Libro N° 9771. Don José. La Vida De San Martín. García Hamilton, José Ignacio.
© Libro N° 9771. Don José. La Vida De San Martín. García Hamilton, José Ignacio. Emancipación.
Abril 2 de 2022.
Título original: © Don José: La Vida De San Martín. José Ignacio
García Hamilton
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Miranda
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DON JOSÉ: LA VIDA DE SAN
MARTÍN
José Ignacio García
Hamilton
Don José: La vida de San Martín
José Ignacio García Hamilton
CONTENIDO
Ningún motivo para quedarme
I. Muchos lugares y ningún hogar (1778—1792)
II. Derrotas en el mar y fracasos en la montaña
(1792—1801)
III. Reyes indignos, pueblo primitivo (1801—1808)
IV. Calor y triunfo en Bailén (1808—1811)
V. Ahorro y decisión (1811—1812)
VI. La Reina del Plata (1812—1813)
VII. Vamos p'al Norte (1813—1814)
VIII. De Tucumán a Mendoza (1814—1815)
IX. Alvear queda afuera (1815—1816)
X. El cruce de los Andes (1816—1817)
XI. Venga esa mano blanca (1817)
XII. Triunfos y derrotas (1817—1818)
XIII. Entre Santiago y Mendoza (1818—1819)
XIV. La traición a Buenos Aires (1820)
XV. En el mar, con pies de plomo (1820—1821)
XVI. Las vaporosas ilusiones de Punchauca (1821)
XVII. Por fin en Lima (1821)
XVIII. Conspiraciones por todas partes (1821—1822)
XIX. El recurso de Guayaquil (1822)
XX. La paz de Mendoza (1822—1823)
XXI. El exilio en Bruselas (1824—1829)
XXII. El reposo del guerrero (1829—1833)
XXIII. Propietario en París (1833—1839)
XXIV. Los últimos miedos (1839—1850)
Epílogo
Fuentes y reconocimientos
Bibliografía
A la memoria de María Lemaur Saravia, española
republicana exiliada de la Guerra Civil, quien, durante mi infancia y juventud
tucumanas, me enseñó a amar la libertad.
A Fernando García Hamilton y Luisa María Torres Posse, hermanos entrañables con
quienes compartimos el precio de la independencia.
A Nicandro Pereyra, gran poeta, amigo y bienhechor.
A Graciela Inés Gass, nuestros hijos Bernabé y Fernanda, José Ignacio, Julieta
María, Luis Enrique, Delfina y Manuel, y nuestra nieta Sol, todos aliviadores
de momentos difíciles
Ningún motivo para quedarme
(A bordo del Countess of Chichester, enero de 1829)
Al cruzar el ecuador los crepúsculos eran
maravillosos y le gustaba quedarse sentado en la cubierta, disfrutando de un
sol anaranjado que parecía suspendido sobre el horizonte, mientras el abanico
de rayos púrpuras ultrajaba las tenues nubes y las entretejía con el intenso
fondo azul. Se acordaba de los atardeceres de su niñez en Málaga, pero la
serenidad de la infancia se disipaba con las primeras oscuridades, que lo
hacían retornar a la preocupación sobre lo que estaba ocurriendo en el Río de
la Plata.
General José de San Martín
Había partido entusiasmado desde Falmouth,
Inglaterra, orgulloso de integrar el pasaje del primer buque de vapor que
viajaba hacia el Atlántico Sur, con el ánimo de arreglar en Buenos Aires las
cuestiones financieras que lo apremiaban. Pensaba también permanecer por unos
dos años en Mendoza, asumiendo la administración de su finca de los Barriales,
en la confianza de que, como decía el refrán, "el ojo del amo engorda el
ganado". Desde allí podría gestionar también el cobro de la pensión de nueve
mil pesos anuales que le había fijado el gobierno del Perú, cuyos atrasos lo
habían puesto en dificultades.
Al llegar a Río de Janeiro se deslumbró con la
bahía de Guanabara, pese a la humedad que le pegaba la camisa al cuerpo y hacía
que la levita azul con bolsillos y botones dorados le pesase como un capote.
Los periódicos que trajeron a bordo informaban que, en Buenos Aires, el general
Juan Lavalle se había insurreccionado con sus tropas en contra del gobernador,
el coronel Manuel Dorrego. Una asamblea de vecinos lo había confirmado en el
mando y el nuevo mandatario había partido con sus fuerzas en persecución de
Dorrego.
* * * *
La noticia lo alarmó. Desde hacía casi cinco años
estaba viviendo en Bélgica con su hija y se había decidido a regresar a las
Provincias Unidas porque había terminado la guerra con el Brasil y pensaba que
la situación interior también iba a estabilizarse.
Al acercarse al puerto de Montevideo, las noticias
fueron todavía más dramáticas: sus propios soldados habían entregado a Dorrego
a manos de su perseguidor, quien había procedido a fusilarlo. "Quiera
persuadirse el pueblo de Buenos Aires —había dicho Lavalleque la muerte del
coronel Dorrego es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio".
Se acordó de que durante el cruce de los Andes,
cuando ya culminaban el descenso, el entonces capitán Lavalle había encabezado
unas avanzadas de granaderos que despejaron la garganta de las Achupallas y les
permitieron el acceso final al valle de Putaendo. Después, en Santiago de
Chile, lo había invitado varias veces a compartir su almuerzo en su residencia
del Palacio Episcopal.
Resolvió quedarse en Montevideo hasta que la
situación en el Plata se aclarase, pero el bote que había pedido para
desembarcar se demoró y el capitán del Countess of Chichester debió
partir hacia Buenos Aires. Se sintió molesto, como si lo llevasen sin su
consentimiento hacia un campo de lucha por el poder, en el que él no había
sabido desenvolverse. Había sido educado para las armas y las había usado
veinte años en el ejército español, como también otros diez en la América del
Sud, luchando esta vez contra las tropas de España. Pero las veces que había
debido participar de la vida política (en Buenos Aires, Mendoza o Chile) o
asumir directamente el gobierno como en el Perú, los combates de facciones lo
confundían y lo habían llevado definitivamente al fracaso.
A punto de cumplir 51 años de edad, estaba más
grueso y canoso que cuando se había retirado hacía un quinquenio. Cuando el
barco llegó a las balizas exteriores, envió un mensaje al ministro provincial
haciéndole saber que no quería pertenecer a ninguno de los partidos y le
solicitaba pasaportes para volver a Montevideo.
A la mañana siguiente, cuando las brumas del
amanecer recién se disipaban y el calor empezaba a sentirse, llegaron a
visitarlo desde tierra el coronel Manuel Olazábal y el sargento mayor José
Antonio Álvarez de Condarco.
—¡Hijo! —le dijo el general al primero, mientras lo
abrazaba a la salida de la escalera y los ojos se le humedecían.
Sus antiguos subordinados en las guerras por la
independencia le traían una canastilla de duraznos. Conversaron largamente en
su camarote y le contaron con detalles la situación fratricida que se estaba
viviendo.
Todavía estaba con ellos cuando llegó la respuesta
del ministro, que también había sido su camarada: le decía que "aquí no
hay partidos, si no se quiere ennoblecer con ese nombre a la chusma y a las
hordas salvajes. Le remito el pasaporte pedido —añadía— aunque esto me difiera
el placer de darle un abrazo al que, en toda época y en cualquier destino, me
será grato acreditar mis cordiales sentimientos".
También vino a visitarlo su querido amigo Tomás
Guido, a quien no veía desde los tiempos del Perú. Guido, quien nunca le había
perdonado su retiro del gobierno de Lima por considerarlo una defección,
también le criticó su decisión de no desembarcar, por entender que se trataba
de una nueva cobardía.
—Sus enemigos ya están diciendo en los periódicos
que no cumple con su deber de ciudadano —sostuvo. —No sirvo para esto, don
Tomás. Van a querer involucrarme en sus peleas...
* * * *
La opinión de Guido lo hizo meditar, pero su ánimo
le decía que debía huir de allí, de ese clima de enfrentamiento cívico en el
que no sabía desempeñarse. Además, la borrosa visión de la ciudad de Buenos
Aires le recordaba que nunca había sido allí demasiado feliz. Al llegar en 1812
desde España, su presencia había sido totalmente opacada por el relumbre y la
riqueza de Carlos de Alvear, aunque éste era más joven y no tenía su
experiencia militar.
Había tenido destellos de felicidad al principio de
su matrimonio con Remedios, pero no podía olvidar que los miembros de su
familia política lo habían menospreciado llamándolo "el plebeyo" o
"el soldadote".
Cuando partió para Tucumán para hacerse cargo del
Ejército del Norte, lo hizo algo mortificado, pues debía asumir las tareas que
Alvear desdeñaba. Le molestaba la actitud de superioridad de su rival, mientras
en los corrillos sociales y políticos se recordaba que el padre de Carlos, don
Diego de Alvear, había tenido un hijo con una india en las Misiones y se
aseguraba que él, José de San Martín, era ese hijo natural. Se burlaban de él
por su aspecto físico de mestizo y, despectivamente, lo llamaban el Indio o el
Cholo de Misiones.
En Mendoza había gozado de ciertas satisfacciones y
había obtenido un grupo de sólido apoyo, pero también sintió el rechazo de gran
parte de la población por las contribuciones forzosas a los realistas y le
habían dolido las repetidas acusaciones de déspota y ladrón.
Recordaba las incertidumbres y demoras que debió
sufrir en su plan de cruzar a Chile, hasta que logró el apoyo del director
Pueyrredón y la logia de Buenos Aires.
¿Y cómo olvidar los insidiosos comentarios que, al
hablar sobre una supuesta relación de Remedios con dos jóvenes oficiales de su
ejército, pretendían envenenarle el ambiente y enturbiar su relación conyugal?
Evocaba también sus años en Chile, cuando el
gobierno de Buenos Aires le ordenó que regresara con su ejército para luchar
contra las montoneras rebeldes que amenazaban a la capital desde las provincias
litorales. Prefirió desobedecer estas instrucciones y partió para Lima en
rebeldía, solamente con el apoyo económico de Chile y el patrocinio de la logia
de Santiago.
Al abandonar su cargo de Protector del Perú, debió
quedarse casi un año en Mendoza, pues tenía miedo de que, al llegar a Buenos
Aires, el gobierno de Rivadavia lo procesara por su antigua desobediencia.
Aunque Remedios, tísica en la capital, le pedía que se llegara para darle el
último adiós, él había sufrido la humillación de la incertidumbre y prefirió no
despedirse de su esposa.
Y al llegar por fin a Buenos Aires para recoger a
su hija, había sufrido el vacío que le hizo la familia Escalada, pese a lo que
él había hecho por sus cuñados Manuel y Mariano y por su tío político Hilarión
de la Quintana, hermano de su suegra, a quienes había dado importantes cargos
en su ejército. Al fin y al cabo, las disidencias y sinsabores que él había
tenido con su esposa eran cosas privadas, en las que los demás no tenían por
qué meterse.
Recordaba algunas pocas horas apacibles. La
vegetación de Tucumán lo había maravillado y aquellas mañanas radiantes en la
galería de la estancia de La Ramada, mientras el piar de los chalchaleros y el
mugido de las vacas daban música de fondo a sus cálidas charlas con Juana Rosa
Gramajo de Cossio, lo habían ayudado a restablecer su ánimo. Los atardeceres de
Saldán, en Córdoba, en la estanzuela de los Bulnes, con la serena contemplación
de las sierras y las caminatas por la ribera del arroyo encauzado por rojizas
toscas, habían contribuido a que pudiera analizar con más calma sus
perspectivas.
Pero se trataba de momentos fugaces, intervalos
breves en esos tumultuosos años de intensas conmociones y nutridos desencantos.
Se acordó de las noches de pasión que había pasado
en Lima con Rosa Campusano, una mujer valiente que lo hizo sentirse muy amado.
Pero recordó también las terribles críticas que había levantado su decisión de
incluirla entre las beneficiadas con la Orden del Sol, pese a que ella tenía
suficientes méritos patriotas para recibirlo. Varias veces, sus hombres de
confianza le habían revelado que una de las mayores resistencias que su figura
política despertaba en el Perú se debía a que se había presentado algunas veces
en lugares públicos con Rosa, lo que escandalizaba a la pacata sociedad limeña.
Evocó también las delicias que le habían prodigado
las dos bellas hermanas que se habían enamorado de él en Santiago de Chile,
relaciones que había sabido manejar con discreción. Pero a pesar de esta
delicadeza y del hecho de que no carreristas lo habían atacado con saña
calificándolo de invasor, ambicioso y asesino.
Durante las largas horas de meditación en el buque,
al compás de las olas del turbio Río de la Plata, el general recordaba que
siempre en América habían desconfiado de él. Y en realidad, admitió, él tampoco
había confiado plenamente en nadie.
"Ciertamente, se dijo, no tengo ningún motivo
para quedarme aquí".
Capítulo I
Muchos lugares y ningún hogar
(¿—1792)
En la despejada meseta leonesa, en la zona de
Palencia, España, está enclavado desde muy antiguo el caserío conocido como
Cervatos de la Cueza. Cuenta la tradición que unos cazadores persiguieron una
vez a una cierva y sus crías por el curso del río de la Cueza: la madre habría
sido atrapada y muerta por sus perseguidores, pero los pequeños cervatillos
lograron escapar y terminaron dando su nombre a la población naciente.
Sobre el río se habían instalado dos molinos y allí
iban los pobladores a moler su trigo bajo el rumor cantarino de las aguas que,
después de mover el artefacto, intentaban dar algún verdor a las pálidas
márgenes.
Cultivaban también algunas viñas, que recogían sin
separar la fruta verde del agraz. En pequeñas bodegas abiertas a pico en la
tierra y sostenidas con bóvedas de arcilla, elaboraban un modesto y ácido vino
que no alcanzaba a endulzar la rudeza y sequedad de los vecinos.
Ya en 1380, el rey don Juan había librado a
Cervatos de la Cueza de pagar el tributo del portazgo, que era un peaje que se
cobraba en aduana seca por el transporte de mercaderías. Los habitantes del
pueblo tenían también el privilegio de nombrar dos alcaldes ordinarios que
"conocieren así en casos civiles como criminales", de modo que no
podían ser juzgados ante otras autoridades que las de su aldea.
El caserío no estaba lejos del camino de Santiago,
por lo que algunas veces descansaban allí peregrinos que iban o venían desde
Francia u otros países hacia Compostela.
Pero a pesar de estos contactos esporádicos con
viajeros del mundo, sus pobladores se mantenían sencillos y hoscos trabajadores
pero suspicaces, ajenos a las influencias universales y alejados de las bellas
artes. Se caracterizaban por ser buenos soldados, disciplinados y obedientes a
los jefes. También eran muy religiosos, aunque a veces con prácticas litúrgicas
no del todo ortodoxas: asistían a las misas de funerales con un pan en una mano
y una vela en la otra y, en el ofertorio, el deudo principal solía depositar a
los pies del sacerdote un jarro de vino y un plato de trigo.
A fines del siglo XVI, miembros de la familia San
Martín (patronímico que aparentemente procedía del santo de Tours) habitaban ya
en Cervatos de la Cueza. Allí, en 1728, nació Juan de San Martín, quien fue
criado por sus padres en una casa grande con piso de tierra apisonada, con
tapias y paredes de adobe y tejados a dos aguas. El horno interno de pan servía
para alimentar a la familia, mientras que los "trébedes" u horneras,
dispuestos en algunas habitaciones y alimentados con paja, funcionaban en
invierno como losas radiantes sobre las cuales solía ponerse a los bebés para
que disfrutaran de sus tibiezas. En el cuarto del carro, situado en la entrada,
una cruz blanca colocada en la pared, sobre las pesebreras de madera, servía
como talismán cristiano contra las enfermedades del ganado y las tormentas de
la naturaleza.
Cuando tenía 18 años de edad, Juan decidió entrar
como voluntario al ejército, que era uno de los modos de escapar a la pobreza y
a la rutina pueblerina. Se desempeñó en África, en Melilla y en Orán, y en los
períodos de licencia solía volver a su aldea. Fue posiblemente durante esos
regresos que empezó a prendarse de Gregoria Matorras, una muchacha diez años
menor que él, que vivía en un pueblo vecino.
Paredes de Nava pertenecía a Castilla La Vieja y
tenía el honor de haber sido la cuna del gran poeta Jorge Manrique, quien había
explicado en sus famosas Coplas, que las dos mejores vías para obtener la
salvación del alma en la antigua España eran el clero y la milicia:
El vivir que es perdurable no se gana con estados
mundanales, ni con Vida deleitable
en que ignoran los pecados infernales;
mas los buenos religiosos gánanlo con oraciones y con lloros;
los caballeros famosos con trabajos, y aflicciones contra moros
Gregoria había nacido en Paredes de Nava y,
superando las enseñanzas del vate de su ciudad, sintió que en compañía de ese
militar Juan de San Martín, de pelo castaño y ojos azules, podía no sólo salvar
su alma sino también conocer los deleites del amor corporal. Los jóvenes se
fueron enamorando y hasta empezaron a hablar de casamiento, pero en 1764 Juan
fue destinado a prestar servicio en las Indias. El joven partió para el lejano
puerto de Santa María de los Buenos Aires y la papeleta matrimonial y la convivencia
se postergaron.
Tras pasar un par de años en Buenos Aires, Juan le
escribió a Gregoria invitándola a viajar, para que se casaran. Un primo de la
muchacha, Jerónimo Matorras, había sido designado gobernador y capitán general
de la provincia de Tucumán, por lo que pensaron que Gregoria podía venir en el
mismo barco a América.
Pero Juan recibió un día la orden de trasladarse
hasta la banda oriental del río Uruguay, al partido de Las Vacas, para hacerse
cargo de la administración de los bienes que habían pertenecido a la orden de
los jesuitas, quienes habían sido expulsados. Obligado a partir de inmediato,
otorgó poder a un amigo para que se casase en su nombre con la joven.
Así, el 10 de octubre de 1770, Gregoria se casaba
en Buenos Aires con el ausente Juan de San Martín, quien estuvo representado
por el capitán de dragones Juan Francisco de Sumalo. A los pocos días, el
flamante matrimonio se instalaba en Las Vacas, donde fueron naciendo los hijos:
María Elena, Manuel Tadeo y Juan Fermín.
Hasta que, a fines de 1774, el ayudante mayor de
milicias Juan de San Martín fue designado teniente de gobernador de la
Reducción de Nuestra Señora de los Tres Reyes Magos de Yapeyú, con jurisdicción
sobre cuatro pueblos de indios guaraníes, que habían sido reducidos
oportunamente por los ahora caídos en desgracia y desterrados jesuitas.
En el centro de la plaza de Yapeyú había una efigie
de la Virgen María, tallada en piedra por artesanos indígenas. Cuatro cruces de
madera velaban cada una de las esquinas y, sobre una de las calles circundantes
se alzaban la iglesia y el colegio, que había sido la residencia de los
sacerdotes. La capilla era grande, con paredes de asperón, columnas salomónicas
y techos de tejas. En el interior había coloridos retablos, imágenes de santos
y cabezas de ángeles aborígenes con alas doradas.
Dieciséis aposentos sobre el primer patio, y
treinta sobre el segundo, formaban el contiguo colegio, integrado por la
biblioteca, el archivo, la botica, las aulas de primeras letras, pintura,
escultura y música, y los talleres de artesanías con sus instrumentos de
trabajo. En los almacenes se guardaba la yerba mate, el algodón, las lanas
tejidas por los indios y los efectos de Castilla como lienzos y otras
provisiones. El gobernador tenía su vivienda y oficinas, de modo que allí se
instalaron Juan, Gregoria y sus tres hijos. Disfrutaban de una huerta con
naranjos, limones, higueras, manzanos y peras, además de jardines con rosas y
jazmines.
En las cuarenta cuadras de edificación adyacente,
edificios uniformes servían de albergue a los guaraníes, divididos entre
soldados y artesanos y sujetos a una disciplina que el alejamiento de los
jesuitas había venido a alterar.
Yapeyú estaba ubicada sobre la margen derecha del
río Uruguay, pero su administración comprendía también San Borja, La Cruz y
Santo Tomé. A la llegada de San Martín, el establecimiento comprendía dieciocho
estancias y veinticinco puestos, cada uno con su capilla y ranchos para los
peones. En sus potreros y corrales había 60.000 vacas, 13.055 caballos, 8.500
ovejas, 1.900 burros, 830 mulas y unos pocos cerdos y lechones.
Los ingresos provenían del cultivo de 4.000 plantas
de yerba mate, más la producción de grasa, corambre y carne, que se distribuía
por tierra en carretas o por el río en embarcaciones hacia el Salto oriental u
otras poblaciones ribereñas.
Encargado del gobierno y la administración, Juan
viajaba regularmente a los pueblos bajo su mando y debió sofocar por la fuerza
varias rebeliones de indios minuanes e invasiones de portugueses.
En esos años en Yapeyú (denominación indígena que
quiere decir el "fruto que ha llegado en su hora") la familia San
Martín siguió ampliándose. Primero nació Justo Rufino y después, el 25 de
febrero de 1778, llegó otro varoncito, que fue bautizado como Francisco José,
quinto y último hijo del matrimonio.
Como si se hubiera mimetizado con ese ambiente
indígena y subtropical, de sol ardiente y vegetación lujuriosa, el flamante
bebé Francisco José tenía la piel y el cabello muy morenos y la naricita con
rasgos aguileños.
El mismo año del nacimiento de Francisco José,
durante un incidente ocurrido en la vaquería, murieron siete indígenas y se
perdió una parte importante del ganado. Juan responsabilizó del episodio al
alcalde indio y lo puso en el cepo. Pero esto irritó a los aborígenes, que se
consideraron vulnerados en la cabeza de su cacique, y se produjo una rebelión
que duró varios días. El motín fue sofocado a través de negociaciones, pero el
fiscal del virreinato tomó intervención y, al cabo de tres meses de inquietudes
en la familia San Martín, emitió un dictamen en el que solicitaba la
destitución del teniente de gobernador por no haber respetado los fueros de los
naturales.
La zozobra aumentó durante los meses posteriores,
hasta que el virrey Vértiz resolvió sobreseer en la causa, incitó a los
indígenas a la subordinación y exhortó a San Martín a "guardar los fueros
y privilegios que les correspondan a los caciques".
Poco duró el alivio: a los pocos días, Juan fue
sustituido en su cargo de teniente de gobernador y trasladado a Buenos Aires
para ser incorporado como habilitado en el batallón de Voluntarios Españoles.
Llegados a Buenos Aires, Juan compró dos
propiedades: una casa pequeña en el barrio de Montserrat y otra grande en la
calle de San Juan, donde se instaló la familia.
Con tres años cumplidos, el pequeño Francisco José
(cuyo nombre de bautismo había sido ya invertido por el uso familiar) jugaba
con sus hermanos y vecinos en el patio de esa vivienda porteña de ventanas
enrejadas, paredes de ladrillo cocido y techo de tejas.
Su padre, mientras tanto, procuraba volver a un
puesto de relevancia y solicitaba ser designado en Montevideo, pero sin
resultado positivo.
Dos años después, el capitán San Martín era
nuevamente relevado y partía con su esposa e hijos hacia España en la
fragata Santa Balbina, que llevaba también a otros oficiales
considerados excedentes de los cuadros en el Río de la Plata.
En el océano majestuoso e inquietante, apenas
cumplidos los seis años, José Francisco viajaba hacia su tercer lugar de
residencia y veía a su padre taciturno, hosco, descontento.
Desembarcaron en Cádiz y desde allí marcharon hasta
Madrid. Durante más de un año y medio, el capitán realizó gestiones tendientes
a obtener una nueva gobernación en América, pero también esta vez fueron
infructuosas. Ante la alternativa de ser asignado a un regimiento, prefirió ser
destinado a la plaza de Málaga, agregado como ayudante súpernumerario y con
sueldo de retirado. "A los 57 años de edad y con 39 de servicio en
destinos penosos y de muchas fatigas —explicó— no podría seguir como capitán
las marchas de un regimiento, pues mi familia padecería congojas y no podría
atenderla ni darle educación a mis cinco hijos"
Enclavada sobre una radiante bahía del
Mediterráneo, Málaga extendía sus blancas viviendas, coronadas por tejados
rojizos, hacia una alta colina dominada por el castillo de Gibralfaro, antigua
fortaleza musulmana a la que se ascendía por un sendero amurallado y desde la
cual podía divisarse la sinuosa costa de África. El puerto tenía un intenso
tráfico mercantil, integrado por piezas de alfarería, metales, vinos
apreciados, azúcar y exquisitas naranjas. Una población activa, con alto
promedio de árabes y beréberes, circulaba por sus calles tortuosas y estrechas,
a veces alteradas por sólidas construcciones. Sobre la morisca puerta de las
Aterazanas, la inscripción "Sólo Dios es vencedor" parecía mezclar un
precepto religioso con una competencia bélica.
Sobre la calle de Pozos Dulces, próxima a la puerta
de Antequera, Juan alquiló una casa por dos reales diarios y allí se instaló
con su familia.
José Francisco fue anotado en el Colegio de las
Temporalidades, que funcionaba en el disuelto colegio de los jesuitas, a unos
trescientos metros de su vivienda. Concurría a la mañana y a la tarde y recibía
clases de lectura y aritmética, catecismo y latín. En los días escolares, en
los juegos con los compañeros, llegó a veces a sentirse distinto por el lugar
en que había nacido: los camaradas lo calificaban de "indiano" y,
mofándose de su tez oscura, llegaban a veces a calificarlo de "indio",
lo que lo llevaba a dudar sobre si su verdadera madre o padre no habría sido en
realidad un indígena de las misiones. La ortografía y el latín no lo atraían y,
en cambio, le encantaba ir a ver el mar desde el paseo de la Alameda y
contemplar los barcos meciéndose en el puerto.
Aun en pleno invierno, el sol malagueño iluminaba a
pleno la bahía y José se henchía de vitalidad y alegría. Al volver a casa, sin
embargo, encontraba un ambiente sombrío, como si la oscuridad de las paredes
interiores reflejase el desaliento de su padre. Ante el silencio castellano de
Gregoria, Juan parecía un hombre vencido, agobiado por la frustración de no
haber podido conseguir una nueva gobernación en las Indias.
A José le parecía percibir que su padre se acusaba
a sí mismo de ser un fracasado, alguien que había utilizado el dinero y las
relaciones de su esposa para hacer una buena carrera y que, a pesar de ello, no
había podido triunfar. "Hay mucho aire afuera", se decía a veces a sí
mismo el muchacho, sin entender del todo el sentido de la frase que utilizaban
los constructores para explicar por qué hacían las ventanas tan pequeñas.
Acaso como una forma de salir al mundo, y huir de
las clases de latín en las que su maestro lo torturaba con una frase sobre un
niño y su trompo que nunca lograba entender ni escribir bien, José quiso seguir
la carrera militar, la misma de su padre y sus hermanos mayores. Acababa de
cumplir los once años cuando su padre logró su admisión como cadete en el
Regimiento de Murcia, a cuyo efecto se obligó a asistirlo con seis reales por
día para cubrir su "alimento y decencia".
Aunque los reglamentos prescribían que la edad
mínima para el ingreso eran los doce años, don Juan logró que el jefe del
Regimiento certificara falsamente que su hijo tenía "todas las calidades
requeridas", lo que implicaba también acreditar que pertenecía a una
familia de cristianos viejos sin mezcla de sangre con moros o judíos.
El Murcia tenía su asiento en la misma ciudad de
Málaga y José sintió la emoción de todo comienzo al vestir en su primer día el
uniforme blanco, con cuello y botamangas azules y sombrero negro de tres picos,
el cabello blanqueado con sebo y terminado en coleta con moño negro. Su padre y
sus hermanos le habían advertido sobre los rigores de las enseñanzas iniciales,
de tal modo que sobrellevó dignamente las primeras jornadas de instrucción.
A los cadetes se los hacía madrugar y se los
acostumbraba al ejercicio físico hasta llegar a la fatiga, de tal modo que a la
noche no tuvieran ánimo de volcarse a "los excesos que ridiculizan a la
juventud, la afeminan y trastornan el modo sólido de pensar", como decían
las Ordenanzas de Carlos III que estaban obligados a estudiar. Debían vestir
con aseo y aprender las tareas de un oficial, como recibir rondas, prodigar
honores, armar los regimientos y celebrar consejos de guerra sobre deserciones
o insubordinaciones. Avanzados en estos quehaceres, se les enseñaba aritmética,
geometría y armado de fortificaciones.
Poco a poco, José fue aprendiendo a ser
disciplinado, obediente, sufrido y callado, a ocultar sus sentimientos íntimos
y a desconfiar en general de la gente que lo rodeaba.
Estaba contento por haberse librado del latín, pero
no había podido escapar al menosprecio de algunos camaradas, que a hurtadillas
lo calificaban de "indiano" o, con mayor maldad, directamente de
"indio" y se burlaban de sus rasgos y del color de su piel.
Después de dos años de instrucción, el joven marchó
con su destacamento en barco hacia Melilla, una plaza fortificada sobre el
Mediterráneo, en el África, en la zona de Marruecos. España poseía ese lugar
desde hacía dos siglos, pero los moros habían intentado reconquistarlo varias
veces. El objetivo del viaje del batallón era posibilitar a los cadetes una
aplicación práctica de lo que hasta el momento habían aprendido en la teoría.
Alojado en el propio fuerte, José recordó que allí
también había estado destinado su padre en sus primeros años militares y eso le
brindó cierta seguridad. Durante siete semanas practicó con sus camaradas el
uso y la limpieza de las armas y se familiarizó con el recinto amurallado, en
el cual aprendieron a abrir y cerrar puertas y barreras, operar puentes
levadizos y efectuar reconocimientos de rondas o patrullas, además de
vislumbrar una posible actuación frente al enemigo potencial, en este caso los
árabes.
En los días de descanso, el adolescente paseaba por
los alrededores de la ciudadela y se cruzaba con los llamados "moros de
paz", envueltos en albornoces. Aunque por su denominación parecía tratarse
de gente inofensiva, se les enseñaba a desconfiar de todos los nativos y al
muchacho le parecía que lo miraban torvamente. Luego, al cumplir las labores de
centinela por los baluartes almenados, le parecía divisar esas mismas figuras
escondiéndose detrás de los peñascos o barrancos, prontos para atacar la Alcazaba.
Al regresar a Málaga en el barco, se sentía más
maduro y el mar Mediterráneo volvía a fascinarlo con su majestuoso azul,
encendido por un sol optimista. Se alegró al reencontrarse con sus padres, pero
los interiores oscuros de su casa de la calle de Pozos Dulces le recordaron que
su hogar estaba ya en el cuartel, junto a sus jefes y camaradas del regimiento.
A las pocas semanas, el segundo batallón del Murcia
debió partir nuevamente a África. Un incidente había roto las frágiles
negociaciones entre árabes y españoles tendientes a la restitución de las
plazas argelinas y el bey de Máscara, Mohamet Ben Osmán, había dado órdenes a
sus harcas para que sitiaran y se apoderaran de los fuertes de Orán, aun al
precio de sus propias vidas. Entre los regimientos que fueron enviados por las
cortes para reforzar a los defensores hispánicos se contaba el integrado por el
jovencito San Martín.
El cadete de trece años cruzó alegre el
Mediterráneo, aunque también bastante inquieto. Ahora ya no viajaba para
practicar ejercicios, sino posiblemente para entrar en combate. Al llegar al
puerto de Orán, contempló unas sólidas mesetas cortadas en vetas irregulares de
piedra caliza y arcillas rojizas, en coloridos contrastes. Pronunciadas cuestas
unían las elevadas terrazas, sobre las cuales se asentaban importantes
edificios, muchos de ellos derrumbados por un reciente terremoto. En la falda
de la imponente cordillera denominada Karguenta, una irregular muralla con
torreones intentaba defender el castillo de Rosalcázar y lo unía con el de San
Andrés, protegidos ambos por los arroyos y la bahía.
El batallón fue alojado en un barracón improvisado
en los patios del Castillo de San Felipe y, en su segundo día de estadía, se
les dio la orden de prepararse para el combate.
A las diez y media de la noche, la compañía de
granaderos que integraba José fue formada en el patio. Nervioso pero ávido de
entrar en acción, el cadete escuchó con atención las instrucciones de su jefe.
Debían apostarse en la zona exterior de las murallas para formar una cortina de
protección a los minadores, quienes debían segar un pozo abierto por los moros
a unos quinientos metros de distancia. Estos fosos eran extremadamente
peligrosos, pues por ellos el enemigo se acercaba a las obras de defensa y producía
sangrientos golpes de mano.
A la una de la madrugada se dio la orden de salida
y José, enarbolando un fusil con bayoneta, sintió que su corazón le golpeaba
rítmicamente el pecho al compás de su paso sigiloso. Durante una hora que le
pareció tremendamente intensa, cubrieron a los soldados segadores con
esporádicas descargas hacia el campo de los árabes. Regresaron a las dos y el
superior les comunicó que el objetivo se había cumplido. Al disponerse el
descanso, el cadete se tiró sobre su litera agotado pero feliz. Había recibido
su bautismo de fuego y se acordó de las historias de su padre y pensó que éste
estaría orgulloso con su comportamiento. Se durmió casi al amanecer, con el
entusiasmo de derrotar a los moros y conservar para España esa plaza de Orán.
A los pocos días, el batallón fue trasladado al
castillo de Rosalcázar, la más importante obra defensiva del lugar. Los 360
hombres se ubicaron en una gran cuadra en el almacén de pólvora Santa Ana y,
durante un mes fragoroso y tenso, debieron defender las troneras de ese sector,
atacadas por artillería. Una débil empalizada unía este punto con el fuerte de
Santa Teresa y los soldados debieron reforzarla con una estacada de roble.
Durante esas agitadas y calientes jornadas, debieron resistir con fusilería los
ataques de los árabes mientras alternativamente construían la cerca de 150
metros.
La situación se hacía muy difícil en la plaza y
llegaban rumores al batallón de que se estaban gestando conversaciones
tendientes a un armisticio.
Una mañana de mucho calor en que se encontraba de
centinela, José vio venir hacia la línea del castillo a cuatro moros, uno de
los cuales traía una bandera de parlamento. Se detuvieron en el camino del
barranco de las Huertas y hacia allí salió poco después el hijo y edecán del
general en jefe español, acompañado por una escolta y un intérprete. Los cuatro
alcaldes del bey de Máscara entregaron unos pliegos al oficial hispánico, quien
regresó a la fortaleza a informar a su padre y superior, el general Juan de
Courten.
A los pocos instantes, llegaba la orden general de
que no se hiciese fuego a los moros fronterizos. Después del mediodía, el
edecán volvía al lugar de las conversaciones y comunicaba la aceptación de las
condiciones para iniciar una tregua de una quincena. En ese plazo, las partes
mantendrían conversaciones de paz en la ciudad de Argel. Los soldados y
oficiales del Murcia recibieron la noticia con gran alivio.
Los quince días se extendieron a varios meses y las
noticias sobre las negociaciones de Argel que llegaban hasta el batallón de
José eran más bien difusas. Se decía que el representante del rey Carlos IV
estaba a punto de entregar las plazas africanas al pachá de Argel y que la
demora obedecía a ciertas discusiones finales sobre las condiciones de la
capitulación.
La situación en Orán, y particularmente en el
castillo de Rosalcázar, se había distendido notablemente, pues los moros del
bey de Máscara habían abandonado las posiciones de cerco y destruido sus
baterías. Pero los oficiales españoles, después del respiro inicial, no estaban
conformes con la idea de rendir las fortificaciones por las que tanto habían
luchado. En las charlas informales, se recordaba que ya la reina Isabel la
Católica había recomendado no cejar en las empresas de África y que los
sucesivos monarcas habían continuado la política de defenderse contra el turco
y ser el valladar de la cristiandad.
Finalmente, llegó la confirmación de los rumores:
debido al alto costo que implicaba para la corona española la conservación de
estos dominios, y en prevención de las alternativas que podría deparar a España
la reciente revolución en Francia, se abandonaba la plaza de Orán. Los moros
garantizarían a España el mantenimiento de su comercio y la seguridad personal
y financiera de los súbditos que quisieran permanecer en la zona.
Aunque desalentados por la noticia, los soldados
españoles comenzaron a ejecutar las instrucciones de destruir las obras de
refuerzo de las fortificaciones, mientras la población civil se preparaba para
la evacuación. Los últimos en abandonar el área iban a ser los militares y se
fijó como puerto de embarque Mazalquivir, a unos cinco kilómetros de allí.
En la madrugada del 27 de abril de 1792, las tropas
hispánicas iniciaron la retirada de los castillos de Orán, que España había
ocupado desde 1509. José marchaba con su regimiento, que fue el último en
partir desde el fuerte. El silencio era impresionante y los hombres caminaban
con el rostro taciturno. Cuando los últimos soldados doblaban definitivamente
el camino de la Punta de la Mona, el joven cadete miró hacia atrás y notó que
los primeros rayos del sol se reflejaban sobre la bahía e iluminaban desde abajo
el castillo de Rosalcázar.
Al llegar a Mazalquivir embarcaron directamente en
el navío paradójicamente llamado El Conquistador, pero una
imprevista tormenta los obligó a suspender la partida. Desde el buque, pudieron
escuchar las salvas de los cañones y los gritos de alegría de la multitud que
celebraba el ingreso a Orán del bey de Máscara, quien regiamente vestido y con
caballo enjaezado avanzaba por la puerta de Canastel precedido por un imán que
recitaba los versículos del Corán.
En el Rosalcázar, un artesano terminaba de grabar
en mármol una encendida frase:
Alá es el único.
Él devolvió Orán
a los musulmanes e hizo salir
humillados y abatidos a los infiele
A la mañana siguiente El Conquistador y
otros veinte barcos, conduciendo unas siete mil personas, hinchaban sus velas y
rumbeaban hacia la península. Desde el puente, José pensó que en Málaga iba a
ver pronto otra vez a sus padres y una tenue sonrisa le aflojó su semblante
moreno y aniñado.
Capítulo II
Derrotas en el mar y fracasos en la montaña (1792—1801)
La Revolución Francesa se radicalizaba cada vez más
y las noticias que llegaban a España preocupaban a la corte y causaban
discusiones en los ambientes políticos y culturales. La oficialidad militar se
contaba entre los sectores ilustrados y en el regimiento de Murcia, en Málaga,
los sucesos de Francia se comentaban con frecuencia. Los grupos progresistas y
muchos militares habían mirado con simpatía los principios de libertad,
igualdad y fraternidad que se habían implantado en el país galo y trataban de
expandirse sobre Europa, pero el rey Carlos IV se inquietaba por el destino de
su pariente Borbón, Luis' XVI, y los conservadores se horrorizaban por el
terror represivo que se había iniciado en París y que había costado ya la vida
de casi dos mil monarquistas.
En los momentos de descanso, José y los otros
cadetes asistían a las conversaciones de los oficiales subalternos y seguían
con interés los argumentos de unos y otros. Cuando se supo que se había
implantado un tribunal popular, se había decretado el divorcio y la prohibición
de ceremonias religiosas, las discusiones arreciaron.
Prusia había invadido Francia y la guerra se había
declarado. España estaba en tensión y el rey, que ya había intentado detener el
ingreso de propaganda escrita o de agentes revolucionarios, resolvió prepararse
para la confrontación enviando tres ejércitos a la frontera: uno marchó al
norte de los Pirineos, en Navarra; el otro al centro, en Aragón; y el tercero
al sur, en Cataluña.
Al llegar las listas de los ascensos, José quedó
paralizado: el coronel postergaba su promoción y la de otros cuatro compañeros
en razón de "escandalosas conductas, total inaplicación y vicios
indecorosos".
Con quince años de edad, pensó que habría sido
descubierto durante lo que llamaban "vicios solitarios", se sintió
culpable y tuvo miedo de que la acusación llegara hasta su padre.
Cuando la Convención francesa abolió la monarquía y
estableció la república, el regimiento de Murcia recibió la orden de partir a
Aragón para incorporarse al ejército del centro. El adolescente, que desde
hacía semanas vivía angustiado por la posibilidad de que su padre se enterara
de lo que sentía como una falta, se despidió de sus progenitores e inició la
marcha con el segundo batallón. Conforme se acercaban a las estribaciones de
los Pirineos, la vegetación aumentaba su riqueza. Al cabo de jornadas en que el
camino se presentaba cada vez más sinuoso y húmedo, arribaron a Panticosa.
Allí recibió una grata sorpresa: su comandante
había desechado la calificación sugerida por el coronel, había informado que
San Martín había actuado con serenidad y valor en Orán, y lo había incluido
entre los ascendidos.
José sintió un profundo alivio. Supuso que su padre
había movido influencias para lograr su ascenso y se preguntó si le habrían
llegado las versiones sobre sus infracciones íntimas.
De todos modos, se sintió orgulloso de contarse ya
propiamente en el cuerpo de oficiales y tuvo deseos de entrar de lleno en su
segunda campaña.
Ya en pleno verano, siguieron viaje hasta Seo de
Urgell, al sur del valle de Andorra. Era una aldea de mucho encanto y se
instalaron en un barracón de las afueras, con la perspectiva de quedarse allí
por algún tiempo.
La parte central de los Pirineos, a cuyo pie se
hallaba el Murcia, es la más elevada, abrupta y estéril de la cadena montañosa,
con pasos muy difíciles cuando no inaccesibles. Los oficiales pensaban,
entonces, que una posible invasión de tropas francesas habría de producirse
siempre en el norte o en el sur, sobre las costas cantábricas o mediterráneas,
y que la misión del ejército de Aragón que ahora integraban debía consistir
simplemente en observar la frontera y servir de apoyo a los otros dos.
Los meses transcurrían en calma, pero el frío se
hacía cada vez más intenso y hasta empezaron a añorar el calor de Argel. Se
encontraban en cuarteles de invierno y hacían gimnasia y ejercicios tácticos,
para conservar el espíritu y la disciplina. José se sentía cómodo en esa vida
comunitaria y trataba de ser exacto en el servicio y subordinado con sus
superiores. Aunque a veces las condiciones eran rigurosas y algunos jefes
demasiado duros, el espíritu de cuerpo le brindaba una camaradería que hacía
que casi no extrañara su casa de Málaga, teñida en el recuerdo por el
desaliento de su padre. Hasta para peinarse, luego de la diana, la institución
le brindaba a cada cadete un "camarada de peine": después de
aplicarse en el cabello la harina que blanqueaba y el sebo fijador, los
jóvenes, utilizando un tubo de latón, se armaban recíprocamente la trenza
llamada "coleta" y los bucles que debían acomodarse detrás de cada
oreja.
En los ratos libres, José se entretenía ensayando
temas andaluces con una guitarra, cuyos secretos empezaba a conocer y
disfrutar.
Una noticia desde París vino a conmoverlos: la
Convención había condenado a muerte a Luis XVI y el monarca había sido
guillotinado. A los pocos días, España y Francia entraban en guerra y el
ejército de Cataluña, al mando del general Ricardos, ingresaba a la zona del
Rousillon y ocupaba Arles.
El segundo batallón del Murcia se aprontó para
apoyar desde la retaguardia a las tropas invasoras, pero la orden no llegaba.
El otoño había empezado, cuando iniciaron la marcha
hacia territorio francés, para reforzar desde la izquierda (en sentido
geográfico y no político) a los regimientos ocupantes. El terreno era escabroso
y en algunas aldeas encontraron resistencias, pero fueron fácilmente batidas
por la vanguardia. En Tour de Battere y Croix de Fer fuerzas francesas
quisieron conservar los sitios con apoyo de fusilería, pero la actuación del
Murcia los desalojó. De ese modo pudieron llegar hasta las inmediaciones del
campo atrincherado de Boulou, que era el objetivo fijado por la comandancia
general.
Ganados por el entusiasmo, se encontraron con otros
batallones y con tropas portuguesas, que venían a sumarse a la lucha contra los
franceses republicanos.
El general Ricardos tenía planeado un ataque
general conjunto contra las líneas enemigas, pero una intensa lluvia los
inmovilizó. Las tormentas no cesaron durante seis días y los ríos crecían y
desbordaban sobre los campamentos. Soldados y oficiales tenían inundadas las
tiendas y la calamidad no respetaba jerarquías y unificaba a los combatientes.
Ateridos por la inmovilidad, José y sus camaradas sólo podían comer galletas en
su carpa mientras esperaban el fin del temporal.
Cuando volvió el buen tiempo se ordenaron
operaciones nocturnas para desalojar baterías francesas y José participó en
algunas de ellas. Resultaron exitosas, aunque el Murcia tuvo dos soldados
muertos y un teniente herido.
Las columnas reunidas avanzaron en procura de tomar
las poblaciones mediterráneas de Port Vendres y Collioure, lo que significaría
poseer el control del macizo costero que era la llave de entrada hacia Francia
por el sur. Los defensores de Port Vendres se resistían con cañones y fusiles,
pero terminaron sucumbiendo y la mayoría de los soldados huyó hacia Collioure.
En esta villa de callejuelas irregulares la consternación y el temor eran
generales y muchos pobladores civiles escapaban hacia los campos, mientras la
plaza cerraba sus puertas y solamente quedaba una dotación militar para
defenderla. Al anochecer el brigadier español ordenó a dos batallones que se
aproximaran a las murallas con antorchas encendidas e intimó la rendición, bajo
pena de entregar la ciudad al furor de las tropas y reducirla a cenizas. El
general francés entregó la plaza sin luchar y un tiempo después la Convención
lo castigó decapitándolo en la guillotina.
El año nuevo encontró al ejército español
victorioso en Collioure y la alegría era intensa. San Martín contempló
orgulloso en una revista al general Ricardos, quien recorrió los puestos
ganados e indicó los lugares en que los batallones deberían pasar nuevamente a
cuarteles de invierno. Durante esos meses de frío, en las charlas de los
oficiales se comentaba que el propio Ricardos simpatizaba políticamente con los
revolucionarios franceses, pese a su papel de jefe enemigo. En los días en que
José cumplía dieciséis años, llegó la noticia de que Ricardos había muerto en
Madrid por una súbita enfermedad. El joven oficial quedó muy impresionado y se
interesó en conocer más sobre las ideas que sustentaban los republicanos, cuyos
principios de libertad, igualdad y fraternidad comenzaban a seducirlo.
Algunos oficiales españoles habían empezado a gozar
de los favores de ciertas mujeres francesas, quienes tenían fama de buenas
amantes, y el jovencito San Martín quiso también hacer sus primeras armas en
estos terrenos. La torpeza de los primeros ardores lo dejó un poco frustrado,
cuando llegó la alarma sobre una fuerte contraofensiva enemiga. Los galos
habían reconquistado Boulou y desde allí iniciaron un demoledor ataque sobre
Port Vendres y Collioure. Como había ocurrido dos años antes en Argel, José y sus
compañeros se defendían denodadamente con fusiles y artillería desde adentro
del fuerte. A las dos semanas del sitio, San Martín integró una partida que
salió de noche y quiso llegar hasta el castillo de Saint Elme (San Telmo), pero
los franceses los interceptaron y los obligaron a volver a balazos. Aunque pudo
salvar la vida, se sintió humillado por el fracaso.
Al cumplirse otra semana de asedio, el jefe español
comunicó a sus oficiales que había dispuesto la evacuación del lugar en una
flota que estaba a punto de arribar. Pero los barcos no llegaban y la situación
era insostenible, de modo que el comandante decidió capitular y entregar la
plaza. Se estipuló que la guarnición hispánica saldría con todos los honores a
su país, para ser canjeada por otro número igual de prisioneros, ninguno de los
cuales podría volver a participar de la guerra. Con la amargura de la derrota y
la vergüenza de la rendición, el Murcia y los otros regimientos abandonaron el
otrora amable Collioure y tomaron la ruta de regreso a Barcelona, donde
iniciarían su internación.
La temperatura era benigna y los efectivos
marchaban de nuevo por los caminos de montaña, sembrados de castaños que
ensombrecían las bifurcaciones. Apesadumbrado, José se acordaba de su padre y
pensaba que él tampoco podría llegar a triunfar en la cambiante carrera de las
armas.
* * * *
Los meses de internación eran apacibles y
prolongados, siempre al borde del aburrimiento. En las ruedas de los oficiales
inactivos, los sucesos de Francia eran permanente motivo de conversación y a
José le gustaba intervenir en ellas.
Bajo la figura dominante de Maximiliano
Robespierre, un abogado lector de Rousseau a quien por su vida austera llamaban
el Incorruptible, el terror había aumentado y los derechos del ciudadano
(motivo de la revolución) no se respetaban. Había ochocientos mil presos
políticos y las sentencias podían tener solamente dos veredictos: la absolución
o la muerte. Robespierre había hecho ejecutar a Danton, pero luego su propia
cabeza cayó también bajo la guillotina.
Se cerraban iglesias y se intentaba establecer una
religión republicana que celebrara la Razón y la Virtud. En lo militar, los
avances provocaban admiración: con las levas forzosas se había formado un
ejército de 800.000 hombres y se obtenían victorias en todos los frentes. Una
nueva generación de jóvenes oficiales partidarios de la república se afirmaba:
Hoche, Jourdan, Moreau. Gracias a un sorprendente plan de ataque de un
desconocido capitán Bonaparte, las tropas de la Convención habían retomado Marsella,
Burdeos, Lyon y Tolón.
Al cabo de un año de forzosa inactividad, José fue
ascendido a segundo teniente. Poco después, Francia y España firmaban la paz en
Basilea y los oficiales del Murcia se reintegraban a su guarnición.
El gestor del tratado de paz con Francia había sido
el ministro Manuel Godoy, joven amante de la reina María Luisa y el hombre
fuerte en la Corte del rey Carlos IV, débil como gobernante y cornudo como
marido. Godoy —a quien se le otorgó el pomposo título de Príncipe de la Paz—
siguió presionando a los monarcas y a las cortes en favor de un acercamiento
con Francia y logró que se firmara el acuerdo de San Ildefonso, por el cual la
península se comprometía a apoyar a los revolucionarios franceses en contra de
Inglaterra. Carlos IV justificó esta alianza afirmando que Gran Bretaña no
había sido durante la reciente guerra un buen aliado y que, además, había
alentado el espíritu separatista en las posesiones españolas en América. Los
ingleses se consideraron traicionados y la guerra se declaró de inmediato.
En esos primeros días de movilizaciones y
traslados, el joven oficial de dieciocho años recibió una triste noticia: su
padre había muerto en Málaga, vencido por los temblores del mal perlático y el
peso de la frustración. Aunque su hogar estaba ya más en el regimiento y en las
campañas, que en la casa de sus mayores, José sintió que un profundo dolor le
atenazaba el alma y lo llevaba a una infancia con un hombre de uniforme y
escritorio que, con dureza y disciplina, le brindaba ejemplos y enseñanzas mechados
con algunos destellos de ternura. La angustia de una despedida sin imágenes y
sin palabras le impedía una eclosión de sus sentimientos de desolación, por lo
que al cabo de algunos días decidió visitar el burdel y sus desahogos varoniles
culminaron en sollozos de pasión y abandono.
* * * *
La orientación tomada por la política de Manuel
Godoy causaba desconcierto y desazón. El rey había concertado una alianza con
los revolucionarios que habían guillotinado a su pariente borbónico y, para
colmo, se trataba de una unión humillante, que subordinaba a España en favor de
la Francia republicana. La corona española debía contribuir con su flota, a los
franceses, para que éstos pudieran enfrentar el poderío marítimo de Inglaterra.
Como el escenario bélico iba a ser el de los mares, los soldados y oficiales de
uno de los batallones del regimiento de infantería de Murcia fueron embarcados
en la fragata Santa, Dorotea. Con ellos iba el segundo teniente San Martín,
quien ahora debía prepararse con sus camaradas para los abordajes y los
desembarcos.
El día en que José cumplía veinte años, la Santa
Dorotea. —desplazando 614 toneladas y con 42 cañones—partió desde el puerto
de Cartagena hacia Mahón, en las islas Baleares, adonde llevaba metálico de la
tesorería real y acompañaba a un buque mercante. La nave integraba una división
con otras tres fragatas similares —las Santa Casilda, P roserpina—
y Pomona y el derrotero no tuvo sobresaltos.
El mar provocaba una extraña fascinación en José.
Entre sus difusos recuerdos infantiles se contaba la visión de un verde océano
tormentoso y a veces amenazador en su viaje desde Buenos Aires, aunque no podía
precisar bien si se trataba de su propia experiencia o de las narraciones de su
padre y de su madre sobre una travesía triste y desesperanzada. El radiante mar
Mediterráneo de sus días de la niñez en Málaga, en cambio, con azules
deslumbrantes y vitales, le hacía evocar las jornadas de ilusión y de alegría.
Hasta las bahías de Orán, con mesetas áridas pero bellas, y las de Collioure,
con montañas verdes y ralas enmarcando pueblos encantadores, le traían a su
espíritu ráfagas de serenidad y optimismo, que se imponían a los sinsabores de
las derrotas.
Desde las Baleares marcharon hacia Tolón, en la
costa francesa, donde debían embarcar 400 quintales de pólvora. La primavera
había llegado y las fascinantes franjas púrpuras de los atardeceres sobre el
Mediterráneo se alargaban, para regocijo del joven oficial. Al entrar a Tolón
encontraron fondeada a una escuadra de la República Francesa compuesta de
quince navíos, en los cuales se estaba embarcando a un ejército de veinte mil
hombres comandados por el general Napoleón Bonaparte.
Como los vientos contrarios impedían el ingreso a
puerto de las fragatas españolas, Bonaparte tuvo la gentileza de enviar un
bergantín al jefe de la división hispánica, el capitán Félix O'Neylle, para
darle la bienvenida e invitarlo a transbordar. Cuando las naves pudieron
aportar, O'Neylle honró con salvas de artillería al buque insignia de Napoleón,
el Oriente, y luego fue a saludarlo personalmente.
Bonaparte se mostró sumamente cortés: le preguntó
si quería acoplar sus fragatas a la flota francesa, para asegurar la
navegación, y se lamentó de que su inminente embarque le impidiese agasajar a
los oficiales españoles como lo deseaba.
El general francés saludó individualmente a los
oficiales hispánicos. Al acercarse a San Martín, tomó un botón de su casaca,
leyó el nombre del Murcia y luego lo miró fijamente a los ojos, con gesto de
reconocimiento. El segundo teniente respondió a la mirada con satisfacción.
Las fragatas españolas partieron hacia Argel y
llegaron a la bahía africana con mucho calor. La visión desde el puerto era
radiante, pero José recordó que las negociaciones que habían ocurrido en esa
ciudad habían determinado la triste retirada de su regimiento desde Orán.
Regresaban a la península cuando una mañana de
domingo, a la hora en que el sol parecía calcinar a los que estaban en
cubierta, recibieron desde la Pomona la orden de enfrentar a un navío avistado.
En esas circunstancias la Santa Dorotea se desarboló del
mastelero del velacho y del juanete mayor, lo que sembró preocupación en toda
la tripulación y José compartió.
Al acercarse el barco adversario —el Llora de
bandera inglesa— advirtieron que tenía 64 cañones y que se trataba de un
enemigo peligroso, lo que acentuó la alarma en todos los espíritus. Las cuatro
fragatas se alinearon y la Santa Dorotea fue flanqueada por
dos compañeras con el objeto de protegerla, dada su escasa maniobrabilidad.
José marchó serio hacia el puesto de combate y
preparó a sus soldados. Desde allí observó que la estrategia de O'Neylle era
colocar al Liorr entre dos fuegos, pero el navío inglés logró
colocarse a sotavento de la Santa Dorotea y lanzó su
artillería contra ellos.
Un estruendo lo sacudió y vio caer cerca de él, con
el estómago desgarrado por los astillazos, a un camarada del Murcia. La Santa
Dorotea respondió el ataque con sus cañones y el humo empezó a cegarlo
y el ruido a ensordecerlo. El buque se balanceaba con los impactos y advirtió
que la Santa Casilda, que había estado apoyándolos desde la popa, se unía a
la Proserpina y la Pomona, mientras ellos se
quedaban solos combatiendo en inferioridad de condiciones contra el poderoso
navío británico.
El calor aumentaba junto con la angustia y los ayes
de los heridos se acallaban solamente por los nuevos impactos, que hacían
crujir la embarcación e inclinaban el velamen de un lado a otro. Al cabo de dos
horas que le parecieron siglos, recibiendo la fuerte artillería y con riesgo de
naufragio, pudo ver que las tres fragatas españolas hacían la vela hacia el
norte, posiblemente al considerar el jefe de la división que los auxilios eran
imposibles. Poco después, teniendo en cuenta las graves averías, la inferioridad
de armamento y las bajas producidas, el capitán Manuel Guerrero rendía su barco
a los ingleses. José sintió que el silencio y la estabilidad del buque
aliviaban su ánimo, más allá de la vergüenza por la derrota y la incertidumbre
por el futuro. Mientras el Lion se acercaba triunfante
pudieron atender a las víctimas y comprobaron que tenían 20 muertos y 32
heridos, entre ellos el propio comandante con leves contusiones.
Los oficiales británicos tomaron posesión del barco
y se firmó un acta con los nombres de los prisioneros, quienes fueron bien
tratados. También se brindó buena atención a los heridos y al día siguiente el Lion reinició
su marcha, llevando a remolque a la Santa Dorotea.
José y los otros oficiales navegaban pesarosos,
mientras algunos hombres trataban de arbolar nuevamente el mastelero. Al sexto
día se cruzaron con un bergantín que se dirigía a Barcelona y el capitán inglés
les entregó a los oficiales españoles y a 50 tripulantes prisioneros, con
provisiones para 15 días, con encargo de llevarlos hasta destino. El capitán
del bergantín, sin embargo, estimó que el pasaje que se le había impuesto era
excesivo y resolvió entrar al puerto de Mahón, donde desembarcó a una buena parte,
entre ellos a San Martín y al atribulado comandante vencido. Allí, Guerrero
consiguió un navío que los llevara a su apostadero. Esta vez la navegación fue
calma y los prisioneros desembarcaron en Cartagena, donde quedaron otra vez
internados bajo palabra de no tomar las armas contra los ingleses mientras
durase la guerra.
* * * *
Aunque el capitán de la Santa Dorotea recibió
la aprobación del rey por su desempeño y el de sus oficiales, los hombres del
Murcia quedaron abatidos con la nueva derrota. Otra vez reintegrado a su
guarnición en Málaga pero inactivo, el segundo teniente San Martín se dedicó
por una larga temporada a estudiar matemáticas y a pintar con caballete y
pincel escenas de la vida marina. Aunque la experiencia de la guerra anfibia le
había resultado desastrosa, le gustaba recrear con los colores los encantos de
los golfos claros y los románticos crepúsculos en las bahías, acaso para
recuperar la serenidad y olvidarse de los contrastes en su carrera. En la casa
de su madre, cuando iba a visitarla, trataba de recuperar la memoria de su
padre y le pedía a Gregoria que le contara sobre las campañas militares de don
Juan, pero ella solamente lo había acompañado en los tiempos de las antiguas
misiones jesuíticas en América, cuando partía por algunas semanas a combatir a
los indios charrúas o minuanes o a pequeñas incursiones portuguesas y poco
podía decirle de sus actuaciones anteriores. Cuando ella veía tan desalentado a
su hijo trataba de animarlo, pero muchas veces José la interrumpía con
impaciencia:
—Calle madre, que a mí me ha tocao siempre perder.
¡En Orán, en Colliure nos han fregao...!
* * * *
En Francia la revolución entraba en reflujo y un
general afortunado, Napoleón Bonaparte, que a los veintiocho años había
provocado admiración por sus campañas en Italia y luego en Egipto, tomaba el
poder como primer cónsul luego de un golpe de Estado ocurrido el 18 brumario.
España continuaba subordinada a Francia y Napoleón presionó a Carlos IV para
que declarase la guerra a Portugal, si este país mantenía su alianza con
Inglaterra. Aunque una hija del monarca español estaba casada con el heredero
del rey portugués, el pusilánime Carlos IV (aconsejado siempre por Godoy, el
notorio amante de su esposa) cedió a las presiones y abrió las hostilidades. El
propio Príncipe de la Paz se puso al frente de las operaciones y salió rumbo a
Badajoz.
El Murcia marchó a unirse al ejército que, desde
Extremadura, iba a invadir Portugal y entre sus oficiales se encontraba el
segundo teniente San Martín, de 23 años. El clima era primaveral y los caminos
llanos, con abundantes ganados en los campos aledaños. A los pocos días
entraron en territorio portugués, pero la superioridad numérica hispánica era
tan grande que no hubo resistencia. Al llegar a Campomayor la plaza se entregó
sin luchar y allí se enteraron de que la guerra había terminado, sin ninguna
acción que mereciera el nombre de batalla.
En su primer parte, Godoy le había escrito al rey:
"Las tropas que atacaron, al momento de oír mi voz, luego que llegué a la
vanguardia, me han regalado dos ramos de naranjas de los jardines del palacio
de Yelves, que yo presento a la reina". A los quince días del comienzo de
la campaña, se firmaba en Badajoz un tratado de paz, por el cual Portugal se
comprometía a cerrar sus puertos y su comercio a los ingleses. Godoy fue
nombrado generalísimo de todas las fuerzas de mar y tierra se prepararon
fiestas y desfiles para homenajear a los reyes, quienes concurrirían a recibir
la plaza de Olivenza y a celebrar la victoria en una curiosa confrontación sin
operaciones que fue bautizada socarronamente como "guerra de la
naranjas".
El Príncipe de la Paz hizo formar a las tropas en
gran parada para dar la bienvenida a los monarcas. La reina María Luisa,
llevada en una litera adornada con guirnalda avanzaba por la calzada rebosante
de gente. Godoy salió a su encuentro y, poniendo en sus manos los ramos de
naranjas, la halagó:
Es el trofeo de la victoria rendido a la hermosura
y a su majestad real.
La cincuentona soberana recibió los ramos con gesto
de coquetería, mientras su marido, sonriente y con cara de infeliz, contemplaba
la escena en medio de las sordas burlas populares. Mientras ciertos sectores de
la corte experimentaban vergüenza por las suspicacias chusconas de la población
algunos militares temían ser alcanzados por la deshonra de la reina y el
oportunismo del general en jefe, acostumbrado conquistar más laureles en el
lecho real que en los propios campos de batalla.
En la plaza mayor, durante las fiestas por la
"victoria", el clima era alegre y muchachas y soldados iban y venían
por el paseo, recorriendo los puestos de manzanillas y horchatas y visitando
los mostradores que ofrecían tapas con chorizos, tortillas, mariscos y pescados
fritos cuyo aroma exaltaba la euforia del momento.
José y dos camaradas compartían una mesa con tres
manolas bajo los entoldados improvisados. Lola era delgada, alta, de ojos
grandes y cutis moreno. San Martín simpatizó con ella y notó que la muchacha le
correspondía. Los chatos de manzanilla eran abundantes y los brindis
prolongados por la "victoria", la amistad y luego el amor los fueron
envolviendo hasta que las barreras empezaron a caer en un clima de embeleso y
arrumacos. La noche terminó con furtiva pasión en la banda del río y luego José
acompañó a Lola hasta su casa. A los pocos días el Murcia regresaba hacia
Málaga y el segundo teniente conservaba la sensación de felicidad por los
dulces favores de Lola y mantenía en sus retinas la sonrisa intencionada de la
bella muchacha. Cuando iban llegando a su cuartel, sin embargo, José evocaba
las duras jornadas de Orán, las marchas bajo la lluvia en los Pirineos y el
abordaje de la Santa Dorotea, y empezó a pensar que las
celebraciones de Badajoz habían sido quizá desproporcionadas con la magnitud de
esta campaña.
Capítulo III
Reyes indignos, pueblo primitivo
(1801—1808)
El Murcia fue enviado al fuerte de San Roque, para
reforzar la vigilancia sobre las tropas inglesas que estaban estacionadas en el
peñón de Gibraltar, que Gran Bretaña había ocupado en 1704. Luego de la
usurpación inglesa, España había levantado en la zona una serie de
construcciones, que fueron denominadas el campo fortificado de Gibraltar.
No había allí enfrentamientos ni operaciones y José
cumplía con las rutinas del cuartel: madrugar; controlar a la tropa y hacer
gimnasia; vigilar las guardias; hacer ensayos de marchas y ejercicios tácticos;
acostarse temprano. En las horas de descanso, los oficiales charlaban sobre los
acontecimientos políticos y las nuevas ideas que circulaban por el mundo y se
entremezclaban con los sucesos bélicos. Inglaterra presionaba por la entrada de
sus productos en los mercados del continente europeo y muchos de sus
intelectuales y políticos pregonaban las nuevas ideas de liberalismo político,
a pesar de la larga guerra que llevaban contra los revolucionarios franceses.
En Francia, Napoleón Bonaparte concentraba el poder
y gozaba de una enorme popularidad. El primer cónsul trataba de superar las
antiguas divisiones y facilitaba el regreso de los monárquicos y
revolucionarios disidentes que habían marchado al exilio. "El gobierno no
quiere más partidos y no ve más que a los franceses", era la consigna.
Había firmado un concordato con el Papa restableciendo la libertad de cultos y
reconociendo al catolicismo como "la religión de la mayoría de los franceses".
El pontífice aceptó la anterior confiscación de los bienes del clero y, a
cambio, Bonaparte le garantizó la seguridad de los eclesiásticos que prestaran
juramento de fidelidad al gobierno. La administración pública de las provincias
interiores se había centralizado y se vivía una especie de estabilización del
legado revolucionario, pero con un sentido autoritario y ordenador.
Entre los oficiales españoles, una gran parte
miraba con mucha simpatía las ideas liberales. San Martín habitualmente se
limitaba a escuchar, pero cada vez simpatizaba más con esta forma de pensar.
Aunque había luchado contra las tropas francesas en el Rousillon, compartía los
ideales de "libertad, igualdad y fraternidad", sobre todo si podían
llegar a expresarse dentro del orden y con respeto a la vida y a la propiedad
de todos los sectores, como estaba tratando de hacerlo Napoleón.
La política de Godoy había llevado a los españoles
a subordinarse a los franceses y, por lo tanto, a enfrentarse con Inglaterra.
San Martín y los oficiales del Murcia debían vigilarlos en Gibraltar, pero en
la intimidad reconocían que Gran Bretaña estaba en un papel de vanguardia en
materia de libertades civiles y económicas y, en cuanto a desarrollo bélico,
había tenido un notable progreso en el dominio de los mares.
El invierno hacía su llegada y el segundo teniente
fue enviado en comisión a Valladolid y Salamanca, con el objeto de realizar una
conscripción de reclutas. Partió a caballo con un par de sargentos y algunos
soldados y llegaron a Valladolid sin inconvenientes. Al día siguiente, en la
plaza principal, el alcalde reunió a los jóvenes con la edad requerida y se
instaló en una mesa flanqueada por una bandera, junto con José y sus
subalternos. El acto era rutinario y consistía en anotar los datos personales de
los enganchados. De vez en cuando, San Martín corroboraba que tuvieran las
condiciones requeridas por la ordenanza: debían ser católicos, mayores de
dieciocho años, con estatura mayor de cinco pies y no podían ser de
"extracción infame como mulatos, gitanos o carniceros de oficio". Al
completarse las listas se levantó y, siguiendo el ceremonial, expresó:
—Señor alcalde: éstos son los mozos que han tenido
el pensamiento de alistarse en mi bandera. Exhórteles Vuesa Merced a que honren
a su patria y a su familia.
Una vez que los jóvenes pasaron del lado de la
comisión militar, el segundo teniente les colocó en el sombrero una escarapela
encarnada y, haciéndoles levantar las manos, les preguntó:
—¿Prometen Vuesas Mercedes seguir al rey y defender
constantemente sus banderas?
Después del "sí prometemos", San Martín
los entregó al sargento y le exhortó: —Mando a Vuesa Merced que conduzca a esta
gente al cuerpo; que les evite toda vejación y que haga observar la disciplina
del Reglamento.
El pelotón partió a pie para Salamanca, pero José
resolvió quedarse a pasar la noche en Valladolid con la idea de alcanzarlo
después al paso de su caballo. Le habían recomendado una moza del pueblo y
quería saber si estaba a la altura de su Lola de Badajoz.
A la mañana siguiente, aligerado de sus ímpetus
varoniles, partía al paso de su cabalgadura por la ruta hacia Salamanca. El
camino era fragoroso y poco arbolado y, al subir una leve cuesta, advirtió que
en lo alto lo esperaban cuatro jinetes. A medida que se aproximaba comprobó que
estaban mal entrazados y posiblemente intentarían asaltarlo, pero ya era tarde
para buscar otra senda. Al toparse con ellos se vio obligado a frenar su
caballo y, el que parecía ser el jefe, ordenó secamente:
—Venga la maleta, en el acto.
Instintivamente, San Martín llevó sus manos a la
cartera pretendiendo defenderla y recordó, como en un relámpago, que llevaba
allí los reales que su regimiento le había dado para la comisión. Un tremendo
impacto en el pecho y en el rostro lo sorprendió y el aturdimiento lo inclinó
sobre su cabalgadura. Sin comprender del todo lo que pasaba, cayó a tierra
pesadamente y allí advirtió que debía defenderse prestamente. Se levantó y sacó
su sable y vio que ya los forajidos venían sobre él. Tiró dos estocadas a los
más próximos pero el tercero se le abalanzó con una daga y sintió un terrible
ardor en el pecho. Se dio cuenta de que había sido tocado y sintió otra lluvia
de golpes sobre el cuerpo que lo dejó tirado en el suelo. Pensó que había
llegado su hora, pero vio que los maleantes recogían la maleta militar, subían
a sus cabalgaduras y se marchaban.
Al cabo de un rato se levantó conmovido y dolorido.
Trató de parar la sangre que manaba del pecho y advirtió que también su mano
derecha sangraba, fruto de otro corte, hecho posiblemente mientras trataba de
defenderse. Sentía dolor en todo el cuerpo y se sentó sobre una peña, al
costado del camino.
Ayudado por unos peregrinos pudo llegar hasta el
pueblo de Cubo, donde fue asistido en una posada por el boticario, quien le
curó las heridas.
A la mañana siguiente le aparecieron más dolores en
todo el cuerpo y debió hacer reposo por varios días. Una monja lo visitaba por
las tardes, lo ayudaba a cambiarse los vendajes y también lo confortaba
anímicamente con su charla.
Uno de los jefes de su división, que casualmente
pasaba por el lugar, lo visitó una mañana. José se sintió aliviado de que uno
de sus superiores pudiera ver la seriedad y dimensión de sus heridas, ya que el
robo del dinero de su comisión lo hacía sentir muy comprometido.
La mañana en que regresaba a San Roque, vino a
despedirlo la religiosa que tanto lo había atendido. El oficial le expresó
calurosamente su agradecimiento y ella sacó un rosario de entre sus hábitos y
se lo obsequió.
—¡Vaya—hermana! Es que yo soy liberal y no creo
mucho en estas cosas de la religión...
—Lleva este rosario siempre contigo, hijo, y la
Virgen te ayudará...
San Martín pasó el rosario por su cabeza y lo dejó
colgado en su pecho. Abrazó a la mujer, subió a su caballo e inició la marcha.
Cuando el pueblo desapareció de la vista pensó en sacar el rosario del cuello y
guardarlo en la maleta, pero luego de unos instantes de indecisión cambió de
idea. Hizo un gesto como de resignación y, metiéndolo por debajo de su
chaqueta, resolvió conservarlo junto a sí.
Al llegar a su regimiento pidió por nota que se le
perdonase el pago de los 3.350 reales de vellón que los maleantes le habían
robado, que eran el sobrante de los fondos para su comisión de bandera de
reclutas. Sintió alivio cuando la superioridad lo liberó de ese pago, pero los
dolores en el cuerpo le duraron semanas. También conservó el sentimiento de
vejamen e impotencia que sintió frente a los delincuentes, cuya fisonomía
retenía y hubiera deseado encontrarlos de nuevo de uno en uno para matarlos como
a perros. ¡Joder —se decía admirativamente—, pensar que salí ileso de Argel,
del Rousillon y de la Dorotea., y vinieron a herirme estos facinerosos!
* * * *
Ya estaba recuperado, cuando el Murcia fue
embarcado y enviado a Ceuta, en el África. Aunque la travesía era muy corta,
disfrutó de un crepúsculo maravilloso sobre el Mediterráneo, en el que las
nubes parecían abanicarse sobre los restos del sol y esos rayos púrpuras, que
tanto lo fascinaban sobre el mar, se desvanecían en el firmamento. Lamentó no
llevar los pinceles y el caballete, para plasmar sobre la tela ese espectáculo
único que la noche le robaba.
Al llegar el verano, la conducción del ejército
decidió crear un batallón de infantería ligera que se llamaría de Campo Mayor,
en recuerdo de la reciente victoria en ese lugar de Portugal. Una de las
compañías debía ser integrada por 50 hombres del Murcia y entre ellos fue
designado San Martín. La infantería ligera no tenía demasiado prestigio, poseía
armamento liviano y poca capacidad combativa, por lo que el segundo teniente no
estaba muy satisfecho con el destino. Además, hacía casi ocho años que estaba en
el Murcia y se había apegado al regimiento, pero de todos modos partió con sus
capitanes y subalternos hacia Sevilla, donde el nuevo batallón iniciaría sus
actividades. Allí aumentó su optimismo al saber que lo ascendían a segundo
ayudante, juró la nueva bandera y luego siguió con el batallón hasta el puerto
de Santa María, donde prosiguió la labor.
Las tareas eran múltiples y variadas, por tratarse
de un cuerpo en formación, y José empezó a entusiasmarse. Había que procurar
equipos, solucionar problemas de alojamiento y proporcionar instrucción a los
integrantes que se sumaban. Como además estaba próximo a sus jefes, se sintió
cómodo en estas tareas en las que volcaba su temperamento metódico. El orden
que había vivido en su casa con su padre, y luego como cadete y oficial en el
Murcia, le estaba sirviendo ahora para organizar la unidad.
Al cabo de un año, el batallón fue trasladado a
Cádiz, donde se le agregaron cuadros provenientes de otras provincias. José
estuvo satisfecho por llegar a una ciudad importante, plaza fuerte y puerto, y
sede de la Capitanía general de Andalucía. Las tareas de apronte de la unidad
continuaron, pero fueron interrumpidas por el ataque de un enemigo singular:
una epidemia de cólera atacó a la ciudad y los fallecidos se contaban por
miles. El morbo arrasaba con la población: la diarrea deshidrataba a la gente y
en pocas horas la llevaba a la muerte, en tal cantidad que los sepultureros no
daban abasto. En su batallón, San Martín vio con angustia morir a doscientos
soldados y oficiales, ante la desesperación de camaradas y jefes que ni en
batallas habían visto tantas víctimas. Desde entonces, los andaluces acunaron
una gráfica expresión para encontrar consuelo en los malos momentos: "por
mal que anden las cosas, peor estaban en Cádiz con el adentros que a él no le
habían contado sobre esos sucesos, sino que los había vivido en el propio sitio
y con todo su dolor.
El batallón recibió instrucciones de ocuparse de la
represión de malhechores y contrabandistas, para lo cual debían dividirse en
fracciones que patrullaran las distintas zonas andaluzas. Cuando supervisaba
esas tareas de policía, el segundo ayudante ponía gran empeño en eliminar a los
delincuentes y a todo elemento de mal vivir. No sólo lo hacía por repulsión al
delito y para proteger la vida y propiedad ajena y las normas económicas de la
corona, sino también para desquitarse de aquellos facinerosos que lo habían
atacado en el camino a Salamanca y cuyas heridas nunca terminaba de vengar.
El batallón recibió instrucciones de ocuparse de la
represión de malhechores y contrabandistas, para lo cual debían dividirse en
fracciones que patrullaran las distintas zonas andaluzas. Cuando supervisaba
esas tareas de policía, el segundo ayudante ponía gran empeño en eliminar a los
delincuentes y a todo elemento de mal vivir. No sólo lo hacía por repulsión al
delito y para proteger la vida y propiedad ajena y las normas económicas de la
corona, sino también para desquitarse de aquellos facinerosos que lo habían
atacado en el camino a Salamanca y cuyas heridas nunca terminaba de vengar.
En aquellos días, su batallón participó de un
ejercicio que fue revistado personalmente por el capitán general de Andalucía,
el marqués de la Solana. Acompañaba al marqués el famoso general francés Jean
Moreau, triunfador en la batalla de Hohenlinden, que había abierto a los
franceses la puerta de Viena. En tiempos anteriores, Moreau había recibido en
Francia a Solana. Y ahora, en momentos en que Napoleón, guiado por celos,
miraba con ojeriza a su propio general, el marqués retribuía las atenciones
agasajando al general francés y lo había invitado al ejercicio militar.
José, al frente de sus hombres, miró con admiración
al oficial galo y pensó que los avatares de la política suelen ser crueles con
las figuras militares.
A fin de año, San Martín recibió el ascenso a
capitán segundo. El Campo Mayor no entraba en campañas ni acciones de guerra,
salvo algunos breves traslados entre su sede de Cádiz y las cercanas
fortificaciones de Gibraltar. Los oficiales, de todos modos, en sus ruedas
cotidianas seguían los sucesos locales mundiales.
De todos los adversarios que tenía Francia, sólo
Inglaterra no había sido vencida. Muy cerca de donde ellos estaban, en
Trafalgar, el almirante Nelson había derrotado a la flota franco—española e
Inglaterra quedó dueña de los mares. En respuesta, Napoleón estableció un
bloqueo continental a las mercaderías inglesas, con el fin de provocarle
problemas económicos y sociales a la isla y obligarla a negociar.
Tiempo después, José prestó particular atención a
una noticia que venía del Río de la Plata, el virreinato donde él había nacido.
Un ejército inglés encabezado por el general Beresford había ocupado Buenos
Aires, pero la población había rechazado a los invasores. Al año siguiente los
británicos hicieron un nuevo intento, pero también fueron expulsados.
El ministro Manuel Godoy seguía siendo el hombre
fuerte de la península, con el apoyo de su amante, la desinhibida reina María
Luisa, pero el príncipe Fernando, heredero del trono, empezaba a formar su
propio partido.
Como Portugal no colaboraba con el bloqueo contra
Inglaterra, Napoleón decidió conquistar ese país y desmembrarlo. Para ello
firmó con Godoy un pacto de colaboración en Fontainebleau, por el cual España
aportaría tropas y dinero. En la parte sur de Portugal se constituiría un
principado hereditario para el Príncipe de la Paz, y ambos sectores portugueses
quedarían bajo la soberanía del rey de España. De este modo, Carlos IV no iría
a compartir solamente su esposa con Godoy, sino también sus reinos. Las colonias
portuguesas dé ultramar serían repartidas entre Francia y España.
En cumplimiento de este acuerdo, un gran ejército
francés cruzó los Pirineos y marchó por el norte de España hacia Portugal.
Tropas españolas fueron a reforzar al ejército francés y el marqués de la
Solana, gobernador civil y militar de Cádiz y capitán general de Andalucía,
partió con un ejército de 6.000 hombres para invadir Portugal por el sur. Entre
ellos estaba la mitad del batallón de infantería ligera de Campo Mayor, pero el
segundo capitán San Martín no fue incluido entre los movilizados y debió permanecer
en Cádiz, con una cierta sensación de frustración.
Ante el avance de las fuerzas francesas, los reyes
de Portugal decidieron trasladarse con su corte a Brasil. Tres días después,
las tropas de Napoleón entraban triunfantes a Lisboa.
El general Solana, a su vez, se apoderaba del sur
sin disparar un solo tiro.
Mientras tanto, en la corte española en El Escorial
se había producido una gravísima crisis. El príncipe Fernando estaba alarmado
por la conducta y las ambiciones del amante de su madre y empezó a trabajar con
sus partidarios para formar un ministerio adicto. Elaboraron una memoria
explicativa para presentar al rey, en la que denunciaban que Godoy aspiraba a
sucederlo en el trono en caso de fallecimiento. Pero los espías del favorito se
enteraron de este movimiento y, mediante un anónimo, el príncipe de Asturias
fue acusado de querer asesinar a su padre y envenenar a su madre.
Fernando fue citado por los reyes y estuvo
incomunicado por tres días, mientras su correspondencia era registrada y sus
servidores apresados. Interrogado por el presidente del Consejo de Castilla, el
príncipe aceptó su responsabilidad, denunció a sus cómplices y solicitó el
perdón real. Carlos IV comunicó al país los peligros que corría la corona y
denunció también la conspiración ante Bonaparte, como si éste se tratara de un
superior. Ante la popularidad de que gozaba Fernando (en oposición al desprestigio
de los monarcas y de su favorito), el soberano y la reina terminaron por
otorgar el perdón solicitado.
Bonaparte no cumplió con lo que había prometido a
Godoy, sino que por el contrario empezó a adoptar una política agresiva hacia
España. Varios ejércitos franceses entraron a la península y ocuparon las
ciudades más importantes.
En un primer momento, los partidarios de Fernando
pensaron que se trataba de un apoyo para ellos, pero pronto Napoleón desnudó
sus intenciones: Francia iba a quedarse con todo Portugal y exigía que España
le entregase sus provincias del norte, para tener una vía de acceso directa al
país anexado.
Godoy propuso que los reyes se trasladasen a
América y la corte se instaló en Aranjuez, mientras se organizaba el viaje
hacia las Indias. Pero Fernando manifestó que él no viajaría y estalló un
violento motín encabezado por sus partidarios: una multitud enardecida asaltó
la residencia del ambicioso favorito. Atemorizado, Carlos IV destituyó a su
valido, pero esto no calmó a los rebeldes. El rey, entonces, resolvió abdicar.
El pueblo, que había visto con alarma el ingreso de
las tropas francesas, recibió con alegría la noticia de la finalización del
reinado de Carlos IV y su imprudente esposa.
El nuevo rey, Fernando VII, buscó el apoyo de
Napoleón y le solicitó la mano de una sobrina. Formó también su ministerio y
envió un emisario al jefe de las tropas francesas en España, el mariscal Murat,
cuñado de Bonaparte. Pero Murat no reconoció al flamante monarca y aconsejó a
Carlos IV que se retractara de su abdicación, cosa que éste hizo.
Mientras tanto, la ex reina María Luisa pedía a
Murat por la vida de Godoy y se expresaba en contra de su hijo.
Aprovechándose de estas turbulentas disensiones,
Bonaparte decidió viajar a Bayona para imponer allí una solución a la
"cuestión española" y citó a Fernando VII, Carlos IV, María Luisa y
Godoy.
En medio de vergonzosas discusiones entre Fernando
y sus padres, Napoleón les notificó que él estaba encargado por la Providencia
de formar un gran imperio; y que dado que no podía contar con una España
tranquila mientras reinaran ellos, había resuelto otorgar la corona a un
miembro de su propia familia, su hermano José Bonaparte.
La población española estaba escandalizada por la
conducta de sus anteriores reyes, por lo cual algunos sectores ilustrados
aceptaron la idea de una nueva dinastía Bonaparte (al fin y al cabo, otros
hermanos de Napoleón reinaban ya en varios países europeos y, por otra parte,
los borbones españoles también habían venido de Francia en 1701).
Pero en los ambientes populares se recibió con
desagrado la imposición de un monarca extranjero, asentado sobre la fuerza de
tropas de ocupación. Un sordo descontento se fue extendiendo por toda la
península y esto aumentó el apoyo a Fernando VII, prácticamente destronado
antes de que empezara a reinar.
* * * *
En esos días de conmoción y desaliento, José empezó
a frecuentar a José Matías Zapiola, un marino que había nacido en el Río de la
Plata y con cuyas ideas liberales coincidía particularmente. Una noche,
bebiendo unas horchatas de chufas en una taberna, Zapiola le confió que se
estaba reuniendo secretamente con unos camaradas —la mayoría originarios de
América— con el ánimo de impulsar la independencia de esas colonias.
Le comentó que tanto en Madrid como allí, en Cádiz,
se habían empezado a formar logias operativas, tendientes a colaborar con ese
cometido liberador, que coincidía plenamente con el espíritu progresista y
filantrópico de la masonería.
San Martín simpatizaba sobradamente con el
movimiento masónico, que desde hacía un siglo tenía intensa actividad en
Inglaterra y Francia y que había sido introducido también en España por la
Ilustración, cuyos miembros practicaban y difundían el libre pensamiento.
Precisamente, el propio marqués de la Solana, jefe militar y gobernador a quien
José admiraba, era un reconocido logista que solía pregonar las ventajas de la
tolerancia política y religiosa. Por eso, le resultó muy atractiva la idea de
favorecer la independencia de las colonias indianas, en cuanto significaba
sustraer a esos territorios del incierto destino de la monarquía peninsular y
orientarlos hacia caminos más progresistas, pero pensó que era prematuro y
comprometedor enrolarse en una vía sobre la que no tenía demasiado conocimiento
ni convicción.
América no era para él un lugar concreto ni el
recuerdo claro de los sitios de la infancia (Málaga, en cambio, sí lo era) como
para determinarlo a seguir de golpe un camino tan riesgoso. La educación de
cuartel, precisamente, había ido acentuando en él un temperamento precavido,
que lo volvía muchas veces directamente desconfiado y lo alejaba de las
decisiones precipitadas. No obstante esto, la idea le quedó circulando en la
mente como un proyecto interesante para tiempos tan conflictivos, y le hizo pensar
que el lugar de su nacimiento acaso podría tener que ver con el desarrollo de
su futura personalidad.
* * * *
El 2 de mayo de 1808 estalló en Madrid un
levantamiento popular contra los franceses y en los días posteriores los
motines se reproducían en las principales ciudades. Como Fernando VII (al igual
que Carlos IV, María Luisa y Godoy) había sido internado en Francia, se formó
en Sevilla una Junta de Gobierno provisoria para representar su poder.
La agitación llegó también a Cádiz y una multitud
se reunió en la plaza a vociferar contra los franceses invasores, a quienes se
consideraba "herejes y afeminados". Una delegación popular fue a
solicitar al gobernador y capitán general, el marqués de Solana, que adhiriera
a la Junta de Sevilla y se incautara de los buques franceses que estaban en el
puerto y detuviera a sus marinos.
Solana era un general elegante y alto, partidario
de las ideas liberales y amigo de la cultura francesa. Nacido en Venezuela y de
tez morena y nariz aguileña, trataba a los hombres con firmeza pero con buen
modo, algo que no era común entre sus camaradas. San Martín era su subordinado
indirecto y se identificaba y tenía profunda admiración por ese general tan
distinguido y prestigioso, con cuyas afirmaciones coincidía.
Después de reunirse con los mariscales de su zona,
Solana publicó un bando diciendo que si bien los invasores eran enemigos
insaciables que no vacilarían en hacer de Cádiz otro Gibraltar, no era
conveniente dejarse arrastrar a un alzamiento prematuro que podría convertirse
en una carnicería, sino que era necesario prepararse previamente, tanto en
hombres como en pertrechos.
A la tarde siguiente, la multitud se reunió
amenazante en la plaza de los Pozos de la Nieve, frente a la cual se encontraba
el palacio del gobierno militar. José estaba en la residencia y, al advertir el
tumulto, marchó hacia la guardia junto con los otros oficiales presentes. En
ese momento se acababa de cerrar el grueso portón de madera y hierro y los
efectivos se habían atrincherado a la defensiva.
Un orador apostrofó a los amotinados en contra del
general Solana calificándolo de afrancesado y traidor, mientras desde adentro
la guardia pedía refuerzos sin ningún éxito. Los sublevados intentaron echar
abajo la puerta, pero como tenía gruesas trancas optaron por traer unas piezas
de artillería. Alarmado, San Martín interrogó con la vista al capitán general,
pero éste le ordenó que no hiciera fuego contra la multitud y marchó hacia el
fondo del edificio, en donde subió a la terraza para intentar una huida por
allí.
Los cañonazos derribaron el portón y los amotinados
asaltaron la residencia y la ocuparon ruidosa y salvajemente, mientras los
integrantes de la guardia miraban con horror, pero no fueron atacados. Solana,
en tanto, había pasado por los techos a la casa de una vecina acaudalada, quien
lo ocultó en un pequeño gabinete alhajado al estilo oriental. Pero su escondite
fue denunciado a la turba por un albañil que conocía la vivienda y el marqués
fue sacado de allí a los empujones y dirigido a los golpes hasta la plaza de
San Juan, donde estaban instaladas las horcas para ejecutar a los delincuentes.
Espantados, los dispersos soldados contemplaron
cómo el infortunado general era vejado y sus ropas destruidas, mientras la
multitud se alejaba rumbo a la plaza donde terminarían apuñalándolo y
colgándolo.
Un brazo de la turbulenta manifestación se dirigió
con clara hostilidad hacia San Martín mostrándole sus armas, por lo que éste
optó por huir en sentido contrario. Después de correr varias cuadras llegó
hasta la iglesia de los capuchinos, donde un monje le otorgó asilo eclesiástico
y lo protegió de sus perseguidores. Además de agitado por la corrida, estaba
atónito por la suerte sufrida por Solana y horrorizado por las circunstancias
que estaba viviendo. No pudo dormir en toda la noche, dolorido por la suerte
injusta de su superior y desconcertado por la increíble situación que
afrontaba.
Al día siguiente, el segundo jefe de su regimiento,
Juan de la Cruz Mourgeon, lo refugió en su casa y le ordenó que marchara hacia
Sevilla. José partió apesadumbrado y humillado sin poder sacarse de encima una
profunda sensación de ultraje. Los olivares que flanqueaban el camino, que
otras veces le habían resultado alegres, ahora le parecían espectrales.
"Estos compatriotas son muy brutos —meditaba,
mientras nuestros reyes son indignos y nuestro pueblo muy primitivo".
Capítulo IV
Calor y triunfo en Bailén
(1808—1811)
Cuando llegó a Sevilla, la ciudad estaba totalmente
agitada con motivo de la constitución de la Junta Central de España e Indias y
la formación de un Ejército de Andalucía, para luchar contra las tropas
francesas, que se acercaban bajo el mando del general Dupont. El maltrecho San
Martín fue destinado (integrando el reunificado batallón de Campo Mayor) a la
vanguardia de aquel ejército, que estaba en Carmona a cargo del marqués de
Coupigny. El mando superior lo tenía el general Castaños.
Dupont avanzaba con 25.000 soldados y los andaluces
estaban reclutando un número igual para enfrentarlo e impedirle su objetivo de
llegar a Cádiz. La misión de la vanguardia era hacer reconocimientos sobre las
primeras avanzadas enemigas, de tal modo de informar al comando principal sobre
las marchas del adversario. Pero también debía distraer la atención del
ejército francés con hostilidades relámpago sobre los flancos y amenazas sobre
las comunicaciones.
José quedó de nuevo bajo el mando inmediato de Juan
de la Cruz Mourgeon, quien compartía también el ideario liberal del malogrado
Solana y confortó espiritualmente a su subordinado. San Martín se hallaba
cómodo en estos operativos de guerrilla que debían desarrollar, pero su estado
de ánimo era deplorable. Se sentía desasosegado, incómodo, sin poder asimilar
del todo la tragedia de un jefe con quien tanto se había identificado. Hasta
físicamente se sentía parecido a él y se enorgullecía de esa semejanza: los dos
eran altos, de tez morena y cabello negro ensortijado. El marqués había nacido
en América, era hijo del capitán general y gobernador de Venezuela, era
partidario de las luces y los principios de la Revolución Francesa y por lo
tanto deseaba el progreso y las libertades para su pueblo, lo mismo que él.
¿Por qué entonces ese mismo pueblo lo había asesinado vilmente? ¿Por qué
acusarlo de afrancesado y traidor, por el simple hecho de ser admirador de la
cultura y los adelantos franceses, si precisamente Solana quería el bien de su
país y de sus pobladores más humildes? Había querido ahorrar la sangre de su
pueblo y este mismo pueblo, convertido en una multitud enloquecida, lo había
martirizado y ahorcado como a un delincuente. No podía entenderlo y un sordo
encono lo dominaba. Para colmo, solamente una minoría podía comprender sus
sentimientos y no tenía demasiada gente con quien desahogarse, porque el común
de los súbditos estaba ahora enfervorizado contra los invasores y sólo se
pensaba en odiar a los franceses.
Las operaciones de guerrilla le posibilitaban
libertad y movilidad, pero solía marchar hosco, taciturno, rumiando su disgusto
contra estos camaradas que antes lo menospreciaban y lo calificaban de
"indio", y ahora lo segregaban y lo tildaban de extranjerizante y
desleal. En algún momento, él iba a enseñarles a esos cobardes quién era más
patriota y más valiente.
Una madrugada, Mourgeon salió con varias compañías,
entre ellas la de Campo Mayor, a ocupar algunos puestos avanzados en las
inmediaciones de Arjonilla. Se dividieron en columnas y, luego de marchar unos
kilómetros por el camino del arrecife, el jefe le indicó a José que atacase una
descubierta de los enemigos. El capitán segundo partió con veintiún jinetes
hacia ellos pero comprobó que en ese momento los franceses huían. San Martín,
excitado, quería pelear y decidió tomar una trocha para cortarles la retirada,
animando a los cazadores de otros batallones que lo acompañaban. Al llegar a la
posta de Santa Cecilia vio que los galos estaban formados esperando y que eran
casi el doble que ellos, pero enarboló su espada y dio la orden de
arremeterlos, sin pensar un segundo. Mientras su caballo avanzaba a todo galope
sentía que la sangre le hervía y, al chocar con los franceses, empezó a tirar
mandobles para todos lados, como si estuviera descargando un odio furibundo
contra todos los que habían dudado de su valor de soldado y su adhesión al
país. Sus hombres lo acompañaban en la carnicería y la polvareda se llenó de
gritos, ayes, ruido de sables y disparos de pistolas y fusiles. Algunos
invasores caían con sus caballos y el oficial que los comandaba optó por la retirada.
Exaltado, casi enceguecido, quiso perseguirlos pero en ese momento le llegó una
orden de detener el fuego enviada por Mourgeon, quien había sido informado de
que cien jinetes adversarios venían a reforzar a los vencidos.
Sobre el campo de lucha quedaban quince franceses
muertos y cuatro heridos, a quienes hizo montar sobre sus propias cabalgaduras.
Hizo recoger quince caballos del enemigo y saludó a un soldado propio que
estaba herido y a otro que lo había ayudado en un trance muy peligroso. Todavía
exaltado pero en tren de calmarse, descargado como si se hubiese aliviado de un
gran peso, marchó de nuevo hacia su campamento y pensó que su padre y el
marqués de Solana estarían orgullosos de él si hubieran podido verlo en el combate.
A la tarde, el teniente coronel Mourgeon redactó el parte sobre la escaramuza y
terminó así: "Los que huyeron de esta manera son los vencedores de Jena y
Austerlitz". Al leerlo, San Martín esbozó una sonrisa de orgullo y
agradeció el gesto de su superior.
Pocos días después, José era ascendido a ayudante
primero y él, por su parte, pedía a sus superiores un escudo de distinción a
los sargentos, cabos y soldados que habían estado a sus órdenes, lo que fue
concedido por el marqués de Coupigny. A las cuatro semanas, le llegaba la
designación Borbón, por el "distinguido mérito en la acción de
Arjonilla". Esto significaba un ascenso y el pase de la infantería (donde
ya llevaba diecinueve años) a la caballería, además de un cambio de regimiento,
aunque seguiría prestando servicios en el Ejército de Andalucía.
Se incorporó al Borbón y, en esos días, el general
Castaños ordenó ocupar los Visos de Andújar, una cadena montañosa paralela al
Guadalquivir, con el objeto de dar batalla en las cercanías de Bailén.
El calor era agobiante, el agua debía ser disputada
permanentemente y el cansancio y el hambre afectaban las fuerzas, pero los
españoles se mostraban aguerridos y estaban en su propio terreno.
José avanzó con su nuevo regimiento. Tuvieron
algunos choques ligeros donde se apoderaron de algunos carros y fueron los
últimos en llegar a los promontorios cercanos a Bailén, próximo al camino a
Andújar y al río Rumblar, donde el ejército se preparaba para el combate. Se
trataba de una extensa altiplanicie ondulada con lomadas en los flancos. La
caballería (entre ellos el Borbón) fue ubicada en la tercera línea, con la
misión de proteger al resto de las fuerzas. Detrás de una cañada donde había
una noria, las fuerzas francesas estaban cubiertas por un olivar.
Esa tarde hubo algunas escaramuzas por la izquierda
y la noche fue muy tensa. La presencia de un contingente tan enorme de tropas y
la cercana amenaza de otro enemigo casi similar auguraban una lucha
impresionante. Antes del amanecer los galos sorprendieron a algunas avanzadas,
pero no lograron desorganizar las formaciones hispánicas. Con las primeras
luces del alba, José vio avanzar por un desfiladero a los primeros batallones
franceses. Se apostaron a ambos lados del camino y emplazaron su artillería en
el centro. El fuego se inició por ambas partes y luego vio que el flanco
izquierdo español, en medio del estrépito infernal, avanzaba a la bayoneta y
los franceses retrocedían abandonando algunos cañones. Sobre la derecha la
situación se veía algo más difícil, pero el flamante capitán advirtió que los
franceses habían sido contenidos en su ataque y decidieron volver al
desfiladero, dejando un gran número de muertos y heridos.
A las cinco de la mañana los invasores habían
recibido refuerzos de su retaguardia y reiniciaron el fuego de artillería sobre
el centro español. Los peninsulares estaban en campo descubierto, pero la
artillería, la infantería y la caballería se mantuvieron en sus posiciones pese
al fuego y resistieron los ataques. Al cabo de una hora el general francés,
animado porque había recibido nuevos refuerzos, ordenó atacar los flancos
hispánicos mientras simultáneamente una fuerte columna trataba de romper el centro
de su adversario apoyada por la artillería.
Cuando ya habían sido superadas la primera y la
segunda líneas españolas, los regimientos Borbón y Farnesio recibieron orden de
cargar. San Martín arrancó con su compañía y entró a combatir en el momento más
enconado y sangriento, cuando los dos ejércitos luchaban casi a pleno. La
confusión era general, pero José advirtió que la artillería propia estaba
desbaratando el ataque francés y rompía piezas invasoras. Esto posibilitó que
los dos regimientos pudieran avanzar sobre los galos y los persiguieran hasta los
olivares. Allí prefirieron no entrar y volver hasta sus formaciones, pero una
parte del Farnesio fue sorprendida por coraceros y debió ser socorrida por la
artillería.
Al mediodía el calor era inaguantable y se
incrementaba aun más por el fuego intermitente de ambos ejércitos y las
llamaradas de algunos pastizales que ardían en las inmediaciones. José
contempló varias veces a una gruesa y esforzada mujer, rápidamente bautizada
como la Culiancha, que recorría el campo con un cántaro y daba de beber a los
soldados, casi desesperados por la sed y el cansancio.
A la tarde, el general Dupont convocó a los marinos
e inició un nuevo ataque, pese a que la fatiga y el desaliento cundían ya en el
campo francés. San Martín los vio avanzar desde su posición, al grito de "en
ac)a.nt", `én aua.nt", (SIC) que se daban unos a otros para
animarse. Pero la artillería española los diezmó y debieron retirarse vencidos
nuevamente hasta los olivares. Aunque agotado, José advirtió que el campo
francés era ya un sitio de desolación y de muerte, lleno de cadáveres, heridos
y mutilados y con cañones y carros desmontados. Batallones suizos que en el
último ataque se habían enfrentado con compatriotas que peleaban en el ejército
español, se pasaban en masa a éste y se saludaban con sus connacionales.
El general francés solicitó capitulación y la
alegría reinó entre los españoles. Los galos habían tenido más de mil muertos y
el invencible ejército napoleónico había caído por primera vez en tantos años
de triunfo. Entre los hispánicos había 243 muertos, pero ni el batallón de San
Martín ni ningún otro del Borbón tenía víctimas fatales.
Atendidos los heridos y firmadas las capitulaciones
definitivas, se realizó en el mismo campo la imponente ceremonia de rendición.
El ejército francés desfiló ante las tropas españolas y fue entregando las
armas, municiones, artillería, carros y equipajes. Finalmente, Dupont saludó a
Castaños y le entregó su espada, diciéndole:
—General, os entrego esta espada con la que he
vencido en cien batallas.
—Pues mire usted, general —respondió el español
devolviéndosela—, ésta es mi primera victoria.
El ejército de Andalucía marchó hacia Sevilla y fue
recibido con gran entusiasmo. La Junta Suprema invitó al general Castaños y le
ofreció una corona de laurel, que el jefe ofreció a San Fernando, quien había
sido rey con el título de Fernando III y había,—sido canonizado por sus
sangrientos triunfos contra los moros. Se rindió también homenaje a Nuestra
Señora de Zocueca, patrona de la ciudad de Bailén, por considerarse que desde
su santuario de Rumblar había protegido a los hispánicos en la batalla.
El triunfo español en Bailén conmovió a toda
Europa: Napoleón recibió la noticia en Burdeos y sintió que su ejército había
sido humillado donde menos lo esperaba y por un país y unas tropas a las que
despreciaba, por considerarlas inferiores e insurrectas.
Le resultaba increíble que uno de sus más
distinguidos generales, a quien se llamaba "Rayo del Norte" por su
actuación en Rusia y en Austerlitz, hubiese rendido las águilas imperiales a un
ejército subalterno. "Tengo aquí una mancha —se quejó mostrando su casaca
militar—, que me gustaría borrar con mi propia sangre".
En Madrid, el rey intruso José Bonaparte, a quien
ya los chuscos habían bautizado como "Pepe Botellas" o "Rey de
Copas", por sus aficiones a la bebida y a la baraja, se sintió inseguro y
decidió marchar con sus ministros y generales hacia Miranda, donde quedó
resguardado por el río Ebro y por las fuerzas francesas estacionadas allí y en
Bayona.
Libre ya de los invasores, el ayuntamiento de
Madrid quiso recibir al victorioso ejército de Andalucía.
El general Castaños partió para allí con sus
numerosas tropas y en ellas marchaba José, integrando su regimiento. Entraron
por el paseo del Prado y, al llegar a la puerta de Atocha, Castaños se dirigió
al Santuario de la Virgen, ante la cual se arrodilló y le elevó sus preces.
Desde allí se inició el desfile, enmarcado por los aplausos y vítores del
público que rodeaba las calles. Muchos soldados llevaban uniformes o sables
franceses o mostraban otros despojos del enemigo, mientras también rodaban por
la calzada cañones o trenes de artillería tomados a los galos. Pasaron por las
calles de Alcalá y la Mayor y, al llegar a las Casas Consistoriales, cruzaron
un arco de triunfo adornado con coronas de laureles.
El entusiasmo del público era desbordante, pero San
Martín no marchaba demasiado contento. Tronaban las salvas de artillería,
repiqueteaban las campanas y los vecinos avivaban a los vencedores, pero el
oficial del Borbón no se contagiaba de la alegría general. Se dirigieron hacia
la plaza del Palacio Real, donde se rindieron los honores de Ordenanza al
ausente monarca Fernando VII. "Estamos luchando por un rey anacrónico que
no nos representa", pensó en ese momento el escéptico oficial.
En los días siguientes asistió a una corrida de
toros organizada en obsequio a los vencedores, a un suntuoso refresco y a un
concierto para la oficialidad, pero su ánimo no mejoraba. Por el contrario,
empezó a tener fiebres y dificultades respiratorias, por lo que el médico de su
regimiento le prescribió guardar cama.
Estando en el lecho y acosado por la tos, se enteró
a través de un camarada que el marqués de Coupigny había sido privado del mando
de su división. Aunque no se conocían las razones, se rumoreaba que por el
hecho de ser francés de nacimiento las autoridades españolas desconfiaban de su
total entrega a la causa nacional.
Esta noticia afectó aun más el espíritu de José.
Coupigny era un militar destacado y progresista que acababa de participar
brillantemente en el triunfo de Bailén, una victoria que había electrizado a
Europa pues significaba el primer contraste de Napoleón. Para la Junta Central,
sin embargo, esto no había sido suficiente y, en vez de ascender y premiar a
Coupigny, se lo separaba del mando. ¿Qué era necesario para ser reconocido en
este país? A un militar hay que juzgarlo por lo que hace en el campo de batalla
—pensó— y no por sospechas bastardas o intrigas de palacio.
Sus problemas pulmonares no mejoraban y el médico
le prescribió una prolongada licencia. Partió entonces de regreso a Sevilla,
destinado a la Junta Militar de Inspección, con goce de sueldo pero sin
funciones, para atender a su restablecimiento.
Comenzaba el otoño y las encinas empezaban a
desprenderse de hojas, cuando llegó debilitado a la capital de Andalucía. La
inactividad contribuía a mantenerlo deprimido, pero se alegró al enterarse de
que Coupigny había recuperado el mando de su división y había sido ascendido,
haciéndosele justicia por sus méritos en Bailén.
Concurría esporádicamente a la Junta de Inspección,
para charlar con los camaradas y comentar los acontecimientos.
Napoleón había viajado a Erfurt, donde había
celebrado una alianza con Alejandro 1, emperador de Rusia. Tranquilizada de
algún modo la situación en Europa oriental, Bonaparte se abocó entonces a la
conquista de España, que esta vez decidió realizar personalmente. Formó un
ejército de 150.000 hombres para sumarlos a los 100.000 que ya tenía en la
península y partió para allí. Al llegar a Vitoria manifestó a los españoles:
"Llego con soldados de Austerlitz. Vuestras malas tropas no podrán
detenerlos. Como no puedo fiarme de la nación española, tomaré mis garantías y
la sujetaré a un gobierno militar".
El general Castaños, esta vez al frente del
ejército del Centro, y el general Palafox, al mando del de Reserva, discrepaban
sobre los planes de la defensa territorial y se denostaban entre ellos.
Reunidos en Tudela en Consejo de Guerra, no pudieron ponerse de acuerdo y las
discordias y rivalidades surgieron a la superficie, mientras las tropas
francesas se acercaban a la ciudad. Napoleón, deseoso de desacreditar al
vencedor de Bailén y al defensor de Zaragoza, los batió ignominiosamente y
quedó con el paso expedito hacia Madrid.
Los españoles que integraban el ministerio del rey
José Bonaparte habían hecho llegar una carta a Madrid haciendo notar "lo
temerario de una resistencia armada a las fuerzas incontrastables del
Emperador" y haciendo responsable de la sangre y de las desventuras a la
Junta Central y al corregidor de la ciudad. Pero la Junta Central rechazó la
exhortación y declaró que sus autores eran malos servidores de su legítimo rey
Fernando VII, indignos del nombre español y traidores a la religión y a la patria.
Al acercarse a Madrid al frente de sus tropas,
Napoleón volvió a exigir la capitulación. Rechazada la intimación, los
franceses hicieron fuego y en menos de una hora tomaban las puertas de Atocha,
de Alcalá y del Retiro. Los vecinos se agruparon en barricadas en las avenidas
del Prado, pero nada pudo hacer el entusiasmo patriótico de una multitud
desorganizada e indisciplinada contra las mejores fuerzas europeas. Al mes de
la llegada de Bonaparte a España, los franceses entraban victoriosos a la
capital española. Pero el emperador no quiso residir en el Palacio Real y
prefirió alojarse en Chamartín, desde donde emitió varios decretos
estableciendo reformas en el sistema político y económico del reino. A los
pocos días, una nutrida delegación del Ayuntamiento, el clero, la nobleza y los
gremios lo visitaban para agradecerle la bondad con la que había tratado al
vecindario y pedirle que hiciera retornar al trono a su hermano José.
Napoleón quería destruir a las fuerzas inglesas y
partió por el Guadarrama hacia el oeste, obligando a los británicos a retirarse
hacia Galicia y luego hacia Portugal. En los primeros días de 1809 recibió
preocupantes noticias de Austria, por lo que regresó a caballo a París luego de
anunciar que su hermano José reasumiría en Madrid como monarca.
* * * *
El clima fresco había llegado hasta Sevilla, donde
se había instalado la Junta Central, vulnerada y desacreditada. San Martín
seguía inactivo por su estado de salud, cuando recibió una carta del general
Coupigny en la que le pedía que marchara a servir con él al ejército de
Cataluña. La perspectiva lo alegró y, en cuanto se sintió restablecido, pidió
la autorización para incorporarse a dicho ejército.
Su viaje se demoró porque se le había provisto de
un caballo inútil y partió hacia el este recién con los fríos más intensos. En
el principado de Cataluña se puso a las órdenes directas de Coupigny, quien
estaba tratando de reorganizar unas tropas muy debilitadas por las derrotas,
las deserciones y hasta las epidemias. Aunque todavía estaba algo débil, debió
movilizarse por el área porque era necesario reforzar y perfeccionar las
fortificaciones de algunas ciudades y tratar de enviar socorros a Gerona, sitiada
por los franceses.
A pesar de la precaria y hasta difícil situación
que afrontaban, José estaba contento porque había pasado del mando inferior de
tropas de un solo regimiento al comando superior con manejo de fuerzas
combinadas. Además se sentía identificado con Coupigny, por ser éste un jefe de
ideas masónicas y liberales, que apoyaba a los oficiales que acompañaban los
nuevos principios sobre la marcha general de la civilización hacia la ciencia,
la filantropía y el progreso.
Sin embargo, al cabo de tres meses, Coupigny fue
citado a Sevilla para integrar la Junta de Generales y José se sintió
nuevamente solo, desprotegido dentro de una situación que era alarmante y
deprimente en tantos sentidos. En primer lugar, la derrota era una perspectiva
cercana y permanente porque las fuerzas francesas dominaban gran parte del
territorio. Los aliados ingleses estaban en la frontera con Portugal y poco
podían hacer desde allí. En segundo lugar, la contradicción ideológica lo
acosaba, porque Napoleón señoreaba Europa haciendo cumplir muchos preceptos
liberales que eran el legado de la revolución de su país, pero en España la
población se había levantado contra los invasores y los sectores progresistas
se habían quedado sin espacio y sin banderas. Además, había un generalizado
descontento con la Junta Central, a la cual se le achacaban las derrotas y los
infortunios, mientras que el propio Fernando VII, desde su prisión francesa de
Valenay, felicitaba por sus triunfos al mismo Napoleón.
Al llegar el invierno, en enero de 1810, recibió un
oficio de Coupigny haciéndole saber que acababa de ser designado como Cuartel
Maestre del Ejército de la Izquierda, y pidiéndole que se desempeñara allí como
su ayudante.
José partió de inmediato para Extremadura, pero,
resolvió pasar antes por Sevilla, donde quería resolver algunos asuntos. Allí
se encontró con Alejandro María de Aguado, un joven oficial, miembro de una
noble familia de la ciudad, con quien había compartido algún tiempo la vida de
regimiento en el Campo Mayor. Reunidos en una taberna de la calle de las
Sierpes y mientras compartían unos chatos de manzanilla, Aguado le confió a su
camarada que su madre y un tío(quien era ministro del rey José I) estaban tratando
de convencerlo de que se pasara al bando de los afrancesados, con el argumento
de que el triunfo de la nueva dinastía era inevitable, que Fernando VII no
merecía que se combatiera por sus derechos y que, en realidad, era Napoleón
quien representaba los ideales de libertad, igualdad y fraternidad en medio de
una Europa monárquica.
—Aunque creo que mi tío y mi madre tienen razón
—comentó Alejandro mientras dejaba la copa sobre el mesón y se limpiaba los
labios con el dorso de la mano—, me cuesta dar este paso.
—José se quedó callado y siguió sorbiendo
suavemente su manzanilla, mientras meditaba sobre las contradicciones a las que
estaban sometidos quienes compartían esos mismos pensamientos.
A la noche visitaron juntos el burdel y luego San
Martín siguió viaje a Badajoz, donde se encontraba el comando general. El jefe
del ejército era el marqués de la Romana, un hombre liberal y de progreso,
quien había elegido como jefe de su estado mayor a Coupigny. A su vez, éste
podía designar cinco ayudantes y uno de ellos era José, quien se sintió muy
satisfecho de poder estar de nuevo cerca de jefes con quienes compartía las
mismas ideas y sentimientos.
En general, la situación era difícil. Bonaparte
había firmado la paz con Austria y había ordenado marchar hacia España a
150.000 soldados para reforzar a los 200.000 que ya se encontraban allá y
dominar la persistente rebelión de la península. Al regresar de Viena a París
había manifestado que él personalmente viajaría a España para terminar la
guerra cuanto antes, pero su divorcio de la emperatriz Josefina lo había
demorado.
Napoleón era partidario de destruir cuanto antes al
ejército inglés, que se encontraba apostado en la frontera entre España y
Portugal, pero Pepe Botellas prefería dominar primero Andalucía.
El emperador aceptó el criterio de su hermano y las
tropas francesas marcharon hacia el sur. Tomaron sin dificultades todos los
desfiladeros que se consideraban como un inexpugnable murallón que protegía
Andalucía y ocuparon Bailén, esta vez sin ningún obstáculo. El rey José entró a
Córdoba y fue agasajado con grandes fiestas.
Ante la inquietante perspectiva, los miembros de la
Junta Central de Sevilla decidieron abandonar la ciudad y reunirse en la isla
de León, cerca de Cádiz. Una vez allí, resolvieron abandonar el mando y
transmitirlo a un organismo de cinco integrantes denominado Consejo de
Regencia.
En Extremadura, donde se encontraba San Martín, la
situación era tensa y se libraban permanentes refriegas, aunque no grandes
batallas. Las fuerzas francesas amenazaban constantemente y pusieron sitio a
Olivenza y Badajoz. Coupigny acompañaba al marqués de la Romana en las
inspecciones a las distintas guarniciones y José y los otros ayudantes los
escoltaban.
En esos días, llegó la noticia de que en Buenos
Aires, en Caracas y en otros puntos de la América española, se habían instalado
juntas de gobierno al conocerse la información de que la Junta de Sevilla se
había disuelto. José se acordó de sus conversaciones con Zapiola y pensó que
acaso esos movimientos podrían ser pasos tendientes a favorecer la
independencia de las colonias.
El jefe del ejército de Extremadura resolvió
incorporar la mayor parte de sus tropas a las fuerzas que Inglaterra había
instalado en Portugal, al mando de Lord Wellington. Aprovechando el terreno
montañoso y reforzándolo con construcciones y artillería, Wellington había
emplazado al norte de Lisboa un poderoso sistema de fortificaciones, que se
llamó la línea de Torres Vedras.
El viaje hasta allí fue corto, y San Martín
disfrutó de la vista de verdes serranías con ganados y cultivos de viñas, que
le parecían liliputienses candelabros crispados. También había pinos elegantes
y blancos molinos de viento en algunas cimas, que se desbordaban en rosados
durazneros contenidos por las empalizadas de piedra que dividían los prolijos
terrenos. Al levantar la vista, franjas horizontales de color ocre semejaban
cinturones pétreos que ajustaban los bordes de las montañas.
El marqués de la Romana instaló su cuartel general
en el mismo bello pueblo de Pero Negro, donde estaba Lord Wellington, y lo
visitaba diariamente en su quinta. Al regresar de sus visitas al comando
británico, Romana solía reunirse con Coupigny y sus ayudantes, con quienes
analizaba la situación. Más de una vez, San Martín acompañó a sus superiores en
las reuniones con oficiales ingleses y portugueses y también en las
inspecciones a los puntos estratégicos del campo atrincherado, que intentaba
contener el avance de las tropas francesas:
A través de las opiniones del marqués de la Romana
y por sus propias impresiones del lugar, José se fue formando un gran concepto
de Wellington como militar y como hombre de progreso. Lo veía como a un jefe
calculador, precavido y minucioso, que organizaba la defensa con disciplina y
tenía frialdad para cumplir sus planes. Sabía retirarse a tiempo disponiendo la
política de tierra arrasada, es decir el retiro de los lugareños para dejar a
los invasores franceses sin provisiones; a la par que utilizaba a las
guerrillas para hostigar al enemigo.
Napoleón deseaba tomar Lisboa y desde allí arrojar
a los ingleses al mar, para lo cual ordenó que las tropas que habían dominado
Andalucía marcharan sobre Extremadura. Sobre el fin de año, las fuerzas
francesas pusieron sitio a Olivenza y Badajoz.
El marqués de la Romana decidió retroceder para
defender a Badajoz, pero sufrió un espasmo de pecho y murió a los pocos días.
La noticia consternó a Coupigny y a sus ayudantes y también llenó de tristeza a
Lord Wellington quien, aunque no respetaba demasiado a los militares españoles,
había estrechado con él una gran amistad. "He perdido un colega, un amigo
y un consejero —dijo—. El ejército español ha perdido su más bello ornamento y
el mundo el campeón más esforzado y celoso de la causa en que estamos empeñados".
José sintió dolor ante el infortunio y experimentó
una gran sensación de desamparo, parecida a la que había vivido en Cádiz ante
el asesinato del general Solano. "Estamos meados por los perros,
hombre", se dijo a sí mismo, mientras acompañaba el féretro del general
hasta el impresionante monasterio gótico de San Jerónimo, en las afueras de
Lisboa. Al terminar la triste ceremonia, tomó un chocolate con algunos
camaradas en una confitería vecina. El dulce sabor de una "queixada de
Belem", con un delicado dejo a canela, le alivió la garganta y el ánimo,
pero siguió pensando que, por una razón o por otra, los liberales tenían cada
vez menos espacio en estas tierras.
Coupigny le pidió que lo acompañara a Cádiz, adonde
había sido citado por el Consejo de Regencia, y San Martín partió inquieto
junto a su jefe. El frío era intenso y, a través de la ventanilla del carruaje,
podía ver cómo las armoniosas serranías portuguesas, pletóricas de pinos de
erguidos follajes, eran reemplazadas por terrosos llanos con secos olivares,
que le parecían figuras sugerentes. Meditaba sobre el futuro y su estado de
espíritu oscilaba al compás del traqueteo del sonoro vehículo, cuyos crujidos
irregulares se atemperaban por el monótono rumor de los cascos de los caballos.
Capítulo V
Ahorro y decisión
(1811—1812 )
En la intimidad del trayecto en diligencia, José le
confesó a Coupigny que se encontraba confundido y desalentado. Veía que la
resistencia contra los franceses era muy difícil y pensaba que Fernando VII no
representaba una causa digna de defensa, por lo cual sentía que nada útil podía
hacer en la península en consonancia con su ideario liberal.
—Lamentablemente veo las cosas como usted
—reflexionó el marqués con un tono resignado—. Pero soy ya demasiado viejo como
para tomar otro camino...
Al llegar a Cádiz, la ciudad presentaba un intenso
movimiento. Se había establecido allí la sede del gobierno de la España no
ocupada, integrado por el Consejo de Regencia y las cortes, lo que le daba una
gran animación política.
Una vez instalado, San Martín retomó contacto con
José Matías Zapiola y con otro militar, nacido también en América, que a pesar
de su extrema juventud se había constituido en el adalid del grupo que
intentaba apoyar los movimientos que luchaban por la independencia de las
colonias españolas: Carlos de Alvear. Con sólo veintiún años, Alvear tenía una
personalidad simpática y seductora y utilizaba también en su tarea los
múltiples recursos económicos y de relaciones que tenía por su origen familiar.
Su padre, precisamente, don Diego de Alvear, además
de ser un hombre muy rico, era un militar y funcionario importante que había
contribuido recientemente a reforzar los fuertes y baterías de la bahía de la
ciudad para evitar el asalto de las tropas francesas. Más de quince mil
soldados de línea de infantería, casi dos mil de caballería, paisanos gaditanos
organizados en cuerpos por don Diego, religiosos movilizados y refuerzos
británicos, se encontraban en el lugar. En el puerto había varios buques de guerra,
tanto españoles como ingleses, cuyas tripulaciones y oficiales acentuaban el
movimiento general.
Coupigny fue designado general en jefe del Ejército
que defendía Cádiz y la adyacente isla de León y José continuó como su
ayudante. Aunque su proximidad con el marqués y sus funciones lo habían puesto
en el centro de la lucha contra los franceses, su espíritu marchaba en cambio
bastante alejado de este cometido.
Empezó a participar activamente en las reuniones
que realizaban Alvear y Zapiola, a las que también asistían militares y
clérigos provenientes de México, Perú, Nueva Granada, Cuba y otros lugares de
América. Allí se hablaba permanentemente de colaborar con los movimientos
independentistas, como un modo de orientar a las colonias hacia las ideas
liberales. También se insistía en la necesidad de constituir logias operativas,
bajo el amparo del pensamiento y los ritos masónicos, con el objeto de
preservar los secretos y la seguridad de los procedimientos y afianzar el
ideario filantrópico y progresista.
José sentía que estas ideas tomaban cada vez más
cuerpo dentro de su ser. Se conocía a sí mismo como a alguien cuyos proyectos
maduraban lentamente y la incertidumbre sobre sus próximos pasos lo atenazaba.
Empezó a frecuentar a una bella manola de vida
alegre que se llamaba Pepa. Visitaba con ella las tabernas donde bebían vino de
Oporto o de Madeira en abundancia, haciendo brindis por el amor o por cualquier
motivo. Algunas veces él tomaba la guitarra y entonaban juntos unas canciones,
para terminar luego la noche en el lecho, donde él la besaba y la acometía casi
con furia. Mientras Pepa gozosamente simulaba resistirse y morderlo, San Martín
la penetraba con delectación y profundidad, hasta que los cosquilleos de su
bajo vientre lo hacían evadirse de las zozobras de este mundo y finalmente se
perdía en un espasmo de éxtasis y desmayada serenidad. A la mañana siguiente,
sin embargo, ni el exceso alcohólico ni el sexo pasional le habían aclarado las
ideas ni habían mejorado su ánimo, Por el contrario, se levantaba y debía tomar
un bálsamo de láudano para mejorar su malestar estomacal.
Aunque su temperamento cauteloso lo alejaba de las
decisiones precipitadas, su rechazo contra el absolutismo español y su
coincidencia con el pensamiento de los conjurados lo llevaron, con el correr de
los meses, a un punto de plena convicción. Una tarde, reunido con los amigos,
les comunicó su decisión: se incorporaba plenamente al movimiento masónico y
quería ingresar en la logia ya existente. Había llegado el momento de jugarse y
terminar con sus contradicciones.
Esa noche volvió a salir con Pepa y le confió que
estaba en vísperas de cambios favorables, pero sin darle mayor precisión.
Bebieron unos buenos vinos y, al hacer el amor, José sintió que marchaba
rítmicamente con ella en busca de los momentos del mayor placer. Al día
siguiente se levantó aliviado y satisfecho y marchó a la comandancia con
optimismo y resolución.
* * * *
La Logia de los Caballeros Racionales se reunía en
la casa de Alvear, ubicada en el barrio de San Carlos, cerca de la muralla que
cercaba la ciudad. José fue citado allí una noche y fue recibido por el maestro
de ceremonias, quien lo hizo pasar y le vendó los ojos, ya que formalmente no
debía conocer a los miembros hasta que no prestara el juramento del secreto y
fidelidad. El introductor lo llevó hasta una puerta y dio cuatro golpes. Desde
adentro una voz respondió:
—A la puerta han llamado de un golpe racional.
Y otra voz agregó: —Vea quién es.
Una vez abierta la puerta, el maestro explicó que
traía un pretendiente:
—¿Quién es el interesado?
—José de San Martín.
—¿Qué estado?
—Militar.
—¿De qué tierra es?
—Del Río de la Plata, en América.
—Cúbranle los ojos y que entre.
San Martín sintió que lo tomaban del brazo y lo
dirigían hasta la habitación. Allí le preguntaron: —
¿Qué pretende usted?
—¿Qué objeto le han dicho que tiene esta logia?
—Mirar por el bien de la América y los americanos.
—Y para ello es necesario que usted prometa bajo su
palabra de honor someterse a las leyes de nuestra sociedad. José sintió la
emoción de estar dando un paso importante y contestó:
—Si prometo
Luego le consultaron si estaba dispuesto a dejarse
sangrar para confirmar su juramento. San Martín sabía que cuando contestara
afirmativamente se le iba a eximir de este paso y así ocurrió.
El maestro de ceremonias agregó entonces:
—Una vez que el señor se ha ofrecido
voluntariamente a la prueba de la sangre, se pueden omitir las otras.
Otra voz ordenó:
—Descúbranlo.
Al quitarse la venda, el ingresante vio a nueve
logistas sentados a la mesa, cuya cabecera era ocupada por Carlos de Alvear.
Alvear se levantó, tomó una espada y se la ofreció:
—Señor, esta sociedad se llama de Caballeros
Racionales porque no hay nada más racional que mirar por la patria y sus
paisanos. Le doy esta espada, como insignia para defender la patria. También
deberá socorrer a sus paisanos, especialmente a los socios, con sus bienes,
como éstos lo harán con usted. Y como se nos puede acusar de conspiradores,
deberá guardar secreto sobre lo que aquí suceda.
El maestro de ceremonias le hizo dar tres pasos a
la izquierda y luego a la derecha, para significar que cuanto se hiciera por la
América del Norte debía hacerse igualmente por la del Sud, y viceversa. Se le
enseñó también que el signo de reconocimiento entre los hermanos consistía en
trazar con la mano, disimuladamente, una raya en la parte inferior de la boca;
o al darse la mano apretar el dedo grande o el del corazón. Cada uno de los
presentes lo abrazó diciéndole "unión y beneficencia" y luego se
sirvió un refrigerio.
Cuando los logistas dejaron la casa y se
dispersaron, José tomó conciencia de que su vida tomaba nuevos rumbos. América
ahora significaba para él un campo propicio para concretar sus ideales
iluministas y huir de las frustraciones que lo acosaban. Excitado, le costó
conciliar el sueño y se acordó de las postergaciones de su padre, que él
intentaría superar.
* * * *
Las deliberaciones de esos días estaban encaminadas
a buscar los mejores caminos de apoyo a las luchas independentistas, y se
resolvió que los militares indianos volvieran a sus lugares de origen para
incorporarse a los ejércitos insurreccionados. Se preveía contar con un barco
especial a esos efectos y se iniciaron los preparativos.
Alvear, utilizando sus vinculaciones personales y
proveyendo fondos de su propio peculio, apoyó la fuga de un importante oficial
francés que estaba prisionero en Cádiz, en el castillo de Santa Catalina, con
el objetivo de que llevara una carta a su mariscal. En ella le solicitaba al
general galo que se dejara libre a los oficiales españoles prisioneros que
hubieran nacido en América, con el objeto de que se sumaran a las luchas por la
independencia de sus países de origen, bajo el compromiso de no combatir contra
Francia.
Aunque tratando de mantener cierta discreción, San
Martín le comunicó a Coupigny que estaba a punto de solicitar su retiro del
ejército y partir para América. El marqués lo escuchó con respeto y comprensión
y José sintió incluso afecto en su superior.
A los pocos días, se le comunicó su designación
como comandante agregado al Regimiento de Dragones de Sagunto y pensó que se
trataba de un sutil gesto amistoso de Coupigny, un intento de retenerlo en la
península y en el ejército que compartían. Pero la suerte ya estaba echada y
San Martín solicitó por nota su retiro, manifestando que debía viajar a Lima
para arreglar sus intereses particulares, de modo de asegurar su subsistencia y
la de sus dos hermanos que quedaban sirviendo al ejército en la península.
* * * *
Sintió mucha melancolía al presentar su pedido,
pues recordó que era un niño de once años al ingresar al Murcia, y que había
cumplido desde entonces más de veintidós años de carrera militar, es decir dos
tercios de su vida. También experimentó la inquietud de la incertidumbre, pues
se retiraba sin sueldo, por no tener todavía cumplidos los veinticinco años de
servicio, estipulados por el reglamento para poder cobrarlo.
Su trámite fue informado favorablemente,
manifestándose que ante las causas tan justas de este oficial de tan buena
opinión en la presente guerra, debía otorgársele el retiro con uso de uniforme
y fuero militar, situación que por otra parte "proporciona al erario el
ahorro de un sueldo en la Caballería, recargada y sobrante de oficiales".
José sintió satisfacción por la pronta resolución,
pero esbozó una mueca de disgusto e ironía ante el argumento que juzgó
descomedido e hiriente, de que su alejamiento de la fuerza era beneficioso,
pues significaba una economía para el tesoro. "Ya verán cuánto ahorran con
mi ida", pensó con resentimiento, como si estuviera buscando razones para
pelear contra el ejército al que había pertenecido hasta ese día.
La posibilidad de que los logistas viajaran
directamente a América desde España se disipó y se decidió que partieran
dispersos hacia Londres, desde donde seguirían para las Indias. Alvear ayudó
con dinero a algunos amigos, pero José prefirió no contarse entre ellos.
Admiraba a Carlos por su talento y empuje y por su personalidad audaz y
seductora, pero a la vez experimentaba un cierto sentimiento de rechazo, en el
que los celos se aproximaban a la envidia. Se daba cuenta de que a Alvear las
cosas le costaban poco, mientras que él debía esforzarse más por todo.
Los Alvear y los San Martín tenían relaciones desde
hacía mucho tiempo: ya el abuelo materno de Carlos, Isidro Balbastro, había
sido socio en un comercio de tienda en Buenos Aires con Jerónimo Matorras, el
primo de Gregoria.
En su carácter de comisario de la Comisión
Demarcadora de Límites entre España y Portugal, don Diego había recorrido
muchas veces la zona de las misiones jesuíticas y había visitado Yapeyú, cuando
todavía era soltero. Luego se había casado en Buenos Aires con María Josefa
Balbastro y volvió con su esposa a las Misiones, en donde en 1789 había nacido
su hijo Carlos María.
En aquellos años, en la famosa tertulia de la
familia Escalada, había circulado un pasquín anónimo sobre las "cosas que
más chocan en esta ciudad de Buenos Aires", entre las cuales se contaban
Las plumas de Juana Matorras, lo ladeado de su
hija. Las ínfulas de las Alvear y el desaseo de las Balbastro.
El virrey Juan José de Vértiz y Salcedo había
iniciado un proceso para conocer el origen de ese "papel sedicioso"
que puntualizaba los vicios de la gente de bien, dado que sospechaba que sus
autores eran los hermanos Antonio José y Francisco Antonio de Escalada, quienes
en definitiva fueron sobreseídos pero se los condenó a pagar las costas del
juicio.
En 1804, cuando el matrimonio Alvear viajaba desde
Buenos Aires hacia España con sus siete hijos, los ingleses atacaron la flota
de fragatas e incendiaron y hundieron una de ellas, precisamente la que
conducía a la mujer de don Diego y seis de sus hijos. El marido y Carlos María,
que viajaban en otro navío, fueron los únicos sobrevivientes de la familia y
fueron llevados presos a Inglaterra, donde el joven completó sus estudios.
Aunque el trato entre las dos familias era amistoso, José siempre había intuido
que algo misterioso parecía caracterizar a ese vínculo, aunque nunca había
llegado a comprender la causa. Muchas veces, en su infancia malagueña, había
intentado esclarecer el tema con sus padres, pero las ambigüedades de Juan y de
Gregoria solían crearle una sensación embarazosa y lo habían mantenido en la
incertidumbre.
Para resolver sus necesidades monetarias acudió en
auxilio de un comerciante de origen escocés, James Duff, quien se desempeñaba
como cónsul de Inglaterra y con quien había construido una cálida amistad. Duff
le consiguió pasaje en un bergantín inglés y además le proporcionó unas letras
de cambio a las que podría recurrir en caso de apremios financieros.
Se despidió de sus amigos y ex camaradas, para
muchos de los cuales era un secreto a voces el objetivo de los indianos
revolucionarios. Se despidió también de Pepa con una noche de francachela y en
los primeros días de otoño partió para Lisboa. Desde la cubierta de la nave
británica veía alejarse las construcciones gaditanas y se acordó de la tarde en
que las turbas de la plaza de los Pozos de la Nieve asaltaron la residencia del
general Solana y luego lo persiguieron a él hasta la iglesia de los capuchinos.
Se estremeció al recordar el sentimiento de humillación y miedo que había
experimentado en todo ese episodio, pero sacudió la cabeza como si tratara de
ahuyentar esos fantasmas. En América verán lo que es luchar por la
independencia y la libertad, se dijo a sí mismo, mientras pensaba que allí
reivindicaría también la figura postergada de su padre y la memoria ultrajada
de Solano, cuyo retrato llevaba consigo en un relicario, al igual que el
rosario de la monja de Cubo.
En el puerto de Lisboa transbordó a otro bergantín
y llegó a Londres con los primeros fríos. La ciudad lo impresionó
favorablemente y le pareció que sus viviendas prolijas y sus calles animadas
por gentes laboriosas denotaban el espíritu de progreso que se atribuía a los
británicos.
Una vez instalado en su hotel, se dirigió a la casa
de Grafton Street 27, en Fitzroy Square, donde se reunían los venezolanos que
habían sido iniciados por Francisco de Miranda en las tareas independentistas.
Estaban allí Andrés Bello, Luis López Méndez y el sacerdote mexicano Servando
Teresa de Mier, y el lugar funcionó como sitio de encuentro para quienes venían
de España. Con la llegada de Alvear la logia reanudó sus sesiones y se comentó
que las gestiones realizadas ante el gobierno inglés en busca de ayuda no eran
demasiado prometedoras, ya que la alianza con el Consejo de Regencia español
ataba de manos al gobierno británico. José sugirió que se tratara de incentivar
las negociaciones con Napoleón Bonaparte, puesto que el emperador francés
debería tener un lógico interés en debilitar y crear dificultades a su enemiga
España.
San Martín y Zapiola fueron ascendidos al quinto y
último grado de iniciación, lo que los llenó de satisfacción y se
comprometieron a ser leales a esa confianza. Celebraron el fin de año con nieve
y, en los primeros días de 1812, partieron en diligencia hacia Portsmouth,
donde se embarcaron en la fragata George Canning. El buque llevaba un
cargamento de más de 2.000 bultos de mercaderías a un fuerte comerciante
Quintanilla y el capitán José Vicente Chilavert con su hijo Martiniano, de diez
años. También eran de la partida el segundo teniente Eduardo von Kaunitz, barón
de Holmberg, el capitán Francisco Vera, José Agustín de Aguirre, quien había
estado comprando armas para Buenos Aires en Londres, y dos familias inglesas,
una de ellas con tres bellas mujeres que alegraron los largos días de
navegación.
Cuando los días empezaron a calentarse, José se
sentaba en los atardeceres en la cubierta y disfrutaba con las puestas del sol
sobre el océano. Tocaba un rato la guitarra y después, en silencio y soledad,
trataba de reconstruir imágenes de Yapeyú o Buenos Aires, pero sólo tenía
visiones borrosas provenientes de escuetas narraciones de sus padres, que
confundía con radiantes mañanas de Málaga o con las opacas paredes de su casa
de la calle de Pozos Dulces. Evocaba los crepúsculos sobre el Mediterráneo y los
recordaba más luminosos y serenos, acaso porque una tenue preocupación le venía
desde el fondo de su espíritu, al considerar que desde los once años había
vivido con un, sueldo del ejército y había_ renunciado voluntariamente a esa
estabilidad. Su cabina era estrecha y el agua y la comida malas, pero la
ansiedad por entrar en una nueva etapa de su vida que lo satisficiera
espiritualmente lo compensaba con creces. El día que cumplió los 34 años lo
celebró con sus compañeros y el capitán y brindaron con vino de las Canarias,
que le resultó exquisito y le hizo acordar a Pepa. Se consoló diciendo algunas
galanterías a las inglesitas y conversando con Carmen de Alvear, con quien
tenía mejor comunicación que con su marido, y le resultaba más simpática que
éste.
Cuando entraron al Río de la Plata se cruzaron con
un barco que iba en sentido contrario y su comandante les informó que la
escuadra española había puesto sitio al puerto de Buenos Aires y la revolución
estaba a punto de ser sofocada. Zapiola, por su condición de experimentado
navegante, ofreció su colaboración al capitán de la George Canning para
sortear el bloqueo y así lograron llegar hasta la rada. Cuando José vio que ya
estaban adentro, prorrumpió en un grito de "Viva Zapiola", que fue
coreado en la cubierta por los circunstantes. Aquí estamos, pensó San Martín
con entusiasmo, pero también con un dejo de zozobra ante los días que se
iniciaban.
Capítulo VI
La Reina del Plata
(1812—1813)
Construida sobre un suave promontorio y ubicada
entre dos, riachuelos que desembocaban en el inmenso Río de la Plata, Buenos
Aires extendía hacia el sur sus viviendas con techo:; de tejas dispuestas en
manzanas cuadrangulares. Una modesta fortaleza daba la espalda al río y miraba
sobre la Plaza Mayor, rodeada también por la Catedral, el Cabildo con su torre
con reloj, y escasas construcciones con azoteas y muy pocas de dos plantas. Al
compararla con la vista de Málaga o de otras ciudades sobre el Mediterráneo, a
José le pareció chata y uniforme.
Desde la fragata descendieron a unos botes, en los
que fueron arrimados hasta unos carros tirados por bueyes cuyas alias ruedas
estaban semi hundidas en el agua. En ellos llegaron hasta tierra firme y San
Martín fue el último en descender, pues sabía que nadie lo esperaba.
Se instaló en su alojamiento y, a la tarde, partió
hacia el Fuerte con sus camaradas a saludar a los miembros del Triunvirato que
ejercía el Poder Ejecutivo y ofrecer sus servicios como profesionales de la
guerra. Fueron recibidos con cordialidad y conversaron sobre la situación que
se vivía, que era bastante difícil, pues habían llegado a Montevideo refuerzos
portugueses para apoyar a las tropas del Consejo de Regencia español, que desde
allí intentaban sofocar el levantamiento del Río de la Plata. El ejército
rebelde, a su vez, a las órdenes de un abogado improvisado en general, Manuel
Belgrano, había sufrido algunas derrotas en el Alto Perú, de modo que los
revolucionarios estaban amenazados desde el este por las fuerzas navales de
Montevideo y desde el norte por las tropas con asiento en Lima.
El secretario del organismo, Bernardino Rivadavia,
reemplazaba al triunviro que estuviera ausente y en los hechos era el verdadero
hombre fuerte del gobierno. Los gobernantes se manifestaban muy liberales, pero
comentaron que ante la reticencia del apoyo inglés, la actitud de la Casa de
Portugal y la exigencia de sometimiento absoluto por parte del Consejo de
Regencia, era prudente seguir legislando en nombre de Fernando VII. No obstante
ello, querían mejorar la posición militar y se acordó crear un nuevo regimiento
de caballería, cuya conducción se pondría en manos de San Martín, Alvear y
Zapiola. José se sintió muy reconfortado y se retiró satisfecho, aunque no
terminó de simpatizar con Rivadavia y el rechazo parecía haber sido mutuo.
Esa misma noche concurrieron a una tertulia
familiar y fueron presentados a la gente más importante de la ciudad. Aunque el
piso de la morada era de baldosas, había muebles elegantes de madera tallada,
pinturas religiosas con marcos dorados y vajillas de porcelana con jarras de
plata, de modo que el recién llegado advirtió que la sociedad local no era tan
tosca como le había parecido en su primera impresión. Los jóvenes bailaban
minués al compás de los acordes de un clavicordio y José sintió que estaba en un
ambiente cálido y nada hostil. Aunque Alvear y su esposa Carmen eran el centro
de la escena y eran cumplimentados con entusiasmo por muchas personas, también
él fue saludado por alguna gente cuyos ascendientes habían conocido a sus
padres o a su tío Jerónimo Matorras.
* * * *
De inmediato empezó a funcionar una nueva logia,
con la presidencia de Alvear. San Martín fue designado secretario y ello
contribuyó a hacerlo sentir cada vez más integrado a su nuevo objetivo y a su
nuevo lugar de residencia y actuación. Una de las normas de la asociación
establecía que si uno de sus miembros ocupaba un alto cargo en el gobierno, no
podría tomar resoluciones graves sin consultar con la logia. Específicamente,
el jefe de gobierno no podía designar gobernadores, generales en jefe, embajadores,
jueces superiores o dignatarios eclesiásticos, ni castigar a otro masón, sin el
acuerdo de los otros logistas. Como la logia aconsejaba que los principales
empleos se proveyesen en personas que gozasen de buen predicamento, otra norma
obligaba a los hermanos a esforzarse para adquirir buena consideración pública.
Si alguno de los masones fuese designado general o gobernador, podía crear una
sociedad dependiente de aquélla, compuesta de un menor número de integrantes.
* * * *
El periódico oficial, La Gaceta, anunció la llegada
de los militares españoles, y a los pocos días un decreto gubernamental
resolvía dar a San Martín el empleo efectivo de teniente coronel de caballería
y lo designaba comandante de un escuadrón de granaderos a caballo que debía
organizar. Alvear fue nombrado sargento mayor y Zapiola capitán de la primera
compañía. José sintió alivio al verse de nuevo con un cargo y un sueldo que
aseguraran su subsistencia, pero como Alvear renunció a su salario decidió emularlo
y resignar una tercera parte de cada retribución mensual. Esta actitud de
Carlos, quien procedía de acuerdo con su afán de notoriedad pero sin importarle
si dejaba descolocados a sus camaradas, le cayó mal pero no le expresó su
descontento. Al dinero que había traído desde Europa lo depositó en la casa del
comerciante inglés Alejandro Mackinson, y se propuso vivir de su sueldo y no
tocar ese capital.
El nuevo regimiento se instaló en el cuartel de la
Ranchería, cerca de la Plaza Mayor, y se inició solamente con un soldado, dos
cabos, dos sargentos y un trompa. A José le encantaban los desafíos de la labor
organizativa, que ya había desempeñado muchos años antes en los comienzos del
batallón de infantería ligera de Campo Mayor. Si bien los medios no iban a ser
abundantes, se propuso ser muy exigente en la formación de oficiales y
soldados, ya que veía que en la sociedad indiana había todavía más improvisación
e incompetencia que la que había criticado en la península. Puso todo su empeño
en la tarea, para la cual además estaba cómodo porque Alvear se dedicaba
principalmente a las labores políticas de la logia y prácticamente no venía por
el regimiento.
Una noche fue invitado a una reunión en casa de
Mariquita Sánchez, una dama de la sociedad local cuya tertulia era muy
renombrada. Se accedía al salón por unas escaleras breves y las paredes estaban
revestidas de género. En el jardín, una fuente con reloj de agua daba realce a
la fiesta y mezclaba su rumor líquido con el susurro de violines.
Remedios de Escalada tenía catorce años y sus
padres la habían llevado al sarao. Animada y coqueta, era hija del matrimonio
formado por Antonio de Escalada y Tomasa de la Quintana, quienes la mimaban y
cuidaban con delectación, al igual que sus hermanos.
Cuando Remedios miró hacia la entrada, notó la
presencia de un hombre alto, con llamativo uniforme militar. Su tez era morena
y el cabello, negro y lacio, se prolongaba en espesas patillas que envolvían un
rostro vivo, (le pronunciada nariz aguileña y boca pequeña y de labios finos.
No era bello pero sí apuesto, de porte marcial y distinguido, con unos
impresionantes ojos negros, vibrantes y movedizos, cubiertos por espesas cejas
que resaltaban su fulgurante mirada. La niña preguntó quién era ese invitado y
se lo comentaron:
—Es José de San Martín, el oficial que vino con los
Alvear.
José recorrió el salón con su mirada y fue atraído
por la figura de una jovencita delgada y pálida, de ojos cautivadores y
delicado donaire, que llevaba un vestido claro de estilo imperio y parecía
esconderse y ofrecerse detrás de la tersura de un ramillete de jazmines. Quedó
impactado por el parecido que tenía con Pepa, pero en una versión de menos
edad, con estampa más fina y ademanes más suaves. Se acercó a Carmen, la esposa
de Alvear, y le preguntó quién era esa niña:
—Es Remeditos, la hija de Antonio de Escalada.
Carmen los presentó y luego los dejó solos. Después
de conversar un rato, José la sacó a bailar. Danzaron minué y contradanza y él
quedó deslumbrado con su voz deliciosa y sus movimientos seductores. Ella, a su
vez, se sentía tremendamente halagada con la atención de este hombre maduro v
fuerte, que le brindaba bienestar como si fuera un padre seguro y atractivo,
pero a la vez la inquietaba por su tono incitante e interesado.
Alvear los vio bailar y le comentó a su mujer:
—Mírelo al viejo embobado...
San Martín estaba ajeno a todo lo que sucedía fuera
de esta bella criatura y pensaba que pocas veces una mujer lo había mirado tan
a los ojos, como si lo quisiera para toda la vida.
* * * *
En el cuartel de la Ranchería, dedicaba sus
jornadas a la formación e instrucción de oficiales, para lo cual utilizó
inicialmente a sus compañeros de viaje desde España y a quienes se hubiesen
fogueado ya en las luchas de la Revolución. Paralelamente creó un cuerpo de
cadetes, tomándolos de las familias más importantes de la ciudad, de tal modo
que funcionaba una especie de academia de formación práctica, que él dirigía
personalmente, donde se enseñaba el uso de armas y las nociones tácticas. En
cuanto a los soldados, exigía para reclutarlos que tuvieran buena talla y
fueran vigorosos y los hacía someter a una disciplina rigurosa, inculcándoles a
fuego el principio de obediencia.
Las funciones militares lo tenían atareado, pero la
cuestión política le llegaba cotidianamente. El Triunvirato no se entendía con
el Poder Legislativo encarnado en una Asamblea, y terminó por disolverla.
En cuanto a la guerra, los triunviros querían
arreglar primero la situación con Montevideo (donde las fuerzas españolas
tenían una clara superioridad naval) y recién después dar batalla en el norte,
desde donde Belgrano solicitaba apoyos que no recibía.
Gran parte del núcleo revolucionario inicial se
había volcado a la oposición y una agrupación llamada Sociedad Patriótica,
liderada por Bernardo de Monteagudo, encarnaba estas protestas. La logia, desde
las sombras, pero conducida por ese personaje de relumbre que era Alvear,
contribuía a aportar una dirección organizada y a orientar influencias en este
sentido
Las divisiones intestinas empezaron a generar
desconfianzas sobre los militares llegados de la península: en las tertulias
sociales o de cuartel, José se enteró de que algunos rumores lo acusaban de ser
espía del Consejo de Regencia español, tesitura que se abonaba en el hecho de
que hubiera sido el ayudante del jefe militar de Cádiz hasta el momento de su
partida. También se decía que era un agente inglés, lo que explicaba su estadía
previa en Londres y estaba avalado también por su sable corvo, que era el tipo
de arma que usaban los corsarios británicos. Otras versiones decían que era un
notorio afrancesado, digno discípulo de los jefes con quienes había servido,
como Solana y Coupigny. Esto parecía estar corroborado por el memorándum que un
informante rioplatense había enviado desde Londres al cónsul inglés, en el que
le aseguraba que tanto el teniente coronel San Martín como el barón de
Holmberg, por sus conductas anteriores, eran agentes pagados por el gobierno
francés y enemigos de los intereses británicos.
El regimiento de granaderos empezaba a perfilarse y
fue trasladado al cuartel de Retiro, sobre las barrancas en que terminaba la
ciudad, al lado de la precaria plaza de toros. San Martín se instaló allí y
dirigía personalmente la instrucción, cuyos avances comenzaba a notar. Por las
tardes, asistía a las tertulias sociales y visitaba a Remedios en su casa.
Don Antonio de Escalada era uno de los comerciantes
más acaudalados de la ciudad y poseía un bloque de edificios sobre la calle de
la Catedral, que se extendía hasta la de la Merced. En la esquina explotaba una
pulpería con un pilar de lapacho en la ochava, que dividía las puertas y sobre
la cual obraba de palenque un viejo cañón clavado por la boca. Mientras hacia
el norte estaban las cocheras, dos viviendas altas y siete cuartos alquilados a
comerciantes, sobre la arteria de la Catedral estaba la casa de su familia, con
dos plantas y azotea, ancha puerta de madera, y rejas y barandas de hierro de
Vizcaya.
Por un zaguán con piso de mármol se llegaba al
primer patio, a cuya izquierda estaba la sala principal con suelo de baldosas y
alfombras floreadas, cielo raso con molduras y arañas de cristal, estrado y
sahumerios, ventanas a la calle y paredes revestidas con damasco de seda
amarilla.
Aunque Antonio había sido reconocido como hijo
legítimo por rescripto del príncipe, por haber nacido sin matrimonio de sus
padres, gozaba de un gran prestigio social y sus tertulias eran muy animadas.
Habitualmente, él mismo iniciaba los bailes y solía mantener la danza hasta la
madrugada. Viudo con dos hijos (Bernabé y María Eugenia) se había casado en
segundas nupcias con Tomasa de la Quintana, una belleza de gran reputación, con
quien había tenido dos varones, Manuel y Mariano, y dos mujeres, Remedios y Nieves.
Antonio simpatizó de entrada con San Martín, lo recibía con hospitalidad y veía
con buenos ojos la relación que se formaba con su hija, pero otros miembros de
la familia, particularmente su esposa, lo subestimaban y le llamaban "el
plebeyo" o "el soldadote".
José estaba cada vez más enamorado de Remedios. En
su vida de soldado había conocido a muchas mujeres de todo tipo, pero esta
criatura le resultaba muy especial. La insinuación de su mirada y la perfección
de su boca lo encandilaban, mientras que su extremada juventud le añadía un
toque de pureza y encanto adicional. Se sentía correspondido y en las reuniones
cotidianas bailaban minués y contradanzas y el romance era motivo de comentario
general.
Entre la servidumbre de los Escalada se contaba la
negra Jesusa, una mujer joven y graciosa que atendía la mesa y servía en las
tertulias, en las que contoneaba sus caderas con gran sensualidad. Tenía
devoción por Remeditos y parecía haberse contagiado del afecto que la niña
estaba desarrollando por el erguido militar. José notaba que Jesusa lo trataba
con dulzura e interés: lo miraba con profundidad y entreabría levemente su boca
de labios carnosos; al servirle la comida en el comedor, rozaba siempre su brazo.
José pidió hablar con Antonio en privado y le hizo
saber su intención de matrimonio con Remedios. Desde entonces, pese a la sorda
oposición de Tomasa, la niña y el oficial pudieron estar más tiempo a solas en
la sala y se besaban con pasión cada vez más encendida sobre el sofá. A José le
resultaba maravilloso este crecimiento del amor y regresaba al cuartel
encendido como un chiquillo.
Una noche, estando ya en su habitación para
acostarse, sintió unos leves toques en su puerta y en el acto advirtió que se
trataba de una mujer con intenciones. Sintió un escalofrío que lo despertaba y
se imaginó la presencia de Remedios, ofreciéndosele. Se dirigió a la puerta y
la abrió lentamente. Con un brazo en la cadera, un quiebre en su cintura
incitante, un vestido escotado con vuelos sobre sus senos generosos, Jesusa lo
miraba comiéndoselo con los ojos.
* * * *
Las reuniones de la logia se realizaban en una casa
de la calle de la Barranca, cerca de la iglesia de Santo Domingo.
Una noche, José llegó en el horario convenido y
notó que había una cierta efervescencia en los rostros de sus compañeros.
Alvear informó que Bernardino Rivadavia, quien había sido invitado a
incorporarse a la logia, había declinado el ofrecimiento porque no estaba
dispuesto a compartir con un organismo secreto y ajeno las responsabilidades
del gobierno.
Creo, amigos —concluyó Carlos— que no tenemos más
remedio que luchar por el cambio de triunviros...
Varios socios apoyaron la moción de tratar de
colocar en el Triunvirato a miembros de la logia. En cierto momento, miraron
inquisitivamente a San Martín y éste respondió:
—De acuerdo, hombre, de acuerdo...
* * * *
A los seis meses de su arribo a Buenos Aires desde
Londres, el teniente coronel San Martín esperaba, en la Catedral, la llegada de
su novia. El maduro militar de 34 años miraba a sus padrinos, Carmen
Quintanilla y su esposo Carlos de Alvear. No estaba demasiado nervioso, pues en
su prolongada vida militar había pasado por momentos cornprometedores, pero se
sentía algo inquieto. No sabía dónde poner la mirada y la llevaba desde la
figura de un ángel arcabucero al costado del altar, hasta las estampas de Alvear
y Carmen, ambos elegantemente vestidos. Estaba contento, porque sentía que su
relación amorosa con Remeditos le había devuelto algo de su juventud y le
complacía incorporarse a una familia rememoró una sensación muy infantil, un
sentimiento muy temprano de que don Juan se había valido de las relaciones y el
dinero de Gregoria para ganar puestos y responsabilidades. Un rumor lo devolvió
al presente y vio entrar a Remeditos acompañada por su padre y cubierta por una
blanca mantilla. Con bucles cayéndole hasta los hombros, desde su rostro de
fino óvalo la muchacha lo miró con ojos profundos y José sintió que una emoción
protectora le nacía en el pecho y se le convertía en animada sonrisa.
El cura Luis María de Chorroarín los declaró marido
y mujer y esa noche hubo baile en lo de Escalada, en donde los novios iban a
vivir. Una escolta de granaderos los acompañó luego hasta San Isidro, a la
quinta que la hermana mayor de Remedios, María Eugenia, y su marido José de
María, poseían en el lugar. Cuando se retiraron a sus aposentos, José sintió
que la muchacha le entregaba todos sus primores y trató de cabalgarla con
ternura, en un encuentro de pasión y torpezas que lo llevó hasta un dulzor que
pocas veces había alcanzado.
Al lunes siguiente, San Martín reanudó sus labores
al frente del regimiento de granaderos. Llegaba muy temprano y dirigía
personalmente la instrucción de oficiales y soldados, en los que procuraba
asegurar una férrea disciplina. Impartía lecciones de táctica militar a la
oficialidad y resolvió crear una institución que había visto perfilarse en sus
últimos días en Cádiz: un tribunal de honor compuesto por los propios
oficiales, en los que ellos mismos actuaban como celadores, fiscales y jueces y
podían utilizar incluso el duelo. El primer domingo de cada mes, presidía una
reunión secreta del consejo de oficiales, en la que realizaba una arenga sobre
la necesidad de no permitir ninguna indignidad dentro del cuerpo. En unas
tarjetas en blanco cada oficial debía escribir las faltas que hubiese notado en
sus camaradas y, si había algún acusado, se lo hacía salir de la habitación. Se
designaba entonces una comisión investigadora que, durante una posterior sesión
extraordinaria, dictaminaba si el cuestionado era digno de pertenecer al
cuerpo.
* * * *
El gobierno insistía en su plan de liquidar primero
a las fuerzas de Montevideo y después lanzar una ofensiva en el norte. Aunque
el general Belgrano quería presentar batalla y pedía ayuda para eso, se le
ordenó retroceder hasta Córdoba y solamente se le habían enviado 400 fusiles,
de los 8.000 llegados de Estados Unidos.
Antes de recibir la última instrucción, Belgrano
presentó batalla en Tucumán y obtuvo una resonante victoria. La noticia llegó a
los pocos días a Buenos Aires y se la festejó con salvas de artillería, repique
de campanas y música en las calles. En el Fuerte, bajo la bandera española, se
colocó un pequeño gallardete celeste y blanco.
Esa noche, en la logia, se resolvió apresurar los
tiempos y promover la destitución de los triunviros, en particular la de
Rivadavia.
A la tarde siguiente, grupos de opositores a la
conducción política empezaron a ocupar la polvorienta plaza de la Victoria.
Poco antes de la medianoche, los regimientos de artillería, de infantería y el
de granaderos a caballo ingresaban al paseo. Sus jefes, el comandante Pinto, el
coronel Ortiz de Ocampo y el teniente coronel San Martín, miembros de la logia
los tres, dispusieron que las tropas formaran frente al Cabildo. Se emplazaron
cañones en la bocacalle y, bajo el arco principal de la recova, dos morteros
apuntaban hacia el edificio.
San Martín fue informado de que un grupo de
exaltados había ido a buscar a sus casas a Rivadavia y a Juan Martín de
Pueyrredón, dos de los triunviros. Al no encontrar a ninguno, empezaron a
proferir insultos al frente de la vivienda de un hermano de Pueyrredón, y le
rompieron una ventana.
Desde la madrugada se empezó a citar a los
cabildantes y, a las 9 de la mañana, la corporación ya estaba reunida. El jefe
de la Sociedad Patriótica, Bernardo de Monteagudo, ingresó con un petitorio con
más de 300 firmas (incluidas las de importantes religiosos), exigiendo que el
Cabildo reasumiera la autoridad que el pueblo le había delegado el 22 de mayo
de 1810, que cesaran en sus mandatos los triunviros y la Asamblea, y se creara
un nuevo Poder Ejecutivo que convocara a una nueva Asamblea verdaderamente nacional,
la que debía fijar la suerte de las Provincias Unidas.
Los miembros del Cabildo empezaron a deliberar,
pero como la situación era confusa resolvieron citar a los jefes de regimiento,
para conocer su posición. Los tres comandantes entraron y manifestaron que su
propósito al haberse reunido en la plaza era el de proteger la libertad del
pueblo, para que pudiera explicar libremente sus votos y sentimientos, ya que
las tropas no estaban para sostener a cualquier gobierno y convalidar la
tiranía.
Los militares se retiraron y los cabildantes
continuaron sus deliberaciones, mientras también en la plaza los manifestantes
discutían y se dividían en facciones. Como el Cabildo demoraba la resolución
del petitorio, San Martín volvió a entrar al recinto y expresó con energía que
el fermento había aumentado y que era preciso cortarlo de una vez.
Al cabo de nerviosas deliberaciones, los regidores
aceptaron las presiones de los jefes militares y designaron un nuevo
Triunvirato integrado por Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Paso y Antonio
Álvarez Jonte, que eran precisamente los nombres que había sugerido Ortiz de
Ocampo. Cuando los flamantes triunviros prestaron juramento y se dirigieron al
Fuerte para ejercer sus cargos, las tropas volvieron a los cuarteles. Mientras
marchaba hacia el Retiro al frente de sus granaderos, José pensó que ahora, con
el gobierno consolidado cerca de la logia, podían acentuarse las políticas
independentistas. A la noche, todavía excitado, le comentó a Remeditos los
acontecimientos de la larguísima jornada. Luego la acarició y la besó
apasionadamente, y sintió que esa niña tierna e inexperta lo conmovía con su
cariño lleno de temblores.
* * * *
A través de comentarios, San Martín se enteró de
que Juan Martín de Pueyrredón estaba resentido con él, por haber entendido que
había sido el promotor de su búsqueda y del ataque contra la casa de su
hermano. José estaba conforme con el reemplazo del Triunvirato y la forma en
que marchaban los acontecimientos políticos, pero no quería crearse enemigos
sin necesidad ni restar apoyo de personas que consideraba importantes y útiles.
Se sentó en su escritorio del regimiento y le escribió a Pueyrredón:
Nada hay tan sensible para todo hombre corno el ser
acusado de hechos que no ha cometido. Así es que habiendo sabido
extrajudicialmente me creía usted el promotor del incidente de su hermano y
busca, de usted la noche del ocho, ha llegado al colino ini serttintiento.(SIC)
Firme en mis principios, ni aun la misma, muerte mee haría negar este hecho si
así lo hubiera cometido. Bien, al contrario, es bien notorio que a mi llegada,
a la plaza se había ya ejecutado y que lo desaprobé. Mi honor y delicadeza exigen
que, tanto a usted como al resto del pueblo que estén en esta creencia, les dé
una satisfacción.
La firmó agregando los tres puntos .'. de su
filiación masónica y la despachó de inmediato para Arrecifes, donde Pueyrredón
estaba retirado en su quinta. Esa noche, en casa de los Escalada, le contó a
Remeditos y a su suegro que acababa de mandarle una explicación a Juan Martín.
Se encontraba cómodo dentro del círculo de relaciones que iba formando, y su
incorporación a la familia Escalada, y por lo tanto al vasto ámbito de
amistades que éstos tenían, le resultaba satisfactoria y le daba un sentido de
pertenencia que en realidad, prácticamente desde su incorporación al ejército
español, nunca había sentido.
Una tarde, al regresar a la casa de Escalada, se
encontró con una respuesta desde Arrecifes:
He leído con placer la satisfacción que me da en su
carta, porque precisamente me había extrañado que proviniese de usted el
comportamiento del oficial que insultó mi casa y la de mi hermano. No conservo
resentimientos vulgares, sino que deseo que nuestra patria pueda contar con una
constitución que enseñe los caminos y a los que mandan y a los que obedecen,
para no dar en el escollo de la anarquía. Por ser usted quien es y por la
familia a la que pertenece .'., lo aprecia con verdad
Juan Martín de Pueyrredó
El nuevo triunvirato ascendió a San Martín a
coronel y el matrimonio festejó el fin de año en casa de los Escalada. Hubo una
alegría adicional en la reunión al recibirse la noticia de que una columna
española que había salido de Montevideo con el objeto de hacer levantar el
sitio, había sido derrotada por el ejército patriota comandado por José
Rondeau. Aunque sitiadas en Montevideo, las fuerzas españolas dominaban las
aguas y mandaban barcos al río Paraná, en donde habían cañoneado y saqueado San
Nicolás y San Pedro. Su objetivo era hostilizar las costas para evitar que se
enviasen refuerzos a los sitiadores, como también obtener alimentos frescos
para la plaza, en la que ya empezaban a escasear.
El Triunvirato tomó conocimiento de que una
escuadrilla realista había sido enviada a remontar el Paraná para destruir las
baterías emplazadas en Rosario y evitar el tráfico comercial con el Paraguay.
Los triunviros se reunieron en el Fuerte con el coronel San Martín y, de común
acuerdo con él, se le ordenó marchar con una parte de su regimiento a proteger
la costa del río, desde Zárate hasta Santa Fe.
José salió del cuartel con una fuerza escogida de
125 hombres (incluyó entre los oficiales a su cuñado Manuel Escalada) y marchó
hacia el norte. Se sintió reconfortado al estar de nuevo en acción, puesto que
hacía casi dos años que había llegado a Cádiz para concluir su etapa en el
ejército español. Pero he aquí —pensaba— que ahora voy a enfrentarme con mis
antiguos camaradas. Se animó al reflexionar que ahora estaba luchando por sus
ideas liberales y que afortunadamente la dirección política del movimiento
independentista estaba encaminándose bien.
Pasó por Santos Lugares y lo sorprendió la
exuberancia de, la vegetación, mucho más frondosa que la que acostumbraba ver
en Andalucía o Extremadura. Hacía calor y las grandes arboledas fueron dejando
lugar a extensos llanos, pero igualmente verdes y radiantes.
Al saber que estaban cerca de la expedición naval,
empezaron a marchar por las noches. San Martín quería evitar los espías y,
simultáneamente, envió los propios a vigilar la costa. Poco después, él mismo
se disfrazó con un poncho y un sombrero de campesino y acechó desde la orilla a
los barcos españoles: eran siete embarcaciones de distinto tamaño, con más de
300 hombres entre soldados y marineros.
Resolvió seguir a la flota a la distancia y, un
día, el comandante militar de Rosario le avisó a través de un chasqui que la
escuadrilla se había detenido en San Lorenzo, frente al convento de los
franciscanos, que pensaban registrar al día siguiente en busca de caudales y
víveres.
—Ésta es la mía —pensó José—. Les daremos batalla a
estos maturrangos...
Ordenó apurar el paso y entre trote y galope
ganaron distancia. Era ya noche cerrada cuando llegaron hasta la posta de San
Lorenzo, unos cinco kilómetros antes del convento, donde los esperaba un
refuerzo de cabalgaduras. Un lujoso coche estaba desatado a un costado y dos
soldados fueron a inspeccionarlo, mientras el maestro de postas le explicaba a
San Martín que se trataba de un viajero inglés que iba rumbo al Paraguay y
había preferido dormir dentro del vehículo. Le mandó que no encendiera las
luces del lugar mientras se hacía el cambio de caballos y se dirigió hasta el
carruaje, donde se encontró con Parish Robertson, un británico a quien había
conocido en la tertulia de su suegro. Se saludaron cordialmente y Robertson lo
invitó a compartir una botella de buen vino, que llevaba en su equipaje. José
aceptó de buen grado y, entre copa y copa, le confió su intención de dar
batalla a los españoles cuando desembarcaran. El inglés hizo un brindis por el
triunfo y le pidió que los dejara acompañarlos.
—Convenido —aceptó el coronel mientras secaba sus
labios con el dorso de la mano—. Pero recuerde que su misión no es pelear. Le
daré una buena cabalgadura y si ve que el resultado nos es adverso, póngase a
salvo. Tenga en cuenta que los marinos no son de a caballo…
Siguieron viaje hasta el convento y entraron
sigilosamente al patio por la puerta de atrás, tratando de no hacer ruido para
no ser notados desde los barcos. Los frailes se habían retirado el día
anterior, pero un revoltoso cura rosarino, que había tenido muchos conflictos
con las autoridades religiosas, Julián Navarro, había venido a unírsele. José
apostó doce granaderos a cuidar la puerta y luego dividió el resto en dos
compañías. Acompañado por Robertson y unos pocos oficiales, subió al campanario
para tratar de avistar a las embarcaciones. El silencio y la oscuridad le
confirmaron que el ingreso al monasterio no había sido advertido. Experimentó
alivio, pero el nerviosismo por la proximidad del encuentro le impidió
descansar. Con las primeras claridades de la aurora, al ubicar las
embarcaciones sobre el ancho río y divisar entre las nieblas transparentes la
verde llanura que iba desde el convento hasta el borde, para luego caer en dura
barranca, sintió que estaba dominando el sitio y se tranquilizó aun más.
Calculó que desde el frente del monasterio, donde él estaba, hasta el límite de
la barranca acantilada, a cuyo pie se encontraba la playa, había unos
trescientos metros y pensó que era el lugar ideal para arrollar a los españoles
con la caballería.
El movimiento en las cubiertas anunciaba el
inminente desembarco y San Martín bajó para disponer las últimas instrucciones.
Ordenó que las dos compañías salieran nuevamente por la puerta de atrás (la
única que no se divisaba desde el río) y permanecieran allí montadas, con las
bridas preparadas pero ocultas tras los macizos muros.
Volvió a subir a la torre y comprobó con su
largavista que los botes con unos doscientos cincuenta hombres (el doble de los
granaderos) se dirigían ya hacia la orilla. Las lanchas tocaron tierra y los
soldados se armaron en dos compañías de infantería. Una vez formados, empezaron
a subir una senda en zigzag que los llevaba desde la playa hasta la planicie
superior. Cuando vio asomar en la llanura a los primeros infantes, bajó
presurosamente por las estrechas escaleras y se topó con Robertson: detener su
paso.
Subió al caballo bayo que su asistente le tenía de
las riendas y se puso al frente de una compañía. La otra estaba a cargo del
capitán Justo Bermúdez, a quien le dijo: —Nos encontraremos en el centro de las
columnas enemigas. Allí le daré a usted nuevas órdenes.
Desenvainó su sable corvo e hizo una breve arenga a
la tropa, exhortándola a usar lanzas y sables y a defender el honor del
regimiento. Espoleó su bayo y, al son del clarín, salió ~ por el ala izquierda
del convento, mientras Bermúdez y su tropa aparecían por la derecha.
Con la música de pífanos y tambores y pertrechados
con dos pequeños cañones, los españoles estaban ya a cien metros ' del frente
del convento cuando se vieron atacados sorpresivamente desde ambos costados del
edificio. Se detuvieron e iniciaron fuego con fusiles y con cañoncitos, pero la
carga de caballería los alcanzó a pesar de todo.
En el primer choque José sintió que su caballo
rodaba alcanzado por la metralla y un fuerte golpe de su cuerpo contra el piso
lo dejó medio aturdido. La mejilla le dolía y no podía ver bien, en medio del
polvo y del humo de la pólvora. Cuando intentó levantarse vio que el correntino
Cabral se acercaba desmontado para ayudarlo, pero cayó cerca con dos heridas en
el pecho. Se sintió impotente y angustiado, porque no podía dirigir el combate,
pero vio que Bermúdez había tomado la iniciativa y ordenaba un segundo ataque
que hacía retroceder a los europeos hasta el borde de la barranca.
Pocos minutos después, los españoles iniciaban
precipitadamente la retirada hacia los botes abandonando banderas y cañones,
mientras algunos soldados en su apuro llegaban a caerse por los acantilados.
Sin embargo, en los últimos tiroteos con los que huían, el propio capitán
Bermúdez cayó herido por una bala.
Dolorido pero satisfecho, San Martín montó
nuevamente y retomó el comando. Recorrió el campo asistiendo a los heridos y
sintió orgullo por el comportamiento de sus hombres y la victoria obtenida.
¿Seguirán diciendo ahora en Buenos Aires que soy un espía español?, se preguntó
a sí mismo, con una mezcla de encono y resignación.
Cerca del mediodía, bajo la sombra de un pino de
copa horizontal para aliviar el creciente calor, compartió la mesa con algunos
oficiales y el inglés ofreció nuevamente sus buenos vinos. Unos teros caminaban
con precaución por el piso de la huerta, asustados todavía por el ruido de los
cañonazos y el olor a pólvora.
Había euforia por el triunfo y José, aunque siempre
reconcentrado, compartía el buen espíritu por haber derrotado a una tropa que
los doblaba en número. Pensaba en eso cuando dictó sobre la misma mesa el parte
de batalla.
Tengo el honor de decir a V. E. que los granaderos
de mi mando, en su primer ensayo, han agregado un nuevo triunfo a las armas de
la patria. Seguramente el valor e intrepidez de los granaderos hubiera,
terminado de un solo golpe las invasiones de los enemigos en las costas del
Paraná, si la proximidad de las bajadas, que ellos no desampararon, no hubieran
protegido su fuga. Pero me arrojo a pronosticar que este escarmiento será un
principio para que no vuelvan a inquietar a estos pacíficos moradores.
Esa tarde empezaron a regresar algunos monjes y el
coronel se instaló en el cuarto del cura guardián. Desde el claustro, sostenido
en un sector por contrafuertes y sembrado de naranjos, ciruelos y rosales, le
llegaba el olor a pasto mojado y el fuerte canto de unas calandrias. A la
mañana siguiente, un centinela le avisó que un oficial español había
desembarcado en un bote y se acercaba con ánimo de parlamentar. El coronel lo
recibió con amabilidad y el hombre le explicó que necesitaban víveres frescos para
alimentar a sus heridos, por lo que venía a solicitar se le vendiesen algunos.
San Martín lo hizo conducir hasta el comedor, donde se le obsequió con un
suculento desayuno, y después le hizo entregar una media res para llevar hasta
la flota, exigiéndole bajo palabra de honor que sólo sería dedicada a los
enfermos.
Enterrados los muertos y asistidos los heridos,
José resolvió volver a Buenos Aires. Antes de arrancar, el prior le pidió que
intercediera por la comunidad del convento ante el gobierno, a los efectos de
que no se la incluyera dentro de los decretos que estaban a punto de expedirse
contra los españoles europeos. Con modales ceremoniosos, el fraile le argumentó
que oportunamente el colegio había adherido a la Junta de Mayo y que en los
días previos había tratado de colaborar en todo lo posible con las tropas
patriotas y luego aliviar a sus heridos, no sólo por el apostólico ministerio a
que estaba obligado, sino porque todos sus integrantes estaban compenetrados
con la justa causa que se estaba sosteniendo.
Escríbame un memorial, padre —le respondió el
coronel—, que yo me ocuparé con gusto.
Mientras se alejaba del monasterio cuyos muros
habían sido testigos del bautismo de fuego contra sus antiguos camaradas
peninsulares, miró para atrás y vio a los monjes alineados en la puerta.
"¡Estos curas...!", se dijo a sí mismo moviendo la cabeza, y luego
apuró el paso de su renovada cabalgadura.
Capítulo VII
Vamos p'al norte
(1813—1814)
Una vez que los granaderos se instalaron nuevamente
en el cuartel y la caballada fue atendida, José marchó rumbo a su casa. Los
Escalada estaban contentos por la participación en el combate de Manuel, el
hermano mayor de Remedios, cuya actuación como oficial en comisión había sido
resaltada en un parte por el comandante José Matías Zapiola. Ante los
comentarios sobre este tema, San Martín se mantuvo parco y más bien denotó
cierta incomodidad.
Durante su ausencia, la convocada Asamblea había
comenzado a sesionar y había resuelto excluir de los empleos eclesiásticos,
militares y civiles a los españoles europeos que no obtuviesen título de
ciudadanía. Se sonrió al acordarse de la solicitud del prior del convento e
hizo llegar al Triunvirato el pedido que le había efectuado.
La mayoría de los miembros de la Asamblea
pertenecían a la logia y, siguiendo "instrucciones invisibles", el
cuerpo resolvió abolir el nombre del rey de España en los documentos oficiales,
además de los títulos de nobleza, la Inquisición y los tormentos. La figura de
los monarcas fue borrada de las monedas y sustituida por el sello de las
Provincias Unidas.
San Martín se concentró en sus tareas de
organización del regimiento y concurría a las reuniones de la logia, pero
notaba que a pesar del resultado favorable en San Lorenzo, la figura de Alvear
era cada vez más importante y afamada, e incluso había sido designado
presidente de la Asamblea.
En los círculos sociales, Carlos brillaba por su
inteligencia, fortuna material y encanto personal. En algunas tertulias se
rumoreaba que su padre, don Diego de Alvear, mientras cumplía funciones
militares en las Misiones, había tenido una amante india con la cual tuvo un
hijo. Según el comentario, don Diego había entregado en Yapeyú esta criatura al
matrimonio formado por Juan de San Martín y su esposa Gregoria, para que lo
criasen, quienes lo bautizaron como José Francisco y le dieron su apellido. Según
esos rumores, entonces, José de San Martín y Carlos de Alvear venían a ser
medio hermanos.
Cierta o no esta versión, José y Carlos parecían
tener una amistad y una rivalidad verdaderamente fraternal. En las sesiones de
la logia empezó a notarse una división en dos grupos, orientados por Alvear y
San Martín, que a la vez eran los militares profesionales más importantes del
momento.
El Ejército del Norte continuaba a cargo de Manuel
Belgrano, un abogado liberal que se había educado en España, en la Universidad
de Salamanca. Belgrano se había incorporado a la logia y había empezado a
cartearse con San Martín, quien le había aconsejado que creara un cuerpo de
lanceros.
Una tarde, en el regimiento, José recibió carta del
improvisado general, quien le contaba sus dificultades para introducir la lanza
y le agregaba algunos comentarios:
¡Ay mi amigo!, qué concepto se ha formado usted de
mí? Por casualidad, o mejor diré porque Dios lo ha, querido, me hallo de
general, sin saber en qué esfera estoy. No ha sido ésta mi carreara y ahora,
tengo que estudiar para desempeñarme, y cada día veo más las dificultades de
cumplir con esta terrible obligación. Crea usted que jamás me quitará el tiempo
y que me complaceré con su correspondencia, si gusta honrarme con ella y darme
algunos de sus conocimientos para que pueda ser útil a la patria.
A los pocos días, llegaban a Buenos Aires las
noticias de que el Ejército del Norte había sido duramente vencido en
Vilcapugio y Ayohúma y Belgrano retrocedía hasta Jujuy al frente del resto de
sus hombres, mientras pedía una vez más que se le enviaran refuerzos.
El Triunvirato, que actuaba de común acuerdo con la
logia, resolvió que Alvear (ya ascendido a coronel) marchara a auxiliar a
Belgrano. Pero Carlos prefirió quedarse en el centro del poder político o
asumir el comando del ejército sitiador de Montevideo, de modo que se dispuso
que fuera San Martín quien partiera hacia el norte.
José se sentía un poco manoseado por el hecho de
tener que hacer, por descarte, la tarea que Alvear desechaba, pero le pareció
que de todos modos debía asumirla. Le consultó el tema a Remedios, quien
también había empezado a molestarse con la infatuación de Carlos, y ella
coincidió con su marido:
—Creo, José, que no queda otra alternativa...
Resignado ante la ascendente estrella de su joven
amigo y rival, quien dominaba en la logia y era el favorito del gobierno, José
aprestó a 250 granaderos, quienes a su vez iban a ser complementados con un
escuadrón de 100 artilleros y el batallón 74 de libertos con 800 plazas. Ya con
calor y dos semanas antes del fin de año, se despidió de Remedios e inició la
marcha hacia el norte. Desde el puente de Márquez (en Morón) se adelantó a
Chacras de Ayala, donde esperó el pase de los efectivos, carretillas y carretas,
a los que pasó revista.
El viaje debía hacerse con cierta prisa y el
coronel debía atender cotidianamente la planificación de las etapas y turnos,
estado del ganado y parque de artillería, armamento, víveres y agua, además de
la disciplina del personal. Aunque todas estas tareas debían hacerse sobre la
marcha, a José le gustaba realizarlas porque podía poner en ejercicio su
capacidad de organización.
Recibió el año nuevo en Córdoba, donde dispuso que
se hicieran arreglos en el coche en que viajaba y en la carretilla donde
llevaba sus efectos personales. Pasó por Totoral y, en una de las postas
siguientes, cuando el suelo se hacía cada vez más seco y el intenso calor los
obligaba a marchar de noche, se encontró con carta de Belgrano:
Mi corazón toma un nuevo aliento cada instante que
pienso que usted se me acerca, porque estoy firmemente persuadido de que, con
usted, se salvará la patria y podrá el ejército tomar un diferente aspecto. Soy
solo, esto es hablar con claridad y confianza; no tengo ni he tenido quien me
ayude ,y he andado por los países en que he hecho la guerra como un
descubridor; pero no acompañado de hombres que tengan iguales sentimientos a
los míos de sacrificarse antes de sucumbir a la tiranía. Se agrega a esto la
falta de conocimiento y práctica militar, como usted lo verá, y una soberbia
consiguiente a su ignorancia, con la que todavía nos han causado mayores males
que con la misma cobardía. En fin, mi amigo, espero en usted un compañero que
me ilumine, que me ayude, y que conozca en mí la sencillez de mi trato y la
pureza de mis intenciones.
Luego de expresar su alegría por saber que marchaba
con parte de los granaderos, ya que éstos iban a ser un modelo para los demás
en disciplina y subordinación, el general abogado agregaba:
No estoy contento con la tropa de libertos; los
negros y mulatos son una canalla que tiene tanto de cobarde como de
sanguinaria,, y en las cinco acciones que he tenido, han sido los primeros en
desordenar la línea y buscar murallas de carne. Sólo me consuela saber que
vienen oficiales blancos, o lo que llamamos españoles, con los cuales acaso
hagan algo de provecho. En fin, hablaría, más con usted si el tiempo me lo
permitiera. Empéñese usted en volar, si le es posible, con el auxilio, y en
venir a ser no sólo amigo, sino maestro mío, mi, compañero y mi jefe si quiere.
En Santiago del Estero el calor era intensísimo
pero seco. Dejó un grupo de carretas al mando de Toribio de Luzuriaga y recibió
otra misiva de Belgrano:
Le contemplo a usted en los trabajos de la marcha,
viendo la necesidad de nuestros países y las dificultades que presentan con sus
distancias, despoblación y, por consiguiente, falta de recursos para operar con
la celeridad con que se necesita. Deseo mucho hablar con usted, de silla a
silla para que tomemos las medidas más acertadas, y formando nuestros planes,
los sigamos, sean cuales fuesen los obstáculos que se nos presenten; pues sin
tratar con usted, a nada me decido. Que venga usted feliz a mis brazos, son los
votos que dirijo al cielo.
San Martín no estaba contento, pues le incomodaba
su situación con Belgrano. El gobierno pretendía que lo relevase, pero la
adhesión que éste le manifestaba lo ponía en un compromiso. Además, tenía la
impresión de que las derrotas en el Alto Perú no se debían a la impericia
profesional del improvisado militar, sino a razones más objetivas y profundas.
Desde hacía casi cuatro años, las tropas peninsulares dominaban en el
altiplano, mientras las fuerzas patriotas se habían impuesto en Tucumán y
Salta. Quizás esto demostraba —se decía— que el camino hacia el poder realista
en Lima no pasa por el río Desaguadero, es decir por el límite entre el Alto y
el Bajo Perú.
Al entrar a la provincia de Tucumán, la vegetación
empezó a tornarse sorprendentemente verde. Ríos caudalosos estaban rodeados por
frondosos pacaraes y robustos cedros, más otros árboles del país que José no
reconocía pero que le resultaban deslumbrantes. La humedad se percibía en el
ambiente y estallaba en vegetaciones generosas y abundancia de aves. A la
izquierda, un macizo montañoso se agrandaba día a día y, en el crepúsculo, el
sol se ponía sobre cerros azulados, cuyos tonos variaban con el correr de los
minutos.
Acompañado por el primer batallón de granaderos,
San Martín entró a San Miguel de Tucumán poco después de las cinco de la
mañana, con las primeras claridades del alba. Se encontró allí con uno de los
triunviros, Antonio Álvarez Jonte, y con el segundo jefe de Belgrano, Eustaquio
Díaz Vélez, a quien el general abogado había comisionado para encargarse de la
fábrica de fusiles que funcionaba en la ciudad.
Ellos le informaron que Belgrano continuaba la
retirada y se aprestaba a abandonar Jujuy, y le transmitieron su indicación de
que prosiguiera con sus auxilios hacia el norte para encontrarlo en un punto
intermedio. El coronel le pidió a su amigo y "hermano" Álvarez Jonte
que le hiciera llegar la mitad de su sueldo (diez doblones de oro) a Remedios.
Durmió en la ciudad y, al siguiente atardecer, partió a caballo, sin coche y
acompañado por su edecán, su médico norteamericano Guillermo Collisberry, y una
reducida comitiva, rumbo a Salta. Pasó por Los Nogales y Tapia y renovó
cabalgaduras en Trancas, en la posta de Pozo del Pescado, donde almorzó y
durmió la siesta. Las noticias indicaban que Belgrano seguía retrocediendo con
su ejército y que se encontraba atacado por fiebres tercianas.
Se proveyó de media res y partió nuevamente, por un
camino rodeado de talas, chafares y algarrobos de similar aspecto. A derecha e
izquierda, en la lejanía, dos azules serranías parecían guiarle el rumbo. Llegó
a San José de Yatasto, pasó Metán, cruzó el río de las Conchas y siguió hasta
la Posta del Algarrobo. Acababa de salir de allí cuando un mensajero que venía
del norte le entregó un oficio del propio Belgrano, fechado ese mismo día:
Río del Juramento, 17 de enero de 1814. Voy a pasar
el Río del Juramento y respecto de hallarse Usted con la tropa tan inmediato,
sírvase esperarme con ella.
San Martín echó pie a tierra e indicó a sus
acompañantes que hicieran lo mismo.
Al poco tiempo, una polvareda les indicó que se
acercaba una diligencia. Cuando el crujiente carruaje detuvo su marcha y el
polvo los alcanzaba y se asentaba lentamente, José adivinó en una de las
ventanillas la figura de Belgrano. Se reconocieron con una mirada. Manuel bajó
del coche, se dirigió hacia San Martín y se estrecharon en un abrazo. Se
preguntaron por la salud de cada uno, cambiaron algunas palabras de
circunstancias y se presentaron a los colaboradores. Con Belgrano venía el
catalán José Manuel Torrens, propietario de la vecina estancia de las Juntas, y
decidieron marchar hacia allí para descansar y deliberar con comodidad.
Se ubicaron en habitaciones de la casa y luego
charlaron animadamente en la umbrosa galería. Estaban rodeados por algarrobos,
pero también había tarcos altos y floridos palos borrachos, que los lugareños
llamaban yuchanes. Belgrano estaba desalentado por las derrotas y débil por las
fiebres palúdicas, que lo atacaban al atardecer. Despotricaba contra sus
oficiales superiores y le confesó que había mandado a su segundo, Eustaquio
Díaz Vélez, a dirigir la fábrica de fusiles en Tucumán, como medio de sacárselo
de encima. Había dejado en Jujuy y Salta al coronel Manuel Dorrego con
quinientos hombres, con el encargo de cubrirle la retaguardia y molestar a los
realistas en su avance.
San Martín le dijo que él traía instrucciones de
asumir como su segundo, pero añadióque le parecía inconveniente hacerlo de
inmediato, porque Díaz Vélez tenía mucho predicamento en Tucumán (por su madre,
que pertenecía a la familia Aráoz, de sólido poder en la provincia) y su
reemplazo súbito podría afectar la moral del ejército.
Manuel insistía en que asumiera en el acto, pero
José le sugirió que se tomasen un tiempo para reconocer la zona en que estaban,
y luego tomar decisiones.
Al día siguiente partieron con el dueño de casa a
recorrer un paso angosto del río Juramento, llamado Carne Ácida, en el que
Belgrano dispuso instalar un puente levadizo y portátil, para facilitar el
cruce del grueso del ejército.
Conversaron varias veces en el día, mientras el
general disponía el fraccionamiento en divisiones no mayores de cien hombres
para evitar confusiones, y prohibía que se acercaran equipajes civiles y
vivanderos antes de que pasaran las fuerzas de choque. Manuel estaba más
tranquilo al sentirse apoyado por San Martín, y éste a su vez valoró la
capacidad de organización del abogado general, quien evidenciaba buen sentido
aunque no tenía estudios militares. Más distendidos, acordaron que era
preferible ordenarle a Díaz Vélez que marchara a Buenos Aires, para luego
recién reemplazarlo por San Martín.
Belgrano envió un oficio a Díaz Vélez mandándole
que partiera hacia la capital. Luego siguió recorriendo la zona con San Martín
y visitaron la estancia de Yatasto, de propiedad de José Vicente Toledo
Pimentel.
San Martín partió sin prisa a Tucumán, de modo de
llegar después de la partida de Díaz Vélez. Llevaba la orden de reemplazarlo y
proceder al arreglo y disciplina de las tropas. Pernoctó en la estancia de
Antonio Puch, cerca de Rosario de la Frontera, donde se encontró con su
camarada y amigo Tomás Guido, sobrino de su suegra Tomasa de la Quintana de
Escalada, quien venía castigado por Belgrano. Guido se quejó del general en
jefe y le dijo que él no sólo debía reemplazar a Díaz Vélez, sino que debía
hacerse cargo del Ejército del Norte.
—Debemos actuar con prudencia —le contestó
lacónicamente José, mientras compartía un vino con su pariente político, con
quien se quedó charlando hasta la madrugada, disfrutando del fresco.
José llegó a Tucumán y asumió el puesto de segundo
jefe del Ejército.
Pero se encontró allí con novedades: el Triunvirato
había sido reemplazado en Buenos Aires por un director supremo y había asumido
el cargo Gervasio Antonio de Posadas, tío de Carlos de Alvear. Junto con esta
noticia, recibió una carta del propio Posadas:
Como ya lo hago a Usted descansando de las
molestias del viaje, me he resuelto escribirle para rogarle encarecidamente que
tenga a bien recibirse del mando de ese ejército que indispensablemente le ha
de confiar el gobierno. Fuera política y vamos al grano. Excelente será el
desgraciado Belgrano; será igualmente acreedor a la gratitud eterna de sus
compatriotas; pero sobre todo entra en nuestros intereses y lo exige el bien
del país que, por ahora, cargue usted con esa cruz, dado que hasta el mismo
Belgrano está de acuerdo.
Pocos días después, arribaba Belgrano con los
restos de su derrotado ejército. Los 4.600 hombres que tenía en Vilcapugio se
habían reducido a 1.800. San Martín lo recibió cálidamente y prefirió guardar
silencio sobre el pedido de Posadas, hasta que llegara una instrucción oficial
al propio desplazado.
La disposición del Poder Ejecutivo llegó a las 48
horas, desde Buenos Aires: Belgrano debía entregar el mando del ejército a San
Martín y permanecer a la cabeza del regimiento NQ 1, a las órdenes de éste.
En una mañana húmeda y calurosa, a la sombra de
unos tarcos de follaje protector, San Martín recibió la conducción de manos del
general abogado, quien también le presentó sus saludos. José se sintió aliviado
por la forma en que llegaba a comandar la fuerza y sintió respeto por la
nobleza del improvisado y vapuleado militar.
Ahora hay que hacerse cargo de todo esto, pensó el
flamante jefe del Ejército del Norte, cuando se quedó solo en su escritorio.
Entre los refuerzos que él había traído y las tropas que llegaban diezmadas
desde el Alto Perú tenía más de tres mil hombres, pero era necesario inculcar
disciplina y organizar y reanimar a estos últimos.
Envió un escuadrón de granaderos a Lules, para que
se estableciera en el convento de San José, que había sido de los jesuitas, y
dejó en el cuartel de Tucumán al batallón N° 27, a cargo de Toribio de
Luzuriaga. Incorporó a éste a todos los negros y libertos que había traído
Belgrano, con el encargo de someterlos a una rígida instrucción. Contrariamente
a la opinión que tenía el general abogado sobre estos reclutas, San Martín
opinaba que podían servir bien si se los adiestraba con exigencia. Precisamente,
en su viaje desde Buenos Aires con los auxilios, había tenido muchos desertores
entre los artilleros, pero ninguno entre los pardos y morenos.
Se instaló en una casa contigua al cuartel y se
propuso reglamentar a las fuerzas con la mayor rigidez. Suspendió a dos
oficiales de caballería por no haberse presentado en horario a sus funciones y
pidió al gobierno que fueran separados del servicio; y arrestó por un mes al
abanderado de cazadores por no haber cumplido la orden de aprestar de inmediato
a su piquete.
Nombró como ayudante de campo al capitán Gregorio
Aráoz de Lamadrid, un distinguido oficial tucumano. Una mañana, José dispuso
que cada cuerpo presentase 25 hombres a fin de elegir a los más aptos para
reforzar a los granaderos a caballo. Aráoz de Lamadrid se presentó ante su jefe
para explicarle los inconvenientes que esa medida le provocaba con su gente,
pero al comenzar a hablar vio que San Martín sacaba el reloj de su bolsillo y
le decía con severidad:
—Capitán, han pasado ya dos minutos de la hora en
que ordené se pusieran en formación los piquetes.
* * * *
Recibía a los oficiales a la oración, para
impartirles academia, y les exigía que leyesen el orden del día a la tropa. Una
tarde, resolvió uniformar las voces de mando y le correspondió a Belgrano
repetir en primer lugar la orden, con el tono y la pauta. El coronel Dorrego,
que tenía espíritu chacotón, no pudo contener la risa ante la voz delicada del
general abogado y se produjo una situación embarazosa. San Martín dio un golpe
sobre la mesa con un candelero y expresó con enojo: —Señor coronel, hemos venido
aquí a uniformar las voces de mando.
Aunque Dorrego era un militar de enorme prestigio e
incluso José había pensado en él como segundo jefe, al día siguiente lo envió
castigado a Santiago del Estero. El nuevo comandante dispuso que todos los
sábados se pagase el sueldo a la tropa, a cuyo efecto resolvió ingresar a la
Caja Militar 36.000 pesos en oro y plata sellada, provenientes de los caudales
del Alto Perú, pese a que había recibido una instrucción del gobierno de
destinarlos a la tesorería general.
No le gustaba mucho escribir, pero en la tesitura
de tener que explicar su actitud de "acatar a la autoridad pero no cumplir
su orden", se sentó en su escritorio y argumentó:
Acostumbrado a, prestar la más ciega obediencia a
las órdenes superiores, y empeñado en el difícil encargo de reorganizar este
ejército, fluctué mucho en el conflicto de conciliar lo uno con lo otro. Yo no
había encontrado más que unos tristes fragmentos de un ejército derrotado. Un
hospital sin medicinas, sin instrumentos, sin ropas, que presenta el
espectáculo de hombres tirados en el suelo que no pueden ser atendidos del modo
que reclama la humanidad y sus propios méritos. Unas tropas desnudas con trajes
de pordioseros. Una oficialidad que no tiene cómo presentarse en público. Mil
clamores por sueldos devengados. Gastos urgentes en la maestranza, sin los que
no es posible habilitar nuestro armamento para contener los progresos del
enemigo. Éstos son los motivos que me han obligado a obedecer y no cumplir la
superior— orden, y representar la absoluta necesidad de aquel dinero para la
conservación del ejército. Si contra toda esperanza, no mereciese esta
resolución la superior aprobación, despacharé el resto del dinero, quedando con
el desconsuelo de no poder llenar el primero de mis encargos.
El director supremo comprendió la medida y, en
carta confidencial, le comentó:
Si se dio orden para la devolución de los caudales,
fue porque se contaba aquí con ellos para pagar cuatro meses que se debían a la
tropa. Pase por ahora, el obedecer y no cumplir, porque si con el obedecimiento
se exponía Ud. a quedar en apuros, con el no cumplimiento he quedado yo aquí
como un cochino.
Las principales familias de la ciudad lo invitaban
a sus tertulias. Le agradó la gente de Tucumán y se sintió bien tratado, pero
notaba que eran más amistosos con Belgrano que con él.
Manuel venía de dos tremendas derrotas en
Vilcapugio y Ayohúma y había llegado con un ejército diezmado y desalentado,
pero los tucumanos (y sobre todo las tucumanas) parecían mantener el recuerdo
de la victoria de un año y medio atrás y lo agasajaban y atendían con cariño,
como si se tratara de un triunfador.
El caso de Juana Rosa Gramajo, una bella jovencita
recientemente casada con Rufino Cossio, fue una excepción que sensibilizó
particularmente a San Martín: ella simpatizó con el recién llegado coronel y
pareció advertir de inmediato sus valores, sentimiento que expresaba sin
ambages en todos los ambientes y que parecía ser compartido por su marido.
En las reuniones políticas y sociales, José
frecuentó con asiduidad a Bernabé Aráoz, el hombre que había apoyado
decisivamente a Belgrano en 1812 para que diera la batalla del 24 de
septiembre, y quedó encantado con sus méritos. "El coronel de estas
milicias —le escribió a Posadas—, don Bernabé Aráoz, es un sujeto que me
aventuro a asegurar no se encuentran diez en América que reúnan más virtudes, y
espero que usted le escriba para lisonjearlo". Le pareció que era la
persona más apta para gobernador y así se lo hizo saber al director supremo.
Posadas aceptó la sugerencia: "Todo ha sido despachado a propuesta de
usted", le contestó.
El general en jefe encargó al coronel Martín Miguel
de Güemes un plan de vigilancia y de hostilidades contra los españoles en las
provincias de Salta y Jujuy, pero no a cargo de fuerzas regulares sino con
voluntarios conocedores del terreno, llamados comúnmente "gauchos".
Estos guerrilleros empezaron a actuar de inmediato para disputar las zonas de
esas provincias, mientras San Martín concentraba todas las tropas del reforzado
Ejército del Norte en San Miguel de Tucumán.
En el sudoeste de la ciudad, en el área en que
Belgrano había vencido a los realistas de Pío Tristán, inició la construcción
de un recinto fortificado, en forma de pentágono, para instalar a soldados,
parque de artillería y hospitales. El objetivo era mostrar al enemigo que se
resistiría a todo trance, además de sustraer a las tropas del contacto con la
población para disminuir las deserciones. La construcción fue denominada la
Ciudadela y fue hecha por los hombres disponibles, una partida de indios matacos,
y con materiales gratuitos provenientes de requisiciones a los vecinos. La
dirección de la obra estaba a cargo del teniente coronel Enrique Paillardelle,
quien organizó un grupo de ingenieros a quienes enseñaba geometría y
artillería.
Un par de meses antes, Paillardelle había elaborado
( en .Vlojos ;) en el Alto Perú, un informe para ser enviado al
gobierno de Buenos Aires, en el que hacía conocer su opinión de que la ruta del
río Desaguadero no era la vía apropiada para conquistar Lima. El teniente
coronel estimaba que lo prudente sería que fuerzas rioplatenses y chilenas
partieran por mar desde Valparaíso y desembarcaran en Arica, para desde allí
llegar hasta la capital del Virreinato del Perú, mientras el Ejército del Norte
podría operar y presionar simultáneamente desde el altiplano.
* * * *
San Martín había llegado hasta el norte sin planes
preconcebidos y sin ideas claras sobre la situación, pero cuando vio que la
Ciudadela tomaba cuerpo tuvo la convicción de que el general Pezuela, que con
sus tropas realistas había ocupado Jujuy y las inmediaciones de Salta, no
intentaría bajar hasta Tucumán. "No lo hará porque no tiene fuerza para
ello —le comentó a Posadas en una carta. Y aunque las aumente no tengo temor,
porque hay tiempo para prepararse".
Pero esta seguridad no le daba mayor sosiego,
porque sentía que se trataba de una situación de equilibrio que no iba a tener
definición. Para independizar estas tierras —pensaba debemos neutralizar
Montevideo y ocupar el centro del poder español en Lima. Hasta que no lleguemos
al Perú, corremos el riesgo de que los maturrangos refuercen sus tropas desde
la península y nos degüellen.
En esas cavilaciones estaba, cuando llegó desde
Buenos Aires, una orden de que el general Belgrano se trasladase a Córdoba, a
los efectos de acelerar el juicio que se le seguía por su responsabilidad en
las derrotas de Vilcapugio y Ayohúm.
José estaba algo celoso con Belgrano por la calidez
y el apoyo que éste recibía de la sociedad tucumana, y este resquemor se había
acentuado al enterarse de que un grupo de vecinos había solicitado al gobierno
de Buenos Aires su reposición como jefe del Ejército del Norte. También le
sorprendía la adhesión que el improvisado general recogía en buena parte de la
oficialidad, pese a su notoria falta de conocimientos tácticos; situación que
contrastaba con la desconfianza que San Martín percibía hacia su propia persona
por parte de estos mismos militares, a pesar de su larga profesionalidad en la
península y del bagaje teórico que estaba tratando de inculcarles. Pero
superando este sentimiento de rivalidad, prefería mantenerlo a su lado para que
lo asesorara sobre un medio y un ejército que todavía no conocía bien, por lo
cual le escribió al director supremo:
De ninguna manera es conveniente la separación del
general Belgrano de este ejército. No encuentro un oficial de bastante
suficiencia y actividad que lo reemplace en el mando de su regimiento, ni quien
me ayude a instruir a la oficialidad, que es ignorante y presuntuosa, y se
niega a todo lo que es aprender. Me hallo en unos países cuyas gentes,
costumbres y relaciones me son absolutamente desconocidas y cuya topografía
ignoro; y siendo estos conocimientos de absoluta necesidad, sólo el general
Belgrano puede suplir esta falta, instruyéndome y dándome las noticias de que
carezco.
Pero el Poder Ejecutivo rechazó este pedido y
Manuel debió partir. Al llegar a Santiago del Estero, oyó rumores que
mencionaban que había descontento entre los oficiales del Ejército del Norte,
porque San Martín estaba introduciendo instituciones como la del duelo, que se
practicaba en el regimiento de granaderos a caballo. Estos lances estaban
prohibidos por la Iglesia. Se decía también que el nuevo general en jefe había
expresado ideas liberales de rechazo o desprecio hacia la religión, lo que
preocupaba a las tropas.
Belgrano se sintió en la obligación de escribirle,
para advertirle lo peligroso que podía llegar a ser un sentimiento de ese tipo:
Son muy respetables las preocupaciones de los
pueblos en cosa que huela a religión. La guerra allí no sólo la ha de hacer con
las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre ésta en las virtudes
naturales, cristianas y religiosas; pues los enemigos nos la han hecho
llamándonos herejes, y sólo por este medio, han atraído a las gentes bárbaros a
las armas, manifestándoles que atacábamos a la religión.
Acaso se reirá alguno de este mi pensamiento; pero usted no debe llevarse de
opiniones exóticas, ni de hombres que no conocen el país que pisan; además, por
este medio conseguirá usted tener el ejército bien subordinado, pues él, al
fin, se compone de hombres educados en la religión católica que profesamos y
sus máximas no pueden ser más a propósito para el orden.
Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico, romano. Cele usted de
que en nada, ni aun en las conversaciones más triviales, se falte el respeto de
cuanto diga nuestra santa religión. Tenga presente no sólo a los generales del
pueblo de Israel, sino al de los gentiles y al gran Julio César, que jamás dejó
de invocar a los dioses inmortales y por sus victorias en Roma se decretaban
rogativas.
San Martín se sonrió al leer las recomendaciones de
este abogado masón y liberal como él, pero íntimamente reconoció que tenía
razón y se propuso ser más prudente en todas sus expresiones. Dispuso un
servicio de capellán para el hospital y ordenó que los oficiales hiciesen las
estaciones en el Jueves Santo.
* * * *
Con el afán de disciplinar a su cuerpo de
oficiales, dispuso la creación de una Comisión Militar para juzgar en forma
sumaria e inapelable a los jefes que cometieran faltas. También exigió a los
oficiales que presentaran los despachos que acreditaran su grado, ya que se le
había informado que, debido a la desorganización que reinaba, varios individuos
cobraban sueldos sin poder justificar debidamente el título que ostentaban.
Ello provocó el resentimiento del teniente coronel Enrique Paillardelle, y de su
hermano Antonio, de igual grado, quienes solicitaron licencia para viajar a
Buenos Aires.
Preocupado por la repercusión que esto podría tener
en la capital, José le escribió a Posadas explicándole la situación:
El origen de esta novedad no ha sido otro que
entender que el haber yo pedido a D. Enrique el despacho que debía tener de ese
gobierno su hermano don Antonio para disfrutar el sueldo de teniente coronel
que se le ha estado pagando. Yo me aturdo, Señor Excmo., cuando veo que unos
hombres que se dicen comprometidos con la causa, tienen tan poca moderación y
desinterés que en el momento que se trata de hacer e1, más pequeño sacrificio
del rango al que se creen acreedores, se olvidan de la primera disposición que
caracteriza, a, un patriota, que es la resolución de salvar la Patria a,
cualquier costa. Por otra parte don Antonio Paillardelle no tiene más título de
teniente coronel que el que le expidió su hermano don Enrique en la momentánea
revolución del pueblo de Tacna. V. E. sabe cuáles son las consecuencias de la
facilidad con que se han prodigado los grados militares
También quiso ser estricto con los jefes enemigos,
de tal modo que ordenó que se hiciera consejo de guerra al coronel español
Antonio Landívar, quien le había sido remitido prisionero desde Santa Cruz de
la Sierra. El tribunal funcionó sumariamente en la propia casa de San Martín y
condenó a muerte a Landívar por asesinatos, robos, incendios, saqueos y
extorsiones cometidos contra el derecho de gentes. José puso el
"cúmplase" y lo hizo fusilar de inmediato y sin consultar al gobierno
central, ante el cual justificó su severidad:
Aseguro a V. S. que pese al horror que tengo a
derramar la sangre de mis semejantes, estoy altamente convencido de que ya es
de absoluto necesidad el hacer un ejemplar de esta clase. Los enemigos se creen
autorizados para exterminar hasta la raza de los revolucionarios, sin otro
crimen que reclamar éstos los derechos que ellos les tienen usurpados. Nos
hacen la guerra sin respetar en nosotros el sagrado derecho de las gentes y no
se embarazan en derramar a torrentes la sangre de los infelices americanos.
Remedios le escribía cartas apasionadas y también
le comentaba los chismes políticos de Buenos Aires. Se decía que Alve4r se
había quedado muy contento con el viaje de San Martin al norte, pues de ese
modo le dejaba el escenario de la capital solo para él. Carlos había acompañado
a José hasta la salida de la ciudad y, según estos comentarios, al verlo partir
habría manifestado a sus amigos: "ya se jodió el hombre".
Desde la partida de Belgrano, José se había
convertido en el centro del interés social y era objeto de requiebros tanto por
parte de las mujeres cuarteleras como por mujeres de la sociedad, pero él tenía
muy adentro los dulces recuerdos de Remedios y además se encontraba preocupado
por la situación.
Sus amigos de la logia le informaban en sus cartas
que Posadas y Alvear preparaban una expedición para liberar Montevideo y que,
al concentrar los esfuerzos en el este, ninguna ayuda podía esperar él al
frente de su Ejército del Norte. Esto lo hacía sentirse solo y aislado y
subordinado a los intereses de Carlos. Los calores húmedos del verano tucumano
se le hacían cada vez más agobiantes e intensos dolores de estómago lo
atormentaban de noche, por lo cual recurrió a unas pastillas de opio que le
recomendó su médico, el norteamericano Guillermo Collisberry.
Optó por escribirle al director supremo y a su
sobrino diciéndoles que no podía creer que se estuviera formando una escuadra,
mientras se le retaceaba a él toda colaboración, y les expresó con sinceridad
sus resquemores de que este proyecto encubriera una intriga para reducir sus
fuerzas a la inacción.
Alvear le respondió que su objeto era precisamente
el contrario, pues si se tomaba Montevideo todas las fuerzas disponibles,
aumentadas con las proporcionadas por esa plaza, serían orientadas hacia el
Alto Perú. Y si los barcos eran derrotados, se dejaría a cargo de José Gervasio
de Artigas y sus soldados irregulares el sitio de la ciudad, mientras las
fuerzas de Buenos Aires se dirigirían igualmente hacia Tucumán. En cualquier
caso —agregaba— usted recibirá importantes refuerzos que le permitirán entrar
en acción. Finalizaba expresando que era una gran injusticia suponer que tanto
él como su tío eran capaces de albergar sentimientos impropios de un patriota o
de gente de bien y le reiteraba su amistosa consideración.
San Martín no quedó convencido con estos argumentos
y, por el contrario, pensó que Carlos era un ambicioso que estaba actuando a
favor de sus intereses políticos. Pero, por otra parte, cada vez tenía más
dudas de que fuera conveniente operar desde Tucumán hacia el Alto Perú y
pensaba que el plan de Paillardelle parecía mucho más razonable. Precisamente,
en las fortificaciones portuguesas de Torres Vedras, en Cádiz y en Londres,
había conversado con oficiales ingleses y habían cambiado ideas sobre los antiguos
planes británicos de atacar a las posesiones españolas en América golpeándolas
desde el Atlántico y el Pacífico, una de cuyas variantes era cruzar con tropas
por la cordillera hacia Chile y desde allí embarcar una expedición hacia Lima.
Ahora que había realizado un viaje tan largo desde Buenos Aires hasta Tucumán y
ni siquiera había alcanzado el altiplano, creía entender que aquella
alternativa podía ser estratégicamente más sólida, aunque en principio el paso
de los Andes apareciera como muy difícil.
Aunque el almanaque había anunciado la entrada del
otoño, la feracidad de la naturaleza tucumana se empecinaba en el verano. Las
dudas lo acosaban y el calor parecía a veces anonadarlo. Una mañana radiante
pero pesada, recibió en su despacho un oficio de Posadas comunicándole que la
flota al mando de Guillermo Brown había tomado la isla de Martín García y se
encontraba bloqueando el puerto de Montevideo. Experimentó una sensación
nauseosa y la atribuyó a la noticia del inminente choque en el oriente, mientras
él seguía sin recursos y con dudas. Se levantó y salió hacia la galería en
busca de aire puro y sintió que desde su estómago un fondo de amargura le subía
hasta la boca. Se inclinó hacia el piso de tierra y vomitó caudalosamente, pero
el alivio fue sólo de un instante: se alarmó al ver que había arrojado un
líquido rojo, claramente teñido con su propia sangre. Se apoyó en la baranda y
el fantasma de la tisis lo dejó inmovilizado: la sombra de un enorme pucará le
resultó glacial.
Capítulo VIII
De Tucumán a Mendoza
(1814—1815)
Llamó a su ayudante y a su médico personal, quienes
lo acompañaron hasta su casa y lo ayudaron a acostarse. El doctor Collisberry
le dijo que si la hemorragia tenía origen en sus trastornos gástricos no tenía
importancia, pero que en prevención de que pudiera estar originada en los
pulmones era conveniente que guardara reposo. El facultativo dio orden de
guardar silencio absoluto y se impidió que la retreta tocara a su puerta, de
modo que la noticia se expandió de inmediato por el cuartel y la ciudad. José no
se sentía bien en ningún sentido y decidió entregar el despacho del ejército a
su jefe de estado mayor, Francisco Fernández de la Cruz. Al día siguiente se
realizó una junta médica y se acordó por unanimidad que el coronel, por sus
fatigas de pecho y vómitos de sangre, debía buscar mejor clima en las sierras
de Córdoba o en La Rioja.
Esa noche vinieron a visitarlo Rufino Cossio y su
esposa Juana Rosa, quienes le ofrecieron alojamiento en su finca de La Ramada,
a unas siete leguas al noreste de la ciudad, en el convencimiento de que una
temporada de tranquilidad en ese lugar habría de aliviarlo.
Le gustó la propuesta y aceptó de buen grado.
Despachó una nota a Buenos Aires comunicando su enfermedad y pidiendo licencia
para pasar a Córdoba y, en la madrugada siguiente, partió en diligencia hacia
el campo de sus amigos. Era todavía de noche cuando atravesó la desierta ciudad
y el carro cruzó bamboleándose el río Salí. Un radiante resplandor los
enfrentaba y el conductor giró hacia el norte, como si quisiera evitar el
choque con el sol que Tucumán iba a agigantar. Aunque sumido en sus
pensamientos, José no podía dejar de notar cómo los primeros rayos iluminaban
los picos de las imponentes montañas que tenía a su izquierda y creaban una
fantasía de tonos verdiazules que parecían derramarse lentamente hasta el
piedemonte, como si el gran arquitecto del Universo estuviese creando la
naturaleza en ese instante. Una vegetación tórrida acompañaba su paso y bellos
naranjos alegraban el camino. Palos borrachos de troncos secos y pinchudos
estallaban (le golpe en flores blancas o rosas, que animaban su espíritu mientras
el carruaje ascendía levemente y parecía dirigirse hacia unas suaves serranías,
algo así como la antesala de la cadena que iban dejando a la siniestra.
Pero el conductor dobló esta vez hacia la derecha y
poco después llegaban a la estancia de los Cossio. El casco era grande y noble,
con generoso techo de tejas, y San Martín sintió una gran tranquilidad. Se
instaló en un dormitorio sobre el norte, y como la casa tenía dos galerías,
durante la mañana se usaba la del oeste para evitar el sol. Le gustaba
desayunar allí alguna infusión con un aromático bollo recién horneado y luego
se quedaba horas sentado, mirando las montañas y meditando sobre la situación.
Un algarrobo de verdes hojas delgadas extendía horizontalmente sus ramas, como
si buscara una estabilidad que se perdía hacia los bordes, donde triunfaba la
ley de la gravedad. Un tenue susurro de palomas se oía a lo lejos, con un tono
tan arrastrado como lúgubre. De vez en cuando, el canto de un pájaro
interrumpía la triste letanía, con un sonido alegre de alto registro, que luego
caía. Un peón le informó que se trataba de un quetupí, un ave cuyo nombre
derivaba precisamente de los acordes de su canto.
Pequeños crujidos eran provocados por la caída de
ramitas, que José intentaba divisar. El olor a bosta y los mugidos (le las
vacas le anticipaban la llegada a su mesa de un recipiente con leche fresca,
mientras los cacareos de las gallinas que avanzaban con pasos rítmicos en busca
de sus migas alegraban sus mañanas. Más de una vez, José empuñaba la guitarra y
rasgueaba algunas piezas andaluzas. La vida apacible le atenuó los dolores de
estómago y empezó a sentirse mejor. Recibió respuesta de Posadas, quien lamentaba
su enfermedad y le otorgaba la licencia solicitada para pasar a Córdoba.
"Sin embargo de que en esta misma fecha ordeno al gobernador intendente de
aquella provincia que le tenga preparada una cómoda habitación —añadía—, le
manifiesto que la licencia se hace extensiva hacia esta capital o cualquier
otro punto que V. S. elija para recuperar su salud".
Los dueños de casa lo visitaban a menudo y,
mientras Rufino iba a recorrer el campo, Juana Rosa se quedaba a acompañarlo en
la galería y le contaba las novedades de la ciudad. Un peón les acercaba una
damajuana con exquisita agua fresca y Juana Rosa le explicó que ese hombre la
traía caminando todas las madrugadas desde un manantial que estaba detrás de
las sierras del cajón. San Martín se quedó pensando en el esfuerzo que el
hombre hacía cotidianamente con tanta naturalidad y lo relacionó con la idea que
le daba vueltas en la cabeza, de cruzar con un ejército desde Mendoza a Chile,
a través de la cordillera de los Andes. Aunque naturalmente estas montañas no
son iguales —pensó—, si este muchacho la atraviesa a pie todos los días quiere
decir que algo similar puede hacerse.
Desde Buenos Aires, el director supremo le
informaba que Carlos de Alvear había desembarcado en Colonia para ponerse al
frente de las tropas que intentarían tomar Montevideo, mientras que los barcos
del almirante Brown habían tomado ya algunas embarcaciones españolas sin
resistencia por parte de éstos, lo "que da una idea de que están muy
acobardados".
Si bien la situación gástrica de San Martín había
mejorado, tenía algunos accesos de asma y el doctor Collisberry le señaló que
el clima de La Ramada era muy húmedo. Efectivamente, el coronel había
contemplado ya varias tormentas tropicales: las tardes solían poblarse de nubes
negras y desde el sur llegaban rayos y truenos amenazantes que se trasformaban
en una pesada cortina de agua que sacudía los árboles y parecía estar a punto
de derribarlos. La lluvia seguía golpeando sobre las tejas casi toda la noche
pero, a la mañana, pacaraes lucían su rejuvenecido follaje sobre un tronco aun
más esbelto y las tipas de hojas, enormes elevaban sus ramas oblicuas. Algún
tarco, mientras tanto, había dejado sus castañuelas vegetales sobre el piso.
* * * *
A1 cabo de cuatro semanas, decidió partir hacia el
sudeste, en busca de un ambiente más seco. Se despidió con pena de los Cossio y
marchó hacia Santiago del Estero, en donde la vegetación empezaba a ralear y
los caminos eran polvorientos. Allí recibió nuevas noticias de Posadas, quien
le comunicó que Brown había dado un "golparrón" a los españoles en El
Buceo y terminaba animándolo: "conque amigo, ánimo y a ponerse bueno, que
parece que estas fiestas mayas apuntan bien".
La fatiga de pecho continuaba, por lo que José
resolvió seguir hasta Córdoba. Pasó por Manogasta y Silípica y entró a Córdoba
por Río Seco. El invierno se acercaba y los campos amarillos y los troncos
desnudos acentuaban la melancolía del peregrino coronel. Descansó brevemente en
la casa de Caroya y llegó a la capital cordobesa: Francisco Ortiz de Ocampo era
el nuevo gobernador y su amigo Tomás Guido actuaba como su secretario de
gobierno, de modo que San Martín se sintió cómodo al encontrarlos. No obstante,
prefirió seguir de inmediato hasta la residencia que se le había preparado: la
casa de la estanzuela de Saldán, un bello paraje ubicado a veinte kilómetros,
cedido por su propietario, Eduardo Pérez Bulnes. La vivienda tenía techo de
tejas y piso de ladrillos y su distribución era idéntica a la de La Ramada,
pues tenía también dos galerías. Hacia el oeste se recortaban las sierras,
mientras en el fondo el terreno descendía hacia un arroyo de suaves murmullos,
con una ribera de toscas rojizas que el otoño había ampliado. A su vera se
desperezaba un robusto nogal, despojado de casi todas sus hojas, mientras en la
otra banda unos pocos sauces y algarrobos mostraban sus esqueletos vegetales en
posturas opuestas: los primeros se caían ya entregados, mientras los segundos
permanecían erguidos con orgullo horizontal.
Se instaló en una de las habitaciones, con pequeña
ventana de hierro, y le gustó la proximidad de las sierras y el sereno paisaje,
matizado con pinos y algunos nísperos. Guido venía a visitarlo con asiduidad y,
sentados en la galería que el sol entibiaba y saboreando algún vino francés,
comentaban los sucesos políticos y la marcha de la guerra. Alvear había entrado
a Montevideo y al día siguiente había vencido también a un lugarteniente de
Artigas, Fernando Otorgués, a quien se acusaba de connivencia con los
peninsulares sitiados. Posadas se lo comunicaba con entusiasmo en una carta:
"Respire ese corazón: Montevideo es nuestra por capitulación. Carlos está
adentro con sus tropas y la escuadra del estado se ha apoderado del puerto.
Póngase usted bueno y ataque a la maldita enfermedad". Pocos días después,
el director supremo insistía: "Carlos me dice en su carta que hemos ganado
un tesoro, pues por un cálculo prudencial ascienden a seis millones los
pertrechos de guerra. Con estos noticiones lo hago a usted enteramente bueno y
alegre".
San Martín se daba cuenta de que el propósito de
Posadas era tranquilizarlo, en el sentido de que después del triunfo en
Montevideo sobre los españoles, el Ejército del Norte iba a recibir refuerzos.
Mientras caminaba solitario remontando el Saldán hasta su encuentro con el
arroyo Seco, se permitía dudar de estas manifestaciones, ya que pensaba que en
realidad el director supremo iba a hacer lo que fuera más favorable a las
ambiciones de su sobrino Alvear. Por otro lado, José estaba cada vez más
convencido de que no tenía sentido insistir por el Alto Perú, de modo que no le
interesaba reasumir el mando de su ejército, sino más bien mantenerse a la
expectativa.
El frío era ya intenso y un aire helado bajaba por
las mañanas desde la sierra. Por las tardes, abrigado con poncho y sombrero,
salía a pasear a caballo hasta las serranías y a veces se cruzaba con los
"muleros" que venían desde Chile, lo que alimentaba sus pensamientos
sobre el posible cruce de la cordillera con un ejército. Guido llegó uno de
esos días con la correspondencia y San Martín se sentó en la mesa de la sala a
leer la carta que le había enviado Alvear:
Amadísimo amigo: Hemos concluido muy pronto esta
importante guerra y ya las Provincias Unidas no tienen más enemigos por esta
parte. De resultas del trato que le pegué a Otorgués se ha humillado Artigas, y
he celebrado con él un pacto concediéndole una amnistía a todos los que lo
seguían, con lo cual ha concluido felizmente también esta guerra, que hubiese
sido muy prolongada y fastidiosa. La fortuna me ha favorecido en todas mis
empresas admirablemenente; ella quiera sea propicia a ustedes del mismo modo; henos
tomado en la plaza pertrechos inmensos de guerra y siete mil cuatrocientos y
tantos fusiles además sobre tres mil de esta arma que en Buenos Aires serán
pronto otros tantos fusiles. Mi ejército lo he aumentado prodigiosamente no
sólo con los prisioneros que han tornado partido sino con un gran número de
reclutas que he hecho en la campaña y consta de muy cerca de siete mil hombres.
Memorias a los amigos e inunde como siempre a éste su verdadero y apasionado
amigo.
Al terminar la lectura, José estalló y anotó
irónicamente al margen: "Ni Napoleón". Se la pasó a su amigo para que
la leyera y luego le comentó que estaba harto de la soberbia de Carlos, quien
con sólo 25 años acababa de ser nombrado general, mientras él con 36, su
experiencia y su responsabilidad seguía como coronel, y le vaticinó que esa
infatuación iba a ser perjudicial para la guerra en que estaban empeñados.
Posadas, por su parte, lo exhortaba en una misiva a hacer más vida social:
Aunque usted me dice que sigue aliviado, todos los
amigos me aseguran que está usted malísimamente en ese desierto; que es un poco
desarreglado; que su enfermedad es grave y la cura larga y prolija. Por qué, ya
que no quiere usted venirse a su casa; por qué, digo, no baja a esa ciudad de
Córdoba, que está tan inmediata, adonde, al menos tendrá otros auxilios que en
una casa de campo, y tendrá el de la sociedad que suele ser el principal por su
distracción.
Pero el coronel no tenía ánimo de ir hasta la
ciudad y hasta para cobrar su sueldo mandaba a su ayudante a la casa de
gobierno, donde se lo pagaban con imputación a la caja del ejército que obraba
en Tucumán.
Extrañaba a Remedios y recordaba los dulces pero
cortos días que había pasado con esa niña, pero no quería volver a Buenos
Aires. Le resultaba intolerable la idea de tener que sobrellevar en el propio
sitio la soberbia de Alvear en sus días de triunfo y la cohorte de adulones que
lo rodeaba.
Las noticias que llegaban de Europa eran
preocupantes:
Napoleón había sido vencido en Waterloo y Fernando
VII iba a ser restaurado como monarca español. Posadas le explicaba
gráficamente las perspectivas:
El maldito Bonaparte la embarró al mejor tiempo:
expiró su imperio, cosa que los venideros no creerán en la historia, y nos dejó
en los cuernos del toro.
Una mañana, el mayordomo de la estancia, que era
español, aplicó castigos físicos a uno de los peones, por unas faltas que había
cometido. El empleado le hizo luego un comentario quejoso a San Martín, quien
le respondió que en los nuevos tiempos que se vivían no era ya admisible que un
peninsular agraviase a un patriota; y que cada persona debía ahora hacerse
respetar en sus derechos.
A la tarde lo visitaron unos oficiales jóvenes,
entre los cuales estaba el capitán José María Paz, quien había servido con él
en Tucumán y había venido a Córdoba a visitar a sus padres. Conversaron sobre
la marcha de la guerra y Paz le comentó sobre la situación en el Ejército del
Norte, cuya jefatura había asumido el general José Rondeau. Los jóvenes
mencionaron algunas conductas timoratas de funcionarios o camaradas y San
Martín se exasperó:
—Es que ésta no parece revolución de hombres, sino
de carneros.
Les contó el episodio de ese día y enfatizó:
—¡Qué les parece a ustedes, después de tres años de
revolución, un maturrango se atreve a levantar la mano contra un americano!
Díganme si ésta no es una revolución de carneros...
* * * *
Al cabo de dos meses de calma cordobesa, San Martín
le escribió a Posadas para pedirle que se lo designara jefe político de
Mendoza. La solicitud fue aceptada sin demoras por el director supremo, quien
lo nombró como gobernador intendente de Cuyo "con el doble objeto de
continuar los distinguidos servicios que tiene hechos a la patria y de lograr
la reparación de su quebrantada salud en aquel delicioso temperamento". Su
jurisdicción comprendía Mendoza, San Juan y San Luis y se le otorgó un sueldo
de tres mil pesos anuales.
Le agradeció a Pérez Bulnes su hospitalidad y se
despidió de Guido y sus otros amigos. A Remedios le solicitó mediante una carta
que viniera a reunirse con él en Mendoza, y partió sin más trámites. Al llegar
a la posta del Retamo, sintió que el ambiente diáfano y la pureza del aire le
hacían bien a sus pulmones y le levantaban el ánimo. Al atardecer entró a la
ciudad: el sol se ponía sobre la imponente cordillera y un manto púrpura se
diseminaba en las estribaciones, luchando impactó la aridez del suelo y de la
cadena montañosa, pero los viñedos y los cultivos de alfalfa de los ejidos y
los enhiestos álamos que penetraban en las calles surcadas por acequias le
dieron la impresión de que la urbe era un oasis cálido y acogedor. Fue recibido
por algunos cabildantes, quienes le habían preparado una cómoda vivienda, a
tres cuadras y media de la plaza, para alojarlo. El flamante gobernador intentó
rechazar el ofrecimiento haciéndoles saber que tenía donde vivir, pero
finalmente lo aceptó para no desairar al cuerpo.
Decidido a concentrar fuerzas para llevarlas hacia
Chile y desde allí al Perú, le había pedido al director supremo el envío de
armas y soldados, para apoyar al gobierno patriota de Santiago que en ese
momento estaba acosado por fuerzas españolas.
Pero Alvear estaba luchando de nuevo en el Uruguay
contra los lugartenientes de Artigas y su propósito era marchar luego hacia
Tucumán, para iniciar una ofensiva por el Alto Perú. De modo que Posadas le
contestó negativamente a San Martín, y le previno que no podía distraer
pertrechos hacia el oeste:
Yo no extraño que los chilenos pidan. Lo que me
extraña es que ustedes, que son paisanos y militares, y que conocen de esta
farándula de armas, me vengan pidiendo cosas a centenares y millones. Estando
empeñados en la campaña del Perú, no podemos divertir una o parte de nuestras
fuerzas hacia Chile, a quienes solamente podemos dar esperanzas. Nuestros
objetos por esta parte son muchos y nuestros vastos proyectos sobre Chile los
hemos de realizar si la fortuna nos sopla, no para subyugar a esos mancarrones,
como inicuamente se lo presumen, sino para entrarlos en el sendero de la unidad
de sentimientos y conformidad de ideas, a fin de establecer un gobierno sólido
y estable contra los ultramarinos.
José volvió a sentirse solo y aislado. Cuando
estaba al frente del Ejército del Norte no podía contar con fuerzas ofensivas
porque Alvear las necesitaba para liberar Montevideo. Ahora que estaba en
Mendoza, no podían mandarle tropas porque Carlos las precisaba para iniciar una
campaña desde Tucumán.
La llegada de Remedios lo alivió. Después de diez
meses de separación, el reencuentro se produjo cuando el sol primaveral ofrecía
sus tibiezas y los manzanos y durazneros brindaban sus primeros brotes. La
joven esposa llegó con su sobrina, Encarnación de María, su criada, la mulata
Jesusa, y un primoroso ajuar de enaguas olorosas, sombreros de raso y vestidos
de seda con miriñaques comprados por sus padres. Ya en el dormitorio, con los
baúles abiertos y la ropa desperdigada por la estancia despidiendo un agradable
aroma a alcanfor, José la amó con pasión entrañable y ahogó con hombría sus
coquetos caprichos de chiquilina y sus demandas de mujer mayor.
A la mañana siguiente, todavía embebido por la
afortunada noche de amor, recibió malas noticias desde Chile: las tropas
españolas habían vencido a las patriotas en Rancagua y el gobierno
revolucionario había caído. Mientras el general Osorio entraba triunfante a
Santiago, más de dos mil chilenos (además de mujeres y niños) huían hacia los
pasos cordilleranos para buscar refugio del otro lado de los Andes. Las malas
nuevas lo contrariaron: no esperaba ese golpe, a pesar de que las informaciones
que había recibido últimamente, sobre las divisiones intestinas entre los
patriotas chilenos, lo habían preocupado sobremanera y hacían presumir
dificultades.
Bernardo O'Higgins era un militar prudente y hábil,
pero estaba muy enfrentado con los hermanos José Miguel, Juan José y Luis
Carrera, quienes eran impetuosos en lo personal y jacobinos en lo político. Los
dos grupos habían estado rivalizando y disputándose por la fuerza el poder,
cada uno con sus propias tropas. Aunque en Rancagua habían luchado unidos
contra el ejército que Osorio traía desde Lima, no cabían dudas de que estos
profundos conflictos internos habían facilitado la invasión realista.
A pesar de que no conocía personalmente a ninguno
de los protagonistas, San Martín había tomado partido de entrada por O’Higgins
y condenó en su fuero interno a los hermanos Carrera, por díscolos y
petulantes. La historia personal de O'Higgins, los pleitos que con toda
dignidad había librado para que su padre, un virrey del Perú, reconociera su
filiación, le diera su apellido y lo apoyara en sus estudios, lo acercaban a
él.
Luego de pedir al Cabildo que se ocupase de
preparar alojamiento para los refugiados trasandinos, el gobernador partió
hacia el valle de Uspallata, con el objeto de organizar la llegada de los
emigrados y prevenir los desórdenes que las divisiones intestinas hacían
presumir. Dejó al pie de la cordillera una buena cantidad de víveres y mulas y
ascendió por una ruta marcada entre macizos ocres y jalonada por algunos
sauces. Al llegar a Villavicencio se encontró con O'Higgins, quien llegaba con
más de un centenar de dragones.
San Martín lo saludó con gran cordialidad y
recíprocamente advirtieron que iban a entenderse. El chileno le explicó que en
Rancagua había hecho cuanto había podido, pero que ante la falta de un apoyo
decidido de las tropas de José Miguel Carrera había tenido que dejar el campo
de batalla. Le dijo también que Carrera venía con los caudales públicos de
Chile, que había alcanzado a recoger antes de huir, y que se trataba de un jefe
muy conflictivo.
El gobernador siguió hacia Uspallata y se encontró
con setecientos hombres del ejército de Carrera, al mando de un coronel,
mezclados con partidarios de O’Higgins, mujeres y niños. La situación era
confusa y de mutuas recriminaciones y la gente se peleaba por las vituallas en
un clima de desorden. San Martín dispuso que los soldados se reunieran en
piquetes y se pusieran bajo las órdenes de oficiales que respondían a
O'Higgins, lo que cayó muy mal a los jefes carrerinos. Continuó hasta Picheuta,
pero regresó al convulsionado campamento de Uspallata al anochecer. Se presentó
allí ante él Juan José Carrera, para saludarlo en nombre de la junta de
gobierno chilena y hacerle saber que, en una choza inmediata, se encontraban
los tres miembros de la misma: su hermano, Muñoz y Urzúa.
José empalideció de rabia ante el altivo gesto de
los chilenos, ya que él era el gobernador del territorio que los estaba
asistiendo. Esto es una provocación, pensó, ya que lo menos que podrían hacer
es venir personalmente a presentarme sus respetos. Se reservó sus pensamientos
y simplemente contestó:
—Me alegro de que los señores hayan llegado buenos
y mi ayudante irá a saludarlos. A la madrugada dio orden de que se revisaran
los equipajes de los jefes chilenos en la aduana de Villavicencio, con el
objeto de verificar si traían los caudales públicos que se afirmaba, y
emprendió el descenso hacia Mendoza. Mientras cabalgaba siguiendo el rumbo de
un serpenteante arroyo de cristalinas aguas, se regodeaba pensando en la
humillación que pronto iban a sentir los Carrera y los miembros de la junta, a
quienes no estaba dispuesto a reconocer como autoridades.
Estando ya en su despacho de gobernador, un
ayudante le anunció:
—Nos informan de la aduana, señor, que los señores
Carrera prefieren echar sus baúles a las llamas antes que permitir su
revisación.
José se sonrió y respondió secamente:
—Las órdenes requieren ejecución.
Los jefes chilenos terminaron sometiéndose al
registro, pero no se encontraron los caudales buscados. Ambos hermanos
dirigieron una severa protesta a San Martín por el trato indigno que se les
había infligido, pero éste contestó que se trataba de una medida general y que
no aceptaría que se desconociesen las normas de las autoridades locales.
Los Carrera y sus tropas fueron alojadas en el
cuartel de La Caridad. Molestos por el claro acercamiento entre San Martín y
O'Higgins, continuaron presentando quejas ante el gobernador, quien optó por
mandar confinados a San Luis a estos jefes. Ninguno de los transandinos aceptó
la orden y José Miguel explicó:
Esta confinación expone los derechos del hombre, el
alcance de las judicaturas y el orden con que deben hacerse los juzgamientos.
Como general del ejército de Chile y vocal de su gobierno, sólo puedo contestar
que primero será descuartizarme que dejar yo de sostener los derechos de mi
patria.
José quedó demudado al leer las respuestas: la ira
lo dominaba, pero para colmo se sentía impotente para reducir a quienes
consideraba facciosos. No había recibido los refuerzos de tropas que había
pedido a Buenos Aires, de modo que no tenía fuerzas suficientes para hacer
cumplir su orden de traslado a San Luis.
Simuló dejar en suspenso la disposición y esperó
una mejor oportunidad: hizo bajar de la cordillera a doscientos soldados; los
reunió con las milicias locales que había ido formando y con los jefes y tropas
o'higginistas, y se presentó al frente de ellos ante el cuartel de La Caridad.
Emplazó dos piezas de artillería, intimó la rendición de las tropas y arrestó a
José Miguel y Juan José Carrera y al presbítero Julián Uribe, a quienes luego
remitió a San Luis y Buenos Aires.
Antes de partir de San Luis Juan José le envió una
nueva carta al gobernador en la que lo acusaba de haberlo despojado de tres
caballos. San Martín frunció los labios de rabia y se lamentó de no haber
pasado por las armas a estos insolentes. Le hizo contestar que esos equinos
estaban confiscados en Uspallata y remató indignado: "José de San Martín
no necesita los caballos de V. S. porque no sabe usar como V. S. de lo que no
es suyo". No veo la hora de que estos infames se alejen de Cuyo, pensó.
Capítulo IX
Alvear queda afuera
(1815—1816)
A pesar de Rancagua y la pérdida de Chile, San
Martín pensaba que debía insistir con su proyecto de cruzar los Andes y para
ello debía afianzar su autoridad política en Mendoza (cuestionada por los
desplantes de los Carrera) y conseguir apoyo local y de Buenos Aires para la
formación de un ejército importante, ya que hasta el momento sólo contaba con
cuatrocientos hombres.
Los amigos que tenía en el Cabildo le informaron
que el alcalde de segundo voto le era desafecto, y que había enviado un informe
directamente al director supremo pasando por sobre la autoridad del gobernador.
José se presentó en el organismo municipal y recriminó públicamente su actitud
al alcalde, como un modo de abochornarlo y hacerles saber a todos que no
toleraría disidencias en su cometido. Los días eran muy calurosos y al
anochecer salía a pasear con Remedios por la alameda, para disfrutar del fresco
e integrarse con la sociedad local. En los días de fin de año, siguió con
interés las noticias de la crisis política nacional. Posadas había designado
como jefe del Ejército del Norte, en reemplazo de Rondeau, a Carlos de Alvear,
quien había partido hacia Tucumán. Pero al llegar a Córdoba, se enteró de que
un grupo de oficiales se había sublevado en Jujuy en defensa del jefe
reemplazado. Carlos condenó el hecho y regresó a Buenos Aires, en donde exigió
a su tío la aplicación de severos castigos a los amotinados. Pero Posadas
prefirió renunciar y la Asamblea eligió a su sobrino como nuevo director
supremo.
—La situación de Carlos no es nada fácil —le
comentaba San Martín a Remedios, mientras tomaban un helado en un puesto de la
alameda y saludaban a los paseantes mediante una inclinación de cabeza—. Con el
norte levantado y Artigas dominando el litoral, no le veo buenas perspectivas.
Aunque Alvear lo ascendió a general, José prefirió
guardar distancia y le solicitó al nuevo director supremo una licencia de
cuatro meses por razones de salud, para pasar a descansar a la villa del
Rosario, sobre la costa del Paraná.
Poco después, llegaba la respuesta: se le concedía
la licencia y se enviaba como reemplazante al coronel Gregorio Perdriel.
José se sintió desplazado, citó a sus amigos
regidores y les contó la novedad. Casi no necesitó decirles que su deseo íntimo
era continuar en el cargo, porque éstos conocían sus proyectos y aspiraciones.
Convocaron un Cabildo abierto y le pidieron al mandatario que no hiciese uso de
su licencia. El general simuló primero rehusarse, pero luego aceptó de buen
grado, ya que ésta era precisamente su intención.
Al llegar Perdriel a Mendoza para hacerse cargo del
gobierno, los cabildantes y vecinos partidarios de San Martín se reunieron al
anochecer frente a la casa donde se alojaba el recién llegado y le manifestaron
su hostilidad, amenazándolo con agredirlo en caso de que no se volviese de
inmediato a la capital. A la mañana siguiente, a la hora fijada para la
asunción de Perdriel, los mismos vecinos se reunieron frente al Cabildo y
fueron acompañados y respaldados por las milicias, movilizadas por los jefes adictos
al gobernador.
El cuerpo se declaró en sesión permanente y, pese a
la presión de la multitud y de los soldados, un asesor se pronunció a favor de
reconocer la autoridad del enviado del director supremo y traspasarle el
gobierno. Pero la mayoría lo abucheó y se resolvió separarlo del organismo y
aprobar la continuación del actuante mandatario. San Martín se presentó a la
tarde en el Cabildo y expresó que era necesario acatar la decisión del director
supremo y aceptar a Perdriel como gobernador, pero los regidores insistieron en
su decisión de respaldar su permanencia en el cargo. Ante el silencio de José,
que fue interpretado como una aceptación, los presentes prorrumpieron en vivas
a la patria y a los jefes militares presentes.
Perdriel regresó indignado a Buenos Aires y el
Cabildo y el gobernador resolvieron desterrar al asesor que se había atrevido a
apoyarlo. En una nota al director supremo, San Martín le explicó que ante las
circunstancias vividas había considerado aplicable el principio prescripto por
la Recopilación de Leyes de Indias, que disponía que las reales órdenes pueden
suspenderse, cuando de su ejecución pudiera derivarse escándalo o daños
irreparables. Como había ocurrido en Tucumán con los caudales, el general apelaba
al conocido principio hispánico de "Se acata (a la autoridad), pero no se
cumple". Ante los hechos consumados, Alvear decidió ceder a la imposición.
En conocimiento de que Artigas (que dominaba ya no
solamente la Banda Oriental sino también las provincias de Entre Ríos,
Corrientes, Santa Fe y Córdoba) se encontraba dispuesto a marchar sobre Buenos
Aires, Alvear resolvió enviar un ejército de 1.600 hombres, al mando de Ignacio
Álvarez Thomas, a combatirlo. Pero al llegar a Fontezuelas, en Santa Fe,
Álvarez Thomas se sublevó contra el director supremo y emitió una proclama en
la que le exigía su renuncia. Dirigió también una nota a los cabildos y gobernadores,
solicitándoles su adhesión.
Al recibir esta comunicación, San Martín se alegró
sobremanera y le contestó que Mendoza adhería a la "gloriosa" acción
del jefe insurrecto, le enviaba $ 4.000 como colaboración y le negaba
obediencia al gobierno dictatorial de Buenos Aires.
Carente de todo apoyo, Alvear resignó su cargo y se
embarcó en una goleta inglesa, junto con su esposa e hijos, hacia Río de
Janeiro. El jefe rebelde, Álvarez Thomas, fue designado director supremo por el
Cabildo de Buenos Aires y se resolvió convocar a los diputados de las
provincias a un congreso, a reunirse en Tucumán. Aliviado por esta novedad,
José pensó que, liberado de este molesto rival que quería lucirse en todas
partes, podría dedicarse a su proyecto con más tranquilidad. Se acordó de las
recomendaciones que le había formulado Belgrano sobre la conveniencia de
practicar los ritos católicos y dispuso que se celebrara en la Catedral un
solemne Te Deum de acción de gracias, por "la destrucción del tiránico
gobierno de la capital".
Con el paso de las semanas, sin embargo, el
gobernador mendocino advirtió que, pese a las buenas relaciones que mantenía
con el nuevo director supremo, no podía contar con demasiados auxilios desde
Buenos Aires. En primer lugar, el restaurado Fernando VII había enviado una
expedición de 10.000 hombres al mando del general Morillo hacia el Río de la
Plata, para someter a los rebeldes indianos, lo que hacía necesario concentrar
recursos en ese sitio.
Cuando se supo que la expedición de Morillo se
había desviado hacia Venezuela, Álvarez Thomas le hizo saber a San Martín que
Artigas había vuelto a ponerse en situación de rebeldía en el litoral.
"Esto paraliza nuestras miras sobre “Chile", le decía, explicándole
que se veía en la necesidad de enviar 1.500 hombres y la escuadra a Santa Fe,
para luchar contra las montoneras capitaneadas por el caudillo oriental.
Desde la derrota de Rancagua, el comercio con Chile
se había paralizado y esto había disminuido sustancialmente los ingresos de la
tesorería mendocina en concepto de tarifas de importación o exportación. Con el
objetivo de obtener recursos para ampliar y mantener su ejército e incluso
enviar ayuda a Buenos Aires, el gobernador designó una comisión para que
recogiese donativos voluntarios, a cuyo efecto donó la mitad de su sueldo.
También impuso un empréstito forzoso a los capitales, sobre la base de cuatro reales
por cada mil pesos, medida que provocó airadas protestas, incluso entre algunos
cabildantes que en principio habían apoyado al general. "Entre este único
arbitrio o dejar perecer a las tropas, no hay medio", fue la dura
respuesta de San Martín.
Resuelto a aumentar la recaudación por cualquier
medio, el gobernador citó a los productores de vinos y aguardientes y los
presionó para que hicieran una contribución extraordinaria, bajo la amenaza de
tomar represalias con quienes no apoyaran la causa de la revolución. Se
estableció así el paradójicamente llamado "impuesto voluntario" sobre
caldos, que ningún fabricante se animó a soslayar. Se creó asimismo un gravamen
sobre el consumo de carne, se tornó estricto el cobro de los derechos de alcabala
y se multiplicaron las multas a los infractores. Aun más severa fue la decisión
de secuestrar y confiscar los bienes de los españoles europeos o americanos
enemigos de la Independencia que se hubieran fugado a Lima, Chile u otros
puntos. Los que permanecían en Mendoza tenían prohibido salir de sus casas
después de las 10 de la noche. Familiares de los afectados concurrían a
quejarse a la casa de gobierno, pero el general no los atendía o los trataba
con rigor, lo que generaba sordos rencores y acusaciones de arbitrariedad.
Vestido con su uniforme militar, caminaba José una
mañana por una calle de la ciudad y, al cruzarse con un vecino español,
advirtió que éste no le cedía el lugar de la vereda ni tampoco lo saludó. Lo
detuvo y lo increpó:
—¿Sabe usted que soy el general San Martín?
—Sí señor...
—Pues señor edecán —le ordenó al oficial Juan
O'Brien—, lleve usted a este sujeto al cuartel y lo pone de plantón dos horas.
Cada vez que entre o salga un soldado, deberá quitarse el sombrero como saludo.
Los capitales puestos a interés por el convento de
las monjas de la Buena Esperanza y de otras cofradías se ingresaron
compulsivamente a la tesorería provincial, con reconocimiento de sus rentas,
así como también las limosnas recaudadas por los mercedarios para la redención
de los cautivos cristianos. También se desterró a dos curas dominicos por
"razones de seguridad de Estado", todo lo cual provocó protestas en
una parte del clero, aunque los religiosos progresistas apoyaban al gobernador.
Los peones, por su parte, no podían concurrir a las
pulperías los días hábiles, y éstas debían cerrar a las 10 de la noche. Los
comerciantes, a su vez, debían informar al gobierno la concurrencia a sus
establecimientos de "hombres sospechosos o sobre conversaciones
perjudiciales al servicio de la patria".
Como contraprestación a estos esfuerzos, el
gobernador trató de impulsar las obras de regadío, fundó una biblioteca pública
y creó un colegio secundario.
En los meses de invierno recorrió a caballo las
estribaciones de la cordillera y parte del sur de la provincia. Llegó hasta el
fuerte de San Carlos y disfrutó con estas excursiones, pero al volver a la
capital percibía el malestar de la población por las contribuciones que se
imponían.
Como una forma de aliviar los intensos reproches,
José le sugirió a Remedios que promoviera y encabezara entre sus amigas
mendocinas la donación pública de parte de sus joyas, cuyo producido fue
enviado como aporte a la escuadra de Buenos Aires. El gesto fue celebrado por
los sectores adictos al general, pero rechazado por los opositores, quienes lo
calificaron de demagógico e hipócrita.
Al empezar los calores y acercarse otro fin de año,
José pensó que las circunstancias estaban dadas para intentar el cruce de la
cordillera con su ejército. Los cuatrocientos soldados con que contaba
inicialmente se habían aumentado a mil cien: había incorporado forzosamente a
los esclavos de los españoles europeos, amenazando con multas a los remisos;
había formado una legión de chilenos emigrados y recibido artilleros y
granaderos a caballo desde Buenos Aires; los gobernadores de San Juan y San
Luis le habían enviado algunos hombres y había recurrido también a la leva de
vagos.
Se dirigió al director supremo para solicitarle
permiso y apoyos para cruzar con sus fuerzas hacia Chile, pero Álvarez Thomas
le respondió que debía mantenerse a la defensiva, hasta tanto se conociera el
resultado de las operaciones que el general Rondeau había iniciado en el Alto
Perú. Poco después, llegaba la noticia de que Rondeau había sido derrotado
completamente en Sipe Sipe. No haremos camino a Lima sino por Chile, pensó San
Martín, contento de ver confirmadas sus previsiones pero sintiéndose impotente
al no poder iniciar su expedición.
Volvió a tener vómitos de sangre y ataques de asma,
que muchas noches no lo dejaban dormir. Se quedaba sentado en una silla para
respirar mejor y se adormecía con fuertes dosis de opio, que le suministraba su
médico personal, el doctor Zapata. Una junta médica dictaminó que por el estado
de sus pulmones no viviría más de un año y José le escribió al director supremo
para comunicarle este diagnóstico y pedirle una licencia de cuatro meses para
descansar en Córdoba o en Catamarca. Pero Álvarez Thomas, temeroso de que San
Martín organizase otra asonada como la que había impedido la asunción de
Perdriel, no le concedió la licencia ni tampoco lo autorizó para partir hacia
Chile.
Algo repuesto, se le ocurrió un ardid para hacer
que el presidente de Chile, Casimiro Marcó del Pont, intentase invadir Mendoza
y, por ese medio, derrotarlo en su propio terreno. Hizo que cuatro notorios
españoles realistas (que en realidad actuaban como agentes encubiertos de San
Martín), enviasen cartas a Santiago haciendo saber que el general y sus tropas
iban a marchar hacia el norte en apoyo de Rondeau y dejarían la ciudad
desguarnecida. Había recibido algunos refuerzos de Buenos Aires y la promesa de
una suma mensual, de modo que tenía esperanzas de vencer a los godos. En una
carta a su amigo Tomás Guido, le explicaba:
El enemigo no puede atacarme sino con la mitad, de
su fuerza, es decir con 2.000 hombres; y yo le puedo oponer 1.400 buenos. Por
otra parte, su caballería no es maniobrera; y su infantería llegará cansada y
estropeada, lo mismo que su armamento. Yo estoy tomando mis medidas no
solamente para un caso de victoria, sino para uno adverso. Si el primero se
verifica me soplo en Chile y si el segundo, se podrá remediar con la
precaución. Usted me dirá cómo teniendo el enemigo cuatro mil hombres
disponibles no puede atacarme más que con la, mitad. La cosa es sencilla: esta
fuerza esta diseminada en varios puntos y en un espacio de más de trescientas
leguas; tienen que cuidar de sus costas y del disgusto general de Chile. ¡Dios
nos ayude!
El ejército español había iniciado su marcha desde
Chile, pero un espía le comunicó a Marcó del Pont la verdadera situación de
Mendoza y la expedición se detuvo. San Martín se decepcionó terriblemente y
volvió a tener vómitos de sangre. Desde hacía más de un año había estado
sometiendo a los mendocinos a todo tipo de exacciones con la esperanza de que
esos esfuerzos redundarían en la victoria de la revolución sobre los españoles,
pero ahora debería explicarles que debido a la inminente entrada del otoño (con
el consiguiente cierre de la cordillera), deberían esperar un año más.
Pensó que la falta de apoyo y decisión del gobierno
nacional se debía a la desconfianza que despertaba su persona y se deprimió
intensamente. Le contó sus pesares a Remedios y le escribió a Buenos Aires a
Tomás Guido, con quien recíprocamente se trataban de "lancero",
aludiendo a sus condiciones de oficiales de caballería:
¿Qué quiere que le diga de la expedición, a Chile?
Cuando se emprenda ya es tarde: crea mi amigo que yo estaba bien y persuadido
de que no se haría, sólo porque su Lancero estaba, a la cabeza; ¡Maldita sea mi
estrella que no hace más que promover desconfianzas! Por esto habrá notado que
jamás he abierto mi parecer sobre ella; ay, mi amigo ¡qué miserables y débiles
somos los animales con dos pies y sin plumas! Zapiola como yo estarnos amolados
en este campo, no de Marte sino de toda colección de bichos e insectos;
paciencia. Adiós, mi Lancero, el humor no está bueno y la salud peor.
Guido le respondió que no se desanimase y que
continuara reclamando el apoyo del gobierno, pero la incomodidad con relación a
los mendocinos y el abatimiento de San Martín eran muy grandes. Reservado y
receloso por naturaleza, sin amigos ni confidentes a su lado, le escribió
nuevamente a Tomás para confiarle sus sentimientos:
Mi lancero anotado: al fin. Usted con su carta, del
primero me ha hecho romper el silencio perpetuo que me había propuesto guardar,
pero reventaría si continuase así en mi sistema. Vamos al caso. Me dice que
pida, y más pida para, el aumento de fuerza de esta provincia; a la verdad, mi
amigo, que es una cosa bien triste verse en esta situación; ¡Pedir! ¿No lo he
hecho aun, de las cosas de primera, necesidad y se me han negado? ¿No he hecho
continuas reclamaciones sobre la indefensión de esta provincia, tanto el año
pasado como el invierno anterior? ¿Por ventura el gobierno no ha tenido los
estados con el número de armamento y su calidad?, siendo éste de tal especie
que las dos terceras partes están enteramente inútiles. Pero para qué voy a
enumerar sobre esto cuando todo debe haber pasado por sus manos: a V. E. le
consta que lejos de auxiliarme con un solo peso me han sacado 6.000 y más en
dinero que remito a ésa, que las alhajas de donativo de la provincia (entre las
que fueron las pocas de mi mujer) me las mandaron remitir como así mismo los
caldos donados y que estos últimos no fueron porque ya era demasiada la
paciencia; que tuve que pagar cuarenta mil pesos de las cuatro mil mulas
remitidas al Perú que mis entradas mensuales no eran, más que de 4.000 pesos y
gasto mensualmente 20.000; que he tenido que crear una maestranza, parque,
armería, dos hospitales, una fábrica de pólvora (porque ni aun, ésta se me ha
remitido sino para la sexta parte de mis atenciones); una provisión de víveres
y qué sé yo qué otras cosas; no incluyo tres mil caballos recolectados y 1.300
mulas y mi1 recados; todo esto lo sabe el gobierno y también el que he tenido
que arruinar las fortunas para sostener y crear tantas atenciones: no hablemos
de gastos secretos, porque esto es un mare magnum; y a pesar de todo se me ha
abandonado y comprometido del modo más inaudito.
Yo bien sabía que ínterin estuviese al frente de estas tropas no solamente no
se haría expedición a Chile, sino que no sería auxiliado,, así es que mis
renuncias han sido repetidas no tanto por mi salud atrasada cuanto por las
razones expuestas. Vamos claros, mi Lancero; San Martín será siempre un hombre
sospechoso en su país y por esto mi resolución está tornada: yo no espero más
que se cierre la cordillera para sepultarme en un rincón en que nadie sepa de
mi existencia, y solo saldré de él para ponerme al frente de una partida de
gauchos si los matuchos nos invaden.
Capítulo X
El cruce de los Andes
(1816—1817)
Tomás Guido había sido designado oficial mayor de
la Secretaría de Guerra del gobierno directorial, de tal modo que desde allí
pudo realizar algunas gestiones en apoyo de su amigo. El resultado fue que se
decidió aprobar una pequeña expedición a Chile de quinientos hombres en el
otoño, para satisfacer a San Martín y mantener levantado el ánimo de los
patriotas chilenos.
Pero el gobernador mendocino no estuvo de acuerdo,
ya que pensó que era mejor esperar la apertura de la cordillera en los
comienzos del próximo verano y cruzarla con un ejército poderoso que decidiera
la situación militar en forma definitiva. "Todo esfuerzo parcial
—reflexionó en su respuesta se pierde decididamente. La toma de Chile exige una
fuerza imponente que, evitando la efusión de sangre, nos dé completa posesión
en tres o cuatro meses".
Proponía como alternativa preparar un ejército de
4.000 hombres, a cuyo efecto solicitaba se le enviasen 1.800 desde la capital,
para agregarlos a los 2.200 que él ya había logrado reunir. Pedía también
fusiles, sables, cañones, 14.000 pesos para continuar la guerra de zapa (es
decir de espionaje y acción psicológica, actividad que lo fascinaba) y 60.000
pesos para gastos, "pues no es regular ir a Chile sin numerario y empezar
por exacciones cuando se debe seguir un sistema en todo opuesto al de sus
opresores".
Las circunstancias nacionales parecían ahora serle
más propicias. La logia se había reorganizado en Buenos Aires y uno de sus
miembros, Antonio González Balcarce, había asumido en forma interina como
director supremo ante la renuncia de Álvarez Thomas.
Por otro lado, el Congreso de diputados de las
provincias había empezado a sesionar en Tucumán y los diputados de Cuyo tenían
bastante peso: Tomás Godoy Cruz y Juan Agustín Maza representaban a Mendoza;
Francisco Narciso Laprida y fray Justo Santa María de Oro a San Juan; y Juan
Martín de Pueyrredón a San Luis. Frente a esto, algunos brotes autonomistas en
las provincias preocupaban a San Martín, quien pensaba que la desunión podía
dificultar sus planes. Las provincias dominadas por Artigas no habían enviado
diputados al Congreso y en Santiago del Estero se había producido un alzamiento
contra la dependencia de Tucumán. Exasperado, el general le confiaba a Godoy
Cruz su estado de espíritu:
Me muero cada vez que oigo hablar de Federación:
¿no sería más conveniente trasplantar la capital a otro punto cortando por este
medio las justas quejas de las provincias? ¡Pero federación! ¿Y puede
verificarse? ¿Si en un gobierno constituido y en un país ilustrado, poblado,
artista, agricultor y comerciante se han experimentado en la última guerra
contra los ingleses (hablo de los americanos del norte) las dificultades de una
federación, que será de nosotros que carecemos de aquellas ventajas? Amigo mío,
si con todas las provincias y sus recursos somos débiles, qué nos sucederá
aislada cada una de ellas. Concluirá V. que todo se volverá una leonera, cuyo
tercero en discordia será el enemigo.
En una carta a Guido, era todavía más claro con su
pensamiento:
¡Carajo con nuestros paisanitos! Toma liberalidad y
con ella nos vamos al sepulcro. Lancero mío, en tiempo de Revolución, no hay
más medio para continuarla que el que mande diga hágase, y que esto se ejecute
tuerto o derecho; los hombres tienen una tendencia a cansarse de lo que han
emprendido y si no hay para cada uno de ellos un cañón que les haga seguir el
camino derecho, todo se pierde.
Un susto me da cada vez que veo estas teorías de libertad, seguridad
individual, ídem de propiedad, libertad de imprenta, etc. ¿Qué seguridad puede
haber cuando me falta el dinero para mantener mis atenciones y hombres para
hacer soldados? ¿Cree V. que las respetan? Estas bellezas sólo están reservadas
para los pueblos que tienen cimientos sólidos y no para los que ni aun saben
leer y escribir, ni gozar de la tranquilidad que da la observancia de las
leyes. Yo aseguro a V. (y esto sin vanidad) que si yo no existiese, esta
provincia haría los zambardos que las demás, pues todo el mundo es país.
El Congreso eligió como director supremo al
brigadier Juan Martín de Pueyrredón y eso podría resultar favorable a los
proyectos de San Martín, pero llegó también la noticia de. que en Tucumán se
opinaba que había que hacer un nuevo intento por el Alto Perú. Cuido redactó
una memoria en Buenos Aires favorable a la expedición a Chile y se la envió a
Pueyrredón a Tucumán. Por su parte, el gobernador mendocino le escribió al
flamante mandatario nacional pidiéndole una entrevista, a los efectos de
explicarle personalmente sus propuestas.
Pueyrredón, entusiasmado con el informe de Guido,
le contestó a San Martín que podrían encontrarse en Córdoba, durante el viaje
que pensaba iniciar hacia Buenos Aires. Alentado por el hecho de que Pueyrredón
también era masón pero prevenido por el malentendido que los había enfrentado
durante la caída del primer Triunvirato, José partió hacia Córdoba, adonde
llegó con mucho frío. Pero los días pasaban y el director no llegaba, por lo
que empezó a impacientarse y a deprimirse: reapareció la fatiga de pecho y
volvió a pensar que nunca tenía suerte ni lograba la plena confianza de nadie.
Una gran noticia lo alegró: el Congreso de Tucumán
había declarado la independencia de las provincias unidas el 9 de julio,
conforme el deseo que él había expresado con insistencia a Godoy Cruz y a los
restantes diputados cuyanos. Ésta era la causa de la demora de Pueyrredón,
quien arribó poco después.
José fue a recibirlo a la entrada de la ciudad, se
abrazaron cordialmente sin ningún rencor y luego lo acompañó hasta la
residencia que le habían preparado. San Martín se instaló prácticamente allí y
conferenciaron durante 48 horas: hubo unanimidad de pareceres y coincidencia de
temperamentos y el director se comprometió con todo entusiasmo a apoyar la
campaña hacia Chile.
El gobernador volvió feliz a Mendoza, con la
convicción de que ahora el proyecto iba a realizarse. A los pocos días,
Remedios dio a luz una niña y el duro general de treinta y ocho años sintió una
indecible ternura. Aunque esperaba un varón, lo embargó un sentimiento de
orgullo y potencia, mezclado con el cálido deseo de proteger a su encantadora
bebita.
Los flamantes padres bautizaron a la niña con el
nombre de Mercedes Tomasa y los padrinos fueron el coronel e ingeniero tucumano
José Antonio Álvarez Condarco y Josefa Álvarez. Le escribió a Tomás para
compartir su emoción y como en esos días los opositores lo acusaban de
pretender coronarse como rey, ironizó:
Sepa, Usted que desde antes de ayer soy padre de
una infanta mendocina.
Precisamente, debido a las corrientes europeas
favorables a las restauraciones monárquicas y a las dificultades americanas
para el autogobierno, San Martín le había escrito a Godoy Cruz expresando su
acuerdo con la iniciativa de coronar a un Inca:
Me parece admirable el plan de un Inca a la cabeza
sus ventajas son geométricas. Pero por la patria les suplico, no nos metan en
una regencia de varias personas. En el momento en que sea más de una, todo se
paraliza, y nos lleva el diablo.
El general confiscó a los propietarios los esclavos
de servicio doméstico y de labores agrícolas para engrosar su ejército y
decidió trasladar las tropas hacia un sitio cercano. Dejó el mando político en
manos de Toribio de Luzuriaga y levantó un campamento en el Plumerillo, a unos
cuatro kilómetros de la ciudad, donde construyó alojamientos, cocinas y un
tapial para prácticas de tiro.
Implantó ejercicios cada vez más severos, con el
ánimo de asegurar la disciplina. Una tarde pasó ante un grupo de oficiales y
advirtió que su cuñado Manuel no lo había saludado. Volvió sobre sus pasos y le
espetó:
—Señor oficial: pico con pico y ala con ala. Sepa
que yo no me casé con usted, sino con su hermana. Preséntese arrestado en su
habitación hasta nuevo aviso.
En el sitio de la reunión se había levantado una
gran carpa redonda y los jefes indios pehuenches, la mayoría casi desnudos y
con un penetrante olor a potro, llevaban ya una semana de agasajos y
borracheras. Se sentaron en círculo en el piso y San Martín, desde su silla,
les dijo por intermedio de un lenguaraz que los había citado para informarles
que los españoles iban a venir desde Chile para robarles sus mujeres e hijos.
Agregó que él, dado que también era indio, iba a cruzar los Andes para acabar
con los godos que les habían robado las tierras a sus padres; y que para poder
pasar por el sur necesitaba el permiso de ellos, que eran los dueños del suelo.
Los aborígenes prorrumpieron en alaridos y vivas al
general, a quien abrazaban con entusiasmo. Al terminar la ceremonia, el
gobernador marchó a cambiarse de ropa, por el aroma rancio y a aguardiente que
le habían transmitido sus amigos. Como también le habían dejado algunos piojos
que caminaban por su uniforme, José bromeó:
—¡Qué diablos! Estos piojos se comerán a mi amigo
Marcó del Pont, que siempre está lleno de perfumes...
De acuerdo con lo que San Martín había previsto,
algunos caciques viajaron a Chile a comentarle lo sucedido a Casimiro Marcó del
Pont, buscando también sus regalos. El jefe español dividió entonces sus
fuerzas, que era uno de los objetivos del gobernador mendocino.
En el entusiasmo por la inminente partida, el
gobernador le pidió al Cabildo que se le donasen cincuenta cuadras de tierra
para poder asegurarse la vejez. Explicaba que el oficio de labrador era el que
más cuadraba con su naturaleza y que no contaba con recursos para adquirirlas,
pese a su escaso precio. El cuerpo le obsequió las cincuenta cuadras
solicitadas en Los Barriales y agregó otras doscientas para su recién nacida
hija Mercedes.
José quedó satisfecho, pero la medida escandalizó a
los opositores, quienes protestaban sordamente manifestando que era inaudito
que mientras la población era sometida a todo tipo de exacciones a favor del
Estado, el gobernador se hiciese regalar las tierras públicas.
El director supremo afrontaba algunas dificultades
políticas y esto afectaba también a San Martín. Salta había retirado sus
diputados del Congreso y Santiago del Estero había intentado nuevamente
separarse de Tucumán. En carta a Guido, José protestaba:
Ya sabrá usted lo de Salta y Santiago del Estero, y
dígame si con semejante gente podemos constituirnos en Nación: en Nación, sí,
pero de salteadores; yo opino que como no sea nada que tenga relación con
españoles, porque primero es la muerte, todo nos acomodaría. En fin, mi amigo,
dígame usted, con ingenuidad: ¿con nuestro carácter, ambición, falta de
costumbres, ninguna ilustración y el encono mutuo de los partidos y hombres
particulares, ve usted, ni remotamente, un porvenir regular a nuestra felicidad
futura., no a nosotros, sino al común de los habitantes?
San Martín necesitaba mulas, caballos, monturas,
uniformes, víveres y toda clase de recursos. Sin perjuicio de las
contribuciones que imponía, le solicitaba todo ello a Pueyrredón. Una mañana,
en el Plumerillo, recibió un envío importante desde Buenos Aires y con él una
carta del director supremo:
Van todos los vestuarios pedidos. Van cuatrocientos
recados. Van hoy por el correo en un cajoncito los dos únicos clarines que se
han encontrado. Van los doscientos sables de repuesto que me pidió. Van
doscientas tiendas de campaña (o pabellones.), no hay más. Va el mundo. Va el
demonio. Va la carne. Y no sé yo cómo me irá con las trampas en que quedó para
pagarlo todo; a bien que en quebrando, cancelo cuentas con todos y me voy yo
también para que usted me dé algo del charqui que le mando; y, ¡carajo, no me
vuelva usted a pedir más, si no quiere recibir la noticia de que he amanecido
ahorcado en un tirante de la fortaleza!
José dejó la misiva sobre el escritorio y sonrió
satisfecho. Sobre el fin de año, el general envió a su oficial y compadre
Álvarez Condarco a Chile, para llevar a Marcó del Pont una copia del acta de
Independencia, pero también con el objetivo secreto de que estudiara bien los
pasos de la cordillera y los volcara en un mapa. El jefe español estuvo a punto
de fusilarlo, pero en definitiva le permitió volver entregándole una respuesta
en la que le hacía saber que, en lo sucesivo, cualquier otro enviado no merecería
"la inviolabilidad con que dejo regresar al de esta misión". Al poner
su rúbrica, Marcó del Pont, haciendo referencia a la condición de mestizo que
se le atribuía a San Martín, agregó despectivamente:
—Dígale a su general que yo firmo con mano blanca,
no con mano negra como la de él...
A José le dolió íntimamente la referencia ofensiva,
y se dijo que iba a cobrarse ese agravio con la victoria.
Remedios y José celebraron la Navidad en la casa
del capitán Manuel Olazábal. A los postres, el gobernador formuló un brindis y
pidió a su esposa y demás damas presentes que cosieran una bandera, para
llevarla con la inminente expedición. En la víspera del día de Reyes, las
tropas partieron del Plumerillo al son de tambores y pífanos y se dirigieron
hasta el convento de San Francisco para recoger la imagen de la Virgen del
Carmen, a quien el escéptico general había designado como patrona del ejército.
San Martín se puso al frente de las fuerzas y las dirigió hasta la plaza
principal, donde se celebró una misa de campaña. Al terminar, el general tomó
la bandera entregada esa madrugada por las damas y, presentándola, exclamó:
—Soldados: ésta es la primera bandera que se ha levantado en América. ¿Juráis
defenderla, hasta perder la vida, como yo lo hago?
Después del atronador "Sí juro", las
tropas volvieron a su campamento y se inició una jornada de festejos. Hubo un
almuerzo campestre y corridas de toros, en las que los oficiales más jóvenes,
alentados por el buen tintillo mendocino, actuaron audazmente como improvisados
matadores. Uno de los más atrevidos faenó a su animal y, cortándole no sólo las
orejas y el rabo sino también los testículos, ofreció los trofeos a Remedios,
quien presidía la fiesta junto a su marido. La joven se sonrojó ante el
insólito presente, pero José, mirándola intencionadamente, le sugirió que lo
aceptara.
Al regresar a su morada, el gobernador encontró a
un joven capitán sentado en una esquina de la plaza y se dio cuenta de que
estaba "entre San Juan y Mendoza", como se decía ya entonces a los
ebrios.
—¿No vuelve al cuartel? —le preguntó
condescendiente.
—Estoy sentado acá viendo pasar los edificios, mi
general —se levantó trabajosamente y la boca pastosa le deformaba las
palabras—. Cuando vea pasar al cuartel entraré de inmediato...
El general se sonrió paternalmente y siguió su
marcha.
A la noche hubo un sarao y fuegos de artificio
preparados por el fraile franciscano Luis Beltrán. En la culminación de las
luminarias, la plaza se iluminó vivamente y, con letras de todos colores, pudo
leerse la leyenda "Viva el general San Martín". Una admirativa
exclamación escapó de la concurrencia, pero no faltaron los díscolos que
criticaron el egocentrismo del gobernador y el carácter adulador del cura
artillero.
A los pocos días, el grueso ejército iniciaba la
marcha por secciones y por distintos pasos, para confundir y dividir a las
tropas realistas en Chile. La primera columna partió hacia el norte de San
Juan, para cruzar por el paso de Guana y llegar hasta Coquimbo. Todavía más al
norte, en la provincia de La Rioja, otra avanzaba por Come Caballos hacia
Copiapó. En el sur, por el Planchón, una división buscaba arribar a Talca.
En el centro, una fuerte división inició el cruce
por Uspallata, al mando del coronel Juan Gregorio de Las Heras. Aunque San
Martín no confiaba plenamente en la lealtad de Las Heras porque sospechaba que
había participado el año anterior de un intento de rebelión contra su mando, lo
puso al frente del grueso del ejército por el predicamento que tenía entre sus
subordinados.
Otro grupo marchó por el paso de Los Patos: la
vanguardia estaba a cargo de Miguel Estanislao Soler y el centro a la orden de
Bernardo O'Higgins. San Martín, excitado aunque siempre sereno, supervisó la
partida de todas las secciones y, antes de marchar tras la reserva de esta
última división, le escribió a su amigo Guido:
El 18 rompió su marcha el ejército. Para el 24 ya
estará todo fuera de ésta y el 15 de febrero decidida la suerte de Chile. Mucho
ha habido que trabajar y que hacer, pero todo sale completo excepto el dinero,
pues no me llevo más que 14.000 pesos. Mi amigo, si de ésta salgo bien, como
espero, me voy a cuidar de mi triste salud a un rincón, pues esto es
insoportable para un enfermo.
Desde el Plumerillo fue hasta la ciudad, para
despedirse de Remedios. La relación entre los esposos había sido bastante
limitada los últimos meses, pues ella estaba absorbida por su hijita Mercedes y
él había vivido prácticamente en el campamento, ocupándose de los últimos
detalles de la partida. Se había ya arreglado que Remedios regresara a Buenos
Aires con su beba esos mismos días, para esperar allá las noticias sobre la
suerte de la expedición. José le había escrito a Pueyrredón para recomendarlas
y le pidió que le entregara a su esposa ochenta pesos mensuales, a descontar de
su sueldo.
Partió luego en coche hasta San Juan y desde allí,
con sus asistentes, siguió a lomo de mula hacia la quebrada del Zonda. El aire
era diáfano y un arroyo claro serpenteaba entre sauces hospitalarios. Al final
del valle comenzaron el ascenso y las moles pétreas le imponían su aridez
amenazante. Alcanzaron a la retaguardia de la división, cuyo paso era más lento
por el transporte de armas, víveres, elementos de hospital, caballos, mulas, y
vacas para faenar. El general estaba preocupado por llegar pronto a las zonas
de ríos y deshielo, pues la falta de agua era el primer obstáculo que debían
superar.
Al llegar a Manantiales, un chasqui le informó que
la columna de Las Heras había marchado más rápido que lo previsto y había
derrotado en Los Potrerillos a una avanzada de tropas realistas. Le envió un
recado pidiéndole que atrasara la marcha, pues quería que todas las columnas
convergieran sobre territorio chileno simultáneamente.
Apoyando el cuerpo sobre los estribos (le madera,
abrigado con una chaqueta de piel de nutria y cubierto con su capote y su
sombrero de punta, José subía por la cuesta del Valle Hermoso y volvía la
cabeza para contemplar la hilera de hombres que, afectados ya en su respiración
por la puna, conducían los pertrechos y podrían sentirse apremiados por la sed
en cualquier momento. Aunque la senda era escarpada y el viento le golpeaba el
rostro, la deslumbrante belleza de los picos nevados lo impactaba profundamente.
Unas nubes oscuras que avanzaban desde el sur lo privaron del espectáculo y
poco después un intenso granizo golpeaba su cuerpo y el de su cabalgadura.
Aliviado por la dura llegada del agua, dio orden de detención, se apeó de su
acémila y compartió un trago de aguardiente con su ayudante y tío político, el
coronel Hilarión de la Quintana. Cuando la tormenta se disipó resolvió mantener
el descanso y, armando su catre de campaña, fumó un cigarrillo y se durmió por
unas horas.
Dejó que su mula lo condujera durante el fragoroso
ascenso. Al alcanzar la cima, los guías le informaron que los españoles ya
conocían la marcha de su división y que un destacamento había sido enviado a la
garganta de las Achupallas para impedirles la llegada al llano. San Martín
ordenó el descenso por la senda que flanqueaba el río Putaendo y dispuso que un
comando de granaderos se adelantase hasta ese lugar para liberarlo de cualquier
obstrucción. La bajada aceleró el ritmo de la marcha y hombres y bestias
parecían estar empujados por una fuerza invisible que les acortaba el camino.
La avanzada, con algunas cargas comandadas por el capitán Juan Lavalle, había
despejado la angostura de las Achupallas y allí se le comunicó al general que
la columna de Las Heras había podido llegar al bajo y había tomado la ciudad de
Santa Rosa de los Andes. José llenó sus pulmones de aire y respiró aliviado.
Al bajar la última cuesta y llegar al poblado de
San Antonio de Putaendo, luego de diez días de travesía, se apeó de su mula y
ató las riendas a un aguaribay que se encontraba en un costado de la plazuela.
El tronco rugoso estaba coronado por hojas suaves y minúsculas y unas frutas
rojas como pimientos. Escasas viviendas se engalanaban con árboles verdes y
frondosos, con los que el piedemonte mostraba el renacimiento de la vegetación.
Mientras caminaba hacia la casa del alcalde, el satisfecho general pensaba que
ya se había logrado lo más difícil.
Así se lo explicó a Pueyrredón en una carta:
El tránsito solo de la sierra ha sido un éxito.
Figúrese V. E. la mole de un ejército moviéndose con bagaje de subsistencias,
armamentos, municiones y demás adherentes por un camino cruzado de eminencias
escarpadas, desfiladeros, travesías y profundas angosturas. Tal es el camino de
los Patos que hemos traído. Pero si vencerle ha sido una victoria, no lo es
menos haber principiado a escarmentar al enemigo.
Capítulo XI
Venga esa mano blanca
(1817)
La vanguardia del ejército siguió hacia el sur,
superó una resistencia en la quebrada de Las Coimas y ocupó San Felipe de
Aconcagua. Al llegar al pie de la cuesta de Chacabuco, en la entrada de
Santiago de Chile, se juntó con la división que había entrado por Uspallata.
San Martín se reunió allí con su estado mayor y se
analizó la situación. Marcó del Pont se había abroquelado en la capital y había
apostado sus fuerzas disponibles en la cumbre de esa sierra, para impedirles el
ingreso. Aunque José no tenía completo su parque de artillería y había tenido
graves pérdidas de mulas y caballos en la cordillera, resolvió dar batalla de
inmediato, antes de que el jefe realista recibiera refuerzos o pudiera
reunificar sus columnas dispersas. La clave de la victoria —explicó el general—
es atacarlos divididos. Esa noche, el ejército vivaqueaba nervioso al pie de la
Olazábal:
—¿Que tal nos encontramos para mañana?
—Como siempre, mi general, perfectamente.
—¡Bien! Duro con los sables sobre la cabeza de los
matuchos, que queden pataleando...
Al amanecer, las huestes patriotas iniciaron el
ascenso. Un grupo encabezado por Soler marchó por el oeste tratando de ganar la
retaguardia de los españoles, mientras otra columna, al mando de O'Higgins,
avanzaba por el este y debía amenazar al enemigo por el frente.
Soler cargó la bayoneta sobre uno de los flancos y
logró que los realistas retrocedieran, ante lo cual O'Higgins ordenó a sus
hombres un ataque frontal. Pero los españoles se rehicieron y contraatacaron
con infantería y artillería durante más de una hora, al cabo de la cual los
patriotas perdieron cientos de pardos y morenos. En vista de las dificultades,
San Martín ordenó a Soler insistir por el flanco, mientras tres batallones de
granaderos reforzaban al jefe chileno, quien realizó una nueva carga con bayonetas
y logró esta vez doblegar a los adversarios, los que finalmente se rindieron
ante la envolvente acción. Más de seiscientos españoles quedaron muertos sobre
el campo de batalla.
Aunque estaban solamente a cincuenta kilómetros de
la capital, San Martín se instaló en la casa de la hacienda de Chacabuco y
prefirió esperar sobre el campo con sus tropas para ver si Marcó del Pont les
enviaba un nuevo ataque con las fuerzas que estaba recolectando. Pero esto no
se produjo y, poco después, llegó la noticia de que los batallones realistas se
estaban embarcando en Valparaíso para huir hacia el Perú, mientras el propio
Marcó del Pont había abandonado también la ciudad. José respiró aliviado y no
le dio importancia al hecho de que, en el sur, el gobernador de Concepción
reorganizaba las tropas dispersas.
Envió un batallón de granaderos a caballo a cargo
de Mariano Necochea para evitar los saqueos que, ante la evacuación del jefe
español, habían empezado a producirse. Después partió tranquilo con su ejército
y entró triunfalmente en Santiago, donde se alojó en la Casa Colorada, una
lujosa residencia sobre la calle de la Merced, a media cuadra de la Plaza de
Armas, que pertenecía a los herederos de Mateo de Toro y Zambrano, el Conde de
la Conquista. Disfrutó de un buen baño con agua caliente y después le escribió
a Guido:
Al fin no se perdió el viaje y la especulación ha
salido cómo podía esperarse. Ocho días de campaña han deshecho absolutamente el
poder colosal de estos hombres. Nada existe sino su memoria odiosa, y su
vergüenza. Coquimbo es nuestro y sólo les restan quinientos reclutas en
Concepción, los que a esta fecha estarán dispersos.
Le gustó la rica edificación de Santiago, que le
pareció más importante que la de Buenos Aires y Mendoza. Convocó a un cabildo
abierto que resolvió designarlo como presidente o director supremo, pero
resignó este cargo y, de acuerdo con lo que se había convenido previamente con
Pueyrredón, sugirió que fuera elegido Bernardo O'Higgins, mientras él retenía
el mando del ejército libertador de las Provincias Unidas y Chile. Su propósito
era organizar cuanto antes la expedición a Lima, mientras O'Higgins se ocuparía
de administrar el país e imponer contribuciones a los realistas, de modo de
tener recursos para sostener al ejército de los Andes (ampliado ya con
prisioneros y voluntarios), armar el de Chile y resarcir a las Provincias
Unidas los gastos ya incurridos en la campaña.
Se encontraba alegre por el triunfo y concurrió
entusiasmado a un baile que se ofreció, en la casa de uno de los principales
vecinos, Felipe del Solar, en honor del ejército vencedor. En la puerta se
había apostado una pieza de artillería para atronar el festejo y las damas
concurrían con coronas de flores, mientras los hombres portaban un gorro frigio
con cintas blancas y azules. En macizas fuentes de plata lucían pavos con
banderas en el pico, cochinillos rellenos con naranjas en el hocico, jamones de
Chiloé, sabrosos embutidos llamados "queso de chancho", coronillas,
manjar blanco y dulcísimos huevos quimbos, mientras los vinos españoles, el
chacolí de Santiago y el asoleado de Concepción circulaban con profusión.
Rodeado por sus principales oficiales, el general
hizo un brindis por la libertad y, en actitud de arrojar la copa al suelo, le
preguntó al dueño de casa:
—¿Solar, es permitido?
—Todo lo que está sobre la mesa, general, está
puesto para romperse. Tiró la copa al piso haciéndola añicos y poco después
comenzó el baile. Danzó minué y contradanza con dos bellas señoras que eran
hermanas y lo festejaban permanentemente, halagándolo y consintiéndolo. Los
sucesivos brindis lo fueron entonando y cada vez veía más lindas a ambas
mujeres. Empezó a tener deseos de hacer el amor con una de ellas, pero a medida
que el alcohol lo euforizaba concluyó en que ambas eran tan seductoras que le
gustaría hacerlo con las dos. Terminó la noche acostándose con la más joven.
Se ocupó de formar una logia en la ciudad y la
flamante entidad masónica designó como secretario a José Ignacio Zenteno, jefe
de estado mayor del Ejército de los Andes, quien también fue nombrado ministro
de guerra por O'Higgins.
Una partida de granaderos detuvo en el sur al
presidente depuesto, Marcó del Pont, quien fue conducido en una calesa hacia
Santiago. El rumor de su llegada se expandió por la ciudad y el público se
agolpó frente al Palacio Episcopal, sobre la Plaza de Armas, donde San Martín
atendía su despacho. El detenido fue llevado a un salón y se lo hizo sentar.
José no había olvidado la humillación que quiso infligirle el realista al
aludir a su mano de mestizo. Por ello entró al salón y, al reconocer por el
uniforme a su vencido, estiró su diestra y le dijo irónicamente:
—Señor General, venga esa mano blanca...
Luego lo invitó a pasar a su despacho, donde
conversaron a solas durante un largo rato. Marcó le solicitó se le permitiera
regresar a la península con la promesa de no volver a tomar las armas en
América, pero algunos días después el director Pueyrredón disponía desde Buenos
Aires que fuese confinado a San Luis.
Le escribió una carta a su amigo el comodoro
William Bowles, jefe de la expedición naval inglesa en los mares del sur, quien
se encontraba en el Río de la Plata. Le contó acerca del éxito del cruce de la
cordillera y de la batalla de Chacabuco y le pidió que viniera a visitarlo,
para mantener una conversación, la que "podría contribuir mucho al bien de
estos países". Le decía también que "sería muy conveniente que
viniesen a estos mares algunas fuerzas de guerra británicas, tanto para proteger
a su comercio como por las ventajas que podrían resultar con su
presencia".
Se reunió con O'Higgins y ambos convinieron en que
era imprescindible mandar un emisario a Inglaterra para comprar barcos.
Eligieron a José Antonio Álvarez Condarco, hombre de confianza de San Martín y
padrino de su hija Mercedes, y le hicieron entregar una importante suma de
dinero, con el secreto encargo de que en Londres depositara parte de ella a
nombre de Bernardo y de José. José estaba una noche en el patio de la casa de
su amante, cuando vio entrar a la morada a un joven oficial de su propio ejército.
Por la familiaridad con que lo hacía, advirtió de inmediato que ambos estaban
compartiendo los favores de la dama. Decidió no competir con su subalterno y se
retiró discretamente, pero luego fue el militar bisoño quien abandonó la lid.
Resolvió viajar a Buenos Aires y le pidió a su ayudante, el oficial irlandés
Juan O'Brien, rubio, alto, buen mozo y mujeriego, que lo acompañara. Partió en
carroza hasta la hacienda de Huechuraba, donde pernoctó. Allí le proporcionaron
unas mulas barrosas y unos baqueanos, con quienes cruzaron la cuesta de
Chacabuco, que en lengua araucana significaba "despejar, allanar
camino". Tuvo un pensamiento para los pobres negros que habían dejado allí
su pellejo y siguieron hasta Los Andes, donde se proveyeron de charqui, harina
tostada y cebolla. Iniciaron el ascenso y cruzaron la cima, pero al llegar al
valle de Uspallata José fue atacado por un violento acceso de asma. No sabía si
atribuirlo a la altura o al cansancio, y se vio obligado a guardar reposo más
de un día. Siguieron luego hasta Mendoza, donde lo recibieron triunfalmente y
lo agasajaron con un banquete seguido de baile. Continuó viaje al amanecer,
para aprovechar la fresca, pues le urgía llegar a la capital. Aunque Pueyrredón
le había confirmado que contaba con apoyo para continuar hasta Lima, su
experiencia le decía que esto debía hacerse con prontitud. Desde una posta a
las afueras de Mendoza, envió un mensaje al Cabildo de Santiago para hacerle
saber que no aceptaba los diez mil pesos que se le habían obsequiado para gastos
de viaje.
Al llegar a Buenos Aires fue directamente a lo de
Escalada, donde lo esperaban Remedios y su hijita Mercedes. Abrazó a la
criatura y besó cálidamente a su esposa. El éxito de la expedición lo había
puesto eufórico y potente, de tal modo que esa noche la amó con pasión
entrañable y sintió que ella le correspondía. Los meses de dedicación y
esfuerzos se concentraron en ese acto de entrega y orgullo, de fusión con una
niña que ya era una mujer.
* * * *
Al día siguiente sus suegros le comentaron que
Remedios no estaba del todo bien de los pulmones y se quedó algo preocupado con
la noticia. Se reunió privadamente con Pueyrredón durante varios días, con
intermitencias debidas a los convites y fiestas con que se quería agasajar al
jefe militar. Fuerzas portuguesas habían invadido Montevideo y el director
supremo estaba indignado y quería declarar la guerra al imperio. San Martín
trató de calmarlo, sabedor de que un nuevo conflicto en el Plata iba a absorber
los recursos que él necesitaba para llegar al Perú por el Pacífico.
Pueyrredón reconocía que el dinero de la Casa de la
Moneda de Chile pertenecía a ese Estado, pero opinaba que los fondos tomados a
las fuerzas realistas correspondían a las Provincias Unidas, por su carácter de
despojo de guerra, y quería utilizarlos para ayudar al Ejército del Norte, al
mando nuevamente de Belgrano, y para la eventual campaña contra los
portugueses. Finalmente convinieron en que se remitiesen desde Santiago 40.000
pesos y prisioneros de guerra, pero sin que ninguna compañía al mando de San
Martín repasase la cordillera. En cuanto a los barcos que se necesitaban para
la expedición naval, habían ocurrido en el ínterin importantes sucesos. José
Miguel Carrera había llegado al puerto de Buenos Aires, con dos fragatas
contratadas en Estados Unidos, para liberar a su país del dominio español. Pero
Pueyrredón, que quería disponer de esas embarcaciones, había detenido a Carrera
en el cuartel de Retiro y había entrado en tratativas con sus capitanes.
Para resolver el conflicto, se pensó en lograr que
el gobierno chileno proporcionara una pensión anual para el envío de José
Miguel y sus hermanos a los Estados Unidos y su mantenimiento allí. San Martín
fue a visitar a Carrera en su lugar de detención, para tratar de convencerlo de
que aceptara la propuesta.
El general entró a la habitación y le tendió la
diestra, pero el caudillo chileno lo miró a los ojos y le rehusó la suya. El
jefe triunfante se puso más oscuro que de costumbre por la inesperada
humillación, pero contuvo su indignación, se sentó y explicó a Carrera su
propósito.
Con toda altivez, José Miguel le respondió que
estaba siendo víctima de un insólito despojo y que ese ofrecimiento era
absolutamente inaceptable y además ofensivo, porque implicaba pensar que los
Carrera eran unos simples cobardes capaces de venderse por dinero.
En definitiva, Pueyrredón y San Martín resolvieron
otorgar poder a Manuel Aguirre y a Gregorio Gómez (éste un gran amigo del
general, uno de los pocos con quien se trataba de tú) para que compraran y
armaran en Estados Unidos dos fragatas, con 200.000 pesos que aportaría el
gobierno de Chile.
Staples, a quien le narró la situación de Chile y
le dijo que le interesaba contar con el apoyo británico para su expedición
sobre Lima. Le reiteró también el pedido efectuado anteriormente a Bowles
—quien estaba en ese momento en Río de Janeiro— en el sentido de poder contar
en el Pacífico con naves británicas.
—Aunque actúen bajo el principio de neutralidad
——explicó el general— servirán para proteger el comercio en nuestras costas.
Staples le preguntó sobre la forma de gobierno que
pensaba darse Chile. San Martín meditó un instante:
—Los chilenos están más inclinados a la monarquía
que a la república —sorbió un trago de té—, pero en ningún caso aceptaremos a
un Borbón español.
Se reunió varias veces con los "hermanos"
de la logia y consiguió, a través de ésta, que Pueyrredón designara a Tomás
Guido como representante de las Provincias Unidas ante el gobierno de Santiago.
Hacía tiempo que San Martín quería a Tomás a su lado —solía desconfiar de todos
sus jefes y desde Mendoza había destituido al coronel Soler por sospechar que
estaba en comunicación con los Carrera—, de modo que se alegró mucho con esta
novedad.
Contrató a varios oficiales extranjeros —ingleses,
franceses y norteamericanos— y se despidió de Remedios con otra noche de amor.
Abrazó a la pequeña Mercedes y partió en diligencia con Guido. En Mendoza se
cruzaron con Álvarez Condarco, quien iba hacia la capital para embarcarse hacia
Londres, para comprar allí armamentos navales y depositar una gruesa suma a
nombre de San Martín y O'Higgins, como previsión para el futuro.
José y Tomás cruzaron la cordillera y, al llegar a
Santiago lujosamente preparado. O'Higgins había marchado hacia el sur para
sofocar los focos realistas y San Martín le escribió para comunicarle su
arribo:
Mi amado amigo:
Acabo de llegar con una salud cumplida y un viaje feliz. Nuestro Álvarez
Condarco ha marchado a Buenos Aires para desde allí seguir a Londres, con la
comisión que acordamos. Todo va, perfectamente y estoy seguro la, desempeñará
con la honradez que le es propia.
Bernardo había dejado en su reemplazo al coronel
Hilarión de la Quintana, tío político de San Martín, pues era hermano de
Tomasa, la madre de Remedios.
Esta designación había causado malestar en los
sectores carreristas y aun independientes, pues se consideraba que Quintana era
un forastero sin méritos ni antecedentes, que mal podía gobernar a los
chilenos. Además, al poco tiempo de la partida de San Martín, el alcalde de
primer voto Fernando Errázuriz había visitado a Hilarión y le había comentado
que el rechazo de San Martín de los diez mil pesos que se le habían regalado
había sido un desaire para el Cabildo.
—Yo conozco a los militares —insinuó con tono
confidencial el pariente político—: aman el dinero, pero solamente hay que
regalarles sumas grandes, que cambien su fortuna para siempre. Si ustedes le
obsequian una hacienda del Estado, no la devolverá...
Aunque Errázuriz adujo que el ayuntamiento era
pobre —no como el de Buenos Aires—, la corporación aprobó la iniciativa
sugerida y se resolvió donar a San Martín la llamada "chacra de
Beltrán", una finca ubicada en las afueras de la ciudad, en Ñuñoa, que
había sido expropiada a un realista prófugo. Esta medida disgustó a los propios
patriotas e indignó a la oposición.
A su regreso, el general percibió este malestar y
se propuso tomar algunas medidas para atenuarlo, Para indicar que su influencia
sería a favor de la ilustración (lo contrario de los realistas españoles)
resolvió destinar a la fundación de una biblioteca pública los 10.000 pesos que
el Cabildo le había destinado para gastos de viaje. Rechazó una suntuosa
vajilla de plata que se le había obsequiado y su sueldo de 6.000 pesos anuales
que se le asignó en su condición de general del ejército chileno, pero ante la
insistencia de las autoridades terminó aceptándolos. También recibió la
donación de la "chacra de Beltrán", pero se comprometió a destinar la
tercera parte de su producido al hospital de mujeres y a la dotación de un
vacunador contra la viruela.
* * * *
Se reunió con la logia y se resolvió que Hilarión
de la Quintana debía renunciar. San Martín le escribió a O'Higgins para decirle
que debía elegir un reemplazante chileno (por esa razón de extranjería él mismo
se autoexcluía) y le informó las últimas noticias del Plata: José Miguel
Carrera se había fugado de la prisión y se había asilado en Montevideo. Desde
allí, en compañía de Carlos de Alvear, quien había regresado de Río de Janeiro,
y utilizando una imprenta traída desde Baltimore, había iniciado una intensa
campaña de desprestigio contra Pueyrredón, San Martín y O'Higgins. Manuel
Rodríguez, un militar que había colaborado con la guerra de zapa que San Martín
había efectuado desde Mendoza pero a la vez un notorio carrerista, ofreció sus
servicios al general. José resolvió incorporarlo a su estado mayor y le explicó
la decisión a O'Higgins:
Yo vigilaré su Conducta y creo que no tardará,
mucho en descubrirse. Pero tiemble, porque haré con él una verdadera, alcaldada
si me da el menor motivo.
Empezaba a hacer frío, el director supremo seguía
en el sur con las tropas, y los rumores de una conspiración carrerista llegaban
todos los días hasta el despacho de San Martín, traídos por sus espías. Por las
noches, José visitaba a Guido en su habitación y, sentados sobre unas sillas de
damasco carmesí, charlaban sobre la marcha de la organización del ejército y
sobre las versiones de un inminente golpe de los Carrera. Al general le
gustaban los problemas de logística, pero las divisiones intestinas lo ponían
frenético. Su tío Hilarión continuaba como director delegado, pero en
definitiva era él quien efectivamente gobernaba y debía castigar a estos
díscolos recalcitrantes.
Desde Buenos Aires le decían que en la casa de
Javiera existía una conspiración tendiente a derrocar a O'Higgins por traidor,
juzgar marcialmente a San Martín como criminal y fusilar a quienes se
resistiesen. Las noticias lo irritaban y el temor se iba convirtiendo en una
agresividad que llegaba a marearlo.
Cuando le informaron que los complotados se estaban
reuniendo en la hacienda del padre de los Carrera, decidió darles un golpe de
gracia. Ordenó que se detuviera a todos los asistentes y también a Manuel
Rodríguez. Pero cuando le avisaron en su palacio que los conspiradores estaban
presos, no llegó a experimentar alivio ni menos satisfacción. Sintió unas
terribles náuseas y vomitó sangre.
Guido se preocupó por la salud de su amigo y citó
al médico oficial, el doctor Zapata. El galeno atendió a San Martín y luego
conversó, en la antecámara, con Tomás:
¿Cómo está el general?
—No vivirá mucho si no se le distrae de sus
ocupaciones.
—¿Son los pulmones?
—Su cerebro está viciado por el trabajo y comunica
su irritabilidad al pulmón, al estómago y a la tecla vertebral.
Aunque no entendió del todo el diagnóstico (seguía
en la duda sobre si se trataba de tisis o de un simple problema estomacal),
Guido le sugirió a José que se tomara unas vacaciones en la finca de Francisco
Ruiz Tagle, denominada Calera de Tango, cerca de Rancagua. El general aceptó de
buen grado: quizá la tranquilidad del campo – se ilusionó— pueda ayudarme en
estos momentos.
La Calera de Tango era una hermosa estancia que
había sido de los jesuitas y poseía todavía una importante producción. José se
instaló en la casa principal, con una amplia galería, y la magnífica vista de
la cordillera, el aire diáfano del invierno y la apacible vida rural
apaciguaron su ánimo. Pero su intervención para eliminar las disensiones
intestinas le provocaba una íntima tristeza. En una de esas tardes solitarias y
melancólicas, le escribió a Tomás Godoy Cruz:
Usted no puede calcular la violencia que me hago en
habitar este país: en medio de sus bellezas encantadoras, todo me repugna de
él; los hombres en especial son de un carácter que no confrontan con mis
principios y aquí tiene usted, un disgusto continuado que corroe mi triste
existencia: dos meses de tranquilidad en el virtuoso pueblo de Mendoza, me
darían la vida.
Desde Cuyo le llegaban nuevos ecos de la
conspiración: Luis Carrera había sido detenido en Mendoza y su hermano Juan
José en San Luis. O'Higgins, por su parte, desde el sur, se exaltaba al
explicarle sus sentimientos:
Los Carrera siempre han sido lo mismo y sólo
variarán con la muerte. Mientras no la reciban, fluctuará el país en incesantes
convulsiones. Desaparezcan de entre nosotros los tres inicuos hermanos,
júzgueseles y mueran, pues lo merecen más que los mayores enemigos de la
América.
Al cabo de un mes el general regresó a Santiago,
donde percibió que las medidas policiales contra los conjurados habían
aumentado las protestas en los sectores carreristas, quienes afirmaban que el
país estaba dominado por los invasores de las Provincias Unidas. Las quejas se
personalizaban en Hilarión de la Quintana, por lo cual San Martín le escribió a
O'Higgins y le pidió que se acelerara su reemplazo. Se designó entonces a un
triunvirato de chilenos (Luis de la Cruz, Francisco Antonio Pérez y José Manuel
Astorga), lo que alivió algo la situación y Santiago se tranquilizó.
Mejorado su ánimo y con el objetivo de distender el
ambiente de la capital, San Martín reanudó las tertulias que ofrecía
semanalmente en su palacio. Después de la cena, solía iniciar él mismo los
primeros minués y el baile se prolongaba hasta la madrugada. También recorría
los distintos grupos saludando a las damas y cambiando bromas con los hombres.
Pese a las ocasionales trasnochadas, solía iniciar
su jornada muy temprano. A las cinco lo despertaba su ayudante, a quien le
pedía que le alcanzara una botella con láudano, que guardaba en una cómoda en
su propia habitación. Bebía un sorbo del espeso y verde licor de opio para
aliviar sus dolores estomacales y pasaba luego al despacho, donde tomaba un té
o un café y dictaba las cartas o minutas a su secretario. A las diez recibía a
los jefes de las distintas ramas de su ejército u otras autoridades y, alrededor
de la una, pasaba a la cocina donde se hacía servir un churrasco o un puchero,
que acompañaba con vino de Burdeos y remataba con algún dulce del lugar. Era
ése un momento de íntima expansión que solía compartir con alguno de sus
hombres de confianza: el tío Hilarión, Rudecindo Alvarado, Mariano Necochea,
Juan Lavalle o el comandante Manuel Blanco Encalada. Dormía unas horas y, al
levantarse, ya estaba servido en el comedor principal el generoso almuerzo
oficial de las cuatro de la tarde, que era presidido por Tomás Guido, famoso
por su buen apetito y gran gustador de los pasteles de choclo y las papas con
chuchuca del cocinero. José se sentaba a la mesa, vestido usualmente con un
levitón azul con bolsillos y botones dorados, pero solamente tomaba el café de
la sobremesa y participaba de las charlas para contar anécdotas de su vida
militar o comentar los acontecimientos del momento.
Volvía después al trabajo de escritorio, que
parecía apasionarle pese a que decía que no le gustaba escribir, o salía a
cabalgar con su ayudante en un alazán tostado o un zaino oscuro, que por
entonces eran sus caballos favoritos.
Caminaba a veces al atardecer por el tajamar o por
la alameda y, al regreso, revisaba la correspondencia urgente. Pasaba por el
dormitorio de Guido para compartir las últimas confidencias y, a las diez u
once, se retiraba a descansar.
Capítulo XII
Triunfos y derrotas
(1817—1818)
La llegada de la primavera le acrecentó el
optimismo: disfrutaba de los mediodías soleados en las galerías de su
residencia, aunque los inexorables atardeceres le traían el aire todavía frío
de la cordillera. El arribo de su amigo, el comodoro inglés William Bowles, a
bordo de la fragata Amphion, al puerto de Valparaíso, también
sirvió para alegrarlo.
La presencia de naves británicas en el Pacífico le
daba algo de tranquilidad, pues hasta el momento el dominio español en el mar
era casi total. Bowles viajó hasta Santiago y se reunió a solas con San Martín
varias veces: el general le contó sobre la situación y le pidió que viajara
hasta Lima como mediador de buenos oficios, al efecto de pedirle al virrey un
canje de prisioneros.
Bowles aceptó y, antes de partir, fue agasajado
junto con sus oficiales con un gran baile en el Cabildo. El patio del edificio
fue entoldado e iluminado con farolillos pintados, mientras los salones
adyacentes se engalanaban con arañas de cristal. Luego de una espléndida cena,
el general ofreció un brindis por el comandante británico y su tripulación. Se
bailó el vals hasta el amanecer y San Martín, luego de pasear por los salones
saludando a los participantes, se retiró contento
La Amphion zarpó llevando a su
bordo a un representante del general del Ejército de las Provincias Unidas y de
Chile. Su propósito no era solamente negociar sobre el canje de prisioneros,
sino también el de obtener información y comunicarse con los posibles patriotas
para iniciar la llamada "guerra de zapa" o de acción psicológica.
Antes de fin de año llegó a Santiago la noticia de
que el virrey del Perú se aprontaba a enviar hacia el sur de Chile una poderosa
expedición naval de 3.500 hombres, con el objeto de reforzar a las fuerzas
realistas que, en Talcahuano, habían sabido resistir los ataques de Las Heras y
O'Higgins.
Preocupado, San Martín volvió a escribirle a
Pueyrredón pidiéndole que se activara la compra de unos bergantines para enviar
al Pacífico. A la noche, se reunió con Guido en su habitación y le pidió que
hiciera lo mismo, ya que si los realistas llegaban a reconquistar Chile, el
próximo paso iba a ser cruzar los Andes para recuperar las Provincias Unidas.
Pueyrredón, sin embargo, les contestó que nada
podía hacer al respecto hasta que le enviaran desde Chile los cien mil pesos
que se necesitaban para la adquisición de los navíos, ya que en ese momento no
podía distraer fondos que precisaba para combatir a las montoneras de Artigas
en el litoral.
Se reunió con la logia y se decidió que las tropas
patriotas que sitiaban Talcahuano marcharan rumbo a Santiago para unificarse
con las fuerzas que estaban en la capital. José se lo explicó por carta a su
amigo O'Higgins:
Todos los hermanos hemos acordado que la posición
de Concepción es sumamente cerrada. Nada nos importa abandonar una, provincia
pobre, sin recursos de subsistencia, y que pronto la volveremos a tomar. Tenga
usted presente que, si por una de aquellas casualidades de la guerra, ese
ejército fuera batido, todo se lo llevará el diablo. Pero si estamos todos
reunidos pasaremos de nueve mil hombres y podremos dar un buen día.
Recordando lo que había aprendido en Portugal con
Lord Wellington, le pidió a Bernardo que retrocediera con todos los recursos de
la zona, es decir granos, caballadas y ganado, además de todo sospechoso de
enemigo, para dejar tierra arrasada
Celebraron el fin de año en el Palacio Episcopal y
a los pocos días arribó de regreso a Valparaíso el comodoro Bowles en la Amphion.
San Martín partió hacia allí en birlocho para visitar al marino inglés.
Mientras cruzaba la cuesta de Curacaví, pensaba que poco podía esperar ya de
Buenos Aires que la marcha hacia el Perú iba a depender del esfuerzo de Chile.
Pero para esto —meditaba al compás del bamboleo del vehículo— habrá que
incentivar las contribuciones forzosas, con todo el odio que ellas producen.
El navío se mecía suavemente en la bella bahía,
rodeada por montañas que le daban un particular encanto. Bowles lo recibió en
su cámara, le informó que el canje de prisioneros había sido rechazado por el
virrey y le confirmó el envío de una nutrida expedición realista hacia
Talcahuano.
El general, a su vez, le entregó una nota firmada
por el director supremo de Chile, en la que le pedía la mediación inglesa para
hacer cesar la guerra entre la América y España, que ya llevaba siete años. El
escrito de O'Higgins manifestaba que así como Inglaterra había contribuido a la
paz en Europa, si aportase a la independencia de Chile los súbditos británicos
podrían visitar libremente sus puertos, ofrecer sus productos industriales y
ayudar a que los conocimientos útiles se derramasen en su territorio.
Bowles le invitó una taza de té y conversaron
largamente sobre las perspectivas. San Martín le expresó que no veía otra forma
de gobierno que la monarquía, pero que era impensable el establecimiento de un
príncipe español.
—En todo caso —se limpió los labios con una
servilleta y fantaseó— podría dividirse a la América del Sud entre las
principales potencias europeas, de tal modo de evitar las rivalidades entre las
casas reinantes.
—¿Y España se quedaría sin nada?
—Se la compensaría con una indemnización económica
—imaginó el general—. Pero creo que sin la protección de una potencia amiga,
ningún país de la América del Sud podrá resolver sus disensiones internas y
gobernarse solo.
—¿Y cuál sería el beneficio de mi gobierno —el
marino inglés apuró un sorbo— por favorecer la independencia de Chile?
—La cesión de la isla de Chiloé y el puerto de
Valdivia y una reducción del diez al quince por ciento sobre los derechos de
importación; y del cuatro sobre la exportación. Estas instrucciones ya las
tiene el representante de Chile en Londres. San Martín hizo también una visita
de cortesía al capitán de una corbeta de los Estados Unidos que estaba en el
puerto y luego partió de regreso en su carruaje hacia Santiago. Al llegar a la
capital, se encontraban en preparación los actos de la inminente declaración de
la independencia de Chile, que había sido votada por los principales vecinos y
tenía el acuerdo de O'Higgins. José creía que este acto iba a animar el
espíritu de los patriotas, en vísperas de nuevas batallas con los realistas, y
además iba a disipar los temores de que las Provincias Unidas del Río de la
Plata pretendieran algún tipo de dominio sobre el Estado chileno.
En la mañana del 12 de febrero se encontraban
formadas en la plaza mayor las tropas de línea, las de infantería y caballería
y los alumnos de las escuelas, ante una crecida cantidad de público. San Martín
se dirigió en compañía de Guido hasta el palacio directorial, donde ya se
encontraba O'Higgins, quien había venido desde el sur, junto a sus altos
funcionarios. Una vez en el tablado de la plaza, se leyó el Acta de la
Independencia y luego prestaron juramento el director supremo, el obispo y San
Martín, en su condición de general del ejército de Chile y general en jefe del
Ejército Unido. Se leyó la fórmula al pueblo y se festejó con una carga de
artillería. Durante varios días, continuaron las celebraciones con fuegos de
artificio, bailes, iluminaciones públicas, conciertos de música y coros
patrióticos. José participó de las fiestas, pero su pensamiento se dirigía al
inminente choque con las fuerzas españolas que habían sido reforzadas desde
Lima.
Al saber que las tropas patriotas que venían del
sur habían llegado ya a Cancha Rayada, cerca de Valparaíso, San Martín aprestó
las fuerzas de la capital, requisó equinos y carruajes, hizo imponer nuevas
contribuciones, y ordenó la marcha hasta ese lugar, para concentrar allí todo
su poder bélico.
Estaba nervioso ante la inminencia de la
confrontación. En las últimas noches, antes de seguir a su ejército hacia
Cancha Rayada, se reunía con O'Higgins y solían intercambiar bromas sobre el
próximo resultado:
José— no la pasará mal si perdemos. Pero a mí me
llevarán a Creta...
—¡Vamos, don José! Como antiguo jefe español y buen
"Oriente", encontrará muchos protectores en sus hermanos masones a
los que ahora enfrentará...
Partió a unirse con sus tropas y llegó al sitio al
atardecer. El sol del camino lo había castigado fuerte y se sentía con fiebre y
dolores de cabeza, por lo que se sentó al pie de un árbol y se cubrió con una
manta, al lado de su carpa, para evitar los chuchos. Pese al malestar físico
estaba optimista, puesto que las tropas realistas que formaban en las
proximidades ascendían a 4.600 hombres, mientras el reunificado ejército
patriota casi doblaba esa cifra. Su tío Hilarión y otros jefes le informaron que
la caballería había iniciado dos ataques contra los españoles aprovechando la
superioridad numérica, pero había sido rechazada, posiblemente por los
accidentes del terreno, que estaba lleno de zanjones y barrancas.
Le pareció un mal presagio y resolvió no cenar.
Luego se enteró, a través de un espía, de que los realistas pensaban atacarlos
durante la noche. Dio la orden de variar las posiciones a la medianoche, para
evitar sorpresas, pero antes de que se terminara de cumplir la disposición,
escuchó unos alaridos que llamaban a degüello. Se levantó con celeridad,
alarmado, en el momento en que una carga de artillería arrasaba su campamento y
vio caer herido a uno de sus jóvenes ayudantes chilenos. Desde ese momento todo
fue confusión y el avance de unos caballos desmontados en medio de gritos le
hizo saber que la caballería no había logrado armarse. Trató de reorganizarla,
pero los equinos no respondían y los hombres disparaban sin rumbo, para todos
lados. La infantería estaba ya en retirada e Hilarión lo tomó de un brazo y lo
presionó para que también huyera, pues los realistas estaban a la mano
disparando sin cesar.
Marcharon por una honda zanja, tratando de
defenderse de los ataques y protegiéndose de mulas cargadas que a veces los
apretaban contra los bordes. Se tranquilizaron al cabo de una hora, al ver que
los enemigos habían dejado de perseguirlos.
Se dio cuenta de que habían perdido también la
artillería y experimentó, más que miedo, vergüenza por la sorpresa y la
derrota. Se sentía un imbécil, al pensar que su ejército había sido vencido por
fuerzas mucho más pequeñas. Le consoló reencontrarse con O'Higgins, quien tenía
una fractura ex puesta en un brazo, y sus ayudantes. A la madrugada llegaron a
San Fernando. El poblado estaba desierto y se había saqueado el depósito de sus
equipajes, pero pensó que en ese lugar podría hacer cuartel, recuperar la calma
y pensar sobre las acciones futuras.
No pudo dormir bien esa noche, angustiado por la
falta de noticias. No podía creer que los "maturrangos", como él
llamaba despectivamente a los españoles por su supuesta incapacidad para
montar, los hubiesen batido. A la mañana siguiente llegó el coronel Las Heras,
quien había podido salvar toda su división, lo que alivió su espíritu. Los
jefes coincidían en que el oficial francés Brayer era el responsable del
contraste, por no haber colocado bien los centinelas, pero José pensaba que él
también había fallado, por demorar la orden de cambiar las posiciones.
Al hacer el recuento de tropas se reconfortó, pues
advirtió que podría disponer de la mitad de las que tenía antes y también se
había salvado la artillería chilena (no así la del ejército de los Andes). Le
escribió al director interino, Luis de la Cruz, haciéndole saber que había sido
batido por el enemigo y había sufrido una dispersión general, pero que se
hallaba reuniendo la tropa con feliz resultado.
Se sintió más tranquilo con el sinceramiento y
empezó a pensar que no estaba todo perdido, pues con las fuerzas disponibles
podría obtener revancha.
El director De la Cruz le contestó que en Santiago
se estaban movilizando en su apoyo y que ya habían reunido más de mil hombres,
armas y víveres para continuar la lucha. También le comentó que había asociado
al gobierno al coronel Manuel Rodríguez, por el entusiasmo que había puesto en
levantar los ánimos de la población.
Se animó con la primera parte de la noticia (no con
la segunda) y le pidió a O'Higgins que marchara hacia la capital con parte de
las tropas, para reasumir el mando político. Luego partió él mismo y, al cruzar
los llanos de Maipú, se reunió con Guido que venía a su encuentro. Se emocionó
al ver a su amigo y, sin desmontar, lo abrazó y tuvo un momento de
desfallecimiento:
—Me parece que los amigos nos han abandonado, don
Tomás —se lamentó.
—No es así, don José. En Santiago lo aguardan con
ansia y todos estarán de nuevo a su lado: He venido para decírselo.
Entró al atardecer a Santiago, todavía con algo de
pudor. Su casaca azul estaba cubierta de polvo y, además de cansado, se
encontraba inseguro y receloso. Pero la gente que lo esperaba en la puerta del
Palacio Episcopal lo acogió con entusiasmo y le dio seguridad. Visitó a
O'Higgins para interesarse sobre el estado de su brazo y conocer las últimas
novedades: había reasumido el cargo de director, Manuel Rodríguez había sido
desplazado y la conscripción de tropas y pertrechos marchaba viento en popa.
Volvió a su residencia y pidió un baño de agua caliente. Se sumergió en el
cálido líquido, que le resultó balsámico, y se dijo a sí mismo que iba a seguir
luchando con entusiasmo.
A la madrugada siguiente tomó su licor de opio,
para aliviar el estómago, y se levantó animado. Al percibir sobre el terreno
que la población de Santiago mantenía su optimismo y estaba dispuesta a
derrotar a los españoles, retempló su ánimo y reinició en su despacho las
labores organizativas: había que rearmar escuadrones, redestinar a jefes,
acuartelar milicias, herrar caballos, comprar fusiles, recoger municiones y
restaurar la artillería.
Afortunadamente, los españoles no habían
aprovechado su victoria de Cancha Rayada y, en vez de reiniciar el avance y
tomar Santiago cuanto antes, habían demorado prudentemente la marcha. Al
enterarse de que habían cruzado el río Maipú y habían acampado sobre su margen,
San Martín decidió darles batalla allí. Envió el grueso del ejército hacia ese
lugar y, antes de partir personalmente, le pidió a Guido que viajara hacia
Valparaíso, para resolver la compra y el armado de la fragata Windham que
había enviado Álvarez de Condarco desde Londres. Como al gobierno chileno no le
alcanzaba el dinero para adquirirla, Guido avaló el resto del precio en nombre
de las Provincias Unidas y la embarcación, rebautizada como la Lautaro, quedó
lista para operar.
San Martín llegó hasta el llano de Maipú, a unos
veinte kilómetros de Santiago. Se puso un poncho y un chambergo y recorrió el
lugar en compañía de un ingeniero y su ayudante O'Brien, siempre apuesto y
elegante. Hizo reubicar a su gente sobre unas lomadas, para controlar el
camino, se instaló en su campamento y se preparó para el choque.
La madrugada del domingo 5 de abril se levantó
temprano, tomó más láudano que de costumbre y salió a la intemperie. El aire
era diáfano, no había una nube y el piar de los pájaros le recordó la
apacibilidad que precede a la tormenta. A media mañana subió a una loma y desde
allí, con su anteojo de largavista, vio que las tropas españolas marchaban a
tambor batiente para ocupar la ruta. Pensó que le estaban ofreciendo el frente
y murmuró: —¡Qué brutos son estos godos! El triunfo será nuestro...
Ordenó que Las Heras los atacase desde la derecha
con tres batallones y la fusilería llenó el campo de ruidos, heridos, humo y
muertos. Los españoles respondieron con artillería y los patriotas debieron ser
reforzados con varias cargas de granaderos a caballo. Por la izquierda,
Rudecindo Alvarado atacaba con libertos y otras compañías, pero también acá la
artillería realista diezmaba a blancos y morenos. La lucha era encarnizada y
San Martín, preocupado, dejó su campamento al pie de las Lomas Blancas, avanzó
sobre el campo de batalla y buscó a Hilarión de la Quintana para darle
instrucciones. El exceso de láudano lo había adormilado y le costaba hablar
(Hilarión pensó que su comandante y sobrino político estaba ebrio), pero en
definitiva le ordenó que, al mando de los batallones de la reserva, marchase en
forma oblicua sobre su izquierda. Apoyadas por artillería, las tropas
combinadas lograron quebrar el frente español y eufóricas, comprobaron que, al
quedar divididas, las fuerzas realistas iniciaban la retirada.
Dolido todavía por la vergüenza de Cancha Rayada,
José ordenó a su caballería perseguir a los que huían y el choque produjo un
nuevo entrevero de quince minutos que culminó con una sangrienta carnicería.
Los restos realistas se refugiaron en los corrales y en la hacienda de Espejo y
levantaron bandera blanca.
Los patriotas llegaron hasta allí por un callejón
confiados en el pedido de capitulación, pero un cañonazo con metralla,
disparado desde el interior, voló la puerta y derribó a los primeros
granaderos. Los restantes, entonces, cargaron sobre el edificio y, aunque
fueron recibidos con mosquetería, masacraron a los realistas y desalojaron el
lugar. Los sobrevivientes escapaban por unos viñedos en el fondo, pero aun allí
eran alcanzados y asesinados.
Como el bagaje del ejército español estaba en la
casa, el saqueo comenzó de inmediato y hasta algunos oficiales se sumaron a la
depredación. Al cabo de algunos minutos el estruendo de las armas había sido
reemplazado por el accionar de los rapaces, mientras el lujoso casco de la
estancia presentaba un terrible cuadro: puertas y ventanas perforadas por
municiones; los pisos cubiertos de cadáveres y, en los corredores y paredes,
restos de sesos y coágulos de sangre.
Contento por su desquite contra los
"matuchos", como también llamaba burlonamente a los españoles, San
Martín volvió a caballo a su campamento. Allí vio llegar a O'Higgins, quien a
pesar de su herida en el brazo no había podido contener la ansiedad y venía a
conocer la suerte de las armas. Bernardo lo abrazó sin desmontar y le dijo:
—Su nombre no será olvidado, don José...
—General —le retribuyó pomposamente San Martín es
su apellido el que perdurará... Más de mil quinientos muertos habían quedado
desparramados sobre el campo. Los dos generales y sus ayudantes se dirigieron
al atardecer a la hacienda de Espejo. Se sentaron en la galería y bebieron con
entusiasmo un vino de Jerez. Entonado por la victoria y la bebida, San Martín
tomó la pluma y, sobre esa misma mesa, escribió:
Acabamos de ganar completamente la acción. Nuestra
caballería los persigue hasta concluirlos. La patria es libre.
Al regresar a Santiago fueron recibidos con
alborozo. Funcionarios, comerciantes, sacerdotes y relaciones concurrían a
felicitar a San Martín al Palacio Episcopal. José disfrutaba del momento, pero
una visita sorpresiva lo sacó del bienestar en que se movía para traerle una
enojosa cuestión: una mujer desesperada venía a pedirle por la vida de su
marido. La esposa de Juan José Carrera le dijo que su esposo y su hermano Luis
estaban a punto de ser condenados a muerte en Mendoza acusados de perturbadores
y le suplicó su intercesión.
Aunque muy desagradado, el general le dijo que se
interesaría ante O'Higgins y así lo hizo. Pero al día siguiente llegó la
noticia de que los Carrera ya habían sido ejecutados.
San Martín no tuvo lástima de ellos y se alegró de
que hubieran muerto, pero le quedó un regusto amargo al pensar en la reacción
que podrían tener sus partidarios. No se equivocó: la facción carrerista desató
una intensa campaña de oposición y una nutrida manifestación encabezada por
Manuel Rodríguez pidió que el Cabildo se hiciese cargo del gobierno, hasta
tanto se reuniese un Congreso de las Provincias. En respuesta, O'Higgins ordenó
detener a Rodríguez, pero hizo saber a sus partidarios que estaba dispuesto a
hacer concesiones.
Capítulo XIII
Entre Santiago y Mendoza
(1818—1819)
José resolvió partir de nuevo a Buenos Aires, pues
quería aprovechar la euforia del triunfo para conseguir los fondos necesarios
para la expedición a Lima. Salió en birlocho hasta Los Andes y cruzó en mula la
cordillera, guiado por sus baqueanos favoritos. Al entrar en la alameda de
Mendoza lo esperaban grupos de vecinos entusiasmados, quienes lo acompañaron
hasta el centro. Resolvió dormir en la casa de su amigo Manuel Ignacio Molina,
sobre la plaza principal, y fue agasajado por el gobernador Luzuriaga con un
banquete seguido de baile.
Llegó a Buenos Aires con los primeros fríos, entró
a la ciudad de madrugada y se dirigió directamente a la casa de sus suegros,
donde se reencontró con Remedios y su hija Mercedes. Tras los meses de
alejamiento y con la alegría del triunfo, hizo el amor con su esposa y, en el
momento del placer, le pareció que entraba en una distensión infinita.
Al despertarse miró a Remedios, todavía dormida
sobre las blancas sábanas de hilo. Unos tenues rayos de sol penetraban por los
resquicios de los postigones y formaban oblicuas columnas de luminoso polvo. La
vio muy bella pero también intensamente pálida y se sobresaltó con un mal
presentimiento. Al mediodía su cuñado Manuel —que había traído el parte de la
batalla de Maipú— le confirmó la mala noticia: el médico había diagnosticado
que estaba tísica. En las semanas previas ella había estado en San Isidro con
Nieves Spano (la mujer de Tomás Guido) y había concurrido a los bailes y comido
mucho para adquirir color, pero no lo había logrado. Quedó deprimido por la
sorpresa y experimentó una sensación de rebeldía.
* * * *
Mercedes ya caminaba y además, por enseñanza de su
madre, balbuceó la palabra "papá". José sintió una enorme ternura,
mezclada con orgullo.
Le había pedido a Pueyrredón que evitara las
"bullas y fandangos", pero asistió a una reunión del Congreso —que se
había trasladado desde Tucumán— en la que se le dieron las gracias por la
victoria de Maipú. El cuerpo le obsequió una propiedad inmueble sobre la Plaza
de la Victoria, al lado del Cabildo, y le otorgó una pensión de 600 pesos
mensuales a su pequeña hija. El director supremo, a su vez, lo había
recompensado ascendiéndolo al grado de brigadier general con su correspondiente
sueldo.
Pueyrredón lo invitó a pasar unos días en su chacra
de Bosque Alegre, en San Isidro, y aceptó de buen grado, ya que allí podrían
conversar con tranquilidad. La casa era una bella construcción con patio
interior ornado de naranjos y una galería con plácida vista sobre el enorme Río
de la Plata, más allá de los cañaverales. En las mañanas soleadas salían a
cabalgar por los alrededores, donde algunos ombúes prodigaban sus tímidos
resplandores, o caminaban por el jardín, con frondosas y armónicas tipas y algunos
nogales. A la tarde solían sentarse bajo un algarrobo que los albergaba; hasta
que José advertía que las aguas tomaban un tinte gris violáceo y el viento frío
les recordaba que estaban en invierno. Se refugiaban entonces en la sala,
entibiada por una chimenea, a veces acompañados por otros miembros de la logia,
que llegaban en sus carruajes desde la ciudad para participar de las
deliberaciones, que se amenizaban con café de yungas, cigarros y algún licor.
La cena solía ser exquisita, pues la casa contaba con un cocinero francés.
San Martín le explicó a su anfitrión que sin una
flota naval bien equipada y sin una poderosa ayuda económica, no era posible
llevar el ataque militar hasta Lima. Juan Martín le respondió que la situación
financiera de su gobierno era muy ajustada, por no decir penosa, y que en
general la gente se había desinteresado de la guerra, pero de todos modos le
prometió contraer un empréstito por 500.000 pesos para solventar la expedición.
Cuando su visitante regresó a Buenos Aires,
Pueyrredón lo despidió con una afectuosa recomendación:
—Debe usted abandonar el opio, don José.
—Temo morir si lo dejo. Pero —condescendió con una
sonrisa— le prometo que sólo lo tomaré en los accesos de fatiga...
Resolvió quedarse en Buenos Aires hasta conocer el
resultado de la contratación del empréstito. Desde Santiago le informaron que
Manuel Rodríguez había intentado fugarse de su cautiverio —mientras lo
trasladaban a Quillota— y el jefe de la custodia lo había asesinado de un
pistoletazo. Comprendió que había sido ejecutado por "aplicación de la ley
de la fuga" y no se sorprendió de su trágico fin.
José Miguel Carrera, a su vez, había desatado desde
Montevideo una fuerte campaña de protesta por la muerte de sus hermanos. Una
encendida proclama acusaba de criminales a O'Higgins, San Martín y Pueyrredón:
Ved aquí a sus bárbaros asesinos. El cobarde y
afeminado gobernador Luzuriaga no actuó sino como verdugo de estos monstruos
sanguinarios y ya no tiene Chile otros enemigos que estos viles opresores. La
sangre de los Carrera pide venganza.
San Martín sintió el golpe y resolvió emitir un
extenso manifiesto para aclarar su situación. Expresó que él se había excusado
de participar en el proceso penal e incluso había pedido clemencia a O'Higgins,
pero no ocultó su pésima opinión sobre los Carrera:
Repito no haber tenido parte en la ejecución de sus
hermanos, pero si me hubiera hallado de gobernador de Mendoza mucho antes lo
hubieran sido.
Con relación a la antigua acusación de despotismo
sobre los chilenos, se defendió contraatacando:
El señor don José Miguel Carrera me permitirá haga
un paralelo entre su conducta y la mía: él perdió por su culpa el estado de
Chile y yo por dos veces he ganado su libertad. Él ambiciona dominar a su país,
como si fuese un vinculo de su propiedad, y .yo no deseo más que verlo libre e
independiente.
Ya en pleno invierno, al saber que el empréstito
había sido comprometido, resolvió marchar hacia Mendoza con Remedios y
Mercedes, que estaba a punto de cumplir los dos años. Partieron en galera y
tuvieron un buen viaje, pese al intenso polvo de los caminos, que José temió
pudiera afectar el pecho de su esposa, quien se abrigaba con una mantilla de
lana.
Se instalaron en la finca de Los Barriales, que
había hecho construir sobre los terrenos que el Cabildo les donara. Amueblaron
la sala con sillones y una mesa inglesa de palo rosa, enchapados en bronce, y
vistieron el piso con una alfombra de Bruselas. Sobre una de las paredes, el
general colgó una miniatura de sí mismo, rodeada de dos grabados con las
figuras de Napoleón Bonaparte y Lord Wellington, dos militares muy admirados
por él. En su dormitorio puso un armario también de palo rosa, donde guardó su
colección de veinte fusiles y rifles y la infaltable botella con el láudano de
la madrugada y de algunas otras horas. Como la cordillera estaba cerrada por la
nieve, se entretuvo ocupándose en las labores de la chacra: la cría de caballos
y los preparativos para la siembra del trigo.
Contento con el disfrute de su propiedad, resolvió
adquirir también dos solares sobre, la alameda. Firmó las escrituras con gran
satisfacción y, de regreso en Los Barriales, compartía buenos momentos con
Remedios y gozaba de las primeras frases de su hija. En uno de esos atardeceres
de invierno, su esposa le hizo saber que había quedado otra vez embarazada.
José se alegró, pero también se preocupó por lo que esto podría significar en
la salud de Remedios, ya que la veía toser cada vez con mayor frecuencia.
Desde Santiago, empezó a recibir noticias
inquietantes: Guido y O'Higgins tenían desavenencias (se sospechaba que por
intrigas de Bernardo de Monteagudo) y la situación había derivado en un serio
conflicto político. Envió cartas a ambos exhortándolos a superarlas y les pidió
que no agravaran las cosas y esperaran su arribo.
Por otra parte, las noticias de Buenos Aires
tampoco eran buenas: Pueyrredón le comentaba que no podía completar el
empréstito porque los comerciantes ingleses y demás mercaderes habían
postergado su cumplimiento. Además, le expresaba que debía distraer parte de
esos fondos para financiar una nueva campaña contra los rebeldes gobernantes de
Santa Fe.
José se indignó y se sintió defraudado como amigo y
como jefe militar. Envió su renuncia al director supremo y, en charla con
Remedios, le dijo que no quería ser el juguete de nadie y que quería preservar
su honor.
La logia se reunió en Buenos Aires, con la
presencia del representante del gobierno chileno, Miguel Zañartu, y se
consideró la situación. Los "hermanos" se manifestaron sorprendidos
porque creían que el dinero había sido recolectado y se decidió seguir adelante
con el empréstito. Pueyrredón le escribió a San Martín para decirle que estaba
dispuesto a embargar y expulsar del país a los comerciantes ingleses que no
cumplieran sus obligaciones y lo exhortó a que se "dejara ahora de
renuncias".
* * * *
Una mañana le avisaron en su finca que lo buscaba
"un señor de Buenos Aires". Lo hizo pasar a la sala: se trataba de
Julián Álvarez, quien venía como enviado de Pueyrredón y se encontraba de paso
hacia Chile. Le contó que el gobierno de las Provincias Unidas había enviado un
representante al Congreso de Aix—La—Chapelle, que reunía a los monarcas de los
países europeos, con el objeto de solicitarles el reconocimiento de la
independencia y hacerles saber la intención de organizarse como una monarquía
constitucional, con la coronación de algún príncipe de Europa.
—Nuestro deseo, don José —explicó Álvarez— es que
usted le anticipe a O'Higgins nuestro pedido de que Chile se una a nuestra
gestión.
San Martín escribió de buen grado al director
chileno y lo interesó en el tema. Bernardo aceptó el pedido, pero no unificó la
representación sino que designó a un delegado propio para actuar en el viejo
continente.
* * * *
Abierta ya la cordillera, José resolvió partir
hacia Santiago. No quería llevar a Remedios y a Mercedes por la mala salud de
su compañera y, además, porque en los momentos en que se hacía necesaria la
actuación intensa, se sentía más cómodo sin su familia.
El día anterior a su partida, Remedios tuvo un
aborto espontáneo y perdió su embarazo. San Martín lo lamentó, pero también
tuvo una sensación de alivio, ya que algo le decía que no estaba en condiciones
para otro parto. Esta vez le costó despedirse, pues dejaba a su esposa en cama,
no la veía bien y, por primera vez en su vida, había sentido el placer de tener
su propia casa.
* * * *
Durante el cruce de los macizos andinos, mientras
su mula lo conducía casi espontáneamente por valles y desfiladeros en jornadas
diáfanamente primaverales, pensó en su mujer y en su pequeña hija. Pero al
llegar a Santa Rosa de los Andes y seguir en el birlocho hasta Santiago, su
pensamiento estaba ya en las dificultades de la campaña hacia el Perú.
Se alojó de nuevo en el Palacio Episcopal y, esa
misma noche, Guido le confirmó algunas buenas noticias: estaban actuando ya en
el Pacífico los nuevos barcos que, comprados por los representantes en
Inglaterra y Estados Unidos (Álvarez Condarco y Manuel Aguirre), constituían la
armada chilena. Una de las fragatas había sido rebautizada como San Martín y la
otra como O'Higgins. Y estaba a punto de arribar a Santiago un famoso marino
inglés con fama de buen científico y a la vez de aventurero, que había sido contratado
en Gran Bretaña para comandar la flota: Thomas Alexander Cochrane, décimo conde
de Dundonald.
Pero también las había malas: se había descubierto
que dos mercenarios franceses venían a Santiago con el propósito de asesinar a
O'Higgins y San Martín, al parecer enviados por José Miguel y Javiera Carrera.
Aunque los sospechosos fueron detenidos y condenados a muerte, ello demostraba
que la oposición carrerista estaba firme y activa.
Por otra parte, la posición de O'Higgins se había
tornado delicada. A raíz de las demandas de los carreristas, acababa de
constituirse un Senado, cuyos integrantes limitaban al director y no veían con
buenos ojos que se siguieran imponiendo contribuciones para sostener a la
escuadra y al ejército de los Andes. En el sur, además, se habían levantado en
armas los hermanos Francisco de Paula, José y Juan Francisco Prieto,
titulándose "Protectores de los Pueblos Libres de Chile", con
denominación que recordaba la del líder oriental José Gervasio de Artigas.
El mismo Bernardo, cuando José lo visitó en su
despacho, le explicó que, paradójicamente, a raíz del dominio que ahora tenían
del Pacífico Sur, los miembros del Cabildo y los senadores sentían que el
territorio chileno estaba resguardado y no veían ninguna necesidad de realizar
nuevos gastos para invadir el Perú.
—En realidad, don José —añadió el director—,debo
admitir que en algo tienen razón: las arcas de nuestra tesorería están
exhaustas y estamos al borde de la bancarrota. El general se retiró molesto con
la situación. Cada vez que las cosas parecían encaminarse, algún factor nuevo
complicaba los objetivos. Conversó con Guido sobre el tema y dictó a su
escribiente una carta para Pueyrredón:
Creo de mi obligación y en descargo de toda
responsabilidad hacer a V. S. presente que la conducta que observo en el
gobierno chileno no es adecuada al agradecimiento que debía tener al ejército
Unido, como al plan de operaciones para atacar al enemigo en Lima.
He pedido un aumento de tropa para tener disponibles 6.100 hombres para la
expedición, pero no tengo la menor esperanza de que se verifique. En cuatro
meses no he recibido un solo recluta ni he sido socorrido con un solo real.
Recibió el nuevo año preocupado por el futuro y
decidió reunificar el ejército de los Andes en Curimón, sobre la ruta que
llevaba a la cordillera. Escribió nuevamente a Buenos Aires y les informó que
el gobierno chileno seguía sin fondos, por lo que solicitaba se le enviase
dinero o se ordenase el repase de la cordillera hacia Mendoza, con el riesgo de
deserción (pues muchos soldados eran chilenos) o de que estallase la anarquía a
su partida.
Aunque disfrutaba de un verano radiante y benigno,
con días claros y noches frescas, se encontraba nervioso, agitado. Recibió
noticias de que los caudillos de las provincias litorales habían logrado cortar
las comunicaciones con Buenos Aires, por lo que se había ordenado a Belgrano
que marchase con su Ejército del Norte sobre Santa Fe.
A los pocos días le informaron que los jefes
españoles que estaban prisioneros en San Luis se habían sublevado e intentaron
huir, pero habían sido fusilados.
Empezó a pensar que había — una conexión
conspirativa entre los jefes montoneros del litoral, los carreristas chilenos
incitados desde Montevideo por José Miguel, y los presos realistas. Además de
frustrado por las demoras en su plan, se sintió perseguido y amenazado.
Resolvió viajar a Mendoza para impedir que la
rebelión de las provincias litorales llegase hasta Cuyo y, de ser necesario,
marchar hasta Santa Fe para contribuir a sofocar la anarquía. Antes de partir,
le escribió a O'Higgins:
Mi amigo, vamos claro: si usted quiere que se
mantenga el orden en este país, mande por precaución a todos los carreristas a
la isla de Juan Fernández. Si han echado mano de los españoles europeos para
sus fines, está visto que todo les importa menos que la independencia de la
América. Ojo al charqui y prevenirse con toda actividad.
Al entrar en Mendoza fue directamente a su finca de
Los Barriales. Su pequeña Mercedes lucía encantadora, pero encontró a Remedios
muy delgada y macilenta. Tosía continuamente y se la veía muy débil. Cuanto más
enferma estaba, más trataba de salir y divertirse, buscando una vida que se le
escapaba desde el pecho. José sintió dolor al verla y también se mortificó al
saber que circulaban en la ciudad comentarios malévolos, que afirmaban que la
reciente degradación y destierro de dos jóvenes oficiales se debía a la
estrecha relación que habían entablado con su esposa. Pensó que sería
conveniente enviar a esta desgraciada muchacha a su casa paterna en Buenos
Aires, pero los caminos seguían cortados en Santa Fe.
Partió triste hacia San Luis, en donde aprobó el
rigor que Bernardo de Monteagudo había aplicado a los prisioneros realistas que
intentaron fugar. Visitó sin embargo al joven oficial Ordóñez, hijo de uno de
los jefes fusilados: atenuó las condiciones de su detención y le recordó que su
padre había sido uno de sus camaradas próximos en España.
Recibió allí una orden de Buenos Aires: se le hacía
saber que el ejército de los Andes debía repasar la cordillera y ubicarse en
Mendoza, a los efectos de ser utilizado para repeler una posible invasión de
tropas realistas que vendrían desde España hasta el Río de la Plata. Regresó a
Mendoza y, apenado, le envió un oficio a su jefe de estado mayor para ordenarle
que trajese los primeros 1.200 hombres. Decidió escribirles a los caudillos del
litoral, en la esperanza de que, ante la amenaza que se cernía desde la
península ibérica, desistiesen de sus resistencias hacia el gobierno central.
Al gobernador de Santa Fe, Estanislao López, le decía:
Unámonos, paisano mío, para batir a los maturrangos
que nos amenazan. Divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro de que los
batiremos.
Y al jefe oriental, Artigas, le manifestaba:
No puedo ni debo analizar las causas de esta guerra
entre hermanos. Pero sean cuales fueren las causas, creo que debernos cortar
toda diferencia y dedicarnos a la destrucción de nuestros crueles enemigos, los
españoles. Cuando no tengamos enemigos exteriores, sigamos la contienda con las
armas en la mano. Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas,
como éstas no sean a favor de los españoles y su dependencia.
Al saber que el camino hacia Buenos Aires se había
liberado, resolvió que Remedios y su hija partieran en la diligencia. Su mujer
estaba muy débil y la despidió con pesadumbre. A prudente distancia, en otro
carruaje, partió un féretro liviano, por si las circunstancias lo hacían
necesario en el camino.
Se acongojó aun más cuando recibió carta de
Pueyrredón, quien le expresó su fuerte disgusto por su iniciativa de mediación
ante López y Artigas. Lejos de necesitar padrinos o mediadores —se quejaba
celoso— lo que tenemos que hacer es imponer la ley a los anarquistas.
En Chile, mientras tanto, la noticia del inminente
regreso del ejército de los Andes provocó inquietud, pues pensaron que el
virrey del Perú podría aprovechar la circunstancia para enviar una invasión. La
logia se reunió en Santiago y se resolvió apoyar la expedición a Lima, la que
debía contar con cinco mil hombres.
O'Higgins y Guido le comunicaron la buena nueva a
San Martín, pero no lograron sacarlo del escepticismo y el desaliento. En carta
a Tomás, se permitía dudar:
Mi amado amigo: usted me confirma, decretada la
expedición. Pero he visto tantos decretos no cumplidos que desconfío de todos
ellos. ¿Usted ha visto cumplir algún acuerdo por parte de los amigos de ésa?
Desde Buenos Aires, recibió una mala noticia: se le
ordenaba mandar todas las tropas que ya tuviese en Mendoza hacia Tucumán, para
ponerlas bajo el mando del jefe del Ejército del Norte, quien temía una
invasión realista desde el Alto Perú.
Se amargó al sentirse una vez más desplazado y
traicionado y le expresó a Guido su desencanto:
El ministro Gregorio Tagle ha tenido un modo
sumamente político de separarme del mando del Ejército. Sea lo que fuere yo no
haré más que obedecer, lavar mis manos y tomar mi partido, el que ya está
resuelto. Dije a V. en mi anterior que mi espíritu había padecido lo que V. no
puede calcular; algún día lo pondré al alcance de ciertas cosas y estoy seguro
dirá V. nací para ser un verdadero cornudo, pero mi existencia misma la
sacrificaría antes de echar una mancha sobre mi vida pública que se pudiera
interpretar por ambición.
Envió nuevamente su renuncia al mando del ejército
de los Andes y, en las semanas siguientes, empezaron a llegar los escuadrones
que venían desde Chile a cargo de Rudecindo Alvarado, Mariano Necochea y su
cuñado Manuel Escalada. Éstos lo visitaron en Los Barriales, le expresaron su
solidaridad y le dijeron que no estaban dispuestos a marchar al norte.
San Martín le escribió a Pueyrredón, le notificó
esta posición de los jefes y añadió que contaban con su respaldo.
Se quedó muy preocupado por su actitud de rebeldía
y empezó a sentir dolores en el ano. Sus viejas hemorroides —lo comprobó—
habían vuelto a manifestarse. Desde Fraile Muerto, en Córdoba, el general
Manuel Belgrano compartía sus experiencias íntimas y le aconsejaba: "Yo me
he liberado de las almorranas habiendo aprendido a introducírmelas por medio de
unto sin sal o del sebo, después de haber obrado en agua templada".
Los primeros fríos habían llegado cuando recibió
carta del director supremo: lo invitaba a viajar a Buenos Aires para zanjar las
diferencias.
Le respondió que le sería imposible partir durante
el invierno, pues el clima húmedo de Buenos Aires atrasaría su salud
extraordinariamente. Permaneció otra vez desasosegado por su propia conducta,
las hemorroides se le complicaron y le surgió una fistula muy dolorosa. Se
sentía inquieto, casi angustiado, y debió guardar cama por varios días. Hasta
para dormir debía permanecer de costado o boca arriba, para evitar el dolor.
Cuando se enteró de que Pueyrredón había presentado
su renuncia, experimentó un gran alivio. Como había sucedido anteriormente con
Alvear, su conflicto con el director supremo se había resuelto a su favor
mediante la impensada renuncia de éste. Se acordó del miedo que había tenido en
sus años de cadete, cuando un superior lo denunció por "vicios
solitarios" y durante meses estuvo aterrado pensando que su padre iba a
enterarse de esa falta, hasta que la situación se resolvió sola.
Recuperó el entusiasmo sobre el proyecto de marchar
al Perú y se dirigió al gobierno de Buenos Aires: le pedía autorización para
pasar a Chile y servir allí con el grado de brigadier que le había sido
conferido por ese Estado, por lo que renunciaba al cargo que tenía en las
Provincias Unidas.
Pero el nuevo director supremo, el general José
Rondeau, le escribió que la expedición militar española estaba a punto de
partir desde Cádiz y le solicitó que viajara a la capital para colaborar en la
organización de la defensa.
San Martín no quería marchar a Buenos Aires. É1
mismo no entendía bien las razones: no sabía si era porque no tenía ganas de
ver a Remedios o porque intuía que ello iba a complicarlo en la política
interna y lo iba a alejar de la expedición a Lima. La situación lo tenía
literalmente enfermo y empezó a sentir intensos dolores en manos y pies. El
médico le diagnosticó reumatismo y permaneció en cama, en su finca, por más de
once días.
Se le ocurrió escribirle a O'Higgins, para pedirle
que enviara la flota chilena al Atlántico, para contener la invasión
peninsular:
El destino de la América, del Sur está pendiente de
Usted. No hay dudas de que si la expedición que viene a tocar Buenos Aires está
fuerte de dieciocho mil hombres, al sistema se lo lleva el diablo. El único
modo de libertarnos es que esa escuadra parta sin perder momento a destrozar
dicha expedición.
Se me llama con la mayor exigencia a Buenos Aires, pero no partiré hasta
recibir su contestación. Le ruego por nuestra amistad no me la demore un
momento.
Pero tanto Bernardo como el almirante de la armada,
Lord Cochrane, estimaron que los barcos chilenos no podían dejar el Pacífico
hasta tanto no destruyeran la flota realista asentada en Lima, de modo que este
proyecto no pudo materializarse.
No tuvo más remedio que iniciar su viaje a Buenos
Aires. Partió desganado y volvió a sentir los dolores reumáticos, pese a que la
primavera cuyana había llegado con su aire seco y jornadas soleadas. Hizo
detener la galera en San Luis y decidió guardar unos días de reposo. Allí
recibió carta de Rondeau, quien le comunicaba que la invasión desde España
estaba suspendida y que, disipado ese peligro, podía pensarse nuevamente en la
expedición a Lima. Lo invitaba a seguir a Buenos Aires para conversar personalmente
esta posibilidad.
Reinició su viaje con más optimismo, pero sin mayor
entusiasmo. Al llegar a la posta del Sauce, cerca de la frontera con Córdoba,
le avisaron que los montoneros habían vuelto a cerrar los caminos. No lo
lamentó y decidió regresar a Mendoza. Allí se sentía en su casa e intuía que
estaba más próximo, no sólo en sentido geográfico, de Chile y el Perú.
Marchó hacia Tumuyán a tomar unos baños termales,
pero no sintió mucha recuperación. Al volver, se encontró con un oficio del
gobierno de Buenos Aires que le ordenaba trasladarse hacia allí con toda su
caballería. Se le indicaba que si las montoneras santafesinas o entrerrianas le
impedían el paso, debía batirlas con vigor y hostilidad.
Se reunió en su casa con Toribio de Luzuriaga y
Rudecindo Alvarado para conversar sobre el tema.
Así —reflexionó el general— a la expedición al Perú
se la lleva el diablo. Ha llegado la hora de las decisiones...
San Martín se quedó varios días en su casa acuciado
por las dudas. Una mañana se decidió. Le escribió a Rondeau y le dijo que
estaba reuniendo caballadas, pero redactó otra carta a O'Higgins en la que
desnudó su voluntad:
No pierda un solo instante en avisarme el resultado
de la expedición de Lord Cochrane, para que sin perder un momento marche con
toda la división a ésa, excepto un escuadrón de granaderos que dejaré en San
Luis para resguardo de la provincia. Se va a descargar sobre mí una
responsabilidad terrible, pero si no se emprende la expedición al Perú todo se
lo lleva el diablo.
A los pocos días le llegó la información de que en
Tucumán había habido una revolución que había derrocado al gobernador y
detenido al general Belgrano. El gobierno provincial había sido asumido por
Bernabé Aráoz.
San Martín se sintió muy afectado por esta noticia,
pues se daba cuenta de que el gobierno nacional necesitaba su intervención para
detener la anarquía interna, que cada vez se extendía más. Volvió a sufrir
dolores reumáticos y decidió reposar unos días en San Vicente, un campo próximo
a la capital. No mejoró. Por el contrario, se le sumaron accesos de asma, que
lo obligaron a guardar cama.
Rudecindo Alvarado lo visitó una mañana en su lecho
de enfermo y le comentó las novedades:
—Parte del Ejército del Norte se ha sublevado en
Córdoba., don José, y nos parece que en Cuyo está por pasar lo mismo. Creemos
que usted debe marcharse pronto…
* * * *
Ante el silencio de San Martín, Alvarado le pidió a
Luis Beltrán, el director del parque de artillería, que hiciese construir una
camilla para hacer cruzar la cordillera en andas al general.
Rondeau, que ya estaba en el litoral combatiendo a
los rebeldes, volvió a pedirle que marchase hacia allí con granaderos e
infantes para reforzarlo, pero José estaba dispuesto a continuar con su
decisión de desobedecer las órdenes y marchar a Santiago y al Perú.
Pasó la Navidad en el lecho y, al día siguiente,
dictó a su escribiente una carta a Rondeau:
En vano han sido mis continuas reclamaciones a V.
E. por el espacio de tres años para que me concediese la separación del mando
del ejército con el objeto de recuperar mi salud. Ya no es necesaria, nueva
reclamación, pues mi postración absoluta me hace separarme de este encargo. Si
V. E. no nombra a otro general, el ejército está expuesto a su disolución.
Pasado mañana marcho para los baños de Cauquenes, y aunque con ellos
experimente alguna mejoría en mis dolores reumáticos, mi enfermedad al pecho no
me permitirá por mucho tiempo dedicarme a trabajo alguno.
Alvarado y Mariano Necochea vinieron a buscarlo a
San Vicente con sesenta hombres para que condujeran la camilla. San Martín hizo
un esfuerzo y se levantó de su lecho, se abrigó con su levita azul, dio la mano
a sus jefes como despedida y partió en un birlocho hasta las primeras
estribaciones. Pálido y agobiado por la decisión asumida, allí se acostó sobre
las angarillas e inició el ascenso por quebradas y valles que, mirados desde
abajo, parecían desplazarse al compás de los movimientos de los camilleros. Iba
acompañado por su médico Guillermo Collisberry, el mismo que lo había atendido
hacía seis años en Tucumán. La posibilidad de poder marchar al Perú lo alentaba,
pero se sentía preocupado por haber tenido que abandonar a un gobierno con
tantas dificultades.
Capítulo XIV
La traición a Buenos Aires
(1820)
El cruce de la cordillera fue largo y penoso. Al
llegar a Los Andes abordó un birlocho y, al acercarse a Santiago, se encontró
en Huechuraba con Bernardo O'Higgins, quien había salido a recibirlo acompañado
por funcionarios y allegados. El gesto del director supremo le levantó el ánimo
y llegó a su residencia del Palacio Episcopal con mejor semblante.
Cauquenes, para interiorizarse de la situación
local. Bernardo le hizo saber que todo marchaba bien: el Senado había aprobado
la expedición sobre Lima, la que contaría con seis mil hombres, un parque de
artillería, un hospital y una caja con dinero para pagar tres meses de sueldo
al ejército. También había resuelto designar a San Martín como general de los
ejércitos unidos.
Recibió carta de Rondeau desde Buenos Aires, en la
que le comunicaba que se le había concedido la licencia para recuperar su salud
en las termas y se lo confirmaba como jefe del ejército de los Andes. Esto le
dio un gran alivio, pues desde su salida de Mendoza se había sentido culpable
en relación con el gobierno de las Provincias Unidas y más esperaba una
reprimenda que una ratificación.
Desde Cuyo, en cambio, las noticias eran malas: el
batallón de cazadores de San Juan se había sublevado y el gobernador Luzuriaga
había enviado a Rudecindo Alvarado a someterlo.
Por otra parte, mientras se desplazaba desde
Córdoba hacia Buenos Aires, el Ejército del Norte se había amotinado en la
posta de Arequito y se negaba a reprimir a los caudillos del litoral. La
situación del gobierno nacional, por lo tanto, era prácticamente insostenible.
Marchó hacia los Cauquenes preocupado por los
sucesos en las Provincias Unidas, pero dispuesto a continuar con los
preparativos de la expedición al Perú.
Los baños estaban al pie de la cordillera. Aunque
el edificio no era lujoso, sino casi conventual, el lugar le pareció
maravilloso y fue sólo llegar y sentirse mejor. El río discurría al fondo de un
profundo acantilado y el rumor de las aguas golpeando contra las piedras le
sonó como una música vibrante que armonizaba con el cielo plomizo. El día gris
no opacaba el paisaje boscoso tachonado de encinas, boldos, pinos que le
recordaron a los de Portugal, y unos árboles que no conocía y que le dijeron se
llamaban peumos.
Disfrutó tomando baños en unas piletas que se
renovaban con las humeantes aguas de tres vertientes y empezó a comer con más
apetito. Le escribió a Guido para pedirle le enviara unas docenas de cajones de
vino de Madeira, que compartió con profusión durante los almuerzos y cenas con
su médico, el doctor Diego Paroissien. Allí recibió la noticia de que Lord
Cochrane, que ya había fracasado en dos anteriores excursiones navales sobre el
Valdivia, en el sur de Chile, de donde había expulsado a los españoles.
También se enteró de que Rondeau había sido vencido
en Cepeda por las tropas santafesinas de Estanislao López y las entrerrianas de
Francisco Ramírez. El gobierno nacional había desaparecido y Manuel de
Sarratea, luego de asumir como gobernador de Buenos Aires, había firmado con
sus colegas un pacto de organización federal.
Los miembros de la logia de Buenos Aires y los
principales dirigentes de la ciudad culpaban de la situación al general San
Martín, y lo acusaban de haber traicionado a su gobierno y de negarse a
combatir contra los montoneros de las provincias litorales.
Trató de disipar los pensamientos culposos sobre
los hechos en las Provincias Unidas y se dio cuenta de que, en la medida que lo
lograba, los baños termales le sentaban cada vez más. Ya casi sin dolores
reumáticos, envió una orden a su jefe de estado mayor, el coronel Juan Gregorio
de Las Heras, para que trasladara al ejército de los Andes desde Curimón hacia
Rancagua.
Se dio el último baño y regresó muy mejorado a
Santiago. Se instaló nuevamente en el Palacio Episcopal y O'Higgins le Valdivia
e invocando su famoso antecedente del triunfo europeo en Aix Road nada menos
que ante la flota de Napoleón, que le había valido ingresar a la orden
británica del Baño, había propuesto al Senado comandar una expedición al Perú.
Su proyecto consistía en marchar con cuatro buques y dos mil hombres sobre
Guayaquil, a fin de iniciar la campaña desde el norte. San Martín y el resto de
la tropa viajarían después en otro convoy, por lo cual el general sintió que se
lo había intentado postergar en el tiempo, en el mérito y en la jefatura y casi
no pudo ocultar su indignación.
La logia chilena, sin embargo, por influjo de
Bernardo, desestimó la propuesta de Cochrane e impuso el primitivo plan con el
comando de San Martín.
Se sintió respaldado por las autoridades chilenas,
pero seguía sin sentirse cómodo en relación con lo que había sucedido con el
disuelto gobierno de las Provincias Unidas. Conversó sobre el tema con su amigo
Guido y redactó un documento que luego envió a Rancagua al coronel Las Heras,
con instrucciones de abrirlo en reunión de oficiales.
Las Heras reunió en su casa a los jefes a su cargo
y les leyó el pliego recibido: San Martín les comunicaba que las autoridades de
las Provincias Unidas, de las cuales oportunamente había recibido su mando, ya
no existían. Por lo tanto, los exhortaba a nombrar un jefe para dirigirlos a
"salvar los riesgos que amenazan a la libertad de América".
Rudecindo Alvarado, que había llegado desde San
Juan con la parte del batallón sublevado que había podido rescatar, Enrique
Martínez, Pedro Conde, Mariano Necochea y otros oficiales, manifestaron que la
autoridad que había recibido el general para hacer la guerra a los españoles no
había caducado ni podía caducar, porque su origen, que era la salud del pueblo,
era inmutable.
* * * *
Contento con la consolidación de su jefatura, José
se trasladó a Rancagua para verificar en el sitio los últimos aprestos de su
ejército. Las tareas organizativas le renovaban el ánimo y le encantaban las
labores de coordinación de las distintas armas.
Como la desaparición del gobierno central de las
Provincias Unidas había dejado sin su cargo al coronel Tomás Guido, resolvió
llevarlo como edecán, a la par del doctor Paroissien. También Toribio de
Luzuriaga había renunciado como gobernador de Mendoza, de modo que lo incorporó
como general, junto con Juan Antonio Álvarez de Arenales. Bernardo de
Monteagudo fue designado secretario de Guerra y auditor, Juan García del Río
secretario de Hacienda y Antonio Álvarez Jonte auditor de Marina.
Con la llegada de los primeros fríos, el general en
jefe resolvió trasladar su ejército hasta Quillota, un lugar más próximo a
Valparaíso, que iba a ser el puerto de embarque. Antes de dejar Santiago,
realizó los últimos contratos sobre armamentos y víveres para la expedición.
Durante una reunión con comerciantes que estaban obligados a hacer
contribuciones, uno de los mercaderes le preguntó bajo qué bandera marcharía el
ejército.
—Bajo la de Chile, señor —respondió el general sin
hesitar.
Obtuvo del Senado facultades para negociar con el
virrey del Perú y para realizar consejos de guerra verbales, cuyos fallos
podría ejecutar sin necesidad de consultar al gobierno. También se lo autorizó
secretamente a exonerar al almirante Cochrane, en caso de ser necesario, a la
vez que se instruyó al Lord de que debía obedecer a San Martín.
Participó de una ceremonia de despedida en el
Cabildo y partió para Valparaíso, donde se reunió con Lord Cochrane, un
singular personaje nacido en el seno de una noble familia escocesa pero cuya
vocación democrática lo había impulsado a presentarse en Londres como candidato
del partido whig a Cámara de los Comunes. Integrante por herencia de la Cámara
de los Lores, una fallida aventura comercial sobre explotación de minas en
África lo había llevado a la ruina, fue expulsado del Parlamento y llevado preso
a la Torre de Londres. Una noche, logró escapar de su prisión y se presentó en
la Cámara de los Lores, donde pronunció un discurso en su i, defensa. Su
audacia dejó perplejos a los nobles y a la opinión pública del reino, pero de
todos modos fue reconducido a la cárcel. Inventor de una lámpara de aceite de
altas calorías para la fundición de metales, había invertido una buena parte de
su recobrada fortuna en la construcción de un barco de guerra impulsado a vapor
y en la elaboración de unos cohetes incendiarios con gases de pólvora, ideados
por su camarada, socio y amigo Lord William Congreve.
José no había simpatizado con Cochrane y alguna
vez, cuando éste hablaba presuntuosamente de su proyectado navío a vapor, había
ironizado: —Tiene muchos humos este Lord de las chimeneas...
La fuerte personalidad, el talento científico y el
renombre internacional del escocés lo constituían en un duro rival para San
Martín, quien experimentaba alguna envidia por la fama de sus hazañas
marítimas, por su fiera apostura física realzada por su rostro claro y su
cabello rubio con matices rojizos, y por su bellísima esposa, que deslumbraba a
los transeúntes de Valparaíso cuando paseaba por las calles de la ciudad,
llevando a su pequeño hijo.
Pero ahora, con el respaldo de O'Higgins y el
Senado, el general se sentía seguro y con cartas fuertes en la manga, de modo
que trató de ablandar al almirante y desechó las objeciones que éste presentaba
sobre insuficiencia de pipas para agua potable, víveres o lanchas de
desembarco.
Le gustaba el ambiente de Valparaíso. La bahía le
recordaba los colores de Málaga y el movimiento portuario y comercial le
agradaba sobremanera. Estaba excitado por la próxima partida que se había
venido demorando varios años, pero había algo en relación con las Provincias
Unidas que todavía lo mantenía desasosegado. Desde Buenos Aires le se guían
llegando informes de que lo consideraban traidor y, molesto por estas
acusaciones, resolvió redactar una proclama con reflexiones y descargos a sus
habitantes:
Compatriotas: El genio del mal os ha inspirado el
delirio de la federación. Esta palabra está llena de muerte y no significaba
sino ruina y devastación. Yo tengo motivos para conocer vuestra situación,
por—que en los ejércitos que he mandado me ha sido preciso averiguar el estado
político de las provincias que dependían de mí. Pensar en establecer el
gobierno federativo en un país casi desierto, lleno de celos y de antipatías
locales, escaso de saber y de experiencia en los negocios públicos, desprovisto
de rentas para hacer frente a los gastos del gobierno general, es un plan cuyos
peligros no permiten Infatuarse ni aun con el placer efímero que causan siempre
las ilusiones de la novedad. Si dóciles a la experiencia de diez años de
conflictos no dais a vuestros deseos una, dirección más prudente, terno que
cansados de la anarquía, suspiréis al fin por la opresión y recibáis el yugo
del primer aventurero feliz que se presente.
Hasta el mes de enero próximo pasado el general San Martín merecía el concepto
público de las provincias que formaban la Unión, y sólo después de haber
triunfado la anarquía ha entrado en el cálculo de mis enemigos el calumniarte
sin disfraz y reunir sobre mí nombre los improperios más exagerados.
Compatriotas: yo os dejo con el profundo sentimiento que causa, la perspectiva
de vuestra desgracia; vosotros irte habéis acriminado aún de no haber
contribuido a arrebatarlas, porque éste habría sido el resultado si yo hubiese
tomado una parte activa en la guerra contra los federalistas; mi ejército era
el único que conservaba su moral y irte exponía, a perderla, abriendo una
campaña en que el ejemplo de la licencia armase mis tropas contra el orden. En
tal caso era preciso renunciar a las empresa de libertar el Perú y, suponiendo
que la, suerte de las armas ante hubiera sido favorable en la guerra civil, yo
habría, tenido que llorar la victoria con los mismos vencidos.
No, el general San Martín jamás derramará, la sangre de sus compatriotas y sólo
desenvainará la espada contra los enemigos de la independencia de Sudamérica.
¡Provincias del Río de la Plata! El día más célebre de vuestra revolución está
próximo a amanecer. Voy a dar la última respuesta a mis calumniadores: yo no
puedo menos que comprometer mi propia existencia y mi honor por la causa de mi
país. Sea cual fuere mi suerte en la campaña del Perú, probaré que desde que
volví a mi patria, su independencia ha sido el único pensamiento que me ha
ocupado y que no he tenido más ambición que la de merecer el odio de los
ingratos y el aprecio de los hombres virtuosos.
Al amanecer de un frío día de agosto, la
artillería, los repuestos y los pocos caballos que se llevaban ya estaban
embarcados en los transportes surtos en la bahía. Con las primeras luces
empezaron a llegar los batallones a la plaza del resguardo, desde donde cada
compañía salía casi sin detenerse hasta una de las planchadas que las dirigía a
la lancha correspondiente. Ubicados los soldados y oficiales, unos botes
remolcaban las lanchas hasta los navíos respectivos, en medio de los gritos de
despedida y agitar de pañuelos de mujeres y parientes que quedaban en tierra.
Esa tarde, José dirigió un oficio al Cabildo de
Buenos Aires, en el que le hacía saber que, cuando se erigiera la autoridad
central de las provincias, estaría el ejército de los Andes subordinado a sus
órdenes superiores.
A la madrugada siguiente, luego de tomar su amargo
licor de láudano, se dirigió hacia la bahía y se impresionó con la vista de la
flota. El convoy de dieciséis transportes había sido dividido en tres partes
(vanguardia, centro y retaguardia), y los siete buques de la escuadra protegían
a las fragatas y bergantines rebosantes de tropas y armamentos.
Subió con sus oficiales de estado mayor a una falúa
y recorrió la bahía saludando a los buques. Lord Cochrane, a bordo de la O'Higgins, inició
la marcha, mientras José la cerraba en la nave capitana, la San Martín,
que seguía a las once cañoneras que formaban la retaguardia.
Cuando los montes con secos espinillos que
protegían al bello Valparaíso casi no se veían ya desde su cubierta, San Martín
leyó un oficio que le había entregado su amigo O'Higgins, quien precisamente
ese día celebraba su cumpleaños. Con satisfacción, comprobó que le había
expedido los despachos de capitán general de los ejércitos de la república de
Chile.
Sonriente, el flamante jefe máximo hizo agregar
esta insignia a la que ya ondeaba en su carácter de general en jefe de la
expedición al Perú, y se dirigió al comedor para tomar su primer almuerzo a
bordo. Pidió un vino de Burdeos y, levantando la copa, les dijo a sus oficiales
de confianza: —Salud señores, por el éxito de la expedición…
Capítulo XV
En el mar, con pies de plomo
(1820—1821)
El ambiente de mar y el sentirse de nuevo en
campaña le produjeron un gran bienestar. Navegaban cerca de la costa y, al
atardecer, la O'Higgins en que viajaba Cochrane hacía las señales convenidas
fijando el rumbo y las posiciones. Al amanecer se repetían las consignas y la
marcha continuaba hacia el norte sin mayores novedades.
Disfrutaba con las puestas del sol sobre el
Pacífico y, venciendo el frío, contemplaba los crepúsculos hasta el final.
Cuando el astro ya se había hundido bajo las aguas, una mancha de color ciruela
se encendía sobre el horizonte y se apagaba suavemente hasta convertirse en una
franja esmeralda, presionada desde arriba por una inmensa bóveda azul. La luna,
en esas noches, se presentaba completa y parecía explicar con su presencia las
inusuales luces del firmamento orientador.
En el puerto de Coquimbo recogieron un nuevo
batallón y, a los pocos días, los vientos y celajes anunciaron una tormenta.
Las ráfagas y las olas los sacudieron una jornada entera y, al siguiente
amanecer, la calma les mostró que la fragata Águila, con casi ochocientos
hombres a bordo, había quedado fuera de la vista del convoy. El bergantín Araucano fue
enviado en su búsqueda.
Avistaron entre la niebla el morro de Nazca y la
proximidad del arribo les levantó el ánimo. Al día siguiente entraron a la
bahía de Paracas, donde echaron anclas, pues era el lugar elegido para
desembarcar, ya que estaban a sólo tres leguas de la ciudad de Pisco.
El capitán general ordenó a Las Heras iniciar el
desembarco a la madrugada, al frente de tres batallones, cincuenta granaderos y
algunas piezas de artillería. Utilizaron botes y lanchas, además de algunas
jangadas armadas con pipas y barriles y, después del mediodía, llegaron sin
problemas a la playa. Un pequeño escuadrón realista los observaba desde la
lejanía, pero desde una goleta se hicieron algunos disparos y los vigías
desaparecieron.
Al atardecer, Las Heras partió con sus hombres
hacia el pueblo de Pisco. Desde su buque, San Martín los vio marchar a pie por
la playa, llevando sus cañones, equipos o sillas de montar a brazo. Sólo el
jefe y su ayudante iban a caballo.
A la noche, recibió un parte de su subordinado:
había entrado a la ciudad con precaución y se encontró con que estaba
abandonada. Había buscado alojamiento para la tropa para seguir al día
siguiente su reconocimiento.
San Martín se tranquilizó y se llenó de optimismo.
En los últimos meses había acentuado la guerra de zapa, es decir el envío de
espías y la difusión de proclamas liberales, y este primer hecho parecía
confirmar los informes que se le habían dado, en el sentido de que el virrey
Pezuela iba a abroquelarse en Lima.
Al día siguiente, Las Heras le envió a un anciano
que había encontrado oculto en el pueblo, quien había sido descubierto a raíz
del ladrido de algunos perros. El paisano le contó que habían recibido orden de
abandonar la ciudad al arribo de la expedición desde Chile, y que les habían
advertido que los insurgentes iban a entrar robando, matando y violando a las
mujeres, como lo había hecho anteriormente la incursión naval de Lord Cochrane.
Explicó que él, por sus achaques, había resuelto quedarse, pese a que la orden
del virrey se había impartido bajo amenaza de penarlos con la muerte.
José ordenó terminar el desembarque y, antes de que
éste finalizara, tuvieron la alegría de la llegada del Araucano, quien
venía acompañado del Águila., intacto y con su tropa completa.
La totalidad del ejército marchó hacia Pisco y, al
día siguiente, partió también San Martín. Sus tropas habían ocupado ya el
fuerte de la ciudad, la casilla del resguardo, los almacenes de la aduana y
muchos otros edificios.
Se alojó en la cómoda residencia del marqués de San
Miguel, a media cuadra de la Plaza de Armas, y se dispuso a organizar los
próximos pasos. Creó una división de vanguardia, designó a su frente a Álvarez
de Arenales y le fijó como punto de observación y de avanzada la hacienda de
Cáucato, a legua y media al norte de allí, sobre la ruta a Lima.
Exhortó a su tropa a guardar buena conducta y
respetar a la población local, fuesen españoles o americanos, bajo pena de
muerte. Y dirigió una proclama a los peruanos en la que hizo referencia a la
nueva Constitución española, que Fernando VII había aceptado y estaba a punto
de jurarse en Lima:
La nación española ha recibido al fin el impulso
irresistible de las luces del siglo, ha conocido que sus leyes eran
insuficientes para hacerla feliz. Los españoles han apelado al último argumento
para demostrar sus derechos. La revolución de España es de la misma naturaleza
que la nuestra: ambas tienen la libertad por objeto y la opresión por causa.
Pero la América no puede contemplar la Constitución española sino como un medio
fraudulento de mantener en ella el sistema colonial, que es imposible conservar
por más tiempo por la fuerza. Ningún beneficio podemos esperar de un código
formado a dos mil leguas de distancia sin la intervención de nuestros
representantes. El último Virrey del Perú hace esfuerzos por prolongar su
decrépita autoridad. El tiempo de la opresión y de la fuerza ha, pasado. Yo
vengo a poner término a esa época de dolor y humillación.
Para evitar el rechazo de los muchos e influyentes
nobles que vivían en Lima, San Martín les dirigió también un párrafo:
La voz de la revolución política de esta parte del
nuevo mundo y el empeño de las armas que la promueven, no han sido ni pueden
ser contra vuestros verdaderos privilegios.
Desde Cáucato, Arenales le informó que había
llegado un emisario del virrey de Lima y le pedía instrucciones. San Martín se
sorprendió gratamente y le dijo que lo enviara custodiado hasta su cuartel
general.
Poco después, el joven oficial Cleto Escudero se
presentaba ante San Martín ataviado con un rico uniforme. Cleto era andaluz y
de ánimo festivo, de modo que al capitán general le resultó muy simpático: lo
alojó en su propia casa y encargó a su edecán que lo atendiese y vigilase.
Escudero le explicó que, siguiendo instrucciones
del mismo monarca, el virrey Pezuela quería negociar con los insurgentes sobre
la base del dictado de la Constitución, que bien podría servir como elemento de
pacificación. Sugería al efecto una conferencia a realizarse en Lima.
José aceptó de buen grado y designó como
representantes a Tomás Guido y Juan García del Río.
Se debía realizar al día siguiente un desfile de
bandas de música de los regimientos y el emisario fue invitado a presenciarlo.
Como suponía que Cleto quería informarse sobre la dimensión de las tropas
rebeldes, el capitán general dio instrucciones de que se dividieran las bandas,
para que el enviado español pensara que había más cuerpos que los reales.
Cuando pasaron varias bandas menguadas, algunas con
sólo dos o tres pífanos y cornetas, el emisario empezó a sospechar. Y
dirigiéndose al edecán de San Martín, preguntó:
—Veinte. ¿Y ustedes?
Para no ser menos, el andaluz respondió ágilmente
con su simpático gracejo:
—Cincuenta. Y con la de la catedral cincuenta y
una...
San Martín se sonrió con la ocurrencia y se acordó
de su propia infancia en Andalucía.
* * * *
Guido y García del Río partieron por tierra para
Lima y fueron recibidos con gran expectativa. Se había preparado una residencia
y muchas exquisiteces de repostería para agasajarlos, pero el virrey se alarmó
por el revuelo provocado por la presencia de los jefes rebeldes y decidió
realizar la conferencia en Miraflores, una villa contigua a la capital. Allí
fueron instalados y cumplimentados y los delegados de Pezuela les propusieron
que las fuerzas insurrectas aceptaran la Constitución política de la monarquía
y enviaran sus diputados a las cortes. Se les ofreció que "las Provincias
Unidas de Buenos Aires y el reino de Chile quedaran con el mando de sus
actuales gobernantes" si se subordinaban al virrey o al gobierno de la
península y se les garantizó que San Martín y sus oficiales! mantendrían sus
honores, sueldos y prerrogativas para disfrutarlos en el punto de la monarquía
que más les acomodase.
Los comisionados se limitaron a firmar un
armisticio por ocho días y regresaron a Pisco, a informar a su comandante.
Muchos habitantes habían retornado a la abandonada ciudad y se habían reabierto
algunas tiendas y pulperías, con lo que se había recuperado algo de animación.
José estaba de buen humor por esta circunstancia y
recibió a los delegados cordialmente en su residencia. Los ofrecimientos del
virrey le resultaron muy prometedores, pues le I pareció ver detrás de ellos
miedo y debilidad. Conversaron sobre la situación y los instruyó en el sentido
de que rechazaran la jura de la Constitución y sostuvieran la independencia
que, de hecho, casi se había logrado en América. Se ofrecía retirar el ejército
libertador hasta el río Desaguadero y se aceptaba el envío de diputados a las
cortes para negociar con la metrópoli el posible coronamiento de un príncipe
europeo, pero con la condición de que mientras tanto se estableciera en el Perú
la libertad de imprenta.
García del Río y don Tomás partieron de nuevo a
Miraflores, pero sus contrapropuestas fueron rechazadas por los representantes
de Pezuela. Las negociaciones se suspendieron y el armisticio quedó roto.
José no lo lamentó, ya que su estrategia había
consistido en hacer pedidos extremos para conocer hasta dónde estaba dispuesto
a consentir el virrey. Además había logrado que dos de sus jefes principales
pudieran estar personalmente en Lima y recogieran impresiones sobre el estado
de la opinión en la capital del virreinato.
Estaba muy optimista, pues había logrado reclutar
en, las inmediaciones seiscientos cincuenta negros esclavos que incorporó a sus
tropas. Había surtido de aguardiente, vino y azúcar a la escuadra y a sus
fuerzas y pensaba que estaba obteniendo apoyos en la gente de todos los
niveles, disipando los malos augurios que los españoles habían formulado a su
llegada. En la vecina e importante Hacienda azucarera de Cáucato ("tierra
de los gatos", en quechua), que había sido de los jesuitas y ahora poseía
Francisco Penagos Mazo, había pernoctado varias noches y se había sentido muy
bien tratado, particularmente por las mujeres de la familia.
Ordenó a Álvarez de Arenales que partiera con un
cuerpo de 1.138 hombres y dos piezas de artillería hacia la sierra, con el
objeto de insurreccionar esa parte del país y, al doblegar allí a las tropas
españolas, cortar las comunicaciones de Lima con las fuerzas que actuaban en el
Alto Perú.
Una mañana, cuando la primavera entregaba ya sus
primeras tibiezas, le avisaron que había llegado desde Lima el marqués de San
Miguel y que quería entrevistarse con él. José lo recibió de inmediato, pues se
trataba de un joven noble, rico y prominente, con mucho prestigio en la
capital, quien era cuñado del conde de La Vega, sobrino del conde de
Lurigancho, hermano de la condesa de Viera Bella y pariente de los marqueses de
Celada y Fuente Hermosa.
—Pues bien, señor general, vengo a sumarme a sus
tropas...
—Me complace escucharlo, señor marqués. También el
marqués de Campo Ameno se ha integrado a nuestras fuerzas. Y el ejército
libertador respetará los privilegios que se concilien con la independencia...
* * * *
José deseaba reembarcar su ejército para partir por
mar hacia el norte de Lima. Su objetivo era lograr la sublevación de las
provincias del norte, esperar allí a las fuerzas de Arenales y, bloqueando Lima
y sitiándola por hambre, lograr la capitulación de Pezuela. "Casi puedo
asegurarle, querido amigo —le escribió entusiasmado a O'Higgins en Santiago—
que Lima estará en nuestro poder dentro de tres meses".
* * * *
Resolvió crear una bandera para el Perú (con los
colores rojo y blanco) y se entristeció por la rápida muerte de su camarada y
auditor de guerra, Juan Antonio Álvarez Jonte, a quien enterraron en la
catedral de Pisco.
El calor ya se hacía sentir y el capitán general
ordenó la salida hacia la bahía de Paracas. Marcharon de noche, para evitar las
insolaciones, y las operaciones de reembarco de las tropas le llevaron tres
días.
El convoy se hizo nuevamente a la vela a la
madrugada, con mucha lentitud por la falta de vientos. Navegaban a la vista de
las costas y José se admiraba de los amplios arenales, matizados a veces por
valles con sembrados y aislados caseríos. Las brisas aumentaron y entraron de
mañana a la bahía ' del Callao. Los buques de la escuadra formaron en línea a
la vanguardia, para proteger a las naves de transportes de tropas que fondearon
atrás, todos a prudente distancia como para evitar un ataque desde las baterías
emplazadas en tierra.
Aunque estaban a la retaguardia, José y sus
oficiales podían ver claramente desde la cubierta la población del Callao, el
castillo Real Felipe con sus torres y la prisión de Casas Matas, además de los
castillos laterales de San Miguel y San Rafael. Buques mercantes y de guerra
estaban apiñados en el puerto y, a lo lejos, se veían las torres de las
iglesias y los miradores de los edificios de Lima, en el centro del valle del
Rimac.
San Martín tomó sus largavistas para contemplar
mejor las casas de campo, las arboledas y plantíos, además del camino de
carril, tirado a cordel, que partía desde el puerto y llegaba a una vieja
alameda que parecía entrar por el portal grande de Lima, una ciudad amurallada.
Sintió que su gran objetivo militar y político estaba al 'alcance de la mano y
experimentó un sentimiento de ansiedad. Fijando la mirada, advirtió que
multitudes de limeños, apiñados sobre las murallas perimetrales, los
campanarios de los templos y el vecino cerro de San Cristóbal, trataban de ver
desde la distancia a la flota insurgente que llegaba desde Chile. Sintió que la
curiosidad recíproca los acercaba y se dijo que trataría de conquistar a ese
pueblo para la libertad.
Esa noche, Lord Cochrane envió una cañonera hasta
la cadena que cerraba el puerto y, desde allí, disparó una andanada de morteros
y de cohetes "a la Congreve" de los que tanto se ufanaba, hacia las
fortalezas. Desde tierra se respondió ' en el acto con una sucesión de bombas
y, por más de dos horas, el cielo se iluminó con los fuegos cruzados de
proyectiles incendiarios y granadas que pasaban entre el mar y la costa, lo que
aumentó la excitación de los integrantes de la flota insurgente.
A la salida del sol, José pudo comprobar que los
famosos cohetes de Cochrane habían incendiado unos ranchos de pescadores
contiguos al castillo de San Miguel, que aún humeaban, pero no habían impactado
en los castillos. Lamentó que no se hubieran producido más daños, pero sintió
también una especie de amarga satisfacción por el fracaso de los inventos del
orgulloso almirante.
San Martín dio a la vela hacia el norte con el
convoy de transportes, mientras el Lord y su escuadra se quedaban en el Callao
y concretaban el bloqueo sobre el puerto.
El convoy llegó al puerto de Ancón, en una bahía
con algunas viviendas de pescadores. No era un lugar apto para que el ejército
acampara, pues era un sitio seco y arenoso, pero por su proximidad con Lima
sería un buen puesto de observación.
Ordenó que desembarcara una columna con hombres de
caballería y de infantería, para que marcharan rumbo a Lima con el objetivo de
hacer arreos de ganado y regresar con nuevas caballadas. A los pocos días, un
mensajero le comunicó que esa vanguardia se había topado con un batallón de
españoles en Casa Blanca y habían resultado triunfadores.
El capitán general se alegró con la noticia y, poco
después, aparecía desde el norte una goleta de guerra española con bandera de
parlamento. La nave venía de Guayaquil y traía a dos delegados de una junta
revolucionaria que acababa de constituirse en esa ciudad.
José los recibió en la cámara de su buque, el San
Martín, y los comisionados le informaron que en Guayaquil se había
producido un levantamiento armado, cuyos dirigentes habían encarcelado a las
autoridades españolas y a más de quinientos vecinos conocidos por su oposición
a las ideas de independencia.
—El propósito de nuestra visita, señor general, es
comunicarle que nuestra provincia se pone bajo su protección...
José sonrió satisfecho, pues su propósito de lograr
pronunciamientos espontáneos comenzaba a concretarse.
Convidó a cenar con él esa noche a los delegados y,
cuando éstos le comentaron que entre los prisioneros que traían se encontraba
el general Vivero, depuesto gobernador de Guayaquil, San Martín les dijo que lo
había conocido en España y les pidió que lo invitaran también.
El capitán general se paseaba por la cubierta con
sus jefes de estado mayor cuando llegaron los invitados. En el momento de los
saludos, Vivero expresó:
—He sido presidente de Chuquisaca, comandante del
Callao y gobernador de Guayaquil. Y ahora tengo el honor de ser su prisionero,
general San Martín...
—Usted siempre ha sido un amigo de San Martín, y
por eso queda desde este momento en libertad y puede elegir la suerte que más
le acomode.
Los dos viejos camaradas se abrazaron con emoción y
pasaron todos a cenar a la cámara.
También desde el Callao le llegaron buenas
noticias: mediante un audaz golpe comando, Cochrane se había apoderado de la
fragata española Esmeralda. Armado de un puñal, un machete y dos pistolas, y
acompañado por voluntarios con los que llenó veintidós botes, el temerario Lord
escaló y abordó en el silencio de la noche el navío enemigo. Al darse la
alarma, los peninsulares se defendieron a tiros e hirieron en una pierna al
jefe atacante, quien se vendó con su propio pañuelo y siguió combatiendo. Los
españoles terminaron con ciento sesenta bajas y la pérdida de su más importante
nave, que contaba cuarenta cañones
Al día siguiente, unos marineros de un barco inglés
desembarcaron en un bote en el Callao. En el convencimiento de que estos
británicos habían ayudado a Cochrane la noche anterior, fueron asesinados sin
más trámite por los pobladores.
En Lima, por su parte, mataron a otro inglés y la
mayoría de los británicos de la ciudad tuvieron que pasar esa noche juntos, en
una casa, armados para defenderse. Éste es el odio al extranjero típico de los
españoles, pensó San Martín al enterarse. Cochrane y algunos jefes de su
ejército estaban ansiosos por atacar Lima y le pidieron que lo hiciera sin más
demoras. Pero el capitán general dispuso que el convoy siguiera todavía más
hacia el norte y llegaron hasta el puerto de El Huacho, rodeado de unas barrancas
naturales. Allí ordenó el desembarco de todas sus tropas, pues le habían
informado que el cercano valle de Huaura era el lugar conveniente para acampar
Ubicado entre las faldas de la sierra y las costas,
el valle estaba cruzado por un río y su naturaleza era generosa. Mangos,
plátanos y chirimoyos ofrecían ya sus novedosos frutos, mientras cultivos de
caña de azúcar, alfalfa o maíz mostraban la fecundidad del clima subtropical.
El calor era intenso, pero San Martín quedó
contento con el sitio, pues pensaba que se había fortificado a las puertas de
Lima y que, por el camino de la sierra, iba a arribar pronto el ejército de
Arenales, cuya marcha exitosa ya conocía. La proximidad con el mar, por otra
parte, lo conectaba con la flota y le dejaba la posibilidad de un reembarco, en
caso de que las circunstancias lo hicieran necesario.
Estableció su cuartel general en la casa del duque
de San enmarcado por galerías con columnas de roble, y su huerto posterior
sembrado con vides y durazneros.
Instaló su despacho en el primer piso, sobre la
calle, en una habitación con techo de láminas de pino traídas de Nicaragua y un
gran balcón de madera con balaústres torneados, con vista al mar y al cerro
Centinela. Un artesano cuzqueño había tallado el sillón de cedro sobre el cual
se sentaba para atender los asuntos del despacho diario.
Como alojamiento personal, prefirió la hacienda
ingenio de Manuel Zalazar Vicuña, frente a la iglesia de San Carlos. canchón de
la fábrica, a la que llegaban carros con caña de azúcar para ser molida por los
trapiches.
Se encontraba optimista y pensaba que la opinión
pública iba a seguir creciendo a favor de la independencia. "El
patriotismo es grande en estos pueblos y el entusiasmo aumenta —le escribió a
O'Higgins—. Espero un pronto y feliz resultado en la campaña, bien sea que el
enemigo venga hasta aquí o pueda obrar yo en combinación con Arena les, quien
ha entrado en Huancavelica y marcha sobre Jauja".
Recorría la zona a caballo y se llegó un par de
veces hasta San Nicolás de Supe, donde solía pernoctar en una finca azucarera.
La dueña de la estancia, Fermina González Lobatón, lo trataba con mucha
simpatía y José también empezó a aproximarse a ella, pues hacía ya meses que
estaba en campaña y extrañaba la calidez de la vida cotidiana.
Celebró el fin de año con alegría, junto con sus
oficiales de estado mayor, dado que Arenales le había comunicado que, en medio
de una intensa nevada, había vencido en el elevado Cerro de Pasco a los
españoles y dominaba ya la sierra.
Teniendo en cuenta que San Martín controlaba
también el Pacífico, contaba con Guayaquil y la provincia norteña de Trujillo
estaba a punto de insurreccionarse (según se lo había adelantado
confidencialmente su gobernador, el marqués de Torre Tagle), accedió a la
presión de sus jefes y resolvió avanzar sobre Lima.
El virrey Pezuela había apostado su ejército
defensivo en Aznapuquio, en las afueras de la ciudad. Lentamente y ya con el
apoyo de Trujillo, las fuerzas insurgentes fueron aproximándose a la capital
del virreinato. Al arribar a Chancay, a setenta kilómetros de Lima, José dio la
orden de detención y se instaló con su cuartel general en la hacienda de Retes,
cuya casa contaba con la sombra de algunos árboles. Pero la geografía había
cambiado y la mayor parte de las tropas estaban en suelo seco, con pocos pastos
y zonas prácticamente desérticas a sus espaldas.
El párroco del pueblo, un franciscano llamado
Matías Zapata, era un realista decidido, quien unas semanas antes había
predicado durante una misa que el solo apellido de San Martín era una blasfemia
y un agravio al santo de Tours.
—Habría que llamarlo solamente Martín —había
tronado el fraile—, por su semejanza con Martín Lutero, ese pérfido hereje.
Quien lo nombre como San Martín –amenazó está en pecado mortal por su
blasfemia...
Decidido a escarmentarlo, José lo hizo llevar a la
fuerza hasta su estancia, donde lo recibió sentado en su escritorio. Sin
saludarlo ni ofrecerle asiento, le espetó:
—¿Es cierto que usted me ha comparado con Lutero y
se ha atrevido a quitarle una sílaba a mi apellido?
Aterrado, el cura quiso esbozar una disculpa, pero
el general lo interrumpió:
—En castigo, le quito yo la primera parte de su
apellido. Desde hoy es usted el padre Pata, y lo fusilo sin misericordia si osa
firmar algún certificado de bautismo como Zapata.
* * * *
Un gran tierral anunció la llegada de Arenales con
sus tropas vencedoras: luchando contra el sol diurno y el frío de la noche, la
tierra yerma, el granizo cruel y el viento permanente, más el soroche que los
dejaba sin aire, en tres meses habían recorrido más de mil kilómetros por
montañas de hasta cuatro mil metros de altura. Creían haber logrado el apoyo de
muchos indígenas que los saludaban a su paso, habían sublevado cinco
intendencias y habían derrotado a los peninsulares en varios lugares.
Arenales entregó a San Martín trece banderas y
cinco estandartes y, esa noche, celebraron el encuentro con una buena cena de
carne y pescado, regada con vinos de Burdeos.
Poco después, sin embargo, José comenzó a sentirse
inquieto. Las retaguardias que Arenales había dejado en la sierra eran muy
menguadas y comenzaron a ser derrotadas y dispersadas por los españoles, de tal
modo que nuevamente lograron comunicación con los ejércitos que estaban en el
Alto Perú.
Una fuerza de más de mil soldados realistas había
alcanzado Lima desde la sierra y se esperaban nuevos refuerzos desde el Alto
Perú.
San Martín había llegado hasta Chancay con la idea
de que, al estrechar el cerco de Lima, obtendría el respeto del enemigo,
ganaría opinión y facilitaría la deserción hacia su propio campo.
Pero las novedades lo alarmaron y experimentó
cierta desazón. No quería comprometer toda la suerte de su expedición
liberadora en una sola batalla. Resolvió entonces volver hasta Huaura y dio la
orden de iniciar el retroceso.
La medida provocó decepción en la tropa y sus jefes
así se lo expusieron. El capitán general explicó que en Huaura había un clima
más salubre y abundancia de forraje. Añadió que, por otra parte, si el enemigo
quería atacarlos allí debía abandonar el centro de sus recursos, con el
desgaste que esto significaba para la caballada y la infantería.
Aunque las órdenes del capitán general no se
discutían y fueron acatadas prontamente, algunos oficiales criticaron en voz
baja su indecisión en el avance y el desacierto de no haber mantenido en la
sierra a Arenales.
De nuevo en Huaura, José se reinstaló en el pueblo
y escalonó sus fuerzas sobre la margen derecha del río. Completado el
posicionamiento, visitó nuevamente la estancia azucarera de San Nicolás de Supe
y se quedó a dormir allí algunas noches, donde gozaba de la tibia compañía de
Fermina.
Una noticia importante le llegó desde Lima:
oficiales del ejército español apoyados por vecinos se habían complotado contra
el virrey Pezuela. A la mañana, el patio del palacio de gobierno había
aparecido con sus paredes llenas de panfletos:
Nació David para rey para sabio Salomón para
soldado La Serna Pezuela para ladrón.
A la tarde había sido destituido del cargo, acusado
de no haber atacado en su momento a los rebeldes y de irregularidades
administrativas en el manejo de los dineros de la corona. En su reemplazo, se
había designado al general José de La Serna y se había enviado una delegación a
Madrid para que explicara estos hechos al rey.
Aunque significaba un triunfo de los sectores duros
(y no de los que propiciaban un arreglo con los insurrectos), San Martín se
alegró porque esto confirmaba los informes de sus espías, en el sentido de que
había ya una descomposición social. Nuestra guerra de zapa, pensó, está dando
resultado.
Resolvió esperar a que disminuyeran los calores
para volver a avanzar, pues se había quedado impresionado por los extensos
arenales de la zona costera. "Estoy actuando con pies de plomo sin
comprometer una acción general —le explicó a O'Higgins—, y espero que para
abril la contienda pueda estar terminada".
Puede percibirse cierta animación y el propietario
le contó que se acercaba la fiesta de la Yunza o el Tumbamontes, como también
se la llamaba. Durante tres días, los peones indios y negros y sus parejas
bailaban al contorno de algún árbol de Pacay, al compás de un arpa, guitarra y
cajón. Había serpentinas y agua florida y la mujer, armada de un machete,
cortaba en medio de la danza las ramas del árbol, mientras su compañero la
seguía, y se cantaba en un idioma que el general no sabía si era quechua o algún
dialecto africano:
Árbol bueno y frondoso venimos a sacrificarte.
Te danzamos y te ofrecemos nuestros regalos y
alegrías
El coro respondía:
Huachahuelito, huachahuelito, para indicar que el
árbol quedaba huérfano.
Al volver una tarde de su cuartel general, José se
detuvo a contemplar una de las jornadas de fiesta, que se realizaba al costado
de la iglesia de San Carlos, con abundancia de chicha y dulces. La mulata
Juanita, que hacía el servicio de la casa, se contoneaba entre el público y, al
ver a San Martín, se atrevió a invitarlo a bailar. El general se sintió
obligado a aceptar y, luego de unos instantes de incomodidad, resolvió
entregarse a la danza y disfrutó con la sensualidad de su compañera, que se
movía rítmicamente mientras parecía adorar al árbol del sacrificio.
Esa noche, pocos minutos después de acostarse, José
sintió que Juanita se deslizaba dentro de su lecho.
Capítulo XVI
Las vaporosas ilusiones de Punchauca
1821
El virrey de facto, José de La Serna, procuró una
nueva negociación con el general insurgente y se acordó realizar un encuentro
en la hacienda de Torre Blanca. Los delegados españoles manifestaron allí que,
dado que la monarquía funcionaba como régimen constitucional y que se había
expresado en Madrid que los americanos tenían derecho a la representación
política, estimaban que había llegado el momento de poner fin a la guerra
Tomás Guido y el coronel Rudecindo Alvarado, por su
lado, respondieron que si bien se congratulaban por los progresos políticos en
España, no iban a detenerse hasta lograr la independencia y que, a cambio de
ella, sólo estaban dispuestos a hacer concesiones en lo relativo al comercio y
la industria.
Pero la tregua que no lograron los negociadores iba
a obtenerla la naturaleza. Una epidemia de fiebres tercianas —favorecidas por
el calor y la humedad del trópico— empezó a diezmar las tropas de San Martín,
pero sin perdonar tampoco a las fuerzas españolas acantonadas en Aznapuquio.
Más de la mitad de los hombres del ejército rebelde
cayeron enfermos de paludismo y hasta el propio José sintió los intensos
chuchos del flagelo. Los muertos se contaban por decenas y no alcanzaba el
tiempo para abrir las sepulturas. San Martín urgía a O'Higgins el envío de
medicinas desde Chile, pues sólo contaba con quina, pero los auxilios no
llegaban. Angustiado por la situación, tuvo un vómito de sangre, y debió
guardar cama una semana.
En esos días de forzosa inactividad, pensaba a
veces en Remedios y en su hija, a quienes no veía desde hacía tiempo.
Reflexionaba también sobre lo conveniente que sería que el Ejército del Norte
pudiera atacar a las tropas españolas en el Alto Perú, para evitar que se
vinieran a defender Lima, pero las Provincias Unidas seguían todavía sin
gobierno central.
Los días empezaron a ser más frescos y la epidemia
declinó, pero también comenzaron unas inusuales y persistentes lloviznas que
mantenían húmedo el ambiente.
* * * *
Mientras tanto, en Madrid, Fernando VII, presionado
por los sectores liberales que querían poner fin a las contiendas en América,
había iniciado una política conciliatoria hacia los rebeldes, a quienes ahora
se calificaba de simples disidentes y se los reconocía como beligerantes a los
efectos de aplicarles el derecho humanitario de la guerra. Como fruto de esa
nueva política, el monarca resolvió enviar un mensajero de paz al Perú. Al
llegar a Panamá, el licenciado Manuel Abreu le escribió a San Martín para
hacerle saber que conocía sus filantrópicos sentimientos y solicitarle una
entrevista. Agregaba que había tratado en Málaga a su madre y hermana y estaba
seguro de que haría todos los sacrificios debidos a la humanidad.
José le respondió que la mención a sus familiares
le había traído a la memoria una época que no podía recordar sin emoción, y le
envió un salvoconducto.
Cuando Abreu llegó, el capitán general lo alojó en
una buena residencia, con servicio de lujo, y le puso un edecán. A la noche lo
invitó a cenar y lo ubicó a su derecha. El delegado real expresó las ventajas
del sistema constitucional español, pero el anfitrión insistió en que su lucha
era por la independencia.
Abreu manifestó que, de todos modos, al llegar a
Lima iba a sugerir al virrey La Serna que se iniciaran negociaciones, pues ése
era el mandato que traía desde Madrid. Con un brindis en verso, García del Río
ratificó el deseo de buscar un acuerdo:
De la feroz discordia apáguense las teas.
El comercio de luces, de valores e ideas, el suave lazo sea
que a la América, una con la Íbera rale
A la tarde siguiente, cuando el delegado estaba a
punto de partir, San Martín lo visitó en su alojamiento y, llevándolo a un
aparte, le expresó que se había propuesto tomar Lima circundándola, cortándole
las entradas de víveres y sin una acción frontal. Y en tono confidencial,
agregó:
—Sabemos que la América es impotente para erigirse
en república, por eso hemos convenido con mis oficiales en coro comandando una
división, hacia los llamados puertos intermedios, es decir los que estaban
entre Pisco .y Arica. Mandó una nueva expedición a controlar la sierra,
dirigida otra vez por Arenales, y ordenó al chileno José Manuel Borgoño
permanecer con un contingente en Huaura hasta nueva orden.
Él iría hacia Huacho, con el objeto de embarcarse
hacia el Callao e invitaba a mantener una conferencia. San Martín se sonrió al
delegado, a Tomás Guido, Juan García del Río y José Ignacio de la Roza.
Los representantes se reunieron en la hacienda de
Punraron y manifestaron su rechazo a jurar la Constitución de España y, por el
contrario, plantearon el reconocimiento de la independencia de las provincias
del Río de la Plata, Chile y Perú. Los delegados realistas, acompañados por
Abreu, propusieron que comisionados de Chile y el Perú (sabían que San Martín
no representaba a las Provincias Unidas del Río de la Plata) viajaran a Madrid
para negociar la paz.
Esto entusiasmó a los rebeldes, quienes aceptaron
el acuerdo, entregaron la fortaleza y castillos en el Callao, entre otras. En
un clima de recíproco optimismo, se estableció que se realizaría una entrevista
entre el virrey La Serna y el general San Martín, convencido que el triunfo
estaba al alcance de la mano. Entendió que si le ofrecían un armisticio y el
envío de representantes de ambas partes a Madrid, esto significaba que estaban
a un paso del reconocimiento de la independencia. Si logramos este reconocimiento
previo —se ilusionó—, en la capital española solamente discutiríamos sobre la
futura forma de gobierno.
Casi no dormía de noche y se imaginaba ya la
ceremonia en que, reconocida la independencia, ambos ejércitos se estrecharan
en un abrazo y volviera la paz al continente. Estaba cansado de guerrear y de
ser considerado un traidor y un forajido por la corona a la que había servido
más de veinte años en la península, de modo que la inminencia del acuerdo. El
sabía que, en Colombia, Simón Bolívar había firmado hacía unos meses un
armisticio con el general realista Morillo y, después de seis años de luchas, los
dos jefes militares se habían abrazado en Santa Ana y se habían expresado un
afecto recíproco. Habían celebrado la regularización de la guerra con un
banquete y Bolívar había enviado comisionados. Acababa también de recibir
noticias de México: allí, el Iguala. Paradójicamente, Iturbide resolvió
declarar la independencia de americanos y europeos, la conservación exclusiva
de la religión católica y el establecimiento de una monarquía constitucional en
México y, si éste no aceptara, se elegiría a uno de sus hermanos o a algún
príncipe reinante de Europa. Guerrero había aceptado el criterio y los dos
ejércitos se habían abrazado sobre el campo. El llamado Plan de Iguala o Pacto
Trigarante había despertado unánime entusiasmo y se esperaba que el virrey lo
ratificara y se enviaran emisarios a Madrid.
Estas informaciones alentaban a San Martín y, lleno
de optimismo, resolvió partir para Punchauca para concretar la reunión con el
virrey. Salió a caballo acompañado por los coroneles Las Heras, Paroissien y
Necochea y a poco andar el camino se convirtió en un desierto, salpicado por
algunas serranías igualmente ralas. Al cruzar la variante de Pasamayo los
arenales se cubrieron de neblinas, que se disiparon al entrar al valle de
Carabayllo, donde se veían algunos sembrados y el verdor de plátanos y molles.
Allí se encontró a la tarde con sus delegados, con quienes continuó viaje y
llegó al anochecer a la hacienda, que tenía puertas amplias y talladas,
balcones con balaústres torneados y a la derecha una pequeña capilla con
campanario. Abreu lo recibió en la galería, a la que se ascendía por una
escalera doble y acogedora, y le confirmó que La Serna llegaría recién al día
siguiente.
El representante real lo agasajó con una opípara
cena y, después de la sobremesa, José lo llevó a un aparte y le confió que
venía a proponer al virrey un plan preciso: se trataba de nombrar una regencia
de tres miembros; un vocal sería designado por San Martín, otro por La Serna y
el propio virrey ocuparía la presidencia.
—Luego deberán unirse los dos ejércitos —concluyó
el general rebelde—, se declarará la independencia y saldré para España para
pedir a las cortes que designen a un infante para rey de estos países.
El emisario del monarca lo miró un rato en
silencio, bebió un trago de brandy y luego contestó:
—Pues si firmáramos algo así infringiríamos todo el
orden jurídico, atribuyéndonos la soberanía nacional. Ni el rey podría hacer un
tratado semejante...
Pero San Martín, que saboreaba también su licor y
sus propias fantasías, fue terminante. —¡Estamos a punto de tomar Lima, hombre!
Y sin permiso de los gobiernos capitulan las plazas y los ejércitos sitiados.
* * * *
Se acostó amortiguado por el brandy y arrullado por
su imaginación. Estaba secretamente ilusionado con la idea de que, si él
viajaba personalmente a Madrid con los negociadores, hasta podría ofrecérsele
una corona como regente o emperador, en reemplazo de algún príncipe europeo.
El Cholo de las Misiones que recibió tantas burlas
y desprecios —se dijo antes de darse vuelta en la cama para dormirse—, a lo
mejor todavía llega a ser coronado.
* * * *
Se despertó temprano con la boca seca y malestar
estomacal. Bebió un sorbo de su infaltable láudano y desayunó con Guido y
García del Río. El día estaba fresco pero soleado y, a las tres de la tarde,
llegó el virrey con su comitiva y su escolta de cuatro dragones.
San Martín y su plana mayor lo esperaban en el
patio. Aunque La Serna ocultaba debajo de su sobre—casaca carmesí el distintivo
de su mando, José lo reconoció y se dirigió hacia él abriendo sus brazos:
—Venga para acá mi general. Entre los dos podemos
hacer la felicidad de este país... El virrey contestó con cordialidad y, luego
de la presentación de los colaboradores, subieron tomados del brazo hacia la
sala de la casa. Allí fueron obsequiados con un refresco y, luego de algunas
cortesías recíprocas, pasaron hacia un pequeño salón, para conferenciar a
solas.
El general disidente le explicó su propuesta y La
Serna lo escuchó en silencio, con mucha atención.
Luego salió a comentar el tema con Abreu y sus
funcionarios y, al volver, expresó escuetamente:
—Tratándose de un negocio de tanta trascendencia,
no puedo contestarle sin consultar a las corporaciones de Lima. Espero poder
responderle en el corto plazo de dos días...
José interpretó que estas palabras anticipaban una
aceptación y abandonó eufórico la habitación, acompañado por el taciturno La
Serna.
En presencia de las dos delegaciones, el jefe
rebelde pensó que era conveniente realizar una exhortación en alta voz:
—General La Serna: éste es uno de los días más
felices de mi vida, ya que no he venido al Perú a derramar sangre, sino a
fundar su libertad. Los liberales del mundo somos hermanos en todas partes y
queremos preparar en este hemisferio un asilo seguro para nuestros compañeros
de creencias. Pasó ya el tiempo en que España pueda sostener el sistema
colonial; y sus comisarios, entendiéndose lealmente con los míos, han convenido
que la independencia del Perú no es inconciliable con los intereses de la
metrópoli.
Creyó percibir un sentimiento aprobatorio en todos
los circunstantes y concretó su posición:
—Si Vuestra Excelencia acepta la cesación de una
lucha estéril y enlaza sus pabellones con los nuestros para proclamar la
independencia del Perú, se constituirá un gobierno provisional presidido por
Vuestra Excelencia y compuesto de dos miembros más, de los cuales Vuestra
Excelencia nombrará uno y yo el otro. Los ejércitos se abrazarán sobre el campo
y, de ser necesario, yo marcharé a Madrid a explicar esta resolución y
demostrar que el voto de la América independiente puede armonizar con los
intereses dinásticos de la casa reinante...
La Serna respondió brevemente con unas frases de
buena voluntad y reiteró que haría conocer su respuesta en 48 horas, luego de
las consultas que formularía en Lima, pero San Martín advirtió que los jefes
realistas estaban entusiasmados con su proposición.
Se produjeron conversaciones efusivas entre los
presentes y la idea de unir ambos pabellones en signo de confraternidad
había creado un clima de amistad .
A las cinco de la tarde se sirvió la comida fijada
en el protocolo, la que transcurrió con alegría y humor. Después de los
postres, La Serna se puso de pie, alzó su copa y dijo:
—Brindo por el éxito de esta reunión.
Y San Martín, con su mejor acento andaluz,
respondió: —
Brindo por la felicidad de la España y de la
América.
El general realista La Mar brindó luego por
"el venturoso día de la unión y de la independencia del Perú" y estas
manifestaciones y las consiguientes libaciones aumentaron el ambiente de
euforia. Su camarada, el general Monet, se paró sobre su silla y pidió que se
festejara otra vez "una jornada tan memorable".
Finalizado el agasajo, el virrey se despidió de San
Martín con un abrazo y partió con su comitiva hacia Lima.
José, animado por tantos brindis, abrazó con calor
a Guido, tomó su última copa y se retiró a dormir muy contento.
* * * *
Amaneció otra vez abotagado por la resaca. Bebió su
sorbo de láudano, desayunó una taza de café y partió a caballo con sus
acompañantes hacia el Callao, en donde se embarcó en la fragata Moctezuma, para
esperar allí la respuesta de La Serna.
A la tarde siguiente, los espías que tenía en la
capital le enviaron informes de que los militares más duros se oponían a que el
virrey aceptara el acuerdo: no puede usted reconocer la independencia —le
habían hecho notar— sin consultar a las cortes y al rey. Y La Serna, que no se
sentía muy legitimado en su cargo, no estaba dispuesto a asumir una iniciativa
tan importante.
* * * *
Se puso de mal humor y esa noche sintió que la
fragata se balanceaba con las olas, pero con movimientos que no le resultaban
plácidos. ¿Por qué todo me resulta tan difícil?, se preguntaba.
A la tarde siguiente llegaron los dos delegados del
virrey. San Martín los recibió amablemente eh su cámara y advirtió que le
traían una respuesta algo suavizada: La Serna le decía que los militares
estaban de acuerdo con la propuesta, pero que se negaban a declarar la
independencia sin consultar previamente al gobierno de Madrid. Por eso no había
llegado a solicitar la opinión de las corporaciones (el Cabildo, la Audiencia,
el arzobispo), sino que le enviaba la siguiente contrapropuesta: que se extendiese
la suspensión de hostilidades hasta obtener una resolución de las cortes.
Mientras tanto, el propio virrey se embarcaría hacia Madrid para explicar los
hechos y, si San Martín lo deseaba, podría viajar también en el mismo barco
para pedir un príncipe de la familia real.
* * * *
José percibió con toda claridad que este arreglo
era inaceptable para él y sus ilusiones se derrumbaron. Una cosa era viajar a
Madrid con la declaración de independencia hecha por ambos ejércitos y por lo
tanto como vencedor; y otra muy distinta era hacerlo como un insurgente,
acompañando como tímido segundón al virrey dominante.
Trató de ocultar su decepción y, guardando las
formas, les manifestó ambiguamente a los delegados que los representantes de
ambas partes podrían seguir negociando en Miraflores la ampliación del
armisticio. Mordiendo su rabia, despidió con educación a los comisionados y se
dijo a sí mismo que no tenía otra vía que apoderarse de Lima, como antes lo
había planeado.
En Miraflores se convino ampliar la tregua durante
doce días, durante los cuales los sitiadores permitirían la entrada de trigo a
Lima, para la alimentación de los habitantes de la ciudad. Esta concesión,
tomada por razones humanitarias y con la cual San Martín pensaba ganarse la
voluntad de los limeños, fue criticada sin embargo por sus propios oficiales,
quienes lo acusaban de débil y contradictorio. Desilusionado por el fracaso de
Punchauca y sintiendo de algún modo las quejas de su estado mayor, volvió a
sentir dolores reumáticos que atribuyó a la humedad del clima costero.
Las conversaciones prosiguieron con el objetivo de
lograr una tregua de dieciséis meses, pero ya no había intenciones firmes en
ninguna de las dos partes. San Martín, algo atribulado, pensaba que si se
comprometía a un armisticio tan largo podría seguramente alimentar a su
ejército, pero temía no poder satisfacer a la escuadra de Cochrane, que lo
presionaba con demandas económicas.
¿Cómo se la remito a Usted a Chile —le escribió a
O'Higgins explicándole su actitudcuando sé que no tiene Usted un solo peso con
qué pagarla? Yo no podría, sostenerla y su disolución significaría para Chile y
toda la América del Sud una pérdida de seguridad. Por todo esto me he decidido
a continuar la guerra que será feroz y destructora, no por las balas y
trabajos, sino por la insalubridad de estas infames costas, pues no hay memoria
de tantas enfermedades como las que sufren nuestros ejércitos.
Ambas partes resolvieron finalizar las tratativas
y, como corolario, los representantes realistas y el comisionado Abreu fueron
hasta la Moctezuma para despedirse del jefe insurgente. San
Martín se trasladó con ellos hasta una fragata considerada neutral y allí
cenaron. El jefe rebelde le agradeció sus buenos oficios a Abreu y le dijo que
lamentaba que hubiesen predominado en Lima los sectores más beligerantes.
—Me apresto a ejecutar el plan que ya liemos
acordado con mis jefes —agregó con cierta emotividad—, pero aun así cumpliré mi
palabra y trataré de mantener las relaciones con España.
Abrazó al comisionado de Fernando VII y volvió
taciturno hasta la Moctezuma. Dio la orden de partir de inmediato
hacia el Huacho y, a la madrugada, los barcos del convoy iniciaban la marcha.
En la fría cubierta, José permanecía erguido y solitario y meditaba sobre los
próximos pasos de su asedio sobre Lima. Sus informantes le habían hecho saber
que, acosado por el hambre y la deserción política, La Serna se aprestaba a
abandonar la capital y a atrincherarse en el Cuzco con sus tropas para
continuar la guerra desde la montaña.
Capítulo XVII
Por fin en Lima
(1821)
Durante la corta navegación hacia el Huacho, José
meditaba sobre la situación. Desde la sierra, Arenales le había sugerido que
marchara con su ejército hacia esa zona para concentrar fuerzas y, dominando la
montaña, poder derrotar desde allí a las tropas realistas que se aprestaban a
dejar Lima.
Pero él prefería tomar la capital, con la idea de
que el valor simbólico, estratégico y político de la caída de Lima iba a
definir el destino de la guerra. Una suerte de extraña fascinación lo llevaba
hacia esa ciudad tan ponderada. "Es cierto que ellos podrán clavarme la
artillería y destruirán parte de las fortificaciones, pero esto se repara
pronto", le había explicado a O'Higgins.
Desembarcó en el Huacho, dio la orden de avanzar y
firmó algunas proclamas. A las damas limeñas las exhortaba a emplear su
influjo, sus encantos y su delicadeza "para acortar esta guerra sacrílega
en la que los españoles combaten contra la voluntad universal".
Se embarcó de nuevo en la Moctezuma y
se enteró de que La Serna había comunicado a los habitantes de Lima que,
fracasado el armisticio, debía marchar con sus tropas hacia el Cuzco y
entregaba el mando político y militar al marqués de Montemira. La sorpresa y el
desencanto habían cundido entre la población, y los sectores realistas se
aprestaban a atrincherarse en la fortaleza del Callao, que quedaba defendida
por dos mil soldados españoles.
A su llegada al Callao, recibió una comunicación
del propio virrey: le decía que había partidas de bandoleros y guerrillas que
podrían causar saqueos ante la acefalia en que quedaba la ciudad, por lo cual
le pedía que impartiera las instrucciones necesarias para garantizar el orden.
Le encomendaba también, a su filantropía, los enfermos de fiebres tercianas que
quedaban en los hospitales y le pedía que fuera generoso con quienes habían
defendido la causa del rey.
Muy contento, José se acordó de la frase "al
enemigo que huye, puente de plata", y le respondió que acababa de dar
instrucciones a los comandantes de las partidas de avanzada, próximas a la
capital, de que se abstuvieran de entrar en ella o de alterar el orden.
Dos días después de la partida de La Serna con sus
tropas, el marqués de Montemira convocó al Cabildo y éste designó una comisión
de cuatro miembros para apersonarse ante el general San Martín y ofrecerle el
gobierno de Lima.
José los recibió en su goleta y, disfrutando ya de
su triunfo, les agradeció el gesto y les dijo que se aprestaba a ocupar la
ciudad en la forma más ordenada posible. Envió después una división de
caballería para que entrara a Lima y persiguiera a las últimas tropas del
virrey que abandonaban la ciudad. Las fuerzas ocupantes fueron recibidas con
júbilo por los partidarios de la independencia, que con el vuelco de la
situación militar súbitamente empezaron a crecer y manifestarse.
Mandó otro cuerpo, a cargo del general Las Heras, a
poner sitio a los castillos del Callao, donde estaban atrincheradas las tropas
realistas y se habían guardado fondos públicos y bienes de los españoles
acaudalados.
Tenía referencias de que el arzobispo era un
decidido realista, pero pese a ello había resuelto quedarse en la ciudad. Con
el objetivo de comprometerlo, le envió una carta en la que se congratulaba de
que el prelado no hubiera abandonado la capital con las tropas españolas y le
expresaba su esperanza de que su persona fuera un escudo santo contra las
tentativas de licencia a que se había dejado expuesto "al pueblo que está
hoy a discreción de mis armas".
Desembarcó a la madrugada siguiente y partió, con
una comitiva reducida, a caballo hacia Lima, por un camino enmarcado por una
doble fila de árboles deshojados. A través de las ramas y las brumas veía, en
el fondo, unas montañas rocosas que parecían vigilar a la deseada capital de
los virreyes que descansaba a sus pies, casi como un oasis en medio del
desierto. Su ánimo estaba alegre y pensaba que había luchado en América más de
nueve años para lograr apoderarse de esa ciudad sobre cuyas maravillas arquitectónicas
y vida cultural tanto había oído hablar desde su infancia. Se acordó de
Remedios y de su pequeña hija, pero pronto se reconcentró en las novedades de
la marcha. Almorzó en una finca, durmió la siesta y reanudó camino al
atardecer. La calzada arenosa lo condujo hasta la puerta del Callao y se sonrió
al contemplar las armas esculpidas del rey Carlos IV, el escudo de Lima y la
insignia de la Cámara de Comercio. Cruzó el grueso portal y las primeras
construcciones le recordaron a Sevilla, pese a que el trazado de las calles era
completamente regular. Le impresionaron el perfil de las torres de las iglesias
y las cúpulas de algunos edificios públicos suntuosos.
Marchó directamente hacia el Cabildo, una
construcción de dos pisos con arcadas sobre la plaza de Armas. Desmontó, se
abrió paso entre unos pocos curiosos y entró al edificio, donde fue recibido
por el marqués de Montemira, que lo esperaba en su despacho.
La noticia de su arribo cundió de inmediato y el
ayuntamiento empezó a llenarse de funcionarios y público, lo que obligó al
marqués y a San Martín a trasladarse a la sala de audiencias. Los cabildantes
en pleno vinieron a presentarle sus respetos y muchas mujeres y hombres
asediaban al jefe triunfante con saludos y expresiones de adhesión. Varias
mujeres, incluso, se arrojaban a sus pies y le ofrecían sus hijos para su
ejército.
Un sacerdote realizó una arenga, destacando que la
entrada de San Martín a Lima tenía un carácter cristiano por su naturaleza
pacífica, y luego exclamó: —¡Viva nuestro general...!
—No, no —respondió José con cierta timidez—.
Digamos mejor: ¡Viva la independencia del Perú!
* * * *
A las diez y media de la noche se despidió de
Montemira y partió, de nuevo a caballo, hacia el campamento de Mirones, a dos
kilómetros y medio de la ciudad. Muchos curiosos lo siguieron hasta la entrada
del sitio militar.
Al día siguiente, una comisión del Cabildo vino a
decirle que ponía a su disposición el palacio virreinal y que vería con buenos
ojos que se estableciera allí. Agradeció el ofrecimiento, pero les anticipó que
las necesidades militares lo retendrían en el campamento.
No obstante esto, esa misma tarde marchó hacia Lima
y se dirigió al Palacio de los Virreyes, en la plaza de Armas. La gente lo
reconoció en el camino y lo acompañó con vivas hasta la lujosa residencia,
donde recibió a los principales funcionarios. Muchas familias prominentes
vinieron a saludarlo a la noche y él las atendió con amabilidad. Una hermana de
su suegra Tomasa y de Hilarión, doña Fermina de la Quintana, quien desde hacía
años vivía en Lima pues su marido, Félix de la Rosa, era el Administrador de Correos,
se presentó cordialmente y le brindó una bienvenida familiar. Los copetudos
nobles del Perú —pensó satisfecho antes de dormirse— vienen ahora a halagar al
humilde Cholo de las Misiones.
Durante la jornada siguiente realizó, en la
elegante carroza del virrey, de seis ruedas y tirada por seis caballos, con
lacayos con pelucas y calzones de seda, visitas protocolares al arzobispo y al
marqués de Montemira, a este último en su carácter de gobernador de la ciudad.
De regreso en su campamento, envió un oficio al
Cabildo, en el que le pedía se convocase a una Junta General para que los
habitantes expresasen si se hallaban decididos por la independencia.
Reunido el Cabildo Abierto, con la presencia del
arzobispo, los prelados de los conventos, los nobles de Castilla y los vecinos
más prestigiosos, se resolvió contestar al general San Martín que "la
voluntad general está decidida por la independencia del Perú de la dominación
española y de cualquier otra extranjera". Deseoso de utilizar la prensa
para mover a la opinión pública, el comandante ordenó que La Gacetade
Lima comentase esta decisión. La edición del día siguiente decía que
había sido una jornada memorable para la regeneración del Perú, debida al
"inmortal jefe cuyo genio benéfico ha sido el instrumento que la
providencia destinó para liberarnos. ¡Gloria al ínclito varón, al libertador
general, al guerrero esforzado que vino a romper nuestras cadenas!".
La publicación fue recibida desfavorablemente por
los sectores realistas —y por algunos jefes patriotas— por considerarla muy
personalista y aduladora del nuevo líder.
Como algunos españoles habían abandonado la ciudad
y se habían refugiado en los castillos del Callao o en conventos, San Martín
dispuso que toda casa, tienda o bodegón perteneciente a españoles que no
abriese en el plazo de tres días pasaba a ser propiedad del Estado; y que
quienes denunciaran el incumplimiento de este edicto serían recompensados con
la tercera parte de los bienes confiscados.
Para reponer las arcas del Estado, y para mantener
a la fuerza militar y a la escuadra, resolvió recaudar un empréstito forzoso, a
integrarse en el plazo de seis meses.
Con el objetivo de evitar saqueos o desórdenes,
decretó la pena de muerte para quien fuere encontrado robando una suma mayor de
dos pesos. Y dispuso que los esclavos que hubiesen huido de sus amos y no se
hubieran incorporado al ejército fuesen devueltos al poder de sus propietarios.
Ordenó también que se borrasen y destruyesen los
escudos de armas del rey que se encontraran en los edificios públicos.
Instalado ya cómodamente en el palacio virreinal, se permitió escribirle a
O'Higgins para resumirle la situación:
Al fin, con paciencia y movimientos, henos reducido
a los enemigos a que abandonen la capital de los Pizarro. No puede usted
calcular el grado de entusiasmo de estas gentes. El está en proporción a la
horrible tiranía que han ejercitado los españoles.
Continuaba sintiéndose culpable en relación con la
situación en el Río de la Plata y le escribió al gobernador de Buenos Aires
(provincia que seguía en conflicto con las litorales) para comunicarle la toma
de Lima: "Quiera Dios que las Provincias Unidas —le decíapuedan formar un
gobierno central que las represente y les dé respetabilidad".
En virtud de la decisión del Cabildo Abierto, San
Martín dictó un bando en el que disponía que el siguiente sábado, 28 de julio,
se proclamara solemnemente la independencia del Perú.
Esa mañana se despertó temprano y, luego del
consabido trago de opio, se puso su uniforme de gala. Saludó a sus jefes de
estado mayor y al marqués de Montemira y partió en su caballo enjaezado rumbo a
la plaza principal. Lo precedía un brillante séquito muy bien montado,
integrado por los doctores de la Universidad de San Marcos, los superiores de
los conventos, y miembros de la audiencia y el Cabildo. En la plaza se había
montado un enorme tablado. Las autoridades ocuparon sus sitios en él y el
marqués de Montemira tomó la bandera que el jefe insurrecto había ideado en
Pisco y se la entregó a su creador. San Martín la recibió y, tremolándola ante
la multitud, exclamó:
—El Perú es desde este momento libre e
independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su
causa que Dios defiende...
La concurrencia estalló en vítores, mientras los
cañones disparaban sus salvas y las iglesias echaban a repique sus campanas.
José sintió que la emoción lo embargaba y pensó que ya no era un jefe rebelde,
sino el libertador del corazón del imperio español en Sudamérica.
A la noche, se realizó una recepción en los salones
del Ayuntamiento. Asistieron los integrantes de las corporaciones, pero también
los vecinos caracterizados y la juventud de ambos sexos, que comenzó a bailar
en un clima de mucha alegría. José paseaba por los recintos saludando
amablemente a los circunstantes, cuando quedó muy impresionado por la belleza
de una dama de rostro claro y fina de cuerpo, ojos azules, boca pequeña y manos
delicadas, vestida elegantemente de terciopelo bordó y con generoso escote.
Preguntó a su asistente local de quién se trataba,
y éste le respondió: —Es Rosa Campusano, una mujer que ha colaborado
inteligentemente con el bando patriota. El general se acercó a la hermosa dama,
la saludó con mucho interés y le hizo saber que conocía sus méritos a favor del
movimiento liberador.
—Si lo hubiera conocido antes a usted, señor
general —hizo un mohín intencionado—, mis afanes hubieran sido aún mayores.
Cambiaron unas palabras de circunstancias y el jefe
militar quedó encantado con la personalidad de la muchacha.
Sabedor de que el alto clero era refractario al
movimiento libertario, San Martín pidió al arzobispo que se cantase un Te Deum
en la catedral, para sancionar con el ritual religioso la declaración de
independencia y dar gracias a la Providencia por los sucesos.
También sugirió que se iluminaran las calles, se
enarbolaran banderas y se levantaran arcos de triunfo. Entre éstos se destacó
el del tribunal del Consulado, que además de inscripciones y emblemas alusivos
tenía en lo alto una efigie ecuestre de San Martín, con su sable en la mano.
A la tarde se realizó una colorida corrida de
toros. José cruzó el puente de piedra sobre el Rimac y, al entrar a la plaza de
Acho al compás de la banda de música, fue saludado por el público con una
ovación. En el cartel de la fiesta, un poema lo agasajaba:
Tú que eres el objeto
de tan solemnes pompas, San Martín, las delicias,
de la América toda, admite grato el culto que Lima,
fiel y heroica, te consagra rendida, te tributa
obsequiosa
A la noche siguiente, el Libertador abrió las
puertas del, palacio virreinal a los principales habitantes de la ciudad.
Algunos hombres maduros venían con el traje de corte español, con chaqueta a
rayas y grandes solapas, mientras los más jóvenes vestían el moderno y casi
republicano frac, con pantalones con presilla y sombrero de copa. Las mujeres
mayores entraban con serios brocados, pelucas empolvadas y, usando sus
bastones, paseaban miradas altaneras sobre el salón.
* * * *
Se alegró sobremanera al distinguir, entre las
figuras juveniles, a la bella Rosa Campusano, con un vestido de organdí blanco
y peinado alto, a la griega, sobre quien se había quedado pensando en ese
tiempo. Le habían informado que había nacido en Guayaquil y era hija natural de
un funcionario rico e importante, productor de cacao, quien la había concebido
con una mulata y la reconoció por testamento, antes de morir. Había venido a
Lima y se había instalado en la elegante calle de San Marcelo, donde su tertulia
era frecuentada por gente prominente. Amante de un general realista, Rosa había
aprovechado esa relación íntima para pasar información militar a los
insurrectos. Más de una vez, vestida con un manto que se le pegaba al cuerpo y
un velo de seda que le cubría la cabeza, había cruzado las calles de Lima
llevando proclamas subversivas para ser pegadas de noche en las paredes. En una
casa grande que había alquilado al efecto, había ocultado a varios oficiales
realistas desertores, y luego los ayudó a pasar hasta el campamento patriota de
Huaura. Una correspondencia clandestina que se interceptó la mencionaba, y por
ello fue detenida por unos días, hasta que la influencia de sobornos y amigos
poderosos lograron liberarla. José sintió un íntimo acercamiento hacia la
muchacha.
Se aproximó a ella y, luego de saludarla
galantemente, la invitó a bailar una contradanza. Rosa le obsequió una sonrisa
radiante y le tendió sus brazos con toda gracia. Aunque los ojos del público
estaban sin duda sobre ellos, danzaron y charlaron abstraídos, como si se
hubieran conocido desde mucho tiempo antes. Ella era jovencita, había leído
algunas novelas de Rousseau y su conversación era muy atrayente, de modo que
cambiaron ideas sobre teatro y literatura.
Cuando ya la fiesta languidecía, él la condujo a un
salón privado y la besó ardientemente, con pasión de soldado que termina su
campaña. Rosa le respondió con ardor y ternura, como si comprendiese que ese
duro general, acostumbrado a los rigores del mando, era también un hombre
necesitado de cariño.
José la amó esa noche en su habitación con vigor
inusitado, como si con esa cabalgata de sueños y violencia pudiera compensar
las humillaciones de toda una vida. La besó, la acarició y la poseyó con su
cuerpo pero también con su espíritu, como si un hálito vital que desconocía
pudiera emanar de su piel y envolver a la amada. Se sintió libertador pero
también esclavo, pues ni las mujeres cuarteleras ni las experiencias de toda
una vida lo habían clavado lánguidamente en el lecho como esa vez. Ella partió
a la madrugada y José se sorprendió al escucharse a sí mismo diciéndole:
—Hasta mañana, Rosita.
Aunque cada vez más satisfecho por la toma de Lima
(le gustaba la opulencia de la ciudad, disfrutaba del palacio virreinal y
estaba cada vez más entusiasmado con Rosita), San Martín sabía que la situación
militar era difícil. Los castillos del Callao, a un paso de la ciudad, estaban
en poder de los realistas y La Serna había ocupado con sus tropas buena parte
de la sierra en su camino hacia el Cuzco. Quería retener el mando militar y
político, por lo menos hasta que se asegurara el control del territorio, y
pensó en sugerir a los miembros del Cabildo que lo nombraran director supremo.
Conversó el tema una noche con Bernardo de Monteagudo, quien le hizo ver que el
procedimiento tenía algunos riesgos:
—Es peligroso reconocerles a los regidores esa
facultad —el elegante auditor de guerra se movía permanentemente de un lugar a
otro del despacho—. Podrían intentar elegir a otra persona o condicionarle a
usted su designación.
Aceptó el criterio de su asesor y expidió un
documento en el que explicaba al pueblo que había resuelto auto designarse
Protector del Perú. "Mi experiencia de diez años de revolución en
Venezuela, Chile y las Provincias Unidas —argumentaba— me ha hecho conocer los
males que ha ocasionado la convocación intempestiva de congresos cuando aún
subsistían enemigos en aquellos países. Primero es asegurar la independencia,
luego establecer la libertad sólidamente. En el momento en que el suelo del
Perú sea libre, haré dimisión del mando para que los peruanos elijan su
gobierno".
Como esta decisión contrariaba las instrucciones
que había recibido oportunamente del Senado de Chile, se sentía en falta y le
escribió a O'Higgins para justificar su conducta:
Los amigos me han obligado a encargarme de nuestro
gobierno y he tenido que hacer el sacrificio, pues conozco que de no ser así el
país se envolvería en la anarquía. Hubiese faltado a mis caros deberes si
hubiera abierto un campo para el combate de las opiniones y para la colisión de
los partidos. El bien de mis conciudadanos me ha inducido a violar mis propios
principios, porque habría preferido un retiro que nuevos deberes. Espero que mi
permanencia no pasará de un año. Cuando baje de la silla del gobierno de Perú,
no exigiré otra recompensa que la fraternidad con la nación chilena y la
decisión de auxiliar a los demás pueblos libres.
Nombró como ministro de Estado y Relaciones
Exteriores a Juan García del Río; a Monteagudo en Guerra y Marina; a Hipólito
Unanue, funcionario de carrera peruano, en Hacienda, y trató de dedicarse a
gobernar.
Firmó decretos para establecer que todos los hijos
de esclavos que nacieren después del 28 de julio, día de la declaración de la
independencia, pasaban a ser libres; y también para abolir los tributos que
pagaban los indios.
En relación con los españoles, declaró que los que
jurasen la independencia serían respetados en su persona y en sus bienes.
"Pero los que permanezcan en el país y trabajen contra el orden
ocultamente, como tengo noticias lo practican algunos —amenazaba—,
experimentarán todo el rigor de las leyes y perderán sus propiedades. Yo sé
cuanto pasa en lo más retirado de vuestras casas. Temblad si abusáis de mi
indulgencia".
Empezó a recostarse en la confianza que tenía en
Monteagudo y en la capacidad de su pluma y su oratoria. José se sentía
identificado con él por las dificultades que había tenido por su cuna: nacido
en Tucumán, hijo de un militar y de una mulata, en 1813 habían impugnado en
Buenos Aires su diploma de asambleísta por tener sangre africana, algo que
resultaba notorio por sus labios gruesos, su cutis moreno y el cabello negro y
ensortijado. En Mendoza había firmado la sentencia de muerte de los hermanos
Carrera y, en San Luis, durante el confuso intento de fuga de los prisioneros
realistas, Bernardo había sido el impulsor de que se los fusilara. Era
considerado un extremista jacobino. Rechazaba todo lo que fuera español, quería
modificar los rasgos coloniales y le insistía al Protector en que debían
hacerlo rápido y a cualquier costo: había que transformar la organización
social, las relaciones económicas, las formas políticas y hasta la moral y las
costumbres, como había intentado hacer la Revolución Francesa. Pero había
estado exiliado en Inglaterra y había apreciado las bondades de la monarquía
constitucional, que le parecía aplicable al Perú por su tradición nobiliaria y
la elevada proporción de indios analfabetos entre su población. Solía vestir a
la última moda, con chaqueta inglesa de cuello alto y pantalones que sujetaba
bajo sus relucientes botas, camisa de hilo fino, chaleco de fantasía con reloj
y cadena de oro, y se perfumaba con abundante agua de colonia.
* * * *
Desde Huancayo, Arenales le reprochaba a San Martín
que hubiese ocupado Lima y, con ello, estuvieran en vísperas de perder la
sierra, pues él solo no podía enfrentar a las fuerzas reunidas de los generales
Canterac y La Serna. ¿Qué ganará nuestro ejército con entrar a Lima a apestarse
y a acabar de destruirse? ¿Qué será de los habitantes de este territorio, ya
tan comprometido? ¿Qué hacemos señor —le enrostraba poco después— que no
asaltamos los castillos del Callao, para que los enemigos pierdan las esperanzas
de volver a él?
* * * *
Lord Cochrane, a su vez, desde su fragata,
coincidía con las críticas de Arenales y agregaba quejas propias.
Al salir de Valparaíso, San Martín se había
comprometido a pagar a los marinos alistados los sueldos correspondientes, en
el momento en que se ocupara Lima. Había prometido también que, al lograr ese
objetivo, iba a abonarles como recompensa adicional un año más de salarios,
como gratificación para quienes hubieran prestado servicios hasta la rendición
de la capital peruana. La escuadra de Chile, mercenaria y con mayoría de
extranjeros, había partido con esta promesa. Pero he aquí que, al ocupar la
ciudad de los virreyes, el general ocupante no pudo cumplir lo prometido por
falta de dinerario en caja. Las tripulaciones se quejaron ante el Lord escocés
y éste, el mismo día en que San Martín se autoproclamaba mandatario del país,
concurrió al palacio virreinal a transmitirle estas exigencias.
—Rendida la capital, señor general, mis hombres y
yo tenemos derecho a cobrar...
—Estoy tratando de reunir fondos para cumplir con
la gratificación adicional, pero el tesoro peruano no puede hacerse cargo de
los sueldos atrasados que Chile debe a sus marineros.
—Usted lo prometió en Valparaíso, señor general, en
nombre del gobierno chileno.
—Que ahora soy el Protector del Perú?
* * * *
El pelirrojo Cochrane salió indignado y con el
rostro encendido del lujoso despacho y regresó a su fragata. Desde allí le
escribió a O'Higgins para denunciarle que San Martín ya I no era el amigo de
Chile, sino el Protector del Perú:
¿Podrá usted creer que cuando le manifesté la
necesidad de pagar a los marineros para evitar un motín, me contestó que
solamente pagaría si los barcos se venden al Perú; y que no devolvería un peso
de los costos de la expedición, porque Chile debe a Buenos Aires una suma aun
más considerable?
El almirante no entendía la negativa del Protector
y estaba dispuesto a cobrar los sueldos y gratificaciones atrasadas de
cualquier manera. A través de una negociación reservada, le propuso al jefe
realista, defensor de los castillos del Callao, que le entregara las fortalezas
y la tercera parte de los caudales allí guardados. A cambio de eso, Cochrane le
ofrecía su protección y le garantizaba la extracción de las dos partes
restantes del tesoro, así como también el libre paso de los hombres que quisiesen
dejar el país.
El jefe de la escuadra chilena le escribió a
O'Higgins y le explicó la razón de su intento:
En las murallas de los castillos del Callao hay
cinco millones de pesos, de cuya suma ni el gobierno de Chile ni la marina
recibirán un real, aunque los esfuerzos de ésta han impedido que se abastezca
de víveres y acarrearán al fin su rendición.
Pero el propósito de acuerdo fracasó y esto acentuó
el encono del almirante hacia el Protector: "Si me hubiese posesionado de
las fortalezas —rezongó— le habría exigido al general San Martín el pago de
nuestras retribuciones y el cumplimiento de sus promesas a los peruanos, de
dejarlos libres de escoger su propio gobierno."
* * * *
José había invitado a Rosita y a otras damas (para
guardar las apariencias) a una función de teatro. Estaba preocupado por la
relación con sus jefes y por la situación militar, pues sus espías le habían
informado que el general Canterac estaba bajando desde la sierra para intentar
recuperar Lima, de modo que no prestaba demasiada atención a los artistas.
De golpe, entró su asistente al palco y le confirmó
que el general realista se acercaba con tres mil hombres de artillería y
caballería. La función se interrumpió y San Martín comunicó la noticia al
público, lo exhortó a defender la independencia y se retiró para adoptar las
medidas del caso.
Ordenó que toda la plata y el oro existentes en la
Casa de la Moneda, tanto de propiedad del Estado como de particulares, fuesen
llevados a los buques mercantes anclados en Ancón, para protegerlos en caso de
caída de la ciudad.
El Protector sabía que a las tropas de Canterac las
esperaban no solamente las fuerzas atrincheradas en los castillos del Callao,
sino también los miembros del partido realista de Lima. Para presionar a sus
integrantes y contribuir a la defensa de la ciudad, tomó una serie de medidas,
entre ellas el cierre de la casa de ejercicios espirituales en que se recluían
anualmente las mujeres devotas de Lima.
Esta decisión provocó la protesta del arzobispo
quien, constreñido a acatar la orden o abandonar la capital, optó por
embarcarse rumbo a España.
Más radical había sido el obispo de Maynas, quien,
al conocer la toma de Lima, descalificó a "San Martín y a sus gavillas de
bandidos y bribones, traidores al rey y a Dios", y condenó a la excomunión
al Protector y a quienes jurasen la independencia. El obispo de Huamanga, a su
vez, por negarse a jurar la independencia, fue expulsado del país.
* * * *
Tratando de apoyar las ventajas topográficas de los
alrededores de Lima, el Protector desplegó sus fuerzas (que doblaban en número
a las de Canterac, pues Arenales acababa de llegar de la sierra) a través del
río Surco, y las dividió en tres líneas. Además, le escribió a Cochrane para
pedirle que desembarcara las tropas de la escuadra para reforzar la defensa de
la capital, pero éste le contestó que sus marineros estaban
"revoltosos" y que prefería quedarse a bordo con ellos para cuidar el
orden y mantener el bloqueo a los castillos del Callao. Explicaba que era
importante el cuidado de la fortaleza porque en ella había dos mil españoles y
cinco millones de pesos, con los cuales —lo decía claramente— él trataría de
pagar a su tripulación.
San Martín trinó contra esta respuesta de Cochrane,
a quien en la intimidad llamaba despectivamente el "Lord Metálico", y
partió enfurecido hasta su campamento, una casa en una serranía desde la cual
se divisaban las líneas de defensa y algunos movimientos del enemigo.
Poco después llegaba a caballo hasta el lugar el
propio almirante, acaso para suavizar con su presencia la negativa a
desembarcar sus fuerzas.
El Lord, el general Las Heras y otros oficiales
pidieron a José que atacase de inmediato al enemigo, atento a la superioridad
numérica y a la ansiedad de sus soldados por luchar, pero San Martín estaba
impasible.
Ante la insistencia de sus camaradas, respondió
secamente:
—Mis medidas ya han sido adoptadas.
Y explicó que quería posibilitar a Canterac su
ingreso a la fortaleza del Callao, tratando de evitar un choque armado.
Cochrane presionó nuevamente a San Martín para que
atacara, y recibió una dura contestación:
—Señor almirante: le recuerdo que sólo yo soy el
responsable de la libertad del Perú. Cuando vio que las columnas españolas
formaban un triángulo para dirigirse a los castillos del Callao sin atacar
Lima, José sonrió satisfecho: —Están perdidos. No tienen víveres ni para quince
días. Tendrán que rendirse o ensartarse en nuestras bayonetas.
Retornó al palacio virreinal y, esa noche, volvió a
hacer el amor con Rosita con toda alegría, en lecho mullido y con sábanas de
Holanda con olor a alcanfor.
Capítulo XVIII
Conspiraciones por todas partes
(1821—1822
El Protector acertó con su vaticinio sobre el
Callao: a los seis días de estar en la fortaleza, Canterac comprobó que no
podía obtener víveres de los barcos neutrales que estaban en la bahía y optó
por retirarse con sus tropas nuevamente hacia la sierra.
San Martín lo dejó ir y luego, tardíamente, envió
en su persecución a una compañía, que fue batida por la retaguardia.
José prefirió presionar al comandante del Callao a
que capitulara, cosa que efectivamente sucedió.
Producida la rendición y la entrega de los
castillos, le escribió satisfecho a O'Higgins:
Los enemigos han sido batidos sin más que
movimientos y tomar posiciones inexpugnables. Desesperados de que no me sacaban
de mi posición y muertos de hambre, abandonaron la plaza del Callao y
emprendieron la retirada. El Perú es ahora libre, pues el único ejército en que
podían confiar nuestros enemigos está deshecho. Es incalculable lo que hemos
hallado en el Callao: en artillería pasan de ochocientos los cañones de todo
calibre. En conclusión, yo ya veo el término de mi vida pública y voy a tratar
de entregar esta pesada carga a manos seguras y a retirarme a un rincón a vivir
como hombre.
Pero la alegría del Protector duró poco: el mismo
día que Canterac abandonaba el Callao, el almirante de la armada de Chile se
apoderaba de los caudales en oro y plata que San Martín había enviado a los
buques mercantes surtos en Ancón. Mientras en Lima se celebraba con tres días
de fiesta el cambio de bandera en los castillos, José ardía de rabia contra
Cochrane.
—Este escocés es un codicioso que sólo piensa en él
—se descargaba ante Rosita—. Y está tratando de enfrentarme con O'Higgins.
Envió a Guido hasta Ancón con una nota personal, en
la que ordenaba a Cochrane, en su carácter de Protector del Perú y general en
jefe, la restitución de los bienes incautados.
Pero el almirante le respondió que tenía a su
tripulación prácticamente insubordinada por la falta de pago y que, en vez de
devolver esos caudales, volvería al Callao para proceder al día siguiente a
abonarles sus haberes atrasados y las gratificaciones prometidas. Si un
comisario de la escuadra quiere estar presente —añadía— no habrá ningún
inconveniente en recibirlo.
Cada vez más furioso, José consultó con Monteagudo.
El tucumano, siempre perfumado, con las manos cuidadas y un anillo de
diamantes, le sugirió proponer a Cochrane una salida airosa: que el comisario
del ejército se apersonase en el buque del jefe de la Armada chilena; que éste
le entregase el dinero y que, a renglón seguido, el funcionario procediese a
pagar a los marineros y oficiales. De este modo, argumentó moviéndose de un
lado a otro, quedaba salvado el honor del gobierno peruano y la tripulación satisfacía
sus créditos.
—No comparto —contestó negativamente el pelirrojo
Lord— que en esto esté en juego el honor del gobierno. La transferencia del
dinero sólo servirá para renovar en mi escuadra la insubordinación, de la cual
debo salvarla en virtud de mi juramento de fidelidad al gobierno de Chile. ¿Por
qué —se preguntaba en forma acusatoria— habiendo dinero no se nos abonó
oportunamente?
Tronando de odio contra Cochrane, San Martín le
ordenó que volviera a Chile con la escuadra a su mando, en virtud "del
escandaloso acto de piratería de Ancón", y además le endilgó otras
acusaciones retroactivas: apoderamiento de propiedades en los llamados puertos
intermedios, imposición de contribuciones indebidas, quebrantamiento del
bloqueo para enriquecerse, robo de medicinas, otorgamiento de pasaportes por
dinero, comunicación impropia con el enemigo y calumnias contra su jefe, el
actual Protector.
* * * *
Cochrane partió hacia el norte con sus buques, pero
José se indignó y preocupó aun más al no lograr que en Chile se lo declarase un
proscripto. "Todos tenemos la culpa de su conducta —le escribía
contemporizador O'Higgins— y la logia en la mayor parte. No conviene sacarlo
fuera de la ley porque entonces, asociándose a cualquier provincia
independiente, enarbolaría nueva insignia, uniría sus intereses a los
comerciantes extranjeros y nos bloquearía los puertos".
En realidad, el director supremo chileno se
encontraba en posición incómoda, pues la opinión pública de su país había
interpretado la acción del Lord como un acto de patriotismo. "En Chile
—añadía Bernardo— se ha aprobado el uso de los caudales para víveres y sueldos
de los marineros. Las opiniones han avanzado más allá de la moderación y es
conveniente obrar con disimulo".
El Protector trataba de seguir su labor de gobierno
de acuerdo con el espíritu liberal: eliminó los castigos de azotes y la
ejecución en la horca y estableció una visita anual de los funcionarios a las
cárceles. Realizó personalmente una inspección de la prisión de la ciudad,
donde escuchó las quejas de los reclusos. Asistió a la inauguración de la
Biblioteca Pública, que fundó con el aporte de muchos de sus libros, que lo
acompañaban desde España. Buen amante del teatro, decretó que "el arte
escénico no irroga infamia al que lo profesa" y que los ' cómicos podían
optar a los empleos públicos y ser vistos con consideración por la sociedad.
Pero la actitud de Cochrane lo tenía muy afectado y
empezó a tener nuevos ataques de reumatismo. Después de la capitulación del
Callao, se había posesionado de una vivienda en Jesús María (confiscada a la
esposa de un general realista) y de la casa de campo que el virrey Pezuela
había construido en La Magdalena, un pequeño pueblo de veraneo, a doce
kilómetros de Lima, en un sitio pleno de árboles y vecino al mar.
Frente a la plazuela de esta villa, pródiga en
higueras de Indias, y en diagonal a la iglesia churrigueresca con mucho oro y
tallados, la quinta tenía al frente y al fondo dos grandes galerías con pilares
circulares, a las que se accedía por una doble escalera. Los pisos eran de
baldosones, los techos de madera con claraboyas y las gruesas paredes de adobe
de las dos salas habían sido decoradas con motivos clásicos. En algunos de los
muros divisorios de las habitaciones laterales se habían hecho aberturas para
colocar lámparas. Desde un elevado mirador de tablas podía verse el mar y la
finca había sido bautizada como el "palacio".
Desde la galería del fondo se descendía al jardín,
un paraíso tropical con pacaes, enredaderas, plátanos, cidros, membrillos,
guayabos y un pozo de agua con brocal, donde el murmullo de las palomas y el
piar de los pájaros alegraba las mañanas de José, quien empezó a aficionarse a
la bella residencia, en la que se sentía aliviado de sus dolores.
Rodeada de huertas con viñas y palomares, la
propiedad tenía una calesa con mula y guarnición y se distinguía en esa pequeña
localidad cuyas acequias brindaban la posibilidad del verdor en medio del
desierto. Las fechas de las lluvias y las "cargas" del Rimac (el río
"sonoro") y sus derivados eran muy importantes, hasta el punto que se
vinculaban con las fiestas de los santos:
De San Francisco el cordón abre los diques del
cielo.
Y San José, aunque llorón, pone en cerrarlos su anhelo
San Martín se sonreía ante estas creencias, pero lo
cierto es que en esa bella geografía y en la acogedora quinta se olvidaba de su
reuma y pasaba casi todos los días hábiles en compañía de Rosita. Uno de los
ministros venía diariamente a traerle la firma del despacho y, los sábados,
José y su amiga, ella vestida de fiesta con zapatos de seda, y él con su nuevo
e imponente uniforme de gala con nutridas palmas de oro, partían en su carroza,
seguidos por una guardia de honor, hacia el centro de la ciudad, donde asistían
a los bailes o saraos.
Algunos domingos permanecían en la finca, donde el
Protector retribuía a la gente importante de Lima con almuerzos con platos
franceses pero también con picantes, cebiches, tamales criollos y ambrosías,
seguidos por corridas de toros celebradas en la avenida adyacente.
En imitación de Napoleón Bonaparte, que había
opacado a la antigua nobleza de toga de Francia creando una nueva elite
nobiliaria basada en los méritos militares, dispuso la creación de la Orden del
Sol para quienes contribuyesen a consolidar la independencia del Perú, en los
grados de fundadores, beneméritos y asociados, con trato de excelencia, señoría
y honorable, todos con sueldos del Estado.
Esto provocó contrariedad en los patriotas
republicanos, que consideraban incompatible con la democracia a una institución
hereditaria que contribuía a mantener el parasitismo. Por su parte, los
presuntuosos nobles de Castilla —a quienes San Martín había expedido nuevos
títulos de condes y marqueses con su firma— rechazaron la Orden por entender
que se intentaba formar una nueva aristocracia de advenedizos.
Cada uno desde su ángulo, estos sectores veían con
preocupación que el Protector intentaba perpetuarse en el mando a través del
establecimiento de un régimen monárquico y, posiblemente, con él mismo como
regente o emperador. El hecho de que en el palacio virreinal se hubiera
sustituido el retrato bajo dosel de Fernando VII por el suyo (privilegio
exclusivo de la casa reinante) y que también en el Cabildo, la Universidad y
las restantes corporaciones luciera su efigie, alentaba estas suspicacias.
Una canción popular que empezó a circular,
titulada La Palomita, parecía apoyar estas supuestas aspiraciones
de San Martín, dado que de alguna manera lo equiparaba al antiguo monarca de
los indígenas:
Palomita, hermosa de todo mi amor,
hagamos memoria del Inca Señor.
Vuela, vuela alegre aplaudiendo al fin,
y dale las gracias a mi San Martín
En la plaza de los Desamparados un músico cantaba
un yaraví del mismo espíritu, mientras algunos comedidos —entre ellos dos
frailes— recolectaban firmas a favor de la instalación de un imperio y la
coronación de José.
Aunque el ministro Monteagudo desmentía estas
manifestaciones y decía perseguir a quienes propalaban las especies, las
murmuraciones decían que en realidad estos artistas estaban financiados y
alentados desde palacio.
Lo cierto era que el Protector aceptaba de buen
grado los homenajes a su persona. En la Universidad de San Marcos se lo recibió
en forma solemne y el procurador de la casa de estudios y notario mayor del
Arzobispado proclamó, con gran pompa, que las generaciones futuras debían
tributar al héroe y Libertador admiración, gratitud y ternura. Y durante una
fiesta taurina en la plaza de Acho, a la que asistió con Rosita, un poeta
popular, en presencia de representantes de las corporaciones y del público llano,
le renovaba sus glorias:
La ventura mayor que Lima goza,
¿quién podrá describirla en este día?
Ni el plácido contento en que rebosa
¿cómo podrá expresarlo la voz mía?,
al ver que todo el orbe se alboroza,
porque torna a poseer lo que perdía,
cuál es su independencia, por la mano,
de un digno Protector americano.
El propio San Martín, personalmente, había elegido
y consagrado un Himno Nacional que, en sus primeras estrofas, mencionaba su
apellido:
Ya el estruendo de broncas cadenas que escuchamos tres siglos de horror, de los
libres, al grito sagrado que oyó atónito, el mundo cesó.
Por doquier San Martín inflamado libertad, libertad, pronunció, y meciendo su
base los Andes la enunciaron también a una voz.
Los oficiales superiores del ejército libertador, a
su vez, estaban descontentos con su jefe. Le reprochaban que no hubiera luchado
con Canterac y que lo hubiese dejado reunirse nuevamente con La Serna en la
sierra. El virrey se había hecho fuerte en el Cuzco, mientras el primero se
había rearmado en el valle de Jauja. Actuando en combinación, desde allí
controlaban la zona montañosa, los puertos intermedios y el sur del territorio
hasta el Alto Perú, mientras los patriotas dominaban el norte, Lima y una parte
del centro.
Pensaban que San Martín había perdido su capacidad
de mando y se había dedicado a disfrutar de los placeres del poder y a
enriquecerse, y se quejaban de que, por su indolencia, una guerra casi ganada
había vuelto a equilibrarse.
Antes de partir, Lord Cochrane había contribuido a
echar leña al fuego, pues más de una vez había comentado en los salones:
—San Martín vive inactivo, sahumándose
vanidosamente con el incienso del Protectorado...
Un complot de sus propios oficiales empezó a
gestarse contra el Protector, para deponerlo. Una tarde, el jefe del batallón
Numancia denunció la conspiración a San Martín, quien; no se sorprendió
demasiado pues olfateaba el movimiento, pero de todos modos tuvo un gran
disgusto. Empezó a temer por su vida y varias noches fue a dormir al batallón
chileno N° 4, en el cuarto del comandante, para evitar un atentado.
Convocó a una junta de oficiales y planteó allí el
tema de la conjura, en presencia del propio denunciante. Todos los acusados
negaron su participación y, en definitiva, el Protector dispuso que el jefe del
Numancia marchara para Guayaquil, pues su permanencia en el ejército se hacía
muy difícil.
A pesar de esta decisión, José quedó convencido de
que el complot había existido y que, por lo tanto, no podía confiar en ninguno
de sus jefes superiores.
Para conquistarlos nuevamente, o por lo menos para
neutralizarlos, pidió al Cabildo que se le permitiera repartir quinientos mil
pesos (provenientes de confiscaciones a los españoles) entre veinte de sus
oficiales. El reparto no se hizo en numerario sino en fincas y adicionalmente
entregó en propiedad al director supremo de Chile, en calidad de obsequio, las
haciendas de Montalván y Cuiba, ubicadas en el valle de Cañete, que habían sido
confiscadas al heredero del fiscal de la Audiencia de Lima y cuyo valor
ascendía a más de medio millón de pesos.
Como el reparto de los inmuebles entre los
oficiales se había hecho por valores iguales, los veteranos y los de graduación
superior, como Las Heras y Necochea, se sintieron desairados y mal tratados por
esa injusta nivelación que no respetaba las jerarquías. Por ello, y como
colofón de su disidencia y decepción, decidieron volver a Chile y se
despidieron fríamente de su general.
"No me acusa la conciencia haberles faltado en
lo más mínimo —le escribió José a O'Higgins—, y sin embargo estos antiguos
jefes se van disgustados. Paciencia".
* * * *
El Protector sintió los golpes que le venían desde
su propio frente y decidió iniciar una nueva negociación para terminar la
guerra. Desde Bogotá, Simón Bolívar le había escrito comentándole que, en
México, Agustín Iturbide y el nuevo virrey habían firmado un acuerdo aceptando
el Plan de Iguala, de tal modo que se reconocía la independencia y se ofrecía a
Fernando VII u otro príncipe español ser el emperador del reino. A Bolívar esta
solución no le gustaba, pues temía que Fernando VII pudiese tener idénticas
pretensiones sobre los demás gobiernos libres de América y exhortaba a San
Martín a "terminar la expulsión de los españoles de todo el continente,
estrecharnos y garantirnos mutuamente para arrostrar los nuevos enemigos y los
nuevos métodos que pueden emplear".
Sin embargo, a José le había atraído sobremanera el
acuerdo de México y, oportunamente, había tratado en Punchauca de lograr algo
parecido y constituirse, como Iturbide, en un factor de poder y, eventualmente,
en regente o emperador.
Por ello, al contrario de lo solicitado por el
libertador de Colombia, intentó un nuevo arreglo con La Serna pero fue
rechazado. Ante ello decidió "puentear" al virrey y envió un emisario
ante Canterac para que, mencionando la situación de México, le ofreciera un
armisticio, sobre la base del reconocimiento de la independencia.
Hacia el fin de año, al cabo de seis meses de
ocupar Lima, se ilusionó con una respuesta favorable y le escribió a O'Higgins:
Espero los resultados de una negociación secreta
que he entablado con Canterac. Si ella se verifica, la guerra del Perú estará
concluida. Algún dinero costará, pero todo se puede dar por bien empleado por
dar la paz a estos pueblos.
Canterac, leal a su superior, le contestó que no
estaba autorizado por el virrey La Serna para realizar un tratado. Y que
teniendo en cuenta la desunión que existía en Lima; la horrorosa anarquía en
las provincias del Río de la Plata que después de tantos años no podían
consolidar un gobierno, con Santa Fe presa de los bárbaros y Tucumán ocupada
por Bernabé Aráoz; y con las tropas realistas ocupando las cuatro quintas
partes del Perú, estaba convencido de que España sofocaría la revolución en
América.
Indignado y frustrado con la respuesta, José
resolvió actuar duramente con los españoles que permanecían en Lima: expulsó a
quienes no hubiesen solicitado la ciudadanía, con pérdida de la mitad de sus
bienes a favor del Estado peruano. Unos quinientos peninsulares, muchos de
ellos con esposas e hijos peruanos, salieron del territorio entre los lamentos
de sus familiares y las sordas protestas de muchos sectores independientes que
no aprobaban las medidas jacobinas ni las exacciones. También dispuso enviar una
expedición punitiva a la sierra, la que puso al mando de dos jefes peruanos,
pues no confiaba ya en los oficiales del ejército libertador. En realidad,
tampoco tenía fe en los militares nativos que se habían pasado a sus fuerzas al
ver que la situación de Lima se había decidido, pero no encontraba otra
alternativa.
San Martín había dictado un Estatuto Provisorio,
mediante el cual se creaba un Consejo de Estado, compuesto de doce miembros,
entre ellos cuatro nobles de Castilla con sus títulos reexpedidos por el propio
Protector. Al advertir que la situación militar no se resolvía, que la
oposición interna aumentaba y creyendo que era necesario lograr un
"gobierno vigoroso", José sugirió al Consejo que se enviasen
secretamente dos representantes ante las cortes europeas, a los efectos de
promover el reconocimiento de la independencia del Perú y lograr la alianza y
la protección de una potencia de primer orden, preferentemente Inglaterra.
Juan García del Río y Diego Paroissien fueron
elegidos para esa misión confidencial, a cuyo efecto se los autorizó a aceptar
que el príncipe de Saxo Coburgo, o en su defecto un miembro de la dinastía
reinante en Gran Bretaña, se corona de emperador del Perú. Para el caso de que
se presentasen obstáculos insuperables, debían dirigirse al emperador de Rusia
y, en su defecto, ante las cortes de Francia o Portugal, pudiendo aceptar en
última instancia al español duque de Luca.
Los enviados debían pasar previamente por Santiago
de Chile y Buenos Aires. Desde su residencia de La Magdalena, donde se
encontraba en cama por los dolores reumáticos y la preocupación sobre la
situación, José le escribió a O'Higgins reservadamente para sugerirle que
adhiriera a la embajada:
He resuelto mandar a García del Río y Paroissien a
Inglaterra a negociar no sólo el reconocimiento de la independencia de este
país, sino también a dejar puestas las bases del gobierno futuro que debe
regir. A su paso por esa ciudad instruirán a usted verbalmente de mis deseos.
Si ellos convienen con los de usted y los intereses de Chile, podrían ir dos
diputados por ese Estado que, unidos a los de éste, harían mucho mayor peso en
la balanza política e influirían, mucho más. Estoy persuadido de que mis amigos
serán de la aprobación de usted, porque creo estará usted convencido de la
imposibilidad de erigir estos países en repúblicas. Al fin, yo no deseo otra
cosa que el gobierno que se forme sea análogo a las circunstancias del día,
evitando por este medio los horrores de la anarquía. ¡Con cuánto placer veré,
en el rincón en que pienso meterme, constituida a la América bajo una base
sólida y estable!
Resolvió otorgar una condecoración a las damas que
se hubiesen destacado por el apoyo al movimiento emancipador. Ciento doce
mujeres, entre ellas varias que ostentaban antiguos títulos de nobleza como la
marquesa de Torre Tagle, o las condesas de la Vega y la de San Isidro,
desfilaron por las calles de Lima y se dirigieron luego al palacio virreinal,
donde el Protector les puso elegantemente en su pecho la dorada insignia que
las distinguía. Entre las homenajeadas estaban Rosa Campusano y su amiga Manuela
Sáenz, una co provinciana del Ecuador, hija natural como ella, que había tenido
una juventud turbulenta en Quito y ahora estaba casada con un comerciante
inglés.
La inclusión de Rosita, quien era llamada
privadamente la "Protectora", provocó críticas entre la cerrada
aristocracia limeña.
* * * *
Convocó a un Congreso General Constituyente para
establecer la forma definitiva de gobierno y, mientras esperaba los resultados
de la expedición a la sierra, se dispuso a viajar a Guayaquil para
entrevistarse con Bolívar, ya que intuía que no iba a poder derrotar
definitivamente a los españoles sin su colaboración. José le había enviado como
apoyo unos mil hombres para que se pusieran a su disposición en Quito, de modo
que esperaba reciprocidad del jefe venezolano.
Transmitió el mando al marqués de Torre Tagle y
partió en la goleta Moctezuma, pero al llegar al puerto de
Paita se enteró de que las cosas de Bolívar se habían complicado, pues al
intentar embarcar en Buenaventura con dos batallones supo que unas fragatas
españolas se movían en esas aguas y debió atender a la defensa de la zona de
Pasto.
Regresó a Lima, pero no reasumió el mando, sino que
se instaló en la Magdalena. Estaba contento de estar nuevamente con Rosita,
pero el intenso calor del verano y la preocupación por el fracaso en terminar
la guerra lo agobiaban.
Se encontró con una carta de García del Río desde
Chile, quien le informaba que las cosas no habían marchado bien en Santiago:
Los chismes y los cuentos han abundado aquí
respecto de nosotros, esparcidos principalmente por los oficiales que han
venido descontentos. Los ánimos están irritados contra usted y se recibió con
regocijo lo ejecutado por Cochrane en Ancón.
En cuanto a nuestra misión, O'Higgins nos dijo que en Chile no hay formada
opinión sobre el sistema de gobierno, por lo cual era mejor dejar continuar las
cosas en su estado actual. Entendiendo que su motivo es el de retener el mando,
nos abstuvimos de insistir y acordamos mantener el encuentro dentro de la
confidencialidad.
Quiso contemplar el estandarte que había usado
Francisco Pizarro durante la conquista del Perú por España y, después de
tenerlo unos días, lo presentó al Ayuntamiento para que certificara su
autenticidad. El Cabildo confirmó que se trataba del verdadero pendón y
resolvió entregárselo al Protector, para que lo conservara en su poder.
La oposición, cada vez más activa, comentó que el
mandatario había presionado, sin ninguna delicadeza, a los regidores y a los
alcaldes para apoderarse impropiamente del estandarte.
* * * *
Desde la sierra recibió malas noticias: el ejército
que había mandado para enfrentar a los realistas había sido vencido por las
fuerzas españolas en el sur, en las proximidades de lea.
Para colmo, los peninsulares se habían incautado de
una carta que San Martín había enviado a uno de los jefes peruanos instándolo a
recoger fondos entre los españoles, y la habían publicado con fines de
propaganda para mostrar su crueldad:
En respuesta a su pedido de recursos, debo decirle
que más fácil le será a Usted obtenerlos allí por medio de contribuciones,
embargos y otros ramos. Recuerde que los pueblos sólo son obedientes cuando son
pobres y es necesario que desaparezcan los grandes propietarios, los cuales
siempre son enemigos de toda mutación para no perder lo que tienen. Con causas
secretas, confiscación de bienes y destierros, con la mayor apariencia de
justicia que sea posible, hallará usted cuanto pueda necesitar para tener contentas
a esas tropas. Todo sospechoso contra nuestra causa debe quedar en la
mendicidad. Y nuestros partidarios están también obligados a sostener el peso
de la guerra. Por lo mismo no les debe ser extraña ninguna exacción que cubra
nuestros gastos y pague nuestras molestias, pues no será justo que quedemos
pidiendo limosna o mendigando el sustento en países extranjeros, si tenemos la
desgracia de que esto tenga un término fatal.
Decidió reasumir el mando militar e intentar una
nueva iniciativa: enviar una nueva expedición a la sierra, combinada con otra a
los puertos intermedios. Para ello necesitaba contar con apoyos desde Chile a
los puertos; y desde las Provincias Unidas hacia el Alto Perú, para distraer a
las fuerzas realistas.
Se ilusionó con que podía contar con estas
colaboraciones y envió un emisario a Santiago y otro a las Provincias Unidas.
O'Higgins seguía respaldando en Chile a su amigo
San Martín, pero su margen de maniobra había mermado. En parte por sus propias
dificultades políticas y en parte por el desprestigio del Protector peruano,
luego de su enfrentamiento con Cochrane.
El delegado ante las Provincias Unidas, el
comandante Antonio Gutiérrez de la Fuente, encontró muy buena disposición en
los gobernadores de Mendoza, San Juan y Córdoba, pero éstos carecían de dinero
para montar las tropas requeridas. Al llegar a Buenos Aires, el gobernador
Martín Rodríguez le dijo que hablase con el ministro Bernardino Rivadavia,
quien, luego de consultar el tema a la junta representativa (en la cual la
mayoría de los miembros se expresó duramente contra San Martín), le expresó que
la provincia prefería lograr la terminación de la guerra mediante negociaciones
antes que seguir alimentando los choques armados. En realidad, los gobernantes
porteños no le perdonaban al general que en su momento los hubiese abandonado
con su ejército, dejándolos en un clima de anarquía del cual todavía no habían
logrado salir.
Enterado en Lima de este fracaso, José se sintió
aislado y desolado. Había ofrecido pagar con fondos peruanos los gastos en que
se incurriese para lograr la liberación de la América del Sur, pero aun así no
se lo apoyaba por antiguos y mezquinos rencores.
* * * *
Su único y último recurso era conseguir el respaldo
de Simón Bolívar, quien con su victoria de Pichincha había logrado la
capitulación de los realistas, había ocupado Quito y se encontraba dueño de la
zona norte de Sudamérica. Se ilusionó al considerar que acababa de firmarse un
tratado de "unión y confederación" en la paz y en la guerra entre
Perú y Colombia, para sostener su independencia de la nación española.
Si antes del tratado le envié un apoyo de 1.300
hombres –pensaba San Martín—, con más razón ahora no podrá negarme un respaldo
de tropas y pertrechos.
* * * *
Cuando recibió una comunicación de Bolívar en la
que le manifestaba que el ejército de Colombia estaba dispuesto a marchar
adonde lo llamaran sus hermanos del sur, recuperó el optimismo y sintió que sus
problemas empezaban a solucionarse. Le escribió a O'Higgins para manifestarle
su alegría y sugerirle un nuevo curso de acción, en el que la audacia se
mezclaba con el interés:
Este golpe feliz ha hecho tomar un nuevo aspecto a
la guerra de este país. Sin embargo, como las posiciones de la sierra, que
ocupa el enemigo las puede disputar palmo a palmo y por otra parte la terquedad
de los españoles es bien conocida, creo que el modo de negociar la paz con
ellos es llevarles la guerra a la misma España. Por, lo tanto, estoy resuelto a
que las fragatas Prueba y Venganza y la goleta Macedonia salgan a principios de
agosto con destino a Europa a arruinar del todo el comercio español. Creo que
sería muy del caso, tanto por el honor de Chile como por, el interés general,
que si V. puede unir a estas fuerzas algunas de ese lado la expedición tendría
los mejores resultados. Las ventajas de esta empresa no se le pueden ocultar,
pues sus resultados necesariamente deben ser felices y de gran utilidad para
pasar el resto de los días que nos queden sin tener que mendigar.
Capítulo XIX
E1 recurso de Guayaquil
(1822)
Hacía frío ya en Lima cuando el Protector partió
para el Callao para embarcarse en la goleta Macedonia, junto con sus ayudantes
de campo y una escolta de veinticinco húsares. A medida que navegaban hacia el
norte, la temperatura subía y José trataba de pensar serenamente sobre su
presente y su futuro.
El buque entró en las aguas del Guayas y el clima
se manifestó claramente templado y la vegetación tropical, pues estaban a sólo
dos grados del ecuador: el río reflejaba colores púrpuras y dorados, mientras
el follaje de las orillas desbordaba enormes ramas verdes, animadas por las
figuras y los cantos de profusas aves, entre las que se destacaban pintorescos
papagayos y ceñudos tucanes.
Al arribar a la isla de Puná, el navío fue saludado
con las salvas de ordenanza por el capitán de la escuadra peruana que se
encontraba allí, quien subió a bordo para saludarlo, contarle las últimas
novedades de Guayaquil y entregarle una carta de Bolívar.
En Guayaquil existían desde hacía un tiempo dos
partidos: uno que buscaba la protección del Perú, y otro que procuraba la
anexión a Colombia. Los primeros eran afectos a San Martín y los segundos,
lógicamente, a Bolívar.
Pero el venezolano había entrado súbitamente con
sus tropas a la ciudad y, desplazando a la junta de gobierno pro peruana, se
había encargado del mando político y militar y había sido aclamado por la
población. Por este golpe de mano, realizado con "el hechizo y la
sorpresa", Guayaquil formaba ya, de hecho, parte de la Gran Colombia que
Simón intentaba redondear.
Quizá para suavizarle este mal trago, la carta de
Bolívar era extremadamente cordial:
Es con suma satisfacción, dilectísimo amigo y
señor, que doy a usted el título que mucho tiempo ha en mi corazón le ha
consagrado. Amigo le llamo a usted, y este nombre será, el que debe guardarnos
por la vida, porque la amist.add es el único vínculo que corresponde a hermanos
de armas, de empresas y de opinión.
Espero que no dejará usted burlada, el ansia que tengo e estrechar en el suelo
de Colombia al primer amigo de mi corazón y de mi patria.
¿Cómo es posible que usted venga de tan lejos para dejarnos sin la posesión
positiva en Guayaquil del hombre singular que todos anhelan conocer y, si es
posible, tocar? Yo lo espero y también iré a encontrarle donde quiera que usted
tenga la bondad de esperarme, pero sin, desistir de que usted nos honre en esta
ciudad. Pocas horas, corno usted dice, son bastantes para tratar entre
militares, pero no alcanzarán para satisfacer la pasión de la amistad de
conocer al objeto que se amaba sólo por la opinión, sólo por la fama.
A San Martín le cayó mal la actitud de Bolívar, que
juzgó apresurada y algo prepotente, y hasta dudó si continuar su viaje o
regresar a Lima. Pero como su principal objetivo era lograr un apoyo en armas,
decidió deponer su orgullo, ignorar el gesto de poderío y seguir.
Al mediodía del soleado viernes 26 de julio de
1822, arribaba al muelle de Guayaquil. Dos ayudantes de Simón subieron a
saludarlo a bordo y lo acompañaron a desembarcar. El puerto estaba frente al
edificio de la gobernación, en cuya vereda, rodeada de palmeras, se le
rindieron honores militares. Desde allí caminó cuatro cuadras por el malecón
acompañado por su comitiva y un batallón de infantería, hasta llegar a la casa
de dos pisos que se le había destinado, en cuya puerta lo esperaba Bolívar, con
uniforme de gala, sombrero con franja de oro y plumas, botas altas con espuelas
y rodeado por su estado mayor.
El venezolano se adelantó unos pasos, le extendió
la diestra y dijo:
—Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y
estrechar la mano del renombrado general San Martín...
El Protector respondió al cumplido y luego ambos,
seguidos por los séquitos, subieron la escalera y se dirigieron a un amplio
salón preparado ya para la reunión, donde se presentaron recíprocamente a los
colaboradores. Los representantes de las corporaciones saludaron al visitante y
luego se presentó un grupo de damas, una de las cuales, que no tenía más de
diecisiete años, lo agasajó con breves palabras y se adelantó y le colocó una
corona esmaltada de laureles en la frente.
José se la quitó y, con expresión amable, expresó
que él no merecía semejante acto de distinción, pues había otras personas con
más mérito, pero que lo aceptaba por las manos de quien venía y por el
patriotismo que inspiraba el gesto.
Terminada la parte protocolar, los asistentes se
retiraron y los dos generales quedaron solos en la sala, para conferenciar.
—Supongo que usted estará muy sofocado por todas
estas "pellejerías" de la revolución y de Guayaquil —arrancó el
Protector, como para iniciar la charla.
El Libertador se sorprendió por la vulgaridad de
este término y recordó que muchas veces le habían dicho que San Martín era un
soldado ordinario, cuyas victorias habían sido casuales.
Entraron a conversar sobre la situación y José le
confesó que necesitaba un fuerte respaldo de hombres y pertrechos para decidir
la suerte de las armas.
—Lograda esta victoria militar —añadió, como para
darle un alivio a su colega y rival,— me retiraré del mando sin esperar a la
finalización de la guerra.
Simón le respondió que podía contar con mil
ochocientos colombianos que él le enviaría, más la devolución de los mil
trescientos soldados que le habían ayudado en Pichincha.
—Como verá —agregó con cierta petulancia— el Perú
tendrá más de tres mil hombres de refuerzo...
El misionero advirtió que ese número le era
insuficiente y resolvió jugar una carta más: invitó al venezolano a entrar al
Perú al frente de sus ejércitos. —Yo actuaré personalmente —quiso tentarlo— a
sus órdenes directas.
—General —lo interrumpió Bolívar—, mi delicadeza no
me permitiría jamás perturbar el comando de un jefe como usted. Y además el
Congreso de mi país no me permitiría abandonar nuestro territorio.
San Martín se dio cuenta con dolor de que las
últimas esperanzas de resolver su estado de impotencia se le esfumaban de las
manos. Se sintió abandonado y le costaba asumir que no iba a tener el apoyo
militar que necesitaba para definir la situación del Perú. Quiso disipar su
sentimiento de desolación y notó que Bolívar, bajo de estatura, no miraba fijo
a los ojos. Le pareció que, tal como le habían comentado, era astuto, vanidoso
y superficial.
Conversaron sobre algunas otras generalidades, pero
José no podía mantener la atención sobre los temas, pues sólo pensaba en su
situación crítica, casi ya sin salida.
Fue un alivio terminar la reunión. Se despidieron
con un abrazo y el venezolano partió a su residencia en medio del calor de la
siesta.
José prefirió no almorzar y se quedó solo en su
habitación, para pensar en el momento que vivía y analizar sus futuros pasos.
Durmió una pequeña siesta y soñó que algunos jefes realistas, con uniformes
vistosos y rostros pálidos y extraños, se reían de él y le decían que era un
cholo que no sabía adónde ir.
Se despertó algo sobresaltado, pero ahora la
realidad le parecía mucho más soportable. Reunió a su estado mayor y, poniendo
su mejor cara, caminó con sus hombres las cinco cuadras que lo separaban del
edificio de la aduana, donde estaba instalado el venezolano, para retribuirle
su visita.
Volvieron a entrevistarse a solas y, al hablar de
las formas de gobierno, el Protector manifestó que antes de retirarse dejaría
bien organizado ese tema: explicó que en el Perú el sistema no podía ser
democrático y que era necesario traer un príncipe de Europa.
—Ni a la América ni a Colombia le conviene traer
príncipes extranjeros —sentenció el venezolano tajantemente. Y explicó:
—Son elementos ajenos a nuestra masa. Preferiría
que Iturbide se coronase en México, antes de que vengan Borbones, austríacos u
otra dinastía europea.
Bolívar pensaba que tanto Iturbide como San Martín
querían establecer una monarquía europea, con el objetivo último de que luego
ocupara el trono quien tuviera más popularidad, o más fuerzas para disponer.
José le adivinó el pensamiento y se apresuró a expresarle que él no quería
coronarse, pues estaba cansado del gobierno y el partido republicano del Perú,
integrado por abogados, lo acosaba permanentemente. Mi deseo —agregó— es
retirarme a Mendoza.
Simón manifestó que le habían denunciado que
O'Higgins estaba actuando en Chile como un dictador atrabiliario.
—El general O'Higgins —lo interrumpió José— es un
hombre liberal, prudente y tenaz en sus designios, con quien comparto
principios y le profeso amistad.
Conversaron un rato más y ambos ratificaron que era
imperioso acentuar el pacto de federación entre Colombia y Perú. Bolívar se
mostraba cada vez más obsequioso y San Martín le retribuía diciéndole que tanto
él, por su constancia en las adversidades y por la importancia de sus triunfos,
como Colombia, podían contar con su admiración y amistad.
La despedida, de nuevo, se hizo con un abrazo. José
cenó en su residencia y, después de los postres, concurrieron algunas personas
a saludarlo. Entre ellas estaba una joven viuda de 20 años, de singular
belleza, llamada Carmen Mirón y Alayón, cuyo padre era oriundo de la isla de
León, en Cádiz. El Protector estaba desalentado por el menguado apoyo militar
que había recibido, pero se animó con la presencia de la atrayente señora, con
quien hizo algunos brindis y cambió unas frases galantes. Al despedirse, ella
le dijo que le sería muy grato recibirlo en su casa a la mañana siguiente.
Concurrió temprano a la cita en el barrio del
Astillero, cuyas casas le recordaron precisamente a Cádiz. Pasó con Carmen
varias horas de cálido esparcimiento, que le sirvieron para evadirse de la
realidad en que se encontraba. Al mediodía volvió a almorzar en su morada y,
después del café, recuperó su aire reconcentrado y les dijo a los miembros de
su comitiva que tuvieran preparadas las maletas.
Fue de nuevo hasta la casa de la aduana a reunirse
con Bolívar. Intercambiaron cortesías y nuevas promesas de amistad y, a las
cinco, pasaron al comedor, donde el caudillo de la Gran Colombia ofreció una
magnífica cena para cincuenta personas. Al llegar los brindis, Simón levantó su
copa, estiró su pecho y dijo:
—Por los dos hombres más grandes de la América del
Sur, el general San Martín y yo. José levantó la suya y retribuyó:
—Por la pronta terminación de la guerra, por la
organización de las nuevas repúblicas del continente y por la salud del
Libertador.
El ayuntamiento ofreció a la noche un baile y el
venezolano se entregó a los valses con entusiasmo y despreocupación.
El misionero, en cambio, estaba abstraído y serio y
no quiso danzar. Pasada la medianoche, les indicó a sus edecanes que debían
partir:
—No aguanto más este bullicio —explicó.
Se despidieron de Bolívar y partieron por una
escalera reservada, acompañados por un asistente de éste, para no alterar el
desarrollo de la fiesta.
Caminaron hasta el muelle en silencio, mientras la
música y la alegría del baile quedaban atrás. Un bote los llevó hasta la Macedonia,
que levó anclas de inmediato.
* * * *
Navegaron hacia el sur y hacia el frío. José estaba
muy pensativo y, después de un almuerzo, les comentó a sus edecanes:
—Bolívar nos ganó de mano en este asunto de la toma
de Guayaquil.
Al arribar al Callao, el director del puerto subió
a bordo y le informó al Protector que, en su ausencia, un grupo de vecinos
importantes había exigido al marqués de Torre Tagle la renuncia del ministro
Monteagudo. Aquél había aceptado la imposición de los conspiradores y el
tucumano había sido depuesto, detenido y enviado al exilio.
San Martín quedó demudado por el modo en que habían
tocado a su colaborador. Tomó su carroza y, mientras marchaba hacia la
Magdalena, meditaba sobre lo que este nuevo golpe significaba. A Bernardo se lo
acusaba de haber expoliado a los españoles y el propio ministro depuesto se
jactaba de que, de los doce mil peninsulares que había en Lima a la entrada del
ejército libertador, al cabo de un año quedaban menos de mil. Por otro lado, el
fuerte sector republicano (motor de la protesta) se consideraba ahora defraudado
y le enrostraba su postura claramente monárquica.
En su fuero íntimo, José entendió con toda claridad
que el ataque contra Monteagudo estaba dirigido en realidad contra él mismo. Y
al pensar que los jefes de su ejército no habían defendido a su hombre, le
dolía llegar a la conclusión de que sus límites se agostaban por todas partes.
Llegó de pésimo humor a su finca y allí conversó
con Tomás Guido, quien le comentó que la opinión limeña había tomado muy mal la
anexión de Guayaquil a Colombia y se lo acusaba a San Martín de cobardía, por
haberla consentido e incluso avalarla con su visita a la ciudad. Rudecindo
Alvarado, a su vez, le confirmó sus temores: los oficiales y las tropas estaban
disconformes y levantiscos. Se durmió atribulado por tantas contrariedades, que
venían a sumarse a las que ya tenía. Se despertó temprano y, al momento de
tomar su opio, tenía ya resuelta la medida de retomar el mando político y, a la
vez, apresurar su retiro.
Quiso levantar los ánimos de la población patriota
y dictó a su escribiente una proclama:
El 26 de julio pasado, en que tuve la satisfacción
de abrazar al héroe del sur, fue uno de los días más felices de mi vida. El
Libertador de Colombia no sólo auxilia a este estado con tres de sus bravos
batallones que, unidos a la valiente división del Perú, al mando del general
Santa Cruz vienen a terminar la guerra de la América, sino también remite con
el mismo objeto un considerable armamento. Tributemos todos un reconocimiento
eterno al inmortal Bolívar
Le escribió a su amigo O'Higgins para contarle su
decisión:
Va a llegar la época por la que tanto he suspirado.
El 15 o el 16 del entrante voy a instalar el Congreso. El siguiente día me
embarcaré para gozar de la tranquilidad que tanto necesito; es regular pase a
Buenos Aires a ver a mi chiquilla. Si me dejan vivir en el campo con quietud
permaneceré; si no me marcharé a la Banda Oriental. Se ha reforzado el ejército
con cuatro batallones y tres escuadrones; tres de los primeros son de Colombia:
el total del ejército se compone en el día de más de once mil veteranos.
El éxito de la campaña que al mando de Rudecindo y Arenales se va a emprender,
no deja la menor duda. Usted me reconvendrá por no concluir la obra empezada;
usted tiene mucha razón, pero más tengo yo. Créa.rne, amigo mío, ya estoy
cansado de que me llamen tirano, que en todas partes quiero ser rey, emperador
y hasta demonio. Por otra parte, mi salud está muy deteriorada; el temperamento
de este país me lleva a la tumba. En fin, mi juventud fue sacrificada al
servicio de los españoles; mi edad media al de mi patria; creo que tengo
derecho de disponer de mi vejez.
También quiso precisar su posición frente a Bolívar
y le envió una misiva:
Querido general:
Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la
pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente yo estoy íntimamente
convencido de que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus
órdenes con las fuerzas de mi mando o de que mi persona le es embarazosa. Las
razones que usted me expuso, de que su delicadeza no le permitiría jamás
mandarme y que aun en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida,
estaba seguro de que el Congreso de Colombia no consentiría su separación de la
República, permítame, general, le diga no me han parecido plausibles. La
primera se refuta por sí misma. En cuanto a la segunda, estoy muy persuadido de
que la menor manifestación suya al Congreso sería acogida con unánime
aprobación cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados con
la cooperación de usted y la del ejército de su mando; y que el alto honor de
ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside.
No se haga ilusiones, general. Las noticias que tiene de las fuerzas realistas
son equivocadas. Ellas montan en el Alto y Bajo Perú, a más de diecinueve mil
veteranos que pueden reunirse en el espacio de dos meses. El ejército patriota
diezmado por las enfermedades no podrá poner en línea de batalla sino ocho mil
quinientos hombres y de éstos una gran parte reclutas. Por consiguiente, sin el
apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por Puertos
Intermedios no podrá, conseguir las ventajas que debía esperarse, si fuerzas
poderosas no llamaran la atención del enemigo por otra parte y así la lucha se
prolongará por tiempo indefinido. Digo indefinido, porque estoy íntimamente
convencido de que, sean cuales fueren las vicisitudes de la, presente guerra,
la independencia de la América, es irrevocable; pero también lo estoy de que su
prolongación causará la ruina de sus pueblos y es un deber sagrado para los
hombres a quienes están confiados sus des tinos evitar la, continuación de
tamaños males.
En fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado. Para el veinte del
mes entrante he convocado el primer Congreso del Perú y al día siguiente de su
instalación me embarcaré para Chale, convencido de que mi presencia es sólo el
obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para
mí hubiese sido el colino de la felicidad terminar la guerra, de la
independencia bajo las órdenes de un general a. quien la América debe su
libertad. El destino lo dispone de otro modo y es preciso conformarse.
Nada diré a usted sobre la reunión de Guayaquil a la república de Colombia.
Permítame, general, que le diga que creí que no era a nosotros a quienes
correspondía decidir este importante asunto. Concluida la guerra, los gobiernos
respectivos lo hubieran transado, sin los inconvenientes que en el día pueden
resultar a los intereses de los nuevos Estados de Sudamérica.
He hablado a usted, general, con franqueza, pero los sentimientos que exprime
esta carta quedarán sepultados en el más profundo silencio; si, llegasen a
traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalecerse para
perjudicarla, y los intrigantes y los ambiciosos para soplar la discordia.
Con el dador de ésta remito a usted una escopeta — y un par de pistolas,
juntamente con un caballo de paso que le ofrecí en Guayaquil. Admita usted,
general, esta memoria del primero de sus admiradores. Con estos sentimientos, y
con los de desearle únicamente sea usted quien tenga la gloria de terminar la
guerra de la Independencia de la América del Sur, se repite su afectísimo
servidor
José de San Martín
El Congreso se reunió en la Universidad de San
Marcos. Cuando José llegó esa mañana a la imponente aula de ceremonias, los
cincuenta y un diputados ya habían presentado sus diplomas y se encontraban
esperándolo. Se dirigieron todos en cortejo hacia la Catedral, donde se celebró
una misa y el propio Protector les recibió el juramento de defender el
catolicismo como religión de Estado, mantener la integridad del Perú y seguir
luchando para librarlo de sus opresores.
Volvieron a la Universidad, donde una vez
instalados en el recinto San Martín se quitó la banda bicolor y dijo
solemnemente:
Al deponer la insignia que caracteriza al jefe
supremo del Perú no hago más que cumplir con mis deberes y con los votos de mi
corazón. Si algo tienen que agradecerme los peruanos es el ejercicio del
supremo poder que el imperio de las circunstancias me hizo obtener. Hoy, que
felizmente lo dimito, yo pido al Ser supremo el acierto, luces y tino que
necesita para hacer la felicidad de sus representan les. ¡Peruanos! desde este
momento queda instalado el Congreso soberano y el pueblo reasume el poder supremo
en todas sus partes.
Depositó luego la banda bicolor sobre la mesa junto
con seis pliegos cerrados con recomendaciones y abandonó la sala en medio de
aplausos y vítores de los presentes. Al llegar a la puerta subió al carruaje
que lo esperaba y partió hacia la Magdalena junto con Tomás Guido.
Superadas las emociones de la ceremonia, recuperó
el buen ánimo y hasta empezó a disfrutar del paisaje que desfilaba por las
ventanillas de la carroza y le dijo a su amigo que quería pasar el resto del
día sin otras visitas.
Ya en su finca, caminó un rato por la galería del
fondo en compañía de Guido, quien era hasta ese momento ministro de Guerra y
Marina y estaba sobrecogido por el futuro, pues temía que el retiro del
Protector trajese conmociones fundamentales. José, sin embargo, con semblante
de alivio y alegría, le dijo de golpe:
—Hoy es un día de verdadera felicidad para mí, pues
me he desembarazado de una carga que ya no podía soportar. Los representantes
de los pueblos se encargarán de su propio destino, exonerándome de una
responsabilidad que me consumía.
Poco después, su rostro se ensombreció al avisarle
un ordenanza que una comisión de cinco diputados se encontraba en la puerta y
que quería entrevistarlo. Los hizo pasar a la sala y los atendió con cortesía.
Los representantes le explicaron que el Congreso
había resuelto designarlo como Generalísimo de las Armas del Perú y le pedía
que continuase en el gobierno, revestido de amplias facultades.
El jefe saliente les respondió que aceptaba el
título con que se lo había honrado, pero que no lo ejercería porque ello no
sería útil a la nación, dividiría las opiniones de los pueblos y disminuiría la
confianza en el Congreso. Pero que si alguna vez se viera atacada la libertad
de los peruanos, él los acompañaría para defenderla como ciudadano.
—Mi presencia en el Perú —concluyó— es
inconciliable con la moral del cuerpo soberano y con mi opinión, porque ninguna
prescindencia personal por mi parte alejaría los tiros de la maledicencia y la
calumnia.
A las tres horas vino otra comisión de diputados,
esta vez más numerosa, pero José les reiteró que su partido estaba tomado
irrevocablemente, pues pensaba que su presencia en el poder político ya no sólo
era inútil sino también perjudicial.
Cuando los representantes se retiraron ya anochecía
y José pasó a su habitación para descansar, pero estaba algo inquieto y se puso
a arreglar papeles y escribir las últimas instrucciones: dispuso que su
administrador entregara un cuadro a un sacerdote amigo, el padre Villarán; y un
caballo tordillo a Federico Brandsen.
* * * *
A las nueve mandó a un asistente a buscar a Guido,
a quien todavía no le había dicho que pensaba partir esa misma noche de regreso
a Chile.
Convidó un té a su amigo y le preguntó:
—¿Manda algo para su señora en Chile? Hay un
pasajero que entregará sus cartas o encomiendas puntualmente.
—¿Quién es? —preguntó inocentemente Tomás.
—Ese conductor soy yo.
Guido quedó atónito y desarmado. Había podido
entender el abandono del gobierno como una maniobra política para afrontar las
dificultades del momento, pero ni como amigo ni como funcionario podía aceptar
que San Martín prácticamente huyese del país dejando a sus amistades y a la
causa de la independencia al borde del abismo.
Pasaba la mano por la frente.
—Sin la garantía de su presencia, el Congreso y el
próximo presidente tambalearán, y los godos podrían aprovechar para venirse
desde la sierra. Nos deja a todos sus camaradas en orfandad...
El general perdió la alegría y se conmovió.
—Todo eso lo he meditado con detenimiento, pero no
puedo quedarme en mi puesto sin contrariar mis sentimientos y convicciones. Me
han puesto en la necesidad, para sostener el honor y la disciplina del
ejército, de fusilar a algunos jefes; y no quiero hacerlo con compañeros de
armas que me han seguido en días prósperos y adversos.
—Pero don José —insistió Tomás—. Usted podría
alejar a esos jefes, y todavía tiene el apoyo de muchos oficiales y soldados.
—Hay algo más —se sinceró el ex Protector— y se lo
diré sin doblez: Bolívar y yo no cabemos en el Perú. Él entrará en algún
momento con sus tropas, y si yo no pudiera evitar un conflicto, daríamos al
mundo un humillante escándalo que sólo servirá a los maturrangos.
* * * *
A las diez de la noche, el general abrazó a Guido,
subió a su caballo y partió, con una pequeña escolta, hasta Ancón. Iba triste y
meditabundo: el alivio de la mañana había quedado en la Magdalena, esa casa que
había habitado casi un año, que sentía como propia y en la que en algún momento
había encontrado amor y tranquilidad. Al llegar al puerto subió al bergantín
Belgrano y, a las dos de la madrugada, escribió una breve carta de despedida a
Guido y otra a Rosita. Luego ordenó que se levaran las anclas y se diera la
vela hacia Valparaíso. Se quedó un rato en cubierta y pensó que nunca iba a
olvidarse de ese año y dos meses que había vivido en la opulenta Lima. En un
momento de debilidad, se permitió preguntarse si esa encantadora ciudad
virreinal no necesitaba todavía de su protección. Y viceversa.
Capítulo XX
La paz de Mendoza
(1822—1823)
A medida que navegaban en el Belgrano la primavera
iba avanzando, pero el ánimo de José oscilaba entre el alivio y la duda. Por
las tardes se quedaba meditando en la cubierta hasta que el sol terminaba de
ocultarse y el mar se iba tiñendo de un intenso azul añil, con oscilantes
reflejos plateados, mientras una franja dorada se extendía sobre una parte del
horizonte. Las palabras de Guido habían sido muy fuertes y, además, tenía en
algunos mementos la sensación de que, efectivamente, había dejado las cosas a
la mitad.
Se alegró al avistar la bahía de Valparaíso,
iluminada por aguas celestes en contraste con las ocres y verdes montañas, pero
lo acosó la incertidumbre sobre la naturaleza de la recepción de los chilenos.
Dos delegados del gobernador subieron a bordo para
saludarlo y le complació saber que continuaba en ese cargo su amigo José
Ignacio Zenteno, quien lo invitaba a hospedarse en su casa.
Partieron para allí y, una vez ubicado, el
mandatario y otras relaciones lo impusieron de las últimas novedades. Lord
Cochrane estaba en el puerto y continuaba con su campaña de desprestigio hacia
San Martín, mediante la acusación de que había usurpado el poder en Perú
(desobedeciendo las instrucciones chilenas) y había traspasado a ese país las
fragatas Prueba y Venganza, que eran
propiedad de Chile. No faltaban rumores que aseguraban que el ex Protector
había huido de Lima con inmensos caudales y que podría ser detenido en Chile en
cualquier momento.
Asistió una tarde a la tertulia de Mary Graham,
viuda de un marino inglés y muy amiga de Cochrane, donde tomó té, fumó unos
puros y habló con profusión de sus actividades en Lima. A Mary le impresionó la
vivacidad de los ojos del general, pero su charla le resultó algo oscura y su
personalidad cerrada. Detrás de sus suaves modales intuyó el aire de
superioridad de quien está acostumbrado a mandar y sabe hacerse valer. Al
finalizar la larga visita, la inglesa se reunió con Cochrane y le comentó sus
impresiones:
—Su timidez intelectual le impide dar libertad y
tampoco se atreve a ser un déspota. Su deseo de ser un Libertador y la voluntad
de ser tirano forman en San Martín un extraño contraste.
Desde Santiago, O'Higgins le envió su carroza y dos
edecanes para conducirlo hasta allí. Se despidió del gobernador y salió hacia
la capital, donde se alojó en el propio palacio del director supremo, quien
vivía con su hermana Rosita y su madre, quienes lo trataron con todo afecto.
Bernardo estaba bastante atribulado, pues se había
desgastado mucho en el gobierno y los sectores opositores le reclamaban que se
estableciese la república y se eligiese un presidente constitucional. José
comprendió que la defensa que su amigo había hecho de él, frente a las
acusaciones del almirante, seguramente había contribuido a acentuar su
deterioro.
No se sentía bien de ánimo, ni de salud, y los
dolores reumáticos volvieron a acosarlo. Decidió entonces marchar a tomar una
temporada de baños en los Cauquenes, que tan bien le habían hecho hacía unos
años.
Las aguas termales y el bucólico paisaje lo
ayudaron a mejorar las articulaciones y resolvió volver a Santiago. Esta vez
prefirió hospedarse en la finca del Conventillo, una propiedad de campo que
O'Higgins puso a su disposición, que tenía la paz del ambiente rural y la
comodidad de estar a las puertas de la ciudad.
En esos días llegaba a la capital chilena, de
regreso de Buenos Aires, el comandante Gutiérrez de la Fuente, a quien el
Protector había enviado a las Provincias Unidas para solicitar la formación de
un ejército que atacara el Alto Perú desde Tucumán, para apoyar las
expediciones previstas a los puertos intermedios y a la sierra. El emisario se
sorprendió al conocer la noticia del retiro de San Martín y concurrió a
visitarlo en su residencia: le informó que a pesar del resultado negativo de
sus gestiones en Buenos Aires, la mayoría de las provincias seguían dispuestas
a enviar tropas, pese a la cortedad de sus recursos.
A José le costaba acostumbrarse a que ya no tenía
mando, y decidió escribirles a los gobernadores de San Juan, Mendoza, San Luis,
Tucumán, Salta y Jujuy, para hacerles saber que los fondos que invirtieren en
la formación del batallón de apoyo serían satisfechos por el general en jefe
del ejército del Perú, Rudecindo Alvarado, a quien en la fecha ordenaba tal
cometido.
Gutiérrez de la Fuente le comentó también que se
había quedado sin fondos para regresar a Lima y, como el representante del Perú
le dijo que carecía de dinero, José le pidió a Felipe del Solar, que manejaba
dinero de él y de O'Higgins, que le proporcionara mil pesos.
El general Ramón Freire, quien había revistado en
el ejército de los Andes, vino a visitarlo y le pidió que intercediera ante
O'Higgins para que renunciara a su cargo, puesto que su administración estaba
muy desconceptuada y se lo consideraba prácticamente un opresor.
Este pedido, reiterado por otras personalidades
chilenas, lo puso en una situación muy difícil y empezó a sentirse nuevamente
enfermo: tuvo vómitos de sangre y experimentó intensas fiebres que lo
postraron. El médico le diagnosticó "chavalongo" y le dijo que para
combatir el tifus debía permanecer en cama varios días, en los que sólo recibió
a Bernardo y al padre Bauzá, su antiguo capellán en el ejército y actual
administrador de su finca de Beltrán, en esa ciudad, que estaba alquilada.
Hacía ya mucho calor cuando recuperó las fuerzas y
pudo escribirle al Congreso peruano para agradecer el último y generoso
homenaje que le habían hecho: se le había brindado el título de Fundador de la
Libertad del Perú y se le había otorgado una pensión vitalicia de nueve mil
pesos anuales, sin perjuicio de poder seguir cobrando su anterior sueldo, que
era de treinta mil pesos por año.
Celebró el fin de año con O'Higgins y sus
familiares y se resolvió a marchar a Mendoza. Partió acompañado de un capitán,
dos asistentes, dos mucamos y cuatro arrieros, además de tres animales de carga
con equipajes y víveres. Montaba una mula zaina con silla húngara, amortiguada
con un pellón, y los estribos estaban forrados con paño azul para evitar el
frío del metal. Vestía su tradicional chaqueta azul con botones dorados,
llevaba guantes de ante, sombrero de paja de Guayaquil, de ala grande, denominado
guarapón, y un poncho chileno.
Su ánimo estaba algo decaído y sintió el esfuerzo
de la subida. Al llegar a la cumbre y empezar el descenso, vio que un jinete
avanzaba hacia ellos. Reconoció al coronel Manuel Olazábal, que siendo un joven
cadete de trece años había peleado con él en San Lorenzo, lo había acompañado
en el ejército de los Andes y hasta lo había hecho su padrino de casamiento.
Su antiguo oficial estaba en Mendoza y, al conocer
la venida de su jefe, había subido la cordillera para recibirlo.
José se emocionó, echó el brazo izquierdo sobre la
cabeza de su ahijado, y sólo pudo decirle:
—¡Hijo!
Se apeó de la mula ayudado por su camarada, se
sentó sobre una montura y bebieron un mate de café con un bizcochuelo. Luego
prosiguieron la bajada, que lo fatigó bastante por la necesidad de sostener su
cuerpo, inclinado hacia delante, haciendo resistencia con sus piernas sobré los
estribos.
Al día siguiente llegaron a la estancia de Totoral,
donde decidieron descansar. Allí recibió un chasque que le enviaba O’Higgins,
con correspondencia desde el Perú. Una de las cartas venia desde España y era
de su hermano Manuel, a quien José le había escrito muchas veces, desde su
llegada a Buenos Aires hacía más de diez años, invitándolo a venir a sumarse a
su ejército, pero nunca había logrado respuesta.
Resentido por esta situación, San Martín interpretó
que su hermano ahora le escribía porque pensaba que seguía como Protector del
Perú y podría pedirle una canonjía. Meditó un instante y optó por romper la
misiva sin abrirla.
A los tres días siguieron viaje a Mendoza, donde
inicialmente se hospedó en casa de su amiga Josefa Ruiz de Huidobro. Sus
relaciones lo atendieron muy bien, pero también existía un grupo de antiguas
familias realistas que habían sufrido exacciones durante su gobierno y que le
expresaban una sorda hostilidad.
Hacía mucho calor en esos días, pero la falta de
humedad, los álamos próximos y los techos altos de la vivienda lo reparaban. No
se sorprendió al recibir la noticia de que O'Higgins había renunciado a su
cargo de director supremo. Tomó la pluma y quiso reconfortarlo:
Compañero y amigo amado: Millones de millones de
enhorabuenas por su separación del mando. Los que sean verdaderos amigos de
usted se las darán muy repetidas. Sí, mi amigo, ahora es cuando gozará usted de
la paz y tranquilidad y sin necesidad de formar cada día nuevos ingratos. Goce
usted la calma que le proporcionará la memoria de haber trabajado por el bien
de su patria. Estoy con cuidado por la salud de su hermana Rosita. Hágame el
gusto de no privarme de sus noticias. Sigo reponiéndome pero la fatiga, aunque
disminuida, me incomoda bastante. A fines de éste pienso pasar a Buenos Aires,
aprovechando de la seguridad que proporciona una expedición que sale de aquel
puerto contra los indios.
Hizo acondicionar su chacra de Los Barriales y se
trasladó allí. Se reconfortó al estar de nuevo en su propiedad, desarmó sus
petacas limeñas y acomodó en su dormitorio el sable que había usado en Maipú,
el estandarte de Pizarro, el tintero de la Inquisición, un rifle inglés y unas
pinturas sobre hojas de lata.
Deseoso de mejorar su finca, hizo reparar los dos
molinos de viento y amplió los alfalfares para poder alimentar a los caballos
de raza que le gustaba criar.
Casi todas las tardes iba a la ciudad y
desarrollaba una intensa vida social. Un grupo de jóvenes, nucleados alrededor
de la escuela lancasteriana y de la biblioteca, habían formado un teatro y
promovían fiestas y saraos, pese a la oposición de algunos clérigos de viejo
cuño. José, vestido formalmente de negro y con medias de seda, concurría a las
tertulias y contaba, con su acento andaluz que con los años en América se había
convertido en una tonada parecida a la de las islas Canarias, anécdotas chispeantes
de sus tiempos de campaña. Y, a la hora del baile, se mostraba entre los más
animados.
Recibía amigos en su quinta y solía gastarles
bromas. Tenía un riquísimo moscatel mendocino que antes de partir hacia Chile y
Perú había dejado para estacionar en su bodega y, con una imprenta casera, hizo
unos timbres de vino de Málaga y los colocó en las botellas. A la vez, en el
vino malagueño puso unas etiquetas mendocinas. Al final de un almuerzo, hizo
traer las botellas y les dijo a sus invitados:
—¿A ver si ustedes están conformes con la
supremacía de mi mendocino?
Probaron el vino que tenía el rótulo de Mendoza
(pero que en realidad era de Málaga) y dijeron sin entusiasmo que no era malo,
pero que le faltaba fragancia. Luego se sirvió el etiquetado como de Málaga (en
verdad mendocino), y lo saborearon con delectación:
—¡Este malagueño sí que es bueno! No puede
compararse...
—Ustedes, amigos, son unos pillos —el general soltó
la risa— que se engañan con un simple timbre...
Un mediodía, al volver a la casa luego de haber
controlado la alimentación y el estado de los caballos, se encontró con
correspondencia del Perú y se sentó en la galería a leerla. Varios amigos le
pedían que volviera, para completar la guerra de la independencia y lograr que
Guayaquil se independizara de Colombia.
Pero otras noticias le quitaron el buen humor:
algún comedido le contaba los chismes ofensivos que circulaban en Lima sobre él
y otro le mandó un ejemplar del periódico La Abeja Republicana, en
el que se lo atacaba sin ambages. Se decía que era un general extranjero,
aventurero y ebrio, que prometió libertad y dio opresión; que había hecho
asesinar a un hacendado de Motocache para confiscar sus bienes; que no había
respetado la capitulación del Callao, que garantizaba la propiedad de los allí
refugiados, y se había adjudicado él mismo los inmuebles de Jesús María y La
Magdalena; que había utilizado a un facineroso cruel, como Monteagudo, para
ejecutar sus crímenes y robos; que había usurpado el poder, violando las
instrucciones que le había dado el gobierno de Chile.
Se lo acusaba de haber perseguido y confiscado a
Mariano Goyeneche, por el solo hecho de ser hermano del general realista; de
haber destruido a familias enteras de españoles con sus expoliaciones y, por no
haber querido constituir el país, haber perseguido también a los patriotas, a
quienes Monteagudo ordenaba espiar; de haber fundido al comercio con sus
impuestos abusivos, utilizados para mantener un ejército de ocupación, y de
haber enviado embajadores secretos a Londres para constituir una monarquía, con
el objetivo último de coronarse él como emperador. También se afirmaba que
había dejado el tesoro público vacío; que había pagado con papel moneda,
mientras el rey lo hacía con oro; que se había apropiado de las alhajas y
vajillas que estaban depositadas en el Monte Pío; que había acumulado caudales,
mientras las tropas estaban impagas y desnudas; que había ordenado el incendio
de las oficinas de la Secretaría de Despacho para destruir las pruebas de sus
latrocinios; que había tenido relaciones con la esposa de uno de sus altos
funcionarios, una distinguida dama limeña, y que era un cobarde, que había
huido del Perú y abandonado el mando sin terminar la guerra.
Se indignó con estos agravios y malició que detrás
de ellos estaba José de Riva Agüero, un patriota importante a quien él había
designado presidente del Ayuntamiento, pero que luego había sido el impulsor de
la caída de Monteagudo. Reflexionó que ni los propios realistas lo habían
tratado tan mal y mandó un poder a Lima al administrador de sus bienes para que
iniciara juicio de imprenta al redactor del periódico y pidiera la censura.
Desde Santiago, O'Higgins le hizo saber que la
importante suma de dinero que habían mandado a Londres hacía seis años con
Álvarez Condarco (cuando fue a comprar barcos para la campaña) para que la
depositara a nombre de ambos, éste la había dilapidado haciendo apuestas a la
bolsa. "Nos quedan solamente doce mil quinientos pesos para cada uno —se
lamentaba Bernardo en un mensaje cifrado— y el importe suyo lo dejo en manos de
Felipe del Solar".
Sobre llovido, mojado", pensó José. Se indignó
por la deslealtad e irresponsabilidad de Álvarez Condarco y se arrepintió de
haber confiado en su compadre.
Poco después recibía nuevos informes del Perú: el
ejército comandado por Rudecindo Alvarado había sido derrotado por los
españoles en Moquegua y había tenido mil muertos; y el jefe del otro cuerpo, el
general Antonio Álvarez de Arenales, ganado por el desaliento, había renunciado
y se dirigía a Chile. Por otra parte, a la salida de San Martín el Congreso no
había designado a un presidente en su reemplazo, sino que se había reservado
las facultades ejecutivas y había nombrado una Junta de Gobierno de tres miembros,
todo lo cual había diluido y dificultado el mando político.
Algunos amigos, al comentarle estas alternativas,
le pedían que volviera para ponerse nuevamente al frente de la guerra. Otros le
comentaban que, ante un Estado casi anárquico, se rumoreaba que podrían
ofrecerle un trono.
José se sentía cómodo en Mendoza y había mejorado
su espíritu. Le interesaba sobremanera la situación del Perú y le halagaba que
solicitaran su presencia y que se pensara en él como rey. Pero tampoco ignoraba
que estas opiniones eran pocas y parciales y le amargaba recordar las
ingratitudes de que se sentía víctima. Al escribirle a Guido, se descargaba:
Seamos claros, mi amigo. ¿Podría el general San
Martín presentarse en un país donde ha sido ti—atado con menos consideración
que lo había¡¿ hecho los mismos enemigos y sin que haya habido un solo
habitante capaz de dar la cara en su defensa? No puedo conformarme con la idea
de que un hombre que ha dispuesto de la suerte de Estados opulentos se vea
reducido a 31. 000 pesos de capital... ¡tachado de ladrón!
Por otro lado, al salir de Lima su propósito había
sido llegar hasta Buenos Aires, donde Remedios estaba cada vez más enferma y
donde también estaba su hijita Mercedes. Tironeado entre su interés por el
desarrollo de los sucesos en el Perú y su objetivo de viajar a Buenos Aires,
seguía quedándose en Mendoza, donde disfrutaba de la vida rural en su quinta y
de los placeres de la vida mundana en la ciudad.
Empezaba el otoño y los álamos presentaban tintes
amarillentos en su follaje, cuando recibió la noticia de que, en Lima, algunos
jefes militares habían pedido al Congreso que se creara un Poder Ejecutivo y se
nombrase presidente a Riva Agüero, exigencia que había sido aceptada.
San Martín pensaba que este personaje era un
malvado, pero de todos modos le escribió para ofrecerle sus servicios, y le
aclaró que como militar sólo actuaría bajo las órdenes de otro general. También
le contaba que había recibido una carta de su hermano Justo Rufino, oficial de
la Secretaría de Guerra de Madrid, en la cual le aconsejaba el envío de
diputados para negociar la paz y el reconocimiento de la independencia, ya que
por razones de orgullo nacional ofendido no podía esperarse que fuera ese gabinete
quien tomara la iniciativa. A José le costaba sentirse alejado de los
acontecimientos que había dirigido durante tanto tiempo, y le sugería al nuevo
presidente iniciar las negociaciones y se ofrecía para viajar a España y actuar
como comisionado.
Al cabo de varias semanas, cuando vio que Riva
Agüero ni siquiera le contestaba su proposición, se sintió humillado y se
arrepintió de haberla hecho.
Varios amigos le escribieron desde Buenos Aires
avisándole que Remedios estaba muy grave, y su propia esposa le envió una
misiva en la que le pedía que fuera a darle el último adiós. Pero también le
llegaron noticias de que los sectores opositores al gobernador Martín Rodríguez
y a su ministro Bernardino Rivadavia hacían circular el rumor de que San Martín
encabezaría un movimiento para derrocarlos y ponerse al frente de una
federación militar de provincias. Un empleado del gobierno bonaerense le mandó un
aviso de que podría ser detenido durante el viaje o al llegar a Buenos Aires, y
José, movido por temores y sentimientos contradictorios, optó por permanecer en
Mendoza.
Al llegar los fríos intensos, se enteró de que las
fuerzas realistas al mando del general Canterac habían vuelto a entrar en Lima,
mientras las tropas y familias patriotas debían refugiarse en el Callao. El
Congreso depuso entonces a Riva Agüero, entregó el mando militar al general
Antonio José de Sucre y envió a buscar a Simón Bolívar.
Ríva Agüero, sin embargo, resistió la medida del
Congreso y trató de hacerse fuerte en Trujillo, desde donde le escribió a San
Martín tratando de atraerlo a su lado: "Los departamentos y las tropas
están decididamente por mí", se ufanaba. Le pedía que le mandara fusiles
desde Mendoza, que activara los movimientos de las fuerzas de las Provincias
Unidas sobre el Alto Perú y que pensara sobre su venida al cuartel general del
norte.
José sintió que esa invitación era una insolencia,
un acto de presuntuosa desubicación, que le reactivó el odio que sentía por
Riva Agüero. Se sentó en su escritorio y le escribió una indignada misiva:
Al ponerme usted semejante comunicación, se olvidó
de que escribía a un general que lleva el título de Fundador de la Libertad del
país que usted, sólo usted, ha hecho desgraciado. Si a la Junta Gubernativa y a
usted como presidente ofrecí mis servicios, era en consecuencia de cumplir la
promesa, que hice a mi despedida, de ayudar al país sí, se hallaba, en peligro,
como lo creí después de la derrota de Moquegua.
Pero, cómo ha podido usted persuadirse de que los ofrecimientos del general San
Martín —a los que usted no se ha dignado contestar— fueron jamás dirigidos a un
particular y mucho menos a su despreciable persona,? ¡Es incomprensible su
osadía grosera, al hacerme la propuesta de emplear mi sable con una guerra,
civil! ¡Malvado! ¿Sabe usted si éste se ha teñido jamás en sangre americana?
Recibió la noticia de la muerte de Remedios y se
entristeció por el destino desgraciado de esta muchacha, a quien la tisis le
arrancara la vida en plena juventud. Pensó en viajar cuanto antes a Buenos
Aires para recoger a su hija, quien acababa de cumplir siete años y a quien no
veía desde hacía cuatro, pero sentimientos encontrados lo volvieron a demorar.
Desde el Perú, Guido le decía que, ya que no había
seguido a Buenos Aires inmediatamente después de su llegada a Mendoza, ahora
sería conveniente esperar un poco más, a los efectos de que los ánimos de la
familia Escalada se aquietaran. También le contaba que los españoles habían
evacuado la ciudad y que Bolívar había entrado en Lima.
José se alegró con la noticia, pero a la vez pensó
que esto disipaba cualquier posibilidad de un retorno de él. "He visto el
informe sobre la llegada del Libertador —le comentó a su amigo y corresponsal—.
Sólo él puede cortar los males, pero con un brazo hachero, porque si
contemporiza todo se lo lleva el diablo".
En esos días, O'Higgins había llegado exiliado a la
capital peruana con la intención de vivir en la casa de La Magdalena, pero no
pudo habitarla porque los españoles la habían saqueado durante la ocupación y
la habían dejado sin puertas ni ventanas. Pasó entonces a habitar la propiedad
de Jesús María, que también había sido saqueada, pero afortunadamente la casera
había podido retirar la alfombra de la sala, las dos mesas con espejo, la mesa
redonda con piedra, la araña y algunas sillas.
Le dio pena imaginarse a La Magdalena en ese
estado, precisamente en los días en que Guido estaba gestionando ante el
gobierno peruano el otorgamiento de la escritura de propiedad en su favor.
La primavera había llegado y José se encontraba una
tarde visitando los cultivos de alfalfa, cuando le avisaron que un capitán
retirado, que venía desde Buenos Aires, le traía un mensaje desde Santa Fe.
Volvió a la casa y lo atendió en el escritorio, donde el oficial le entregó un
mensaje del gobernador Estanislao López. Tomó el pliego y leyó en silencio:
Sé de una, manera positiva por mis agentes en
Buenos Aires que a la llegada de V. E. a aquella capital, será mandado juzgar
por el gobierno en un consejo de guerra de oficiales generales, por haber
desobedecido sus órdenes haciendo la gloriosa campaña a Chile, no invadir a
Santa Fe y la expedición libertadora del Perú. Para evitar este escándalo
inaudito y en manifestación de ¡ni gratitud y del pueblo que presido, por
haberse negado V. E. tan patrióticamente en 1820 a concurrir a derramar sangre
de hermanos, con los cuerpos del ejército de los Andes que se hallaban en la
provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a V. E. que a su solo aviso
estaré con la provincia en masa a esperar a V. E. en el Desmochado, para
llevarlo en triunfo hasta la Plaza de la Victoria. Si V. E. no aceptase esto,
fácil me será hacerlo conducir con toda seguridad por Entre Ríos hasta
Montevideo.
El general quedó muy impresionado y le tembló la
voz al agradecer y despedir al hombre que le había traído la carta. Me quieren
humillar tratándome como a un desertor, temió.
Conversó con sus amigos, quienes le hicieron ver
que el gobierno de Buenos Aires difícilmente intentara procesarlo, pues sería
crearse otro problema político más. También le sugirieron no aceptar el
ofrecimiento de López, dado que ello implicaría una directa provocación.
Decidió seguir viaje solo a Buenos Aires y reiteró
un pedido al gobierno peruano, en el sentido de que se le otorgase licencia por
tres años para viajar a Europa a "perfeccionarse en los conocimientos
militares". Solicitaba asimismo que la pensión vitalicia de 9.000 pesos
anuales que le había otorgado el Congreso se le abonase en Londres.
Se despidió de sus amigos mendocinos, realizó los
últimos encargos al administrador de su finca y partió con pena de una casa y
una provincia a las que quería. Hizo el trayecto en diligencia y, cuando
llegaba a cada posta, se acordaba de lo que había pasado en ese lugar hacía
cinco años, cuando viajaba en sentido contrario con Remedios y la pequeña
Mercedes. Su esposa ya estaba entonces tísica, pero la pareja vivía tiempos
buenos, todavía no arruinados por la ausencia, los chismes y las intrigas.
No tuvo sobresaltos en los catorce días de marcha,
pero a medida que se acercaba a Buenos Aires se inquietaba al recordar que,
efectivamente, en 1820 había partido al Perú desobedeciendo las instrucciones
del director supremo de las Provincias Unidas, quien le había ordenado que
regresara con su ejército a la capital para contener los ataques de las
provincias litorales. Ahora habrá que apechugarlo, don José, se dijo a sí
mismo, mientras entraba a la ciudad en un mediodía con mucho calor. La familia
Escalada se había trasladado a veranear a una quinta de las afueras y esto le
sirvió de excusa al general para instalarse en la fonda "Los Tres
Reyes", cerca del Fuerte, lo que le resultaba más cómodo.
Esa misma tarde, caminó hasta la casi vacía casa de
sus suegros y, en el patio del fondo, los esclavos Antonio Congo y la parda
Benita le contaron los últimos días de Remedios, la tristeza de Merceditas, el
cariño que doña Tomasa volcaba sobre su nieta y los últimos comentarios
familiares.
Varios camaradas vinieron a saludarlo en su
alojamiento y le disiparon los temores, al hacerle ver que el gobierno no
intentaría ninguna medida contra él ni lo hostilizaría. Ello lo decidió a
realizar una visita al gobernador y al ministro Rivadavia, la que transcurrió
en un ambiente plenamente distendido. Los funcionarios le devolvieron la
cortesía y José regaló a Rivadavia un cuadro al óleo de Francisco Pizarro y una
campanilla de plata que perteneciera a la Inquisición de Lima.
También lo visitó Vicente López y Planes, pero de
su familia política vino solamente su cuñado Manuel. José sintió íntimamente el
vacío de que era objeto por parte de la madre y los restantes parientes de
Remedios, y se puso receloso en relación a las múltiples amistades de los
Escalada, ya que le parecía que estaban haciendo causa común con ellos y lo
castigaban con su indiferencia.
Su suegro, don Antonio, había muerto casi dos años
antes que Remedios, de modo que estaba ya a punto de finalizar el juicio
testamentario en el que, en representación de ella, su hija Mercedes y él
tenían que cobrar la importante suma de $ 43.000, representada en un inmueble
en condominio con su cuñado Mariano, títulos y dinero. Manuel era el albacea y
le presentó una tasación y rendición de cuentas que José firmó y el juzgado
aprobó. Poco después, José compró a Mariano su parte en la propiedad, que era
la casa paterna, de dos plantas y azotea, sobre la calle de la catedral.
Venció ciertos temores íntimos y partió hacia la
quinta de los Escalada, en la calle del zanjón, en donde se conmovió al
reencontrarse con su hija, pero también advirtió que no le sería tan fácil
recuperar su tenencia. Desde hacía cuatro años ininterrumpidos (más de la mitad
de su vida), la chiquilla estaba viviendo con su suegra y, después de la muerte
de Remedios, aquélla la consideraba ya como de su propiedad definitiva. Doña
Tomasa de la Quintana la protegía tiernamente en su orfandad y consideraba que con
ella iba a estar mejor educada que con su padre, que anteriormente se había
dedicado a la guerra en América y ahora nadie sabía qué iba a hacer en Europa.
Como no había buen diálogo entre José y Tomasa,
Manuel actuó como mediador y logró que su madre, a regañadientes y con gran
pena, accediese a entregar a la niña a su padre.
Alquiló una de sus propiedades y se preparó para
partir. Hizo hacer una lápida para colocar sobre el sepulcro de Remedios, en el
cementerio de la Recoleta, y el día de su instalación se quedó meditando solo,
bajo la escasa sombra de un ciprés, ante la tumba de su esposa. La leyenda
decía:
Aquí descansa, Remedios de Escalada, esposa y amiga
del general San Martín.
La había conocido cuando era casi una niña, pero su
casamiento con ella le había dado una familia y lo había integrado a la
sociedad de Buenos Aires. Habían estado mucho tiempo separados y no todo había
sido rosas, pero ahora le quedaba una hija para iniciar con ella una nueva
vida.
Se despidió mentalmente de Remedios, caminó hasta
la entrada del cementerio y allí, bajo un árbol de gruesa copa para protegerse
del sol, lo esperaba el coche que lo llevó por la calle larga de la Recoleta
hasta cinco esquinas, donde dobló hacia la derecha y se dirigió hasta su
alojamiento.
Realizó sus últimos encargos y dejó una orden para
que se entregara a su antiguo subordinado, José Miguel Díaz Vélez, un potro de
su chacra de Mendoza. Saludó a sus viejos camaradas, a muchos de los cuales
había apadrinado en sus casamientos o en los nacimientos de sus hijos.
En la húmeda y calurosa mañana del 10 de febrero de
1824, su cuñado Manuel pasó a buscarlo por su posada: traía a Mercedes de punta
en blanco pero con cara de susto, con dos baúles con toda su ropa. Se
dirigieron hacia el puerto y se embarcó con su hija en el Bayonnais, que
partió esa misma tarde para El Havre. A medida que las aguas marrones iban
adquiriendo tonos plateados, el ánimo de José se distendía.
Capítulo XXI
El exilio en Bruselas
(1824—1829
La navegación se realizó sin sobresaltos, salvo las
dificultades del severo padre y su contrariada hija para adaptarse a la
convivencia. La chiquilla, triste todavía por la pérdida de su madre, no
entendía por qué la habían sacado de la gran casa de sus abuelos, donde se
sentía protegida y querida por sus parientes y podía jugar con sus amigas, para
viajar hacia lo incierto con un progenitor a quien prácticamente no conocía.
—A usted la ha malcriado su abuela —le decía a
menudo José, ante los rasgos de carácter o expresiones de disgusto de la
pequeña—. Marche al camarote y se queda allí encerrada como castigo...
Todavía hacía algo de frío en el norte de Francia
cuando, al cabo de más de sesenta días de travesía, arribaron a El Havre al
comenzar la primavera.
Alertado sobre el arribo de un revolucionario
general sudamericano, un inspector de la Prefectura Marítima subió a bordo y
pidió a San Martín su pasaporte. Leyó que había sido expedido en Buenos Aires y
que su beneficiario tenía 45 años, había nacido en las Misiones del Paraguay y
se domiciliaba en Mendoza. Le pidió que abriera sus maletas para revisarlas y
José se molestó:
—Sepa, señor inspector, que soy Generalísimo del
Perú, Capitán General de la República de Chile y General de las Provincias
Unidas de la América del Sur, y estoy acá de paso, pues mi destino es
Londres...
El funcionario no se inmutó. Abrió las valijas y
comprobó que una de ellas tenía una gran cantidad de periódicos en castellano
que le resultaron sospechosos. Le retuvo el pasaporte y la maleta y le dijo que
podía desembarcar, pero que no podía dejar la ciudad hasta que la autoridad se
lo indicara.
Obligado a quedarse en El Havre, aprovechó para
visitar a algunos comerciantes para quienes traía cartas de presentación,
algunos de los cuales se ofrecieron a apoyarlo para aclarar su situación.
Con la restauración de los Borbones en Francia y el
predominio de la Santa Alianza en Europa, los liberales y los republicanos no
eran bien mirados en el continente. El Prefecto Marítimo envió un informe al
director general de Policía de París, en el que le decía que estaba prohibida
la entrada al país de los periódicos embargados y le pedía instrucciones. El
gobierno francés puso en conocimiento de la cancillería española el
"arribo de este individuo que ha jugado un rol marcado en la rebelión de la
América Meridional, quien trae periódicos de un republicanismo exaltado y que
se dirige a Londres para realizar nuevas intrigas políticas", pero
simultáneamente ordenó a las autoridades de El Havre que se le devolvieran el
pasaporte y los periódicos y se le permitiera seguir viaje a Inglaterra.
Al cabo de una semana, José y Mercedes se
embarcaron con destino a Southampton, desde donde partieron de inmediato, en
diligencia, hacia Londres. El general puso a la chiquilla en manos de la señora
del capitán Peter Heywood, quien había sido comandante de la flota británica en
la América del Sur, y luego la colocó internada en el Colegio de Hampstead, con
una anualidad de 120 libras. Él se alojó en el 23 de la calle Park Road, St
Marylebone, y tuvo entonces tiempo para dedicarse a recibir a sus amigos y relaciones.
Hasta su residencia vino a visitarlo José Antonio
Álvarez Condarco, el hombre que se había jugado en especulaciones de bolsa la
fuerte suma que San Martín y O'Higgins le habían encargado que depositara en un
banco a nombre de los dos, cuando viajó a Londres comisionado para comprar
barcos. El ingeniero y militar tucumano se deshizo en disculpas y le explicó
que había tenido la intención de hacer un buen negocio para los tres. José,
aunque al principio estaba indignado, terminó por aceptar sus excusas dado que
era un antiguo camarada y amigo y el padrino de bautismo de Mercedes.
También vinieron a cumplimentarlo García del Río y
Paroissien, a quienes había enviado ante las cortes europeas durante su mandato
de Protector del Perú. Ambos habían gestionado también un empréstito y habían
cobrado diecinueve mil libras de comisión, de modo que agasajaron a San Martín
con exquisitos almuerzos en los mejores restaurantes de la City.
García del Río le comentó que el mexicano Agustín
Iturbide, quien se había proclamado emperador pero había sido derrocado por una
asonada, se encontraba en Londres y quería conocerlo. San Martín accedió de
buen grado a la entrevista, pues siempre se había sentido atraído por la forma
en que se había producido la independencia de México a través del Pacto
Trigarante y, por lo tanto, por la personalidad de su inspirador.
La entrevista se hizo en forma reservada e Iturbide
le contó que estaba a punto de volver a México para intentar recuperar el
poder, pues estaba seguro de que el pueblo iba a apoyarlo. José le deseó suerte
pero, en la intimidad, se mostró muy escéptico sobre estas posibilidades.
* * * *
Su viejo amigo James Duff, para entonces conde de
Fife, quien en Cádiz lo había ayudado a conseguir los medios para viajar a
América, lo invitó a visitar su casa en el condado de Banff, en Escocia. Al
llegar el verano José partió hacia allí y quedó encantado con los paisajes de
la zona, plenos de verdes prados animados por simpáticas ovejas, y con la
hospitalidad que le brindaron Lord Fife y toda su familia. Por iniciativa del
Lord, la ciudad de Banff le concedió la ciudadanía como premio a sus méritos y
San Martín quedó orgulloso por la distinción.
Carlos María de Alvear llegó a Londres en esos
días, de paso para Estados Unidos. Rivadavia le había dado instrucciones de que
tratara de entrevistarse con el ministro George Canning, para expresarle una
preferente amistad a la corona británica, en la seguridad de que el gabinete
inglés sería también benevolente con los nuevos Estados americanos, quienes no
se veían desde hacía más de diez años. Se charló de las formas de gobierno y
García del Río expresó que era necesario establecer gobiernos vigorosos, y comentó
que si San Martín hubiera dado fuertes palos no se habría visto precisado a
abandonar el Perú.
—Es verdad —asintió José—, tuve que descender del
gobierno. El palo se me salió de las manos por no haberlo sabido manejar...
Alvear hizo una broma intencionada acerca del
"palo de San Martín" y se inició una agresiva discusión, que el dueño
de casa debió desarmar.
Unos meses después también arribó Rivadavia, como
simple particular, pues había renunciado a su cargo de ministro. San Martín se
encontró con él en dos reuniones sociales y en la última se discutió
acaloradamente sobre el apoyo que los nacientes Estados de la América del Sur
podrían encontrar en el viejo continente.
—Solamente los necios —sentenció Bernardino— pueden
ignorar que las cortes europeas son refractarias a apoyar monarquías en
América.
José se sintió aludido y le respondió que él era un
teórico petulante, que siempre había desconocido la realidad. Al día siguiente
se levantó aun más ofendido e intentó retarlo a duelo, pero sus amigos lo
hicieron desistir.
Envió un poder a Buenos Aires, a su cuñado Manuel
de Escalada, para que peticionara ante la Legislatura su inclusión en el número
de los agraciados en la reforma militar y se le otorgara el retiro, debido a
que su salud le impedía "seguir prestando servicios al país en la carrera
militar que le ha proporcionado tantos días de gloria". También solicitaba
que se restableciera el pago de la pensión de 600 pesos mensuales que se le
había otorgado a su hija Mercedes, que se había suspendido debido a una ley que
fijaba un tope de 500 pesos a las prestaciones graciables.
* * * *
Seguía muy interesado sobre los sucesos en Perú y
García del Río y Parish Robertson le plantearon la posibilidad de comprar dos
fragatas para enviarlas en apoyo de las fuerzas de Bolívar. Realizó varias
gestiones sobre este tema, pero finalmente no pudo concretarse la adquisición,
debido a disparidades entre los representantes financieros del Perú y de
Colombia.
Desde Lima, Guido le informaba que allí había
circulado el rumor de que San Martín iba a regresar al Perú con esas dos
fragatas y que esa versión había bastado para que Bolívar se molestara, y se
malquistara con el propio Tomás. Su amigo y corresponsal agregaba que Bolívar
tenía ya formado un ejército de diez mil hombres con muchos recursos y que, si
no había imprevistos, el venezolano iba a concluir con los españoles.
Le escribió a su hermano Justo —que en ese entonces
vivía en París— para pedirle que le gestionara un permiso de residencia en la
capital francesa, ya que le parecía el mejor lugar, por su cosmopolitismo y su
nivel cultural, para vivir y educar a su hija. Pero la gestión fracasó y
entonces retiró a su hija del internado y resolvió partir con ella hacia
Bruselas, adonde llegó, luego de cruzar en paquebote el canal de la Mancha, con
los primeros fríos del otoño.
La ciudad no era grande (tenía solamente cien mil
habitantes), pero a San Martín le gustó por la elegancia de su gran plaza, con
su alcaldía gótica rodeada de grandes mansiones barrocas con cúpulas y molduras
pintadas de oro, su buen tono general, sus parques y el jardín botánico, la
educación de sus habitantes y la existencia de varios centros de cultura: una
academia de ciencias y de bellas artes, sociedades literarias y de lectura, y
dos teatros.
Colocó a su hija en una pensión dirigida por una
señorita británica, en la que se enseñaba francés e inglés, además de otras
habilidades. Él se ubicó en un hotel algo más alejado del centro y concurría a
almorzar a un restaurante todos los días, lo que lo obligaba a caminar para
mantenerse en forma. Visitaba también los cafés De la Amitié y
el Royal y empezó a frecuentar la sociedad masónica Amis
du commerce Allí podía disfrutar con la compañía de personas que
pensaban como él, pero con el añadido de que no había cuestiones políticas
operativas que los dividieran, como le había pasado en América.
Vivían en Bruselas exiliados de muchos países y a
José le complacía ese clima cosmopolita: en una reunión social conoció al
pintor francés Juan Luis David, autor de la "Coronación de Napoleón",
el "Juramento del juego de pelota" y otros cuadros famosos sobre
temas de la revolución y el imperio.
Siempre preocupado por lo que se pudiera decir de
él, le escribió a su camarada Vicente Chilavert para quejarse de un rumor que
lo había afectado:
En mi retiro de Mendoza yo promovía una federación
militar de provincias. Vengo a Europa, y al mes de mi llegada un agente del
gobierno de Buenos Aires en París —que sin duda alguna concurre a los consejos
privados del ministerio francés— escribe que uno u otro americano residente en
Londres trata de llevar, metido en un bolsillo, a un reyecito para con el cual
formar un gobierno militar en América. He aquí indicado al general San Martín.
Por lo expuesto no sé ya qué línea de conducta seguir, pues hasta la de
separarme de las grandes capitales y vivir obscurecido en ésta, no pone a
cubierto de los repetidos ataques a un general que por lo menos no ha hecho
derramar lágrimas a su patria.
Una vez más tranquilo, le escribió a O'Higgins,
quien seguía residiendo en Lima:
Lo barato del país y la libertad que se disfruta me
han decidido fijar mi residencia aquí hasta que finalice la educación de mi
niña, momento en que regresaré a América para concluir mis días en mi chacra
separado de todo lo que sea cargo público y, si es posible, de la sociedad de
los hombres.
Mantenía gran interés sobre la situación de la
guerra en el Perú y le comentaba con ansiedad a su amigo:
Aguardo por momentos los resultados de la campaña
del Perú. Quiera la suerte sea favorable para terminar los males de la América.
Al llegar el otoño partió para Aix—la—Chapelle a
tomar una temporada (le baños termales, que le sentaron muy bien y le
recordaron los de los Cauquenes, aunque este lugar europeo era mucho más
sofisticado y de un gran interés histórico, pues había sido la sede del
gobierno de Carlomagno y aquí se había firmado la famosa Paz de Aquisgrán, que
él había estudiado en los libros de historia militar. Los romanos,
precisamente, habían llamado a este sitio, en latín, Aquae Grani,
de donde derivaba el nombre en castellano de Aquisgrán, mientras que los
alemanes lo denominaban Aachen.
La logia La Parfaite Amitié resolvió
homenajear al hermano masón que había tenido una actuación tan destacada en las
guerras por la independencia de Sudamérica y encargó a Jean Henri Símon el
grabado de una medalla con su perfil. José posó para el artista y luego recibió
la medalla durante el transcurso de una tenida, en la que sintió alegría por el
reconocimiento.
Reforzado en su antiguo ideario masónico debido a
sus nuevos contactos, quiso orientar la educación de su hija con consejos
filantrópicos y elaboró unas máximas cuya copia le llevó a su internado, junto
con unos panes de almendra que le compraba en "Dandoy":
Humanizar el carácter y hacerlo sensible, aun con
los insectos que no perjudican. Inspirarle amor a la verdad y odio a la
mentira,
Confianza y amistad, pero uniendo el respeto.
Caridad a los pobres.
Respeto sobre la propiedad ajena.
Acostumbrarla a guardar un secreto.
Inspirarle respeto hacia todas las religiones.
Dulzura con los criados, pobres y viejos.
Que hable poco y lo preciso.
Acostumbrarla a estar formal en la mesa.
Amor al aseo y desprecio al lujo
La relación con Mercedes, sin embargo, al cabo de
más de un año de estar en Europa, no mejoraba y la niña tenía frecuentes rasgos
de rebeldía en su internado. José iba los sábados después del mediodía, para
visitarla, y los domingos podía sacarla todo el día a pasear.
Pero si al llegar el sábado la chiquilla había sido
amonestada por algo durante la semana, le anunciaba con dureza:
—Hoy no te besaré, hija mía —se ponía el sombrero
para marcharse—, y mañana no vendré a buscarte...
Una tarde, en su hotel, leyó en un periódico que
las tropas de Bolívar, al mando del mariscal Antonio José de Sucre, habían
vencido a los españoles en Ayacucho y la guerra por la independencia de
Sudamérica había prácticamente terminado. Se alegró de que la causa a la que
había dedicado más de diez años hubiese triunfado, pero también experimentó un
sentimiento contradictorio: le dolía que él no hubiese podido completar la obra
y que la gloria se la llevasen Bolívar y Sucre.
Se acordó de aquella noche en su finca de La
Magdalena, cuando le anunció a Guido que se marchaba de Lima y su amigo le
enrostró que los abandonaba y dejaba las cosas sin terminar. Unos días antes,
precisamente, Tomás había vuelto a recriminarle en su última carta:
Jamás perdonaré la, retirada de Usted del Perú, y
la historia se verá en trabajos para cohonestar este paso. Piense Usted lo que
quiera sobre esto, pero tal es y será siempre mi opinión.
No sabía si celebrar o deplorar la noticia, y optó
por ir a tomar un café al Royal. Como no encontró ningún conocido
con quien poder comentar el acontecimiento, se sentó solo en una mesa y sorbió
melancólicamente su infusión. Pensaba que el Libertador ya no señoreaba
solamente la Gran Colombia (que comprendía además Venezuela, Panamá y Ecuador),
sino también el Alto Perú y todo el Bajo Perú, con su bellísima capital de
Lima, que él había protegido y gobernado. Sentía un cierto orgullo al comprobar
que su predicción de que la emancipación americana era irrevocable se había
cumplido, pero también le venía a la mente y lo perturbaba una frase que se
atribuía a Bolívar: América —habría dicho Simón tuvo tres Césares, San Martín,
O'Higgins e Iturbide, y los tres cayeron por no amar la libertad.
Movió el brazo como para disipar sus pensamientos,
pagó la cuenta y se marchó hacia su pensión.
Después de la victoria de Ayacucho, en el Alto Perú
se realizó un plebiscito para ver si esos territorios querían permanecer dentro
de las Provincias Unidas del Río de la Plata o preferían constituirse como
nación independiente. Decidido esto último y formada Bolivia, el gobernador de
Buenos Aires, general Las Heras, decidió enviar como representantes a Potosí,
donde se encontraba Bolívar, a Carlos María de Alvear y José Miguel Díaz Vélez,
a los efectos de discutir la situación de Tarija y algunos otros puntos en
litigio.
San Martín se sintió celoso por esta designación,
ya que su antiguo general de confianza estaba dando relevancia a su rival
Alvear y lo ponía directamente en contacto con Bolívar, que era la gran figura
del momento. Por otro lado, Guido le ratificaba en una carta que había caído en
desgracia frente a Bolívar debido a su conocida amistad con San Martín, y esto
aumentaba su mortificación. Usando para mencionarse la tercera persona, José se
descargaba al escribirle a su amigo Tomás:
Al fin es preciso creer (y sólo porque usted me lo
asegura) que todos los hombres que no han empuñado el clarín para, desacreditar
al ex general San Martín, han sido perseguidos por el general Bolívar. Digo que
es preciso creer porque como he visto tanto, tanto, tanto... de la baja y sucia
chismografía que por desgracia, abunda en nuestra América, no había querido dar
crédito a varias cartas anónimas que se me habían escrito sobre este
particular. Por otra parte, no podía, ni aún ahora puedo concebir el motivo de
tan extraña conducta: la emulación no puede entrar en parte, pues los sucesos
que yo he obtenido en la guerra de la independencia, son bien subalternos en
comparación de los que dicho general ha prestado a la causa general de América;
mas sus mismas cartas (que originales existen en mi poder), hasta mi salida,
para Europa me manifiestan una amistad sincero,. Yo no encuentro pueda ser otro
el motivo de su queja, que el no haberle vuelto a escribir desde mi salida de
América y, francamente, diré a usted que el no haberlo hecho ha sido por un
exceso de delicadeza, o llámele usted orgullo, pues teniendo señalada una
pensión por el Congreso de Perú, y hallándose él mandando aquel Estado, me
persuadí de que el continuar escribiéndole se creería por miras de interés, con
tanto más interés si lo hubiera, hecho después de sus últimos triunfos. Si ésta
es la causa (pues yo no encuentro otra); digo, y con sentimiento, que una
pequeñez de alma no es propia del nombre que se ha adquirido.
Usted tendrá presente que a mi regreso de Guayaquil le dije la opinión que me
había formado del general Bolívar, es decir, una ligereza extrema,
inconsecuencia en sus principios y una vanidad pueril, pero nunca me ha
merecido la de impostor, defecto no propio de un hombre constituido en su rango
y elevación. ¡Basta!, pues es demasiado extenderme en un chisme tau asqueroso.
En cuanto a que la historia se verá en trabajos para cohonestar ¡ni separación
del Perú, yo diré a usted con Lebrum:
En vain par vos travau, vous courez á la gloire. Vous mourrez c'en est fait,
tous sentiment éteint. Vous n'étes ni cheri, ni respecté, ni plaint. La mort
eusevelit jusqu'á votre mémoire.
Sin embargo de estos principios y del desprecio que yo puedo tener por la
historia, porque conozco que las pasiones del espíritu de partido, la baja
adulación y el sórdido interés son en general los agentes que mueven a los
escritores, yo no puedo prescindir de que tengo una hija y amigos (aunque bien
pocos) a quienes debo satisfacer; por estos objetos y por lo que se llama
gloria es que he trabajado dos años en hacer extractos y arreglar documentos,
para que acrediten no mi justificación, pero sí los hechos y motivos sobre los
que se ha fundado mi conducta en el tiempo que he tenido la desgracia de ser
hombre público; sí, amigo, la desgracia, porque estoy convencido de que
"serás lo que hay que ser, si no eres nada".
* * * *
Una noticia recibida de Lima lo conmovió vivamente:
Monteagudo había sido asesinado a la noche de una puñalada en la espalda, en
una calle aledaña a la plazuela de San Juan. Un demorado transeúnte había
encontrado su cadáver con anillo en el dedo, diamantes en su pechera y su
habitual perfume de agua de colonia mezclado con el olor a sangre fresca.
Luego de su expulsión del Perú, Bernardo había
viajado a Quito, donde Manuela Sáenz, la amiga ecuatoriana de Rosa Campusano,
colega en la Orden del Sol, se había convertido en amante de Simón Bolívar.
Manuela lo había presentado al jefe venezolano y el Libertador se impresionó
por su talento y su visión continental y lo hizo su consejero. Luego lo llevó
con él a Lima y obligó a los sectores que lo rechazaban a tragarse su presencia
en la orgullosa ciudad.
Las versiones sobre las causas del crimen diferían:
se hablaba de algún español resentido, de una rivalidad política, de un marido
celoso (cerca del sitio del crimen, sobre la calle Belén, Monteagudo solía
visitar a la esposa de un coronel) y hasta de un hecho inspirado por el propio
Bolívar.
José quedó muy intrigado con el caso: pensaba que
no hay asesinato sin motivo y, a la vez, no creía a Simón capaz de tal bajeza,
a más de que hubiese podido separar a su colaborador de su lado si su presencia
lo molestara.
* * * *
Las Provincias Unidas habían entrado en guerra con
el Brasil a causa de las pretensiones de ambos Estados sobre la Banda Oriental
del Uruguay. Las Heras nombró a Alvear al frente de las tropas, cuya
oficialidad en gran parte había peleado en el ejército de los Andes, y esto
también, le cayó mal a San Martín, en su lejana Bruselas.
En carta a Guido, quien acababa de regresar a
Buenos Aires desde Lima luego de muchos años de ausencia, se condolía de la
preeminencia que había recobrado Alvear:
¿Conque la política de don Carlos no ha variado un
ápice de la que desplegó en el tiempo de su directorio y que, además, se le ha
confiado el mando de todas las fuerzas del Estado? ¡Gran Dios! ¡Echa una mirada
de misericordia, sobre las desgraciadas Provincias Unidas! Sí, amigo mío, toda,
la, protección del Ser supremo es necesaria para que no se arrepientan de tal
elección.
Debido a la designación de Alvear y al poder que
ostentaba Rivadavia, San Martín prefirió no ofrecer sus servicios en la nueva
confrontación en que se enrolaron las Provincias Unidas. Tampoco quería
prestarse a un nuevo desaire, ya que interpretaba que la suspensión del pago de
la pensión de su hija y la falta de respuesta a un pedido de prórroga de su
licencia eran formas que el gobierno usaba para humillarlo.
Prefirió viajar nuevamente a tomar sus baños
termales en Aix—la—Chapelle, un valle al pie de suaves serranías llenas de
pinos y otros árboles altos llenos de follaje, que le resultaban maravillosos y
le tonificaban el cuerpo y el espíritu. Se Elissen—brunnen, que acababa de
inaugurarse con unas columnas romanas que aludían a la antigüedad de las termas
y exhibía unas placas que recordaban que el propio Pipino el Breve, el padre de
Carlomagno, se había bañado en el lugar. Al sumergirse íntegro en el piletón,
José sentía ampliados los ruidos del agua corriente y le parecía que entraba en
un mundo de otra sensibilidad. Cuando ya no podía respirar sacaba la cabeza, la
apoyaba en el borde y los vapores sulfurosos lo inundaban, mientras sentía que
todo su cuerpo se alargaba y se distendía, hasta el punto de que en algún
momento ya no le pertenecía.
La relajación lo llevaba hacia la infancia y
evocaba una mañana radiante de Málaga y la tibieza de su casa paterna de la
calle de los Pozos Dulces, pero ésta sin tristeza ni depresión sino con la
alegría del rostro de su madre. Ni haciendo un esfuerzo lograba recordar sus
años de militar en España, la etapa de América ni el tiempo de Protector del
Perú. Su memoria ya no era un tubo que lo llevaba hacia atrás, sino un plano
horizontal sobre el agua caliente que le presionaba sobre la piel y le imponía
la dicha de una niñez imaginaria.
Al salir se adormecía y, luego de un sueño que le
parecía casi eterno, se despertaba desconcertado y tenía que orientarse para
advertir que estaba en Aix—la—Chapelle, precisamente en los baños. Solamente lo
inquietaba el recuerdo de una frase en latín que su maestro de primeras letras
intentaba vanamente enseñarle y que hablaba de un trompo que un niño debía
hacer funcionar.
Al día siguiente se levantaba optimista, con las
articulaciones renovadas y la piel tersa, aliviado de los malos recuerdos y de
los errores que se negaba a admitir, como los cometidos en el Protectorado o su
súbita partida del Perú.
No necesitaba su láudano, sino que desayunaba con
apetito y salía a caminar hasta la plaza del Mercado, donde miraba indiferente
la estatua de Carlomagno. Cruzaba el jardín de plantas de este rey poderoso,
donde distinguía la salvia, el orégano, la mejorana, el frentchel y el romero,
que imponían sus aromas sobre los residuos de los olores minerales de las aguas
termales.
Bajaba luego hasta la plaza de la Catedral, a la
que a veces entraba para mirar, hacia el fondo, el sarcófago con los restos de
Carlomagno.
Caminando en lentos círculos retornaba al hotel y,
luego del almuerzo y la infaltable siesta, un nuevo baño termal le renovaba el
ciclo de combatir la realidad pasada y reemplazarla por la ilusión de las
inocencias de la infancia.
* * * *
Al regresar a Bruselas resolvió alquilar una casa
de campo a escasas tres cuadras de la ciudad, con tres piezas bien tapizadas y
un jardín de más de una manzana. Se instaló allí con su hermano Justo, que
había venido desde París, y por las mañanas se ocupaba de las plantas y flores
y hacía pequeños trabajos en su taller de carpintería. Salía a pasear por las
tardes y por las noches leía los periódicos y algunos "libros
alegres".
Los sábados visitaba a Mercedes y la relación entre
padre e hija iba mejorando, pues la niña había aceptado su posición y hacía
grandes progresos en inglés y en francés. Los domingos salían a pasear y José
empezó a enorgullecerse de sus conocimientos en música y dibujo. El general
hacía también cabalgatas con amigos chilenos y peruanos y un día de verano
llegaron hasta los llanos de Waterloo, donde recorrieron el escenario de la
derrota de Bonaparte. José pudo explicar a sus acompañantes los detalles de la batalla
y regresó al galope al atardecer, algo melancólico por la mezcla de los
recuerdos napoleónicos con sus propias experiencias en América.
El arrendamiento de su vivienda le salía mil
francos al año, es decir doscientos pesos. Como recibía cinco mil pesos del
alquiler de una de sus casas en Buenos Aires, y además algunos pagos que le
enviaba el gobierno del Perú, se sentía "el hombre más poderoso de la
tierra", puesto que sus ingresos le sobraban para llevar una vida frugal y
sin caprichos.
Pero esta posición de comodidad y alejamiento le
valió nuevos rechazos en el Río de la Plata. Guido le sugería desde la
distancia que, "aunque no se le pasara por la cabeza volver a
América", ofreciera sus servicios para la actual guerra. También le
comentaba que la situación del país no era nada lisonjera, porque el Congreso
de diputados de las provincias se había reunido en Buenos Aires y había
designado a Rivadavia como presidente permanente antes de haber dictado una
Constitución. El carácter unitario de la C:arta Magna que se gesta —predecía—
hace pensar que algunas provincias la rechazarán y entraremos en otra etapa de
desorganización.
José recibió esta carta al regresar de una visita a
algunas ciudades de Holanda, que le habían gustado mucho pese ~ a los rigores
de] nuevo invierno. Se sentó a la noche en su escritorio y se explayó:
El bosquejo que usted me hace me contrista, aunque
no me sorprende, porque usted no debe haberse olvidado las infinitas veces que
le he dicho que nuestra gran crisis se experimentaría al concluirse la guerra
de guerra de emancipación. Para defender la causa de la independencia no se
necesita otra cosa que un orgullo nacional, pero para defender la libertad y
sus derechos se necesitan ciudadanos, no de café, sino de instrucción, de
elevación del alma, y por consiguiente capaces de sentir el intrínseco, y no arbitrario
valor de los bienes que proporciona un gobierno representativo.
Usted más que nadie debe haber conocido mi odio a todo lo que es lujo y
distinciones, en fin, a todo lo que es aristocracia. Por Inclinación y por
principios amo el gobierno republicano y nadie lo es más que yo. Pero mi
afección particular no me ha impedido ver que este género de gobierno no era
realizable en América, sino posando por el alambique de una espantosa anarquía
y esto sería lo de menos si se consiguiesen los resultados, pero la experiencia
de los siglos nos ha demostrado que sus consecuencias son la tiranía de un
déspota.
Acerca de sus proyectos, le decía:
Dentro de dos años, tiempo que creo suficiente para
que se disipen los rumores que me adjudican la intención de llevar una
monarquía europea a América, y el que creo necesario para afirmar la educación
de mi hija, pienso con ella ponerme en marcha para Buenos Aires. Si me dejan
tranquilo y gozar de la vida sentaré mi cuartel general un año en la costa del
Paraná porque me gusta mucho y otro en Mendoza., hasta que la edad me prive de
viajar. Pero si no quieren dejarme gozar del sosiego que apetezco, si no me
quieren dejar vivir en tranquilidad venderé lo que tengo y me vendré a morir a
un rincón de ésta y les quedará el consuelo a mis enemigos de haber acibarado
los últimos días de mi vejez. He aquí fijo e irrevocable el plan que he
adoptado y que deseo merezca la aprobación, mi amigo el señor don Tomás.
El ejército de las Provincias Unidas, comandado por
Alvear, triunfó en Ituzaingó sobre las tropas del imperio del Brasil. Rivadavia
nombró como representante, para negociar la paz, a Manuel José García, quien se
extralimitó en sus funciones y aceptó la virtual entrega de la Banda Oriental
al imperio.
El repudio por este acuerdo, y el deterioro del
gobierno nacional por el rechazo de algunas provincias a la nueva Constitución,
provocaron la renuncia de Rivadavia. Alvear, por su parte, ante la falta de
posibilidades para perseguir al enemigo, decidió entregar el mando del ejército
al general oriental Juan Antonio Lavalleja.
San Martín se alegró de las caídas de estos dos
hombres: "La renuncia de Rivadavia —le escribía satisfecho a Guido—, no me
ha causado la menor sorpresa. Por su carácter ridículo y eminentemente
orgulloso, no podía menos que hacerse de un crecido número de enemigos."
En relación a Alvear, le comentaba:
Parece que este atolondrado y ambicioso joven fuese
una mala estrella que gravita sobre ese país pura darle continuos pesares, pues
su carácter inquieto no hará más que continuar sembrando la discordia, apoyado
sobre los pillos que lo rodean. No sé si será chisme, pero se me escribe desde
ésa que Alvear ha declarado odio eterno a todos los jefes y oficiales que han
pertenecido al ejército de los Andes. Esto no me extrañaría, pues como él debe
conocer que su ignorancia en la profesión no la puede ocultar a aquéllos, ésta
será la razón para no querer tenerlos a su lado.
Guido le respondió que la guerra con el Brasil
podría ser un nuevo escenario para sus glorias, dado que Lavalleja no te nía
condiciones para el mando. José se limitó a escribirle al presidente interino,
su antiguo amigo Vicente López y Planes, para decirle que su experiencia le
había demostrado que el mando sólo proporcionaba sinsabores continuos y, por
ello, no lo felicitaba por su elección, aunque sí a la patria por las ventajas
que podría reportarle. Sin mayor entusiasmo, le ofrecía también sus servicios
para la "justa pero impolítica guerra".
* * * *
Otras razones personales, en cambio, lo movieron a
pensar en cambiarse de casa y en realizar un viaje a Buenos Aires. Al llegar
hacía tres años a Europa, había colocado diecinueve mil pesos provenientes de
sus sueldos peruanos, más seis mil pesos de sus propios ahorros, en fondos del
empréstito de Perú. Su intención era vivir con esos intereses, más los cinco
mil pesos que recibía del alquiler de una de sus casas en Buenos Aires, pero
algunas circunstancias sobrevinientes habían venido a ponerlo en apuros. El
Perú, acosado por dificultades políticas y financieras, suspendió el pago de
los dividendos de sus bonos. Y el cambio del dinero de las Provincias Unidas,
debido a la guerra con Brasil, había caído en Londres desde cincuenta a
dieciséis peniques, de modo que la renta de su propiedad se había diluido.
Para colmo, hacía más de un año que no recibía
noticias de los administradores de su chacra de Mendoza, de su finca de
Santiago de Chile y de sus propiedades en Lima. Parece —les escribió indignado—
que ustedes han dejado de existir. Se mudó con su hermano y una criada a una
casa en la rue de la Fiancée 1422, con planta baja y un piso superior, y le
escribió a O'Higgins, quien seguía en Lima, para pedirle que gestionara ante el
gobierno peruano el cobro de al menos unos cuatro mil pesos, de los treinta y
tres mil que le adeudaba por sus pensiones y sueldos atrasados.
* * * *
El general inglés Guillermo Miller, quien después
del retiro de San Martín había comandado la caballería patriota del ejército
bolivariano en Junín y Ayacucho, había regresado a Europa con dos años de
licencia por parte del ejército peruano y fue hasta Bruselas para visitar a su
antiguo jefe. Rubio de ojos azules, nariz recta y figura delicada, su cuerpo
mostraba los duros signos de la guerra: cicatrices en la cara por una explosión
de pólvora cuando preparaba cohetes "Congreve" en el Callao; renguera
en una pierna y la mano izquierda inutilizada por un balazo en Chile.
—No puedo olvidar, don José, que usted fue el
primer general que me distinguió en América...
—Si yo hubiera tenido seis generales como usted
—levantó su mano para interrumpirlola guerra hubiera terminado dos años antes.
Intercambiaron recuerdos de la campaña de Chile y
Perú y conversaron sobre los beneficios de los baños termales de
Aix—la—Chapelle, que ambos conocían. Guillermo le informó que tenía la
intención de redactar sus Memorias y le dijo que le escribiría desde Londres
para solicitarle datos o completar documentación para este cometido. Así lo
hizo en los meses siguientes, en los cuales le pidió informes sobre los cargos
de haber expoliado a los españoles, la toma del dinero en Ancón por Cochrane o
detalles de la batalla de Chacabuco. José le respondía con detenimiento, aunque
le gustaba más acordarse de los episodios bélicos que de las intrigas de poder
o las dificultades de gobierno.
Un brote de fiebre escarlatina azotó a la ciudad y
atacó a las niñas del pensionado en que estaba Mercedes. La chiquilla, que ya
orillaba los once años, fue afectada también por la enfermedad y José pasó
varios días muy angustiado, en los que concurrió cotidianamente al colegio.
Recién cuando vio de nuevo en pie a su hija recuperó la calma y volvió a
atender su correspondencia. Miller le preguntaba en una carta si no era
conveniente exponer algo sobre los males que causó la logia de Buenos Aires al
intentar atar sus manos cuando era necesario castigar a algunos jefes
intrigantes, pero San Martín lo pensó un tiempo y luego respondió
categóricamente:
No creo conveniente hable usted lo más mínimo de la
logia, de Buenos Aires: éstos son asuntos enteramente privados y que aunque han
tenido y tienen una gran influencia, en los acaecimientos de la revolución de
aquella parte de América, no podrán manifestarse sin faltar por mi parte a los
más sagrados compromisos.
Su antiguo edecán, el irlandés Juan O'Brien, lo
visitó por dos días en su casa y, como en el caso de Miller, recordaron las
anécdotas de los tiempos de guerra, en los que su subordinado no sólo se había
distinguido en los campos de batalla sino también por su afición a las mujeres.
Partió para Aix—la—Chapelle, pero la humedad
ambiente y los movimientos del carruaje le provocaron un intenso dolor ~
reumático en un brazo, que se le hinchó marcadamente, y debió detenerse en
Lieja para descansar en un hotel. Siguió viaje a los pocos días y los baños
volvieron a sentarle maravillosamente, pese a que la humedad no disminuía.
Regresó contento a Bruselas, donde retiró a Mercedes de su internado, que
cerraba por las vacaciones de verano, y la tuvo en su casa durante esa
temporada. Ambos disfrutaron de esos dos meses juntos, pues las relaciones
habían mejorado notablemente: la chiquilla se había acostumbrado a su riguroso
régimen de vida y casi no extrañaba la casa de su abuela en Buenos Aires, y el
padre estaba cada día más orgulloso de sus progresos en idiomas, música y
pintura.
Al llegar el invierno salió para Amberes, y desde
allí siguió hacia el sur hasta Marsella. Luego fue hasta Tolón, donde hacía
varias décadas había podido saludar en el puerto a su admirado Napoleón
Bonaparte. Le encantó el Mediodía francés, con sus campiñas y soles
espectaculares y marchó de nuevo hacia el norte y conoció Nimes, Toulouse,
Burdeos y Tours. Después llegó a París, donde lo deslumbraron sus bulevares,
sus parques, sus museos, sus teatros y sus confiterías.
Partió de regreso a Bruselas sin enterarse de que
un documento confidencial del Ministerio del Interior francés informaba que en
su viaje por ese país "el general José de San Martín, antiguo jefe del
ejército republicano de Chile, no ha dado lugar a ninguna observación
interesante". Puntualizaba también que "se le representa como un
hombre de un carácter impetuoso, una concepción viva y un coraje brillante,
pero dominado por el amor al placer y la sed de riquezas. La conducta que él ha
tenido en Lima le ha hecho perder la estima y la confianza de los
americanos".
Con los primeros calores volvió a Aix—la—Chapelle
y, al aproximarse los nuevos rigores del invierno, se despidió de su hija,
cruzó el canal de la Mancha y siguió hasta Londres. De allí pasó a Canterbury,
donde se hospedó en la casa de Miller y disfrutó con su compañía y la de sus
familiares. Visitó también a Lord Fife y, al enterarse de que se había firmado
la paz entre las Provincias Unidas y el Brasil y no había ya trabas para la
navegación por el Atlántico, marchó hacia Falmouth, Countess of Chichest.er.
Cuando el empleado de la compañía marítima le preguntó su nombre, pensó un
momento y luego se encubrió:
—José Matorras —respondió secamente.
Capítulo XXII
El reposo del guerrero
(1829—1833)
Durante los días que permaneció en la rada de
Buenos Aires sin desembarcar, José se acordó de sus años de campaña y de los
oficiales que lo habían acompañado en el ejército de los Andes, muchos de los
cuales eran ahora importantes hombres de la política. Recordaba al nuevo
gobernador, Juan Lavalle, como a un capitán joven y valiente, pero sin la
cabeza necesaria para un puesto de esa responsabilidad.
El ministro de gobierno, José Miguel Díaz Vélez,
había sido también su subordinado. Al dejar hacía cinco años la ciudad de
Buenos Aires para partir hacia Europa, San Martín había encargado que le
entregaran un potro de su finca de Mendoza. Ahora, al pedirle su pasaporte para
regresar a Montevideo, le había preguntado si había recibido el caballo, y la
respuesta de Díaz Vélez parecía demostrar que estaba molesto por la actitud del
general de no querer bajar a tierra: "Aún existe en mi poder la orden para
la entrega del potro; Chilavert se encargó de remitirla; pero la cosa quedó
así, como siempre sucede en todas las suyas".
José se incomodó por el incumplimiento de su
instrucción y se alegró cuando, a los cuatro días de haber fondeado en las
balizas, el Countess of Chichester hizo la vela para regresar
a Montevideo.
Al entrar al puerto en un día soleado, advirtió que
las aguas estaban grisáceas y que el cerrito que precedía a la ciudad estaba
cubierto por una vegetación rala pero colorida. Al fondo se veían las torres de
las iglesias y algunas azoteas y miradores rodeados por barandas.
Se alojó en una casa de pensión sobre la Plaza
Matriz, que tenía confitería y café en la planta baja. Hasta allí vino a
cumplimentarlo un edecán del general José Rondeau, quien había sido designado
provisoriamente al frente del Poder Ejecutivo del flamante Estado nacional
uruguayo, hasta que la Convención Constituyente, que estaba reunida en una casa
de las afueras, en el sitio de La Aguada, terminase su cometido.
También vinieron a saludarlo varios camaradas que
habían servido con él en el ejército de los Andes, a quienes denominaba como
"mis muchachos", y el capitán de la fragata francesa Aréthusa,
que se encontraba en ese momento en el puerto. Un miembro de la Corte de
Justicia lo agasajó con una reunión en su casa, durante la cual el poeta
Francisco Acuña de Figueroa leyó un poema en su honor, y asistió a varios
saraos en las residencias de familias de la ciudad.
Se mudó después a la quinta del Saladero, de
propiedad de un amigo, donde se sintió más cómodo y disponía de criados y un
coche para realizar sus traslados. Invitado por Rondeau y el ministro de
Guerra, un antiguo subordinado, marchó un par de veces hasta La Aguada, donde
asistió en su capilla a las sesiones de la Convención.
Envió un poder a su amigo Gregorio Gómez, para que
administrara en su nombre los asuntos económicos que tenía en Buenos Aires y en
Mendoza y cobrara la pensión de su hija, y le pidió que le enviara parte de la
documentación que había dejado allí en su última estadía.
Dos emisarios de Lavalle lo visitaron en su casa,
para entregarle un escrito en el que le ofrecía que asumiera el comando de las
fuerzas de Buenos Aires e intentara un arreglo con las provincias que no habían
aceptado la ejecución de Dorrego y procuraban la restauración de un gobierno
federal. José leyó la misiva y los escuchó con amabilidad, pero fue terminante
en su negativa. Antes de que se retiraran, les entregó una carta de respuesta:
Sin otro derecho que el de haber sido su compañero
de armas, permítame General que le haga llegar la, siguiente reflexión: una
sola víctima que pueda ahorrar le servirá de consuelo inalterable, sea cual sea
el resultado de la contienda en que se halle usted empeñado.
Su amigo Tomás Guido le había escrito para pedirle
que le explicara por qué no había desembarcado en Buenos Aires y preguntarle si
estaba dispuesto a ir al Perú, que estaba a punto de entrar en guerra con
Colombia para liberarse de la tutela de Bolívar.
Antes de partir de regreso a Bruselas, tomó la
pluma y le contestó:
Las agitaciones de diecinueve años de ensayos en
busca de urca libertad que no ha existido hacen clamar por un gobierno vigoroso
y en una palabra militar; porque el que se ahoga no repara en qué se agarra.
La opinión presenta este candidato: él es el general San Martín. Ahora bien,
partiendo de que es necesario que desaparezca, uno de los partidos
contendientes, por ser incompatible la presencia de ambos con la tranquilidad
pública, ¿será posible sea yo el escogido para ser el verdugo de mis
conciudadanos, y cual otro Sila cubra mi patria de proscripciones? No, jamás,
Jamás. Mil veces preferiría correr y envolverme en los males que la amenazan
que ser yo el instrumento de tamaños horrores. Mi amigo, veamos claro: la
situación en nuestro país es tal que al hombre que lo mande no le queda otra
alternativa que la de apoyarse sobre una facción o renunciar al mando. Esto
último es lo que hago.
Es preciso convenir que mi presencia en el país en estas circunstancias no
sería útil y por eso he resuelto lo siguiente: he realizado cinco mil pesos en
metálico con el sacrificio que usted puede ver con el cambio del día. Con ellos
y con lo que reditúe mi posesión pienso pasar al lado de mi hija los dos años
que necesita para concluir su educación. Finalizado ese tiempo, regresaré en su
compañía al país.
No he querido hablar una sola palabra sobre mi espantosa aversión a todo
mando—político. Por otra parte, ¿cree usted que tan fácilmente se hayan borrado
de ¡ni memoria los horrorosos títulos de ladrón y ambicioso con que tan
gratuitamente me han favorecido los pueblos que en unión de mis compañeros de
armas hemos libertado?
Si se me llamase al Perú volaría en su auxilio porque la guerra que sostiene es
justa. Si me llaman, partiré del punto en que me halle y será usted el primero
a quien se lo avise por si quisiese volver a sufrir nuevas pellejerías.
Al cabo de dos meses de permanecer en Montevideo,
José se embarcó de nuevo en el Countess of Chichester y partió
para Europa. Tenía ganas de retornar a su casa de Bruselas y volver a ver a su
hija, pero lo abrumaba una angustia indefinible cuyo origen no alcanzaba a
comprender.
Al arribar a Falmouth tomó una de las diligencias
de la mensajería para llegar a Londres, pero en una de las curvas del camino el
carruaje volcó y los vidrios le hicieron una herida profunda en el brazo
izquierdo. Fue atendido con esmero, pero los dolores de la lesión le recordaron
el asalto que había sufrido en España hacía tantos años.
Se quedó unos días en Londres y luego fue hacia
Bruselas, a reencontrarse con su hija. El invierno llegó con mucha crudeza y,
debido al frío y a los dolores en el brazo, no tenía muchas ganas de salir de
su casa, donde contó con el apoyo espiritual y material de Mercedes, hecha ya
una niña de catorce años. Empezó nuevamente a pensar en trasladarse a París y
logró que se le concediera pasaporte. Pasó un par de meses en la capital
francesa y el buen tiempo, los bulevares flanqueados por cafés llenos de parroquianos,
las funciones de teatro y las múltiples actividades culturales, lo convencieron
de que ésa era la ciudad ideal para vivir.
Al volver a Bruselas, se enteró de que el general
Antonio Gutiérrez de la Fuente, a quien él había enviado a las Provincias
Unidas como emisario cuando era Protector, había sido designado como nuevo
presidente del Perú. Resolvió escribirle, pero le aclaró que no lo felicitaba,
porque su experiencia le había enseñado que los cargos públicos no proporcionan
otra cosa que amarguras".
Usted tendrá presente —le recordaba— que a su,
regreso del Río de la Plata no tenía usted en Santiago fondos para regresar al
Perú, y yo entonces llamé a don Felipe del Solar y bajo garantía de mi firma le
hice entregar mil pesos. Yo satisfice esa suma a Solar, pero hasta fines de
1828 el gobierno del Perú no había, verificado este pago, por lo que me permito
solicitar se cumpla con el mismo a mí amigo y apoderado el general O'Higgins,
dado que con ello me hará un señalado servicio.
Guido le escribía desde Buenos Aires y le comentaba
que la provincia había entrado en conversaciones con el Vaticano para resolver
el tema de la designación de los obispos. En su respuesta, José mostró su
filosofía y algunos rasgos de humor:
¡Negociaciones con Roma! Remitan un millón de pesos
y conseguirán lo que quieran.
Yo soy ya viejo para militar y hasta, se me ha olvidado el oficio de destruir a
mis semejantes. Por otra parte, tengo una pacotilla (y no pequeña) de pecados
mortales cometidos y por cometer. Aun más, usted sabe mi profundo saber en
latín. Por consiguiente, esta ocasión me vendría de perillas para calzarme el
Obispado de Buenos Aires y por este medio no solamente redimiría todas mis
culpas sino que, aunque viejo, despacharía a las penitentas con la, misma
caridad cristiana corno lo hacía el casto y virtuoso cura Navarro, nuestro
capellán de feliz memoria.
Manos a la obra, mi buen amigo. Yo suministraré gratis a sus hijos el
Sacramento de la Confirmación, sin contar las oraciones por su alma que no
escasearán.
La sola objeción que podrá oponerse para esta mamada es la de mi profesión.
Pero los santos más famosos del almanaque, ¿no han sido militares? Un San
Pablo, un San Martín, ¿no fueron soldados como yo y repartieron sendas cuchilladas
sin que esto fuese un obstáculo para encasquetarse la mitra? Basta de ejemplos
y admita la bendición de su nuevo prelado
San Martín
Poco después, encontraba otros motivos para emigrar
de Bruselas. Durante la función de La muda de Portici en el
Teatro de la Moneda, a tres cuadras de la casa de San Martín, el público salió
en manifestación para pedir la independencia de los belgas, es decir, de la
provincia de Brabante, en relación con el reino de los Países Bajos, que era
una confederación de Estados integrada también por los territorios de Holanda,
Flandes, Amberes y el ducado de Luxemburgo, entre otros.
Los patriotas se dirigieron al diario Le
National, a metros de la casa del general sudamericano, asaltaron su local,
y luego fueron hasta la casa del burgomaestre y constituyeron una junta de
gobierno, la que se propuso viajar a La Haya para plantear sus reclamos al rey
Guillermo I.
Viendo la inminencia de la guerra civil, con la
inevitable secuela de saqueos e incendios, José quiso librar a su hija y a él
mismo de las conmociones de una confrontación. Además, el cólera morbo se
cernía sobre el norte de Europa y los cordones sanitarios no impedían la
extensión de la epidemia, que ya se aproximaba a Bruselas. Partió a hacer una
temporada de baños en Aix—la—Chapelle y, al regreso, recogió a su hija y marchó
en coche hacia París, donde se instaló en una residencia de la rue de Provence.
Se sintió cómodo en la capital francesa —centro
universal de vida política y cultural— y la presencia de su hija en la casa le
hizo sentir una calidez que nunca había percibido en sus cincuenta y dos años
de vida. Trató de aislarse de las noticias que venían de América y que sólo le
hablaban de guerra civil en las Provincias Unidas del Río de la Plata y
conmociones permanentes en el Perú, para realizar algunos paseos con Mercedes y
asistir a tertulias en las que se pudiera hablar de música, pintura o literatura.
Pero la mayoría de sus relaciones eran de origen americano y los temas del
continente siempre terminaban por aflorar. Una circunstancia económica —una vez
más— lo llevó a volver los ojos sobre Buenos Aires: el apoderado que cobraba en
esa ciudad los alquileres de sus propiedades se había presentado en quiebra y
lo había perjudicado en más de tres mil pesos.
Le escribió entonces a su amigo Mariano Álvarez,
quien había sido presidente del Congreso peruano, para pedirle que gestionara
en Lima el cobro de por lo menos cuatro mil pesos de los nueve mil anuales que
tenía fijados como pensión, y que se los remitiera. Las gestiones de Álvarez,
quien fue apoyado por O'Higgins, dieron algún resultado, pues se le enviaron
tres mil pesos a través de la casa Baring Brothers de Londres y se resolvió
poner la pensión del ex Protector dentro del presupuesto anual del Perú, pero
reduciéndola a la mitad.
San Martín se alegró de todos modos, pues pensaba
que la medida iba a regularizar los pagos y lo liberaría de sobresaltos en su
situación financiera. "Esto hará mi situación muy feliz —le escribió a
Bernardo— y hasta el remanente de treinta y siete mil pesos que se me deben los
olvidaría si se continúa pagándome en proporción a los demás empleados".
Como había recibido el rumor de que O'Higgins
estaba a' punto de regresar a Santiago de Chile, le manifestaba su extrañeza:
¿Cómo podría usted mirar con indiferencia a tantos
malvados y desagradecidos que se le presentarían a cada momento y cuya vista no
podría menos que exaltar su bilis hasta el último grado? Sí, mi amigo. Esto es
lo que más temo yo de regresar a mi patria, a pesar de mi resolución de irme al
siguiente día a sepultarme en mi chacra de Mendoza hasta que la guerra civil
que ha desolado a la provincia de Cuyo haya cesado; esto en el caso de que haya
quedado algo de mi chacra, pues según mi mayordomo ha sido saqueada y él ha
sido obligado a emigrar a Chile. A la verdad, cuando uno piensa que tanta
sangre y sacrificios no han sido empleados sino para perpetuar el desorden y la
anarquía, se llena el alma del más cruel desconsuelo.
A la llegada del invierno, José resolvió alquilar
una casa de campo en las afueras del cercano pueblo de Montmorency, al norte de
París, con el objeto de escapar a la epidemia de cólera que hacía su entrada ya
en la capital y cuyos estragos él conocía bien por su experiencia de juventud
en Cádiz. En aquella antigua ocasión O'Higgins había estado también cerca de la
enfermedad y, por eso, el chileno le recordaba aquellos sucesos y le escribía:
"sirvan pues estos recuerdos a un general tan diestro como usted, mi
querido compañero, para no permitir que un enemigo tan fiero como rápido invada
sus flancos y corte su retirada".
Lamentablemente, la maniobra de alejamiento no dio
el resultado esperado, pues el cólera morbo asistió igualmente a la cita en
Montmorency y afectó a Mercedes. El día antes había llegado de visita a la casa
desde Londres, donde se desempeñaba como empleado en la legación de las
Provincias Unidas del Río de la Plata, el joven Mariano Balcarce, hijo del
general Antonio González Balcarce, con quien José pudo compartir la angustia
que sentía por el estado de su hija. A los tres días, el general empezó a experimentar
los mismos síntomas, y Mariano y una criada tuvieron que arreglárselas para
asistir a los dos enfermos. Al cabo de cuatro semanas Mercedes fue
restableciéndose, pero el mal estado de José duró varios meses pues se complicó
con algunas secuelas intestinales. Dentro de la debilidad en que se encontraba,
el general fue percibiendo que la relación entre su hija y Balcarce había
dejado de ser la de una niña enferma con un buen samaritano, para convertirse
en un romance que no podía ocultarse.
Mariano regresó a Londres y, en el otoño, José dejó
la casa de Montmorency y resolvió partir a Aix, pero esta vez en Saboya, para
tomar baños minerales y restablecerse. A su vuelta a París, Balcarce le pidió
la mano de Mercedes y el general se la otorgó de buen grado, pero también con
algo de emotividad pues desde su llegada a Francia, hacía dos años, se había
acostumbrado a gozar con la cercanía del calor de su hija. Le escribió a la
madre de Mariano, Dominga Bouchard viuda de Balcarce, para decirle que estaba
satisfecho de que Mercedes se casara con el hijo de un militar que había
servido a la independencia de la patria y que él había educado a Mercedes no
para que fuera una dama de gran tono, sino una tierna madre y buena esposa.
Hacía ya frío en París cuando la joven de dieciséis
años y su novio de veinticuatro se casaban en presencia de un selecto grupo de
amistades. Los testigos de la ceremonia fueron el coronel peruano Juan Manuel
Iturregui y el embajador de Chile, José Joaquín Pérez. Para celebrar la boda,
San Martín invitó a los presentes a un agasajo en el restaurante Chez Grignon,
uno de los más conocidos de la ciudad, donde disfrutó de la reunión pero
terminó muy cansado por las emociones de la jornada.
A los pocos días, José acompañaba a Mercedes y
Mariano hasta la estación de las mensajerías, donde el flamante matrimonio
partía hacia El Havre para tomar el vapor hacia Buenos Aires. Cuando el coche
arrancó y los jóvenes lo saludaron desde la ventanilla, el general sintió que
algo se rompía en su corazón y recién en ese momento se le hizo patente que el
casamiento de su hija significaba una pérdida. Tuvo que sentarse en una mesa de
café para recuperarse y, luego de un rato, regresó apesadumbrado a su residencia.
Las primeras semanas se sintió muy solo y decidió
seguir trabajando en el ordenamiento de los papeles que había traído en su
último viaje desde Buenos Aires: su correspondencia como jefe militar y
Protector con los gobiernos independientes de América; periódicos de Buenos
Aires, Santiago y Lima entre 1812 y 1822; cartas entre los generales realistas
y los virreyes de Lima; órdenes secretas del gobierno español y documentos
originales de la Inquisición de Lima.
También asistía a funciones de teatro y reuniones
sociales, tratando de mitigar el aislamiento.
Se alegró al saber, con bastante retraso, que sus
hijos habían llegado bien a Buenos Aires, salvo una indisposición de Mercedes
por el largo viaje. José se preguntó si su niña no podría estar embarazada y,
al poco tiempo, le confirmaron su presentimiento. En los próximos meses fue
recibiendo otras buenas nuevas desde el Río de la Plata: un tío de Mariano,
Juan Ramón Balcarce, había sido designado gobernador de Buenos Aires, y el
sobrino había sido nombrado secretario del Ministerio de Relaciones Exteriores.
En cumplimiento de instrucciones que le había dado
José, Mariano había cobrado un importante crédito hipotecario a favor de su
suegro, que había sido constituido sobre una estancia; y había logrado que el
gobierno de Buenos Aires reconociera tener una deuda impaga con San Martín por
sueldos atrasados, aunque con la aclaración de que durante ese año no podría
liquidársela por no estar en el presupuesto. También había viajado a Mendoza a
ver la chacra, la que afortunadamente no había sufrido otros daños que la
pérdida de algún ganado, y se había ocupado de gestionar los alquileres
pendientes en Buenos Aires, Mendoza y Santiago
Pese a las buenas noticias, el ánimo de José no
mejoraba demasiado y una estadía en los baños de Aix le renovó trastornos
nerviosos, con algunos accesos de intemperancia. Fue a visitar a un médico,
quien le aconsejó que pasara una temporada en Dieppe, una ciudad balnearia
francesa ubicada sobre el canal de la Mancha, con la idea de que respirar el
aire de la costa y eventualmente tomar algunos baños de mar iba a mejorarlo
sustancialmente.
Disfrutó del ambiente del puerto, bien resguardado
por unas serranías calizas, visitó la iglesia de San Jacques, y se conmovió al
recibir la buena nueva de que había sido abuelo de una bella bebita a la que
habían bautizado como María Mercedes, con el padrinazgo de Mariano Moreno (hijo
del secretario de la Primera Junta) y de su bisabuela Tomasa de la Quintana de
Escalada. Evocó los ya lejanos días del nacimiento de su hija, en Mendoza, y se
acordaba de que el hecho le había renovado las fuerzas y el entusiasmo para
trabajar en la organización del ejército de los Andes. Ahora, en cambio, el
abuelazgo lo había dejado muy sensible y casi anonadado, de modo que no tenía
ni ganas de caminar hasta la rambla y se quedaba melancólico en la sala del
hotel.
Regresó a París con el mismo estado de ánimo y
tenía ganas de volver al Río de la Plata para reunirse con sus hijos y conocer
a su nieta, pero la sola posibilidad de tener que encontrarse con quienes
habían sido sus detractores le "exaltaba la bilis" y la idea se
disipaba en el acto.
Caminaba una mañana por la rue Rivoli y se cruzó
con un hombre elegante cuyo rostro le resultó familiar:
El transeúnte lo miró fijo y le expresó: —¡San
Martín!
José lo reconoció entonces y le contestó con
alegría:
—¡Aguado!
Los dos antiguos camaradas se abrazaron con afecto
y se interrogaron sobre sus respectivas vidas, pues hacía más de veinte años
que no se veían. Cada uno, sin embargo, había seguido por referencias la vida
del otro.
Nieto de un comerciante sevillano de origen judío
sefardí que se había ennoblecido (se decía que el apellido Aguado hacía mención
al bautismo), Alejandro María de Aguado había desertado del ejército español
que defendía los derechos de Fernando VII y se había incorporado a las tropas
del rey José Bonaparte. Tras la debacle napoleónica había estado detenido en
Burdeos y luego se había trasladado a París, donde se dedicó al comercio de
aceite de oliva, naranjas y otros productos andaluces. Consagrado luego a las
finanzas, había llegado a gozar de un enorme crédito y a amasar una gran
fortuna. En una oportunidad en que Francia e Inglaterra exigieron cobros de
deudas a Fernando VII bajo pena de invasión, Aguado había gestionado un crédito
de quinientos mil pesos para el tesoro español y se convirtió en el agente
financiero de la monarquía española. En retribución, además del cobro de las co
misiones que le correspondían como financista, Fernando VII lo había honrado
con la designación de Marqués de las Marismas del Guadalquivir, pues el
empresario había intentado también disecar pantanos en Andalucía. Alguna prensa
madrileña y parisina había manifestado sorpresa y criticó duramente el
favorable tratamiento que el monarca español otorgaba a quien antes lo había traicionado.
Para contrarrestar esos ataques y neutralizar las envidias que lo acosaban por
su enorme y rápido enriquecimiento, Aguado editaba su propio periódico de la
tarde, el Messager des Chambres.
Alejandro lo invitó a almorzar en un elegante
restaurante de la place Vendome y le pidió que al día siguiente, por la tarde,
pasara por su casa del número 6 de la rue de Grange Bateliere.
José se deslumbró por la suntuosidad de la mansión
de su amigo, que tenía un gran patio de entrada y cuyos amplios jardines se
prolongaban sobre las calles adyacentes. Las dos alas del elegante edificio
daban sobre un jardín interior, con violetas y pensamientos enmarcados por
ligustros y paredes con "trilage". Después de una generosa cena en la
que le presentó a su esposa Carmen Victoria y a sus tres hijos varones,
Alejandro lo llevó por las salas de la residencia para mostrarle las pinturas que
había atesorado. El general se maravilló al contemplar obras del Tiziano,
Leonardo Da Vinci, Rafael Sanzio, el Tintoretto, Zurbarán, Rembrandt, Van Dyck,
Diego Velázquez, el Greco, Murillo, Chardin, Fragonard, Boucher, el
contemporáneo Eugenio Delacroix y muchos otros artistas que no conocía pero que
le parecieron excelentes.
—¡Hombre —San Martín encendió un cigarro e hizo
girar su brazo en redondo—, se ve que has hecho una fortuna para tener todo
esto...!
¡Cuando uno no ha libertado a medió continente
—bromeó el marqués se le puede perdonar el ser banquero...!
Capítulo XXIII
Propietario en París
(1833—1839)
José empezó a visitar casi todos los días la casa
de Alejandro y encontró en esa residencia la calidez que le faltaba desde la
partida de Mercedes y Mariano. Unido espiritualmente al marqués por un pasado
común de conflictos de lealtades, fue considerado de inmediato como un amigo de
la familia y concurría a las funciones de ópera con Aguado, quien era uno de
los empresarios del teatro de arte lírico y había regalado a una bailarina
clásica la residencia conocida como el Hotel Imperio, en la vecina rue Taitbout.
Mecenas de las artes y las ciencias, el financista
recibía a sus amigos intelectuales todos los jueves a la hora del almuerzo. El
escritor Honorato de Balzac y el compositor Joaquín Rossini alternaban en el
florido comedor con periodistas bohemios y artistas románticos de menguados
recursos, y se trenzaban en largas y apasionantes discusiones sobre temas
artísticos o políticos, regadas siempre con buenos vinos, brandy y cigarros,
las que interesaban siempre a San Martín, a quien algunos comensales calificaban
como el pintoresco "general Péruvien".
Los viernes a la noche un grupo más reducido
compartía el palco avant scéne de Alejandro en la ópera. Balzac solía estar
entre ellos y José disfrutaba con los estrenos y la buena compañía.
El rey de Francia había agraciado a Aguado con la
Legión de Honor, le había otorgado la ciudadanía francesa y lo había designado
intendente de Evry, una localidad ubicada a veinticinco kilómetros de París,
donde el banquero español había comprado el palacio de Petit Bourg, una famosa
propiedad que había sido frecuentada en su época por el propio Luis XIV.
Alejandro lo invitó a pasar allí una temporada y
José quedó fascinado por el encanto del lugar, ubicado entre las barrancas del
Sena y el camino a Fontainebleau, y la magnificencia del enorme palacio
renacentista, al que le habían agregado dos alas y un frontis neoclásico. Tenía
decenas de salas y habitaciones y el anfitrión le explicó que Luis XVI también
había vivido en la propiedad y que Napoleón Bonaparte había negociado en ese
mismo edificio sus dos abdicaciones al poder, evocación que provocó algo de melancolía
en San Martín, al relacionarla calladamente con su abandono del Perú como
Protector.
El dueño de casa lo llevó a visitar un puente que
había hecho construir sobre el Sena y una escuela para niños, que había sido
inaugurada con la presencia de Rossini, quien había escrito una cantata para
seis voces y piano con motivo del bautismo del segundo hijo del financista. El
músico italiano había compuesto también en el palacio su último éxito, la
ópera Guillermo Tell, y Aguado había bautizado con el nombre de sus
óperas las calles del parque, que había agrandado y enriquecido con nuevos
árboles y jardines. A la sombra de castaños y tilos, el marqués había
construido un pabellón que llamaba "del arte", en el que se recluía
para dedicarse a la pintura sobre caballete. El general sintió envidia de este
sitio tan íntimo y recoleto, realzado por la magnificencia del entorno, y pasó
unos días de calma y felicidad.
En París continuó con el mismo estado de ánimo,
pero cada vez que recibía cartas del Río de la Plata en que le comentaban la
guerra civil entre unitarios y federales y, simultáneamente, le sugerían que
volviera, perdía el buen humor y muchas veces se indignaba. Al escribirle a
Guido, se descargaba:
En veinticuatro años de experiencia las teorías no
han producido más que calamidades. Los hombres no viven de ilusiones, sino de
hechos. ¿Qué me importa que se me repita que vivo en un país de Libertad, si
por el contrario se me oprime? ¡Libertad! Désela usted a un niño de dos años
para que se entretenga con un estuche de navajas de afeitar y usted me contará
los resultados. ¡Libertad! Para que un hombre de honor sea atacado por una
prensa licenciosa, sin que haya, leyes que lo protejan y si existen se hagan
ilusorias. ¡Libertad! Para que si me dedico a cualquier género de industria,
venga una revolución que me destruya el trabajo de muchos años y la esperanza
de dejar un bocado de pan a mis hijos. ¡Libertad! Para que se me cargue de
contribuciones a fin de pagar los inmensos gastos originados porque a cuatro
ambiciosos se les antoja por vía de especulación hacer una revolución y quedar
impunes. ¡Libertad! Para que sacrifique a mis hijos en disensiones y guerras
civiles. ¡Libertad! Para verme expatriado sin forma de juicio y tal vez por una
mera divergencia de opinión. ¡Libertad! Para que el dolo y la mala fe
encuentren una completa impunidad como lo comprueban las quiebras fraudulentas
acaecidas en ésa. ¡Maldita sea la libertad! No será el hijo de mi madre el que
vaya a gozar de los beneficios que ella proporciona hasta que no vea
establecido un gobierno que los demagogos llamen tirano y me proteja contra los
bienes que me brinda la actual libertad.
Tal vez dirá usted que esta carta está escrita de un humor bien soldadesco.
Usted tendrá razón, pero convenga que a los 55 años no puede uno admitir de
buena fe que se le quiera dar gato por liebre.
No hay una sola vez que escriba sobre nuestro país que no sufra una irritación.
Dejemos este asunto y concluyo diciendo que el hombre que establezca el orden
en nuestra patria, sean cuales sean los medios que para ello emplee, es el solo
que merecerá el Noble título de su libertador.
Al llegar la primavera, Aguado le avisó que
una petite maison próxima a su palacio de Petit Bourg estaba
en venta y le sugirió comprarla. Fueron juntos a verla y José, que ya estaba
enamorado del lugar, se entusiasmó de inmediato: sobre una hectárea de terreno
protegido por un muro, la casa tenía planta baja, dos pisos y techo de pizarra.
En la planta baja estaban el salón, el comedor y la cocina, mientras en el
primer piso había cinco habitaciones y tres más en el segundo, además de los
cuartos de servicio y el granero. Tenía también cochera y caballeriza, un pozo
con brocal, una pequeña capilla y dependencias para el jardinero.
San Martín pagó con gusto los trece mil quinientos
francos que le pidieron como precio (el sitio se llamaba paradójicamente Grand
Bourg) y tomó posesión a la brevedad, con el objetivo de mejorar el jardín,
construir un baño en la planta baja y armar una bodega.
Aunque su residencia principal seguía estando en
París, estaba feliz de tener una casa de campaña o maison secondaire,
como decían los franceses, y poder gozar de la compañía de Aguado y su familia
tanto en el campo como en la ciudad. Pasó allí todo el verano y, al llegar el
otoño, se sintió afectado por un chisme político que había circulado en los
ambientes diplomáticos sudamericanos, que aseguraba que San Martín había
viajado en secreto a España para negociar el reconocimiento de la independencia
de las antiguas colonias, a cambio del establecimiento de monarquías. Le
pareció que la versión entrañaba una acusación de traición y, enterado de que—
quien la había difundido era el ministro plenipotenciario (le las Provincias
Unidas en Londres, Manuel Moreno (hermano de Mariano, secretario de la Primera
Junta), le envió una carta para expresarle su indignación.
Los once años de un ostracismo voluntario de mi
patria me daban derecho a esperar que mi nombre no fuese tachado con una
impostura tan grosera como infamante. Usted ha dado por sentado que el virtuoso
y ya difunto rey de las Españas y en otro tiempo de las Indias, y en su
ausencia a la eternidad su cara esposa en nombre de su hijita, me ha dado el
paternal perdón por mis pequeñas travesuras cometidas en América entre los años
1812 y 1823. Y usted ha calculado que el general San, Martín es un vil intrigante,
que se proponía, hacer valer ante el gobierno español su pretendida influencia
en las nuevas repúblicas de América y por este decoroso medio sacar algún
partido pecuniario o bien un empleíto de ayuda de cámara de su Majestad. Su
conducta no puede calificarse más que de dos modos: o es usted un malvado
consumado o ha perdido enteramente el juicio.
Suspendió un viaje para tomar baños a
Aix—la—Chapelle previendo que Moreno podría retarlo a duelo, pero en cambio
recibió una carta con explicaciones del embajador. José, más calmado, dejó allí
el asunto y desistió de su propósito inicial de viajar hasta Londres para
"darle una tollina de palos" al supuesto autor de los rumores.
Encantado con su finca de Grand Bourg, pasaba allí
la mayor parte del tiempo y sólo volvía a París en las semanas del más crudo
invierno o cuando tenía actividades especiales. Los Aguado iban a su Palacio
dos meses en el verano y había entonces intensa actividad social y artística,
de la que José usualmente participaba. Los domingos venían a pasar el día los
artistas y funcionarios de la ópera y la jornada se llenaba de arte y
animación. No faltaban mujeres del ambiente sudamericano que halagaban y se insinuaban
ante el retirado general. José las dejaba avanzar y algunas veces se daba
algunos gustos, pero no se sentía con ánimo como para comprometerse en una
relación estable. Solía hacer paseos a pie o a caballo con Alejandro por los
alrededores, en los que disfrutaban hablando de los viejos tiempos o
discurriendo sobre ópera o pintura.
Joaquín Rossini, quien se había casado con una
mujer española, solía permanecer como huésped del marqués varias semanas y al
general le agradaba conversar con él, pese a que el compositor se encontraba en
un momento anímico turbulento e inestable y sus arranques temperamentales
solían ser furibundos. Una tarde, mientras caminaban por el parque, el músico
le confió que, durante el último viaje que habían efectuado a España con
Aguado, en el que el exquisito financista había llevado una "bañera calorífera"
y su cocinero francés, se había comprometido con un ministro y sacerdote
español a escribir un Stabat Mater, en homenaje a la Virgen María,
pero sólo había podido componer la primera parte. Luego de un largo silencio,
el general reflexionó:
—Pues yo, don Joaquín, no me arrepiento de nada de
lo que hice, pero sí de las cosas que he dejado de hacer...
A los pocos días, José se enteró con satisfacción
de que el músico estaba encerrado en su estancia y había vuelto a componer.
Cuando los Aguado dejaban Petit Bourg, la vida de
San Martín era más metódica y absolutamente tranquila. Se levantaba al alba y,
luego de beber su láudano, pasaba al comedor donde tomaba té o café, pero no en
taza sino en mate y con bombilla de caña. Luego se dedicaba a picar tabaco
sobre una tabla especial, que luego fumaba en las pipas que coleccionaba o
armaba con chalas, es decir con hojas de maíz. Le gustaba limpiar personalmente
las armas que poseía, tarea que él denominaba "trapichear", y a veces
trabajaba en su pequeño taller de carpintería, en el que tenía un buen equipo
de herramientas. Había traído un perro choco que su admiradora le había
regalado en Guayaquil, al que había entrenado para que simulase caer fusilado
cuando su dueño le apuntaba con el bastón. José le ordenaba luego levantarse y
el amo y el can parecían disfrutar juntos de esta habilidad.
Después del almuerzo, habitualmente carne asada con
un buen vino, dormía un rato la siesta. Luego se vestía con su levita azul y
salía a cabalgar por los alrededores. Tomaba el camino que, rodeado de
empalizadas, descendía hacia el Sena, y el olor a resinas de pino y la humedad
que brotaba debajo de los tilos y las araucarias le hinchaban el pecho y lo
llenaban de vitalidad. Al llegar al río la vegetación era todavía más alta y
algún aislado sauce, meciéndose sobre la orilla, le recordaba los que ofrecían
su suave alivio al pie de la cordillera de los Andes y la imagen solía
impregnarlo con un dejo de nostalgia, que algún piar de pajaritos parecía
acompañar. Marchaba un rato por la orilla contemplando los lanchones que
llevaban lentamente hacia París su carga de madera y luego regresaba despacio,
para alegrarse al llegar a su casa, donde los laureles de hojas perennes y los
siempreverdes sobre las paredes no lo abandonaban ni en los más fríos días del
invierno.
Entraba por la puerta de la caballeriza y luego,
generalmente con la chimenea ya encendida, leía los periódicos o libros sobre
historia militar de la época de Napoleón, un personaje que lo fascinaba.
Al cabo de un año de haber comprado su finca de
Grand Bourg, el general adquirió en remate judicial una casa en París, en el
número 1 de la rue Neuve Saint Georges, una buena zona cerca de la mansión de
Aguado, habitada por políticos conocidos como Adolphe Thiers o Ledrú—Rolland.
Pagó ciento cuarenta mil doscientos francos y se trasladó de inmediato a su
nueva residencia, con cochera en la planta baja y sala y comedor tapizados de
damasco en el primer piso, pero le resultó demasiado bulliciosa y prefería permanecer
en su casa de campo.
Extrañaba a Mercedes y a Mariano y tenía ganas de
conocer a su nieta. Cuando se enteró de que el gobernador Balcarce había sido
derrocado en Buenos Aires y se había cesanteado a su yerno del cargo que
ocupaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores, no lo lamentó demasiado,
sino que aprovechó para pedirles que regresaran a París. Cuando sus hijos le
confirmaron que volvían, se alegró sobremanera y les escribió para pedirles que
le trajeran el estandarte de Pizarro, el tintero de la Inquisición, el sable corvo
que había usado en sus campañas, una piel de tigre y los documentos que había
rotulado como "interesantes".
Los esperó con ansia y, cuando recibió en Grand
Bourg la noticia de que habían arribado al puerto de El Havre, marchó hacia
París para recibirlos allí. Se emocionó al estrechar entre sus brazos a la
pequeña María Mercedes, quien tenía ya más de dos años y lo miraba con ojos
sorprendidos. Pasaron casi de inmediato a Grand Bourg y allí la chiquilla gozó
del jardín y una casa grande y empezó a familiarizarse con el nuevo personaje
de la familia. Cuando le dijo por primera vez "abuelo" con tono cariñoso,
el duro general sintió que lo invadía una mezcla de dulzura y 'placer y pensó
que, al parecer, había logrado asegurar su supervivencia.
Mercedes había llegado embarazada y, al entrar los
primeros calores del verano, dio a luz otra niña a la que llamaron Josefa, en
honor a su abuelo. Como le había pasado con su hija y luego con su primera
nieta, el general esperaba un varón, pero pronto se consoló y tenía que
disimular la "chochera" que sentía por las mujercitas. "Estoy
condenado a vivir entre mujeres", se quejaba entre bromas y sin mucha
convicción.
A pesar del despido que había sufrido Mariano en
Buenos Aires por el derrocamiento de su tío, José pensaba que el otorgamiento
de facultades extraordinarias al nuevo gobernador, Juan Manuel de Rosas, podría
servir para terminar con los desórdenes en las Provincias Unidas. Guido, quien
estaba cerca del nuevo hombre fuerte, le escribía en este sentido y San Martín,
desde la distancia, coincidía:
Veo con placer la marcha que sigue la patria.
Desengañémonos, nuestros países no pueden a lo menos por muchos años regirse
sino por gobiernos vigorosos; más claro: despóticos.
La presencia de sus hijos y nietas animó
sobradamente a José, quien durante sus temporadas en París aumentó su vida
social. Asistía a las funciones líricas con Aguado en el teatro de la ópera y
en el des Italiens, que el marqués también regenteaba, y
después de la función iban a cenar a un restaurante para comentar la obra y las
interpretaciones.
Alejandro era amigo del guitarrista y compositor
español Fernando Sors, y un día invitó a San Martín a asistir a una velada en
su residencia, en la cual el propio Sors y Aguado interpretarían la obra Los
dos amigos, que el renombrado músico había compuesto en honor del banquero
y se tocaba a dos guitarras.
En la sala de música de la mansión, iluminada con
arañas que pendían del cielo raso trabajado con molduras que semejaban liras,
con las paredes ornadas por las pinturas "El guitarrista",
"Minuet" y "La lección de canto" de Watteau, "El sueño
de Diana" de Rubens y "Una bacante" de Nicolás Poussin, dos
vasos etruscos de Pompeya y una estatua de María Magdalena esculpida por
Cánova, el maestro Sors y el financista deslumbraron al selecto grupo de
invitados con esta pieza, en la cual la generosidad del maestro reservaba al
artista aficionado las partes de mayor virtuosismo.
El general quedó encantado con el concierto y,
recordando su antigua afición por la guitarra que la guerra había hecho
olvidar, le pidió a don Fernando si podría darle algunas clases, solicitud que
el maestro aceptó con todo agrado. José lo visitaba con ese fin una vez por
semana en su modesto piso (le la Place du Marché Saint Honoré, disfrutaba con
las clases y notaba avances en su relación con el instrumento.
Una mañana recibió una tarjeta de luto en la que
Sors le participaba la muerte de su única hija. José se impactó con la noticia
y sintió que le podría haber tocado a él con su propia hija Mercedes, idea que
lo terminó de conmover y desechó de inmediato. Prefirió no concurrir al
cementerio y, a las dos semanas, cuando fue a tomar su clase, encontró al
músico destrozado. Entre sollozos que enternecieron al alumno, don Fernando le
dijo que su pena era tan grande que no podía enseñar más.
Frecuentaba al ministro plenipotenciario de Chile,
Miguel de la Barra, quien no sólo lo invitaba a sus reuniones en la Legación
sino también a participar de cabalgatas a los bosques de Montmorency o a
florestas vecinas.
Una tarde, el embajador le comentó que el rey Luis
Felipe quería saludarlo y, con ese motivo, lo invitaba a una reunión con el
cuerpo diplomático en el palacio de las Tullerías. José se puso su uniforme de
gala, que le quedaba un poco estrecho por el aumento de peso que los años le
habían traído, y marchó hacia la sede real. El monarca avanzaba saludando a la
fila de diplomáticos y, al llegar a San Martín, le tomó las manos y se las
sostuvo:
—General, es un vivo placer estrechar la diestra de
un héroe como vos. Creedme que como Duque de Orleáns he tenido admiración, y la
sigo teniendo como rey, por vuestra labor; deseo que encontréis buen reposo en
nuestra Francia...
Mucha gente vino a saludarlo durante la fiesta y
José se retiró muy halagado. No pudo dejar de recordar que, al llegar hacía
doce años desde el Río de la Plata, la dinastía de los Borbones no le había
permitido su ingreso a Francia.
Como Mariano no tenía ocupación en París, pensó en
hacer un viaje a Buenos Aires para intentar una experiencia en el comercio.
Aguado lo habilitó con catorce mil pesos y Balcarce partió con ese rumbo por
dos años, dejando a su esposa e hijitas con su suegro. Domingo de por medio,
venía a pasar el día a Grand Bourg el hermano menor de Mariano, Florencio
Balcarce, un joven talentoso y sensible que estudiaba en Europa. El muchacho
disfrutaba con la compañía de sus dos pequeñas sobrinas y alegraba con su charla
inteligente los almuerzos y el té del general.
Al llegar a Buenos Aires, Mariano le escribió a San
Martín, para consultarlo sobre su propósito de comprar una estancia en sociedad
con Goyo Gómez, uno de los más íntimos amigos y apoderado del general, a quien
éste en su momento había enviado a Estados Unidos a comprar barcos para la
campaña del Perú. La idea no le disgustó a José, pero le pidió a su yerno que
lo pensara bien, pues él no estaba decidido a "regresar hasta dejar todo
bien arreglado, pues no es cosa de estar haciendo este viaje a cada momento".
Por medio de Aguado, San Martín conoció a un famoso
empresario y banquero francés, Monsieur Lafitte, a quien empezó a frecuentar
tanto en Grand Bourg como en París. El hombre era poseedor de unos viñedos, en
cuyas bodegas se producía el renombrado Chateau—Lafitte, y al general le
encantaba conversar de vinos con su nueva relación. Más de una vez, José le
hablaba con entusiasmo de los blancos y tintos de Mendoza, pero tanto Lafitte
como Aguado eran muy escépticos sobre las bondades que pregonaba el "general
Péruvien" sobre los productos de la provincia donde tenía su finca.
Lafitte decidió un día prepararle una sorpresa y,
habiendo conseguido una botella de vino mendocino, hizo verter su contenido en
el envase de una marca francesa de baja calidad. Se lo sirvió durante el
almuerzo y luego le preguntó su opinión. San Martín, que ya le había tomado
confianza, movió los labios y la lengua como si estuviera catando la bebida y
respondió:
—Pues mi amigo —lo gozó Lafitte— ahí tiene usted a
su célebre mendocino.
El general se sorprendió y luego se rió con el
chasco, mientras recordaba las bromas similares que había gastado a sus amigos
en Mendoza.
* * * *
A través de los periódicos, de las cartas de
Mariano, de Guido y otros amigos, José se enteraba de los sucesos políticos en
el Río de la Plata. El gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones
exteriores de la Confederación Argentina, Juan Manuel de Rosas, había detenido
a un litógrafo suizo francés, Hipólito Bacle, con la acusación de ser agente de
los unitarios, y el impresor había muerto en el presidio. También había
intimado a los ciudadanos franceses a presentarse a las filas, con motivo de la
guerra que Rosas había declarado a Bolivia, que bajo el mando del Mariscal
Santa Cruz intentaba unirse en confederación con el Perú.
El almirante de la flota francesa en el Río de la
Plata exigió entonces reparación para los deudos de Bacle y la eximición del
servicio militar a sus connacionales. Ante la respuesta negativa, decretó un
bloqueo sobre el puerto de Buenos Aires y el litoral argentino.
Como suele ocurrir habitualmente en los casos de
dictaduras, el conflicto con una nación poderosa le sirvió a Rosas para exaltar
en su provecho el sentimiento nacionalista y para ajustar su opresión sobre los
círculos opositores.
Aunque San Martín sabía que Rosas perseguía a Goyo
Gómez, a sus cuñados Manuel y Mariano Escalada y a su antiguo edecán, el
irlandés Juan O'Brien, se identificó con su postura y resolvió escribirle al
tirano. Con sesenta años cumplidos, la cabellera canosa, algo más grueso pero
siempre bien erguido y con fuego en los ojos, le ofrecía sus servicios como
militar:
Tres días después de haber recibido sus órdenes me
pondré en marcha para servir a la patria honradamente, en cualquier clase que
se me destine. Concluida la guerra me retiraré a un rincón, esto es si mi país
ofrece seguridad y orden. De lo contrario regresaré a Europa con el sentimiento
de no poder dejar mis huesos en la patria que me vio nacer.
Al cabo de un par de meses, recibió respuesta de
Rosas en la que le agradecía el ofrecimiento para el caso de que fuera
necesario, pero le decía que le sería muy sensible que se molestara en sufrir
las incomodidades y peligros de la navegación. Finalmente le expresaba que
"su presencia nos sería muy grata a todos los patriotas federales".
Poco después, San Martín recibía un oficio del
ministro de Relaciones Exteriores del gobernador Rosas, mediante el cual se lo
designaba como embajador ante el gobierno del Perú. Se sintió sorprendido y
honrado por el nombramiento, pero también muy atribulado por tal honor.
En primer lugar, estaba muy cómodo en París y no
tenía el propósito de viajar a ningún país americano en el que hubiera actuado.
Además, la persecución contra muchos de sus amigos y parientes por parte del
gobierno rosista lo pondría en situación muy incómoda frente a ellos, si
aceptara un cargo de tal magnitud. Además, él era un importante pensionado del
Perú y esta condición le impediría cumplir su misión de embajador con el decoro
pertinente.
Le escribió al ministro para decirle que rechazaba
el cargo por esta última situación, ya que no podría "defender los
intereses de la Confederación Argentina ante un Estado a quien soy deudor de
favores tan generosos".
A Goyo Gómez, quien había debido marchar al exilio
en Montevideo donde integraba la comisión argentina que luchaba contra la
dictadura de Rosas, le ofrecía su hospitalidad e intentaba explicarle su
postura:
Te he dicho y te repito que si las cosas no van
bien por ésa y te ves en la necesidad de volver a emigrar a otro destino, aquí
tienes un cuartito, un asado y más que todo una buena Voluntad, pues
prescindiendo de nuestra amistad sabes que todos los individuos de esta casa te
aman sinceramente. Es con verdadero sentimiento que veo el estado de nuestra
desgraciada patria y lo peor de todo es que no veo una vislumbre de que mejore
su suerte. Tú conoces mis sentimientos y por consiguiente yo no puedo aprobar
la conducta del general Rosas cuando veo una persecución general contra los
hombres más honrados de nuestro país. Por otra parte, el asesinato del doctor
Maza me convence de que el gobierno de Buenos Aires no se apoya sino en la
violencia. A pesar de esto yo no aprobaré jamás el que ningún hijo del país se
una a una nación extranjera para humillar a su patria.
Salvo estas noticias desde América que le hablaban
del conflicto permanente, la vida en París le resultaba cada vez más cómoda.
Frecuentaba a su amigo Manuel de Guerrico, un hombre de negocios oriundo de
Buenos Aires que era coleccionista de pintura y escultura. En la buhardilla de
la casa de Guerrico vivía el joven pintor español Gervasio Pérez de Villamil,
quien pese a su talento se encontraba en la miseria por su vida bohemia. Los
dos amigos le ofrecieron ayuda económica, pero el artista no la aceptó sino a
cambio del contenido de su atelier, integrado por quince telas propias y dos
del pintor renacentista Doménico Tiépolo, que los adquirentes repartieron entre
ellos.
Cuando llegaban los carnavales asistía con Miguel
de la Barra y otros amigos americanos a las fiestas en los bulevares, para
presenciar el paso de las coloridas carrozas que conducían a los disfrazados
que exhibían sus trajes exóticos. Después solían cenar en Chez Grignon, uno de
sus restaurantes favoritos, para terminar la noche en el Teatro de Varieté,
donde tomaban un palco para presenciar los bailes de los enamorados y el
jolgorio de la juventud, que se acentuaba con las horas y los brindis.
A veces pensaba o escribía a sus amigos sobre la
posibilidad de regresar a América, pero de inmediato recordaba el cauteloso
adagio español que aseguraba que "bien está San Pedro en Roma".
Capítulo XXIV
Los últimos miedos
(1839—1850
Mariano regresó de Buenos Aires y continuó viviendo
con Mercedes y sus dos hijas en compañía del general, tanto en la casa de París
como en la de Grand Bourg. Aunque San Martín había empezado a pensar que su
yerno no tenía condiciones para el trabajo ni para el comercio, e incluso que
no tenía el nivel que le hubiera gustado para su hija, la presencia del
matrimonio y, sobre todo, de sus dos nietitas, le alegraba la vida. María
Mercedes aprendía ya sus primeras letras y Josefa, a quien llamaban Pepita, era
particularmente movediza y circulaba por toda la casa levantando una piernita
para hacer lo que ella denominaba un "volantín".
Un día, Mercedes encontró jugando a las pequeñas
con la medalla que la Corona española había otorgado a todos los oficiales que
habían participado en la batalla de Bailén. La madre les quitó el trofeo y
empezó a regañarlas, pero el abuelo la calmó: —¡Si una medalla —reflexionó— no
sirve para entretener a unas niñas...!
* * * *
Aguado estaba a punto de iniciar un viaje a España
para recorrer unas minas de carbón que poseía en Asturias y visitar su casa
natal y a sus parientes en Sevilla, e invitó a San Martín a acompañarlo. La
propuesta lo tentó, pues su hermana María Elena vivía precisamente en Asturias
y pensó que no estaría mal regresar a los lugares de su infancia en Málaga o a
los sitios que había frecuentado en Cádiz durante su juventud.
El marqués pidió a un ministro español que se
concediera pasaporte para él y su amigo, y el funcionario le respondió que
"el pasaporte de San Martín pudiera tener alguna duda como general de la
República Argentina, por no estar ella reconocida. Con don José de San Martín,
particular, no ocurre el más leve inconveniente, porque los súbditos de las
repúblicas no reconocidas en América son mirados aquí como españoles".
Tres días después le enviaba los dos pasaportes y
le decía que le había comentado al regente de la Corona sobre el viaje de San
Martín y sus recelos. "Se ha reído de que pudiera imaginar que nosotros
habíamos de esquivar nuestra amistad a los hermanos de América, con quienes de
hecho estamos en paz y nadie se acuerda de las discordias pasadas".
José lo pensó mucho y prefirió no viajar. Le
pareció que le estaban negando su condición de general y revivió las
humillaciones que había sufrido durante su infancia en España y luego en la
guerra de la independencia, en la que se lo consideraba un insurrecto, un
traidor, y tantas veces se lo había acusado de indio, y lo habían apodado como
"El Tape" o "El Cholo" de las Misiones. Pero, en realidad,
se reconoció a sí mismo que no tenía coraje afectivo para reencontrarse con los
sitios de su infancia española, como tampoco lo tenía para poder vivir en
América.
Aguado partió en la primavera y, luego de visitar
Oviedo, marchó hacia Gijón en diligencia por una ruta de montaña que él mismo
había hecho construir para facilitar el transporte del carbón. Una fuerte
tormenta de nieve cubrió el camino y los dos carruajes en que viajaba la
comitiva se atascaron y no pudieron continuar. Empecinado como buen hombre de
negocios, el marqués continuó viaje a pie y, después de haber estado a punto de
perderse, llegó a Gijón agotado y aterido de frío. Se alojó en un albergue y esa
misma noche, sentado a la mesa para cenar, un ataque de apoplejía lo fulminó.
Su novelesca muerte —como lo había sido su vida—, a los cincuenta y seis años
de edad, sorprendió en España y en Francia. En la iglesia de Gijón se realizó
una ceremonia fúnebre, en la que la poetisa Eulalia Llanos le cantó así:
Asturias te saluda, cariñosa, benéfico Marqués:
y sus montañas a impulso de tu diestra poderosa,
tesoros largarán de las entrañas.
A enriquecer su playa deliciosa
vienes a este rincón de las Españas.
¡Era feliz! Al mísero mendigo le darás pan, ocupación y abrigo.
Tal razonaba, yo, y un alarido heló mi sangre y
me aterró el oído: eco de muerte los espacios llena,
que lanza el Piles y repite el Sena.
El numen del sepulcro, coronado de triste adelfa,
suspiró a mi lado.
¿Dónde el Marqués? ¡El polvo me señalas!
La torva vista en el sepulcro echaste, ¡Numen funesto!...
A todos nos igualas.
Su cuerpo, embalsamado, fue llevado luego a París.
San Martín salió de su casa esa mañana con
semblante grave y caminó las dos cuadras que lo separaban de la iglesia de
Nuestra Señora de Loreto, donde se esperaba la llegada de los restos de Aguado.
El templo había sido destruido durante la revolución y, reconstruido en un
estilo italiano, el propio Alejandro había colaborado en las tareas de su
embellecimiento.
José, muy afectado, saludó en el atrio a la viuda y
a sus hijos Alejandro, Olimpio y Onésimo y, a la llegada del féretro, ocupó con
ellos uno de los primeros lugares. Personalidades de la banca y los negocios,
artistas y marchands, empleados y funcionarios de la Opera, se encontraban en
la iglesia para asistir a la misa de cuerpo presente de un hombre tan
importante. En medio del servicio, un rumor de protesta le llegó a José desde
el fondo: el párroco se negaba a permitir que los cantantes de la ópera entonaran
un Réquiem en homenaje a su empresario y benefactor. "¡Demonios —se dijo
indignado a sí mismo—, hace veinte años dictó un decreto en Lima dignificando
el oficio de cómico, y un cura cavernícola viene a darnos ahora este escándalo
en París!"
Al término del servicio, opacado por la muestra de
intolerancia clerical, se dirigieron al cementerio de Pére Lachaise,
donde el querido amigo de San Martín quedó enterrado en un enorme mausoleo.
El notario Huillier lo citó a los pocos días a su
oficina de la rue Thibout, para hacerle saber que, en el testamento que Aguado
había realizado sobre los bienes que tenía en Francia, lo había designado como
tutor de sus hijos y uno de sus albaceas, con un sueldo de cuatro mil francos
mensuales, como también un legado a compartir de treinta mil francos y sus
joyas de uso personal. Se sintió honrado y conmovido por la distinción y se
propuso cumplir con la memoria de su amigo con total dedicación y honradez. La
fortuna del marqués en Francia ascendía a .la enorme suma de ciento noventa
millones de francos y se comentaba que, al enterarse, el barón de Rothschild
había ironizado:
—¡Pobre Aguado, yo lo creía en situación más
desahogada...!
Al llegar el otoño, y cuando todavía estaba muy
triste por la muerte de Alejandro, recibió desde Lima otra mala noticia:
O'Higgins había fallecido de una crisis cardíaca, que el año anterior lo había
obligado a dejar su hacienda de Montalván. La mala nueva lo apenó enormemente y
quiso escribirle a Rosita, su hermana, para decirle cuánto había significado la
amistad y confianza de Bernardo en sus años de campaña en América y, de ese
modo, atenuar el intenso dolor que sentía pese a que hacía veinte años que no
se veían. De todos modos cayó en cama anonadado por la depresión y, al
levantarse al cabo de unos días, se dijo que debía estar poniéndose viejo para
que, siendo un militar de carrera, la muerte de sus camaradas lo afectara
tanto.
Cada vez tenía menos amigos (los que no habían
muerto se habían ido, como Miguel de la Barra, que había regresado a Chile) y
la inactividad y el ocio lo ponían cada vez más irascible. Una tarde, en su
casa de la rue Saint Georges, le anunciaron que una persona quería visitarlo
pues tenía algo que decirle acerca de sus antepasados. Se trataba de un andaluz
verborrágico, quien venía cargado de pergaminos y árboles genealógicos, que
desplegó sobre una mesa para explicarle al general que uno de sus ascendientes
había sido conde y el otro marqués, según los certificados que tenía a la vista
y que, seguramente, querría venderle a buen precio, a lo mejor enterado de que
era uno de los albaceas del millonario Aguado.
—No, señor cronista —lo interrumpió con un gesto de
impaciencia—, yo no soy el que usted piensa...
¿No es usted —fingió sorpresa— don José de San
Martín, Protector del Perú, general de Chile y de Argentina?
—Así dicen... Pero mi padre se llamaba Juan a secas
y no se corresponde con lo que usted trae.
El pillo insistió en que en sus papeles encontraría
la comprobación de la ascendencia de los señores de San Martín, y renovó su
letanía acerca de los entroncamientos de nobleza entre los condes y marqueses
de su prosapia. El general levantaba presión hasta que perdió la compostura e
hizo tronar su gruesa voz:
—Mire señor Pollino —lo agarró de un brazo
dirigiéndolo hacia la puerta— yo no soy ese tal conde de San Martín, porque soy
hijo de una gran... recluta, que hacía la guardia con mi padre en las
Misiones...
El astuto andaluz quedó azorado y, arrollando sus
pergaminos, salió despavorido del lugar, protestando contra el energúmeno a
quien había querido venderle sus dudosos papeluchos.
* * * *
Desde Chile, recibía ahora algunas noticias que le
levantaban el ánimo y lo tranquilizaban sobre su porvenir económico. El
Congreso había dictado una ley que disponía considerarlo por toda su vida en el
servicio activo del ejército y abonarle el sueldo correspondiente, aun cuando
residiera en el exterior. Su amigo Miguel de la Barra le informaba que el
presidente Manuel Bulnes (que al igual que el anterior mandatario Joaquín
Prieto había revistado como joven oficial en el ejército de los Andes) lo invitaba
a vivir en Santiago.
Un hijo del ex presidente Prieto, a su vez, que
había venido a Europa en busca de salud, lo visitó en su casa para traerle los
saludos de su padre y el deseo de que se radicara en Valparaíso, donde ahora se
desempeñaba como gobernador.
Les contestó que pensaba hacerlo en el futuro, pero
que sus obligaciones como albacea de la testamentaría de Aguado lo retenían por
ahora en París.
Una mañana de otoño, José llegó a la casa de Manuel
de Guerrico con el propósito de concurrir junto con su amigo al entierro de una
hija del poeta español Eugenio de Ochoa. Manuel había enviado un coche a casa
del general a buscarlo, pero éste no tenía demasiadas ganas de asistir, porque
el hecho de tener que enfrentarse con la sola posibilidad de que pudiera morir
su propia hija lo consternaba. Guerrico le presentó a un joven argentino recién
llegado desde Montevideo, donde se encontraba exiliado por la dictadura de
Rosas. El Mariano Balcarce y compartieron una larga charla, sobre toda clase de
temas, que le sirvió a San Martín para eludir su visita al cementerio. Le
resultó un joven inteligente, delicado y culto, que sabía comportarse con mucha
educación.
Juan Bautista quedó muy bien impresionado con el
general, que le pareció tenía mucho menos aspecto de indio que el que le habían
referido. Lo encontró desprovisto de afectación, con un gran metal de voz y
unos ojos vivaces, pese a sus sesenta y cinco años.
El general partió a pasar una temporada en el
Mediodía de Francia y, al regresar, resolvió redactar un testamento para dejar
expresadas sus decisiones de última voluntad. Manifestaba no deber nada a
nadie, declaraba heredera a su hija Mercedes y establecía que "el sable
que me acompañó en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le
será entregado al general de la República Argentina, don Juan Manuel de Rosas,
como una prueba de la satisfacción que, como argentino, he tenido al ver la
firmeza con que ha sostenido el honor de la república contra las injustas
pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla".
A las pocas semanas, otro emigrado argentino que
pasaba por París llegó hasta su casa de la rue Saint Georges y luego fue a
pasar un domingo en su vivienda de Grand Bourg. El escritor Florencio Varela lo
interrogó sobre distintas experiencias políticas y militares de sus años de
actuación en América y San Martín, a su vez, deploró que la dictadura rosista
enviara tanta gente joven al exilio. "Bárbaros —se lamentó el anciano en
la sobremesa—, no saciarse en quince años de perseguir a los hombres de bien".
Al verano siguiente, José escribió al general Rosas
para agradecerle una mención que había hecho de su figura en su mensaje anual
ante la Legislatura.
Un hijo del chileno Manuel Antonio Pinto, Aníbal, a
quien San Martín había conocido hacía treinta y tres años en Tucumán, en el
Ejército del Norte, fue a verlo a Grand Bourg para presentarle sus respetos y
entregarle una carta en la que su padre le manifestaba que el país seguía su
marcha pacífica, tranquila y progresiva; y que al parecer habían resuelto el
problema de ser republicanos hablando el español. "Confieso mi error, yo
no lo creía", le respondió el otrora escéptico general, quien advertía el
inexorable paso de los años a través de su contacto con las nuevas
generaciones.
Un joven argentino exiliado en Chile, de paso por
Francia, concurrió a Grand Bourg y a José le pareció muy talentoso, lleno de
ideas coloridas y pleno de vitalidad. Domingo Faustino Sarmiento, a su vez,
disfrutó del encuentro, le pidió datos sobre la entrevista de Guayaquil para
escribir un trabajo y no pudo evitar tocar el tema de la dictadura de Rosas.
Cuando el general empezó a hablar del tirano, a Domingo le pareció que sus ojos
se nublaban, su inteligencia declinaba, sus pensamientos se confundían y veía
fantasmas extranjeros de quienes había que defenderse.
Aunque tenía ya sesenta y siete años, el general no
perdía su afición por los viajes y por su infaltable temporada de baños
termales, que solía tomar en Aix—la—Chapelle o en Aix en Saboya, o de mar en
Dieppe o El Havre. Había visitado parte de la Bretaña y la baja Normandía, el
Mediodía de Francia y toda la Vendeé y, aunque al regresar de una de sus
excursiones a El Havre fue atacado por una "fluxión de ojos" que lo
tuvo encerrado más de un mes sin ver la luz, se recuperó y no le dio demasiada
importancia.
Al llegar un nuevo invierno quiso mitigarlo con un
paseo por el sur de Italia y, al llegar a Nápoles, se encontró con una carta de
Jorge Dickson, agente comercial en Londres, que le pedía su opinión sobre el
nuevo conflicto que el gobierno de Rosas sostenía ahora con Francia e
Inglaterra.
Fuerzas del dictador, bajo el mando del general
oriental Manuel Oribe, habían puesto sitio a Montevideo y otros puertos del
Uruguay, donde el presidente Fructuoso Rivera y los exiliados argentinos
resistían. Como esto afectaba la navegabilidad de los ríos, el comercio
internacional y hacía peligrar la independencia uruguaya, las cancillerías de
Londres y París exigieron el levantamiento del bloqueo. Rosas rechazó la
intimación y entonces las escuadras europeas se unieron con el objeto de
liberar Montevideo, apresar a los buques argentinos y remontar el río Paraná
hasta Corrientes.
Ante la solicitud de Dickson, San Martín le
respondió que sin entrar a considerar la justicia de la intervención, los
perjuicios al comercio y la desconfianza que provocaría respecto de los nuevos
Estados sudamericanos, él creía que la actitud franco—inglesa no lograría
pacificar las riberas del Plata. Alegaba que por la firmeza de carácter del
gobernante argentino, por orgullo nacional, por temor o por la prevención
heredada de los españoles contra el extranjero, la totalidad del país se le
uniría y, aunque los europeos pudieran tomar Buenos Aires, finalmente serían
derrotados.
Esta carta fue publicada en un diario de Londres,
el Morning Chronicle, lo que desató las protestas de los exiliados
argentinos, entre otras la de Florencio Varela en Montevideo, quienes
interpretaban que la intervención anglo—francesa tendía a evitar los atropellos
de la dictadura contra sus connacionales y los uruguayos, en tanto que la
postura de San Martín significaba un apoyo al tirano y le servía para que
pudiera continuar con sus crímenes y persecuciones a los opositores.
José regresó a Grand Bourg y allí, al enterarse de
que la escuadra europea compuesta de doce barcos había logrado superar a las
baterías y tropas argentinas apostadas en la Vuelta de Obligado, sobre el río
Paraná, le escribió a Rosas para decirle que "esta contienda era de tanta
trascendencia como la de nuestra emancipación de España" y que lamentaba
que su precario estado de salud lo privara de ofrecer sus servicios para
"resistir a la agresión más injusta de que haya habido ejemplo".
Tomás Guido, quien desde hacía varios años se
desempeñaba como ministro plenipotenciario de Rosas ante la corte de Brasil, le
comentaba en una carta que Inglaterra y Francia violaban la moral y el derecho
público con su bloqueo y que lo hacían para defender el libre comercio en el
Uruguay, es decir por intereses mercantiles y políticos de los ingleses.
Juan Manuel de Rosas, a su vez, le agradecía su
apoyo y lo halagaba al decirle que "no hay un verdadero argentino, un
americano, que al oír su ilustre nombre y saber lo que usted hace todavía por
su patria y por la causa de América no sienta redoblar su ardor y su
confianza".
Los años habían puesto a José cada vez más rígido y
este tema de la intervención anglo—francesa en el Plata lo irritaba. Su
espíritu de militar se exaltaba ante lo que consideraba una agresión extranjera
y pensaba que, ante ella, todas las fuerzas de una nación debían deponer las
disensiones internas y unirse para la lucha. Mientras estaba en América, le
habían dolido en lo más íntimo las acusaciones de los jefes realistas, en el
sentido de que él era un traidor a su patria, a su rey y al ejército español que
lo había albergado durante veintidós años. Ahora no quería arriesgar en lo más
mínimo la posibilidad de que se lo llamase desleal a la nueva patria que había
ayudado a consolidar.
Su precaria calma de anciano, además, se alteraba
cuando alguno de los jóvenes visitantes le hablaba de respetar a los
opositores, de tolerancia hacia los partidos y los pensamientos distintos. Al
fin y al cabo, él había gobernado Mendoza y el Perú con el mismo espíritu de
lucha contra el español, de intransigencia hacia los que fueren sospechosos de
condescender con el enemigo y de dureza contra los que se opusieran a sus
designios. Se acordaba siempre del caso del poderoso peninsular Pedro Abadía, a
quien había desterrado de Lima, cuando era Protector, por el simple indicio de
ser simpatizante de los realistas. Ante las protestas de mucha gente importante
de la sociedad limeña, él solía responder que "una imperiosa ley obliga,
al que desgraciadamente manda en tiempos de rebelión, a imponer en ciertos
casos medidas violentas".
Su yerno Mariano, siempre conciliador y deseoso de
mantener buenas relaciones con Rosas pero también con sus amigos exiliados,
como Juan Bautista Alberdi, trataba de evitar que se tocara este espinoso tema
cuando sus compatriotas visitaban al viejo general.
Seguía disfrutando de sus prolongados retiros en
Grand Bourg, donde se dedicaba a colorear litografías y cuidaba las dalias
multicolores cultivadas en los espacios que circundaban a los árboles frutales
y a una gran acacia blanca que alegraba su jardín. Se había hecho cada vez más
casero y le gustaba coser su propia ropa, como en sus primeros tiempos de
militar. Cuando Mercedes lo encontraba en esa tarea lo regañaba, pero José la
interrumpía:
—No me quite mis virtudes, hija, que ya me quedan
pocas... Ante la ausencia de Aguado, había acentuado los lazos de amistad con
el párroco de Evry—Petit Bourg, el abate Bertin, con quien salía a caminar o a
cabalgar por las tardes. Por su espíritu de apertura y mundanidad le recordaba
al capellán del ejército de los Andes, el padre Bauzá, y solía comentar a
menudo: "¡Cuán distinta sería la suerte de la religión si todos fueran
como este buen cura!".
* * * *
En el invierno de 1848, el pueblo de París se alzó
en armas contra el rey Luis Felipe de Orleáns y durante dos noches se luchó
encarnizadamente en los barrios más céntricos de la ciudad. Los revolucionarios
tomaron el Ministerio de Relaciones Exteriores, en el boulevard de Capuchinos,
y luego pudieron llegar hasta el Palacio de las Tullerías.
Desde su casa de la rue Saint Georges, dos días
antes de cumplir los setenta años, San Martín alcanzó a oír los ecos de
aislados tiroteos y siguió los acontecimientos con gran alarma, pues se
acordaba del motín en Cádiz en que habían ahorcado a su admirado jefe el
marqués de la Solana (cuyo retrato en miniatura conservaba) y del comienzo de
la guerra civil en Bruselas. Se encontraba además muy deprimido, pues el médico
le había diagnosticado cataratas en los dos ojos y le había dicho que tendría
que operarse.
Habló con Mariano sobre sus temores y decidieron
trasladarse a Boulogne—Sur—Mer, una ciudad ubicada sobre el canal de la Mancha,
en busca de tranquilidad. Partieron con Mercedes y las niñas en ferrocarril y
llegaron a Boulogne fuera de la temporada de baños de mar, pero la tranquila
ciudad de treinta mil habitantes estaba animada igualmente por algunos turistas
ingleses y franceses que ignoraban las conmociones políticas del país, en el
que había sido depuesto el monarca y una convención constituyente intentaba
modelar el segundo gobierno republicano de su historia. Se alojaron
provisoriamente en un hotel y luego alquilaron unos pisos en un edificio de la
Grand Rue 105, de propiedad del abogado y director de la biblioteca local,
Alfredo Gérard.
Boulogne era una linda ciudad, que además les daba
la posibilidad de viajar prontamente a Inglaterra si las convulsiones de
Francia no se apaciguaban. También era una ventaja la existencia del
ferrocarril que Mariano podía usar para ir a París a atender los asuntos de la
familia, pero el imprevisto y forzoso traslado le había provocado a José una
sensación de desasosiego, que se unía a la molesta incertidumbre sobre sus
futuros pasos. Llegó a pensar incluso en la posibilidad de regresar a América,
pero esta perspectiva lo terminó de desestabilizar anímicamente.
Al llegar el verano hubo nuevos disturbios en
París, pues los socialistas (ante el cierre de sus comités y de los llamados
"talleres nacionales") se insurreccionaron, levantaron barricadas en
los barrios del Temple y de la Bastilla e intentaron tomar la Municipalidad. Al
cabo de cuatro días muy cruentos los motines fueron sofocados, pero San Martín
acentuó sus temores y empezó a pensar que les sería muy difícil regresar a la
capital o a Grand Bourg. "Cuando los tiempos se me acortan —se lamentaba—
las cosas se me complican."
Gérard ocupaba la planta baja del edificio con su
bufete profesional y, en el primer piso estaban la cocina y los comedores para
las familias del propietario y de sus inquilinos. Los dormitorios de José y del
matrimonio Balcarce estaban en el segundo piso, a la calle, separados por una
pequeña salita y contaban con una chimenea con columnas revestidas de mármol
gris y anaranjado. Las metas dormían en el tercero y, en el cuarto, estaban las
habitaciones de los Gérard.
Aunque se trataba de una casa buena y flamante,
recién terminada de ampliar por su propietario, y en una zona excelente, a José
le resultaba chica e incómoda y la comparaba desfavorablemente con la de Grand
Bourg e, incluso, con la de la rue Saint Georges. En el fondo de la planta baja
había un pequeño patio con algunas hortensias y a veces el general se sentaba
allí, pero se sentía rodeado de altas paredes que le recordaban a una cárcel y
extrañaba el jardín y los gratos espacios libres de Grand Bourg. Al atardecer
subía a sus habitaciones, que le parecían entonces tristes y oscuras (pese a
que durante el día eran bañadas por el sol), acaso porque su ánimo no estaba
precisamente luminoso.
Salía a caminar por las mañanas para combatir el
desaliento y ascendía hacia la puerta de Duines ciudad
amurallada. Frente a la pequeña y elegante plaza estaba el edificio que
llamaban el Palacio Imperial, porque había sido residencia de Napoleón
Bonaparte en los tiempos en que preparaba allí su flota para invadir
Inglaterra, pero Gérard le había explicado que se trataba de una denominación
presuntuosa, puesto que el Emperador había dormido allí solamente cuatro
noches.
Subía por la rue de Cuisiniers y, una vez por
semana, entraba a la farmacia de Notre Dame para encargar los preparados que le
recomendaba su médico, el doctor Jardon, para combatir los resfriados. La
catedral gótica había sido demolida durante la revolución y, como había
sucedido con Nuestra Señora de Loreto en París, se estaba terminando un templo
de estilo italiano. Doblaba hacia el Gran Castillo y se detenía a descansar y
meditar junto a su foso con agua, que le hablaba de las constantes luchas que durante
siglos se habían desarrollado en esa zona de la Picardía. Volvía luego
bordeando la muralla y llegaba a su residencia algo más animado, pero siempre
preocupado por su incierto porvenir.
* * * *
Inglaterra, cuando el otoño desprendía ya las hojas
de los castaños, levantaba el bloqueo sobre el Río de la Plata y José le
escribió a Rosas para expresarle su satisfacción por el hecho de que el
"honor nacional" no hubiera sufrido. Le comentaba también que no se
hacía la menor ilusión sobre la situación en Francia, pues había "una
contienda social entre el que nada tiene, quien trata de despojar al que
posee", y que ese principio se agravaba por las predicaciones de los
panfletos, la miseria espantosa de millones de proletarios, la paralización de
la industria y el retiro de los capitales. Le anticipaba que ésa sería la
última carta que le escribiera con su propia mano, pues las cataratas apenas lo
dejaban ver y debía operarse de los ojos el próximo verano.
Mariano viajó a París y desde allí le comunicó una
buena noticia: el general Rosas lo había designado como oficial de la legación
argentina en Francia, a cargo de Manuel de Sarratea, lo que lógicamente
mejoraba su situación económica y le daba una estabilidad laboral.
La nueva lo alegró, pero a la vez se sintió
desprotegido para el caso de que tuviera que viajar a Inglaterra u otro país en
busca de tranquilidad. Le escribió nuevamente al dictador para agradecerle
"sus favores" y para "suplicarle que, en el estado de mi salud
quebrantada y privado de la vista, si las circunstancias me obligasen a
separarme de este país, permita usted que mi hijo me acompañe, pues me sería
imposible hacerlo sin su auxilio".
Le alivió el ánimo recibir la respuesta del
gobernador de Buenos Aires, quien le decía que si llegase el caso de tener que
abandonar Francia, "don Mariano Balcarce lo acompañará y desde ahora lo
autorizo a que lo haga, bastando que usted muestre esta carta a don Manuel de
Sarratea, ministro plenipotenciario en París"
También le dio tranquilidad una misiva que recibió
del presidente peruano, mariscal Ramón Castilla, quien le expresaba su amistad
y le confirmaba que sus asignaciones pendientes habían sido reconocidas como
deuda nacional y que, desde que él se encontraba en el gobierno, había
liquidado mes a mes a su apoderado sus haberes correspondientes.
Castilla, con gran delicadeza, le sugería la
devolución del estandarte de Francisco Pizarro al Perú, por lo menos después de
su muerte. José se sintió amoscado al recordar las acusaciones que había
recibido de sus opositores al respecto y, en respuesta, le envió la
documentación que justificaba su posesión del emblema.
Los recuerdos de Lima le causaban una sensación
contradictoria. Aunque en sus cartas insistía en que su retiro del gobierno del
Perú había sido un gran bien para ese país, en la intimidad se preguntaba si,
en realidad, no se había alejado apresuradamente, como también parecía una
nueva huida la salida abrupta desde París hasta Boulogne—Sur—Mer.
No faltaban los exiliados argentinos que pasaran
por Boulogne y le trajeran noticias de las crueldades cometidas por Rosas. Uno
de ellos le comentó que el dictador había hecho fusilar al cura Ladislao
Gutiérrez y a su amante Camila O'Gorman, por haberse fugado juntos y afectado
la moral pública. Como Camila estaba embarazada —le narró con espanto—, al
recibir los disparos su vientre dejó escapar los tiernos miembros de su hijo.
El general agachó la cabeza y permaneció en silencio.
Mariano —que viajaba alternativamente entre París y
Boulogne— le comentó que era conveniente vender la propiedad de Grand Bourg,
(le modo de estar mejor preparados para el caso de una nueva emigración. José
sintió que el corazón se le partía, pero también que su voluntad estaba ya
debilitada para oponerse. Aceptó la iniciativa y, una mañana brumosa y sin sol,
concurrió erguido pero adusto a la escribanía de Ciprián Loppe, donde otorgó
poder a su yerno para enajenar la propiedad y su mobiliario. Hacía ya calor y
los turistas tomaban sus baños de mar, cuando Balcarce le confirmó que había
realizado la venta por veintinueve mil francos. Los ojos del otrora duro
general, que ya casi no veían, se humedecieron y se pusieron brillosos, pero no
se permitió decir una sola palabra para no entristecer más a Mercedes y sus dos
nietas.
Estas chiquillas —María Mercedes tenía ya
diecisiete años y Josefa catorce— eran la única felicidad que le quedaba ante
la soledad de su presente y las desesperanzas sobre su futuro. Se asustaba al
pensar que la mayor tenía ya edad para casarse y que también Pepita había
llegado a la adolescencia. Las niñas, con cariño primoroso, le habían tejido un
gorro de piel y, con el desparpajo de la edad, lo llamaban el
"cosaco". José decía que Pepita parecía "una viejita" por
su prudencia y, con su recobrado acento andaluz, le auguraba:
—¡Tú no morirás de cornada de toro...!
Por las tardes salía a veces a caminar con ellas:
bajaban hasta la rue Desilles y luego enfilaban hacia el Jardín de las
Tintellerías, donde las muchachas alternaban con otras jóvenes y él paseaba por
su callejón arbolado, tratando de recuperar algo de las florestas de Grand
Bourg.
Otras veces las llevaba en coche hasta la ciudad
baja para pasear por la ribera del río Liane y recorrían el bulevar hasta la
entrada del mar. Las chicas dejaban allí el carruaje para mezclarse alegremente
con los transeúntes, mientras el abuelo se quedaba contemplando el crepúsculo
sobre las lejanas costas inglesas: el espectáculo, sin embargo, solía
resultarle pobre, pues veía el cielo de un color grisáceo y el sol opacado por
las brumas.
* * * *
Debido a la muerte de Manuel de Sarratea, Balcarce
debió hacerse cargo de la legación en París. La familia se alegró por la nueva
responsabilidad y, afortunadamente, Mariano pudo igualmente vivir entre los dos
lugares.
La humedad del verano en Boulogne le afectaba no
sólo las articulaciones por el reumatismo, sino también los bronquios y los
pulmones, de modo que decidió ir a tomar unos baños en Enghien les Bains, un
pueblo muy cerca de París, cuyas termas se habían hecho famosas debido a que,
hacía unos veinte años, el rey Luis XVIII se había curado en ellas los dolores
de una pierna.
Partió en tren y se alojó en un albergue contiguo
al establecimiento de baños, que estaba sobre un pequeño lago rodeado de
árboles que tenía una isla minúscula en el medio, visitada por erguidos cisnes.
Desde su ventana podía vislumbrar las serranías y los bosques de Montmorency,
por los que tantas veces había cabalgado.
Los baños y los vapores sulfurosos lo reanimaron y
le mejoraron la respiración, pero se dio cuenta de que no lograban quitarle la
sensación de pérdida con relación a Grand Bourg ni de incertidumbre sobre un
futuro que cada vez veía más corto.
Recibió allí la visita de un exiliado argentino, el
salteño Félix Frías, con quien salía a caminar por la rambla, que tenía una
hilera de robustos plátanos y pérgolas para albergara los paseantes. Frías le
preguntó sobre los meses que había pasado en Tucumán y José evocó sus días de
paz en La Ramada y la exuberancia de la naturaleza tropical. Al pasar al lado
de un farol, un grupo de palomas se había posado sobre el suelo y el general
sintió el mismo suave murmullo que lo había acompañado tantas mañanas en aquella
estancia tucumana. Estaba a punto de comentárselo a su acompañante, pero
súbitamente las aves levantaron vuelo y sus acelerados y sonoros aleteos lo
asustaron y le hicieron meditar sobre los misteriosos y frecuentes cambios de
cada existencia.
Se acordó entonces de tantas humillaciones y
disgustos en su vida, pero también de las jornadas de descanso en Córdoba, en
la finca de Saldán, de su chacra de Los Barriales en Mendoza, de las horas de
esperanzas en el Palacio Obispal de Santiago de Chile y de los días felices
pasados en la finca de La Magdalena, en Lima.
* * * *
Compró unos bombones de Montmorency para llevar a
sus nietas y regresó a Boulogne—Sur—Mer más optimista, con los movimientos de
sus piernas y sus pulmones en mejor estado. El mal tiempo y la humedad del
ambiente portuario, sin embargo, lo volvieron a afectar intensamente y a los
pocos días empezó a darse cuenta de que arrastraba los pies y le costaba subir
las escaleras de los dos pisos que lo llevaban hasta su habitación, en la que
había colocado su cama con respaldo, pieceras balaustradas y un pequeño baldaquín
circular, una pintura sobre la victoria naval inglesa de Aboukir y otra de
Gericault sobre la batalla de Maipú, más un retrato de Bolívar.
Una mañana salió a caminar hasta la ciudad
amurallada y el esfuerzo por el leve ascenso le quitó la respiración. Resolvió
entonces pasear por terreno llano hasta las Tintellerías, pero de todos modos
su pecho le presentaba dificultades.
Pese a lo poco que veía y a sus problemas
pulmonares, no quería renunciar a la movilidad. Creía llevar a sus nietas al
jardín de Tintellerías o a las riberas del Liane, pero en realidad eran ellas
quienes lo conducían.
A veces salían a dar una vuelta en coche y el
anciano lo hacía detener en la rambla, donde se quedaba largo rato mirando
hacia el mar: vislumbraba los colores del atardecer que tantas veces había
intentado plasmar en sus pinturas y le parecía ver los dos mil barcos que
Napoleón Bonaparte había desplegado sobre esas mismas costas cuando planificaba
invadir la Gran Bretaña. Ahora soy yo, solo, viejo y casi ciego —reflexionaba—
el que tengo que pensar en hacer ese viaje.
* * * *
Cuando tuvo conciencia de que había perdido la
capacidad de desplazarse por sí mismo y de que su escasa visión lo engañaba,
perdió el entusiasmo por comer. Su hija y sus nietas lo llevaron una tarde en
coche a ver el mar, abajo del acantilado que llamaban la torre de Calígula. Su
respiración se hacía cada vez más dificultosa y, pensando ya en su última
travesía, murmuró:
—C'ést l'orage qui mène au Port .
A la noche, se acostó con mareos y se acordó
vagamente de una frase en latín sobre un niño y su trompo que su maestro de
primeras letras intentaba enseñarle en Málaga. Se durmió y le pareció soñar que
los oficiales españoles, contra los que había guerreado en Chile y el Perú, le
gritaban traidor.
Al día siguiente se despertó mejor y, pasado el
mediodía, pidió que lo llevaran hasta la habitación de su hija, para que le
leyeran las noticias de los periódicos. Sintió una convulsión que le subía
desde el estómago y entrevió que otros militares realistas empezaban a llamarle
indio. Quiso erguirse para combatir a los "matuchos", pero las
cataratas lo cegaron y la sombra definitiva lo venció.
Epilogo
Luego de la muerte de San Martín, Mariano Balcarce
y Mercedes compraron un castillo en Brunoy, a unos veinte kilómetros de Grand
Bourg. El inmueble, que había pertenecido al conde de Provence, quien luego
reinara como Luis XVIII, poseía un gran parque que se derramaba sobre el
vecindario.
Mercedes murió en París, en 1875, y su marido
falleció también en la capital francesa, diez años después.
La nieta mayor, María Mercedes, había muerto joven
y soltera, en 1860, como consecuencia de un remedio mal proporcionado por un
médico.
Josefa, en cambio, se casó con Fernando Gutiérrez
de Estrada, hijo del intelectual monarquista y embajador de México en París,
quien había sido uno de los promotores del establecimiento del imperio de
Maximiliano de Habsburgo en el país de los aztecas. El matrimonio no tuvo hijos
y, en 1904, cuando Pepita quedó viuda, resolvió instituir una fundación que,
bajo el nombre de "Balcarce y Gutiérrez Estrada", creó un asilo para
viejos pobres y abandonados.
Al llegar la Primera Guerra Mundial el
establecimiento se convirtió también en hospital para los soldados heridos y,
al acercarse las tropas alemanas, Pepita no quiso abandonar a sus ancianos y
enfermos y permaneció junto a ellos. En recompensa, el gobierno francés la
condecoró con la Legión de Honor.
Con los abundantes hilos de oro del uniforme de
Protector del Perú de su abuelo, Josefa hizo coser una casulla para el
sacerdote de la capilla de su asilo.
Conforme lo había predicho don José, Pepita no
"murió de cornada de toro" sino que falleció octogenaria en 1924.
* * * *
En la segunda mitad del siglo XIX, murió en Lima un
hombre mulato que, según afirmaron algunos historiadores, habría sido hijo del
general San Martín y de la mulata Jesusa. El investigador peruano Domingo de
Vivero envió a su colega argentino, Ernesto Quesada, un retrato de dicha
persona. Según Quesada, su parecido con San Martín "era asombroso".
* * * *
Una tradición ecuatoriana sostiene que Carmen Mirón
y Alayón, la mujer que recibiera en su casa de Guayaquil al general San Martín
en la mañana del sábado 22 de julio de 1822, en los días de la famosa
entrevista con Simón Bolívar, dio a luz un hijo en abril de 1823 y lo bautizó
como Joaquín Miguel de San Martín y Mirón.
Joaquín Miguel protagonizó una vida aventurera,
tuvo seis hijos con cinco diferentes mujeres, y murió asesinado en 1895. Su
hija mayor, Rosa Isabel San Martín, declaró ser nieta del general José de San
Martín y falleció en Guayaquil en 1941. En 1972, el Instituto Genealógico de
Guayaquil, bajo la presidencia de Pedro Robles Chambers, resolvió reconocer
como verídica la paternidad de Joaquín de San Martín y Mirón.
* * * *
La estanciera de San Nicolás de Supe, en Perú,
Fermina González Lobatón, tuvo un hijo el 20 de diciembre de 1821, al que se
bautizó en la parroquia de Barrancas como Domingo Laos González. Según una
tradición peruana, el verdadero padre de este muchacho habría sido José de San
Martín. Domingo llegó a ser dueño de la estancia "Desagravio" de
Huaura, se casó con Manuela Arguelles y Sayán y tuvo ocho hijos. Murió en 1883.
* * * *
Catorce años después del retiro de San Martín de
Lima, en 1836, Rosa Campusano se presentó ante el gobierno peruano para
manifestar que se encontraba en "penoso estado, con hijos tiernos y sin
tener con qué proporcionarles un mísero alimento", por lo que se veía
obligada a solicitar una pequeña pensión. Detallaba los servicios que había
prestado en su momento a los patriotas y los peligros y la prisión que había
afrontado por ellos y señalaba que "cuanto llevo expuesto es demasiado
público entre los patriotas y lo sabe también el pueblo todo, pero si se
pretende que lo acredite, lo haré con centenares de testigos fidedignos".
La administración limeña no hizo lugar a su pedido,
por falta de fondos.
En 1843, Rosa hizo testamento y declaró ser pobre,
en estado de insolvencia, de tal modo que su único capital era un crédito por
veinte pesos. Manifestó ser casada con Ernesto Gaber, quien la había abandonado
marchándose —a Europa, y tener un hijo de "cerca de ocho años"
llamado Alejandro.
El escritor Ricardo Palma fue compañero de colegio
de Alejandro y, en sus Tradiciones peruanas, afirma que el padre de
este muchacho era el comerciante alemán Juan Weniger, propietario de dos
valiosos almacenes de calzado en la calle de los Plateros de San Agustín.
El memorialista recuerda en esa obra que, en una
oportunidad, un compañero de liceo llamó a Alejandro "Protector" y
éste le contestó con un puñetazo.
Alejandro residía habitualmente con su padre y Rosa
vivía sola y sin pagar alquiler en dos cuartos situados en los altos de la
Biblioteca Nacional de Lima, que San Martín había creado donando muchos de sus
libros. Alrededor de 1847, Alejandro llevó a su condiscípulo Ricardo Palma a
visitar a su madre, y éste la encontró todavía delgada pese a su cincuentena,
de simpática fisonomía, color casi alabastrino y de conversación entretenida,
aunque algo presuntuosa por su costumbre de rebuscar palabras cultas. Rengueaba
ligeramente y usaba bastón, pero conservaba todavía algunos rasgos de mujer
bella y seductora.
Rosa Campusano, a quien en Lima llamaron la
Protectora, murió alrededor de 1860.
Fuentes y Reconocimientos
La presente biografía novelada de José de San
Martín es una recreación libre de su vida, pero ha sido escrita a partir de los
documentos existentes sobre el personaje. Para la elaboración de su vida
militar en España he seguido principalmente la obra de Adolfo Espíndola y, para
el resto, los tomos de José Pacífico Otero. Me he guiado también por el libro
de Patricia Pasquali, excelente trabajo de actualización y síntesis.
La postergación del ascenso de José por
"vicios indecorosos" consta en Alfredo Villegas, San. Martín
Cadete. El hecho de que en la familia Escalada lo calificaran en un
principio de "el plebeyo" y "el soldadote" surge de
Florencia Lanús, quien recogió la versión de su pariente Pepita Balcarce, la
nieta del general. La circunstancia de que don Antonio de Escalada fuese hijo
natural y legitimado por un "rescripto del príncipe" (al igual que
O'Higgins) fue estudiada por Luis Lira Montt. El discreto romance de San Martín
en Santiago de Chile está mencionado por su compadre Manuel Olazábal y el
mantenido con Rosa Campusano en Lima fue testimoniado por Ernesto Quesada,
Ricardo Palma y Victor Von Hagen. La relación con Carmen Mirón y Alayón en
Guayaquil está transcripta por Fernando Jurado Noboa.
El conocimiento y la afición a los vinos de San
Martín fue comentada por Olazábal y Otero. El pedido a Guido, desde los baños
de Cauquenes, de que le mandara "un par de docenas de botellas de vino de
Madeira", está registrado en el Archivo General de la Nación, Fondo Guido,
Sala 7, Legajo 2007, página 138, carta del 28—2—1820. Hilarión de la Quintana,
su tío político, al relatar la batalla de Maipú, escribe en una nota al pie de
página: "San Martín estaba ebrio" (Archivo General de la Nación, Sala
7, pág. 162). Su propensión al opio está glosada por Tomás Guido (Busaniche,
pág. 155), Ricardo Rojas (El Santo de la Espada, pág. 104) y la carta de
Pueyrredón en la que afirma que ha pedido a San Martín que abandone su consumo
obra en Pasquali (pág. 318).
La versión de que San Martín era hijo de Diego de
Alvear y de una india guaraní, es decir que habría sido medio hermano de Carlos
de Alvear, está recogida en un documento manuscrito firmado en Rosario de Santa
Fe el 22 de enero de 1877 por Joaquina de Alvear Quintanilla y Arrotea, cuya
copia obra en mi poder. La hija del general Carlos de Alvear, al realizar con
orgullo una "Cronología de mis antepasados" dedicada a sus hijos y
descendientes, manifiesta que fue "hijo natural de mi abuelo, el señor don
Diego de Alvear y Ponce de León, habido en una indígena correntina, el general
José de San Martín", que tan brillantemente descollara en San Lorenzo,
Chacabuco y Maipú. Esta supuesta filiación se transmitió por tradición oral por
varias generaciones en diversas ramas de la familia Alvear.
Vicuña Mackenna, en Revelaciones íntimas dice
que San Martín "había servido la independencia americana, porque la sentía
circular en su sangre de mestizo". Juan Bautista Alberdi, al conocerlo en
París, escribe que "yo lo creía un indio, como tantas veces me lo han
pintado; y no es más que un hombre de color moreno, de temperamento
bilioso".
El episodio en que José, irritado, le dice a un
vendedor de títulos nobiliarios que su madre era una "gran... recluta que
hacía la guardia con su padre en Las Misiones", está documentado por
Pastor Obligado en sus Tradiciones (pág. 49 de la recopilación hecha por Justa
Dose de Zemborain). Este mismo autor recuerda que los godos lo llamaron
"indio misionero" y el general Brayer "Tape de Yapeyú"
(pág. 43).
La instrucción de San Martín a Álvarez Condarco,
para que depositara una gruesa suma de dinero en Londres a nombre personal suya
y de O'Higgins, y el despilfarro de estos fondos en fallidas operaciones de
Bolsa, fue mencionada originariamente por Mitre, (tomo II, capítulo XVI, pág.
16). Otero alude de soslayo a este episodio (tomo IV, pág. 219) y, con cierta
ingenuidad, se refiere a una correspondencia elíptica entre José y Bernardo
(tomo IV, págs. 31 y 32), cuyo contenido descifraron tanto Mitre como Pasquali,
esta última en el Archivo O'Higgins ("Las Finanzas del Libertador. Una
pobreza que es pura leyenda" en La Gaceta de Tucumán del
28—3—99).
Hilarión de la Quintana narra en sus Memorias que
él sugirió al Alcalde de Santiago de Chile, Fernando Errázuriz, que se donara
una hacienda del estado a su sobrino político, el jefe del Ejército de los
Andes. Los militares aman mucho el dinero —argumentó— pero es lo último que se
les puede obsequiar si no se trata de una suma que haga para siempre su fortuna
(Archivo General de la Nación, sala 7, pág. 233). Las consultas realizadas por
San Martín tendientes a que se le escriturara la quinta de La Magdalena,
constan en Otero (tomo IV, pág. 86) y en Levene (pág. 379). El pedido de
pensión hecho por Rosa Campusano está registrado en Colección Documental para
la historia del Perú, tomo VIII, págs. 513 y 514.
* * * *
La carta de San Martín a Guido en la que le dice
que si la provincia de Buenos Aires manda dinero al Vaticano obtendrá lo que
quiera, y se propone en broma para ser obispo, fue publicada por Piccirilli
("San Martín y la Política de los Pueblos", pág. 159).
* * * *
Maximiliano de Lorenzi realizó una investigación
exhaustiva en los Documentos del Archivo de San Martín, en el repositorio Guido
en el Archivo General de la Nación y en el Archivo O’Higgins de Santiago, que
me fue de particular valor. Eva Ferrari colaboró con eficacia en la búsqueda de
bibliografía.
El médico Gaspar Herrera me ayudó a analizar las
enfermedades de San Martín y Graciela Inés Gass me acompañó en la
reconstrucción de su perfil psicológico. Fin¡ Oñate de Marzilio y María Reneé
Rodrigué me explicaron el sentido de algunas expresiones de época del
castellano "andaluzado" en el que se expresaba, en un acento que al
contacto con América se asemejó al de las Islas Canarias.
Gabriel Bergogna, Roberto Alifano y Ramón Villagra
Delgado me proporcionaron información sobre su cultura musical y sus relaciones
con compositores.
En el Instituto Sanmartiniano de Buenos Aires fui
atendido con generosidad por el profesor Enrique Mario Mayochi, Atilio Bottini
y María Teresa Villagra. Daniel Allande, Diego Vinelli, María Teresa Meade de
Fauzón Sarmiento, Ana Martínez Quijano, Ramón Villagra Delgado, Julio Torres,
Carlos Paéz de la Torre (h.), Paulo Cavalleri, Enrique Aníbal Luzuriaga, Silvia
Luzuriaga de Serra Lahunsembarne, Alberto Perrone, Raúl Chebaia, Esther Bonnano
de Bringas, Willy Jacobs, Olga Colatarci, Luis Tomás Prieto, Susana Mackinon de
Oromí Escalada, Carlos Von der Heyde, Ana Edelmira Castro, la biblioteca del
Colegio Saint Matthew, María Reneé Rodrigué de la "Librería del
Caminante" y la familia Lacueva de "Platero", me proporcionaron
bibliografía. Raúl Martínez Aráoz me abrió la biblioteca de su padre, Raúl
Martínez Moreno, gran sanmartiniano de Tucumán.
En la casa de La Ramada de Abajo, en Tucumán, fui
atendido por José "Porolo" Martínez. En las ruinas de la hacienda de
Las Juntas, Salta, por la familia Mendoza, y en Yatasto por Víctor Ávila. En la
estanzuela de Saldán, Córdoba, fui recibido por su propietario Jorge Arrambide,
quien continúa la tradición de don José y me agasajó con unos vinos franceses
de su exquisita bodega (supongo que no habrá heredado también la costumbre
sanmartiniana de cambiar las etiquetas). En el Convento de San Lorenzo me
atendieron fray José Carlos Magnago, Alba Omelanchuk y Graciela Mengibar.
René León Gallardo me proporcionó valiosa
información histórica sobre las termas de Cauquenes, la estancia Calera de
Tango y el Palacio Obispal de Chile.
María Laura Dessein y Archibaldo Lanús facilitaron
mis investigaciones en Francia. Paulo Cavalleri, diplomático e historiador, me
posibilitó el acceso a la casa de Grand Bourg, hoy sede de la congregación
católica de Nuestra Señora de Sión, donde fuimos atendidos por la hermana
superiora. También al establecimiento geriátrico de la Fundación "Balcarce
y Gutiérrez Estrada", en Brunoy, donde fuimos recibidos por la directora
Madame Billard y por el alcalde del distrito Phillipe de Foucault.
Debo agradecer a los historiadores Jacques Gauchet
y Jean Gautier su generoso asesoramiento y su hospitalidad. En Boulogne—Sur—Mer
fue muy servicial el conservador de la casa de San Martín, Gabriel Quiroga. El
historiador Pierre Camusat nos ayudó allí a reconstruir los paseos del anciano
general.
En el Palacio de Alejandro de Aguado en París, hoy
sede del noveno Arrondissement y con entrada por la rue Drout N° 6, fui
atendido por la regenta del edificio.
En Lima conté con la colaboración de Abel Posse y
Daniel Quer Confalonieri. En el Instituto Sanmartiniano de Perú fui recibido
por su director, Manuel de Ingunza Simonetti, y por el bibliotecario Carlos
Puntrianó Figari, quien me proporcionó documentación. En la finca de La
Magdalena, hoy parte del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e
Historia, me atendieron Isabel Espinosa y la encargada de la biblioteca,
Elizabeth López, quien me aportó bibliografía. Los historiadores José Agustín
de la Puente Candamo y Gustavo Pons Muzzo tuvieron la bondad de atender mis
consultas y Ricardo Derteano me brindó documentación genealógica. Mauro Alberto
Medina me entregó la copia del testamento de Rosa Campusano y me guió hasta las
ruinas de la estancia de Punchauca y hasta la casa del duque de San Carlos, en
Huaura, donde fuimos atendidos por su conservador, Donato Zambrano Toledo. En
la hacienda ingenio de Manuel Zalazar Vicuña nos recibió el administrador,
Manuel Pajuelo.
En Pisco nos asesoraron Alberto Casavilca Escate y
Mamerto Castillo Negrón. Amalia Yika nos condujo hasta las ruinas de la
estancia azucarera de Cáucato y hasta la casa del marqués de San Miguel, hoy
Club Social.
En el Real Felipe del Callao, hoy museo del
Ejército, nos atendió su director, Mario Seclén Castelo.
Fabián Aouad y Martín García Moritán apoyaron mis
investigaciones en el extranjero.
Enrique Mario Mayochi con su proverbial amplitud
intelectual y humana, Susana Savoia, Martín Almeida, Luisa Olivella,
Maximiliano De Lorenzi, Graciela Inés Gass, Bernabé, José y Julieta García
Hamilton, leyeron los originales y me aportaron correcciones y sugerencias.
Ninguna de estas personas es responsable del
contenido de este trabajo.
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