Libro N° 9761. Breve Historia De Carlomagno. Rivera Quintana, Juan Carlos
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Abril 2 de 2022.
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Rivera Quintana
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Juan Carlos Rivera Quintana
Breve Historia De Carlomagno
Juan Carlos Rivera Quintana
CONTENIDO
Introducción
1. Los francos. Europa antes de Carlomagno
2. Dinastía y primeros años de un líder
3. Bautismos y guerras; espada y cruz
4. ¿Una administración memorable?
5. ¿El Renacimiento Carolingio?
6. Carlomagno y los francos en la literatura
Bibliografía
Introducción
La bibliografía dedicada a la vida del célebre
monarca de la dinastía carolingia y al más grande de los reyes francos, Carlos,
conocido por sus condiciones personales como Carlos I el Grande (Magno), por lo
cual fue llamado Carlomagno, veinticinco años después de su muerte, por el
historiador Nitardo, es una de las más extensas de toda la relativa a la Edad
Media.
Más de quince mil títulos son un reflejo material
de esa profusión, sin contabilizar las cuantiosas y, en ocasiones, disonantes
reflexiones y artículos periodísticos, aparecidos en publicaciones periódicas
contemporáneas, en idioma castellano y en otras lenguas, que han dedicado sus
evaluaciones al desempeño del nieto de Carlos Martel y primogénito del rey
Pipino el Breve y la reina Bertrada, a sus avatares militares, políticos,
culturales, vida sacramental y litúrgica al frente del reinado de los francos (768-814)
y como emperador de los romanos (800-814).
Carlomagno nace el 2 de abril de 742 o de 748 en
Aquisgrán, Aix-la-Chapelle, en la actual Alemania, y muere el 28 de enero de
814. Es uno de los reyes más reverenciados y a la vez vilipendiados de la
historia de Europa. Uno de los que atesora más exégetas y detractores; incluso,
en Germania, donde nació, se lo venera como el apóstol de los sajones.
Pero bajo su autoridad, la mayor parte de los
pueblos del centro y el occidente europeos comenzó un proceso innegable de
desarrollo y esplendor culturales. Ello explica que la figura de Carlomagno
haya sido valorada por su rol unificador, soberano y promotor en materia de
legislación, educación, finanzas, cultura, fe religiosa y organización estatal.
Su estampa es considerada como la del héroe cristiano por antonomasia, por su
martirologio, espiritualidad, misión civil, el éxito de las arriesgadas campañas
militares que dirigió y libró, junto a sus tropas, y el rol de mecenas del arte
y la cultura.
Muchos mitos y leyendas se entrelazaron alrededor
de su imagen y personalidad, de sus dotes monárquicas, guerreras, civiles,
legislativas, financieras; de su misericordia cristiana y de los resultados del
orden en que reinó y cimentó el llamado Imperio Carolingio. Es por ello que
este libro pretende ser una aproximación a la figura de Carlos, al hombre con
sus proezas y epopeyas, contradicciones, miserias humanas, dudas y temores,
como una forma de conocer al personaje legitimo, de carne y hueso, a conocer verdadero
liderazgo, despojado de la leyenda y los milagros divinos que se le
atribuyeron, de la fama y las alabanzas de los poemas épicos y los libros de
caballerías, escritos en Alemania, Francia, España, Italia y Portugal, que le
tejieron un perfil casi sacramental dejando de lado su existencia mundana.
Es tal el estudio de la figura y la impronta que
deja en su tiempo y en la posteridad, que muchos historiadores afirman que, con
su aparición y accionar, la Edad Media quedó jalonada en períodos claramente
delineados: desde la caída del Imperio Romano y su absorción por el poder
bizantino a la constitución del Imperio de Carlomagno y de esta proclamación,
al renacimiento y consolidación de la Edad Moderna y los estados nacionales
independientes entre los pueblos germánicos en Europa.
En ese escenario medieval, la figura de Carlomagno
fulgura en el epicentro de un torbellino de guerras expansivas, grandes
matanzas y saqueos, 53 campañas militares en 47 años de reinado, rivalidades,
pactos, sabiduría administrativa y legislativa, caridad religiosa y
florecimiento civil, intelectual y cultural. Con él, emergió una nueva
civilización europea, que se mantuvo y siguió consolidándose aún después de la
Edad Media.
Por ello no resulta desmedido apuntar que con sus
decisiones iluminó y cimentó las bases de la cultura de Europa, disipando las
tinieblas del Medioevo.
Durante sus setenta y dos años de existencia puso
todo el inmenso poder que construyó y el prestigio que cimentó al servicio del
cristianismo, la vida monástica, la enseñanza del latín y el culto a las leyes.
No en balde su vida ha sido considerada un paradigma monárquico para la mayoría
de los reyes posteriores, y su quehacer, un estandarte de la fusión de las
culturas germánicas, romana y cristiana, que serían, posteriormente, la
síntesis y los zócalos de la civilización europea.
Sobre Carlomagno (en latín Carolus Magnus; en
alemán, Karl der Grosse; Charlemagne, en francés e inglés y Carlemagny, en
catalán) escribió el biógrafo más cercano Eginardo (quien fue su amigo y gozó
de su simpatía) que se le podía ver a gran distancia por la apariencia y porte
de casi dos metros de altura, pero que algo desentonaba de aquel cuerpo
fortachón y robusto: una voz aflautada y tenue que contrastaba, bastante, con
la elegancia varonil, el temple y las dotes guerreras.
Otros, con una mirada más pura e interesada en
seguir alimentando el mito, como el monje benedictino Balbulus Notker, uno de
los poetas litúrgicos suizos más importantes del Medioevo, lo describe así, en
un pasaje de su libro, titulado Gesta Caroli Magni:
Entonces se vio al hombre de hierro, a Carlomagno,
de férreo yelmo coronado; de hierro las manos enguantadas; de hierro el pecho;
de hierro la coraza cubriendo los hombros platónicos; de hierro una lanza hacia
el cielo retenía en la mano izquierda, mientras que en la derecha, sostenía
siempre la espada de calibre invencible.
La Edad Media, retablo donde tuvieron lugar las
hazañas y desaciertos de Carlomagno, es un período histórico de mil años, que
se inicia en el 476, con el desplome del Imperio Romano de Occidente, tras ser
depuesto el último emperador, Flavio Rómulo Augústulo, por el general de los
hérulos, Odoacro, guerrero de una antigua tribu germánica que invadió dicho
imperio en el siglo III, proveniente de Escandinavia.
La tradición popular germánica refiere que el
general Odoacro incendió Pavía, saqueó Roma y depuso al emperador Augústulo
haciéndose proclamar «Rey de Italia», episodio que fue interpretado por la
historiografía como el eclipse total del Imperio Romano de Occidente.
Algunos textos de la época, interesados en
alimentar las fábulas de las contiendas, refieren que los hérulos practicaban
ciertos rituales homosexuales iniciáticos entre guerreros. Dicen también que
eran capaces de entrar a los altercados cuerpo a cuerpo incluso sin la
protección de escudos, para que una vez probados en la batalla, sus maestros
les permitieran llevar esa valiosa arma defensiva a los combates, lo que
simbolizaba para los códigos militares de esa civilización, la entrada de lleno
en la virilidad.
Esta imagen de reverencia y veneración por el
escudo, como pieza de cierta estirpe y distinción social ya es recogida en el
libro, escrito en el año 98, Germania, del historiador, senador,
cónsul y gobernador romano Cornelio Tácito, que trata acerca del origen y las
costumbres de los pueblos germánicos. En él se apunta que:
Todos los asuntos públicos y privados los tratan
armados. Pero nadie usa las armas antes de que el pueblo lo juzgue apto […].
Abandonar el escudo, una vez ganado, es la mayor deshonra, y quien cometió este
ignominioso acto no puede acudir a las ceremonias ni a las asambleas.
El fin del Medioevo queda establecido en los anales
de la historia en el año 1453 (siglo XV) con la caída del Imperio Romano de
Oriente, conocido también como Imperio Bizantino, es decir cuando la ciudad de
Constantinopla o Bizancio (actual Estambul) es conquistada por los turcos.
Algunos cronistas, en cambio, sostienen otra
postura y apuntan como fecha límite al año 1492, con el descubrimiento de
América, pero esas controversias hoy día resultan estériles. Solo historiadores
interesados en algunas tesis puntuales señalan límites más precisos, los cuales
no son necesarios para nuestros propósitos pues la época, como refieren los
expertos, solo es importante como indicio del período durante el cual pueden
tener vigencia cierta forma de sociedad y ciertas teorías sociales. Tengamos en
cuenta que a los teóricos, siempre atraídos por llegar a conclusiones
personales, les resulta excitante la especulación, o mirar el pasado a través
de cristales muy edulcorados o muy oscuros y nebulosos. Quizás ello explique
que muchos historiadores solo vean entumecimiento, penumbras y letargo en la
Edad Media.
§. Entre el analfabetismo y el progreso
Para hacer una distinción y una periodización
historiográfica de la Edad Media, los ensayistas dividen su desarrollo en dos
períodos: la Alta Edad Media (siglo V a siglo X) y la Baja Edad Media (siglo
XIV al XV).
Hay algunos estudiosos que señalan, además, la
existencia de un tercer período, desgajado de la Alta Edad Media, denominado
Plena Edad Media, para aludir a los siglo XI al XIII, cuando se dan las
manifestaciones más típicamente medievales, como el florecimiento de las
Cruzadas, el primer establecimiento de las nacionalidades, influidas por los
nacionalismos emergentes, y el desarrollo de dos movimientos cruciales para la
cultura europea: el románico y el gótico.
Muy a contrapelo de lo que algunos todavía
advierten sobre el Medioevo y la llegada de varias centurias de postergaciones
culturales y oscurantismos sociales, la instauración del Medioevo y su
desarrollo coadyuvó a sentar las bases del feudalismo, la posterior expansión
europea de las ideas iluministas, del pensamiento renacentista y el posterior
nacimiento del capitalismo y la modernidad.
Durante la Edad Media, término que en su época tuvo
fuertes resonancias despectivas, ligadas a cierta pátina de atraso y división,
tuvieron un acelerado desarrollo el derecho romano, el latín y la filosofía.
Los monasterios se convirtieron en centros del conocimiento pues eran los
únicos lugares donde se sabía leer y escribir y en los cuales se trabajaba en
la preservación de buena parte del acervo histórico y cultural del mundo
clásico. Por ello, la Iglesia, verdadera rectora en el Medioevo, de la vida religiosa,
cultural y social (recordemos que el poder civil debía recurrir a ella cada vez
que necesitaba fundar una norma en antecedentes jurídicos o doctrinarios o
resolver un grave problema que exigiera maduros conocimientos y la copia de
manuscritos), trata de infundir a los habitantes un profundo espíritu de fe
cristiana, perfila una sociedad rígidamente jerarquizada y expande la cultura
científico-religiosa entre los nobles.
En tanto, el pueblo, cuyos integrantes servían a la
nobleza y a los monasterios, estaba formado por ciudadanos analfabetos, de
modales ásperos, que combinaban el trabajo agrícola o comercial y la oración
cristiana, enseñada por los monjes y clérigos en las abadías.
En ese marco, el llamado Sacro Imperio Romano
Germánico se consolida. Su principal artífice y estratega será Carlomagno, uno
de los hombres más poderosos de la tierra a principios del siglo IX, creador de
la realeza al inventar los condados (300 en el territorio), las marcas
(fronteras) y los duques (militares que las defendían), que eran supervisados
por el «missi dominici» (enviados directos del amo), quienes surcaban el reino
y vigilaban la buena aplicación de la ley. Este sistema será el germen nutricio
y punto de partida del sistema feudal.
Pero a pesar de toda su autoridad, Carlos vivió la
mayor parte de su existencia en el analfabetismo, sin saber siquiera poner su
nombre en las actas capitulares.
Para sortear el obstáculo de la firma se había
aprendido un signo que era una cruz con las tres primeras letras del nombre de
Jesús, en griego, que junto a un garabato eran su marca distintiva. En algunas
oportunidades, usaba un anillo-sello con una inscripción en latín que
rezaba: Cristo protege a Carlos, Rey de los Francos.
Quizás porque le faltaba cumplir su más anhelado
sueño, recién dos años antes de morir, decide aprender a escribir e inicia, con
el mismo entusiasmo con que fue a las guerras o defendió al catolicismo, una
campaña en sus dominios contra el analfabetismo, edificando gran cantidad de
escuelas en todo el reino, una de ellas en el propio palacio, a la que asistió
hasta morir en el año 814.
No obstante su desconocimiento de las letras,
respetaba a la gente ilustrada, valoraba la música, las artes plásticas y la
literatura, y se hacía leer sistemáticamente la Biblia e historias de la
Antigüedad.
Los textos apuntan, además, que a pesar de sus
limitaciones culturales, pues se pasó gran parte de su vida en los campos de
batallas, no solo hablaba perfectamente su lengua materna, sino latín y algo de
griego. Esta es, sin dudas, la historia de un hombre que disipó gran parte de
las brumas y tinieblas del Medioevo, y que reafirmó el nacimiento de una nueva
Europa al sentar las bases de lo que sería, posteriormente, el mosaico basal
del Viejo Mundo.
Capítulo 1
Los francos. Europa antes de Carlomagno
Nuestra naturaleza está en la acción. El reposo
presagia la muerte.
Lucius Annaeus Séneca
A mediados del siglo III, el Imperio Romano, que en
épocas anteriores se había creído inexpugnable y eterno, al extender su poder
por toda la cuenca del Mediterráneo (su Mare Nostrum), comenzó a
desmoronarse como un castillo de naipes, donde estaba por emerger el Rey de
corazones (en la baraja actual, esa carta representa la tradición de la Iglesia
y por ello es ilustrada con el rostro de Carlomagno, símbolo por antonomasia de
la religión cristiana).
En el interior del Imperio Romano, la propagación
del cristianismo en vastos sectores de la población se tradujo en un
cuestionamiento de las estructuras de antaño. Ya no bastaban los ejércitos de
legionarios, con su entrenamiento y destreza militar para mantener incólumes
fronteras tan ambiciosas. Si hasta el momento las legiones constituían la base
del ejército romano y su entrenamiento, organización y estrategia militar
habían servido para frenar los furores expansionistas y los conflictos entre la
«barbarie» y la «civilización», ya se vislumbraba una onda expansiva de pueblos
sobre Roma, la Ciudad Eterna, como se la conocía entonces.
Desde el año 306, en que el emperador romano de
Occidente, Constantino I, comenzó a gobernar la Galia, España y Britania, el
monarca empezó a demostrar una actitud benévola hacia los cristianos.
Ya en el año 312, cuando derrota a su rival
Majencio en una famosa campaña militar, confiesa públicamente haber tenido una
visión celestial. Ello explica su bautizo en el lecho de muerte, el 22 de mayo
del año 337, como un gesto de reconciliación con la religión cristiana, y su
anterior proceso de reconocimiento a la fe católica, que lo lleva a la firma
del Edicto de Milán, en el año 313, concediendo la libertad de cultos a todos
sus súbditos y devolviendo a las congregaciones cristianas las posesiones que le
habían sido despojadas.
El Edicto de Milán, también firmado por Licinio
(emperador romano de Oriente), que puso fin a la era de las persecuciones
religiosas e inauguró un nuevo período de la historia del cristianismo en el
Imperio Romano, apunta en su texto que:
Habiendo advertido hace ya mucho tiempo que no debe
ser cohibida la libertad de religión, sino que ha de permitirse al arbitrio y
libertad de cada cual se ejercite en las cosas divinas conforme al parecer de
su alma, hemos sancionado que, tanto todos los demás, cuanto los cristianos,
conserven la fe y observancia de su secta y religión […] A los cristianos y a
todos los demás se conceda libre facultad de seguir la religión que a bien
tengan; a fin de que quienquiera que fuere el numen divino y celestial pueda
ser propicio a nosotros y a todos los que viven bajo nuestro imperio. Así,
pues, hemos promulgado con saludable y rectísimo criterio esta nuestra
voluntad, para que a ninguno se niegue en absoluto la licencia de seguir o
elegir la observancia y religión cristiana. Antes bien sea lícito a cada uno
dedicar su alma a aquella religión que estimare convenirle.
La anarquía y las guerras civiles en Roma habían
terminado por devastar sus confines; el desorden interno no solo minó la
industria y el comercio, sino que extenuó hasta tal punto las defensas
fronterizas imperiales que privadas de la vigilancia de antaño, se convirtieron
en puertas francas por donde penetraron las tribus germanas, que buscaron
asiento al norte del Imperio Romano. Ya en pleno siglo III, estas realizan las
primeras incursiones en busca de tierras y botín, pretendiendo obtener un lugar
en ese territorio; en el IV, se asientan pacíficamente en él y en el siglo V,
huyendo del avance de los hunos, procedentes de Asia, irrumpen
incontroladamente por todos sus dominios.
Si antes el Imperio Romano había ido incorporando a
los germanos como soldados comprometidos a defender la frontera y a los colonos
para cultivar las tierras, y todos dispuestos a reconocer la autoridad del
emperador, el ataque de los hunos, un pueblo de Europa Oriental, empuja a los
germanos hacia el Oeste y los hace huir despavoridamente. Solo entonces
comienza el éxodo en masa para esquivar a los terribles enemigos hunos, pero
esta vez saquean las zonas recorridas y respetan solamente la autoridad de sus
propios jefes, adelantando el derrumbe imperial.
Ante las oleadas migratorias de germanos, Roma
decide legalizar su presencia creando los contratos de federación que
permitieron a los foederatis (pequeños reinos o comarcas con
sus propios reyes) retirar alimentos de los almacenes públicos y más tarde
adquirir tierras, donde pudieron organizarse y establecer su trabajo. Estos
terrenos conformaron pequeños reinos en los que el monarca bárbaro tenía
completo poder, no solamente sobre sus tribus, sino también sobre los romanos
que habitaban esa región.
Las prerrogativas de los foederatis fueron
aumentando y sus jefes o reyes comenzaron a ocupar altos cargos en la
administración y el ejército de una Roma en franco ocaso, al tiempo que se
producía el proceso de transculturación y asimilación de las costumbres
romanas. Losfoederatis fueron la base de lo que serían después
los estados federados.
Los temibles hunos eran estupendos jinetes,
arqueros veloces y temerarios, de táctica militar impredecible. Conformaron una
confederación de tribus procedentes de la zona de Mongolia, en el Asia Central,
muchas de ellas de disímiles orígenes, pero unidas por una aristocracia que
hablaba una lengua túrquica.
Aparecieron en Europa en el siglo IV y su máximo
exponente fue el belicoso rey Atila (406-453), toda una figura legendaria y uno
de los más acérrimos enemigos de los Imperios romanos Oriental y Occidental. De
él se cuenta que tenía poderes chamánicos con su espada indestructible. También
que durante una de sus tantas noches de bodas, amaneció muerto en su lecho
nupcial, empapado en la sangre que brotaba como manantial de su nariz.
Relatan las crónicas de guerra que los hunos tenían
por biotipo una baja estatura y que, consecuentemente, montaban caballos
asiáticos también pequeños.
A Cayo Flavio Valerio Claudio Constantino, emperador de los romanos
(306-337), se lo conoció con el nombre de Constantino I. Fue el primer monarca
del imperio que reconoció a la fe católica.
Cuando se producía un enfrentamiento entre ellos y
los robustos germanos o los adiestrados romanos integrantes de las legiones que
cuidaban las fronteras hacían valer su gran ventaja: el dominio de la
caballería y el uso de los estribos, lo que les daba una mayor estabilidad y
rapidez; eran como un torbellino, una cabalgata imparable, con una capacidad de
maniobra tal que sembraban el terror en el contendiente y lo desmoralizaban
anulándolo militarmente.
Un jinete romano podía perder el equilibrio y caer
al tratar de esquivar una lanza o una espada esgrimida por un soldado de
infantería huno, por lo que los romanos solo usaban la caballería como
refuerzo, mientras que el grueso del combate descansaba en los soldados de a
pie. Este era su principal «Talón de Aquiles» y ahí estaban en inferioridad
bélica.
Al referirse a la arremetida y la crueldad de estos
conquistadores de origen mongol, el reconocido escritor argentino Jorge Luis
Borges relata con tinte mágico en uno de sus cuentos:
Arrasaron el jardín, profanados los cálices y las
aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los
libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que
las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de
hierro. Ardieron palimpsestos y códices, pero en el corazón de la hoguera,
entre la ceniza, perduró casi intacto el libro duodécimo de la Civitas Dei (en
latín, nombre de la Ciudad de Dios, del obispo San Agustín), que narra que Platón
enseñó en Atenas que, al cabo de los siglos, todas las cosas recuperarán su
estado anterior, y él, en Atenas, ante el mismo auditorio, de nuevo enseñaría
esa doctrina. El texto que las llamas perdonaron gozó de una veneración
especial.
La penetración germánica precipitó el proceso de
descomposición del comercio, la circulación monetaria, ruralizó la economía y
la vida urbana en Roma. En el año 476, Rómulo Augústulo, el último emperador
romano, es destituido por Odoacro, elegido rey por sus tropas mercenarias
germánicas, y la ciudad cae en poder bárbaro. Sobre tal episodio se lamentaría
el presbítero romano San Jerónimo, el Padre de la Iglesia que tal vez más
estudió las Sagradas Escrituras:
La voz se me corta, los sollozos me interrumpen, ha
sido conquistada la ciudad que conquistó el mundo.
Ya en ese momento, Europa sería Roma y lo bárbaro y
las palabras «imperio» y «emperador» cobraban sentido asociadas a la idea del
dominio universal (ya, si se quiere, cristiano).
§. La «Dama del Poniente» y los «bárbaros»
Europa era originalmente una parte de un todo con
Asia, al que llamaban Eurasia. Vista desde los territorios asiáticos menores
(Turquía), la región europea ofrecía una traza dilatada; de ahí que la
etimología grecolatina explicaba el origen del nombre de «Europa» como
proveniente de la raíz semítica «ereb», o «puesta de sol», al occidente de la
Hélade o tierra de los helenos, como se llamaba a la Antigua Grecia.
El término Europa será adoptado, posteriormente,
por los griegos. También formaba parte de la mitología que Europa era una bella
dama de la que se enamora Zeus (Dios griego del cielo y el trueno y gobernante
del Monte Olimpo) y tras conquistarla, camuflado en forma de toro, la traslada
a su Fenicia natal (Líbano) y de ahí hasta Creta (cuna de la civilización
griega).
La Fiesta de Atila, cuadro del pintor húngaro Mór Than. El rey de los hunos
no sólo era un gran estratega militar sino que también destacaba como político.
Lo cierto es que Europa, como territorio, tenía
poco más de diez millones de kilómetros cuadrados de superficie (el 7 por
ciento de las tierras del planeta), pero esa pequeñez territorial no ocultaba
su grandeza como cuna de la civilización occidental, y maestra de ciencias y
artes con grandes aspiraciones hegemónicas. Tampoco disimulaba que ya era un
continente muy complejo y multicultural, pero con una matriz cristiana y
clásica y grandes intenciones de crear un espacio que abarcase a los diversos
moradores de la región.
Los pueblos germanos, ubicados en el centro del
territorio europeo y al norte de los ríos Rhin (Rhein o Rijn) y Danubio, eran
calificados por los griegos y los romanos como «bárbaros» y estaban formados
por ciudadanos de origen indoeuropeo, que hablaban diversas dialectos, y que no
tenían como lengua culta el latín. Bajo la denominación de «bárbaros» eran
nombrados los forasteros de las comarcas fronterizas con el Imperio Romano.
En un inicio esas tribus fueron contratadas por los
romanos como soldados auxiliares de las legiones, aprovechando sus capacidades
guerreras. Con el tiempo emprenden un proceso histórico que llevó casi cien
años, de invasión de esos territorios y se apoderaron de su parte occidental,
lo que trajo consigo el surgimiento y consolidación de nuevos estados con
entidades políticas, económicas y culturales.
La naturaleza de la palabra «bárbaro» fue aceptada
como sinónimo de «salvaje», «bruto» o «tosco», aunque su significado primero
era «extranjero», en el sentido de «los que balbucean» (por la forma de hablar)
o de «los que no conocen el griego».
Los bárbaros eran pueblos seminómadas y tenían una
organización social constituida por clanes y tribus, conformadas por gran
diversidad de grupos, entre los que se encontraban los germanos del norte,
ubicados en las costas del Mar del Norte (sajones y anglos); los germanos
orientales, asentados al este del río Elba (godos, divididos en visigodos y
ostrogodos; vándalos, burgundios y suevos) y los germanos occidentales,
situados al oeste del río Elba, donde se destacaban los francos (pueblo más
prospero y duradero), alamanes y longobardos o lombardos, (nombrados así por
las largas barbas utilizadas por sus hombres).
Su organización era patriarcal, sobre la base de
dos pilares vitales: la familia, como célula básica, y el antepasado común como
un elemento de cohesión. Estos grupos estaban asentados en poblados que
practicaban la ganadería, la pesca y la caza y una rudimentaria agricultura, en
los tiempos de paz; y el saqueo en épocas beligerantes. Como procedían del
norte europeo, la escasez de alimentos y las bajas temperaturas los incitaban a
grandes desplazamientos territoriales y al traslado sobre caballos.
Según apuntan los textos germanos primitivos, en la
sociedad existían las castas o estamentos, donde los guerreros tenían un puesto
privilegiado por ser la estirpe de los reyes e integraban una asamblea que
intervenía en las decisiones políticas. También estaban los hombres libres, que
se dedicaban a la artesanía, el comercio, las labores agrícolas y el pastoreo.
Al final de esa escala social se ubicaban los prisioneros de guerra, que eran
utilizados como sirvientes (más parecidos a los siervos de la gleba de la
posterior etapa feudal que al esclavo romano).
La sociedad germana poseía un gobierno basado en el
Consejo, conocido como el Thing, integrado por sacerdotes y jefes militares,
que se reunía en clanes para tomar las decisiones y juzgar los delitos.
En tanto, sus ejércitos eran mercenarios al
servicio del rey que prometía parte del botín de guerra y la religión era
politeísta, basada en dioses guerreros, dentro de los cuales se veneraba a Odín
(que era representado tuerto, con un cuervo en cada hombro, una lanza y las
runas en la mano); a Thor, dios de la fuerza y el trueno, al que se
representaba con un martillo y a Tyr, dios de la guerra y la justicia.
Aunque los germanos no eran muy desarrollados
cultural e intelectualmente asimilaron muchas de las costumbres y hábitos
romanos de manera rápida, contribuyendo a formar la raigambre europea, que
cimentó las bases de la actual cultura occidental.
Uno de los cronistas que mejor retrató el talante
de los pueblos germanos, sus valores y costumbres fue, sin dudas, el
historiador, senador, cónsul y gobernador romano, Cornelio Tácito, que en su
libro Germania, describe con detenimiento y autenticidad los
códigos existenciales de estos reinos, al apuntar:
Cuando la lucha se ha establecido, es deshonra para
el jefe («princeps») ser sobrepasado en valor por sus seguidores, y para éstos,
no igualar en valor a aquél. Es infamia y baldón para toda la vida el retirarse
a salvo de un combate en que ha muerto el jefe. El defenderlo y guardarlo, y
unir cada cual sus propias hazañas a la gloria de aquel, es para ellos el
principal juramento («sacramentum»). Los príncipes luchan por la victoria; sus
compañeros («comites») por el príncipe. Si la ciudad donde han nacido se enerva
con una temporada de larga paz y calma, la mayor parte de los jóvenes nobles se
dirigen a las naciones que entonces están en guerra, pues a esta raza es
ingrato el reposo, y entre las vicisitudes de la guerra encuentran campo para
esclarecerse. Además, solo así, con la bélica violencia, pueden mantener una
gran comitiva, pues de la liberalidad de su caudillo uno saca el caballo más
belicoso, otro la frámea hecha ilustre por la sangre y la victoria. En lugar de
estipendio tienen unos banquetes grandes y abundantes, aunque desaliñados;
ostentación que proviene de sus combates y rapiñas. Y no se deciden tan
fácilmente a arar la tierra esperando la cosecha, como a hostilizar al enemigo
y a exponerse a las heridas; además, les parece holgazanería y flojedad
adquirir con sudor lo que se puede lograr a costa de sangre.
§. Nuevas estructuras económicas
Como posterior consecuencia de esta etapa de
asechanza extrema, el prestigioso economista británico Eric Roll, en su
libro Historia de las doctrinas económicas confirma que…
… la esencia de la sociedad medieval estriba en la
división en las clases de señores y siervos, derivada de la estructura de
latifundios de la última época romana. La creciente escasez de esclavos produjo
un cambio en el método de administración de las grandes propiedades, si bien la
propiedad territorial conservó sus atractivos. En vez de cultivar ellos mismos
esas propiedades por medio de gran número de esclavos, los propietarios
arrendaban, aparte de su propio dominio, parcelas a arrendatarios libres o a
esclavos, a cambio de una renta en especie y dinero…
En ese contexto existía la necesidad de asentar en
las fronteras una población militar para fines de defensa y ello conduce a la
formación de una población de colonos, que poseía ciertos privilegios y muchas
obligaciones. La propia decadencia del Imperio Romano pone en mano de estos
terratenientes mayores facultades administrativas y transforma a sus
propiedades en la nueva unidad económica y política, «precursora del señorío
medieval», en pleno siglo IV.
Estos grupos conformaron la llamada aristocracia
germana, que hasta se permiten utilizar como su idioma el latín (vulgarizado),
que luego al modificarse da lugar a las llamadas lenguas romances. En la
cúspide de esa cadena social teocéntrica destacaba, también, la nobleza
eclesiástica que era muy poderosa.
Por su parte, Henri Pirenne, el profesor e
historiador belga considerado el más grande medievalista de nuestro tiempo,
apunta en su obra Historia económica y social de la Edad Media,
que:
… la organización del latifundio no constituyó,
bajo ningún concepto, un hecho nuevo. Pero su funcionamiento, a partir de la
desaparición del comercio y de las ciudades, fue una innovación. Mientras los
comerciantes pudieron transportar sus productos y las ciudades proporcionaron
un mercado, el latifundio dispuso y, por ende, benefició de una venta regular
en el exterior.
El Imperio Romano permitió la subsistencia de los
latifundios galos, que prontamente se adaptaron a la organización de los del
pueblo vencedor.
Martillos de Thor, símbolos característicos del dios de la fuerza y el
trueno. A Thor se lo consideraba el protector de los campesinos, de la gente
simple y también de los guerreros.
La villa gala de la época imperial, con su reserva
adherida al propietario, y sus grandes grupos de colonos, era el soporte del
régimen de explotación. Este sistema permanece con esa estructura primitiva
durante el período de las invasiones germánicas, es conservado por la Francia
merovingia y la Iglesia la introduce allende el río Rhin, a medida que va
convirtiendo aquellas regiones al cristianismo.
§. Los francos, pobladores de la Galia
En el capítulo 60 del célebre best-seller norteamericano El
Código Da Vinci, su autor Dan Brown, especula y alimenta algunas leyendas
tradicionales medievales (fomentadas por otras obras literarias, entre
ellas El péndulo de Focault, de Umberto Eco); por ejemplo, las que
al referirse al origen de la estirpe Merovingia plantean que el soporte de ese
árbol genealógico se remonta a una supuesta descendencia de Jesucristo con
María Magdalena, de la que nació Sarah, y que ese linaje de Cristo se perpetuó
en secreto en Francia (conocida en ese entonces como la Galia) hasta que, en el
siglo V, dio un paso osado al emparentarse con sangre real franca (francesa),
iniciando una estirpe conocida como la Casa Merovingia, que desaparece con el
misterioso asesinato del Rey Dagoberto I, apuñalado en el ojo mientras dormía;
aunque el vínculo hereditario se perpetúa con Sigeberto, el hijo de ese
monarca, que logra escapar al complot que intentaba hacer desaparecer esa
sangre real.
El narrador sostiene en su novela que durante todo
este tiempo el linaje de Cristo había estado en continuo peligro y…
… la Iglesia de aquellos tiempos temía que si se
permitía que esa estirpe se perpetuara, el secreto de Jesús y Magdalena
acabaría aflorando y desafiando los cimientos de la doctrina católica, que
necesitaban de un Mesías divino e inmortal que no hubiera tenido relaciones
sexuales con mujeres ni se hubiera casado.
De saberse tamaño secreto, argumenta Brown:
… se habría minado cualquier idea de divinidad
asociada a Jesús y por lo tanto, habría sido el fin de la Iglesia cristiana,
que proclamaba en ese momento ser el único vehículo a través del cual la
humanidad podía acceder a lo divino y entrar en el Reino de los Cielos.
Muchos historiadores intentan explicar la génesis
de esa fábula en el interés de los propios pueblos Merovingios por atribuirse
un origen beatífico y poder gobernar sin objeciones, ya que poseerían un
derecho y mandato divinos para llegar al trono en el reino de los francos. Los
estudios del Medioevo han explicado, con mayor asidero histórico, que el origen
de los Merovingios quizás se remonte a la costumbre en el reino de los francos
de realizar alianzas matrimoniales de sus hijos e hijas con integrantes de
otros pueblos galorromanos, y hasta con nobles guerreros acaudalados
provenientes de otras regiones, para perpetuar su raza y linaje más allá de sus
confines.
Lo que nadie pone en entredicho es que a finales
del siglo V, la provincia de la Galia (Francia), una de las más prósperas de
Occidente, quedaba dividida en varios reinos y los francos, ubicados al Norte,
eran uno de los pueblos más poderosos.
Conviene aclarar que el término «Galia» empezaba a
quedar en desuso; los francos llamaron Neustria (tierra nueva) a los últimos
territorios conquistados, mientras que sus posiciones originales eran Austrasia
(la tierra del este). A su vez en Neustria cabe distinguir la parte del norte,
propiamente franca, de la zona sur, la que había sido visigoda, donde las
costumbres romanas estaban más arraigadas y que conservó el nombre romano de
Aquitania. Neustria y el norte de Austrasia estaban dominadas por los francos
salios, los cuales adoptaron la lengua latina, al igual que los burgundios. En
cambio, los alamanes y los francos ripuarios conservaron su lengua germánica.
Los francos eran tribus germanas procedentes de
Frisia (una de las doce provincias que conformaban el reino de los Países
Bajos) que, al igual que muchos otros clanes occidentales, entraron a formar
parte del Imperio Romano en su última etapa, en calidad de foederati.
Sus pobladores establecieron un reino bastante perdurable en un área geográfica
mayor de lo que abarca hoy la actual Francia, más la región de Franconia, en
Alemania, y la zona de Bélgica estableciendo de esta manera los pilares de lo
que serían, con posterioridad, las divisiones geopolíticas actuales de esas
naciones y sus identidades culturales. El reino franco adoptó la fe católica
tradicional y se convirtió en defensor extremo del cristianismo; era movedizo
por identidad y vivió varias segregaciones y éxodos, en tanto los francos
tenían por costumbre repartir las propiedades entre los hijos supervivientes y
entendían sus dominios como una propiedad privada de grandes dimensiones. Ello
explica, en parte, el obstáculo que muchos historiadores han encontrado para
delimitar con precisión las fechas y las fronteras geográficas de cualquiera de
los reinos francos, así como también puntualizar quiénes gobernaban
determinadas regiones. De algo si no cabe la menor duda: el de los francos fue
el más estable y duradero de los reinos, considerado incluso un Imperio,
fundado por los pueblos germanos de Europa.
María Magdalena, de Tiziano. Algunas leyendas tradicionales medievales le
adjudican a Sarah ser origen de la estirpe Merovingia. Hija de Jesús y María
Magdalena, la joven habría tenido descendencia en Francia.
Otra razón del ensombrecido tema de la cronología
histórica es que el bajo nivel cultural (gran número de pobladores analfabetos)
durante la hegemonía de los francos determinó la casi inexistencia de
documentos escritos sobre esa etapa y lo escaso de los testimonios que se
conservan en archivos historiográficos.
Sí se coincide en apuntar que esencialmente se
distinguían dos estirpes de líderes que se sucedieron, respectivamente, en el
poder: en primer lugar, los Merovingios (dinastía que duró tres siglos y fue
fundada por Meroveo o Merovée, quien nace hacia el año 390, es proclamado rey
en el 448 y muere en el 458) y, posteriormente, los Carolingios, donde estarán
los orígenes genealógicos de Carlomagno y del reino que iba a hacer florecer el
sistema feudal, característico de la Alta Edad Media.
La palabra «franco» proviene del término «libre»,
precisamente en lenguaje franco, aunque esa independencia que proclamaban desde
su cuna no era patrimonio de las mujeres ni de la población de esclavos, que se
trasladaban dentro de sus reinos regidos casi militarmente por los hombres de
mayor jerarquía.
Sobre el mundo de los francos y los recuerdos de
esa civilización, apunta el prestigioso historiador Harold Lamb en su biografía
de Carlomagno:
Su nombre tal vez significara, originariamente los
Libres o los Feroces. Sus recuerdos como pueblo evocaban una vida difícil entre
las brumas de la costa del Báltico. Su legendario rey, Meroveo —hijo del Mar
había sido un jefe tribal que gobernaba por propio deseo y por consentimiento
de los clanes, después de haber sido alzado sobre los escudos de los guerreros.
Criados en los bosques, abriéndose paso a machetazos en batallas o cultivos
desde los eriales del Báltico hacia tierras más benignas y fértiles, habían
avanzado lentamente hasta las regiones próximas al Rhin […]. Aislados en sus
bosques, abandonados a sus propios medios, se dedicaron a obtener comida de la
tierra para prevenir las hambrunas, cambiaros sus machetes por espadas más
eficaces y convirtieron sus caballos de labor en monturas de guerra, sus
narradores de sagas en poetas cantores y sus reyes ancestrales en señores
ambiciosos, de cortas vidas. Más allá de la voluntad de sus reyes, seguían
manteniendo las arraigadas tradiciones tribales de libertad personal y el
consejo de guerreros. Una ciudad era una reunión de gente que construía
cabañas. La civilización no tenía para ellos ningún significado tangible, salvo
las ceremonias de las iglesias o los escasos libros de las Sagradas Escrituras
que hablaban de un fabuloso Jardín del Edén en algún lugar de Oriente y de los
tormentos de los condenados. Los objetos del mundo civilizado llegaban a
cuentagotas hasta ellos en las alforjas de los comerciantes que vagaban al azar
desde el mar interior con sus embarcaciones árabes o desde la remota
Constantinopla…
En sus orígenes los francos se dividían en dos
grandes grupos, con nombres derivados de ríos: los salios (del Yssel, en
Holanda) y los ripuarios («habitantes de las orillas del Rhin», en latín), pero
ya en el siglo IX esta escisión era prácticamente ilusoria, pues todos se
fueron amalgamando y mixturando, aunque durante algún tiempo sí fue aplicada la
división en el sistema legal para juzgar a sus habitantes.
Los historiadores, al referirse a la fundación del
Imperio Franco, se remontan a los años 355 y 358 (siglo IV), cuando el
emperador Juliano volvió a encontrarse con que las vías fluviales del Rhin
estaban en poder de los francos y una vez más tornó a comenzar el proceso de
pacificación de esas tribus. Roma les confirió una parte bastante extensa de la
Galia Bélgica, momento a partir del cual pasaron a ser una comarca o reino
( foederati) del Imperio Romano. Una prueba testimonial de esa
hipótesis es que aún en Flandes (Bélgica) y Holanda se sigue hablando el
holandés, una lengua de origen germánico.
Así las cosas, los francos se tornaron el primer
pueblo germánico que se afirmó de manera estable y permanente dentro del
territorio romano. Y desde esa región conquistaron paulatinamente la mayor
parte de la Galia romana (al norte del río Loira y al este de la Aquitania
visigoda). Actualmente, el río Loire (en francés) es el más largo de esa nación
y pasa por las ciudades de Orleáns, Tours y Nantes; aún conserva en sus riberas
numerosos castillos medievales y palacios construidos, posteriormente, en los
siglos XVI al XVII, los afamados «Castillos del Loira».
Bajo la égida de Meroveo, quien reinó durante diez
años y fue el tercer rey de esa Casa, los francos se habían federado con el
Imperio Romano de Occidente y conformaron la Dinastía Merovingia, una familia
de estirpe germánica que gobernó la actual Francia y parte de Alemania, entre
los siglos V y VIII. Estos pueblos eran, como dijimos, descendientes de
Meroveo, mítico jefe militar franco, que da nombre a la dinastía; su primer
monarca fue Clodoveo I (466-511).
Una fantasía hecha mito narra que Meroveo nació de
la unión de Clodion «el Cabelludo» o Chlodion (jefe de los francos salios y
Segundo Rey de esa Dinastía) y el Quinotauro, un monstruo marino, y esta
alegoría explica por qué los sucesores del trono de Francia llegarían siempre
del mar.
La leyenda refiere que estando su madre embarazada
se fue a bañar al mar y quedó seducida por una criatura marina, que llamaban el
Quinotauro, que la fecunda por segunda vez; de forma que Meroveo lleva la
sangre de los francos y del sobrenatural animal, lo que lo emparienta con las
divinidades.
Existen muchas teorías relacionadas con el origen
de la Dinastía Merovingia; algunos estudiosos plantean que proceden de las
tribus de los sicambros (apodo con que nombraban a los francos), situados en
territorios germánicos y que pronto comenzaron a denominarse francos, cuando se
desplazaron hacia la zona norte de la actual Francia. El vacío de poder de los
césares ausentes, provocado por la invasión de los hunos contra Roma, fue
aprovechado por los sicambros para asentarse en Francia y Bélgica, concretamente
en las regiones de bosques extensos y colinas de Ardenas (Ardennes, en los
países de Bélgica, Luxemburgo y una parte de Francia) y Lorena, creando el
reino de Australasia.
Otras explicaban que los merovingios fueron
considerados descendientes de Noé, de los troyanos y hasta, como ya se apuntó,
se especuló con que tuvieran cierto parentesco con María Magdalena y
Jesucristo. Pero sus leyendas y símbolos conforman toda una cosmogonía, donde
el oso es una alegoría totémica de culto, que tiene entre sus animales sagrados
a la abeja, lo que explica que muchos reyes, a su muerte, fueran enterrados
junto a esos insectos (como sucedió con la tumba de Childerico I) y que otros
los usaran, cosidos al manto, durante la ceremonia de coronación.
En su tiempo, los Merovingios fueron considerados
la encarnación de la Gracia de Dios y quizás por ello siempre estimularon la
búsqueda y creación de vínculos que los emparentaran con Jesucristo y
alimentaron la Leyenda del Santo Grial. Ello también le valió que sus
descendientes fueran considerados reyes, sin necesidad de ceremonia de
coronación, cuando cumplían doce años y aunque nunca gobernaran se podían
dedicar a las artes sacerdotales o esotéricas, por lo que se los consideraba
reyes brujos o taumaturgos.
Las historias de esa época, recogidas en el libro
del cronista galo-romano Gregorio de Tours, autor de Historia Francorum (Historia
de los francos), que glosa el período hasta el año 594, cuentan que los
Merovingios eran reyes melenudos, que creían que su poder residía en el pelo y
eran renuentes a cortárselo. Para alimentar las tradiciones, se decía que
llevaban una manta a la altura del corazón, que les distinguía del resto de los
seres humanos.
Su cultura se caracterizaba por el desarrollo de un
arte propio, prerrománico, donde el empleo de la piedra y el ladrillo en las
obras arquitectónicas eran muy peculiares. Llevaban a cabo construcciones muy
sencillas y se distinguieron más por el desarrollo de la orfebrería; también
por sus habilidades para la pintura mural sobre frescos y miniaturas, aunque
hoy se conservan muy pocos vestigios de esas destrezas. Su arte se destacaba
por un geometrismo decorativo completamente centrado en lo funcional, que se
manifiesta en la decoración de los utensilios domésticos y el armamento. Aunque
muchos consideran que frente al arte romano, el germano era tosco, no dejaba de
lado cierto refinamiento artesanal que lo valorizaba.
Aún cuando llegaron a convertirse al cristianismo
mantuvieron, con la anuencia de la iglesia, la poligamia y reservaron harenes
de grandes proporciones en las casas y palacios.
Los francos recibieron solo ligeras influencias de
la civilización romana y por ello no fueron cristianizados de forma rápida.
Incultos y paganos, los campesinos libres dominaron la sociedad, la cual era
regida por una pequeña nobleza. Ellos eran el sostén económico de la dinastía e
hicieron valer su rol de labriegos para ascender a nivel social. Entonces, el
latifundio no era solo una institución económica, sino también social, que
atravesaba toda la vida de los habitantes, que eran mucho más que simples colonos
de su señor. Estaban obligados, además, a defenderle en tiempos de guerra y
eran utilizados como instrumentos, literalmente, para sacarles el máximo
rendimiento.
§. Vida militar
Para ahondar en la vida de las instituciones
militares de los francos es preciso adentrarse en las referencias esporádicas y
casuales de los historiadores, las crónicas de los monasterios, las canciones
populares; en los hallazgos arqueológicos encontrados en las tumbas de los
guerreros o en los dibujos de los manuscritos. Se sabe que el ejército franco
estaba compuesto exclusivamente por infantería y que sus huestes eran
reclutadas de todas sus poblaciones, sobre todo entre los campesinos.
El soldado de ese ejército no usaba ni casco ni
armadura. Para su protección llevaba un escudo oval de madera y metal y su
principal arma era la intimidante franciscana, un hacha capaz de atravesar e
incluso quebrar un escudo o un casco en las manos de un guerrero fornido, y
hasta de rebanar la cabeza de un caballo del enemigo de un solo golpe.
Además, los soldados llevaban al combate una espada
de entre 40 y 45 centímetros, y una daga; en ocasiones también empuñaban
jabalinas tanto para el combate cuerpo a cuerpo como para lanzarlas a la
distancia y mucho se elogiaba su puntería. Eran guerreros de escasa disciplina
e instrucción militar (relatan las crónicas que poseían solo básicos conceptos
de organización durante la batalla y el arte de la guerra), pero tuvieron mucho
éxito debido a la ferocidad de sus ataques masivos y sorpresivos.
Castillo de Chambord, en el valle del Loira. A la
vera del río se conserva la mayor muestra del asentamiento estable y permanente
de los francos en la Galia romana.
No es sino hasta el siglo VI que el ejército franco
incorpora la caballería. Y es en la decisiva derrota en Casilinum (554) cuando
el ejército franco fue rodeado y diezmado por los bizantinos, que reconocen la
importancia de usarla. En dicha batalla la caballería bizantina se apostó por
los flancos y con sus arqueros arremetió frontalmente contra los soldados
francos hasta derrotarlos.
A pesar de este descalabro aún se mantenía vivo el
mito de las virtudes guerreras de los francos, en tanto era casi imposible
olvidar el año 451, cuando Atila, rey de los hunos, había sido derribado por
una coalición romana liderada por el magister militum Flavio
Aecio, un semibárbaro que de niño fue criado entre los hunos y otros germanos,
y que por ello conocía al dedillo sus costumbres y maneras de obrar en el campo
de batalla. Lo secundaban el rey visigodo Teodorico I y el rey franco Meroveo,
y es así triunfaron en la famosa batalla de los Campos Cataláunicos, también
conocida como Batalla de Chalons o del Locus Mauriacus.
Los cronistas de guerra de ese período narran que
el ejército de los hunos, con aproximadamente 100 000 guerreros, avanzó en un
frente de más de 150 kilómetros y saqueó la mayor parte de las ciudades de lo
que es hoy el norte de Francia. El general romano Aecio preparó para
combatirlos un ejército galorromano y marchó contra Atila, que estaba asediando
la ciudad de Orleans. En la batalla de los Campos Cataláunicos, las tropas de
Atila fueron derrotadas, aunque no destruidas, pero dicho encuentro fue considerado
como una de los enfrentamientos más decisivos de la historiografía medieval, ya
que habría podido marcar el ocaso de la religión cristiana en Europa
occidental, si los pueblos asiáticos hubieran conseguido vencer en esas
proximidades de la llanuras de Troyes, en el denominado campus
Mauriacus. Por otra parte, la batalla de los Campos Cataláunicos fue el
primer ejemplo de una coalición de bárbaros y de romanos cristianizados frente
a un invasor totalmente extranjero.
Acerca de esa contienda espectral, el escritor
neoplatónico y filósofo bizantino Damaskios, glosa en el siglo VI:
Según se cuenta, lo más sorprendente fue lo que
sigue: después que los combatientes hubieron caído, los espíritus de los
agotados físicamente continuaron luchando con los brazos y la furia de la lucha
tres días enteros con sus tres noches, después de haber dejado la guerra de los
vivos. Fueron vistas figuras de sus almas, y se escuchó cómo se desafiaban
mutuamente y cómo entrechocaban furiosamente las armas, apagando el ruido de
las voces. Se dice que hasta hoy pueden ser percibidas también otras viejas apariciones
bélicas de este tipo.
Bajo la tutoría del rey Clodoveo I, fundador de la
Dinastía Merovingia e hijo de Childerico I (458-481) y la reina Basina de
Turingia, el poder y el influjo del reino franco se acrecentó imparablemente y
buscó asiento en la región de Soisson, que se convirtió en la capital de ese
reinado.
En el año 486, Clodoveo destituyó a Siagrio, último
gobernador romano de la Galia y a partir de ese momento sometió a los alamanes,
que habitaban las tierras orientales de sus dominios, en la batalla de Tolviac
(496). La leyenda provinciana detalla que pudo derrotar a su enemigo gracias a
la invocación a Dios que hizo su esposa, ferviente cristiana. Al calor de esa
gloria, e influido por su cónyuge la princesa burgundia Clotilde
(posteriormente canonizada como Santa Clotilde), Clodoveo adopta la fe de
Cristo, lo que supuso la conversión de todos los francos al catolicismo.
Su alianza con el papado le proporciona muchos
seguidores entre los pobladores galorromanos, que lo ayudan a derrotar a los
visigodos en Aquitania (batalla de Vouillé, 507) y a los francos ripuarios,
fortaleciendo sus pretensiones de convertirse en el líder germano de la Galia,
aspiración que concretó hacia el año 509, cuando unificó a los francos,
convirtiéndose en el gobernante de gran parte de Europa Occidental.
§. Con la compañía del Dios verdadero
Durante los siguientes mil años, el reino de los
francos fue evolucionando hasta dar comienzo a la actual nación de Francia. En
el medio de la historia, ensamblando tradición e innovación, se erigiría la
figura de Carlomagno. Cuentan que el Día de Navidad del año 496 fue realizado
el bautismo del rey franco Clodoveo, de su hermana y de tres mil de sus
guerreros. Todo el camino de la catedral de Reims había sido adornado con
flores y guirnaldas, el templo sagrado fue ricamente engalanado y brillaba a la
luz de miles de velas en medio de nubes de incienso. Clodoveo estaba tan
impactado que le llegó a preguntar a San Remigio: Santo Padre, ¿este es
el cielo?
En el momento de ser bautizado, dijo al obispo las
célebres palabras: Curva tu cabeza, sicambro; adora lo que quemaste, y
quema lo que adoraste .
El bautizo de Clodoveo marca el inicio del lazo
entre el clero y la monarquía francesa, vínculo que perdura hasta inicios del
siglo XIX. A partir de Clodoveo, el soberano francés que gobierne lo hará en
nombre de Dios y solo sus descendientes podrán pretender el trono.
Durante su reinado también es de remarcar la
promulgación, en el año 1317, de la «ley sálica», que regulaba la sucesión al
trono. Uno de sus artículos establecía la prohibición de que una mujer heredara
la corona de Francia y fuera legataria de tierras. Dicha norma se mantuvo hasta
el siglo XII, en que desaparece el reino de los francos y con él sus leyes.
Este código disponía sobre asuntos no solo de herencia, sino también de
crímenes, lesiones, robos, etc. Y fue una legislación que cohesionó a las diversas
etnias y grupos que formaron el reino de los francos e intentó llevar cierta
racionalidad a la anárquica vida de esos pueblos.
Con su accionar militar, Clodoveo unió a los
francos salios, del norte del Rhin, con los francos ripuarios, del bajo Rhin, y
ya en el año 506 logró someter a los alamanes, que formaban parte de la
confederación de tribus germánicas. Clodoveo convirtió a París en la capital
del reino franco, el cual abarcaba entonces la mayor parte de la actual Francia
y el suroeste de Alemania. Para entonces, ya había expulsado a los visigodos de
tierras galas, fundado la Iglesia Católica de las Galias y obtenido el apoyo del
emperador bizantino que lo hizo delegado en Occidente.
Al morir repentinamente en París, el 27 de
noviembre de 511, a los cuarenta y cinco años de edad, y de acuerdo con la
costumbre salia, deja repartido su Regnum Francorum entre sus
cuatro hijos (Childeberto, Clodomiro, Clotario y Teudorico) quedando
seccionados sus dominios en Austrasia, Neustria, Burgundia y Aquitania. Su
cuerpo fue sepultado en la iglesia de Santa Genoveva, que él había mandado
construir. Allí permaneció su sarcófago hasta que los rebeldes, durante la
Revolución Francesa, lo profanaron y esparcieron sus restos, destruyendo
también el exquisito santuario.
En la repartición de la herencia, Childeberto
obtuvo Neustria y fijó su capital en París; Clodomiro gobernó la zona del Loira
medio, con capital en Orleáns; a Clotario correspondieron las tierras del
Escalda y del Mosa y estableció su capital en Soissons; y Teuderico administró
Austrasia, desde Reims. Los cuatro vástagos guerrearon entre sí, se disputaron
los territorios y dilapidaron el patrimonio de su padre, sin poder conservar la
unidad que Clodoveo había dado al imperio franco.
Clotario, el hijo menor de Clodoveo y Clotilde,
convertido en Rey de Neustria (511-561), Rey de Orleans (532-561), Rey de
Borgoña, compartido con su hermano Childeberto (534-558), y monarca de
Austrasia y de París, con muchas ambiciones personales, se propone volver a
unificar el reino de su padre bajo su salvaguardia y valiéndose de un sinnúmero
de argucias (conspiraciones palaciegas, asesinatos de los herederos de sus
hermanos, casamientos con las viudas, etc.). Y, sobre todo, Clotario se valió
de campañas militares. Así consigue su objetivo en el año 558, pero a su muerte
estos reinos volvieron a separarse. Durante los siguientes dos siglos los
descendientes francos compartieron la corona, no sin dejar de aflorar los
conflictos por el trono y el reparto de las riquezas, antagonismos muy propios
de esa época medieval.
§. El imperio franco
El imperio franco se expandió mucho más bajo el
reinado de los herederos de Clodoveo, llegando a cubrir la mayor parte de la
actual Francia, y extendiéndose hacia regiones como el este del río Rhin, tales
como Alemania (el actual sudoeste) y Turingia, desde 531. Sajonia, en cambio,
permaneció fuera de las fronteras francas hasta ser conquistada por Carlomagno,
siglos más tarde. Tras la reunificación temporal de los reinos, separados bajo
la égida de Clotario, los territorios francos volvieron a dividirse en
Neustria, Austrasia y Borgoña, que habían sido adjudicados a los francos por
intermedio de herencias, matrimonios e invasiones.
Aunque se ha hablado profusamente de la conversión
al cristianismo de los francos merovingios y de su interrelación con el
catolicismo más ortodoxo, lo que les dio mucha estabilidad como reino, este
equilibrio, empero, no se extendía a la vida cotidiana. La introducción de la
práctica germánica de recurrir a la violencia para solucionar disputas y
conflictos jurídicos sembró la anarquía social, al ser asimilada como práctica
en el Imperio Franco.
Todo ello repercutió negativamente sobre el
comercio, que se vio interrumpido ocasionalmente, trajo consigo la
fragmentación y la aparición de asentamientos sociales en villas o comarcas
periféricas, lo que creó nuevas desavenencias, peleas y conflictos intestinos e
intrigas palaciegas.
Con excepción de los propietarios, todos los
hombres y mujeres que vivían en el dominio de una corte o una villa eran
considerados ya siervos o semisiervos. No es menos cierto que entonces la
esclavitud había desaparecido, pero aún se advertían señales de ella, (como
refiere Henri Pirenne, en Historia económica y social de la Edad Media),
en la…
… condición de «servi-quotidiani», de los
«mancipia», de quienes hasta la persona pertenecían al Señor, que hasta ejercía
sobre ellos el poder judicial en su jurisdicción. Se dedicaban a su servicio y
eran mantenidos por él.
Entre estas poblaciones de su reserva, reclutaban a
los pastores, carreteros, cerveceros y obreros de ambos sexos para trabajar en
los «gineceos», que eran talleres de la corte dominial en los que se tejían
hilos y lanas para confeccionar los vestuarios del señorío.
En tanto, en los entresijos monásticos se había
afianzado, en medio de una población dominial, una clase
privilegiada, en su mayoría de viudas de origen libre, que dependían de las
abadías y habían otorgado a estas la propiedad de sus tierras, a condición de
conservar su usufructo.
También había siervos que poseían un pequeño lote
de tierra y contrataban a obreros agrícolas. Cada agrupación dominial formaba
una unidad judicial y también religiosa. Los señores se habían hecho construir,
próximas a sus principales cortes, una capilla o una Iglesia, a las que dotaron
de tierras y en las que ellos mismos nombraban al párroco.
Ello explica el gran número de parroquias rurales,
que perpetuaron las fronteras de muchas posesiones en la Edad Media primitiva.
Clodoveo I, rey de los francos. Su conversión al catolicismo, y el posterior
bautismo, marcaron el inicio de un fuerte lazo entre el clero y la monarquía
francesa.
La alfabetización en esa época era prácticamente
nula y solo tenía lugar en monasterios, abadías e iglesias. Las tierras y los
reinos, a la muerte de sus dueños o señores, eran divididos entre sus
descendientes y todo ello provocaba divisiones, reunificaciones, asesinatos
familiares y guerras fraticidas entre jefes rivales de importantes familias
merovingias, en una sociedad donde la venganza era un paradigma aceptado en el
imaginario colectivo y la anarquía se enseñoreaba, amparada por las luchas
tribales y la violencia que aún subsistía.
Las promovidas relaciones entre la Iglesia y el
Imperio Merovingio nunca fueron, en verdad, buenas; las pugnas existentes
pueden buscarse en una razón primordial: el 90 por ciento de los hombres
letrados, entre los años 600 y 1100, recibieron su educación en escuelas
monacales y ello profundizó el cisma entre la sociedad sin estudios y las
clases más cultas en cuanto al lugar y el protagonismo de la religión cristiana
en sus vidas.
§. Clotario y los suyos
Al llegar a la corona, Clotario II (584-629),
reunificó el reino franco, después de un sinnúmero de guerras civiles y muertes
familiares, que harían tediosa la enumeración. Las fronteras de sus dominios se
extenderían desde los Pirineos hasta Frisia y desde el océano Atlántico hasta
el río Meno (en alemán río Main), de 524 kilómetros de longitud, que atraviesa
Baviera, Baden-Wurtemberg y Hesse y la comarca vitivinícola de Franconia.
Su investidura tiene lugar en el año 613 como Rey
franco; bajo su gestión tuvo lugar un concilio de obispos y una asamblea de
notables, que regulaban las primeras relaciones del rey con sus súbditos o
vasallos. A su muerte deja en el trono de Austria a su hijo Dagoberto I, quien
gobernó hasta el año de su muerte acaecida en 639. Sería el último verdadero
monarca merovingio. Su gobierno estuvo caracterizado por la edificación de
numerosos monasterios y el robustecimiento del poder monárquico. Alrededor del
año 632 había puesto Borgoña y Aquitania bajo su soberanía, convirtiéndose en
el más poderoso de los reyes merovingios y en el monarca más respetado en el
Occidente.
Ya en los finales del siglo VII, el
merovingio Regnum Francorum se encontraba en pleno ocaso,
desprestigio, minado por las guerras civiles y las luchas de poder; los señores
de esa dinastía gobernaban sobre unos territorios que en su máxima extensión,
bajo la égida de Dagoberto (629-639) se extendían por la Galia, parte de
Renania, Alemania, Turingia y empezaba a hacer notar sus acciones en Frisia,
Sajonia y Baviera. Este será el reino franco en la época inmediatamente
anterior al ascenso Carolingio. Al frente de ese reino se encontraba Dagoberto,
heredero de Clodoveo, que apenas gobernaba en tanto había abdicado sus
funciones en el mayordomo de palacio (major domus), quien estaba
secundado ya por la nobleza.
Los mayordomos eran unos funcionarios del reino de
los francos, al abrigo y cobijo de «reyes holgazanes», llamados de esa manera
porque se despreocupaban de la gestión administrativa y de la implementación de
políticas de la casa real. Debido a esta pereza monárquica (debe considerarse
que muchos reinos tenían soberanos adolescentes o muy jóvenes, sin experiencia
de mando) son los mayordomos de palacio los encargados de asumir los poderes
administrativos y militares, conformando un poder paralelo a los verdaderos
monarcas, ejerciendo verdaderamente las funciones de gobierno. Suceso por demás
nada extraño, dada la confusión «bárbara» entre real casa y reino, paralela a
la existente, en ese momento, entre tesoro privado del rey y tesoro del reino o
hacienda pública.
El punto de partida de esta ampliación de poder (¿o
dualidad?) está en lo heredable del cargo. De ahí que esta dinastía de
mayordomos empieza a afianzar sus fuerzas a pasos agigantados. Entonces, el
reino Merovingio se encontraba dividido en tres partes: Austrasia, Neustria y
Borgoña, al frente de las cuales se ubicaba un rey faineant o
rey holgazán.
§. Despunta un nuevo poder
En el extremo oriental, en Austrasia, surge la
impetuosa familia Carolingia, que conserva de forma exclusiva la posesión del
cargo de major domus durante más de cien años y gobierna como
monarca, si no de forma nominal, sí en la praxis, dando origen a la Dinastía
Carolingia. Apoyándose en la nobleza de Austrasia, que intentaba sustraerse del
control real, el mayordomo Pipino de Heristal se hizo con el poder del reino
franco.
Es acertado apuntar para arrojar más luz sobre el
tema que los carolingios eran una familia originaria de Lieja, y ostentaban el
mencionado título de Mayordomos de Palacio, de rango imperial, obtenido en
pugna con otras familias nobles. Uno de sus miembros, Pipino de Heristal, en el
año 687, extendió sus dominios a Neuchátel, al deponer a los gobernantes de
Neustria (la parte Occidental) y de Borgoña, y se instauró como mayordomo de un
reino franco unificado. Posteriormente, un hijo ilegítimo suyo: Carlos Martel,
repelió la invasión musulmana en una decisiva batalla que tuvo lugar entre
Poitiers y Tours (732) ampliando las fronteras hacia el Este.
Dichas contiendas bélicas dieron prestigio a la
familia, que ya controlaba la Aquitania y la Provenza, y recibió el
consentimiento del resto de la nobleza franca y del papado. Fue así como Pipino
el Breve pudo coronarse rey de los francos, en 751. Al morir, en 768, le
sucedió en el poder su hijo Carlos I, conocido como Carlomagno, quien el 25 de
diciembre del año 800, durante la misa de Navidad, fue coronado por el papa
León III como emperador de los romanos, «rey de los francos por la gracia de
Dios», en la Basílica de San Pedro, ubicada en Roma.
La escena que ha sido reproducida por artistas de
la época en varios cuadros y recogida en algunas crónicas revela que Carlomagno
se arrodilló para orar frente al altar mayor de la basílica, bajo la cual
reposan los restos de San Pedro y San Pablo, y el Papa le colocó en la cabeza
la pesada corona haciéndole una reverencia formal como la que se acostumbraba
en la antigüedad para saludar al Emperador y lo ungió, mientras los romanos
estallaban en grandes aclamaciones, que repitieron por tres veces:
¡A Carlos Augusto, coronado por Dios, emperador
poderoso y pacífico, larga vida y victoria! (Carolo, piisimo Augusto a Deo
coronato, pacificio magno et pacificio Imperatori, vita et victoria).
En la ceremonia, Carlos recibió además, el sello
real, que tenía tallado en su interior una frase: Renovatio Imperi
Romani.
El título de imperator romanorum de
Carlomagno, quien durante su vida llegó a confundir la fidelidad al Estado
franco con su devoción y lealtad por Dios y puso todo su poder, carácter y
fervor en función de la fe católica, fue ostentado en lo sucesivo por los
emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, hasta inicios del siglo XIX.
Pipino el Breve. Fue el primer rey franco de la Dinastía Carolingia. Su
poder militar y su capacidad política para negociar con la Iglesia resultaron
decisivas para su ascenso al trono.
La actual Francia, que toma su nombre de los
francos, corresponde aproximadamente al territorio franco del Imperio de
Carlomagno.
Nacía el aura de un hombre extraordinario.
Capítulo 2
Dinastía y primeros años de un líder
El cuerpo humano es el carruaje; el yo, el hombre
que lo conduce; el pensamiento son las riendas, y los sentimientos son los
caballos.
Platón
La Dinastía Carolingia estaba conformada por una
vigorosa familia franca que impuso su autoridad en la escindida Galia, de
finales del siglo VIII y principios del IX, dando origen al nacimiento del
Imperio Franco Carolingio, que se extendía desde los Pirineos hasta el mar
Báltico. Esta dinastía comenzó por ensanchar sus poderes progresivamente por
Germania Occidental, Italia septentrional y la región pirenaica de la península
Ibérica; consolidó el poder papal en Roma y detuvo la presión de los árabes en
el sur de Francia.
Entre los años 775 y 825, el reino carolingio
alcanza su máximo esplendor, cuando consigue cohesionar al mundo germánico con
la civilización romana. En ese momento se da un hecho político de singular
relieve para Occidente: el nacimiento de una dinastía basada en un pacto con el
poder religioso.
Como expresara el historiador chileno Luis Rojas
Donat, en un artículo en la Revista de Estudios Históricos y Jurídicos,
Nº. 26, de 2004, de la Universidad de Valparaíso:
… esta dinastía había estado vinculada a los
descendientes de Clodoveo desde principios del siglo VI. Pertenecían, pues, a
un linaje que ostentaba el más importante de los prestigios dentro del universo
cultural germánico: la capacidad combativa y victoriosa. A esto se agregaban
otros elementos que la enaltecían, como la convicción popular de que dichos
reyes tenían la capacidad de curar ciertas enfermedades. La ausencia de
vinculaciones matrimoniales con la aristocracia franca la ponía por encima de
las grandes familias del reino, otorgándole una independencia frente a las
posibles influencias aristocráticas, todo lo cual resultaba muy importante para
este preciso momento. La profundidad de sus raíces podían rastrearse en sus
orígenes míticos, en un personaje epónimo llamado Meroveo, que habría sido
engendrado por un monstruo marino, una especie de Minotauro, según la leyenda
mencionada por el cronista franco Fredegario. Para un pueblo todavía sumido en
un fondo de creencias paganas bajo la superficial y débil capa de cristianismo,
estos elementos mágicos tenían una gran importancia y ejercían un efecto
poderoso en la mentalidad primitiva de los francos, porque el rey era el
portador de la salvación y la salud del pueblo, garante tanto de la armonía
cósmica como también de la paz. Todas estas virtudes estaban directamente
vinculadas a la sangre merovingia, cualidades esenciales que se representaban
exteriormente en las largas melenas que solían ostentar los monarcas. Todo
ello, no podía contrarrestarlo solamente el poder de las armas y la ambición de
los recientemente encumbrados carolingios.
Este capítulo histórico, repasemos, comienza cuando
los monarcas merovingios empiezan a dar excesivo poder a sus mayordomos ( major
domus, «cabeza de la casa» en latín) para controlar y dirigir sus dominios
y algunos de ellos los emplean para adjudicarse el control de territorios
enteros. Ya entonces existía una mirada cáustica y casi satírica sobre estos
reyes y su decadencia, presunciones que son confirmadas por Eginardo, quien
posteriormente sería el biógrafo de Carlomagno, pero tempranamente ya opinaba de
esta manera:
No le quedaba al rey más que el nombre, sus largas
melenas y su luenga barba. Sentado en el trono, daba audiencias y contestaba a
sus embajadores con respuestas que le habían hecho aprender. El mayordomo
pagaba al rey una pensión, le conservaba el título de monarca y le permitía
vivir en una pequeña residencia con unos pocos servidores. El rey viajaba en el
histórico carro de los antiguos caudillos francos, tirado por bueyes, que mejor
parecía la carreta de un campesino que el carro real.
§. Pipino y Carlos Martel
Pipino de Heristal (635-714), mayordomo de palacio
de Austrasia, promueve la reunificación de los territorios francos, en el final
del período Merovingio e inicia la carrera de la Casa de Heristal hacia el
trono y el predominio de la más germánica y renana Austrasia sobre toda la
Galia Franca.
Nieto de Pipino el Viejo, accede en el año 680 al
mismo cargo que había tenido su abuelo en el reino de Austrasia y ya en el 687
controlaba los dominios carolingios de los reinos francos de Neustria y
Borgoña, pero mantenía a los reyes de la Dinastía Merovingia como simples
estampas decorativas en las tres posesiones.
Con el nombramiento de Duque de Austrasia, dos años
después, extiende su soberanía sobre los frisones, pueblo que habitaba en la
costa del mar del Norte. A su muerte se produce una guerra civil y la sucesión
recae en su hijo ilegítimo: Carlos Martel (688-741), apodado «El Martillo» (en
latín, Carolus Martellum), en referencia a la ferocidad demoledora
con que empuñó esa arma favorita en las contiendas contra los árabes en las
Galias Centrales.
El monarca carolingio del reino de los francos
Carlos Martel sostuvo diversos enfrentamientos bélicos contra alamanes, bávaros
y sajones, pero sus mayores proezas militares fueron contra los musulmanes,
procedentes de la península Ibérica, que invadieron Francia en el año 732. Sus
tropas, dirigidas personalmente por él, les infligen una cruenta derrota cerca
de Poitiers, en una contienda en la que muere el jefe musulmán, Abd al-Rahman
ibn ‘Abd Allah al-Gafiqi, el emir del califato andalusí.
Esta capitulación logra frenar el avance de los
aires islámicos, que tanto alarmaban y preocupaban al cristianismo. Ya en el
739 detiene en Aquitania a los musulmanes que intentaron avanzar por territorio
francés buscando alcanzar Lyon, poniéndoles límites a las posesiones islámicas
en Europa en el río Aude, ubicado al norte de los Pirineos.
En ese período ya estaba conformado un Estado papal
en Italia, pero el máximo prelado precisaba de un aliado fuerte para tratar con
sus enemigos, y atrae a Carlos Martel utilizándolo como punta de lanza para
derrotar a los lombardos.
Batalla de Poitiers, de Charles de Steuben, se libró en octubre de 732.
(Museo del castillo de Versalles, Francia)
Este resistió a los lombardos y aceptó
interesadamente el apoyo ofrecido por el papado, convirtiéndose en el adalid de
la cristiandad en el oeste. Pero luego dejó a su heredero, su hijo Pipino, la
tarea de consolidar y clarificar una alianza duradera con la Iglesia.
El prestigio de los verdaderos gobernantes de
Francia se acrecentó cuando Carlos Martel venció a los enemigos exteriores, en
particular a los árabes, en el mencionado año 732. Las protestas de la Iglesia,
cuyas extensas propiedades fueron especialmente incautadas para alimentar a los
caballeros que afrontaron el peligro musulmán, fueron apaciguados por las
hábiles disposiciones legales y el sentido de cruzada que el propio clero
atribuyó a las victoriosas expediciones del mayordomo de palacio Carlos Martel y
sus sucesores.
§. Entre Pipino y San Bonifacio
Hay que pensar, para tener una idea del escenario
histórico y de intereses en que se vivía, que en la primera mitad del siglo
VIII la inestabilidad de Italia se transforma en un inconveniente complicado
para el papa Gregorio III. Los lombardos estaban superficialmente
cristianizados, pues tenían un fuerte sustrato pagano mezclado con un conjunto
de doctrinas cristianas heterodoxas, denominadas arrianismo, que consideraban
que Jesús de Nazaret no era un Dios sino una criatura mortal. Por ello esas
ideas eran vistas como una herejía por la Iglesia. Esos lombardos miraban con
muchos deseos expansivos el centro de la península.
Los reyes lombardos deseaban someter a toda Italia
bajo su égida y doblegar a la aristocracia. Los ducados dependientes de Spoleto
y Benevento son sometidos y el Exarcado de Rávena, circunscripción que
representaba en Occidente al Imperio bizantino, va quedando cada vez más
aislado.
Liutprando (rey de los lombardos del 712 al 744)
decide invadir el Ducado de Roma y se apropia de cuatro castillos que eran
cardinales estratégicamente.
En tanto, Carlos Martel había conseguido entrenar y
disciplinar a la infantería franca, formada mayoritariamente por vasallos que
habían recibido algunas propiedades a costa, principalmente, de tierras
eclesiásticas y reales. A ese ejército agradecido, Martel lo convirtió en una
«muralla» sólida capaz de soportar una carga frontal enemiga, repelerla y
mantener la formación sin dispersión alguna. Su estrategia puramente defensiva
en la batalla de Poitiers (también conocida como contienda de Tours)
tiene un éxito extraordinario. Manteniendo esa pared de infantería inflexible y
cerrándoles el paso a los árabes, éstos terminaron derrotados y desmoralizados
militarmente.
Ese combate es crucial para comprender el
desarrollo de las instituciones militares en la Edad Media y es materia de
estudio de muchos ejércitos terrestres del mundo. Por su parte, el método
utilizado de entrega de tierras para satisfacer a los vasallos se extendió con
rapidez a lo largo del Imperio Franco y fue la génesis del desarrollo y
crecimiento del feudalismo en Europa Occidental.
A su muerte, en el año 741, Carlos Martel, abuelo
de Carlomagno, ya era estimado como protector de la Iglesia, por su respeto
hacia la legalidad (al mantener la tolerancia con un monarca que no ejercía de
hecho sino de derecho y nunca autoproclamarse rey) y por sus actividades
misioneras entre las tribus germánicas. Entonces, el reino quedaba dividido
entre sus dos hijos. El mayor tendría, en ese momento, unos veintisiete años;
se llamaba Carlomán. El menor de veintiséis años, era conocido como Pipino el
Breve, apodado de esta manera por su baja estatura.
Poco antes de morir, Carlos Martel había
determinado que Carlomán gobernaría Austrasia (antigua Franconia) y toda la
Aquitania (excepto el rincón sudeste) como Mayordomo de Palacio, mientras que
Pipino se encargaría de Neustria con el mismo título y como corregente. Eran un
total de ocho dominios, algunas dependencias autónomas pobladas por varias
razas y con diferentes códigos de ley.
Posteriormente, en el 747, Carlomán, en una
decisión sorprendente, resuelve abdicar la mayordomía abandonando los asuntos
profanos. Por ello se dirige a Roma, donde el Papa Zacarías le concede las
órdenes religiosas y lo recluye en el monasterio del Monte Soracte, para
permanecer después hasta el final de sus días en el de Montecasino.
Aunque tal voluntad en ese momento fue calificada
por los cronistas de la época de «espontánea», se habló también de ciertas
presiones de su hermano Pipino para quedarse como gobernador indiscutido de
todo el reino franco y actuar como único major domus. Se especula,
además, con la idea de que era plausible que el apóstol de los germanos, San
Bonifacio inculcara la idea de la vida monástica en la cabeza de Carlomán,
siguiendo instrucciones de Pipino, quien se afirmaría en adelante como un hábil
político y mejor negociador.
§. Pipino: un hombre de recursos
Sobre él dice el historiador y novelista
norteamericano, Harold Lamb, en su obra Carlomagno:
Pipino, el intrigante, actuaba con más cautela,
evitando la batalla abierta y reforzando el vínculo con la sede de San Pedro.
El monarca pretendía convertir el corazón del reino franco en un foco de
autoridad entre las tierras fronterizas paganas y los centros de tenue cultura
de la Aquitania y la Lombardía, y proclamó hábilmente que quienes se instalaran
en territorio de los francos procedentes de otras tierras, podrían conservar
sus propias leyes.
Con la intención de seguir la estrategia de su
progenitor, Pipino el Breve mantuvo buenas relaciones con San Bonifacio (que
pasó a la historia como «aquel que hace el bien»), vínculos que se
materializarían no solo en la protección a los misioneros en el interior de
Germania, en la ayuda financiera inicial que da a la abadía de Fulda y al
obispado de Bûraburg, creados por dicho pontífice, y en el apoyo a las medidas
de reforma, sino también en algo con mayor proyección de futuro. Gracias a San
Bonifacio (680-754), los carolingios tomarían contacto directo con los papas.
En esa mancomunión está la clave del nacimiento de un nuevo mundo, que inició
Pipino y organizó, posteriormente, su hijo Carlomagno y el comienzo de la
connivencia entre dos poderes: el Papado y la nueva Dinastía Carolingia.
Las luchas de Pipino el Breve contra musulmanes; su
liderazgo en pos de aplacar una nueva rebelión de Aquitania, zona del reino
convulsa por sus grandes aspiraciones personalistas; su quehacer para liberar
al Papa de los lombardos, quienes ahora pretendían conquistar Roma, y su
trabajo para establecer la base temporal de la Iglesia durante la Edad Media,
al donar al Pontífice parte de los territorios conquistados a los lombardos de
Italia, le granjearon el respeto de todos y principalmente de la Iglesia, que
andaba a la búsqueda de un aliado poderoso.
Solo toleró Pipino el Breve ocho años la tentación
de mantener la quimera de un monarca que no ejercía de hecho en la práctica y
seguir siendo major domus. En el 749 le envió al Papa Zacarías una
embajada para preguntarle si estaba bien que fuese rey de Francia quien ahora
no ejercía el poder real. El papado había esperado durante siglos una pregunta
que, como esta, le permitiera consagrar un aliado en el centro de Europa.
Su respuesta inmediata homologó el golpe de estado
de Pipino y ofreció las bases jurídicas para apoyar sus pretensiones al trono.
El Breve estaba respaldado en su «derecho divino» a integrar las filas
monárquicas. «Es preferible proclamar rey a quien detenta el poder de hecho
antes que al que lo tiene solo de nombre», le respondió de algún modo el
prelado.
Estimando suficiente la proclamación, un arzobispo
dispuso la unción del nuevo monarca, el 28 de julio de 754, en la basílica de
Saint Denis, donde el Papa Esteban III consagró a Pipino y le confirió los
títulos de Rey de los Francos y Patricius Romanorum, honores que
hasta entonces otorgaban los emperadores de Constantinopla. En la misma
ceremonia fueron consagrados su esposa Bertrada y sus dos hijos, con lo cual
quedaba legitimado el linaje familiar y comenzaba a estrecharse el lazo de
continuidad entre la unción realizada a los reyes del Antiguo Testamento y a
los de la nueva dinastía, que tendría su cenit en la persona de su hijo
Carlomagno.
Ese sacramento ponía fin, de manera oficial, a la
dinastía Merovingia y legalizaba el advenimiento de los Carolingios al poder.
Por su parte, Pipino se comprometía a atacar a los
lombardos por la retaguardia para obligarlos a respetar a Roma, en pago por los
servicios prestados por el sumo pontífice.
Frente a los antiguos reyes descendientes de la
Casa Merowing (Merovingia), cuyo tronco se ubicaba en el legendario dios del
mar y que habían sido elegidos por la voluntad de los francos, los mayordomos
de la dinastía que Pipino inaugura son presentados como ungidos del Señor y
reyes por la Gracia de Dios (Rex Dei Gratia). Se consolida así la
coalición incondicional de la monarquía y el Papado. A partir de esa
oportunidad, el derrotero de los carolingios se vislumbra sin grandes
nubarrones que entorpezcan el sendero. Carlomagno estaba por convertirse,
durante casi cincuenta años, en el más grande de los gobernantes carolingios,
demostrando en la práctica que tenía excelentes cualidades para seguir el
derrotero trazado por su progenitor.
Para despejar cualquier equívoco, Childerico III
(714-755), último rey franco, ya solo nominal, de la Dinastía Merovingia, es
destronado por Pipino el Breve y enviado al monasterio de Saint Bertin, donde
es rapado, perdiendo con su melena la aureola casi milagrosa que lo sostenía en
el trono, según los ritos de esas etnias. Allí permaneció hasta el final de sus
días.
Con el ánimo de convalidar jurídicamente esta nueva
situación, el papa Esteban II en un encuentro que tiene con Pipino en el
Palacio Real de Ponthion exhibe un documento que el emperador romano
Constantino el Grande sanciona y que pasa a la historia con el nombre de la
Falsa donación de Constantino (Donatio Constantini), donde el primer
emperador cristiano otorga a los papas amplios poderes sobre Roma, algunas
provincias del centro de Italia y el resto de Occidente. De esta manera la
curia romana consolida un importante peldaño en sus ambiciones espirituales y
económicas.
Dicha promesa de restitución, creada
artificialmente, se transfigura en una real donación cuando Pipino el Breve
hace entrega territorial, como sede apostólica, del Exarcado de Rávena (que
representó el poder del emperador bizantino en Italia desde el siglo VI hasta
el año 751) y la Pentápolis, nombre que en su época se le dio a los territorios
de Italia, que estaban formados por las ciudades de Rimini, Pesaro, Fano,
Senigallia y Ancona.
Junto a esa «pequeña» dádiva de Pipino, y las que
hará su sucesor Carlomagno (en 771 y 778) se considera que se ubican los
cimientos jurídicos de un nuevo Estado que los renuevos pontificios
llaman Sanctae Ecclesiae Respublica, facultado para asegurar el
poderío mundial del Papa sobre toda la cristiandad.
Con este Gobierno y la propiedad de estas
posesiones (denominados hasta 1870 Estados Pontificios), los papas comenzarán a
detentar la investidura que tiene cualquier mandatario político.
La donación de Pipino el Breve al papa Esteban II. La íntima alianza entre
el rey y el sucesor de Pedro les deparó a ambos invalorables éxitos políticos.
Los recursos económicos que precisaba la Iglesia
para vivir los recibe, además, cuando Pipino, en otro gesto de retribución
hacia la cristiandad, decide compensar la expoliación que su padre había
infligido a la institución eclesial y ordena que, en adelante, los propietarios
de tierra del reino paguen obligatoriamente el «diezmo» a la Iglesia. En virtud
de ello, debían entregar, con carácter de donativo, la décima parte de sus
ganancias.
Según coinciden en apuntar algunos historiadores,
como el profesor chileno, Luis Rojas Donat, en el ensayo ya citado, el
emperador Constantino con este documento, que tiene carácter de diploma
imperial:
… toma la decisión de concederle (a la Iglesia) el
poderío, la dignidad y los medios necesarios, otorgándole la primacía sobre las
cuatro sedes principales de Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén.
A esto se agrega el palacio imperial de Letrán y la iglesia de San Pedro en el
Vaticano; el derecho a que el Papa lleve diadema y las insignias imperiales:
clámide de púrpura, túnica escarlata, atrio y bastón de mando; derecho a ser
acompañado de una escolta de caballeros similares a la del emperador; derecho y
poder para crear patricios y cónsules; y finalmente, la más importante
concesión, la soberanía sobre Roma, Italia y todo el Occidente.
En este acto normativo deberemos buscar, sin dudas,
la piedra fundacional de los Estados Pontificios y sus poderes in
secula seculorum.
§. Carlos, el Grande: realidades y leyendas
A la muerte del rey Pipino el Breve, el 24 de
septiembre del año 768, en París, víctima de una hidropesía, el gobierno de sus
reinos se divide entre sus dos hijos, como correspondía a la inveterada
tradición franca.
La división de estos dominios era en sí misma un
impedimento para el surgimiento de un poderoso reino franco, tal como Carlos I
el Grande (Carlomagno) lo necesitaba para lograr la unificación del continente
cristiano. Carlomagno y Carlomán I reciben la herencia de su padre, el Rey de
los Francos. La Asamblea General de los Francos proclama monarcas a ambos
descendientes de Pipino, con la condición de repartirse equitativamente los
mandos de su progenitor.
Los dos aceptan, a pesar de que los partidarios de
Carlomán tienen intenciones de romper esa alianza familiar para quedarse con la
mayor parte de la herencia y los territorios gobernados, lo que provoca algunas
desavenencias y conflictos por el poder entre los hermanos. Esta situación se
ve zanjada con la muerte de Carlomán, en diciembre del año 771, tras tres
escasos años de reinado, acontecimiento que evita una guerra entre los
partidarios de los dos soberanos y le abre las puertas a Carlomagno para cumplir
sus más afiebrados anhelos.
Si bien Carlomán tenía dos descendientes, la ley
franca de sucesión no hacía ninguna preferencia por los hijos o por los
hermanos; dejados a su propia acción, los vasallos francos, ya sea por el temor
que el nombre de Carlomagno inspiraba o por el amor que se le profesaba (la
historia habla de ambos sentimientos), lo aceptan como su rey.
Pero ya en ese momento eran tales las disputas
familiares, que Carlomagno había decidido en venganza, no respetar los
supuestos derechos a la corona de sus dos sobrinos: Pipino y Siagrio (luego
obligados por él a ejercer los hábitos eclesiales) y de la reina Gesberga, (su
cuñada) y los declara personas no gratas en la corte franca.
Estos, junto a sus seguidores, se ven obligados a
huir a la corte lombarda de Pavía, en Italia, bajo la salvaguarda del rey,
Desiderio (que reinó entre el 757 y el 774). Hay que apuntar que Desiderio era
padre de la viuda de Carlomán y además de la esposa de Carlomagno. Después de
este incidente, Carlomagno es nombrado único rey con el consenso de todos los
francos.
Vale señalar, para una mejor comprensión, que antes
de este suceso, ya astutamente, por conveniencia política para reconciliarse
con los longobardos e influencia de su madre, la reina Bertrada, Carlomagno se
había desposado con la otra hija de Desiderio, la princesa Ermengarda (conocida
como «la Deseada»), en el año 770. La repudió tras dos años de enlace, después
de que su padre consintiera en otorgarle asilo en su territorio a sus sobrinos
y a la heredera de su hermano. Este gesto termina por romper la alianza entre
el rey longobardo y Carlomagno, siembra resentimientos de ambas partes y sienta
las bases de las hostilidades futuras, que terminan en contiendas bélicas.
Una vez que es convertido en rey único de los
francos, Carlomagno inicia lo que sería su principal misión en los primeros
años de reinado: proteger los dominios papales de los ataques foráneos y llevar
las ideas cristianas a otros territorios, campaña que desarrolla durante
treinta años valiéndose de todos los recursos a su alcance, no importándole en
demasía que en esa misión se derramara la sangre de muchos pueblos.
Pero, antes de adentrarnos en este capítulo de la
vida de este guerrero, emperador y apóstol, es oportuno hacer un retroceso en
el tiempo y hablar del Carlos niño y de la educación que recibió de sus padres
Pipino el Breve y la reina Bertrada (la «Berta de los grandes pies» y las
canciones de gesta, perteneciente también a la familia Merovingia), pues ello
tiene mucha influencia en su accionar y en las numerosas posturas cotidianas
que mantuvo de adulto.
§. Carlomagno: el niño
Son escasamente pródigos, en cuanto a detalles, los
registros acerca de la infancia y adolescencia de Carlos I el Grande. Estos
primeros años de vida han quedado en la bruma de la historia. No por gusto, su
principal biógrafo y secretario en la Corte Eginardo, en su libro De
vita et conversatione Caroli Magni, ha confesado que de estos años
iniciales pocas noticias sobrevivieron. Así advierte:
De su nacimiento, de sus primeros años y aún de su
infancia sería absurdo que yo quisiera hablar, porque ningún autor lo trata y
no se encuentra hoy a nadie que se diga informado de este período de su vida.
Sí se sabe (por los Anales, que son
documentos de carácter cronístico que describen año por año los reinos y las
Capitulares, pequeños repasos de leyes administrativas, que escribían los
monjes copistas) que sus padres fueron el rey Pipino el Breve y la reina
Bertrada (hija de Cariberto, conde de Laon). Hay muchos desacuerdos, incluso,
en relación con la fecha y lugar de su llegada a este mundo. Algunos refieren
el 2 de abril del año 742 (otros hablan del 748), en la ciudad de Aquisgrán,
Aix-la-Chapelle, (en la actual Alemania); otros apuntan hacia Lieja; Ingelheim;
las ciudades cercanas a las riberas francesas o en algunas de las mansiones
reales frecuentadas por sus padres, en tiempos de sosiego o caza, como el
castillo de Salzburgo, en Baviera.
Se ha especulado mucho alrededor de si Carlomagno
era o no un hijo ilegitimo, pero sí se conoce que sus progenitores formalizaron
casamiento en el año 749; antes de ese momento, Bertrada era la concubina
favorita de Pipino, por lo que Carlomagno debe haber nacido con anterioridad al
lazo matrimonial, como era una práctica entre los romanos de la época, luego
asimilada por el mundo germano.
Incluso se comenta que la presencia de Carlos en el
altar de bodas, durante el casamiento de sus progenitores, motivó las chanzas
del pueblo, que lo seguía considerando el hijo de una amante, una aventura del
silencioso Pipino, que formalizaba ante la vista de sus súbditos su romance.
No obstante, Carlos fue ungido para ocupar el cargo
real siendo aún niño, con casi diez años, cuando en el año 754 el papa Esteban
III viajó por los Alpes, con destino a Aquisgrán, con el propósito de reconocer
la dignidad real y ungir con el óleo real a Pipino el Breve, y a sus hijos
Carlos y a Carlomán, en la Abadía de Saint-Dennis.
El Papa, luego, proclamaría entre los francos
cristianos el mandato de que ellos nunca debían escoger a sus reyes de alguna
otra familia, so pena de ser excomulgados por la Iglesia por considerarse
aquello pecado mortal. Y como se sabe, la monarquía era electiva entre los
miembros masculinos de la familia.
Miniatura que representa a Carlomagno y Pipino. (Archivo capitular de la
Catedral Orlandini, Módena).
A partir de ese momento, Carlomagno debió aprender
los rudimentos del arte de la guerra y acompañó a su padre en varias
expediciones dirigidas contra Aquitania, entre el año 761 y 762. Estas primeras
experiencias fueron cruciales para desarrollar sus aptitudes guerreras, lo que
unido a su fuerza y vitalidad, a su destreza para los deportes y la equitación,
hicieron de él un joven sano, fuerte y amante del contacto con la naturaleza.
Por otra parte, describen los historiadores de la
época que su devota madre Bertrada inculcó en Carlomagno las prácticas de la
piedad y la fe cristianas, el amor al prójimo, el hacer el bien sin mirar a
quién y el «poner la otra mejilla». Y el monarca, en la adultez, de acuerdo con
la coyuntura histórica y las intrigas palaciegas por el poder, intentaría ser
fiel a esas enseñanzas.
En cambio, se sabe que nunca fue un hombre
instruido, lo que le llevó a ser apodado en estos primeros años por quienes no
lo querían como «El Palurdo», en alusión a sus maneras toscas, a su escasa
instrucción y a sus modales poco refinados. Se dice que ello se debió a que su
padre, Pipino el Breve, no mostraba ninguna preferencia por él y siempre quiso
prepararlo para la vida militar y las contiendas bélicas, y que trató de
obtener un soldado dispuesto a empuñar la lanza, la daga y la espada con
superioridad sobre su contrincante. Esa habría sido la principal preocupación
de su progenitor, y lo que habría conspirado contra su educación. Por ello no
aprendió a leer ni escribir, ni aritmética hasta el final de sus días.
Pero siempre se fueron alabadas su grandeza
espiritual y física, su caballerosidad, temple y sus dotes humanistas, sus
conocimientos políticos, su capacidad para mirar con luz larga y discernir una
salida adecuada en las peores circunstancias.
Otro de sus biógrafos, el mencionado historiador y
novelista norteamericano Harold Lamb, en su libro Carlomagno, evoca
que después de las vigilias de Tomás el apóstol, en el año 753, el muchacho
Carlos fue enviado por su padre por primera vez a una misión. Tenía entonces
once años cumplidos y nunca se le había concedido grupo armado al que mandar,
ni poseía tierra alguna a su nombre. En ese momento era conocido como el hijo
de Pipino el Breve y ya se le confiaba la empresa de salir, junto a un grupo de
mozos de cuadra, cazadores y guardabosques, al encuentro, como guía, del pastor
apostólico de San Pedro, el propio papa Esteban III, que llegaba, junto a su
séquito, al paso de los Alpes, en la tierra de los francos, donde la nieve, la
ventisca y el fango hacían difíciles los caminos.
Relata el cronista que Carlos ya era…
… muy alto y delgaducho, aunque la amplitud de sus
hombros y los grandes huesos de sus manos indicaban que sería un hombre de gran
fuerza, y ya demostraba un temperamento inusual para su edad y para empuñar las
armas de hierro […]. Su adolescencia estuvo vinculada a ríos, cuando no a
cacerías, su gran pasión, y se deleitaba siguiendo una presa en cuanto tenía
tiempo disponible, en las Ardenas, los Vosgos, la Baviera o el Bönmerwald; con
este fin los bosques reales eran inmensos y estaban sometidos a un régimen de
vigilancia muy severo.
Al joven le gustaba oír a sus camaradas alabar su
buena fortuna, puesto que no tenía confianza en su propia habilidad o en sus
conocimientos, costumbre que conservó durante todo su mando, pues era dado a
escuchar a todos sus consejeros para luego tomar la decisión conveniente.
También destaca Lamb que el chico era muy poco
afecto a exteriorizar sus sentimientos (aprendió a guardar para sí muchas de
sus heridas). Además conseguía por su cuenta las cosas, lo que denunciaba su
testarudez y empeño. Destaca que gustaba de la natación, de cruzar a nado sus
ríos favoritos, el Mosa y el Rhin; de recorrer a caballo y sin fatigarse los
bosques y valles de su lugar preferido, Aquisgrán; de inspeccionar los sedales
y tarallas de pesca, tendidos en las madrugadas por sus amigos, y de escuchar
las notas del órgano de la Iglesia, que se le antojaban celestiales, semejante
a las fanfarrias de los arcángeles.
§. El príncipe que llega al trono
En la medida en que Carlos crecía, descollaba en él
una personalidad muy fuerte, que le valió el reconocimiento de todos. Era
arrollador, altanero por momentos; magnánimo en otras oportunidades y sobre
todo caritativo, pero siempre impetuoso, vivaz y sanguíneo, signo de su buena
salud. Por ello a nadie extrañaría que con apenas veintiuno años mantuviera
relaciones con una joven noble llamada Himiltrudis, pues gustaba vivir en
compañía, ya que detestaba la soledad y la calma absoluta, solo bienvenida en las
horas del nocturno descanso reparador o cuando, en verano, hacía sus
acostumbradas siestas de dos o tres horas, para mitigar el calor que le
sofocaba el cuerpo y la mente.
Poco tiempo después nacería su primer vástago, a
quien llamó Pipino (796-811), en honor a su padre ya fallecido. Este primer
hijo pasó a la historia como Pipino el Jorobado, por su manera de caminar
echado hacia delante y sería un actor importante en un momento de la historia,
que relataremos luego.
A lo largo de su existencia, Carlomagno tuvo varios
matrimonios y vivió en concubinato en otras oportunidades, situación que no era
mal vista por los cánones morales de la época; si el primero fue concertado por
conveniencia, como ya hemos apuntado, el segundo casamiento se concretaría con
Hildelgarda, una mujer noble de origen suabo con la que tuvo nueve hijos:
cuatro varones, Carlos, Pipino II, Ludovico, Lotario, y cinco mujeres,
Rotrudis, Berta y Gisela, Hildegarda y Adelheid.
Sobre la esposa Hildegarda, la de los ojos oscuros,
escribiría Harold Lamb en su libro:
… ella demostró una notable habilidad y presteza de
muchacha bien educada para las tareas de las mujeres: hilar, llevar las cuentas
de las posesiones del rey, proveer de abundante carne los asadores en invierno
o en época de hambre, tejer prendas útiles para ella —no las delicadas sedas de
una princesa extranjera— y quedar pronto embarazada. Además, siendo joven y de
buen carácter era cariñosa con el pequeño Pipino. Carlos se sintió satisfecho
de gozar de tal felicidad hogareña cada vez que decidía acuartelarse; en
consecuencia propuso a su nueva esposa que le acompañara a todos sus viajes y
ella accedió.
El 30 de abril del año 783 muere Hildegarda, en
momentos en que un calcinante verano se apoderaba del reino y se desataba una
epidemia de peste. Por esos días moriría, además, la reina Bertrada, la madre
de Carlomagno, otra de sus figuras femeninas más veneradas y quien mayor
influencia tuvo para bien en su vida.
Carlomagno, de Alberto Durero. El joven rey era arrollador, altanero y
magnánimo; carecía de una sólida formación cultural, pero en su lugar exhibía
una aguda inteligencia natural.
Pero Carlomagno se desposó, pasados unos meses de
luto por estos tristes acontecimientos, con Fastrada, la hija de un conde
germano de Austrasia, con quien tuvo dos hijas más: Teodorada e Hiltrudis. En
esa época otra concubina le trajo al mundo una nueva descendiente de nombre
Rodaida.
Cuando enviuda nuevamente en el año 794, Carlos
contrae matrimonio con la alamana Liutgarda, con la que no pudo tener hijos. Al
fallecimiento de esta no quiso volver a casarse nunca más, pero mantuvo
relaciones con otras cuatro concubinas: Medelgarda, con quien tuvo a Rotilda;
Gersvinda, madre de Adeltrius; Regina, que tuvo dos hijos (Drogón y Hugo), y
Adelina con la que concibió a Teodorico.
§. Todo un rey
Fueron en total diez relaciones conocidas de las
que vinieron al mundo cerca de dieciocho hijos, que recibieron toda la
formación intelectual típicamente medieval: el «trivium» integrado por la
Gramática, la Retórica y la Dialéctica y el «quadrivium», formado por
Aritmética, Geometría, Música y Astronomía. Estos conocimientos aportaban lo
que un joven de cierto linaje tenía que saber para no ser considerado
analfabeto, y ser valorizado culturalmente en su tiempo.
Por boca de su biógrafo Eginardo, por cierto
educado en la Corte, conocemos además que Carlos se preocupaba constantemente
por la educación de su vasta descendencia. Incluso, el autor cuenta que:
… nunca cenó sin ellos ni se fue de viaje sin
llevárselos consigo […] Carlomagno dio a sus hijos las enseñanzas que tanta
consideración le merecían. Además, hizo que sus hijos varones, al llegar a la
edad adecuada, aprendieran a montar como verdaderos francos, usar las armas y
cazar. A las hijas les hizo aprender el uso de la rueca, para evitar la
ociosidad.
Al hablar de las características personales de
Carlomagno, el cronista recalca su buen humor, la gran elocuencia y la
capacidad para expresar cualquier pensamiento porque era de «pico fino» para
las largas charlas y podía pasar con soltura de un tema a otro rápidamente.
No contento con saber la lengua patria, se esforzó
en aprender también las extranjeras: de las cuales, la latina la aprendió hasta
tal punto que podía hablarla como si fuera propia; el griego, en cambio, lo
entendía mejor que lo hablaba.
Recalca Eginardo, en el libro de marras, que fue
muy dado…
… a mantener a los pobres y a practicar la limosna,
no solo en su patria y reino, sino que incluso solía enviar dinero a los
cristianos de Siria, Egipto, África, Jerusalén, Alejandría y Cartago.
También se resalta el culto que hacía de la
amistad, el interés y la curiosidad por todo lo proveniente de otras tierras,
así como su honradez y el afecto hacia sus súbditos.
Cuando Eginardo hace un retrato psicofísico de
Carlomagno, muy en consonancia con las ilustraciones y figuras escultóricas que
sobrevivieron esos tiempos y son exhibidas en algunos museos alemanes y del
resto de Europa, lo describe con un cuerpo muy grande y robusto, una altura de
siete veces la medida de su pie, hermosa cabellera blanca, rostro agradable y
alegre, cabeza redonda, ojos grandes, la nariz algo mayor que lo normal, aunque
de cuello grueso y corto y de vientre abultado, disimulado por la proporción
del resto del cuerpo y la amplitud de hombros.
Mostró una salud robusta, excepto por unas fiebres
que tuvo durante los últimos cuatro años de su vida; al final de esta y debido
a las magulladuras de las batallas, cojeaba de un pie. Asiduamente se
ejercitaba en la equitación, práctica muy común del pueblo franco, que hizo de
la caballería su arma indiscutible. Gustaba también de las aguas termales,
ejercitando su cuerpo con la natación. Por esto mandó construir la ciudad real
de Aquisgrán (Agua Fecunda, en latín) y allí pasó los últimos años de su vida. Invitaba
al baño no solo a los hijos, sino con frecuencia a los amigos, a quienes les
acompañaban e incluso a los de su guardia personal. De tal manera que a veces
podía reunir a su alrededor hasta un centenar de personas o más y entonces se
sentía muy feliz y afortunado.
Fueron los contemporáneos de Carlomagno y quienes
le rodearon los responsables de crear el mito de este hombre excepcional que
dirigió sus destinos. Incluso en vida, ya era ensalzado por sus súbditos, y
serviría después de modelo, hasta los tiempos modernos, de emperadores,
intelectuales y hasta de los hombres y mujeres más humildes, que veían en él un
arquetipo patriarcal de jerarquía y nobleza.
Por todo ello es que se hace tan difícil penetrar
en el hombre de carne y hueso. En la mayoría de las ocasiones, sus avatares
cotidianos están fundidos con la fábula y la mítica pueblerina. ¿Cómo conocer,
entonces, al personaje auténtico, sin afeites que deformen su existencia y le
coloquen en un sitial de santidad?
§. Buscando al hombre
Sí se sabe que Carlos era dado a grandes
cabalgatas, a viajar por rutas difíciles como los desfiladeros de los Alpes
hasta Italia o por benignos caminos. Podía ir de Colonia, en el centro de
Sajonia, a Maguncia o Aquisgrán. O de Rávena a Roma, pues pensaba que cuando un
hombre viaja por el mundo en busca de lo que necesita, vuelve nuevamente a su
casa para encontrarlo. Después regresaba al palacio o la residencia campestre a
administrar justicia, hablar con sus amigos, asistir cada día a misa para reconciliarse
con Dios, participar en audiencias, frecuentar celebraciones (donde era
mesurado en el comer y el beber, y hacía acompañar sus comidas de música o de
lecturas), o simplemente estar en familia con sus hijos, parientes y personal
doméstico, que era la clásica cotidianidad de un patriarca. Solo entonces se
sentía un hombre satisfecho.
Eginardo repara en que Carlomagno solía vestir con
cierto rango e hidalguía, conforme a las costumbre francas y la usanza gala:
… de sus hombros hasta los pies colgaba el
«pallium» o manto bárbaro, de color blanco o azul, formado por dos piezas, una
anterior y otra posterior, unidas sobre el hombro por un broche, dejando al
aire las piernas cubiertas de calzas ceñidas, de lino, y ligadas con bandeletas
enlazadas en cruz. Iba calzado y rodeaba sus piernas con unas vendas. En
invierno se protegía con un justillo de piel de marta o nutria como el que
llevaban los bárbaros de los climas fríos en el que él había guerreado. Se
cubría, finalmente, con una capa y llevaba siempre ceñida su famosa espada
(apodada Joyosa en los romances caballerescos, pues era frecuente dar nombres
propios a las armas) y una daga, cuyas empuñaduras y tahalí eran de oro y
plata. Algunas veces, en las grandes festividades o en las recepciones de
embajadores extranjeros usaba una espada adornada de piedras preciosas. En los
bailes vestía una túnica tejida de oro y calzaba botas adornadas con piedras
preciosas; abrochaba su capa con fibra de oro y llevaba una corona adornada de
oro y piedras preciosas. En los otros días, su vestido difería poco del más
común de los humildes (pues le gustaba sentirse como uno más entre sus
coetáneos).
Carlomagno estableció, como dijimos, la residencia
imperial en Aquisgrán desde el año 794. Allí se hizo construir una Iglesia y un
palacio, semejantes arquitectónicamente a los de las ciudades de Rávena y Roma
y desde allí influiría con su quehacer sobre el renacimiento de la vida
cultural e intelectual de su reino.
Eginardo. Fue uno de los más importantes biógrafos de Carlomagno; tanto, que
sus descripciones físicas del monarca sirvieron de base para las pinturas que
se han realizado del rey.
Narran los cronistas que sus mansiones estaban
rodeadas por hermosos jardines, por donde solía caminar acompañado de sus
familiares. Allí tenía varios estanques para nadar.
Su corte careció de la magnificencia, la vanidad y
la etiqueta que identificaron a la vida cortesana de la Roma de los césares o
de los palacios de Bizancio. Los cronistas advierten que el recibir un título
imperial no alteró sus costumbres sencillas de príncipe germano en tanto vivía
como los grandes nobles francos, en sus dominios campestres, pero pernoctaba
frecuentemente en la ciudad de Aachen o Aquisgrán, que por ello es tenida como
la capital de su imperio.
Se hacía acompañar de diversos funcionarios, que le
asesoraban en sus tareas ejecutivas y legislativas. De ellos cuatro ocupaban
siempre un sitio crucial: el Canciller, que se encargaba de todos los
documentos; el Chambelán, ocupado en todo lo relacionado con el servicio
personal del emperador; el Conde de Palacio, una especie de gobernador de la
casa y el Archicapellán, un jefe de servicios religiosos del palacio, que era
el más allegado a Carlomagno.
A estos funcionarios se les denominaba palatinos
(residentes del palacio). Apuntan los registros históricos que la existencia de
estos y otros «lleva y trae» palaciegos no cambió para nada el estilo
patriarcal del gobierno carolingio. Carlomagno, muy poco dado a la soledad,
como ya dijimos, mantuvo siempre el trato directo con sus súbditos y para
evitar que sus oficiales impidiesen la entrada de los peticionarios se cuenta
(no se puede corroborar si es obra de la leyenda) que hizo colocar en la puerta
del palacio una gran campana que cualquiera podía tocar para llamarlo,
costumbre que parece bastante atípica en un rey, y que de ser real pondría al
descubierto su naturaleza sencilla. Lo cierto es que, como ha expresado
Eginardo:
Una vez vestido, recibía diversas personas fuera de
sus amigos. Si el conde de palacio le señalaba un proceso que reclamaba una
decisión de su parte, hacía rápidamente introducir a palacio a los litigantes
y, como si estuviera en un tribunal, escuchaba la exposición del asunto y
pronunciaba sentencia. Era también el momento cuando regulaba el trabajo de
cada servicio y daba sus órdenes.
Sus ministros eran los encargados de redactar las
capitulares, dos veces al año, en primavera y en otoño, en momentos en que se
realizaban las dos asambleas en la residencia imperial (la de los guerreros y
la del señorío). La sistematicidad de estos cónclaves facilitó el
funcionamiento del reino y la solución de muchos problemas. Ellos inspiraron a
Carlomagno y a sus funcionarios a la redacción de numerosos decretos y
ordenanzas, que quedaron para la posteridad y la crónica histórica.
Muchas de estas capitulares se conservan hoy en día
y tratan sobre temas diversos: desde asuntos de administración de las
provincias, unificación de leyes, problemas del clero y la situación de los
pueblos conquistados, hasta el modo de cuidar los animales de las granjas
reales.
Su labor como mecenas de muchos intelectuales y
nobles (como Alcuino de York, quien después se convertiría en uno de los
principales gestores de la cultura carolingia), fue muy reconocida por sus
sucesores y los nacientes estados europeos. Impulsor de las artes liberales,
especialmente la astronomía, también se desveló por las construcciones,
inclinación muy propia de los césares romanos. De ahí que puso mucho interés en
sus dominios en las edificaciones de grandes castillos, capillas y abadías,
pues consideraba que ello perpetuaba la grandeza de su reinado.
Sin dudas, aunque en estos momentos aún Carlomagno
no sabía leer ni escribir (cosa que aprendió al final de sus días), ya
respetaba a la gente ilustrada y se hacía leer la Biblia y las historias de la
Antigüedad, sintiendo predilección por los cantares de gesta y las crónicas
bélicas de sus antepasados.
Empuñadura de la «Joyosa», la famosa espada de Carlomagno. Era de oro y
plata, al igual que la daga que el monarca siempre llevaba consigo.
Su trabajo en favor de la fundación de la Escuela
Palatina, en la capital de Aquisgrán, contó con la colaboración de un grupo de
sabios contemporáneos, como Alcuino de York, Eginardo y el historiador lombardo
Pablo Diácono, (un hombre de mente sagaz que dominaba el griego clásico y era
un gran escritor), y constituyó uno de sus principales aportes a la renovación
de la cultura y al fortalecimiento de su Imperio.
El largo reinado de Carlomagno, de casi cuarenta y
siete años de duración, fue un paréntesis de calma en una época de caos,
desorden, invasiones, guerras y miserias humanas. Su prestigio y su fama se
fueron consolidando con el correr de su existencia, incluso, más allá de sus
dominios. Por ello los propios musulmanes lo consideraron el más grande
guerrero cristiano, y hasta los emperadores bizantinos reconocieron su entereza
y poder, y enviaron emisarios para comunicarse con él.
Actualmente, el recuerdo y la fábula se mezclan
magnificando su verdadera obra como restaurador del Imperio de Occidente. Otro
tanto ha hecho la poesía medieval al enriquecer su protagonismo heroico
asistiendo a crear una leyenda, que le tiene como epicentro de circunstancias
extraordinarias y realza su figura hasta límites de titán o apóstol.
Capítulo 3
Bautismos y guerras; espada y cruz
Cada letra que perfilas con tu mano equivale a una
lanzada con que traspasas al demonio.
Anónimo en el muro de una abadía.
En su Epístola VII, Carlomagno plantea la lógica de
lo que sería su apotegma religioso, una especie de testamento de fe:
Lo nuestro es: según el auxilio de la divina
piedad, defender por fuerza con las armas y en todas partes la Santa Iglesia de
Cristo de los ataques de los paganos y la devastación de los infieles, y
fortificarla dentro con el conocimiento de la fe católica. Lo vuestro es,
santísimo padre: elevados los brazos a Dios como Moisés, ayudar a nuestro
ejército, hasta que gracias a vuestra intercesión el pueblo cristiano alcance
la victoria sobre los enemigos del santo nombre de Dios, y el nombre de nuestro
Señor Jesucristo sea glorificado en todo el mundo.
Corría el año 772 y nuestro monarca Carlomagno ya
conocía que la mayor amenaza para el reinado de San Pedro y la Ciudad de Roma
era el vecino rey lombardo, Desiderio (Didier), su antiguo suegro, quien nunca
perdonaría el insulto y la deshonra infligida cuando tuvo de regreso a su hija
«la Deseada» en su corte, en Pavía, y la declaración de persona «non grata» a
sus nietos y a su otra hija Gesberga, la viuda de su hermano Carlomán.
A partir de ese momento, los dominios de la Santa
Sede serían los primeros en sentir la cólera lombarda pues el Papa, en un
inicio, se había opuesto a la unión matrimonial entre el rey franco, Carlomagno
y la princesa lombarda, «la Deseada». Y Desiderio tenía muy buena memoria;
entre sus características personales estaba, además, el resentimiento.
El monarca lombardo había intimado al sumo
pontífice Adriano I para que coronara y reconociera como reyes francos a los
hijos de Carlomán, Pipino y Siagrio, pretensión a la que se negó a acceder el
prelado, y todo ello colmó la paciencia del soberano. Por ello, los territorios
eclesiales fueron invadidos y el Papa se vio obligado a pedirle auxilio a
Carlomagno para sacarse de encima a las huestes de Lombardía.
El rey franco Carlomagno, en sus inicios, intentó
mediar y evitar la guerra. De ahí que advirtiera por dos veces a Desiderio que
devolviera las ciudades y las villas de que se había apoderado, pero ante la
negativa de este a evacuarlas, organizó una fuerte expedición junto a su tío el
duque Einhard, con la que cruzó los Alpes, desde Ginebra, por el Montcenis y
por el San Bernardo (773).
Desiderio, que sabía de la superioridad bélica de
Carlomagno se encerró en la amurallada capital de Pavía, mientras su
primogénito Adalgiso se atrincheró en Verona, junto con su hermana Gesberga e
hijos.
Durante casi un año estuvieron disputando los
territorios y se mantuvo el sitio a las ciudades de Lombardía, hasta que en
junio de 774 ya no había nada que hacer y los francos terminaron por expulsar a
los lombardos. Desiderio fue conminado a rendirse sin condiciones. Apunta en
uno de sus artículos el cronista español Rafael Conde Delgado de Molina:
Carlomagno no se reduce, como había hecho su padre,
a pedir seguridades y firmar pactos: desmonta la monarquía lombarda y a partir
del 5 de junio del 774 ordena encabezar las actas oficiales con un doble
título: rex Francorum et Longobardorum. Desde este momento, Carlos es dueño de
Italia.
Cuentan los historiadores que Adalgiso se vio
compelido a escapar disfrazado a Constantinopla (la corte bizantina) para
evitar su muerte, y que el rey lombardo Desiderio fue forzado a abrir las
puertas de su fortificada ciudad, y fue enviado junto al resto de su familia a
la abadía de Corbie hasta su fallecimiento.
Carlomagno asume entonces el título de Rey de los
Lombardos y es honrado con la pesada corona de hierro de los vencidos, que se
decía había sido construido con un clavo de la cruz de Jesucristo. Fue la
primera vez que un rey germánico adoptaba el título de un dominio que él había
conquistado.
Nuestro héroe convierte a la Italia Franca en una
especie de virreinato, un territorio anexado, y se lo entrega en derecho, a su
primogénito Pipino el Jorobado, que tenía a la sazón cuatro años.
Adriano I. Debió recurrir al apoyo de Carlomagno para enfrentar a Desiderio.
Se ratifica además la autoridad del Papa Adriano I
en el centro de Italia y son ligados los destinos del ducado de Benevento al
Estado Carolingio. El Papa conseguía recuperar las tierras que luego formarán
los Estados Pontificios, pero los peligros proseguían en el sur de la península
Itálica, en poder bizantino.
Hay que considerar que pese a todos los compromisos
y los pactos realizados con el soberano pontífice, Carlomagno se siente ya
heredero de las pretensiones lombardas y ambiciona tener en sus manos la
unificación de toda Italia. Al Papa no le queda otro camino que someterse. Como
han expresado muchos especialistas como el historiador francés, Louis Halphen
(1880-1950), profesor de la Universidad de París y autor de los textosEl
esplendor de Europa (1932) y Carlomagno y el Imperio
Carolingio (1947), donde dice:
Roma y todo el estado pontificio no son ya más, en
algunos aspectos, que una prolongación de aquella Italia que el nuevo rey de
Pavía se esforzaba en rehacer. Sus intervenciones se hacen allí cada vez más
numerosas y más indiscretas: no solo circulaban sin cesar por los territorios
pontificios sus agentes, no solo los súbditos del Papa pueden ser convocados
ante él o sus representantes, sino que interviene en muchos otros asuntos que,
en principio, escapaban a su competencia.
Es preciso hacer notar que durante su largo
reinado, Carlomagno no depuso casi nunca las armas. En esa etapa se suman no
menos de cuarenta y tres expediciones militares, conducidas por él en persona o
por sus lugartenientes, una vez que Carlos decidiera dejar los campos de
batalla por el cansancio de la edad. De todas las guerras, la primera que hizo
fue la de Aquitania, contienda que dejó inconclusa su padre al morir. Aunque no
recibió el auxilio de su hermano Carlomán, nuestro héroe terminó expulsando (en
769) a Hunoldo, quien se vio obligado a dirigirse a territorio vascón y luego
fue entregado por el duque de ese dominio, que terminó por someter su reino a
la autoridad del monarca franco, una vez bautizado con los santos sacramentos.
§. Con Roma y contra los sajones
Durante aquella primavera del año 774, Carlos dejó
su ejército en el sitio de Pavía, después de la derrota lombarda, y marchó a
Roma para celebrar la fiesta de Pascua. Allí fue recibido como un salvador,
pues nuestro emperador franco reafirmaba las promesas de su desaparecido padre,
Pipino el Breve, de proteger las tierras papales.
La historia relata que esa primera visita de Carlos
a la «Ciudad Eterna» fue preparada con mucho rigor para darle todos los honores
posibles, a semejanza de los triunfos que se celebraban en la Roma de los
césares. Las crónicas narran que a casi cincuenta kilómetros del perímetro de
la urbe fue recibido por los jueces; la milicia puso a sus pies el estandarte
de Roma y fue aclamado con vítores de emperador. Carlomagno se inclinó y besó
el umbral de los Apóstoles. Luego estuvo durante casi siete días dialogando con
el sucesor de Pedro y prometió la gloria de Dios y la exaltación de la Santa
Iglesia Cristiana, tarea que desempeñaría durante toda su existencia, que a
partir de este instante se convertiría en una larga guerra.
En esa ceremonia, su hijo Carlomán, que contaba a
la sazón con tres años, fue bautizado por el Papa, con el nombre de Pipino, y
tanto él como su hermano Luis fueron consagrados como reyes; el primero de
Italia y el segundo de Aquitania.
Desde entonces, la vida de Carlomagno estaría llena
de una serie de extraordinarias acometidas, a ritmo de marcha rápida, de
extremo a extremo, en un continente surcado por montañas, bosques, pantanos y
caminos intrincados. Se llegó a decir que nuestro guerrero dormitaba más a lomo
de caballo que bajo una manta que le cubriera el frío, o sobre un tibio
cobertor en sus aposentos, en el regazo de su esposa.
Después de finalizada esta contienda se reemprendió
la de los sajones, que había quedado interrumpida y sumó dieciocho campañas.
Ninguna otra fue más larga, atroz y costosa para el pueblo franco, puesto que
estas tribus, como casi todas las que estaban asentadas en Germania, eran
feroces por temperamento. Dicha guerra tuvo una duración de casi treinta y tres
años; los sajones eran un pueblo germánico hostil al cristianismo, que ocupaban
el territorio situado entre el Elba y el mar del Norte, y protagonizaban
múltiples enfrentamientos en los límites fronterizos. Ellos consideraban a la
Iglesia y a su doctrina como un elemento de penetración franca, al que se
oponían, lo que provocaba encarnizados combates.
Estas contiendas con espadas, dagas y lanzas
también revelaban que los sajones eran remisos a cumplir sus tratados y las
rendiciones que firmaban, pues no eran muy dados a honrar con su palabra. Su
accionar de saqueo y arrase de las tierras tenía como escenario Turingia, Hesse
y las provincias renanas.
Las campañas del rey franco para acabar con el
pillaje de los sajones y obligarlos a comulgar con la fe cristiana se
prolongaron desde el año 772 hasta el 804. En el 786, Carlos domina ya casi
toda la Sajonia, y entre el 798 y el año 804 logra someter a los lugareños de
Norbalbingia y Wihmode.
Los sajones eran un pueblo germánico que incluía
las tribus westfalianas, ubicadas al Oeste; ostfalianas, al Este; angrianas, en
el Centro, y nordalbingianas y wihmodianos, situadas a orillas del río Elba
inferior, la guerra contra ellos daba la alternativa del bautismo o la muerte,
y concluyó en el año 804. En su transcurso, diez mil sajones fueron deportados
por considerar que practicaban cultos maléficos y se oponían a la religión
católica, mientras que los restantes serían acogidos a la fe cristiana y forzados
a guardar fidelidad al rey franco bajo juramento, con el fin de formar un solo
pueblo.
Una representación imaginaria de Carlomagno en el campo de batalla. (Pintura
conservada en la Biblioteca Nacional de París).
A partir de allí, puede considerarse resuelto el
problema sajón para el Imperio Franco. Entonces las fronteras orientales del
reino llegaban hasta la desembocadura del río Elba.
Como registran algunos historiadores, hay que tener
en cuenta que en ese período, exaltar y defender la Iglesia no comprometía
solamente glorificarla y protegerla contra los que detentaban doctrinas
consideradas impías con medidas legislativas o administrativas. Era más bien
defenderla con las armas de las incursiones de los paganos y la devastación de
los que le eran desleales. Como le confesaba en una de sus tantas misivas
Carlomagno a su amigo y protegido, Alcuino de York, al hablarle de su rol histórico:
… espero, con la ayuda de Dios, que el pueblo
cristiano lleve a todas partes la victoria sobre los enemigos de su santo
nombre, y el nombre de Nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en el mundo
entero.
Era, sin lugar a dudas, extender la guerra para
salvaguardar la cristiandad y ensanchar los dominios de la Iglesia más allá de
sus fronteras territoriales, lo que en el fondo tenía un cierto sabor a
intemperancia, conquista y usurpación por la fuerza de los más poderosos contra
los más débiles y atrasados culturalmente.
Las posteriores empresas bélicas, dirigidas contra
sajones y avaros, fueron impulsadas para garantizar la seguridad de los
dominios eclesiales «contra las naciones limítrofes establecidas en fronteras
mal definidas». Dichas contiendas siempre estuvieron avaladas por los Papas
(tanto Pablo I como Esteban II), que no dudaron en augurarle a Carlomagno que…
… el ángel del poder guerrero prosternaría a todos
los adversarios a sus pies y que Dios les agraciaría el triunfo sobre todas las
naciones.
§. La violencia nuestra de cada día
Detrás de esa cartografía religiosa en expansión,
de esas creencias, se parapetaría la concepción del poder de Carlomagno, una
especie de legitimación ante los ojos de Dios y del pueblo cristiano. Y por
ello, el rey franco puso toda su energía, fidelidad, vigor, una lógica cruel e
implacable y hasta una rigidez excesiva al servicio de esta causa, que lo llevó
a momentos de impiedad en los que pasó de querer defender la religión, con
incursiones militares y combates encarnizados bien planificados y efectivos, a
momentos en que ya nada humano importaba, donde la imposición a hierro y fuego
sería el pan «suyo» de cada día.
Ello apuntan algunos historiadores que juzgan
negativamente en la actualidad su postura y las tácticas utilizadas para
conseguir sus propósitos, como el historiador francés Jean Bachelot, en su
artículo, titulado Carlomagno:
Carlomagno ve en los vencidos a los hombres que
regenerados con el agua del bautismo, entrarán en el seno de nuestra Madre
Iglesia. Creyendo castigar, con las leyes divinas y mandatos de la fe, comete,
bajo una apariencia legal y autorizada, actos de fría crueldad.
Efectivamente, así acaeció cuando el principal
caudillo sajón westfalio Witikind (llamado en algunos textos como Widuking),
que había escapado de Dinamarca para no ser bautizado y tener que jurar
fidelidad al emperador, al saber que Carlomagno estaba en España, en el año
777, aprovechó la ocasión para sublevarse una vez más, devastando el país y
quemando las Iglesias. Fue entonces obligado por el monarca franco a replegarse
más allá del Elba. Los rebeldes sajones se vuelven a levantar y toman las
alturas de Süntel aniquilando, en el año 782, a un fuerte ejército franco, lo
que desata la furia del emperador.
Carlomagno en persona e inmediatamente, al frente
de nuevas tropas francas decide vengar el desastre militar mandando degollar en
un solo día a 4500 sajones en Verden, población enclavada a orillas del río
Aller.
Este trágico incidente pasó a la historia como la
«Matanza de Verden» (783), pero es preciso clarificar que quienes fueron
pasados por las armas no eran prisioneros de guerra, como consta en muchos
libros históricos, sino que eran los cabecillas e integrantes de varios grupos
sajones en rebelión, lo que no le quita al hecho connotaciones brutales.
Dicho de manera tan descriptiva, esta anécdota
parecería la obra de un demente, de un sacrílego demonio, pero sin el ánimo de
excusar tamaña crueldad, hay que valorar al hombre en tiempo y espacio, y la
violencia en el contexto de la Edad Media. Dentro de la tradición
judeocristiana, esta era coyuntural, inherente a la existencia, a la ley del
más fuerte, propia de la irracionalidad de personas que no estaban educadas en
el derecho a la vida, que es una conquista contemporánea (aún vulnerada por los
más fuertes).
Aquella gran matanza aviva una sublevación general
de los sajones, quienes después de una lucha de casi tres años son reducidos y
obligados a la obediencia. Entre ellos está el héroe popular Witikind, quien es
obligado a bautizarse en Attigny (con Carlos como padrino) y a declararse
vasallo del emperador, lo que pone fin a los alzamientos de esas tribus.
Desde ese momento fueron continuos, casi un ritual
sistemático, los bautizos entre sajones y se crean los obispados de
Halberstadt, Minden, Detmold, Verden, Osnabrûck, entre otros, y los monasterios
de Korvei y Herford, convertidos en una especie de distritos misioneros.
El rey franco perfila un régimen de terror en las
tierras conquistadas en la Sajonia y dicta una Capitular para imponer la
civilización franca y la religión cristiana, que incluye la pena de muerte para
el que viole las iglesias; el que no realice el ayuno y abstinencia en la
Cuaresma; el que mate a un clérigo, obispo, sacerdote o diácono; el que acuda
al rito de la cremación de sus muertos según el código pagano, entre otras
medidas. En dicho documento, además, se consigna que…
… si en el futuro alguien perteneciente a la nación
sajona queda sin el bautismo, se esconde o lo rechaza queriendo permanecer
pagano, que sea castigado con la muerte […] si alguno conspira con los paganos
en contra de los cristianos y persiste en ser su enemigo, que sea castigado con
la muerte […] aquel que sea reconocido culpable de infidelidad al rey, será
castigado con la misma pena.
Sin dudas, Carlomagno buscaba con estas leyes, junto con el pago del diezmo por
parte de los sajones, tal como los francos lo hacían ya para apoyar a la
Iglesia, una sumisión pasiva a sus dominios y poderes y hasta llegó a prohibir
las reuniones y asambleas populares, con excepción de aquellas convocadas por
los condes francos. De esta forma quedaba impuesto el mandato del vencedor.
Este régimen de terror se mantendrá un tiempo hasta el estallido de una gran
revuelta, que vuelve a ser sofocada con la mano dura propia ya del accionar de
Carlos. Pero en esta oportunidad desecha los castigos corporales y los actos
encarnizados en masa, y negocia con los jefes sajones. El territorio es
entregado a la administración franca y anexado a los otros del mismo reino;
multas y acuerdos suplantan la amenaza constante de la pena capital.
Otro de sus métodos para lograr la sumisión sajona
(sobre todo en la zona norte) incluyó, el obligar a la población rebelde a
emigrar del suelo natal, y el traslado, en pequeños grupos, al interior de los
territorios francos o junto a aldeas de reconocida fidelidad al rey y la
cristiandad, cercanas a grupos de monjes y clérigos que asegurarían el cambio
de fe, la conversión pasiva.
Todas estas normas eran fiscalizadas en persona por
Carlos, muy resuelto siempre a castigar a quienes no acatasen sus órdenes; las
tropas francas recorrían las regiones menos dóciles y arrastraban consigo a sus
habitantes, sobre todo a viejos, mujeres y niños, quienes viajaban como rebaños
hacia tierras lejanas, previamente asignadas, o quedaban diseminados entre la
población franca. La ley del «divide y vencerás» y la tenacidad del rey Carlos
le rindieron sus frutos. Eginardo dirá, entonces, tibiamente … que
unidos a los francos, los sajones formaban ahora con ellos un solo pueblo .
Este es uno de los sucesos más durables del reino
de Carlomagno (hecho que todavía está en discusión si estuvo o no entre sus
previsiones y propósitos): la conversión al cristianismo de la Sajonia,
acontecimiento que posibilita cimentar las bases para la constitución, en el
siglo X, de la nación de Germania.
§. La sociedad
Los aldeanos en esa época tenían una existencia
hostil; subsistían con la violencia diaria: la de las invasiones, quema de las
casas y aldeas, matanzas campesinas y, violaciones. La gente no estaba
ilustrada, no sabía manejarse intelectualmente; los germánicos eran pueblos
atrasados, sujetos a estereotipos bárbaros. De hecho, los pobres se
maravillaban cuando escuchaban hablar a los nobles, que eran como encantadores
de serpientes por su manejo de un léxico amplio.
Odín sobre su caballo. Bloque de piedra del siglo VIII. Dios del cielo y
protector de la cultura y los poetas. A él adoraba Witikind, y no al Dios de
Carlomagno.
Hay que destacar, además, la presencia de una
crueldad ordinaria hasta en las relaciones cotidianas y familiares, la
violencia del rapto o el matrimonio forzado, de los envenenamientos por
conveniencia económica o política, un escenario donde la mujer era una mera
pieza de uso, coleccionable, descartable, sin mayor valor humano para los
códigos y el imaginario social del Medioevo que no fuera la de propiciar la
perpetuidad de la especie. Y como se sabe, los imaginarios sociales producen
valores, apreciaciones, instauran gustos, ideales y legitiman conductas entre
las personas que conforman una cultura.
Se cuenta que en ese momento, la sociedad medieval
optaba por recluirse dentro de los castillos feudales para evitar el ataque de
las llamados baguadas, bandidos que robaban cosechas y saqueaban aldeas enteras
con el ánimo de lucrarse con el botín. Si caían en poder de las tropas reales,
estos malvivientes eran condenados a la muerte o a la esclavitud, pero su
presencia angustiaba e inquietaba a la sociedad franca de la época. No por
casualidad, los salios impusieron fuertes multas a los causantes de estos incidentes
y obligaban a pagar altas indemnizaciones a los familiares de muertos y
heridos.
La religión intentaba explicar estas desalmadas
prácticas aduciendo que dichos seres humanos se habían apartado de los
preceptos de la cristiandad optando por la vida licenciosa, y llamaba a buscar
refugio en el signo de la cruz pintada en el dintel de las casas o en las
reliquias de algún santo o mártir; era un marco propicio para realizar el
proselitismo cristiano y promover el bautismo.
La ley salia llegó a establecer castigos monetarios
para los puñetazos, las manos arrancadas, los ojos saltados, el pie cortado o
la oreja cercenada que eran cien sueldos de multas, por ejemplo, cifra que se
rebajaba si el miembro aún colgaba. Todo este código de violencia y crueldad,
admitido en el imaginario social de la época, hacía que creciera la venganza
como un lenguaje del honor y un «modus vivendi», que ya a ningún mortal
escandalizaba.
Sin dudas, las huellas de lo social van dejando su
impronta en la personalidad de ese período. Los discursos religiosos comienzan
a ser eficaces e instauran sus propias reglas, sus propios «rituales de las
circunstancias», que lo hacen efectivo y duradero en el tiempo; se convierten,
en lo que los sociólogos denominan «parámetros epocales».
Los arqueólogos han advertido, en excavaciones y
enterramientos de esas centurias, que existían diferentes costumbres entre los
variados pueblos europeos en relación con los cementerios. Si los germanos
desarrollaron cementerios rurales, situados en la vertiente sur de una colina o
en las cercanías de una fuente, colocando a los muertos en hilera, los francos
enterraban sus cadáveres desnudos, rodeando la fosa con piedras como si se
tratara de un sarcófago. Los niños se sepultaban en grupo cerca de sus padres y
los muertos eran llevados en parihuelas desde la aldea, con los ojos cubiertos.
Luego del entierro, sus familiares celebraban banquetes funerarios, alrededor
de la tumba.
También se sabe que los muertos, que se contaban
por centenares en las zonas de guerra, eran sepultados con sus joyas, armas y
demás pertenencias y para protegerlos, sobre todo a los personajes más
importantes y según la cultura cristiana, se usaba colocarlos en el piso
cercano al atrio de la Iglesia, para evitar los saqueos de los vivos, práctica
bastante corriente.
§. Con la tierra no alcanza
Las miras expansionistas de Carlos no se van a
circunscribir a la península Itálica o al territorio ocupado por los sajones.
Sus aspiraciones de territorios siguen «in crescendo», y en adelante
fijará su atención en la península ibérica, en manos de los musulmanes.
Según palabras de Eginardo:
Mientras se combatía asiduamente y sin parar contra
los sajones, marchó a Hispania con todas las fuerzas disponibles; y salvados
los Pirineos, recibida la sumisión de las fortalezas y castillos que encontró,
regresó con el ejército incólume, con la particularidad de que en la misma cima
de los Pirineos, en el retorno, tuvo la ocasión de experimentar un poco la
perfidia de los «wascones». Puesto que cuando el ejército marchaba extendido en
larga fila, tal y como lo exigían las angosturas del lugar, los «wascones»
emboscados en el vértice de la montaña […] descolgándose de lo alto empujaron
al barranco al bagaje que cerraba la marcha y a las tropas que, yendo en
retaguardia, cubrían la marcha de las precedentes, y entablada la batalla con
los nuestros, mataron hasta el último hombre.
El secretario de Carlomagno contará, además, que en
esta victoria de los montañeses vascones, ocurrida el 15 de agosto de 778,
ayudaría no solo la ligereza de su armamento y el factor sorpresa, sino también
la geografía y los accidentes del relieve del lugar, conocido como el
desfiladero de Roncesvalles. Las cumbres escarpadas, la oscuridad de la noche,
las colinas que concluían en precipicios, los caminos intransitables, los vados
y cruces en pendientes, contribuyeron tanto como el lodo. Mientras los francos
tenían un armamento pesado y se encontraban en los sumideros, en los sitios más
bajos, cuando fueron emboscados, las bandas vasconas, posiblemente apoyadas por
los musulmanes, atacaron rápidamente y se dispersaron con la misma prontitud,
sin dejar tan siquiera rastros de su posible paradero.
En ese revés militar de los francos perecieron el
senescal Egiardo, Anselmo, el conde de palacio y Roldán, prefecto de la Gran
Bretaña, entre otros. Ese episodio daría materia literaria al memorable cantar
de gesta, y una de las más famosas epopeyas francesas del medioevo,
titulada: La chanson de Roland, que será motivo de análisis en uno
de los capítulos de este libro.
Sobre dicho suceso relatan, con fidelidad y pesar,
los Annales Regni Francorum:
… el rey, cediendo a los consejos del Sarraceno
Ibn-al-Arabi, y llevado por el deseo fundado de hacerse con algunas ciudades de
España, reunió sus tropas y se puso en marcha. Atravesó el país de los vascones
por la cima de los Pirineos, atacó primero Pamplona en Navarra, y recibió la
sumisión de esa ciudad. Enseguida cruzó el Ebro vadeándolo, se aproximó a
Zaragoza, que es la principal ciudad de esta comarca, y después de haber
recibido de Ibn-al-Arabi, de Abithener y de otros jefes sarracenos los rehenes
que le ofrecieron, volvió a Pamplona. Para poner a esta ciudad en la
imposibilidad de rebelarse, le rebajó las murallas, y, resuelto a volver a sus
dominios, penetró en las gargantas de los Pirineos. Los vascones, que se habían
colocado en emboscada sobre el punto más elevado de la montaña, atacaron la
retaguardia y sembraron la mayor confusión en todo el ejército. Los francos,
aun teniendo sobre los vascones la superioridad de las armas y del valor,
fueron derrotados a causa de lo desventajoso del lugar y del género de combate
que fueron obligados a sostener. La mayor parte de los oficiales de palacio, a
quienes el rey había dado el comando de sus tropas, perecieron en esta acción;
el equipaje fue objeto del pillaje, y el enemigo, favorecido por el conocimiento
que tenía de los lugares, se dispersó rápidamente. Este cruel revés casi borró
completamente en la corte del rey Carlos la alegría de los éxitos que había
obtenido en España.
Paisaje de Roncesvalles. La batalla de Roncesvalles significó la primera
derrota de las fuerzas de Carlomagno. Allí Murió Roldán.
Hay que recordar que en el año 778, cuando Carlos
cruza los Pirineos y recorre el valle del Ebro, se está viviendo en esa región
un clima político adverso a la conducción del emirato omeya de Córdoba; los
árabes apremian de un modo inquietante. Carlos queda seducido con la idea de ir
en ayuda de los cristianos de España, que estaban bajo la dominación musulmana.
Ya en el año 777 habían ido a Paderborn tres emires
moros, enemigos del omeya Abderrahmán, el califa de Córdoba. Estos emires le
rindieron homenaje a Carlos y le propusieron que invadiera el norte de España.
Incluso uno de ellos, Ibn-al-Arabi, prometió reforzar a los invasores con una
fuerza de bereberes de África; los otros dos se comprometieron a ejercer su
gran influencia en Barcelona y en otros lugares del norte del Ebro.
Debido a ello, Carlos, en la primavera de 778, con
una fuerza de cruzados que hablaban muchas lenguas, se movió hacia los Pirineos
y su lugarteniente y hombre de confianza, el duque Bernardo, ingresó con una
división a España por la zona costera. Carlos marchó por los pasos montañosos a
Pamplona, que cayó en manos del monarca franco. Lo mismo sucedió con las
ciudades ubicadas en el camino de Aragón, pero delante de Zaragoza sobrevino el
fracaso.
La empresa urdida sobre la base de la complicidad
de un poderoso partido musulmán, en contubernio con la intervención cristiana,
resulta un fracaso. Al final, el jefe zaragozano rompe su compromiso con
Carlomagno y se niega a abrirle las puertas de la ciudad, por lo que el jefe
germano debe retirarse a atender otras fronteras más amenazadas. Es oportuno
advertir que algunos textos históricos ponen en duda el paso del monarca franco
por estas tierras e intentan desmentir cualquier versión sobre estos episodios
bélicos.
Pero habría, entonces, que explicar por qué, si
esta empresa no ocurrió nunca y forma parte del mito que envuelve la figura de
esta suerte de caballero andante, que lucha con valentía en pos del
cristianismo, aún se conserva en el enclave navarro de Roncesvalles un edificio
conocido como el «Silo de Carlomagno», donde la tradición cuenta que están
enterrados los muertos germanos de esa batalla, convertida en célebre derrota
del rey franco.
Con posterioridad, los francos organizaron seis
expediciones con resultados satisfactorios: Carlos logró fundar dos Marcas
Hispánicas o provincias fronterizas: la de Barcelona y la de Gerona, donde
empieza desarrollando una política de atracción de los cristianos sometidos al
Islam. Cuando la situación está madura reaparece el forcejeo armado, que se
traduce en la conquista definitiva. Esas Marcas, meramente defensivas, van de
Cataluña a Navarra.
En el año 795, Carlos retorna y las hostilidades
continúan hasta el 812, año en que se estipula la paz con el emirato de
Córdoba. Y aunque la expansión franca no puede llegar al Elba, se afianza sobre
la vertiente meridional de los Pirineos una amplia faja de territorio que se
desplegaba desde Barcelona hasta el Golfo de Gascuña, abrazando Navarra,
convertida en protectorado franco.
Gracias a la Marca de España y de Navarra, un
macizo parapeto se opone a la presión de los musulmanes, los cuales, de esta
manera, no pueden golpear a Europa más que con la piratería. Cataluña y Navarra
se convierten en los límites de dos Estados medievales.
§. Pasos hacia el gran imperio
Estando las cosas de esta manera (779), las
conquistas de Italia y de Sajonia eran, hasta el momento, las grandes empresas
efectuadas por Carlomagno en el exterior. Entonces, ya porque quisiera tomar
medidas preventivas frente a sus vecinos peligrosos (árabes, ávaros, eslavos) o
porque abrigaba pretensiones de colocar bajo sus dominios, también, a
provincias fronterizas (Bretaña y Baviera), emprende una serie de nuevas
campañas para seguir construyendo poder, a lo largo de la curva de las recién
estrenadas fronteras de su Estado franco.
También los anales palatinos darán cuenta de esas
campañas y registrarán, cautelosamente en algunas oportunidades, sus
desenlaces; la península armoricana, al Oeste de la Galia, será el siguiente
punto que Carlos reducirá a su potestad, teniendo en cuenta la cronología. Los
merovingios habían intentado infructuosamente someterla a tributo, conquistando
tan solo momentáneos logros. Para conquistar estas tribus, procedentes de
Inglaterra y que huían de los anglosajones, la expedición franca crea la Marca británica,
puesta bajo la égida de uno de los condes que mejor conocía dicho reino, lo que
pareció suprimir la posibilidad de nuevas sorpresas bélicas y sentó las bases
de lo que posteriormente sería «una penetración metódica del interior del
territorio bretón». Sobre el tema, el documento real ya citado afirma:
Pareció que la provincia estuviese enteramente
sometida; y lo hubiera estado si la inconstancia de aquel pueblo pérfido no lo
hubiese incitado, según su costumbre, a un brusco cambio.
Los pueblos bretones de esta zona se doblegaron en
el año 786, aunque su carácter rebelde llevó a originar nuevas expediciones
francas en los años 799 y 811. El sometimiento del ducado de Benevento, en el
sur Itálico, y al noroeste de Nápoles, será su inmediato trofeo de guerra. El
duque Aragiso, consciente de los planes del emperador franco y para evitar
derramamientos de sangre de su pueblo, entregó a sus dos vástagos como rehenes
a la causa de la evangelización, y juró fidelidad al cristianismo. Carlos acepta
las ofertas del duque y después de recibir sus juramentos, se retira a sus
dominios francos. En el año 787 se completa la conquista de la Lombardía con la
sumisión del ducado de Benevento.
A pesar de la brusquedad y la tozudez que
caracterizó a Carlos, a lo largo de su vida como emperador, Baviera, nación de
antiguos asentamientos, desde largo tiempo cristiana, celosa de su
independencia y muy apegada a su veleidosa casa ducal, representada por el
duque Tasilón, corrió mejor suerte y recibió hasta un trato condescendiente,
que muchos historiadores califican de excepcional. Con este país, Carlos
mantuvo prudentes negociaciones y mucha paciencia, característica contraria a
su estilo de mando y a su personalidad inquieta y arrolladora.
Tasilón jura fidelidad a Carlos, pero reincide en
la mentira, pues, anteriormente, había pactado con los eslavos, y después con
los ávaros. Carlos no soporta tamaña traición y mucho menos era partidario de
movimientos separatistas de elementos no francos dentro del reino, y dirige sus
tropas contra Baviera. El duque se ve descubierto y suplica clemencia al rey
franco, que lo condena a prisión perpetua en el monasterio de Jumiéges. A
partir de ese momento, Carlomagno se preocupa por no herir el decoro de los
bávaros y aún después de la incorporación al Estado franco, Baviera pudo
conservar su autonomía. Nuestro rey queda para la historia como el continuador
del abolido poder ducal.
Muy distinta y hasta audaz fue la estrategia
llevada adelante contra el pueblo ávaro.
El plan franco, realmente adelantado para la época,
consistía en el empleo conjunto de varios cuerpos de ejército que avanzarían
sobre la frontera ávara concurrentemente y en simultáneo, desde disímiles
direcciones, con la intención de desbordar y quebrar sus defensas estáticas y
destruir todas las posiciones fortificadas del enemigo.
Los ávaros eran pueblos de tribus eslavas,
procedentes de las estepas asiáticas, que tenían sus asientos territoriales en
el centro del valle del Danubio, en fronteras inciertas. Habían construido un
imperio a lo largo del Danubio medio, desde donde su caballería jaqueaba a los
pueblos del Báltico al Peloponeso. Sus bienes y supervivencia eran obtenidos a
través del robo, eran depredadores profesionales y el producto de sus saqueos
lo reunían en un cuartel general, un gran recinto circular fortificado. Hacía
ya mucho tiempo que los ávaros habían confiado la protección de sus territorios
fronterizos a una serie de fortalezas estratégicamente situadas, denominadas
con el vocablo germánico ring o círculo, que cerraban el paso
a la llanura panonia. Su ring estaba emplazado, al parecer, a
fines del siglo VIII, entre el Tiza y el Danubio.
Santiago carga contra los musulmanes en la batalla de Clavijo, de Casado de
Alisal. Al igual que Santiago, Carlomagno emprendió la tarea de expulsar a los
musulmanes.
Entre los años 787 y 796, los ataques y las
campañas francas se prolongan permanentemente contra los dominios ávaros,
algunas con éxito. Otras terminan en fracaso debido a enfermedades en las
tropas, falta de alimentos, desánimo y hasta carencia de forrajes para los
animales, que integraban las caballerías. Una a una las incursiones se fueron
sucediendo, en el escenario de la actual Hungría, y en ellas, Carlos intentó no
cometer los mismos errores logísticos que en las operaciones anteriores. Su
hijo, Pepino, y un grupo de miembros de la nobleza franca, recibieron la
confianza del monarca para dirigir la larga contienda, que tenía entre sus
propósitos apoderarse de las riquezas de los ávaros.
La conquista del famoso tesoro de los ávaros (796),
procedente de los saqueos que éstos habían acumulado durante dos siglos, fue
narrada por Eginardo de esta manera:
… del número de batallas que se libraron y de la
cantidad de sangre que se derramó en esta guerra dan testimonio Panonia,
completamente despoblada, y el lugar en donde estaba emplazado el palacio del
Kan, hoy tan desierto que ni siquiera queda vestigio alguno de que se hubiera
vivido allí. En esta guerra pereció toda la nobleza una (ávara), su gloria
decayó completamente; todo el dinero y tesoros que había amontonado durante
largo tiempo les fueron arrebatados. No se tiene memoria de ninguna otra guerra
en que los francos se enriquecieran tanto y obtuvieran tamaña fortuna. Estos,
que hasta entonces podían considerarse prácticamente pobres, hallaron en el
palacio tanto oro y tanta plata y conquistaron en las batallas tan magníficos
botines que con razón se puede creer que los francos arrebataron en justicia a
los hunos lo que los hunos injustamente habían arrebatado antes a otros
pueblos.
Dicha victoria permitió a Carlomagno resolver
inmediatos problemas financieros, ampliar y enriquecer el Estado.
Por su parte, el emperador de Bizancio, Flavio
Mauricio Tiberio (539-602), en su tratado de arte militar intitulado: Strategikon ya
hace un cuidadoso retrato de los pueblos ávaros y los define como pícaros,
taimados y muy experimentados en las cuestiones militares:
Sus naciones tienen una forma monárquica de
gobierno, y sus gobernantes los someten a crueles castigos por sus errores.
Gobernados por miedo y no por amor, soportan fielmente rudos trabajos y
labores. Resisten calor y frío y la carencia de muchas necesidades, dado que
son nómadas. Son muy supersticiosos, traicioneros, sucios, pérfidos y poseídos
por un insaciable deseo de riquezas. Desprecian sus juramentos, no respetan
pactos y no se contentan con obsequios. Aún antes de aceptar el obsequio, hacen
planes para traicionar y engañar con quienes acuerdan. Son muy inteligentes
para estimar las mejores oportunidades para hacer esto y sacar inmediatas
ventajas. Prefieren prevalecer sobre sus enemigos no tanto por la fuerza como
por el engaño o la mentira, ataques por sorpresa y corte de suministros.
Explica Mauricio que los ávaros asistían a sus
actos de pillaje armados con mallas, espadas, arcos y lanzas. Eran capaces de
atacar doblemente con lanzas que arrojan por sobre sus hombres y sostener en
sus manos un arco, que usaban según los requerimientos de las circunstancias.
No solo usaban armaduras, sino que los caballos de sus hombres importantes
tenían cubierta su frente con hierro y fieltro. Sus hordas prestaban especial
interés al entrenamiento del tiro con arco sobre caballo. Se hacían seguir de una
gran manada de caballos y yeguas con el fin de dar la impresión de un gran
ejército y no acampaban en trincheras, como hacían los romanos y los persas,
sino que se distribuían dislocadamente en sus tribus y clanes, manteniendo sus
caballerías prestas a formar la línea de batalla, acto que solían realizar al
amparo de la noche. Durante sus acampes siempre utilizaban centinelas a cierta
distancia para impedir ser tomados por sorpresa.
En combate [sigue apuntando Mauricio en su obra,
escrita en doce libros, basados en su experiencia militar y considerada como
una de las piezas bibliográficas cruciales sobre armas combinadas, anterior a
la Segunda Guerra Mundial] no hacen como los romanos y los persas, de formar su
línea de batalla en tres partes, sino que se colocan en varias unidades de
número irregular, todos formados muy juntos para dar la apariencia de una larga
línea de batalla. Separada de la formación principal, tienen una fuerza adicional
a la que pueden enviar para emboscar a un enemigo descuidado o mantener en
reserva para ayudar a alguna sección que esté soportando mucha presión.
Prefieren las batallas de largo aliento, las emboscadas, rodear a sus
adversarios, simulando retiradas y retornos repentinos y formaciones en forma
de cuña, esto es en grupos dispersos. Cuando hacen huir a sus enemigos, dejan
todo a un lado y no se conforman, como los persas, los romanos y otros pueblos,
con perseguirlos hasta una distancia razonable, saqueando sus pertenencias,
sino que no los dejan hasta haber obtenido la completa destrucción de los
mismos.
Es una vez conquistado el territorio ávaro en el
796 que Carlos decide convertir Aquisgrán (Aachen, en alemán, considerada por
muchos la «cuna de Europa», por su vocación civilizadora), a un paso de la
frontera con Bélgica y Holanda y su lugar preferido desde la niñez, en la
capital de su Imperio y asienta definitivamente en ella su corte, después de
emplearla como tal desde dos años antes.
Las miras expansionistas continúan y Carlos se
dirige contra los eslavos, ubicados en las fronteras orientales de Sajonia, de
Turingia y de Baviera, luchando contra los welátabos, a los que se aliaron los
sajones. Hay que recordar que estos pueblos del Mar Báltico se rebelaron en
diversas oportunidades y recibieron la respuesta bélica de los francos.
La política de Carlos con los eslavos no fue tanto
la búsqueda de la anexión a su Imperio, sino tenerlos «en estado de sujeción y
posiblemente de control». Los welátabos son reducidos también, en el 789,
cuando un ejército, dirigido personalmente por Carlos, integrado por francos,
sajones, abodritas y frisones, les exige la capitulación y el sometimiento.
El recodo nororiental del reino franco, entre el
Rhin y el Weser, estaba habitado por los frisones o frisios, grupos étnicos de
origen neerlandés, irreductiblemente paganos, que se resistían desde el siglo
VII a la evangelización y no querían ser asimilados. Estos grupos son
derrotados en el año 785, y tras la victoria franca serán sometidos a una lenta
pero exitosa cristianización, labor seguida muy de cerca por los clérigos,
radicados en abadías y monasterios.
Las últimas guerras libradas por Carlomagno fueron
contra los bohemios y checos (805), los linones (808-811), los sorabos (806) y
los daneses (810), pueblo este último, dirigido por su rey Godofredo, que
ambicionaba dominar toda la Germania.
Flavio Mauricio Tiberio, más conocido como Mauricio I, emperador de Bizancio
de 582 a 602, que describiera a los ávaros como arteros.
Como consecuencia de todas estas campañas bélicas,
desplegadas durante los cuarenta y siete años que duró el reinado de Carlos,
sus dominios se duplicaron en relación a lo heredado de su padre, Pipino el
Breve. Sus potestades se extendieron hasta la Península Ibérica y el centro de
Europa, contando con Italia, Germania, Sajonia y la Dacia, estableciendo en el
Danubio la frontera este, o sea, desde la desembocadura del Elba hasta los
Pirineos y desde el Pirineo oriental hasta el sur de Roma.
A partir de este momento, según palabras del
historiador francés Louis Halphen, uno de los grandes especialistas del período
medieval, Carlomagno se convierte en «el árbitro de Occidente».
§. La coronación
Una vez que queda restablecido el antiguo Imperio
Romano de Occidente se dan materialmente las circunstancias para que el 25 de
diciembre del año 800, mientras Carlomagno oraba en la Basílica de los
Apóstoles San Pedro y San Pablo, en Roma, el Papa León III le ciñera la corona
imperial, a semejanza de lo ocurría con los emperadores de Bizancio,
afianzándose la unión entre la Iglesia y el Estado. Ese día tiene lugar el
evento más importante en la vida de Carlos y es a partir de ese instante que se
le comienza a denominar Carolus Magnus (Carlomagno), nombre con el que ha
trascendido a la Historia.
En la víspera del día en que Carlos debía llegar a
la «Ciudad Eterna» (narran las crónicas de la época y los Annales Regni
Francorum), el papa León se hizo acompañar por un grupo de romanos y le
salió al encuentro en Nomentum, a doce millas de esa urbe, recibiéndolo con
mucho respeto y honores:
Comió con él en este sitio y en seguida partió para
precederlo en su llegada a Roma. Al día siguiente le esperó en las gradas de la
basílica de San Pedro Apóstol, mientras los estandartes de la ciudad de Roma
eran enviados al encuentro de Carlomagno, donde grupos de peregrinos, así como
habitantes, se colocaban en sitios convenientemente escogidos para aclamar a
aquel que llegaba. Fue el papa en persona, acompañado del clero y sus obispos,
quien recibió al rey al descender del caballo y en el momento en que este subía
las gradas. Después de haber pronunciado una arenga, lo condujo a la basílica
de San Pedro Apóstol, en medio de los cánticos de toda la asistencia.
Después de estos acontecimientos, el día de la festividad del Nacimiento de
Nuestro Señor Jesucristo, se reunieron todos de nuevo en la susodicha basílica
de San Pedro apóstol. Entonces, sin saberlo nuestro señor Carlos, cuando se
levantaba de la oración que acababa de hacer, antes de la misa, delante de la
confesión de San Pedro, el Vicario de Cristo le impuso una corona sobre la
cabeza. Entonces todos los fieles, viendo la protección tan grande y el amor
que tenía a la Santa Iglesia Romana y a su vicario, unánimemente gritaron en
alta voz, con el beneplácito de Dios y del bienaventurado San Pedro, portero
del Reino Celestial: «¡A Carlomagno, piadoso augusto, por Dios coronado, grande
y pacífico emperador, vida y victoria!». Ante la sagrada confesión del
bienaventurado San Pedro apóstol, invocando la protección de todos los santos,
por tres veces fue pronunciado este grito, y fue proclamado por todos emperador
de los romanos. Inmediatamente después, el santísimo prelado y pontífice ungió
con los santos óleos al rey Carlos, su excelentísimo hijo.
Una vez realizada esta proclamación, el pontífice
se prosternó delante de él y le adoró siguiendo la costumbre establecida de la
época de los antiguos emperadores, y desde entonces, Carlos, dejando el nombre
de Patricio, llevaría el de Emperador y Augusto.
Es conveniente apuntar que antes de dicha
coronación ya se puede considerar a Carlomagno como emperador, pues desde hacía
algún tiempo se atribuía privilegios y facultades que correspondían a ese alto
cargo imperial. Su accionar en Italia y Roma o después de conquistada Lombardía
y el llevar ceñida la corona de hierro de los lombardos, habían ido
acrecentando esta imagen a pasos agigantados. De ahí que uno de los más
prestigiosos medievalistas, el ya citado historiador francés, Louis Halphen,
profesor de la Universidad de París desde 1934 y con una abundante
documentación sobre el imperio carolingio y la figura de Carlomagno, haya dicho
sobre esta etapa:
… hay que declarar que todo sucedió como si Carlos
considerase el imperio como una realización momentánea, llamada a desaparecer
con él mismo.
Aunque muchos estudiosos del tema han teorizado
ingenuamente acerca de que Carlos, en ese momento (otoño del año 800), no tenía
idea acerca de su jerarquía y desconocía su verdadero liderazgo al tener en sus
manos el imperio y el poder político en un solo mando, pensamos que ya nuestro
líder sabía de su influencia dentro de los muros eclesiales, de su poderío
militar y territorial y sobre todo, de la necesidad de realizar una coherente
organización administrativa que le posibilitara reorganizar el imperio y
robustecer aún más sus dominios; él deseaba, codiciaba y esperaba obtener su
título imperial.
Por ello, en el año 814 designó y coronó
personalmente como su sucesor al único hijo que le quedaba, Luis (que pasó a
ser conocido como Luis I el Piadoso o Ludovico Pío, nacido en el año 778 y
muerto en el 840).
Aparte del esplendor de la corona de emperador
romano que llevaba sobre su encanecida y abundante cabellera, como muestran los
grabados de la época, ya sabía que era el guardián de la Iglesia y que su
ámbito de maniobra abarcaba de lo político a lo religioso; de lo militar a lo
judicial; de lo legislativo a lo económico, pues, además, era el dueño de la
cámara, lugar donde se guardaban las joyas y las monedas, consideradas como
propiedad del emperador Carlomagno. Entonces, tenía ya cuantiosas posesiones de
tierras cultivables y numerosos palacios.
Si la consagración imperial hizo en teoría lo que
se daba hace un tiempo de hecho, como han apuntado los historiadores, a partir
de ese instante el rey adquiere el rango del principal gobernante de Occidente,
lo que sumado a la dignidad Patricia de Roma, perteneciente al familia
Carolingia desde lo antiguo…
… lo eleva a la dignidad de supremo protector
temporal de la Cristiandad Occidental y de la Iglesia Romana. Esto [como ha
apuntado el historiador británico, Thomas J. Shahan, en uno de sus estudios] no
solo significó el bienestar del papado, el buen orden, y la paz en el
patrimonio de San Pedro, sino también frente al mundo pagano (las naciones
bárbaras del Norte y el Sudeste), una responsabilidad religiosa, el estímulo y
protección de las misiones, el crecimiento de la cultura cristiana, la
organización de distintas diócesis, la entrada en vigor de una disciplina
cristiana de vida, la mejora del clero; en una palabra todas las formas de
cooperación gubernamental con la Iglesia, las cuales están presentes en la vida
y la legislación de Carlos.
También es cierto que su nombramiento imperial
intentó ponerle coto a la cuasi-anarquía que fomentaban las intrigas y pasiones
locales palaciegas, los intereses y ambiciones de muchas familias poderosas y
las acciones contrarias que promovían los bizantinos, comprometiendo también a
sus hijos en la defensa y protección de la Iglesia romana.
Su título como emperador romano no solo le confiere
el puesto de guardián de la cristiandad, sino que obliga a todos sus vasallos
al juramento de fidelidad a su investidura y poder. Pero Carlos no estaba
conforme aún; necesitaba el reconocimiento, además, de la corte de Bizancio,
del Oriente. Y si hasta el momento el Occidente cristiano había dejado de mirar
hacia Constantinopla, la presencia musulmana en la orilla meridional del
Mediterráneo no podía ser borrada de un plumazo ni ignorarse.
§. La palabra cuando no la esperaba
En cada ribera del antiguo «Mare Nostrum» se alzaba
una concepción disímil de la religión, la vida y los pensamientos; sus
enfrentamientos eran variables, pero existirían siempre, aunque el mar
incomunicara, sobre todo en estos momentos en que las flotas no estaban
desarrolladas. Con el propósito de buscar ese reconocimiento, Carlos manda a
varios obispos y condes, como sus representantes a Constantinopla con el fin de
negociar, intercambiar embajadas y entablar conversaciones, allanando el camino
para lo que sucedería en el año 812, cuando enviados del emperador Miguel se
apersonan en Aquisgrán y le saludan con el título de Basileus, que
solo se otorgaba a los emperadores de Oriente.
Para compensar el gesto y en señal de
agradecimiento, Carlos envía a Amalario, obispo de Tréveris, y a Pedro, abad de
Nonántula, con una carta de intención para concluir un tratado de paz
definitivo con Constantinopla. En dicha carta credencial se felicitaba y
regocijaba por el establecimiento de la paz entre el Imperio de Oriente y el de
Occidente, que implicaba de hecho el reconocimiento deseado por Carlos a sus
potestades. Ello corrobora, además, las dotes de diplomático y negociador del
rey franco, que se convertirá, en adelante, en uno de los puntos fuertes de su
reputación y poder.
La coronación de Carlomagno en San Pedro, Roma, en el año 800.
A partir de ese momento no desdeñará esfuerzos por
codearse con los reyes más distinguidos de su época, como Alfonso II, apodado
el Casto de León, o con el califa abassí de Bagdad, Harun al-Rachid o los
emperadores de Constantinopla, para negociar armisticios, treguas, defecciones,
sumisiones, alianzas, procederes ligados a un intercambio de juramentos que
para Carlos constituían la base de una práctica que logró instaurar, muy ligada
al honor y la palabra empeñada, cualidades que para él tenían gran significación
en el código de los nobles.
Por su parte, con Gran Bretaña mantiene relaciones
económicas, en tanto no puede pensar en una penetración territorial pues el
ejército franco no poseía flota, pero intenta ejercer sobre ella una gran
influencia con el intercambio de embajadores y consejeros. Alcuino de York
desempeña aquí un rol casi protagónico, pues sirve de puente entre los jefes de
Estado y lleva correspondencia personal de un lado a otro y hasta se llegan a
firmar algunos pactos. A Carlomagno lo unía con los anglosajones la amistad, y
la confianza asentada en la comunidad de intereses económicos, políticos y
religiosos.
En honor a la verdad, fueron muy pocos los años en
que Carlos permaneció tranquilo en el palacio de los francos, sin urdir nuevas
guerras y expansiones, pero siempre intentó tener solo un enemigo con quien
combatir. Y cuando poseía dos contendientes al mismo tiempo, fue capaz hasta de
realizar algunas concesiones circunstanciales para evitar desgastes en dos
flancos a la misma vez, principio de todo estratega militar.
Durante los siglos VI y VII, el cristianismo se
expandió así por Europa Occidental, esparciéndose desde las iglesias rurales,
las abadías y los monasterios. La variedad de los contextos culturales en los
que se desenvolvió dio vida a disímiles lenguajes teológicos y hasta diversas
formulaciones doctrinales. En sus prédicas a los sectores más humildes y
agrícolas, los clérigos apelaron a todos los recursos para sembrar las ideas
del cristianismo, como por ejemplo, instaurar el culto a los santos superponiéndolo
a los antiguas devociones paganas, produciendo una especie de sincretismo
religioso, de mixtura teológica, cuyo eje era el catolicismo.
Inteligentemente, la Iglesia proyectó reforzar los
vínculos locales y posibilitó que los nobles, de mayor cultura y saber, se
convirtiesen en obispos, especialmente los descendientes de la aristocracia
senatorial romana, que, luego, fueron importantes maestros de la evangelización
e impulsores de la cultura y las bellas artes. Fue precisamente entre ellos
que, desde el seno de la Iglesia, se cultivó la cultura de la antigüedad romana
con la nueva mentalidad religiosa que se expandía.
En resumen, a lo largo de las fronteras terrestres
del Imperio franco, las marcas o «avanzadas» que se fueron instalando lo
protegieron y preservaron de incursiones enemigas por sorpresas. Los dominios
francos trazan un sólido escudo protector en sus corredores terrestres, y solo
el futuro revelará su «Talón de Aquiles» en casos de ataques marítimos, pues
aunque Carlos disponía de un inmenso litoral marino, no desarrolló una flota
capacitada para dar batalla y vencer a las móviles y escurridizas embarcaciones
escandinavas, que sabrán, después de la muerte de Carlomagno (814) sacar
beneficios de la discordia, anarquía y pobreza del mal conducido Imperio.
§. El arte de un gran estratega
Las triunfantes conquistas y asedios de Carlomagno
lograron unir los reinos de Europa Occidental en un solo Estado, con las
excepciones de Inglaterra y la Península Ibérica. Con su accionar, el rey
franco no consiguió únicamente un orden en las instituciones políticas y
sociales de Europa Occidental, sino que también produjo un fuerte cimbronazo en
el arte de la guerra. Aunque a la sazón era solo un semiletrado con mucho
poder, que había pasado la mayor parte de su existencia jugándose la vida entre
caballerías, espadas, dagas, lanzas y escudos, ya tenía granjeado el respeto de
los nobles de su época debido a su habilidad de guerrero y por la aplicación de
su inteligencia, talento y capacidad para solucionar los más difíciles
problemas de gobierno. De ahí que muchos expertos afirmen que su contribución
al arte de la guerra se entrelazó indisolublemente con la sociedad feudal, que
emergía vertiginosamente, de manera casi imparable.
Son muy valorados y estudiados sus aportes
estratégicos militares en el campo de batalla. Fue él quien primero se percató
de la importancia e implementó el aumento proporcional de la caballería en el
ejército franco; al desarrollar un programa de incremento del servicio de
caballería, posibilitó ampliar cuantitativa y cualitativamente las guerras
ofensivas, muchas más que en los tiempos de Carlos Martel (su abuelo) o Pipino
el Breve, su progenitor, que fueron autoridades de su tiempo en el arte de las
contiendas militares.
También fue Carlos el que se percató de que los
soldados no podían llevar en sus alforjas y fardos todas las vituallas
necesarias para sus continúas batallas y expediciones. Y para evitar tener que
desperdigar sus tropas y mandarlas a aprovisionarse a los castillos y condados
(lo que hubiese implicado la desorganización y las bajas temporales, de
presentarse el combate con el enemigo por sorpresa), creó una suerte de
retaguardia, de base de abastecimientos, de reserva móvil que llevaba grandes
cantidades de alimentos, ropas, forrajes y hasta herreros, encargados de afilar
lanzas, fundir espadas y enderezar escudos. Todo este ejército vital de reserva
apuntaba a poder continuar la iniciativa militar, incluso en los momentos de
más crudo invierno.
Se sabe, por ejemplo, que durante el año 800 o 801,
cuando Carlos invade Cataluña, apoyado por su hijo Luis que sitió Barcelona, su
ejército, formado por un tercio de todas las tropas, movió y mantuvo cerca a su
base de abastecimiento, lo que le posibilitó resistir y asediar en mejores
condiciones la ciudad española, aún en plena temporada invernal.
En dicha campaña, Carlos instruyó a Luis para
construir un cerco de doble trinchera, preparado en el interior para acorralar
y hostilizar a la fuerza sitiada, y en el exterior para rechazar a la fuerza
enemiga, si intentaba levantar el sitio. Solo de esta manera logró tener una
reserva de provisiones y hombres para relevar a los contingentes fatigados por
los rigores del clima frío. Esa estrategia allanó el camino para la
«hibernación» de sus tropas en territorio adverso, y le posibilitó seguir
aguijoneando al contrario hasta su total desequilibrio.
Por otra parte, también, vetó la posibilidad de que
los comerciantes de sus feudos sacaran del territorio cotas de mallas de
hierro, empleadas para construir escudos y armaduras, pues en tiempos de guerra
eran necesarias para producir y restaurar esas armas defensivas dentro de las
fronteras francas. Si un comerciante era atrapado enviando ese material fuera
del reino, era penado con la confiscación de todas sus propiedades. De ahí que
siempre se ha afirmado que los ejércitos francos estaban entre los mejores
equipados de su tiempo.
Se conoce que su ejército no era permanente; lo
improvisaba cada vez que resultaba preciso por razones de combate y lo componía
de todos los hombres dueños de una determinada propiedad territorial. Sus
obligaciones militares guardaban mucha relación con su riqueza patrimonial. De
esta manera, los más poderosos, además de su obligación personal de servicio
militar individual, debían equipar a un soldado por cada tres hectáreas de
tierra en posesión.
Los soldados no recibían remuneración alguna y
debían proporcionarse todo su equipo de combate. Estos casi siempre integraban
la infantería, en tanto que los más acaudalados prestaban su servicio en la
caballería, que era considerada casi una casta social dentro del ejército
franco-germano.
Carlos también dictó varias capitulares para
avasallar a los lombardos y ponerlos al servicio del ejército franco. En su
orden del año 786, por ejemplo, se especificaba no solo detalladamente quién
debía prestar servicio cuando se necesitaba un ejército, sino también se
incluía una lista puntual de todo el equipo adicional y la vitualla que debían
acompañar al noble que hacía la guerra; más aún, se pormenorizaban las demandas
a cada porción particular del Imperio. En una región como Lombardía, donde los
jinetes y caballos abundaban, se reclutaría principalmente caballería, mientras
los sajones (pertenecientes a las clases más humildes) cederían primordialmente
fuerzas de infantería, ubicadas en el primer círculo defensivo, las encargadas
de los primeros encontronazos con el enemigo.
Luis XII en oración protegido por Carlomagno. Carlos fue elevado a la
dignidad de supremo protector de la Cristiandad Occidental. La escena
representada en esta miniatura del siglo XV así lo revela.
Si algo fue ponderado como una de las grandes
contribuciones e innovaciones de Carlomagno, fue su construcción sistemática de
fortificaciones, las denominadas marcas, consideradas cruciales en el resultado
de sus victorias. Ellas contribuyeron a proteger los propios campamentos y a
trabar el paso del enemigo por la zona. Para su construcción disponía de un
grupo de ingenieros, curtidos en esos menesteres.
Carlos nunca evacuó una provincia conquistada
después de tomar algunos hombres como esclavos o apropiarse de algún tributo.
Plazas como Magdeburgo (actual capital del Estado Federado de Sajonia-Anhalt,
en Alemania) o Paderborn (una ciudad del estado alemán de Renania del
Norte-Westfalia) fueron fortificadas. También Bremen (o Brema, en castellano),
en el noroeste de Alemania, que actualmente forma con el puerto de Bremerhaven
la Ciudad Libre Hanseática de Bremen o Estado de Bremen. Los registros apuntan
que en el año 787 Carlomagno funda el obispado de Bremen y esta ciudad se
convierte en el centro de la cristianización de Europa del norte. Allí se
construyó la primera Catedral, que lleva por nombre Pedro, en homenaje al
apóstol. Dichas fortificaciones siguieron siendo centros de la actividad
política y económica aún después de la muerte de Carlomagno y la desintegración
de su Imperio.
Mucho se habla, además, de su constante
preocupación, casi obsesión, por introducir reformas dentro de las
instituciones que heredó y cambiar la vida de su gente, y el ejército no escapó
a ese propósito personal. Aún se conservan muchas capitulares como testimonio
de que su accionar en terrenos militares siempre resultó muy creativo y
original. Fue el primer príncipe que demostró cierta preocupación por la
elaboración de reglamentos sobre la composición y organización de sus huestes
guerreras, y se supo rodear de hombres de probada valentía y bravura en el
combate.
Cuentan los historiadores y los Anales
reales que una vez dispuesta una incursión en otros dominios, Carlos
hacía redactar un acta, en forma de capitular, donde pormenorizaba lugar, hora
y número de hombres convocados para el combate. Dicho documento organizativo
era transmitido a condes, obispos, abadías, y llegaba a conocimiento de todos
los involucrados en el combate. Sus comandantes de unidad, lugartenientes u
oficiales eran los encargados de llevar a la práctica los objetivos e
implementar las órdenes imperiales en el terreno.
En los tiempos de calma el ejército no existía,
excepto la compañía de guardia que cumplía funciones de escolta personal del
rey y algunos grupos de soldados, con base en las fortalezas o marcas o en los
países enemigos que era preciso pacificar y dominar. Muchos hombres que
entonces no se dedicaban a estas lideres eran utilizados en el campo, en
labores de siembra y cultivo o en el trabajo con las caballerías y la gestión
administrativa.
En tiempos de guerra, se hacían llamadas al
servicio militar para integrar las filas del ejército y solo el clero era
excluido de esta tarea. Los obispos y sacerdotes, que lo consideraban necesario
y estaban dispuestos, podían unirse con las tropas para cumplir con el
ministerio divino de celebrar misas y llevar las reliquias cristianas y los
santos.
Como buen estratega, Carlos nunca convocó a más
guerreros que los que precisaba para su accionar bélico y siempre de acuerdo
con las características de la expedición proyectada, el terreno en el que se
iba a mover y sus accidentes geográficos, el despliegue de sus tropas, teniendo
en cuenta además el posible enemigo y cómo podría reaccionar. De ahí que
prefería reclutar a los hombres más fuertes y avezados en el arte de la guerra
de zonas cercanas al teatro de operaciones militares.
Sin titubeos, siempre andaba en la búsqueda de dos
ventajas cruciales para el combate: la rapidez y la economía de recursos. A
pesar de ello, muchos cronistas que cooperaron con la aureola mítica que se
cimentó alrededor de la figura de Carlos hablaban de un rey haciendo la guerra
con todo el ejército de Francia, como si mover a semejante cantidad de hombres
y recursos no hubiera sido un absurdo para cualquier monarca medianamente
sagaz.
Para garantizar un pronto y adecuado reclutamiento,
Carlomagno dictó leyes que viabilizaban su organización, ejecución y
aprovisionamiento. Así surgieron algunas capitulares que hablaban de sanciones
en caso de demoras en la inscripción o de presentaciones sin armas, víveres y
el vestuario adecuado. Para estos incumplidores se disponía privación de la
carne y del vino. Quien faltare al llamado o no se presentase era multado sin
tener en cuenta ni la persona, ni las amenazas o lisonjas que esgrimiera. En
casos de deserción era aplicado todo el rigor de ley imperial, reconociendo en
este acto un crimen de lesa majestad que debía ser castigado con la pena de
muerte, según una antigua costumbre, y con la confiscación de todos los bienes.
En uno de sus tantos mensajes imperiales, enviados
a las abadías de la demarcación, Carlos manifiesta (obsérvese el tono
instructivo y autócrata de las frases):
Vendrás con tus hombres al lugar indicado, porque
desde allí te enviaremos la orden de marcha. Debes traerlos pertrechados, vale
decir con armas, instrumentos, víveres y vestuario; en fin con todo lo que es
útil en la guerra. Cada uno de tus caballeros debe tener escudo, lanza, espada,
daga, arco, carcaj y flechas. Cada uno de tus carros debe contener hachas,
segures, cuerdas de tripa y azadas de hierro y todos los demás arneses
necesarios para combatir al enemigo. Que los utensilios y víveres puedan durar tres
meses, que las armas y vestuarios sean en cantidad suficiente como para seis
meses. Si te ordenamos todo esto, es para que los hagas cumplir y llegues
tranquilo al lugar que nosotros indicamos; también para que a lo largo del
camino no debas ocuparte de otra cosa que de la hierba, de la leña y del agua
que necesitarás.
Si recto y autoritario fue en el reclutamiento, más
lo fue en la organización de la vida cotidiana en los campamentos y en los
sitios de acantonamiento de las tropas. En esos lugares era implacable con las
indisciplinas y faltas de comportamiento. Llegó a regular desde la
obligatoriedad de la siesta reparadora del mediodía hasta las desobediencias
que consideraba más graves, como el invitar a beber o el estado de embriaguez
en presencia o cercanía del enemigo. En uno de sus disposiciones planteó:
… todos los que sean encontrados en estado de
ebriedad, soportarán tal interdicción que no se les consentirá beber más que
agua hasta que hayan reconocido que han procedido mal.
No solo era el pilar y principal jefe de sus
tropas, sino que predicaba con su ejemplo y se convertía en el guía mismo de
sus guerreros. Y cuando no participaba de la batalla se mantenía en las
inmediaciones del campo de guerra, pendiente de cuanto ocurría y del
desenvolvimiento de sus huestes y los ataques fulminantes de sus hombres.
Sus cronistas observan que Carlos era tan
meticuloso y previsor para trazar una ruta que precisaba de la mayor cantidad
de información y podía hasta hacer ir una avanzadilla para observar los
pormenores del recorrido y luego poder estar informado de todas las
circunstancias del camino. Así se hacía informar de los cursos de agua donde
aprovisionar a sus guerreros; de los mejores pasos de acuerdo con las
inclemencias del tiempo; del estado de los bosques y los senderos; de las
llanuras desprovistas de sitio donde enmascararse y guarecerse (zonas que él
consideraba de máximo peligro por ser pasibles de emboscadas enemigas, cosa que
procuraba evadir siempre que podía); de los tiempos de las cosechas; las
epidemias de la zona; las inundaciones y otros imprevistos que pudieran
repercutir en el buen desarrollo del curso de la guerra.
Carlomagno fue, en definitiva, un monarca franco
con tierras que abarcaban la mayoría de Europa Central, y que con su gestión
administrativa y militar acrecentó la práctica feudal. Bajo su dirección se
mejoraron las comunicaciones de la época, los recursos económicos y las
instituciones gubernamentales. Después de su muerte (814) otro poder externo
aceleró la división del Imperio y la instauración de una sociedad netamente
feudal.
Sin dudas, el mensaje evangélico cristiano, para
transformarse en religión oficial, en estos primeros siglos de la futura
Europa, tuvo (como expresan muchos teólogos e historiadores) que hacer un
«arreglo» con el mundo en el que se insertaba, con los usos y las costumbres
feroces del Imperio, con la mística guerrera de los pueblos bárbaros. Tal cual
afirmó el escrito italiano Umberto Eco en su artículo periodístico Pedir
perdón, publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires (25
de junio de 2006)…
… una cosa es el mensaje cristiano, otra la
civilización cristiana como fenómeno romano-barbárico.
Capítulo 4
¿Una administración memorable?
Todo hombre puede encenderse a sí mismo una luz en
la noche
Heráclito.
Carlomagno no fue exclusivamente un guerrero y un
empecinado conquistador; sus potencialidades también han sido alabadas
objetivamente en los terrenos de la administración estatal y la legislación y
aunque, en oportunidades, los métodos que empleó fueron más los de un patriarca
autocrático y despótico (hay que recordar que se había convertido en heredero
de los césares, pero estaba emparentado con la raza germánica, es decir era un
descendiente de los bárbaros que destruyeron el Imperio), también se le ha estimado
como un hombre de Estado por su sentido de la dirección, la función gestora de
gobierno y su preocupación por mejorar la situación del pueblo franco, en el
conflicto, propio de ese período, que intentó librar por la civilización contra
la barbarie.
Durante sus casi cuarenta y seis años de reinado
fue por excelencia un conductor pragmático (adecuado siempre a las
circunstancias, a cómo batían los aires), con unas capacidades de liderazgo
inusuales para la época, y un talento inusitado para el dictado e
implementación de leyes y ordenanzas. Estas abarcaron un amplio espectro
temático, desde cuestiones relativas a los monasterios, a la situación de los
pueblos conquistados, la educación, la gestión de dominios imperiales, hasta la
organización del Palacio, las finanzas, la economía, etc. También se distinguió
por hacer cumplir las capitulares y la implementación de las leyes dictadas
bajo su tutela.
La disciplina y el rigor que sostuvo en estas
tareas eran cualidades intrínsecas de su personalidad, su sello de mando
individual, y una expresión material del rigor con que fue educado. En el
gravitaron las exigencias en la infancia y adolescencia, de sus progenitores,
sobre todo de su padre, que intentó hacer de él un futuro monarca y, más aún,
un guerrero hábil.
No en vano ha sido considerado el más grande de
todos los reyes cristianos, pues aunque su misión no fue la de innovar o
reformar, sino la de continuar y consumar la obra emprendida por sus
antecesores, con la anuencia de la Iglesia, su esfuerzo gigantesco afirmando la
civilización franco-germana fue primordial para el ulterior desarrollo cultural
de la región.
Si algo habría que destacar, por encima de todas
las cualidades personales enumeradas, sería su sistematicidad para modelar y
poner en práctica sus orientaciones, su forma tan particular de ejercer el
poder, su manera tan personalista de hacerse seguir por las masas; de ahí que a
pesar de que siempre estuvo rodeado de una corte de influyentes funcionarios,
no pueda evocarse ningún nombre que haya intervenido con peso propio o ejercido
un rol predominante en su conducción. Como han advertido acertadamente algunos
historiadores, nunca lograron dirigirlo ni influenciarlo en demasía, ni madre,
ni esposas, ni hijos, ni familiares, ni funcionarios o devotos colaboradores,
aun los más estimados por él. Nuestro tradicional guerrero germánico impuso un
sello personal a las instituciones y a las responsabilidades, heredades por sus
predecesores merovingios y sus padres: los recordados reyes Pipino el Breve y
Bertrada, hija de Cariberto, conde de Laon.
§. Un estilo, el poder y sus circunstancias
Como emperador romanorum, Carlomagno
organizó toda una confederación dando autonomía a sus jurisdicciones, llamadas
pagos, y nombró un conde (existían en total, aproximadamente, unos doscientos
cincuenta) al frente de cada territorio, concediéndole amplios poderes
administrativos y militares. Los condes estaban tutelados de cerca por los
obispos de las demarcaciones o por los abades de los monasterios.
A pesar de este sistema de control, casi panóptico
y policíaco, Carlomagno instaló, por si fuera poco, giras de inspección por los
pagos, para lo cual creó todo un cuerpo de funcionarios, los llamados missi
dominici (enviados del Señor), que actuaban a dúo: un laico y un
clérigo. Eran responsables de informar acerca del estado y el buen o mal
desenvolvimiento administrativo de los territorios.
Aunque ya hemos apuntado algo sobre este tema en el
capítulo anterior, es preciso reconocer que su sistema de marcas, rodeadas de
fortificaciones en los límites de sus dominios, imposibilitó los ataques
bárbaros de las tribus enemigas y convirtieron en inexpugnables a muchas de las
comarcas. Así se estableció contra los eslavos del sur, las marcas del Friul y
Corintia; contra los bohemios, la de Norgovia; contra los ávaros lo que
posteriormente fue el germen de Austria; contra los sorbos, la Turingia (en alemán
Thûringen) del río Saale, situado en el centro geográfico de la actual
Alemania, y contra los dinamarqueses la del río Eider, convertido a partir del
siglo IX en la frontera entre daneses y alemanes.
El vasto imperio de Carlomagno, que abarcó
territorios desde el Ebro y el Tìber, en el sur, hasta el mar del Norte y el
Báltico, en el norte, y desde el Atlántico al oeste, hasta el río Elba, los
montes de Bohemia y el curso medio de Danubio al este, llegó a extenderse a los
actuales países de Francia, Bélgica, Holanda, Suiza, Alemania, Eslovaquia, la
República Checa y partes de España, Italia y Hungría, es decir aproximadamente
una extensión de 1532 kilómetros cuadrados que incluían tierras fértiles, valles,
ríos, bosques, caseríos, montañas y hasta pantanos.
En sus terrenos, como ya hemos indicado, el
pontificado desempeñó un importantísimo papel en la cruzada por instaurar el
cristianismo y los supremos bienes de la vida social, teniendo como centro
neurálgico las iglesias, monasterios y abadías. Su interés era construir y
modelar una organización similar a la propuesta en el libro La Ciudad
de Dios, de San Agustín, una sociedad casi perfecta, utópica, con hombres y
mujeres de gran humanismo, un sistemático estudio de los cánones religiosos y
una vida donde la instrucción era vital para alcanzar el espíritu cristiano.
Este fue un credo que Carlos siempre sostuvo e intentó implementar olvidando,
en ocasiones, que los hombres y mujeres se equivocan, traicionan, mienten y,
sobre todo, no son perfectos, rasgo que precisamente los hace más humanos. De
ahí que se preocupó por implementar un sistema de socorro a los pobres
haciéndolo obligatorio, como una forma de solidaridad por decreto de los que
más disponían hacia los que nada poseían, y porque tenía interés en apresurar
el progreso de la vida cristiana y el advenimiento del Reino de Dios, según las
prédicas de la cristiandad.
De acuerdo con sus propios escritos y alguna
epístola, su misión era: proteger a la Iglesia y defenderla.
Para la administración, legislación y aplicación de
justicia creó un verdadero cuerpo de funcionarios removibles, dependientes del
Poder Real, que llevaron la acción y el cumplimiento de las leyes a los más
apartados rincones, y fueron los brazos ejecutores de las aspiraciones del
Soberano.
Otro de sus aportes, en ese sentido, fue la
organización de un «Señoriado» como poder intermedio, auxiliar entre los más
humildes y el rey, para que la comunicación circulara y no se crearan castas
aristocráticas locales perniciosas y excesivamente centralizadoras.
Los juristas contemporáneos han valorado que bajo
la protección de Carlomagno se echaron los primeros cimientos de una
legislación penal, interponiendo la autoridad del Estado entre el ofensor y la
víctima, suavizando las penas y ejerciendo la prerrogativa del indulto, tal
como advertía Eginardo, su biógrafo y notario:
Después de tomar el título imperial, viendo las
deficiencias de las leyes de su pueblo, pues los francos tienen dos leyes muy
distintas en muchos lugares, pensó completarlas corregirlas y unificarlas […]
Pero en ello no se hizo otra cosa que añadir algunos capítulos, y éstos
imperfectos, a las leyes. Sin embargo, mandó codificar las leyes de todos los
pueblos de su imperio que no las tenían escritas…
Miniatura de un manuscrito de La Ciudad de Dios, de san Agustín. Siglo XV,
Biblioteca Real de Bruselas. Aquel modelo de sociedad casi utópica que
postulaba la obra fue el que quiso reproducir Carlomagno.
En el año 802, Carlos convocó a una gran asamblea,
integrada por altos funcionarios laicos y religiosos y resolvió la restitución,
la enmienda y los complementos de la legislación civil vigente, al tiempo que
sugirió un mejor conocimiento de los cánones del Concilio y de los decretos
papales, como así también de la Regla de San Benito para los monjes bajo la
cual se organizó la vida de los llamados benedictinos, y que introducía los
votos de castidad, pobreza y obediencia. Su artífice fue san Benito de Nursia,
quien fundó el primer monasterio cristiano de Occidente, en Montecasino,
Italia. Carlos aportó correcciones a la legislación de su reino con una serie
de capitulares y agregados a ciertas leyes nacionales. Se intentaba así rever
el derecho antiguo, considerado sagrado e intocable, y se reformulaba el
derecho de los pueblos.
La familia era el soporte organizativo de la
sociedad, y como habían muchas imperfecciones legislativas, el padre, en su rol
de juez, estaba facultado para resolver los conflictos en lo interno; la
agresión contra un miembro de la familia obligaba a todos sus parientes a
vengarse y castigar al culpable. Ello provocaba constantes luchas
interfamiliares, vendettas. Y para acabar con esta situación de
extrema violencia, se establecieron precios por los delitos; muchos de estos
eran pagados en especies, sobre todo en reses para la familia damnificada.
Veamos, ahora, el tema de la restauración imperial,
que no representó para Carlos ninguna ventaja material y efectiva, en tanto en
nada ampliaba sus territorios (ya conquistados) ni dilataba su poderío, pero
tenía, en cambio, un extraordinario alcance espiritual y moral, prestigiándolo
al convertirlo en heredero de los césares romanos y darle una mayor legitimidad
como continuador de una obra de muchos cientos de años.
§. El gran restaurador
A pesar de que su imperio era un vasto enclave,
donde disímiles etnias tenían asiento y todas respondían a su cultura de origen
(por un lado estaba la población de la Galia y de Italia, de origen latino; por
otro, la amalgama de pueblos de estirpe germánica, tan dispar entre sí en su
forma de vivir, de entender lo religioso y con diversos apreciaciones de «lo
civilizado»), con la religión cristiana se intentó unificar el hábitat y
cambiar radicalmente muchos conceptos existenciales y culturales. Y la perseverancia
con que se instrumentó deben atribuírsele, en mucho, al emperador.
Como ha expresado, cáusticamente pero con mucho
tino, en su ensayo titulado: El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado, el filósofo materialista y revolucionario alemán
Federico Engels (1820-1895):
Las provincias habían arruinado a Roma; la misma
Roma se había convertido en una ciudad de provincia como las demás,
privilegiada, pero ya no soberana; no era ni punto céntrico del imperio
universal ni sede siquiera de los emperadores y gobernantes, pues éstos
residían en Constantinopla, en Tréveris o en Milán. El Estado romano se había
vuelto una máquina gigantesca y complicada, con el exclusivo fin de explotar a
los súbditos. Impuestos, prestaciones personales al Estado y censos de todas
clases sumían a la masa de la población en una pobreza cada vez más angustiosa.
Las exacciones de los gobernantes, los recaudadores y los soldados reforzaban
la opresión, haciéndola insoportable. He aquí a qué situación había llevado el
dominio del Estado romano sobre el mundo: basaba su derecho a la existencia en
el mantenimiento del orden en el interior y en la protección contra los
bárbaros en el exterior; pero su orden era más perjudicial que el peor
desorden, y los bárbaros contra los cuales pretendía proteger a los ciudadanos
eran esperados por éstos como salvadores.
No era menos desesperada la situación social. En los últimos tiempos de la
república, la dominación romana reducíase ya a una explotación sin escrúpulos
de las provincias conquistadas; el imperio, lejos de suprimir aquella
explotación, la formalizó legislativamente. Conforme iba declinando el imperio,
más aumentaban los impuestos y prestaciones, mayor era la desvergüenza con que
saqueaban y estrujaban los funcionarios. El comercio y la industria no habían sido
nunca ocupaciones de los romanos, dominadores de pueblos; en la usura fue donde
superaron a todo cuanto hubo antes y después de ellos. El comercio que
encontraron y que había podido conservarse por cierto tiempo, pereció por las
exacciones de los funcionarios…
Los extensos territorios del Imperio Carolingio no
estaban tan densamente poblados. Según algunas estadísticas de la época, se
habla de unos 100 mil individuos, en unas 182 millas geográficas cuadradas,
ocupadas por la Germania Magna, población que fue creciendo hasta llegar a una
suma total de unos 5 millones, cifra considerable para un grupo de pueblos
bárbaros, pero extremadamente baja para nuestras actuales condiciones. Estos
territorios estaban divididos en provincias, que eran administradas por los llamados
condes, nombrados por el emperador. Estos, también conocidos como marqueses o
margraves, tenían una gran autoridad, en tanto estaban expuestos a los ataques
paganos del norte y del este o de los musulmanes del sur. Su quehacer era
seguido muy de cerca, como ya hemos esbozado, por los missi dominici, que
recorrían las provincias cuatro veces al año e informaban al emperador,
también, sobre la conducta de los marqueses. Para tener una información
fidedigna, estos enviados realizaban reuniones populares, donde la ciudadanía
hacía escuchar sus quejas u opiniones sobre el funcionamiento de su territorio.
Los palatinos (residentes del palacio), integrados
a la vida cortesana de la Roma imperial, junto al Rey, llevaban una vida
sencilla, con costumbres propias de los dominios campestres. Carlos, como ya
dijimos, gustaba mucho de residir en el palacio de Aquisgrán (en alemán Aachen;
Oche en el dialecto regional; en francés Aix-la-Chapelle; en latín
Aquisgranum); de ahí que dicha ciudad esté considerada la capital de su
Imperio. También prefería viajar y cazar en las comarcas colindantes. En sus
ausencias del territorio, delegaba en los diversos funcionarios palatinos que
le auxiliaban la fiscalización de las tareas: el Canciller; el Chambelán; el
Conde de Palacio y el Archicapellán, este último encargado de los servicios
religiosos y la educación de la servidumbre.
El rey franco-carolingio, con el ánimo de
establecer una administración sólida y centralizada en todas las naciones de su
imperio, llegó a ejercer más control sobre los hombres que sobre las tierras.
Con el interés de crear deberes entre sus súbditos y sobre todo evitar la
traición y la deslealtad, restableció el antiguo juramento de fidelidad, que
había sido inhabilitado, después de la disolución de los gobiernos
césaro-romanos.
San Benito, de Laurent Delvaux. Carlomagno convocó al concilio de Frankfurt,
insatisfecho con las resoluciones del Concilio de Necea II. El rey pretendía
que se siguiesen los preceptos de San Benito de Nursia que proponía para los
monjes castidad, pobreza y obediencia.
Por ello, todos los habitantes del reino a partir
de cumplir doce años de edad estaban obligados a realizar esa promesa cívica,
devenida en deber ciudadano, en respeto a la autoridad de su monarca.
El resultado no fue tan bueno como Carlos esperaba
pues muchos aldeanos, sobre todo poblaciones desperdigadas en ducados o
condados remotos, quedaron fuera del alcance de esa disposición. A pesar de que
en dos ocasiones (años 789 y 802) hizo prestar juramento a todos los hombres
libres del reino, siempre existieron algunas ovejas descarriadas y rebeldes.
Estructurado de manera práctica, el nuevo Imperio
más germano que romano se consumió luego por la escasez de tradición
administrativa. Su fuerza básica, personalista en extremo, asentada en las
cualidades directrices del rey, no llegaban a irradiar a las fronteras
localistas y no se creaba una auténtica unidad, una cohesión de estilo, a pesar
de todos los mecanismos administrativos ya nombrados, que intentaban conseguir
sumisión pasiva, obediencia sin límites y hasta cierta organización de
vigilancia panóptica.
El no tener una capital fija conspiraba contra ese
dispositivo administrativo de carácter patriarcal del gobierno carolingio. Los
problemas de traslado, transportes y comunicaciones (como el estado de los
caminos) propios del siglo IX, y esa duplicidad administrativa de Palacio y
Estado. Los nobles más competentes intelectualmente, que eran muy escasos en
ese entonces, estaban impedidos de resolver todos los problemas cotidianos, por
lo que se creaba una suerte de burocracia central, cortada a la medida de las
reducidas e inoperantes obligaciones estatales.
Ello explica que jueces, administradores estatales,
diplomáticos, condes y hasta jefes militares, encontraban accidentada y
embarazosa su misión de gobernar. A la administración central del reino también
le resultaba muy espinoso el control de su gestión. De ahí que las inspecciones
de los missi dominici a los grandes dominios (algunos señoríos
gozaban de ciertas inmunidades patriarcales) se convirtieran en luego visitas
de cortesía, meras formalidades administrativas de funcionarios de la corona
para controlar, más que nada, la obediencia de los edictos.
A pesar de todas las disposiciones, Carlos siempre
buscó el trato directo con sus súbditos y por ello solía conceder, como
dijimos, audiencias en cualquier momento, pues era una forma de conocer
personalmente qué sucedía a su alrededor y, sobre todo, de castigar las faltas
y excesos de sus oficiales y escuchar las peticiones de sus ciudadanos.
La Asamblea General Anual del pueblo franco,
también denominada plácito (convocada a placer del rey), involucraba a todo el
pueblo cristiano. Se realizaba, sobre todo en primavera, antes de las campañas,
lo que reafirma la raigambre militar de la institución. Estas asambleas
trataban problemas religiosos y administrativos de todos los lugares del reino
y sus edictos, ordenanzas o capitulares, eran pergeñadas y pulidas en las
oficinas de la cancillería.
Esos documentos eran sometidos a la aprobación de
los vasallos y después copiados por los monjes en varios ejemplares para
circular por los dominios. A través de estas reuniones, Carlos buscaba un
contacto más directo con sus súbditos y un estado de obediencia fundado no en
el temor, sino en el sentimiento de admiración y afectuoso respeto.
En tanto, las asambleas de los guerreros y de los
principales señores del reino se hacían en el Palacio por separado y dos veces
al año, en otoño y primavera. Posibilitaban también que el rey se mantuviera al
tanto de los problemas y se implementaran decretos para solucionar y gestionar
administrativamente el día a día de las comarcas y alguna que otra
problemática, de índole internacional. Hasta nuestros días han llegado unas
sesenta y cinco capitulares dictadas en aquellas asambleas, que contienen alrededor
de mil ciento veinticinco artículos.
Por ejemplo, en una de sus capitulares, de interés
internacional, se hace alusión a las relaciones con el califa de Bagdad,
Harum-el-Rachid, patriarca de Jerusalén, quien manda como emisario al sacerdote
Zacarías, portando la bendición del patriarca y algunas reliquias, que incluían
las del Santo Sepulcro.
Carlos, quien se llama a sí mismo devoto
defensor y humilde ayudante de la Santa Iglesia, haciendo gala de sus dotes
diplomáticas le envía al califa valiosos donativos para los Santos Lugares.
Posteriormente le son enviadas de Palestina las llaves de la ciudad, las del
Santo Sepulcro, con el pedido de que tomara bajo su protección a la Ciudad
Santa y la defendiera contra los ataques y la violencia de los infieles, en el
año 801. El monarca franco accede inmediatamente y establece el protectorado
franco sobre los Santos Lugares, disposición que subsiste hasta nuestros días
ejercida por Francia.
Posteriormente, otra capitular dispondrá levantar
varios monasterios católicos y un hospicio para los peregrinos en Jerusalén, a
los que otorga un subsidio monetario para su sostenimiento.
También las hay dedicadas a los hombres libres de
la Europa carolingia, como aquella capitular, de los comienzos del año 800, que
intenta hacer casi una profesión de fe el querer…
… que cada hombre libre de nuestro reino escoja un
señor, el que quiera, nos mismos o uno de nuestros fieles. Ordenamos que ningún
hombre pueda dejar a su señor sin causa justa y que ninguno lo reciba si no lo
hace de manera habitual, como en época de nuestros predecesores. Y sabed que
queremos asegurar a nuestros fieles sus derechos y no queremos perjudicarlos en
nada. De la misma manera, os recomendamos a todos nuestros fieles, que
aseguréis a vuestros hombres sus derechos y no le hagáis nada contra la razón.
En dicho texto se apunta, además, que si algún
siervo quisiera abandonar con posterioridad a su señor lo podrá hacer,
presentando pruebas de lo que en ese momento eran consideradas faltas muy
graves, como: reducción injusta a servidumbre, si se intentare realizar algún
plan contra la vida, si el amo ha cometido adulterio con la mujer de su
vasallo, si se produjere algún intento de asesinato contra él.
Muy controvertido para ese momento fue también el
tema de los matrimonios mixtos entre colonos y esclavos carolingios. Ello
explica que al abordar esos vínculos de dependencia otra Capitular plantease
que cuando el esclavo de alguien hubiera contraído matrimonio con colono «… su
progenie deberá pertenecer a esa familia y no al dueño del esclavo».
Es bueno acotar que los textos hablan
inequívocamente de esclavos que podían venderse con la tierra, incluso
deshaciendo los matrimonios; jurídicamente estos hombres continuaron siendo una
«cosa», un utensilio de trabajo del fundo del Señor, como lo podía ser un arado
o un caballo.
El colono (con otro estatus social) vivía en una
propiedad ajena, con reducción de su libertad, pagaba capitación, su matrimonio
estaba sujeto al control del amo y tampoco podía transmitir libremente sus
bienes. Pero como era libre, jurídicamente estaba sujeto al servicio militar y
podía presentarse en los tribunales como demandante y testigo. El colono
cultivaba un fundo o manso, dominio que integraba una parte del señorío. Por
ello, cuando el esclavo ya no es rentable como instrumento laboral, el colonato
adquiere un mayor protagonismo y abre el camino de la servidumbre feudal.
§. Colaboradores cercanos
No obstante todas las críticas que puedan hacérsele
a sus procedimientos, Carlos fue un gran organizador del Imperio. Teniendo en
cuenta la época en la que vivió, fue un precursor de normas administrativas
inéditas e intentó todo el tiempo reforzar su poder.
La pintura plasma en una sola escena a los distintos estratos sociales del
imperio. Adelante, el señor feudal; atrás un campesino.
Una vez que fueron abolidos los duques nacionales,
excepto el de Benevento, gestionaron y administraron los condes, nombrados
libremente por el emperador sin carácter hereditario y ni siquiera vitalicio.
Cada conde estaba al frente de un distrito (gau) y tres veces al año se reunía
en asamblea (rémora de las costumbres tribales germánicas), donde participaban
los hombres libres del condado.
Esos cónclaves tenían sus jueces, que eran jefes
militares, y también sus administradores del tesoro. Dichos personajes,
fundamentales en la cadena de mando, en recompensa por su desempeño, gozaban
del beneficio de algunas tierras y de parte de los ingresos judiciales y
costas.
La gestión de los condes, como ya apuntamos era
inspeccionada por los missi dominici, que contribuían a consolidar
el poder imperial y referían al soberano las necesidades y aspiraciones de las
provincias; tenían incluso la capacidad de decisión en las disputas o debían
someterlas, inmediatamente, al examen del rey, quien intentaba centralizar todo
el tiempo en su mando la gestión del Estado, pues temía perder la unidad del
mismo.
Pero hay que precisar que los poderes de estos
«enviados», que sirvieron de contrapeso al poder condal, se vieron al mismo
tiempo limitados por la creación de ciertas inmunidades que poseían los
dominios de las iglesias y hacían de ellas enclaves autónomos, fuera de la
tutela de estas figuras reales. La reforma judicial del año 803, que crea un
cuerpo de regidores y los coloca bajo el control de los missi dominici,
intentaba limitar la función judicial de los condes, que en ese momento Carlos
ya no veía con buenos ojos y de la cual comenzaba a recelar.
Con el tiempo estas asambleas de hombres libres
alcanzaron solo a los grandes dignatarios del Imperio y los súbditos directos
del rey, ligados al soberano por juramentos de vasallaje. Se fueron así
convirtiendo en reuniones muy selectas, casi de una elite. Su organización
también se modificó y quedaron a un lado las deliberaciones de antaño para
darle mayor protagonismo a las declaraciones de las capitulares, convertidas en
paradigmas de legislación. Muchas no fueron aplicadas en la práctica y quedaron
transformadas en letra muerta o corpus teóricos inalcanzables, insuficientes
para gobernar un Imperio de tales superficies, pero buen material para
historiadores como crónicas costumbristas de una época.
Algunos investigadores, los que más fustigan ese
período histórico, precisan que para lograr cohesión, Carlos requería acuñar
una burocracia como la bizantina o un funcionariado como el musulmán, y
conservar su fidelidad. Ambas empresas fueron quiméricas. Sin recursos para
solventar su ejército de soldados y funcionarios, Carlomagno apenas podía
hacerse obedecer.
Insuficiente, el armazón administrativo se va
abandonando y carcome cada vez más.
Su gobierno central o palacio, como era
llamado, estaba integrado por una heterogénea serie de servicios, subordinados
al monarca directamente. No existía la figura de un primer ministro o un
mayordomo palatino. Quizás esta última tarea fue inhabilitada por temor a que
esos funcionarios, como antiguamente había sucedido en el imperio merovingio,
volvieran a ganar un excesivo protagonismo en la corte y le restaran poder
absoluto y omnímodo al Soberano.
Lo cierto es que los palatinos fueron
nombrados sobre la base de sus cualidades personales, donde el valor era un
atributo muy distinguido; también se valoraba su posición en el Estado o en la
Iglesia y algunos de ellos llegaban, incluso, a integrar el Consejo (Comites
palatini), convertido en una instancia de mando y convocada únicamente por
el rey, cuando este lo consideraba oportuno para deliberar y escuchar solo a
quien tenía deseos.
Debido a ello su Consejo o cuerpo asesor
legislativo estuvo integrado, casi siempre, por personalidades eminentes del
clero, obispos, abades, condes palatinos o procuradores con conocimientos
financieros y económicos, a cargo de los negocios civiles en las comarcas.
§. Piedra sobre piedra
Las rentas de los dominios de la corona, mañosa y
astutamente administrada por el mismo emperador Carlos, así como los
rendimientos de la administración de justicia y las donaciones voluntarias u
obligatorias, eran destinadas a costear los gastos del Estado. Dichas reservas
le sirvieron, además, al soberano para construir soberbios palacios,
especialmente en sus residencias favoritas de Aquisgrán, de Ingelheim y de
Nimega (una de las ciudades más antiguas de los Países Bajos, muy próxima a la
frontera con Alemania), pues no tenía interés en tener una capital fija la
razón podría estribar en su misma personalidad, nómada y aventurera.
Carlomagno levantó señoriales edificios religiosos,
catedrales, monasterios y abadías, centros de proselitismo de la cristiandad,
de educación y cultura carolingias. Con el ánimo de ser fiel a la realidad
histórica, en la medida en que fue ganando en años, el Soberano disfrutó de
quedarse mucho más tiempo en un mismo lugar y el sitio escogido fue casi
siempre el Palacio de Aquisgrán, su ciudad preferida, donde atesoraba los
mejores recuerdos de su infancia y existían unas excelentes fuentes de aguas
minerales, con propiedades medicinales, lo cual decidió a Carlos a hacer de
este lugar su sitio en el mundo pues gustaba de darse frecuentemente baños
termales para cuidar su salud.
Sobre el tema, Eginardo (Einhard en alemán), dice:
… aunque fuera tan grande la obra de ampliar el
reino y de someter a los extranjeros, y que se dedicara asiduamente a estas
ocupaciones, sin embargo comenzó en diversos lugares muchos trabajos de
embellecimiento del reino y de utilidad pública y acabó algunos de ellos. Entre
los que pueden ser considerados como más sobresalientes destacan la basílica de
Santa María, Madre de Aquisgrán, construida con trabajo admirable. Como
practicó escrupulosamente y con el mayor fervor la religión cristiana, de la
que se le había imbuido desde su más tierna infancia, también construyó en
Aix-la-Chapelle una basílica de extrema belleza, que adornó con oro y plata y
candelabros, y como podía procurarse por otra parte las columnas y mármoles
necesarios para su construcción, los hizo traer de Roma y Rávena. No dejaba,
cuando le era posible, de acercarse a esta iglesia mañana y tarde… La proveyó
con generosidad de vasos de oro y plata y de una cantidad suficiente de
vestimentas sacerdotales…
Sin temor a la exageración, Carlomagno tenía
pretensiones de hacer de Aquisgrán una «Segunda Roma» y por ello dio
orientaciones precisas de imitar sus construcciones, según han apuntado algunos
cronistas, como Angeberto. El mundo carolingio trataba de recuperar la Roma de
Constantino, del siglo IV.
Vista de la capilla y el trono de Carlomagno en la catedral de Aquisgrán.
Este recinto era el preferido del emperador.
Un ejemplo ilustrativo de este interés es la
basílica de Santa María, Madre de Aquisgrán, que constituye un trasplante de la
arquitectura bizantina en tierra francesa, porque tomó como modelo la Catedral
de San Vital, de Rávena. De ella se dice que fue diseñada por el obispo Eudes
de Metz y que trabajaron muchos hombres, provenientes de este lado del mar (se
supone que mayoritariamente italianos). Su edificación empezó en el año 790 y
concluyó en el 797. Los historiadores, al describirla, apuntan que el conjunto
estaba ordenado siguiendo un plano geométrico octogonal y no basilical, como la
mayoría de las iglesias carolingias (influencia de las construcciones del mundo
antiguo), con dos calles principales, orientadas hacia los puntos cardinales.
Se narra que la capilla palatina y el aula regia
estaban comunicadas. La primera tenía una planta central, en forma de octágono
en su interior, y de hexadecágono en el exterior, con un pasillo ambulatorio en
medio; encima de la puerta de entrada, en la tribuna, se encontraba el trono
imperial. Muy cerca estaba el presbiterio, de planta cuadrada. Su decoración
exterior era muy simple, con muros de mamposterías, que reforzaban los vanos
con sillería. Actualmente, en Alemania se conservan partes de esta construcción,
que fue símbolo del arte carolingio, la capilla palatina, la actual catedral y
pequeños restos de lo que fue el salón del trono imperial.
Entre estas construcciones insignias de la época
franca-carolingia que imponen un estilo, una forma y hasta un gusto
arquitectónico, destacan también: la Catedral de Saint Denis; la San Lucio de
Coira o la de San Maurice D’Agaune; la Iglesia monástica y la abadía de Fulda
(ciudad alemana, en el estado de Hesse, sobre el río del mismo nombre); el
Pórtico de la Abadía Imperial de Lorsch y la Planta de Westwerk de Corvey, que
era una construcción de planta cuadrada, organizada en dos pisos y que se
levantaba en el extremo occidental de muchos templos carolingios y al mismo
tiempo servía de fachada a éstos.
Pero sus aportes no se quedan solo en estos
edificios para la meditación y el encuentro con el espíritu cristiano. El
interés de este «Lugarteniente de Dios» por recuperar conscientemente el arte
antiguo lleva a los francos a concebir y crear el tipo de iglesia que tenemos
hoy; el concepto de la capilla; la realización y diseño de un gran repertorio
de imágenes sagradas, que luego son reproducidas por el mundo románico; la
creación de las criptas, ese espacio subterráneo en el atrio de las iglesias,
que en ese momento eran utilizadas para guardar reliquias y a las que
posteriormente se les adosó tumbas en el interior del piso bajo, para enterrar
con todos los honores y joyas a los grandes nobles cristianos y evitar que
fueran saqueados sus bienes; el diseño de toda una topografía eclesial,
relacionada con la forma en que se colocan las reliquias (de acuerdo con un
orden jerárquico religioso). Por ello las contribuciones eclesiales
carolingias, en el campo de la arquitectura y la liturgia, son reconocidas como
un jalón para la comprensión del arte europeo ulterior, tema en el que
profundizaremos en el próximo capítulo.
§. Villa, señorío y palacio…
Haciendo un foco más detenido y ampliado en la
organización del Estado Carolingio, vemos la importancia que para nuestro
tradicional guerrero germánico tiene el Gran Dominio (Régimen Dominical
Clásico). En su acepción antigua, villa significa pertenencia, dominio, feudo,
posesión, pagus, gran explotación rural o más exactamente para esa
época, grandes terrenos aristocráticos o eclesiásticos; entonces eran grandes
conjuntos terrestres, de considerables superficies, divididos en explotaciones:
unas muy amplias, cuyo usufructo se reservaba al dueño y el resto de
proporciones variables, pero siempre menores, destinadas a las familias
campesinas.
La reserva señorial, apodada manso del señor (mansus
indominicatus), estaba ordenada alrededor de un espacio cercado y
edificado, denominado corte. En ese solar casi siempre se construía la casa del
noble, el corral, el establo o cuadra, el cobertizo, el granero, la capilla,
los molinos y hasta la panadería. Sin dudas, la obra de la capilla no podía
omitirse, en tanto era el símbolo de la ideología cristiana, en crecimiento
vital durante todo el período. Ello apuntaba a las claras que el emperador
basaba su soberanía en el carisma hereditario, el poder económico y la
capacidad militar de los nobles.
La guerra era la fuente de riquezas en tanto
proveía de tierras y de mano de obra esclava; de ahí que los éxitos en la
contienda eran la base del poder y de las prerrogativas de Carlomagno.
Mediante los llamados bann o
bandos se convocaba para integrar las tropas que irían a las zonas de
conflictos militares o para administrar la justicia. El centro político era la
corte, como ya apuntamos aglutinada en el Palacio Real, controlado por una
serie de figuras, poseedoras de la confianza del rey. Hay que tener en cuenta
que, desde la renovación de los antiguos estamentos merovingios no solo se
abolió el cargo demajor domus, sino que comenzaron a descollar figuras
como la del archicapellani y la del chambelán o
canciller. Volvamos a internarnos en esa red de colaboradores.
La figura del mayordomo merovingio fue sustituida
por el camerarius, encargado de cuidar las monedas y joyas del rey
guardadas en la Cámara, y todo lo relacionado con el bienestar y confort del
soberano. A su lado estaban el senescalcus, encargado del
avituallamiento del Palacio, el buticularius o copero y
el comes stabuli o jefe de las caballerizas. Debajo de esa
nomenclatura de funcionarios se encontraban el personal doméstico, algunos con
misiones militares también.
El comes palatii o conde de
Palacio tenía atribuciones en la aplicación de la justicia y la administración
local; en tanto el archicapellán administraba la capilla y fue el precedente
del canciller medieval, cuyo deber principal era redactar y conservar los
documentos imperiales. Estos eran los únicos que conocían el latín, la lengua
oficial del Imperio y en la que se redactaba toda la documentación
gubernamental. Dicho conde de Palacio, procedente de familia austrasiana y
educado en la corte, era una especie de oficial del rey, con poderes omnímodos
en el ámbito del condado. Siempre estaba retribuido por el emperador con una
posesión de tierra, que con el tiempo era declarada hereditaria.
Sus deberes estaban relacionados con lo
administrativo, lo judicial y lo militar de su pagus o
territorio. Aunque eran raros los traslados o revocaciones de condes, el único
capacitado para hacer cambios de esta índole era el emperador. Se sabe que,
cuando Carlomagno regresó de su expedición por España, destituyó, en el año
778, a nueve de los quince condes de Aquitania, que fueron reemplazados por
agentes seguros, reclutados entre las filas aristocráticas de Austrasia y entre
su propia familia. Al cabo de los años, se empezó a manifestar como tendencia
que los hijos sucedieran a sus padres en ese importante cargo, tradición muy
propia de la idiosincrasia de los germanos.
Para asistir al conde estaba el bailío,
que supervisaba a los restantes funcionarios del condado, seguidos muy de cerca
por los obispos, vicarii o centenarii, que poseían
amplias atribuciones señoriales como instrumentos útiles de ese poder. Detrás
de todo ese entramado de competencias difusas y nebulosas, se movían los
siempre presentes missi dominici, que velaban el cumplimiento de
las capitolaris (de lo administrativo y judicial) y si era
necesario y el momento lo disponía, recibían el juramento de fidelidad al nuevo
soberano.
§. La tierra manda
Todo ese andamiaje político y judicial estaba
asentado en una superestructura administrativa, cuyo eje era una sociedad
rural. Sin dudas, la posesión de la tierra («latifundio») otorgaba estatus
social, era la fuente de poder y la columna económica. En la base de la
pirámide rural se ubicaba el esclavo, fundamento del Estado Carolingio, la
última sociedad europea apoyada en esa institución. Dicho estamento aglutinaba
la pobreza territorial, la esclavitud del vasallaje al señor feudal y la
miseria económica.
La imagen muestra a los distintos estratos sociales. Adelante, el señor
feudal, de fondo un campesino.
Es bueno apuntar que el ejército de esclavos no
solo estaba integrado por los ciudadanos de los pueblos sojuzgados, sino
también por hombres libres que por deudas o condenas judiciales pasaban a
formar parte de esas filas. También por una práctica que comenzó a ser muy
usual: que muchos padres en la miseria vendieran a sus hijos como esclavos (de
ahí que fuera necesario decretar una ley que impidiera ese abominable
proceder). Y si bien el cristianismo en su letra vetaba la esclavización de los
seguidores de su fe, la Iglesia como institución no condenaba expresamente la
esclavitud y solo se circunscribía a defender los derechos familiares de estos
seres humanos, sobre todo su capacidad para contraer matrimonio legítimo.
En esa superestructura imperial diseñada por el
Reino Carolingio, la base, como dijimos, la constituían los esclavos; en el
estrato superior, aunque no muy por encima de los esclavos, se ubicaban los
colonos y con mayores prebendas sociales estaban los libres, un
grupo social sin vitalidad, ocioso y en completa caducidad.
En la cúspide de la sociedad, estaban los ricos,
con grandes extensiones de tierras (el conde, el obispo, el abad y los otros
mandatarios del poder central). Para tener una idea de esa potestad, nos
remitimos a una Capitular del año 805, que apunta que un conde habitualmente
poseía unas cuatro mil hectáreas de tierra (también medida en mansos) y sus
propietarios estaban obligados a poseer para el servicio militar una coraza de
escamas… (formando, por tanto, parte de la caballería pesada, privilegio de los
más altos estratos sociales).
La agricultura, entonces, se había convertido en la
más importante actividad del mundo antiguo. Por ello, los vastos feudos que
ocupaban casi todo el territorio en Italia, estaban dedicados al pasto; allí la
población fue reemplazada por el ganado lanar, vacuno o porcino y tenían
proyecciones de extenderse más cada día.
Para esos territorios se precisaba de un pequeño
número de esclavos. En tanto, en las villas, donde una gran cantidad de
esclavos se dedicaba a la horticultura en gran escala, con destino al
avituallamiento de los propietarios o para proveer de víveres los mercados de
las ciudades, se pasaba un mal momento por la decadencia de dichos propietarios
y el ocaso de los centros cívicos.
Ello trae consigo la extensión de los cultivos en
pequeñas haciendas, debido a la división de las villas en pequeñas parcelas,
entregadas a arrendatarios o aparceros, con carácter de herencia. Por esas
tierras debían pagar cierta cantidad de dinero anualmente (de la sexta a la
novena parte del producto del año). También eran entregadas a colonos (que no
eran esclavos, pero tampoco eran libres) que pagaban una retribución anual fija
y podían ser vendidos con sus parcelas.
A éstos últimos les estaba vedado el matrimonio y
solo podían aspirar al concubinato (contibernium, al estilo esclavo).
Ese grupo integró la matriz de lo que fue, con posterioridad, el gran cúmulo de
servidumbre («siervos de la gleba») del Medioevo.
Las tierras coexistían en categorías duales: las
alodiales o tierras libres y las señoriales, divididas en reservas del señor y
mansos cultivados por los siervos y colonos. Estas extensiones de terrenos
fértiles estaban sometidas a las prestaciones o «corvées», alquileres a colonos
con pagos, en especie primero y luego en metálico, al señor.
Explican los historiadores que la explotación de la
tierra se dividía en tres etapas, según la usanza campesina: cultivo o siembra
de otoño (trigo, cebada), cultivo de primavera (avena, cebada y leguminosas y
hortalizas) y barbecho. Para tener una idea del escenario geográfico en que
tiene lugar este diseño productivo, es preciso apuntar que las tierras
cultivables estaban rodeadas de bosques, el paisaje rural sobresaliente en el
Medioevo. Tal cual apunta el historiador español Rafael Conde Delgado de Molina
… hasta el punto, que las tierras cultivadas son,
en realidad, simples islotes en medio de él.
De los bosques se extraía la madera para la
construcción de muebles y la realización de figurillas religiosas (de encina);
eran fuentes de animales para la alimentación, con la caza y la pesca (dos
complementos de la producción agrícola); se le extraía la miel de las abejas,
pero sobre todo, el bosque era el ecosistema del cerdo, cuya carne era muy
codiciada por el tocino y la grasa que proporcionaba. En el bosque estos
animales se alimentaban de bellotas.
El alejamiento de los campesinos de las zonas de
siembra, cosecha y producción, debido a la participación en las guerras, con
sus consecuentes implicancias nefastas en los resultados productivos; el
aumento demográfico; las hambrunas; la expansión de las fronteras del Imperio y
el inicio de técnicas de rotación de cultivos, todo trajo consigo que el mando
real se percatara de la necesidad imperativa de dejar de convocar a los
campesinos libres a las conquistas, y de destinarlos únicamente a lo que mejor
sabían hacer: producir alimentos, forrajes para caballos y pastos para ganado
(sobre todo porcino).
Esta medida incidió en el aumento del costo de las
guerras y trajo consigo la subida, por parte del Estado, de la recaudación
impositiva, sobre todo entre campesinos, lo que produjo revueltas,
descontentos, boicots agrarios, represión interna estatal, etc.
Hay que valorar que esos campesinos, que
inicialmente formaban una parte constitutiva del núcleo del ejército, después
de la conquista de Francia se habían empobrecido de tal manera que llegado el
siglo IX, apenas uno de cada cinco disponía de los pertrechos necesarios para
ir a la guerra. Fue entonces preciso sustituir el ejército de campesinos libres
por uno de vasallos o siervos de la nueva nobleza. Así, aquella base de
relaciones de explotación agraria fundamentadas en la hegemonía del noble sobre
la masa de siervos genera el que hombres libres o propietarios de tierras
entren, voluntariamente, en relaciones de vasallaje con un guerrero, a cambio
de protección y con pagos casi siempre en especie (en grano la mayoría de las
veces). Por ello el campesinado, ligado a un señor, no solo debía darle parte
de la cosecha a este, sino también, proporcionarle, entre sus hijos, un soldado
fuerte que sería utilizado como escudero.
§. Agriculturas y obras
Si algún resultado es encomiable en este periodo es
la producción de cereales, base esencial de la riqueza agrícola, y la
producción de vinos, símbolo de linaje y prestigio nobiliarios. El cereal era
empleado también para la fabricación de cervezas, la principal bebida que se
consumía en el norte de Europa.
El ganado porcino que pastaba de manera semisalvaje
era la fuente de riqueza fundamental del campesinado.
Mientras esto sucedía, la ganadería vacuna se
tornaba ineficiente y la masa disminuía por el abandono, las enfermedades y el
pastoreo a piaccere , a pesar de la introducción (en los
siglos V y VI) del molino de agua y el barbecho bienal o trienal (tierra
labrantía que se deja de sembrar por dos o tres años para prevenir su
agotamiento y recuperar sus nutrientes), que podían haberle dado un vuelco al
campo agropecuario.
En la agricultura, además, se hicieron algunos
avances con la sustitución del arado romano de madera por uno en forma de peine
de metal, que era movido por animales de tiro. Y aunque el hierro era un lujo,
una excepción, el labrador que podía utilizar arado tirado por animales tenía
mejores rendimientos.
El campesino o bracero debía contentarse con
trabajar con sus manos y roturar con ellas la dura tierra.
Con el interés de fomentar la agricultura, la
industria y el comercio, Carlomagno proyecta grandes obras de carácter
nacional, como el canal que debía unir los ríos Rhin y Danubio, pasando por los
esteros de los ríos Redmitz y Altmûhl (ubicado en el sur de la actual Alemania
y en el centro de Baviera, a unos cien kilómetros del norte de Munich), y una
vía fluvial destinada a unir el Occidente con el Oriente. Intentaba proteger y
promover con verdadero interés cuantas empresas consideraba que podían favorecer
los intereses de su Imperio. Entre otras medidas dispuso que sus súbditos
plantaran determinados árboles frutales, cuyo cultivo se extendió así por toda
Francia y el Norte de Europa.
Esta fragmentación de los territorios en feudos se
consumó en torno a la figura aristocrática de un conde, un barón, un marqués y
hasta con la aprobación del soberano. Todo ese sistema, junto a la dominación
espiritual y pastoral del clero, complementado por el dominio militar, fue la
fuente de sostenimiento del régimen feudal.
Cerdos alimentándose con bellotas. La carne porcina era muy codiciada en la
dieta alimenticia de la sociedad carolingia, debido a la cantidad de tocino y
de grasa que proporcionaba.
Como ha expresado el filósofo alemán Federico
Engels en el ensayo citado ya en este capítulo:
Bajo los sucesores de Carlomagno, completaron la
ruina de los campesinos francos las guerras intestinas, la debilidad del poder
real, las correspondientes usurpaciones de los magnates (a quienes vinieron a
agregarse los condes de las comarcas instituidos por él, que aspiraban a hacer
hereditarias sus funciones) y, por último, las incursiones de los normandos.
Los problemas económicos se extendieron debido,
también, a epidemias, como la peste, que ya azotaba desde mediados del siglo VI
y hasta finales del VIII; las complicaciones que trajeron las sequías en
algunas zonas, que convirtieron en improductivos muchos campos; el traslado de
hombres de unas áreas a otras debido a las incursiones militares, y el tener
una sociedad basada fundamentalmente en la agricultura, como principal fuente
de riqueza y casi exclusiva actividad productiva. Tal cual ha explicado el historiador
belga Henri Pirenne (1862-1935), quien señaló la importancia de los hechos
sociales y económicos en la interpretación de la historia universal, en su
libro Historia económica y social de la Edad Media (1933)…
… desprovista de ciudades, pues las que existen
apenas se distinguen de los campos vecinos, rellenas como están de animales,
granjas e invadidas por viñas y cereales, y en franco retroceso la pequeña
propiedad, la vida económica se concentra en el gran dominio. Su objetivo: la
simple subsistencia, desconoce el concepto de beneficio y se conformará con
exigir de la tierra los productos estrictamente necesarios. La autarquía de
cada complejo se impone, y las capitulares carolingias, cuando legislan sobre las
grandes explotaciones, la recomiendan. La economía tiende a cerrarse: se compra
y se vende poco.
§. Cómo y dónde se vive
Según datos arqueológicos, las casas medievales
eran muy sencillas, por regla general. Su tamaño era reducido y estaban
construidas de madera, adobe y piedras, utilizando heno o paja de techumbre.
Las cabañas campesinas solían medir entre dos y seis metros de largo, por dos
de ancho.
En su interior, la familia y los animales convivían
y alrededor había un huerto, donde se cultivaban las hortalizas, las legumbres
y unas pocas frutas, base de la alimentación. El pan se había convertido en el
alimento fundamental de la dieta, junto a sopas y carnes sazonadas con
especias, que ellos estimaban favorecían la digestión (unas seis mil calorías
diarias).
Esto explica que la obesidad, sobre todo entre el
estamento de los nobles que eran quienes menos trabajaban, constituía una
particularidad de la época. Los campesinos, sometidos a labores fuertes y
duras, tenían mejor físico y salud.
La esperanza de vida rondaba los treinta años,
situándose la longevidad media entre los treinta y cuarenta años para las
mujeres y cuarenta y cinco para los hombres. El mal llamado sexo débil fallecía,
principalmente, de fiebres puerperales o partos difíciles, y la natalidad era
muy alta. Los hombres solían padecer parálisis, debilidad producida por la
desbalanceada dieta; ceguera, enfermedades mentales (patología tratada como
«posesión del demonio») y la poliomielitis.
El comercio, durante los siglos V al X había
virtualmente desaparecido, pues para entonces ya las ciudades menguaron en
importancia. Durante este período, oficios artesanales como la arquitectura y
la sastrería estaban dominados por los Gremios, instituciones que decidían
quién podía ejercer esas profesiones y controlaban el aprendizaje.
El arte de la fundición y el de la orfebrería
comienzan a ganar cierto prestigio social. La producción y el consumo in
situ no eran el estímulo adecuado para el intercambio mercantil.
Determinados productos (como la sal para conservar carnes y las especias,
traídas del Oriente y usadas por cocineros y médicos merovingios) eran muy
codiciados, pero comienzan a faltar en época carolingia. Así también el papiro
egipcio, traído del exterior y muy utilizado por los copistas de los
monasterios y los nobles en sus escuelas. Debe ser sustituido por el pergamino
debido a las dificultades comerciales.
Mención aparte merece el sistema monetario. Si
desde el período merovingio hasta el período carolingio, la decadencia
monetaria fue tan profunda como rápida, cada uno de los reinos bárbaros que se
habían repartido el Imperio de Occidente había conservado como patrón monetario
el sueldo en oro de Constantino (acuñado con la denominación
de reyes). Esta unidad de valor transaccional constituía una verdadera moneda
internacional, universalmente aceptada desde Siria hasta los Pirineos y desde
África hasta las fronteras de la Galia. Pero a partir del siglo IX desapareció
en la monarquía carolingia cuando esta se transformó en un Estado eminentemente
agrícola y sin comercio. Solo circula algo de los llamados reyes en
los sitios donde subsisten algunos restos de tráfico comercial (sobre todo en
la región frisona y en España).
Varias escenas de la vida campesina. La agricultura era la principal
actividad productiva, pero también se producía miel y se pescaba.
Como ha expresado el prestigioso investigador Henri
Pirenne:
El metal amarillo, que la interrupción del comercio
del Mediterráneo desterró de Europa Occidental, deja por varios siglos de
servir de instrumento de intercambio. Desde el reinado de Pipino el Breve, la
moneda de plata sustituyó definitivamente a la moneda de oro, y Carlomagno, en
este como en tantos dominios, termina la obra de su padre y le da su forma
definitiva.
El sistema monetario que estableció y constituyó la
más duradera de sus innovaciones (que perdura aún hasta nuestros días, en donde
circula la libra esterlina) se aparta definitivamente del sistema monetario de
Roma. Carlos, intentaba de esta manera poner orden y sanear el caos monetario
que reinaba y adaptarse, por otra parte, al estado de la época, adaptando la
legislación a las nuevas certidumbres económicas. Además, regularizó y unificó
el sistema de pesas y medidas, según su autoridad y criterio y en una capitular
del año 789 adoptó un único metal: la moneda de plata de buena ley y de peso
exacto.
En ese sentido, todos coinciden (no se levanta
ninguna voz disonante) en ver en Carlomagno un genio creador y realista, al
darse cuenta en lo sucesivo del rol que debía ejercer la estabilidad de una
moneda sana, en momentos de entera regresión agrícola:
… y resolvió proporcionarle un numerario adecuado a
sus necesidades. Su reforma es la que convenía a una época de economía rural
sin mercados exteriores. En eso consiste a la vez su originalidad y grandeza.
Eso es lo que aclara el profesor belga y doctor en
Historia, en la Universidad de Lieja, Henri Pirenne.
Carlos introdujo en el sistema monetario carolingio
lo que se denominó monometalismo de plata, acuñando únicamente monedas de ese
metal blanco, aunque en honor a la verdad histórica, en ese Estado circuló algo
de monedas de oro, pero no fue muy abundante. Se acuñó una moneda nueva, de
plata, denominada libra, y mucho más pesada (491 gramos) que la libra romana,
dividida en 240 unidades de metal puro que se designan con el nombre de
denarios (denarii).
En otra capitular, Carlomagno expresa la
prohibición total de los viejos denarios y…
… decreta que los nuevos serán aceptados por todos,
en cada lugar, en cada ciudad y en cada mercado.
Estos denarios de plata constituían las únicas
monedas efectivas para la realeza, moneda adaptada a una época en que la
mayoría de las transacciones se hacía en pagos de detalle…
Para velar por el prestigio de estas monedas,
Carlos dictó leyes donde el Estado era el único con derecho a acuñarlas, y para
controlar ese proceso designó un número reducido de talleres que funcionaron
bajo su vigilancia. De la época se conservan algunos documentos oficiales donde
se imponían penas muy severas a los falsificadores y a las personas que se
negaran a recibir en pago los denarios legales. Se cuenta que el metal pudo
haber salido de los botines conquistados a los pueblos bárbaros y de algunos yacimientos
argentíferos de la Galia (como el de Melle, en Aquitania).
Con la llegada del feudalismo, a partir del siglo
IX, desaparecido el Soberano, en medio de la anarquía en la que zozobró el
poder real, muchos príncipes feudales usurparon el derecho de acuñar monedas.
También la Iglesia, un poder crucial para entonces, conquistó el derecho de
desarrollar dicha práctica y con el tiempo existieron tantos denarios como
feudos, provocando un caos irreparable.
Y aunque con estas consideraciones nos adelantamos
al próximo capítulo, es bueno para poder explicarle al lector el por qué se
extinguió el comercio, actividad vital para la economía de cualquier región.
Aunque muchos historiadores intentan sostener la tesis de una ascensión
económica bajo el reino de Carlomagno, esto es una mera especulación histórica.
En realidad, comparado con el período merovingio, el carolingio aparece desde
el punto de vista comercial como una etapa de pleno retroceso y regresión en tanto
hasta el tráfico marítimo tiende a desaparecer por el acoso de los normandos.
§. El comercio y la industria
A pesar de que la actividad mercantil no se
paralizó del todo, porque en los comienzos del siglo IX los barcos frisones
siguieron surcando los ríos, como el Mosa y el Rhin, y dedicándose al cabotaje
en las costas del mar del Norte, esta situación en nada apuntaba a un
renovación, sino que eran signos aislados de la continuidad de una empresa que
comenzó en tiempos del Imperio romano y perduró hasta la época merovingia.
Es presumible que el asentar la corte imperial en
Aquisgrán de manera habitual y la necesidad de abastecer su numeroso personal
hayan contribuido no solamente a sostener sino a desarrollar la circulación en
los feudos vecinos y a hacer de esas regiones las únicas donde se notaba cierto
movimiento comercial.
Pero lo normandos no tardaron en borrar ese
vestigio a fines del siglo IX, al saquear y destruir sitios colindantes con los
ríos más vitales, como Quentovic (ubicado cerca del canal de la Mancha, en la
orilla sur del río Canche, centro franco de recaudación de impuestos sobre
actividades comerciales, en los años 670 y principal centro de intercambio del
mundo carolingio con Britania).
Empero, algunos textos apuntan aún la circulación
de pocos barcos cargados de sal, procedentes de las salinas de Salzburgo y un
reducto comercial de aventureros y corsarios en las márgenes del río Elba y del
Saale. Basta leer las ordenanzas legislativas de la época para convencernos de
que debido a la inseguridad permanente en esas fronteras militares, era casi
utópico pensar en una comunicación con normalidad y permanencia.
Moneda con el rostro de Carlomagno. El imperio carolingio estableció un
sistema monetario superior al utilizado por los romanos.
Después de la coronación, en el año 800, la
historia refiere que para reforzar la unión del Occidente con el Oriente, se
preparó un matrimonio de la emperatriz bizantina Irene con el emperador
Carlomagno, que a la sazón había enviudado de la princesa de Alemania,
Lutgarda, con la que no tuvo sucesión, Pero el plan, si realmente existió y no
es obra de la presunción, se malogró al ser depuesta del trono aquella
soberana, en el año 802. Un año antes, ella había concebido reconstruir la
unidad del Imperio mediante ese casamiento, y se habían iniciado las
negociaciones con el emperador franco. Pero sus militares quienes siempre se
habían opuesto a que una mujer tuviera el título imperial, consideraban que lo
que debía hacerse era una guerra contra el Imperio franco.
De ahí que un complot organizado de generales
secuestró a la reina Irene y la confinó en un convento en la isla de Lesbos
(donde murió al año siguiente). En su lugar fue nombrado emperador de Bizancio
el tesorero de Carlomagno, el apóstol guerrero Nicéforo I. Este se vio forzado
a complacer a los generales y declaró la guerra a Carlomagno, pero se las
ingenió para terminar la contienda cuanto antes.
En el año 803, ambas partes firmaban la paz; Carlos
reconocía el dominio bizantino sobre el sur de Italia y la costa de Iliria, así
como sobre la ciudad de Venecia, que estaba totalmente bloqueada por territorio
franco pero sus habitantes eran fieles seguidores de Constantinopla. De esta
manera, el nuevo rey bizantino se pudo dedicar a restablecer las finanzas del
Estado, que estaban muy relegadas por Irene, quien se había ocupado
primordialmente de las cuestiones religiosas y de consolidar su ejército.
Debido a la decadencia comercial y a las
transacciones ocasionales que se daban para entonces, de la que ya hemos
hablado, la industria tampoco alcanzó un desarrollo y es escasa, con una clara
orientación de subsistencia.
Su actividad más usual es la fabricación de paños,
para sustituir las sedas, que tanto gustaban a los señores laicos y eclesiales
de la corte de Carlomagno, por la interrupción del comercio entre el Oriente y
el Occidente debido a la presencia árabe en el Mediterráneo. También la
construcción de útiles agrícolas. Albañiles y carpinteros conformaban, junto a
algunos herreros, la endeble gama de ocupaciones industriales. Y su producción
apenas escapaba de las fronteras de los feudos y solo los tejedores de paños de
Frisia, algunos escultores, joyeros y arquitectos salían de sus dominios y
alquilaban sus servicios en otras tierras, según describen los historiadores y
algunas capitulares.
La producción y el consumo sobre el terreno no
sería nunca un próspero estímulo para el intercambio mercantil.
Pese a esta frágil situación económica y con el
interés de promover dicha actividad, se conserva una ordenanza que, a mediados
del siglo VIII, autorizaba a los obispos a abrir un mercado en cada ciudad.
Pero el declive de la población urbana constituyó un obstáculo para el progreso
del intercambio mercantil y de servicios que se pretendía.
§. Últimos días de un soberano
Según Eginardo, su amigo y contemporáneo, Carlos
gozó siempre de envidiable salud, hasta poco antes de morir. Se dice que solo
cuatro años antes de su deceso comenzó a tener esporádicamente algunas fiebres
y los médicos le diagnosticaron una gota, que le hacía cojear de un pie. En
esos momentos, los galenos le sometieron a un régimen de alimentación de
viandas hervidas, cosa que el rey aborrecía, pero ninguno llegó a la temeridad
de prohibirle terminantemente comer carne, pero le recomendaban cocerla y no comerla
asada.
Los consejeros médicos acabaron por hacérsele
antipáticos, y como Carlos era muy voluntarioso y tozudo, comenzó a tratarse a
su manera. Por ello, sin escuchar pareceres, volvió a sus asados, tomó baños
frecuentes y siguió nadando en las aguas termales, su deporte preferido.
Eginardo comenta:
… era más parco en la comida y, sobre todo, en la
bebida. No soportaba la embriaguez ni siquiera en sí mismo o en los más
allegados; era sobrio en el beber vino u otras bebidas. Pero de la comida no
podía abstenerse tan fácilmente, hasta el punto de que constantemente
preguntaba si los ayunos podían serle nocivos. Raramente comía acompañado, pues
solamente lo hacía en las grandes festividades y rodeado de un gran número de
personas. Cuando cenaba se distraía con juglares y música o bien hacía que le
leyeran libros. Le agradaban, sobre todo, las obras de San Agustín,
principalmente la titulada: De Civitate Dei. En verano, después de la comida
del mediodía descansaba dos o tres horas.
A principios de enero del 814, encontrándose en
Aquisgrán, y después de uno de sus baños, comenzó a sufrir calenturas fuertes,
que lo postraron rápidamente. Dicho episodio degeneró en una pleuresía, que le
quitó la vida en siete días.
El 28 de enero de 814 entregó su alma a Dios y su
cadáver fue colocado en un sarcófago antiguo, que aún se conserva, en el que
está representado, a relieve, el rapto de Proserpina, la diosa de la mitología
romana cuya leyenda es la base de un culto de primavera, y que representa la
vida, la muerte y la resurrección.
Su féretro fue enterrado bajo el altar de la
basílica de Aquisgrán, y cuentan que dentro le colocaron una Biblia, un manto,
algunas insignias imperiales, un tesoro en alhajas y vajillas de oro, de las
cuales desgraciadamente apenas se conserva un resto.
Al óbito del Emperador Augusto asistieron los niños
y jóvenes de estirpe real, quienes condujeron el sarcófago guiados por su hija
más querida y mimada: la princesa Rotaida o Rotrudis, (775-810), hija de
Hildegarda de Alemania. Detrás de la comitiva fúnebre marchó el pueblo.
Isla de Lesbos. Allí fue confinada la emperatriz bizantina Irene para que no
contrajera matrimonio con Carlomagno. A cargo de la corona quedó el tesorero
Nicéforo I quien le declaró la guerra al rey franco.
Cuando llegó su otro hijo, el emperador Luis o
Ludovico Pío, que se encontraba de expedición militar fuera de Aquitania, puso
en marcha todas las directrices de su padre en relación con el reparto del
tesoro palaciego e hizo levantar un arco de oro sobre la tumba de su
progenitor, con la siguiente inscripción:
Aquí yace el cuerpo de Carlos, grande y devoto
emperador, que ensanchó con nobleza el Reino de los Francos.
En los días posteriores al entierro del Soberano,
la atención del nuevo Imperio Occidental estaba en la sucesión. Según el
testamento que Carlos realizó en el año 806, no proclamaba emperador a ninguno
de sus vástagos, pero dividía entre ellos el Imperio: la mayor parte de lo que
se conocía con el nombre de Francia le sería entregada a Luis «el Piadoso»;
Franconia, es decir Frisia, Sajonia y Hesse fueron la herencia de Carlos el
Joven; Pipino recibiría Lombardía y sus dependencias italianas, Baviera y Alemania
del sur.
Pero las desventuras de la vida quisieron que
Pipino y Carlos, para la muerte de su padre, ya no estuvieran vivos. Todos
recordaron que en el año 813, al morir los dos hijos mayores, Carlos había
arreglado la sucesión en provecho del menor: el rey Luis Ludovico Pío. Con ese
propósito se había convocado una asamblea general en Aquisgrán, que por
aclamación lo hizo partícipe del poder imperial. Los nobles del Imperio
decidieron, para no prolongar el caos, nombrar como rey de los francos a Luis
el Piadoso.
El historiador Harold Lamb relata en su libro Carlomagno que
pocos días después del entierro…
… llegó de Constantinopla Amalhar, el obispo
embajador, quien traía firmado el tratado de paz entre los dos imperios. Sin
embargo, Carlomagno ya no estaba allí para hacerlo cumplir e intentar unir las
dos mitades hasta entonces separadas del mundo cristiano.
En el año 1215 sus restos fueron sacados de la
capilla y colocados en una caja de plata, en el altar de la catedral de
Aquisgrán, la ciudad que él había fundado. Con su muerte, su figura comenzó a
ganar mayor simpatía ante los ojos de los cristianos europeos que le consideran
el «apóstol armado de la religión»; incluso en varias oportunidades se propuso
su canonización ante la Santa Sede. Enrique II de Inglaterra y Federico I
Barbarroja llegaron a pedirle al pontífice romano que le canonizara, pero no es
hasta el 29 de diciembre del año 1165 que el papa Pascual III incluye su nombre
dentro de los santos católicos y realiza la ceremonia de santificación en
Aquisgrán.
Y aunque la fiesta, que se celebra cada 28 de
enero, para rendirle culto a su persona estuvo reducida al Imperio germánico
durante mucho tiempo, con posterioridad en el siglo XV Francia comienza a
considerarle también como un santo, y Luis XI llegó a firmar un decreto que
imponía pena de muerte a quien se negara a admitir la santidad de Carlos I el
Magno.
La canonización de Carlomagno, considerada una
pseudocanonización por algunos religiosos de la época que tenían una fuerte
disputa de poder, le sugiere a Federico I «Barbarroja» la pretensión de
apropiarse la silla de oro en que se sentaba en vida el nuevo santo, vestido
con sus ropas imperiales, pendiente al lado su espada, con su diadema, su
escudo de oro y su cetro adornado de piedras preciosas. Pero la maniobra no es
autorizada por la Iglesia. De todo esto y otros muchos preciosos objetos, solo
se conserva la corona y el cetro; aquella se halla en el tesoro imperial de
Viena, y este en la antigua tesorería de la corona de París.
En 1478, la Universidad de París le adopta como
patrón y hasta algunos oficios religiosos son establecidos en su honor en las
liturgias eclesiales de Europa. El culto a Carlomagno se ha mantenido en
Alemania hasta nuestros días, y se le venera como el «apóstol guerrero».
Sin dudas, su afanosa cooperación con los obispos
para disciplinar y depurar el cristianismo, sus guerras que casi siempre
tuvieron un carácter religioso y político, su tesón y hasta el celo y la
severidad con que implantó la religión cristiana en las tierras que conquistó,
el establecimiento del diezmo obligatorio, su quehacer en función de robustecer
la autoridad de los arzobispos y su labor en la consolidación de las jerarquías
eclesiásticas; el hacer de los templos sedes episcopales magníficos; el interés
que demostró por los asuntos doctrinales y la atenta asistencia en vida a los
sínodos nacionales de la iglesia, coadyuvaron a aumentar el poder de la
religión católica en todas las diócesis de Europa.
La muerte de Carlomagno…
… fue como la señal de las desgracias que llovieron
sobre la tierra. A las últimas divisiones intestinas siguió la irrupción
extranjera más terrible de cuantas se habían conocido. La de los normandos que
en su tercera intervención, en el año 845, pusieron sitio a la capital
destruyendo el comercio y devastando a los países comarcanos, fue prevista,
según se dice por el genio portentoso de Carlos. Pero sus sucesores débiles y
divididos fueron impotentes para resistir a aquellos piratas septentrionales.
Esto apuntaba la revista madrileña El Museo
Universal (No. 19, 9 de mayo, 1869).
Desde ese momento, la historia del imperio franco
se convertiría en un caos, una enfrentada lucha de partidos. La antigua noción
unitaria comienza a hacer agua entre las guerras civiles y las pujas de poder.
Luis el Piadoso, sin decisión para imponerse ni para castigar los complots y a
los revoltosos que surgen dentro del seno de su propia familia, aparece como un
madero flotante dentro de esa tempestad, acentuada por el descontento popular.
Agrava la situación la imagen casi instituida de
que con la muerte de Carlomagno se derrumbaban también el Imperio que él había
construido y la idea imperial como construcción gubernamental, arquetipo propio
de las direcciones autocráticas y los poderes omnímodos.
Más tarde, con el Tratado de Verdún (843), los tres
nietos de Carlomagno: Lotario I, Carlos el Calvo y Luis el Germánico ponen fin
a las hostilidades, rencores y ambiciones por controlar la totalidad del
Imperio Carolingio, y se lleva a cabo otro reparto, que trae consecuencias
nefastas en tanto se desintegra el poderío y se echa por tierra el sueño de
resurrección del Imperio Romano en Europa Occidental.
Miniatura que representa la muerte de Carlomagno. El 28 de enero del 814,
Carlos falleció víctima de una pleuresía. Su féretro fue enterrado bajo el
altar de la basílica de Aquisgrán. Sobre su tumba se alza un arco de oro.
Con dicho acuerdo se siembran las semillas de lo
que posteriormente serían las naciones de Francia (englobaba a toda la Galia),
Alemania, Flandes (que incluye las actuales Bélgica y Holanda), las regiones
francesas de Alsacia y Lorena y la Italia septentrional.
Los últimos herederos de Carlomagno se pulverizan
ante la nueva amenaza de las invasiones normandas. Y en medio del desbarajuste,
el caos del feudalismo y los individualismos regionales, nada queda de la
imperial.
Federico I de Hohenstaufen, llamado Barbarroja por el color de su barba,
quiso apropiarse de la silla de oro en la que se sentaba Carlomagno.
Pero la obra de Carlos no concluye: es Europa
misma, reconquistada y salvada de la barbarie. Como define el filósofo alemán
Federico Engels:
Toda la fuerza y la vitalidad que los germanos
aportaron al mundo romano, era barbarie. En efecto, solo bárbaros eran capaces
de rejuvenecer un mundo senil que sufría una civilización moribunda. Y el
estadio superior de la barbarie, al cual se elevaron y en el cual vivieron los
germanos antes de la emigración de los pueblos, era precisamente el más
favorable para ese proceso.
Capítulo 5
¿El Renacimiento Carolingio?
Creed, jóvenes próceres, creed todos y mis palabras
en vosotros quedarán.
Alcuino de York
Una miniatura en una madera del siglo IX, que aún
se conserva en la Biblioteca Nacional de París, representa a la Escuela
Carolingia y a San Jerónimo enseñando a sus nobles discípulas y discípulos. Los
alumnos y el clérigo van vestidos con túnicas oscuras y finas, en apariencia de
seda, traídas de Persia, cuando aún los normandos o vikingos no se interponían
en el comercio por el Mediterráneo y dejaban llegar al Imperio Carolingio
artículos como las telas finas, las especias, la sal y hasta el papiro egipcio
para escribir. En una esquina del dibujo, otro monje, con una pluma de ganso,
copia abstraído una capitular que reproduce una norma para la comunidad o una
página del manuscrito de la Chanson de Roland, un cantar de gesta
muy leído en las abadías y dominios; una mirada pictórica y hasta «naif» de un
mundo idílico, que estaba por desaparecer, por mutar, por renacer.
Y es que el jefe secular, Carlomagno, comprometido
con una reforma de la iglesia franca que aspiraba a una mejor instrucción de
los clérigos, y necesitado además de funcionarios ilustrados funda la Escuela
Palatina, en la cual sabios españoles, lombardos, irlandeses e ingleses llegan
a la Corte carolingia y tratan de reconstruir la cultura antigua, vapuleada y
dejada de lado por los pueblos germanos.
Así comienzan a editarse, gracias al quehacer de
los copistas que reproducen los textos, los principales libros de la cultura
antigua y se preparan y comentan para que sean comprensibles principalmente a
los contemporáneos.
De esta manera se estructura una metodología de
enseñanza, basada en el «trivium y el quadrivium», que el monarca franco impone
en los centros abaciales y catedralicios con el ánimo de restaurar las luces de
la cultura latina (extinguida bajo el peso cultural de los «bárbaros») en un
maridaje con el mensaje de la Cristiandad. Este despertar, aunque muchos
historiadores lo catalogan de renacimiento (apreciación que
abordaremos más adelante), conduce al desarrollo de un prerrenacimiento cultural,
estimulado por la inmigración a Francia de las élites eclesiásticas de España y
África, que las invasiones árabes han obligado a exiliarse.
El «trivium» (en español, tres vías o caminos),
como ya hemos señalado, agrupaba a las disciplinas literarias, relacionadas con
la Elocuencia, el Discurso, la Oratoria, la Literatura, la Poesía. En tanto,
que el «quadrivium» (en español, cuatro caminos) convoca a los dominios
científicos emparentados con las Matemáticas (Aritmética, Geometría, Astronomía
y Música).
Para el soberano era preciso que el vulgaris
populus (pueblo vulgar, sin educación o populacho) pudiera, de alguna
manera, conocer los libros y la cultura latina. Urgía, en ese momento, además,
una mejor preparación del funcionariado estatal y que el clero saliera de su
ignorancia, de su derrotero cerrado y claustral, sobre todo si se quería llevar
las ideas del Evangelio a mayores capas de la población. Los artífices de esta
búsqueda cultural carolingia apuntaban que los futuros sacerdotes no solo
necesitarían comprender los textos sagrados y la organización del culto, sino
también ampliar su vital conocimiento del mundo que les rodeaba para hacer un
proselitismo más inteligente. Para ello se multiplican las escuelas monacales y
catedralicias, donde se imparte lectura, escritura y rudimentos de latín,
extractos de la Biblia y otros textos litúrgicos, en una primera etapa. Y en
una segunda, un compendio clásico de las siete Artes Liberales, que serían el
basamento de dicha educación.
San Jerónimo predicando entre sus discípulos. Tras años de formación
espiritual en Roma, el santo abandonó esa fastuosa ciudad y se retiró a Belén.
Allí pasará sus últimos días escribiendo y orando.
Hay que tener en cuenta que el concepto de arte
liberal, como se heredó de la antigüedad clásica, guarda relación con el
cultivo de lo que en esa período era denominado «cultura para hombres libres»,
en oposición a las «artes serviles», que incluían, en ese momento, profesiones
como la agricultura, los negocios, el comercio y las finanzas, la ingeniería,
la pedagogía, la medicina o la farmacia.
El término «artes liberales» indicaba, para la
época, los estudios que tenían por fin ofrecer enseñanzas más generales y
destrezas intelectuales, antes que oficios u ocupaciones especializadas. En
su dossier de conocimientos se alistaba la Gramática o
«lingua» (uso correcto de la lengua, ayudar a hablar con corrección); la
Dialéctica o «tropus» (el arte del diálogo y la discusión, del pensamiento
correcto, ayudar a buscar la verdad); la Retórica o «ratio» (razón, técnica de
expresarse de manera adecuada para lograr la persuasión del destinatario,
ciencia que enseña a «colorear» las palabras); la Geometría o «angulus» (una
parte importante de la geometría clásica es el estudio de las construcciones
con regla y compás); la Aritmética o «numerus» (conocimiento y habilidad con
los números); la Astronomía o «astra» (estudio de las estrellas y los cuerpos
celestes) y la Música, «tonos» (que enseña a producir las notas, los cantos, la
melodía, el ritmo y los sonidos).
Durante la Edad Media, las denominadas «artes
liberales» conformaban una parte primordial del currículum de las
universidades. Carlomagno las adopta, bajo la sugerencia de uno de sus
consejeros intelectuales, como la base de la reforma escolar llevada adelante
durante el denominado Renacimiento Carolingio, que los historiadores apuntan
que comenzó en el año 700 y concluyó en el 1000.
No por casualidad los franceses modernos han
querido ver en la antigua Academia Palatina los gérmenes de lo que
posteriormente sería la Universidad de París, la célebre Sorbona, y aunque el
centro de cultura, creado por Carlos y un grupo de sabios, no estaba ubicado en
esa ciudad (hoy capital de Francia), sino que tenía la característica de ser
itinerante, nómade e iba de Aquisgrán a otras confines, como la misma corte del
soberano, su espíritu enciclopédico, su deseo de sembrar el aprendizaje de las
letras y las ciencias en las mentes de sus alumnos sobrevivió a la época
carolingia estimulando la sabiduría, la contemplación claustral y los
conocimientos galos en los siglos posteriores.
§. Caminos, encrucijadas y mecenas
Apaciguados los territorios, silenciadas las
espadas y el retumbar de las patas de la caballería en los campos de batalla,
en plena pax Christi in regno Christi, Carlomagno, el soberano
Carolingio, decide adelantar una profunda reactivación cultural, religiosa,
artística y educativa, que acompañara sus innovaciones administrativas.
El Emperador, que se esforzaba él mismo por
aprender a leer y escribir cada día con mayor competencia, no solo se percibía
como un defensor a ultranza del cristianismo en la tierra, sino también como un
salvador de la herencia cultural latina, del arte de la antigüedad clásica. Por
esta razón busca la ayuda de monjes y figuras intelectuales prestigiosas,
venidas de disímiles lugares del exterior, para esa campaña de alfabetización
popular.
En ese momento, su principal aliado fue Alcuino de
York, un escritor, teólogo, filósofo e historiador anglosajón. Su primer
encuentro se dio en el año 781, cuando Carlos estaba de paso por la ciudad de
Parma, en Italia, y tuvo la ocasión de conocer allí a un monje de la Escuela de
York, en Inglaterra, discípulo del arzobispo Egberto y del monje, escritor y
erudito Beda el Venerable (667-735), apodado «Padre de la Historia Inglesa».
Alcuino de York había nacido en el año 735, y
falleció el 4 de junio de 804. Desde su juventud sobresalió en el estudio de
las artes liberales y las letras latinas; era un gran organizador y mejor
maestro.
Después de un primer diálogo, el Emperador se
percató de que tenía a la persona capacitada que tanto había buscado para hacer
frente a la aventura del saber en sus dominios, y le propuso establecerse en la
capital germana y fundar la Escuela Palatina de Aquisgrán.
De esta manera, Alcuino se pone al frente de esa
difícil empresa y hace de dicha institución un modelo de centro formativo para
la mayor parte de Europa Occidental. En recompensa por sus servicios, el
Soberano le confiere en calidad de donativo tres abadías, entre ellas la de San
Martín de Tours, con más de veinte mil siervos. Por lo que Alcuino pasa de ser
un simple diácono anglosajón a un noble con grandes propiedades (que incluían,
además, las rentas de Ferrieres, Saint-Loup, San Josse y grandes dominios), en
pago por su aplicación intelectual y organizativa en pos de la renovación
cultural y literaria de un Imperio.
En todas esas instituciones no solo se enseñaban
las artes liberales, sino también las Sagradas Escrituras y, por supuesto,
Teología. Tanto la Galia, como Germania e Italia, por voluntad de Carlos y la
dedicación del poeta Alcuino y sus prestigiosos colaboradores, conocieron de
esa intensidad y reverdecer cultural.
§. La luz del saber y la fe
El célebre maestro Alcuino, cuando ya era uno de
los personajes más influyentes de la Corte Carolingia, y desempeñaba un cargo
semejante a un ministro de Cultura o Educación, llamado por sus pares el
«praeceptor Galliarum» (preceptor de las Galias), comienza a sentirse tan
infeliz por sus riquezas desmedidas que le implora al Emperador que le autorice
a repartir sus beneficios entre sus discípulos necesitados.
Más adelante le confesará a Carlos que él solo
anhelaba el retiro a un monasterio benedictino, para concluir su existencia
entre libros, silencio y estudio claustral. Carlomagno le permite retirarse a
Tours, donde funda una escuela que sirve de modelo a otras instituciones de
retiro e ilustración. La escuela de Tours fue uno de los centros de los que
egresaron inteligentes y creativos calígrafos que hicieron inestimables copias
de los libros sagrados.
Alcuino de York en una imagen de época. Alcuino fue un gran teólogo, erudito
y pedagogo anglosajón, afincado en el Imperio Carolingio.
En una de sus tantas misivas a sus colaboradores
(quizás su correspondencia fue lo más interesante de su obra creativa), donde
reafirma su carácter de portavoz de toda una época y a través de la cual
descubre pasajes costumbristas de esa experiencia cultural, les propone:
Vuestro lugar está aquí. Vosotros, cuya función
consiste en transcribir la ley divina y los monumentos de la sabiduría de los
Padres de la Iglesia, guardaos bien de mezclar palabras frívolas a vuestra
conversación y velad para que vuestra mano atolondrada no cometa ningún error.
Buscad estudiosamente los textos puros, a fin de que vuestra pluma, por su
rápido vuelo, marche por el recto camino. Es un gran honor copiar los libros
santos, y este trabajo encuentra su recompensa espiritual.
Para esta empresa del conocimiento y con la idea de
contribuir con sus aportes intelectuales en la corte carolingia, llegaron los
mejores exponentes del conocimiento de la época, famosos humanistas, como el
lombardo Paulo Diácono, que escribió la crónica de su nación, Historia
de los Lombardos; el obispo italiano, San Pietro da Pisa; el poeta franco,
experto en Gramática, Angilberto, y el visigodo y obispo de Orleáns, Teodulfo
(de origen español); el hispano también, Benito de Aniano; el italiano,
Agobardo; Flaccus; Wala; los anglosajones Fredegiso, Sigulfo y Witzón; los
obispos de Lyón, Leydrades; Paulino de Aquileya, el obispo irlandés, Dungal,
proveniente del monasterio de Fulda; el helenista y estudioso de la gramática,
Clemente de Irlanda, quien más adelante sería mártir del catolicismo en la
época de Carlos el Calvo y finalmente, Eginardo, el amigo biógrafo y secretario
de Carlomagno, entre otros sabios anglosajones, irlandeses, españoles,
italianos, germanos y de todas las regiones antiguas, civilizadas por los
romanos.
Por supuesto, Alcuino, el sabio inglés, fue
nombrado jefe de la Academia de Palacio, en tanto se precisaba de una mente
organizada que proyectara la suerte de convocatoria cultural que quería llevar
adelante el Soberano. En aquel recinto de eruditos, donde el conocimiento era
la principal preocupación, el emperador andaba a sus anchas, pero como uno más
pues la humildad era entonces (ya más maduro y con las sienes encanecidas) su
rasgo prioritario.
Dentro de la Escuela Palatina no había ningún tipo
de rivalidad y competencia, todos se escuchaban y era como un templo, una secta
de sapiencia, de poesía, de artes. Solían utilizar sobrenombres simbólicos muy
a la usanza de la cultura antigua, así el de Carlos era David; el de Alcuino
era Horacio; Angilberto era Homero y todos llevaban su seudónimo en recuerdo a
una figura cimera de las letras clásicas y las historias bíblicas.
§. Buscando hasta el final
Nuevamente, Carlomagno imprimió a esa empresa de
renovación cultural la misma entereza que había puesto a lo largo de su vida;
estaba ya muy cansado y viejo, pero continuó con la misma fortaleza y
predisposición, sin dejar de poner su cuota de dirigismo autocrático, que
siempre consideró la clave para triunfar en sus proyectos. Y aunque muchos
investigadores hoy en día ven como una utopía, una quimera, ese proyecto y
hasta los hay que lo señalan con el dedo de manera desdeñosa y escéptica en
cuanto a sus resultados, el esfuerzo se puso y rindió ciertos frutos
importantes.
Pero ciertamente es que Carlos ya se había
percatado de la apatía, de una suerte de desinterés hacía todo lo proveniente
del mundo de la ciencia. Y parte de esa responsabilidad debía atribuírsele a la
Iglesia, pues ella misma preconizaba la fe por encima de la naturaleza.
De ahí que él tratara de cambiar ese orden de cosas
y aspirara, mediante el desarrollo de la Lógica o Dialéctica, del interés por
la indagación especulativa (que más tarde traería aparejado el desarrollo de la
Escolástica, entendida como la aplicación de la inteligencia humana al estudio
de la verdad revelada), a darle un vuelco al pensamiento social.
Para el hombre medieval la existencia (Dios y las
cosas eternas) se hallaba plagada de símbolos y no estaba hecha de elementos,
energías y leyes, sino de formas. Solo los ángeles y los santos se ubicaban en
la eternidad. Los astros en el espacio cósmico, las cosas, el hombre, su
pensamiento interior, la naturaleza, e incluso los estamentos sociales
conformaban un tejido de símbolos que tenían un significado eterno, según
afirmaba el profesor y teólogo católico alemán Romano Guardini, en su
ensayo: El fin de la época moderna (1954), donde expone un
grupo de ideas novedosas acerca de la cosmovisión católica del mundo.
Para llevar a buen puerto el trabajo de
regeneración intelectual, el monarca concibió varios círculos. El primero era
el propio palacio. El segundo debía irradiar y llegar con la cultura hasta los
clérigos y monjes, cuyo nivel de conocimiento se trataba de aumentar. El
tercero debía extenderse a todos los jóvenes del Imperio. Con ese fin, ya
la Admonitio Generalis, aprobada por Carlomagno el 23 de marzo del
año 789, antes de su coronación imperial, había dado claras orientaciones en el
sentido de que en cada obispado y monasterio se inauguraran y estuvieran
funcionando escuelas para la enseñanza de un conjunto de doctrinas eclesiales,
con textos teológicos originales o cuidadosamente corregidos.
En esa capitular, dirigida a los nobles del reino
franco y, sobre todo, a obispos, abades y capellanes entre otros, se ordenaba
servir al rey, y aunque estos religiosos no se encontraban bajo la égida de
ningún obispo, sino que dependían directamente del Soberano Carlos, debían
velar por la pureza de todos los servicios litúrgicos y la divulgación de los
dogmas eclesiales.
Carlos pretendía uniformar las reglas de la fe
católica y apuró algunas soluciones prácticas en los monasterios benedictinos,
como el desarrollo de los escribas o copistas, la codificación de la escritura
en la minúscula carolina (una caligrafía de letras pequeñas, redondeadas y
separadas entre sí, que facilitaba enormemente la copia, la difusión y la
lectura de los libros clásicos) y la invención de modernas señales de
puntuación como la interrogación.
También hizo revisar y uniformar la compilación de
la Biblia; Alcuino fue uno de los encargados de tamaña labor, junto a la
edición de textos sacros importantes, como homiliarios y leccionarios.
Para entonces, Carlomagno ya demostraba su celo de
reforma con la búsqueda de textos correctos de derecho canónico y de liturgia.
§. La escritura y el rito
La escritura carolina surge a finales del siglo
VIII y su uso pervive hasta el siglo XII. Propulsada por los sabios e
intelectuales nucleados alrededor de Carlos, este alfabeto ocupa menos espacio
en los pergaminos y se convierte en todo un sistema escritural. Usaba un tipo
de letra de alta legibilidad, de trazado claro, con poca ligadura, con
tendencia a la separación de palabras, con letras minúsculas, en tanto el
alfabeto latino solo tenía letras mayúsculas, y restringe el empleo de
abreviaturas. El alfabeto terminó convertido en un sistema universal que se
impuso en Europa desplazando al resto de las escrituras nacionales, vigentes en
las diversas regiones.
Gracias a dicho sistema de letras muchos libros
fueron transcritos en su gran parte en monasterios. De aquellos textos,
precisan los bibliotecólogos, se conservan unos siete u ocho mil manuscritos o
pergaminos en la actualidad, pertenecientes sobre todo a autores clásicos, en
importantes centros culturales y son considerados verdaderas piezas museables
por su valor arqueológico y cultural.
Ya en su Epístola de litteris colendis,
escrita en los años 784-85, el rey franco Carlos se quejaba y lanzaba su
alerta, ante el abad de Fulda, de haber recibido correspondencias de los
monasterios con faltas ortográficas, que podrían repercutir en errores de
comprensión. Y pidió la rápida instrucción a sacerdotes y la revisión de los
textos originales religiosos y de literatura para evitar que se diseminarán
errores de ortografía.
Sermones, diálogos, el arte expresado en las
catedrales, toda la producción literaria (en prosa, verso, latín o romance)
presuponen un conocimiento formidable de la Biblia, una usual cita con el
Antiguo y el Nuevo Testamento. De ahí que el acercamiento del pueblo a la
cultura, llegaba por intermedio de las nociones que recibía el ciudadano común
participando en la liturgia, escuchando relatos en los palacios o presenciando
el arte de juglares y trovadores en los dominios.
Dentro de esa regeneración creativa carolingia
destacó, además, la miniatura o iluminación de manuscritos, y la producción de
códices para recopilar al máximo posible todo el conocimiento de la época.
Los scriptoria, por tanto, son los artífices de elaborar numerosos
manuscritos con ilustraciones de calidad.
Con esa enseñanza progresan extraordinariamente las
artes figurativas: la pintura, el dibujo, la escultura, la cerámica. Los
mosaicos (repletos de simbolismo, con escenas propias de la cotidianidad
eclesial y alegorías mitológicas romanas), los dibujos en tablas de encina y
hasta el arte funerario (que pretende resumir, con el uso de la escultura en
madera, los principios básicos de la doctrina cristiana) toman gran impulso.
En ese período existían cuatro escuelas
fundamentales que desarrollaban este laboreo: la Escuela Palatina de Aquisgrán
(que desplegó su quehacer durante el último cuarto del siglo VIII y donde sus
artistas buscaban modelos en las fuentes clásicas, bizantinas e incluso en el
mundo anglosajón); la Escuela de Ebbon de Reims (que pertenecía a los tiempos
de Ludovico Pío, hijo de Carlomagno); la Escuela de Tours (activa durante el
segundo tercio del siglo IX, cuya paleta de colores era muy sobria y realzaba sus
trazos con oro y plata); y el Taller de Drogo de Metz (segunda mitad del siglo
IX, cuyos virtuosos se inspiraron en decoraciones murales o en mosaicos
romanos, del tipo de Santa Constanza, con rasgos muy elegantes y refinados y
figuras pequeñas en plena naturaleza).
La unificación de la liturgia en época de Carlos,
debida a su interés por mejorar los encuentros con Dios, también fue muy
importante. De ahí que Eginardo manifestara que el Soberano…
… velaba con solicitud en todo lo que allí pasaba
con el más grande decoro, y frecuentemente recomendaba a los sacristanes velar
en lo que allí se aportaba para no dejar nada impropio o indigno de la santidad
del lugar. La proveyó ampliamente de vasos sagrados de oro y de plata y de una
cantidad suficiente de vestidos sacerdotales para que nadie —ni los porteros,
que están en el último escalón de la jerarquía eclesiástica— se encontraran en
la necesidad de ejercer su ministerio en vestidos comunes. Se empleó también
con diligencia en corregir la manera de leer y de salmodiar, siendo él mismo
muy experimentado en la materia, aunque no leía en público y no cantaba sino a
media voz con el resto de la concurrencia.
Pero su preocupación fue más allá y exigió al clero
saber leer y escribir en latín, obligó a la adopción de reglas de convivencia
benedictina en todos los monasterios del Sagrado Imperio Romano como la
asistencia puntual a los actos religiosos, el hacer votos de castidad y
pobreza, el guardar silencio dentro y fuera de las habitaciones y el respeto de
la intimidad y la privacidad de los demás. Sus reformas también condenaron la
iconoclasia (rechazo de las imágenes), costumbre propia del Oriente y admitieron
la procesión del Espíritu Santo y del Padre e Hijo. Tales cuidados trajeron
consigo la edición de los Libris Carolingis, que intentaban
defender la pureza de la fe, frente a los preceptos de la iglesia musulmana.
Cristo clavado en la cruz en un Libro de Horas de la Escuela de Tours que
fue muy activa durante el segundo tercio del siglo IX y cuya paleta de colores
era muy sobria, realzando sus trazos con oro y plata.
Por si no bastase, Carlos dispone en una capitular
que los sacerdotes aprendieran el canto romano y en sus homilías hablaran de
cosas útiles, honestas y rectas, que condujeran a los seres humanos por el
camino de la vida eterna, recalcando el castigo perenne para malhechores y
prescribiendo la hospitalidad para caminantes y peregrinos.
A partir de ese momento, ningún ámbito de la vida
eclesial se descuidó: desde la catequesis hasta la formación y preparación del
sacerdocio. Los obispos debían vigilar y controlar la vida de sus curas y
preocuparse por si sabían explicar el Padrenuestro y el Credo y hasta si
conocían los cánticos religiosos. También les correspondía dominar los cánones
referentes al matrimonio, conocer los libros penitenciales para los pecados y
los pasos y liturgia de la ordenación sacerdotal y el bautizo, junto a las solemnidades
del año litúrgico, entre otras normas de romanización, para insuflarle vida y
modernidad a la fatigada liturgia franco-germana.
§. Con Dios de la mano
Carlos frecuentaba la Iglesia por la mañana y por
la tarde, cuidando del decoro, el rigor y la pureza de las celebraciones y
legó, en vida, gran cantidad de vasos sacros, figuras, cuadros y ornamentos
religiosos a su santuario, además de practicar sistemáticamente la caridad con
los que menos tenían.
Es bueno recordar que Carlos, después de ser
coronado Emperador por el Papa en el año 800, reafirma su poder y advierte su
intención de establecer un nuevo orden sagrado, para lo cual se propone tres
metas cruciales: consolidar la religión, para él la tarea más importante y
necesaria para consolidar un Imperio sobre los pilares de las buenas
administraciones eclesiástica y gubernamental, donde obispos y condes tendrían
una intervención protagónica. Su segunda meta estaba relacionada con extender
la civilización y la tercera, con instaurar la paz, la viejapax romana,
interpretada en la ya mencionada frase: pax Christi in regno Christi.
Carlos concebía ese cometido como una suerte de
reencarnación de la cultura grecorromana, detrás de la cual se parapetaba su
aspiración de reinstaurar el imperio antiguo, ahora con asiento en Aquisgrán,
ese valle de aguas termales sanadoras que recordaba al paraíso bíblico.
Ello explica que las artes de la época se
inspiraran en las formas antiguas e incluso hasta los retratos, la arquitectura
y las miniaturas recreadas en cuadros y tablas de encina (uno de los árboles
más emblemáticos del Mediterráneo), las ilustraciones de libros, la
construcción de edificios y catedrales, intentarán copiar el antiguo esplendor
romano y hasta el hieratismo de los bustos de los césares y la ampulosidad y el
manierismo de la Roma antigua. Ni hablar de la copia de libros de los grandes
padres de la iglesia y de los clásicos de la antigüedad, como Cicerón, César,
Lucano, Salustio, Plinio, Tito Livio, entre otros, cuyos textos se encontraban
diseminados en las bibliotecas de los centros culturales de la Europa
carolingia.
En cada monasterio había, entonces, un lugar cuasi
tan sagrado como las capillas y los atrios, donde los monjes dedicaban parte de
su tiempo a copiar manuscritos y códices y a enriquecer sus bibliotecas, como
una manera de divulgar la cultura. Recordemos que en ese momento no existía la
imprenta, y recordemos también que la mayoría de los ciudadanos no sabía leer
ni escribir. Por entonces, se compraron muchos manuscritos antiguos,
particularmente en Roma, y se emprendió un vasto programa de trascripción, realizados
por los monasterios. De este modo, se salvaron de la destrucción numerosas
obras de la Antigüedad, a la par que se enriquecían los fondos de las
bibliotecas de las abadías. Algunas de ellas (San Martín de Tours, Bobbio,
Corbie, Saint-Gall, Reichenau, etc.), aparecieron como importantes centros de
sapiencia y creación intelectual.
Los monjes solían realizar estas tareas en
los scriptorium, donde no solo copiaban y multiplicaban las letras,
sino también ilustraban sus manuscritos con dibujos hechos a mano con tintas
doradas y de otros colores oscuros. En esas circunstancias los textos
medievales eran muy escasos y costosos. En su libro El nombre de la
rosa, Umberto Eco nos presenta una descripción detallada e ilustrativa de
este recinto tan vital para la cultura del Medium aevum (Medioevo)
y de esa coyuntura histórica:
… conocí en San Gall un «scriptorium» de
proporciones similares, separado también de la biblioteca (en otros sitios los
monjes trabajaban en el mismo lugar donde se guardaban los libros), pero con
una disposición no tan bella como la de aquél. Los anticuarios, los copistas,
los rubricantes y los estudiosos estaban sentados cada uno en su propia mesa, y
cada mesa estaba situada debajo de una ventana […]. Me impresionó la calma y la
serenidad con que estaban entregados a sus tareas. Aquí se ve, dije para mí, la
grandeza de nuestro orden: durante siglos y siglos, hombres como éstos han
asistido a la irrupción de los bárbaros, al saqueo de sus abadías, han visto
precipitarse reinos en vórtices de fuego, y sin embargo, han seguido ocupándose
con amor de sus pergaminos y sus tintas, y han seguido leyendo en voz baja
aquellas palabras transmitidas a través de los siglos…
Una hermosa leyenda de la época que confirma la
importancia que para ese momento tenían los amanuenses narra que en el
monasterio de Arnsberg, en Alemania, de la Orden de los premonstratenses,
existía un abad, llamado Ricardo, inglés de nacimiento, que alcanzó mucha
reputación por su habilidad como copista.
De su mano salieron maravillosas obras, que
entregaba con la mayor humildad pues sabía que estaba contribuyendo a la
divulgación cultural de toda una centuria. Su mayor anhelo no era recibir los
elogios de los hombres por su perfección caligráfica, sino la recompensa del
cielo, pues era muy devoto.
Cuando falleció, sus hermanos religiosos le
sepultaron en un sitio recoleto y de honor, debajo del atrio de la Iglesia del
monasterio, donde se le rendían lealtades a los nobles. Se cuenta y forma parte
del mito que veinte años después su tumba fue abierta y se encontró que su mano
derecha, con la cual escribía y creaba, estaba perfectamente conservada y llena
de vida, a pesar de que el resto del cuerpo estaba convertido en cenizas.
Folios de la Perícope de Gordescale. El periodo carolingio se distinguió por
la producción de códices.
En el año 814 muere Carlomagno, a la edad de
setenta y dos años, dejando un imperio de aproximadamente 1 800 000 kilómetros
cuadrados de superficie, pero el renacimiento cultural que había impulsado,
materializado en la labor constructiva, la iluminación de las artes, la
ciencia, la filosofía, la miniatura, la talla en marfil, lo sobrevive durante
casi un siglo más. Continúan llegando de otros lugares, como Gran Bretaña e
Irlanda, ilustres sabios como Juan Erígena, que huía de su tierra debido a las
invasiones escandinavas. La abadía de Fulda también continúa por mucho tiempo
realizando un vigoroso quehacer cultural y religioso, y de sus claustros
saldría el teólogo y pedagogo benedictino alemán Rábano Mauro (784-856), quien
terminó dirigiendo la escuela de la abadía y trabajó en la organización de
varios sínodos religiosos.
Todo su reinado fue un combate por la civilización.
Sus reformas fertilizarían toda la Edad Media y bajo su dirección Europa toda
luchó con ardor infatigable por conquistar los supremos bienes de la vida
social, guiada por las enseñanzas de los cánones de la Iglesia.
El título de Defensor Ecclesiae del
Soberano rey le arrogó poderes para velar por la pureza y ortodoxia de la
Iglesia y el estudio teológico. Así su aprendizaje de las artes y las ciencias
se hizo extensivo a la defensa de la unidad de la fe.
Es importante señalar que la ligazón de la Edad
Media con la antigüedad es nada inocente y constructiva; se ve en las
literaturas precedentes la expresión de que el mundo pertenece a los que tienen
fe y creen, por encima de todo, en el Creador del mundo. Veían lo que querían
ver. La Europa occidental postromana conseguía alcanzar su unidad cultural por
primera vez durante el reinado de Carlomagno, dejando detrás los vestigios de
cultura bárbara y logrando que éstos aceptaran a la Iglesia católica como su religión
y comenzaran a construir, no a destruir.
El discurso universal de la religión cristiana,
ubicaba en esa pirámide social al noble, y por debajo junto al aldeano y al
artesano, pero todos en idéntica conexión con Dios. Era el único punto en que
los ricos y los pobres estaban en igualdad de condiciones. Y esa percepción se
enseñoreaba en el origen de la ciencia, de la pintura, de la escolástica, de la
poesía, de la música y de toda la concepción del mundo. Dios era omnisciente
(todo lo ve y lo siente), se hallaba en todos los lugares y lo atravesaba todo.
Desde el juramento del matrimonio hasta la coronación del Emperador estaban
impregnadas de esa aureola devota y religiosa de la Cristiandad, entendida como
el conjunto de los pueblos que se proponen vivir formalmente de acuerdo con las
leyes del Evangelio, de las que es depositaria la Iglesia. Entonces, como
expresa el estudioso medievalista Calderón Bouchet, en su libro Apogeo
de la ciudad cristiana:
… todos los elementos que constituirían la
civilización europea permanecían ya representados en la nueva cultura
carolingia: la tradición política del Imperio romano, la tradición religiosa de
la Iglesia católica, la tradición intelectual de la cultura clásica y las
tradiciones nacionales de los pueblos bárbaros. Tal sería la primera gran
síntesis, en los albores de la Cristiandad, un verdadero puente entre la
cultura antigua y la cultura medieval, la aurora de «la gran claridad de la
Edad Media». De no haberse producido el renacimiento carolingio, la continuidad
cultural se hubiese visto quebrada y la civilización habría perecido en los dos
siglos de caos, que siguieron a la muerte del Soberano.
Cuentan las biografías que el propio Carlos estaba
muy interesado por las artes liberales y sobre todo por la astronomía y la
arquitectura. Esas predilecciones dilucidan su preocupación por desarrollar una
importante labor constructiva, pues intentaba reafirmar la grandeza de su
reinado, por ello esas catedrales terminadas en puntas que intentaban tocar el
cielo, erigidas como imitación directa de los bosques o los magníficos palacios
y abadías, construidos en Aquisgrán, para clérigos que ayudaban a los obispos
en su tarea diocesana e intentaban perpetuar toda una etapa de esplendor
arquitectónico y la reconstrucción de las iglesias en todos los recodos del
reino.
Acerca de ese interés edilicio, Auguste Rodin
(1840-1917), el más grande escultor francés de los últimos tiempos y un
espíritu seducido de la belleza deja escrito:
Las catedrales de Francia han nacido de la
naturaleza francesa […] Es el aire, a la vez tan ligero y tan dulce de nuestro
cielo el que ha dado su gracia a nuestros artistas y afinado su gusto. La
adorable alondra nacional, alerta y graciosa, es la imagen de su genio. Se
lanza con el mismo impulso. Y el vuelo de la piedra dentada se irisa en el aire
gris como las alas del pájaro.
Objeto de goce estético, minoritario y
aristocrático, y dos construcciones paradigmáticas son la capilla palatina de
Aquisgrán, de la que ya hemos hablado en otros capítulos y el oratorio de
Teodulfo, en Germigny-des-Prés (Valle del Loira, Francia), de los que aún se
conservan algunos vestigios constructivos. No por gusto las catedrales, de ese
periodo, constituían el centro espiritual y del encuentro con Dios para los
creyentes. En ellas el hombre medieval sentía que estaba más cerca de su fe y
ellas estaban construidas en la confluencia de los caminos recordando que eran
la substancia espiritual de las ciudades.
§. Arte y ansias de saber
Astuta y acertadamente, Carlomagno siempre vio un
nexo invariable entre reformar la Iglesia y la educación. Al intentar retornar
a las tradiciones más seculares y auténticas mirará siempre con deleite a la
«Ciudad Eterna». Es bueno recordar que durante sus campañas contra los
lombardos, Carlos recorrió la península itálica y conoció los grandes
monumentos de la antigua Roma. Esas experiencias visuales quedaron en sus
retinas y en su imaginario de esplendor y civilización, que intenta multiplicar
en monasterios, palacios, capillas y en todo su Imperio, desde San Filiberto de
Grandlieu, en la desembocadura del Loira hasta Corvey, en el corazón de
Sajonia.
Mención aparte merece el desarrollo de la poesía
litúrgica en este período.
La forma conocida como secuencia,
cantos en latín para ser interpretados durante la misa, recibió un fuerte
espaldarazo de los sabios y poetas de la corte de Carlos. En este quehacer
sobresalieron Notker Balbulus, de la abadía de Gall, y el arzobispo de
Maguncia, Rabanus Maurus, que se dice pudo ser el autor del famoso himno Veni
Creator Spiritus .
También descollaron las representaciones de teatro
religioso medieval, desarrolladas durante los servicios eclesiales, que fueron
valoradas con posterioridad como los puntales directos del drama moderno.
Mientras tanto, y en contrapunto con todo ese arte
litúrgico, se escribió poesía anónima, en especial los versos líricos de la
literatura goliárdica, compuestos por estudiantes y monjes aventureros, que
cantaban a los placeres carnales, a las fiestas, la bebida, y se mofaban del
clero y de la poesía devota tradicional.
Relicario de oro repujado y plata. La hermosa pieza de la imagen da cuenta
del nivel de excelsitud que alcanzó el arte en el período carolingio. Carlos
borró de la Europa occidental casi todos los vestigios de la cultura bárbara.
Uno de los más conocidos, que ha llegado hasta
nuestros días, es Carmina Burana.
Durante dicho período el latín fue la lengua
cultural en Europa occidental y aún se conserva un amplio abanico de prosa
especializada, filosofía escolástica y trabajos como los del francés Abelardo,
cuyas creaciones (himnos, epistolarios, poesías y canciones seculares) tuvieron
mucho mérito literario para su momento.
La música medieval también atesora su período de
esplendor, sobre todo la liturgia franco romana y el canto gregoriano, melodías
al servicio del texto litúrgico de los oficios religiosos. Ya en pleno siglo
VII, el Papa Gregorio I el Magno, había recopilado y organizado una serie de
cantos romanos que establece como obligatorios de la liturgia unificada
cristiana.
En tiempos de Carlomagno se establece de manera
inapelable el rito romano, muy influido por las tradiciones francogermanas
propias. A partir de este momento, los monasterios benedictinos de la Orden de
Cluny y el clero impulsan esta liturgia y el canto gregoriano por toda Europa.
El canto gregoriano poseía, en ese tiempo, un ritmo
monódico; se cantaba en latín y tenía un texto exclusivamente religioso,
interpretado, entonces, a capella. Su propósito era exaltar el
acercamiento espiritual y estético a Dios e intentaba proporcionar con sus ocho
escalas especiales (los llamados modos) concentración, solemnidad y
sobriedad para comenzar el «contacto espiritual» con el Salvador.
§. Lo popular y lo monástico
Lamentablemente la música profana, que escuchaban y
disfrutaban los más humildes se perdió, pues nunca se reprodujo en escritos y
copias. Los historiadores apuntan que existía un gran desarrollo del baile y el
canto paganos (concentrados en temas como el amor, la guerra y la naturaleza),
muy criticados por el clero. Pero este aluvión creativo no se perpetuó en
códices, como sí sucedió con muchas obras de la música religiosa, pues eran los
clérigos quienes se dedicaban a la copia y por esta misma razón no quisieron
que se divulgaran esas interpretaciones populares, que consideraban «procaces».
A diferencia del canto litúrgico, en las obras
trovadorescas sí se emplearon algunos instrumentos musicales para el
acompañamiento, como el arpa, las castañuelas, la cítara pulsada, etc. Para
entonces, la polifonía como fenómeno musical se abría caminos proporcionando
otra armonía, varios sonidos simultáneos, pero en un todo armónico y este
aporte melódico, que producía un estado de «encantamiento», fue aprovechado
también por las iglesias, para darle a su liturgia un ritmo más armónico y
sacro.
El Medioevo conoció la escolaridad en sus diversos
grados: la enseñanza primaria, la secundaria y la superior (aunque no con esa
denominación). Así las parroquias y abadías tenían la obligación de fundar
colegios anexos, que eran sostenidos por los señores feudales y cuando los
clérigos dejaron de dar clases fueron sustituidos por un simple fiel que era
retribuido en especies (vino, pan pescados, y rara vez algún sueldo). El
contenido principal de la enseñanza era la doctrina cristiana. Pero el arte sacro
era bien visto.
En un grado más elevado se ubicaban las escuelas
monásticas y posteriormente las catedralicias y capitulares, muy ligados a los
conventos, que constituían verdaderos focos culturales desde las invasiones
bárbaras. Y aunque muchos manuales han logrado instalar en el imaginario social
que en la Edad Media se enseñoreaban la ignorancia y el analfabetismo, esta
afirmación constituye un preconcepto engañoso, sobre todo si valoramos que de
aquel período subsisten disímiles testimonios populares de intelecto y creatividad.
Pero, a fuerza de ser sinceros, debemos advertir
que buena parte de la educación de los más pobres era transmitida «por
ósmosis», de generación en generación; así el hijo del campesino aprendía de su
padre el arte de la siembra, del riego, de las épocas buenas para las cosechas
y las malas por las enfermedades, o el aprendiz de fundidor era iniciado por su
maestro en los secretos del fuego y del metal, y hasta aprendía cómo ponerle
herraduras a los caballos sin dañar sus patas, para poder abrirse camino económicamente
y ser útil a su territorio.
Hemos reiterado ya que Carlos era un afecto al
conocimiento y tenía enormes deseos de aprender y aun cuando fuera bastante
tarde para él (por la edad que tenía) no dudó un instante en interesarse por el
estudio de la retórica, el cálculo y la astronomía. Ello justifica su
asistencia a las clases de la Escuela Palatina (reservada para la formación de
la élite), impartidas por Alcuino y su orientación para que todos los miembros
de su familia y la corte también lo hicieran. Sobre sus progresos como alumno,
escribió su secretario Eginardo: «Aprendió el arte de contar mediante números».
De lo cual se puede inferir que llegó a saber algo
de aritmética; también aprendió a leer algo, aunque sus esfuerzos por escribir
fueron vanos. Su biógrafo relata que el rey franco se llevaba a la cama sus
tablillas con modelos de escritura y por la mañana, o si se despertaba durante
la noche, se esforzaba por reproducir las letras, pero no pudo llegar más allá
de copiar modelos.
San Gregorio Magno con los dos signos que le caracterizan en toda la
iconografía: la tiara y la paloma.
La Escuela Palatina, centro de la actividad
académica y literaria de su tiempo, no llegó a difundirse por el resto del
Imperio, gran parte del cual vivía en el más absoluto analfabetismo. Su
quehacer intelectual se verá sumido en un grave problema: se había dejado de
pensar en latín y, si bien esta minoría reclutada de sabios superaba ese
obstáculo, no pueden evitar cierta falta de rigor, claridad y precisión tanto
en el uso sintáctico como semántico de dicha lengua.
Pero a pesar de estas dificultades, los maestros
contaron con brillantes discípulos, como Modoin, autor de tres églogas donde
trata el tópico bucólico, y Nardulo, otro de los biógrafos panegiristas de
Carlomagno y del obispo de Maguncia, abad de Fulda y poeta, Rábano Mauro
(779-856), que dedica con posterioridad amplia parte de su quehacer intelectual
a la enseñanza de una cultura enciclopédica y estudia y escribe sobre temas
como la moral de la época, la gramática, la poesía, donde demuestra un hábil manejo
de la lengua y la versificación latinas, tal cual lo hace en su poema: Elogio
de la Santa Cruz.
De este autor se conserva un mayor número de piezas
poéticas, y como ha apuntado el ensayista Rafael de Cózar en su trabajo Caligramas,
emblemas, laberintos: los límites de la poesía:
… sus laberintos y caligramas insertos constituyen
un corpus que asombraría a cualquiera de los vanguardistas modernos.
§. La otra cara de la moneda
Sin dudas, a principios del reinado de Carlos la
vida intelectual y cultural franco germana se encontraba en una profunda
decrepitud; el reino de la literatura estaba casi muerto y desde hacía mucho
tiempo no existían centros de conocimiento. El de los maestros era un oficio en
extinción; las guerras habían terminado por meter a los ciudadanos en una
modorra y una neblina de incultura, donde el conocimiento no era valorado.
Quizás ello ilustre la necesidad de reorganizar los estudios y darle un
cimbronazo a la pereza intelectual, echando todo el fuego en la hoguera del
intelecto.
Carlos evaluó que para reinstaurar el prestigio de
sus dominios era preciso darle vida a la tradición cultural romana y practicar,
como lo había hecho el Emperador Augusto, el mecenazgo. Debía, entonces,
comenzar por su máxima prioridad: reeducar a la Iglesia; capacitar a sus
administradores para que fueran más competentes y realizarán mejor los cómputos
y darle mayores conocimientos a los nobles, pues sabía ya que quien controlaba
el discurso (fuente material del conocimiento) tenía el poder en sus manos y
eran las clases más poderosas económicamente las llamadas, según la ideología
del soberano, a llevar a la práctica este sistema de regeneración cultural en
la Galia.
Pero los medios académicos, a fuerza de tanto
hablar del «Renacimiento Carolingio», han terminado por acuñar una serie de
expresiones y valoraciones que algunos historiadores contemporáneos consideran
desacertadas y faltas de realismo. Y aquí queremos ofrecer la otra cara de la
misma moneda para que el lector saque sus propias conclusiones.
Una de ellas, y sin dudas la más cuestionada, es si
realmente existió un florecimiento, un resurgir carolingio de la cultura
europea, de las propias cenizas de los pueblo francos-germanos. Como se
preguntan muchos en sus investigaciones, ¿hasta qué punto la retórica histórica
puede llegar a falsear la realidad de los hechos? Habría que comenzar a buscar
matices que abran nuevas interrogantes.
No es menos cierto que la figura de Carlos I el
Grande siempre ha estado rodeada de mitos, leyendas y apologías. En forma
desmedida, se ha hablado de él como un gran político, un gran estratega de la
guerra, un cuidador de la Cristiandad, un gestor económico y muchos autores
apuntan que también se ha creado el mito del Carlos mecenas, propulsor cultural
y emperador preocupado por la educación de los suyos.
Ya a mediados del siglo XIX, un historiador de la
literatura francesa como J. J. Amére comenzaba a cuestionar dichos términos y
ponía en solfa también el llamado «Renacimiento Carolingio». Posteriormente,
otros historiadores se pronunciaron con reservas sobre dicha etapa y su alcance
a nivel cultural y social. Entonces surgen argumentos que perfilan que la
propia Admonitio Generalis (789) buscaba la restauración de
las letras frente a la negligencia de las generaciones anteriores.
De esta manera, autores como Jacques Le Goff
(Toulon, 1924), un prestigioso historiador y docente de la École des
Hautes Études en Sciences Sociales, y autor de libros vitales para el
conocimiento del Medioevo, comoLos intelectuales y la Edad Media (1957);La
Civilización del Occidente medieval (1962); El hombre medieval (1989),
entre otros, donde hace estudios sobre ese período combinando historia,
antropología, sociología y economía, advierte que esta etapa
… fue un movimiento cultural, exclusivamente de
clérigos y para clérigos.
O sea que para él se centraba en proveer de cuadros
eficientes al Imperio. Incluso el autor llega a apuntar que no fue tan original
la política cultural de Carlos y sus colaboradores, la mayoría traídos del
exterior, con sus veleidades extranjerizantes y sus poses, pues el reverdecer
intelectual de ese momento era obra de la confluencia en la Galia franca de
todos los atisbos y amagos intelectuales que habían ocurrido en las regiones
periféricas en años anteriores.
Así, apunta que no es muy preciso decir que con la
caída del Imperio Romano feneció todo resabio cultural, pues entonces se está
marginando, por ejemplo, el pequeño renacimiento cultural en Rávena, que tuvo
lugar en los siglos V y VI, en el norte de Italia, dominada por el rey
ostrogodo Teodorico el Grande, con el apoyo del filósofo romano Anicio Manlio
Torcuato Severino Boecio (480-524, en Pavía), quien fue nombrado magíster
officiorum, cargo equivalente a un primer ministro, por sus aportes
culturales y religiosos (fue beatificado, en 1981, por el Papa León XIII) y del
político, gramático y escritor latino Casiodoro (485-580), fundador del
monasterio de Vivarum, ubicado muy cerca de una dársena de pescadores y en la
colina de Mons Castellum, donde construyó una especie de ciudad en la cual los
religiosos no tenían que preocuparse por su subsistencia material y solo debían
estar consagrados a los oficios litúrgicos, al ejercicio de las artes y a la
copia y corrección de libros, tanto bíblicos, como paganos, experiencia que,
posteriormente, iba a resultar repetida y de manera nada novedosa bajo el
Imperio Carolingio.
Le Goff también señala los aportes del sabio
enciclopédico San Isidro, durante la España visigótica, quien intentó
transmitir a las generaciones venideras lo que él había investigado sobre el
pensamiento antiguo; o el quehacer intelectual del monje erudito británico,
educado en los monasterios de Wearmouth y Jarrow, San Beda el Venerable
(673-735), quien fue profesor de Alcuino de York y creó, también, en la Iglesia
anglosajona, un centro de pensamiento intelectual de monjes misioneros
alrededor de su figura. Beda es considerado como uno de los mayores pensadores
de la Alta Edad Media, con incursiones en la historia, las ciencias naturales,
la geografía, la poesía, la aritmética, la narrativa, la moral y la dogmática.
Todas estas experiencias culturales no serían más que el paradigma, el
antecedente, el ensayo y la preparación de lo que después fue la experiencia
carolingia.
El escepticismo de muchos investigadores modernos,
a la hora de juzgar esta aventura intelectual carolingia, llega hasta los
límites de poner en duda la preparación y creatividad de los maestros
reclutados por Carlos, desde diversas regiones europeas, para llevar adelante
su campaña de alfabetización cultural.
De esta manera, y para echarle más leña al fuego,
advierten que Alcuino de York no hace más que copiar ideas de San Agustín en la
que se tiene por su obra cimera De naturae animae. En tanto, Rábano
Mauro, en su De universo se limita a calcar las apreciaciones
de San Isidro y otros maestros y sabios extranjeros, quienes se atenazan a la
idea de que la verdadera filosofía no es otra que la verdadera religión y
viceversa, con lo que no rompen «el cerco, el aislamiento» y no aportan nada
novedoso a la cultura de ese período.
Incluso hasta la propia biografía (considerada por
algunos una hagiografía, pues su autor no narra la vida de un hombre, sino la
del santo Carlomagno, por lo que casi es un martirologio), que escribiera
Eginardo, estaba creada sin originalidad alguna, siguiendo la tradición
literaria de la De vita Caesarum, del historiador y biógrafo romano
Suetonio.
No obstante estos elementos de valor y para tener
una idea de las facultades y sapiencias que para la época debía tener un sabio
medieval, es bueno recordar por boca del propio Alcuino sus palabras sobre los
conocimientos de su maestro Egberto. Entonces decía:
Saciaba la sed de todos los espíritus ansiosos de
ciencia. A los unos les enseñaba las reglas de la gramática: a los otros, las
de la retórica. A éstos los formaba para las luchas del foro; a aquellos, para
los cantos de la poesía. Explicaba, además, la armonía de las esferas celestes,
los eclipses de sol y de la luna, las cinco zonas del polo, las siete estrellas
errantes, las leyes de los astros, su salida y su ocaso, los movimientos del
mar, los terremotos, la naturaleza del hombre y de las bestias, las diversas
combinaciones de los números y sus formas variadas. Enseñaba a calcular de un
modo cierto la fecha de la Pascua, y sobre todo descubría los misterios de las
Sagradas Escrituras. Había sabido abrir el abismo de la antigua fe.
Bajo este mismo prisma, algunos investigadores al
analizar esa época (como el estudio del historiador francés Pierre Riché,
titulado: Les Carolingiens, une famille qui fit l’Europe, 1983),
descubren que los fondos bibliográficos de los monasterios no eran muy
abundantes y…
… que en ningún caso se superaron los quinientos
títulos, como en la abadía de Reichenau hacia el año 822, siendo los de Colonia
para esta misma fecha en torno al medio centenar […] Las depredaciones de
normandos y húngaros causaron, además, daños considerables.
En el área lingüística tampoco hubo un progreso,
pues el conocimiento del griego era cada vez más escaso, y fe de ello dan las
pésimas traducciones de obras religiosas, que demostraban que esa lengua era
patrimonio de unos pocos solamente. Como también apunta el historiador francés,
Pierre Riché, pero en su libro De Charlemagne á Saint Bernard: culture
et religión (1995):
El Renacimiento Carolingio acabó siendo una apuesta
fallida; un movimiento esencialmente clerical que ahondó el foso existente
entre los «literatis» y la masa iletrada de laicos.
§. Los personajes de negro
En aquella época ya comenzaban a distinguirse los
monjes benedictinos, que constituían la avanzada cultural porque eran de los
pocos que poseían una cultura clásica y por ello se erigían en obstinados
celadores de la valiosa herencia. Es oportuno indicar que las experiencias
monacales (que comenzaron a proliferar en el siglo IX) tomaron fuerza con San
Benito de Nursia (480-547), quien fue el fundador del primer monasterio
cristiano de Occidente, en Montecassino, Italia (año 539), y creó la Regula
Benedicti, un compendio de normas encaminadas a sistematizar la vida
religiosa.
Dicha máxima existencial ha sido inspiración para
los reglamentos de muchas congregaciones religiosas posteriores.
Los grandes aportes de ese sistema de vida eclesial
benedictino estuvieron en el cambio que estableció al postergar la primacía de
la austeridad corporal en aras de un mayor esfuerzo en la formación
intelectual. De ahí que estos monjes pusieran el acento en el estudio y la
lectura, y construyesen grandes monasterios con salas de libros y escuelas;
también impusieron el trabajo manual; los votos de castidad, pobreza y
obediencia; la regularidad de la plegaria, y adoptaron la máxima ora et
labora («reza y trabaja»).
Pese a su excelente funcionamiento, a su vida en
común de trabajo y rezos, el sistema de los monjes benedictinos tardó años en
imponerse y debió competir con muchas otras formas organizativas de órdenes
mendicantes (como la cluniacense, y las de los cistercienses y los
franciscanos), pero terminaron convirtiéndose en importantes centros
productivos, culturales y religiosos. En ellos se abrieron camino la copia y la
iluminación de manuscritos, como lo demuestran las obras realizadas en
Winchester, San Albano, Colonia, etc.
En sus predios, el trabajo, verdaderas escuelas de
artes y de formación de maestros, estaba organizado por especialidades: había
talleres o scriptoria, donde además de copistas creaban los
pintores (miniaturas), los maestros de caligrafía (antiquarií), los
ayudantes (scriptores) y los pintores de iniciales (rubricatores).
Junto con la ilustración de los textos, estos
monjes se ocupaban de la arquitectura, escultura y pintura, eran orfebres y
esmaltadores, hilaban y tejían sedas y tapicerías, y hasta llegaron a construir
pequeñas fundiciones de campanas y talleres de encuadernación de libros, junto
a la producción de vidrios, cerámicas, la mezclas de colores al óleo y pinturas
al fuego en los adornos de vidrio.
A pesar de esto, el exagerado balance general de la
obra cultural de Carlomagno es artificioso. Como ha apuntado el historiador
Rafael Conde Delgado de Molina en su ensayo titulado: Carlomagno y la
renovación del Imperio, es cierto que el Soberano amplió considerablemente
las fronteras del reino franco y del cristianismo y puso a muchos pueblos en la
vía de la civilización…
… pero englobó un conjunto disforme de gentes que
difícilmente iban a sentirse unidas. Restauró la dignidad imperial, pero no su
concepto, ya que «su» Occidente fue fracturado por él mismo y, tras la
reunificación de su hijo Ludovico Pío, quedó definitivamente dividido […] Buscó
y arbitró un nuevo medio de vincular a los poderosos al trono: el vasallaje;
más esta misma institución fue uno de los gérmenes de descomposición.
Ni para el reconocido historiador francés y
estudioso del medievalismo Jacques Pirenne (Gante, 1891-Hierges, 1972), se
logra salvar el esplendor cultural que dio a la corte el rey Carlos I el
Grande. En frases muy destempladas del ilustre estudioso se evalúa que…
… solo fue el último destello de una cultura que
agonizaba delicadamente. El hombre que en la corte representaba el porvenir no
era el letrado Eginardo, sino el Emperador analfabeto cuya ingenua fe era
compatible con el sostenimiento de varias esposas y concubinas.
Algunos historiadores, tan dados a la periodización
para un mejor estudio de los ciclos, al abordar el Renacimiento Carolingio
perfilan que existieron dos períodos bien delineados: el primero, que concluye
con la desaparición física de Carlomagno, está caracterizado por ser la fase
iniciática, laboriosa, donde sobresale el entusiasmo de quienes toman parte de
ese proyecto; el segundo: más maduro y brillante concluye con la muerte de
Carlos II de Francia, también apodado Carlos el Calvo, en el año 877.
Casiodoro en su biblioteca. El escritor italiano fue el fundador del
monasterio de Vivarium; allí los monjes se dedicaban a cultivar las artes y a
copiar y corregir libros, tanto religiosos como paganos.
Este fue el menor de los hijos del Rey Luis I el
Piadoso y nieto de Carlomagno, que llegó a ser rey de la Francia Occidental del
año 843 al 877 y Emperador romano de Occidente, desde el 875 al 77. En un
inicio, Carlos explica en una de sus capitulares que…
… estamos ocupados en restaurar con celo diligente
los forjadores del conocimiento que por negligencia de nuestros antepasados,
han estado hasta ahora totalmente abandonados: incitamos a los hombres a seguir
nuestro propio ejemplo y por cuanto está en nuestro poder a aprender y
practicar las artes liberales. Porque es nuestro deber asegurar el progreso de
nuestra Iglesia. Por ello, yo los exhorto pues, a proseguir el estudio de las
letras con el fin de que podáis más fácil y concretamente penetrar los misterios
de las Divinas Escrituras.
Pero posteriormente apuntará con mucha fuerza,
también en otra capitular, en alusión a todo el quehacer y los progresos
culturales de ese momento, que… «el fermento espiritual creado permite hablar
de renacimiento…» (en alusión a todo el quehacer y los progresos culturales de
ese momento).
§. El difícil equilibrio
También sería importante destacar el impulso que le
dio el Emperador Romano de Occidente, Carlomagno a la enseñanza. Si se hace una
revisión cuidadosa de las disposiciones y normas, publicadas en ese tiempo, se
encontrarán (de las que sobrevivieron) al menos tres importantes capitulares a
favor de la instrucción y el adiestramiento. Y aunque los primeros beneficiados
con este afán de saber y conocimiento fueron los clérigos, los monjes, las
escuelas episcopales y monásticas, también se los exhorta a abrir centros
rurales de aprendizaje para los laicos. De esta manera, en una de sus
legislaciones observa:
Me parece que es de soberana utilidad que los
obispos y monasterios de los que Cristo ha querido tomar el gobierno no se
contenten con llevar una vida regular y piadosa, sino que se dediquen a las
funciones de la enseñanza […] Sin duda es preferible actuar bien, que saber
mucho, pero es necesario saber para proceder bien.
Su interés llegó a convertirse en un verdadero
celo, en casi una obsesión y por ello hasta dio instrucciones a los missi
dominici para que velarán por el estado de las escuelas en las
diócesis adonde llegaran a inspeccionar, e hicieran sus informes para estar al
tanto de lo que sucedía en ese terreno. Demostraba así sus dotes, una vez más,
organizativas y de dirección autocrática.
Dentro de esos epicentros de cultura, verdaderos
templos de enseñanza, que tuvieron diversas sedes episcopales y monásticas se
destacaron: Fulda, Tours, Corbie, San Gall, Orleáns y Pavía, entre otros
lugares del Imperio.
Es oportuno advertir que otro de los logros de
Carlos, en relación con esta inyección de vida intelectual que intentó
administrar al cuerpo enfermo de sus territorios, fue el de darle a dicho
proyecto un sesgo casi internacional, al unir a disímiles cerebros pensantes de
distintas naciones en pos de una tarea común: la divulgación del conocimiento.
Como se ha advertido, gracias a esta concentración de estudiosos, literatos y
hasta hombres de ciencia se implantan productivos contactos personales y desaparecen
parcialmente el aislamiento, la competencia y los recelos hasta entonces
frecuentes entre los hombres del saber, y la dicotomía extrema entre la
comunidad intelectual y el ciudadano común.
Apuntan los literatos que debido a esa suerte de
renovación, de fusión de cristianismo y clasicismo, la lírica religiosa se vio
muy bendecida, en tanto la obra poética de muchos de estos escritores
comprometidos con ella (como Pablo Diácono, Teodulfo, Clemente de Irlanda, el
monje suizo Ekkehard I el Viejo, Pedro de Pisa, Rabanus Maurus o el sabio
francés Abelardo con sus poemas de amor, sus canciones seculares o sus himnos
religiosos), entre Carlomagno, otros trajeron consigo el desarrollo de aspectos
medulares de la himnodia latina, en los inicios del siglo IX.
Todo este movimiento creativo coadyuva al
desarrollo de la prosa en latín y la producción en verso, expandiendo las
fronteras temáticas que se producen en el género y recuperando un hacer
creativo. Por primera vez se reconoce a quien escribe bien y de manera
elegante, se intenta reconstruir el esplendor y el refinamiento de la cultura
clásica antigua.
Como han sostenido muchos teóricos, la sociedad
medieval sintió la urgencia de expresarse poéticamente, como lo hicieron en
época posterior a Carlomagno la teología de Santo Tomás de Aquino, la lírica de
Dante y su Divina Comedia o la edilicia de las catedrales. A
diferencia de los poetas modernos que para algunos valorizan la poesía como un
capricho, un ejercicio de mentes creativas y díscolas, un quehacer de bohemios
y «raros», la Edad Media la justipreció como una forma de expresión, como parte
de su entorno y microcosmo, como algo tan natural como comer y vestirse. Para
los mencionados teóricos, el poeta medieval era el hombre más completo por sus
dotes creativas y artísticas, para mirar y describir a través de los cristales
de la belleza.
San Benito entregando la regula benedicti a los sacerdotes de Montecassino.
Fue el fundador del primer monasterio cristiano de occidente, y el encargado de
sistematizar la vida religiosa.
En resumen, en momentos en que la cultura de
aquellos tiempos era considerada como una noción preestablecida, de acuerdo con
el macrocosmo de las tribus germánicas, y equivalía a Roma, y todos los pueblos
que no formaban parte de la civilización grecorromana eran apodados «bárbaros»,
pues la ilustración (casi una rara avis en ese periodo) era
asociada a lo más elevado, al poderío económico, al vestir y hablar con
elegancia, los germanos aceptaron como «verdad» ese estereotipo y se esforzaron
por asimilarlo y asimilarse a esa forma de vida, a pesar de que aún subsistían
vestigios de bestialidad y barbarie. Como, por ejemplo, ese recurso de dirimir
las disputas entre los aldeanos (la «ordalía»), según el cual si alguien era
juzgado por hurto, por ejemplo, se lo obligaba a coger con la mano un trozo de
metal al rojo vivo o meterla en agua hirviendo como castigo por su tropelía y
entonces, si las heridas se le curaban en tres días era considerado inocente y
ayudado por Dios.
§. Buscando un balance
Los movimientos religiosos, producidos alrededor de
las órdenes eclesiales y los monasterios, fundados en toda Europa, aunque
siguieron diversos puntos de vista religiosos, llegaron a permear todo el
pensamiento y la cultura de una época y contribuyeron con el despertar de
varias generaciones intelectuales.
Los monjes no solamente se pusieron al frente de
los movimientos religiosos, creativos y artísticos, sino que asistieron a las
ciudades ofreciendo alimentos y servicios necesarios.
Y si no es menos cierto que casi la mitad de la
población franca no entendía el latín, pues hablaba alemán o utilizaban otras
lenguas autóctonas regionales para comunicarse, es real que el famoso Concilio
de Tours (mayo, de 813, en la ciudad francesa de ese mismo nombre) ordenó que
los clérigos no se dirigieran en latín a sus fieles si querían ser entendidos.
Dicho conclave no solo es importante desde el punto
de vista eclesial, sino también lingüístico, pues los obispos decidieron que en
los territorios correspondientes a las actuales Francia y Alemania, las
homilías se pronunciasen en lengua rústica romana (conocida como protorromance)
o en la lengua tudesca (la germánica propia de Alemania y sus regiones).
De esta manera, ese concilio reconoce y le da un
espaldarazo a los dos grandes elementos geoculturales que integraban el Imperio
Carolingio: el mundo romano de tradición latina (cuya demarcación era el río
Rhin) y el universo germánico, allende ese mismo río.
Si bien pudiera decirse que todos esos esfuerzos
tuvieron un carácter preparatorio, de ensayo, de tanteo, esta etapa cultural,
desplegada en el Imperio Carolingio, a pesar de que no tuvo una proyección tan
amplia y se restringió a núcleos muy limitados de las clases más poderosas,
movilizó las quietas y amodorradas aguas intelectuales, dándoles un aliento
educativo e ilustrativo con epicentro en varias ciudades, como Aquisgrán,
Fulda, Tours, San Gall, Pavía, entre otras.
Como han expresado muchos estudiosos del tema (en
eso coinciden todos los historiadores), nada retrata más el carácter y la
visión de estadista de Carlomagno que el celo que puso en llevar adelante
tamaña empresa de regeneración formativa.
Y aunque para el año 877, debido a las malas
administraciones, las inexperiencias y al saqueo normando, el antiguo Imperio
estaba tan escindido que era imposible concebir cómo había sido tan vasto y
cohesionado, el espectro del Soberano germano-franco recorría los campos
europeos como compendio sincrético de una perseverancia hecha dominio y
cultura.
Capítulo 6
Carlomagno y los francos en la literatura
Desde que el Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros, anida también en nuestra memoria…
San Bernardo.
Si algo llama la atención del viajero deslumbrado,
que recién llega a la romántica y antiquísima ciudad mediterránea de Verona, en
el norte de Italia, es la Catedral de la Asunción de Nuestra Señora de Santa
María, una imponente basílica de piedras rústicas y mármoles, construida en el
siglo XIII. Se levanta majestuosa entre las colinas, atravesadas por las dulces
curvas del río Adige y el septentrional lago de Garda, que contribuyen a darle
mayor armonía y belleza a ese paisaje bucólico y distendido de castillos
medievales, en la zona del Véneto.
La basílica atesora en sus frontispicios, de fuerte
influencia bizantina, escenas ornamentales esculpidas sobre la piedra y en la
madera de la puerta, que testimonian su cultura milenaria.
Es precisamente en su puerta donde se puede
apreciar, gracias a la mano prodigiosa del escultor y maestro italiano Niccoló,
a Oliveros y Roldán, los personajes protagónicos de La chanson de
Roland, un cantar de gesta francés, un poema épico, escrito a finales del
siglo XI, que relata las heroicas acciones bélicas de una etapa histórica del
Medievo, término que se debe a los eruditos humanistas de los siglos XV y XVI,
que bautizaron de esa manera a dicha época, pues se veían a sí mismo como los
líderes del Renacimiento y exponentes de una nueva mentalidad, una cultura,
otra civilización.
§. De recitadores y pregoneros
La realidad respalda que la épica fue una expresión
literaria legítima, oriunda de la Edad Media; se trataba de una poesía popular,
fruto de la creación colectiva y de las sucesivas contribuciones que hicieron
los rapsodas a la cultura de ese periodo.
Imagen actual de la catedral de Verona, prodigio reconocido como uno de los
patrimonios históricos de Italia y de toda Europa.
Es oportuno indicar que los rapsodas eran
recitadores o pregoneros ambulantes, que cantaban en los palacios, la fiestas
populares, las ferias y los talleres de la antigua Roma, poemas homéricos y
otros cantares de gesta, que tenían su origen en la vida de los ciudadanos y
las historias del pasado. En esos cantos resaltaban las figuras de reyes y
próceres de sus pueblos, y las hazañas y triunfos bélicos de sus soldados.
Así, las epopeyas en verso que narraban los
cantares de gesta instauraron las primeras manifestaciones poéticas que
contribuyeron a modelar la personalidad incipiente de las naciones de
Occidente. En sus inicios fueron transmitidos oralmente. Su saber popular luego
se contrapuso al saber pasado en limpio por los abades. Pero también por eso
pervivió. De ahí que la oratoria fuera considerada un don de Dios, una facultad
de la genialidad, del talento, del histrionismo sacro y quedara el tamizado
cantar de gesta como un testimonio de la memoria histórica de todo un periodo.
Ese arte del decir se enseñaba en las mejores
escuelas carolingias, pues era muy distinguido por la nobleza feudal. Algunos
especialistas en el tema han, incluso, asegurado que los versos de gesta eran
recitados ante de comenzar las escaramuzas para enardecer a los combatientes
francos.
Las epopeyas románicas, denominadas cantares de
gesta, (en francés, chansons de geste) guardan relación con la
hazaña; los hechos históricos son su pretexto, pero con el paso del tiempo van
adquiriendo sentido de «linaje», de arte, pues divulgan las pasadas acciones
gloriosas de las guerras, episodios de los que se enorgullecían las familias de
la nobleza franca. Eran algo así como la historia al alcance de los
analfabetos.
Si un noble podía leer crónicas y anales (en latín)
y satisfacer su curiosidad adquiriendo una mayor cultura, los integrantes de
las masas iletradas requerían de alguien que les expusiera a viva voz una
historia, con anécdotas emotivas, sorprendentes y donde la idealización de los
guerreros fuera el soporte de la narración.
Estas piezas contribuyeron a aumentar, a reforzar
la identidad y los lazos nacionales, feudales y religiosos de todo un grupo de
naciones europeas, propiciando un acercamiento vital a la historia pasada y
presente. Fueron composiciones en verso, que han sido comparadas por su
propósito informativo con los modernos reportajes periodísticos.
No en vano relatos de este tipo eran denominados en
Castilla, España, «cantos noticieros». Convertidos en relatos diversificados
debieron conservarse en la memoria popular y en la tradición juglaresca hasta
convertirse en cantares de gesta.
Con la caída del Imperio Romano de Occidente en el
año 476, nace este tipo de poesía juglaresca, con mucho de performance,
de acting, que da vigor a un cierto clima intelectual y creativo,
al contar (a la manera de la crónica costumbrista) los avatares existenciales
del pasado. Su intención estaba en rescatar explícitamente episodios de la vida
social para el uso de la posteridad, impidiendo que las acciones realizadas por
los hombres se apagaran en el tiempo.
Los primeros textos medievales que se conservan,
que ejemplificaban este tipo de poesía, transmitida por tradición oral con una
clara afirmación de la fe cristiana, datan del año 1000. Eran entonces los
cantares de gesta, narraciones, en un escenario histórico de las hazañas de los
héroes, envueltas en la mitología y la imaginería populares.
Quienes narraban esos hechos cotidianos o
coyunturales con una perspectiva eminentemente personal y un matiz
evidentemente subjetivo tenían un dominio virtuoso del lenguaje; eran casi
siempre espectadores privilegiados, viajeros que daban cuenta en sus cantares
de lo panorámico, de esa realidad múltiple que se producía en escenarios
históricos distintos y distantes, y alababan la vida de los grandes personajes
de su tiempo.
Tenían la posibilidad y el talento para enhebrar en
una narración un argumento, un hilo central, un personaje o un grupo de ellos
dentro de ese amasijo de historia relatada dentro de un escenario medieval.
§. Las etapas de un oficio
Algunos estudiosos de esta manifestación artística
discursiva han hecho hasta una periodización de la producción de los cantares y
apuntan que el inicio, la etapa de formación, llega hasta el siglo XII, y ella
se nutre de poemas de gesta más breves. Posteriormente, sobreviene un periodo
de apogeo, desde la segunda mitad del siglo XII hasta la primera mitad del
siglo XIII, poblada de cantares de gesta de mayor extensión.
A continuación, se inscribe la fase de las
prosificaciones, desde 1236 hasta 1350, en la que los cantares se prosifican en
las crónicas. Y después comienza el ciclo de decadencia (que dura hasta el
siglo XV), donde se incorporan más elementos fantásticos y expresiones de
acción de gracias a la religión cristiana, propios de la mística pueblerina y
las costumbres de ese tiempo.
Es bueno distinguir que desde la epopeya homérica,
los géneros narrativos «largos» en la literatura, entre ellos los cantares de
gesta, se alimentan de temas como el cumplimiento del destino humano, teniendo
en cuenta el marco social y espiritual (y hasta religioso) de la época.
En la Edad Media francesa, la epopeya medieval
revela una historia sobre un fondo de relaciones y conflictos feudales entre el
noble y el vasallo, mientras que, por ejemplo, los cantares de gesta españoles,
como el Cantar del Mío Cid (fruto del momento más esplendoroso
en la épica castellana), buscan sus discordancias y materia dramatúrgica entre
los entretelones de familias enfrentadas, dentro de las normas jurídicas
tradicionales de ese pasaje histórico y en los entresijos de la aventura, la
contienda bélica y la expansión territorial de un reino.
Aducen expertos en el tema, como el filólogo,
historiador, folklorista y estudioso del medievalismo español, Ramón Menéndez
Pidal (1869-1968), que las primeras obras literarias épicas (cantares de gesta)
surgen…
… potenciadas por la nobleza inculta que tenía como
principal ocupación la guerra. Los caballeros eran los protagonistas de esa
literatura y junto al pueblo disfrutaban escuchando a los juglares; así pues,
son los consumidores naturales de esta poesía.
Con la llegada del siglo XII, en Europa, la nobleza
comienza a «refinarse» y hace de la literatura una de sus principales
actividades; en esos momentos se desarrollan la novela y la lírica amorosa.
Pero para entonces ya los cantares de gesta tenían un desarrollo inimaginable y
los juglares eran personajes habituales en las plazas y castillos recitando
poemas épicos donde el honor era obtenido con los riesgos, los duelos entre
nobles y hasta las inmolaciones, en el campo de batalla, y se preconizaba, casi
como un axioma filosófico, que el hombre puede ser vencido, pero no derrotado.
A dicho oficio de «decir», de contar e improvisar
se le denominaba «Mester de juglaría» y sus cultores eran considerados como
verdaderos artistas por su lenguaje popular, expresividad y su facilidad para
el verso. También se les estimaba por el realismo de sus anécdotas, muy
apegadas a las historias verdaderas, pero con mucho de ficción y por el bucear
en temas heroicos, de carácter fundamentalmente guerrero.
La universalidad de la épica como poesía de signo
tradicional surge, según afirma el hispanista inglés Alan Deyermond en su
ensayo: La literatura perdida de la edad media castellana: catálogo y
estudio , como consecuencia…
… del espíritu heroico que anima a una colectividad
en el periodo de formación nacional.
Incluso algunos estudiosos del tema, como Menéndez
Pidal, ven los cantares de gesta como un sustituto de la historiografía, que en
la época solo era conocida en latín, lengua que estaba fuera del conocimiento
de las personas que no pertenecían a la nobleza.
El hálito de misticismo, leyendas, hechicerías y
encantamientos que rodeó siempre a Carlomagno, el esplendor y la magnificencia
de su Imperio, que pretendió revivir la etapa de los césares romanos, donde los
pájaros indicaban el camino justo a los ejércitos extraviados en el bosque; los
héroes conversaban con sus espadas, las cuales parecían comprenderlos; los
guerreros fortificaban su brazo y su sable con el auxilio divino y hasta al rey
Carlos se le aparecía en tres ocasiones, durante sus sueños, Santiago apóstol,
el santo discípulo de Cristo, para darle recomendaciones e indicarle la ruta
para combatir a los infieles y paganos, parecen ser terreno fértil para tanta
magia y narrativa juglaresca.
No hay que olvidar, como anota el hispanista y
lexicólogo inglés, estudioso de los cantares de gesta medievales, Colin Smith
(1998-1927), que la épica es literatura y no historia y así ha de examinársela,
por más que algunas obras revivan, con mucho de ficción y a grosso modo,
los acontecimientos históricos, que se convierten en meras excusas para
enhebrar un telón de fondo más verosímil, al que se añaden pinceladas
dramáticas y novelescas, en tanto… «se trataba, en definitiva de literaturizar
la historia».
Como confirman muchos estudiosos de las grandes
epopeyas y de los cantares de gesta (algunos ya citados en este capítulo),
primero aparecería la heroica oral, después la escrita y por último la llamada
heroica culta. Todas comparten temas, rasgos formales e incluso autores, pero
difieren en el público al que se dirigen y en la tradición de los poetas que
las cultivan.
Según ha indicado el filólogo, crítico literario y
escritor suizo Paul Zumthor (Ginebra, 1915-Montreal 1994), colaborador delDiccionario
Etimológico Francés y el Manual de Sintaxis del francés
contemporáneo, en los cantares de gesta, la épica es…
… una historia de acción, que concentra sus efectos
de significado en el acontecer, dejando de lado la ornamentación secundaria. El
poema épico escenifica la agresividad viril en virtud a alguna gran aventura.
Básicamente, narra un combate y selecciona de sus protagonistas un personaje
poco común, el cual provoca nuestra admiración, pese a que puede no salir
victorioso en todas las pruebas.
§. Un arte para todos
La oralidad se abriría caminos, entonces, debido al
gran porcentaje de analfabetos. En consecuencia, la difusión a través del
discurso hablado y el recitado de los versos formaban parte del atractivo, del
carácter de representación teatral y la gracia de los cantares de gesta. Sus
autores fueron los propios juglares, respetuosos de normas de composición de
ese género, pero necesitados permanentemente de retocar y adecuar la obra al
gusto del auditorio, aspecto que condicionaba la leyenda y el uso de todo un
instrumental discursivo-lexical en la narración.
Reproducción del comienzo del manuscrito del Cantar de Mio Cid, fruto del
mejor momento de la épica castellana, conservado en la Biblioteca Nacional de
Madrid, España.
Un serio problema filológico para la
contemporaneidad fue que los textos eran transmitidos y compuestos oralmente y
las copias que se conservan son posteriores al original. Por ello, lo que ha
llegado a nuestros días son deducciones y elucubraciones, retoques de
investigadores del tema, vestigios y rejuntes no siempre, suponemos, fieles a
los sucesos, pues siempre ha existido mucho interés en seguir alimentando los
mitos, propios de toda esa época de guerras, transformaciones sociales,
económicas, culturales y alteraciones abruptas en el imaginario social. En ese
camino de posibilidades, se dice que los autores pudieron ser clérigos que eran
los que armaban la historia y la redactaban en los monasterios, teniendo como
fuente las leyendas épicas y la literatura clásica conservadas con el propósito
de divulgar y propagar la vida de los gloriosos héroes. Y que los monjes,
posteriormente, la entregaban a los poetas para que cantaran sus historias.
El paso de un cantar medieval de gesta oral a otro
de composición escrita tendría lugar en Francia alrededor del siglo XI y deja,
a no dudarlo, su impronta, su sello distintivo. Hay que tener en cuenta que el
pasaje de un código a otro (la clásica dicotomía: oralidad/escritura) marcaría
a la narrativa escrita al «infiltrarla» de toda una estrategia expresiva,
propia de la cultura del coloquialismo, del diálogo.
¿Quiénes crearon estos textos épicos?
Muchas son las teorías sobre los orígenes (tantos y
tan divergentes, que proveería materia para la escritura de otro libro), pero
según Menéndez Pidal, que postula una tesis, denominada «Germánica» (que
compartimos plenamente por la investigación y lecturas realizadas), cuando los
visigodos llegaron a la Península Itálica traían una serie de leyendas y cantos
heroicos, propios de su cultura e idiosincrasia bárbaras. Dichos cantos
divulgaban las hazañas de los antepasados y después surgirían nuevas canciones
sobre la historia cotidiana y los avatares de los nuevos héroes. Ya el famoso
santo milagroso español, San Isidro, en el siglo XIII, recomendaba…
… que en la educación de los jóvenes se incluyeran
los conocimientos de los carmina maiorum y no simples y torpes canciones
amatorias.
Este género continúo cultivándose entre los
visigodos, hasta el advenimiento de los árabes y dio origen a la aparición de
las ulteriores manifestaciones castellanas de los cantares de gesta.
Muchos son los grandes poemas épicos que han
sobrevivido y llegado a nuestros días, que exaltan las virtudes de un héroe
nacional, elevado al rango arquetípico, cuyo proceder representa las virtudes
que un pueblo o una colectividad consideraban como modelos. Ellos poseen como
rasgos temáticos distintivos la alabanza de las facultades guerreras; el arrojo
y el desprecio hacia la muerte; la disciplina en el campo de batalla; la
fidelidad al caudillo o monarca y la austeridad en las costumbres, entre otros.
Entre los poemas más destacados de este género
podemos enumerar (por orden de recopilación): el Beowulf (escrito
en inglés antiguo, en versos aliterativos o sin rima), proveniente de las islas
Británicas; laChanson de Roland (Canción de Roldán), en Francia;
el Cantar de Mio Cid, en España, y el Nibelungenlied (Canción
de los Nibelungos), en Alemania (basada casi exclusivamente en la mitología
nórdica). Pero también han sobresalido: el Cantar de Roncesvalles (escrito
en castellano medieval, con rasgos de romance aragonés, en el siglo XIII)
y La Historia del emperador Carlomagno y de los doce pares de Francia (un
libro de caballerías, originalmente escrito en francés, que fue publicado en
Sevilla, en 1525). En estos últimos dos, junto a la Canción del Roldán,
se puede observar la imagen, cercana o distante, real o ficticia, que del
Emperador Carlomagno tenían los juglares y artistas europeos en ese periodo.
§. Blandir la preciada espada
El rey Carlos, nuestro emperador, el Grande, siete
años enteros permaneció en España: hasta el mar conquistó la altiva tierra. Ni
un solo castillo le resiste ya, ni queda por forzar muralla, ni ciudad, salvo
Zaragoza, que está en una montaña. La tiene el rey Marsil, que a Dios no
quiere. Sirve a Mahoma y le reza a Apolo. No podrá remediarlo: lo alcanzará el
infortunio.
Este es el primer verso de La chanson de
Roland, nombre dado modernamente a la obra, sin título en el manuscrito
original, conocido a través de un texto anglonormando, (el francés hablado en
Inglaterra). Con esas palabras de encomios al rey se inicia el apreciado cantar
de gesta (del que al final del libro transcribimos algunos párrafos),
considerado el documento europeo, de su tipo, más antiguo que se conoce.
Probablemente data del año 1087 y 1095. Sus 4002 versos decasílabos,
distribuidos en 291 estrofas, escritos a finales del siglo XI, atribuidos a un
monje normando llamado Turoldo, cuyo nombre aparece en el último y enigmático
verso: «Ci falt la geste que Turoldus declinet», son conservados en la
Biblioteca Bodleiana de Oxford, una antigua ciudad universitaria inglesa.
Obsérvese que ya desde el primer verso comienzan
las imprecisiones históricas, las inexactitudes y exageraciones llamativas,
fruto de las distorsiones legendarias. Carlos no estuvo en España siete años,
sino apenas durante una campaña de tres meses. Y tampoco conquistó ese
territorio, sino que solo dominó transitoriamente la ruta de
Roncesvalles-Pamplona-Tudela y Zaragoza y en la primera sufrió unas de sus más
conocidas derrotas bélicas.
El héroe de dicho cantar es el conde Roldán (o
Rolando), sobrino de Carlomagno, prefecto de la Marca de Bretaña y uno de los
Doce Pares del Emperador, entonces rey de los francos.
La fracasada campaña de Carlos en España, donde
acudió con sus tropas en el verano del año 778 en ayuda de los musulmanes de
Zaragoza y Barcelona rebelados contra la autoridad del califa Abderrahmán I de
Córdoba, constituye el epicentro de la historia, que transcurre en solo una
semana. Pero Carlos tal cual ya hemos relatado brevemente, no logra ponerse de
acuerdo con el gobernador de Zaragoza, quien, aunque le había pedido auxilio,
posteriormente, se niega a abrirle las puertas de su ciudad y el rey Carolingio
decide regresar a sus tierras, enfilando el paso y cruzando los Pirineos por el
desfiladero navarro de Roncesvalles.
Mientras Carlomagno y sus tropas atravesaban el
blando valle un 15 de agosto del año 778, desde una escarpada colina eran
observados por los vascos, quienes ocultos en los laterales atacaron
sorpresivamente, bajando de las cumbres, a la retaguardia franca, después de
dejar pasar el grueso de la tropa, produciéndole cuantiosos daños al ejército
del soberano y hasta terminaron por escapar con un buen botín.
El triunfo de san Hermenegildo, de F. Herrera el Mozo. Hermenegildo era el
hijo del rey Visigodo Leovigildo; su pueblo creó leyendas y cantos épicos.
En esta desigual contienda perecieron buena parte
de la élite militar franca y entre ellos, el famoso paladín Roldán, el héroe
del cantar, y su fiel amigo Oliveros, por confiar exageradamente en sus
dispuestas fuerzas para resistir la agresión. Antes de expirar, Roldán alcanza
a tocar el olifante de marfil para pedir ayuda y advertir al resto del ejército
y a Carlos, que estaban a diez leguas de la emboscada en la que habían caído.
Pero ya era demasiado tarde. Y aunque el cuerno producía un ruido que se podía
oír a veinte leguas de distancia, hacía temblar a las montañas y hasta podía
conseguir que los enemigos huyeran aterrorizados, el encantamiento no surtió
efecto.
Cuando la vanguardia franca quiso reaccionar, los
asaltantes vascones, conocedores del escenario de batalla como de las palmas de
sus manos, huyeron aprovechando lo escarpado del terreno y la oscuridad de la
noche que ya empezaba a caer.
Este suceso histórico fue el germen de la leyenda,
alimentada por los mitos de las contiendas y la ficción popular franca. Muchos
son los pasajes legendarios de la obra, como aquel donde Roldán habla y pide
consejos a su espada, apodada como una criatura cristiana «Durandarte», a quien
acariciaba como si fuera una novia, o aquel otro en el que prefiere, al caer
herido y presentir tan cercano su final, hundir su glorioso espadín en el
pecho, para que no acabara en manos de los contingentes de tribus vasconas y de
los musulmanes. Hemos transcrito partes en el apéndice de este libro.
El pasaje no solo está colmado de alabanzas hacia
la figura de Carlomagno, el de la barba blanca, el rey grande y gentil, sino
que alimenta el mito de la fascinación que ejerce su figura y los hechizos en
una continúa sucesión de arabescos mágicos, de raigambre cristiana (como ese
que resalta que el soberano recibe la orden de Dios, por intermedio de un
ángel, de entregar la famosa espada «Durandarte» a Roldán). Sin dudas, las
aventuras son adornadas y dotadas de una dimensión heroica, en oportunidades hasta
desfigurando la realidad del hecho acaecido.
§. Ficción y realidad
Las canciones de gesta que alcanzaron cierta
popularidad en Francia y el norte de España, que tienen entre sus protagonistas
a Carlomagno, hacen un retrato bastante plural de su personalidad. Algunos le
presentan como un soberano colérico, extravagante y veleidoso con una
mentalidad feudal; otros lo pintan como un monarca glorioso, compasivo,
preocupado por su tropa y protector de su territorio, que puede llegar a
derramar lágrimas cuando mueren sus colaboradores más cercanos. Pero en todos
ellos están presentes (velada o abiertamente) la apología y el aplauso a la
hora de ver a la figura del monarca y validar su obra.
El paso del tiempo y la mirada heterogénea de los
historiadores de diversos épocas han hecho que el reinado de Carlomagno y su
desempeño sean vistos con mayor objetividad y hasta espíritu crítico (los hay
que llegan a hablar hasta del fracaso de Carlomagno), cuyo Imperio (por
imprevisión) se desplomó tras su muerte.
De esta manera se apunta que sus planes eran
desmedidos, al igual que sus ambiciones; que sus dominios (territorialmente)
eran demasiado vastos y casi anacrónicos y arcaicos, lo que hacía que le fuera
casi imposible gobernar y timonear la coyuntura económica y la vida de su
anquilosado Imperio.
Actualmente, y según los textos consultados,
sobreviven menos de cien cantares de gesta franceses. Los estudiosos
manifiestan que, entre los siglos XIII y XV, tuvo su mayor esplendor el llamado
«Ciclo del rey Carlomagno» (también denominado como «Ciclo de Pipino» o «Ciclo
del rey»), en el que se contaban las andanzas y proezas guerreras del soberano
y las arriesgadas campañas militares que dirigió contra Sajonia, Aquitania,
Italia y España.
En ese ciclo aparecen algunos miembros de su
familia real, como su madre Berta o Bertrada, «la de los grandes pies» (aux
grands pieds); su sobrino Roldán, los Doce Pares de Francia e incluso
Turpín, arzobispo de Reims. También se toma como vértice para la narración su
infancia, sus avatares para conquistar el trono Carolingio y consolidar su
poder, su peregrinación a Jerusalén y Constantinopla (Pelerinage Charlemagne),
de donde trae a Occidente preciosas reliquias de la pasión de Cristo y hasta la
vejez del soberano del Sacro Imperio Romano Germánico.
Entre ellos pueden enumerarse: la Canción
de Roldán, en el siglo XI;La peregrinación de Carlomagno del
siglo XII; El cantar de Aspremont (donde Roldán es casi un
niño y realiza sus primeras hazañas bélicas), del siglo XIII, entre la docena
de estas obras que resisten el paso del tiempo.
La argamasa con que se tejió la historia del Cantar
de Roldán tiene todos los ingredientes de la narración novelesca;
quizás porque entre el suceso histórico y el texto del cantar que hoy leemos
transcurrieron tres siglos, periodo en el que la tradición echó raíces,
embelleció pasajes, hizo desaparecer otros y tiñó con tintes sobrehumanos el
accionar de muchos guerreros.
En ese tránsito de historia, la gesta alimentó la
fábula y nació la épica. Así lo que realmente fue un error militar, agrandado
por la sorpresa de la emboscada y los accidentes geográficos del terreno,
favorable a los vascones y sarracenos, termina siendo una leyenda, convertida
casi en un drama pasional entre Roldán y su padrastro Ganelón (envidioso e
hipócrita, para más señas), quien acaba traicionando a sus propias huestes y
entregando a la tropa, al aliarse con Marsil y planear una traición contra su
soberano para vengarse de su hijastro Roldán, a quien odia. Ganelón paga por
tamaña perfidia con su vida, condenado por el fiero Carlomagno a morir
descuartizado al final del último verso, cuando a Carlos se le aparece el
arcángel San Gabriel y le anuncia en sus sueños la victoria y el desquite.
§. Desde «otras» retaguardias francas
En tanto, de El Cantar de Roncesvalles,
un poema épico contaminado ya por el género novelesco, escrito a comienzos del
siglo XIII en castellano medieval, con rasgos de romance navarroaragonés, solo
se conserva un fragmento de 100 versos de los 5500 que tendría originalmente,
según las investigaciones realizadas por el prestigioso ensayista español Ramón
Menéndez Pidal (1969-1968).
Carlomagno combatiendo contra un rey árabe. Carlos construyó un imperio muy
vasto y difícil de gobernar. Por eso se derrumbó tras su muerte. Cantar de
Roldán.
Su argumento: el mismo que el del Cantar
del Roldán. En la conquista de toda España (salvo Zaragoza), Ganelón se
entiende con el rey moro Marsil y planean la emboscada, que se hace efectiva
cuando las tropas de Carlomagno regresan a Francia por la ruta de Roncesvalles.
Allí se libra una cruenta batalla, en la que intervienen también otros nuevos
héroes, como Reinaldo, Baldovinos y Beltrán. La intrepidez de Roldán y sus
huestes hace retroceder a los moros.
En este pasaje, a diferencia de La chanson
de Roland, Carlomagno corta el brazo derecho de Marsil, quien huye
espantado dejando rastros de su deshecho miembro superior. El cantar concluye
con la muerte de doña Alba, la esposa del paladín Roldán, en pleno entierro de
su querido esposo.
De ahí que los expertos en cantares de gesta
tiendan a ver en esta obra muy poco de la herencia y las tradiciones de la
poesía galorrománica, y en cambio una materia épica de original desarrollo,
«con personalidad propia», para la literatura española.
Se especula con que la leyenda que inspiró este
poema pudo venir a través de Provenza, en el siglo XII, pues se trata de una
ficción literaria muy arcaica con personajes (algunos nuevos) y argumento
disímil al Cantar de Roldán, pero en el mismo escenario y con la
misma excusa histórica para desarrollar la trama.
Según, Ramón Menéndez Pidal, quien defiende una
tesis neotradicionalista:
… existieron numerosos cantares de gesta
castellanos, que, posteriormente, se prosificaron en crónicas o se disolvieron
en romances, ya que se perdieron como cantares en su casi totalidad. Dichos
cantares surgirían al calor de los hechos, por lo que serían, básicamente,
históricos. Su elaboración respondería a tradiciones de origen germánico,
introducidas por los visigodos y probablemente conservadas por los mozárabes,
en las «archûzas» hispanoárabes. Estos cantares noticieros o cantilenas los
ampliarían juglares anónimos, desde un núcleo inicial, hasta desembocar en los
cantares actuales, obras colectivas.
Cuenta el doctor español en Filología Miguel Pérez
Rosado, en uno de sus artículos periodísticos, que la aparición en 1916 de dos
folios de la obra El cantar de Roncesvalles, que se habían
utilizado para reforzar la encuadernación de otro libro, provocó tremendo
revuelo al corroborar el escaso interés que despertó en su momento. Pero a
partir de ese hallazgo se renovó el estudio de la épica española, y fue como un
soplo de aire fresco convertido luego en vendaval para los estudios sobre la
materia.
La rareza encontrada por obra de la casualidad, del
azar, se refiere al momento en que Carlomagno reconoce a Roldán entre los
cadáveres de Roncesvalles e inicia el traslado de los cuerpos a Francia,
llorando por las muertes que ve a su alrededor y recordando, a partir del verso
54, su juventud, sus correrías por la Península Ibérica y las conquistas junto
a su sobrino Roldán. Apunta Pérez Rosado:
Las semejanzas de este motivo con el cantar de los
Infantes de Salas no puede ocultar su dependencia de la épica francesa, lo que
delata en el Cantar de Roncesvalles su procedencia navarra.
Los versos de esta obra que es, junto al Cantar
del Mío Cid, el otro testimonio conservado de la antigua épica española,
están muy vinculados con cantares de tema carolingio que circularían por la
región española, como un Mainete, sobre la infancia de Carlomagno en Toledo y
sus amores con la mora Galiana. El cantar fundiría esta estancia con el
destierro histórico toledano de Alfonso VI.
§. Sin la adarga del Quijote, pero de caballerías
Originalmente escrito en francés y traducido al
castellano (publicado en Sevilla, en 1525), La historia del emperador
Carlomagno y los doce pares de Francia, es un libro de caballerías, que
abrevó en toda la obra de Cervantes y tuvo un notable éxito editorial en su
tiempo. Ello explica las numerosas reimpresiones españolas y portuguesas (1528,
1534, 1547, 1548, 1549, 1550 en Sevilla), sin contar las que se hicieron en
Alcalá de Henares, Lisboa, Cuenca, Barcelona, Huesca, Coimbra y Madrid.
La obra, de 76 capítulos, distribuidos entre una
introducción y tres narraciones cortas, que incluyen una crónica (en latín) del
Arzobispo Turpín, supuestamente un contemporáneo del soberano franco
Carlomagno; un poema épico y una narración más apegada a la realidad de los
hechos acaecidos, que cuenta el final de los días del Emperador. Comienza con
una referencia a los orígenes de los reyes francos y su conversión al
cristianismo.
Así, la primera parte relata la llegada al trono de
Pipino el Breve, padre de Carlomagno, y da múltiples datos biográficos de su
hijo, el futuro rey. En ese pasaje se habla de los caballeros más destacados de
la corte, los llamados doce pares de Francia.
Ya en la segunda pieza, puramente novelesca, se
hace alusión al enfrentamiento bélico de Carlomagno con un ejército pagano,
dirigido por un tal almirante Balán y su hijo Fierabrás (nombre simbólico, si
lo hay), rey de Alejandría, quien es muerto en combate por Oliveros, uno de los
paladines de la corte carolingia. Oliveros, todo un guerrero franco,
posteriormente caerá preso del almirante Balán y será encerrado en una torre,
desde donde escapará, gracias a la ayuda de la bella Floripes, hermana de Fierabrás,
enamorada de Guy de Borgoña, otro noble franco cristiano.
La historia se tiñe de ribetes aventureros entre
huidas, cautivos, enfrentamientos bélicos, ejecuciones, bautizos forzosos al
cristianismo y casamientos religiosos. Es oportuno decir, que ya en la obra
cumbre de la literatura española, Don Quijote de la Mancha, Miguel
de Cervantes y Saavedra atribuye a un personaje secundario llamado Fierabrás
los poderes para fabricar un bálsamo que cura las heridas, y alude a la obra
del Arzobispo Turpín. Al parecer todo un homenaje-paródico al afamado poema de
caballerías, que había leído ya.
La obra termina con el regreso de Carlomagno a
Francia, su partida para Alemania y su muerte en Aquisgrán, ya con menos
ribetes ficcionales (más parecido a la vida misma del personaje histórico),
aunque sin negarle a la historia otros aderezos ficcionales, como su encuentro
con el Apóstol Santiago, los combates entre paganos y cristianos, especialmente
los del soberano Carolingio con el rey moro Aigolante y los reyes de Sevilla y
Córdoba.
Para muchos estudiosos, entre ellos Carlos Gumpert
Melgosa, de la Universidad de Pisa, Italia:
La Historia del Emperador Carlomagno …es un claro
ejemplo de literatura popular o marginal. Estos relatos caballerescos breves,
si bien diferenciados de los libros de caballerías en cuanto a disposición
estructural y también, posiblemente, recepción lectora, comparten sin embargo
con ellos algunos rasgos temáticos y formales, de modo que se pueden situar a
su lado como una suerte de hermanos menores, o bastardos, como quieren algunos,
dado su mayoritario origen francés.
§. Los buenos y malos
Cuando nos enfrentamos a estos tres textos poéticos
épicos saltan a la vista la caracterización que hacen sus autores de los
personajes islámicos. Esas figuras (personajes, fruto de la invención literaria
pero con un cierto apego histórico) muy cercanas a lo diabólico, a lo mágico
llevan hasta nombres «macizos» a la hora de pronunciarse, como Abismo,
Falsarón, Malprimis, Malcuidant, etc., por solo mencionar algunos del Cantar
de Roldán, por ejemplo.
A no dudar de la existencia de toda una
intencionalidad al intentar apuntar el origen maldito de todo lo que huela a
pagano (propio de ese periodo histórico). De ahí que se procure evocar la idea
de la mentira, de lo falso y la perdición, del camino al infierno mismo.
También buscaban semejante connotación en el nombre, incluso de sus caballos,
sus armas y hasta los lugares de donde provenían los enemigos.
Así, en uno de los versos de la Chanson de
Roland nos describirán a los oriundos sarracenos y moros de manera
demoníaca, casi simiesca y salvaje, semejante a los cíclopes homéricos de un
solo ojo y cabellos hasta el suelo, que poseen un espacio entre sus cejas que
puede medirse en más de medio pie:
Ha huido Marsil, pero se ha quedado su tío el
califa, que posee Cartago, Alferna, Garmalía y Etiopía, una tierra maldita. La
gente negra está bajo su dominio; tienen grandes las narices y largas las
orejas y son en total más de cincuenta mil.
Como nos avisa la investigadora Carolina Brown
Ahumada, en su ensayo: El poema de Fernán González y el Cantar de
Roldán: La mala imagen del moro en la épica española y francesa.
Representaciones de un trauma cultural , las características físicas
de los sarracenos apuntan:
… hacia la barbarie y la animalidad […]. Cuando
Roldán ve a la gente descreída, que son más negros que la tinta y no tienen
blanco sino solo los dientes.
Subyace en estas obras el conflicto de la época que
persiguió durante toda su existencia a Carlomagno, la antinomia (casi maniquea)
civilización y barbarie. La una representada en los cristianos o en aquellos
que se convertían al cristianismo y tenían su existencia plena de fe, con un
código de honor bien definido y dados a las buenas acciones; los segundos
caracterizados por los paganos: incrédulos, muy proclives a las malas acciones,
la traición, la puñalada por la espalda, los actos de sadismo y crueldad
extrema (casi siempre injustificados) y a las prácticas miserables y violentas.
Mientras los sarracenos son cobardes en el combate,
el conde Roldán tiene a su favor no solo belleza física, sino también moral,
valentía y no teme morir por su religión y por su rey Carlomagno. De ahí que su
figura esté rodeada de un halo místico y los paganos teman enfrentarse a él.
Miguel de Cervantes Saavedra se inspiró en La historia del emperador
Carlomagno y los doce pares de Francia para escribir su obra.
Existía toda una intención desembozada e
intencional de realizar un contrapunto entre el islamismo y la Cristiandad. Si
los sarracenos y moros eran adoradores de imágenes los cristianos creían en una
divinidad que se reflejaba en los actos de su cotidianidad, en la vida misma y
no en el ídolo en sí. Existe toda una intención de presentar al Islam y a otras
divinidades paganas, opuestas al cristianismo, como incapaces de ayudar a sus
feligreses, y se les muestra como algo ilegitimo, falso y desdeñable. Dicha
rivalidad religiosa es presentada en un telón de fondo donde las armas tienen
un rol protagónico. Y menos el de los cristianos, todas los otros dogmas están
condenados a morir con sus creyentes, a desaparecer de la faz de la tierra.
A pesar de estos esquemas y preconceptos, que
tienen mucho de intolerancia religiosa y discriminación xenofóbica, la
violencia bélica y los enfrentamientos propios de las contiendas son plasmados
como si fueran la obra de un pintor, y con una abierta intencionalidad
estética, casi plástica. Así se retratarán escudos, espadas labradas en oro y
con piedras de incalculable valor, lanzas de fina platería, caballos con
elegantes monturas y estribos de cuero, etc.
No por casualidad un pasaje del Cantar de
Roldán fotografía con crudo realismo, casi de manera traumática, y con
un interés pictórico la historia que narra:
Empuña a Durandarte, que vale más que el oro fino,
y acomete, el barón, lo más que puede bajo el yelmo gemado en oro; corta la
cabeza, la cota, el cuerpo, la buena silla con gemas doradas y profundamente el
espinazo del caballo. Los mata a ambos, quienquiera que lo maldiga o lo alabe
[…]. En pleno mediodía hay grandes tinieblas, altos son los montes y tenebrosos
los valles, grisáceas las rocas y temibles los desfiladeros.
Como expresa acertadamente en el citado estudio
Carolina Brown Ahumada:
… los recursos estilísticos de estos cantares
obedecen exclusivamente a un propósito de entretenimiento y diversión. Sin
embargo, no debemos olvidar que, bajo el tratamiento estético de las imágenes,
los temas y el paisaje, existen motivos profundos; existe un mensaje, una
proclamación de identidad y un determinado contenido ideológico. En este
sentido, no se puede pasar por alto que el poema épico es las dos cosas a la
vez; un goce de contar y escuchar, una actividad de esparcimiento y diversión,
pero también el vehículo portador de ciertos contenidos ideológicos, vinculados
con la nacionalidad, la religión y una visión de mundo en particular.
Tampoco debemos dejar de lado que estas narraciones
épicas son construidas por y para el mundo occidental, y llevan su marca de
fábrica, su sello distintivo, remarcado por la impronta de su origen, su
incomunicación, su desapego a la multiculturalidad y las creencias y prejuicios
hacia lo «otro», lo diferente. Para salir airosos de estas discordancias entre
el Oriente y el Occidente recurrirán a estereotipos, clichés propios de la
visión de Occidente, esquemas que aún hoy subsisten y en ocasiones (por coyunturas
y hasta por portación de rostros, idiomas, hábitos culturales, religiones o
formas de vestir diferentes) tienden a enfatizarse, a pesar de que se vive en
un mundo globalizado, informado, que se jura tolerante y pretende la paz y la
integración. Perdón por el anacronismo.
En síntesis, estas tres gestas medievales tienden a
recalcar la figura histórica de Carlomagno como el rey cristiano por
excelencia, repleto de ardor evangélico y a la figura de Rolando como el
paradigma del campeón de la fe, sacrificado por su Dios y su rey; ambos modelos
de la virtudes caballerescas resguardadas por la Iglesia y el Evangelio
cristiano.
Para las tres obras, el acto épico es un ejercicio
guerrero, el encuentro de grandes y poderosas fuerzas islámicas contra
multitudes cristianas, repletas de fe. Las hazañas guerreras y sus grandes
temas: el heroísmo, el honor, la traición, la venganza, el amor, la exaltación
de la amistad y la fidelidad al rey franco Carlomagno, tienden a dibujar con
realismo y con la melodía del verso los inicios de un régimen feudal que estaba
por emerger y consolidarse en la Europa del Medioevo.
Bibliografía
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