Libro N° 9759. Carta De Un Loco. De Maupassant, Guy.
© Libro N° 9759. Carta De Un Loco. De Maupassant, Guy. Emancipación. Abril
2 de 2022.
Título original: © Lettre d’un fou, Guy de Maupassant (1850-1893)
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Original: © Carta De Un Loco. Guy De Maupassant
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Guy De Maupassant
Carta De Un Loco
Guy De Maupassant
Querido doctor, me pongo en sus manos. Haga usted
de mí lo que guste.
Voy a decirle con toda franqueza mi extraño estado
de ánimo, y juzgue si no sería mejor que cuidasen de mí durante algún tiempo en
una casa de salud, en vez de dejarme presa de las alucinaciones y sufrimientos
que me atormentan.
Ésta es la historia, larga y exacta, de la singular
enfermedad de mi alma.
Vivía yo como todo el mundo, mirando la vida con
los ojos abiertos y ciegos del hombre, sin sorprenderme ni comprender. Vivía
como viven las bestias, como vivimos todos, cumpliendo todas las funciones de
la existencia, analizando y creyendo ver, creyendo saber, creyendo conocer lo
que me rodea, cuando un día me di cuenta de que todo es falso. Fue una frase de
Montesquieu la que súbitamente iluminó mi pensamiento. Es ésta: «Un órgano de
más o de menos en nuestra máquina nos hubiera dado una inteligencia distinta.
En una palabra, todas las leyes asentadas sobre el hecho de que nuestra máquina
es de una determinada forma serían diferentes si nuestra máquina no fuera de
esa forma.»
He pensado en esto durante meses, meses y meses, y
poco a poco ha penetrado en mí una extraña claridad, y esa claridad ha creado
ahí la oscuridad. En efecto, nuestros órganos son los únicos intermediarios
entre el mundo exterior y nosotros. Es decir, que el ser interior que
constituye el yo se halla en contacto, mediante algunos hilillos nerviosos, con
el ser exterior que constituye el mundo.
Pero, además de que ese ser exterior se nos escapa
por sus proporciones, su duración, sus propiedades innumerables e
impenetrables, sus orígenes, su futuro o sus fines, sus formas lejanas y sus
manifestaciones infinitas, nuestros órganos, sobre la parcela que de él podemos
conocer, no nos suministran otra cosa que informes tan inseguros como poco
numerosos.
Inseguros, porque únicamente son las propiedades de
nuestros órganos las que determinan para nosotros las propiedades aparentes de
la materia. Poco numerosos, porque al no ser nuestros sentidos más que cinco,
el campo de sus investigaciones y la naturaleza de sus revelaciones se hallan
necesariamente muy restringidos.
Me explico: la vista nos indica las dimensiones,
las formas y los colores. Nos engaña en esos tres puntos. No puede revelarnos
otra cosa que los objetos y seres de dimensión media, proporcionados a la
estatura humana, lo cual nos lleva a aplicar la palabra grande a determinadas
cosas y la palabra pequeño a otras, sólo porque su debilidad no le permite
conocer lo que es demasiado vasto o demasiado menudo para él. De ahí resulta
que no se sabe ni se ve casi nada, que el universo casi entero le queda oculto,
la estrella que habita el espacio y el animálculo que habita la gota de agua.
Incluso aunque tuviera cien millones de veces su
potencia normal, aunque viese en el aire que respiramos todas las especies de
seres invisibles, así como los habitantes de los planetas próximos, todavía
quedarían numerosos infinitos de especies de animales más pequeños y mundos tan
lejanos que jamás alcanzaría.
Así pues, todas nuestras ideas de proporción son
falsas porque no hay límite posible en la magnitud ni en la pequeñez. Nuestra
apreciación sobre las dimensiones y las formas no tiene ningún absoluto al
venir determinada únicamente por la potencia de un órgano y por una comparación
constante con nosotros mismos.
Hemos de añadir que la vista todavía es incapaz de
ver lo transparente. Un cristal sin defecto la engaña. Lo confunde con el aire
que tampoco ve.
Pasemos al color.
El color existe porque nuestra vista está hecha de
modo que transmite al cerebro, en forma de color, las diversas formas en que
los cuerpos absorben y descomponen, siguiendo su constitución química, los
rayos luminosos que dan en ellos.
Todas las proporciones de esa absorción y de esa
descomposición constituyen matices. Así pues, este órgano impone a la
inteligencia su modo de ver, mejor dicho, su forma arbitraria de constatar las
dimensiones y de apreciar las relaciones de la luz y la materia.
Analicemos el oído. Somos juguetes y víctimas, más
todavía que en el caso de la vista, de ese órgano fantasioso. Dos cuerpos, al
chocar, producen cierta vibración de la atmósfera. Ese movimiento hace
estremecerse en nuestra oreja cierta pielecilla que trueca inmediatamente en
ruido lo que en realidad no es otra cosa que una vibración.
La naturaleza es muda. Pero el tímpano posee la
propiedad milagrosa de transmitirnos en forma de sentidos, y de sentidos
diferentes según el número de vibraciones, todos los estremecimientos de las
ondas invisibles del espacio. Esa metamorfosis realizada por el nervio auditivo
en el breve trayecto de la oreja al cerebro nos ha permitido crear un arte
extraño, la música, la más poética y precisa de las artes, vaga como un sueño y
exacta como el álgebra. ¿Qué decir del gusto y del olfato? ¿Conoceríamos los perfumes
y la calidad de los alimentos sin las propiedades peregrinas de nuestra nariz y
nuestro paladar?
Sin embargo, la humanidad podría existir sin oído,
sin gusto y sin olfato, es decir, sin ninguna noción del ruido, del sabor y del
olor. Así pues, si tuviéramos algunos órganos menos, desconoceríamos cosas
admirables y singulares, pero si tuviéramos algunos más, descubriríamos a
nuestro alrededor una infinidad de otras cosas que nunca supondremos por falta
de medio para constatarlas. Por lo tanto, nos equivocamos cuando juzgamos lo
Conocido, y estamos rodeados de Desconocido inexplorado.
Por lo tanto, todo es inseguro, y puede apreciarse
de diferentes maneras. Todo es falso, todo es posible, todo es dudoso.
Formulemos esta certidumbre sirviéndonos del viejo
proverbio: «Verdad a este lado de los Pirineos, error al otro lado.»
Y decimos: verdad en nuestro órgano, error en el de
al lado. Dos y dos no deben ser cuatro fuera de nuestra atmósfera.
Verdad en la tierra, error más lejos, de donde
deduzco que los misterios vislumbrados como la electricidad, el sueño
hipnótico, la transmisión de la voluntad, la sugestión y todos los fenómenos
magnéticos sólo siguen ocultos para nosotros porque la naturaleza no nos ha
proporcionado el órgano o los órganos necesarios para comprenderlos.
Después de haberme convencido de que todo lo que me
revelan mis sentidos sólo existe para mí tal como yo lo percibo, y de que sería
totalmente diferente para otro ser organizado de otro modo, después de haber
llegado a la conclusión de que una humanidad hecha de otra forma tendría sobre
el mundo, sobre la vida y sobre todo ideas absolutamente opuestas a las
nuestras, porque el acuerdo de las creencias sólo deriva de la similitud de los
órganos humanos, y las divergencias de opiniones provienen únicamente de
ligeras diferencias de funcionamiento de nuestros hilillos nerviosos, he hecho
un esfuerzo de pensamiento sobrehumano para suponer lo impenetrable que me
rodea.
¿Me he vuelto loco?
Me he dicho: «Estoy rodeado de cosas desconocidas.»
He supuesto al hombre desprovisto de orejas y he supuesto el sonido como
suponemos tantos misterios ocultos; el hombre constata fenómenos acústicos cuya
naturaleza y procedencia no podría determinar. Y he tenido miedo de todo lo que
me rodea, miedo del aire, miedo de la oscuridad. Desde el momento en que no
podemos conocer casi nada, y desde el momento en que todo es ilimitado, ¿qué es
el resto? ¿No es el vacío? ¿Qué hay en el vacío aparente?
Y ese terror confuso de lo sobrenatural que acosa
al hombre desde el nacimiento del mundo es legítimo, porque lo sobrenatural no
es otra cosa que lo que permanece velado para nosotros. Entonces he comprendido
el espanto. Me ha parecido que rozaba constantemente el descubrimiento de un
secreto del universo. He intentado aguzar mis órganos, excitarlos, hacerles
percibir por momentos lo invisible.
Me he dicho: «Todo es un ser. El grito que pasa en
el aire es un ser comparable a la bestia, puesto que nace, produce un
movimiento y se transforma incluso para morir. Por lo tanto, el espíritu
pusilánime que cree en seres incorpóreos no se equivoca. ¿Quiénes son?»
¡Cuántos hombres los presienten, se estremecen
cuando se acercan, tiemblan con su imperceptible contacto! Uno los siente a su
lado, alrededor, pero es imposible distinguirlos, porque no tenemos los ojos
que los verían, o mejor dicho el órgano desconocido que podría descubrirlos.
Así pues, sentía en mí, más que nadie, a esos
transeúntes sobrenaturales. ¿Seres o misterios? ¿Lo sé acaso? No podría decir
lo que son, pero siempre podría señalar su presencia. Y he visto -he visto un
ser invisible- hasta donde puede verse a esos seres.
Permanecía noches enteras inmóvil, sentado ante mi
mesa, con la cabeza entre las manos y pensando en esto, pensando en ellos. De
pronto creí que una mano intangible, o más bien un cuerpo inasequible, rozaba
ligeramente mi pelo. No me tocaba, por no ser de esencia carnal, sino de
esencia imponderable, incognoscible. Pero una noche oí crujir el entarimado a
mis espaldas. Crujió de un modo singular. Me estremecí. Me volví. No vi nada. Y
no volví a pensar en ello.
Pero al día siguiente, a la misma hora, se produjo
el mismo ruido. Tuve tanto miedo que me levanté, seguro, completamente seguro
de que no estaba solo en mi cuarto. No se veía nada sin embargo. El aire estaba
límpido y transparente en todas partes. Mis dos lámparas iluminaban todos los
rincones.
El ruido no se repitió y fui calmándome poco a
poco; sin embargo, permanecía inquieto y me volvía a menudo. Al día siguiente
me encerré a hora temprana, buscando la forma en que podría conseguir ver lo
Invisible que me visitaba.
Y lo vi. Estuve a punto de morir de terror.
Había encendido todas las bujías de mi chimenea y
de mi lustro. La habitación estaba iluminada como para una fiesta. Sobre la
mesa ardían mis dos lámparas. Frente a mí, la cama, una vieja cama de roble con
columnas. A la derecha, mi chimenea. A la izquierda, la puerta, con el cerrojo
echado. A mi espalda, un grandísimo armario de luna. Me miré en él. Tenía unos
ojos extraños y las pupilas muy dilatadas.
Luego me senté como todos los días.
La víspera y la antevíspera el ruido se había
producido a las nueve y veintidós minutos. Esperé. Cuando llegó el momento
preciso, percibí una sensación indescriptible, como si un fluido, un fluido
irresistible hubiera penetrado en mí por todas las parcelas de mi carne,
sumiendo mi alma en un espanto atroz. Y se produjo el crujido, justo a mi lado.
Me incorporé volviéndome tan deprisa que estuve a
punto de caerme. Se veía como en pleno día, ¡pero yo no me vi en el espejo!
Estaba vacío, claro, lleno de luz. Yo no estaba dentro, y sin embargo me
hallaba enfrente. Lo miré con ojos enloquecidos. No me atrevía a avanzar hacia
él, sintiendo que entre nosotros se interponía él, lo Invisible, y que me
tapaba.
¡Qué miedo pasé! Y he aquí que empecé a verlo
envuelto en bruma en el fondo del espejo, en una bruma como a través del agua;
y me parecía que aquella agua fluía de izquierda a derecha, lentamente,
volviéndome más preciso segundo a segundo. Era como el final de un eclipse. Lo
que me tapaba no tenía contornos, sino una especie de transparencia opaca que
iba aclarándose poco a poco.
Y finalmente pude verme con claridad, como hago
todos los días cuando me miro.
¡Lo había visto! Y no he vuelto a verlo. Pero lo
espero sin cesar, y siento que mi cabeza se extravía en esa espera. Permanezco
horas, noches, días y semanas delante del espejo esperándolo. ¡Ya no viene!
Ha comprendido que yo lo había visto. Mas yo sé que
lo esperaré siempre, hasta la muerte, que lo esperaré sin descanso, delante de
ese espejo, como un cazador al acecho. Y en ese espejo empiezo a ver imágenes
locas, monstruos, cadáveres horribles, toda clase de bestias espantosas, de
seres atroces, todas las visiones inverosímiles que deben acosar la mente de
los locos.
Ésta es mi confesión, querido doctor. Dígame qué
debo hacer.
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Guy de Maupassant (1850-1893)

