Libro N° 9758. Una Carretera Iluminada Por La Luna. Bierce, Ambrose.
© Libro N° 9758. Una Carretera Iluminada Por La Luna. Bierce, Ambrose. Emancipación. Abril
2 de 2022.
Título original: © The Moonlit Road, Ambrose Bierce (1842-1914)
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Original: © Una Carretera Iluminada Por La Luna. Ambrose Bierce
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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UNA CARRETERA ILUMINADA POR LA LUNA
Ambrose Bierce
Una Carretera Iluminada Por La Luna
Ambrose Bierce
«UNA CARRETERA ILUMINADA POR LA LUNA»: AMBROSE
BIERCE
RELATO Y ANÁLISIS
Una carretera iluminada por la luna (The Moonlit
Road) es un relato de terror del escritor norteamericano Ambrose Bierce
(1842-1914), publicado originalmente en la edición de enero de 1907 de la
revista Cosmopolitan, y luego reeditado en la versión de 1910 de la antología:
¿Pueden estas cosas existir? (Can Such Things Be?).
Una carretera iluminada por la luna, sin dudas uno
de los mejores cuentos de Ambrose Bierce, presenta tres versiones sobre un
mismo suceso: el asesinato de una mujer llamada Julia Hetman.
El primero de estos testimonios corresponde a su
hijo, el segundo a un hombre que quizás sea su esposo, y el tercero a la propia
Julia, a través de un médium durante una sesión de espiritismo.
En este sentido, Una carretera iluminada por la
luna de Ambrose Bierce, además de ser un cuento excelente, conforma un
ejercicio narrativo muy ingenioso, y que va más allá de los recursos clásicos
del relato de fantasmas y casas embrujadas.
UNA CARRETERA ILUMINADA POR LA LUNA
Ambrose Bierce
(1842-1914)
Testimonio de Joel Hetman, Jr.
Soy un hombre de lo más desafortunado. Rico,
respetado, bastante bieneducado y de buena salud (aparte de otras muchas
ventajas generalmente valoradas por quienes las disfrutan y codiciadas por los
que las desean). A veces pienso que sería menos infeliz si tales cualidades me
hubieran sido negadas, porque entonces el contraste entre mi vida exterior e
interior no exigiría continuamente una atención ingrata. Bajo la tensión de la
privación y la necesidad del esfuerzo, podría olvidar en ocasiones el oscuro
secreto, cuya explicación —siempre misteriosa— el mismo hace inevitable. Soy
hijo único de Joel y Julia Hetman.
El primero fue un rico hacendado, la segunda una
mujer bella y bien dotada, a la que estaba apasionadamente ligado por lo que
ahora sé que fue una devoción celosa y exigente. El hogar familiar se
encontraba a unas cuantas millas de Nashville, en Tennessee, en una vivienda
amplia, irregularmente construida, sin ningún orden arquitectónico definido, y
algo apartada de la carretera, con un parque de árboles y arbustos. En la época
a la que me refiero yo tenía diecinueve años y estudiaba en Yale. Un día recibí
un telegrama de mi padre tan urgente que, obedeciendo a su inexplicada
solicitud, partí inmediatamente con dirección a casa.
En la estación de ferrocarril de Nashville, un
pariente lejano me esperaba para poner en mi conocimiento la razón de la
llamada: mi madre había sido bárbaramente asesinada; el móvil y el autor nadie
los conocía, pero las circunstancias fueron las siguientes:
Mi padre había ido a Nashville con la intención de
volver al día siguiente por la tarde. Algo impidió que realizara el negocio que
tenía entre manos, por lo que regresó esa misma noche, antes del amanecer. En
su testimonio ante el juez explicó que, como no tenía llave del cerrojo y no
quería molestar a los sirvientes que estaban durmiendo, se había dirigido, sin
ningún propósito especial, hacia la parte trasera de la casa. Al doblar una
esquina del edificio, oyó el ruido de una puerta que se cerraba con suavidad y
vio en la oscuridad, no muy claramente, la figura de un hombre que desapareció
de inmediato por entre los árboles.
Como una precipitada persecución y una batida
rápida por los jardines, en la creencia de que el intruso era alguien que
visitaba clandestinamente a un sirviente, resultaron infructuosas, entró en la
casa por la puerta abierta y subió las escaleras en dirección al dormitorio de
mi madre. La puerta estaba abierta y, al penetrar en aquella intensa oscuridad,
tropezó con un objeto pesado que había en el suelo y cayó de bruces. Me
ahorraré los detalles; era mi pobre madre, ¡estrangulada por unas manos humanas!
No faltaba nada en la casa, los sirvientes no
habían oído ruido alguno y, salvo aquellas horribles marcas en la garganta de
la mujer asesinada (¡Dios mío! ¡Ojalá pudiera olvidarlas!), no se encontró
nunca rastro del asesino. Abandoné mis estudios y permanecí junto a mi padre
que, como es de suponer, estaba muy cambiado. De carácter siempre taciturno y
sereno, cayó en un abatimiento tan profundo que nada conseguía mantener su
atención, aunque, cualquier cosa, una pisada, un portazo repentino, despertaban
en él un interés desasosegado; se le podría haber llamado recelo. Se
sobresaltaba visiblemente por cualquier pequeña sorpresa sensorial y a veces se
ponía pálido, y luego recaía en una apatía melancólica más profunda que la
anterior. Supongo que sufría lo que se llama una tremenda tensión nerviosa.
En cuanto a mí, era más joven que ahora, y eso
significa mucho. La juventud es Galad, donde existe un bálsamo para cada
herida. ¡Ah! ¡Si pudiera vivir de nuevo en aquella tierra encantada! Al no
estar habituado al dolor, no sabía cómo valorar mi aflicción. No podía apreciar
debidamente la potencia del impacto.
Cierta noche, unos meses después del fatal
acontecimiento, mi padre y yo volvíamos andando de la ciudad. La luna llena
llevaba unas tres horas sobre el horizonte, en el este; los campos mostraban la
quietud solemne de una noche estival. Nuestras pisadas y el canto incesante de
las chicharras en la distancia eran el único sonido. Las negras sombras de los
árboles contiguos atravesaban la carretera, que tenía un brillo blanco y
fantasmal en las estrechas zonas del centro. Cuando nos encontrábamos cerca de
la verja de nuestra hacienda, cuya fachada aparecía en penumbra, y en la que no
había ninguna luz, mi padre se detuvo de repente y, agarrándome del brazo, dijo
con un tono apenas perceptible:
—¡Dios mío! ¿Qué es eso?
—No oigo nada —contesté.
—Pero mira, ¡mira! —exclamó señalando hacia la
carretera, delante de nosotros.
—Allí no hay nada —dije—. Venga, padre, entremos.
Estás enfermo.
Me había soltado el brazo y se había quedado rígido
e inmóvil en el centro de la carretera iluminada, absorto como alguien privado
del juicio. A la luz de la luna, su rostro presentaba una palidez y fijeza
inefablemente penosa. Le di un suave tirón de la manga, pero se había olvidado
de mi existencia. Al rato comenzó a retroceder, paso a paso, sin apartar la
vista ni un instante de lo que veía, o creía que veía. Di media vuelta para
seguirle, pero me quedé quieto, indeciso. No recuerdo ningún sentimiento de
miedo, a no ser que un frío repentino fuera su manifestación física.
Fue como si un viento helado hubiera rozado mi cara
y envuelto mi cuerpo de arriba abajo. Pude sentir su revuelo en el pelo.
En aquel momento mi atención fue atraída por una
luz que apareció de repente en una ventana del piso superior de la casa; uno de
los sirvientes, despertado por quién sabe qué premonición misteriosa, y
obedeciendo a un impulso que nunca pudo explicar, había encendido una lámpara.
Cuando me volví para buscar a mi padre, había desaparecido; en todos estos años
ni un rumor de su destino ha atravesado la frontera de la conjetura desde el
reino de lo desconocido.
Testimonio de Caspar Grattan:
Hoy se dice que estoy vivo. Mañana, aquí, en esta
habitación, habrá una forma insensible de arcilla que mostrará lo que fui
durante demasiado tiempo. Si alguien levanta el paño que cubrirá el rostro de
aquella cosa desagradable será para satisfacer una mera curiosidad malsana.
Otros, sin duda, irán más lejos y preguntarán: ¿Quién era ése? En estos apuntes
ofrezco la única respuesta que soy capaz de dar: Caspar Grattan. Claro, eso
debería ser suficiente. Ese nombre ha cubierto mis pequeñas necesidades durante
más de veinte años de una vida de duración desconocida. Es cierto que yo mismo
me lo puse, pero, a falta de otro, tenía ese derecho. En este mundo uno debe
tener un nombre; evita la confusión, incluso hasta cuando no aporta una
identidad. A algunos, sin embargo, se les conoce por números, que también
resultan ser formas de distinción inadecuadas.
Un día, por ejemplo, caminaba por una calle de una
ciudad, lejos de aquí, cuando me encontré a dos individuos de uniforme, uno de
los cuales, casi deteniéndose y mirándome a la cara con curiosidad, le dijo a
su compañero:
—Ese hombre se parece al 767.
En aquel número me pareció ver algo familiar y
horrible. Llevado por un impulso incontrolable, tomé una bocacalle y corrí
hasta caer agotado en un camino.
Nunca he olvidado aquel número, y siempre me viene
a la memoria acompañado por un guirigay de obscenidades, carcajadas de risas
tristes y estruendos de puertas de hierro. Por eso creo que un nombre, aunque
sea uno mismo quien se lo ponga, es mejor que un número. En el registro del
campo del Alfarero pronto tendré los dos. ¡Qué riqueza! A quien encuentre este
papel he de rogarle que tenga cierta consideración. No es la historia de mi
vida; la capacidad de hacer tal cosa me está negada. Esto no es más que una
relación de recuerdos quebrados y aparentemente inconexos, algunos de ellos tan
nítidos y ordenados como los brillantes de un collar; otros, remotos y
extraños, presentan las características de los sueños carmesí, con espacios en
blanco y en negro, y con el resplandor de aquelarres candentes en medio de una
gran desolación.
Situado en los límites de la eternidad, me doy la
vuelta para echar un último vistazo a la tierra, a la trayectoria que seguí
hasta llegar aquí. Hay veinte años de huellas inconfundibles, impresiones de
pies sangrantes. El trazado sigue caminos de pobreza y dolor, tortuosos y poco
seguros, como los de alguien que se tambalea bajo una carga, Remoto, sin
amigos, melancólico, lento. Ah, la profecía que el poeta hizo sobre mí. ¡Qué
admirable! ¡Qué espantosamente admirable!
Retrocediendo más allá del principio de esta vía
dolorosa, esta epopeya de sufrimiento con episodios de pecado, no puedo ver
nada con claridad; sale de una nube. Sé que sólo cubre veinte años, y sin
embargo soy un anciano. Uno no recuerda su nacimiento, se lo tienen que contar.
Pero conmigo fue diferente. La vida llegó a mí con las manos llenas y me otorgó
todas mis facultades y poderes. De mi existencia previa no sé más que otros,
porque todos balbucean insinuaciones que pueden ser recuerdos o sueños. Solamente
sé que mi primera sensación de consciencia lo fue de madurez en cuerpo y alma;
una sensación aceptada sin sorpresa o aprensión. Sencillamente me encontré
caminando por un bosque, medio desnudo, con los pies doloridos, tremendamente
fatigado y hambriento.
Al ver una granja, me acerqué y pedí comida, que
alguien me dio preguntando mi nombre. No lo conocía, aunque sí sabía que todo
el mundo tenía nombres. Me retiré muy azorado y, al caer la noche, me tumbé en
el bosque y me dormí.
Al día siguiente llegué a una gran ciudad cuyo
nombre no citaré. Tampoco relataré otros incidentes de la vida que ahora está a
punto de acabar; una vida de peregrinaje continuo, siempre rondada por una
imperante sensación de delito en el castigo del mal y de terror en el castigo
del delito. Veamos si soy capaz de reducirlo a la narrativa.
Parece ser que una vez viví cerca de una gran
ciudad. Era un colono próspero, casado con una mujer a la que amaba y de la que
desconfiaba. Tuvimos, al parecer, un hijo, un joven de talento brillante y
prometedor. Para mí, siempre se trata de una figura vaga, nunca claramente
definida y, con frecuencia, fuera de escena. Una desafortunada noche se me
ocurrió poner a prueba la fidelidad de mi esposa de una forma vulgar y sabida
por todo el mundo que conoce la literatura histórica y de ficción. Fui a la ciudad
después de haberle dicho a mi mujer que estaría ausente hasta el día siguiente
por la tarde. Pero regresé antes del amanecer y me dirigí a la parte trasera de
la casa con la intención de entrar por una puerta que había estropeado sin que
nadie me viera, para que pareciera encajar y en realidad no cerrara.
Al acercarme, oí una puerta que se abría y se
cerraba con suavidad, y vi a un hombre que salía sigilosamente a la oscuridad.
Con la idea del asesinato en la mente, salté sobre él, pero desapareció sin que
consiguiera ni siquiera identificarle. A veces, ni aún ahora consigo
convencerme de que se tratara de un ser humano.
Loco de celos y rabia, ciego y lleno de todas las
pasiones elementales de la hombría humillada, entré en la casa y subí
precipitadamente las escaleras hasta el dormitorio de mi esposa. Estaba
cerrado, pero como también había estropeado el cerrojo, conseguí entrar
fácilmente y, a pesar de la intensa oscuridad, en un instante estaba junto a su
cama. Tanteando con las manos descubrí que estaba vacía, aunque deshecha.
—Debe de estar abajo —pensé—; aterrorizada por mi
presencia se ha ocultado en la oscuridad del recibidor.
Con el propósito de buscarla, me di la vuelta para
marcharme. Pero tomé una dirección equivocada. ¡Correcta!, diría yo. Golpeé su
cuerpo, encogido en un rincón, con el pie. En un instante le lancé las manos al
cuello y, ahogando su grito, sujeté su cuerpo convulso entre las rodillas.
Allí, en la oscuridad, sin una palabra de acusación o reproche, la estrangulé
hasta la muerte. Aquí acaba el sueño. Lo he contado en tiempo pasado, pero el
presente sería la forma más apropiada, porque una y otra vez aquella triste
tragedia vuelve a ser representada en mi consciencia; una y otra vez trazo el
plan, sufro la confirmación y desagravio la ofensa. Después todo queda en
blanco; y más tarde la lluvia golpea contra los mugrientos cristales, o la
nieve cae sobre mi escaso atavío, las ruedas chirrían por calles asquerosas
donde mi vida se desarrolla en medio de la pobreza y de los trabajos mezquinos.
Si alguna vez brilla el sol, no lo recuerdo. Si hay
pájaros, no cantan.
Hay otro sueño, otra visión de la noche. Estoy de
pie, entre las sombras, sobre una carretera iluminada por la luna. Soy
consciente de la presencia de alguien más, pero no puedo determinar exactamente
de quién. Entre la penumbra de una gran vivienda, percibo el brillo de ropas
blancas; entonces la figura de una mujer aparece frente a mí en la carretera.
¡Es mi asesinada esposa! Hay muerte en su rostro y señales en su garganta.
Tiene los ojos clavados en los míos con una seriedad infinita, que no es reproche,
ni odio, ni amenaza; no es algo tan terrible como el reconocimiento. Ante esta
horrorosa aparición, retrocedo con terror; un terror que me asalta cuando
escribo.
No puedo dar la forma correcta a las palabras.
¡Fíjate! Ellas... Ahora estoy tranquilo, pero en verdad ya no hay más que
contar. El incidente acaba donde empezó: en medio de la oscuridad y de la duda.
Sí, de nuevo tengo el dominio de mí mismo: el capitán de mi alma. Pero no se
trata de un respiro, sino de otro estadio y fase de la expiación. Mi
penitencia, constante en grado, es mutable en aspecto: una de sus variantes es
la tranquilidad. Después de todo, se trata de cadena perpetua. Al Infierno para
siempre, ése es el castigo absurdo: el culpable escoge la duración de su pena.
Hoy mi plazo expira.
A todos y cada uno, les deseo la paz que no fue
mía.
Testimonio de la difunta Julia Hetman a través del
medium Bayrolles:
Me había retirado temprano y había caído casi
inmediatamente en un sueño apacible, del que desperté con una indescriptible
sensación de peligro, lo que es, según creo, una experiencia común de otra vida
anterior. También me sentí convencida de su sin sentido, aunque eso no lo
desterraba. Mi marido, Joel Hetman, estaba ausente; los sirvientes dormían en
la otra parte de la casa. Pero éstas eran cosas normales; nunca antes me habían
preocupado. Sin embargo, aquel extraño terror se hizo tan insoportable que, venciendo
mi escasa disposición, me incorporé en la cama y encendí la lámpara de la
mesilla. En contra de lo que esperaba, esto no supuso un alivio; la luz parecía
añadir aún más peligro, porque pensé que su resplandor se advertiría por debajo
de la puerta, revelando mi presencia a cualquier cosa maligna que acechara
desde fuera.
Vosotros que todavía estáis vivos, sujetos a los
horrores de la imaginación, os daréis cuenta de qué monstruoso miedo debe de
ser ése que, en la oscuridad, busca seguridad contra las existencias malévolas
de la noche. Es como batirse cuerpo a cuerpo con un enemigo invisible. ¡La
estrategia de la desesperación! Después de apagar la luz, me cubrí la cabeza
con la colcha y me quedé temblando en silencio, incapaz de gritar, y sin
acordarme siquiera de rezar. En ese penoso estado debí de permanecer durante lo
que vosotros llamaríais horas; entre nosotros no existen horas: el tiempo no
existe.
Finalmente apareció: ¡un ruido suave e irregular de
pisadas en las escaleras! Eran pausadas, dubitativas, inseguras, como si fueran
producidas por alguien que no viera por dónde iba; para mi mente confusa eso
era mucho más espantoso, como la proximidad de una malignidad ciega y estúpida,
para la que no valen ruegos. Estaba casi segura de que había dejado la lámpara
del recibidor encendida y el hecho de que aquella criatura caminara a tientas
demostraba que era un monstruo de la noche. Esto era absurdo y no coincidía con
mi anterior terror a la luz, pero ¿qué queréis que haga? El miedo no tiene
cerebro; es idiota.
El observador sombrío que contiene y el cobarde
consejo que susurra no guardan relación. Nosotros, que hemos entrado en el
Reino del Terror, que permanecemos ocultos en el crepúsculo eterno rodeados por
las escenas de nuestra vida anterior, invisibles incluso para nosotros mismos y
para los demás, y que sin embargo nos escondemos desesperados en lugares
solitarios, lo sabemos muy bien; anhelamos hablar con nuestros seres queridos,
y sin embargo estamos mudos, y tan temerosos de ellos como ellos de nosotros. A
veces este impedimento desaparece, la ley queda en suspenso: por medio del
poder inmortal del amor o del odio conseguimos romper el hechizo. Entonces,
aquellos a los que avisamos, consolamos o castigamos, nos ven.
Qué forma adoptamos es algo que desconocemos; sólo
sabemos que aterrorizamos hasta a aquellos que más deseamos reconfortar y de
los que más anhelamos ternura y compasión.
Perdona, te lo ruego, este paréntesis inconsecuente
de lo que una vez fue una mujer. Vosotros que nos consultáis de este modo
imperfecto, no comprendéis. Hacéis preguntas absurdas sobre cosas desconocidas
y prohibidas. La mayor parte de lo que sabemos y podríamos reflejar en nuestro
discurso no tiene ningún sentido para vosotros. Debemos comunicarnos con
vosotros por medio de una inteligencia balbuciente en aquella pequeña zona de
nuestro lenguaje que vosotros sabéis hablar. Creéis que somos de otro mundo. Pero
no; no conocemos otro mundo que el vuestro, aunque para nosotros no existe la
luz del sol, ni calor, ni música, ni risa, ni cantos de pájaros, ni compañía.
¡Dios mío! ¡Qué cosa es ser un fantasma, encogido y tembloroso en un mundo
alterado, presa de la aprensión y la desesperación!
Pero no, no morí de miedo: aquella Cosa se dio la
vuelta y se marchó. La oí bajar, creo que apresuradamente, por las escaleras,
como si ella también se hubiera asustado. Entonces me levanté para pedir ayuda.
Apenas mi temblorosa mano hubo encontrado el tirador de la puerta... ¡cielo
santo!, oí que volvía hacia mí. Sus pisadas por las escaleras eran rápidas,
pesadas y fuertes; hacían que la casa se estremeciera. Huí hacia una esquina de
la pared y me acurruqué en el suelo. Intenté rezar. Intenté gritar el nombre de
mi querido esposo. Entonces oí que la puerta se abría de un golpe. Hubo un
intervalo de inconsciencia y, cuando me recuperé, sentí una opresión asfixiante
en la garganta, advertí que mis brazos golpeaban lánguidamente contra algo que
me arrastraba, ¡noté que la lengua se me escapaba por entre los dientes!
Después pasé a esta vida.
No, no sé lo que pasó. La suma de lo que conocemos
al morir es la medida de lo que sabemos después de todo lo que hemos vivido. De
esta existencia sabemos muchas cosas, pero nunca hay nueva luz sobre ninguna de
esas páginas: todo lo que podemos leer está escrito en el recuerdo. Aquí no hay
cimas de verdad que dominen el confuso paisaje de aquel reino dudoso. Todavía
vivimos en el Valle de la Sombra, ocultos en sus espacios desolados, observando
desde detrás de las zarzamoras y los matorrales a sus habitantes malvados,
locos. ¿Cómo íbamos a tener conocimiento de aquel desvanecido pasado?
Lo que ahora voy a relatar ocurrió en una noche.
Sabemos cuándo es de noche porque os marcháis a casa y podemos aventurarnos a
salir de nuestros escondrijos y dirigirnos sin miedo hacia nuestras antiguas
casas, asomarnos a las ventanas, hasta incluso entrar y observar vuestros
rostros mientras dormís. Había merodeado durante un buen rato cerca de la casa
en la que se me había transformado tan cruelmente en lo que ahora soy, como
hacemos cuando alguien a quien amamos u odiamos está dentro. En vano había estado
buscando alguna forma de manifestarme, algún modo de hacer que mi existencia
continuada, mi gran amor y mi profunda pena fueran captados por mi marido y mi
hijo. Si dormían, siempre se despertarían, o si, en mi desesperación, me
atrevía a acercarme a ellos una vez despiertos, lanzarían hacia mí sus
terribles ojos vivos, aterrorizándome con las miradas que yo anhelaba y
apartándome de mi propósito.
Esa noche les había estado buscando sin éxito,
temerosa de encontrármelos. No estaban en la casa, ni en el jardín iluminado
por la luna. Porque, aunque hemos perdido el sol para siempre, todavía nos
queda la luna, completamente redonda o imperceptible. A veces brilla por la
noche, a veces de día, pero siempre sale y se pone como en la otra vida. Dejé
el jardín y me fui, acompañada por la luz blanca y el silencio, hacia la
carretera, sin dirección definida y entristecida. De repente oí la voz de mi
pobre esposo que lanzaba exclamaciones de sorpresa, junto a la de mi hijo que
procuraba tranquilizarle y disuadirle. Y allí estaban, a la sombra de un grupo
de árboles.
Cerca, ¡tan cerca! Tenían sus caras vueltas hacia
mí, los ojos de mi esposo se clavaban en los míos. Me vio, ¡por fin, por fin me
vio! Al advertir esta sensación, mi miedo desapareció como un sueño cruel. El
hechizo de la muerte estaba roto: ¡El Amor había vencido a la Ley! Loca de
alegría, grité, debí de haber gritado: Me ve, me ve: ¡me comprenderá! Entonces,
tratando de controlarme, avancé hacia él, sonriente y consciente de mi belleza,
para arrojarme en sus brazos, consolarle con palabras cariñosas y, con la mano
de mi hijo entre las mías, pronunciar palabras que restauraran los lazos rotos
entre los vivos y los muertos.
Pero, ¡ay! ¡Ay de mí! Su cara estaba pálida de
terror, sus ojos eran como los de un animal acorralado. Mientras yo avanzaba,
él se alejaba de mí, y por fin se dio la vuelta y salió huyendo por el bosque.
Hacia dónde, es algo que desconozco.
A mi pobre hijo, abandonado con su doble
desolación, nunca he sido capaz de comunicarle ninguna sensación de mi
presencia. Pronto, también él, pasará a esta Vida Invisible y le habré perdido
para siempre.
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Ambrose Bierce (1842-1914)

