Libro N° 9760. El Triunfo De Potts. Derleth, August.
© Libro N° 9760. El Triunfo De Potts. Derleth, August. Emancipación. Abril
2 de 2022.
Título original: © Potts' Triumph, August Derleth (1909-1971)
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Original: © El Triunfo De Potts. August Derleth
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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August Derleth
El Triunfo De Potts
August Derleth
«EL TRIUNFO DE POTTS»: AUGUST DERLETH RELATO Y ANÁLISIS
El triunfo de Potts (Potts' Triumph) —a veces
publicado como: La Casa Chitterton (Chitterton House)— es un relato de terror
del escritor norteamericano August Derleth (1909-1971), publicado originalmente
en la edición de septiembre de 1950 de la revista Weird Tales, y luego
reeditado por Arkham House en la antología de 1962: Lugares solitarios (Lonesome
Places).
El triunfo de Potts, uno de los grandes relatos de
August Derleth, es también un clásico del relato pulp de aquellos años, y un
ejemplo magnífico del relato de casas embrujadas.
El cuento narra la historia de Philander Potts, un
obeso y sagaz decorador de interiores, quien es contratado para trabajar en la
Casa Chitterton: una vieja y venerable mansión, ahora abandonada, en cuyo
interior se agita un mal mucho más antiguo que sus muros. Sin embargo, ni
siquiera esa presencia inquietante logrará distraer al viejo Potts de la
realización de su obra maestra, aún cuando él mismo termine siendo parte de
ella.
El Triunfo De Potts
August
Derleth
Ninguna persona acomodada de Winterton puso jamás
una casa sin llamar a Philander Potts: decorador de interiores, quien era la
cumbre de la perfección y el más capacitado para juzgar en cuanto a combinación
de colores, diseños de papel tapiz, acabados en madera, y todas esas pequeñeces
que cautivan a las mujeres; suya era la última y definitiva palabra en lo
relativo a cortinajes y toda clase de decorados, desde el sencillo y efectivo
hasta el más recargado y ostentoso, adecuado para aquellos felices mentecatos
que imaginan que la presencia de algo deslumbrante es prueba positiva de su
progreso en el mundo material e intelectual.
Philander Potts, en una palabra, era poseedor de un
gusto impecable y ninguna falsa modestia le impedía admitirlo como un hecho. El
suyo era un éxito trabajosamente conquistado. Se había iniciado con una pequeña
tienda, pero, habiendo sido dotado de un descaro inacabable y careciendo de
escrúpulos de especie alguna, había hecho que sus competidores quebraran, uno a
uno, hasta que, finalmente, quedó como único decorador de interiores con cierta
categoría en la ciudad. Llegó a ser un implacable dictador en los negocios y en
el hogar; sus ayudantes, su esposa e hijos bailaban al son que les tocara, y,
si él era feliz, ellos no lo eran, aunque la felicidad de los demás no era su
problema.
Ya hemos comentado que la gente se sentía
francamente orgullosa de tener una casa decorada por Potts, y, de entre todos,
Potts era el más orgulloso; ciertamente, en sus momentos más caprichosos
imaginaba que toda la ciudad de Winterton, tarde o temprano, sería una creación
y una recreación suya; soñaba en el lejano día en que la gente hablaría de una
Ciudad de Potts. Creyó entrever el principio de la realización de su grandísimo
sueño cuando las jóvenes y huérfanas hermanas Laver compraron la tanto tiempo abandonada
Chitterton House, otrora, en los nada lamentados años setenta, casa grande de
Winterton. Al punto, las damitas fueron a ver a Philander Potts, y éste, pese a
su tendencia a la obesidad, las recibió acicalado, perfumado y elegante como
siempre. Las Laver eran agraciadas, rubia y de ojos cafés la una, trigueña y de
ojos azules la otra.
—Queridas señoras —ronroneó Philander Potts—, han
venido para hablarme de su nueva casa. O, tal vez debiera yo decir, de la vieja
casa que quedará como nueva cuando yo termine mi trabajo.
—Es cierto que necesitamos sus consejos —admitió
Janna, la rubia, con loable precaución.
—Verá usted señor Potts —terció Edna—, tenemos un
problema bastante especial. Y, a decir verdad, no sabemos si usted está o no
capacitado para resolvérnoslo.
Philander Potts se irguió hasta donde su barriga se
lo podía permitir y arrugó el ceño de manera impresionante.
—Todavía no he encontrado problema que no haya
podido solucionar —sentenció-.
—Al parecer, en la casa tenemos una habitación
embrujada —prosiguió Edna, mientras que una leve arruga aparecía en la parte
superior de su frente.
—¿Ah, si? —dijo Potts, alzando las cejas
irónicamente.
—Se trata de un recibidor que hay en el segundo
piso —continuó Edna.
Potts tomó asiento, puso las manos sobre su
escritorio y se inclinó hacia el frente, interesado.
—Cuénteme, cuénteme —instó.
Entre las dos, las hermanas Laver resumieron sus
peripecias con el recibidor del segundo piso. Se trataba de una vasta
habitación, amueblada segun los gustos de 1870, con una amplia vista de la
ciudad, ya que la casa se levantaba en la cima de una loma que dominaba casi
por entero la ciudad. Como la habitación estaba junto a un dormitorio y a un
baño, era ideal para el uso de una de las hermanas o de los huéspedes. Había
sido la pieza favorita de los últimos Chitterton, las señoritas Lavinia y
Hester, mujeres extrañas e introvertidas que vivieron en reclusión,
completamente alejadas de cualquier actividad social. En vida, no habían
permitido que se hiciera ningún cambio en la habitación, y era del todo
evidente que no estaban dispuestas a permitirlo después de su muerte.
Las almas de las Chitterton obviamente se habían
adueñado del recibidor. Cada vez que alguna silla era movida siquiera un
centímetro, volvía a su antigua posición poco después, sin que mano humana
alguna hubiera intervenido. Cierto día, las hermanas Laver y la servidumbre
habían arreglado el mobiliario antiguo, en espera de la llegada del nuevo; la
laboriosa tarea les había llevado toda una tarde. Sin embargo, a la mañana
siguiente, tras el acompañamiento nocturno de estrenduosos golpeteos y
martilleos, todos los muebles se hallaban de vuelta en el lugar en que las
Chitterton los habían dejado, y en el que pacientemente querían que siguieran.
Las hermanas Laver querían dejar claramente asentado que, por su parte, no
temían ni a fantasmas ni a cualquier otra especie de manifestaciones de lo
sobrenatural, pero que estaban decididas a que el recibidor visitado por los
espectros fuera redecorado.
—Haré de él una obra maestra —les aseguró Potts—
mandaré a mis operarios mañana por la mañana.
—El precio no será obstáculo —dijo Edna, poniéndose
en pie.
Philander Potts respaldaba y respetaba de corazón
aquella actitud; por ella se hizo casi untuoso y duplicó su natural venero de
solicitud, tanto que él, en persona, llevó a las hermanas Laver hasta la
salida. Muy de mañana se presentaron los ayudantes de Potts en la casa. Su
llegada coincidió con la de los nuevos muebles comprados para el recibidor del
segundo piso. Todo fue fortuito. Los ayudantes no perdieron tiempo en sacar
todos los muebles dejados por los Chitterton, para desecharlos y sustituirlos
con las nuevas piezas adquiridas por las Laver en Cleveland. Después del
almuerzo, el propio Potts apareció en escena. Encontró a sus ayudantes
desolados.
—¿Que han estado haciendo? —les preguntó
bruscamente.
—Moviendo los muebles solamente —le respondió
Jennings, el ayudante de más edad.
—Pero, si han tenido toda la mañana —gruñó Potts
con la más desagradable de sus voces.
—Necesitamos muchas mañanas más —dijo Martin, el
otro operario.
Ambos hicieron intentos de explicar lo sucedido
antes de que Potts designara a Jennings para hacerlo. Entonces, éste hizo una
detallada relación de sus actividades de aquella mañana: el cambio de muebles,
la selección del color de la alfombra, la plática con las hermanas Laver acerca
del papel tapiz —ya que aquel horribe importado de Francia, descolorido y viejo
como estaba, debía desaparecer— y, finalmente, de la ida a almorzar, hora
durante la cual todos los muebles habían sido colocados en su actual posición.
De paso, aquella era la misma disposición que
tenían los muebles desechados; quienquiera que hubiese llevado adelante aquel
molesto juego era, por lo menos, consistente; los nuevos muebles simplemente
habían sido puestos en el lugar de los antiguos; si algún agente no humano era
responsable de las perturbaciones ocurridas en el recibidor del segundo piso,
ese agente se había resignado a la pérdida de los muebles antiguos. Que duda de
que se resignaría de la misma manera a otros cambios, a despecho de las hermanas
Laver.
—Muy bien, adelante —dijo Potts—. No se preocupen
por los muebles. Déjenlos en donde están. ¿Ya han escogido las señoritas Laver
la alfombra?
—Si, señor. Es una excelente alfombra color vino.
—¿Y el papel de la pared?
—Todavía hay dudas al respecto.
—Me llevaré el muestrario para hablar con ellas.
Potts fue en busca de las hermanas Laver y se sentó
en medio de ellas con el muestrario de papel tapiz. Como habían escogido una
alfombra color vino, seguramente para las paredes desearían algo en color vino
con ocre, cobre, bronce, o tal vez pardo oscuro. Potts creía tenerlo todo
arreglado. Con ademanes estudiados abrió el muestrario en la página justa,
dejando ver un nuevo diseño de figuras multicolores sobre un fondo siena, un
diseño que representaba las calles de una ciudad, con diminutos seres humanos que
caminaban en todas las direcciones. Era un papel lleno de colorido, mas no
llamativo.
—¡Magnífico! —exclamó Janna.
—Es algo realmente nuevo —apuntó Potts, con aire de
quien confía un inapreciable secreto—. Yo diría que no hay otro igual en
Winterton. Y, naturalmente, si usted se deciden a ponerlo, les aseguro que no
habrá nunca otro así.
—¿Lo tienen en existencia? —inquirió Edna, con
sentido práctico.
—En grandes cantidades, créame.
—Muy bien. Me gusta
—A mi también —dijo Janna.
—Permítame felicitarlas por su exquisito gusto,
estimadas señoras —murmuró Potts.
El decorador volvió al segundo piso y ordenó a sus
ayudantes que pintaran el techo de amarillo claro, mientras del almacén llegaba
el papel de la pared. Salió de la casa eminentemente complacido por el hecho de
que las hermanas hubieran escogido uno de los materiales más caros que podía
ofrecerles. Una vez en su establecimiento, ordenó que se enviara a Chitterton
House papel en cantidad suficiente para cubrir las paredes del recibidor
visitado por los espíritus.
Cuando sus ayudantes volvieron, a las seis de la
tarde, le informaron que el techo estaba ya pintado y que había sido cubierta
una de las paredes. A las ocho, las hermanas Laver llamaban por teléfono para
informar que todo el papel que había sido colocado se habái desprendido. Al día
Potts se presentó en Chitterton House con sus ayudantes. Iba lleno de justa
indignación y de su acostumbrada egolatría, que era inmensa. ¡Nunca se había
desprendido ningún papel de Potts!
El decorador observó, con ira, la devastación de
que había sido objeto el recibidor. Únicamente el techo quedaba intacto.
—Lo primero es desprender todo el papel tapiz
antiguo —decidió.
Dicho lo anterior, pusieron manos a la obra.
Jennings y Martin observaban a su patrón con disimulado interés morboso.
Philander Potts no pudo entender aquello en un principio, pero pronto acabó por
comprender. Mientras desprendía el papel antiguo de la pared, tuvo conciencia
de una molesta especie de intromisión, como si ráfagas de viento surgieran de
la nada para azotar el papel contra su rostro, o como si manos fantasmas
trataran de impedirle la realización de su trabajo. No dudaba de que sus
ayudantes hubieran sufrido intromisiones semejantes, mas, por su parte, de
ninguna manera estaba dispuesto a mostrar que las había notado. Sin embargo,
resultaban extremadamente molestas y no menos descorcentantes.
En la habitación no había corrientes de aire
manifiestas; las ventanas estaban cerradas, lo mismo que la puerta. No se veía
claramente de dónde podía provenir el aire. En realidad, Potts tampoco lo
sentía; todas sus observaciones tenían como base la agitación del papel tapiz
desprendido, tal como si él mismo estuviera animado, moviéndose por voluntad
propia, siguiendo un singular plan predeterminado, como queriendo desalentarlo
en sus esfuerzos por desprenderlo de la pared.
Pero Potts no iba a darse por vencido. Abordaba la
tarea sonbría, firmemente, negándose a ser demorado o distraído por aquel papel
curiosamente animado que sacudía su moho alrededor del sitio en que Potts
trabajaba, de manera que, al poco, éste se hallaba por una delgada capa de
polvo. A eso del mediodía, las paredes estuvieron limpias y listas para que se
les pusiera el nuevo papel tapiz, así que el decorador, atendiendo a una
invitación de las hermanas Laver, bajó a tomar el almuerzo con ellas.
—Esta vez —dijo a las hermanas, en tono
confidencial— el papel se quedará en su sitio, o dejo de llamarme Philander
Potts.
—Claro, claro —respondió Janna.
—¿Quiere usted té o café, señor Potts? —inquirió
Edna, quien, inmediatamente, pasó a una segunda pregunta—. Usted debe haber
conocido a las hermanas Chitterton. ¿Que clase de personas eran?
—Típicas solteronas —respondió Potts.
—¿Qué es una solterona típica, señor Potts?
—preguntó Janna cándidamente.
El decorador de interiores se encogió de hombros,
con afectación.
—Bueno, pues una vieja dama chiflada, obstinada,
retirada de los demás. Las Chitterton, como ustedes sabrán, vivían apartadas
del resto del mundo. Sorpréndanse. No les gustaba la gente. Supongo que si uno
se basta a si mismo por mucho tiempo, no desea que nadie lo moleste. Después de
todo, queridas señoras, la gente es un problema.
Potts dijo lo anterior como si se tratara de una
gran verdad, aunque, en realidad, lo que había querido decir era que el
problema lo eran las personas que le causaban dificultades; mientras hablaba,
el hombre se preguntó si los fantasmas serían personas.
No, no lo creía.
—¿Era difícil llevarse bien con ellas? —quiso saber
Edna.
—Mucho. Naturalmente, mi madre las conoció mejor
que yo. Hace ya casi veinte años que murieron.
—¿Cree usted que los fantasmas envejecen? —preguntó
Janna inocentemente.
—Nunca he pensado en ello —respondió Potts con
franqueza—. No creo en fantasmas.
—Comprendo. Parece que no tenemos otra alternativa
—apuntó Edna, con naturalidad.
Potts estaba ligeramente desconcertado, aunque no
mucho. En lo particular, pensaba que las hermanas Laver tenían cierta tendencia
hacia la estupidez, pero como representaban para él una fuente de ingresos, se
guardaba muy bien de manifestarlo.
Platicó cortésmente con ellas durante el almuerzo,
y luego volvió al recibidor del segundo piso para colocar el nuevo papel tapiz.
Todo estaba tal y como lo había dejado. Se sorprendió admitiendo para sí mismo
que había esperado que ocurrieran cambios. Pero, aun un fantasma dificilmente
hubiera podido volver a colocar el antiguo papel tapiz, ya que éste había sido
llevado afuera y quemado, antes de que Jennings y Martin se fueran a almorzar.
Sin esperar el regreso de sus ayudantes y considerando que el tapizado de las
paredes debía estar concluido al anochecer, Potts se entregó al punto a su
labor.
Al poco tiempo se dio cuenta de que en la atmósfera
del recibidor había algo que no estaba antes allí. Si durante toda la mañana
había tenido una corriente de aire que le dificultaba su trabajo, ahora había
una inquietante nota de maldad, cuya aura estaba presente en la pieza, de
manera tan tangible que casi se la podía tocar. Aquella aura lo oprimía en
todos los sentidos, acalerándole el pulso y atravesándolo de lado a lado con
cierta vaga alarma que lo contrariaba y que le causaba ira.
¿Lo notarían Jennings y Martin?
Lo notaron.
Volvieron al poco y se pusieron a trabajar. Media
hora después, Jennings musitaba algo para sí.
—¿Que pasa? —preguntó Potts, con aspereza.
—Que esto no me gusta, es todo —le respondió
Jennings.
—¿Qué cosa?
—Esta habitación. Hay algo en ella.
—Claro que lo hay —concedió Potts—. Nosotros tres.
—Es algo más —completó Martin con inhabitual
seguridad.
—Entiendo —dijo el patrón—. Bien muchachos, quiero
que lo soporten hasta donde les sea posible. Si pueden resistir hasta las
cuatro de la tarde, podrán irse, que yo mismo terminaré el trabajo.
La atmósfera de peligro fue haciéndose más densa.
Una especie de amenza consciente la nublaba. Sin embargo, extrañamente, no
había interferencias. Colocaron el papel en una pared, luego en la otra; habían
realizado la mitad del trabajo. A eso de las cuatro, cuando Jennings y Martin
se retiraron, tratando de disculparse, quedaba aproximadamente la mitad de una
pared sin cubrir, y Potts aseguró a sus hombres que él mismo podía hacerlo y
que terminaría antes de las seis. Trabajó entonces diligentemente. Se sentía
oprimido por la densa aura de iracunda amenaza que lo rodeaba. En una o en dos
ocasiones imaginó que la habitación se oscurecía. Mientras trabajaba, tratando
de olvidar sus impresiones, tenía la inquietante certidumbre de que alguien lo
observaba y, en más de una oportunidad, se sintió capaz de jurar que alguien se
hallaba ahí, justo fuera del alcance de su mirada, apreciable con el rabillo
del ojo y gracias a un esfuerzo, pero apreciable con seguridad.
La ilusión persistía; casi inconscientemente, Potts
aceleró el ritmo de su trabajo. Mas la habitación se oscurecía decididamente,
con una oscuridad tangible que emanaba de las paredes como una nube. Philander
Potts daba gracias de que el trabajo estaba casi concluido, pues la amenaza que
llenaba la pieza resultaba profundamente molesta. Quedaban dos tiras por
colocar, al poco tiempo una solamente; se volvió para tomarla y vio la nube de
oscuridad que se levantaba en espiral.
Por un momento se quedó sorprendido, mirando. Luego
cerró los ojos y sacudió la cabeza. Abriendo los ojos, tuvo tiempo de ver a dos
ancianas de rostros ceñudos que salían de aquella sobrenatural nube de
tinieblas y que avanzaban hacia él con propósitos vengativos.
En un abrir y cerra de ojos se apoderaron de él
Gritó con voz ronca, una sola vez.
—¿Oiste algo, Edna? —preguntó Janna, dando la
espalda al fonógrafo.
—Nada especial, ¿por que?
—Creí oír un grito.
—No, creo que no se oyó nada. Vuelve a poner el
disco ¿quieres?
—¿Le invitaste a cenar?
—¡Por Dios, no! ¡Que aburrimiento!
Media hora después, ambas subían al recibidor del
segundo piso. Potts se había ido, dejando las herramientas para ser recogidas a
la mañana siguiente.
—¡Que bonito papel! —exclamó Janna.
—Cuando se hayan colocado los muebles y la alfombra
quedará estupendo. Demasiado buenos para nuestros huéspedes, verdaderamente
—observó Edna.
—Esta noche volverán a desprenderlo —dijo Janna,
tristemente.
—Será mejor que no lo hagan. El señor Potts tendría
que comenzar de nuevo. No le gustará nada, pero lo prometió. Nosotras le
obligaremos a cumplir
Janna guardó silencio. Con la cabeza ligeramente
ladeada, permaneció escuchando. Al cabo de un rato, preguntó:
—¿Oyes algo, Edna?
—Esta casa no te sienta bien, querida —le dijo
Edna, complaciente—. ¿Qué habría de oír?
—Creí oír... una voz. Pero, claro, no es posible
—Espero que esta noche no desprendan el papel.
Pero el papel no fue desprendido. Por el contrario,
los ayudantes de Philander Potts, decorador de interiores, pudieron, al día
siguiente, dejar arreglada la habitación, con su alfombra nueva, sus muebles,
sus cortinajes, y, como prudentamente decidieron dejar la antigua disposición
del mobiliario, no hubo posteriores contratiempos.
Sin embargo, la desaparición de Philander Potts fue
motivo de sorpresa por espacio de nueve días, hasta que se aseguró que una
agraciada joven viuda había abandonado la ciudad aproximadamente en la misma
fecha, y que, se supuso, aunque erróneamente, que Potts repentinamente había
decidido irse con la viuda.
La esposa y los hijos de Potts se sintieron
aliviados, más que otra cosa. Los señores Jennings y Martin llevaron el negocio
adelante sin la intervención de Potts, y la familia de éste, tanto como sus
empleados, comenzaron a vivir una existencia más placentera sin disminución en
sus ingresos y, si acaso, con una sustancial aumento en ellos.
De haberse hallado en posición de hacerlo,
Philander lo hubiera agradecido, ya que, como resultado de la nueva decoración
del recibidor visitado por los espíritus, el nombre de Potts adquirió nuevo
lustre. Cándidamente, las hermanas Laver llamaron al recibidor el triunfo de
Potts. Con una especie de admiración acostumbraban mostrar el recibidor a los
visitantes.
—Su secreto se ha ido con él —solían decir—. Nos
prometió una obra maestra y no hay duda de que ésta lo es. Un papel tapiz de
efectos sonoros, ni más ni menos. Párese aquí, y si escucha con atención, podrá
oir como si alguien, desde muy lejos, dijera: ¡Déjenme salir! ¡Déjenme salir!
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August Derleth (1909-1971)

