Libro N° 9775. Einstein Para Perplejos. Gomberoff, José Edelstein Y Andrés.
© Libro N° 9775. Einstein Para Perplejos. Gomberoff, José Edelstein Y Andrés. Emancipación. Abril 2
de 2022.
Título original: © Einstein Para Perplejos. José Edelstein Y
Andrés Gomberoff
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Original: © Einstein Para Perplejos. José Edelstein Y Andrés Gomberoff
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
José Edelstein Y Andrés
Gomberoff
Einstein Para Perplejos
José Edelstein Y Andrés Gomberoff
CONTENIDO
Prefacio
I. Einstein para perplejos
II. Esa belleza intangible
III. Fuegos empíreos sobre Hyde Park
IV. Luz y tiempo
V. El átomo de luz
VI. La masa transfigurada
VII. Áureo fulgor relativista
VIII. El hombre que era jueves
IX. La solución del teniente
X. Asperezas y sinuosidades cosmológicas
XI. El gran ludópata
XII. Nubes sobre Kokura
XIII. Los Einstein de Auschwitz
XIV. Oscuridad fundamental
XV. Ocaso de una mente brillante
XVI. Oxímoron cósmico
XVII. La sonrisa universal
XVIII. La metamorfosis de la luz
XIX. El espejo en la Luna
XX. La lencería del cosmos
XXI. El jarrón agrietado de Tesla
XXII. El parto más violento del universo
XXIII. El universo mudo
Agradecimientos
Prefacio
¿Es necesario otro libro sobre Albert Einstein?
¿Acaso no se ha escrito ya suficiente, incluso demasiado, sobre este legendario
científico al que se llegó a caracterizar como el mayor personaje del siglo XX?
Probablemente, como les sucede a los niños con las
repetidas lecturas de cuentos infantiles, nunca nos cansemos de leer y escuchar
sobre él. Esto debido a que cuando hablamos de Einstein estamos haciendo mucho
más que referirnos a aquel particular personaje que nació en Ulm en 1879 y que
a lo largo de sus setenta y seis años de vida revolucionó la física en cada una
de sus áreas, además de inaugurar otras tantas. Escribir sobre él es una forma
de obligarnos a repasar sus trabajos científicos, sus ensayos, su
correspondencia, a separar las anécdotas apócrifas de las que no lo son y, en
definitiva, a interpelar al personaje desde la perspectiva de otros ilustres
testigos de su tiempo. Cada vez que nos acercamos a Einstein nos exponemos a
una de las síntesis más monumentales de todo aquello que nos distingue como
especie en el cosmos. Un destilado en el que conviven extremos casi
inverosímiles de la experiencia humana. Su sencilla infancia en el seno de una
familia de clase media europea contrasta con sus años de fama, cuando se
convirtió en una figura pública, cortejada por lo más granado de la escena
política, artística y del espectáculo en los Estados Unidos. Su juventud en
Alemania y Suiza, en tiempos en los que allí florecía una de las sociedades más
extraordinarias de la historia en términos culturales, rebosante de ciencia,
arte, filosofía y tolerancia, pero que ante sus propios ojos y en muy poco
tiempo se transmutó en el escenario del horror más inconcebible del que
tengamos memoria.
Las ideas de Einstein también oscilaron entre
extremos de la realidad natural. Desde la existencia de átomos y moléculas,
hasta el origen y el devenir del universo en su totalidad, Einstein forjó una
buena parte de las ideas más radicales de la física del siglo XX: la misteriosa
relatividad del tiempo, la enigmática dualidad onda-partícula que exhiben la
luz y el resto de las partículas elementales, la curvatura del espacio-tiempo,
la equivalencia entra la masa y la energía, y un larguísimo etcétera. Pero no
todas sus ideas gozaron de éxito. Einstein también tuvo sonoras derrotas.
Particularmente durante sus últimos veinte años, en los que con obstinación
quijotesca persiguió ideas que resultaron inconducentes. Se resistió con
vehemencia a una de las nociones de la realidad mejor establecidas, a pesar de
que esta surgió de sus propias investigaciones: la naturaleza indeterminista de
la Mecánica Cuántica. Mientras una nueva generación de físicos cosechaba una
victoria tras otra en este terreno ubérrimo, él optó por un creciente y
autoimpuesto exilio.
Einstein era apasionado. Ningún tema le era ajeno.
Tenía un humor ácido y un sentido profundo, casi religioso, del valor de la
vida, del orden natural y de las posibilidades de la razón; no sólo en la
empresa de develar los secretos del universo, sino también en la de conseguir
la paz y el bienestar en el mundo. Alegre y dúctil violinista, hábil y
apasionado navegante, también tuvo una vida emocional intensa, cosa que queda
de manifiesto en su extensa obra epistolar, que constituye una de las páginas
más profundamente humanas del siglo pasado.
Para dos físicos teóricos latinoamericanos, a más
de un siglo de publicación de las obras más memorables de Einstein y a varios
miles de kilómetros de los lugares en los que fueron escritas, puede parecer
extraño que su presencia sea tan ubicua, intensa y determinante. Pero es que no
sólo su ciencia está presente en nosotros. Su estética, su mirada y su pasión
se entrelazan indisolublemente y desde las raíces con el curso de nuestras
vidas. Somos, después de todo, inmigrantes judíos en América, fruto de las
mismas persecuciones que Einstein experimentó. Es imposible no recordar los
relatos de nuestros abuelos —salpicados de la abrumadora crueldad sufrida en
tantos rincones de Europa— en las vivencias de Albert Einstein, quien llegó a
ser denostado por la comunidad científica alemana, más dispuesta a cavarse su
propia tumba que a reconocer la obra del mayor de los talentos que prohijó a lo
largo de su historia.
Somos parte de una generación que aún percibe a
Einstein como un faro que guía nuestra forma de mirar la ciencia y de
transmitirla. Son suyas las ideas que alumbraron la pregunta que ha motivado
nuestras carreras y que, como se verá en estas páginas, se ha mantenido por
casi un siglo indemne a los embates de varias generaciones de físicos
brillantes: ¿cómo es posible compatibilizar la Mecánica Cuántica y la
Gravitación? Necesitamos dar una respuesta a este interrogante para entender lo
que no sólo todo físico quiere elucidar, sino también cualquier ser humano:
¿cómo tuvo origen el universo? ¿de dónde salió tanta materia, tanta inmensidad,
y a qué se deben sus leyes?
Es así como más libros sobre Albert Einstein son
necesarios e incluso imprescindibles. Porque Einstein no es finalmente más que
un pretexto para hablar de lo que más amamos. De la majestuosidad de la ciencia
que lo motivó, de aquella que creó y de la que a partir de esta se gestó,
iluminada por su legado. Hablar de él es hablar de la humanidad que hay en la
ciencia, idioma universal de nuestra especie. Es también pensar en cuestiones
tan dispares como los derechos humanos, los dilemas morales, las capacidades
creativas del cerebro, el valor de la derrota, los celos profesionales y hasta
las dificultades de la vida conyugal. Einstein es un extracto vital superlativo
y no creemos que sea posible que lleguemos a cansarnos de él. Porque hacerlo
sería cansarnos de la vida misma.
En este libro no pretendemos ser exhaustivos ni
detalladamente biográficos. Los veintitrés textos que lo integran pretenden
poner el foco en circunstancias especiales o, como los llamaría Stefan Zweig,
«momentos estelares» de su vida y de su obra. Aquellos que nos permiten abordar
lo que más nos deslumbra de este personaje y que, creemos y sentimos, se
proyecta con mayor claridad en nuestro presente. Einstein construyó catedrales
intelectuales de extraordinaria belleza y lo hizo desde las entrañas de la primera
mitad del siglo XX, envuelto en sus luces y sus horrores. Sin dejar de ser
protagonista y testigo de los tiempos convulsos que le tocaron en suerte, con
hondura, humanidad y sabiduría revolucionó nuestra comprensión del universo de
manera definitiva.
Quizás sea oportuno subrayar el hecho de que la
larga sombra de Einstein se proyecta con inusitada y reconfortante frescura
sobre el mundo contemporáneo, habitando los entresijos más insospechados de
nuestra realidad cotidiana. Uno de los desarrollos tecnológicos más relevantes
de la década de los noventa, del que hoy disfrutamos en cualquier teléfono
móvil, es el GPS (las siglas en inglés para referirnos al Sistema de
Posicionamiento Global), que hace un uso crucial de su Teoría de la Relatividad
General. Asimismo, los últimos meses han visto el nacimiento de una nueva era
de la astronomía; aquella que «mira» el universo utilizando ondas
gravitacionales, cuya existencia fue predicha por Einstein en 1916 y que sólo
pudieron observarse un siglo más tarde, en uno de los esfuerzos tecnológicos
más importantes acometidos por nuestra especie. Esta empresa, que parecía
imposible hasta hace pocos años, es un acontecimiento tan importante como el
instante en el que Galileo Galilei elevó por primera vez la vista al cielo a
través de un telescopio.
Albert Einstein, el hombre y su legado, no ha
dejado de sorprendernos jamás. Omnipresente en nuestras aulas, nuestra
tecnología y nuestra iconografía, se lo nombra cada día en todos los idiomas,
tanto en conversaciones de bar de cualquier punto del planeta, como en
comerciales de televisión o en las redes sociales. Pero su presencia universal
contrasta tristemente con la distancia que sus fabulosas ideas han tomado con
el público. Esperamos que estas páginas ayuden a acercarlas. A llevarlas allí
adonde pertenecen: a las mentes inquietas de las mujeres y hombres de nuestro
tiempo que estén ávidas por recrearse en la sobrecogedora belleza que atesoran
estas ideas y sumergirse en los misterios que, para este personaje irrepetible,
constituían lo más hermoso y profundo que un ser humano podría llegar a
experimentar.
Capítulo I
Einstein para perplejos
Con la noche creyó que llegaría la calma. Su cabeza
era un revoltijo de ideas descabelladas y dudas que le producían entusiasmo y
temor a partes iguales. Llevaba meses sin aceptar que llenaran su copa de vino
en las cenas, incluso en aquella gélida noche del 10 de noviembre de 1619.
Quería asegurarse de que su pensamiento discurriera sin espejismos. Encendió la
estufa del pequeño cuarto que habitaba en los cuarteles de invierno del duque
de Bavaria y el calor pronto se hizo agobiante. Estaba inusualmente inquieto.
Desde los inicios de su carrera militar, René
Descartes había vivido «visitando cortes y ejércitos, mezclándose con gentes de
temperamentos y rangos diversos, y probándose en las situaciones que la
providencia le ofrecía», [1] pero su
reciente reencuentro con las matemáticas que había aprendido con los jesuitas
agitó su espíritu sin vuelta atrás. Esa noche, envuelto en la sofocante
atmósfera de su cuarto, a orillas del Danubio, el joven militar de veintitrés
años tuvo una epifanía.
Tres sueños tuvo esa noche, vívidos y plagados de
simbolismos que con el correr de los días interpretó como un designio divino
que lo guiaba a buscar la verdad. Debía abocarse a desentrañar las leyes del
mundo natural, aquellas que hasta entonces eran patrimonio de la metafísica, la
alquimia y el esoterismo. Disponía para ello de tres certidumbres oníricas: la
unidad de las ciencias, la necesidad del lenguaje de las matemáticas y el
severo mandato de discriminar con el máximo rigor lo verdadero de lo falso.
Descartes había descubierto su vocación y con ella la ciencia moderna adquiría
el impulso definitivo.
Unos meses más tarde tuvo un encuentro providencial
con el matemático Johannes Faulhaber en la ciudad de Ulm, también bañada por
las aguas del Danubio. En estas conversaciones se consolidó en él la certeza de
que la geometría debía ser el yunque sobre el que se forjaran las aceradas
verdades de la razón.
§. La tradición de Ulm
Faulhaber le dio la bienvenida con una consigna que era en sí misma una
declaración de principios: ulmenses sunt mathematici. [2] No
podía imaginar Descartes el carácter premonitorio que tomaría esa sentencia
doscientos sesenta años más tarde, cuando en la soleada mañana del viernes 14
de marzo de 1879, poco antes del mediodía, Hermann Einstein y Pauline Koch
tuvieron a su primogénito en la residencia familiar de la Bahnhofstrasse y lo
llamaron Albert. Si bien la familia abandonó Ulm cuando el bebé cumplió un año,
la impronta del padre del racionalismo anidó en Albert hasta expresarse en toda
su plenitud cuando este gestó su obra maestra, la Teoría de la Relatividad
General, que encumbró a la geometría al majestuoso gobierno del universo a
grandes escalas.
«Si vas a ser un real explorador de la verdad, es
necesario que al menos una vez en tu vida dudes tanto como puedas de
todo», [3] sentenció
Descartes. Albert Einstein dudó siempre y fue precisamente su capacidad para
cuestionar, aun las cosas que parecían más evidentes, lo que le permitió
colonizar territorios intelectuales aparentemente inalcanzables para un ser
humano. En su trabajo matemático más importante, Descartes unificó la geometría
y el álgebra al describir el espacio mediante las tres rectas o ejes que
definen las —hoy llamadas— «coordenadas cartesianas». Su concepción del tiempo
era similar a la que Isaac Newton utilizaría unos años después: un torrente
que, como el Danubio, avanza para todos de igual forma. «No concebimos la
duración de cosas en movimiento como distinta a la duración de las que no se
mueven […] podemos entender la duración de todas las cosas con una medida
común», [4] escribió
en Los principios de la filosofía. Einstein, por supuesto, hizo
honor al mandato de Descartes y puso en duda todas las convicciones
cartesianas; entre ellas, la naturaleza del tiempo. Trituró las certezas
previas sobre la universalidad de su cadencia viéndose obligado, en el camino,
a agregar un nuevo eje al espacio cartesiano. El tiempo se integraría a partir
de ese instante en un espacio de dimensión mayor: el espacio-tiempo.
No deja de ser paradójico que el propio Descartes
le manifestara años más tarde a su amigo y maestro, el filósofo y matemático
Isaac Beeckman, que había alcanzado el conocimiento perfecto de la geometría
—incluyendo una extravagante noción de las formas geométricas con más de tres
dimensiones— y creyera que podría eventualmente abarcar todo el conocimiento
humano. Esta última sospecha, la aspiración a la totalidad de lo cognoscible,
además de ingenua, parece incompatible con su propio llamado a la duda metódica.
Pero la candidez del padre de la filosofía moderna fue aún mayor al afirmar
haber llegado al conocimiento perfecto de la geometría. No podía imaginar, ni
siquiera remotamente, que el linaje matemático de Ulm acabaría dando a luz a un
joven que describiría una geometría del espacio-tiempo que podía curvarse,
expandirse, retorcerse, vibrar y hasta desgarrarse.
§. Esto no es una elegía
La irrupción de Albert Einstein en el universo científico tuvo lugar a los
veintiséis años, de un modo al que le queda corto el adjetivo de sobrehumano.
Si bien ya había publicado un puñado de artículos en la prestigiosa
revista Annalen der Physik, lo cierto es que no le resultaron
suficientes para alcanzar un puesto académico. El padre de su amigo y ex
compañero en la Escuela Federal Politécnica de Zúrich, Marcel Grossmann, le
consiguió un empleo en la Oficina Federal para la Propiedad Intelectual de
Berna como asesor técnico en el otorgamiento de patentes. En este inusual
entorno, es probable que el estudio de centenares de invenciones que hacían uso
de la electricidad, el magnetismo y la termodinámica haya mantenido encendida
su curiosidad, avivando particularmente el fuego de las abstracciones a las que
más tarde él llamaría gedankenexperiment o «experimento
pensado». Un corolario natural de la lectura diaria de planos y proyectos cuya
ejecución no tenía —ni tendría— jamás frente a sus ojos.
Publicó cuatro trabajos como único autor en el
lapso de seis meses: sobre la naturaleza de la luz, de las moléculas, de la
masa, del espacio y del tiempo. Cada uno de ellos significó una revolución
científica de tal calado que la única consecuencia razonable habría sido la
concesión de cuatro premios Nobel. Sólo lo recibió por el primero de ellos,
«Sobre un punto de vista heurístico concerniente a la producción y
transformación de la luz», escrito en marzo de 1905. [5] Einstein
dio en este artículo una explicación del «efecto fotoeléctrico» —la generación
de corriente eléctrica debida a la incidencia de la luz sobre un metal—,
proponiendo la existencia de «partículas» de luz —fotones—, hito fundacional de
la física cuántica. Una vuelta de tuerca inesperada tras el abandono de la
teoría corpuscular de la luz hacía más de un siglo.
Apenas dos meses más tarde escribió un segundo
artículo, «Sobre el movimiento de pequeñas partículas suspendidas en un líquido
estacionario, tal como lo requiere la teoría cinética molecular del
calor» [6] en el
que demostró que un fenómeno observado casi ochenta años antes por el botánico
Robert Brown, el movimiento azaroso de partículas pequeñas suspendidas en la
superficie de un líquido estacionario, se debía a la agitación térmica de las
moléculas que componen el líquido. En aquel momento no había un consenso amplio
sobre la existencia real de átomos y moléculas. Muchos físicos pensaban que se
trataba de conceptos útiles para comprender el mundo microscópico pero que
probablemente no existían. El estudio estadístico de las fluctuaciones de las
moléculas hecho por Einstein, junto con la posibilidad de que el resultado del
impacto de estas fuera observable al microscopio, aunque ellas en sí mismas no
pudieran verse, fue un espaldarazo crucial para la teoría atómica.
Poco más de un mes transcurrió para que este
inclasificable empleado de la oficina de patentes de Berna enviara a publicar
un tercer trabajo que tituló «Sobre la electrodinámica de los cuerpos en
movimiento», en el que llegó a la sorprendente conclusión de que la velocidad
de la luz en el vacío debía tener un valor universal. [7] Como
consecuencia de estas ideas —que más tarde se conocieron como Teoría de la
Relatividad Restringida—, la cadencia del paso del tiempo debía ser distinta
para observadores en movimiento relativo: lejos del campanario medieval que
proporcionaba una hora única o de la imagen cartesiana del río que fluye
idénticamente para todos, Einstein proponía que los relojes podrían transcurrir
a un ritmo más lento cuanto más rápido se movieran, deteniéndose completamente
a la velocidad de la luz. Nadie había tenido jamás una idea tan demencialmente
audaz que luego se probara correcta.
En los primeros días de la primavera de 1905,
Einstein escribió el cuarto de estos trabajos, [8] en el
que aparece por primera vez la fórmula más icónica de la historia de la
física: E = mc2. Los principios de la relatividad lo
llevaban, casi inexorablemente, a escribir una ecuación que venía a decir que
todo cuerpo, por el mero hecho de tener masa, albergaba una energía (que además
era) enorme: la letra «c» representa en esta fórmula a la velocidad de la luz
en el vacío, casi trescientos mil kilómetros por segundo. Unas décadas más
tarde, el propio Einstein contemplaría con estupor, de la peor manera posible,
la validez experimental de estas elucubraciones teóricas.
§. Ante la ley
Cualquiera de los cuatro trabajos mencionados habría significado por sí solo la
entrada en el panteón de los físicos más ilustres. Los cuatro juntos lo ponían
sencillamente a la par de Isaac Newton. Todos habían sido escritos por un joven
virtualmente desconocido. Y cuando podría pensarse que había llegado al apogeo
de su obra, Albert Einstein escribió las ecuaciones de la Teoría de la
Relatividad General, catedral suprema de la historia del pensamiento
científico. Como la de cualquier gran monumento, su construcción fue lenta y
tortuosa.
Su génesis ocurrió poco después de 1905, ya que
Einstein observó que su novedosa concepción del tiempo y el espacio era
incompatible con la Ley de la Gravitación Universal de Newton. Así, como el
campesino del cuento de Kafka, [9] el
asistente técnico de tercera clase de una oficina de patentes se plantó con su
puñado de ideas sin respaldo experimental ante las puertas de la Ley que había
permitido, a lo largo de más de dos siglos, calcular con exactitud el
movimiento de los planetas, la órbita de los cometas y la trayectoria de los
proyectiles, las ecuaciones que permitían predecir los eclipses y explicar las
mareas. Un jovenzuelo que a duras penas había logrado abrirse paso en el
mundillo académico pretendía poner en tela de juicio ni más ni menos que a sir
Isaac Newton y lo hacía con argumentos meramente teóricos: la Ley de la
Gravitación Universal no podía ser válida simultáneamente para dos observadores
en movimiento relativo. Por lo tanto, en salomónica sentencia, Einstein concluyó
que no debía ser válida para ninguno de ellos.
La mayor parte de la construcción de la Teoría de
la Relatividad General fue un emprendimiento solitario. El momento eureka llegó
en 1907, cuando Einstein retomó con una nueva mirada algo que Galileo Galilei
había pensado algunos siglos antes al observar la caída de distintos objetos
arrojados desde las alturas de la torre de Pisa y concluir que, en ausencia de
atmósfera, todos caerían al mismo tiempo. «Entonces tuve el pensamiento más
feliz de mi vida […] el campo gravitacional sólo tiene una existencia relativa
[…] porque para un observador en caída libre desde el tejado de una casa,
[este] no existe. […] si el observador deja caer algunos objetos, estos
permanecerán en reposo respecto a él […]. El observador, por lo tanto, está en
todo su derecho de interpretar su estado como dereposo.» [10] Esto es
lo que hoy llamamos «principio de equivalencia» y es la piedra fundacional de
la Relatividad General.
Todavía tenía por delante ocho años de arduo
trabajo. De idas y vueltas; de momentos de confusión y desaliento. Y de golpes
de suerte providenciales, como el reencuentro con su viejo amigo Marcel
Grossmann, quien le ofreció trabajo en Praga y le explicó en detalle la
geometría de espacios curvos que había desarrollado Bernhard Riemann a mediados
del siglo XIX, lo que a la postre resultaría crucial para que Einstein pudiera
darles forma a sus ideas.
El papel central que pasaba a ocupar la geometría
lo devolvía a la senda trazada por Descartes y, fundamentalmente, por otro
filósofo que también había tenido algo parecido a una epifanía a los veintitrés
años. A esa edad, Baruch Spinoza fue violentamente expulsado del seno de la
comunidad judía Talmud Torah, a la que pertenecía junto con su
familia de orígenes gallego-portugueses. Las causas fueron diversas. En
esencia, su libertad de pensamiento era intolerable para una comunidad que
había escapado al largo y poderoso brazo de la Inquisición y extremaba las
precauciones para no perturbar la inédita tolerancia religiosa que se vivía en
Ámsterdam. Su particular versión de Dios como mera sustancia del universo
natural y sus continuas disputas con las autoridades comunitarias, llevaron a
estas a condenar a Spinoza con una dureza inusitada: «Que su nombre sea borrado
de este mundo […] Sabed que no debéis tener con él comunicación alguna, ni oral
ni escrita, ni hacerle ningún favor, ni permanecer con él bajo el mismo techo,
ni acercársele a menos de cuatro codos, ni leer cosa alguna por él
escrita». [11]
En 1661, casi un cuarto de siglo después de que
Descartes publicara en Leiden El discurso del método, Spinoza se
fue a vivir a Rijnsburg y aprovechó la cercanía de, justamente, la Universidad
de Leiden para tomar clases, beneficiándose del vigor que allí tenían las
matemáticas. Comenzó a escribir su demostración geométrica de Los
principios de la filosofía de Descartes, convencido de que las
matemáticas brindaban el lenguaje universal para lidiar con los aspectos
eternos del mundo: «No supongo haber encontrado la mejor filosofía pero sé que
comprendo la verdadera filosofía. Lo sé del mismo modo en que sabemos que los
tres ángulos de un triángulo son iguales a dos ángulos rectos. Que esto es así
no será desmentido por nadie cuyo cerebro esté en buenas condiciones y que no
sueñe con malévolos espíritus que nos inoculen ideas falsas que parecen
verdaderas; ya que la verdad se revela a sí misma y a la falsedad». [12] Ironías
de la historia de la cultura, en el siglo XIX se comprendería que no siempre la
suma de los ángulos del triángulo resulta ser ciento ochenta grados y quien
exprimió este resultado hasta comprender que allí se escondía el secreto de la
fuerza de gravedad, fue el más spinoziano de los científicos del siglo XX:
Albert Einstein.
§. Relatividad general
En los primeros días de noviembre de 1915 Einstein le escribió a su hijo de
once años, Hans Albert —quien se había ido a vivir unos meses antes a Zúrich
con su pequeño hermano Eduard y su mamá, Mileva Maric—: «Acabo de terminar uno
de los más espléndidos trabajos de mi vida; cuando seas grande te hablaré de
él». [13] Cada
jueves de ese mes se habría de presentar ante los miembros de la Academia
Prusiana de Ciencias en Berlín para exponer sus ideas sobre la fuerza de
gravedad. El jueves 18 demostró que era capaz de dar cuenta de una anomalía
sutil que presenta la órbita de Mercurio y que podía considerarse como la única
observación astronómica que desafiaba a la Ley de la Gravitación Universal. Y
una semana más tarde, en uno de los momentos estelares de la historia de la
humanidad, Einstein escribió por primera vez las ecuaciones de lo que a partir
de ese momento se denominaría Teoría de la Relatividad General. En ella, la
gravedad no era más que el efecto que produce la curvatura del espacio y el
tiempo.
La Relatividad General predice algunos fenómenos
que difieren drásticamente de aquellos que se desprenden de la teoría de
Newton. Según ambas, la luz debe curvarse al pasar cerca de un cuerpo masivo
como una estrella, pero esta deflexión en la teoría de Einstein es dos veces
mayor que en la de Newton. Aprovechando el eclipse total de Sol del 29 de mayo
de 1919, una expedición encabezada por Arthur Eddington comprobó que, en
efecto, esto ocurría. Einstein se convirtió de inmediato en una suerte de
deidad planetaria, con tan sólo cuarenta años. Sacudido por el atrevimiento de
un antiguo empleado de la oficina de patentes, el imperio de Newton se desplomó
estruendosamente.
La Teoría de la Relatividad General cambió la
historia de la física para siempre y sigue siendo hasta nuestros días una de
las fuentes más importantes de nuevos descubrimientos, nuevos misterios e
incluso nueva tecnología. Se deduce de esta teoría, por ejemplo, que el tiempo
no transcurre al mismo ritmo en todos lados: su devenir es más lento cuanto
mayor es la gravedad. Esto se pudo demostrar en vida de Einstein, aunque la
confirmación definitiva llegó poco después de su muerte. Jamás habría imaginado
que unas décadas más tarde cientos de millones de personas comprobarían a
diario este efecto al utilizar el GPS, cuyo funcionamiento preciso demanda
tener en cuenta la cadencia distinta de nuestros relojes y aquellos que están
en los satélites utilizados para triangular nuestra posición. ¿Quién habría
tenido el atrevimiento de soñar hace cien años que la Relatividad General sería
fuente de inversiones tecnológicas por decenas de miles de millones de dólares?
Podemos disfrutar que nuestro teléfono móvil nos informe con fantástica
precisión el lugar en el que nos encontramos sobre el globo terráqueo. Una
magia que nos aturde y maravilla, capaz de insinuarnos en un atisbo fugaz la
majestuosidad de la teoría que la sustenta.
Aun si no nos interesara alcanzar una comprensión
profunda de la teoría de Einstein, no podríamos dejar de maravillarnos con sus
predicciones. Podemos calcular la posición observada de las estrellas cercanas
al Sol durante un eclipse, o la hora exacta a la que este tendrá lugar.
Comprender hasta el último detalle las órbitas planetarias, o los efectos
provocados por los agujeros negros en las observaciones astronómicas del centro
de la Vía Láctea. Recrearnos con efectos ópticos producidos por sistemas estelares
que hacen las veces de lentes gravitacionales, o comprobar efectos tan
asombrosos como la ralentización de la luz al pasar cerca de una estrella. La
Relatividad General nos brinda una lectura nueva y refrescante de los misterios
del cosmos.
§. Metafísica cordobesa en pocas palabras
Es extraño, sin embargo, que de un modo u otro las teorías de Einstein y, en
particular, la Relatividad General, patrimonio inmaterial de la humanidad, sean
apenas conocidas. Más allá del pequeño grupo de físicos que trabajan en el
área, son muy pocas las personas que han tenido la fortuna de sumergirse con
alguna profundidad en las ideas de Albert Einstein. Para algunos esto no es más
que una consecuencia indeseada del grado de especialización que rige en los
tiempos modernos, responsable de que las disciplinas divergieran hasta el punto
de que ya casi nadie pueda tener una visión más o menos completa del
conocimiento humano. Mucho menos ser capaz de realizar aportaciones a
disciplinas diversas, cual Leonardo da Vinci de nuestra era. Pero la verdad es
muy distinta.
El cordobés Moshé ben Maimón, Maimónides, uno de
los más grandes pensadores judíos de la historia, nos relataba hace más de ocho
siglos en su Guía de los perplejos por qué no era posible
comenzar la instrucción estudiando metafísica. Para él era claro que si
preguntamos a cualquiera si le gustaría conocer «lo que son los cielos, cómo
tuvo lugar la creación del mundo, cuál es su designio, cuál la naturaleza del
alma y otras muchas cuestiones», [14] la
respuesta sería afirmativa. Pero querría saberlo en pocas palabras y sin
dilación. Se «negaría a creer que haya menester estudios preparatorios e
investigaciones perseverantes». [15] Sin
embargo, «el que quiera alcanzar la perfección humana tendrá que estudiar
primero lógica, luego las diversas ramas de las matemáticas, por el orden
adecuado, después la física y por último la metafísica». [16] Aunque
el conocimiento del que hablaba Maimónides se refería a la teología judía y no
a una disciplina científica tal como la entendemos ahora, es curioso que ya en
la Edad Media se entendiera perfectamente que había «textos prohibidos» para el
público general. Esta prohibición —aclaraba el propio Maimónides— no era fruto
de la ocultación, de intentar esconder la sabiduría para dejarla en manos de
unos pocos. Era consustancial a la ineludible necesidad de una preparación
minuciosa y disciplinada para poder acceder a ella.
Para comprender la Relatividad General son
estrictamente necesarios varios años de estudio. Así, aunque se reparta
gratuitamente impresa en octavillas, esta teoría se transforma en una obra
prohibida para aquellos que —y no hay reproche en esta frase— no dedicaron su
vida a las ciencias físicas. Su belleza inigualable y despojada, como la de
tantas otras obras cumbres del pensamiento, quedará reservada para los pocos
que estén dispuestos a emprender la aventura. Del mismo modo en que sólo puede
disfrutar de la vista que ofrece la cima del Everest quien haya hecho el
esfuerzo de subirlo. Algunas nociones pueden ser transmitidas, claro está.
Maimónides decía que «si no nos hubieran transmitido ningún conocimiento por
medio de la tradición, si no nos hubieran enseñado por medio de símiles, la
mayoría de la gente moriría sin saber si hay o no Dios». [17] Cambiemos
una verdad medieval incontrastable que responde a la pregunta de «si hay o no
hay Dios» por cualquier afirmación que resulte de la aplicación rigurosa del
método científico, y comprenderemos el valor que tiene la divulgación de la
ciencia para consolidar una cultura en la que pueda existir el rigor del
pensamiento sin la necesidad de coronar antes el Himalaya.
El saber vive en la cima de una montaña escarpada.
Alcanzarla requiere tiempo y perseverancia. Una vez allí, los pases mágicos
dejan de serlo. En una oportunidad el rabino de Brooklyn preguntó a Einstein
sobre la relación de la Teoría de la Relatividad y la obra de Maimónides.
«Desafortunadamente, nunca he leído a Maimónides», [18] contestó
el físico con admirable honestidad intelectual. La misma que lo llevó a
emprender una nueva aventura, la de leer los textos del sabio medieval. Años
más tarde aceptó una invitación para hablar en un homenaje a este. Tras
destacar que el pensamiento de Maimónides está en el corazón de la cultura
europea, en la que también anidó la serpiente del nazismo, Einstein, consciente
de estar frente a otro hacedor disciplinado y riguroso de catedrales del
intelecto, se despidió de él con palabras cómplices: «Pueda esta hora de
recuerdo agradecido servir para fortalecer dentro de nosotros el amor y la
estima en los que guardamos los tesoros de nuestra cultura, ganados en tan
amarga batalla. Nuestra lucha por preservar esos tesoros frente a los poderes
actuales de la oscuridad y la barbarie no puede menos que traer la luz del
día». [19]
Capítulo II
Esa belleza intangible
La ciencia es un modo de leer la Naturaleza entre
líneas. De ver más allá de aquello que está a mano. De navegar fuera del
Sistema Solar y de nuestra galaxia sin movernos de casa. De viajar al pasado
del planeta y revivir en nuestras mentes el andar de manadas de animales
extintos hace millones de años. O incluso de trasladarnos al ardiente instante
en que todo comenzó con la violenta expansión de un amasijo de materia a la que
llamamos Big Bang.
También podemos amplificar una pequeña gota de agua
para contemplar la vida de diminutos seres microscópicos o, aún más, para
disfrutar de la estructura misma de la materia con sus átomos flotando
dispersos en un vacío abismal, provistos de sus modestos núcleos y una gran
nube de etéreos electrones. Hoy, estos paisajes intangibles nos resultan
familiares gracias a una larga historia de hallazgos e ideas científicas que
comenzaron hace pocos siglos y que fueron, trazo a trazo, dibujando la imagen
que tenemos de nuestro universo en distintos lugares, escalas y épocas.
§. La mirada directa
En ocasiones, nuevos retazos del mundo natural se nos ofrecen generosos a
través de una mirada directa. Aunque el ojo desnudo no sea suficiente, podemos
apoyarnos en los ingeniosos instrumentos que acompañaron el desarrollo de la
ciencia. El siglo XVII fue testigo de dos ejemplos notables. Primero, el de
Galileo Galilei, quien a partir de 1610 comenzó a observar el cielo con un
telescopio que él mismo había fabricado. Así fue como encontró lunas en Júpiter
y montañas en nuestra Luna. También notó que la Vía Láctea, esa franja nebulosa
de luz que atraviesa el cielo nocturno y que —hoy sabemos— marca el plano de
nuestra galaxia, estaba hecha de un montón de estrellas individuales. Con su
telescopio, Galileo fue el primero en correr el velo de las maravillas
escondidas en el cielo.
De un modo similar, sesenta años más tarde, el
comerciante textil holandés Anton van Leeuwenhoek mostró por primera vez la
existencia de microorganismos, utilizando un microscopio construido por él
mismo. Los dominios galácticos y microbiológicos pasaron a formar parte de
nuestro paisaje gracias a las lentes fabricadas por estos dos pioneros de la
exploración, héroes definitivos de nuestra especie.
Hay otras ocasiones, sin embargo, en las que el
dibujo se construye de un modo mucho menos directo. El pensamiento sustituye en
buena parte a los instrumentos, convirtiendo a la imaginación y a la lógica en
los pinceles que permiten delinear desde el grueso bosquejo hasta el trazo fino
del retrato del universo a partir de pistas mucho más sutiles. Por ejemplo,
casi dos siglos después de que van Leeuwenhoek se encontrara con la existencia
de microorganismos, el médico inglés John Snow detuvo un grave brote de cólera
en el Soho londinense deduciendo, a partir de la distribución geográfica de las
víctimas, que la enfermedad se contagiaba a través del agua corriente. Poco
después, Louis Pasteur mostraría que algunas de estas minúsculas criaturas eran
responsables de muchas enfermedades y que, contra la creencia de la época, no
se producían por generación espontánea. Y diseñó una estrategia para combatir a
estos agentes patógenos que observaba al microscopio: la vacunación.
Cuando se le presentó un paciente que había
contraído la rabia, Pasteur aplicó la misma estrategia para fabricar la vacuna,
a pesar de que nunca pudo observar los microorganismos que presuntamente
infectaban los tejidos. Utilizó la imaginación y la lógica, asumiendo que estos
existían. Introdujo al agente patógeno en el lienzo de la Naturaleza, aún sin
verlo, argumentando que probablemente se trataba de microorganismos demasiado
pequeños —la rabia es una enfermedad viral— como para poder verlos con su microscopio.
El éxito de la vacuna fue una importante evidencia a favor de sus ideas. Los
virus, aunque resultaron ser una clase totalmente distinta de entes biológicos
—de hecho, no son organismos vivos—, sólo pudieron observarse directamente con
el desarrollo de la microscopía electrónica más de medio siglo después. Siendo
más pequeños que las longitudes de onda de la luz visible, jamás se dejarían
ver en un microscopio óptico.
§. Átomos y moléculas
Quizás no exista un éxito científico intelectualmente más relevante y de
implicancias más vastas que la teoría atómica. El que la materia pudiera estar
conformada por minúsculos constituyentes elementales es una idea antiquísima,
pero el debate científico en torno a ella solo pudo darse a comienzos del siglo
XIX, cuando las primeras evidencias comenzaron a hacerse presentes. Las pistas
eran extremadamente indirectas, pero suficientemente sólidas como para que el
paisaje atómico comenzara a dibujarse en las mentes de muchos científicos.
La audacia de sacar el atomismo de los libros de
filosofía para llevarlo a los de ciencia se la debemos a John Dalton, quien en
su Nuevo sistema de filosofía química afirmó que toda la
materia podía reducirse a una veintena de partículas elementales
indestructibles que se combinaban para formar todo lo conocido. La existencia
de los átomos —hoy conocemos ciento dieciocho elementos distintos— era la
respuesta que daba Dalton a un curioso hecho experimental que él llamó «Ley de
proporciones múltiples», y que discutiremos con un ejemplo. Si tomamos un gramo
de hidrógeno y ocho de oxígeno, podemos crear nueve gramos de agua. Pero con el
doble de oxígeno podríamos obtener diecisiete gramos de agua oxigenada. El
punto crucial aquí es que no es posible generar otro compuesto usando
cantidades intermedias de oxígeno. Distintas sustancias se hacen siempre con un
número entero de veces cierta cantidad mínima. Dalton intuyó que esto se debía
a que los átomos se combinaban como unidades enteras, indestructibles. Así, dos
átomos de hidrógeno se podrían combinar con uno de oxígeno —ocho veces más
pesado—, formando H2O; o dos, formando H2O2,
pero no con fracciones de este átomo.
Las ideas de Dalton fueron rápidamente adoptadas,
aunque más como una herramienta útil para hacer cálculos que como una
aceptación de la realidad atómica. Y esto a pesar de que había una segunda
evidencia, mucho más antigua, que venía del estudio de los gases. El físico
suizo Daniel Bernoulli mostró, en 1738, que la presión que un gas ejerce sobre
las paredes del recipiente que lo contiene podía explicarse imaginando que
aquél está constituido por pequeños corpúsculos que las golpeteaban
incesantemente, de acuerdo a las leyes de Newton. En 1811, el conde italiano
Amedeo Avogadro propuso que volúmenes iguales de gases en condiciones idénticas
debían contener la misma cantidad de partículas (átomos o moléculas; la
distinción, por lo demás, no era muy clara en aquel entonces). En su honor se
creó la constante que lleva su nombre, definida inicialmente como el número de
átomos de hidrógeno contenidos en un gramo.
Dado que nadie conocía el peso o tamaño de los
átomos, este número sólo era una abstracción teórica. Nadie sabía su valor. De
hecho, calcular el «número de Avogadro» utilizando la teoría atómica y
encontrar un resultado consistente con distintos experimentos y desarrollos
teóricos se transformó en sinónimo de la validación de esta. A pesar de que
nadie podía —¡ni puede!— «ver» átomos, la teoría atómica se fue consolidando a
medida que, a lo largo del siglo XIX, sus consecuencias eran constantemente
validadas. En particular, el número de Avogadro comenzó a consensuarse en torno
a los seiscientos dos mil trillones, una cantidad enorme que muestra la lejanía
inexpugnable de la realidad atómica y molecular. Así como doce huevos son una
docena, seiscientos dos mil trillones de átomos son lo que se llama un «mol»,
número que da una pauta de la cantidad de constituyentes fundamentales
contenidos en cualquier porción de materia en la que nos fijemos. Tan difícil
de abarcar en nuestra mente como pueden serlo las escalas cósmicas. De hecho,
el número de estrellas en todo el universo observable —aquella parte del
universo cuya luz ha tenido tiempo de alcanzarnos— es cercano al mol. También
en el siglo XIX se estimó el tamaño del átomo en una diez millonésima de
milímetro, un tamaño imposible de resolver con microscopios ópticos ya que la
longitud de onda de la luz visible es miles de veces mayor: sería como intentar
tocar el arpa con guantes de boxeo.
§. Realidad atómica cuestionada
A pesar de la contundente evidencia en favor de la realidad atómica y molecular
con la que se recibió al nuevo siglo, esta seguía encontrando focos de
resistencia. Uno de los mayores y a la vez más respetados detractores era el
físico y filósofo Ernst Mach. Sus contribuciones a la física son numerosas,
aunque su nombre esté hoy más asociado al «número de Mach», que se utiliza para
indicar la fracción de la velocidad del sonido con la que se mueve un avión.
Mach tenía una visión de la ciencia salpicada de pensamientos filosóficos y
pensaba que para atribuir realidad a un ente este debía poder observarse de
modo directo; ya sea a través de los sentidos o con la ayuda de instrumentos,
pero la observación debía ser directa. En 1910 respondió a las acaloradas
críticas que le dedicó Max Planck escribiendo: «Si creer en la realidad atómica
es tan crucial para ustedes [los físicos], entonces renuncio a la manera física
de pensar; no seré más un físico profesional y dejo atrás mi reputación
científica. En resumen, muchas gracias por la comunidad de creyentes, pero para
mí la libertad de pensamiento está primero». [20] Mach
murió sin aceptar la existencia de los átomos. Para él las teorías científicas
eran sólo la síntesis de un conjunto de hechos. Asumir la existencia de estas
partículas invisibles era para él llevar el poder de la ciencia demasiado
lejos. La ciencia era una poderosa bitácora, pero no una nave que nos pudiese
transportar a lugares inexistentes para los sentidos.
Otro renombrado detractor de la realidad atómica
fue Wilhelm Ostwald, uno de los más célebres químicos de su época y quien,
paradójicamente, acuñó el término «mol». Sus críticas apuntaban a aparentes
contradicciones entre la existencia de constituyentes fundamentales e
indestructibles de la materia y las leyes de la termodinámica. La segunda mitad
del siglo XIX vivió un fuerte renacimiento de la teoría cinética, aquella
inaugurada por Bernoulli, que consideraba a los fluidos como grandes
aglomeraciones de moléculas que se mueven, colisionando entre ellas y contra
las paredes del recipiente que las contiene. Su apogeo fue impulsado por Ludwig
Boltzmann quien en 1872, a través de una célebre ecuación que luce su lápida en
Viena a modo de epitafio, mostró que no sólo la presión, sino toda la
termodinámica era el resultado del movimiento de átomos y moléculas. Si bien
estas obedecerían individualmente las leyes de la mecánica, en grandes
cantidades, cuando lo que nos interesa son las propiedades grupales (presión,
temperatura, energía total, entropía), la termodinámica emerge naturalmente
como resultado del análisis estadístico. Esto es similar a lo que ocurre cuando
medimos las características macroeconómicas de una sociedad, en donde la
situación particular de cada individuo es irrelevante y el foco está puesto en
los promedios, puesto que nos interesa estudiar la sociedad como un todo. Una
sentencia atribuida al físico y poeta chileno Nicanor Parra nos pone en guardia
contra el imperio de la estadística con su afilada sentencia: «Hay dos panes.
Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio de pan: uno por persona». Sin
embargo, debemos recordar que la cantidad de átomos en cualquier sistema físico
de interés está dada por el número de Avogadro, una enormidad que aniquila casi
totalmente toda probabilidad de repartos inequitativos.
En una charla impartida en la Sociedad Alemana de
Ciencias Naturales y Medicina en 1895, Ostwald emitió su contundente veredicto:
«la proposición de que todos los fenómenos naturales pueden reducirse a
fenómenos mecánicos no puede siquiera ser tomada como una hipótesis de trabajo
útil: es simplemente un error». [21] Afirmaba
su punto de vista en confusiones existentes por aquel entonces sobre el alcance
de la segunda ley de la termodinámica. A diferencia de Mach, sin embargo,
Ostwald terminó aceptando la existencia de los átomos. En la introducción a
su Compendio de Química General describió las nuevas
evidencias que lo llevaron a concluir que «La hipótesis atómica es, por lo
tanto, empujada a la posición de una teoría científicamente bien fundada y
puede reclamar su lugar en un texto introductorio sobre el estado actual de la
química general». [22] Lo que
convenció a Wilhelm Ostwald —tanto como para convertirse en el primero en
proponer el nombre de Einstein para el premio Nobel de Física— y a casi
cualquier disidente que aún porfiara al final de la primera década del siglo XX
fueron los experimentos de Jean Baptiste Perrin, en 1908, que confirmaron las
predicciones que Einstein había realizado tres años antes sobre lo que se
conoce como el «movimiento browniano».
§. Einstein y las moléculas
En 1827, el botánico Robert Brown había hecho una inquietante observación. Al
estudiar partículas de polen flotando sobre agua estacionaria, notó que estas
se movían de forma errática, como si fuesen organismos vivos nadando
nerviosamente en la superficie. Descartado cualquier indicio de vida, el origen
de esa agitación resultaba un misterio. Debía ser producto de alguna forma de
movimiento del agua, aunque el mecanismo preciso era fuente de controversia. El
mismo Boltzmann, respondiendo una crítica a la teoría cinética, escribió en
1896: «el movimiento que se observa en partículas muy pequeñas en un gas debe
ser el resultado de la presión ejercida en su superficie por este, a veces un
poco mayor, otras un poco menor». [23] Como
muchos otros, tenía una idea intuitiva de lo que debía de estar sucediendo en
el caso de los granos de polen en el agua: estarían siendo permanentemente
bombardeados desde todas las direcciones por las partículas de las que habla la
teoría cinética, las moléculas del líquido. En efecto, por muy quieta que se
encontrara el agua, sus moléculas siempre se estarían agitando por efecto de la
propia temperatura, golpeando y empujando el grano de polen en un movimiento
aleatorio.
Fue Einstein, sin embargo, el primero que tuvo el
genio y la creatividad para llevar estas ideas a un cálculo preciso en términos
de cantidades pasibles de ser medidas en un laboratorio. El artículo fue
publicado el 18 de julio de 1905 en la revista Annalen der Physik bajo
el explícito título «Sobre el movimiento de pequeñas partículas suspendidas en
un líquido estacionario, tal como lo requiere la teoría cinética molecular del
calor». El cálculo, notable por su ingenio y elegancia, además de demostrar que
el movimiento browniano podía ser fruto de la agitación térmica de moléculas
que forman el líquido y cuyo tamaño se podía establecer, permitía encontrar el
número de Avogadro conociendo parámetros que se podían medir, tales como el
tamaño de las partículas suspendidas, la distancia promedio que estas se
desplazaban luego de cierto tiempo y la viscosidad del agua. Einstein no tenía
datos de experimentos como ése y en la última frase de su artículo invitó
abiertamente a que otros se abocaran a realizarlos: «¡Esperemos que algún
investigador tenga éxito pronto en resolver el problema que aquí se plantea y
que es tan importante en conexión con la teoría del calor!». [24] Jean
Baptiste Perrin fue aquel investigador. Logró la precisión experimental
necesaria para medir el número de Avogadro usando las ideas de Einstein y
encontró perfecto acuerdo con el valor aceptado en ese entonces, dando un
respaldo definitivo a la teoría de los átomos y las moléculas. Esto le valió,
por cierto, el premio Nobel de Física en 1926 «por su trabajo sobre la
estructura discontinua de la materia». [25] No
parece descabellado aventurar que Albert Einstein mereció haber compartido el
galardón.
§. Los eternos campos de intangibilidad
A pesar de que la realidad atómica era ya un hecho bien establecido para muchos
en la época en que Einstein explicó teóricamente el movimiento browniano, hay
un efecto psicológico importante que no puede pasar desapercibido. En este
fenómeno «vemos» a las moléculas de agua en el sentido más directo posible, a
través de sus efectos. Las partículas de polen, en efecto, se menean de un modo
que sólo la realidad de las moléculas puede explicar. Y este movimiento lo
podemos observar con nuestros propios ojos a través de un microscopio sencillo.
La agitación invisible de las moléculas de agua se amplifica al traducirse en
la rabiosa danza de una partícula de polen que se ofrece a nuestros ojos a
través de una lente.
Actualmente existen microscopios capaces de captar
imágenes de átomos individuales. Incluso podemos manipularlos y escribir con
ellos. En 1989 la compañía IBM logró imprimir su logotipo utilizando treinta y
cinco átomos de xenón, en una imagen icónica de la realidad atómica. Por
supuesto, aquí la palabra «imagen» no es exactamente lo que los fundadores de
la microscopía habrían pensado. Es la construcción que realiza un computador
con datos provenientes de un microscopio que no utiliza luz sino que detecta pequeñas
corrientes eléctricas mientras una aguja conductora recorre la superficie
observada. Se trata de imágenes que requieren procesamiento; es decir,
requieren la intervención del conocimiento teórico. Lo mismo, por cierto,
ocurre con la inmensa mayoría de los telescopios contemporáneos, que
reconstruyen imágenes imposibles de observar utilizando nuestros ojos.
Parece existir un continuo de fenómenos, desde los
más directos que el cerebro procesa con los datos que recibe de nuestros
sentidos hasta las construcciones más abstractas, que surgen de un puñado de
pistas y que organizan mentes privilegiadas capaces de dibujar el paisaje
cósmico a partir de observaciones cada vez más indirectas. El siglo XIX fue
testigo de los primeros esbozos de este tipo, como la realidad atómica aquí
discutida y la del campo electromagnético, al que nos referiremos a
continuación. El siglo XX trajo consigo abundantes casos de realidades cada vez
más lejanas a nuestra intuición y a nuestros sentidos. Einstein mismo sumó a
este imaginario, entre tantas cosas, la deducción teórica de la partícula de
luz, a la que luego seguirían un sinnúmero de exóticas partículas subatómicas.
También surgió el relato de la cosmología, contándonos la historia de un
universo que nació hace casi trece mil ochocientos millones de años. La única
forma de hacernos una imagen fidedigna de aquello que ocurrió y, presumiblemente,
no volverá a repetirse es a través del ejercicio riguroso de la deducción y el
razonamiento.
Hoy en física encontramos teorías elegantes que nos
presentan el dibujo de un universo fantástico: supersimetría, supercuerdas,
inflación, gran unificación. Todas ellas resuelven parte de los problemas de la
física contemporánea, abriendo a su vez otros. Quizás con el tiempo la realidad
de algunas se asiente, pasando a integrar el maravilloso lienzo en el que la
ciencia despliega su imagen del mundo natural. Otras pasarán al olvido. Porque
como sucede con cualquier dibujo, la prolijidad demanda desechar bocetos y
estar siempre atentos a errores, con el borrador a mano para corregir el rumbo.
La ciencia es particularmente exigente e implacable en su constante y estricta
revisión. Einstein mismo abolió el éter, hipotético medio por el que se suponía
viajaba la luz, también en 1905. Lo desterró de nuestro panorama universal. La
realidad intangible del majestuoso paisaje atómico, en cambio, se quedó con
nosotros. Al parecer para siempre.
Capítulo III
Fuegos empíreos sobre Hyde Park
Amaneció. La oscuridad comenzó a ceder lentamente
dando paso a un magnífico lienzo de un azul profundo, aclarándose hacia el
horizonte en una paleta de fulgores anaranjados y violetas. Un hombre
contemplaba este espectáculo desde la inmensidad de Hyde Park. Había pasado la
noche en vela, completando unos cálculos cuyos resultados lo tenían en estado
de éxtasis y aturdimiento. Lo embriagaba la sospecha de haber completado un
proyecto de una década, abierto por aquel ensayo «Sobre las líneas de fuerza de
Faraday» que presentara en la Sociedad Filosófica de Cambridge cuando tenía
sólo veinticuatro años.
Salió de su casa de Palace Gardens Terrace y caminó
largos minutos con la mente ausente. Repasó con el corazón palpitante cada una
de las palabras que su admirado Michael Faraday le había escrito o dicho alguna
vez, y eso le infundió la confianza que no era capaz de encontrar en sus
propios razonamientos. Levantó la vista hacia el amplio horizonte que ofrecía
ese rincón de Londres y se preguntó, como quien no sabe si está despierto o
envuelto en la confusión de la duermevela, si sería cierto que acababa de desvelar
la íntima naturaleza de la luz.
Con el paso de los minutos el cielo fue tomando el
color celeste de un dibujo infantil. Otros transeúntes se regocijaban con el
espectáculo de esa hermosa mañana. Nadie, sin embargo, podía verlo como James
Clerk Maxwell. El escocés no solo veía el resplandor mágico de la luz del alba.
Frente a sus ojos, el espacio se presentaba como una maquinaria de engranajes
invisibles que daban sustento a lo que Faraday y él llamaban «campo
electromagnético». A pesar de que entre el Sol que se asomaba en el horizonte y
sus ojos no se interpusiera más que la atmósfera terrestre, Maxwell tenía
excelentes razones para pensar que debajo de esta apariencia inocente yacía una
gigantesca red invisible compuesta por un fluido que llenaba el universo y se
arremolinaba en pequeños vórtices que actuaban mecánicamente, cual engranajes,
a través de sus tensiones y esfuerzos, provocando todos los fenómenos
eléctricos y magnéticos observables.
Pero las ecuaciones con las que estaba trabajando
arrojaban, además, un resultado estremecedor: «La velocidad de las ondulaciones
transversas de nuestro medio hipotético […] concuerdan tan exactamente con la
velocidad de la luz calculada en los experimentos de M. Fizeau, que
difícilmente podamos evitar inferir que la luz consiste en las
ondulaciones transversas del mismo medio que causa los fenómenos magnéticos y
eléctricos ». [26] Así, la
atmósfera encendida que daba al cielo esos hermosos colores debía ser el
resultado de ondas que se propagaban a través de este medio conjetural: ondas
electromagnéticas emitidas desde la superficie ardiente del Sol. Vibraciones
que viajaban por un lapso de ocho minutos a una velocidad de casi trescientos
mil kilómetros por segundo a través de ese fluido invisible que ahora sólo él
veía con claridad.
«Vengo de los fuegos empíreos / desde espacios
microscópicos / donde las moléculas con feroces deseos / tiemblan en abrazos
ardientes. / Los átomos chocan, los espectros resplandecen […]», escribía
Maxwell en un poema dedicado a Peter Tait, uno de los padres de la
termodinámica. [27] El
lugar de los fuegos empíreos era, desde Aristóteles, el del cielo etéreo; es
decir, donde se encontraba el éter. ¿Acaso el fluido invisible del que hablaba
Maxwell?
§. Modestia aparte
Cuatro años más tarde, Maxwell publicó su obra culmen,Una teoría dinámica
del campo electromagnético, [28] en la
que por primera vez aparecen juntas las ecuaciones que hoy llevan su nombre. El
calado de su revolucionario trabajo era tan hondo que no fue comprendido hasta
más de una década después. Ni siquiera él alcanzó a darse cuenta del impacto de
su obra. Pocas dudas caben en la actualidad de que este es el trabajo
científico más importante del siglo XIX, a la par de El origen de las
especies, de Charles Darwin. El 1 de enero de 1865 se hizo la luz y la
historia de la ciencia experimentó un vuelco extraordinario, crucial para que
los descubrimientos se sucedieran a un ritmo vertiginoso desde entonces hasta
nuestros días.
Fueron dos los escollos que inicialmente
dificultaron la difusión de las ecuaciones de Maxwell. Por una parte, su teoría
era matemáticamente complicada, fuertemente influida por la forma británica de
hacer ciencia por aquel entonces, en la que imperaban los modelos mecánicos y
basados en la dinámica de fluidos. Esclavo de su tiempo, intentó formular su
teoría en este lenguaje, complicándola mucho más de lo necesario. Incluso en su
reformulación de 1865, en donde ya prescindió de los vórtices y sus interacciones
mecánicas explícitas, Maxwell escribía: «Tenemos, por lo tanto, razones para
creer, a partir de los fenómenos de la luz y el calor, que existe un medio
etéreo que llena el espacio y permea los cuerpos, pasible de ser puesto en
movimiento y de transmitir este movimiento de un sitio a otro». [29] Y es
que todas las ondas conocidas hasta entonces se propagaban en medios
materiales; las olas en el agua, el sonido en el aire, los sismos en la roca.
¡La luz no debía ser una excepción! Suponer que lo fuera representaba un salto
conceptual impracticable en el siglo XIX, por lo que Maxwell adoptó el
mitológico éter, que ya formaba parte de las teorías de la luz de la época; esa
sustancia invisible y omnipresente que se movía, vibraba y transportaba energía
en forma de luz.
En segundo lugar, y peor aún, ni siquiera Maxwell,
un hombre de inhumana modestia, le daba a sus ideas la importancia que
merecían, por lo que no emprendió su difusión con mayor convicción. En su
famoso discurso presidencial en la Asociación Británica para el Avance de la
Ciencia de 1870, teniendo una oportunidad inmejorable de comunicar su hallazgo
desde tan prestigioso púlpito, Maxwell casi no habló de su revolucionaria
teoría electromagnética. Se refirió a ella, tangencialmente, como «otra teoría
de la electricidad que yo prefiero». [30] No hubo
más palabras para persuadir al auditorio de que no sólo no era una teoría más,
sino que era la única capaz de dar cuenta de todos los fenómenos
electromagnéticos que se observaban hasta entonces, unificando la electricidad,
el magnetismo y la luz.
Maxwell dedicó la mayor parte de su discurso a
ponderar la teoría de William Thomson —más adelante conocido como lord Kelvin—
sobre los átomos y moléculas, en la que se sugería que estos podrían no ser más
que remolinos de éter. De este modo se pretendía dar cuenta de la estructura
interna que comenzaba a deducirse del estudio de las reacciones químicas y del
análisis de la luz que emitían las distintas sustancias. El hecho de que él
mismo hubiera prescindido de los vórtices de éter y ponderara su uso —aunque
fuera de un modo diferente— por parte de quien era el físico más influyente de
la época, parece subrayar su modestia. No podemos descartar, sin embargo, que
sus palabras estuvieran salpicadas por algunas gotas del más fino sarcasmo.
§. Contigo en la distancia
Bajo el paraguas de la humilde presentación de su teoría como si fuera de otro,
Maxwell dio cobijo a una idea sutil y revolucionaria: «Otra teoría de la
electricidad que yo prefiero, niega la acción a distancia y atribuye las
interacciones eléctricas a tensiones y presiones de un medio que todo lo llena
[...] en el que se supone que la luz se propaga». [31] De este
modo subrepticio deslizaba una de sus contribuciones más importantes, la de
acabar definitivamente con la «acción a distancia», tácita y omnipresente desde
los tiempos de Newton y siempre bajo sospecha.
La Gravitación Universal, por ejemplo, era una
teoría en la que dos objetos lejanos, digamos la Tierra y la Luna, se atraían a
través del espacio sin tocarse, privados de mensajero o mediador. La sola
existencia de la Tierra afectaba el movimiento de la Luna y viceversa, sin que
resultara claro cómo sabían la una de la existencia de la otra. Lo mismo
ocurría con las fuerzas eléctricas o magnéticas. Cargas eléctricas o imanes se
atraían o repelían como si de manera instantánea «supieran» de la mutua presencia.
Esto era difícil de entender. Algo debía ser responsable de servir de mediador
en estas interacciones.
Fue Faraday el primero en discutir esto en relación
a las fuerzas electromagnéticas. Al espolvorear limaduras de hierro cerca de un
imán, estas se orientan formando líneas. Faraday las llamó «líneas de fuerza» y
pensó en la posibilidad de que tuvieran una existencia real, independiente de
los objetos que se colocaran sobre ellas (como, por ejemplo, las limaduras de
hierro). Imaginó que estas líneas de fuerza ocupaban el espacio disponible como
podía hacerlo un gas en un recipiente. Pero no tenía los conocimientos
matemáticos que le permitieran ir más lejos; el físico experimental más
relevante del siglo XIX fue un autodidacta genial y su base matemática era
frágil. Tampoco disponía de las ecuaciones correctas. El pensamiento de Maxwell
es heredero de estas primeras reflexiones en torno a la existencia de un ente
real que llena el espacio entre los cuerpos interactuando con ellos.
Las ecuaciones de Maxwell representan la
culminación del trabajo de muchos científicos durante los siglos XVIII y XIX.
Antes de 1865 se trataba de varias leyes independientes, algunas
contradictorias. Maxwell corrigió estas contradicciones y reunió todo en una
única estructura coherente. Pero lo más notable es que lo hizo de modo que el
énfasis cambiaba de sitio. Ya no eran tan importantes las cargas eléctricas y
los imanes. El papel protagónico pasaba a una estructura que habita la
totalidad del espacio como las líneas de fuerza de Faraday: el campo
electromagnético. Las ecuaciones de Maxwell describen su movimiento y su
interacción con la materia. Este cambio de énfasis permite adoptar una nueva
perspectiva en la que la predicción de la luz como una onda electromagnética
resulta casi evidente. Lo desconocido se puso de manifiesto de un plumazo.
Faraday había demostrado que cuando un campo
magnético vibra en el espacio produce campos eléctricos. Maxwell mostró que
también era posible crear campos magnéticos agitando campos eléctricos. Como
dos niños jugando en un «sube y baja», estos dos campos alternaban el
protagonismo de conferirse movimiento mutuamente. En palabras de Frank Wilczek,
«De modo que estos campos pueden darse vida el uno al otro, produciendo
perturbaciones que se autorreproducen y que viajan a la velocidad de la luz.
Para siempre, desde Maxwell, entendemos que estas perturbaciones son la
luz». [32]
§. El éter ha muerto: ¡viva el campo!
El campo electromagnético, ese monumental amasijo de líneas de fuerza
invisibles que llenan el espacio, debía tener un sustrato y ése era el éter.
Las ecuaciones de Maxwell arrojaban un valor único para la velocidad de la luz.
Sin embargo, sabemos que la velocidad depende del observador y el coche que va
a ciento veinte kilómetros por hora en la autopista puede verse inmóvil a
nuestro lado. ¿Cómo se interpreta, entonces, la peculiar velocidad que resulta
de estas ecuaciones? Debía ser la velocidad respecto del éter, dado que era
este el que daba sustrato al campo electromagnético. Era la única explicación
posible.
Pero si existía un medio cuyas propiedades
dinámicas eran responsables de la propagación de la luz, debería poder medirse
el «viento» que este producía en el planeta Tierra debido a su movimiento en
torno al Sol, del mismo modo en que la brisa que sentimos al andar en bicicleta
nos revela la existencia de la atmósfera. Y así como la brisa es mayor cuando
nos movemos contra el viento, la velocidad de la luz medida en nuestro planeta
debería variar según la dirección en la que se propaga, debido al «viento de
éter» provocado por el movimiento terrestre. A ello se abocaron Albert
Michelson y Edward Morley en 1887, en un legendario experimento que utilizó una
técnica llamada «interferometría», inventada por el primero —por la que recibió
el premio Nobel de física en 1907— sobre la base de una idea ingeniosa y
simple. Se envía un haz de luz a un dispositivo óptico que lo divide en dos
haces perpendiculares que, tras recorrer una distancia idéntica a lo largo de
dos brazos de una imaginaria «L» y reflejarse en sendos espejos, regresan al
punto en el que se habían separado para recombinarse y dar lugar a una imagen.
Dado que la luz es una onda, con máximos y mínimos, si se propagara más rápido
en una dirección, el haz correspondiente llegaría antes al punto de encuentro,
produciendo un desajuste perceptible en la intensidad lumínica de la imagen. La
velocidad de la luz debía ser máxima cuando se propagara en dirección contraria
al movimiento de la Tierra en el éter.
A pesar de la complejidad del experimento,
extremadamente sensible a las vibraciones y a los efectos de la dilatación
térmica, lo cierto es que funcionó y dio como resultado la total ausencia de
cualquier pista que indicara la existencia del viento de éter. La velocidad de
la luz parecía ser la misma en todas las direcciones. Una posible explicación
era que la Tierra arrastrara al éter en su movimiento, como había sugerido sir
George Stokes en 1844, provocando que hubiera una suerte de pátina de éter adherida
a su superficie, como ocurre con una pelota de fútbol al moverse en el aire.
Para explicar un fenómeno conocido como «aberración estelar», sin
embargo, era necesario suponer que el éter estaba quieto. Las piezas no
encajaban. Había algo extraño. Algo que demandaría otra revolución intelectual.
Maxwell no pudo ser parte de ella ya que murió de un cáncer abdominal cuando
tenía cuarenta y ocho años.
§. La posta de la luz
Pero la historia continuaría a solo mil kilómetros de allí, a orillas del
Danubio, en donde una joven pareja se recreaba viendo jugar a su primogénito de
poco más de siete meses mientras la tarde llenaba el cielo de untuosos colores.
El pequeño Albert había llegado al mundo justo a tiempo para recoger la posta
lumínica dejada por Maxwell. Con apenas dieciséis años se imaginó intentando
alcanzar un rayo de luz. Corriendo tan rápido que fuera capaz de ver el campo
electromagnético mientras oscilaba, en reposo, a su lado. Esta posibilidad le
pareció absurda. La luz debía verse igual, sin importar el estado de movimiento
desde el que se la observara. Diez años después llegó a la convicción de que la
existencia del éter no era en absoluto necesaria. El campo electromagnético era
en sí mismo un ente fundamental, un protagonista excluyente del universo físico
que podía sostenerse sin necesidad de medio alguno.
Maxwell concibió el concepto de campo, también
intuido por Faraday, pero no se permitió apostar por él como algo primordial.
Siempre quiso verlo con los anteojos de la época, enceguecido por la mecánica
de Newton. Por ello apostó por el éter, como todos sus contemporáneos, y tuvo
que ser Einstein quien pulverizara esta posibilidad poniendo de relieve el
estatus singular y elegante del concepto de campo. El universo físico está
poblado por diversos campos que, como el electromagnético, permean el espacio.
Toda la física moderna descansa en esta idea que, de tan luminosa, encegueció a
su creador.
La abolición del éter impulsó a Einstein a poner en
duda ideas que habían permanecido siglos sin ser cuestionadas, llevándose por
delante algunas de las convicciones más profundas del pensamiento de la época.
Habría que modificar nuestra comprensión sobre la naturaleza del tiempo y del
espacio. Así nació la Teoría de la Relatividad Restringida.
Capítulo IV
Luz y tiempo
El tiempo y su irrefrenable paso aparecen, en
distintas disciplinas, como uno de los misterios primordiales, quizás el mayor
de ellos. Jorge Luis Borges hacía notar, con su peculiar clarividencia y su
pluma punzante, que lo más extraordinario en el paso del tiempo es aquello que
se mantiene inmutable: «[...] el asombro ante el milagro / de que a despecho de
infinitos azares, / de que a despecho de que somos / las gotas del río de
Heráclito, / perdure algo en nosotros: / inmóvil [...]». [33] Acaso
eso inmutable a lo que se refería Borges era la identidad del individuo, algo
que está por encima de la complejidad que pueden abarcar las ciencias físicas,
cuando menos en la actualidad. Sin embargo, estas se encuentran con
regularidades sorprendentes, patrones reiterativos llenos de misterio que,
alumbrados por la inteligencia aguda de Einstein y descritas en su estilo ágil
y certero, acaban por dar forma a las leyes del mundo natural; ese puñado de
ecuaciones que explican nuestro universo con la elegancia desnuda de un poema.
La realidad física más elemental, de hecho, también
encuentra su identidad en ciertas propiedades que son inmutables. Todos los
electrones, por ejemplo, son idénticos en cuanto a las propiedades que los
distinguen. No importa dónde esté ni cuándo lo miremos, un electrón es un
electrón y lo seguirá siendo en el porvenir. Además, pero este ya es un asunto
diferente, no hay forma de distinguirlo de otro. Lo mismo ocurre con el fotón,
la partícula de luz de la que hablaremos más adelante. Tiene varias propiedades
que lo caracterizan, pero hay una que es sencillamente inverosímil: se mueve
siempre, en el vacío, a doscientos noventa y nueve millones setecientos noventa
y dos mil cuatrocientos cincuenta y ocho metros por segundo. No importa en qué
rincón del universo lo observemos, ni en qué momento lo hagamos, todas las
evidencias sugieren que los fríos números arrojarán el mismo resultado.
Einstein postuló la universalidad de este comportamiento, en la forma de una
conjetura a la que llamó «Principio de Relatividad».
§. Automóviles, bicicletas, fotones y trenes
Resulta evidente que un principio como este nos fuerza a cambiar radicalmente
nuestra comprensión del espacio y del tiempo, ya que de lo contrario sería
imposible que fuera cierto. El sentido común nos dice que la velocidad es
siempre relativa. Si vemos pasar un automóvil por la carretera a cien
kilómetros por hora, entendemos que esta velocidad es respecto del suelo; es
decir, si mantiene la velocidad constante avanzará cien kilómetros en una hora.
Pero si lo perseguimos en una bicicleta que se desplaza a treinta kilómetros
por hora, lo veremos alejarse de nosotros a setenta kilómetros por hora, de
modo que manteniendo el ritmo, al cabo de una hora, nos habrá adelantado
setenta kilómetros. Y desde el punto de vista de otro automóvil que viaja a
ciento veinte kilómetros por hora, el primero se iría quedando cada vez más
rezagado, estando veinte kilómetros más atrás en el transcurso de una hora. Las
velocidades de todos los protagonistas de este microrrelato son relativas,
¿cómo puede la luz, entonces, tener una velocidad universal?
Ya hemos discutido —pero es más que conveniente
volver a hacerlo, desplazando sutilmente el enfoque— que el origen de esta
conjetura está en las ecuaciones de Maxwell, que predicen un valor universal
para la velocidad con la que se propagan las ondas electromagnéticas en el
vacío. Para los físicos de fines del siglo XIX esto no era extraño, ya que
pensaban, —como el propio Maxwell—, que había un medio, el éter, a través del
cual la luz se propagaba. Así, que las ecuaciones dieran un valor para la
velocidad de la luz resultaba tan poco sorprendente como que la teoría de las
vibraciones del aire arrojara, como lo hacía, uno para la velocidad del sonido,
medida, claro está, en relación al aire en reposo. El sonido, para ser
precisos, se mueve a unos mil doscientos treinta kilómetros por hora (el valor
exacto depende de condiciones como la temperatura, la presión y la humedad del
aire). El estruendo de un trueno en un día sin viento se propaga en todas las
direcciones a esa velocidad. Si lo escuchamos subidos a la bicicleta del
ejemplo anterior, desplazándonos hacia el punto en el que se produjo el trueno,
lo detectaremos un instante antes, ya que su velocidad nos resultará
exactamente treinta kilómetros por hora mayor: mientras la onda sonora viaja
nosotros acudimos a su encuentro. El viento golpeándonos la cara será lo que
ponga en evidencia que no estamos en el sistema de referencia «correcto» para
medir la velocidad del sonido. De ahí el experimento de Michelson y Morley en
el que pretendieron, sin éxito, medir el viento de éter experimentado por el
movimiento de la Tierra en ese medio.
El Principio de Relatividad nos dice que las cosas
son muy distintas cuando se trata de la luz. Un pasajero —llamémoslo Bruno— que
viaje en un tren veloz y decida hacer un experimento para calcular la velocidad
del destello proveniente de un lejano relámpago hacia el cual se dirige,
encontrará exactamente el mismo resultado que una persona —a quien bautizaremos
Ana— que realice el experimento desde el andén. Ambos obtendrán un valor
idéntico para la velocidad de la luz, coincidente con el que resulta de las
ecuaciones de Maxwell. Dado que Bruno no aprecia que se encuentra en un tren en
movimiento —supongamos que las ventanas están cerradas salvo por una hendija
que le permite ver el relámpago y que las vías no tienen imperfecciones—,
encontrará el resultado como una confirmación de las leyes de Maxwell. No
sentirá viento de éter alguno, simplemente porque no existe. Einstein firmó el
acta de defunción del éter al postular el Principio de Relatividad.
§. Libre convertibilidad
El poder de las matemáticas puede ser utilizado en la física gracias a lo que
llamamos «unidades». Los metros, segundos y kilogramos, entre otros, son
cantidades estandarizadas que permiten a la ciencia trabajar con números. Que
una tela mida dos metros, por ejemplo, significa que esa longitud estándar, el
metro, cabe dos veces en el paño. Ahora bien, ¿de dónde viene el estándar?
Hasta los años sesenta el metro se definió a partir de una barra metálica que
se guardaba con infinito cuidado en las bodegas de la Oficina Internacional de
Pesas y Medidas ubicada en Sèvres, cerca de París. La cadencia del paso del
tiempo, por su parte, se mide usando la repetición incesante de algún fenómeno
periódico, como el movimiento de un péndulo. El segundo, por ejemplo, estaba
definido hasta 1967 en relación al año; es decir, al tiempo que demora la
Tierra en dar una vuelta completa alrededor del Sol.
Estas definiciones para el metro y el segundo son,
como se ve, demasiado antropocéntricas. Si enviáramos una señal a través del
espacio, por ejemplo, con el fin de comunicarle a una civilización lejana cómo
es nuestro mundo, no habría modo de explicarles qué es un metro o un segundo. A
menos, claro, que redefinamos estas unidades a partir de fenómenos más
universales que cualquiera pueda reproducir en todo tiempo y lugar. En 1967 se
modificó la definición del segundo con ese espíritu; se lo caracterizó como la
duración de nueve mil ciento noventa y dos millones seiscientos treinta y un
mil setecientos setenta oscilaciones producidas por cierta radiación que emite
el átomo de cesio-133 —es decir, aquel que tiene cincuenta y cinco protones y
setenta y ocho neutrones en el núcleo—, en condiciones bien determinadas que no
vale la pena precisar ahora. Esta rocambolesca manera de definir el segundo
tiene otra razón de ser: la estabilidad del soporte físico es tal que el
desfase que acarrea es de un segundo cada treinta mil años. Posiblemente la
civilización que lea nuestro mensaje ya habrá descubierto la física atómica,
por lo que podrá seguir las instrucciones que le permitan entender el
significado de un segundo. ¿Y el metro? Podemos definirlo como aquella unidad
de distancia que, establecida ya la duración de un segundo, otorga a la
velocidad de la luz en el vacío su valor exacto y universal que nuestros
vecinos cósmicos presumiblemente también conocen.
Una de las consecuencias de la universalidad de la
velocidad de la luz en el vacío fue el cambio de estatus del tiempo y el
espacio. ¡La medición de estas dos cantidades ya no requiere de unidades
distintas! Cualquier intervalo de tiempo define una longitud (la distancia que
la luz recorre en ese lapso), que será la misma en cualquier lugar y momento.
La velocidad de la luz en el vacío se convierte así en un mero factor de
conversión entre unidades de tiempo y unidades de espacio, sin mayor relevancia
que el utilizado para pasar de millas a kilómetros. El tiempo y el espacio
resultan intercambiables, dos caras de una misma moneda. Podemos medir
distancias en segundos e intervalos temporales en metros. Eso es lo que hacemos
cuando decimos que, por ejemplo, el centro de la Vía Láctea está a unos treinta
mil años luz.
Es oportuno mencionar aquí que existen sólo tres
constantes universales: la velocidad de la luz, la constante de Newton (de la
gravitación) y la constante de Planck (de la Mecánica Cuántica). Cada una de
ellas provee un factor de convertibilidad con importantes consecuencias
conceptuales. Por ejemplo, la constante de Newton permite convertir kilogramos
en metros, de modo que la masa del Sol resulta ser de mil cuatrocientos ochenta
metros y la de la Tierra no llega a los cinco milímetros. Más adelante veremos
algo más de la fascinante profundidad de esto que en apariencia es un mero
juego algebraico. Las tres constantes universales permiten definir de manera
única una distancia a la que se denomina «longitud de Planck»
—equivalentemente, a partir de ella podemos calcular un tiempo y una masa de
Planck— y que parece ser la unidad más fundamental que nos ofrecen las leyes de
la Naturaleza. Es una mil billonésima parte de la distancia más pequeña
explorada por el ser humano, de modo que se trata de una unidad de escasa
utilidad en la vida diaria. Pero la universalidad de su valor le confiere una
aureola singular y la expectativa de que todas las unidades puedan determinarse
algún día de modo natural a partir de esta.
§. Reloj no marques las horas
Consideremos, por un momento, la posibilidad de fabricar un reloj que funcione
a base del incesante reflejo de un haz de luz entre dos espejos horizontales
enfrentados. Para fijar ideas, pensemos que el tiempo que le lleva a la luz
hacer el viaje de ida y vuelta entre ambos es de un nanosegundo; es decir, una
mil millonésima de segundo: los espejos habrán de estar separados unos quince
centímetros. Supongamos que tenemos un segundo reloj, idéntico, perfectamente
sincronizado con el primero. La luz va y viene al unísono, verticalmente, en
una danza rítmica perfecta que marca el paso del tiempo. En cierto momento
ponemos en movimiento a uno de los relojes instalándolo dentro del tren en el
que viaja Bruno, que se mueve en línea recta y a velocidad constante. Para él
la situación es la misma que experimentaba antes de que el tren se pusiera en
movimiento: contempla el ir y venir del haz, de un espejo al otro, en un
nanosegundo.
Ana, sin embargo, quien se quedó en el andén con el
otro reloj, observará algo sorprendente como consecuencia del Principio de
Relatividad. Para ella, el haz de luz del reloj de Bruno sigue una trayectoria
distinta, ya que en el intervalo que le lleva su viaje desde el espejo superior
al inferior, este se ha desplazado horizontalmente junto al tren, y lo mismo
ocurre en el retorno al espejo superior. Por lo tanto, desde su perspectiva, el
haz de luz bajó y subió siguiendo una trayectoria dada por dos tramos
diagonales, cuya inclinación es más pronunciada cuanto mayor es la velocidad
del tren. La distancia recorrida por el haz del reloj de Bruno, por lo tanto,
es más larga desde su punto de vista que la recorrida por el de su propio
reloj, quieto junto a ella en el andén. Bajo la premisa de que la velocidad de
la luz es una constante universal, Ana comprobará que la duración del tictac en
el reloj de Bruno es mayor que la del suyo. El tiempo transcurre a un ritmo más
lento sobre el tren que en el andén, concluirá Ana sin ningún género de duda.
La dilatación relativa del tiempo en los relojes en movimiento es una de las
consecuencias más fascinantes de la Teoría de la Relatividad Restringida de
Einstein.
El fenómeno resulta más extraño aún si notamos que
para Bruno ocurre exactamente lo contrario: para él es el reloj de Ana el que
está en movimiento, por lo que es aquél el que habrá de reducir su cadencia. Y
la ralentización sería mayor cuanto más grande fuera la velocidad relativa. Si
el tren viajara a la velocidad de la luz, Ana vería detenerse el reloj de
Bruno, sus agujas inmóviles, ¡y viceversa! Llegamos a esta conclusión
utilizando relojes de luz, pero lo mismo valdría para los de pulsera, digitales
y también para los «relojes biológicos». No es difícil imaginar el rechazo
suscitado inicialmente por estas ideas de apariencia disparatada.
§.¡Larga vida al muón!
Una comprobación rotunda y espectacular de la realidad de la dilatación
temporal tuvo que esperar varias décadas y se dio en los laboratorios del
Consejo Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN), en 1977. Uno de los
subproductos de las colisiones que allí se realizaban era una partícula llamada
«muón», descubierta en 1936 por Carl Anderson —quien ese mismo año ganó el
premio Nobel de física por su descubrimiento del positrón— y su estudiante de
doctorado, Seth Neddermeyer. El hallazgo se produjo, al igual que ocurriera con
el del positrón, mediante el estudio de los rayos cósmicos, partículas de muy
alta energía de procedencia extraterrestre que bombardean constantemente
nuestro planeta provocando una cadena de colisiones al entrar en la atmósfera,
lo que da lugar a la aparición de muchas otras partículas.
El muón es muy inestable; su vida media es de poco
más de dos millonésimas de segundo. Al cabo de ese tiempo, esta huidiza
partícula se convierte en un electrón y en el proceso salen despedidos dos
neutrinos. Más estrictamente, se trata de un comportamiento probabilístico que
sólo tiene sentido a nivel estadístico: en una población de un gran número de
muones, el 63 por ciento habrá decaído al transcurrir una vida media, mientras
que el 86 por ciento lo hará cuando hayan pasado cuatro millonésimas de segundo.
En el CERN hay un anillo en el que se acumulan y almacenan muones, haciéndolos
girar a velocidades cercanas a la de la luz. Así, el «reloj biológico» de los
muones, aquel que les dice cuándo ha llegado el momento de convertirse en
electrones, discurre de manera más pausada que la cadencia impuesta por los
relojes del laboratorio. Desde el punto de vista de los investigadores del
CERN, la vida media de los muones se prolongó hasta alcanzar las sesenta y
cuatro millonésimas de segundo, casi treinta veces más larga que cuando están
afuera del acelerador. En el experimento se mostró de manera categórica que en
el hipotético reloj de los muones la vida media seguía siendo de poco más de
dos millonésimas de segundo, sólo que su reloj transcurría casi treinta veces
más lento que el de los experimentadores. Desde el punto de vista de los
muones, son los investigadores los que envejecen a un ritmo menor.
§. El espacio-tiempo
El extraño comportamiento del tiempo que la Relatividad Restringida demanda nos
lleva a una segunda consecuencia igualmente insólita. Supongamos que el tren de
Bruno se dirige a Berlín. Ana, sentada en el andén, hace el siguiente
razonamiento: «Si el reloj de Bruno avanza más lento, él llegará, según sus
propios instrumentos, antes de lo previsto. ¿Cómo es posible que llegue antes
de lo pautado si su velocidad es la que ambos acordamos? La única solución a
esta aparente paradoja es que para Bruno la distancia a Berlín sea menor que
para mí. No me queda otra alternativa que concluir que en su sistema de
referencia la distancia recorrida se acortó». La «contracción de Lorentz» es
otra consecuencia del Principio de Relatividad y fue propuesta por el físico
holandés Hendrik Lorentz en 1889, en un intento por salvaguardar la hipótesis
del éter estacionario en el que se propagaría la luz. Si bien no logró evitar
la abolición del éter, acabó siendo una conclusión consistente con la teoría que
Einstein desarrollaría unos cuantos años más tarde.
Tanto las diferencias temporales como las
espaciales dejan de ser absolutos en la Teoría de la Relatividad Restringida.
Sin embargo, el matemático francés Henri Poincaré demostró que existe una
combinación de estas diferencias que resulta ser la misma para Ana y para
Bruno. Esto es similar a un fenómeno relativamente sencillo. Si dibujamos dos
puntos en un folio, la distancia entre ellos no dependerá de nuestra elección
de coordenadas; si trazamos ejes cartesianos en el papel tendremos la libertad
de elegir su orientación sin que esto afecte a la distancia entre los puntos.
Sin embargo, las diferencias en el valor de sus coordenadas cartesianas sí
dependen de la elección de los ejes. La distancia entre los puntos, un
absoluto, puede escribirse como una combinación de las diferencias de
coordenadas —magnitudes relativas— a través del teorema de Pitágoras. En otras
palabras, Poincaré identificó una suerte de teorema de Pitágoras en el
espacio-tiempo. Esta analogía fue puesta bellamente en palabras por quien fue
profesor de Einstein en Zúrich, el matemático lituano Hermann Minkowski: «Desde
ahora tanto el espacio en sí mismo como el tiempo en sí mismo estarán
condenados a desvanecerse en meras sombras. Sólo un tipo de unión entre ambos
preservará una realidad independiente». [34] Tal
como las coordenadas del plano cartesiano no tienen sentido por sí solas, el
espacio y el tiempo debían fundirse en un conjunto inseparable: el
espacio-tiempo o «espacio de Minkowski», escenario de aquí en más de todos los
fenómenos físicos.
§. Sincronías
Veamos la última de las consecuencias excepcionales de la Relatividad
Restringida utilizando la herramienta favorita de Einstein: el experimento
pensado. Recurriremos nuevamente al tren en el que viaja Bruno, que se mueve a
gran velocidad y en línea recta. Desde el centro de un vagón herméticamente
cerrado se disparan dos haces de luz en direcciones opuestas; hacia adelante y
hacia atrás. Pocas dudas caben de que Bruno verá llegar ambos haces al mismo
tiempo, ya que los dos tienen que recorrer la misma distancia. La llegada de la
luz a las paredes del vagón será, desde su punto de vista, simultánea.
Desde su puesto en el andén, Ana verá algo
cualitativamente distinto. Dado que ve al tren avanzar al tiempo que los haces
de luz recorren su camino, el haz que se propaga en la misma dirección que el
vagón tendrá que recorrer una mayor distancia antes de alcanzar la pared que
aquel que se propaga en la dirección contraria. Por lo tanto, tardará más en
llegar a ella. Así, Ana afirmará que la llegada de los haces de luz a las
paredes del vagón no fue simultánea, asegurando que el haz llegó antes a la
pared trasera. Más extraño aún, si ahora viene otro tren al doble de velocidad,
un pasajero sentado en este verá al de Bruno viajando en la otra dirección:
para quien viaje en este tren el haz de luz llegará primero a la pared
delantera. La Relatividad Restringida no permite establecer que dos
acontecimientos hayan tenido lugar en sincronía. La simultaneidad es un asunto
que no tiene una respuesta única y depende del observador. Incluso el orden en
que dos eventos ocurren dependerá del estado de movimiento de quien los
observe.
Aquí sí encontramos una aparente paradoja, ¿acaso
existe algún observador para quien la publicación de la Teoría de la
Relatividad Restringida haya ocurrido antes del nacimiento de Einstein?
Teniendo en cuenta los desquiciantes fenómenos descritos, no parece claro que
esto sea imposible. Afortunadamente, sin embargo, la respuesta es rotunda y
negativa. Los dos eventos mencionados, el nacimiento de Einstein y la
publicación de la Relatividad Restringida, están causalmente conectados.
La Teoría de la Relatividad implica que la velocidad más grande entre dos
eventos es la de la luz. Si podemos ir desde uno al otro sin movernos nunca más
rápido que la luz, entonces están causalmente conectados: el primero puede
influir en el segundo, como obviamente es el caso en el ejemplo mencionado.
Consideremos, en cambio, los eventos: (a) usted lee
ahora estas líneas y (b) una fiesta se celebra la próxima semana —de acuerdo al
calendario terrestre en reposo— en «Próxima Centauri b» (el exoplaneta más
cercano a la Tierra). La luz demora más de cuatro años en llegar allí por lo
que usted no tiene ninguna posibilidad de llegar a esa fiesta. No puede influir
de modo alguno en lo que allá suceda. Estos dos eventos no están causalmente
conectados. Siendo así, no tiene ninguna importancia si algún observador los
juzga simultáneos y otro afirma que la fiesta ocurrió antes que la lectura. En
la Relatividad Restringida la sincronía no tiene un valor de verdad absoluto,
pero sí lo tiene el que dos eventos sincrónicos no puedan ser jamás uno causa y
otro efecto. Pares de eventos que no están relacionados causalmente serán
siempre simultáneos para algún observador. Recuérdelo la próxima vez que le
digan que la posición de los astros en el cielo en el momento de su nacimiento
determina algún aspecto de su vida...
Capítulo V
El átomo de luz
Un sórdido titular acaparó parte de la portada
del Meriden Record el sábado 28 de mayo de 1932: «Connotado
científico muere al caer de un precipicio». El físico y psicólogo Leonard
Troland se habría desmayado mientras posaba para una fotografía al borde de un
acantilado durante un paseo por el monte Wilson, en California. La caída de
ochenta metros le costó la vida. Troland era un científico multifacético. Como
ingeniero y luego director de investigación de la Technicolor Motion Picture
Corporation hizo importantes desarrollos en las técnicas de la fotografía en
color. Además, era profesor de psicología en la Universidad de Harvard, en
donde trabajó en diversas áreas, desde el problema de la percepción y visión
del color hasta el fenómeno psicológico de la motivación.
En 1917 hizo un extraño experimento para verificar
la posibilidad de que la telepatía fuese un fenómeno real. Para ello diseñó una
prueba automática en la que no había posibilidad alguna de que el investigador
a cargo tuviese influencia sobre el resultado. Un dispositivo iluminaba al azar
uno de dos bloques. Quien lo observaba debía intentar transmitir
telepáticamente cuál era el bloque iluminado a un sujeto en otra habitación.
Los resultados lo llevaron a descartar la validez de la telepatía, por lo que
perdió el interés en ella. Un año antes, mientras hacía experimentos sobre la
visión humana, Troland acuñó la palabra «fotón». Aunque el significado era
totalmente distinto al que le damos hoy (se trataba de una unidad de percepción
lumínica), la palabra entró en el lenguaje científico con fanfarrias y
ambigüedades hasta dar con su significado actual en 1928, en un artículo
escrito por el físico Arthur Compton. Pero eso que conocemos como fotón —el
«cuanto» o «átomo» de luz, su unidad o partícula fundamental— había hecho su
aparición mucho antes de encontrarse con su nombre, en el primero de los
artículos que Einstein publicó en su annus mirabilis.
§. El retorno del corpúsculo
Fue en marzo de 1905, tres días después de cumplir veintiséis años, cuando
escribió «Sobre un punto de vista heurístico concerniente a la producción y
transformación de la luz». [35] La idea
allí planteada era tan revolucionaria, tan audaz e improbable, que hubiese sido
más fácil aceptar la confirmación de la telepatía por parte de Troland. Es que
a menudo la ciencia nos muestra que la Naturaleza es más extraña y fantástica
que el esoterismo más rimbombante. Tanto es así que el mismo Einstein, incapaz
de aceptar su hallazgo como una realidad última y fundamental, utilizó la
palabra heurístico en el título, dejando en claro que para él
se trataba de una idea provisional, un tanteo que habría de corregirse cuando
se comprendiera con mayor rigurosidad.
La frase crucial del artículo está al final de su
introducción: «De acuerdo al supuesto que consideraremos aquí, cuando un rayo
de luz se propaga desde un punto, su energía no se distribuye de manera
continua llenando un volumen cada vez más grande, sino que consiste de un
número finito de cuantos de energía, localizados en puntos del espacio, que se
mueven sin dividirse y pueden ser absorbidos o generados sólo en unidades
enteras». [36] Apenas
dos meses antes de aquel artículo en el que habría de socavar cualquier duda
que pudiera persistir sobre la realidad atómica y molecular de la
materia, [37] Einstein
dictaminó que la luz estaba constituida por unidades elementales, semejantes a
partículas. El mismo científico que tres meses después aboliría el éter,
mostrando que los campos electromagnéticos eran una realidad física
incontestable y que la luz era la manifestación más nítida de su oleaje a
través del vacío, nos decía también que la luz no era siempre ese continuo sino
que también, al menos en ocasiones, debía entenderse como si se tratara de
haces de partículas; ésas que hoy llamamos fotones. De este modo desempolvaba
la vieja teoría corpuscular de la luz de Isaac Newton, desacreditada desde que
a comienzos del siglo XIX el físico inglés Thomas Young demostrara
experimentalmente el fenómeno de interferencia, de innegable naturaleza
ondulatoria.
Pero ¿cómo podía ser la luz una onda y,
simultáneamente, una partícula? Einstein dio aquí el puntapié inicial de la
Mecánica Cuántica y su dualidad onda-partícula. Una teoría que en las décadas
siguientes llegaría a su madurez, sin perder jamás ni un ápice de su naturaleza
extraña y enigmática. Einstein murió pensando —o quizás más bien deseando— que,
a pesar de sus grandes éxitos, la teoría cuántica sólo podía ser provisional;
una rústica aproximación a la realidad para la que debería existir una descripción
más directamente conectada con nuestro sentido común. Es que probablemente no
exista ninguna otra idea que subraye con tanta vehemencia la enorme distancia
que existe entre este y las leyes fundamentales que parecen regir el universo.
§. Planck y el cuerpo negro
A finales del siglo XIX la realidad atómica y molecular gozaba de creciente
consenso en la comunidad científica. A partir de ella se podían explicar las
propiedades de cuerpos macroscópicos, compuestos por una enormidad de estas
minúsculas partículas, como su temperatura, presión o entropía. Para ello, los
físicos hacían cálculos estadísticos: promedios de cantidades mecánicas
realizados sobre todas las partículas constituyentes.
La física también contaba con la teoría de Maxwell,
que explicaba todos los fenómenos eléctricos y magnéticos que se observaban
incluyendo, por supuesto, al más fascinante de todos: la luz. Sin embargo, la
interacción de la luz con la materia era un absoluto misterio. No se trataba de
una ignorancia menor. Por ejemplo, las situaciones que involucran calor suelen
estar asociadas a fenómenos lumínicos. El caso más familiar es el de cualquier
objeto al que se calienta a temperaturas suficientemente altas. Siempre ocurre
lo mismo: comienza a emitir una luz rojiza que al elevar aún más la temperatura
se torna anaranjada, luego amarilla, después blanquecina hasta, finalmente,
tomar un leve fulgor violáceo. La comprensión de este fenómeno, conocido como
«la radiación del cuerpo negro», fue uno de los grandes desafíos de la física
de fines del siglo XIX. El problema es que no se sabía cómo incluir la luz en
los cálculos estadísticos que se utilizaban sobre la materia: podemos hacer
promedios sobre propiedades de conjuntos de átomos o moléculas, pero no sobre
entes etéreos que, como la luz, no podemos contar.
Fue el físico Max Planck quien dio con la solución
en 1900. El resultado de sus cálculos brindaba con absoluta precisión la
cantidad de luz que emitiría un objeto a cierta temperatura para cada color del
espectro. Tal fue el revuelo que causó este importante resultado que pocos se
detuvieron a pensar con mayor profundidad la revolucionaria suposición que
Planck debió asumir para llegar a él: la luz debía absorberse y emitirse en
«paquetes» cuya energía era proporcional a su frecuencia. Él mismo reconoció más
tarde que «fue una suposición puramente formal y no le dediqué demasiado
pensamiento, excepto por el hecho de que, sin importar cuál era el costo, me
llevaba al resultado correcto». [38]
Einstein fue el primero en tomarse en serio esta
curiosidad matemática. No era que la luz, por razones misteriosas, depositara
su energía en la materia en forma de «paquetes»; era la propia luz la que
estaba constituida por corpúsculos. Su artículo de marzo comenzaba, de hecho,
estableciendo una re-derivación de la fórmula de Planck. Luego utilizó su
teoría de la luz para explicar otros fenómenos que involucraban la interacción
de esta con la materia. El más importante y que le valió el premio Nobel de física
quince años más tarde: el llamado «efecto fotoeléctrico».
§. Las chispas de Hertz
En un bello experimento realizado por Heinrich Hertz en 1887, se mostraba que
era más fácil generar un arco voltaico —una chispa, como en una bujía— entre
dos terminales eléctricos cuando estos eran iluminados. La luz era capaz de
arrancar electrones de los metales, produciendo una corriente eléctrica que
viajaba a través del aire. El experimento se fue sofisticando con el tiempo,
hasta que se pudo observar un aspecto extraordinariamente peculiar del
fenómeno. De acuerdo con la teoría ondulatoria uno esperaría que al aumentar la
intensidad de la luz la cantidad de electrones liberados y la velocidad con la
que son eyectados del metal aumente. Imagine una hilera de palmeras a la orilla
de una playa. Si las alcanza el suave oleaje cotidiano se mantendrán firmes en
su sitio pero si viene una gran marejada o un tsunami, serán arrancadas de
cuajo. Mientras mayor sea la intensidad de las olas, mayor será el número de
palmeras arrancadas y mayor también la velocidad con la que estas saldrán despedidas.
Los físicos de comienzos del siglo XX pensaban que los electrones, fuertemente
aferrados a sus respectivos átomos debido a la atracción eléctrica que
experimentaban por parte del núcleo, debían comportarse de modo similar cuando
la luz incidía sobre ellos y el oleaje electromagnético los agitaba. Sin
embargo eso no era lo que se observaba.
Lo que los experimentos acusaban era que:
i. cuando se iluminaba el metal con luz de longitud de
onda suficientemente grande, el fenómeno desaparecía por completo ¡sin importar
la intensidad!, como si se tratara de un tsunami inocuo ante el que los
electrones permanecieran indiferentes;
ii. cuando la longitud de onda se hacía más y más
pequeña, los electrones emergían con velocidades cada vez mayores y
iii.
la intensidad
de la luz no incidía en la velocidad con que los electrones eran expulsados,
sólo en la cantidad de ellos. Por ejemplo, para cierto metal podía ocurrir que
la luz roja, anaranjada o amarilla no arrancara electrones, pero que la luz
verde, de menor longitud de onda, comenzara a provocar su flujo con una
velocidad pequeña. La rapidez de los electrones aumentaría a medida que la luz
se tornara primero azul, luego violeta, hasta alcanzar el ultravioleta. No
importaba la intensidad utilizada si se iluminaba con luz roja. Nada se
conseguía. Si se iluminaba con luz verde, en cambio, al duplicar la intensidad
se duplicaría la cantidad de electrones, pero cada uno de ellos seguiría siendo
emitido con velocidad pequeña.
§. La explicación de Einstein
Esto no parecía tener ningún sentido. ¿Por qué los electrones habrían de elegir
dar un salto al vacío desde el interior de un metal sólo cuando son iluminados
por determinados colores, sin importar la intensidad de la luz? El misterio de
este fenómeno se desplomó bajo la mente prodigiosa de Albert Einstein, quien lo
transformó en una consecuencia evidente de su teoría corpuscular de la luz. La
analogía es ahora la de una hilera de palmeras en la ladera de una colina.
Desde lo alto podemos dejar caer rocas de distinto peso. Las más pesadas son
análogas a los fotones más energéticos, que corresponden a los de longitud de
onda más pequeña —frecuencia más grande—. Si dejamos caer piedras livianas, no
importa cuántas sean, no derribarán palmera alguna. Sólo cuando las rocas sean
lo suficientemente grandes, transportarán la energía necesaria para echar abajo
un árbol. Si aumentamos aún más el tamaño de la roca, las palmeras saldrán
expulsadas con mayor velocidad, una velocidad que sólo depende del peso de las
rocas y no del número que lancemos. Este incidirá, eso sí, en la cantidad de
árboles arrancados.
De igual forma, los fotones asociados con la luz de
mayor longitud de onda tienen menos energía. Así, un fotón rojo es menos
energético que uno azul. Para arrancar un electrón del metal, este debe ser
golpeado por un fotón suficientemente energético. Del mismo modo en que la
guillotina es efectiva cuando cae desde cierta altura produciendo un golpe seco
y no ocasiona más que un rasguño si se deja caer tantas veces como uno quiera
pero a un milímetro del cuello, un fotón muy energético no puede ser reemplazado
por un número grande de fotones de baja energía. Si uno, digamos rojo, no tiene
la energía suficiente para arrancarlo, tampoco lo arrancará una seguidilla de
fotones rojos. Si la energía es mayor, digamos de fotones verdes, azules o
violetas, el electrón no sólo será arrancado sino que le sobrará energía y este
remanente será usado para imprimirle velocidad a su movimiento.
La explicación de Einstein daba perfecta cuenta de
lo que se veía en el laboratorio. Además, el hecho de que debiera recurrir a
los cuantos de luz, cuya energía era proporcional a la frecuencia, reforzaba
los cálculos de Planck para la radiación del cuerpo negro y viceversa: ambos
resultados, en conjunto, constituían una evidencia sólida a favor de la
existencia de unidades mínimas e indivisibles de la luz; «átomos de luz» que
daban una inesperada segunda oportunidad a la derrotada teoría corpuscular de
Isaac Newton. No resultó sencillo de digerir este aparente retorno a un
paradigma cuya falsedad se daba por demostrada desde hacía ya un siglo; ni
siquiera para Einstein. Recién en 1917 se planteó el problema de asignarle a
los fotones una propiedad fundamental que se asocia a toda partícula: el
«momento lineal». En el caso de cualquier otra partícula, este no es más que el
producto de su masa por su velocidad, pero según la Teoría de la Relatividad
Restringida el fotón no debía tener masa para poder así viajar a la velocidad
de la luz; dicho de otro modo, su masa debía ser exactamente cero.
El fotón fue la primera partícula elemental
predicha teóricamente —más tarde se sumarían a este linaje el positrón, el
neutrino y el bosón de Higgs, entre otras— y la que más resistencia encontró
para ser aceptada por la comunidad científica. ¿Una partícula de masa cero que,
sin embargo, transportaba energía y momento lineal? ¿Un corpúsculo al que
debían asociarse características como la frecuencia, propias de las ondas?
Einstein se dio cuenta en 1909 de que para poder explicar cómo los cuantos de
energía podían resultar compatibles con el comportamiento ondulatorio de la
luz, era necesario un salto conceptual: «Es, por lo tanto, mi opinión que el
próximo paso en el desarrollo de la física teórica nos traerá una teoría de la
luz que pueda ser interpretada como un tipo de fusión entre las teorías
ondulatorias y de emisión [corpusculares]. Fundamentar esta opinión y mostrar
que un cambio profundo en nuestra visión de la naturaleza y la constitución de
la luz es imperativo, es el propósito de las siguientes reflexiones». [39] Ese
«cambio profundo» no era otro que la Mecánica Cuántica, que empezaría a tomar
forma recién a mediados de los años veinte.
A finales de julio de 1918, Einstein le escribió
una carta a su amigo Michele Besso en la que por primera vez manifestó de
manera contundente que los fotones, lejos de ser una entelequia auxiliar, eran
una realidad de la Naturaleza: «Pero ya no tengo más dudas sobre la realidad de
los cuantos de radiación, a pesar de que todavía estoy un poco solo en esta
convicción». [40] Aportaron
a esta convicción los trabajos publicados en 1923 por el estadounidense Arthur
Compton y el holandés Peter Debye, mediante experimentos similares al del
efecto fotoeléctrico pero en los que se observaba el cambio en la longitud de
onda de la luz reflejada. El efecto sólo podía explicarse si se suponía la
existencia de fotones, tal como fueron concebidos por Planck y Einstein.
Al año siguiente se vivió un impasse debido
a un trabajo de Niels Bohr —con su antiguo discípulo Hendrik Kramers y John
Slater, un estudiante estadounidense que se encontraba de visita en
Copenhague—, en el que se proponía un marco teórico que prescindía de los
fotones a un precio muy alto: sacrificar nociones fundamentales de la física
como la conservación de la energía y la causalidad. Einstein ya había pensado
en esta posibilidad en 1910 y la había descartado oportunamente, como se lo
hizo saber con delicioso sarcasmo a su amigo Paul Ehrenfest: «Esta idea es una
vieja conocida mía, a quien no considero una genuina compañera». [41] Bohr y
Einstein se habían conocido personalmente en la primavera de 1920 en Berlín y
se profesaron de inmediato una admiración incondicional. «No me ha ocurrido a
menudo en la vida que un humano me haya causado tanto placer por su mera
presencia como usted lo hizo», [42] le hizo
saber Einstein, a lo que Bohr respondió: «Encontrarme y hablar con usted fue
una de las experiencias más grandiosas que yo haya tenido». [43] La
existencia de los fotones fue la primera de las batallas en las que cruzaron
espadas. En esta ocasión, el vencedor fue Einstein. Muy rápidamente se pudo
verificar en el laboratorio que las ideas de Bohr eran incorrectas y él mismo
izó la bandera blanca el 21 de abril de 1925: «Tal parece que no queda más que
dar a nuestros revolucionarios esfuerzos un funeral tan honorable como sea
posible». [44] La
claudicación de Bohr condujo a la aceptación universal de la existencia de los
fotones y marcó el nacimiento definitivo de la Mecánica Cuántica.
§. Visión electrónica a distancia
La magia de la telepatía se vino abajo con los experimentos de Troland, pero el
efecto fotoeléctrico hizo posible la transmisión a distancia e inalámbrica de
imágenes, de manera totalmente inesperada. En junio de 1908, el ingeniero
eléctrico Alan Archibald Campbell-Swinton publicó una breve carta en la
revista Nature titulada «Visión electrónica a
distancia». [45] Su
contenido, lejos de las apariencias, no era nada esotérico o mágico.
Campbell-Swinton estaba soñando con una tecnología que se haría realidad apenas
dos décadas más tarde; la posibilidad de enviar imágenes en movimiento a lo
largo de enormes distancias: la televisión. Sugería para ello el uso de tubos
de rayos catódicos, tanto para la reproducción de imágenes (la pantalla) como
para su recepción (la cámara). La tecnología para la pantalla, que ya tenía
desarrollos anteriores, fue común en los televisores hasta comienzos de este
siglo. Lo más novedoso, por lejos, fue la sugerencia de utilizar tubos de rayos
catódicos, en conjunción con el efecto fotoeléctrico, para captar imágenes. Uno
de los creadores de la televisión electrónica, tal como la conocemos hoy, Philo
Farnsworth, fue el primero en transmitir la imagen de una persona en vivo, en
1929: la de su esposa. La cámara utilizaba el efecto fotoeléctrico para
transformar la luz de una imagen proyectada sobre una placa de metal en una
señal eléctrica, que se podía transmitir usando cables. La magia de la
telepatía ahora era posible gracias a fenómenos físicos que de la mano de
Albert Einstein se comprendieron a la perfección. Magia sin magia.
Capítulo VI
La masa transfigurada
Los primeros indicios de la inminente primavera
eran desmentidos por la nieve oscura que se acumulaba en los bordes de las
aceras. Einstein y su segunda esposa, Elsa Löwenthal, tenían buenos motivos
para empezar a contemplar con optimismo la posibilidad de quedarse
definitivamente en Princeton. La crudeza del primer invierno ya era cosa del
pasado y pronto estarían celebrando el primer cumpleaños de Albert en Estados
Unidos. Asistieron con sincero entusiasmo al coloquio de ese 6 de marzo de 1934
al que Einstein acudía más como violinista que como físico. Había aprendido a
tocar el violín desde los seis años bajo la influencia de su madre, una
pianista de cierto talento. Al finalizar, se apresuró a excusarse con Elsa y
caminó raudo a su oficina en Fine Hall, visiblemente exultante. Antes de cerrar
la puerta le comentó a su secretaria, con un dejo de ironía, «me parece que el
método de los doce tonos es una locura». [46]
En la charla a la que acababa de asistir, Arnold
Schönberg, creador del método de composición musical llamado «dodecafonismo»,
había expuesto los fundamentos teóricos y estéticos de la que ya se había
convertido en una de las corrientes musicales más célebres y audaces del siglo
XX. Menos de un mes más tarde ambos se volverían a encontrar. Esta vez en el
Carnegie Hall de Nueva York, en donde se organizó un concierto de caridad en
honor a Einstein, cuyas ganancias irían a parar a fondos destinados a reubicar
niños judíos alemanes en Palestina, alejándolos de la persecución nazi. Un
grupo significativo de artistas presentó sus obras y sus respetos al físico,
«quien con su contribución a la ciencia ha empujado la marcha de la
civilización y con su devoción hacia el arte ha acercado estos dos mundos para
el desarrollo de la cultura […] por lo que nosotros, quienes buscamos la verdad
en la música como él la busca en la ciencia, inscribimos nuestros nombres con
profunda admiración y estima hacia quien estamos orgullosos de llamar nuestro
colega». [47]
Más atento que nadie estaba Arnold Schönberg, el
«colega» de quien Einstein había hablado con cierta displicencia unos días
antes. Él también tenía algunos reparos para con el físico, cuya forma de lucha
contra el antisemitismo le parecía sencillamente inútil. Para Schönberg la
única solución posible era la creación de un estado judío. Einstein le parecía
ingenuo, de un romanticismo infantil en cuanto a su visión del movimiento
sionista. Esa noche se interpretaría La noche transfigurada, la
obra que el músico había compuesto treinta y cinco años atrás, delicioso fruto
del método que el homenajeado había caracterizado como «una locura». La pieza,
un sexteto de cuerdas, había sido rechazada para su ejecución en el club de
músicos de Viena en 1899. Un sonido en particular resultó irritante para el
jurado. A pesar de las explicaciones que el músico dio sobre el acorde en
cuestión, acabó rindiéndose. Años después escribiría en tono burlesco: «Es
claro que no existe algo como la inversión de un acorde de novena, por lo que
no puede existir algo como su ejecución, ya que nadie puede ejecutar algo que
no existe» [48]. La obra
«fue abucheada, causando disturbios y peleas a golpes de puño. […] Tuve que
esperar varios años» [49]. Ahora, sin
embargo, la obra era un estándar, aplaudida y presentada como tributo al hombre
más célebre de su época.
A pesar de sus diferencias, las vidas de Schönberg
y Einstein tuvieron un paralelismo sorprendente. No sólo por el hecho de que
ambos revolucionaran sus respectivas disciplinas. Habían sido protagonistas de
la floreciente cultura centroeuropea del cambio de siglo. Jóvenes integrados a
ella hasta el punto de despreciar la religión que habían heredado de sus padres
y que los hacía sentir extraños entre sus pares. Schönberg se convirtió al
protestantismo luterano en 1898. Einstein, por su parte, en una oportunidad le
comentó al matemático Adolf Hurwitz que el resultado de unas vacaciones de su
esposa e hijos en Serbia había sido la conversión de ellos al catolicismo;
«bueno, es todo lo mismo para mí», [50] recalcó.
Pero la creciente ola de hostigamiento antisemita durante las décadas que
siguieron los empujó de vuelta a sus raíces. Cuando Hitler llegó al poder en
1933, ambos dejaron Europa y se establecieron en los Estados Unidos. Por esos
días Schönberg estaba en Francia. Antes de cruzar el océano, en una ceremonia
celebrada en la Sinagoga de París y cargada de sentido identitario, se
reintegró al judaísmo. Tanto Einstein como Schönberg adoptaron la nacionalidad
estadounidense. Desde entonces, cada uno a su manera, se comprometió
activamente con el movimiento sionista. Luchadores abnegados, idealistas de
infatigable entusiasmo, ambos debieron perseverar para establecer ideas
totalmente extrañas a su época.
§. Septiembre de 1905
El 27 de septiembre de 1905 se publicó en Annalen der Physik otro
de los célebres artículos del annus mirabilis de Albert
Einstein. Un breve trabajo, consecuencia directa de su predecesor —tratado aquí
en el capítulo «Luz y tiempo»—, pero que contiene el corolario más asombroso de
la Teoría de la Relatividad Restringida, que se expresa a través de la que probablemente
sea la expresión matemática más conocida de todos los tiempos. Aunque no sepa
qué significa ninguno de los símbolos que la componen, no hay duda alguna de
que usted la ha visto muchas veces: E = mc2.
En su sucinta genialidad, estos cinco caracteres
albergan uno de los mayores secretos del mundo físico. Una deslumbrante
relación entre cantidades fundamentales ante cuya generalidad y esplendor uno
no puede menos que caer rendido sin aliento. El físico y poeta español Agustín
Fernández Mallo propuso renovar la poesía contemporánea con su «Haiku de la
masa en reposo»:
E2 = m2c4 +
p2c2 ,
Si p=0 (masa en reposo) → E = mc2. [51]
La búsqueda de la belleza poética —o, como la
define él, postpoética— debe explorar todos los rincones que ofrece el
lenguaje, incluido el matemático. «Para escribir como en el siglo XX siempre
estaremos a tiempo.» [52] El
propio Einstein fue víctima de ese deslumbramiento ante el que procuró no
ceder. No estaba seguro de la validez de esta ecuación y era muy difícil
diseñar un experimento que la verificara.
Por esos días, a quinientos kilómetros de Berna,
estando de vacaciones en el lago Traun, otro joven, apenas cinco años mayor,
finalizaba la que habría de ser una de sus obras maestras. El Cuarteto
número 1 en re menor fue la obra que consolidó a Arnold Schönberg como
compositor. Pero la música incidental que acompañó en su gestación a la fórmula
más popular de Einstein no estuvo exenta de dificultades. El estreno ante el
público fue sólo dos años después y acabó con aún más abucheos que su Noche
transfigurada. «El cuarteto número uno jugó un papel importante en mi vida.
Por una parte, los escándalos que provocó fueron tan ampliamente reportados en
el mundo que rápidamente me hice conocido para el público. Por supuesto, era
considerado el satanás de la música moderna; pero, por otra parte, muchos de
los músicos de vanguardia se interesaron en mi música y quisieron conocer más
de ella.» [53]
El enérgico rechazo que produjo la obra de
Schönberg fue la contracara de la fría recepción que Einstein encontró luego de
publicar sus dos artículos sobre la Relatividad Restringida. Su hermana Maja
escribiría al respecto: «El joven académico imaginó que sus publicaciones en
esa prestigiosa revista captarían atención inmediata. Esperaba una firme
oposición y severas críticas. Pero se desilusionó. A su publicación siguió un
gélido silencio. Los siguientes números de la revista no mencionaron para nada
sus trabajos». [54] El
desencanto de Einstein, sin embargo, no tardó en disiparse. Un tiempo después,
«recibió una carta desde Berlín. La enviaba el célebre profesor Planck, quien
le pedía algunas clarificaciones sobre puntos de su trabajo que le resultaban
oscuros. […] El regocijo del joven científico fue enorme ya que el
reconocimiento de sus trabajos venía de uno de los más grandes físicos de su
tiempo». [55]
Sus publicaciones comenzaron a ser discutidas con
apenas unos meses de retraso por buena parte de la comunidad científica. La
admiración, la incredulidad y también el repudio no tardaron en llegar. El
premio Nobel de física de aquel año, Philipp Lenard, desestimó rápidamente la
importancia de la teoría; con el correr de los años fue dejando al descubierto
sus verdaderas motivaciones de corte racista. En los años treinta se unió al
partido nacionalsocialista y acuñó el término «física judía» para referirse despectivamente,
entre otras, a la Teoría de la Relatividad. La música de Schönberg corrió
similar suerte poco después. Era parte de la «música degenerada» prohibida por
el régimen nazi. Afortunadamente, esos tiempos quedaron atrás hace mucho,
sepultados en el barro de la historia. En la actualidad, tanto la obra de
Einstein como la de Schönberg gozan de la admiración y el respeto de todos, a
pesar de las barreras que impiden al público masivo abrazarlas. En el caso de
la fórmula más famosa, esta sigue siendo intimidante para la mayoría dado su
tecnicismo. Lo que sigue es una invitación a que nos acerquemos sin temor y nos
dejemos seducir por su embriagador encanto.
§. Energía y masa
Comencemos con las letras: la «E» representa a la energía. Esta es la moneda de
cambio de la Naturaleza. No se crea ni se destruye, sólo es objeto de
transacciones entre sus distintas formas de manifestarse. Por ejemplo, la luz
del Sol (energía radiante), que es el resultado de la fusión de núcleos
atómicos (energía nuclear), calienta el agua del mar (transformándose así en
energía térmica), esta se evapora y se eleva formando nubes (energía potencial
gravitatoria) que luego cae en forma de veloces gotas (energía cinética). La
conservación de la energía es una ley universal que nos ha acompañado
imperturbable desde los inicios de la física y que sigue entre nosotros,
operando con extraordinaria precisión.
Al lado derecho está la masa «m», una medida de la
resistencia de los objetos a cambiar su estado de movimiento, propiedad a la
que llamamos inercia. La experiencia nos indica que es más difícil empujar un
camión que un automóvil —y este que una bicicleta—. De hecho, es más difícil
también frenarlo o cambiar su dirección de movimiento. El primero, decimos,
tiene mayor masa. También experimentamos la masa a través de la gravedad. Los
objetos más masivos son atraídos más fuertemente por la Tierra; pesan más. Al
igual que la energía, la masa también se conserva. Lo estableció el francés
Antoine Lavoisier poco antes de perder la cabeza en la guillotina
revolucionaria. La leña que introducimos en la chimenea tiene la misma masa que
sus productos finales después de la combustión, principalmente vapor de agua,
anhídrido carbónico, radiación lumínica y, naturalmente, cenizas.
Finalmente, la «c» es la velocidad de la luz, cuyo
valor exacto es de doscientos noventa y nueve millones setecientos noventa y
dos mil cuatrocientos cincuenta y ocho metros por segundo. Una velocidad enorme
que permite, por ejemplo, que la luz reflejada en la superficie de la Luna
llegue a nuestros ojos en poco más de un segundo. Además, como vimos en «Luz y
tiempo», esta velocidad no depende del estado de movimiento de quien la
observe: es una constante universal.
La fórmula de Einstein nos dice que la masa es un
reservorio energético. Aunque un objeto esté en reposo e ignoremos otras
fuentes de energía como la que resulta de la interacción entre sus
constituyentes fundamentales, habrá una energía disponible en él que es igual a
su masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado. Dicho de otro modo
—bastante menos intuitivo y sobre el que puso el foco Einstein en su artículo,
al punto de titularlo «¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido energético?»—,
la dificultad para mover un objeto es proporcional a la energía que este
alberga. La constante de proporcionalidad «c2» es un número
colosalmente grande, lo que implica que en un pequeño trozo de materia hay
contenida una energía enorme. Un kilogramo de cualquier sustancia, por ejemplo,
contiene la misma energía que obtendríamos al quemar miles de millones de
litros de gasolina. Ojalá supiéramos cómo extraerla eficientemente.
§. John y Paul en el espacio
Intentemos ahora entender por qué la energía puede jugar el papel de la masa
usando una discusión apócrifa entre John y Paul, dos astronautas a la deriva en
una pequeña nave espacial (¿amarilla?) sin combustible. [56] Supongamos
que ambos tienen idéntico peso y están frente a frente en extremos opuestos de
la nave. La estación está a tres kilómetros, visible a espaldas de John. Ambos
reflexionan sobre algún método que les permita moverse en esa dirección. No conseguirlo
significa morir. John tiene una manzana en la mano y de pronto le dice a Paul
con entusiasmo: «Si te lanzo la manzana la nave reaccionará impulsándose hacia
la estación. Como sucede con el culatazo que experimentas cuando disparas un
rifle. Si bien no conseguiremos mucha velocidad, ya sabes, Paul, no tenemos
apuro». Paul lo mira extrañado. «Eso no es posible, John. Las leyes de Newton
impiden que nuestra nave se mueva sin que actúe alguna fuerza externa sobre
ella. El “centro de masa”, aquel punto imaginario que representa la ubicación
del promedio de todas las masas de la nave, permanecerá inmóvil. Lo que
sucederá es que nos moveremos en dirección a la estación sólo mientras la
manzana esté en vuelo hacia mí, pero en cuanto yo la atrape, el golpe empujará
a la nave en dirección contraria y quedaremos nuevamente en reposo. Nos
moveremos una distancia despreciable. ¿Quieres que haga el cálculo en detalle?»
John le lanza contrariado la manzana, con fuerza, y
se queda en silencio mirando cómo Paul juega con ella, pensativo, lanzándola de
una mano a la otra. Repentinamente, recobra su entusiasmo: «¡Ya lo tengo,
Paul!, basta con que ahora intercambiemos nuestra posición. Tú vienes a
sentarte aquí y yo voy a tu lugar. Como pesamos lo mismo, esta operación no
moverá la nave. Una vez que estés aquí, me lanzas la manzana para que nos
movamos un poquito más hacia la estación. Repetimos la operación muchas veces
hasta que alcancemos nuestro destino». Paul, confundido, se queda en silencio y
está a punto de rendirse cuando se da cuenta de la falacia: «Tu línea de
pensamiento es ingeniosa como siempre, John, pero contiene un error». Levanta
la voz un poco para proseguir, «¡Cuando cambiemos de posición no pesaremos lo
mismo! Yo tengo la manzana, por lo que peso más que tú. De este modo, cuando
hagamos el cambio la nave se desplazará en dirección contraria a la estación y
al repetir la operación sólo lograremos un zigzagueo inconducente».
Abochornado ante tan impecable argumento, John se
queda paralizado mirando hacia la profunda negrura espolvoreada de estrellas
que adorna la escotilla tras la cabeza de Paul. «Tienes razón, pero al menos
deberás conceder que entonces hay algo muy extraño. Algo que Newton debió haber
pasado por alto. Supón que la manzana tuviera masa cero». Se detuvo al
comprobar la sonrisa burlona con la que Paul lo miraba en ese instante. «Sí,
masa cero», continuó. «Podríamos, por ejemplo, lanzarnos fotones en lugar de
manzanas. Concretamente, supón que cada uno de nosotros tiene un láser capaz de
lanzar pulsos de luz, provisto de un sistema de recarga que a su vez utiliza
energía lumínica. La luz también ejerce presión, por lo que la situación con
sus pulsos es la misma que con las manzanas. Por así decirlo, yo disparo un
fotón hacia ti y la nave se mueve, hasta que el fotón es absorbido por el
sistema de recarga de tu láser y se detiene. Ahora, sin embargo, los dos
pesaremos lo mismo ya que el fotón absorbido por tu láser tiene masa cero, no
pesa, por lo que podríamos intercambiar posiciones sin que la nave se mueva.»
Ambos permanecen un largo rato pensativos, mirando
la estación que flota en la lejanía, apenas iluminada en la lóbrega inmensidad
del espacio. Saben que algo en el argumento de John no suena bien. De pronto,
los rostros de ambos se iluminan. Quizás no puedan salvarse, pero al menos han
entendido algo profundo y bello: «A menos que», dice Paul, y John, asintiendo
con resignación, se suma para completar la frase al unísono, «¡A menos que la
energía del fotón que nos intercambiamos sí pese!».
En efecto, si la energía no pesara seríamos capaces
de construir extraños aparatos que podrían moverse sin interactuar con nada, en
flagrante violación de una ley fundamental del movimiento que intuyó Galileo
Galilei y estableció definitivamente Isaac Newton. Así, la relación entre la
masa y la energía brindada por la icónica fórmula de Einstein, por muy
revolucionaria que resulte, es una celosa y conservadora guardiana de una de
las más antiguas certidumbres alcanzadas sobre el movimiento de los cuerpos.
§. La energía está en la masa (y viceversa)
Hay dos consecuencias particularmente fascinantes de la fórmula de Einstein. La
primera es de índole práctica: ¿es posible extraer esa energía y transformar
cualquier trozo de materia en energía útil? Ningún experimento podía dar cuenta
del fenómeno en 1905, pero los siguientes treinta años serían testigos de
grandes avances en la comprensión del núcleo atómico, que permitirían observar
directamente la conversión de masa en energía en ciertas reacciones nucleares.
Apenas se dio cuenta de las posibilidades bélicas que esto ofrecía en un mundo
convulsionado por los vientos de guerra que llegaban desde Alemania, tan pronto
como Enrico Fermi y Leó Szilárd identificaron las posibilidades que brindaba el
uranio para estos fines, Einstein escribió junto a Szilárd una carta al
presidente Franklin Delano Roosevelt alertándolo de la situación. La Segunda
Guerra Mundial recién había comenzado y había indicios de que Alemania también
estaba explorando estas posibilidades al dedicar una sospechosa atención a las
minas de uranio que estaban en los territorios que comenzaba a controlar. Ya
veremos en el capítulo «Nubes sobre Kokura» más detalles sobre esta historia.
La segunda consecuencia tiene relación con nuestra
comprensión del universo, ¿será que la masa de todas las cosas no es más que la
energía almacenada en su estructura microscópica? En efecto, la masa de la
materia está dada principalmente por la de los nucleones: protones y neutrones
que pueblan los núcleos atómicos. Estos están hechos de quarks, cuyas masas
intrínsecas —de las que es responsable el inefablemente célebre bosón de Higgs—
apenas dan cuenta del 1 por ciento de la de los nucleones. Los quarks permanecen
unidos debido a una interacción conocida como «fuerza fuerte», de magnitud
enorme en las escalas de longitud muy pequeñas. Así, la masa de los protones y
los neutrones resulta, en casi un 99 por ciento, de la energía cinética de los
quarks y de sus interacciones.
§. La fórmula del sargento Pimienta
La física de Einstein y la música de Schönberg significaron el punto de partida
del modernismo en sus respectivas disciplinas. Einstein se transformaría en una
celebridad. Su cabello cano, largo y despeinado, y su poblado bigote que
redondeaba el aire bonachón de su rostro, sintetizarían la imagen estereotipada
del científico, mientras que su fórmula más famosa quedaría en la memoria de
todos como un monumento a aquello sagradamente incomprensible. Schönberg, en
cambio, pasaría mucho más desapercibido, a pesar de que su mano invisible esté
detrás de casi todo lo bueno que escuchamos hoy. Liberó las posibilidades
cromáticas de la música al formalizar la atonalidad, democratizando el uso de
las doce teclas de una octava del piano —negras y blancas— en toda composición.
Esto dio inicio a lo que luego se denominó «serialismo».
Uno de los más importantes y controversiales
herederos de esta tradición fue el alemán Karlheinz Stockhausen. Paul McCartney
conoció su música en 1966 y llevó sus técnicas al estudio de los Beatles que
entonces grababan el álbum Revolver. Poco después vio la luz Sgt.
Pepper’s Lonely Hearts Club Band, considerado el punto más alto de la
música pop. En su carátula aparece un grupo numeroso y variopinto de personas
que acompaña a la banda. Dispuestos como si posaran para un fotógrafo
delirante, conforman un caleidoscopio en el que se funden escritores, artistas,
músicos, intelectuales, actores, deportistas, boxeadores y gurúes. Una comparsa
carnavalesca, salpicada de colores, en la que conviven la cultura popular con
las bellas artes y la gran cultura, señal de identidad de la llamada cultura
pop. Algo escondidos en este rocambolesco cuadro y cerca el uno del otro, se
los puede ver a ellos, Albert Einstein y Karlheinz Stockhausen, sintetizando la
belleza que emerge de lo más técnico y complejo, radiando su luz, mirándonos
desde el arca de la alianza del pop. E = mc2, como
cualquier obra del pop art, trascendió a su autor y a su contenido.
Al ritmo de las guitarras frenéticas y atonales que los Beatles le deben en
última instancia a Schönberg, se transformó en un ícono de nuestra cultura. La
entendamos o no.
Capítulo VII
Áureo fulgor relativista
Nueve segundos después del disparo giró ligeramente
el cuello hacia su izquierda para ver el marcador electrónico. Un par de
zancadas más tarde —o, para ser más precisos, cincuenta y ocho centésimas de
segundo después— atravesó la línea de meta para pulverizar el récord mundial de
los cien metros llanos y convertirse en el ejemplar más rápido de su especie.
Muchas imágenes se amontonaron en su cabeza mientras escuchaba el himno de
Jamaica desde lo alto del podio: recuerdos de infancia, los años de reprimendas
de sus primeros entrenadores por su escasa dedicación y los de esfuerzo
sostenido a pesar del futuro incierto cuando ya su talento era una realidad
irrefutable. Lo que realmente deseaba Usain Bolt en esos momentos era poder
verse a sí mismo asaltando la gloria desfachatadamente a través de la mirada
omnisciente de la televisión, como si estuviera viendo a otro, y en esto
pensaba mientras examinaba la medalla que había apartado de su pecho para verla
de cerca. Ese domingo 16 de agosto de 2009, como tantas otras veces antes y
después, a pocos días de cumplir veintitrés años, Bolt se entregó a la
seducción de ese suave resplandor áureo sin saber que el fulgor amarillo tenía
una historia detrás que involucraba al mismísimo Albert Einstein.
§. La química del podio
Arriba el oro, luego la plata y abajo el bronce, aleación cuyo ingrediente
principal es el cobre. Es el orden en que los deportistas son premiados en el
podio. En esa misma disposición, pero de abajo hacia arriba, se encuentran los
elementos químicos que conforman las medallas en la columna número once de la
tabla periódica. ¿Qué coincidencia cósmica llevó a que la organización de los
átomos vislumbrada en 1869 por Dmitri Ivanovich Mendeleev se viera reflejada en
los premios que el Comité Olímpico Internacional —y tantas otras federaciones,
asociaciones e instituciones— ofrece a los deportistas?
La tabla periódica ordena los átomos en forma
ascendente según la carga eléctrica de sus núcleos; es decir, del número de
protones que contienen. Comienza por el hidrógeno, que tiene uno, el helio
posee dos, el litio tres y así sucesivamente. Se despliega en filas
horizontales que ponen de manifiesto la periodicidad con que se presentan
distintas propiedades químicas en aquellos elementos que comparten una columna.
Salta a la vista de inmediato que mientras la primera fila tiene dos elementos,
la segunda y la tercera tienen ocho, la cuarta y la quinta dieciocho y las
últimas dos treintaidós. De modo que el «ritmo» con el que reaparecen las
características químicas comunes a los elementos de una columna varía de una
fila a otra.
La Mecánica Cuántica fue capaz de explicar el
motivo de esta periodicidad. Se debe a la forma en que se disponen los
electrones alrededor del núcleo: en capas, como si se tratara de una cebolla.
La primera capa admite hasta dos electrones y la segunda hasta ocho, como las
filas de la tabla periódica. A partir de la tercera, adquiere relevancia una
subdivisión de las capas en algo que llamamos «orbitales», que también podrían
numerarse pero los químicos han preferido denominarlos con letras: s, p, d y f.
Estos pueden contener, respectivamente, hasta dos, seis, diez y catorce
electrones. No es difícil comprobar que las cuotas de cada fila de la tabla
periódica corresponden a sumas de estos números; por ejemplo: dos, seis y diez
suman dieciocho, mientras que si a estos tres números les añadimos el catorce
obtenemos treinta y dos.
Las propiedades químicas más evidentes de un átomo
tienen que ver con el número de electrones del último orbital ocupado. Son
estos los que, al estar más lejos del núcleo y, por lo tanto, más débilmente
aferrados a él, están dispuestos a coquetear con átomos vecinos para establecer
uniones de hecho a las que llamamos moléculas. La última columna de la tabla
periódica, por ejemplo, contiene a todos los átomos cuya capa más externa está
llena, por lo que no se vinculan con ningún otro. A estos autistas del universo
atómico se los llama gases nobles, como el helio, el neón o el argón.
§. El electrón solitario de la undécima columna
¿Qué tiene de especial la undécima columna de la tabla periódica? El cobre, por
ejemplo, tiene veintinueve electrones. Las tres primeras capas admiten hasta
veintiocho. En el átomo de cobre están llenas y hay un único electrón sobrante
que vagabundea solitario en el orbital s de la cuarta capa, muy dispuesto a
serle infiel con la materia circundante. Se lo llama «electrón de valencia». La
plata está dieciocho posiciones después. Su docena y media de electrones
adicionales permiten llenar otra capa, dejando nuevamente un electrón
desamparado en el orbital s, esta vez de la quinta capa. Son necesarios treinta
y dos electrones más para llegar al elemento setenta y nueve, el oro, volviendo
a encontrarnos con el huraño electrón del orbital s, ahora de la sexta capa. El
oro está en la última fila de elementos gordos y estables. Sólo cuatro lo
exceden en peso: el mercurio, el talio, el plomo y el bismuto.
Es precisamente este electrón solitario del orbital
s el responsable de que estos tres elementos sean los mejores conductores de
electricidad y calor que podemos encontrar en la tabla periódica. También de
que sean maleables y hayan permitido al hombre desde tiempos muy remotos
moldearlos en la fabricación de objetos. Un simple electrón huidizo, juguetón y
exogámico explica también la resistencia a la corrosión y la atractiva
apariencia de estos metales. Su magnético brillo. A pesar de sus similitudes, el
cobre es por lejos el más abundante de los tres en la corteza terrestre,
seguido por la plata y finalmente el oro. Su precio es inversamente
proporcional a su abundancia. De allí su jerarquía en el podio.
Para poder acuñar las medallas debemos reunir algo
así como un cuatrillón de átomos. Estos se disponen espacialmente en una
estructura ordenada: una red cúbica. Los átomos se acomodan en los vértices de
cada cubo. En el caso del cobre y la plata, además, hay un átomo en el centro
de cada cara, como si cada cubo fuera un dado que tiene cincos en todos sus
lados. ¿Qué ocurre con la banda de un cuatrillón de electrones solitarios?
Cuando los átomos se integran en una red, estas escurridizas partículas quedan,
a todos los efectos prácticos, libres para desplazarse a su antojo. Dejan de
ser propiedad de átomos particulares para moverse colectivamente como una nube
que desconoce las rigideces del metal que habita. Los llamamos ahora
«electrones de conducción».
§. El brillo del oro
El brillo es una propiedad de casi todos los metales. Los responsables son los
electrones de conducción, capaces de transportar la electricidad y el calor.
Los electrones superficiales reflejan la luz incidente, lo que explica su
atractivo brillo, por lo que el metal sólo puede absorber una pequeña fracción
de esta, transformándola en calor. Cuando una partícula de luz (o fotón) incide
sobre el metal, los electrones libres pueden absorberla. Esta absorción será
similar para los distintos colores del espectro visible, esto es, tanto para
los rojos (de menor energía) como para los azules (de mayor energía), y todo el
arcoíris entre ambos. El hecho de que el metal absorba todos los colores por
igual implica que la luz reflejada sólo podrá disminuir en intensidad pero sin
cambiar su color. Es así como la mayoría de los metales muestran distintos
tonos de gris.
Hay ciertos metales que, sin embargo, son
coloridos. Lo anterior se debe a los electrones de las capas de menor energía,
esos que estaban en la capa llena inmediatamente inferior. Si un fotón
suficientemente energético incide sobre el metal, puede romper las filas de esa
capa y llevar un electrón a la de conducción. En el caso del cobre, por
ejemplo, esto ocurre para fotones con energía similar al color amarillo o mayor
(verde, azul). Lo anterior significa que el cobre absorbe más estos colores,
reflejando los rojos y anaranjados, explicando así su color. En el caso de la
plata son necesarios fotones de energía ultravioleta para lograr el mismo
fenómeno. Pero como esta luz es invisible a los ojos, no hay efecto óptico que
percibamos y la plata no tiene color. En el caso del oro esperaríamos que las
cosas fueran aún más drásticas y, por lo tanto, que fuera también incoloro.
Pero el oro es un elemento con tanta carga
eléctrica en el núcleo que los electrones que pasan cerca de este deben moverse
extremadamente rápido, a una fracción de la velocidad de la luz, para poder
orbitarlo. Así, es necesario considerar los efectos de la Teoría de la
Relatividad Restringida de Einstein. En ella las distancias se contraen para
observadores en movimiento. Los electrones de la capa de conducción en
materiales de la undécima columna son de los que pueden acercarse (¡también
alejarse!) más al núcleo, alcanzando las más grandes velocidades. Es por esta
razón que perciben el núcleo más cerca de lo que esperaríamos si no tuviéramos
en cuenta este efecto. De este modo, la energía que requiere un electrón de la
capa de abajo para saltar a la de conducción es menor a la ingenuamente
esperada. Gracias a la relatividad no se necesitan fotones ultravioletas sino
verdes o azules. El oro absorbe más estos colores, reflejando con mayor
intensidad los amarillos y rojos, lo que le brinda su color característico. Ése
que ejerce un poder narcótico sobre la mirada ausente del orgulloso Usain, aún
sin saber que ese fulgor, al igual que el propio, es un asunto de velocidad.
En la undécima columna hay un cuarto elemento, el
roentgenio, justo debajo del oro. Siguiendo la lógica, la medalla de este
material debería ser la más valiosa de todas. Pero el roentgenio es inestable.
Tiene una vida media de veintiséis segundos. Es probable que allí se encuentre
la explicación de esa llamativa actitud de los futbolistas, quienes, tras
recibir una meritoria medalla de plata, se la sacan en cuanto abandonan el
podio. Fantasean, quizás, con que sus preseas sean de roentgenio.
Capítulo VIII
El hombre que era jueves
Un milagro tuvo lugar en Berlín cada jueves de
noviembre de 1915. En medio de la agitación de la Primera Guerra Mundial,
Albert Einstein compareció semanalmente en la sede de la Academia Prusiana de
las Ciencias —de la que era miembro desde hacía un año— para comunicar sus
sobrehumanos avances en la comprensión de la fuerza que gobierna desde el
Sistema Solar hasta el propio universo en su totalidad. El último de esos
jueves presentó las ecuaciones de la Teoría de la Relatividad General, obra
cumbre de la historia del pensamiento.
Si quisiéramos encontrar un punto de partida para
esta odisea personal, deberíamos remontarnos a una lluviosa tarde del otoño de
1907 en la que Einstein tuvo, según sus propias palabras, «el pensamiento más
feliz de mi vida». [57] Estaba
en su despacho, en Berna, escribiendo un largo artículo que revisaba
minuciosamente cada detalle de su Teoría de la Relatividad Restringida cuando,
en el intento de desarrollar un ejemplo que incluyera a la fuerza
gravitacional, advirtió el grave problema: la Ley de la Gravitación Universal
de Isaac Newton era claramente incompatible con esta. La teoría de Newton
requería conocer distancias entre objetos, midiendo su posición
simultáneamente. Pero, como ya vimos en «Luz y tiempo», ni la distancia ni la
simultaneidad son nociones absolutas. ¿Cómo incorporar, entonces, la
gravitación newtoniana al espacio-tiempo relativista? Rápidamente se dio cuenta
de que esto no sería posible sin modificar de algún modo las ideas de Newton,
una osadía temeraria teniendo en cuenta el fabuloso registro de éxitos que
estas podían arrogarse, desde la predicción precisa de eclipses hasta la de
planetas como Neptuno. Miró desconsolado a través de la ventana.
Desde el tercer piso del gran edificio neoclásico
de anchos muros en el que funcionaba la oficina de patentes, apenas se
escuchaba la fina lluvia que caía. Contemplaba distraído las gotas que
golpeaban, una a una, los adoquines mojados de la calle cuando de pronto se
imaginó a sí mismo cayendo por la ventana. ¿Y si acompañara a la fresca
llovizna otoñal en su despreocupada caída? En ese instante preciso un
pensamiento luminoso y revelador conquistó su mente. Si se dejara caer al vacío
—y pudiera ignorar los efectos de la atmósfera, siguiendo el curso del
pensamiento de Galileo cuando este aseguraba que todos los objetos caerían del
mismo modo— vería las gotas de lluvia quietas a su alrededor, como si no
estuvieran sujetas a la fuerza gravitatoria. Si soltara en la caída una manzana
que llevara consigo, esta permanecería a su lado, flotando, como si no pesara
nada. En definitiva, se dio cuenta de que podría anular la fuerza de gravedad
acelerándose en dirección al suelo. Aficionado a los experimentos mentales, se
conformó con haber imaginado esta situación hipotética y, por fortuna, no la
puso en práctica. Como él lo describiría años después: «Si una persona cayera
libremente no sentiría su propio peso. Estaba fascinado. Este simple
pensamiento dejó una profunda impresión en mí. Me impulsó hacia una teoría de
la gravitación». [58] Fue el
inicio de un largo recorrido que culminaría ocho años después, durante el otoño
de 1915, un día jueves.
§. Plano y curvo
En la Teoría de la Relatividad General de Einstein, la gravitación no es otra
cosa que el efecto de la curvatura del espacio-tiempo. Para hacernos una idea
de lo que esto significa, es importante que comencemos por preguntarnos qué es
y cómo podemos evidenciar la curvatura. Consideremos primero un espacio sin
curvatura de dos dimensiones, es decir, un espacio plano como una hoja de
papel. Se trata de un lugar atiborrado de bellas propiedades en las que, por
costumbre, usualmente no reparamos. Podemos, por ejemplo, dibujar en ella
rectas paralelas que jamás se intersecarán. En general, la hoja plana nos
permite utilizar toda la geometría de Euclides que aprendimos de niños y que
nos dice que los ángulos internos de cualquier triángulo suman ciento ochenta
grados, o que el teorema de Pitágoras es inexorable. Esto nos permite dotar de
coordenadas cartesianas al folio de papel, transformándolo en la página
cuadriculada de un cuaderno de matemáticas. Cada punto que dibujemos será
etiquetado por un par de números y la distancia entre puntos podrá ser
calculada mediante el teorema de Pitágoras.
La curvatura rompe con buena parte de las
enseñanzas de Euclides. Para verlo, hagamos el siguiente experimento en la
superficie de la Tierra. Suponga que Albert está en el Polo Sur y avanza hacia
el Norte a lo largo de un meridiano hasta llegar al Ecuador, recorriendo así un
cuarto de circunferencia terrestre. Se puede decir que su trayectoria fue
«recta», en el sentido de que fue la más corta posible entre los puntos de
partida y llegada. Imagine que Albert gira allí noventa grados hacia su
izquierda y marcha sobre el Ecuador una distancia idéntica hacia el Oeste.
Finalmente, gira otros noventa grados hacia la izquierda y se encamina de
vuelta al polo a lo largo de un meridiano. Habrá dibujado en su trayecto un
triángulo sobre la superficie terrestre. Con sus tres ángulos rectos y sus tres
lados iguales, este inusual triángulo no satisface el teorema de Pitágoras. Y
la suma de sus ángulos internos es de doscientos setenta grados. ¿Extraño?
¡Claro! Es el precio a pagar por hacer geometría en espacios curvos. Si aún no
se convence, intente cuadricular una manzana.
Veamos otro ejemplo. Albert y Marcel, separados un
kilómetro sobre el Ecuador, deciden avanzar hacia el Sur a igual velocidad y en
línea recta; es decir, cada uno a lo largo de un meridiano. Si aplicaran sus
conocimientos de geometría euclídea, ignorantes de estar sobre una superficie
curva, dirían que siguen caminos paralelos que jamás se unirán, ya que
partieron su movimiento rectilíneo con idéntica dirección. A medida que
avanzan, sin embargo, descubren que se están acercando —ya que los meridianos convergen
hacia el Polo Sur—. En caso de que ignoraran el hecho de que la Tierra es
curva, los dos amigos podrían hacer interpretaciones tan exóticas como
interesantes; pensar que quizás una fuerza misteriosa esté actuando,
desviándolos de su camino recto original para acercarlos progresivamente. O que
tal vez rumbo al Sur las cintas métricas se dilatan, haciendo parecer que la
distancia entre ambos se reduce. Como veremos luego, estas interpretaciones son
equivalentes y simplemente nos indican que la Tierra es curva.
Podríamos pensar erróneamente que, a pesar del
ejemplo anterior, existen rectas paralelas sobre la Tierra que nunca se
intersecan. Que basta dibujar dos «paralelos», círculos de latitud constante, y
tendremos lo que deseamos. Sin embargo, el engaño está en que salvo por el
Ecuador, los paralelos no son líneas rectas sobre la esfera terrestre. Podemos
convencernos de ello, por ejemplo, mirando las rutas aéreas entre dos ciudades
de latitud similar, como Madrid y Nueva York. La trayectoria no va a lo largo
del paralelo 400, sobre el que se encuentran ambas ciudades, sino
que se desvía hacia el Norte, como si una «fuerza» similar a la que actuaba
sobre Albert y Marcel estuviese atrayendo al avión hacia el Polo Norte. También
podríamos concluir, como en el ejemplo anterior, que las cintas métricas se
dilatan hacia el Norte, por lo que los pilotos, conscientes de ello, desvían
hacia allá su ruta para acortar el viaje. Pero es más fácil entenderlo como un
simple efecto de la curvatura de la Tierra, que se puede ver más claramente si
nos situamos en el Polo Norte, dibujamos un círculo alrededor nuestro —un
«paralelo» de, digamos, un metro de radio— y nos preguntamos por la trayectoria
más corta entre dos puntos que se encuentran sobre este paralelo. El pequeño
círculo deja en evidencia que la trayectoria de latitud constante no es la más
corta. Debemos unir los puntos a lo largo de una línea recta que pasa por
dentro del círculo, es decir, se acerca al Polo Norte.
La distinción entre espacios planos y curvos se
extiende más allá de las dos dimensiones de estos ejemplos, pero deberemos
renunciar a una representación gráfica. La superficie terrestre, bidimensional,
se aparta del plano curvándose en una tercera dimensión. De igual modo, un
espacio tridimensional curvo nos obligará a intentar una representación que
como mínimo habrá de ser tetradimensional, [59] algo
que parece estar fuera de las posibilidades imaginativas del cerebro humano.
Pero no de su capacidad de abstracción.
El espacio-tiempo de Einstein es aún más difícil de
intuir ya que tiene cuatro dimensiones y curvatura. Como discutimos en «Luz y
tiempo», la constancia universal de la velocidad de la luz en el vacío, marca
de identidad de la Teoría de la Relatividad Restringida, condena al espacio y
al tiempo a formar parte de una entidad única e indisoluble: el espacio-tiempo,
concebido originalmente por Minkowski. Separarlos sería tan absurdo como
intentar emancipar los ejes cartesianos de una hoja cuadriculada. La teoría nos
dice que los lapsos temporales y las distancias dependen del observador pero
que existe una combinación especial de ambas, la distancia espacio-temporal,
que por un análogo del teorema de Pitágoras es absoluta. El hecho de que exista
esta suerte de «teorema de Pitágoras» en el espacio-tiempo es una evidencia
—imposible de probar sin entrar en tecnicismos mayores— de que, por exótico que
este espacio tetradimesional parezca, es un espacio plano.
Cabe preguntarse, entonces, ¿qué ocurre si el
espacio-tiempo se curva? ¿Cómo describimos y detectamos su curvatura? Einstein
necesitó diez años de titánico esfuerzo para formular estas preguntas, entender
las matemáticas que se requerían para escribirlas en un lenguaje depurado y
preciso, y brindar luego una respuesta tan inesperada como certera: de dicha
curvatura, como por arte de magia, nace la fuerza de gravedad. El jueves 25 de
noviembre de 1915 presentó en Berlín la forma definitiva de las ecuaciones de
la Relatividad General, revolucionando el paradigma sobre el que reposaba la
Ley de la Gravitación Universal establecida por Newton hacía más de tres
siglos.
§. En caída libre
«Principio de Equivalencia» fue el nombre con el que Einstein bautizó esa
primera idea que tuvo en 1907, en Berna. En un manuscrito nunca publicado
escribió: «Entonces tuve el pensamiento más feliz de mi vida en la forma
siguiente: En un ejemplo digno de consideración, el campo gravitacional sólo
tiene una existencia relativa […]. Porque para un observador en caída
libre desde el tejado de una casa, no existe campo gravitacional mientras
cae , al menos en sus alrededores cercanos. En efecto, si el
observador deja caer algunos objetos, estos permanecerán en reposo en relación
a él […], independientemente de su naturaleza química o física. El observador,
por lo tanto, está en todo su derecho de interpretar su estado como de
reposo». [60] El
ejemplo más nítido de esto es el de la plácida flotación de los astronautas en
la Estación Espacial Internacional en sus níveos trajes. ¿Por qué parecen
despojados de la tiranía gravitacional terrestre? Muchos se apresurarán a
responder que esta fuerza es despreciable a la distancia de la Tierra a la que
se encuentran. ¡Falso! De hecho, están en órbita a unos cuatrocientos
kilómetros de la superficie terrestre, donde la fuerza de gravedad disminuye
apenas un 10 por ciento respecto de la que sentimos quienes vivimos aferrados
al suelo. Lo que experimentan los astronautas es similar a lo que vivirían en
un ascensor que cae al vacío. Es el hecho observado por Galileo de que todos
los objetos, en ausencia del roce con el aire, caen de igual modo, independiente
de su peso.
La Estación Espacial Internacional orbita la
Tierra. Su trayectoria no es más que una continua caída. Todos los objetos en
ella se mueven de modo idéntico, incluidos los astronautas. Esto produce la
ilusión de que la gravedad ha desaparecido. Es el Principio de Equivalencia en
acción. Dicho de manera más precisa, lo que este principio afirma es que no hay
manera de distinguir, haciendo experimentos en su interior, entre una nave —o
un ascensor— cayendo y otra dispuesta en algún punto del espacio interestelar
en el que la gravedad sea nula. En realidad, siendo aún más rigurosos, este
principio es válido cuando el ascensor es suficientemente pequeño y los tiempos
de experimentación cortos —si se espera suficiente tiempo en el ascensor
cayendo, eventualmente se dará cuenta, si bien trágicamente, de que no estaba
en el espacio exterior—. Recíprocamente, no hay forma de distinguir haciendo
experimentos en su interior entre un ascensor en reposo sobre la Tierra y otro
que está acelerando, en el espacio exterior, con la aceleración gravitacional
que se experimenta en la superficie terrestre. En ambos casos sentimos una
atracción que nos une al piso y la consiguiente presión en los pies que podemos
interpretar como resultado de la fuerza de gravedad.
§. Tiempo curvo
Hasta aquí no resulta evidente, ni mucho menos, que haya una relación entre el
Principio de Equivalencia y la curvatura del espacio-tiempo. ¿Qué llevó a
Albert Einstein, partiendo de este principio, a pensar en la necesidad de
curvar el espaciotiempo? Para entenderlo, hagamos un nuevo experimento mental.
Albert y Marcel están ahora en una nave en el espacio interestelar, en ausencia
de gravedad; Albert se encuentra en la proa y Marcel en la popa, ambos
provistos de relojes idénticos, debidamente sincronizados. Albert prende y
apaga una lámpara cada vez que su segundero hace clic y Marcel recibe el pulso
de luz, comprobando que su reloj mantiene el mismo ritmo. Repentinamente,
Albert enciende los motores, propulsando la nave con la aceleración
gravitacional terrestre —es decir, aquella que experimentaríamos si nos
arrojáramos por la ventana— y ahora ocurre algo extraño. Cada vez que Albert
enciende la luz, la aceleración de Marcel hacia el haz le lleva a observar que,
al ser la distancia recorrida por este cada vez más corta y la velocidad de la
luz —en el vacío— una constante universal, el intervalo temporal entre dos
encendidos consecutivos es menor, en su reloj, que aquel que medía cuando
estaban quietos. Inexorablemente, no nos queda otra que concluir que Marcel
percibirá que el ritmo del reloj de Albert ha aumentado respecto del suyo:
Albert envejece más rápido por el mero hecho de estar en la popa de la nave.
Pero el Principio de Equivalencia nos dice que lo
mismo debe ocurrir si la nave está posada verticalmente sobre la Tierra. ¡Los
relojes que se encuentran más arriba deben apurar su ritmo! Este fenómeno puede
resultar sorprendente y contrario a la intuición, pero tenemos la certeza de
que ocurre, aunque a escalas humanas sea absolutamente imperceptible. De hecho,
los satélites del Sistema de Posicionamiento Global (GPS) están a veinte mil
kilómetros de altura y tienen a bordo relojes atómicos extremadamente precisos,
utilizados para triangular la posición sobre el globo terráqueo. Se observa que
estos relojes se adelantan treinta y ocho millonésimas de segundo cada día
respecto de los que están en la superficie terrestre. Aunque parezca un
intervalo de tiempo inapreciable, lo cierto es que en ese lapso la luz viaja
once kilómetros, de modo que ésa sería la imprecisión que tendría el sistema
GPS cada día si no se corrigiera este efecto en los cálculos. Como el sistema
está basado en la transmisión y recepción de señales electromagnéticas, y en el
cálculo de sus tiempos de viaje, es crucial entender los mecanismos de la
Teoría de la Relatividad General para corregir la sincronía de los relojes
—también de la Relatividad Restringida: los satélites orbitan a catorce mil
kilómetros por hora, una velocidad suficientemente grande como para hacer que
sus relojes se atrasen siete millonésimas de segundo por día; así, las treinta
y ocho millonésimas mencionadas anteriormente son el resultado de restar estas
siete a las cuarenta y cinco millonésimas de adelanto que predice la
Relatividad General—. El GPS es la aplicación tecnológica más importante de la
Teoría de la Relatividad General de Einstein. Su uso por parte de centenares de
millones de personas constituye un importante volumen de experimentos que la
comprueban cada día.
Por mucho que podamos medir esta extraordinaria
consecuencia del Principio de Equivalencia, hay algo incómodo en todo esto:
¿relojes que marchan a distintos ritmos sólo por estar a distintas alturas?
Parece tan descabellado y sobrenatural como la interpretación de Albert y
Marcel sobre las cintas métricas que se dilataban a medida que ellos viajaban
hacia el Sur. Después de todo, ya sabemos que la naturaleza del tiempo y la del
espacio no son distintas, por lo que la comparación no es una analogía: ¡es exactamente
el mismo fenómeno! Einstein se dio cuenta de esto y concluyó que, de algún
modo, la gravedad curvaba el tiempo. Durante años se traicionó pensando sólo en
este efecto, pero acabó reconciliándose consigo mismo, siendo fiel a su propia
idea de que tiempo y espacio son inseparables. No era posible que sólo el
tiempo estuviera curvado. La gravedad debía ser una manifestación de la
curvatura del espacio-tiempo.
§. Curvatura y gravedad
El hecho de que la gravitación debiera ser el resultado de una propiedad
geométrica del espacio-tiempo ya era evidente para Einstein en 1912.
Lamentablemente, a pesar de que los matemáticos —y entre ellos, muy
especialmente, el alemán Bernhard Riemann— habían desarrollado la «tecnología»
necesaria para lidiar con espacios curvos de cualquier dimensión durante el
siglo XIX, esta le era totalmente ajena y desconocida, como lo era para la
inmensa mayoría de los físicos de la época. Einstein, por fortuna, mantenía una
perdurable amistad con su ex compañero de carrera, el matemático húngaro Marcel
Grossmann, quien aprovechó su flamante designación como decano de la sección de
física y matemática de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, para ofrecerle
un puesto allí. Si bien en ese momento empezaban a llegarle varias ofertas de
trabajo —contaba con los imponentes apoyos de Marie Curie: «Si una tiene en
cuenta que el señor Einstein es todavía muy joven, tiene todo el derecho de
justificar las más grandes expectativas puestas en él y verlo como uno de los
líderes de la física teórica en el futuro», [61] y Henri
Poincaré: «El futuro mostrará cada vez más la valía del señor Einstein y la
universidad suficientemente inteligente para atraer a este joven maestro se
asegurará alcanzar grandes honores» [62] —,
Einstein se mostró feliz de regresar a Zúrich. Esta mudanza, en agosto de 1912,
resultó providencial. A través de Grossmann pudo conocer la geometría de
Riemann, el formalismo que le permitió lidiar con la curvatura del
espacio-tiempo y con el que se abocó a la búsqueda de las ecuaciones que
habrían de describir los fenómenos gravitacionales.
Las expresiones matemáticas que definen
rigurosamente a aquello que entendemos por la Teoría de la Relatividad General,
hoy conocidas como «ecuaciones de Einstein», y que él presentó en Berlín ese
inolvidable jueves 25 de noviembre de 1915, establecen que es el contenido
energético de los cuerpos el responsable de curvar el espacio-tiempo. Así,
cualquier cosa que contenga energía podrá retorcer la estructura fundamental en
donde transcurren los fenómenos físicos, deformar el escenario en el que
acontecen los eventos. En particular, un objeto que tenga masa lo hará, ya que
el mismo Einstein mostró, en su más icónica fórmula, que la masa era energía.
En la Teoría de la Relatividad General, la
curvatura del espacio-tiempo es la responsable de los fenómenos
gravitacionales. Las trayectorias de los objetos son «líneas rectas» en este
espacio; esto es, las trayectorias «más cortas», en un sentido al que no le
podemos hacer total justicia sin surcar las aguas de la geometría de Riemann.
Por supuesto que, tan difícil como resulta imaginar un espacio tetradimensional
curvado, lo es hacerse una representación de cómo son allí estas «líneas
rectas». Es por ello que no reconocemos ninguna «rectitud» en las trayectorias
que describen los astros que se mueven en campos gravitacionales. Pero
recordemos el ejemplo del avión, cuya ruta parece acercarse de modo misterioso
al Polo Norte, como si una fuerza lo impulsara. Si miramos un mapa plano
estándar, la trayectoria tampoco luce recta.
Los planetas giran en torno al Sol impulsados por
aparentes fuerzas que no son otra cosa que el resultado de su movimiento en un
espacio-tiempo curvo. Allí, esas órbitas son las «líneas rectas». Esto explica
además por qué todos los objetos se mueven exactamente de igual forma en un
campo gravitacional dado: las trayectorias a seguir son independientes de
ellos, al igual que una ruta aérea entre dos ciudades es la misma para todos
los aviones, sin importar su tamaño, ni su masa, ni ninguna otra propiedad. Las
órbitas están inscritas en la accidentada geografía del espacio-tiempo. Como
cuando subimos una montaña por un sendero y vamos desviando nuestro paso, hacia
un lado o hacia el otro, caminando siempre «en línea recta», simplemente
siguiendo el trazado. La fuerza de gravedad newtoniana, esa entelequia que
guiaba con mano invisible el movimiento de los astros, fue sustituida para
siempre por algo más simple: la curvatura del espacio-tiempo.
§. Principio de equivalencia y curvatura
Una lectura atenta de lo explicado hasta aquí parece dejar a la luz una
contradicción. Si, como dicta el Principio de Equivalencia, la «caída libre»
—ese arrojarse por la ventana que imaginó Einstein en su despacho de Berna—
hace desaparecer la fuerza de gravedad, ¿cómo se compatibiliza esa posibilidad
de «apagar» la gravedad dejándose caer, con el hecho de que esta sea una
cualidad física, real e intrínseca, de la geometría del espacio-tiempo? La
respuesta está en un punto que mencionamos antes al pasar: el Principio de
Equivalencia sólo es válido en las inmediaciones del observador que cae, tanto
espaciales como temporales. La pregunta que surge de inmediato es cuán grandes
son estas «inmediaciones». Veamos un ejemplo. Si consideramos el campo
gravitacional de la Tierra y un ascensor cayendo por unos segundos, Albert y
Marcel experimentarán una ingravidez perfecta. Realmente será imposible para
ellos saber si están cayendo en la Tierra o flotando en el espacio exterior. Lo
mismo que ocurre con los astronautas en la Estación Espacial Internacional. La
razón es que tanto el ascensor como el satélite son muy pequeños en comparación
con la Tierra. Más estrictamente, la distancia a la que nos encontremos del
centro de esta es la que define la escala con la que debemos comparar los
sistemas —ascensores, naves o físicos que se defenestran— para determinar si
son suficientemente pequeños, de modo tal que el Principio de Equivalencia sea
válido en ellos. También es importante, por supuesto, la masa del cuerpo
responsable del campo gravitacional: cuando mayor sea esta, más grande
resultarán sus efectos sobre la curvatura y, por lo tanto, más reducida la
región espacio-temporal a la que podamos llamar «inmediaciones».
Si ahora imaginamos un ascensor enorme, de tamaño
comparable a la Tierra, podremos convencernos rápidamente de que el Principio
de Equivalencia se viola. Basta notar que la atracción gravitacional actúa
radialmente, «hacia abajo», en dirección al centro del planeta —por eso los
edificios se yerguen verticales al suelo en cualquier punto del globo—, y que
las trayectorias radiales jamás son paralelas, sino que se van acercando, como
las púas de un erizo, hasta intersecarse en el centro de la Tierra. De este modo,
si el ascensor es muy grande, Albert y Marcel, posicionados en extremos
opuestos, verán que se acercan el uno al otro a medida que caen. El fenómeno es
análogo al que describimos antes,en el ejemplo bidimensional en el que,
mientras caminaban hacia el Sur, Albert y Marcel se acercaban progresivamente
debido a la curvatura de la superficie terrestre. Esta desviación de las
«líneas rectas» que comienzan paralelas es una medida exacta de la curvatura
del espacio-tiempo.
A la atracción que Albert y Marcel experimentan por
estar sometidos al mismo campo gravitatorio pero estando alejados, se la conoce
como «fuerza de marea». La Tierra, por ejemplo, tiene un tamaño menor pero
comparable a la distancia a la Luna, por lo que el campo gravitatorio de esta
produce fuerzas de marea apreciables, dando lugar a aquello que precisamente
llamamos «mareas», bajas y altas. El agua de los océanos y mares hace las veces
de Albert y Marcel. Si la Luna estuviera sobre la línea imaginaria que pasa por
ambos polos —a modo de ejemplo, para ayudar a visualizar la geometría en
ausencia de ilustraciones—, las masas de agua que están rodeando esa línea
—digamos, en una franja ancha centrada en el Ecuador— experimentaría estas
fuerzas de marea de naturaleza atractiva. Como resultado, si pensamos —para
simplificar— a los mares y océanos como una envoltura esférica de la Tierra, la
mano invisible de las fuerzas de marea provocaría un estrechamiento de la
superficie del agua en el Ecuador, y el consiguiente estiramiento de la misma
en los polos.
Si el Principio de Equivalencia es una propiedad
geométrica del espacio-tiempo, entonces debería tener un análogo sobre una
superficie curva como la terrestre. De hecho, lo tiene y es una experiencia muy
familiar: se trata de la dificultad para percibir la curvatura de la Tierra
cuando se tiene acceso a un área pequeña del globo terráqueo. Al contemplar un
campo de fútbol, una plaza o una avenida, estaríamos dispuestos a afirmar con
razón que la Tierra es plana. ¿Ha pensado alguna vez cómo sabemos que la Tierra
es, efectivamente, redonda? No se nos escapa que parezca esta una pregunta
absurda cuando disponemos hoy de imágenes de nuestro planeta tomadas desde el
espacio. La más célebre y popular es la «canica azul» que obtuviera la misión
Apolo 17. Allí se ve, conmovedoramente frágil, intrascendente y solitario,
nuestro pedrusco flotando en la oscura inmensidad del cosmos. Pero hasta
entonces la visión exterior del planeta no era una imagen instalada en la
consciencia colectiva de nuestra especie, si bien los globos terráqueos ya se
empezaron a utilizar en la Antigua Grecia, fruto de la maravillosa capacidad
deductiva de Eratóstenes y no de la observación directa.
No resulta tan evidente la redondez de nuestro
planeta. La Tierra parece plana para un observador casual, ya que para todos
los efectos prácticos lo es. Si contemplamos la superficie de un lago o de un
campo de frutillas, nada nos impele a pensar en un planeta redondo. Para
descubrir la curvatura de la superficie terrestre es necesario hacer
experimentos cuidadosos y seguir líneas argumentales de cierta sofisticación.
La razón última es que somos pequeños comparados con el radio de la Tierra y
hasta hace no mucho estábamos condenados a arrastrarnos sobre su superficie.
Para escrutar la forma de la tierra es necesario moverse, como hizo
tempranamente Eratóstenes aguzando el ingenio —o, sobre todo, muchos siglos
después, los audaces navegantes portugués y español, Fernão de Magalhães y Juan
Sebastián Elcano—, en áreas grandes del planeta, comparables con su tamaño. En
nuestras inmediaciones próximas todo es plano, no hay forma de percibir la
curvatura de la Tierra.
§. El universo es bello
Si todo esto le parece extraño, hay que decir que tiene usted algo de razón.
Einstein planteó una teoría de la gravedad distinta a la de Newton, usando un
formalismo matemático muy complejo para la época. Intentó modificar las ideas
más arraigadas de la física sin mayores sustentos experimentales. En contra de
cualquier libro de texto sobre el método científico, Einstein postuló una
hipótesis que modificaba en forma radical los cimientos de la física, empujado
sólo por las contradicciones que encontró en la lógica interna de las leyes de
esta ciencia. Las teorías del electromagnetismo y la Relatividad Restringida no
parecían poder convivir en paz con la gravedad de Newton. ¿Pero acaso era
importante su convivencia? Cuando menos, no en el laboratorio. Las leyes de
Newton predecían con exquisita precisión casi la totalidad de los fenómenos
gravitacionales. La atracción de pequeños objetos sobre la Tierra, las
trayectorias de cuerpos bajo la acción de la gravedad terrestre, las mareas, la
órbita de los planetas, la estructura de las galaxias e incluso la de enormes
cúmulos de galaxias. Fenómenos que cubren escalas que van desde apenas algunos
centímetros hasta los millones de años luz. ¿Quién se atrevería a intentar
modificar esta majestuosa teoría sólo por un asunto de consistencia interna o
belleza matemática? Francamente, muy pocos.
En tiempos de Einstein había un solo fenómeno que
la gravitación newtoniana no había conseguido explicar satisfactoriamente: una
pequeña anomalía de la órbita de Mercurio —que más adelante se encontró en
todos los planetas y, en general, en cualquier sistema de dos cuerpos orbitando
uno en torno al otro—. Pero resultaba absolutamente inverosímil para cualquiera
que sólo estuviera interesado en las observaciones que la solución viniera de
la mano de modificar las leyes de Newton. Los físicos ya sabían de anomalías en
órbitas. Siempre habían terminado explicándose por la presencia de otros
cuerpos celestes, como discutiremos en más detalle en el capítulo «La solución
del teniente». A pesar de que la teoría de Einstein diera cuenta con precisión
de la órbita de Mercurio, sin la necesidad de ningún invitado adicional, nadie
en su sano juicio habría abandonado la física newtoniana sólo por este pequeño,
casi irrelevante, trozo de evidencia. Pero en la ciencia, a diferencia de lo
que muchos creen, a veces la belleza, la consistencia y la síntesis conceptual
pueden ser un motor más poderoso que la evidencia experimental. Es la última,
sin embargo, la implacable e insobornable jueza final, y habría bastado con una
sola observación experimental que contrariara a la Relatividad General para
descartarla de inmediato. No fue así. Lejos de ello, poco a poco comenzaron a
aparecer más experimentos que no sólo la corroboraban, sino que mostraban
incorrectas a las leyes de Newton. Primero fue la deflexión de la luz, a la que
nos referiremos con más detalle en el capítulo «La sonrisa universal». Luego
llegaron muchas otras predicciones confirmadas experimentalmente —abordaremos
algunas en otras partes del libro—, como el cambio de frecuencia de la luz con
la altura, las observaciones cosmológicas, el sistema de posicionamiento
global, los agujeros negros y, finalmente, hace poco más de un año, la
detección de ondas gravitacionales.
La teoría de Einstein es la descripción más precisa
de todos los fenómenos gravitacionales hasta el día de hoy. Más aún, es
consistente, al menos a escalas macroscópicas, con todo el resto de las teorías
utilizadas en física —a escala microscópica la situación es más delicada:
además de las dificultades existentes para hacerla compatible con la Mecánica
Cuántica, es importante resaltar que es tecnológicamente muy difícil hacer
experimentos gravitacionales a escalas inferiores a la décima de milímetro—. No
nos cansaremos de insistir en el misterio de su sobrecogedora belleza, de la
elegancia insuperable de su marco conceptual y de sus ecuaciones. El tejido
espacio-temporal se deforma por la presencia de los cuerpos celestes, y esa
deformación resulta ser la topografía que determina el movimiento de estos. Las
ecuaciones de Einstein sellan con precisión y rigurosidad los términos de este
pacto, utilizando para ello el lenguaje imperecedero de la geometría. Hamlet
podrá seguir diciéndole a Horacio que «hay más cosas en el cielo […] que las
que pueden ser concebidas en tu filosofía», [63] pero
todas ellas, todo lo que acontece, aconteció y acontecerá en la bóveda celeste,
está inscrito en una delicada obra de arte que Einstein escribió por primera
vez el jueves 25 de noviembre de 1915:
Capítulo IX
La solución del teniente
La conferencia había comenzado con germánica
puntualidad. Karl Schwarzschild entró sigilosamente al auditorio. Muchos de los
asistentes voltearon al escuchar que la puerta se abría y un hombre en uniforme
ocupaba una butaca de la última fila. Avergonzado, se quitó la gorra y tomó
asiento, su atención ya puesta en las explicaciones que desde el estrado
brindaba un extático Albert Einstein. Este exponía ante la comunidad científica
alemana un resultado que en ese momento veía como el más importante de su carrera:
su nueva teoría de la gravedad era capaz de resolver el único enigma
astronómico que se mantenía inmune a la teoría de la Gravitación Universal
formulada siglos atrás por Isaac Newton.
§. La inexplicable danza de Mercurio
Si atamos los extremos de una cuerda larga a dos estacas y trazamos una curva
tensándola, habremos dibujado una elipse. Los puntos en los que se hallan las
estacas son los focos. Las leyes de Newton predicen órbitas planetarias
elípticas alrededor de un Sol que se acomoda en uno de los focos. El punto más
cercano de la órbita se conoce como «perihelio». Si bien las ecuaciones dictan
la existencia de una elipse fija que cada planeta recorre como si viajara sobre
rieles, las minuciosas observaciones mostraban otra realidad: tras cada una de
sus órbitas, el perihelio se desplazaba haciendo girar la órbita como un todo,
muy lentamente. El efecto era más notorio para Mercurio, el planeta más
interior del Sistema Solar.
El perihelio de la órbita de Mercurio está a
cuarenta y seis millones de kilómetros del Sol. Tras dar una vuelta completa el
planeta no retorna al mismo punto, visto desde el Sol, sino que se adelanta
poco más de trescientos ocho kilómetros. Una distancia ínfima a nivel
astronómico, pero que no pasó desapercibida para quienes buscaban
comportamientos anómalos como este para, indirectamente, adivinar la existencia
de otros planetas. Uno de los más talentosos en el ejercicio de esa búsqueda
detectivesca fue el matemático francés Urbain Le Verrier, quien hace ciento
setenta años dedujo la existencia del hasta entonces jamás visto Neptuno a
partir de algunas anomalías en la órbita de Urano. Él mismo calculó en 1859 el
efecto que todos los planetas tenían sobre la extraña danza de la órbita de
Mercurio y encontró que estos eran responsables del adelanto de su perihelio en
unos doscientos ochenta y cinco kilómetros. Los veintitrés kilómetros restantes
no tenían explicación.
Le Verrier conjeturó la existencia de un minúsculo
planeta, más cercano al Sol, al que denominó Vulcano, usando el mismo criterio
que lo llevó a predecir la existencia de Neptuno. El 2 de enero de 1860 anunció
su descubrimiento a manos del médico y astrónomo amateur francés Edmond
Lescarbault, quien aseguró haber observado su tránsito frente al Sol e,
incluso, por este «hallazgo» fue ordenado Caballero de la Legión de Honor de la
República Francesa. Durante medio siglo fueron muchos los astrónomos que aseguraron
haberlo visto, sobre todo en Europa, donde la reputación le confería a Le
Verrier una autoridad casi eclesiástica. En Estados Unidos, en cambio, eran
muchas las voces que afirmaban categóricamente que Vulcano no se dejaba ver en
los telescopios y lo ponían abiertamente en duda. Urbain Le Verrier murió en
1877, dos años antes del nacimiento de Einstein, convencido de su existencia.
Sin embargo, los cálculos de su órbita eran esquivos y a diferencia del resto
de los planetas, Vulcano no aparecía en el lugar del cielo en el que se lo
esperaba. Apenas veintitrés kilómetros en una órbita de trescientos sesenta
millones desencadenaron medio siglo de espejismos, de observaciones de un
planeta que simplemente no existía.
§. La incomodidad del teniente Schwarzschild
Karl Schwarzschild estaba combatiendo en el frente ruso de la Primera Guerra
Mundial. Se había enrolado voluntariamente ya que como director del
Observatorio Astronómico de Potsdam, el puesto más prestigioso de Alemania, y
con sus más de cuarenta años, no tenía obligación de hacerlo. Años después su
esposa explicaría que, al igual que miles de judíos alemanes, se había sentido
compelido a alistarse en una sobreactuada manifestación de lealtad nacional que
a la postre resultó inútil para aplacar el omnipresente antisemitismo. Llegó a
ser teniente en la división de artillería del ejército prusiano. Pidió
autorización a sus superiores para estar en Berlín el jueves 18 de noviembre de
1915. Sabía que Einstein tenía algo grande entre manos. Que esa jornada sería
uno de los grandes momentos en la historia de la ciencia. Además, la
conferencia versaba sobre cuestiones que lo habían obsesionado toda la vida;
tenía apenas dieciséis años cuando publicó sus primeros trabajos sobre Mecánica
Celeste.
De modo que escuchó a Einstein con detenimiento;
sin perder detalle. Estaba impresionado y sobrecogido, como quien tiene el
privilegio de asistir al estreno de la más bella de las sinfonías. No había
creído en las ideas que Einstein pregonara en los últimos años. Pero allí
estaba el adelanto del perihelio de Mercurio explicado por primera vez, luego
de más de cincuenta años persiguiendo sombras. El misterio de Mercurio se
desplomaba y con él hasta el último gramo de escepticismo que podía quedarle
respecto de la Teoría de la Relatividad General. Schwarzschild no tuvo tiempo
para diálogos. Habría querido hacer un sinfín de preguntas, pero sus
responsabilidades militares no podían esperar. Eso sí, volvió al frente ruso
inspirado y pletórico. Había un detalle en todo esto, un flanco que Einstein no
había resuelto del todo. Él podía y debía solucionarlo.
Las ecuaciones de Einstein no son sólo una oda al
conocimiento del cosmos. Son además un triunfo de la estética y la elegancia en
su descripción. Es un punto sobre el que no suele hacerse suficiente hincapié,
así que vale la pena subrayarlo. Las leyes de la Naturaleza no tienen por qué
ser bellas. Al menos, no más que un instructivo para llenar la declaración de
impuestos. De modo que uno de los grandes misterios de la ciencia, y el que la
hace tan atractiva, es que las grandes teorías sean tan o más hermosas que la
realidad que describen. [64] Pero
eso no garantiza que sean fáciles de tratar. Einstein, de hecho, no fue capaz
de resolver sus ecuaciones. En su exposición mostró una solución aproximada del
campo gravitacional del Sol, cuya validez era suficiente para explicar la
anomalía en la órbita de Mercurio. Sin embargo, algo incomodaba a
Schwarzschild. Su rigurosidad matemática lo hizo dudar sobre si la solución
utilizada por Einstein era la única posible. Llegó a la conclusión de que sólo
podría saberlo si se abocaba a encontrar una solución exacta. La búsqueda
prometía ser una campaña dura e incierta, aunque sus dificultades no podían
compararse con las que experimentaba como soldado en el frente.
§. La música de las esferas y los agujeros negros
Si miramos los objetos que pueblan el universo vemos que cuando son
suficientemente grandes suelen ser esféricos. La Luna, los planetas, las
estrellas, todos parecen esferas perfectas. Una mirada más detallada mostrará
que esta es una visión aproximada. La Tierra, se sabe, es achatada en los polos
debido a su rotación. Nuestra galaxia, por ejemplo, gira con tanta vehemencia
que el achatamiento es bastante radical, transformándola en un disco aplanado.
Pero objetos grandes que no giran demasiado rápido son esencialmente esféricos.
La masividad hace que la gravedad sea suficientemente intensa como para pulir
cualquier protuberancia que surja, como un niño que aprieta entre sus manos la
arena húmeda de la playa, produciendo pelotas perfectamente esféricas.
La simetría esférica simplifica mucho el
tratamiento matemático de un problema físico. Una esfera se ve idéntica desde
cualquier punto que se la mire. Así, las propiedades del campo gravitacional
sólo pueden depender de la distancia desde el centro de la esfera,
simplificando los cálculos. A pesar de esto, no era en absoluto claro para
Schwarzschild que pudiera encontrar una solución. Por eso, tan pronto lo
consiguió, el 22 de diciembre de 1915, se apresuró a escribirle a Einstein: «A
fin de volverme más versado en su teoría gravitacional, me ocupé más de cerca
del problema planteado en su artículo sobre el perihelio de Mercurio. […] Tomé
mis riesgos y tuve la buena suerte de encontrar una solución. Un cálculo no
demasiado extenso me entregó el siguiente resultado», [65] para
luego mostrar el campo gravitacional producido por una distribución esférica de
materia; lo que hoy conocemos como la «geometría de Schwarzschild». La carta
continuaba, «Es realmente maravilloso que la explicación de la anomalía de
Mercurio emerja de modo tan convincente a partir de una idea tan abstracta».
Einstein no tardó en contestarle. El 9 de enero le
escribió una extensa carta: «He leído su artículo con gran interés. Jamás
habría esperado que se pudiese formular una solución exacta al problema de un
modo tan simple. Me gustó mucho su tratamiento matemático. El próximo jueves
presentaré el trabajo a la Academia con algunas palabras de explicación». [66] La
formulación que utilizó Schwarzschild y el aún inmaduro estado de la naciente
disciplina impidieron que Einstein notara que esta solución describía un
sistema muy extraño, lo que cincuenta años más tarde se conocería como un
agujero negro. A cierta distancia del centro, que hoy llamamos «radio de
Schwarzschild», se genera un horizonte de eventos, una esfera dentro de la cual
nada, ¡ni siquiera la luz!, puede escapar. Schwarzschild, cuyo trabajo se
concentró en óptica, fotografía y física estelar, jamás hubiese imaginado que
su nombre quedaría asociado principalmente al de uno de los objetos más
desquiciantes del cosmos: los agujeros negros.
La euforia de Schwarzschild le permitió trabajar
ausente de lo que sucedía a su alrededor: «Como usted ve, la guerra me está
tratando bien, en el sentido de que, a pesar de encontrarme tan lejos, en medio
del fuego enemigo, he podido dar este paseo por el sendero de sus ideas». [67] Lamentablemente,
poco después su salud se deterioró víctima del pénfigo, una rara enfermedad
autoinmune de la piel. Karl Schwarzschild, cuya «alegría era explorar sin
restricciones las pasturas del conocimiento y, cual líder guerrillero, dirigir
sus ataques adonde menos se los espera», [68] murió
el 11 de mayo de 1916. Tenía cuarenta y dos años.
Pocas semanas después, el jueves 29 de junio,
Einstein le dedicó una elegía ante la Academia de Berlín: «El resorte principal
que motivaba su infatigable investigación teórica parece ser menos deudor de la
curiosidad por aprender las relaciones íntimas entre los diferentes aspectos de
la Naturaleza que del deleite experimentado por un artista al discernir
delicados patrones matemáticos». [69] Esas
regularidades que despliega el universo con elegancia inimitable, o con las que
acaso lo reviste nuestra impertinente mirada.
Capítulo X
Asperezas y sinuosidades cosmológicas
Existen preguntas que tienen la virtud de desvelar
a todos por igual; niños o adultos, astrónomos, abogados o actores, en nuestros
días o en la Edad Media. Basta mirar al cielo una noche despejada, contemplar
con aliento contenido la bóveda salpicada de una multitud de estrellas y
atravesada por una pincelada brumosa a la que llamamos Vía Láctea, para que la
curiosidad nos embista con un golpe certero: ¿cómo es el universo? ¿Qué lugar
ocupamos en él? ¿Es finito o infinito? ¿Habrá permanecido y permanecerá inalterable
para siempre o tendrá un fin? ¿Cómo se crearon las estrellas, las galaxias?
¿Qué tan lejos están? Son preguntas gigantescas, que en tiempos pasados
parecían inabarcables pero que en el último siglo la ciencia comenzó a
responder con cierto éxito. A partir de allí, la búsqueda de respuestas cada
vez más precisas se tornó vertiginosa. Un recorrido sinuoso y desbocado,
plagado de errores y aciertos, de derrotas y victorias que, como en casi toda
aventura científica, remedando el ciclo del día y la noche, se suceden antes de
que la luz comience a despuntar en el horizonte.
El sobrecogedor cielo nocturno es el espectáculo
más antiguo y, dada su inevitable gratuidad, el más visto de toda la historia
humana. La extraña presencia de un suelo firme y opaco desde el que podemos
contemplar algo tan vasto, como quien se sube a una roca en un cabo para dejar
perderse la mirada en el mar abierto, ha sido una fuente permanente de
curiosidad. De eso han dejado constancia todas las culturas desde hace más de
tres mil años. Eratóstenes supo que la Tierra era esférica y los devaneos intelectuales
de Aristóteles acabaron cristalizando en el modelo de Ptolomeo: un universo
geocéntrico, con algunos planetas y el Sol orbitando el planeta, y un telón de
fondo de estrellas fijas. Discípulos de la escuela epicúrea como Lucrecio, en
cambio, argumentaban que la Tierra era plana y el universo infinito. Así era la
cosmología —se llamaba así a la filosofía del mundo natural, al estudio de todo
lo relacionado con el cosmos— hasta finales de la Edad Media, un asunto
opinable en el que cabían explicaciones totalmente antagónicas sin posibilidad
de contraste alguno. Hasta que Copérnico tuvo la imprudencia de considerar más
oportuno que el Sol estuviera en el centro, Giordano Bruno conjeturó que las
estrellas no eran otra cosa que soles y Galileo observó que la perfecta
esfericidad de los astros celestes no era tal. Newton y Kepler comprendieron
magistralmente las leyes del movimiento de los planetas, pero sobre el universo
como un todo era poco lo que podía decirse. El consenso general era el de un
espacio probablemente infinito, atiborrado de estrellas, estático y estable,
creado por algún ser supremo. No estaba muy claro que fuera dominio de la
ciencia aventurarse a una empresa tan ambiciosa.
El primer trabajo de cosmología, tal como la
entendemos en la actualidad, fue obra de Albert Einstein; publicado en 1917,
tiene por título «Consideraciones cosmológicas en la Teoría de la Relatividad
General». Allí encontramos el primer modelo jamás construido del universo a
gran escala. A pesar de que se comprobó incorrecto rápidamente, muchos de los
conceptos que Einstein ideó acabaron siendo la fuente de inspiración de futuras
victorias, como veremos a continuación. Las elucubraciones que lo llevaron a su
modelo fueron difíciles y no sólo por la ciencia allí expuesta: «en este
párrafo conduciré al lector a través de un camino por el que yo mismo he
viajado, un camino bastante áspero y sinuoso, porque de otro modo no tengo
esperanza de que se interese en el resultado al final del viaje». [70] También
porque su vida personal se había tornado particularmente dura. Luego de su
separación en 1914 de Mileva Maric, su primera esposa, ella y sus hijos se
fueron a vivir a Suiza. Einstein se quedó solo en un pequeño departamento en
Berlín.
La Gran Guerra había hecho que las condiciones de
vida fueran muy precarias y él se encontraba con la salud debilitada; problemas
en el hígado que le causaban ictericia, una úlcera y un estado de agotamiento
general. A pesar de esto —o, quizás, gracias a esto— fueron años extremadamente
fructíferos en lo científico. En el otoño de 1916 visitó Leiden, aquella ciudad
holandesa que también había visto pasar a sus «ancestros» Descartes y Spinoza,
durante tres semanas. Allí disfrutó —la palabra, creemos, es más que precisa—
de largas discusiones con sus colegas y amigos Paul Ehrenfest, Hendrik Lorentz
y Willem de Sitter. De estas charlas sin fin, de este precioso intercambio
acontecido en un lugar tan señalado, surgirían en su mente muchas de las ideas
que luego fraguarían en su artículo de 1917.
El elemento más controversial e imperecedero de ese
trabajo fue la incorporación a sus ecuaciones originales de la Relatividad
General de lo que hoy conocemos como la «constante cosmológica». No pasaría
mucho tiempo antes de que Einstein renegara de ella, arrepintiéndose tanto que,
de acuerdo al físico ruso George Gamow, uno de los padres del Big Bang, él
mismo le habría dicho que la constante cosmológica había sido la peor metedura
de pata de su vida. Error o no, lo cierto es que desde entonces la constante
cosmológica no ha dejado de asomarse en los cimientos de la física teórica, la
cosmología y la astrofísica, convirtiéndose hoy en uno de los grandes enigmas
de la ciencia. Para entender de qué se trata este misterioso ente y las razones
que tuvo Einstein para introducirlo, comencemos con una pregunta aparentemente
trivial pero que tuvo a la ciencia en vilo por más de cuatrocientos años.
§. La paradoja de la noche
¿Por qué la noche es oscura? Una pregunta tan simple como esta puede esconder
un gran misterio. Hasta hace un siglo era usual la imagen del universo como un
espacio infinito, estático, eterno y espolvoreado homogéneamente de estrellas.
Esta visión conduce inexorablemente a una paradoja que lleva el nombre del
médico y astrónomo alemán Heinrich Wilhelm Matthäus Olbers, quien la popularizó
en 1823 —si bien podemos encontrar fuentes anteriores en las que es discutida y
que se remontan hasta los tiempos inmediatamente posteriores a Nicolás
Copérnico, en la obra del astrónomo inglés Thomas Digges, quizás el primero en
la era moderna en concebir un universo infinito—. «Si la sucesión de estrellas
fuera ilimitada, el fondo del cielo presentaría una luminosidad uniforme, ya
que no podría haber absolutamente ningún punto hacia el que pudiéramos mirar en
el que no existiera una estrella.» [71] Así
presentaba la paradoja Edgar Allan Poe en 1848 en Eureka, un libro
único e inimitable, una suerte de tratado cosmológico dictado por la intuición
y el desvarío que el genial bostoniano escribió en la antesala de su muerte. La
bóveda de la noche debería ser, por lo tanto, al menos tan brillante como la
superficie del Sol. Peor aún, el cálculo detallado de la intensidad del brillo
del cielo nocturno en un universo como este arroja un resultado escalofriante:
¡infinito!
Entonces, ¿por qué es oscura la noche? La franca
disposición de Olbers al plagio no se limitó a la formulación de la paradoja
—es probable que la conociera a partir de las versiones de esta que concibieron
Edmund Halley y el astrónomo suizo Jean-Philippe de Chéseaux—, también copió la
solución propuesta por este último: la invisibilidad de las estrellas más
lejanas se debería a que su luminosidad era absorbida por el medio
interestelar. Pero esta respuesta es obviamente incorrecta: un medio que
absorbe luz se calienta y acaba por emitirla nuevamente. El primero en esbozar
una respuesta sensata no podía ser otro que el supremo autor de los mejores
cuentos de terror, alguien conectado profundamente con la negrura de la noche.
Lo hizo en el mismo Eureka, inmediatamente después de formular el
interrogante: «La única manera, entonces, de que podamos comprender los abismos
cosmológicos que encuentran nuestros telescopios, sería suponer que la
distancia hacia ese fondo oscuro es tan inmensa que ningún rayo proveniente de
allí haya sido capaz de alcanzarnos aún», sentenció Poe con lucidez única. El
universo debía tener origen en algún instante pasado, de modo que la luz de las
estrellas más lejanas no hubiera podido llegar a nuestros ojos todavía. Así,
cuando en una noche despejada vemos las estrellas dibujadas en ese hipnótico
manto negro, la oscuridad del fondo celeste nos está susurrando que el universo
no puede ser infinitamente vasto y, al mismo tiempo, infinitamente viejo.
§. El universo de Einstein
Durante la segunda década del siglo XX no existía consenso sobre cómo era el
universo a gran escala. La astronomía de la época había logrado hacerse una
buena idea de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Se sabía que las estrellas
estaban contenidas en un disco achatado y las mediciones de su diámetro
fluctuaban entre treinta y trescientos mil años luz, no muy lejos de los
valores que hoy encontramos en cualquier enciclopedia. Sin embargo, no se sabía
nada sobre qué había más allá de la galaxia. El debate se libraba entre dos
posibilidades: o bien no había nada y el universo era un vacío infinito con
nuestra galaxia flotando solitaria, o bien la Vía Láctea era una de infinitas
galaxias o «universos isla» que llenaban un espacio ilimitado, pero que no
éramos capaces de detectar —a pesar de que, como ya discutimos, esto entrara en
contradicción con la oscuridad de la noche, cualquier otra suposición llevaba a
conflictos aún más graves—. El 26 de abril de 1920 se llevó a cabo lo que pasó
a la historia como el «Gran Debate», en el Museo Nacional de Historia Natural
del Instituto Smithsoniano. Los astrónomos estadounidenses Harlow Shapley y
Heber Curtis, quienes sostenían cada una de estas alternativas, pusieron sobre
la mesa sus argumentos. La discusión giraba principalmente en torno a ciertos
objetos nebulosos, de muy baja intensidad lumínica, cuya lejanía no se sabía
medir con certeza, y que algunos sugerían podrían ser otras galaxias muy
lejanas, similares a la nuestra.
Einstein no estaba inmerso en los pormenores
astronómicos expuestos en el Gran Debate. [72] Sus
nociones de cómo debía ser el universo se basaban en dos preconcepciones suyas
que resultaron tan erróneas como fructíferas para el desarrollo posterior de la
cosmología. Primero, el hecho de que el universo debía ser estático. Aquí no
podemos culparlo. Probablemente no había nadie que pensara de otra forma. En su
trabajo —que, no lo olvidemos, precedió en algunos años al Gran Debate—,
escribió explícitamente: «[…] las velocidades relativas de las estrellas son
muy pequeñas comparadas con la de la luz. Pienso que por esto podemos basar
nuestro razonamiento en la siguiente suposición aproximada. Existe un sistema
de referencia desde el cual la materia en el universo se ve permanentemente en
reposo». [73]
El segundo prejuicio del que no pudo librarse fue
el conocido como «Principio de Mach». Einstein era un gran admirador del físico
y filósofo austríaco Ernst Mach, el mismo que nunca creyó ni en la existencia
de los átomos ni en la Teoría de la Relatividad. En apretada síntesis, su
principio sostenía que el movimiento nunca era absoluto y sólo tenía sentido en
relación al resto de la materia en el universo. Cualquier movimiento requería
de materia que hiciera a la vez de sistema de referencia. Nada se podía mover
respecto del vacío. No podía existir inercia sin materia, lo que para Einstein
implicaba que no podía existir el propio espacio-tiempo sin materia. Esta
noción de la relatividad del movimiento era muy atractiva para él y fue
inspiradora de su Relatividad General, en la que la geometría del
espacio-tiempo está dictada, precisamente, por la materia.
Einstein pensaba, sin embargo, que este principio
debía llevarse hasta el extremo de que la misma existencia del espacio y el
tiempo sólo pudiera tener sentido en presencia de materia, cosa de la que no
daban cuenta sus ecuaciones. Lejos de una estrella, por ejemplo, la Relatividad
General nos dice que el campo gravitacional va decayendo hasta resultar
imperceptible, aplanándose la curvatura del espacio-tiempo pero sin dejar de
existir. La solución a esta paradoja para Einstein era proponer que el universo
fuera finito, poniendo así un límite a la lejanía. ¿Un universo finito? ¿Era
acaso posible imaginar una frontera que decretara el fin del universo? ¿Qué
habría, en ese caso, al otro lado? No era eso lo que tenía en la cabeza. El
modelo que Einstein imaginaba era el de un universo esférico, como la
superficie de la Tierra: finito, sí, pero sin frontera. Si caminamos en línea
recta sobre esta, eventualmente —después de unos cuarenta mil kilómetros—
llegaremos al punto desde donde partimos. La Tierra es finita pero no tiene
límites. El espacio, del mismo modo, sería como la «superficie» tridimensional
de una esfera tetradimensional que, aunque no podamos imaginar, podemos
construir matemáticamente. En un universo así, eventualmente volveríamos al
punto inicial si nos moviéramos en línea recta sin cambiar de dirección. El
recorrido, claro, sería más largo a medida que la esfera fuera más grande. Fue
esta la forma del espacio que se presumía correcta hasta 1998.
A partir de estas dos suposiciones Einstein pensó:
i. El universo no puede ser infinito y con materia que
lo llene homogéneamente, entre otras razones, porque la noche es oscura.
ii. El universo no puede ser una isla única flotando en
el vacío, ya que el infinito tiempo disponible habría acarreado su completa
evaporación, tal como ocurriría con las moléculas de un gas que inicialmente
estuvieran concentradas en una región del espacio.
iii.
El universo,
por lo tanto, debía ser finito y con materia homogéneamente distribuida a
grandes escalas. Esto último era posible si imaginábamos a nuestra galaxia como
una más de un enorme enjambre que se esparce por toda esta esfera
tridimensional de manera equitativa.
El problema de Einstein era que las ecuaciones que
él había creado para describir la interacción gravitacional no permitían nada
como eso. Llegó a la conclusión de que había que modificarlas. No había manera
de concebir un universo estático con materia. Una forma de entenderlo consiste
en notar que la interacción gravitacional dictamina que la materia solo puede
atraerse; por lo tanto, acabará empujando el universo al colapso. Este
problema, de hecho, ya había sido observado por Isaac Newton, varios siglos antes.
Para domar a los astros y conseguir su inmovilidad, Einstein modificó sus
ecuaciones agregándoles un nuevo ingrediente al que denominó «término
cosmológico».
§. La constante cosmológica
El término cosmológico producía el efecto deseado: trastocar la gravedad a
distancias grandes y hacerla repulsiva. Así, la atracción a distancias pequeñas
y la repulsión a escalas cósmicas quizás podría compensarse, permitiendo un
universo de galaxias inmóviles. Con esta «constante cosmológica», como la
llamamos hoy, las ecuaciones de Einstein daban lugar al universo que él
imaginaba: esférico, estático y lleno de materia que se distribuía
homogéneamente. Era una posibilidad tan elegante como exótica. Einstein lo
sabía bien, tanto que le escribió a Ehrenfest: «He perpetrado algo […] que me
expone al peligro de ser encerrado en un manicomio. Espero que no haya ninguno
allá en Leiden, de modo que sea seguro para mí visitarte nuevamente». [74] El
universo de Einstein tuvo inicialmente cierto éxito, pero poco a poco las
observaciones astronómicas comenzaron a darle la espalda, mostrando que no era
el adecuado para describir el cosmos.
Poco después de la propuesta de Einstein, de Sitter
encontró una nueva solución a las ecuaciones de la Relatividad General con
constante cosmológica. Consistía en un universo estático pero sin materia, una
posibilidad que chocaba frontalmente con el Principio de Mach, algo que
significó una enorme desilusión para Einstein. Por esos años, además, el
astrónomo estadounidense Vesto Melvin Slipher encontró las primeras evidencias
que sugerían que las nebulosas espirales que monopolizaban el Gran Debate astrofísico
se movían a grandes velocidades. Slipher observó que la luz de los átomos que
las constituyen tenían su espectro «corrido hacia el rojo». De igual modo en
que el sonido del motor de un automóvil nos parece más grave cuando va que
cuando viene —dado que el frente de ondas se ensancha en el primer caso,
mientras que se comprime en el segundo—, la longitud de onda de la luz emitida
por cuerpos que se alejan también se estira, en tanto que se acorta si dichos
cuerpos se acercan. El nombre «corrimiento al rojo» viene del hecho de que ése
es el color cuya longitud de onda es la más grande dentro del espectro visible
—el equivalente, en el caso del sonido, sería la nota más grave que resulte
audible para un ser humano—. El matemático alemán Hermann Weyl observó en 1923
que el modelo construido por de Sitter daba cuenta de esta observación mejor
que el de Einstein ya que, en el del holandés, cualquier par de nebulosas —por
ejemplo, nuestra galaxia y la observada por Slipher— siempre se alejarán, como
si se repelieran. Rendido ante la evidencia de un universo que no parecía ser
ni siquiera aproximadamente estático, Einstein no vaciló en abjurar de sus
propias ideas y se apresuró a escribirle a Weyl que «de no existir, después de
todo, un universo cuasi-estático, entonces hay que deshacerse de la constante
cosmológica». [75]
El año 1925 se inauguró con un trascendental
hallazgo. El 1 de enero, durante una conferencia de la Sociedad Americana de
Astronomía, se anunció que a través de las observaciones realizadas desde el
telescopio del Monte Wilson, Edwin Hubble había sido capaz de inferir la
distancia a la que se encontraban las nebulosas espirales. Andrómeda, en
particular, debía estar a un millón de años luz de nosotros —las mediciones
actuales la han alejado aún más, hasta los dos millones y medio—. Era tan
lejana que con certeza debía estar afuera de nuestra Vía Láctea. No estábamos
solos: Andrómeda debía ser otra galaxia, similar a la nuestra. La clave para
medir estas distancias siderales fue un hallazgo que la astrónoma
estadounidense Henrietta Swan Leavitt realizó en 1908, cuando descubrió que las
«cefeidas» —un tipo de estrella cuyo brillo aumenta y disminuye rítmicamente—,
tenían la particularidad de que la frecuencia de estas oscilaciones estaba
relacionada con su luminosidad intrínseca; vale decir, la potencia total de la
luz que emiten.
Este tipo de relaciones resulta de extrema
importancia para los astrónomos, ya que les permite deducir la luminosidad
absoluta de un objeto celeste midiendo otra variable y compararla con el brillo
aparente; es decir, el que realmente se observa. El brillo con el que vemos una
estrella depende tanto de su luminosidad intrínseca como de su lejanía, por lo
que conociendo la primera podemos encontrar la segunda. Hubble encontró
cefeidas dentro de Andrómeda, la galaxia más próxima a la nuestra, y con ellas pudo
deducir cuán lejos estaban.
Las mediciones de Slipher, en conjunto con las que
el propio Hubble siguió haciendo durante los años siguientes, mostraron que
había muchas galaxias y que todas parecían alejarse a grandes velocidades de
nosotros. El universo, después de todo, distaba mucho de ser estático.
§. Big bang: Einstein versus Lemaître
Si el universo no era estático entonces la constante cosmológica resultaba
innecesaria. Los primeros modelos cosmológicos que prescindían de ella
aparecieron pronto. En estos, el universo era dinámico, las galaxias se
alejaban unas de otras, lo que explicaba con precisión el corrimiento al rojo
de sus espectros de luz. Una conclusión inmediata, si recorriéramos
imaginariamente la flecha del tiempo en sentido inverso, es que alguna vez, en
un pasado remoto, todas debieron estar muy cerca, tanto como estemos dispuestos
a retrotraernos en este ejercicio mental. Tuvo que existir, entonces, un
instante en el que toda la materia ocupaba un diminuto volumen desde donde
comenzó su expansión, de un modo similar al de una gran explosión.
Irónicamente, así como el nacimiento del universo fue intuido por Poe, un
apasionado del bourbon, la teoría de la gran explosión, el Big Bang, fue
concebida por un sacerdote católico belga, Georges Lemaître, quien además era
físico. Sus ideas fueron recibidas en un comienzo con violentas críticas. Y no
tanto por parte de otros miembros del clero —quienes probablemente veían en el
origen del universo indicios de la creación divina— como provenientes de sus
colegas físicos. Acudió en octubre de 1927 a la quinta conferencia Solvay, en
Bruselas, para dar a conocer su trabajo y recibió una lapidaria respuesta del
más significativo de sus interlocutores: «Sus cálculos son correctos pero su
física es abominable», [76] le dijo
Albert Einstein. Una reflexión epigramática, brillante y cruel, que no debe
sorprendernos: no es la empatía piadosa un atributo que se suela encontrar
entre los físicos teóricos, que a menudo prefieren, en cambio, despojar de
ambigüedades cualquier juicio crítico. Y unos meses más tarde fue desairado por
el presidente de la Unión Astronómica Internacional, Willem de Sitter, quien
alegó no tener tiempo «para atender a un físico teórico sin pretensiones ni
credenciales internacionales apropiadas». [77]
Lemaître estaba muy al corriente de las
observaciones astronómicas de Slipher y Hubble tras su estancia de un año en
Harvard. Concluyó que la única forma de explicarlas era a través de un universo
en expansión, en el que la distancia entre todas las galaxias aumentaba a
medida que transcurría el tiempo. Para demostrarlo utilizaba las ecuaciones
originales de la Relatividad General, sin constante cosmológica. El propio
Einstein ya había visto que su teoría, tal como lo hacía la de Newton, predecía
un universo dinámico, pero había rechazado esa posibilidad modificando sus
ecuaciones bajo la convicción de que este debía ser estático e inmutable a gran
escala, tal como se presentaba ante una mirada ingenua. El cielo nocturno se ve
idéntico a sí mismo, año tras año. Vemos en él las mismas constelaciones que
describieron las civilizaciones antiguas. Pero su opinión fue cambiando a
medida que la evidencia experimental se hacía más y más sólida.
Los resultados de Hubble no sólo terminaron por
convencer a la comunidad científica de que las galaxias se movían, apartándose
de nosotros. Hubble mostró además que la velocidad con que se alejaban era
proporcional a la distancia que nos separa de ellas. Y conjeturó que lo mismo
se observaría desde cualquier punto del cosmos. Es lo que conocemos hoy como la
Ley de Hubble. Este tipo de comportamiento es precisamente el que se espera en
un universo en expansión. Lemaître bautizó al instante en el que todo comenzó,
cuando la materia estaba comprimida en un espacio infinitamente denso y
pequeño, como el «átomo primigenio»; lo que hoy conocemos como el Big Bang y
que tuvo lugar hace trece mil ochocientos millones de años.
§. La constante cosmológica contraataca
Pero el áspero y sinuoso recorrido de nuestras ideas sobre el universo no
terminaría allí. La década del veinte no sólo fue un periodo excitante para la
cosmología, disciplina que explora las escalas más grandes, el universo en su
conjunto, sino que también lo fue para la ciencia de lo pequeño, el mundo
atómico y subatómico: nacía la Mecánica Cuántica. Del entramado de leyes
desquiciantes que rigen el mundo microscópico, algunas acaban siendo relevantes
también en las grandes escalas. Una de las enseñanzas más profundas de la
Mecánica Cuántica es que el vacío no es la ausencia absoluta de materia y
energía, la nada, esa quietud oscura y desolada que se pensaba con
anterioridad. La Naturaleza es inquieta. Bulle. Se mueve incluso cuando creemos
haberla desprovisto de toda materia y energía.
La Mecánica Cuántica permite, por ejemplo, que
pares de partículas puedan crearse a partir del «vacío» y luego desaparecer
juntas —es necesario que sean pares para que los atributos opuestos de unas y
otras produzcan un resultado nulo; por ejemplo, que las cargas eléctricas sean
opuestas—, aniquilándose, siempre que todo ocurra en intervalos de tiempo muy
pequeños. Esto sería imposible en la visión newtoniana de la Naturaleza: el
hecho de que cada partícula tenga una cierta masa hace que, debido a la célebre
fórmula de Einstein, haya un costo energético para crearlas. La energía se
conserva, no puede crearse de la nada, por lo que no parece haber ninguna
posibilidad para que tenga lugar la creación de partículas. Sin embargo, el
razonamiento se complica gracias al célebre «Principio de incertidumbre» de
Werner Heisenberg, según el cual no es posible determinar con precisión
absoluta la energía de un sistema y el instante en que acontece. Así, si el
intervalo de tiempo que insume la creación y aniquilación del par de partículas
es suficientemente pequeño, la propia indeterminación de la energía será
suficiente para disponer de la cantidad necesaria para crearlas en el vacío. Es
como si la Naturaleza tuviera una resolución mínima, por debajo de la cual
simplemente no es capaz de registrar lo que está ocurriendo y los fenómenos
encontraran allí una sutil escapatoria al imperio de sus leyes. Dicho de otro
modo, aquello que acontece involucrando cantidades más pequeñas que el
«pixelado» mínimo al que es sensible el ojo de la Naturaleza, simplemente pasa
inadvertido.
Lejos de la suprema ausencia de la nada, podemos
imaginar el vacío como un espacio efervescente, pletórico de actividad y
movimiento, sólo que no lo podemos observar directamente por los tiempos y
distancias en que los eventos acontecen. La hipermetropía de nuestra
observación hace borrosas las fluctuaciones de partículas en todos los puntos
del espacio, de modo que el vacío se nos presenta provisto de una densidad
homogénea de energía que llena el universo. El gran problema que enfrentaron
los fundadores de la Mecánica Cuántica era que esta densidad les resultaba, en
sus cálculos, infinita. En ausencia de gravedad eso no importaba. La energía no
es una cantidad absoluta, sólo las diferencias de energía entre dos estados
entran en las aplicaciones de la teoría en procesos medibles en laboratorios,
en donde la gravedad es despreciable. Pero cuando nos concentramos en
interacciones gravitacionales a gran escala todo cambia. La fuente de la
gravedad, de acuerdo a la teoría de Einstein, es precisamente la masa y la
energía. Así pues, ¿gravita la energía del vacío? Sí, lo hace, y la forma en
que entra en las ecuaciones de la Teoría de la Relatividad General es
exactamente como lo hace la constante cosmológica. Energía del vacío y
constante cosmológica son términos intercambiables. La Mecánica Cuántica
parecía indicar, entonces, que no sólo había constante cosmológica, ¡sino que
esta era infinita!
Fue precisamente uno de los padres de la Mecánica
Cuántica el primero en ponerle números a este problema. Para evitar infinitos,
Wolfgang Pauli supuso que existía una «energía de corte», es decir, una energía
máxima más allá de la cual no tenemos acceso a las leyes de la física y, por lo
tanto, todas nuestras teorías dejan de tener sentido. La suposición es
drástica: no serán tenidos en cuenta, preventivamente, los valores de la
energía que excedan dicho corte. Utilizando esta intuición, Pauli hizo una estimación
sobre el valor de la energía del vacío. Le resultó tan, pero tan grande, que
concluyó que el universo esférico de Einstein con esa constante cosmológica
sería tan pequeño que «no llegaría ni a la Luna». [78] La
constante cosmológica se había asomado de nuevo, pero ahora golpeando la mesa
con estruendo. ¿Por qué los modelos de un universo sin constante cosmológica
parecían ser tan precisos en dar cuenta de las observaciones mientras que el
cálculo teórico daba un valor exorbitante para ella? Se le puso un nombre más o
menos elegante a esta confusa situación: el «problema de la constante
cosmológica», y comenzaron a sucederse las ideas intentando resolverlo. A todas
las propuestas parecía faltarle o sobrarle algo. El misterio no acabaría aquí.
Ni siquiera se tomaría un descanso prolongado. El camino cosmológico
continuaría su derrotero áspero y sinuoso, principalmente debido a las
sorpresas que aún nos seguiría deparando la constante cosmológica.
§. ¿Por qué la constante cosmológica es tan grande?
Si bien era claro a mediados del siglo XX que el universo se expandía, nadie
sabía cuál sería su destino. ¿Continuaría ensanchándose de forma indefinida o
se iría frenando hasta comenzar a contraerse y acabar en un violento Big
Crunch? A pesar de que no se contara con mediciones suficientemente
precisas que permitiesen dar un veredicto, la última era, hasta 1998, la imagen
más aceptada —más aún, se tenía en cierta estima a la idea de una secuencia
cíclica de big bangs y big crunchs como
relato plausible de la historia del universo—. Las galaxias se alejan unas de
otras como se aleja de la Tierra una piedra que lanzamos hacia arriba.
Eventualmente, a menos que la lancemos con demasiado ímpetu, la fuerza de
gravedad se impondrá: la piedra frenará y comenzará a caer. El universo también
debía acabar cayendo sobre sí mismo. La imagen que se tenía era la de un
universo esférico, similar en forma al de Einstein, pero que a diferencia de
este se expandía, frenando su velocidad hasta que eventualmente acabaría por detenerse,
comenzando en ese instante a colapsar debido al carácter estrictamente
atractivo de la fuerza gravitacional ejercida por la materia que lo constituye.
Pero ningún experimento podía dirimir si, en efecto, la expansión se estaba
frenando.
Una forma de estudiar la magnitud de este frenado
consistiría en hacer mediciones muy precisas de galaxias cada vez más
distantes. No olvidemos que cuanto más lejos veamos, más antigua será la
imagen. El comportamiento cosmológico quedaría a la vista a través de pequeñas
desviaciones de la Ley de Hubble: si la velocidad de expansión era mayor en el
pasado, debería apreciarse al observar las galaxias más lejanas. Pero las
cefeidas que utilizaba Hubble para determinar distancias sólo son útiles en
galaxias cercanas. Su brillo es insuficiente para verlas, si no están
suficientemente próximas. Realizar estas mediciones con precisión para galaxias
lejanas, hurgar en el desván de los confines del universo, parecía un desafío
desmesurado para una especie que, en definitiva, habita un pequeño planeta
desde el que las profundidades de la bóveda celeste se presentan oscuras e
inescrutables. Pero allí estaban las supernovas para iluminar el camino.
Las supernovas, como las cefeidas, son objetos
celestes cuyo brillo intrínseco se puede determinar. Particularmente, una clase
de estas denominada «Tipo Ia». Se trata de la explosión de estrellas llamadas
enanas blancas, pesadas como el Sol pero pequeñas como la Tierra. Tiene lugar
cuando se forma un sistema binario de dos estrellas, una de las cuales roba
materia a su compañera por efecto de la atracción gravitatoria. Llega un
momento en que la estrella que engorda se hace inestable y colapsa, provocando
una súbita explosión de tal intensidad que su brillo alcanza a ser el mismo que
el de una galaxia entera. La característica más importante de estas explosiones
es la forma en que la intensidad de su resplandor alcanza un máximo y va
disminuyendo en el curso de algunas semanas. La forma de esta curva está
relacionada con el brillo intrínseco de las supernovas, lo que permite a los
astrónomos, de modo similar al empleado por Hubble con las cefeidas, determinar
la distancia a la que se encuentran.
Si bien dichos eventos son inusuales —un puñado por
milenio en la Vía Láctea—, al observar muchas galaxias podremos encontrar
algunas de estas supernovas en un tiempo razonable. La determinación precisa de
distancias a galaxias lejanas permitió a dos grupos de astrónomos, en 1998,
calcular cómo cambiaba la velocidad de expansión del universo y les hizo
merecedores del premio Nobel de física trece años más tarde. Sin embargo, el
resultado que Saul Perlmutter, Brian Schmidt y Adam Riess anunciaron fue absolutamente
inesperado e inquietante: la expansión del universo no sólo no se está
frenando, ¡se está acelerando!
Este extraño comportamiento del universo ha sido
confirmado desde entonces por varias observaciones de naturaleza completamente
distinta, por lo que sólo queda aceptarlo e intentar esclarecerlo. Pero ¿cuál
es el agente responsable de «empujar hacia fuera» a todas las galaxias? ¿Cómo
entender un fenómeno tan extravagante? Bueno… ¡ya advertimos cómo! Necesitamos
una fuerza de gravedad que tienda a alejar las masas unas de otras a grandes
distancias: ¡el término cosmológico que introdujo —y luego desechó— el propio
Einstein! La única fuente natural que tenemos a disposición para dar origen a
la constante cosmológica es la energía del vacío. Pero, como ya comentamos, su
valor teórico es infinito a menos que dejemos afuera de los cálculos a las
energías que son tan altas como para pensar que quizás nuestras teorías no
puedan describirlas. Las estimaciones actuales de este tipo difieren del valor
que medimos con los telescopios por ciento veinte órdenes de magnitud, es
decir, ¡un uno seguido de ciento veinte ceros! Jamás hubo una discrepancia tan
abismal entre la teoría y los experimentos en la historia de la ciencia.
Ahora bien, estos números podrían darnos la
equivocada impresión de que la constante cosmológica es pequeña. De ningún modo
es así; es el valor teórico el que escapa a toda lógica. La constante
cosmológica es enorme si la comparamos con otras cantidades que podemos medir.
Así, por ejemplo, los modelos teóricos actuales —que reproducen con una
precisión espectacular las fluctuaciones infinitesimales de temperatura de la
radiación que ha quedado como un vestigio fósil del Big Bang— muestran que para
explicar la expansión acelerada del universo se requiere que la energía del
vacío, o lo que sea que esté detrás de la constante cosmológica, corresponda a
casi un 70 por ciento del contenido energético total. Esta extraña y
desconocida forma de energía es de lejos la más abundante en el cosmos. En
clara alusión a su carácter ominoso de mano invisible que empuja las galaxias
en dirección contraria a la esperada, se la llama «energía oscura».
Podría parecer descorazonador el estado de las
cosas. Los modelos teóricos predicen una constante cosmológica absurdamente
grande, el sentido estético quisiera que fuese nula y la realidad nos dice que
tiene un valor mucho más pequeño, pero aún suficientemente grande como para dar
cuenta de casi dos terceras partes del contenido energético del universo. Ya no
solo debemos entender por qué la constante cosmológica es tan pequeña; ahora
debemos además entender por qué es tan grande. La genial solución que Einstein
encontró y de la que luego abjuró, algunas décadas más tarde, parece ser la
clave principal que servirá de brújula en el sendero áspero y sinuoso que nos
llevará a comprender definitivamente la respuesta a dos preguntas sencillas:
¿de dónde venimos? y ¿adónde vamos?
§. El fin del universo
La imagen actual del universo predice que la aceleración de su expansión será
cada vez mayor, a medida que la materia se diluya y ya nada haga contrapeso a
las fuerzas repulsivas. ¿Qué pasará entonces? Las galaxias comenzarán a
distanciarse unas de otras, a velocidades cada vez mayores, hasta que su luz
sea incapaz de alcanzarnos y las perdamos de vista para siempre. Si nuestra
especie estuviera presente cuando esto ocurra, llegaría el momento en que
veríamos desaparecer tras el horizonte cosmológico a la penúltima galaxia.
Andrómeda, nuestra vecina más cercana, colisionará con la Vía Láctea para
formar una única galaxia que navegará solitaria en un cosmos vacío; la imagen
del universo que defendía Harlow Shapley en el Gran Debate.
A pesar de que no fue hasta 1998 cuando la
constante cosmológica resurgió en el paisaje de la física, Arthur Eddington
todavía se aferraba a ella en los años treinta. Tenía ideas filosóficas que le
hacían suponer que una pequeña constante cosmológica, tal como su admirado
Albert Einstein la había ideado, debía ser una realidad del universo. Su
descripción del agónico final hoy parece tan contemporáneo como poético.
En El universo en expansión, publicado en 1933, escribió: «Todo
cambio es relativo. El universo se expande en relación a nuestros estándares
materiales comunes; pero estos se están contrayendo respecto del tamaño del
universo […]. Tomemos al universo completo como nuestro estándar de medida y
consideremos un sujeto cósmico compuesto de espacio intergaláctico». [79] Para
este «ser» es la materia dentro de cada galaxia la que se contrae, por lo que
«Mientras las escenas proceden, él nota que los actores decrecen y la acción se
hace más rápida. Cuando el último acto comienza, la cortina se levanta y
actores enanos apuran sus escenas a velocidades frenéticas. Más y más pequeños.
Más y más rápido. Un último e impreciso trazo microscópico de intensa
agitación. Y luego nada».
Capítulo XI
El gran ludópata
Martina recibió esa mañana la añorada caja. A Nadia
ya le había llegado unos días antes. Las demoras del correo eran difíciles de
prever, pero ya estaba acordado que ninguna debía abrirla antes de estar segura
de que la otra también la tuviera en sus manos. Ambas sabían que sólo una de
ellas contenía en su interior el añorado billete de lotería que había resultado
ganador de un premio multimillonario. Las reglas del juego eran claras. Las
cajas se habían preparado de modo tal que fueran indistinguibles. Se colocaron
una al lado de la otra. Un par de dados serían arrojados. Si la suma era par,
se enviaría la de la izquierda a Martina. Si era impar, a Nadia. Ni siquiera se
sabía cuál había sido el resultado ya que el procedimiento estaba mecanizado,
sin nadie que pudiera verlo.
Estaba todo acordado para que el día señalado, en
horario de máxima audiencia, se abrieran las cajas simultáneamente y se supiera
quién era la nueva multimillonaria. Había cámaras de televisión tanto en
Santiago de Chile como en Santiago de Compostela. Los espectadores veían la
pantalla dividida a la mitad, en cada lado la tapa de una de las cajas. En las
horas previas se corrió la voz de un espectador en las redes sociales
cuestionando el procedimiento: «¿para qué enviaron las cajas por correo? Se
podría haber determinado a la ganadora en el punto de origen, una vez que se
arrojaron los dados: ése es el momento en el que se decidió el concurso, todo
lo demás es redundante». Parece claro que el razonamiento es correcto: el
billete de lotería ya está adentro de una de las cajas y allí permanecerá desde
que esta se cerró hasta que alguien vuelva a abrirla, de modo que el envío es
irrelevante.
Otra voz anónima, de alguien versado en algunos
aspectos de la Relatividad Restringida, deslizó una crítica más sofisticada:
«¿para qué van a abrir ambas cajas? Con que se abra una ya se conocerá el
resultado. Si no está allí el billete ganador, ¡es evidente que estará en la
otra! Es más, dado que la simultaneidad depende del estado de movimiento del
observador, siempre habrá un punto de vista desde el cual Martina o Nadia hayan
abierto su caja antes, condenando a la otra, Nadia o Martina, a un resultado para
el que ya no tienen la primicia. ¡La simultaneidad absoluta es una ilusión!».
Hay una suposición implícita en este razonamiento que conviene subrayar: que el
billete está en una sola de las cajas, de modo que si Martina o Nadia abren la
caja y la encuentran vacía, el billete estará inexorablemente en la otra. Y
estuvo allí desde el principio. Cuando Martina y Nadia estén a punto de abrir
sus cajas, cada una pensará que tiene un 50 por ciento de posibilidades de
convertirse en millonaria. Pero la verdad es que eso era cierto en el momento
de arrojar los dados. Una vez que eso ocurrió, las posibilidades de una de las
dos pasaron a ser del 100 por ciento. El que ambas crean que es del 50 por
ciento es el resultado de no saber qué números salieron; es fruto de su
ignorancia.
§. Azar cuántico
La Mecánica Cuántica es una teoría fantástica. No sólo porque es capaz de
explicar el universo atómico y subatómico con una precisión magnífica, jamás
igualada por ninguna otra rama de la física. También porque nos revela una
realidad tan extraña para nuestro sentido común que ni el más imaginativo autor
de ciencia ficción podría haberla soñado. Es por esto que uno de los problemas
que surgieron poco después de formuladas sus ecuaciones, a mediados de la
década del veinte del siglo pasado, fue el de su interpretación.
Las leyes de la Mecánica Cuántica son un conjunto
perfecto de reglas matemáticas de las cuales se desprende una realidad difícil
de digerir: el «estado» de un sistema cuántico, es decir, la descripción
cuantitativa más minuciosa de, por ejemplo, un electrón en cierto instante, no
es suficiente para responder en forma categórica a preguntas tan elementales
como dónde se encuentra, hacia dónde se mueve, con qué velocidad, cuáles son
sus propiedades de rotación y un largo etcétera. La propia noción de trayectoria
queda en entredicho. La sencilla pretensión de poder determinar el camino
seguido por una partícula del universo atómico resulta abolida por estas leyes.
El desconcierto llegó a su clímax el 25 de junio de
1926, cuando Max Born envió a publicar a la revista Zeitschrift für
Physik un artículo en el que realizó una propuesta de audacia
temeraria: lo único que podemos calcular a partir del estado de un sistema
cuántico es la probabilidad de que se encuentre aquí o allá, o de que se mueva
para un lado o para el otro. Es todo lo que podemos saber del mundo
microscópico. Lejos de lo que parece, esto no quiere decir que el determinismo
esté roto en las ecuaciones que gobiernan la Mecánica Cuántica. La progresión
en el tiempo del estado del sistema que describe esta ecuación sigue reglas
inequívocamente deterministas. Esto significa que es posible seguir su
evolución, instante a instante, e incluso invertir la dirección del paso del
tiempo de forma imaginaria para ver la secuencia al revés, e inferir cómo era
en el pasado, tal como ocurre en sistemas clásicos como el movimiento de los
planetas alrededor del Sol. Pero aquello que evoluciona, la así llamada
«función de onda» —porque llena el espacio de forma similar a una onda— sólo
nos indica las probabilidades de que una observación arroje uno u otro
resultado en cada lugar del espacio.
De este modo, por ejemplo, el electrón de un átomo
—al que solemos representar como si estuviera orbitando alrededor del núcleo—
es en realidad una nube difusa de probabilidades: no está en ninguna parte en
especial y está en todas a la vez. La función de onda que lo describe nos
informa la probabilidad de encontrar al electrón en algún lugar. Sin embargo —y
quizás en esto radique el aspecto más desquiciante de esta teoría— en el
momento de observar al electrón, lo encontraremos en un único sitio. Así, al encontrarlo,
la nube de probabilidades ya no es tal, puesto que en ese instante sabemos con
certeza dónde está. Decimos que su función de onda «colapsó»: la probabilidad
de encontrarlo se concentró en aquel único lugar en que sabemos que el electrón
ahora se encuentra: la observación marca de este modo un instante de quiebre,
como si el electrón hubiera pasado de tener una existencia difusa a concretarse
en un punto determinado del espacio: aquel en el que fue visto. Luego de la
observación, la función de onda volverá a evolucionar siguiendo las leyes de la
Mecánica Cuántica, dispersándose alrededor del átomo como una onda. Ya no será
posible retroceder imaginariamente «la película» más allá del momento en el que
la nube de probabilidad colapsó. El proceso de observación, lejos de ser
inocuo, obliga al sistema cuántico a optar por alguno de los posibles
resultados. La observación es la fuente de indeterminismo en la Mecánica
Cuántica.
§. Los dados de Dios
Los electrones tienen una propiedad llamada «espín», que a todos los efectos
prácticos puede pensarse como un giro intrínseco —aunque estrictamente no lo
sea—, como si se tratara de minúsculas peonzas. Pensemos en un sistema que gire
sobre sí mismo y que nos resulte familiar: la Tierra. Hay dos datos que
caracterizan completamente su rotación: la dirección del eje en torno al cual
gira —en el caso de la Tierra, la recta que pasa por los dos polos— y la
velocidad de rotación (nuestro planeta da una vuelta cada día). Todavía resta
indicar el sentido del giro. Bien sabemos que lo hace en la dirección oeste a
este y por eso amanece antes en Santiago de Compostela que en Santiago de
Chile. Para almacenar ese dato le agregaremos una flecha al eje de rotación,
que apunte hacia el Norte. Así, cualquier giro podemos pensarlo como «de oeste
a este», caracterizándolo con una flecha hacia «el norte», o como «de este a
oeste», con la flecha orientada hacia «el sur». A partir de ahora, aprovecharemos
esto para olvidarnos del giro y concentrarnos en la flecha. Volvamos, pues, al
electrón.
Si queremos «medir» el espín de un electrón,
tenemos que elegir una dirección en la que haremos la medida. No importa cuál
elijamos, la teoría cuántica dice que sólo podemos obtener dos resultados.
Estos se pueden representar, siguiendo la discusión anterior, con una flecha
que o bien apunta en la dirección de la medición o en la contraria. El
equivalente a la velocidad de giro en el caso del electrón es una constante
universal bautizada en honor a Max Planck. Los dos resultados de la medida
—llamémoslos, esquemáticamente, «flecha para arriba» y «flecha para abajo»—,
recuerdan a las dos posibilidades que se presentaban en la historia de Martina
y Nadia: «caja con el billete» y «caja sin el billete». Pero las leyes
cuánticas, estrictamente, nos dicen que el giro del electrón es indefinido
antes de proceder a su medición. No se trata de la ignorancia del observador,
es más rotunda la afirmación: el electrón es ese sistema
indeterminado, completamente caracterizado por un conjunto de probabilidades
que se materializan sólo si se procede a observarlas.
Supongamos que en lugar de abrir una caja para
comprobar si se trata de una «caja con billete» o «caja sin billete», Martina
midiera el espín de un electrón en la dirección vertical para determinar si
sale «espín para arriba» o «espín para abajo». Las leyes cuánticas —que,
recordemos, son de aplicación irrenunciable cuando hablamos de electrones—
dicen que su espín permanecerá indeterminado hasta que Martina lo mida. Ya no
se trata de que la caja contenga la información de quien es la ganadora y ella
no la sepa: no existe esa información y sólo al abrir la caja, ¡en ese preciso
instante!, la Naturaleza se inclinará por el «espín para arriba» o el «espín
para abajo», con probabilidades determinadas por su función de onda. No importa
si conocíamos con todo detalle el estado del espín y de su entorno unas
fracciones de segundo antes. La Mecánica Cuántica no predice el valor del espín
en cada instante de tiempo; sólo nos dice cuál es la probabilidad de encontrar
el electrón con «espín para arriba» o «espín para abajo».
La realidad cuántica permanece indefinida en la
medida en que no es observada. Si esta frase le resulta intolerable, sepa que
no está solo: a Albert Einstein —y al propio Erwin Schrödinger— también. En la
famosa carta que envió a su amigo y creador de la interpretación probabilística
de la función de onda, Max Born, escribió: «La Mecánica Cuántica es algo muy
serio. Pero una voz interior me dice que, de todos modos, no es ése el camino.
La teoría dice mucho, pero en realidad no nos acerca gran cosa a los secretos
de “El viejo”. En todo caso, estoy convencido de queÉl no juega a
los dados» [80] Einstein
daba a entender que la realidad del mundo natural, aun a escala microscópica,
debía ser objetiva, independiente de la existencia de un observador, y sugería
que el comportamiento probabilístico de la Mecánica Cuántica se debía a nuestro
desconocimiento de todos los detalles de la realidad, del mismo modo en que los
meteorólogos sólo pueden ofrecer la probabilidad de lluvia ante la
imposibilidad de conocer todos y cada uno de los detalles atmosféricos.
§. El garito universal
Con el advenimiento de la Mecánica Cuántica aprendimos que el azar en la
Naturaleza ya no es sólo fruto de la falta de información, sino que es parte de
sus propiedades más esenciales. Niels Bohr impulsó la llamada «interpretación
de Copenhague» que refrendaba estas ideas. De algún modo, sostenía que Dios era
libre de jugar a los dados y que, de hecho, lo hacía en cada instancia del
universo atómico y subatómico, convirtiendo al universo en un colosal garito.
Einstein no era una persona de medias tintas, por lo que se convirtió en un
apasionado e insidioso detractor de la Mecánica Cuántica. No se trataba de una
incapacidad para aceptar ideas novedosas. Por el contrario, él fue uno de los
primeros en dilucidar las propiedades cuánticas del mundo microscópico. Sabía
que la teoría era correcta. Su incomodidad provenía de la noción de realidad
que esta implicaba.
En cierta oportunidad, caminando junto al físico
Abraham Pais, le preguntó con sarcasmo: «¿Realmente crees que la Luna sólo
existe cuando la miramos?». [81] Einstein
pensaba que la Mecánica Cuántica era una teoría incompleta. Que tenía que
existir una formulación más general, capaz de dar cuenta de todos los fenómenos
cuánticos, pero prescindiendo del indeterminismo y del protagonismo del
observador en la construcción de la realidad. Para Einstein, que el electrón
tuviera su espín «para arriba» o «para abajo» debía ser una realidad objetiva,
independiente de la ignorancia de Martina o Nadia en el momento de abrir la
caja.
En mayo de 1935 se publicó en la revista Physical
Review el artículo «¿Puede la descripción mecánico-cuántica de la
realidad ser considerada completa?». [82] Sus
autores, Albert Einstein, Boris Podolsky y Nathan Rosen describían un sencillo
e ingenioso experimento mental —una estrategia inequívocamente distintiva del
primero de ellos— que aparentemente demostraba que la respuesta a esta pregunta
era negativa. La idea era esencialmente la del juego de Martina y Nadia. Una
partícula sin espín se desintegra en dos partículas con espín que salen
disparadas en direcciones opuestas. Hay un principio fundamental de la física,
cuyo rango es idéntico al de la conservación de la energía, que no permite que
cambie el espín total del sistema: si al principio era cero, debe serlo al
final también. Por lo tanto, las dos partículas emitidas deberán tener sus
espines en direcciones opuestas, de modo que sumen cero. Sin embargo, según la
interpretación auspiciada por Niels Bohr y discutida más arriba, el valor de
estos espines no está definido hasta que no se realice una observación.
Supongamos que dejamos pasar suficiente tiempo como
para que las partículas emitidas estén arbitrariamente lejos la una de la otra.
Martina y Nadia las están esperando, cada una en una dirección. Si Martina lo
observa y, digamos, obtiene «espín para arriba», automática e instantáneamente
el de Nadia tendrá que estar «para abajo». Pero según la interpretación de
Copenhague, un instante antes se encontraba indefinido. De este modo,
argumentaron Einstein, Podolsky y Rosen, la información del resultado de la medición
de Martina habrá sido transferida instantáneamente a la partícula de Nadia
—obligándola a definir su espín para no transgredir el principio de
conservación—, sin respetar el límite de velocidad que impone la Teoría de la
Relatividad. La transferencia tiene que ser instantánea porque de otro modo
habría una violación de un principio fundamental de la física durante el lapso
que demorara en llegar la información desde Martina hasta Nadia, algo que es
inadmisible: las leyes y los principios de la física son de obligado
cumplimiento, en todo momento. Si es cierta la interpretación de Bohr de la
Mecánica Cuántica, concluyeron, entonces no puede ser correcta la Teoría de la
Relatividad ya que esta «espeluznante acción a distancia» incumpliría su
mandato.
Parece haber dos salidas a este experimento mental
bautizado «paradoja EPR». O bien la «espeluznante acción a distancia» está
operando, por lo que la observación de Martina efectivamente afecta al espín de
la partícula de Nadia, o bien el valor de ambos espines estuvo siempre bien
definido y éramos nosotros los que no lo conocíamos, como en el juego original
en el que una de las cajas contenía un billete de lotería, desde el instante en
el que los dados decidieron que así fuera. La ignorancia de Martina y Nadia, en
el juego, estriba en su desconocimiento del valor de una variable: la suma del
puntaje de los dados lanzados. Esto último es lo que Einstein pensaba. La
Mecánica Cuántica, en su opinión, simplemente no estaba considerando todas las
variables; no era completa. Debía haber «variables ocultas» que restaba
descubrir.
§. Las desigualdades de Bell
La paradoja EPR resultó un hueso duro de roer. Einstein falleció en 1955,
posiblemente convencido de que con ella había asestado una herida mortal a la
interpretación de Copenhague de la Mecánica Cuántica. De hecho, nadie sabía
exactamente qué decir al respecto. Ni siquiera estaba claro cómo poner a prueba
estas ideas. Si se hiciera el experimento y Martina observara el «espín para
arriba» y Nadia el «espín para abajo», ¿cómo saber que no estaban ya en ese
estado antes de la observación? ¿Habría, en efecto, variables ocultas que
preservaran una información de tipo no probabilística y sujeta al Principio de
Relatividad —es decir, que no pudiera viajar más rápido que la luz—, lo que
Einstein llamaba el «realismo local»? Parecía imposible salir del atolladero
pero, como casi siempre, fue cuestión de saber esperar la irrupción en escena
de la persona adecuada. En 1964, el físico norirlandés John Stewart Bell
publicó un trabajo que, con el transparente título «Acerca de la paradoja de
Einstein, Podolsky y Rosen», [83] encontró
una manera de ponerla a prueba. A continuación presentaremos una variante de la
propuesta de Bell.
Supongamos que hacemos el experimento de Martina y
Nadia, pero con una ligera modificación. Cada una de ellas puede medir el espín
en tres direcciones posibles —una de ellas vertical—, separadas por un ángulo
de ciento veinte grados; como formando el logotipo de una conocida marca de
automóviles. Cada una de ellas medirá el espín en alguna de las tres
direcciones, seleccionada independientemente —la una de la otra— y al azar.
Supongamos que estuviéramos seguros de que la partícula tiene el «espín para abajo»,
¿qué ocurriría si lo midiéramos en alguna de las otras dos direcciones? Las
leyes de la Mecánica Cuántica concluyen que la probabilidad de medir «espín
para abajo», en cualquier instante, en alguna de las direcciones inclinadas es
un cuarto, mientras que la de medir «espín para arriba» resultará de tres
cuartos. La idea es ver, en estas condiciones, qué porcentaje de veces las
mediciones de Martina y Nadia son opuestas; es decir, una de ellas mide «espín
para arriba» y la otra «espín para abajo», sin importar en qué dirección
hicieron la medida. Para ello, imaginamos que hacemos el experimento un gran
número de veces.
Consideremos la posibilidad de que las dos
partículas tuvieran, como pensaba Einstein, información mutua del estado en el
que salieron despedidas del punto de desintegración de la partícula inicial.
Esta información sería una suerte de acuerdo previo para que, en caso de que su
espín sea medido en la misma dirección, el resultado sea opuesto, de modo de
satisfacer el principio de conservación del espín. Llamemos (A, B, C) a las
tres direcciones en las que pueden medir Martina y Nadia el espín; cada una de
ellas puede dar «espín para arriba» o «espín para abajo»; es decir ↑ o ↓. Como
la dirección es seleccionada al azar, da igual cuál es A, B o C. Un posible
plan es que la partícula que sale hacia Martina tenga registrado el patrón
(↑,↑,↑) —es decir, en cualquier dirección que mida Martina se encontrará con
«espín para arriba»—, en cuyo caso la partícula que se dirige hacia Nadia
tendrá que tener ↓,↓,↓). De este modo se aseguran respetar el principio de
conservación del espín. Si fuera esta la situación, Martina y Nadia observarían
espines opuestos el 100 por ciento de las veces, no importa en qué dirección
midiera cada una. Todas las flechas de Martina apuntan en dirección opuesta a
las de Nadia.
Pero también podría darse que el patrón de la
partícula que va hacia Martina fuera (↑,↑,↓), en cuyo caso el de aquella que
detectará Nadia habría de ser (↓,↓,↑); y así sucesivamente. En este caso, la
situación sería un poco más complicada: Martina y Nadia medirían espines
distintos cinco de cada nueve veces —si elegimos una flecha de Martina y una de
Nadia, de las nueve combinaciones posibles hay cinco que son opuestas y cuatro
que apuntan en la misma dirección—. En definitiva, si las partículas tuvieran
información mutua desde el comienzo, Martina y Nadia medirían espines opuestos
en una proporción de al menos cinco de cada nueve veces; traducido a
porcentaje, esto representaría casi un 56 por ciento. ¿El resultado
experimental? 50 por ciento! No hay forma de que variables ocultas
preestablecidas den cuenta de esto, ya que estas siempre arrojarán
probabilidades mayores del 56 por ciento. Esta violación de la denominada
«desigualdad de Bell» es indicativa de que no hay variables ocultas; la
interpretación de Copenhague es correcta. De hecho, podemos entender cómo la
Mecánica Cuántica predice el 50 por ciento obtenido experimentalmente.
Supongamos que Martina mide ↑ en la dirección
vertical. Sabemos que la partícula observada por Nadia, en ese instante, está
condenada a estar en el estado vertical ↓. Pero como la dirección de medición
es elegida al azar, sólo un tercio de las veces saldrá la vertical. Los otros
dos tercios de las veces serán elegidas las otras dos direcciones y, como
mencionamos antes, dado que estamos seguros de que el espín apunta hacia abajo
en la dirección vertical, la probabilidad de medir ↓ en esas direcciones es un cuarto.
En total, la probabilidad de que los espines sean opuestos es un tercio más dos
tercios por un cuarto; es decir, un medio: un 50 por ciento de las veces,
exactamente lo que ocurre en los experimentos que empezaron a hacerse en los
setenta y de manera más convincente a principios de los ochenta, en el grupo
del físico francés Alain Aspect. Experimentos así son rutinarios hoy en día. Se
dice que las partículas están «entrelazadas», ya que de alguna manera las
mediciones que hagamos sobre ellas no serán independientes por mucho que se
alejen entre sí.
Fue así como John Bell fue quien finalmente pudo
comprobar que Einstein se equivocaba en cuanto a su concepción de la Mecánica
Cuántica. En una conversación con el escritor Graham Farmelo, Bell le dijo
respecto del debate entre Einstein y Bohr sobre la Mecánica Cuántica: «Bohr era
inconsistente, poco claro, porfiadamente oscuro, pero tenía razón. Einstein era
consistente, claro, con los pies en la tierra, pero estaba equivocado.» [84]
§. El gran ludópata
Si ha logrado mantener la atención hasta este punto, es probable que una duda
inquietante esté revoloteando frente a sus ojos: ¿quiere decir lo anterior que
la información viaja desde una partícula a la otra más rápido que la luz
echando por tierra a la Teoría de la Relatividad? La respuesta es no; los
experimentos anteriores no implican la existencia de una «espeluznante acción a
distancia», como temía Einstein. Se trata más bien de que no es posible
considerar por separado ambas partículas. No importa lo lejos que estén, forman
un sistema único. Si se tratara de una acción a distancia podríamos utilizarla
para enviar mensajes más rápido que la velocidad de la luz. Pero esto no es
posible ya que ni Martina ni Nadia pueden controlar el resultado de su
observación, de modo que no hay manera de que utilicen el «entrelazamiento»
para enviar información.
No deja de ser curioso que el extraordinario
ingenio de la paradoja EPR, coartada pergeñada por Einstein para salvaguardar
las vergüenzas de un Dios con inclinación a los juegos de azar, haya sido la
piedra de toque que sirvió de puntapié inicial a una nueva disciplina,
interesante y prometedora por demás: la computación cuántica. Del mismo modo en
que las antiguas máquinas se servían de engranajes que repartían el movimiento
de sus piezas mecánicas y las computadoras digitales utilizan cables y circuitos
integrados para distribuir unos y ceros, las computadoras cuánticas pretenden
utilizar el entrelazamiento de sistemas atómicos como base de su conectividad.
Como ocurrió con el término cosmológico, pareciera que Einstein estaba
iluminado incluso cuando se equivocaba.
La Naturaleza a escalas pequeñas es esencialmente
probabilística y el observador es parte esencial de las leyes cuánticas.
Einstein estaría horrorizado de comprobarlo, pero lo cierto es que la Mecánica
Cuántica sigue funcionando exitosamente hasta nuestros días a pesar de las
innumerables incomodidades epistemológicas que entraña. No nos queda otra que
rendirnos a la evidencia y acostumbrarnos a la desquiciante realidad que parece
imponer. Se cuenta que Richard Feynman decía que «si piensas que entiendes la
Mecánica Cuántica, es porque no la entiendes». Aunque la cita es probablemente
apócrifa, esboza con claridad la sensación que esta gran teoría deja en todo
aquel que logra dominarla. Es que todos los intentos como los que hizo
Einstein, tratando de ajustar su interpretación a nuestra concepción intuitiva
de la realidad, por numerosos que hayan sido y brillantes quienes los
embanderaron, han sido categóricamente inconducentes.
Cuando Einstein le dijo a Born que Dios no jugaba a
los dados no podía imaginar que, muy por el contrario, no hay rincón del
universo en el que no lo esté haciendo. La totalidad del cosmos no es más que
una gran timba universal. La vida, la conciencia y el libre albedrío, acaso
sean deudores de una mano afortunada sobre un cubilete en racha. El universo no
es otra cosa que un faraónico garito en el que despunta el vicio el Dios de
Spinoza; el gran ludópata.
Capítulo XII
Nubes sobre Kokura
El jueves 9 de agosto de 1945, a las 10.45 de la
mañana, el silencio de la antigua ciudad de Kokura se vio interrumpido por el
rugido de dos bombarderos B-29 de la fuerza aérea norteamericana. La tranquila
ciudad del sur de Japón, que poco más de dos décadas atrás había tenido el raro
privilegio de albergar un concierto de villancicos interpretados al violín por
Albert Einstein, se sumergió de inmediato en el estruendo de la artillería
antiaérea y las sirenas. Tres días antes, a sólo ciento cincuenta kilómetros,
la primera bomba de uranio había sido lanzada sobre la población de Hiroshima.
Las noticias de la destrucción y el horror estaban frescas en la memoria de los
aterrados habitantes de Kokura, a pesar de que ignoraran que su propia ciudad
era el plan B del piloto del Enola Gay, en caso de que las nubes
restaran visibilidad sobre Hiroshima.
Kokura era el blanco elegido para la bomba de
plutonio y por ello la sobrevolaban los B-29. Poco después, sin embargo,
retornó el silencio. Distinto. Tenso y amenazante. Quince minutos más tarde la
bomba de plutonio fue detonada sobre la ciudad de Nagasaki, el plan B de esa
misión. Las nubes sobre el cielo de Kokura y la densa humareda negra provocada
por los incendios de la vecina Yawata, bombardeada el día anterior, llevaron al
piloto a abortar la operación original y cambiar su rumbo al suroeste. Equidistante
entre Hiroshima y Nagasaki, la vida de los habitantes de Kokura siguió
adelante, fruto de unas caprichosas nubes pasajeras.
§. Ciencia universal: de Berlín a Kokura
Unos cincuenta años antes, Kokura fue el sitio elegido para silenciar al
destacado intelectual japonés Mori Ōgai. Poeta, novelista, médico y crítico
literario, fue enviado allí como médico jefe de una base militar. El exilio
interior en este remoto confín del país atenuaría el ruido incesante que Ōgai
provocaba, tanto en el mundo literario como en el científico. Había sido
enviado a Alemania en 1884 para estudiar los avances de la medicina europea, en
tiempos en los que Japón había decidido abrirse culturalmente a Occidente. De
regreso encontró una fuerte oposición entre sus pares. La medicina tradicional
japonesa no quería claudicar ante las novedades que este joven traía de Europa.
«La medicina no es ni occidental ni japonesa. La medicina es universal y hay
sólo una manera de alcanzar este nirvana: la investigación», [85] escribió
Ōgai en 1889. Su espíritu indómito lo llevó a acumular enemigos, a quienes
enfrentaba en columnas y revistas que editaba en Tokio. Su lucha se hizo más
difícil desde el ostracismo de Kokura.
Mori Ōgai había estudiado en Berlín bajo la
dirección de Robert Koch, poco después de que este encontrara el bacilo que
provoca la tuberculosis. Alemania era un paraíso para la ciencia y la cultura,
un terreno fértil en el que florecía el talento en un marco de relativa
diversidad y tolerancia. Era el lugar idóneo para que Ōgai se embebiera en lo
más elaborado del pensamiento europeo.
Allí mismo, un siglo antes, el químico Martin
Klaproth había descubierto el uranio, elemento químico que con sus noventa y
dos protones era el de mayor número atómico conocido hasta entonces. El nombre
fue un homenaje manifiesto a su compatriota William Herschel, quien poco antes
había descubierto a Urano, el planeta más remoto que se conocía. Hasta el día
de la muerte de Ōgai, el uranio fue el coloso de los átomos. Casi inexistente,
sin embargo, bajo el suelo del archipiélago volcánico al que conocemos como
Japón. Es de suponer que Ōgai desestimara como delirante la hipótesis de que
algún día pudieran caer del cielo sesenta y cuatro kilogramos de uranio con
apocalíptico resultado. Ocurrió menos de un cuarto de siglo después de su
muerte.
§. Einstein y Japón
El 25 de diciembre de 1922, Albert Einstein dio un concierto de violín en la
fiesta de Navidad organizada por la Asociación Cristiana de Jóvenes de Kokura.
La dulzura con la que interpretaba a Mozart le había abierto las puertas del
corazón de su prima Elsa —quien ahora lo escuchaba en primera fila— desde la
infancia hasta el matrimonio, celebrado tan pronto pudo divorciarse de Mileva,
apenas cuatro días después del eclipse de Sol que lo convertiría en una
celebridad mundial unos meses más tarde. Habían hecho un largo viaje en barco a
Japón, pasando por Ceilán, Singapur, Hong Kong y Shanghái, en el medio del cual
supo que le habían otorgado el premio Nobel de física —que si bien corresponde
oficialmente a 1921, se entregó en 1922 junto con el de ese año, concedido a
Niels Bohr—. La extensa visita prevista a un país que le despertaba una enorme
y respetuosa curiosidad fue la justificación perfecta para excusarse y no
asistir a la ceremonia de entrega en Estocolmo. [86] También
para abandonar Alemania, cuando menos por un tiempo, horrorizado por el brutal
asesinato del ex ministro de Asuntos Exteriores y amigo suyo, Walter Rathenau,
a manos de militantes ultranacionalistas de claro perfil antisemita.
El edificio en el que una multitud de jóvenes lo
escuchaba con incondicional devoción se encontraba a pocas cuadras de la casa
en la que Mori Ōgai había residido durante su estancia en Kokura. Ōgai había
muerto en Tokio sólo seis meses antes de la visita del físico, afectado por la
misma tuberculosis cuya causa había sido revelada por su maestro en Berlín. La
enorme expectación que acompañó la visita de Einstein a lo largo de los
cuarenta y dos días que permaneció en Japón tenía como único precedente comparable
a aquella que había realizado unos años antes el propio Robert Koch, quien fue
recibido con honores de jefe de Estado, al punto de que se construyó un templo
en su honor: una de cada veinte muertes en Japón eran provocadas por la
tuberculosis; decenas de miles de japoneses podrían seguir viviendo cada año
gracias al descubrimiento de Koch.
Einstein tocó alegremente el violín a pesar de la
recargada agenda que venía cumpliendo en su gira, brindando conferencias
extenuantes —que llegaron a prolongarse hasta por seis horas en la Universidad
de Keio—, todos los días, en distintas ciudades. Explicaba la Teoría de la
Relatividad a públicos que atiborraban auditorios y lo escuchaban con paciencia
a pesar de que la mayoría, incluyendo al sufrido responsable de la traducción,
entendiera poco o nada de lo que allí se estaba presentando. Una multitud lo
esperaba a su llegada a Tokio gritando ¡ Einstein banzai!
convirtiendo la estación en un auténtico caos, llegando muchos japoneses a no
poder contener las lágrimas ante la estampa del flamante premio Nobel. Más que
un científico transmitiendo sus hallazgos parecía lo que unas décadas más tarde
sería una estrella de rock en una gira.
Einstein fue testigo de la entusiasta apertura de
Japón hacia Occidente, de la que Mori Ōgai había sido pionero, durante el
apogeo del llamado periodo Meiji. Al final de su gira advirtió: «Es
cierto que el pueblo de Japón admira los logros intelectuales de Occidente y es
así como se ha imbuido con éxito y con gran idealismo en las ciencias. Yo
espero, sin embargo, que no olviden mantener puras las virtudes que poseen
sobre Occidente: el sentido artístico con que ejercitan su vida, la modestia y
falta de pretensión en sus necesidades personales, y la pureza y calma del alma
japonesa». [87] El
comentario puede parecer inapropiado por su tono paternalista, pero debe
comprenderse desde el modo de pensar de Einstein. Si bien para él la ciencia
—y, en general, toda la actividad intelectual— era patrimonio universal de la
humanidad, todo esfuerzo sería en vano si el hombre no observara y proyectara
conocimiento al mundo desde la firmeza que sólo pueden darle sus propias
raíces: su historia y su gente.
Esa Navidad Einstein sentía algo parecido a la
gratitud mientras tocaba su violín alegremente para un público juvenil
entregado, presa de la fascinación. Jamás podría haber llegado a imaginar, ni
el más reputado autor de ficción a urdir, la historia que dos décadas más tarde
lo acercaría al destino apocalíptico reservado para Kokura.
§. La carta
Franklin Roosevelt, presidente de Estados Unidos, leyó con gran inquietud la
carta que, fechada el 2 de agosto de 1939, había recibido esa mañana: «Durante
los últimos cuatro meses se ha descubierto […] que podría ser factible gatillar
una reacción nuclear en cadena en una masa grande de uranio, la cual generaría
una cantidad de potencia enorme y una variedad de elementos similares al radio.
Es ahora casi una certeza que esto podría lograrse en el futuro inmediato. […]
y es concebible —aunque mucho menos seguro— que bombas extremadamente poderosas
de una nueva clase pudieran ser construidas». [88] Redactada
por el físico húngaro Leó Szilárd, uno de los mayores expertos en el área,
llevaba la firma de su colega y amigo, Albert Einstein.
Szilárd diseñó junto a Enrico Fermi el primer
reactor nuclear, que se encendió en noviembre de 1942 en una cancha de squash
de la Universidad de Chicago. Como muchos físicos de la época estaba al tanto
de los nuevos descubrimientos en física nuclear y de las peculiares propiedades
del uranio. Pero él sabía algo más. Involucrado en los desarrollos más
recientes, era consciente de que los alemanes, que tenían en su país grandes
especialistas en el tema, estaban avanzando rápidamente en esa línea de investigación.
Tanto es así que ya habían dejado de vender el uranio procedente de las minas
de la ocupada Checoslovaquia. El que una bomba de las características que
prometía la energía nuclear llegara a manos de Hitler era una amenaza demasiado
grande. Szilárd buscó la ayuda de Einstein, cuya fama podría llamar la atención
del presidente Roosevelt. Einstein comprendió la gravedad de la situación y
firmó la carta; el «Proyecto Manhattan» no tardó en establecerse. Un grupo de
científicos y técnicos excepcionales se abocaron, bajo la dirección de Robert
Oppenheimer, a una compleja operación secreta que debía culminar con la
construcción de una bomba de uranio, que acabaría arrojándose sobre Hiroshima.
La comunidad científica fue, en general, contraria
al bombardeo. Einstein dijo a The New York Times en agosto de
1946 que estaba seguro de que «el presidente Roosevelt habría prohibido el
bombardeo atómico sobre Hiroshima si hubiese estado vivo». Leó Szilárd fue un
ferviente crítico de su uso sobre civiles. Incluso antes de que se lanzase
envió una petición al presidente Harry Truman para que la bomba sólo se usara
como una demostración de fuerza en áreas no habitadas o evacuadas. Junto a
Einstein crearon el Comité de Emergencia de Científicos Atómicos para
incentivar el uso pacífico de la energía nuclear y oponerse a la construcción
de armas de destrucción masiva. De acuerdo al químico estadounidense Linus
Pauling, Einstein le habría dicho en 1954: «Cometí el peor error de mi vida
cuando firmé la carta al presidente Roosevelt recomendando que las bombas se
construyeran; pero había cierta justificación: el peligro de que los alemanes
las hicieran».
§. La inestabilidad de los núcleos atómicos grandes
El reinado del uranio como titán de los átomos duró un siglo y medio, hasta que
el año 1940 vio nacer a dos nuevos integrantes de la tabla periódica, los
elementos noventa y tres y noventa y cuatro. Se habían fabricado en el Lawrence
Berkeley National Laboratory de California. Para Edwin McMillan y Philip
Abelson fue evidente que el elemento que sigue al uranio debía llamarse como el
planeta que sigue a Urano —predicho teóricamente por el matemático francés
Urbain Le Verrier y descubierto a partir de sus cálculos la noche del 23 de
septiembre de 1846 en el Observatorio de Berlín—. El neptunio, sin embargo, era
un átomo inestable que en cosa de días se transformaba en otro. Este último fue
aislado e identificado por Glenn Seaborg a fines de ese año. Tenía noventa y
cuatro protones, por lo que no tardaron en llamarlo, con lógica transparente,
plutonio.
No es tarea fácil ensamblar núcleos atómicos
grandes. Los protones se repelen eléctricamente por lo que se requiere mucha
energía para acercarlos hasta volúmenes suficientemente pequeños de modo tal
que las fuerzas nucleares actúen y logren unirlos. Para mejorar el pegamento
nuclear se requieren neutrones, partículas similares a los protones pero sin
carga eléctrica. En el caso del uranio son necesarios ciento cuarenta y seis
neutrones para estabilizar, en la medida de lo posible, a los noventa y dos protones
del núcleo. Se lo conoce como uranio-238, para diferenciarlo de otros
isótopos, [89] menos
comunes, que tienen más o menos neutrones. Por ejemplo, el uranio-235,
combustible de la bomba de Hiroshima.
Los núcleos de uranio-238, al igual que los de
todos los elementos que lo siguen en la tabla periódica, son inestables. Se
desarman, emitiendo radiactividad y transmutando en otros núcleos más pequeños.
Es lo que se conoce como «fisión nuclear». El uranio-238 tiene una vida media
mayor que la edad de la Tierra, por lo que no ha tenido tiempo de desaparecer
por completo de nuestra corteza y a todos los efectos prácticos podemos
considerarlo como estable. Elementos de mayor número atómico son aún más inestables
y si existen en forma natural es sólo en trazas insignificantes. Normalmente se
trata de subproductos de la desintegración del propio uranio. Un buen ejemplo
es el plutonio-239, que resulta del decaimiento del uranio-238 cuando absorbe
un neutrón más. Como todos los núcleos pesados, el uranio fue creado en grandes
explosiones estelares, las supernovas, cuyas enormes energías fueron capaces de
contrarrestar la repulsión eléctrica para ensamblarlos. Estas energías
fabulosas pueden ser liberadas si de alguna manera facilitamos la disgregación
de estos núcleos.
§. Explosiones nucleares
La clave de una explosión nuclear es el efecto dominó de una reacción en la que
el núcleo atómico se parte en dos por el impacto de un neutrón, liberando en el
proceso dos o tres neutrones que a su vez partirán otros núcleos. Si hay
disponibles suficientes núcleos como para que no haya neutrones desperdiciados
—al no tener carga eléctrica les resulta sencillo pasar desapercibidos—, se
produce la reacción en cadena que lleva a la liberación de una cantidad enorme
de energía en muy poco tiempo. A ese número suficiente de núcleos atómicos se
lo denomina «masa crítica». Si un núcleo se parte emitiendo dos neutrones, por
ejemplo, en el siguiente paso serán dos los núcleos que se partirán emitiendo
cuatro. Luego ocho, dieciséis, treinta y dos… al cabo de ochenta iteraciones,
el número de núcleos partidos será de un billón de billones. Cada paso insume
menos de una millonésima de segundo por lo que toda esta coreografía de núcleos
rotos es prácticamente instantánea.
Si buscamos obtener energía a partir de la reacción
en cadena recién descrita, el plutonio-239 tiene dos ventajas respecto del
uranio-235. Primero, el número de neutrones emitidos en cada paso es tres, por
lo que hacen falta menos iteraciones para liberar la misma cantidad de energía.
En el ejemplo anterior, cincuenta en lugar de ochenta. Esto implica que la masa
crítica es menor: el equivalente a una lata de cerveza ordinaria. Teniendo en
cuenta que estos materiales son muy escasos, esta es una gran ventaja. Segundo,
el plutonio-239 es un subproducto estándar del uranio-238 en cualquier reactor
nuclear. Hasta aquí las ventajas. El problema es que la bomba de plutonio
tiende a detonar antes, al ensamblarse, debido a la inevitable presencia de
plutonio-240, que tiene la inoportuna costumbre de fisionarse espontáneamente,
sin necesidad de un neutrón incidente. La ingeniosa (y compleja) solución a
este problema fue la implosión: se colocan explosivos rodeando una esfera con
plutonio y al detonar la esfera se contrae comprimiéndolo, impidiendo a los
neutrones escapar. Por eso la bomba de plutonio reservada para Kokura era
esférica y por ello también era necesario probarla previamente.
Poco antes del amanecer del 16 de julio de 1945 se
hizo estallar la primera bomba de plutonio en Alamogordo, Nuevo México.
Científicos y militares observaron la explosión cuerpo a tierra, a catorce
kilómetros de distancia. Se había instalado un sofisticado sistema de medición
para determinar la energía liberada por la explosión. Tan pronto como el cielo
se encendió con un resplandor nunca antes visto, uno de los científicos se puso
de pie, sacó del bolsillo papel picado y lo dejó caer. Los primeros pedacitos
cayeron a sus pies. El bramido de la explosión tardó unos cuarenta segundos en
llegar, tal como el trueno es más lento que el rayo, y en el momento de su
arribo el estruendoso soplido se llevó por delante el picadillo haciéndolo caer
a dos metros y medio, distancia que el científico midió con una regla que
llevaba encima. Sacó del bolsillo un papel con una tabla escrita a mano y dijo
«diez kilotones». Es decir, el equivalente a diez mil toneladas de TNT. Enrico
Fermi no se sorprendió cuando el análisis cuidadoso de los datos confirmó,
horas después, que su estimación había sido aproximadamente correcta.
§. La otra carta
Sólo un minuto antes de que el B-29 lanzara la bomba de plutonio, otro
bombardero arrojó algunos instrumentos de laboratorio —destinados a recabar
información de lo que, en definitiva, podía interpretarse como un singular y
siniestro experimento— entre los que se encontraba adosada una carta anónima
dirigida al físico japonés Ryokichi Sagane. La había escrito, junto a dos
miembros de su equipo, el físico estadounidense Luis Álvarez, quien observó
desde el avión el brillo enceguecedor surgido del vientre de supernovas sobre
el cielo de Nagasaki y el hongo atómico que vino a continuación. No la
firmaron. Se identificaron como antiguos colegas de Berkeley. En la carta se le
suplicaba que utilizara sus influencias para acelerar la rendición de Japón. El
contenido era amenazante, «como científicos deploramos el uso que se le ha dado
a un bello descubrimiento, pero podemos asegurar que a menos que Japón se rinda
de inmediato la lluvia de bombas atómicas se incrementará con furia». [90] Al
momento de ser lanzada la de plutonio, que se sepa, Estados Unidos no disponía
de una tercera bomba, aunque seguramente ya estaban construyéndola.
La carta fue encontrada por el ejército japonés y
Sagane no la recibió hasta un mes después. A pesar de la tragedia, se mantuvo
en contacto con Álvarez y con otros físicos estadounidenses, y su participación
fue esencial en el programa nuclear japonés, desarrollado con una importante
colaboración norteamericana. Como Ōgai, Sagane fue fundamental en el desarrollo
del Japón moderno. Cuatro años después de que la bomba de Nagasaki cayera junto
a la misiva de uno de sus arquitectos, Álvarez y Sagane se reunieron y la carta
fue finalmente firmada: «A mi amigo Sagane. Con mis mejores deseos. Luis W.
Álvarez». [91]
Luis Walter Álvarez tuvo una carrera científica
descollante, coronada por el premio Nobel en 1968, recibido por su trabajo en
la física de las partículas elementales. Su contribución científica más
importante, sin embargo, realizada junto al geólogo Walter Álvarez —su hijo—,
fue la teoría de la extinción de los dinosaurios por la caída de un meteorito,
deducida a partir del exceso de iridio hallado en una capa geológica
correspondiente a unos sesenta y cinco millones de años de antigüedad. Más
adelante se descubriría el cráter de Chicxulub en la península de Yucatán y se
lo identificaría como aquel producido por el meteorito en cuestión. No deja de
resultar sugerente la posibilidad de que la idea de una extinción masiva de la
vida por obra de un objeto caído del cielo estuviera influida por su propia
participación en la misión que acabó de un plumazo con la vida de decenas de
miles de personas en Nagasaki. Habrían de pasar aún algunos años para que los
afortunados habitantes de la vecina Kokura supieran que la bomba de plutonio
era para ellos, que el presidente Truman aguardaba la noticia de su extinción,
y que habían sorteado su destino de dinosaurios por la azarosa presencia de
unas caprichosas nubes pasajeras.
Capítulo XIII
Los Einstein de Auschwitz
«Querido Sommerfeld, no te molestes conmigo por
responder tu amable e interesante carta recién hoy. Este último mes ha sido uno
de los más estimulantes y agotadores de mi vida. Quizás también el más exitoso.
No podía pensar en escribir.» [92] Esto le
escribía Albert Einstein a uno de los pioneros de la teoría atómica, Arnold
Sommerfeld, el 28 de noviembre de 1915. Tres días antes había presentado ante
la Academia de Ciencias Prusiana la Teoría de la Relatividad General, que
echaba por tierra a la Ley de la Gravitación Universal que Isaac Newton
formulara trescientos veintiocho años antes y en la que se basaba hasta ese
entonces la comprensión del movimiento de los planetas y las estrellas. La
importancia y belleza de la obra de Einstein no tiene parangón en la historia
de la humanidad.
Einstein trabajó obsesivamente ese año en Berlín,
buscando las ecuaciones que describieran la dinámica del campo gravitacional.
Sabía que la teoría de Newton sólo podía ser válida en forma aproximada ya que
sufría de inconsistencias internas; resultaba incompatible con el principio
relativista formulado por él mismo en 1905 y era incapaz de explicar el
comportamiento anómalo de la órbita de Mercurio. Su familia estaba en Suiza, y
gracias a su enorme prestigio había conseguido que la Academia de Ciencias Prusiana
lo relevara de toda obligación docente para dedicarse en cuerpo y alma a sus
investigaciones. Jamás podía pasar por su cabeza que unos años después debiera
abandonar Alemania para siempre. Con la llegada al poder de Adolf Hitler, su
casa fue embargada y Einstein acudió al consulado alemán de Amberes para
devolver su pasaporte y repudiar su ciudadanía alemana. Menos aún podía
imaginar lo que le habría esperado de no haber emigrado a los Estados Unidos.
El destino de Albert fue muy distinto al de tantos
otros Einstein. Pensamos en Isaak, Max, Lydia, Mina, Hermann, Luise, Hilda y
Selma. Pero también en Siegfried, Ida, Henrik, Moritz, Samuel, Josef y Paula.
Desde luego que no podemos olvidar a Sophie, Adolf, la inocencia del pequeño
Ruben, ni dejar de pensar en Heniek, cuyos dos años de vida fueron una corta
temporada en el infierno. Albert lo sabía porque nunca pudo volver a ver a su
prima Lina, tres años mayor que él. Todos ellos, adultos, bebés, niños y ancianos,
fueron arrancados de sus casas brutalmente, transportados como ganado al campo
de exterminio de Auschwitz y asesinados industrialmente en sus cámaras de gas.
Otros Einstein fueron asesinados en Treblinka o murieron de tifus en el
hacinamiento inhumano del gueto de Terezin.
Hace poco más de setenta años las tropas soviéticas
liberaron Auschwitz. Sus soldados no daban crédito al espectáculo dantesco: la
obra más oscura y macabra de la historia del hombre se alzaba frente a sus
ojos. Allí mataron a más de un millón de personas en sus tres años de
funcionamiento. Unas mil personas eran asesinadas cada día. El 90 por ciento de
ellos eran judíos, deportados desde distintas partes de Europa obedeciendo a la
«solución final» decidida por los nazis en la conferencia de Wannsee, el 20 de
enero de 1942. Apenas un cuarto de siglo antes de que Hitler ordenara el
exterminio del pueblo judío, uno de ellos, en la vecina Berlín, gestaba la más
bella y sobrecogedora teoría de la historia de la ciencia.
En la cultura judía existe una máxima en torno a la
Shoa: «recordar, jamás olvidar». Así como las grandes catástrofes naturales nos
ayudan a prepararnos para las que vendrán, los desastres humanitarios deberían
convertirse en una alerta permanente. No debemos olvidar. Incluso en los
lugares en donde algo así parezca imposible. También lo parecía en el que
posiblemente era el lugar más educado, culto y sofisticado del planeta:
Alemania, la cumbre de la civilización occidental. Un giro irracional puso toda
esa sofisticación al servicio de la creación de la más eficiente maquinaria de
la muerte jamás creada. Aquella que acabó con la vida de ellos, los otros
Einstein.
Capítulo XIV
Oscuridad fundamental
El vapor Belgenland, con Albert
Einstein y su esposa Elsa a bordo, zarpó de Amberes el 2 de diciembre de 1930.
El destino era San Diego, California, para trasladarse desde allí por tierra
hasta Pasadena, invitado por el director del Instituto Tecnológico de
California y premio Nobel de física en 1923, Robert Millikan. Estaba prevista
una parada de casi una semana en Nueva York y de treinta horas en La Habana,
antes de cruzar el Canal de Panamá. Acompañaban a los Einstein en su segunda
visita a Estados Unidos el matemático austríaco Walther Mayer, quien por
aquellos días era su interlocutor científico, y Helen Dukas, su secretaria. Los
días que pasó en Nueva York rechazó la invitación a pernoctar en un lujoso
hotel y lo hizo en el barco. Agobiado por el acoso de reporteros, fotógrafos y
admiradores que lo perseguían en busca de un autógrafo, prefirió optar por la
tranquilidad que le proporcionaba la vida de a bordo. Concedió algunas
entrevistas pero el nulo entusiasmo que le despertaron quedó consignado en su
diario de viaje: «Los reporteros preguntaron particularmente cuestiones fútiles
a las que respondí con bromas baratas que fueron recibidas con gran
entusiasmo». [93]
Tan pronto puso un pie en suelo cubano, la mañana
del 19 de diciembre, Albert Einstein manifestó su deseo de comprar un sombrero
«panamá» que le ayudara a sobrellevar lo que se perfilaba como un día caluroso.
El dueño de El Encanto, la tienda más reputada de La Habana, le ofreció el
mejor de sus sombreros por un módico precio: una foto. Los organizadores de la
visita a Cuba planificaron una agenda intensa. Se realizó una ceremonia en su
honor en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales, en asociación
con la Sociedad Geográfica de Cuba, de la que cabe resaltar las palabras que
Einstein escribió en el Libro de Honor: «La primera sociedad verdaderamente
universal fue la de los investigadores. Ojalá pueda la próxima generación
establecer una sociedad política y económica que nos preserve de las
catástrofes». [94] Sus
palabras estaban claramente salpicadas del estado de ánimo imperante en el
mundo tras la Gran Depresión del veintinueve, la que, entre otras cosas, había
permitido al Partido Nazi multiplicar casi por diez su número de votos
convirtiéndose en la segunda fuerza parlamentaria: «Hitler vive en los
estómagos vacíos de Alemania»,[95] había
declarado a su paso por Nueva York.
Einstein visitó a la comunidad judía habanera al
promediar la tarde. Fue paseado por diversas instituciones, cuidándose los
organizadores de evitar cualquier mención a la Universidad de La Habana, para
no tener que dar explicaciones acerca de la clausura por tiempo indeterminado
decretada por el dictador Gerardo Machado en represalia por haberse convertido
esta en un destacado foco de rebelión popular contra su gobierno. Se lo llevó,
en cambio, a lugares exclusivos como el Yacht Club de La Habana y, finalmente,
a una recepción nocturna en la Sociedad Cubana de Ingenieros, de la que se
escabulló lo más discretamente posible para retirarse al barco, agobiado por
las exageradas atenciones que recibía y rechazando la invitación a pernoctar en
el emblemático Hotel Nacional. A la mañana siguiente Einstein sorprendió a sus
anfitriones con un pedido inesperado: quería conocer los barrios más pobres de
la ciudad. Con contenido embarazo, ante su insistencia, lo llevaron a conocer
barrios cuya extracción humilde se desprendía desde sus propios nombres —tan
pintorescos como Pan con Timba o Llega y Pon—. Elsa y Albert mostraron gran
interés por lo que veían y agradecieron que se accediera a su inusual pedido.
Una vez en altamar, rumbo al Canal de Panamá, dejó sus impresiones en el diario
de viaje: «Clubes lujosos pared con pared con la pobreza descarnada que afecta
principalmente a la gente de color». [96]
La llegada de Einstein a Pasadena tuvo lugar en
enero de 1931. A pocos kilómetros de Caltech se erigía el Observatorio
Astronómico del Monte Wilson, quizás la razón fundamental para motivarlo a
emprender un viaje tan extenso y agotador. Allí había tenido lugar un
descubrimiento que cambió radicalmente la comprensión del universo: Edwin
Hubble pudo demostrar la existencia de otras galaxias, distintas de nuestra Vía
Láctea. Poco después observó que todas ellas, inexorablemente, se alejan de
nosotros. El universo se expande, en perfecto acuerdo con las predicciones que
pueden obtenerse a partir de las ecuaciones de Einstein. El ferviente deseo de
visitar este observatorio quedó consignado en la entrevista que concedió a un
periodista de la revista cubana Bohemia que lo acompañó en el
viaje desde La Habana: «[…] creo que el poderoso instrumental del Monte Wilson
me permitirá obtener pruebas astrofísicas para confirmar mi Teoría de la
Relatividad General más allá de toda duda». [97]
§. El rudo de CALTECH
Se conserva una fotografía de la visita de Albert Einstein a Caltech en la que
se aprecia de inmediato una presencia que jamás podría pasar inadvertida. Un
joven aparece en la primera fila con gesto desafiante, remotamente burlón, como
si celebrara el haberse podido colar hasta situarse a apenas dos lugares de
Millikan, a cuyo lado estaba sentado el ilustre visitante. Se trata de Fritz
Zwicky, quien había completado su doctorado en la Escuela Federal Politécnica
de Zúrich unos años después de que Einstein pasara por allí. Llevaba pocos años
en Estados Unidos. Su contratación había sido una iniciativa del propio
Millikan, a quien acompañaba una bien ganada fama de cazatalentos, con el
propósito de iniciar una nueva línea de investigación en cristalografía, tema
de la tesis doctoral que Zwicky desarrollara en Suiza.
Lejos de amilanarse por estar rodeado de grandes
figuras de la física y de un par de veinteañeros deslumbrantes y llamados a
entrar en los libros de historia —Robert Oppenheimer y Linus Pauling trabajaban
a pocos metros de su despacho—, Fritz Zwicky hizo gala de una personalidad
avasallante y se ganó rápidamente la fama de personaje excéntrico, ególatra y
malhumorado; un tipo imposible de ignorar. En sus cursos sólo aceptaba a los
alumnos que él hubiera escogido. Siempre dispuesto a dar pelea con vehemencia,
este físico suizo nacido a orillas del Mar Negro, fornido y extrovertido,
intimidaba a cualquiera. Se definía a sí mismo como un genio, un «lobo
solitario» que despreciaba abiertamente el trabajo de buena parte de sus pares.
Como es de imaginar, no era muy querido por sus colegas. Nadie negaba su
desbordante creatividad, pero también tenía reputación de ser descuidado en su
trabajo: muchos de sus cacareados anuncios no contaban con el debido sustento.
En 1933, estudiando el cúmulo de galaxias Coma
desde el Observatorio Astronómico del Monte Wilson, Zwicky se dio cuenta de una
anomalía notable. Estos cúmulos son enjambres de galaxias que se mantienen
unidos por la fuerza gravitacional, girando unas en torno a las otras. Cuando
estas aglomeraciones son muy pesadas las velocidades de las galaxias deben ser
mayores, de modo que la atracción gravitacional no las haga colapsar unas sobre
otras. Los astrónomos pueden deducir las masas de estos cúmulos midiendo las
velocidades con que se mueven las galaxias individuales y las distancias que
las separan. Eso hizo Zwicky, y concluyó que la masa de Coma era muchísimo
mayor que la resultante de todas sus estrellas. «Si esto es confirmado
tendríamos que llegar a la inaudita conclusión de que hay presente “materia
oscura” en mucha mayor densidad que la luminosa», [98] escribió
el rudo de Caltech, sin saber que acababa de bautizar la materia más abundante
del universo.
No es de extrañar que este artículo pasara
desapercibido para la comunidad científica durante décadas. Las palabras dunkle
materie, una al lado de la otra, refiriéndose a una suerte de materia
fantasmagórica que no interactúa con la luz —por lo tanto, que no está hecha de
átomos—, parecía más bien el producto de una mente afiebrada, en los márgenes
de lo que podría considerarse un discurso científico aceptable. Era un
resultado muy extraño, basado en mediciones sobre pocas galaxias y con muchas
fuentes de posibles errores. Además, no había nada imaginable que pudiese dar
cuenta de semejante cantidad de materia invisible. Como ocurre casi siempre en
la historia de la ciencia, otros investigadores estuvieron cerca de llegar a
conclusiones similares. El holandés Jan Hendrik Oort, por ejemplo, observó unos
meses antes algo similar dentro del grupo de galaxias en el que se encuadra la
Vía Láctea —conocido como el Grupo Local—, pero pensó en algún proceso de
absorción de la luz que hacía que no nos llegara toda la que era emitida,
además de que más tarde se comprendió que había errores sistemáticos en sus
datos.
§. ¡Vera! ¡Vera! ¿qué ha sido de ti?
A fines de la década del setenta Roger Waters escribió la canción «Vera» para
el álbum The Wall de Pink Floyd. En ella recordaba a la hoy
centenaria Vera Lynn, quien animaba con sus canciones a las tropas británicas
durante la Segunda Guerra. Otra Vera, nacida en la orilla occidental del
Atlántico, realizó a principios de esa misma década una serie de observaciones
a partir de las cuales la materia oscura se tornaría real e inevitable.
Vera Cooper Rubin estudiaba el movimiento de las
estrellas dentro de sus respectivas galaxias. El sistema es análogo al que
estudió Zwicky pero a una escala más pequeña. Las estrellas dentro de la
galaxia están en movimiento para no colapsar gravitacionalmente. Por lo general
conforman un disco plano alrededor de cuyo centro giran. Las más interiores
orbitan en torno a menos estrellas, por lo que no necesitan moverse tan rápido,
pero a medida que nos alejamos del centro ocurre que la fracción de la galaxia que
atrae a cada estrella crece, obligándola a moverse a mayor velocidad para no
caer hacia el centro de ella.
Si seguimos alejándonos, sin embargo, la galaxia
comienza a diluirse y ya no es mucha la masa que se va agregando. Sucede
entonces que la velocidad necesaria para que las estrellas más lejanas orbiten
la galaxia debería ser cada vez menor, como ocurre con los planetas en el
Sistema Solar. Pero no es eso lo que ocurre. Vera Rubin lo estudió para un
conjunto grande de galaxias, incluyendo a la vecina Andrómeda, por lo que la
evidencia de sus datos fue rotunda. Sólo podía explicarse que las veloces
estrellas no salieran despedidas de sus galaxias como en el lanzamiento de
martillo si hubiera mucha más materia de la que se podía ver. Así, la galaxia
se diluiría en estrellas pero un halo de materia oscura seguiría presente,
envolviendo a la galaxia hasta bastante más allá del brillo de sus estrellas
más remotas. Rubin estimó que la cantidad de materia oscura era unas seis veces
mayor que la de materia ordinaria.
§. La naturaleza de la oscuridad
El correr del tiempo ha permitido establecer la realidad de la materia oscura
utilizando técnicas muy distintas, reafirmando así su necesaria existencia. La
Relatividad General, por ejemplo, predice la deflexión de la luz al pasar cerca
de cuerpos masivos. Las grandes concentraciones de masa se comportan como
lentes que alteran las imágenes que llegan a nuestros telescopios,
permitiéndonos identificarlas. También las de materia oscura que, de este modo,
se nos revelan a través de los efectos ópticos que provocan. El fondo cósmico
de microondas, la luz más antigua que llega a nuestros telescopios, también
presenta signos inequívocos de la materia oscura, sin los cuales no es posible
explicar lo que se observa.
No sabemos qué es la materia oscura, pero hay algo
que sabemos con certeza: no está hecha de nada conocido. Cualquiera de las
partículas elementales del «Modelo Estándar» [99] dejaría
múltiples huellas que no han sido observadas. Se trata de materia jamás vista
directamente en un laboratorio. La buena noticia es que también sabemos que el
Modelo Estándar no es la teoría final, ya que le falta incorporar la fuerza de
gravedad. Muchos de los intentos teóricos que han buscado esta inclusión
predicen hipotéticas partículas de las que no hay confirmación experimental
aún. Alguna (¡o varias!) de ellas podría ser constituyente de la materia
oscura.
Hay quienes piensan que quizás el problema no sea
la materia, sino la propia teoría de la gravedad. Quizás a escalas tan grandes
como las galaxias o sus cúmulos la Relatividad General no funcione y sea
necesaria otra teoría que explique las observaciones sin necesidad de incluir
ningún tipo de materia nueva. Las propuestas que hasta el momento se han hecho
en esta dirección no han sido capaces de dar cuenta de todos los efectos
achacados a la materia oscura. A pesar de esto, la propia Vera Rubin se inclinó
por esta posibilidad y quizás sea por ello que el premio Nobel que sobradamente
mereció le haya resultado esquivo. En 2005 declaró a la revista New
Scientist: «Si pudiese elegir, me gustaría saber que las leyes de Newton
deben ser modificadas para describir las interacciones gravitacionales a
distancias grandes. Eso es más atractivo que un universo lleno con una nueva
clase de partícula subnuclear». [100] Rubin
se refiere aquí a la teoría newtoniana ya que esta supone una excelente
aproximación de la Relatividad General para distancias grandes. Es decir, en
este contexto, una modificación de la Relatividad General también implicaría
una modificación de las leyes de Newton.
Vera Rubin murió en diciembre de 2016 sin haber
recibido el premio Nobel de física. Es difícil comprender las razones de esta
grosera omisión por parte de los académicos suecos. Sólo dos mujeres han
recibido el galardón tras casi ciento veinte años de historia, Marie Curie y
Maria Goeppert-Mayer, una cifra irrisoria frente a la cual es difícil no
reconocer la presencia de la ominosa sombra de la discriminación de género. En
el caso de Rubin, no obstante, parece bastante claro que sus hallazgos
perdurarán como un valioso legado y que integrará el acaso más selecto grupo de
aquellos que como Dmitri Mendeleev, Edwin Hubble, Jorge Luis Borges, Fred
Hoyle, Chien-Shiung Wu y Jocelyn Bell Burnell, debiendo haber recibido el
premio Nobel no lo hicieron por dudosas razones.
El fantasma de la materia oscura —y sus trillones
de trillones de trillones de toneladas invisibles— recorre la física desde que
la atenta mirada de Fritz y Vera lo dejaron al descubierto, tornándolo real e
inevitable. Sus efectos se hacen notar sólo a grandes escalas, cuando ingentes
cantidades de esta extraña sustancia entran en juego y compensan su exánime
interacción. Afecta el devenir de estrellas y galaxias, tanto como la evolución
cósmica del universo, pero no parece jugar un papel significativo en nuestra
vida cotidiana ni en la física subatómica ya que sólo interactúa con nuestros
átomos a través de la débil atracción gravitatoria; más allá de la humillación
que nos inflige el que ignoremos casi todo sobre ella, a pesar de representar
el 85 por ciento del contenido material del cosmos. Cuando creíamos estar cerca
del conocimiento completo de los constituyentes de la materia, con la
constatación de todos los detalles del llamado Modelo Estándar, cuando nos
aprestábamos a celebrar el logro de una gesta intelectual prodigiosa, una
enorme grieta se abrió a nuestros pies, más amplia que toda la distancia
recorrida en la historia del pensamiento científico.
§. Dinosaurios, in memoriam
¿Puede el halo de materia oscura que rodea a la Vía Láctea haber dejado alguna
huella en la historia natural de nuestro planeta? Si la materia oscura sólo
interactuara consigo misma a través de la gravedad, su distribución sería
prácticamente esférica en torno al mismo centro. El hecho de que la Vía Láctea
parezca más un disco que una esfera, se debe a que la materia ordinaria
interactúa con la luz, debido a la carga eléctrica de las partículas
elementales. Esto le brinda un mecanismo eficiente de pérdida de energía que,
en conjunto con el hecho de estar girando, son responsables del aplastamiento.
Si una pequeña fracción de la materia oscura interactuara con «luz oscura»
—análogamente a lo que ocurre en la materia ordinaria—, podría achatarse para
formar un disco más estrecho que el de la propia Vía Láctea, como demostraron
JiJi Fan, Andrey Katz, Lisa Randall y Matthew Reece en 2013. [101] Lo
anterior podría tener consecuencias muy interesantes.
En el giro del Sol y sus planetas en torno al
centro de la Vía Láctea, existe también un movimiento oscilatorio «vertical» en
relación al plano galáctico. Lisa Randall y Matthew Reece mostraron [102] que el
disco de materia oscura que se concentraría en dicho plano podría ser
suficiente para, cada vez que el Sistema Solar lo atraviesa, producir un empuje
gravitacional violento que arrastre hacia los planetas interiores un gran
número de cometas nacidos en la nube de Oort. [103] Esto
aumentaría la probabilidad de impactos de meteoritos en la Tierra.
Se han caracterizado ciento ochenta y ocho cráteres
en nuestro planeta que alcanzan los trescientos kilómetros de diámetro y fueron
producidos en los últimos dos mil cuatrocientos millones de años. La datación
de los meteoritos que los originaron muestra una periodicidad aproximada de
treinta y cinco millones de años. Los registros fósiles muestran la existencia
de extinciones masivas ocurridas en períodos de tiempo similares. Si el período
de oscilación del Sistema Solar en torno al hipotético disco de materia oscura
fuera de treinta y cinco millones de años, ¡podría correlacionarse con los
impactos de meteoritos y las extinciones masivas de especies! [104]
Como dijimos más atrás, el cráter del meteorito
Chicxulub, de ciento cincuenta kilómetros de diámetro, se encuentra frente a
las costas de la península de Yucatán. Cayó hace sesenta y cinco millones de
años y probablemente produjo la extinción de los dinosaurios en nuestro
planeta, dando una ventana de oportunidad a frágiles mamíferos que podrían
prosperar sin tan temible depredador en el horizonte. Así, inopinadamente, por
insólito que parezca, es posible que la especie humana le deba su existencia a
la inestimable ayuda de un invisible disco de materia oscura.
Capítulo XV
Ocaso de una mente brillante
John Forbes Nash y su esposa Alicia viajaban a casa
en un taxi que circulaba por la New Jersey Turnpike desde el aeropuerto de
Newark. Acababan de regresar de Noruega, en donde Nash había recibido el premio
Abel, recientemente instituido para paliar la inexistencia de un premio Nobel
de matemática. Hasta ahora se daba ese estatus a la medalla Fields, pero esta
se concede sólo a menores de cuarenta años. En la reunión del comité encargado
de decidir quiénes habrían de ganarla en 1958 —se suelen conceder entre dos y
cuatro medallas y la ceremonia de entrega se realiza cada cuatro años—, Kurt
Friedrichs, cofundador del prestigioso Instituto Courant, tenía claro que su
candidato era Nash, quien entonces tenía treinta años. Todos acordaron premiar
al alemán Klaus Roth y la mayoría de los otros miembros se inclinaron por el
francés René Thom. La tradición en aquel entonces era otorgar dos medallas,
pero no era una regla escrita.
Friedrichs no tuvo la elocuencia o vehemencia
necesarias para oponerse al argumento de que Nash era demasiado joven y ya
habría más oportunidades en el futuro para galardonarlo. Según Peter Lax,
discípulo de Friedrichs, la fuerte decepción sufrida tuvo una relación directa
con el brote de esquizofrenia que pocos meses después llevó a la internación de
Nash en un hospital psiquiátrico. Además de convertirse en un prolongado
suplicio, la internación lo borró de un plumazo de la consideración de sus
pares. Muchos pensaban que había muerto. Pero treinta y seis años más tarde
tuvo su revancha. La Academia sueca le otorgó el premio Nobel de economía en
1994. Y unos días antes de su muerte, con ochenta y seis años, se convirtió en
el primer científico en sumar a un Nobel el premio Abel.
§. Jugando con el enemigo
El premio Nobel de economía lo recibió por dos artículos que son la base de su
tesis doctoral de veintisiete páginas, una de las más breves en la historia de
Princeton. En estos artículos hizo grandes aportes a la «Teoría de juegos»;
esto es, el análisis de la estructura, las estrategias y el desenlace de un
sistema en el que dos o más jugadores desean maximizar alguna variable
respetando un conjunto de reglas. En el contexto matemático, el juego es un
sistema abstracto capaz de modelar desde el ajedrez hasta la competencia entre
inversionistas en el mercado de valores. Lo único que se requiere son
jugadores, un conjunto de reglas y un objetivo claro que permita identificar a
los ganadores.
Nash se concentró en el juego no-cooperativo, en el
que los jugadores son egoístas y racionales: sus decisiones están fundadas
únicamente en la voluntad de obtener el máximo beneficio basándose en sus
posibilidades y las estrategias probables de los otros jugadores. Así, un
inversionista toma decisiones de acuerdo a sus activos, a las regulaciones
financieras de su país y a la estrategia que usan sus competidores —esta es una
idealización matemática que deja afuera la existencia de información privilegiada,
operaciones ilegales, colusión, etcétera—. Nash demostró que en estas
circunstancias el sistema tiene puntos de equilibrio en los que a ninguno de
los competidores les conviene cambiar de estrategia, ya que cualquier cambio
aminoraría sus ganancias: «el equilibrio de Nash». Curiosamente, este no es
necesariamente el que maximiza la ganancia global de todos los jugadores.
Suponga que la cocina de su casa es un desastre
tras una comida con amigos. Usted y su pareja deben tomar la decisión de ir a
limpiar o no hacerlo. Imagine que ambos comparten cierta aversión por el
desorden, pero les parece aún peor tener que asearla sin la ayuda del otro.
Cada uno está en una habitación pensando en si es conveniente ir a ordenar la
cocina. ¿Cuál es la mejor estrategia? Si su pareja ya fue a ordenarla usted
preferirá no hacerlo ya que la cocina estará limpia y usted puede descansar. Si,
en cambio, su pareja no ha ido a la cocina, a usted tampoco le conviene ir
porque prefiere descansar a ordenarla en soledad. Su estrategia, por lo tanto,
consistirá en no ir a limpiar la cocina. Utilizando la misma lógica, su pareja
tampoco lo hará. El desastre en la cocina es, por lo tanto, el equilibrio de
Nash de este juego. Cualquiera que decida cambiar la estrategia, tendrá que
limpiar solo la cocina, perjudicándose. Evidentemente, este es un caso en el
que el amor por su pareja debería permitir una solución cooperativa, la mejor
estrategia para la sociedad conyugal. Pero casi nunca hay amor entre los
protagonistas de una transacción económica ni en la sociedad. Esto último
explica, entre otras cosas, por qué la plaza de la esquina está atiborrada de
excrementos caninos, el tráfico de las ciudades colapsa por los coches
aparcados en doble fila o las entradas y salidas de aviones, conciertos o
eventos suelen ser turbulentas.
§. Embebiendo el universo
Cuando Nash era estudiante se cruzaba frecuentemente con Einstein en Princeton,
pero no se atrevía a importunarlo. Cierta vez fue a verlo a su despacho para
hacerle algunos comentarios críticos sobre su Teoría de la Relatividad General.
La confianza que tenía John Nash en sí mismo coqueteaba peligrosamente con la
arrogancia y se había convencido de haber identificado flaquezas en el
formalismo. Einstein estaba reunido con otros alumnos, pero lo dejó hablar
durante una hora tras lo cual concluyó la conversación con una amable
reprimenda: «Joven, tendría usted que estudiar un poco más de física». [105]
Uno de los resultados más importantes de Nash fue
en el área de las matemáticas conocida como «geometría diferencial». En ella
reside el lenguaje que Einstein debió utilizar para formular su teoría, en la
que, como vimos, la gravedad es consecuencia de la curvatura del espacio y del
tiempo. Las trayectorias de los planetas, por extraño que parezca, no son más
que los caminos más cortos que estos encuentran en su trayectoria a lo largo
del curvado universo de Einstein. Cuando vemos, por ejemplo, la trayectoria de
un vuelo entre Buenos Aires y Madrid en el mapa de una revista, nos parecerá
extraña, sinuosa. Si la vemos dibujada en un globo terráqueo, en cambio, las
cosas resultarán más evidentes. Lo que sucede es que el efecto de aplastar el
globo en una hoja de papel distorsiona las trayectorias. Del mismo modo, la
órbita de la Tierra alrededor del Sol es la más natural de todas si la vemos
desde la perspectiva de un espacio-tiempo curvo en cuatro dimensiones.
En el caso del globo terráqueo podemos tener una
idea intuitiva de lo que sucede gracias a que una esfera de dos dimensiones es
una geometría que podemos «embeber» en nuestro espacio de tres y ponerlo de
adorno entre los libros. Es posible imaginar, sin embargo, a seres
bidimensionales que, atrapados en el globo terráqueo, ni siquiera imaginaran la
existencia de una tercera dimensión. Para ellos la curvatura del globo existe:
sus agrimensores podrían detectarla, pero no tienen cómo observarla con la claridad
con la que nosotros lo hacemos. Vivimos en un universo curvo de cuatro
dimensiones al que, al igual que esos seres, no podemos vislumbrar «desde
afuera», con la claridad de quien observa el globo terráqueo que adorna su
biblioteca. Pero nuestros matemáticos, John Nash el primero, pueden. Demostró
que cualquier espacio-tiempo curvo puede ser embebido en uno plano de dimensión
mayor. Es así como podríamos pensar ahora en seres imaginarios viviendo en un
universo de diez dimensiones que adornaran sus estanterías con la historia
completa de nuestro universo.
§. Dinero ideal y melancolía newtoniana
En los últimos años el interés de Nash se centró en el valor de la moneda y la
inflación. Le preocupaba el hecho de que la incapacidad de predecir la
evolución del valor de una moneda invalidara el uso de la Teoría de juegos en
operaciones de largo y mediano plazo. Operaciones como un préstamo
inmobiliario, el fichaje de un deportista o cualquier transacción a futuro se
convertirían en juegos de azar. Su preocupación podría caracterizarse como una
melancolía newtoniana. Fue sir Isaac quien como responsable de la Casa Real de
la Moneda llevó a la libra esterlina a lo que se conoce como patrón oro: el
valor del dinero impreso tenía el respaldo de una cantidad correspondiente de
oro. Este había sido utilizado para acuñar dinero desde tiempos inmemoriales,
pero fue desplazado por la plata en Europa a lo largo del siglo VIII. De allí
surgió, de hecho, la libra esterlina, que no era otra cosa que una medida de
una aleación de plata denominada «esterlina».
La existencia del patrón oro da estabilidad al
valor de la moneda. Tanta estabilidad como la que pueda tener el valor de un
metal precioso y escaso. Por eso Nash interpretó como un grave contratiempo
para la economía que Nixon decidiera el abandono por parte de Estados Unidos
del patrón oro en 1971. Una moneda que no estuviera atada a nada tangible
llevaría a lo que Nash consideraba el peor de los males, causante de todos los
demás: la inflación. Por eso dedicó sus últimos años a proponer un sistema en el
cual el valor de la moneda estuviera dado por un promedio de los costos de una
serie de productos de la canasta básica e industriales, un índice al que llamó
ICPI (Indice de Precios Industrial y de Consumo), de modo que estos costaran
siempre lo mismo. Lo llamó «dinero ideal», casi un oxímoron.
John Nash estaba escribiendo un libro con Michail
Rassias, un investigador postdoctoral de la Universidad de Princeton, que iban
a titular Problemas abiertos en matemática. Acababan de terminar el
prefacio justo antes de que los Nash tomaran el vuelo a Oslo para la ceremonia
del premio Abel. Escribir un libro de a dos tiene dificultades añadidas;
diferencias que hay que saber limar. Pero también tiene momentos en los que el
acuerdo es tan absoluto que parece preceder a los propios mecanismos racionales
de los autores. En este sentido, quizás el acuerdo más fácil de alcanzar para
ellos fue la elección de una frase de Einstein que ambos hallaban
extremadamente significativa, pese a que Nash lo hiciera sin dejar de subrayar
que no se debía ver a Einstein como un matemático sino como lo que era, un
físico: «Aprende del ayer, vive el hoy, espera el mañana. Lo importante es no
dejar de hacerse preguntas». [106]
La mente en la que convivieron la racionalidad y la
irracionalidad en sus grados extremos, que fue capaz de domesticar a esta
última, en lo que constituye un caso único en la historia de la psiquiatría,
esa mente maravillosa, se apagó definitivamente. Su último viaje fue a bordo de
un taxi que circulaba detrás de otro coche. Ambos conductores se enfrentaron en
un juego que decidieron hacer no-cooperativo al no intercambiar señales entre
ellos. Permanecer en la pista derecha o cambiar para pasar al de adelante.
Ambos tomaron la peor de las decisiones, víctimas del equilibrio de Nash.
Capítulo XVI
Oxímoron cósmico
El 22 de mayo de 1972, Richard Nixon se convertía
en el primer presidente de Estados Unidos que visitaba Moscú. Fue una semana de
arduas negociaciones con su par soviético, Leonid Brézhnev, con el fin de bajar
la temperatura de un conflicto que venía afiebrándose peligrosamente. Se logró
llevar algo de calma a una sociedad aterrada ante la posibilidad de que una
lluvia de bombas atómicas destruyera el planeta. Así, la Guerra Fría, ese
oxímoron que llevaba un cuarto de siglo de gestación, salía inmune.
Ese mismo día, la revista Il Nuovo Cimento recibía
un breve trabajo de un joven de veinticinco años que estaba a punto de defender
su tesis doctoral en la Universidad de Princeton. El manuscrito «Agujeros
negros y la segunda ley», firmado por el físico mexicano-israelí Jacob
Bekenstein, contenía una propuesta audaz y original: los agujeros negros serían
entes termodinámicos, poseedores de entropía y temperatura como una taza de té,
algo que se antojaba como una absurda e improbable especulación teórica. La física
de la época aseguraba que los objetos más simples y oscuros del universo debían
ser también los más fríos. Un agujero negro caliente no parecía ser más que
otro oxímoron. Como la Guerra Fría, este tuvo implicancias profundas en la
historia de las ideas, que llegan hasta nuestros días.
§. La taza de té y la flecha del tiempo
La termodinámica estudia sistemas compuestos por una enorme cantidad de
constituyentes de los que sólo nos interesan algunas características
macroscópicas. En una taza de té, por ejemplo, conviven una cantidad enorme de
moléculas cuyas posiciones y velocidades individuales no nos resultan
relevantes. Sólo nos interesa un puñado de magnitudes tales como su volumen,
presión, temperatura o energía. La termodinámica se hace cargo de estas a
través de leyes relativamente simples.
Las nociones básicas de la termodinámica empezaron
a desarrollarse a comienzos del siglo XIX a partir de la fenomenología de gases
y líquidos, impulsada por la necesidad de hacer más eficientes los motores a
vapor que energizaban la revolución industrial. A medida que el siglo avanzaba,
fue quedando claro que la termodinámica no constituía una disciplina separada
del resto de la física, sino que era la consecuencia directa de la naturaleza
atómica y molecular de la materia, tal como discutimos en «Una belleza
intangible». Sus principios son el resultado de realizar promedios sobre el
enorme número de partículas que alberga el sistema. Esta forma de proceder en
sistemas macroscópicos da origen a un nuevo campo de la física, la Mecánica
Estadística, que relaciona las propiedades de las partículas individuales del
sistema con aquellas que describen al conjunto como un todo, a las que
denominamos termodinámicas.
La cantidad más importante en la Mecánica
Estadística es la «entropía». Es una medida del número de estados de un sistema
que da lugar a los mismos valores de las variables macroscópicas. Son muchas
las maneras en que las moléculas pueden distribuirse en un volumen o repartirse
la energía, dando lugar a idénticas tazas de té, indistinguibles a nivel
macroscópico. La segunda ley de la termodinámica dice que las variables
termodinámicas siempre tienden a tomar valores que maximicen ese número de
posibles configuraciones. Así, por ejemplo, si echamos leche en la taza de té,
los dos líquidos se mezclarán y darán lugar a una solución homogénea. Son
muchos más los estados microscópicos que dan lugar a esta mezcla, que aquellos
en los que la leche y el té quedan separados. Esto es similar a lo que sucede
en un anaquel que tiene diez novelas y dos libros de poesía. De las más de
cuatrocientas setenta y nueve millones de configuraciones posibles que existen
para ordenar esta docena de libros, [107] aquellas
en las que los dos de poesía quedan juntos son una minoría ínfima de apenas
veintidós. [108] De
igual modo, aquellas configuraciones en que la leche está toda junta, en una
gota separada del té son ínfimas. Es muy poco probable, entonces, que la
agitación molecular permita que esa configuración perdure.
El desorden es favorecido por la aplastante mayoría
de estados que tienen dicho atributo. La segunda ley de la termodinámica nos
dice precisamente eso. La Naturaleza evoluciona hacia configuraciones cada vez
más desordenadas. La entropía siempre aumenta, dictando de ese modo la
dirección de evolución de los sistemas compuestos; aquella a la que llamamos
«flecha del tiempo».
§. Perdiendo información
Cuando describimos un sistema constituido por un número enorme de partículas
utilizando las técnicas estadísticas recién descritas, renunciamos al
conocimiento absoluto, a la información detallada que este contiene. Perdemos
información. No es que no podamos, en principio, tener toda la información del
sistema. Es que el obtenerla es una empresa impracticable y, lo que es peor,
irrelevante para la mayoría de las preguntas que podrían interesarnos. La
Mecánica Estadística es una renuncia manifiesta al embotamiento por exceso de
información, para quedarnos sólo con aquella que es relevante.
Veamos con algo más de precisión qué entendemos por
información en física. Para ello consideremos un sistema físico relativamente
simple y familiar como el formado por el Sol, la Tierra y la Luna. Supongamos
que se nos permitiera alinearlos de modo que un espléndido eclipse de Sol
tuviera lugar en el sitio y a la hora a la que usted lee estas líneas. Esta
información quedará grabada en la futura evolución del sistema. En cualquier
momento del futuro podremos observar su estado y deducir la pretérita existencia
de ese eclipse. De hecho, podemos determinar con precisión las fechas y lugares
de todos los eclipses, tanto pasados como futuros. La información en este
ejemplo, como vemos, no se pierde.
En el caso de un vaso de agua, en cambio, en el que
billones de billones de moléculas se mueven, colisionan y rotan sin descanso,
conocemos solo algunas cantidades asociadas a promedios. Una cantidad
despreciable de información respecto de la que el sistema contiene. Un ejemplo
puede ser útil. Tomemos un frasco de tinta y un pincel. Con un trazo rápido
escribamos el pin de la tarjeta de crédito sobre la superficie del agua. Los
números tendrán una duración efímera. La tinta se difundirá rápidamente por todo
el volumen accesible y terminaremos con un vaso de agua coloreada. ¿Se ha
perdido inexorablemente la información que hace unos instantes estaba impresa
en la superficie? En la práctica sí. La imposibilidad de calcular el estado de
cada una de las billones de billones de moléculas con precisión nos obliga a
conformarnos con los promedios. La entropía describe precisamente la inevitable
pérdida de información, la desaparición del orden, a la que estamos condenados.
Una cantidad que siempre aumenta, homogeneizándolo todo, borrando información.
Como una gran cuchara que revuelve el universo regalándonos la flecha del
tiempo que, inexorablemente, apunta en la dirección de la mayor mezcla.
§. Una cuestión de principios
Somos conscientes de que nuestro ejemplo del número en el agua es extremo. Para
guardar información preferimos medios más estables. Un papel, la memoria de un
computador. Pero sobre estos también opera la entropía. Los papeles y las
memorias se degradan, se borran. Nada podemos hacer para salvaguardar del
devenir del tiempo la información grabada en cualquier medio material. De
hecho, en el aumento inevitable de la entropía radica la propia noción del
transcurso del tiempo. Notemos, sin embargo, que a pesar de que en la práctica
el aumento de la entropía es un obstáculo para nuestro afán de guardar
información, en principio las noticias no son tan pesimistas. Si pudiésemos
conocer con precisión el estado de cada molécula del vaso de agua, podríamos
utilizar las leyes de la física para determinar su estado pasado y futuro. En
particular, recopilando los datos correspondientes a los pigmentos disueltos
podríamos recuperar el número que hace segundos habíamos trazado en la superficie.
¿Tranquilizador? Quizás, pero impracticable. La información está allí, solo que
es difícil recuperarla.
Podemos también invertir el problema. Queremos
ahora destruir el papel que nos envió el banco con el pin de la tarjeta de
crédito y para ello usamos una trituradora de papel. Está claro que, a priori,
nada impide la reconstrucción del documento original si se dispone de
suficiente paciencia. ¿Y si lo quemamos? Las leyes fundamentales de la física
nos dicen que, por imposible que parezca, a partir del estado final de las
cenizas, del humo y el sonido que acompañó a la combustión, y del efecto sobre
cualquier objeto cercano que haya sido afectado por el calor emitido, sería
posible determinar la secuencia de cifras que alguna vez estuvieron impresas.
§. Funes y la física cuántica
El universo microscópico vive en un estado de obstinada e íntima
indeterminación. La Naturaleza es intrínsecamente probabilística a escala
atómica y subatómica. Ya hemos hablado de ello. Son las leyes de la Mecánica
Cuántica. Un electrón no puede determinar simultáneamente cuál es su energía y
en qué instante de tiempo está teniendo lugar su existencia. Debemos, sin
embargo, distinguir entre las probabilidades que surgen de este devaneo
cuántico y aquellas derivadas de nuestra ignorancia como observadores. Si
sabemos de un sistema cuántico todo lo que nos permite su intrínseca
irresolución, decimos que se encuentra en un «estado puro». En cambio, si
nuestra información es parcial e incompleta, como suele ocurrir en sistemas macroscópicos,
de muchas partículas, decimos que está en un «estado mezcla».
Las leyes de la Mecánica Cuántica, verificadas por
usted mismo cada vez que utiliza un dispositivo electrónico, aseguran de manera
categórica y tajante que un estado puro no puede convertirse en un estado
mezcla por la mera acción del paso del tiempo. De otro modo, si dicha
conversión fuera posible, se perdería información. Como «Funes el memorioso»,
un sistema cuántico está condenado al recuerdo perfecto. No puede olvidar nada.
Absolutamente nada.
Hay algo de paradójico en todo lo anterior. Las
leyes más elementales de la física, aquellas que gobiernan el comportamiento de
los constituyentes fundamentales de la materia, nos impiden la destrucción
irreversible de la información. Vetan la existencia de trituradoras perfectas.
Y sin embargo, a nivel macroscópico, lo que resulta imposible es salvaguardar
la información de su inevitable deterioro. La termodinámica veta la existencia
de memorias perfectas. ¿No es esto contradictorio? Lo que parece dejarnos a
salvo de la paradoja, de un Funes que padezca Alzheimer, es que no parece
posible que los sistemas físicos sean microscópicos y macroscópicos al mismo
tiempo. ¿O es posible?
§. Medio siglo de letargo
«Cuando todas las fuentes de energía termonuclear se vean agotadas, una
estrella suficientemente pesada colapsará, […] esta contracción continuará
indefinidamente.» [109] Así
comenzaba un sorprendente trabajo que publicaron los físicos estadounidenses
Robert Oppenheimer y Hartland Snyder en 1939. El estado final de ese colapso,
calculado usando las ecuaciones de la Teoría de la Relatividad General,
resultaba ser ni más ni menos que aquel del que hablamos en «La solución del
teniente» y que unas décadas más tarde fue identificado como un agujero negro.
Oppenheimer y Snyder mostraron, incluso, algunos detalles de la formación del
«horizonte de eventos», esa extraña superficie de no retorno que tanta
perplejidad y dudas había generado en tiempos de Schwarzschild. Avanzaron
también en la comprensión de un fenómeno desquiciante: si bien el colapso tenía
lugar en un cierto intervalo de tiempo —que ellos calcularon—, mostraron que un
observador externo, alejado de la estrella que colapsa, vería el tiempo
dilatarse exponencialmente a medida que la estrella se acerca al «radio de
Schwarzschild» y deja de transcurrir cuando lo alcanza. Tras un impasse de
cerca de un cuarto de siglo, la solución de Schwarzschild encontraba su lugar
en el mundo.
Varios ingredientes se dieron en ese momento que
explican cómo este artículo revolucionario pasó prácticamente inadvertido,
incluso para el propio Einstein. El trabajo apareció publicado en la
revista Physical Review el 1 de septiembre, infausta fecha en
la que el ejército alemán invadió Polonia iniciando la Segunda Guerra Mundial.
Los siguientes años serían convulsos para muchos de los actores centrales de
esta historia. Einstein, por otra parte, había enviado a publicar el 10 de mayo
de ese mismo año un trabajo [110] en el
que aseguraba demostrar que, bajo ciertas hipótesis relativamente generales,
era imposible que se formara un horizonte de eventos. Sin duda, lo invadía el
arraigado prejuicio de que la solución de Schwarzschild no era físicamente
aceptable. Oppenheimer se encontró poco después al frente del Proyecto
Manhattan, mientras que Einstein se dedicó de lleno al intento de construcción
de una teoría que unificara la gravedad y el electromagnetismo. La Relatividad
General, huérfana y postergada por otras áreas de la física que lucían más
fértiles, entró en un nuevo letargo de otro cuarto de siglo. Hubo que esperar
algo más de dos décadas para que se empezara a comprender que lo que
Oppenheimer y Snyder habían demostrado era el proceso físico que está detrás de
la génesis de las criaturas más asombrosas del cosmos: los agujeros negros.
La Relatividad General era considerada a mediados
de los años cincuenta —al momento de fallecer Einstein— un formalismo teórico
muy alejado del carácter experimental que la física debía tener, atendiendo a
su papel dentro de la familia de las ciencias naturales. A tal punto, por
ejemplo, que el jefe de editores de la American Physical Society,
Sam Goudsmit, deslizó la posibilidad de publicar un editorial advirtiendo que
las prestigiosas Physical Review y Physical Review
Letters deberían dejar de aceptar trabajos sobre Relatividad General.
En la primera de estas publicaciones, casualmente en el mismo número en el que
vio la luz el trabajo de Oppenheimer y Snyder, se publicó un artículo titulado
«El mecanismo de la fisión nuclear», muy significativo para aquellos días en
los que soplaban vientos de guerra que acabarían por convertirse en grandes
tormentas. ¿Sus autores? Niels Bohr y un físico estadounidense que acabaría
siendo el principal responsable de convencer a Goudsmit de que no llevara a la
práctica su amenaza de convertir a la Relatividad General en una paria entre
las teorías científicas del siglo XX: John Archibald Wheeler.
§. La calvicie del lampiño cósmico
Las ecuaciones de la Relatividad General, decíamos, mostraban que el colapso
estelar no se detenía hasta que toda la materia de una estrella suficientemente
grande terminara comprimida en una región espacial infinitesimalmente pequeña,
de densidad infinita. Es lo que en física llamamos «singularidad». Alrededor de
esta se forma el horizonte de eventos, la frontera que demarca la región desde
la cual ni siquiera la luz puede escapar. De allí el nombre «agujero negro»,
acuñado por el propio Wheeler durante una charla que dio en el Instituto
Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, en 1967. Los agujeros negros son una
de las predicciones más sorprendentes de la Teoría de la Relatividad General, y
a pesar de la resistencia que inicialmente hubo a su aceptación, en nuestros
días resultan tan comunes para los astrónomos como cualquier otro cuerpo
celeste. De hecho, además de los muchos agujeros negros identificados en
nuestro vecindario cósmico, tenemos fuertes indicios de que casi todas las
galaxias poseen en su centro un gigantesco agujero negro con una masa que va
desde el millón hasta los mil millones de masas solares. Y recientemente, por
último, hemos tenido evidencias palmarias de la colisión de pares de ellos,
como veremos en «El parto más violento del universo».
Una de las características más notables de los
agujeros negros es su simplicidad. No importa la complejidad del violento
colapso que les haya dado origen. Una vez estabilizado, el agujero negro puede
ser descrito con apenas tres magnitudes: su masa, su carga eléctrica y su
estado de rotación —encarnado por una cantidad llamada «momento angular»—. El
agujero negro no deja más pistas de cómo se originó. No podremos saber qué cayó
en su interior. Si en algún rincón del universo hubiera una estrella hecha de
antimateria, por ejemplo, su colapso daría lugar a un agujero negro idéntico al
de una estrella de materia de la misma masa, carga eléctrica y momento angular.
Salvo por estas tres cantidades —que son las mismas que caracterizan a entes
tan básicos del universo material como las partículas elementales—, el agujero
negro nos esconde su historia. Esta austeridad espartana, carente de detalles y
ornamentos, ausente de atributos, fue bautizada por Jacob Bekenstein y
popularizada por el propio Wheeler —su director de tesis— con algo de
picaresca: «un agujero negro no tiene pelos». [111]
La calvicie del astro, sin embargo, planteaba un
enigma que Wheeler presentó a su estudiante de doctorado Jacob Bekenstein en
términos detectivescos: «Cuando pongo mi té caliente en contacto con té frío,
ambos alcanzan una temperatura intermedia. He cometido un crimen incrementando
la entropía del universo. Pero si estoy cerca de un agujero negro, puedo dejar
caer el té en su interior y ocultar perfectamente las evidencias del
crimen». [112] Si se
derramara el té en un agujero negro, razonaba Wheeler, su entropía, reflejo de
las billones de moléculas que lo componen, desaparecería tras el velo del
horizonte de eventos, quedando el estado final descrito apenas por los tres
números que caracterizan al agujero negro resultante. De este modo, la entropía
del sistema se habría reducido invalidando la segunda ley de la termodinámica.
Si no hay estados microscópicos, no hay entropía. El conflicto desatado por
este resultado fue tal que a principios de los setenta muchos pensaban, puestos
a elegir entre la termodinámica y los agujeros negros, que estos últimos no
podían existir realmente. Pero el acertijo de Wheeler fue como un canto de
sirenas para su estudiante, un embriagador desafío en el que se sumergió
durante varios meses hasta que el resultado de sus cálculos le permitió
bosquejar una respuesta: «No habrá evitado que la entropía aumente, profesor
Wheeler, sólo habrá puesto dicho incremento en otro sitio: el agujero negro es
en sí mismo entropía». [113]
§. Temperatura e información
Poco antes del trabajo de Bekenstein, el inglés Stephen Hawking había
demostrado que el área del horizonte de eventos de un agujero negro aumentaba
en cualquier proceso clásico. Su comportamiento era análogo al de la entropía
en termodinámica. Este fenómeno es evidente en casos simples como el de un
agujero negro esférico —es decir, que no rota—, cuya área crece con la masa
—dado que nada escapa del agujero negro, está condenado a engordar—. Hawking
demostró este resultado en toda su generalidad. Incluso en procesos más
exóticos en los que la masa del agujero negro puede disminuir, el área de su
horizonte de eventos siempre aumenta.
Aquello que para Hawking era sólo una analogía,
Bekenstein tuvo la audacia de tomárselo en serio: los agujeros negros tendrían
entropía, reflexionó, y esta sería proporcional al área de su horizonte de
eventos. La segunda ley seguiría gozando de buena salud. De hecho, demostró que
en todos los ejemplos que parecían contradecir la segunda ley, la incorporación
de la entropía del agujero negro salvaba el cálculo. A Hawking lo irritó esta
solución. Le parecía absurda. Si tuviesen entropía, los agujeros negros serían
sistemas termodinámicos y, como tales, deberían ser objetos compuestos de
constituyentes microscópicos y estar provistos de temperatura. Y los objetos
calientes emiten radiación, inexorablemente, cosa que se suponía imposible para
un agujero negro.
En su artículo de 1972, Bekenstein había evadido la
cuestión de la temperatura. Para él los agujeros negros debían ser fríos y la
temperatura que su propia teoría parecía implicar debía ser irrelevante. Un
artificio teórico. Enfrentaba la cuestión de la entropía desde la perspectiva
de lo que conocemos como «teoría de la información». Una taza de té contiene
una gran cantidad de información almacenada en las posiciones y velocidades de
cada una de sus moléculas. Aunque sea irrelevante para nosotros, esa información
existe. Al arrojar el líquido al agujero negro, se perderá para siempre,
quedando sólo las tres magnitudes que lo caracterizan. La entropía de la taza
de té no es solo una medida de su desorden. También es la medida de la
información que contiene. Las dos cosas parecen incompatibles, ya que el
sentido común nos dice que el desorden no debería ser una buena fuente de
información. Sin embargo, recuerde que los sistemas con más entropía tienen un
mayor número de estados posibles. A medida que tengamos más estados,
necesitaremos más información para describirlos. Por ejemplo, las páginas
de don Quijote contienen abundante información, aunque en su
traducción japonesa podamos verlas como un puñado de hojas llenas de manchitas
de tinta no muy diferentes de las del libro que está a su lado, en algún
estante de la Biblioteca Central Kitakyushu de Kokura. Ambos, como un par de
tazas de té, nos resultan indistinguibles. Arrojar una taza de té o un ejemplar
de don Quijote a un agujero negro constituye una pérdida
irreversible de información.
Usted se preguntará en este momento —y está muy
bien que así sea— si realmente hay una pérdida de información. Después de todo,
no es lo mismo perder una taza de té o un libro que simplemente no tener acceso
a ellos. Nuestro té podría gozar de perfecta salud dentro del agujero negro y
la información que contiene permanecer incólume, sólo que nosotros no podemos
ir a buscarla y volver para contarlo. Viendo las cosas así, la proposición de
Bekenstein sería simplemente una curiosidad: los agujeros negros nos indicarían,
a través de su área, la entropía que almacenan en sus entrañas. Serían, de este
modo, objetos muy sencillos vistos desde afuera, pero su interior no lo sería
tanto. De hecho, contienen una singularidad, ese punto central de densidad
infinita y volumen nulo, algo que parece físicamente inaceptable y que
probablemente requiera, para su descripción detallada, de una versión más
general de la gravedad que incorpore los fenómenos cuánticos. No hay consenso
entre los físicos sobre la existencia de esa teoría que habría de reconciliar a
la Relatividad General con la Mecánica Cuántica, como discutiremos con mayor
detalle en «La lencería del cosmos». Así, nuestra ignorancia sobre el interior
de los agujeros negros nos da margen suficiente para conjeturar que no hay
ninguna pérdida de información. Sin embargo, el problema es más grave de lo que
hasta aquí hemos relatado. Fue Stephen Hawking quien hizo la observación
crucial que, además de agigantar el misterio de estas fantásticas criaturas,
convertiría a la física de los agujeros negros en un tema central de
investigación, desde entonces hasta nuestros días.
§. Hawking y la crisis de información
Lo que Hawking reportó en una breve carta publicada en la revista Nature,
en marzo de 1974, bajo el portentoso título «¿Explosiones de agujeros
negros?», [114] fue que
la Mecánica Cuántica implicaba que los agujeros negros no podían ser tan
negros. Demostró que estos son, en definitiva, entes calientes y que —por lo
tanto— deben emitir radiación, hoy llamada «radiación de Hawking». De este
extraño modo los agujeros negros pierden masa. Hawking mostró que mientras se
hacen más pequeños, más calientes se tornan, lo que a su vez implica que emiten
aún más radiación. Este comportamiento tiene por consecuencia que el agujero
negro pierde cada vez más rápido su masa, evaporándose violentamente,
explotando.
Podemos entender la plausibilidad de este fenómeno
si recordamos que el vacío es efervescente. En «Asperezas y sinuosidades
cosmológicas» vimos cómo en tiempos suficientemente pequeños un par de
partículas, digamos un electrón y —su antipartícula, de igual masa y carga
eléctrica opuesta— un positrón, pueden nacer y morir, sin violar en el proceso
la ley de conservación de la energía. Esto ocurre continua y aleatoriamente en
cualquier parte del espacio. La presencia de un agujero negro permite que
acontezca un fenómeno singular: si la creación del par tiene lugar en las
inmediaciones del horizonte de eventos, podría darse el caso de que una de las
partículas cayera hacia el interior del agujero negro, más allá del horizonte,
mientras la otra queda afuera, alejándose. Por supuesto que también ocurrirá
que aquí y allá —lejos del agujero negro o en su interior— se creen y destruyan
pares de partículas, pero estos no son importantes para el fenómeno de la
radiación de Hawking. En el caso que nos interesa, el par habrá perdido
contacto para siempre, ya que la partícula caída jamás podrá salir. La
partícula exterior podrá escapar al campo gravitacional y ser detectada lejos
del agujero negro. La conservación de la energía dictamina que en este proceso
el agujero negro, contra la intuición, debe perder masa (energía), ya que la
materialización de la partícula que se aleja de este no puede ser gratuita. Un
observador distante detectará, por lo tanto, un flujo de partículas que parecen
provenir del horizonte de eventos del agujero negro. Esta es la radiación de
Hawking. El cálculo detallado, que Hawking realizó, mostraba que esta radiación
tenía exactamente la forma que uno esperaría de un cuerpo caliente, la
radiación del cuerpo negro de la que hablamos en «El átomo de luz».
Un agujero negro con la masa del Sol estaría a seis
centésimas de millonésima de grado sobre el cero absoluto, y a mayor masa menor
temperatura. Esto hace virtualmente imposible la detección de la radiación
térmica de los agujeros negros, teniendo en cuenta que el gélido espacio
exterior está millones de veces más caliente. Una estrella pequeña u otro
objeto más liviano que el Sol no pueden colapsar para formar agujeros negros.
Si los hubiese más livianos, tendrían que haberse formado de manera espontánea
en los albores de la historia cósmica, cuando había mucha densidad de energía
disponible. Para hacernos una idea, si tomáramos un cuerpo celeste pequeño,
como la luna Encélado de Saturno, que tiene un diámetro de unos quinientos
kilómetros, y pudiésemos comprimirla a las dimensiones de un virus, habríamos
creado un agujero negro que emite radiación a una temperatura cercana a los mil
grados Celsius. Nunca se ha visto un objeto como ése. La radiación de Hawking
debe existir, pero sólo como un suave fulgor que emerge de grandes agujeros
negros en una lenta evaporación que, a menos que mantengan una dieta de materia
constante, augura su total desaparición. Un agujero negro de ciento setenta
millones de toneladas que se hubiera formado en los instantes iniciales del
universo se habría evaporado totalmente en la actualidad. Pero ésa es apenas la
masa de una montaña. El cálculo para cualquier agujero negro que se origine por
la implosión de una estrella arroja un tiempo de evaporación millones y
millones de veces mayor que la edad del universo.
La radiación de Hawking terminó por reconciliar el
punto de vista de la información que discutía Bekenstein y el termodinámico que
inquietaba especialmente al inglés. Pero el descubrimiento teórico de la
evaporación de los agujeros negros agravó drásticamente el problema de la
pérdida de información: si un agujero negro se evaporara hasta desaparecer, se
llevaría consigo cualquier esperanza de poder recuperar las maravillosas
aventuras del hidalgo caballero que habían caído en su interior.
§. Hawking en su laberinto
En su artículo «Ruptura de la predictibilidad en el colapso
gravitacional», [115] publicado
en 1976, Stephen Hawking se dio cuenta de que los agujeros negros serían
capaces de destruir la información más básica que podamos concebir, en
contradicción frontal con los principios fundamentales de la Mecánica Cuántica.
Podrían proporcionar una forma de eliminar la información para siempre. Tanto
que ni siquiera «en principio» pudiésemos recuperarla. La trituradora de
documentos perfecta y final.
Si un agujero negro se creara a partir de lo que en
Mecánica Cuántica se conoce como un estado puro, las leyes del universo
microscópico nos dicen que habrá de permanecer siempre en un estado puro. Sin
embargo, la radiación de Hawking es de naturaleza termal. Como la que emite un
carbón caliente en la parrilla. Cuando el agujero negro se haya evaporado, nos
legará una colección de partículas y luz propias de un objeto caliente,
totalmente inespecíficas. La radiación térmica es la huella dactilar de un proceso
en el que se ha perdido información. Es el equivalente del agua coloreada. De
otro modo, si lanzamos el papel del banco con el pin de la tarjeta de crédito
dentro de un agujero negro, no podremos reconstruirlo, ni siquiera «en
principio». Esto es, ni con toda la paciencia ni disponiendo de todos los
medios para capturar información que poseamos. En palabras del propio Hawking
«no sólo Dios juega a los dados, sino que a veces nos confunde tirándolos en
lugares en los que no podrán ser vistos jamás». [116]
Si la argumentación fuera correcta, la pérdida de
información en los agujeros negros marcaría el crujido de los cimientos que
sostienen a la Mecánica Cuántica. Deberíamos interpretar que desde el fondo de
sus fauces estos monstruos del cosmos nos dicen con voz ronca que, por
sorprendente que parezca, la Mecánica Cuántica es incorrecta. Si, en cambio, la
argumentación resultara incorrecta… ¡lo cierto es que nadie sabe muy bien, tras
cuatro décadas, cómo corregirla! Cientos de propuestas, de ideas descabelladas,
olvidadas, retomadas, descartadas. La paradoja de la información de Hawking es
uno de los grandes misterios de la física contemporánea. Puede ser reformulada
de muchas otras maneras —por ejemplo, poniendo el foco en el entrelazamiento
cuántico del par de partículas responsable de la radiación de Hawking—, pero
todas ellas dejan en evidencia que los agujeros negros son el gran frente de
batalla en el que la Mecánica Cuántica y la Relatividad General, los dos
grandes pilares que sostienen a la física moderna, dirimen sus conflictos. Más
de sesenta años después de la muerte de Einstein, todavía parece faltar mucho
para que esté dicha la última palabra. Es posible que no dispongamos aún del
lenguaje adecuado para dar cuenta de la anhelada reconciliación entre estos dos
marcos teóricos. O que, existiendo este, la palabra postrera y definitiva, esa
que nos permita hablar al mismo tiempo de lo inmenso y de lo minúsculo,
sencillamente no pueda ser pronunciada.
Capítulo XVII
La sonrisa universal
El 29 de mayo de 1919 hubo un eclipse total de Sol.
La región del cielo en la que tuvo lugar estaba particularmente poblada de
estrellas que podían verse desde nuestro planeta. Era una oportunidad única
para verificar si la luz proveniente de ellas se curvaba por acción de la
gravedad del Sol o no y, en caso afirmativo, si lo hacía según las
prescripciones de la Ley de Gravitación Universal de Isaac Newton o de la
Teoría de la Relatividad General de Albert Einstein. La primera predecía un
ángulo de desviación de los rayos de luz que era apenas la mitad de la dictada
por la segunda.
Los astrónomos británicos Arthur Eddington y Frank
Watson Dyson organizaron expediciones a la isla de Príncipe y Brasil, lugares
en donde el eclipse sería total, permitiendo ver las estrellas que se
encuentran detrás. Los resultados dieron la razón a Einstein, brindando un
espaldarazo definitivo a su teoría y transformándolo, de paso, en una de las
celebridades más universales e icónicas del planeta. La historia de este
eclipse y sus frutos fue además una metáfora imperecedera del triunfo de la
razón y el amor por la Naturaleza por encima de los odios bélicos o
nacionalistas que primaron durante la Primera Guerra Mundial. Un pequeño cuerpo
celeste, la Luna, bloqueando la luz del Sol, mientras un puñado de brillantes
científicos, con la capacidad de asombro y la curiosidad infantil intactas,
tapaban las bocas de arrogantes líderes y vociferantes masas de toda Europa,
armados de las ideas más nobles y notables que la mente humana haya concebido.
Arthur Eddington era entonces director del
observatorio de Cambridge. Junto a Einstein fue capaz de rebelarse ante las
autoridades políticas que los habían puesto, a su pesar y por accidente —¡nadie
elige el lugar de su nacimiento!—, en lados opuestos de un conflicto bélico. A
la valentía silenciosa de estos dos hombres debemos que ese eclipse esté en
nuestra memoria como la coronación de la Relatividad General. Una valentía a
toda prueba, ya que ser pacifistas en tiempos de guerra significaba ganarse el
desprecio de todos. Einstein renunció a la ciudadanía alemana en 1896, a los
diecisiete años, para evitar el servicio militar. En 1914, al inicio de la
guerra, se negó a firmar el «manifiesto de los noventa y tres», documento en
que ese número de intelectuales alemanes, entre ellos el físico Max Planck, muy
cercano a Einstein, apoyaban las acciones bélicas germanas. Por su parte, en
Inglaterra, Eddington se negó a ir al frente de guerra por objeciones de
conciencia. La cruenta guerra cortó toda relación entre Alemania e Inglaterra.
Einstein, en aquel entonces, a pesar de contar con
un gran prestigio dentro de la comunidad científica, no era la figura pública
que llegó a ser gracias, precisamente, al eclipse. Sus escritos no eran aún
«patrimonio de la humanidad». Eddington, que conocía y admiraba sus famosos
trabajos de 1905, quería acercarse a sus ideas sobre la fuerza gravitacional.
Su colega holandés Willem de Sitter fue quien le envió esos artículos. Así,
Eddington fue probablemente el primer inglés en comprender esta increíble obra
que destronaba a la gravedad newtoniana y con ello, para muchos orgullosos
nacionalistas, derrumbaba la supremacía y el honor del antiguo Reino de
Inglaterra frente al Imperio Alemán. Estos resquemores no lo afectaban,
resultándole más bien irrelevantes. Tenía claro que Einstein era más cercano a
él que la mayoría de sus compatriotas. La Teoría de la Relatividad General
podía explicar con éxito el extraño comportamiento de la órbita de Mercurio,
que se desviaba levemente de lo que predecían las leyes de Newton. Pero
Eddington sabía que, como diría Carl Sagan algún tiempo después, «afirmaciones
extraordinarias requieren siempre de evidencia extraordinaria»: [117] la
Relatividad General era, sin dudas, una afirmación más que extraordinaria. Fue
así como planificó con Dyson el experimento que sería capaz de poner a prueba
la teoría de Einstein. Y, eventualmente, como ocurrió en efecto, validarla.
§. Luces de bohemia
En el recorrido por las calles de Madrid de su última noche, Max Estrella se
dejó acompañar por su amigo don Latino de Hispalis. Recordando la hilera de
espejos deformantes que se ofrecen al viandante en el callejón del Gato, y que
sus ojos ciegos jamás volverían a disfrutar, el anciano poeta de odas y
madrigales emitió su sentencia definitiva: «Los héroes clásicos reflejados en
los espejos cóncavos dan el Esperpento. [...] España es una deformación
grotesca de la civilización europea» [118] . La
belleza, en efecto, puede devenir en esperpento por el mero reflejo en una
superficie irregular, pero también el esperpento puede convertirse en belleza
de modo parecido. «La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una
matemática perfecta». [119]
La línea imaginaria que dibuja un haz de luz en su
recorrido, sus reflexiones y refracciones, constituye el trazo fundante de la
óptica geométrica. Espejos cóncavos que nos devuelven una imagen invertida,
lentes convexas que focalizan los rayos como si fuesen cordeles de globos
apretados en el puño de un niño, son parte de la rica paleta que a partir de un
haz de luz permite elaborar un extenso catálogo de ilusiones ópticas sujetas a
una matemática perfecta. La Teoría de la Relatividad General lleva a que ese
catálogo se despliegue en el cielo nocturno, superponiendo imágenes separadas
por distancias siderales cuyos haces lumínicos dibujan complejas geometrías en
el espacio, hasta llegar a nuestros ojos bajo la forma de una composición de
puntos y arcos de luz que inducen, al mismo tiempo, al goce estético y al
avance científico.
§. Anillos de Einstein y otros espejismos
Cuando un rayo de luz pasa por las cercanías de cualquier cuerpo masivo es
desviado por su atracción gravitacional. Si imaginamos un ramillete de rayos
que iluminan un objeto, estos serán desviados tendiendo a acercarlos, tal como
ocurre con una lente que concentre los rayos de luz —algo claro para cualquiera
que en su infancia haya quemado hojas u hormigas con una lupa—. La gravedad
producida por un cuerpo compacto tiene un efecto muy similar, dando lugar a lo
que conocemos como «lentes gravitacionales». La distinción aparece porque
estas, a diferencia de las lentes usuales, afectan menos a la luz que pasa más
lejos del centro.
Si la luz de una galaxia muy lejana se encuentra
con un objeto masivo en nuestra línea de mirada, el efecto final provocado por
la gravedad de este último es que, en lugar de ver un punto de luz proveniente
desde la ubicación de la galaxia lejana, veremos un anillo. La razón es simple:
el cono de haces de luz que llega al plano de la lente con el ángulo adecuado
sufre una deflexión con igual ángulo en todas las direcciones, lo que lo lleva
a los ojos del observador en la Tierra, quien verá la imagen que resulta de
intersecar un cono y un plano: es decir, una circunferencia. Este «anillo de
Einstein» será de mayor radio mientras más masivo sea el objeto que eclipsa a
la galaxia observada y sirve de lente. Si este y la fuente de luz no están
perfectamente alineados, o si los objetos son asimétricos, entonces veremos
imágenes múltiples o trozos de anillos. Así, la configuración precisa de estas
imágenes nos cuenta sobre la distribución de masa que está afectando a la luz.
No importa si esta viene dada por materia ordinaria o aquella oscura a la que
nos referimos en el capítulo «Oscuridad fundamental». De hecho, el efecto de
lente gravitacional que produce la materia oscura es nuestra mejor herramienta
para estudiarla.
Las observaciones en torno a la interacción entre
la luz y la gravedad ganaron exquisita precisión con el correr de las décadas
llevando al descubrimiento de fenómenos ópticos que involucran cúmulos de
galaxias distantes e incluso la mencionada —y mucho más abundante— materia
oscura. La primera vez que se tuvo evidencia del efecto de lentes
gravitacionales fue en 1979, cuando un equipo de astrónomos liderados por el
británico Dennis Walsh observó una imagen a la que denominaron «quásar gemelo»:
dos imágenes idénticas e inusualmente cercanas. Concluyeron que se trataba de
un efecto gravitacional. El quásar está a casi ocho mil millones de años luz de
distancia, pero su luz es fuertemente afectada por otra galaxia que se
encuentra a medio camino, en nuestra línea de visión. Estas imágenes dobles o
múltiples son comunes. Un anillo de Einstein completo, en cambio, requiere de
un alineamiento extraordinariamente preciso. Una joya difícil de encontrar. En
1987, desde el radiotelescopio Very Large Array, ubicado en Nuevo México, se
observó por primera vez un anillo de Einstein, fenómeno astronómico que el
propio Albert había descrito en 1936, en un artículo en el que también hizo una
predicción fallida: «[...] Por supuesto, no hay esperanza de ver este fenómeno
directamente». [120] Creemos
que no le habría molestado saber que se equivocaba en este vaticinio.
§. El gato de Cheshire
Agobiada por la frondosa extravagancia del partido de croquet en el que se
había visto envuelta y en el que de tanto en tanto rodaban cabezas siguiendo
las órdenes de la Reina de Corazones, Alicia buscaba refugio en algún rostro
conocido cuando vio dibujarse una sonrisa en el aire. Sabía que era la mueca
habitual del gato de Cheshire y se alegró de tener a alguien con quien poder
hablar. La boca del gato fue creciendo y un rato más tarde aparecieron los
ojos. «No tiene sentido hablarle hasta que aparezcan las orejas», [121] pensó
Alicia. El rostro del gato de Cheshire se dibujaba en el aire, incorpóreo, en
el momento menos esperado.
Cuando la vista se alzó más allá de las alturas que
la pequeña Alicia podía atisbar, utilizando por ejemplo el telescopio Hubble,
el rostro del gato de Cheshire apareció nuevamente, sonriente y enigmático,
como si se tratara de una criatura ubicua, cuyos rasgos son tan universales
como para hacerse presente por igual en el universo a gran escala o en la mente
de Lewis Carroll. A diferencia del de Alicia en el país de las
maravillas, el distante grupo de galaxias (y lentes gravitacionales) que
conforman al gato de Cheshire astronómico —ubicado en la Osa Mayor, a unos
cuatro mil seiscientos millones de años luz— al que los astrónomos bautizaron
con el menos glamoroso nombre SDSS J103842.59+484917.7, si bien no es estático,
permanecerá allí por un largo tiempo.
Un estudio detallado de la imagen [122] nos
muestra que detrás del apacible rostro del felino se esconde una realidad
física maravillosamente violenta. La masa que distorsiona la luz proveniente de
las galaxias más distantes está dada por dos galaxias gigantes, una en cada
ojo, y una tercera ubicada en la nariz. El conjunto de arcos luminosos que
configuran el rostro del gato resultan de la deformación gravitacional de la
luz de cuatro galaxias que se encuentran mucho más lejos, detrás de los ojos.
Cada uno de estos ojos es el miembro más brillante de su propio grupo de
galaxias, y ambos se mueven velozmente, uno contra el otro, a velocidades
cercanas al medio millón de kilómetros por hora. Todo esto puede deducirse
rigurosamente, desde nuestro insignificante planeta, a partir de la descomposición
espectral de la luz —por así decirlo, el estudio del arcoíris que produce— y un
cuidadoso análisis de la geometría de los haces de luz.
La imagen en la que el rostro del gato está teñido
de púrpura es en realidad la superposición de dos fotos. La segunda de ellas es
la que se obtiene con un telescopio de rayos X y se representa esquemáticamente
con esa tonalidad —aunque estos rayos, estrictamente, no tengan ningún color—.
El hecho de que el enorme volumen de la cabeza del gato sea de color púrpura
demuestra la presencia de gas a temperaturas que alcanzan los millones de
grados centígrados, evidencia de que los grupos de galaxias están experimentando
una colisión violenta. Una mirada más detenida permite descubrir que el ojo
izquierdo contiene una galaxia con un agujero negro súper masivo en el centro,
que está tragándose alguna estrella o un conjunto de estrellas.
Eddington y Dyson fueron los precursores de estas
técnicas que, apoyadas en las ideas de Einstein y en la fortuita distribución
de lentes gravitacionales dadas por la distribución de estrellas, galaxias y
cúmulos de galaxias, nos permiten aumentar las imágenes —como lo haría un
telescopio— y, en general, verlas mejor. Los astrónomos han ido aguzando el
ingenio para optimizar el uso de estas lentes dispuestas caprichosamente en el
cosmos, con el fin de poder observar galaxias extremadamente distantes —por lo
tanto, antiguas—, que resultarían inescrutables de otro modo. Las sinuosas
líneas que trazan los rayos lumínicos en torno a concentraciones de materia en
su viaje a través del universo no sólo nos maravillan con bellos dibujos en el
cielo; son además una bitácora que contiene valiosa información acumulada en el
trayecto. Su lectura cuidadosa nos permite desvelar misterios que el cosmos
parecía dispuesto a ocultarnos maliciosamente. Además de constituir un
maravilloso espectáculo que podría anunciarse sin rubor alguno como la ilusión
óptica más grande del universo, si es que este último no es en sí mismo una
mera ilusión.
Capítulo XVIII
La metamorfosis de la luz
Einstein llegó esa tarde con un pequeño libro en la
mano y se dirigió directamente al estudio ubicado en el segundo piso de su casa
de la calle Mercer en Princeton. Se sentó en su sillón, acomodó con prolijidad
el tabaco en la cámara de su pipa y la encendió. Con un breve suspiro dispuso
el libro sobre sus piernas. Se lo había prestado su amigo Thomas Mann esa
mañana, recomendándolo con encendido entusiasmo. Era de un autor relativamente
desconocido, un checo fallecido hacía más de veinte años. Se llamaba Frank
Kafka y según Mann su obra estaba entre lo más importante que había tenido
lugar en la literatura del siglo XX. La novela se llamaba La
metamorfosis y había sido publicada en octubre de 1915 en la revista
literaria Die Weißen Blätter.
Una sutil sonrisa se dibujó en el rostro de
Einstein al reparar en que su gran obra, la Teoría de la Relatividad General,
también había visto la luz ese mismo otoño. Lo invadió cierta melancolía ya
que, hurgando en su memoria y revisando algunos papeles de su archivo, cayó en
la cuenta de que había conocido al autor en 1911, durante el breve periodo que
sirvió como profesor en Praga, justo en la época en que Kafka estaba
escribiendo el relato. Jamás hubiese sospechado que ese silencioso joven de
rasgos angulosos e infantiles que frecuentaba el concurrido salón de Berta
Fanta acabaría convirtiéndose en una figura literaria de semejante envergadura.
Recordaba su silencio nervioso, sus ojos negros de mirada inquisitiva y
punzante, y el humor ácido que mostró en las contadas ocasiones en que lo
escuchó emitir alguna palabra. Lamentó que la locuacidad de Max Brod se
interpusiera entre ellos y le impidiera conocerlo un poco más. Contempló la
portada en la que se mostraba una gran cucaracha negra con rostro humano. Comenzaba
a oscurecer, por lo que se acercó a la mesa de luz para encender la lámpara. En
ese instante volvió a sonreír. La necesidad de abrir ese manantial de luz
artificial le recordó con nitidez su año y medio en Praga.
La luz, en todas sus formas, había sido la
protagonista de su ciencia: desde el efecto fotoeléctrico hasta la abolición
del éter al dictaminar que la luz viajaba a velocidad constante. Pero fue en
Praga en donde la luz tuvo el peso más significativo de su carrera. Allí
advirtió cómo era modificada de distintas maneras cuando se acercaba a un campo
gravitatorio. Primero, el desplazamiento de las longitudes de onda —o, más
coloquialmente, cambio de color—; luego, el desvío de su trayectoria al pasar
cerca de un cuerpo masivo, fenómeno que dio el primer y más importante
espaldarazo a su teoría en 1919. En ese período, además, fue cuando perdió la
esperanza de entender la naturaleza del fotón: «Ya no me pregunto si esos
cuantos realmente existen. Tampoco intento construirlos, ya que ahora sé que mi
cerebro es incapaz de desentrañar el problema de este modo», [123] le
escribía a su amigo Michele Besso en mayo de 1911. Unos años más tarde, en
1916, volvería a ellos con mucho más éxito, sin jamás imaginar que una de las
más sorprendentes fuentes de luz artificial, el láser, se basaría en esos
trabajos. La luz había transformado la obra de Einstein y nuestra concepción de
la luz se transformó radical y definitivamente en sus manos.
Tanteó el interruptor alargando sus dedos, mientras
seguía observando la inquietante imagen de la cucaracha antropomorfa que ya se
desvanecía en las tinieblas.
§. Electrones en movimiento
En el instante preciso en el que acciona el interruptor, Einstein baja el
puente levadizo que permite el paso a una horda de alocados electrones. Esas
ínfimas y ubicuas partículas negativamente cargadas viajarán a lo largo del
cable de cobre. Son tantas que en una breve peregrinación de dos centésimas de
segundo decenas de miles de billones cruzarán cualquier sección del cable. Sin
embargo, su avance es tan lento que, en promedio, no avanzarán más que la
longitud de un virus, hasta que el sentido de la estampida se invierta. La
corriente alterna que alimenta nuestros hogares cambia de dirección cincuenta
veces por segundo —en Estados Unidos son sesenta—, empujando a los electrones
en un sentido y luego en el otro.
A pesar de que la velocidad de la horda es
tremendamente pequeña, la de cada electrón en cada instante es enorme. Se
mueven dentro del metal, incluso antes de accionar el interruptor, a
vertiginosos mil seiscientos kilómetros por segundo. Pero dando tumbos,
erráticos, en un zigzagueante devenir provocado por los numerosos obstáculos
que el material les impone. Al bajar el puente y cerrar el circuito, el empuje
de nuestro sistema eléctrico les confiere un movimiento colectivo más
organizado que, aunque lento y oscilante, les permite hacer cosas de provecho.
Para Einstein, por ejemplo, quien acercó el libro a la bombilla incandescente
de la lámpara sobre la mesa de luz.
Dentro de su envoltorio de vidrio, un delgadísimo
filamento de tungsteno permite el paso de la corriente eléctrica con
dificultad. La interacción de los electrones con los átomos que componen el
filamento es muy intensa, de modo que su energía cinética es transferida al
material, zarandeando sus átomos y haciéndolos vibrar; es decir, calentándolo.
La temperatura llegará a unos tres mil grados, suficiente para fundir casi
todos los metales puros. El tungsteno o wolframio es el metal que puede
permanecer en estado sólido a mayor temperatura, por encima de los tres mil
cuatrocientos grados. La vibración de las partículas que componen el filamento
caliente hace que este emita fotones. Luz que se genera según los principios
del ya discutido fenómeno de radiación del cuerpo negro, una porción suficiente
de ella en el espectro visible. Es así como Einstein podía leer, toda vez que
los fotones incidían en las páginas del libro y eran reflejados para alojarse
en su retina.
§. Encendiendo la bombilla
La bombilla es un invento excepcional. Nos provee nada más ni nada menos que de
luz artificial. Luz creada por humanos para iluminarnos cuando la Naturaleza no
puede hacerlo. Una fuente sintética, barata y generosa de uno de nuestros
bienes más entrañables. Quizás por eso sea este un invento icónico, que no solo
cambió la vida de los habitantes de la Tierra de forma radical, sino que además
se transformó en la expresión gráfica de toda buena idea. Fueron Joseph Swan en
Inglaterra y Thomas Edison en Estados Unidos, de manera independiente, quienes
desarrollaron las primeras bombillas incandescentes aptas para su
comercialización durante el último cuarto del siglo XIX. Antes de estas
existieron modelos demasiado frágiles o caros que dificultaban, cuando no
impedían, su uso fuera del laboratorio. En las décadas que siguieron a la
patente de Edison se consiguieron importantes mejoras. Una de las más
sustanciales fue desarrollada hace poco más de un siglo por el neoyorquino
Irving Langmuir, quien patentó su invención, muy similar a las que conocemos
hoy, el 18 de abril de 1916.
Langmuir era ante todo un científico. Obtuvo el
premio Nobel de química en 1932 por sus estudios sobre la química de
superficies; más precisamente, la ciencia de las láminas de gas que se adhieren
sobre superficies sólidas en capas de una molécula de ancho, fenómeno al que
llamó «adsorción». Fue uno de los primeros en trabajar con gases cargados
eléctricamente a los que denominó «plasmas». Su experiencia en la interacción
de gases y sólidos a altas temperaturas usando lámparas incandescentes, que él
mismo mejoraba para sus experimentos, llamó la atención de General Electric, la
compañía fundada por Thomas Edison. Fue así como en 1909 lo reclutó la unidad
de investigación de la empresa, en donde se le dio libertad y fondos para hacer
investigación básica.
Hizo dos desarrollos fundamentales para las
ampolletas que se plasmaron en su patente. Primero, se dio cuenta de que si el
bulbo se llenaba con un gas inerte como el nitrógeno o el argón —en lugar de
vacío, que era lo que se usaba en la época—, se retardaba la evaporación del
filamento de tungsteno, evitando su degradación y el ennegrecimiento del bulbo,
aumentando así su vida útil. Además, comprobó que la eficiencia del filamento
también aumentaba y la evaporación disminuía si se lo enroscaba en espiral, tal
como lo conocemos hoy. En el discurso que brindó en el banquete que siguió a la
ceremonia del premio Nobel dijo: «la historia prueba de manera abundante que la
ciencia pura, ejecutada sin considerar las aplicaciones hacia necesidades
humanas, acaba usualmente resultando de beneficio para la humanidad». [124]
§. La obsolescencia de la luz
Einstein interrumpió su lectura un instante y levantó la vista hacia la suave
ampolleta de cuarenta vatios. Pensó en la enorme cantidad de fotones que de
allí emergían, pasando totalmente desapercibidos a sus ojos. Es la razón por la
cual los gobiernos comenzaron a prohibir este tipo de ampolletas comenzando el
siglo XXI; su ineficiencia energética. Apenas un 5 por ciento de la luz que
emiten estos dispositivos lo hace en el espectro visible. El resto se pierde en
frecuencias infrarrojas que sólo percibimos como calor. Es por ello que la
industria de la luz artificial nunca ha frenado su carrera en la búsqueda de
nuevas fuentes lumínicas. El tubo fluorescente, por ejemplo, que se popularizó
en los años treinta, es mucho más eficiente pero tiene la desventaja de
producir una luz de tonalidad artificial. A diferencia de las incandescentes,
que imitan bastante bien el espectro de la luz solar por utilizar el mismo
principio de emisión, la radiación del cuerpo negro, los fluorescentes no lo
pueden reproducir, entregando sólo algunos colores y una luminosidad fría y
extraña.
Einstein pensó un instante en su colega
estadounidense Arthur Compton, quien había ganado el premio Nobel de física en
1927 por el descubrimiento que terminó por desestimar cualquier intento de
negar la existencia de los fotones. Compton hacía incidir rayos X sobre
metales, midiendo las propiedades de los electrones que eran liberados. La
única explicación que daba cuenta de lo observado era pensar la luz como un haz
de partículas que colisionaban cada una con un electrón, perdiendo energía en
el proceso, cosa que se revelaba en el cambio en su longitud de onda. Ese
experimento de 1922 fue crucial en la comprensión de las propiedades
ondulatorias y corpusculares de la luz. Compton también había sido parte activa
en la carrera por alcanzar la luz artificial. En su juventud había trabajado en
el desarrollo de la lámpara de vapor de sodio, esa amarilla que suele iluminar
las calles y carreteras. Mucho más tarde, como consultor de General Electric,
firma en la que aún trabajaba Langmuir, hizo un reporte sobre las posibilidades
de las lámparas de descarga. Fue el comienzo de la investigación que llevó a la
compañía a crear el tubo fluorescente. Einstein volvió la mirada a su
entrañable bombilla, observando el juego de luces y sombras que provocaban las
volutas de humo de su pipa. Envuelto en la calidez de su estudio, comprendió
con claridad que para él las lámparas fluorescentes eran sencillamente
inaceptables. El ahorro de energía que entregaban, sin embargo, era la razón
por la que las empresas las preferían.
La industria de la luz artificial sigue su curso
aún en nuestros días. El tubo fluorescente, como hoy se evidencia, ya está
quedando obsoleto, siendo reemplazado por bombillas LED —acrónimo inglés para
«diodo emisor de luz»—. Estas se han popularizado mucho debido a su gran
eficiencia energética, su durabilidad y la posibilidad de fabricarlas imitando
bastante bien la tonalidad de la luz incandescente. Shuji Nakamura es el nombre
del ingeniero japonés que ganó el premio Nobel de física en 2014 por desarrollar
el LED azul, la pieza que faltaba para el advenimiento de la luz artificial
basada en la tecnología LED. Tal como Langmuir, la concibió mientras trabajaba
en una compañía, la corporación Nichia, con base en Japón.
§. El láser
Einstein dejó el libro a un costado, contrariado por la historia de ese hombre
que un día se despertó transformado en insecto. La oscuridad claustrofóbica del
relato le resultaba nauseabunda. Los años en Praga reaparecieron en su mente
mientras el calor de la lámpara, próxima a su rostro, entibiaba sus mejillas:
los fotones infrarrojos que sus ojos no veían eran percibidos por la piel como
una suave caricia. En los diecisiete meses que estuvo en Praga había pensado
mucho en fotones, sin éxito. Habían sido meses duros en los que tuvo que dictar
muchas clases, la burocracia lo abrumaba y su esposa Mileva solo quería
largarse de allí. El 27 de abril de 1911, en una carta a Marcel Grossmann le
contaba: «Por ahora apenas conozco a mis colegas. La administración es muy
burocrática. El papeleo es interminable, aun por la más insignificante
inmundicia». [125] Su
sensación de impotencia no distaba mucho de la de Gregorio Samsa.
A pesar de ello, fueron meses de gran productividad
científica. Publicó once artículos, varios de los cuales sentaron las bases de
lo que sería su Teoría de la Relatividad General. Apenas completada su obra
cumbre, ya en Berlín, el extraño comportamiento de la luz volvió a ser una
prioridad. En 1916 y 1917 publicó tres artículos que, además de reafirmar su —a
veces vacilante— convicción de que los fotones eran entes reales, se
transformaron en la piedra inaugural de un desarrollo que invade todos los rincones
de nuestra vida moderna. Podemos encontrar el láser —acrónimo inglés para
«amplificación de luz por emisión estimulada de radiación»— dentro de un
reproductor de DVD, de una impresora, en los pabellones quirúrgicos —como
bisturíes de precisión o como cinceles para modelar la córnea de un miope—, en
salones de depilación, en recitales de rock, en la caja del supermercado para
leer códigos de barras, en el armamento de aviones de guerra, en sistemas de
comunicaciones, en la impresión de chips. La lista es interminable.
Fue el lunes 16 de mayo de 1960 cuando Theodore
Maiman construyó el primer láser en los Hughes Research Laboratories, en
Malibú, California. El corazón del dispositivo es un cristal de rubí en forma
de cilindro. Los extremos están cubiertos con capas de plata, a modo de
espejos, uno de ellos suficientemente delgado como para permitir el paso
parcial de la luz. El rubí está rodeado por una lámpara de alta intensidad. Al
encenderla, la luz excita algunos de los átomos del rubí a estados de energía
más elevados que luego decaen espontáneamente, emitiendo fotones del color rojo
característico de la piedra preciosa. Al rebotar en los espejos de los
extremos, los fotones vuelven al cristal, estimulando más y más emisiones, en
una reacción en cadena que rápidamente amplifica la intensidad de la luz. Parte
de esta puede salir por el extremo que está cubierto por la capa
semitransparente de plata. La lámpara se encarga de volver a excitar los átomos
que ya decayeron. Fue Einstein quien describió por primera vez la emisión
espontánea y estimulada de luz.
§. Una carabela con viento de luz
La luz del láser se caracteriza por su color muy puro —monocromático— y por
tener una dirección bien definida, lo que permite crear haces muy delgados y de
alta potencia. Una aplicación épica de esta tecnología es la que pretende
llevar a cabo el programa Breakthrough Starshot, que fabricará una
minúscula nave espacial, del tamaño de una boca abierta, que alcanzará
velocidades de sesenta mil kilómetros por segundo. ¿El combustible? ¡Ninguno!
La nave será impulsada desde la Tierra con… ¡luz artificial! Un conjunto enorme
de láseres apuntarán simultáneamente a una membrana muy fina y resistente, de
algunos metros cuadrados y un peso de pocos gramos, que hará las veces de
velamen de esta embarcación. Y es que la luz, además de iluminar y calentar,
también ejerce presión sobre la superficie en la que impacta. Es una presión
pequeña, pero puede ejercer una gran fuerza si la superficie de incidencia es
grande. De hecho, Johannes Kepler ya describió esta posibilidad en 1619 al observar
que la cola de los cometas siempre apunta en la dirección contraria al Sol, por
causa de su luminoso y mudo soplido.
Los fotones interactúan con cualquier partícula que
tenga carga eléctrica. Eso se traduce en los fenómenos de absorción, emisión y
reflexión de la luz. El vociferante diálogo de billones de fotones con los
electrones y protones de los átomos tiene un saldo neto que no es otro que la
presión lumínica. ¿Cómo podrá usarse algo tan tenue para impulsar la
minicarabela espacial? Sumando la radiación de miles de láseres que entregarán
una potencia de sesenta mil millones de vatios en un período corto de tiempo,
suficiente para poner en órbita al mismísimo Space Shuttle. Por supuesto que
por ahora se trata sólo de un proyecto, pero la magnitud del desafío y la
grandiosidad de la empresa muestran la infinita curiosidad humana por lo
desconocido, así como la capital importancia que ha tenido cada uno de los
desarrollos que permitieron una mejor comprensión y generación de luz
artificial.
Stephen Hawking, uno de los impulsores más
entusiastas del proyecto, dijo en su presentación en Nueva York: «¿En dónde
radica aquello que nos hace únicos a los humanos? Algunos dicen que en el
lenguaje, las herramientas o el razonamiento lógico. Se ve que no han conocido
a muchos humanos. Yo creo que lo que nos hace únicos es trascender nuestras
limitaciones. La gravedad nos clava al suelo y sin embargo yo acabo de volar
desde Inglaterra. Yo perdí mi voz, pero todavía puedo hablarles gracias a mi
sintetizador. ¿Cómo trascendemos los límites? Con nuestras mentes y nuestras
máquinas. El límite al que nos enfrentamos ahora es el gran vacío que hay entre
nosotros y las estrellas. Con haces y veleros de luz, las embarcaciones más
ligeras que hayamos construido jamás, podremos lanzar una misión a Alfa
Centauri dentro de una generación. Porque somos humanos y nuestra naturaleza es
volar». [126]
Cuando decidió que ya había tenido una dosis
suficiente de agobio existencial con las páginas de Kafka, Albert Einstein echó
un nuevo vistazo a la bombilla que iluminó su recién acabada lectura. Jamás
habría podido imaginar la influencia enorme, tanto intelectual como
tecnológica, que su obra tendría sobre nosotros. Estaba cansado. El libro lo
había dejado en un estado de perturbadora inquietud. Sabía que le costaría
conciliar el sueño. Tomó una tarjeta de presentación que tenía sobre la mesa de
luz y con cuidada caligrafía escribió: «Querido Thomas, no pude leerlo. La
mente humana no es tan complicada». [127] Buscó
un clip y fijó la tarjeta a la portada, tapando el rostro humano de la
cucaracha. Resolvió devolver el libro en cuanto se presentase la ocasión. Tomó
nuevamente el interruptor y lo accionó, abriendo el puente que permitía el paso
de electrones por el cable. La luz se apagó. Las estrellas se podían ver claras
a través de su ventana. Faltaban más de veinte años para que el láser
apareciera por primera vez y más de cincuenta para que los satélites del
sistema GPS comenzaran a girar alrededor de nuestro planeta. ¿Cuántos para que
el hombre alcance las estrellas? Cerró la cortina y, unos segundos más tarde,
sus párpados. Quería descansar.
Capítulo XIX
El espejo en la Luna
A lo largo de los siglos, millones de peregrinos
que visitaron la catedral de Santiago de Compostela han apoyado su mano derecha
sobre la columna central del bellísimo Pórtico de la Gloria. El gesto repetido
tantas veces fue mellando la piedra hasta generar una hendidura anatómica, el
negativo de una mano, que ha guiado a su vez a otras manos. Sin embargo, cada
peregrino, desde el primero hasta el último, se habrá ido con la sensación de
que no fue él quien erosionó la piedra. Habrá apoyado con delicadeza la palma
de su mano en el molde pétreo, retirándose convencido de no haber modificado la
columna. Pero no es así. La hendidura va cambiando, evoluciona con exasperante
lentitud. La única forma de notarlo es observarla en períodos de tiempo muy
largos. Aquello que parece estático puede estar moviéndose lentamente y la
constancia de lo inmóvil puede resultar una ilusión pasajera.
§. Una luna de miel particular
En la mañana del sábado 2 de enero de 1937, Paul Dirac se casó con Margit
Wigner, a quien todos llamaban Manci. Al taciturno genio inglés, quien se
sentía muy a gusto con la compañía de esta mujer de mucho carácter, lo
agobiaban las dudas, «me hacen sentir indefenso los problemas que no pueden ser
resueltos por un razonamiento bien definido como el que tenemos en la
ciencia». [128] Pero la
sugerencia de una amiga en común de que no debía casarse ya que no creía en
Dios le impulsó a hacerlo. Manci accedió al pedido de mano, quizás conmovida
por las evidentes dificultades para realizarlo de su futuro esposo, aunque le
hizo saber a su flamante suegra que «no puedo permitir que Dirac venga a mi
dormitorio». [129]
Se fueron de luna de miel a la costa de Bristol,
donde Dirac se divirtió sacando fotos de ambos recostados en la arena con una
suerte de selfie-stick improvisado con una larga cuerda. En
todas las fotos se lo ve con lapiceras en sus bolsillos, prueba de que
aprovechaba cualquier instante para volcar sus ideas en un papel. El clima
gélido y, presumiblemente, algún otro entretenimiento los mantenían puertas
adentro. En un momento en el que Dirac se puso a contemplar el mar, quizás
deseando que el tiempo se detuviera, tuvo una idea extraordinaria.
El átomo de hidrógeno, pensó, ladrillo fundamental
del universo material, no es más que un electrón orbitando a un protón. Ambos
tienen carga eléctrica y masa. La atracción eléctrica, sin embargo, es
inconmensurablemente mayor que la gravitatoria. Más concretamente, ¡mil
trillones de trillones de veces más intensa! Un uno con treinta y nueve ceros.
Algo más que el número total de átomos que albergaron todos los seres humanos
que han nacido hasta la fecha. ¿Cómo podía explicarse semejante diferencia de intensidad
entre las dos únicas interacciones fundamentales que modelan el universo más
allá de la escala atómica? ¿Cómo pudo formarse un universo con tamaña
desproporción?
Dirac pensó en la edad del universo, pero no
utilizó para ello medidas del tiempo propiamente humanas: la hora o el año
tienen que ver con fenómenos astronómicos que se experimentan en la Tierra. Le
pareció más oportuno utilizar una medida de tiempo que también involucrara al
átomo de hidrógeno: el lapso que le lleva a la luz atravesar su modesta
extensión espacial. Y resulta que la edad del universo en estas unidades
atómicas es aproximadamente de ¡mil trillones de trillones!
El razonamiento de Dirac, todo lo simple, impecable
y elegante que puede resultar una idea nacida al calor de una luna de miel, fue
el siguiente: no es razonable que la similitud entre números tan
escandalosamente enormes sea casual. Si la interacción gravitatoria es mil
trillones de trillones de veces más débil que la eléctrica y la edad del
universo es mil trillones de trillones de veces la unidad de tiempo atómico,
debe ser porque la intensidad de la gravedad fue similar a la eléctrica en el
origen de los tiempos y se ha ido reduciendo paulatinamente desde entonces.
Así, la horrorosa desproporción entre ambas que hoy experimentamos sería tan
solo un signo de la vejez del universo.
Tan pronto regresó de la luna de miel, escribió un
breve artículo que envió a la revista Nature, [130] el 5 de
febrero.
§. El poema sin versos
Cuando Niels Bohr leyó el artículo de Dirac, dos semanas más tarde, fue directo
a la oficina de George Gamow, en Copenhague, y blandiendo la revista en sus
manos sólo atinó a decir «¡Mira lo que le pasa a la gente cuando se
casa!». [131] A pesar
de que la idea era sugerente y tenía los atributos de originalidad y genio
esperables en Dirac, el hecho de que el escueto texto no contuviera ni una sola
ecuación llamaba mucho la atención. En definitiva, las ecuaciones constituían
el lenguaje con el que Dirac era capaz de escribir poesía y física al mismo
tiempo, como ningún otro. El hecho de que afirmara que los grandes números no
resultan de ecuaciones sino que son el corolario del paso del tiempo, señales
de un universo desvencijado, era una renuncia particularmente dolorosa. Como si
el viejo Beethoven decidiera componer una sonata sin notas, juzgando que el
resultado ha de ser el mismo ya que él no puede escucharlas.
La reacción de la comunidad académica, que
celebraba la aparición de cada artículo de Dirac con júbilo, fue de mutismo
casi absoluto. Nadie se atrevía a opinar sobre el asunto. Sólo Subrahmanyan
Chandrasekhar, quien más tarde recibiría el premio Nobel de física, le envió
una carta manifestando su entusiasmo con la «Hipótesis de los Grandes Números»,
el nombre que le dio Dirac a su razonamiento numerológico.
El silencio de Einstein, en todo caso, no habría de
sorprender a nadie. Quizás porque la eclosión del genio de Paul Dirac y su
concepción estética de la física teórica vino de la mano de la Mecánica
Cuántica, justo cuando Einstein había decidido darle la espalda, tal vez por
alguna razón de índole más personal, lo cierto es que no parece que este
tuviera especial predilección por los trabajos de quien a la luz del presente
podría pasar por su heredero. Jamás respaldó su candidatura, por ejemplo, para
el Nobel de Física. En alguna ocasión llegó a referirse a él con irritación:
«[su] equilibrismo en el zigzagueante camino entre el genio y la locura es
detestable». [132] Aunque
también supo apreciar a quien «en mi opinión, le debemos la presentación más
perfectamente lógica de la Mecánica Cuántica». [133]
Tanto Einstein como Dirac practicaron la física
teórica imbuidos de una profunda concepción estética. Un pequeño matiz, sin
embargo, representa una enorme diferencia entre ellos, sobre todo desde la
óptica del primero. La sensibilidad estética de Paul Dirac echó raíces en la
matemática con la que se expresan las leyes de la Naturaleza. De algún modo,
quizás implícito, el inglés hallaba más verdadera —y, por lo tanto, hermosa— a
la partitura que a su ejecución instrumental. Como si desconfiara de la capacidad
del universo de estar a la altura de la belleza de sus leyes. La expresión
matemática de las ecuaciones fundamentales de la física debía ser reflejo de la
grandeza superlativa del cosmos al que describe con precisión. Si el universo
es bello, es porque lo son los cimientos matemáticos que sostienen su
estructura. Y si no lo es, se debe a que es un mediocre instrumentista incapaz
de sacarle el jugo a la mejor de las partituras. Es difícil resistirse a la
comparación con Johann Sebastian Bach, cuya fascinación por el lenguaje musical
lo llevó a escribir partituras que parecen pensadas para un «intérprete ideal»,
con pulmones que no necesiten respirar o cerebros capaces de coordinar de
cuatro a seis voces tocadas con apenas dos manos ¡y a veces con los pies!
El gusto estético de Einstein, en cambio, residía
más en el plano conceptual. Quizás el universo no tenía una partitura excelsa,
y se parecía más a un experimentado y talentoso músico de jazz que puede
elaborar una obra maestra improvisando sobre una estructura sencilla. También
es posible acudir a la analogía con un compositor clásico, el otro gigante de
la primera mitad del siglo XVIII, nacido apenas un mes antes que Bach, Georg
Friedrich Haendel, una especie de prestidigitador que convertía en oro todo aquello
que tocaba. Sus composiciones pueden ser más simples o más complejas, pero
siempre suenan majestuosas y perfectas, aunque parezcan ser producto de una
inspiración casual.
Volviendo a la Hipótesis de los Grandes Números,
por cierto, es posible obtener uno aún mayor dividiendo la masa del universo
por la de un protón. De ese cálculo resulta que hay en el universo un trillón
de quintillones de quintillones de protones. ¡Un uno con setenta y ocho ceros!
El monstruoso número anterior elevado al cuadrado. La fidelidad con su propia
hipótesis obligaba a Dirac a concluir que la materia se debía crear
continuamente y cada vez a un ritmo mayor: tal como la intensidad de la fuerza gravitacional
se debilitaría en proporción a la edad del universo, la cantidad de materia
crecería proporcional al cuadrado del tiempo transcurrido desde su inicio.
Especuló con la posibilidad de que se creara en todo el espacio o en aquellos
lugares donde ya hay materia, inclinándose por esta última. Si la debilidad de
la gravitación es el reflejo de la ancianidad del universo, entonces debería
seguir siendo cada día más débil. Pero si la cantidad de protones aumenta cada
día, a un ritmo mayor, entonces la atracción gravitatoria de los astros sería
cada vez más intensa. Así, la Luna iría cayendo lentamente hacia la Tierra
siguiendo una trayectoria en espiral. No sería el cielo, ¡por Tutatis!, pero la
Luna acabaría cayendo sobre nuestras cabezas.
§. El espejo en la luna
La sensación de extrañeza persistía a pesar de las veinte horas transcurridas
desde que, tras un riesgoso alunizaje en el que había demostrado su enorme
pericia como piloto, Neil Armstrong dio su pequeño paso que fue un gran salto
para la humanidad. La autonomía de la que disponían no les permitía permanecer
mucho más allí, por lo que hizo una seña a Buzz Aldrin para levantar el
retrorreflector láser que debían acomodar sobre la superficie lunar. Se trataba
de un arreglo rectangular de retrorreflectores de esquina cuyos espejos, como
los ojos de un gato, reflejan la luz en la misma dirección en la que esta
incide. Ya habían colocado un sismógrafo y explorado algunas decenas de metros
de la «espléndida desolación» de tinte azul a la que se había bautizado como
Mar de la Tranquilidad, a mediados del siglo XVII.
Desde la Tierra se iluminarían estos
retrorreflectores —y los que dos años más tarde dejaron los astronautas de las
misiones Apolo 14 y Apolo 15— con haces de luz láser enviados usando grandes
telescopios que también servirían para observar la luz reflejada. El tiempo de
demora en el viaje de ida y vuelta daría una medida precisa de la distancia
entre la Tierra y la Luna. Observatorios de Estados Unidos, Francia, Australia
y Alemania realizan hasta hoy medidas independientes con la intención de poner
a prueba la Teoría de la Relatividad General y, ya que estamos, comprobar si
nuestro satélite se nos acerca peligrosamente en este vals perpetuo que baila
con la Tierra. ¿El resultado? La Luna se aleja en espiral casi cuatro
centímetros al año, principalmente por efecto de las mareas.
§. Materialismo dialéctico e inmovilismo
Hubo un aspecto del trabajo de Dirac que produjo un impacto inesperado en los
pensadores marxistas de aquel entonces. La idea de que las constantes que rigen
las leyes de la Naturaleza dependieran de la época, fue interpretada como un
respaldo de las ciencias naturales —en la voz de uno de sus máximos exponentes—
al materialismo dialéctico de Karl Marx y Friedrich Engels. El célebre biólogo
John Burdon Haldane, padre junto a Aleksandr Oparin de la abiogénesis —la teoría
del origen de la vida a partir de materia inerte—, también fue un reconocido
marxista y se refirió con gran entusiasmo a «estas expresiones de la dialéctica
fundamental de la Naturaleza que muestran la influencia de los procesos
históricos aun en la exactitud de la física». [134]
Aunque en esta ocasión la hermosa barcaza forjada
por Dirac con los mejores materiales se haya ido a pique cerca de la costa, lo
cierto es que en su pensamiento se esconde una idea interesante y seductora. En
un universo en el que todo está en movimiento y envejece inexorablemente por el
imperio de la termodinámica, ¿tiene sentido que haya algo a lo que se pueda
llamar una constante? ¿No son las constantes un intento desesperado por
aferrarnos a algo que podamos reconocer aunque todo lo demás envejezca? Cuando
somos niños nos gusta que nos cuenten siempre la misma historia y nos enojamos
ante la modificación más nimia. De adultos invocamos la constancia de ciertas
cosas, quizás para estar seguros de que al despertar cada mañana seguimos
siendo nosotros mismos.
Capítulo XX
La lencería del cosmos
Pasadas las ocho de la noche del 29 de julio de
1968, Paul se sentó al piano de los estudios de Abbey Road. Luego de un largo
silencio sus cuerdas vocales comenzaron a vibrar alcanzando un diáfano «do»
mientras sus labios emitían un simple y dulce «Hey». La vibración se hizo más
lenta en la rúbrica del «Jude», al tiempo que sus dedos hundían cuatro teclas
del piano, para que otras tantas de sus cuerdas produjeran un «fa mayor». Así
echaba a rodar la primera grabación de una de las canciones fundamentales de la
historia de la música moderna.
Luego se sumaron más cuerdas. Las de las guitarras
de John y George, las vocales de todos ellos, y un conjunto de diez violines,
tres violas, tres cellos y dos contrabajos; un aquelarre de cuerdas vibrantes,
ninguna de las cuales tenía un atractivo especial por sí misma, pero todas
ellas capaces de conformar uno de los himnos de nuestra cultura. Así, cada
cuerda actuaba como un «átomo», la unidad fundamental de la canción, y sólo el
ensamble de todas hacía posible desencadenar el torrente emocional contenido en
la obra maestra.
Pocas horas antes, ese mismo día, la revista Il
Nuovo Cimento recibía el manuscrito de un joven físico italiano que
trabajaba en el CERN, setecientos cincuenta kilómetros al sureste de los
estudios londinenses, con un resultado que significaría el puntapié inicial de
una nueva área de la física que hoy conocemos como «Teoría de Cuerdas». El
trabajo de Gabriele Veneziano [135] acabaría
gestando un universo que, al igual que «Hey Jude», no sería otra cosa que una
multitud de cuerdas cuyo incesante vibrar pretendidamente produce toda su
complejidad y sobrecogedora belleza.
§. Gran unificación
Una teoría científica es siempre una síntesis descomunal que con unas pocas
ideas puede dar cuenta de un vasto número de fenómenos aparentemente dispares.
Isaac Newton, por ejemplo, unificó el movimiento de los proyectiles, la caída
de los objetos, las mareas, la órbita de la Luna alrededor de la Tierra y la de
esta alrededor del Sol en una sola teoría, escrita en forma de un puñado de
ecuaciones fundamentales. Maxwell unificó de modo similar los fenómenos
eléctricos, magnéticos y la luz. Boltzmann, a su vez, unificó el calor con el
resto de los fenómenos físicos. La ciencia, heredera de estos grandes monstruos
del pensamiento, no ha abandonado ese espíritu unificador, persiguiendo teorías
que, de acuerdo al antiguo principio de la «navaja de Ockham», expliquen la
mayor variedad de fenómenos de la manera más simple posible.
Por supuesto, Einstein no quiso quedarse atrás en
este desafío. El sueño eterno de la unificación ha hecho las veces del
horizonte que se busca con denuedo, sólo para descubrir que precisamente ésa es
su función: servir de faro en terra incognita. Inmediatamente
después de terminar de escribir las ecuaciones de la Relatividad General
comenzó a dedicarle buena parte de su tiempo a lo que denominó la «Teoría de
Campo Unificado». Entendió que su gravitación y el electromagnetismo de Maxwell
debían compartir de algún modo sus principios fundamentales, de manera que
ambas formas de interacción, las únicas conocidas durante la segunda década del
siglo XX, pudiesen ser descritas por una teoría única. Pensaba que quizás
incluso la materia podría ser expresada a través de campos, de la misma forma
en que los fotones son parte del campo electromagnético. Esta Teoría de Campo
Unificado no sólo habría de dar cuenta de la gravitación y el
electromagnetismo, sino que además debía explicar las extrañas propiedades
cuánticas de la materia.
Pero el punto de vista de Einstein se alejaba de
aquel que sostenían la mayor parte de los físicos en esos años, quienes
concentraban sus esfuerzos en los entresijos de la Mecánica Cuántica,
disciplina que no dejaba de dar suculentos frutos y proponer notables enigmas.
Durante los treinta años que transcurrieron desde la formulación moderna de la
Mecánica Cuántica —de la mano de Heisenberg, Schrödinger y Dirac— hasta su
muerte, las ideas de Einstein divergieron dramáticamente de las de sus colegas,
dejándolo progresivamente más aislado de sus pares. Su perseverancia y
determinación, la fuerza irrefrenable de su portentosa capacidad analítica y su
abnegada obstinación, todas ellas cualidades que hicieron posible su obra
revolucionaria, no le permitieron desviar el camino que se había impuesto. Era
como esperar del huracán más poderoso que dejara de girar unos instantes para
reconsiderar la pertinencia de su trayectoria original. En el frondoso catálogo
de las virtudes que le llevaron a la cima más alta del pensamiento científico
pueden descubrirse las razones que alimentaron su tozudez en el último tercio
de su vida. Con la misma determinación que rechazó el paradigma de su época,
cuando lo dio vuelta como a un calcetín, dejó de lado uno nuevo a cuya concepción,
paradójicamente, había contribuido de manera crucial. La tenacidad y la
determinación, en definitiva, son nombres que adquiere la obcecación cuando se
la considera bien empleada. La soledad en la que, en última instancia,
eclosiona el pensamiento revolucionario de un científico, es la misma que lo
acompaña décadas más tarde, cuando el suelo presuntamente firme que ha
contribuido a construir empieza a temblar nuevamente bajo el influjo de nuevas
ideas o novedosas evidencias observacionales. Parece una ley inexorable que
todo pensamiento revolucionario se vuelva conservador al encontrar su horma.
Entretanto, se descubrían nuevas partículas
elementales, nuevas interacciones y se desarrollaba la Teoría Cuántica de
Campos, que culminaría a finales de los años sesenta en lo que hoy conocemos
como el Modelo Estándar. Al decir de Freeman Dyson: «era obvio para todos,
excepto para Einstein, que el futuro de la física debía incluir una comprensión
de las partículas que se estaban encontrando; sus teorías unificadas no las
incorporaban». [136] Einstein
quedó afuera de todo eso. Como casi siempre, sin embargo, su olfato no estaba
del todo desencaminado. Quizás no era un tema acuciante para los grandes
físicos de la época, dedicados en cuerpo y alma a escudriñar en el bestiario
del mundo microscópico, un terreno sin hollar que ofrecía su generosa
exuberancia a quienes tuvieran la audacia de explorarlo. Pero sí lo era para el
físico más importante de la historia, cuya monumental obra se había basado en
la búsqueda de una visión coherente del mundo; en poner el foco en lo que
parecían desajustes sin importancia, incoherencias formales entre teorías, que
acabaron siendo la grieta responsable del desplome de las grandes catedrales de
la física del siglo XIX. La unificación de las teorías de la gravedad y el
electromagnetismo, así como la adecuación de estas a la desconcertante
legalidad de la Mecánica Cuántica, acabarían por adquirir el estatus que en
aquel momento sólo él apreciaba. No deja de ser curioso que el problema más
urgente que hoy evade nuestra comprensión sea una suerte de eco furioso y
desesperado del último grito de Einstein.
La gravedad aún parece eludir el esquema teórico en
el que se acomodan todas las otras fuerzas. Al electromagnetismo se han sumado
las interacciones nucleares, fuerte y débil, en una plácida convivencia dentro
del marco del Modelo Estándar; una teoría cuántica que nos ha brindado los más
asombrosos y precisos éxitos experimentales de la historia de la ciencia y que
describe todos los fenómenos conocidos a excepción de la gravedad. Esta, no
sólo no ha podido ser incorporada al Modelo Estándar sino que, remedando la
soledad postrera y los pruritos epistemológicos de su genial artífice, ha
cerrado a cal y canto todas las sendas que pudieran llevar a encontrar una
versión cuántica que permita describirla a escalas pequeñas. Todos los caminos
explorados, cuando no han estado atiborrados de pistas falsas y señuelos
venenosos, han acabado ante celosos guardianes expertos en endulzarnos los
oídos con alternativas improbables que nos mantuvieran entretenidos, lejos de
la meta buscada.
Hasta que los dedos de Paul McCartney se apoyaron
sobre las teclas del acorde de «fa» que daba inicio a ese himno lleno de
esperanza, promesas e ilusiones que es «Hey Jude». Unas horas antes, comenzaban
a vibrar las cuerdas del tejido cósmico, en aquel extraño manuscrito escrito
por Veneziano. Imposible saber en ese momento que se estaba dando el puntapié
inicial de una fabulosa aventura del pensamiento: un bellísimo concierto de
cuerdas microscópicas que aún hoy promete ser la teoría que unifique todas las
interacciones, la materia, el espacio y el tiempo. La Teoría de Cuerdas es un
proyecto elegante y ambicioso que sigue en construcción mientras usted lee
estas líneas. [137]
§. El cero y el infinito
Si la materia, como la música, tiene unidades fundamentales e indivisibles,
¿las tiene también el espacio? ¿Podemos dividirlo una y otra vez,
indefinidamente, o nos encontraremos con una unidad mínima, un «átomo de
espacio»? La misma pregunta cabe con el tiempo. No nos planteamos estas
interrogantes en un sentido práctico: todo en nuestra vida cotidiana parece
indicar que el espacio y el tiempo son continuos. Pero nuestros sentidos suelen
engañarnos. Tanto es así que la materia también nos parece continua. Nuestros
órganos sensoriales han sido moldeados por la evolución para desenvolverse en
las escalas de tiempo, espacio y materia en las que habitan nuestros cuerpos,
nuestros alimentos y nuestros depredadores.
Si se pudieran dividir el espacio o el tiempo
ilimitadamente, la física cuántica nos depararía un gran dilema. El Principio
de Incertidumbre de Heisenberg nos dice que mientras mayor resulte la certeza
respecto del instante en el que algún fenómeno ocurre, más grande será la
indeterminación de su energía; cuanto más pequeño el intervalo temporal, mayor
la energía de los eventos que pueden acontecer sin que las leyes de la
Naturaleza, por así decirlo, los perciban. Algo similar ocurre con los
volúmenes muy pequeños. En un espacio-tiempo continuo en el que las partículas
elementales son puntuales, entonces, el tamaño cero del punto que estas ocupan
iría inexorablemente de la mano de la disponibilidad ilimitada de energía. ¡Y
esto valdría para los infinitos puntos del vasto espacio-tiempo!
El problema es que, como ya hemos visto, la Teoría
de la Relatividad General dictamina que la acumulación de suficiente energía en
una región pequeña daría lugar a un agujero negro; una singularidad que
desgarraría el tejido espacio-temporal. De modo que si el espacio-tiempo
pudiera dividirse indefinidamente... ¡estaría infestado de agujeros negros! Una
posible solución a este desaguisado sería pensar que el espaciotiempo está
dividido en celdas fundamentales; como una pared lo está en ladrillos. De ser
así, sin embargo, habría inevitablemente direcciones privilegiadas en el
espacio, como las líneas horizontales o verticales de la pared. Sólo las
esferas son respetuosas de la simetría, pero podemos comprobar con unas pocas
naranjas la imposibilidad de empaquetarlas sin dejar resquicios.
§. El tamaño de un punto
¿A qué escala del espacio-tiempo es de esperar que el punto de vista clásico de
un tejido continuo deje de ser una buena aproximación de la realidad? Una pista
nos la brindan las constantes fundamentales de la Naturaleza. Estas son
cantidades que forman parte de las leyes físicas y que resultan ser las mismas
aquí, en Andrómeda y en los confines del universo: la velocidad de la luz, la
constante de Newton y la constante de Planck. Cada una de ellas representa,
respectivamente, la marca de identidad de la relatividad, de la gravedad y de
la cuántica. Existe una única combinación de estas constantes que da lugar a
una escala de longitud. No hay otra forma de generar con ellas algo que pueda
medirse en metros. Se la conoce como «la escala de Planck». Al llegar a ella
crujirán los cimientos de la Relatividad General y/o de la Mecánica Cuántica.
La escala de Planck es extremadamente diminuta,
unas mil billones de veces menor que lo más pequeño que hemos podido explorar
hasta este momento con nuestro microscopio más potente, el Gran Colisionador de
Hadrones (LHC). Tenemos fundadas sospechas de que al llegar a ella la geometría
dejará de parecerse a lo que conocemos. Las nociones de punto, curva y
superficie se verán afectadas por el borroneo difuso de Heisenberg, del mismo
modo que lo hicieron las partículas al convertirse en nubes de probabilidad. Dicho
de un modo más drástico: ¡no existe la geometría a esas escalas: ni el espacio,
ni el tiempo! ¿Qué hay o habría a cambio de lo que no hay? En breve nos
adentraremos en la más fascinante de las conjeturas para intentar esbozar una
respuesta a este interrogante. De momento, siguiendo el hilo argumental, quizás
no sea de extrañar que la Relatividad General sea incompatible con la Mecánica
Cuántica —ya que esta proscribe la geometría a escalas microscópicas—. Casi
nueve décadas de exploración a manos de los físicos más importantes de los
siglos XX y XXI no han logrado apaciguar sus diferendos. El mismo Einstein, con
preclara intuición, había reparado en esto muy tempranamente. En 1916 escribió:
«Sin embargo, debido al movimiento de los electrones, los átomos deberían
irradiar no sólo energía electromagnética, sino además gravitacional, aunque
sea en cantidades minúsculas. Como esto difícilmente puede ser cierto, parece
que la teoría cuántica no solo debiese modificar el electromagnetismo de
Maxwell, sino también la nueva teoría de la gravitación». [138]
Einstein se refería a uno de los misterios que
guiaban la búsqueda frenética de una teoría «cuántica»: la visión clásica del
átomo exigía que los electrones estuvieran en movimiento, cual planetas en
torno al Sol, para así no caer sobre el núcleo a raíz de la atracción
eléctrica. Pero el movimiento de cargas eléctricas genera ondas
electromagnéticas que se llevan energía, de modo que eventualmente los
electrones deberían colapsar. Los cálculos clásicos, de hecho, llevan a
concluir que eso ocurriría en una fracción infinitesimal de segundo. Sabemos
que esto no ocurre; de lo contrario, no podría existir la materia tal como la
conocemos. Niels Bohr había formulado en 1913 un modelo atómico capaz de
explicar la estabilidad atómica. Pero era solo un modelo heurístico; aún
faltaba más de una década para que la teoría a la que llamamos Mecánica
Cuántica fuera formulada. La predicción de ondas gravitacionales de Einstein
trasladaba el problema al ámbito de esta interacción, ya que los electrones
tienen masa y, al orbitar el núcleo, deberían emitirlas. La Mecánica Cuántica
pudo con el electromagnetismo y con todas las fuerzas que luego se conocieron y
forman parte del Modelo Estándar. No con la gravedad.
La reconciliación entre la Mecánica Cuántica y la
gravitación es fundamental para comprender el evento fundacional de nuestra
historia cósmica: el Big Bang y los primeros instantes de la
historia universal, cuando todo era extremadamente pequeño y energético; es
decir, cuántico y gravitacional. Necesitamos unificar estas teorías para
comprender el origen del universo. Si esa motivación le parece al lector
insuficiente, hay otra menos glamorosa pero más propia del pensamiento de
Einstein. Las ecuaciones de la Relatividad General imponen una relación muy
concreta entre el contenido de materia y energía del universo y la geometría
del espacio-tiempo. [139] La
materia deforma el espacio-tiempo y, a la vez, se mueve por los surcos que
dejan esas deformaciones. Pues bien, si la materia y la energía están sometidas
a la jurisdicción de la Mecánica Cuántica, deberá estarlo también el otro
miembro de la ecuación, la geometría del espacio-tiempo, honrando el
significado matemático del signo «igual» que se interpone entre ellos.
§. El universo muestra la hilacha
¿Y si las partículas elementales no fueran puntuales? Supongamos por un
instante que fueran minúsculas cuerdas sin espesor, cuerdas que no están hechas
de nada: son ellas mismas el objeto fundamental. Tal como ocurre con las de la
guitarra, estas pueden vibrar y tienen su espectro de notas y armónicos. Para
quienes no seamos capaces de discriminar los detalles de la diminuta cuerda, lo
único que apreciaremos cuando vibre a una frecuencia determinada es la
presencia de un objeto que nos parecerá puntual y cuya masa será mayor cuanto
más aguda sea la nota. ¡Todas las partículas conocidas podrían obtenerse a
partir de una única cuerda!
Los extremos de la cuerda, al ser puntuales,
podrían representar un problema. Supongamos que los unimos, cerrando las
cuerdas sobre sí mismas; pequeños «lazos» que pueden desplazarse y vibrar. Al
estudiar las propiedades de las partículas que resultan de estas vibraciones
nos encontramos con una sorpresa mayúscula: ¡una de ellas tiene exactamente las
características de un «gravitón», la partícula cuántica de la gravedad!,
aquella análoga al fotón para el campo electromagnético. Secreta e
inesperadamente, ¡la Teoría de Cuerdas es una teoría cuántica
de la gravedad! De modo que la geometría, a pequeñas escalas, podría no ser
otra cosa que una multitud de pequeñas cuerdas vibrando.
Por supuesto, estas cuerdas están extremadamente
lejanas de cualquier posibilidad de observación directa. Como ocurrió
inicialmente con los átomos, la construcción de la teoría descansa sobre su
coherencia lógica, su belleza matemática y sus predicciones. En este caso, la
de la realidad del gravitón y de varias otras partículas más exóticas que
podrían ser la respuesta al misterio de lo que hoy llamamos materia oscura .
Los entusiastas partidarios de esta teoría esperan encontrar alguna de estas
partículas, en un futuro cercano, en los grandes colisionadores. Por ahora es
el pensamiento más que la experiencia el motor que la propulsa. ¿Hay algo
incorrecto en esto? En absoluto. Una teoría científica debe ser capaz de dar
cuenta de cualquier fenómeno observable, ya que basta una sola discrepancia
para destronarla. Pero sólo de la experiencia no es posible deducir teorías
científicas. Estas son, en definitiva, invenciones que requieren la
intermediación de la creatividad humana.
El mismo Einstein lo subrayó en una conferencia que
impartió en Oxford el 10 de junio de 1933, poco antes de emigrar a Estados
Unidos. Para él, el hecho de que la Relatividad General —con su concepción
geométrica del espacio-tiempo— y la teoría de Newton —con la instantánea acción
de sus fuerzas a distancia— predijeran ambas con formidable éxito un enorme
conjunto de fenómenos gravitacionales, sólo podía significar una cosa: las
teorías son inventos. De otra forma la Relatividad General debió haber sido una
pequeña modificación que mejorara las ideas newtonianas, pero no un quiebre
absoluto con ellas. Desde el estrado pontificó emocionado: «Si la base
axiomática de la física teórica no se puede inferir de la experiencia y debe
ser un invento libre, ¿tenemos alguna esperanza de encontrar el camino
correcto? […] A esto contesto con total seguridad que, en mi opinión, existe un
camino correcto y que, más aún, tenemos el poder de encontrarlo. Nuestra
experiencia justifica que nos sintamos seguros de que la Naturaleza materializa
el ideal de la simplicidad matemática. Es mi convicción que la construcción
matemática pura nos permite descubrir conceptos y las leyes que los conectan,
entregándonos las claves para entender los fenómenos de la Naturaleza». [140] Las
ideas de Einstein sobre el valor de la matemática pura en la construcción de
ideas sobre el universo había cambiado con el paso de los años y su proyecto
más importante a partir de entonces tendría esta nueva mirada. ¿Acaso una
justificada vuelta hacia el modo aristotélico de mirar la Naturaleza? No del
todo. Aunque la verificación de sus predicciones demore en llegar, una teoría
será abandonada si después de algún tiempo no tiene ninguna. La Teoría de
Cuerdas tiene algunas predicciones que, como ya se dijo, son muy difíciles por
ahora de verificar. Pero tiene una que es tan elemental que ninguna teoría
científica con anterioridad había siquiera pensado que era posible perseguir:
las dimensiones del espacio en que el universo ocurre y transcurre.
§. Las dimensiones del universo
¿Cuántas dimensiones tiene una sábana? Vista de lejos diríamos que se trata de
una superficie bidimensional. A distancias más cortas, sin embargo, podríamos
apreciar su espesor y concluir que las dimensiones son tres. Pero la mayor
sorpresa acontecerá al verla desde tan cerca que seamos capaces de advertir que
se trata de un largo hilo, convenientemente tejido. La hilacha de la sábana
revelará su carácter unidimensional. Aún desde más cerca veremos el grosor del
hilo y nos reconciliaremos nuevamente con las tres dimensiones. Podemos extraer
una lección de este sencillo ejemplo: la dimensionalidad del espacio, en
general, depende de la resolución empleada en la observación.
Esto nos permite plantearnos una pregunta crucial:
¿cuántas dimensiones espaciales tiene el universo a escalas pequeñas? La Teoría
de Cuerdas tiene una respuesta tan sorprendente como libre de ambigüedades:
¡nueve! Ni una más, ni una menos. La única forma conocida de hacer
matemáticamente compatible la hipótesis de las cuerdas sin espesor con la
Mecánica Cuántica arroja este inesperado y contundente resultado. Las tres
dimensiones que nuestros sentidos perciben serían una ilusión de la escala a la
que observamos. No parece descabellado que en una teoría cuántica del
espacio-tiempo, de la que se espera que pueda dar una respuesta precisa al
interrogante de su resolución fundamental, el número de dimensiones resulte una
predicción inapelable. El entramado geométrico que experimentan las cuerdas es
aun más desquiciante de lo que el número de dimensiones sugiere. Dado que
tienen una cierta longitud, las cuerdas viajan por el espacio-tiempo
experimentando su curvatura en varios puntos a la vez, tal como una lombriz
explora el terreno de manera simultánea a lo largo de toda su anatomía.
Las predicciones de la Teoría de Cuerdas no se
agotan con este sorprendente resultado. [141] Nuevas
partículas deberían aparecer en los aceleradores cuando se eleve
significativamente la energía a la que tienen lugar las colisiones, revelando
una estructura mucho más rica del contenido material del universo de la que
conocemos. En relación a la temática de este libro quizás sea oportuno destacar
una de sus predicciones, ya que esta abona el entusiasmo de una parte
importante de la comunidad de físicos teóricos en la actualidad. La entropía de
los agujeros negros, esa inesperada e inexplicable propiedad termodinámica
descubierta por Jacob Bekenstein y Stephen Hawking de la que hablamos en el
capítulo «Oxímoron cósmico», parece ser un corolario inevitable de la Teoría de
Cuerdas y su bestiario diez-dimensional.
Gabriele Veneziano realizó los cálculos que dieron
lugar a su revolucionario trabajo en un barco que lo llevaba de Haifa a
Venecia. Los Beatles, ¡cómo no!, grababan en ese mismo momento «Revolution».
Los chicos de Liverpool fueron claros en su demanda:
You say you got a real solution
Well, you know
We’d all love to see the plan.[142]
Y el italiano accedió al pedido. Escribió los
resultados tan pronto llegó a Ginebra y los envió a publicar. Unas semanas
después los presentó en una conferencia en Viena y fueron recibidos, al igual
que «Hey Jude», con desbordante entusiasmo. El universo físico, al tiempo que
el musical, mostró la hilacha. Refinada y original.
Elegante y sutil es el tejido de la lencería del
cosmos.
Capítulo XXI
El jarrón agrietado de Tesla
Somos seres gregarios. Buscamos el reconocimiento
de nuestros pares, quienesquiera que estos sean. Aun cuando elijamos
posicionarnos contra lo establecido, lo hacemos acompañados, adoptando un
discurso preestablecido. La libertad de pensamiento en el fondo nos resulta
aterradora. Ser capaces de analizar una consigna sin que se nos diga cuál es su
origen o quién fue su vocero. Quizás por ello somos tan proclives a sentir
fascinación por personajes que se movieron en los márgenes. Seres indómitos,
excéntricos y complejos, en el fondo inclasificables, a los que de inmediato
acomodamos en una categoría que nos permita justificar nuestra desbordada
admiración por ellos e identificarnos con aquellos que nos habrán de acompañar
en este nuevo culto. Nuestros pares.
Necesitamos encontrar un modesto oasis en donde
podamos descansar de la náusea existencial y para ello fabricamos héroes o
mártires, cuidándonos antes de limar aquellas aristas que no resulten
convenientes para la fábula que nos disponemos a construir y a la que nos
entregaremos con la devoción de un creyente. La cruda realidad de nuestra
humana condición nos resulta insoportable. Cualquier vía de escape es abrazada
con entusiasmo en esta quijotesca aventura abocada a la derrota a la que
llamamos vida. De allí el éxito de las religiones y de la industria de la
evasión.
Por un extraño giro dialéctico, al mismo tiempo que
nos tranquiliza ser parte de un rebaño queremos pensarnos también como seres
especiales y singulares. Pero no estamos dispuestos a pagar el costo de serlo.
Es allí donde hasta el último de nuestros poros se abre a «lo alternativo» y
nos encandilan aquellos personajes a los que identificamos como genios
incomprendidos o aquellas ideas que parecen ir contra lo que entendemos como
«lo establecido». En esos casos, tendemos a creer que somos parte de un selecto
grupo que se dio cuenta de que el hombre no llegó a la Luna, que las vacunas
son un invento de la industria farmacéutica para enriquecerse, que el cáncer se
cura con jugo de guanábana pero la industria ya mencionada no quiere que lo
sepamos o, el caso que nos ocupa ahora, que Nikola Tesla es el genio más grande
del siglo XX y que ha sido ninguneado maquiavélicamente por una conspiración
universal del establishment científico.
Pocas dudas caben que el propio Tesla lo creía así.
Su larga y estilizada silueta, sus negros ojos de mirada inquisitiva, su
carácter huraño y extravagante, su desmedida autosuficiencia, sus pocos pero
rotundos éxitos seguidos de abundantes e igualmente rotundos fracasos, todo
ello contribuyó a que la intelligentsia neoyorquina se
convenciera de que se encontraba ante un genio sin par. Quizás la figura
estelar que esa metrópoli floreciente necesitaba para consagrar su jerarquía
planetaria. Cuando sus inventos empezaron a ser cada vez más exóticos e
implausibles, y su economía personal más ruinosa, Tesla descubrió los
ingredientes precisos que podrían mantenerlo en la cumbre de la estima de la
bohemia de Nueva York. Comenzó a realizar demostraciones públicas de
experimentos electromagnéticos a gran escala, fascinando a una sociedad incapaz
de distinguir entre la ciencia y la magia, acostumbrada al asombro y la
ensoñación que provocaban ilusionistas como Harry Houdini. Convirtió sus
cumpleaños en celebraciones públicas en las que anunciaba la inminente
aparición de ingenios tecnológicos o trabajos científicos revolucionarios que
jamás vieron la luz, y concedía entrevistas estrambóticas a medios influyentes
como la revista Time o The New York Times que
acabaron adoptándolo como un personaje emblemático, una mezcla rara de bufón y
profeta.
Los ecos del genio de Einstein tras cuatro
prolongadas visitas a Estados Unidos, la última de ellas ya en su carácter de
miembro del Instituto de Estudios Avanzados de la vecina localidad de
Princeton, y su llegada definitiva, el 17 de octubre de 1933, proyectaron una
inesperada sombra sobre Tesla que presumiblemente acabó resultándole una losa
insoportable. Sólo así puede explicarse la exagerada inquina con la que intentó
refutarlo dejando al descubierto, por otra parte, una muy pobre comprensión de
la Teoría de la Relatividad.
§. Nikola Tesla, inventor
La naturaleza de los fenómenos eléctricos y magnéticos fue entendida cabalmente
en el siglo XIX. El trabajo de Michael Faraday y James Clerk Maxwell, entre
otros, significó el punto de partida para la aparición de numerosos inventores
que exploraron con rapidez e ingenio sus posibles aplicaciones. Nikola Tesla
fue uno de los más destacados. La gran cantidad de importantes patentes que
llevan su firma y de industrias que surgieron bajo la batuta de sus creaciones
así lo confirman. Era, además, un visionario incombustible, cuya tenacidad y
confianza para perseguir hasta la más disparatada de sus ideas le dio tanto
frutos extraordinarios como sonoras derrotas.
Tesla fue el más prodigioso, audaz y creativo de
los artesanos e ingenieros —es decir, hacedor de ingenios y artilugios— de la
así llamada «corriente alterna», aquella que fluye por los cables de alta
tensión que vemos en las calles y que entra a nuestras casas a través de
múltiples enchufes que pueblan sus paredes. Cuando conectamos allí un artefacto
eléctrico, la corriente cambia de dirección cincuenta veces cada segundo. A
fines del siglo XIX había enérgicos debates sobre si era este tipo de corriente
o la «corriente continua» —aquella que no cambia en el tiempo— la más apropiada
para el uso doméstico. Fue Tesla quizás el más grande impulsor de la corriente
alterna, para la que encontró un sinnúmero de aplicaciones que modelaron
drásticamente nuestra forma de vida. Una de sus más importantes creaciones fue
un motor eléctrico «de inducción» que utiliza corriente alterna en su
operación. Tesla hizo además desarrollos fundamentales en la tecnología de la
iluminación, los transformadores y los generadores eléctricos y, más
importante, en la transmisión inalámbrica de señales electromagnéticas. Fue uno
de los creadores de la tecnología que permitió el desarrollo de la radio y el
primero en construir un dispositivo a control remoto; un pequeño barco que
presentó públicamente en 1898.
La relevancia de Tesla en el desarrollo económico
de comienzos del siglo XX es indudable y queda de manifiesto en un honor que
sólo un reducido grupo de seres humanos posee: en la decimoprimera Conferencia
de Pesas y Medidas realizada en 1960 se decidió que la unidad estándar para el
campo magnético se denominaría tesla. Para que el lector se haga una idea, el
campo magnético que mueve a una brújula en la superficie de la Tierra tiene una
intensidad igual a la veintemilésima parte de un tesla. Cuando nos toman
imágenes médicas de resonancia magnética nuclear, en cambio, nos exponemos a
campos magnéticos de algunos teslas, el mismo orden de magnitud del utilizado
en el Gran Colisionador de Hadrones para permitir a los protones tomar la curva
constante del camino que recorren y permanecer girando a velocidades próximas a
la de la luz.
§. Nikola Tesla, científico
Todo lo que hizo Tesla se podía entender en base a las teorías que hombres como
Faraday, André-Marie Ampère y Maxwell desarrollaron algunas décadas antes. En
la confección de sus sorprendentes ingenios, lo último que preocupaba a Tesla
era contribuir a la comprensión de los fenómenos electromagnéticos. De hecho,
no se sentía muy atraído por el lenguaje formal de las ciencias básicas ni
comprometido con sus avances. Por supuesto, recibió una exhaustiva educación en
física y matemática como estudiante del Politécnico Austriaco de Graz, sin la
cual no habría podido emprender sus invenciones. No terminó la carrera, pero
aprendió las artes de la ingeniería trabajando en empresas de telefonía y
eléctricas.
En 1884 emigró a los EEUU, en donde había sido
contratado para trabajar con Thomas Alva Edison, el más renombrado inventor
estadounidense de todos los tiempos y con quien acabaría enfrentándose en una
lucha sin cuartel —entre otras cosas— por ser este uno de los principales
impulsores del uso de la corriente continua. Poco tiempo estuvo allí. Apenas un
año más tarde comenzó su carrera en solitario, alternando colaboraciones y
beneficiándose del padrinazgo de George Westinghouse. A principios del siglo XX
era uno de los más afamados personajes de la escena social neoyorquina.
Misterioso, soñador y excéntrico, se lo hallaba habitualmente dando entrevistas
e impartiendo conferencias en las que mostraba sus últimos inventos y relataba
sus visiones de futuro. Todo esto a espaldas de la revolución científica que
por aquellos años tenía lugar de la mano de la física cuántica y la teoría de
la relatividad. Empantanado en su egocéntrica vanidad, no tuvo la voluntad de
aprender de otros y fue encerrándose en la convicción de que las nuevas teorías
eran un disparate colectivo que no merecía mayor atención.
Poco a poco, los mismos ingredientes que lo
llevaron a la cima, comenzaron a empujarlo hacia el despeñadero: la excesiva
confianza en sí mismo, la práctica de poner sus sueños por delante de las
evidencias y, lo que es peor, la falta de interés en el trabajo de sus pares.
Su proyecto más ambicioso, el de construir una red inalámbrica de transmisión
de energía eléctrica, terminó por socavar su credibilidad y sus finanzas. A
pesar de toda la evidencia en contra y de las opiniones desfavorables de otros
expertos, Tesla continuó solitaria y obstinadamente persiguiendo sus propios
sueños, cada vez más quijotescos.
§. Nikola Tesla, el crackpot
A pesar de haber perdido buena parte de su credibilidad ante el mundo
científico y empresarial, su fama en la sociedad seguía incólume. En sus
entrevistas continuaba proponiendo ambiciosos avances científicos y
tecnológicos: hablaba de motores que funcionaban con rayos cósmicos, de armas
mortíferas o se lanzaba en contra de la ya bien establecida Teoría de la
Relatividad. En un poema burlón que envió a su amigo, el poeta filonazi George
Sylvester Viereck, Nikola Tesla, el hombre solitario que vivió hasta los
ochenta y seis años en habitaciones de hotel y acudía diariamente a alimentar a
las palomas de una plaza neoyorquina, se refirió a Albert Einstein como un
«chiflado extravagante de pelo largo». En una entrevista que dio al cumplir
setenta y nueve años se refirió a la relatividad de Einstein: «Es un amasijo de
errores e ideas falsas en franca oposición a las enseñanzas de los grandes
hombres de ciencia del pasado, e incluso al sentido común. La teoría envuelve
todos estos errores y falacias y los viste en un traje de matemática majestuosa
que fascina, encandila y vuelve a la gente ciega a los errores que la
sostienen. La teoría es como un mendigo envuelto en púrpura, al que la gente
ignorante toma por rey. […] Ninguna de las proposiciones de la relatividad han
sido probadas». [143] A
treinta años de la publicación de la Relatividad Restringida y a veinte de la
Relatividad General, tales argumentos desnudaban una desvergonzada ignorancia
y, lo que es peor, una acusada desidia para comprender estas teorías,
injustificable en alguien de su capacidad intelectual. Además, denotaban su
abierta animadversión hacia Einstein y un total desconocimiento de lo que había
ocurrido en el campo de la física durante los últimos treinta y cinco años.
En la comunidad científica hay un término que se
utiliza despectivamente para referirse a aquellos que pretenden dar respuestas
a importantes problemas con más entusiasmo que comprensión: crackpot.
La traducción al castellano sería algo así como chiflado y excéntrico. Nikola
Tesla se entregó mansamente al mecanismo freudiano de la proyección al
depositar en Einstein estos adjetivos que tan bien le sentaban a él. Con el
paso de los años se fue acentuando esta faceta megalómana de Tesla, llevándolo
a anunciar con bombos y platillos ideas que superaban con holgura los límites
del esperpento: «[…] tuve la enorme fortuna de hacer dos descubrimientos de
gran envergadura. El primero fue una teoría dinámica de la gravedad, que
desarrollé en todo detalle y espero ofrendársela al mundo muy pronto. Explica
las causas de esta fuerza y de los movimientos de los cuerpos celestes bajo su
influencia, de una manera tan satisfactoria, que pondrá fin a infundadas
especulaciones y falsas concepciones como aquella del espacio curvo. […] Toda
la literatura en este tema es fútil y destinada al olvido. Así como todos los
intentos de explicar los mecanismos del universo sin reconocer la existencia
del éter y la función indispensable que juega en los fenómenos». [144]
Tesla fue víctima de un narcisismo colosal y de un
pecado muy extendido en nuestra especie: redoblar la seguridad en nuestras
opiniones cuanto más débiles sean nuestros argumentos y mayor nuestra
ignorancia. Quizás no sea de extrañar que se transformara con el paso del
tiempo en héroe y mártir de una legión de crackpots consumados,
entusiastas admiradores de sus pensamientos más estrafalarios. El genio
incomprendido y solitario como ellos. El que sabía lo que ellos saben, lo que
ellos proponen, pero que las conspiraciones científicas y las grandes
corporaciones no permiten aflorar.
Según una leyenda apócrifa, cierta vez se le
preguntó a Einstein en una entrevista «¿qué se siente al ser el hombre más
inteligente del planeta?», y este respondió: «¿cómo podría yo saberlo?,
pregúntele a Tesla». Si bien es probable que este intercambio no haya ocurrido
jamás, es innegable su verosimilitud. La pregunta insustancial del periodista
es respondida, en apenas siete palabras, con una dosis punzante de ingenio y
sarcasmo que se encuentra en muchos intercambios de Einstein con la prensa a lo
largo de su vida. Cuando la revista Time le pidió unas líneas
para conmemorar el cumpleaños de Tesla, en cambio, su respuesta fue más cortés
y protocolaria: «Con alegría me he enterado de que está usted celebrando su
setenta y cinco cumpleaños. Como un eminente pionero en el campo de las corrientes
de alta frecuencia y del maravilloso desarrollo que esta área de la tecnología
fue capaz de experimentar, lo felicito por los grandes éxitos de la obra de su
vida». [145] Cierto
es que corría el año 1931 y Einstein todavía no había emigrado a los Estados
Unidos. En la hoguera de las vanidades, esa maravillosa ciudad de los
rascacielos que se convirtió rápidamente en centro de gravedad de la cultura
planetaria, se arrojaron un puñado de semillas que alimentaron en el imaginario
mundial un supuesto enfrentamiento entre estos dos hombres; pero lo cierto es
que no hay razones para sospechar que Tesla despertara siquiera mayor interés
en Einstein.
Nada tuvo de mártir Nikola Tesla, pero su historia
es el relato trágico de un prodigio que llegó a lo más alto y allí pareció
perderse. Su arrogancia, el desprecio por las ideas de sus pares y otros
expertos, la ceguera ante la evidencia experimental mientras sus sueños
grandilocuentes lo encandilaban le pasaron la cuenta. Sus años finales fueron
tristes y solitarios, rodeado más de la prensa y los aduladores que de
empresarios, ingenieros o científicos. Esto, por supuesto, no opaca ni un ápice
el calibre de su obra y su influencia. Lo que sí hace es servirnos de rotunda
advertencia para enfrentar una realidad que la ciencia siempre nos está
recordando: la autoridad no existe. No hay árboles firmes a los que abrazar.
Incluso los más grandes pilares pueden desmoronarse en cualquier momento. La
ciencia sólo reconoce el imperio de una autoridad: la Naturaleza. A ella hay
que escuchar con detención y modestia reverencial. Nuestras ideas, nuestros
sueños, por bellos y razonables que parezcan, pueden no tener relación alguna
con ella. Y eso no es necesariamente malo. Pero tampoco es ciencia.
Capítulo XXII
El parto más violento del universo
Alemania se había convertido en un sitio inhóspito.
Max Born, uno de los padres de la teoría cuántica, había encontrado asilo en
Edimburgo, mientras Albert Einstein hacía lo propio en Princeton. Ambos,
judíos, habían escapado del horror nazi. La correspondencia que mantuvieron
durante cuatro décadas es un testimonio de una época en que la muerte y la
crueldad convivían, ominosas, con momentos estelares de la ciencia.
Fue a fines de 1936 cuando Born recibió de su amigo
una carta felicitándolo por su nombramiento en Edimburgo. Pasando a temas
científicos, en tanto, Einstein le comentó que «junto a un joven colaborador
[Nathan Rosen] hemos llegado a la interesante conclusión de que las ondas
gravitacionales no existen, a pesar de que estas se habían asumido como una
realidad en una primera aproximación» [146] .
Acababan de enviar un trabajo titulado «¿Existen las ondas
gravitacionales?» [147] para su
publicación en la prestigiosa revista Physical Review. El artículo,
que respondía negativamente a la pregunta, fue rechazado. Un referí anónimo
había informado a los editores que el manuscrito contenía errores que
demandaban una corrección exhaustiva. Esto indignó a Einstein, poco
acostumbrado al minucioso sistema de revisión por pares, y contestó con rudeza:
«no veo razón para revisar el manuscrito de acuerdo a los comentarios —en
cualquier caso erróneos— de su experto anónimo». [148]
El artículo fue publicado meses después en otra
revista. Pero el título había cambiado a «Sobre las ondas
gravitacionales», [149] así
como las conclusiones. Los autores se habían dado cuenta del error.
Probablemente gracias al anónimo referí que, hoy sabemos, fue el matemático y
físico estadounidense Howard Robertson, quien tuvo la oportunidad de discutir
sobre la cuestión con el entonces asistente de Einstein, Leopold Infeld. A
pesar de esto, Albert Einstein nunca más envió sus trabajos a la revista Physical
Review. Una decisión injusta ya que, después de todo, fue su sistema de
revisión el que le evitó el bochorno de publicar un resultado no sólo erróneo,
sino contradictorio con una de sus predicciones más célebres: la existencia de
ondas gravitacionales. [150]
§. Vibraciones del espacio-tiempo
La teoría de la gravedad de Einstein nos dice que los fenómenos gravitacionales
son consecuencia de la geometría del espacio-tiempo, la que ya no es un mero
escenario en donde la Naturaleza ocurre y transcurre, sino un protagonista, un
ente dinámico, un ingrediente más de la realidad del universo. Como si se
tratara de la membrana de un tambor sobre el que hemos dejado un peso, el
espacio-tiempo se deforma y se curva en presencia de materia. Pero, al igual
que en el caso del tambor, cosas más interesantes pueden ocurrir. Al golpearlo
con una baqueta, este siente un peso por un breve lapso y luego, a pesar de la
ausencia de fuerzas, la membrana continúa vibrando con movimientos
ondulatorios. La energía de movimiento entregada por el golpe se transforma en
ondas mecánicas de la membrana.
El campo gravitacional se comporta de modo similar.
Si aceleramos un cuerpo masivo, este emitirá ondas gravitacionales, tal como un
cuerpo cargado emite ondas electromagnéticas. Lo hace la Tierra en su órbita
alrededor del Sol, pero su intensidad es de detección virtualmente imposible.
El espacio-tiempo es una membrana extremadamente rígida, muy difícil de
deformar: son necesarias masas enormes concentradas en regiones relativamente
pequeñas para producir una modesta curvatura. Por ello, la búsqueda de ondas
gravitacionales se concentra en sistemas binarios muy masivos y que orbitan con
gran rapidez, de modo que su radiación gravitacional sea lo más abundante
posible. La pérdida de energía debida a la radiación emitida hace que los
astros comiencen a acercarse hasta colisionar. Los cálculos sugieren que el
proceso es uno de los que más radiación gravitacional genera. Más aún si se
trata de dos agujeros negros de unas pocas masas solares, cuya densidad es
enorme —la densidad de un agujero negro disminuye con el cuadrado de su masa—,
unas cien billones de veces mayor que la del plomo. Pero este tipo de eventos
no es de los que ocurren a la vuelta de la esquina en nuestro vecindario
cósmico, por lo que debemos estar dispuestos a mirar grandes extensiones del universo
para encontrarlos. Muy lejos de aquí.
El primero en intentar la detección de ondas
gravitacionales fue el estadounidense Joseph Weber. Su ostentoso fracaso es uno
de los momentos más tristes en la historia de la gravitación y quizás de la
ciencia. Pero no podemos esconder los ángulos menos glamorosos del cómo y el
porqué se hace ciencia. De la pasión y de las fuerzas que la impulsan. Del
fracaso y de la gloria, esos dos impostores.
§. El trágico invierno de Weber
Una mañana muy fría de enero de 2000, el octogenario profesor Joseph Weber
llegó temprano a su laboratorio en la Universidad de Maryland. El pavimento
estaba escarchado, por lo que decidió estacionar su auto en la cima de la
colina que se alzaba antes de llegar al edificio. Así no tendría problemas para
subir con él a su regreso. En la pronunciada pendiente cubierta de hielo que lo
separaba del laboratorio, resbaló, cayendo aparatosamente y fracturándose
algunas costillas. El hombre que treinta años antes se había convertido en una
celebridad, aquel a quien todos habían admirado y aplaudido, yacía ahora en el
cemento frío, dolorido y abrumadoramente solo.
Su caída fue un eco de lo acontecido en los años
que sucedieron a su fallida consagración, cuando en el número del 16 de junio
de 1969 de la revista Physical Review Letters, [151] anunció
el descubrimiento de las hasta entonces elusivas ondas gravitacionales. Weber
era un físico connotado. Había sido uno de los primeros en describir la física
del láser en 1952, a pesar de que la gloria recayó en otros que hicieron más
tarde los primeros prototipos, ganando el premio Nobel en 1964. Fue más tarde
el primero en aventurarse en la búsqueda de las ondas gravitacionales que había
predicho Albert Einstein. Su empresa había sido seguida y celebrada por los más
importantes físicos de la época. Sus aparatos para la medición de estas ondas
fueron reproducidos en distintas partes del mundo. Él mismo fue responsable del
envío de un detector a la Luna en la misión Apolo 17, en 1972.
Pero el único que reportaba evidencias de ondas
gravitacionales en sus instrumentos era Weber. A pesar del entusiasmo que
generó entre sus pares, nadie más pudo reproducir sus resultados. Su
credibilidad y prestigio se fueron deteriorando hasta que se fue quedando solo.
Su tenacidad inquebrantable se fue transformando en tozudez. Los fondos
estatales se fueron cortando y el laboratorio vaciando, hasta que él mismo
terminó ocupándose de toda su operación sin la asistencia de nadie. Así, cuando
acababa el siglo XX y la National Science Foundation comenzó a priorizar el
financiamiento de nuevas tecnologías destinadas a dar un golpe de timón en la
búsqueda de ondas gravitacionales, también terminaba definitivamente el sueño
de Weber. Una de esas nuevas tecnologías era la concebida para el Observatorio
LIGO —acrónimo inglés para Observatorio de Ondas Gravitacionales de
Interferometría Láser—, que comenzó a pergeñarse a principios de los ochenta.
Sería este experimento el que finalmente lograría la gesta, tras un extenso
camino plagado de dificultades: pasaron más de treinta años hasta que las
primeras ondas gravitacionales fueron detectadas. Weber fue el primero, pero no
pudo llegar a la meta. Su sacrificio, sin embargo, no fue en vano. LIGO, el
segundo en intentarlo, logró arribar a buen puerto, en gran medida gracias al
trabajo pionero del primer explorador de las olas del universo.
§. GW150914: el llanto primordial
La Tierra era un sitio inhóspito hace mil trescientos millones de años. Su
fisonomía era muy distinta. El supercontinente Rodinia representaba
prácticamente la totalidad de la geografía mientras en los mares surgían los
primeros organismos pluricelulares. Al tiempo que un tipo de alga roja
llamada bangiomorpha pubescens inauguraba la reproducción
sexuada en la historia evolutiva, en los confines del universo tenía lugar un
parto de inusitada violencia. Dos agujeros negros —uno de ellos de masa igual a
treinta y seis masas solares, y su compañero de baile, de «apenas» veintinueve—
transitaban los últimos pasos de su febril danza de apareamiento, girando a
velocidades cercanas a la de la luz, acercándose en espiral hasta fundirse,
gestando un nuevo agujero negro. Una copiosa cantidad de ondas gravitacionales
se emitió en el parto, la más intensa de ellas en el instante en que el nuevo
agujero negro se acomodó en la que desde entonces sería su nueva identidad.
Ahora sólo pesaba sesenta y dos masas solares; las tres sobrantes, convertidas
en energía, salieron despedidas en forma de ondas gravitacionales en un pulso
tan breve, que la potencia emitida fue mayor que la lumínica de todas las
galaxias del universo observable juntas. Ese llanto primordial arrugó el tejido
espacio-temporal provocando una ondulación que inició allí un largo viaje.
En la Tierra aún no había detectores ni teorías.
Los dados de la evolución, sin embargo, ya estaban echados. Al igual que a un
arquero que se arroja con determinación ante la ejecución de un penal ya no le
queda más que esperar el inminente contacto de la pelota con sus guantes, los
organismos eucariontes del periodo Ectásico estaban perfectamente en sintonía
con el tiempo de espera necesario para capturar la radiación gravitacional que
se acercaba. Mil trescientos millones de años eran suficientes para que nuevos
organismos eucariontes pluricelulares, provistos de decenas de billones de
células altamente especializadas, construyeran el primer detector capaz de
sentir el casi imperceptible meneo del espacio-tiempo.
Así fue como el lunes 14 de septiembre de 2015 a
las 4.50 de la mañana la onda fue detectada en Luisiana. Lo propio ocurrió
siete milésimas de segundo más tarde en el estado de Washington. Casi
simultáneas, las señales eran idénticas. Los científicos concluyeron que la
probabilidad de que un evento azaroso hubiera causado ese patrón en ambos
detectores, ubicados a tres mil kilómetros de distancia, era prácticamente
nula: menos de una en un millón. La señal había sido provocada por el paso a
través de la Tierra de las ondas gravitacionales emitidas en el violento parto
de un agujero negro sesenta y dos veces más pesado que el Sol. Se le puso
nombre al llanto de la criatura: GW150914.
§. Una segunda detección
En un legendario ensayo titulado «Máquinas gravitacionales», [152] escrito
en 1962, el físico y matemático inglés Freeman Dyson, uno de los científicos
más influyentes del siglo XX, especuló con la posibilidad de que civilizaciones
avanzadas fueran capaces de obtener energía gravitacional desde un sistema de
dos estrellas de neutrones girando una en torno a la otra. Allí mostró cómo
este tipo de estrellas compactas tienen la característica de emitir abundante
radiación gravitacional en pulsos muy cortos (de menos de dos segundos), con
frecuencias de unos doscientos hertzios, agregando que «es valioso mantener el
ojo puesto en este tipo de eventos usando los instrumentos de Weber o alguna
modificación de estos». De hecho, eran este tipo de eventos los que se
esperaban en LIGO. Las colisiones de agujeros negros se pensaban mucho menos
comunes y, sin embargo, fueron estas las observadas el 14 de septiembre de
2015, cuando el equipo estaba siendo sometido a las pruebas finales, antes de
entrar «oficialmente» en el tiempo de la recolección de datos. Y poco después
hubo una segunda detección, el 26 de diciembre del mismo año, cuya señal fue
más intensa y —se extendió por más de un segundo y su frecuencia varió entre
los treinta y cinco y cuatrocientos cincuenta hertzios, bastante cerca de las
estimaciones de Dyson—, que también resultó consistente con la colisión de dos
agujeros negros de catorce y ocho masas solares. Con la misma desbordante
originalidad que habían usado en la primera detección, a esta señal se la llamó
GW151226.
La importancia de la segunda detección fue crítica,
mucho mayor de la que uno podría imaginar, ya que con un solo evento, por muy
real que parezca, es poco probable ganar la credibilidad de toda la comunidad
científica. Los fundadores de LIGO conocen bien la tragedia de Weber, por lo
que saben de la importancia de extremar las precauciones ante anuncios
científicos tan radicales —y mientras estas líneas entraban en la imprenta se
anunció la tercera detección: GW170104; nuevamente dos agujeros negros, de diecinueve
y treinta y dos masas solares, que se fundieron en uno hace… ¡tres mil millones
de años!—. Estos dos nuevos eventos les hicieron respirar más tranquilos. Poco
a poco el hallazgo parece consolidarse, dando consistencia firme al suelo sobre
el que transitamos el viaje de exploración al que llamamos ciencia. Cuanto más
robustos sean los pilares que lo sostienen, más lejos podremos aventurarnos.
Así es como el ideario de la ciencia se va tejiendo.
Weber fue un soñador audaz, de eso no cabe duda,
pero no supo contener sus ansiedades, cosa que en esta humana actividad se paga
caro. Fue el mismo Dyson quien le escribió, en una carta fechada en junio de
1975: «Estimado Joe, he estado viendo con angustia cómo nuestras esperanzas se
han desmoronado. Siento una enorme responsabilidad personal por haberte
aconsejado en el pasado tomar este riesgo con firmeza […]. Los grandes hombres
no tienen miedo de admitir públicamente que cometieron un error y han cambiado
de opinión». [153]
Al llegar el invierno de 2000 Weber ya había sido
virtualmente olvidado. A sus ochenta años, triste, solitario y final, yacía en
la calle escarchada de la Universidad de Maryland el fundador de la gravitación
experimental, el primero en llevar la teoría de Einstein al laboratorio cuando
nadie lo creía factible. El otrora legendario profesor Weber, comenzaba
finalmente a claudicar. Ocho meses después moría consumido por un cáncer
pulmonar. Tendrían que pasar más de cuarenta años para que sus esfuerzos fundacionales
fueran reconocidos en la conferencia de prensa en la que se anunció el primer
hallazgo de ondas gravitacionales. Allí, el estadounidense Kip Thorne,
discípulo de John Archibald Wheeler y uno de los padres del descubrimiento,
recordó con grandeza que «esta ha sido una empresa de medio siglo, que comenzó
con el trabajo pionero de Joseph Weber», mientras que la directora de la
National Science Foundation se congratulaba de haber invitado ella misma a la
astrónoma Virginia Trimble, viuda de Weber, para reconocer el trabajo de este.
Como es de justicia en un emprendimiento en el que los hallazgos de hoy se
asientan en los fracasos del ayer, la misma agencia que abandonó a Weber en
favor de las nuevas tecnologías puso en claro que sentía orgullo por sus viejos
instrumentos, al punto de exhibirlos actualmente en los edificios de LIGO, en
Hanford.
§. Ligo y el misterio del origen
Fueron necesarios casi veinticinco años de trabajo incesante de un ejército de
científicos y técnicos para alcanzar el instante sublime del descubrimiento. La
perseverancia fue la clave. La obstinada determinación de Rainer Weiss, Kip
Thorne y Ronald Drever, los padres de la criatura, que defendieron contra
viento y marea la posibilidad de «escuchar» los susurros del universo. Porque
aquello que muchos pensaban imposible cristalizó esa fresca mañana de otoño
como un regalo cósmico, llegado desde la región austral del cielo. La señal
detectada fue extremadamente débil porque, al ser emitida en todas las
direcciones, la porción que viajó hacia nosotros es una fracción ínfima de la
onda inicial. Además de que la gravedad, no lo olvidemos, es la más débil de
las interacciones.
Pero los detectores del experimento LIGO estaban
cuidadosamente calibrados de modo que ese llanto ahogado pudiese ser percibido.
La precisión allí conseguida en la medición de distancias no tiene parangón.
Para detectar el paso de una onda gravitacional, LIGO necesita medir la
distancia entre dos espejos, separados cuatro kilómetros, con una precisión de…
¡una parte en mil trillones! Esto es como medir la distancia entre la Tierra y
el Sol con una precisión igual a la del tamaño de un átomo. El que lo hayan
conseguido es razón suficiente para levantar las copas a la salud de nuestra
especie.
Los cálculos teóricos exigen resolver las
ecuaciones de la Relatividad General en una situación con la que es imposible
lidiar en una hoja de papel. Es imprescindible la simulación con computadores.
Aun así, el problema es de tal complejidad que recién ha podido ser resuelto en
el siglo XIX, justo a tiempo de completar la aventura iniciada por una diminuta
alga roja y poder darle sentido a la señal que pasó fugazmente por la Tierra. Y
es que esta es tan tenue y viene mezclada con tanto ruido indeseado de origen
terrestre —sismos, mareas, actividad humana—, que sólo conociendo bien lo que
se busca es posible identificarlo. Los físicos teóricos simulan lo que
ocurriría en distintos sistemas astrofísicos y cómo sería el perfil de las
ondas gravitacionales que esperaríamos ver en la Tierra en cada uno de esos
casos. Así se pudo identificar la señal GW150914.
Muchas son las conclusiones que se desprenden de la
observación de LIGO. Pero quizás la consecuencia más importante sea que marca
el comienzo de una nueva era en la exploración del universo, hasta ahora basada
en las ondas electromagnéticas. Primero la luz visible, desde que Galileo
alzara la vista al cielo valiéndose del telescopio. Luego, una gran variedad de
frecuencias invisibles para nuestros ojos pero no para nuestros instrumentos. A
partir de ahora tenemos una nueva herramienta que nos permitirá explorar
sistemas astrofísicos aunque no emitan luz. Además, a diferencia de las ondas
electromagnéticas, que pueden ser bloqueadas fácilmente por la materia, las
gravitacionales atraviesan obstáculos sin dificultad. Con ellas podríamos
escudriñar rincones del universo que hasta hoy nos resultaban opacos. Auscultar
los sucesos que ocurrieron poco después del Big Bang, buscando la información
que nos lleve a comprender el misterio del origen. Podemos entrever un futuro
tan promisorio como el que imaginó Galileo al apartar el telescopio, aturdido y
con las sienes palpitantes, tras contemplar por vez primera las intimidades que
la anatomía lunar dejaba al descubierto en su prístina desnudez.
§. Agujeros negros peso mediano
Los agujeros negros son las criaturas más enigmáticas del bestiario universal.
Sabemos que pueden, cual astros de rapiña, nacer a partir de la muerte de
estrellas suficientemente masivas. Son muchos los posibles escenarios para este
proceso y son tantas las estrellas que pueblan el cosmos que es de esperar que
todas las posibilidades hayan acontecido. Esta vía de parto da lugar a agujeros
negros cuya masa es la de unos pocos soles.
Las mayores evidencias disponibles actualmente, sin
embargo, hacen referencia a monumentales agujeros negros que parecen residir en
el centro de la mayoría —o quizás todas— las galaxias, cuyas masas oscilan
entre un millón y mil millones de veces la masa del Sol. Poco sabemos, a
ciencia cierta, del mecanismo de formación de estos gigantescos agujeros
negros, pero podemos comprobar en detalle una multitud de procesos físicos que
tienen lugar en su dominio, empezando por el estudio detallado de las órbitas
del enjambre de estrellas que giran en torno a ellos describiendo pronunciadas
elipses.
Pero más misteriosos aún son aquellos cuyas masas
no son ni tan grandes ni tan pequeñas. Es cierto que, sabiendo ahora que pares
de agujeros negros pueden fundirse para formar uno mayor, podríamos pensar que
estos son el resultado de dichas fusiones. Sin embargo, no parece evidente que
el proceso de fusión tenga la frecuencia necesaria para justificar que, con la
edad actual del universo, haya podido ocurrir la larga secuencia que explique
agujeros negros de algunas decenas de masas solares. Una posibilidad es que
haya habido estrellas con esas masas —que justifiquen el nacimiento de estos
agujeros negros por el mecanismo convencional— cuando el universo era un
adolescente de apenas dos mil millones de años. Es pronto para estar seguros de
ello.
Otra posibilidad, incierta pero probable e
interesante, es que estos agujeros negros de peso mediano se hayan formado por
la existencia de materia densamente acumulada en los instantes iniciales de la
expansión del universo. Se los conoce como «agujeros negros primordiales». Si
bien la propia expansión tiende a dispersar la materia, las fluctuaciones
estadísticas en su distribución podrían haber llevado a su formación. Estos
agujeros negros podrían ser muy livianos, tal como lo discutimos en el capítulo
«Oxímoron Cósmico», llegando incluso a tener una masa similar a la del monte
Everest o una luna de Saturno. Pero también pueden ser mucho mayores, llegando
a tener diez o cien veces la masa del Sol.
Esta historia no ha hecho más que empezar. Las
ondas gravitacionales que Einstein predijo no sólo existen, sino que podemos
detectar sus sutiles, casi imperceptibles efectos. La detección de la onda
gravitacional GW150914 fue el primer sonido de un universo al que creíamos
mudo. La segunda y la tercera, en cambio, nos dicen que la astronomía de ondas
gravitacionales habrá de ser, lejos de un repiqueteo insulso, la melodía
entrañable que Joseph Weber soñó con los ojos abiertos, interpretada por la
mayor de las orquestas.
Capítulo XXIII
El universo mudo
Una docena de personas rodeaban el ataúd cerrado
cumpliendo con la tradición judía del minyán. Eran las tres y media
de la tarde. Uno de los asistentes a la discreta ceremonia que tenía lugar en
el crematorio de Trenton se aclaró la voz para leer el poema que Goethe había
escrito en ocasión de la muerte de su admirado amigo Friedrich Schiller: «[...]
¿Vencerá la muerte a una vida que todos reverencian? ¡Cómo trae semejante
pérdida a todos confusión! ¡Cómo semejante despedida deberemos siempre
lamentar! El mundo está llorando, ¿no deberíamos llorar nosotros también?
[...]». [154] Habían
transcurrido poco más de doce horas desde que Albert Einstein murmurara sus
últimas palabras en alemán, respirara hondamente un par de veces y dejara de
hacerlo para siempre.
La noticia se dio a conocer a las ocho de la mañana
del 18 de abril de 1955, por lo que tuvo que esperar al día siguiente para ver
la primera plana de todos los periódicos del mundo. En las redacciones y
agencias de noticias se afanaban por encontrar personas idóneas para un
obituario que hiciera justicia a la grandeza del personaje que acababa de
fallecer. Las prisas del ejercicio periodístico, sumadas a las dificultades
para comprender su monumental obra, resultaron en una discreta cobertura en la
que apenas se destacaron los puntos más reconocibles de su biografía, una
desordenada colección de lugares comunes.
Como suele ocurrir ante las grandes pérdidas, la
primera reacción fue más de estupor que de dolor. Sólo con el paso de los días
se fue procesando la nueva realidad: la humanidad habría de seguir su rumbo sin
el que quizás haya sido su ejemplar de mayor genio.
§. El otoño del patriarca
En otoño de 1935, Einstein y Elsa compraron la casa de 112 Mercer Street, en
Princeton, que sería la definitiva. Arrinconada en los arrabales de su memoria
había quedado la casa natal de Ulm, que acabaría siendo destruida por un
bombardeo aliado, en diciembre de 1944. Lo supo tras recibir una foto de las
ruinas. «El tiempo le ha sentado mal, incluso peor de lo que me ha sentado a
mí», [155] acotó
brillante y sarcástico. Entre 1920 y 1929 hubo una fluida correspondencia entre
Einstein y las autoridades de Ulm. El 14 de marzo de este último año, en
ocasión de su cumpleaños número cincuenta, el alcalde de Ulm le envió una carta
de felicitaciones en la que le informaba que se había decidido rendirle
homenaje poniéndole su nombre a una calle. Einstein respondió con franca
amargura, señal de los tiempos oscuros que empezaban a forjarse en Alemania:
«Supe acerca de la calle con mi nombre. Mi consuelo fue pensar que no soy
responsable de lo que pase allí». [156] La
situación política que arrastraba a Alemania a las fauces del nazismo,
finalmente victorioso en 1933, interrumpió esta conexión epistolar, hasta que
en 1949 Ulm quiso nombrar a Einstein ciudadano ilustre, honor que rechazó no
sin dejar de mencionar con meridiana claridad que lo hacía en repulsa por el
destino que tuvieron los judíos de esta ciudad durante los años de pesadilla
del nazismo.
A finales de 1936 falleció Elsa y ya nada fue igual
para Einstein. Nunca volvió a viajar al extranjero. Se replegó sobre sí mismo
en numerosos aspectos de su vida. Por ejemplo, solía hablar en alemán con
aquellas personas que comenzaron a formar parte de su círculo íntimo,
desanimando al resto de siquiera intentar entablar una conversación con él. Su
notoriedad pública no hizo más que engrandecer su figura, a tal punto que
antiguos y célebres colegas como Bohr o Pauli comenzaron a reverenciarlo más
allá de lo que había sido la prolongada relación entre ellos. Recibía continuas
invitaciones, desde Hollywood a la Casa Blanca, y desde todos los rincones del
planeta. Cada publicación suya era comentada en diarios y revistas, por
periodistas que se enfrentaban a aquello que no comprendían con la ansiedad
ardiente y estéril de los acólitos; y con idéntica mansedumbre. Sus esfuerzos
por establecer una teoría del campo unificado, sin embargo, no despertaban
entusiasmo alguno entre sus colegas y acabó por convertirse en una aventura
solitaria que lo confinó, en los últimos veinte años de su vida, a un creciente
autismo científico.
Los estudiantes de la Universidad de Princeton, que
podían verlo a menudo recorriendo el campus, no se atrevían a acercarse a él y,
debido al aislamiento que les podía significar, la idea de realizar una tesis
doctoral bajo su dirección era percibida como un temprano suicidio académico. A
pesar de ello, en una ocasión se acercó un estudiante a tantear la posibilidad
de hacer el doctorado bajo su dirección. Para Einstein era tal la novedad que
verdaderamente no sabía qué pasos había que seguir. Fue a ver a Robert
Oppenheimer, el padre de la bomba atómica, quien ocupaba en ese momento el
puesto de director: «Profesor Oppenheimer, me gustaría preguntarle cómo debo
proceder: un alumno brillante de Princeton ha venido a verme para expresarme su
profundo interés en lo que estoy haciendo actualmente, y quería saber si
disponemos de becas». «Oppie», como lo llamaban todos, era lo que se podría
llamar un hombre duro. La tensión acumulada durante los años del Proyecto
Manhattan, las acusaciones e investigaciones de las que fue objeto por su
supuesta militancia en el Partido Comunista y la propia acritud de su carácter,
lo convirtieron en un personaje agresivo y sarcástico. Alguien capaz de
responder en ese momento: «Profesor Einstein, las expresiones alumno
brillante y profundo interés en lo que estoy haciendo no
pueden ir juntas en una misma frase». [157]
§. La becaria francesa
Cada mañana procuraba repetir casi religiosamente su rutina. Desde que viera la
puerta de 112 Mercer Street abrirse a su paso mientras caminaba resuelta rumbo
a su despacho del Instituto de Estudios Avanzados —aquella vez que no pudo
evitar detenerse a verle bajar los cuatro escalones del porche, caminar unos
metros y unirse a ella en la acera—, Cécile intentaba que todos sus días
comenzaran de idéntico modo. Einstein nunca se atrevería a confesar que cada
mañana terminaba su café parapetado detrás de una de las ventanas de su casa,
oculto por las finas cortinas, esperando ver llegar a esta joven becaria
postdoctoral francesa de ojos color aguamarina y rostro angelical, buscando su
silenciosa compañía en el trayecto de una milla que separaba su casa del
despacho. Apenas intercambiaban las palabras que la cortesía demandaba.
El good morning de él, pronunciado con un exagerado énfasis
germánico en la «o», pero con voz meliflua y delicada, casi siempre precedía al
de ella, que volcaba el acento hacia el final, como ordenaban los cánones del
francés.
El camino transcurría en el más absoluto silencio.
De vez en cuando intercambiaban alguna mirada pero casi nunca una palabra,
hasta despedirse en la puerta del Fuld Hall con la máxima corrección. Cécile
compartía despacho con la física teórica neoyorquina Bruria Kaufman,
colaboradora de Einstein en los últimos dos artículos científicos que este
llegó a publicar. En muchas ocasiones la caminata terminaba allí o Einstein
aparecía más tarde, buscando a Bruria. Es fácil imaginar que los pensamientos
de Cécile Morette fueran agitados, presa de la emoción incontrolable de poder
compartir esos minutos, en soledad, con una figura legendaria, de esas que
habitualmente viven en los libros y no caminan con paso lento y cansado a
nuestro lado. Ese hombre desmelenado y de poblados bigotes, cuya mirada triste
a veces era acompañada por una inopinada sonrisa, había puesto la totalidad de
la física patas arriba. Einstein, en cambio, veía a esta investigadora francesa
de veintiséis años y no podía evitar verse a sí mismo a esa misma edad, en
Berna, en aquellos seis meses de 1905 que pasarían a ocupar el ápice de los
momentos estelares de la historia del pensamiento.
Sabía, por supuesto, que ella deseaba entablar una
conversación pero sin saber por dónde empezar. También era consciente de que su
interés por establecer una teoría del campo unificado era un esfuerzo
solitario. Su rechazo a los principios en los que se asentaba la Mecánica
Cuántica y el hecho de que casi toda la comunidad estuviera trabajando bajo el
dictado de estos —algo totalmente comprensible teniendo en cuenta la infinidad
de resultados importantes que ofrecían y que podían verificarse casi de inmediato
en el laboratorio— no hicieron más que acrecentar la brecha que lo fue aislando
progresivamente. No parece necesario aclarar que Einstein también deseaba
iniciar una conversación con Cécile, una mañana tras otra, pero no se atrevía a
preguntarle en qué estaba trabajando, temeroso de la más que probable irrupción
de un silencioso muro invisible entre ellos que luego sería difícil de
derribar. Prefirió preservar la integridad elegida de ese silencio diario
compartido.
§. ¿Por qué no hablan los planetas?
Esa mañana, como todos los domingos, Jacques Lacan salió temprano para poder
asegurarse de encontrar el croissant que acompañaría la
pausada lectura de Le Monde. De todos los instantes que adoquinaban
las calles de su rutina semanal, este adquiría un carácter casi religioso. De
hecho, le gustaba pensar que dedicaba a esta actividad la misma franja horaria
que en su infancia empleaba en ir a misa. Apenas había gente a esas horas que
pudiera cruzarse en su paseo. Con el croissant en una bolsita
de papel madera y el periódico debajo del brazo, Lacan volvió a La Prévôté, su
casa de Guitrancourt, en la que pasaba los fines de semana.
Se acomodó en el estudio, apartando algunos libros
y folios en los que comenzaba a bosquejarse el seminario que habría de impartir
esa semana. Sylvia le había dejado una taza de café. En las páginas de Le
Monde se encontró con un modesto anuncio que capturó completamente su
atención: diversas organizaciones judías de Francia invitaban a una ceremonia
en memoria de Albert Einstein que se celebraría al día siguiente en el gran
anfiteatro de La Sorbona. La muerte de Einstein no había pasado desapercibida
para Lacan. Incluso recordaba la sentencia que el príncipe De Broglie incluyó
en el obituario de Le Monde: «Albert Einstein fue un partisano
resuelto del determinismo fundamental». Desde que unos años atrás empezara a
reunirse periódicamente con el matemático Georges-Théodule Guilbaud, el interés
de Lacan por la geometría y la topología de los espacios curvos iba en aumento
y no eran pocas las ocasiones en las que acababan hablando con fascinación de
la Teoría de la Relatividad General.
Einstein se coló irremediablemente en varios
pasajes del seminario que Lacan impartió el jueves siguiente en París. Sobre el
final, mientras se recreaba con el «Dios no juega a los dados», la famosa y
lapidaria sentencia de Einstein contra las leyes de la física cuántica, se le
ocurrió pensar que quizás el ser humano sí lo hacía porque «de este dado que
rueda surge el deseo». [158] Y
decidió cerrar la charla haciéndose en voz alta dos preguntas llenas de
misterio que había escrito en el margen del periódico dominical, aún sin saber
su respuesta: «¿Por qué sólo el hombre juega a los dados? ¿Por qué no hablan
los planetas? Preguntas que por hoy dejo abiertas». [159] No
cabía duda de que ninguno de los presentes se perdería por nada del mundo el
siguiente seminario, ante la vaga promesa de encontrarse con una respuesta a
alguna de esas preguntas de apariencia estrambótica.
El domingo 22 de mayo, Lacan preparó el seminario
pasando unas cuantas horas de pie frente al cuadro El origen del mundo,
que había comprado unos meses antes. Deslizó por el sistema de rieles del
grueso marco la versión surrealista de este que había encargado Sylvia a su
cuñado, André Masson, para ocultar el cuadro maldito de Courbet y fijó la
mirada allí donde tantas veces había visto hacerlo a sus invitados. Todos los
seres con capacidad de jugar a los dados, por muy compleja que fuera la
historia de su concepción, habían comenzado su singladura emergiendo de esa
cavidad oscura. Comprendió pronto cuál era la respuesta de la pregunta con la
que temerariamente había cerrado el seminario anterior: «Los planetas no
hablan: primero, porque no tienen nada que decir; segundo, porque no tienen
tiempo; tercero, porque se los ha hecho callar». [160] Albert
Einstein los hizo callar el jueves 25 de noviembre de 1915 en la Academia
Prusiana de Ciencias, cuando presentó las ecuaciones de la gravitación que los
condenaban a seguir con mansedumbre servil un conjunto de trayectorias
preestablecidas llamadas órbitas.
En su afán por impedir que Dios jugara a los dados,
Einstein consiguió despojar de esa prerrogativa lúdica a todos los astros del
cielo, dejándonos en herencia un cosmos extraordinariamente hermoso, una
gigantesca orquesta de jazz en la que la pretendida improvisación de sus
intérpretes es simulada. Todas las estrellas, planetas, cometas y satélites,
todos los asteroides, galaxias y agujeros negros, en realidad, siguen estricta
y celosamente las pautas de un libreto. Pero lejos de tratarse de un voluminoso
tratado, este consiste en apenas un puñado de ecuaciones. Los astros mascullan
la matemática en silencio y transitan con mansedumbre, serviles y
circunspectos, las órbitas que resultan de esos elegantes cálculos. Cada paso
del espectáculo coreográfico que discurre en la bóveda celeste está estipulado
en el contrato de las leyes fundamentales de la Naturaleza, encabezadas por las
ecuaciones de Einstein. La industriosa empresa tiene lugar en el más absoluto
silencio. He aquí el legado de Albert Einstein: un universo mudo.
Agradecimientos
· A Margot Nothenberg, heroína e inspiradora, testigo
presencial de la civilidad y la barbarie de la Alemania de principios del siglo
XX. Sus historias y su memoria perduran, vivas, en muchos textos de este libro.
· A Daniel Guebel por su espléndida edición,
señalando aspectos clave y ajustando cuanta tuerca suelta hubiéramos dejado en
el camino, siempre con ingenio, humor y cálida amistad.
· A Cécile DeWitt-Morette y Christiane DeWitt, por
contarnos la historia que inspiró el pasaje La becaria francesa, cuya
traducción al inglés le fue leída a una sonriente Cécile en su última noche de
vida por su nieto Ben.
· A Freeman Dyson y Peter Lax, por compartir con
nosotros pequeñas historias que acabaron colándose en estas páginas.
· A Florencia Iglesias por su valiosa y generosa
ayuda en la corrección.
· A Rubén Dubrovsky por su sabio y certero
asesoramiento musical.
· A Ernesto Altshuler por compartir con nosotros el
entrañable texto que su padre, José, escribió sobre las treinta horas que
Einstein pasó en Cuba.
· A Francisco Aravena, quien trabajó con nosotros en
la edición de textos precursores de algunos que encontraron su lugar en este
libro.
· A nuestras familias, por la paciencia y comprensión
para tolerar los muchos momentos en los que casi se vieron obligados a adoptar
a Albert Einstein como un miembro más. El cariño y la alegría por vernos llevar
adelante este anhelado proyecto siempre prevalecieron sobre las eventuales
incomodidades que pudiera traer consigo el nuevo pariente.
· Queremos agradecer el apoyo institucional de la
Universidad de Santiago de Compostela (España), la Universidad Adolfo Ibáñez
(Chile) y el Centro de Estudios Científicos (Chile), así como del proyecto de
investigación FPA2014-52218 y del programa de excelencia María de
Maeztu MDM-2016-0692, ambos dependientes del Ministerio de Economía,
Industria y Competitividad (España), y del proyecto de investigación No.1141309
del Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (Chile).
Notas:
[1] René
Descartes, Discurso del método, Aguilar, 1968.
[2] Los
habitantes de Ulm son matemáticos.
[3] René
Descartes, Los principios de la filosofía, Losada, 1997.
[4] René
Descartes, Ibíd.
[5] Albert
Einstein, «Über einen die Erzeugung und Verwandlung des Lichtes betreffenden
heuristischen Gesichtspunkt», Annalen der Physik, vol. 17, 1905,
pp.132-148.
[6] Albert
Einstein, «Über die von der molekularkinetischen Theorie der Wärmegeforderte
Bewegung von in ruhenden Flüssigkeiten suspendierten Teilchen», Annalen
der Physik, vol. 17, 1905, pp. 549-560.
[7] Albert
Einstein, «Zur Elektrodynamik bewegter Körper», Annalen der Physik,
vol. 17, 1905, pp. 891-921.
[8] Albert
Einstein, «Ist die Trägheit eines Körpers von seinem Energieinhalt
abhängig?», Annalen der Physik, vol. 18, 1905, pp. 639-641.
[9] Franz
Kafka, «Ante la ley», cuento publicado en el semanario judío Selbstwehr en
1915; reimpreso en el libro Un médico rural en 1919 y más
tarde incluido en la novela El proceso.
[10] Albert
Einstein, «Fundamental Ideas and Methods of the Theory of Relativity, Presented
in their Development», manuscrito fechado el 22 de enero de 1920 y publicado
en: The Collected Papers of Albert Einstein. Vol. 7: The Berlin Years:
Writings 1918-1921 , Princeton University Press, 2002.
[11] Steven
Nadler, Spinoza: A Life, Cambridge University Press, 2001.
[12] Baruch
Spinoza, carta a su discípulo Albert Burgh, escrita en La Haya a finales de
1675, en: The Chief Works of Benedict de Spinoza, George Bell and
Sons, 1901.
[13] Albert
Einstein, carta a Hans Albert Einstein, en: The Collected Papers of
Albert Einstein, Vol. 8: The Berlin Years: Correspondence 1914-1918 ,
Princeton University Press, 1998.
[14] Maimónides, Guía
para perplejos, Pardes Publishing House, 1904.
[15]Ibíd .
[16]Ibíd .
[17]Ibíd .
[18] Albert
Einstein, Brooklyn Daily Eagle, 20 de septiembre de 1930.
[19] Albert
Einstein, Essays in Humanism, Philosophical Library, 1950.
[20] Ernst
Mach, «Die Leitgedanken meiner naturwissenschaftlichen Erkenntnislehre und ihre
Aufnahme durch die Zeitgenossen», Scientia, vol. 8, 1910, pp.
227-240.
[21] Walter
Isaacson, Einstein: his Life and Universe, Simon and Schuster,
2008.
[22] Wilhelm
Ostwald, en el prefacio a la cuarta edición de Grundriss der
allgemeinen Chemie, Engelmann, Leipzig, 1909.
[23] David
Lindley, Uncertainty: Einstein, Heisenberg, Bohr, and the Struggle for
the Soul of Science , Knopf Doubleday Publishing Group, 2008.
[24] Albert
Einstein, «Über die von der molekularkinetischen Theorie der Wärmegeforderte
Bewegung von in ruhenden Flüssigkeiten suspendierten Teilchen», Annalen
der Physik, vol. 17, 1905, pp. 549-560.
[25]The Nobel
Prize in Physics 1926 . En:
nobelprize.org (online).
[26] James
Clerk Maxwell, «On Physical Lines of Force», Philosophical Magazine,
vol. 90, 1861, pp. 11-23.
[27] James
Clerk Maxwell, «To the Chief Musician upon Nabla: A Tyndallic Ode», en Lewis
Campbell, The Life of James Clerk Maxwell, Macmillan, 1882, pp.
634-636.
[28] James
Clerk Maxwell, «A Dynamical Theory of the Electromagnetic Field» ,
Philosophical Transactions of the Royal Society London, vol. 155,1865, pp.
459-512.
[29]Ibíd .
[30] James
Clerk Maxwell, discurso presidencial de la Sección de Matemática y Física de la
Asociación Británica para el Avance de la Ciencia en 1870. En:Freeman Dyson,
«Missed Opportunities», Bulletin of the American Mathematical Society,
vol. 78, 1972, pp. 635-652.
[31]Ibíd .
[32]Frank
Wilczek, The Lightness of Being: Mass, Ether, and the Unification of
Forces, Basic Books, 2010.
[33] Jorge
Luis Borges, «Final de año», Fervor de Buenos Aires, Emecé, 1969.
[34] Hermann
Minkowski, «Space and Time». En: Hendrik Lorentz y otros (ed.), The
Principle of Relativity: A Collection of Original Memoirs on the Special and
General Theory of Relativity , Dover, 1952, pp. 75-91.
[35] Albert
Einstein, «Über einen die Erzeugung und Verwandlung des Lichtes betreffenden
heuristischen Gesichtspunkt», Annalen der Physik, vol. 17, 1905,
pp. 132-148.
[36] Albert
Einstein, Ibíd.
[37] Ver el
texto «Esa belleza intangible».
[38] Max
Planck, carta a Robert Wood fechada el 7 de octubre de 1931, traducida al
inglés en: A. Hermann, The Genesis of Quantum Theory (1899-1913),
MIT Press, 1971.
[39] Albert
Einstein, «Über die neueren Umwandlungen, welche unsere Anschauungenüber die
Natur des Lichtes erfahren haben», Deutsche Physikalische Gesellschaft, Verhandlungen,
vol. 7, 1909, pp. 482-500.
[40] Albert
Einstein, carta a Michele Besso, en The Collected Papers of Albert
Einstein, Vol. 8: The Berlin Years: Correspondence, 1914-1918 ,
Princeton University Press, 1998.
[41] Albert
Einstein, carta a Paul Ehrenfest, en The Collected Papers of Albert
Einstein, Vol. 14: The Berlin Years: Writings & Correspondence, April
1923-May 1925 , Princeton University Press, 2015.
[42] Albert
Einstein, carta a Niels Bohr, en The Collected Papers of Albert
Einstein, Vol. 10: The Berlin years: Correspondence, May-December 1920 ,
Princeton University Press, 2006.
[43] Niels
Bohr, carta a Albert Einstein, en The Collected Papers of Albert
Einstein, Vol. 10: The Berlin Years: Correspondence, May-December 1920 ,
Princeton University Press, 2006.
[44] Niels
Bohr, carta a Charles Galton Darwin (nieto del autor deEl origen de las
especies), en The Collected Works of Niels Bohr, Vol. 5, North
Holland, 1984, p. 81.
[45] Alan A.
Campbell-Swinton, «Visión electrónica a distancia», Nature, vol.
78, 1908, p. 151.
[46] E.
Randol Schoenberg, en Arnold Schoenberg and Albert Einstein: their
Relationship and Views on Zionism , Arnold Schoenberg Institute, 1987.
[47] «3,500
honor Einstein at Carnegie Hall», Jewish Telegraphic Agency, 2 de
abril de 1934.
[48] Arnold
Schoenberg,Theory of Harmony, University of California Press, 1983.
[49]John Daniel
Jenkins (ed.), Schoenberg’s Program Notes and Musical Analysis,
Oxford University Press, 2016.
[50] Walter
Isaacson, Einstein: his Life and Universe, Simon and Schuster,
2008.
[51] Agustín
Fernández Mallo, Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma, Anagrama,
2010.
[52] Agustín
Fernández Mallo, Ibíd.
[53] Leonard
Stein (ed.), Style and Idea: Selected Uritings of Arnold Schoenberg,
University of California Press, 1975.
[54] Maja
Einstein, «Albert Einstein, Beitrag für sein Lebensbild», en: The
Collected Papers of Albert Einstein, Vol. 1: The Early Years, 1879-1902 ,
Princeton University Press, 1987.
[55] Maja
Einstein, Ibíd.
[56] La
historia de John y Paul es una recreación libre de los argumentos del artículo:
Albert Einstein, «Das Prinzip von der Erhaltung derSchwerpunktsbewegung und die
Trägheit der Energie», Annalen der Physik, vol. 20, 1906, pp.
627-663.
[57] Albert
Einstein, «Fundamental Ideas and Methods of the Theory of Relativity, Presented
in their Development», manuscrito fechado el 22 de enero de 1920 y publicado
en The Collected Papers of Albert Einstein, Vol. 7: The Berlin Years:
Writings, 1918-1921 , Princeton University Press, 2002.
[58] Albert
Einstein, «How I Created the Theory of Relativity», conferencia impartida en la
Universidad de Kyoto el 14 de diciembre de 1922, publicadaen: Jun
Ishiwara, Einstein Kyozyu Kôen-roku (Record of Professor Einstein’s
Lectures), Kaizo-sha, 1923. Ishiwara había trabajado bajo la supervisión de
Einstein en Zurich y lo acompañó durante su viaje a Japón. Véase también el
capítulo «Nubes sobre Kokura».
[59] Veremos
más sobre esto en el capítulo «Ocaso de una mente brillante».
[60] Albert
Einstein, «Fundamental Ideas and Methods of the Theory of Relativity, Presented
in their Development», manuscrito fechado el 22 de enero de 1920 y publicado
en The Collected Papers of Albert Einstein, Vol. 7: The Berlin Years:
Writings, 1918-1921 , Princeton University Press, 2002.
[61] Marie
Curie, carta de recomendación escrita en noviembre de 1911,reproducida en: Carl
Seelig, Albert Einstein, Eine Dokumentarische Biographie, Europa
Verlag, 1954.
[62] Henri
Poincaré, carta de recomendación escrita en noviembre de 1911, reproducida en:
Carl Seelig, Albert Einstein… Ibíd.
[63] William
Shakespeare, Hamlet, Alianza Editorial, 2009.
[64] En un
análogo musical, esto sería como diferenciar la belleza de la partitura con la
de su interpretación. Una melodía sencilla puede ser interpretada de manera
conmovedora, y la mejor de las partituras puede ser destrozada por una mala
orquesta. Volveremos sobre esto en el capítulo «El espejo en la Luna».
[65] Karl
Schwarzschild, carta a Albert Einstein, en: The Collected Papers of
Albert Einstein, Vol. 8: The Berlin Years: Correspondence, 1914-1918 ,
Princeton University Press, 1998.
[66] Albert
Einstein, carta a Karl Schwarzschild, en: The Collected Papers of
Albert Einstein, Vol. 8: The Berlin Years: Correspondence, 1914-1918 ,
Princeton University Press, 1998.
[67] Karl
Schwarzschild, carta a Albert Einstein, en: The Collected Papers of
Albert Einstein, Vol. 8: The Berlin Years: Correspondence, 1914-1918 ,
Princeton University Press, 1998.
[68] Arthur
Eddington, «Karl Schwarzschild», Monthly Notices of the Royal
Astronomical Society, vol. 77, 1917, pp. 314-319.
[69] Albert
Einstein, discurso en memoria de Karl Schwarzschild, disponible en:Subrahmanyan
Chandrasekhar, Truth and Beauty: Aesthetics and Motivations in Science,
University of Chicago Press, 1990.
[70] Albert
Einstein, «Cosmological Considerations in the General Theory
ofRelativity», Sitzungsberichte Preussische Akademie der Wissenschaften
(Berlín), 1917, pp. 142-152.
[71] Edgar
Allan Poe, Eureka, Alianza Editorial, 2003.
[72] Para
más detalles, ver: Harlow Shapley y Heber Curtis, «The Scale of the
Universe», Bulletin of the National Research Council, Vol. 2, 1912,
pp. 171-217.
[73] Albert
Einstein, «Cosmological Considerations in the General Theory
ofRelativity», Sitzungsberichte Preussische Akademie der Wissenschaften
(Berlín), 1917, pp. 142-152.
[74] Albert
Einstein, carta a Paul Ehrenfest, en: The Collected Papers of Albert
Einstein, Vol.8: The Berlin Years: Correspondence,1914-1918 ,
Princeton University Press, 1998.
[75] Albert
Einstein, carta a Hermann Weyl, en: The Collected Papers of Albert
Einstein, Vol. 14: The Berlin Years: Writings & Correspondence, April
1923-May 1925 , Princeton University Press, 2015.
[76] André
Deprit, «Monsignor Georges Lemaître», en: André Berger (ed.), The Big
Bang and Georges Lemaître, D. Reidel Publishing Company, 1983, pp. 363-392.
[77]Ibíd .
[78] Charles
Enz y Armin Thellung, «Nullpunktsenergie und Anordnung nicht vertauschbarer
Faktoren im Hamiltonoperator», Helvetica Physica Acta , vol.
33, 1960, pp. 839-848. Pauli discutió este cálculo con Otto Stern, pero nunca
publicó los resultados.
[79] Arthur
Eddington, The Expanding Universe, Cambridge University Press,
1920.
[80] Albert
Einstein, carta a Max Born fechada el 4 de diciembre de 1926, en: The
Born-Einstein Letters, The Macmillan Press, 1971.
[81] Abraham
Pais, Subtle is the Lord: The Science and Life of Albert Einstein,
Oxford University Press, 1982.
[82] Albert
Einstein, Boris Podolsky y Nathan Rosen, «Can Quantum-MechanicalDescription of
Physical Reality be Considered Complete?», Physical Review, vol.
47, 1935, pp. 777-780.
[83] John S.
Bell, «On the Einstein-Podolsky-Rosen Paradox», Physics, vol. 1,
1964, pp. 195-200.
[84] Graham
Farmelo, «Random acts of science», The New York Times, 11 de junio
de 2010.
[85] Citado
en: Ikematsu Keizo, Meiji Nijunendal ni Okeru Mori Ōgai (Mori
Ōgai in Meiji 20’s), Shisa, 1956.
[86] El
importe del premio, por otra parte, iría a parar a manos de Mileva, tal como
estaba estipulado, preventivamente, en el acuerdo de divorcio firmado el 14 de
febrero de 1919.
[87] Albert
Einstein, «Musings on my Impressions in Japan», manuscrito completado el 7 de
diciembre de 1922 y publicado en: Kaizo, núm. 5, 1923. Reimpreso
en: The Collected Papers of Albert Einstein, Vol. 13: The Berlin Years:
Writings and Correspondence, January 1922-March 1923 , Princeton
University Press, 2012.
[88] La
carta, hoy de dominio público, puede encontrarse por ejemplo, en la página Web
de la Office of Scientific and Technical Information, del United States Department
of Energy. Allí se mantiene un archivo sobre el Proyecto Manhattan.
[89] El
número doscientos treinta y ocho da cuenta de la cantidad total de «nucleones»
y resulta de añadirles a los noventa y dos protones del uranio los ciento
cuarenta y seis neutrones que conviven con estos en el núcleo.
[90] Una
copia de la carta original se mantiene en la biblioteca de la Washington State
University (en la página web se puede ver una fotografía de la misma).
[91] En el
blog Letters of Note, editado por Shaun Usher, que recopila una
gran cantidad de cartas célebres, se encuentra una fotografía de la carta
firmada por Álvarez.
[92]The Collected
Papers of Albert Einstein, Vol. 8. The Berlin Years: Correspondence,
1914-1918 , Princeton University
Press, 1998.
[93] Albert
Einstein, Diarios de Viaje: 30/11/1930 a 15/06/1931,
The Albert Einstein Archives, The Hebrew University of Jerusalem, ref. 29-134.
[94] José
Altshuler, Las 30 horas de Einstein en Cuba, Editorial Academia,
1993.
[95] «Einstein
on arrival braves limelight for only 15 minutes», The New York Times,
12 de diciembre de 1930.
[96] Albert
Einstein, Diarios de Viaje: 30/11/1930 a 15/06/1931,
The Albert Einstein Archives, The Hebrew University of Jerusalem, ref. 29-134.
[97] José
Altshuler, Las 30 horas de Einstein en Cuba, Ibíd.
[98] Fritz
Zwicky, «Die Rotverschiebung von extragalaktischen Nebeln», Helvetica
Physica Acta, vol. 6, 1933, pp. 110-127.
[99] Modelo
Estándar es el nombre que se da a la teoría de las partículas elementales y sus
interacciones fundamentales. Veremos algunos detalles más en el capítulo «La
lencería del cosmos».
[100]Michael
Brooks, «Thirteen things that do not make sense», New Scientist,
núm. 2491, 19 de marzo de 2005.
[101]JiJi Fan,
Andrey Katz, Lisa Randall, Matthew Reece, «Dark-Disk Universe», Physical
Review Letters, vol. 110, núm. 211302, 23 de mayo de 2013.
[102] Lisa
Randall y Matthew Reece, «Dark Matter as a Trigger for Periodic Comet
Impacts», Physical Review Letters, vol. 112, núm. 161301, 3 de
marzo de 2014.
[103] La nube
de Oort es un enjambre de cuerpos celestes de corteza helada que, se cree,
orbitarían alrededor del Sol más allá de la órbita de Neptuno, a una distancia
de más de un año luz.
[104] Lisa
Randall, La materia oscura y los dinosaurios, Acantilado, 2016.
[105] Sylvia
Nassar, A Beautiful Mind, Faber & Faber, 2012.
[106] Según
un artículo publicado por Morgan Kelly, de la oficina de comunicaciones de la
Universidad de Princeton, en la página web de esta universidad. No está claro
que Einstein haya dicho el texto que se le atribuye, salvo por la última frase
que aparece en el artículo «Death of a Genius» publicado en la edición del 2 de
mayo de 1955 de la revista LIFE.
[107] Podemos
elegir cualquiera de los doce para la primera posición, uno de los once
restantes para la segunda, alguno de los diez que quedan para la tercera y así
sucesivamente; el número total de configuraciones, pues, es el producto de los
primeros doce números naturales.
[108] Uno de
los libros puede ocupar las posiciones uno a once con el otro a su derecha, o
dos a doce con el otro a su izquierda, para un total de veintidós.
[109] Robert
Oppenheimer y Hartland Snyder, «On Continued Gravitational Contraction», Physical
Review, vol. 45, 1939, pp. 455-459.
[110] Albert
Einstein, «On a Stationary System with Spherical Symmetry Consisting of many
Gravitating Masses», Annals of Mathematics, Vol. 40, 1939, pp.
922-936.
[111] John
Wheeler, «Feynman and Jacob Bekenstein», Web of Stories, 1996.
Disponible en: https://www.webofstories.com/play/john.wheeler/84
[112] John
Wheeler, «Entropy of a Black Hole: Bekenstein and Hawking», Web of
Stories, 1996. Disponible en:
https://www.webofstories.com/play/john.wheeler /86
[113] John
Wheeler, «Entropy of a Black Hole: Bekenstein and Hawking», Ibíd.
[114] Stephen
Hawking, «Black Hole Explosions?», Nature, vol. 248, 1974, pp.
30-31.
[115] Stephen
Hawking, «Breakdown of Predictability in Gravitational Collapse», Physical
Review D, vol. 14, 1976, pp. 2460-2473.
[116] Stephen
Hawking y Roger Penrose,The Nature of Space and Time, Princeton
University Press, 1996.
[117] Carl
Sagan, «Enciclopedia Galáctica», Cosmos, episodio 12, 1980.
[118] Ramón
del Valle-Inclán, Luces de bohemia, Espasa Libros, 2010.
[119]Ibíd .
[120] Albert
Einstein, «Lens-Like Action of a Star by the Deviation of Light in the
Gravitational Field», Science, vol. 84, 1936, pp. 506-507.
[121] Lewis
Carroll, Alicia en el país de las maravillas, Alianza Editorial,
2006.
[122] Si
desea acompañar el relato contemplando la imagen aludida, no dude en visitar la
web: http://chandra.harvard.edu/photo/2015/cheshirecat/.
[123] Albert
Einstein, carta a Michele Besso, en The Collected Papers of Albert
Einstein, Vol. 5. The Swiss Years: Correspondence, 1902-1914 ,
Princeton University Press, 1995.
[124] Irving
Langmuir, en Carl Santesson (ed.), Les Prix Nobel en 1932, The
Nobel Foundation, Stockholm, 1933.
[125] Albert
Einstein, carta a Marcel Grossmann, en: The Collected Papers of Albert
Einstein, vol. 5. The Swiss Years: Correspondence, 1902-1914 ,
Princeton University Press, 1995.
[126] Stephen
Hawking, en la presentación pública realizada en Nueva York del proyecto
Breakthrough Starshot, celebrada el día en que se cumplían cincuenta y cinco
años de la puesta en órbita de Yuri Gagarin, 12 de abril de 2016.
[127] Ángel
Flores (ed.), The Kafka Problem, New Directions, 1946.
[128] Carta
de Dirac a Isabel Whitehead, 6 de diciembre de 1936, en: GrahamFarmelo, The
Strangest Man. The Hidden Life of Paul Dirac, Mystic of the Atom ,
Basic Books, 2009.
[129]Carta de
Dirac a Manci, 29 de enero de 1937, en: Graham Farmelo, Ibíd.
[130] Paul
Dirac, «The Cosmological Constants», Nature, vol. 139, 1937, p.
323.
[131] Helge
Kragh,Dirac. A Scientific Biography. Cambridge University Press, 1990.
[132] Albert
Einstein, carta a Paul Ehrenfest del 23 de agosto de 1926, en:Abraham
Pais, Subtle is the Lord: The Science and Life of Albert Einstein,
Oxford University Press, 1982.
[133] Albert
Einstein, carta a Paul Ehrenfest del 28 de agosto de 1926, en: Abraham
Pais, Ibíd.
[134] Helge
Kragh,Dirac. A Scientific Biography. Cambridge University Press, 1990.
[135] Gabriele
Veneziano, Il Nuovo Cimento, vol. 57, 1968, pp. 190-197.
[136] Freeman
Dyson, comunicación privada.
[137] Para
más detalles,ver: José Edelstein y Gastón Giribet, Cuerdas y
supercuerdas: la naturaleza microscópica de las partículas y del
espacio-tiempo , RBA, 2016.
[138] Albert
Einstein, «Näherungsweise integration der feldgleichungen der
Gravitation», Sitzungsberichte der Königlich Preussischen Akademie der
Wissenschaften zu Berlin , 1916, pp. 688-696.
[139] No dude
en acudir a las líneas finales de «El hombre que era jueves» para repasar las
ecuaciones de Einstein y comprender mejor este argumento.
[140] Albert
Einstein, Philosophy of Science, vol. 1, 1934, pp. 163-169.
[141] José
Edelstein y Gastón Giribet, Cuerdas y supercuerdas: la naturaleza
microscópica de las partículas y del espacio-tiempo , RBA, 2016.
[142] The
Beatles, «Revolution», 1968.
[143] «Tesla,
79, Promises to transmit force», The New York Times, 11 de julio de
1935.
[144] Nikola
Tesla, declaración preparada el 10 de julio de 1937 para la conferencia de
prensa de su cumpleaños ochenta y uno. Citada en: John T. Ratzlaff
(compilador), Tesla Said, Tesla Book Company, 1984.
[145] Albert
Einstein, carta a Nikola Tesla publicada en la revista Time, 20 de
julio de 1931.
[146] Albert
Einstein, carta a Max Born, la fecha exacta es incierta, en: Max Born, The
Born-Einstein Letters, The Macmillan Press, 1971.
[147] Leopold
Infeld, Quest: an Autobiography, Chelsea, New York, 1980.
[148] Albert
Einstein, carta al editor de Physical Review, fechada el 27 de
Julio de 1936; en: Physics Today vol. 58, núm. 9, 2005, p. 43.
[149] Albert
Einstein y Nathan Rosen, «On Gravitational Waves», Journal of the
Franklin Institute, vol. 223, 1937, pp. 43-54.
[150] Albert
Einstein, «Näherungsweise integration der feldgleichungen der
Gravitation», Sitzungsberichte der Königlich Preussischen Akademie der
Wissenschaften zu Berlin , p. 688-696, 1916. Ver también: «Über
Gravitationswellen», Sitzungsberichte der Königlich Preussischen
Akademie der Wissenschaften zu Berlin , 1918, pp. 154–167.
[151] Joseph
Weber, Physical Review Letters, vol 22, 1969, pp. 1320-1324.
[152] Alastair
Cameron (ed.), Interestellar Communication: a Collection of Reprints
and Original Contributions , W.A. Benjamin Inc., 1963.
[153] Carta
reimpresa en el libro de Harry Collins, Gravity’s Shadow: the Search
for Gravitational Waves, The University of Chicago Press, 2004.
[154] Abraham
Pais, Subtle is the Lord: The Science and Life of Albert Einstein,
Oxford University Press, 1982.
[155] Hans
Eugen Specker (ed.), Einstein und Ulm, Stadtarchiv Ulm, 1979.
[156]Ibíd .
[157] Peter
Lax, comunicación privada.
[158] Jacques
Lacan, Seminario 2: El yo en la teoría de Freud y en la técnica
psicoanálítica , Editorial Paidós, 1983.
[159]Ibíd .
[160] Jacques
Lacan, Ibíd.

