolutamente normal. El
objetivo de la meditación no es dejar la mente en blanco. Basta con que
observes tus pensamientos y emociones como si fueran gotas de lluvia en un
cristal. En lugar de enredarte en ellos o rechazarlos, vuelve a llevar
suavemente la atención a la respiración. Una y otra vez, regresa a la
respiración, el campamento base de tu mente errante.
Prueba a practicar esta meditación durante diez minutos y habrás experimentado
por primera vez el gusto de la atención plena: un poco de espacio para respirar
en el ajetreado mundo moderno.
§. Crear felicidad
El estado de flujo es uno de los mayores placeres
del ser humano. Cuanto más lo experimentamos, más felices vivimos. Quizá ese
sea el motivo de que Einstein, que poseía un legendario poder de concentración,
fuera tan jovial.
No obstante, lo más probable es que su felicidad
fuese tanto causa como efecto de su prolífica producción. Suele decirse que los
genios son espíritus torturados, pero es muy posible que no sea del todo
cierto. Hasta los personajes trágicos como Vincent van Gogh, Friedrich
Nietzsche o Samuel Beckett lograban dejar de torturarse el tiempo necesario
para sacar adelante sus prodigiosas obras; y, en general, cuanto más
satisfechos estamos, más productivos y creativos somos. «Sé metódico y ordenado
en tu vida —aconsejaba Flaubert—, y así podrás ser violento y original en tu
obra».
La cuestión de cómo podemos vivir más felices viene
suscitando gran interés en los últimos tiempos y la investigación científica se
ha ocupado de ella. Varios factores son recurrentes. La felicidad, al parecer,
tiene una multiplicidad de causas, entre las que se incluyen aprender, dar,
hacer ejercicio, contar con el apoyo de la familia, vivir en comunidades
solidarias, la satisfacción en el trabajo, la estabilidad económica, la
seguridad, la salud, los valores, la libertad política, el flujo... y la atención
plena.
Conscientemente felices
Podría argumentarse que vivir con atención plena es
el factor principal, puesto que nos ayuda a rehuir la infelicidad. Al tener
plena conciencia de nosotros —de cómo pensamos, actuamos o reaccionamos—
evitamos caer en las pautas negativas de comportamiento que son propias de la
ansiedad, la depresión y la adicción. Aprendemos a dejar pasar de largo los
impulsos indeseados y a relajarnos.
La atención plena promueve asimismo las demás
causas de la felicidad. En algunos casos, lo hace de manera muy concreta. Así,
por ejemplo, fortalece el sistema inmunitario y se ha demostrado su efecto
positivo sobre enfermedades como el sida y el cáncer, así como sobre las
dolencias psicosomáticas y el dolor crónico. Estar atentos despierta nuestra
curiosidad y nos impulsa a aprender cosas. Además, nos ayuda a tener una
economía saneada, tanto porque no cuesta nada, como porque nos lleva a actuar
con minuciosidad en todas las áreas de la vida.
«El valor de una persona reside en lo que da y no
en lo que es capaz de recibir».
EINSTEIN
Estos ejemplos no son más que una ilustración de la
relación general entre atención plena y felicidad. Al aprender a estar atentos
mejoramos la capacidad de comprendernos, percibimos con mayor claridad cómo nos
hacen sentir nuestros actos y adquirimos la conciencia necesaria para efectuar
cambios. Nos fortalecemos, nos convertimos en nuestros propios maestros y
optamos por llenar la vida de cosas que nos aportan felicidad.
§. La compasión consciente
Si lo dicho hasta ahora te suena a egolatría, no te
preocupes. Buena parte de las causas de la felicidad están relacionadas con el
trato social. El ejemplo más evidente es dar: ser amable, servicial y generoso.
Esta actitud probablemente nos hará más felices que el egoísmo, pese a que la
intuición parezca indicar lo contrario. Lo mismo cabe decir con respecto a
actuar con moralidad, tratando de deparar a los demás el mismo trato que
deseamos recibir.
Por otra parte, la atención plena fomenta la
sociabilidad. Como mínimo, nos ayuda a fijarnos con mayor interés en los otros;
pero lo fundamental es que al comprendernos mejor también empezamos a entender
mejor a quienes nos rodean, lo cual redunda en un aumento de la empatía y la
compasión. Abordamos a las personas con el mismo talante que a nosotros mismos,
sin ánimo de juzgarlas, y nuestras interacciones se vuelven menos críticas y
defensivas. Quienes cultivan la conciencia plena tienden a comunicarse mejor y
a mantener relaciones más satisfactorias y menos alteradas por conflictos y
tensiones.
Un capital social
Cuando las familias y comunidades se construyen
sobre la base de relaciones conscientes de este tipo, nuestras vidas adquieren
un «capital social» mayor; es decir, la miríada de compromisos sociales de
carácter amistoso o práctico que surgen en los grupos. Los economistas suelen
considerar el capital social como un recurso equivalente a las posesiones o al
dinero, pero la cosa no termina ahí. Cuando tenemos la suerte de poseer un gran
capital social, la consecuencia más notable no es el aumento de la eficiencia o
de la rentabilidad en nuestra vida cotidiana, sino el cálido sentimiento de
pertenencia que nos acompaña día a día.
§. Las distracciones de la vida actual
Tal vez estés pensando que sentado junto a un
arroyo en la montaña no es difícil estar atento, ni tampoco ser feliz cuando se
disfruta de buena compañía, o mostrarte compasiva si eres monja, pero que
quienes vivimos en la sociedad actual no lo tenemos tan fácil. Cuando se está
sometido a un bombardeo continuo de distracciones no es sencillo concentrarse.
La publicidad hacer aflorar deseos que ni sabíamos que teníamos. Los
informativos nos sobrecogen con multitud de catástrofes, crímenes y
controversias. La vida de las rutilantes celebridades lleva a pensar que la
calma es un aburrimiento. Las bandejas de entrada del correo electrónico se
llenan a tal velocidad que no hay modo de vaciarlas. Y, para colmo, tenemos
internet: el rey de la distracción.
Con una vida tan cargada de tensiones cuesta ser
feliz. Las largas jornadas laborales y los extenuantes desplazamientos de ida y
vuelta al trabajo nos hacen sentirnos mal, y ni así logramos llegar a fin de
mes. Como estamos demasiado cansados para hacer ejercicio, engordamos.
Adquirimos ropa y posesiones vistosas, pero continuamos sintiéndonos inseguros,
y no nos queda tiempo para dedicarnos a aprender o a ser creativos, y ni
siquiera para pasar un rato agradable en familia o con los amigos. Al final, echamos
mano de la bebida para relajarnos.
Ser compasivo es difícil porque la gente está muy
endurecida. Desde los banqueros y políticos corruptos, hasta los delincuentes o
quienes se aprovechan de las ayudas públicas, pocos parecen merecer nuestra
simpatía. Por otro lado, no es tan sencillo acumular capital social; estamos
demasiado ocupados con la televisión y los videojuegos o pleiteando unos contra
otros. Muchas veces ni siquiera sabemos cómo se llaman los vecinos. Y la
moralidad parece un lujo en esta época de prácticas económicas despiadadas.
El mundo está necesitado de atención plena
Buena parte de la vida actual es pura desatención.
Pero no hay que desesperar. Tal como dijo el político norteamericano Charles W.
Tobey: «Las cosas que están mal en el país hoy día son la suma total de
las cosas que están mal en nosotros en cuanto individuos» . Esto
supone que si queremos vivir en una sociedad más atenta y compasiva, es
necesario que desarrollemos estas cualidades en nosotros. Solo hay que
averiguar cómo lograrlo.
§. Practicar el ciclismo con atención plena
Para desarrollar la atención plena hay que hacer lo
mismo que con cualquier otra habilidad, como tocar un instrumento musical,
realizar operaciones quirúrgicas o lanzar un módulo lunar: se trata de crear y
consolidar nuestras capacidades en un entorno controlado antes de aplicar lo
aprendido a situaciones de la vida real.
Cuando cultivamos la curiosidad en la meditación,
nuestra pretensión es que los efectos perduren durante todo el día y aún más.
Por desgracia, la confusión de la vida moderna a veces nos desborda y nos
embota los sentidos. Incluso los meditadores habituales tienen dificultades
para permanecer alertas todo el tiempo. ¿No sería fantástico que pudiéramos
vivir de una forma más meditativa, practicando sobre la marcha, sin distinguir
los ensayos de la actuación real?
Llegados a este punto, entra en escena la
bicicleta: una máquina de ensueño que aúna meditación y movimiento; curiosidad
y velocidad; atención plena y guardabarros. Sobre una bici puede adquirirse en
pocas semanas el arte que los monjes budistas tardan decenios en aprender y que
el gran Einstein personificó sin esfuerzo: vivir con atención plena.
No es de extrañar que a menudo se diga que la bicicleta es el mejor invento de
la historia. Es un artefacto sencillo y de fácil manejo que puede impulsarnos
hasta altas cotas psicológicas. Un verdadero milagro, en mi opinión. Este libro
explica cómo sucede.
§. La esfera de acción del ciclismo
Las bicicletas solo presentan un problema, el mismo
que tienen esos seres mutantes de ficción llamados daleks: no pueden subir
escaleras. Lamentablemente, no podemos vivir siempre sobre una bicicleta. Pero
sí podemos usarla como medio de transporte para ir al trabajo, de compras, a la
playa o a casa de los amigos, para llevar a los niños al colegio o incluso para
llegar a los confines de la tierra. Estos y otros desplazamientos a pedales han
elevado la capacidad de atención en el mundo moderno.
Pero la influencia positiva del ciclismo no termina
ahí. Además de permitirnos combinar la atención plena con la vida, la bicicleta
posee los mismos efectos colaterales que la meditación convencional. Dicho de
otro modo, practicar este deporte nos lleva a sentirnos plenamente conscientes
a lo largo del día, incluso después de haber bajado de ella. Cualquier ciclista
te dirá que se siente mucho más alerta y a la vez sereno, mucho más energético
y a la vez relajado, después de haber dado una buena vuelta, y que concentrarse
le resulta mucho más fácil. Te dirá asimismo que montar en bicicleta le aporta
felicidad en general y mejora su conexión con la comunidad.
Con tantos beneficios de los que hablar, a veces da
la impresión de que los incondicionales del ciclismo están haciendo
proselitismo, y llegan a resultar pesados o incluso condescendientes. Pero no
se les puede reprochar ese entusiasmo con el que comparten sus secretos con los
demás. El cinismo con el que se los trata es a menudo un reflejo de la
frustración o incluso del resentimiento de quien lo manifiesta: una sonrisa de
júbilo puede parecer una mueca cuando estás empantanado en un atasco.
La gente también se irrita porque no todos los
ciclistas son santos. Hay multitud de formas desatentas de circular en bici:
por la acera, en dirección contraria por una calle de un solo sentido, sin
luces por la noche, saltándose los stop, borracho, distraída por el iPod, con
precipitación y brusquedad, hablando por el móvil o haciendo caso omiso de las
normas de circulación. Cuando hablo de montar en bici con atención plena, es
evidente que no me refiero a estos ciclistas desconsiderados.
Este tipo de personas están, en cierto modo,
desperdiciando una oportunidad. Yo diría que la verdadera vocación de la
bicicleta, su auténtica función, es fomentar la atención plena. Pensemos, por
ejemplo, en cómo el diseño de una hamaca se presta a la perfección para echar
la siesta y los demás usos que se le den no son óptimos (digamos, como
columpio) o son temerarios (por ejemplo, usarla de trampolín). Así como la
bicicleta puede lograr que una persona dé lo mejor de sí misma, montar con
atención plena sirve para que la bicicleta nos dé lo mejor que tiene.
§. Lograr el equilibrio
La bicicleta nos ayuda a no dejarnos atrapar por
pensamientos, sensaciones y emociones y, en esa medida, puede ir equilibrando
nuestra visión global del mundo, ya sea como individuos o como sociedad. Cuatro
«actitudes» componen dicha visión y cada una de ellas se trata en los capítulos
sucesivos de que consta este libro; podría decirse que estas páginas están
imbuidas de atención plena en tanto en cuanto equilibran su contenido.
En «El mejor de los inventos» abordamos la actitud
«práctica», un enfoque científico o tecnológico mediante el que se pretende
comprender, controlar y predecir la realidad. En «A rueda libre, sin
preocupaciones» descubrimos la actitud «individualista», consistente en
expresarse con libertad, creatividad y decisión. En «La vuelta a la manzana» se
analiza la actitud «localista», que es una búsqueda de la sencillez, la
modestia y la vida en comunidad. En «Una vuelta por el mundo» se explica la
actitud «globalizadora», la que aspira a la integración internacional y a
desarrollar un sentimiento compartido de humanidad.
Cada capítulo se inicia revelando aspectos de la
personalidad de Einstein que ejemplifican la actitud de que se aborda y, a
continuación, se explica por qué montar en bici contribuye a generar una
disposición de ánimo similar. La vida de Einstein es una síntesis de los
elementos que constituyen la atención plena. En conjunto, los cuatro capítulos
de este libro ofrecen una visión general de su filosofía holística e ilustran
cómo la humilde bicicleta nos enseña a alcanzar un equilibrio parecido al suyo.
Las cuatro actitudes
Todo ciclista sabe que se inclina un poco más de lo
normal hacia cualquier dirección el equilibrio natural se rompe. Usando el
cerebro humano como metáfora, podemos pensar encada dirección como la
representación de una de las cuatro actitudes. El lado izquierdo del cerebro
está especializado en la comprensión de los mecanismos, normas y sistemas
artificiales, por lo que podemos pensar en la actitud práctica como de
izquierdas. El lado derecho del cerebro está especializado en la creatividad,
la autoconciencia y la imaginación, por lo que la actitud individual puede se
puede considerar como inclinada hacia la derecha. En la parte posterior del
cerebro se encuentran las áreas especializadas en las emociones y las
necesidades básicas, por lo que podemos interpretar la actitud local como
inclinada hacia atrás. Por último, las regiones frontales característicamente
humanas del cerebro permiten ver nuestras vidas con una perspectiva más amplia,
por lo que la actitud global se puede considerar como inclinada hacia delante.
Sobre una bicicleta permanecemos centrados, sin
inclinarnos demasiado hacia delante ni hacia atrás, ni a derecha o izquierda,
pero esa no es la única manera en que nos estabiliza. Aquí se expone el arte de
montar en bicicleta con atención plena... y la clave para alcanzar el
equilibrio en el mundo actual.
§. Cómo perdí y recuperé el equilibrio
En mi adolescencia aspiraba a ser un gran pensador,
un inconformista, una persona como Einstein. Leía con avidez y llevaba un
diario de teorías, poemas y pensamientos filosóficos. Aunque no eran más que
reflexiones juveniles, la gran ventaja de tener como referentes a figuras
históricas es que lo que piensen los demás no te preocupa.
Me daba igual, por ejemplo, que el ciclismo se
considerase pasado de moda. En mi opinión, llegar al instituto en diez minutos
sobre mi bici era mejor que pasar media hora en el autobús, aunque como
contrapartida tuviera que aguantar a mi hermano llamándome bicho raro. Con el
tiempo, él también se ha convertido en un ciclista entusiasta (algo que nunca
me canso de repetirle). Supongo, no obstante, que tenía razón al considerarme
un excéntrico. Más adelante, hice honor a ese epíteto en la universidad, donde
llegué a doctorarme en Filosofía.
§. Cómo perdí el norte
A lo largo de mi época de estudiante, fui perdiendo
gradualmente el equilibrio. No solo porque dejara de montar en bicicleta, mi
vida entera cesó de fluir con suavidad.
Hacía agua en todos los frentes: amistades,
relaciones amorosas, familia, salud, carrera y modo de vida. Iba acumulando
problemas y mi vocación no me ayudaba. La filosofía aspira a dar respuesta a
los dilemas, paradojas y enigmas vitales, sin aceptar las situaciones tal como
son, cargadas de conflictos y sinsentidos. Yo oscilaba entre dos extremos: tan
pronto llegaba demasiado lejos en una dirección, como rechazaba algo importante
en la dirección opuesta. Hasta mis aspiraciones se convirtieron en una maldición.
Me concentraba en los éxitos de personas como Einstein, sin tratar de aprender
nada de sus trayectorias. Nunca vivía el momento; no me relajaba; me sentía
incómodo con el statu quo; nunca estaba realmente feliz.
El punto de inflexión
Y al fin toqué fondo. A las cinco de la mañana de
un día de diciembre de 2009, me desperté tumbado bocabajo en la acera de una
calle londinense, con la cabeza dándome vueltas, lágrimas en los ojos y solo.
No recordaba qué había sucedido, solo que había estado bebiendo. Los coches
pasaban de largo a toda velocidad y los viandantes saltaban por encima de mí.
No tenía dinero y no podía llamar a nadie. Mi vida había perdido por completo
el rumbo.
Poco después de este episodio retomé el ciclismo.
No sé bien por qué, pero sí me acuerdo de que empecé a hacer los mismos
trayectos cortos que recorría de niño —a las tiendas, a casa de los amigos, a
dar una vuelta al anochecer—, y no tardé en empezar a circular en bici por el
mero placer de hacerlo, explorando una cara de Londres que no había conocido ni
siquiera en la infancia: sosegados canales, preciosos parques, callejuelas y
pasajes intrigantes.
«Cuando el ánimo decae, cuando el día se oscurece,
cuando el trabajo se torna monótono, cuando se diría que no vale la pena tener
esperanzas, monta en una bicicleta y sal a recorrer los caminos, sin pensar en
nada más que en el paseo que estás dando».
SIR ARTHUR CONAN DOYLE (1859-1930)
¡Cuánta belleza y posibilidades! Y habían estado
largo tiempo ocultas tras la fachada de las estrepitosas calles principales y
las ventanas de cristales mugrientos; esas apariencias conocidas que nos
ofuscan y nunca pensamos poner en cuestión.
La mejoría
Pronto comencé a experimentar algo distinto en mi
interior: una sensación nostálgica a la que solo puedo denominar regocijo. En
ocasiones aparecía a mitad de un descenso a rueda libre o, con un toque de
alegría por la desgracia ajena, mientras me abría paso a través de un atasco,
dejando atrás a los malhumorados conductores de los coches.
Otras veces surgía sin motivo aparente; tal vez
gracias al viento que me revolvía el pelo; al reluciente paisaje urbano que se
balanceaba rítmicamente en mi campo visual como un sonriente coro de góspel; o
a unas palabras amistosas cruzadas con un compañero ciclista en algún semáforo.
No tardé en darme cuenta de que esta sensación nostálgica iba transformándose
en esperanza. Empecé a mirar al futuro desde la alegría.
Y de esta forma me fui transformando como persona,
enmendando poco a poco mis errores pasados. No pretendo afirmar que el ciclismo
fuese el remedio de todos mis males; pero sí que montar en bicicleta era un
paréntesis en medio de mi vida, un lugar sereno que me servía como fuente de
inspiración. Aquellos paseos me ayudaban a idear soluciones, y de ahí pasé a
tomar decisiones constructivas en los demás momentos de mi vida. El efecto bola
de nieve es muy curioso. Aquel ciclista regocijado que pedaleaba con sosiego
por los vericuetos de la vida se convirtió en mi verdadero ser.
§. Siempre adelante
Estoy relatando mi experiencia porque es un viaje
que cualquiera puede emprender. La economía mundial tocó fondo más o menos a la
vez que yo. Nuestro condenado sistema global está sumido en el caos; los
gobiernos, los medios de comunicación, las empresas y los bancos se han
confabulado y todo el mundo se lava las manos echando la culpa a los demás.
No resulta fácil vislumbrar una salida en medio del
alboroto de acusaciones y contraacusaciones. Pero algunas personas han
conseguido dar con ella, tal como Einstein lo logró, evadiéndose con discreción
de las distracciones familiares para internarse en los recónditos senderos
donde reside el bienestar y donde la confusión de la vida moderna se equilibra
y se encalma.
Si aún no lo has logrado, este libro te explicará
cómo pedalear hasta allí. Es más fácil de lo que pueda parecer.
Una vez que has aprendido a montar en bicicleta, ya
nunca lo olvidas.
Capítulo 1
El mejor de los inventos
Montar en bicicleta nos equipa con una actitud
«práctica» semejante a la de Einstein. Al reflexionar sobre el ingenioso diseño
de este vehículo y sobre cómo llegó a ser así, valoramos la importancia de la
inventiva. Al aprender a mantenerlo, desarrollamos una comprensión mejor del
funcionamiento de las cosas, así como el placer de trabajar con objetos
materiales. Nos volvemos más emprendedores en nuestras actividades, más
científicos en nuestra visión y más competentes para la vida en general.
Prestamos atención plena a la realidad.
§. Locura con método
Un día de pleno verano empezó a llover a cántaros
en el centro turístico costero de Watch Hill, en Estados Unidos. Einstein, que
estaba allí disfrutando de unas vacaciones, iba en esos momentos de pasajero en
un deportivo con la capota abierta. Impertérrito, echó mano a su sombrero...,
pero no como era de prever. Se llevó la mano a la cabeza..., se quitó el
sombrero y se lo guardó en el bolsillo del abrigo, dejando perplejo al
conductor, Peter Bucky, que le dirigió una mirada socarrona. «Mi pelo ha soportado
bien el agua en innumerables ocasiones —explicó Einstein—. Pero no sé cuántas
veces la resistirá mi sombrero».
Son este tipo de comportamientos los que alimentan
la imagen de Einstein que tan popular se ha hecho: la del genio
inescrutablemente excéntrico con una cabellera blanca arremolinada. Pero hay
algo más que lo que salta a la vista, tanto en esta anécdota como en Einstein.
Según como se mire, su decisión no fue tan rara. El chaparrón podría haber
deformado y desgastado su querido sombrero; el pelo ya lo tenía revuelto.
Aunque no lo parezca, Einstein demostraba un gran sentido práctico.
Si nos detenemos a pensarlo, veremos que no podía
ser de otro modo tratándose del gran científico que era. Como había consagrado
su vida a comprender las sutilezas del universo, buena parte de la conducta de
Einstein debía de basarse en factores que la mayoría de la gente no toma en
consideración. E incluso cuando estaba enfrascado en sus pensamientos y
demostraba un despiste evidente, como al quedarse fuera de casa sin llave en su
noche de bodas o al aplaudir cuando se mencionó su nombre en una ceremonia de
entrega de premios, es más que probable que sus preocupaciones fueran muy
mundanas. Aunque diera la impresión de estar en las nubes, sabía desenvolverse
muy bien en la realidad.
§. Una vida de invenciones
Cuando alabamos la invención de alguien, solemos
referirnos a un artefacto concreto que ha creado o al proceso de crearlo. Ahora
bien, al decir que alguien ha llevado «una vida de invenciones», estamos
elogiando a la persona en sí por su talento general para comprender las cosas
materiales y trabajar con ellas. Y, sin duda alguna, esto es aplicable a
Einstein.
La inventiva era su esencia vital y su sustento.
Poco después del nacimiento de Einstein en Ulm, Alemania, en 1879, su familia
se trasladó a Múnich, y allí su padre, Herman, y su tío Jacob montaron una
empresa de fabricación e instalación de equipos eléctricos. En 1885, tenían a
su cargo a doscientos empleados y suministraron a la ciudad sede del
Oktoberfest su primer alumbrado eléctrico. Jacob registró las patentes de seis
inventos.
El pequeño Einstein no tardó en demostrar unas
aptitudes similares. Construía edificios de naipes de catorce plantas y se
dedicaba a investigar cómo se movía la aguja de una brújula que le regaló su
padre. Cuando su madre, Pauline, dio a luz a su hermana Maria, Einstein
reaccionó con esa curiosidad impresionante que llegaría a convertirse en su
sello distintivo: «Sí —dijo mirando a la niña—, pero ¿dónde están las ruedas?».
A lo largo de su época de estudiante siguió
mostrando la misma actitud. Sobresalía en matemáticas y física, pero sus
indagaciones siempre parecían pasarse de la raya. Su irreverente carácter
inquisitivo solía exasperar a los profesores... y no digamos cuando provocó una
explosión en el laboratorio.
«Todo debería hacerse de la manera más simple
posible, pero sin simplificarlo más».
EINSTEIN
§. Enclaustrado en medio del mundo
Con una buena capacidad inventiva y unas
referencias académicas mediocres, no es de extrañar que Einstein terminara
trabajando como examinador de patentes y no de profesor universitario. En su
calidad de «técnico experto de tercera categoría», su función consistía en
evaluar los méritos de las solicitudes que se recibían. Aunque no pareciera el
trabajo ideal, más adelante Einstein recordaría con cariño aquel «claustro en
medio del mundo donde incubé mis ideas más hermosas». Su benévolo jefe hacía la
vista gorda mientras Einstein trabajaba en sus estudios de física en las horas
de oficina. Por otro lado, evaluar las ideas ajenas le sirvió para adquirir
valiosos hábitos científicos: espíritu crítico, aprecio por la sencillez y
capacidad de imaginar cómo las hipótesis se plasmarían en la realidad.
Y fue así como este hombre ajeno al mundo
científico asombró a la comunidad de los físicos con una serie de teorías
elegantes a la par que enjundiosas, incluida la relatividad, la dualidad
onda-partícula de luz y la ecuación E = mc2. Estas ideas
continúan siendo difíciles de comprender para los profanos, pero Einstein
siempre se esforzó en anclar las matemáticas en la realidad mediante analogías
muy gráficas: un pintor que se caía del tejado de una casa; un ascensor
acelerando a través del espacio vacío; una bicicleta que circulaba junto a un
rayo de luz.
§. El realismo de Einstein
Einstein creía que el mundo existía y debíamos
tratar de comprender cómo funcionaba. Aunque parezca extraño, no todo el mundo
está de acuerdo con él. Muchos filósofos aseguran que el mundo no existe y todo
es opinable; por tanto, si una persona piensa que la torre Eiffel está en París
y otra piensa que está en Londres, ambas tienen razón; un razonamiento que
equivale a decir que la ciencia carece de sentido, basta con que nos inventemos
las cosas.
Este enfoque suele recibir el nombre de
«relativismo», puesto que defiende que la realidad es «relativa» a las
opiniones personales. A Einstein le irritaba que se confundiera realidad con
relativismo. En 1919, el astrónomo Arthur Eddington aportó la evidencia
fotográfica demostrativa de que la teoría de Einstein era acertada y, con ello,
eliminó cualquier margen para las opiniones.
«La verdad duele. Tal vez, no tanto como subirse de
un salto a una bicicleta sin sillín, pero duele».
TENIENTE FRANK DREBIN, THE NAKED GUN 2 ½, 1991
A Einstein también le molestaba que sus colegas
sacaran conclusiones peculiares de su trabajo. El «principio de incertidumbre»
sostenía que las observaciones de los físicos influyen en la forma de ser del
mundo. Einstein pasó los últimos cuarenta años de su vida rebatiendo esta
hipótesis. «La creencia en un mundo externo independiente del sujeto perceptor
es la base de todas las ciencias naturales», insistía.
Por este empeño suyo se le tachaba de testarudo,
una crítica habitual contra los científicos. Mas no es justo acusar a la
ciencia de falta de humildad. La ciencia responde a las dudas que se le
plantean mediante una indagación sistemática en el mundo. Y precisamente por
esto adquirió credibilidad la impresionante obra de Einstein.
En comparación, decir que el mundo no existe y que
todas las opiniones tienen la misma validez se nos antoja una actitud
negligente. Hay personas que se hacen relativistas porque no son capaces de
afrontar la verdad; otras, sencillamente no son sinceras. Einstein aconsejó lo
siguiente en referencia a sus colegas rivales: «No escuchen lo que dicen,
presten atención a cómo actúan». Con esto pretendía indicar que la gente suele
tomarse el mundo más en serio cuando se trata de hacer cosas reales. Si alguien
te dice que el mundo no existe, proponle que salte desde la ventana de una
planta decimocuarta.
§. El siglo de Einstein
De vez en cuando, Einstein echaba una mano en la
empresa electrotécnica de su padre. También hacía sus pinitos inventando cosas;
entre otras, un refrigerador que no emitía ruido, un aparato para medir la
electricidad de bajo voltaje y juguetes para sus hijos hechos con cajas de
cerillas y cuerdas. Pero nunca se convirtió en inventor profesional. Le
desagradaba trabajar con «el objetivo de una sórdida ganancia de capital».
Además, comprobó los inconvenientes de la
tecnología en las dos guerras mundiales que le tocó vivir. Sus propias teorías
fueron empleadas por el Gobierno estadounidense para lanzar bombas nucleares
sobre Japón en 1945. La ciencia, advirtió Einstein, había puesto en nuestras
manos «los medios para envenenarnos y mutilarnos unos a otros», mientras en
tiempos de paz había «introducido la prisa y la incertidumbre en nuestras
vidas» y «encadenado a los hombres a las máquinas», obligándolos a trabajar
«largas y agotadoras horas sin disfrutar apenas de sus actividades laborales».
E imploraba que la ciencia se pusiera al servicio de la mejora de la vida del
común de las gentes: «Nunca lo olviden cuando estén reflexionando sobre sus
diagramas y ecuaciones».
La influencia de Einstein en la ciencia del siglo
XX no tiene parangón. Sus grandes logros en el campo de la física condujeron al
descubrimiento de las estrellas oscuras, los agujeros negros, la antimateria y
los agujeros de gusano. Al indómito joven Einstein le habría encantado el
extravagante universo que sus teorías contribuyeron a desvelar. Ahora bien, es
en el campo de la tecnología donde mayor ha sido la influencia de este remiso
inventor. Miles de millones de personas han disfrutado de los incuestionables
beneficios reportados por los avances que fueron posibles gracias a las
investigaciones de Einstein. Entre ellos se incluyen el láser, la mezcla de
cemento, los aerosoles, la energía nuclear, la fibra óptica, los
semiconductores, los satélites artificiales, los paneles solares, los
ordenadores, la producción láctea y muchos otros. Pero ¿dónde están las ruedas?
§. El caballo de propulsión humana
A los caballos les encanta el ciclismo. No porque
lo practiquen, sino porque las bicicletas les permitieron ponerse pezuñas
arriba y relajarse después de cinco mil años de fieles servicios a la
humanidad. La única incógnita que sigue preocupando a los caballos (y a los
historiadores) es por qué se tardó tanto en inventar la bicicleta cuando la
tecnología que utiliza es tan simple y había sido descubierta hacía milenios.
La rueda se inventó aproximadamente en la misma
época en que se domesticó a los caballos; ha pasado demasiado tiempo para que
podamos precisar cuál de los dos avances precedió al otro. Las primeras ruedas
se crearon en el sur de Mesopotamia y no eran más que discos de madera con un
orificio en el centro por el que pasaba el eje de los carros. Hubo que esperar
hasta el año 500 a. C. para que los egipcios comenzaran a fabricar ruedas con
radios, que aportaron ligereza y velocidad a los carros. Posteriormente, la
tecnología de la rueda apenas se modificó hasta principios del siglo XIX.
En esa época de grandes progresos tecnológicos
estaba en marcha un asombroso empeño que se había emprendido un siglo atrás:
crear un vehículo terrestre de tracción humana, el llamado «caballo de
propulsión humana». Algunos de los primeros intentos se impulsaban con velas
(que eran poco de fiar y de difícil manejo) o incluso recurrían a esclavos (lo
cual no era juego limpio). Un periodista británico que revisó el panorama en
1819 llegó a la conclusión de que «la culminación de una máquina o carruaje
para viajar sin caballos u otros animales de tiro» sería «el triunfo más
memorable de la mecánica».
§. La máquina corredora
La invención del ciclismo fue, como correspondía,
un trayecto por etapas —o una carrera de relevos, se podría decir—, en el que
la bicicleta tal como la conocemos hoy fue surgiendo poco a poco de las manos
de numerosos innovadores sin relación entre sí. Cuando voy circulando en bici,
muchas veces imagino a esos pioneros que la inventaron ocupados en sus asuntos,
tratando de poner su granito de arena para mejorar el mundo. El desarrollo
gradual de la bicicleta me hace recordar que el trabajo duro está detrás de
todo lo bueno; los portentos nunca surgen por generación espontánea. La
historia cooperativa de este gran invento es un ejemplo de cómo el trabajo en
equipo promueve la invención; de cómo las ideas de una persona refuerzan las de
otra. Y el carácter azaroso de este trayecto me recuerda que los esfuerzos a
veces dan un rendimiento inesperado; nunca se sabe qué maravillosas sorpresas
nos esperan a la vuelta de la esquina.
«Mis pies se apoyaban sobre los hombros de
gigantes».
EINSTEIN HABLANDO DE SUS PREDECESORES
La draisiana
Un excéntrico barón alemán llamado Karl von Drais
fue quien inició el desarrollo de la bicicleta. En 1815, un volcán que entró en
erupción en Indonesia mató a alrededor de noventa mil personas y cubrió Europa
con una gigantesca nube de cenizas que no dejaba pasar la luz del sol. Las
cosechas se perdieron y los campesinos se vieron obligados a sacrificar de un
tiro a sus famélicos caballos. Y, entonces, Drais se propuso descubrir el
esquivo caballo de tracción humana.
La «draisiana» era en esencia una bicicleta sin
pedales ni freno, con una vara montada sobre la rueda delantera que permitía
manejarla. Todo el artefacto era de madera, excepción hecha de unas tiras de
hierro en las ruedas. Drais dio a conocer su invento en 1817 y lo llamó
«máquina corredora». Quien la montaba debía ir empujándose alternativamente con
uno y otro pie, como si estuviera corriendo, y el impulso que iba adquiriendo
el vehículo lo propulsaba hacia delante entre un paso y otro. Al circular cuesta
abajo no era necesario mover las piernas; una ventaja en la que tal vez Drais
no cayó en la cuenta hasta que se deslizó por una pendiente con los pies en
alto como un niño jubiloso. Comoquiera que fuese, había descubierto el
principio de utilizar la propulsión para equilibrarse sobre dos ruedas.
Lo malo era el momento de frenar. Los usuarios de
la draisiana a menudo desmontaban de forma ignominiosa (mediante lo que también
se conoce como caída) o atropellaban a los peatones. Pese a que en algunos
periodos fue fabricada con gran entusiasmo en ciudades de toda Europa y Estados
Unidos, la máquina corredora siempre se prohibía en las aceras y la mayoría de
las personas se burlaba de ella llamándola «caballo-dandi». Al poco tiempo,
incluso sus mayores admiradores se desilusionaron a causa de su ineficacia y
por la tendencia a desgastar los zapatos que demostraba. El desarrollo de la
bicicleta se estancó durante cincuenta años.
Conciencia plena de los mecanismos
Casi nunca nos tomamos la molestia de prestar
atención a los múltiples e ingeniosos mecanismos que tanto nos facilitan la
vida en nuestro tiempo. Algunos son resultado de miles de años de progreso,
pero ni siquiera eso nos lleva a dedicar un instante de reflexión al talento
que se invirtió en crearlos. Estamos acostumbrados a utilizar los aparatos
mecánicos de manera automática.
La próxima vez que tengas delante una bicicleta, dedica un momento a admirar su
espléndida mecánica. Fíjate en la cadena. Observa cómo se conecta la serie
alterna de eslabones y bulones para formar una estructura sólida a la par que
flexible que rodea tanto las series de piñones dentados, montados en los ejes
de los pedales, como la rueda trasera. Mira los pedales girando independientemente
sobre sus ejes a la vez que rotan los cigüeñales, tal como la Luna gira
alrededor de la Tierra mientras esta rota alrededor del Sol.
Levanta un poco el manillar para separar la rueda delantera del suelo. Haz que
gire y observa el círculo que traza en el aire. No pierdas de vista sus radios,
dando vueltas y vueltas, e imagina de qué manera tan ingeniosa permiten que la
rueda se deforme al chocar contra el suelo y después recupere su forma
original, igual que lo haría una pelota de tenis si la aplastamos.
Gira el manillar atendiendo a cómo la horquilla delantera encaja en el cuadro
tubular, combinando rigidez y ligereza. Fíjate en los frenos, que esperan con
paciencia a que se les pida que tiren del cable que presiona unos rectángulos
de caucho contra los bordes de la rueda para detener la bicicleta, como si el
tiempo estuviera ralentizándose.
Examina el cuadro o chasis en forma de diamante, expertamente soldado en sus
juntas. Como está hueco, se compone básicamente de aire, lo que no le impide
sostenerse y mantener a la vez a los demás componentes durante decenios de uso.
La bicicleta transportará tu mente, además de tu cuerpo, si muestras curiosidad
por ella.
§. Aquellos locos cacharros
En esta etapa, la mayoría de los especialistas en
mecánica centraron sus esfuerzos en artefactos de cuatro ruedas, con los que
tuvieron escaso éxito. Algunos diseños incluían unas alas que supuestamente se
agitarían cuando el conductor utilizara la tracción de las ruedas traseras;
otros requerían de tres hombres para accionar diversas palancas; un carruaje
funcionaba gracias a unos pedales que, como los de una máquina de coser,
basculaban hacia delante y hacia atrás; se creó incluso un vehículo de cuatro
ruedas que, al igual que la draisiana, se propulsaba con los pies.
Por lo visto, los inventores desconfiaban de la
idea de equilibrarse sobre dos ruedas; y quizá fuera ese mismo prejuicio el que
retrasó varios milenios la invención de la bicicleta. Algunos comentaristas
incluso se mostraban escépticos sobre la viabilidad de cualquier vehículo de
propulsión humana. En 1832, el editor de Mechanics Magazine declaró
que «el hombre es una máquina locomotora fabricada por la propia Naturaleza y
no mejorará añadiéndole cigüeñales ni ruedas».
El salto adelante
Sin embargo, este editor se equivocaba, como bien
lo demostraron un par de bielas y de ruedas. Varias décadas después, se produjo
una asombrosa reaparición de los vehículos de dos ruedas con el simple añadido
de bielas conectadas a la rueda delantera y movidas a pedales. Al empujar
alternativamente dos pedales para que rotaran las bielas, se lograba una
propulsión hacia delante equilibrada en todo momento, mientras que con la
máquina corredora solo había sido posible conseguirla al deslizarse cuesta abajo.
Cuando una bandada de pájaros modifica su rumbo no
es fácil determinar qué individuo fue el primero en cambiar de dirección. Del
mismo modo, habiendo tantos innovadores en acción, no es sencillo precisar con
exactitud quién fue el responsable del salto adelante que convirtió la máquina
corredora en bicicleta.
Pierre Michaux comenzó a fabricar bicicletas de
pedales en su taller de París en 1867 y más adelante se atribuiría la prioridad
con respecto a esa invención; no obstante, está prácticamente demostrado que
sus socios, los hermanos Aimé y René Olivier, y Georges de la Bouglise,
hicieron una contribución más importante al desarrollo del nuevo artefacto.
Otro parisiense, Pierre Lallement, también se colgó la medalla de la autoría y,
en efecto, patentó un diseño similar en Estados Unidos en 1866. Para complicar aún
más la historia, hubo sendos alegatos póstumos según los cuales los escoceses
Gavin Dalzell y Kirkpatrick Macmillan habían creado décadas antes, cada uno por
su cuenta y sin relación entre sí, un nuevo tipo de bicicleta con los pedales
conectados a la rueda trasera mediante varillas.
Lo único seguro es que la bicicleta de pedales se
puso de moda en París por primera vez a finales de la década de 1860, y pocos
años más tarde ya se la veía en todos los continentes, tanto en las ciudades
como en el campo. En lengua inglesa, la máquina en cuestión llegó a conocerse
como la «sacudehuesos» [boneshaker] debido a la ardua experiencia a la
que sus ruedas de madera y su chasis de hierro sometían a quien la montaba. La
nueva demanda hizo que surgieran como hongos empresas de fabricación de bicicletas,
a las que añadieron muelles, ruedas de hierro con radios y sólidos neumáticos
de caucho con objeto de que rodaran con mayor suavidad. Otras innovaciones
fueron los frenos y los cuadros tubulares. Y también fue novedoso que se
emprendieran actividades de promoción del ciclismo como clases gratuitas,
circuitos cubiertos, exposiciones, clubes y carreras, todo lo cual contribuyó a
que se desvanecieran las reticencias de los escépticos.
Necesidad de mejoras
A pesar de todo, las mejores bicicletas de aquellos
tiempos seguían teniendo importantes defectos. El peor problema era que al
girar la rueda delantera a izquierda o derecha, los pedales también se movían
en esa dirección, forzando a las piernas del ciclista a seguirlos. La rueda
rozaba el interior del muslo y existía el peligro de que la pierna quedase
enganchada entre los radios. Muchos médicos advirtieron de estos riesgos, en
especial para la zona corporal más frágil de los varones. Por otra parte, las propias
máquinas se averiaban con facilidad y su rendimiento era malo en las
superficies desiguales. Cuando los ciclistas se veían forzados a circular por
la superficie más lisa de las aceras, sufrían las iras de los peatones, que les
tiraban piedras y consideraban la sacudehuesos, al igual que la máquina
corredora, un juguete peligroso para ricos ociosos. Y el ciclismo aún había de
convertirse en una afición más azarosa y exclusiva.
§. El velocípedo
El modelo más conocido de bicicleta antigua es
probablemente el velocípedo. Este extravagante artilugio tenía una enorme rueda
delantera y una rueda trasera menor. Fue apodado el penny farthing,
en referencia al tamaño del penique (penny) y al cuarto de penique (farthing),
dos monedas que estaban en circulación en aquellos tiempos. Hoy nos preguntamos
cómo un vehículo de aspecto tan ridículo pudo considerarse práctico en algún
momento. Y, sin embargo, los velocípedos eran las bicicletas de carreras de su
época, equipadas con la tecnología puntera del ciclismo (como pedales de
caucho, rodamientos de bolas y cuadros más ligeros) y fueron asimismo los
primeros vehículos a los que se les dio el nombre de «bicicleta».
Los velocípedos se crearon en el Reino Unido a
mediados de 1870, y pasada una década ya estaban disponibles en el mundo
entero. Ofrecían una ventaja importante a sus usuarios por una razón muy
sencilla. Al estar montados los pedales en el centro de la rueda delantera,
cuanto mayor fuera esta, más avanzaba el ciclista con cada pedalada. Por eso
las ruedas se fueron haciendo mayores, llegando a alcanzar un gigantesco
diámetro de metro y medio, ya que el único límite a su tamaño era que el
ciclista pudiera llegar al centro con los pies.
El sillín del velocípedo estaba colocado
directamente sobre la rueda delantera, pues así la fuerza vertical ejercida
sobre los pedales era más poderosa. Algunos modelos incorporaban un escalón al
cuadro para que los ciclistas pudieran montar y desmontar. Ambas cosas debían
hacerse a la carrera si quería evitarse que la bicicleta se volcara. Una vez
sentados encima de un velocípedo, los ciclistas se hallaban en una posición a
todas luces arriesgada: era como sentarse sobre los hombros de una persona que iba
corriendo a toda velocidad. Las caídas se denominaban «cabezazos» y eran una
experiencia tan peligrosa como inevitable por culpa de las carreteras llenas de
baches, los vientos de costado y las dificultades que entrañaba montar y
desmontar. Estas máquinas más rápidas y peligrosas solían atraer a un tipo
determinado de usuario: joven, en buena forma, atrevido y, por lo general
aunque no siempre, varón. Tal como opinó un amateur, la mayoría de
la gente era «remisa a montar en un objeto semejante a una jirafa».
¿Qué se podía hacer para volver más accesible el
ciclismo? Un entusiasta especuló que «cualquier invención que permita al
ciclista detenerse por completo y continuar sentado sobre la máquina
contribuiría más a popularizar el ciclismo que nada de lo que hasta ahora se ha
hecho».
§. La bicicleta de seguridad
Entre grandes exclamaciones de júbilo, la solución
se descubrió diversas veces a principios de la década de 1880. Las marcas eran
distintas —la Bicyclette, la Marvel, la Pioneer, la Antelope, la BSA y la
Humber—, pero todas las máquinas constituían ejemplos de las primeras
bicicletas seguras, cuyo rasgo distintivo consistía en una cadena que conectaba
los pedales con la rueda trasera.
Dos características conferían mayor seguridad a
estos modelos. La primera era el cambio de marchas: la rueda dentada unida a
los pedales (plato) era de mayor tamaño que la rueda dentada unida a la rueda
trasera (piñón), con lo cual la cadena hacía girar la rueda trasera a mayor
velocidad que la de rotación de los pedales. Así pues, ya no era necesario
emplear una rueda enorme para maximizar el rendimiento del pedaleo y el sillín
pudo colocarse más abajo. Por lo tanto, las caídas eran menos graves y menos probables,
dado que el ciclista tocaba el suelo con los pies y eso facilitaba montar y
desmontar, arrancar y detenerse, así como reducir la velocidad.
La segunda innovación fue la transmisión del
impulso del pedaleo a la rueda trasera. Gracias a ello, se minimizaron las
posibilidades de que la máquina derrapara y se liberó la rueda delantera para
que cumpliera su principal cometido: marcar la dirección de avance.
La bicicleta de seguridad Rover
El único problema que quedaba por resolver en estos
primeros modelos seguros eran sus extrañas formas, como cuadros enrevesados o
ruedas delanteras pequeñas. Pese a que el sillín más bajo confería
aerodinamismo a la postura del ciclista y, en consecuencia, mayor velocidad,
los paseos accidentados seguían siendo frecuentes.
Otras innovaciones modificaron este panorama. En
1886, John Kemp Starley perfeccionó su modelo Rover Safety. Constaba de ruedas
más o menos del mismo tamaño, un cuadro rígido en forma de diamante con sillín
y manillar ajustables, y la característica que ofrecía seguridad, es decir, la
tracción trasera. Tres años después, John Dunlop inventó la llanta neumática,
con un tubo interior lleno de aire comprimido. Todas estas mejoras dieron como
resultado las bicicletas más seguras, ligeras, rápidas y de fácil manejo que
nunca se habían creado, y la forma básica de la máquina se conservó inalterada
hasta nuestros días. El futuro había llegado y el público lo recibió con
entusiasmo.
La bicicleta fue el medio de transporte más popular
del siglo XX.
§. El siglo del ciclismo
A comienzos de 1890, habiéndose tornado realidad el
sueño del caballo de propulsión humana, se produjo una eclosión mundial del
ciclismo. Había quien opinaba erróneamente que sería una moda pasajera; otros
predijeron que el ciclismo perduraría «mientras los hombre y las mujeres sigan
teniendo piernas», como lo expresó un editor. A la vista de lo sucedido hasta
hoy, no se equivocaba. Si Einstein fue la gran figura del siglo XX, la
bicicleta, el medio de transporte más popular de la historia, fue sin duda la máquina
del siglo. En la actualidad hay más de mil millones de bicicletas en el mundo,
que son utilizadas por motivos prácticos, recreativos o deportivos, por jóvenes
y mayores, por ricos y pobres.
El ciclismo llegó a su apogeo durante las
depresiones económicas de la primera y la cuarta década del siglo XX, así como
durante las dos guerras mundiales y la crisis energética de la década de 1970.
Mientras la historia sufría estos vaivenes, la bicicleta no dejó de mejorar
gracias a una oleada continua de innovaciones. Se generalizó la rueda libre,
que permite al ciclista reposar los pies en los pedales mientras la rueda
trasera continúa girando, así como las marchas múltiples y algunos mecanismos
ingeniosos, como el elegante cambio de marchas con el que se varía la
velocidad. Se incorporaron a los manillares frenos Caliper o de pinza y la
fuerza de frenado empezó a aplicarse a través de cojinetes o discos
hidráulicos. Las ruedas desmontables facilitaron la reparación de los pinchazos
a la vez que la vulcanización robustecía el caucho. Se emplearon nuevos
materiales para los cuadros, como aluminio, titanio y fibra de carbono, y
también acabados en esmalte duraderos y componentes ligeros de plástico. Aparecieron
accesorios útiles, incluidas las cestas, las bolsas, los faros eléctricos y los
cascos. La próxima vez que te subas a una bicicleta, dedica un momento a
contemplar todos estos inventos en el marco de la invención global y reflexiona
sobre el gran número de personas que han contribuido a que tu experiencia
ciclista sea grata.
Se han introducido asimismo variantes en la forma
de la máquina en sí; por ejemplo, las bicicletas plegables (que pueden
guardarse con facilidad), las de montaña (dotadas de ruedas gruesas con
dispositivos de absorción de choque que permiten montar fuera de las carreteras
asfaltadas) y las bicis eléctricas (con baterías que refuerzan el pedaleo o
cargan un acelerador). Las bicicletas reclinadas sitúan a quien las monta aún
más cerca del suelo, facilitando una eficiencia aerodinámica mayor y récords de
velocidad superiores a los 125 kilómetros por hora.
Tecnología pionera
El ciclismo influyó en otros tipos de progreso
material en el siglo XX. Así, por ejemplo, numerosos avances tecnológicos
ensayados por ver primera en las bicicletas, o en su fabricación y montaje,
fueron empleados posteriormente en el desarrollo de vehículos de motor y de la
aviación. De hecho, algunos fabricantes de automóviles vanguardistas, como
Henry Ford, eran expertos mecánicos de bicicletas; como también lo eran los
hermanos Wright, que inventaron el primer aeroplano en su taller de bicicletas.
A medida que la bicicleta adquiría popularidad
fueron surgiendo en todo el mundo talleres de reparación, que después se
reconvirtieron en gasolineras una vez que el automóvil se impuso. Por otro
lado, las generalizadas mejoras de las carreteras por las que batallaron los
ciclistas allanaron literalmente el camino al transporte motorizado. Al
fomentar una movilidad mayor, tanto personal como automática, el ciclismo ha
sido un combustible vital para el surgimiento del mundo moderno.
«Llama la atención que la aparición del automóvil y
del aeroplano no haya desplazado a la bicicleta. Quizá sea porque a la gente le
gusta el mundo que ve y el aire que respira mientras la monta. O porque le
agrada su simplicidad y la precisión con que está hecha. O tal vez porque
disfruta de la posibilidad de lanzarse a tumba abierta y, al cabo de un
instante, dar un tranquilo paseo por el parque sin haber dejado atrás un
nubarrón de asfixiante contaminación ni el más leve rastro».
GURDON LEETE, The Quotable Cyclist, BREAKAWAY BOOKS, 2001
§. Un mundo material
«Vivimos en un mundo material y yo soy una chica
material», cantaba Madonna en 1984. No era la primera, ni será la última, en
cuestionar que el progreso tecnológico nos haya aportado grandes beneficios.
Mucha gente se pregunta si nuestra cultura no se ha hecho materialista en
exceso y nuestro interés en las cosas materiales no es desmedido.
Materialismo no es, sin embargo, el término más
acertado para definir la actitud que predomina en nuestros días. A no ser que
seamos científicos, lo normal es que no comprendamos cómo funcionan nuestras
posesiones materiales y les prestemos escasa atención. Ahora que los
ordenadores portátiles, las lavadoras y hasta los cepillos de dientes
despliegan una tecnología de la era espacial, la mayoría de los objetos nos
desconciertan en lugar de interesarnos.
Tenemos, asimismo, una actitud narcisista hacia
numerosos productos de nuestra sociedad moderna. Tal como el joven y vanidoso
Narciso de la mitología griega, que se obsesionaba con su propio reflejo en la
superficie de un lago, nosotros valoramos los objetos por lo que dicen de
nosotros y no por sí mismos. Queremos los accesorios más llamativos, la ropa de
última moda y el mobiliario más elegante, no porque nos interesen estas cosas
materiales, sino porque creemos que proyectan una buena imagen de nosotros.
Por último, la vida moderna tiende a aislarnos del
mundo. Numerosos productos crean una barrera artificial que nos aleja de lo que
sucede en el entorno. La realidad virtual es un ejemplo extremo, ya que nos
bombardea con experiencias artificiales a través de los videojuegos, las redes
sociales o los programas de televisión. Pero existen otros tipos menos
evidentes de aislamiento; por ejemplo, los auriculares que no dejan pasar el
sonido ambiente; las comidas envasadas sin relación con los alimentos originales;
o las promesas de créditos para sacarnos de una situación que más bien requiere
que se le aplique una buena dosis de realismo.
El mundo inmaterial
Lejos de despertar nuestro interés, las cosas
materiales tienden a generar en nosotros desconcierto, una actitud narcisista y
una sensación de aislamiento. El término que definiría mejor esta actitud
podría ser «inmaterialismo», es decir, falta de materialismo. Cuanto más avanza
la tecnología, lo cual es en sí positivo, más se desarrolla el inmaterialismo,
y esto es negativo.
La correlación anterior quizá explique las reservas
que le inspiraba a Einstein el progreso tecnológico. Las máquinas nos
esclavizan cuando dependemos de ellas sin comprenderlas, una vez que nos han
aislado de la realidad y nos han vuelto ineptos. Siempre que olvidamos hacer
una pausa para demostrar curiosidad por el mundo, la premura y la incertidumbre
empiezan a dominar nuestras vidas. Cuando gastamos más dinero del que habría
sido necesario en comprar productos que no son básicos y que solo deseamos porque
creemos que nos hacen dar buena imagen, nos vemos obligados a trabajar largas y
agotadoras horas. Y cuando cambiamos los placeres que reporta el esfuerzo por
los espejismos de la obsesión de destacar sobre los demás, trabajamos sin
alegría en nuestras tareas.
El inmaterialismo suele provocar negatividad hacia
el ciclismo. El motivo es que la bicicleta no es atractiva para quienes
desconocen las cuestiones prácticas, ni se atreven a apartarse de los
convencionalismos y prefieren la comodidad de un mundo esterilizado. Es lo que
les sucede a muchos conductores de coche, en especial a los que son adictos a
llevar un GPS adherido al parabrisas de un coche llamativo bajo cuyo capó jamás
han echado un vistazo. A ojos de estas personas, el ciclismo es algo pintoresco
e incluso estancado en el pasado.
Sin embargo, cuando el tráfico se detenga, el motor
falle y el petróleo se agote, el avezado ciclista podrá pasar de largo a toda
velocidad, poniendo en evidencia quién es el que está estancado en el presente.
Y, así, quien caricaturiza quedará caricaturizado. El materialismo es una
virtud que los ciclistas poseen en mayor medida que la mayoría de la gente. El
ciclismo nos pone en sintonía con la realidad tanto física como mentalmente.
§. Hechos el uno para el otro
Las ranas no son capaces de montar en bicicleta,
por mucho que las veamos haciéndolo en divertidas ilustraciones. Los gatos
tampoco. Los monos sí, y sorprendentemente bien. Pero los seres humanos se
llevan la palma. Ahora bien, antes de apresurarnos a celebrar que superamos a
los monos en una cosa más, recordemos que la razón de esta destreza es que el
ser humano y la bicicleta están hechos el uno para el otro.
«La bicicleta es un vehículo curioso —dijo el
ciclista olímpico John Howard—: su pasajero es su motor». En efecto, al
pensarlo parece curioso, pero cuando circulas montado en tu vehículo de dos
ruedas lo más natural es sentirte parte integrante de la maquinaria. A veces,
cuando voy pedaleando, dedico un momento a percibir bien la conexión entre mi
cuerpo y la bicicleta. Siento las manos agarradas al manillar, firmes y, a la
vez, relajadas. Siento el trasero sobre el sillín, como si estuviera encaramado
en una pared y, al mismo tiempo, tan estable como si flotara sobre el agua. Y,
por encima de todo, noto el suave contacto de los pies con los pedales; soy
consciente de cómo se estiran y doblan mis piernas alternativamente, de una
manera tan fluida e intuitiva que me da la sensación de que es la bicicleta la
que me pedalea a mí.
«El ciclista es un hombre hecho a medias de carne y
de acero, que solo ha podido ser engendrado por este siglo de la ciencia y el
hierro».
LOUIS BAUDRY DE SAUNIER (1865-1938), HISTOIRE GÉNÉRALE DE LA VÉLOCIPÉDIE, 1891
De hecho, Howard podría haber añadido que el motor
humano de la bicicleta está ubicado en la parte más poderosa del cuerpo: las
piernas, a las que pertenece el cuarenta por ciento de la anatomía. La
bicicleta está hecha a la medida de nuestras fuerzas; por ello no es de
extrañar que la montemos con tanta naturalidad.
Y aún hay más: el ciclismo saca el máximo partido
de nuestras capacidades atléticas. Al pedalear, solo presionamos hacia abajo a
lo largo de sesenta grados de la rotación completa de trescientos sesenta
grados, lo cual establece una relación óptima entre esfuerzo y reposo de la
musculatura.
Las bicicletas amplifican nuestros esfuerzos con
increíble eficacia.
«La bicicleta es el transductor perfecto para
adaptar la energía metabólica del hombre a la impedancia de la locomoción.
Equipado con esta herramienta, el hombre rebasa la eficiencia no solo de todas
las máquinas, sino también del resto de los animales».
IVÁN ILLICH (1926-2002), FILÓSOFO
Cinco veces más lejos
Lo mejor de las bicicletas es que amplifican
nuestros esfuerzos con increíble eficacia. Con el mismo gasto energético
empleado para caminar, la bici nos lleva cinco veces más lejos. Así ha sido
demostrado por estudios científicos que han calculado la eficiencia con que el
ciclismo convierte la energía en movimiento hacia delante, comparándola con la
de los animales. Sobre sus pies, un ser humano gasta 0,75 calorías por gramo y
kilómetro; lo cual no está nada mal, pero no resulta tan eficaz como digamos,
los caballos o incluso los salmones. Sobre una bicicleta, la eficiencia se
multiplica por cinco, hasta alrededor de 0,15 calorías por gramo y kilómetro.
Ningún otro animal alcanza esta cifra. Y lo que es más sorprendente, tampoco es
capaz de lograrla ninguna máquina, incluidos coches y aviones a reacción. Si
las bicicletas funcionasen con gasolina, no llegarían a consumir cuatro litros
para recorrer casi cinco mil kilómetros.
Incluso cuando se trata del equilibrio, se diría
que la bicicleta está ansiosa de ayudarnos. Si la dejas rodar pendiente abajo,
por sí sola, automáticamente hará minúsculos ajustes de la dirección para
conservar la vertical. Estamos ante una máquina que cumple a la perfección con
el empeño de Einstein de que la tecnología sirva para mejorar la vida de la
gente común.
§. La sencillez de la bicicleta
Las bicicletas se ajustan asimismo a la opinión
expresada por Einstein de que lo inventores deben hacer las cosas tan simples
como sea posible. Imagina que nunca has oído nada sobre las bicicletas y
alguien te habla de este asombroso vehículo lleno de ventajas. Probablemente lo
imaginarías como un artefacto futurista, salido de La guerra de las
galaxias. Un par de ruedas unidas a unos tubos montados en forma de
diamante te parecerían algo que se le puede ocurrir a una pandilla de
preescolar. A veces me pregunto qué otros inventos maravillosos siguen sin ser
descubiertos porque son tan sencillos que nadie se ha parado a considerarlos.
«La bicicleta fue el último avance tecnológico que
todo el mundo comprende. Cualquiera que pueda montarla es capaz de comprender
cómo funciona».
STEWART PARKER, Spokesong, STEWART PARKER: PLAYS 1, METHUEN DRAMA, 2000
Lo mejor de la simplicidad de las bicicletas es que
cualquiera puede comprender cómo funcionan y, por lo tanto, desarrollar las
habilidades prácticas que necesita el ciclista asiduo. Al aprender cómo (y
cuándo) arreglar un pinchazo, sustituir o apretar las zapatas de los frenos,
limpiar la cadena o cambiar una rueda, los ciclistas adquieren destreza para
trabajar con las cosas materiales, una habilidad que escasea cada vez más en
nuestros días. Incluso si el mantenimiento les resulta demasiado engorroso, al
menos los ciclistas pueden consultar a una persona de carne y hueso del taller
de reparación acerca de qué precisan hacer y tal vez cómo se hace, y recibir
una explicación en términos comprensibles. Al fomentar la conciencia práctica y
facilitar las experiencias directas, el ciclismo nos ayuda a adquirir la
confianza necesaria para abordar algunos de los retos más complejos y
desconcertantes del mundo moderno.
§. Elogio de la planificación
Otra característica positiva de ciclismo es que
promueve la buena planificación. Antes de ponerse en marcha, los ciclistas
deben planificar un itinerario y decidir qué accesorios les harán falta —gorro,
guantes, faros, casco, ropa de repuesto, prendas impermeables y demás—. Todo
ello requiere ser organizado y previsor.
A veces, los preparativos pasan por la
optimización, algo con lo que están familiarizados todos los ciclistas. Es la
actitud de aprovechar al máximo la situación; por ejemplo, configurando la
bicicleta para obtener el más alto rendimiento posible (digamos, colocando el
sillín a la altura óptima: aquella en la que los talones alcanzan apenas a
tocar los pedales con las piernas estiradas) y configurándose a uno mismo para
sacar el mayor partido posible de la experiencia ciclista (llevando una vida y
una dieta sanas).
Esfuerzo y recompensa
El ciclismo se viene asociando desde hace mucho
tiempo al espíritu emprendedor. En inglés se emplea la expresión «súbete a la
bici» para alentar a emprendedores en potencia, desempleados y haraganes, y se
trata de un consejo muy sensato. Bastan un par de ruedas y poco más para
sentirse victorioso. El simple hecho de pedalear hasta la cima de una colina
(sin que se te haga cuesta arriba, podría decirse) confiere una sensación
duradera de fuerza y superación, y disfrutar a continuación del descenso a rueda
libre consolida la importante asociación entre esfuerzo y recompensa.
Todavía hay carteros, mensajeros y personal de los
servicios de urgencias que se desplazan en bici. Son estas personas laboriosas
las que hacen que el mundo siga girando.
§. Una bicicleta es lo que hace
A los ciclistas no suele preocuparles en exceso su
imagen y, por tanto, es raro que adopten actitudes narcisistas con respecto a
sus vehículos. Y lo mismo cabe decir a la inversa: el ciclismo tiene algo que
te aparta del narcisismo.
Una bicicleta «es lo que hace», dijo Stewart
Parker. Es cierto que numerosos productos encajan en esta definición: las
zapatillas deportivas, las teteras, las impresoras o las tablas de planchar,
por ejemplo. Cualquier objeto diseñado para cumplir una función determinada es
lo que hace. Ahora bien, no todos los productos funcionales son solo lo que
hacen. Pensemos en las deportivas. Hay muchas personas para quienes el calzado
simboliza hasta qué punto estás a la moda. En mi infancia, las Dunlop Green Flash
indicaban que eras un perdedor, mientras que las Nike Air eran una señal de
éxito. Aunque no había gran diferencia entre la calidad de ambas marcas, una
era barata y la otra cara. Hoy más que nunca la gente está dispuesta a comprar
lo más caro con tal de conseguir productos que te hagan destacar.
¿Por qué los ciclistas no suelen estar dispuestos a
pagar precios exorbitantes por bicicletas de última moda? El motivo es, en mi
opinión, que hay una diferencia enorme de calidad entre los diversos modelos.
Dependiendo de lo bien diseñado y fabricado que esté cada uno, montarlo se
convierte en una experiencia ardua o eufórica, ya que factores como velocidad,
suavidad y eficiencia mejoran con la calidad (lamentablemente, muchas personas
renuncian al ciclismo tras un primer intento realizado sobre un armatoste
inservible). En resumen, si alguien va a hacer un desembolso importante por una
bicicleta, su prioridad suele ser cómo funciona; el narcisismo no interviene en
la decisión. (Cierto es que a algunos les gusta alardear de modelos bien
diseñados; pero, en este caso, lo principal no es el dueño sino el producto).
Saber distinguir las funciones de las modas nos
aporta un baremo esencial para discernir lo real de lo falso y nos protege
contra las taimadas promesas hiperbólicas que nos lanzan los publicistas a
todas horas. Al practicar el ciclismo, aprendemos a determinar si un producto
ofrece realmente una mejora sobre lo que ya tenemos. Comprendemos asimismo que
pagar un plus por la imagen de marca de un producto —desde reproductores de MP3
o sofás hasta chocolatinas o deportivas— puede ser un despilfarro de recursos.
El ciclismo nos aparta del inmaterialismo al hacernos conscientes de todo esto.
§. Abordar el mundo
Una experiencia habitual para los ciclistas noveles
es la «revelación del chaparrón». Por lo general ocurre la primera vez que a un
ciclista lo sorprende un aguacero. Cuando te calas hasta los huesos de
improviso, lo normal es que te pongas tenso, maldigas tu suerte y desees estar
en cualquier otro sitio. Sin embargo, sobre una bicicleta sucede algo
misterioso: la experiencia de que te llueva encima puede ser muy grata. Tal vez
se deba a que el agua es refrescante. O a que da gusto mojarse. O a que el mundo
reluce de una forma muy hermosa bajo la lluvia.
En mi opinión, también entra en juego algo más
profundo. La revelación del chaparrón deriva, en alguna medida, en que cuando
empieza a llover y te das cuenta de que no tiene importancia, te liberas de
aprensiones. Estamos tan acostumbrados a vivir protegidos del mundo que a veces
olvidamos los placeres de salir al exterior y sencillamente estar ahí, en
comunicación directa con el entorno, cara a cara.
A veces olvidamos los placeres de salir al exterior
y sencillamente estar ahí, en comunicación directa con el entorno, cara a cara.
§. Ir en bicicleta a la realidad
En mi mundo infantil, las bicicletas y las
habilidades prácticas estaban íntimamente ligadas. Uno de los recuerdos más
entrañables de aquellos años son los ratos que pasaba en el garaje con mi padre
mientras me enseñaba a reparar la vieja BMX. Más adelante, en la adolescencia,
mi bicicleta de montaña Muddyfox me ayudaba a repartir periódicos antes de ir
al instituto todos los días. De vez en cuando, me veía obligado a hacer esa
ronda a pie por el motivo que fuese, y así, caminando fatigosamente cargado con
la pesada bolsa de periódicos, llegué a apreciar aún más mi bici. Al echar la
vista atrás, me da la impresión de que era un niño bastante diligente. Después
cayó sobre mí la filosofía.
No es que dejara de trabajar duro. Al contrario, me
apliqué aún más en mis tareas. Pero desvié la energía hacia problemas
insolubles. Por muy interesantes y estimulantes que sean dichos problemas, no
pueden resolverse con habilidades prácticas. Ni montando en bicicleta. Un
problema insoluble no se soluciona ni haciendo cosas ni yendo de un lado a
otro.
Mientras cursaba estudios de Filosofía conocí a
numerosos relativistas. Una chica me dijo que mi cuerpo en realidad no existía;
no era más que una cuestión de opinión. Había personas que parecían haberse
olvidado del mundo. Un tipo no sabía ni cómo manejar un hervidor de agua. Y no
estoy bromeando.
Baste decir que cuando terminé el doctorado no me
movía con soltura en la realidad. Einstein comentó en una ocasión que, de no
haberse apoyado en los hombros de gigantes, nunca habría hecho los
descubrimientos que hizo, pero los únicos gigantes en los que yo me apoyaba
tenían la cabeza en las nubes. Cuando inexorablemente caí en la tierra y me di
un buen batacazo, tuve que replantearme muchas cosas, y hacerlo deprisa.
Por fortuna, redescubrir el ciclismo me ayudó a
aprender cinco veces más deprisa. La mentalidad realista que fomenta la
bicicleta —práctica, planificadora, emprendedora— no tardó en irrumpir en otras
áreas de mi vida. Decidí poner en marcha un negocio propio y, puesto que mi
fuente de inspiración había sido el ciclismo, fundé Cycle Lifestyle,
una revista gratuita para promoverlo. El círculo se había cerrado. Había
regresado a la realidad pedaleando.
He aquí uno de mis poemas zen preferidos. Trata de
un viaje espiritual que concluye con un reconocimiento pragmático de la
realidad y, a la vez, con un regocijo intenso por haber llegado a casa.
Lluvia y bruma en el monte Lu,
y oleaje creciente en Che-chaing;
si aún no has estado allí,
grandes serán tus lamentos;
mas una vez que llegas y te encaminas a casa,
¡qué lisas y llanas parecen las cosas!
Lluvia y bruma en el monte Lu,
y oleaje creciente en Che-chaing.
SU TUNG PO
Capítulo 2
A rueda libre, sin preocupaciones
El ciclismo fomenta una actitud «individualista»
como la de Einstein. El regocijo infantil de explorar libremente nos lleva a
redescubrir la independencia. Al ejercitar el cuerpo, despertamos la mente y
ponemos en marcha la creatividad y la imaginación. El ritmo del pedaleo nos
relaja hasta el estado de flujo y, a la vez, nos inculca una mayor
determinación. Somos los rebeldes de la carretera: inconformistas, seguros,
expresivos. Somos conscientes de nuestro potencial, de lo que podemos ser.
§. Ponerse en marcha
La serenidad de una tarde de verano en Zúrich fue
súbitamente interrumpida por una música de piano que brotaba de un viejo ático.
En la casa de al lado, el mayor físico de todos los tiempos estudiaba en
silencio; aún no había aprobado los exámenes universitarios. El joven aguzó el
oído, se levantó de su asiento y se precipitó hacia el lugar de donde procedía
aquella molestia, con su casera pisándole los talones. «Herr Einstein», exclamó
la mujer mientras Einstein subía a zancadas la escalera de la casa vecina,
blandiendo un objeto de madera. Cuando irrumpió por la puerta, una anciana
levantó la vista del piano, desconcertada. «Siga tocando», le rogó Einstein. La
mujer así lo hizo y él apoyó el arco sobre las cuerdas de su violín y empezó a
acompañarla. La música era una sonata de Mozart, pero el amo de aquel momento
fue Einstein, en su faceta de espíritu libre, insolente y creativo.
La libertad de espíritu es proclive a la insolencia
y esta, a su vez, tiende a ser creativa. Estos rasgos suelen desarrollarse en
la infancia y, en el caso de Einstein, alcanzaron su plenitud. En una ocasión,
siendo aún muy pequeño, vio a los soldados alemanes desfilando por Múnich. Los
chiquillos se lanzaban a las calles, deseosos de sumarse a la marcha, pero a
Einstein no lo entusiasmó en absoluto. «Cuando sea mayor —informó a sus
padres—, no quiero ser uno de esos pobres hombres».
Las primeras figuras de autoridad con las que chocó
el espíritu libre de Einstein fueron sus profesores. Uno de ellos le advirtió
que su impertinencia hacía poco grata su presencia en el aula. Años después, un
profesor universitario se quejaba de él diciendo: «Siempre hace algo distinto
de lo que he pedido». Cuando la genialidad de Einstein empezó a manifestarse
con claridad, algunos trataban de adularlo: «Eres un muchacho muy listo,
Einstein. Extremadamente listo. Pero tienes un defecto enorme: nunca permites
que se te diga nada».
Einstein sentía especial aversión por los exámenes,
que en su opinión menoscababan la curiosidad. «Había que meterse a presión en
la cabeza todas esas cosas..., tanto si te gustaba como si no», razonaba,
añadiendo que «una educación basada en la libertad de acción y la
responsabilidad personal» es superior a «una que se funda en la autoridad
externa».
§. No hacerse nunca mayor
La libertad de espíritu del joven Einstein fue
notable no solo por su intensidad, sino también por su duración. «Las personas
como tú y yo nunca se hacen mayores —escribió muchos años después a un amigo—.
Nunca dejamos de plantarnos como niños curiosos ante el inmenso misterio en el
que nacimos».
Con el tiempo, Einstein llegó a atribuir algunos de
sus mayores logros científicos a la perdurable ingenuidad de su visión. «El
adulto corriente no se toma la molestia de pensar en los problemas del espacio
y el tiempo —escribió—. Son cosas en las que ha pensado de niño. Pero yo me
desarrollé con tal lentitud que empecé a hacerme preguntas sobre el espacio y
el tiempo cuando ya era adulto. En consecuencia, sondeé más a fondo el problema
de lo que lo hubiera hecho el común de los niños».
Al hacerlo, corrió riesgos que el común de los
adultos no habría asumido. Otros teóricos de sus tiempos habían estado a punto
de descubrir la relatividad, pero se echaron atrás. Einstein no tuvo tantos
remilgos. Y es que no le importaba equivocarse: «Quien nunca ha cometido un
error, nunca ha probado nada nuevo». Ni tampoco le daba miedo desafiar la
tradición: «Una confianza simplona en la autoridad es el peor enemigo de la
verdad». En ocasiones, Einstein se recreaba sin ambages en la rebelión,
considerándola su mejor valor. «Larga vida a la insolencia, es mi ángel
guardián en este mundo», exclamó una vez.
Su manera de ver las cosas apenas cambió una vez
que sus teorías adquirieron prestigio. En una ocasión dio una conferencia en
Praga a la que siguieron varios prolijos discursos. Lo invitaron a responder y
así lo hizo, a su manera irreverente. «Quizá sería más grato y comprensible
—sugirió—, que en lugar de hacer un discurso, les interpretara una pieza de
violín». Y procedió a dar una serenata a los perplejos asistentes.
§. El filósofo bromista
La insolencia de Einstein estaba respaldada por un
malicioso sentido del humor y una risa como la de un animal salvaje. Por lo
visto, retuvo en la edad adulta una leve ecolalia y se divertía repitiendo
expresiones absurdas. No había ocasión, por grandiosa que fuese, que escapara a
su gusto por las travesuras. En una de las cartas más famosas de la historia de
la ciencia adelantaba información a un amigo sobre los cuatro estudios que
publicaría durante su año milagroso. «Ballena congelada», comenzaba, antes de
disculparse por «los intrascendentes chismorreos» que venían a continuación.
Años más tarde, cuando ya era célebre, Einstein asistió a una recepción en la
que se pronunciaron en su honor nuevos discursos farragosos, y él, volviéndose
hacia un señor elegante que había a su lado, comentó jovialmente: «Acabo de
desarrollar una nueva teoría de la eternidad».
Al sacar la lengua a los fotógrafos, poner de
nombre a su velero Tinef («cachivache» en yidis) o apilar la
vajilla sobre la cama de un amigo, Einstein demostraba su talante de «filósofo
bromista, cuyo ingenioso sarcasmo fustigaba implacablemente toda vanidad o
artificialidad», en palabras de uno de sus compañeros de estudios.
§. Una mente de carreras
Como es natural, no todo consistía en gastar bromas
ingeniosas. Einstein estaba resuelto a revelar la verdad allá donde la
vislumbrara. Y para un individuo tan tenaz, llegar el primero era importante.
En 1915 se embarcó en una increíble carrera con uno de los matemáticos más
célebres del momento, David Hilbert. Diez años antes, Einstein había publicado
la teoría «especial» de la relatividad, así llamada porque solo era aplicable
en determinadas situaciones especiales. Desde entonces, estaba trabajando en una
versión «general» de la teoría, una tarea más ardua. Durante años se había
beneficiado de un intercambio regular de cartas con un gran número de eminentes
estudiosos que, como el grupo de cabeza de una carrera de larga distancia, se
elogiaban deportivamente unos a otros animándose a ganar. Ahora, con la meta ya
a la vista, Einstein y Hilbert se despegaron de los demás.
Los historiadores discuten quién cruzó primero la
línea, pero Hilbert cedió graciosamente la prioridad a Einstein, quien, a fin
de cuentas, había concebido la idea y realizado la mayor parte del trabajo.
Einstein desarrolló una productividad asombrosa en los años cercanos a la
publicación de su teoría general de la relatividad. El resultado fue reconocido
por sus colegas como «uno de los mayores logros del pensamiento humano»,
forjado en «el que podría considerarse el esfuerzo más prodigioso de ininterrumpida
genialidad que nunca haya realizado un solo hombre en la historia de la
física».
§. Ángeles estrictos
Mientras trabajaba con persistente empeño, Einstein
entraba a menudo en largos periodos de flujo: ese enfrascamiento absoluto en
una tarea que te hace perder toda noción de ti mismo y del entorno. La
capacidad de concentrarse con tanta intensidad no solo fue beneficiosa para la
obra de Einstein, también lo fue para su estado de ánimo. En 1903 se casó con
una joven física, Mileva Marić, que no tardó en deprimirse y enfermar, como
también le sucedió al segundo de sus hijos, Eduard. En esa época penosa, Einstein
buscó refugio en la combinación de los placeres que le reportaba estudiar la
naturaleza y pensar con ahínco. Ambas actividades, sostenía, eran «los ángeles
fortalecedores y, a la vez, implacablemente estrictos que me guiarán a través
de todos los problemas de la vida».
Einstein trató de inculcar al abúlico Eduard la
importancia de mantenerse ocupado con proyectos significativos. «La vida es
como montar en bicicleta —le dijo el atribulado padre—. Para conservar el
equilibrio hay que mantenerse en movimiento». Y tenía derecho como el que más a
hacer esa declaración, después de haber experimentado tanto el desaliento de
los inicios de su trayectoria como la futilidad del éxito. «Viajar me encanta,
pero detesto llegar», concluyó el genial físico.
§. Compositor cósmico
Por muy estrictos que sean tus ángeles, no se gana
un Premio Nobel sin la ayuda de unas cuantas neuronas en acción. Tras los
centelleantes ojos de Einstein había una mente eléctrica, con un CI estimado
superior a ciento sesenta. Ahora bien, la virtud más deslumbrante de Einstein
era su creatividad. De su fecunda imaginación surgieron multitud de influyentes
teorías. Su originalidad dejó perplejo a un mundo que no había sido testigo de
tales poderes de transmutación desde que Newton hechizara a la física hacía más
de dos siglos. ¡Un espacio curvo! ¡Rayos de luz que se doblan! ¡El tiempo
ralentizándose! El sello distintivo de la genialidad es la imposibilidad de
explicar de dónde procede y, en este sentido, ni el mismo Einstein podía dar
razón del origen de sus teorías. «Si supiéramos lo que estamos haciendo, no se
llamaría investigación, ¿verdad que no?», bromeaba.
Ahora bien, sobre la manera de alimentar su
creatividad no tenía dudas. «Una intuición nueva» no es más que «el resultado
de una experiencia intelectual previa», señaló. No obstante, Einstein sabía
asimismo que los momentos de gran inspiración suelen aparecer cuando te tomas
un descanso en el estudio y el trabajo arduo. Es una anécdota muy conocida que
a Arquímedes le llegó la inspiración mientras se relajaba en la bañera (antes
de salir corriendo desnudo a la calle). Se dice que Newton concibió la teoría de
la gravedad mientras descansaba bajo un manzano. «Una idea nueva llega
repentinamente», reconoció Einstein. Cuando estamos en el presente, sin pensar
en nada en particular, y somos sutilmente conscientes de nuestra experiencia,
pueden ocurrir cosas maravillosas.
Pero esperar sentado a que sucediera algo no era el
estilo de Einstein. En lugar de eso, ensayaba con el violín, practicando una
forma más activa de descanso. El ritmo del movimiento del arco, la armonía de
las cuerdas, la vitalidad de las melodías, todo esto debía de resonar en su
subconsciente y despertaba en él la actividad imaginativa, que no tardaba en
brotar como las voces de un coro. Además, el violín lo ayudaba a entrar en
flujo. No hay nada que fluya mejor que una buena pieza musical. Al crear una situación
adecuada para concentrarse e imaginar, interpretar música preparaba a Einstein
para las grandes proezas del descubrimiento intelectual. No es de extrañar que
llevara consigo su baqueteado estuche de violín allá donde fuera.
§. Al margen de la corriente
Einstein retuvo hasta el final la aversión a
cualquier tipo de autoritarismo, militarismo o nacionalismo, ya fuera fascista
o comunista. Detestaba todo lo que comportase una mentalidad gregaria y siempre
hizo una defensa ardiente de la inviolabilidad del derecho de elección
individual: la libertad de palabra, la libertad de acción. «La misión
fundamental del Estado —insistía— es proteger al individuo y hacer posible que
desarrolle una personalidad creativa». Y añadía: «Solo el individuo puede
generar ideas nuevas».
Es de lamentar que no fueran esas ideas las que
dirigieron el curso de la historia. En 1933, Hitler se hizo con el poder en
Alemania y Einstein, judío de nacimiento, tuvo que escapar de su tierra natal
mientras el nazismo iniciaba su devastador avance. Una huida muy oportuna, ya
que poco después descubrió que figuraba en la lista de las personas a quienes
se planeaba asesinar. Sus magníficas proezas científicas solo habían servido
para enardecer aún más a los nazis; las turbas quemaban libros y arremetían contra
el intelectualismo como si fuera una especie de enfermedad de los judíos. Por
fortuna, un amigo de Einstein rescató sus estudios científicos, un acto que
simboliza el triunfo de la libertad en los tiempos de mayor oscurantismo.
Einstein batalló afanosamente por la democracia, la libertad y la paz durante
el resto de su existencia.
Disfrutar de hacerlo tú solo
En 1983 tuvo lugar un acontecimiento trascendental
en un parque de la zona este de Londres. Hubo pocos testigos. Un neozelandés
con el pelo largo cortado a casquete, raídos vaqueros acampanados y una
colorista camisa de cuadros; una australiana con un impresionante peinado
ahuecado que mostraba en su rostro una discreta ansiedad; tres niños que
correteaban como cachorros, excitados, a la espera de que algo ocurriese; y un
perro de verdad, blanco y marrón, que olisqueaba un árbol, ajeno a lo que se
avecinaba.
Fue como si el tiempo se hubiera detenido. De
pronto, todos los presentes, salvo el perro, contuvieron el aliento. Estaba
sucediendo. Un niño pequeño vestido con una camiseta de Superman se lanzó por
una pendiente cubierta de hierba, giró bruscamente para ascender por el lado
contrario y acabó por detenerse con un tambaleo que lo dejó en el suelo, hecho
un gurruño pero triunfante, mientras la rueda trasera de la bicicleta seguía
dando vueltas en el aire. El alevín de la familia Irvine había experimentado por
primera vez el gusto de la libertad.
Fue mi primera vuelta en bicicleta, y estoy seguro
de que tú también recuerdas la tuya. Si eres de mi edad, lo más probable es que
empezaras montando en una bici con estabilizadores, unas ruedas laterales de
apoyo unidas al buje trasero. Cuando habías adquirido suficiente seguridad,
esos ruedines se retiraban. Se trataba entonces de que un adulto te diera el
primer impulso y, a partir de ahí, continuaras avanzando. El momento en que
comprendías que estabas montando solo no se borra de la memoria.
Hoy día se han hecho populares las «bicicletas de
equilibrio», que, como si fueran pequeñas máquinas corredoras, carecen de
pedales. Los pequeños se acostumbran a la sensación de mantener el equilibrio
antes de pasar a usar una bicicleta normal. El resultado es similar: un júbilo
inolvidable.
¿Por qué es tan especial la primera vuelta en bici?
A los niños les encanta la independencia y el ciclismo les permite explorar a
mayor distancia y velocidad de lo que creían posible; descubrir la libertad que
te proporciona es emocionante. Además, los niños disfrutan y se enorgullecen al
emular a los adultos y adquirir nuevas habilidades, y la de lograr mantener el
equilibrio es toda una hazaña. Si a esto añadimos que la primera experiencia
ciclista es tan singular como repentina (comparada, digamos, con aprender a
leer, un proceso sin un final claro), la emoción se redobla. Es difícil que
nada la supere, ni en el recuerdo, ni en la vida.
§. Niños grandes
Montar en bicicleta hace que los niños se sientan
independientes y que los adultos se sientan como si volvieran a ser niños.
Cualquier ciclista asiduo estará de acuerdo en que, de cuando en cuando, sus
experiencias lo inspiran una euforia nostálgica que solo los arcoíris, las
estrellas fugaces y las Navidades pueden igualar.
Es fácil comprender por qué. Comparado con otras
formas de transporte, el ciclismo te hace sentir como si te quitaran un peso de
encima. No hay por qué preocuparse de los atascos: las bicicletas los sortean.
Los retrasos y las cancelaciones en el transporte público no te afectan: los
ciclistas no están sujetos a horarios preestablecidos. Las multitudes y las
colas son irrelevantes: escapas de ellas pedaleando. El único peso que lleva
encima tu vehículo de dos ruedas es el tuyo.
Lo demás depende de ti. Puedes decidir circular por
un recóndito callejón, por el bonito camino de sirga de un canal, a través de
un bosque apartado, por una solitaria pasarela peatonal, por el carril del
autobús, sobre calles empedradas, cruzando los campos de una granja, por una
pista de montaña, junto a mansiones o viviendas de protección oficial,
metiéndote en los charcos, adentrándote en las zonas residenciales, en el
centro de la ciudad, recorriendo caminos rurales, por una vía ferroviaria en
desuso o cruzando un parque. ¡Y quizá hacer todo esto en una sola salida!
Habiendo tantas joyas ocultas por descubrir a las
que no se puede llegar a pie, en coche ni en transporte público, porque están
lejos de los caminos trillados, el ciclismo recompensa la curiosidad y la
exploración. Alienta asimismo la expansividad al aportar la confianza necesaria
para emprender trayectos que de otro modo quizá se realizaran con un
sentimiento de vulnerabilidad. Y esto es aplicable tanto al tiempo como al
espacio. A altas horas de la noche o temprano por la mañana, cuando se conjuran
la oscuridad y la sensación de soledad, la bicicleta te infunde confianza, como
una figura materna a la que te sientes unido o un ángel de la guarda. La
libertad y el ciclismo van de la mano.
Por otro lado, la sensación física que genera el
ciclismo es en sí misma liberadora. El escritor y naturalista Louis J. Halle
señaló que montar en bici es la experiencia más próxima a volar que tiene a su
alcance del ser humano; no a que te lleven por los aires, como en un avión,
sino a volar de verdad, como un pájaro. Los ciclistas pueden lanzarse en picado
desde las alturas, disfrutando de una majestuosa vista aérea; pedalear a ritmo
regular como un ave migratoria que va batiendo las alas; alternar entre el
esfuerzo veloz y el deslizamiento; o entretejer hábilmente una trayectoria por
en medio de la selva urbana.
§. Libera la mente
Tocar el violín no era más que uno de los tipos de
descanso activo a los que se dedicaba Einstein. Navegar también era para él un
estímulo del pensamiento creativo, aunque sus habilidades marineras fuesen tan
calamitosas como su barco. Por lo visto, según las anécdotas que circulan,
tenía cierta tendencia a caerse al agua y ser rescatado.
Ahora bien, su descanso activo más conocido era el
ciclismo. Mientras lo practicaba, imaginó por primera vez cómo sería circular
en bici junto a un rayo de luz. Eso lo llevó a reflexionar sobre la influencia
del movimiento en nuestra percepción del espacio y el tiempo. Poco después,
comenzó a hacer asombrosos descubrimientos. Por ejemplo, si yo paso a tu lado
en bicicleta mientras vas andando, poner en relación mi movimiento con el tuyo
tiene una peculiar consecuencia: percibirás que el tiempo se ralentiza y el
espacio se contrae donde yo estoy. Las ecuaciones de la relatividad de Einstein
describían las complejas relaciones que existen entre el tiempo, el espacio, el
movimiento, la masa y nuestras observaciones.
Si ha empezado a darte vueltas la cabeza, no te
preocupes. El meollo de este asunto es que el ciclismo ponía a dar vueltas la
cabeza de Einstein en un torbellino de creatividad. Incluso a una edad
avanzada, habiéndose instalado en Princeton después de escapar de los nazis, la
bicicleta continuó siendo para Einstein una fuente importante de descanso
activo. Se le veía a menudo recorriendo en ella el campus universitario, pues
el ritmo del pedaleo le proporcionaba el mismo impulso creativo que tocar el violín.
La creatividad es de naturaleza impredecible y los
pensamientos novedosos tienen por definición un contenido inesperado.
Sintonizando
La teoría de la relatividad no se le puede ocurrir
a cualquiera mientras da una vuelta en bici, pero todo el mundo es capaz de
experimentar el increíble arrebato creativo que genera el pedaleo. Increíble es
el adjetivo adecuado. La diferencia entre la ecología mental de antes y después
de un paseo en bicicleta es como la de sintonizar una emisora de radio plagada
de interferencias u otra de una nitidez cristalina. En lugar de una serie de
impresiones vagas y fugaces sobre un zumbido de fondo que crea ansiedad e
impide centrarse en algo significativo, nuevas ideas empiezan a fluir con
facilidad y lucidez.
La creatividad es de naturaleza impredecible y los
pensamientos novedosos tienen por definición un contenido inesperado; lo cual
puede ser maravillosamente útil. Los ciclistas experimentan a menudo todo un
desfile de esos momentos en que se te enciende la bombilla mientras practican
su afición. ¡Esa es la solución! ¡Ahora ya sé lo que me hace falta! ¡Seguro que
eso lo resolvería! Con una actividad mental tan desbordante, lo difícil es
recordar ese cúmulo de ideas útiles una vez que te has bajado de ella.
El reverso de la moneda de tanta vivencia
innovadora es la excentricidad de las elucubraciones inspiradas por montar en
bicicleta. Extrañas concatenaciones de palabras e imágenes pasan a la deriva
por tu conciencia, como esos peces iridiscentes de aspecto surrealista que
habitan en las profundidades submarinas. A veces, un fragmento absurdo de una
melodía o una canción te viene una y otra vez a la cabeza. Insistentemente. A
la creatividad poco le importa que consideres estrambóticos o incluso molestos
los obsequios que te presenta. Hace lo que quiere y cuantas veces se le antoja.
De hecho, da la impresión de que se deleita en la grosería. Uno de los
estribillos imaginarios con los que mi mente decidió sintonizar una vez decía
así: «Tócame los huevos, soy Puckeridge».
«El atractivo del ciclismo radica en que el ritmo
adormece cualquier actividad seria del cerebro: crea un vacío. Y en él se
cuelan pensamientos fortuitos: el estribillo de una canción, una estrofa de un
poema, un detalle del paisaje, un chiste, la réplica a una afrenta sufrida hace
mucho tiempo».
It’s All About The Bike, ROBERT PENN, PARTICULAR BOOKS, 2010
Pero no toda la música mental inspirada por el
ciclismo es un fastidio. A veces te viene a la cabeza una melodía, real o
imaginaria, tan vivaz y placentera que no puedes por menos de cantarla en voz
alta, quizá con auténtica euforia. Por lo visto, así como el ritmo de la música
y el del pedaleo inspiran creatividad, el ritmo del pedaleo inspira
musicalidad.
Toda esta creatividad inspirada por el ciclismo
quizá contribuya a explicar por qué quienes lo practican no suelen ser
narcisistas en relación con sus bicicletas ni con otros objetos materiales. En
lugar de expresarse de forma indirecta, mediante productos que están de moda,
suelen desarrollar la creatividad hasta el punto de poder expresarse
directamente, mediante actividades artísticas, científicas o empresariales.
La diferencia entre la ecología mental de antes y
después de un paseo en bicicleta es como la de sintonizar una emisora de radio
plagada de interferencias u otra de una nitidez cristalina.
§. Movimiento en estado de flujo
Va apareciendo de forma gradual hasta que, de
pronto, se materializa, inducido por las vueltas que dan las ruedas, el ritmo
del pedaleo o el paisaje que se aproxima desde lejos y pasa veloz a tu lado.
Cuando se entra en estado de flujo, nada importa salvo tú, tu bici y el
trayecto. Ningún pensamiento llama a la puerta de tu mente; tus sentimientos se
entretienen solos; el mundo es exactamente como tiene que ser. Pocas
sensaciones son más gratas que montar en bicicleta en estado de flujo.
Así como tocar el violín ayudaba a Einstein a
desarrollar trabajos de física porque aguzaba su concentración, el ciclismo nos
facilita entrar en el estado mental adecuado para los quehaceres intelectuales.
Cuando te bajas de una bicicleta, siempre te sientes más despierto y sereno,
más satisfecho y centrado que antes de haber montado en ella. El flujo continúa
fluyendo a lo largo del día y todo transcurre con mayor sosiego.
§. Siempre adelante
El ciclismo no siempre resulta atractivo. Cuando el
viento sopla con fuerza y la lluvia te pega de costado, puede ser muy tentador
buscar otro medio de transporte; o sencillamente quedarse en casa. Sin embargo,
este deporte recompensa la capacidad de plantar cara a las dificultades. Si
hace mal tiempo, puedes usar gorro y guantes para proteger las zonas más
expuestas del cuerpo, pero el resto se pone a tono tras unos minutos de
pedaleo. Mientras otras personas se congelan porque los trenes se retrasan, tiritan
detrás de parabrisas cubiertos de escarcha o hacen muecas en las paradas de
autobús azotadas por el viento, los ciclistas avanzan a ritmo sostenido,
caldeados y cargados de energía.
Incluso cuando estás cansado o con la moral baja,
montar en bicicleta te revitaliza. Te orienta cuando vas a la deriva. Te
proporciona ímpetu si necesitas luchar. Te inyecta energía cuando te sientes
languidecer. Basta con hacer el pequeño esfuerzo de ponerse en marcha y lo
demás viene por añadidura. Si se ha prendido en ti una chispa de determinación,
el ciclismo la incrementa tal como una catedral amplifica la intensidad de un
susurro. Y lo mejor de todo es que ese refuerzo de la determinación que te aporta
el ciclismo se prolonga durante el día entero, igual que el estado de flujo
sigue acompañándote una vez que has desmontado.
§. Los rebeldes de la carretera
Desde los primeros tiempos del ciclismo, la actitud
predominante hacia él ha oscilado entre la indiferencia y la indignación,
pasando por la irritación. Los motivos de que así sea son un misterio. Sería
lógico esperar que la gente acogiera con los brazos abiertos un vehículo que
alivia la congestión en las calles, carreteras y transportes públicos, reduce
el ruido y la contaminación atmosférica, y apenas perjudica a los peatones.
Por desgracia, no es así. El ciclista suele ir
contracorriente, y por ello requiere desde el inicio una piel curtida y una
veta de rebeldía. Ahora bien, una vez que emprendes el camino descubres que tu
seguridad aumenta con cada pedalada. Un peatón que va jugueteando con su
teléfono móvil se te cruza insensatamente, se asusta y te fulmina con la
mirada. Tú no le das importancia. Un conductor consumido por el estrés se asoma
por una ventanilla cercana y, como un perro rabioso que ladra a una mariposa,
deja tras de ti una estela de improperios mientras serpenteas entre el atasco.
Tú te alegras de no haber sacado el coche. Una persona obsesionada con la moda
mira con desdén tu chaquetón de colores vivos y, demasiado tarde, se aparta
cuando una motocicleta la salpica al pasar. Tú esbozas una sonrisa traviesa.
Cuando concluyes tu periplo, estás convencido de
haber hecho la elección correcta, por mucho que tus detractores digan lo
contrario, y el resto de tu jornada queda imbuida de esa sensación de confianza
y certidumbre. No hace falta circular en bicicleta para toparse con gestos
groseros, también pueden presentarse en otros momentos. Cuando así sea, estarás
preparado para defenderte de cualquier eventualidad de ese estilo. La
desenvoltura que te aporta el ciclismo continua, ya lo verás.
§. Los ciclistas heredarán la Tierra
Si alguna vez te enzarzas en un debate con alguien
a quien le desagrada el ciclismo, es muy probable que ocurran dos cosas. La
primera es que tu interlocutor llevará años sin montar en bicicleta. Y la
segunda que cuando él o ella se quede sin argumentos, tratará de asestarte un
último golpe inquietante: «El quid del asunto es que montar en bicicleta es
demasiado peligroso».
Cierto es que muchos ciclistas se confían
demasiado. Con el alarmismo que suscita el ciclismo, nadie que no sea más
animoso de lo común se subiría siquiera a una bici. Pero el hecho de que los
practicantes de este deporte se atrevan a correr riesgos no significa que todos
los ciclistas se expongan al peligro. Si planificas la ruta con cuidado, puedes
circular exclusivamente por calles tranquilas (o parques, o canales), donde no
hay sitio para camiones y autobuses, que son las mayores amenazas. Estos recorridos
apacibles y gratos son tan peligrosos como, digamos, estar vivo en general.
En realidad, esto puede considerarse una colosal
infravaloración incluso cuando hablamos de un itinerario cualquiera. Se ha
demostrado mediante estudios que el ciclismo protege contra las enfermedades
cardiacas, la apoplejía, la obesidad, la demencia, la diabetes, la tensión
arterial alta y algunos cánceres, y a la vez mejora el estado de huesos,
músculos y articulaciones e incluso mejora las pautas de sueño. Aunque el
ejercicio físico en casi todas sus formas aporta beneficios similares, el
ciclismo es una actividad especialmente valiosa por cuanto tiene una tendencia
mínima a provocar lesiones por desgaste y, además, puede encajar perfecto en la
programación de la vida cotidiana como medio útil de transporte. Otra gran
ventaja de hacer ejercicio en bicicleta es que puede regularse a voluntad el
esfuerzo realizado, e incluso tomarse descansos de vez en cuando al rodar sin
pedalear.
«Cuando avanzas haciendo girar el plato, estás
montando en bicicleta. Cuando vas a rueda libre, solo estás dando una vuelta».
NED OVEREND (1955), CAMPEÓN DE BICICLETA DE MONTAÑA
Tal como lo resume un informe, los riesgos de
montar en bicicleta son «mínimos» y «los superan los beneficios que aporta a la
salud en una ratio de alrededor de veinte a uno» (Cycling and Health,
2007). Sin olvidar que los novatos deben ser conscientes de la importancia de
circular con seguridad (sobre todo, de no colocarse nunca al lado de un
vehículo que tiene puesto el indicador para girar en esa dirección o lo está
haciendo), si tuviera que convencer de una sola cosa a quienes no practican el
ciclismo, escogería la conclusión citada al principio de este párrafo. O, mejor
aún, los persuadiría de que salieran a dar una vuelta en bicicleta. El defensor
del ciclismo norteamericano Richard Ballantine señala con acierto: «La
bicicleta es el mejor alegato a favor de sí misma».
§. La alegría de montar en bicicleta
Te habrá ocurrido alguna vez que, estando de mal
humor, sucedió algo divertido y fuiste incapaz de contener la risa por más que
lo intentaste. A mí me acusaron una vez de hacer trampas en una partida de
billar y después empecé a quejarme de lo que había pasado. Iba a decir «Soy una
persona noble» (afirmación bastante ridícula de por sí), pero lo que me salió
fue: «Soy un noble». Tras una pausa, mi interlocutor y yo cruzamos una mirada
de perplejidad y estallamos en carcajadas. Ni que decir tiene que no soy aristócrata.
El ciclismo tiene un efecto similar sobre la
negatividad: uno y otra son incompatibles. Igual que es difícil mantener la
solemnidad sobre un palo saltador, tener una actitud meditativa a lomos de un
caballo de rodeo o mostrarse señorial sobre un patinete a motor, es casi
imposible estar malhumorado mientras circulas en bicicleta. El único estado de
ánimo asociado al ciclismo es la felicidad, un sentimiento positivo que perdura
incluso después de desmontar. Es como si la tristeza se evaporase mientras pedaleas.
Los estudios realizados así lo confirman, pues demuestran que los ciclistas
están protegidos contra diversos trastornos mentales como la depresión, la
ansiedad y la baja autoestima. Esto se debe en parte a que un cuerpo sano lleva
a una mente sana (las endorfinas, hormonas que se liberan al hacer ejercicio,
favorecen la salud de ambos), pero hay múltiples razones más por las que las
bicicletas nos hacen felices.
Gracias al ciclismo se llegan a dominar las causas
de la felicidad. Los placeres del aprendizaje, por ejemplo, se disfrutan con
mayor facilidad porque el ciclismo promueve la inteligencia. Los seres humanos
evolucionaron en un entorno donde el esfuerzo físico iba asociado muy a menudo
a los traslados de campamento. Por ello, nuestros antepasados desarrollaron la
tendencia a estar receptivos a las informaciones e ideas nuevas después de
hacer ejercicio. Nuestros cerebros incorporaron ese rasgo y lo han conservado
hasta la actualidad; por lo tanto, el ciclismo nos prepara para aprender mejor,
lo cual nos hace más felices. Suele creerse que las personas con alta capacidad
intelectual son estiradas, cuando lo cierto es que llevan vidas más expansivas
y gratificantes que la mayoría.
«Las bicicletas no tienen paredes».
PAUL CORNISH, PRIMER RÉCORD DE CICLISMO A CAMPO TRAVIESA DE ESTADOS UNIDOS
Otro aspecto a tener en cuenta son las ventajas
económicas del ciclismo. Una vez que has comprado la bicicleta y tomado en
cuenta los ínfimos costes de mantenimiento (unas ochenta libras al año en el
taller de reparación al que voy yo), el ahorro es enorme: en billetes de tren o
autobús (más otros desembolsos varios asociados al transporte público,
incluidos periódicos y cafés para llevar), o en costes de circular en coche,
como gasolina, mantenimiento, tasas de aparcamiento y peajes urbanos para
circular por zonas especialmente congestionadas. En tiempos de recesión, el
ciclismo promueve la felicidad más que nunca al reducir el estrés económico.
La seguridad es otra causa de felicidad que llega a
dominarse mediante el ciclismo. Comparado con el funcionamiento anárquico de
otros medios de transporte, el ciclismo es regular, fiable y predecible. La
bicicleta no te va a cancelar ningún trayecto, no te deja atrapado en el
tráfico, no te hace esperar mucho en la oscuridad nocturna, ni te lleva a
comerte las uñas con ansiedad cuando el Gobierno te comunica que debes subir el
nivel de alerta a 11. El ciclismo ofrece a quienes lo practican confianza y certidumbre,
dos factores fundamentales para tener una mente estable y feliz.
§. Sin paredes
El vagón aminora la marcha. Salta hacia adelante.
Gana velocidad. Vuelve a avanzar a paso de tortuga. Se detiene. El corazón se
acelera. Paredes ennegrecidas de un túnel. Cañerías que corren horizontalmente
a centímetros de las mugrientas ventanillas. Las luces del vagón titilan.
Oscuridad. El corazón palpita. Se encienden las luces. El corazón sigue
palpitando. Los pasajeros consultan sus relojes. Las piernas flaquean. Ni un
asiento libre. Una tela pegada a la cara. Es un abrigo. Huele a alfombra vieja,
a pila llena de ropa sucia. Sudor en las palmas de las manos. Demasiado calor.
No se puede salir. El corazón golpea contra el pecho. El motor ruge. ¡Bravo!
Después se para. Un hilillo de música electrónica escapa de unos auriculares.
¿Tratar de abrir las puertas? No seas idiota. Ahora el golpeteo se ha
trasladado a la cabeza. El corazón tiembla, apretado como un puño. ¡Estamos
moviéndonos! El conductor se disculpa. Circulamos a buena velocidad. Alivio,
como si se abriera una presa. Las cañerías se difuminan. Cañerías
interminables. De pronto, un mar de luz. Gente, carteras, carteles
publicitarios. La estación de King’s Cross. Lo conseguí.
Millones de personas padecen día a día el estrés de
desplazarse en el metro de Londres. Personalmente, preferiría estar en
cualquier otro lugar del planeta antes que en un tren que se detiene en un
túnel. Cuando vivía en la City, el ciclismo era mi vía de escape del metro y,
hoy día, siempre que regreso allí, utilizo la bicicleta. Lo que está en juego
es la libertad. En bicicleta puedes ir adonde quieras y cuando quieras.
Comparadas con esos túneles del horror, las calles londinenses son como vistas
alpinas. Cuando pienso que la alternativa sería estar viendo esas tuberías de
mala muerte, me siento como si fuera circulando junto a un rayo de luz. La
visión del túnel, la incapacitación y el estrés son reemplazados por la
creatividad, la determinación y la felicidad. He escrito este libro no solo
sobre el ciclismo, sino también mediante el ciclismo.
Capítulo 3
La vuelta a la manzana
El ciclismo fomenta una actitud «localista» igual
que la de Einstein. Al escoger una forma de transporte sin pretensiones y una
vestimenta sencilla, practicamos las discretas virtudes de la modestia y la
humildad. Al circular por las calles, conocemos mejor el barrio y la comunidad;
cara a cara somos más abordables y sociables, más amistosos y amables.
Empatizamos con nuestros vecinos y reconocemos el valor de una actitud
inclusiva y ecuánime. Al prestar mayor atención a los demás, contribuimos a
crear un entorno más grato para todos.
§. Aquí me tienen
Era el día del cumpleaños de Einstein y sus amigos
de Berna le habían preparado una cena sorpresa. Había conocido a Maurice
Solovine, estudiante de Filosofía, y a Conrad Habicht, graduado en Matemáticas,
unos meses antes. Los tres jóvenes se reunían a menudo para debatir sobre
física y filosofía y se habían apodado satíricamente «Academia Olimpia». En
lugar del menú habitual a base de salchichas, queso, té y fruta, tres platos de
caviar ocupaban la mesa en aquel día especial. Mientras lo engullía a puñados,
a la vez que hablaba con entusiasmo de Galileo, sus compañeros cruzaban miradas
de complicidad. «¿Sabes lo que has estado comiendo?», le soltó al fin Solovine.
«¡Cielo santo! ¡Así que esto era el famoso caviar! —exclamó Einstein—. Bueno,
ya sabéis que es inútil ofrecer comida de gourmets a pueblerinos como yo; no la
valoramos». Pero sí valoró el gesto de sus amigos, claro está. Su actitud
modesta y sus gustos sencillos predisponían a Einstein a apreciar a las
personas.
Varios años después, el pensador más brillante de
la Academia Olimpia empezaba a despertar interés. En general, el aluvión de
publicaciones revolucionarias del «año milagroso» de Einstein había caído en
oídos sordos, pero unos cuantos físicos despiertos habían tomado nota. Uno de
ellos era Max Planck, un gigante en esa área de estudio. En 1906, Einstein y él
mantuvieron una relación epistolar, y el catedrático prometió ir a verlo a
Berna. Al final, envió en representación suya a un ayudante, Max Laue, a quien
lo sorprendió enterarse de que Einstein no pertenecía al mundo académico. Y aún
iba a sorprenderse más.
Quedaron en verse en la recepción de la oficina de
Einstein, pero cuando el emocionado experto en patentes bajó las escaleras,
nadie dio señales de estar esperándolo. Laue rememoraba así aquel episodio: «El
joven que venía a mi encuentro me causó una impresión tan imprevista que no
pude creer que fuera el creador de la teoría de la relatividad... y lo dejé
pasar de largo». No se dio cuenta de quién era hasta que Einstein volvió sobre
sus pasos.
Relajado
Con la ropa holgada, los pantalones demasiado
cortos, un aspecto descuidado, despeinado y sin calcetines, Einstein más bien
parecía un artista en apuros que un gran científico. Mucho después de que sus
grandes logros lo impulsaran a la celebridad, seguía conservando esa imagen
relajada. En 1909, cuando le ofrecieron un doctorado honorario para conmemorar
la fundación de la Universidad de Ginebra, Einstein acudió a la ceremonia de
entrega tocado con un sombrero de paja.
Pocas ocasiones eran dignas de que diera de lado a
su proverbial indiferencia. Cuando su segunda esposa, Elsa Löwenthal, le rogó
que se pusiera elegante para recibir al embajador alemán y a su camarilla,
Einstein replicó: «Quieren verme. Pues aquí me tienen. Si lo que quieren es ver
mi ropa, abre el armario y enséñales mis trajes».
§. Una vida sencilla
A Einstein le gustaba la sencillez no solo en el
atuendo, también en la vida. «No tienes ni idea de lo encantadora que puede ser
una vida así, con pocas necesidades y sin pomposidad», le escribió a Elsa. La
sobriedad de sus gustos se reflejaba en los espacios sencillos donde vivió;
incluida la modesta casa que compró la pareja cuando él estaba en la cima de la
fama y donde vivieron felizmente veintiún años.
Incluso cuando tenía a su alcance entornos más
señoriales, Einstein solía rehuirlos. En una casa de campo de alquiler situada
en Long Island, comía en la cocina porque el comedor se le antojaba demasiado
solemne. Clausuró la mitad de su apartamento en un hotel de Nueva York por
considerarlo espacioso en exceso. Y muchas veces optaba por viajar en tercera
clase en los trenes aun cuando tuviera en el bolsillo un billete de primera.
§. Estoy en deuda
El talante desenfadado y los gustos sencillos de
Einstein estaban en consonancia con la humildad con que trataba a la gente.
Enemigo de hacer alardes, era modesto, campechano y sincero, y no dejó de serlo
al dispararse su fama. Cuando una niña le escribió preocupada por su
rendimiento en el colegio, le envió una respuesta típica de él: «Que no te
inquieten tus dificultades con las matemáticas. Te aseguro que yo las tengo
mucho mayores».
Como profesor no perdía esa afabilidad: hacía
pausas periódicamente para comprobar que los alumnos lo seguían bien y los
animaba a interrumpirlo. Esas familiaridades eran poco comunes en las clases y
no pasaron inadvertidas en la Universidad de Zúrich. Antes de su traslado a la
Universidad de Praga, sus alumnos presentaron una reclamación en la que
recalcaban: «Asistir a sus clases es para nosotros un gran placer. Tiene el don
de compenetrarse a la perfección con sus oyentes».
Einstein era amable con sus ayudantes y colegas por
igual, y trataba a todo el mundo con el mismo respeto, tanto si estaban de
acuerdo con él como si no. Se apresuraba a reconocer los méritos intelectuales
de quien fuera cuando era oportuno hacerlo. De hecho, su primer artículo sobre
la relatividad termina con un tributo: «Permítanme señalar que mi amigo y
colega M. Besso me ha apoyado incondicionalmente en mi trabajo sobre el
problema que aquí se analiza y que estoy en deuda con él por varias sugerencias
inestimables».
Para Einstein, la modestia era algo instintivo y, a
la vez, una virtud. «Considero que vivir con sencillez es bueno para todo el
mundo, física y mentalmente», escribió. En Ginebra no solo lo demostraba con su
sombrero. La universidad había sido fundada en 1559 por Juan Calvino, personaje
de notoria austeridad. Sin embargo, Einstein asistió a un ostentoso desfile y a
un banquete organizado sin reparar en gastos. En un momento dado, se volvió
hacia un invitado de aspecto distinguido y le dijo en un susurro: «¿Sabe lo que
habría hecho Calvino si hubiera estado aquí? Habría erigido una estaca enorme y
nos habría quemado a todos por este despilfarro pecaminoso». Tiempo después,
Einstein rememoraba que «aquel señor no volvió a dirigirme la palabra».
§. Ser generoso
Pese a su insobornable independencia intelectual,
Einstein era una persona sociable. Le encantaba relacionarse, ya fuera para
interpretar música en grupo o para debatir ideas, a ser posible con una taza de
café en una mano y un puro barato en la otra. Sus amistades eran profundas y
gratificantes, y algunas duraron décadas enteras o incluso toda una vida, como
fue el caso de Solovine y Habicht. Caía bien a los desconocidos. «Me llamó
especialmente la atención —comentaba un físico— su expresión apacible y reflexiva,
su amabilidad para con todos, su sencillez y su cordialidad».
Su generosidad resultaba entrañable. En 1902 puso
un anuncio en un periódico local de Berna para ofrecerse como profesor de
Física. Un joven estudiante de Filosofía se entusiasmó al descubrirlo. Al día
siguiente, llamaron a la puerta de Einstein. Era Maurice Solovine. Hicieron
buenas migas desde el principio y quedaron en volver a verse. En su tercer
encuentro, Einstein se empeñó en no cobrarle ya que disfrutaba enormemente de
aquellas sesiones.
Allá donde fuera, Einstein sacaba tiempo para
dedicarlo a la gente del lugar. En Princeton, una niña de ocho años fue a
visitarlo y le pidió que la ayudara con los deberes de matemáticas, y él le
hizo ese favor; a fin de cuentas, le había traído unos tofes. La niña tomó por
costumbre presentarse en su casa cada poco tiempo, siempre con el mismo
objetivo. A los padres se les caía la cara de vergüenza cuando se enteraron,
pero a Einstein no le importó en absoluto.
En otra ocasión concedió una entrevista a un
esforzado estudiante de periodismo que le había escrito diciéndole que si
lograba apuntarse ese tanto, le pondrían la calificación máxima. Einstein se
prestó incluso a posar para que le hiciera un retrato la mujer de un amigo cuyo
talento artístico era muy cuestionable. ¿Por qué lo hizo? «Porque era una buena
mujer», explicó.
§. Una vida plena
La amabilidad y la inteligencia de Einstein
resultaron ser una combinación atractiva. A lo largo de toda su vida —incluso
de casado, según parece— nunca le faltaron atenciones de las mujeres. Las
fotografías suyas más conocidas hoy día captan algo de su encantadora
excentricidad, pero no su belleza juvenil. Tenía «una apostura masculina de esa
clase que causaba estragos en los días del cambio de siglo», en palabras de una
amiga suya.
Mileva Marić, su primera esposa, conoció sus
momentos más impetuosos e íntimos. La familia de Einstein estaba en contra de
esa relación, lo cual pareció inflamar más su pasión. Cuando los amantes
contrajeron matrimonio, el padre de Mileva ofreció dinero a Einstein, quien lo
rechazó diciendo que no se había casado por eso; un gesto que conmovió mucho a
Miloŝ Marić.
Einstein hizo cuanto pudo por ser un buen padre.
«Mi marido dedica a menudo su tiempo libre a estar en casa, jugando con el
niño», escribió Mileva después del nacimiento de su primer hijo, Hans Albert.
El segundo, Eduard, llegó unos años más tarde y, en aquel entonces, toda la
familia salía a dar paseos en bicicleta, a los que se unía Maria, la hermana de
Einstein.
Cuando el matrimonio se deterioró, debido en parte
al temperamento depresivo de Mileva, Einstein siguió carteándose con su familia
y manteniéndola. En la época en que estaba empeñado en una carrera contra el
tiempo para concluir la teoría general de la relatividad, encontraba momentos
para escribir atormentadas cartas a la mujer de la que se había separado y a
sus desilusionados hijos, con la esperanza de lograr suavizar un poco la
situación. Más adelante, Eduard también se hundió en la soledad de una depresión
y Einstein le envió tiernas palabras de aliento: «Las personas que viven en
relación con los demás, disfrutan mirándose mutuamente a los ojos; quienes
comparten sus problemas, centran sus esfuerzos en lo que es importante para los
otros y así son felices... Esas personas viven una vida plena».
§. Lo más valioso
Según un cuestionable lugar común, los científicos
están demasiado enfrascados en los detalles de las ecuaciones y las cosas
materiales como para preocuparse por la gente. En todo caso, Einstein no era
así. Entendía bien el valor de las relaciones humanas. Así se evidencia en su
compasiva visión política. Uno de sus grandes héroes era Gandhi y, en virtud de
su sentido innato de la ecuanimidad, detestaba las diferencias de clase y la
desigualdad. «Luchar por la justicia social es lo más valioso que puede hacerse
en la vida», declaró.
«El empeño humano más importante es esforzarse en
que haya moralidad en nuestros actos».
EINSTEIN
Con este propósito, escribió y habló largo y
tendido, y prestó su apoyo a centenares de organizaciones humanitarias y
movimientos de protesta. Elsa, su segunda esposa, cobraba un dólar por su
autógrafo y cinco por su fotografía; donaban lo que así recaudaban a obras
benéficas para la infancia.
La defensa de la igualdad entre las razas
apasionaba especialmente a Einstein. La segregación racial que descubrió al
llegar a Estados Unidos lo dejó horrorizado. Se afilió a la Asociación Nacional
de Apoyo a las Personas de Color y se convirtió en abanderado de las libertades
cívicas. Declaró que el racismo era «la peor enfermedad de Estados Unidos».
Cuando a la contralto negra Marion Anderson le vetaron la entrada en un hotel
de Princeton, localidad adonde había acudido a actuar, Einstein la invitó a su
casa con gran ostentación. Y de ahí surgió una amistad entre ellos.
§. Vivir en buenos términos con el medio local
¿Te has ido alguna vez de excursión por el camino
de la memoria? Es un paseo agradable. Los pájaros cantan. Los niños juegan en
la calle. Las señoras mayores charlan en la parada del autobús. Un hombre poda
los rosales de su jardín delantero. La vendedora de chupachups espera en el
paso de cebra. En la iglesia suenan las campanas anunciando una boda. De las
paredes exteriores del pub cuelgan cestos de flores. Un agente de policía
orienta a un viandante. Desde la panadería se extiende el aroma del pan recién
hecho. En el parque, un hombre llama a su perro a voces y silbidos. Un grupo de
chavales juega al fútbol, con jerséis señalando la portería. La camioneta de
los helados dobla la esquina. Los vecinos conversan por encima de las vallas de
los jardines. Y lo mejor del camino de la memoria es que puedes recorrerlo en
bicicleta siempre que lo desees.
¿Sabes dónde vives? No me refiero a si recuerdas el
nombre de tu calle, sino al entorno que te rodea. Lo más probable es que
conozcas unos cuantos puntos relevantes y diversos lugares de interés práctico
como el supermercado, el centro médico o la estación de tren, así como las
calles que los conectan. De esta forma, el medio local en que vivimos semeja
una red por la que circulamos con el piloto automático puesto.
Vamos a establecer una comparación con la lectura
de un libro. En cierto sentido, son habilidades similares. El significado de
las palabras, expresiones y párrafos nos dirigen hacia conclusiones variadas
mientras recorremos el texto en piloto automático. Pero la lectura da mucho más
de sí, es evidente. Cuando nos sumergimos en el contenido de un libro, nos
mantenemos alertas y expectantes, ojo avizor como un buzo. Nos movemos por el
entorno escrito fijándonos en los pequeños detalles. Leemos entre líneas. Estamos
a la vez activos y atentos.
Hablando en este sentido, ¿sabes dónde vives? Si la
respuesta es negativa, el ciclismo puede ayudarte a conocer el medio más a
fondo. Sobre una bicicleta no vas protegido del mundo por una pantalla como
cuando usas el coche o el transporte público, y por ello sueles observar
detalles que de otro modo se habrían colado por las grietas de tu atención. No
solo avanzas hacia tu destino, a la vez saboreas el trayecto. Además de
recurrir al piloto automático, mantienes una actitud vigilante. El ciclismo se
presta a circular con atención plena, lo cual es una forma más enriquecedora de
tomar contacto con la zona donde vives.
Circular con atención plena
Montar en bicicleta mejora la percepción del
entorno local; es como si los objetos, las personas y las escenas con las que
te encuentras estuvieran iluminados por focos. Pasas de largo, pero lo captas
todo.
La experiencia de circular con plena atención puede disfrutarse al máximo
mediante una meditación intencionada. Mientras pedaleas, trata de centrar la
atención en el entorno del mismo modo en que has aprendido a centrarla en la
respiración. Tu mirada divagará de un lado a otro, no pasa nada. Esos movimientos
son tan automáticos como la respiración. El objetivo no es centrarse
exclusivamente en un elemento del entorno; sería imposible estando en
movimiento. Más bien se trata de focalizar la atención en cualquier cosa sobre
la que recaiga tu mirada por casualidad.
Observa si eres capaz de mantener esa focalización sin que te distraigan los
pensamientos, las sensaciones o las emociones. Puede que veas algo que
despierte un antiguo recuerdo y te haga sentir de determinada manera o te suma
en cavilaciones. Procura que esas reacciones se disuelvan. Toma nota de ellas,
pero después pon atención sobre lo que ves. Permite que el entorno se te
revele. Solo tienes que colaborar con tu curiosidad.
Capta los detalles insignificantes. La matrícula agrietada de un coche. Los
pájaros que se pelean en un árbol. El aroma de una loción para después del
afeitado. Las abolladuras de un viejo desagüe. Un niño dando saltos en un
charco. La ropa tendida en las ventanas sobre una tienda. El olor de una
hoguera. Un peinado estrafalario. Un perro que ladra. Muchos perros
contestándole. Un anciano que bebe una lata de sidra. El color del cielo.
Cuando vas en bicicleta, estas escenas tan familiares se vuelven fascinantes,
es como si formaran parte de un gigantesco caleidoscopio.
§. Ir de aquí para allá a nuestra manera
El ciclismo nos ayuda a conocer mejor la comunidad
en que vivimos porque nos hace descubrir un entorno lleno de vida. Cuando te
mueves en bicicleta, te fijas bien en tus conciudadanos. Los rostros se
iluminan, los movimientos corporales captan tu atención, oyes bien las voces.
Las personas genéricas a las que veías como monigotes hechos con palotes se
convierten en seres humanos en alta resolución, con todas sus características
individuales y sus intrigantes singularidades.
Mientras circulas, a veces intercambias una sonrisa
con alguien que pasa de largo. Otras veces, algún ciclista entabla una breve
conversación contigo mientras esperáis a que el semáforo cambie a verde. Y en
otras ocasiones solo disfrutas de la sensación de pertenencia que te aporta ir
por ahí rodeado de gente. Sentirse así es especialmente gratificante cuando al
mismo tiempo llevas a cabo la actividad práctica de desplazarte entre A y B.
Vayas donde vayas, el ciclismo tiñe la experiencia de espíritu de comunidad.
Uno de mis ejemplos preferidos de esta sensación es
ir en bicicleta a ver un partido. Siempre me asombra que no sean más los
hinchas que acuden en este medio a ver en acción a su equipo local. A fin de
cuentas, buena parte de la diversión consiste en disfrutar del ambiente previo
al partido y la bicicleta te permite empaparte a fondo. Mientras los seguidores
caminan sin prisa por las calles entonando canciones, componiendo un collage de
banderas, gorros y bufandas, el aire se llena de una mezcla de emoción y aroma
a perritos calientes. Los conductores y los usuarios del transporte público
solo viven el final de este peregrinaje, pero los ciclistas experimentan todo
el proceso, presenciando cómo un reguero de hinchas va convirtiéndose en
caudaloso río a medida que se aproximan al estadio.
§. La alegría de desplazarse de tu casa al trabajo
Hay un tipo de trayecto donde se realzan de manera
especial los placeres de la vida comunitaria que aporta el ciclismo: los
desplazamientos entre tu casa y el trabajo. Diversos estudios indican que esos
momentos son los peores del día para la mayoría de las personas que no utilizan
la bicicleta. En 2004, la BBC informó de que los conductores de coche y los
usuarios del tren de Londres suelen experimentar más estrés que un piloto de
combate o un policía antidisturbios en acción.
Este estrés extremo se debe en parte a que esta
clase de traslados son a menudo socialmente alienantes. Los atascos de tráfico
condenan a los conductores a estar en una especie de celda de aislamiento. En
el otro extremo, los trenes de las horas punta deshumanizan a sus ocupantes al
apiñarlos de manera harto molesta, como esclavos en la bodega de un buque o
inmigrantes escondidos en la parte trasera de un camión.
En contraste, circular sin obstáculos en medio del
bullicio te lleva a implicarte y a desempeñar un papel significativo. Al mismo
tiempo, es una experiencia llena de frescura, como patinar junto a desconocidos
cordiales que se han reunido en un lago con la superficie helada. El ciclismo
renueva día a día el sentimiento de pertenencia a la comunidad y la sensación
de cumplir con tus objetivos.
Y como todos los estados de ánimo inspirados por la
bicicleta, estos tienden a perdurar en ti, igual que el impulso. Como es
natural, el momento en que más se aprecia esto es por la mañana. Ir pedaleando
al trabajo te aporta beneficios psicológicos como individuo y, a la vez, mejora
tu disposición hacia los compañeros y las responsabilidades. Los estudios así
lo confirman, ya que demuestran que ir en bicicleta al trabajo mejora la moral
y la lealtad de los empleados al tiempo que reduce el absentismo.
§. Salir por ahí
¿Cómo terminé tirado en la hierba con las piernas
enganchadas en el cuadro de mi bici, el pantalón del chándal bajado y el
trasero al aire, mientras mis cinco mejores amigos se revolcaban de risa a mi
alrededor con los ojos llenos de lágrimas? Por ser breve, lo explicaré diciendo
que traté de saltar sobre una zanja con la bici cuando tenía quince años. Mis
compañeros lo habían logrado y pensé que a mí también me resultaría fácil. Por
desgracia, no hice un «salto de conejo» levantando la rueda delantera porque di
por hecho que me sobraba velocidad para superar el obstáculo al estilo de Evel
Knievel, el famoso motociclista de acrobacias, y me equivoqué. La rueda
delantera chocó contra el borde distante de la zanja y la bicicleta y yo dimos
unas cuantas vueltas de campana antes de detenernos, sin daños pero con muy
poca dignidad. La historia habría terminado ahí si mis amigos no hubieran
exclamado eufóricamente que la bicicleta había conspirado contra mí para
bajarme los calzoncillos durante la caída. «¡Le ha bajado los calzoncillos!»
fue la única frase coherente que se oyó durante los diez minutos siguientes.
Hasta aquí la explicación breve. Hay también un
motivo de fondo para que tenga este hermoso recuerdo, si es que así puede
calificarse. Mis amigos y yo salíamos por ahí en bicicleta muy a menudo y
hacíamos todo tipo de payasadas, que nos abocaban a tener experiencias
memorables. Podría hablar de la ocasión en que me metí en un arroyo sin querer.
O de las vueltas «para perderse» que dábamos por el bosque de Epping, cuyo
objetivo queda claramente expresado en el nombre que les pusimos. O de aquella
vez en que nos persiguió en motocicleta un repartidor de pizzas. Y puedo
asegurarte que no medió ninguna provocación por nuestra parte. En serio.
Estos episodios nos enseñan que, además de ser una
forma de transporte sociable, el ciclismo es al mismo tiempo una manera
fantástica de relacionarse con los demás. Quizá parezcan aventuras de chavales,
pero ¿por qué los adultos no pueden divertirse como cualquier otro saliendo por
ahí en bici? No hay límites de edad para el sentimiento de camaradería que
deriva de usar la bicicleta para ir a la playa, recorrer un parque o explorar,
o sencillamente de detenerse a tomar algo o a charlar un rato. Y no hay que
olvidar que también se puede conocer a gente durante los trayectos.
«Las bicicletas son casi tan buenas como las
guitarras para conocer chicas».
BOB WEIR (1947), GUITARRISTA, CANTANTE Y MIEMBRO FUNDADOR DE GRATEFUL DEAD
§. Una bicicleta para dos
Montar en bicicleta es tan divertido que esta
actividad suele crear lazos entre las personas que la practican juntas: los
recuerdos felices compartidos establecen amistades duraderas. Pero el ciclismo
ha adquirido fama sobre todo por fomentar un vínculo afectivo concreto: el
amor.
No hace falta ir a París para comprender por qué.
Cualquier sitio parece romántico cuando lo recorres en bicicleta acompañado de
alguien especial. Quizá se deba a la espontaneidad, a esa sensación de «tú y yo
contra el mundo», a la vivacidad juvenil, al corazón acelerado o al rubor que
tiñe las mejillas al circular al aire libre. O tal vez lo importante sea la
idea de acurrucarse en el sofá al final de un día de actividad. ¿Quién sabe? La
cuestión es que montar en bicicleta hace que surja el amor de forma misteriosa
y esa experiencia puede revivirse en cualquier lugar y momento, dotando a la
relación de nueva energía una y otra vez.
Daisy, Daisy
dame el dulce, sí.
Medio loco me tienes,
loco de amor por ti.
No será una elegante boda,
no me alcanza para un carruaje a la moda.
¡Pero vas a ser la sensación
montada en una bicicleta para dos!
DE LA CANCIÓN «DAISY BELL», HARRY DACRE, 1892
No es necesario usar un tándem para dar una vuelta
romántica, pese a que suela creerse lo contrario. Montar en una bicicleta para
dos es una labor increíblemente ardua, sobre todo para quien va detrás, «de
paquete», y tiene que pedalear con la vista clavada en la espalda de quien va
delante y resistir la tentación de tirar del inamovible manillar trasero (pues
el vehículo volcaría). Este esfuerzo forma parte del reto continuo que supone
para ambos ciclistas cooperar en mantener el equilibrio; digamos que si han
apodado a los tándem «bicicletas del divorcio» por algo será. No pongo en duda
que pedalear a dos tiene un encanto especial, pero el uso de máquinas
independientes facilita la aparición del romanticismo: las parejas pueden
cruzar miradas, charlar con mayor facilidad y esquivar los baches.
§. Aquí estoy, montando en bicicleta
El temperamento de Einstein encajaba a la
perfección con su disfrute del ciclismo. Incluso teniendo a su disposición
vehículos de motor, prefería moverse en bicicleta por Princeton. Y como usaba
pantalones demasiado cortos, nunca se le enganchaban en la cadena.
Los vehículos de motor fomentan el engreimiento de
los conductores. Nos pasa a todos. Sentados ante un salpicadero de alta
tecnología, al mando de una máquina grande, reluciente y veloz, nos sentimos
con derechos especiales, al menos subconscientemente. Esta arrogancia dificulta
no ver a los demás usuarios de la calzada como obstáculos inoportunos (peatones
y ciclistas) o como rivales (los demás conductores).
En contraste, el ciclismo promueve la modestia.
Sobre una bicicleta estás muy próximo a los demás usuarios de la calzada y eres
un participante más en lugar de un señor supremo. Te encuentras con los
peatones y los otros ciclistas directa y abiertamente —cara a cara, cruzando la
mirada— y colaboras para no obstaculizar el paso a los demás. Los buenos
ciclistas comunican sus intenciones y hacen notar su presencia a los
conductores mediante un contacto visual frecuente y otros gestos como agitar la
mano o mover la cabeza. Compartir las calles y carreteras diligentemente
favorece la humildad y la empatía.
Además de transmitir todo tipo de señales
orientativas, los ciclistas suelen comunicar un mensaje sobre sí mismos. O,
mejor dicho, el mensaje es que no hay nada especial que decir. Así como los
ciclistas rara vez tratan de enaltecerse adoptando poses narcisistas sobre un
vehículo especial —una bici no es más que una bici—, lo normal es que su
vestimenta no indique nada sobre su personalidad. A fin de cuentas, el ciclismo
es una actividad práctica que se presta a usar ropa funcional; las prendas de
vestir tampoco son nada más que lo que son. No pretendo decir con esto que no
pueda llevarse un elegante conjunto de diseño sobre una bicicleta, solo que no
sería la elección más apropiada. Al adoptar la costumbre de ponerse prendas
cómodas (o incluso un equipo de licra de última generación), los ciclistas
renuncian una vez más a hacer alardes.
«No hay nada comparable al sencillo placer de dar
una vuelta en bici».
JOHN F. KENNEDY (1917-1963); PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS DE 1961 A 1963
§. Cualquier puede montar en bicicleta
El ciclismo cultiva el talante humilde y los gustos
sencillos, tanto cuando se está sobre una bicicleta como cuando se la deja
aparcada. Así, por ejemplo, numerosos ciclistas llegan a disfrutar vistiendo
ropa funcional incluso los días que no cogen su vehículo. Aprenden asimismo a
apreciar, en ellos mismos y en los demás, esa actitud relajada que deriva de no
medirse continuamente con los otros. Al crear armonía de este modo, entre
amigos, amantes o en la comunidad, las bicicletas son un gran nivelador social.
Da igual que seas John F. Kennedy o Joe Bloggs, sobre una bici te presentas con
naturalidad y disfrutas de los mismos placeres.
La ascensión de Emmeline
En los tiempos en que las personas de su género
deberían haber guardado para sí el hecho de tener tobillos, resultó un tanto
sorprendente que desde el suelo —donde sus pulcras botas estaban atadas con
lazos de satén y sus rodillas, inadvertidas, permanecían fijas bajo una triple
falda y no podían alardear de una sola cicatriz— se le ocurriera ascender por
la pequeña escalera de mano que el padre de alguien les había prestado con ese
propósito y, agarrándose relajada a la mano de un desconocido, lanzara espléndidamente
una larga y atlética pierna sobre el armazón, entrando en territorio sin
apoyos, sin siquiera dedicar un lívido segundo al miedo de caer desde un
bochornoso medio metro de altura hasta cero, desde una rueda tan alta; y que
una vez allá arriba no se reconociera viendo lo que nunca habría podido
imaginar, sino todo exactamente tal como era: la clara y dura calzada, hecha
para recorrerla; las terrazas formando en fila para que las admirase; y al otro
lado del seto recortado, los hombres descubiertos en el parque, a solo unas
cuantas calles de sus oficinas cerradas, pero muy distantes de ellas, aireando
sus incipientes calvicies ante las palomas y ante cualquiera que, por una vez,
estuviese preparada para mirarlos desde arriba.
REBECCA WATTS
Y, como suele decirse, cualquiera puede montar en
bicicleta. El prestigio de esta forma de transporte como impulsora del
igualitarismo se afianzó desde sus inicios. En el siglo XIX, las mujeres
estaban sometidas al control de los varones y se las trataba como a ciudadanas
de segunda clase. Muchas vivían enclaustradas en sus casas o lugares de trabajo
y se las obligaba a vestir prendas sofocantes, como faldas pesadas, corsés muy
ceñidos y cuellos que restringían los movimientos. Con la llegada de las bicicletas,
las mujeres se emanciparon en el pleno sentido de la palabra: adquirieron la
capacidad de recorrer distancias más largas, elegir la compañía que deseaban y
vestir prendas liberales que se adecuaban mejor al ciclismo. Pese a las
absurdas advertencias retrógradas de hombres pomposos que aseguraban que las
bicicletas suponían una amenaza para la castidad de las mujeres e incluso para
su fertilidad, el florecimiento del ciclismo coincidió con el auge del
feminismo y contribuyó a impulsarlo. Hoy día vivimos en un mundo más tolerante
gracias a los éxitos que tuvo desde sus inicios este movimiento, lo cual no
impide que numerosas mujeres sigan teniendo en alta estima la libertad que
aporta el ciclismo.
«Permítanme que les diga qué opino del ciclismo.
Creo que ha contribuido más que nada en el mundo a emancipar a las mujeres».
SUSAN B. ANTHONY (1820-1906), DESTACADA ACTIVISTA ESTADOUNIDENSE, ENTREVISTA
PUBLICADA EN NEW YORK WORLD, 1896
Ciclistas todos, grandes y pequeños
El carácter inclusivo del ciclismo abarca también a
los niños. Sobre una bici pueden ir y volver del cole, ampliar sus horizontes,
sacudirse de encima los algodones en los que los han envuelto sus padres. Y,
aún mejor, a los chicos les encanta que los adultos los acompañen a dar una
vuelta en bici. Pocas experiencias familiares se disfrutan tanto como esta.
En el extremo opuesto de la escala están los
ciclistas «de plata»: esos jubilados tan inspiradores que nos demuestran que
nunca se es demasiado mayor para montar en bicicleta o incluso para aprender a
hacerlo. Muchos de los beneficios básicos del ciclismo tienen un valor especial
para la gente mayor: independencia, interacción social, estimulación mental,
asequibilidad, buena salud. Y como este vehículo se presta a hacer ejercicio
con suavidad —o incluso a escoger un modelo que complemente tus esfuerzos con
un motor eléctrico—, permite que todo el mundo se mantenga en forma dentro de
sus límites.
Lo mismo cabe decir de las personas con sobrepeso.
El ciclismo es un tipo de ejercicio muy accesible, mucho más que el jogging,
que puede ser un asesino de rodillas. En proporción a su propio peso, la
bicicleta tiene capacidad para soportar una carga mayor que un automóvil, un
aeroplano o un puente.
Ni siquiera las discapacidades graves impiden
practicar el ciclismo. Mantener el equilibrio sobre una bicicleta quizá no sea
posible para todos, pero hay distintos modelos que se acomodan a las diferentes
necesidades de los usuarios. Existen bicicletas accionadas a mano para las
personas que no pueden utilizar las piernas; máquinas de cuatro ruedas con
respaldo para quienes requieren una estabilidad extra; tándemes con los
asientos en paralelo o uno detrás de otro para las personas que necesitan tener
al lado a un cuidador; e incluso bicicletas diseñadas para transportar sillas
de ruedas. Los placeres del ciclismo están al alcance de todos.
§. Con espíritu de comunidad
Sobre una bicicleta te acercas más al entorno local
e ir de aquí para allá en contacto con la comunidad te aporta un sentimiento de
pertenencia. Descubres que no necesitas echar marcha atrás en el tiempo para
disfrutar de estas experiencias nostálgicas. Además, los vehículos de dos
ruedas no solo hacen más grata la vida de barrio para el ciclista, sino para
todo el mundo.
El porcentaje de contaminación atmosférica y sonora
que corresponde al ciclismo es igual a cero. Las bicicletas rara vez causan
daños por colisión a otros usuarios de las calzadas. Y los ciclistas
contribuyen a aumentar el «capital social», es decir, la intensidad y número de
lazos que unen a los miembros de la comunidad. Un capital social elevado posee
numerosos efectos valiosos y prácticos como, por ejemplo, reducir la
delincuencia y las enfermedades mentales y lograr que las comunidades sean más
felices, saludables, variopintas e igualitarias.
Veamos ahora, a modo de comparación, cómo afectan
los coches a la vida de barrio. Emiten humos tóxicos que provocan enfermedades
como asma e incluso cáncer. Generan ruidos que resultan molestos de noche y
estresantes de día. Son la causa de incontables lesiones y muertes entre
peatones, ciclistas y otros usuarios de coche. Y hacen descender el capital
social al segregar de sus conciudadanos a conductores y pasajeros.
A pesar de todo, las bicicletas están tristemente
infrautilizadas. Es evidente que no sirven para ir a todas partes; la longitud
de algunos trayectos y el peso de algunas cargas lo impiden. Pero incluso
cuando los desplazamientos son cortos y sin obstáculos, como suele suceder en
las ciudades, muchos conductores de coche rehúyen las bicicletas. En Estados
Unidos, un país enorme donde los viajes largos en coche están a la orden del
día, casi una tercera parte de la gasolina suministrada en las estaciones de servicio
se utiliza para viajes de cinco kilómetros como máximo.
Y no es que estos desplazamientos cortos beneficien
a los conductores. Al tratar de ser veloces, acaban por conseguir lo contrario,
atascados en el tráfico. La inutilidad de un embotellamiento puede compararse a
la de tratar de superar a los vecinos. Cuando las personas adquieren posesiones
o prendas de ropa sofisticadas en un esfuerzo de quedar por encima de los
demás, lo único que consiguen es terminar por presentar todas ellas el mismo
aspecto y, lo que es aún peor, haber malgastado el dinero.
§. Trata a los demás...
Al excluirse de manera voluntaria de estas
rivalidades fútiles, los ciclistas logran múltiples beneficios. Por desgracia,
siguen padeciendo el impacto de los vehículos de motor en las comunidades
(podría argumentarse que más que nadie), pero a muchos los consuela saber que
ganan algo incomparablemente más valioso que comodidades o ahorro: adquieren
valores morales.
No en vano, el principio básico o «regla de oro» de
la moralidad nos dice que debemos tratar a los demás como queremos que nos
traten a nosotros, y eso es precisamente lo que suele hacerse cuando se va en
bicicleta. La mayoría de los ciclistas no desean padecer atascos,
contaminación, peligros, ni un ambiente antisocial, y por ello procuran no
fomentarlos. A los ciclistas no suele gustarles que los provoquen ostentando
símbolos de estatus y, por tanto, evitan adquirirlos.
El ciclismo es un ejemplo de actividad en que lo
mejor para la comunidad coincide con lo que es mejor para los individuos. Dicho
de otro modo, la moral correcta favorece a todos. En las comunidades más
felices, cada persona se preocupa de las demás o del grupo, y todos se
benefician de ello. De hecho, nuestros cerebros están programados para
conseguir este efecto, pues los neurólogos han descubierto que al realizar
buenos actos se experimenta una sensación placentera. Por lo visto, si queremos
sentirnos bien, debemos obrar bien. Y el ciclismo es un buen comienzo para
conseguirlo.
§. Buscar trabajo
Si tuviera un penique por cada vez que alguien me
ha dicho «busca trabajo», no me haría falta volver a trabajar en la vida.
Durante algún tiempo no tuve necesidad de hacerlo. En mi condición de filósofo,
pasé una década al margen de la sociedad. Creía tener problemas más importantes
de los que preocuparme. ¿Cómo reconocer lo que es verdad? ¿Por qué mi dolor es
mío? ¿Soy libre? ¿Por qué siempre estoy aquí y ahora? Cuestiones todas ellas
muy introspectivas. Incluso cuando me tomaba algún tiempo para pensar en los
demás, había en mis reflexiones algo de ese egocentrismo característico de la
filosofía. ¿Cómo puedo saber cuál es la actuación correcta? ¿Es posible fiarse
de lo que dice la gente? ¿Tienen los otros una mente igual que la mía?
Poco a poco fui dándome cuenta de que la tendencia
filosófica a mirarse el ombligo va unida a una actitud especialmente ansiosa en
las relaciones con el prójimo. Comencé a preguntarme si la caricatura que suele
hacerse de los filósofos como solitarios hipocondríacos y holgazanes no
respondería en bastante medida a la realidad. ¿Podría ser que mi actitud hacia
la sociedad fuera la causa de mi interés en los problemas filosóficos en lugar
de que mi interés en la filosofía explicara mi actitud hacia la sociedad?
§. Recuperándome de la filosofía
Esa podría ser la razón, deduje, de que aquellos
problemas resultaran tan pertinazmente insolubles. Quizá no fuesen más que una
cortina de humo. Tal vez los filósofos los inventaban para evitar hacer frente
a la vida en sociedad. Ni que decir tiene que estas reflexiones no agradaban
demasiado a mis colegas, pero llegado a ese punto me daba igual. Me interesaba
más averiguar lo que sucedía en la sociedad en general. Estaba recuperándome de
la filosofía.
Y la recuperación aún continúa. A veces, cuando me
siento caer en una introspección excesiva, el ciclismo me recuerda cuál es mi
sitio. En lugar de preocuparme por mi conexión con las demás personas, como
suelen hacer los filósofos, salgo a experimentar la vida del barrio. Me muevo
con el tráfico; me hago un hueco en la comunidad trabajadora; miro a la gente a
los ojos; convierto a los extraños en conocidos. Soy plenamente consciente de
los demás.
Capítulo 4
Una vuelta por el mundo
El ciclismo promueve una actitud «global» igual que
la de Einstein. Emprender viajes largos en bicicleta y reflexionar sobre ellos
nos brinda la oportunidad de ampliar nuestros horizontes y límites: ya sea
pedaleando a toda velocidad o rodando con tranquilidad, vemos el mundo desde
una perspectiva nueva. Nos acercamos más a la naturaleza y, al mismo tiempo,
percibimos sus dimensiones sobrecogedoras y su profunda belleza. Además,
alejados de nuestra casa, encontramos lugares comunes con otras culturas; descubrimos
el valor de la cooperación internacional. Nos hacemos plenamente conscientes de
la humanidad.
Otras estrellas más importantes
El universo nos creó y, sin embargo, nos
comportamos como si estuviéramos separados de él. Einstein definió esta
sensación de desapego como una «ilusión» que aprisiona nuestros corazones y
mentes. «Nuestra tarea —aseguró— debe ser liberarnos de la prisión al ampliar
el círculo de nuestra compasión para abarcar sin excepción a los seres vivos y
la naturaleza entera en toda su belleza».
Pocos están tan cualificados como Albert Einstein
en lo que a pensamiento expansivo se refiere. Sus teorías físicas seguían el
rastro de lo inconcebiblemente pequeño y de lo inconmensurablemente grande. Al
sondear la materia, encontró un océano invisible rebosante de moléculas, átomos
y electrones, que al propio tiempo estaba inmerso en el vacío. Volviendo la
vista hacia el mundo, observó esta misma pauta proyectada en el exterior:
centenares de miles de millones de galaxias separadas por desiertos de espacio
en expansión, un dilatado universo que corría en todas direcciones alejándose
de sí mismo. Y, cómo no, Einstein apreció la maravilla más sobresaliente entre
todas: que el intelecto humano pueda llegar a tales confines.
Como buen viajero, Einstein hallaba consuelo en los
grandes espacios que se abrían ante él. «Hemos de recordar que esta es una
estrella muy pequeña y, probablemente, algunas estrellas mayores y más
importantes sean muy virtuosas y felices», comentó una vez refiriéndose al
conflictivo entorno de la humanidad.
§. Ave de paso
La Tierra es aún más pequeña que la minúscula
estrella alrededor de la cual orbita, y, sin embargo, las dimensiones de
nuestro planeta bastan y sobran para dedicarle incontables vidas de
exploración. Einstein, que se consideraba un «ave de paso», sacó el máximo
partido de esta oportunidad. Desarrolló los hábitos itinerantes ya en su
juventud, haciendo excursiones en bicicleta con los amigos. Como científico
aspirante, las consideraba momentos para contemplar el mundo. Eran asimismo
ocasión de estrechar lazos con su compañera preferida, Mileva Marić.
Fantaseando sobre su futuro en común, le escribió: «Pase lo que pase, viviremos
la vida más maravillosa del mundo [...]: podemos comprarnos unas bicicletas y
hacer una excursión cada dos semanas».
La propensión a mantenerse en movimiento
caracterizó la vida profesional de Einstein. Ocupó puestos en siete
instituciones de investigación distintas, una trayectoria notable si
consideramos que tardó bastante en ocupar su primera plaza académica. Como no
era dado a hacer las cosas a medias, Einstein solía adoptar una nueva
nacionalidad cuando el cambio de trabajo suponía trasladarse de un país a otro.
A lo largo de su vida fue alemán, suizo, austriaco, de nuevo alemán y, por
último, norteamericano. Cuando abandonó por primera vez su tierra natal, fue
incluso apátrida durante algún tiempo.
Una estrella errante
Los éxitos de Einstein en el campo de la física
coincidieron con los inicios de la era de la celebridad global. A principios
del siglo XX hubo una gran expansión económica, los automóviles complementaron
las posibilidades de desplazarse ofrecidas por barcos, trenes y bicicletas, y
el desarrollo de la radio se sumó a las comunicaciones ya existentes, como
periódicos y telegramas. Gracias a esta pujante red de interconexión, las
noticias se propagaban cada vez a mayor velocidad y los acontecimientos e individuos
destacados encontraban un público global. Los descubrimientos teóricos de
Einstein daban la talla para saltar a la fama, así como su adorable apariencia
extravagante y sus frases ingeniosas. La gente estaba encantada: no era el
científico aburrido que esperaban.
El renombre de Einstein fue creciendo a la par que
se intensificaban sus andanzas. Sus viajes se hicieron programados y
lucrativos, y abarcaron numerosos países como Francia, Inglaterra, Japón,
Israel, Brasil, Cuba, Panamá, Palestina y Australia. Las multitudes se
congregaban en las calles para saludarlo, y sus conferencias cautivaban a salas
atestadas, incluso cuando hablaba en alemán. Se codeaba con los ricos, los
poderosos y los famosos. Le ofrecieron papeles en el cine... y la presidencia
de Israel. Y ambas cosas las rechazó.
Ahora bien, a lo largo de su vida fue adquiriendo
una conciencia cada vez más honda de su condición de judío. Tenía muy presente
que su vida errante era en parte involuntaria, en una época turbulenta que fue
testigo de la dispersión de los judíos europeos por el mundo. Einstein se valía
de su fama para recaudar fondos para causas justas, incluida la del pueblo
judío perseguido.
§. Un solo mundo
Allá donde fuera, Einstein se comunicaba sin
esfuerzo con las gentes del lugar y, de este modo, adquirió la convicción de
que pese a las diferencias culturales superficiales, las personas del mundo
entero pertenecían a una sola raza humana.
Vio que los seres humanos poseían en esencia la
misma forma física e iguales requerimientos biológicos, como alimentos y agua.
Vio asimismo que todos compartían las mismas características mentales y
emocionales: esperanzas, deseos, necesidades, placeres, tristezas y demás.
Estas observaciones ampliaron y reforzaron el sentimiento de empatía de
Einstein. Se sentía hermanado con la humanidad entera y se convirtió por
elección propia en un «ciudadano del mundo».
§. El gran objetivo
La actitud esclarecida de Einstein intensificó su
angustia ante las convulsiones y los derramamientos de sangre que presenció a
lo largo de su vida. En las dos conflagraciones mundiales, y también en el
periodo de entreguerras, las sociedades del mundo estaban unidas
fundamentalmente por su mutua enemistad. Einstein sacó la conclusión lógica de
que la naturaleza humana debe de contener la semilla de la que nacen el
fanatismo y la belicosidad.
Pese a ello, Einstein no era pesimista. No creía
que luchar fuera inevitable. Por el contrario, dejó constancia escrita de «su
devoción al gran objetivo de la liberación interna y externa del hombre de la
maldición de la guerra». Sabía que la naturaleza humana se manifiesta de
maneras distintas en función de las circunstancias y que la tarea de la
civilización es descubrir el mejor modo de promover una conducta moral y
reducir los actos dañinos. Asestando un golpe a los relativistas de la época,
que eludían las complejidades del mundo real, dedicó elogios al psicólogo
Sigmund Freud: «Su sentido de la realidad está menos empañado por el
voluntarismo».
§. La unidad del mundo
Einstein tenía el ferviente convencimiento de que
la cooperación internacional era el único medio de lograr la paz. Llevando su
aversión al nacionalismo hasta un extremo lógico, concibió un Gobierno mundial
que tuviera el monopolio del uso de la fuerza y, de tal suerte, la capacidad
para arbitrar en las pugnas internacionales o intervenir allá donde los
Gobiernos nacionales oprimieran a sus ciudadanos. En efecto, Einstein argumentó
que el mundo entero debía convertirse en una federación de Estados, unidos por
los principios universales de la democracia y la coexistencia pacífica.
«La única salvación posible para la civilización y
la raza humana radica en la creación de un Gobierno mundial».
EINSTEIN
Einstein buscaba la unidad en los asuntos del
mundo, igual que en la física. Cuando sus teorías científicas inspiraron el
desarrollo de las armas nucleares, su ardor por lograr la paz se redobló, tal
vez con un cierto sentimiento de culpa injustificado (puesto que fue una carta
suya la que alertó al Gobierno estadounidense sobre la posibilidad teórica de
una detonación nuclear; mas, a partir de ese momento, no se implicó
personalmente en el Proyecto Manhattan, el que fabricó la primera bomba
atómica). Más adelante presidió una organización que reclamaba el control de
las armas nucleares mediante un Gobierno mundial. A su modo de ver, los riesgos
eran tan elevados que era la única postura aceptable para un intelectual
responsable.
«La fuerza desatada del átomo lo ha cambiado todo
salvo nuestra forma de pensar».
EINSTEIN
§. Un no creyente profundamente religioso
Sobrecogido por la belleza en expansión del
universo y la exquisita racionalidad de sus leyes, Einstein llegó a la
conclusión de que la realidad en sí misma podía identificarse con Dios. Pero no
creía en lo que él llamaba un Dios «personal», un déspota fantasmal que estaba
interesado en los asuntos humanos, respondía a las plegarias, valoraba los
ritos, recibía a algunas personas en el cielo a la vez que castigaba a otras al
infierno, y tenía un plan para el universo. Einstein consideraba ingenua y creadora
de disensiones a esta clase de religión. Insistía en que «el camino a la
auténtica religiosidad no pasa por el miedo a la vida y a la muerte, ni por la
fe ciega, sino por esforzarse en buscar el conocimiento racional». Dicho de
otro modo, según Einstein, el único medio de conocer a Dios era profundizar en
el conocimiento del mundo.
Esta aseveración equivalía a una visión de la
unidad en su esencia más profunda: entre ciencia y religión, así como entre las
religiones (si el universo es Dios, entonces hay un solo Dios). Einstein tendía
así una mano reconciliadora y urgía a todas las religiones a hacer lo mismo. Si
un científico era capaz de apreciar el carácter divino del universo, quizá los
creyentes religiosos pudieran aceptar que la idea de Dios equivale a la del
universo impersonal descrito por la ciencia. Lamentablemente, la sutileza de
Einstein fue acogida con desdén por numerosas figuras religiosas destacadas. A
su entender, un «no creyente profundamente religioso», como el físico se
definía a sí mismo, era en definitiva un no creyente.
Al topar con posturas intransigentes, Einstein se
consolaba con el ingenio que lo caracterizaba: «Hay dos cosas infinitas: el
universo y la estupidez humana; y sobre el universo no estoy seguro».
§. Nuevos horizontes
Vivo en una ciudad de gigantes. Recorren las calles
y van de un lado a otro sin dedicar apenas el menor pensamiento a la
planificación urbana, mientras la gente pequeña se desplaza presurosa por las
profundidades o corre a su lado metida en jaulas metálicas. Los gigantes
sonríen y avanzan apaciblemente. Cuando se hastían de la muchedumbre, salen al
campo, solos o en grupo, para retozar por los caminos sosegados y a través de
las praderas. Los gigantes disfrutan de los espacios abiertos. Algunos cruzan continentes
para encontrarlos sobre montes velados por la bruma y en desiertos
inalterables, de los que hasta los gigantes se cansan. Pronto vuelven junto a
la humanidad para que los reconforte. Y lo consiguen... allá donde estén. Desde
una perspectiva amplia, la humanidad es solo una.
Con la invención de la bicicleta, el movimiento de
las piernas pudo llevar a las personas más lejos que nunca. Fue como si el
ciclismo transformara a quienes lo practicaban en gigantes, que incluso
superaban a quienes habían coadyuvado a la movilidad humana durante milenios,
los caballos. Cuando los primeros híbridos de ser humano y metal pasaban de
largo despreocupadamente, quienes los veían debían de quedarse pasmados y un
tanto asustados. Quizá el espectáculo fuera semejante a la experiencia actual de
ver a una persona caminando a una velocidad increíble por una banda
transportadora, pero la sensación onírica de perplejidad provocada al ver rodar
a tu lado a los primeros ciclistas debió de ser más duradera.
Aunque no indefinida. La asequibilidad de las
bicicletas permitió que se pusieran de moda enseguida y los gigantes no
tardaron en proliferar en todos los estratos sociales. En las ciudades, los
trabajadores abandonaron las atestadas edificaciones de vecindad y se
trasladaron a las afueras, ya que se había hecho posible desplazarse entre la
casa y el trabajo. En el medio rural aumentó el acervo genético porque los
pueblos lejanos se hicieron más accesibles. A medida que se ampliaban los
horizontes de las personas, ya no se planteaba la cuestión de cómo montar en
bicicleta, sino hasta dónde llegar y a qué velocidad.
§. Más lejos, más deprisa
Los ciclistas de larga distancia experimentan todas
las maravillas que aporta el ciclismo en un grado extremo. La mayoría de
nosotros apenas nos alejamos unos cuantos kilómetros de la civilización y solo
nos forzamos un poco, mientras que el ciclismo de resistencia consiste en
rebasar todos los límites: los del cuerpo, los de la bicicleta y los de la
fortaleza mental. La historia del ciclismo ha sido desde sus inicios la de una
espectacular trayectoria de expansión de lo posible. Reflexionar sobre sus asombrosos
episodios añade un ingrediente inspirador a cualquier vuelta en bicicleta.
Las velocidades alcanzadas y las distancias
cubiertas resultan aún más impresionantes cuando ambos logros se combinan. Y
esto se hacía especialmente evidente en los primeros tiempos de la bicicleta a
pedales. Recorrer despacio y con esfuerzo un camino largo y hacer a toda
velocidad un trayecto corto eran hechos rutinarios de la locomoción humana;
pero desplazarse velozmente a lugares lejanos sin ayuda de caballos pertenecía
al reino de la fantasía.
Los mejores entre los británicos
En los albores del ciclismo, Gran Bretaña fue un
semillero de estas proezas fantásticas. En julio de 1869, la prensa informó de
que R. J. Klamroth había viajado de Londres a Edimburgo en seis días, cubriendo
una distancia de 644 km. Estuvo un total de 65 horas sobre la bicicleta,
alcanzando una velocidad media de 12 km/h. Disfrutaba de un buen descanso todas
las noches, echaba una siesta por las tardes y bebía jerez mientras avanzaba.
Su periplo hizo las delicias de sus conciudadanos. Entre los héroes de aquel
año figura asimismo John Henry Palmer, que tardó solo tres días en recorrer 354
km en bicicleta, desde Newcastle-on-Tyne hasta Birmingham, donde residía; y
tres amigos —Charles Spencer, Rowley Turner y John Mayall— que fueron en
bicicleta desde Londres hasta Brighton en un día, cubriendo 88,50 km. El más
veloz fue Mayall, que tardó doce horas, y poco después de su llegada se echó a
la calle para divertirse en la ciudad.
En los meses y años siguientes, las hazañas de
resistencia se volvieron más habituales y sorprendentes. En 1869, un escocés en
un solo día pedaleó a lo largo de 133 km desde su casa, cercana a Glasgow,
hasta Oban. En 1871, tres socios del Amateur Bicycle Club de Inglaterra
cubrieron en una sola jornada 161 km, deteniéndose únicamente para dar una
vuelta triunfal entre las columnas de piedra de Stonehenge. Dos años más tarde,
cuatro entusiastas del mismo club necesitaron solo dos semanas para recorrer los
1.127 km que separan Londres de John O’Groats, la punta más septentrional del
este de Escocia. Y lo mejor aún estaba por llegar. En 1891, Keith-Falconer
logró alcanzar ese mismo destino iniciando el viaje desde Land’s End, el lugar
más meridional del oeste de Inglaterra, con lo que cubrió unos 1.600 km en solo
trece días. Un año después, J. W. F. Sutton completó un asombroso trayecto de
418 km por carretera en menos de veinticuatro horas.
El escenario estaba preparado para una de las
grandes figuras del movimiento de liberación de la mujer. En 1893, Tessie
Reynolds, que a la sazón contaba dieciséis años de edad, fue en bicicleta desde
Brighton, donde vivía, hasta Londres y luego regresó a casa, todo en un solo
día. Llevaba un atuendo atrevido: americana y pantalones cortados por debajo de
las rodillas. Su éxito fue testimonio de la igualdad de derechos y capacidades.
Cruzando continentes
En todo el mundo había ciclistas que causaban
sensación. En 1875, un francés recorrió 1.127 km hasta Viena en doce días. En
1890, un teniente ruso pedaleó de San Petersburgo a Londres en un mes, dejando
atrás 3.220 km de recorrido. Sin dejarse achicar, un teniente estadounidense
recorrió esa misma distancia en bicicleta con un grupo de veinte buffalo
soldiers (voluntarios negros del Ejército), en su caso desde Montana
hasta Saint Louis.
Aun después de que salieran al mercado las
motocicletas, las bicicletas a pedales continuaron saltando a los titulares. En
1899, Charles Murphy, apodado Una Milla por Minuto, se mantuvo a la
altura de un expreso a lo largo de cinco kilómetros de la línea ferroviaria de
Long Island. En el tercer kilómetro, alcanzó una velocidad de 96 km/h,
igualándose a las motocicletas más rápidas de aquel tiempo. En el otro extremo
de la escala estaban los mensajeros que devoraban kilómetros en bicicleta a
principios del siglo XX. En 1915, John Dixon, de Dallas, pedaleó 25.750 km en
seis meses, realizando sus entregas diarias. Le pagaban por distancia
recorrida.
§. Las carreras de seis días
Traspasar los límites de velocidad y distancia
enseguida se convirtió en un objetivo organizado en los primeros tiempos del
ciclismo. En la carretera fueron acumulándose impresionantes éxitos
competitivos, pero fue en las superficies más lisas de los circuitos circulares
para bicicletas —los «velódromos» al aire libre o cubiertos— donde se
consiguieron resultados auténticamente portentosos. En 1874, después de que la
prensa lo ridiculizara por afirmar que había ido en bicicleta de Bath a Londres
en solo ocho horas y media, David Stanton repitió la proeza ante el público en
una pista cubierta, haciendo 160 km en menos de ocho horas.
Y no se conformó con eso. Un año después, Stanton
deslumbró a las multitudes al completar 1.046 km de pista en siete días
sucesivos. Este triunfo alcanzó tanta popularidad que se crearon competiciones
con ese formato, suprimiendo el domingo. Estas pruebas de resistencia, que
llegaron a conocerse como «carreras de seis días», se organizaban en el mundo
entero. Las reglas eran sencillas: los competidores debían recorrer la mayor
distancia posible en seis días. En uno de estos eventos, celebrado en 1878, Stanton
logró superar los 1.600 km.
§. El atractivo de las pruebas de resistencia
El formato de la carrera de seis días aún goza de
popularidad en la actualidad, pero son otras dos pruebas de resistencia las que
han perdurado con mayor pujanza. En 1891, el francés Pierre Giffard organizó
una carrera ciclista de larga distancia para promocionar el periódico
parisiense que editaba, Le Petit Journal. El circuito se iniciaba
en París y llegaba hasta la ciudad costera de Brest, en el extremo de la
península bretona del noroeste de Francia, para luego girar sobre sí mismo y
regresar hasta la capital. Hubo doscientos siete participantes, de los que
noventa y nueve completaron el trayecto de 1.288 km. El ganador, Charles
Terrant, alcanzó la línea de meta en solo 71 horas y 22 minutos.
La complejidad logística de organizar la carrera
París-Brest era tal que pasaron diez años antes de que se llevara a cabo la
segunda edición. Se celebraron seis carreras con esta programación de una por
década, culminando con el evento de 1951, en el que venció Maurice Diot, en 38
horas y 55 minutos, que continúa siendo el tiempo récord (debido en parte a que
el trayecto se ha modificado posteriormente varias veces y se ha hecho mucho
más empinado).
En la actualidad, la carrera París-Brest-París
tiene lugar cada cuatro años. Ahora bien, el cambio más significativo ha sido
que el elemento competitivo del evento se ha restringido a un pequeño grupo de
ciclistas que inician la carrera independientemente del resto de los
participantes. Todos los demás ruedan con el mero objetivo de llegar a la meta,
algo que deben hacer dentro de los límites establecidos por la velocidad media
máxima y la mínima. Esta modalidad más relajada se denomina randonnée. Los
eventos de este tipo se organizan en el mundo entero, por lo general para
cubrir distancias de entre 80 y 1.600 km. Un randonneur participa
solo por la gloria (o para recaudar fondos de beneficencia), sin necesidad de
competir.
§. La carrera más famosa
Existe, no obstante, un acontecimiento ciclista de
gran tradición que continúa siendo una carrera en el sentido estricto del
término. Tal vez no sea el más antiguo, pero sí es el más famoso. En 1901, el
diario Le Vélo copatrocinó la carrera París-Brest-París,
iniciativa que tuvo una excelente repercusión en las ventas. Un periódico
rival, L’Auto-Vélo, vio una oportunidad abierta y, al impulso del
visionario editor y ciclista Georges Lefevre, decidió lanzar su propia carrera
ciclista en 1903. El trayecto cubría 2.414 km en dieciocho días, comenzando en
París y pasando por Lyon, Marsella, Toulouse, Burdeos y Nantes, para luego
regresar a la capital. Sesenta ciclistas se agruparon en la línea de salida;
veinte llegaron al final. El evento quizá tuviera dificultades para atraer a
participantes, pero fue un tremendo éxito de público. Las multitudes
flanqueaban la ruta y los parisienses salieron en masa a ver cruzar la línea de
meta al ganador, Maurice Garin, en un tiempo de 95,5 horas. El Tour de Francia
se había consolidado.
El Tour anual de nuestros tiempos dura veintiún
días, repartidos en una serie de etapas, y cubre unos 3.500 km. El itinerario
ha ido variando mucho a lo largo de los años, oscilando entre 2.430 y 5.747 km,
y ha cruzado numerosas regiones e incluso países. Las etapas de montaña han
intensificado la dureza del esfuerzo y el sobrecogimiento que produce. El
famoso maillot amarillo que viste el líder de la carrera es
otro elemento dramático.
«No hay nada comparable... Es la única carrera del
mundo en la que tienes que cortarte el pelo a mitad de camino».
CHRIS BOARDMAN (1968); MEDALLISTA DE ORO OLÍMPICO BRITÁNICO
Un reto extenuante
Los corredores del Tour suelen quemar entre 6.000 y
10.000 calorías al día, avanzando a una velocidad media de 38,5 km/h a lo largo
de un trayecto diario de 200 km (con solo dos días de descanso) y escalan
altitudes equivalentes a tres veces el monte Everest. Este reto, sin duda uno
de los más duros de cualquier tipo de deporte, ha hecho surgir numerosas
figuras legendarias, como Jacques Anquetil (entre 1957 y 1964), Eddy Mercks
(entre 1969 y 1975), Bernard Hinault (entre 1978 y 1985) y Miguel Induráin (entre
1991 y 1995), cada uno de los cuales ganó el título cinco veces. Pero nadie ha
llegado a la altura de Lance Armstrong, el norteamericano que se hizo con el
título siete veces seguidas (de 1999 a 2005). Lo más asombroso es que en los
tres años anteriores se había recuperado de un cáncer de testículos con
metástasis en el cerebro y los pulmones.
El Tour de Francia es uno de los tres «grandes» de
Europa, junto al Giro d’Italia, creado en 1909, y la Vuelta a España,
establecida en 1935. Pero al otro lado del charco, un reto aún mayor ha ido
adquiriendo popularidad en las últimas décadas, lo que da testimonio del
persistente atractivo de traspasar los límites en el ciclismo de larga
distancia. La primera edición de la Race Across America (Carrera de Costa a
Costa de Norteamérica) tuvo lugar en 1982 con un trayecto agotador de 4.800 km,
desde Santa Mónica hasta el Empire State Building. Su creador, John Marino,
compitió en ella con otros tres corredores; todos le ganaron. El vencedor fue
Lon Haldeman, que llegó a la meta en menos de diez días.
Desde entonces, esta carrera de costa a costa se ha
celebrado todos los años, con un itinerario variable pero manteniendo
aproximadamente la distancia original, algunos centenares de kilómetros arriba
o abajo, y siempre en dirección oeste-este. En la actualidad siempre se apuntan
varios cientos de competidores, que cubren entre 400 y 550 kilómetros al día,
sin abandonar la bicicleta ni siquiera cuando tienen una necesidad fisiológica
y durmiendo no más de dos o tres horas por noche. Este es probablemente el
único acontecimiento deportivo del mundo en el que las alucinaciones son un
riesgo documentado. Y, sin duda alguna, el único donde algún participante se ha
quejado de que lo han atacado árboles monstruosos, lo han perseguido aullantes
hombres barbudos o lo han amenazado unos buzones.
§. El camino más largo
El logro definitivo del ciclismo de larga distancia
es dar la vuelta al mundo. Llegados a este punto, es probable que el lector
sospeche que la humanidad no se ha amilanado ante este desafío, y no se
equivoca. Prácticamente desde que existe el ciclismo ha habido personas que han
emprendido este empeño. El primero de estos viajes épicos lo completó el inglés
Thomas Stevens. Arrancó de San Francisco en abril de 1884 y, avanzando hacia el
este, cruzó Estados Unidos, Europa y Asia hasta llegar al punto de partida casi
tres años, varias travesías marítimas y casi 22.000 km pedaleados después.
La historia del ciclismo está salpicada de
numerosos éxitos de este estilo, aunque la mayoría de ellos son anteriores a
2005, año en que se adoptó una nueva definición formal del viaje en bicicleta
alrededor del mundo. Para cumplir los criterios oficiales, el ciclista debe
pasar por dos puntos opuestos de la superficie terráquea y completar un viaje
de un mínimo de 40.073 km (para igualar la longitud del ecuador), de los que al
menos 29.000 deben recorrerse en bicicleta.
Batidores de récords
Tal vez convencidos de competir por la existencia
de un marco normativo tan claro, una serie de aventureros han pulverizado el
récord del mundo en la última década. Steve Strange realizó el viaje en 276
días. A continuación, Mark Beaumont lo hizo en 194 días. James Bowthorpe rebajó
la marca a 175. Julian Sayarer la dejó en 169. Y Vicent Cox, en 163. Después se
produjo un salto cuántico: Alan Bate completó el trayecto en 106 días. Fue el
primero que iba acompañado de un equipo de apoyo, lo que explica en parte su
prodigioso rendimiento. Pero, aun así, tuvo que pedalear. Su enrevesado
itinerario comenzó en Bangkok, siguió por Australia y Nueva Zelanda, giró en
dirección norte hacia San Francisco, continuó por Halifax, en Canadá, dio un
rodeo por Sudamérica, ascendió hacia Brasil, cruzó el Atlántico hasta Europa
Occidental, se dirigió al Reino Unido, atravesó Francia, viró hacia Italia,
pasó por Grecia, continuó por Oriente Medio y el este de Asia y terminó de
vuelta en Bangkok.
Sin duda, el récord seguirá cayendo en picado.
Apuesto lo que sea a que algún día alguien dará la vuelta al mundo en bicicleta
en ochenta días.
Conciencia plena del cuerpo
El cicloturismo no resulta tan sacrificado como las
carreras. Es menos probable que sufras penalidades al practicarlo; y, además,
si llegan a presentarse, tienes la oportunidad de relajarte y afrontarlas con
una actitud más consciente. La práctica de la meditación de la «conciencia
plena del cuerpo» te ayudará a aceptar con naturalidad las molestias y los
dolores que surgen al recorrer largas distancias.
Tómate un descanso y céntrate en la respiración. Pero esta vez deja que tu
atención se desplace por todo el cuerpo. Trata de «mover» suavemente la
conciencia corporal hacia abajo, pasando despacio por el cuello, los hombros,
el pecho, el abdomen, los costados, la pelvis, los muslos, las rodillas, las
pantorrillas, los pies y los dedos de los pies. A continuación, puedes realizar
el recorrido al revés.
Mientras tu atención va pasando de un lado a otro, observa las sensaciones
corporales que experimentas. Habrá algunas agradables, otras neutras y otras de
cansancio, dolor sordo o dolor agudo; intenta no juzgarlas como buenas o malas.
Limítate a sentir curiosidad por ellas. Imagina que estás contemplando un
diseño nuevo o un color poco común, como si nunca hubieras experimentado una
sensación así y te tuviera intrigado.
Si aparecen pensamientos sobre lo que estás notando, déjalos pasar de largo
como las nubes. Solo debes estar presente en tu cuerpo. Al sentirte más cómodo
con él, quizá el cuerpo también se relaje.
§. Más alegrías que penas
El ciclismo de larga distancia comporta muchas
penalidades posibles. Tenemos para empezar la incomodidad física: ingles
cubiertas de ampollas, lesiones de espalda, cuello dolorido, muñecas
lastimadas, manos entumecidas, problemas de rodillas, dolor de oídos, ojos
llenos de polvo, retortijones, náuseas, enfermedades infecciosas, pie de
atleta, quemaduras solares, deshidratación, mal de altura, hemorragias nasales
y el alarido del ácido láctico en los músculos. Está, por otra parte, el
impacto psicológico: somnolencia, mareo, sensación de soledad (o lo contrario,
irritación provocada por tener siempre al lado a otros ciclistas), nostalgia
del hogar y desorientación derivada de dormir en un lugar diferente cada noche.
Y no hay que olvidar los riesgos: funcionamiento defectuoso de la bicicleta,
superficies inadecuadas (cubiertas de grava, desiguales, fundidas, deslizantes
o llenas de baches), climas extremos (calor, frío, nieve, lluvia, viento,
tormentas y niebla), animales descarriados en el camino (perros, ovejas, vacas,
caballos y hasta bandadas de ranas), animales salvajes peligrosos (serpientes,
osos, insectos y arañas) y terrenos impredecibles (muchas regiones remotas del
mundo siguen sin cartografiar o son demasiado cambiantes como para permitir que
se levanten mapas).
Y lo peor de todo es el temible bajón o «pájara», a
veces llamado «choque contra la pared»; ese momento en que tu cuerpo está tan
exhausto que no te queda energía para seguir adelante.
Lo creas o no, la gente practica este tipo de
ciclismo por mera diversión. Un trayecto de larga distancia realizado por
razones meramente recreativas se denomina tour (aunque este
nombre se preste a confusión, puesto que algunas carreras también lo llevan).
En esta modalidad de ciclismo puedes trazar tu propio itinerario; no es una
carrera, ni una competición y el reloj sobra. ¿Es que los cicloturistas que
pedalean cientos y miles de kilómetros sin un motivo específico están locos? En
absoluto. Las penalidades del ciclismo de larga distancia son mucho más
livianas cuando adoptas un ritmo tranquilo y te relajas en lugar de pretender
batir récords, dar alcance a otros ciclistas o cumplir los requisitos de las
rutas épicas. Y lo que es más importante: los beneficios del ciclismo de larga
distancia se acumulan con una facilidad y perdurabilidad notablemente mayores
cuando se practica como una mera diversión.
§. Un trayecto con vistas
El cicloturismo de larga distancia comporta el
esfuerzo de pedalear, pero no es ese el único de sus aspectos que te dejan sin
aliento. Uno de los mayores placeres de ver el mundo desde una bicicleta es
encontrarse con las prodigiosas bellezas de la naturaleza: praderas llenas de
trinos, recónditas bahías, cascadas atronadoras, valles serenos, picos
cubiertos de nieve, torrentes rocosos, ríos mansos, plácidas llanuras, cielos
inmensos, bosques fragantes, acantilados escabrosos y extensas alfombras de flores.
El cicloturismo no solo te ofrece estas
experiencias, también las intensifica. En cierta medida, esto se debe a que la
bicicleta te pone en contacto directo con el entorno y te hace estar más atento
y, de este modo, todos los detalles de una escena van adquiriendo una gran
nitidez a cámara lenta. Otro factor importante es que el cicloturismo te lleva
a apreciar mejor las verdaderas dimensiones de las cosas. Te pones en marcha
con una carga lo más ligera posible, tanto para que no frene tu avance como porque
no dispones de mucho espacio de almacenaje. Llevas contigo solo lo esencial
—mudas de ropa, un kit de herramientas, una tienda de campaña, comida y agua— y
renuncias a muchos de los lujos de la vida actual. Actuar así te recuerda qué
lugar ocupas en el orden de las cosas una vez que has traspasado los rosados
muros de tu casa. Contemplas la verdadera inmensidad de la naturaleza y su
inexorable grandeza.
Cuando despiertan de la anestesia de la vida
diaria, bastantes cicloturistas experimentan la sensación de que el mundo es
más profundo de lo que creían; que las honduras y complejidades ocultas
abundan. Es como si descubrieran un cuadro valiosísimo bajo una superficie
mugrienta, o sacaran brillo a una piedrecita que resultase ser un diamante, o
abrieran una caja vieja y polvorienta que empezase a emitir una música
maravillosa. No hace falta profesar ninguna religión para experimentar el
deslumbramiento ante una realidad que resuena, centellea y canta
exquisitamente. Más bien, esta experiencia traslada la esencia de la religión
al aquí y ahora. En lugar de ascender al cielo para encontrar las glorias
ocultas del mundo, es posible descubrirlas montando en bicicleta.
El ciclismo y el desarrollo
La bicicleta ha dejado de ser en Occidente un medio
importante de desarrollo económico. Aviones, trenes y automóviles cubren
nuestras necesidades de transporte a larga distancia y solemos usar los
vehículos de dos ruedas solo para trayectos cortos o con fines recreativos.
Pero en el mundo en desarrollo el panorama es muy distinto. Las bicicletas
continúan siendo una forma de transporte fundamental tanto a larga como a corta
distancia, para mercancías y personas por igual. En muchas regiones, hasta las
ambulancias se mueven a pedales, lo que ilustra cómo la movilidad que nos
brinda el ciclismo puede ser cuestión de vida o muerte.
En numerosas comunidades en desarrollo el pedaleo es una fuente de energía con
múltiples aplicaciones: descascarillar maíz, afilar cuchillos, cargar baterías,
filtrar el agua, bombear agua (o el contenido de una letrina), cruzar ríos o
lavar ropa. La próxima vez que te pongas en marcha sobre tu querida bicicleta,
recuerda todo esto. El pedaleo sería mucho más vital para ti si vivieras en un
país en desarrollo.
§. La humanidad
No solo los escenarios naturales se revelan más
hermosos desde una bicicleta. Gracias a una conciencia sensorial agudizada y a
la exposición al medio físico, los paisajes y estructuras realizados por el
hombre también resaltan en todo su esplendor: puentes impresionantes, faros
erosionados por la intemperie, rutilantes paisajes urbanos, castillos
señoriales, templos majestuosos, bonitas aldeas, monumentos grandiosos y
carreteras que se extienden hasta el horizonte. Todo esto nos deslumbra al
apreciarlo como lo que es: un deleite para los sentidos hecho de diseño,
técnica y trabajo.
Al practicar el cicloturismo, la relación con las
personas que vas encontrándote por el camino también se enriquece. Desprovisto
de pantallas protectoras, recalas en comunidades remotas con los sentidos y la
sensibilidad bien despiertos, tal como experimentas tu propia comunidad desde
una bicicleta. Y al estar libre de las responsabilidades cotidianas, sintonizas
más fácilmente con quienes te rodean.
Es probable que cuando llegues pedaleando a una
aldea, pueblo o ciudad, seas muy consciente de la dependencia que te liga a sus
habitantes. Tras varias horas, días, semanas o meses sobre el sillín, quizá
necesites alimentos o agua. Te puede hacer falta asimismo un lugar para
resguardarte del mal tiempo, un sitio para dormir u orientación para proseguir
tu camino, y para todo ello dependerás del conocimiento de los lugareños. Tal
vez requieras reparar la bicicleta, para lo que quizá sea preciso adquirir herramientas
o piezas, o bien negociar con un artesano del lugar que se ocupará de hacerlo.
O puede que solo desees compañía; alguien con quien charlar, una multitud con
la que fundirte o una pista de baile en la que bambolearte.
Con la sonrisa por delante...
Muchas de estas necesidades influyen sutilmente en
la actitud que adoptas hacia tus anfitriones. No te contentas con contemplar
los aspectos pintorescos de su cultura, sino que deseas entablar una relación
más profunda. Vas con la sonrisa por delante, ese gesto innato que desarma a
todos los seres humanos. Después intentas descubrir las similitudes que os unen
para comprender con quiénes estás tratando: cuáles son sus motivaciones y qué
recursos potenciales te pueden ofrecer. Procuras leerles el pensamiento por la
cuenta que te trae.
De esta forma, siempre que topas con personas
desconocidas, incluidos otros viajeros, descubres un terreno común que hace
posible la mutua comprensión más allá de las diferencias superficiales que haya
entre vosotros. Son sensaciones lisas y llanas, pero tan profundas como
cualquier encuentro con las maravillas de la naturaleza o de la técnica. Cuando
practicas el cicloturismo, haces automáticamente el esfuerzo de escudriñar bajo
la convulsa superficie de la cultura y allí encuentras la condición humana.
§. Un mundo unido
La historia de la humanidad es ante todo una
crónica de los movimientos de integración. Igual que las gotas de lluvia se
juntan y forman charcos que a su vez se funden en lagunas, los grupos pequeños
de personas han ido fusionándose en sociedades mayores de las que, con el
tiempo, han surgido otras más grandes. Desde que, en un principio, clanes
heterogéneos de cazadores recolectores vagaban por las llanuras y se
encontraban de cuando en cuando con grupos vecinos, la especie humana se ha ido
metamorfoseando paso a paso en una comunidad global.
Cuatro factores interrelacionados han hecho posible
esta integración creciente. La mejora de las comunicaciones —desde el alfabeto
hasta internet— ha generado un mayor entendimiento mutuo. Los avances en la
locomoción —desde el caballo al aeroplano— han permitido que la gente se
desplace más lejos y a mayor velocidad. La expansión del comercio por los
continentes ha traído beneficios para todos, apoyada por la invención del
dinero, que ha permitido que se realicen intercambios de gran complejidad. El
desarrollo de la gobernanza ha proporcionado la infraestructura legal y física
—leyes y vías de comunicación— para encauzar el progreso humano.
El mundo actual dista mucho de ser perfecto y está
plagado de injusticias dentro de cada estado y en las relaciones
internacionales pero, en conjunto, la integración trae consigo un aumento de la
riqueza, una mejora de la sanidad, la prolongación de la vida, la disminución
de la mortalidad infantil, más democracia, menos prejuicios y un grado de
violencia notablemente menor, guerras incluidas.
Estos beneficios se han consolidado de manera
espectacular en la segunda mitad del siglo XX y en los primeros años del XXI,
una época de integración global acelerada. Queda así demostrado que las
intuiciones de Einstein eran acertadas. No hemos llegado a tener un gobierno
mundial, pero la globalización de las comunicaciones, los viajes y el comercio
ha coincidido con la creación de numerosas organizaciones y acuerdos
internacionales, como las Naciones Unidas y el Tratado contra la Proliferación
de Armas Nucleares. El resultado ha sido un período relativamente libre de
conflictos armados que ha dado en llamarse «la larga paz» y que no tiene
precedentes en la historia humana.
No obstante, estos avances no se han realizado sin
ningún quebranto. La globalización ha impuesto un ritmo de vida que para muchos
en intolerablemente rápido y ha trastocado veneradas tradiciones y estructuras
sociales. Hoy día, con la expansión del comercio, todo parece tener un precio.
La burocracia es tan engorrosa como fatua. Los medios de comunicación se
inmiscuyen en nuestras vidas y no nos dejan estar tranquilos. Todo el mundo
parece hallarse en continuo movimiento.
Es fácil perder de vista el panorama general y
olvidar que tenemos la buena fortuna de vivir en estos tiempos de paz,
prosperidad y oportunidades brindadas por la era de la globalización. Ni
siquiera viajar a lugares lejanos suele ampliar nuestros horizontes. Los vuelos
a larga distancia nos embotan los sentidos. En los sitios visitados, los
encuentros quedan desvirtuados por la comodidad de los hoteles, las tarjetas de
crédito y unos anfitriones falsamente complacientes. No llegamos a apreciar la
enorme importancia de comunicarnos a fondo con otras culturas y por ello,
cuando nos topamos con los inconvenientes de la globalización, tendemos a
desdeñar sus beneficios.
Viajar con atención plena
Al practicar el cicloturismo viajamos con atención
plena y nuestros horizontes se expanden de verdad, como en los antiguos tiempos
del ciclismo. Propulsados por nuestro duro esfuerzo, apreciamos a fondo la
maravilla que es viajar a larga distancia. Experimentamos la enormidad de la
Tierra y nos formamos una idea más precisa de la miríada de oportunidades que
nos ofrece. Al distanciarnos de las comodidades de la vida diaria, llegamos a
comprender los increíbles logros de la civilización. La comunicación más profunda
y auténtica que entablamos con las culturas remotas nos lleva a percibir de un
modo directo el valor de la cooperación global. Y, como todas las revelaciones
inspiradas por el ciclismo, estos efectos perduran mucho después de que
desmontemos. Acabamos por sentirnos más cómodos en un mundo integrado.
§. Mi primer viaje largo en bicicleta
Hubo un tiempo en que pedalear más de unos cuantos
kilómetros al día me parecía inconcebible. Solo conocía a gente para la que dar
la vuelta a la manzana en bicicleta era un tipo de deporte extremo. Pensar en
practicar el ciclismo a larga distancia se les antojaba una locura.
Después, en la universidad, conocí a un matemático
que había reflexionado sobre el asunto con la lógica propia de su profesión.
Caminar diez kilómetros al día es fácil y, por lo tanto, recorrer ochenta en
bicicleta también lo es. Así me lo explicó cuando pasaba de largo por Cambridge
(donde ahora vivo), camino de Edimburgo. Había iniciado su viaje en bicicleta
en Portsmouth, en la costa meridional de Inglaterra, y planeaba terminarlo en
menos de una semana. Al verlo llegar a mi casa, apenas daba crédito a que se
hubiera plantado allí en un solo día. Aunque quedé más convencido cuando
prácticamente vació mi despensa. Cuatro días después, me comunicó mediante un
mensaje de texto que ya estaba en Escocia.
Inspirado por este heroísmo desenfadado, decidí que
la próxima vez que fuera a Londres volvería a Cambridge en bicicleta, haciendo
algo más de cincuenta kilómetros. El día señalado amaneció soleado y agradable
y cubrí la mitad del camino sin apenas darme cuenta, circulando entre cultivos
de repollos y pintorescas granjas. Me detuve a almorzar unos sándwiches de
queso bajo un arbolillo, al borde de la carretera. En la vida me había sentido
tan satisfecho. No era una emoción compleja, solo orgullo de haber llegado tan
lejos por mi propio esfuerzo. En aquella campiña preciosa, donde el modo de
vida era tan diferente, tenía la impresión de haber recorrido millones de
kilómetros.
Hice una última parada a quince kilómetros de
Cambridge, en una gasolinera. Pregunté a la empleada si podía rellenar mi
cantimplora. Y en lugar de tratar de venderme una botella, ella misma se ocupó
de hacerlo. Creo que estaba impresionada con mi viaje. Llegué a Cambridge en
tres horas y media.
Respirar el aire de otra ciudad fue más estimulante
porque llevaba conmigo una secuencia continua de vivos recuerdos en la que se
engarzaban todas las etapas del viaje. De pronto comprendí por primera vez lo
que es la distancia. No es el tiempo que transcurre en espera de llegar a algún
sitio. Es espacio, inmenso y desbordante de experiencias. Le envié este SMS a
mi amigo: «El águila ha aterrizado». Me moría de ganas de emprender de
nuevo el vuelo.
Conclusión
Una vida equilibrada
El ciclismo es una meditación en acción que
promueve una filosofía holística como la de Einstein. Sobre la bicicleta
cultivamos la actitud práctica, la individualista, la localista y la
globalizadora, y todas ellas se refuerzan mutuamente. Al final del trayecto,
tenemos la oportunidad de reflexionar sobre los lugares recorridos y sacar
provecho de las nuevas experiencias. Nuestra visión se enriquece, aportándonos
una calma y felicidad renovadas. Al dominar el arte de montar en bicicleta con
atención plena, alcanzamos el equilibrio en el complejo mundo actual.
§. El final del viaje
El 12 de abril de 1955, Einstein acudió a trabajar
a su despacho de Princeton. Le dolía la ingle y se le notaba en la cara. Su
ayudante le preguntó si todo iba bien. «Sí, todo va bien —respondió Einstein
con una sonrisa—, menos yo». Al día siguiente se vino abajo. Un aneurisma de la
aorta abdominal, diagnosticado años antes, había empezado a rasgarse. El grupo
de médicos que se reunió en su casa le recomendó que se operase, advirtiéndole
de las escasas probabilidades de éxito. Einstein rechazó esa sugerencia: «Yo ya
he cumplido. Es el momento de irse». A la mañana siguiente despertó agonizando
y lo llevaron apresuradamente al hospital, donde tuvo una mejoría de varios
días, que dedicó a garrapatear páginas y páginas de ecuaciones y a trabajar en
el discurso que pronunciaría en un compromiso inminente al que no llegó a
acudir: «Hoy me presento ante ustedes no como un ciudadano norteamericano ni
como un judío, sino como un ser humano». A la una de la mañana del 18 de abril,
una enfermera le oyó gritando algo en alemán y corrió a su lado. Albert
Einstein había fallecido. Al día siguiente lo incineraron en una modesta
ceremonia a la que, cumpliendo sus deseos, asistieron solo doce personas.
Einstein murió como había vivido: como una persona voluntariosa, un apasionado
científico, un internacionalista comprometido y un espíritu humilde.
Al dar un repaso a tu vida, ¿como qué clase de
persona desearías verte? ¿Como alguien que ha vivido con la misma plenitud que
Einstein? Él fue una persona que valoraba la ciencia, la tecnología y la
realidad; que defendía la creatividad, la determinación y la audacia; que tenía
en alta estima la humildad, la modestia y la calidez; y que contemplaba a la
humanidad con amplitud de miras.
«Se mantuvo cuerdo en un mundo loco».
BERTRAND RUSSELL (1872-1970); FILÓSOFO. REFIRIÉNDOSE A ALBERT EINSTEIN
El rasgo más inspirador de Einstein es que
manifestaba cada una de estas actitudes en grado extremo: era notablemente
práctico; rezumaba individualidad en todo lo que hacía; desplegaba una
cordialidad excepcional en el trato con su entorno local; y defendió sin
descanso el internacionalismo. Cabría pensar que al abarcar tantos frentes, no
puede dominarse ninguno; que no es posible combinar las actitudes práctica,
individualista, localista y globalizadora sin que todas ellas se resientan. Sin
embargo, la vida de Einstein demuestra lo contrario: estas cuatro cualidades se
refuerzan mutuamente al unirse.
La mayoría de nosotros demostramos un talante muy
distinto. Cultivamos una sola de estas actitudes y excluimos las demás, o
incluso las denigramos. Actuamos como si tuviéramos el cerebro desequilibrado,
con un sesgo hacia la zona izquierda, derecha, posterior o anterior, que es
donde se ubican respectivamente las actitudes práctica, individualista,
localista y globalizadora. (Lo mismo puede decirse de la sociedad, que nos
encasilla en grupos mutuamente exclusivos según las actitudes que adoptemos). Y
hay quien incluso se hace filósofo y se hunde en una preocupación constante y
estéril sobre los conflictos y contrastes de la existencia.
La vida moderna genera muchas tensiones y el estrés
nos lleva a encastillarnos en nuestros hábitos. Atrapados en los pensamientos,
las sensaciones y emociones, persistimos obsesivamente en adoptar siempre la
misma actitud, como si lleváramos anteojeras. La moraleja de la vida de
Einstein es que nos iría mejor si abrazásemos un enfoque más equilibrado. Por
muy ocupados que estemos, nos sentiremos más plenos si, en lugar de una sola
actitud, hacemos nuestras todas las que se han descrito en este libro y permitimos
que se refuercen mutuamente.
La moraleja de la vida de Einstein es que nos iría
mejor si abrazásemos un enfoque más equilibrado. Por muy ocupados que estemos,
nos sentiremos más plenos si, en lugar de una sola actitud, hacemos nuestras
todas las que se han descrito en este libro y permitimos que se refuercen
mutuamente.
§. Una combinación maravillosa
Basta reflexionar un poco para ver que la sinergia
es evidente. Conocer la realidad fomenta la creatividad y, a la vez, la
imaginación nos ayuda a desarrollar la conciencia práctica. Una sociedad global
integrada enriquece la vida local, mientras que la existencia de comunidades
prósperas es beneficiosa para la economía en su conjunto. El talante creativo
expande nuestra visión del mundo, en tanto que viajar y comprender el mundo es
un acicate para la imaginación. La mentalidad práctica es una herramienta útil
para colaborar con la comunidad local y, al propio tiempo, interactuar con los
vecinos nos ayuda a compartir habilidades prácticas. La integración global
promueve el desarrollo tecnológico, mientras que los avances científicos
facilitan la globalización. Expresarnos con creatividad en lugar de tratar de
quedar por encima de los demás nos ayuda a relacionarnos con los vecinos en un
plano de igualdad, en tanto que las comunidades amigables nos incitan a
expresar la individualidad.
Y para desarrollar estas formas positivas de vida,
nada mejor que practicar la meditación de la atención plena, que nos permite no
enredarnos en pensamientos, sensaciones y emociones, y dejar que nuestra visión
del mundo recobre su equilibrio natural. Sin embargo, múltiples ocupaciones nos
impiden a menudo encontrar un momento para meditar, e incluso cuando sacamos
tiempo, las tensiones malogran los beneficios a largo plazo. Una y otra vez,
volvemos a caer en nuestros hábitos desequilibrados.
§. Una meditación en acción
El ciclismo es una meditación en acción: nos
permite lograr la plenitud de la conciencia en medio del torrente de la vida,
sin necesidad de retirarnos a un lugar apartado y sin que los beneficios sean
menores ni menos perdurables. Mientras pedaleamos y después de haber
desmontado, las cuatro actitudes que hemos expuesto aquí nos salen al paso
naturalmente. Aprender cómo funciona la bicicleta, prepararnos para cada
trayecto y afrontar la realidad sin pantallas protectoras nos ayuda a
comprender mejor los aspectos prácticos de la vida. El ciclismo promueve
asimismo la libertad, la creatividad y la determinación, tres ingredientes
importantes para expresar la propia individualidad. Nuestra sensibilidad hacia
el entorno local se agudiza al recorrer en bicicleta el barrio, una forma de
conocerlo mejor y de hacernos más sociables. Y el ciclismo a larga distancia
nos dota de una visión globalizadora al permitirnos experimentar directamente
la realidad de la distancia, la unidad de la humanidad y el valor de la integración
entre todos los seres humanos.
Gracias al ciclismo, conservamos el equilibrio, sin
desviarnos a izquierda o derecha, adelante o atrás. Pero ante todo somos
felices disfrutando de los beneficios de una filosofía plena. Sobre la
bicicleta experimentamos la mágica alegría de la curiosidad; el regocijo de la
mente en estado de flujo; la calidez de pertenecer a una comunidad y colaborar
con ella; y el sobrecogimiento inspirado por la vastedad de la naturaleza o por
los aspectos esenciales de la condición humana. Sobre la bicicleta descubrimos
lo que Einstein sabía desde el principio: que todo lo que nos depara la vida
está bien.
El ciclismo es una meditación en acción: nos
permite lograr la plenitud de la conciencia en medio del torrente de la vida,
sin necesidad de retirarnos a un lugar apartado y sin que los beneficios sean
menores ni menos perdurables.

