Libro N° 9770. La Conversión De Chiripa. Alas, Leopoldo (Clarín).
© Libro N° 9770. La Conversión De Chiripa. Alas, Leopoldo (Clarín). Emancipación.
Abril 2 de 2022.
Título original: © La Conversión De Chiripa. Leopoldo Alas
(Clarín)
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Leopoldo Alas
(Clarín)
La Conversión De Chiripa
Leopoldo Alas
(Clarín)
Llovía a cántaros y un viento furioso, que Chiripa
no sabía que se llamaba el Austro, barría el mundo, implacable; despojaba de
transeúntes las calles como una carga de caballería, y torciendo los chorros
que caían de las nubes, los convertía en látigos que azotaban oblicuos. Ni en
los porches ni en los portales valía guarecerse, porque el viento y el agua los
invadían; cada mochuelo se iba a su olivo; se cerraban puertas con estrépito;
poco a poco se apagaban los ruidos de la ciudad industriosa, y los elementos
desencadenados campaban por sus respetos, como ejército que hubiera tomado la
plaza por asalto. Chiripa, a quien había sorprendido la tormenta en el Gran
Parque, tendido en un banco de madera, se había refugiado primero bajo la copa
de un castaño de Indias, y en efecto, se había mojado ya las dos veces de que
habla el refrán; después había subido a la plataforma del quiosco de la música,
pero bien pronto le arrojó de allí a latigazo limpio el agua pérfida, que se
agachaba para azotarle de lado, con las frías punzadas de sus culebras
cristalinas. Parecía besarle con lascivia la carne pálida que asomaba aquí y
allí entre los remiendos del traje, que se caía a pedazos. El sombrero, duro y
viejo, de forma de queso, de un color que hacía dudar si los sombreros podrían
tener bilis, porque de negro había venido a dar un amarillento, como si
padeciese ictericia, semejaba la fuente de la Alcachofa, rodeado de surtidores;
y en cuanto a los pies, calzados con alpargatas que parecían de terracota, al
levantarse del suelo tenían apariencias de raíces de árbol, semovientes. Sí,
parecía Chiripa un mísero arbolillo o arbusto, de cuyas cañas mustias y secas
pendían míseros harapos puestos a… mojarse o para convertir la planta muerta en
espantapájaros que andaba y corría, huyendo de la intemperie.
Tenía Chiripa cuarenta años, y tan poco había
adelantado en su carrera de mozo de cordel, que la tenía casi abandonada, sin
ningún género de derechos pasivos. Por eso andaba tan mal de fondos, y por eso
aquella misma y trágica mañana le habían echado del infame zaquizamí en que
dormía; porque se habían cansado de sus escándalos de transnochador
intemperante que no paga la posada en años y más años.
-Bueno, peor para ellos -se había dicho Chiripa sin
saber lo que decía, y tendiéndose en el banco del paseo público, donde creyó
hacer los huesos duros, hasta que vino a desengañarle la furia del cielo.
Así como los economistas dicen que la ley del
trabajo es la satisfacción de las necesidades con el mínimo esfuerzo, Chiripa,
vagamente pensaba que lo del mínimo esfuerzo era lo principal, y que a él
habían de amoldarse también las necesidades, siendo mínimas. Era muy distraído
y bastante borracho; dormía mucho, y como tenía el estómago estropeado le
dejaba vivir de ilusiones, de flatos y malos sabores, comida ruin y fría y
mucho líquido tinto, y blanco si era aguardiente. Vestía de lo que dejaban
otros miserables por inservible, y con el orgullo de esa parsimonia en los
gastos, se creía con derecho a no echar mano a un baúl sino de Pascuas a Ramos
y cuando una peseta era absolutamente necesaria.
Un día, viendo pasar una manifestación de obreros,
a cuyo frente marchaba un estandarte que decía: «¡Ocho horas de trabajo»,
Chiripa estremeciéndose, pensó: «¡Rediós, ocho horas de trabajo; y para eso
tiran bombas! Con ocho horas tengo yo para toda la temporada de verano, que es
la de más apuro, por los bañistas.»
En llevando dos reales en el bolsillo, Chiripa no
podía con una maleta, ni apenas tenerse derecho.
Pero tenía un valor pasivo, para el hambre y para
el frío, que llegaba a heroico.
Generalmente andaba taciturno, tristón, y creía,
con cierta vanidad, en su mala estrella, que él no llamaba así, tan
poéticamente, sino la aporreada… en fin, una barbaridad.
Su apodo, «Chiripa» (el apellido no lo recordaba);
el nombre debía ser Bernardo, aunque no lo juraría), lo tenía desde la remota
infancia, sin que él supiera por qué, como no saben los perros por qué los
llaman Nelson, Ney o Muley; si él supiera lo que era sarcasmo por tal tendría
su mote porque sería el hombre menos chiripero
del mundo. Ello era que hacía unos treinta años (todos de hambre y de
frío) eran tres notabilidades callejeras, especie de mosqueteros del hampa,
Pipí, Chiripa y Pijueta. La historia trágica de Pipí ya sabía Chiripa que había
salido en papeles, pero la suya no saldría, porque él había sobrevivido a su
gloria. Sus gracias de pillete infantil ya nadie las recordaba; su fama, que
era casi disculpa para sus picardías, había muerto, se había desvanecido, como
si los vecinos del pueblo, envejeciendo, se hubieran vuelto malhumorados y no
estuvieran para bromas. Ya él mismo se guardaba de disculpar sus malas obras y
su holgazanería como gatadas de pillo célebre, como cosas de chiripa.
«¡Bah!, el mundo era malo; y, si te vi, no me
acuerdo.» Veía pasar, ya llenos de canas, a los señoritos que antaño reían sus
travesuras y le pagaban sus vicios precoces; pero no se acercaba a pedirles ni
un perro chico, porque no querrían ni reconocerle.
Que estaba solo en la tierra, bien lo sabía él. A
veces se le antojaba que un periódico, o un libro viejo y sobado que oía
deletrear a un obrero, hubiera sido para él un buen amigo; pero no sabía leer.
No sabía nada. Se arrimaba a la esquina de la plaza, donde otros perdían el
tiempo fingiendo esperar trabajo, y oía, silencioso, conversaciones más o menos
incoherentes acerca de política o de la cuestión social. Nunca daba su opinión,
pero la tenía. La principal era considerar un gran desatino el pedir ocho horas
de trabajo. Prefería oír disparates, que le leyeran los papeles. Entonces
atendía más. Aquello solía estar mejor hilvanado. Pero ni siquiera los de las
letras de molde daban en el quid. Todos se quejaban de que se ganaba poco;
todos decían que el jornal no bastaba para las necesidades… Había exageración;
¡si fueran como él, que vivía casi de nada! Oh, si él trabajara aquellas ocho
horas que los demás pedían como mínimum (él no pensaba mínimum, por supuesto),
se tendría por millonario con lo que entonces ganaría. «Todo se volvía pedir
instrumentos de trabajo, tierra, máquinas, capital… para trabajar. ¡Rediós con
la manía!» Otra cosa les faltaba a los pobres que nadie echaba de menos:
consideración, respeto, a lo que Chiripa, con una palabra que había inventado
él para sus meditaciones de filósofo de cordel, llamaba alternancia. ¿Qué era
la alternancia? Pues nada; lo que había predicado Cristo, según había oído
algunas veces; aquel Cristo a quien él solo conocía, no para servirle, sino
para llenarle de injurias, sin mala intención, por supuesto, sin pensar en ÉL;
por hablar como hablaban los demás, y blasfemar como todos. La alternancia era el trato fino, la entrada libre en todas
partes, el vivir mano a mano con los señores y entender la letra, y entrar en
el teatro, aunque no se tuviera dinero, lo cual no tenía nada que ver con la
gana de ilustrarse y divertirse. La alternancia
era no excluir de todos los sitios amenos y calientes y agradables al
hombre cubierto de andrajos, solo por los andrajos. Ya que por lo visto iba
para largo lo de que todos fuéramos iguales tocante al cunquibus, o sean los
cuartos, la moneda, y pudiera cada quisque vestir con decencia y con ropa
estrenada en su cuerpo; ya que no había bastante dinero para que a todos les
tocase algo… ¿por qué no se establecía la igualdad y la fraternidad en todo lo
demás, en lo que podía hacerse sin gastos, como era el llamarse ricos y pobres
de tú, y convidarse a una copa, y enseñar cada cual lo que supiera a los
pobres, y saludarlos con el sombrero, y dejarles sentarse junto al fuego, y
pisar alfombras, y ser diputados y obispos, y en fin, darse la gran vida sin
ofender, y hasta lavándose la cara a veces, si los otros tenían ciertos
escrúpulos? Eso era la alternancia; eso había creído él que era el cristianismo
y la democracia, y eso debía ser el socialismo… como ello mismo lo decía:
socialismo… cosa de sociedad, de trato, de juntarse… alternancia.
* * *
Salió del quiosco de la música al escape, hecho una
sopa, echando chispas contra el fundador de la alternancia y contra su padre, y
se metió en la población en busca de mejor albergue. Pero todo estaba cerrado.
A lo menos, cerrado para él. Pasó junto a un café: no osó entrar. Aquello era
público, pero a Chiripa le echarían los mozos en cuanto advirtiesen que iba tan
sucio, tan harapiento, que daba lástima, y que no iba a hacer el menor gasto. A
un mozo de cordel en activo le dejarían entrar, pero a él, que estaba reducido
a la categoría de pordiosero… honorario, porque no pedía limosna, aunque el
uniforme era de eso, a él le echarían poco menos que a palos. Lo sabía por
experiencia… Pasó junto al Gobierno de provincia, donde estaba la prevención.
Aquí me admitirían si estuviera borracho, pero en mi sano juicio y sin alguna
fechoría, de ningún modo. No sabía Chiripa qué era todo lo demás que había en
aquel caserón tan grande; para él, todo era prevención; cosas para prender, o
echar multas, o tallar a los chicos y llevarlos a la guerra. Pasó junto a la
Universidad, en cuyo claustro se paseaban, mientras duraba la tormenta, algunos
magistrados que no tenían qué hacer en la Audiencia. No se le ocurrió entrar
allí. Él no sabía leer siquiera, y allí dentro todos eran sabios. También le
echarían los porteros. Pasó junto a la Audiencia… pero no era hora de oír a los
testigos falsos, única misión decorosa que Chiripa podría llevar allí, pues la
de acusado, no lo era. Como testigo falso, sin darse cuenta de su delito, había
jurado allí varias veces decir la verdad… de lo que le habían mandado decir.
Vagamente se daba cuenta de que aquello estaba mal hecho, pero ¡era por unos
motivos tan complicados! Además, cuando señoritos como el abogado, y el
escribano, y el procurador, y el ricacho le venían a pedir su testimonio, no
sería la cosa tan mala; pues en todo el pueblo pasaban por caballeros los que
le mandaban declarar lo que, después de todo, sería cierto cuando ellos lo
decían.
Pasó junto a la Biblioteca. También era pública,
pero no para los pobres de solemnidad, como él lo parecía. El instinto le decía
que de aquel salón tan caliente, gracias a dos chimeneas que se veían desde la
calle, le echarían también. Temerían que fuese a robar libros.
Pasó por el Banco, por el cuartel, por el teatro,
por el hospital… todo era lo mismo, para él cerrado. En todas partes había
hombres con gorra de galones para eso, para no dejar entrar a los Chiripas.
En las tiendas podía entrar… a condición de salir
inmediatamente; en cuanto se averiguaba que no tenía que comprar cosa alguna, y
eso que de todas le faltaban. En las tabernas, algo por el estilo. ¡Ni en las
tabernas había para él alternancia!
Y, a todo esto, el cielo desplomándose en
chubascos, y él temblando de frío… calado hasta los huesos… Solo Chiripa corría
por las calles, como perseguido por el agua y el viento.
Llegó junto a una iglesia. Estaba abierta. Entró,
anduvo hasta el altar mayor sin que nadie le dijera nada. Un sacristán o cosa
así cruzó a su lado la nave y le miró sin extrañar su presencia, sin recelo,
como a uno de tantos fieles. Allí cerca, junto al púlpito de la Epístola, vio
Chiripa otro pordiosero, de rodillas, abismado en la oración; era un viejo de
barba blanca que suspiraba y tosía mucho. El templo resonaba con los chasquidos
de la tos; cosa triste, molesta, que debía de importunar a los demás devotos
esparcidos por naves y capillas; pero nadie protestaba, nadie paraba mientes en
aquello.
Comparada con la calle, la iglesia estaba templada.
Chiripa empezó a sentirse menos mal. Entró en una capilla y se sentó en un
banco. Olía bien «Era incienso, o cera, o todo junto y más: olía a recuerdos de
chico.» El chisporroteo de las velas tenía algo de hogar; los santos, quietos,
tranquilos, que le miraban con dulzura, le eran simpáticos. Un obispo, con un
sombrero de pastor en la mano, parecía saludarle, diciendo: «¡Bien venido,
Chiripa!» Él, en justo pago, intentó santiguarse, pero no supo.
No sabía nada. Cuando la oscuridad de la capilla se
fue aclarando a sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, distinguió al grupo
de mujeres que en un rincón arrodilladas formaban corro junto a un
confesionario. De vez en cuando un bulto negro se separaba del grupo y se
acercaba al armatoste, del cual se apartaba otro bulto semejante.
«Ahí dentro habría un carca», pensó Chiripa, sin
ánimo de ofender al clero, creyendo sinceramente que carca valía tanto como
«sacerdote».
Le iba gustando aquello. «Pero ¡qué paciencia
necesitaba aquel señor para aguantar tanto tiempo dentro del armario! ¿Cuánto
cobraría por aquello? Por de pronto, nada. Las beatas se iban sin pagar.»
«Y nada. A él no lo echaban de allí.» Cuando la
capilla fue quedando más despejada, pues las beatas que despachaban, a poco
salían, Chiripa notó que las que aún quedaban se fijaban en su presencia. «¿Si
estaré faltando?» pensó y por si acaso, se puso de rodillas. El ruido que hizo
sobre la tarima llamó la atención del confesor, que asomó la cabeza por la
portezuela que tenía delante y miró con atención a Chiripa.
«¿Iría a echarle?» Nada de eso. En cuanto el cura
despachó a la penitente que tenía al otro lado del ventanillo con celosías, se
asomó otra vez a la portezuela y con la mano hizo seña a Chiripa.
«¿Es a mi?», pensó el exmozo de cordel.
A él era. Se puso colorado, cosa extraordinaria.
«¡Tiene gracia!, se dijo, pero con gran
satisfacción, esponjándose. Le llamaban a él creyendo que iba a confesarse, y
le hacían pasar delante de las señoritas aquellas que estaban formando cola.
¡Cuánto honor para un Chiripa! En la vida le habían tratado así.
El cura insistió en su gesto, creyendo que Chiripa
no lo notaba.
«¿Por qué no? —se dijo el perdis—. Por probar de
todo. Aquí no es como en el Ayuntamiento, donde yo quería que me diesen voto,
pa ver lo que era eso del sufragio, y resultó que, aunque era para todos, para
mí no era, no sé por qué tiquismiquis del padrón o su madre.
Y se levantó, y se fue a arrodillar en el sitio que
dejaba libre la penitente.
-Por ahí, no; por aquí -dijo el sacerdote haciendo
arrodillarse a Chiripa delante de sus rodillas.
El miserable sintió una cosa extraña en el pecho y
calor en las mejillas, entre vergüenza y desconocida ternura.
-Hijo mío, rece usted el acto de contrición.
-No lo sé -contestó Chiripa humilde, comprendiendo
que allí había que decir la verdad… verdadera, no como en la Audiencia. Además,
aquello del hijo mío le había llegado al alma, y había que tomar la cosa en
serio.
El cura le fue ayudando a recitar el Señor mío
Jesucristo.
-¿Cuanto tiempo hace que se ha confesado?
-Pues… toa la vida.
-¡Cómo!
-Que nunca.
Era un monte virgen de impiedad inconsciente. No
tenía más que el bautismo; a la confirmación no había llegado. Nadie se había
cuidado de su salvación, y él solo había atendido, y mal, a no morirse de
hambre.
El cura, varón prudente y piadoso, le fue guiando y
enseñando lo que podía en tan breve término. Chiripa no resultaba un gran
pecador más que desde el punto de vista de los pecados de omisión; fuera de
eso, lo peor que tenía eran unas cuantas borracheras empalmadas, y la pícara
blasfemia, tan brutal como falta de intención impía. Pero si jamás había
confesado sus culpas, penitencia no le había faltado. Había ayunado bastante, y
el frío y el agua y la dureza del santo suelo habían mortificado sus carnes no
poco. En esa parte era recluta disponible para la vida del yermo; tenía cuerpo
de anacoreta.
Poco a poco el corazón de Chiripa fue tomando parte
en aquella conversación que el clérigo tan en serio y con toda buena fe
procuraba. El corazón se convertía mucho mejor que la cabeza, que era muy dura
y no entendía.
El clérigo le hacía repetir protestas de fe, de
adhesión a la Iglesia, y Chiripa lo hacía todo de buen grado. Pero quiso el
cura algo más: que él espontáneamente expresara a su modo lo que sentía, su
amor y fidelidad a la religión en cuyo seno se le albergaba. Entonces Chiripa,
después de pensarlo, exclamó como inspirado:
-¡Viva Carlos Sétimo!
-¡No, hombre; no es eso!… No tanto -dijo el
confesor sonriendo.
-Como a los carcas los llaman clerófobos….
-¡Tampoco, hombre!…
-Bueno, a los curas…
En fin, aplazando las cuestiones de pura forma y
lenguaje, se convino en que Chiripa seguiría las lecciones del nuevo amigo en
aquel templo que había estado abierto para él cuando se le cerraban todas las
puertas; allí donde se había librado de los latigazos del aire y del agua.
-¿Conque te has hecho monago, Chiripa? -le decían
otros hambrientos, burlándose de la seriedad con que, días y días, seguía
tomando su conversión el pobre diablo.
Y Chiripa contestaba:
-Sí, no me avergüenzo; me he pasao a la Iglesia,
porque allí, a lo menos, hay… alternancia.
FIN
Cuentos Morales, 1896

