Libro N° 9772. Los Rothschild. Mori, Giorgio.
© Libro N° 9772. Los Rothschild. Mori, Giorgio. Emancipación. Abril 2 de 2022.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Giorgio Mori
Los Rothschild
Giorgio Mori
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Cronología |
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|
1567 |
Isaac Elchanan distingue su casa de
Frankfurt con el roten schild (escudo rojo), y se lo conoce
desde entonces como Isaac zum Rotenschild, primer antepasado de los
Rothschild. |
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1743 |
El 23 de febrero nace en Frankfurt del
Meno, Meyer Amschel Rothschild. Anticuario y cambista, es el fundador de la
fortuna de la familia. Convertido en consejero en asuntos financieros de
Guillermo IX, landgrave [conde] de Hesse y dueño de una
enorme fortuna mobiliaria, se dedica a vastas operaciones de crédito y asume
importantes tareas de carácter cambiado y financiero. |
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1769 |
Meyer Amschel es “agente” de la corte del
príncipe de Hesse-Kassel, Guillermo. |
|
1770 |
Meyer Amschel se casa con Gutele Schnapper. |
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1773 |
Nace el primer hijo de Meyer Amschel y de
Gutele, Amschel Meyer. |
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1774 |
Nace Solomon. |
|
1777 |
Nace Nathan. |
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1778 |
Nace Kalmann. |
|
1792 |
Nace Jacob, luego llamado James. |
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1798 |
Nathan, luego de trasladarse a Manchester
primero y después a Londres, se naturaliza súbdito inglés, crea una gruesa
fortuna comercial y a pesar del bloqueo continental declarado por Napoleón a
Inglaterra, en -dará productos manufacturados ingleses a Frankfurt,
perfeccionando una rediticia actividad bancaria. |
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1800 |
Meyer Amschel es nombrado “agente” de la
corte imperial de Francisco II. |
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1803 |
Meyer Amschel es “agente superior” de
Hesse-Kassel. |
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1806 |
Los franceses entran en Kassel y ponen en
fuga al landgrave Guillermo IX, protector de Meyer Amschel
Rothschild. |
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1809 |
Los Rothschild logran poner a salvo en
Inglaterra el patrimonio del landgrave exiliado de
Hesse-Kassel, cerca de 600.000 libras esterlinas, depositándolas a su propio
nombre en bancos ingleses. |
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1810 |
Meyer Amschel constituye con sus hijos una
sociedad comercial con 800.000 florines de capital depositado. |
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1811 |
James, trasladado a París, en colaboración
con el hermano Nathan hace llegar ingentes sumas inglesas al general
Wellington, empeñado contra las tropas napoleónicas en España. Los Rothschild
se convierten en los financiadores de los estados aliados contra Napoleón. |
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1812 |
18 de setiembre. Muere Meyer Amschel
Rothschild a los 69 años. |
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1813 |
16-19 de octubre. Batalla de las naciones
en Leipzig; retirada de Napoleón de los territorios del este del Rin. |
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1815 |
18 de julio. Victoria inglesa en Waterloo;
la rápida adquisición de la noticia permite a Nathan jugar con la baja de los
valores en Londres, y adquiere una nueva fortuna. 20 de noviembre. Tratado de
paz. Los Rothschild se hallan entre los mediadores del empréstito francés
para el pago de las indemnizaciones de guerra. |
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1818 |
Nathan concluye el primer empréstito
bancario de los Rothschild a un estado, Prusia. Se funda la filial vienesa de
la Casa. |
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1819 |
Nathan concluye dos empréstitos al gobierno
inglés. |
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1821 |
Con las tropas austríacas llega a Nápoles
Kalmann Rothschild, quien confiere un empréstito al soberano Borbón y funda
una nueva sede bancaria. |
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1822 |
Nathan Rothschild realiza un empréstito al
zar de Rusia de 6.500.000 libras esterlinas. A continuación tendrá relaciones
financieras con Brasil y los Estados Unidos. |
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1825 |
La sede Rothschild de París envía a Londres
400.000 libras esterlinas de oro, salvando tal vez de la crisis a la Banca de
Inglaterra. |
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1830 |
Estalla en Francia la revolución de julio,
que reporta a los Rothschild graves pérdidas en el sector bancario. |
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1831 |
Fin de la revolución de julio. El salón de
James Rothschild, ahora administrador de los bienes de Luis Felipe, reúne a
intelectuales y artistas de toda Europa. |
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1832 |
El papa Gregorio XVI, después que el Estado
pontificio contrajera un empréstito de 3 millones de piastras con los
Rothschild, recibe a Kalmann y le confiere el Gran Cordón y la Cruz de San
Jorge. |
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1836 |
28 de julio. Muere Nathan Rothschild. |
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1846 |
Junio. Se inaugura la línea
París-Lille-Dunkerque, la mayor empresa ferroviaria con participación
Rothschild. |
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1848 |
10 de diciembre. Depuesto el rey de los
franceses, Luis Felipe, los franceses eligen como presidente de la República
a Luis Napoleón, apoyado por James Rothschild. Los Rothschild comienzan una
cauta política de inversiones en empresas industriales y sobre todo
ferroviarias, y bajo el Segundo Imperio registran un notable reflorecimiento. |
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1849 |
James Rothschild financia el primero de
tres empréstitos al gobierno piamontés, auspiciado por el ministro de
Finanzas Constantino Nigra. Gutele, madre de los cinco hermanos Rothschild,
muere a los 94 años en el ghetto de Frankfurt, del que nunca
se había movido. |
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1850 |
Los Rothschild pierden la licitación para
la financiación de un gran empréstito al gobierno francés. |
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1852 |
Tanto en el reino de Cerdeña como en
Francia, los gobiernos ponen freno a las extraordinarias ganancias de los
bancos Rothschild, desviando los empréstitos y bajando las tasas de
descuento. En Francia se funda, con el auspicio de los Péreire, la Société
Générale de Crédit Mobilier. |
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1852 |
21 de noviembre. Luis Napoleón es emperador
de los franceses. |
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1855 |
Mueren en breve lapso entre sí Kalmann,
Solomon y Amschel Meyer Rothschild. |
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1867 |
Los Péreire, renunciantes al consejo de
administración del Crédit Mobilier, salen derrotados en la
gran lucha entre bancos tradicionales (Rothschild) e institutos de crédito
fundados con el ahorro público. |
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1868 |
15 de noviembre. Muere James Rothschild,
último de los cinco hijos de Meyer Amschel. |
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1874 |
El balance de la Banca Rothschild registra
la cifra de 900 billones de francos. |
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1875 |
Los Rothschild participan en la
financiación del canal de Suez. |
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1901 |
Clausura de la casa matriz de Frankfurt del
Meno. |
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1931 |
Clausura de la filial de Viena. Quedan
activas las filiales de París y de Londres, pero los Rothschild sólo son
accionistas. |
* * * *
La casa de los Rothschild en el ghetto de Frankfurt.
§. Los Rothschild entre nosotros
Luego de la prolongada clausura a continuación del segundo conflicto mundial,
el bullion market, el mercado de oro de Londres, fue reabierto
con el consenso del Fondo Monetario Internacional a partir de 1954. El fixing,
el precio que diariamente se establece para el precioso metal sobre cuya
función en las transacciones internacionales tan ardiente e incierta es
actualmente la polémica, es determinado nuevamente desde entonces por cinco
imperturbables señores mediante curiosos movimientos de minúsculas banderas
inglesas que cada uno de ellos maneja.
Como en el período anterior a la guerra, la curiosa
y monótona ceremonia cuyos orígenes y desarrollo se ignoran tiene lugar en una
sala del segundo piso de un gran palacio de Londres. El palacio es la sede de
la N. M. Rothschild and Sons y uno de aquellos cinco señores
es justamente un funcionario de la N. M. Rothschild, desde
tiempo inmemorial agente de la Banca de Inglaterra para el oro sudafricano.
La ciudad de Frankfurt en el siglo XIX. Frankfurt, Museo histórico de la
ciudad.
Cuando el entonces jefe del Estado francés decidió
dar una solución realista a la cuestión argelina, hizo recaer su elección
relativa al hombre a quien confiarle los negociados con el F.L.N. en Georges
Pompidou. Los motivos que inspiraron tal elección ciertamente habrán sido más
de uno, pero es sumamente probable que entre los mismos tuviera gran peso el
perfecto conocimiento que el futuro presidente del Consejo de ministros [1] podía
ostentar, como se escribiera entonces, de los “aspectos técnicos, económicos y
financieros del problema petrolífero del Sahara” y de las favorables
potencialidades que el mismo parecía mostrar.
Pompidou había podido alcanzar ese perfecto
conocimiento justamente como normal resultado de su actividad profesional, que
era la de director general de la Rothschild Frères de París.
En julio de 1967, apenas un mes después de la terminación de la guerra de
Israel contra Egipto, un flash de una confiable agencia de
prensa, la “Associated Press”, informaba que:
" ...los israelíes dicen hallarse en
condiciones de descargar (en Eilath) un petrolero de 60.000 toneladas en menos
de 18 horas, y de bombear el producto bruto a través del existente oleoducto
para Haifa dentro de las 24 horas...
Si luego el volumen del tráfico alcanza las
proporciones soñadas por los israelíes, será necesario agrandarlo. El gobierno,
en este sentido, está examinando la posibilidad de construir un oleoducto de 35
pulsadas, de un costo aproximado de 70 millones de dólares (alrededor de
245.000.000 ce pesos argentinos actuales). El oleoducto desembocaría en
Haifa...” Si se tiene presente que con el bloqueo del canal de Suez la vía
Eilath-Haifa es la única alternativa posible con respecto al periplo del
continente africano por parte de los petroleros para el transporte del precioso
líquido a Europa, la conclusión de la noticia de la agencia adquiere un relieve
aún más destacado:
" ...En ambientes informados —así dice la
misma— se dice que las tratativas para la instalación del oleoducto se hallan
en buen punto. El magnate francés Edmund de Rothschild, que encabeza la
sociedad propietaria del actual oleoducto de 16 pulgadas y que, según se dice,
se habría mostrado interesado en el nuevo, se halla en estos días en Israel...”
En una época en la que parecen afirmarse cada vez
más vigorosamente, y aún más vigorosamente son publicitados, por un lado, la
despersonalización del capital, la división de las propiedades de las grandes
sociedades anónimas, el poder de los managers en desmedro del
poder de los que detentan los títulos judiciales de propiedad, y por el otro
lado, la intervención estatal en el campo económico.
Goethe. Grabado de Lips.
los lineamientos esenciales de lo que podría
definirse como “neo-capitalismo”, son justamente los Rothschild, es decir, los
miembros de una de las familias que por más de un siglo han representado la
esencia misma de la riqueza y del poderío financiero, de la gran banca, los que
advierten con su presencia material en los núcleos más importantes de la vida
económica internacional contra las generalizaciones apresuradas, los que
invitan a reflexionar más cauta y objetivamente acerca del significado de supuestas
transformaciones radicales o “revoluciones” en el interior del capitalismo
contemporáneo, que sin embargo no es —en la actualidad, sobre ello se supone
que no deben existir equívocos— el capitalismo de la empresa atomizada y de la
libre competencia en el que operaron los primeros Rothschild. De todos modos,
se ha podido leer recientemente que ellos “han reencontrado el contacto directo
con el poder político” justamente gracias a las transformaciones más notables
que el capitalismo ha sufrido en las áreas avanzadas.
La Judengasse de Frankfurt en la época de los Rothschild.
“Es un hecho —así se ha argumentado— que cierto
tipo de dirección estatal, por la fuerza misma de las cosas, se viene afirmando
desde hace una treintena de años en nuestras sociedades industriales. Las
relaciones entre dirigentes políticos y administrativos y dirigentes de grandes
empresas se toman cada vez más estrechas.
Guillermo IX landgrave de Hesse-Kassel. Viena, Biblioteca Nacional.
Las fronteras entre funciones públicas y funciones
privadas parecen ser cada vez más permeables. Las carreras resultan cada vez
más abiertas a felices y recíprocas reconversiones.” ¿Pero es verdaderamente
seguro que se trata de un contacto “reencontrado”?
¿O estamos en cambio frente, y más simplemente, a
la mayor atención que prestan la prensa, los estudiosos, una parte de la
opinión pública, a las vicisitudes de una dinastía de banqueros privados cuya
sorprendente riqueza y cuyo origen judío habían desencadenado y mantenido en
vida, hasta hace unas pocas décadas, una apasionada —y veces vulgar pero de
todos modos perdurable— grafomanía a la cual no se habían sustraído ni siquiera
algunos de los mayores representantes de la literatura europea del siglo XIX? Stendhal,
por dar un nombre, ¿no los había tomado como modelo para su Leuwen?
Y con los novelistas, serios y autorizados
estudiosos de problemas económicos y financieros, historiadores, escritores
costumbristas, publicistas, cronistas mundanos, innobles planfetistas
antisemitas también, ¿no habían prestado su colaboración para mantener
despierta la atención del público sobre los Rothschild? Y no es que éstos
hicieran algo en particular para solicitarlo. Más bien lo contrario. Al punto
que al lado de los tres sustantivos que están escritos bajo su escudo
nobiliario concordia, integritas, industria, se siente la
tentación de sugerirles el agregado de un cuarto, prudentia.
De lo cual han hecho el gasto, también en estos
años, los estudiosos franceses y anglosajones que dirigieron su atención de
especialistas en historia económica a la familia y a sus asuntos. Y si a uno de
ellos se le abrió el archivo parisiense, el otro, el londinense, tal vez más
delicado y rico, le fue inexorablemente vedado.
Gutele Schnapper, mujer de Meyer Amschel Rothschild.
Aunque el poderío económico y político de ellos
hubiera disminuido —relativamente, se entiende— “ellos se habían confundido con
los competidores de antes, convertidos en sus iguales”, ha observado un sagaz
biógrafo de la familia; o bien, que el público hubiera mostrado menor atención,
de todos modos existe el hecho de que se asiste a una nueva oleada de
popularidad y —si los episodios a los que se ha hecho referencia tienen
sentido— también a la confirmación de la ubicación de la familia en las esferas
donde se asumen decisiones de gran peso para el presente y el futuro de toda la
humanidad. Signo de aumentada sensibilidad el primer hecho, signo igualmente
indudable de una característica innata del capitalismo el segundo, que muchas
plumas se afanan por describir siempre como nuevo. En el sentido de que la
presencia de gigantescos intereses financieros como los representados por los
Rothschild, y naturalmente no sólo por ellos, en posiciones de tal relieve trae
a la memoria una penetrante como voluntariamente olvidada observación de Marx
en El Capital:
" ... El proceso de producción aparece sólo
como un término medio inevitable, como un mal necesario para hacer dinero. Pero
todas las naciones de producción capitalista se ven atacadas periódicamente por
un vértigo durante el cual desean hacer dinero sin la mediación del proceso de
producción...”
Una observación que un economista como Giulio
Pietranera recientemente comentaba y desarrollaba así:
" ...Un vértigo que atacaba periódicamente a
las naciones capitalistas en la época de Marx, pero que se ha convertido para
nosotros, en pavoroso aumento, en vértigo permanente del imperialismo, no más
capitalismo progresivo sino involutivo, que trata de reducir el 'mal necesario
de la producción mediante el desarrollo del capital monopolista y
financiero...”
§. Meyer Amschel, el iniciador de la estirpe,
“judío de corte”
Pero es tiempo de ver dónde nace, cómo se forma, en qué época y, si es posible,
en qué medida, la riqueza de la familia Rothschild, y cuáles fueron los sucesos
y las capacidades individuales y de grupo que hicieron posible el caso casi
único de la supervivencia por alrededor de 200 años de una dinastía de
banqueros que, a través de las transformaciones profundas de la economía y de
la sociedad del continente europeo, logró mantener intacta su propia leyenda y
el mito de la propia fuerza (si es cierto que hasta el lenguaje popular ha
adoptado modismos tales como “rico como un Rothschild”, que es una expresión
que se utilizó por mucho tiempo); pero también y por sobre todo, un poder que,
como se ha visto, sobrepasa también ahora y desde hace bastante tiempo, el
campo limitado por las actividades bancarias o económicas para alcanzar,
algunas veces en la forma más elegante, los celosos terrenos de la gran
política internacional.
Árbol genealógico de los Rothschild.
¿Dónde podemos encontrar otra gran firma privada
que haya dado en poco más de una década, en la segunda postguerra, dos
presidentes del consejo de un gran país como Francia?
El apellido Rothschild no se halla por cierto entre
los más antiguos. Si recorremos hacia atrás el tiempo histórico, no es seguro
que el mismo existiera en la primera parte del siglo XVI. Fue en efecto Isaac
Elchanan, hijo de Isaac, quien, alrededor de 1567, adquirió una casa en la
parte menos miserable del ghetto de Frankfurt del Meno y que,
al no haberse generalizado aún la costumbre de los números, la distinguió con
un escudo rojo (roten schild, en lengua alemana) y fue desde
entonces conocido como Isaac zum Rotenschild. Más de un siglo después un
descendiente suyo de nombre Naftali Hirz se mudó a otra vivienda también
del ghetto de Frankfurt, distinguida con una cacerola.
Una página del catálogo de las monedas de Meyer Amschel, Frankfurt,
Biblioteca Federal.
Del hijo, Kalmann, muerto en 1707, se sabe también
cuál era la actividad a la que se dedicaba: comerciaba telas de seda y de lana.
Moisés Kalmann, hijo de Kalmann, que parece ser que ejercía con toda modestia
el arte bancario, tuvo el 23 de febrero de 1774 al tercero de sus cinco hijos.
Una orden de pago de Meyer Amschel. Frankfurt, Biblioteca Federal.
Se le puso el nombre de Meyer Amschel. Y fue
justamente él, Meyer Amschel Rothschild, el efectivo iniciador de la estirpe,
el real y diligente fundador de una dinastía que, con el comercio del dinero
primero y con las más diversas y audaces operaciones financieras después, le
hará alcanzar al apellido una fama difícilmente comparable. Confiado en la
primera infancia a un rabino que residía en un burgo, en las vecindades de
Nüremberg, Meyer Amschel se tornó aún adolescente (tenía doce años) el jefe de
la familia a causa de la muerte del padre.
F. Buderus von Carlshausen. Hanau, Galería de los retratos.
En aquellos años Frankfurt gozaba del privilegio de
ser ciudad imperial, es decir, dependiente en forma directa del emperador, y
era una de las ciudades económicamente más importantes de Alemania.
Productos manufacturados ingleses quemados en Frankfurt, en 1810, por orden
de los franceses. Frankfurt, Museo histórico de la ciudad.
Sus ferias de primavera eran, desde hacía tiempo,
famosas e importantes tanto por las mercaderías que se negociaban como por el
volumen del giro de los negocios: la posición geográfica, su cercanía con la
gran vía fluvial del Rin, habían contribuido a hacer de Frankfurt la puerta del
comercio entre el territorio germano y los países que se hallan al oeste.
Ya desde fines del siglo XV la ciudad había
albergado a una nutrida comunidad israelita que las sucesivas persecuciones
habían disminuido en buena medida hasta que, en la segunda década del siglo
XVII, había sido expulsada a continuación de una violenta insurrección en el
curso de la cual se asistió a la masacre de muchos judíos y al saqueo de sus
casas y sus negocios.
La Bolsa de Frankfurt en el siglo XIX.
No había pasado mucho tiempo cuando fueron
readmitidos en Frankfurt, si bien contra el pago de una indemnización por la
protección personal de cada uno, y entonces fueron llamados “judíos
privilegiados” (schutzjuden) aquellos que habían podido
afrontar el gasto.
Amschel Meyer Rothschild. Pintura de W. Hobbay. Frankfurt, Museo histórico
de la ciudad.
Por otra parte, también los schutzjuden habían
sido sometidos a numerosas y pesadas limitaciones, no excepcionales en aquellos
tiempos: obligados a circular por la ciudad con la cruz amarilla bien visible
sobre las ropas, no podían salir del ghetto más que a la luz
del sol y en los días festivos, se les prohibía entrar en la administración
pública y desarrollar actividades artesanales, agrícolas y, para ciertos
productos (armas, frutas, etc.)tampoco comerciales y, menos aún, podían ser o
convertirse en propietarios de tierras y de inmuebles en general (ni siquiera
del espacio sobre el que estaban edificadas sus casas).
También les estaba prohibida la venta de sus
mercaderías fuera del ghetto. Además, la presencia de ellos en
la ciudad había sido limitada a 500 familias, mientras que los matrimonios
permitidos cada año podían llegar al número de doce a menos que, en el
intervalo, una familia hubiera llegado a la extinción. Goethe, que nacería cinco
años después que Meyer Amschel, también en Frankfurt, nos ha dejado en Aus
Meinen Leben Dichtung und Wahrheit (De mi vida. Poesía y verdad) una
descripción del ghetto de Frankfurt y de la vida que se
desarrollaba en la segunda mitad del siglo XVIII, tan desconcertante como
realista, llena de ancestrales convicciones sobre la maldad judaica y de
vividas y siniestras impresiones de ambiente, más tarde corregidas y atenuadas.
En la humilde vivienda, en el interior del ghetto, que
era luego un único y angosto reducto cerrado entre los bastiones de la ciudad
pero separado del resto de la misma por muros altos y macizos y por pesadísimas
puertas, el joven Meyer Amschel había debido recoger y administrar la herencia
no magra pero tampoco muy abundante que dejara el padre, gobernar de hecho a la
familia, compuesta sólo por los hermanos dado que la madre había muerto casi en
la misma época que el marido. Parece ser (la historia de los Rothschild, y no
sólo la de los más lejanos, mantiene siempre una pizca de incertidumbre y de
oscuridad) que él prefirió no quedarse en la casa de la cacerola, y trasladarse
en cambio a Hannover para trabajar en las dependencias de una casa bancaria local
muy importante, la de los Oppenheimer. Fue ahí, esto al menos parece seguro,
que entró en confianza con el general Otto Augustus von Estorff, apasionado
coleccionista de monedas antiguas. Así, a la práctica que estaba adquiriendo
rápidamente de los negocios de cambio entonces tan importantes en una zona como
Alemania, fragmentada en numerosos pequeños Estados, él estaba en condiciones
de agregar un profundo conocimiento de los secretos de la numismática. Será
ésta, inopinadamente, la vía que lo conducirá muy rápidamente a acumular una
respetable fortuna. Y también aquí es necesario agregar, a pesar de las
abundantes certidumbres de algunos historiadores de la familia, por otra parte
muy reputados: así parece.
En efecto, se atribuye a aquel general von Estorff
la función de deus ex machina de la entera aventura
rothschildiana. El mismo, justamente en los años en los que Meyer Amschel
volvía a Frankfurt al considerar que había concluido positivamente un período
de práctica y de preparación junto a los banqueros de Hannover, habría pasado
al servicio del joven príncipe Guillermo, nieto de Jorge II rey de Inglaterra,
primo de Jorge III, nieto del rey de Dinamarca y primo del de Suecia pero, por
sobre todo, hijo, y por lo tanto heredero, del landgrave de
Hesse-Kassel, Federico II. Guillermo, que residía en Hanau, no lejos de
Frankfurt, habría sido inclinado a la colección de monedas justamente por
Estorff, quien luego le habría indicado al joven amigo de la ciudad del Meno
como el hombre más apto para procurarle piezas de notable interés y valor para
sus colecciones. Fue así como entre los dos, el pequeño comerciante de la casa
con la cacerola y el brillante y disipado personaje (hay quienes le atribuyen
un número increíble de amantes y un número igualmente increíble de hijos; se
han escrito 32, ¡y también 74!) se fueron estrechando regulares a la vez que
recíprocamente convenientes relaciones de negocios. Sobres las cuales, en
realidad, no estamos demasiado enterados. Sólo se sabe —y en esto la certeza es
indiscutible— que en 1765 las relaciones eran muy estrechas e intensas. De
todos modos, en 1769 Meyer Amschel obtenía de Guillermo el nombramiento, muy
ambicionado y disputado no sólo por la importancia y la dignidad que los
títulos y los cargos asumían en aquel tiempo sino también por las posibilidades
que el mismo podía ofrecer, de “Agente de la corte del príncipe de Hesse-
Kassel” (Hoffaktor). Al año siguiente se casaba con Gutele, hija de otro
comerciante judío del ghetto de Frankfurt, Wolf Solomon
Schnapper. Del matrimonio nacerán luego diez hijos, cinco mujeres y cinco
varones. Estos últimos, de los que hablaremos largamente —y de los que más
extensamente aún habló la entera Europa en la primera mitad del 1800— fueron:
Amschel Meyer (1773), Solomon (1774), Nathan (1777), Kalmann (1788) y Jacob,
luego llamado James (1792). Para Amschel Meyer, a los veinticinco años, el
nombramiento de hoffaktor signaría, en efecto, el salto
decisivo en su vida. Aquella figura, de hecho institucionalizada en el curso de
la Guerra de los treinta años (1618-1648), pero que desde hacía varios siglos
se hallaba presente junto a numerosos soberanos de diversa importancia, había
prestado señalados servicios a reyes, príncipes y nobles, en particular en las
numerosas cortes de Alemania: muchos correligionarios de Meyer Amschel
conocidos como “judíos de corte” (hofjuden) se habían enriquecido de
esta manera. La relación de los mismos con el soberano o el noble con el que
estaban ligados tenía carácter fiduciario, - y sus tareas e incumbencias eran
sumamente amplias e indefinibles —desde la provisión y el empleo del dinero a
la provisión de mercaderías particularmente apreciadas, de armas y de
municiones, pero también de productos de uso más corriente. Un comerciante
judío que hubiera alcanzado una posición tal podía aspirar, si se comportaba
con inteligencia y sagacidad, no sólo al seguro enriquecimiento sino también —y
se conocen diversos ejemplos— a gozar de alguna influencia política y, más en
general, de una ubicación social bien distinta y mucho más grata de la del
resto de la masa de los judíos. Puede ser casual, pero justamente de las
familias de los hofjuden surgieron algunas de las mayores
personalidades del arte y de la cultura alemana del siglo XIX: poetas como
Heine y Borne, este último originario como Meyer Amschel del ghetto de
Frankfurt, músicos como Meyerbeer y Mendelssohn, científicos como Herzt. El
iniciador de la dinastía Rothschild no fue seguramente todo esto desde el
comienzo. Y es probable también que, en suma, el resultado más importante y
rediticio de los primeros años de actividad como hofjude haya
estado representado por la fuerte amistad, trabada entonces y jamás descuidada,
con Frederich Buderus von Carlshausen, un cortesano a medias intendente y a
medias consejero del joven Guillermo, quien, no debe olvidarse, era solamente
heredero del condado de Hesse-Kassel.
Amschel Meyer en una caricatura de la época. Frankfurt, Biblioteca Federal.
Mientras tanto, en los largos años entre 1770 y
1790, y ello está comprobado inexpugnablemente por los catálogos que enviaba a
sus clientes y que fueron rastreados en buen número, él no sólo continuaba
comerciando monedas raras, sino que realizaba una actividad comercial mucho más
remunerativa e intensa con el tipo de clientes, príncipes, nobles, ricos
hombres de negocios a los que se había acercado con sus tareas numismáticas,
ofreciéndoles muebles antiguos y apreciados, telas de lujo, joyas, piezas raras
de orfebrería y de platería.
La actividad tradicional en el ghetto había
quedado ya para siempre en manos de los hermanos. Se trataba ciertamente de un
trabajo seguro a la vez que lucrativo, pero no resulta difícil entender que con
el mismo, Meyer Amschel sólo habría podido alcanzar, a lo sumo, un estado de
tranquila comodidad. No más. Para quien aspira a más, y no hay duda de que
Meyer Amschel era ambicioso, la corte de Hesse, y la amistad con su heredero,
podía ser un óptimo trampolín. Ya durante el landgraviato de Guillermo VIII,
abuelo del joven cliente de Meyer Amschel, en efecto, la familia reinante de
Hesse-Kassel había comenzado a practicar un comercio, desde hacía tiempo
desarrollado por numerosos príncipes alemanes, de tipo particularísimo. Algunas
naciones, pero especialmente Inglaterra, estaban habituadas a contratar
soldados extranjeros mercenarios para realizar operaciones militares en los
lugares más diversos. A partir de 1775, cuando justamente Inglaterra se halló
en la necesidad de enviar importantes refuerzos a las colonias norteamericanas,
fue Hesse-Kassel la que representó una de las principales zonas de provisión de
los desventurados cuyo destino era el de servir como carne de cañón para los
designios imperiales de la emergente burguesía comercial inglesa y de sus
monarcas. El precio pactado para estas transacciones de tipo especial era
pagado en Londres, y los landgraves de Hesse destinaban una
parte de lo obtenido para la adquisición de títulos de empréstitos públicos
ingleses, para lo cual se valían de los servicios de algunos banqueros de
Ámsterdam como los Van der Notten y los Van Ghesel, que poseían una agencia
propia en la capital inglesa.
Napoleón.
En cuanto al resto, recibían letras en libras
esterlinas a cargo del Banco de Inglaterra o del Tesoro británico. Una vez en
posesión de esta letra, muy comerciable y solicitada, los soberanos de
Hesse-Kassel la cedían para su descuento a algunos banqueros de Frankfurt,
donde la misma era adquirida luego por comerciantes del lugar o de ciudades
vecinas para utilizarla en forma diversa: por ejemplo, para saldar sus cuentas
con los abastecedores ingleses de diversos productos que desde Inglaterra, y
especialmente desde Londres, eran importados en Alemania, coloniales en general
pero también trabajo acabado de la industria textil ya a la búsqueda de nuevos
mercados fuera de la isla. Los landgraves de Hesse se
encontraban así entre las manos con ingentes sumas de dinero que muy a menudo
era nuevamente utilizado, en condiciones ventajosísimas, en operaciones de
empréstito a otros soberanos alemanes. Como se puede comprender fácilmente, el
espacio y las posibilidades de provecho para un banquero eran más que notables.
Entre los que ejercían tal profesión en Frankfurt se notaban especialmente los
David, los Gontard, los Bethmann, los Rüppel; ellos eran los que se quedaban
con la parte del león. Meyer Amschel Rothschild, al menos en los años que
precedieron al ciclón treintenal que trastornará a Europa entre la toma de la
Bastilla y la derrota de Napoleón en Waterloo, participó en las ganancias que
se derivaban de este comercio bastante singular sólo en parte muy modesta;
parece ser que él recibió para su descuento una sola letra de 800 libras
esterlinas. Más importante fue, en cambio, su participación en las operaciones
financieras que concluían aquel complejo movimiento de dinero. Se sabe que en
1786 y 1787 él negoció por cuenta de sus soberanos la concesión de dos empréstitos:
el primevo al príncipe de Salm por un importe de 300.000 florines al 4 %, el
segundo a los príncipes Thurn-und Taxis, adjudicatarios de la red de
comunicaciones postales de Alemania, un contacto que como se verá luego no
ocurrió sin consecuencias, por 150.000 florines al 3.75 %. Un hecho
nada descuidable debe ser puesto en evidencia: en 1785, en la vigilia del
comienzo de Meyer Amschel como negociador de empréstitos, por el momento por
cuenta de terceros, había muerto Federico II de Hesse- Kassel, y Guillermo se
había convertido en landgrave; la amistad cultivada por más de
veinte años comenzaba a dar sus gratos frutos. Por ello no asombra que mientras
en 1690 la familia Rothschild había pagado impuestos sobre un patrimonio de
6.000 florines, en 1796 pagara ya por la categoría de 15.000 florines, es
decir, la máxima categoría del ghetto. No era muchísimo, pero
ya era algo. En tanto, en 1785, Meyer Amschel se había trasladado a una
vivienda más grande que llevaba como señal de reconocimiento un escudo verde.
Algunas piedras del colosal edificio Rothschild ya habían sido sólidamente colocadas.
§. Aumentan los capitales y los cargos
Uno de los escritores más acreditados entre aquellos que han dirigido su
atención a la historia de la familia, Egon Corti, ha afirmado:
" ...la sucesiva gran fortuna de la casa
Rothschild halla sus raíces reales en las ganancias realizadas durante las
guerras desatadas entre el 1700 y el 1800...”
La Revolución francesa no sólo había trastornado en
forma duradera el ordenamiento político y social del ex reino de los Borbones,
también había encendido una llama destinada a arder igualmente en forma
prolongada en el corazón del viejo continente. Cuando la misma pareció apagarse
en alguna medida luego del Congreso de Viena, la familia representaba ya la más
grande potencia financiera privada que existiera en Europa y también en el
mundo entero: hombres políticos, instituciones consolidadas y casi legendarias,
monarcas de todo rango dependían de los labios de sus miembros en la espera de
un sí o de un no que podía cambiar radicalmente el futuro de los mismos. Se ha
contado que la anciana Gutele, que sobreviviera largamente a su marido —ella
murió en 1849, a los 94 años, y nunca había querido abandonar la vieja casa del
escudo verde— le respondió a una madre que había manifestado su inquietud ante
el rumor de una guerra inminente que le arrebataría al hijo:
" No tema, no habrá guerra. Mis hijos no darán
el dinero para hacerla.”
En más de una ocasión, lo que es probablemente el
hallazgo de algún oscuro hagiógrafo y que en la mejor de las hipótesis fue una
simple salida de consuelo o una inocente a la vez que orgullosa pedantería,
como se ha dicho, en más de una ocasión no pareció tan infundada o carente de
sentido real. Como narraremos dentro de poco. Pero continuemos recordando a
Meyer Amschel y a sus hijos, que ya estaban volviéndose adolescentes,
considerando un tanto los elementos que hicieron marco a la personalísima representación
de los mismos. El primer conflicto entre la Francia revolucionaria y las
potencias europeas estalló, como es sabido, en 1792 con la declaración de
guerra por parte de la República al emperador de Austria. Si se hace
abstracción de una momentánea ocupación francesa en 1793, Hesse-Kassel no tuvo
oportunidad de advertir en modo directo el fulgor y el peso de las armas
francesas hasta 1806 cuando, después de Austerlitz y de Jena, el ejército
napoleónico entró en Kassel obligando a la fuga al landgrave Guillermo
IX, el protector de Meyer Amschel, quien debiera dejar en el lugar una parte no
pequeña de sus propias riquezas para refugiarse en Dinamarca primero, luego en
Carlsbad y finalmente en Praga.
Lectura de las gacetas frente al Royal Exchange de Londres. Londres, British
Museum.
Hasta ese momento los Rothschild —de ahora en
adelante convendrá utilizar el plural porque al padre se habían unido los
hijos- no habían acumulado sumas de dinero de monto apabullante.
Un pagaré de la Société Genérale de Crédit Mobilier.
La fortuna de ellos, de todos modos, debió aumentar
en medida considerable con la creciente parte-cuota de letras inglesas
obtenidas para su descuento por intermedio de la interesada amistad de Buderus
(quien en 1809 será admitido formalmente en sociedad con la familia), letras
que el landgrave seguía recibiendo de Londres y que
correspondían al enrolamiento de sus súbditos bajo bandera inglesa, y con el
comercio de productos coloniales y del algodón proveniente de Inglaterra, y
cuyo precio era pagado con aquellas letras que por lo tanto, daban doble
beneficio; además proseguía los antiguos negocios, pero sobre todo realizando
un número nada exiguo de empréstitos por cuenta del soberano de Hesse-Kassel al
empobrecido reino de Dinamarca así como a Baviera y a Hesse- Darmstadt. No
sorprende entonces que hacia fines del siglo XVIII la riqueza de la familia ya
estuviera evaluada en alrededor del millón de florines.
Nathan Rothschild (Radio Times H. P. L.J.)
Además, fue justamente en esta época que el
paciente trabajo de Meyer y la febril actividad de los hijos lograron tejer la
trama de una red bien diseñada, establecer una serie de vínculos concretos,
individualizar los centros y las fuerzas que luego de no mucho tiempo
determinarían su sorprendente suceso en términos de enriquecimiento. En enero
de 1800, por ejemplo, el anciano banquero de Frankfurt fue nombrado por el
emperador Francisco II “agente” de la corte imperial por la mediación prestada
a fin de hacer llegar a buen éxito la concesión de un préstamo por parte de las
inagotables cajas de Guillermo IX a las deterioradas finanzas austríacas,
duramente puestas a prueba por los compromisos para el mantenimiento de la
segunda coalición anti-francesa, y en señal de reconocimiento por los servicios
prestados a la casa Thurn-und Taxis, cuyo jefe, “Gran Maestro del Correo del
Sacro Imperio Romano Germánico”, era un personaje sumamente necesario al
emperador por las informaciones que, en una forma u otra, podían obtenerse de
las misivas que transportaba en régimen de monopolio. El nuevo título adquirido
por Meyer Amschel no era solamente honorario. Aparte de la exención que le
garantizaba de ciertas tasas y prestaciones requeridas a los súbditos judíos,
el mismo pondría a él y sus hijos en condición de circular libremente en una
Alemania política y económicamente fragmentada y además con la inminente
amenaza de guerra a sus puertas. Los Rothschild no tardaron demasiado en
demostrar que todo ello podía traducirse en moneda sonante.
También en 1803, a pesar de las quejas y las
desconfianzas de Guillermo IX, fruto de las presiones de los colegas de
profesión, Meyer Amschel era nombrado “agente superior” de la corte de
Hesse-Kassel: tres años más tarde los Rothschild habían conquistado ya, de
hecho, la casi totalidad de las letras inglesas, del landgrave. De
nada servirán las recurrentes protestas de Rüppel y compañeros: el fiel e
interesado Buderus se encargará de aventar todas las maquinaciones.
En tanto, ya en 1798 habían comenzado los
movimientos de acercamiento de la más joven generación de Rothschild a los
centros decisivos de la economía mundial del tiempo. De común acuerdo con el
resto de la familia, el tercero de los hijos de Meyer Amschel, Nathan,
entonces, de veintiún años, había partido con un capital de 200.000 florines
(cerca de 20.000 libras esterlinas) con destino a Manchester.
Goya, El duque de Wellington, Londres, National Portrait Gallery.
La elección de la sede ciertamente no había
ocurrido al azar. Allí él estaba en condiciones de adquirir los tejidos
producidos en la zona y de hacerlos llegar a la casa matriz a precios mucho más
bajos que cuando los mismos debían adquirirse a comerciantes ingleses.
Seis años más tarde un nuevo salto: el objetivo de
Nathan era aún más ambicioso, Londres. Algún tiempo después él les contaba a
los comensales de su fastuoso banquete que había logrado triplicar su capital
inicial. En 1806 se había casado con Hannah, hija de uno de los más adinerados
comerciantes judíos de la capital inglesa, los Cohen. Pero su presencia en
Londres también tenía otros objetivos: operando en estrecho entendimiento con
el padre y los hermanos, pero sobre todo con Buderus, muy pronto había logrado
poner manos en rediticios asuntos locales del landgrave Guillermo
IX: las libras inglesas y las sumas a cobrar por las inversiones en títulos
públicos sobre la plaza de Londres de este último, pasaron bien pronto de las
manos débiles y confiables de los Van der Notten a las suyas.
En tanto, en aquellos años también habían comenzado
a moverse los otros jóvenes Rothschild. Aprovechando proficuamente el título
paterno de “agente” de la corte imperial, se desplazaban a lo ancho y a lo
largo de Alemania para ubicar las mercaderías que habían sido enviadas por el
hermano desde Londres, para negociar siembre nuevos empréstitos por cuenta de
Guillermo IX a príncipes y principitos que en tiempos tan procelosos se
hallaban constantemente faltos de fondos, para transportar misivas y documentos
comprometedores, títulos y sumas de dinero. Hacían su aparición justamente en
estos años las “carrozas especiales” de los Rothschild, dotadas de doble fondo,
que constituirían más tarde una de las pilastras de su imbatible sistema de
comunicación de noticias que se ha elevado a los honores de la leyenda. La
cercanía y la observación del trabajo de los Thurn-und Taxis se habían revelado
muy útiles.
El bloqueo continental proclamado justamente en
1806 por Napoleón en la certeza de lograr el estrangulamiento económico del
mortal enemigo inglés, la ocupación de Kassel y de Hesse por parte de los
franceses ocurrida en el mismo año, la invasión de la península ibérica
consentida al emperador de los franceses por el-tratado de Fontainebleau
(octubre de 1807) para golpear a Portugal, dominado por la potencia económica
inglesa, serán los sucesos que en el giro de poquísimos años, seis o siete al
máximo, moverán a los cinco hermanos de Frankfurt y por poquísimo tiempo
también al padre, hacia el proscenio de la historia siguiente. Y no solamente
de la económica. El fluir de los sucesos pareció favorecerlos, casi
arrastrarlos en una corriente indetenible. Pero si es indiscutible que los seis
supieron no sólo sacar provecho, sin ningún escrúpulo y con rara pericia, como
ningún otro, igualmente indiscutible es que también estuvieron en condiciones
de comprender cuál era el espacio a cubrir, y cuáles las decisiones a tomar, en
oleajes casi irrepetibles como los de los años que abrieron el siglo XIX. Pero
veamos más detenidamente cómo ello fue posible.
§. Los verdaderos vencedores de Waterloo
Con un decreto promulgado en Berlín el 27 de noviembre de 1806, Napoleón había
prohibido el ingreso en el continente de todas las mercaderías de fabricación
inglesa y aquellas provenientes de Inglaterra. Los precios del algodón, de las
materias colorantes, del azúcar de caña, del tabaco, de las colonias en general
tuvieron un alza repentino en toda Europa. Disponer de tales productos habría
significado la matemática certeza de ganancias inmediatas y altísimas.
Los Rothschild, que si bien dedicaban ya la mayor
parte de su tiempo a empresas de carácter financiero, no habían abandonado del
todo las rediticias actividades comerciales, no dejaron escapar una ocasión
tal. Nathan, desde Londres, se encargaba de recoger y de enviar las mercaderías
raras en el continente: les correspondía a los hermanos residentes en Alemania
encargarse de las operaciones de desembarque, de distribución y venta. El
trabajo no era de los más simples: todos los mayores puertos del Norte estaban
sujetos a un rigidísimo control y las costas, en la medida de lo posible,
vigiladas. Sin embargo, muchos, y entre ellos los Rothschild lograban a menudo
realizar sus operaciones de una manera u otra: en la mayor parte de los casos
se trataba de eludir la vigilancia, pero una vez cerrada esta vía, siempre
existía la posibilidad de corromper al guardián. Por su parte, el viejo Meyer
Amschel no se quedaba inactivo.
En efecto, él se había propuesto reconquistar los
favores —y lo hizo con argumentos mucho más sólidos que las propias capacidades
dialécticas, que tal vez también fueran notables— de Karl Theodor Dalberg, el
arzobispo de Maguncia, nombrado en 1806 por Napoleón Príncipe primado de la
recién creada Confederación del Rin (que comprendía un buen número de grandes y
pequeños estados de Alemania sud occidental), que tenía su sede en Frankfurt.
Amenazas, investigaciones, arrestos, pagos
forzosos, sirvieron de poco. Las autoridades francesas terminaban siempre, o
por lo menos hasta la gran investigación de Frankfurt en 1810 que convenció a
muchos a cesar o a reducir netamente el contrabando, por hallarse con un puñado
de moscas entre las manos, especialmente cuando buscaban las pruebas —o las
mercaderías— del tráfico ilegal de los Rothschild. Ellos, con Dalberg, amigo y
protector, poco tenían que temer; y sola debe considerarse como una especie de pequeño
reconocimiento ulterior de sus “bondades” el empréstito de 8.000 florines al 5
%, una tasa bastante baja, que ellos le acordaron en la vigilia de
su partida para París por el nacimiento del Rey de Roma en marzo de 1811.
Pero también en este caso no sin una contrapartida
solo aparentemente modesta: un pasaporte para Francia para el más joven de los
hijos de Meyer Amschel, James. No se dispone, por ahora, de alguna prueba
aceptable de que la partida hacia Francia de James haya sido convenida con
Nathan, el hermano que operaba en Londres. Sin embargo, lo que no deja de
sorprender aún al observador desatento de estos movimientos es que al momento
en el cual el joven banquero de Frankfurt ponía sus pies en Francia, donde permanecería
prácticamente hasta el fin de sus días, lo seguía a poco la emisión de los
famosos decretos del Trianón (5 de junio de 1810) con los cuales se permitía el
ingreso en el país de metales preciosos a cambio de productos franceses, si
bien a través de un sistema de licencias que permitía un atento control de las
transacciones. Los intercambios de ese tipo entre Francia e Inglaterra se
habían concentrado en el puerto de Gravelines.
Y fue justamente en esta localidad donde, a
comienzos de 1811, hizo su aparición, desconocido por todos, pero sólo por poco
tiempo, James Rothschild quien, según una carta del ministro francés del Tesoro
Mallien a Napoleón, escrita el 26 de marzo de 1811, se ocupaba
" ...en forma principal de hacer llegar
guineas [moneda de oro de 21 chelines], de la costa inglesa a Dunkerque... en
un solo mes él hizo pasar cerca de 100.000 (2.400.000 francos). Se halla en
relación con algunas grandes casas bancarias parisinas como Mallet, Charles
Davillier y Hottinger que le dan a cambio letras sobre Londres”
El significado real de tales operaciones resulta
ahora del todo claro. No obstante la prohibición de la exportación de oro de
Inglaterra, a partir de las últimas semanas de 1808 (y luego en forma creciente
si es verdad que las reservas del Banco de Inglaterra habían pasado de 6
millones de libras esterlinas en agosto de aquel año a 3.600.000 de libras
esterlinas en el mismo mes del año siguiente, continuando luego su disminución
hasta llegar a un mínimo de 2 millones en febrero de 1815) una cantidad bastante
notable del precioso metal se evadía de la isla.
Nathan Rothschild era uno de los interesados en
tales operaciones, si bien debe considerarse que se hallaba en numerosa
compañía. Como resulta de la misiva de Mallien el oro era cedido por James,
quien lo recibía por varios medios en Gravelines como en Dunkerque, a algunos
banqueros parisinos a cambio de letras sobre Londres, que él enviaba luego a
Nathan, negociadas a cambio sumamente bajo, 17 francos por libra esterlina,
cuando hasta hacía poco la paridad entre las dos monedas era de 25 como regla.
El hecho es que numerosos capitalistas franceses y
de todo el continente deseaban recuperar las sumas ya invertidas en Inglaterra
y preferían perder la diferencia del cambio antes que arriesgar el capital
completo. Napoleón y sus consejeros habrán pensado contribuir así a desangrar a
Inglaterra, disminuyendo sus reservas de oro; lo cierto es que los Rothschild,
una a cada lado de la Mancha, no disminuían su patrimonio.
Mucho más consistentes, y algún historiador ha
hablado directamente como de la fase decisiva para el enriquecimiento de la
familia, fueron las ganancias realizadas como consecuencia última de la fuga de
Guillermo IX de Hesse-Kassel, donde por el contrario habían permanecido tanto
los Rothschild como Buderus, amigo de ellos pero también confidente del landgrave. Una
parte de cuyas riquezas (títulos, joyas, piedras preciosas, dinero) había caído
en manos del comandante francés Lagrange, quien si embargo había considerado
oportuno, contra la retribución de un millón de francos, restituir todo a
Buderus antes que entregarlo a las cajas napoleónicas. Se ha afirmado que fue
con las disponibilidades que podían obtenerse con un patrimonio de tal
naturaleza que Meyer Amschel habría logrado constituir la fortuna propia y la
de sus hijos. Sin embargo, las cosas no fueron así. O no fueron solamente así.
El viejo Rothschild tuvo de hecho en consignación sólo una parte modesta de
títulos y de piedras preciosas. Pero sus miras iban más allá y concernían al
grueso del patrimonio del landgrave que, en total de 21
millones de táleros (alrededor de 30 millones de florines), estaba comprometido
en más del 80 % en empréstitos concedidos a varias cortes alemanas y, en parte
más modesta, a Inglaterra. Napoleón había declarado propietario de aquella
colosal suma de dinero al Ministerio de Finanzas de Francia, el cual, como
escribiera el ya recordado Corti,
" se comunicó con todos los príncipes y los
potentados que debían dinero; recurrió a todos los expedientes, desde las
amenazas a las ofertas de condiciones más fáciles de pago, en la tentativa por
hacer fluir el dinero a las cajas... pero todas estas fatigas fueron vanas”.
Y fueron vanas justamente porque los jóvenes
Rothschild, pero en especial Kalmann y Solomon, con sus carrozas veloces, con
un sistema de comunicaciones ya organizado, con la red de conocimientos que ya
poseían, procedían a recaudar lo que se debía a Guillermo IX, quien una vez más
había sido convencido por Buderus en el sentido de que se confiara a los
Rothschild. Sin embargo, resultaba difícil establecer el destino de tanto
dinero. No sólo porque ponerlo en circulación por Europa era sumamente riesgoso
en más de un sentido, sino también porque conservarlo en la corte en exilio, en
Praga, podía serlo aún más en caso de nuevas victorias napoleónicas. Lentamente
se presentó la buena idea: partió de Nathan, pero a los oídos del
desconfiado landgrave llegó en la voz del menos sospechable
Buderus. La única solución posible para evitar todo riesgo era la de evacuar el
dinero del continente, y los Rothschild estaban allí para ello. Entre 1809 y
1810 estuvieron en condiciones de hacer llegar a Inglaterra, donde Nathan las
esperaba con brazos abiertos, 600 mil libras esterlinas (alrededor de 15
millones de francos franceses de entonces, una suma que muy bien podía
igualarse al balance de un estado) para invertir en títulos públicos ingleses.
Recién en 1811 el landgrave pudo tomar posesión de los
certificados que atestiguaban la adquisición de 189.500 de esterlinas de
aquellos títulos, y había sido necesaria una violenta escena del landgrave ante
Buderus y uno de los jóvenes Rothschild.
En cuanto al resto, debió esperar hasta 1813. ¿Qué
había ocurrido en Londres? Aquí Nathan había procedido a depositar, no a nombre
del landgrave sino al suyo propio, toda la suma. Resulta
difícil saber cuánto logró hacerla rendir antes de devolver los recibos de la
adquisición de los títulos. Lo cierto es que en 1811 él estuvo en condiciones
de adquirir de la Compañía de las Indias lingotes de oro por alrededor de
800.000 libras esterlinas. Una suma fabulosa para un particular y también para
un Estado en aquella época, si es exacto que la misma equivalía a alrededor del
30 % de las reservas de oro de la banca de Inglaterra. No eran ciertamente
dineros del landgrave los que Nathan utilizó para la operación, dado que al fin
se los restituyó todos, pero que en buena parte fueran el fruto de los negocios
realizados con aquel dinero parece difícil dudarlo. Sin embargo, el negocio con
la Compañía de las Indias no había concluido aún. Nathan conocía bien la
modestia de las disponibilidades metálicas del gobierno inglés y de la
necesidad en la que el mismo se encontraba de hacer llegar en un modo u otro
—por ejemplo, era más riesgoso de lo que se puede comentar intentar el envío
por mar, aún sin tener en cuenta los altos costos de los seguros que se debían
pagar— fuertes sumas de dinero al duque de Wellington, dedicado a combatir al
mortal enemigo francés en la península ibérica.
Fue esta situación la que abrió a los Rothschild el
tercer camino hacia la riqueza. El hombre de Londres revendió pronto el
precioso metal al gobierno inglés, naturalmente con ganancia, y asumió luego la
misión, mediante sus disponibilidades, de hacer llegar a manos de Wellington
los valores necesarios para la continuación de la guerra. El plan puesto en
obra fue muy simple. Al menos en teoría. Se trataba, en la práctica, de
continuar la expedición de guineas hacia Francia para hacerlas llegar a París, donde
las recibía James. Éste las ofrecía a los habituales banqueros locales, sólo
que, para la ocasión, las letras obtenidas a cambio no eran sobre Londres sino
sobre una plaza española.
Nada nos es dado conocer acerca de las ganancias
que con esta compleja y arriesgada operación entraron en las cajas de Nathan y
de la mishpahá (vocablo iddish que significa familia. Según el
Rothschild londinense —así se cuenta que él le respondió a un hijito que le
preguntaba cuántas naciones había— ésta era una de las dos únicas naciones
existentes en el mundo: la segunda eran “las otras”). Meyer Amschel, que ya
casi no se movía de Frankfurt, apenas logró ver los primeros grandes éxitos de
la mishpahá; en efecto, murió en su ciudad natal el 18 de
setiembre de 1812. Dos años antes había constituido una sociedad comercial
propiamente dicha con los hijos, una sociedad cuyas reglas serán luego
aplicadas inflexiblemente por decenios.
El capital reconocido era de 800.00 florines (que
seguramente no correspondía al entero patrimonio Rothschild: no debe olvidarse
que el suceso se había dado a conocimiento público mediante una carta
circular). El mismo estaba dividido en 50 partes, 24 de las cuales pertenecían
al padre, 12 a Amschel Meyer y a Solomon, y una a Kalmann y a James. Nathan,
súbdito “enemigo”, ni siquiera era recordado, pero es posible que la mitad de
la cuota paterna fuera de su pertenencia. En otoño de 1813, inmediatamente después
de la batalla de las Naciones (Leipzig, 16-19 de octubre) y de la retirada de
Napoleón al oeste del Rin, Guillermo IX había podido regresar a Kassel, y tomar
posesión también de los certificados de los títulos ingleses hechos comprar
años antes por Nathan. De todos modos, se había convertido en un personaje
secundario en el vertiginoso giro de los negocios organizados por los cinco
hermanos: las actividades, las relaciones y las ambiciones de éstos sobrepasan
en buena medida los angostos límites de Hesse.
Un alto funcionario de las finanzas inglesas,
Herries, dejó escrito en sus memorias que entre 1811 y 1816 más de la mitad de
las sumas giradas de Inglaterra a Europa, con exclusión de Austria, para
financiar las gastos de la guerra primero y los de la ocupación después —y se
trató en conjunto de más de 80 millones de libras esterlinas— pasó por las
manos de los Rothschild.
De los Rothschild de Londres, precisan los testigos
y los historiadores, pero el plural es necesario para la ocasión dada la
naturaleza de las relaciones societarias entre los componentes de la familia.
No se poseen datos absolutos sobre la riqueza de
los Rothschild, pero se sabe por ejemplo que en marzo de 1815 el capital de la
sociedad entre los cinco hermanos era de 3.332.000 de francos, y que en 1818 el
mismo había alcanzado ya la suma astronómica de 42.528.000, un importe muy
cercano al de las reservas de oro del Banco de Inglaterra y similar a las dos
terceras partes del capital del Banco de Francia.
Un salto apabullante, pero más que creíble, dado
que entre abril y diciembre de 1815 las ganancias de la sede de París sola, que
por otra parte no era autónoma aún, alcanzaban a 1.150.000 francos. Una
contribución importante a aquel salto lo constituyó ciertamente el modo en que
Nathan explotó la noticia de la victoria de Wellington en Waterloo (pero parece
ser que también Leipzig y la revolución de julio dieron frutos análogos).
Biógrafos y escritores más interesados en construir
o en consolidar una leyenda que en establecer la veracidad de los hechos
narrados, se han abandonado a los más audaces vuelos de la fantasía. Así, hubo
quien afirmó que Nathan conoció el resultado de la gran batalla por un mensaje
que le llegara mediante palomas mensajeras, y quien ha dado por indiscutible la
presencia de Nathan en el campo del encuentro y su viaje posterior de regreso a
Londres por un mar tempestuoso. Los sucesos ocurrieron, al menos así se afirma,
en modo menos complicado y, en conjunto, más de acuerdo a lo que se sabe de la
organización para la obtención y la trasmisión de noticias que los Rothschild
habían comenzado desde hacía tiempo y que luego perfeccionarían. El 18 de junio
de 1915 —la batalla había concluido la noche anterior— un agente de los
Rothschild, cierto Rothworth (un apellido extraño, que puede haber hecho
sospechar a algunos que bajo el mismo se ocultara Nathan), se embarcó en
Ostende con destino a Folkestone, llevando consigo un ejemplar de una gaceta
holandesa que anunciaba la derrota de Napoleón. En el puerto inglés, al que él
llegara en la mañana del 20, lo esperaba Nathan quien, con el periódico en el
bolsillo volvió a Londres inmediatamente y, luego de informar al gobierno,
solicitando obviamente la mayor reserva acerca de la noticia, se dirigió a la
Bolsa. Allí, aparentando amargura y preocupación, comenzó a vender y a hacer
vender a sus hombres más conocidos cantidades enormes de títulos de estado
ingleses. El público y los agentes de cambio no tuvieron dudas. Se sabía muy
bien que Rothschild estaba en condiciones de tener más noticias y más
rápidamente que ninguno, y por su comportamiento se concluyó que el encuentro
entre las tropas aliadas y las francesas, iniciado en las cercanías de
Bruselas, había concluido con resultados infaustos para el ejército aliado
contra Napoleón. Y todos comenzaron a vender, a vender todo lo que podían, a
precios cada vez más bajos pero, se opinaba, siempre más altos de los que se podrían
obtener luego del anuncio oficial de la derrota. Nathan, mediante testaferros
desconocidos como tales, adquirió cuanto le fue posible. Cuando se supo cómo
habían sido las cosas realmente, él se halló de golpe más rico en algunos
centenares de miles de esterlinas, y muchos, muchísimos, bastante más pobres
que antes o directamente arruinados. En efecto, los títulos vendidos hacía poco
subían vertiginosamente a las cotizaciones precedentes y más alto aún. Y si
bien es exagerado afirmar que Nathan fue el verdadero vencedor de Waterloo, de
todos modos es indiscutible que se halló entre los vencedores y que fue, con
toda probabilidad, el que obtuvo los mayores beneficios con respecto a
cualquier otra persona privada.
§. Un Rothschild en cada capital
Parecía casi lógico, fatal se podría decir, que los banqueros que habían dado
una contribución poderosa a la victoria de las potencias europeas sobre Francia
debieran también ser los banqueros, personajes indispensables tanto después
como durante el curso de un conflicto de tan larga duración, de los vencedores
y de su contrastante asociación, la Santa Alianza. En cambio, una vez pasada la
tormenta, al menos en el continente, ya no fue posible mantener las posiciones
conquistadas, las relaciones establecidas anteriormente sobre bases
aparentemente sólidas. En el fondo, los Rothschild eran los hijos de un oscuro
comerciante de la Judengasse de una ciudad alemana, es decir,
eran judíos que se habían enriquecido, sí, pero que no podían dejar de ser
tales. Y en el mundo de la Santa Alianza, y en especial en el corazón de lengua
alemana, antes, en aquel momento y después, los judíos nunca tuvieron vida
fácil ni tranquila. Pero, como veremos, los Rothschild eran los Rothschild.
Hacia 1817 ellos podrán agregar a su apellido un ennoblecedor von y
sólo cinco años más tarde serán nombrados barones del Imperio.
También sus correligionarios obtendrán beneficios
nada despreciables, pero el arduamente trabajado y largamente suspirado blasón
se tornó útil para darle a los negocios de la Casa dimensiones tales que ni
siquiera el más optimista de los cinco habría podido hipotetizar un par de
lustros antes. En realidad, la posición de ellos no era de las más cómodas.
Tres de ellos operaban en el área dominada por las monarquías absolutas,
expresiones del antiguo mundo aristocrático-terrateniente que parecía haber desarrollado
nueva savia y vigor con la victoria sobre Napoleón. Uno, Nathan, tenía el
centro de sus intereses, y la residencia, en la dinámica Inglaterra del triunfo
del maquinismo y de la revolución industrial. El último, James, en París, se
hallaba como se ha escrito en el país-bisagra entre estos dos grandes bloques
que la lucha anti-francesa había unido momentáneamente. Y en cualquier caso la
diversa ubicación de los mismos se sintió en el tratado y en la definición de
negocios de notable relevancia.
La cercanía, la familiaridad y a veces la comunión
de intereses con gobiernos y soberanos que generalmente hacían más fáciles y
rediticios aquellos negocios, presentaban justamente en algunas ocasiones
también la parte negativa que no podía permanecer sin consecuencias, aunque en
realidad debe decirse que fueron las agradables las que prevalecieron. Así, en
los años siguientes a la Restauración, las mayores fuentes de ganancias para
los Rothschild se derivaron de la asunción y colocación de empréstitos públicos
que la mayor parte de los Estados debieron contraer para reordenar las finanzas
descompaginadas por la larga guerra, por los golpes de Bolsa técnicamente
similares a aquel que siguiera a Waterloo si bien de dimensiones más reducidas,
por el comercio de metales preciosos y de divisas, por las intervenciones
especulativas de todo tipo.
Al menos hasta la mitad de la década de 1830, y por
mucho tiempo después, de ninguna manera es posible ver a los Rothschild como
auténticos y convencidos sostenedores del esfuerzo industrializador que, nacido
en Inglaterra, se extendía manifiestamente en el continente. Decir Rothschild
en aquella época significaba banqueros de los Estados, clientes de toda
confianza, rediticios.
Ciertamente, a quien recuerde por un momento las
fascinantes páginas de Marx sobre la función de la deuda pública como
instrumento de exaltación y de consolidación del capitalismo en desarrollo, las
dos líneas podrían no parecerle contradictorias. Y en sus resultados finales
las mismas no lo fueron.
Pero es indudable que entre la dura, casi feroz
determinación de la burguesía industrial, el febril y a veces utópico arrojo de
los adeptos de Saint-Simon por una parte y el circunspecto enfoque de los
Rothschild, por la otra, puede y debe captarse alguna diferencia, por lo menos
de colocación, de tiempos y de convicciones. Sin embargo, si se deja de lado el
caso inglés, los años inmediatamente siguientes al retorno al trono de las
monarquías implicadas en la borrasca napoleónica parecieron no prometer nada de
positivo para los emprendedores hermanos justamente en el sector de las
finanzas públicas.
El primer gran negocio de la Restauración fue la
colección de fondos que les eran necesarios a Francia para el pago de las
indemnizaciones de guerra a los vencedores, cerca de 700 millones de francos en
base al tratado del 20 de noviembre de 1815.
Nathan, desde Londres, había tratado de allanarle
el camino al hermano de París anticipando por intermedio de Herries, 200.000
libras esterlinas (cerca de francos 5.000.000) a Luis XVIII, quien deseaba
volver a la capital con gran pompa. Pero la dirección de la operación y del
reparto de las cuotas a los banqueros individuales del sindicato que la
sostenía fueron confiados a otros, y precisamente a los Baring de Londres y a
los Hope de Ámsterdam; en los cuatro años necesarios para realizar la empresa,
James logró obtener por la colocación solo algún millón de 5 % de renta.
Pero las exigencias de los Estados, también de
Francia, parecían no tener fin, y también en el continente los Rothschild,
poniendo en el juego todos sus recursos y posibilidades, lograron hallar la
llave justa para abrir nuevamente la puerta dorada de las finanzas públicas.
Una vez más es probable que haya resultado decisivo
el peso de Nathan quien, además de asumir el compromiso de dos empréstitos al
Tesoro inglés de 19 y de 5 millones de libras esterlinas en 1819 y en 1820
respectivamente, urgía continuamente y no sin éxito para que el gobierno inglés
interviniera ante el de Francia en apoyo del hermano. En efecto, el embajador
francés en Londres, Osmond, escribía al primer ministro Richelieu en la
primavera de 1818:
" ...Lord Castlereagh me ha pedido que os
escribiera en favor de este banquero que, según me ha dicho, siempre se ha
mostrado dispuesto a conceder, para la buena causa, el socorro de su crédito”.
Por otra parte, había sido el mismo Nathan quien
había concluido el primer empréstito Rothschild a un Estado, Prusia, si bien
luego de borrascosas pero breves tratativas, en 1818. Ya el anciano Meyer
Amschel había realizado un negocio similar con Dinamarca en 1810. Pero el monto
del negocio, 400.000 táleros (cerca de 70.000 libras esterlinas) en este caso,
contra 5 millones de libras esterlinas en el caso prusiano, autoriza a ver al
último de los empréstitos en los términos antes mencionados.
El empréstito fue garantizado con los bienes del
soberano y fue emitido al 5 % y a 72,75 respecto al nominal, y se reveló como
un óptimo negocio, si es cierto que llegó a menudo a cotizaciones muy cercanas
a la par, pero sin embargo se lo debe recordar especialmente porque, a
diferencia de lo que se acostumbraba hacer hasta entonces en cuanto al pago de
los intereses, que tenía lugar en épocas no siempre prefijadas, en cursos
inciertos ya que estaban sometidos a las fluctuaciones de los cambios y, como regla,
en las capitales de los Estados beneficiarios, Nathan tuvo la idea, simple pero
nueva, de exigir el pago siempre y en todos los casos en Londres, a un curso
fijo y correspondiente al valor de la libra esterlina. Con este hallazgo
técnico que daba mayor seguridad al ahorrista, mientras consolidaba también la
supremacía rothschildiana en el mercado financiero más importante del mundo,
Londres, parece ser que los Rothschild lograron ubicar en 1830 empréstitos por
algo así como 120 millones de libras esterlinas en Londres y 50 millones en
París.
En tanto, también los otros hermanos, repuestos de
la amarga sorpresa que les causara el escaso reconocimiento manifestado por los
soberanos restaurados, se daban a la tarea.
James, en la capital francesa, debía haber acertado
algún buen tiro —pero también puede ser que haya deseado mostrar todo su
poderío— si, en el curso de 1818 había cambiado dos veces su sede,
estableciéndose finalmente, hacia fines de año en el gran palacio de rué d’Artois
(ahora rué Laffitte) en el que había vivido Fouché; se lo
había comprado a éste, junto con la gran finca de Ferriéres. Solomon y Kalmana,
este último desde hacía poco casado con Adelaide Hertz, se encontraban en
aquellos días en Aquisgrán donde se hallaba reunido un congreso de las
potencias vencedoras de Francia para discutir acerca del nuevo ordenamiento a
darse a la liquidación de las indemnizaciones y para definir los términos de la
amplitud y de la duración de la ocupación del territorio francés por parte de
sus ejércitos. En la ciudad alemana, con los diplomáticos de todas las
potencias mayores, también habían afluido los exponentes más conspicuos y
representativos del mundo bancario europeo.
Los resultados conseguidos por los dos hermanos no
fueron, por el momento, de dimensión excepcional. Empeñados en sostener los
intereses de las numerosas pequeña cortes alemanas, a las que hacían
empréstitos habitualmente desde la sede de Frankfurt, encabezada por Amschel
Meyer, ellos quedaron en buena medida fuera de las conversaciones acerca de los
grandes temas en discusión, y en las cuales las cuestiones políticas y
dinásticas, diplomáticas y financieras eran difícilmente delimitables.
Las divertidas crónicas contemporáneas acerca de la
poca suerte que tuvieron en los contactos con el refinado milieu del
congreso, acerca del embarazo que demostraron al acercarse a este o a aquel
gran personaje, tienen ahora un significado aún menor que otras, posteriores,
según las cuales las cosas fueron muy diferentes; las mismas atribuyen a los
dos hermanos, conjuntamente con James, la paternidad de sorprendentes y
difícilmente comprobables operaciones de baja sobre la renta en la bolsa de
París, que habrían provocado un más benigno trato de los destacados y
orgullosos políticos de Aquisgrán.
Resulta, en cambio incontrovertible, que fue
justamente en esta ocasión, por embarazados o tímidos que se hubieran mostrado,
que los dos lograron un éxito no digamos típico de los Rothschild sino de la
costumbre que existía entonces en las relaciones entre banqueros y hombres de
estado.
Sir William Hallan, Batalla de Waterloo, Londres, Wellington Museum.
Ellos lograron, para decirlo que toda claridad,
comprarse la simpatía y el apoyo de Friedrich Gentz, secretario de Metternich,
que era un hombre literalmente hambriento de dinero por el muy dispendioso tren
de vida que le imponía la convivencia con una célebre compañera, la bailarina
Fanny Essler: quien lea ahora la nota biográfica “Rothschild” en la edición de
1826 de la Allgemeine Deutsche Realenzylopädie für die gebildeten
Stande publicada por Brockaus comprenderá más fácilmente el por qué de
tanta simpatía para con los protagonistas de la nota cuando sepa que el autor,
que no había firmado el texto, fue justamente Friedrich Gentz, quien parece ser
que también en esa ocasión fue cálidamente recompensado por los interesados.
Más aún: parece ser que tampoco Metternich fue del
todo insensible a los argumentos fascinantes de los emprendedores hermanos; es
cierto que en 1822 ellos le prestarán 900.000 florines, reembolsados a su
vencimiento, en 1827.
La vía para las finanzas austríacas estaba abierta,
y no fue por azar que desde 1821, año en que Kalmann fue a establecerse a
Nápoles, Viena tuviera una sede autónoma de la Casa, con Solomón a la cabeza (a
París la autonomía se le había otorgado en 1818). Y tal vez tampoco fue por
azar que al año siguiente les llegara el ambicionado nombramiento que los
elevaba a barones.
Poco después también de Viena comenzaron a llegar
noticias cada vez más gratas a la mishpahá; primero fue un
préstamo, luego una compleja operación especulativa en base a una vieja deuda
austríaca para con Inglaterra, que conseguida por los buenos oficios de Nathan
ante Wellington, determinó un alza de la renta austríaca de la que Solomon había
procedido a adquirir grandes cantidades antes de que circulara la noticia.
Luego también préstamos, en consorcio o solos, y en los casos como estos
últimos en condiciones particularmente favorables, pero rediticios también y
sobre todo por la experimentación y los concretos frutos de las modalidades de
lanzamiento y de colocación. Que eran las del denominado empréstito-lotería,
que proveía la amortización de cierto número de acciones cada, año con un
premio a las que eran extraídas.
Un sagaz fraccionamiento en la oferta permitía a
Solomon lucrar una parte de los premios para los títulos extraídos que quedaban
en su poder e imprimir un movimiento hacia el alza en los cursos, lo que
consentía vender los restantes a precios mayores. Se dice que Rothschild
confesó más tarde a algunos amigos haber ganado más de 6 millones de florines
con solo dos préstamos, uno de 20 y uno de 35 millones.
En tanto, debía resignarse a vivir en una
habitación de hotel, en el “Romischer Kaiser”, dado que también la ley
austríaca prohibía a los judíos, y por el momento, también a un Rothschild, ser
propietarios de inmuebles.
Así, también Solomon había alcanzado una posición
eminente en otra de las grandes capitales de la Europa de la restauración.
James seguirá a él y a Nathan sólo poco tiempo
después, en 1824, cuando se casará con Betty, hija del hermano de Viena, su
prestigio y su poderío en el mundo financiero y político parisino serán ya
comparables a los de los miembros de la familia establecidos en Londres y en la
capital del imperio austríaco.
Ya hacia fines de 1818 había sido llamado a
integrar el muy restringido grupo de firmas bancarias parisinas que había
asumido el prestigioso compromiso de salvar a los agentes de cambio de la
amenaza aparentemente inevitable de la continua rebaja de los cursos de los
títulos que, como hemos mencionado, algunos biógrafos de los Rothschild
atribuyen a sus masivas ventas decididas para “castigar” a los grandes
financistas internacionales que los mantenían fuera de los rediticios negocios
que se trataban en torno a Aquisgrán en aquella época.
Sin embargo, también en 1821 James había debido
sufrir una cruel derrota en ocasión de una subasta para la asignación de
12.500.000 de renta, que fue ganada por el grupo Delessert, Hottinguer,
Baguenault, no obstante la ayuda de Nathan, venido a París personalmente para
asistirlo en una ocasión tan importante.
Dos años más tarde, James lograba devolver el
golpe: vinculado con doble propósito al nuevo primer ministro ultra Villéle,
que odiaba a los banqueros liberales y protestantes, logró hacerse adjudicar
con un procedimiento, que de público solo tuvo la forma exterior, un empréstito
de 23 millones de francos.
Pero ya en 1821 había asumido, con una masiva
comisión, la carga de la emisión de 120 millones de francos en bonos del
tesoro.
En tanto, siempre al unísono con Villéle, estaba
preparando una operación que, una vez llegada a buen término, habría permitido
ganancias de la importancia de aquellas de las riesgosas iniciativas del
período bélico: la conversión de toda la deuda pública francesa, es decir, la
unificación de los préstamos en curso de amortización con relativa disminución
de la tasa de interés.
La idea, que en términos variables pero bastante
similares reflejaba una tendencia generalizada en los Estados europeos, que se
proponían así aligerar el gravoso cúmulo anual de intereses pasivos, amargo
fruto de las repetidas a la vez que pesadas emisiones necesarias para el
reordenamiento de las finanzas luego del fin de las guerras, parecía que no
debía contrariar siquiera las exigencias de los nuevos grupos industriales,
quienes, mientras la inversión en títulos públicos rindiera el 5 o más por ciento,
difícilmente habrían podido reclamar la atención de los ahorristas sobre sus
propios proyectos.
Por otra parte, al menos en Francia, la misma no
debía parecerle mal ni siquiera a la aristocracia, a la que se le había
prometido, también en relación con el buen resultado de la conversión, el
famoso “billón de los emigrados”, es decir, una especie de parcial
indemnización por las expropiaciones sufridas en el período revolucionario.
La operación, en su conjunto, tuvo lugar en el
curso de la discusión parlamentaria de 1825.
Sin embargo, al año siguiente la misma fue
realizada para un tercio de la masa de los títulos y a tasas variables.
Además el solo hecho de haberla concebido da la
pauta de cuál era ya el horizonte sobre el que también James se movía, ayudado
si se desea, pero también ello es significativo, por los vínculos no solamente
morales que le unían a Villéle.
También Kalmann se había hecho una posición, como
se acostumbra a decir.
En el verano de 1820 habían estallado en el reino
de las dos Sicilias movimientos carbonarios que habían impuesto al Borbón la
promulgación de la Constitución.
La revolución napolitana podía determinar
consecuencias bastante graves, en el resto de la península para la estabilidad
del orden organizado por el Congreso de Viena que había garantizado de hecho el
sustancial predominio austríaco.
Metternich se proponía intervenir militarmente,
pero el sutil juego diplomático entre las grandes potencias no permitió tomar
inmediatamente una solución de ese tipo.
Fueron necesarios algunos meses y dos congresos, el
primero en Troppau y el segundo en Laybach y a este último también fue enviado
el rey de Nápoles, Fernando I, para que Austria lograra tener vía libre.
Una vez tomada la decisión, de todos modos, los
sucesos se precipitaron y el 23 de marzo de 1821 el ejército austríaco, guiado
por el general Frimont, entraba en Nápoles.
Con él, procedente directamente de Laybach y luego
de una breve detención en Florencia para una primera conferencia con el
príncipe Ruffo, presidente del consejo de ministros del soberano Borbón,
llegaba Kalmann a la ciudad —había sido el mismo Metternich quien había
solicitado el viaje, de un Rothschild a Nápoles—.
Apenas llegado, se le informó que ya se le habían
hecho al gobierno restaurado diversas ofertas por parte de banqueros, franceses
como los Laffitte, romanos como los Torlonia, napolitanos, para los empréstitos
que serían indispensables para el mantenimiento de las tropas de ocupación y
para subvencionar las condiciones poco florecientes de las cajas estatales.
Kalmann, que se sentía fuerte por el apoyo de
Austria y el poderío económico de su familia y por lo tanto podría haberse
extralimitado en sus ganancias, no deseó llegar a tanto.
Tuvo naturalmente el primer empréstito de 16
millones de ducados (más de 60 millones de francos franceses) pero cedió una
parte para su colocación a algunas casas bancarias locales y francesas.
Las condiciones de emisión fueron muy onerosas: 60
ducados por cada 100 de valor nominal menos el 3 % del importe por gastos de
comisión, transporte del dinero y riesgo.
Luego, decidida la institución de una sede
napolitana para los negocios Rothschild, Kalmann comenzó a trabajar solo. En
una primer momento únicamente con la corte de Nápoles.
No mucho más tarde vinieron los negocios con el
Estado pontificio. También en la península itálica, entonces, se hallaba
presente una ramificación estable de la mishpahá.
Sin embargo, los cinco infatigables hijos de Meyer
Amschel no se contentaban con su ya vasto campo de acción. Inglaterra, Francia,
Austria, Prusia, Dinamarca, Estados menores de Alemania, Estados italianos,
eran ya terreno sólido bajo el peso cada vez mayor del oro de los Rothschild.
Pero en el curso de los años de la década de 1820
los hallamos en acción también en España, un país en el cual no sólo hallaron
varias dificultades para conducir a buen término sus negocios, sino también
donde terminó por manifestarse el primer disentimiento afectivo entre la
sucursal inglesa y las otras, la vienesa en particular que, fuertemente
vinculada a Metternich difícilmente podía aceptar, y tampoco comprender, el
deseo de Nathan de ayudar financieramente a los enemigos del absolutismo en la
península ibérica.
Luego, en 1822, el hermano inglés logró batir a la
fortísima competencia y asegurarse un empréstito de 6.500.000 libras esterlinas
para la corte zarista de Rusia que emitirá a 77 sobre 100 de valor nominal.
Dos años más tarde el mismo Nathan concedió un
crédito a Brasil y, algunos años después, también realizó contactos con el
mercado financiero de los Estados Unidos.
Por su parte, Amschel Meyer, el único de los
hermanos que había permanecido en Frankfurt, la sede de la casa matriz donde
todos los años se reunían para disponer los balances, según los documentos del
archivo en su momento estudiados por Berghöffer y ahora destruidos, colocó
entre 1817 y 1830 alrededor de 44 empréstitos en la “zona” que de hecho le
parecía reservada, Alemania. El importe total de tales operaciones alcanzó los
30 millones de florines (cerca de 75 millones de francos).
El poderío económico de los Rothschild era, en la
vigilia de 1830, de dimensiones y de altura casi mundial.
¿No fue solamente por un providencial envío de
400.000 libras esterlinas en oro de la sede Rothschild de París a la de Londres
que, en ocasión de la gran crisis financiera de 1825, el Banco de Inglaterra —y
el Banco de Inglaterra era el ombligo del mundo económico de la época— “no
debió suspender sus pagos”? Las palabras sobre comillas fueron pronunciadas por
un personaje que hablaba con fundamento: Wellington.
A un nivel similar se acercaba también su poder de
influir en las decisiones de los gobiernos y de las clases políticas.
Acumulada una fortuna de dimensiones sin
precedentes —el balance de la sociedad cerrado en Frankfurt en 1825 indicaba en
102.050.000 de francos el monto del capital que apenas siete años antes
ascendía a alrededor de 42 millones—, (pero la cifra real era tal vez más
notable) en el curso de los turbulentos años de la guerra y de la postguerra,
ellos, los Rothschild, se habían convertido ahora en los más ardientes
sostenedores de la paz.
De una paz de tipo particular, es obvio; de una paz
que significara el status quo y la perduración por tiempo
indeterminado del equilibrio mantenido por y bajo el control de la Santa
Alianza en el continente y por Inglaterra en el gran comercio internacional.
Siempre prontos a seguir, y he aquí uno de los
motivos del éxito de ellos y de la larga duración del mismo, el criterio que
según las palabras de su cortés biógrafo, Gentz, era el de “avanzar con los
tiempos y no tratar de detener el movimiento de los mismos”.
En sus relaciones con la clase política y en la
búsqueda de amistades y de apoyo, con todos los medios, de los personajes más
influyentes, dos eran por lo tanto los motivos inspiradores: conseguir y
mantener amplios márgenes de seguridad para los negocios que contraían; impedir
en la medida de lo posible imprevistas y catastróficas transformaciones que, al
no ser previsibles, podían dañarlos. Ellos, en suma, no adquirían al azar ni al
azar ofrecían sus servicios.
Ya se ha observado cuánta influencia había ejercido
sobre sus fortunas el afirmarse de personajes como Buderus o Gentz.
Sin embargo, también es cierto que la obra de
persuasión que realizaban no se detenía en las segundas filas.
En este sentido, la amistad de un Metternich, fruto
de una operación no tan venal como la realizada con Gentz, es naturalmente la
más representativa.
Pero un hombre del peso de John C. Herries lo fue
menos sólo en el nombre: se puede presumir por más de un indicio que él no era
insensible a la única música que le agradaba a Nathan, la de las monedas de oro
que una vez él hizo tintinear como única respuesta a un músico que le
preguntaba cuál era su género musical preferido.
Tampoco Villéle, primer ministro de la Francia de
la Restauración, debe haber sido hombre de intereses muy diferentes.
Y no puede definirse como fábula la condición que
Kalmann propuso al Borbón de Nápoles a su regreso de Laybach, en el sentido de
asumir al conde Luis Médicis como ministro si deseaba realmente que él, un
Rothschild, le prestara el dinero necesario para el mantenimiento de las tropas
austríacas y para la restauración de las finanzas estatales.
En el curso de la tercera década del siglo James se
había convertido en administrador de los bienes de Luis Felipe de Orleáns; un
cargo que él no abandonó ciertamente cuando su cliente se convirtió en rey de
Francia.
Más tarde, en el inquieto bienio 1839-40, cuando
Bélgica había adelantado explícitas reivindicaciones territoriales por Limburgo
y Luxemburgo y amenazaba con recurrir a las armas —aquella Bélgica que se puede
decir que los Rothschild habían bautizado como Estado independiente apenas
siete años antes, proporcionándole en los primeros meses el dinero necesario
para organizar sus propias finanzas— ¿no escribió Solomon desde Viena al propio
representante de Bruselas que era inútil que los gobernantes de aquel país le
solicitaran dinero si antes no abandonaban todo reclamo por los antes
mencionados territorios?
" Nuestra buena voluntad —así sonaba la poco
diplomática prosa de Solomon Rothschild— no sabría llegar al punto de
proporcionar el dinero que permitiera el estallido de una guerra y que
destruyera el crédito que nosotros protegemos con todas nuestras fuerzas.
Esto es lo que podré manifestar a aquellos señores [el gobierno belga], con
toda franqueza, libremente y con fuerza.”
§. Los-Rothschild en la revolución industrial
La revolución de 1830 en Francia y las subversiones que agitaron a Europa en
aquel año y en el siguiente, no influyeron demasiado en la potencia financiera
y política de los Rothschild.
Solomon Rothschild. Viena, Biblioteca Nacional.
En el caso de Francia, además, el nuevo rey, Luis
Felipe, estaba en óptima relación de negocios con ellos, y el primer ministro
era en suma un colega, tratándose de aquel Laffitte que, asumido el poder,
pronunció aquella frase: “Desde hoy reinan los banqueros” que, retomada
por Marx en el ensayo sobre Las luchas de clase en Francia desde 1848 a
1850, ha gozado de perenne celebridad.
Aún mejor debieron andar las cosas con el sucesor
de Laffitte, Perier, cuyo nombre se dice que fue indicado a Luis Felipe
justamente por James Rothschild.
Lo que no debía estar muy alejado de la verdad si
es cierto, y ello fue escrito con todas las letras, que él logró hacerle
modificar el texto de una nota diplomática enviada a Austria en ocasión de su
intervención en el Estado pontificio en un momento en el cual aun un adverbio o
un adjetivo no suficientemente meditado podía comportar graves riesgos de
guerra.
Kalmann Rothschild (Radio Times H. P. L.).
Fuera de Francia, hasta el trono pontificio había
sido intimado por los Rothschild, a través de la circunspecta mediación de
Metternich, en el sentido de no desatender el compromiso asumido con la firma
del contrato por un empréstito de 3 millones de piastras (francos 16.200.000)
en condiciones particularmente pesadas: “Nosotros —escribía James— debemos
contar con que la Santa Sede tenga exacta conciencia de las cláusulas
contractuales y de la medida considerable en que su crédito dependen de la
ejecución y puntualidad de las mismas.
James Rothschild (Radio Times H. P. L.)
No habría más crédito posible para ella ni se
debería esperar ayuda del exterior si se descuidara aún en grado mínimo la
observancia de estas obligaciones o si se verificara el mínimo retardo en el
cumplimiento de las mismas”.
A poco más de un mes de la fecha de esta carta, el
10 de enero de 1832, por toda respuesta a james y al rumor elevado por la
cristiandad por la relación de negocios establecida con un judío, Gregorio XVI
recibía en audiencia a Kalmann Rothschild, que se había encargado de la
operación, le confería el gran Cordón y la Cruz de la Orden de San Jorge y se
dejaba besar la mano y el pie.
El blasón de barón concedido a los Rothschild en 1822 (Paul Popper).
Así, mientras en el terreno de los negocios de
empréstitos públicos, continuos y en condiciones muy favorables, comercio de
metales preciosos, arbitrajes, especulaciones con cambios, transacciones
comerciales de gran importancia habían llegado los Rothschild a una posición de
control y de primacía, también su capacidad de influir en las decisiones de los
hombres políticos había crecido proporcionalmente.
F. von Gentz. Viena, Biblioteca Nacional.
Heinrich Heine llegado a París, luego de la derrota
de la revolución del 1º de mayo de 1831, con Ludwig Borne y que se había
convertido en asiduo concurrente a la casa de James, donde hallaba a menudo a
Joaquían Rossini y a Jacobo Meyerbeer, parece ser que dijo una vez —y no es
seguro que ello ocurriera en ocasión del cobro de una de aquellas subvenciones
que James de tanto en tanto le pasaba y que no coincidían casi nunca con los
imprevistos cambios de humor del poeta con respecto a Rothschild— que este último
le parecía “uno de los mayores revolucionarios del mundo, venido a
destruir la hegemonía terrateniente elevando a la cumbre el sistema de los
títulos de estado”.
Y por otra parte, para subrayar la convicción
bastante difusa de la omnipotencia de los banqueros en aquel período, ¿no se
pueden leer en el Don Juan de Byron versos como los
siguientes?
Who hold the balance of the world? Who reign
O’er congress, whether royalist or liberal? Who rouse the shirtless patriots of
Spain? (That make old Europe’s journals ’Squeak and gibber all)
Who keep the World, both old and neo, in pain
Or pleasure? Who make politics run glibber all?
The shade of Buonaparte’s noble daring? Jew Rothschild, and his
fellow-Christian, Baring (canto XII.[2]
El reino de los hombres de banca parecía realmente
asumir las connotaciones del milenio.
Todos los recursos monetarios negociables, formados
en el área europea o en otros lados pero que allí se concentraban, aparecían
movilizados en la gigantesca zarabanda de las numerosas y todas proficuas
operaciones imaginadas por ellos.
Pero nuevas realidades, largamente maduradas en lo
profundo, surgían visiblemente para indicar amplias, inesperadas, contrastadas
modificaciones en un cuadro tal.
El príncipe de Metternich. Viena, Biblioteca Nacional.
El punto de partida de las mismas había sido
Inglaterra, pero también en el continente aparecían de alguna' manera en modo
claramente distinguible.
Eran efectivamente los años en torno a 1830
aquellos en que las fábricas concentradas y las máquinas que en número
creciente se habían estado instalando, habían llevado en Inglaterra, y estaban
llevando también en Europa, al escenario a un novísimo tipo de burgués, el
industrial.
La revolución de julio de 1830 en París
A continuación del cual, por el momento sólo
advertible en raras ocasiones, aumentaba en forma creciente el ejército
proletario.
En el continente más que en Inglaterra las nuevas
iniciativas que presentaban señales muy prometedoras estaban obviamente
necesitadas de capitales monetarios que no podían provenir, al menos en la
medida necesaria para afrontar las continuas sugerencias de la ciencia y de la
técnica, del poderoso canal que tantos notables sucesos había consentido, en la
isla británica, la autofinanciación.
Hubo entonces en Europa quien habló de “magia del
crédito” y nunca tal expresión se mostró tan apropiada, si bien no de
inmediato.
Sin embargo, tanto de un lado como del otro de la
Mancha, más de una tentativa se realizó para utilizar aquella “magia” en favor
del crecimiento industrial. Con poco éxito, justamente, pero era bien claro lo
que las mismas podían significar.
Una posible distracción de fondos de la tradicional
colocación en títulos públicos, el lento agregarse de una clase industrial con
intereses y necesidades en el plano económico como en el de la dirección
política, bien diversos y en buena medida contrastantes con los de los hombres
de la gran banca y por lo mismo también con los de los Rothschild.
Además, lo que a muchos contemporáneos debió
parecerles un inocuo juguete para adultos o, en más de un caso, el anuncio de
próximas, inevitables desventuras, la locomotora a vapor sobre vías de hierro
se estaba revelando como una potencial, inquietante devoradora de capitales.
El tradicional campo de acción de los Rothschild
parecía así, si no restringirse, encontrarse obligado a compartir con los
recién llegados, la industria, el ferrocarril, los favores de aquellos que
detentaban riquezas invertibles.
Y basta observar por un momento las tasas de
emisión de los empréstitos públicos ya en el curso de los años de la década de
1830 para comprender que, en general, los viejos títulos de estado eran menos
apreciados que muy pocos años antes.
El proceso no fue, naturalmente, ni lineal ni
rapidísimo, pero la tendencia, para quien tuviera visión, era del todo clara.
Es necesario además considerar que algunas otras
operaciones financieras típicas de la fase precedente al primer éxito del
esfuerzo industrializador, como especulaciones sobre los cambios, oportunidades
de obtener provecho del conocimiento anticipado de noticias importantes,
dificultades para el transporte de la moneda, también estaban perdiendo buena
parte de su relieve luego de los nuevos descubrimientos y sus relativas
aplicaciones (ferrocarril, nave a vapor, telégrafo, aumento notable de la
circulación de papel moneda y de los títulos de crédito). No solo ello. Las
mismas características de los riesgos de la inversión se modificaban
profundamente.
Modestos los relativos a los títulos de estado,
tanto por las férreas garantías que los cubrían como por la relativa brevedad
de las operaciones de reembolso con respecto a los tiempos de la erogación
material de las sumas; mucho más difícilmente evaluables, menos seguros y en
cierto sentido aún misteriosos, los que se derivaban de empréstitos a
ciudadanos privados que, individualmente o en grupo, se daban a la aventura
industrial para la cual, sin considerar otras condiciones, la amplitud del
período de exposición del capital era mucho mayor, y mucho más inseguros los
resultados.
Era en realidad un mundo de implicaciones
totalmente distintas de las de la época inmediatamente anterior el que se
estaba delineando.
Izquierda: Heinrich Heine. Derecha: Villéle, primer ministro francés en la
Restauración.
A los banqueros de antiguo régimen les
era necesario mostrar dotes bastante relevantes de frialdad y de inteligencia
para entender las novedades y evitar verse trastornados por las mismas o, lo
que podía ser lo mismo, para no hallarse marginados.
Los Rothschild, reducidos justamente en aquella
época a cuatro —Nathan había muerto en Frankfurt a donde se había trasladado
para las bodas de su hijo mayor Lionel con Charlotte, hija de su hermano
Kalmann, el 28 de julio de 1838— se mostraron en tal sentido ejemplares hasta
el límite de lo posible, una vez más.
Hasta 1830 no se habían ocupado jamás de ningún
negocio de financiación industrial de cierta importancia.
Desde entonces en adelante la posición de los
mismos se fue modificando.
Primero insensiblemente y, alguno lo ha escrito,
con desconfianza y con mal disimulada preocupación. Podemos agregar que también
con cautela. Pero se fue modificando. Ciertamente, no por ello fueron
descuidadas las operaciones favoritas en títulos de estado.
Las biografías más atentas de los Rothschild
aparecen, también para estos años, colmadas de iniciativas. Pero las mismas no
gozaban de exclusividad. Los ferrocarriles comenzaban a interesar a los
hermanos.
No a Nathan, que, aún viviendo en la patria de las
primeras ferrovías y de las locas olas especulativas, nunca deseará ocuparse de
las mismas, al menos en primera persona y en Inglaterra.
Tampoco Kalmann, que continuaba en Nápoles con su
trabajo de siempre, o Amschel, siempre concentrado en la dirección de la casa
matriz y en contacto con los arruinados príncipes alemanes.
Serán en cambio James y Solomon los que sufrirán la
fascinación de la locomotora.
Y, para el parisino, pero es seguro que lo mismo
vale también para el hermano vienés, hay que agregar que él aún antes de la
fascinación por la locomotora debe haber quedado impresionado (no tanto por el
idealismo, demasiado exaltado y original para resultarle aceptable, como por
las perspectivas de espléndidas ganancias que él, muy concretamente, pudo
vislumbrar) por la predicación de los adeptos de Saint-Simon, que habían estado
elaborando una especie de vigorosa profecía de un nuevo mundo, el mundo del desarrollo
industrial, un mundo fundado, utilicemos las palabras de Jean Bouvier,
" en el ferrocarril, en la banca y en el
predominio de los industriales', es decir, de todos los agentes activos de la
producción de las riquezas”.
Y ya en el curso de la década de 1820 él había
arriesgado algún prudentísimo y moderado sondeo en tal dirección al entrar en
primera persona en iniciativas industriales no precisamente importantes y en
algunas tentativas, en el momento abortadas, de dar vida a institutos bancarios
para la financiación de actividades de ese tipo.
Emile Péreire
Luego en 1835, el conocimiento más directo de un
joven que conseguirá que se hable de él largamente, Emile Péreire, lo indujo a
definir positivamente el proyecto de un ferrocarril París-Saint Germain, 15
kilómetros de recorrido, en el que parece ser que Péreire pensaba desde hacía
tiempo.
Obtenida rápidamente la concesión y comenzados los
trabajos, el ferrocarril podía comenzar a funcionar el 26 de agosto de 1838.
En la sociedad, que se había constituido con un
capital de 5 millones de francos, James participaba con 2450 acciones por un
valor de 1.175.000 francos y Péreire con 600 acciones por valor de 300.000
francos.
En tanto Solomon, que había hallado su inspirador y
su consejero técnico en Francisco Saverio Riepl, un ingeniero austríaco que
había vivido largos años en Inglaterra, al vencer una competencia bastante
intensa había podido adjudicarse, en nombre de una sociedad fundada al efecto,
la concesión del ferrocarril de Viena a Bochnia.
Caricatura de Luis Felipe, de Daumier. París, B. N. Estampes.
De las 1.200 acciones de 1.000 florines cada una
emitidas para la financiación del proyecto, que en la práctica terminó por
resultar más costoso, el Rothschild vienés invirtió alrededor de 8.000
florines.
El suceso financiero y propagandístico fue de todos
modos enorme, si es cierto que en el giro de pocas semanas le llegaron pedidos
por alrededor de 27.000 acciones; menos fácil resultó la construcción del
ferrocarril, que en tanto había sido denominado' “Ferrocarril del Norte
Emperador Fernando”.
En 1834 el parlamento belga había aprobado una ley
que establecía el principio de la construcción de una ordenada red ferroviaria
por parte del Estado y, para delinear el orden de la misma, el año siguiente
fue enviado a Bruselas George Stephenson.
La mayor parte de los capitales requeridos para tal
empresa fueron empréstitos de los Rothschild londinenses.
El hijo de Nathan, y tal vez él mismo en los
últimos meses de su vida, frente a una realidad que ya era innegable, se había
decidido a salir, tal vez por primera vez, de su cotidiana, segurísima y
rediticia práctica de empréstitos públicos, de los informes y de las
especulaciones de bolsa.
De todos modos debe observarse que no se trató de
una intervención directa sino de una mera operación de financiación sobre cuyas
garantías no podían existir dudas. En el fondo, la posición de la familia fue
sustancialmente unívoca.
Ya lo hemos dicho anteriormente. Experimentar
cautamente la novedad sin dejarse absorber, postergar decisiones demasiado
importantes: los londinenses que prestaban pero no participaban nunca en
primera persona en sociedades ferroviarias, Solomon que se enroscaba en su
“Nordbahn”, James que entraba como protagonista en un negocio ferroviario pero
que dejaba pasar otros, seguían todos esta actitud.
Por otra parte, desde 1835 en adelante, el sistema
económico europeo se veía turbado por crisis internas y repercusiones de una
situación internacional en equilibrio, y arriesgar demasiado no debe haber
parecido, también en general, el mejor partido a personajes ya expertos y de
gran trayectoria como los Rothschild.
La aprobación de una ley ferroviaria por parte del
parlamento francés en junio de 1842, ley que preveía un sistema estelar de
ferrovías centrado en París y que en el plano económico endosaba a la finanza
pública, estatal y comunal, los gastos de la expropiación de los terrenos y la
preparación de los mismos, dejando a las empresas contratistas solamente el
gravamen de la colocación de la línea y de la adquisición del material rodante,
ley favorable a los potenciales empresarios, lograba, sin embargo, quebrar sólo
en parte la cautela del Rothschild parisino.
En el pulular de los proyectos y las iniciativas, y
estos fueron tiempos en los que la chispeante inteligencia del saintsimoniano
Enfantin proponía a una tras otra, James no pareció perder nunca el control de
la situación.
Hacía tiempo que seguía con creciente interés la
propuesta ya avanzada años antes de un ferrocarril hacia el norte y hacia la
frontera con Bélgica.
Y fue sobre la misma que trabajó con atención y con
éxito. Sin embargo, no descuidó intervenciones en todas las direcciones,
resignándose inclusive a sufrir algunos desastres, como por ejemplo en el caso
de la frustrada concesión a compañías formadas bajo su iniciativa de la línea
París-Nantes-Bordeaux para Tours: todo ello sin dejarse ofuscar por los gruesos
golpes bolsistas que, especialmente en Inglaterra, eran propiciados por la
ingenuidad del público y por el ^copioso afluir de capitales en busca de ganancias
en las empresas más diversas y, en más de un caso, también aventuradas.
Y sin descuidar, al menos en el breve período, la
máxima prudencia también en cuanto a lo que concernía a eventuales propuestas
de intervención fuera de los límites nacionales.
Como lo demostraron por un lado las inconcluyentes
y siempre débiles tratativas conducidas con la Société Genérale de
Bruselas para un compromiso común en Bélgica y, por el otro lado, la seca
réplica a un banquero florentino, Emanuel Fenzi, quien le había solicitado
interesarse en la financiación de la ferrovía Leopolda, la línea
Florencia-Livorno.
El retorno a la buena época luego de la crisis de
1839-40, el consolidarse de la inversión ferroviaria y su evidente utilidad,
conspiraron en conjunto para hacer más incisivo y convencido el compromiso de
los Rothschild en el nuevo sector.
La sombra de un gran hombre: Nathan Rothschild en la Bolsa de Londres
Litografía, 1836. Leipzig, Colecc. Kippenberg.
Y fue Amschel Meyer, que parece ser que en
Frankfurt estaba entonces asumiendo la función de banquero de los banqueros que
financiaban el primer lanzamiento industrializador de Renania (“diversos
habitantes de Colonia hablaban en aquella época del periódico espectáculo de la
moneda Rothschild transportada desde los docks del Rin a través de las vías de
la ciudad hasta los depósitos de las casas bancarias locales”, así comentó un
reciente estudioso de las relaciones entre desarrollo industrial e instituciones
financieras en aquella zona); fue Amschel Meyer, se decía, quien al escribir en
marzo de 1844 a James, luego de repetidas invitaciones a la reflexión y a la
prudencia, afirmaba claramente que
" ...si echo una ojeada sobre la situación
general hallo que la misma nunca fue más favorable para que nos decidamos a
afrontar una gran iniciativa industrial [se refería en general a las
ferrovías].
La paz se ha establecido, existe abundancia de capitales por doquier y, además,
la reducción de la deuda de diversos grandes estados nos ayuda, orientando al
dinero en otras direcciones.
En cuanto a la posición de nuestras firmas reunidas, la misma nunca fue tan
libre y suelta y ningún gran empréstito se vislumbra en el horizonte.”
El cuadro era exacto y, en la reafirmada propensión
de la familia por los “grandes empréstitos”, la carta asume casi el carácter de
preludio a la conclusión por parte de James del negocio de la línea Norte a la
que ya nos refiriéramos. De esta línea se hablaba desde hacía tiempo. Un
panfletista contemporáneo había llegado a definirla como “la más rediticia del
globo”.
Y ya en el verano de 1840 el Estado se había
empeñado en la construcción en economía de dos tramos: de Lille a la frontera
belga y de Valenciennes a la misma frontera.
En el verano de 1842, luego de la promulgación de
la ley general, también había sido aprobada la línea París-Lille-Valenciennes
y, en 1844, el parlamento había pronunciado su opinión favorable también para
la línea Lille-Calais-Dunkerque.
En tanto, en setiembre de 1842 había aparecido una
ordenanza que especificaba positivamente que, al menos en forma provisional, la
gestión de aquellas líneas debía quedar en manos públicas, así como había sido
pública la financiación.
Alguien ha sugerido, probablemente no sin
fundamento, que a este grupo de importantes decisiones de las cámaras no haya
sido ajeno el cálculo sutil, y la acción pertinente, de James Rothschild, que
desde hacía tiempo pensaba en la línea Norte como en un negocio conveniente.
El hecho es que en setiembre de 1845 justamente el
parlamento, si bien luego de una gran batalla interna y una clamorosa
repercusión en la prensa, votaba la adjudicación de la línea
París-Lille-frontera belga con desviación a Dunkerque, 457 kilómetros de
ferrovía ya construida o en vía de construcción, a la Compagnie du
chemin de fer du Nord, una sociedad que se había constituido como
resultante última de una serie de encuentros entre diversos grupos bancarios
con un capital de 200 millones de francos, más de 50 de los cuales estaban en
manos de James.
El remanente había sido subdividido entre banqueros
de nacionalidades diversas, entre ellos Laffitte, Blount, Rosamel, Pépin- Le
Halleui, Decaen, el duque de Galliera.
La concesión había sido obtenida por 41 años; en
junio de 1846 la línea entraba en funcionamiento.
Era uno de los más grandes negocios de Rothschild
que se ponía en movimiento, un negocio que, con intereses y objetivos variados,
ha quedado en pie casi hasta nuestros días.
En la vigilia de 1848, en suma, la presencia de la
sede parisiense en las empresas ferroviarias metropolitanas resultaba bastante
importante. No diremos excepcional.
Totalmente ajena a las iniciativas que concernían
al centro de Francia, que se concentraban en Orléans, en las otras la misma
estaba empeñada de la forma siguiente:
Una posición no diferente de la asumida en cuento a
los ferrocarriles distinguió la acción de los Rothschild en cuanto a la
creación de nuevas industrias o, para decir mejor, en la participación de los
mismos dirigida al proceso de industrialización; tal vez, a lo sumo, se podría
hablar de una prudencia más acentuada. En términos relativos, el compromiso de
los mismos fue muy modesto y siempre largamente meditado.
Y si bien, como en ocasión de las intervenciones en
el nuevo campo de los ferrocarriles, ellos se valieron una vez más de expertos
y ardientes propulsores del desarrollo industrial, las decisiones últimas
frente a todo tipo de proyecto siempre estuvieron sólidamente en sus manos.
Así se comportó Solomon cuando en 1835 vio la
oportunidad de tomar en arriendo las acerías y los hornos de Witkowitz en
sociedad con un grupo de banqueros vieneses y, ocho años más tarde, de proceder
a la adquisición de los mismos.
Quien solicitara, tal vez quien le propusiera la
operación fue sin duda aquel ingeniero Riepl, quien lo había aconsejado en
ocasión de la construcción del “Nordbahn” y que anteriormente había dirigido
los trabajos de modernización de las plantas de Witkowitz, edificando los
primeros altos hornos a coque y la primera acería a pudelar del imperio
austríaco.
Pero resulta claro que el Rothschild vienés se
convenció definitivamente de la conveniencia del negocio justamente en
coincidencia con la previsible asunción del ferrocarril: es suficiente
confrontar las fechas para darse cuenta.
En tanto, en igual manera se estaba moviendo James
en París. Éste, luego de algunos muy cautos ensayos aún antes del ascenso al
trono de Luis Felipe de Orléans, entró con una gruesa participación en la
sociedad de las minas de la Grand-Combre en 1836.
A muchos la iniciativa les pareció sorprendente
entonces. En realidad, el gesto de James se debía considerar como el fruto de
un cálculo en el que entraban también las posibilidades de valerse de los
productos de las minas para realizar una tentativa de integración con algunas
iniciativas ferroviarias que en aquella época se perfilaban y en las que
Rothschild pensaba seriamente en particular.
Ciertamente también contaron los solicitudes de
Paulin Talabot, constructor de ferrocarriles en Europa e industrialista
desenfrenado; como diez años más tarde, en ocasión de un nuevo episodio que se
desarrolló con aspectos similares al del Norte, tuvieron peso las solicitudes y
los intereses de Fernando Meuss, el dinámico dirigente de la Société
Genérale de Bruselas.
Pero tanto en un caso como en otro, James no
concedió ni un mínimo a los entusiasmos y a la temeridad de sus sagaces
consejeros.
También en 1846, cuando en el giro de pocas semanas
concluía la adquisición del paquete de la mayoría de tres importantes minas de
carbón en Bélgica, las de Agrappe, de Griseuil y de Escouffiaux, dando luego
vida a la Société des charbonnages belges con un capital de 15
millones de francos y entraba luego en posesión de la mayoría del capital de un
gran establecimiento siderúrgico, el de Sclessin, también en Bélgica, su
propósito era en el sentido de la dimensión de las intervenciones y de sus
límites bien definidos, que estaba ya persiguiendo.
Los ferrocarriles de la Nord tenían
necesidad de carbón, de rieles, de un taller mecánico: con las minas y con
Sclessin todo ello se hacía posible.
Nadie estuvo en condiciones de hacerlo avanzar más,
no obstante que la fiebre de la especulación con los títulos industriales y las
nuevas iniciativas hubieran conquistado a todos.
No estaba en la gran tendencia de la historia el
Rothschild parisiense, pero pocos meses después otra tendencia para él
interesante, la coyuntural pareció darle razón,' cuando una crisis de
dimensiones tremendas amenazó con destruir como un castillo de papel el
incontrolado activismo intervencionista de instituciones públicas y privadas.
Los que acabamos de detallar no son evidentemente
todos los negocios industriales de la familia, y ni siquiera todos los
financieros o los sostenidos en el continente —en Inglaterra tanto Nathan como
su hijo Lionel se mantenían alejados—, son los más importantes. De ninguna
manera. Por otra parte, el nexo carbón-hierro-ferrocarril era tan visible, la
conveniencia de adecuarse al mismo tan segura que los Rothschild, como otros
grupos diversos, financieros e industriales, no podían dejar de intentar obtener
provecho.
A pesar de todo, como ha escrito el más reciente y
ordenado biógrafo de Meyer Amschel y de sus descendientes,
" ...James [y la afirmación vale también para
sus hermanos] no podía inmovilizar sus capitales en los negocios industriales.
Él sabía bien que las crisis los golpeaban particularmente y que entonces los
mismos se convertían en pesadas cargas para aquellos que los tenían entre las
manos.”
En último análisis, él aún y siempre
" había seguido siendo un hombre de banca y de
comercio. Se lo observa perpetuamente inquieto en los compromisos de tal tipo,
hesitante acerca de las decisiones a tomar, preocupado por el futuro de las
empresas...”
Más cómodo, y con toda probabilidad, también más
satisfecho en términos de remuneraciones debía hallarse Nathan quien, como se
ha dicho, si bien se había mantenido a distancia de las industrias y de sus
problemas, no había desdeñado por cierto de ocuparse de operaciones que, si
bien estrechamente ligadas al proceso de industrialización que se desarrollaba,
no implicaban todas las pasadas consecuencias del riesgo de inmovilizaciones
prolongadas y de reembolso nunca seguro, de la tarea de dirección, del resultado
de la producción, de la inquietud de las masas operarías, etcétera.
Nathan, y a su muerte, su hijo Lionel, se habían
dedicado, alcanzando pronto una posición de primerísimo plano, a la adquisición
y a la venta de materias primas de calidad cuya demanda era entonces
persistente, creciente y controlable sin requerir una fatigosa atención de tipo
empresarial.
Tomemos el caso del cobre. La mayor parte de este
metal que se empleaba en occidente provenía de las minas rusas de los Demidoff.
Los Rothschild, y en particular Nathan, se
convirtieron muy pronto en los distribuidores exclusivos en toda Europa de los
magnates de los Urales.
El mercado de Londres, la aguja de la brújula de
los precios mundiales, estaba de hecho en manos de ellos; y cuando hacia 1848
comenzó a llegar a Europa cobre sudamericano, el mismo también terminó por
pasar a través de ellos antes de llegar al consumidor.
Aún más que con el cobre, los Rothschild gozaban de
una condición privilegiada en cuanto al mercurio.
En Europa había solamente dos productores de este
valiosísimo y solicitado metal: España, con sus minas de Almadén, y Austria con
las de Idria. Unas como otras eran de propiedad pública.
Ya de a poco, en 1830 James había acaparado el
conveniente encargo de vender fuertes partidas de mercurio español. Luego, en
1835, el gobierno había dado en subasta la producción total de Almadén, es
decir, la exclusividad en las ventas.
La casa Rothschild se la adjudicó sin dificultades
y hasta 1848 estuvo en condiciones de conservar el más estricto monopolio del
mercurio en el mercado mundial, que una vez más significaba Londres.
Ya antes de 1830 Solomon había logrado realizar una
operación análoga con el producto de Idria.
Desde 1835 en adelante, aquel que quisiera adquirir
mercurio sólo podía dirigirse-a una dirección: la de los Rothschild.
§. Encuentro con una gran potencia financiera: los
Péreire
En tanto no había disminuido la actividad de prestamistas de dinero a entes
públicos y de colocadores de títulos de estado.
Antes bien, se habían agregado a los Estados y a
las monarquías también las administraciones locales empeñadas en vastos
programas de obras públicas.
La última gran operación de la casa de París en la
vigilia de la gran época del 48 había sido la asunción de 250 millones de renta
al 3 % en condiciones sumamente favorables vistos los nuevos tiempos, francos
75,25 por cada 100, con la autorización a ofrecerla al público a 77.
Cuando estallaron los movimientos de febrero, James
había realizado sólo por un valor de 88 millones mientras el curso caía
rápidamente hasta tocar la cuota 33: arriesgaba perder una gran porción de su
propia fortuna, admitiendo que las profundas transformaciones políticas no lo
privaran también del remanente.
El año 1848 pareció en efecto, por algunas semanas,
poner en discusión todo; por lo menos en el continente.
Masas insurrectas, intelectuales que hablaban de
socialismo, naciones que aspiraban a la unidad y a la independencia, obreros en
armas, barricadas: la situación, observada desde el punto de vista de un
banquero, parecía comprometida al máximo.
Los Rothschild no podían dejar de estar
convencidos. James, puesta a salvo su mujer en Londres, también pensó en
emigrar; Solomon se vio obligado a huir clandestinamente de Viena; Amschel
Meyer se halló en graves dificultades en Frankfurt; Kalmann tuvo la clara
sensación de que aún en el Reino de las Dos Sicilias las cosas podían empeorar.
El hermano parisiense fue el que reaccionó con
mayor frialdad y astucia posibles. En la primavera, en efecto, él repetía un
juego ya experimentado en 1830: donaba 50.000 francos al gobierno para los
heridos de los movimientos del sangriento febrero parisiense.
Un gesto tan grosero que inspiró algunas semanas
más tarde en un periódico de la capital algunas acres ironías:
" ...Sois admirable, señor —escribía el Tocsin
des Travailleurs en agosto—.
A pesar de su mayoría legal, Luis Felipe se derrumba, Guizot desaparece, el
reino constitucional y la elocuencia parlamentaria son obligados a ceder paso
pero vos, vos no os movéis...Habríais podido huir pero en cambio habéis
permanecido, suponiendo que vuestra fuerza es independiente de las viejas
dinastías e importante para las jóvenes repúblicas.
Vos sois más que un hombre de estado.
Sois el símbolo del crédito...”
Palabras sacrosantas, cuyo valor va más allá de la
crónica de un día. Sin embargo no se trataba de palabras proféticas. Al
contrario, más bien.
Aun cuando en el momento en que eran escritas, el
sentido de lo que había ocurrido y lo que estaba ocurriendo todavía ya no podía
escapárseles a los hermanos.
Pocos meses después, en efecto, mientras también en
Inglaterra el movimiento cartista se dirigía hacia un melancólico ocaso, el rey
Bomba volvía seguro a Nápoles a caballo, la insurrección vienesa había sido
aplastada en la sangre y la corte habría vuelto a la capital; en Francia,
los Talleres Nacionales imposible sueño socialista de un
momento habían sido cerrados y Cavaignac, reprimida la insurrección obrera,
había asumido poderes dictatoriales.
Parecía que a pesar de algún perturbador rumor
residual, la época volvía a ser propicia para los banqueros, para los
procuradores de empréstitos, para los Rothschild.
Nuevas, jugosas operaciones financieras estaban en
vista, nuevas y apreciables concesiones ferroviarias debían ser asignadas, y
con provechosas contribuciones públicas; una nueva e imponente tendencia de
gastos estatales para trabajos públicos se hizo necesaria a fin de aplacar de
algún modo a las masas populares duramente puestas a prueba en un bienio de
lucha política y de movimientos de agitación; en suma, para darles la segunda
de las tres famosas efes, la harina (fariña). La horca (forca) ya la habían tenido
en Viena, en París y en otros lados. Luego de poco tiempo también llegarían las
fiestas.
Hacia el fin de año, el 10 de diciembre de 1848,
para ser exactos, se tuvo lo que no pudo dejar de parecerles a los Rothschild,
y a James en especial, como un ulterior, inesperado signo de que los tiempos
mejores no sólo se preparaban sino que ya habían llegado luego de las
perturbaciones del ánimo de los últimos meses.
Aquel día, en efecto, cinco millones y medio de
electores franceses sobre siete habían dado su voto para la presidencia de la
república a Luis Napoleón, sobrino nieto del grande.
Que así fuera, es decir, que lames se sintiera
satisfecho y confiado, se lo puede entender mejor leyendo una misiva dirigida a
Metternich y fechada el 27 de diciembre de 1849, escrita por un informante
parisiense al ya ex presidente de los ministros del Imperio austríaco.
" ...La verdad —así dice— es que el célebre
financista ha prestado dinero a M. Luis Bonaparte el año pasado en el momento
de las elecciones presidenciales.”
Pero la realidad se comenzó a revelar, y a poco,
mucho más dura y complicada de cuanto James pudo razonablemente prever.
No es que los Rothschild no continuaran haciendo
buenos y en más de un caso pingües negocios.
Por otra parte, la riqueza de ellos era por
entonces tal que no podía ser una excepción, también considerando la
experiencia y la sagacidad demostradas, a la regla según la cual el dinero va
al dinero.
Y esto era cierto tanto en París como en Nápoles y
en Frankfurt como en Viena, y con mayor razón en Londres.
En cambio fueron algunos circuitos, que desde hacía
tiempo funcionaban y muy bien, los que se revelaron como inutilizables después
del 48.
Con evidentes repercusiones si no sobre el giro de
los negocios, sobre la potencia de la casa en sentido lato. Puesto de lado en
Viena, Metternich había terminado por el momento en Inglaterra; la isla también
había ofrecido asilo a Luis Felipe, otro gran personaje del circuito ya y para
siempre fuera de uso.
Las relaciones de tipo confidencial y de negocios
con el personal político en la cima parecían así canceladas, a excepción, tal
vez, de Inglaterra.
Reanudarlas no podía dejar de ser para los
Rothschild, banqueros de los Estados por definición, el objetivo más urgente y
claro. El dinero prestado por James a Luis Bonaparte asumía por lo tanto un
carácter emblemático.
La empresa se reveló, en conjunto, de las menos
felices; en Viena, donde el nuevo emperador Francisco José se mostró más
reservado que su antecesor, mientras el primer ministro Schwarzenberg y el
ministro de las finanzas Baungartner no correspondían a las esperanzas de
Rothschild.
Y en París, donde la desilusión fue aún mayor. Poco
después de su triunfo Luis Bonaparte llamaba para dirigir las finanzas del país
a un personaje cuya elección constituía un doble golpe para James.
Primero, porque se trataba de un banquero, segundo
porque era Aquiles Fould, personaje con el cual no se hallaba en buenas
relaciones y que además lanzaba en los negocios a un hermano, Benoit, que
operaba con la Banca Fould, Oppenheim y C.; los peligros que se perfilaban eran
del todo claros.
Casi como para anunciar la no muy lejana concreción
de los mismos, el año siguiente sucedía un hecho que no se verificaba desde
hacía mucho tiempo.
El gobierno había ofrecido en venta más de un
millón y medio de renta al 5 % y cerca de medio millón al 3 %. Bien,
los Rothschild habían sido derrotados.
Mientras, los Rothschild habían procedido a
reconquistar muchas posiciones en toda Europa: en Nápoles, donde Kalmann asumía
los empréstitos indispensables para el enésimo saneamiento financiero; en
Alemania, donde Amschel Meyer había tomado parte en la colocación de un grueso
empréstito prusiano y había reasumido contactos con algunos Estados menores; en
Londres, naturalmente, donde Lionel, desarrollando las ya iniciadas relaciones
con Brasil, estaba negociando un empréstito de 1 millón de esterlinas con aquel
país; en Viena, donde el jefe de la casa local Rothschild, Anselm, hijo de
Solomon —este último había preferido, siguiendo el ejemplo de Metternich,
trasladar su hogar a otra parte—, estaba empeñado no sin éxito en una tentativa
por restablecer los vínculos rotos en el 48; en Roma, donde los Rothschild
habían llegado a adjudicarse los gastos por el reintegro de Pío IX desde Gaeta,
y habían logrado obtener la emisión de un empréstito a pesar de que debieron
abandonar, frente a la resistencia pontificia, algunos reclamos por el
mejoramiento de la condición de sus correligionarios en la capital del
catolicismo; en Bruselas y, en fin, en una plaza entonces muy nueva pero que se
convertiría, por buen número de años, en uno de los ejes de los negocios de James
Rothschild, Turín.
En la capital del Reino de Cerdeña el gobierno
estaba a la búsqueda de dinero para afrontar las pesadas reclamaciones
austríacas de una indemnización de guerra Juego de la conclusión de la
desafortunada campaña de 1848-49.
Tan pesadas se hacían aquellas reclamaciones como
igualmente difíciles eran las condiciones del tesoro piamontés: Nigra, ministro
de Finanzas, no podía elegir otro camino que el del empréstito.
Rothschild estaba a disposición y el 4 de octubre
de 1849 la operación, la primera de una serie más bien larga entre las dos
partes contrayentes, se concluía; se emitían alrededor de 2.300.000 liras de
renta a un precio variable, por grados, entre las 80 y las 87 liras por ciento.
Pocos meses después se presentaba el momento para
la segunda operación: la renta emitida subió en la ocasión a 4 millones, cerca
de una tercera parte de los cuales fue asumida directamente por James. Luego,
en octubre, se hizo la tercera, por 6 millones.
Sólo con las dos primeras James Rothschild pudo
ganar más de 3 millones de francos.
El ascenso al poder de Cavour signó el paro de los
negocios Rothschild en el norte de la península.
En junio de 1851, en efecto, frente a nuevas,
impelentes necesidades de dinero fresco, el conde deseó aprovechar la ocasión
para liberar al país del sofocante plazo de los Rothschild y trató con buenos
resultados de concluir el empréstito, de alrededor de 75 millones de liras, con
una banca londinense, la Hambro.
Pero tal vez más que en una ruptura definitiva,
Cavour pensaba, como pronto se verá, en una especie de acción demostrativa para
acentuar la independencia del Piamonte en cuanto a James,...
" convertido desde hace algún tiempo en figura
funesta para nuestro país”
como escribía en aquellos días. Ya se ha dicho que
la derrota en el empréstito de diciembre de 1850 puede considerarse ahora como
una especie de preanuncio de ulteriores complicaciones en cuanto al
mantenimiento del predominio rothschildiano sobre las finanzas francesas en
particular y sobre las del entero continente en general.
En los primeros meses de 1852 ocurrió otra: el
nuevo ministro de finanzas, Bineau, decidió con un decreto del 14 de marzo la
conversión de la deuda pública con la reducción de la tasa de interés del 5 al
4½ % en alternativa al reembolso a la par (en aquellos días el curso estaba
firmemente por encima); sobre 187 millones de renta casi 175 participaron en la
operación.
James podía pensar, habiéndose encargado de la
ejecución de un monto no desdeñable, que ello significaba lo contrario y, al
mismo tiempo, su reingreso en el giro normal, normal para él, luego de algún
incidente sin importancia.
Pero la conversión era sólo un paso adelante en un
recorrido que se reveló efectivamente mucho más largo y accidentado.
Poco antes, en efecto, el Banco de Francia había
reducido la tasa oficial de descuento del 4 al 3 %, y pronto el tesoro había
seguido el ejemplo para sus bonos.
La inversión en títulos de estado se tornaba así
menos interesante por un lado, mientras que las otras decisiones convergían
para dirigir los ahorros hacia nuevos tipos de inversión, el industrial en
particular, o, de todos modos, para hacer asumir a las mismas operaciones de
emisiones de empréstitos públicos caracteres muy diversos y por cierto nada
agradables a la gran banca.
En tanto, ya desde hacía algunos meses, se
manifestaba cada vez más explícitamente en los ambientes diplomáticos el deseo
del presidente de “reorganizar el sistema económico francés”.
El año 1852 mostró que las intenciones iban mucho
más allá de las medidas antes indicadas.
Hacia fines de año, en efecto, cobró vida la que,
para decirlo como el historiador norteamericano Rondo E.
Cameron, representó “...la innovación estratégica
luego de una larga serie de tentativas y de experimentos para dar solución al
problema de la provisión de capitales y de crédito a favor de la
intensificación del proceso de industrialización”.
Se trataba de la actuación práctica de una idea
ciertamente no nueva, la de recoger y orientar el ahorro de los ciudadanos,
modesto individualmente, pero gigantesco en su conjunto, en tal sentido.
En el momento la misma se presentaba aún más
cargada de peligros para el predominio de los banqueros al estilo de los
Rothschild, que trabajaban casi exclusivamente con el propio patrimonio y con
los depósitos de un número restringido y seleccionado de clientes; gozaba
notoriamente del más completo apoyo del Estado tanto por la finalidad de
desarrollo recién mencionada y que no podía dejar de parecerle alarmante a
James, como también, tal como lo afirmara Persigny, principal colaborador del
presidente, para destruir “...el monopolio ejercido sobre la Bolsa de
París por una Casa bancaria, preponderante, sólida, honesta ”, la
Rothschild.
La forma concreta que asumió aquella idea fue la
constitución del instituto que en las intenciones de los promotores debía
denominarse “Banca de trabajos públicos”, y que se llamó en cambio Société
générale de Crédit mobilier y que fue luego comúnmente conocida por la
última parte de su denominación oficial, el Crédit mobilier.
Los más ardientes sostenedores, y los protagonistas
de la operación, fueron dos hermanos de lejana ascendencia portuguesa que,
llegados de Bordeaux cerca de veinte años antes, habían estado empleados hasta
entonces, y activamente, en las empresas ferroviarias de James Rothschild,
Isaac y Émile Péreire.
Ellos pertenecían a aquel nutrido grupo de adeptos
de Saint-Simon que se estaba mostrando tan activo en el estímulo ideal,
político y material en favor de los ferrocarriles, de los canales, de la
industria.
De un progreso material, en suma, entendido como
instrumento de liberación humana a conseguirse con la participación organizada
y solidaria de los “laboriosos” (industriales, financieros, científicos,
obreros asumidos en tal ambigua unidad definitoria) y con la movilización de
los capitales depositados mediante un sistema bancario centralizado, bien
organizado y en condiciones de recoger el ahorro dondequiera que se formase
como fundamento primero, en una especie de utopía tecnocrático-crediticia que
no dejó de dar, de todos modos, más de un resultado, pero que segara, entonces
y más tarde, tantas víctimas intelectuales, aparte de satisfacer demasiadas y
mal disimuladas ilusiones.
Los dos hermanos adherían a tales ideas con todo su
ardor, pero se cuenta que Émile comentó un proyecto perfecto y particularmente
grandioso de un compañero de fe, Chevalier, afirmando que “ no es
suficiente delinear gigantescos programas en el papel y que él deseaba
transcribir sus propias intenciones sobre la tierra ”.
La creación del Crédit mobilier era
sin más entendida por él y por su hermano Isaac en esta comprensible
perspectiva.
El 18 de noviembre de 1852, tres días antes de que
el plebiscito ratificara el ascenso de Napoleón III a la pompa del imperio, el
nuevo banco se convertía en realidad.
El capital inicial, suscripto por acciones, había
sido fijado en 60 millones de francos.
Entre los suscriptores faltaba James Rothschild
que, si bien invitado por Péreire a asumir una participación, no sólo había
declinado la oferta sino que también había extendido y enviado a Luis Napoleón
una larga y circunstanciada memoria para ponerlo en guardia en cuanto a aprobar
la locura que sus colaboradores estaban perpetrando, si no deseaba “condenar a
las fortunas públicas a un futuro lleno de borrascas y de calamidades”.
Según su opinión, la aparición del Crédit
mobilier habría significado
" ...un poder financiero exorbitante
fatalmente llevado a excitar al máximo la especulación y el espíritu de
iniciativa, a substituir el dinero por una cantidad siempre creciente de papel
moneda, al dominio exclusivo del comercio y de la industria con el
aniquilamiento de todas las energías individuales y de toda competencia para
sustituirlas con una dirección única, irresponsable, sin control financiero del
Estado y sin la posibilidad para este último de neutralizarla.”
En efecto, algunas observaciones técnicas de James
parecen aún ahora indiscutibles en particular lo que respecta a la posibilidad
de una libertad demasiado amplia de maniobra para la emisión de obligaciones
con vencimientos diferenciados.
Pero su carta era también y antes que nada, la
reacción más espontánea e inmediata de quien se sentía gravemente golpeado por
lo que estaba ocurriendo.
Desde entonces su guerra personal, que fue luego
una guerra conducida en nombre y en el interés de la gran banca tradicional y
que no careció de todos modos de episodios no siempre inspirados en su regular
conducta, no se dio tregua.
Acerca de este encuentro de orientaciones y de
intereses se han derramado, como se suele decir, ríos de tinta.
Por lo tanto vale la pena precisar, al mismo tiempo
pero también más allá de sus numerosísimas manifestaciones que interesaron por
alrededor de quince años a toda Europa, los contornos efectivos y el sentido
más exacto de este asunto.
Algunos han querido ver en él un encuentro de
generaciones, otros el fruto de la incontrolada reacción de un benefactor,
James, al sentirse traicionado por los beneficiados, los Péreire. Cualquier
indicio documental o cualquier referencia cronística podrían conformar tanto a
una opinión como a la otra.
Pero la naturaleza verdadera del conflicto fue
mucho más compleja y menos superficial de lo que se pensaba entonces o de lo
que parece hoy frente a una simple evocación de los hechos.
Se ha tenido ocasión, numerosas veces y aun
poniendo en justa evidencia su capacidad de adaptación, de acentuar la cautela
de James frente a las intervenciones a medio y a largo plazo en el campo
industrial.
En nuestra opinión, el sentido último de su
furibunda reacción ante el nacimiento del Mobilier debe
buscarse justamente aquí y en la correlacionada, sustancial incomprensión de
las nuevas modalidades que el crédito debía forzosamente seguir para afrontar
las exigencias derivadas del ya iniciado, e indetenible, proceso en aquella
dirección.
Ha escrito un historiador de los grandes negocios
del siglo XIX, Capefigue, que
" ...el sistema del capital accionario quitaba
necesariamente a la Casa Rothschild su dominio absoluto sobre los empréstitos y
los negocios...la misma habría sido luego nada más que un banco rico y
poderoso”.
Así el motivo psicológico individual se unía, y a
nosotros ello nos parece fuera de toda discusión, la sensación muy neta de que
el nuevo instituto, y los otros que fatalmente lo habrían seguido,
representaban el comienzo del fin de un mundo que James y su familia habían
dominado con su riqueza personal, su potencia y su influencia -política.
Ciertamente, James no dejará nunca de batirse. Todo
lo contrario. Pero en tanto él, en algún modo, estaba por quedarse solo.
En 1855 morían casi contemporáneamente Kalmann,
Solomon y Amschel Meyer, sustituidos, pero no era, ciertamente, lo mismo para
el viejo banquero parisiense, por los hijos de los dos primeros, Adolf, Anselm
y Karl-Meyer.
Por otra parte, la confianza que él podía tener en
Napoleón III, si no debilitada, estaba fuertemente sacudida justamente por el
asunto del Mobilier.
En realidad, el próximo emperador sabía bien que la
gran banca y los Rothschild en particular habían sido y eran orleanistas, y él
deseaba tanto un imperio propio como una banca propia. Los Péreire le daban la
banca.
Y era una banca que podía decirse doblemente suya
porque al menos en las intenciones, la misma también deseaba fundarse en un
“plebiscito”, el del ahorrista, a diferencia de la tradicional constituida por
organismos de propiedad personal y por lo tanto consonante no con la forma
moderna de dictadura que él experimentaba, sino con una monarquía censataria
como la de los Orléans o de los Borbones.
Ciertamente, las intenciones de los Péreire eran
ambiciosas más allá de lo que se puede decir y no se detenían en los límites de
Francia.
Ha escrito Jean Bouvier que
" el tablero al que miraban era Europa y, en
modo especial, los países del centro, del sud y del éste aún no entrados en la
etapa del desarrollo industrial. Crédit mobilier debían fundarse en cada uno de
ellos y en conexión con el parisiense. Así se llegaría a la reglamentación de
las inversiones en escala continental, se organizaría una circulación de
títulos industriales y públicos a través de las fronteras, y se bajaría la tasa
de interés, mientras las obligaciones de los diversos Crédit mobilier podrían a
su vez tornarse intercambiables: una moneda especial, un medio universal de
pago podía surgir así.”
Existía una dosis abundante y visible de utopía en
la fantasmagórica visión de los dos, pero también había mucha anticipación y,
al mismo tiempo, gran sentido de la realidad.
Ellos conocían muy bien Francia, y la tradicional
frugalidad y capacidad de ahorro que distinguía a sus ciudadanos y burgueses.
¿No ocurriría, poco tiempo después, para confirmar
las convicciones de ellos, que frente a un empréstito público, como ya con
frecuencia se hacía en Francia, por pública suscripción, es decir, sin la
programática participación de banqueros, los pedidos alcanzarían a 2 billones y
175 millones de francos (de los cuales casi 780 millones pertenecían a la
campaña) cuando la suma pedida había sido de 500 millones?
La confianza de ellos tenía, entonces, sólidas
raíces. Del mismo modo la iniciativa por ellos tomada. La gran banca, y James
Rothschild en particular, permanecieron por algún tiempo a la expectativa, no
buscaron ciertamente el encuentro y no recurrieron inmediatamente a
particulares contramedidas que no fueran la de la intensificación, y las
circunstancias eran entonces casi siempre propicias, de la actividad, apuntando
hacia países nuevos donde aún no se podía pensar que el ejercicio preferido por
ellos, el de la asunción y la colocación de empréstitos públicos, pudiera
ocurrir, así como con frecuencia se estaba haciendo en Francia, sin la
presencia personal y determinante de ellos.
Luego, ante algunas gruesas inversiones de los
Péreire, especialmente en el campo ferroviario, el conflicto se inflamó hasta
tocar los sectores más diversos y un espacio territorial amplísimo.
La conclusión se tuvo en 1857 con las renuncias de
los Péreire de la dirección del Crédit mobilier.
Pero en los trece años que van de 1854 a aquella
fecha toda Europa, desde Portugal a Rusia, fue testigo de durísimos encuentros
entre la vieja banca y los Péreire, los más tenaces y desprejuiciados
defensores de la “democratización del crédito” y de su empeño a los fines de un
desarrollo industrial del cual, de todos modos, se habían debilitado los
primitivos entusiasmos y los profundos significados libertadores y humanizantes
que Saint-Simon y sus adeptos pensaban que el mismo contenía.
En 1854 los Péreire eran ya una gran potencia
financiera. Utilizando el capital social —la emisión de obligaciones requerida
por ellos hasta diez veces el valor de aquel capital estaba todavía en
discusión- así como algunas alianzas anti-Rothschild que les habían procurado
los depósitos de numerosas compañías ferroviarias, ellos controlaban los
ferrocarriles meridionales, comprendida la línea más importante, la de Bordeaux
a Séte que controlaba el acceso a España, las del Este para las cuales se había
formado una sociedad mediante la fusión de la París-Estrasburgo con la
París-Mulhouse y la Estrasburgo-Basilea, las del Oeste, es decir, la
París-Saint Germain, la París-Rouen, la Rouen-Le Havre y la
París-Caen-Cherbourg, y algunas menores, especialmente en el noreste de
Francia.
Los Rothschild, que a su vez se habían asociado con
otros poderosos banqueros como los Bartholony, ejercían su influencia sobre las
líneas Nord, sobre la París- Orléans con extensión hacia
Bordeaux, Nantes y Limoges, sobre la Lyon-Mediterráneo y sobre la Lyon-Ginebra.
La suerte de los 915 kilómetros del ferrocarril
del Gran Central habrían decidido acerca del predominio de un
grupo o del otro sobre los ferrocarriles franceses.
Los Péreire estuvieron en condiciones de penetrar
en la compañía, formada por un financista francés, el duque de Momy, medio
hermano del Emperador: el peligro para los Rothschild se hacía gravísimo. Tanto
más cuanto que los enemigos, en tanto, preparaban otros golpes en otras partes.
En Austria, por ejemplo, en aquella Austria que
hasta entonces había sido una reserva de caza para los Rothschild.
Entre el fin de 1854 y los comienzos de 1855 los
Péreire habían logrado adquirir la red ferroviaria estatal, que con centro en
Viena llegaba hasta Praga y Budapest.
Luego habían presentado una solicitud formal para
constituir también allí una banca de crédito mobiliario. La réplica de los
Rothschild había sido inmediata: bloqueada la maniobra de los Péreire, el
nuevo, desencantado dirigente de la Casa local había logrado la autorización
para instituir un banco análogo lanzando en la competencia un capital más que
doble del de los dos hermanos.
Era una blasfemia propiamente dicha para un
Rothschild.
Lo diría James en una carta al embajador ruso
Orlov, de noviembre de 1856:
" ... ¿Por qué motivos hemos entrado en tales
iniciativas? — él se preguntaba en forma retórica—. Es sabido que nosotros
estamos vivamente en contra de esos... y sin embargo estamos muy profundamente
empeñados en los asuntos financieros de Europa entera como para permanecer
ajenos a combinaciones que tocan el crédito público y privado.
Y como no hemos podido impedir que surgieran aquellos bancos, hemos decidido
intervenir nosotros mismos, ya sea para modificar ciertos criterios peligrosos
como para moderar y atenuar los efectos de los mismos.”
Claro. Una vez más la lucha frontal contra la
novedad, pero atenta consideración de las posibilidades que la misma ofrecía.
En tanto en Viena, a la primera medida para detener a los Péreire seguían
otras: la adquisición de los ferrocarriles lombardo-vénetos y luego la gran
línea ferroviaria de Viena a Trieste. Y después de Austria, Rusia.
Aquí, en un primer momento, una vez más vencieron
los Péreire, logrando adjudicarse y construir una gran compañía para las
ferrovías del imperio.
Y luego también España, donde los Péreire,
infatigables y activísimos, valientes hasta la temeridad y ocupados ya en una
carrera sin pausas, habían fundado hacia fines de 1855 con un hijo de Isaac,
Eugenio, un “Crédito Mobiliario Español” con un capital de 228 millones de
reales (cerca de 60 millones de francos) que se habían empleado inmediatamente
en la contratación de empréstitos públicos para el Estado, en la fundación de
empresas mineras y metalúrgicas y de compañías de seguro y, como de costumbre,
en las construcciones ferroviarias, obteniendo la concesión de las líneas del
Norte desde Madrid a Irún vía Valladolid y Burgos primero, y luego la de
Córdova a Sevilla.
Menos brillantemente se concluyeron las iniciativas
de los dos hermanos en Suiza, en Alemania y en Piamonte.
En este último Estado, los Rothschild, a pesar de
las maniobras de Cavour, llegaron a colocar numerosos si bien no siempre
rediticios empréstitos, y a entrar, aunque no siempre en primera persona, en
numerosísimos negocios ferroviarios, a presidir en la constitución de aquellaCassa
del Commercio e delle Industrie que, con el Kreditanstalt de
Viena representó la única excepción a la firme hostilidad de los Rothschild
contra la banca mobiliaria.
Escribió en sus propias memorias un mediador de
bolsa, Feydeau —y el libro apareció en 1873— que
" el barón Rothschild hacía negocios con su
propio dinero, mientras que los hermanos Péreire debían trabajar con dinero del
público... y por ello eran esclavos del público, a diferencia del banquero que
es siempre patrón del propio y de las propias decisiones...”
Como afirmara luego también el director de aquel
que se convertiría en un instituto crediticio de tipo nuevo, el Crédit
Lyonnais:
" la gran banca está compuesta por capitalistas que pueden fácilmente, si
no lo desean, demorar o suspender la gestión de los negocios. Nosotros, por el
contrario, tenemos necesidad de actividad, de desarrollo...”
Y tiene razón un historiador de nuestros días al
comentar el drama en el cual, de entonces a poco después, se precipitarían los
dos hermanos de Bordeaux, al sostener que “ellos no sólo fueron impulsados por
su temperamento, por la situación económica o por las elecciones políticas
favorables al nuevo régimen”.
La banca de ellos se veía obligada a hacer
negocios. Era necesario que la misma distribuyera dividendos a sus propios
accionarios para mantener la confianza y poder continuar obteniendo en
consignación los ahorros del público.
Fue así que entre 1860 y 1864 los Péreire se
cavaron la fosa con sus propias manos: ya empeñados en importantes
especulaciones inmobiliarias en París, se lanzaron a una nueva empresa del
género con una creación que les pertenecía, la Société Inmobiliére, adquiriendo
vastas extensiones de terreno en Marsella y, al mismo tiempo, concibieron la
idea de una nueva línea de Marsella a Séte para contrastar el pasaje por el sud
de Talabot, y por lo tanto a Rothschild.
En 1863 es este último negocio el que fracasa. Tres
años más tarde la crisis económica y la consiguiente grave rebaja de los cursos
también puso en gravísimas dificultades a la Société Inmobiliére: los
Péreire intentaron salvar la sociedad, y a sí mismos, doblando el capital
del Crédit mobilier muy pronto el remedio pareció peor que el
mal.
A partir de abril de 1867 los títulos del Crédit
mobilier descendieron bajo la par y, en otoño de aquel año los Péreire
debieron firmar las renuncias al consejo de administración de la banca que
habían creado.
Louis Girard ha escrito lapidariamente:
" Una certeza se impone: los dirigentes del
gran mundo financiero se han desembarazado de los Péreire.”
¿Qué otro comentario era posible si es cierto que
frente al pedido de ellos de un préstamo de 75 millones de francos garantizado
por el patrimonio de la Inmobiliére, el Banco de Francia les
respondió primero un seco no y luego, ante presiones de arriba, un sí cuya
única condición era que antes de realizar la operación tanto uno como otro,
Emile e Isaac, firmaran las renuncias? ¿Por quiénes estaba dirigido el Banco de
Francia si no por aquellos exponentes de la gran banca —comprendido Arhrnse,
hijo de James Rothschild—, a quienes los dos habían osado desafiar en nombre de
la historia?
La derrota de ellos, sin embargo, sólo fue
temporaria. James Rothschild podía considerarse satisfecho. Había hecho a
tiempo, antes de morir, para asistir a un enésimo, gran triunfo de la mishpahá.
Cuya riqueza justamente en aquellos años llegaba a
cimas increíbles.
Según los recientes estudios de Bertrand Gille, el
balance de 1863 presentaba un capital de más de 550 millones de francos
franceses y el balance de 1874, el primero existente entre los papeles del
archivo de la familia, hacía ascender aquella cifra a cerca de 900.000.000.
Poco menos que las entradas ordinarias del reino de Italia en aquellos años. Se
podía decir, entonces: ¡rico como un Rothschild!
La muerte de James, que ocurriera el 15 de
noviembre de 1868, signaba la desaparición del último gran banquero privado.
Una época entera de la historia financiera
desaparecía con él. La idea de los Péreire, desde entonces en adelante se
tornará cada vez más robusta, será retomada y perfeccionada en Alemania, en
Italia, en la misma Francia.
Y ni siquiera los miembros de la gran familia de
Frankfurt, los orgullosos y brillantes aristócratas de la tercera y de las
sucesivas generaciones Rothschild, podrán ignorarla o combatirla.
Más allá de la historia individual, los impulsos de
fondo no pueden antes o después dejar de afirmarse, aún cuando es la acción
humana la que los torna concretos y activos y regula la modalidad y la
consistencia de los mismos.
Será también por la fuerza de tal impulso que más
tarde, en nuestros días, los descendientes del joven judío de Frankfurt que un
día se encaminó de Hannover a su casa luego de aprender el oficio podrán
emerger a la cresta de la onda, tornarse sujetos de la curiosidad de
publicistas y de escritores, ofrecer todavía material a la pluma de
panfletistas —quien no recuerda Les Juifs de un panfletista
príncipe de estos años, Peyrefitte—, penetrar nuevamente en los salones y en
los secretos reductos de la gran política nacional y mundial.
Bibliografía
Las biografías de los Rothschild son abundantes, si
bien no numerosísimas y, naturalmente, de valor desigual.
Entre las menos recientes conviene señalar, también
porque fueron elaboradas sobre los archivos, de Frankfurt, ahora desaparecidos
la primera, y los de Londres, que según parece no consultables, la segunda.
Christian Wilhelm Berghoeffer, Meyer
Amschel Rothschild, des Gründer des Rothschildschen Barikhauses, Frankfurt,
1922, y Jules Ayer, A Century of Finance. 1800-1904. The London House
of Rothschild, Londres, 1905.
Recientemente apareció la que debe ser indicada
como la más inteligente y la más penetrante. Se trata de la obra de Jean
Bouvier, Les Rothschild, París, 1960. El trabajo biográfico
importante y documentado, ciertamente no definitivo, como él mismo ha tenido la
modestia de escribir, es aquel aún en curso de B. Gille, Histoire de la
Maison Rothschild, del que ya aparecieron dos volúmenes publicados por
Droz, Ginebra, y que llevan la narración hasta alrededor de 1870, y que llegará
hasta la vigilia de la primera guerra mundial con otros dos.
En lengua italiana, el mejor libro disponible es el
de Egon Corti, I Rothschild, reimpreso recientemente por
Dall’Oglio. Para el encuadre general del período en términos de historia
económica y financiera, las indicaciones, como bien se entiende, podrían ser
numerosas: nos limitamos a señalar dos trabajos, uno en lengua inglesa, el otro
en francés, sumamente completos y exactos: Rondo E. Cameron, France and
the economic Development of Europe, 1800-1914, Princeton, N.
Y., 1961, y Maurice Lévy-Leboyer, Les
banques européennes et l’industrialisation intemational dans la premiere moitié
du XlXe siécle, París, 1964.
Para una consulta de* tipo general, que abarque los
Rothschild, sus amigos y también sus adversarios, se puede indicar la Historia
general de las civilizaciones, edición española, ed.
Destino, Barcelona, 1958: el tomo referido al siglo
XVIII redactado por R. Mousnier y E. Labrousse, y el del siglo XIX por R.
Schnerb.
Notas:
[1] E
igualmente futuro Presidente de la República francesa
[2]¿Quién
sostiene hoy el peso del mundo? ¿Quién manda
en los congresos realistas o liberales?
¿Quién levanta en España a los pa riotas descamisados,
de quienes tanto charlan los periódicos de la vieja Europa?
¿Quién sostiene al antiguo y al viejo mundo en pena
o en gloria? ¿Quién unta de aceite los resortes de la política?
¿Quién desafía a la noble sombra de Bonaparte?
El judío Rothschild y su camarada cristiano Baring.
(Trad. de F. Villalva, ed. por El Ateneo, 1951.)

