Libro N° 9773. Historia Secreta De La Bomba Atomica. Watson, Peter.
© Libro N° 9773. Historia Secreta De La Bomba Atomica. Watson, Peter. Emancipación. Abril 2
de 2022.
Título original: © Historia Secreta De La Bomba Atomica. Peter
Watson
Versión
Original: © Historia Secreta De La Bomba Atomica. Peter Watson
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/historiasecretadelabombaatomica/index.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://media.istockphoto.com/illustrations/ink-product-background-stand-or-podium-pedestal-on-empty-display-illustration-id1329288008?k=20&m=1329288008&s=612x612&w=0&h=Dj8jTlj3VXCd7RqJCuvlsOU2NKIwd6Vlm9jdP0YmbH8=
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/historiasecretadelabombaatomica/imagenes/portada.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
HISTORIA SECRETA DE LA
BOMBA ATOMICA
Peter Watson
Historia Secreta De La Bomba Atomica
Peter Watson
CONTENIDO
Prólogo
Parte I. De incógnito. Klaus Fuchs y Niels Bohr
1. Zigzag
Parte II. Sobreestimar a los alemanes
2. El sabor del miedo: la amenaza de la fisión
3. Preliminares de un juego de estrategia
4. La conveniencia de guardar el secreto... o no
5. Las comadronas
6. Sabotaje estratégico del agua pesada
7. Los primeros atisbos de los secretos nucleares
de Alemania
8. La joya de la corona de todos los secretos
9. Apagón de los servicios de inteligencia: el
error fatal
10. Fallout
11. «Pruebas concluyentes» de espionaje soviético
12. La agenda secreta del general Groves
13. El miedo de Bohr
14. Se pierde una pista fundamental
15. «No me vengan con escrúpulos». La pérdida de la
inocencia
16. Las garras del oso
Parte III. Vidas paralelas.
17. El Pequeño Zorro
18. Almuerzo en el Tribunal Supremo
19. «La misión que estaba esperando»
20. Un presidente dispuesto a ayudar
21. Carta de Moscú
22. El error del primer ministro
23. La bomba da problemas: errores en Los Álamos
24. El error del presidente
Parte IV. Subestimar a los rusos
25. Niels Bohr y Stalin
26. Klaus Fuchs: luz en las sombras
Agradecimientos
Láminas
Ya en 1941 me di cuenta de que la bomba no solo era
factible sino también inevitable.
Sir James Chadwick, el científico británico más importante del Proyecto
Manhattan, en una entrevista concedida en 1974, poco tiempo antes de su
fallecimiento
Los Aliados ganamos la segunda guerra mundial porque nuestros científicos
alemanes eran mejores que sus científicos alemanes.
Sir Ian Jacob, secretario militar de Winston
Churchill
No es fácil pensar en las armas atómicas sin pensar al mismo tiempo en el fin
del mundo.
Iósif Stalin
Cuando te encuentras con algo técnicamente factible, sigues adelante. Luego ya
entras en debates, pero solo cuando técnicamente el experimento ha dado sus
frutos. Eso es lo que ocurrió con la bomba atómica.
J. Robert Oppenheimer, director científico del laboratorio de Los Álamos
No me vengan con escrúpulos de conciencia. Esa cosa es ciencia física de
primerísimo nivel.
Enrico Fermi, responsable de la primera reacción nuclear en cadena estable
La primera bomba atómica fue un experimento innecesario. ..[los
científicos]habían inventado un juguete y tenían ganas de probarlo. Por eso
lanzaron la bomba.
Almirante William «Bull» Halsey, comandante en jefe de la Tercera Flota
El descubrimiento del neutrón por Chadwick constituyó, aunque su intención no
fuera esa, el primer paso hacia la pérdida de inocencia del hombre en el
terreno de la energía nuclear.
Andrew Brown, autor de la biografía de James Chadwick
Cuando los hombres justos pecan, añaden al mal toda la potencia de su virtud.
Lewis Mumford, parafraseando el Libro de Ezequiel, XVIII, 24
Prólogo
Encubrimiento, o cuando los justos pecan
Es posible que en toda la historia de la humanidad
ninguna idea haya tenido consecuencias más inmediatas y trascendentales que el
célebre descubrimiento de Albert Einstein de que E=mc2, esto es, que la materia
y la energía son, básicamente, aspectos distintos de un mismo fenómeno.
Einstein publicó su teoría de la energía nuclear en mayo de 1905 y la estuvo
puliendo y perfeccionando —con ayuda— hasta que en 1917, en mitad de la primera
guerra mundial, quedó perfilada del todo. Veintiocho años después —es decir, al
cabo de una sola generación—, el 6 y el 9 de agosto de 1945, la destrucción de
Hiroshima y Nagasaki con sendas bombas atómicas pondría fin a la segunda guerra
mundial.
La historia demuestra que, aunque son muchas las
ideas susceptibles de tener consecuencias —el Renacimiento, la Reforma y las
revoluciones científica y romántica constituyen buenos ejemplos—, no siempre
resulta sencillo calibrar su incidencia en la realidad. ¿Cuál es el origen
intelectual de la Revolución Francesa? ¿Por qué la revolución marxista estalló
en Rusia cuando el mismo Marx predecía que lo haría en Gran Bretaña? ¿Por qué
el modernismo surgió en Francia —si es que en efecto llegó a surgir— antes que
en ningún otro país?
Por otra parte, la cronología de la energía
atómica, o nuclear, resulta de una precisión asombrosa en el mundo de las
ideas. Todo empezó en 1898 con la identificación del electrón, a la que no
tardó en seguir, en 1907, el conocimiento de la estructura del átomo. Más
tarde, en 1932, los científicos descubrieron el neutrón y de inmediato
comprendieron que su existencia sugería la posibilidad de activar una reacción
en cadena en el seno mismo del átomo. Las piezas del puzle, pues, encajaron en
un espacio de tiempo pasmosamente breve. Ernest Rutherford, director de los
laboratorios Cavendish de Cambridge, llamó a esa época «la edad heroica de la
física».
En tanto que autor de varios libros sobre la
historia de las ideas, este apretado calendario siempre me había fascinado.
Cuando empecé a estudiarlo, enseguida tuve claro que, además, la crónica de la
investigación atómica tenía una dimensión humana absoluta y singularmente
dramática. Porque la edad heroica de la física del período de entreguerras tuvo
por protagonista a una reducida élite de no más de una docena de físicos,
químicos y matemáticos de diversa procedencia —Gran Bretaña, Alemania, Francia,
Estados Unidos, Dinamarca, Italia, Rusia y Japón— que se conocían y
relacionaban entre sí porque habían estudiado en un puñado de universidades y
otras instituciones europeas —en Berlín, Cambridge, Copenhague y Gotinga—,
colaboraban en sus investigaciones, asistían a las mismas conferencias, iban
juntos de vacaciones, se invitaban a sus bodas, difundían sus hallazgos en las
mismas y escasas publicaciones especializadas, cooperaban o competían en una
impresionante diversidad de actividades científicas y gozaban de un
reconocimiento general porque muchos habían sido galardonados con el premio
Nobel. Se podría decir que las décadas de 1920 y 1930 fueron las más
emocionantes y trascendentales no solo de la ciencia física, sino de la
ciencia. [1]
Pero aquellos años fueron extraordinarios también
por otro motivo no menos trascendental y sí mucho más dramático: el auge del
nazismo en Alemania y del fascismo en Italia.
Con el descubrimiento del neutrón el año anterior a
la llegada de Hitler al poder en Berlín, algunos científicos fueron conscientes
de la posibilidad teórica de liberar la enorme energía encerrada en el núcleo
del átomo, pero esperaban, contra toda esperanza, que dicha posibilidad no
llegara a hacerse realidad. Y entonces, en las Navidades de 1938 y los primeros
días de 1939, a pocos meses de la guerra, cuatro científicos confirmaron desde
Alemania que habían logrado dividir —o fisionar— el núcleo del átomo de uranio,
el elemento más pesado y más inestable de la tabla periódica. Era un nuevo y
aterrador paso en el camino de la posible invención de las armas nucleares.
Un científico alemán, Werner Heisenberg,
posiblemente el más brillante de todos ellos —había obtenido el premio Nobel en
1932, con solo treinta y un años—, diría mucho más tarde que si, en 1939, un
puñado de físicos se hubieran negado a seguir investigando la posibilidad de
fabricar armas nucleares, los políticos no habrían podido seguir adelante y la
carrera atómica se habría truncado. [2]
En vez de ello, ese mismo año, un número muy
reducido de personas altamente cualificadas se vio de pronto en posesión de
unos conocimientos y unos recursos con los que podrían, al menos en teoría,
decidir el resultado de la guerra si esta llegaba a estallar —y esto parecía
cada día más probable—. ¿Podía existir algo más dramático y trascendental que
una idea con la suficiente potencia para decidir la victoria en una guerra
mundial? El propio Einstein estaba inquieto.
* * * *
Seis años más tarde, la extraordinaria idea de
Einstein quedó confirmada en su totalidad. El lunes 16 de julio de 1945, a las
5.29 horas, se llevó a cabo con éxito la primera prueba atómica en el llamado
«Trinity Site» del desierto de Alamogordo, Nuevo México. Aunque luego sabría
que la explosión llegó a oírse en tres estados, Leslie Groves, el general al
mando del programa nuclear estadounidense, insistió en guardar el secreto: «Lo
mismo puede encomendarnos una misión mucho más sencilla, mi general —le dijo
uno de sus subordinados—, como, por ejemplo, mantener en secreto la existencia
del río Misisipi». Al día siguiente, lunes, el presidente Truman mantuvo su
primer y único encuentro cara a cara con el líder soviético Iósif Stalin en
Potsdam, un barrio residencial de Berlín. [3]
Tres semanas después, el 6 de agosto, lunes
también, la idea de Einstein volvió a concretarse en el bombardeo de Hiroshima.
Y dos días después, el 8 de agosto, la Unión Soviética declaró la guerra a
Japón; a la madrugada del día siguiente, los tanques soviéticos cruzaron la
frontera de Manchuria.
La proximidad de estas fechas no es casualidad. En
los últimos años, la mayoría ha llegado a la conclusión —cuando menos la
mayoría de los historiadores, ya que no de la ciudadanía— de que las bombas
lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki no eran necesarias para poner fin a la
segunda guerra mundial, de que su propósito era muy distinto.
No deja de sorprenderme —bien es verdad que solo
hasta cierto punto— que dicha conclusión no esté más extendida. Uno de los
primeros escépticos del empleo de la bomba fue el general Dwight D. Eisenhower,
comandante supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada, jefe militar de las
operaciones contra Hitler y futuro presidente de Estados Unidos. En el período
más peligroso de la guerra fría, y poco después de su célebre discurso de
despedida —en el que advirtió de la amenaza que suponía el «complejo militar-industrial»
estadounidense—, Eisenhower recordaría el día en que el entonces secretario de
Guerra, Henry Stimson, le comunicó el inminente lanzamiento de la bomba atómica
contra las ciudades japonesas: Mientras enumeraba los motivos, me iba
invadiendo una sensación de desaliento. Le trasladé mis reparos: en primer
lugar, mi convicción de que Japón ya había sido derrotado y por tanto lanzar la
bomba era completamente innecesario; y, en segundo lugar, que creía que nuestro
país no debía estremecer a la opinión pública mundial con un arma cuyo empleo,
en mi opinión, ya no era imperativo para salvar la vida a más norteamericanos.
Yo creía también que Japón ya solo buscaba una fórmula para rendirse, que solo
quería «salvar la cara». [4]
La Tercera Flota del almirante William «Bull»
Halsey apenas encontraba resistencia en sus incursiones sobre las instalaciones
costeras niponas, y para el almirante Wagner, que estaba al mando de las
patrullas de reconocimiento aéreo, en los varios millones de kilómetros
cuadrados de océano y costas del Lejano Oriente que vigilaban sus aviones «no
había, literalmente, ni un solo objetivo digno de la pólvora necesaria para
destruirlo». Más tarde, Halsey, repitiendo prácticamente la idea de Eisenhower,
diría que «la primera bomba atómica fue un experimento innecesario. ...[los
científicos]habían inventado un juguete y tenían ganas de probarlo. Por eso la
lanzaron. .. Mató a muchos japoneses, pero hacía tiempo que los japoneses se
habían puesto en contacto con los rusos y tanteado la posibilidad de la
paz». [5]
Más reveladoras si cabe son las conclusiones de un
exhaustivo estudio oficial del «US Strategic Bombing Survey», que se hicieron
públicas menos de un año después del lanzamiento de las bombas de Hiroshima y
Nagasaki. Decían: «Es muy probable que sin bombardeos atómicos, sin que los
soviéticos le declarasen la guerra y sin invasión norteamericana, Japón también
se hubiera rendido en 1945». [6]
En mayo de 1945, Leó Szilárd, judío húngaro huido
del Tercer Reich —salvó la vida por un pelo— y el primero en concebir la idea
de una reacción nuclear en cadena, mantuvo en su casa de Spartanburg, Carolina
del Sur, una reunión con James F. Byrnes, representante personal del presidente
Truman para asuntos atómicos y futuro secretario de Estado. En sus memorias,
Szilárd escribe: El señor Byrnes no afirmó que el uso de la bomba contra las
ciudades japonesas fuera necesario para ganar la guerra. Sabía, como lo sabía
el resto del gobierno, que Japón ya había sido derrotado y que podíamos obtener
la victoria en seis meses. Lo que más le preocupaba al señor Byrnes en aquellos
momentos era el aumento de la influencia rusa en Europa. ..[El señor Byrnes
opinaba]que, por el mero hecho de que nosotros tuviéramos la bomba, Rusia
resultaría más manejable en Europa. [7]
Algo que por aquel entonces resultaba obvio hasta
para los propios rusos. Para Viacheslav Molotov, ministro de Asuntos Exteriores
soviético durante la guerra, el objetivo de las dos bombas atómicas «no era
Japón, sino la Unión Soviética. ...[Los norteamericanos]querían decirnos: que
no se os olvide que vosotros no tenéis la bomba y nosotros sí. Como deis un
paso en falso, ¡ateneos a las consecuencias!». [8]
Estos y otros comentarios han motivado que, a
medida que se han ido desclasificando documentos, muchos historiadores —sobre
todo norteamericanos— hayan vuelto a estudiar todo el proceso de decisión que
condujo al lanzamiento de la bomba atómica. A estas alturas, el consenso es
generalizado. Recurrir a la bomba contra Japón en agosto de 1945 fue del todo
innecesario: para entonces los japoneses estaban dispuestos a rendirse y si no
lo habían hecho ya era únicamente porque pretendían encontrar una fórmula verbal
que les permitiera conservar a su emperador como monarca constitucional —idea
escasamente popular entre la ciudadanía norteamericana: según ciertas encuestas
de la época, la tercera parte de los estadounidenses habría preferido la
ejecución sumarísima de Hirohito—. También existe consenso en que las dos
razones principales para lanzar la bomba eran poner fin a la guerra antes de
que la Unión Soviética pudiera intervenir en Oriente, pasando con ello a
convertirse en nación beligerante en el Pacífico —con las consiguientes
demandas territoriales que eso acarrearía—, y sobre todo hacer una demostración
de fuerza para impresionar a Moscú, que tomaría buena nota de la potencia
nuclear de los aliados occidentales y, en vista de ello, se mostraría más
dispuesta a atender los intereses occidentales en la posguerra. [9]
Las últimas investigaciones demuestran también que
la decisión de usar la bomba estaba en manos de un número reducido de personas
y que algunas de esas personas se esforzaron por ocultar sus verdaderos motivos
—se han encontrado «pruebas irrefutables de mentiras manifiestas»—, mientras en
público defendían lo que no era más que un mero pretexto: el lanzamiento de la
bomba salvó la vida a muchos norteamericanos y japoneses. [10]
* * * *
Las poco edificantes maniobras que condujeron a la
decisión de utilizar la bomba atómica contra Japón no son, sin embargo, el tema
principal de este libro. Esta obra se centra en los años anteriores, en el
período de la guerra en que algunos descubrieron que la razón original para
fabricar el artefacto —la convicción de que los científicos de Hitler también
se proponían hacerlo— carecía de base real. Pero el bando aliado no supo
gestionar ese descubrimiento y los servicios de inteligencia no quisieron compartirlo.
Al contrario, las mismas personas que luego confundieron al mundo sobre las
verdaderas causas de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki se encargaron de
ocultarlo. Tras una lectura atenta de los últimos archivos desclasificados —de
distintos países: Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania, Dinamarca, Rusia—,
esta obra ofrece una nueva cronología, o un nuevo relato, de la fabricación de
la bomba atómica, y demuestra que, de haberse puesto en común importantes
informaciones y datos secretos sobre la investigación atómica —como fácilmente
debería haber sucedido—, ni habría sido necesario fabricar el artefacto ni el
mundo se habría visto empujado al precario y amenazante equilibrio en que
todavía se encuentra. No todos compartían la opinión de James Chadwick, para
quien en cuanto la bomba fuera factible sería también inevitable. Se cometieron
muchos errores —y se contaron muchas mentiras— con el único fin de legar al
mundo un arma que en realidad no era necesaria.
En el corazón de esta historia se encuentran dos
personas, Niels Bohr y Klaus Fuchs, que, cada uno desde un punto de partida muy
distinto, anticiparon que la bomba amenazaría con cambiar el mundo de la
posguerra y no se quedaron de brazos cruzados. Uno no consiguió nada, pero el
otro sí.
Este libro aborda sin pudor el hecho de que, en
cuanto supieron que la bomba se podía fabricar, algunas personas se aseguraron
de que se fabricara. Tanto Bohr como Fuchs temían esa inevitabilidad, pero al
mismo tiempo sabían que, en época de conflicto armado, más que en ninguna otra,
el tiempo es crucial. En las guerras, los hechos —susceptibles, además, de
causar muchas muertes— se suceden a gran velocidad, y con la misma celeridad
hay que tomar decisiones importantes de consecuencias imprevisibles. En tales
circunstancias, como demuestra este libro, hasta lo que se antoja inevitable
puede no necesariamente serlo.
La historia secreta de la fabricación de la bomba
atómica —que es, en esencia, el tema de este libro— nos deja la ineludible
conclusión de que tanto los estadounidenses como los franceses, los alemanes y
los británicos cometieron una serie de errores cruciales y contaron una larga
serie de mentiras con el resultado de que el mundo entró dando traspiés, o
directamente metiendo la pata, en la era nuclear, cuando, para colmo, era del
todo innecesario. Había en marcha una guerra mundial encarnizada y con mucha frecuencia
muchos individuos hacían algo con la mano derecha sin saber exactamente lo que
estaba haciendo la mano izquierda. Todos estaban inmersos en una lucha a vida o
muerte, pero muy pocas personas tenían acceso a la información que habrían
necesitado. A partir, sin embargo, de las pruebas de que ahora disponemos,
resulta fácil concluir que, si otros hubieran ocupado determinados puestos
clave y esas personas hubieran compartido la información de que disponían, los
principales actores de esta historia bien podrían haber comprendido que no
había ninguna necesidad de fabricar una bomba atómica y todos nos habríamos
ahorrado la vida al borde del precipicio que hoy llamamos paz.
* * * *
Las armas nucleares siguen ocupando un lugar tan
estresante en nuestra vida como siempre. Han transcurrido más de setenta años
de Hiroshima y los controles sobre el empleo o la difusión de esta munición
terrible no parecen más comunes ni mejores. Hoy hay en el mundo 9.500 cabezas
nucleares que, según los científicos, servirían para destruir el planeta más de
cien veces. [11] Es una situación tan absurda como peligrosa y, tras lo ocurrido
recientemente en Irán y Corea del Norte, los riesgos quizá sean mayores.
Al establecer una nueva cronología de la invención
de la bomba atómica, que en ciertos aspectos importantes se aparta de la
ortodoxa, mi temor es dar pie a conclusiones demasiado fáciles cuando el mundo
ya no es el mismo.
En cualquier caso, hay una observación que merece
la pena hacer porque subraya la gravedad de las nuevas circunstancias a las que
ahora tenemos que hacer frente.
Los personajes principales de esta historia —los
presidentes Roosevelt y Truman, Vannevar Bush y el general Leslie Groves, que
contribuyeron a poner en marcha y luego dictaron las directrices del programa
de la bomba atómica en el bando estadounidenses, y el primer ministro Winston
Churchill, el ministro del Tesoro sir John Anderson y James Chadwick,
descubridor del neutrón, que hicieron lo mismo del lado británico— eran
complejos hombres de mundo, personas maduras, muy inteligentes y con una enorme
experiencia, estaban extraordinariamente bien informados y habían conseguido ya
diversos logros prácticos que habían servido para mejorar la vida de millones
de personas. Comparados con nuestros líderes de hoy, eran gigantes.
Y sin embargo cayeron en el error de fabricar la
bomba atómica. Entre todos, y tras convencerse de que actuaban impulsados por
los motivos más elevados, nos empujaron a un mundo en el que podríamos no haber
entrado. Lo cual nos lleva al argumento de Heisenberg: si los científicos
hubieran sabido lo que los servicios de inteligencia y los señores de la
política averiguaron en el camino de Hiroshima, ¿habrían seguido adelante con
la fabricación de la bomba? El lector extraerá sus propias conclusiones a partir
de las pruebas que expone este libro. El desastre de la bomba atómica es una
historia aleccionadora que, por encima de todo, subraya el hecho de que, ahora
como entonces, las reacciones en cadena entre las personas son incluso más
decisivas que las fuerzas inmensas de la física nuclear.
Parte I
De incógnito. Klaus Fuchs y Niels Bohr
Capítulo 1
Zigzag
Viernes, 3 de diciembre de 1943. Poco después de
las siete de la mañana, justo al romper el día, el RMS Andes abandona las aguas
del Atlántico y se interna en la desembocadura del río James, en la bahía de
Chesapeake. El tiempo es borrascoso, con chubascos intermitentes.
El Andes, que se dirigía a Newport News, Virginia,
era un barco prácticamente nuevo. En principio iba a ser la joya de la corona
de la Royal Mail Line, que antes de la guerra contaba con treinta y un navíos
dedicados a repartir las cartas y los paquetes que los británicos enviaban al
resto del mundo. Había entrado en servicio en 1939, a pocos meses de la guerra,
pero en cuanto estalló el conflicto, lo despojaron de sus lujosos ropajes
—incluido un precioso bar art déco — cuando nadie había podido disfrutar de
ellos aún y quedó convertido en un buque de transporte de tropas. Ahora
realizaba travesías entre Estados Unidos y Gran Bretaña y, en lugar de alojar a
seiscientos acaudalados pasajeros de pago, en sus abarrotados camarotes
viajaban cuatro mil soldados.
En su regreso desde Inglaterra solía viajar vacío,
pero aquel día iba ocupado. Llevaba un cargamento pequeño pero muy valioso y
altamente secreto: un puñado de físicos, químicos y matemáticos. Los habían
enviado apresuradamente a América para formar parte del mayor secreto de la
guerra: el desarrollo y fabricación de la bomba atómica. Entre ellos se
encontraban el químico Christopher Frank Kearton, natural de Cheshire e hijo de
un albañil, y el matemático Tony Skyrme, londinense y ex alumno de Eton, junto
con tres extranjeros nacidos en territorio enemigo, alemanes nada menos, que
habían llegado a Gran Bretaña huyendo de las sanguinarias aventuras de Hitler:
Rudolf Peierls, Otto Frisch y Klaus Fuchs.
La travesía había durado el doble de lo habitual
cuando se cruzaba el Atlántico. El Andes la había hecho sin escolta, confiando
en que su velocidad le bastaría para solventar cualquier imprevisto. Pero debió
navegar en zigzag. Y la navegación en zigzag es una metáfora más que apropiada
para el relato que acabamos de comenzar.
Los científicos del Andes habían recibido permiso
para alojarse en primera clase. Eso sí, los camarotes se habían reacondicionado
y llevaban ocho literas cada uno. El gran piano de cola estaba a buen recaudo
hasta nueva orden, un detalle en particular decepcionante para Otto Frisch.
Porque Frisch era un pianista consumado, de un nivel cercano al de un
concertista profesional, y tuvo que conformarse con el desvencijado piano de
pared que ahora ocupaba el antiguo salón de baile. El instrumento, por lo demás,
estaba encadenado a una columna, para que no rodara cuando el mar estaba
picado. [12]
Pero el 3 de diciembre de 1943 constituye una fecha
importante en la segunda guerra mundial por otro motivo. Ese día se publicaron
las primeras noticias sobre la conferencia en Teherán de los «Tres Grandes»
—Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill e Iósif Stalin—, que en realidad tuvo
lugar unos días antes, pero se había mantenido en secreto por razones obvias.
Era la primera vez que los tres líderes se habían encontrado cara a cara, y
habían tomado decisiones trascendentales sobre la dirección de la guerra. Casi
la misma relevancia tenía un anuncio del gobierno estadounidense de ese mismo
día: en noviembre, el mes anterior, el país había producido 8.789 aviones, es
decir, uno cada poco más de cinco minutos. La guerra estaba en su apogeo. [13]
El traslado de científicos británicos a Estados
Unidos suponía un importante paso adelante. Aunque, como veremos, los
británicos habían sido los primeros en comprender la factibilidad de fabricar
una bomba atómica, a finales de 1943 Estados Unidos les había tomado la
delantera. Aparte de contar con mayores recursos —como demuestra la citada
cifra de producción de aviones—, cualquier programa llevado a cabo en Gran
Bretaña corría el peligro de sufrir los estragos de los bombarderos alemanes.
El Andes atracó en Newport News esa misma mañana.
La ciudad, conocida en un principio por sus exportaciones de carbón y por haber
contado con el mayor astillero y el mayor dique seco del mundo, era ahora una
importante base naval bien protegida de los posibles ataques por la geografía
costera. Desde Newport, los científicos viajaron en tren hasta Washington,
adonde llegaron después de hacer trasbordo en Richmond. Durante la parada en la
estación de esta última localidad, Otto Frisch, un austríaco alto y apuesto que
se había nacionalizado británico veinticuatro horas antes de zarpar de
Liverpool, salió a dar un paseo por las calles más próximas: «Me encontré con
un espectáculo absolutamente increíble: puestos de fruta con pirámides de
naranjas. .. A causa del bloqueo naval de Gran Bretaña, llevaba dos años sin
catar una. Fue verlas y echarme a reír a carcajadas como un histérico». [14]
A Rudolf Peierls, el atestado tren le pareció viejo
y destartalado. Peierls era de corta estatura y tenía la cara redonda, llevaba
gafas de lentes muy gruesas y sus dientes de conejo dibujaban una sonrisa
maliciosa. Su mujer, Genia, era rusa. La había conocido a principios de la
década de 1930 en una convención de física celebrada en Odesa. Fue ella la que
recorrió el convoy en busca de mejores asientos y al volver le dijo a su marido
que había encontrado un vagón casi vacío donde solo viajaban «dos negros muy
simpáticos». [15] Para su decepción y espanto, alguien le aclaró que en el sur de
Estados Unidos, donde aún se encontraban, los medios de transporte se regían
por normas de segregación racial.
En Washington, los científicos recién llegados
tuvieron que esperar varios días a que los recibiera Leslie Groves. El general
era el director militar del Proyecto Manhattan, nombre bajo el que se agrupaban
todas las investigaciones realizadas en Estados Unidos encaminadas a la
fabricación de la bomba atómica.
Cuando por fin se produjo la reunión con los
científicos británicos, Groves habló de «compartimentación»: a fin de mantener
un secreto absoluto, los especialistas estaban autorizados a conocer los
trabajos propios de su especialidad y nada más, y prácticamente nadie tendría
una visión de conjunto. Si esta era una idea del todo lógica desde un punto de
vista militar —casi todos tenían a Groves por un excelente comandante—, para
muchos científicos tal compartimentación resultaba muy poco práctica. Para llevar
a cabo su labor era preferible, opinaban, tener una idea global del proyecto.
Esta diferencia de pareceres daría pie a muchas discusiones a lo largo de toda
la guerra. Para James Chadwick, el físico británico de mayor jerarquía dentro
del Proyecto Manhattan, la compartimentación era un «fraude», y más tarde, Leó
Szilárd, físico húngaro exiliado, dijo que retrasó la fabricación de la bomba
al menos un año.
Leslie Groves era objeto de la admiración de casi
todos, pero no caía bien. Edward Teller, otro exiliado húngaro, dijo: «Habría
ganado todos los concursos de impopularidad». El general era, además, un
anglófobo irredento y sospechaba de todo extranjero. Creía firmemente que los
estadounidenses eran en general personas de mayor moralidad que las de
cualquier otro país y, obligado por órdenes llegadas de arriba, aceptaba de muy
mala gana la presencia en suelo norteamericano de Frisch, Peierls, Fuchs y los
demás. La anglofobia de Groves, por otro lado, tendría consecuencias. [16]
En aquella primera reunión, Groves informó a los
científicos llegados de Inglaterra de que trabajarían en varios laboratorios.
Algunos, Frisch, por ejemplo, se dirigirían a Los Álamos, en el desierto de
Nuevo México, donde en caso de éxito acabaría montándose la bomba. Siguiendo el
principio de compartimentación, en aquel entonces Los Álamos recibía el nombre
de «Site Y». Rudolf Peierls ya lo conocía de una visita anterior, pero todos
los demás científicos llegados de Gran Bretaña que debían dirigirse a Nueva
York no supieron su localización exacta hasta meses después.
Debido a sus conocimientos en separación de
isótopos, Peierls y Fuchs fueron destinados a Nueva York. Los trabajos teóricos
en este campo los llevaba a cabo en Manhattan Kellex Corporation, filial de una
empresa de ingeniería civil. Kellex Corporation había sido fundada con el
objetivo de construir una planta especial de separación de isótopos, situada en
algún lugar del sur del país. De nuevo a causa de la compartimentación, ni
Peierls ni Fuchs conocieron en un principio la localización exacta de esa planta. [17]
Peierls y su mujer se alojaron durante quince días
en el hotel Barbizon Plaza, con vistas a Central Park, antes de encontrar un
piso en Riverside Drive. Fuchs, que al principio también estuvo en el Plaza,
encontró un apartamento en la calle 77 Oeste, número 128, en un brownstone de
cuatro plantas sin ascensor. [i]
En todos los sentidos, la vida en Nueva York era
mejor que la vida en Gran Bretaña. Peierls, Fuchs y los demás no recibían un
mal sueldo, de modo que podían sacar partido de la abundante oferta de consumo
que ofrecía Estados Unidos. En las poblaciones costeras había racionamiento y
las restricciones en electricidad causaban apagones pasajeros del alumbrado
público. Pero aquello no era nada comparado con lo que sucedía en Gran Bretaña,
donde la vida era mucho más austera y las ciudades debían permanecer totalmente
a oscuras todas las noches. Y no solo había mayor abundancia de comida, bebida
y prendas de vestir: los teatros de Broadway ofrecían grandes obras en cartel
(Porgy y Bess, El príncipe estudiante o Carmen Jones ), la vida nocturna era
muy activa y nunca faltaban conciertos de música clásica, a los que Fuchs era
asiduo.
En Nueva York había quince científicos británicos
trabajando en el Proyecto Manhattan. No estaba previsto que todos ellos se
quedaran en Estados Unidos mucho tiempo, pero sí Fuchs —y también Peierls y
Frisch—, de manera que uno de los directores de «Tube Alloys» (Aleaciones de
Tubo), nombre en clave del programa atómico secreto británico, pidió al MI5 un
informe exhaustivo sobre él, porque habría sido cuando menos embarazoso que no
fuera quien parecía ser. El MI5 sabía que Fuchs había sido comunista, pero su
informe aseguraba que había renunciado a toda participación activa en política
y que su conducta en Gran Bretaña nunca tuvo nada de «objetable».
Pero lo que ni Peierls ni los demás físicos que
trabajaban en la fabricación de la bomba atómica en Nueva York sabían era que
Fuchs llevaba a cabo ciertas actividades que, de haber tenido noticia de ellas,
sí les habrían parecido objetables. Porque desde agosto de 1941, Klaus Fuchs
era un espía ruso. [18]
* * * *
El lunes 6 de diciembre, es decir, justo tres días
antes de que el Andes amarrara en el puerto de Newport News, otro buque, el RMS
Aquitania, un trasatlántico de cuatro chimeneas repintado de color gris
acorazado, atracó en el puerto de Nueva York. También el Aquitania era lo
bastante rápido y había cruzado el Atlántico sin escolta. Llegaba con muchos
pasajeros, incluidos dos científicos que viajaban de incógnito, cuya presencia
a bordo era un secreto celosamente guardado.
En sus pasaportes británicos figuraban los nombres
«Nicholas Baker» y «James Baker», pero en realidad eran daneses. Se trataba de
Niels Bohr y de su hijo Aage. Niels Bohr era, junto con Albert Einstein, el
científico más famoso del mundo, y en lo referente a la bomba atómica era
incluso más importante que este, porque Einstein no había desempeñado un papel
activo en el desarrollo de lo que los científicos llamaban en privado el
«chisme», mientras que Bohr había sido fundamental en el estudio de la fisión
del núcleo del átomo y las inmensas cantidades de energía que podía liberar.
A juzgar por la labor desarrollada por su instituto
de Copenhague en el período de entreguerras, Bohr posiblemente fuera, además,
el físico más reconocido de todos los tiempos. Cuando obtuvo el premio Nobel de
Física en 1922, por explicar la importancia de la posición de los electrones
alrededor del núcleo del átomo —que demostraba que la física regía las
propiedades de la química y que ambas disciplinas están íntimamente ligadas—,
le concedieron la dirección de un instituto de investigación en Copenhague en
el que se daban cita físicos de muchas nacionalidades (británicos,
estadounidenses, alemanes, neerlandeses, suecos, austríacos, italianos,
franceses, japoneses y rusos). Bohr era generoso y paternal y carecía por
completo del instinto de rivalidad que suele agriar relaciones con tanta
facilidad. Quizá el éxito del instituto de Copenhague también tuviera algo que
ver con el hecho de que Dinamarca sea un país pequeño donde en aquel entonces
no resultaba difícil olvidar las rencillas nacionalistas.
Bohr siempre fue algo más que un simple científico.
A partir del 30 de enero de 1933, día en que Hitler se convirtió en canciller
de Alemania, estuvo atento a la evolución de la política germana con creciente
inquietud. Conocía Alemania, la había visitado muchas veces, sabía alemán y
quizá por eso no se hacía ilusiones y era consciente de que un día no demasiado
lejano tendría que actuar para ayudar a la comunidad científica del país. [19] De hecho, viajó a Alemania poco después de la llegada de Hitler al
poder para visitar algunas universidades de forma oficial, pero en secreto
quería comprobar si la situación de sus colegas científicos era segura y saber
cuántos de ellos se verían afectados por las nuevas leyes raciales. Uno de los
primeros en recibir su ayuda fue Otto Frisch, de Hamburgo. Frisch era el joven
sobrino de Lise Meitner, colega y amiga de Bohr desde hacía tiempo, y, como
ella, judío y austríaco. Como austríacos, en todo caso, Frisch y Meitner
estuvieron protegidos de las viles leyes raciales alemanas hasta el Anschluss
de 1938.
Bohr se tomó mucho interés en los trabajos de
Frisch acerca de la energía contenida en los átomos de sodio, y en el
transcurso de su encuentro lo agarró cariñosamente y le susurró que le esperaba
en Copenhague. Frisch escribió a su madre esa misma noche para decirle: «El
mismísimo Dios me ha cogido por la solapa del chaleco y me ha sonreído». [20]
Bohr recorrió Alemania mientras los nazis
endurecían sus leyes y empeoró la convivencia al sugerir que Copenhague sería
un refugio para todo aquel que lo necesitara. Y no solo para los judíos. Habló
entre otros con Max Planck, que había ganado el Nobel por su descubrimiento del
cuanto y era director de la Sociedad Káiser Guillermo de Berlín, y se reunió
con el checo George Placzek, autoridad mundial en el estudio del neutrón que
trabajaba en Leipzig, y con Georg von Hevesy, húngaro especialista en radioquímica
que investigaba en Friburgo y también había sido galardonado con el Nobel. A
todos les dijo que podrían continuar su labor desde Copenhague si lo
consideraban necesario. [21]
Más tarde, en septiembre de 1938, el instituto de
Bohr celebró su seminario anual. Pero para entonces Bohr había hablado
públicamente en contra de los nazis en más de una ocasión y muy pocos tuvieron
la confianza suficiente para unirse a él siquiera por unos días. Ese año, con
la guerra en ciernes, el seminario tuvo una pobre asistencia.
Uno de los científicos que sí viajaron a Copenhague
fue el físico italiano Enrico Fermi, que durante su trabajo en Roma había
descubierto la desintegración beta, proceso por el cual ciertas partículas
elementales pueden cambiar de naturaleza, e investigado el concepto de
«interacción débil», nuevo tipo de fuerza subatómica causante de la
desintegración radiactiva. Durante el seminario, Bohr se saltó discretamente el
protocolo, llevó aparte a Fermi y le dijo que el comité de concesión de ese año
estaba pensando en darle el Nobel. En circunstancias normales, una violación de
la confidencialidad de ese tipo habría sido impensable, pero las circunstancias
que rodeaban a aquellos hombres no eran normales. Por lo demás, Bohr era
consciente de que el gobierno italiano había ordenado a sus ciudadanos la
conversión a liras de toda divisa extrajera que poseyeran y le preguntó a Fermi
si preferiría retirar su candidatura al Nobel hasta que pudiera disponer del
dinero del premio sin limitaciones.
Enfrentado a este dilema, Fermi quiso sincerarse y
le confesó a Bohr que lo que de verdad deseaba era abandonar Italia en compañía
de su familia. Como si la realidad quisiera ponerle a prueba, el mismo día que
se hizo público que le habían concedido el Nobel, el gobierno del Mussolini
anunció la promulgación de leyes raciales en Italia: los niños judíos serían
expulsados de los colegios públicos, los profesores judíos perderían su
trabajo, las empresas judías serían disueltas y todos los judíos tendrían que
entregar su pasaporte. Laura, la mujer de Fermi, era judía.
En noviembre, la familia Fermi viajó a Estocolmo
para la ceremonia de entrega del Nobel —se les permitió ir a todos, por el
honor que el premio suponía para Italia—, y tras la entrega, en lugar de
regresar a Roma, los Fermi, acompañados de sus hijos y la niñera, se dirigieron
a Copenhague. Se alojaron en casa de los Bohr en espera del momento de poder
salir hacia América.
* * * *
La mañana que el Aquitania llegó a Nueva York, los
periódicos aún hablaban de la conferencia de Teherán, durante la cual Churchill
había celebrado su sexagésimo noveno cumpleaños y regalado a Stalin la Espada
de Stalingrado para que el georgiano se la entregara a su vez a los habitantes
de la desafiante ciudad del Volga, que habían tenido que soportar el terrible
asedio. A cambio, Stalin propuso un brindis por su «luchador amigo».
En cuanto el Aquitania hubo amarrado, subieron a
bordo varios miembros de los servicios de seguridad en busca de Nicholas y
James Baker. En Nueva York, Bohr y su hijo recibieron un trato preferencial y
no tuvieron que someterse al procedimiento de inmigración habitual. Unos
funcionarios recogieron sus equipajes y se los llevaron. Aunque antes de la
guerra se habían publicado importantes artículos sobre energía nuclear —el
propio Bohr era autor de algunos, y también los científicos norteamericanos y
los franceses—, desde el estallido de la contienda, las publicaciones
especializadas guardaban un silencio absoluto. Por tanto, si se hubiera
filtrado que Niels Bohr se encontraba en Estados Unidos —había salido de
Estocolmo de noche, furtivamente—, los alemanes, los rusos y los japoneses se
habrían percatado de que en América se estaba preparando algo importante.
A Bohr le hizo gracia que cuando a Aage y a él los
llevaban de un lado para otro, de puesto de seguridad en puesto de seguridad,
los funcionarios estadounidenses comprobaran una y otra vez que se encontraban
«en buen estado» y les estamparan un «recibido», como si no fueran más que un
par de paquetes. [22] El fluido proceso de acogida encontró un pequeño obstáculo en
forma de noticia: The New York Times había publicado un artículo sobre Bohr
cuando este aún se encontraba en Londres esperando a zarpar hacia América. Se
suponía que sus movimientos debían ser secretos, pero el periódico había
informado, muy cumplidamente:
CIENTÍFICO LLEGA A LONDRES
Nuevo invento de explosión atómica del danés Dr. N.
H. D. Bohr Londres, 8 de octubre (Associated Press). El doctor Niels H. D.
Bohr, científico danés refugiado, galardonado con el premio Nobel por sus
investigaciones atómicas, llegó hoy a Londres procedente de Suecia llevando
consigo lo que en Estocolmo un ciudadano danés calificó de planes de un nuevo
invento relacionado con explosiones atómicas. Según ciertas fuentes, se trata
de planes de vital importancia para el esfuerzo de guerra aliado.
Más tarde aparecieron noticias similares en el
Evening Standard y el Daily Sketch. Decían: «Bohr ha viajado a Estados
Unidos en misión especial tras consular con lord Cherwell. El profesor Bohr. ..
es un experto en explosivos. A nuestro entender este asunto guarda relación con
su viaje. El profesor ha traído ideas novedosas a Estados Unidos» .
Por último, el New York Daily Mirror del 20 de
diciembre informaba: «Los alemanes creen que tiene amplios
conocimientos en armas atómicas, el milagro que podría salvar a Alemania» .
Aunque imprecisas en ciertos aspectos de importancia, esas noticias no podían
más que inquietar a los responsables del Proyecto Manhattan —Winston Churchill
y el general Groves en particular— eran partidarios del secreto total. (En
realidad, esa fue la última vez que el Times mencionó el nombre de Bohr en toda
la guerra.) [23]
Desde Nueva York, los Bohr —aún con el nombre de
«Baker»— se dirigieron a Washington y se alojaron en la embajada danesa, donde
se celebró en su honor una discreta recepción a la que acudió entre otros Felix
Frankfurter. Este juez del Tribunal Supremo, que era buen amigo del presidente
Franklin Delano Roosevelt, había conocido a Bohr en Oxford en 1933 y se había
citado con él en los viajes que el físico realizó a América en 1939.
Frankfurter estaba por tanto en disposición de averiguar qué hacía Bohr en Estados
Unidos, cuando menos en términos generales. Pero nadie se puso en contacto con
él. No, al menos, en aquella ocasión.
En Washington, Bohr se entrevistó con el general
Groves a los pocos días de que este se hubiera reunido con Peierls, Frisch,
Fuchs y los demás miembros de «Tube Alloys». Groves era militar de pies a
cabeza: brusco, pragmático, directo, siempre con prisas y siempre atareado.
Bohr, por su parte, destacaba por su esmero y meticulosidad, y era de la
opinión de que no se puede ser riguroso y simple al mismo tiempo. Para hablar
con rigor —decía refiriéndose a muchos ámbitos y no solo a la física avanzada—,
uno tiene que hacer todo tipo de salvedades y advertencias, de modo que es
imposible —afirmaba— ser a un tiempo riguroso y simple. Hablaba de un modo
notoriamente vacilante, con circunloquios, y a veces se mostraba espeso y
prolijo. Se interrumpía a menudo y se quedaba callado unos minutos buscando la
expresión exacta que sintetizara su pensamiento. Pese a todo, Groves, que no se
dejaba impresionar con facilidad, apreciaba la brillantez de Bohr y, muy
pronto, ambos se entendieron a la perfección. [24]
Después de su encuentro, Bohr se trasladó a Chicago
para ver a Enrico Fermi, que trabajaba en la universidad de esa ciudad.
Mientras se encontraba allí llegó Groves, y ambos se desplazaron en tren hasta
Lamy, localidad situada a unos treinta kilómetros de Santa Fe, cuya estación
era la más cercana a Los Álamos. Groves quería pasar un tiempo a solas con Bohr
—en el viaje—, para ganarse su confianza antes de que el danés se uniera a los
demás físicos nucleares, a quienes el general en privado llamaba «los chiflados».
Groves, como era su costumbre, hizo hincapié en sus normas y muy en particular
en el concepto de compartimentación. En la pirámide jerárquica, Bohr se
situaría muy cerca de la cumbre, pero aun así debía tener claro «de qué se
podía hablar y qué estaba prohibido decir».
Cuando el tren cruzaba el estado de Misisipi y las
grandes llanuras de Texas en dirección al desierto de Nuevo México, la balanza
de la conversación comenzó a inclinarse sutilmente. Poco a poco, Bohr ganaba en
locuacidad y, aun conservando el tono grave y la lentitud al hablar, su voz,
por encima del golpeteo regular de las vías, adquiría un matiz fascinante e
hipnótico.
En general, ese viaje en tren ha intrigado también
a los historiadores, que, sin embargo, casi lo han pasado por alto, dedicándole
apenas una somera reflexión. Y hasta cierto punto es comprensible. En los
documentos referentes a Groves custodiados en los Archivos Nacionales de
Washington se conserva una nota en la que el general afirma que ha tomado la
decisión de consignar por escrito lo menos posible a fin de preservar en
secreto el proyecto. De acuerdo con esa decisión, de aquel viaje con Bohr no
existe ningún documento ni en sus archivos ni en los de Bohr. No obstante, como
veremos en el capítulo 14, lo que ocurrió en aquel tren fue de la mayor
importancia en la historia de la fabricación de la bomba.
La mañana siguiente a su llegada a la «Jornada del
Muerto», nombre que dan en la zona a Los Álamos y sus alrededores —porque
durante la colonización del Oeste eran muchos los que allí morían de sed—,
Robert Oppenheimer, director científico del Proyecto Manhattan, se encontró con
Groves por la calle y vio al general algo rígido y con una visible cojera. Le
preguntó qué le había pasado y Groves, con su humor sin gracia —el humor no era
su punto fuerte—, le contestó: «He estado hablando con Bohr». [25]
* * * *
Tras su llegada a las costas americanas y en los
meses posteriores, Niels Bohr y Klaus Fuchs intentarían, cada uno a su manera,
cambiar el curso de los acontecimientos relacionados con la fabricación de la
bomba atómica y la carrera armamentística que ambos veían cernirse en el
horizonte. La ironía que encerraba lo que ambos se proponían hacer,
simultáneamente y en paralelo, se pone de manifiesto en las páginas siguientes.
Pero sus actos también han de juzgarse a la luz de
circunstancias relevantes que los relatos previos de la construcción de la
bomba han dejado de lado y, sin embargo, cambian por completo nuestro punto de
vista sobre lo que ocurrió.
Porque lo cierto es que, cuando llegaron a América,
tanto Bohr como Fuchs sabían que la razón fundamental para construir una bomba
atómica —que sirviera de elemento disuasorio en el caso de que Hitler la
fabricara antes y llegara a chantajear con ella al mundo— podía quedar
descartada sin temor a equivocarse. Cuando desembarcaron en Estados Unidos,
Bohr y Fuchs sabían ya que Alemania no representaba ninguna amenaza. Porque
estaban al corriente de que los científicos alemanes no tenían recursos para
confeccionar la bomba, por lo que, en realidad, ni siquiera lo estaban
intentando. De manera que ni Estados Unidos ni Gran Bretaña tenían la necesidad
acuciante de fabricar un arma nuclear. El mundo no la necesitaba.
En vez de ello, los halcones de los gobiernos
aliados tenían nuevas prioridades que darían a Occidente —estaban convencidos
de ello— un dominio indiscutible en un mundo de la posguerra en el que Rusia,
todavía aliado, se convertiría en adversario. Este libro demostrará que a los
científicos que trabajaban en Los Álamos se les hurtó información confidencial
que confirmaba que el programa atómico alemán no era viable para que
continuaran esforzándose por conseguir una bomba que, según creían, iba
destinada contra Hitler, cuando en realidad los objetivos del programa habían
cambiado radicalmente.
Parte II
Sobreestimar a los alemanes
Capítulo 2
El sabor del miedo: La amenaza de la fisión
El mundo saboreó por primera vez el miedo a las
armas atómicas, y a la amenaza que representaban, en los primeros meses de
1939. Aunque no todos lo sintieron, claro. Al principio la noticia llegó
únicamente a un círculo de iniciados, y a los políticos y los militares a los
que alertaron. Pero ese año, el mismo en que empezó la segunda guerra mundial,
la inquietud y el temor poco a poco se fueron extendiendo.
La fisión nuclear, el fenómeno que dio pie a la
bomba atómica, fue descubierta por Otto Hahn y Fritz Strassmann en el Instituto
Káiser Guillermo de Química de Dahlem, barrio residencial de Berlín a menudo
llamado el Oxford de Alemania por sus muchas instituciones académicas.
El descubrimiento de la fisión nuclear resultó
inquietante desde el primer día porque suponía la culminación de varios
hallazgos que apuntaban hacia la terrible posibilidad de liberar la energía del
núcleo atómico en forma de explosión. El neutrón, componente esencial del
núcleo y la partícula que convertía en teóricamente posible una reacción en
cadena descontrolada, fue descubierto por James Chadwick, físico británico que
trabajaba en Cambridge. Lo hizo en febrero de 1932, apenas un mes después de
que por primera vez Adolf Hitler intentara convertirse, infructuosamente, en
canciller de Alemania. La fisión nuclear se hizo realidad las Navidades de
1938, a las pocas semanas de la Noche de los Cristales Rotos y un mes antes del
discurso de Hitler en el Reichstag, el Parlamento alemán, en el que el dictador
alemán se sintió lo suficientemente envalentonado para presagiar que una guerra
continental conduciría «a la aniquilación de la raza judía en Europa». [26]
Entre ambas fechas, decenas de físicos y cientos de
científicos y profesores de otras disciplinas judíos, o «políticamente
indeseables» en algún sentido, se vieron obligados a abandonar la Europa
continental. Sin embargo, gracias a su especial talento, los físicos
desempeñaron un papel fundamental en el relato de la fabricación de la bomba.
Se trata de una historia llena de ironías, y ninguna es más extraordinaria, y
casi podría decirse que más hermosa, que el protagonismo de los exiliados
judíos. Al principio, en Gran Bretaña clasificaban a los científicos alemanes
como «enemigos extranjeros» y no tenían permitido trabajar en investigaciones
secretas directamente relacionadas con el esfuerzo de guerra, como el radar o
el motor de reacción. En vez de ello estaban obligados a colaborar en proyectos
más «periféricos» y a largo plazo, como la teoría atómica.
* * * *
En ciertos círculos ya había surgido cierta
preocupación cuando Chadwick descubrió el neutrón, porque el neutrón, una de
las tres partículas básicas que conforman nuestro mundo junto con el protón y
el electrón, carece de carga eléctrica —de ahí su nombre— y, por tanto, se
puede emplear para sondear el núcleo muy profundamente, más de lo que nunca se
había hecho. Además, gracias a Einstein, los físicos sabían que el núcleo del
átomo encierra una enorme cantidad de energía.
Uno de los hombres que primero comprendió lo que
eso suponía fue Leó Szilárd, un físico húngaro brillante e inconformista. En
una famosa epifanía ocurrida cuando esperaba a que un semáforo de Southampton
Row, una calle de Londres, se pusiera en verde, Szilárd concibió la idea de la
reacción en cadena; es decir, que algún día los científicos conseguirían que un
neutrón desintegrase el núcleo liberando toda la energía que encierra, y que
esa energía liberaría a su vez más neutrones que desintegrarían más núcleos que
liberarían todavía más energía, etcétera, etcétera, en una cascada cada vez más
potente y... explosiva. Tanto se asustó Szilárd de su propia idea que la cedió
como patente al Almirantazgo británico, a condición, eso sí, de que la
mantuviera en secreto. [27]
El mismo año entró en escena desde Roma el físico
italiano Enrico Fermi con su teoría de la desintegración beta, que también
estaba relacionada con la forma en que el núcleo libera su energía en forma de
electrones. Aunque puramente teórico, el trabajo de Fermi se basaba en
investigaciones exhaustivas que le habían permitido observar que el impacto del
neutrón contra el núcleo atómico puede, como alguien dijo, «tener efectos casi
tan catastróficos como el choque de la Luna contra la Tierra». Con el golpe, el
núcleo sufre una violenta sacudida. [28] Además, Fermi demostró que si, cuando son bombardeados con
neutrones, los elementos más ligeros se transmutan en elementos todavía más
ligeros debido a la pérdida de un protón o de una «partícula alfa» (dos
protones y dos neutrones unidos, como el núcleo del helio), con los elementos
más pesados sucede justo al contrario. Las barreras eléctricas, más fuertes, de
los elementos pesados capturan al neutrón entrante y el elemento se hace más
pesado, es decir, decae en otro elemento con un número atómico superior en una
unidad. Y al mismo tiempo que más pesado, el elemento en cuestión se vuelve
también más inestable. Se trataba de un fenómeno totalmente desconocido hasta
entonces que planteaba una posibilidad fascinante.
El uranio es el elemento conocido más pesado de la
naturaleza, el último de la tabla periódica, con un número atómico de 92. Si se
bombardeaba con neutrones y capturaba uno de ellos, debía dar lugar a un
isótopo más pesado, de tal modo que el U-238 (con 92 protones y 146 neutrones,
lo cual le da un número de masa de 238) tendrían que convertirse en U-239. Este
nuevo elemento, sin embargo, debido a su gran inestabilidad, tenía que decaer
en un elemento «transuránico» totalmente nuevo, desconocido en la Tierra y con
número atómico de 93. [29]
La teoría resultaba hasta ahí lo suficientemente
emocionante, pero Fermi y sus colegas debían hacer frente a un obstáculo muy
importante. En aquellos momentos, la teoría atómica trataba al núcleo como si
fuera una sola y gran partícula, lo cual significaba que habría de tener un
tamaño y un diámetro concretos. Los experimentos realizados en Roma demostraban
que un neutrón acelerado podía atravesar el núcleo de lado a lado en unos
10 -21 segundos, es decir, en un tiempo mil
millones de veces inferior a una billonésima de segundo. No quedaba más
remedio, pues, que capturar al neutrón dentro de esa minúscula ventana
temporal. Pero los experimentos de Roma demostraban también que los tiempos de
la radiación gamma —básicamente, el tiempo que el núcleo tardaba en reaccionar—
eran mucho mayores —o más «lentos»— de lo que predecía la teoría. De hecho, los
núcleos con los que experimentó el grupo de Fermi tardaban al menos 10 -16 segundos
en emitir rayos gamma, es decir, cien mil veces más tiempo del previsto. [30]
El problema se complicaba aún más por el hecho de
que, según los experimentos, unos elementos se veían más afectados que otros
por el bombardeo de neutrones. Primero Fermi y sus colegas describieron los
efectos del bombardeo con neutrones en términos bastante vagos: débil, medio o
fuerte. Poco a poco, sin embargo, esa clasificación dejó de resultar adecuada.
Hacía falta una medida estándar. Por pura conveniencia, Fermi decidió
investigar la reacción del núcleo de la plata al bombardeo con neutrones. [31]
El ayudante al que encomendó la tarea de
estandarizar los efectos del choque de neutrones contra el núcleo atómico de la
plata no tardó en encontrarse con una fascinante sorpresa. Observó que, por
alguna razón, los cilindros de plata se activaban de forma distinta dependiendo
de su posición en el laboratorio. Concretamente, los cilindros colocados sobre
una mesa de madera reaccionaban al impacto de los neutrones mucho más que los
que se encontraban sobre una mesa de mármol. ¿Cómo era esto posible?
Pero Fermi no era conocido en los laboratorios de
Roma como «el papa» solo porque sí. Siguiendo su intuición científica, que era
casi infalible, repitió el experimento, pero esta vez usando parafina. Y el
efecto se multiplicó. Lo que Fermi había intuido correctamente, y el
experimento con parafina confirmaba, era que, al colisionar con los núcleos de
hidrógeno de la parafina y de la madera, los neutrones perdían velocidad. [32]
Se trataba de un descubrimiento crucial. Otros
físicos habían dado por hecho que para bombardear el núcleo atómico era mejor
emplear neutrones veloces, porque los protones y las partículas alfa veloces
siempre habían dado mejores resultados. Pero se habían olvidado de que el
neutrón no tiene carga eléctrica. Una partícula con carga eléctrica necesita
energía para forzar su paso a través de la barrera eléctrica del núcleo, y por
ese motivo su velocidad es un factor muy importante. Pero con el neutrón no sucede
lo mismo, un neutrón puede aminorar su velocidad y aun así atravesar el núcleo
atómico. Fermi y su equipo se dieron cuenta, pues, de que podían ralentizar la
velocidad del neutrón en su choque contra el núcleo y que, por tanto, disponían
de más tiempo para capturarlo. [33]
Fermi, en definitiva, hizo no menos de tres
importantes hallazgos: descubrió la importancia crucial del uranio en tanto que
elemento más pesado de la naturaleza; constató también cuán diferentes son los
neutrones rápidos de los lentos; y, por último, consolidó su papel como
productor de elementos «transuránicos». Más tarde, estas tres circunstancias
llegarían a ser vitales.
* * * *
Enrico Fermi y Leó Szilárd se vieron obligados a
exiliarse de sus países. Szilárd, ya en 1933 más escéptico —y más asustado— que
la mayoría con los nazis, tuvo que salir apresuradamente de Berlín en un tren
nocturno con dirección a Viena, el jueves 30 de marzo de ese año. El sábado, es
decir, poco más de veinticuatro horas después, Julius Streicher, uno de los
tristemente célebres jefes de propaganda de Hitler, se encargó de dirigir el
boicot generalizado contra los negocios judíos: muchos judíos sufrieron agresiones
en plena calle y los que viajaban en tren hacia el extranjero fueron sacados a
empujones de sus asientos. Todo esto ocurría apenas dos meses después de que
Hitler hubiera asumido el poder —el 30 de enero—. Luego, durante años y
estuviera donde estuviese, Szilárd siempre tuvo preparadas dos maletas, «por si
acaso».
Como veremos, Otto Frisch se vio obligado a huir
dos veces: la primera, de Hamburgo a Londres; y la segunda, de Copenhague a
Birmingham. Otros físicos que tomaron parte en el proyecto de fabricación de la
bomba atómica también eran exiliados: Rudolf Peierls, Hans Bethe, Franz Simon,
Walter Heitler, Fritz y Heinz London, y otros muchos.
* * * *
Pero de todos los físicos que tuvieron que escapar,
ninguno tuvo que enfrentarse a más peligros, cambios de fortuna, traiciones o
humillaciones que Lise Meitner. Su historia, que se superpone en gran medida y
casi íntimamente al inquietante descubrimiento de la fisión nuclear, estremece
y conmueve a partes iguales y recoge el sabor a miedo que tan extendido estaba
en los años de escalada hacia la guerra.
Nacida en la Viena de 1878 en el seno de una
familia judía de siete hermanos, los padres de Elise siempre fueron ambiguos en
asuntos de fe, por lo que ella nunca fue una persona religiosa y jamás estudió
historia judía. Como muchos judíos asimilados, solo se sentía leal a su país.
Su padre, por lo demás, era un abogado con gran conciencia política. [34]
Lise ingresó en la Universidad de Viena en octubre
de 1901. Era culta y estudiosa y, como su sobrino diría más tarde, «era una
chica a la que no le preocupaba nada más que sus estudios». [35] Tanto era así que sus hermanos y hermanas solían burlarse de ella:
«Lise —le decían—, vas a suspender el examen, acabas de pasar por el salón y no
estabas estudiando». [36]
Lise estudió Física y Matemáticas y fue la segunda
mujer en obtener un doctorado en Viena. Antes estuvo en Berlín, donde Max
Planck le permitió ser la primera mujer que asistía a sus clases. Al cabo de un
año se convirtió en su ayudante y, al poco, encontró trabajo con un colega de
Planck del Instituto de Física Experimental de Berlín. Allí, en 1907, fue donde
conoció a Otto Hahn.
Meitner y Hahn, que tenían casi la misma edad, se
llevaron bien desde el principio y colaboraron en varios descubrimientos.
Forjaron una amistad muy sólida y a lo largo de los años treinta, Hahn, que
terminó convirtiéndose en director del Instituto Káiser Guillermo de Química,
ayudó a proteger a su amiga. En 1933, sin embargo, Lise apareció en la lista de
profesores de la Universidad de Berlín que había que despedir. Planck, que
gozaba de gran prestigio, escribió una carta en su favor, pero no sirvió de nada.
La vida fue a peor. El Instituto Káiser Guillermo
de Química, como otros organismos similares, contaba entre su personal con un
comisario del partido nazi y algunos investigadores, tras afiliarse, vestían
regularmente en los laboratorios el uniforme de las SA —las Sturmabteilung, los
conocidos camisas pardas, cuya misión principal consistía en salir a la calle a
dar palizas a los adversarios de los nazis—. En 1936, tres distinguidos colegas
que ya habían obtenido el premio, Max Planck, Werner Heisenberg y Max von Laue,
nombraron candidatos al Nobel a Hahn y a Meitner, al parecer para protegerlos
por su condición de judíos. [ii] El gesto no sirvió de nada y tras el Anschluss de marzo de 1938,
que convirtió a Austria en parte de Alemania, Lise Meitner no encontró más
protección, por lo que su destino se tornó aún más dramático. El químico Kurt
Hess, nazi fanático que había trabajado con Meitner varios años, soltó un día:
«La judía está poniendo en peligro este instituto». [37]
Lise tuvo que presenciar el despido de algunos de
sus compañeros, o cómo abandonaban Alemania por propia iniciativa, como hizo su
sobrino Otto Frisch.
Poco tiempo después, Otto Hahn, colega y amigo
desde hacía treinta y un años, la presionó insistiéndole en que dejara de
acudir todos los días al instituto. La traición de Hahn la dejó desolada, pero
Lise no cedió y siguió yendo a los laboratorios para continuar sus
experimentos.
Abatida como estaba, se acercó a Paul Rosbaud
porque sabía que tenía información confidencial fiable. Rosbaud era una persona
notable y desempeña un papel fundamental en nuestra historia. Lise Meitner y él
eran amigos desde la década de 1920, cuando Rosbaud, austríaco como Meitner,
estudiaba física en Berlín. Sociable y de ingenio muy vivo, su mujer y él se
rodearon de una animada corte de intelectuales, actores, músicos y directores
de teatro. Hans, su hermano, era director de la Orquesta de la Radio de Fráncfort. [38]
A principios de la década de 1930, Rosbaud se
convirtió en asesor científico de la editorial Springer, que publicaba manuales
científicos y boletines académicos. Cuando en 1935 Arnold Berliner, fundador de
la empresa y judío, tuvo que exiliarse, Rosbaud pasó a ocupar un cargo muy
relevante en Naturwissenschaften, la publicación científica más importante de
Alemania. A raíz de su nuevo puesto viajaba constantemente e hizo muchos
contactos entre la comunidad científica de las universidades, la industria y el
ejército. Aborrecía a los nazis, pero tuvo la astucia de cultivar amistades con
personas bien situadas dentro del régimen, «algunos se contaban entre los más
veteranos del partido».
A pesar de sus contactos, Rosbaud era incapaz de
valorar si Lise corría mucho peligro. Emigrar, por otro lado, resultaba
complicado. Para conseguir trabajo fuera de Alemania hacía falta escribir
cartas, negociar contratos, solicitar visados. Lise estuvo indecisa, paralizada
durante semanas ante tantas dificultades. [39]
Pero no estaba sola. A las cuarenta y ocho horas
del Anschluss, Paul Scherrer, físico suizo que más tarde, durante la guerra, se
haría agente aliado, le mandó una carta desde Zúrich invitándola a un congreso.
Se trataba, claro está, de un ardid, de buscar una excusa que permitiera a Lise
salir de Alemania. Semanas más tarde, Niels Bohr ofreció desde Copenhague una
oferta similar. Pero a Lise le costaba dejar su país, abandonar el mundo que
conocía.
Y entonces, a finales de abril, Lise supo que el
Ministerio de Educación estaba revisando su caso, lo cual no auguraba nada
bueno. Se imponía la opción de emigrar.
La científica se decantó por la oferta de Bohr.
Influyó en su decisión que su sobrino Otto Frisch se encontrara en Copenhague.
Volvió a sufrir cuando el consulado danés le denegó el visado. Tras el
Anschluss, el gobierno danés no reconocía la nacionalidad austríaca.
Con creciente preocupación, Lise insistió a Carl
Bosch para que intercediera por ella ante Wilhelm Frick, el ministro del
Interior. Bosch argumentó ante Frick que Meitner era una científica muy
distinguida y que deseaba abandonar el país. [40] El mismo Bosch era una figura eminente, un químico a quien habían
concedido el premio Nobel en 1931 y había contribuido a la fundación de I. G.
Farben, que durante un tiempo fue la mayor empresa química del mundo.
En mayo, Dirk Coster escribió desde los Países
Bajos. Coster, que era físico y había colaborado con Bohr, invitó a Lise a
pasar el verano con su familia y con él en Groninga. Paul Scherrer volvió a
escribir desde Zúrich, y esta vez fue mucho más enérgico. En junio, los Bohr
pasaron por Berlín y Niels se entrevistó con Lise y volvió a Copenhague muy
preocupado y con intención de buscarle un alojamiento y un puesto de trabajo en
algún lugar de Escandinavia.
Mientras todo esto sucedía —o, más bien, mientras
no sucedía nada para cambiar la situación—, el 14 de junio, Lise supo con
consternación que el gobierno alemán aumentaría las trabas a la emigración. Por
ejemplo, técnicos y profesores universitarios ya no podrían salir del país por
ningún motivo. Se trataba de un cambio de política que parecía dirigido
directamente contra ella. Dos días más tarde, Bosch recibió la respuesta por
escrito del Ministerio del Interior: «Determinadas consideraciones políticas
impiden la concesión del pasaporte a Frau Prof. Meitner. No es deseable que
judíos conocidos abandonen Alemania». [41]
No solo le prohibían salir del país, sino que su
caso estaba sobre la mesa y había llegado a oídos del Reichsführer de las SS,
el mismísimo Heinrich Himmler.
Scherrer, Bohr y Peter Debye, un físico y químico
neerlandés que en 1934 sucedió a Einstein como director del Instituto Káiser
Guillermo de Química de Berlín y había sido galardonado con el premio Nobel de
Química en 1936, acudieron en su ayuda. Bohr en particular sugirió que Manne
Siegbahn, un físico sueco que pronto tendría su propio instituto en Estocolmo,
podría unirse a la causa. Mientras, en los Países Bajos, Dirk Coster viajó a La
Haya para mediar personalmente por Lise ante el Ministerio de Justicia y el
Ministerio de Educación neerlandeses. [42] No tardó en comunicarle que había encontrado un puesto no
remunerado para ella en Leiden. Lo había conseguido imponiendo su criterio en
una reunión de profesores a los que convenció prácticamente con amenazas —y con
el argumento incontestable de que la contratación de Lise Meitner no supondría
gasto alguno—. Dick Coster, además, recaudó fondos para que Lise pudiera
sobrevivir al menos un año. No era mucho, pero era suficiente. [43]
El 27 de junio, Coster envió un breve mensaje
codificado a Peter Debye. Viajaría a Berlín, decía, para buscar un ayudante que
cubriera una vacante no remunerada durante un año. Debye comprendió. Ese mismo
día, sin embargo, llegó a Berlín uno de los compañeros de Bohr con la noticia
de que el nuevo instituto de Manne Siegbahn en Estocolmo pronto se pondría en
marcha y ella, Lise, era bienvenida. Meitner, inquieta de nuevo, se decidió
finalmente por la oferta sueca. Visitó discretamente y en compañía de su abogado
el consulado de Suecia y organizó el traslado de sus pertenencias. [44]
Por fortuna, la complicada situación de Lise empezó
a resolverse en el momento justo. Al poco de la visita al consulado sueco,
Bosch se puso en contacto con ella y le dijo que sabía por una fuente bien
informada que la legislación que impediría salir de Alemania a los científicos
estaba a punto de entrar en vigor. Después de hablar con Bosch, Meitner se
comunicó con un antiguo ayudante, Carl Friedrich von Weizsäcker. El padre de
Carl, el barón Ernst von Weizsäcker, era un alto cargo del Ministerio de Exteriores.
Lise preguntó si podía hacer algo para que le extendieran el pasaporte. La
respuesta del barón fue escueta y descorazonadora: su organismo no atendería
ninguna solicitud. Y lo que era peor, ahora eran dos los ministerios que
estaban al corriente del «caso Lise».
Peter Debye habló con Coster y este comprendió la
situación enseguida. Pero había que salvar un último obstáculo. Era necesario
concertar la entrada de Meitner en los Países Bajos con los guardias
fronterizos. Por si no había ya suficiente suspense y tensión, Coster no
recibió el mensaje de Debye hasta el 9 de julio, que era sábado, día en que
cerraban las aduanas, de modo que Lise se pasó el domingo de brazos cruzados,
esperando.
El lunes por la mañana, el agente fronterizo
neerlandés les comunicó la respuesta de las autoridades: Lise Meitner sería
admitida. Coster se presentó en Berlín a última hora de ese mismo lunes.
Solo otras cuatro personas estaban al corriente del
plan para sacar de Alemania a Lise: Debye, Hahn, Von Laue y Rosbaud. Hahn se
había visto implicado en la huida porque Rosbaud había «aireado sus vergüenzas»
y le había obligado a cambiar de postura. El martes 12 de julio, Meitner fue a
trabajar al instituto como todos los días. Estuvo hasta las ocho de la tarde,
corrigiendo un artículo que debía publicar un joven colega. Luego se marchó a
casa y, tras hacer dos maletas pequeñas, se dirigió a casa de Hahn para pasar
la noche allí —por si alguien iba a buscarla a su domicilio—. El 13 estuvo todo
el día en la vivienda de este. [45]
Al anochecer, Hahn compensó el haberla despedido
con una gran sortija de diamantes que había pertenecido a su madre, para que
tuviera «algo que vender en caso de necesidad». Luego Rosbaud la llevó en coche
a la estación: «En el último momento, Lise fue presa del pánico y le rogó que
volvieran a casa de Hahn». Pero Rosbaud no vaciló. Dirk Coster la estaba
aguardando en el tren. Según lo acordado, se saludaron como si el encuentro
fuera puramente casual. [46]
El tren partió. Lise y Dirk Coster habían quedado
en mandar a Hahn un telegrama cifrado en cuanto estuvieran a salvo. El mayor
peligro ahora era el control de pasaportes de las SS en los trenes que salían
del país.
Al llegar a la frontera, Lise observó con terror
que se les acercaba una patrulla de cinco soldados del ejército nazi. Le
pidieron la documentación, y ella se la entregó: era un pasaporte austríaco.
Pasaron diez largos minutos que a Meitner, como más tarde contaría, le
parecieron diez horas. Para empeorar las cosas, su pasaporte estaba caducado y,
por tanto, técnicamente hablando, no era válido.
Pero la patrulla regresó y le devolvió la
documentación sin decir palabra.
A esas alturas, la huida se había convertido en una
carrera contrarreloj, porque, aunque Lise no lo sabía, Kurt Hess, el fanático
que había declarado que ella, por ser judía, estaba poniendo en peligro el
instituto, se había percatado de su ausencia y advertido a las autoridades.
Al llegar a Groninga, Coster mandó a Hahn el
telegrama concertado: «La nena ha llegado». [47]
* * * *
Dos semanas más tarde, el 26 de julio exactamente,
Lise Meitner recibió el visado de Suecia y el día 28 salió en avión de los
Países Bajos «en dirección a Copenhague, con dinero escondido. ... con miedo en
todo momento a lo que podría ocurrirme y a que nos obligaran a aterrizar en
Alemania». [48] Pero los cielos veraniegos estaban despejados. En el instituto
donde trabajaba con Bohr, Otto Frisch le enseñó a su tía el nuevo ciclotrón,
que aún estaba en desarrollo. Luego, Niels y Margrethe Bohr la recibieron en su
casa de campo de Tisvilde, a unos cincuenta kilómetros al norte de Copenhague,
en la costa. El 1 de agosto, Meitner se trasladó a Suecia.
Tras la angustia y el estrés de su huida de
Alemania, Estocolmo fue para Lise Meitner una especie de anticlímax. Sería
libre y viviría segura, aunque nunca se encontraría del todo feliz. Tardó mucho
tiempo en recuperar sus pertenencias, y cuando estas llegaron, tenían varios
desperfectos —sin duda causados a propósito durante el transporte. [49]
Pero, si ampliamos la perspectiva, todo lo ocurrido
se queda casi en mera anécdota teniendo en cuenta el descubrimiento intelectual
que Lise Meitner y Otto Frisch estaban a punto de hacer. Además, se produjeron
nuevos hallazgos a dos niveles, en el obvio, el superficial, y en otro más
profundo, medio secreto, en que algunas personas trataron de modificar los
acontecimientos sin que otros supieran muy bien lo que se traían entre manos.
El sabor del miedo se propagaba. El lunes 19 de diciembre, es decir, el día
antes de la fiesta de Navidad en el Instituto Káiser Guillermo de Química de
Berlín, Otto Hahn telefoneó a Paul Rosbaud a la editorial Springer para
hablarle de un artículo que había escrito con su colega Fritz Strassmann. Se
trataba, le dijo, de un trabajo especialmente importante y había que publicarlo
lo antes posible. Por supuesto, Rosbaud conocía la labor de Hahn y su
reputación, pero le apremió: teniendo en cuenta las fechas que eran, necesitaba
el manuscrito el viernes siguiente, 23 de diciembre, a más tardar, porque
quería publicarlo en el próximo número de Naturwissenschaften. El artículo de
Hahn y Strassmann llegó cumplidamente a las oficinas de Springer en la
Linkstrasse el jueves 22 de diciembre. [50]
Por esa misma época, Hahn escribió una carta a Lise
Meitner a Suecia para hablarle de los asombrosos resultados de sus
investigaciones con Strassmann, y que constituía el tema de su artículo: cuando
habían bombardeado con neutrones un átomo de uranio 238 no habían encontrado
radio, R-230, como esperaban —lo cual indicaría que el núcleo había perdido
unas cuantas partículas—, sino «algo parecido al bario».
Meitner recibió en Estocolmo la carta de Otto Hahn
del 19 de diciembre dos días después. Había hecho planes para pasar las
Navidades con una amiga en Kungälv, a las afueras de Gotemburgo, hacia la mitad
de la costa occidental de Suecia, así que salió de Estocolmo el viernes 23,
llevando consigo la carta de Hahn.
Otto Frisch, que siempre había sido fiel a la
costumbre de pasar las Navidades en la casa de su tía en Berlín, también había
sido invitado a Kungälv. Llegó de Copenhague en el ferri que cruzaba el
estrecho que separa la capital de Dinamarca de Malmö, y la mañana del 24
desayunó con Meitner en una pensión de Kungälv.
En 1933, año de la subida de Hitler al poder,
Frisch, que era hijo de un judío polaco nacido en Galitzia, trabajaba en
Hamburgo. Nunca le había preocupado la política y en los primeros años treinta
no reparó en el ambiente de crisis reinante. «Llegó un tipo llamado Adolf
Hitler y empezó a pronunciar discursos y luego fundó un partido, pero yo apenas
presté atención. Cuando ese tipo se convirtió en canciller, me encogí de
hombros y se me vino a la cabeza un dicho muy alemán: “Nada se come tan
caliente como se cocina”; quería decir: no creo que ese tipo sea peor que sus
predecesores. En eso, claro está, me equivoqué.» [51]
Después de que lo expulsaran de Hamburgo, Frisch
recibió una beca para trabajar en Londres con Patrick Blackett, que en 1948
obtendría el Nobel. Pero la beca duraba tan solo un año. Al concluir, Frisch
aceptó la invitación de Bohr y se unió a él en Copenhague. Allí seguía en las
Navidades de 1938.
Cuando llegó a Kungälv, su tía aún estaba dándole
vueltas a la carta, perpleja por los resultados de la investigación con
Strassmann como el mismo Hahn. Frisch iba dispuesto a comentar sus recientes
hallazgos sobre las propiedades magnéticas de los neutrones, pero Lise no quiso
escucharle. Le insistió en que leyera de inmediato la carta de Hahn.
Después se marcharon los dos a dar un paseo por un
bosque; Frisch con esquíes, Meitner a pie, esforzándose por seguirle el paso.
Mientras se paseaban entre los árboles, debatían el problema del bario. Hasta
entonces, los físicos consideraban que el núcleo atómico era tan estable que,
al bombardearlo, todo cuanto podía conseguirse era desprender algunas
partículas —por eso Hahn esperaba que al bombardear uranio 238 apareciera
radio, cuyo núcleo tiene 230 partículas—. Ese día, sentados en un tronco caído,
Meitner y Frisch se preguntaron si, en determinadas circunstancias, un núcleo
atómico podía, en lugar de ir perdiendo partículas al ser bombardeado con
neutrones, partirse directamente en dos.
Al principio, tía y sobrino rechazaron la idea,
pero poco a poco esta fue calando. Del núcleo bombardeado por Hahn y Strassmann
no se había desprendido ningún protón, o partícula alfa. Al contrario, lo
ocurrido con ese núcleo recordaba al «modelo de núcleo como la gota de un
líquido» de Niels Bohr. Al igual que la gota de un líquido, el núcleo atómico
posee cierta temperatura, una tensión superficial y ondas de vibración. La
energía, o masa, total de la gota viene en parte determinada por varios factores:
la energía de unión, modificada por la energía superficial, y la energía
eléctrica entre los protones. La tensión de la superficie —que es lo que evita
que la gota de un líquido de desparrame— se opone a la repulsión eléctrica de
los protones, porque cuanto más pesado es un elemento, mayor es su número de
protones, y, por tanto, mayor es también la repulsión. Dentro de este modelo,
el núcleo es una bola rodante de partículas que solo se mantiene compacta
gracias a, valga la imagen, una membrana que no tiene otra función que esa.
Cuando el núcleo deformado del uranio alcanza un
punto crítico, se fragmenta en dos partes de masa casi equivalente, y desprende
una gran cantidad de energía. La fórmula de Einstein, E = mc2,
es lo que explica la energía que provoca la fragmentación, también llamada
«fracción de empaquetamiento». Lo fundamental aquí es que los dos núcleos más
pequeños pesan menos combinados que el núcleo original más un neutrón. Este
denominado «defecto de masa» es muy pequeño, de solo un 0,1 %, pero
multiplicado por c2 da un valor (de energía)
considerable. [52]
Meitner y Frisch habían estado tres horas paseando
por los gélidos bosques de Gotemburgo cuando, a pesar del frío, y de lo áspero
del tronco en que se habían sentado, Lise recordó cómo se computan las masas de
los núcleos a partir de la llamada «fracción de empaquetamiento». Los cálculos
dan cifras elevadísimas, pero son sencillos. Lise multiplicó la masa perdida
por c2, la velocidad de la luz al cuadrado. El resultado
fue 250 millones de electronvoltios. Y parecía correcto: la masa perdida
aportaba la energía con la que la gota de desparramaría.
Y así fue cómo se descubrió, describió, explicó y,
hasta cierto punto, comprendió la fisión atómica. Todavía, sin embargo, no
estaba claro si la energía liberada lo haría en cantidades suficientes para
lograr una explosión sostenida.
Capítulo 3
Preliminares de un juego de estrategia
Resultaba comprensible que Otto Hahn y Fritz
Strassmann quisieran que su artículo se publicara cuanto antes. Eran
conscientes de su importancia, por mucho que no supieran en qué radicaba dicha
importancia exactamente. Hasta que Lise Meitner y Otto Frisch dieron con ello.[53]
Como correspondía a su puesto en
Naturwissenschaften, Paul Rosbaud se ocupó de que el trabajo se publicara de
inmediato. Pero, además de su labor editorial, Rosbaud desarrollaba otra muy
distinta. Sin que Hahn, Strassmann o Frisch lo supieran —es posible que Meitner
sí—, Paul Rosbaud trabajaba de espía para los británicos —en una posición
importantísima, según resultó—. En realidad, Gran Bretaña tenía en él a un
agente de inigualables valor y tenacidad, y con privilegiado acceso a
información vital. Rosbaud es, posiblemente, el mayor héroe en el relato de la
fabricación de la bomba atómica. En todo lo referido al artefacto, fue «el
principal informador científico de los servicios de inteligencia británicos».
Paul Wenzel Matteus Rosbaud nació en Graz, Austria,
la tarde del 18 de noviembre de 1896. Su madre, profesora de música, era la
amante del director del coro de la catedral, con quien tuvo tres hijos
ilegítimos, de los que Paul era el menor. El joven no llegó a conocer a su
padre y su madre murió de cáncer de mama en 1913, cuando él tenía diecisiete
años. [54]
En la primera guerra mundial se alistó como soldado
en un regimiento de Estiria y fue testigo de los ininterrumpidos combates del
río Isonzo, que discurre desde los Dolomitas hasta la costa norte del
Adriático. Pero para él, el episodio más importante de la guerra fue la
rendición de su unidad a los británicos. Más tarde escribiría: Mis dos primeros
días como prisionero son el origen de mi perdurable anglofilia. Para los
soldados británicos, la guerra estaba concluida y olvidada. No nos trataron
como enemigos, sino como los infortunados perdedores de la contienda. No
confraternizaron, pero fueron muy correctos y corteses. [55]
Al terminar el conflicto, Rosbaud ingresó en la
Technische Hochschule (Escuela Técnica) de Darmstadt para estudiar Química y se
casó con Hildegard Frank, que era judía —también trabó amistad con Walter
Brecht, hermano de Bertolt, el dramaturgo—. Tras obtener la licenciatura,
Rosbaud recibió una beca para estudiar en el Instituto Káiser Guillermo de
Química de Dahlem, Berlín, donde conoció a Otto Hahn y Lise Meitner y
desarrolló investigaciones pioneras en cristalografía de rayos X y obtuvo el
grado superior en Química. Todo ello, sin embargo, no le valió para conseguir
un puesto en la universidad, de modo que cuando le ofrecieron trabajo en la
revista berlinesa Metallwirtschaft, publicación semanal que se ocupaba de
noticias y avances en el sector metalúrgico, no lo dudó. El empleo era una
auténtica sinecura. Se trataba de actuar como una especie de scout literario:
no tenía que escribir, sino olfatear el panorama de la metalurgia en busca de
ideas para artículos; así, pudo viajar por toda Europa y conocer a muchos
científicos. Visitó no solo multitud de ciudades de Alemania, sino también
Oxford, Oslo y Copenhague; e hizo contactos que conservaría por mucho tiempo.
Conoció entre otros a Einstein, Piotr Kapitsa, Niels Bohr, Ernest Rutherford,
Leó Szilárd y Frederick Lindemann, futuro lord Cherwell, nombres que volverán a
aparecer muchas veces en nuestro relato. En el pequeño mundo de la élite
científica, Rosbaud llegó a conocer a todas las personas importantes.
Aquel panorama idílico tenía una sola mácula: el
propietario de Metallwirtschaft, Georg Lüttke, era un nazi ferviente, de modo
que Rosbaud se volvió contra la revista. Sin embargo, Ferdinand Springer y su
hermano Julius, presidentes de la prestigiosa editorial Springer, le ofrecieron
trabajo como asesor científico de todas las publicaciones de la firma. El
chollo era todavía mayor: ahora tendría acceso a las mejores mentes de la
comunidad científica europea. [56]
Más o menos por la misma época hizo otro contacto
muy distinto, pero no menos importante. Francis Edward Foley nació en
Burnhamon-Sea, Somerset, en 1884. Estudió en Francia y allí aprendió a hablar
francés y alemán —más tarde sería el encargado de interrogar a Rudolf Hess, a
quien no le pasó desapercibido que Foley hablaba el alemán sin acento—. Después
de la primera guerra mundial, Foley estuvo destinado en el Estado Mayor del
Ejército Británico del Rin, pero no tardó en integrarse en el SIS (Servicio de
Inteligencia Secreto, o MI6), en la legación de Berlín, en calidad de oficial
encargado del control de pasaportes, cargo que le serviría de tapadera para
llevar a cabo operaciones de espionaje.
Tras el ascenso de Hitler al poder, Foley empezó a
usar su posición para conceder pasaporte británico a muchos judíos y ayudarlos
así a huir de Alemania. Rosbaud también cooperaba, de modo que es posible que
fuera así como se conocieran. [iii]
Pero con el Anschluss de marzo de 1938, la vida de
Rosbaud y su familia, entre ella Lise Meitner, cambió. Hasta entonces, Hilde,
su mujer, judía, y su hija Angela, una niña Mischling (de raza mixta), estaban
protegidas por su nacionalidad austríaca. Pero tras convertirse en ciudadanas
de Alemania debido a la anexión de Austria, podían aplicárseles las leyes
raciales. Paul fue a ver a Foley, e Hilde y Angela no tardaron en recibir el
pasaporte británico. Partieron a Londres en avión y, con la ayuda de Robert
Hutton, un profesor de Cambridge —otro de los contactos de Paul—, encontraron
un pequeño apartamento donde vivir. La anglofilia de Paul echó raíces para
siempre.
* * * *
Hasta ese momento, investigar a la comunidad
científica no resultaba prioritario para el gobierno británico. Era más
importante espiar a los sectores económicos, políticos y militares. Pero esa
circunstancia no perduraría.
El cambio se inició cuando Otto Hahn y Fritz
Strassmann publicaron en Naturwissenschaften su fundacional artículo sobre la
fisión nuclear. Posiblemente, Hahn y Strassmann tenían razones de peso para dar
a conocer el artículo cuanto antes —además de que era natural que tuvieran
prisa—. Hahn no era nazi y muchas veces su carrera se resintió por ello. En
1943, Strassmann y su mujer, como luego se supo, ocultaron a un judío para
salvarlo de las garras de la Gestapo —después de la guerra, además, Rosbaud dejó
dicho en una carta que Strassmann era «el más decente de todos los científicos
alemanes»—. Ruth Sime, autora de la biografía de Lise Meitner, ha demostrado
que, durante la guerra, el instituto de Hahn sacó provecho de sus relaciones
con el ejército, pero lo cierto es que algunos personajes relevantes de
Alemania siempre lamentaron la publicación del artículo de Hahn y Strassmann
sobre la fisión, como veremos más adelante. [57]
Arnold Kramish, el biógrafo de Rosbaud, sostiene
que, en realidad, con la publicación del artículo, Paul daba inicio a «un juego
de estrategia». Rosbaud consideraba a Hahn un científico puro, alguien a quien,
como a Faraday o a Hertz, las posibles aplicaciones prácticas de sus
descubrimientos no interesaban lo más mínimo. Pero es «muy probable que
él[Rosbaud]sí se diera cuenta antes que ningún otro científico del enorme
potencial destructivo del descubrimiento de Hahn, Strassmann y Meitner. Aparte
de que era agudamente consciente de la importancia fundamental de las
investigaciones realizadas en Alemania y quería que el resto del mundo
conociera el valor del hallazgo cuando menos al mismo tiempo que las
autoridades nazis. Con la publicación inmediata del artículo de Hahn, Rosbaud
puso en alerta a la comunidad mundial de la física». En su libro sobre
Heisenberg, Paul Lawrence Rose afirma que Rosbaud «influyó» en que Hahn
publicara su trabajo en su boletín y cuanto antes. La publicación supuso, dice
Gerard DeGroot en su historia de la bomba, «un gesto de subversión muy
calculado». [58]
¿Fue ese el primer episodio de una serie con la que
los físicos alemanes querían poner en un compromiso a sus superiores nazis?
Existen motivos para creer que sí.
Otto Hahn le escribió a Meitner: «Anteayer hablé
con Rosbaud en detalle. Volverá a viajar a Inglaterra para hablar con
Cockcroft». [59]
Era un dato revelador, porque John Cockcroft era un
científico británico muy interesado en cualquier información relevante sobre
energía atómica y, al mismo tiempo, mantenía un contacto directo con Hahn. La
conexión Rosbaud-Cockcroft resultaría crucial.
* * * *
Tras su aventura en los bosques de Gotemburgo el
día de Nochebuena de 1938, Lise Meitner y Otto Frisch se fueron cada uno por su
lado. Frisch regresó a Copenhague y le habló de la conversación con su tía a
Bohr, que estaba a punto de salir hacia Estados Unidos. «Apenas había empezado
a contarle —escribiría Frisch más tarde—, cuando se llevó la mano a la frente
y, dándose un golpecito, exclamó: “¡Ah, qué tontos hemos sido! Pero da igual,
¡es maravilloso! Seguro que es eso lo que ocurre”.» [60]
Bohr zarpó al día siguiente rumbo a Nueva York en
el SS Drottningholm. Pidió que le colocaran una pizarra en el camarote para
poder confirmar los cálculos de Meitner y Frisch. Cuando llegó a Manhattan
estaba convencido de que, aunque aún quedaban algunas anomalías que solucionar
—algunas muy importantes—, tía y sobrino estaban en lo cierto respecto a la
fisión.
Frisch había tomado prestada la palabra «fisión» de
un amigo, pues era el término utilizado por los biólogos para referirse a la
división de las células.
Cuando Bohr introdujo la idea en Estados Unidos
—antes, en realidad, de la publicación de los trabajos de Frisch, Meitner, Hahn
y Strassmann—, hubo prisas por replicar los experimentos de Berlín. Y «prisas»
es la palabra más apropiada, porque, según todas las fuentes, en la conferencia
donde Bohr habló de la fisión por primera vez ante un grupo de físicos
estadounidenses varios asistentes —vestidos de etiqueta— se levantaron de sus
asientos y salieron apresuradamente de la sala. Querían repetir sin dilación el
experimento de Hahn y Strassmann. En cuestión de días, el núcleo atómico fue
fisionado en varias ciudades de Norteamérica.
Las circunstancias empezaban a cambiar, pero antes
de que la bomba se convirtiera en una posibilidad práctica hizo falta un nuevo
descubrimiento, y Niels Bohr desempeñó en él el papel más importante.
Se produjo a primeros del mes siguiente, febrero de
1939, cuando la nieve recién caída aún cubría el césped del Instituto de
Estudios Avanzados de Princeton. Bohr se encontraba en el Club Nassau, situado
en una elegante casa antigua de Mercer Street, hablando de física con Léon
Rosenfeld, físico belga políglota, y George Placzek, «un bohemio de Bohemia»
que había vivido un tiempo en Rusia y después había trabajado con todos los
grandes físicos del siglo XX. También había vivido en Copenhague.
Mientras dialogaban, Placzek preguntó por qué
normalmente el núcleo del uranio se fisionaba con neutrones lentos y no rápidos
y por qué esos neutrones lentos solo daban lugar a una modesta fisión.
Según cuenta su biógrafo, en ese preciso momento a
Bohr se le demudó visiblemente el rostro. Se interrumpió de pronto en mitad de
una frase, echó su silla hacia atrás arrastrándola con ruido y se dirigió a
Rosenfeld casi en un murmullo: «Venga conmigo, por favor». Ignoró por completo
a Placzek, como si hubiera olvidado que estaba presente; y aquella conducta
resultaba muy rara en Bohr, siempre atento y cortés.
Salió de las dependencias principales del club y a
través de la nieve se dirigió rápidamente a Fine Hall, otra ala de la
universidad donde le habían asignado un despacho. Rosenfeld y él subieron las
escaleras en silencio. «Seguía sin decir palabra —contaría Rosenfeld—. Al
entrar en su despacho se acercó directamente a la pizarra y empezó a escribir
cifras y símbolos. Hizo algunos bocetos muy toscos y apresurados.»
Transcurrieron diez minutos en absoluto silencio,
no se oía nada excepto los golpecitos y chirridos de la tiza. Y por fin Bohr se
detuvo. En su rostro se dibujó una sonrisa. «Tenía la respuesta a la pregunta
de Placzek, y al problema más importante que nos planteaba la fisión del
núcleo.» [61]
Bohr había caído en la cuenta, según le explicó a
Rosenfeld, de que el uranio existe en forma de varios isótopos. El U-238, el
isótopo del uranio más natural, el más corriente, aparece en la naturaleza un
99 % de las veces. El U-235 es mucho más raro y solo aparece un 0,7 % de las
veces, y la aparición de otros dos isótopos es todavía más extraña. Él, Bohr,
había descubierto, comentó, que el núcleo del U-238 no se fisiona cuando un
neutrón penetra en él, sino que se limita a captar ese neutrón lento. En cambio,
el núcleo del U-235, un isótopo mucho menos frecuente en el del uranio natural,
sí se fisiona cuando un neutrón lento colisiona con él. Ese era el motivo de
que, considerada en conjunto, el uranio natural solo sufriera una fisión muy
modesta.
Para entonces, George Placzek y John Wheeler,
físico estadounidense colega de Bohr, habían llegado al despacho de Niels en el
Fine Hall. Los cuatro científicos no tardaron en comprender las consecuencias
de lo que acaban de descubrir: «Se trataba de separar el U-235 del U-238, mucho
más abundante, porque el primero es altamente fisible con neutrones lentos.
Luego, si la lográbamos, una reacción podría desencadenar cantidades ingentes
de energía, o dar lugar a una tremenda explosión». [iv] Bohr había encontrado el elemento explosivo que formaría el
corazón de la bomba. Por chocante que resulte, aquel día, todos los presentes
en Fine Hall estaban eufóricos. Habían hallado, al menos en teoría, una nueva
forma de energía.
Era un gran avance, aunque todavía quedaran otras
anomalías por resolver. Dos en particular eran muy importantes. Bohr, John
Wheeler y los demás estaban inquietos. Bajaron a la planta baja y se pusieron a
dar vueltas por los salones de Fine Hall.
Una de esas anomalías, que condujo a otro hallazgo
sorprendente, surgió del interés por los elementos «transuránicos», que Fermi
había sido el primero en identificar. Porque si el U-238 no se fisionaba al ser
bombardeado con un neutrón, ¿qué hacía? Si el neutrón bombardeado se adhería al
núcleo, el peso atómico del U-238 pasaría a 239 (238+1), y teniendo un peso
atómico de 239, un número impar, la nueva sustancia sería inestable. A
continuación, en pos de su vuelta a la estabilidad, esa nueva sustancia emitiría
un electrón. Si por haber perdido un electrón (partícula con carga negativa),
uno de los neutrones se convertía en protón (partícula con carga positiva),
algo realmente factible —es el fenómeno de la desintegración beta—, el núcleo
pasaría a tener 93 protones. Con la incorporación de un electrón adicional a la
parte exterior del átomo, contar con un protón extra equivalía a la creación de
un nuevo elemento, o lo que es lo mismo, a ir un paso más allá en la tabla
periódica y crear un elemento que no existe en la naturaleza.
La idea daba vértigo. Pero la euforia de Bohr y los
demás no remitía. El nuevo elemento, el número 93 —más tarde llamado
«neptunio»—, sería inestable. A causa de la desintegración beta estudiada por
Fermi, ese nuevo elemento emitiría a su vez un electrón, y, otra vez, a causa
de la carga negativa otro neutrón se convirtiera en protón. La adición de un
protón a los 93 ya existentes produciría a su vez un nuevo elemento
transuránico, el número 94 (93+1) —luego llamado «plutonio»—. Si el nuevo
elemento, el 94, un elemento par, era bombardeado con un neutrón y lo absorbía,
su peso atómico pasaría de 239 a 240 y, por ende, también podría fisionarse.
Todo eso significaba que, en teoría, había dos
caminos hacia la explosión nuclear.
* * * *
La triste ironía de todos estos emocionantes y
potencialmente peligrosos hallazgos radica en que sucedieron a principios de
1939. Hitler se había embarcado en una política de agresión constante; sin
embargo, por el momento, el mundo seguía en paz. Los avances científicos que
acabamos de comentar se publicaron sin censuras. Para muchos científicos, la
fabricación de una bomba era muy improbable, bien porque, siendo su peso muy
similar, sería muy complicado separar U-235 de U-238, bien porque durante la fisión
se emitían muy pocos neutrones, lo que, en la práctica, suponía que la idea de
reacción en cadena de Leó Szilárd nunca podría concretarse. Bohr en particular
pensaba que la separación de isótopos era una tarea sobrehumana imposible de
lograr sin condenar a la ruina la economía a cualquier país que quisiera
embarcarse en la tarea.
Otros no eran tan optimistas. Especialmente entre
los científicos exiliados en Estados Unidos, que conocían de primera mano de
qué eran capaces los nazis, y su eficacia, creció la alarma. El más preocupado
era Leó Szilárd, el hombre que, «por si acaso», siempre tenía dos maletas
hechas. Szilárd había pasado un tiempo en Gran Bretaña tras abandonar Viena en
su camino hacia Estados Unidos y durante su estancia había escrito a Frederick
Lindemann, director de los laboratorios Clarendon de Oxford, para sugerirle que
pusiera límites a la publicación de los experimentos en física nuclear a fin de
que solo los conocieran científicos de Gran Bretaña, Estados Unidos y algún que
otro país escogido. [62] Pero no le tomaron en serio.
Szilárd llevaba casi un año en Estados Unidos
cuando se anunció el descubrimiento de la fisión. Si le hubieran escuchado,
todas las investigaciones hechas tras los descubrimientos de Berlín y
Gotemburgo se habrían mantenido dentro de la más estricta confidencialidad. El
físico húngaro se convirtió en el defensor más insistente de mantener en
secreto el conjunto del proyecto.
Capítulo 4
La conveniencia de guardar el secreto... o no
A los dos días de comenzar 1939, mientras Bohr aún
surcaba el océano a bordo del Drottningholm, el SS Franconia atracó en Nueva
York. En él iban Enrico Fermi y su familia. (A Fermi le hizo mucha gracia que,
como parte del protocolo de inmigración, le preguntaran la mitad de
veintinueve. Dio la respuesta correcta, en inglés.) Szilárd estaba impaciente
por colaborar con Fermi, que fue directamente a la Universidad de Columbia.
Szilárd no tenía empleo fijo, pero le permitían usar las instalaciones en calidad
de freelance. Antes del inicio de cualquier colaboración, sin embargo, llegó
Bohr al puerto de Nueva York con las últimas noticias sobre la fisión, que
ningún boletín científico había publicado todavía, pero él conocía por boca de
Otto Frisch.
Szilárd se alarmó. Para él, las consecuencias
políticas de las investigaciones eran obvias: «Estamos al borde de otra guerra
mundial», dijo. [63] La reacción de Fermi fue más discreta; era un hombre cauteloso,
amigo de confirmar las teorías en la práctica y, al igual que Bohr, negó
repetidamente las profundas y graves consecuencias de la fisión nuclear.
Aceptaba que durante su división el núcleo pudiera emitir un neutrón, pero
consideraba que la concreción práctica de la teoría era una posibilidad tan
remota que apenas le dedicó un pensamiento, al menos en aquel entonces.
Sin embargo, Szilárd, «el hombre perpetuamente
preocupado», mandó un cable urgente al Almirantazgo británico: «REFERENTE A
PATENTES CP 10 8142/36, OLVIDEN MI ÚLTIMA CARTA. DEJEN DE ESCRIBIR. LEÓ
SZILÁRD». Estaba convencido de que la reacción nuclear en cadena, que en 1935
se le había ocurrido delante de un semáforo de Southampton Row, podía dar pie a
una violenta explosión y quería que la patente, que había cedido al
Almirantazgo, se mantuviera en secreto, y con ella todas las investigaciones
relativas a la fisión nuclear. [64]
Sabiendo lo que luego ocurrió, la postura de
Szilárd resultaba muy comprensible, pero en aquellos momentos todos los grupos
especializados en física nuclear del mundo investigaban la fisión y sus
consecuencias, de modo que censurar las publicaciones sobre el tema en Gran
Bretaña, Francia, Estados Unidos e incluso Rusia y Japón distaba mucho de ser
sencillo.
Por otro lado, las posibilidades y amenazas de la
fisión nuclear eran evidentes para todos. En Rusia, por ejemplo, la primavera
de ese mismo año el físico Ígor Tamm preguntó a sus alumnos: «¿Saben ustedes lo
que ese descubrimiento significa? Significa que se puede fabricar una bomba que
destruya toda una ciudad dentro de un radio de quizá diez kilómetros». Los
franceses tampoco tardaron en comprender adónde conducían las investigaciones.
Más tarde, Lew Kowarski recordaría que hacían chistes: «[Nos preguntábamos]si
nos darían el premio Nobel de Física o el de la Paz. El primero por hacer
posible una guerra gracias al descubrimiento de los explosivos nucleares; el
segundo porque, evidentemente, tras dicho descubrimiento, un conflicto armado
sería imposible». [65] Kowarski, nacido en San Petersburgo pero nacionalizado francés,
formaba parte, junto con Hans von Halban, austríaco de ascendencia judía, de un
equipo del Laboratorio de Química Nuclear de París que investigaba el
comportamiento de los neutrones y dirigía Frédéric Joliot-Curie, que había
obtenido el Nobel en 1935.
Spencer Weart ha reconstruido las relaciones entre
el de París y el de Columbia, que en ese momento crítico eran los dos grupos de
investigación de la fisión nuclear más importantes fuera de Alemania, y ha
demostrado que, por diversos malentendidos, llegó a hacerse pública más
información de la que, dadas las circunstancias, era aconsejable.
Szilárd, por su parte, pretendía volver a encerrar
en la lámpara al genio atómico. Pero se topó con la oposición de Fermi, que
aquellos días disfrutaba aprendiendo inglés y le dijo que estaba nuts, «como
una chota». Pero Fermi, tras meditar sobre lo que Bohr les había dicho, ya
había admitido que existía «una remota posibilidad» de llevar a la práctica la
reacción en cadena sobre la que había teorizado el físico húngaro.
—¿Qué quiere decir con eso de «una remota
posibilidad»? —le preguntaron.
—Un diez por ciento de posibilidades —respondió Fermi.
—Un diez por ciento no es «una remota posibilidad». Un diez por ciento
significa que esa cosa podría terminar por matarnos a todos. [66]
Szilárd estaba cada día más nervioso. El
Almirantazgo británico le había asegurado que mantendría en secreto su patente,
pero dicha garantía no servía para calmar al hombre perpetuamente preocupado.
Él seguía inflexible: sus colegas debían mantener sus trabajos en secreto. Y
era también consciente de que los franceses en particular, en el Laboratorio de
Química Nuclear, investigaban aspectos de la física nuclear análogos a los que
se estudiaban en la Universidad de Columbia. Escribió a Frédéric Joliot-Curie,
yerno de Marie Curie, para incidir en que la liberación de neutrones daría pie
a una reacción en cadena que podría conducir a la fabricación de explosivos muy
peligrosos y sugerirle que mantuviera sus hallazgos en secreto. En su carta,
Szilárd decía también que le enviaría un cable transcurrido un tiempo, cuando
el equipo de la Universidad de Columbia hubiera descubierto el número exacto de
neutrones liberados en la fisión, cifra que determinaría la posibilidad real de
la reacción en cadena. A causa de una desgraciada coincidencia, sin embargo,
dos días después Fermi escribió también a Joliot-Curie para decirle que estaba
intentando comprender qué ocurría exactamente en la fisión del uranio. Y no
mencionó la necesidad de guardar el secreto de las investigaciones.
Joliot-Curie, por tanto, fue informado por Fermi de
que el grupo de Columbia rivalizaba con el de París y dedujo, comparando las
cartas de Szilárd y Fermi, que la necesidad de mantener el secreto no era más
que una campaña personal del húngaro y no la política de la Universidad de
Columbia —ni, por ende, de Estados Unidos—. En cuanto a él, había razones para
creer que el primero que haría pública alguna novedad al respecto sería
Fermi. [67]
Aún frustrado por la cautela de Fermi, Szilárd
sabía que podía acelerar las investigaciones de la Universidad de Columbia si
llevaba a cabo algunos experimentos por su cuenta, como le había mencionado a
Joliot-Curie en su carta, y hacia finales de febrero, y en compañía de Walter
Zinn, un colega canadiense, utilizó una sala de la séptima planta del Edificio
Pupin de la universidad para bombardear uranio con neutrones lentos valiéndose
de un oscilógrafo de rayos catódicos —parecido a un televisor pequeño— para
poder registrar los neutrones emitidos. Su imagen en la pantalla —vetas de
color gris— daría idea de sus niveles de energía. [68]
Szilárd y Zinn pusieron en marcha el experimento, y
esperaron. «Vimos los resplandores —contaría después el primero—. Estuvimos
observando un rato y luego apagamos los aparatos y nos marchamos a casa. Esa
noche apenas me quedaban dudas de que el mundo se encaminaba hacia la
catástrofe.» [69]
Szilárd y Zinn anotaron los resultados de su prueba
y solicitaron la patente. Al poco supieron que Fermi por fin había llevado a
cabo su propio experimento sobre la fisión del uranio. Los resultados eran
menos concluyentes que los del trabajo de Szilárd y Zinn, pero Fermi estaba
cada vez más convencido de que la fisión sí podía producir una reacción en
cadena.
A primeros de marzo, Alemania se anexionó
Checoslovaquia y Fermi, Szilárd y otros científicos exiliados se alarmaron. El
nuevo país ocupado tenía en Jáchymov (Joachimsthal) las minas de uranio más
ricas de Europa. [70]
* * * *
Cuando se supo que Joliot-Curie y sus colegas de
París —que podían contar con todo el radio que quisieran gracias al Institut du
Radium, fundado tras los pioneros descubrimientos de Marie Curie— habían
publicado sus hallazgos en Nature, es decir, que cuando se fisiona, el uranio
libera neutrones extra, Szilárd y Fermi casi se vieron en la obligación de
publicar sus propias investigaciones. El primero seguía inflexible: todos los
trabajos relacionados con el uranio debían ser secretos. Fermi, en cambio, sostenía
que la postura de su compañero atentaba contra siglos de libertad científica y
que, por otra parte, con la publicación de los trabajos de Joliot-Curie y su
equipo, ya no había en realidad ningún secreto que guardar. Y a pesar de ello,
y en un gesto extraordinario y conmovedor, añadió que, puesto que vivía en una
democracia —frente a la dictadura fascista de Mussolini que había sufrido hasta
entonces—, sus colegas y él someterían el asunto a votación. Perdió ante los
húngaros y por un tiempo se mostró a favor de guardar el secreto.
Szilárd se había tomado la publicación del artículo
de Joliot-Curie muy a pecho, y se sintió traicionado. Pero no se desanimó. El
mismo mes de marzo y con la colaboración de Victor Weisskopf y Eugene Wigner,
otro exiliado húngaro, inició una campaña que consistió en el envío de cartas a
sus colegas europeos para hablarles de un nuevo plan: ellos ya habían enviado
sus artículos sobre emisión de neutrones a Physical Review —para que no quedara
duda de quién era el responsable de la idea original—, pero, al mismo tiempo,
habían decido retrasar la publicación. Además, instaban a la autocensura y
expresaban su esperanza de que el artículo de París fuera el último en
aparecer.
Victor Weisskopf, natural de Viena, había trabajado
con alguno de los físicos más importantes de Europa. Mandó un cable a Patrick
Blackett, con quien Otto Frisch había colaborado en el Birkbeck College de
Londres, para preguntarle si era posible que Nature y también Proceedings, una
revista de la Royal Society, cooperasen para retrasar la publicación de todo lo
relacionado con la fisión. Mientras, Eugene Wigner escribió a Paul Dirac, que
había visitado Japón en compañía de Heisenberg y había obtenido el Nobel de
Física en 1933 (mientras trabajaba en Cambridge), para pedirle que apoyara a
Blackett. Blackett y John Cockcroft respondieron afirmativamente: respaldarían
la política del secreto. Además, dijeron, esperaban la cooperación de Nature y
la Royal Society.
Szilárd, Edward Teller, un tercer exiliado húngaro,
Weisskopf y Wigner también volvieron a debatir el asunto con Bohr, que seguía
en Estados Unidos. Bohr aún se mostraba escéptico sobre la fabricación de la
bomba. Pensaba, por otro lado, que lo ya publicado bastaría para suscitar el
interés de algún organismo militar. No obstante, dio también su apoyo a la
política del secreto y redactó una carta con intención de enviarla a Dinamarca,
a su propio instituto.
La campaña en pro de la autocensura se topó con
varios obstáculos. El 1 de abril llegó a París un telegrama de Weisskopf para
Joliot-Curie. Al principio, los franceses creyeron que se trataba de una
broma, [v] pero al final debatieron la posibilidad de sumarse a la campaña,
porque, a pesar de todo y al igual que Fermi, Joliot-Curie creía con firmeza en
la fraternidad internacional de la ciencia. Otro factor que había que tener en
cuenta era la natural preocupación de renunciar a la publicación de tus
trabajos para, más pronto o más tarde, verte eclipsado por algún colega que sí
lo hiciera. Además, Joliot-Curie y sus colaboradores eran extraordinariamente
escépticos y dudaban de que alguien fuera a adherirse a un pacto sin
precedentes que al parecer habían propuesto dos refugiados centroeuropeos de la
periferia de la comunidad científica de la Universidad de Columbia [71] —si se hubiera puesto en contacto con ellos Bohr, su sensación
habría sido distinta—. Y existía otro motivo: si alguien les ganaba por la mano
y publicaba antes que ellos, podrían tener dificultades para conseguir los
fondos necesarios para seguir desarrollando su estudio de la energía nuclear,
que en su opinión era un proyecto mucho más factible que el de la bomba. Por
último, los franceses sabían que la fisión había recibido una amplia cobertura
de la prensa norteamericana. Ya se les habían adelantado una vez y no querían
que volviera a ocurrirles lo mismo. Joliot-Curie respondió por cable a
Weisskopf: «ESTUDIADO EL ASUNTO, MI OPINIÓN ES PUBLICAR YA. SALUDOS.
JOLIOT”. [72]
Szilárd, consternado por la respuesta, reanudó sin
embargo con mayor determinación —si cabía— su cruzada en favor de la
confidencialidad de las investigaciones. En Columbia y Washington se produjeron
más debates: en caso de que llegara a publicarse algún artículo, ¿de qué podría
tratar y de qué no? Quienes estaban a favor de una publicación sin censuras se
oponían a mantener el secreto sobre la base de que aún no se sabía con certeza
si la reacción en cadena era factible o no, y también dudaban de que la fisión
pudiera tener alguna aplicación militar en un futuro. Otros apuntaban a la
«rumorología» propia de la comunidad científica y sostenían que toda censura
sería inútil, porque cualquier hallazgo se difundiría por medio de
comunicaciones personales que, defendían, tendrían las mismas consecuencias que
la publicación. Luego estaba el argumento de que publicar facilitaría nuevos
avances a otros laboratorios norteamericanos, que de otra manera no podrían
llevarlos a cabo. [73]
La indecisión se prolongó algún tiempo. Pero
entonces, el 22 de abril, dos días después de que Hitler recibiera el Nido del
Águila de Berchtesgaden como regalo por su quincuagésimo cumpleaños y dos días
antes de que los nazis quemaran cinco mil obras de arte «degenerado» en el
Cuartel de Bomberos de Berlín, Frédéric Joliot-Curie, su mujer y sus colegas
hacían pública en Nature su vital observación de que, tras repetir el
experimento de Hahn y Strassmann estandarizando las medidas, la fisión nuclear
emitía un promedio de 2,42 neutrones por neutrón absorbido. Ya no había forma
de evitar la conclusión de que un núcleo bombardeado con neutrones liberaba
energía suficiente para producir una reacción en cadena.
Los científicos franceses habían apuntalado sus
credenciales. Pero ¿a qué precio?
Para empezar, Fermi cayó en una nueva
contradicción: ahora sí estaba a favor de publicar. Al poco tiempo, en efecto,
Physical Review sacó a la luz los resultados de las suyas y de otras
investigaciones.
* * * *
Nunca sabremos si la propuesta de autocensura de
Szilárd habría retrasado los preparativos de la bomba atómica. Por su parte, a
este le parecía de locos que los franceses mostraran el camino a los
alemanes. [vi][74] Hoy sin embargo se tiene constancia de que fue gracias a la
publicación en Nature y en Physical Review cómo los alemanes supieron de la
existencia de pruebas experimentales que confirmaban que los neutrones «lentos»
tenían más probabilidades de fisionar el U-235, y de que era más probable que
los neutrones «rápidos» fueran capturados por el U-238 y produjeran U-239. Hoy
sabemos también que, en julio de 1940, en Heidelberg, Rudolf Fleischmann
intentó separar isótopos con un método que había hecho público Harold Urey, el
descubridor del deuterio, que es la base del agua pesada, y que en mayo de 1941
Fleischmann recibió una carta de Josef Mattauch sobre el aparato de separación
de isótopos con que Alfred Nier trabajaba en Minnesota, sobre el que una
revista norteamericana había informado el año anterior —Otto Hahn también
conocía este artículo, que influyó en sus investigaciones—. Dicho de otra
manera, los alemanes recibieron ayuda en diversas ocasiones gracias a la
publicación de varios artículos en Estados Unidos. Dicho en palabras de Spencer
Weart: «Tras tocar el éxito con la punta de los dedos, la iniciativa de Szilárd
y sus colegas fracasó estrepitosamente». [75]
También sabemos que la insistencia en publicar el
artículo de Joliot-Curie el 22 de abril hizo que varios gobiernos tomaran
cartas en el asunto de inmediato. Ya no existía ninguna duda de que la fisión
representaba una amenaza.
* * * *
En el Imperial College de Londres, por ejemplo,
George P. Thomson, otro Nobel de Física, supuso que las investigaciones de
Joliot-Curie conducirían muy probablemente a una nueva fuente de energía, por
lo que alertó rápidamente al gobierno británico. Solo cuatro días después de la
aparición del artículo de Joliot-Curie en Nature (26 de abril), el Ministerio
de Coordinación para la Defensa británico recomendó al Tesoro y al Foreign
Office «comprar todo el uranio belga» que fuera posible —en el Congo Belga, era
bien sabido, existían grandes yacimientos—. Edgar Sengier, un belga que era al
mismo tiempo director del Banco de Bélgica y presidente de la Union Minière du
Haut Katanga, empresa encargada de extraer el uranio, rechazó una oferta de los
británicos —en parte porque estos no explicaron para qué lo querían—, pero
ofreció vendérselo a Joliot-Curie —que sí lo hizo—. Francis Perrin, que formaba
parte del equipo de Joliot-Curie, había deducido que una bomba de uranio
tendría un radio de al menos ciento treinta centímetros y aproximadamente
cuarenta toneladas de óxido de uranio, y los franceses le comentaron a Edgar
Sengier la posibilidad de realizar alguna prueba secreta en el Sáhara, [76] pero la rápida caída de Bélgica y a continuación de Francia dio al
traste con esta idea. Además, los alemanes capturaron el uranio que la Union
Minière acumulaba en Bélgica, aunque Sengier tomó la precaución de mandar con
discreción a Estados Unidos el que todavía quedaba en el Congo.
En Alemania ocurrió prácticamente lo mismo que en
Inglaterra. El mismo día de la publicación del artículo de Joliot-Curie, 22 de
abril de 1939, el físico Wilhelm Hanle habló de un Uranmaschine, «quemador de
uranio», durante un coloquio de físicos en la Universidad de Gotinga, de la que
era profesor. Al igual que George P. Thomson había hecho en Gran Bretaña, Hanle
escribió a su superior en el ministerio, esta vez de Educación, y este encargó
rápidamente a Abraham Esau la convocatoria de una conferencia.
Esau, que era presidente de la Oficina Alemana de
Estándares —y que, a pesar de lo que parece indicar su nombre, no era judío—,
organizó una reunión secreta para el 29 de abril —exactamente una semana
después de la publicación del artículo de Joliot-Curie—, análoga a la celebrada
en Londres. Dos de las consecuencias de esa reunión fueron la organización del
Uranverein, o Club del Uranio, formado por físicos nucleares escogidos, y la
adquisición de todas las reservas de uranio de Alemania. Esau aspiraba también
a la prohibición de las exportaciones de ese elemento y defendía la firma de
contratos confidenciales relativos con los yacimientos checos de Jáchymov,
capturados no hacía mucho.
Esos mismos días en Hamburgo, el concreto el 24 de
abril, los fisicoquímicos Paul Harteck y Wilhelm Groth se pusieron en contacto
con la Oficina de Guerra de Berlín para reclamar su atención sobre «los nuevos
avances de la física nuclear», que «probablemente» harían posible «la
fabricación de un explosivo muchos órdenes de magnitud más potente que
cualquier explosivo convencional». «El país —añadían— que primero haga uso de
él contará con una ventaja insuperable sobre los demás.» [77] En verano, la Oficina de Armamento, perteneciente al Departamento
de Armamento del ejército, ya había abierto una agencia de investigación
nuclear. Incluso antes del estallido de la guerra, la investigación nuclear
alemana contaba, como vemos, con el respaldo de dos organismos
gubernamentales. [78]
Paul Harteck, que en la década de 1930 había
estudiado en el laboratorio Cavendish de Cambridge junto con Chadwick, Piotr
Kapitsa —ruso de gran talento— y Rutherford, era un nacionalista convencido y
lo fue durante toda la contienda. Pero, como veremos, no todos los científicos
alemanes eran como él.
* * * *
En Estados Unidos, la reacción al artículo de
Joliot-Curie fue muy distinta. Una semana después de la publicación tuvo lugar
en Washington la reunión de primavera de la American Physical Society. En ella
se produjeron varios debates —entre otros temas, la reacción en cadena y la
separación de isótopos— que, a pesar de los esfuerzos de Szilárd, recibieron
amplia cobertura. La prensa publicó, por ejemplo, que los nuevos explosivos
serían capaces de destruir un área tan grande como la ciudad de Nueva York.
Pero los detalles no se hicieron públicos y al
final, ahora lo veremos, se impuso la estrategia del secreto. En 1934, como
hemos comentado, Fermi había descubierto en Roma que el hidrógeno era
especialmente eficaz para ralentizar neutrones, o «moderarlos», y hacia el
verano de 1939 el equipo de la Universidad de Columbia, Szilárd incluido,
dedicó mucho tiempo de reflexión y estudio a la búsqueda de otras sustancias
que pudieran actuar de «moderador» de la bomba antes de decidirse por el agua
pesada y por el grafito; la primera, porque tiene más hidrógeno que el agua
normal, y el segundo, porque está compuesto de carbono, que, aunque no es tan
eficaz como el hidrógeno, es mucho más común en la naturaleza y, por tanto,
considerablemente más barato.
Szilárd creía que, si con uranio y grafito era
posible provocar una reacción en cadena, fabricar una bomba atómica era más que
probable, así que dio por supuesto que los alemanes pensaban lo mismo. Además,
consideraba que era necesario un experimento a gran escala para resolver todas
las dudas, por lo que se puso manos a la obra para recaudar fondos. Dentro de
esa iniciativa se enmarca la famosa carta de Albert Einstein al presidente de
Estados Unidos sobre la posibilidad de fabricar una bomba atómica «basándose en
la reacción en cadena del uranio». Entre otras cosas, Einstein llamó la
atención de Roosevelt sobre el hecho de que Ernst von Weizsäcker, secretario
del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, estaba bien situado para informar
a Hitler del enorme potencial de la fisión nuclear. Además, su hijo Carl era un
físico atómico eminente. [79]
Las maniobras de Szilárd dieron como primer
resultado la intervención del presidente y la formación, en octubre de 1939,
del Comité del Uranio, presidido por Lyman Briggs —un geólogo insulso y sin
iniciativa—. Szilárd, que formaba parte de él junto con otros físicos, esperaba
que este organismo abordara la cuestión de la confidencialidad, pero el comité
permaneció mayormente inactivo y lo dejó todo en manos de los físicos. Szilárd
solo obtuvo respuesta del almirante Harold Bowen, director de la Oficina de Investigación
Naval y miembro del comité en calidad de mero observador, que sí defendía la
autocensura: eran los propios científicos quienes, en su opinión, debían
conceder a sus investigaciones el secreto que estimaran conveniente. [80]
La sugerencia de Bowen apenas sirvió de nada cuando
Fermi y Herbert Anderson, su ayudante, concretaron en qué medida el carbono de
grafito ralentizaba los neutrones y llegaron a la conclusión de que
funcionaría. Szilárd sostuvo, una vez más, que los detalles de la investigación
no debían publicarse, pero, según el relato del propio físico húngaro, «Fermi
perdió los nervios» y dijo que tanta cautela le parecía ridícula. George
Pegram, director del Departamento de Física de la Universidad de Columbia, se mostró
sin embargo de acuerdo con Szilárd, de manera que Fermi se echó atrás y, una
vez más, volvió a cambiar de opinión.
Hoy sabemos que fue la decisión correcta. En
palabras de Spencer Weart: «Si el valor moderador del carbono[es decir, su
eficacia para ralentizar electrones]se hubiera hecho público, es muy posible
que el curso de la segunda guerra mundial hubiera sido otro». [81]
* * * *
Porque en ciertos aspectos, en Alemania los
acontecimientos corrían parejos a los de Estados Unidos, pero, en otras
cuestiones cruciales, uno y otro país diferían por completo. Walther Bothe,
futuro premio Nobel y en aquel entonces director del Departamento de Física del
Instituto Káiser Guillermo de Investigaciones Médicas de Heidelberg, se
embarcaría en el mismo ejercicio que Fermi y Szilárd: el estudio del grafito
como moderador de neutrones. Pero en el transcurso de sus investigaciones
cometió un error grave, acaso definitivo, que demuestra que, aunque es muy
probable que los físicos alemanes hubieran llevado a cabo experimentos
idénticos al de Joliot-Curie y su equipo de París, tampoco hay que darlo por
sentado.
En otro de sus artículos, Spencer Weart realiza un
estudio comparado de las investigaciones en el terreno nuclear realizadas en
distintos países durante aquel período decisivo, cuando algunos hallazgos
salían a la luz pública y otros quedaban en secreto, y demuestra que, mientras
que Joliot-Curie y su equipo y el grupo de la Universidad de Columbia llegaron
a conclusiones idénticas —en ocasiones con solo doce horas de diferencia—, los
alemanes dieron un rodeo, matemáticamente hablando, por no prestar atención a
la propuesta mucho más eficaz de Fritz Houtermans. Este era un físico alemán
despreciado por la comunidad científica de su país por ser políticamente
sospechoso, otra demostración de que no existe garantía alguna de que un grupo
de científicos siga la misma línea de pensamiento de sus colegas, o rivales, ni
siquiera dentro del exacto mundo de las matemáticas. [82]
Para el error de Walther Bothe hay dos
explicaciones posibles, y no necesariamente excluyentes. Según Arnold Kramish,
en junio de 1939, Bothe, que tenía cuarenta y siete años, conoció a Ingeborg
Moerschner, trece años menor, durante su travesía a Nueva York en el
transatlántico Hamburgo. Ingeborg se dirigía a San Francisco para trabajar con
Fritz Wiedemann, cónsul general alemán en esa ciudad, antiguo ayudante de Adolf
Hitler y espía. Bothe acudía a un encuentro en la Universidad de Chicago, pero
también él, a su manera, realizaba labores de espionaje, pues tenía intención
de comprobar qué progresos en fisión nuclear habían realizado los
estadounidenses: llegó a la conclusión de que en el terreno de las aplicaciones
militares apenas habían avanzado, a pesar de que, como acabamos de ver, Szilárd
y Fermi trabajaban en agua pesada y grafito en Columbia —de haber sabido esto,
Bothe sin duda habría demostrado un gran interés—. En el curso de sus
investigaciones, Bothe y Moerschner visitaron la Feria Universal de Nueva York,
se pasearon por San Francisco y entre ellos surgió una intensa relación. Pero
Ingeborg tuvo que quedarse en California. «Profundamente enamorado», Bothe
regresó solo a Heidelberg y a sus trabajos de medición de las propiedades
nucleares del grafito. [83]
El diario de Bothe recoge el torbellino emocional
en que estaba sumido. En junio de 1940, un día antes del primer aniversario de
su encuentro con Moerschner, anota: «Ingeborg..., mañana hará un año que
llegaste a mi vida...», y prosigue hablando de «la luz de la luna y de los
sueños» antes de concluir que se siente «un adolescente borracho». Dos semanas
más tarde, en carta a Ingeborg, le dice: «Llevo todo el día hablando de física,
pero solo he podido pensar en ti». Y esto es lo que ha fascinado a los físicos
y a los estudiosos de los servicios de inteligencia: el «adolescente borracho»
estaba todo el día enfrascado en aquel período en las mediciones del grafito, y
parece ser que, atrapado en sus sentimientos, cometió un error muy importante.
Porque llegó a la conclusión de que el grafito industrial era «inadecuado» como
moderador nuclear, cuando en realidad, como luego se descubriría en todos los
laboratorios del mundo, el grafito puro es un magnífico moderador.
La explicación alternativa no es menos fascinante.
No existen pruebas concluyentes de que Bothe falsificara deliberadamente los
resultados de sus investigaciones, pero sí sabemos que, poco después de que
Hitler alcanzara el poder y debido a su oposición a los nazis, recibió tantas
presiones que se vio obligado a dejar su empleo en la universidad. A tal
extremo llegaron esas presiones que tuvo que pasar «un largo período» ingresado
en un sanatorio, y cuando le dieron el alta, fue objeto de un acoso continuo,
«al punto de que lo acusaron de fraude científico». Por eso hay quien ha
sugerido que, llegada su oportunidad, quiso pasar factura a sus
perseguidores. [84]
Las erróneas mediciones de Walther Bothe, hechas
cuando las investigaciones de la fisión nuclear aún eran incipientes, motivaron
que los alemanes se decantaran por el agua pesada como sustancia moderadora,
elección que, como luego veremos, «condenaría sus posibilidades de fabricar una
bomba A antes del final de la guerra». Más tarde descubrirían que el grafito
también servía, pero era demasiado tarde. Karl Wirtz, uno de los más estrechos
colaboradores de Heisenberg, siempre culpó a Bothe del retraso alemán en la
carrera atómica. [85]
* * * *
Según el historiador Paul Rose, y la mayoría de los
expertos están de acuerdo, las revelaciones más completas de las
investigaciones en la Alemania nazi de la fisión nuclear en el período inicial
se produjeron en junio de 1939 y corrieron a cargo de Siegfried Flügge, que
tras una época como profesor ayudante de Werner Heisenberg en Leipzig,
trabajaba de ayudante de Otto Hahn en Berlín. Flügge formaba parte, pues, de la
clase dominante de la física alemana.
En su artículo publicado el 9 de junio de 1939 —el
mismo mes en que Walther Bothe conoció a Ingeborg Moerschner— en
Naturwissenschaften, la revista de Paul Rosbaud, Flügge se preguntaba, y no de
forma retórica: «¿Puede la energía contenida en el núcleo atómico explotar por
medio de alguna técnica?». Paul Rose nos recuerda que, en ese mismo artículo,
«Flügge realizaba un cálculo tentador. Según él, un metro cúbico de óxido de
uranio contenía suficiente energía para elevar un kilómetro cúbico de agua a veintisiete
kilómetros de altura[la cursiva es mía]». [86]
Flügge llegó a imaginar dos tipos de explosión, en
«reactores bomba» basados en distintos materiales y neutrones. El primer tipo,
decía, tendría lugar en el espacio de una diezmilésima de segundo y lo
producirían neutrones rápidos: «En menos de 10-4 segundos se
convertiría todo el uranio. La liberación de energía que se produciría en tan
breve tiempo desencadenaría una explosión extraordinariamente violenta». El
segundo tipo de explosión ocurriría en una décima de segundo y tendría lugar en
óxido de uranio mezclado con un moderador, y sus agentes serían neutrones
lentos: «Ciertamente, la liberación de energía se produciría más despacio que
con neutrones rápidos, pero también sería explosiva». [87]
Los cálculos matemáticos de Flügge, sin embargo,
eran inexactos. Aun así, como observa Paul Rose, no hay pruebas de que «en
Alemania nadie» disintiera de la premisa del artículo en la época de su
publicación.
El artículo de Flügge, sin embargo, plantea una
incógnita aún más fascinante: ¿por qué llegó siquiera a publicarse? El 29 de
abril de 1939, el Ministerio de Educación del Reich convocó en nombre de su
gobierno una conferencia a puerta cerrada en la que acordó llevar en secreto
todas las investigaciones atómicas y decretó la «protección y salvaguarda» de
todas las reservas de uranio de Alemania y los territorios controlados por
ella. De hecho, Otto Hahn fue víctima de las invectivas de los presentes porque
a principios de año había hecho público su descubrimiento de la fisión. Paul
Rosbaud recibió un informe poniéndole al corriente de esas invectivas. [88]
Más tarde, confirmando cuán cerca se encontraba de
los protagonistas de esta historia, Rosbaud escribió: «No niego que hasta
cierto punto me alarmé». Se asustó, en efecto, al saber —por boca de Josef
Mattauch, que ocupaba el puesto que había dejado vacante Lise Meitner en
Berlín— de la existencia de un organismo como el Uranverein y que Hahn no
formaba parte de él. Sabiendo que no era nazi, que Hahn no estuviera integrado
en el Uranverein demostraba que era un organismo compuesto únicamente por
científicos comprometidos con el régimen. Es de subrayar además el hecho de
que, como Rosbaud averiguaría después, uno de los administradores del «club»
creía que Alemania sería capaz de tener lista alguna bomba antes del estallido
de la guerra —y pretendía que el campo de tiro de la Wehrmacht en Kummersdorf
se destinara únicamente a labores de experimentación—. Los propios científicos,
sin embargo, habían desechado esta posibilidad, tras afirmar que la fabricación
de una bomba se demoraría entre cinco y treinta años. [89]
Afortunadamente, una semana después, el profesor
Robert Hutton, el hombre de Cambridge que había ayudado a establecerse en Gran
Bretaña a la mujer y a la hija de Paul Rosbaud una vez Francis Foley les
entregó sus pasaportes británicos, se encontraba en Berlín. Conocía a Rosbaud
desde 1925 y tenía relación con los servicios de inteligencia británicos:
mantenía cierta amistad con Eric Welsh, director de la delegación del SIS en
Noruega, con Charles Frank, subdirector de la sección del SIS encargada de valorar
los nuevos avances científicos en función de su potencial militar, y con sir
John Anderson, ministro del Tesoro y el único miembro del Gabinete a quien
Churchill reveló el secreto de la bomba atómica. Hutton era el canal de
información ideal para Rosbaud.
En Berlín, los dos tuvieron una reunión breve pero
crucial. Al parecer, en realidad Hutton solo estuvo en Berlín un par de horas,
de modo que el motivo del encuentro debió de ser exclusivamente el intercambio
de información. Rosbaud le dio la localización del Uranverein —el futuro
Instituto Max Planck—, los nombres de sus integrantes —y de quién no pertenecía
a él—, quién los había escogido y quiénes habían criticado a Otto Hahn por la
publicación de su artículo sobre fisión. Tras la conversación, Hutton regresó
sin dilación a Gran Bretaña y, en palabras de Rosbaud, «tuvo la amabilidad de
transmitir la información al doctor J. D. Cockcroft, FRS[Miembro de la Royal
Society]». [90] Después de la guerra, en carta a Francis Simon, Rosbaud confesó:
«[Hutton]lo sabe todo de mí». [91]
Poco después, el propio Rosbaud viajó a Londres y
se entrevistó con Cockcroft, que lo llevó a comer al Athenaeum Club —según reza
la tradición, frecuentado sobre todo por «científicos y obispos»—, que está
situado en un edificio neoclásico de Pall Mall. Rosbaud hizo un resumen
magistral de los avances experimentales de la fisión nuclear y Cockcroft quedó
muy impresionado. El científico no se limitó a los trabajos de Hahn y
Strassmann y describió nuevos experimentos que no se habían publicado, entre
ellos los de Siegfried Flügge en el Instituto Káiser Guillermo de Física de
Dahlem, cuyo propósito era «determinar si la energía atómica tiene aplicaciones
prácticas», y los de Willibald Jentschke y Friedrich Prankl en el Instituto de
Radiactividad de Viena —estaban estudiando la forma de encauzar la energía
desatada por la fisión atómica—. [92] Al terminar la comida, Cockcroft pidió a Rosbaud que siguiera
enviando informes. El espionaje científico se había convertido en un asunto
prioritario.
No mucho después apareció el artículo de Flügge, y
da la impresión de que su publicación también fue consecuencia de la acalorada
reunión de la que Rosbaud había tenido constancia a través de Mattauch y de la
que había informado a Hutton. Flügge estaba tan preocupado por la formación del
Uranverein que, tan pronto como pudo, publicó su artículo en
Naturwissenschaften, la revista de Rosbaud; quería hacer hincapié en el
peligroso potencial de la fisión. En el artículo, publicado en junio, Flügge
aireaba el hecho de que los alemanes eran conscientes de que la energía atómica
tendría aplicaciones militares —el texto era, en realidad, una advertencia al
mundo—. Suponía un hecho natural que una pieza así se publicase en
Naturwissenschaften, pero Rosbaud hizo algo más, se aseguró de que saliera a la
luz en el momento oportuno. Después de la guerra, Reginald V. Jones, que
dirigía las labores de recopilación y cotejo de información científica de los
servicios de inteligencia británicos, le preguntó a Flügge si era cierto que
con su artículo quería dar la voz de alarma. Y Flügge contestó que sí.
Con aquel texto, ya eran tres las veces que Rosbaud
había intervenido en la revelación de potenciales secretos científicos
alemanes, que otros habrían preferido que no vieran la luz.
Naturalmente, visto el desenlace de la guerra, a
Flügge le convenía decir lo que dijo. Desde otro punto de vista, en cambio, su
artículo también podía leerse como una amenaza. Pero esto es también
improbable. En una carta escrita después de la guerra, Rosbaud llamaba la
atención sobre el hecho de que, tras la publicación de aquel texto, un químico
nazi de primer nivel había manifestado la siguiente opinión: «los editores de
Naturwissenschaften —decía esa persona— han actuado sin el menor sentido de la
responsabilidad con los intereses de la patria al publicar los resultados de su
labor[de la labor de los físicos]». [93] Dentro de la atmósfera política de la época, ya el hecho de la
aparición del artículo sugiere que al responder a la pregunta de Reginald V.
Jones, Flügge decía la verdad. Su actitud, como veremos, era la habitual entre
muchos físicos alemanes.
* * * *
Ese mismo año, Rosbaud volvió a viajar a Londres, y
Hutton se desplazó desde Cambridge para entrevistarse con él. En sus memorias,
Recollections of a Technologist, Hutton escribió:
Me solicitó que nos viéramos en Londres, tenía
importantes noticias que darme. Encontramos un lugar seguro en el Mall y me
pidió que trasladara aquella información tan valiosa a quien correspondiera. Al
parecer, Hitler había considerado la posibilidad de que una bomba atómica fuera
su arma secreta número uno, pero tuvo que abandonar el proyecto porque los
únicos físicos alemanes capaces de llevarlo a cabo se negaban a cooperar.
Esas palabras siempre han confundido a los
historiadores. ¿Qué quiso decir Rosbaud exactamente? En realidad, lo que en
aquella ocasión deseaba transmitir era que, aunque los alemanes contaban con un
programa atómico propio —iniciado, como hemos visto, el 29 de abril—, este
tropezó con muchos obstáculos ya desde el principio, sobre todo porque los
científicos involucrados se hallaban enzarzados en múltiples disputas. Una de
ellas surgió a raíz de las diferencias entre físicos teóricos y físicos
experimentales, que tenían preeminencia. Un segundo problema radicaba en saber
qué moderador utilizar para ralentizar los neutrones. Y un tercero era de un
cariz curiosamente germánico: muchos físicos estaban de acuerdo en mantener el
secreto de las investigaciones, pero les interesaban mucho menos las
aplicaciones militares que los aspectos puramente científicos del programa.
Participarían ante todo para evitar que sus colegas más jóvenes fueran llamados
a filas. [94] Paul Harteck lo dejó claro en una
carta:[Wilhelm]Groth[fisicoquímico]y algunos miembros de mi instituto de[la
Universidad de]Hamburgo solicitaron una reunión formal en mi despacho para
pedirme que propusiera un proyecto de investigación que evitara su
reclutamiento, porque la guerra parecía inminente. [95]
Esto es lo que Rosbaud intentaba transmitir a los
británicos. Como más tarde diría, algunos científicos «aprovecharon la guerra
para impulsar su labor». Cuando la contienda finalizó, los británicos
recluyeron a un buen puñado de científicos alemanes en Farm Hall, una casa del
SOE (Dirección de Operaciones Especiales, por sus siglas en inglés) próxima a
Cambridge que los agentes habían llenado de micrófonos. Gracias a esto
escucharon a los alemanes admitir que ellos habían sido incapaces de colaborar
en la medida en que lo habían hecho los Aliados. Según uno de aquellos
científicos, «una cooperación real. .. habría sido imposible en Alemania. Todos
se creían más importantes que todos los demás». [96]
Otro ejemplo temprano de la confusa actitud de los
físicos alemanes tal vez esté en la conducta de Werner Heisenberg. Heisenberg
estaba considerado uno de los científicos de Alemania más brillantes y
carismáticos. Catedrático a la edad de veinticinco años, su «principio de la
incertidumbre» era uno de los fundamentos de la mecánica cuántica y lo situaba
a la par de Niels Bohr. Formaba parte del Uranverein y era autor de un artículo
escrito en dos partes titulado «La posibilidad técnica de obtener energía a partir
de la fisión del uranio». [97] En la primera parte, escrita en diciembre de 1939, llegaba a
varias conclusiones: en un reactor, la fisión se podía controlar si el fin era
producir energía y no una explosión; el grafito y el agua pesada tendrían que
servir de moderadores; y el uranio podría ser la base de una bomba de un poder
extraordinario siempre y cuando lograran enriquecerlo de forma significativa.
La segunda parte estuvo preparada en febrero de 1940, pero en ella Heisenberg
ya se mostraba más escéptico: omitió toda mención de la fisión como base de una
bomba y solo aludió a las dificultades técnicas que podría conllevar. Aunque
reconocía que disponía de reservas de uranio más que suficientes —gracias a las
minas de Jáchymov (Joachimsthal), en Checoslovaquia—, sostenía que Alemania
carecía de los medios necesarios para procesarlo a la escala industrial
necesaria. [98]
Más tarde, la «ambivalencia» de Heisenberg —o lo
contrario— llegaría a tener graves consecuencias, pero, entre 1939 y 1941,
científicos de dieciséis universidades de Alemania estaban trabajando en los
aspectos técnicos de la energía atómica, algunos de aplicación militar y otros
no. Y todas las investigaciones se desarrollaban en secreto. Los físicos ni
siquiera podían guardar copias de sus informes.
* * * *
La guerra no había empezado todavía y la
información que Paul Rosbaud había transmitido a los servicios de inteligencia
británicos ya era considerable. Además, aunque podría haber huido de Alemania
con su mujer y su hija, decidió quedarse y hacer todo lo posible por contribuir
a la causa aliada dentro del ámbito científico. Se daba perfecta cuenta de que
la guerra se aproximaba. Era un hombre meticuloso y siempre pensaba en el
futuro, de modo que la primera semana de septiembre, cuando estalló el conflicto,
recuperó el contacto con su viejo amigo Frank Foley, que en aquellos momentos
trabajaba como «funcionario de pasaportes» en Oslo, empleo que recientemente le
habían asignado tras su huida de Berlín. El motivo aparente de ponerse en
contacto con Foley era pedir un visado para viajar a Inglaterra y ver a su
mujer y a su hija. Foley hizo las gestiones pertinentes y trasladó la solicitud
a Londres. A los pocos días llegó la respuesta: Rosbaud se había decidido
demasiado tarde, pues el pacto germano-soviético, firmado el 23 de agosto,
suponía el cierre de todas las fronteras de Europa. En realidad, la negativa
serviría de tapadera: en caso de que alguien investigara, Rosbaud podría decir
que había sido declarado persona non grata en el Reino Unido. Foley y él acababan
de abrir la vía de escape de información científica del Reich más fértil de
toda la inteligencia aliada. [99]
* * * *
El viernes 1 de septiembre, es decir, la misma
semana que Paul Rosbaud se puso en contacto con Frank Foley y el mismo día que
Alemania invadió Polonia, Bohr y John Wheeler, profesor asociado en Princeton,
publicaron un texto muy influyente —un clásico—. Titulado «On the mechanism of
nuclear fission», fue el último artículo publicado dentro de un marco de
apertura y libertad que, habitual hasta entonces, ya no podría mantenerse dos
días después, cuando el estado de guerra entre Alemania, Gran Bretaña y Francia
se hizo oficial.
En ese artículo, Bohr y Wheeler explicaban
formalmente lo que habían comprendido durante la efervescente reunión que había
tenido lugar aquel nevoso día de primavera en el Fine Hall del Instituto de
Estudios Avanzados de Princeton (véase el capítulo 3), es decir, que era sobre
todo el U-235 el que se fisionaba con una explosión al ser bombardeado con
neutrones lentos. [100] El artículo pasó a formar parte de la ortodoxia científica. No
obstante, pese a la importancia del hallazgo, puesto que el U-235 es muy raro
en la naturaleza y de un peso muy similar al U-238, Bohr, como otros muchos,
consideraba el estallido de la guerra con menor aprensión de lo que, dadas las
circunstancias, parecía justificado. Junto con otros colegas confiaba en que
sería imposible salvar a corto plazo el obstáculo, imprescindible para la
fabricación de la bomba, de separar un isótopo de otro.
Pero no todos compartían su escepticismo. En una
carta escrita poco después —el 23 de septiembre— y dirigida a Fritz Demuth, de
la Asociación de Ayuda a los Científicos Alemanes en el Extranjero, fundada en
Zúrich para socorrer a físicos y otras personas que se habían visto obligadas a
abandonar el Reich, Francis Simon, científico exiliado en los laboratorios
Clarendon de Oxford, decía que todos los físicos de Alemania, Francia, Gran
Bretaña y Estados Unidos comprenderían el potencial de la fisión. Luego afirmaba
que estaba seguro de que los alemanes se habían propuesto fabricar una bomba y
estaban trabajando en ello, aunque insistía en que sus conocimientos no
superaban a los de las demás naciones. Sin embargo, después añadía: «Estados
Unidos es el que más sabe». Sirvan las palabras de Simon como botón de muestra
del clima general en el mundo de la física cuando estalló la guerra: los
físicos de todas las partes del mundo se daban cuenta de que la fisión suponía
una gran amenaza. [101]
* * * *
En el invierno de 1939 y 1940, y hasta bien entrada
la primavera, Europa vivió un período que los británicos conocen como phoney
war, o «guerra de pega», y los alemanes como Sitzkrieg, durante el cual no
ocurrió apenas nada de lo que todos entendemos por conflicto bélico. Y en la
misma época sucedió algo muy parecido en el mundo de la física, al menos en
Estados Unidos. El Comité del Uranio de Briggs se tomó un tiempo para elaborar
un informe —que no concluyó hasta noviembre de 1939— que recomendaba «el apoyo
adecuado a una investigación exhaustiva» de las bombas atómicas; pero el
gobierno hizo caso omiso hasta bien entrado 1940. Dicho comité tenía sus
problemas, como, por ejemplo, que no todos sus miembros fueran ciudadanos
estadounidenses, circunstancia que podría resultar embarazosa en el caso de que
el Congreso organizara una comisión de investigación. Martin Sherwin, otro
historiador que ha relatado la historia de la bomba atómica, señala además que
en el programa de fabricación del artefacto pesarían temores burocráticos de
diversa índole a lo largo de todo el conflicto, con una consecuencia
fundamental: «La necesidad de que tuviera éxito crecía en la medida en que
crecía el presupuesto».
El estudio de la fisión atómica prosiguió en varias
universidades, pero en Estados Unidos seguía imperando la opinión de que la
bomba no era más que una posibilidad muy remota. La investigación y la
reflexión —y la acción del gobierno— seguían adelante también en Gran Bretaña,
pero con gran sigilo, especialmente a partir de la invasión alemana de Noruega
a primeros de abril de 1940 (véase el capítulo 5).
Sin embargo, en enero de 1940, apareció en Physical
Review un artículo de revisión. Su autor era Louis A. Turner, físico de la
Universidad de Princeton, y pasaba revista al casi centenar de documentos
publicados desde el descubrimiento de Hahn y Strassmann un año antes. Amén de
que todos los artículos revisados reconocían el enorme impacto de los
experimentos de Hahn y Strassmann, a Turner le inquietó el informe de Bohr y
Wheeler que confirmaba que el núcleo del U-235 podía fisionarse con neutrones
lentos, o, más exactamente, lo que le inquietó fue que las autoridades hubieran
permitido su publicación. Y escribió a Szilárd, que ya empezaba a ser conocido
como el gran apóstol de la confidencialidad y el secreto, para transmitirle su
desconcierto, porque no sabía según qué directrices se decidía lo que se
publicaba y lo que no.
Más importante aún fue que las lecturas
preparatorias indujeran a Turner a ciertas reflexiones que también quiso
trasladar por carta a Szilárd, a quien volvió a escribir el 27 de mayo. En su
segunda carta adjuntó una nota que pretendía mandar a Physical Review, donde
planteaba la posibilidad de que, bombardeado con neutrones, el U-238 —y no el
U-235— pudiera transformarse en un elemento más pesado —que más tarde sería
bautizado como «plutonio»— y que tal vez también fuera fisionable. En efecto,
esa posibilidad ya se había comentado en la reunión de Fine Hall de febrero,
pero nadie la había explorado. Turner finalizaba la carta a Szilárd preguntando
si debería evitarse la publicación de su artículo, por su posible valor
militar.
Szilárd encontró, por tanto, un nuevo motivo de
preocupación. Las repercusiones le parecían «asombrosas. Aquel comentario abrió
un nuevo panorama para la energía atómica ya en la primavera de 1940». Szilárd
fue más clarividente que Turner, dice el historiador Richard Rhodes, al
sospechar que sería más fácil fabricar bombas atómicas con plutonio que con
uranio. [102] La idea también se le había ocurrido, en Alemania, a Carl von
Weizsäcker. Pero los alemanes guardaban el secreto de sus investigaciones.
Szilárd respondió a Turner para decirle que su
propio artículo sí era secreto, e insinuar que estaba en curso una iniciativa
oficial para evitar la publicación de ciertos textos. Además, impuso su
criterio, por lo que Turner no envió su artículo a Physical Review. «Hizo bien
—escribió Spencer Weart—. La pieza de Turner podía dar pistas a los alemanes y
a otros.» [103] Lo que Weart quería decir era que el artículo de Turner era una
demostración de que los norteamericanos seguían la misma línea de pensamiento
que Weizsäcker y que, de haber podido leerlo, los alemanes sin duda se habrían
tomado a su compatriota más en serio.
Una vez más, era muy importante publicar en el
momento oportuno. El 15 de junio, apenas dos semanas después de la carta de
Turner, Edwin McMillan y Philip Abelson publicaron en Physical Review un
artículo que completaba el rompecabezas de la fisión. Estos dos físicos de
Berkeley contaban cómo se habían valido del ciclotrón para demostrar la
creación de un nuevo elemento transuránico, el neptunio, que, con número
atómico de 93 y una vida media de 2,3 días, se descomponía en un isótopo con un
número atómico de 94 que hoy conocemos con el nombre de «plutonio». Además,
explicaban que este último elemento —que no existe en la naturaleza— era
extraordinariamente estable y tenía una vida media «del orden de un millón de
años o más». El experimento confirmaba la teoría. Y se había publicado sin
censuras.
El artículo no aludía a las consecuencias —que
sería posible separar químicamente el plutonio para preparar un material
fisible más barato y más práctico— porque, a diferencia de Turner y Szilárd, ni
McMillan ni Abelson supieron preverlas, lo cual demuestra una vez más que la
deducción lógica de un descubrimiento no siempre ocurre, ni siquiera al más
alto nivel.
La publicación del artículo de McMillan y Abelson
sí alarmó a James Chadwick, descubridor del neutrón y catedrático de Física en
Liverpool. Gran Bretaña llevaba nueve meses de conflicto armado y la «guerra de
pega» había terminado. Ese mismo mes, junio de 1940, Chadwick supo que poco
antes de estallar la contienda, Alemania había comprado grandes cantidades de
uranio en Canadá. Ahora se daba cuenta de que todos los artículos publicados
últimamente apuntaban al hecho de que la teoría de Bohr y Wheeler era correcta:
el plutonio —el elemento 94— era tan fisionable como el U-235. Envió una carta
a las autoridades británicas y estas escribieron a su vez a Estados Unidos
instando a mantener el secreto. Estados Unidos todavía no había entrado en
guerra, pero la protesta surtió efecto. El artículo de Edwin McMillan y Philip
Abelson fue el último sobre la fisión del uranio que se publicó en Estados
Unidos o Gran Bretaña hasta el año 1946. [104]
Szilárd por fin se salió con la suya, aunque
gracias sobre todo a Gregory Breit, de la Universidad de Wisconsin. Este último
conocía a Szilárd desde hacía algún tiempo y defendía la necesidad del secreto
tanto como él. La diferencia estribaba en que se encontraba en una posición en
la que sí podía hacer algo al respecto. Acababa de ser elegido presidente de la
Academia Nacional de Ciencias y estaba al frente de su Departamento de Ciencias
Físicas del Consejo Nacional de Investigación. Durante una reunión del consejo
de la institución sostuvo la necesidad de la censura. La idea distaba mucho de
ser popular, pero el consejo decidió la organización de un comité de
publicaciones para estudiar el asunto y Breit fue nombrado presidente de un
subcomité exclusivamente destinado a examinar el tema con relación al uranio.
Breit escribió de inmediato a los directores de varias publicaciones
científicas y propuso un plan voluntario para revisar los artículos
relacionados con la fisión. Las investigaciones más críticas, dictaminó, solo
circularían entre un número reducido de personas cualificadas, aunque, a su
debido tiempo, todos los estudios se publicarían reunidos en un solo volumen
con su fecha de redacción correspondiente.
No todos recibieron la idea con agrado, pero los
directores de las revistas especializadas más importantes terminaron por
aceptarla. «Hace tan solo seis meses —le escribió Ernest Lawrence, ganador de
un Nobel e inventor del ciclotrón— me habría opuesto, pero ahora estoy a favor.
En muchos aspectos no podemos olvidar que estamos en guerra.» [105]
Al cabo de algunas semanas, Breit había establecido
la censura absoluta sobre todas las investigaciones relacionadas con la fisión
en Estados Unidos. Los estudios circulaban por correo y solo se publicaban los
más inocuos, los demás no. Mucho antes de que entrara en la contienda, Estados
Unidos retenía información vital dentro de sus fronteras. Aún, eso sí, sin la
participación del gobierno.
* * * *
En realidad, la falta de interés del gobierno iba
mucho más lejos. Desde 1939 hasta finales de 1941, Estados Unidos dio siempre
largas en todo lo concerniente a la investigación atómica.
Como hemos visto, el presidente tuvo conocimiento
por primera vez de la posibilidad de fabricar una bomba atómica en una reunión
celebrada en la Casa Blanca el miércoles 11 de octubre de 1939, es decir, al
cabo de poco más de un mes del estallido de la guerra en Europa. Su amigo
Alexander Sachs le enseñó una carta de Albert Einstein que luego se haría
pública —en realidad la había redactado Leó Szilárd—. El presidente comprendió
que en un futuro próximo tal vez fuera posible fabricar una «bomba extraordinariamente
potente, basada en la reacción en cadena de átomos de uranio».
Se formó de inmediato el Comité Asesor sobre el
Uranio, presidido por el veterano Lyman Briggs, director de la Oficina Nacional
de Estándares (equivalente al Laboratorio Nacional de Física del Reino Unido).
Briggs, que tenía sesenta y cinco años y era geólogo de profesión, demostró ser
una mala elección, y con él al frente el programa nuclear estadounidense
languideció —aunque el Laboratorio de Investigación de la Marina llevaba un
tiempo estudiando la separación de isótopos—. No obstante, después recuperó impulso,
con la llegada a Washington de un desconocido extraordinariamente cortés y
desenvuelto. Vannevar Bush, «Var» para los amigos, era el nuevo presidente de
la Institución Carnegie de investigaciones científicas. Antes había sido
profesor de Ingeniería Eléctrica en el MIT (Instituto de Tecnología de
Massachusetts), donde destacó por su «inteligencia e inventiva en cuestiones
técnicas» y gracias a una serie de ingeniosas patentes comerciales que
proporcionaron a la institución cierta independencia económica —por ejemplo, la
de una máquina de escribir que justificaba el texto automáticamente y la de un
teléfono de marcación automática—. Bush tenía cincuenta años, pero desbordaba
energía; tenía, además, voluntad y capacidad para dinamizar a sus colaboradores. [106] Como Sachs antes que él, consiguió que el presidente le hiciera un
pequeño hueco en su agenda y en los diez minutos que pasó en el Despacho Oval
resumió cómo coordinaría él la investigación científica en materia militar
—había destilado su propuesta hasta dejarla expresa en una sola hoja de papel—.
Roosevelt dio su aprobación de inmediato.
Sin más demora, Vannevar Bush organizó el NDRC
(Comité Nacional de Investigación para la Defensa por sus iniciales en inglés),
que él mismo dirigió. Su labor, en junio de 1940 —época en que James Chadwick
lamentaba el elevado volumen de artículos sobre física nuclear que se
publicaban en Estados Unidos—, consistía en coordinar a científicos y militares
a fin de dar con una nueva fuente de energía secreta y aplicarla con fines
bélicos. [107] Pero ni siquiera entonces era prioritario encontrar un arma
atómica. Bush estaba convencido de que la bomba no era «en absoluto factible» y
creía más en la energía nuclear para otras aplicaciones, por ejemplo, médicas.
Por fortuna, sin embargo, poco después de que Bush
hubiera puesto en marcha su comité, es decir, en agosto, Henry Tizard viajó a
América a la cabeza de una misión británica ultrasecreta que se proponía ante
todo un intercambio material e intelectual entre Gran Bretaña y Estados Unidos.
Los británicos compartirían con los norteamericanos secretos relacionados con
la defensa aérea y bases navales en las Indias Occidentales a cambio de
cincuenta destructores botados durante la primera guerra mundial. El intercambio
formaba parte de los acuerdos de la Ley de Préstamo y Arriendo. [108] La parte del león de aquel pacto por el lado británico, no
obstante, era el magnetrón, base del futuro radar y, para algunos, «el punto
“más importante de los acuerdos de Préstamo y Arriendo”. El magnetrón era un
invento tan novedoso e impresionante que desempeñó un papel fundamental en el
impulso de la cooperación transatlántica. Gracias a él, los norteamericanos
comprendieron cuán avanzada estaba la investigación científica británica para
aplicaciones militares».
Pese a todo, los estadounidenses no pensaban en la
bomba. Cuando Archibald Hill, agregado científico británico en Washington,
preguntó por los avances relacionados con el uranio, le dijeron que no habían
obtenido ningún resultado práctico y que los científicos norteamericanos
consideraban que las investigaciones en ese terreno suponían un derroche de los
ya exiguos recursos de Gran Bretaña. [109]
La misión de Henry Tizard obtuvo tal éxito que, a
raíz de ella, James B. Conant, rector de la Universidad de Harvard y delegado
de Vannevar Bush en el NDRC, viajó a Londres para organizar una oficina
destinada a facilitar el intercambio de información científica. [110] (Según una nota de los archivos de John Cockcroft, que se guardan
en el Churchill College de Cambridge, el 30 de junio de 1940 se produjo en la
Universidad de Liverpool una reunión en la que Hans von Halban declaró que Bush
había hablado con Joliot-Curie para sugerirle la colaboración entre Estados
Unidos, Gran Bretaña y Francia.) [111] James Conant estuvo alojado dos meses en el hotel Claridge’s. A su
debido tiempo, lo que allí averiguó cambiaría el curso de la guerra.
Capítulo 5
Las comadronas
Cuando Leó Szilárd y sus colegas de la Universidad
de Columbia empezaban a descubrir las temibles propiedades del plutonio, dos
acontecimientos ocurridos en el breve espacio de cuarenta y ocho horas, las
transcurridas el martes 9 y el miércoles 10 de abril de 1940, decantarían la
balanza de la rivalidad nuclear.
Poco antes de las cinco de la madrugada de aquel
martes, los habitantes de Oslo se despertaron con un sobresalto por el ruido de
artillería pesada proveniente del fiordo. El rumor corrió rápidamente: se
estaba produciendo un intercambio de fuego entre los fuertes que custodiaban la
costa y una armada invasora.
El consejo de ministros se reunió de urgencia.
Apenas habían comenzado las deliberaciones cuando Kurt Bräuer, el embajador
alemán en Oslo, las interrumpió para trasladar un mensaje de Hitler en el que
se exigía la rendición inmediata. Los ministros echaron al embajador con cajas
destempladas, y los registros dan fe de que estaba de vuelta en su despacho a
las 5.52 de la madrugada, momento en que envió un cable a Berlín para
transmitir la respuesta del gobierno noruego: «La batalla no ha hecho más que
empezar». Bräuer apenas tomó en serio a los noruegos y junto con otros
empleados de la embajada se acercó al puerto para contemplar la llegada de la
flota de invasión. [112]
El embajador y sus subordinados pasaron algún
tiempo observando el mar en vano, temblando bajo el frío aire de la mañana. Los
barcos de Hitler no aparecieron, o, al menos, no ese día. A veinticinco
kilómetros de Oslo, en el fiordo, los cañones de la fortaleza de Oscarsborg
habían alcanzado fatalmente a un crucero alemán e inutilizado a otro.
Noruega ganaba tiempo, el suficiente para que el
gobierno y la familia real pudieran escapar. El mismo día 9 por la tarde, un
tren llevó a uno y a otra apresuradamente a Hamar, una pequeña ciudad del
norte, a unos cien kilómetros de la capital.
Los nazis volvieron a la carga, es sabido, con
energías renovadas. Pero el primer intercambio marcó el espíritu del conflicto.
Un país de población tan escasa como Noruega no podría resistir el empuje de
Hitler mucho tiempo, pero sus habitantes harían cuanto pudieran para entorpecer
y dificultar la vida de la potencia ocupante.
* * * *
Al día siguiente, miércoles 10 de abril, se reunió
en las dependencias de la Royal Society en Londres un pequeño comité para
considerar un breve memorándum de dos científicos exiliados en la Universidad
de Birmingham.
Si hubiera que elegir un solo momento en que la
bomba atómica trascendió el reino de la teoría para convertirse en una
posibilidad práctica, ese sería la noche de la segunda semana de marzo de 1940,
que Otto Frisch y Rudolf Peierls pasaron charlando. Frisch y Peierls fueron las
comadronas que asistieron el parto de la bomba.
Antes, a medida que se aproximaba la guerra, Frisch
se había ido convirtiendo en un hombre cada día más aprensivo. Era judío y, por
tanto, había perdido su empleo en Hamburgo y había sido expulsado de Alemania.
Tocaba el piano casi como un concertista profesional y hacerlo era su mayor
distracción y consuelo. Además, cuando se encontraba en el instituto de
Copenhague dirigido por Bohr, siempre que conocía a algún físico inglés, lo
acosaba a preguntas sobre la posibilidad de trabajar en Gran Bretaña. Debió de
correr la voz porque, en el verano de 1939, el australiano Marcus Oliphant,
profesor de Física en Birmingham y uno de los inventores del magnetrón —que
serviría de base al radar—, le invitó a la universidad, en teoría, para
comentar con él sus investigaciones. Frisch hizo un par de maletas, como si
fuera a pasar un solo fin de semana, pero en cuanto llegó a Inglaterra,
Oliphant le dejó claro que, si lo deseaba, podía quedarse. Mientras se
encontraba en Birmingham, estalló la guerra y la suerte de Otto Frisch quedó
echada. Perdió cuanto tenía, incluido su amado piano. [113]
Rudolf Peierls llevaba en Birmingham algún tiempo.
Berlinés e hijo de un director judío de AEG (Allgemeine
Elektricitäts-Gesellschaft), la Compañía General de Electricidad, que, fundada
en 1887, siempre hizo un especial énfasis en la excelencia del diseño, Peierls
era de corta estatura y llevaba lentes, aunque su mirada siempre fue muy
penetrante. Había recibido la educación clásica en la Alemania anterior a la
guerra —y en el siglo XIX — y, por tanto, estudiado en varias universidades:
Múnich (con Arnold Sommerfeld, que dio clase a varios premios Nobel), Leipzig
(con Werner Heisenberg, Nobel en 1932), Zúrich (con Wolfgang Pauli, Nobel en
1945). Más tarde recibió una beca Rockefeller y estuvo en Roma (con Enrico
Fermi, Nobel en 1938) y, por último, en Mánchester (con Hans Bethe, Nobel en
1967). Se encontraba en esta última ciudad cuando comenzó la purga de las
universidades alemanas —económicamente podía permitirse vivir en el extranjero,
y lo hizo—. Su mujer, Genia, era rusa y no hablaba alemán. Como Peierls
desconocía el ruso, hablaban en el único idioma que ambos entendían: el inglés.
Peierls se nacionalizó británico —no sin encontrar
diversas trabas— en febrero de 1940, después de que durante cinco meses, desde
el 3 de septiembre de 1939, el día en que estalló la guerra entre Alemania y
Gran Bretaña, Frisch y él fueran técnicamente enemigos extranjeros. [114] Por ese motivo se les impidió participar en los proyectos
relacionados con la guerra, como el radar y el motor de reacción, y se les
marginó en investigaciones que no tenían fines bélicos, como la teoría atómica.
Hasta que Frisch se unió a Peierls en Birmingham. A
pesar de los valiosos conocimientos adquiridos sobre la fisión del átomo, el
argumento principal en contra de la bomba atómica radicaba en que la cantidad
de uranio necesaria para alcanzar «una masa crítica» donde se produjera una
reacción en cadena que acabara en explosión era enorme. Los cálculos divergían,
pero siempre dentro de cuantías inmensas: se hablaba de trece, cuarenta y
cuatro y hasta de cien toneladas. [115]
Fueron Frisch y Peierls, en sus paseos por las
frondosas calles de Edgbaston, el barrio universitario de Birmingham, y en sus
reuniones en el Nutfield, un edificio del campus, quienes primero comprendieron
que los cálculos previos resultaban excesivamente imprecisos. Frisch dedujo que
para fabricar una bomba atómica bastaría en realidad con poco más de un kilo de
uranio. Peierls estimó la potencia explosiva de una bomba con esa cantidad del
metal. Para ello tuvo que calcular el tiempo que discurriría antes de que el
material en expansión se separase lo suficiente para detener la reacción en
cadena. Y estimó que ese tiempo no superaría las cuatro millonésimas de
segundo, un lapso ínfimo en que habría ochenta generaciones de neutrones. En
esas ochenta generaciones, calculó Peierls, el material alcanzaría temperaturas
similares a las que se dan en el interior del Sol «y presiones mayores que las
del centro de la Tierra, donde el hierro fluye en forma de líquido». [116]
Un kilo de uranio, que es un metal pesado, tiene el
tamaño aproximado de una naranja, por lo que resulta sorprendentemente pequeño.
Más tarde, Frisch y Peierls admitieron su «estupefacción» ante los resultados
de sus investigaciones. Revisaron los cálculos, los repitieron, y obtuvieron
las mismas conclusiones. Era posible fabricar una bomba, razonaron,
construyendo dos hemisferios de U-235 con cierta masa crítica para luego
hacerlos chocar y provocar la reacción en cadena. De este modo, por escaso que
pudiera ser el U-235 en la naturaleza —donde se da en una proporción de 1 a 139
con respecto al U-238—, Frisch y Peierls se atrevieron a predecir que podría
obtenerse en cantidades suficientes para fabricar una bomba de prueba y luego
una bomba, y no en cuestión de años, sino de meses. Una explosión nuclear,
aseguraron también, equivaldría en potencia al estallido de mil toneladas de
dinamita y dejaría en la zona afectada una radiactividad que no se disiparía en
un período prolongado, lo cual daría lugar a nuevas muertes con el paso de los
años.
En el artículo en dos partes que redactaron en
secreto —lo mecanografiaron ellos mismos, para que nadie más estuviera al
corriente de su hallazgo— afirmaban que la bomba atómica sería tan destructiva
que no habría forma de defenderse de ella. La única estrategia de defensa
válida, como enseguida comprendieron, era la disuasoria. Si Hitler conseguía la
bomba, solo habría una manera de evitar que la empleara: amenazarle con otra
igual. Añadían que el riesgo era excesivo y no se podía ignorar, por mucho que
para conjurarlo se requiriera un esfuerzo de dimensiones industriales: «Aunque
resulte tan costosa como un acorazado, merece la pena construir una planta». Al
mismo tiempo, señalaron, sería imposible evitar que el estallido de la bomba
tuviera consecuencias terribles entre la población civil, de manera que, tal
vez, su uso pudiera resultar «inapropiado» para una democracia. [117]
Frisch y Peierls presentaron sus cálculos y
razonamientos a Oliphant, que, como ellos, de inmediato se percató de que
habían cruzado un umbral. Una pequeña delegación del gobierno, llamada en un
principio Subcomité de la Bomba U y creada a tal efecto, quedó encargada de
examinar el Memorándum Frisch-Peierls. Se reunió por primera vez aquel decisivo
miércoles de abril de 1940 y llegó a la conclusión de que las posibilidades de
fabricar un explosivo a tiempo de que tuviera un impacto importante en la guerra
eran muchas. A partir de ese día el desarrollo de la bomba atómica pasó a
formar parte de los planes estratégicos del gobierno británico. [118]
Aunque fue decisivo, y mucho, el examen del
memorándum no fue el único momento trascendental de aquel día en la Royal
Society. El Subcomité de la Bomba U escuchó también a Jacques Allier, un
apuesto y desenvuelto oficial de inteligencia francés que el mes anterior había
dirigido una audaz incursión en Noruega para robar los únicos depósitos de agua
pesada del mundo delante de las mismas narices de los alemanes. Su presencia en
la reunión, y su historia, confirmaron cuán oportuna era la formación del subcomité:
los nazis tenían en efecto intención de desarrollar sus propias armas
nucleares, y Allier tenía las pruebas (véase el capítulo 6).
* * * *
Por asombroso que parezca, al menos desde nuestro
punto de vista hoy, nadie comentó a Frisch y a Peierls las consecuencias de su
memorándum. Por su condición de enemigos extranjeros, ni siquiera se les
permitió saber el nombre del presidente del subcomité de Whitehall que había
estudiado sus cálculos e ideas. [119] Peierls lo supo gracias a un rumor del círculo de físicos en que
se movía, y cuando lo hizo escribió una educada pero firme carta en que
afirmaba que era una locura impedir que Frisch y él continuaran desarrollando
su idea. Por fortuna, se impuso el sentido común.
A finales de primavera, las investigaciones ganaron
en intensidad; en verano, diversos proyectos comenzaron en secreto en las
universidades de Bristol, Birmingham, Liverpool, Oxford y Cambridge. Aparte de
Frisch y Peierls, varios científicos participantes eran enemigos extranjeros.
A medida que pasaban los meses, iba creciendo el
número de científicos británicos que opinaban que la fabricación de la bomba
era factible. A finales de la primavera y comienzos del verano de 1941, había
varias conclusiones definitivas: una masa de diez kilos de uranio sería
suficiente para provocar una explosión importante, el artefacto que se
produjera con esa masa podría transportarse en los aviones existentes y estaría
listo en el plazo de dos años y, por tanto, desempeñaría un papel relevante en
la guerra.
En cuanto la bomba se convirtió en una posibilidad
factible, mantener las investigaciones en secreto se hizo de vital importancia.
Nacieron dos términos en clave para impedir que los curiosos hicieran
demasiadas preguntas. El subcomité fue rebautizado y pasó a llamarse Comité
MAUD. Una versión dice que el acrónimo corresponde a las siglas en inglés de
«Aplicaciones Militares de la Detonación del Uranio», pero parece que surgió
con cierto ánimo bromista y muy poco castrense. El cambio de nombre se produjo
a raíz de la recepción de un telegrama más o menos mutilado e incomprensible de
Lise Meitner desde Estocolmo. Meitner quería tranquilizar a los británicos
diciéndoles que Niels Bohr estaba «triste pero a salvo» en Copenhague a pesar
de la ocupación de Dinamarca —los nazis la habían invadido el mismo día que
Noruega—. El telegrama terminaba: «DECIR MAUD RAY KENT”. Los físicos británicos
se preguntaron si se trataría de un misterioso mensaje en clave, pero la verdad
era algo más prosaica, casi banal. En el pasado, los Bohr habían contratado
para que se ocupara de sus hijos a una institutriz británica con la que no
habían perdido el contacto. Esa mujer se llamaba Maud Ray y vivía en Kent. El
resto de la dirección había desaparecido del telegrama. Más tarde, además,
todas las referencias a las armas nucleares recibirían el nombre en clave de
«Tube Alloys». Sonaba científico, pero era una denominación carente de
significado que, como se pretendía, no revelaba nada. En Old Queen Street,
pequeña calle paralela a Birdcage Walk, a menos de un kilómetro de Downing
Street, se instaló el Directorio de «Tube Alloys». [120] Tanto literal como simbólicamente, la bomba se había introducido
en el corazón mismo de la maquinaria de guerra británica.
Capítulo 6
Sabotaje estratégico del agua pesada
Iniciada en abril de 1940, la batalla por Noruega
mantuvo ocupados a los nazis hasta junio. En mayo, en Tromsø, unos 320
kilómetros al norte del círculo polar ártico, el gobierno noruego celebró su
última reunión en territorio nacional en mucho tiempo. Luego, cuatrocientos
ministros, funcionarios y diplomáticos, el rey y el príncipe heredero y otros
miembros de la familia real escaparon hacia Londres a bordo del HMS
Devonshire. [121]
La familia real y el gobierno noruegos observarían
la guerra desde el exilio, en la seguridad —relativa— de las islas británicas.
Pero a causa sobre todo de las instalaciones de Rjukan, a unos ciento treinta
kilómetros al oeste de Oslo, Noruega planteaba ciertos problemas. En Rjukan se
encontraba la central hidroeléctrica de Vemork, propiedad de la empresa Norsk
Hydro, única del mundo capaz de producir agua pesada en cantidad suficiente
para construir una bomba atómica. El valor del agua pesada, recordemos, radica
en su capacidad como moderador de neutrones —gracias a la ralentización de los
neutrones, como hemos visto, se hace factible la fisión—. La central de Vemork,
por tanto, era de interés primordial tanto para los alemanes como para los
Aliados.
Por otra parte, aunque de propiedad noruega, la
fábrica contaba con dos inversores extranjeros principales, uno alemán, I. G.
Farbenindustrie Aktien-gesellschaft, y otro francés, el Banque de Paris et des
Pays-Bas. A medida que se aproximaba la guerra y la amenaza de la fisión era
cada día más patente, la importancia de la planta de Norsk Hydro aumentaba.
Una vez ocupada Noruega, con su crucial instalación
de agua pesada, y como su vecina Suecia permanecía neutral, Escandinavia se
convirtió en una ruta vital para los servicios de inteligencia británicos.
Gracias a la hazaña de Jacques Allier, que él mismo relató en la decisiva
reunión del Subcomité del Uranio de la Royal Society en abril de 1940, los
servicios de inteligencia británicos obtuvieron por primera vez datos
relevantes sobre el programa atómico alemán.
Como contaban con una participación importante en
Norsk Hydro, los franceses supieron enseguida del repentino interés de los
alemanes —hacia finales de 1939— por comprar las reservas de agua pesada de la
fábrica, y supieron también que los nazis querían incrementar la producción de
la planta en un 500 % y que habían dado a la dirección de la empresa
instrucciones de mantener en secreto todo el asunto. En cuanto llegaron a sus
oídos, los franceses se tomaron muy en serio estas informaciones, hasta el extremo
de que el primer ministro, el ministro de Economía y Frédéric Joliot-Curie se
reunieron con Allier, que era al mismo tiempo director del Banque de Paris et
des Pays-Bas y miembro del Deuxième Bureau de Francia, el servicio de
inteligencia francés, y pusieron en sus manos recursos suficientes para comprar
a los noruegos toda su agua pesada.
Como contó en la reunión de la Royal Society,
Allier viajó a Noruega con pasaporte falso y comprobó que los noruegos
simpatizaban más con los franceses que con los alemanes. A continuación, en un
atrevido golpe de mano, se valió de maletas especialmente preparadas para no
destruir la composición química del agua pesada y ante las mismísimas narices
de los alemanes robó 185 kilos, las reservas noruegas al completo. Acto seguido
voló en secreto, primero a Escocia, y luego, a Londres y París.
Pero no acabaron ahí las aventuras de aquellos 185
kilos de agua pesada. Tras la ocupación de Dinamarca, la invasión relámpago de
los Países Bajos y Bélgica y la dramática caída de Francia en mayo del mismo
año, los Aliados se vieron obligados a trasladarlos. Primero los llevaron a
Riom, en el Macizo Central, y los escondieron en la cárcel de la localidad.
Luego, cuando la magnitud del derrumbamiento francés y la consiguiente
ocupación resultaron evidentes, se los llevaron apresuradamente a Burdeos y allí
los embarcaron en un vapor de carbón británico que no tardó en zarpar con rumbo
a Falmouth. Iban escoltados por dos científicos franceses que pensaban tantear
sus posibilidades: Hans von Halban y Lew Kowarski. En Inglaterra, los
británicos escondieron de nuevo el agua pesada, en Wormwood Scrubs, también una
prisión, antes de trasladarla definitivamente a los sótanos del castillo de
Windsor. Halban y Kowarski fueron reclutados para el programa atómico británico
y se incorporaron a los laboratorios Cavendish de Cambridge. [122]
* * * *
No está claro que los nazis supieran del golpe de
Allier durante la guerra, pero en junio de 1940, cuando ocuparon Noruega, sus
físicos debieron de pensar que eran ellos quienes habían cometido el robo,
porque daban por sentado que se habían hecho con la única planta de agua pesada
del mundo. Con independencia del éxito de sus investigaciones en energía
nuclear, al menos habían impedido al enemigo el acceso a uno de los más
valiosos ingredientes de cualquier futuro explosivo atómico.
Al final, resultó prácticamente todo lo contrario y
no pasaría mucho tiempo antes de que la planta de Vemork se convirtiera en el
talón de Aquiles del proyecto alemán. Porque el personal de esta formaría la
médula de una red de agentes que en el curso de dos años filtrarían a los
británicos información sumamente sensible. Las autoridades de Londres supieron
por boca de Jacques Allier que al menos una parte de los empleados de Norsk
Hydro simpatizaba con la causa aliada, y Allier, por supuesto, les dio sus nombres.
Las figuras centrales de lo que podría llamarse el
«núcleo de Norsk» eran Leif Tronstad, Jomar Brun y Eric Welsh, que además
estaban rodeadas de una serie de personas igualmente valientes, como Njål Hole,
Sverre Bergh y Harald Wergeland.
Leif Tronstad (1903-1945) nació en Baerum, al oeste
de Oslo, y estudió química en el Instituto Noruego de Tecnología, donde se
graduó en 1927 con una ponencia tan excepcional que, de acuerdo con la
costumbre del país, el mismísimo rey fue informado de ella. Luego Tronstad
estudió en Berlín y en Cambridge —gracias a ello llegó a dominar tres idiomas—
y en 1936 regresó al Instituto de Tecnología como profesor y se convirtió en
uno de los pioneros de la investigación con agua pesada, motivo por el cual participó
estrechamente en la construcción de la planta de Vemork. [123]
Tras cumplir el servicio militar, pasó a la reserva
y, cuando estalló la guerra y los nazis invadieron Noruega, se incorporó a la
resistencia, donde se ocupó sobre todo de filtrar información a Londres. Su
labor más importante en este aspecto consistió en dar cuenta de los movimientos
de entrada y salida de los buques alemanes del fiordo de Troudheim, un enorme
puerto natural. Al poco tiempo, además, Tronstad empezó a suministrar
información relativa al agua pesada, lo que le llevó a establecer un contacto permanente
con Jomar Brun, que trabajaba en Vemork y a quien conocía desde hacía tiempo.
Brun había sabido desde el principio del interés de Norsk Hydro por el agua
pesada, producto derivado de la actividad principal de la central
hidroeléctrica de Rjukanfoss («Cascada de espuma»). La central suministraba
electricidad a la planta de Vemork, que manufacturaba explosivos y amoníaco
para su conversión en nitratos fertilizantes.
Tronstad fue ampliando sus actividades hasta
participar en la organización de Milorg, la resistencia militar nacional. Todo
salió a la perfección por un tiempo hasta que, en el otoño de 1941, los
alemanes descubrieron la emisora de radio clandestina de la resistencia y
Tronstad tuvo que huir. [124]
En Londres lo llevaron de inmediato al cuartel
general del SIS en Broadway, cerca de St. James’s Park, y allí le presentaron a
Eric Welsh.
Welsh, británico de nacimiento y casado con una
descendiente del compositor noruego Edvard Grieg, pasaba de los cuarenta años
y, al igual que Tronstad, era un químico de excelente formación. Había tenido
un cargo importante en Internasjonal Farvefabrikk A/S, empresa de Bergen
especializada en pinturas y azulejos, y gracias a eso había entrado en contacto
con Jomar Brun, de la planta de Vemork, que le había pedido consejo sobre
ciertos problemas de corrosión asociados a la producción de agua pesada. Welsh,
por tanto, estaba informado de la existencia del agua pesada y muchos informes
cablegrafiados de Tronstad acababan en su mesa.
Welsh esperaba que detener la producción de agua
pesada de la central de Vemork fuera un objetivo bélico prioritario. Y, en
efecto, Jomar Brun, que había recibido instrucciones de sabotear las
instalaciones de producción, no tardó en contaminar el agua con aceite de
ricino. El aceite produjo espuma y hubo que interrumpir todo el proceso.
Pero esa solución no era satisfactoria a largo
plazo. Por otra parte, Brun informó a Londres de que las visitas de científicos
alemanes a la planta de Vemork iban en aumento. Esos científicos, según las
sospechas del Comité MAUD, participaban directamente en el programa del uranio
de Alemania. Welsh, por tanto, se veía obligado a detener de manera definitiva
la producción de agua pesada de Noruega.
Sus iniciativas culminaron en julio de 1941, cuando
el Gabinete de Guerra ordenó la destrucción de la central de Vemork. Una vez
tomada esta decisión, Welsh concertó una cena entre Tronstad y John Cockcroft
para el 6 de agosto. Esa noche, Cockcroft puso al día a Tronstad de las medidas
tomadas por los Aliados, le hizo un resumen de los progresos técnicos y le
trasladó la opinión aliada sobre los posibles avances del programa nuclear
alemán. [125]
* * * *
Ante las presiones de sus superiores, que le pedían
la destrucción de la planta de Vemork, Welsh miró más allá del SIS, que no
tenía capacidad suficiente para llevarla a cabo. La alternativa más obvia era
la SOE, que Winston Churchill había creado en julio de 1940 con el mandato «Y
ahora: ¡incendiad Europa!». Este organismo se especializó en contactar con los
grupos de la resistencia de toda Europa, la mayoría de los cuales llevaban a
cabo todo tipo de actos de sabotaje contra la maquinaria de guerra alemana.
Vemork se encuentra en el oeste de Noruega, en la
Hardangervidda, una meseta extensa y árida de la región de Telemark. El paisaje
es agreste y el viento sopla con fuerza; abundan los ríos, los lagos y los
valles, y también las cascadas, de ahí que Norsk Hydro eligiera el lugar para
construir la central de Rjukan y la planta de Vemork. [126] Cualquier equipo de sabotaje que aterrizara en la zona debía tener
en cuenta la dureza del entorno.
En el transcurso de la guerra, los Aliados
organizaron no menos de cuatro operaciones de sabotaje de las instalaciones de
producción de agua pesada de Vemork. El 19 de noviembre de 1942, se produjo una
incursión de comandos con el nombre en clave de «Freshman» y fue un desastre en
toda regla: algunos bombarderos y planeadores se perdieron y murieron unos
treinta hombres. El 16 de febrero de 1943 se lanzó una nueva Operación, llamada
«Gunnerside» (un pueblo de Inglaterra), que fue mucho más efectiva: los comandos
volaron la central sin sufrir una sola baja. Sin embargo, la planta reanudó su
actividad mucho antes de lo esperado, de modo que en noviembre del mismo año
las fuerzas aéreas norteamericanas realizaron un bombardeo «de precisión». La
operación se saldó en fracaso y Vemork prosiguió con su actividad, pero, ante
los ataques, los alemanes se convencieron de que los Aliados tenían la firme
intención de destruir la planta e hicieron planes para trasladar todas las
reservas de agua pesada a Alemania. Los agentes secretos noruegos averiguaron
la ruta y la fecha del traslado y, el 20 de febrero de 1944, un tercer equipo
de comandos voló el ferri que llevaba el agua pesada cuando cruzaba el lago
Tinn y la embarcación se fue a pique. La operación costó la vida a más de
veinte ciudadanos noruegos. [127]
* * * *
No se puede pasar por alto que los continuados
sabotajes de la central de Vemork buscaban, además del táctico, un objetivo
estratégico. En el fondo, esas operaciones pretendían que los nazis se
convencieran de que sus enemigos daban al agua pesada mucha más importancia de
la que en realidad tenía, así como lograr que los científicos alemanes
insistieran por ese camino cuando, en realidad, los Aliados habían tomado otro
distinto. En otras palabras, no era más que un engaño. En la segunda mitad de
1941, las investigaciones del Comité MAUD demostraron que era posible producir
una explosión atómica sin moderador. Cuando, a finales de 1941, escribió el
Informe Definitivo del Comité, James Chadwick incluyó un párrafo dedicado al
agua pesada:
En las primeras fases creíamos que dicha sustancia
podría tener gran importancia en nuestro trabajo. Parece, en realidad, que su
utilidad para la liberación de energía atómica se limita a procesos que
probablemente no posean ningún valor militar inmediato. Por otra parte, quizá a
estas alturas los alemanes también se hayan dado cuenta, porque es preciso
decir que resulta muy probable que cualquier físico capaz deduzca las líneas de
trabajo por las que nosotros discurrimos en estos momentos.
Pero los capaces físicos alemanes que trabajaban en
Alemania no habían deducido las mismas líneas de trabajo, en parte por el error
de Walther Bothe sobre el grafito (véase el capítulo 4), en parte por la
sostenida campaña de sabotaje de la planta de Vemork.
En realidad, los destinos del núcleo de Norsk y del
Comité MAUD —creados el mismo día— estaban inextricablemente unidos. La
información confidencial sobre el programa atómico alemán fue tan importante
para el curso de los acontecimientos como los avances en física e ingeniería de
los científicos aliados. Esa información tuvo como destinataria sobre todo
Londres, pero los británicos no la compartieron a tiempo y, cuando por fin lo
hicieron, los estadounidenses no le dieron la importancia debida. De manera que
Washington, a pesar de sus considerables recursos para no hacerlo, siempre
sobreestimó la capacidad alemana para construir armas atómicas y cargó al mundo
con una bomba que, estrictamente hablando, y como veremos más adelante, el
mundo no necesitaba.
Capítulo 7
Los primeros atisbos de los secretos nucleares de Alemania
El sabotaje de la planta de agua pesada de Vemork
había empezado a finales del verano y principios del otoño de 1941 y la primera
—y catastrófica— incursión de comandos se produjo a punto de acabar 1942. A
raíz de ambas cosas, los nazis debieron de darse cuenta de que los Aliados
sabían que Vemork formaba parte del programa atómico alemán. Pero, desde su
punto de vista, que los británicos quisieran sabotear su programa no
significaba necesariamente que estuvieran desarrollando uno similar. En
realidad, como luego veremos, la mayoría de los físicos alemanes seguían
convencidos de que llevaban la delantera en las investigaciones de la fisión
atómica y que ningún otro país podría alcanzarlos. Mucho menos podían imaginar
que los intentos de sabotear Vemork formaran parte de una maniobra de
distracción para que siguieran pensando que el agua pesada era más importante
de lo que en realidad era.
Teniendo en cuenta lo mucho que había costado
defender la confidencialidad y el secreto de la existencia y desarrollo del
programa atómico (véase el capítulo 3), resulta sorprendente que a lo largo de
la guerra la prensa se hiciera eco, aunque es cierto que no masivamente, de
varios de sus aspectos. En septiembre de 1944, la oficina del general Groves
había encontrado en la prensa no menos de 104 referencias al Proyecto Manhattan
(«o asuntos relacionados») a lo largo de los 58 meses transcurridos desde noviembre
de 1939. 27 noticias aparecieron antes —y 77 después— de la directiva del 28 de
junio de 1943, que la Oficina de Censura de Estados Unidos comunicó mediante
carta confidencial a todos los periódicos y emisoras de la nación, estipulando
que «nada» fuera publicado o emitido «sobre armas nuevas o secretas» o, ni
siquiera, «sobre los experimentos» relacionados con «aplastamiento» de átomos,
energía o división atómicas, agua pesada, materiales radiactivos, ciclotrones,
uranio, hafnio, protactinio, torio, deuterio, etcétera. Para despistar sobre su
verdadero propósito, la carta también deslizaba términos engañosos como
ytrium. [128]
Ya en mayo de 1940, concretamente el día 5, William
Laurence, redactor especializado en ciencias de The New York Times,
publicó un artículo muy sustancioso titulado «LA CIENCIA DESCUBRE EN EL ÁTOMO
UNA PODEROSA FUENTE DE ENERGÍA ». Laurence explicitaba el enorme poder
explosivo del uranio 235 y no evitaba sus consecuencias en el «desenlace de la
guerra europea». Laurence añadía también que «todos» los científicos
especializados alemanes habían recibido órdenes de «abandonar las demás
investigaciones para dedicarse exclusivamente a la energía atómica». Aunque
esta última afirmación era algo exagerada, a William Laurence le pareció
legítima para incitar a la acción a los científicos norteamericanos. [129] Al terminar la guerra se halló un recorte del artículo en un
laboratorio alemán. Al parecer, ni siquiera saber lo avanzadas que podían estar
las investigaciones en el bando aliado espoleó el programa atómico nazi.
No solo en Estados Unidos y Gran Bretaña se
publicaron noticias. Posiblemente, además, la más trascendente fuera una
publicada por un periódico sueco, el Stockholms-Tidningen, a
primeros de septiembre de 1941. Hacía referencia a una nota recibida de Londres
que aseguraba que los estadounidenses estaban trabajando en un artefacto
explosivo «de una potencia con la que hasta la fecha nadie había siquiera
soñado»: El material empleado en la bomba es uranio. Si la energía que contiene
este elemento fuera liberada, se producirían explosiones de una potencia
inimaginable hasta la fecha, de tal manera que una bomba de cinco kilogramos
haría un cráter de cuarenta kilómetros de radio y un kilómetro de profundidad
y, en ciento cincuenta kilómetros, todas las edificaciones quedarían
arrasadas. [130]
A raíz del artículo de Laurence, Werner Heisenberg
y Carl von Weizsäcker fueron a visitar a Niels Bohr a la Copenhague ocupada.
Ambos desempeñaban un papel central en el programa atómico alemán. Nacido en
Wurzburgo en 1901, Heisenberg, hijo de un profesor de Historia de Bizancio, era
un nacionalista ferviente y en la turbulenta época que precedió a la primera
guerra mundial tomó parte en más de un tumulto callejero contra simpatizantes
comunistas. En su colegio de Múnich organizó el llamado «Gruppe Heisenberg»,
que se reunía en su casa y que, como indica su nombre, lideraba el propio
Werner. Heisenberg era, por lo demás, un jugador de ajedrez legendario que
alguna vez jugaba sin reina «para que su oponente tuviera una
oportunidad». [131]
En cierta ocasión, Arnold Sommerfeld, de la
Universidad de Múnich, lo invitó a Gotinga para asistir a una conferencia de
Bohr, en la que Heisenberg se animó a intervenir para hacer una pequeña
corrección a las palabras de este último. Fiel a su forma de ser, el científico
danés no se molestó y, al término de la conferencia, invitó a Heisenberg a dar
un paseo.
Aquella charla dio pie a mucho más y Bohr terminó
invitando al joven bávaro a Copenhague. Allí, a lo largo de los años
siguientes, Heisenberg se labró un nombre gracias a dos ideas fundamentales
para la física moderna: la mecánica cuántica y el principio de incertidumbre.
En 1932, cuando solo contaba treinta y un años, fue galardonado con el premio
Nobel de Física.
En 1941, Carl von Weizsäcker, hijo de un
diplomático eminente, Ernst, y hermano mayor de Richard, futuro presidente de
la República Federal de Alemania, tenía veintinueve años y ya atesoraba una
gran reputación por sus investigaciones, previas a la guerra, de la fusión
nuclear en el Sol; en 1958 obtendría el premio Goethe. Heisenberg y él jugaban
al ajedrez a ciegas, sin tablero.
A raíz de un artículo publicado en el Stockholms-Tidningen,
los dos visitaron Copenhague en septiembre de 1941, mes en que el Comité MAUD
concluyó su informe. Se sabe que Heisenberg se vio a solas con Bohr, pero
siempre será un misterio si le informó de que Alemania no tenía la bomba —sin
decirlo de forma explícita, porque habría sido un acto de traición— o si, en
cambio, intentó saber qué se traían entre manos los Aliados. La fecha de la
visita, inmediatamente posterior a la noticia del Stockholms-Tidningen,
sugiere con certeza que Heisenberg quería sondear a Bohr. Estados Unidos
todavía no había entrado en guerra, de modo que los contactos entre Bohr y los
físicos norteamericanos aún eran posibles. James Chadwick opinaba que
Heisenberg tenía el propósito de «despistar a Bohr», pero existen motivos para
creer a Heisenberg, que después de la guerra aseguraría que su única intención
fue confesarle a este que Alemania no estaba investigando la fabricación de una
bomba atómica. En cualquier caso, Bohr no sintió ninguna necesidad de alertar a
los Aliados.
* * * *
Una cosa era el sabotaje, negar al enemigo el
conocimiento de la bomba, confundirle para que creyese lo que no era, y otra
muy distinta conseguir información sobre sus planes secretos.
A Gran Bretaña llegaban datos sobre la energía
nuclear hasta cierto punto distintos de los que recibía Estados Unidos. Por
otra parte, las relaciones entre los dos aliados adolecían de desconfianza,
porque Londres y Washington no compartían todos los detalles, ni siquiera los
vitales —con consecuencias que hasta ahora no se habían sopesado en su justa
medida.
Los británicos habían tomado la decisión de no
mandar agentes a Alemania para averiguar en qué estado se encontraba el
programa atómico nazi. Les parecía demasiado arriesgado, porque todo espía que
enviasen debía estar lo suficientemente familiarizado con los planes aliados
para saber qué buscar. Y se corría el peligro de que, en caso de ser capturado,
e interrogado o torturado, confesase todo lo que sabía.
En lo que se refiere a la información confidencial
relacionada con la energía nuclear, Gran Bretaña se benefició de dos factores.
Uno fue el núcleo de Norsk, que recibió ayuda de sus cómplices suecos, y el
otro fue Paul Rosbaud, espía de extraordinario valor y tenacidad que contaba
con múltiples contactos. La importancia de Rosbaud en la historia de la bomba
atómica es incalculable.
En todo caso, la comunidad científica británica no
manifestó demasiada preocupación por el programa atómico alemán hasta que las
investigaciones demostraron que la bomba era una posibilidad factible. La
viabilidad de la bomba se confirmó tras el memorándum de Otto Frisch y Rudolf
Peierls y la formación del Comité MAUD a principios de 1940. Antes, en mayo de
1939, Henry Tizard, que siempre había visto con gran escepticismo la
posibilidad de fabricar una bomba atómica, estaba lo bastante inquieto como para
encargar un estudio de la organización y calidad de la inteligencia británica
en asuntos científicos. El encargo se produjo —tres meses antes del estallido
de la guerra— a raíz del descubrimiento de la fisión y en las mismas fechas en
que Paul Rosbaud alertó a John Cockcroft de la fundación del Uranverein. Tizard
tenía en mente las reservas de uranio y la bomba atómica, pero nadie debía
saberlo, de modo que al reclutar a Reginald V. Jones, un joven científico, solo
le dijo que quería averiguar por qué recibía tan poca información de los
avances de Alemania en guerra aérea, para poder corregir esa deficiencia.
Jones, que no había cumplido los treinta, era un
físico londinense que había trabajado en los laboratorios Clarendon de Oxford,
y fue gracias a uno de sus amigos oxonienses como conoció —de manera
accidental— que la construcción de una bomba atómica era una posibilidad real.
En julio, un mes después de que Tizard lo reclutase, pero antes de haber
iniciado su labor, aún se encontraba en Oxford cuando, hallándose en una parada
de autobús de High Street, supo por boca de su amigo James Tuck, que trabajaba como
ayudante de Frederick Lindemann, que la bomba atómica era factible en la
práctica: «Reginald —dijo Tuck—, ¡algún día vamos a ver otro gran BIG BANG!».
Tuck se refirió a continuación al artículo que Siegfried Flügge había publicado
el mes anterior en Die Naturwissenschaften y lo esgrimió como
prueba de que los alemanes ya estaban trabajando en su propia arma atómica
(véase el capítulo 4). Él también opinaba que Flügge había querido dar la voz
de alarma. [132]
* * * *
Reginald Jones demostró ser una elección muy
inspirada. Uno de sus primeros logros fue contextualizar correctamente un
preocupante discurso de Hitler en la recién conquistada Danzig el 19 de
septiembre, es decir, solo dieciséis días después del comienzo de la guerra. En
su soflama, el Führer amenazó con emplear una «neue Waffe gegen die es keine
Verteidigung gibt», una «nueva arma contra la que no habrá defensa posible». La
expresión alarmó al primer ministro, Neville Chamberlain, que quiso saber hasta
qué punto había que tomarse en serio la amenaza. Jones tuvo la prudencia de
pedir otra traducción del discurso de Hitler que, tomando por buena una
grabación de la BBC, demostró que la traducción que había leído Chamberlain
estaba fuera de contexto. Lo que Hitler había querido decir en realidad era que
los alemanes pronto tendrían un arma (Waffe ) nueva capaz de
rivalizar con aquella en que Gran Bretaña depositaba su confianza: la marina.
Se refería al arma aérea alemana, es decir, a la Luftwaffe. Jones pudo por
tanto asegurar al primer ministro que Hitler no contaba con ningún artefacto
secreto semejante a la bomba atómica. No, al menos, todavía.
El buen juicio de Jones le ganó la confianza del
SIS, una confianza que iría dando sus frutos a medida que iba avanzando la
guerra. Pero en Londres, Jones no era el único que pensaba en los secretos
nucleares de ambos bandos. El 11 de junio de 1940, James Chadwick escribió a
John Cockcroft para decirle que había oído por boca de Otto Maass, un
fisicoquímico canadiense, que los alemanes habían comprado «grandes cantidades»
de uranio («presumiblemente pecblenda») a Canadá justo antes de la guerra. Un
documento ultrasecreto preparado por el Ministerio de Suministros ese mismo mes
—por encargo de George P. Thomson— era mucho más concreto: se había descubierto
«recientemente» que los alemanes habían adquirido veinticinco toneladas de
uranio («óxido de uranio, probablemente») procedentes de las minas de Eldorado,
próximas al lago del Gran Oso, en la provincia de Saskatchewan, poco antes del
estallido del conflicto. El mismo documento aseguraba que los alemanes habían
comprado veinticinco gramos de radio «desde el comienzo de la guerra», a los
que había que sumar los tres que se producían al año en Jáchymov
(Joachimsthal), que tras la ocupación se habían incrementado hasta cinco. Los
alemanes, además, habían querido adquirir diez gramos a Union Minière antes de
la invasión de Bélgica, pero los belgas se habían negado a venderlos. El
documento también «conjeturaba» que los Países Bajos y Dinamarca, ahora
ocupados, podrían aportar «de cuarenta a cincuenta gramos». [133] Todas las reservas de radio y uranio de Bélgica salieron del país
vía Brujas; y veinte gramos de radio, por Francia vía Burdeos —como el agua
pesada procedente de Noruega.
Aunque Reginald Jones se ocupaba de recabar y
cotejar datos científicos en general, parece que Cockcroft desempeñó un papel
especialmente relevante en todo lo relativo a la energía atómica, o quizá su
despacho se convirtiera en un centro de intercambio de información a medida que
iban llegando noticias.
Más adelante, Jones buscó a todos los empleados de
Norsk Hydro que pudieran haberse exiliado en Gran Bretaña —y ninguno lo había
hecho— e investigó el rumor transmitido por Rudolf Peierls de que los alemanes
erigían en Berlín diversas torres para experimentos de difusión termal. «Los
rumores procedían de Holanda y estaban vinculados a la fuga de Debye.» [134] Peter Debye, físico neerlandés ganador del Nobel y director del
Instituto Káiser Guillermo de Berlín, había intervenido decisivamente en la
huida de Lise Meitner antes de verse obligado a emigrar a Estados Unidos a
principios de 1940. Algunos creían, sin embargo, que trabajaba para los nazis y
que su misión era averiguar cuanto fuera posible del programa atómico
norteamericano. En Londres circulaba el rumor de que, por el contrario, había
abandonado Berlín tras negarse a tomar parte en los experimentos de separación
de isótopos. Por su parte, el australiano Marcus Oliphant creía que esta
explicación no era más que una tapadera. [135] El 20 de julio de 1940, Oliphant envió una nota confidencial a
John Cockcroft: Estoy muy preocupado por el puesto que ocupa Debye y creo que
antes de que los norteamericanos discutan la cuestión del uranio es preciso que
todas las personas que como él siguen siendo, estrictamente hablando, empleados
del estado Alemán queden excluidas de los debates. [136]
Cockcroft estaba de acuerdo y contestó que se
pondría en contacto con la Oficina Central de Asuntos Científicos británica en
Washington para abordar «con cautela» el asunto del intercambio de información.
De nuevo fue con John Cockcroft con quien N. B.
Mann, del Imperial College, se puso en contacto cuando llegó a sus oídos el
rumor de que los alemanes estaban construyendo torres de separación de isótopos
en Berlín; fue también a Cockcroft a quien Jacques Allier alertó del hecho de
que Frédéric Joliot-Curie, que había sabido que Otto Frisch estaba trabajando
en Birmingham, temía que Frisch supusiera un peligro —inadvertido— para la
seguridad por los lazos que mantenía con su tía, Lise Meitner; fue Cockcroft quien,
junto con James Chadwick, impuso su criterio al Ministerio de Producción Aérea
y gracias a ello Londres advirtió a los científicos que trabajaban en Estados
Unidos de que no publicaran en Physical Review los resultados
de sus últimas investigaciones; fue a Cockcroft a quien Marcus Oliphant pidió
que resolviera el confuso telegrama de Lise Meitner sobre Bohr y Maud Ray
—Cockcroft se puso en contacto con la legación británica en Estocolmo para que
consultara a Meitner—; y, cómo no, era con Cockcroft con quien Paul Rosbaud se
ponía regularmente en contacto y a quien veía más a menudo. Aunque al parecer
nunca tuvo un cargo oficial, Cockcroft desempeñó un papel fundamental en la
recogida y cotejo de información relevante para el programa atómico durante toda
la guerra.
* * * *
Pero parece que la primera iniciativa concreta, en
lo concerniente a la recopilación de información confidencial, nació casi
simultáneamente en la cabeza de Rudolf Peierls y James Chadwick. En la carta
que con fecha 19 de septiembre de 1941 —el mismo mes que finalizó el informe
del Comité MAUD— escribió a James Chadwick, de la Universidad de Liverpool,
Francis Simon, de los laboratorios Clarendon de Oxford, informaba de que Rudolf
Peierls y Klaus Fuchs se habían desplazado a Londres la semana anterior «para
revisar las publicaciones alemanas más recientes» y comprobar si los físicos
germanos seguían en sus mismos puestos de trabajo y de qué temas se ocupaban,
«o si existía un ominoso silencio que podría sugerir que colaboraban en el
posible programa atómico nazi». En su respuesta, Chadwick decía que a él se le
había ocurrido la misma idea y que ya se la había trasladado a lord (Maurice)
Hankey, presidente del Comité Asesor para Asuntos Científicos del gobierno
británico. Es posible que dicha idea se la sugiriese a Chadwick la lectura de
un documento de Jacques Allier, el hombre que había robado el agua pesada
noruega ante las mismísimas narices de los alemanes. Allier envió una nota —a
John Cockcroft, a quién si no— fechada el 26 de mayo de 1940, cuando la invasión
de Francia estaba en marcha, que llevaba por título «Lieu de Travail jusqu’en
Septembre 1939» en la que aclaraba en qué instituciones trabajaban Hahn,
Strassmann, Flügge, Weizsäcker, Bothe y otros. [137]
En Londres, Peierls y Fuchs consultaban ejemplares
de Physikalische Zeitschrift, boletín alemán que cada seis meses
publicaba una relación de los científicos más relevantes de Alemania y
detallaba en dónde y en qué estaban trabajando —durante la guerra, los
boletines de ese tipo llegaban a Gran Bretaña sobre todo vía Suecia o Suiza—.
Como Peierls escribió en su informe, según los datos de ese boletín, «casi
todos los físicos seguían en el mismo puesto de siempre, y daban las mismas
asignaturas, lo cual nada tenía que ver con la información que habría arrojado
una lista similar hecha en Gran Bretaña o Estados Unidos». [vii] Peierls y Fuchs elaboraron a su vez una lista de trece físicos
—donde figuraban Heisenberg, Weizsäcker, Karl Wirtz y Paul Harteck—, que
recibieron un seguimiento especial porque todos ellos participaban en el
programa alemán del uranio, [138] y observaron también que las publicaciones alemanas hablaban con
toda libertad de fisión nuclear y separación de isótopos en fechas tan tardías
como el verano de 1941. Aunque a Peierls le preocupaba que pudiera tratarse de
un doble farol.
Lord Hankey trasladó esas listas al general de
brigada S. G. Menzies, director del SIS, con el nombre en clave «C». Al cabo de
unos días, Menzies confirmó que la mayoría de los científicos seguían en su
puesto de trabajo habitual. El general informó asimismo de la visita de
Heisenberg a Bohr en 1941. John Cockcroft y su equipo supieron entonces del
interés de los alemanes por los planes aliados. Pero Cockcroft tuvo constancia
también de que Bohr no estaba al corriente de tales planes y, al ver que no se
ponía en contacto con ellos, con los ingleses, dedujo que ni Heisenberg ni
Weizsäcker le habían dicho nada importante. El general Menzies decía también en
su informe que Walther Bothe se había hecho cargo del ciclotrón de Joliot-Curie
tras la invasión de Francia y que Otto Hahn también se encontraba en París,
pero que se negaba «a desempeñar cualquier trabajo relacionado con la guerra».
Por otra parte, Heisenberg seguía «dando clase en Leipzig» pero pasaba «tres
días a la semana en el Instituto Káiser Guillermo de Berlín», donde le habían
nombrado director de investigaciones atómicas. Además, a Klaus Clusius, otro
miembro de Uranverein que seguía en Múnich, se le había confiado «la separación
del uranio 235 de la sustancia madre», de la que Alemania recibía grandes
cantidades procedentes del yacimiento checo de Jáchymov (Joachimsthal).
Las investigaciones demostraron que todos los
científicos alemanes de cierta relevancia seguían en el mismo puesto de
trabajo. Se había producido cierto movimiento, pero nada fuera de lo normal.
Peierls y Fuchs consideraron la posibilidad de que hubiera en todo eso cierto
«camuflaje», es decir, que los físicos alemanes continuaran publicando
artículos relacionados con sus campos de estudio habituales y aparecieran en
las mismas plantillas cuando en realidad se habían embarcado en investigaciones
secretas. Pero les parecía «complicada». Además, que los alemanes se hubieran
hecho con el ciclotrón de Joliot-Curie daba pie a pensar que no contaban con
máquinas semejantes, cuando eran imprescindibles para fabricar una bomba
—Estados Unidos disponía de veinte.
Peierls y Fuchs advirtieron la mención a una
conferencia de Gerhard Hoffmann, un profesor de la Universidad de Leipzig, en
una reunión del Deutsche Physikalische Gesellschaft, en la que se habían citado
la fisión y la separación «en una sola frase». «Naturalmente, ese hecho por sí
solo no demuestra que hayan comprendido la relación entre fisión y separación y
neutrones rápidos, y cabe pensar que, de haberlo hecho, mantendrían el
secreto.» En realidad, la literatura científica alemana mencionaba «con toda libertad»
la fisión de átomos y la separación de isótopos incluso en el verano de 1941,
pero «podría hacerlo a propósito». Por lo demás, en esa misma conferencia,
Hoffmann pedía más apoyo: «como si estuviera sugiriendo que nadie toma su
trabajo demasiado en serio. Aunque, de nuevo, ¿será del todo sincero?».
En esos momentos era «factible», concluían Peierls
y Fuchs, que Alemania se encontrara «en la misma fase» que Gran Bretaña. En
marzo de 1941 estalló una mina lanzada en paracaídas sobre Liverpool y Chadwick
pidió que, por si acaso, comprobaran su nivel de radiactividad. [139]
En cuanto a los detalles, Peierls y Fuchs se dieron
cuenta de que Heisenberg no había publicado nada desde 1939, «cuando antes
solía publicar con regularidad», y basándose en parte en este cambio y en parte
en sus «frecuentes ausencias de Leipzig», concluyeron que, «casi con toda
seguridad», estaba realizando labores relacionadas con la guerra. Weizsäcker
tampoco había publicado nada desde 1939, salvo sobre temas filosóficos, pero
continuaba dando clase en Berlín. No obstante, Peierls y Fuchs opinaban que era
«probable» que también participara en el esfuerzo de guerra. Karl Wirtz había
publicado algo sobre el «método Clusius-Dickel» de separación de líquidos y
posiblemente estuviera trabajando también en separación de isótopos. Siegfried
Flügge estaba adscrito al departamento de Otto Hahn y había difundido algunos
artículos sobre fisión, pero nada desde 1939. Hahn seguía en el mismo puesto de
trabajo y publicaba al ritmo habitual, de manera que posiblemente no colaborase
en la guerra. Walther Bothe escribía, pero sobre rayos cósmicos y dispersión de
electrones. Klaus Clusius y Gerhard Dickel publicaban conjuntamente de vez en
cuando sobre difusión termal, y Clusius, por su cuenta, sobre otros temas.
Gustav Hertz —hijo de Heinrich Hertz, el físico que puso nombre al «hercio», la
unidad de frecuencia— seguía como director de investigación de Siemens y había
escrito sobre la presión del sonido, mientras que Paul Harteck había
pronunciado en octubre de 1940 una conferencia en la Sociedad Bunsen sobre
separación de isótopos y difusión termal.
Peierls y Fuchs tenían la impresión de que ese
panorama general se correspondía con la realidad de que, si bien en Alemania no
habían cesado las investigaciones de la energía nuclear, no existían pruebas
que sugiriesen un programa «acelerado» con la reunión de varios físicos de
élite en un proyecto a gran escala.
Hacia finales de 1941 y a principios de 1942, Gran
Bretaña impuso una escrupulosa censura en lo relativo a fisión atómica. Los
directores de Nature, Proceedings of the Royal Society, Philosophical
Magazine, Proceedings of the Physical Society, Cambridge Philosophical Society
Journal y Transactions of the Faraday Society recibieron
la petición de examinar todos los artículos sobre física y química nuclear con
el Comité Asesor para Asuntos Científicos, el organismo supremo de asesoría del
gobierno en cuestiones de ciencia, que presidía lord (Maurice) Hankey. [140]
* * * *
En la primavera de 1942, Peierls y Fuchs redactaron
un nuevo informe sobre las actividades de los físicos alemanes tras visitar las
bibliotecas del Museo de Ciencias y del Laboratorio Nacional de Física en el
barrio londinense de Teddington. En las conclusiones afirmaban que «no había
apenas novedad». James Chadwick dijo: «No creo que los nuevos datos invaliden
los ya conocidos». Por lo demás, el informe anual del Instituto Káiser
Guillermo de Dahlem para 1941-1942 confirmaba que Max von Laue seguía en su cargo. [141] Por Lise Meitner y Paul Rosbaud, los británicos sabían que Von
Laue era antinazi y no colaboraría en la fabricación de una bomba atómica, pero
aun así, el dato de que el instituto que dirigía se dedicaba a spezialaufgaben («tareas
especiales») reflejaba que el Káiser Guillermo había empezado a participar en
el esfuerzo de guerra. El mismo informe ofrecía una relación de artículos
publicados o en prensa, entre los que había alguno que afirmaba la posibilidad
de «transformar el núcleo del átomo bombardeándolo con neutrones». [142]
Más adelante Fuchs descubrió un texto sobre
separación de isótopos escrito por Fritz Houtermans y aparecido en Annalen
der Physik en noviembre de 1941. Como la separación de isótopos era
fundamental para la fabricación de la bomba, y uno de sus procesos más
complicados, Fuchs, Peierls y Reginald Jones tuvieron la sensación de que los
alemanes no habrían permitido su publicación si Alemania hubiera estado inmersa
en un programa atómico. [143] En el artículo, Houtermans calculaba la energía mínima necesaria
para separar isótopos y a continuación afirmaba explícitamente que los cálculos
estaban hechos «con vistas a una “futura separación de isótopos y con
propósitos técnicos”». Además, consideraba dos métodos: destilación y
rectificación (una cascada de dieciocho procesos independientes). Como observó
Fuchs, nada de eso parecía tener valor práctico, solo contribuía a reforzar la
teoría.
Lo significativo de la publicación de Houtermans,
como comprendieron los investigadores británicos, era que solo hablaba del
proceso nuclear a pequeña escala y como mero experimento, sin referencias a una
inversión industrial. Era también relevante el hecho de que, según todos los
indicios, Houtermans, que había vivido algún tiempo en Rusia, no fuera del todo
fiable desde el punto de vista nazi. Si él seguía esa línea de investigación,
era muy probable que los físicos del Uranverein no lo hicieran.
Quizá el objeto más importante de la investigación
de Peierls y Fuchs fuera un artículo sobre la fisión de neutrones finalizado
antes de mayo de 1940, pero fechado en marzo de 1942 y recibido por la
dirección del boletín en cuestión, Physikalische Berichte, el 30 de
abril. No se daba ninguna explicación, pero, según Peierls y Fuchs, «al
principio no querían publicarlo, solo que en aquellos momentos estaban
nerviosos y deseaban darle prioridad frente a las investigaciones secretas». Un
argumento similar podría aplicarse a un texto de Erich Bagge en Physikalische
Zeitschrift . Bagge lo había terminado en noviembre de 1940, pero la
revista no lo recibió hasta abril de 1942. También había dos artículos de 1942
publicados en Naturwissenschaften, uno de Hahn y Fritz Strassmann y
otro de Kurt Starke. Estaban dedicados al elemento 93 y a otros elementos
transuránicos. El historiador Paul Rose dice: «Se puede adivinar la mano de
Paul Rosbaud, que probablemente intentaba alertar a los Aliados del interés de
Alemania en el plutonio». [144]
En realidad, Rosbaud estaba haciendo mucho más que
eso. Una de las personas que se daba cuenta era Reginald Jones, que resumió la
situación diciendo que los alemanes mantenían muchos artículos en secreto
«mientras decidían si investigar la fabricación de la bomba o no». Que esos
textos se publicaran posteriormente era una demostración de que el programa
atómico no estaba en marcha. Por otro lado, se trataba de un proceso difícil de
disimular o camuflar. «¿Qué sentido tendría dar a conocer una información importante?»,
se preguntaba Jones. Hacer constar la fecha de redacción del artículo y la
fecha en que lo había recibido la publicación era práctica habitual, pero, al
mismo tiempo, con ello Rosbaud estaba transmitiendo una información muy
importante a los británicos.
Amén de las revistas académicas, estaban los
informes del servicio de inteligencia, enviados en los primeros años de la
guerra desde Suecia y Noruega por Jomar Brun y otros agentes. Aparte del relato
escueto de los acontecimientos, que proporcionaría la base del cuándo, el dónde
y el cómo de las operaciones de sabotaje contra las instalaciones de agua
pesada de Vemork, Brun aseguraba que, entre octubre de 1941 y el verano de
1942, Norsk Hydro había entregado 850 kilos de agua pesada a Alemania. Según los
cálculos de los científicos aliados, dicha cantidad solo suponía el 17 % de la
que se juzgaba necesaria para poner en marcha una reacción en cadena
sostenida. [145] Los Aliados no podían saberlo, pero Heisenberg había hecho
exactamente los mismos cálculos.
A lo largo de 1941 y durante los primeros meses de
1942, por tanto, los científicos y el personal de inteligencia británicos se
formaron la idea de que Alemania quizá no tuviera mucho interés en la bomba
atómica. En Estados Unidos, en cambio, opinaban todo lo contrario.
Capítulo 8
La joya de la corona de todos los secretos
Para el general Leslie Groves, la joya de la corona
de todos los secretos era la existencia misma del Proyecto Manhattan, y su idea
de compartimentación estaba diseñada precisamente para protegerla. Pero tanto
si él lo supo como si no —o si simplemente llegó a aceptarlo—, dicho secreto,
como hemos visto, dejó de serlo más de una vez ya desde su nacimiento. Los
científicos alemanes que investigaban la energía atómica estaban convencidos de
que nadie estaba a su altura, pero tras conocer por un periódico sueco que los
Aliados estaban enfrascados en la fabricación de un explosivo «de una potencia
con la que hasta la fecha nadie se había atrevido siquiera a soñar», dos de los
más relevantes, Werner Heisenberg y Carl von Weizsäcker, viajaron a Dinamarca
para visitar a Niels Bohr. Tal vez quisieran transmitirle la idea de que el
programa atómico alemán no era lo bastante serio, pero el momento de la visita
sugiere que, cuando menos, estaban interesados en descubrir los progresos
aliados. La joya de la corona de los secretos no era ningún secreto.
De hecho, la auténtica joya de la corona de todos
los secretos —con mucho, la más importante información confidencial sobre la
investigación de la energía atómica-nuclear, el punto de inflexión definitivo
(o así debió ser)— llegó a oídos de los británicos por medio de Paul Rosbaud en
junio de 1942.
La calidad y oportunidad de las informaciones que
Rosbaud transmitió a los Aliados a lo largo de toda la guerra siempre fueron
extraordinarias. Brynjulf Ottar, uno de los creadores de XU, el movimiento de
resistencia noruego, dijo a Arnold Kramish, biógrafo del espía austríaco, que
en el otoño de 1939 —muy probablemente a primeros de noviembre—, Rosbaud viajó
a Oslo para advertir a Odd Hassel que Alemania iba a invadir Noruega. Hassel,
fisicoquímico que había cursado sus estudios en Berlín y Dresde y futuro
ganador del Nobel, no le creyó —no entonces, al menos—; pero hoy sabemos que la
decisión alemana de invadir el país escandinavo se tomó el 10 de octubre de
1939, lo que da idea de lo precisa y actualizada que era la información de
Rosbaud.
En esa misma visita a Oslo, Rosbaud le pidió a
Hassel que llevara de su parte un paquete a la embajada británica de la capital
noruega. Él no podía entregarlo porque la legación británica, situada en
Drammensveien número 79, se encontraba justo enfrente de la embajada alemana,
en el número 74 de la misma calle. Hassel, en cambio, añadió, sí podía, porque
era miembro de la Academia de Ciencias Noruega, que también se encontraba en
Drammensveien, de modo que una visita a la embajada británica no tendría en su
caso nada de particular.
El paquete de Rosbaud, que Hassel entregó el mismo
día, contenía tres cosas. La primera era un libro, que, a juzgar por su
título, Tecnología del magnesio y sus aleaciones, debía de ser
bastante árido, cuyo autor era el doctor ingeniero Adolf Beck, director de
procesos con magnesio del gigantesco complejo de I. G. Farben en Bitterfield
(I. G. Farben era el mayor accionista de Norsk Hydro) —el propio Rosbaud había
participado en su edición—. Parte de la obra se ocupaba de la posibilidad de
utilizar magnesio para favorecer procesos con agua pesada y explosivos, y
Rosbaud comprendió, como quizá ni siquiera el doctor Beck, que era muy probable
que al poco de su publicación la Luftwaffe prohibiese su venta, como de hecho
sucedió. Para entonces, sin embargo, un ejemplar ya estaba a buen recaudo en la
embajada británica en Oslo.
El segundo objeto del paquete era un tubo de vidrio
sellado que contenía una espoleta de proximidad, un mecanismo diseñado para
estallar cuando el proyectil del que forma parte pasa cerca de su blanco sin
necesidad de tocarlo y que está pensado sobre todo para usarse contra la
aviación.
El tercer artículo eran unas hojas de papel con
texto e ilustraciones. Una de ellas llevaba por título «Espoletas eléctricas
para bombas y obuses». También había información sobre un cohete planeador de
hélice que se lanzaba desde un avión para atacar buques enemigos y una relación
de datos sobre Peenemünde, una instalación experimental en la desembocadura del
Peene, cerca de Wolgast y que constituía la primera mención del lugar en un
informe de los servicios de inteligencia. (En Peenemünde, los alemanes construirían
las bombas volantes V-1 y V-2, las «armas de la venganza» de Hitler, pensadas
para atacar ciudades británicas y, en realidad, los primeros misiles balísticos
del mundo.) El Informe de Oslo, como llegarían a bautizarlo, también contenía
información sobre dos tipos de sistemas de radar, un avión no tripulado, un
torpedo dirigido acústicamente y detalles sobre nuevas tácticas de
infantería. [146]
Aunque la mayor parte del material era oro puro
para los servicios de inteligencia, al principio los británicos lo desecharon:
demasiado bueno para ser cierto; no era concebible que un solo agente hubiera
recopilado tanta información para un solo envío. En un principio, pues, y a
pesar de que parecían escritos por alguien con formación científica, los textos
no se tuvieron en cuenta. La presencia de la espoleta de proximidad se
explicaba, según el razonamiento británico, porque, para dar credibilidad al
material, entre tantas falsedades debía haber algo auténtico. [147] Con el tiempo, sin embargo, la actitud de los británicos cambió.
En sus memorias de guerra, Reginald V. Jones alude constantemente al Informe de
Oslo, que finalmente todos dieron por bueno.
En uno de los artículos que publicó después de la
guerra, Paul Rosbaud contó cómo pasaba la información desde Alemania. En un
caso se valió de un físico holandés que viajó a Noruega. Otras veces recurría a
Sverre Bergh, estudiante noruego del Instituto Técnico de Dresde —y esquiador
olímpico—. En otra ocasión informó a Odd Hassel directamente acerca de un nuevo
compuesto altamente reactivo utilizado en la fabricación de bombas
incendiarias. Gracias a su trabajo de editor en Naturwissenschaften,
supo de la existencia de un químico holandés que había escapado a Londres en
1940 y que sin duda podría ayudarle. En este caso, además de informar sobre el
nuevo artilugio, Rosbaud sugirió también una posible manera de contrarrestarlo.
Una vez convenció a un tal doctor Hjort de que filtrase información a la prensa
sueca. [148]
En el segundo de sus dos libros sobre su labor
clandestina durante la guerra, Reginald V. Jones decía que, en realidad, el
autor del Informe de Oslo no era Rosbaud, sino Hans Ferdinand Mayer, técnico de
radio que trabajaba para Siemens, pero tenía cierta relación con la General
Electric Company de Inglaterra y estaba muy preocupado por lo que estaba
sucediendo en Alemania. Tras la publicación de ese segundo libro, Arnold
Kramish, el biógrafo de Rosbaud, escribió a Jones para decirle que ya era libre
de revelar la identidad de la amante de Rosbaud porque había fallecido, y que,
antes de morir, la mujer le había contado que Mayer visitaba asiduamente la
casa de Rosbaud —que compartía con la mujer— y que Paul le había confesado que
Mayer y él habían trabajado conjuntamente en el Informe de Oslo. [149]
A pesar de esta discrepancia sobre las fuentes,
Jones confirmó en sus memorias que Rosbaud «logró trasladar mucha información a
Londres», y admitió que había visto «cómo se transmitían con éxito los informes
más importantes» del espía austríaco. También afirmó que Rosbaud había
proporcionado datos clave, en particular sobre las actividades de Heisenberg, y
que, lo que es más importante, sus informes ayudaron a «evaluar correctamente
que los trabajos sobre energía nuclear en Alemania nunca llegaron a superar la
fase de investigación». Concluyó diciendo que la información reunida por
Rosbaud sirvió para «disipar los temores» que de otra forma habrían angustiado
a los científicos británicos. [150]
* * * *
Rosbaud llevó a cabo su golpe más audaz en junio de
1942. Entre el 4 y el 10 de ese mes varios miembros de la Sociedad de Física de
Alemania se dieron cita en un restaurante del elegante barrio berlinés de
Charlottensburg, el Orient, en la Fasanenstrasse, próximo a la Ku’damm, [viii] y Rosbaud estuvo presente. [151] La reunión se produjo después de un trascendental encuentro entre
los principales físicos y jefes militares del país —generales, almirantes y
Albert Speer, el ministro de Armamento y Producción Bélica— celebrado en el
centro de conferencias de los institutos Káiser Guillermo. [152] Se trataba de la tercera, y culminante, de tres citas similares
organizadas ese año entre físicos y militares para debatir sobre investigación
nuclear y las posibilidades de fabricar un arma atómica.
En la reunión del restaurante de la Ku’damm,
Rosbaud supo por los presentes en ese tercer encuentro que se había tomado la
decisión de no seguir adelante con el proyecto y trabajar a escala industrial,
necesaria si de lo que se trataba era de construir una bomba. Heisenberg y los
demás físicos declararon ante Speer y los militares que la energía nuclear era
la gran promesa del futuro, pero que no existía ninguna posibilidad de fabricar
bombas a tiempo de que tuvieran alguna incidencia en la guerra. En esos momentos,
Alemania no contaba con la tecnología necesaria —como, por ejemplo,
ciclotrones—, de modo que el desarrollo de artefactos nucleares contradecía las
directrices de Hitler: concentrarse únicamente en armas que pudieran tener un
uso inmediato.
Casi la misma importancia tuvo que Rosbaud
constatara que los científicos alemanes opinaban que norteamericanos y
británicos carecían de los conocimientos necesarios para fabricar la bomba.
Y parece que, durante la sobremesa, Rosbaud,
«bastante bebido», cometió un desliz y estuvo a punto de revelar su auténtica
forma de pensar: «Si alguno de ustedes supiera cómo hacer esa bomba, no dudaría
ni por un momento en decirle a su Führer cómo destruir el resto del mundo para
así conseguir la máxima condecoración de Alemania». Se hizo un «silencio
tenso», todos temían que Rosbaud los denunciara ante la Gestapo. Pero poco a
poco se fueron levantando y, afortunadamente, nadie lo denunció a él ante las
autoridades.
Según Arnold Kramish, días después de la reunión en
el restaurante de la Ku’damm, Rosbaud se dirigió en un avión militar a Oslo —le
habría gustado detenerse en Copenhague para visitar a Niels Bohr, pero le
denegaron el permiso—. En la capital de Noruega pasó ocho días en un piso
propiedad de Victor Goldschmidt, judío, noruego y muy corpulento, amén de
brillante geoquímico, que había trabajado sobre la relativa abundancia de los
elementos terrestres y realizado algunas investigaciones sobre el átomo. Goldschmidt
había abandonado su puesto en la universidad noruega por culpa de una disputa
académica y se había establecido en Gotinga, donde había entablado amistad con
varios científicos de primer nivel y adquirido la nacionalidad alemana. A lo
largo de la década de 1930, Goldschmidt se vio con Rosbaud en innumerables
ocasiones y fue este quien, en 1935, cuando en Alemania la presión sobre los
judíos empezó a volverse intolerable, se ocupó de que recuperase la
nacionalidad noruega. Rosbaud creía que, por sus trabajos, Goldschmidt merecía
el Nobel. Cuando murió, en 1947, Goldschmidt legó a su amigo algún
dinero. [153]
Rosbaud hizo el viaje a Oslo enfundado en un
uniforme alemán, posiblemente de la Luftwaffe, que patrocinaba la visita. Su
misión principal consistía en transmitir a Eric Welsh, por medio de la XU, lo
que había oído en el restaurante de la Ku’damm, pero también visitó a Bohr. El
3 de julio escribió: «Me habría gustado verle de nuevo para tratar varios
asuntos que a usted probablemente le interesen tanto como a mí». [154]
La redacción de la nota resulta muy interesante,
porque habla de asuntos en plural, lo que plantea la incógnita de qué sabía
Rosbaud en aquellos momentos y qué pudo transmitir a los Aliados a través de la
XU.
Rosbaud era un espía experimentado y con múltiples
contactos. Veía a Otto Hahn una vez a la semana. Tenía «una estrecha relación
personal» con Walter Gerlach, otro eminente físico que tampoco simpatizaba con
los nazis, y se reunía con él «casi todas las semanas» para darle noticias de
la BBC. En opinión de Rosbaud, Gerlach era incorruptible, un hombre que amaba
Alemania, pero no a los nazis. Más importante era que fuese «muy hablador», y
que gracias a ello ayudase a los Aliados y, vía Rosbaud, los mantuviera al
corriente del enorme retraso del programa atómico alemán. Llegó al extremo de
decirle a su amigo: «No quiero colaborar en ninguna investigación relacionada
con la guerra; y, sin embargo, era director administrativo del departamento de
energía nuclear del Consejo de Investigaciones del Reich, que supervisaba el
trabajo de Heisenberg, y delegado de Albert Speer en cuestiones atómicas. [155] Después de la guerra, Rosbaud afirmó en carta a Francis Simon:
«Era mi fiel aliado en muchas cosas». Hacia el final de la guerra, Gerlach
llamó por teléfono a Rosbaud para decirle abiertamente que dejaba Berlín «con
el material pesado», es decir, con agua pesada («Por teléfono siempre fue muy
descuidado» [156] ). Rosbaud también mantenía una buena relación con Siegfried
Flügge y Josef Mattauch. [157]
Rosbaud, que sufrió personalmente dos bombardeos en
el curso de la guerra, ya se había puesto en contacto varias veces con los
británicos antes de la reunión de la Ku’damm y siempre les había dado
información fresca y de primera mano sobre el programa atómico alemán. [158] Además sabemos, por los informes que escribió después del
conflicto, cuán equilibrados eran sus juicios. Por ejemplo, aunque Pascual
Jordan, físico y matemático, se había convertido en un nazi ferviente —y los
físicos exiliados lo vilipendiaban por ello—, a Rosbaud siempre le pareció un
hombre «decente» en lo personal y en modo alguno antisemita. Y aunque Rosbaud
demostró sus simpatías por Heisenberg después de que este obtuviera el Nobel, y
sus alumnos lo insultaran por ser «un judío blanco» —porque se negaba a
denunciar la física «judía», esto es, la teoría de la relatividad de Einstein—,
no dejó de señalar que Heisenberg siempre sacó partido de su lejano parentesco
con Himmler. También miró con agrado a Wolfgang Pauli cuando Pauli se burló del
ego de Heisenberg. En cierta ocasión, Pauli dijo que no resultaba difícil
imaginar a Heisenberg declarando: «Yo soy capaz de pintar tan bien como
Tiziano. Mirad:" ¡Solo faltan los detalles técnicos!». [159]
Rosbaud también tenía una creatividad audaz. Llegó
a preparar la puesta en libertad de dos prisioneros de guerra franceses para
que trabajasen como empleados en la compañía de la luz y luego consiguió que
esos dos hombres se pusieran ropa de civil; los sacó así del campo y se llevó a
uno de ellos a vivir a su casa. Una de las razones para tomar todas esas
medidas fue que uno de los dos prisioneros, de nombre Piatier, estaba en
contacto con fuentes que filtraban información sobre armas recientes. A cambio
de esa información, Rosbaud consiguió que los prisioneros pudieran comunicarse,
aunque clandestinamente, con sus familias. Como él mismo diría más tarde a un
colega norteamericano, a lo largo de la guerra, Rosbaud procuró «informar a
Blackett y a Cockcroft vía Suecia de cuanto material sensible» pasó por sus
manos. [160]
Además, podía presumir de una magnífica formación
científica. Es por tanto extremadamente improbable que viajara a Oslo sin antes
intentar averiguar más detalles sobre la reunión entre los físicos y los jefes
políticos y militares —Flügge, Hahn y Heisenberg estuvieron presentes en
aquella reunión—. ¿Por qué otro motivo habría estado en el restaurante Orient?
* * * *
Una de las pistas más valiosas de la crónica de la
fabricación de la bomba atómica se la debemos a Mark Walker, catedrático de
Historia en el Union College de Nueva York. Walker analizó 138 documentos
relacionados con el programa atómico nazi que los alemanes clasificaron como
alto secreto —sus autores ni siquiera podían sacar copias—. Ochenta y dos de
ellos fueron escritos antes de la decisiva reunión de 1942. Por otra parte,
Walker demuestra que, a principios de diciembre de 1941, Erich Schumann, físico
especializado en acústica y cargo importante del Cuerpo de Armamento y Material
de la Wehrmacht, reexaminó el programa atómico alemán e informó a los
científicos más relevantes del grupo que estudiaba la fisión de que continuar
solo tenía sentido en caso de que la energía atómica tuviera aplicaciones
militares en un futuro previsible. La suerte de la guerra parecía estar
cambiando y la Wehrmacht demandaba cada vez más hombres y todas las materias
primas disponibles. La ofensiva en el Este se había estancado y el contraataque
ruso había interrumpido de manera definitiva la «guerra relámpago». El Tercer
Reich estaba, por así decirlo, doblemente a la defensiva, porque Estados Unidos
también había entrado en guerra. [161]
En vista de las nuevas exigencias de la contienda,
los científicos pertenecientes al Cuerpo de Armamento y Material de la
Wehrmacht creían llegado el momento de intentar la explotación industrial a
gran escala de la energía nuclear. Al contrario que los físicos nucleares,
ellos sí pensaban que Estados Unidos y otros países enemigos llevaban a cabo
estudios en ese ámbito y que, por tanto, había que apoyar la investigación
atómica «con todos los medios disponibles». [162] Concretamente, los físicos de la Wehrmacht deseaban dar un paso
importante y definitivo: dejar el laboratorio e iniciar la investigación y el
desarrollo a escala industrial. [163]
Eso sucedía a finales de 1941. A principios de
1942, sin embargo, la Wehrmacht había reconsiderado la situación y parecía más
inclinada a ceder el control de la investigación nuclear «porque existían
serias dudas de su utilidad para la guerra». En febrero de 1942, esas dudas
tomaron cuerpo en el marco de una reunión a la que asistieron entre otros Erich
Schumann, Albert Vögler, presidente de la Sociedad Káiser Guillermo, y el
general Wilhelm Leeb, jefe del Cuerpo de Armamento y Material de la Wehrmacht.
Las actas de aquella reunión enumeraban los progresos realizados: la separación
de isótopos de uranio estaba en un momento en general decepcionante, pero la
producción de agua pesada había experimentado ciertos, si bien modestos,
avances; como las reservas del material moderador se habían incrementado, las
perspectivas de fabricar una máquina de uranio eran mejores. Lo más alentador
eran las investigaciones de Robert Döpel, colega de Heisenberg en Leipzig. Su
máquina de agua pesada con polvo de uranio estaba casi a punto de separar
neutrones: «La primera máquina de uranio parecía a punto». [164] Además, Siegfried Flügge, Otto Hahn y Fritz Strassmann habían
debatido el aislamiento y las propiedades químicas del elemento 94 (plutonio),
haciendo hincapié en que su fisión tendría que ser relativamente sencilla.
Al mismo tiempo, cuenta Walker, aquella reunión
marcó el «punto culminante» del programa atómico alemán. Nunca más reunió la
Alemania nazi a casi ochenta científicos relacionados de forma directa o
indirecta con la energía nuclear. [165]
Tras conocer la situación y valorar las dimensiones
relativamente pequeñas del programa, el general Leeb declaró que, en lo que
concernía al ejército alemán, estaba «suficientemente claro» que la fisión
nuclear no encontraría en Alemania aplicación práctica a tiempo de contribuir
al esfuerzo de guerra. Por otro lado, el ejército confiaba tanto en sus
científicos que existía la sensación generalizada de que tampoco el enemigo
lograría fabricar una bomba atómica a tiempo. [166] A raíz de estas «conclusiones formales», los responsables del
Cuerpo de Armamento y Material creían que otra institución, y no el ejército,
debía patrocinar el programa atómico, y estimaban que lo más natural era que lo
hiciera la Sociedad Káiser Guillermo.
La decisión de Leeb, dice Walker, «fue definitiva».
Nadie, ni el ejército, ni la industria alemana, ni el gobierno
nacionalsocialista, ni siquiera los científicos militares o civiles, volvió a
reconsiderarla jamás.
Al mismo tiempo, en la reunión de febrero de 1942,
que fue puramente profesional, el ejército y el Consejo de Investigaciones del
Reich organizaron una célebre serie de conferencias ideada para un público
selecto compuesto por personal militar, funcionarios del partido nazi e
industriales. La importancia de esas conferencias reside para los
investigadores en que, aunque con mucha cautela, un periódico se hizo eco de
ellas. Bajo el titular «Física y defensa nacional», en la noticia no aparecían
los términos «atómico», «nuclear», «energía» o «potencia». No obstante, el
redactor señalaba con claridad que la física moderna tendría una enorme
importancia para la defensa y la economía del país en el futuro, pero no en el
presente.
Una de las consecuencias de este punto de vista fue
que el ministro de Educación, Bernhard Rust, decidiera integrar el programa no
en la Sociedad Káiser Guillermo, sino en el Consejo de Investigaciones del
Reich. Eso suponía alejar la investigación nuclear aún más del ejército y
confinarla al ámbito de la pura investigación académica.
Tal era, pues, el telón de fondo de una reunión aún
más importante, y decisiva, celebrada el 4 de junio en el Centro de
Conferencias del Instituto Káiser Guillermo y a la que asistió el mismísimo
Albert Speer. Este encuentro fue la causa directa del viaje de Paul Rosbaud a
Oslo.
* * * *
Absolutamente leal a Hitler, al menos hasta casi el
final de la guerra, Albert Speer era un trabajador incansable y logró que en
Alemania la economía de guerra alcanzase cotas extraordinarias de producción, a
pesar de una escasez cada vez más acuciante de materias primas. Se ganó la
confianza de los grandes hombres de negocios y cultivó una estrecha amistad con
Erhard Milch, uno de los arquitectos de la Luftwaffe. Dicha amistad tuvo mucha
importancia, porque cuando, tras el fallecimiento de Fritz Todt en accidente de
aviación en febrero de 1942, Speer fue ascendido, la guerra aérea había pasado
por diversas fases. Al bombardeo de Berlín de agosto de 1940 le siguieron la
batalla de Inglaterra y el Blitz de Londres entre septiembre
de 1940 y mayo de 1941, pero tras sufrir una pérdida de aviones muy cuantiosa,
Hitler se vio obligado a reconsiderar su estrategia. Más tarde, hacia finales
de marzo de 1942, una vez los británicos se hubieron recuperado, la RAF puso a
prueba una nueva teoría de bombardeo y recurrió a las bombas incendiarias y de
alto explosivo. Empezó por Lubeca, una ciudad medieval elegida a propósito por
sus calles estrechas y sus antiguas construcciones de madera. El nuevo sistema
superó todas las expectativas: Lubeca se incendió y por primera vez los
ciudadanos alemanes muertos y heridos en un solo bombardeo superaron el
millar. [167] Rostock fue la segunda víctima de una incursión con bombas
incendiarias. Hitler montó en cólera y ordenó represalias. Cumplir los deseos
de venganza del Führer era responsabilidad de Milch.
En medio de tanta devastación, Speer se reunió con
el general Friedrich Fromm, jefe militar responsable de armamento. A finales de
abril de 1942, durante una comida entre los dos en un reservado del Horcher,
restaurante de Berlín muy popular entre los altos cargos nazis, Fromm dijo que,
en su opinión y aunque la situación de Alemania no era en modo alguno
desesperada, la patria cifraba su mayor esperanza de ganar la guerra en el
desarrollo de un arma devastadora, y le habló al ministro de las bombas atómicas
que, añadió, serían capaces de borrar del mapa ciudades enteras. Fromm, además,
instó a Speer a que se entrevistara con los científicos que trabajaban en esa
nueva arma.
Speer, como es natural, sintió curiosidad y
concertó una conferencia en Harnack Haus para el 4 de junio. Allí un grupo
numeroso de jefes militares conocería a los físicos nucleares.
* * * *
Se trataba, al menos en teoría, de un encuentro muy
propicio para los científicos. Porque si había una autoridad capaz de
concentrar todo el peso de la economía alemana en la fabricación de una bomba
atómica, esa era Speer. [168] Por otra parte, estaban cambiando las tornas. Era cada día más
evidente que la guerra no acabaría tan pronto como los nazis habían pensado,
pero Alemania aún controlaba una gran parte de Europa y podía hacer que los
territorios ocupados colaborasen militar, material y económicamente.
El grupo reunido por Speer resultaba distinguido de
manera extraordinaria. Incluía a Ferdinand Porsche, el diseñador austríaco de
la Volkswagen, al general Fromm, jefe militar de armamentos, a los generales
Emil Leeb y Erich Schumann, de la Heereswaffenamt (Oficina de Armamento del
Ejército), al mariscal de la Luftwaffe Erhard Milch y a los almirantes Wilhelm
Rhein y Karl Witzell. Entre los científicos acudieron Werner Heisenberg, Otto
Hahn, Fritz Strassmann, Hans Jensen, Karl Wirtz, Carl Friedrich von Weizsäcker,
Erich Bagge, Walter Bothe, Klaus Clusius, Manfred von Ardenne, Arnold
Sommerfeld, Kurt Diebner y Paul Harteck; en total, unas cincuenta personas que
llenaron la sala de conferencias Helmholtz de Harnack Haus. [169]
Heisenberg fue el primero en intervenir. El diario
de trabajo de Speer registra que el primer día se habló de «aplastamiento de
átomos y del desarrollo de la máquina de uranio y del ciclotrón». En sus
memorias, escritas al término de la guerra, Speer sugiere que Heisenberg se
centró también en la investigación nuclear, pero que se refirió a ella como
«una empresa puramente teórica». No era ese el propósito de la reunión y Speer
no se dejó desviar. Cuando Heisenberg terminó su intervención, Speer le preguntó,
sin preámbulos, «cómo se podría aplicar la física nuclear a la fabricación de
bombas atómicas». Al parecer, el uso de la palabra «bomba» causó cierto
revuelo, porque muchos nunca la habían oído en relación con la fisión nuclear.
Según Speer, Heisenberg declaró, «sin dudar, que ya habían encontrado la
solución científica y que, en teoría, nada impedía la fabricación de la bomba.
Pero llevaría tiempo desarrollar los requisitos técnicos necesarios; al menos,
dos años». [170]
Heisenberg explicó luego que las investigaciones
sufrían cierto retraso porque Alemania carecía de un ciclotrón, y añadió que
creía que los norteamericanos disponían de varios y que el de París, al que en
teoría ellos, los alemanes, tenían acceso, no estaba en condiciones por la
promesa previa a la guerra de que jamás se utilizaría con fines bélicos. Cuando
Speer dijo que él podía autorizar la construcción de un ciclotrón, Heisenberg
respondió que primero habría que testar la teoría en una máquina más pequeña.
Continuaron las preguntas. ¿De qué tamaño sería una
bomba —preguntó Milch— capaz de destruir una ciudad como Londres? Heisenberg
juntó las manos y las ahuecó. «Más o menos del tamaño de una piña», dijo. Y un
nuevo murmullo recorrió la sala.
Milch preguntó a continuación cuánto tiempo les
llevaría a los estadounidenses construir un reactor y una bomba. Heisenberg
respondió que, aunque «pusieran en marcha toda su maquinaria», no podrían
disponer de un reactor hasta finales de ese año, 1942, y que habilitar una
bomba les llevaría al menos otros dos años. Alemania no debía temer que los
norteamericanos fabricaran una artefacto atómico antes de 1945. [171] En honor del físico alemán hay que decir que estaba en lo cierto
en todos sus cálculos —al parecer, sabía algo de los trabajos que estaba
desarrollando Fermi en Chicago (véase el capítulo 10).
Speer preguntó a continuación a los físicos cómo
podía colaborar él desde su ministerio con las investigaciones. Heisenberg dijo
que necesitaban dinero, nuevas instalaciones y libre acceso a las materias
primas. Cuando le insistieron en que diera una suma, Weizsäcker mencionó una
cifra «sustancial» para la universidad según el valor de la divisa alemana
antes de la guerra: cuarenta mil marcos (unos 250.000 euros de hoy).
Los militares presentes no dieron crédito. Por sí
solo, Erich Schumann había gastado ya dos millones de Reichsmarks en
investigación atómica. «La cifra era tan ridícula —contaría Milch— que Speer me
miró y los dos negamos con la cabeza ante la ingenuidad y falta de malicia de
aquella gente.» Speer comprendió que los alemanes podían tardar años en
fabricar una bomba y dijo: «Pues no hay mucho más que hablar». [172]
Después de la conferencia, Speer criticó con
crudeza a Albert Vögler por inducirle a creer en el proyecto cuando estaba en
una fase tan incipiente. Dolido, Vögler pidió a Heisenberg que revisara sus
previsiones económicas para lograr algo «verdaderamente útil». Una semana más
tarde, Heisenberg esbozó un presupuesto revisado y cifró sus necesidades en
350.000 marcos. Tan pobre incremento no impresionó a Speer y tras la
conferencia de Harnack Haus, el ministro de Armamento «abandonó toda
posibilidad[de fabricar una bomba]y no volvió a dedicarle más tiempo». [173]
Capítulo 9
Apagón de los servicios de inteligencia: el error fatal
Que Rosbaud comprendiera que el ejército alemán
había cedido el control del desarrollo de la bomba atómica y que los nazis
habían tomado la decisión de no seguir adelante con el proceso de fabricación
de explosivos nucleares a escala industrial —además de constatar que tampoco
creían a los Aliados capaces hacerlo— tuvo una importancia capital.
Pero aquel verano, el de 1942, el informe de
Rosbaud no fue un acontecimiento aislado. En Londres —y, como ya hemos contado,
por su propia cuenta—, Reginald V. Jones advirtió que a principios de ese año
los alemanes habían permitido «la publicación de varios e importantes artículos
sobre energía nuclear escritos en los dos años anteriores», señal de que hasta
entonces habían decidido guardarlos en secreto mientras decidían si proseguir
con el programa atómico o no. [174] La aparición de aquellos artículos suponía además que los alemanes
daban por sentado que los Aliados no podrían aprovechar la información vertida
en ellos.
Por otro lado, en esa misma época y poco después de
la reunión de Heisenberg con Speer y los jefes militares, los servicios de
inteligencia británicos recibieron múltiples informes concernientes al programa
atómico alemán. Todos coincidían en la misma idea, algo impresionante teniendo
en cuenta que provenían de científicos alemanes involucrados en la
investigación nuclear. «No existe en la historia de los servicios de
inteligencia nada parecido a aquella serie de informes —afirma Thomas Powers en
su libro sobre Heisenberg—. En conjunto revelan un insólito nivel de
desafección entre los científicos más relevantes del programa nuclear
alemán.» [175]
Entre el verano de 1940 y los últimos meses de la
guerra fueron varios los científicos alemanes que visitaron Noruega. Solían
hacer una escala táctica en Estocolmo a la ida o a la vuelta para adquirir todo
tipo de bienes de consumo que en Suecia aún podían comprarse cuando habían
desaparecido hacía tiempo de las tiendas de Múnich o Berlín: de arenques en
escabeche a cosméticos confeccionados en Francia o Estados Unidos. Pero la
Suecia neutral también era un interesante puesto de observación para los servicios
de inteligencia aliados, amén de la sede no oficial de grupos de resistencia
aliados que operaban en Dinamarca y Noruega con ayuda británica. Esto
contribuye a explicar por qué en el verano de 1942 varios físicos alemanes
informaron a los Aliados de lo sucedido en la conferencia de Harnack
Haus. [176]
* * * *
Figura central de ese hecho fue Jomar Brun,
ingeniero que antes de la guerra había colaborado en el diseño inicial de la
planta de Rjukan y trabado una sólida amistad con Karl Wirtz, uno de los
científicos que investigaban el agua pesada. En enero de 1942, Brun recibió
órdenes de viajar a Berlín y se citó con Wirtz y Kurt Diebner, director
científico de la Oficina de Investigación de Armamento del ejército, para
estudiar el posible incremento de la producción de agua pesada. Tenía una
relación muy estrecha con los científicos del programa nuclear alemán.
En julio de 1942, Brun recibió la visita del
austríaco Hans Suess, futuro ganador del Nobel y, en aquellos momentos, otro de
los expertos en agua pesada del bando alemán. Suess mantenía una relación
amistosa con Brun —y con Rosbaud—, pero en sus tratos con el noruego debía ser
cauteloso. Brun podría tener pinchado el teléfono, aunque Suess no pudiera
saberlo con certeza. Sin embargo, parece ser que Suess era consciente de que
Brun tenía, aunque con muchas dificultades, comunicación directa con los británicos.
Si los alemanes ganaban la guerra —cosa que en 1942 aún era posible— y luego se
hacían con los archivos británicos, podrían encontrar pruebas de su incipiente
traición.
Suess fue, pese a todo, el primero de una serie de
visitantes con el mismo mensaje, por mucho que dicho mensaje estuviera envuelto
en un lenguaje ideado para protegerlos en caso de dar con quien no debían.
El austríaco empezó a hablar después de que Brun
mencionara que corrían rumores sobre la función del agua pesada en la guerra
biológica y en la invención de nuevos gases venenosos. Pero Suess rechazó de
plano ambas posibilidades. Luego añadió que la importancia del agua pesada
radicaba en su papel de moderador en una pila atómica. Pero, puntualizó, los
alemanes «no serían capaces de fabricar nada verdaderamente eficiente en muchos
años»; en no menos de cinco, creía él.
Como es natural, Brun preguntó por qué Alemania
dedicaba tiempo y dinero a un proyecto tan a largo plazo. Suess, prudente, dio
dos respuestas: «Quienes creían en una victoria rápida sin duda esperaban que
la energía atómica tuviera aplicaciones pacíficas después de la guerra; quienes
pensaban que la guerra sería larga opinaban que era mejor conocer todas las
posibilidades que planteaba la investigación». [177] Era una manera muy cauta de expresarlo. Mucho más tarde Rosbaud
confirmaría que, durante la contienda, «cuando se encontraba en Noruega, Suess
también aportó su granito de arena para ayudar a los ingleses». [178]
Hans Suess no era un emisario de Heisenberg, pero
repetía la misma opinión que Heisenberg había manifestado ante Speer en Harnack
Haus: las investigaciones del núcleo atómico anunciaban una nueva fuente de
energía en algún momento futuro; nadie sabía exactamente cuándo, pero sin duda
no antes del fin de la guerra. El estamento militar alemán estaba interesado en
la investigación nuclear en teoría, le dijo Suess a Brun, y sus propios
trabajos con agua pesada eran meramente teóricos, sin aplicación práctica, al
menos por el momento.
Brun dio debida cuenta de su conversación con Brun
a la inteligencia británica. Pero Suess no fue la única fuente de información
confidencial que ese verano confirmó el mensaje de Rosbaud. En junio —mes del
informe de Rosbaud—, Ivar Waller, el físico teórico sueco, catedrático de la
Universidad de Upsala, mandó una carta a un colega de Londres para decirle que
en Alemania la investigación nuclear se desarrollaba en varios laboratorios y
bajo la dirección de Werner Heisenberg, y que ellos, en Upsala, trabajaban con
combustibles atómicos que «podrían utilizarse para provocar una reacción en
cadena, especialmente con uranio 235». «Y —añadió— no se puede excluir que haya
resultados.» La historia oficial de los servicios de inteligencia británicos
durante la segunda guerra mundial dice que Waller «tal vez obtuviera su
información de Niels Bohr», pero es más probable que su fuente fuera Lise
Meitner. Waller la veía ocasionalmente cuando viajaba a Estocolmo y Meitner,
por su parte, estaba en contacto con amigos de Alemania y Gran Bretaña como Max
Born, que se encontraba en Edimburgo. En su carta, Waller habla de «fisión»,
«reacciones en cadena» y «uranio 235», pero no hace referencia a ninguna
bomba. [179]
Karl Wirtz también visitó Noruega aquel
trascendental verano de 1942. Llegó en julio, quizá una semana después de
Suess, y desde Oslo viajó hasta Rjukan. Durante la guerra y a excepción de Carl
Weizsäcker, nadie tuvo una relación más estrecha con Heisenberg que Wirtz. Por
su parte, tanto Jomar Brun como Harald Wergeland mantenían buenas relaciones
con el propio Wirtz. En sus memorias, escritas después de la guerra, dice:
«Pude dar a entender relativamente pronto que yo no era ningún apasionado del
credo nazi y que, a ser posible, lo mejor sería mantener en el futuro la misma
camaradería científica de que ya gozábamos»; y confirma, sin llegar a decirlo
expresamente, que los alemanes querían adquirir agua pesada para utilizarla
como moderador en un reactor nuclear. Pero insiste en trasladar el mensaje de
que el objetivo de las investigaciones era una máquina de producción de
energía, no una bomba. «Lo dejé muy claro», afirma. [180]
Harald Wergeland, físico e ingeniero químico
noruego, desempeñó en esto un papel fundamental. En la década de 1930 había
estudiado con Wirtz en Leipzig bajo la supervisión de Heisenberg. Wirtz había
tenido muchas reuniones con Wergeland y había puesto al corriente de todo a
Rosbaud. Como hemos visto, Wergeland era miembro de la XU, y Wirtz lo sabía. Al
parecer, el primero llegó al extremo de sugerirle al segundo que escapara a
Gran Bretaña, y le dijo que él podría organizar la huida. Wirtz optó por quedarse
en el Reich, y al mismo tiempo quiso dejar claro que, como él mismo diría, «de
Alemania no había que esperar ningún peligro».
Las informaciones más importantes después del
informe de Paul Rosbaud les llegaron a los británicos también vía Escandinavia
y también en el verano de 1942. Procedían de Hans Jensen, conocido por sus
trabajos con agua pesada realizados con Paul Harteck en la Universidad de
Hamburgo. No había cumplido los cuarenta y sus colegas decían de él que era «un
socialista que estaba deviniendo en comunista»; políticamente, por tanto, se
encontraba en las antípodas de Heisenberg. Pero sus diferencias no les impidieron
colaborar, y Heisenberg le instó a visitar a Bohr, sin duda con la esperanza de
que obtuviera resultados que compensaran su frustrante visita de septiembre de
1941 a Copenhague. Después de la guerra, el propio Jensen confirmaría su viaje,
y añadiría que Hans Suess también tomó parte en las conversaciones. [181]
En Copenhague, Jensen habló con Bohr y su ayudante,
Christian Møller. Møller le confirmó a Stefan Rozental, joven polaco del
instituto dirigido por Bohr, lo que Jensen había dicho.
Cuando Jensen dejó Copenhague y partió hacia
Noruega, Møller reveló que había hablado con toda franqueza de los trabajos del
alemán en Hamburgo: hacía experimentos con agua pesada; estaba de paso, viajaba
a Noruega para pedir que aumentaran los suministros de agua pesada; y, por
último, la meta de su labor era «una reacción en cadena capaz de producir
energía nuclear». Pero también dejó claro que «estaba convencido de que su
trabajo no era de ninguna utilidad para la fabricación de una bomba». [182]
Jensen dio por hecho que Bohr y su ayudante habían
entendido el mensaje y a su regreso a Alemania se lo dijo a Heisenberg. Bohr
había reaccionado haciendo «ruiditos» y con actitud benevolente: comprendía los
dilemas morales a que se enfrentaban los físicos alemanes. Lo cierto, no
obstante, era que, aunque Jensen parecía sincero, Bohr desconfiaba y no estaba
seguro de en qué fase se encontraba el programa atómico alemán. [183]
Lo que Bohr no sabía era que él no fue el único con
quien Jensen habló en confianza aquel verano. Tras su estancia en Copenhague,
Jensen viajó a Noruega e hizo todo lo posible por asistir a un coloquio de
científicos noruegos en Oslo. Era un gesto valiente: salvo él, en la sala del
coloquio todo el mundo tenía alguna relación con la resistencia noruega. Jensen
describió los progresos de la investigación atómica en Alemania, subrayando de
nuevo que no planteaban ninguna amenaza porque los alemanes no estaban en
disposición de fabricar una bomba. Ni siquiera pondrían en funcionamiento una
máquina de producción de energía, dijo. No antes del final de la guerra.
Harald Wergeland cogió las notas de la reunión y
pasó un resumen a Brynjulf Ottar, que más tarde recordaría: Según Jensen,
Heisenberg era de la opinión de que Alemania sería incapaz de fabricar la
bomba. Wergeland informó detalladamente de la reunión y de lo que Jensen le
contó en privado. Al día siguiente uno de mis compañeros de la XU ... me dijo
que tenía que ir a ver a Wergeland porque este tenía documentos importantes que
había que mandar a Inglaterra tan pronto como fuera posible. Fui a ver a Wergeland
a su casa ... y creo recordar que Jensen también estaba allí. [184]
No hay duda de que el resumen llegó a Gran Bretaña
con la celeridad debida. En la historia oficial del espionaje británico en la
segunda guerra mundial, F. H. Hinsley dice: En agosto[de 1942]un profesor
universitario alemán que había viajado a Noruega transmitió el mensaje de que
Heisenberg estaba trabajando en una bomba de U-235 y en una «máquina de
energía». El mensaje aseguraba también que Heisenberg dudaba del explosivo pero
estaba satisfecho con los progresos realizados con la máquina. [185]
De modo que la noticia de la visita de Jensen a
Bohr, que debió de producirse después del 10 de junio, alcanzó Gran Bretaña en
agosto, es decir, en cuestión de semanas. El relato de Rosbaud del encuentro de
Heisenberg con Albert Speer y los generales sin duda debió de cruzar el mar del
Norte con la misma rapidez.
Después de la guerra, Karl Wirtz intentó explicar
las dificultades por las que pasaron él y tantos otros: no querían darle la
bomba a Hitler, pero tampoco querían ser desleales a Alemania. De cualquier
forma, Wirtz insistió en que sus amigos noruegos comprendieron que en Alemania
todos los trabajos se dirigían a la consecución de un reactor nuclear, no de
una bomba. [186]
Naturalmente, informaciones tan diversas de
científicos alemanes —Suess, Wirtz, Jensen— podrían no ser más que una farsa,
maniobras para inspirar en los Aliados una falsa sensación de seguridad por la
falta de progresos de Alemania con la bomba atómica. Y, en realidad, así
pensaban muchos norteamericanos (véase más adelante) y los servicios de
inteligencia británicos. Solo que estos últimos contaban con el detallado
informe de Paul Rosbaud, en quien sabían que podían confiar. En Londres,
además, Leif Tronstad tenía acceso a los informes de Jomar Brun y, en el verano
de 1942, Brun había señalado que los cargamentos de agua pesada iban destinados
a dos lugares distintos: «el Instituto de Física Káiser Guillermo,
Boltzmannstrasse, 20, Dahlem (Berlín)» y el «Schering (Factoría de quinina),
Leipzig». Por Paul Rosbaud, los miembros del Comité MAUD sabían que la sede del
Uranverein se encontraba en Berlín y que Heisenberg trabajaba en Leipzig. Como
hemos visto, además, entre la información transmitida por Jomar Brun figuraba
la cantidad de agua pesada transportada a Alemania desde Vemork —850 kilos—,
que según los expertos no suponía más del 17% de la necesaria para una reacción
en cadena continuada. El hecho de que el agua pesada que llegaba a Alemania
tuviera dos destinos y no solo uno —y este no fuera una instalación sólida,
construida ex profeso— confirmaba la naturaleza experimental, tentativa, del
programa atómico alemán.
El punto de vista sobre la situación cambió de
manera radical a partir de entonces. Los informes de Suess, Wirtz, Jensen y
Brun coincidían exactamente con el de Rosbaud. Cada uno de ellos refrendaba los
demás, de manera que la valoración global parecía sólida y encajaba también con
lo que Reginald V. Jones observaba por sí mismo y de forma simultánea en
Londres: ahora los alemanes permitían la difusión en publicaciones periódicas
de experimentos que antes eran secretos.
* * * *
Hubo un informe ese verano que, al menos en teoría,
resultó alarmante y subrayó la diferencia de calidad entre los servicios de
inteligencia británicos y norteamericanos, al menos en lo que a investigación
atómica se refería. Lo elaboró Leó Szilárd, en Chicago. Como hemos visto, entre
los físicos nucleares exiliados, ninguno había más angustiado ante la
posibilidad de que los nazis se hicieran con una bomba atómica que los húngaros
Leó Szilárd, Edward Teller y Eugene Wigner. Fue por tanto muy desafortunado que
a finales de la primavera de 1942 —cuando aún quedaba mucho para la reunión de
los físicos alemanes con Albert Speer—, Szilárd recibiera un telegrama que
Fritz Houtermans había conseguido mandar desde Suiza. [187] El mensaje no se conserva, pero, después de la guerra, Wigner
recordó que «era muy laxo» y con un contenido casi trivial, algo así como: «Se
están organizando». Houtermans solo decía que habían nombrado a Heisenberg
director de investigaciones atómicas en el Instituto Káiser Guillermo de
Berlín. Era cierto, como ya hemos visto, pero Houtermans añadía una frase para
poder recordar, refiriéndose a su propio trabajo, que la reacción nuclear en
cadena (para crear plutonio) era una ruta mejor que la separación de isótopos.
Estas palabras, «ruta mejor», podían interpretarse como una señal de que los
alemanes estaban efectuando progresos. En su biografía sobre Leó Szilárd,
Kramish dice: «Para el hombre perpetuamente asustado, significaba lo peor».
Szilárd no perdió tiempo y, presa de un enorme y creciente nerviosismo, aireó
la noticia con tanto alboroto que contribuyó a una crisis entre Gran Bretaña y
Estados Unidos.
Al mismo tiempo, Szilárd sondeó a los «científicos
resistentes» y encontró una pista preocupante sobre la reciente actividad
alemana, que hizo que los norteamericanos volvieran a sobreestimar la capacidad
de los nazis en el terreno atómico. En su biografía sobre Heisenberg, Thomas
Powers asegura que hoy es imposible saber «por cuántas manos» pasó aquel rumor
antes de llegar a Szilárd. Pero parece que John Marshall, su ayudante, le contó
una conversación que al parecer tuvieron dos físicos alemanes, Friedrich
Dessauer, que acababa de llegar de Suiza, y Gerhardt, su padre, que había
emigrado al país helvético. En Suiza, Gerhardt se había enterado de que «los
alemanes estaban trabajando en una reacción en cadena». [188] Y estamos hablando de mediados de 1942, seis meses antes de que
Enrico Fermi lograra la primera reacción en cadena sostenida en Chicago. En
consecuencia, «al hombre permanentemente preocupado se le metió en la cabeza
que los alemanes llevaban un año de ventaja a los Aliados». [189]
Con estos retales, dice Kramish, «Szilárd hilvanó
la pesadilla del cataclismo atómico», y consiguió convencer a Arthur Compton,
director de los laboratorios de Chicago en que trabajaba, de que había que dar
esa «información confidencial» a James Conant, colaborador de Vannevar Bush
—recordemos, el director del Comité Nacional de Investigación para la Defensa—.
Compton, nacido en Ohio, había ganado el premio Nobel en 1927 y antes de la
guerra había mantenido una relación amistosa con Heisenberg, que dio clase en
Chicago. En julio de 1942 mandó un cable a Bush que decía: Hoy estamos
convencidos de que existe un peligro real de que en los próximos meses los
alemanes nos bombardeen con explosivos diseñados para diseminar material
radiactivo en cantidades letales ... Nos ha llegado información aparentemente
fiable en el sentido de que los alemanes han conseguido una reacción atómica en
cadena. La conjetura es algo aventurada, pero suponemos que estará operativa en
dos o tres meses. [190]
Tan preocupados estaban los estadounidenses que
poco después, el 23 de julio, la embajada en Londres mandó a las autoridades
británicas un informe que parafraseaba el cable de Conant. Esos días, afirma
Kramish, Szilárd «y toda la jerarquía atómica norteamericana» habían
transformado el laxo mensaje de Fritz Houtermans en informaciones secretas «de
alto nivel» que aseguraban que los alemanes contaban con una planta de energía
nuclear a gran escala que les permitiría llevar a cabo un «inminente» ataque contra
Estados Unidos con productos de fisión radiactiva.
Dudar de que los alemanes llevaban la delantera
parecía, entonces, pura autocomplacencia. James Conant creía que podrían
sacarles un año de ventaja, y Eugene Wigner, que contarían con la bomba hacia
las Navidades de 1944. Samuel Goudsmit, el físico designado para dirigir al
equipo aliado —con el nombre en clave de «Alsos»— enviado a capturar a los
físicos nucleares alemanes hacia el final de la guerra, llegó al extremo de
decir que, ante la idea de la superioridad alemana, muchos «casi entraron en
pánico» y mandaron a sus familias a vivir al campo. [191]
Obviamente, los británicos debían tomarse la
amenaza muy en serio —o al menos aparentarlo— y convocaron una reunión plenaria
del comité técnico de «Tube Alloys» para el 18 de agosto. Dicho comité no se
fiaba del todo de la alarma dada por Szilárd y Conant. Contaba con sus propias
fuentes, decían sus miembros —sin identificarlas—. El mismo día 18, el comité
respondió a Conant del siguiente modo: «Las informaciones que acabamos de
recibir indican que[los alemanes]prosiguen sus investigaciones». Parecía una fórmula
verbal, pero lo cierto es que la celeridad de la respuesta era la confirmación
de que los británicos confiaban en Paul Rosbaud y en las fuentes que
refrendaban sus informes. Y constataba, además, que ya habían recibido el
último informe de Rosbaud. A continuación, el comité insistía con firmeza en
que sus informantes no habían hablado de reactores alemanes en funcionamiento y
aseguraba contar con una magnífica fuente, aunque sin precisar cuál era.
Los británicos, por tanto, parecían tranquilos. Los
norteamericanos, en cambio, siempre temieron que, aunque carecieran de
capacidad para fabricar una bomba, los alemanes pudieran producir material
radiactivo letal y, según Kramish, inflaron ese temor «desproporcionadamente».
Más tarde, el general Leslie Groves confesaría su sorpresa por el hecho de que
los alemanes no hubieran seguido la misma ruta de investigación que ellos,
porque la suya era la más sencilla para llegar a fabricar cualquier explosivo,
del tipo que fuera —más tarde veremos que los británicos se tomaron este
detalle de forma mucho más pragmática. [192]
Las diferencias de parecer entre los dos aliados
tendrían dos consecuencias. La primera, que, para tranquilizar a los
estadounidenses, los británicos asignaron el problema a uno de sus mejores
analistas. Alan Nunn May era, al igual que Klaus Fuchs, un espía soviético. A
través de él, por tanto, los rusos sabrían en 1942 que los norteamericanos
temían el empleo de productos procedentes de la fisión nuclear y, en líneas
generales, estarían al corriente de la evolución de su forma de pensar. Y lo
que posiblemente sea más importante, eran conscientes de la segunda
consecuencia de la voz de alarma dada por Szilárd: la fisura entre los
programas nucleares británico y estadounidense estaba creciendo. En junio, en
la residencia de recreo de Roosevelt en Hyde Park, Nueva York, el presidente y
Churchill celebraron el tercero de los doce encuentros que mantuvieron durante
la guerra y acordaron que colaborarían estrechamente. Pero, como veremos en el
próximo capítulo, antes de que finalizara el año, los asesores de Roosevelt se
esforzaron por mantener las distancias y restar importancia al papel de los
británicos.
En cierto modo y desde el punto de vista
norteamericano, tenía mucho sentido. Pero los estadounidenses no comprendían
que, hurtando a los británicos determinados detalles técnicos, se privaban de
las informaciones confidenciales de primer nivel que Gran Bretaña conocía sobre
el programa atómico alemán: «Hasta finales de 1943, los británicos no
comunicaron ningún dato secreto de importancia a Estados Unidos». [193] Según ciertas crónicas, el general Groves no conoció la valoración
global de los servicios de inteligencia británicos hasta diciembre de
1943. [194]
Los británicos nunca informaron a los
norteamericanos de sus contactos con los científicos alemanes, ni pusieron al
corriente a Groves ni a ningún miembro de su equipo de que podían descifrar los
mensajes de la máquina alemana de codificación Enigma. Aunque su sistema de
descodificación dejaba grandes lagunas, los británicos sabían de su fiabilidad
y en ninguno de los incontables mensajes que lograron descifrar encontraron
referencia alguna a la bomba atómica o a los científicos que trabajaban en el
programa atómico alemán —lo que contrastaba de forma patente con las numerosas
referencias al programa de cohetes y otras armas nuevas.
Ese «apagón informativo», es decir, que los
británicos no compartieran toda la información de que disponían —teniendo en
cuenta además que era de gran calidad—, posiblemente fuera uno de los errores
más flagrantes en la historia de la fabricación de la bomba atómica y
contribuyó de forma decisiva a que los norteamericanos sobreestimaran la
capacidad nuclear de los alemanes, lo que a su vez les empujó a poner en
marcha, de manera innecesaria, el Proyecto Manhattan.
* * * *
Casi con toda seguridad, otra fuente de información
de los británicos fue Lise Meitner, desde Suecia. A sus amigos, la idea de que
Meitner fuera espía —del tipo que fuera— sin duda les habría resultado
«ridícula». Habrían insistido en que ella siempre se negó en redondo a trabajar
en nada relacionado con la bomba. Pero Ruth Sime, su biógrafa, dice: su «innata
franqueza le habría hecho imposible no transmitir lo que sabía a las personas
en quienes confiaba». Meitner mantenía contactos habituales con Max von Laue y
por él supo muchas cosas. «Es muy improbable que Laue le trasladara una
información muy técnica, porque no era miembro del club del uranio[aunque
estaba a cargo del Instituto Káiser Guillermo de Dahlem], pero lo que le dijera
contribuyó sin duda a la idea general de los Aliados sobre el programa de
fisión alemán, suficientemente importante para que lo trasladaran al sur de
Alemania cuando Berlín se hizo demasiado peligrosa.» Von Laue viajó varias
veces a Suecia durante la guerra y, aparte de reunirse con Meitner, escribió
desde allí cartas a sus amigos en los países aliados describiéndoles la
situación de Alemania. [195]
Sime no cree probable que Paul Rosbaud enviara
muchos datos vitales a través de Meitner. Contaba con rutas más fiables y
directas, una de las cuales, según sabemos, era Njål Hole, joven físico noruego
que como Meitner formaba parte de la plantilla del instituto Manne Siegbahn de
Estocolmo. Aunque desconocemos los detalles, sí sabemos que Hole recibió
después de la guerra el título de oficial de la Orden del Imperio Británico por
los servicios prestados. El caso es que da la impresión de que, cuando menos, el
instituto Manne Siegbahn simpatizaba con la causa aliada (véase el capítulo
13). Y sabemos también que Paul Rosbaud le mandó varios libros técnicos a Lise
Meitner y que Rosbaud se valió a menudo de esos ejemplares para enviar mensajes
codificados —una elección muy natural teniendo en cuenta que trabajaba para una
editorial—. Después de la guerra, Meitner expresó su gratitud a Rosbaud por los
libros «que tan amablemente escogió». [196]
Los diarios de Meitner, conservados en el Churchill
College de Cambridge, dan testimonio de sus contactos con Rosbaud en abril de
1940, junio de 1942 y diciembre de 1943, y de sus cuatro reuniones con Otto
Hahn en septiembre, octubre y noviembre de este último año. Su encuentro con
Rosbaud la semana del 6 de junio de 1942 coincidió con los viajes de este tras
la cita del restaurante de la Ku’damm. Sabemos que durante al menos una de sus
reuniones con Hahn en Suecia, el físico alemán impartió una conferencia sobre
fisión, la misma que ya había dado en Roma en 1941. [197] Aunque la oposición a los nazis de Hahn era conocida, o quizá
precisamente por eso, y también porque estaba en la vanguardia de la
experimentación con uranio —en junio de 1942 había asistido a la reunión con
Albert Speer y los generales en Harnack Haus—, los servicios de inteligencia
británicos tenían la sensación de que, si en Alemania se hubiera llevado a cabo
algún estudio a gran escala, los nazis no le habrían permitido viajar: «por
secretos que pudieran ser los trabajos, Hahn debía de estar al corriente de
ellos». [198]
Los archivos de Lise Meitner también demuestran que
se carteaba con Paul Rosbaud y con su mujer, que se encontraba en Gran Bretaña.
Meitner era, en realidad, un vehículo que, desde que la comunicación directa
dejó de ser posible, permitía que el matrimonio se mantuviera en contacto y
tratara a través de ella asuntos domésticos o personales. En varias ocasiones
Meitner daba en aquellas cartas las gracias a Paul por sus libros —normalmente
de física, algunos sobre rayos cósmicos—. Pero el envío de ejemplares era una
verdad factual que no contradice la sospecha de que Rosbaud le mandaba con
ellos mensajes en clave.
* * * *
Una filtración muy poco habitual, si es que se la
puede llamar así, se produjo sin que nadie lo esperara a principios de 1943 con
la asombrosa noticia desde Roma de que Pío XII se había referido a la bomba en
su alocución del 21 de febrero ante la Academia Pontificia de Ciencias. El papa
pronunció las siguientes palabras: «La idea de la fabricación de una máquina de
uranio no puede considerarse meramente utópica. Es importante, sobre todo,
evitar que la reacción dé lugar a una reacción en cadena ... De otro modo
podría producirse una explosión muy peligrosa». Los funcionarios británicos
destinados en la Santa Sede pusieron sobre aviso a los servicios de
inteligencia al escuchar la expresión «máquina de uranio», que el papa dijo en
alemán (Uranmachine ), lo cual sugería que la fuente de que había
bebido el pontífice era Max Planck, que era miembro de la Academia Pontificia y
se encontraba de visita en Roma. ¿Cómo explicar una violación tan flagrante de
un tema secreto? ¿Había Planck hecho sus conjeturas sobre lo que antes habían
dicho Suess, Jensen y otros, y además dando a entender que los alemanes tenían
cierta información sobre los planes nucleares aliados? ¿O se servía de la
autoridad moral del papa para intentar persuadir a los físicos aliados de que
no fabricaran la bomba? [199] Como muchos científicos aliados eran judíos, esto último parece
dudoso.
* * * *
El argumento de que a Hahn los nazis no le habrían
permitido dar una conferencia en Suecia si el programa atómico alemán hubiera
estado avanzado, vale también para Heisenberg, que en noviembre de 1942 visitó
Zúrich para pronunciar una ponencia sobre sus trabajos teóricos y los rayos
cósmicos. Acto seguido fue a casa de Paul Scherrer y pasó la velada —hasta la
una menos cuarto de la madrugada— hablando sobre la «degeneración» del arte
moderno. Scherrer, que era un informante británico, le contó la visita al MI6,
e incluyó el detalle, quizá importante, de que Heisenberg y Weizsäcker habían
pasado cuatro semanas en Suiza. No hay duda de que Heisenberg no habría podido
salir de Alemania de estar al mando de un programa atómico viable. [200]
* * * *
Pero sería un error pensar que la investigación
nuclear alemana se había interrumpido definitivamente. Paul Harteck continuaba
con sus trabajos sobre separación de isótopos, se discutía la construcción de
una planta piloto de agua pesada cerca de Múnich, en Berlín se construía ya una
pila subcrítica y corrían rumores de un reactor nuclear para U-Boote
(submarinos) capaz de darles un radio de acción de 25.000 millas náuticas con
un solo kilo de uranio. Hasta Speer accedió a que los físicos nucleares obtuvieran
el ansiado sello kriegswichtig («importante para el esfuerzo
de guerra») y a menudo el kriegsentscheidend («decisivo para
el esfuerzo de guerra»). La producción de uranio empezaba a adquirir
dimensiones industriales y un grupo pequeño investigaba la posibilidad de la
fusión termonuclear, es decir, la teoría que propiciaría la bomba de hidrógeno.
Uno de los documentos que el académico alemán Rainer Karlsch encontró en Rusia
mientras investigaba para su libro Hitlers Bombe, publicado en
2005, demostraba que los científicos alemanes habían llevado a cabo un
«experimento con reactor nuclear desconocido hasta la fecha» y testado «algún
tipo de aparato nuclear» en Turingia en marzo de 1945, aunque la prueba se
había saldado con la muerte de varios centenares de personas entre prisioneros
de guerra y reclusos de un campo de concentración. [201]
Pero nunca, en ningún momento, llegaron los
alemanes a disponer de agua pesada suficiente para llevar a cabo su programa.
Varios ejercicios puramente académicos recibieron la denominación de programa
militar para evitar que los físicos participantes fueran llamados a filas,
práctica que anteriormente se había dado muchas veces. [202]
Gradualmente, Göring y la Oficina de Guerra fueron
perdiendo la fe incluso en los pocos proyectos académicos que estaban en
marcha. Como otros antes, el Reichsmarshall lamentó la
publicación del artículo de Otto Hahn sobre fisión nuclear. Aunque habían
llegado a Alemania varios informes de los progresos norteamericanos en el campo
atómico —como haber logrado reunir a varios físicos y químicos—, los alemanes
no conseguían avanzar. Amén de que la reunión con Speer había zanjado de un
plumazo la idea de cualquier proyecto de dimensiones industriales, nadie
consideraba que el programa tuviera que ser urgente por dos motivos. En primer
lugar, los físicos alemanes no creían que los demás fueran capaces de
superarlos. En segundo lugar, estaban maniatados, porque dependían de la
política de Hitler y esta daba prioridad a las ideas que pudieran traducirse en
armas utilizables en el curso de la guerra. Todas las investigaciones
realizadas después del conflicto bélico confirmaron los cálculos de Reginald V.
Jones: la física nuclear alemana alcanzó su punto culminante en 1942. El
Departamento de Armamento del ejército alemán, por ejemplo, había encargado un
documento, «Informes secretos sobre la explotación de la energía nuclear entre
los años 1939 y 1942», que, tras ciento cuarenta y cuatro páginas, también
señalaba 1942 como el año en que el ejército cedió todas las investigaciones a
una institución centrada en la teoría porque no preveía que la fabricación de
un arma pudiera concretarse antes de finalizar la contienda. [203]
De hecho, entre los servicios de inteligencia y los
científicos británicos adscritos al Directorio de «Tube Alloys» existía hacia
el verano de 1943 —es decir, mucho antes de que enviaran a Estados Unidos a
Klaus Fuchs— la «opinión fundamentada» de que si bien era verdad que los
alemanes investigaban la energía atómica, su objetivo principal no era la
producción de un arma, sino el desarrollo de un nuevo tipo de energía, y que,
por tanto, había que «descartar el peligro» de que se hicieran con un arma atómica
«antes de su derrota». [204] El 5 de enero de 1944, un informe del Consejo de «Tube Alloys»
decía: Todas las pruebas disponibles conducen a la conclusión de que los
alemanes no han emprendido ningún trabajo a gran escala en ningún aspecto de
TA[«Tube Alloys»]. En nuestra opinión y tras un estudio pormenorizado del
proyecto, en la actualidad, los alemanes se limitan a la investigación
académica y a pequeña escala, y una gran parte de ella se viene publicando
habitualmente en sus revistas científicas.
Como comprobaremos más de una vez, esta valoración
daba en el clavo. Con posterioridad, Margaret Gowing aseguraría en su historia
oficial de la fabricación de la bomba atómica que los británicos desempeñaron
el papel de «comadrona», y añadiría: «Fueron notables el acierto del análisis
de 1943 y su “descripción misteriosa y casi mágicamente precisa del esfuerzo
alemán”». [205] En realidad, los servicios de inteligencia británicos supieron que
los alemanes no estaban en disposición de fabricar la bomba un año antes, en
junio de 1942. Más adelante explicaremos la disconformidad de fechas.
* * * *
Considerando la cronología de las filtraciones, que
hemos visto en este capítulo, resulta extraordinariamente irónico que el 17 de
junio de 1942, es decir, la misma semana en que Rosbaud se encontraba en Oslo,
Vannevar Bush y James Conant informaran al presidente Roosevelt de que parecía
probable que, concediéndole la prioridad y los fondos necesarios —más o menos
las mismas palabras que Heisenberg había empleado con Speer—, pronto podría
empezar a operar una planta a gran escala y la energía nuclear podría tener
gran incidencia en la guerra en curso. Pero, como añade el profesor Mark
Walker, por el mismo motivo, Conant y Bush opinaban que «siempre y cuando
dispusiera de tiempo suficiente, el enemigo también podría alcanzar el
resultado final deseado: las armas nucleares». [206] Muy poco tiempo después, en julio, Conant declaró, como ya hemos
comentado: Hoy estamos convencidos de que existe el peligro real de que en los
próximos meses los alemanes nos bombardeen con explosivos diseñados para
diseminar material radiactivo en cantidades letales ... Nos ha llegado
información aparentemente fiable según la cual los alemanes han conseguido
llevar a cabo una reacción atómica en cadena. La conjetura es algo aventurada,
pero suponemos que podrán tenerla en funcionamiento en dos o tres meses. [207]
Esa información, sin embargo, no era tan fiable. Ni
siquiera se aproximaba a la verdad. Esa fue la fatídica sobrevaloración de los
norteamericanos de la capacidad atómica nazi. Y los británicos disponían de
información para restarle crédito, pero no la compartieron, no en esos
momentos.
Aunque Bush y Conant redactaron su informe para el
presidente el 17 de junio de 1942, hasta el 17 de septiembre no fue designado
el general Groves como director del Proyecto Manhattan. Hubo, por tanto, una
ventana temporal de tres meses en la que los más altos responsables, a ambas
orillas del Atlántico, pudieron —y debieron— sopesar el informe de Paul
Rosbaud.
Se podría argumentar que ese informe no constituía
base suficiente sobre la que erigir una estrategia. Pese a su impresionante
historial, esta vez Rosbaud podía equivocarse. Pero no se trataba solo del
informe. Como hemos visto, en esas mismas fechas, científicos alemanes que
trabajaban en investigación nuclear lo refrendaron con sus propios informes y
comentarios. Y lo mismo ocurrió con Reginald V. Jones cuando observó que los
alemanes volvían a permitir la publicación de artículos sobre energía y fisión
nuclear, lo cual podía significar no solo que habían dejado de considerar la
posibilidad de fabricar una bomba, sino que creían que la publicación no
supondría ninguna ventaja para la ciencia aliada.
Todas estas circunstancias reforzaban la misma
tesis, abundaban en una imagen de la situación coherente y convincente. El
propio Jones tenía un extraordinario historial en la lectura de información
confidencial obtenida del enemigo, hasta el punto de que contaba con la
atención y confianza del propio Churchill. No sabemos qué le dijeron
exactamente al primer ministro ni cuándo. Ni él ni Jones mencionan el asunto en
sus respectivas memorias.
Dicho en pocas palabras, en el verano de 1942, los
Aliados no tenían ninguna necesidad de embarcarse en la fabricación de un arma
nuclear, no si el motivo principal para hacerlo era contrarrestar la amenaza
nazi, porque, en ese terreno, los nazis no representaban ninguna amenaza.
En aquellos momentos, el Proyecto Manhattan apenas
se había puesto en marcha. Le habían concedido muy pocos fondos y su componente
industrial era algo menos que incipiente. Habría resultado relativamente
sencillo echarse atrás, anularlo. Puesto que los nazis no disponían de ninguna
bomba, desde un punto de vista estrictamente militar, el programa atómico
aliado no tenía la menor urgencia.
Los británicos contestaron a la inquietud de James
Conant ante la posibilidad de que los alemanes hubieran logrado llevar a cabo
una reacción nuclear en cadena. Porque los británicos se encontraban mucho más
expuestos que los norteamericanos —las islas británicas están mucho más cerca
de Alemania que Estados Unidos— en el caso de que esa inquietud llegara a
concretarse en un arma atómica.
Si los Aliados hubieran considerado la cuestión
como es debido, no hay duda de que el curso de la historia habría cambiado de
forma decisiva. En el verano de 1942, el mundo se vio defraudado por un puñado
de funcionarios británicos y norteamericanos que se guardaron para sí una
información que deberían haber compartido.
* * * *
Hoy sabemos que en aquella trascendental segunda
semana de junio de 1942 se produjo otro acontecimiento de gran importancia. El
día 14, el Centro de Moscú mandó un mensaje a los rezidents del
NKVD en Berlín, Londres y Nueva York. Hacía referencia a un proyecto con el
apropiado nombre en clave de «Enormoz». [208]
ALTO SECRETO
SE DICE QUE LA CASA BLANCA HA DECIDIDO ASIGNAR UNA GRAN SUMA A UN PROYECTO
SECRETO PARA FABRICAR UNA BOMBA ATÓMICA. YA ESTÁ EN MARCHA JUNTO CON
IMPORTANTES INVESTIGACIONES EN GRAN BRETAÑA Y ALEMANIA. TENIENDO ESTO EN
CUENTA, POR FAVOR, HAGAN LO QUE ESTIMEN OPORTUNO PARA OBTENER INFORMACIÓN
SOBRE: – LOS ASPECTOS TEÓRICOS Y PRÁCTICOS DE LOS PROYECTOS DE LA BOMBA
ATÓMICA, EL DISEÑO DE LA BOMBA ATÓMICA, COMPONENTES DEL COMBUSTIBLE NUCLEAR Y
DEL MECANISMO DE DETONACIÓN; – VARIOS MÉTODOS DE SEPARACIÓN DE ISÓTOPOS DE
URANIO, CON ÉNFASIS EN LOS PREFERIBLES; – ELEMENTOS TRANSURÁNICOS, FÍSICA DE
NEUTRONES Y FÍSICA NUCLEAR; – PROBABLES Y FUTUROS CAMBIOS EN LAS POLÍTICAS DE
ESTADOS UNIDOS, GRAN BRETAÑA Y ALEMANIA EN RELACIÓN CON EL DESARROLLO DE LA
BOMBA ATÓMICA; – QUÉ DEPARTAMENTOS DEL GOBIERNO SON LOS RESPONSABLES DE LA
COORDINACIÓN DEL PROYECTO, DÓNDE SE LLEVARÁN A CABO LOS TRABAJOS Y BAJO LA
DIRECCIÓN DE QUIÉN.
Aunque se ha hablado mucho de los espías británicos
relacionados con el programa atómico —no solo Klaus Fuchs y Alan Nunn May, sino
John Cairncross, que era secretario de lord Hankey en el Comité Asesor para
Asuntos Científicos—, los espías norteamericanos, Morris Cohen y Lona, su
mujer, simpatizantes comunistas —él combatió en la guerra civil española—,
habían establecido un fructífero contacto con un físico bien situado del que
solo conocemos su nombre ficticio, «Perseo». Quienquiera que fuese —hombre o mujer—,
Perseo tenía un acceso tan directo a la sala de máquinas de la política como
John Cairncross lo tenía a las deliberaciones del Comité MAUD. Moscú supo que
Roosevelt había dado luz verde al Proyecto Manhattan al cabo de muy pocos días.
Y así, en la segunda semana de junio de 1942, el
mundo entró en la era atómica al mismo tiempo que su razón de ser original se
esfumó. Fue una coincidencia extraordinaria, o tal vez una ironía. Cuando daba
comienzo la batalla de Stalingrado, los científicos alemanes daban garantías a
los espías británicos de que los alemanes no disponían de ninguna bomba. El 23
de agosto, alrededor de seiscientos bombarderos de la Luftwaffe mataron a
cuarenta mil civiles rusos y, tres semanas más tarde, empezó el asalto por
tierra a la ciudad del Volga. Rusia carecía de ciclotrones y, tras el daño
sufrido durante la invasión alemana, no dispondría de ninguno en funcionamiento
hasta el verano de 1944. Habría sido muy improbable que, teniendo que hacer
frente a tan extraordinarios esfuerzos, los rusos se hubieran embarcado en
solitario en la investigación de un arma que quizá no les daba tiempo a
fabricar antes del fin de la guerra. Los rusos iniciaron el proceso de
fabricación de su bomba porque los aliados occidentales habían iniciado ya el
suyo. No actuando como aliados, los aliados occidentales dieron el pistoletazo
de salida de la carrera nuclear que los ciudadanos del mundo de hoy hemos
heredado.
Capítulo 10
Fallout[ix]
En esta crónica de ironías y coincidencias, la
mayor de ellas fue sin duda la que se produjo en las segunda y tercera semanas
de junio de 1942 cuando, como acabamos de ver, los alemanes pusieron fin para
siempre a su programa atómico mientras, exactamente al mismo tiempo, el
presidente Roosevelt daba luz verde al suyo. La ironía resulta si cabe más
fatídica porque los británicos conocían la decisión de los alemanes, pero no se
la comunicaron a los estadounidenses. Aparte, quizá, del hecho mismo del descubrimiento
de la fisión, tal negativa a compartir información fue el más trascendental y
trágico de todos los episodios de la historia de la fabricación de la bomba
atómica. ¿Por qué los británicos no dijeron a los norteamericanos todo lo que
sabían?
Hubo, muy posiblemente, cuatro motivos. El primero
es la natural renuencia de los servicios de inteligencia de todo el mundo a
compartir datos con las agencias rivales, principalmente para no comprometer a
sus fuentes. Pero tal renuencia no resiste en este caso una mínima reflexión.
Las informaciones de Paul Rosbaud y los demás eran tan importantes que habría
sido necesario encontrar la forma de salvar las reservas de los responsables
del espionaje británico, y sin duda no habría resultado difícil. El segundo
motivo bien pudo ser evitar que los físicos, al saber que los nazis ya no
representaban en esto ninguna amenaza, no quisieran colaborar en el programa
atómico. Algunos compartían la convicción de James Chadwick de que el artefacto
era irremediable, pero, como luego veremos, otros muchos no. Es este un aspecto
de la historia de la bomba atómica que apenas se ha investigado. Pero ¿es en
realidad la razón de que los británicos no transmitieran a los estadounidenses
las informaciones que supieron por Paul Rosbaud y los científicos alemanes en
el verano de 1942? La cuestión no es baladí y da pie a pensar en la
desagradable posibilidad de que existiera una ocultación deliberada.
Los otros dos motivos son más complejos y uno de
ellos es el objeto de este capítulo. El cuarto lo trataremos en el capítulo 12.
* * * *
Dicho en pocas palabras, una razón importante de
que los británicos no compartieran lo que sabían con los norteamericanos es que
entre la primavera de 1942 y el otoño de 1943, período en que dispusieron de
las informaciones trascendentales que ya conocemos, los Aliados habían entrado
en disputas en todo lo referente a la bomba atómica y la colaboración entre
científicos británicos y estadounidenses había quedado en suspenso. [x]
El problema radicaba en que Gran Bretaña había
entrado en guerra dos años antes que Estados Unidos, que no lo hizo hasta el
bombardeo de Pearl Harbor en diciembre de 1941. Los científicos británicos, por
ese motivo, habían dedicado mucho más tiempo a la investigación nuclear que sus
homólogos estadounidenses y habían sacado más partido a su etapa intelectual.
Los norteamericanos iban con retraso porque hasta Pearl Harbor Estados Unidos
no fue un país beligerante. En cambio, después del ataque japonés y tras ver
que Rusia emergía como superpotencia tras su victoria en la batalla de
Stalingrado —comienzos de 1943—, la bomba, que en principio no iba a ser más
que una respuesta a la amenaza de que los nazis construyeran la suya, cobró un
significado mucho mayor. Al mismo tiempo, tras más de dos años en armas, Gran
Bretaña sufría cada día más de escasez de fondos y recursos.
* * * *
Recordemos, dejamos a James Conant, delegado de
Vannevar Bush en el NDRC, en el capítulo 4, en el hotel Claridge’s, donde
estuvo alojado dos meses. Quedó en general muy impresionado por lo que había
visto en Gran Bretaña y regresó a Estados Unidos convertido en probritánico,
aunque más tarde su entusiasmo disminuiría. En Londres había mantenido varias
reuniones. En una de ellas se citó con Frederick Lindemann, asesor personal de
Winston Churchill para asuntos científicos, que le llevó a cenar al Athenaeum Club
de Pall Mall y le habló abiertamente de reacciones nucleares en cadena. Conant
escuchó a Lindemann horrorizado, pensando que el asunto era tan secreto que no
se podía hablar de él ni siquiera en privado. Respondió a los argumentos de
Lindemann citando las palabras de Vannevar Bush —que la bomba atómica no era
factible, al menos durante la guerra en curso—, pero el asesor de Churchill le
sorprendió aún más hablándole de los trabajos de Otto Frisch y Rudolf
Peierls. [209]
Lo que Lindemann no dijo fue que el bando británico
empezaba a toparse con los primeros obstáculos de orden práctico. En esa fase,
Rudolf Peierls, enemigo extranjero o no, se había erigido ya como físico y
matemático más importante del Comité MAUD. Recaía sobre sus hombros la
responsabilidad de coordinar y comprobar, siempre en estrecha colaboración con
los científicos experimentales, los cálculos de sus colegas teóricos. La
inmensa complejidad y la gran envergadura del problema le habían obligado a buscar
ayuda y, en la primavera de 1941, había encontrado a un excelente científico
entre los extranjeros que no se habían mudado a Estados Unidos. Se trataba del
joven Klaus Fuchs, un refugiado de la Alemania nazi especialista en matemática
aplicada que había impresionado a Max Born, su profesor en la Universidad de
Edimburgo, otro exiliado alemán. [210] Se armó cierto revuelo cuando el MI5 descubrió —hasta entonces era
secreto— que, en Alemania, siendo estudiante, Fuchs había sido un activo
comunista. Pero no existía ninguna prueba que apoyase la sospecha de que
continuaba siéndolo. Tras una investigación que duró apenas unos días se
despejaron las dudas y, hacia finales de mayo, Fuchs disponía ya de un despacho
en el Edificio Nutfield de la Universidad de Birmingham y vivía en casa de
Rudolf y Genie Peierls, en Edgbaston.
Pese al cúmulo de datos que arrojaban múltiples
experimentos sobre fisión atómica, los cálculos de Peierls y Fuchs no eran
ninguna garantía de que una explosión de uranio fuera a dar los resultados
deseados. Sin construir una pila atómica era imposible estar seguros de que el
núcleo atómico emitiría los suficientes neutrones a la velocidad necesaria.
Y en ese punto es donde empezaron a surgir
verdaderas dificultades prácticas. Uno de los colegas de Frederick Lindemann en
Oxford era Francis Simon, otro exiliado alemán —había abandonado Berlín en 1933
aprovechando una invitación del propio Lindemann—. Simon sostenía que la mejor
vía para avanzar en las investigaciones consistía en aislar U-235 mediante un
sistema de separación de isótopos conocido como «difusión gaseosa». Esto
suponía forzar el paso de gas hexafluoruro de uranio a través de una fina membrana,
lo cual serviría para separar el uranio 235 de su homólogo ligeramente más
pesado, el uranio 238. Pero para tener suficiente uranio fisible para una
explosión haría falta construir una enorme y compleja planta industrial. Simon
deducía que esa planta ocuparía unas veinte hectáreas y costaría alrededor de
cinco millones de libras, lo cual suponía una décima parte del gasto semanal de
Gran Bretaña en el conjunto del esfuerzo de guerra, aunque a largo plazo los
costes de una bomba de uranio, estimados entonces en 8.520.000 libras
esterlinas, serían considerablemente menores que los de obtener una cantidad
equivalente de TNT (14.150.000 libras esterlinas). [211] Pese a todo, ¿podía Gran Bretaña permitirse la fabricación de una
bomba atómica?
Ante los aterradores cálculos de Simon era cada vez
más evidente para ciertas personas que reconciliarse con los norteamericanos
resultaba prioritario. Pero solo para ciertas personas. Empezaron a surgir
diferencias entre científicos que tendrían graves consecuencias a largo plazo.
Marcus Oliphant, Henry Tizard, Patrick Blackett y John Cockcroft apostaban
firmemente por la colaboración. James Chadwick y Frederick Lindemann estaban en
contra. [212]
Esas desavenencias resultaron doblemente
desgraciadas a la luz de una nota de primeros de agosto de 1941 escrita por
Charles Darwin, nieto del gran naturalista y físico teórico que era, a la
sazón, director de la Oficina Central de Asuntos Científicos británica en
Washington. En esa carta, que envió a lord Hankey, Darwin insistía en que había
llegado el momento de que Gran Bretaña y Estados Unidos decidieran si querían
apostar o no por las bombas nucleares, y preguntaba sin ambages si el «primer
ministro británico y el presidente norteamericano no tendrían inconveniente en
dar su aprobación a la destrucción total de Berlín y sus alrededores» —lo cual
supondría la confirmación de que el objetivo de la bomba era Alemania—. Era
necesario que los estadounidenses dieran pasos en ese sentido y que los
británicos tomaran una decisión sobre la construcción de la bomba. Darwin
añadía que había consultado con Vannevar Bush y James Conant, y ambos, tras la
visita de este último a Londres, solo pensaban en que las dos naciones debían
«coordinar sus investigaciones sobre la bomba y empezar a considerarlas un
proyecto conjunto de ambos gobiernos». [213]
Era una oferta extraordinaria y extraordinariamente
generosa, calculada para alcanzar un acuerdo de máximos. Pero Hankey no quería
apresurarse y optó por un meticuloso proceso de entrevistas para sondear la
opinión de todos los científicos británicos involucrados en el programa
atómico. Pero la ciencia en el Reino Unido, como ya hemos visto, estaba
dividida con respecto a esta cuestión. Lindemann también quería retrasar el
acuerdo. Tres semanas más tarde, hacia finales de agosto, se puso directamente
en contacto con el primer ministro para señalarle que las investigaciones
habían demostrado que la nueva arma era ahora «extraordinariamente probable».
Sugirió, sin embargo, que el gobierno debía financiar otros seis meses de
investigaciones y que solo entonces sería posible «una decisión definitiva». Él
personalmente estaba a favor de fabricar la bomba «en Inglaterra o, en el peor
de los casos, en Canadá». [214] «Por mucho que confíe en mi vecino y dependa de él, soy del todo
reacio a ponerme por completo en sus manos.» Gran Bretaña, pensaba Lindemann,
no debía «presionar a los norteamericanos» para que llevasen a término los
experimentos, sino simplemente «proseguir con el intercambio de información».
Dudaba de que la fabricación de la bomba pudiera completarse en dos años, según
algunos creían, pero estaba convencido de que había que seguir adelante. «Sería
imperdonable que permitiésemos que los alemanes continuaran con su programa y
cobraran ventaja, de tal modo que podrían derrotarnos o revertir el resultado
de la guerra después de que nosotros los hubiéramos derrotado a ellos.» [215]
El informe del Comité MAUD, que resumía y evaluaba
las investigaciones llevadas a cabo los últimos dieciséis meses en seis
instalaciones secretas, estuvo terminado alrededor de un mes después, el 24 de
septiembre de 1941 —el borrador definitivo lo había redactado el mes anterior
James Chadwick, en Liverpool—. Llegaba a la importante conclusión de que una
masa crítica de uranio 235 «suficientemente purificado» podría explosionar
incluso por medio de neutrones rápidos y sin necesidad de moderador alguno. El
informe, además, descartaba la producción de plutonio, la difusión termal, la
separación centrífuga de isótopos y el método electromagnético, y optaba por la
difusión gaseosa a escala masiva. Su principal conclusión administrativa
—contra la opinión científica— era que el proyecto debía trasladarse del
Ministerio del Aire al Departamento de Investigaciones Científicas e
Industriales, organismo natural para los proyectos científicos del estado. No
era menos importante que el informe recomendara la construcción de la planta de
difusión gaseosa en Canadá y limitar a los norteamericanos a un papel de meros
asesores. [xi] Había todavía cierta renuencia a jugarse el todo por el todo y
colaborar: «Los programas británico y norteamericano, por tanto, seguirían
separados pero vinculados». [216]
La situación daría un giro cuando sir John Anderson
fue nombrado lord presidente del Consejo y, posteriormente, ministro del Tesoro
y ministro del gabinete responsable de ciencias mientras duró la guerra. Sir
John, que tenía casi sesenta años, estaba ya a la cabeza del resto de las
investigaciones científicas del gobierno y había desarrollado una larga carrera
en el servicio público. Era trabajador, sensato, algo anodino y nada propenso a
los nervios, rasgos que le convertían en administrador inigualable y negociador
sin parangón. En Whitehall todos le llamaban «Jehovah». Había estudiado en la
Universidad de Leipzig y, por una feliz coincidencia, su tesis versó sobre la
química del uranio. [217]
Al principio, y al igual que Vannevar Bush y Henry
Tizard, Anderson estaba «bastante seguro» de que la bomba de uranio no era
factible, pero luego se disiparon sus dudas y cambió de opinión. Aun así, se
puso del lado de Patrick Blackett y los que opinaban que el informe del Comité
MAUD había subestimado exageradamente el tiempo que haría falta hasta disponer
de una bomba.
Una de las personas que no albergaban ninguna duda
era Mark Oliphant, profesor de Otto Frisch y Rudolf Peierls en Birmingham.
Sabía que Lyman Briggs recibía las actas mensuales del Comité MAUD y que
también había recibido el informe final, con sus importantes conclusiones. Pero
en el verano y el otoño de 1941, Estados Unidos seguía siendo una nación no
beligerante y el comité presidido por Briggs, el Comité del Uranio, estaba
inactivo, de modo que voló a Estados Unidos —en un bombardero sin calefacción—
para una misión relacionada con el radar que, en realidad, no era más que una
tapadera para averiguar qué caso hacía Estados Unidos de las conclusiones del
Comité MAUD. Nada más conocer a Briggs, comprobó que aquel «hombre insustancial
que ni siquiera sabía hablar» había guardado todos los informes del Comité MAUD
en una caja fuerte y no se los había enseñado a nadie. [218]
Furibundo, Oliphant insistió y se salió con la
suya. Se reunió con el Comité del Uranio en pleno. Este contaba con un nuevo
miembro, Samuel K. Allison, físico experimental, como el propio Oliphant.
Allison recordaría más tarde cómo fue aquella reunión. «[Oliphant]habló de la
“bomba” en términos que no dejaban lugar a dudas —contaría—. Nos dijo que
debíamos concentrar todos nuestros esfuerzos en ella y que no teníamos ningún
derecho a trabajar en plantas de energía nuclear ni en nada que no fuera
aquella nueva arma. Costaría veinticinco millones de dólares, dijo, y Gran
Bretaña no disponía ni del personal ni de los fondos necesarios, así que todo
dependía de nosotros.» [219]
Los colegas de Allison en el Comité del Uranio se
quedaron de piedra al saber que Briggs no les había informado de nada. En ese
mismo viaje, Oliphant también se puso en contacto con Ernest Lawrence, que
trabajaba en Berkeley, y con Enrico Fermi, que lo hacía en Nueva York, y su
incansable insistencia dio sus frutos: les convenció para que ejercieran su
influencia sobre Vannevar Bush y este puenteara a Lyman Briggs. [220] Se podría decir que, al igual que sus colegas de Birmingham Frisch
y Peierls, Mark Oliphant fue una de las comadronas de la bomba.
Los distintos puntos de vista de británicos y
estadounidenses en aquella etapa quedan de manifiesto al leer una carta que
James Chadwick envió a un colega del Ministerio de Abastecimiento el 18 de
octubre de 1941, un mes después de haber terminado su informe: ¿Qué están
haciendo en América? ¿Es que solo les interesa la caldera[el reactor]? El
Comité MAUD no ha pensado seriamente en la bomba a pesar de nuestros informes
... Los norteamericanos no son conscientes de que nos lo estamos tomando muy en
serio y si nosotros les damos a conocer lo que sabemos, ellos deben darnos
garantías de que mantendrán el secreto. Se ha hablado demasiado aquí y en
América de que el enemigo debe saber que estamos trabajando en el problema del
uranio. Hay que dar los pasos necesarios para evitar que descubra que esperamos
pasar a la etapa de fabricación. Debemos dotar al asunto de la importancia que
merece. No podemos pasarlo por alto. [221]
Mientras los británicos discutían la posibilidad de
colaborar, sendas copias del borrador del informe del Comité MAUD, con sus
planes concretos y los cálculos detallados para la fabricación de la bomba a
escala industrial, llegaron por fin a manos de Vannevar Bush y James
Conant. [222]
Tras el viaje de Conant a Londres y su preocupante
conversación con Frederick Lindemann en el Athenaeum Club, Bush —como había
hecho Anderson— se vio obligado a reconsiderar sus dudas originales sobre la
viabilidad de la bomba. El informe del Comité MAUD, además, hacía hincapié en
ella. Bush digirió su contenido y a continuación mantuvo una larga conversación
con el presidente y con el vicepresidente, Henry A. Wallace. Finalmente,
Roosevelt le dio instrucciones para que pusiera en marcha la maquinaria norteamericana
y le pidió que sus físicos confirmaran los resultados de los experimentos
británicos y valorasen la solidez de las conclusiones del informe MAUD y los
posibles costes de fabricación de la bomba. De momento, Roosevelt no quería ir
más allá. Estipuló, no obstante, que el desarrollo práctico del proyecto no
podría seguir adelante sin expresa autorización presidencial. [223]
Pero esa no fue la única medida que tomó el
presidente.
* * * *
El domingo 22 de octubre de 1941 fue a parar al
escritorio de Winston Churchill lo que al final resultó ser un trascendental
mensaje de Franklin D. Roosevelt. Normalmente, Churchill leía las notas de este
con mucha atención. «Ningún amante ha estudiado jamás los antojos de su amada
—bromeó el primer ministro tras la guerra— con la atención con que estudiaba yo
los del presidente Roosevelt.»
«Mi querido Winston —escribió el presidente en
aquella ocasión—. Es de desear que pronto nos escribamos o conversemos sobre el
tema de estudio de su Comité MAUD y del organismo que dirige el doctor Bush en
este país, a fin de coordinar o incluso poner en marcha conjuntamente
cualesquiera iniciativas que podamos tomar a partir de ahora.» [224]
Como ha señalado Graham Farmelo, autor de la
historia del programa atómico británico, los beneficios para Gran Bretaña de
colaborar con Estados Unidos eran potencialmente enormes. La nota del
presidente del 12 de octubre de 1941 se hacía eco de la conversación que
Vannevar Bush y James Conant había mantenido con Charles Darwin, y la
desarrollaba. Los británicos podrían sacar partido de la ventaja teórica que
habían cobrado sobre los norteamericanos, aprovechar los inmensos recursos
económicos y científicos de Estados Unidos, además de —y esto no era lo menos
importante— fabricar el arma a distancia segura del ámbito de control de la
Luftwaffe.
Pero del mismo modo que lord Hankey no había
respondido con la prontitud necesaria a la iniciativa de Darwin, Churchill se
demoró en contestar a la nota del presidente. El primer ministro británico
siempre había sido reacio a revelar a los norteamericanos secretos técnicos a
cambio de nada o de muy poco y no le había abandonado la impresión de que
Roosevelt debía mostrarse más generoso en su apoyo al esfuerzo de guerra
británico. Ese parece ser el motivo de que no respondiera de inmediato al
interés del presidente por «Tube Alloys».
Muchos científicos nucleares británicos habrían
instado al primer ministro a una reacción más rápida de haber conocido la
situación. En vez de ello, sus circunstancias empeoraron. Mientras Mark
Oliphant perseveraba en sus objetivos en Washington, el gobierno británico
decidió ceder la dirección del Comité MAUD y sus proyectos de investigación a
un grupo de funcionarios del ICI (Imperial Chemical Industries). El ICI estaba
inmerso en un amplio abanico de actividades (de pinturas a perfumes y productos
de alimentación) y Wallace Akers, su director de investigaciones, un químico,
era también un experimentado administrador de proyectos científicos. Akers se
pondría al frente del Comité y recibiría la ayuda de Michael Perrin, un gestor.
A decir verdad, el gobierno tenía sus razones, en especial si su objetivo era
desarrollar su propio programa atómico. El ICI ya había intervenido en los
preparativos y, consciente del hecho de que la fisión nuclear proporcionaría
energía para la industria, amén de la bomba, tenía mucho sentido que el
gobierno pusiera un ojo en el futuro. En el contexto de la guerra, sin embargo,
la medida fue un gravísimo error de cálculo. La mayoría de los científicos que
participaban en el programa no daban crédito.
Aun así, no todo estaba perdido. El 6 de noviembre
y bajo la dirección de Arthur Compton, de la Universidad de Chicago, el NDRC
confirmó las conclusiones básicas del Comité MAUD: era factible fabricar una
bomba de fisión con una inversión de entre cincuenta y cien millones de
dólares, que habría que dedicar principalmente a separación de isótopos. [225] De cifras no se había hablado, pero, aparte de eso, los
científicos británicos y norteamericanos iban de la mano.
Churchill contestó por fin a la nota de Roosevelt
el 21 de noviembre, es decir, siete semanas después de que el presidente la
hubiera escrito y tres semanas después de que el NDRC hubiera dado por buenos
los hallazgos del Comité MAUD. Pese a todo, el primer ministro se limitó a
contestar con un telegrama en tono perentorio en el que decía que, respondiendo
a la sugerencia del presidente, había encargado a sir John Anderson y a
Frederick Lindemann que estudiaran el asunto con Frederick Hovde, representante
de los científicos norteamericanos en Londres. [226]
Fue, en efecto, un error de cálculo casi fatídico y
resultó, sin duda, embarazoso. Anderson y Lindemann tenían una opinión
exageradamente optimista de los progresos británicos y la sensación de tener la
sartén por el mango. Estaban en realidad sobrevalorando en exceso la capacidad
de la ciencia británica para solventar las dificultades técnicas, tecnológicas
e industriales que planteaba la fabricación de la bomba. Peor aún, cuando
supieron que Bush y Conant deseaban «con impaciencia» iniciar una colaboración
plena y que el presidente Roosevelt había solicitado que se pusiera en marcha
«con la mayor celeridad posible», Anderson planteó todavía más obstáculos. En
cierta ocasión, por ejemplo, dijo que Estados Unidos debía mejorar sus medidas
de seguridad para ponerse a la par de las de Gran Bretaña. Fue un gesto
arrogante —que luego la realidad desmentiría de forma irónica—, una respuesta
mezquina ante una oferta sincera de asociación nuclear plena.
Quizá algunos lo justificaban como una estrategia
para garantizar que una Gran Bretaña con las arcas vacías recibiera más
compensaciones materiales en medio de sus penurias. Ese mismo mes, los alemanes
hundieron el portaaviones británico Ark Royal y la RAF sufrió
graves pérdidas en los bombardeos nocturnos de Berlín, Colonia y la cuenca del
Ruhr. Pero estas circunstancias trágicas se vieron superadas y ensombrecidas el
7 de diciembre, cuando Japón bombardeó Pearl Harbor y la situación se transformó
de manera irrevocable de la noche a la mañana. A partir de entonces, Estados
Unidos estaba en guerra —Hitler se la declaró cuatro días después— y ese hecho
lo cambiaba todo. Los estadounidenses adoptaron otra actitud y ganó terreno la
convicción de que un desarrollo rápido del programa atómico era «la necesidad
más importante de la contienda», porque existía la opinión generalizada de que
los alemanes llevaban dos años de ventaja. [227] En su relato del programa atómico, Martin Sherwin afirma que los
norteamericanos, y más particularmente los científicos norteamericanos,
iniciaron la carrera atómica «convencidos de que el resultado de la guerra
dependía de su capacidad para recuperar el tiempo perdido». [228]
A partir de entonces, Estados Unidos se embarcó en
el programa atómico con una intensidad solo comparable a su tamaño. En marzo de
1942, el presidente insistió ante Vannevar Bush en que quería dar un empujón al
programa «no solo en su desarrollo, sino también en sus plazos», porque
resultaba «absolutamente esencial». Por lo demás, a partir de ese momento, los
estadounidenses no tuvieron ningún interés en conceder a Gran Bretaña un papel
más relevante que el estrictamente necesario para contribuir a que Estados
Unidos se hiciera con la bomba lo antes posible. Churchill había perdido la
oportunidad de convertirse en socio de pleno derecho del proyecto. Es probable
que nunca cometiera mayor error de cálculo.
* * * *
Después de Pearl Harbor y de la visita de Churchill
a Roosevelt alrededor de una semana después, en la que el presidente
estadounidense se llevó la impresión —errónea a todas luces— de que para el
británico la bomba no resultaba especialmente importante —tal vez porque eran
muchos los problemas que ambos hombres tenían entre manos—, las relaciones en
asuntos atómicos entre los dos aliados se fueron a pique como se había ido
el Ark Royal . A pesar de que aún contaban con una modesta
ventaja en el campo teórico, en el bando británico los principales gestores del
programa —Akers, Lindemann y Anderson— no alcanzaban a hacerse idea de la
enorme capacidad industrial y organizativa de los norteamericanos.
La situación no mejoró cuando, durante el invierno
de 1941 y 1942, Akers renunció a la idea de construir una planta atómica en
suelo británico. A principios de 1942, el director de investigaciones del ICI
viajó a Estados Unidos en respuesta a una invitación para cotejar conocimientos
con sus homólogos estadounidenses. Le acompañaron, amén de otros científicos,
Francis Simon y Rudolf Peierls, que sabían de separación de isótopos tanto como
cualquier físico aliado. Tras entrevistarse con los norteamericanos, comprendió
que, ante la escala del de Washington, el programa atómico británico quedaba en
muy poca cosa. Los estadounidenses, por ejemplo, estaban testando varios
métodos de separación de isótopos y no solo uno. Además, concentraban gran
parte de su esfuerzo en el plutonio, descubierto hacía muy poco.
Akers regresó a Londres en marzo sin dudas de que
solo por medio de la colaboración podrían avanzar los planes atómicos
británicos. Pero, al menos al principio, no consiguió convencer a Anderson,
circunstancia también muy desgraciada porque, a medida que pasaban primero las
semanas y luego los meses, se hacía cada vez más evidente que los
norteamericanos estaban tomando la delantera.
Para Akers resultaba también cada vez más indudable
que Bush y Conant habían cambiado de actitud y ahora solo le estaban
«embaucando». [229] A él le aseguraban que seguían a favor de una política de
colaboración, pero a sus espaldas se conjuraban para convencer al presidente de
que renunciara a ella. Hacia finales de primavera y principios del verano de
1942, Bush envió a sir John Anderson una serie de cartas «largas, corteses y
fieles a los hechos», con las que en realidad solo buscaba ganar tiempo. La
situación llegó a tal extremo que Conant llegó a elogiar a Bush por sus
«magistrales evasivas». [230] (El 11 de julio de 1963, durante la preparación de su libro sobre
el papel de Gran Bretaña en la historia de la bomba atómica, Margaret Gowing
dirigió una carta a James Chadwick en la que le decía que la actitud de James
Conant con los británicos había sido «en general bastante indigna».) [231]
La frialdad que ahora subyacía en las notas y
cartas de Vannevar Bush pudo tal vez servir para que Anderson, al igual que
había hecho el propio Akers, se convenciera de que convenía cambiar de idea y
colaborar. A principios de 1942, el hombre del ICI se dirigió con toda
franqueza a Lindemann y a sir John para decirles que negarse a la fusión con
los norteamericanos equivalía a conceder a los alemanes la oportunidad de
fabricar la bomba los primeros [232] —recordemos que todo esto sucedía antes de que Paul Rosbaud
escribiera su trascendental informe, que databa de junio—. Anderson se tomó la
conversación con Akers como una especie de ultimátum, pero hasta el 30 de julio
no redactó un informe de carácter «muy urgente» dirigido al primer ministro.
Era muy explícito: Debemos ... aceptar el hecho de que el trabajo pionero
realizado en este país no es hoy más que un activo menguante y que, a no ser
que lo capitalicemos rápidamente, nos vamos a quedar rezagados. Hoy todavía
podemos contribuir de forma valiosa a la «fusión». Muy pronto tendremos muy
poco o nada que ofrecer. [233]
El cambio de postura de sir John Anderson es
interesante. ¿Le habían llegado noticias del informe de Rosbaud? ¿Era ahora de
la opinión de que la bomba atómica era necesaria... a toda costa?
Churchill entró por fin en razón a finales de
julio. Pero era demasiado tarde. Los británicos habían perdido el barco, al
menos de momento.
Además de tener sus propias y urgentes razones para
avanzar con la mayor celeridad posible, los norteamericanos sospechaban ahora,
o al menos fingían sospechar, de las razones de los británicos y creían, o
fingían creer, que la presencia de Akers —un hombre a quien era difícil
desagradar— y de Francis Perrin constituía la prueba de que la mayor
preocupación de su aliado era tomar posiciones ante la posible explotación
comercial de la energía nuclear después de la guerra. Ellos, sin embargo,
tenían una postura absolutamente opuesta y, en septiembre de 1942, pusieron su
programa atómico en manos del ejército.
El programa, por lo demás, cobró impulso a partir
del momento en que, el 2 de diciembre, apenas a los tres meses de ceder el
control a los militares, Enrico Fermi, que ahora trabajaba en Chicago, logró la
primera reacción en cadena en una antigua pista de squash situada
debajo de la grada oeste del estadio Stagg Field de la universidad de esa
ciudad. Cuando Fermi dio por finalizado su experimento, Leó Szilárd, que contra
toda esperanza aún esperaba que una reacción en cadena fuera inviable, le
estrechó la mano y le dijo, con voz queda: «Recordaremos el día de hoy como uno
de los más negros de la historia de la humanidad». [234] Tenía más razón de lo que sospechaba. Los británicos ya contaban
con pruebas de que la bomba de los alemanes no existía y, por tanto, aquel
experimento decisivo, demostración palpable de que la reacción en cadena era
viable, había sido innecesario.
Akers, que visitó el laboratorio de Fermi en Stagg
Field el día antes del experimento —aunque nadie le invitó a quedarse al «gran
espectáculo»—, volvió a Estados Unidos, a Washington, para el Año Nuevo. Como
hemos visto, hubo un tira y afloja entre sir John Anderson y Vannevar Bush
acerca de la naturaleza de la colaboración entre aliados y, durante el crudo
invierno de 1942 y 1943, los norteamericanos mostraron una frialdad todavía
mayor. Más aún, Bush y Conant habían convencido al presidente, que ahora compartía
su punto de vista.
La situación culminó la mañana del 13 de enero de
1943 cuando Akers recibió una invitación para visitar las oficinas de Bush y
Conant en la calle 32, al norte del barrio de Georgetown. El día era frío y
ventoso y los ánimos en nada se parecían a los de aquella jornada de
prácticamente un año antes en que los norteamericanos brindaron a Akers una
acogida muy calurosa. Bush y Conant no perdieron un minuto y asestaron el golpe
nada más empezar. El primero actuó de testigo mientras el segundo leía una
nota. Al terminar, se la tendió a Akers.
Esta trataba siete aspectos del programa atómico,
incluidos varios métodos de separación de U-235 a partir de U-238. La redacción
era parecida en casi todos sus puntos: breve y concisa. «No se dará más
información ni a británicos ni a canadienses», decía. [235] Estados Unidos excluía de su proyecto a los investigadores
británicos salvo en una o dos áreas donde los conocimientos de ambos podrían
ser de utilidad. Bush y Conant aseguraron que el cambio de política contaba con
la total aprobación del presidente.
Los británicos se sintieron agraviados. Ellos
habían iniciado las investigaciones, ellos habían ofrecido la motivación. Para
ellos, los norteamericanos carecían de programa de ningún tipo cuando los
japoneses bombardearon Pearl Harbor y ahora se estaban arrogando lo que hasta
ese día era fruto de una exitosa colaboración. [236]
Al aprobar la nueva política de «intercambios
restringidos», Roosevelt estaba, como dice Martin Sherwin, «reorganizando» las
prioridades de Estados Unidos. De pronto, el deseo de una posguerra en la que
solo ellos, los norteamericanos, tuvieran el control de la bomba era al menos
igual de importante —si no más— que la necesidad de fabricar el arma atómica
con la mayor prontitud posible. El objetivo de Vannevar Bush era que solo
Estados Unidos dispusiera de un explosivo que, en sus propias palabras, «fuera
capaz de mantener la paz mundial». [237] Compartía con Henry Stimson, secretario de Guerra, la idea de que
si solo su país poseía la mejor arma posible, nunca tendría necesidad de
utilizarla. [238] Y dentro de esta tesitura, ahora coincidía con James Conant en que
fabricar la bomba cuanto antes había dejado de ser lo principal: la energía
atómica era un secreto militar «de un tipo muy distinto de todo lo que el mundo
ha conocido hasta ahora», por lo que compartirla con los británicos ya no se
podía defender ante el Congreso. [239]
El cambio era extraordinario: «adoptaron la nueva
política a pesar de que podía “ralentizar” el desarrollo de la bomba». Harold
Urey, que había obtenido el premio Nobel por descubrir el deuterio, era una más
de las personas que pensaban que aquella «reordenación» de prioridades
retrasaría el programa unos seis meses y concedería ventaja a los alemanes. Los
norteamericanos seguían sobrevalorando la capacidad de los alemanes y los
británicos seguían sin hacer nada para corregir su error. Pero Conant y otros opinaban
en ese momento que, aunque se produjera, un retraso no supondría ningún
perjuicio. Por aquel entonces lo más importante era el monopolio del mundo de
posguerra. [240]
Naturalmente, la nueva postura merece más atención
que la recibida hasta ahora. Porque basta un instante de reflexión para darse
cuenta de que es un argumento huero. Si los Aliados no se hacían con la bomba
antes que Hitler, nunca estarían en disposición de conseguir el monopolio
atómico para imponer la «paz» mundial. Y esto nos lleva a plantearnos la
cuestión de si Bush y sus colegas no sabrían lo que los servicios de
inteligencia británicos sí conocían. ¿Se habría arriesgado Estados Unidos a
retrasar la fabricación de la bomba sin asegurarse de que los alemanes habían
renunciado a su proyecto?
* * * *
Todas las personalidades relevantes de Washington
coincidían con la postura de Bush y Conant, y muy en particular Henry Stimson.
El secretario de Guerra mantenía relaciones amistosas con Gran Bretaña desde
hacía tiempo, «pero creía firmemente que el destino de Estados Unidos era
liderar el mundo». [241] Esta uniformidad de criterio se mantuvo, según Graham Farmelo,
«aunque supieran que poner fin a la colaboración retrasaría el proyecto, con el
consiguiente riesgo de que Hitler fuera el primero en hacerse con la
bomba». [242] Desde este punto de vista, la decisión no puede por menos de
resultarnos extraordinaria.
Lo que nadie decía abiertamente, y sin embargo
todos debían de saber, era que, cuando Akers, Bush y Conant se reunían en la
calle 32 de Washington, la Operación Koltso, o Anillo, último episodio de la
batalla de Stalingrado, llevaba setenta y dos horas en marcha. Las tropas
alemanas estaban cercadas, sus tanques y cañones congelados y para el fin de
los combates apenas quedaban unos días. Después de Stalingrado, Rusia seguiría
siendo un aliado, pero también, todo el mundo se daba cuenta, el principal rival
de Estados Unidos en la posguerra.
* * * *
Tras la letal nota de Bush y Conant, los británicos
contraatacaron prohibiendo a sus científicos asistir a ningún tipo de reunión
en suelo norteamericano o dar información sobre determinados proyectos. No era,
por supuesto, lo ideal, y la caída en picado de las relaciones con Estados
Unidos continuó durante meses. En julio de 1943 se produjo en Londres un
encuentro particularmente enconado. Bush se dirigió al número 10 de Downing
Street para asistir a una reunión del subcomité antisubmarinos del Gabinete de
Guerra. Nada más llegar, alguien le condujo a la sala del Gabinete, y allí,
sentado, le estaba esperando Winston Churchill. El primer ministro se acababa
de levantar de su siesta vespertina y estaba hecho una furia. Sin poder
contenerse, arremetió contra Bush, gruñendo por el fracaso del acuerdo de
intercambio mientras trataba sin éxito de encenderse un puro y tiraba sin
mirar, hacia atrás, por encima del hombro, una cerilla tras otra a la chimenea.
Bush ni siquiera acertó a intervenir.
Churchill no había comprendido el verdadero estado
del programa de armas nucleares británico hasta abril de ese mismo año. Hasta
entonces no se dio cuenta de que Gran Bretaña corría el riesgo de quedar al
margen de los planes de Estados Unidos. Pero había un riesgo aún mayor.
Frederick Lindemann lo expresó a la perfección: «Los principios y las
posibilidades son conocidos por los científicos del mundo entero ... ¿Puede
Inglaterra permitirse el lujo de rechazar un arma tan potente mientras Rusia la
fábrica?». [243] Churchill apenas encontraba consuelo.
Pocos días después, en otra reunión, con Stimson
también presente, y con Lindemann y Anderson por parte británica, Bush expresó
sus sospechas —y las de todos en el bando norteamericano— por la participación
en las conversaciones de Wallace Akers y Francis Perrin, e insinuó que Gran
Bretaña quería conservar en exclusiva la opción de la energía nuclear con fines
comerciales para después de la guerra. Churchill respondió formalmente
afirmando que no tenía ninguna pretensión comercial [244] y, más tarde, elaboró una propuesta que se convertiría en la base
del acuerdo de Quebec, que firmaría junto con el presidente Roosevelt en la
conferencia de agosto: Primero: la fabricación de la bomba sería una empresa
conjunta, con libre intercambio de información; segundo: ninguno de los dos
países emplearía la bomba contra el otro; tercero: ninguno de los dos países
comunicaría información a terceros países sin el consentimiento del otro,
medida esta que truncaba toda posibilidad de que Roosevelt compartiera
conocimientos científicos con Stalin, por quien sentía una simpatía que a
Churchill le parecía muy poco inteligente. [245]
En privado, Bush opinaba que la redacción de la
propuesta era muy pobre y sería sencillo eludir su verdadero propósito. Sin
embargo, mientras aún se encontraba en Londres, recibió un telegrama de
Roosevelt, que le encargaba «la revisión» de todo el acuerdo de intercambio de
información con los británicos. No se inmutó, pero lo irónico es que el cable
había sido mal trascrito. En realidad, hablaba de «la renovación» del acuerdo.
Las relaciones entre los Aliados estaban a punto de remontar después de su progresiva
caída, por mucho que Bush quisiera otra cosa. [246]
* * * *
Y esa fue la intrahistoria de la reunión que
Churchill y Roosevelt celebraron en Quebec en agosto de 1943. Poco antes, sir
John Anderson le explicó la postura británica a Mackenzie King, primer ministro
de Canadá. Le dijo que los británicos sabían que «tanto Alemania como Rusia
estaban trabajando en lo mismo» y que la bomba «sería un factor terrible en el
mundo de la posguerra, porque el país que estuviera en posesión del secreto
tendría el control absoluto». [247] Las memorias de sir John no aclaran qué sabía exactamente de los
planes de rusos y alemanes.
La decisión más importante de la conferencia de
Quebec, sin embargo, no tuvo nada que ver con la bomba. Churchill accedió
finalmente a la apertura del segundo frente: un desembarco aliado en Francia
que se produciría al año siguiente y bajo mando norteamericano. Al mismo
tiempo, Roosevelt cedió en lo relativo a la bomba y confirmó la reanudación de
la política de cooperación. El 19 de agosto, los dos líderes firmaron un
acuerdo redactado por Anderson, pero esencialmente idéntico al que Churchill
había discutido con Bush en Downing Street. [248]
* * * *
Es preciso hacer una aclaración importante. El
acuerdo de Quebec incluía una cláusula que decía que la pronta conclusión del
programa atómico era «vital» para la «común seguridad» de Gran Bretaña y
Estados Unidos. Se trataba en realidad de una referencia al peligro de que
Hitler consiguiera la bomba primero. Pero Churchill en particular sabía ya, por
los informes de sus servicios de inteligencia, que eso era muy improbable.
Desde el punto de vista norteamericano, el objetivo de la bomba empezaba a
cambiar: ya no se trataba de emplearla contra los alemanes, sino de obtener el
dominio global después de la guerra.
Para muchos físicos nucleares, y en especial para
los científicos judíos alemanes y europeos exiliados, el motivo principal para
intervenir en el Proyecto Manhattan era neutralizar la amenaza de una bomba
nazi. En cambio, para muchos políticos, militares y gestores científicos —y
desde luego para Roosevelt, Bush, Conant y Groves, y también para Churchill y
Cherwell—, contar con una bomba de una potencia inimaginable hasta entonces era
una tentación a la que resultaba muy difícil resistirse. Al leer el informe del
Comité MAUD en el otoño de 1941, John Moore-Brabazon, ministro de Producción
Aérea, habló de la «influencia política sin precedentes» que tendría cualquier
nación que poseyera en solitario la bomba atómica. Para lord Cherwell, quien
dispusiera de una planta atómica «podría dictar sus condiciones al resto del
mundo».
Para ellos, y para otros como ellos, la bomba
atómica ofrecía, desde su punto de vista, una oportunidad única para coaccionar
a las demás naciones —y en particular a la Unión Soviética— cuando la guerra
hubiera terminado y redactar los acuerdos de posguerra según sus condiciones.
Hoy nos puede parecer obvio, pero, como veremos, en aquellos días, a los
científicos no se lo parecía tanto.
Por otra parte, empezaban a acumularse las pruebas
de que los rusos no desconocían que Estados Unidos y Gran Bretaña se habían
embarcado juntos en el proyecto. Pero en este caso fueron los norteamericanos
los que no compartieron información confidencial con los británicos.
Capítulo 11
«Pruebas concluyentes» de espionaje soviético
La labor de los servicios de inteligencia
norteamericanos y británicos difería de manera notable. Estados Unidos se
encuentra relativamente lejos de Alemania y, desde el 7 de diciembre de 1941,
contaba con un enemigo más directo, Japón, que lo obligaba a combatir más en el
Pacífico que en el Atlántico. Por otra parte, Estados Unidos era el país donde
se estaba fabricando la bomba, de modo que, tan importante como conocer los
planes del enemigo, era evitar filtraciones para que sus propios planes no se divulgaran.
Existía, pues, una marcada diferencia, como
demuestra el hecho de que en junio de 1942, mismo mes en que los británicos
recibieron el informe Rosbaud sobre la decisión del Albert Speer de no seguir
adelante con el programa atómico nazi, Arthur Compton, director del proyecto de
energía atómica de la Universidad de Chicago —y también premio Nobel—, molesto
por la lentitud con que avanzaba el programa atómico norteamericano, pidiera
con urgencia la puesta en marcha de un programa de investigación y desarrollo de
«contramedidas» para frenar el plan atómico alemán. En julio, Robert
Oppenheimer sufría con desesperación la posibilidad de perder la guerra sin
encontrar una respuesta y, en septiembre, la firma de Leó Szilárd figuraba a la
cabeza de un memorándum crítico: «¿Cuál es el problema?», en el que también él
lamentaba la excesiva tardanza en saber algo de los planes de Alemania. [249]
* * * *
La primera vez que el programa atómico y los
servicios de espionaje chocaron —aunque en esa ocasión, sin saberlo— se produjo
en marzo de 1941, cuando el FBI abrió un expediente a Oppenheimer. [250] Julius Robert Oppenheimer, que en 1941 tenía treinta y siete años,
había nacido en Nueva York y era hijo de un importador de tejidos alemán que
emigró a Estados Unidos en 1888. Estudió en Cambridge, Gotinga y Leiden, y
trabajó o estudió con Heisenberg, Fermi y James Franck, también con Paul Dirac
en Cambridge —Dirac fue Nobel de Física en 1933 por su descubrimiento de la
«antimateria» y de la electrodinámica cuántica—, y con Wolfgang Pauli en Zúrich
—Nobel de Física en 1945 por su descubrimiento del «principio de exclusión»: no
más de dos electrones pueden ocupar una órbita dada alrededor del núcleo—. Los
campos de interés de Oppenheimer incluían la física nuclear, la astrofísica y
la relatividad. Cuando le nombraron director científico del Proyecto Manhattan
—el físico de mayor jerarquía de Los Álamos—, era catedrático de Física teórica
en Berkeley y trabajaba en estrecha colaboración con Ernest Lawrence.
El FBI empezó a vigilar a Oppenheimer por pura
casualidad, porque asistió a la reunión de un grupo de discusión en la casa que
tenía en San Francisco Haakon Chevalier, profesor ayudante de Literatura
francesa de la Universidad de Berkeley. Nacido en Nueva Jersey de madre noruega
y padre francés, Chevalier tenía algo de aventurero vikingo: antes de cumplir
los treinta se había enrolado como marinero en una goleta de cuatro palos y
había dado la vuelta al mundo, hasta recalar en San Francisco, donde se estableció
y asistía a las reuniones del Partido Comunista (PC). El FBI estaba interesado
en otros asistentes a la reunión en casa de Chevalier, pero anotó la matrícula
del coche de Oppenheimer y le mantuvo bajo vigilancia.
Para los soviéticos, San Francisco era un lugar de
reclutamiento de activistas particularmente fértil por su intensa actividad
sindical, como reflejó la huelga de los muelles de la costa oeste de 1934.
Consciente de ello, el FBI organizó una red de escuchas telefónicas para
vigilar a varios comunistas, o sospechosos de serlo, en el marco de una campaña
contra el llamado «Aparato del Comintern de la Unión Soviética». [251] Aunque es probable que Oppenheimer no llegara a ser miembro del
Partido Comunista en ningún momento, sí asistió a diversas manifestaciones en
apoyo de la huelga de los muelles y siempre se manifestó abiertamente a favor
del bando republicano en la guerra civil española y otras causas radicales. Las
dos compañeras con quienes mantuvo relaciones duraderas —con una de ellas tuvo
dos hijos— sí pertenecían a este partido.
El director del FBI en San Francisco era el abogado
Robert King. Gracias a la intervención de los teléfonos, King supo que a la
reunión de marzo de 1941 en casa de Haakon Chevalier acudirían varios «peces
gordos»: Thomas Addis, físico de la Universidad de Stanford y reclutador del
Partido Comunista; Isaac Folkoff, exiliado letón de sesenta años propietario de
un taller de reparación de calzado y reconocido «marxista dogmático» y
recaudador de las cuotas del PC; y Oppenheimer. [252] Los tres continuaron reuniéndose, bajo la vigilancia del FBI,
hasta que, en octubre del mismo año, Folkoff pidió a Oppenheimer que se pusiera
en contacto con un tal Steve Nelson, a quien King consideraba el comunista de
mayor categoría en la zona de la bahía de San Francisco —otro «pez gordo»—. En
aquellos momentos, el FBI tenía vigilado a Oppenheimer por su aparente
importancia en el seno del PC local. Sabía que se trataba de un científico
importante, pero no sabía nada del Proyecto Manhattan.
La biografía de Steve Nelson también es bastante
llamativa. Se llamaba en realidad Stefan Mesarosh y había nacido en Croacia en
1903. Entró ilegalmente en Estados Unidos, pero consiguió la nacionalidad a los
pocos años. Se afilió al Partido Comunista en Pittsburgh y durante la guerra
civil española luchó en la Brigada Lincoln. [253] Nelson y Oppenheimer se conocieron durante una reunión de ayuda a
la República durante la guerra civil española que se celebró en casa de Louise
Bransten, rico vividor de San Francisco de quien el FBI sabía porque era amigo
de Gregory Kheifetz, agente encubierto del NKVD que trabajaba en el consulado
soviético de esta ciudad y era conocido por cultivar relaciones con
científicos.
Poco después de la entrada de Estados Unidos en la
segunda guerra mundial, Nelson se había convertido en máximo dirigente de la
delegación de San Francisco del Partido Comunista, de modo que, tras sus muchas
reuniones con Oppenheimer, era natural que el FBI se interesara por ambos.
La oficina local del FBI solicitó la intervención
del teléfono de Oppenheimer, pero no le concedieron la necesaria autorización.
Al mismo tiempo, el ejército le negó una acreditación de seguridad. Se apeló la
decisión y la Oficina de la Policía Militar sí se la concedió. Tales
circunstancias dan idea de la confusión existente en torno a la figura de
Oppenheimer: nadie estaba seguro de quién era exactamente, una incertidumbre
que, dentro de algunos círculos, nunca le abandonaría del todo. [254]
En octubre de 1942 y cuando hacía varios meses que
había puesto micrófonos en su despacho, el FBI oyó una conversación entre Steve
Nelson, Lloyd Lehman —sindicalista afiliado a las Juventudes Comunistas de la
zona de la bahía de San Francisco— y una tercera persona sin identificar. El
archivo que guarda la conversación dice: «Lloyd le reveló a Steve que estaban
desarrollando un arma muy importante y que él participaba en las
investigaciones». Luego hablaron de una tercera persona que ambos conocían y que
también intervenía en el programa, alguien de Berkeley, un «rojo» que había
sido miembro del Comité de Profesores y del Comité de España, «a quien sin
embargo la administración permitía quedarse en el país porque era un gran
científico». [255] La descripción cuadraba con Oppenheimer. También despertaron
cierta alarma algunos comentarios recabados durante las escuchas telefónicas de
Nelson y Lehman acerca de un hombre llamado Rossi Lomanitz. El tal Lomanitz,
decían Nelson y Lehman, trabajaba en el programa armamentístico, pero estaba
considerando la posibilidad de abandonarlo. «Nelson dijo que el programa era
extraordinariamente importante y que Lomanitz no podía darse a conocer en
calidad de miembro del partido, porque estar al corriente de aquellos
descubrimientos e investigaciones era primordial. Tampoco sabía qué labor
política podría desempeñar si dejaba su trabajo, porque entonces lo llamarían a
filas.» [256] Pese a todo, el FBI no sabía exactamente detrás de quién andaba.
Ni siquiera en esas fechas le habían puesto al corriente del Proyecto
Manhattan.
Pero el FBI no estaba solo en sus sospechas. No
menos al tanto de los simpatizantes comunistas en San Francisco estaba el
ejército, que para entonces sí conocía el Proyecto Manhattan, y también entró
en acción. Abrió una oficina tapadera en un edificio de Market Street, la
«Universal Subscription Company», que servía de base a agentes encubiertos, e
intervino por su cuenta varios teléfonos. Tras concertarlo con el FBI, el
ejército se centró en los profesores universitarios contratados para el
Proyecto Manhattan mientras «los federales» investigaban a comunistas
conocidos, o sospechosos de serlo, y con contactos con los Rad Lab,
«Laboratorios de Radiación». Para hacerlo, alquilaron un edificio de dos
plantas próximo al campus de Berkeley y colocaron micrófonos para espiar a
empleados muy concretos.
* * * *
Los planes para vigilar a Oppenheimer estaban más
elaborados que los de otras figuras. El fiscal general nombrado por Roosevelt
tenía prohibido al FBI instalar micrófonos en su casa, de modo que los agentes
se limitaron a hacer un listado de las llamadas entrantes y salientes, que les
proporcionó la compañía telefónica. Gracias a eso averiguaron que, de pronto,
Oppenheimer se embarcó en un frenético calendario de viajes. ¿Por qué
motivo? [257] En ese punto, Robert King, el hombre que por sí solo constituía la
«patrulla anticomunista» de San Francisco, se había dirigido por la vía formal
al ejército para averiguar qué sabía. Cuando por los canales oficiales de
información no obtuvo ninguna información verdaderamente relevante, King
recurrió al teniente coronel Boris Pash, jefe de contrainteligencia de la base
militar de Presidio, en la punta norte de la península de San Francisco.
Para entonces, Boris Pash, a quien el historiador
Gregg Herken describió como «un intenso y pugnaz peso gallo», era desde hacía
dos años jefe de la G-2 —la inteligencia militar— para el Mando de la Defensa
de la Costa Oeste, y el «mayor experto en defensa del IV Ejército». [258] Había nacido en San Francisco, donde su padre era obispo de la
Iglesia Ortodoxa rusa de Estados Unidos, y había combatido contra los
bolcheviques en la guerra civil rusa (1918-1920). Con la derrota de los
ejércitos blancos, volvió a California e inició una carrera mediocre como
entrenador de atletismo.
Pero después de Pearl Harbor su vida volvió a
cambiar. Lo llamaron a filas y le encargaron la dirección de una red de agentes
encubiertos del ejército infiltrados en la península mexicana de Baja
California cuyo objetivo era interceptar saboteadores japoneses desembarcados
de submarinos. Nunca encontró saboteadores ni submarinos, pero en el desarrollo
de esa actividad descubrió su vocación: el ejército, en general, y la captura
de espías, en particular. [259]
Robert King había hecho seguir a Oppenheimer, pero
Pash fue más lejos: le asignó una pareja de «guardaespaldas» con la excusa de
protegerlo de los saboteadores del Eje que querían asesinarlo y la intención
real de vigilarlo.
Lo que más hizo sospechar a Pash, aparte de las
antiguas simpatías comunistas de Oppenheimer, fue cierta conversación que pudo
escuchar tras intervenir el teléfono de Steve Nelson. La llamada se produjo a
primera hora del martes 30 de marzo de 1943. Alguien identificado únicamente
como «Joe» había llegado la noche anterior a casa de Nelson e insistido ante
Margaret, su mujer, en que tenía informaciones importantes que transmitir. Esas
eran en realidad tan relevantes que estaba dispuesto a esperar a que llegase
Nelson por mucho que tardase. Como este descubrió nada más llegar, lo que Joe
sabía era fundamental y de enorme repercusión para la Unión Soviética: las
personas que participaban en el programa de la nueva arma —entre quienes en
esos momentos el propio Joe se creía incluido— estaban a punto de ser
trasladadas a un lugar remoto donde, en secreto, se llevarían a cabo todos los
experimentos con explosivos. [260]
Los agentes encargados de las escuchas advirtieron
el nerviosismo de Joe, probable síntoma de que tenía conciencia de la inmensa
importancia de lo que estaba revelando. Tras confesar que tenía «un poco de
miedo», Joe siguió hablando entre susurros y entró en detalles técnicos. La
conversación pasó después a versar sobre «el profesor» —Oppenheimer—, que, en
palabras de Nelson, «estaba muy preocupado» e «incómodo» con ellos, con sus
amistades comunistas.
—No tienes ni idea de lo mucho que han cambiado las
cosas. Es increíble —dijo Joe.
—Me resulta triste decirlo, pero su mujer tiene una pésima influencia sobre él
—añadió Nelson.
Luego volvieron a hablar del «Proyecto».
—Y ¿sabes con qué materiales están trabajando? —preguntó Nelson.[261]
Joe vaciló antes de decir que la mayor parte de lo
que él sabía era conocido por todos y estaba publicado. Nelson insistió, quería
detalles. Pero Joe no fue más explícito. Añadió que le preocupaba que su pasado
comunista —era miembro de ese partido desde 1938— jugara en su contra, y
acabaran por someterle a una estrecha vigilancia. Nelson volvió a presionarle,
deseaba saber qué experimentos se habían llevado ya a cabo. Joe dijo que no lo
sabía.
Nelson recurrió a continuación a un viejo truco y
dijo que ya estaba al corriente de parte de las tareas que desarrollaba Joe. Y
este cayó en la trampa.
Volvió a bajar la voz y ya no dejó de susurrar.
Pero hablaba despacio, muy despacio, y Nelson —y los agentes del FBI que
estaban escuchando la conversación— pudo tomar notas. Estas son algunas de las
frases que Joe dijo aquella tarde: «El método de la separación es preferible al
del espectrógrafo magnético centrado en la electricidad y el magnetismo, o
menos preferible al del sector de velocidad ... una esfera de cinco centímetros
de diámetro con material ... deuterio ... este proyecto está en fase de pruebas,
de experimentación». [262] Joe añadió que ya estaban construyendo una planta de separación de
isótopos en Tennessee en la que, según le habían dicho, trabajarían entre dos
mil y tres mil personas.
La mención del deuterio sugiere que Joe quizá ya
había transmitido información en otras ocasiones. El deuterio no desempeña
papel alguno en la separación de isótopos, pero en un seminario organizado en
Berkeley en julio de 1942 se había hablado de la «Súper» (nombre en código con
que los norteamericanos llamaban a la bomba atómica). En concreto, en dicho
seminario se comentaron las investigaciones de Eldred Nelson y Stanley Frankel
sobre las posibles dimensiones de una bomba de U-235 o de una de plutonio, aunque
esta última no necesita deuterio. [263] Se trataba de información clasificada de la mayor calidad.
Justo antes de que Joe se marchase, Nelson y él
hablaron de las medidas que había que tomar para futuros encuentros. El primero
dijo que tenía una hermana en Nueva York y que podían aprovechar sus idas y
venidas para «encubrir» nuevos contactos «en los que él, Joe, transmitiría
información adicional a Nelson». El segundo aconsejó a continuación a Joe que
dijera a sus camaradas, a quienes estaban mandando a Tennessee y otros lugares
remotos, que, por precaución, quemaran sus carnés del Partido Comunista y nunca
dejaran constancia por escrito de sus reuniones o conversaciones.
Boris Pash conoció esta conversación a las pocas
horas y voló a Washington al día siguiente para dirigirse a los despachos 5.120
y 5.121 del edificio del Departamento de Guerra e informar personalmente al
general Groves. Tras la reunión, el FBI puso bajo vigilancia la casa de Steve
Nelson las veinticuatro horas del día, para averiguar la identidad de Joe. En
realidad, ya a la mañana siguiente del encuentro con este, el FBI siguió a
Nelson hasta la tienda de la esquina, donde llamó, desde una cabina telefónica,
al consulado ruso en San Francisco. Le oyeron utilizar el nombre de «Hugo»
cuando pedía que le pasaran con «Ivánov», con el que concertó una cita para
pocos días después «en el lugar habitual».
La tarde del 6 de abril, el FBI siguió a Nelson
hasta el hospital Saint Joseph de San Francisco, donde se encontró con Piotr
Ivánov. Este era un conocido agente del GRU (servicio de inteligencia del
Ejército Rojo en el extranjero) que trabajaba de agregado diplomático en el
consulado soviético en San Francisco. [264]
Pocos días después llegó otro visitante a casa de
Steve Nelson. Era «un hombre fornido, embutido en un traje». El FBI no tardó en
identificarlo. Se trataba de Vasili Zarubin, oficialmente, tercer secretario de
la embajada soviética en Washington; en realidad, el rezident del
NKVD en la legación. Gracias al pinchazo telefónico, el FBI le escuchó contando
billetes: NELSON : ¡Dios! Cuentas dinero igual que un banquero.
DESCONOCIDO: Ya te lo dije[borrado ], al fin y al
cabo, en Rusia era pagador.
Luego, hecho el recuento, los dos hombres pasaron
más de una hora hablando de la red de espionaje soviética en Estados
Unidos. [265]
Dos meses después, en junio, la incansable
vigilancia a que fue sometido Rossi Lomanitz por fin dio sus frutos. El agente
de la G-2 que lo seguía lo vio posar con otros tres hombres para un fotógrafo
callejero cerca de una de las entradas del campus de Berkeley. Cuando el grupo
de cuatro amigos se separó, el agente, con gran iniciativa, se acercó al
fotógrafo y le compró el negativo de la foto que acababa de hacer. La G-2 no
tardó en identificar a los tres hombres que posaron con Rossi Lomanitz. Se trataba
de David Bohm, Max Friedman y Joseph Weinberg. Los cuatro eran físicos de la
Universidad de Berkeley y tres de ellos —todos menos Friedman— eran alumnos de
Oppenheimer. La G-2 no tardó en saber quién era Joe.
Joseph Weinberg, que trabajaba en cálculo de campos
electromagnéticos y estaba especializado en el rayo de ciclotrón con arandelas
de hierro, estaba involucrado en el programa atómico y era miembro de las
Juventudes Comunistas, del Comité el Campus[de Berkeley]contra el Reclutamiento
Forzoso y del Comité de Movilización por la Paz, todos ellos, según el FBI,
«organizaciones tapadera comunistas». [266]
* * * *
De modo que algunos secretos atómicos se filtraron
a través de Joseph Weinberg y Steve Nelson. Pero ¿y el papel de Oppenheimer? A
Boris Pash, para empezar, nadie tenía que convencerlo de que Oppenheimer
suponía una amenaza para la seguridad. Fue él quien advirtió a Washington de
que «Oppie podría acceder a trabajar en la bomba solo para poder pasársela a
los rusos». Y sugirió la posibilidad de «facilitar» a Oppenheimer la salida de
su puesto de trabajo a fin de poder sustituirlo. [267]
Sin embargo, de la conversación entre Nelson y
Weinberg se deduce lo contrario. Porque, según ellos, en compañía de «Nelson
& Co.», «el profesor se sentía incómodo», había experimentado un cambio
importante, y su mujer ejercía sobre él sus «malas» influencias. Desde su
perspectiva —comunista—, tales puntualizaciones sin duda querían decir que ya
no estaban tan seguros de la lealtad de Oppenheimer. En realidad, mientras se
documentaban para The Haunted Wood, su libro sobre el espionaje
soviético en época de Stalin publicado en 1999, los autores Allen Weinstein y
Alexander Vassiliev tuvieron acceso a ciertos archivos de la Rusia soviética
que confirmaban que Oppenheimer nunca estuvo al servicio de la inteligencia
soviética.
El general Groves insistía constantemente en la
seguridad, pero hizo oídos sordos a las suspicacias y protestas de Boris Pash,
que defendía el relevo de Oppenheimer. «Según Landsdale[el segundo en el mando
de Groves], el general Groves afirma que Oppenheimer es irreemplazable y que,
si le ocurriera algo, el programa sufriría un retraso de al menos seis meses.»
Dicho retraso resultaría catastrófico, proseguía Landsdale, porque
informaciones recientes demostraban que los alemanes estaban tendiendo líneas de
alta tensión y, a raíz de eso, el ejército había llegado a la conclusión de que
«los alemanes podían estar construyendo sus propios calutrones[espectrómetros
de masa empleados para separar isótopos de uranio]». La fuente de dichas
informaciones —obviamente erróneas— no se ha desvelado nunca, pero, gracias a
ella, Groves zanjó de un plumazo las dudas que surgían sobre Oppenheimer y dio
órdenes de cursar «lo antes posible» una autorización de seguridad que no
tuviera en cuenta «cualquier información relativa al señor Oppenheimer, alguien
absolutamente esencial para el programa». [268]
* * * *
El 7 de mayo de 1943 y como consecuencia de los
movimientos anteriores, J. Edgar Hoover, director del FBI, envió a Roosevelt y
a Harry Hopkins, principal asesor del presidente, un memorándum que enumeraba
varias «pruebas concluyentes» —obtenidas en marzo, por primera vez, gracias a
la segunda reunión de Steve Nelson con Joe— de que el espionaje soviético
andaba detrás del Proyecto Manhattan.
Pero no acabó ahí el asunto. El 12 de agosto, los
agentes del FBI que lo vigilaban observaron llegar a David Bohm, Max Friedman y
Rossi Lomanitz al piso de Joseph Weinberg, donde ya se encontraban Steve Nelson
y Bernadette Doyle, su ayudante para todo lo relacionado con el Partido
Comunista. [269] Para entonces, el FBI había agrupado las acciones de vigilancia de
Rossi Lomanitz y los demás bajo el nombre en clave de «Operación CINRAD»
(Infiltración Comunista en los Laboratorios de Radiación, por sus siglas en
inglés). Con el tiempo, en esta misión los federales llegarían a hacer acopio
de más de trescientos expedientes de miembros del Partido Comunista de la zona
de Berkeley.
La importancia de dicha operación puede evaluarse a
partir del hecho de que se debatió sobre ella al más alto nivel. Pocos días
después, el 17 de agosto, el general Groves presentó un informe de los
progresos del Proyecto Manhattan ante el «Top Policy Group» del gobierno, que a
continuación pasó a discutir lo que llamaba su «problema de California». [270] Ese mismo día, Groves mandó a Henry Stimson otro memorándum para
el presidente con una nota que decía: «Es esencial tomar medidas para acabar
con la influencia de la FAECT sobre los Rad Lab» —la FAECT era la Federación de
Arquitectos, Ingenieros, Químicos y Técnicos, que operaba en el seno de los
laboratorios de Berkeley y, según el FBI, estaba infestada de comunistas—. Dos
semanas más tarde, Stimson le entregó el memorándum a Roosevelt con su propia
nota: «La situación me parece muy alarmante. Hay que poner fin a esto de una
vez por todas».
Ese mismo mes de agosto, además, Oppenheimer le
recomendó de forma «casual» a Lyall Johnson, ex agente del FBI miembro de la
G-2 en la zona de la bahía de San Francisco, que si le preocupaba la seguridad,
«George Eltenton era alguien a quien merecía la pena vigilar». [271] Eltenton era un químico miembro del Partido Comunista que había
nacido en Gran Bretaña y trabajado en Rusia, pero en esos momentos estaba
empleado por la Shell Oil y vivía en Berkeley. Lyall Johnson llamó de inmediato
a Boris Pash, que estuvo interrogando a Oppenheimer. Meses después, Oppenheimer
comentó que le habían abordado unos «intermediarios» que estaban en contacto
con un «funcionario no identificado» del consulado soviético y que una de esas
personas había hablado de transmitir ciertas informaciones relativas a las
operaciones de Berkeley. Luego dijo que él se había negado a colaborar, pero
admitió que otras personas habían abordado en distintas ocasiones a tres
colegas suyos y estos colegas le habían pedido consejo. Se negó a dar nombres,
pero admitió que dos de ellos se encontraban en Los Álamos y el tercero iba a
formar parte de la plantilla de Oak Ridge, enorme complejo de Tennessee
dedicado al enriquecimiento de uranio.
Las informaciones eran francamente preocupantes.
Ante las presiones de Boris Pash, Oppenheimer identificó a George Eltenton como
uno de los intermediarios y añadió que este se había valido de otra persona a
quien se negó a delatar. Disgustado por la falta de cooperación de Oppenheimer,
Pash pasó a limpio la entrevista y se la envió al general Groves, con la
recomendación de que pusiera bajo vigilancia a Eltenton. Por pura coincidencia,
en esas mismas fechas, Edgar J. Hoover recibió una carta anónima escrita en
ruso por un oficial de inteligencia descontento. Esta tenía matasellos de un
lugar próximo a la embajada soviética en Washington y decía que Vasili Zarubin,
Leonid Kvasnikov y Grigori Jeifets eran los tres espías rusos más importantes
infiltrados en Estados Unidos —el ejército y el FBI ya sabían de dos de ellos—.
A raíz de estas informaciones, Robert King, el director del FBI en San
Francisco, recibió más de cien agentes de refuerzo.
La medida dio sus frutos. El 3 de septiembre, el
FBI siguió a Joseph Weinberg cuando dio un rodeo para acercarse a una oficina
de correos desde la que mandó un grueso sobre. Tras interceptarlo, las
autoridades norteamericanas descubrieron que contenía un artículo titulado «El
Partido Comunista y las profesiones» y una nota dirigida a un tal «Querido A»,
en la que Weinberg le pedía que no se pusiera en contacto con él «durante un
tiempo» y que trasladara el mensaje a «S» y a «B», «sin mencionar mi nombre». Por
operaciones de vigilancia previas, el FBI sabía que «A» era Al Flanigan, un
alumno egresado de Berkeley, sospechoso de pertenecer al Partido Comunista, que
vivía cerca de Haakon Chevalier y era amigo de Steve Nelson. Boris Pash, por su
parte, sospechaba que «S» y «B» eran Nelson y Bernadette Doyle.
Groves había decidido seguir los pasos de Joseph
Weinberg en el campus por ver si su pista llevaba a nuevos descubrimientos,
pero muchos de sus compañeros fueron despedidos o se les negó la autorización
necesaria para ir a Los Álamos.
En una nueva tentativa de conseguir que Oppenheimer
les diera más nombres, John Lansdale, el segundo del general Groves, concertó
una cita con él. Lansdale decidió probar esta vez con la adulación y dijo
cuánto admiraba y respetaba —él y, por extensión, el ejército— el trabajo que
estaban desarrollando los científicos. Luego admitió algo importante en
relación con los rusos: «[Los rusos]saben, y nosotros sabemos que saben, de
Tennessee, de Los Álamos y de Chicago». Y luego añadió: «Es esencial que nosotros
conozcamos también sus vías de comunicación». [272]
No consiguió nada.
Pese a que Groves había «despejado» el camino y
permitido que Oppenheimer viajara a Los Álamos, las dudas le acuciaban, de modo
que se dirigió personalmente a Nuevo México y se reunió con el físico a solas,
en su despacho de la instalación. En aquella reunión, le exigió el nombre del
intermediario que se había entrevistado con sus colegas. Oppenheimer no tardó
en proporcionárselo: Haakon Chevalier. [273]
Groves insistió y preguntó los nombres de los tres
científicos a quienes se había dirigido Chevalier. Oppenheimer contestó que en
su conversación con Boris Pash había exagerado, que, en realidad, Chevalier
había hablado con una sola persona, con Frank, su hermano, físico como él.
Chevalier le había planteado a este último dos opciones: «O bien revelar a los
rusos secretos del programa atómico o bien convencer a su hermano de que lo
hiciera». [274] Frank le había pedido consejo a Robert y este le había dicho que
ambos debían negarse a colaborar.
Groves comentó este encuentro con sus ayudantes.
Para él, Robert Oppenheimer era demasiado valioso para permitirse dudar de él,
pero con Frank no ocurría lo mismo. Frank Oppenheimer, a sus ojos, no podía por
menos que estar involucrado de alguna forma. A continuación, los subalternos
del general hicieron circular el rumor de que «Haakon Chevalier había intentado
reclutar al hermano de Robert Oppenheimer para que espiara en favor de la Unión
Soviética». [275] ¿Era Robert sincero al decir que al hablar con Boris Pash había
exagerado y Chevalier se había dirigido solo a una y no a tres personas? En el
menor de los casos, evidentemente, a su relato le faltaba coherencia. [276]
Además, en enero de 1943 y en virtud de la Ley de
Préstamo y Arriendo, los rusos solicitaron a Washington diez kilos de mineral
de uranio y cien kilos de óxido y de nitrato de uranio (para ampliar este
episodio, véase el capítulo 16). El general Groves autorizó la cesión, porque
negarse habría sido una prueba de la importancia del uranio y atraído una
atención sobre ese material que ni mucho menos deseaba. Ese mismo año, los
soviéticos pidieron más uranio y los norteamericanos no se lo concedieron, aunque
sí les entregaron mil gramos de agua pesada. Por supuesto, la fecha de las
peticiones demuestra que Moscú estaba perfectamente al corriente de los usos
del uranio y el agua pesada.
* * * *
Se trataba de inconvenientes muy inoportunos. Para
Groves, la joya de la corona de los secretos atómicos, como el propio general
siempre mantuvo, era la existencia misma del programa atómico. Había que
ocultarlo a toda costa, lo cual era una de las razones principales de que
Groves insistiera en su compartimentación.
Pero una lectura atenta de lo que sabían los
servicios secretos estadounidenses a principios de 1943, momento en que Hoover
mandó al presidente su memorándum de «pruebas concluyentes», demuestra cuando
menos lo siguiente:
·
Los comunistas de San Francisco estaban al corriente de que se estaba
fabricando un «arma importante» en cuyo desarrollo intervenían los Rad Lab de
Berkeley.
·
Los norteamericanos que simpatizaban con la Unión Soviética ya
participaban en las investigaciones.
·
En los Rad Lab de Berkeley había comunistas conocidos o personas de
quienes se sospechaba que eran comunistas.
·
Los soviéticos pagaban a ciertas personas a cambio de información; en
San Francisco había un pagador procedente de Washington.
·
Los soviéticos habían recibido informaciones de que, además de los Rad
Lab de Berkeley, existían otros laboratorios en Tennessee, donde trabajaban
entre dos mil y tres mil personas, y otro más en la Universidad de Chicago.
·
En algún momento posterior a marzo de 1943, el «proyecto» se desplazó a
un nuevo y remoto complejo donde también se estableció Oppenheimer, su físico
más eminente.
·
En el proyecto se estudiaban «métodos de separación», «deuterio» y
«selección de velocidad».
·
El nombre en código del proyecto era «Súper».
·
En enero de 1943, los rusos pidieron a los norteamericanos mineral de
uranio, otros componentes de uranio y, más tarde, agua pesada.
·
Posiblemente, los rusos conocían el contenido de un seminario de 1942 en
que se habían discutido las dimensiones de una bomba de U-235 y de una bomba de
plutonio; es decir, se estaba investigando en dos tipos de bomba.
Todo físico que se preciara sabía que la fisión
apuntaba a la fabricación de una bomba por medio de una reacción en cadena de
uranio. Muchos sabían también que el agua pesada (óxido de deuterio) era vital
como moderador en la creación de una reacción en cadena. Además de todo eso,
los científicos norteamericanos y británicos habían suspendido la publicación
de todas las investigaciones sobre física nuclear. En 1943, el general Groves,
y otros, tenían —o deberían haber tenido— claro que, de alguna forma, Rusia
sabía que Estados Unidos estaba embarcado en un programa de fabricación de una
bomba atómica y que la joya de la corona de los secretos había dejado de ser
secreta. También debería haber estado claro que los rusos eran conscientes de
que el programa empezaba a convertirse en un esfuerzo industrial a gran escala.
Dicho de otra manera, no era mera experimentación. (Groves permitió que los
rusos recibieran el uranio, dice una nota del National Archive norteamericano,
para ayudar a que siguieran en la guerra y porque esperaba poder seguir la
pista del metal y saber en qué lo empleaban. Pero eso no ocurrió.) En palabras
del historiador Joseph Albright: «Groves no llegó a hacerse idea de hasta qué
punto los servicios de inteligencia soviéticos se habían infiltrado en sus
factorías secretas». Y eso a pesar de que durante la guerra salieron a la luz
más de cien casos de espionaje atómico y se produjeron doscientos actos de
sabotaje.
No se sabe si los norteamericanos compartieron lo
que sabían con los británicos, pero no hay mención de ello en ningún relato
oficial del desarrollo de la bomba ni en las memorias de ninguna de las
personas involucradas en él. En cualquier caso, no hay duda de que Groves,
Lansdale, Hoover y el resto habían asimilado lo que tenían. Y se puede afirmar
que Churchill era tan partidario del secreto y la seguridad como Groves. Si a
principios de 1943 el primer ministro británico hubiera sabido por boca de los
estadounidenses que Rusia estaba al corriente de que los Aliados trabajaban en
la fabricación de la bomba, ¿habría cambiado de opinión, y de táctica? Según
Martin Sherwin, Churchill no supo nada de esto hasta el 7 de marzo de
1945. [277] ¿Eran poco realistas las expectativas de Groves y Churchill sobre
las posibilidades de mantener en secreto el proyecto? Resulta curioso, por
decirlo suavemente, que, si Groves tenía la sensación de que Rusia era el
enemigo principal ya desde un principio, tomara tan pocas precauciones para
evitar que los soviéticos tuvieran acceso a los resultados obtenidos por los
científicos aliados.
Capítulo 12
La agenda secreta del general Groves
En realidad, se hace necesario revisar por completo
el papel del general Groves en el Proyecto Manhattan. Hasta cierto punto fue
Martin Sherwin quien comenzó la tarea de revisión cuando, en A World Destroyed,
su libro de 1988, llegaba a la siguiente conclusión: No hay nada en la historia
oficial de la Comisión de Energía Atómica, en los archivos del Proyecto
Manhattan ni en ninguna otra fuente relevante disponible, incluido el libro del
propio Groves, que apoye convincentemente el concepto de compartimentación. En
realidad, más bien sucede todo lo contrario.
Y añade: Aunque concebida en principio ante todo
para defenderse del espionaje alemán, los responsables del Proyecto Manhattan
terminaron aprovechando la idea de compartimentación para restringir el debate
sobre las consecuencias del desarrollo de las bombas atómicas. Cuando, en la
primavera de 1943, Groves tuvo noticia de que se habían organizado una serie de
coloquios en Los Álamos, quiso cancelarlos.
Los coloquios siguieron adelante, pero dentro de un
formato lleno de restricciones. Como dice la historia oficial del Proyecto
Manhattan, Oppenheimer se plegó a «evitar temas que, por mucha que
fuera su importancia en otros sentidos[la cursiva es mía], tenían escaso
interés científico». [278]
Pero hay que llevar la labor de revisión mucho más
lejos. Al general Groves se le encomendó la dirección del Proyecto Manhattan el
17 de septiembre de 1942. Según dice Ronald Clark en su historia de la fisión,
publicada en 1980, Groves comentó tan solo dos semanas después de su
designación que para él era evidente que Rusia era «nuestro enemigo» y que el
proyecto estaba «orientado sobre esa base». [279] Pero Groves no dice esto en sus memorias. Lo que dice es que el
proyecto tenía un doble objetivo: «proporcionar a las fuerzas armadas un arma
para poner fin a la guerra y hacerlo antes de que nuestros enemigos pudieran
utilizarla contra nosotros». Y luego añade: «las potencias del Eje podían
perfectamente y en un tiempo muy breve estar en disposición de producir
plutonio, U-235 o ambos. No existían pruebas que indicaran que no se habían
puesto en marcha para lograrlo; por tanto, nosotros debíamos dar por supuesto
que lo habían hecho». [280] Lo cual, por descontado, no había ocurrido. Los británicos tenían
pruebas de sobra de que las potencias del Eje no estaban interesadas en la
fabricación de la bomba.
En la caja de los Archivos Nacionales de Washington
que guarda los borradores de trabajo de sus memorias de guerra, en una nota, el
general Groves enuncia sus prioridades de otra forma: Ni una sola vez me
mencionó nadie ningún otro país aparte de ese contra el que debíamos dedicar
nuestros mayores esfuerzos en materia de seguridad. Inicialmente parecía lógico
dirigirlos contra las potencias del Eje, con particular énfasis en Alemania, el
único enemigo con capacidad para aprovechar los conocimientos que mediante
métodos de espionaje lograra obtener de nosotros ... Teníamos la sensación de
que todo lo que pudiera averiguar Japón no llegaría a Alemania ni con la
fiabilidad ni con la prontitud necesarias, y sospechábamos que la comunicación
entre los servicios de inteligencia alemán e italiano tampoco era fluida ...
Transcurridas una o dos semanas de mi incorporación al proyecto supe que el
único espionaje conocido era el que llevaban a cabo para los rusos
simpatizantes comunistas norteamericanos de los laboratorios de Berkeley. En
cuestión de seguridad, nuestros objetivos quedaron establecidos muy pronto.
Eran tres: primero, evitar que los alemanes descubrieran detalles del proyecto
o de nuestros avances científicos y tecnológicos; segundo, en la medida en que fuésemos
capaces, evitar que los rusos supieran algo de nuestros descubrimientos y los
detalles de nuestros diseños y procesos; y, por último, hacer todo lo posible
para lograr la más completa sorpresa cuando por fin utilizáramos la bomba en
combate. [281]
Groves aseguraba además que durante la guerra no
hizo «ningún esfuerzo apreciable» para evitar que los japoneses descubrieran
los progresos de los norteamericanos en el terreno atómico. [282] Y, como luego veremos, a pesar de sus palabras, tampoco se tomó a
los rusos tan en serio como habría podido.
Todo lo cual confirma que en aquella etapa inicial
solo Alemania habría constituido una amenaza real. Pero ya entonces los
británicos recibían informaciones que demostraban que los nazis no tenían
programa atómico. Por lo que ahora sabemos, se antoja improbable que Groves
estuviera al corriente de dichas informaciones, al menos en esas fechas. Si lo
hubiera estado, ¿las habría creído? ¿Habría escuchado de buena gana que la
prebenda que acababan de concederle carecía de sentido? ¿Dio por sentado desde
la misma línea de salida, junto con Vannevar Bush y tal vez con el presidente
Roosevelt, que la bomba daría a Estados Unidos una incomparable posición de
poder —o coerción— en el mundo de posguerra? ¿Fue entonces cuando en realidad
comenzó la guerra fría? Henry Stimson, el secretario de Guerra, no lo creía
así. James McCloy, su secretario, habló con él en muchas ocasiones de la
naturaleza de la amenaza alemana, y nada más que alemana.
Groves era un hombre belicoso. Desde su punto de
vista, ¿el Proyecto Manhattan se llevaba adelante sobre la base de que Rusia, y
no Alemania, era el enemigo a tener más en cuenta? ¿O coincidía con las ideas
de Vannevar Bush, James Conant, Henry Stimson y el presidente? Stimson, por
ejemplo, no empezó a dudar de la lealtad de Rusia en la posguerra hasta el
otoño de 1944. [283]
Su último biógrafo dice que, durante su primer año
en el cargo, al general solo le preocupó la incidencia del espionaje enemigo en
suelo norteamericano y no empezó a pensar en el espionaje en el extranjero
hasta la segunda mitad de 1943. Una nota de los archivos fecha esa preocupación
en el 18 de diciembre, pero sabemos que el 30 de marzo del mismo año había
organizado una unidad para vigilar —y, cuando fuera posible, censurar— toda
noticia de prensa sobre temas nucleares, de modo que debía estar al corriente
del artículo aparecido en octubre de 1941 en The Daily Telegraph de
Londres, escrito por el corresponsal de ese diario en Moscú. El artículo
informaba de un llamamiento de varios físicos soviéticos conocidos que,
encabezados por Piotr Kapitsa, insinuaban estar al tanto de que los aliados
occidentales estaban investigando la fabricación de la bomba y pedían formar
parte de «los nuevos métodos de guerra» que se emplearan contra Alemania
(trataremos este tema con más detenimiento en el capítulo 16).
Es posible que Groves optara por una línea
realista, de realpolitik, pensando que era inevitable que alguna
nación acabara por fabricar la bomba atómica. En sus memorias afirma que
tampoco es «tan extraordinariamente difícil para quien se aplique, aprender los
principios básicos de la física atómica». [284] Sin embargo, no fue muy realista —o no se mostró preocupado— sobre
las primeras señales dadas por los soviéticos. Como luego veremos, tendría la
sensación de que, aunque los entresijos de la energía nuclear no le parecieran
muy complicados, los rusos carecían de programa atómico.
En realidad, no comentó que Rusia era el blanco
obvio de la bomba atómica hasta el 12 de abril de 1954, al prestar declaración
en la vista de Robert Oppenheimer, cuando al director científico de Los Álamos
se le negó la pertinente autorización de seguridad por no haber sido totalmente
sincero sobre sus simpatías comunistas en los años previos a la guerra. La
vista contra Oppenheimer fue un asunto turbio que escapa al ámbito de estudio
de este libro, pero lo que aquí nos importa es que solo contamos con la palabra
del propio Groves de que identificó a Rusia como amenaza principal ya en 1942,
cuando en realidad no lo manifestó pública y francamente hasta casi doce años
después. Para entonces, Rusia ya disponía de la bomba, la guerra de Corea había
estallado y concluido y la guerra fría estaba en su apogeo. Aunque nadie ha
cuestionado nunca su declaración, no parece que al general, como más tarde
veremos, le preocupara verdaderamente que Rusia pudiera hacerse con la bomba,
lo cual nos hace dudar de que considerara que los soviéticos fueran el enemigo
número uno ya desde el principio.
* * * *
En realidad, teniendo en cuenta lo que asegura en
sus memorias —que luego repasaremos—, lo más probable es que Groves se viera
sin duda afectado por el dilema ante el que al principio del Proyecto Manhattan
muchos científicos confesaron encontrarse —y que también menciona Martin
Sherwin—. Habían pasado cuatro años desde el descubrimiento de la fisión en
Alemania y los físicos norteamericanos no estaban del todo seguros de haber
reducido la presunta ventaja con que habían partido los alemanes. «Cada mes que
pasaba crecían la urgencia y la desesperación, y con ellas, la hostilidad hacía
toda precaución que abundara en el retraso del proyecto.» Una profunda
sensación de peligro motivaba a los científicos, que defendían que nada, ni
siquiera las medidas de seguridad, debía interferir en su trabajo. [285] Hasta bien avanzada la guerra, afirma Sherwin, los estadounidenses
compararon sus avances en la fabricación de la bomba con «la delantera que
supuestamente llevaban los alemanes ya desde la línea de salida». Un contacto
entre Oppenheimer e Isidore Rabi que se produjo hacia finales de 1943 confirma
que la Alemania nazi constituía la mayor preocupación de los principales
científicos del proyecto. [286]
A veces, lo que más frustraba a Vannevar Bush y
James Conant no eran los obstáculos que iban encontrando sus equipos
científicos, sino su ignorancia de los progresos atómicos de Alemania. Por ese
motivo idearon planes muy «imaginativos» a fin de descubrir la verdadera
naturaleza del programa nuclear alemán. Por ejemplo, en junio de 1942
—recordémoslo una vez más: el mes en que los británicos recibieron el informe
de Paul Rosbaud sobre la reunión de Albert Speer con los científicos más
importantes de Alemania en Berlín—, Bush y Conant pensaron en mandar a Suiza a
varios físicos «con pasaporte diplomático» para que se pusieran en contacto con
ciudadanos del país neutral que pudieran asistir a convenciones de ciencia en
Alemania. Dieciséis meses después, es decir, en octubre de 1943, los
norteamericanos concibieron otro plan para estudiar todas las publicaciones y
los dados económicos relevantes de Alemania con el objetivo de comprobar qué
proyectos había en marcha. Algo semejante, ya lo hemos visto, venían haciendo
los británicos desde 1940. Cuanto más se reflexiona sobre ello, más
extraordinaria se antoja la situación echando la vista atrás. A un lado del
Atlántico, los servicios de inteligencia británicos sabían que los alemanes no
iban en busca de la bomba. Al otro lado, los responsables procuraban que los
científicos ignoraran ese dato prolongando innecesariamente la angustia de
estos últimos. [287]
Aunque quizá no fuera tan sorprendente. En virtud
de su estrategia de compartimentación, el general Groves «suprimió de
facto los debates organizados acerca de la aplicación de la energía
atómica en la posguerra durante la guerra». [288]
* * * *
Groves y su equipo mantenían una relación fluida
con el FBI. Como vimos en el capítulo anterior, habían colaborado en la
investigación de los comunistas de San Francisco y otras ciudades, de modo que
resulta asombroso que el FBI nunca informase al general de que tenía bajo
vigilancia a Peter Debye.
Debye, recordemos, era el director neerlandés del
Instituto Káiser Guillermo de Física de Berlín. Su reputación era tal que lo
invitaron a la primera reunión del Uranverein en la primavera de 1939, aunque
no asistió. [289] Luego, el 16 de septiembre de ese mismo año, cuando solo hacía dos
semanas que había empezado la guerra, recibió una carta de Ernst Telschow,
secretario general de la «Kaiser Wilhelm Gesellschaft», la Sociedad Káiser
Guillermo, que le informaba de que a partir de ese momento el Instituto
actuaría llevado por «fines militares y tecnológicos» y desarrollaría
«actividades imbricadas en la economía de guerra». [290] Eso significaba, sin asomo de duda, que las investigaciones
relacionadas con el uranio se orientarían a la manufactura de una bomba. En la
misma carta se decía también que dichas investigaciones, tan sensibles, no
podían dejarse en manos de un extranjero y se le invitaba, bien a solicitar la
nacionalidad alemana, bien a renunciar a su puesto. Debye no quiso decantarse
por ninguna de las dos opciones y decidió aceptar una antigua oferta de la
universidad norteamericana de Cornell para una serie de conferencias. En
realidad, solo deseaba posponer una decisión definitiva. Salió de Alemania,
pues, hacia América, adonde llegó en enero de 1940.
Después de la guerra, Debye se convirtió en una
figura controvertida: algunos periodistas neerlandeses le tildaron de
colaboracionista; aunque, como ya hemos visto, desempeñó un papel muy
importante en la fuga de Lise Meitner y algunas fuentes aseguraron que fue uno
de los principales contactos de Paul Rosbaud. [291] No existen pruebas que respalden ninguna versión, pero desde
nuestro punto de vista es más importante preguntarse qué hizo Debye exactamente
en Estados Unidos y si era un espía alemán.
Esto último parece muy improbable considerando que,
como él mismo diría después de la guerra, mantuvo varias reuniones con Rosbaud
en Berlín a principios de 1940, antes de zarpar rumbo a Nueva York. Muy
posiblemente, como veremos, Rosbaud, que llegó a conocer bien a Debye en las
mismas fechas en que Lise Meitner huía de Alemania, le dio instrucciones sobre
lo que tenía que contar a los Aliados. Pero en Gran Bretaña se dispararon todas
las alarmas cuando, transcurridas unas semanas, la noticia cruzó el Atlántico.
(Véanse las protestas de Marcus Oliphant a John Cockcroft, capítulo 7.) El FBI
tardó cuatro años en decidir que Debye no era un espía, pero para entonces ya
era demasiado tarde para que esa circunstancia tuviera alguna consecuencia a
cualquiera de los dos lados del Atlántico. Más interesante resultaría saber qué
contó Debye a los norteamericanos sobre el programa atómico alemán.
Al poco tiempo de llegar a Estados Unidos, habló
con William Laurence cuando este preparaba su artículo sobre la amenaza de la
fisión (véase el capítulo 7) y le dijo que los alemanes estaban remozando el
Instituto Káiser Guillermo para dedicarlo a investigaciones relacionadas con el
uranio. Para Laurence era la confirmación de sus sospechas: Alemania estaba
trabajando en una bomba atómica.
Pero Laurence no fue la única persona con quien
Debye habló. Su expediente del FBI indica que, a las dos semanas de llegar a
Nueva York, se reunió con Warren Weaver, director del departamento de ciencias
naturales de la Fundación Rockefeller. Este había sido el responsable de que
durante la década de 1930 esta entidad financiara investigaciones en Alemania
—entre otros países— y, por tanto, conocía bien a muchos científicos europeos,
incluidos Bohr y el propio Debye. Durante la guerra, Weaver dirigió el departamento
de matemática aplicada de la Oficina de Investigaciones Científicas. Después de
la entrevista de febrero de 1940, Weaver dejó anotado lo que Debye tenía que
decir: El ejército ha tomado esa medida[referente al Instituto Káiser Guillermo
de Física]porque espera (aunque Debye cree que es una equivocación) que un
grupo de físicos alemanes trabajando febrilmente, con el excelente equipo de
alta tensión del propio Debye, podrá dar con un método que permita encauzar las
energías atómicas o subatómicas para alguna aplicación práctica; o que dará con
algún proceso de desintegración subatómica que proporcione a Alemania un arma
ofensiva absolutamente irresistible. Eso es en realidad lo que espera el
ejército y se supone que el plan tiene que ser un gran secreto, y se supone
también que Debye no tendría que saber nada de esto. Además, se supone que
nadie tendría que conocer qué físicos participan en el proyecto, pero Debye ya
nos ha dicho sus nombres. También asegura que esos físicos se toman el asunto a
mofa. Dicen, y Debye está de acuerdo con ellos, que es muy improbable que
consigan ninguno de los objetivos que el ejército se ha marcado. Entretanto,
sin embargo, se les plantea una espléndida oportunidad de llevar a cabo
investigaciones fundamentales en física nuclear. En general, Debye se inclina a
pensar que la situación no es más que una estupenda broma del ejército alemán.
Dice que las personas en cargos de responsabilidad son tan estúpidas que nunca
sabrán si los físicos alemanes están haciendo lo que se supone que tienen que
hacer o no. [292]
El memorándum sugiere varias preguntas. ¿Debye era
de fiar o estaba, simplemente, difundiendo desinformación? ¿Había viajado a
Estados Unidos con esa segunda meta en mente? Warren Weaver lo conocía bien y
estaba, por tanto, en disposición de hacer una valoración fiable. Por lo demás,
los despectivos comentarios de Debye sobre el programa atómico alemán y decir
que, en realidad, los físicos alemanes solo querían llevar adelante
investigaciones teóricas bajo el disfraz de la urgencia bélica encajaban a la
perfección con lo que los británicos empezaban a averiguar gracias a sus
fuentes.
No sabemos qué informaciones llegaron a compartir
norteamericanos y británicos, si es que llegaron a compartir alguna, y, como
hemos visto, los primeros estaban convencidos de que el programa atómico alemán
iba dos años por delante del programa atómico aliado. Tras conocer la
conversación de Debye con Weaver cabe preguntarse cómo llegaron los
estadounidenses a incurrir en tal error de cálculo. El general Groves, por su
parte, nunca tuvo noticia de dicha conversación.
En sus memorias, escritas al término del conflicto,
Groves dice: En 1943 creíamos muy posible que los alemanes hubieran hecho
suficientes progresos para lanzar bombas atómicas contra nosotros o, lo que era
más probable, contra Inglaterra. Aunque a mí esta posibilidad me parecía muy
remota, varios científicos muy importantes del proyecto sí pensaban en
ella. [293]
Entre esos científicos se contaban Hans Bethe y
Edward Teller que, por otros científicos y de forma clandestina, tenían
noticias del Uranverein y de la participación en él de Heisenberg y Carl von
Weizsäcker. En un memorándum dirigido a Oppenheimer en agosto de 1943, Bethe y
Teller decían que «recientes informes, elaborados tanto con noticias de prensa
como con informaciones del servicio secreto, indican que los alemanes pueden
estar en posesión de un arma nueva muy poderosa y que esperan tenerla lista entre
noviembre y enero». [294]
Aunque sin más detalles, el dato era totalmente
nuevo. En marzo de 1942, Vannevar Bush había dicho al presidente: «Yo
personalmente no he encontrado indicios de cómo se encuentra el programa
enemigo, y tampoco he tomado ninguna medida para averiguarlo». [295] Los estadounidenses, como hemos visto, no empezaron a tomar
medidas —en ningún sentido— hasta el otoño de 1943.
Las cosas habían empezado a moverse en el verano de
ese año cuando, en junio, Arthur Compton escribió un memorándum, titulado «La
situación en Alemania», que se basaba en sus conversaciones con varios
refugiados alemanes y en la lectura de los boletines científicos germanos.
Compton tenía en cuenta los trabajos de Walther Bothe, Otto Hahn y Peter Debye
y confirmaba que Bothe llevaba dos años trabajando en la difusión de neutrones
y su relación con las reacciones en cadena dentro de un reactor o de una bomba.
El hecho mismo de que Bothe hubiera publicado los resultados de su trabajo
indicaba, sostenía Compton, que los nazis no habían impuesto «ninguna censura
estricta», y lo mismo podía decirse de los trabajos de Hahn sobre la
radiactividad del cesio, que había examinado un científico finés. A pesar de
todo, para Compton cabía «razonablemente suponer» que sobre todo Heisenberg y
Weizsäcker estaban estudiando la reacción en cadena como fuente de energía
«empleando agua pesada y uranio enriquecido en forma de U-235», aunque a
propósito de esto Compton añadía: «La transparencia del debate sobre la
difusión de neutrones, sin embargo, da pie a pensar que es muy posible que no
estén desarrollando este aspecto de la reacción en cadena». [296]
Los norteamericanos buscaban pruebas indirectas
allí donde podían: información sobre temblores de tierra «o cosas parecidas»,
aumento de la radiactividad de determinados ríos —no encontraron—, grandes
instalaciones industriales en construcción —tampoco encontraron—, emisiones de
gas xenón —un derivado de la fisión; tampoco—, etcétera. También se interesaron
por Vemork, aunque, tras sus investigaciones concluyeron, como ya vimos, que
las cifras de producción de esa planta no eran acordes con un programa atómico
a gran escala.
A pesar de todo, los estadounidenses no eran tan
optimistas como los británicos. No andaban tan escasos de recursos y estaban
condicionados por la opinión de Oppenheimer, que defendía que en las armas
nucleares se daban cita tantas técnicas nuevas que no había que descartar la
posibilidad de que los alemanes dieran con un medio más sencillo de llegar a la
meta.
La diferente valoración de los servicios de
inteligencia británico y norteamericano continuó. En agosto de 1943, Wallace
Akers, científico del ICI nombrado director de «Tube Alloys» (véase el capítulo
10), mantuvo una reunión con Vannevar Bush que luego relató a su segundo,
Michael Perrin: Conversamos sobre los posibles progresos de los alemanes y me
dijo que, en su opinión, los servicios de inteligencia norteamericanos no
habían recabado ningún dato de valor. Pero luego añadió que debemos poner en
común todo lo que tenemos lo antes posible, para ver si hay coincidencias. Me
dijo que está nervioso porque parece que hay pruebas fehacientes de que,
sorprendentemente, el alto mando alemán confía en un desenlace positivo de la
guerra a pesar de que la presente situación militar no les es favorable.
Yo contesté que ... es obvio que Suecia, en mejor
disposición que ningún otro país para saber lo que ocurre en Alemania, no tiene
noticias de que los alemanes estén a punto de lograr un «arma secreta», porque,
de tenerlas, no habría dado por terminado tan bruscamente su acuerdo sobre
tránsito de tropas.[Tas la anexión de Noruega en 1940, Alemania firmó un
acuerdo con el gobierno sueco para que sus heridos (heridos, en teoría)
pudieran cruzar territorio sueco en trenes desarmados (desarmados, en teoría).
En la práctica, muchos soldados alemanes de permiso también utilizaban esos
trenes, lo cual contravenía (en teoría) el estatuto de neutralidad de Suecia.
En agosto de 1943, cuando las tornas de la guerra empezaron a volverse contra
Alemania, Suecia puso fin al acuerdo.]Bush me dijo que después de nuestra
conversación era más optimista. [297]
Los norteamericanos nunca perderían del todo el
temor a que los alemanes llevaran la delantera. En septiembre de 1943, James
Chadwick escribió la siguiente nota desde el Pentágono: «Sospechan que Alemania
ha hecho grandes avances y que está más cerca que Estados Unidos de disponer de
algún tipo de arma. Carecen de ciertas informaciones y agradecerían
cualesquiera quisiéramos proporcionarles». [298]
En esas mismas fechas, Wallace Akers escribió a W.
L. Webster, que estaba a cargo de la delegación del Directorio de Tube Alloys
en Washington, para decirle que los alemanes no habían «llegado todavía a la
fase de construcción de un quemador[reactor nuclear]», por lo que concluían que
«el empleo de la fisión» no era «inminente». [299]
En septiembre de 1943, Philip Morrison, físico de
los Met Lab (Laboratorio de Metalurgia) de Chicago, preparó otro memorándum
donde enumeró los diversos métodos de seguimiento del presunto programa atómico
alemán. Entre ellos se incluía la lectura de publicaciones científicas no
dedicadas únicamente a la física, sino también a electrónica, ingeniería
química, geología y medicina, o al tratamiento de quemaduras de fluorina o
problemas radiológicos. Morrison recomendaba también un estudio económico de
materias primas vitales (boro, uranio, deuterio), construcción de fábricas y,
por último, los vínculos entre científicos de reconocida trayectoria e
ingenieros, indicando cuándo el proyecto en cuestión podría pasar de la mera
investigación a las aplicaciones prácticas. [300] No está claro que el memorándum condujera a ningún dato novedoso o
a alguna iniciativa política.
En 1943, los norteamericanos tuvieron noticia de
otra visita a Suiza de un físico nuclear alemán. Paul Scherrer relató su
encuentro con Klaus Clusius, que, como vimos, formaba parte del Uranverein y
estuvo presente en la reunión de junio de 1942 en Harnack Haus con Albert Speer
y los generales. Clusius contó a Scherrer que había abandonado sus trabajos con
uranio en Múnich, que los alemanes habían descartado el método de separación de
isótopos de uranio mediante difusión tras darlo por «imposible» y que no habían
«encontrado nada de valor práctico». [301]
Paul Rosbaud informó a los británicos de que, antes
de finalizar 1943 y a causa de los bombardeos aliados sobre Berlín, Werner
Heisenberg había trasladado una gran parte del Instituto Káiser Guillermo a
Hetchingen, pueblo de las cercanías de Stuttgart. En sus memorias, el general
Groves mencionó a Rosbaud a propósito de ese informe. No nombraba al espía,
pero sí a «uno de los agentes más fiables de Gran Bretaña en Berlín». Leyendo
el pasaje resulta aún más sorprendente que el general no prestara más atención
a otros informes de Rosbaud, como aquel que decía que, en opinión de
Heisenberg, las últimas investigaciones en Alemania refrendaban punto por punto
la teoría atómica, pero «todavía quedarían de ocho a doce años» para fabricar
la bomba. [302] Casi al mismo tiempo, la recién inaugurada delegación de la OSS
(Oficina de Servicios Estratégicos, por sus siglas en inglés, antecesora de la
CIA) en Berna informaba que Paul Scherrer había sabido que Heisenberg vivía en
los alrededores de Hechingen, cerca de la Selva Negra. Por esas fechas, además,
la censura postal de Estados Unidos interceptó una carta en la que un
prisionero de guerra norteamericano mencionaba un laboratorio de investigación
donde él se encontraba trabajando. El matasellos de la carta decía «Hechingen».
Como Samuel Goudsmit ha señalado, en «los «excelentes mapas y fotografías
aéreas» de Hechingen no aparecía el tipo de instalaciones necesarias para
fabricar una bomba atómica. [303] En todas partes surgían pruebas que refrendaban el informe de 1942
en que Paul Rosbaud afirmaba que Alemania no contaba con un programa atómico de
entidad.
A pesar de todo, el alarmismo de los servicios de
inteligencia norteamericanos no disminuía. En marzo de 1944 y dentro del
«Informe de las actividades del enemigo» del Servicio de Inteligencia
Extranjera, Robert Furman, ayudante de Groves en asuntos de inteligencia,
escribió que los comentarios de los científicos alemanes en el sentido de que
su programa atómico no avanzaba no eran más que una «simulación» y que el
retraso en la publicación de artículos formaba parte de la «política de
seguridad del enemigo» —en otras palabras, un engaño—, y que la ausencia de
publicaciones sobre plutonio era la prueba de que las investigaciones con este
material se desarrollaban en secreto. [304] Eso parece demostrar que para entonces los británicos ya habían
compartido con los estadounidenses al menos parte de las informaciones del
núcleo de Norsk (los informes de Hans Suess, Karl Wirtz y Hans Jensen), pero no
sabían de la enorme calidad y fiabilidad de los informes de Paul Rosbaud, que
refrendaban los comentarios de los científicos alemanes.
La postura más alarmista la adoptó en marzo de 1944
Karl Cohen, químico que trabajaba en separación de isótopos en la Universidad
de Columbia con Harold Urey. En su «Informe de las publicaciones alemanas sobre
separación de isótopos», que elaboró para el general Groves, Cohen sostenía que
Alemania estaba llevando a cabo un «deliberado programa de publicación
parcial», y señalaba la falta de artículos sobre reactores, reacciones en
cadena y separación de hexafluoruro de uranio. Según decía, esto demostraba que
«[los alemanes]nos quieren engañar sobre el alcance y progresos de su programa
para que nos relajemos con el nuestro ... El programa de publicaciones alemán
no es, por tanto, más que un pretexto para que descuidemos nuestro trabajo».
Cohen daba a continuación una opinión personal: el programa atómico alemán
había adquirido «velocidad de crucero» justo antes de Stalingrado, cuando los
alemanes tuvieron claro que la guerra no iba a terminar tan pronto como en
principio esperaban —es decir, en la primavera de 1942; poco antes, en
realidad, de que desistieran de él—. Siguiendo este razonamiento, Cohen
anticipaba que los alemanes habrían concluido una planta para fabricar la bomba
en el otoño de 1943 y dispondrían de una bomba de uranio 235 enriquecido en la
primavera de 1945. [305]
Al mismo tiempo, los aviones de reconocimiento
norteamericanos sobrevolaban Alemania a baja altura en misiones tan peligrosas
que muchos pilotos estaban a favor de su cancelación. Buscaban huellas de
criptón radiactivo y de alguna enorme y misteriosa planta en construcción que
indicara un programa atómico de escala industrial —aunque, naturalmente, esos
pilotos desconocían la relación de lo que buscaban con la energía atómica—. No
encontraron nada.
Toda esta actividad se desarrollaba casi dos años
después de que los británicos hubieran llegado a la conclusión de que los
alemanes no estaban trabajando en la bomba. [306] Y Groves repitió sus aparentes inquietudes en más de una ocasión.
«A no ser que tuviéramos pruebas fehacientes de lo contrario o hasta que las
encontrásemos, debíamos dar por supuesto que los científicos e ingenieros
alemanes más competentes estaban trabajando en un programa atómico con pleno
respaldo de su gobierno y toda la capacidad de la industria alemana a su
disposición. Cualquier otra suposición habría sido poco coherente y
peligrosa.» [307] Y: «No podía evitar la sensación de que los alemanes, con su grupo
de científicos de primera clase y extraordinariamente competentes, habrían
avanzado a buen ritmo y seguramente iban muy por delante de nosotros». [308]
Las diferencias de valoración del progreso de los
alemanes eran notables. Pero pese a los repetidos comentarios del general
acerca de la calidad de los físicos alemanes, existe al menos una prueba de
peso que sugiere que, en realidad, era menos ingenuo de lo que parece..., mucho
menos.
* * * *
En la fase final de la guerra que los servicios de
inteligencia libraban en torno a la bomba atómica, Groves organizó un pequeño
grupo de especialistas con el nombre en clave de «Alsos» («bosquecillo», en
griego [xii] ), que irían integrados en la retaguardia de las tropas aliadas en
Italia en el otoño de 1943 —donde apenas encontraron nada— y, más tarde, con
las fuerzas de invasión de Normandía, en el verano de 1944. El equipo Alsos
primero cruzó Francia, y en París encontró a Joliot-Curie, que les dijo que, en
su opinión, los alemanes no habían hecho grandes avances en el terreno de las
armas atómicas. Luego los hombres de Alsos alcanzaron Estrasburgo, y fue
entonces cuando Groves declaró públicamente que Alemania carecía de programa
atómico —y cuando, cómo no, quiso atribuir tan «espectacular descubrimiento» a
los servicios de inteligencia norteamericanos.
El equipo Alsos se encontró con que muchos
documentos del departamento de la Universidad de Estrasburgo donde trabajaba
Weizsäcker estaban en realidad desclasificados y ni siquiera habían sido
escritos en código, y que en el membrete figuraban títulos como «Producción de
energía con uranio», lo cual confirmaba que los trabajos nunca fueron secretos.
El equipo Alsos descubrió también que Weizsäcker —universalmente reconocido
como una de las figuras centrales del programa atómico alemán— ni siquiera
trabajaba de forma exclusiva en física nuclear. Los documentos hallados
revelaban que, durante la guerra, Weizsäcker había pronunciado conferencias en
Lisboa, Madrid, París, Helsinki y Copenhague, lo cual demostraba que los
alemanes no estaban en absoluto preocupados por lo que pudiera ocurrirle en el
transcurso de aquellos viajes. Samuel Goudsmit, el físico que dirigía Alsos,
también se sorprendió al comprobar la enorme cantidad de proyectos de
investigación relacionados con física pura que los alemanes habían llevado a
cabo durante la contienda. «No debió de quedarles apenas tiempo para realizar
investigaciones de aplicación bélica.»
Todo esto concordaba con lo que Peter Debye le
había contado a Warren Weaver e incidía, en palabras de Goudsmit, en la
«pequeñez digna de lástima» de toda la empresa, «propia de una universidad
pobre y no de un programa atómico serio». El equipo Alsos dio también con un
recorte de The New York Times que describía proyectos de la
Universidad de Columbia (el artículo de William Laurence que comentamos en el
capítulo 7), pero nada más. [309]
El equipo Alsos comprobó también que los alemanes
nunca habían pensado utilizar neutrones rápidos. Creían que era necesario
moderar su velocidad, como en un reactor o pila atómica. Y Groves añadía:
«Pensaban que tendrían que lanzar desde un avión un reactor entero y que para
lograr un peso razonable necesitarían una enorme cantidad de U-235». [310] Lo cual demuestra una vez más que, a partir de los mismos
experimentos, los científicos alemanes no siempre llegaron a las mismas
conclusiones que los científicos aliados. [311]
Y entonces, cuando el estado nazi se derrumbó, el
equipo Alsos fue localizando uno por uno a los científicos alemanes
—Heisenberg, Hahn, Weizsäcker, Wirtz y los demás— y los tomó prisioneros. [312]
* * * *
Aunque Alsos fuera sin duda una iniciativa útil y
hasta necesaria, Samuel Goudsmit, su director, lamentaba en sus memorias que no
llegara a encontrar «a ninguna Mata Hari licenciada en física». Pero Paul
Rosbaud era precisamente eso: un físico de grado superior con los mismos
contactos que habría tenido Mata Hari. El equipo Alsos demostró en 1944 y 1945
que los datos recabados por la inteligencia británica —por Rosbaud— desde el
verano de 1942 eran correctos hasta en su más mínimo detalle, hasta el punto de
que muchos científicos alemanes se habían pasado la guerra «enfrascados en
pequeñas disputas» y fingiendo que sus investigaciones tenían o podrían tener
incidencia en el esfuerzo de guerra, cuando en realidad se habían embarcado en
una estratagema para conseguir financiación para sus trabajos «puramente
académicos» —y básicos— y evitar así que los llamaran a filas —exactamente lo
mismo que Peter Debye había dicho a Warren Weaver durante su viaje a Estados
Unidos de principios de 1940—. [313] Como escribió Margaret Gowing en su historia oficial del papel de
los británicos en el desarrollo de la bomba atómica —el papel de comadrona—:
«La acertada valoración de la situación[efectuada por los británicos]en 1943 y
el éxito con que a partir de ella elaboraron “una descripción asombrosamente
precisa del esfuerzo alemán” fueron extraordinarios». [314]
A lo cual nosotros podemos añadir la nota de R. V.
Jones a Ronald Clark: «En realidad, hasta el verano de 1944, de nosotros[el
servicio de inteligencia británico]procedía casi toda la información de que
dispusieron los aliados occidentales». [315]
Este comentario también necesita cierta
masticación. Groves siempre declaró que únicamente tras la misión del equipo
Alsos pudieron los Aliados estar seguros de que los alemanes no disponían de
ninguna bomba. [316] Pero los servicios de inteligencia británicos conocían la decisión
de Albert Speer desde mediados de 1942. Y como F. H. Hinsley dice en su
historia oficial del espionaje británico durante la segunda guerra mundial, la
«opinión generalizada »[la cursiva es mía]de los científicos
británicos adscritos al Directorio de «Tube Alloys» era que, desde el verano de
1943, «el peligro de que ellos[los alemanes]se hicieran con un arma atómica
antes de ser derrotados podía quedar descartado». [317] En realidad, el Informe anglo-norteamericano dirigido a sir John
Anderson y a Groves, y presentado el 28 de noviembre de 1944, daba
concretamente la siguiente explicación: Cabe extraer la conclusión de que,
desde finales de 1942 o principios de 1943, los alemanes no estaban en
disposición de construir plantas a gran escala para fabricar un arma a tiempo
de que pudieran utilizarla en la guerra, y de que los científicos que
trabajaban en TA[«Tube Alloys»]cambiaron sus prioridades en favor de otras «armas
secretas» como las V-1 y las V-2. No obstante, las investigaciones han
proseguido y desde finales de 1943 han incluso aumentado de intensidad. No
existen pruebas que confirmen que esta circunstancia se deba al hallazgo de una
solución de los diversos inconvenientes técnicos que hayan podido surgirles o
esté asociada a un diseño definitivo o a la construcción de plantas a gran
escala, aunque las nuevas plantas del área de Bisingen[sur de Alemania, lejos
de los intensos bombardeos de Berlín]podrían guardar alguna relación con TA.
Dichas investigaciones podrían también responder al renovado interés oficial de
Alemania por la adquisición de información que le dé una idea de las
dimensiones de los trabajos en TA que se desarrollan en Estados Unidos.[Sobre
todo desde que Bohr escapó primero a Londres y luego a América.]Hay ciertamente
que asumir, y existen varias pruebas que lo corroboran, que los alemanes
conocen el programa norteamericano en términos generales, si no con bastante
detalle. Nosotros creemos que el incremento de las investigaciones en TA en
Alemania es el resultado psicológico de haber sabido de los grandes progresos
de los Aliados y no se debe a una esperanza realista de construir plantas
atómicas para utilizarlas antes de que termine la guerra. [318]
El documento, que al parecer contiene información
no desclasificada —es posible que procedente de Rosbaud—, decía también que «a
causa de la muy particular naturaleza» de los problemas que el programa de
investigación de TA debía afrontar en sus primeras fases, los servicios de
inteligencia británicos habían llegado a la satisfactoria conclusión de que «el
programa alemán no había alcanzado la fase de producción a gran escala» y los
nazis consideraban que «no tendría una incidencia militar directa en la guerra». [319]
El texto de este documento prosigue sin embargo
afirmando que, desde principios de 1942, «las autoridades norteamericanas en TA
recibieron resúmenes informativos de Gran Bretaña con sus correspondientes
conclusiones», y que «se estableció una comunicación fluida ... como
consecuencia de un intercambio de telegramas entre el ministro del Tesoro y el
general Groves. Desde que dicha comunicación fluida se consolidó, la
información obtenida por medio de investigaciones independientes
estadounidenses y británicas quedó a plena disposición de las partes
interesadas». [320]
Era un cambio sustancial, pero llegaba tarde. El
general Groves, por su parte, luego siempre trató de restar importancia a las
diferencias entre la distinta valoración de la amenaza alemana de los servicios
de inteligencia británicos y norteamericanos. En 1967, J. J. Ermenc, profesor
de Historia de la Ingeniería en el Dartmouth College de Hanover, Nuevo
Hampshire, entrevistó a varias de las personas que habían participado en la
fabricación de la bomba atómica por ambos bandos, incluidos Werner Heisenberg,
Paul Harteck y el general Groves. La siguiente es una parte del diálogo
mantenido con Groves: ERMENC : Las informaciones de los servicios de
inteligencia nunca estaban al día. ¿De verdad no conocía usted con precisión
las actividades de los físicos alemanes?
GROVES : No podíamos conocerlas.
ERMENC : ¿Cree que los británicos sabían más que ustedes?
GROVES : No, no sabían más. Sabían lo mismo que nosotros.
ERMENC : Al término de la guerra dijeron que los británicos tuvieron noticias
del motor de reacción de Hans von Ohain al día siguiente de que lo inventara.
GROVES : Nosotros no sabíamos nada y los británicos tampoco. La primera vez que
supimos a ciencia cierta lo que hacían los alemanes fue cuando nos hicimos con
las reservas de uranio de Bélgica, que los alemanes habían capturado y se
habían llevado a unas minas de sal.
En este punto, el relato de Groves se aparta —a
bastante distancia— de la realidad. Groves se mostraba profundamente dogmático
cuando se negaba a reconocer que los británicos sabían más que él. En este
sentido, su negacionismo es tan extremo que abunda en falsedades que han
deformado de manera significativa nuestra comprensión de aquel episodio.
* * * *
Como los británicos no compartían información de
calidad —solo resúmenes— con su aliado principal, los norteamericanos tenían
dudas sobre las posibilidades de Alemania. [321] Para comprender mejor la manera de pensar de los estadounidenses,
merece la pena recordar un estrambótico plan que llegaron a considerar muy
seriamente y, quizá más que cualquier otro detalle, pone en cuestión el sentido
común del general Groves y tal vez sugiere una cierta paranoia.
Se trataba de un complot para secuestrar o asesinar
a Werner Heisenberg en Suiza, donde tenía previsto dar una conferencia. Groves
decía que, una vez capturado, Heisenberg equivaldría para Estados Unidos a «más
de diez divisiones alemanas», y que para los rusos tendría «un valor
enorme». [322] En caso de decantarse por el asesinato, el hombre encargado de
materializarlo era Morris «Moe» Berg, un licenciado en Princeton conocido por
sus múltiples talentos: hablaba varios idiomas —su japonés era lo bastante
fluido para emisiones radiofónicas propagandísticas— y fue un famoso jugador de
béisbol profesional —jugó en los Brooklyn Robins, luego Dodgers, en los Chicago
White Sox, los Cleveland Indians y los Washington Senators—. La idea de
secuestrar, o incluso matar, a Heisenberg se les ocurrió por primera vez, en el
otoño de 1942, a Victor Weisskopf y Hans Bethe. A Groves le pareció tentadora
y, según parece, la tentación nunca le abandonó del todo.
Cuando la delegación de la OSS en Berna supo que
Heisenberg iba a dar una conferencia en Zúrich el 18 de diciembre de 1944,
Morris Berg, valiéndose de sus contactos en la OSS, voló a Suiza vía Londres,
se personó en la sala de conferencias y se sentó entre el público, compuesto
por profesores y licenciados. Llevaba una pistola en el bolsillo —para
Heisenberg— y una cápsula de cianuro —para él, «por si acaso»—. Su alemán,
resultó, no era lo bastante bueno para seguir la conferencia, que en realidad
era un seminario teórico abstracto. Como no entendía una palabra de lo que se
estaba diciendo, decidió no disparar sobre Heisenberg en plena sala. Pero
tampoco lo hizo en la cena que posteriormente concertó Paul Scherrer, el
director del Instituto de Física y agente aliado de incalculable valor
—trabajaba para la OSS con el nombre ficticio de «Flute»—. (Según una fuente,
en realidad, la idea de que Scherrer invitase a Heisenberg a Zúrich fue de la
propia OSS.) Pero ¿en qué diablos estaban pensando los norteamericanos, en
general, y Groves, en particular? Como varios físicos que trabajaban en el
Proyecto Manhattan habían observado, «quitar de en medio» a Heisenberg en
diciembre de 1944 no tenía ningún sentido. Rudolf Peierls fue muy escueto al
respecto: «Si existía un programa atómico alemán con posibilidades de lograr
algo antes de que finalizase la guerra —comentó—, en aquellos momentos estaría
en la fase de los problemas tecnológicos. Las personas ya no eran vitales». (De
igual modo, Groves sabía, porque el propio físico lo decía, que Bohr no era
esencial para el programa atómico aliado.) Además, a Rudolf Peierls le parecía
«absolutamente increíble que a alguien se le hubiera metido en la cabeza que
Heisenberg podía o querría hablar de la bomba atómica en un seminario de Zúrich
abierto al público». [323]
Luego está el simple hecho de que Heisenberg
visitara Suiza. En 1943 y con muy buen juicio, los británicos habían llegado a
la conclusión de que a Otto Hahn no se le habría permitido dar ninguna
conferencia en Estocolmo en el caso de existir un programa atómico alemán
viable, porque el riesgo de que lo secuestraran o asesinaran —exactamente lo
mismo que Groves tenía en mente para Heisenberg— habría sido demasiado grande.
De manera que ¿por qué un maníaco de la seguridad como Groves no llegó a la
misma conclusión en el caso de Heisenberg? Según otras fuentes, Carl von
Weizsäcker —cuya mujer era suiza— también asistió a aquel seminario. [324] Ante esta circunstancia, una más, resulta todavía más increíble
que Groves y su equipo no se preguntaran por qué los alemanes permitían que
tantos «inventores de la bomba» viajaran fuera del país. [325] El propio Groves contó al comandante Robert Furman, su ayudante
principal en asuntos de espionaje en el extranjero, que, dentro del teatro de
operaciones europeo, él, Furman, «no podía salir de la zona donde podían
protegerlo los norteamericanos porque sabía demasiado para siquiera
correr el riesgo de aventurarse en la neutral Suiza[la cursiva es
mía]». [326] ¿No se daba cuenta Groves de que si él había tomado tantas
precauciones, y además sobre Suiza, los alemanes —si su programa atómico estaba
en verdad tan avanzado para decidir el resultado de la guerra— habrían hecho lo
mismo? En agosto de 1944, Groves criticó a los servicios de inteligencia
británicos por su «típica falta de sentido común», pero él no siempre demostró
demasiado de ese sentido. [327]
En sus memorias, Groves dice que la misión Alsos
quedo plenamente justificada porque demostró que Alemania no disponía de la
bomba. Pero ¿por qué él no prestó más atención a las conclusiones que, dos años
antes de Alsos, ya habían extraído los británicos?
* * * *
Había más de un motivo. Para empezar, no hay que
descartar la anglofobia del general. No era, es preciso aclararlo, una
anglofobia normal —si es que existe tal cosa—, sino que rozaba a veces lo
patológico, hasta tal punto que mereció una entrada en el índice temático de
una de sus biografías. Estaba arraigada de manera profunda, asegura Robert
Norris, el biógrafo. La heredó de su padre, para quien los ingleses eran
«incorregiblemente egoístas». El general dijo a Eisenhower cuando este ya era
presidente que era un error creer que los norteamericanos les debían algo a los
británicos. En su opinión, estos se tomaban la seguridad con demasiada laxitud,
y él presumía de ser el responsable del traslado de Bohr desde Dinamarca
—cuando, en realidad, Bohr escapó en un avión británico y, como ya hemos visto,
fueron Frederick Lindemann y James Chadwick quienes organizaron la fuga—. La
ciudad de Nueva York le parecía «demasiado inglesa» y poco patriótica.
Despreciaba la «extrema cordialidad» con que, en su opinión, The New
York Times y el Herald Tribune trataban a los
británicos. Además, desconfiaba profundamente de Europa, en general, y de su
cultura e intelectualidad, en particular. Para él, tanto Cambridge como Gotinga
eran «lugares extraños» y casi enemigos. [328] Estalló de furia cuando Norman Ramsey, director del Grupo de
Lanzamiento, abogó por que un bombardero Lancaster británico arrojara la
primera bomba atómica. «Resultaba incomprensible que Ramsey considerara
siquiera la posibilidad de que un avión británico lanzase una bomba atómica
norteamericana ... La bomba atómica la transportaría el nuevo Boeing B-29
Superfortress.» [329] En el verano de 1943, cuando a James Conant le parecía
«concebible» que, a la luz de las circunstancias, los alemanes desarrollaran un
arma consistente en una concentración de sólidos radiactivos, Groves se consoló
pensando que, si los alemanes atacaban, era «extraordinariamente probable» que
lo hicieran sobre Gran Bretaña y no sobre Estados Unidos. [330] Dicho así, da la impresión de que apenas le habría importado.
Más relevante es que en sus memorias, aunque dice
que los británicos fueron la «comadrona» de la bomba y Churchill,
«probablemente, el mejor amigo que tuvo nunca el Proyecto Manhattan», asegura
también que la contribución británica al programa atómico se produjo «en los
preliminares ... fue útil pero no vital. En Los Álamos, los británicos
desarrollaron un trabajo de gran calidad, pero eran tan pocos que en modo
alguno podían desempeñar un papel importante». En otra parte afirma que la
aportación británica fue «insignificante». [331]
Pero esos comentarios son tan poco fieles a la
realidad que rayan la distorsión: seis de los veinticuatro científicos
británicos del Proyecto Manhattan eran jefes de equipo, incluido el que dirigía
el que se encargaba de la compleja hidrodinámica de la implosión. El propio
Groves deseaba tanto contar con Geoffrey Taylor, el mayor experto en explosivos
de Gran Bretaña, que James Chadwick, en una carta a un colega, dijo: «El
secuestro, de cualquier tipo, estaría justificado». Rudolf Peierls empleó
tarjetas perforadas que ayudaron a resolver los cálculos definitivos de la
implosión; cuando a principios de 1945 alguien sugirió que volviera a Londres
para tomar parte en el debate sobre la política atómica de Gran Bretaña en la
posguerra, los norteamericanos se negaron a que abandonara Los Álamos, porque
«su ausencia podría retrasar la fecha definitiva de fabricación del arma
atómica»; Otto Frisch ideó un método para no tener que probar la bomba de
fisión; James Tuck —que había advertido a R. V. Jones del inminente «BIG BANG»—
desarrolló un método de fotografía con rayos X que contribuyó a la comprensión
del proceso de implosión; Philip Moon detectó discrepancias entre la teoría y
los experimentos que incrementaron «muchas veces» la eficacia de las bombas;
Ernest Titterton «demostró ser tal maestro de la electrónica que se le confió
la tarea de construir el pulso electromagnético que detonaría la bomba de
plutonio»; los conocimientos acerca de las ondas expansivas que tenía William
Penney le convirtieron en un «indispensable» en el complejo de Los Álamos y le
valieron para conseguir plaza en el vuelo de observación del bombardeo de
Nagasaki el 9 de agosto; Hans Bethe dijo que Klaus Fuchs tal vez fuera «la
persona más trabajadora de toda la división», y que «contribuyó enormemente al
éxito del proyecto de Los Álamos». Peierls, William Penney y Francis Simon
recibieron la Medalla Presidencial al Mérito después de la guerra, la más alta
condecoración civil de Estados Unidos, y John Cockcroft recibió la Medalla de
la Libertad —Groves recibió la norteamericana Legión al Mérito y fue nombrado
Compañero de la Orden del Baño británica—. Fuchs trabajó en la bomba de
hidrógeno con John von Neumann, uno de los padres fundadores de la computación,
y ambos firmaron la patente de una aplicación del principio implosivo de la
radiación gracias a su «insuperable» empleo de las matemáticas —Fuchs
transmitió a los soviéticos al menos una parte de sus conocimientos. [332]
La anterior relación es algo más que el lamento de
un nacionalismo estrecho de miras: pone en entredicho los motivos y el juicio
de Groves, que, en determinados momentos, como más tarde veremos, resultarían
decisivos. En una carta sin fechar dirigida a sir John Anderson, James Chadwick
afirma que, en privado, el general siempre estaba dispuesto a admitir «la
importancia de la contribución británica en las primeras fases del proyecto»,
pero que «deseara hacer lo mismo en público ya es más dudoso». El general
gestionó un «estado dentro del estado» con un presupuesto de dos mil millones
de dólares sin el menor indicio de corrupción, pero, como al final se demostró,
su nacionalismo era su talón de Aquiles. [333]
Los norteamericanos siempre vieron las intenciones
nazis con mayores recelos que los británicos, lo que no deja de ser
sorprendente teniendo en cuenta que Gran Bretaña está más cerca, mucho más
cerca, de Alemania y, por tanto, como incluso el mismo Groves admitía, corría
un riesgo mucho mayor. Pero en el caso de las armas químicas y biológicas, así
como de las atómicas, los británicos llegaron a la conclusión de que apenas
cabía esperar amenaza alguna. Su confianza se basaba en parte en la lectura de
los mensajes descodificados de la máquina alemana Enigma, que
demostraban: a ) que los alemanes creían que los Aliados
contaban con armas (químicas y biológicas) mejores que las suyas, y no querían
provocar represalias; b ) que, por las informaciones
confidenciales recabadas en Italia, cuando los italianos abandonaron el
desarrollo del gas, los alemanes también lo hicieron; c ) que
los alemanes daban a sus tropas en retirada la orden de echar las latas de gas
italianas al mar, a más de diez kilómetros de la costa; d )
que ningún mensaje hablaba de gas o de guerra biológica, salvo cuando había que
preparar contramedidas; e ) que, por las comunicaciones entre
alemanes y japoneses interceptadas, Albert Speer había asegurado a los
japoneses que Alemania no tenía intención de recurrir al gas ni a las armas
biológicas; y f ) la total ausencia de órdenes a las tropas
para que preparasen la guerra con gas, como, por ejemplo, instrucciones de
vacunación.
Pero a los norteamericanos no les convencían tales
argumentos, en absoluto desdeñables, y en enero de 1944 aumentaron las
investigaciones sobre guerra biológica. ¿Era esto una prueba de sentido común?
En los seis meses previos al Día D, los británicos
no cambiaron de opinión. Seguían desdeñando la amenaza del gas, las armas
biológicas o las armas atómicas; una estimación extraordinariamente acertada.
Repitámoslo: en carta dirigida a Ronald Clark el 4 de junio de 1960, cuando
este estaba preparando su libro sobre la bomba atómica, R. V. Jones dijo:
«Hasta el verano de 1944, de nosotros[el servicio de inteligencia
británico]procedía casi toda la información de que dispusieron los aliados
occidentales». [334]
Por qué los norteamericanos en general y Groves en
particular hicieron caso omiso de los informes británicos no está claro ni
siquiera hoy. En 1944, muy avanzada la guerra y según dice en sus memorias,
Groves señaló que, evidentemente, Hitler acabaría recurriendo a sus científicos
más eminentes. Algunos de sus subordinados, por tanto, leyeron con atención
«todos los números actuales y atrasados de las publicaciones de física
alemanas» para descubrir el paradero de esos científicos, algo que Klaus Fuchs y
Rudolf Peierls llevaban haciendo desde 1941. ¿Ignoraba Groves el considerable
trabajo que los británicos habían hecho ya o prefirió pasarlo por alto? [335] Barton Bernstein, catedrático de Historia de la Universidad de
Stanford, nos recuerda que Groves no era ningún bufón, que tenía una gran
inteligencia práctica y «profunda conciencia de su propia relevancia
histórica». Pero, añade, «a menudo se daba una importancia excesiva». «No era
muy dado a la reflexión ni, parece, muy autocrítico.» [336] Uno de sus biógrafos coincide. Para él, Groves «intentó arrogarse
el mérito de todo », y cuenta que en sus documentos personales
hay muchas pruebas de su «jactancia», y que fue «víctima de su propio
ego». [xiii]
En el caso de Groves, sin embargo, había otro
problema. Teniendo en cuenta la importancia del asunto, merece la pena citar
extensamente a sus dos biógrafos, que coinciden en la misma observación. Robert
Norris dice: Como hacía con toda información, Groves prestaba mucha atención a
los datos y hechos que confirmaban la falta de progresos del programa atómico
alemán. Resulta difícil precisar cuándo se convenció de que ese programa no
representaba ninguna amenaza y con quién se confió. Es posible que
temiera que, si se sabía que los alemanes no habían avanzado gran cosa, algunos
científicos dejaran de trabajar en el proyecto estadounidense [la
cursiva es mía]. Al fin y al cabo, la amenaza alemana era la principal
motivación de muchos que se enrolaron en el proyecto.
Para William Lawren,[Groves]evitó a conciencia
revelar que los alemanes carecían de un proyecto atómico de entidad ... incluso
a quienes se encontraban tan alto en el escalafón como Compton, Lawrence y
Oppenheimer[no obstante, véase más adelante lo que sucedió con Oppenheimer]. Es
probable que, por puro instinto, Groves tuviera la impresión de que, como
factor motivador, la amenaza de la bomba atómica alemana funcionaba demasiado
bien para renunciar a ella. Para muchos científicos involucrados en el proyecto,
Alemania era el enemigo principal y la amenaza de que fabricara una bomba
atómica era la razón de ser de todo el esfuerzo nuclear norteamericano ... con
Alemania fuera de juego,[muchos físicos]podrían apearse del proyecto. Groves no
se podía permitir el lujo de correr ese riesgo ... podría asestar un golpe
mortal al conjunto del proyecto de fisión. [337]
Ambos textos resultan reveladores. Los dos
biógrafos de Groves sugieren —y no solo sugieren— que el general sabía que los
alemanes no estaban en disposición de fabricar una bomba atómica y, aun así, se
lo ocultó a los científicos —al menos por un tiempo—, para que no perdieran
motivación. En realidad, existe una prueba —definitiva— que invita a pensar que
Groves, y otros, habían aceptado, a pesar de sus manifestaciones en público,
que Alemania no dispondría de la bomba ya en mayo de 1943. Y está por escrito.
* * * *
En el otoño de 1942, cuando el Proyecto Manhattan
ya había dado sus primeros pasos oficialmente y Groves había sido designado
para dirigirlo, Vannevar Bush y Henry Stimson decidieron que necesitaría un
consejo directivo que supervisara su actividad, «un reducido grupo de oficiales
que tuvieran en cuenta los asuntos tácticos y estratégicos» de la bomba. [338] Así nació el MPC (Comité de Política Militar, por sus siglas en
inglés), con Bush como presidente; Conant, como alternativa; el contraalmirante
Reynolds Purnell, como representante de la Marina, y el general Wilhelm Styer,
en representación del Ejército. En teoría, Groves daba cuenta de su labor ante
estos hombres igual que un consejero delegado responde de la suya ante el
consejo de administración en el mundo empresarial; pero en la práctica y con
mucha frecuencia, los miembros del MPC se limitaban a estampar su sello a
iniciativas que Groves ya había puesto en marcha. El propio general lo admitió.
Hacia el verano de 1943, «la función principal del Comité de Política Militar
consistía en aprobar mis medidas y propuestas».
Una de las cuestiones fundamentales a que tenía que
hacer frente este comité era el lugar de lanzamiento de la bomba. A la vista de
lo sucedido, la elección obvia era Alemania. Sean Mallory lo expresa de la
siguiente manera: «El espectro de una bomba A nazi había sido, desde el
principio, el motor del programa atómico norteamericano». [339]
Stimson respaldó de forma incondicional la
estrategia global aliada a lo largo de la guerra, que daba prioridad a la
derrota de la Alemania nazi. Creía que el primer objetivo de la bomba era
precisamente ese. John McCloy, su secretario personal, recordaría más tarde que
tuvo «muchas conversaciones con él sobre la amenaza de que los alemanes
desarrollaran un arma atómica», la mayoría de las veces cuando estaban «de
permiso», descansando en la finca de Stimson en Washington. En enero de 1943,
Vannevar Bush contempló incluso un plan preventivo según el cual los Aliados
usarían armas atómicas contra presuntos complejos nucleares en Alemania. Groves
dijo que para él no supondría ningún problema lanzar la bomba sobre Alemania,
«porque el señor Roosevelt me dijo que debíamos estar preparados para
hacerlo». [340]
Con tantos antecedentes apuntando al lanzamiento
sobre Alemania, el 5 de mayo de 1943, en su primera y única discusión sobre el
asunto, el MPC hizo una propuesta sorprendente: las actas de la reunión de
aquel día dicen que Japón era el lugar escogido para usar por primera vez la
bomba atómica. También esto merece cierta digestión. Según Sean Malloy, autor
de Atomic Tragedy: Henry L. Stimson and the Decision to Use the Atomic
Bomb Against Japan , a Vannevar Bush y los demás les asustaba que los
alemanes pudieran aprovechar los avances logrados por los norteamericanos en el
terreno nuclear en su propio programa atómico. Es decir, no estaban al
corriente de las informaciones de los servicios de inteligencia británicos y
les preocupaba particularmente lanzar un explosivo sobre territorio alemán «y
que no estallara». «Por el contrario, nadie creía que Japón tuviera un programa
atómico en marcha.» [341]
Por supuesto, la decisión era trascendental y
plantea la pregunta, igualmente importante, de por qué el MPC ignoró tan pronto
la amenaza alemana. ¿De verdad el temor a que la bomba no estallara era un
argumento de peso para no lanzarla sobre Hitler y optar por Japón? Como Frisch
y Peierls habían señalado ya en febrero de 1940, el motivo principal de contar
con la bomba era disuadir a Hitler de emplear la suya, si es que la tenía. La
bomba debía estallar, por supuesto, pero si la lanzaban sobre territorio nipón
y no estallaba, los alemanes acabarían por saberlo, porque Japón y Alemania
eran aliados, e incluso puede que Japón les entregara el proyectil. [342] En cualquier caso, como hemos visto, la mayoría de los
norteamericanos involucrados en el programa atómico creían que Alemania llevaba
la delantera.
La anterior sucesión de fechas subraya el hecho de
que el argumento de «la bomba que no estalla» no se sostiene.
* * * *
Una explicación alternativa es la relacionada con
el cambio de tornas en la guerra. En noviembre de 1942, las tropas británicas
del general Bernard Montgomery infligieron una severa derrota al ejército de
Rommel en la batalla de El Alamein, en Egipto. Por esas mismas fechas, un
enorme contingente del ejército norteamericano desembarcó en Marruecos y
Argelia con la intención de unirse a los británicos, en preparación evidente de
una invasión en algún lugar del sur de Europa. En mayo de 1943 hacía apenas dos
meses del fin de la batalla de Stalingrado, que había concluido a favor de
Rusia y obligado a los alemanes a emprender la retirada a través del este de
Europa. Una gran maniobra de envolvimiento estaba en ciernes.
Posiblemente, sin embargo, los rusos estuvieran
haciendo en esos momentos más por derrotar a los nazis que sus aliados. [343] La victoria de Stalingrado se tradujo en un hecho fundamental: la
aparición de Rusia como superpotencia dentro del escenario mundial. Entre
febrero de 1943, fin de la batalla, y mayo de 1943, cuando el MPC fijó el
objetivo de la bomba, la balanza de la guerra, y de la realpolitik mundial,
cambió para siempre. Nadie podía prever con claridad cómo acabaría la
contienda, pero Stimson, Bush y el MPC —y Groves— admitieron, con independencia
de cualesquiera declaraciones públicas, que Alemania no planteaba ninguna
amenaza en el terreno nuclear. Coincidían plenamente con la conclusión a la que
la inteligencia británica —como ya hemos visto— llegó más o menos por las
mismas fechas.
Más tarde —mucho más tarde, en 1967—, Groves diría
que uno de los motivos del cambio de objetivo de la bomba era que el número de
bajas en Extremo Oriente iba en aumento y él tenía la sensación de que la bomba
serviría para acelerar el fin de la guerra. Pero, en caso de que fuera así, lo
cierto es que ni Stimson ni Chadwick compartieron sus puntos de vista hasta
varios meses después. [344]
* * * *
Guardar el secreto del cambio de objetivo no era
nada fácil, porque la elección de Japón modificaba el tipo de blanco, lo cual
era determinante para el diseño de la bomba. En teoría al menos, la alteración
del diseño revelaría a los científicos, y en particular a los ingenieros que
trabajaban en Los Álamos, que el blanco había cambiado. El diseño original
estaba concebido para una explosión submarina en un puerto alemán. Se trataba
de una sugerencia que aparecía en el primer documento conjunto de Otto Frisch y
Rudolf Peierls. Ambos creían que era una forma de minimizar las víctimas
civiles. Pero ahora se trataba de cambiar a una bomba que estallaría sobre un
objetivo militar dentro de una zona «poco poblada», parámetros en los que,
según los planificadores del lanzamiento, encajaba Hiroshima.
James Conant fue uno de los primeros en pensar en
una detonación «submarina» y también en un arma «aérea». En la reunión de mayo
de 1943 del MPC, en cambio, «la opinión mayoritaria sostenía que lo mejor era
emplear la bomba sobre una flota japonesa concentrada en el puerto de Truk», un
atolón de las islas Carolinas, en mitad del Pacífico, convertido en enorme base
naval. [345]
Poco después de la inauguración de Los Álamos en
1943, el personal de la División de Armamento y Material había emprendido el
diseño de explosivos para puertos marítimos. Se pensó en una carga de
profundidad nuclear y hasta en un torpedo atómico. [346] Al mismo tiempo, otras personas trabajaban en los diseños de una
bomba para objetivos terrestres. A finales de 1943, Oppenheimer estaba tan
preocupado por la proliferación exagerada de ideas —o eso dijo— que sugirió la
«suspensión temporal» de la investigación en explosivos submarinos, que
suponían «un reto técnico mayor». ¿O acaso estaba al corriente, él solo de
entre todos los científicos de Los Álamos, de la decisión del MPC de lanzar la
bomba desde el aire sobre algún blanco de Japón?
Los explosivos aéreos tenían el inconveniente de
que causarían más víctimas civiles y su onda radiactiva sería mayor. Pero
contaban con la indudable ventaja de que sus efectos serían más espectaculares,
sobre todo teniendo en cuenta las livianas construcciones de madera tan comunes
en Japón.
Un elemento definitivo en la ecuación del diseño
era que, para poder lanzar la bomba, y para que la tripulación del avión que la
lanzara pudiera escapar, era necesario hacerlo a gran altitud, es decir, unos
diez mil metros sobre el nivel del mar, de tal manera que la aeronave estuviera
a varios kilómetros en el momento de la explosión. [xiv] Eso significaba, además, que el blanco debía tener unas
dimensiones considerables. Las nubes podrían ocultar con facilidad objetivos de
poco tamaño, como puertos e instalaciones navales, y, sobre uno pequeño, la
bomba podría fallar el blanco. Todo apuntaba a una gran ciudad.
Y todo señalaba a que Japón sería el lugar donde
haría explosión la primera bomba atómica. Nada que ver con el riesgo de que la
bomba «no estallara».
* * * *
Pero la que acabamos de ver no fue la única en una
serie de incongruencias en la conducta de Groves. En sus memorias, el general
escribió: Cuando los planes de la invasión de Europa empezaron a tomar cuerpo,
consideramos la posibilidad de que los alemanes pudieran tender algún tipo de
barrera radiactiva ante las rutas de invasión. No podíamos calcular cuánta
probabilidad había de que lo hicieran, porque en aquel entonces no
sabíamos nada[la cursiva es mía]de sus progresos en el desarrollo del arma
atómica. [347]
Pero, como acabamos de ver, Groves y los más altos
cargos del gobierno norteamericano sí conocían el estado del programa atómico
alemán. Mucho antes de que los planes de invasión adquiriesen su forma
definitiva, los Aliados fueron muy conscientes de que los alemanes carecían de
proyecto de fabricación de la bomba —por eso el MPC se sintió con libertad para
elegir Japón como objetivo.
Más aún. Groves no terminaba de aceptar el hecho de
que la inteligencia británica les hubiera confiado que no existía ningún riesgo
de que los alemanes emplearan material radiactivo para entorpecer la invasión,
porque, por las informaciones confidenciales recibidas, sabían que los alemanes
tenían la impresión de que los Aliados disponían de más recursos para utilizar
gas venenoso y, en caso de usarlo, se exponían a una represalia. La
inteligencia británica insistía en que el mismo razonamiento valía para los
materiales radiactivos.
En realidad, Washington había planteado la cuestión
dos veces: en el verano de 1942 y en agosto y septiembre de 1943. [348] La segunda vez, cuenta F. H. Hinsley en su historia oficial de la
inteligencia británica durante la guerra, los expertos norteamericanos
sugirieron, «no sobre la base de ninguna prueba, sino en el curso de un estudio
de factibilidad», que, a lo largo del año siguiente, los alemanes podrían
emplear agua pesada para producir «sólidos radiactivos» y fabricar explosivos,
y hacerlo en cantidades suficientes para que fuera necesario evacuar barrios
enteros de Londres.
Lo cual era, en teoría, sumamente preocupante. Pero
en septiembre de 1943, los británicos descartaron «todo peligro inminente de
que los alemanes emplearan esas armas contra nosotros. No había pruebas[la
cursiva es mía]de que Alemania dispusiera de la maquinaria necesaria, y si
disponía de ella, era mucho más probable que la utilizara para separar plutonio
y desarrollar un arma mucho más efectiva que los productos de la fisión». [349] Comparemos este razonamiento con los del general Groves que hemos
señalado con anterioridad. ¿Quién demostraba más sentido común?
Washington volvió sobre el tema en diciembre de
1943, cuando la prensa de algunos países neutrales (Suecia, Suiza) habló de la
existencia de un arma secreta alemana. Ante dicha noticia, los norteamericanos
se preguntaron si los alemanes «no estarían planeando el uso de polvo
radiactivo en las armas V[bombas volantes]». Los británicos, sin embargo,
tacharon la noticia de mera especulación, añadiendo, muy acertadamente, que
cualquier ampliación de las medidas preventivas podría poner sobre aviso al
enemigo e «incrementar las dificultades de obtener informaciones relevantes
sobre la evolución de los trabajos en TA de los alemanes». Valiéndose del mismo
argumento, los británicos afirmaban que no había necesidad de desarrollar
detectores, porque no existían pruebas de que Alemania estuviera investigando
la fabricación de sustancias radiactivas a gran escala —y solo si se producían
en gran cantidad tendrían cierta incidencia en la guerra—. Una vez más, la
falta de mensajes sobre esas sustancias en las comunicaciones de las máquinas
Enigma resultaba esclarecedor. Por una vez, la falta de pruebas era la
prueba. [350]
Groves respondió: «Estamos de acuerdo en que el uso
de armas TA es improbable. Hasta la fecha, las pruebas indirectas y negativas
que han encontrado nuestros organismos apoyan esta conclusión. Pero también
tenemos la sensación de que, puesto que existen posibilidades concretas que
cuestionan el acierto de toda o de parte de esa opinión, no podemos permitirnos
darla por buena y definitiva». [351]
Parece razonable. Pero a lo largo de la guerra, y
hay que reconocerles el mérito, los británicos siempre se concentraron en las
pruebas, mientras más de una vez, como hemos visto, los norteamericanos
reaccionaban a rumores o especulaciones —que no pasaban de serlo, por
preocupantes o creíbles que fueran—. Da la impresión de que el general Groves
era ajeno a esa diferencia de enfoque. Además, después de la guerra rebajó la
importancia del valor excesivo que durante el conflicto los estadounidenses
dieron a los informes más alarmistas sobre la capacidad atómica alemana. Ni
siquiera el historiador Jeffrey Richelson, normalmente tan ecuánime, da espacio
—solo dos líneas— a tan trascendental discrepancia: «El material de
Estrasburgo[descubierto la última semana de noviembre de 1944]tendía a apoyar
la conclusión de la inteligencia británica en 1943, que no cabía pensar
seriamente en la amenaza de que los alemanes llegaran a fabricar la
bomba». [352] ¿Tendía?
Sin embargo, mucho más arruinados que su principal
aliado, los británicos necesitaban hilar más fino para no malgastar sus escasos
y preciados recursos. Además, las informaciones que recibían tras descodificar
los mensajes de las máquinas Enigma y de todas sus demás fuentes eran tan
abundantes, y de tanta calidad, que podían conceder mayor significado a las
pruebas negativas del que, quizá, podía darles Groves.
Como Hinsley (y otros) han constatado, los informes
de los servicios de inteligencia —sobre las bombas volantes V-1 y V-2, por
ejemplo, o sobre los últimos modelos de submarino, o sobre los nuevos
bombarderos cuatrimotores Me 264 y He 277, o sobre el nuevo Do 335 «de
propulsión por cohete»— se recibían en tales cantidades que la falta de
informes sobre el presunto programa atómico alemán resultaba elocuente. Los
mensajes de Enigma no solo intercambiaban datos técnicos de las nuevas armas,
sino aspectos relativos a la instrucción de tropas, cifras de producción,
cuestiones organizativas, etcétera, y ninguno hablaba de ingenios atómicos.
Tal vez, una consecuencia muy significativa a largo
plazo de que los norteamericanos sobreestimaran la capacidad atómica de
Alemania pueda ser su posterior subestimación de la capacidad atómica de Rusia,
que tendría consecuencias dramáticas.
* * * *
Muchas diferencias de enfoque entre británicos y
norteamericanos podrían haberse evitado si los primeros hubieran sido más
francos con sus colegas, y no solo sobre las informaciones recabadas por sus
servicios de inteligencia, sino sobre su calidad e importancia. Pero, como
dice, Hinsley, «por la necesidad de preservar el secreto de los intereses
aliados en el trabajo[TA], no se podía informar con detalle a las agencias de
información acerca de armas nuevas, nuevos materiales de vanguardia y la
actividad científica reciente». Lo subraya Michael Goodman en su historia
oficial de The Joint Intelligence Committee : «Durante gran
parte de la guerra, Gran Bretaña evitó colaborar estrechamente con Estados
Unidos en lo referente al programa atómico alemán». [353] Lo cual debe calificarse de gran y flagrante error estratégico.
Pero, además, en palabras de Hinsley, ¿podría constituir por sí mismo una
especie de mensaje en código? Por otro lado, ¿y si Hinsley, que durante la
guerra formó parte del equipo de Bletchley Park dedicado al descifrado de
mensajes de Enigma, estaba recurriendo al lenguaje de los espías para
disculparse por no haber compartido una información vital que pudo tener tan
importantes consecuencias?
* * * *
Podría decirse, por tanto, que durante la segunda
guerra mundial hubo tres momentos importantes que, considerados en conjunto,
pudieron cambiar hasta tal punto el curso de los acontecimientos que habrían
puesto fin a la carrera atómica.
1. Si a mediados del verano de 1942, cuando, debido a
las restricciones presupuestarias, el Proyecto Manhattan todavía no había
comenzado oficialmente, los británicos hubieran comunicado a los
norteamericanos el informe de Paul Rosbaud sobre la reunión de Albert Speer con
Heisenberg y compartido todas las informaciones de Suess, Jensen y Wirtz, ni
siquiera habría habido necesidad de ponerlo en marcha.
2. Si, a principios de 1943, los norteamericanos
hubieran comunicado a los británicos que había agentes soviéticos infiltrados
en el Proyecto Manhattan, es posible que los británicos hubieran prestado más
atención a Klaus Fuchs —un ex comunista—, y es posible también que Churchill no
se hubiera opuesto tan tajantemente a la idea de Niels Bohr de entablar
conversaciones con los rusos (véase el capítulo 22).
3. Si en mayo de 1943 se hubiera sabido que el MPC
había elegido Japón como objetivo principal de la bomba, varios científicos de
Los Álamos podrían haber reaccionado a este «realineamiento» de prioridades
negándose a trabajar más en la bomba, especialmente si además llegaban a la
conclusión de que Alemania ya no representaba una amenaza. Henry Stimson, el
secretario de Guerra, manifestó sus dudas sobre la dudosa moralidad de la
elección —creía que el blanco de la bomba sería una base naval— y no hay motivo
para dudar de que muchos científicos habrían hecho lo mismo de haber estado al
corriente del cambio. [354]
Alsos fue en parte una necesidad y en parte una
conjura y una tapadera para que los científicos de Los Álamos no abandonaran
«la carrera».
El hecho es que cuando Bohr y Fuchs llegaron a
Estados Unidos a finales de 1943, la meta del Proyecto Manhattan había
cambiado. El general Groves, Bush, Conant y Stimson sabían ya que Alemania no
tenía la bomba ni había perspectivas de que fuera a tenerla antes del final de
la guerra. El Comité de Política Militar había escogido Japón como objetivo
principal sin que nadie supiera en realidad cuál sería la situación bélica
cuando el arma atómica estuviera lista. Hay que suponer que Japón no era más
que un blanco de conveniencia. Bush y Groves en particular —pero también
Churchill y Frederick Lindemann— fueron los primeros en comprender que, tal
como habían pensado, si eran capaces de fabricarla en secreto, la bomba atómica
otorgaría a Estados Unidos y a Occidente una ventaja significativa sobre la
Rusia soviética una vez hubiera terminado la guerra y Moscú dejara de ser
aliado para convertirse en adversario.
Como ciertas informaciones importantes no cruzaron
el Atlántico, en ninguna de las dos direcciones, los responsables
(mal)gobernaron al mundo hacia una era caracterizada por un peligro sin
precedentes.
Capítulo 13
El miedo de Bohr
Niels Bohr lo comprendió al instante. Lo tuvo claro
tan pronto como llegó a Londres tras su espectacular y dramática fuga de
Dinamarca en octubre de 1943.
En realidad, Bohr tuvo que fugarse dos veces, y
ambas fueron igualmente azarosas. Su mujer y él habían salido de Copenhague en
plena noche para cruzar en barco sin ser vistos el Øresund, la franja de mar
que separa Dinamarca de Suecia. Una vez en la neutral Estocolmo, sin embargo,
enseguida estuvo claro que los nazis no le habían perdido de vista. Se temía,
además, que atentaran contra su vida; así que se desplazaba con normalidad,
pero siempre junto a un guardaespaldas armado, por si acaso.
Sus hijos también escaparon de la captura por poco
mientras huían de Dinamarca a Suecia, unos días después que sus padres. Erik,
una de las hijas del matrimonio, logró pasar a Suecia a su bebé metida en la
cesta de la compra de la mujer de un funcionario de la embajada sueca.
Poco después de que toda la familia estuviera a
salvo en Estocolmo, Bohr recibió un telegrama de Londres. Lo firmaba lord
Cherwell —que no era otro que Frederick Lindemann, asesor personal para asuntos
científicos del primer ministro y recientemente nombrado barón de Cherwell—. Se
trataba de una invitación oficial para trasladarse a Inglaterra. Bohr se dio
cuenta enseguida que, para la señora Bohr y el resto de la familia, el traslado
resultaría poco práctico, pero aun así aceptó. Pidió, no obstante, permiso para
que le acompañara su hijo mayor, Aage, que tenía diecinueve años. Sería su
ayudante.
El miércoles 6 de octubre de 1943, un bombardero
británico Mosquito aterrizó en el aeropuerto de Estocolmo. Habían pasado muy
pocos días del desembarco de las fuerzas aliadas en la bota italiana y de que
los napolitanos, intuyendo que los Aliados se aproximaban, se hubieran alzado
contra las fuerzas de ocupación alemanas. El Mosquito iba desarmado para no
violar la neutralidad sueca. Estaba fabricado en madera muy ligera, difícil de
detectar por los radares, y era similar a los aviones que cubrían los vuelos
comerciales entre Suecia y el Reino Unido. A continuación, Bohr se trasladó
—sin su hijo— de Estocolmo a Escocia. Era un hombre corpulento con una cabeza
excepcionalmente voluminosa. Viajó en el compartimento vacío de las bombas
equipado con una bombona de oxígeno, porque volarían a mucha altitud para
evitar a la aviación enemiga. Por desgracia, los auriculares no le cabían, así
que no pudo oír al piloto cuando le dijo que se pusiera la mascarilla. Y perdió
el conocimiento.
No habiendo oído a su distinguido pasajero en todo
el vuelo, el piloto se temió lo peor y nada más aterrizar en Escocia corrió al
compartimento de las bombas. Pero Bohr había recobrado el sentido en cuanto,
nada más entrar en el espacio aéreo escocés, el avión empezó a descender. Por
fortuna, su desvanecimiento no tuvo secuelas. A continuación, Bohr cogió un
vuelo convencional hasta Londres, donde fue recibido por James Chadwick. [355]
* * * *
La noche de la llegada de Bohr a Gran Bretaña, los
británicos organizaron una cena en su honor en el hotel Savoy, en la avenida
The Strand de Londres. Fue una velada muy concurrida: eran muchas las personas
que querían conocer al reputado científico, que en Whitehall no tardó en ser
conocido como el «Gran Danés». Aparte de Chadwick, la mayor eminencia entre los
presentes era sir John Anderson. También acudió a la cena lord Cherwell,
catedrático de Filosofía experimental —como se conocía a la física— en Oxford y
consejero personal de Churchill en temas científicos relacionados con la
guerra. Además, se encontraban presentes Stewart Menzies, director del SIS
(MI6), Wallace Akers, Michael Perrin, Eric Welsh, el grupo londinense del
núcleo de Norsk, y Charles Frank, físico teórico que había trabajado en Berlín
antes de la guerra, en parte buscando avances físicos que pudieran tener
aplicación bélica. Y, por último, también acudió a la cena R. V. Jones, el
hombre al frente del grupo británico que evaluaba la ciencia del enemigo por su
potencial bélico y también responsable de que Gran Bretaña pudiera aplicar al
esfuerzo bélico sus propios progresos científicos. [356]
Bohr, comprobaron todos, hablaba con una mezcla de
«cordialidad, sabiduría y entrañables incoherencias». Era capaz de concentrarse
tanto en lo que estaba diciendo, que la pipa no dejaba de apagársele y pedía
cerillas cada dos por tres. A pesar de sus vacilaciones, Bohr expuso de manera
enérgica su punto de vista: si era posible fabricar la bomba, era al mismo
tiempo una estupidez pensar que todo el conocimiento que había culminado en su
construcción pudiera guardarse en secreto. Antes de no mucho, algún país
industrialmente avanzado averiguaría el procedimiento. Eso significaba que una
terrible carrera armamentística resultaría inevitable. ¿No sería mejor que los
Aliados, y entre ellos la Unión Soviética, compartieran la idea y aprovecharan
la oportunidad para dar paso a una nueva etapa de armonía y confianza? Bohr,
que era un físico de talla mundial con unos conocimientos incomparables de la
física y los físicos soviéticos, se encontraba en una posición única. Y parece
que esa noche Anderson, e incluso Lindemann, adivinaron el comienzo de un nuevo
enfoque de las relaciones mundiales. Ambos pensaron que merecía la pena llevar
a Bohr a ver al primer ministro. [357]
Otro de los asuntos que se trataron esa noche fue
el viaje de Werner Heisenberg a Copenhague en septiembre de 1941. Cuando llegó
a Londres, Bohr ya se había formado una opinión: en el momento de la visita de
su amigo, «los alemanes habían llegado a la conclusión de que su programa
atómico no era factible». En 1943, sin embargo, el Gran Danés ya no estaba tan
seguro. La ambigüedad mostrada desde que salió de Dinamarca hasta que llegó a
Los Álamos, como veremos, desempeñaría un papel importante en posteriores
acontecimientos.
* * * *
Al día siguiente llevaron a Bohr a las oficinas
centrales del Directorio de «Tube Alloys» en Old Queen Street, cerca de
Birdcage Walk y St. James’s Park. Le dieron una cartilla de racionamiento y la
aprovechó para ir a comprar ropa. Pasó algunas semanas en Gran Bretaña y visitó
varias ciudades —Liverpool, Birmingham, Oxford, Cambridge— donde se
desarrollaban los trabajos preliminares a la fabricación de la bomba.
Para entonces —más de dieciocho meses—, Peierls y
Frisch ya sabían qué tamaño tendrían las bombas de U-235; en Oxford, Francis
Simon ya conocía las dimensiones de una planta de difusión gaseosa, y también
había calculado los costes y la mano de obra, que indicaban cuán masivo debía
ser cualquier proyecto de fabricación de una bomba atómica. En Cambridge, los
físicos franceses Hans von Halban y Lew Kowarski habían demostrado que una
reacción en cadena con uranio y agua pesada era factible, lo cual, en teoría,
crearía un nuevo elemento, el 94, mientras que otros afirmaban que la fisión se
produciría precisamente con ese elemento 94. Entretanto, Bohr se ponía al día
de los trabajos que se llevaban a cabo en Estados Unidos y pronto comprendió
que la fabricación de la bomba estaba al alcance de la mano: «Solo dificultades
técnicas no fundamentales se interponían en el camino». [358]
Comprendió también que se había fugado de Dinamarca
en un momento crítico. Los principales aliados habían limado asperezas y un
grupo de científicos británicos estaban a punto de trasladarse a Estados Unidos
para participar en la iniciativa conjunta de fabricar la bomba.
Bohr fue a ver de nuevo al ministro del Tesoro, sir
John Anderson, y le preguntó cómo modificaría la posesión del arma definitiva
la relación entre su propietario y los demás estados. ¿Se mantendrían las otras
naciones —y en particular Rusia— a la expectativa sin entrar en acción?
¿Supondría la bomba el inicio de una carrera armamentística? ¿No podría un
artefacto así destruir la civilización?
Bohr sabía de primera mano las dificultades de
tratar con los rusos. En Rusia había intentado rescatar a más de un científico
y había participado en varias iniciativas de promoción de la actividad
científica. De modo que no se hacía ilusiones. [359] Pese a todo, se preguntó en voz alta si el repentino ascenso a un
nuevo nivel de logros científicos no ofrecía una oportunidad sin precedentes de
ascender también a un nuevo nivel de cooperación internacional. Aquel
extraordinario progreso científico, argumentó, suponía sin duda una oportunidad
única, un avance trascendental que apuntaba a un grado de cooperación
impensable e inalcanzable hacía unos años. La terrible amenaza de destrucción
total que se vislumbraba en el horizonte podía ser la clave de una cooperación
desconocida hasta entonces.
Anderson dejó que las palabras de Bohr le fueran
calando. Ya no olvidaría la idea.
* * * *
Aunque la segura llegada de Bohr a Londres era una
buena noticia, porque había sobrevivido y por lo que sin duda contribuiría al
programa atómico, suscitó ciertos temores. La noticia de su fuga se había
filtrado y la radio y la prensa se hicieron eco de su presencia en Gran
Bretaña. Como vimos en el capítulo 1, los periódicos publicaron que Bohr había
llegado con los planes de un nuevo invento relacionado con explosiones atómicas
de gran importancia para el esfuerzo de guerra.
Desde el verano de 1942, los británicos sabían que
los alemanes no podrían fabricar la bomba. Pero existía la preocupación de que,
ante la presencia de Bohr entre los Aliados, los nazis relanzaran su estancado
programa atómico. Si los Aliados se habían embarcado en un proyecto de esas
características, ellos tal vez debieran hacer lo mismo.
Eso ayuda a explicar un artículo extraordinario
publicado el 26 de diciembre (Boxing Day ), el mismo día del
hundimiento del crucero de batalla alemán Scharnhorst y poco
tiempo después de que Bohr —y Fuchs— hubieran cruzado el Atlántico. La pieza
apareció en el Sunday Express de Londres y llevaba el
siguiente título: «ES POSIBLE QUE EL ARMA SECRETA NO LLEGUE A FABRICARSE». El
artículo era largo y bastante bien informado. Su autor era Kai Siegbahn, hijo
de Manne Siegbahn, el renuente anfitrión de Lise Meitner en Estocolmo, y colega
de Njål Hole, que era, como sabemos, fuente de información de los británicos en
Suecia. Kai Siegbahn describió los aspectos básicos de la energía nuclear antes
de ofrecer un relato de las investigaciones previas a la guerra. Al llegar al
asunto de la bomba, sin embargo, resumió, diciendo que «a pesar del secreto de
las investigaciones del problema del uranio, me aventuro a decir que la bomba
de uranio todavía no existe salvo como objetivo experimental ... Resulta
complicado afirmar si la fabricación de una bomba así es posible, pero, de
momento, parece que falta un eslabón esencial para que se convierta en una
realidad».
En un editorial dedicado al mismo tema, el Sunday
Express iba más allá que Siegbahn y se atrevía a dar garantías a sus
lectores: «Podemos, por tanto, consolarnos con la certeza de que los capaces
científicos atómicos suecos creen que los alemanes no han logrado fabricar
explosivos atómicos». [360] Al Express también le pareció necesario explicar
cómo le había llegado aquella información. Se decía que los científicos de
países neutrales como Suecia mantenían estrechos contactos con los científicos
alemanes. Pero los nazis ocupaban Noruega y recientemente habían arrestado a
varios profesores y estudiantes de este país. Estos, se suponía, habían
exagerado la amenaza alemana. Y los propios nazis habían hecho lo mismo ante
los suecos.
En el artículo de Kai Siegbahn, además, aparecían
detalles sorprendentes, en especial teniendo en cuenta la fuerte seguridad que
rodeaba el proyecto atómico. Aunque el objetivo declarado del texto era
tranquilizar a los británicos, en el fondo la pieza daba a entender que los
Aliados se habían topado con los mismos obstáculos que los alemanes y tampoco
habían podido fabricar una bomba. El mensaje era aún más poderoso, al menos en
teoría, porque su autor no era británico —y por tanto partidario—, sino que pertenecía
a un país neutral y se basaba en «filtraciones». Era, de nuevo en teoría, todo
lo imparcial que podía ser.
El objetivo era, naturalmente, engañar a los
alemanes. Lo que los británicos sabían por Paul Rosbaud y otros aquel artículo
lo ponía en boca de los noruegos. La publicación del texto, y su finalidad, se
pueden explicar por el hecho de que el propietario del grupo al que pertenecía
el Sunday Express, William Maxwell Aitken, lord Beaverbrook, era
buen amigo del primer ministro y estaba, por tanto, familiarizado con la
historia del programa atómico.
Se trataba en realidad de una clásica pieza de lo
que hoy llamaríamos desinformación. Corrían numerosos rumores de las «armas
secretas» de Hitler, y la Operación Freshman contra Rjukan y el bombardeo de
las instalaciones de Vemork, en el que tanto tuvo que ver el general Groves,
habían vuelto a visibilizar la amenaza atómica alemana. Pero lo cierto es que
el artículo del Express iba dirigido tanto a los lectores
británicos como a la Gestapo y la Abwehr (el servicio de inteligencia del
ejército alemán). Para entonces, y desde hacía algún tiempo, el objetivo era
que los alemanes llegaran a la conclusión de que el agua pesada era esencial en
las investigaciones atómicas y de que los Aliados harían «cualquier cosa» para
impedir su fabricación. Pero ahora, dando otra vuelta de tuerca, un artículo
escrito por un distinguido físico de un país neutral sugería que el programa
atómico británico no había pasado de su primera fase y no existían muchas
esperanzas de que la bomba de uranio se hiciera realidad.
El artículo había sido ideado por el SIS. Lo había
concebido el MI5, en particular su Comité Doble Equis (XX Committee), que
presidía John Masterman, y estaba pensado para que los alemanes dedujeran que
la investigación nuclear aliada se encontraba en la misma fase de evolución que
la suya. [361] La intención al decir que los experimentos con agua pesada que
llevaban los alemanes en Noruega no daban el fruto esperado era sugerir a la
Abwehr que a Gran Bretaña le ocurría lo mismo. Los Aliados habían hecho frente
a las mismas complicaciones y obtenido los mismos y decepcionantes resultados.
En lo concerniente al espionaje atómico, aquel
artículo fue, muy probablemente, el mayor engaño periodístico de la guerra.
Capítulo 14
Se pierde una pista fundamental
Cuando Bohr llegó a Los Álamos, después de haber
dejado Londres y pasar unos días en Nueva York, lo recibieron con entusiasmo
—«como a un monarca llegado del exilio», según un observador—. El físico Victor
Weisskopf dijo lo siguiente de la participación del danés en el proyecto: En
Los Álamos trabajábamos en algo que quizá sea lo más cuestionable, lo más
polémico a lo que pueda enfrentarse un físico. En aquellos días, la física,
nuestra amada ciencia, se vio arrastrada a la fuerza a la parte más cruel de la
realidad, y nosotros tuvimos que vivir con ello. Éramos jóvenes, al menos la
mayoría de nosotros, y nos faltaba experiencia en, por así decirlo, los asuntos
humanos. Pero de pronto, en mitad de todo aquello, apareció Bohr. Por primera
vez fuimos conscientes del sentido de todas esas cosas terribles, porque Bohr
no solo participó de inmediato en el trabajo, sino también en nuestros debates.
Toda dificultad, por grande y profunda que sea, encierra su solución ... Eso lo
aprendimos de él.
Bohr llegó de noche a Los Álamos, así que hasta la
mañana siguiente no descubrió la majestuosidad del lugar y la caótica actividad
en que estaba inmerso. Los laboratorios se instalaron a más de dos mil metros
de altitud, en un antiguo colegio segregado para niños de la meseta del
Pajarito, volcán ya extinto y con la cima plana por los efectos de la
erosión. [362] La efervescencia de las obras —infinidad de camiones, trabajos de
cableado, el estrépito de los martillos— disimulaba lo remoto del paraje. Santa
Fe era la población más próxima, la última colonia de la civilización, pero se
encontraba a casi cuarenta kilómetros y su única vía de comunicación con Los
Álamos era un camino sinuoso y lleno de baches. Los laboratorios, por tanto,
estaban a mucha distancia de trenes, aeropuertos y carreteras dignas de tal
nombre. Los Álamos era en realidad una pequeña ciudad «de existencia no
reconocida» donde vivían unas seis mil personas. Toda la correspondencia iba
dirigida a un único apartado de correos: PO Box 1663. (Si el mayor afán
profesional de los científicos de Los Álamos era la fisión, el personal, como
dijo el historiador Gerard DeGroot, era la fusión. Durante la guerra nacieron
en el complejo más de doscientos bebés.) [363]
Para combatir los rumores sobre lo que allí sucedía
—surgieron inevitablemente; según con el lugareño con el que hablaras, el lugar
era una planta de fabricación de gas venenoso, o de whisky, o de
una nave espacial, etcétera—, las autoridades mandaban a los científicos a los
bares de Santa Fe con la recomendación de difundir la idea de que estaban
fabricando un cohete eléctrico secreto.
De teoría de la física nuclear y atómica se debatía
en los laboratorios, y también en estos se llevaba a cabo la purificación del
plutonio —proveniente de una enorme mina de Hanford, en el estado de
Washington—. Los Álamos era el lugar donde se ensamblarían las bombas.
En su primera mañana, a Bohr le dieron una placa
donde podía leerse «Nicholas Baker» y a su hijo Aage otra, en la que ponía
«James Baker». También les enseñaron un folleto confidencial, Los
Alamos Primer, pensado para animar a los científicos a acelerar las
investigaciones. Dentro del complejo, Fermi era el señor «Farmer»; Eugene
Wigner, el señor «Wagner»; y Ernest Lawrence, «E. Lawson». Había otras medidas
de seguridad, como la colocación de pequeñas incineradoras de documentos en
todos los despachos para quemar los textos confidenciales nada más haberlos
leído. A los exiliados, además, se les aconsejaba que no hablaran en alemán.
Cuando Bohr se paseaba por aquel paraje polvoriento
o se detenía en los talleres y laboratorios, era recibido con exclamaciones de
alegría y admiración. Aunque muchos no le veían desde antes de la guerra
—habían pasado cuatro largos años—, su figura corpulenta y de gran cabeza
ahuevada era inconfundible. Frisch, Weisskopf y Hans Bethe, entre otros, no
veían el momento de reanudar su amistad con el hombre a quien pronto todos
llamarían «tío Nick». [364]
Por su parte, Bohr se quedó muy sorprendido ante la
magnitud del programa y los muchos progresos realizados desde la última vez que
había visto a tantos colegas. Ayudó con un par de dificultades, pero su mayor
contribución, al menos al principio, consistió en actuar como una suerte de
veterano estadista para los científicos más jóvenes —tenía cincuenta y ocho
años—, muchos de los cuales observaban con preocupación lo que tenían entre
manos. [365]
Y sin embargo hay que decir que, con el paso de los
años, el papel de Niels Bohr en Los Álamos se antoja en todo caso más grande y
no menos ambiguo.
* * * *
Todos los dilemas morales que ocupaban a muchos
científicos de Los Álamos se pusieron de relieve cuando Bohr les enseñó algo
que llevaba consigo desde su salida de Dinamarca. Se trataba de un dibujo, un
boceto notable según resultó, porque, como el mismo Bohr dijo, se lo había dado
el propio Werner Heisenberg. Por eso se había armado tanto revuelo: cuáles
exactamente habían sido los motivos de Heisenberg para concertar una cita con
Bohr.
La visita de Heisenberg a Bohr es uno de esos
episodios icónicos en la historia de la bomba atómica. Es bien conocida y, sin
embargo, aún misteriosa. Incluso hoy, casi ochenta años después, no la
comprendemos del todo ni conocemos todos sus detalles: qué la motivó, qué se
dijeron sus protagonistas con exactitud, qué querían decirse.
Todos estamos de acuerdo en que fue un hito en un
itinerario cuyo propósito principal, según Heisenberg, era organizar una
conferencia dedicada a astrofísica en el Instituto Alemán de Cultura de
Copenhague. A ella asistieron cinco físicos alemanes, entre ellos Heisenberg y
Carl von Weizsäcker. En su libro sobre Heisenberg y el proyecto atómico, Paul
Rose califica la conferencia de «transparente ejercicio de propaganda», una
especie de disfraz de la verdadera razón de la visita: que los alemanes
valorasen qué sabía Bohr de los planes aliados.
Debemos recordar que, en el otoño de 1941, Estados
Unidos todavía era una nación no beligerante, disponía de embajada en
Copenhague y, al menos en teoría, cualquier científico norteamericano tenía
total libertad para visitar Dinamarca. No era inconcebible —de nuevo en teoría—
que Bohr recibiera la visita de alguno, pero, de haberse producido, las
autoridades nazis de ocupación, sin duda, habrían tomado nota e informado a
Heisenberg y Weizsäcker.
Como ya hemos mencionado, parece que la idea de la
reunión con Bohr surgió tras la lectura de una noticia publicada a principios
de 1941 en un periódico sueco, el Stockholms Tidningen . «Nos
informan desde Londres —decía la noticia— de que en Estados Unidos se están
llevando a cabo experimentos científicos para la fabricación de una nueva
bomba. El material utilizado es el uranio, y cuando la energía que contiene
este elemento se libere, se pueden producir explosiones inimaginables hasta
ahora ... Todas las edificaciones dentro de un radio de ciento cincuenta
kilómetros quedarían reducidas a escombros.»
Weizsäcker había tenido noticia del artículo por su
padre, alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, y, según Paul
Rose, cuando visitó Copenhague en compañía de Heisenberg, «sin duda debió de
pasárseles por la cabeza la posibilidad de que los estadounidenses pudieran
tener la bomba». [366]
Después de la guerra, Heisenberg afirmó que Bohr en
realidad no comprendió lo sucedido en el encuentro de Copenhague. Su verdadero
motivo para ver a su colega, dijo, era hacerle entender —sin ser explícito
porque, de haberlo sido, habría cometido traición contra su país— que los
alemanes no podrían contar con la bomba, al menos, no con la celeridad
suficiente para que influyera en el desenlace de la guerra. La conversación
debió de ser muy técnica porque, durante sus deliberaciones, Heisenberg sacó un
boceto de un posible reactor-bomba. (En un reactor, la fisión produce calor, no
explosiones, pero, en ciertas circunstancias, puede producir plutonio, que sí
puede ser explosivo). Ese boceto está casi tan envuelto en misterio como el
encuentro de los dos físicos, y aunque Bohr se lo llevó a Los Álamos, luego
desapareció y se ha perdido. Paul Rose rastreó su pista en seis archivos
distintos, pero no pudo encontrarlo. Al parecer, se trataba del «tosco dibujo
de un objeto en forma de caja por cuya tapa asomaban unas líneas» (o
barras). [367]
Como es lógico, a petición de Groves, Oppenheimer
convocó una reunión especial para estudiar el boceto. Se produjo la Nochevieja
de 1943, al poco de la llegada de Bohr a Los Álamos. Además de este último, su
hijo Aage y Oppenheimer, asistieron Hans Bethe, Edward Teller, Victor
Weisskopf, Robert Bacher —que había trabajado con Hans Bethe en la Universidad
de Cornell—, Robert Serber —un «filadelfiano delgado y gentil» que había
trabajado en la Universidad de Illinois— y algún otro.
Según todas las fuentes, ninguno de los presentes
se tomó el dibujo demasiado en serio, pues no era más que un boceto. Weisskopf,
cuenta Paul Rose, «pensó que Bohr se había dejado ofuscar por sus prejuicios
contra los alemanes, mientras que Bethe estaba perplejo». Tiempo después, el
propio Bethe recordaría: «Un dibujito ... Por lo que pudimos deducir,
representaba un reactor nuclear con sus barras de control. Pero teníamos la
idea preconcebida de que estábamos ante el diseño de una bomba atómica. ¿Se habían
vuelto locos los alemanes? ¿Acaso pretendían lanzar sobre Londres un reactor
nuclear?».
No hay memoria escrita de la reunión de Oppenheimer
y, como acabamos de decir, el boceto de Heisenberg se ha perdido. Pero el tema
no se puede dar por zanjado. Al contrario. Tras la reunión de Nochevieja,
Oppenheimer pidió a Bethe y a Teller un informe sobre la posibilidad de
fabricar una bomba atómica a partir del dibujo. [368] El análisis sobre el artilugio que Heisenberg le había enseñado a
Bohr, y que Bethe y Teller redactaron en un solo día, concluía que la explosión
resultante de aquel cacharro liberaría una energía que «probablemente» no
alcanzaría a la de una masa equivalente de TNT. [369]
Oppenheimer entregó el informe a Groves con una
breve nota: Los cálculos a que me refiero, y que aparecen en el memorándum
adjunto, los han hecho Bethe y Teller, pero los fundamentos físicos ya los
habíamos discutido en profundidad[en la reunión de Nochevieja], y Baker[Bohr]da
su aprobación a los métodos y resultados. No podemos dar plenas garantías de
que, con una nueva idea o alguna modificación, un artilugio como el descrito no
pueda funcionar. Es cierto, no obstante, que muchos ya hemos dedicado bastante
tiempo al asunto en el pasado y que ni entonces ni ahora hemos dado con ninguna
solución que tenga la menor probabilidad de éxito. El propósito del memorándum
adjunto es que usted tenga una garantía formal, y los motivos pertinentes, de
que el artilugio que le ha enseñado Baker sería inútil desde un punto de vista
militar. [370]
Abundan las preguntas. ¿Por qué iba Heisenberg a
tomarse la molestia de viajar hasta Copenhague para darle a Bohr un diagrama de
una «bomba» que no funcionaría? ¿Quería sugerir, por medio del boceto, que el
programa atómico alemán iba por mal camino? Pero no es eso lo que Heisenberg
aseguró después de la guerra y, en realidad, su viaje para ver a Bohr tenía
otras causas. Gracias a no menos de tres notables investigaciones académicas,
emprendidas hace poco, hoy nuestra idea de lo que realmente ocurrió es mucho
más completa y certera.
* * * *
La primera investigación sobre este asunto es la
llevada a cabo por Jeremy Bernstein, físico de múltiples talentos que ha
trabajado en el CERN, en Oxford, en la Universidad de Islamabad y en el
Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. Bernstein contó su fascinante
labor detectivesca en un seminario de la Smithsonian Institution de Washington,
en marzo de 2002. La emprendió tras ver la obra teatral Copenhague,
de Michael Frayn, recreación del encuentro de Bohr y Heisenberg en septiembre
de 1941. La obra había desatado gran controversia porque retrataba a Heisenberg
como un héroe, alguien que «nunca mató a nadie», mientras que Bohr —o sus
teorías— quedaba muy mal parado. (Heisenberg a Bohr: «Tú has hecho algo que nos
torturaba a todos ... y no se trata de ningún juguete».) A raíz de la obra y
mucho antes de lo que tenía previsto, la Fundación Niels Bohr publicó varias
cartas que el físico danés había dirigido a Heisenberg, pero nunca le llegó a
enviar. Esas cartas contradicen frontalmente la tesis de Michael Frayn.
Repasaremos esas misivas más adelante, pero de
momento centrémonos en la labor detectivesca de Bernstein. Empezó en 1977,
cuenta el propio Bernstein, cuando, al realizar una serie de entrevistas a Hans
Bethe, se enteró por primera vez del encuentro entre Bohr y Heisenberg en
Copenhague. Fue Bethe quien le dijo a Heisenberg que había entregado un dibujo
a Bohr y que él mismo lo había visto en Los Álamos durante la mencionada
reunión de la Nochevieja de 1943. Cuando, en el marco de un reportaje en tres
partes, Bernstein publicó las entrevistas a Bethe en The New Yorker,
otras personas tomaron parte en el debate. Esas personas sostenían que el mero
hecho de entregarle un dibujo a Bohr habría sido un acto de traición, pero que
como Heisenberg era un leal patriota (véase el capítulo 7), tal gesto se
antojaba sumamente improbable. Por lo demás, como el dibujo se ha perdido,
resulta imposible comprobar su autoría.
Uno de los críticos de Bernstein en este asunto, el
periodista Thomas Powers, que ha sido galardonado con el premio Pulitzer y es
autor de un libro sobre Heisenberg, tuvo la sensata idea de preguntar a Aage
Bohr, hijo de Niels y también premio Nobel. «Aage contestó, en términos que no
dejaban lugar a dudas, que la idea de que Heisenberg había dado un dibujo a su
padre en 1941 era pura fantasía.» [371] Más tarde añadiría que, de haber existido en 1941 un boceto de la
futura bomba atómica alemana, su padre se habría valido de sus contactos con la
resistencia danesa para ponerlo cuanto antes en conocimiento de los Aliados.
Pero no lo hizo. En el mismo sentido, Hans Bethe repitió a Bernstein que «no
tenía la menor duda» de que estando en Los Álamos había visto un dibujo; pero
también le dijo que no podría asegurar si su autor era Heisenberg o Bohr, que
lo habría hecho de memoria.
Bernstein estaba confuso. Se puso en contacto con
otros físicos de Los Álamos. Victor Weisskopf le dijo que no recordaba ningún
dibujo. Rudolf Peierls tampoco había visto dibujo alguno, pero conjeturó que
Bohr podría habérselo ocultado a Aage y al resto de su familia para
protegerlos, porque el mero conocimiento del boceto podría considerarse un acto
de traición. Pero esta explicación no resulta del todo convincente.
A continuación, Bernstein pensó en Robert Serber,
que había concluido su carrera profesional como profesor emérito de la
Universidad de Columbia y estuvo presente en la reunión de la Nochevieja de
1943 en Los Álamos. Durante las conversaciones que posteriormente Bernstein
mantuvo con Serber, este le contó que en el viaje que ambos hicieron en tren de
Chicago a Santa Fe —que, recordemos, duró dos días—, Bohr le enseñó un dibujo
al general Groves. No está claro si Bohr hizo el dibujo en el tren o lo llevaba
consigo —y lo había llevado quizá desde Dinamarca—. En todo caso, cuando
llegaron a Los Álamos, Groves estaba muy alarmado: «Creía que Bohr le había
descrito los planes de Alemania para fabricar una bomba nuclear». [372] Ese es el motivo de que le pidiera a Oppenheimer que convocara la
reunión de Nochevieja, con el resultado que ya conocemos.
Pero las pesquisas de Bernstein no acabaron ahí.
Pidió a Bethe que le dibujara lo que había visto la Nochevieja de 1943. Este
probó varias veces, pero, en realidad, dibujó varias versiones del corte
transversal de un contenedor cilíndrico lleno de agua pesada y planchas de
mineral de uranio. Hoy sabemos, sin embargo, que ninguno de los reactores
diseñados por Heisenberg hasta 1943 guardaba parecido alguno con el dibujo que
examinaron Bethe y Teller. Los reactores de otros físicos alemanes sí, pero los
de Heisenberg no. De hecho, en el otoño de 1941, época de su viaje a
Copenhague, Heisenberg publicó el diseño de un reactor esférico . [373] Bernstein volvía a encontrarse en un callejón sin salida.
Y revisó las dos ocasiones en que, como cuenta
Andrew Brown en su biografía del físico danés, Bohr se comunicó con James
Chadwick durante la guerra. La primera se produjo en enero o febrero de 1943,
después de que Chadwick enviara un mensaje «alto secreto» escrito en
micropuntos ocultos en unos diminutos agujeros taladrados en unas llaves.
Chadwick invitaba a Bohr a tomar parte en unos «asuntos científicos» en Gran
Bretaña. Bohr contestó que las circunstancias le impedían aceptar la oferta, y
añadió algo que resulta fundamental: creía que «los recientes descubrimientos
de la física atómica» no tendrían ninguna aplicación práctica, al menos en
aquellos momentos. [374]
Pocos meses más tarde, sin embargo, en el otoño de
1943, Bohr cambió de opinión y, en su segunda comunicación secreta con James
Chadwick, esta vez por carta, se refirió a los rumores que circulaban por el
mundo «sobre los preparativos encaminados a producir mineral de uranio y agua
pesada para su uso en bombas atómicas». Concluía la carta diciendo que quería
modificar su declaración anterior «con respecto a la imposibilidad de
aplicación práctica de los últimos descubrimientos de la física nuclear».
¿A qué se debía, se preguntó Bernstein, ese cambio
de opinión? Según parece, en el transcurso de 1943, Bohr llegó a conocer lo
suficiente del programa atómico alemán para alarmarse mucho. ¿Qué averiguó y
cómo lo hizo?
Paul Rose sugiere que pudo conocer el proyecto
alemán por medio de Eric Welsh, a quien Paul Rosbaud había informado de todos
los avances científicos de Alemania. Pero parece improbable, porque Rosbaud ya
había advertido a los británicos de que Alemania no se había embarcado en la
fabricación de la bomba. Bernstein sugiere otra vía más plausible: J. Hans D.
Jensen. Jensen nunca formó parte del Uranverein —recordemos, el Club del
Uranio, organismo central del programa atómico alemán— porque las autoridades
le tenían por una persona de izquierdas, quizá comunista, pero era un físico
excelente —después de la guerra, siendo catedrático de Física teórica en
Heidelberg, obtendría el premio Nobel. [375]
Como vimos en el capítulo 9, Jensen visitó
Copenhague en el verano de 1942 —muy posiblemente a instancias de Heisenberg—,
en un intento de reparar los daños de la visita de 1941. No logró gran cosa en
ese aspecto, aunque fue en el transcurso de ese mismo viaje cuando dijo a los
noruegos que Alemania no tenía intención de fabricar una bomba atómica. Pero
Jensen volvió a Copenhague en el verano de 1943 y le contó a Bohr las últimas
ideas de Heisenberg, que este había expuesto en la conferencia que el 5 de mayo
dio en la Academia de Aviación. La ponencia formaba parte de una serie en la
que, de nuevo, quedó claro para los asistentes que la energía atómica no
tendría ninguna aplicación militar en un futuro próximo, y mucho menos antes
del fin de la guerra. Pero en su conferencia, Heisenberg sacó el dibujo, nos
cuenta Bernstein, de un reactor que consistía en un contenedor cilíndrico con
planchas de mineral de uranio y agua pesada como moderador.
Bernstein sostiene que existen motivos para pensar
que Jensen conocía ese reactor, porque trabajaba en agua pesada —como sabemos—
y mantenía contactos con Heisenberg. Lo confirma además el hecho de que después
de la guerra, durante una cena en casa de Mal Ruderman —a la sazón catedrático
de Astrofísica en Columbia— con varios profesores de la Universidad de
Berkeley, dijera que había sido él quien había informado a Bohr del programa
atómico alemán y de la conferencia de Heisenberg.
De modo, concluye Bernstein, que fue así como el
famoso boceto llegó a manos de Bohr y cómo este cambió de opinión sobre el
peligro de la amenaza alemana, que a su vez dio pie a su segunda comunicación
con Chadwick. Lo irónico, como dice Bernstein, es que «en esa época, Bohr aún
no comprendía bien el funcionamiento de un explosivo nuclear. Y da la sensación
de que tampoco el del reactor del dibujo». [376]
Y prosigue:
No sabemos qué hizo Chadwick tras esa segunda
comunicación de Bohr. Solo podemos conjeturarlo. Sin duda sabía que el agua
pesada no tenía nada que ver con las bombas atómicas, excepto porque podía
usarse en reactores para fabricar plutonio. Una bomba de fisión[con U-235]no
utiliza agua pesada y Bohr no conocía el plutonio. Además, a su llegada a Gran
Bretaña a finales de 1943 tras huir de Dinamarca, parece que Bohr dio muchos
mensajes contradictorios. Chadwick[quien, según sabemos, había descartado la importancia
del agua pesada en el informe del Comité MAUD del otoño de 1941]tenía la
impresión de que Bohr estaba diciendo que, en aquella coyuntura, Heisenberg no
estaba trabajando en armas atómicas. Era verdad, pero, no obstante, Bohr contó
lo que sabía como si tuviera alguna incidencia en el diseño de un arma atómica.
Y así siguió hasta su llegada a Los Álamos, donde, como hemos visto, instó a
Groves a convocar una reunión de urgencia. «En cierta ocasión, Bethe me dijo
que era obvio que, al llegar a Los Álamos, Bohr no sabía apenas nada de armas
nucleares. En realidad, Oppenheimer asignó a Richard Feynman la tarea de
ponerle al día. Tampoco comprendía muy bien el funcionamiento de aquel reactor.
Bethe y Teller se lo explicaron.» [377]
Las detectivescas pesquisas de Bernstein, por
tanto, dieron un resultado plausible. En la reunión de Nochevieja en Los Álamos
no se debatió, como siempre se ha pensado, acerca de las ideas de Heisenberg en
1941, sino de las que tenía en 1943. Y se llegó a la conclusión de que los
alemanes no habían hecho grandes progresos. También merece la pena señalar que
no hay indicios de que, en su reunión en el hotel Savoy de Londres con Chadwick
y algún otro, Bohr enseñara algún dibujo. De haberlo tenido, seguramente lo
habría hecho.
* * * *
Y ahora vamos a fijarnos en una segunda pieza de
labor detectivesca. Esta vez la llevó a cabo Paul Lawrence Rose, profesor de
Historia de Europa y profesor Mitrani de Estudios Judíos de la Universidad del
Estado de Pensilvania hasta su fallecimiento en 2014. El punto de partida de
Rose fue un comentario de Karl Wirtz en Farm Hall. Wirtz, recordemos, era
miembro del Uranverein y trabajaba en Berlín en el diseño de un reactor de
capas horizontales, y Farm Hall era una instalación secreta en East Anglia, Gran
Bretaña, donde los británicos retuvieron a alrededor de un centenar de físicos
nucleares alemanes al final de la guerra y les colocaron micrófonos para grabar
sus conversaciones sin que lo supieran. Durante esta labor de espionaje, cuando
los físicos alemanes recluidos se quedaron de piedra al saber de Hiroshima e
intentaban redactar un memorándum para resumir y justificar los trabajos
realizados durante la guerra —y, además, trataban de demostrar que no se habían
quedado tan atrás—, Wirtz dijo a sus compañeros de reclusión que «no debían
olvidar que el Instituto Káiser Guillermo de Física guardaba una patente de
fabricación de la bomba, y que alguien se la había llevado en 1941».
¿Una bomba en Alemania en 1941? Esa patente, dice
Rose, «ha sido convenientemente olvidada durante los últimos cincuenta
años». [378] No obstante, quedan «huellas» de su existencia en los archivos
alemanes, y Rose se propuso desenterrarlas. Las rastreó en particular en un
exhaustivo estudio del proyecto del uranio preparado por la Oficina de
Investigación de Armamento del ejército alemán en febrero de 1942 —aunque
datado en agosto del año anterior—, que incluye una discusión detallada de
reactores-bomba y contiene la siguiente referencia: P1. Patentanmeldung.
Technische Energiegewinnung. Neutronenerzeugung und Herstellung neuer Elemente durch
Spaltung von Uran oder verwandten schwerem Elementen. 28.8.1941. 14S
(Solicitud de patente, datos técnicos. Generación
de neutrones y producción de elementos nuevos mediante la fisión del uranio o
de sus parientes pesados.) Rose investigó otros archivos. [379] Pero en ninguno encontró nada ni por asomo tan sugerente.
Luego, y al igual que Bernstein había hecho con el
boceto, Rose se preguntó quién sería el autor de la patente P1 y llegó a la
conclusión de que probablemente la habrían registrado en nombre de la
organización sus administradores y no sus auténticos inventores. Aunque la
mayor parte de los trabajos sobre reactores se llevaban a cabo en el Instituto
Káiser Guillermo de Física, la unidad que realmente estaba a cargo del proyecto
en 1941 era la Sección de Física Nuclear de la Oficina de Investigación de Armamento,
cuyo director administrativo era H. Basche y cuyo jefe científico era Kurt
Diebner —que estuvo presente en la reunión de junio de 1942 de Speer con los
físicos—. Dejándose llevar por su intuición, Rose se topó con el siguiente
informe, que Diebner hizo público en 1956: T-45. K. Diebner, H. Basche
u a[und andere, «y otros»]
Geheimpatent über Uranmaschine mit verschiedenen
geometrischen Anordnungen von Uran und Bremssubstanz .
(Patente secreta sobre una máquina[reactor]de uranio con distintos diseños
geométricos del uranio y de la sustancia moderadora.)[380]
Rose consideraba razonable concluir que la patente
que en los documentos de Diebner aparece referenciada como T-45 es la misma que
aparece como P1 en el estudio de la Oficina de Investigación de Armamento y,
que de ser cierta, confirma que los alemanes habían inventado un reactor cuyo
propósito principal era la producción de energía, pero que utilizaba agua
pesada y, por tanto, era susceptible —avanzando mucho en las investigaciones—
de producir plutonio, que es la única manera de que el agua pesada intervenga
en una bomba atómica.
Resulta plausible pensar que fue de ese diseño,
desarrollado en agosto de 1941, del que Heisenberg habló con Bohr al mes
siguiente. Y se trataba de un reactor, no de una bomba. Es posible que
Heisenberg conociera la existencia del plutonio ya entonces —Carl von
Weizsäcker desde luego sí la conocía, véase el apartado siguiente—, pero Bohr
no tenía noticias de ella. Por eso no tuvo necesidad de transmitir los detalles
a los Aliados.
* * * *
El tercer sabueso de esta historia es el
historiador alemán Rainer Karlsch, que, documentándose para su libro Hitlers
Bombe (2005), y en estudios posteriores, ha descubierto en los
archivos rusos varios documentos que las tropas soviéticas confiscaron en el
Instituto Káiser Guillermo de Física de Berlín. A nosotros nos interesan cuatro
en particular: un informe oficial escrito por Carl von Weizsäcker después de
una visita a Copenhague en marzo de 1941; el borrador de una solicitud de
patente, escrito también por Weizsäcker en un momento indeterminado de 1941;
otra solicitud de patente, examinada en noviembre del mismo año; y el texto de
una célebre conferencia de Heisenberg en junio de 1942.
El informe de Weizsäcker de su visita a Copenhague
en marzo resulta muy interesante porque, como luego veremos, después de la
guerra algunos físicos daneses tacharon de espías a los dos alemanes,
Weizsäcker y Heisenberg, acusación que parece confirmada por la redacción de
ese informe —escrito cuando Alemania todavía no había invadido la Unión
Soviética y una victoria rápida parecía probable—. Sirva de muestra el párrafo
siguiente: En Copenhague no trabajan en la técnica de extracción de energía de
la fisión de uranio. Sí saben que Fermi ha comenzado en América a investigar
esas cuestiones, pero desde que empezó la guerra no han tenido más noticias.
Evidentemente, el profesor Bohr no sabe que nosotros sí estamos trabajando en
esos temas, y yo, por supuesto, he hecho lo posible para que siga sin saberlo
... En Copenhague disponían de todos los números del boletín
norteamericano Physical Review hasta el del 15 de enero de
1941. Yo he traído fotocopias de los artículos más importantes. Hemos quedado
en que la embajada alemana nos fotocopie[fotografíe]regularmente todos los
números.
De modo que está claro: al menos en aquella visita,
Weizsäcker actuó como un espía. [381] Esto, unido a que en otra ocasión había lamentado la publicación
del artículo de Otto Hahn y Fritz Strassmann sobre la fisión, y en otra querido
informarse del proyecto atómico norteamericano, lleva a concluir que era uno de
los físicos alemanes más comprometidos con el régimen.
El segundo documento de los archivos rusos es la
solicitud de patente que el propio Weizsäcker escribió «en algún momento» de
1941, que «deja meridianamente claro» que comprendía tanto las propiedades como
las aplicaciones militares del plutonio. «La producción del elemento 94 en
cantidades útiles en la práctica se logra mejor con la “máquina de
uranio”[reactor nuclear]... Resulta especialmente ventajoso, es la mayor
ventaja del invento, que el elemento 94 que produce se pueda separar fácilmente
del uranio mediante un proceso químico.» Weizsäcker deja también claro que el
plutonio podría utilizarse en la fabricación de una bomba: «Con respecto a la
energía por unidad de peso, ese explosivo sería alrededor de diez millones de
veces más potente que cualquier otro[existente]y solo comparable con uno de
uranio 235».
El 3 de noviembre de 1941 —es decir, después de la
reunión de septiembre entre Bohr y Heisenberg en Copenhague—, Weizsäcker volvió
a presentar su patente con el mismo título: «Técnica de extracción de energía,
producción de neutrones y manufactura de nuevos elementos mediante la fisión
del uranio o de elementos más pesados relacionados con él». Rainer Karlsch
afirma que esa segunda solicitud difiere de la primera en dos aspectos
significativos: «En primer lugar, la patente se solicita ahora en nombre del conjunto
del Instituto Káiser Guillermo en vez de en nombre de Von Weizsäcker en
solitario. En segundo lugar, se ha eliminado toda mención a bombas o explosivos
nucleares». [382]
La modificación podría achacarse a una o varias
razones, añade Karlsch. Podría reflejar el cambio de tornas en la guerra: en
noviembre de 1941, una victoria rápida de Alemania ya no parecía tan probable
como en el verano anterior. Pero «otra posible explicación es que Von
Weizsäcker y sus colegas cambiaran de idea: tal vez su inicial entusiasmo por
las aplicaciones militares del uranio se hubiera enfriado. Eso apoyaría las
declaraciones de Heisenberg y el propio Von Wiezsäcker después de la guerra en
el sentido de que su visita a Bohr en septiembre de 1941 se debió a los
sentimientos contradictorios que les suscitaba el hecho de estar trabajando en
armas nucleares». Un tercer motivo podría ser que no querían prometer algo que
no podían ofrecer.
Las dos patentes demuestran también que, como dice
Karlsch, en Alemania había dos grupos que trabajaban, y competían, en armas
nucleares: uno bajo la dirección de Kurt Diebner en Gottow, cerca de Berlín, y
otro dirigido por Heisenberg en Leipzig y Berlín.
El cuarto documento en manos de los rusos, que
constituye el primer relato textual de la popular conferencia de Heisenberg —en
la que estuvo presente Albert Speer—, evidencia que el físico sabía que los
norteamericanos estaban trabajando en una bomba —quizá por los «exhaustivos
reportajes de la radio estadounidense»— y que «algún día» Alemania seguiría el
camino marcado por Weizsäcker (el del plutonio), y que si la guerra «con
Estados Unidos» se prolongaba varios años, la bomba desempeñaría «un papel decisivo».
Es una declaración reveladora en un aspecto y
ambigua en otro. Está claro que los alemanes comprendían el potencial explosivo
del U-235 y del elemento 94 (plutonio), pero no lo está tanto si Heisenberg —o
Weizsäcker— ralentizaba sus investigaciones deliberadamente, o si de verdad
creía que la bomba tendría un papel decisivo en la guerra en el caso de que
esta durase muchos años. En apoyo de esto último está la evidencia —la idea
aparece en varios documentos— de que los físicos nucleares alemanes estaban convencidos
de que los anglo-norteamericano no podían adelantarlos. Cualquiera que sea la
razón, el resultado es el mismo: en Alemania no existía el entusiasmo
suficiente para embarcarse en un proyecto industrial a gran escala para
fabricar la bomba. [383]
* * * *
Antes de recapitular, volvamos a las cartas que
Bohr no llegó a enviar. Son más de una docena, aunque no todas están completas.
Existe también una que Heisenberg le remitió a él, a Bohr, y otra escrita por
Margrethe, la mujer del físico danés, que tampoco fue enviada.
De la lectura de estos textos se deducen seis
puntos de importancia, aparte del hecho de que Bohr no llegara a mandarlas:
1. Bohr insiste en que se acuerda bien del encuentro
con Heisenberg.
2. Señala el clima de la conversación: Heisenberg
estuvo muy hostil.
3. Alemania ganaría la guerra y a Heisenberg le
parecía «algo bueno».
4. Bohr recuerda que Heisenberg le dijo que
participaba activamente en los preparativos de una bomba atómica que, estaba
convencido, decidiría la guerra si esta duraba lo suficiente.
5. Bohr alude en cuatro ocasiones a la visita de
Jensen y dice que este hizo hincapié en sus esfuerzos por incrementar la
producción de agua pesada de Noruega y en que él y otros físicos alemanes solo
trabajaban en aplicaciones industriales —no militares— de la energía atómica.
Mientras que Bohr y sus colegas tenían la sensación de que Jensen decía la
verdad, al menos en lo que a él concernía, no estaban del todo seguros de
cuánto sabía en realidad del arma atómica.
6. Bohr se pregunta qué autoridad tenía Heisenberg
para revelar lo que reveló. [384]
Ciertas observaciones son de rigor.
La primera es que, como señala Aage, Niels Bohr no
transmitió a los Aliados lo que Heisenberg le dijo en su encuentro de 1941,
cuando Estados Unidos era aún un país no beligerante. En realidad, ni siquiera
lo intentó. Por tanto, es posible concluir, con independencia de lo que se
dijera, que Bohr no vio en las palabras de su colega ninguna amenaza inminente.
En segundo lugar, la declaración de Heisenberg,
según la describió Bohr, de que sus colaboradores y él estaban trabajando
activamente en una bomba atómica y de que, en su opinión, las armas nucleares
decidirían la guerra si duraba lo suficiente, resulta mucho más ambigua. Más
tarde, Bohr diría que del encuentro de 1941 sacó la impresión de que los
alemanes no estaban ni siquiera cerca de fabricar la bomba —en parte porque a
esas alturas a él la empresa no le parecía factible—, que es una de las razones
—quizá la principal— de que ni siquiera intentara ponerse en contacto con los
Aliados para transmitirles lo dicho en la reunión. Todo esto encaja con lo que
Paul Rose averiguó sobre la patente del reactor: se trataba ante todo de un
experimento académico preliminar, exploratorio.
Al contrario que Heisenberg, Bohr demostró una
conducta y una rectitud moral intachables. Pero es necesario examinar esa parte
de sus recuerdos —las cartas que no llegó a enviarle a Heisenberg fueron
escritas entre 1957 y 1962.
En 1941, Heisenberg y Weizsäcker creían, y tenían
muchos motivos, que la guerra concluiría muy pronto y en favor de Alemania. Los
bombardeos de Londres estaban en su momento culminante; las bombas habían
alcanzado el palacio de Buckingham; en el Atlántico, los submarinos alemanes
hundían cada vez más barcos británicos; la Wehrmacht se estaba aproximando a
Moscú; el general Rommel acababa de asumir el mando del Afrika Korps; los
judíos austríacos eran deportados a Polonia; y Charles Lindbergh instaba al gobierno
de Estados Unidos a firmar un pacto de neutralidad con Hitler. Sabemos por el
contenido del tristemente célebre discurso que dio en el Instituto Alemán de
Cultura de Copenhague, durante la visita a Dinamarca en que también vio a Bohr,
que para Heisenberg era importante que Alemania ganara la guerra, lo que,
aunque «triste» para Dinamarca, Noruega, Bélgica y los Países Bajos, que
estaban ocupados, «en lo que respecta a los países de Europa del Este era
bueno, porque no eran capaces de gobernarse a sí mismos». En su opinión, la
democracia tal vez no fuera lo bastante enérgica para hacer frente a las
dictaduras. [385]
Por todo ello, Paul Rose (entre otros) se hace una
pregunta muy pertinente: en su conversación con Bohr, ¿por qué necesitaba
Heisenberg hacer hincapié en la bomba y en el hecho de que era factible, aunque
a largo plazo? En 1941, como cualquier nacionalista alemán, incluido
Heisenberg, podía advertir, Alemania no necesitaba armas atómicas. Hay dos
explicaciones posibles.
Una es que, en efecto, Heisenberg intentaba decir a
Bohr que Alemania distaba mucho de estar en disposición de fabricar una bomba
atómica y lo hacía de forma sutil para no incurrir literalmente en el delito de
traición. Esto explicaría también el otro punto en que incidía Bohr: Heisenberg
no tenía ninguna autoridad para decir lo que estaba diciendo, pero lo decía de
tal manera que, si sus palabras llegaban a oídos de las autoridades de Berlín,
pudiera negarlas. Desde este punto de vista, su discurso en el Instituto Alemán
de Cultura solo fue, ciertamente, un acto de camuflaje diseñado para cubrirse
las espaldas. En público se mostraba como un patriota y, al mismo tiempo,
desviaba la atención de lo sucedido en su reunión con Bohr.
Pero hay otra explicación, que Rose defiende, mucho
más escalofriante y cínica. Rose cree que, con sus palabras, Heisenberg quería
decir que Alemania terminaría por construir la bomba incluso después de su
victoria en la guerra y la emplearía para someter —o para amenazar con someter—
a otras naciones a fin de imponer una Pax Nazica . [386]
Bohr podía estar al corriente de esas ideas o no.
Desde nuestro punto de vista, sin embargo, lo principal es que, si bien
Heisenberg consiguió enfadarle y ponerle furioso, el físico danés no encontró
motivos para actuar. Con independencia de la discusión técnica que tuviera con
Heisenberg en esa ocasión, hoy sabemos, por cortesía de Hans Bethe, que Bohr
estaba muy desinformado, no comprendía bien el funcionamiento del posible
armamento atómico, creía incluso que las armas nucleares no eran factibles, y,
por tanto, le parecía imposible que el Reich pudiera construir una en un plazo
previsible. No se daba cuenta, como Heisenberg y Weizsäcker, de que un reactor
podría llevar al plutonio. De manera que no reaccionó a la conversación con
Heisenberg.
Ahora volvamos a 1942 y 1943 y a las visitas de
Hans Jensen. Como ya hemos visto en el capítulo 9, Jensen era uno de los varios
físicos alemanes que, en el verano de 1942, intentaron alertar a los servicios
de inteligencia británicos —por medio de la resistencia noruega— de que en
junio de ese año Albert Speer había abortado el programa atómico alemán. De
manera que los historiadores sabemos hoy algo que Bohr no conocía entonces.
Cuando en 1943 dijo a Bohr que Heisenberg trabajaba en un reactor nuclear que a
su debido tiempo podría producir plutonio, Jensen, como experto en agua pesada
que era, estaba advirtiendo con un rodeo a Bohr, como ya había hecho
Heisenberg, que aún quedaba mucho para llevar la teoría a la práctica.
Es preciso decir, aun con el debido respeto a su
impecable reputación, que Bohr volvió a entender el mensaje al revés. Y no
porque no fuera capaz de comprender lo que le estaban diciendo, sino porque,
por vivir en la Dinamarca ocupada, no sabía qué investigaciones se estaban
llevando a cabo en Alemania, Gran Bretaña o Estados Unidos. Ese es el motivo de
que, cuando escapó al Reino Unido a finales de 1943, James Chadwick reaccionara
con confusión a los mensajes contradictorios que Bohr traía. Como Hans Bethe
recordaría, cuando llegó a Los Álamos, Bohr no comprendía el funcionamiento de
las armas nucleares y no había deducido los principios que conducían a la
producción y fisión de plutonio. Uno de los biógrafos de Oppenheimer observa:
«Bohr tenía mucho que aprender y poco que enseñar de la física de la bomba
atómica». [387]
* * * *
Al extraer las consecuencias de los acontecimientos
y revelaciones que acabamos de repasar, destacan seis por encima de todas las
demás:
·
Los alemanes ya contaban con un reactor atómico en 1941, y conocían la
relación entre reactor, agua pesada y producción de plutonio, y que el plutonio
sería fisionable.
·
Bohr no conocía el plutonio en esos momentos, razón por la que no estimó
necesario transmitir lo que sabía a los Aliados.
·
En el transcurso de 1941, el entusiasmo inicial de Heisenberg y
Weizsäcker por las aplicaciones militares de la fisión se había enfriado, bien
porque, como dijeron después de la guerra, tenían una sensación ambivalente,
bien porque creían que Alemania avanzaba triunfante en la contienda y no
necesitaría un arma de esas características, bien porque no querían prometer
algo que no podrían cumplir.
·
Heisenberg y Weizsäcker creían que los norteamericanos en general y
Fermi en particular trabajaban en pos de conseguir una reacción en cadena
sostenible.
·
El dibujo que Hans Jensen enseñó a Bohr en 1943, o, más probablemente,
el dibujo que el propio Bohr hizo como resultado de sus conversaciones, era de
un reactor, no de una bomba; este era distinto al de 1941, pero seguía siendo
un reactor, nada más.
·
Aislado como se hallaba en la Dinamarca ocupada, Bohr estaba hasta
cierto punto confuso ante la evolución de los acontecimientos. Había oído
rumores en el sentido de que se habían iniciado preparativos a gran escala para
la construcción de una bomba atómica y había recibido la visita de Hans Jensen,
que le había puesto al corriente de las últimas ideas de Heisenberg. Hoy
sabemos, por las pruebas aportadas por Rainer Karlasch, en junio de 1942,
cuando dictó una conferencia a la que asistió Albert Speer, que Heisenberg
sabía que la radio norteamericana había hablado de la fabricación de una bomba
atómica en suelo de Estados Unidos. Jensen también estuvo presente en el
encuentro de junio de 1942, de modo que sabía lo que Heisenberg sabía; y es
posible que él fuera la fuente de los «rumores» que, según Bohr dijo a
Chadwick, «circulaban por el mundo». Como en 1941 había tenido la sensación de
que Heisenberg se mostraba muy hostil, es probable que Bohr se sintiera
intimidado por la visita de Jensen en 1943, aunque lo que este le enseñó era un
reactor y nada más que un reactor.
* * * *
Ahora debemos volver a ciertos acontecimientos
ocurridos en Londres entre la fuga de Bohr de Dinamarca y su viaje a Los
Álamos. El primero de ellos fue la cena privada celebrada en el hotel Savoy el
mismo día de su llegada a la capital británica (véase el capítulo 13). Entre
los invitados había no menos de cuatro responsables de los servicios de
inteligencia británicos: sir Stewart Menzies, el comandante Eric Welsh,
Reginald V. Jones y su segundo, Charles Frank. Jones tenía línea directa con
Churchill, y Frederick Lindemann, otro invitado, también. Aquella noche en el
Savoy se dieron cita personalidades importantes.
Sin duda, las autoridades de los servicios de
inteligencia habían acudido a la velada en parte para escuchar de primera mano
lo que Bohr sabía de los planes de Alemania. Por otro lado, es concebible que,
teniendo en cuenta el clima festivo de la reunión, los británicos no dijeran a
Bohr que contaban con pruebas de que Alemania no tenía programa atómico o lo
había abandonado. Podemos estar seguros de ello porque, como varios testigos
aseguraron después —Jones, Lindemann, sir John Anderson—, uno de los temas de
discusión principales aquella noche, si no el principal, fue la disquisición de
Bohr sobre los rusos y la necesidad de compartir información con ellos en lo
referente a la energía y las armas atómicas para crear una nueva forma de
cooperación internacional en la posguerra. En realidad, aquella fue, para la
mayoría de los presentes, la primera ocasión en que se sugería la idea. ¿Habría
sido así en caso de que la amenaza de que los nazis se hicieran con la bomba
fuera real? Y si Bohr llevaba consigo un dibujo de Heisenberg o de Jensen, ¿no
lo habría enseñado? ¿No habría sido ese dibujo el principal tema de
conversación?
Bohr permaneció en Londres desde primeros de
octubre hasta primeros de diciembre, y visitó los lugares donde se llevaban a
cabo las investigaciones más importantes: Liverpool, Birmingham, Oxford y
Cambridge. En noviembre, solapándose con los viajes de Bohr, llegaron a Londres
dos ayudantes del general Groves: Richard Tolman y Robert Furman; y se produjo
el primer intercambio abundante de información confidencial sobre energía
nuclear. En los documentos de Groves conservados en el Archivo Nacional de Washington
figuran varias páginas escritas a lápiz que resumen el itinerario de Richard
Tolman en Londres. El miércoles 17 de noviembre se reunió con Wallace Akers,
Michael Perrin, Eric Welsh y R. V. Jones, que habían acudido a la cena de
recepción de Bohr en el hotel Savoy, y los norteamericanos comprobaron la
importancia de las informaciones confidenciales que tenían los
británicos. [388] Pronto veremos que existen motivos para dudar de esa historia, la
oficial, pero incluso esta versión oficial arroja nueva luz sobre la llegada de
Bohr a Los Álamos.
* * * *
Cuando Bohr llegó a la meseta del Pajarito, su
cabeza era un caos. Había escapado de Dinamarca preocupado por el progreso del
proyecto atómico alemán y, como él mismo dijo, con la sensación de que Jensen
no estaba al corriente de todo lo que sucedía en Alemania y no había podido —o
no había querido— contarle toda la verdad sobre los planes nazis. Pero en
Londres había observado con asombro los progresos aliados y desde ese momento,
teniendo en cuenta también lo que le habían dicho los servicios de inteligencia
británicos, la naturaleza del proyecto había cambiado radicalmente. Ahora se
temía que las relaciones con Rusia constituyeran el mayor problema en un
futuro. Se trataba de un cambio total de perspectiva. Había abandonado
Dinamarca preocupado por las actividades de Heisenberg y ahora, abrumado, debía
digerir los logros de los Aliados.
Sin duda habló de todo eso con el general Groves
durante el viaje de dos días que los llevó de Chicago a Lamy, la estación de
tren más próxima a Los Álamos. Según sabemos, fue también en ese viaje cuando
Groves le dijo a Bohr de qué podía y de qué no podía hablarse en Sitio Y. Y por
otros residentes de la «Reserva», que es como los rusos llamaban al complejo,
sabemos que estaba prohibido hablar de política o del empleo de la bomba, es
decir, «de temas no científicos». El motivo lo aclararemos más adelante.
Según Groves, Bohr estaba ahora de acuerdo con la
valoración de los servicios de inteligencia británicos: en el terreno atómico,
Alemania no representaba una amenaza importante. Según la historia oficial, el
general, como sabemos, había sido informado hacía pocos días por Richard Tolman
y Robert Furman de los datos que manejaba la inteligencia británica, pero se
dejó llevar por su natural desconfianza —ya hemos hablado de ella en varias
ocasiones—. Groves, que se resistía a aceptar las conclusiones de la inteligencia
británica para no desmotivar a sus científicos, y porque podían socavar su
importante papel en la guerra, prefirió pensar, por así decirlo, que el dibujo
provenía de fuentes autorizadas y lo dio por bueno. Y así sus científicos
seguirían al pie del cañón.
Para mantener el secreto del Proyecto Manhattan,
Groves adoptó la medida de dejar por escrito lo menos posible. De modo que no
hay registros, ni en los documentos que se conservan de él ni en los de Bohr,
de lo que sucedió durante aquel trayecto en tren. Todo lo que sabemos es que el
general le explicó al físico de qué se podía hablar en el interior de Los
Álamos y de qué no. Pero consideremos la situación desde el punto de vista de
Groves. Bohr era, junto con Einstein, el científico más importante del mundo
dentro del bando aliado, y tenía estatus de viejo estadista. Acababa de llegar
de Londres, donde se había reunido con los físicos más importantes del Reino
Unido y, lo que es más importante, con un grupo de responsables de los
servicios de inteligencia que le habían dado pruebas —al tiempo que se las
daban, casi simultáneamente, a dos ayudantes del general Groves— de que los
alemanes no tenían ni tendrían la bomba. Pero Bohr llegó a Los Álamos con un
dibujo que, según él, y/o según Groves, podría ser la prueba de que los
alemanes sí disponían del arma atómica. También sabemos, como afirman sus dos
biógrafos, que el general temía que los científicos de Los Álamos llegaran a
saber que Alemania no tenía ni tendría la bomba, porque podían desmotivarse.
Como veremos en la tercera parte de este libro, después de su visita a Los
Álamos, toda la conducta de Bohr se explica por su preocupación con Rusia. Y
esa conducta demuestra que había aceptado que los alemanes no tenían la bomba
ni la tendrían.
Queda, por tanto, la sospecha de que en el
mencionado viaje en tren, Groves consiguiese de alguna forma que Bohr atenuara
sus preocupaciones sobre Rusia y conservara la idea de que el dibujo que, según
Hans Bethe, no tenía ningún sentido era el boceto de un prototipo de arma
atómica. Y así sus hombres no perderían la motivación. Observando la diferencia
entre el Bohr de Londres a finales de noviembre de 1943 y el Bohr de Los Álamos
el día de Nochevieja, es obvio que algo así debió de ocurrir.
Bohr debió de enseñarle el dibujo a Groves en el
tren —o quizá el dibujo lo hiciera él—, y a Groves le preocupó lo suficiente —o
dijo que le preocupó— para pedirle a Oppenheimer que convocara la reunión de
Nochevieja. Durante esa reunión, por otro lado, quedó claro que el objeto del
dibujo no era una bomba, aunque podría producir plutonio. Pero en esos momentos
Bohr, según Hans Bethe, desconocía el mecanismo de producción del plutonio. En
cualquier caso, el dibujo logró su propósito: los científicos de Los Álamos
siguieron con la cabeza puesta en Alemania.
Según Thomas Powers, las dimensiones del complejo
de Los Álamos bastaron para asustar a Bohr y hacerle cambiar de opinión sobre
el proyecto atómico alemán. Pero no pudo sucederle lo mismo con su elaborado
punto de vista sobre Rusia, que había afinado recientemente en Londres. Lo
demuestra su actitud posterior, de la que nos ocuparemos en la tercera parte
del libro. La posibilidad de que los alemanes se hicieran con la bomba no podía
preocuparle ya, pero bien pudo haber sacado el dibujo para comprobar qué opinaban
de él sus colegas, más informados que él en cuestiones atómicas. Paul Rose
escribe que Robert Serber le contó que cuando, en la reunión de Nochevieja de
1943, Oppenheimer afirmó que el autor del dibujo era Heisenberg, Bohr no le
contradijo. ¿Por qué? Aun estando confuso, Bohr seguramente habría intervenido,
era lo más coherente teniendo en cuenta su forma de ser. ¿Y si el dibujo se lo
había dado Hans Jensen en Copenhague —el dibujo o ideas que sirvieran de base
para el dibujo— y Bohr dio por sentado que el autor era Heisenberg, o que se
trataba de una plasmación fiel de las ideas de Heisenberg? Desde cualquier
punto de vista habría sido interesante conocer el pensamiento final de
Heisenberg.
En todo caso, lo importante es que el dibujo
perdido era una prueba más de que los alemanes carecían de proyecto de
construcción de la bomba atómica. Seguían experimentando con reactores para
obtener energía de la fisión. Esta circunstancia, en realidad, se sumaba a las
muchas y convincentes pruebas de que, a pesar de lo que Groves pudiera decir,
los alemanes no tenían un programa atómico serio cuando Bohr llegó a Los
Álamos.
Es asimismo importante que ese dato, que los
alemanes no fabricarían la bomba, se les hurtara a los científicos que
trabajaban en el Proyecto Manhattan. De haberlo conocido, ¿cuál habría sido su
reacción? No lo sabemos, pero sí podemos estar seguros de que su opinión habría
alterado el curso —y el impacto— de los posteriores argumentos de Bohr, que
analizaremos en los siguientes capítulos.
* * * *
De lo sucedido en aquella época también hay que
considerar otro factor, que en este caso afecta a James Chadwick. El diario
escrito a lápiz de Richard Tolman confirma que, el mismo día que él y Robert
Furman se entrevistaron en Londres con Wallace Akers, Eric Welsh, R. V. Jones,
etcétera, Tolman se reunió también con Chadwick. Sin duda repitieron parte de
lo dicho el día anterior: para Chadwick, Heisenberg era con mucho el más
peligroso de los físicos alemanes «por su capacidad intelectual». Además de ser
el físico británico de más rango del proyecto atómico, Chadwick era un hombre
pragmático y realista. Poco después de su reunión con Tolman, llegó a Estados
Unidos, donde pasó varias semanas viajando «para hacerse una idea cabal del
Proyecto Manhattan». Le impresionó especialmente el complejo de Oak Ridge,
Tennessee, ciudad secreta, sin existencia oficial, que, sin embargo, medía
veinticinco kilómetros de largo y once de ancho, tenía alojamientos para trece
mil personas y estaba dominada por una fábrica gigantesca de casi dos
kilómetros de largo diseñada especialmente para albergar las plantas de
separación electromagnética de Ernest Lawrence. La planta de difusión gaseosa
ocupaba 2.500 hectáreas en una esquina del recinto —el lugar pensado en Gran
Bretaña para una planta equivalente, concebida por Francis Simon, tenía veinte
hectáreas—, diecisiete restaurantes servían cuarenta mil comidas diarias, había
granjas de pollos y ganado vacuno, ochocientos autobuses trasladaban a los
trabajadores y se contaba con un hospital con 337 camas.
De todo ello, Chadwick extrajo dos conclusiones
importantes: primero, el complejo impresionaba simplemente por sus dimensiones,
hasta el extremo de que se preguntó cómo era posible que a sus compatriotas se
les hubiera pasado por la cabeza construir uno semejante en Gran Bretaña; y,
segundo, la imposibilidad de camuflar una localidad como Oak Ridge a las
patrullas de reconocimiento aéreo, de lo que cabía deducir que, a no ser que la
RAF descubriera algún lugar de parecidas características en Alemania, la amenaza
de que los nazis llegaran a fabricar la bomba era inexistente. [389]
Hacia finales de 1943, prácticamente ningún alto
cargo aliado creía que Alemania contaba con un programa atómico propio. Eso
incluía a Leslie Groves, pero no a sus científicos de Los Álamos.
Capítulo 15
«No me vengan con escrúpulos». La pérdida de la inocencia
Podemos añadir a lo dicho un relato de Josef
Rotblat sobre un encuentro que se produjo en Los Álamos en la primavera de
1944, a las pocas semanas de la llegada de Bohr. Rotblat era un físico polaco
beneficiario en 1939 de una beca para estudiar con James Chadwick en Liverpool.
Poco después de viajar al Reino Unido estalló la guerra y no pudo regresar a su
país. [390]
En los archivos figura que llegó a Estados Unidos
el 16 de febrero de 1944 para unirse al Proyecto Manhattan. Según su relato de
los hechos, escrito después de la guerra, al llegar a Los Álamos se hospedó en
la casa de su antiguo profesor en Liverpool y su esposa antes de trasladarse al
edificio destinado a hombres solteros, conocido como la «Casa Grande». En el
mes de marzo, cuando aún vivía con ellos, los Chadwick organizaron una cena a
la que asistió el general Groves. Durante la velada, Groves dio a entender que
«la verdadera razón de la bomba era doblegar a los Russkies ».
«Hasta entonces —añade Rotblat—, yo creía que nuestra tarea era evitar la
victoria de los nazis. Ahora me decían que el arma que estábamos preparando se
emplearía contra un pueblo que estaba haciendo sacrificios extremos para
alcanzar la misma meta.» Al oír las palabras de Groves, dice, sintió «una
profunda sensación de traición». [391]
Si ordenamos cronológicamente las fechas de los
acontecimientos examinados en los capítulos 8, 9 y 12, nos damos cuenta de que
el propósito último para fabricar la bomba atómica cambió radicalmente en 1943.
Y existen otros detalles que respaldan esa idea. En 1985, Rotblat contó que
había encontrado una carta de Oppenheimer a Enrico Fermi del 25 de mayo de 1943
—tres semanas después de que el MPC hubiera escogido Japón como blanco de la
primera bomba—. En ella, Oppenheimer planteaba la posibilidad de desarrollar en
secreto un veneno radiactivo —más concretamente, estroncio radiactivo— para
contaminar alimentos, y añadía que bastaba con dar el visto bueno a la
tecnología que lo haría capaz siempre y cuando el producto pudiera «acabar con
la vida de al menos medio millón de personas». La ocurrencia, sorprendentemente
sanguinaria, sugiere que Oppenheimer no estaba pensando en la bomba como mero
elemento disuasorio. Por otra parte, Robert Wilson, otro físico de Los Álamos,
advirtió que, cuando algún científico sugería al director creativo del Proyecto
Manhattan que los físicos soviéticos también debían participar en este —como
hacían los británicos y puesto que todos eran aliados— o, al menos, debía
informárseles por adelantado antes de que la producción de la bomba se
concretase, Oppenheimer «daba por terminada la conversación».
En realidad, en Los Álamos, las autoridades ponían
trabas a toda discusión de los aspectos políticos de las armas nucleares y su
uso, y el debate encontraba aún mayores obstáculos por la política de
compartimentación del general Groves —por no hablar de su certidumbre de que
las bombas acabarían por ser utilizadas sí o sí. [392]
Otro punto de vista interesante es el de David
Hawkins, uno de los ayudantes de Oppenheimer. Hawkins se encontraba en el
despacho de su superior el 31 de diciembre de 1943 cuando apareció Groves, que
había llegado a Los Álamos con Bohr el día anterior, y oyó decir al general que
habían recibido un informe «de fuentes alemanas» según el cual los alemanes no
contaban con un programa atómico. Según Hawkins, «Oppenheimer guardó silencio».
Acto seguido, Groves dijo que no estaba seguro de que dicha fuente fuera de
fiar, pero Hawkins añade algo más: «que aquel informe fuera cierto o no carecía
de importancia. Las cosas habían ido demasiado lejos y en Los Álamos estábamos
decididos a fabricar la bomba con independencia de los progresos alemanes ...
Oppenheimer se limitó a encogerse de hombros». [393]
Ya hemos visto que Groves tenía tendencia a restar
mérito a los servicios de inteligencia británicos —e incluso a mentir sobre
ellos—, y parece que eso fue lo que ocurrió. Hoy sabemos que los
norteamericanos habían leído el expediente de los británicos sobre el asunto el
17 de noviembre, es decir, hacía poco más de un mes, y que el comandante R. R.
Furman estuvo en Londres en diciembre para organizar una oficina de enlace del
Proyecto Manhattan y contribuir a una mayor colaboración entre los servicios de
inteligencia británicos y norteamericanos. Desconocemos los detalles, o, más
exactamente, qué sabía Groves antes incluso de esas fechas, pero sí tenemos
constancia de que Richard Tolman se reunió con Eric Welsh y R. V. Jones en
Londres, y conocemos también que Robert Furman estuvo examinando los centenares
de fotografías que había tomado la RAF de las minas de Jáchymov (Joachimsthal),
controladas por los nazis. Las imágenes demostraban que, aunque habían
transcurrido varios años, los alemanes no habían tocado los enormes yacimientos
de pecblenda de esas minas. Franklin Matthias, jefe de construcción de la mina
de Hanford, había asegurado a Groves que, si tenían un programa atómico en
marcha, los alemanes necesitarían una planta de tamaño industrial muy parecida
a la de Hanford, donde «entraba material en grandes cantidades y no salía
apenas nada». Tras examinar las fotografías de Jáchymov (Joachimsthal), hasta
Furman se inclinaba a pensar que los alemanes «no estaban activamente
interesados en la bomba. En realidad, todas las informaciones nos inducían a
creer que las probabilidades de que tuvieran la bomba eran de una entre diez».
Esas palabras, y esas estimaciones, sugieran que los británicos todavía no
habían compartido con sus aliados todos los datos de que disponían.
Thomas Powers opina que la fuente alemana de la que
Groves no se fiaba era Hans Jensen, que, ya sabemos, estaba relacionado con el
boceto del reactor que Bohr le había enseñado al general. [394] De haber estado al corriente del informe de Paul Rosbaud y sus
demás contribuciones, o la prueba negativa —la ausencia de mención al programa
atómico— de los mensajes encriptados de las máquinas Enigma —hablamos de ello
en el capítulo 9—, Groves sin duda habría desconfiado menos.
Pero los mensajes de Enigma eran demasiado
importantes para el resto del esfuerzo de guerra como para compartirlos. El
caso es que Groves descartó la nueva prueba porque tenía otra agenda.
Volveremos a eso en un momento, pero antes merece
la pena detenerse en el motivo de que Josef Rotblat fuera el único físico que
abandonó el Proyecto Manhattan, aunque lo hiciera en diciembre de 1944, cuando
los descubrimientos de la misión Alsos confirmaron por fin, para público
regocijo de Groves, que Alemania no disponía de la bomba. [xv] Lo que también confirma ese hecho, lógicamente, es que los
científicos no tenían acceso —se les negaba— a los datos asombrosamente
precisos de la inteligencia británica que Groves sí conocía.
Después de la guerra, Rotblat habló de tres motivos
por los que ningún otro científico siguió su camino, motivos que ayudan a
comprender qué sucedió en el Proyecto Manhattan en aquellos días cruciales.
En su opinión, la primera de las razones del
«compromiso» de sus colegas con la bomba era la pura curiosidad científica, el
deseo de comprobar que todo funcionara según predecía la teoría. «Cuando te
encuentras con algo técnicamente factible —dijo Oppenheimer—, sigues adelante.
Luego ya entras en debates, pero solo cuando técnicamente el experimento ha
dado sus frutos. Eso es lo que ocurrió con la bomba atómica.» «No me vengan con
escrúpulos de conciencia —protestó Fermi ante sus colegas en aquella época—. Esa
cosa es ciencia física de primerísimo nivel.» [395] Más tarde, Fermi dijo también que daba igual que la bomba fuera un
éxito o no, «porque como experimento científico valía mucho la pena». Es
posible que solo quisiera reducir la tensión en los días anteriores a las
pruebas de la bomba de plutonio en el desierto de Alamogordo, como luego diría
Groves, pero Freeman Dyson, un físico-matemático anglo-norteamericano, estaba
de acuerdo con sus colegas: «Los Álamos fue para ellos una inmensa broma. Su
inocencia quedó intacta». [396] David Hawkins, que se comprometió con la bomba a pesar de todo,
dijo que le molestaba aquel entusiasmo «alegre, enloquecido, delirante» sobre
el arma, y se dio cuenta de que algunos compañeros «habían perdido contacto con
las graves consecuencias» que acarrearía su trabajo. [397] Como mencionamos en el prólogo de este libro, ya lo dijo el
almirante William Halsey: los científicos tenían un «juguete» y tenían ganas de
probarlo, «por eso lanzaron la bomba». [xvi] El segundo motivo del compromiso de los científicos con el
Proyecto Manhattan, aunque solo lo expresaran pasado un tiempo, era que,
utilizada contra Japón, la bomba salvaría vidas —este argumento también ha
quedado finalmente desacreditado, como ya vimos en el prólogo—. Y un tercer
motivo, sostenía Rotblat, era que todo científico que abandonara el proyecto,
aunque lo hiciera en su fase avanzada, ponía en peligro su carrera. «Los
científicos con conciencia social —dijo— estaban en minoría. Casi todos dejaban
sus principios morales en manos de otros.»
En su biografía de Oppenheimer publicada en 2012,
Ray Monk añade un cuarto motivo: lealtad al líder. A pesar de que para más de
uno de sus colegas Oppenheimer fuera un «intelectual esnob y ridículo» y «un
falso», el líder, dice Monk, era para muchos otros una figura inspiradora,
alguien que, como dijo el físico británico James Tuck, había creado en Los
Álamos «el club más exclusivo del mundo». [398] En aquel lugar, Tuck «encontró el espíritu de Atenas, de Platón,
de la república ideal».
Rudolf Peierls diría más tarde que muchos
científicos de Los Álamos eran unos ingenuos, pero añadió que a él nunca se le
pasó por la cabeza que no lanzarían la bomba sobre un objetivo estrictamente
militar, sino sobre una ciudad.
Lo esencial es que, para cuando Bohr y Klaus Fuchs
pisaron suelo norteamericano, la fabricación de la bomba tenía otra finalidad.
Ambos lo sabían, pero muchos de sus colegas no, y tardarían tiempo en saberlo.
Resulta asombroso que en una comunidad tan cerrada coexistieran tantos niveles
de conocimiento, pero parece que eso fue lo que ocurrió en Los Álamos. El
cambio de objetivo no fue tan obvio entonces como ahora parece observando el
curso de los acontecimientos.
La historia oficial estadounidense del Proyecto
Manhattan, The New World, guarda silencio en este aspecto. Todo lo
que dice es: «El proyecto de la bomba empezó con la meta de superar la ventaja
inicial de los nazis. Cuando los norteamericanos perdieron el miedo a que los
científicos alemanes les ganasen la partida, pusieron la vista en Japón». [399] Y no hay más. Ni argumentación ni debate. Y ninguna alusión a
Rusia.
Sería interesante saber, aunque quizá resulte
imposible después de tanto tiempo, cuántos físicos de Los Álamos compartían el
punto de vista de David Hawkins de que todos ellos estaban «comprometidos» con
la fabricación de la bomba. Nadie más, aparte de Rotblat, abandonó el proyecto,
pero ¿lo habría hecho de haber estado al corriente de los datos de los
servicios de inteligencia británicos? ¿Habrían seguido adelante los científicos
sin saber cómo podía terminar la guerra con Japón? Los dos biógrafos de Groves
están convencidos de que el general hurtó a los científicos las informaciones
obtenidas por los británicos porque temía sus objeciones y que se apearan del
Proyecto Manhattan, pero hasta ahora no se han comprendido el alcance y las
consecuencias de su engaño.
En su libro sobre Fuchs y Peierls, Christoph Laucht
confirma también la «inmensa mayoría» de los científicos de Los Álamos a
quienes se mantuvo en la ignorancia de los hallazgos de la misión Alsos —es
decir, que Hitler «ni siquiera había llegado a estar cerca» de fabricar la
bomba— y acusa a Groves de «no tener el menor interés en informar a Peierls y
sus colegas ... porque esa información podía minar la moral de los científicos»
y, por consiguiente, poner en peligro el programa atómico. Una mayoría de los científicos
de Los Álamos, pues, no tuvo noticia de los informes de los servicios de
inteligencia británico y norteamericano que revelaban que Alemania no poseía
ningún ingenio nuclear y, al principio, apenas expresaron dudas morales o
políticas sobre la continuación de su trabajo en armamento nuclear. Laucht
prosigue: «Prohibiendo debates morales y políticos entre los científicos
mediante la aplicación de un estricto régimen de horarios y plazos, J. Robert
Oppenheimer contribuyó también significativamente al desarrollo del
proyecto». [400]
Desde luego parece que entre los científicos
coexistían varios niveles de conciencia. En los papeles de James Chadwick
conservados en el Churchill College de Cambridge, en la parte de su
correspondencia cuando se encontraba en Los Álamos, hay varios documentos que
tratan del efecto de las bombas en distintos lugares, la altitud a que por
seguridad tenían que volar los bombarderos al lanzar la bomba y una colección
de fotografías, fechadas entre febrero de 1944 y marzo de 1945, en las que
aparecen los blancos sobre Alemania antes y después de los bombardeos. [401] Al parecer, David Hawkins, Rudolf Peierls y Josef Rotblat conocían
o comprendían, en distinta medida, cuál era el objetivo de la bomba. Que
Rotblat se sintiera «traicionado» en marzo de 1944 demuestra que, aun
alojándose en casa de los Chadwick, tenía puntos de vista contrarios a los de
su anfitrión y colega. O, teniendo en cuenta las fotografías de Alemania que se
conservan en sus archivos, ¿estaría Chadwick también in albis sobre
Japón?
Hacia el final de su vida y contestando a las
preguntas de un entrevistador, Chadwick dijo: «Ya en 1941 me di cuenta de que
la bomba no solo era factible, sino también inevitable». Ya en ese año, añadió,
se daba cuenta de que, tarde o temprano, «científicos de todo el mundo»
descubrirían la manera de fabricar artefactos nucleares, los fabricarían y
«algún país los lanzaría». [402]
Después de la guerra, en sus memorias, Groves lo
expresó así: Cuando empezamos a desarrollar la energía atómica, Estados Unidos
ni mucho menos pensaba en emplear sí o sí armas atómicas contra otra potencia.
Con la puesta en marcha del Proyecto Manhattan, sin embargo, la situación
empezó a cambiar. Nuestro trabajo era extraordinariamente costoso, tanto por el
dinero que requería como porque interfería en el resto del esfuerzo de guerra.
A medida que transcurría el tiempo, y a medida que invertíamos más y más
capital y esfuerzo en el proyecto, el gobierno se iba comprometiendo cada vez
más al uso de la bomba, y si con frecuencia se ha dicho que acometimos la
fabricación de esa arma terrible para que Hitler no se hiciera con ella
primero, el hecho es que se decidió poner toda la carne en el asador en el
proyecto pensando que utilizaríamos la bomba para poner fin a la guerra. ... La
primera mención seria de la posibilidad de no lanzar la bomba se produjo
después del V-E Day[Día de la Victoria en Europa], cuando el
subsecretario de la Guerra,[Robert P.]Patterson, me preguntó si la rendición de
Europa no alteraba nuestros planes de lanzar la bomba sobre Japón. Yo le dije
que la victoria en Europa no era suficiente motivo para cambiar la decisión
tomada por el presidente Roosevelt el día que dio su aprobación al tremendo
esfuerzo del Proyecto Manhattan. [403]
¿Es muy ingenuo pensar que el Proyecto Manhattan
podría haberse anulado a pesar de estar tan avanzado y pese a la inversión y el
esfuerzo enormes que había supuesto, aun sin la aprobación del Congreso?
Vannevar Bush, mucho mayor que Hawkins, confiaba en que Estados Unidos fuera el
único país que poseyera la bomba, como una forma de «garantizar la paz del
mundo». Fue unas de las razones de las disputas entre los Aliados: durante un
tiempo, Bush, Henry Stimson e incluso Roosevelt creyeron que Estados Unidos debía
arrogarse el monopolio nuclear.
¿Se llegó a tomar la decisión de que así fuera? Más
avanzada la contienda, Stimson insistió en que Roosevelt siempre quiso lanzar
la bomba cuando estuviera disponible: «No había otra forma de justificar tan
enorme gasto en tiempo y en dinero». [404] ¿Puede decirse que las bombas atómicas contra Japón se lanzaron en
parte por motivos contables? Merece la pena repetir que el volumen uno de The
New World, la historia de la bomba de la Comisión de Energía Atómica de
Estados Unidos, escrita bajo los auspicios del Comité Asesor en Historia de
dicha comisión, entre cuyos miembros se encontraban Arthur Compton y Glenn
Seaborg, galardonados con el Nobel, solo dedica dos frases de sus 766 páginas
al cambio de objetivos. [405]
¿Era tan obvio para los que ostentaban el poder que
la bomba se fabricaría en cuanto fuera técnicamente factible porque si un
«aliado» podía hacerlo, el otro también podría? Las palabras de John
Moore-Brabazon, que ya citamos, sobre la «influencia política sin precedentes»
que otorgaría la bomba a la nación que la poseyera en solitario, recuerdan el
atractivo y el peligro de esa manera de pensar.
Con ese telón de fondo, y esa forma de pensar, ¿qué
nos sugiere la siguiente cronología de los hechos?
·
Junio de 1942: Paul Rosbaud recibe datos fehacientes de que Albert Speer
ha puesto fin al programa atómico alemán; Roosevelt da luz verde al Proyecto
Manhattan.
·
23 de agosto de 1942-2 de febrero de 1943: batalla de Stalingrado. Rusia
vence y emerge como potencia mundial.
·
13 de enero de 1943 (con el fin de Stalingrado a la vista): Estados
Unidos aborta la cooperación Gran Bretaña y Canadá.
·
5 de mayo de 1943: el Comité de Política Militar escoge Japón como
blanco de la primera bomba atómica.
·
7 de mayo de 1943: J. Edgar Hoover informa a Roosevelt de que hay
«pruebas concluyentes» de que Rusia ha infiltrado agentes en el Proyecto
Manhattan, que ya conocía desde hacía algún tiempo.
¿O derivó el mundo hacia la era nuclear sin que los
políticos involucrados estuvieran al tanto de los avances de la física y sin
pensar adónde conducían los acontecimientos? Que The New World solo
dedique dos frases al tema sugiere que la historia oficial prefiere evitar una
discusión incómoda. James Chadwick fue el anfitrión de aquella cena en la que
Groves dejó estupefacto a Josef Rotblat con sus comentarios sobre Rusia. Para
entonces, como hemos visto, Chadwick ya estaba convencido de que Alemania no
tenía ni tendría la bomba. Al visitar las enormes instalaciones de Oak Ridge,
se dio cuenta de que los aviones de reconocimiento de la RAF ya habrían
divisado cualquier instalación similar en suelo alemán, en caso de que la
hubiera.
Y no podemos olvidar el hecho de que, en el verano
de 1942, antes de que el Proyecto Manhattan hubiera incurrido en gastos de
consideración, los británicos ya sabían que los alemanes no tenían ninguna
bomba capaz de alterar el curso de la guerra. Eso, por supuesto, no significa
que Alemania no fuera capaz de desarrollar la tecnología precisa, pero si los
Aliados ganaban la guerra, la ciencia alemana se vería sometida a unos límites,
como en realidad ocurrió.
Tampoco es posible soslayar que el MPC, del que
Groves era el miembro más poderoso, escogió Japón el 5 de mayo de 1943, es
decir, cuatro meses antes de la constitución del equipo Alsos, que tenía la
misión de seguir a las tropas durante la invasión de Italia en busca de la
bomba atómica alemana, en caso de que existiera. Además, como hemos visto,
cuando, en septiembre de 1943, Chadwick visitó el Pentágono, sus anfitriones le
comunicaron sus temores: «Sospechan que Alemania va muy avanzada y creen que está
más cerca que Estados Unidos de fabricar algún tipo de arma» (véase el capítulo
12).
Pero en todo esto hay algo que no encaja. Si en
septiembre de 1943, los mandamases de la política y el ejército estadounidenses
pensaban que Alemania llevaba la delantera en el programa atómico, ¿por qué
cuatro meses antes, en mayo, Groves estuvo de acuerdo en cambiar el blanco
atómico a Japón cuando la bomba iba dirigida contra Hitler? Antes incluso de
eso, en enero de 1943, Vannevar Bush y James Conant se mostraron impacientes
por marginar a los británicos, aunque, eso decían, Alemania llevaba un año de ventaja
y eran conscientes de que dar la espalda a los británicos podría retrasar hasta
seis meses el programa atómico. «Pero Conant y los demás eran de la opinión de
que, en caso de producirse, un retraso no supondría un gran obstáculo ni
resultaría fatídico. El monopolio de posguerra era muy importante, si no lo más
importante.» Por otro lado, Samuel Goudsmit, el científico que estaba al frente
de Alsos, observó que la idea de que los alemanes fueran por delante casi
suscitaba «pánico» en ciertas personas y algunos llegaron a enviar a su familia
a vivir al campo.
No, todo eso no encaja. Además, dada la política
del general Groves de dejar pocos testimonios escritos, no podemos por menos de
tener la sospecha de que, como mínimo, Bush, Conant y él sabían mucho más del
estancamiento alemán de lo que dejaban traslucir —y de lo que años más tarde
aseguraron—. Ninguna otra circunstancia podría explicar la curiosa cronología
de acontecimientos de 1943. Solo si supieron con certeza que Alemania no
disponía de programa atómico viable pudieron tomar las decisiones que tomaron.
Como hemos visto, los análisis de los servicios de inteligencia estadounidenses
eran muy imprecisos y exageraban la capacidad atómica de los nazis. Sin
embargo, eso no cuadra con el orden de hechos importantes de 1943 —dentro de la
crónica de la fabricación de la bomba atómica—. La historia oficial de los
servicios de inteligencia británicos durante la guerra asegura que Gran Bretaña
no dio ninguna información de verdadero valor a los norteamericanos hasta
finales de 1943. Pero es difícil tragárselo.
* * * *
En lo que respecta a Japón, el otro enemigo, Groves
admitió que los Aliados no estaban preocupados, sabían que no tenía capacidad
para fabricar la bomba. Eso nos deja a Rusia.
No obstante, y como veremos en la cuarta parte,
parece que a Groves Rusia nunca le preocupó tanto como debió. De manera que,
llegados a este punto, es pertinente preguntarse: si el Proyecto Manhattan no
hubiera seguido adelante, ¿habrían organizado los rusos su propio programa
nuclear? ¿Habrían dado fe con los hechos del argumento de Chadwick: que una
nación como Rusia fabricaría la bomba y la lanzaría? Más concretamente, ¿habría
llegado Rusia a ser la amenaza que Groves, Churchill y otros temían?
Capítulo 16
Las garras del oso
Si el propósito de la bomba estaba cambiando y
Rusia se había convertido en el mayor objeto de atención, saber qué
conocimientos de física atómica tenían los soviéticos resulta, evidentemente,
muy relevante.
Durante su estancia en Gran Bretaña, Bohr, como es
lógico, pasó mucho tiempo con James Chadwick, el físico más eminente del
programa atómico norteamericano, a quien Bohr conocía desde la década de 1920,
su época en los laboratorios Cavendish. Sin duda, hablaron del progreso de la
física rusa. Podemos estar seguros porque, en febrero de 1941, Chadwick se
había puesto en contacto con Francis Simon, de los laboratorios Clarendon de
Oxford, para pedirle que le mandara un artículo de un boletín científico ruso, aunque
el texto en cuestión estaba en alemán. Chadwick había estudiado en Berlín y
allí había estado recluido durante la primera guerra mundial, de manera que
hablaba bien el alemán. Simon copió el artículo para Chadwick. Se titulaba
«Uber die spontane teilung von Uran» («De la división/escisión espontánea del
uranio») y sus autores eran Konstantín Petrzhak y Gueorgui Fliórov, del
Instituto de Investigación del Radio de la Academia de Ciencias de la Unión
Soviética, que pertenecía al Instituto Físico Técnico de Leningrado.
No sabemos qué motivos tenía Chadwick para
consultar ese artículo, que fue publicado el 14 de junio de 1940, o por qué lo
conocía, aunque el Directorio de «Tube Alloys» procuraba estar al corriente de
las publicaciones extranjeras sobre materias nucleares. En todo caso, resulta
especialmente interesante que Bohr también conociera ese texto, que quien
probablemente fuera el físico más influyente de Rusia le había mandado a
Dinamarca. Por la importancia de esta coincidencia, ahora es preciso que
retrocedamos en el tiempo.
* * * *
El 5 de diciembre de 1940, Abram Fiódorovich Ioffe,
ucraniano de sesenta años y director del Instituto Físico Técnico de Leningrado
desde 1923, escribió una carta a Bohr y adjuntó el artículo de Petrzhak y
Fliórov. Ioffe era el decano de los físicos rusos y el que más había hecho por
las investigaciones nucleares en la Unión Soviética. En su carta a Bohr, sin
embargo, escribió: «Por desgracia, apenas sabemos nada de los progresos
científicos que se están realizando fuera de nuestro país». [406]
Los científicos occidentales tenían una información
deficiente de la física de la Unión Soviética —y de su ciencia en general—,
porque los resultados de los experimentos se publicaban sobre todo en boletines
rusos de disponibilidad muy limitada en Occidente y, naturalmente, estaban
escritos en ruso —aunque al menos uno de ellos se publicaba en alemán—. Pero,
como Bohr sabía, los físicos soviéticos se jactaban de estar a la altura de sus
colegas occidentales, y leían asiduamente los boletines que se publicaban en
Europa y Estados Unidos, aunque a veces tardaran semanas en llegar.
En su carta a Bohr, Ioffe deja caer que él y sus
colegas han advertido que los científicos occidentales publicaban cada vez
menos sobre fisión. Tácitamente, el comentario estaba sugiriendo que quizá
existieran razones políticas y militares para ese silencio. Y Bohr se dio
cuenta.
En su respuesta a Ioffe, fechada el 23 de diciembre
de 1940, Bohr no hace mención de ese silencio sobre fisión (Dinamarca era un
país ocupado, los censores podían leer su carta). Pero escribió: «Resulta
extraordinariamente interesante que los experimentos de Petrzhak y Fliórov
parezcan confirmar nuestras expectativas[sobre el artículo escrito con John
Wheeler al que se refiere Bohr, véase el capítulo 4]... Resulta muy deseable
que esos experimentos tan importantes se desarrollen pronto». Sin entrar, por
el momento, en detalles, este intercambio epistolar confirma el lugar de Bohr
en el centro del mundo de la física y hasta qué punto comprendía el
funcionamiento de la comunidad de los físicos.
Un breve relato de física rusa hasta este cruce de
cartas a finales de 1940 y luego hasta la llegada de Bohr a Los Álamos nos
permitirá confirmar qué sabía Bohr y cómo influyó en su pensamiento. Solo hemos
podido averiguarlo con cierta certeza a partir de la apertura de los archivos
rusos tras la caída de la Unión Soviética en 1989 y gracias sobre todo a la
erudición e imaginación de David Holloway, director del Centro de Seguridad
Internacional y Control de Armas de la Universidad de Stanford. El relato, en
fin, confirma el punto de vista de Bohr sobre la elevada calidad de la ciencia
física en Rusia antes de la guerra y lo vinculada que estaba a la ciencia
física de otros países.
* * * *
Ioffe era judío. Nació en la pequeña localidad
ucraniana de Romny en 1880 y estudió en el Instituto de Tecnología de San
Petersburgo, donde se licenció en 1902. Tras licenciarse, se dirigió a Múnich
para trabajar con Wilhelm Röntgen, el descubridor de los rayos X, y allí, en
1905, obtuvo el doctorado, por un estudio sobre la conductividad de los
cristales. [407] Siendo judío, al principio le costó progresar, pero empezó a dejar
su sello tras entablar amistad con el físico Paul Ehrenfest —también judío—,
que vivió en San Petersburgo entre 1907 y 1912 y fue el gran responsable de la
introducción de la física teórica moderna en Rusia. Ioffe se convirtió en
profesor del Instituto Físico Técnico en 1913 y, dos años más tarde, la
Academia de Ciencias le concedió un premio por su estudio sobre el campo
magnético de los rayos catódicos. [408]
Ioffe siempre mantuvo sus lazos con científicos de
otras naciones y visitó Alemania todos los años hasta el estallido de la
primera guerra mundial. En 1916 organizó un influyente seminario sobre la nueva
física al que acudieron físicos rusos reconocidos como Piotr Kapitsa y Nikolái
Semenov, futuros ganadores del Nobel. En 1921 realizó un periplo de seis meses
por Europa occidental, de los que pasó la mayor parte en Alemania y Gran
Bretaña, y compró revistas científicas, material y libros. Kapitsa lo acompañó
durante una parte de su estancia en Gran Bretaña y le llevó a Cambridge, donde
convenció a Ernest Rutherford para que le incluyera en su laboratorio. En 1926
le ofrecieron un puesto de profesor en Berkeley, pero prefirió quedarse en su
tierra natal.
Según David Holloway, es Ioffe quien merece el
mayor crédito por sus continuas aportaciones al progreso de la física soviética
—su instituto era conocido como «la cuna», o «el nido materno» o «la forja»—.
Hasta la bajada del telón de 1933, siguió viajando varios meses todos los años.
Hubo otros físicos tan afectados por las
prohibiciones y restricciones de 1933 como Ioffe, en particular Piotr Kapitsa,
quien disfrutó enormemente en su época de Cambridge, cuando se convirtió en
miembro del Trinity College, miembro de la Royal Society y mejor colaborador de
James Chadwick. Se encontraba en Cambridge cuando Chadwick culminó el
emocionante descubrimiento del neutrón, pero en 1934, al concluir su habitual
estancia estival en Rusia, donde asistió a las celebraciones del centenario del
nacimiento de Dmitri Mendeleev, le impidieron regresar a Inglaterra. Todas las
iniciativas de Rutherford, Bohr y Paul Rosbaud en su favor fracasaron.
Finalmente, los soviéticos fundaron un instituto especial para él y su
laboratorio de Cambridge fue trasladado a Moscú —con todos sus pertrechos—.
John Cockcroft ocupó su puesto en los laboratorios Cavendish.
Otra de las figuras más influyentes de la física
soviética es Vladímir Vernadski, experto en mineralogía muy interesado en
radiactividad. Ya en 1910, en una conferencia ante la Asamblea General de la
Academia de Ciencias, sostuvo que el motor de vapor y la electricidad habían
cambiado la estructura de las sociedades humanas: «Y ahora, dentro del fenómeno
de la radiactividad, se abre para nosotros la posibilidad de contar con nuevas
fuentes de energía». [409] Con la ayuda de Vitali Jlopin, fundó en 1922 el Instituto del
Radio para trabajar en pos de la concreción práctica de la teoría de la energía
atómica.
En 1933 y de nuevo por iniciativa de Ioffe, se
celebró en Moscú una conferencia internacional sobre investigación nuclear a la
que asistieron científicos que ya nos resultan familiares: Frédéric
Joliot-Curie, Paul Dirac, Franco Rasetti —colega de Enrico Fermi— y Victor
Weisskopf, a la sazón ayudante de Wolfgang Pauli en Zúrich —llegaría a conocer
muy bien a Vernadski—. Esa conferencia ayudó a estimular las investigaciones
sobre el átomo en Rusia. Entre los jóvenes físicos soviéticos asistentes se
hallaban varios que habrían de desempeñar un papel muy relevante en el programa
atómico ruso, como Yuli Jaritón, Lev Artsimóvich y Alexander Leipunski, que
había estudiado en Cambridge. [410]
El más eminente de todos era Ígor Kurchátov, en
quien quizá influyera su amigo V. D. Sinelnikov, que también había estudiado
dos años en Cambridge y estaba casado con una inglesa. A Kurchátov, dice David
Holloway, le llamaban «el general» porque «le gustaba llevar la iniciativa y
dar órdenes». También era conocido, como Rutherford, por jurar durante los
experimentos. Sus compañeros y él publicaron diecisiete artículos que
contribuyeron a mejorar nuestra comprensión de los descubrimientos de los
Joliot-Curie sobre radiactividad artificial. [411]
A finales de la década de 1930, Kurchátov dirigió
un seminario dedicado al neutrón que, sin que él lo supiera, llegada la guerra
contribuiría a los preparativos de la bomba atómica. En esos momentos, para los
físicos rusos era cada vez más complicado viajar al extranjero, pero varios
científicos foráneos visitaron diversos institutos, incluidos Bohr, John
Cockcroft, Paul Dirac, Victor Weisskopf —que en cierto momento pasó ocho meses
en Rusia—, y Friedrich Houtermans y Fritz Lange, que eran alemanes. El Instituto
Físico Técnico de Ucrania publicaba en alemán un boletín dedicado a la física
soviética. En The Accused, su obra sobre las grandes purgas de los
años treinta, Alexander Weissberg dice que, hasta 1935, ese instituto fue «un
oasis de libertad en el desierto del despotismo estalinista». [412] Muchos de sus miembros fueron arrestados durante las purgas y,
evidentemente, la bajada del telón tuvo consecuencias en toda la actividad de
investigación. Parece, sin embargo, que la calidad no se vio afectada. Rudolf
Peierls conoció bien la comunidad física soviética de la década de 1930
—recordemos que su mujer, a quien conoció en una convención de físicos en
Odesa, era rusa— y decía que, a la hora de elegir los temas de investigación,
«tenía la impresión de que en aquellos días no había gran diferencia entre la
forma de operar de la ciencia en la Unión Soviética y otros países». Victor
Weisskopf también tenía en alta consideración a la física soviética: «No se
quedaban atrás en su comprensión de la estructura nuclear». [413]
Además, cuando, a finales de 1938, la física
experimentó una nueva metamorfosis con el descubrimiento de la fisión, uno de
los primeros artículos publicados tras los nuevos avances fue el de Yákov
Frenkel, físico teórico del instituto de Ioffe. Frenkel dio cuenta de sus
hallazgos en el seminario sobre el núcleo organizado por Ígor Kurchátov el 10
de abril de 1939 y sus investigaciones no tardaron en ser publicadas en forma
de artículo en un boletín científico. En parte como consecuencia de ello,
Kurchátov encargó a Lev Rusinov y a Gueorgui Fliórov que investigaran los
descubrimientos de Bohr sobre la relación entre neutrones lentos y U-235.
Rusinov y Fliórov llegaron a la conclusión de que Bohr tenía razón y publicaron
sus propios resultados —de nuevo en una revista rusa— el 16 de junio de 1939.
David Holloway señala que, a raíz del descubrimiento de la fisión, los físicos
soviéticos se hicieron las mismas preguntas que sus colegas occidentales y
estaban en sintonía con los trabajos que se llevaban a cabo en Europa y Estados
Unidos, «pero sus investigaciones apenas tuvieron repercusión fuera de la Unión
Soviética». [414]
Pero Bohr sí se interesó por ellas. Tenía noticia
gracias a Ioffe, como hemos visto, de las investigaciones de Fliórov y
Petrzhak, que partían de los trabajos teóricos más importantes de los
soviéticos, los realizados por Yuli Jaritón —que era doctor por la Universidad
de Cambridge— y Yákov Zéldovich en el Instituto de Física y Química de
Leningrado, a partir del descubrimiento de la fisión y bajo supervisión de Ígor
Kurchátov, sobre las condiciones bajo las cuales podría producirse una reacción
en cadena. Jaritón y Zéldovich reelaboraron los experimentos de Szilárd,
Joliot-Curie, Fermi y otros con el propósito de observar de qué forma se
modificaba el flujo de neutrones de una esfera de uranio cuando se colocaban en
su interior fuentes de neutrones con distintos espectros de energía. Petrzhak y
Fliórov idearon una cámara de ionización altamente sensible para registrar la
fisión. Iniciaron sus estudios a principios de 1940 y, con gran sorpresa,
descubrieron que la cámara de ionización continuaba registrando episodios de
fisión aun después de haber retirado la fuente de neutrones. Pronto se dieron
cuenta de que estaban observando el fenómeno de la fisión espontánea, es decir,
«fisión sin bombardeo de neutrones». Heinrich Frenkel y también Bohr y John
Wheeler lo habían predicho, pero eran los rusos los que lo demostraban
experimentalmente por primera vez. A fin de eliminar cualquier posible fuente
de neutrones, Kurchátov insistió en repetir el experimento bajo tierra —en la
estación Dinamo del metro de Moscú— para asegurarse de que la fisión no era
causada por rayos cósmicos. (Paralelamente, en Liverpool se realizó un
descubrimiento semejante. Y se testó de la misma manera: repitiéndolo bajo
tierra.) [415]
* * * *
Ioffe envió su carta a Bohr durante el crucial
lapso de tiempo transcurrido entre el pacto Ribbentrop-Mólotov del 23 de agosto
de 1939 y la invasión nazi de la Unión Soviética, el 22 de junio de 1941. Bohr,
por tanto, pudo seguir los avances de la física rusa, y supo de su capacidad,
hasta esa segunda fecha. Y lo mismo les ocurrió, hasta cierto punto, a otros
físicos occidentales. Porque, consciente de la importancia de los resultados
obtenidos, Ígor Kurchátov envió un breve telegrama a Physical Review ,
la publicación científica norteamericana, que lo publicó el 1 de julio de 1940.
Dichos resultados fueron objeto de una atención generalizada en la Unión
Soviética, asegura David Holloway: «Demostraban que Kurchátov y sus colegas
trabajaban al mismo nivel que los investigadores de vanguardia de
Occidente». [416]
Bohr —así como Rudolf Peierls y Victor Weisskopf—
sentía el mayor respeto por la física rusa, y tenía motivos, pero no le
resultaba fácil, ni siquiera factible —como a todo científico de las naciones
occidentales—, seguir de cerca sus progresos tras la invasión alemana de la
Unión Soviética en junio de 1941. Había que tener en cuenta, además, que muchos
colegas rusos tuvieron que abandonar sus investigaciones para dedicarse a
tareas más inmediatas relacionadas con armamento a fin de contener el avance alemán.
No obstante, antes incluso de la invasión, el pacto soviético con Alemania
desalentó a los físicos occidentales, que, como es lógico, evitaron a partir de
entonces los contactos con sus homólogos rusos. En esto, Bohr, gracias por una
parte a su autoridad y por otra a su nacionalidad, también se distinguió de sus
colegas y actuó desde una posición privilegiada.
* * * *
A pesar de su excelencia científica, los físicos
rusos se comportaron de manera muy distinta a sus homólogos de Gran Bretaña,
Estados Unidos o Alemania en un aspecto crucial. Como David Holloway cuenta, no
existe ninguna prueba de que tratasen de alertar a su gobierno de las
posibilidades bélicas de la fisión nuclear. Continuaron publicando con libertad
y nadie, ni el estado ni los propios científicos, hizo esfuerzo alguno por
limitar la difusión de información. Uno de los motivos, como el mismo Holloway
observa, es que las manifestaciones de alarma ante la perspectiva de que los
alemanes pudieran contar con una bomba atómica no habrían sido «compatibles»
con el pacto germano-soviético de agosto de 1939 o el acuerdo de amistad de
septiembre del mismo año. [417]
Los soviéticos no tomaron ninguna medida hasta mayo
de 1940, y, en realidad, solo lo hicieron a raíz del artículo de William
Laurence publicado en la primera página del The New York Times el
domingo 5 de mayo y que llevaba por título: «LA CIENCIA DESCUBRE EN EL ÁTOMO
UNA PODEROSA FUENTE DE ENERGÍA » (véase el capítulo 8). Como ya hemos visto, en
Estados Unidos no hubo reacción oficial. Pero sí se produjo otra respuesta,
aunque William Laurence nunca supo de ella.
Uno de los profesores de la Facultad de Historia de
la Universidad de Yale, ubicada en New Haven, Connecticut, una ciudad de la
costa no muy alejada de Nueva York, era George Vernadsky, que no tardó en
mandarle el artículo a su padre, Vladímir Vernadski, el hombre que puso la
radiactividad en el mapa de Rusia.
Esos días, Vernadski se hallaba junto con Vitali
Jlopin en un sanatorio de Uzkoe, la región situada al suroeste de Moscú. Tanto
él como Jlopin encontraron el artículo apasionante y de inmediato se
preguntaron si la Unión Soviética tenía suficientes yacimientos de uranio para
que la energía nuclear fuera viable. Escribieron al Departamento Geológico y
Geográfico de la Academia de Ciencias, que rápidamente organizó una Comisión
del Uranio formada por una troika —Vernadski, Jlopin y Alexander Fersman, de Murmansk—
que estudiaría la cuestión. En julio, Vernadski y Jlopin escribieron a Nikolái
Bulganin, vice primer ministro de la Unión Soviética y presidente del Consejo
de Gobierno de las Industrias Químicas y Metalúrgicas, para llamar su atención
sobre el descubrimiento de la fisión y las grandes cantidades de energía que
podría liberar y señalarle que, al parecer, tanto norteamericanos como alemanes
estaban trabajando en la fabricación de una bomba atómica. Era la primera vez
que los científicos soviéticos trataban de poner sobre aviso a su gobierno.
A lo largo de la segunda mitad de 1940, entre los
físicos rusos creció la conciencia del potencial militar de la fisión nuclear y
el ámbito de la investigación se amplió. El 17 de mayo de 1941 se reunió la
Comisión del Uranio y ese ámbito se expandió todavía más para incluir desde
pruebas de fluorescencia para detectar uranio hasta métodos de separación de
isótopos y cálculos de reacción en cadena.
Y entonces ocurrió el desastre. El día 22 del mes
siguiente, Hitler invadió Rusia sin previo aviso y cogió a Stalin totalmente
por sorpresa. En noviembre, Alemania controlaba un territorio donde habitaba el
45 % de la población rusa y donde se producía el 60% de su carbón, hierro y
acero.
Como el resto de la población, los científicos
fueron movilizados. Algunos se incorporaron al ejército, y los institutos de
Moscú y Leningrado se evacuaron y reorganizaron para trabajar en temas más
estrechamente relacionados con las hostilidades: radar, blindajes, artillería
con cohetes, desmagnetización de barcos. El laboratorio donde investigaba fue
desmantelado y Kurchátov tuvo que abandonar sus estudios sobre fisión para
dedicarse a la desmagnetización. También cesó la labor de la Comisión del Uranio
y Vernadski fue evacuado a Borovoe, un complejo turístico situado a orillas de
un lago en Kazajistán, a más de cuatro mil kilómetros de Moscú. A mediados de
julio consignó en su diario el temor de que los alemanes emplearan gas o
«energía de uranio», y en una carta dirigida a su hijo, y escrita el día antes
de su evacuación, decía: «Me alegro mucho de que estemos indisolublemente
unidos a las democracias anglosajonas. Es precisamente ahí donde está nuestro
lugar histórico». [418]
No era el único que pensaba y sentía así. El 12 de
octubre de 1941, Piotr Kapitsa y otros físicos soviéticos reconocidos hicieron
público lo que el historiador David Burke ha calificado de «velado llamamiento
a la inclusión de la Unión Soviética en el programa atómico en tanto que era
miembro de pleno derecho de la Gran Alianza». Un día después, el Daily
Telegraph de Londres publicó un artículo titulado «EXHORTACIÓN DE LOS
CIENTÍFICOS SOVIÉTICOS AL MUNDO DE LA CIENCIA » donde comentaba de modo
favorable la postura de «los veinte científicos rusos más famosos del mundo» y
apelaba «a los científicos del resto del planeta a concentrarse en el
descubrimiento de nuevos métodos de hacer la guerra para emplearlos contra
Alemania». Citando a Kapitsa, el autor del artículo del Telegraph discutía
la posibilidad de que los Aliados pudieran fabricar una bomba atómica en el
futuro, aunque veía con escepticismo que llegaran a lanzarla antes del final de
la guerra: El profesor Kapitsa, que durante muchos años investigó los problemas
del átomo con lord Rutherford en Cambridge, da pistas del nuevo explosivo ...
«En principio es de prever otro incremento del poder de demolición de los
explosivos de en torno a un ciento por ciento ... También se abren nuevas
posibilidades ... por ejemplo, el uso de la energía subatómica. Creo, sin
embargo, que las dificultades para el aprovechamiento de esa energía son
todavía tan grandes que, a no ser que el conflicto dure mucho tiempo, las
probabilidades de llegar a usar una bomba atómica en el curso de esta guerra
son pequeñas. Merece la pena señalar, en todo caso, que los cálculos teóricos
demuestran que si, a día de hoy, la bomba moderna más potente es capaz de
destruir un barrio entero, una bomba atómica podría destruir una gran capital
de varios millones de habitantes.»
Los detalles esenciales en todo esto son, en primer
lugar, el propio llamamiento de los científicos rusos, en el que, además,
insinuaban que algo sabían de las investigaciones de sus aliados, y, segundo,
la mención de los «cálculos teóricos», que indicaba claramente que también
ellos habían trabajado en pos de una bomba, aunque no fuera más que a nivel
teórico. [419]
Además de lo que ya hemos visto —incluidas las
distintas filtraciones de los servicios de inteligencia—, el llamamiento de los
científicos rusos ofrecía a Gran Bretaña y a Estados Unidos la oportunidad de
compartir sus conocimientos. Era un aviso más, y también fue desatendido. En
caso contrario, es posible que los aliados occidentales no hubieran subestimado
como luego hicieron la capacidad de la ciencia soviética.
* * * *
Vladímir Vernadski y Piotr Kapitsa eran científicos
de primer nivel. Gueorgui Fliórov, su colega más joven —veintiocho años—, había
nacido en Rostov del Don, al sur de Rusia, pero había obtenido la licenciatura
en el instituto dirigido por Abram Ioffe; se había alistado al estallar la
guerra y trabajaba en bombarderos en picado en Yoshkar-Olá (la «Ciudad Roja»),
la localidad a unos ochocientos kilómetros al este de Moscú adonde los
soviéticos habían evacuado la academia de las fuerzas aéreas. Fliórov era mucho
menos optimista que sus colegas de más edad, le dominaba una sensación de
urgencia que ellos no compartían y no se quitaba la investigación en energía
nuclear de la cabeza. Se puso en contacto con Abram Ioffe y le convenció para
que le permitiera organizar un seminario en Kazán, a poco más de cien
kilómetros de Moscú, donde, a mediados de diciembre de 1941 se dirigió a varios
físicos, incluidos el propio Ioffe y Kapitsa. Les dijo que había observado que
los científicos de Occidente habían dejado de publicar sus investigaciones
sobre fisión y que eso solo podía significar una cosa: que ambos bandos estaban
trabajando con el objetivo de fabricar una bomba atómica. Sus argumentos
calaron en los presentes, pero regresó a la academia de las fuerzas aéreas sin
haberlos persuadido de que había que reanudar la investigación nuclear. Pero
Fliórov no se dio por vencido y escribió a Ígor Kurchátov una larga carta de
trece páginas, arrancadas de una libreta escolar. [420] En ella sostenía que sería imposible conseguir una reacción en
cadena con neutrones lentos con uranio natural, pero que una reacción en cadena
con neutrones rápidos podría dar lugar a una explosión equivalente a la que
provocarían cien mil toneladas de TNT y que, por tanto, «merecía la pena
invertir tiempo y esfuerzo» en lograrlo. [421]
Kurchátov no contestó a la carta, pero el joven
físico no se desalentó. A principios de 1942 trasladaron a su unidad a
Vorónezh, unos quinientos kilómetros al sur de Moscú, donde las autoridades
habían mandado evacuar la universidad, pero no la biblioteca, que seguía
intacta. Fliórov aprovechó la oportunidad para consultar las publicaciones
norteamericanas, que habían llegado a pesar de la guerra. Esperaba encontrar
alguna reacción al artículo que había coescrito con Konstantín Petrzhak sobre
la fisión espontánea —el trabajo hacia el que Ioffe había llamado la atención
de Bohr—, pero no la había. Y no solo eso, tampoco encontró texto alguno sobre
la fisión nuclear; ninguno en absoluto —y, recordemos, más de cien artículos
fueron publicados entre el descubrimiento de la fisión por Otto Hahn y Fritz
Strassmann en las Navidades de 1938 y el estallido de las hostilidades en
septiembre de 1939—. Más aún, tampoco había publicaciones sobre ningún otro
tema de los científicos que trabajaban en energía nuclear. Todos se habían
quedado muy, muy callados.
Para Fliórov se trataba de una confirmación
concluyente de su argumento y un ejemplo, dicho en sus palabras, de que «los
perros habían dejado de ladrar». Quedaba claro, para él, que en Gran Bretaña y
Estados Unidos se estaban llevando a cabo investigaciones secretas. Más
preocupante era que el mismo argumento valiera para los científicos alemanes.
Alemania, sabía él, tenía importantes yacimientos de mineral de uranio,
controlaba una planta de agua pesada en Noruega y contaba con expertos
eminentes en separación de isótopos.
Embarcado en su cruzada, Fliórov escribió a
continuación a Serguéi Kaftánov, «plenipotenciario» para la ciencia del Comité
de Defensa del Estado. Incidía en la falta de publicaciones sobre fisión de los
boletines científicos internacionales. «Ese silencio no es resultado de una
falta de investigaciones ... En una palabra, se ha impuesto un voto de
silencio, lo cual es la mejor prueba de que en el extranjero están llevando a
cabo una ardua labor en ese terreno.» [422] Dejó caer la idea de que las autoridades podrían, simplemente,
preguntar a norteamericanos y británicos, sus nuevos aliados, qué actividades
estaban desarrollando. El llamamiento de Piotr Kapitsa en el Daily
Telegraph no había conseguido nada.
Aunque después de la carta, Fliórov escribió cinco
telegramas, Kaftánov no le contestó. Otro quizá se hubiera desanimado, pero él
hizo lo único que le quedaba por hacer. En abril de 1942 escribió a Stalin.
En su carta defendía la convocatoria de una reunión
de alto nivel de los principales físicos nucleares de la Unión Soviética.
Añadió que esperaba la presencia del propio Stalin, para que pudiera calibrar
adecuadamente la amenaza. La maniobra era arriesgada y, de hecho, Stalin
tampoco le respondió ni, por supuesto, convocó ninguna reunión. Sin embargo,
resultó que Fliórov había redactado la carta en un momento decisivo.
* * * *
El 21 de septiembre de 1941, Anatoli Gorski
(«Vadim» era su nombre ficticio), rezident del NKVD en
Londres, transmitió a Moscú detalles de una reunión secreta celebrada nueve
días antes de la discusión del informe MAUD. En sus comentarios sobre aquella
reunión, Gorski dijo que los miembros del Comité MAUD veían posible fabricar
una bomba atómica en el plazo de dos años. Se habían firmado contratos para la
producción de hexafluoruro de uranio y la construcción de una factoría piloto
«para producir bombas de uranio».
Esta información, hoy lo sabemos, provenía de una o
más reuniones del Panel de Servicios de la Defensa del Comité Asesor para
Asuntos Científicos, convocadas para comentar el informe MAUD. Justo a las
pocas semanas, Gorski envió al Centro de Moscú nuevas noticias relativas al
informe para el Gabinete de Guerra del Comité Asesor para Asuntos Científicos.
De manera que, en ese punto, el gobierno soviético sabía que Gran Bretaña había
decidido fabricar una bomba atómica, que los científicos británicos pensaban
que tardarían de dos a cinco años en hacerlo y que el gobierno británico había
decidido construir una planta de difusión gaseosa en Norteamérica.
La persona que facilitó toda esa información a
Vadim fue John Cairncross, el «Quinto hombre» de los famosos Cinco de
Cambridge, a quien en los años treinta, cuando aún era estudiante en Cambridge,
había reclutado Guy Burgess como agente soviético. Tras graduarse, y siguiendo
una tradición, Cairncross se había incorporado al Foreign Office —sacó el
número uno en la oposición—, aunque al poco lo trasladaron al Ministerio del
Tesoro, donde, transcurrido un tiempo, se convirtió en secretario privado de
lord Hankey, ministro sin cartera del Gabinete de Guerra y presidente del
Comité Científico de este último, además de presidente del Comité de Servicios
para la Defensa. John Cairncross, por tanto, tenía asiento de primera fila para
seguir la evolución de las ambiciones atómicas de Gran Bretaña. [423]
La información básica sobre el Comité MAUD no la
proporcionó Klaus Fuchs, pero, en realidad, tras la ruptura del pacto
germano-soviético con la invasión nazi de Rusia el 22 de junio de 1941, Fuchs
también había empezado a transmitir información confidencial a los rusos. Antes
de viajar a Estados Unidos a finales de 1943, Fuchs mantuvo unas seis reuniones
con la agente soviética encargada de supervisarle, Ursula Kuczynski («Sonia»
era su nombre ficticio), y le reveló detalles sobre todo lo relacionado con el
método de la difusión gaseosa para la separación de isótopos, aunque también le
informó de una planta piloto en Anglesey, al norte de Gales, donde se testaría
el proceso, y de que Gran Bretaña y Estados Unidos [xvii] estaban colaborando. [424]
David Holloway dice que la información que Gorski
suministró a Moscú no tuvo efectos inmediatos —y por ende tampoco la de Fuchs—:
Llegó a Moscú menos de un mes antes del gran pánico de mediados de octubre,
cuando la mayor parte del gobierno soviético fue evacuado a Kúibyshev, a unos
mil kilómetros hacia el este, y decenas de miles de moscovitas abandonaron la
ciudad. La decisión británica de fabricar una bomba que tardaría dos años en
estar lista, sin duda parecía menos urgente que la necesidad de impedir que los
alemanes tomaran Moscú en pocas semanas. [425]
En realidad, hasta marzo de 1942 no reaccionaron
las autoridades soviéticas a las informaciones transmitidas por Cairncross y
Fuchs. A todo ello se suma el hecho de que, en febrero de 1942, los soviéticos
capturaron durante una incursión en la ciudad ucraniana de Taganrog a un
oficial alemán que llevaba en su poder un cuaderno de ejercicios. En opinión de
los expertos, la libreta tenía algunas notas que daban fe de los trabajos de
fabricación de un arma atómica que se llevaban a cabo en Alemania. En marzo, Lavrenti
Beria, el director del NKVD, aunque tan poco convencido de la validez del
material capturado como de las informaciones de Cairncross y Fuchs, envió un
memorándum a Stalin y al Comité de Defensa del Estado instando a dar los pasos
necesarios para evaluar la información. El retraso se debía en parte, como
hemos visto, al avance alemán, pero también al hecho de que Beria y otros
sospechaban que las informaciones que les habían llegado eran en realidad un
camelo, un intento de británicos y norteamericanos por conseguir que los
soviéticos malgastaran tiempo y dinero en una tecnología que nunca llegaría a
funcionar.
Para resolver el enigma, Beria propuso dos líneas
de acción. La primera consistía en crear un comité autorizado que pudiera
organizar las investigaciones; la segunda, en trasladar a algunos científicos
escogidos las informaciones recibidas. El memorándum de Beria demostraba que no
solo estaba informado de los planes británicos, sino que, en septiembre de
1941, el NKVD había empezado a recibir datos confidenciales del programa
atómico estadounidense, «aunque no de la misma calidad». [426]
El elemento fundamental, como tantas veces en esta
historia, es la oportunidad del momento. Beria escribió su memorándum en marzo
de 1942, un mes antes de la carta de Gueorgui Fliórov a Stalin. Fliórov no
podía saberlo, pero después de tantos portazos, había encontrado la puerta
abierta.
* * * *
Pero todavía había obstáculos que superar. En
realidad, aún quedaba un período de perplejidad en que las autoridades
consultaron a los mayores científicos de la Unión Soviética acerca de la
factibilidad de la bomba, sin decirles que habían recibido reveladores informes
de los servicios de inteligencia. Los jerarcas debían de albergar aún alguna
duda: esos informes quizá no fueran genuinos, quizá solo fueran una trampa. No
se decantaron, sin embargo, por ninguna vía de investigación en detrimento de
la otra: actuarían por un lado como si los informes fueran buenos y por otro
como si no lo fueran. Era una forma útil de «comprobar» hasta qué punto una vía
de investigación corroboraba a la otra, si es que llegaba a hacerlo.
Por lo demás, en 1942, Rusia aún corría un peligro
mortal. El Ejército Rojo había conseguido defender Moscú, pero poco después
Stalin había lanzado una ofensiva mal coordinada y la Wehrmacht había
recuperado la iniciativa. En verano, los alemanes reemprendieron la marcha
hacia el este, a Stalingrado, y en agosto alcanzaron el Volga. Rusia estaba de
nuevo amenazada y el 28 de julio Stalin emitió su famosa Orden Nº 227: «¡Ni un
paso atrás!». [427]
Ante este telón de fondo impregnado de
desesperación pidió consejo el gobierno soviético a los físicos acerca del
proyecto atómico. Jlopin, Kaftánov y Alexander Leipunski fueron llamados a
consultas. La opinión mayoritaria era que la Unión Soviética no debía acometer
todavía la fabricación de la bomba. Era un proyecto demasiado arriesgado, dada
la peligrosa situación que atravesaba el país.
Pero luego las posturas empezaron a cambiar. Debió
de deberse en parte a que la carta de Fliórov a Stalin llegó aproximadamente en
la misma fecha del memorándum de Beria. [428] Por el motivo que sea, en septiembre u octubre, Molotov, el
veterano bolchevique de los quevedos, decidió mostrar el material confidencial
recibido a Mijaíl Pervujin, comisario del pueblo de la Industria Química y vice
primer ministro, y le pidió consejo sobre los informes. Pervujin recomendó a
Molotov que se los enseñara a físicos relevantes y les pidiese consejo. Pero el
ministro de Exteriores no parecía convencido.
Los acontecimientos avanzaban con una lentitud
exasperante. A pesar de que continuaban reteniendo los informes de
inteligencia, las autoridades convocaron una reunión entre Pervujin, Kurchátov
y sus colegas que no se concretó hasta enero de 1943. En ese encuentro,
Kurchátov confirmó que una reacción en cadena con uranio 235 podía liberar
enormes cantidades de energía y que era posible que los alemanes estuvieran
desarrollando un arma atómica. Constató también que sus colegas y él estaban
preocupados ante la imposición de secreto que, sin duda, se había decretado
sobre todas las investigaciones nucleares en Alemania y el resto de Occidente.
Pervujin pidió un informe sobre el asunto, que rápidamente prepararon Kurchátov
y los demás, y el vice primer ministro se lo trasladó a Molotov, [429] que habló con Piotr Kapitsa e Ígor Ioffe. Kapitsa comentó que,
desde su punto de vista, la bomba atómica era un arma para la próxima guerra
—¡tan lejos apuntaban sus previsiones!— e Ioffe también tenía dudas. Molotov
necesitaba algo más de entusiasmo, de modo que puso el proyecto en manos de
Kurchátov, el físico más joven y menos conocido, si bien bajo la supervisión de
Pervujin y Kaftánov.
Hay que hacer dos apuntes sobre esta decisión. El
primero es que cuando Kurchátov se dirigía a Moscú a su reunión con Pervujin,
la batalla de Stalingrado entraba en su fase definitiva. El Ejército Rojo
cerraba el cerco sobre los alemanes, que se rendirían el 2 de febrero. La
batalla supuso un punto de inflexión para ambos bandos, pero, además, la
confianza de los Aliados en la victoria creció y, lo que no es menos
importante, la Unión Soviética emergió como potencia mundial. [430]
El segundo detalle que conviene apuntar es que, en
febrero de 1943, Kurchátov le dijo a Molotov que no estaba seguro de que la
fabricación de una bomba atómica fuera factible ni, en caso de que lo fuera, de
cuánto tiempo llevaría. Y añadió «que aún faltaban por aclarar muchas cosas».
Fue entonces cuando Molotov decidió mostrarle al menos el material reunido por
los servicios de inteligencia. Posteriormente, el propio ministro de Exteriores
contaría: «Kurchátov pasó varios días en mi despacho del Kremlin estudiando
aquellos documentos. No había pasado mucho tiempo del final de la batalla de
Stalingrado». [431] Podría decirse que fue a partir de ese momento cuando el oso ruso
empezó a afilar sus garras.
* * * *
Ahora Kurchátov lucía barba y sus colegas le
llamaban «Boroda». Seguía una antigua práctica romana, decía, pero, aunque
empezaba a parecer un pope, había jurado no afeitarse hasta la derrota
definitiva de «Fritz».
Le impresionaron mucho los documentos de los
servicios de inteligencia. Redactó un exhaustivo memorándum de catorce páginas
para su superior inmediato, Pervujin, y, para preservar al máximo la
confidencialidad, lo escribió a mano. En su opinión, los documentos de
inteligencia que había leído eran de «una significación inestimable» para el
estado y la ciencia. «Por un lado —proseguía—, el material demuestra la
importancia e intensidad de las investigaciones sobre el problema del uranio
que se llevan a cabo en Gran Bretaña; por otro, facilita que tracemos
directrices muy relevantes para nuestras propias investigaciones, que
adelantemos muchas fases de trabajo intensivo en la definición del problema y
que aprendamos nuevos métodos técnicos y científicos para resolverlo.» [432]
Añadió que el trabajo de los británicos y el suyo,
el de los soviéticos, se solapaba en varios aspectos, pero que los primeros
también habían abierto nuevas vías de investigación. Lo más interesante, dijo,
era la teoría que demostraba que una reacción en cadena era posible combinando
uranio y agua pesada, y señaló que lo que había leído demostraba que, en una
bomba, se podría utilizar un isótopo del elemento 94, con un número de masa de
239, en lugar de U-235. [433] Esto sugiere que la información sobre el seminario de 1942, que
Steve Nelson había insinuado en una conversación registrada en una operación de
escuchas, sí alcanzó Moscú (véase el capítulo 11).
Kurchátov añadía que, en su opinión, los trabajos
habían sido realizados por científicos de primer nivel y que tenía la impresión
de que los documentos eran auténticos. Era una precisión importante, concluía,
porque, debido a la falta de base técnica, los científicos soviéticos no
estaban en disposición de comprobar los resultados a que habían llegado los
británicos.
De los informes de los servicios de inteligencia
cabía excluir otras dos conclusiones. En primer lugar, que los soviéticos
habían recibido, vía Klaus Fuchs, detalles del progreso de los alemanes en
investigación nuclear. Fuchs, como hemos visto, ya había valorado los logros
alemanes en 1941 y 1942 y, antes de trasladarse a Estados Unidos a finales de
1943, había transmitido a Moscú detalles que, en palabras del agente del KGB
que le «controlaba» en Londres, «confirmaban que las investigaciones correspondientes
en la Alemania de Hitler se encontraban en punto muerto» y, además, «que
Estados Unidos y Gran Bretaña ya estaban construyendo instalaciones
industriales para fabricar bombas atómicas». [434] Es decir, nos encontramos ante unos de los puntos de inflexión más
importantes de nuestro relato.
En segundo lugar, a partir del material de
inteligencia que había examinado, Kurchátov extrajo la conclusión de que, para
llegar a fabricar la bomba atómica, el plutonio era la vía más prometedora. Los
documentos le retrotrajeron a los últimos artículos sobre la materia de Physical
Review, todo lo cual le proporcionaba lo que denominó «un nuevo
rumbo». [435] Hoy se considera en general que ese rumbo nuevo «aceleraría el
programa atómico soviético como mínimo dos años». [436]
Aquellos documentos también le planteaban a
Kurchátov una serie de interrogantes para los que necesitaba una respuesta que
solo podría encontrar en Estados Unidos, porque, en las primeras fases de
Barbarroja —el nombre en clave de la invasión de Rusia— y de Stalingrado, los
deteriorados ciclotrones soviéticos no volverían a estar en funcionamiento
hasta el verano de 1944. Kurchátov, por tanto, proporcionó una lista de
laboratorios norteamericanos «donde podrían llevarse a cabo los trabajos
correspondientes» —los Laboratorios de Radiación de Berkeley eran los
primeros—. Pervujin mandó la lista de Kurchátov a Gaik Ovakimian,
vicecomandante del departamento extranjero del Primer Directorio de la
Seguridad del Estado del NKVD, que dio instrucciones de transmitir las
preguntas de Kurchátov a los agentes destinados en el extranjero. [437]
Teniendo en cuenta todo esto, Molotov le presentó a
Stalin a Kurchátov. Parece que se cayeron bien. Kurchátov «recibió todo tipo de
apoyos —diría Molotov— y nos dejamos guiar por él. Organizó un grupo y salió
bien».
* * * *
En aras de la preservación del secreto, los
laboratorios de Ígor Kurchátov recibieron el nombre de Laboratorio Nº 2, pero
Richard Rhodes cuenta que una mañana de 1944 al salir del metro para dirigirse
a ellos, el físico Anatoli Aleksándrov se perdió y decidió preguntar «a una
pandilla de niños del barrio». «Es al otro lado de esa valla donde están
haciendo la bomba atómica», le respondió uno de los niños. [438] A través de la Academia de Ciencias, el Comité de Defensa del
Estado dio su autorización para la apertura de los laboratorios el 12 de abril
de 1943.
Kurchátov no se hacía ilusiones sobre la duración
de las investigaciones y el desarrollo del proyecto, y, en efecto, hasta
septiembre de 1944 no fue capaz el ciclotrón de Leningrado de producir un haz
de deuterones. [xviii] Los
soviéticos organizaron una expedición a Asia Central en busca de yacimientos de
uranio. Los encontraron, pero la extracción del metal tenía una prioridad muy
baja y Kurchátov calculó que llevaría casi cinco años amasar la cantidad
necesaria para una pila atómica. Fue en ese momento cuando el gobierno
soviético envió una petición a la Oficina de Administración de la Ley de
Préstamo y Arriendo de Washington, por la que solicitaban diez kilos de mineral
de uranio, además de cien kilos de óxido de uranio y de nitrato de uranio. Como
vimos en el capítulo 11, el general Groves aprobó la petición por no poner
sobre aviso a los rusos sobre el programa atómico norteamericano y no
«despertar la curiosidad de Washington». [439] (La entrega, sin embargo, no tuvo lugar hasta varios meses
después, y Groves se aseguró de que el metal fuera de pobre calidad. El general
también abrigaba esperanzas de seguir la pista del cargamento para hacerse una
idea de los progresos de Rusia en pos de la bomba. Pero esto no se
produjo.) [440]
Y siguieron llegando informaciones secretas de gran
valor. Hoy sabemos que, a finales de 1942, Piotr Ivánov, funcionario del
consulado soviético en San Francisco, se puso en contacto con George Eltenton,
ingeniero británico que había trabajado en el Instituto de Física y Química de
Leningrado y en esos momentos vivía en el Área de la Bahía, para pedirle que
consiguiera información sobre los trabajos que desarrollaban los Laboratorios
de Radiación de Berkeley —los primeros en la lista de Ígor Kurchátov—. Eltenton
pidió a su vez ayuda a Haakon Chevalier, buen amigo de Robert Oppenheimer.
Chevalier no consiguió nada de Oppenheimer, pero Ivánov no se dio por vencido.
A lo largo de los meses siguientes, los
norteamericanos mantuvieron bajo vigilancia a varios científicos del
laboratorio de radiación y les vieron pasar información al consulado soviético
—o tenían fundadas sospechas de que lo habían hecho—. No les acusaron para no
llamar la atención sobre el asunto, pero el ejército los trasladó sin hacer
ruido a lugares donde no podían causar ningún perjuicio. Lo mismo ocurrió en el
Laboratorio de Metalurgia de Chicago y en la planta de separación de isótopos
de Oak Ridge, donde, también sin hacer ruido, las autoridades despidieron o
cambiaron de lugar de trabajo a los sospechosos.
Pero no todos los agentes fueron localizados, ni
mucho menos. Cuántos pasaron inadvertidos se puede juzgar por el hecho de que,
según David Holloway, Kurchátov redactó un nuevo memorándum para Pervujin en
julio de 1943 y en él repasaba una lista de 286 informes sobre varios temas:
métodos de separación de isótopos, pilas de uranio y agua pesada y de uranio y
grafito; elementos transuránicos; la química del uranio, etcétera. Esa
información, decía Kurchátov, no tenía la misma calidad que la recibida de John
Cairncross y Klaus Fuchs en Gran Bretaña en 1941-1942, excepto en lo relativo a
las investigaciones de los elementos 93 y 94, y, más en particular, a los
trabajos de Glenn Seaborg y Emilio Segrè sobre la fisión del elemento 94 con
neutrones rápidos en Berkeley. [441] Hoy también sabemos que en noviembre de 1944, el NKGB (Comisariado
del Pueblo para la Seguridad del Estado, por sus siglas en ruso) había amasado
1.167 documentos sobre investigación nuclear, que en conjunto sumaban unas diez
mil páginas, de los cuales 88 provenían de Estados Unidos y 79 de Gran Bretaña
y «parecían de particular importancia». [442]
Los rusos no solo conocían documentos
confidenciales, sino que comprendían con claridad que los aliados occidentales
querían mantenerlos totalmente al margen del programa atómico. Es decir, en
todos los sentidos, los aliados occidentales no estaban actuando como aliados.
* * * *
Es preciso decir que ni los científicos británicos
ni los norteamericanos pensaron, o eso parece, en los científicos rusos —en su
paradero, en sus actividades, en sus publicaciones— como habían pensado en sus
homólogos alemanes. Es cierto que no conocían Rusia como conocían Alemania,
pero también lo es que Rudolf Peierls y Victor Weisskopf habían pasado allí
algún tiempo y estaban familiarizados con la física y los físicos rusos —Genia,
la mujer de Peierls, era física y rusa—. Por ejemplo, de haber consultado con
más asiduidad las revistas científicas soviéticas, habrían descubierto cuando
menos el artículo sobre fisión espontánea de Konstantín Petrzhak y Gueorgui
Fliórov —que había aparecido resumido en Physical Review —, el
trabajo de Yákov Zéldovich y Yuli Jaritón sobre la reacción en cadena (mayo de
1940), el comentario del discurso de Piotr Kapitsa ante la comunidad científica
en Moscú publicado en 1941 —donde habló del poder de las bombas atómicas y
dijo: «Es muy probable que tengan grandes posibilidades»—. Luego, como había
ocurrido en Occidente, la publicación se interrumpió, y los científicos
británicos y norteamericanos habrían podido extraer las conclusiones
correspondientes. Pero no lo hicieron. Y eso a pesar de que el boletín
científico Physikalische Zeitschrift der Sowjetunion había
estado publicando artículos de autoría soviética pero escritos en alemán,
francés e inglés a lo largo de toda la década de 1930. [443] El lapsus, al mismo tiempo síntoma y causa de cuánto subestimaban
norteamericanos y británicos la física rusa, constituye una parte fundamental
de la cuarta parte del presente libro.
Cuando Niels Bohr y Klaus Fuchs desembarcaron en
Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña y Estados Unidos eran aliados, de modo que
era natural que en Occidente no existiera la misma preocupación por los avances
de la ciencia soviética que por los de la ciencia alemana. Salvo, naturalmente,
que la realidad fuera otra. Porque lo cierto es que, para entonces, Churchill,
Groves, Frederick Lindemann y Vannevar Bush ya consideraban que Rusia era el
mayor rival a largo plazo.
Bohr, por otro lado, era más lúcido que todos los
demás y al llegar a Gran Bretaña, y posteriormente a Estados Unidos, y observar
los progresos de los aliados occidentales —y tras conocer la falta de progresos
de los alemanes—, no tardó en darse cuenta de que, en adelante, la física rusa
se convertiría en el principal elemento de todo cálculo político. El hecho es
que Bohr sabía más que nadie en Occidente de la capacidad nuclear rusa y,
gracias a Abram Ioffe, no era ajeno a que los soviéticos se hallaban al
corriente, en líneas generales, de lo que estaba sucediendo en Occidente.
Debido a todo esto, estaba preparado para hacer valer su singular conocimiento
de la situación.
Por su parte, Fuchs, una de las personas que habían
llevado a cabo las investigaciones que revelaban la verdadera situación, sabía
que Alemania no disponía de la bomba. Muchos de sus colegas de Nueva York y
luego de Los Álamos —en especial los norteamericanos— desconocían lo que él
sabía o no habían entendido tan bien como él hasta qué punto habían cambiado
las circunstancias y seguían trabajando para la derrota final de Alemania. Pero
él, que comprendía que los estaban engañando, se reafirmó en su decisión de
ayudar a la Unión Soviética —mientras el Proyecto Manhattan cambiaba de
objetivo sin que nadie lo hubiera manifestado abiertamente—. Fuchs, además,
sabía que, con Rusia, ni Estados Unidos ni Gran Bretaña estaban actuando, en
ningún sentido, como verdaderos aliados.
* * * *
¿Cuáles eran las bondades de los científicos rusos
y qué amenaza representaban a finales de 1943? En nuestro somero repaso de la
ciencia soviética en el apartado anterior vimos que los físicos nucleares rusos
eran de primer nivel pero que, a causa de la guerra, carecían de capacidad
tecnológica suficiente. Podemos también afirmar que las informaciones
confidenciales sobre las investigaciones llevadas a cabo en Occidente no
habrían podido suplir esa carencia si el programa atómico aliado no hubiera
estado en marcha, porque, para empezar, si dicho plan no se hubiera llevado a
cabo, ni Fuchs ni los demás espías habrían tenido ningún secreto del que
informar. Por otro lado, la Unión Soviética estaba tan arrasada por la guerra
que no podría haber iniciado ningún programa atómico por sí sola y desde cero
en muchos años.
Y para entonces, sin la amenaza nazi una vez
derrotado Hitler, ¿habría tenido apetito para fabricar la bomba? Físicos de
todo el mundo eran conscientes del peligro de la fisión nuclear, pero su mayor
motivación para querer la bomba —en eso no había excepción— era evitar que
Hitler la tuviera primero. De manera que no tiene por qué ser cierto que el
punto de vista tan realpolitik de James Chadwick —desde el
momento en que la bomba fue factible, fue también inevitable— se hubiera
impuesto necesariamente. El propio Groves lo admitió cuando le dijo al general
George Marshall, cuando este era secretario de Estado con el presidente Truman:
«Era un proyecto que solo podía salir adelante en tiempos de guerra».
(Brookings Institution, un prestigioso laboratorio de ideas, ha calculado que
el Proyecto Manhattan costó veintitrés mil millones en dólares de 2017 y empleó
a más de ciento treinta mil personas). Y, como dijimos en el prólogo de este
libro, sabemos desde hace años —en realidad desde el verano de 1945— que la bomba
no era necesaria para poner fin a la guerra con Japón, aunque Groves no se
cansara de repetir lo contrario.
Lo mejor que podemos decir, por tanto, es lo
siguiente:
1. Es muy probable que, si los británicos hubieran
compartido la trascendental información que conocieron en 1942, el programa
atómico no habría seguido adelante, no al menos en esos momentos. Por otro
lado, resulta obligado preguntarse si, una vez terminada la guerra y con el
mundo dividido en dos bloques, pero sin armas nucleares, las potencias habrían
tenido, sabiendo el inmenso poder de destrucción de la bomba atómica, el mismo
apetito por disponer de ella. Y tal vez lo más importante: ¿habrían accedido los
científicos a participar en el programa atómico? Groves, por ejemplo, lo
dudaba. Es este un asunto crucial. En realidad, nueve físicos eminentes se
negaron a trabajar en la bomba. [xix] De haberse sabido en más círculos que Alemania no tenía un
programa atómico de importancia, es muy posible que hubiera calado mucho más el
movimiento liderado por Bohr para desacelerar las investigaciones en física
nuclear.
2. Si el calendario de acontecimientos de 1943 que
hemos hecho es exacto, las personas que ocupaban cargos de responsabilidad
—militares, funcionarios, gestores científicos, políticos— son culpables de
conjurarse en una conspiración de silencio y de ocultar los verdaderos motivos
de sus actos detrás de la presunta amenaza de una bomba atómica nazi, a fin de
que los aliados occidentales tuvieran garantizado el monopolio nuclear, algo
que solo pudieron hacer engañando a los científicos.
Teniendo en cuenta el escenario de pesadilla en que
hoy nos vemos obligados a vivir, la acusación es muy grave. Y se añade al drama
del que vamos a ocuparnos a continuación. El punto central del problema, como
vimos en el capítulo anterior, es la coincidente llegada de Niels Bohr y Klaus
Fuchs a Estados Unidos a finales de 1943, que no pudo haberse orquestado con
mayor oportunidad. El equilibrio del mundo estaba en juego. Los dos lo sabían y
tenían la firme determinación de hacer algo al respecto. Uno no conseguiría sus
propósitos, el otro sí.
Tercera parte
Vidas paralelas: Klaus Fuchs y Niels Bohr
Capítulo 17
El Pequeño Zorro
La tarde del sábado 5 de febrero de 1944, cuando se
cumplían dos meses exactos de su llegada a Estados Unidos y mientras Niels Bohr
se encontraba en Los Álamos, Klaus Fuchs se dirigió al Henry Street Settlement
del Lower East Side de Manhattan, a unas tres manzanas del East River. El
«asentamiento» ofrecía alojamiento y servicios sociales a los pobres. Fuchs
llegó allí para encontrarse en secreto con cierta persona. La cita había sido
concertada en Gran Bretaña el mes de noviembre anterior.
Klaus Fuchs era alemán y había nacido en 1911 en
Rüsselsheim, una pequeña ciudad próxima a Fráncfort. Alto, delgado, de hablar
amable y aspecto erudito —llevaba gafas de búho—, era hijo de un ministro
cuáquero conocido por su franqueza y su pacifismo, a quien los nazis habían
expulsado de su puesto: Emil Fuchs identificaba el mensaje de Cristo con la
ayuda a los pobres y desposeídos y concebía su misión como una lucha política
por la mejora de la sociedad. Influenciado por su padre, Klaus se convirtió en
un socialista acérrimo y en bravo y estridente opositor de los nazis. [444] Más tarde escribiría que tuvo una infancia muy feliz y que en sus
años de juventud comprendió que su padre «siempre hacía lo que creía correcto»,
y añadió: «siempre nos decía que teníamos que labrarnos nuestro propio camino,
aunque él no estuviera de acuerdo». [445]
Klaus creció en medio de las turbulencias políticas
y sociales que siguieron a la derrota de Alemania en la primera guerra mundial,
saldada con la caída del káiser y la sustitución del régimen monárquico por una
república. [446] Para una nación que confiaba en su superioridad, el cambio de
rumbo fue traumático. Hubo varias tentativas de golpe de Estado y múltiples
asesinatos políticos, y, más tarde, una hiperinflación que hizo del dinero un
bien sin valor.
Cuando Klaus todavía era un niño, la familia se
trasladó de Rüsselsheim al este del país, a Eisenach, una ciudad industrial de
Turingia que tenía cincuenta mil habitantes. En el gymnasium, Klaus
fue un alumno excepcional y ganó varios premios. «Era autosuficiente y tenía
una inusual confianza en sí mismo, a pesar de que él y su hermano eran objeto
de comentarios desagradables por las impopulares opiniones políticas de su
padre. Pero si a su hermano le afectaban, a él no.» A Klaus nunca le preocupó
la opinión de los demás. [447] Al terminar el gymnasium, se matriculó en un curso de
Física y Matemáticas de la Universidad de Leipzig.
Cuando tenía diecinueve años, le golpeó la primera
de varias tragedias familiares. Else, su madre, sufría regularmente de ataques
de depresión. Hasta que un día de octubre de 1931 al llegar a casa, Emil la
encontró desplomada en el suelo. Había tragado ácido hidroclórico, una forma
angustiosamente dolorosa de suicidarse. Sus últimas palabras fueron: «Madre, ya
voy». Durante los preparativos del funeral, Emil descubrió que la madre de Else
también se había suicidado.
En la Universidad de Leipzig, Fuchs se unió a la
organización estudiantil del SPD, el Partido Socialdemócrata alemán, y a la
Reichsbanner, organización paramilitar del SPD fundada para combatir a los
camisas pardas, los nazis de las SA. El gesto fue también una reacción contra
las creencias pacifistas de su padre. «Fuchs era de constitución liviana, de
piernas y brazos delgados, y llevaba gafas, de modo que al unirse a la
Reichsbanner demostró un gran coraje, porque la organización tuvo que
enfrentarse varias veces con los camisas pardas en plena calle.» [448]
La familia de Fuchs volvió a mudarse, esta vez al
norte de Alemania, a Kiel, el «lluvioso puerto del Báltico». Emil ejerció de
profesor de Teología en una Facultad de Magisterio y Klaus acudía a clases en
la Universidad de Kiel, donde al cabo de un tiempo se convirtió en presidente
de una organización a la que pertenecían miembros del SPD y del Partido
Comunista. [449] Pero rompió con el SPD a raíz de las elecciones presidenciales de
1932. Los socialdemócratas apoyaron al presidente en curso, el general Von
Hindenburg, que quería repetir legislatura e impedir la victoria de Hitler. Los
comunistas preferían formar un frente unido con los socialistas contra el
candidato nazi, pero también contra Hindenburg, algo que a Fuchs le parecía lo
más lógico. Cuando el Partido Comunista presentó a Ernst Thaelmann, su máximo
dirigente, como candidato, Fuchs se ofreció a hacer campaña en su favor, por lo
que lo expulsaron del SPD. Hindenburg ganó las elecciones. [450]
Fuchs se unió al Partido Comunista en parte porque
se había dado cuenta de que era necesaria una estricta disciplina de partido
para gestionar la lucha contra los nazis. Su hermano y sus dos hermanas se
unieron también a esta formación política más o menos en esa época.
Fuchs no solo temía al nazismo, también era un
optimista defensor del comunismo. Norman Moss, uno de sus biógrafos, escribe
que «es importante precisar que en 1932 los mayores horrores del comunismo
soviético —las purgas, las deportaciones en masa— aún pertenecían al futuro.
Rusia seguía considerándose “el gran experimento”; se podían tener reservas
sobre el régimen y criticarlo, pero a primera vista no había motivos para
rechazarlo sin más». [451]
La Gran Depresión golpeó a Alemania con especial
dureza y los nazis y sus adversarios libraban verdaderas batallas campales en
las calles. En las elecciones de 1932, los nazis obtuvieron más votos que
ningún otro partido, aunque Hitler no consiguió aún la mayoría de los escaños
del Reichstag.
Pese a todo, en enero de 1933, Hitler fue investido
canciller a la cabeza de un gabinete de coalición que incluía a miembros de
otros partidos. Por el momento, las instituciones democráticas seguían
intactas. Pero el líder nazi manipuló sus poderes de urgencia para prohibir las
reuniones del Partido Comunista y volvió a convocar elecciones en marzo. La
lucha en las calles se agravó. Fuchs plantaba cara con valentía a los camisas
pardas. En cierta ocasión le dieron una paliza y lo arrojaron a un río. [452]
«La noche del 27 de febrero y con la ayuda de unos
cómplices desconocidos, un mendigo holandés mentalmente perturbado prendió
fuego al Reichstag, el Parlamento alemán de Berlín, y lo que quedaba de la
democracia en Alemania se consumió entre las llamas.» Antes siquiera de que
hubieran sofocado el fuego, los nazis culparon a los comunistas del incendio y
lanzaron el reino del terror contra los partidos de la oposición. Cuatro mil
comunistas fueron arrestados en las veinticuatro horas siguientes. [xx]
Por pura casualidad, a la mañana siguiente,
temprano, Fuchs tomó un tren a Berlín. Se había trasladado a la Universidad
Friedrich-Wilhelms para estudiar Física y Matemáticas, pero ese día iba a
asistir a una reunión de estudiantes comunistas y supo del incendio por los
periódicos, ya a bordo del tren. Como más tarde contaría, de inmediato se quitó
una insignia de la hoz y el martillo de la solapa y la guardó en el bolsillo.
La reunión en Berlín fue secreta. Los presentes
alabaron a Fuchs por su valor al plantar cara a los nazis, pero le instaron a
trasladarse al extranjero para completar sus estudios. Un día, dijeron, una
Alemania pos-Hitler necesitaría personas de su calidad. Y así, en rápida
precipitación de los acontecimientos, Klaus no volvió a Kiel con su familia. No
pudo salir del país de inmediato —las fronteras estaban vigiladas, como también
advirtió Leó Szilárd—, de manera que se ocultó en el piso de una joven afiliada
al Partido Comunista. [453]
Desde su escondite comprobó cuán escasa era la
oposición, lo cual reforzó su convicción de que los principios de la libertad
no bastaban para resistir la arremetida de los nazis. En su opinión, «solo el
Partido Comunista, con su férrea disciplina, podía luchar contra ellos
eficazmente». [454]
Klaus estuvo cinco meses escondido en Berlín. Hasta
agosto no pudo escapar a París. Allí asistió a una conferencia antifascista
presidida por el escritor francés Henri Barbusse. Tenía veintiún años.
Fuera de Alemania, la vida era muy diferente.
Muchos extranjeros sentían una repulsión a los nazis que corría pareja con una
simpatía a sus víctimas. En su caso particular, Fuchs tenía un primo cuya novia
trabajaba de niñera de Ronald y Jessie Gunn, un rico matrimonio inglés que
vivía en Clapton, Somerset. Fuchs escribió a la chica explicándole su situación
y esta le enseñó la carta a los Gunn, que simpatizaban con la causa comunista y
generosamente le invitaron a quedarse en su casa. [455]
Fuchs cruzó el canal de la Mancha el 24 de
septiembre y llegó a Dover. Tras meses de huida, había perdido peso y estaba
pálido y mal alimentado. Dijo al funcionario de inmigración que se alojaría en
una villa próxima a Bristol y en la agitación del momento comentó que pensaba
estudiar física en la universidad de la ciudad. No era más que una vaga
esperanza que, en realidad, no sabía adónde le iba a llevar. [456]
* * * *
La de Bristol no igualaba los recursos de las
grandes universidades inglesas, pero, gracias a la generosa donación de la
familia Wills, heredera de Imperial Tobacco Company, contaba con un
departamento de física de tamaño estimable y bien equipado. Al frente del
departamento se encontraba un futuro premio Nobel de Física —y futuro sir—, el
profesor Nevill Mott, que, con veintiocho años, era el catedrático más joven de
Gran Bretaña. Mott había estudiado en la Universidad de Gotinga, con Max Born,
y en Copenhague, con Bohr, y hablaba perfectamente el alemán. Era también un
firme defensor de la izquierda ideológica. [457] Jessie Gunn pertenecía a la familia Wills, es decir, estaba en
disposición de presentar a Klaus Fuchs al profesor Mott.
Ambos congeniaron enseguida. Mott tenía un gran
plan intelectual: aplicar la mecánica cuántica a la materia sólida para
explicar determinadas propiedades como, por ejemplo, la dureza de los metales y
su comportamiento como semiconductores.
Fuchs, afirma Norman Moss, había cambiado, pues «se
hallaba en un país desconocido, estaba aislado de todo lazo social y apenas
hablaba inglés. Desarrolló una actitud cautelosa, la propia del exiliado que no
sabe cómo serán recibidas su conducta o sus opiniones por las personas que le
rodean. Se volvió reservado, retraído, hasta frío. Hablaba poco y se guardaba
lo que pensaba para sí». [458] Sus simpatías seguían estando con el comunismo, pero en ciertos
círculos, como sabía muy bien, tales simpatías podían resultar peligrosas. Se
volvió más cerebral en sus intereses políticos, ahora ponía la vista más allá
de Alemania. Estudió el marxismo y ayudó a los refugiados de la guerra civil
española, que encarnaban su creencia en el comunismo con sus sentimientos
antifascistas. [459]
La física también era una actividad cerebral para
él. No era un científico experimental, sino un físico teórico, y la mecánica
cuántica apenas se diferencia en muchos aspectos de la matemática pura. Trabajó
durante un tiempo con Bernard Lovell, futuro sir Bernard Lovell, uno de los
fundadores de la nueva ciencia de la radioastronomía y presidente de la Royal
Astronomical Society. Al igual que Ernest Rutherford, Lovell era robusto y
jovial, y no llegó a llevarse bien con su enclenque y contenido colaborador:
«Parece alguien que no ha dado una bocanada de aire fresco en toda su vida»,
decía Lovell de Fuchs.
Mott convenció a Fuchs de que asistiera a unas
reuniones de la Sociedad de Relaciones Culturales con la Unión Soviética. En
algunos de esos encuentros se habló de los juicios por traición que se estaban
celebrando en Moscú y captaban la atención de la opinión pública en todo el
mundo porque eran inopinados, casi insólitos: se acusaba a los líderes de la
revolución de 1917, que eran presentados como meros títeres que terminaban
confesando delitos absurdos, como el de ser saboteadores secretos que actuaban
en favor del imperialismo occidental y de los nazis.
En las reuniones de Bristol, los asistentes
representaban a veces algún episodio concreto de los juicios y Fuchs participó
en, al menos, una de aquellas charadas en el papel de Andréi Vishinki, el
fiscal del Estado. Nevill Mott observó con asombro que se transformaba en otro.
De pronto se convirtió en un hombre apasionado y reprodujo con una elocuencia
feroz las denuncias de Vishinki: «Por unos momentos y bajo otra identidad, pudo
expresar sus más profundas creencias». [460]
Fuchs mantenía un somero contacto con su familia,
gracias a un intercambio de cartas con su padre que el estallido de la guerra
terminó truncando. Emil Fuchs había sido arrestado en 1933 por manifestarse
públicamente contra los nazis, por lo que tuvo que pasar un mes en prisión.
Gerhardt, el hermano mayor de Klaus, se desplazó a un sanatorio suizo para
tratarse la tuberculosis y este fue a verlo en su único viaje al extranjero
antes de la guerra. Su hermana Elizabeth había abierto un negocio de alquiler
de coches en Berlín con un amigo apellidado Kitowski, que era comunista y con
quien acabó casándose y teniendo un hijo al que llamaron Klaus. El matrimonio
usaba sus coches para sacar clandestinamente a otros comunistas del país. A
Kitowski acabaron deteniéndolo y lo condenaron a seis años de prisión en la
cárcel de Brandeburgo, pero logró escapar y pasó la guerra, a la que
sobrevivió, escondido en Praga.
En agosto de 1939, Emil se llevó a Elizabeth con él
a una convención cuáquera en Bad Pyrmont, popular balneario de la Baja Sajonia,
a seis horas en tren de Berlín. En el trayecto de regreso, Elizabeth se tiró
del tren en marcha. Emil tuvo que criar sin ayuda a su nieto Klaus. Kristel, la
hermana menor de Elizabeth y Klaus, obtuvo su título de Magisterio en 1936 y
emigró a Estados Unidos, donde se incorporó al claustro del Swarthmore College.
De una forma o de otra, los Fuchs habían sufrido reveses terribles. Los
supervivientes siempre hicieron cuanto pudieron para no perder el contacto.
* * * *
A pesar de las tribulaciones sufridas por la
familia, y aunque disfrutaba de su trabajo con Nevill Mott, Klaus Fuchs seguía
siendo un animal político. Se puso en contacto con el Partido Comunista Alemán
que los exiliados habían formado en Gran Bretaña. Habló en particular con
Jürgen Kuczynski, comunista alemán de origen polaco que había llegado a
Inglaterra en 1936 y desempeñado un papel fundamental en la reorganización de
los compatriotas refugiados que compartían su ideología.
Norman Moss dice que probablemente Fuchs no supiera
que Kuczynski era un agente del GRU, el departamento de inteligencia en el
extranjero del Ejército Rojo. Lo habían reclutado durante una visita a Moscú y
su hermana Ruth también era agente. [461]
En 1934, Fuchs escribió al consulado alemán de
Bristol para solicitar la renovación del pasaporte. Se la negaron sin más y el
cónsul insistió en que solo tenía derecho a un documento de viaje provisional
para regresar a Alemania. El consulado aprovechó la oportunidad para comunicar
a la policía británica que Fuchs era comunista. Meses más tarde, Fuchs recibió
del consulado la carta de incorporación al servicio militar, que los nazis
habían hecho obligatorio en Alemania. Fuchs no respondió.
Y prosiguió su ascenso profesional. Al cabo de
cuatro años obtuvo el doctorado. Para entonces hablaba bien inglés, aunque con
un acento alemán que nunca perdería. En febrero de 1936, Proceedings of
the Royal Society le publicó un artículo sobre mecánica cuántica. Se
sintió orgulloso y escribió a su padre para comunicarle la noticia. Hans Bethe,
entonces un joven becario de visita en Inglaterra, era uno de sus colegas. Más
tarde, en Los Álamos, se convertiría en su jefe, y en 1967 obtendría el premio
Nobel.
Para entonces Nevill Mott daba empleo a no menos de
seis refugiados alemanes cuando solo había plaza para tres —al estallar la
guerra fueron internados ocho alemanes que vivían en Bristol—. Fuchs había
terminado su proyecto de investigación, de modo que, aunque a regañadientes,
Mott decidió que abandonara su puesto junto con otros dos compañeros y le dio
una carta de recomendación para Max Born, uno de los mayores físicos de la
diáspora alemana de los años treinta. Born, que ganaría el Nobel en 1954, había
estudiado con Mott en Gotinga y se encontraba dando clase en la Universidad de
Edimburgo. Encontró apropiado a Fuchs, por lo que este se trasladó a la capital
escocesa para trabajar como ayudante de investigación.
* * * *
Born llegó a apreciar tanto a Fuchs como Mott. Más
tarde diría de él que era «un chico de mirada triste, callado y muy
amable». [462]
Max Born era un judío alemán en absoluto interesado
en la religión, y pacifista. Hijo de un especialista en embriología, nació y
creció en la ciudad prusiana de Breslavia (Polonia). De acuerdo con la
tradición alemana, estudió y enseñó en varias universidades: Berlín,
Heidelberg, Gotinga, Fráncfort, y por breve tiempo en los laboratorios
Cavendish de Cambridge. Trabajó codo a codo con James Franck y dio clase a
varios estudiantes de doctorado que luego se harían famosos: Werner Heisenberg,
Pascual Jordan, Max Delbruck, Siegfried Flügge, Robert Oppenheimer y Victor
Weisskopf; además, contó entre sus ayudantes con Wolfgang Pauli, Edward Teller
y Eugene Wigner. También conoció o trabajó con Fritz Haber, Peter Debye y
Einstein, con quien trabó una estrecha amistad —su correspondencia, que luego
se publicó íntegra, se prolongó a lo largo de cincuenta años.
Born, por tanto, se encontró en el centro de la
física mundial de los años veinte y treinta, aunque en 1933, año de la llegada
de los nazis al poder, tuvo que dimitir de su puesto. Le llovieron las ofertas
de trabajo y terminó optando por Cambridge, donde al poco tiempo, Charles
Darwin, nieto del gran naturalista (hablamos de él en el capítulo 10), le pidió
que se sumara con él al claustro de profesores de la Universidad de Edimburgo.
Born no desaprovechó la oportunidad. Edimburgo le proporcionaba una base estable
desde la que organizar la segura fuga de Alemania de familiares y amigos.
Las dotes de Fuchs para la física matemática
complementaban las de Born, por lo que juntos exploraron distintos campos de la
física teórica y publicaron sendos artículos en Proceedings of the
Royal Society . [463] En Edimburgo, Fuchs obtuvo el doctorado.
Norman Moss, uno de sus biógrafos, cuenta que, como
en Bristol, en Escocia llevaba una vida solitaria: «Su logro más destacable fue
aprender a vivir sin los demás en lugar de aprender a vivir con ellos».
Colaboraba en la difusión de panfletos del Partido Comunista, pero no mantuvo
ninguna relación estrecha con ninguna mujer. Más tarde, Fuchs confesaría a su
contacto con los soviéticos, su «controlador», que evitaba «enamorarse
perdidamente». [464]
* * * *
En agosto de 1939, la Unión Soviética firmó un
pacto de no agresión con la Alemania nazi que causó estupor entre los
simpatizantes comunistas del mundo entero. Fuchs se atrevió a defender a Rusia
en una discusión con Born en la que afirmó que dicho pacto no era más que una
maniobra preventiva en preparación de una guerra más amplia que Rusia debía de
estar esperando. El mismo mes, Fuchs dio el paso, de gran trascendencia
psicológica y política, de pedir la nacionalidad británica. La solicitud aún se
encontraba en trámite, sin embargo, cuando estalló la guerra. De la noche a la
mañana se convirtió en ciudadano de un país enemigo. Todos los alemanes
presentes en suelo británico tuvieron que presentarse en un juzgado. Born abogó
por él y dijo que su ayudante había militado en el SPD alemán entre 1930 y
1932. El propio Fuchs dijo al tribunal que evaluaba su caso que era comunista,
para demostrar que era un sincero antinazi. Le dieron la clasificación C, la de
más bajo riesgo.
En compañía de varios miles de personas, en 1940 lo
enviaron a un campo de internamiento de la isla de Man —ni siquiera le dieron
permiso para decirle a Born que ya no iría a trabajar—, donde, sin embargo, no
estaría mucho tiempo. [465] El 3 de julio lo embarcaron en Liverpool en el
transatlántico Ettrick y cruzó el océano hasta Quebec. Al
llegar a Canadá lo recluyeron en el campo de Sherbrooke, en las afueras de
Quebec, un lugar con unas vistas espectaculares del valle del río San Lorenzo.
Considerados prisioneros de guerra, sus compañeros y él estaban bajo la
vigilancia de unos guardias. Más tarde, Fuchs diría que, a pesar de todo, la
mayoría de los refugiados eran conscientes de que en Alemania sus familiares
recibían un trato aún peor. Por otro lado, la comida era mejor que en Gran
Bretaña, donde el racionamiento era obligado. Muy pronto, además, se
organizaron sesiones de ocio musical y una universidad. «Un interno fue
nombrado “amigo” del Trinity College de Cambridge mientras se encontraba en el
campo, y otro recibió el doctorado.» [466] Fuchs daba clases de física. Era un profesor inteligente y muy
aceptado y no tardaron en llamarlo «Fuchslein» (Pequeño Zorro).
En Sherbrooke, Fuchs fue más afortunado que la
mayoría porque también estaba en contacto con Kristel, su hermana pequeña, que
no vivía muy lejos, en Cambridge, Massachusetts. La joven tenía un grupo de
amigos comunistas, incluidos algunos en Canadá, que enviaron a Klaus abundante
material de lectura.
Entretanto, Born no había permanecido inactivo y
había presionado a la Royal Society para que insistiera en la puesta en
libertad de Fuchs. La presión dio sus frutos. A los seis meses de su llegada,
el día de Navidad de 1940, 287 internos del campo fueron puestos en libertad y
enviados de vuelta a Gran Bretaña. Fuchs se encontraba entre ellos.
* * * *
En la primavera de 1941, no mucho después de su
regreso, Fuchs recibió una carta del catedrático de Física matemática de la
Universidad de Birmingham, Rudolf Peierls. [467] Uno y otro apenas se conocían, solo se habían visto brevemente en
Bristol y Edimburgo.
Para entonces, Peierls y Otto Frisch habían hecho
muchos progresos en sus cálculos de la factibilidad de fabricar un explosivo
atómico, pero las investigaciones suponían mucho más trabajo del que habían
previsto y el primero decidió pedir ayuda. Recordó algunos artículos de Fuchs
que demostraban su pericia matemática y, además, una flexibilidad mental que le
resultaba muy atractiva ahora que Frisch y él entraban en territorio
desconocido. [468]
Peierls se dirigió primero al Ministerio de
Producción Aérea para comprobar que Fuchs cumplía los requisitos
imprescindibles para trabajar. Este organismo remitió la solicitud al MI5, el
servicio de contrainteligencia, que había reunido un expediente sobre Fuchs con
dos detalles de interés. El primero era el informe del cónsul alemán de Briston
en el que se advertía de que Fuchs era comunista, lo que, dadas las
circunstancias apenas podía suponer ninguna objeción. El segundo hacía
referencia a un hecho más reciente relativo a un informante anónimo de la
comunidad de refugiados alemanes. Volvía a recalcar que Fuchs era comunista, un
reconocido comunista. [469]
Finalmente, un funcionario escribió a Peierls para
decir que podía dar trabajo a Fuchs «siempre y cuando solo le informara de lo
estrictamente necesario para el asunto en que estaba trabajando» —una modalidad
británica de la «compartimentación» del general Groves—. Peierls contestó de
inmediato negándose a aceptar tal condición. Todo ayudante contratado por él,
afirmó, tendría que conocer el problema en que estaban trabajando en toda su
extensión. El ministerio retiró sus objeciones.
Peierls ofreció el puesto a Fuchs. No aclaró la
naturaleza del trabajo, únicamente dijo que estaba relacionado con el esfuerzo
de guerra. Pero uno de los biógrafos de Fuchs dice que tanto este como Born
eran conscientes de que estaba conectado con la energía atómica. [470]
Fuchs aceptó la oferta y cogió un tren en dirección
al sur «que atravesó una Gran Bretaña sumida en la oscuridad por el apagón en
prevención de los bombardeos».
* * * *
A causa del Blitz, no era fácil
encontrar alojamiento en Birmingham, por lo que Rudolf y Genia Peierls
invitaron cortésmente a Fuchs a vivir en su gran casa de Culthorpe Road,
Edgbaston. Fuchs se acomodó en la habitación que Otto Frisch había dejado
vacante recientemente.
Rudolf y Genia Peierls eran extremos opuestos. Él
era callado, humilde, reflexivo; ella, extrovertida, cálida, exuberante y
locuaz, y tenía un marcado acento ruso. Con Fuchs, dice Norman Moss, la
convivencia resultaba muy fácil. «Entregó la cartilla de racionamiento a los
Peierls y compartía las comidas con ellos.» [471] Ayudaba a fregar los platos, tenía la habitación ordenada y era
muy tranquilo.
A Genia le encantaba la vida social, de modo que, a
pesar de que su marido y ella tenían dos empleos —por la guerra, él también
trabajaba de bombero, y ella, de enfermera—, organizaban cenas o fiestas con
frecuencia. Fuchs siempre estaba presente, pero rara vez ejercía un papel
destacado. Genia decía que era «el hombre tragaperras»: «Introduces una
pregunta en la ranura y la responde. Pero si tú no dices nada, él por sí mismo
no suelta prenda».
Fuchs era, en efecto, muy reservado tanto emocional
como intelectualmente. Por otra parte, cuando empezaron a llegar artículos
científicos de Estados Unidos, Peierls pudo comprobar que el Pequeño Zorro era
algo arrogante: «Veamos si los norteamericanos han seguido el camino
correcto». [472]
Y se produjo una nueva situación irónica. Fuchs se
convirtió en ayudante de Otto Frisch y Rudolf Peierls en la primavera de 1941,
cuando Gran Bretaña formó su comité altamente secreto de científicos y
políticos —el Comité MAUD— para examinar el Memorándum Frisch-Peierls. Fuchs
formaba parte de ese comité.
Como recordará el lector, Hitler y Stalin firmaron
su célebre pacto de no agresión en agosto de 1939. Pero el 22 de junio de 1941,
no mucho después de que Fuchs se uniera al equipo de la Universidad de
Birmingham, el Führer invadió Rusia sin previo aviso y millones de soldados
alemanes cruzaron la frontera. De la noche a la mañana, Gran Bretaña y Rusia se
convirtieron en aliados.
* * * *
El día en que Alemania invadió Rusia, Winston
Churchill proclamó por radio: «Por tanto, cuando Rusia corre peligro, nosotros
corremos peligro». Pese a su «insistente oposición al comunismo», dijo, Rusia
tendría «toda la ayuda técnica o económica» que estuviera en poder de Gran
Bretaña.
En otoño, los británicos mandaron a los soviéticos
aviones de caza, equipos de radar, bombarderos, artillería antiaérea,
destructores, munición y tres millones de pares de botas. Es dudoso que
Viacheslav Molotov o Stafford Cripps, el embajador británico en la Unión
Soviética, pensaran que los británicos también darían a Moscú detalles de sus
investigaciones atómicas —para empezar, Cripps no estaba al corriente de las
investigaciones; Churchill, como hemos visto, las mantuvo en secreto incluso a
su Gabinete de Guerra—. Pero eso es precisamente lo que Klaus Fuchs decidió
hacer. Acababa apenas de firmar la Ley de Secretos Oficiales cuando los
acontecimientos conspiraron para obligarle a tan trascendental decisión.
Trascendental históricamente, pero, como sostiene
Norman Moss, «es probable que menos trascendental para él de lo que habría sido
para la mayoría». Moss quiere decir que, aunque había solicitado la
nacionalidad británica, Fuchs era alemán y el país en el que había nacido y
crecido había cambiado hasta volverse irreconocible. En consecuencia, sus lazos
de lealtad estaban más bien con «una abstracción del comunismo; y, por
consiguiente, con un país que para él apenas podía ser menos abstracto: la
Unión Soviética». [473]
Meses después, Fuchs visitó Londres y se vio con un
viejo conocido, Jürgen Kuczynski, para decirle que tenía ciertas informaciones
que consideraba de gran valor para la Unión Soviética. Kuczynski concertó una
cita con alguien a quien Fuchs siempre conocería únicamente por el nombre de
«Alexander». Hoy sabemos que se trataba de Simon Davidovitch Kremer, que
formaba parte del personal adscrito al agregado militar de la embajada
soviética.
Cuando tomó su decisión, Fuchs estaba trabajando en
fisión nuclear y en difusión de uranio. Hizo copias con papel de carbón de sus
informes mecanografiados, a los que añadió complicados cálculos matemáticos
manuscritos, y las llevó a aquella reunión, la primera con Kremer, que se
produjo en un piso franco soviético cerca de Hyde Park.
En los seis meses siguientes, Fuchs se vio con
Kremer otras tres veces, y siempre llevó copias de sus informes científicos,
algunas mecanografiadas y otras manuscritas. Peierls y Fuchs trabajaban en dos
temas. [474] Uno eran los cálculos teóricos de las reacciones a la fisión
nuclear, pensados para concretar de manera definitiva cuánto uranio 235
necesitaría una bomba. El otro era la forma de aislar uranio 235 a partir de
uranio 238, un problema cuya envergadura solo empezaba a vislumbrarse.
* * * *
Peierls estaba muy satisfecho con su nuevo
ayudante. [475] Fuchs daba muestras de la flexibilidad mental que él le había
supuesto. Como hemos visto, los británicos habían instalado el nuevo Directorio
de «Tube Alloys» en una pequeña oficina de Old Queen Street, Londres, y todos
los científicos que trabajaban en los distintos aspectos del programa atómico
tenían que enviar informes mensuales de sus trabajos. Fuchs siempre cumplió y
sus informes siempre resultaron lúcidos —para entonces escribía en inglés
perfectamente.
Que los rusos apreciaban cada vez más las
informaciones transmitidas por Fuchs se hizo evidente en el otoño de 1942,
cuando Kremer le dijo que le pondría en contacto con otro agente, una mujer,
concretamente, a quien Fuchs conocería por el nombre de «Sonia». Esta vivía en
Kidlington, un pueblo cercano a Oxford, pero Fuchs se vería con ella en
Banbury, a unos sesenta kilómetros de Birmingham. La ventaja de encontrarse
allí era obvia. Viajar hasta Londres no era fácil durante la guerra y, de
hecho, Fuchs tuvo que fingir ante Genia Peierls varias enfermedades y decirle
que acudía a la consulta de un especialista para evitar las sospechas. Sonia
era en realidad Ursula Kuczynski, la hermana de Jürgen —aunque Fuchs nunca lo
supo—, una experimentada agente soviética que antes había trabajado en China y
Suiza.
Los dieciocho meses siguientes —el resto de 1942 y
todo 1943—, Fuchs y Sonia se citaron varias veces en Banbury y alrededores, y
el científico siempre le entregó algún documento. Además, Fuchs daba los
contextos teórico e histórico de sus investigaciones: formaban parte de un
proyecto para fabricar una bomba de fisión y, para confirmar la teoría, se
había planeado la construcción de una planta de difusión. También dijo a Sonia
que en Estados Unidos se estaba desarrollando una investigación similar y que
norteamericanos y británicos estaban colaborando.
A Ígor Kurchátov, el material transmitido por Fuchs
le parecía «de inmenso valor ... de un valor incalculable», y añadía: «Nos
informa de nuevas propuestas técnicas y científicas, lo cual nos ahorra muchas
etapas de trabajo intensivo». Los archivos rusos confirman que, por ejemplo,
Fuchs dio a su contacto una descripción completa de la unidad de difusión
gaseosa de Francis Simon, que, a juicio de Kurchátov, fue su «información más
valiosa». Que los anglo-norteamericanos escogieran el método de la difusión gaseosa
para separar U-235 de U-238 resultó para los soviéticos algo absolutamente
inesperado, porque, hasta ese momento, ellos habían optado por los
centrifugados. [476]
En 1942, Fuchs volvió a solicitar la nacionalidad
británica. Necesitaba dos padrinos, que fueron Nevill Mott y el Directorio de
«Tube Alloys». Alegaron que, aun siendo un extranjero de un país enemigo,
llevaba a cabo una labor muy valiosa para el esfuerzo de guerra. Klaus Fuchs se
convirtió en ciudadano británico el 7 de agosto de 1942, y tuvo que prestar el
juramento de lealtad a la corona.
* * * *
Cuando, de buenas a primeras, sus contactos rusos
le preguntaron si sabía algo del empleo del electromagnetismo para separar
uranio 235, Fuchs se quedó muy sorprendido. Era un tema del que no conocía
nada. Lo que sí sabía es que el Directorio de «Tube Alloys» de Oxford había
realizado un examen preliminar de la materia, y que Ernest Lawrence estaba
trabajando en un proyecto de separación electromagnética en los laboratorios de
la Universidad de Berkeley. [477] Gracias a eso, Fuchs comprendió que no era el único físico que
pasaba información a Moscú y que, sin duda, también se producían filtraciones
desde Norteamérica.
Hacia finales de 1942, un puñado de científicos del
Directorio visitaron Estados Unidos para conocer de primera mano el trabajo que
estaban llevando a cabo los norteamericanos. Peierls se encontraba entre ellos,
y Fuchs lo sabía. Podemos estar seguros porque, como cruzar el Atlántico en
tiempo de guerra no era sencillo en modo alguno, Peierls dejó trazadas las
líneas maestras de sus investigaciones por si los alemanes torpedeaban el
barco. Fuchs conoció de este modo qué ideas tenía su maestro sobre la dirección
futura del programa atómico.
Durante la visita, el equipo británico comprobó
que, aunque aún sacaba ventaja a su aliado en los aspectos teóricos, los
estadounidenses habían realizado extraordinarios progresos en muchos aspectos
del trabajo experimental. Fue por medio de Peierls como Fuchs supo que la
balanza del esfuerzo atómico empezaba a inclinarse del otro lado del
Atlántico. [478]
Tras el regreso a Birmingham, Rudolf y Genia
Peierls, tan sociables como de costumbre, dieron una fiesta para dar la
bienvenida a 1943. Esa noche, el alcohol, que en Gran Bretaña nunca estuvo
racionado en toda la segunda guerra mundial, corrió en generosas cantidades.
Genia en particular bebió mucho y, como era frecuente en ella en tales
ocasiones, empezó a cantar baladas rusas. Mientras lo hacía, advirtió que Fuchs
la observaba «con una mirada de tan extraordinaria intensidad como nunca antes
le había visto y con un brillo que podría ser adoración». Se le ocurrió que
Fuchs se estaba enamorando de ella y se propuso desalentar aquellos
sentimientos en cuanto tuviera oportunidad. Más tarde, cuando las auténticas
convicciones políticas de Fuchs salieron a la luz, Genia comprendió que su
mirada de adoración aquella Nochevieja de 1942 no la tenía por objeto a ella,
sino a la rememoración de Rusia que transmitían sus canciones, porque aquella
nación era «la tierra donde Fuchs depositaba todas sus esperanzas para el
mundo». [479]
En agosto de 1943, Churchill y Roosevelt firmaron
en Quebec un pacto secreto entre sus dos países, junto con Canadá, y sellaron
su colaboración en el programa atómico. Según todas las crónicas, Churchill
estuvo en su faceta más dinámica y entretenida hasta altas horas de la
madrugada y dejó a Roosevelt «casi muerto». [480] Durante las negociaciones, el primer ministro británico accedió a
un desembarco aliado en Francia a lo largo del año siguiente y bajo mando
norteamericano —anteriormente, temiendo que una operación anfibia acabara en
desastre, su propósito había sido bombardear Alemania hasta la sumisión—. En
una reunión privada y tras un intervalo de disputas y distanciamiento,
Roosevelt confirmó que las dos naciones volverían a cooperar en la fabricación
de la bomba atómica. Churchill, además, se vio obligado a ceder —con el
consiguiente enfado de lord Cherwell— y aceptó que Estados Unidos tuviera el
control del acceso a la tecnología nuclear británica después de la guerra.
La tarea más laboriosa del proceso de fabricación
de la bomba era la separación de uranio 235 en cantidades suficientes, algo que
los científicos británicos —incluido Fuchs— habían investigado profusamente y
en el que podían realizar una enorme contribución. Ese fue el motivo de que
alrededor de veinte científicos británicos viajaran a Nueva York para ayudar al
equipo norteamericano que ya trabajaba en el asunto.
* * * *
En palabras del oficial del KGB encargado de
controlarlo en Londres después de la guerra, antes de zarpar hacia América, las
informaciones que Fuchs había transmitido a Moscú bastaron para «confirmar que,
primero, en la Alemania hitleriana, las investigaciones atómicas se encontraban
en un punto muerto; y, segundo, que Estados Unidos y Gran Bretaña ya estaban
construyendo instalaciones industriales para fabricar bombas atómicas». [481]
Es preciso decir tres cosas a propósito de esta
afirmación. En primer lugar, ¿cómo sabía Fuchs que el programa atómico alemán
se había estancado? No sabemos si tuvo acceso a los datos que facilitaba Paul
Rosbaud desde Alemania, y ante todo al informe sobre la reunión de Heisenberg
con Albert Speer. Pero parece muy improbable. De haber sido así, es indudable
que otros científicos del Proyecto Manhattan también lo habrían tenido. Ocurrió
en realidad que, siendo uno de los primeros encargados de mantenerse vigilante
ante los avances de la física alemana, Fuchs estuvo ojo avizor, consciente del
valor de la tarea no solo para sus colegas y superiores británicos, sino
también para los rusos. Tampoco hay que olvidar que mantenía una relación
excelente con Max Born, con quien Lise Meitner estaba en contacto desde
Estocolmo. A través de la vía Meitner-Born, sin duda se filtraron muchas
informaciones sobre el estado del programa atómico alemán.
Sí sabemos que, tras revisar las publicaciones
científicas alemanas en 1941, Fuchs y Peierls habían llegado a la conclusión de
que los físicos más destacados de Alemania seguían en su lugar habitual de
trabajo y, probablemente, no los habían agrupado para un proyecto importante.
En enero de 1942 y marzo de 1943, los británicos volvieron a revisar la prensa
científica alemana y no solo quedó comprobado que los físicos no se habían
movido de sus laboratorios, sino que la mayoría habían vuelto a publicar tras una
laguna, como Reginald V. Jones constató de forma independiente. [482]
En segundo lugar, gracias a Fuchs, a finales de
1943, Stalin estaba tan al tanto de los progresos de las investigaciones
atómicas en otros países que ya no tuvo que preocuparse de que la bomba
resultara decisiva para el desenlace de la guerra. Era un dato de valor
incalculable para los rusos que, además, cambió definitivamente la situación
diplomática, en la que Bohr trataría de influir a lo largo de muchos meses
(véase el capítulo 22).
Y en tercer lugar —y este punto alude a la
militancia comunista de Fuchs—, cuando el general Groves recibió la lista de
científicos británicos que debían cruzar el Atlántico y tomar parte en el
Proyecto Manhattan, observó que no se hacía ninguna mención a su fiabilidad
desde un punto de vista político, y preguntó a su homólogo en el organigrama
británico si se habían hecho las pertinentes pesquisas. Le contestaron que
todas las personas de la lista habían sido investigadas y no presentaban ningún
problema. Groves dio por buena la respuesta, aunque más tarde tuvo la sensación
de que los británicos habían sido poco rigurosos y, además, poco sinceros con
él. En su crónica del papel británico en la fabricación de la bomba, Margaret
Gowing, sin embargo, sostiene que la acusación de Groves es injusta. Porque
Londres aseguró a Washington que había tomado medidas de seguridad
especialmente estrictas, y «las más exhaustivas» aplicadas hasta entonces por
el Reino Unido. [483]
Habiendo transcurrido tanto tiempo es complicado
saber si Groves tenía razón, pero muy probablemente sea cierto que los
británicos fueron menos exhaustivos de lo que les gustaba pensar. En el caso de
Fuchs, por ejemplo, da la impresión de que nunca llegaron a saber que, como más
tarde él mismo contaría a un colega en un momento de descuido, cuando se
encontraba en París trabajó con Henri Barbusse, eminente comunista francés,
biógrafo y leal partidario de Stalin que se negó a escribir un solo pasaje crítico
con la Unión Soviética y en cierto momento llegó a afirmar: «Dados los embustes
que difunde la prensa capitalista sobre la Unión Soviética, es legítimo que los
comunistas mientan para defender el régimen soviético». Barbusse, además, se
negó de forma pública y notoria a rechazar la violencia «en aras de la causa
revolucionaria». [484] El detalle demuestra que Fuchs estaba mucho más comprometido con
el comunismo de lo que suponía el MI5 —o cualquier otro organismo o persona en
Gran Bretaña.
Naturalmente, la acusación de falta de rigor o
franqueza podía esgrimirse en la dirección opuesta. Si Groves hubiera puesto al
corriente a los británicos de los problemas que padecía dentro de su propia
casa —es decir, que simpatizantes comunistas norteamericanos se esforzaban por
infiltrarse en los diversos laboratorios e instalaciones del Proyecto
Manhattan—, ambos bandos se habrían percatado de inmediato de que Fuchs
encajaba a la perfección en el clásico perfil de informante soviético. En 1941,
Fuchs se declaró comunista ante una junta de evaluación de ciudadanos
extranjeros con la intención de convencer a sus miembros de sus credenciales
antinazis, a fin de que le permitieran participar en el esfuerzo de
guerra. [485] El MI5 conocía por una fuente anónima que Fuchs era comunista y,
gracias a un cónsul alemán en Gran Bretaña, sabían que lo era desde al menos
1934. Las señales de advertencia estaban ahí. Bastaba con cotejar los apuntes.
De hecho, si los servicios de seguridad hubieran
sido verdaderamente rigurosos, las habrían visto, parpadeando con sus luces
rojas. Ya hemos comentado que, antes de tomar la decisión de trabajar en
secreto para los rusos, Fuchs habló con Jürgen Kuczynski, exiliado polaco y
comunista reconocido, que le había puesto en contacto con la embajada soviética
en Londres. Los servicios de seguridad no podían saberlo. Sin embargo, sí
estaban al corriente de que Fuchs conocía a Kuczynski desde sus tiempos de
Bristol, y que este era militante comunista. Por nuestra parte podemos añadir,
además, que Kuczynski también había estado en el radar del FBI desde 1941.
En abril de ese mismo año, un tal Harald Gumbel,
que había llegado a las islas Vírgenes desde Marsella, fue retenido por el
Servicio de Inmigración y Ciudadanía de los Estados Unidos en Carlota Amalia,
capital de Santo Tomás, como sospechoso de ser un agente secreto alemán
«encubierto», pese a declararse comunista. Entre sus posesiones se encontró una
relación de nombres donde figuraba el de Jürgen Kuczynski. Una vez dentro del
sistema, el nombre de Kuczynski empezó a aparecer de forma recurrente. En otra
ocasión, la censura norteamericana interceptó una carta del doctor Hans
Gaffron, químico de la Universidad de Chicago y veterano y conocido miembro del
Partido Comunista. Este había abandonado Alemania en 1937 tras ser interrogado
por la Gestapo, que, tras el interrogatorio y como era habitual, no le había
seguido. Una vez más, el FBI tenía la sensación de que Gaffron podía ser un
agente nazi disfrazado de comunista. En realidad, tras examinar el caso con más
detalle, comprobó que Gaffron dejó Alemania tras dar poderes notariales a
Marguerite Kuczynski, la mujer de Jürgen, para que pudiera ocuparse de sus
asuntos. Jürgen y él eran buenos amigos y se escribían con regularidad. En
1941, ambos se convirtieron en sospechosos y el FBI los incluyó en una operación
llamada «Fondos Internacionales: Seguimiento del Enemigo Extranjero». Gaffron
había nacido en Perú y el FBI conjeturaba que, junto con Kuczynski, organizaba
la llegada de capital de Sudamérica para actividades subversivas. [486] Por la correspondencia entre Gaffron y Kuczynski, interceptada por
la censura, el FBI supo que el primero tenía una cabaña de troncos en
Tennessee, a la cual invitó a Kuczynski. Gaffron, por tanto, vivía en dos
lugares, Chicago y el estado de Tennessee, cercanos a dos de las mayores
instalaciones del Proyecto Manhattan. Kuczynski no llegó a viajar a Estados
Unidos durante la guerra, pero volvió a ser objeto de las investigaciones del
FBI en julio de 1944, y de nuevo por motivos de seguridad nacional. Esta vez el
principal sospechoso era Robert Dunn, investigador científico y miembro de un
sindicato con oficinas en Broadway, Nueva York, del que también se suponía que
su militancia comunista no era más que una tapadera. Kuczynski apareció durante
las investigaciones porque, como con Gaffron, era corresponsal de Dunn. [487]
Si el MI5 hubiera subrayado en rojo el nombre de
Kuczynski y hubiera dado noticia de él al FBI, este organismo, teniendo en
cuenta los muchos contactos que poseía en Estados Unidos, sin duda habría
llevado a cabo más pesquisas sobre Fuchs.
La partida de Fuchs hacia Estados Unidos supuso sin
duda un punto de inflexión para él. Se produjo, además, en un momento en que
comprendió que los alemanes no podrían fabricar la bomba, de lo cual cabía
deducir que era Rusia la que a partir de ese momento estaría en el punto de
mira del Proyecto Manhattan.
A Sonia le comunicó que se marchaba a Estados
Unidos en su encuentro de octubre. Esta actuó con rapidez y, en la cita de
noviembre, cuando quedaban pocas semanas para la partida, le explicó la forma
de ponerse en contacto con su agente en Nueva York. Se verían en Manhattan, le
dijo, el primer o el tercer sábado de cada mes. El nombre ficticio de dicho
agente era «Raymond».
* * * *
Y así, la fría tarde de un sábado de febrero, Fuchs
se citó con Raymond en el Lower East Side de Manhattan, cerca de Henry Street
Settlement. Llevaba, como le había pedido Sonia, una pelota de tenis y un libro
forrado de verde.
Raymond, le habían dicho, llevaría puestos unos
guantes y un par de repuesto en la mano. Se acercaría a Fuchs a las cuatro en
punto y le preguntaría cómo se iba al barrio chino. Fuchs contestaría: «Creo
que el barrio chino cierra a las cinco en punto». Como alguien dijo, da la
impresión de que habían leído muchas novelas malas.
Raymond se llamaba en realidad Harry Gold y era
judío y de origen ruso —su apellido de nacimiento era Golodnitski—; trabajaba
de químico en una factoría azucarera de Filadelfia. Rechazado más de una vez
por el ejército, marcado por la Gran Depresión, consternado por el ascenso de
los nazis y desmoralizado por el antisemitismo que veía a su alrededor, un
amigo le persuadió en 1934 de que proporcionara copias de secretos industriales
de la azucarera donde estaba empleado. Después, a la manera clásica, poco a poco
se fue complicando cada vez más en sus labores de espía.
Era de corta estatura y de rostro redondo, un
solitario que trabajaba cuantas horas podía y de vez en cuando sufría un
colapso «de agotamiento». En realidad, sus «colapsos», como las enfermedades
falsas de Fuchs, solo eran una treta para conseguir un receso de la rutina de
la fábrica y desarrollar su actividad clandestina. Él también era un pequeño
zorro; sobre todo, trabajó como correo de ciertas personas —como los Rosenberg—
que proporcionaban a los rusos informaciones de importancia, un intermediario
que mediaba entre las fuentes y el agente soviético a quien él trasladaba la
información. Trataba a Fuchs por su verdadero nombre, pero para este él siempre
fue Raymond —con otras fuentes, sin embargo, adoptaba otros nombres: «Arno»,
«Charl’z» y «Kessler».
Tras establecer, sin mayor problema, contacto aquel
sábado de febrero, Fuchs y Gold cogieron un taxi que les llevó hasta la avenida
Lexington número 40 y estuvieron paseando junto al East River. Luego anduvieron
por la Tercera Avenida hasta la calle 49 y Gold sugirió que cenaran en Manny
Wolf ’s Steak House.
En el restaurante no hablaron mucho, pero después
reanudaron el paseo y concretaron varios detalles para sus encuentros
posteriores: siempre habría un segundo lugar de encuentro por si el primero
resultaba peligroso; pasados los cuatro minutos de espera, ambos debían
marcharse. Además, dijo Fuchs, era preferible verse los viernes, porque en los
laboratorios donde trabajaba estos eran días de reuniones y él no tenía que dar
cuentas a nadie. Los demás días de la semana, sus compañeros solían invitarlo a
cenar, y habría llamado la atención que rechazara las invitaciones.
Fuchs añadió también que los encuentros serían de
dos tipos. En el primero llevaría copias manuscritas de su propio trabajo para
entregárselas a Gold y la cita sería breve, de un minuto o dos como mucho. En
el segundo no llevaría ningún documento, pero como, según él, tenía una memoria
excelente —en realidad tenía una memoria prodigiosa—, le describiría a Gold la
labor que llevaban a cabo otros científicos del Proyecto Manhattan, puesto que
conseguir una copia del trabajo de los demás habría resultado demasiado
peligroso.
En aquel primer encuentro, Fuchs habló de la
energía atómica y se dio cuenta de que Raymond debía de conocer el tema hasta
cierto punto, porque no le hizo ninguna pregunta ni manifestó ninguna duda. El
científico comparó también la potencia de una bomba atómica con la de los
explosivos convencionales. [488]
Gold llegaría a confesar que Fuchs le «deslumbró»,
y aunque este quizá le tuviera por un «subordinado», Gold no se ofendió: «Me
resulta simpático ese hombre alto, delgado y austero ... de gruesas gafas de
pasta ... desde el principio, aunque con esa contención y ese engreimiento tan
británicos, la simpatía fue recíproca». Gold diría además que tenía a Fuchs por
un «genio», y añadió: «una palabra que yo siempre uso con precaución».
Al despedirse tras aquel primer encuentro, Gold
acudió a su cita con Sam, el espía soviético que le controlaba, y le contó lo
que habían hablado. En el informe posterior, escribió que Fuchs había descrito
la «factoría», el nombre en código entre ellos del Proyecto Manhattan, y le
había dicho que estaban utilizando un método de difusión como paso preliminar a
la separación de neutrones. El paso definitivo sería «el método electrónico»
desarrollado en Berkeley. También había dicho que creía que el «Campamento Y»
se encontraba en Nuevo México y habló de los compartimentos estancos diseñados
por el general Groves en aras de la seguridad. Además, contó que británicos y
norteamericanos habían estado varios meses distanciados y que los segundos aún
se guardaban para sí mucha información. «Ni siquiera le han contado todo a
Niels Bohr, que ha entrado en el país con un nombre falso: Nicholas
Baer.» [489]
Los rusos sintieron alivio al reanudar el contacto
con aquella fuente de oro y Kurchátov no tardó en estar al corriente de todo.
Estudió las nuevas informaciones con detenimiento y preparó preguntas para
los rezidents de Berlín, Londres, Nueva York y San Francisco.
* * * *
Lo que también podemos revelar aquí es que el
servicio secreto norteamericano pasó por alto la relación de Fuchs con las
investigaciones que se llevaban a cabo en San Francisco (véase el capítulo 11).
Era difícil descubrirlo, es cierto, pero es precisamente el seguimiento de
pistas de ese tipo lo que justifica la existencia de los servicios de
inteligencia.
Louise Bransten, acaudalada vividora que mantenía
una estrecha relación de amistad con el vicecónsul soviético Grigori Jeiferts
—es posible que fuera su amante—, era la mujer que, en una fiesta en su casa,
había presentado a Oppenheimer a Steve Nelson. El FBI vigiló los movimientos de
Bransten durante toda la guerra. Uno de sus informes decía lo que «[Bransten]es
el eje de la rueda, los radios representan los muchos aspectos de sus
actividades prosoviéticas, que van de la mera afiliación al Partido Comunista
... a tareas de propaganda y labores políticas y de espionaje industrial y
militar». Pero los federales no vieron uno de los radios más significativos de
aquella rueda: Elizabeth Bentley, espía soviética que contaba con una red de
ochenta personas y no fue descubierta hasta su deserción en 1945. Bentley había
asistido a la misma clase del Vassar College que Bransten y habían acudido
juntas a varias reuniones del Partido Comunista los meses previos a la guerra.
Si los agentes del FBI hubieran seguido la pista de
Bransten y descubierto a Bentley, esta les habría conducido a su vez hasta
Abraham Brothman, químico industrial y antiguo agente soviético que se
comunicaba con el KGB a través de ella. Solo que Bentley no era la única vía de
contacto de Brothman con el servicio de inteligencia soviético. Otro de sus
intermediarios, a quien entregó planos de varios aparatos de alta tecnología,
era Harry Gold. [490]
Capítulo 18
Almuerzo en el Tribunal Supremo
Cuando Bohr llegó a Estados Unidos estuvo a punto
de tropezarse con Felix Frankfurter en la residencia del embajador danés. Eran
viejos amigos. Se habían conocido en 1933, en la Universidad de Oxford, y en
1939 se habían visto varias veces en Londres y en Estados Unidos. A Bohr le
había impresionado la amplitud de saberes e intereses de Frankfurter y que
conociera al presidente Roosevelt, que le nombró juez del Tribunal Supremo poco
antes de estallar la guerra, en septiembre de 1939.
Y así, el martes 15 de febrero de 1944 —diez días
después de la primera cita de Fuchs en Manhattan con Harry Gold—, cuando Bohr
regresó de Los Álamos a Washington, una de sus primeras actividades fue comer
con Frankfurter en la sede del Tribunal Supremo, en la calle 1.
Frankfurter era un hombre de cara redonda, pelo
canoso y pulcro aspecto que había nacido en Viena y emigrado con su familia a
Estados Unidos con solo doce años. Pertenecía a una vieja estirpe de rabinos,
pero no practicaba su religión. De joven trabajó para del Departamento de
Vivienda de Nueva York —no muy lejos del Henry Street Settlement— para reunir
el dinero suficiente para ir a la universidad.
Se labró una carrera de éxito, primero al
licenciarse en la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard y luego al
conseguir una plaza de profesor en la misma institución. Fue ayudante de Henry
Stimson —fiscal del Distrito Sur de Nueva York y, posteriormente, secretario de
Estado para la Guerra— y trabajó directamente para Franklin D. Roosevelt en su
primer asalto a la presidencia de Estados Unidos. Simpatizaba con la causa
sindical y con el sionismo: en 1919 fue el delegado sionista en la conferencia de
paz de París. Era anglófilo y estudió también en Oxford, y durante los años del
New Deal se convirtió en persona de confianza del presidente Roosevelt.
Bohr estaba impaciente por ver a Frankfurter, y
este compartía la sensación. Su primer encuentro tuvo lugar, como hemos dicho,
en las dependencias judiciales del tercer piso del edificio neoclásico de
cuatro plantas del Tribunal Supremo con vistas al Capitolio. El juez le confesó
que quería tratar asuntos muy sensibles, porque había atado cabos y extraído
conclusiones cuando menos interesantes.
En las Navidades, le dijo, había recibido la visita
de un joven amigo de la familia, un físico, que estaba muy preocupado y quería
pedirle consejo. El joven no podía describir qué trabajo estaba haciendo
—estaba clasificado como secreto—, de modo que se referiría a él como «Proyecto
X». Pero su preocupación era tanta que había intentado ponerse en contacto con
el presidente por diversas vías y, tras comprobar que era imposible, había
optado por hablar con el juez. Según decía, los responsables del Proyecto X
estaban cometiendo algunos errores, de tal modo que existía el peligro de que
Hitler llegara antes a su «conclusión».
Frankfurter dijo a su invitado que, como es lógico,
le había resultado muy difícil dar consejos a su joven amigo cuando este
hablaba en términos tan difusos. Pero puesto que el chico también era físico,
añadió, de inmediato había pensado en él, en Bohr. Por otra parte, debía
preguntarle, le parecía lo más lógico, si él también participaba en el Proyecto
X, si ese era el motivo de su presencia en Estados Unidos. Por último, añadió
que, aunque desconocía los detalles, había sido capaz de deducir más o menos de
qué trataba el asunto, y quería saber si la preocupación de su joven amigo era
compartida por otros.
No mencionaron ningún detalle en particular ese
día, pero Bohr se alegró de poder tener aquella conversación. Más tarde,
Frankfurter diría: «Pronto tuvimos claro que podíamos ... hablar de las
consecuencias de X sin por eso revelar ningún secreto». [491] Bohr confirmó que muchas personas participantes en el Proyecto X
estaban preocupadas. No les inquietaba la rapidez o lentitud de sus progresos,
porque no creían que Hitler llegara antes a ninguna «conclusión» —para entonces
ya sabían que los alemanes habían renunciado a su programa atómico—. Su
preocupación, aclaró, tenía otras causas, y le habían dado autorización a él
para hablar en su nombre en los pasillos del poder. Había, por tanto, recibido
de muy buen grado la invitación de Frankfurter y albergaba la esperanza de que
el juez transmitiera a Roosevelt las inquietudes de tantos científicos
involucrados en el Proyecto X.
Siguió hablando. Dijo que, aunque quizá de manera
comprensible, Estados Unidos se había lanzado a la fabricación de la bomba sin
pensar en las consecuencias a largo plazo. [492] Y dijo que cuantos mayores fueran los progresos y más cerca se
estuviera de alcanzar el objetivo, mayor sería la preocupación por esas
consecuencias. [493]
A continuación, Bohr impresionó a su anfitrión
hablándole de la tradición de apertura y libertad de la ciencia, de la
naturaleza absolutamente independiente de la investigación científica y de la
comprobación colectiva de todo avance dentro de un espíritu de sana y
cooperativa rivalidad, valores que configuraban un modelo ideal para toda
sociedad que aspirase a funcionar correctamente. El propio método científico es
un ideal y preserva los valores fundamentales de la civilización occidental,
sostuvo; y añadió que «el conocimiento es la base de la civilización ... pero
toda ampliación de las fronteras de nuestro conocimiento aumenta la
responsabilidad de individuos y naciones, porque nos ofrece la posibilidad de
modificar nuestras condiciones de vida». Todos, dijo, estamos obligados «a
mirar de frente a los procesos históricos, no solo como observadores, sino como
participantes activos». [494]
Frankfurter era consciente de que el currículum de
Bohr hablaba por sí mismo. [495] Había llegado la hora, dijo el físico danés, de una nueva
intervención. El mundo no tardaría en verse en una situación sin precedentes
que quedaría fuera de cualquier marco de pensamiento tradicional. En su
opinión, había que reconfigurar un nuevo marco para incluir las nuevas
preocupaciones económicas, ideológicas, territoriales y militares.
En resumen, hacía falta un nuevo orden
internacional. Las armas atómicas eran tan poderosas que solo sería posible
controlarlas en un «mundo sin fronteras». Solo en un mundo así las naciones
podrían confiar en que sus enemigos potenciales no empezaran a acumular
armamento nuclear. Los científicos siempre tendrían libertad para confrontar
mutuamente sus investigaciones —que era la única garantía de progreso, como en
realidad había ocurrido con la fisión—. Tal apertura, derribar las fronteras de
la ciencia, era más necesario que nunca para que los últimos descubrimientos de
la física no destruyeran el mundo. La falta de precedentes, por otra parte,
tampoco era un problema, sostenía Bohr. La amenaza de aniquilación atómica
tampoco tenía precedentes.
Ese fue, básicamente, el estado de cosas que Bohr
le presentó a Frankfurter. Pero Bohr no era ningún ingenuo, aunque luego muchos
críticos le acusaran. Nunca sugirió, por ejemplo, que el empleo de la bomba
durante aquel período de furia tuviera por qué influir en las relaciones de
posguerra con la Unión Soviética. Al contrario: «El papel de la bomba en la
actual guerra —dijo—[queda]totalmente aparte» de las consideraciones de
posguerra. Reconocía también que el lanzamiento de la bomba durante la contienda
era más un dilema militar que político. Con respecto al mundo de la posguerra,
sin embargo, Bohr sostenía que solo se alcanzarían acuerdos internacionales si
los soviéticos eran incluidos en el proyecto antes de concluir la fabricación
de la bomba y antes del fin de la guerra. [496]
Bohr daba por sentadas dos circunstancias. Primero,
que la bomba alcanzaría proporciones desconocidas dentro de la experiencia
humana. Segundo, que no podía ser monopolio de nadie. Las naciones rivales
resolverían el problema de su fabricación más pronto o más tarde, y eso, en
opinión de Bohr, reduciría drásticamente la forma de operar en política. Ya
solo habría dos opciones: cooperación o desastre; sin término medio.
Todos los argumentos de Bohr derivaban de esa tesis
central. Era preciso informar a Stalin del Proyecto Manhattan antes de que, por
su desarrollo, llegara un punto en el que cualquier contacto parecería más
coercitivo que amistoso. Era necesario dejar claro a los jerarcas rusos que el
monopolio anglo-norteamericano de la bomba no iba dirigido contra ellos. Y era
crucial hacerlo en el momento oportuno.
Pero Bohr comprendía que el contacto con Stalin no
era garantía de su cooperación. Al mismo tiempo entendía que dicha cooperación
sería imposible sin propuesta. Era consciente de los riesgos, pero había tanto
en juego que estaban justificados.
Su propuesta era: en primer lugar, poner al
corriente a los soviéticos de la existencia del Proyecto Manhattan, y nada más,
sin darles ningún detalle. A continuación, había que evaluar la respuesta
soviética a tan limitada revelación. Si era positiva, se les podía proponer una
mayor colaboración. Pero desde luego, al principio no debían revelar ningún
detalle técnico. Al contrario, había que aprovechar la oportunidad para dejar
claro a los soviéticos que no se les daría más información hasta concretar nuevas
medidas de seguridad. [497]
Por último, Bohr añadió que la comunidad científica
internacional podría tener un papel importante que desempeñar más allá del
puramente técnico. «La colaboración científica que a escala mundial y durante
años ha encarnado brillantes promesas para el común esfuerzo humano podría tal
vez ofrecer un apoyo muy eficaz. En las presentes circunstancias, la relación
personal entre científicos de distintas naciones podría incluso facilitar un
contacto preliminar no vinculante.» Era uno de los aspectos más interesantes de
la propuesta —por motivos de los que luego hablaremos—, y con frecuencia se
pasa por alto.
En otras palabras, Bohr imaginaba una repetición —a
mucha mayor escala— de la colaboración entre científicos de todas las naciones
(rusos, alemanes, italianos y japoneses incluidos) que había conocido en su
instituto de Copenhague antes de la guerra. Estaba seguro, dijo, de que, entre
los científicos más eminentes de Rusia, «se pueden encontrar fervientes
partidarios de la cooperación internacional».
La conversación de Bohr con Frankfurter no giró en
ningún momento en torno a Alemania y la bomba, que era el motivo de que su
joven amigo se pusiera en contacto con el juez, y motivo también de la puesta
en marcha del Proyecto X. Eso confirma que la mayoría de los físicos del
proyecto seguía sin saber a finales de 1943 o principios de 1944 que el
objetivo de la bomba había cambiado. Para Bohr, Rusia era el mayor objeto de
atención. Él sí consideraba que ahora el blanco había cambiado, pero otros no.
Después de comer, Bohr dejó el edificio del
Tribunal Supremo por la fachada oeste. Cuando, ante la gran escalinata con
vistas al Capitolio y las monumentales esculturas de James Earle Fraser
tituladas La contemplación de la Justicia y La
autoridad de la Ley, el juez y él se dieron la mano, Frankfurter insinuó
que trasladaría el mensaje a Roosevelt. «Ojalá este sea un día memorable»,
fueron sus palabras.
Aage Bohr, que había acompañado a su padre primero
a Los Álamos y luego a Washington, recordaría la satisfacción de Niels al
volver de su encuentro con Frankfurter: «Había sido un día emocionante. La
reunión había cumplido sus más altas expectativas». [498]
Capítulo 19
«La misión que estaba esperando»
Uno de los edificios más emblemáticos del elegante
barrio de Upper East Side de Manhattan son los grandes almacenes Bloomingdale’s
de la avenida Lexington, entre las calles 58 y 59. Tienen una boca de metro a
poca distancia, en la esquina noroeste del cruce, y, por la cercanía del puente
de la calle 59, ante sus puertas siempre hay mucho tráfico. En el metro se
citaron por segunda vez Fuchs y Raymond un ventoso viernes de primeros de
marzo.
Antes de esa segunda cita, Sam, el agente de
control de Harry Gold, le dijo que, a partir del encuentro siguiente, él ya no
sería su contacto. Le dejaría su lugar a otro hombre, John. El verdadero nombre
de John era Anatoli Antonovich Yatzkov. Había estudiado ingeniería —así
comprendería lo que Gold le contaría que había dicho Fuchs— y llevaba en
Estados Unidos desde 1941, trabajando en las oficinas del consulado soviético
de Nueva York. [499]
Gold se encontró con Fuchs en la esquina noroeste
de la avenida Lexington con la calle 59, junto a la entrada del metro, delante
de la puerta de un banco. Su intención era cruzar el puente a pie y adentrarse
en Queens, pero esa tarde el puente estaba cerrado para peatones, de modo que
echaron a andar por la Primera Avenida.
Lo que hicieron antes de nada fue elaborar una
coartada por si alguna vez les preguntaban cómo se habían hecho amigos. Dirían
que se habían conocido en un concierto de música clásica en el Carnegie Hall,
pensaron. Se sentaron juntos por casualidad y así nació una amistad basada en
el amor a la música y el ajedrez. Gold quedó encargado de encontrar los
detalles de algún concierto reciente.
* * * *
Los padres de Harry Gold, Samson Golodnitski, un
carpintero, y Celia Ominski, que tuvo varios trabajos, incluido el liado de
cigarros puros, decidieron que lo más prudente era abandonar su nativa Ucrania.
Les impulsaron motivos económicos y, como eran judíos, también motivos
raciales. Samson y Celia se habían conocido en Berna, donde Heinrich
Golodnitski nació, el 12 de diciembre de 1910. Fue un niño de «largos y muy
rubios rizos» y un gusto precoz por el chocolate.
En Suiza la vida era mejor que en Ucrania, pero
Samson y Celia no se encontraban satisfechos. De modo que, en julio de 1914,
emigraron a Estados Unidos. En la isla de Ellis, el funcionario de inmigración
sugirió a Samson —que apenas sabía inglés— que se cambiara el nombre por otro
más fácil de pronunciar, y los Golodnitski se convirtieron en los Gold. Se
establecieron primero en Chicago y luego en Filadelfia, donde, desde 1917 hasta
bien entrada la década de 1930, vivieron en una serie de casas alquiladas en un
barrio con mayoría de habitantes de procedencia rusa, judía e irlandesa y casas
adosadas de menos de tres metros de fachada. [500]
Sam Gold encontró trabajo como ebanista. Tenía fama
de ser un artesano magistral, pero tuvo que padecer un antisemitismo muy
agresivo, especialmente de inmigrantes italianos, que le ponían cola en la ropa
y los formones y le robaban herramientas. Protestaban porque trabajaba
demasiado deprisa —el encargado de la tienda estaba de acuerdo—, de manera que
«Harry vio cómo su padre “sufrió durante años sin la menor queja”». [501] Por fortuna, Celia era una buena profesora y sabía varios idiomas,
incluido hebreo. En el barrio la apreciaban mucho y la llamaban «die Rebbetzin»
(«la mujer del rabino»), lo cual no se correspondía estrictamente con la
verdad, pero era una señal de respeto.
De niño, Harry era muy tímido. No tenía muchos
amigos, pero los pocos que congeniaban con él reconocían que era muy
inteligente. Se le daba bien el ajedrez, era un ávido lector —Dickens, Milton,
Shakespeare, Browning, O. Henry, Jack London, Conan Doyle, Zane Grey— y
desarrolló un gran amor por el cine, al que seguiría el interés por la música
y, en concreto, la ópera.
También le gustaba el deporte, pero su estatura —en
el instituto medía 1,60 metros y pesaba alrededor de 45 kg— no jugaba a su
favor. Sus compañeros de clase se reían de sus esfuerzos: «No me dejaban ni
ponerme el uniforme». [502] Se convirtió en víctima de los típicos abusones; siempre los había
cuando algún barrio judío lindaba con uno irlandés. Su padre consideró
necesario acompañar a su hijo a la biblioteca y esperaba fuera mientras Harry
entraba a devolver unos libros para pedir prestados otros. El joven, no
obstante, encontró cierto respeto dando clases a niños menos brillantes que él
y ayudándoles a aprobar los exámenes. [503]
En el instituto se graduó como el tercer alumno con
notas más brillantes de un curso de ciento sesenta. Y encontró trabajo; por
medio de un amigo de su padre, en un taller de carpintería. Él habría preferido
otra cosa, pero corría el año 1928 y la Gran Depresión estaba a la vuelta de la
esquina. Luego trabajó de ayudante de laboratorio en la Compañía Azucarera de
Pensilvania, «donde se llevaban a cabo trabajos científicos de entidad». [504] En septiembre de 1930 había ahorrado lo suficiente para
matricularse en la Universidad de Pensilvania.
Al poco, la Gran Depresión se dejó sentir y la
familia tuvo que echar mano de sus ahorros. Harry renunció voluntariamente a la
universidad para poder reclamar el dinero de la matrícula semestral, que
entregó a su madre. En diciembre de 1932, justo antes de Navidad, padre e hijo
se encontraban sin empleo y la familia se vio obligada a devolver unos muebles
que todavía no habían terminado de pagar. [505]
En Filadelfia hubo familias, incluidas algunas
judías, que pensaron en emigrar a Rusia, donde, según habían oído, las cosas
marchaban mejor. Algún amigo de los Gold lo hizo. Ellos nunca tuvieron la
tentación, pero estuvieron al borde de la ruina.
Y un día, inesperadamente, un vecino se detuvo
delante de su casa con una noticia emocionante. Un amigo común, Tom Black, a
quien Harry había conocido en la universidad, iba a cambiar de trabajo y estaba
seguro de que el hijo de los Gold podía ocupar el que dejaba vacante. Y así
fue.
Black dejaba su empleo en Holbrook, una empresa
manufacturera de Jersey City, y se trasladaba a Harrison, Nueva Jersey, a la
National Oil Products Company, otra empresa que también trabajaba con
materiales químicos. El nuevo sueldo de Harry, además, superaba al que había
cobrado anteriormente. Por otra parte, Tom Black era un comunista militante. En
su opinión, «el capitalismo estaba condenado» y los trabajadores debían ser
leales a la Unión Soviética. Harry no sentía el mismo entusiasmo por las ideas
comunistas, pero, ante la insistencia de Black, y por pura gratitud —Black les
había salvado a él y a su familia de tener que sumarse a las colas de la
beneficencia—, accedió a sus ruegos y empezó a asistir a las reuniones del
Partido Comunista.
Al principio no le gustaron. Tenía la sensación de
que los comunistas eran una mezcla de «vagos y charlatanes». [506] Lo que no sabía, pero no tardaría en averiguar, era que Black
estaba por aquel entonces en contacto con un tal Gaik Ovakimian, espía
soviético de origen armenio interesado en procesos científicos pioneros que
llevaba a cabo la industria norteamericana. Más tarde, el FBI aseguraría que
estaba al corriente de sus pasos desde que llegó a Estados Unidos, en la década
de 1930, pero si lo hizo, nunca les llevó hasta Gold, ni les valió para
descubrir la identidad de «Kvant», nombre ficticio de uno de sus informantes.
En septiembre de 1933, Gold tuvo noticias de que la
Azucarera de Pensilvania volvía a contratar personal y recuperó encantado su
antiguo empleo; era el medio de poder volver a la universidad. Tenía la
impresión de haber retomado el pulso de su vida. Tom Black, por otro lado, dejó
de importunarle.
A los seis meses, sin embargo, este reapareció.
Pero esta vez no intentó reclutar a Gold para el Partido Comunista, sino que le
dijo que podía desarrollar otras tareas prácticas. Más concretamente, la
azucarera había desarrollado procesos de fabricación —lacas y acabados, por
ejemplo— que podrían resultar muy útiles al pueblo de la Unión Soviética. Gold
accedió a robarlos, porque tenía la sensación de haber contraído una deuda de
gratitud con Tom Black y sabía que la Unión Soviética había ilegalizado el antisemitismo
—un activo muy importante desde su punto de vista— y que el comunismo era el
baluarte más fiable contra el fascismo. A sus ojos, nazismo, fascismo y
antisemitismo eran la misma cosa. Como luego escribiría, en aquella época ya
había adquirido «una definitiva falta de fe en la democracia». Los
«chanchullos» del mercado de valores, opinaba, redundaban en un aumento del
paro masivo y la indigencia.
Y así, en la primavera de 1935, Gold robaba
regularmente documentos de la empresa azucarera donde trabajaba y se los
entregaba a Black. En aquella labor, al parecer, se sentía como pez en el agua.
Con el tiempo hurtaría un método con hielo seco que evitaba que los helados se
derritieran, y hasta materiales de guerra biológica. En realidad, birlaba
documentos con tal asiduidad que a Black llegó a resultarle difícil copiarlos
con la celeridad necesaria, a tal punto que, a finales de año, los soviéticos
pusieron a su disposición los equipos de copiado de Amtorg, organismo que
gestionaba el comercio ruso en Estados Unidos. Gold, eso sí, tenía que llevar
los documentos a Nueva York.
Al llegar le presentaron a un «enlace» a quien solo
llegó a conocer por su nombre ficticio, «Paul Smith». Smith era mucho más capaz
de establecer un buen vínculo que Tom Black. Primero pidió a Gold que redactara
la historia de su familia, y este se sintió muy halagado. Luego le pidió que
hiciera una lista de los procesos industriales a los que había tenido acceso y
señalara cuáles le parecían a él más relevantes. Al poco tiempo, Gold y Smith
se veían con regularidad: cada tres, cuatro o cinco semanas. Gold empezó a
tener la sensación de que desarrollaba una labor muy importante.
Naturalmente, una única empresa solo puede llevar a
cabo un número finito de procesos —y generar un número finito de documentos que
describan esos procesos—, y hacia finales de 1935, el material de la azucarera
empezó a agotarse. El hecho coincidió con la designación de un nuevo enlace. El
hombre, «Fred», era muy distinto a Smith. Tenía poco más de treinta años, era
«de piel morena y ojos negros» y lucía bigote, y no tan bien parecido como
Smith, pero parecía haber cultivado esa virtud de los bolcheviques, la tverdost,
«dureza». [507] Encargó a Gold una nueva tarea: dar con empleados de otras
empresas dispuestos, como él, a pasarles información a ellos, los soviéticos.
A Gold el encargo le desagradaba sobremanera y
durante un tiempo estuvo inventándose nombres para satisfacer las peticiones de
Fred. Luego se sucedieron varias misiones abortadas. Una consistía en unirse a
un grupo encargado del asesinato de Trotsky, plan que Gold consideró absurdo y
aborrecible. Luego, en agosto de 1940, apareció un nuevo enlace, «Sam», es
decir, Semión Markovich Semenov —aunque Gold nunca supo su nombre real—, un
ingeniero técnico y matemático formado en el MIT que trabajaba para Amtorg, «y
compraba ostensiblemente material para refinar petróleo». [508] Sam se convertiría en el enlace más duradero y relevante de Harry
Gold.
Mientras todo eso tenía lugar, el mundo continuaba
girando. Gold recibió con perplejidad y malestar el pacto de no agresión
firmado por Molotov y Ribbentrop en agosto de 1939. Fred se rio ante su
ingenuidad: «Rusia necesita tiempo», dijo. Cuando Alemania invadió Rusia, en
junio de 1941, y Estados Unidos, Gran Bretaña y Rusia se convirtieron en
aliados, Gold recuperó la fe y accedió a una serie de proyectos en que hizo de
enlace con ciertos científicos que trabajaban en empresas como Eastman y Du
Pont, siempre con el objetivo de conseguir una descripción de procesos secretos
y entregársela a Sam.
Y entonces, un día de primeros de enero de 1944,
recibió una llamada telefónica: debía viajar a Nueva York para una reunión
vital. [509] «Ha surgido algo», dijo Sam; Gold nunca le había visto tan
nervioso. La Unión Soviética, dijo Sam entre susurros, le había asignado a
Harry una misión «del mayor significado e importancia». Debía dejarlo todo y
dedicarse a su nueva labor «en exclusiva».
Gold accedió de inmediato. Quizá aquella fuera, se
dijo, el encargo que llevaba tanto tiempo esperando, una misión que resultaría
trascendental.
Sam le dijo que tenía que ver a un señor llegado
recientemente de Inglaterra para trabajar con un grupo de científicos en el
área metropolitana de Nueva York. Ese hombre le daría información sobre un arma
nueva, un arma «devastadora». La misión de Gold consistía en recabar toda la
información posible y trasladársela a él, a Sam.
* * * *
El primer encuentro salió tal y como estaba
planeado. En el segundo, el del paseo por la Primera Avenida, Fuchs explicó a
Gold los motivos de su estancia en América. Fue la primera vez que Gold oyó el
término «Proyecto Manhattan». Fuchs nombró a todos los miembros de la misión
británica y a algunos colegas norteamericanos. Explicó que el proyecto se
dividía en compartimentos estancos, y que, por tanto, él carecía de visión de
conjunto —como casi todo el mundo—, y explicó también que su labor estaba relacionada
con la separación del isótopo fisionable del uranio 235, bien mediante difusión
gaseosa, bien mediante el método electromagnético. Pero, añadió, en su opinión
no se progresaba con la rapidez suficiente para que la bomba estuviera lista
antes del fin de la guerra. Eso sí, una vez fabricada el arma, tendría una
incidencia decisiva.
Fuchs habló también del papel del general Leslie
Groves. Había asistido al menos a dos reuniones presididas por él: el 22 de
diciembre de 1943 y el 5 de enero de 1944. Dar a los rusos el nombre de Groves
resultaba revelador por sí solo. Se trataba del hombre que había erigido el
Pentágono —un proyecto que nunca fue secreto—. La mera mención del general daba
idea de la envergadura del Proyecto Manhattan.
Para cuando Fuchs y Gold se vieron por primera vez,
el primero y Rudolf Peierls habían asistido al menos a cinco reuniones —entre
el 10 y el 21 de diciembre— relacionadas con sistemas de gestión industrial,
diferencias de calendario o mecanismos de derivación, complicaciones técnicas
todas ellas que, como demuestra la frecuencia de las reuniones, era preciso
resolver cuanto antes. [510] Fuchs dijo también a Gold que para completar aquella etapa del
proyecto habían firmado contratos con la Universidad de Columbia, Kellex
Corporation y la empresa química Carbide and Carbon.
No era menos relevante que Fuchs hubiera asistido,
también en enero de 1944, a una «tempestuosa» reunión con presencia del general
Groves en la que los científicos británicos aprobaron la propuesta a Kellex
para desarrollar un material barrera nuevo y mejor. Este hecho tenía su
importancia, porque esta preparación acarreaba el retraso de la entrada en
funcionamiento de la planta de difusión gaseosa de Oak Ridge; aunque también
suponía, como enseguida comprendió Harold Urey, que Estados Unidos buscaba el
«dominio de las armas nucleares en la posguerra, y no solo la derrota alemana
con ayuda de la bomba». [511] (Adviértase que, en enero de 1944, para Harold Urey, ganador del
Nobel por el descubrimiento del agua pesada y uno de los científicos más
eminentes del Proyecto Manhattan, Alemania era la mayor amenaza.) En aquel
segundo encuentro entre ellos, Fuchs describió a Gold algunas dificultades a
las que él —y los demás— se enfrentaban. La mayor, dijo, era el hecho de que
todos los científicos del proyecto «trabajaban en departamentos totalmente
aislados y ningún grupo estaba al corriente de lo que hacía los demás». Más
tarde, cuando fue capturado y le interrogaron, Gold dijo: «Pude verificar esa
circunstancia porque él creía en la posibilidad de que en un futuro próximo se
proyectara la construcción de una gran planta de separación de isótopos en
Georgia o Alabama», y, como sabemos, esa planta, en cuyo diseño estaba envuelto
el propio Fuchs, fue erigida finalmente en Oak Ridge, Tennessee. [512]
Gold tenía suficientes conocimientos de química
para saber qué eran los isótopos, y, aquel día, nada más despedirse de él,
Fuchs se quedó con la sensación de que su contacto en Estados Unidos «algo
sabía de ciencia». Antes de decirle adiós, además, le prometió que en la
siguiente reunión le entregaría un paquete con «una relación completa de los
trabajadores que participaban en el proyecto ... una descripción general de los
procesos físicos, y una valoración de los progresos realizados».
Tras separarse, Gold, muy diligentemente, puso por
escrito lo que Fuchs le acababa de contar y acudió a su cita con John (Anatoli
Yatzkov), su nuevo agente de control. El encuentro fue muy breve. Gold entregó
las notas que acababa de escribir y se dirigió a la estación para coger un tren
de vuelta a Filadelfia.
John envió la información que acaba de recibir de
Harry Gold al Centro de Moscú para telegramas codificados —utilizó el nombre en
clave de Fuchs: «Rest» (más tarde «Charl’z»)—. Mandaba todos los telegramas por
la vía convencional, es decir, obviando el hecho de que podían ser
interceptados —como así sucedía.
Tras el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de
diciembre de 1941, el Departamento de Estado estadounidense aplicaba un método
llamado drop copy según el cual las compañías de telégrafos
retenían todos los mensajes el tiempo suficiente para poder copiarlos y luego
mandárselos a la Oficina de Censura en Tiempo de Guerra, que los ponía a
disposición del ejército y del FBI. Sin embargo, los rusos codificaban sus
telegramas valiéndose de otro método, «libreta de un solo uso», [xxi] que solo podían descifrar en Moscú. Con dicho método, virtualmente
indescifrable, a los norteamericanos les resultó imposible entender —al menos
en aquel entonces— los telegramas de Fuchs, pese a que los conservaban junto
con millares de otros mensajes de distintos autores.
Capítulo 20
Un presidente dispuesto a ayudar
La última semana de marzo de 1944, las noticias
llegadas del frente resultaron desalentadoras. El día 24, cientos de civiles
italianos fueron masacrados en las Fosas Ardeatinas de Roma como represalia de
un atentado con bomba donde murieron muchos alemanes; el 30, la RAF sufrió
numerosas bajas en su incursión contra Núremberg. La única buena noticia fue la
retirada forzosa de los japoneses en Birmania, aunque al poco tiempo sirviera
para revelar las atrocidades cometidas.
Es posible que Bohr sobreestimara la influencia de
Felix Frankfurter sobre Roosevelt, porque lo cierto es que no consiguió que lo
recibiera en la Casa Blanca hasta aquella sombría semana. El presidente
concedió a su viejo amigo una hora y media de su tiempo y el juez pudo
ofrecerle un relato detallado del análisis de Bohr, concentrándose en su mayor
preocupación, «que Rusia se enterara por sus propios medios de X, lo cual
podría resultar desastroso», en lugar de que Estados Unidos y Gran Bretaña
pudieran aprovechar el proyecto «para sondear la posibilidad de un acuerdo
internacional eficaz con Rusia para afrontar los problemas que planteaba dicho
proyecto». [513] Frankfurter también quiso dejar claro al presidente que Bohr
estaba convencido de que, probablemente más pronto que tarde, los físicos
soviéticos adquirirían los conocimientos necesarios para fabricar sus propias
armas atómicas. Coincidía en lo esencial con lo que Abran Ioffe había dicho a
Bohr en su carta de 1940, en la que el científico ruso dejaba caer que sus
colegas habían notado que los científicos aliados ya no publicaban sus trabajos
sobre fisión en boletines profesionales, de lo cual él extraía las
correspondientes conclusiones. Los rusos, además, habían transmitido sus
impresiones, insinuado que sabían más de lo que decían.
Naturalmente, a Roosevelt no le sorprendió el
interés de los soviéticos por la ciencia atómica. Como ya vimos, el año
anterior le había puesto sobre aviso el general Groves, que le informó de que
los rusos habían intentado infiltrarse en los Rad Lab de Berkeley, en Oak Ridge
e incluso en Los Álamos. El presidente, además, estaba al corriente de sus
peticiones de uranio y agua pesada. [514]
Sin embargo, a principios de 1944, cuando
Frankfurter se citó con el presidente, la situación era otra. Roosevelt sabía
que Alemania había renunciado al programa atómico. No podía conocer que Stalin
también lo sabía, pero sí estaba al corriente, o debería haberlo estado, de que
los rusos eran conscientes de que el programa atómico aliado sí iba por buen
camino. Y, sin duda, compartía la opinión de Bohr —que le había trasladado su
amigo Felix Frankfurter— de que la existencia de un arma tan poderosa tendría un
impacto decisivo en las relaciones soviético-estadounidenses después de la
guerra.
Bohr lo había expresado con claridad. El asunto
central era la coerción. Guardarse la bomba para ellos suponía indudables
ventajas militares y diplomáticas para los aliados occidentales, pero ¿cuánto
tiempo durarían esas ventajas? ¿Eran mayores que las de poner al corriente a
los rusos a su debido tiempo, con la buena voluntad que tal gesto suscitaría,
al menos en teoría? Por otro lado, en caso de mantener el secreto de la bomba
asegurándose dicha ventaja, ¿cómo se traduciría esta? ¿Agacharían los soviéticos
la cabeza ante la coerción? [515] Cuando menos en teoría, un acercamiento a Stalin prometía
beneficios. Una propuesta para el control internacional de la energía atómica
podría constituir la base de una colaboración entre las grandes potencias
después de la guerra. Y, como Bohr también le había señalado a Frankfurter, si
los rusos rechazaban esa colaboración, al menos los aliados occidentales
habrían confirmado las limitaciones de las intenciones soviéticas.
* * * *
En Londres, sir John Anderson —recordemos, ministro
del Tesoro y único miembro del Gabinete británico a quien Churchill reveló el
secreto de la bomba atómica— tuvo noticia del encuentro de Bohr y Felix
Frankfurter por medio de lord Halifax, embajador británico en Washington.
Sabiendo que Bohr debía volver a Londres, decidió tantear el terreno y presentó
al primer ministro un memorándum con ciertas ideas sobre estrategia nuclear,
aunque sin mencionar el nombre del físico danés.
Churchill zanjó la cuestión de un plumazo. A la
sugerencia de «colaboración» con los rusos, se mostró crudamente despectivo y
rodeó el término con un círculo añadiendo una nota al margen: «Bajo ningún
concepto». [516] Anderson nunca habló de esto con Bohr, que, impaciente, seguía en
Washington esperando la reunión de Felix Frankfurter con el presidente mientras
ordenaba sus pensamientos y preparaba un largo informe para el ministro del
Tesoro que llevaba por título: «Comentarios confidenciales sobre el proyecto
que explota los últimos descubrimientos de la física atómica para la industria
y la guerra». El documento sufría de la complicada sintaxis de Bohr en inglés,
pero, como ha dicho el historiador Graham Farmelo, «sus circunloquios encierran
un argumento poderosamente original para pensar en el Proyecto Manhattan como
oportunidad global más que como amenaza». Concluía diciendo que «tal
iniciativa, encaminada a adelantarse a una competencia fatídica por un arma
formidable, no puede en modo alguno poner trabas al proyecto en sus objetivos
militares inmediatos y debe servir para extirpar toda causa de desconfianza
entre las potencias sobre cuya armoniosa colaboración dependerá el destino de
las generaciones venideras».
Unas dos semanas después de enviar ese documento a
Anderson, Bohr tuvo noticias de Frankfurter. El juez había pasado hora y media
con Roosevelt. Tras abandonar la Casa Blanca se lo hizo saber a otras personas
interesadas: «El presidente ha quedado francamente impresionado con mi
planteamiento». Frankfurter contó que, al decirle «que la solución al problema
de la bomba atómica podría tener más importancia que todos los planes para
fundar una organización mundial[las Naciones Unidas, que entonces se estaban pergeñando]»,
Roosevelt se mostró de acuerdo. [517] Dijo también que a Roosevelt la bomba le preocupaba «muchísimo» y
que estaba «dispuesto a prestar la ayuda necesaria para resolver el problema».
Más interesante resulta, y también más
controvertido, que Frankfurter añadiera que el presidente le había dado
autorización para transmitirle a Bohr que, a su regreso a Gran Bretaña, podía
informar «a los amigos de Londres» que estaba «deseoso de estudiar las medidas
de seguridad pertinentes en relación con X». Según otra versión, Roosevelt se
mostró muy receptivo a las ideas de Bohr y dijo que «recibiría de buen grado
cualesquiera sugerencias del primer ministro relativas al mismo
propósito». [518]
Muy animado, Bohr hizo los preparativos para viajar
a Londres. Lord Halifax le buscó plaza en un avión militar.
* * * *
La tercera reunión entre Fuchs y Raymond ocurrió a
las nueve de la noche del viernes 31 de marzo, es decir, unas horas después del
segundo encuentro de Bohr con Felix Frankfurter. En Europa ya era abril, el
general De Gaulle se disponía a tomar el mando de las fuerzas francesas en su
conjunto y los aliados occidentales iniciaban el bombardeo de Hungría y
Bulgaria, previo al avance del Ejército Rojo.
La noche era fría y oscura, y los dos hombres iban
a su encuentro. Caminaban por Park Avenue a la altura de las calles 70 y 80 y,
según recordaría más tarde Harry Gold, ambos llevaban abrigo. Fuchs iba andando
lentamente por la acera del lado oeste en dirección norte cuando Gold vio su
delgada figura y se acercó a él por detrás. En cuanto estuvieron cerca,
doblaron una esquina y, por puro instinto, tomaron una calle «prácticamente
desierta» y continuaron en dirección a la Quinta Avenida y Central Park.
Allí y en cuestión de segundos, Fuchs sacó «un
voluminoso paquete» de unas veinte o veinticinco hojas y se lo entregó a Gold,
que lo guardó de inmediato en el bolsillo interior del abrigo. Fuchs preguntó
cómo había sido recibida la información que había suministrado previamente y
Gold contestó que sus superiores la habían encontrado satisfactoria, aunque,
eso sí, habían puesto una pega: era necesario conseguir una guía general de la
planta en cuyo diseño trabajaba Fuchs. Este protestó: él ya la había proporcionado;
si Moscú no había sido capaz de relacionar las distintas partes, no era culpa
suya. Luego se lamentó, porque los norteamericanos le estaban poniendo trabas y
no cooperaban de modo incondicional. Los dos hombres se separaron sin decirse
apenas nada más.
A continuación, Gold infringió gravemente el
procedimiento y abrió el paquete y lo hojeó. Calculó que había unas cincuenta
páginas de prieta escritura repletas de información vital sobre el diseño, el
desarrollo y las personas participantes en la construcción de la primera bomba
atómica del mundo.
Hoy sabemos que entre la información que aquella
noche cambió de manos había diecinueve documentos, y que al menos trece de
ellos habían sido escritos por Rudolf Peierls y Fuchs, o por Peierls, Fuchs y
Tony Skyrme, y trataban de los problemas de presión de la fusión gaseosa y de
fórmulas para las membranas empleadas en el proceso. También se mencionaban los
títulos de otros nueve documentos de distintos autores. [519]
En las dependencias de Kellex Corporation, Fuchs
debía redactar a mano una descripción de su trabajo y entregársela a la señora
Gertrude Crosby Rowen, la secretaria que compartía con Peierls. A continuación,
le enseñaba la versión mecanografiada a Peierls para que este diera su
aprobación y pudieran entregársela a otras personas. Él quedaba encargado de
los originales manuscritos, que era lo que entregaba a Gold. Nunca se atrevió a
llevarse documentos de otros científicos, pero sí apuntaba título y autor. [520]
Entre los documentos que aquella noche le entregó a
Gold había varios que hablaban de problemas de corrosión e identificaban «S-50»
como el código de la difusión termal, mediante la cual se intentaba enriquecer
uranio metálico para que pasara de tener un 0,71 a un 0,85 % de U-235. [521] Averiguar esos códigos era vital para que otros agentes que
espiaban el Proyecto Manhattan pudieran relacionar los trabajos que se
desarrollaban en las distintas localizaciones. [522]
Por aquellas fechas, Fuchs ya había asistido a tres
reuniones especiales sobre difusión gaseosa, la última, aquel mismo día, 31 de
marzo, lo que da idea de lo actualizada que era la información que recibía
Moscú.
Gold volvió a guardarse el paquete en el abrigo y
se dirigió a toda prisa a la zona del Midtown de Manhattan, donde, veinte
minutos después, se lo entregó a John, en otra calle también muy tranquila a
aquella hora de la noche.
Capítulo 21
Carta de Moscú
Bohr aterrizó en Londres a los pocos días,
envalentonado por lo que ya consideraba una misión presidencial. Una vez allí,
sin embargo, tuvo que esperar varias semanas a que el primer ministro le diera
cita.
Para ser justos, hay que decir que esos días
Churchill se encontraba inmerso en los preparativos para las invasiones del Día
D —algo que Bohr, naturalmente, no sabía—, previstas en principio para el 5 de
junio, aunque luego se retrasarían un día. Y no solo eso, en marzo, la aviación
norteamericana había iniciado los bombardeos diurnos de Berlín, se estaba
librando la batalla de Monte Cassino, el Partido Laborista inglés pedía
agitadamente un relajamiento de la legislación sobre el derecho a la huelga en
tiempo de guerra —un paro laboral podía afectar a la producción de armamentos—
y los alemanes habían descubierto que los Aliados habían iniciado
conversaciones secretas con Hungría y, en consecuencia, habían invadido ese
país. El primer ministro tenía muchas preocupaciones y no comprendía por qué,
según le decían, Bohr tenía un mensaje de Roosevelt para él. Churchill y
Roosevelt se llevaban bien, se ponían en contacto por teléfono o telegrama
prácticamente todos los días y el presidente nunca le había mandado ningún
emisario. Para Churchill, además, un primer ministro y un presidente solo
debían tratar directamente. Un emisario estaba «fuera de lugar».
Anderson, por supuesto, sabía que el punto de vista
de Churchill y el de Bohr apenas coincidían y estaba al corriente de muchos
otros secretos —no solo relacionados con el programa atómico—, de modo que era
consciente de que existían muchos motivos para no facilitar a Bohr el acceso a
Downing Street. Aun así, procuró ayudar. Más o menos a las dos semanas de la
llegada a Londres de Bohr, el ministro del Tesoro volvió a escribir a Churchill
para decirle, según le había informado lord Halifax desde Washington —quien a
su vez había hablado con Felix Frankfurter—, que Roosevelt estaba «considerando
seriamente» la posibilidad de implementar medidas internacionales de control
armamentístico y «no se opondría» a tratar el asunto con él. [523]
Anderson llegó incluso a redactar un informe para
que el primer ministro se lo enviara al presidente Roosevelt, que concluía: «A
mi entender, el asunto requiere una profunda reflexión».
A diferencia de lo ocurrido en anteriores
ocasiones, Churchill no se dejó impresionar y respondió de inmediato: «Un
telegrama de esas características no me parece necesario».
Anderson no habló con Bohr de su intercambio postal
con Churchill. No quería desanimarlo, porque le parecía que su planteamiento
del problema tenía un mérito considerable.
Por su parte, Bohr confiaba más que nunca en sacar
adelante su propuesta, porque estando en Londres se había convencido de que
también los rusos estaban trabajando en una bomba, y, en tal caso, sería inútil
hurtarles el secreto. Al poco de llegar a la capital inglesa, en efecto, había
recibido una curiosa nota de la embajada rusa en la que se le avisaba de que
había llegado de Rusia una carta para él y se le pedía que se pasara a
recogerla. ¿Quién se había enterado de que se encontraba en Londres?
La carta resultó ser de Piotr Kapitsa, el físico
ruso, viejo amigo suyo de los tiempos de Cambridge, de una época en que
Rutherford aún vivía, y por quien Bohr había abogado cuando le habían obligado
a permanecer en Rusia. En realidad, Kapitsa había escrito la carta en octubre y
la había enviado a la embajada rusa en Estocolmo, que a su vez la había mandado
a Londres.
«Quiero que sepas —escribió el ruso— que serás
bienvenido en la Unión Soviética, donde se hará todo lo posible para daros
cobijo a ti y a tu familia y donde ahora disponemos de todas las condiciones
necesarias para realizar una gran labor científica. Aunque no sea más que una
vaga esperanza, el hecho de que tal vez vengas a vivir entre nosotros es
recibido con cálidos aplausos por todos nuestros físicos: Ioffe, Mendeshtam,
Landau, Vavilov, Tamm, Alihanov, Semenov, y otros muchos.» Kapitsa también
decía: «Todas las semanas nuestro instituto organiza una reunión científica
donde encontrarás a buen número de amigos. Si vienes a Moscú, te unirás a
nosotros en nuestra labor científica ... Apenas tenemos información de los
físicos ingleses, quienes, al igual que nosotros, trabajan mucho en favor de
nuestra causa común contra el nazismo ... Nosotros, los científicos, hemos
hecho cuanto está en nuestras manos por poner nuestros conocimientos a
disposición de la causa de la guerra». Abraham Pais, físico estadounidense de
origen neerlandés que trabajó con Bohr y Einstein, dice que no es fácil
descifrar la carta, pero que hoy sabemos —gracias a un reportaje publicado en
1989 por Moscow News — que por aquella época Stalin llamó a
varios físicos, incluido Ígor Kurchátov, para interesarse por el desarrollo de
las bombas atómicas. [524]
El historiador David Holloway añade que Kapitsa
había obtenido permiso de Molotov para mandar la carta después de que el físico
le explicara que, tras visitarla tres veces, Bohr tenía una «predisposición
favorable» hacia la Unión Soviética. «Creo que sería muy bueno y muy correcto
—escribió—, que nos ofreciéramos a acogerlos a él y a su familia mientras dure
la guerra.» [525]
A cierto nivel, el texto podría ser sencillamente
lo que parece, un gesto amistoso hacia alguien que se ha visto obligado a
abandonar su país. Pero hay ciertos detalles que sugieren que aquella carta era
algo más, lo cual, quizá, fuera el motivo de que hubiera que consultar con
Molotov.
El primero de esos detalles es su fecha. Si leemos
literalmente la carta, no podemos por menos de pensar que Kapitsa acababa de
enterarse de la huida de Bohr de Dinamarca. Pero lo cierto es que la misiva
está fechada el 28 de octubre, y para entonces este ya llevaba un tiempo en
Suecia —llegó a Londres el 6 de octubre—. Ahora bien, en el otoño de 1943 los
rusos debían de saber que, por así decirlo, Bohr estaba fuera de juego, porque
en la Dinamarca ocupada le habría sido imposible trabajar en la bomba atómica.
Quizá hubiera pensado en ella, pero no había podido pasar de ahí.
Sin embargo, en la primavera de 1944 el panorama
había cambiado radicalmente. Bohr no solo se había marchado de Dinamarca, sino
que había viajado a Gran Bretaña y Estados Unidos, y la prensa se había hecho
eco de sus desplazamientos. De manera que, a su regreso a Londres, se había
convertido ya en alguien que estaba al corriente de las actividades aliadas. Ya
no estaba fuera de juego, ahora era uno de los protagonistas del partido.
En esas circunstancias, su presencia en la Unión
Soviética habría resultado de mucha mayor utilidad para el programa atómico
ruso. Por otra parte, abordarlo directamente era correr el riesgo de despertar
sus sospechas. Se hacía necesaria una treta, un pequeño engaño. Para certificar
que la carta de Kapitsa provenía de Estocolmo y la había enviado en el otoño de
1943 contamos únicamente con la palabra de la embajada soviética en Londres,
pero es posible que esta estuviera mintiendo. Fingir que la misiva había sido
remitida desde Estocolmo era garantizarse que Bohr pensara que Kapitsa la había
escrito antes de que él se hubiera puesto al día del esfuerzo atómico aliado.
Es posible que lo que estamos sugiriendo resulte algo cínico, pero, teniendo en
cuenta otros detalles de la carta, quizá no lo sea tanto como parece a primera
vista.
El segundo detalle a tener en cuenta es la autoría
del texto, que no estaba firmado por Abram Ioffe, el hombre que ya había
mandado otra carta a Bohr —aunque en esta segunda, la que estamos analizando,
se le mencionaba de pasada—. Esta vez el autor era Piotr Kapitsa, y este,
recordemos, había encabezado el «velado llamamiento[de la física rusa]a la
inclusión de la Unión Soviética en el programa atómico en tanto que era un país
miembro de pleno derecho de la Gran Alianza», que publicó en 1941 el Daily
Telegraph . El reportaje de este periódico citaba expresamente a
Kapitsa en el debate sobre el futuro desarrollo de una bomba atómica por los
Aliados. [526]
El tercer detalle era la omisión en la relación de
nombres que Kapitsa había entregado a Ígor Kurchátov. En octubre de 1943,
cuando Kapitsa escribió la carta a Bohr, o en la primavera de 1944, si la
interpretación que aquí damos es acertada, Kurchátov tenía acceso desde hacía
meses —desde febrero de 1943— a los archivos del espionaje soviético, de manera
que debía saber que el nombre de Bohr apenas aparecía en documentos aliados
anteriores. Sin embargo, en la fecha de su regreso a Londres, Bohr ya estaba integrado
por completo en el programa atómico anglo-norteamericano.
La sucesión de fechas es ciertamente reveladora.
¿Por eso la carta de Kapitsa le llegó a Bohr en abril, aunque estaba fechada en
octubre de 1943? ¿Era esa la verdadera razón de que los soviéticos invitaran a
Rusia al científico danés?
Es cuando menos posible que así fuera, sobre todo
teniendo en cuenta un cuarto detalle del texto. Se trata de la frase «ahora
disponemos de todas las condiciones necesarias para realizar una gran labor
científica». Aparentemente, se trata de una expresión tópica más. Bohr había
visitado Rusia, tenía una elevada opinión de los físicos rusos y sabía que
estaban al día en las cuestiones teóricas. ¿Qué podía significar, pues, « ahora disponemos
de todas las condiciones necesarias para realizar una gran labor científica»?
Los físicos rusos llevaban años —décadas— desarrollando su labor científica,
como Bohr sabía muy bien. ¿Qué era distinto ahora ? ¿Podía el
empleo de un término normalmente inocuo significar que ahora los
físicos rusos estaban plenamente informados sobre la fisión, que ahora la
investigación científica rusa contaba con un presupuesto adecuado, que ahora la
ciencia rusa disponía de los equipos necesarios? Es un sentido que parece
apoyar otra frase de Kapitsa: «Nosotros, los científicos, hemos hecho cuanto
está en nuestras manos por poner nuestros conocimientos a disposición de la
causa de la guerra». [527]
La referencia a los físicos ingleses también está
expresada con exquisito cuidado. En un suspiro, Kapitsa dice que tiene muy poca
información; en el siguiente, que la ciencia rusa está al servicio de la
guerra. Teniendo en cuenta las circunstancias, era algo más que declarar lo
obvio.
Un último ingrediente que añadir a la mezcla es
que, precisamente en aquellas fechas, Roger Makins, diplomático de carrera que
participaba en el Proyecto Manhattan desde su despacho de la embajada británica
en Washington, escribiera al general Groves para decirle que «unos días antes»,
un científico ruso de paso por Dinamarca había abordado a un amigo danés de
Bohr y le había dicho que tenía una carta de Piotr Kapitsa para Bohr, pero no
llegó a entregársela nunca.
Las palabras de Roger Makins resultan ambiguas,
pero lo cierto es que los científicos rusos no podían visitar Dinamarca en
octubre de 1943, fecha de la carta, porque, después de Stalingrado, la
enemistad entre Rusia y Alemania eran aún más encarnizada. La cronología de
todo el episodio —en los archivos— dista mucho de estar clara, pero hasta
cierto punto parece respaldar la idea de que los rusos solo demostraron interés
en invitar a Bohr a su país después de que el físico danés hubiera pasado por
Los Álamos.
En cualquier caso, con independencia de lo que
ocurriera en realidad, la carta de Kapitsa convenció a Bohr de que los rusos
contaban con un programa atómico propio y que, por tanto, era urgente y
oportuno que Churchill y Roosevelt se pusieran en contacto con Stalin. Más aún,
por su estatus y su nacionalidad, independiente, el propio Bohr resultaba el
enlace ideal, la persona más apropiada para echar la pelota a rodar.
Además, como señala David Holloway, estaba el hecho
de que la presencia de Bohr en la Unión Soviética habría supuesto todo un éxito
para la física rusa «y podría servir de base para establecer lazos entre las
naciones después de la guerra». [528]
En este bando de la guerra fría no debemos olvidar
que en 1944 Rusia era un aliado. Kapitsa era una de las muchas personas que
querían restablecer el contacto con los científicos extranjeros y, además,
sostenía que la ciencia tenía un papel que desempeñar en la defensa de la paz
internacional —idea paralela a la que Bohr había argumentado ante el juez
Frankfurter—. En junio de 1944, en un discurso ante la III Convención de
Científicos Antifascistas Soviéticos y teniendo en cuenta que el final de la
guerra estaba ya a la vista, Kapitsa arguyó: «Nuestra tarea, la tarea de todo
científico, no debe reducirse únicamente a conseguir un mayor conocimiento de
la naturaleza para encauzarlo en beneficio de una humanidad en pacífica
construcción. Soy de la opinión de que los científicos también debemos tomar
parte activa en el fortalecimiento de una paz sólida y duradera». [529]
Una vez más, la elección de las palabras y la fecha
en que fueron pronunciadas han de atraer nuestra atención. En Moscú, Kapitsa
hizo públicos sus argumentos abiertamente y luego los editó en inglés. Por
supuesto, publicar material científico ruso en inglés no era ninguna novedad,
pero, en este caso, ¿es mucho preguntarse si, con su carta a Bohr, Kapitsa no
estaría sondeando el terreno? Tras desarrollar durante la guerra un nueva
técnica para producir oxígeno líquido para las industrias química y metalúrgica,
estaba en buena posición y en contacto —y se llevaba bien— con Molotov. [530] La expresión sobre el «encauzamiento» del conocimiento de la
naturaleza sugiere que tenía en mente la energía nuclear y que quería insinuar,
como Bohr, que los físicos nucleares de todas las naciones, que se conocían,
debían desempeñar una función primordial en las relaciones internacionales.
Kapitsa no tenía el mismo acceso a Lavrenti Beria y
a Stalin que tenía Ígor Kurchátov, pero obtendría el título de Héroe Socialista
del Trabajo, el más alto honor civil concedido en la Unión Soviética, de modo
que es posible que su discurso de junio de 1944 fuera en realidad una propuesta
diplomática, sancionada por el poder, diseñada para hacer saber a británicos y
norteamericanos que Stalin estaba al corriente de sus progresos en el campo
atómico. Y es posible también que el mandatario soviético se sirviera de la
amistad de Kapitsa con Bohr para que este mordiera el anzuelo.
Bohr rechazó educadamente la invitación a Rusia,
después de mostrar el texto de su respuesta al MI6. Pero su propuesta
—compartir información— se hacía más urgente que nunca. Para contar con alguna
fuerza, era necesario abordar a los soviéticos mientras los aliados
occidentales aún llevaban la delantera.
* * * *
La cuarta reunión entre Fuchs y Raymond tuvo lugar
a finales de abril, por las mismas fechas de la respuesta de Bohr a la carta de
Kapitsa y un mes antes del Día D.
Se citaron en el Bronx, en un cine cercano al cruce
de Grand Concourse con Fordham Road, cerca de la biblioteca, y echaron a andar.
Más tarde, Harry Gold recordaría: «Estuvimos dando un paseo por Grand Concourse
... durante el cual hablamos de nuestro siguiente encuentro ... en el cual iba
a producirse una nueva transferencia de información ... era una fría noche de
abril y llovía, y, según recuerdo, él tosía mucho y yo no quise que se
expusiera a los elementos más de lo estrictamente necesario». Dejando en
suspenso las normas que previamente habían formulado, se dirigieron a un
restaurante, el Rosenheim’s, próximo a la calle 180 y, tras pedir un aperitivo,
conversaron de todo tipo de temas, desde política internacional hasta música y
ajedrez. [531]
Fuchs contó cómo se había «topado» con el espionaje
cuando, en 1941, tuvo la sensación de que Gran Bretaña y Estados Unidos
permitían la lucha encarnizada entre la Alemania nazi y la Rusia comunista
esperando que ambas se debilitaran mortalmente, para luego poder recoger los
pedazos con un coste mínimo. Era injusto, creyó, y le dieron ganas de
contribuir a inclinar la balanza en favor de Rusia. Fuchs siempre tuvo en mente
la idea de «equilibrio».
Aquella noche, además, Fuchs se mostró, por primera
vez, franco en lo personal. A Gold le había parecido hasta entonces una persona
«muy tímida y reservada», alguien que nunca demostraba sus emociones. En esa
reunión, sin embargo, Fuchs le contó una parte de su vida, aquella en que tomó
partido llamativamente contra los nazis y el fascismo. Le explicó también que
había tenido suerte de escapar de los nazis tras el incendio del Reichstag,
porque se encontraba en un tren en dirección a Berlín cuando la Gestapo había
ido en su busca. Le reveló que el incendio del Parlamento alemán había sido «un
montaje» —algo que en aquel entonces no se sabía—, que se había echado la culpa
a los comunistas cuando, en realidad, habían sido los propios nazis quienes
habían iniciado la conflagración para utilizarla como pretexto para encarcelar
a sus adversarios. [532]
Habló también del valor demostrado por su padre y
de la fatalidad de la trágica muerte por suicidio de su abuela, su madre y su
hermana. No podemos estar seguros de que hablase también de su fuga a París y
de su asistencia al congreso internacional de la juventud, donde Henri Barbusse
tanto había llamado la atención. Pero es más que probable. En cierto sentido,
Barbusse —con su inquebrantable fe en la Unión Soviética y convicción de que
comunismo y antifascismo eran la misma cosa— hacía precisamente lo que a Gold y
a Fuchs les habría gustado hacer de haber tenido la oportunidad de hacerlo.
Por su parte, Gold compartía con Fuchs el odio a
los defectos de Occidente y el haber considerado siquiera brevemente la
posibilidad de salir de Estados Unidos y emigrar a la Unión Soviética, donde,
según les habían dicho, la vida era mejor para personas como ellos. Además, su
padre había sido víctima como Fuchs de un crudo y despiadado antisemitismo.
También él se sinceró aquella noche y explicó cómo había llegado a convertirse
en enlace, en espía. Pero no le reveló, ni lo haría nunca, su verdadero nombre,
ni detalle alguno que pudiera servir para identificarle —como, por ejemplo, los
nombres de los colegios y universidades en las que había estudiado, o de la
empresa azucarera donde había trabajado. [533]
Estaban haciendo algo que no debían, pero ese día
establecieron un vínculo. A ninguno le resultaba sencillo entablar amistad
—ninguno era especialmente sociable—, pero tenían en común el aprecio por la
música y el ajedrez, así como el solitario, secreto y peligroso mundo del
espionaje. Aquel aperitivo en el Rosenheim’s debió de ser uno de los momentos
más cálidos que ambos compartieron en sus frías y aisladas vidas.
Ese día, Harry Gold se dio cuenta de que admiraba a
un hombre «que había jugado al escondite con la Gestapo con su propia vida como
premio y a quien no hacía falta enseñar a tomar precauciones». [534]
Y se dio cuenta también de que estaba tratando con
el espía más importante que había conocido.
Capítulo 22
El error del primer ministro
Entretanto, en Londres, Churchill seguía sin
recibir a Bohr y el Gran Danés no dejaba de impacientarse. Preocupados cada vez
más, Anderson, Halifax y hasta lord Cherwell pidieron al primer ministro, en
notas, comunicaciones y conversaciones informales, que le recibiera. Lo hacían,
y esto es lo fundamental, porque todos estaban de acuerdo con Bohr. Todos
opinaban que Churchill y Roosevelt tenían una oportunidad única para conformar
el futuro del mundo de una forma que no tenía precedentes.
Como si tantas personalidades no fueran
suficientes, sir Henry Dale, presidente de la Royal Society, acabó
convenciéndose y unió su voz a la petición. Así, escribió en persona al primer
ministro para llamarle la atención sobre la eminencia de Bohr y decirle: «Creo
sinceramente que, quizá en el curso de los próximos seis meses, pudiera usted
estar en poder de tomar decisiones que determinarán el rumbo futuro de la
historia humana». [535] Dale, por tanto, se unió a un selecto grupo que estaba al
corriente del proyecto atómico y conocía los argumentos de Bohr. Es también
importante precisar que sus miembros no eran jóvenes e idealistas, que no eran
unos ingenuos. El propio Dale, por ejemplo, tenía sesenta y nueve años y había
sido premiado con el Nobel de Medicina por haber participado en el equipo que
descubrió/inventó la penicilina.
Finalmente, el infatigable sir John Anderson sumó a
la causa a Jan Smuts, de setenta y cuatro años, primer ministro de Sudáfrica y
amigo de Churchill. Smuts quedó muy impresionado por Bohr, a quien comparaba «a
un Shakespeare o un Napoleón, alguien que está cambiando la historia del
mundo». [536]
Reginald V. Jones quizá no perteneciera a la misma
clase de esas luminarias, pero era un físico capaz y desempeñaba un papel muy
importante en la guerra, el de aprovechar la información científica que
recababan los servicios de inteligencia con fines políticos y militares.
Tampoco era ningún ideólogo ingenuo. Quiso cuidar a Bohr mientras proseguía la
espera.
Niels y Aage se alojaban en un piso de St. James’s
Court, en Buckingham Gate, y solo se les permitía relacionarse con un grupo
rigurosamente controlado de personas. (El secreto de la presencia de Bohr en
Londres, sin embargo, no podía ser tan estricto; al fin y al cabo, allí le
enviaron la carta de Piotr Kapitsa.) [537]
Más tarde, Reginald Jones contaría que, junto con
Charles Frank, su segundo, aprovechó la oportunidad para recibir varias «clases
particulares» de Bohr sobre energía nuclear y física cuántica. [538]
Jones afirma también que Bohr le pidió que tratara
de concertar una cita con Churchill, aunque, como hemos dicho, Anderson,
Cherwell y Henry Dale ya había presionado al primer ministro. Según cuenta él
mismo, estaba dispuesto a hacerlo: Porque para mí esa cita era una oportunidad
para que Churchill comprendiera la vital importancia del tema. En mi opinión,
Cherwell le había informado mal. Porque, en realidad, Cherwell no creía en el
proyecto atómico, en que pudiéramos llegar a ser capaces de liberar la energía
del núcleo del átomo. De hecho, así me lo había confesado a mí, y lo mismo
había hecho Tizard. Me daba la impresión de que estaban los dos tan alarmados
por la destrucción que podrían causar las bombas atómicas que se aferraban a la
esperanza de que Dios no había podido construir el universo para luego poner
tanto poder en manos de los hombres. [539]
Jones, por tanto, calculaba que, aunque Cherwell no
hubiera sabido cumplir con su cometido, un físico más eminente como Bohr
convencería finalmente al primer ministro de que debía tomarse el asunto más en
serio. Mientras tanto, escribió que tenía la sensación de que su intervención
podía ser crucial, más incluso que la de Cherwell, Anderson o Dale. «En
cualquier caso, fue Cherwell quien me dijo que Churchill recibiría finalmente a
Bohr; y me pidió que fuera yo quien se lo comunicara a Bohr.» [540]
En cuanto habló con él, cuenta Jones, Bohr le pidió
ayuda. Sabía qué quería decir, pero también era consciente de que su inglés no
era lo suficientemente bueno. Propuso ponerlo todo por escrito y que luego
Jones lo adecentara un poco. Y añade que, a él, ese planteamiento no le
convenció del todo, pero aceptó. Al cabo de dos o tres borradores, Bohr estaba
satisfecho. [541]
Lo que no sabemos es qué le dijo Jones a Bohr,
cuando preparaban el encuentro, sobre la situación de los servicios de
inteligencia con respecto al programa atómico; o si Bohr enseñó a Jones el
dibujo que tanto debate había suscitado en Los Álamos. Tampoco sabemos si Jones
y Bohr comentaron el hecho, que ambos sabían ya, desde hacía algún tiempo, de
que Alemania carecía de programa atómico. Pero, teniendo en cuenta por qué
motivo estaba Bohr en Londres, el número de veces que se vieron y el hecho, que
ya mencionamos, de que Bohr había conocido prácticamente a todos los máximos
responsables de los servicios de inteligencia británicos, es inconcebible que
no lo hicieran.
En el libro que publicó en 1978, es decir, mucho
después de la guerra, Jones deja claro que siempre mantuvo una buena relación
con Churchill, que había aconsejado al primer ministro en múltiples asuntos
relativos a la inteligencia científica y que, como acabamos de decir, tenía la
sensación de que su intervención le persuadiría de que tenía que recibir a
Bohr. En su libro también deja claro —en dos extensas notas al pie, una sobre
la liberación y captura del neutrón en el uranio 235 y la otra sobre las dimensiones
de la bomba— que comprendía plenamente los principios físicos que determinaban
las explosiones. Habiendo visto a solas a Bohr, en encuentros prolongados y
frecuentes, durante las seis semanas entre el regreso de este de Estados Unidos
y la reunión de Downing Street, sabiendo lo que sabía del programa atómico
alemán, y teniendo constancia de que Churchill también lo conocía, Jones puso
al danés al corriente de todos los detalles, amén de recomendarle la mejor
manera de abordar al primer ministro. [542]
* * * *
La reunión de media hora entre Churchill y Bohr se
cerró finalmente para las tres de la tarde del martes 16 de mayo de 1944. Hay
que decir que, entre quienes estaban al tanto de la reunión, apenas ninguno
—salvo el propio Bohr— esperaba mucho de ella.
Anderson había intentado dos veces interesar al
primer ministro por la posibilidad de compartir información con los rusos, y se
había topado con la negativa más absoluta. Cherwell había discutido con
Churchill por los acuerdos de Quebec, y la herida aún no estaba cerrada —para
el profesor, este último había cedido demasiado—. La carta de Henry Dale al
primer ministro había sido, desde el punto de vista de Anderson, «una
iniciativa poco feliz»: dos páginas de «verbosas súplicas que incurrían en el
error de recordar que, en Washington, Bohr había intentado repetidamente que el
presidente le escuchara», cosa que Churchill, en opinión del ministro del
Tesoro, interpretaría como «presuntuoso politiqueo». El propio Henry Dale
estaba preparado para la probable reacción del primer ministro ante el
«inarticulado susurro» de Bohr y sus «blandas vaguedades filosóficas». [543]
Obviamente, la coyuntura militar tampoco ayudaba.
Quedaban tres semanas para el Día D y el primer ministro, ante el temor de que
la invasión se saldara con un desastroso baño de sangre, se encontraba
nervioso. En realidad, puede perdonársele que estuviera inquieto y crispado.
Todos lo estaban.
Por último, queda Rusia. Cuando Bohr se entrevistó
con Churchill, la victoria sobre Alemania era cada día más probable y el primer
ministro estaba impaciente porque Roosevelt no compartía su apocalíptica visión
de las intenciones soviéticas. En la conferencia de los Tres Grandes en
Teherán, Churchill había visto con estupor y malestar que Roosevelt le prestaba
más atención a Stalin que a él y que hasta, en una o dos ocasiones, pareció
regodearse con maliciosa satisfacción dejándole en evidencia ante el líder
soviético, que disfrutaba del espectáculo sin disimulo. Después de Teherán era
evidente que Gran Bretaña, después de prometer y proporcionar a Rusia toda la
ayuda que había podido en 1941, tras la invasión alemana y antes siquiera de
que Estados Unidos hubiera entrado en guerra, se había convertido en el socio
menor de la alianza. Tal vez el único as en la manga, por así decirlo, que le
quedaba al primer ministro era el gran secreto que compartía con el presidente:
la bomba atómica. [544]
Lo que no está claro es si Churchill había
comprendido que, de momento, aún no se sabía cuánto material fisionable se
necesitaba para fabricarla, y si los científicos todavía no contaban con los
medios para construir un artefacto de prueba, mucho menos podía hablarse de un
arma útil. Que la bomba atómica fuera a tener alguna incidencia en la guerra
estaba por ver. [545]
* * * *
La coreografía del encuentro fue como sigue: a
primera hora de la tarde del 16 de mayo de 1944, Reginald V. Jones acompañó a
Niels Bohr hasta el despacho de lord Cherwell y, desde allí, lord Cherwell se
dirigió con Bohr hasta Downing Street.
Los dos físicos llegaron unos minutos antes de las
tres en punto, hora a la que habitualmente el primer ministro se echaba la
siesta. Churchill entró en la sala y los encontró a los dos sentados, uno al
lado del otro. Según parece, acababa de leer —o de releer— la carta de sir
Henry Dale, que el historiador Graham Farmelo califica de «pesado llamamiento
en nombre de la comunidad científica». No había nada que enfureciera más a
Churchill que un científico se inmiscuyera en política, por mucho que, posiblemente,
fuera el primer ministro más culto en materias de ciencia que había tenido el
país. Nada más entrar, pues, el dirigente ignoró a Bohr y se lanzó directamente
contra Cherwell, a quien acusó de concertar la reunión por otros motivos: «para
reprocharme el acuerdo de Quebec», dijo. Era una referencia a una disputa que
se había enconado desde el verano anterior, cuando lord Cherwell —y también R.
V. Jones— opinó que el primer ministro había cedido más de lo que estaba
justificado y, prácticamente, dado a Roosevelt carta blanca para decidir qué
tipo de acceso a la tecnología nuclear tendría Gran Bretaña al concluir la
guerra.
Cuando, por fin, Bohr intervino, Churchill
interrumpió de inmediato su pormenorizada y sistemática exposición y le pidió
las conclusiones. El primer ministro dirigía una guerra y quería que su
interlocutor empezara siempre por el final, y que luego lo justificara si él
estimaba necesaria una explicación. Aquella tarde, cortó a Bohr en seco antes
de que el Nobel pudiera siquiera mencionar su tesis fundamental. «No sé por qué
está tan preocupado», protestó. La bomba atómica no era más que una versión más
potente de las bombas ya existentes, arguyó, y «no tiene por qué cambiar los
principios de la guerra». Y luego, en este primer desaire, añadió que la bomba
no plantearía a largo plazo ningún problema que su «amigo» el presidente
Roosevelt y él no pudieran «resolver de manera amistosa». [546]
Churchill y Bohr no hablaron de la bomba —o no
bomba— alemana, ni de lo que los rusos sabían o podrían saber —y cuándo había
podido saberlo—. Tampoco de que se había cambiado el objetivo, o estaba en vías
de cambiarse; ni de cómo los propios científicos podían contribuir a iniciar el
proceso de cooperación; ni de la necesidad de evitar que Stalin se tomara la
fabricación de la bomba como una coerción.
A la conclusión del encuentro, que llegó demasiado
pronto, Bohr preguntó si podía comunicarse por escrito con el primer ministro,
para transmitirle las ideas que no había tenido tiempo de exponer, y Churchill,
en una segunda y más notoria muestra de desdén, dijo que sería un honor para él
tener noticias del premio Nobel, «pero no[si hablaba]de política».
Después de la reunión, Bohr, desolado, estuvo
vagando por las calles de Londres «como un león herido». A eso de las cinco de
la tarde, Reginald V. Jones se tropezó con él en Old Queen Street y vio que
tenía los ojos «vueltos hacia el cielo». El Gran Danés parecía aturdido; tanto,
que cruzó por delante de Jones sin verlo: «Temiendo que algo había ido mal,
retrocedí y le detuve para preguntarle cómo había ido la entrevista. Solo
acertó a decirme: “¡Ha sido espantoso! ¡Nos ha regañado como si fuéramos dos niños
pequeños!”». [547]
A Churchill también le afectó la reunión. Poco más
de una semana después mandó una nota en un sobre lacrado a Cherwell en la que
volvía sobre el acuerdo de Quebec. Decía: «Estoy completamente seguro de que no
podemos obtener mejores condiciones que las establecidas en el acuerdo secreto
con el presidente. Es posible que en años venideros juzguen que hemos sido
demasiado confiados. Solo quienes conocen las circunstancias y el ánimo
prevaleciente por debajo del nivel presidencial podrán comprender por qué firmé
ese acuerdo».
Naturalmente, el primer ministro se estaba
refiriendo al distanciamiento existente entre los aliados occidentales antes de
Quebec, una crisis que, hay que añadir en su favor, Churchill había contribuido
a solventar. «No queda otra cosa que hacer que seguir adelante ... Nuestra
asociación con Estados Unidos debe ser permanente y no temo en absoluto que nos
ninguneen o nos engañen ... Lo más importante es terminar el trabajo y que siga
siendo todo lo secreto que podamos.» [548]
En realidad, cuando Bohr se reunía con Churchill,
funcionarios británicos y norteamericanos estudiaban los abastecimientos de
mineral de uranio de todo el planeta y calculaban cuánto haría falta después de
lanzar la primera bomba, y si sería posible negarles dicho mineral a otras
naciones. En este tema, la posición británica era fuerte, porque Estados Unidos
apenas contaba con las materias primas necesarias para la bomba, pero Gran
Bretaña tenía acceso a los yacimientos de la Commonwealth. Vannevar Bush, James
Conant y en particular el general Groves eran conscientes de la importancia
estratégica de esos yacimientos y presionaban a los británicos para que
pusieran a su disposición grandes cantidades de mineral. Churchill se mantenía
al corriente de las negociaciones, que, tenía la impresión, contribuirían de
alguna manera a garantizarle al Reino Unido un asiento en la mesa de
negociación de la energía nuclear en la posguerra.
* * * *
Bohr se quedó en Gran Bretaña mientras se producían
los desembarcos del Día D y a lo largo de todo el mes de junio. El éxito de la
invasión era, evidentemente, muy importante, porque cuando se confirmó, quedó
claro para la mayoría que la guerra en Europa entraba en su etapa definitiva, y
que los Aliados vencerían.
Pero eso solo aumentaba la urgencia de un acuerdo
nuclear como el propuesto por Bohr. La ventana temporal en que los soviéticos
no se tomarían el levantamiento del secreto como coerción se iba cerrando con
el paso de los días.
* * * *
El siguiente encuentro entre Fuchs y Harry Gold se
produjo a mediados de junio, cuando Bohr seguía en Londres, y tuvo lugar en el
barrio de Sunnyside, en Queens, el distrito neoyorquino que contaba, entre
otros reclamos —en él vivían la actriz Ethel Merman, el historiador Lewis
Mumford y el trompetista Bix Beiderbecke—, con la presencia como vecino de
William Patrick Hitler, el sobrino del Führer. La invasión de Francia estaba en
marcha. Hitler había bombardeado Londres con los cohetes V-1, las famosas bombas
volantes, la tan rumoreada «arma secreta», exótica idea que a la hora de la
verdad había dado muestras de gran imprecisión.
Había existido el temor de que las V-1 —la V es la
inicial de Vergeltungswaffe, o «arma de la venganza»— pudieran
transportar materiales radiactivos, pero este miedo pronto se demostró
infundado. También carecía de fundamento la preocupación de que el ejército
alemán intentara cortar las rutas de invasión aliadas con productos de la
fisión. En ambos casos, la inteligencia británica había confirmado su valía. La
resistencias francesa y belga habían localizado setenta y cuatro zonas de
lanzamiento de las V-1 y la aviación había bombardeado sesenta y seis. [549] En los mensajes de las máquinas Enigma interceptados no había
mención de materiales radiactivos ni de instrucción de tropas para emplearlos.
La cita de junio en Sunnyside no duró más de tres o
cuatro minutos, porque, una vez más, Fuchs solo quería entregar un paquete que
contenía «entre veinticinco y cuarenta hojas». [550] Y, una vez más, a Harry Gold le venció la curiosidad y, al poco de
que Fuchs se marchara, ojeó el material. «Me quedaban unos cinco minutos de
espera. Recuerdo que me paré al lado de una farmacia y le eché un vistazo ...
Las hojas estaban escritas a tinta, con una letra muy pequeña e inconfundible.
Había principalmente derivadas matemáticas. Más adelante abundaban los detalles
descriptivos.» Se trataba de otra serie de informes oficiales sobre la difusión
gaseosa en los que había intervenido Fuchs.
Christopher Kearton, el compañero de trabajo que
había llegado a Estados Unidos con Fuchs en el RMS Andes, había
visitado el mes anterior varias instalaciones de todo el país, como la empresa
manufacturera Allis Chalmers de West Allis, Wisconsin, y la Houdaille Hershey
Company, que se había trasladado de Nueva York a Oak Ridge. Es posible que
fuera así, gracias al viaje de Kearton, como Fuchs averiguó que la enorme
planta de separación de isótopos que, según sabía, se encontraba en el sur, no
estaba en Georgia ni Alabama, sino en Tennessee.
Fuchs identificó también entonces a su homólogo
norteamericano en la investigación de la fusión gaseosa (K-25). Se trataba de
Karl Cohan, doctor en Física teórica, que había dejado el área de Nueva York en
mayo de 1944 porque, evidentemente, le habían trasladado al Sitio Y. Fuchs
desconocía la situación de ese sitio, pero era obvio que el Proyecto Manhattan
estaba acelerando la marcha. [551]
Capítulo 23
La bomba da problemas: errores en Los Álamos
En Londres, Bohr encontró por fin cierta
satisfacción, porque, en presencia de sir John Anderson, se entrevistó con el
general Jan Smuts, presidente de Sudáfrica. Aunque la reunión de Bohr con
Churchill había sido un fiasco, al cabo de unos días, Anderson convenció al
primer ministro de que le permitiera informar en persona a Smuts del Proyecto
Manhattan para, además, pedirle un estudio sobre el control de la energía
atómica en la posguerra. Bohr fue la primera persona a quien Smuts consultó.
«Esta vez, Bohr habló con un hombre predispuesto a
escuchar.» Por lo demás, Smuts «estaba de acuerdo en que si alguna vez hubo una
materia que requiriera del control internacional, era precisamente esa». [552] No obstante, Smuts opinaba que dicho control debía ejercerse
únicamente después de la guerra. No estaba convencido de que hubiera que poner
al corriente a otras naciones, y en todo caso, llegado el momento, solo el
presidente Roosevelt debía abordar a esos nuevos países.
Bohr quizá hubiera dado medio paso, pero no más.
Dejó Londres y volvió a Washington con la esperanza de que Anderson y Smuts
persuadieran a Churchill de que cambiara de opinión, y con la intención de
retomar su amistad con Felix Frankfurter.
* * * *
Más o menos por esa época, Fuchs y Gold se vieron
por sexta vez, en esta ocasión cerca del Borough Hall, en Brooklyn. Fue un
encuentro muy distinto a los anteriores. Durante el paseo de rigor, Fuchs habló
de su hermana menor, Kristel, que también era comunista y se había casado con
Robert Heinemann, afiliado al Partido Comunista, pero, a decir de todos, de
convicciones menos férreas que ella. El matrimonio, sin embargo, naufragaba y
Kristel tal vez tuviera que marcharse de Boston. Klaus apreciaba a su hermana y
estaba investigando la posibilidad de que se volviera a Gran Bretaña. Pero
había otra alternativa: que se mudara a Nueva York con sus dos hijos para vivir
con él. Fuchs, por lo demás, tenía presentes las tendencias suicidas de la
familia, especialmente entre las mujeres, pero, ante todo, dado lo sensible de
su posición, quería preguntarle a Gold cuál sería la reacción de los soviéticos
si acogía en su casa a su hermana y sus hijos. Gold, que nunca se había
tropezado con un problema semejante, le dijo que tardaría un tiempo en saber la
respuesta.
A continuación, dijo que, antes de aquella cita,
John, su enlace, le había dado «varias hojitas de papel escritas a máquina
—contaría más tarde Gold— de alrededor de veinticinco por diez centímetros, o
de tamaño irregular, con varias preguntas relacionadas con la energía atómica».
Luego prosiguió: «Eran preguntas mal formuladas, de redacción
extraordinariamente confusa, y tuve gran dificultad para entenderlas». [553] Gold tenía la impresión de que la traducción del ruso era muy
defectuosa, y trató de explicárselo a Fuchs. Pero a este «pareció molestarle
que le diera instrucciones, y zanjó el asunto diciendo que ya se había ocupado
extensamente de todos aquellos asuntos y que continuaría haciéndolo».
* * * *
Nada más regresar a Washington, Bohr se vio con
Felix Frankfurter y le relató la desastrosa reunión de Londres. El juez informó
de inmediato al presidente, a quien la reacción de Churchill le hizo mucha
gracia. Era, dijo, un arrebato típico del primer ministro cuando, como tantas
veces, estaba de ánimo belicoso. Luego añadió que, ahora sí, le gustaría
conocer a Bohr.
Frankfurter le dijo a Bohr que, para evitar un
nuevo jarro de agua fría, convendría que preparase un informe cuidadosamente
redactado a fin de que el presidente pudiera leerlo y digerirlo antes del
encuentro.
En mitad de un caluroso mes de julio, el informe
pasó por muchos borradores, que dictaba Bohr y escribía a máquina Aage, su
hijo, porque el asunto era alto secreto y no podía pasar por las manos de una
secretaria. Tanto tiempo pasaron encerrados, que Bohr se zurcía los calcetines
mientras su hijo escribía a máquina. [554]
* * * *
El séptimo encuentro de Fuchs con Gold empezó en la
Quinta Avenida, cerca del Metropolitan Museum of Art. Era un caluroso día de
julio, a la misma hora exactamente en que Bohr trabajaba en su informe para el
presidente, y durante un largo paseo de hora y media «por los serpenteantes
caminos y senderos de Central Park», Fuchs volvió a hablar con Gold de sus
problemas personales. Uno de sus hermanos, Gerhardt, estaba convaleciente en
Suiza después de escapar de la cárcel de Torgau, en el este de Alemania. Había
organizado su audaz e imaginativa fuga con la ayuda de su mujer, que había
ocultado unas ropas de civil cerca de la prisión para que Gerhardt pudiera
pasar por un trabajador cualquiera. Fuchs estaba orgulloso de su hermano y su
cuñada, aunque, naturalmente, lamentaba que Gerhardt sufriera de
tuberculosis. [555]
En esa cita, aunque no había tratado el asunto con
John, su enlace, Gold se atrevió a sugerir a Fuchs que podía llevarse a vivir
con él a su hermana y sus hijos, que no le supondría ningún problema con los
soviéticos. En todo caso, sin embargo, el dilema parecía resuelto, porque Fuchs
tenía una noticia importante. Había visitado Washington para ver a James
Chadwick, el científico británico de mayor jerarquía dentro del Proyecto
Manhattan, y este le había dicho que existían muchas probabilidades de que lo
trasladaran a él, a Fuchs, «a algún lugar del suroeste, posiblemente a Nuevo
México». [556]
En realidad, y hasta cierto punto, Los Álamos
pasaba por complicaciones. Hasta entonces se había pensado que para detonar la
bomba se utilizaría el mismo mecanismo de los cañones. Se dispararía una masa
subcrítica de material nuclear dentro de un cañón buscando que se amalgamase
con un anillo de masa subcrítica colocado alrededor de la boca. El problema
estribaba en que, como Konstantín Petrzhak y Gueorgui Fliórov habían
demostrado, tanto el uranio como el plutonio se fisionaban de manera
espontánea. Eso significaba que algunos neutrones secundarios podían iniciar
prematuramente una reacción en cadena, y causar una detonación antes de tiempo,
dando pie a lo que alguien llamó «el silbido del siglo». [xxii]
El descubrimiento de lo que un técnico llamó «las
sucias propiedades del plutonio» se había producido durante el verano,
provocando una crisis en Los Álamos. Nadie había previsto que cuando se
producía —mediante reactores nucleares desorbitadamente caros—, el plutonio
contenía un isótopo inestable, el Pu-240, y que un gramo de ese isótopo
«impuro» desencadenaba no menos de 1,6 millones de fisiones espontáneas por
hora.
La situación era tan descorazonadora que
Oppenheimer, que estaba tan preocupado que había perdido quince kilos —toda la
ropa le quedaba grande—, pensó en dimitir. Pero prevalecieron los consejos más
sabios y se tomó la decisión de «zanjar el mal de raíz». En julio de 1944,
cuando Fuchs se reunió con Chadwick en Washington, Los Álamos desechó el
mecanismo de cañón y optó por otro método: la implosión, la rápida compresión
de una esfera de plutonio —hasta reducirla al tamaño de una nuez— mediante una
detonación simétrica de explosivos convencionales. Se trataba, no obstante, de
un proceso complejo que requería desarrollar la ciencia de las explosiones a un
nivel de mayor detalle que nunca, lo cual exigía una enorme cantidad de trabajo
teórico preliminar: el cálculo de movimiento de fluidos, la colocación correcta
de los detonadores, la geometría del proyectil, etcétera. Hans Bethe, que
estaba al frente de la división teórica y había trabajado con Rudolf Peierls en
Mánchester en la década de 1930, pidió ayuda a Peierls. Este accedió, siempre y
cuando pudiera contar en su equipo con Tony Skyrme y Klaus Fuchs. [557]
* * * *
Finalmente, Bohr se reunió con Roosevelt el sábado
26 de agosto, y salió del encuentro con ánimos renovados. La reunión duró una
hora y cuarto y en ella el presidente se rio a carcajadas cuando Bohr le
describió cómo le había tratado Churchill. Solo se trataba de otra muestra de
las depresiones que de vez en cuando acosaban al primer ministro, dijo
Roosevelt. Era de dominio público.
A Bohr, el presidente le pareció «muy agradable»,
y, además, compartía sus puntos de vista: el contacto con la Unión Soviética
«debía intentarse según las líneas que él sugería». Roosevelt llegó al extremo
de decir que era optimista, que el planteamiento daría «buenos resultados» y
daría paso a «una nueva era». [558] Dijo también que, en su opinión, Stalin era lo suficientemente
realista para comprender «la importancia revolucionaria» de la bomba y sus
consecuencias. No menos importante fue que el presidente dijera a Bohr que
confiaba en convencer al primer ministro. «Ya habían disentido en otras
ocasiones, dijo, pero al final siempre habían resuelto sus diferencias.» Por
último, Roosevelt sugirió que volvieran a verse tras la inminente conferencia
de Quebec —la segunda, con el nombre en clave de «Octágono»—. Entretanto,
concluyó, si Bohr tenía algo más que decirle, «él leería con gusto cualquier
carta suya». [559]
En realidad, la reunión fue tan satisfactoria que
más tarde el presidente confesaría al juez Frankfurter que Bohr era una de las
personas más interesantes que había conocido. Recobrada la confianza, el danés
esperaba que, en el encuentro de Quebec de septiembre, Roosevelt lograra
persuadir a Churchill de que tenían a su alcance una oportunidad única.
¿Eran realistas las expectativas de Bohr? El 13 de
junio, semanas antes del encuentro con el presidente, Roosevelt y Churchill
firmaron el acuerdo y declaración de confianza, que sellaba la colaboración
entre Estados Unidos y Gran Bretaña para la consecución de los mecanismos
necesarios para controlar muchos yacimientos mundiales de mineral de uranio y
torio durante y después de la guerra. La cruda realidad era que dicho acuerdo
estaba diseñado para garantizar que, en el caso de que al concluir el conflicto
diera comienzo una carrera armamentística, Estados Unidos contase con
suficientes materias primas «para asegurarse la supremacía». [560]
* * * *
El octavo encuentro de Fuchs con Gold estaba
previsto que se produjera en los aledaños del Brooklyn Museum of Art de Eastern
Parkway precisamente la semana que Bohr visitó al presidente. Gold estuvo
esperando un buen rato, mucho más largo que los cuatro o cinco minutos
acordados, junto al cine Belle y la biblioteca de Brooklyn. Pero Fuchs no se
presentó. Y tampoco acudió al segundo lugar de encuentro —también acordado
previamente por si el primero era inconveniente—, cerca de la confluencia de
Central Park West con la calle 96.
Gold se preocupó. «Que no acudiera al segundo lugar
me inquietó sobremanera, especialmente porque la zona estaba muy cerca de una
parte de Nueva York donde había muchos atracos, y Klaus era bajito y poquita
cosa, la presa ideal.» [561] Gold no tenía otra forma de ponerse en contacto con Fuchs que
aquellas citas concertadas de antemano. No sabía cómo se tomarían sus
superiores soviéticos la noticia de que le había perdido la pista.
Se vio con John, más de una vez, para estudiar la
desaparición de Fuchs. John le pidió que fuera al piso de este. De camino
compró un libro de segunda mano, José el proveedor, de Thomas Mann,
y escribió en él el nombre y la dirección de Fuchs. Fingió que iba a
devolvérselo a su dueño, pero tras preguntar por él el portero le dijo que se
había marchado de la ciudad. [562]
Pasarían siete meses antes de que Fuchs y Gold
volvieran a ponerse en contacto. Pero la ausencia de Fuchs tenía un motivo.
Finalmente, le habían trasladado, al Sitio Y, el complejo principal del
Proyecto Manhattan en Los Álamos, Nuevo México. Los rusos contaban con un
espía, que además era un matemático de primera clase, en el corazón mismo del
programa atómico anglo-norteamericano.
Capítulo 24
El error del presidente
Algunos historiadores han sugerido que la bomba
atómica transformó la mentalidad política de Churchill porque era consciente de
que, a medida que se aproximaba el fin de la guerra, en 1944, el papel y el
poder de Gran Bretaña en los asuntos internacionales pronto se verían
eclipsados por los de Estados Unidos y Rusia, que se convertirían en las dos
únicas «superpotencias» de la posguerra. Al menos, la posesión de la bomba, y
negársela a Rusia, permitiría al Reino Unido aferrarse a un último vestigio de influencia.
Habiendo Gran Bretaña dejado huella como país
beligerante, al primer ministro le desagradaba la tarea de reconstrucción de la
posguerra que ya se divisaba en el horizonte. La bomba atómica, por otro lado,
implicaba una promesa de superioridad continuada, y de cooperación estable con
Estados Unidos, por lo que, como tal, era tema obligado en la agenda de la
segunda conferencia de Quebec, celebrada en septiembre de 1944.
A la luz de los «rescoldos» de la liberación de
Francia y Bélgica, aquella sería la décima vez que Churchill y Roosevelt se
reunían desde el comienzo de la guerra. A ambos dirigentes empezaba a pesarles
la edad. Roosevelt en particular estaba mucho más débil: «Habría cabido un puño
entre su cuello y el cuello de su camisa», observó Charles Moran, el médico de
Churchill, que acompañó al primer ministro a Canadá. [563]
Antes de embarcarse para Quebec, Churchill había
pedido una exposición sumaria del tema a lord Cherwell. El texto no resultó muy
alentador. «El extraordinario concepto de seguridad de los estadounidenses»,
decía Cherwell refiriéndose a la manía del general Groves por la
compartimentación, complicaba la emisión de un veredicto fiable sobre los
progresos en la fabricación de la bomba, pero él personalmente dudaba de que el
arma estuviera lista a tiempo de emplearla durante el conflicto. En un
telegrama al primer ministro fechado el 12 de septiembre, día de comienzo de la
conferencia, Cherwell instó a Churchill a que consiguiera del presidente alguna
idea concreta sobre la política energética norteamericana para después de la
guerra. «¿Desean —decía el cable—, como nos gustaría, seguir colaborando tras
la derrota de Japón? ¿Podrán los dos países continuar cooperando en el
desarrollo de un arma tan vital de no existir entre ellos una estrecha alianza
militar?» [564]
Finalmente, sin embargo, ni Churchill ni Roosevelt
trataron el tema de la bomba durante la segunda conferencia de Quebec, aunque
se emplazaron a un encuentro posterior en Hyde Park, el retiro del presidente
en el valle del Hudson, a los pocos días de la conclusión de esta.
Y allí Churchill no dio cuartel al presidente. El
resultado de las deliberaciones más privadas de Hyde Park fue un memorándum
firmado por ambos líderes el 19 de septiembre. El primer ministro atrajo a sus
posiciones al presidente y le convenció de la necesidad de mantener el secreto
argumentando que, aunque compartida por otros muchos científicos y buen número
de altos cargos británicos y norteamericanos, la postura de Bohr era rayana con
la traición. El segundo párrafo del memorándum decía: «La plena colaboración
entre Estados Unidos y el gobierno británico en el desarrollo de «Tube Alloys»
con fines comerciales y militares debería continuar tras la derrota de Japón a
menos y hasta que concluya de mutuo acuerdo».
La redacción del memorándum, además, reflejaba las
preocupaciones de Roosevelt en aquellos momentos: «Cuando por fin dispongamos
de ella y tras una profunda reflexión, quizá podríamos emplear la bomba contra
los japoneses, a quienes habría que advertir de que los bombardeos se repetirán
hasta que se rindan».
Pero la antipatía que Bohr suscitaba en Churchill
pesaba tanto que terminó por afectar también al acuerdo. «Deberían investigarse
las actividades del profesor Bohr y tomar las medidas necesarias para
asegurarnos de que no filtra ninguna información, en particular a los rusos ...
La sugerencia de que habría que informar al mundo de todo lo relativo a «Tube
Alloys» con vistas a un acuerdo internacional sobre su uso y control, no se
acepta. Deberíamos seguir dando al tema un carácter estrictamente secreto.» Se
trataba de una tergiversación —¿deliberada?— de la propuesta de Bohr, que en
ningún momento había dicho que había que informar «al mundo» acerca de la
bomba. Bohr se había referido solo a la Unión Soviética y únicamente a la
existencia del arma, no a sus características, para evitar que los rusos vieran
su posesión y empleo como un gesto coercitivo.
El historiador Martin Sherwin lo expresa así: «El
acuerdo llevaba la impronta de Churchill, dejaba entrever su postura en
relación con la bomba y la desconfianza que le inspiraba Bohr». La mayoría de
los historiadores coinciden en que el propio primer ministro fue el autor del
texto, o cuando menos lo revisó y corrigió. La redacción contiene detalles del
inglés británico. En un borrador aparece manuscrita la frase «quizá podríamos
... tras una profunda reflexión», que sustituye a un simple «deberíamos»; y la
letra parece la de Churchill. [565]
Según todas las crónicas, cuando, el día 20, partió
de Hyde Park, el primer ministro seguía furioso ante la amenaza que en su
opinión representaba Bohr para el carácter secreto del Proyecto Manhattan. En
una carta dirigida a lord Cherwell que escribió al día siguiente, acusaba al
físico más eminente del mundo de buscarse publicidad, de haber filtrado datos
confidenciales al juez Frankfurter y de mantener «correspondencia personal» con
un importante colega de Moscú. «¿Qué se propone?», protestaba el primer ministro,
y añadía que el presidente y él estaban «muy preocupados»: «Me parece que
habría que encerrar a Bohr o, cuando menos, hacerle ver que su actitud raya con
delitos penados con la muerte». [566]
Se trataba en gran parte de una tergiversación
destinada a los miembros del Gabinete británico —y, para el caso, del gobierno
de Washington— que tenían a Bohr por un hombre probo y de gran integridad y
cuya opinión Churchill conocía. Cherwell decidió intervenir y calmó las aguas:
informó al primer ministro de que, si bien algunas de las ideas de Bohr sobre
las armas nucleares y la posibilidad de que sirvieran para labrar una
convivencia en confianza eran «bastante confusas» —al parecer, sin embargo, eran
compartidas por el propio Cherwell hasta que llegó a Quebec—, su lealtad estaba
fuera de toda duda. [567]
Pero el daño estaba hecho. Felix Frankfurter cuenta
en sus memorias que el presidente quedó tan abrumado tras la insistencia de
Churchill en Hyde Park que incluso llegó a negar su entusiasmo inicial por
Bohr, aunque varios testigos habrían podido dar fe. La reunión posterior
prometida por Roosevelt no llegó a concretarse. [568]
A los pocos días de la reunión de Hyde Park,
Roosevelt se citó en Washington con lord Cherwell, Vannevar Bush y el almirante
William Leahy, representante de las fuerzas armadas estadounidenses ante el
comandante en jefe. El memorándum suscrito en la conferencia de Quebec se hizo
formalmente oficial: Estados Unidos y el Reino Unido se obligaban a compartir
todos los descubrimientos en materia nuclear y la colaboración debía proseguir
al término de la guerra, aunque correspondía a los gobiernos posteriores decidir
hasta cuándo. Roosevelt añadió que, ahora que estaban todos de acuerdo, solo
había una cosa que pudiera interponerse: «que Bush, Cherwell, el primer
ministro y él se mataran en un accidente de tren». [569]
* * * *
Churchill habría escuchado ese comentario con
triste satisfacción. A pesar de las desagradables crisis de 1942 y 1943, la
asociación anglo-norteamericana en materia nuclear había llegado a representar
un sólido pilar de una colaboración que tantos logros había cosechado en otros
ámbitos a lo largo de la guerra. No debía permitir que nada interfiriera en esa
directriz básica de la política de la nación. [570]
A la conclusión del encuentro de Hyde Park, los
estadounidenses pusieron un avión a disposición de lord Cherwell para que este
pudiera recorrer las diversas instalaciones del Proyecto Manhattan. Al regresar
a Washington, se reunió con Harry Hopkins, otro de los asesores principales del
presidente, que expresó con claridad cuál era la política norteamericana: «Para
Estados Unidos es vital una Gran Bretaña fuerte, porque debemos ser realistas y
darnos cuenta de que, si hubiera otra guerra en el futuro, Inglaterra estaría
al lado de América y América al lado de Inglaterra. No vale de nada tener un
aliado débil». Abundando en este punto, en un documento de los archivos
estadounidenses sobre energía atómica fechado el 25 de septiembre de 1944, es
decir, menos de una semana después del encuentro de Hyde Park, Vannevar Bush
dice, dirigiéndose a James Conant: «Evidentemente, el presidente ha creído que
podía sumarse a Churchill para un acuerdo de posguerra entre Estados Unidos y
el Reino Unido sobre ese tema[la bomba atómica]y que hay que respetarlo a
rajatabla, presumiblemente, para mantener el control sobre la paz del
mundo». [571]
Refiriéndose también a Roosevelt, Martin Sherwin lo
formula así: «La idea de fondo, garantizar la paz mundial mediante la
acumulación de un poder militar abrumador, fue siempre un rasgo sobresaliente
de sus planes de posguerra». [572]
* * *
El punto de vista de Roosevelt coincidía plenamente
con el de Churchill y chocaba frontalmente con la posición de Bohr. No sabemos
qué le dijo exactamente Roosevelt a Churchill en Hyde Park, pero sí que
entonces ya era totalmente consciente de que lo rusos conocían, cuando menos,
la existencia del Proyecto Manhattan, de sus diversas instalaciones y sus
tamaños, y también los nombres de muchos físicos participantes y en qué nuevos
proyectos estaban trabajando. De modo que Roosevelt sabía que el binomio Estados
Unidos-Reino Unido tendría un poder militar «abrumador» solamente durante un
período limitado de tiempo.
Y ¿qué sabía Churchill? Estaba al tanto de que el
motivo original para fabricar la bomba ya no tenía razón de ser: por cortesía
de al menos Reginald V. Jones, Cherwell y Anderson, podía estar seguro de que
Alemania no disponía del arma; y lo sabía desde hacía tiempo. Pero ¿conocía,
como Roosevelt, que los rusos tenían agentes infiltrados en el Proyecto
Manhattan —como John Lansdale le había dicho a Oppenheimer ya en septiembre de
1943— y tenían constancia de la existencia de Los Álamos, Oak Ridge y los laboratorios
de Chicago? ¿Le habían hablado de las varias intervenciones de Kapitsa y
comprendía sus consecuencias? En sus memorias no menciona de nada de eso. En el
caso de que el presidente le hubiera contado lo que sabía, ¿habría cambiado de
opinión sobre lo que podía conseguirse si seguían manteniendo el Proyecto
Manhattan en secreto? Por decirlo con toda franqueza: ¿antepuso Churchill los
intereses de Gran Bretaña a los intereses del mundo? Y si fue así, ¿cabe
echarle la culpa?
Como el historiador británico A. J. P. Taylor dijo
de otra etapa de la historia, fue un punto de inflexión en el que el mundo no
logró inflexionar.
Cuarta parte
Subestimar a los rusos
Capítulo 25
Niels Bohr y Stalin
Es sabido que Donald Cameron Watt, catedrático de
Historia en la London School of Economics y autor de varios libros sobre la
segunda guerra mundial, califica de «ingenua» la idea de Niels Bohr de
compartir el secreto de la bomba atómica con los rusos. Frederick Lindemann,
barón de Cherwell, dijo que el físico danés tenía ideas «confusas», aunque
parece que durante meses él también estuvo de acuerdo con ellas. Reginald V.
Jones creía que era necesario estudiar mejor muchos detalles en los que, en su
opinión, no se había reflexionado lo suficiente. [573]
Estas observaciones podrían tal vez ser acertadas,
pero tendrían más entidad si no fuera por el hecho de que muchos otros —sir
John Anderson, lord Halifax, Felix Frankfurter y sir Henry Dale— coincidían de
corazón con Bohr y que, además, luego otros muchos más se sumaron a su
posición, aunque quizá algo tarde. Algo tarde porque, incluso sin saber lo que
hoy sabemos, para la mayoría de las personas que estaban al corriente del gran
secreto pronto quedó claro que, para proteger al mundo de un cataclismo, era necesario
algún tipo de control internacional cuyo elemento principal fuera el equilibrio
—Bohr y Fuchs fueron de los primeros en darse cuenta—. Solo si Estados Unidos y
la Unión Soviética, las dos grandes potencias de la posguerra, contaban con una
capacidad militar equiparable, podía evitarse la carrera armamentística.
Quizá hoy nos parezca obvio, pero en aquellos
momentos distaba mucho de parecérselo a buen número de personas. A algunos
—Groves y Churchill vienen a la cabeza de inmediato con el secretario de Estado
James Byrnes y Harry Truman a poca distancia y Henry Stimson aún vacilante— se
les hacía la boca agua ante la idea de un monopolio norteamericano, e incluso
anglo-norteamericano, de las armas atómicas que, creían, daría a Estados Unidos
—y por extensión a los aliados occidentales— el medio de tener bajo control al
principal enemigo de la posguerra, la Rusia soviética. Con la bomba, Estados
Unidos podría obligar a la Unión Soviética a retirarse de territorios
adquiridos durante la matanza de la guerra y atajar la amenaza del comunismo
mundial, cuando no suprimirla del todo. (En una etapa anterior, Stimson había
llegado a pensar en amenazar a Rusia si no se democratizaba de la manera que a
él le habría gustado.) Las primeras iniciativas en apoyo de la propuesta de
Bohr provenían de Vannevar Bush y James Conant. Ninguno de los dos tenía prisa
por «precipitar» asuntos de posguerra pero, en el verano de 1944, se formaron
la opinión de que «había llegado el momento de reflexionar profundamente sobre
los acuerdos necesarios para lograr un control a escala nacional e internacional». [574] Incluso en fecha tan tardía como noviembre de 1944, cuenta Martin
Sherwin, —algunos— científicos del Proyecto Manhattan creían que «el programa
de energía atómica alemán probablemente estuviera en la misma fase que el
anglo-norteamericano: “y sería una sorpresa que los rusos no se hayan embarcado
también, y con éxito, en la misma investigación”». [575] Los responsables todavía no les habían informado de que Alemania
había renunciado a la bomba.
Pero el estímulo para emprender acciones inmediatas
nació en el Laboratorio de Metalurgia de Chicago. Como se habían sumado al
proyecto por miedo a que Hitler pudiera fabricar la bomba, y como era cada vez
más evidente que los nazis no dispondrían de ella, la mayoría de los
científicos involucrados empezaron a preocuparse por los resultados de su
trabajo.
En junio de 1945 se organizó en los laboratorios de
Chicago un comité para estudiar las «Consecuencias Sociales y Políticas» de la
bomba. Lo encabezaba James Franck, exiliado germano-judío y amigo de Lise
Meitner, y se encargó de poner por escrito la opinión de los científicos. [576] El informe final recomendaba hacer una demostración de la bomba en
una zona deshabitada, y renunciar al ataque por sorpresa.
Si Estados Unidos fuera el primer país en descargar
este nuevo medio de destrucción indiscriminado contra la humanidad, estaría
sacrificando el apoyo de todos los ciudadanos del mundo ... Sería muy difícil
convencer al mundo de que debe fiarse de una nación capaz de preparar y
utilizar de pronto un arma nueva tan indiscriminada como la bomba cohete, pero
mil veces más destructiva cuando proclama su deseo de elaborar un acuerdo
internacional para la abolición de las armas semejantes a esa. [577]
James Franck terminó su informe el 11 de junio y se
lo entregó a Arthur Compton, que se aseguró de que fuera tenido en cuenta por
el Comité Provisional, expresamente organizado por el gobierno para reflexionar
sobre el uso de la bomba. Pero apenas había posibilidades de que este documento
tuviera alguna incidencia: Compton admitió que para los miembros del comité el
lanzamiento de la bomba era «inevitable». [578]
Como reacción al informe de James Franck, el
general Groves pidió a Compton que sondeara a los científicos de Chicago para
conocer su opinión y les presentó para que las votaran una serie de opciones,
que iban del empleo militar sin previo aviso al mantenimiento del secreto de la
bomba renunciando a su uso. Se sondeó a ciento cincuenta científicos y el 46 %
—el grupo mayoritario— optó por una demostración militar y pedir a Japón que se
rindiera. [579]
No hay pruebas de que el presidente llegara a ver
el informe, de manera que, una vez más, Groves logró su objetivo: en apariencia
colaboraba, pero en realidad evitaba que el presidente conociera la opinión de
los científicos. El general los desdeñaba. Ninguno de sus familiares corría
peligro, decía, y eso les volvía «blandos». Desdeñaba en especial a Franck y a
Leó Szilárd, que le parecían «fuertemente afectados por sus orígenes judíos.
Cuando Hitler fuera derrotado, perderían el interés». [580] Como la petición de Szilárd demuestra, eso no era cierto. [xxiii]
* * * *
El 19 de septiembre de 1944, tres días después de
la conclusión de Octágono —la segunda conferencia de Quebec, con Churchill
preocupado de que Bohr pudiera ser un espía soviético—, Vannevar Bush y James
Conant redactaron una carta para Stimson en la que hablaban del control de la
energía atómica dentro de Estados Unidos y alertaban de la importancia de un
tratado con Gran Bretaña y Canadá para que ambos países aplicaran idénticos
controles. Bush y Conant eran conscientes de que los tres aliados necesitarían
controlar también los yacimientos de materias primas y preveían dificultades
—que serían recurrentes—, porque temían que la estrecha cooperación con Gran
Bretaña pusiera en peligro las relaciones con Rusia. Comprendían, además, que
con el tiempo los soviéticos se harían con su propia arma atómica.
Por su parte, Roosevelt tenía la vista en el futuro
y creía que Gran Bretaña necesitaría del apoyo de Estados Unidos después de la
guerra. Tras seis años de lucha, parte de los cuales había librado la batalla
en solitario, Gran Bretaña estaba cerca de la bancarrota. El presidente tenía
la sensación de que podía ayudar a su principal aliado de dos maneras: mediante
ayudas económicas y permitiendo que se convirtiera en una potencia nuclear. Por
eso proponía un intercambio total de información en materia atómica también
después de la guerra. Aunque Bush veía la propuesta con buenos ojos, en su
opinión podía llegar a perjudicar la relación con Rusia, sencillamente porque
sería imposible mantener para siempre un monopolio anglo-norteamericano de la
bomba y, «por tanto, resultaría desastroso proponérselo». [581]
Pocos días después de enviar la carta, el 30 de
septiembre, Bush y Conant le enviaron además a Stimson dos documentos sobre la
gestión internacional de las armas atómicas en el futuro. [582] Decían que existían muchos motivos para suponer que la primera
bomba estaría lista el 1 de agosto de 1945, y que la explosión sería
equivalente a la de diez mil toneladas de alto explosivo. Aunque el dato era
aterrador, los documentos decían que en un futuro no muy lejano se podría
fabricar una bomba de hidrógeno mil veces más potente: «Lo cual supondría que
todas y cada una de las naciones del mundo estarían a merced de la que golpease
primero». Se encontraban, sin duda, en la antesala de una nueva y temible forma
de hacer la guerra.
Bush y Conant añadían que la ventaja de que por
entonces gozaban Estados Unidos y Gran Bretaña era «temporal». Cualquier nación
con «buenos recursos técnicos y científicos» podría alcanzarlos e incluso
superarlos «en tres o cuatro años». «Sería una locura para los dos países de
habla inglesa dar por sentado que siempre llevaran la delantera. Accidentes de
la investigación pueden dar a otra nación una ventaja tan grande como la que
ahora ellos disfrutan.» [583]
La argumentación proseguía. Sería «una temeridad»
mantener las medidas de seguridad que preservaban el secreto. «Los físicos ya
conocían los fundamentos antes de que comenzara el desarrollo del proyecto.»
Bush y Conant defendían, por tanto, que se hiciera público todo el proceso de
la energía atómica, salvo los detalles militares y de fabricación de las
bombas, tan pronto como se haya hecho una demostración con la primera. Les
parecía, además, una imprudencia fiarlo todo al control de las materias primas,
como sostenía Groves. [584]
La mejor manera de prevenir una «competencia
fatal», decían, era el libre intercambio de toda la información científica
mediante un organismo mundial cuya autoridad derivaría de la sociedad
internacional de naciones que llegara a formarse después de la guerra. Debía
contar con personal técnico con libre acceso a laboratorios, plantas
industriales e instalaciones militares de todo el mundo, que era exactamente lo
que sostenía Bohr. Como todavía no se había detonado ninguna bomba atómica, a
Bush y a Conant les parecía necesario crear primero una organización
internacional para el control de las armas biológicas a modo de ensayo
práctico.
Aunque los documentos pudieran ser la base de
discusiones posteriores, Henry Stimson en particular no tenía ninguna prisa por
decidirse. Aunque no se oponía definitivamente a compartir información con los
rusos —creía que, en el cualquier caso, más tarde o más temprano se harían con
el arma—, y aunque había incluso pensado en «congelar» la producción de más
bombas, opinaba que Estados Unidos no debía revelar ninguna información hasta
no saber qué pedir a cambio, como, quizá, un acuerdo con Moscú para liberalizar
la sociedad soviética. En el gobierno estadounidense, sin embargo, otros
pensaban que la mejor política era continuar con el secreto total, y combinarlo
con un mayor esfuerzo en la investigación. [585]
Las opiniones de Leó Szilárd también habían
evolucionado. En enero de 1945, escribió a Vannevar Bush argumentando que había
que conseguir la bomba cuanto antes porque hasta que no la detonaran, la
opinión pública no se haría idea de su poder de destrucción, [xxiv] que era lo único que conduciría a una paz estable. [586] Él también pensaba que el mejor momento de abordar a los rusos era
inmediatamente después de haber usado la bomba con éxito en una acción militar,
porque solo si Estados Unidos demostraba un liderazgo «abrumador e
incontestable» había esperanza de lograr el objetivo. [587]
* * * *
En la conferencia de Yalta, llamada en clave
«Argonauta» y celebrada en Crimea del 4 al 11 de febrero de 1945, se reunieron
por última vez los Tres Grandes originales. Todo el mundo era consciente de que
el final de la guerra en Europa estaba próximo, lo cual llevaba a pensar en la
invasión de Japón y, con ella, en el riesgo de una pérdida masiva de vidas por
ambos bandos. No se habló de la bomba atómica en ese contexto, no entonces,
aunque Churchill propuso la presentación de un ultimátum firmado por Estados
Unidos, el Reino Unido, China y, si era posible, Rusia —que en esos momentos
era un país neutral en el Lejano Oriente— que apelara a la «rendición
incondicional» de Japón. [588]
Churchill, además, pidió a Stalin que cumpliera la
palabra dada en Teherán de abandonar la neutralidad y declarar la guerra a
Japón «a los dos o tres meses del fin de la guerra en Europa». Para entonces,
muchos tenían la sensación de que ese gesto bastaría para que Japón hincase la
rodilla. [589]
Era un asunto importante, pero Yalta resultó
interesante por mucho más. Fue en esa conferencia, celebrada en el palacio de
Livadia, residencia de verano de Nicolás II, el último zar, donde Stalin se
mostró más flexible. Antes de Argonauta, tanto Churchill como Roosevelt
opinaban que, a excepción de Grecia, habían perdido los Balcanes, que habían
caído en manos de los bolcheviques, al igual que Polonia. Pero en Yalta, Stalin
accedió a celebrar elecciones libres en Polonia «tan pronto como fuera
posible», y a firmar una «Declaración de la Europa liberada» que incluiría el
derecho a la autodeterminación de las naciones. Luego, Yalta sería considerada
una gran traición en la que Roosevelt y Churchill habían «claudicado» —y al
poco de terminar surgieron diferencias importantes en relación con las
ambiciones soviéticas en Europa—, pero a nosotros nos interesa por lo que
revela sobre las relaciones personales entre los Tres Grandes cuando la primera
explosión nuclear estaba próxima. [590]
Consta en acta, por ejemplo, que Churchill preguntó
al líder soviético por qué llegaría a tales extremos por complacer a los
anglo-norteamericanos «si tampoco estaba impaciente por colaborar con las dos
democracias de habla inglesa» una vez acabada la guerra. Kevin Ruane,
catedrático de Historia de la Universidad Christ Church de Canterbury, afirma
que tanto Churchill como Roosevelt «ensalzaron en exceso» lo conseguido en
Yalta, quizá, amén de por otros motivos, por el encanto mostrado por el máximo
dirigente ruso. Al volver a Londres, el primer ministro dijo ante el
Parlamento: «La impresión que traigo de Crimea ... es que el mariscal Stalin y
los líderes soviéticos desean convivir con las democracias occidentales en el
marco de una amistad e igualdad honorables. Tengo también la sensación de que
son hombres de palabra». [591]
Luego, esta vez ante el Gabinete, dijo que «Stalin
tenía buenas intenciones con respecto a Polonia y el mundo», que las elecciones
prometidas serían «libres y justas», y que si el primer ministro Neville
Chamberlain se había equivocado al confiar en Hitler, él no creía equivocarse
con Stalin. [592] Explicó también que Roosevelt compartía sus impresiones, y añadió:
«Si pudiera cenar con Stalin una vez a la semana, se resolverían todos los
problemas ... Nos llevamos a las mil maravillas». Aseguró incluso que,
cooperando con las democracias occidentales, Rusia «podría estar en proceso de
purgar su orientación revolucionaria». Estaba convencido, además, de que había
motivos para creer que «la Unión Soviética se apaciguaría y se convertiría en
un amante miembro de la paz en el seno de la comunidad internacional». [593]
Al mismo tiempo, comentó, le disgustaban las
reflexiones del presidente sobre la bomba atómica, porque le parecía que había
cambiado de opinión. Roosevelt, le daba la impresión, «vacilaba» acerca del
mantenimiento del secreto. El presidente, en efecto, dudaba. Primero porque los
diplomáticos rusos habían hecho preguntas muy incisivas sobre armamento;
segundo, porque, al mantener a Stalin en la ignorancia, se corría el riesgo de
deteriorar las relaciones a largo plazo en lo relativo al control de armas; tercero,
porque sabía que el secreto había dejado de serlo —los informes del FBI no
dejaban lugar a dudas—; y, por último, siempre estaba la posibilidad de
un quid pro quo, intercambiando los conocimientos atómicos por
concesiones políticas.
Churchill no comprendía los argumentos del
presidente, o no quería comprenderlos. Desde su punto de vista, el control
internacional amenazaba sobre todo el monopolio atómico anglo-norteamericano y
la especial relación que conllevaba, que era su mayor objetivo estratégico.
Pero Roosevelt, al igual que Vannevar Bush, no estaba del todo convencido de
que la cooperación anglo-norteamericana beneficiara los intereses de Estados
Unidos. Sus simpatías estaban con Gran Bretaña, sí, pero le preocupaba la
«incompatibilidad» de hurtarle información a Stalin al tiempo que era de
esperar mayor colaboración con los rusos en el futuro.
En el mes de marzo, alrededor de un mes después de
Argonauta, William Mackenzie King, primer ministro de Canadá, visitó
Washington. Mantuvo conversaciones con Roosevelt y, en algunos temas, el
presidente opinaba exactamente igual que Churchill. «Creía que no había nada
que temer de Stalin en el futuro», consignó más tarde King en su diario. Sin
embargo, concretamente en materia atómica, Roosevelt le dijo que «pensaba que
los rusos habían estado experimentando y sabían algo de lo que se había venido
haciendo». Si tal cosa era cierta, proseguía King, mantener el secreto sería
contraproducente. «Había llegado el momento de revelarles a los rusos los
progresos realizados», había dicho el presidente, para de inmediato añadir que
Churchill «se oponía». [594]
* * * *
Tras el fatídico derrame cerebral sufrido por
Roosevelt el 12 de abril de aquel año, Stimson puso al día a Harry Truman, el
nuevo presidente, once días más tarde. Trasladó al nuevo comandante en jefe no
solo la información confidencial sobre la bomba, sino los argumentarios a favor
y en contra de su control internacional. Los había preparado él mismo y Harvey
Bundy, su ayudante, siguiendo los consejos de Vannevar Bush y James Conant.
Groves también estuvo presente en la reunión. Truman no quedó del todo sobrecogido:
«La bomba —dijo— podría ponernos en disposición de dictar nuestras propias
condiciones hacia el final de la guerra». [595]
El mismo día en que el nuevo presidente se ponía al
corriente de sus tareas, Vannevar Bush planteaba una nueva pregunta para
Stimson: «¿Cuál es el mejor momento para hablarles a los dirigentes soviéticos
de la bomba y de las esperanzas puestas en su control?». [596] Para entonces, la relación con Stalin se complicaba cada día que
pasaba, especialmente en lo relativo a Polonia. El líder soviético saboteaba de
manera sistemática los planes aliados y contribuía a elevar la marea de
desconfianza. [597] La situación llegó a tal extremo que, a finales de abril, Stimson
se temía «un choque frontal». [598] Con respecto a Polonia, sin embargo, algunos sostenían que Rusia
necesitaba un cordón sanitario en Europa oriental y no se le podía obligar a
dar su consentimiento. Solo una relación amistosa, defendían, podía «dar pie» a
la cooperación. [599]
Por su parte, Bohr había pulido su postura en un
nuevo memorándum, que Bush apoyó calurosamente, en el que decía que era cada
vez más urgente hablar con los rusos porque, gracias a su rápido avance sobre
Europa oriental, pronto podrían capturar a los físicos alemanes que estuvieran
participando en el programa atómico que los nazis pudieran tener en marcha.
«Era importante plantear la cuestión del control internacional mientras pudiera
hacerse en forma de consulta amistosa. Si Estados Unidos la retrasaba en espera
de nuevos acontecimientos, una propuesta podría considerarse un intento de
coerción que ninguna gran nación podía tolerar. De hecho, era importante
iniciar las consultas antes de que el arma hiciera su debut en la guerra. Eso
permitiría negociar antes de que el debate público despertara pasiones y creara
problemas.» [600]
Es preciso repetir que nadie había pensado en las
complicaciones de la colaboración nuclear más que Bohr. Distaba mucho de ser un
ingenuo.
El Comité Provisional para asesorar al presidente
fue creado en mayo de 1945, es decir, ocho largos meses desde que Vannevar Bush
y James Conant redactaron su memorándum. Fueron meses cruciales, porque al
concluir el período la guerra en Europa llegaba a su fin y aún había cuestiones
sustantivas que abordar. ¿Debía Estados Unidos buscar su seguridad en la
solidaridad atómica anglo-norteamericana, «o debía tomar medidas valientes para
tranquilizar a los soviéticos, y que abandonaran su desconfianza y cooperaran
en un sistema de garantías para la posguerra? [601] En vistas de la conducta cada vez más inflexible de Rusia y de su
política en Europa oriental y los Balcanes, no había una solución fácil. En su
reunión del 21 de junio, el comité revocó la cláusula 2 del acuerdo de Quebec
de 1944, que estipulaba que para lanzar la bomba era necesaria la aprobación
conjunta de Gran Bretaña y Estados Unidos. Ahora, Estados Unidos tendría la
potestad para lanzarla si las circunstancias empujaban en esa dirección.
Además, el comité recomendaba que, en el caso de que surgiera la oportunidad,
el presidente debía «poner en conocimiento de los rusos» que Estados Unidos
trabajaba en la bomba, tenía «grandes perspectivas de éxito» y esperaba
«emplearla contra Japón». «El presidente —proseguía el informe— podría añadir
también que espera tratar de esta cuestión en un futuro a fin de garantizar que
esa arma se convierta en una ayuda para la paz.» [602] El comité recomendaba también que, si los rusos pedían más
detalles, se les dijera que no se les podía dar más información, no, al menos,
por el momento.
* * * *
La selección de objetivos en Japón era complicada.
Los especialistas no se ponían de acuerdo, no sabían si la bomba atómica era un
nuevo tipo de arma o igual que otros explosivos solo que más potente. El Comité
de Objetivos escogió en principio diecisiete ciudades, y más tarde, tras
algunos análisis, redujo la cifra a cinco, que etiquetó como «AA» (más
conveniente), luego estaban las «A» y las «B» (las de la lista de reserva). A
la hora de seleccionar los blancos, un elemento importante era el «efecto de shock »
de la explosión. Con ese propósito, Groves y los responsables científicos del
programa atómico deseaban que el blanco estuviera en terreno «despejado», para
que pudiera mostrar exclusivamente los resultados de la explosión de la bomba:
«un blanco sin daños previos encajaba mejor con la estrategia del “efecto
de shock ”, mostraría mejor lo que significaba aquella arma
por sí misma». [603] Lo cierto es que a Groves le preocupaba que los exhaustivos
bombardeos con explosivos incendiarios que se habían llevado a cabo sobre Tokio
en marzo, que habían ocasionado la muerte a decenas de miles de civiles,
mitigaran el shock de la bomba y no dieran pie a la rendición
de Japón, que era lo esperado.
Por ese motivo defendía el bombardeo de Kioto,
antiguo núcleo cultural de Japón, una ciudad llena de jardines y preciosos
edificios, cuyos ciudadanos, «muy cultos e inteligentes», según se creía,
presionarían al gobierno para que se rindiera. Stimson, sin embargo, descartó
la propuesta por demasiado brutal.
En opinión del historiador Michael Gordin, el
preludio a los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki dejó mucho que desear. Solo a
última hora se exigieron órdenes por escrito —hasta ese momento, una orden
verbal, poco más que una conversación, habría bastado para autorizar el
bombardeo, con toda la confusión que eso habría creado—. La culpa, dice Gordin,
era de Groves: «Manipuló la situación hasta el punto de que todas las personas
involucradas en la decisión de lanzar la bomba atómica tenían intereses creados
en ver que se utilizaba cuanto antes y con la frecuencia que fuera necesaria».
Gordin demuestra también que la radiactividad —quizá el aspecto definitorio de
las armas atómicas— solo empezó a preocupar después de la rendición de Japón.
«Durante la guerra, los efectos de la radiactividad se subestimaron o se
ignoraron por completo.» [604] Incluso existía un plan para, tras lanzar la bomba, llevar a cabo
un bombardeo con explosivos incendiarios, que, a consecuencia de la radiación
precisamente, habría sido suicida para los pilotos. Groves, por ejemplo, apenas
comprendía los riesgos de la radiación —a pesar de que había manifestado que la
física nuclear no era difícil—, de tal modo que llegó a sugerir que las tropas
del general Marshall podrían entrar en la zona bombardeada «unos treinta
minutos» después de la detonación. [605] La idea de la operación posterior con bombas incendiarias se
abandonó, pero no por el riesgo de radiación, sino porque Groves insistió en
emplear solo la bomba atómica para que los efectos de la explosión se pudieran
valorar «limpiamente». [606] Groves no estaba preparado para la noticia de las consecuencias de
la radiación, «y, con franqueza, le dejó perplejo». [607] Más tarde, John J. McCloy, subsecretario de Guerra, admitiría:
«Cuando lanzamos la bomba, antes de lanzarla y en el momento de lanzarla, no
teníamos una idea precisa del daño que causaría». [608]
* * * *
En esta ocasión, la ignorancia se veía agravada por
la ofuscación —por decirlo con suavidad—. El día después de Hiroshima, Truman
hizo un comunicado que decía: «En 1942 supimos que los alemanes trabajaban
febrilmente por lograr la forma de suministrar energía atómica a su maquinaria
de guerra. Pero los alemanes fracasaron». Aunque no fuera del todo inexacta,
tal afirmación resultaba gravemente engañosa. Desde mediados de 1942, los
Aliados —algunos de ellos— sabían que Alemania no estaba haciendo tal cosa. Churchill
hizo un comunicado equivalente: «Gracias a Dios, los estudios científicos
realizados en Gran Bretaña y Estados Unidos dejaron atrás a los realizados en
Alemania. La investigación alemana era de escala considerable, pero ha sido
ampliamente superada. Que los alemanes se hubieran hecho con los conocimientos
de que nosotros disponemos podría haber alterado el resultado de la guerra, y
quienes estaban al corriente padecían una profunda ansiedad». La distorsión era
todavía mayor. Es probable que ambos comunicados pretendieran justificar el
elevado coste de la bomba y el espantoso daño infligido, y evitar preguntas
incómodas.
* * * *
Nueve días después del comunicado, Churchill habló
ante la Cámara de los Comunes y se declaró «totalmente de acuerdo» con el
presidente: «En estos momentos y en la medida de lo posible, los secretos de la
bomba atómica —prosiguió— no se deben compartir con ningún otro país del
mundo». A continuación, añadió que pasarían «al menos tres, quizá cuatro años»
hasta que otra nación pudiera alcanzar a Estados Unidos. «En este momento
sublime en la historia del mundo —dijo— hay que remodelar las relaciones de todos
los hombres de todos los lugares, de todas las naciones.» [609]
Era su postura en público. En privado, tres semanas
antes, durante la reunión de Potsdam, la última de los máximos mandatarios de
Estados Unidos, Rusia y Gran Bretaña, había apostado por «descubrir sus cartas»
en el ámbito diplomático —una de sus expresiones favoritas— y emplear la bomba
como clave para quebrar el yugo soviético sobre Europa oriental.
Como hemos visto, algunos han tachado de ingenuo a
Bohr. ¿Lo era menos Churchill? También la beligerancia puede ser ingenua. Lo
que parece claro es que la postura del primer ministro no tenía tantos matices
como la de Roosevelt. No es probable, por ejemplo, que este último hubiera
abrazado esa idea que tenían muchas personalidades al corriente del secreto de
la bomba de que, una vez fabricada, su uso sería inevitable. El acuerdo de
Quebec había remitido a una «madura» reflexión del problema y, en general, su
forma de abordar a la Unión Soviética era más sutil y estaba más orientada a la
cooperación que la de Churchill o Truman. [610] No obstante, como ha señalado Gar Alperovitz, lo más importante es
que, de seguir vivo Roosevelt, James Byrnes nunca habría sido secretario de
Estado. Junto con Truman, y Churchill y el general Groves, Byrnes era con mucho
el más belicoso de los dirigentes aliados al final de la segunda guerra mundial
y durante el principio de la guerra fría. Los cuatro apostaban por el uso de la
bomba lo antes posible. Incluso James Chadwick, quizá el único científico, de
cualquier nacionalidad, que se llevaba bien con Groves, llegó finalmente a la
conclusión de que el general se había «confabulado» para sacar a los británicos
del proyecto y, con Byrnes, era un «obstruccionista de mucha categoría». [611]
* * * *
Pero las derivadas militares y diplomáticas de la
bomba eran tan obvias para Stalin como para Churchill y Truman. El ruso había
actuado con mucha astucia en Potsdam: cuando, casi de pasada, Truman mencionó
que Estados Unidos contaba con un explosivo nuevo y especialmente potente,
Stalin había fingido indiferencia.
No había olvidado, como Churchill muy
convenientemente deseaba ignorar, que Gran Bretaña había firmado con Rusia un
acuerdo para compartir todos los avances en tecnología militar, y no estaba
jugando limpio. [xxv] Y cuando los aliados occidentales le revelaron la existencia de
«un explosivo nuevo», Churchill volvió a malinterpretar su reacción.
El último día, el primer ministro atacó a Stalin a
propósito de la actitud rusa con las naciones balcánicas y el este de Europa.
«Han plantado una verja de hierro a su alrededor», dijo entre dientes en esta
ocasión. [xxvi] «¡Cuentos chinos!», respondió Stalin. A eso de las siete y media,
cuando, en medio de la incomodidad de todos, la reunión concluyó, Truman se
acercó al líder soviético. Churchill observaba, consciente de la que le iba a
caer encima. Para entonces, tanto él como Truman habían tenido tiempo de
asimilar el informe de Groves sobre la prueba Trinity de la bomba de plutonio
en el desierto de Alamogordo, recibido el día anterior y que había demostrado
no solo que la bomba funcionaba, sino que era más potente de lo que se había
pensado. [xxvii]
Yo sabía lo que iba a hacer el presidente. Lo más
importante era medir sus efectos en Stalin. Lo estoy viendo como si hubiera
ocurrido ayer. Estaba encantado. ¡Una bomba nueva! ¡Y de un poder
extraordinario! ¡Probablemente decisiva en la guerra con Japón! ¡Menuda suerte!
Esa fue la impresión que tuve en ese momento, y estaba seguro de que él no
tenía ni idea de lo que significaba lo que le estaban contando. Por supuesto,
en el inmenso esfuerzo que había hecho hasta entonces, la bomba atómica no
había desempeñado función alguna. Si hubiera tenido alguna idea, siquiera
ligera, de la revolución que aquello suponía para la política mundial, sus
reacciones habrían sido obvias ... Pero siguió con la misma expresión alegre y
afable ... Cuando esperábamos a los coches, me vi por casualidad al lado de
Truman. «¿Cómo ha ido?», le pregunté. «No ha hecho una sola pregunta», contestó
él. No me cupo duda de que, en esa fecha, Stalin no tenía mucha idea del
ambicioso proceso de investigación en que desde hacía tanto tiempo se habían
embarcado Estados Unidos y Gran Bretaña. [612]
El relato del propio Truman es igualmente
desacertado y revelador. [613] «No tenía ni idea del asunto. Le dije que habíamos hecho un
experimento con ese explosivo tan extraordinariamente potente en Nuevo México y
que había salido bien ... Su expresión era plácida. No creo que supiera de qué
le estaba hablando, y a mí me daba igual si estaba al corriente o no.» [614] Como Churchill, Truman estaba convencido de que Stalin «sabía
tanto[del Proyecto Manhattan]como el tendero de la esquina».
Tanta confianza sugiere que ni Churchill ni Truman
conocían lo que Roosevelt había sabido: que los rusos tenían espías en el
Proyecto Manhattan.
Pero, ya lo hemos dicho, ambos estaban equivocados,
y de gravedad. Además, tras conocer los resultados de la prueba de Alamogordo,
la actitud de Truman cambió. Se volvió más asertivo y, naturalmente, Stalin lo
notó.
En realidad, hoy sabemos que en Potsdam Stalin
había estado esperando que los norteamericanos abordaran la cuestión atómica y,
tras consultarlo con Beria, había llegado a la conclusión de que debía «fingir
que no entendía». Pero, aunque estaba preparado para alguna sorpresa, da la
impresión de que la noticia le sacudió. Michael Gordin hace una observación muy
interesante: el 6 de agosto, día del bombardeo de Hiroshima, el dirigente
soviético se encerró y se negó a ver a nadie, «reacción parecida a la que tuvo
al enterarse de la invasión nazi de la Unión Soviética el 22 de junio de 1941,
lo cual es indicio de un shock importante y de
depresión». [615]
Stalin se sintió contrariado y se inquietó, pero
tal vez no tanto como podría. Más tarde, el mariscal Gueorgui Zhúkov contaría:
Stalin ... fingió no ver nada especial en las palabras de Truman. Por tanto,
Churchill y muchos otros autores ingleses y norteamericanos han dado por
supuesto que no comprendía el significado de lo que acababa de oír. En
realidad, al volver a sus dependencias, Stalin, en mi presencia, le contó a
Molotov su conversación con Truman. «Ha subido el precio», dijo Molotov. Stalin
se rio. «Que lo suban. Vamos a tener que hablar con Kurchátov y que vaya
acelerando las cosas.» [616]
Los recuerdos de Molotov no son menos interesantes:
«Truman no dijo “bomba atómica”, pero entendimos a la primera lo que quería
decir. Comprendimos que no estaban en condiciones de desencadenar una guerra
todavía, que solo disponían de una o dos armas atómicas ... pero, aunque les
quedaran algunas,[esas pocas bombas]no podían tener gran incidencia». Como ha
señalado Richard Rhodes, «lo más relevante del relato de Molotov» es que los
soviéticos intuían cuántos artefactos de este tipo tenía Estados Unidos. [617] Fuchs, hoy lo sabemos, era en parte responsable de ello.
Pese a todo, como argumenta David Holloway
—recordemos, director del Centro de Seguridad Internacional y Control de Armas
de la Universidad de Stanford y autor de Stalin and the Bomb —,
da la impresión de que Stalin no alcanzó a comprender el pleno significado de
la bomba hasta Hiroshima. Yákov Terletski, físico perteneciente al NKVD,
recordaría que, tras el bombardeo de esta ciudad nipona, «Stalin tuvo un
tremendo ataque de furia como no había tenido otro desde el estallido de la
guerra. Perdió los nervios, dio puñetazos en la mesa y patadas al suelo». A
continuación, justificaba el arrebato de su líder. Stalin tenía motivos para
estar rabioso: «Al fin y al cabo, el sueño de ampliar la revolución socialista
por toda Europa se había derrumbado, un sueño que parecía cerca de hacerse
realidad tras la capitulación de Alemania». [618] A mediados de agosto, apenas una semana después de Hiroshima,
llamó a Boris Vannikov, comisario del pueblo para Municiones, y a algunos altos
cargos, como Ígor Kurchátov. «Solo os pido una cosa, camaradas —bramó—: dadnos
armas atómicas en el plazo más corto posible. Como sabéis, Hiroshima ha
sacudido el mundo entero. El equilibrio ha sido destruido.» [619]
* * * *
«La guerra es la barbarie —dijo también Stalin en
aquella ocasión—. Pero utilizar la bomba A es una superbarbarie. Además, no
había ninguna necesidad de usarla. ¡Japón estaba condenado!» [620] Estando los nipones ya derrotados, Molotov, por ejemplo, no tenía
la menor duda de por qué habían lanzado la bomba. El objetivo de las dos bombas
atómicas «no era Japón, sino la Unión Soviética ...[Los estadounidenses]querían
decirnos: que no se os olvide que vosotros no tenéis la bomba y nosotros sí.
Como deis un paso en falso, ¡ateneos a las consecuencias!». Stalin pensaba de
forma similar. Estando en Potsdam, llamó al mariscal Alexander Vasilevski y le
dio órdenes de adelantar la prevista invasión de Japón. [621] Y le dijo a Lavrenti Beria: «Hiroshima ha sacudido el mundo. El
equilibrio ha quedado destruido y eso no puede ser. La bomba A es un chantaje,
la forma de hacer política exterior de los norteamericanos». [622]
Por su parte, Henry Stimson empezaba a ver las
cosas de otra manera. En Potsdam había aconsejado a Truman que Estados Unidos
aprovechara la bomba para forzar a la Unión Soviética a abandonar el sistema
comunista y empezar a parecerse a cualquier democracia de corte occidental —por
eso Churchill tenía la sensación de estar ante un momento «sublime» de la
historia—. En un informe redactado en septiembre de 1945, es decir, un mes
después del lanzamiento de las bombas, y como resultado de varias conversaciones
con Averell Harriman, embajador estadounidense en Moscú, Stimson admitía ahora
que tal cambio no se iba a producir y que cualquier intento de seguir la
táctica de la coacción tenía muchas probabilidades de volverse en contra de
Estados Unidos. Refiriéndose a la situación posterior a los bombardeos de
Hiroshima y Nagasaki, el informe decía: Los líderes militares y políticos
soviéticos tendrán la tentación de hacerse con la bomba en el espacio de tiempo
más corto posible ... Como Gran Bretaña goza ya a todos los efectos de la
condición de socio de Estados Unidos para el desarrollo de esa arma, a no ser
que invitemos a los soviéticos a sumarse a la asociación sobre la base de la
cooperación y la confianza, el bloque anglosajón en posesión de la bomba se
mantendrá en realidad frente a los soviéticos ... Esta situación estimulará sin
duda una actividad febril de los rusos en pos de la bomba que, a todos los
efectos, equivaldrá a una carrera armamentística secreta de carácter
desesperado ... La pregunta es, entonces, por cuánto tiempo podremos
permitirnos gozar de nuestra momentánea superioridad manteniendo al mismo
tiempo la esperanza de lograr nuestro inmediato objetivo de un consejo de la
paz.
Stimson también preveía que la bomba atómica ponía
en peligro la Gran Alianza, que tan fructífera había sido contra los países del
Eje. [623]
Bohr no podría haberlo expresado mejor. Ni lo que
sigue: Es posible que dichas relaciones se enconen de manera irreparable en
función de la forma en que abordemos con Rusia la solución de la bomba. Porque
si no la abordamos ahora y nos limitamos a seguir negociando, luciendo
ostentosamente esa arma como si la lleváramos al cinto, los soviéticos
observarán nuestros propósitos y motivos cada vez con mayor suspicacia y
desconfianza ... A mi juicio, es más fácil que en este asunto los rusos
respondan con franqueza si nuestra propuesta es directa y también llena de
franqueza ... que, si durante las negociaciones de paz, nuestra propuesta llega
después de una sucesión de amenazas —o algo parecido a estas—, ya sean expresas
o tácitas. [624]
Truman no estaba de acuerdo. A primeros de octubre,
durante una visita a Tiptonville, Tennessee, declaró ante el grupo de
reporteros que le acompañaba que Estados Unidos conservaría el control de la
tecnología atómica. «No creo que permitirles que la conozcan reporte beneficios
para nadie —dijo—. En todo caso, no considero que sean capaces de fabricar la
bomba.» [xxviii] Reconocía,
eso sí, el inicio de una carrera armamentística, aunque, insistía, Estados
Unidos «se mantendría en cabeza». [625]
Eisenhower, que visitó Moscú poco después de
Hiroshima, tenía otro e interesante punto de vista. Según el célebre periodista
y escritor Edgar Snow, en el transcurso de una conversación privada afirmó:
Antes del lanzamiento de la bomba, yo habría dicho que sí, que estaba seguro de
que podíamos vivir en paz con Rusia. Ahora no lo sé. Yo tenía esperanzas de que
la bomba no tuviera ninguna incidencia en esta guerra. Hasta ahora yo habría
dicho que nosotros tres, Gran Bretaña con su poderosa flota, Estados Unidos con
la mayor fuerza aérea y Rusia con el ejército de tierra más fuerte del
continente... hasta ahora nosotros tres habríamos podido garantizar la paz del
mundo por mucho, mucho tiempo. Pero ahora no lo sé. La gente está preocupada y
asustada en todas partes. La sensación de inseguridad vuelve a ser
generalizada. [626]
Pero había más puntos de vista. En busca de uno muy
distinto al de Eisenhower nos volvemos a encontrar con Leslie Groves. En The
Decision to Use the Atomic Bomb, Gar Alperovitz asegura que la constante
inquietud del general ante las críticas del Congreso por los enormes costes del
Proyecto Manhattan fue un elemento añadido en la precipitación por bombardear
Hiroshima: «Hoy parece claro que las prisas por producir los materiales
necesarios y por lanzar las bombas sobre Japón tan pronto como fuera posible se
debieron en gran parte al temor de que la guerra terminara antes de poder
utilizar los dos tipos de bomba de fisión». [627] En una ponencia leída ante la American Historical Association en
1995, el físico e historiador Stanley Goldberg iba más allá. Los tres factores
más importantes para lanzar la bomba, dijo, fueron: «Hacerlo cuanto antes,
proteger la reputación de los responsables civiles y militares del proyecto, y
las ambiciones personales de algunos, en particular del general Leslie R.
Groves». [628]
Goldberg tenía pensado escribir una biografía de
Groves, pero murió antes de terminarla. [629] Robert Norris se hizo cargo del proyecto y, según dice Barton
Bernstein en su reseña de la obra, «para Goldberg, Groves estaba impaciente,
casi ansioso, por utilizar ambas bombas. Quería hacerlo a toda costa». [630] Goldberg, dice Bernstein, no es del todo fiable en muchos
aspectos, pero su opinión pone en contexto un memorándum del general Kenneth D.
Nichols dirigido al general responsable del aparato burocrático del ejército y
escrito por Nichols el 27 de octubre de 1953, mientras preparaba su retiro. El
título del documento es «Custodia de los archivos clasificados del Proyecto
Manhattan», y en él puede leerse: «Los archivos contienen información
clasificada como alto secreto concerniente al Proyecto Manhattan. Parte de esa
información es de considerable importancia histórica y debería preservarse por
ese motivo. Otras partes son de particular valor para proteger los intereses
del Departamento de Guerra, del general Groves y del general Nichols». [631]
Entretanto, Stimson había vuelto a cambiar de
opinión. Ahora creía que «una montaña» de evidencias demostraba que Stalin y su
gobierno estaban «adscritos» a una política de expansión y «represión
dictatorial». [632] Y sostenía: «[Dadas las circunstancias,]debemos estar preparados
con todas las bombas que tenemos y podamos fabricar ... hasta que Rusia aprenda
a ser decente». En su libro sobre Stimson y su «ordalía» con la bomba atómica,
Sean Malloy deja claro que, más que ningún otro en los gobiernos de Roosevelt y
Truman, el secretario de Guerra se debatía con su conciencia decidiendo cuándo,
cómo y qué decirles a los rusos. Finalmente, que Stimson nunca llegara a tener
una postura coherente y duradera a ese respecto resultó trágico y tuvo una
grave incidencia en la política norteamericana hasta 1949.
Hasta qué punto no todo el mundo en el bando
norteamericano pensaba con lucidez lo demuestra la publicación del llamado
Informe Smyth, «Atomic Energy for Military Purposes», a los pocos días de los
bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Henry DeWolf Smyth era un físico de
Princeton cuyo informe, de 264 páginas, estaba pensado para hacer comprensibles
los principios básicos de las bombas atómicas «a todos los interesados». [633] En la práctica, era la forma de Groves de clarificar de qué se
podía hablar y de qué no. Cuando James Chadwick leyó el borrador, se preocupó,
pero Groves sostenía que solo contenía información útil durante, como mucho,
los tres primeros meses del proceso de fabricación. [634] Tras su publicación, el informe tuvo un éxito arrollador, con
nueve ediciones y traducción a cuarenta idiomas. No parece haber duda, sin
embargo, de que ayudó a los rusos hasta cierto punto. Como veremos, fue una de
sus pequeñas victorias.
* * * *
Decepcionados por su escasa influencia en la
política del gobierno —a pesar de su íntima relación con las bombas— y de que
los altos cargos hubieran hecho caso omiso de su informe —el presentado por
James Franck—, un grupo de científicos, sobre todo de la Universidad de
Chicago, constituyeron el ASC (Científicos Atómicos de Chicago, por sus siglas
en inglés). En diciembre de 1945, reunidos en un establecimiento, el Stineway’s
Drugstore de la calle 57, concibieron su iniciativa más notable, el Bulletin
of Atomic Scientists, con la finalidad de advertir a la opinión pública de
los peligros de la guerra atómica y abogar por el control internacional de las
armas nucleares. En un ejercicio de imaginación aún mayor, en 1947 pusieron en
marcha el llamado Doomsday Clock («Reloj del Juicio Final»),
una esfera cuyas manecillas se colocaban más cerca o más lejos de la medianoche
—es decir, del apocalipsis—, según la proximidad del mundo a la hecatombe
nuclear, en opinión de los científicos.
En tanto que propuestas muy imaginativas, el Bulletin y
el reloj fueron un éxito. Pero a los científicos nunca se les permitió
desempeñar un papel central en el control de armas, un área donde, ciertamente,
las ideas de Bohr se malograron. Este siempre había pensado que sería más
sencillo conseguir el concierto internacional de los físicos que el de los
políticos o los militares. Al corriente de que el número de físicos nucleares
era muy reducido, y dolorosamente consciente de que habían colaborado codo con
codo en las década de 1920 y 1930, es decir, antes de la guerra, y de que todos
se conocían, habían compartido laboratorios y premios, habían asistido a las
mismas conferencias y de que en muchos casos —pese a tener distintas
nacionalidades— eran amigos, creía que la comunidad de la ciencia atómica era
un activo para el mundo que podía ser explotado de forma fructífera.
Y no era el único. En cierta ocasión Heisenberg
afirmó —si bien es verdad que después de la guerra—: «En el verano de 1939,
doce personas, no más, habrían podido, de mutuo acuerdo, evitar la fabricación
de las bombas atómicas». Y dijo también «que tenía en mente un acuerdo de ese
tipo cuando fue a visitar a Bohr, y que esperaba proponer que este sirviera de
intermediario en un pacto secreto entre físicos norteamericanos y alemanes para
valerse de su influencia en aquel momento tan delicado, a fin de subrayar las
dificultades de fabricar la bomba y así evitar que ninguno de los
bandos la empleara en la guerra». [635]
Uno de los primeros comentarios sobre las
declaraciones de Heisenberg después del conflicto armado aparece en una carta
de Francis Simon a Michael Perrin escrita en marzo de 1948. Heisenberg había
pasado una temporada en Cambridge, pero visitado Oxford un par de días, y allí
se había reunido varias veces con Simon. Parecía molesto por el libro de Samuel
Goudsmit sobre el equipo Alsos —en realidad, más que molesto, estaba «furioso»,
escribe Simon.
Heisenberg ha asegurado que lo único que deseaban
los científicos alemanes era evitar que Hitler se hiciera con la bomba. Lo
sabían todo, incluida la reacción de los neutrones rápidos y la posibilidad de
usar plutonio, pero todas sus acciones no tenían otra finalidad que confundir a
Hitler y a los «jerarcas» sobre la posibilidad de la bomba. Ha dicho que estaba
seguro de que si hubiera ido a ver a Hitler al principio de la guerra y le
hubiera contado lo que sabía, ¡Alemania podría haber fabricado una bomba atómica
igual que la de los Aliados!
Yo le he contestado que, a juzgar por los informes que obran en nuestro poder,
tal cosa no parecía muy plausible, y que nuestra impresión sobre el programa
atómico alemán es más o menos la expresada en el libro de Goudsmit.
Concretamente, en los informes alemanes no aparece ninguna mención seria sobre
las posibilidades del plutonio, ni sobre la posibilidad de fabricar una bomba
de neutrones rápidos. Los científicos alemanes pensaban en una bomba semejante
a toda una pila de agua pesada que había que lanzar, algo que incidentalmente
confirmó Bonhoeffer cuando me encontré con él en Oxford el año pasado.
Heisenberg ha tratado de ridiculizar esta idea. Ha insistido sobre todo en que
él siempre supo que la bomba sería del tamaño de una piña.
Naturalmente, yo no podía desvelarle algunas de nuestras fuentes de
información, por las que supimos sin ningún género de dudas que lo que él dice
no se corresponde con los hechos ... Al final de nuestra larga conversación ...
ha admitido que ... los científicos alemanes no se portaron demasiado bien, a
excepción de unos pocos como Hahn y Laue, y más o menos él.
Estoy seguro de que, como muchos otros alemanes, Heisenberg es una persona
escrupulosamente honrada en su vida privada, pero tan pronto como la gran
gloria de la «madre patria» entra en juego —y quizá también su gloria como
científico— las cosas cambian. No sé si ahora nos cuenta todas esas falsedades
de manera deliberada. Es muy posible que haya elaborado a posteriori una imagen
de las cosas como a él le gustaría que hubieran sucedido y que se haya
convencido a sí mismo hasta tal punto que ahora cree sinceramente que esa
imagen es la verdad. También hay que comparar lo que dice ahora con lo que
decía en su artículo de Naturwissenschaften . En él hacía hincapié en que los
científicos alemanes no se molestaban mucho en conseguir la bomba, pero daba
una razón muy distinta, a saber, que eran conscientes de que la inversión
industrial necesaria era excesiva para Alemania ... Dos cosas están claras: a )
que lo que dice Heisenberg no se compadece con los hechos; y b ), que cuenta
esas historias con un aire de absoluta sinceridad y convicción ... Mando una
copia de la presente a Cockcroft, que sé que está interesado. [636]
Carl von Weizsäcker decía prácticamente lo mismo en
una carta a Thomas Powers de marzo de 1988: «Bohr era la gran autoridad moral
para todos nosotros y Heisenberg quería primero averiguar si, tal vez con su
ayuda o consejo, los físicos del mundo alcanzarían un acuerdo mutuo sobre la
forma de cumplir con la espantosa responsabilidad que les planteaba la
posibilidad de las armas nucleares». [637] En 1991, en una carta al director de Die Zeit, lo
expresó con mayor claridad: «La verdadera finalidad de la visita de Heisenberg
a Bohr fue ... discutir con este si los físicos del mundo podrían unirse para
que la bomba no llegara a fabricarse». [638]
Powers no se dejó impresionar por las afirmaciones
de Weizsäcker. Tenía la sensación de que el gesto que en teoría defendía
Heisenberg habría sido muy peligroso para los físicos, para cualquier físico.
Además, lo que decía Weizsäcker no se correspondía con los recuerdos de Bohr.
No obstante, la idea de que la comunidad de los físicos desempeñara un papel
—singularmente bien informado— en el control de las investigaciones nucleares,
o algo parecido, era lo que en el fondo rondaba la cabeza de Bohr cuando se entrevistó
con Churchill y Roosevelt.
Y algo muy similar perseguía también Piotr Kapitsa.
Que se pusiera en contacto con Bohr, mediante la carta que el danés recibió en
Londres en abril de 1944 mientras esperaba su cita con Churchill, refleja su
creencia en el papel de los científicos para garantizar la paz
internacional. [639] Estando en Londres, Bohr estaba dispuesto a viajar a la Unión
Soviética como emisario de Occidente. Aunque muy consciente de que la decisión
recaía en los políticos electos, creía que la relación personal entre
científicos de distintos países «podría facilitar los contactos preliminares y
la elaboración de una propuesta común en materia de seguridad». [640] En octubre de 1945, Kapitsa escribió a Stalin para apelar al
acercamiento, y una mayor confianza, entre científicos y políticos. [641]
Según todas las fuentes, Stalin se oponía tanto
como Churchill a la «injerencia» de los científicos en la política. David
Holloway lo expresa así: «Todos los intentos de imaginar cursos alternativos
para las relaciones internacionales en la posguerra chocaron con el propio
Stalin ... Su personalidad, malevolente y suspicaz, permea la historia de esos
años». [642]
Aunque indudablemente cierto, no podemos olvidar
que Churchill, Roosevelt y sus gobiernos, aliados en la guerra, engañaron a
Stalin en lo concerniente a la bomba. O creían que le habían engañado. En
realidad, Stalin sabía desde hacía años que le estaban mintiendo, y tuvo tiempo
de sobra para sopesar su respuesta.
De haber abordado a los rusos con antelación
suficiente, ¿habrían reaccionado como Bohr esperaba? Nunca lo sabremos, pero, a
pesar de las reservas de Holloway, lo cierto es que, como dice el historiador
Simon Sebag Montefiore, Stalin ha dejado de ser un enigma. Desde la apertura de
los archivos rusos, tenemos una idea mucho más cabal de su forma de ser.
Sabemos que hablaba constantemente —con frecuencia, de sí mismo—, que era
superinteligente, un intelectual inquieto y lector compulsivo de historia y literatura,
un hipocondríaco siempre nervioso que sufría de psoriasis y dolores reumáticos
en el brazo que tenía deforme. Era locuaz y sociable y cantaba bien, pero ese
hombre solitario y desgraciado echó a perder todas las relaciones de amor y
amistad de su vida sacrificando la felicidad a la necesidad política y a la
paranoia caníbal. Como tenía un carácter anormalmente frío —intentó ser un
padre afectuoso y un marido amante, pero envenenaba todos los pozos emocionales
que tocaba—, este nostálgico admirador de las rosas y las mimosas creía que la
solución de todos los problemas humanos era la muerte, y estaba obsesionado con
las ejecuciones. Era ateo, pero le debía todo a los sacerdotes y veía el mundo
en términos de pecado y arrepentimiento, aunque fue un marxista convencido
desde su juventud. [643]
Sin embargo, su poder sobre el Partido Comunista no
se cimentaba en el miedo, sino en el carisma. «Si por un lado era incapaz de
verdadera empatía, por otro era un maestro de la amistad. Perdía los nervios
constantemente, pero cuando se proponía conquistar a alguien, era
irresistible.» [644]
Tras su visita a Moscú en 1942, durante la que se
sintió insultado y hasta tuvo la impresión de que se reían de él, Churchill
dijo: «Stalin ha estado espléndido ... ¡Qué gusto trabajar con “ese gran
hombre”!». [645] El líder soviético apreciaba sinceramente a Roosevelt y, según
Sergo Beria, el hijo de Lavrenti, el presidente estadounidense «siempre tuvo
una elevada opinión de Stalin». [646] El mandatario ruso, además, admitía ante otras personas cuánto
valoraba a Roosevelt. [647] Por otro lado, aunque prefería al presidente antes que al primer
ministro, Stalin admiraba más al dirigente británico: «En los años de la guerra
se portó como un caballero y consiguió mucho. Era la personalidad más fuerte
del mundo capitalista». [648]
¿Era tan intratable un hombre así? ¿Habría sido tan
difícil negociar con él? Sin duda, Stalin habría querido la bomba para él, pero
también se daba cuenta de las ventajas de delimitar su posesión a un club
atómico en el que los físicos nucleares tendrían un papel eminente. ¿Confirma
esto que Bohr —y Kapitsa y Heisenberg— eran unos ingenuos? Los tres habían sido
premiados con el Nobel, no eran unos donnadies. Existían muchas posibilidades
de que allí donde ellos fuesen, otros científicos los siguieran. ¿No sería más
lógico extraer la conclusión de que renunciar a la complicidad de Stalin —que
quizá podría haberse conseguido con la mediación de la comunidad física
mundial— no fue sino perder una oportunidad muy imaginativa de solucionar la
situación?
Capítulo 26
Klaus Fuchs: luz en las sombras
En los años siguientes, los primeros de la guerra
fría, tanto los gobernantes norteamericanos como Churchill —fuera del poder
tras su sorprendente derrota en las elecciones generales de finales de julio de
1945— sopesaron la idea de un ataque preventivo. Más de una vez —mucho más de
una—, Churchill aireó su opinión de que había que «bombardear Rusia hasta la
sumisión», de que era posible amedrentar a los soviéticos lanzando, por
ejemplo, una bomba sobre Moscú para eliminar a la clase dirigente y dejar al país
sin timón —reflejaba la opinión compartida por muchos de que una dictadura
centralizada era especialmente apta para un bombardeo atómico—, y de que había
que decirles que o se retiraban de los Balcanes o Polonia o se atendrían a las
consecuencias.
Una mentalidad parecida impulsaba la idea de poner
en marcha algún tipo de organismo de la energía atómica dependiente de las
Naciones Unidas. En posesión de la bomba, para los aliados occidentales sería
una especie de fuerza de bien. Pero para los rusos, que carecían de esta arma,
podría ser un instrumento de coerción. A pesar de los planes de inspección y
control de materias primas, lo cierto es que todo apuntaba al mantenimiento
del statu quo y a impedir que la Unión Soviética se hiciera
con el arma atómica y, por tanto, quedara para siempre a merced de los aliados
occidentales. Bohr lo había entendido desde el principio y Churchill y Truman
siempre se negaron a admitirlo.
Gregg Herken en The Winning Weapon y
otros autores han escrito la crónica de las dificultades de los
anglo-norteamericanos para sacar el máximo partido de su monopolio de la bomba
y lograr ventajas políticas prácticas. A finales de la década de 1940 se
formularon varios planes —con los nombres en código de «Pincher» (Pellizco),
«Broiler» (Parrilla), «Grabber» (Ladrón), «Intermezzo», «Fleetwood», «Dropshot»
(Dejada, en tenis) u «Offtackle» (cierto tipo de placaje en fútbol americano)—,
algunos de los cuales, vistos hoy, se antojan bastante desesperados.
Reconociendo que Estados Unidos no contaba con bombarderos con autonomía
suficiente para llevar bombas nucleares hasta el corazón de Rusia, uno de ellos
proponía alcanzar los objetivos con vuelos «suicidas». [649]
El verdadero problema, relata Herken, era que, al
menos al principio, Estados Unidos tenía muchas menos bombas de lo que la
mayoría pensaba —no más de una docena en la primavera de 1947—. Además, las
distintas armas del ejército se disputaban la «custodia» de esos artefactos,
aun sin disponer, como acabamos de decir, de medios para lanzarlas. Por último,
se daba un dilema conceptual básico: ¿debía la política estadounidense girar en
torno a la «guerra preventiva» o a la utilización de la bomba como elemento
disuasorio? Era también cierto —y tal vez no se haya hecho suficiente hincapié—
que mientras que algunos planes eran extremadamente agresivos y sanguinarios
—uno hablaba de cien objetivos, ¡algunos de ellos más allá del alcance de los
bombarderos!—, varios políticos y militares creían que, sencillamente, era
inmoral ser el primero en recurrir al arma atómica por sus indiscriminadas
consecuencias entre la población civil. Asimismo, estaba el hecho de que, como
los diplomáticos comprobaron en sucesivas conferencias internacionales, los
rusos no se asustaban tan fácilmente. [650]
Con toda probabilidad, para lo que sí sirvió el
monopolio de la bomba fue para prevenir la invasión soviética de Europa
occidental —como hemos mencionado en el capítulo anterior, los dirigentes
soviéticos lo comprendieron enseguida). Tras la rápida desmovilización del
ejército estadounidense, que pasó de diez a tres millones de efectivos —en
Europa y en Asia—, el Ejército Rojo mantenía una fuerza colosal en Europa del
Este. Tras el término de la segunda guerra mundial, Occidente temió la invasión
durante muchos años —había planes para el repliegue aliado, bien hasta el Rin,
bien hasta los Pirineos, y se preveía la pérdida de los yacimientos
petrolíferos de Oriente Medio al menos durante un año, hasta que las potencias
occidentales pudieran reagruparse—. Pero, ya sabemos, no se produjo.
Además, según Herken, existía otro factor que
complicaba las cosas aún más: aunque la bomba fuera un «activo muy gravoso», a
medida que transcurría el tiempo, se consolidaba la complacencia y muchas
personalidades de Washington se negaban a creer que los rusos podían hacerse
con el artefacto en cualquier momento.
Como ahora veremos, la tendencia a subestimar a los
rusos era equiparable a la anterior inclinación a sobreestimar a los alemanes.
Y del mismo modo que para lo segundo había sido decisiva, para lo primero, la
opinión del general Groves fue fundamental.
* * * *
Groves afirmó varias veces que «en Rusia no había
uranio» y que tendrían que pasar por lo menos veinte años para que los
soviéticos fabricaran la bomba, si es que llegaban a hacerlo alguna vez. En
otra ocasión, dijo que les llevaría «diez, veinte o incluso sesenta
años». [651] El general, no obstante, siempre se negó a aclarar en qué basaba
su opinión y por qué esta era tan distinta de la de científicos como James
Conant. Pero siempre logró convencer a sus superiores políticos de que él era
quien más sabía del asunto. [652] Argumentaba que el gobierno había suscrito acuerdos con el Congo
Belga para adquirir su uranio los siguientes treinta y tres años. Decía también
que, aunque consiguiera fabricar la bomba en un plazo de veinte años, Rusia
padecía tal escasez de materias primas que Estados Unidos siempre llevaría la
delantera. [653] Groves imaginaba una «Pax Atomica administrada por los
americanos» en la que, si era necesario, se llevarían a cabo ataques nucleares
preventivos contra toda nación que, incluso en apariencia, estuviera trabajando
en su propia arma nuclear. David Lilienthal, presidente de la Comisión de
Energía Atómica, opinaba que el general engendró un «miasma de malentendidos»
sobre Rusia como nación atrasada con la que era «imposible» cooperar. [654] Pero Groves contaba con el beneplácito del presidente. [655]
Al mismo tiempo y violando su juramento de oficial,
el general hizo campaña por la Ley May-Johnson, que proponía la formación de un
comité conjunto militar y civil que controlaría el empleo de las armas
atómicas, cuando el presidente insistía en un control exclusivamente civil.
Durante la época del monopolio, Groves fue siempre
una figura clave en la creencia de que duraría mucho tiempo. Retuvo su poder de
veto informativo —qué se podía decir y a quién— y de control de la información
—quién sabía qué— en todo lo referente a la bomba. [656] Incluso los jefes del Estado Mayor Conjunto se quejaban de que les
excluyera de muchas comunicaciones sobre los progresos soviéticos en el terreno
atómico. Por su parte, Vannevar Bush opinaba que era imposible llevar a la
práctica las ideas de Groves sobre el control mundial de las materias
primas. [657]
Pero el general no perdió peso ante muchos altos
cargos de la administración Truman. Sostenía que los rusos no estaban equipados
«ni técnica ni psicológicamente» para fabricar la bomba, y que no serían
capaces de hacerlo «ni teniendo delante el cianotipo del Proyecto
Manhattan». [658] En 1947, cuando finalmente se apartó del proyecto, seguía
insistiendo, como hizo ante un grupo de periodistas en octubre de ese año, en
que tendrían que pasar «de quince a veinte años» para que Rusia se hiciera con
la bomba. [659]
* * * *
El momento sublime en la historia del mundo, según
la expresión de Churchill, dejó de serlo tanto el 3 de septiembre de 1949. Diez
años después del comienzo de la segunda guerra mundial y mientras llevaba a
cabo una misión sobre el norte del Pacífico, un B-29 de las fuerzas aéreas
estadounidenses provisto de un equipo especial, registró perturbaciones
atmosféricas que indicaban que «en algún lugar» de la Asia soviética se había
producido una explosión atómica. Más tarde se confirmó que, en efecto, los rusos
habían detonado su primera arma nuclear —una bomba de plutonio con el nombre en
clave de «Pervaia Molniia» (Primer Relámpago), similar a la que lanzaron los
norteamericanos en Nagasaki— en un campo de pruebas de las estepas de
Kazajistán. Tenía una potencia de veintidós kilotones —la bomba de Hiroshima
tenía diez—. Cuando los rusos, obligados por una declaración sobre la prueba de
la Casa Blanca, por fin reconocieron lo ocurrido, Stalin dijo: «El empleo de
las armas atómicas podría ser un augurio del fin del mundo». [660]
La mayoría de la ciudadanía se sorprendió ante la
rapidez con que los rusos habían conseguido su bomba. En Washington, cuenta
Gregg Herken, la reacción inicial fue de «conmoción e incredulidad». Churchill
había hecho distintas predicciones dependiendo de la ocasión: ante el
Parlamento dijo que el «momento sublime» de la historia en que Occidente
impondría su forma de pensar a la Unión Soviética llegaría en tres años. En
privado le contó a lord Moran, su médico, que llegaría en ocho. Vannevar Bush y
James Conant, durante su labor de asesoría al presidente, habían afirmado que
Rusia «podría» alcanzar a Estados Unidos en tres o cuatro años. En Londres,
Harold Nicolson se encontraba consternado. «Estamos muy abatidos —escribió—.
Nos dijeron que no fabricarían la bomba hasta pasados cinco años y lo han
logrado en cuatro.» [661] James Reston, periodista de la delegación de The New York
Times en la capital norteamericana, dijo que el monopolio terminó
«unos dos años antes de lo que Washington esperaba». [662] Otros cálculos iban desde dos años hasta veinte o hasta
nunca. [663] Henry Stimson pensaba que los soviéticos tardarían «de cuatro a
veinte años» en reducir la ventaja. [664]
Para empezar, las distintas agencias de
inteligencia de posguerra tenían tantas opiniones como los demás actores,
aunque es cierto que más tarde sí hubo cierto consenso. En cartas interceptadas
en 1947 se mencionaban los lugares de Rusia donde trabajaban varios científicos
alemanes con conocimientos de física atómica, y ese año otros cuatro
científicos alemanes desertaron y viajaron a la Unión Soviética, donde
acudieron a varias entrevistas de trabajo —aunque luego los cuatro volvieron a
Alemania—. Uno de esos científicos informó de que los experimentos de
separación de isótopos se llevaban a cabo en Sujumi, Georgia, en la costa del
mar Negro, muy cerca de un instituto donde trabajaba Manfred von Ardenne
produciendo agua pesada y metal de uranio. Von Ardenne había experimentado con
la fisión durante la guerra, pero desde la disidencia —no formaba parte del
Uranverein y tuvo que buscar la financiación de la empresa de correos—. Fuchs
tuvo acceso al informe sobre Sujumi, así que los rusos sabían que los norteamericanos
lo sabían. [xxix]
El mismo desertor contó también que el ex director
de la mina de Jáchymov (Joachimsthal) dirigía ahora un grupo cerca de Taskent,
Uzbekistán, dedicado a buscar uranio. En 1946, los servicios de inteligencia
británicos averiguaron también que un vagón de mercancías con diez toneladas de
uranio salía cada diez días de Jáchymov (Joachimsthal) con dirección a
Elektrostal, sesenta kilómetros al este de Moscú. Además se sabía que la planta
de I. G. Farben en Bitterfeld producía para los rusos treinta toneladas de
calcio metálico muy puro al mes, «suficiente para manufacturar sesenta
toneladas de metal de uranio». [665] Un contacto de la CIA consiguió un conocimiento de embarque —un
documento usado en el transporte marítimo— de tres vagones de calcio llegados
de Bitterfeld al apartado de correos Nº 3 de Elektrostal, lo cual confirmaba la
información anterior.
Los científicos, pues, sabían de la existencia de
una factoría en Elektrostal que producía uranio en cantidades importantes, lo
que apuntaba al hecho de que el proyecto soviético incluía un reactor de
plutonio, ya en funcionamiento o programado, porque no se necesitaba tanto
metal solo para enriquecer uranio. Aproximadamente un año más tarde, los
británicos interrogaron a un antiguo prisionero de guerra alemán que les habló
de la existencia de unas instalaciones de producción de plutonio
—Chelyabinsk-40, se llamaban—, que se encontraban en Kyshtym, en las faldas de
los Urales, a un día de coche de Moscú. Otros prisioneros de guerra confirmaron
la información. Más tarde, hacia finales de 1948, un informe reveló que los
soviéticos disponían de una mina de uranio en Checoslovaquia, y que extraían
seis veces más de lo que los británicos habían previsto.
Interceptar las comunicaciones era hasta cierto
punto muy productivo, en parte porque, a través de las enormes distancias de la
Unión Soviética, los sistemas de comunicación eran primitivos y eso permitía
que los servicios de inteligencia norteamericanos identificaran muchos
complejos del programa atómico ruso. Sabían, por ejemplo, que la bomba
soviética se diseñó y fabricó en Arzamas-16, cerca de la pequeña ciudad
monasterio de Sarov, a unos cuatrocientos kilómetros al sureste de Moscú.
Posteriormente, los físicos soviéticos llamaron a la instalación «Los Arzamas»,
una especie de tributo cariñoso a Los Álamos. [666]
Saber dónde se realizaban los trabajos, y de qué
trataban estos, servía, pero no contestaba a la pregunta decisiva —y de urgente
respuesta—: ¿cuándo estaría lista la bomba?
Michael D. Gordin nos cuenta que los
estadounidenses no contaban con un solo agente en el interior de la URSS que
pudiera proporcionarles información sobre los planes soviéticos, de modo que
tenían que confiar por entero en la vigilancia por medios técnicos, lo cual,
casi por definición, quería decir que solo sabrían de la bomba después de su
detonación —si llegaban a detectarla. [667]
* * * *
Las distintas agencias de inteligencia contaban con
su propia información «interna», y, por tanto, daban distintas respuestas a la
pregunta decisiva. En 1946, el Grupo Central de Inteligencia, precursor de la
CIA, admitía que su «información auténtica» era en realidad «relativamente
escasa», pero aseguraba que los soviéticos primero testarían la bomba, «en
algún momento entre 1949 y 1953». [668] El mismo año, la sección de inteligencia aérea del Estado Mayor
del Aire sugirió que los rusos podrían detonar una artefacto atómico «hacia
finales de 1949». Al año siguiente se produjo una especie de consenso entre los
tres principales organismos del espionaje norteamericano. Los tres concluían
que unos espías podrían haber filtrado «algunos detalles» de la planta de
producción de plutonio de Hanford, y a continuación sostenían que los
soviéticos todavía no disponían de un reactor operativo, que les faltaban
conocimientos de ingeniería y personal técnico en distintos ámbitos, y que los
yacimientos de uranio dentro de suelo soviético eran muy pobres. Los jefes de
inteligencia del Ejército y la Marina añadían que, en esos momentos, los
soviéticos no tenían armas atómicas, aunque «muy probablemente» las tendrían en
1952. A continuación, los responsables de inteligencia del Estado Mayor del
Aire moderaron sus previsiones: la Unión Soviética, dijeron, «podría disponer
ya» de una bomba atómica y «muy probablemente» podrían tenerla entre 1949 y
1952.
En 1948, el Comité de Inteligencia del Estado Mayor
Conjunto calculaba que mediados de 1950 era «la fecha más temprana en que los
soviéticos[podrían detonar]su primera bomba», pero que «la más probable» era
mediados de 1953. En julio de 1948, el informe «Estimación del estado del
programa atómico ruso», que el contraalmirante Roscoe Hillenkoetter, primer
director de la CIA, entregó al presidente Truman, repetía ese análisis. «Sobre
la base de la información de que disponemos, se calcula que la fecha más temprana
en la que es remotamente posible que la URSS pueda haber completado su primera
bomba atómica es mediados de 1950, pero se cree que la fecha más probable es a
mediados de 1953.» A principios de 1949 era generalizada la opinión entre las
personas informadas de que los soviéticos de ninguna manera dispondrían de la
bomba «antes de mediados de 1950», pero que probablemente no la tuvieran «antes
de mediados de 1953». [669]
Pero el general Groves nunca se sumó al consenso.
Contestó varias veces a la pregunta de cuánto tiempo pasaría antes de que la
Unión Soviética contara con la bomba y siempre daba un plazo muy largo. A
finales de 1945 y en el espacio de tres meses dio tres respuestas distintas a
tres organismos distintos del estado. En septiembre se dirigió al Departamento
de Guerra y dijo que diez años; en octubre, ante la Cámara de Representantes,
dijo «de cinco a veinte años»; en noviembre, en el Senado, estaba casi seguro
de que pasarían veinte años. Después ya siempre diría que entre quince y veinte
años.
Groves, como otros, despreciaba a los ingenieros
rusos, que a sus ojos salían muy mal parados ante «el genio» de los
norteamericanos, y en algunas ocasiones declaró que la Unión Soviética llevaba
hasta veintidós años de retraso con Estados Unidos. En otras ocasiones llegó a
decir que los norteamericanos controlaban el 97 % de las reservas mundiales de
uranio —gracias en parte al imperio británico— y «los soviéticos no podrían
alcanzarlos». [670] Por si eso no fuera suficiente, en julio de 1949, menos de dos
meses antes de que los rusos detonasen en efecto su primera bomba atómica,
Groves habló por la radio y dijo: «Los científicos no están en la mejor
posición para hacer estimaciones fiables. Los verdaderos problemas de un
proyecto atómico no son puramente científicos, sino de gestión e
ingeniería». [671] A Truman le dijo que los soviéticos se harían con la bomba antes
de que concluyera «su guardia» —es decir, antes del 20 de enero de 1953— y que
el problema no lo tendrían ellos, sino «sus nietos». [672] Después del lanzamiento de la primera bomba soviética, el general
reconoció que había «subestimado por completo» el valor del uranio alemán para
el programa atómico ruso. [673]
Los científicos no se equivocaron tanto como
Groves, pero también andaban muy descaminados. Chadwick creía que los rusos no
tendrían su bomba antes de cinco años. En octubre de 1945, Szilárd declaró ante
el Congreso que podrían pasar seis. En 1946, Hans Bethe escribió que tardarían
otros cinco años. Los alemanes recluidos en Farm Hall hablaban de diez. Y
Arthur Compton predijo que no habría noticias hasta 1952, y luego añadió que
tampoco le sorprendería que no lo lograran hasta 1970. [674]
* * * *
Teniendo en cuenta todo lo anterior, los
estadounidenses, y en menor medida los británicos, investigaron varias técnicas
para detectar desde grandes distancias la presencia de la radiactividad dejada
por una explosión pensando que, cuando se produjera, la detonación ocurriría en
Rusia central, en algún lugar desierto y muy alejado de la frontera. Se
probaron varios métodos, incluidos globos sonda especialmente equipados que
volaran a altitudes concretas, sensores sismológicos colocados en la superficie
terrestre y bajo el agua, y, el más pintoresco de todos, observar la Luna en
busca del resplandor de la explosión. El más efectivo fue el más prosaico: un
avión que volaba a gran altitud equipado con filtros de papel para atrapar
minúsculas partículas de material en la atmósfera. Aeronaves militares
estadounidenses recorrían el hemisferio norte del ecuador al Polo Norte y
aviones de la RAF volaban entre Escocia y Singapur para cubrir la frontera
meridional de la Unión Soviética. A veces se realizaban hasta tres vuelos de
reconocimiento al día. [675]
Se registraron ciento once anomalías atmosféricas,
pero todas resultaron negativas —se trataba de restos de erupciones volcánicas,
temblores de tierra, desperdicios químicos y polvo de todo tipo—. Pero la
alerta n.º 112, registrada por el avión WB-29, pilotado por el teniente Robert
C. Johnson, mientras volaba de Japón a Alaska a nueve mil metros de altitud el
3 de septiembre de 1949, detectó «la de verdad». [676] Varios vuelos, de Hawái y California, y otros de la RAF desde
Escocia, confirmaron el alto contenido radiactivo de los detritus recogidos.
Louis Johnson, secretario de Defensa de Estados Unidos, no quiso creerlo.
* * * *
Pero era cierto, y, por tanto, pocas dudas pueden
haber de que la bomba soviética llegó antes, mucho antes, de lo que esperaba la
mayoría, y eso incluía a la mayoría de los expertos y de las personas con
acceso a información privilegiada.
Michael Gordin ha estudiado a qué se debió un error
tan «flagrante» que «dejó a los norteamericanos en ridículo». [677] Una de las causas fue el Informe Smyth, que reveló —o confirmó— a
los rusos muchos detalles de los que no estaban seguros: por ejemplo, la
importancia de la difusión gaseosa y los demás métodos de separación de
isótopos, cuya publicación habían permitido «censores científicamente
ignorantes». De manera más sutil, o perniciosa, otro de los motivos de este
error fue que los cálculos a largo plazo restaban urgencia al ataque preventivo
y, por tanto, a sus consecuencias. En otras palabras, los cálculos errados
sirvieron para que la ciudadanía tuviera menos miedo. [678]
Y el miedo fue también una razón importante de que
los rusos no hicieran pública la detonación de la bomba. Temían un ataque
preventivo mientras Estados Unidos tuviera más bombas que ellos. «Si los
americanos hubieran sabido a finales de agosto de 1949 que la Unión Soviética
había detonado todas sus reservas de plutonio, ¿hay alguna duda de que habrían
llevado a cabo un ataque antes de que los soviéticos pudieran armarse
adecuadamente?» [679]
* * * *
Pero antes de que la administración Truman pudiera
responder adecuadamente, y, desde el punto de vista de Occidente para empeorar
las cosas, el 1 de octubre, solo unas semanas después de que los soviéticos
detonaran su primera bomba atómica, se fundó la República Popular China y
quinientos millones de almas se sumaron al mundo gobernado por el comunismo.
Como respuesta a este agravamiento de la situación,
en lugar de un ataque preventivo, el gobierno norteamericano se apresuró a
revisar a fondo su estrategia de seguridad nacional. A finales de enero de
1950, el presidente anunció que Estados Unidos estaba volcado en la
investigación «de todo tipo de armas atómicas, incluida la bomba de hidrógeno,
la llamada superbomba». Se echaron por tierra todos los argumentos en contra de
la nueva política. Edward Teller, que siempre había estado a favor de la bomba de
hidrógeno, declaró que apostaba a que, si los norteamericanos no fabricaban la
bomba H, él terminaría siendo un prisionero de guerra ruso en Estados Unidos
«en el plazo de cinco años».
Para algunos extranjeros que vivían en Estados
Unidos, la bomba rusa fue una buena noticia. Otto Hahn, que en 1944 había sido
galardonado con el premio Nobel por su descubrimiento de la fisión, declaró
ante los periodistas que para él suponía toda una sorpresa que el monopolio
atómico norteamericano hubiera durado tan poco, pero que ahora sentía alivio,
porque creía que nadie volvería nunca a hacer uso de las armas nucleares. No
todos eran tan optimistas: al fin y al cabo, el triunfo ruso demostraba que los
enemigos de Occidente podían fabricar la bomba en secreto. [680]
Y en esto, Churchill volvió a cambiar de opinión.
En lugar de apoyar el lanzamiento de bombas atómicas para forzar a los rusos a
hacer concesiones, ahora sostuvo, en un discurso muy comentado pronunciado en
febrero en la sala Usher de Edimburgo y encuadrado en la campaña de las
elecciones generales, que, en el breve intervalo entre la primera bomba atómica
rusa y la fabricación de su primeras armas utilizables, había que hacer un
último esfuerzo por alcanzar un acuerdo «para salvar el abismo entre ambos mundos»
y ambos pudieran vivir su vida, «si no en una relación de amistad, al menos sin
los odios de la guerra fría». [681]
Pero había que conjugar esos deseos con el
documento de Seguridad Nacional que aterrizó en la mesa del presidente Truman
en abril y fue aprobado antes del final de la primavera. Ese celebrado informe,
el NSC 68, apelaba a un ingente aumento del gasto militar, no solo de Estados
Unidos sino también de sus aliados, a fin de alcanzar una superioridad en armas
convencionales y atómicas especialmente diseñada para combatir «los planes del
Kremlin para dominar el mundo». [682] En ese momento, Estados Unidos tenía unas fuerzas armadas
compuestas por 1.591.232 efectivos. El ejército de tierra podía alinear diez
divisiones, pero solo una de ellas estaba lista para el combate. La marina
contaba con 331 buques de guerra y las fuerzas aéreas tenían cuarenta y ocho
grupos. Los rusos también habían reducido sus fuerzas desde la guerra, pero se
calculaba que, hacia finales de los años cuarenta, su ejército de tierra en
Europa contaba con entre 2,8 y 5,3 millones de hombres.
De momento, además, empezaba a estar claro que la
alianza nuclear que antaño pareció tan esperanzadora comenzaba a ser una
amenaza, al menos desde el punto de vista británico. Cuando Rusia dispusiera de
bombas operativas, pasarían unos años antes de tener bombarderos capaces de
lanzarlas sobre territorio norteamericano, pero sin duda los aviones con los
que ya contaban en aquel momento sí alcanzarían territorio británico. Para el
general Groves, tal cosa era la demostración de que Gran Bretaña nunca debió formar
parte del Proyecto Manhattan. «Cinco atómicas lanzadas en los lugares correctos
bastarían para que Inglaterra hincara la rodilla», dijo. En esas
circunstancias, pensaba el general, Gran Bretaña se vería obligada a dar a
Rusia la información en temas atómicos que no tenía. [683]
* * * *
Y eso no era todo. En un momento desgraciadamente
inoportuno, a principios de 1950 también se supo por qué los rusos habían sido
capaces de alcanzar sus metas en el terreno nuclear antes de lo que la mayoría
había pensado. En enero, Klaus Fuchs confesó que era un espía soviético.
Los británicos fueron informados en la segunda
mitad de 1949, después de que, en el marco del Proyecto Venona, los
norteamericanos hubieran descifrado los telegramas secretos de la Rusia
soviética durante la segunda guerra mundial. En el caso de Fuchs, el telegrama
revelador había sido transmitido en 1946 (véase el capítulo 19), aunque no
llegó a descifrarse en su totalidad hasta 1949. [xxx] Después de negar las acusaciones, Fuchs terminó por confesar, y
Stalin conoció la noticia el mismo día que se produjo.
En su confesión aparecieron pruebas de que Fuchs se
fue decepcionando con sus superiores soviéticos y de que, al mismo tiempo, se
fue encariñando cada vez más de sus colegas británicos, y en especial por los
de Harwell, el organismo de investigación atómica británico fundado al término
de la guerra. Pese a todo, no encontró piedad en el tribunal que le juzgó y
sentenció a catorce años de cárcel, el máximo por violación de la Ley de
Secretos Oficiales. Como Rusia era un país aliado cuando se produjo el delito
no pudo ser juzgado por traición, pero eso abundó en el detrimento de las
relaciones entre Gran Bretaña y Estados Unidos.
* * * *
Las pruebas más recientes tras la desclasificación
de los archivos soviéticos demuestran que, gracias a Fuchs, los rusos se
ahorraron más de un año de trabajo, y muy posiblemente, dos. [684] El historiador Richard Rhodes confirma que todo el material de Los
Álamos que encontró en los archivos soviéticos es el que Fuchs les entregó por
medio de Harry Gold, no hay ninguna otra fuente. [685] En Los Álamos, después de dejar Nueva York, Fuchs trabajó en el
grupo de teóricos y, por tanto, estuvo en el meollo de los debates sobre el
funcionamiento de la bomba de implosión con plutonio. De hecho, fue él el
teórico que analizaba las fotografías de los proyectiles que
implosionaban. [686] Según todas las fuentes, Ígor Kurchátov ni siquiera había pensado
en la implosión hasta que vio los documentos enviados por Fuchs, y para algunos
se trataba de una idea tan contraintuitiva que los rusos podrían haber tardado
una década en dar con ella sin ayuda. Fuchs les avisó de la alta proporción de
plutonio que se fisionaba espontáneamente, de que la masa crítica de plutonio
era menor que la del U-235 —de cinco a quince kilos— y de que la bomba de
plutonio tendría un núcleo hueco, con dieciséis puntos de detonación. También
informó de las dimensiones del proyectil, de la secuencia temporal de la
implosión y del ritmo previsto de producción de las bombas. [687] El propio Fuchs pensaba que este era «el peor» de sus crímenes,
aunque también reveló a los rusos cuánto material explosivo tenían los aliados
occidentales, de manera que Moscú sabía que, de momento, Estados Unidos solo
podría fabricar dos o tres bombas. [688]
Kurchátov calificó el material como «de excepcional
importancia», en particular las condiciones con las que «lograr una explosión
simétrica», y sugirió enseñar varias páginas del informe sobre el plutonio
—«desde la 6 hasta el final, salvo la página 22»— a otros miembros del programa
atómico ruso. [689] Fuchs también entregó a Gold un bosquejo de la bomba de plutonio
con detalles sobre los explosivos utilizados para la implosión, pormenores del
llamado detonador Urchin (Pilluelo) —«que contiene cincuenta
curios de polonio»— y el tamper —capa metálica donde chocan
los neutrones en fuga y vuelven al reactor—, junto con el método de cálculo de
eficiencia. Fue muy importante que el bosquejo y otros documentos dieran el
grosor exacto de cada proyectil, y el hecho de que entre las capas de explosivo
los norteamericanos insertaran un proyectil de aluminio y el tamper del
uranio «para controlar la inestabilidad hidrodinámica que se producía cuando un
explosivo ligero se mezclaba con el metal pesado, fenómeno conocido como
“inestabilidad de Taylor” por Geoffrey Taylor, su descubridor británico».
(Taylor también formaba parte del contingente británico de Los Álamos.) [690]
Al final resultó que la bomba soviética se parecía
«una barbaridad» a la lanzada sobre Nagasaki, y la torre donde se hizo explotar
el prototipo era «una reproducción casi exacta de la torre de treinta metros de
Trinity». [691] No es de extrañar, puesto que Beria había dado instrucciones a los
científicos de construir «una copia exacta» de la bomba norteamericana según
los datos proporcionados por Fuchs y otros espías, mientras que, de momento, el
diseño ruso quedaba descartado. [xxxi]
Fuchs fue muy apreciado en Los Álamos. Era un
soltero tímido bien recibido en las fiestas por sus «excelentes modales» [692] . Tenía una gran capacidad de trabajo, vivía cerca de Edward
Teller y su mujer y otros físicos, y estaba en magnífica posición para aprender
los distintos aspectos del trabajo de elaboración del arma atómica. En febrero
de 1945, tras siete meses de silencio, se citó con Harry Gold en la casa de su
hermana Kristel en Boston y entregó un informe de varias páginas que era un
sumario de los problemas de fabricación de la bomba. (En otra ocasión, Fuchs
fingió una afección de garganta para poder visitar una clínica cercana a Santa
Fe, donde se vio de nuevo con Gold.) Lo más importante fue, sin embargo, que
Fuchs dijera a los rusos que una bomba de plutonio no funcionaría con el método
de cañón, sino mediante el de implosión. En otro informe, entregado en junio de
1945, describió el método de implosión con más detalle —fue entonces cuando
también reveló a los rusos la inminente prueba de Alamogordo—. Hoy sabemos que
para Kurchátov ese fue, probablemente, el dato más relevante de cuantos los
físicos rusos supieron gracias al espionaje y hubo unanimidad en reconocer que
les ahorraría «mucho tiempo». Por otro lado, el propio Fuchs se sorprendió de
la celeridad con que los soviéticos fueron capaces de fabricar su propia bomba.
Después de la guerra, Fuchs regresó a Gran Bretaña
y trabajó en la división teórica de Harwell, cerca de Oxford, colaborando en la
fabricación de la primera arma atómica británica. Allí recuperó el contacto con
Alexander Feklisov, su mediador ruso en Londres. [693]
A Fuchs le descubrieron por un simple error de
repetición, que contribuyó a descifrar los famosos cables de Venona. «Venona»
era una palabra en clave que más tarde, en 1961, se asignó al conjunto de
telegramas enviados a Moscú desde varios organismos soviéticos en Estados
Unidos entre los años 1940 y 1948. Como esos telegramas habían sido encriptados
de acuerdo con el método llamado «libreta de un solo uso», era muy difícil
descodificarlos, y, en efecto, no se consiguió del todo: solo se logró en
parte, a principios de 1947, al encontrar una repetición en un grupo
determinado de mensajes, un error que los rusos no debieron cometer. Ese fallo
condujo hasta Fuchs y otros espías, pero lo cierto es que los norteamericanos
estaban entre la espada y la pared. No querían revelar los códigos ante el
tribunal que juzgaba a Fuchs y los demás, porque hacerlo pondría sobre aviso a
los soviéticos, que comprenderían que los servicios de inteligencia
estadounidenses habían descifrado los cables de Venona. Así que optaron por el
interrogatorio. Fuchs terminó por confesar, pero no lo hizo hasta enero de
1950, un momento muy inoportuno, porque había pasado muy poco tiempo de la
detonación de la primera bomba atómica soviética y de la constitución de la
República Popular China.
Sin la ayuda de Fuchs y de otros espías, es muy
probable que Rusia no se hubiera hecho con la bomba hasta primeros de 1951, o
quizá un año después. Como luego veremos, esa ventana temporal —de finales de
1949 a principios de 1951— resultaría crucial.
* * * *
Resultaría determinante porque, en aquella
coyuntura tan incómoda, el 25 de junio de 1950, cuando los acontecimientos en
el terreno nuclear se sucedían con rapidez, estalló la guerra de Corea. Se
trataba del primer conflicto «caliente» de la guerra fría y, con mucho, de la
crisis más peligrosa desde Hiroshima y Nagasaki. En esos momentos, como ya
hemos visto, y en contraste con las continuas súplicas de Churchill, se hizo
llamativo el escaso provecho que los norteamericanos habían sacado de su
monopolio para lograr concesiones de la Unión Soviética los cuatro años
anteriores.
Tanto el gobierno norteamericano como el británico
condenaron de inmediato la invasión que Corea del Norte había llevado a cabo de
su vecino del Sur, como también hizo el recién creado Consejo de Seguridad de
la ONU. En el plazo de cuarenta y ocho horas, los británicos pusieron su Flota
del Pacífico a disposición de la marina norteamericana y, finalmente, veintiún
países miembros de la ONU votaron apoyar a Corea del Sur, que en aquel entonces
no pertenecía a esta organización. El contingente de la OTAN, bajo jefatura
estadounidense, estaba compuesto por quince divisiones francesas, cinco
alemanas y seis británicas y norteamericanas.
La guerra de Corea tenía muchas ramificaciones.
Desde el principio hubo riesgo de que se ampliase a un conflicto entre Estados
Unidos y China y de que a su vez amenazase los intereses regionales de Gran
Bretaña, por ejemplo, en Hong Kong. Más preocupante aún era que la Unión
Soviética hubiera firmado recientemente un tratado de seguridad con China, lo
cual significaba que también podía verse arrastrada a la lucha. No ayudó
tampoco el nombramiento del general Douglas MacArthur como comandante de las
fuerzas de la ONU en Corea. Aunque había gestionado el régimen de ocupación en
Japón desde el fin de la guerra, era arrogante e iba por libre, y tenía un «ego
tan descomunal» que se decía que se había educado en el mismo colegio privado
que Dios. [694]
A pesar de todo, o quizá por eso, al principio, la
guerra fue bien para los occidentales, aunque luego cambiarían las tornas.
Seúl, que había caído en manos de los norcoreanos a los tres días de estallar
la contienda, fue reconquistada el 29 de septiembre, y MacArthur cruzó el
paralelo 38 para entrar en Corea del Norte, tomó Pionyang y avanzó hasta
detenerse en el río Yalú, frontera entre Corea del Norte y China. Pero los
norteamericanos no valoraron como correspondía las advertencias de Pekín, que
veía el avance como una amenaza directa para China, y el bravucón de MacArthur
hizo caso omiso. De tal manera que, el 26 de noviembre, doscientos cincuenta
mil soldados chinos atravesaron la frontera y forzaron la retirada de los
setenta y cinco mil efectivos de la ONU. El VIII Ejército estadounidense
—núcleo de las fuerzas de la ONU— estuvo a punto de ser aniquilado y en Estados
Unidos surgieron voces pidiendo el abandono de Corea para embarcarse en una
guerra a gran escala contra China.
Era algo que Rusia no podía permitir, por lo que el
mundo se vio en una encrucijada. Ciertamente, era el momento más arriesgado
desde el final de la segunda guerra mundial y, posiblemente, por la existencia
de armamento nuclear, el más peligroso de la historia. En Washington, el
senador Joseph McCarthy apelaba en privado al empleo de armas atómicas. [695]
* * * *
En un celebrado artículo publicado en 1988, Mark
Trachtenberg, experto en seguridad nacional de la Universidad de Pensilvania,
analizaba pormenorizadamente el pensamiento estratégico norteamericano en el
momento de perder el monopolio nuclear y a la llegada, poco después, del primer
conflicto «caliente» de la época. Y señalaba que durante la segunda mitad de la
década de 1940, y bien entrada la de 1950, muchos argumentaban que Estados
Unidos no debía limitarse a estar de brazos cruzados y permitir que una potencia
hostil como la Unión Soviética se hiciera con un arsenal nuclear. Había que
pensar seriamente en una política más «activa» o «positiva».
Lo cierto es que mientras Estados Unidos disponía
de bombas nucleares y Rusia de un ejército convencional mucho mayor, se daba
una suerte de equilibrio de fuerzas, sobre todo en Europa. Mark Trachtenberg,
no obstante, descubrió que en esa época las ideas más agresivas eran tomadas
«muy en serio», «incluso en el escalafón más alto del gobierno», y había
peticiones explícitas de una «confrontación» con los soviéticos «antes de que
fuera demasiado tarde». [696]
En 1946, Churchill, como hemos visto, predijo que
antes de siete u ocho años habría guerra con la Unión Soviética. «No debemos
esperar sentados a que Rusia esté preparada», dijo respondiendo a una pregunta,
y, como muchos norteamericanos, sostuvo en repetidas ocasiones que había que
optar por la confrontación para «poner las cosas en su sitio» antes del fin del
monopolio nuclear. Y si eso conducía a la guerra, había dicho ante la Cámara de
los Comunes a principios de año, mejor librarla entonces, porque ofrecía «la
mejor oportunidad de salir de ella vivo», y presionó a los norteamericanos para
dar un ultimátum a los soviéticos y que se retiraran de Alemania Oriental a
riesgo de sufrir un ataque atómico que borraría sus ciudades del mapa. [697]
En 1948, William Laurence, especialista en ciencia
de The New York Times, preveía el estallido de la guerra en cuando
los rusos tuvieran la bomba, así que sostenía que Estados Unidos debía «dar el
primer golpe». [698]
Ese punto de vista, el de la guerra preventiva,
estaba muy extendido, pero no se impuso en las altas esferas de la
administración Truman. Sin embargo, la detonación de la bomba atómica soviética
en 1949, algo antes de lo esperado, como hemos visto, dio pie a una revisión
profunda de las directrices de defensa. La autoría del NSC 68, el famoso
documento de estrategia nuclear al que nos hemos referido antes, correspondía
sobre todo a Paul Nitze, jefe del personal de Planificación Política del
Departamento de Estado, pero reflejaba, como no podía ser de otra manera, el
punto de vista de Dean Acheson, el secretario de Estado. Los autores del NSC 68
opinaban que el monopolio atómico de Estados Unidos había servido para
equilibrar la superioridad soviética en tropas de tierra y les preocupaba que,
con una Unión Soviética cada vez más poderosa en el terreno nuclear, la ventaja
norteamericana se viera «neutralizada más rápidamente» de lo que Estados Unidos
fuese capaz de «organizar fuerzas convencionales para cubrir la ventaja». [699]
Tras la detonación de la bomba soviética, lo más
importante era darse cuenta de que el equilibrio nuclear ya no era estable. Un
ataque por sorpresa ya no tenía tantas ventajas y podía desembocar en un tenso
empate, porque en Estados Unidos todos daban por supuesto que los rusos tenían
tantos deseos de lograr el dominio del mundo que un modus vivendi consensuado
nunca se sostendría.
El NSC 68, por tanto, proponía una nueva estrategia
que, básicamente, consistía en no provocar de momento a la Unión Soviética y
aumentar las fuerzas convencionales y nucleares del ejército estadounidense a
fin de restablecer una sólida supremacía. Dean Acheson y Paul Nitze no querían
la guerra, no entonces al menos, en 1950. Naturalmente, de haber sabido esto,
los rusos podrían habérselo tomado como una invitación a atacar. Así pues, era
necesaria una actitud beligerante —aunque de farol—. En todo caso, la política
norteamericana a medio plazo se proponía, basándose en una mayor potencia y una
mejor eficiencia de su economía, dejar muy atrás a los rusos en armamento
nuclear y convencional. Si funcionaba, la guerra no sería necesaria. [700]
En medio de ese clima estalló la guerra de Corea.
* * * *
Lo más inmediato para el gobierno norteamericano
era averiguar si Rusia estaba detrás de la ruptura de hostilidades. ¿Era la
guerra de Corea la primera señal de que, ahora que disponían de la bomba, los
soviéticos se decantaban por una política de agresión? A la CIA no le cabía la
menor duda de que la invasión se había llevado a cabo «bajo dirección
soviética» y en Washington se daba por hecho que una participación importante
en el conflicto conduciría a la tercera guerra mundial. [701] También era generalizado el punto de vista de que la intervención
de China equivalía a la extensión de la guerra —incluso contra Rusia, que para
muchos era la «raíz» del problema. [702]
Mark Trachtenberg afirma que el propio Truman
sentía «una atracción visceral» por la idea de la confrontación con los rusos,
y en 1950 hizo varias advertencias públicas de que cualquier nuevo acto de
agresión «bien podría estirar hasta rasgar el tejido de la paz mundial». Otras
personalidades volvieron a apelar a la guerra preventiva. Estaba muy extendida
la sensación de que «Estados Unidos no podía vivir pendiente de la agresiva
política soviética, reflejada en el ataque norcoreano, y de que tal vez hubiera
llegado el momento de abordar el problema de frente, antes de que se le fuera
completamente de las manos». [703] Pero, militarmente, la nación era todavía demasiado débil para
atacar. De hecho, el mayor temor era que la Unión Soviética llevara a cabo un
ataque preventivo.
Otra complicación era el hecho de que, sin llegar a
declarar la guerra, Rusia —cuyos bombarderos podían alcanzar las islas
británicas— pudiera neutralizar al Reino Unido amenazando con bombardearlo si
no se disociaba oficialmente de Estados Unidos.
Por decirlo de manera sencilla, y como concluye
Trachtenberg: «El ataque de Corea del Norte y la posterior intervención china
parecían respaldar la idea de que los soviéticos estaban deseosos de aceptar al
menos un riesgo de guerra cada vez mayor durante aquel período de relativa
debilidad de América». [704] Si, por ejemplo, los soviéticos intentaban otro bloqueo de Berlín
—cuando, en 1948 y 1949, impidieron el acceso de los aliados occidentales a sus
sectores de la ciudad—, no sería práctico repetir el puente aéreo que entonces
se llevó a cabo. [705] El jefe del Estado Mayor Conjunto llegó al extremo de decir que
Estados Unidos no estaría preparado para involucrarse en una guerra global
hasta el 1 de julio de 1952. [706] En esa previsión se basaba la decisión de no avanzar más allá del
paralelo 38, que MacArthur contravino.
* * * *
Pero todo eso era solo un miembro de la ecuación.
También estaba el hecho —que a menudo no se ha tenido lo suficientemente en
cuenta— de que desde 1951 en adelante se hizo evidente que los peores temores
de Washington eran exagerados. Algunas personalidades de la administración
creían que en Corea los rusos se estaban marcando un farol, porque, como dice
Mark Trachtenberg, finalmente, «Alemania Oriental no invadió la República
Federal, no hubo una nueva crisis de Berlín, Yugoslavia no fue atacada y los soldados
soviéticos no entraron en Irán». En 1951 Estados Unidos no quería correr el
riesgo de una guerra nuclear, pero Rusia tampoco. Acabada la crisis —que duró
de finales del 1949 a principios de 1951—, se restableció el equilibrio.
Pero lo que aquí nos interesa es la contención de
ambos bandos durante el «caliente» conflicto de Corea, es decir, a lo largo del
invierno de 1950 y 1951 y hasta 1952.
Otros elementos de la mezcla incluían la valoración
del Estado Mayor Conjunto de que en Corea del Norte había pocos blancos
propicios para un ataque atómico —es decir, escasos centros de población
importantes— y la gradual aceptación por el Departamento de Estado, el ejército
y el propio Truman de que la bomba solo podía ser «un medio para evitar la
derrota», «un último recurso». Otros se preguntaban si merecía la pena
arriesgarse a una guerra mundial simplemente por Corea. [707]
Lo que se puede deducir de todos esos factores,
siquiera vagamente, es que ya empezaba a aparecer el miedo al temible empate
nuclear que caracterizó la guerra fría en su conjunto. A medida que se sucedían
los acontecimientos, la combinación de armamento nuclear, tropas
convencionales, confusión entre objetivos militares y civiles y la autonomía de
los bombarderos —que marcaba la estrategia y la definición de los blancos— iba
complicando las circunstancias, que se volvían mucho más espinosas de lo que nadie
había previsto.
* * * *
En el terreno bélico, la situación, de por sí
difícil, se enredaba aún más por el deterioro de la relación entre el
presidente y MacArthur. El general siempre sintió un gran aprecio por Roosevelt
y admiraba su «extraordinario autocontrol», que contrastaba llamativamente con
lo que él llamaba el «violento carácter[de Truman]y sus paroxismos de furia
ingobernable». Eran palabras llenas de arrogancia, como lo fue el «discurso»
que envió al campamento de verano de Veteranos de las Guerras Extranjeras, la
mayor asociación de militares de guerra retirados de Estados Unidos y la más
antigua —se remontaba a la primera guerra mundial—. Aunque no estuvo presente
en el campamento, MacArthur redactó el discurso sabiendo que no lo leería. En
él se oponía a la política de la administración Truman en Taiwán —entonces
conocido como «Formosa»— con las siguientes palabras: «Nada puede ser más falaz
que el trillado argumento de quienes defienden el apaciguamiento y el
derrotismo en el Pacífico en el sentido de que, si defendemos Formosa,
perderemos el Asia continental». «Trillado» no era un término muy halagüeño,
pero fue el recurso a «apaciguamiento», lo que puso furioso a Truman. Aquel
discurso, además, venía a sumarse a las veces en que MacArthur había
despreciado la posibilidad de una intervención china o incluso rusa en Corea.
Durante el conflicto de Corea, Estados Unidos pensó
varias veces en utilizar armas atómicas. MacArthur las quería para que le
ayudaran a interrumpir las rutas de entrada en Corea del Norte desde Manchuria.
Solicitó veintiséis bombas en total. [708] Los norteamericanos estuvieron a punto de emplearlas a primeros de
abril de 1951, justo cuando MacArthur fue relevado del mando. Hoy es obvio,
como dice Bruce Cumings en su reciente historia de la contienda, que MacArthur
no fue destituido simplemente por sus actos de insubordinación, sino también
porque Truman «quería un comandante fiable en el caso de que decidiera recurrir
a las armas nucleares». MacArthur había pedido «poder decidir sobre el Día D
atómico, conservar la superioridad aérea en el teatro de operaciones de Corea
cuando los servicios de inteligencia sugerían que los soviéticos parecían
preparados para trasladar varias divisiones aéreas a las proximidades de Corea
y bombarderos a las bases de Manchuria (desde donde poder atacar no solo Corea,
sino también las bases norteamericanas en Japón), y después de que los chinos
hubieran acumulado fuerzas muy numerosas cerca de la frontera coreana». [709] El 14 de marzo, el general de las Fuerzas Aéreas Hoyt Vandenberg
escribió: «Finletter y Lovett alertan de debates sobre el uso de armas
atómicas. Creo que está todo decidido». [xxxii]
Hacia finales de ese mes estuvieron listos los
muelles de carga de las bombas atómicas de la base aérea de Kadena, en Okinawa,
y llegaron los proyectiles, pero desmontados. Los ensamblaron en la base, a
falta únicamente de colocar la «cápsula», el explosivo nuclear. El 5 de abril,
el Estado Mayor Conjunto ordenó la «represalia atómica inmediata» contra las
bases de Manchuria si entraba en combate un contingente numeroso de nuevas
tropas rivales, o si el enemigo lanzaba a sus bombarderos contra instalaciones
militares norteamericanas en la zona. Al día siguiente, Truman autorizó la
cesión a control militar de nueve bombas nucleares Mark 4. Ese mismo día, las
nueve cápsulas nucleares se pusieron bajo el mando del IX Grupo de Bombardeo,
designado para el lanzamiento. El general Omar N. Bradley, jefe del Estado
Mayor Conjunto, obtuvo la aprobación de Truman para poner los explosivos «de la
Comisión de Energía Atómica bajo custodia militar» y, al mismo tiempo, el
presidente firmó una orden para utilizarlos contra blancos chinos y
norcoreanos. El IX Grupo de Bombardeo se desplegó en Guam. Gordon Dean,
presidente de la Comisión de Energía Atómica, observaba con preocupación la
cesión de las bombas a MacArthur, y lo mismo le sucedía al Estado Mayor
Conjunto. Temían que el general actuara «de forma prematura». De modo que
tomaron la decisión de poner la fuerza de choque nuclear bajo las órdenes del
Mando Aéreo Estratégico.
La orden definitiva, aunque llegó a ser firmada,
nunca se cursó. Posteriormente, se organizó la Operación Hudson, que suponía el
vuelo de bombarderos B-29 sobre Corea del Norte para llevar a cabo bombardeos
simulados con bombas A «de pega». En esa operación, las fuerzas aéreas
llevarían a cabo «todas las acciones operativas necesarias para un bombardeo
atómico, incluido montaje y comprobación de las bombas, carga, control aéreo y
asignación de objetivos».
Bruce Cumings cuenta que esos bombardeos simulados
no se concretaron, entre otras causas, por motivos técnicos: «La identificación
de contingentes enemigos numerosos fue extraordinariamente rara». [710] Pero sin amenaza de represalias, hoy nos parece bastante probable
que Estados Unidos recurriera a las armas atómicas para poner fin a la guerra
de Corea.
La deslealtad de MacArthur habría sido una
provocación aun sin el peligro de las armas nucleares.
La tensión subió varios grados cuando el 30 de
noviembre de 1950, en una rueda de prensa y respondiendo a una serie de
preguntas sobre el general y si se había excedido en el cumplimiento de su
deber, el presidente contestó que estaba preparado para «dar los pasos
necesarios» para hacer frente a la situación.
—¿Eso incluye la bomba atómica? —preguntó un
periodista.
—Eso incluye todas las armas de que
disponemos. [711]
—¿Significa eso que se está considerando
activamente el uso de la bomba? —preguntó otro.
—El uso de la bomba siempre se ha considerado
activamente.
Los reporteros, que no daban crédito a lo que
estaban oyendo, insistieron.
—No sé si le hemos entendido con claridad. ¿Se está
considerando activamente el uso de la bomba?
—Siempre se ha estado considerando. La bomba es una
de nuestras armas.
Truman siguió hablando y dijo que el empleo de
armas atómicas era potestad «del comandante en jefe» —en esos momentos
MacArthur—. Más tarde se retractaría, pero antes de la conclusión de la rueda
de prensa —a los diecisiete minutos—, la agencia de noticias United Press envió
el siguiente teletipo: «HOY EL PRESIDENTE TRUMAN HA DECLARADO QUE ESTADOS
UNIDOS ESTÁ CONSIDERANDO EL EMPLEO DE LA BOMBA ATÓMICA EN RELACIÓN CON LA
GUERRA DE COREA ».
Y la situación se calmó de inmediato. MacArthur
pidió al gobierno que admitiera que los chinos habían impuesto el «estado de
guerra» y que había que responder «lanzando de treinta a cincuenta bombas
atómicas sobre Manchuria y las ciudades continentales de China». También el
Estado Mayor Conjunto llegó a la conclusión de que el uso de armas nucleares
era «la única manera de incidir en la situación de Corea». [712]
Truman se negó a seguir por ese camino. Más tarde,
en un discurso, diría que había trazado una línea roja sobre Corea. En su
biografía del presidente, David McCullough lo expresa así: «Si la “victoria” en
Corea significaba correr el riesgo de una guerra mundial, una guerra con bombas
atómicas, Truman prefería renunciar a la victoria en Corea» [713]
Por primera vez, la disuasión nuclear había
funcionado.
Pese a todo, algunos, y entre ellos Truman y
Churchill, tenían claro que una de las formas de llegar a una guerra nuclear
era por accidente. Y esa fue, entre otras, la razón de que, el 11 de abril de
1951, cinco días después de la transferencia a control militar de las bombas
atómicas que se encontraban en Okinawa, el presidente relevara del mando a
MacArthur. Oficialmente, el motivo de su destitución fue «sus múltiples actos
de insubordinación relacionados con la dirección de la guerra en Corea». En virtud
de la rebeldía y caprichos del general, la medida no podía por menos que
parecer lo más apropiado, pero lo cierto es que también fue un gesto valiente,
porque MacArthur gozaba de enorme popularidad en Estados Unidos. «No le despedí
porque fuera un estúpido hijo de puta, que lo era —diría el presidente—, lo
hice porque no habría respetado la autoridad del presidente.» [714]
La insubordinación de MacArthur en la guerra de
Corea se transformó en megalomanía y temeridad, de tal manera que muchos
llegaron a tener la sensación de que podía provocar un conflicto generalizado
en el Lejano Oriente, que a su vez podría terminar convirtiéndose en una
conflagración global. Prueba de ello es que cuando la noticia de su destitución
llegó al Parlamento británico fue saludada con vítores a ambos lados de la
Cámara. [715]
Pero la alegría duró poco. El conflicto coreano era
el punto crítico, pero el mundo entero corría peligro.
Y Truman así lo creía. A finales de enero de 1952,
preocupado por las informaciones que decían que los chinos tenían planeada una
nueva ofensiva en Corea en un momento en que avanzaban a buen paso las
conversaciones de paz de Panmunjom, justo al norte de la frontera de
facto entre las dos Coreas, el presidente consignó en su diario que
había llegado la hora de apuntar a la raíz de las agresiones comunistas y dejar
de destinar sangre y recursos a combatir sus síntomas, como hacemos en Corea
... Tengo la impresión de que en estos momentos lo más apropiado sería un
ultimátum a Moscú diciendo que, si en el plazo de diez días no atienden
nuestras peticiones, organizaremos un bloqueo de la costa de China desde la
frontera de Corea hasta Indochina, bases de submarinos incluidas ... y que si
se producen nuevas injerencias, eliminaremos los puertos o ciudades que sea
necesario para cumplir con nuestros propósitos de paz ... No fuimos nosotros
quienes empezamos el episodio de Corea, pero seremos nosotros los que le pongamos
fin por el bien del pueblo coreano, por la autoridad de las Naciones Unidas y
por la paz del mundo ... Eso significa la guerra total. Significa que Moscú,
San Petersburgo, Mukden, Vladivostok, Pekín, Shanghái, Port Arthur,
Dairen[Dalián], Odesa, Stalingrado y todas las fábricas de China y la Unión
Soviética serán eliminadas. Es la última oportunidad que tiene el gobierno
soviético de decidir si quiere sobrevivir o no. [716]
Guerra total. Sobrevivir o no. Palabras
apocalípticas. Generalmente, los historiadores citan esta entrada del diario de
Truman como ejemplo de la costumbre del presidente de desahogarse en privado.
Admiten que se expresa con extrema agresividad, pero defienden que nunca habría
hecho lo mismo en público, y que luego tampoco actuó nunca llevado por esas
ideas. Pero hay otra explicación de que la aterradora pesadilla descrita en el
diario de Truman no se hiciera realidad, y resulta muy apropiada para concluir nuestro
relato.
* * * *
Se puede decir que Niels Bohr fracasó finalmente en
su heroico intento de convencer a los dirigentes mundiales, Roosevelt y
Churchill de que, sobre todo, debían revelar la existencia del programa atómico
a los rusos antes de haber avanzado tanto en la fabricación de la bomba que
cualquier acercamiento podría tomarse como un acto de coerción y no de
colaboración. Los hechos demuestran que en eso tenía razón. Como hoy sabemos,
todos los intentos llevados a cabo después de Hiroshima y en la posguerra por coordinar
un sistema internacional de control armamentístico se frustraron ante el hecho
obvio de que los soviéticos no estaban dispuestos a aceptar ningún acuerdo que
consagrara la ventaja occidental. Algo que también había predicho Bohr.
La gran incógnita del plan de Bohr, como él mismo
preveía, era y siempre ha sido el carácter de Stalin. ¿Habría estado de acuerdo
en un sistema de control inspirado en las ideas de Bohr tras la visita del
físico danés a Churchill en la primavera o el verano de 1944?
Como vimos en el capítulo anterior, Stalin podía
ser cordial, simpático, y al mismo tiempo artero. Fue capaz de seducir y
confundir a Churchill y a Roosevelt. Sabemos que equiparaba las armas atómicas
con la barbarie y que le desconcertaron tanto como a cualquiera. Si le hubieran
puesto al corriente del secreto antes, como Bohr sugería, muy probablemente
habría querido la bomba para Rusia. Pero, como Churchill dijo en más de una
ocasión, en todo lo acordado sobre la dirección de la guerra, siempre cumplió con
su palabra. Stalin era perfectamente capaz de comprender dónde residían los
intereses de Rusia y que el equilibrio del que hablaba Bohr podía ser la base
de la confianza y la paz. No era una conclusión inevitable, como sostenía Bohr,
y desde luego, viendo lo que ocurrió, merecía la pena arriesgarse.
Un acuerdo sobre armas atómicas supondría un avance
real de las relaciones entre las grandes potencias, las convertiría en aliadas
en la posguerra igual que lo fueron durante el conflicto bélico. El comentario
de Eisenhower sobre la gran flota de Gran Bretaña, las inigualables fuerzas
aéreas de Estados Unidos y el inmenso ejército de tierra de Rusia podían
constituir la base de una liga nuclear de naciones que sin duda habría
garantizado una estabilidad duradera.
Durante la segunda guerra mundial, muchas de las
brutalidades del régimen estalinista se desconocían, pero no todas. Los juicios
públicos de antiguos líderes habían llenado muchos titulares en los últimos
años de la década de 1930, pero el período del terror y de las purgas no se
conocía en toda su extensión. La Comisión Dewey, el Comité Norteamericano para
la Defensa de León Trotsky, se fundó tras los primeros juicios públicos de
Moscú en 1936 y había concluido que al menos algunos cargos no podían ser ciertos.
Stalin era una bestia y todos sabían que lo era.
Pero era una bestia racional. Aunque no conozcamos cómo habría respondido a una
propuesta como la sugerida por Bohr, este tenía razón en que merecía la pena
intentarlo.
* * * *
Lo que nos devuelve, por última vez, a Klaus Fuchs
y a Niels Bohr. No hay ninguna duda de que la crisis de Corea fue el primer
conflicto «caliente» importante de la era atómica y dio la medida del
catastrófico abismo en que se habían sumido las relaciones entre los antiguos
aliados. Pero, como tantas veces en nuestro relato, es la relación de fechas,
el momento en que se produjeron los acontecimientos, lo que aquí más nos
interesa.
El presidente Truman se sumaba al clima imperante
entre sus generales —Omar Bradley era uno de ellos— y le dominaba, como hemos
visto, un ánimo beligerante. Y, sin embargo, no habiendo sacado provecho de los
cuatro años de monopolio atómico, en lo que concernía a China y Corea prefirió
no tomar el camino de la guerra nuclear. A pesar de la belicosa entrada de su
diario en que decía que había llegado la hora de borrar del mapa a las
sociedades comunistas, prefirió no recurrir a las armas atómicas. El análisis
de Mark Tratchenberg nos explica por qué. En los meses previos, los rusos
habían detonado su primera bomba atómica, de modo que una intervención nuclear
corría el riesgo de provocar la represalia de los rusos, que habían firmado un
tratado de ayuda con China, su vecino comunista. Entre la prueba Trinity de
Alamogordo y la bomba de plutonio de Nagasaki habían pasado veinticuatro días.
En los dos años transcurridos desde su primera prueba nuclear, Rusia había
tenido tiempo de sobra de fabricar varias bombas atómicas. (Hoy sabemos que
contaba con nueve.) El gobierno Truman veía con inquietud el empleo de bombas
nucleares. Para muchos de sus miembros la guerra nuclear era una guerra
«equivocada» y les preocupaban las repercusiones en Europa si lanzaban bombas
atómicas en Corea y no conseguían su objetivo. Pero, además, Truman, muy
realista, había llegado a la conclusión de que un conflicto nuclear sería una
catástrofe. «Hoy, la guerra ... no solo podría cavar la tumba de nuestros
adversarios estalinistas, sino de nuestra propia sociedad, de nuestro mundo y
no solo del suyo. Una guerra así es inconcebible para un hombre
racional.» [717]
Sobre esta base, la labor como espía de Klaus Fuchs
cobra gran importancia. Si como algunos calculan y parece razonable, lo que él
y otros hicieron —la filtración de buen número de secretos atómicos a lo largo
de mucho tiempo— sirvió para que el programa atómico soviético se adelantara al
menos dos años, es fácil deducir que sus acciones ayudaron a evitar el
estallido de una guerra nuclear cuando se produjo la escalada del conflicto de
Corea. Si Rusia no hubiera detonado su primera bomba atómica en el momento en
que lo hizo, cuando Truman escribió la belicosa entrada de su diario y sin el
peligro de un contraataque soviético con armas atómicas, la evaluación de
riesgos de los políticos y generales norteamericanos habría sido muy distinta
de la que fue, y, de haberlo sido, el gobierno podría haber decidido aprovechar
la ventaja que de momento le concedía el monopolio nuclear. Y eso, sin duda,
habría provocado la invasión de Europa occidental —cuando menos—, donde las
fuerzas soviéticas superaban ampliamente a las de sus oponentes. ¿Habría
Estados Unidos empleado bombas nucleares contra las tropas soviéticas situadas,
por ejemplo, en Alemania? Y a continuación, ¿qué habría ocurrido?
Resultó que la ventaja temporal que la labor
secreta de Fuchs concedió a los rusos —mayor que la que les dio ningún otro
espía— significó que, llegada la guerra de Corea, ya dispusieran de la bomba,
una circunstancia que, como Mark Tratchtenberg ha demostrado, atenuó la
reacción de Washington y propició la suerte de equilibrio de fuerzas alcanzado
en 1952. Como dice Michael Gordin: «En 1950, la situación en Europa se había
estancado y el continente era un paisaje congelado por el terror». Y así
seguiría, con mayor o menor estabilidad, hasta la caída del Muro de Berlín en
noviembre de 1989.
Nunca sabremos si la guerra de Corea se habría
convertido en un conflicto nuclear en el caso de que los rusos no hubieran
tenido la bomba, pero es de suponer que habría estado a punto. Truman ya había
firmado la orden.
Pero esta crónica de ironías y coincidencias no
podía terminar sin una observación incómoda. A lo largo de nuestro relato,
Niels Bohr actuó como un miembro honrado, íntegro y de amplias miras de la
comunidad internacional, y no consiguió lo que quería. Klaus Fuchs, en cambio,
conjuró desde las sombras, traicionó a sus compañeros y al pueblo que le había
acogido cuando los nazis le atemorizaron y obligaron a abandonar su patria,
abusó gravemente de la confianza de sus superiores y traspasó los límites de la
decencia. Pero sus delitos y traiciones, sus arteros engaños, su deslealtad y
taimada astucia llevaron al mundo a un paisaje congelado por el terror y, de
ese modo, nos salvó a todos del desastre.
Agradecimientos
Debo dar las gracias a los empleados de los
siguientes archivos y bibliotecas, que me ayudaron durante el proceso de
documentación de este libro: Churchill College de Cambridge, los papeles de
James Chadwick (que en las notas aparecen con las siglas CHAD), Lise Meitner
(MTNR), John Cockcroft (CKFT), R. V. Jones (RVJO); los Archivos Nacionales del
Reino Unido en Kew, Londres; Cabinet Papers (CAB); Prime Minister’s Office
(PREM); Foreign Office, que aparece como FO 188/493 (espionaje), FO 942/169
(inteligencia sobre tecnología), FO 371/33069 (Suecia), FO 188/650 (Noruega),
FO 188/651 (Dinamarca); el Archivo de la Royal Society, Londres, los papeles de
Francis Simon (FS) y las cartas de Paul Rosbaud (PR); el Archivo de Niels Bohr
en Copenhague; los documentos del general Leslie Groves en los Archivos
Nacionales de Estados Unidos, Archive II, College Park, Maryland; los Samuel A.
Goudsmit Papers: 1921-1979, serie IV, Misión Alsos, Biblioteca Digital para
Temas Nucleares, Atomic Heritage Foundation, Washington. Los documentos de
Samuel Goudsmit también se encuentran en los Archivos Nacionales de Estados
Unidos, Archive II, College Park, Maryland. Algunos de esos documentos siguen
clasificados, y algunos importantes se han traspapelado o están mal
referenciados y ni siquiera los empleados de los archivos son capaces de
encontrarlos (véase la nota 5 del capítulo 15).
Harry Gold fue interrogado en la cárcel de
Holmesburg en junio de 1950. Los interrogatorios se pueden consultar en los
discos de Soundscriber del Departamento de Colecciones Especiales de la
Biblioteca Paley, Universidad de Temple, Filadelfia. Se elaboró un informe
especial sobre su labor como agente soviético en octubre de 1950, y, además de
en otros lugares, se puede encontrar en la Biblioteca Diamond de Derecho,
Universidad de Columbia, Nueva York. En 1956, un subcomité del Congreso encargó
un informe titulado «Scope of Soviet Activity in the United States», que
aportaba material sobre Harry Gold. El subcomité fue creado para investigar la
aplicación de la Ley de Seguridad Interna y dio cuentas en la segunda sesión
del 84.º Congreso en abril del mismo año. En mayo de 1950 en Nueva York, el
agente especial Joseph C. Walsh elaboró un informe sobre Harry Gold que se
encuentra en los Archivos Nacionales de Washington. El agente especial Robert
Jensen redactó un segundo informe con la misma fecha.
Harry Gold es el tema de un Archivo de Delincuentes
Famosos de los Registros Carcelarios del FBI de los Archivos Nacionales de
Estados Unidos, 11 College Park, Maryland.
«United States v. Harry Gold, 1950» se halla en los
Archivos Nacionales de Filadelfia.
El archivo del FBI sobre Klaus Fuchs ha sido
publicado, en 111 volúmenes y más de cincuenta mil páginas, y se puede
consultar online . Incluye las declaraciones de Fuchs ante los
agentes Hugh Clegg y Robert Lamphere en la cárcel de Wormwood Scrubs de Londres
en mayo de 1950. Los Lamphere Papers se encuentran en la
biblioteca de la Universidad de Georgetown.
Los Archivos del Servicio de Seguridad Británico
sobre Klaus Fuchs se hallan en la serie KV 2, secciones 1.245-1.270.
KV 6/41–45 contiene material sobre Ursula Beurton
(«Sonia»).
Los antiguos Archivos de Energía Atómica del Reino
Unido de la serie AB 1 guardan correspondencia entre Rudolf Peierls, Fuchs,
James Chadwick y otros. Las series AB 3 y AB 6 conservan carpetas del
Directorio de «Tube Alloys», con correspondencia entre Peierls y Fuchs.
El BStU de Berlín, el archivo de la Stasi, contiene
documentos sobre las misiones de vigilancia de que fue objeto Klaus Fuchs.
Para el material referente a Rusia, los Documentos
de Vassiliev, el llamado «Cuaderno Negro» y el archivo n.º 40.159 del KGB se
pueden consultar en el Departamento de Manuscritos de la Biblioteca del
Congreso. El último se divide en ocho libros y ha sido traducido al inglés.
También me gustaría dar las gracias a los
bibliotecarios y demás personal de la Biblioteca de Londres.
Varias personas me han ayudado a lo largo de mis
investigaciones, bien proporcionándome información especializada, bien con
orientación, consejos, hospitalidad o traducciones. Son Konstantin Akinsha,
Rupert Allason (Nigel West), Robert Arnold, John Bachofen, Melissa Bond, Derek
Boorman, Tom Bower, Sophie Bridges, Frank Close, Neil Cobbett, Dale Coudert, Hu
Cui’e, Michael Dean, Megan Dwyre, Richard Ellis, Edward Elson, Michael
Goedhuis, Peter Goss, Charles de Groot, Gaby Hahn, Eva Hajdu, Rupert Hambro, Rebecca
Hart, David Henn, Charles Hill, Mark Hollingsworth, Hans Jackson, Phillip
Knightley, Elisabeth Kondal, Halina Koscia, Gregorii Koslov, Constance
Lowenthal, Iain MacGregor, Douglas Matthews, Kristina von Meyerfeld, Brian
Moynahan, Andrew Nurnberg, Kathrine Palmer, Michele Palmer, Nicholas Pearson,
Sabine Pfannenstiel, Richard Pfennig, Werner Pfennig, Michael Pochna, Alex
Podell, Clive Priddle, Irina Roberts, Gerard Le Roux, Edwina Sandys, Julia
Schmidt, Frank Settle, Kaiya Shang, Robin Straus, Igor Torbakov, William Veres,
Ed Victor, Jeremy Wiesen, David Wilkinson y Veronique Zimmerman.
Todos los errores, omisiones o solecismos que
pudieran quedar en el texto son responsabilidad exclusiva del autor.
Láminas
American Institute of Physics. Rudolf Peierls (primera fila, a la izquierda)
en Leipzig en 1931 con Werner Heisenberg (a su izquierda). Detrás de ellos
están George Placzek (segundo por la izquierda) y Victor Weisskopf (segundo por
la derecha).
Science Photo Library / AGE. El físico nuclear ruso, y futuro premio Nobel,
Piotr Kapitsa (a la derecha) en Cambridge. Aquí aparece vestido de etiqueta el
día en que fue padrino de boda de James Chadwick (los sombreros de copa son
alquilados). Kapitsa pertenecía al Trinity College y era miembro de la Royal
Society. En 1934 tenía intención de volver a Gran Bretaña desde Rusia, pero el
gobierno soviético se lo prohibió.
Getty Images. Werner Heisenberg. En 1932, a los treinta y un años, ganó el
premio Nobel de Física. Era uno de los científicos más brillantes y
carismáticos del mundo y fue uno de los fundadores de la física moderna. Su
figura resulta muy controvertida y aún no está claro si durante la guerra
trabajó en la fabricación de una bomba atómica para el régimen nazi o hizo
cuanto pudo para engañar a Hitler acerca de las posibilidades de que Alemania
se hiciera con el arma nuclear antes del fin de la contienda.
Getty Images. Bruselas, 1933. La VII conferencia Solvay sobre física atómica
estuvo dedicada al núcleo del átomo. Adviértase que en primera fila hay tres
mujeres: Irène Joliot-Curie, segunda por la izquierda; Marie Curie, quinta por
la izquierda; y Lise Meitner, casi en el extremo, al lado de James Chadwick. A
la izquierda de Irène Joliot-Curie está Niels Bohr, y junto a este, Abram
Ioffe. De pie: Frédéric Joliot-Curie, tercero por la izquierda; Werner
Heisenberg, cuarto; Enrico Fermi, séptimo, y Peter Debye, décimo. Al lado de
Debye está Nevill Mott, profesor de Klaus Fuchs en Bristol, y el tercero a la
izquierda de Mott es Walther Bothe. A la derecha de Bothe está Patrick
Blackett. John Cockcroft es el sexto por la derecha y Rudolf Peierls, el
cuarto.
Getty Images. Niels Bohr. Winston Churchill le tenía por un espía soviético
que quería inmiscuirse en política. Además de uno de los dos físicos más
importantes de todos los tiempos, Bohr fue, probablemente, el pensador de más
calado en cuanto a estrategia atómica se refiere.
Getty Images. Enrico Fermi, el «Papa» de la física nuclear. Huyó de la
Italia fascista en 1938 tras viajar a Noruega junto a su mujer para recoger el
premio Nobel.
Getty Images. Piotr Kapitsa en Moscú después de que le negaran el permiso
para volver a Gran Bretaña. Trasladaron su laboratorio de Cambridge a Moscú y
«lo cerraron a cal y canto». Intentó avisar a británicos y norteamericanos de
que Rusia estaba al corriente de que Occidente estaba desarrollando el arma
atómica en secreto.
Getty Images. Otto Hahn y Lise Meitner en el instituto fundado con su nombre
en 1959. La fuga de Meitner de la Alemania nazi fue más azarosa que la de
cualquiera de sus colegas. En Suecia, en su exilio, Lise comprendió que Hahn
había descubierto la fisión nuclear y que, por tanto, la posibilidad de
fabricar una bomba atómica estaba mucho más cerca.
Bridgeman art Library / AGE. Paul Rosbaud. Su extraordinaria anglofilia se
originó en el trato recibido de los soldados británicos al final de la primera
guerra mundial, cuando fue prisionero de guerra. Fue el principal espía del
bando británico en las cuestiones atómicas y el primero en revelar que Alemania
no disponía de la bomba.
Getty Images. Irène y Frédéric Joliot-Curie en el Laboratoire de Chemie
Nucléaire de París. Su insistencia en publicar sus investigaciones en fisión
nuclear en abril de 1939 puso sobre aviso a alemanes, rusos y británicos: la
fabricación de armas nucleares era factible. Muchos físicos emigrados que
deseaban que las investigaciones se mantuvieran en secreto recibieron la
noticia con consternación.
Alamy / ACI. James Chadwick (a la izquierda) con el general Leslie Groves,
oficial al mando del Proyecto Manhattan. Groves «habría ganado casi cualquier
concurso de impopularidad» y era tan anglófobo como Paul Rosbaud anglófilo. Sin
embargo, Chadwick, el físico británico de mayor jerarquía del Proyecto
Manhattan, era uno de los pocos científicos a quienes el general respetaba.
Getty Images. Arthur Compton, de la Universidad de Chicago. Aunque era una
de las figuras más importantes del programa atómico norteamericano, el general
Groves no le puso al corriente de que los alemanes no hacían ningún progreso,
de manera que, como otros muchos, se preocupó sin necesidad.
Getty Images. Cuando estalló la guerra, el físico holandés Peter Debye, que
también fue galardonado con el Nobel, era director del Instituto Káiser
Guillermo de Berlín. Prefirió abandonar Alemania antes que dimitir o adoptar la
nacionalidad alemana y emigró a Estados Unidos, donde dio clases. Informó a las
autoridades norteamericanas de que los nazis no disponían de la bomba y que los
físicos alemanes solo aprovechaban el proyecto atómico para librarse del
servicio militar. Nadie le creyó.
Getty Images. Hans A. Bethe dejó Alemania en 1933 y se estableció en
Inglaterra, donde tuvo como subordinado a Rudolf Peierls. En 1935 se trasladó a
Estados Unidos. Bethe se convirtió en director del departamento teórico de Los
Álamos y fue uno de los que recomendaron el asesinato de Werner Heisenberg.
Recordaba que, cuando llegó a Los Álamos, Niels Bohr llevaba un dibujo (que
luego se extravió) de un reactor nuclear alemán datado en 1943 o 1944.
Getty Images. Hans D. Jensen, especialista en agua pesada de la Universidad
de Hamburgo. Asistió a la decisiva reunión en que Albert Speer canceló
definitivamente el programa atómico alemán y fue a ver a Bohr para decirle que
Alemania ya no representaba ninguna amenaza. También informó a la resistencia
noruega.
Getty Images. J. Robert Oppenheimer y el general Leslie Groves en el lugar
del desierto de Alamogordo donde se realizó la prueba «Trinity» en julio de
1945. El sombrero de ala flexible «empapado de sudor» de Oppenheimer se
convirtió en una de las imágenes icónicas de Los Álamos.
Getty Images. Klaus Fuchs, brillante físico y matemático, y comunista
comprometido muy influido por las ideas del francés Henri Barbusse. «Su mayor
logro fue aprender a vivir sin los demás en lugar de con ellos.» Contó a su
contacto ruso que «evitaba enamorarse perdidamente». Los secretos nucleares que
a traición reveló a Rusia adelantaron un par de años el programa atómico
soviético.
Getty Images. Un eslabón perdido: Louise Bransten, mujer de sociedad muy
rica próxima a ciertos agentes rusos de San Francisco. El FBI no llegó a
investigar sus lazos con Elizabeth Bentley, espía soviética con una extensa red
de contactos. Uno de ellos habría llevado a Harry Gold y a Fuchs.
Alamy / ACI. Harry Gold detenido por espionaje. Sentía gran respeto por
Fuchs. Compartían el amor por la música, la afición al ajedrez y una vida
solitaria y clandestina.
Alamy / ACI. Los Álamos desde el aire. Santa Fe, a unos treinta kilómetros,
era el lugar civilizado más cercano. Entre sus lugareños corrían variopintos
rumores: en la base secreta estaban fabricando naves espaciales, veneno o
whisky. El general Groves ordenó difundir la historia de que en realidad se
estaba construyendo un nuevo cohete.
Alamy / ACI. Algunos físicos británicos que en 1946 recibieron del gobierno
norteamericano la medalla a la Libertad por su participación en el Proyecto
Manhattan. De izquierda a derecha: William Penney, Otto Frisch, Rudolf Peierls
y John Cockcroft.
Getty Images. Las ruinas de Hiroshima. Los científicos que desarrollaban la
bomba no llegaron a saber que el objetivo había cambiado: ya no sería Alemania,
sino Japón. Las autoridades no les comunicaron el cambio. Temían que entre
ellos cundiera la desmotivación, que, quizá, se negaran a continuar trabajando.
Notas al oie de página:
[1] Helge Kragh, Quantum Generations: A History of Physics in the
Twentieth Century, Princeton y Oxford, Princeton University Press, 1999, pp.
174 y ss.[Hay trad. cast.: Generaciones cuánticas. Una historia de la física en
el siglo XX, Akal, Tres Cantos, 2007.]
[2] Véase la carta de Werner Heisenberg a su mujer, 9 de enero de
1946, en Werner and Elisabeth Heisenberg, My Dear Li, Correspondence 1937-1946,
Anna Maria Hirsch-Heisenberg (ed.), traducción al inglés de Irene Heisenberg,
Yale University Press, New Haven y Londres, 2016, p. 277.
[3] Gar Alperovitz, The Decision to Use the Atomic Bomb, Vintage,
Nueva York, 1996, p. 129.
[4] Alperovitz, ibid. , p. 3; véase también Michael D. Gordin, Five
Days in August: How World War 2 Became a Nuclear War, Princeton University
Press, Princeton y Oxford, 2007, p. 7.
[5] Alperovitz, op. cit. , p. 331.
[6] Ibid. , p. 4. Estas conclusiones tienen sus críticos. Véase Barton
J. Bernstein, «A Post-war Myth: 500.000 us lives saved», Bulletin of the Atomic
Scientists, vol. 42, 1986, n.º 6, pp. 38-40; publicado en Internet el 15 de
septiembre de 2015.
[7] Alperovitz, op. cit. , pp. 6, 147.
[8] Para una reacción distinta, véase Gordin, op. cit. , p. 118.
[9] Ibid. , p. 35. Gordin ha demostrado también que, contrariamente a
lo que dice el «mito» de la versión ortodoxa de esta historia, las personas
involucradas en la fabricación y lanzamiento de las bombas de Hiroshima y
Nagasaki no esperaban que Japón se viniera abajo tan pronto. Para muchos de
ellos, las bombas nucleares no tenían nada de «especial». Creían, además, que
harían falta más de dos, y que la guerra no terminaría hasta transcurridos
varios meses.
[10] Alperovitz, op. cit. , p. 12.
[11] New Scientist, 20 de mayo de 2017, pp. 20-22.
[12] Otto Frisch, What Little I Remember, Cambridge University Press,
Cambridge, 1980, p. 147.[Hay trad. cast.: De la fisión del átomo a la bomba de
hidrógeno: recuerdos de un físico nuclear, Alianza Editorial, Madrid, 1982.]
[13] The Times (Londres), 7 de diciembre de 1943, p. 4.
[14] Frisch, op. cit. , p. 148.
[15] Rudolf Peierls, Bird of Passage: Recollections of a Physicist,
Princeton University Press, Princeton, 1985, p. 183.
[16] Robert S. Norris, Racing for the Bomb: The True Story of General
Leslie R. Groves, the Man Behind the Birth of the Atomic Age, Skyhorse, Nueva
York, 2002, pp. 528-529.
[17] Peierls, op. cit. , pp. 184-185.
[18] De Klaus Fuchs se han escrito tres biografías: Norman Moss, Klaus
Fuchs: The Man Who Stole the Atom Bomb, Grafton, Londres, 1987; Robert Chadwell
Williams, Klaus Fuchs: Atom Spy, Harvard University Press, Cambridge, 1987[Hay
trad. cast.: Klaus Fuchs, el espía atómico, Labor, Barcelona, 1990]; Mike
Rossiter, The Spy Who Changed the World, Headline, Londres, 2014.
[19] Peierls, op. cit. , p. 186.
[20] Frisch, op. cit. , p. 76.
[21] Peierls, op. cit. , p. 188.
[22] Abraham Pais, Niels Bohr’s Times: In Physics, Philosophy and
Polity, Oxford University Press, Oxford, 2007, p. 496.
[23] Thomas Powers, Heisenberg’s War: The Secret History of the German
Atomic Bomb, Da Capo Press, Nueva York, 2000, p. 229; Pais, op. cit. , p. 491.
[24] Norris, op. cit. , p. 251.
[25] Ruth Moore, Niels Bohr: The Man, His Science, and the World They
Changed, MIT Press, Cambridge, 1985, p. 324.
[26] Véase, por ejemplo, Kragh, op. cit. , p. 230.
[27] Richard Rhodes, The Making of the Atomic Bomb, Penguin, Londres y
Nueva York, 1986, p. 14.
[28] Ibid. , pp. 209-213.
[29] Ibid.
[30] Ibid.
[31] Ibid., p. 217.
[32] Ibid., pp. 218-220.
[33] Los neutrones más rápidos van a una velocidad de 20.000 km/s,
mientras que los más lentos van a 2,2 km/s, más o menos, la velocidad de una
bala.
[34] Ruth Sime, Lise Meitner: A Life in Physics, University of
California Press, Los Ángeles y Berkeley, 1997. p. 5.
[35] Ibid. , p. 10.
[36] Frisch, op. cit. , p. 3.
[37] Sime, op. cit. , pp. 144-145.
[38] Ibid. , p. 186.
[39] Ibid. , p. 195; Paul Lawrence Rose, Heisenberg and the Nazi Atomic
Bomb Project: A Study in German Culture, Berkeley, Los Ángeles y Londres, 1998,
p. 159.
[40] Sime, op. cit. , p. 191.
[41] Ibid. , p. 195.
[42] Ibid. , p. 197
[43] Ibid. , p. 199.
[44] Ibid. , p. 201.
[45] Rose, op. cit. , p. 41; Sime, op. cit. , p. 204.
[46] Sime, ibid.
[47] Ibid. , p. 205.
[48] Ibid. , p. 207.
[49] Ibid. , p. 255.
[50] Per F. Dahl, Heavy Water and the Wartime Race for Nuclear Energy,
Institute of Physics Publishing, Bristol y Filadelfia, 1999, p. 76.
[51] Frisch, op. cit. , pp. 51-52.
[52] Ibid.
[53] Sime, op. cit. , pp. 236-247.
[54] En 1987, Arnold Kramish, físico que trabajó en el Proyecto
Manhattan en Los Álamos y otros lugares y tomó parte en el interrogatorio de
David Greenglass (el espía neoyorquino que fue descubierto en 1950 y acusó al
matrimonio Rosenberg), publicó una biografía de Paul Rosbaud, aunque algo
incompleta y apenas documentada. Mucho después de la invención de la bomba
atómica, Kramish se convirtió en un experto en la proliferación de armas
nucleares. Arnold Kramish, The Griffin: The Greatest Untold Espionage Story of
World War II, Houghton Mifflin, Boston, 1986, pp. 6-8. Véase también Paul
Lawrence Rose, op. cit. , p. 62.
[55] Kramish, op. cit. , p. 12
[56] Ibid. , p. 17.
[57] Sime, op. cit. , pp. 148-156. National Archives, Samuel A.
Goudsmit Papers, caja 28, carpeta 23.
[58] Archivo sobre Goudsmit, caja 28, carpeta 42. Rose, op. cit. , p.
26; Gerard DeGroot, The Bomb: A Life , Harvard University Press, Cambridge,
2006, pp. 15 y 51.
[59] Kramish, op. cit. , p. 220.
[60] Moore, op. cit. , p. 226.
[61] Ibid., p. 246.
[62] Rhodes, op. cit ., pp. 246-247; Spencer Weart, «Scientists with a
secret», Physics Today , febrero de 1976, p. 23.
[63] William Lanouette y Bela Silard, Genius in the Shadows: A
Biography of Leo Szilard, the Man Behind the Bomb , Skyhorse, Nueva York, 2013,
p. 192.
[64] Ibid.
[65] Rhodes, op. cit ., p. 280.
[66] Weart, op. cit ., p. 24. Siempre consciente de que la prioridad
era fundamental en ideas y patentes, Szilárd ideó su propio método de
certificación: ponía los detalles por escrito, fechaba el documento y se lo
enviaba a sí mismo por correo en un sobre debidamente franqueado. Lanouette y
Szilárd, op. cit ., p. 186
[67] Ibid., p. 187.
[68] Weart, op. cit ., p. 25.
[69] Ibid., p. 28.
[70] Rhodes, op. cit ., p. 294.
[71] Weart, op. cit ., p. 28. NA GR 77, caja 64.
[72] Lanouette, op. cit ., p. 180.
[73] Weart, op. cit ., p. 29.
[74] Spencer Weart, «Secrecy, simultaneous discovery, and the theory of
nuclear reactors», American Journal of Physics , vol. 45, n.º 11, noviembre de
1977, pp. 1049-1060. Samuel Goudsmit, Alsos: The Failure of German Science ,
Sigma, Londres, 1947, p. 164
[75] Weart, «Scientists with a secret», p. 28. NA RG 77, caja 64.
[76] David Irving, The Virus House , Kimber, Londres, 1967, p. 34.
[77] Rose, op. cit ., p. 43.
[78] Ibid., p. 95.
[79] Ibid., p. 96.
[80] Ibid., pp. 95-96.
[81] Weart, «Scientists with a secret», p. 29; Kramish, op. cit ., pp.
52 y 54; Mark Walker, German National Socialism and the Quest for Nuclear
Power, 1939-1949 , Cambridge University Press, Cambridge, 1989, pp. 16, 66, 74;
Samuel A. Goudsmit Papers, caja 28, carpeta 42.
[82] Weart, «Secrecy, Simultaneous Discovery, and the Theory of Nuclear
Reactors», pp. 1049-1060.
[83] Kramish, op. cit ., p. 54.
[84] Rose, op. cit ., p. 189.
[85] Thomas Powers, op. cit ., p. 67.
[86] Rose, op. cit ., p. 95.
[87] Rose, op. cit ., p. 134, n. 8.
[88] Kramish, op. cit ., p. 53.
[89] Goudsmit Papers, caja 28, carpeta 42.
[90] Jeffrey Richelson, Spying on the Bomb: American Nuclear
Intelligence from Nazi Germany to Iran and North Korea , W. W. Norton, Nueva
York, 2007, p. 22.
[91] Kramish, op. cit ., p. 54.
[92] Richelson, op. cit ., p. 23.
[93] Rose, op. cit ., p. 189; Powers, op. cit ., p. 67; Goudsmit
Papers, caja 28, archivo 42.
[94] Rhodes, op. cit ., p. 311; Royal Society Archive: Fs/7/4/5.
[95] Rhodes, op. cit ., p. 351; Jeremy Bernstein, Hitler’s Uranium Club
, American Institute of Physics, Woodbury, Nueva York, 1996, p. 127.; véase
también Rose, op. cit ., p. 134, n. 8
[96] Weart, «Scientists with a secret», p. 29.
[97] Rose, op. cit ., p. 133; Andrew Brown, The Neutron and the Bomb: A
Biography of Sir James Chadwick , Oxford University Press, Oxford, 1997, pp.
205-206.
[98] Weart, «Scientists with a secret», p. 30.
[99] Kramish, op. cit ., p. 54.
[100] Graham Farmelo, Churchill’s Bomb: A Hidden History of Britain’s
First Nuclear Weapons Programme , Faber & Faber, Londres, 2014, p. 133.
[101] Royal Society Archive: Fs/7/4/5.
[102] Rhodes, op. cit ., pp. 351 y ss.; Martin Sherwin, A World
Destroyed: The Atom Bomb and the Grand Alliance , Knopf, Nueva York, 1975, p.
35. Los norteamericanos comunicaron a los británicos que les pondrían al
corriente de las novedades que pudieran deparar las investigaciones.
[103] Weart, «Scientists with a secret», p. 29.
[104] Rose, op. cit ., p. 133; Brown, op. cit ., pp. 205-206.
[105] Weart, «Scientists with a secret», p. 30.
[106] Farmelo, op. cit ., p. 133.
[107] Ibid., p. 134.
[108] Dahl, op. cit ., p. 171.
[109] Sherwin, op. cit ., p. 35.
[110] Dahl, op. cit ., p. 172.
[111] . CKFt 6/6/40.
[112] Kramish, op. cit ., p. 81.
[113] Frisch, op. cit ., p. 122.
[114] Peierls, op. cit ., p. 145.
[115] Einstein pensaba que «haría falta un barco de guerra» para
transportar el uranio necesario. Pero en ese caso, ¿cómo sobreviviría la
tripulación?
[116] Rhodes, op. cit ., pp. 321 y 323.
[117] Ibid., pp. 324-345.
[118] Ibid., pp. 330-331.
[119] Farmelo, op. cit ., p. 162. Es de señalar el increíble
nacionalismo del título del libro de Graham Farmelo tantos años después de los
acontecimientos que describe. El título de la publicación en Estados Unidos es
Churchill’s Bomb: How the US Overtook Britain in the First Nuclear Arms Race
(Basic Books, Nueva York, 2013); en Gran Bretaña, Churchill’s Bomb: A Hidden
History of Britain’s First Nuclear Weapons Programme (Faber & Faber,
Londres, 2014).
[120] En Cambridge, y aunque gozaban de los esplendores del King’s
College en tanto que profesores asociados, Hans von Halban y Lew Kowarski
fueron excluidos de las investigaciones del Comité MAUD cuando el agua pesada
dejó de ser necesaria. El objetivo era generar energía nuclear, no fabricar un
arma atómica. Pero la energía nuclear tampoco figuraba entre las prioridades de
la estrategia británica. Peor aún, los británicos consideraron que la resma de
patentes que uno y otro se habían traído de París antes de la llegada de los
alemanes no eran más que un montón de «frivolidades, una pérdida de tiempo».
George P. Thomson las consideraba «una verdadera tontería».
[121] Rhodes, op. cit ., pp. 330-331.
[122] Farmelo, op. cit ., p. 162.
[123] Dahl, op. cit ., p. 116; FO 942/169; FO 371/33069.
[124] Dahl, op. cit ., p. 116.
[125] Ibid., p. 162.
[126] Ibid., p. 167
[127] Ibid., pp. 231-232.
[128] Leslie Groves, Now It Can Be Told: The Story of the Manhattan
Project , Harper and Bros, Nueva York, 1962, p. 146.
[129] Powers, op. cit ., p. 66. Laurence entrevistó a Fermi y a John Ray
Dunning. Después de la guerra, ambos le confesaron que sus preguntas les habían
inquietado. No era momento para confirmar ninguna suposición.
[130] Rose, op. cit ., p. 156.
[131] Powers, op. cit ., p. 22.
[132] Ibid., p. 70.
[133] CKFt 6/6/40.
[134] Ibid.
[135] Ibid.
[136] CKFt 18/24.
[137] CKFt 21/6. Ball, op. cit ., pp. 172-173, para las dudas sobre las
intenciones de Peter Debye
[138] Rudolf Peierls, Atomic Histories , American Institute of Physics
Press, Woodburg, 1997, p. 112.
[139] CKFt 18/24.
[140] CHaD 1/30/3.
[141] CHaD 1/19, carta del 11 de mayo de 1942.
[142] CHaD 1/19/6, 23 de septiembre de 1941.
[143] AB 1/356.
[144] CHaD 1/19/6, 23 de septiembre de 1941.
[145] Dahl, op. cit ., p. 189.
[146] Kramish, op. cit ., p. 64.
[147] Ibid., pp. 66-67.
[148] Ibid., p. 68. Samuel A. Goudsmit Papers , caja 28, carpeta 42.
Otro de los contactos de Rosbaud era Richard Kuhn, del Deutsche Chemische
Gesellschaft, una de las personas que supo por I. G. Farben de la voladura de
Norsk Hydro. FBI Fuchs, carpeta 42. Véase también R. S. Hutton, Recollections
of a Technologist , Sir Isaac Pitman and Sons, Londres, 1964, p. 180.
[149] RVJO B330.
[150] Olipa, Reflections on Intelligence , Heinemann, Londres, 1989, p.
284.
[151] Kramish, op. cit ., p. 126.
[152] Powers, op. cit ., pp. 131-132, 143-149.
[153] Rose, op. cit ., pp. 311-312. V. G., que era como llamaban a
Victor Goldschmidt, siempre llevaba una cápsula de cianuro en el bolsillo «por
si acaso» (igual que Leó Szilárd tenía siempre hechas dos maletas, «por si
acaso»). Véase también Goudsmit Archive, caja 28, carpeta 42.
[154] Kramish, op. cit ., p. 131.
[155] FBI, Fuchs, carpeta 42, p. 5; Rose, op. cit ., pp. 26 y 194.
[156] Paul Rosbaud a Francis Simon, 28 de septiembre de 1947, Royal
Society Archive, Fs 7/2/592/1; Goudsmit Archivo, caja 28, carpeta 42.
[157] Rosbaud/Goudsmit Archivo, caja 28, carpeta 44.
[158] Rosbaud/Goudsmit Archivo, caja 28, carpeta 45.
[159] Ibid., carpeta 42.
[160] Goudsmit File, caja 1 y caja 28, carpeta 44, 10 de enero de 1959;
Rose, op. cit ., p. 308.
[161] CKFt 18/31; Walker, op. cit ., p. 47.
[162] Ibid., p. 48.
[163] Ibid.
[164] Ibid., p. 54.
[165] A causa de las necesidades de la guerra, el número de licenciados
en física se había reducido prácticamente a cero y, según un informe de las SS,
la industria alemana contrataba a estudiantes de física que habían suspendido
exámenes.
[166] Walker, op. cit ., p. 49. El autor añade: «Teniendo en cuenta la
opinión casi universal de que la guerra duraría como mucho dos años, esta
valoración se antoja razonable y justificable». Walker sostiene que el ejército
alemán no actuó en este caso ni fuera de la lógica ni de forma mezquina —por la
escasez de recursos—. La Wehrmacht estaba sin duda interesada en los nuevos
armamentos, pero solo si podían incidir en la guerra. Cuando los militares
comprendieron que la fisión nuclear tardaría en tener consecuencias prácticas,
decidieron redoblar sus esfuerzos en la investigación de los cohetes, que daría
sus frutos.
[167] Ibid., p. 51; NA RG 200 caja 3, carpeta 1; Powers, op. cit ., p.
145.
[168] Ibid., p. 146.
[169] Ibid.
[170] Ibid., p. 148.
[171] Ibid. A Speer le habían dicho —no se sabe quién— que era posible
que una reacción nuclear en cadena pudiera descontrolarse, arrasar el planeta y
convertir la Tierra en una «reluciente estrella». ¿Podía garantizarle
Heisenberg que eso no ocurriría? Heisenberg se negó a dar ninguna garantía.
[172] Powers, op. cit ., p. 148; NA RG 200, Papers of General Groves ,
caja 1, entrada 11.
[173] Ibid., p. 152.
[174] F. H. Hinsley et al ., British Intelligence in the Second World
War: Its Influence on Strategy and Operations , HMSO, Londres, 1979, p. 472.
[175] Powers, op. cit ., p. 154.
[176] Ibid., p. 156.
[177] Ibid., p. 157.
[178] En los archivos de los servicios de inteligencia norteamericanos
aparecía identificado como agente británico. Caja 28, carpeta 44, carta fechada
el 18 de abril de 1950.
[179] Mtnr 2/18-21; Powers, op. cit ., p. 158. Hasta es possible que
Waller se citara con el propio Heisenberg en Alemania, porque ambos habían
estudiado juntos en Copenhague años antes.
[180] Powers, op. cit ., citando una entrevista con Wirtz, 14 de mayo de
1989.
[181] Ibid., p. 518.
[182] Ibid., p. 159.
[183] En una nota breve, Aage, el hijo de Bohr, dijo que la sucesión de
científicos alemanes que visitaron Dinamarca, Suecia y Noruega durante la
guerra daba pie a pensar que los alemanes daban gran importancia a la energía
atómica y que esos científicos intentaban calibrar qué pensaban o sabían Bohr y
los demás. En otras palabras, el mismo dilema que existía con Heisenberg.
[184] Kramish, op. cit ., p. 131. Archivo de Goudsmit, caja 28, carpeta
42.
[185] Powers, op. cit ., p. 161. Quedó claro que Heisenberg empleaba en
sus trabajos algún compuesto de hidrógeno pesado (deuterio), y que había
recibido media tonelada de agua pesada y debía recibir otra tonelada más.
[186] Ibid., p. 162.
[187] Kramish, op. cit ., p. 162.
[188] Powers, op. cit ., p. 162
[189] Kramish, op. cit ., p. 163.
[190] Powers, op. cit ., p. 163.
[191] DeGroot, op. cit ., p. 32; Goudsmit, op. cit ., pp. 7-8.
[192] Kramish, op. cit ., pp. 163-164.
[193] Powers, op. cit ., p. 164.
[194] Ibid., pp. 282-285, para la política.
[195] Ibid., p. 304; MTNR 2/18-21; Goudsmit, op. cit ., p. 105.
[196] Powers, op. cit ., p. 305.
[197] Hinsley et al ., op. cit ., apéndice 19, TA Project: Enemy
Intelligence , pp. 934 y ss.; también en CaB 126/244; MTNR 2/18-21.
[198] Hinsley et al ., op. cit ., p. 585.
[199] Powers, op. cit ., p. 283. Planck también había citado a
Heisenberg cuando este dijo que una máquina de producción de energía con uranio
«podría ser factible» en tres o cuatro años —1946 o 1947—, es decir, mucho
después de las fechas previstas para el fin de la guerra.
[200] Werner y Elisabeth Heisenberg, op. cit ., p. 183.
[201] «New light on Hitler’s Bomb», Physics World , 1 de junio de 2005.
[202] RVJO B323.
[203] RVJO B440; Jones, op. cit ., p. 472; Rose, op. cit ., pp. 168-169.
[204] Hinsley et al., op. cit ., p. 584.
[205] Margaret Gowing, Britain and Atomic Energy, 1939-1945 , St.
Martin’s Press, Nueva York, 1964, p. 368; véase también Christoph Laucht,
Elemental Germans: Klaus Fuchs, Rudolf Peierls and the Making of British
Nuclear Culture, 1939-59 , Palgrave Macmillan, Basingstoke, 2012, p. 10.
[206] Walker, op. cit ., p. 174.
[207] Farmelo, op. cit ., p. 163; y Home Office, archivo F. 962, KV
2/2421. NA.
[208] Richard Rhodes, Dark Sun: The Making of the Hydrogen Bomb , Simon
& Schuster, Londres y Nueva York, 1995, p. 62.
[209] Dahl, op. cit ., p. 183.
[210] Nancy Thorndike Greenspan, The End of a Certain World: The Life
and Science of Max Born, the Nobel Physicist who Ignited the Quantum Revolution
, John Wiley, Chichester, 2005, pp. 238-239.
[211] Dahl, op. cit ., p. 181; CHAD 1, 28/6
[212] Dahl, op. cit ., p. 182.
[213] 2 de agosto de 1941.
[214] Dahl, op. cit ., p. 188.
[215] Ibid., p. 189; Lindemann a Churchill, 27 de agosto de 1941, CAB
126/330 NA.
[216] Rhodes, Atomic Bomb , op. cit ., pp. 357 y ss.
[217] Dahl, op. cit ., p. 191.
[218] Ibid., p. 198.
[219] CHAD 1 19/3.
[220] Dahl, op. cit ., p. 173.
[221] CHAD 1 12/3.
[222] Dahl, op. cit ., p. 369.
[223] Ibid., p. 173.
[224] La importancia que Roosevelt daba a la nota queda subrayada por el
hecho de que insistiera en que le fuera entregada al primer ministro en mano,
por Frederick Hovde, jefe de la delegación del NDRC de Vannevar Bush en
Londres.
[225] Dahl, op. cit ., p. 173.
[226] Ibid., p. 203.
[227] Sherwin, op. cit ., p. 41.
[228] Ibid., p. 39.
[229] Farmelo, op. cit ., p. 224.
[230] J. G. Hershberg, James B. Conant, Stanford University Press,
Stanford, 1993, p. 180.
[231] CHAD IV 12/5.
[232] Farmelo, op. cit ., p. 214.
[233] Gowing, op. cit ., pp. 144-145 y 437-438.
[234] Farmelo, op. cit ., p. 217.
[235] Ibid., p. 223.
[236] Sherwin, op. cit ., p. 80.
[237] Farmelo, op. cit ., p. 226.
[238] Sean Malloy, Atomic Tragedy: Henry L. Stimson and the Decision to
Use the Atomic Bomb Against Japan , Cornell University Press, Ithaca, 2008, p.
45.
[239] Sherwin, op. cit ., p. 81.
[240] Ibid., pp. 74-76.
[241] Malloy, op. cit ., passim .
[242] Farmelo, op. cit ., p. 227.
[243] Ibid., p. 234.
[244] Sherwin, op. cit ., p. 83.
[245] Farmelo, op. cit ., p. 232.
[246] Ibid.
[247] Sherwin, op. cit ., p. 83.
[248] Farmelo, op. cit . p. 240. El acuerdo fue una victoria para
Churchill, una recuperación notable en muchos sentidos. Pero pagó el precio al
renunciar a todo interés por los aspectos comerciales e industriales de la
energía nuclear después de la guerra y dejando que el presidente tuviera la
última palabra.
[249] Sherwin, op. cit ., p. 47.
[250] Gregg Herken, The Brotherhood of the Bomb: The Tangled Lives and
Loyalties of Robert Oppenheimer, Ernest Lawrence and Edward Teller , Henry
Holt, Nueva York, 2002, p. 55.
[251] Gregg Herken, The Brotherhood of the Bomb ..., op. cit ., p. 56.
[252] Ibid.
[253] Ibid., p. 57.
[254] Ibid., p. 71.
[255] Ray Monk, Inside the Centre: The Life of J. Robert Oppenheimer ,
Jonathan Cape, Londres, 2012, p. 335.
[256] Herken, op. cit ., p. 72.
[257] Ibid., p. 94.
[258] Ibid.
[259] Amasó toda una colección de improbables disfraces (con pelucas,
artilugios para alterar la voz, gafas sin graduación) que conservaría toda su
vida.
[260] Monk, op. cit ., p. 343.
[261] Herken, op. cit ., p. 96.
[262] Ibid., p. 97, ref. 91.
[263] Hacia el final del seminario también se debatió la idea de Edward
Teller para una bomba de hidrógeno: una bomba atómica liberaría energía
suficiente para desencadenar una reacción termonuclear semejante a las que se
producen en el Sol y demás estrellas.
[264] John Earl Haynes, Spies: The Rise and Fall of the KGB in America ,
Yale University Press, New Haven y Londres, 2009, p. 42.
[265] Nelson dijo que a él lo había reclutado a finales de 1942 «un
hombre de Moscú». Luego habló con su visitante de varios agentes y de varios
posibles agentes.
[266] Haynes, op. cit . p. 62.
[267] Herken, op. cit ., p. 94.
[268] Herken, op. cit ., p. 102. Véase también: Allen Weinstein y
Alexander Vassiliev, The Haunted Wood: Soviet Espionage in America. The Stalin
Era , Modern Library, Nueva York, 2000, p. 185.
[269] Monk, op. cit ., p. 366.
[270] Herken, op. cit ., p. 106
[271] Ibid., p. 107.
[272] Monk, op. cit ., p. 376.
[273] Casi con toda seguridad, el director del proyecto atómico, «que
tenía una lengua viperina», había engañado ya a varios investigadores: Barton
J. Bernstein, «Reconsidering the “atomic General”: Leslie H. Groves», Journal
of Military History , vol. 67, julio de 2003, p. 897. Los interrogatorios al
director no acabaron ahí. Se producían de vez en cuando.
[274] Herken, op. cit ., p. 114.
[275] Ibid., p. 115; véase también Bernstein, «Reconsidering the “atomic
General”», p. 898.
[276] A principios de 1944 se produjeron otros dos episodios de
importancia. En el primero de ellos, el FBI siguió a Martin Kamen, químico que
pasó de Berkeley a Oak Ridge, hasta Bernstein’s Fish Grotto, en San Francisco,
donde le vieron con Grigori Jeifets y Grigori Kaspárov. En su conversación, que
los agentes solo acertaron a oír a medias, los tres mencionaron los términos
«Lawrence», «radiación» y «los chicos del ejército». Cuando le informaron,
Groves ordenó el despido inmediato de Kamen. En el otro episodio, James Murray,
uno de los hombres de Pash se trasladó a Chicago, donde el FBI y Groves
destaparon una red de espías que transmitía a Moscú datos secretos del Met Lab
(Laboratorio de Metalurgia) a través del consulado soviético en Nueva York.
Herken, op. cit ., p. 124.
[277] Sherwin, op. cit ., p. 255, n. 28. Joseph Albright y Marcia
Kunstel, Bombshell: The Secret Story of America’s Unknown Atomic Spy Conspiracy
, Times Books, Nueva York, 1997, pp. 103-106; RG 200, caja 15, carpeta 3.
[278] Haynes, op. cit ., pp., 61-62.
[279] Ronald W. Clark, The Greatest Power on Earth: The Story of Nuclear
Fission , Sidgwick & Jackson, Londres, 1980, p. 133.
[280] Groves, op. cit ., pp. 11 y 49.
[281] NA RG 200, Papers of General Leslie R. Groves , caja 3.
[282] Groves, op. cit ., p. 187.
[283] Malloy, op. cit ., p. 83. Volveremos a este tema, pero merece la
pena decir desde ya que Groves hizo su comentario exactamente en las mismas
fechas de la reunión, de la que él supo gracias a las escuchas telefónicas, de
Steve Nelson con Lloyd Lehman. De modo que es muy posible que una cosa tuviera
algo que ver con la otra.
[284] Groves, op. cit ., p. 45; NA RG 200, Papers of General Leslie R.
Groves , caja 1.
[285] Groves, op. cit ., p. 48.
[286] Sherwin, op. cit ., p. 56.
[287] Ibid., p. 50.
[288] Ibid., p. 58.
[289] Philip Ball, Serving the Reich: The Struggle for the Soul of
Physics under Hitler , Bodley Head, Londres, 2013, pp. 164, 166.
[290] Ibid., p. 165.
[291] Jurrie Reiding, «Peter Debye: nazi Collaborator or secret
opponent?», Ambix , vol. 57, n.º 3 (2010), pp. 275-300.
[292] Ball, op. cit ., p. 176. Rockefeller Foundation Archives, RF
Officer Diaries, disco 16 (Warren Weaver), memorándum del 6 de febrero de 1940,
pp. 19-20
[293] Groves, op. cit ., p. 199.
[294] Jeffrey Richelson, Spying on the Bomb: American Nuclear
Intelligence from Nazi Germany to Iran and North Korea , W. W. Norton, Nueva
York, 2007, p. 27.
[295] Jeffrey Richelson, Spying on the Bomb ..., op. cit ., p. 27.
[296] Ibid., p. 30.
[297] CHAD IV 3/1.
[298] Ibid.
[299] CHAD IV 11/6.
[300] Haynes, op. cit ., p. 35.
[301] Hinsley et al ., op. cit ., pp. 585-586. Finalmente, en el frente
del espionaje, los norteamericanos recibieron informes de la resistencia belga
según los cuales las instalaciones de la Union Minière en Oolen guardaban
setecientas toneladas de uranato de sodio. «Si era así, desde el punto de vista
del Directorio de «Tube Alloys», se trataba de “la mayor prueba posible” de que
Alemania no llevaba a cabo ningún programa atómico a gran escala».
[302] NA Samuel A. Goudsmit Papers, caja 28, carpeta 42. Véase también:
Groves, op. cit ., p. 217.
[303] Irving, op. cit ., p. 203.
[304] Ibid., p. 44. Furman hacía caso omiso del hecho de no haber
encontrado ninguna planta industrial a gran escala relacionada con la
fabricación de una bomba atómica porque tampoco se habían encontrado fábricas a
gran escala relacionadas con la construcción de las bombas volantes y los
aviones no tripulados, aunque los norteamericanos sabían que existían a ciencia
cierta.
[305] Harold Urey, en una nota secreta adjunta al informe de Cohen,
manifestó cierto escepticismo. No creía que los alemanes hubieran hecho tantos
progresos como creía el joven Cohen.
[306] Richelson, op. cit ., p. 50.
[307] Norris, op. cit ., p. 295.
[308] Ibid., p. 640.
[309] Groves, op. cit ., p. 222. NA Samuel A. Goudsmit Papers, caja 64.
[310] Ibid., p. 336.
[311] Ibid.
[312] Ibid., pp. 194 y 214.
[313] Ibid., pp. 230, 240 y 245.
[314] Gowing, op. cit ., p. 368.
[315] RVJO B 354.
[316] Groves, op. cit ., p. 185.
[317] Hinsley et al ., op. cit ., p. 584.
[318] Ibid., p. 937. El mismo documento, ratificando informaciones
confidenciales recabadas con anterioridad, dice que el doctor Kurt Diebner, «un
nazi muy activo, aunque un físico discreto», había escrito un informe anual
sobre los trabajos en radiactividad artificial pero que estos trabajos no
habían continuado más allá de 1942. Véase también la p. 940
[319] Ibid., p. 941.
[320] Ibid. El informe también advertía de que, llegado el momento, las
misiones de los servicios de inteligencia en el interior de Alemania deberían
ser muy discretas, porque la propia naturaleza de las pesquisas podría revelar
lo que los Aliados hacían —y no hacían— y, por tanto, poner sobre aviso al
enemigo. Tanta cautela quizá no tuviera justificación, porque no cuadra con la
información y las conclusiones de otros documentos y por las diferencias de los
dos aliados occidentales con respecto a la amenaza alemana. Por lo demás, a
partir de entonces, los informes norteamericanos más alarmistas llegaron
después de ese documento.
[321] Aunque el informe añadía que probablemente los trabajos estuvieran
«relacionados con la separación del átomo de Otto Hahn», al principio decía que
el «inventor» de la bomba era un tal Walter Dallenbach, empleado suizo de AEG
cuyo contrato especificaba que debía desarrollar varios ingenios «para los
procesos de energía atómica» y «facilitar su producción comercial lo antes
posible».
El problema de esta versión es que se sostiene en varios hechos improbables.
Dallenbach era suizo y, por tanto, tenía prohibido trabajar en proyectos
armamentísticos (recordemos lo que le pasó al neerlandés Peter Debye, premio
Nobel de Física, que tuvo que dejar la dirección del Instituto Káiser Guillermo
de Física porque no adoptar la nacionalidad alemana). Dallenbach estuvo trabajando
en las aplicaciones comerciales de las ondas electromagnéticas hasta 1942
siempre dentro de AEG, donde ya le habían prohibido trabajar en la producción
de armas. Había sido alumno de Einstein, y Heisenberg recomendó a Speer sus
ideas para construir un ciclotrón. Si en 1943 los alemanes hubieran iniciado,
bajo la dirección de un suizo, la construcción de un ciclotrón, no podrían
haberlo utilizado para fabricar la bomba, ni siquiera para utilizarlo con fines
militares, y, en cualquier caso, todo resultado práctico de entidad quedaba a
dos años vista.
Después de la guerra, el propio Dallenbach afirmó siempre que solo participó en
proyectos de investigación básicos «no relacionados con la guerra». A Rosbaud
no le caía bien, porque le parecía un hombre capaz pero estaba de acuerdo con
los nazis en muchas cosas. Véase Goudsmit Archivo, caja 28, carpeta 42.
También en esta ocasión, que los Aliados no compartieran información
confidencial contribuyó a crear confusión y supuso un gasto inútil de energía.
La calidad de las informaciones secretas que llegaban a los norteamericanos
era, como ha dicho Arnold Kramish, muy inferior a las de los británicos. La
historia de Dallenbach, como la de Houtermans-Dessauer-Szilárd-Conant (véase el
capítulo 9), es confusa, poco satisfactoria y enrevesada. Al parecer, Rosbaud
dio su aprobación a Houtermans durante la guerra, y sentía cierta simpatía por
él, pero tenía la sensación de que luego perdió el rumbo. Véase también Rose,
op. cit ., p. 144.
[322] Groves, op. cit ., pp. 243-244.
[323] Peierls, op. cit ., p. 113.
[324] Richelson, op. cit ., p. 51.
[325] RVJO B354.
[326] Powers, op. cit ., p. 379.
[327] La situación resulta aún más insatisfactoria y extraña por el
hecho de que los norteamericanos pensaran de forma similar en lo que respectaba
a Samuel Goudsmit. El hombre elegido para dirigir al equipo Alsos era un físico
importante muy capaz de juzgar hasta dónde llegaba el avance del programa
atómico alemán (y buen amigo de Heisenberg, con quien había estado en 1939),
pero no formaba parte del Proyecto Manhattan y no estaba informado de sus
secretos más relevantes. Se trataba de una medida de seguridad muy sensata,
pero aunque hubiera sido él quien la había ideado, parece que Groves no creía
que, de estar en su posición, los alemanes podían hacer lo mismo.
[328] Bernstein, «Reconsidering the “atomic General”», p. 895.
[329] Norris, op. cit ., pp. 316-317.
[330] CHAD IV 3/1.
[331] Groves, op. cit ., pp. 407-408.
[332] Laucht, op. cit ., p. 79. Albright et al ., op. cit ., p. 185.
[333] CHAD IV 3/1; Bernstein, «Reconsidering the “atomic General”», p.
900.
[334] RVJO B 354.
[335] Groves, op. cit ., pp. 197-198.
[336] Bernstein, «Reconsidering the “atomic General”», p. 887.
[337] Norris, op. cit ., p. 311.
[338] El general George Marshall, jefe del Estado Mayor del Ejército, se
mostró escéptico. Le parecía que dicho comité era prematuro y susceptible de
sufrir filtraciones. Malloy, op. cit ., p. 56.
[339] Microfilm M1109, armario n.º 48, cajón n.º 1, rollo n.º 3. Malloy,
op. cit ., p. 56. Más tarde, Einstein señaló que «no habría movido un dedo» de
haber sabido que los nazis no fabricarían la bomba en el curso de la guerra.
Incluso después de que el programa atómico norteamericano comenzara a tomar
impulso, a personas involucradas en el Proyecto Manhattan les preocupaba que
los Aliados tuvieran que «soportar los primeros golpes punitivos» de bombas
atómicas nazis antes de poder responder adecuadamente.
[340] Malloy, op. cit ., p. 56. Bush a Conant, 18 de enero de 1943.
Archivo Bush-Conant, n.º 18; RG 200, caja 1, entrada 11.
[341] Groves, op. cit ., p. 187; Malloy, op. cit ., p. 57.
[342] Además, los japoneses también contaban con varios (es cierto que
no muchos) científicos nucleares, y los físicos aliados lo sabían. Uno de ellos
era el doctor Yoshio Nishina, fundador en 1931 de los laboratorios de Física y
Química del Instituto Rikken, próximo a Tokio, que había construido varios
ciclotrones (y comprado uno a la Universidad de California) entre 1934 y 1938.
Nishina era buen amigo tanto de Bohr como de Einstein, de hecho, había
estudiado en el instituto que Bohr dirigía en Copenhague. El otro era Bunsaku
Arakatsu, de la Universidad Imperial de Kioto. Arakatsu había trabajado en los
laboratorios Cavendish de Cambridge bajo la dirección de Ernest Rutherford y en
la Universidad de Berlín bajo la dirección de Einstein.
[343] Stimson en particular era consciente de esa circunstancia y se
preguntaba si afectaría a la cooperación una vez terminada la guerra, sobre
todo en asuntos atómicos. Malloy, op. cit ., p. 74.
[344] David Holloway, Stalin and the Bomb: The Soviet Union and Atomic
Energy, 1939-1956 , Yale University Press, New Haven y Londres, 1994, p. 90. RG
200, caja 1, entrada 11.
[345] Malloy, op. cit ., p. 58.
[346] Ibid., p. 60.
[347] Groves, op. cit ., p. 199.
[348] Hinsley et al., op. cit ., p. 586.
[349] Los británicos aceptaban, sin embargo, que era probable que los
alemanes pudieran fabricar productos de fisión mucho antes que una bomba y que,
por tanto, Alemania podría concentrarse en su desarrollo como último recurso en
un intento de evitar su derrota definitiva. Por ese motivo, el Consejo
Consultivo de «Tube Alloys» autorizó los trabajos para fabricar un simple
detector de radiactividad.
[350] Hinsley et al., op cit ., p. 587.
[351] Groves, op. cit ., p. 200.
[352] Richelson, op. cit ., p. 50; Hinsley et al ., op cit., p. 587.
[353] Michael Goodman, The Official History of the Joint Intelligence
Committee , vol. 1: From the Approach of the Second World War to the Suez
Crisis , Routledge, Londres, 2014, pp. 136-137.
[354] Malloy, op. cit ., p. 106.
[355] FO 188/651; FO 371/33069.
[356] Farmelo, op. cit ., p. 247.
[357] Farmelo, op. cit ., p. 248.
[358] Ibid., p. 257.
[359] Moore, op. cit ., p. 315.
[360] Powers, op. cit ., p. 199.
[361] Ibid., p. 200.
[362] Moore, op. cit ., p. 325.
[363] DeGroot, op. cit ., p. 43.
[364] Moore, op. cit ., p. 326.
[365] En el verano de 1942, en la reunión que hemos mencionado en el
capítulo anterior, donde se habló de armas termonucleares —bombas H—, Edward
Teller se preguntó si podrían incendiar la atmósfera terrestre. Por improbable
que eso fuese, «en vista de las consecuencias» pidieron a Hans Bethe que
revisara los cálculos. Mientras lo hacía, Oppenheimer se tomó la molestia de
viajar desde Los Ángeles a Chicago para comentar con Arthur Compton «la
posibilidad de una catástrofe global, que no había que descartar a la ligera
... ¿Existía de verdad alguna posibilidad de que una bomba atómica fuera el
detonante de la explosión del nitrógeno de la atmósfera o del hidrógeno del
océanos? ... ¡Mejor aceptar la esclavitud nazi que arriesgarse a bajar el telón
a la humanidad!». Cuando Oppenheimer volvió a Los Álamos, Bethe había
descubierto «ciertas suposiciones injustificadas» en la argumentación de Teller
y se descartó toda posibilidad de cataclismo generalizado. Monk, op. cit ., p.
320.
[366] Rose, op. cit ., p. 156.
[367] Ibid., pp. 160 y 161, n. 49.
[368] Al parecer, Oppenheimer eligió a Bethe y Teller porque pocos meses
antes le habían escrito para manifestarle su preocupación ante ciertas noticias
de prensa que, al contrario de la del Stockholms Tidningen , sugerían que los
alemanes no tardarían en contar con la bomba.
[369] Más concretamente dijeron que la «pila» propuesta debía de ser de
planchas de uranio sumergidas en agua pesada, y añadieron: «Durante la
explosión, la mayor parte de la energía se liberará en las placas de uranio en
forma de calor ... la multiplicación debería detenerse cuando la pila haya
alcanzado más o menos el doble de tamaño de sus dimensiones lineales iniciales
... eso se traduce en una liberación de energía de alrededor de una cuarta
parte de la que liberaría la misma masa de TNT». Véase, por ejemplo, el
intercambio de cartas entre Bernstein, Thomas Powers y Michael Frayn, en The
New York Review of Books , 25 de mayo de 2000, 15 de octubre de 2000 y 8 de
febrero de 2001.
[370] Rose, op. cit ., p. 163.
[371] Aage, que en 1941 tenía diecinueve años, luego escribió una carta
a Powers: «Desde luego, Heisenberg no dibujó ningún reactor durante su visita
de 1941. No hablaron del funcionamiento de un reactor». Bernstein, Powers et al
., op. cit ., p. 3.
[372] Para el viaje en tren, véase Powers, op. cit ., pp. 247-248.
[373] Bernstein, Powers et al., op. cit ., p. 3.
[374] Ibid.
[375] Ibid. Para el papel de Rosbaud, véase también Rose, op. cit ., p.
159.
[376] Powers, op. cit ., pp. 247-248. Y lo que es más importante,
encontrándose en la Dinamarca ocupada y, por tanto, aislado de otras
investigaciones en curso, Bohr no estaba al corriente de la función del agua
pesada, mientras que tanto los Aliados (rusos incluidos) como los alemanes
sabían que podía aprovecharse en la fabricación de plutonio, un elemento tan
fisionable como el U-235. Bernstein dice que Bohr tenía alguna «noción a medio
camino» de que el agua pesada podía «estallar» mediante una explosión que, a su
vez, interrumpiría la explosión atómica. La bomba atómica sería cien veces más
mortífera que una de TNT, pero también extraordinariamente cara. Pese a todo,
Bohr temía que los alemanes estuvieran haciendo avances en esa dirección.
[377] Ibid. Paul Rose es de otra opinion. Véase Rose, op. cit ., p. 160,
nota 47.
[378] Rose, op. cit ., p. 146. Charles Frank, Operation Epsilon: The
Farm Hall Transcripts , University of California Press, Los Ángeles y Berkeley,
1993, op. cit ., p. 94.
[379] 144.000 patentes y solicitudes de patentes guardadas en el
Reichspatentamt de Berlín, donde los microfilmó la oficina de servicios
técnicos, que posteriormente los transfirió a la Biblioteca del Congreso. Otra
fuente de la Biblioteca del Congreso es una colección de más de 700 archivos
confiscado por la misión Alsos que fueron devueltos a Alemania después de ser
microfilmados. Rose, op. cit ., p. 149.
[380] Rose también encontró alguna correspondencia de la Oficina de
Investigación de Armamento que parecía relacionada con esa solicitud de patente
y en la que H. Basche, el administrador, mandó una nota a Paul Harteck, miembro
importante del Uranverein, que, como hemos visto, había realizado
investigaciones muy relevantes en separación de isótopos y el uso del agua
pesada como moderador. En su nota, Basche pedía información «sobre las personas
de su Instituto que colaboraron en la “pila de uranio” y quienes, por tanto,
deben figurar en la Oficina de Patentes como inventores. El profesor Bothe
sugiere que hay que considerar que la patente es fruto del común esfuerzo de
todos los institutos». El 20 de agosto de 1942, Basche, además, escribió a Otto
Hahn adjuntándole la Patentmeldung «Uranmaschine», que él describía como
importante resultado de un trabajo en equipo. En su respuesta, Hahn pedía que
dieciséis de sus colaboradores compartieran el invento. Rose, op. cit ., p.
148.
[381] Rainer Karlsch, Hitlers Bombe , Deutsche Verlag-Anstalt, GmBH,
Berlín, 2005. Hay un resumen en inglés en Forum , junio de 2005.
[382] Ibid.
[383] Ibid.
[384] nbl.ku.dk. Véase «Release of Documents relating to the 1941
Bohr-Heisenberg Meeting». Documentos que se hicieron públicos el 2 de febrero
de 2002. Véase también Werner Heisenberg, Physics and Beyond , Londres, Allen
& Unwin, 1971, el capítulo 15 para su propio relato (después de la guerra).
[385] Powers, op. cit ., pp. 113-115.
[386] Rose, op. cit ., pp. 280-282.
[387] Monk, op. cit ., p. 298.
[388] Rose, op. cit ., p. 161; RG 200, caja 78.
[389] Brown, op. cit ., p. 253.
[390] Rotblat dejó a su mujer en Polonia, con la idea de que se uniera a
él en Gran Bretaña algo más tarde. No volvió a verla.
[391] J. Rotblat, «Leaving the Bomb Project», Bulletin of the Atomic
Scientists , vol. 41, n.º 7 (1985), pp. 16-19. Véase también el artículo de
Barton Bernstein, que cuestiona la buena memoria de Rotblat: Bernstein,
«Reconsidering the “atomic General”», p. 903.
[392] DeGroot, op. cit ., p. 37; FBI, expediente de Klaus Fuchs,
65-58805, Boston, informe del FBI Bs 65-3319, del 15 de febrero de 1950.
[393] Powers, op. cit ., pp. 256-257.
[394] Groves, op. cit ., p. 194. En su libro sobre Heisenberg, cuando
describe los datos que los británicos dieron a Groves y la reacción de este,
Paul Rose da unas referencias (RG 77, MeD, Foreign Intelligence Unit, entrada
22, caja 170, carpeta 32.69-1, y caja 168, carpeta 202.3-1) que son inexactas.
O bien se trata de un error, o bien los archivos se han perdido. En todo caso,
los empleados de College Park no pudieron encontrar los documentos
[395] DeGroot, op. cit ., p. 69. Para el expediente sobre Rotblat de los
servicios de inteligencia, véase Albright et al., op. cit ., p. 101. Gowing,
op. cit ., p. 368, para la cita de Oppenheimer.
[396] Groves, op. cit ., p. 297
[397] DeGroot, op. cit ., p. 125.
[398] Monk, op. cit ., p. 403.
[399] Richard G. Hewlett y Oscar F. Anderson, The New World 1939/1946:
Volume 1 of a History of the United States Atomic Energy Commission ,
Pennsylvania State University Press, Filadelfia, 1962, p. 253.
[400] Laucht, op. cit ., p. 127.
[401] CHAD IV 3/3.
[402] Farmelo, op. cit ., p. 179; Brown, op. cit ., p. 123.
[403] Groves, op. cit ., p. 265.
[404] DeGroot, op. cit ., p. 28; Sherwin, op. cit ., p. 180.
[405] Y eso que se trata de un libro que equipara en importancia
histórica el descubrimiento de la energía atómica con el descubrimiento de
América: «Es un gran descubrimiento, fundamental, que marca decisivamente la
dirección de la historia».
[406] Holloway, op. cit ., p. 68.
[407] Ibid., p. 11.
[408] Ibid., p. 12.
[409] Ibid., p. 29.
[410] Ibid., p. 35.
[411] Ibid., p. 39.
[412] Ibid., p. 42.
[413] Ibid., pp. 46 y 48.
[414] Ibid., p. 51.
[415] Ibid., p. 55. Brown, op. cit ., pp. 202-203.
[416] Holloway, op. cit ., p. 51.
[417] Ibid., p. 58.
[418] Ibid., pp. 75-76.
[419] David Burke, The Spy Who Came in from the Coop: Melita Norwood and
the Ending of Cold War Espionage , Boydell Press, Woodbridge, 2008; edición
para Kindle: 52%.
[420] Holloway, op. cit ., p. 76.
[421] Adjuntó al texto de la carta un dibujo de una bomba experimental
dividida en dos hemisferios. Uno de ellos sería detonado con explosivos
convencionales para que rápidamente se uniera al otro a fin de lograr una masa
crítica. No podía saberlo, pero se trataba de un mecanismo muy similar al
sugerido por Otto Frisch y Rufolf Peierls. Ibid., p. 77.
[422] G. N. Fliórov, «U semu my moshem pouchit’sia u Kurchatova», en P.
Aleksándrov (ed.), Vospominaniia ob Igore Vasil’eviche Kurchatov , Moscú,
Nauka, 1988, pp. 72 y 81. Citado en Holloway, op. cit ., p. 78.
[423] Holloway, op. cit ., p. 83.
[424] Fuchs rendía cuentas al GRU, Directorio Superior de Inteligencia
del Estado Mayor General, no con el NKVD. Entre ambos organismos la rivalidad
era máxima, de modo que es improbable que el NKVD transmitiera a Moscú la
información que Fuchs le había proporcionado. Para lo referente a «K» y a
«Moor», véase West y Tsarev, op. cit ., pp. 231-236.
[425] Holloway, op. cit ., p. 84.
[426] Ibid. Para el material de Taganrog, véase Nigel West y Oleg
Tsarev, The Crown Jewels: The British Secrets at the Heart of the KGB Archives
, Harper Collins, Londres, 1998, p. 229.
[427] Ibid., p. 85.
[428] Holloway, op. cit ., p. 86.
[429] Ibid., p. 88.
[430] Ibid., p. 90; West y Tsarev, op. cit .
[431] Ibid., p. 91.
[432] Ibid. y cita.
[433] Ibid., p. 93.
[434] Ibid., p. 90.
[435] Ibid., p. 93.
[436] Rhode, Dark Sun , op. cit ., pp. 74 y 77.
[437] Holloway, op. cit ., pp. 94-95. Holloway añade: «El tono de los
memorándums de Kurchátov es revelador. No se jacta de haber obtenido
información que los gobiernos occidentales querían mantener en secreto; tampoco
se lamenta de que la guerra hubiera acelerado las investigaciones en Estados
Unidos y Gran Bretaña y las hubiera retrasado en la Unión Soviética. No intenta
minimizar los logros de los científicos británicos y norteamericanos, ni
magnificar el trabajo de sus colegas. Se trasluce su emoción al conocer lo que
se estaba haciendo en el extranjero, su admiración por la calidad de las
investigaciones».
[438] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 146.
[439] Holloway, op. cit ., p. 101.
[440] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 100.
[441] Holloway, op. cit ., p. 104. En realidad, hoy sabemos que, en
febrero de 1944, los soviéticos organizaron un departamento especial,
independiente del NKGB y del GRU (Directorio Principal de Inteligencia), para
que se ocupara exclusivamente del espionaje atómico. Tenía seis traductores y
personal técnico.
[442] Michael D. Gordin, Red Cloud at Dawn: Truman, Stalin and the End
of the Atomic Monopoly, Picador, Nueva York, 2010, p. 109. Rhodes, Dark Sun ,
op. cit ., p. 121, detalles en la p. 80.
[443] RVJO B323.
[444] Norman Moss, Klaus Fuchs: The Man Who Stole the Atom Bomb ,
Grafton, Londres, 1987, p. 4. Para otras biografías de Fuchs, véase la nota 7
del capítulo 1.
[445] Moss, op. cit ., p. 5
[446] Ibid., p. 5.
[447] Ibid., p. 6.
[448] Ibid.
[449] Laucht, op. cit ., p. 84; Moss, op. cit ., p. 7.
[450] Moss, op. cit ., p. 8.
[451] Ibid., p. 9.
[452] Ibid., p. 10.
[453] Ibid., p. 11.
[454] Ibid.
[455] Ibid., p. 12.
[456] Ibid., p. 10.
[457] Ibid., p. 13. El documento de 174 páginas del general Groves se
encuentra en: RG 200, caja 3, carpeta 1.
[458] Moss, op. cit ., p. 14.
[459] Ibid.
[460] Ibid., p. 16.
[461] «Se unieron a los rusos en una época en que era mucho más fácil
que ahora creer en la revolución[rusa], y creer que contribuía al progreso de
la humanidad, y creer además que la mejor forma de llevarla a cabo era servir a
los intereses del estado Soviético». Ibid., pp. 8 y ss.
[462] Ibid., p. 20.
[463] Greenspan, op. cit .; Moss, op. cit ., p. 20.
[464] Weinstein y Vassiliev, op. cit ., p. 316.
[465] Moss, op. cit ., p. 22.
[466] Ibid., p. 24.
[467] Ibid., p. 26.
[468] Ibid., p. 31.
[469] Rossiter, op. cit ., p. 55.
[470] Greenspan, op. cit ., p. 239.
[471] Moss, op. cit ., p. 34.
[472] Ibid., p. 37.
[473] Ibid., p. 38.
[474] Ibid., p. 36.
[475] Ibid., p. 37.
[476] Ibid., p. 43.
[477] Ibid.
[478] Moss, op. cit ., p. 44. En Birmingham, Fuchs empezaba a
encariñarse de Rudolf y Genia Peierls, un sentimiento recíproco. Cierto día,
Fuchs viajó a Edimburgo para pasar unos días de asueto con Max Born. Durante su
estancia, enfermó y se le agarró una tos seca que le duraría varios años. El
médico local que le trató le tomó simpatía y lo invitó a su casa a cenar. Más
tarde, este hombre enfermó de leucemia y Fuchs, que para entonces ya se
encontraba en Estados Unidos, le mandó un paquete de comida.
[479] Ibid., p. 45.
[480] Farmelo, op. cit ., p. 239.
[481] Holloway, op. cit ., p. 90.
[482] CHAD IV 11/5, y 11/6.
[483] Groves, op. cit ., p. 143; Gowing, op. cit ., vol. 2, Policy
Execution , p. 147.
[484] Klaus Fuchs, Archivo del FBI, sección 16, p. 34; sección 18, p.
12; David Drake, French Intellectuals and Politics from the Dreyfus Affair to
the Occupation , Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2005, p. 111.
[485] Robert J. Lamphere y Tom Shachtman, The FBIKGB War: A Special
Agent’s Story , Mercer University Press, Macon, 1985, p. 154.
[486] Fuchs, Archivo del FBI, parte 27, pp. 55 y ss. Según Weinstein y
Vassiliev, The Haunted Wood , p. 312, un memorándum de Moscú redactado en 1945
aseguraba que Kuczynski trabajó para los servicios de inteligencia
norteamericanos en 1944 y 1945.
[487] Fuchs, Archivo del FBI, parte 27, p. 63.
[488] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 105, y nota.
[489] Weinstein y Vassiliev, op. cit ., p. 187.
[490] Haynes, op. cit ., p. 43; Fuchs, Archivo del FBI, sección 34, p.
1; West y Tsarev, op. cit ., p. 238.
[491] Sherwin, op. cit ., p. 99.
[492] DeGroot, op. cit ., p. 69.
[493] Sherwin, op. cit ., p. 91.
[494] Ibid., p. 93.
[495] Ibid., p. 94.
[496] Ibid., p. 95.
[497] Ibid., p. 97.
[498] Ibid., p. 100.
[499] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 107.
[500] Allen M. Hornblum, The Invisible Harry Gold: The Man Who Gave the
Soviets the Atom Bomb , Yale University Press, New Haven y Londres, 2010, p. 7.
[501] Hornblum, op. cit ., p. 9. Pese a su envidiable ética del trabajo,
Sam nunca ganó mucho dinero y Harry creció sin gran aprecio por los bienes
materiales.
[502] Hornblum, op. cit ., p. 15.
[503] Ibid., p. 18.
[504] Ibid., p. 24.
[505] Ibid., p. 29.
[506] Ibid., p. 34.
[507] Ibid., p. 68. Véase también Weinstein y Vassiliev, op. cit ., pp.
176-177.
[508] Hornblum, op. cit ., p. 89.
[509] Ibid., p. 111.
[510] Klaus Fuchs, Archivo del FBI, parte 43/8.
[511] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 104.
[512] Ibid., p. 108.
[513] Sherwin, op. cit ., p. 100.
[514] Tampoco era la primera vez que Roosevelt se veía ante la decisión
de informar o no a los rusos acerca de la bomba atómica. El 26 de diciembre de
1942, es decir, algo más de un año antes, Henry Stimson, el secretario de
Guerra, había sabido que existía la posibilidad de que soviéticos y británicos
firmasen un acuerdo para intercambiar información científica, una posibilidad
surgida en un momento de distanciamiento entre los aliados occidentales, que
apenas cooperaban en la fabricación de la bomba. Stimson le dijo a Roosevelt:
«[Ese acuerdo]nos coloca en una situación muy delicada con relación a
S-1[nombre en código de la bomba entre los norteamericanos]». El presidente,
que coincidía con él, le contestó que consideraba que «suscribir un acuerdo
similar con los soviéticos» sería un error. Sherwin, op. cit ., pp. 100-101.
Teniendo en cuenta las circunstancias, el punto de vista de Roosevelt en
aquellos momentos resulta muy comprensible. Aunque era evidente que, si
conseguían fabricarla (no, desde luego, a finales de 1942, pero probablemente
después de que la pila atómica de Fermi en Chicago estuviera lista), la bomba
desempeñaría un papel decisivo en la diplomacia de la posguerra, aún era
imposible saber cuáles serían sus efectos, o cómo los aprovecharían, o podrían
aprovecharse, de ellos los aliados occidentales. Es cierto que el Departamento
de Estado ya había organizado un comité para discutir la planificación de la
diplomacia de posguerra, pero también lo es que sus miembros desconocían el
gran secreto —y, debido a las estrictas medidas de seguridad, tampoco estaba
claro que fueran a conocerlo—. Al igual que Churchill, Roosevelt cuidaba con
celo su posición y creía que, como la política, la diplomacia precisaba de un
toque personal. Además, todavía no conocía a Stalin en persona, otro motivo
para retrasar algún tipo de pacto —no lo conocería hasta la conferencia de
Teherán de noviembre de 1943, es decir, hasta once meses más tarde—. Por otra
parte, la batalla de Stalingrado aún no había concluido y su desenlace era
todavía incierto. De manera que, parece, en diciembre de 1942 no tenía ningún
sentido plantearse un pacto con la Unión Soviética. Mejor esperar, sobre todo
teniendo en cuenta que, tras solo doce meses de lucha en común, las acciones
conjuntas que se habían llevado a cabo no habían logrado desterrar una
desconfianza que ya duraba toda una generación. No obstante, la conversación de
Roosevelt y Stimson de diciembre de 1942 insinuaba ya los problemas —y
oportunidades— que se cernían en el horizonte, y no a mucha distancia. Las
discusiones de los científicos sobre los abrumadores efectos de la bomba, la
dificultad de trato con los rusos y su emergente poder cuando terminó
Stalingrado se traducían en una natural suspicacia acerca de la posibilidad de
compartir con ellos siquiera la existencia de la bomba, sobre todo cuando los
resultados del experimento eran todavía impredecibles. Daba la impresión de
que, de momento, lo más seguro era no hacer nada. Véase también Weinstein y
Vassiliev, op. cit ., p. 188.
[515] Sherwin, op. cit ., p. 102.
[516] Farmelo, op. cit ., p. 260.
[517] Sherwin, op. cit ., p, 100.
[518] Ibid.
[519] Fuchs, Archivo del FBI, 38/15, p. 88.
[520] Y señalaba cuán lejos andaba aún la ciencia soviética. Holloway,
op. cit ., p. 104.
[521] Fuchs, Archivo del FBI, parte 15, p. 88.
[522] Fuchs nunca supo el nombre de ninguno de los demás espías del
Proyecto Manhattan, pero, gracias a ciertas preguntas que le hacía Moscú, podía
deducir que los había.
[523] Farmelo, op. cit ., p. 261.
[524] Holloway, op. cit ., p. 113. Pais, op. cit ., p. 500; citado en
Moscow News , 8 de octubre de 1989.
[525] Holloway, op. cit ., p. 113.
[526] «Una de las principales armas de la guerra moderna son los
explosivos», había dicho Kapitsa con mucha intención. Decir que los
«explosivos» son útiles en una guerra no resulta demasiado profundo, salvo que
se trate de una especie de mensaje en código. ¿Era otro intento de hacer el
mismo llamamiento?
[527] Pais, op. cit ., p. 500.
[528] NA Microfilm M1109, armario 48, cajón 1, rollo 3. Holloway, op.
cit ., pp. 112-113.
[529] Holloway, op. cit ., p. 113.
[530] Ibid., p. 138.
[531] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., pp. 110-111.
[532] Rossiter, op. cit ., p. 116.
[533] Ibid., p. 114.
[534] Fuchs pudo mencionar en aquel encuentro, o en el posterior, que
los científicos británicos del Proyecto Manhattan estaban en aquellas fechas
muy poco satisfechos con la consideración que se tenía por su trabajo. Mucho
después, en 1949, cuando el FBI ya había logrado descifrar los que habían
enviado los rusos durante la guerra, llegó a manos de J. Edgar Hoover un
telegrama de Fuchs con fecha 8 de mayo de 1944 que avisaba a Moscú de que la
misión británica estaba teniendo escaso éxito en Estados Unidos y su respuesta,
en la que los soviéticos preguntaban si no sería más beneficioso para ellos que
Fuchs regresara a Gran Bretaña. De ambos telegramas podían deducirse dos cosas:
en primer lugar, que los rusos quedaban avisados de que entre norteamericanos y
británicos podrían surgir nuevas desavenencias; en segundo lugar, que Fuchs y
Gold hablaban de muchos más temas de lo que más tarde ambos estuvieron
dispuestos a admitir.
[535] Farmelo, op. cit ., p. 262.
[536] Lindemann a Churchill, mayo de 1944. PREM 3/139/2. Kevin Ruane,
Churchill and the Bomb in War and Cold War , Bloomsbury Academic, Londres,
2016, p. 80.
[537] No se ha investigado suficientemente este detalle.
[538] R. V. Jones, Most Secret War , Hamish Hamilton, Londres, 1978, p.
475.
[539] Ibid., pp. 475-476.
[540] Ibid., p. 476.
[541] Ídem. Voy a citar un ejemplo de la prosa en inglés típica de Bohr.
Da pistas del porqué de las reservas de Reginald V. Jones y de por qué otras
personas temían como él lo que pudiera —o no pudiera— deparar la cita en
Downing Street. Proviene de un documento que Bohr escribió para el presidente
Roosevelt meses después. Dice en él que sus contactos con los científicos
alemanes le han permitido «seguir bastante de cerca los trabajos en dicha línea
que desde el mismo principio de la guerra fueron organizados por el gobierno
alemán». Y prosigue: «Aunque se hicieron concienzudos preparativos mediante un
esfuerzo científico de lo más enérgico, disponiendo de conocimientos expertos y
de considerables recursos materiales, parece por toda la información que
tenemos disponible, que en cualquier caso en las etapas iniciales de la guerra
tan favorables para Alemania nunca se consideró por el gobierno que mereciera
la pena intentar la inmensa y peligrosa empresa técnica que la compleción del
proyecto requería». Powers, op. cit ., pp. 244-245.
[542] El 28 de abril de 1944, James Sterling Murray, jefe de seguridad
de los Laboratorios de Metalurgia de la Universidad de Chicago, había llegado a
«sospechar tanto» del químico Clarence Hiskey que logró que lo llamaran a filas
y lo enviaran a «un destino de lo menos recomendable», el territorio del Yukón,
donde le hicieron «encargado de inspección de material» (cuyo trabajo
consistía, básicamente, en «contar la ropa interior»). Las sospechas de James
Murray eran fundadas. Hiskey había trabajado en dos lugares que formaban parte
del programa atómico: el SAM Lab (Laboratorio de Material de Aleaciones de
Sustitución) de la Universidad de Columbia, y los DSM Lab (Laboratorios de
Metalurgia) de la Universidad de Chicago. Nacido Clarence Szczechowski en
Milwaukee, Wisconsin, Hiskey obtuvo el doctorado en Química por la Universidad
de Wisconsin en 1939 y fue nombrado director del Proyecto de Investigación del
Renio, de la Universidad de Tennessee (el renio es un elemento rarísimo, pero
de gran importancia estratégica porque se utiliza en cohetes y motores de
reacción). En Tennessee recordaban que Hiskey era «un abierto partidario del
comunismo». También, más tarde, acudió a mítines del Partido Comunista en el
área metropolitana de San Francisco.
En septiembre de 1941, poco después de conseguir el título de profesor auxiliar
de la Universidad de Columbia, Hiskey conoció a Arthur Adams, veterano espía
soviético, en una tienda de música que era lugar de reunión de simpatizantes de
izquierdas. Un año después formaba parte del SAM Lab de Columbia, donde el
Proyecto Manhattan estaba desarrollando el método de difusión gaseosa para
separar U-235. Por esas fechas admitió ante Franklin Zelman, agente encubierto
del NKVD (que se había matriculado en Columbia como estudiante de posgrado),
que trabajaba en una bomba «radio-activa» capaz de destruir la ciudad de Nueva
York. Entonces no sabía que Zelman era un espía y más tarde trató de negar lo
que había dicho. Pero lo cierto es que estaba hecho un mar de dudas, porque, al
tiempo que lo negaba, expresó sus «esperanzas de que los soviéticos lo supieran
todo de su proyecto». Zelman se mantuvo en contacto con él y pasó a Vasili
Zarubin —máximo responsable del NKVD en la embajada soviética en Washington—
algunos informes que contenían una parte de las primeras noticias sobre el
programa atómico anglo-norteamericano que conoció Moscú.
En octubre de 1943, Hiskey se trasladó a los DSM Lab de Chicago, que, como ya
hemos visto, trabajaban en la producción a gran escala de plutonio. En Chicago,
Hiskey volvió a encontrarse con Arthur Adams. Adams era un sagaz espía
soviético que tuvo varios empleos a modo de tapadera.
El FBI registró la casa de Hiskey —probablemente en mayo de 1944, después de
que le destinaran al Yukón— y encontró siete páginas de notas de los DSM Lab y
un cuaderno del SAM Lab. El 25 de septiembre se produjo un nuevo registro, y
esta vez los agentes federales encontraron abundantes notas sobre energía
nuclear, incluidos una mención a la planta de Oak Ridge, material sobre
separación de isótopos y sobre producción de agua pesada en Noruega, y
«especulaciones» sobre sal de uranio y los yacimientos de radio y uranio de
Checoslovaquia, Suecia y Alemania. Aquellas notas, concluía el FBI, reflejaban
«un conocimiento profundo de procedimientos que son alto secreto» llevados a
cabo en los DSM. Adams fue calificado «el agente de espionaje más peligroso
encontrado hasta el momento».
Pero son las fechas lo que a nosotros nos interesa. El FBI mantenía a Arthur
Adams bajo vigilancia desde 1941, y fueron sus reuniones con Clarence Hiskey en
Chicago a partir de octubre de 1943 las que despertaron las sospechas de James
Sterling Murray. Es este otro ejemplo de información confidencial no compartida
que, una vez más, se produce en el período crucial que discurre entre el otoño
de 1943 y el verano de 1944. No cabe esperar que el FBI informara de todo ello
a Bohr, pero R. V. Jones era el máximo responsable de la inteligencia británica
en asuntos científicos y, de haber sabido de Hiskey y de su relación con Adams,
y como mantenía tan buenas relaciones con Churchill, y como también compartía
el punto de vista de Bohr sobre el problema nuclear, es muy probable que
hubiera incluido la información sobre Hiskey y Adams a los informes que
periódicamente le trasladaba al primer ministro. Véase Katherine A. S. Sibley,
Red Spies in America, Stolen Secrets and the Dawn of the Cold War , University
Press of Kansas, Kansas City, 2004, pp. 157-160.
[543] Y luego estaba el preocupante estado de salud del primer ministro.
Tenía sesenta y nueve años y hacia finales de 1943 había sufrido una enfermedad
grave que le había dejado «cansado, sin su habitual energía; bostezaba en las
reuniones, se enzarzaba en enconadas discusiones con sus ministros y los jefes
del Estado Mayor». Tampoco sus intervenciones en la Cámara de los Comunes y sus
discursos radiofónicos eran lo que habían sido. Alexander Cadogan, sempiterno
subsecretario de Asuntos Exteriores, confesó esa primavera en su diario que
dudaba de que Churchill pudiera seguir adelante. Farmelo, op. cit ., p. 263.
[544] Farmelo, op. cit ., p. 262.
[545] Pais, op. cit ., pp. 500–501.
[546] Farmelo, op. cit ., p. 266.
[547] Jones, op. cit ., p. 477.
[548] Farmelo, op. cit ., p. 267.
[549] Jones, op. cit ., p. 417.
[550] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 111.
[551] Klaus Fuchs, Archivo del FBI, parte 16, pp. 17 y ss
[552] Farmelo, op. cit ., p. 261; Jones, op. cit ., p. 476.
[553] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 112.
[554] Moore, op. cit ., p. 347.
[555] Moss, op. cit ., p. 55.
[556] Klaus Fuchs, Archivo del FBI, parte 28, p. 44.
[557] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 116; Weinstein y Vassiliev, op.
cit ., p. 200. Albright y Kunstel, op. cit ., p. 70.
[558] Sherwin, op. cit ., p. 109; CHAD IV 12/5.
[559] Ibid.
[560] Ibid., p. 105.
[561] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 113.
[562] Moss, op. cit ., p. 60.
[563] Farmelo, op. cit ., p. 270.
[564] Sherwin, op. cit ., p. 111.
[565] Ibid., p. 110; Brown, op. cit ., p. 269, nota.
[566] Farmelo, op. cit ., p. 270 y ss.
[567] Y con mucha intención añadió: «No sé si se ha dado cuenta de que
de las posibilidades de una superarma ... se lleva debatiendo en público
durante al menos seis o siete años». En otras palabras, mantener el programa
atómico en secreto podría servir para ganar tiempo, pero los conocimientos
básicos sobre la fisión «estaban ahí». Farmelo, op. cit ., p. 273.
[568] Pais, op. cit ., p. 503.
[569] Farmelo, op. cit ., p. 273. Bush, que, como notó Cherwell, guardó
silencio ante este comentario, accedió a «investigar» a Bohr. La investigación
no encontró nada.
[570] Martin Sherwin, en cambio, sostiene que el acuerdo de Hyde Park
fue sobrepasado por la mucho más trascendental conferencia de Yalta (febrero de
1945), que decidió las zonas de ocupación militar de la Alemania de posguerra y
la configuración de la Europa liberada. El acuerdo de Hyde Park confirmó la
«relación especial» por la que tanto había trabajado Churchill, y su
significado concreto y original con frecuencia se simplifica o no se comprende
en profundidad. Diez días después del encuentro, Roosevelt escribió a Cordell
Hull, su secretario de Estado, para decirle: «Lo esencial del asunto es que
Gran Bretaña no vaya a la más absoluta bancarrota al terminar la guerra. Yo,
sencillamente, no puedo ver impasible cómo el imperio británico se derrumba
económicamente al mismo tiempo que Alemania empieza a reconstruir su maquinaria
y esta facilite un potencial rearme que haga posible otra guerra en el plazo de
veinte años». Sherwin, op. cit ., p. 113.
[571] Ibid.
[572] Ibid., p. 114.
[573] Jones, op. cit ., pp. 476-477.
[574] Hewlett y Anderson, op. cit ., p. 322.
[575] Sherwin, op. cit ., p. 120.
[576] Alperovitz, op. cit ., p. 187.
[577] Ibid., pp. 188-190.
[578] Ibid., pp. 188-189; DeGroot, op. cit ., p. 72; y Barton Bernstein,
«The atomic Bomb reconsidered», Foreign Affairs , enero-febrero de 1995.
[579] Al parecer, algunos científicos no distinguían bien la diferencia
entre «demostración militar» y «pleno» uso, que era otra de las opciones. Leó
Szilárd también elaboró una petición por iniciativa propia que luego firmaron
sesenta y nueve científicos de Chicago. Pedía el anuncio público previo de las
condiciones de rendición y darles a los japoneses la oportunidad de responder
antes de hacer cualquier uso de la bomba. Szilárd intentó que su petición
circulara por otros sitios del Proyecto Manhattan, pero Groves lo impidió.
Entregó la petición a Compton y este se la envió a Groves, que la retuvo seis
días antes de enviarla a su vez a la oficina de Henry Stimson justo cuando
Truman estaba a punto de regresar de Potsdam (y durante el viaje de regreso se
produjo el bombardeo de Hiroshima).
[580] NA RG 200, caja 3, carpeta 1, p. 130; DeGroot, op. cit ., p. 73.
[581] Sherwin, op. cit ., p. 124.
[582] Hewlett y Anderson, op. cit ., p. 329.
[583] Ibid.
[584] Se referían particularmente a la bomba de hidrógeno, puesto que el
suministro de hidrógeno pesado es «básicamente ilimitado». Hewlett y Anderson,
op. cit ., p. 329.
[585] Malloy, op. cit ., pp. 150-151 y 153.
[586] Hewlett y Anderson, op. cit ., p. 342.
[587] Sherwin, op. cit ., p. 201.
[588] Ruane, op. cit ., p. 98.
[589] Laucht, op. cit ., p. 75. Fuchs le había impresionado tanto que
pidió que se quedara. Véase también Gregg Herken, The Winning Weapon: The
Atomic Bomb in the Cold War 1945-1950 , Nueva York, Vintage, 1982.
[590] Para las dificultades, véase Sherwin, op. cit ., p. 139.
[591] Ruane, op. cit ., p. 101.
[592] Ibid , Ruane, op. cit ., p. 101.
[593] Ibid.
[594] Ibid., p.104. Richard Rhodes resume así la situación: «Si Stalin
necesitaba una prueba de que las naciones que se llamaban a sí mismas aliadas
suyas se habían confabulado para negarle las armas nucleares mientras
acumulaban un arsenal, Donald Maclean podía proporcionársela. En todo caso,
alguien lo hizo: una discusión sobre la “cuestión de la existencia y reservas
de yacimientos de uranio” y quién tenía el control dio paso a una revisión
general del NKVD de los progresos de la bomba anglo-norteamericana que llegó a
manos de Beria el 28 de febrero de 1945». Para entonces, el general Groves
había analizado más de 67.000 informes, más de la mitad en idiomas distintos
del inglés, que describían la ubicación de los yacimientos de uranio del mundo
entero. Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 130.
[595] DeGroot, op. cit ., p. 55.
[596] Hewlett y Anderson, op. cit ., p. 344.
[597] Sherwin, op. cit ., p. 151.
[598] Ibid., pp. 161 y 170; Brown, op. cit ., p. 294.
[599] Sherwin, op. cit ., p. 178; Malloy, op. cit ., p. 34.
[600] Hewlett y Anderson, op. cit ., p. 344.
[601] Ibid., p. 346.
[602] Sherwin, op. cit ., p. 215.
[603] Gordin, op. cit ., pp. 5 y 44.
[604] Ibid., pp. 50-52.
[605] Bernstein, «Reconsidering the “atomic General”», p. 907.
[606] Gordin, op. cit . pp. 53-54.
[607] Bernstein, Ibid.
[608] Gordin, op. cit ., pp. 55-56. Antes de la rendición, el general
Marshall pensó incluso en usar hasta nueve bombas atómicas para apoyar la
invasión, prevista en principio para noviembre. Este hecho confirma la
«despreocupación» (por no decir ingenuidad) con que los mandos se tomaban la
radiactividad. Habría sido un suicidio a escala masiva. Gordin, op. cit ., pp.
5 y 101. De las circunstancias que rodearon el período previo al lanzamiento de
la bomba ya hablamos en el prólogo de este libro. Desde nuestro punto de vista,
tan importante como el lanzamiento de las bombas fueron el monopolio
anglo-norteamericano del arma atómica y la aritmética del control
internacional, dos asuntos inextricablemente relacionados. La tesis central de
Bohr era que solo sería posible llegar a una coexistencia pacífica si se daba
el equilibrio entre las potencias. Pero ¿cómo lograrlo si había dos aliados
occidentales y una nación soviética? Como veremos, la aritmética llegaría a ser
extraordinariamente importante, sobre todo para Churchill y los británicos —más
que para los norteamericanos—, pero el primer ministro no apoyó con sus actos
tras el final de la guerra en Europa los argumentos en favor del monopolio ni
del equilibrio. Una semana después de firmar la paz, cursó órdenes a sus jefes
de Estado Mayor de preparar un ataque por sorpresa anglo-norteamericano contra
la URSS. El plan llegó a ser conocido como «Operación Impensable» y contaba con
la participación de diez divisiones alemanas en apoyo de cuarenta y siete
divisiones norteamericanas y británicas en una amplia ofensiva cuya fecha de
inicio provisional era el 1 de julio. La idea en su conjunto era en efecto
impensable —fantasiosa, irrealizable y hasta demente—, y los jefes de Estado
Mayor así se lo dijeron a Churchill, sin ambages. Además, Stalin llegó a saber
de ella y, junto con la «prepotencia de nutrición nuclear» de Truman en
Potsdam, solo sirvió para suscitar sospechas y resquemor entre los antiguos
aliados cuando aún quedaban semanas de guerra contra Japón. Véase «Operation
Unthinkable, Churchill’s plan to start WWIII», Russia and India Report , 13 de
junio de 2013.
[609] Ruane, op. cit ., p. 142.
[610] Alperovitz, op. cit ., p. 663.
[611] CHAD IV, 3/1.
[612] Ruane, op. cit ., pp. 133-134.
[613] Laucht, op. cit ., pp. 40-41.
[614] Alperovitz, op. cit ., p. 386.
[615] Michael D. Gordin, Five Days in August: How World War II Became a
Nuclear War , Princeton y Oxford, Princeton University Press, 2015, pp.
117-118.
[616] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 176.
[617] Ibid.
[618] Ibid., p. 177.
[619] Ibid., p. 179.
[620] Simon Sebag Montefiore, Stalin: The Court of the Red Tsar ,
Weidenfeld & Nicolson, Londres, 2007, p. 443.[Hay trad. cast.: La corte del
zar rojo , Crítica, Barcelona, 2010.]
[621] Gordin, Five Days , p. 27.
[622] Ruane, op. cit ., p. 146.
[623] Sherwin, op. cit ., pp. 195-197.
[624] Alperovitz, p. 434.
[625] Ibid., p. 435.
[626] Ibid., p. 353.
[627] Ibid., p. 654.
[628] Ibid., p. 654, nota.
[629] Gordin, Red Cloud , op. cit ., p. 234.
[630] Bernstein, «Reconsidering the “atomic General”», pp. 683-920.
[631] Alperovitz, op. cit ., p. 591.
[632] Ibid., p. 480.
[633] Farmelo, op. cit ., p. 312.
[634] Groves, op. cit ., pp. 350-351.
[635] Powers, op. cit ., p. 118.
[636] Francis Simon Papers, Archivo de la Royal Society, carpeta
Fs/7/4/6/39.
[637] Powers, op. cit ., p. 508.
[638] 24 de mayo de 1991, p. 18.
[639] Holloway, op. cit ., p. 113.
[640] Ibid., pp. 118-119.
[641] Abraham Pais, Niels Bohr’s Times: In Physics, Philosophy and
Polity , Clarendon Press, Oxford, 1991, pp. 499-500.
[642] Holloway, op. cit ., p. 370.
[643] Sebag Montefiore, op. cit ., pp. 3-4.
[644] Ibid., p. 42.
[645] Ibid., p. 373.
[646] Ibid., p. 414.
[647] Ibid., p. 429.
[648] Ibid., p. 443.
[649] Herken, Winning Weapon , pp. 296-298.
[650] De la respuesta soviética también habla Herken: Ibid., pp. 82-94.
[651] Bernstein, «Reconsidering the “atomic General”», p. 914.
[652] Herken, Winning Weapon , op. cit ., véase, por ejemplo, pp.
97-100.
[653] Ibid., p. 110.
[654] Ibid., p. 112, nota. Véase también Bernstein, «Reconsidering the
“atomic General”», op. cit ., p. 915.
[655] Herken, Winning Weapon , op. cit ., pp. 123-128. Sin embargo es
curioso que, como también apunta Herken, Groves nunca se esforzara mucho por
impedir la acción del espionaje soviético, y cuando, en febrero de 1946, The
New York Times publicó un artículo sobre la facilidad para adquirir uranio de
aquellos que podían «pagar su elevado precio», Groves hizo caso omiso. El
propio general, en cambio, fue la fuente de varias filtraciones sobre espías
soviéticos, todas las cuales se proponían evitar compartir «el secreto atómico»
con los rusos.
[656] Herken, Winning Weapon , op. cit ., p. 227.
[657] Ibid., pp. 157 y 230.
[658] Ibid., pp. 168 y 273.
[659] Ibid., pp. 232-233.
[660] Ruane, op. cit ., p. 173.
[661] Ibid.
[662] James Reston, Deadline: A Memoir , Random House, Nueva York, 1991,
p. 185.
[663] Gordin, Red Cloud , op. cit ., p. 66.
[664] Groves, op. cit ., p. 409. Los directores de las empresas que se
habían visto envueltas en las obras de los distintos complejos del Proyecto
Manhattan (Tennessee Eastman, Du Pont) optaban por cuatro o cinco años, pero
solo si los soviéticos podían contar con la ayuda de los alemanes (como
naturalmente sucedió). DeGroot, op. cit ., p. 133.
[665] Weinstein y Vassiliev, op. cit ., p. 316. Para lo que Fuchs dijo a
los rusos de la bomba de los británicos, véase West y Tsarev, op. cit ., p.
242. También les dijo que Estados Unidos había agotado sus existencias de
plutonio después de Nagasaki, pero que en 1946 planeaba unas reservas de 125
unidades y que Gran Bretaña tenía previsto contar con 200 en 1957. West y
Tsarev, op. cit ., pp. 243-245.
[666] Gordin, Red Cloud , op. cit ., p. 161.
[667] Ibid., p. 18.
[668] Burke, op. cit ., 7%.
[669] Herken, Winning Weapon , op. cit ., pp. 229-234. Véase también,
Gordin, Red Cloud , op. cit ., p. 70.
[670] Gordin, Red Cloud , op. cit ., pp. 71-73.
[671] Ibid., p. 75.
[672] Herken, Winning Weapon , op. cit ., pp. 186 y 224.
[673] Ibid., p. 126.
[674] Gordin, Red Cloud , op. cit ., p. 78. En octubre de 1946, la
Oficina de Cálculos e Informes de la CIA hablaba de diez años, «pero solo por
proyección de los datos conocidos y a la luz de pasadas experiencias y
conjeturas». Ibid., p. 83. Para el punto de vista alemán, véase Charles Frank,
Operation Epsilon , op. cit ., p. 92
[675] Burke, op. cit ., 7%.
[676] Ibid., 9%.
[677] Gordin, Red Cloud , op. cit ., p. 238.
[678] Ibid., p. 87.
[679] Ibid., p. 240.
[680] Ibid., pp. 248-249.
[681] Ibid., p. 175.
[682] Ibid., p. 179.
[683] Ibid., p. 220. Los comentarios de Groves aparecen en NA RG 200,
caja 1, NN-366-108, carpeta 7.
[684] Algunos rusos afirman que les ahorró seis, pero casi nadie da
crédito a ese cálculo. Laucht, op. cit ., p. 92.
[685] Gordin, Red Cloud , op. cit ., p. 132.
[686] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., p. 138.
[687] Ibid., pp. 152-154. Albright et al., op. cit ., p. 127.
[688] Laucht, op. cit ., p. 91; Albright et al., op. cit ., p. 125; NA
RG 200, caja 3, carpeta 7.
[689] Rhodes, Dark Sun , op. cit ., pp. 158-159.
[690] Ibid., op. cit ., p. 168; West y Tsarev, op. cit ., p. 250.
[691] Gordin, Red Cloud , op. cit ., pp. 164 y 168.
[692] Ibid., p. 117.
[693] En esa época, Fuchs asistió a algunas reuniones sobre temas
nucleares a las que también asistió Donald Maclean, uno de los famosos Cinco de
Cambridge, aunque ninguno de los dos estaba al corriente de las actividades del
otro. Véase también Weinstein y Vassiliev, op. cit ., p. 209.
[694] Gordin, Red Cloud , op. cit ., p. 180.
[695] Reston, op. cit ., p. 216. Hoy sabemos que los temores del
ejército norteamericano, que personificaba el general Omar N. Bradley, jefe del
Estado Mayor Conjunto, eran exagerados. La CIA había hablado de que los
soviéticos dispondrían de entre diez y veinte bombas hacia mediados de 1950 y
de hasta 135 hacia mediados de 1953. En realidad, en 1950 tenía nueve y en mayo
de 1953, a la muerte de Stalin, menos de cincuenta. Pero, como otras veces, en
aquella época nadie en Estados Unidos lo sabía. Gordin, Red Cloud , op. cit .,
p. 259.
[696] Trachtenberg, op. cit ., p. 7.
[697] Diario de lord Moran, Winston Churchill: Struggle for Survival
1940-65 , Constable, Londres, 1966, p. 315, pero también pp. 505 y 545.
Churchill no estaba del todo a solas en su beligerancia. Christoph Laucht
señala que fue el gobierno británico (y no el norteamericano) el que buscó la
confrontación con los rusos entre 1945 y 1947. Laucht, op. cit ., p. 99.
[698] «How soon will Russia have the a-bomb?», Saturday Evening Post , 6
de noviembre de 1948, p. 182. La idea de «guerra preventiva» se trataba en el
seno de muchos grupos de expertos como RAND e incluso en el Departamento de
Estado, donde a Charles Bohlen y George Kennan, importantes diplomáticos que
fueron, ambos, embajadores en Moscú, les preocupaba qué ocurriría «si se
dejaban correr las cosas». Tal vez fuera preferible, sugerían, provocar a los
rusos para que iniciaran un conflicto cuando Estados Unidos podía «responder»
con armas nucleares.
[699] Trachtenberg, op. cit ., p. 11.
[700] Era una estrategia hasta cierto punto coherente, basada en
disuadir a Rusia ante el número de bombas de Estados Unidos. Pero incluso este
factor era más complejo de lo que hoy nos pueda parecer. Porque, como demuestra
Mark Trachtenberg, en 1949 y 1950 no se daba por hecho, como ocurre en el mundo
posterior a la invención de la bomba H, que una guerra nuclear total
significara la destrucción de sociedades enteras. Dos estudios oficiales de la
época, por ejemplo, dejaban claro que no se podía contar con que (como, entre
otros, creía Churchill) el «Blitz atómico» inicial destruyera completamente la
capacidad bélica de la Unión Soviética. De igual manera, un ataque atómico
soviético a inicios de los años cincuenta solo habría tenido «un efecto
limitado» en la economía de guerra norteamericana —la ofensiva soviética no
habría impedido una potente represalia—. Eso ocurría porque las bombas de
fisión de los años 1949 y 1950 tenían una potencia relativamente limitada.
Edward Teller dijo que, si se lanzaban sobre Estados Unidos «unas mil o diez
mil» bombas, «muchos millones» de personas morirían, pero «si se tomaban
ciertas precauciones elementales, el país podría sobrevivir a intensos
bombardeos atómicos y proseguir la lucha hasta ganar la guerra». (Todo esto
demuestra cuánto ha cambiado la forma de pensar con el paso de los años.)
Trachtenberg, op. cit ., p. 22.
[701] Herken, Winning Weapon , op. cit ., p. 330.
[702] Ibid., p. 19.
[703] Ibid., p. 21.
[704] Ibid., p. 24.
[705] Ibid., p. 320.
[706] Ibid., p. 26.
[707] Ibid., pp. 334-336.
[708] DeGroot, op. cit ., p. 187.
[709] Bruce Cumings, The Korean War: A History , Modern Library, Nueva
York, 2011, pp. 156 y 162.
[710] Ibid., p. 158.
[711] La sala del Tratado con los Indios de la Casa Blanca se quedó en
absoluto silencio. «De pronto, un tema que jamás se había considerado apropiado
para una rueda de prensa se convirtió en el centro de interés.» David
McCullough, Truman , Simon & Schuster, Nueva York, 1992, p. 812.
[712] Ibid., p. 832.
[713] Ibid., p. 856.
[714] Ruane, op. cit ., p. 190.
[715] Ibid., p. 191.
[716] Ibid., p. 205 y referencia.
[717] DeGroot, op. cit ., p. 188. En 1956, A. M. Biew publicó un curioso
libro, escrito originalmente en alemán, que contaba que, en realidad, Stalin
había dado a Piotr Kapitsa un «control absoluto» sobre el desarrollo de las
armas nucleares y terminó «inventando» la bomba de hidrógeno. Pero es una obra
de legitimidad cuestionable. Reproducía un presunto diálogo entre Kapitsa y
Stalin (sentados a una mesa de cristal), conversaciones del autor con Abram
Ioffe, citas literales de Lavrenti Beria y muchos otros. Muchos historiadores
ponen en duda el libro y llaman la atención sobre el hecho de que Kapitsa no
dirigiera el Instituto de Investigaciones Físicas entre 1946 y 1955, debido
probablemente a su caída en desgracia por su actitud independiente y por haber
optado por líneas de trabajo inaceptables durante la guerra. Como también
señalan esos historiadores, si bien es cierto que Kapitsa fue arrinconado
después de contribuir a iniciar el proyecto atómico soviético, parece que el
programa de Ígor Kurchátov no sufrió ningún retraso. El propio Kapitsa se negó
a trabajar en física nuclear. Véase Lawrence Badash, Kapitsa, Rutherford and
the Kremlin , Yale University Press, New Haven y Londres, 1985, p. 112. Para
las relaciones de Kapitsa con Beria, véase J. W. Bong (compilador) et al .
(eds.), Kapitsa and Cambridge and Moscow: The Life and Letters of a Russian
Physicist , Elsevier Science, Ámsterdam, 1990.
Notas al fin del libro:
[i] Un brownstone es una de esas casas típicas de Manhattan y Brooklyn
de entre dos y cuatro plantas a la que se accede por unas escaleras. Se llaman
así porque suelen estar hechas con la piedra arenisca de color amarronado que
recibe ese nombre. (N. del t. )
[ii] Después de que le concedieron a Carl von Ossietzky el premio Nobel
de la Paz en 1935, ningún alemán tuvo permitido aceptar el galardón en ninguna
de sus categorías.
[iii] Se calcula que, siendo funcionario de pasaportes, Francis Foley
salvó a unos diez mil judíos alemanes. El 24 de noviembre de 2004, 120.º
aniversario de su nacimiento, le concedieron una placa en el Memorial Yad
Vashem y fue reconocido como «Justo entre las Naciones».
[iv] A fin de fabricar una bomba viable había que «enriquecer» el
uranio natural más de cien veces, para que, en vez de un 0,7 %, contuviera un
87 % del isótopo U-235. Se trataba, en definitiva, de crear «uranio de
aplicación militar».
[v] Porque en el mundo anglosajón el 1 de abril, April’s Fool Day , es
el Día de los Inocentes. (N. del t .)
[vi] Y también a los rusos. En parte como consecuencia del artículo de
Joliot-Curie, Leonid Kvasnikov, director del departamento científico y técnico
del NKVD (Comisariado del Pueblo para los Asuntos Internos, por sus siglas
rusas, precursor del KGB), envió un cuestionario a sus agentes en el extranjero
pidiendo información sobre el «potencial militar» de esos países para lograr la
fisión nuclear.
[vii] No existen pruebas de que, por así decirlo, los alemanes tuvieran
la misma idea pero al contrario, y les interesara el paradero de los
científicos aliados. La razón, sostiene Paul Rose, es que, sencillamente, los
científicos alemanes estaban convencidos de que sus colegas-competidores
aliados no estaban a su altura. A James Chadwick se le pasó por la cabeza en
varias ocasiones que los físicos británicos debían publicar al menos parte de
su trabajo para evitar un silencio sospechoso. Pero parece que no hubo ninguna
iniciativa en ese sentido.
[viii] Ku’damm es el nombre coloquial de la Kurfürstendamm, algo así como
los Campos Elíseos de Berlín.
[ix] La edición original de Historia secreta de la bomba atómica se
tituló Fallout , voz inglesa que da nombre a este capítulo y cuyas acepciones
están estrechamente ligadas entre sí: 1. Lluvia radiactiva. Fenómeno por el
cual las partículas radiactivas que se dispersan en la atmósfera tras una
explosión nuclear van cayendo gradualmente en forma de polvo o precipitaciones.
2. Consecuencias adversas de una acción o circunstancia.
[x] Véase CHAD IV 12/5, en los Archivos de James Chadwick, Churchill
College, Cambridge, que fue desclasificado en 2006. Una carta del consejo de
ministros fechada el 23 de diciembre de 1952 concreta las fechas de la «poco
cooperadora» actitud de los norteamericanos.
[xi] Entretanto se organizó un comité científico en Canadá. Su miembro
más notable era Hans von Halban, considerado el experto en agua pesada. Este
grupo, que en cierto momento estuvo liderado por John Cockcroft, apostó por el
diseño de una bomba alternativa mediante el método del agua pesada para
fabricar plutonio 239, un elemento altamente fisible, y trabajaba en Trail,
localidad de la Columbia Británica que hace frontera con Estados Unidos. Aparte
de estar integrado en la Commonwealth y encontrarse fuera del alcance de la
Luftwaffe, Canadá disponía de depósitos de uranio y sus técnicos tenían
experiencia en refinado de metales.
[xii] En inglés, grove . (N. del t .)
[xiii] También sentía un implacable menosprecio por los demás. En una
memoria de 174 páginas del archivo del general perteneciente a los Archivos
Nacionales estadounidenses se puede leer alguno de sus veredictos: George
Pegram «no tenía agallas», Marcus Oliphant «solía difundir falsos rumores»,
Francis Simon y Peierls «se daban ínfulas ... los británicos siempre se negaban
a admitir que no son seres superiores», Harry Hopkins parecía «una persona
incapaz de guardar un secreto», «todo el mundo sabía que Winant[John Winant,
embajador de Estados Unidos en Londres]no era muy brillante», Averell Harriman,
el embajador estadounidense en Moscú, «siempre fue una persona sin carácter»,
Harold Urey era «en el fondo un cobarde» y The New World , la historia oficial
del Proyecto Manhattan, era «del todo inexacta y en absoluto fiable».
[xiv] Hiroshima fue bombardeada desde 9.600 metros de altitud y
Nagasaki, desde 8.840 metros.
[xv] También en diciembre de 1944 supo Rotblat que era sospechoso de
espionaje y que los servicios de seguridad habían reunido un dosier sobre él de
tres centímetros de grosor que le consideraba susceptible de chantaje porque su
familia se encontraba todavía en Polonia. Posteriormente diría, en sucesivas
ocasiones, que los servicios de seguridad podrían haber identificado a Klaus
Fuchs de no haber estado tan obsesionados con él. En Copenhague , el autor hace
que Heisenberg acuse a los Aliados de querer lanzar la bomba «sobre cualquiera
que se pusiera a tiro».
[xvi] Esas impresiones encuentran su eco en las palabras del profesor
Brian Taylor, a quien generalmente se tiene por el «padre» de la bomba H. En un
documental de la BBC, emitido el 3 de mayo de 2017, que se describía a sí mismo
como la historia «desde dentro» del programa nuclear británico, a Taylor —que
se refirió de pasada a sendas partes de la bomba como «Tom» y «Dick» (pero no
«Harry»)[en español serían «Fulano», «Mengano» y «Zutano»]— le preguntaron qué
sintió cuando, finalmente, el experimento tuvo éxito y la bomba estalló. Y
contestó: «Para los científicos fue un triunfo. Quiero decir, era la sensación
de que, científicamente, habían demostrado que eran capaces de hacerlo. Eran
gente de ciencia y se miraban entre sí como diciendo: “Vaya, parece que lo hemos
conseguido”».
[xvii] En su libro The Crown Jewels: The British Secrets at the Heart of
the KGB Archives , publicado en 1998, Nigel West y Oleg Tsarev dicen que los
soviéticos tenían en Gran Bretaña a otros dos espías que seguían el programa
atómico: «K» y «Moor»[«Moro»]eran sus nombres en clave. K empezó a ofrecer sus
servicios, por medio de Vladímir Barkovski, joven ingeniero de Londres
especializado en materias científicas, en diciembre de 1942, y según West y
Tsarev, gran parte del material que ofreció era similar al de Fuchs. Además, al
igual que Fuchs, K era un comunista comprometido y muy mirado con el dinero, de
tal manera que se negaba a recibir lo que consideraba sumas excesivas por sus
servicios. K, se decía, era «una especie de aventurero» y le gustaba abrir las
cajas fuertes de sus colegas. Proporcionó a los rusos grandes cantidades de
documentos auténticos referidos en particular a la construcción de pilas de
uranio. Lo que West y Tsarev no dicen es que K fuera Klaus Fuchs. Tampoco dicen
qué fue de K o de Moor. Nigel West comentó al autor que sospecha que K era
Engelbert Broda, físico y químico austríaco que trabajó en fisión nuclear en
los laboratorios Cavendish a partir de 1941. En los archivos del KGB recibe el
nombre en clave de «Eric» y el MI5 sospechaba que fue él quien reclutó a Alan
Nunn May. West comentó también que no podría decir quién era Moor, que ni
siquiera tiene candidatos
[xviii] Un deuterón es el núcleo del deuterio
[xix] Peter Debye, Albert Einstein, Gerhard Herzberg, Fritz London, Lise
Meitner, Erwin Schrödinger, Hertha Sponer, Max Born y Otto Stern.
[xx] En los juicios de Núremberg por crímenes de guerra se aportaron
pruebas de que fueron los propios nazis los que iniciaron el fuego y el mendigo
holandés no fue más que un fantoche.
[xxi] Drop copy podría traducirse por «copia rápida». El método «libreta
de un solo uso» fue inventado durante la primera guerra mundial. El mensaje
original se codificaba según una clave aleatoria de su misma extensión que
quedaba escrita en la hoja de una libreta que el receptor, una vez descifrado
el texto, arrancaba y tiraba y, por tanto, se usaba una sola vez. (N. del t .)
[xxii] Moscú ya lo sabía gracias a las informaciones suministradas por
otros espías, los norteamericanos Theodore Hall y David Greenglass.
[xxiii] Véase la nota 7
[xxiv] Opinión que en cierta manera compartía Norris Bradbury, director
de Los Álamos tras la marcha de Robert Oppenheimer. Bradbury creía que «hacer
alguna demostración ocasional de una bomba atómica, no del arma, puede tener un
efecto saludable sobre el mundo»
[xxv] Los rusos hicieron cuanto pudieron para capitalizar esa
circunstancia. En agosto, Moscú dio instrucciones a Leonid Kvasnikov, uno de
sus espías más importantes en Nueva York, instándole a valerse de las
declaraciones de Truman y Churchill —defendiendo el secreto de los aspectos
técnicos de la bomba— como argumento para reclutar nuevos agentes dentro de la
comunidad científica
[xxvi] .«An iron fence has come down around them.» La célebre expresión
«Iron curtain», traducida como «telón de acero», la utilizó Churchill más
tarde, en un discurso pronunciado en marzo de 1946. (N. del t .)
[xxvii] El informe no incluía detalles como las instrucciones que Groves
había dado al gobernador de Nuevo México en el sentido de que, en el caso de
que la explosión fuera mayor de lo calculado, quizá tuviera que decretar el
estado de excepción, ni que dio orden de preparar tres comunicados de prensa en
función de cuál fuera el resultado de la prueba: explosión sin daños ni
víctimas, explosión con daños muy importantes, y un tercero con los obituarios
de las personas presentes en el test. Es otra prueba de la incertidumbre sobre
el poder destructivo de la bomba. Trinity cosechó grandes titulares en El Paso
(la ciudad más próxima a Alamogordo), seis líneas en el Washington Post .
[xxviii] Una impresión que Truman no abandonaría, a pesar de las pruebas. A
finales de enero de 1953, cuando estaba a punto de dejar la presidencia,
respondió a un periodista: «No estoy muy seguro de que Rusia tenga la bomba. No
creo que los rusos hayan adquirido los conocimientos necesarios para armar el
complicado mecanismo para fabricar la bomba A».
[xxix] Fuchs contó también a sus superiores rusos que, en 1947, los
británicos no habían logrado fabricar su propia bomba atómica.
[xxx] Los estadounidenses no habían conseguido descifrar el telegrama
completamente, pero los británicos sí pudieron. También encontraron el nombre
de Fuchs en el diario de uno de los sospechosos del caso de Alan Nunn May. Más
tarde, el general Groves afirmó que, si se lo hubieran enseñado en su momento,
habría atrapado a Fuchs mucho antes.
[xxxi] La bomba de diseño ruso fue testada en 1951 y demostró ser el
doble de potente y solo la mitad de pesada.
[xxxii] Thomas Finletter era secretario de las Fuerzas Aéreas; Robert
Lovett era ayudante para el Aire del secretario de Guerra.

