Libro N° 9669. Historia De La Decadencia De España. Cánovas Del Castillo, Antonio.
© Libro N° 9669. Historia De La Decadencia De España. Cánovas Del Castillo, Antonio. Emancipación.
Marzo 5 de 2022.
Título original: © Historia De La Decadencia De España. Antonio
Cánovas Del Castillo
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Original: © Historia De La Decadencia De España. Antonio Cánovas Del
Castillo
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HISTORIA DE LA DECADENCIA DE ESPAÑA
Antonio Cánovas Del Castillo
Historia De La Decadencia De España
Antonio Cánovas Del Castillo
Title: Historia De La
Decadencia De España
Author: Antonio Cánovas
Del Castillo
Release Date: October 11,
2014 [EBook #47092]
Language: Spanish
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HISTORIA
DE
LA DECADENCIA DE ESPAÑA
desde el advenimiento de
Felipe III al Trono
HASTA LA MUERTE DE CARLOS
II
Don Federico de Madrazo
pintó, Kaulak reprodujo
EL RETRATO DE
CÁNOVAS
POR MADRAZO
Deseando avalorar la presente reimpresión,
publicamos el retrato, verdaderamente magistral, de Cánovas, que empezó á
dibujar el eminente pintor don Federico de Madrazo; pues aun no siendo, como no
es, sino un ligero esbozo, hecho á dos tintas, resulta, sin disputa, el mejor,
más parecido y más completo de todos los del autor, por reproducir y contener,
no sólo sus más genuinos rasgos fisionómicos, sino la expresión completa de su
espíritu y de su carácter.
El original, de tamaño natural, lo posee y conserva
como preciada reliquia el único hermano sobreviviente de Cánovas, y, con el
tiempo, pasará, en calidad de donativo, al Museo Moderno.
HISTORIA
DE
LA DECADENCIA DE ESPAÑA
desde el advenimiento de
Felipe III al Trono
HASTA LA MUERTE DE CARLOS
II
POR EL EXCMO. SEÑOR
D. Antonio Cánovas del
Castillo
Director de la Real
Academia de la Historia, individuo de número de la Española, de la de Bellas
Artes de San Fernando, de la de Ciencias Morales y Políticas, etc., etc., etc.
CABALLERO DE LA INSIGNE
ORDEN DEL TOISÓN DE ORO
SEGUNDA EDICIÓN, CON
PRÓLOGO
DEL EXCMO. SEÑOR
D. JUAN PÉREZ DE GUZMÁN Y
GALLO
de la Real Academia de la
Historia,
CABALLERO GRAN CRUZ DEL MÉRITO MILITAR
MADRID
LIBRERÍA GUTENBERG DE JOSÉ RUIZ, EDITOR
Plaza de Santa Ana, 13
1910
Madrid.—Imprenta de Fortanet, Libertad, 29.—Teléf.º
991.
Al Excmo. é Ilmo. Señor
D. Serafín Estébanez Calderón,
Caballero Gran Cruz de la Real Orden Americana de
Isabel la Católica, Comendador de la Real y distinguida de Carlos III,
Académico de número de la Real Academia de la Historia, condecorado con la cruz
de San Fernando de primera clase y otras varias de distinción, Ministro togado
del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, Senador del Reino, etc.
Dedicar á Ud. la primera obra de alguna importancia
que lleve mi nombre es en mí obligación de tal naturaleza, que, con
desconocerla, daría sobrada ocasión á la censura de los buenos. No parece que
cumpla dedicándole la presente, porque es tal que más consigue con eso
autorizarse que declarar mi agradecimiento. Pero todo se remediará con que
usted ponga á cuenta de lo pequeño de la obra lo grande de la voluntad mía; de
ella por encarecimiento basta decir que es tanta cuanta me cumple para que se
iguale con mi obligación. Débole á Ud. los principios, que será deberle los
fines; débole cariño de padre más bien que no de deudo; débole el tal cual
acierto que haya en mi estilo, si lo hay, ó si no harta lección y enseñanza
para que lo hubiese, pues sólo [vi]ha de achacarse á mi torpeza la falta. Y singularmente he de confesar
por de Ud. el amor á las cosas de España que en mí hay, fruto de sus palabras y
ejemplos, y que, después de haber llenado mi fantasía de ilusiones dulcísimas
durante los primeros años, aguardo que me acompañe y aliente por todos los de
mi vida. Tales cosas no exigen menor paga que eterno agradecimiento, y bien
puede servir en muestra del mío el que haya aguardado para decirlo tan pública
ocasión como esta, porque los tramposos y escatimadores de beneficios antes los
reconocen en tiempo y lugar donde puedan ser lisonja que dañe y lastime que no
donde puedan ser cimiento de irrevocables deberes. Acepte, pues, la ofrenda
esta, aunque tan humilde, y apúntela en la cuenta de la gratitud, que es cuenta
que nunca se cierra en el concepto de su afectuoso sobrino
Antonio Cánovas del Castillo
EL PRIMER LIBRO HISTÓRICO
DEL
Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo
I
Cábeme el honor, que ha de constituir línea de
relieve en las obscuras efemérides de mi vida, de ser el primero, que,
lisonjeado por el bondadoso encargo de sus más amantes deudos, logra poner su
pluma al frente del primer libro que, después de su muerte, se reimprime de la
inmensa y exquisita labor histórica de aquel insigne publicista, hombre de
Estado y altísima y universal inteligencia, que llenó, con los frutos sazonados
de ésta y con los actos ejecutivos de su política y poder, más de la mitad del
siglo antecedente en España, y que dejó ilustrado con lauros inmortales á la
admiración de la posteridad el encumbrado nombre de D. Antonio Cánovas del
Castillo.
Reconozco la inferioridad de medios en que me
hallo, para acometer una empresa como esta, y que á algunos parecerá superflua,
tratándose del hombre insigne de que se trata. Pero aquel de sus deudos más
próximos, que sin atreverme á apellidar el más predilecto entre los suyos y que
hasta en el nombre con él más se identifica, obedeciendo á altas
consideraciones que el amor á su memoria le ha sugerido, y queriendo rendir
este tributo de su afecto inextinguible, de su respeto reverente y de su [viii]admiración más entusiasta al que, sin dejar á los
suyos más timbres nobiliarios que su apellido glorioso, después de haber sido
por tanto tiempo el restaurador del Trono y de la dinastía, la columna de la
Regencia en la casi orfandad de la Corona, el árbitro de los destinos de la
Nación, el encumbrador de tantos otros y el objeto preclaro de la admiración de
todo el mundo, el Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo,
que une á los títulos de su elevada cuna y familia, el honor de los laureles
del arte, me hizo la honra de acudir á mi amistad á comunicarme sus
pensamientos y á invitarme á la asociación de su obra; y yo, que sin ser
tampoco de los agraciados con los favores de la fortuna en los tiempos que
tantos los alcanzaron, y que bajo todas las vicisitudes de mi laboriosa carrera
profesé incondicionalmente la misma admiración, los mismos afectos hacia aquel
hombre que en todas mis producciones políticas apellidé sin duelo monstruo
de la naturaleza, y puse en la misma elevada jerarquía en los destinos de España,
que en sus respectivos países alcanzaron Cavour en Italia, Thiers en Francia,
Deak en Hungría, Bismarsk en Prusia y Disraeli en Inglaterra, no vacilé en
aprovechar disposición tan ingenua para arrojar todavía mi última corona sobre
la tierra que envuelve la sombra, acaso por muchos de sus más favorecidos ya
olvidada, de aquel hombre que simboliza con su hermosa representación toda su
época en España y fuera de ella, y que ocupará en la Historia de la Patria el
lugar sublime de todos los que en el campo de la acción contribuyeron á sus
grandezas y á su gloria.
El Sr. Cánovas del Castillo y Vallejo, el editor
espléndido y el impulsor de esta obra en honor del que llevó hasta el nombre,
que de él recibió en la pila del bautismo, y á quien, más que en los puestos de
su abandonada carrera política, le impulsó hacia las gustosas inclinaciones del
arte y del trabajo, que hoy constituyen su mayor satisfacción y su orgullo, me
decía:—«Mi tío no vinculó la propiedad de ninguna de sus obras literarias á la
parca fortuna que disfrutaba. Todas son del público dominio y cualquiera editor
lícitamente puede reproducir las que quiera, atendiendo á su legítima
especulación, no al honor y al nombre del que las produjo. La Historia
de la decadencia de España desde el advenimiento de Felipe III al trono hasta
la muerte de Car[ix]los II, fué el primer
libro histórico serio que salió de su pluma y entregó á la publicación, cuando
el hervor de la sangre juvenil encendía las ideas que después templaron el
curso de la vida, la colosal profundidad de sus estudios posteriores y la
experiencia personal en los arcanos de los oficios del Estado y de las
imposiciones de la vida pública; y aunque ninguna, como ésta, entre sus obras,
rebosa aquella frescura de imaginación y de ideas, aquel vigor de concepción y
de crítica, aquel desenfado y libertad de expresión con que la Historia
de la decadencia está escrita, cuando operada en el yunque de los
sucesos y de los estudios la gran evolución de su espíritu, que le condujo á
sus puestos eminentes y á sus más grandes producciones literarias, entregó á éstas
toda la honrada sinceridad de su alma, ansió recoger é inutilizar los
ejemplares de aquella obra ingenua de su juventud, y corregir en parte ó tachar
por capítulos enteros el pristino ejemplar que él conservaba. Aun no
pareciéndole esto bastante, después de rectificarse á sí propio en aquel Bosquejo
histórico de la casa de Austria, que escribió como un avance á la obra
fundamental que tenía proyectada sobre todo el brillante período de los dos
siglos que sobre el trono que ocuparon con gloria inmarcesible los Reyes
Católicos D. Fernando de Aragón y Doña Isabel de Castilla tuvieron asiento los
Reyes de la dinastía austriaca; en todos sus trabajos especiales, y más que en
ningún otro, en el que tituló Estudios del reinado de Felipe IV,
puso total empeño en desautorizar muchas de las ideas, conceptos y juicios
vertidos en la Historia de la decadencia, la cual tal vez hubiera
quedado enteramente anulada en el largo catálogo de su vasta labor intelectual,
si Dios le hubiera concedido vida para llevar á cabo la que tenía dispuesta y
preparada con un lujo de documentación y una profusión bibliográfica, que ni
antes ningún otro escritor, ni en lo porvenir probablemente ningún otro
artífice de nuestra Historia nacional, logrará reunir y organizar, al modo que
él la había reunido y organizado en su ya desgraciadamente deshecha Biblioteca.
Después de estos avisos del propio autor, una reproducción de la Historia
de la decadencia hecha por cualquier editor especulador, sin una nota,
sin un prólogo, sin algo que encierre el pensamiento correctivo y la voluntad
resuelta que aquel tenía en la profunda rectificación que aquella [x]obra merecía y reclamaba, no podrá ser impedida por
nuestra parte y no será, para los que la adquieran y lean, la posesión del
juicio histórico de D. Antonio Cánovas del Castillo sobre una época,
á la que, por haber sido la más gloriosa y la más crítica de nuestra Historia,
él consagró la preferencia de sus estudios en toda la intensidad de que eran
capaces sus grandes disposiciones naturales: y los conceptos que de su lectura
se formen y los testimonios que de sus textos puedan deducirse, no encarnarán
ciertamente ni su pensamiento verdadero, ni su completa veracidad. Ante este
temor y esta perspectiva, yo, que tanto le amé en vida y tanto le venero en su
recuerdo, quiero adelantarme, quiero reproducir la obra en toda su integridad,
como se halla en el ejemplar que él tenía para sí y yo conservo, y quiero que
usted me ayude á llevar á la conciencia del lector lo que, en definitiva, su
propio autor pensaba de ella, y la preparación que tenía hecha para
rectificarla de una manera fundamental.»
No era posible renunciar á honor tan distinguido,
aun reconociéndome sin fuerzas adecuadas á la magnitud de lo que se me
proponía, tratándose, como se trataba, de una labor literaria de quien tan alto
tenía colocado su nombre en el mundo, como historiador y como hombre de Estado.
Pero si era demasiado para mis fuerzas atreverme á lanzar sobre ella juicios,
que solo he de fundamentar en declaraciones testimoniales de su mismo autor, en
cambio la Historia de la decadencia que para sus más celosos
deudos se prestaba á estos respetabilísimos temores, tiene un lado de adquirido
y legítimo aplauso en su mera tentativa en el tiempo en que se escribió, y este
será el punto preferente de las líneas que aquí escribo, después de dejar
consignado el tributo de mi reconocimiento á los que han querido distinguirme
con esta honorífica preferencia.
II
Cuando en el primer tercio del siglo último
apareció póstuma la Historia de la dominación de los árabes en España de
nuestro laborioso D. Juan Antonio Conde, un escritor italiano, que á par de
Botta, La Farina y Balbo, precedió á Cantú, dió[xi] simultáneamente
á las prensas de Milán y Nápoles una Storia generale della Storia,
el Sr. Gabriele Rosa, en la que á sí mismo felicitábase, escribiendo con
ocasión de la publicación de aquella obra española: «La storia sembra
rivivere in Spagna col secolo XIX. Era molto tempo che non ci accadeva
incontrare un scrittore grave di storia in quella terra, che gareggiò
coll'Italia pel primato storico dal 1500 al 1600»[1].
Indudablemente la Historia de Conde, aunque los estudios
orientales posteriores hallen en ella muchas deficiencias y muchos errores, que
no invalidan, sin embargo, el mérito de su gallarda tentativa, merecía
justamente el aplauso y la exhortación que á la par argüía la juiciosa crítica
del imparcial escritor italiano. Los historiadores de España que abrieron al
campo científico de esta parte de la literatura un horizonte tan amplio como el
que en la península hermana magnificaban los florentinos Nicolás Maquiavello y
Francisco Guicciardini y el Obispo de Nocera, Paulo Jovio, con nuestro Gonzalo
Fernández de Oviedo, con nuestro Juan Ginés de Sepúlveda, con nuestros Florián
de Ocampo, Ambrosio de Morales, Jerónimo de Zurita y Esteban de Garibay, y el
más insigne de todos Juan de Mariana, cualesquiera que fuesen las obras
aisladas y peregrinas que de vez en cuando produjera originalmente nuestra
Minerva castellana más adelante, desde la muerte de Felipe II, habían sufrido
tan gran eclipse, que al cabo de dos siglos bien podía arrancar de la pluma del
Sr. Gabriele Rosa la frase que queda estampada arriba la aparición de un libro
de tendencias tan especiales, como no se había intentado todavía otro en
Europa, en medio de los estudios preparatorios con que la erudición por un
lado, la teoría histórica por otro y la asociación de todas las ciencias
auxiliares, en definitiva, venían en todo este espacio de tiempo fertilizando
el campo común del conocimiento de los hechos humanos, así generales, como
particulares.
Desde el comienzo del siglo xvii España
pareció disgregarse de todo el gran movimiento. Ampliando los términos de la
crónica y la razón teológica, ya por aquel tiempo Grocio, en Holanda, señalaba
un progreso considerable hacia la humanidad en las tra[xii]diciones
históricas y en las ciencias sociales con su nueva organización dada al derecho
común de gentes; Hobbes, en Inglaterra, en virtud de sus principios filosóficos
y confesionales, afirmaba el espíritu de independencia en la crítica histórica;
Strada, en Italia, generalizaba al interés de toda Europa los movimientos
insurgentes de Holanda y los Países Bajos, y Bollando aportaba hasta los hechos
menudos á la gran razón de los hechos generales; mientras en nuestra Península,
después que Cabrera de Córdoba cerró el gran reinado de Felipe II y fray
Prudencio de Sandoval hizo la síntesis del Emperador-Rey Carlos V, los que se
erigieron en narradores de los sucesos del reinado de Felipe III y Felipe IV[2], ya
dejáronse inocular en el deletéreo virus de las pasiones políticas, interiores
y rivales, que derrocan y han derrocado siempre la unidad moral en que descansa
el poder de los más grandes imperios y empequeñece el espíritu con que el
caballero Gabriel Rosa, representó á los españoles compartiendo de 1500 á 1600
el magisterio de la Historia por todo el continente, enflaqueciendo á par la
potencia universal de la nación, y haciéndola tocar los últimos términos de su
decadencia al poner Carlos II con el de su vida fin al siglo xvii.
En vano al ocurrir el cambio de dinastía, Ferreras,
Belando y San Felipe quisieron reanimar la llama, que encendida desde lejanos
siglos, todavía en la esfera de la historia, como arte, hicieron resplandecer
por un momento Melo y Solís: sus obras no revelaron las extinguidas llamaradas
del antiguo genio español; y aunque la vena fecunda de la erudición, por una
parte, comenzó á formar sus grandes colecciones documentarias, y aunque la
creación de las Academias aplicó, por otra, su poderosa palanca al estímulo de
los estudios preferidos, para hacer esculpir en la conciencia de los pueblos
que la Historia, como la Biblia, es el libro sagrado de las
naciones; y aunque unos con la sanidad de su crítica, como Feijoo, y otros con
el incansable afán en la explora[xiii]ción de las
príxtinas fuentes, como Florez y Risco, emprendieron un trabajo eficacísimo de
restauración, á que se asoció el Conde de Campomanes, disponiendo y preparando
la moción fecunda para una inmediata y enérgica iniciativa, hasta que las
influencias obstructoras que nos venían del lado allá de los Pirineos no
empezaron á ser combatidas para extirpar las obsesiones de nuestros hombres de
estudio, contrarrestándolas con los vientos de otros cuadrantes, no se alcanzó
intentar siquiera los primeros ensayos que volvieran á ponernos en la corriente
del movimiento general. Esto ocurrió cuando la expulsión de nuestros jesuítas
del territorio nacional empujó aquellas falanges de hombres sabios y virtuosos
hacia las diversas comarcas de Italia, donde al respirar un nuevo ambiente,
surgieron nombres como el del Abate Juan Andrés, que, desde Mantua, se halló
capaz de hacerse narrador y censor de toda literatura[3], y como el
del Abate Juan Francisco Masdeu, que, proscrito en Roma (1781), se atrevió á
reseñar una Historia crítica de España, dándole una forma distinta
de la adoptada por sus antecesores y manifestando en ella las miras extensas y
filosóficas que á la sazón en Inglaterra habían colocado tan alto los nombres
de David Hume, Guillermo Robertson y Eduardo Gibbon. Dado el espíritu
restaurador nacional que en España se había despertado desde el advenimiento de
Carlos III al Trono, y que heredaron con todo su entusiasmo su sucesor el
vilipendiado Carlos IV y todos sus ministros, no menos patriotas é ilustrados
que los del anterior reinado, indudablemente la Historia crítica nacional se
habría brillantemente inaugurado en nuestra nación desde el último tercio del
siglo xviii, si la, para nuestros destinos é intereses, siempre fatídica
Francia no hubiera venido á oprimir de nuevo el espíritu nacional, primero con
su revolución odiosa y después con su odioso Napoleón.
La influencia de las nuevas ideas sugeridas por la
revolución é inmediatamente después por las napoleónicas contuvieron en toda
Europa el curso que los estudios históricos habían tomado en todo el
siglo xviii; mas cuando á su vez sobrevino la reacción general contra
Napoleón, atizada en la misma Francia por el Viz[xiv]conde
de Chateaubriand y José de Maistre, en Alemania por madama Staël y Federico
Schlegel, en Italia por Hugo Fóscolo y Carlos Botta, á los que casi
continuamente siguieron en Francia misma Agustín Thierry, Adolfo Thiers y Pedro
Francisco Guizot desde 1823, en Inglaterra Tomás Carlyle, Tomás Macauly y
Enrique Brougham, Jorge Niebürg en Dinamarca, Francisco Carlos de Savigny y
Carlos Ritter, precursores Ranke, Schlosser y Mommsem en Alemania, Fétis en
Bélgica y Washington Irving en la América del Norte, España que parecía anhelar
su asociación á aquel movimiento, sólo aportó á él el nombre del ilustre Conde
de Toreno, porque los escritores más insignes que se afanaban por destacarse de
la masa calenturienta que de las luchas de la independencia se transportó en
cuerpo y alma á las aún más apasionadas y candentes de las civiles y políticas,
eternos y serviles enamorados de la erudición extranjera y hasta de la crítica
interesada de los extranjeros sobre nuestra propia Historia, diéronse
tristemente con el gran Lista á traducir á Segur, con el abate Muriel á Coxe,
con Alcalá Galiano á Dunham, y en vez de Historias Nacionales, se lanzaron al
estudio de las gentes multitud de obras extrañas que el más vulgar sentido
serio de la religión de la patria debió rechazar abiertamente, para no abrir en
la desorientada conciencia, hasta de la juventud de las aulas, las brechas
ominosas de los errores generales, que todavía se hace tan difícil esclarecer y
extirpar. Al aparecer, todavía en 1844, el primero de los ocho volúmenes de que
consta la Historia de España desde los tiempos primitivos hasta la
mayoría de la Reina Doña Isabel II, redactada y anotada con arreglo á la que
escribió en inglés el Doctor Dunham por D. Antonio
Alcalá Galiano, así en el prospecto como en la portada del libro, se ofreció la
adición de una Reseña de los Historiadores españoles de más nota, por D.
Juan Donoso Cortés, que fué después Marqués de Valdegamas, y un Discurso
sobre la Historia de nuestra nación, por D. Francisco Martínez de la
Rosa. Ni aquel aparato de bibliografía histórica nacional tan constantemente
prometido, ni aquel discurso sintético de la Historia de la Nación, aparecieron
nunca, á pesar de la respetabilidad incuestionable de los dos nombres con que
la promesa se autorizaba. Verdad es, que tanto Donoso Cortés como Martínez de
la[xv] Rosa, á haberse propuesto realizar lo que
ofrecieron, tal vez no lo hubieran cumplido como al honor de nuestra Historia
correspondía, pues ni la Bibliografía histórica de España en
aquel tiempo, y ni aun ahora mismo, estaba suficientemente preparada para
emprender tal obra, ni Martínez de la Rosa se hallaba en posesión de los vastos
conocimientos necesarios para lanzarse á lo que á él le tocaba. En 1847 se
demostró esto, pues al tomar posesión el 28 de Mayo de dicho año, de la silla
que ocupó en la Real Academia de la Historia, en el discurso que leyó
titulado Bosquejo histórico de la política de España en tiempo de la
dinastía austriaca, á pesar de la vulgaridad de su crítica y de la total
carencia de elevación en sus conceptos y de profundidad en la investigación,
todas sus fuentes de inspiración fueron por él tomadas, pidiendo una
colaboración repugnante á la erudición de los extraños, á Mignet y á Ranke, á
Watson y Coxe, á Robertson y Dunham, lo que probaba la carencia de estudios
propios de que adolecía y la insuficiencia de sus medios para intentar siquiera
lo que había prometido tres años antes al traducir á Dunham Alcalá Galiano.
Con todo, ya por aquel tiempo, otra ola de
influencia más fecunda había batido los términos de España, ya imitando
iniciativas plausibles de otros países, ya coincidiendo con ellas y de propia
inspiración. Desde el final del siglo xvii, Nicolás Antonio había
demostrado la utilidad de los inventarios bibliográficos de la Minerva
nacional, á que se habían añadido en el xviii los de la Biblioteca
rabínica y los de la Biblioteca arábiga. Se habían formado al mismo tiempo
colecciones valiosas de crónicas de la Edad Media, de Tratados y de Concilios;
y aunque fué casi nulo el influjo de los que en la Historia, desde Herder (Ideen
über die Philosophie und Geschichte der Menscheit; Idea de la filosofía de la
historia de la humanidad), hasta Vico en su Scienza nuova y
Bunsen en su Gott in der Geschichte: (Dios en la Historia),
quisieron buscar mejor la filosofía de los hechos que la demostración de la
verdad de los hechos mismos, pues Tapia que intentó una Historia de la
Civilización de España[4], y Martí[xvi]nez de la Rosa, que trató de renovar su Bosquejo
histórico de la política de España (Madrid, 1857), fracasaron en sus
ensayos baladíes; sin embargo, la reacción de las reivindicaciones históricas
se impuso hasta sobre los que todavía aleteaban traduciendo al castellano
cualquier libro que sobre España apareciera en la producción histórica de otros
países, y haciendo, tal vez en nuestra Península, la primera prueba de la
originalidad, en 1836, el jefe del Archivo de la Corona de Aragón,
D. Próspero de Bofarull y de Mascaró, al dar á las prensas de la Ciudad
Condal Los Condes de Barcelona vindicados y cronología y genealogía de
los Reyes de España, dotó su libro de tal copia de documentos concordados ó
inéditos, que no pudo menos de llamar la atención de los sabios dentro y fuera
de nuestro país.
Esta apelación á la restauración documental, á la
vez prosperaba ó se emprendía ya por todas partes. Inglaterra, á la que toda
economía científica debe tantos impulsos originales, había comenzado á publicar
la vasta serie de su Calendar of State Pappiers. En 1835 empezó á
aparecer en París, é impresa en su Imprenta Real, la hermosa Collection
des documents inédites sur l'histoire de France. En Turín, en 1836, se
fundó la Comissione Reale di Storia, y el mismo año, en Florencia,
se inauguró por Giuseppe Molini la publicación de los Documenti di
Storia italiana, copiati sugli originali è per le più autografi esistenti á
Parigi, y en 1839 Eugenio Alberi dió á la estampa, en Florencia también, la
primera serie de las Relazioni degli Ambassiatori venete al Senato,
que alcanzó hasta 1855, á la que siguieron de 1856 á 1858 las de Nicoló Barazzi
é Guglielmo Berchet, y de 1858 á 1860 las de Dominico Caruti sulla
corte di Spagna. Entre tanto, el Archivio Storico Italiano,
bajo la dirección de Francesco Palermo, editaba, en 1846, las Narrazioni
é documenti sulla storia del Regno di Napoli del anno 1522 al 1667, y en
1857 aparecía en Milán la Racolta di cronisti é documenti storici
lombardi inéditi, obras todas interesantes para los historiadores
españoles.
Pero donde este movimiento tan útil para nuestros
estudios históricos tomó más cuerpo fué en el seno de la Société de
l'Histoire de Belgique, desde 1841. Rompió en dicho año la marcha el
archivero general de dicho país Mr. Louis Gachard, con su[xvii] Lettre
á Messieurs les Questeurs de la Chambre de Representants sur le projet d'une
collection de documents concernants, les anciennes assemblées nationales de la
Belgique. De este meritorio objeto se encumbró á todas las particularidades
salientes de la Historia moderna de su país, es decir, durante el tiempo que
prosperó bajo la dominación española. Vino en 1843 á desenvolver en Simancas
una documentación tan varia y tan extensa que espanta, y en 1847 ya daba fe de
la fecundidad de sus trabajos, publicando en Bruselas la Correspondance
de Guillaume le Taciturne, Prince d'Orange; y en 1848 la Correspondance
de Philippe II sur les affaires des Pays Bas; y en 1850 la Correspondance
du Duc d'Alba sur le invasion du Comte Louis de Nassau en Frise en 1568, et les
batailles de Heyligerlie et de Gemmingen; y en 1853 la Correspondance
d'Alexandre Farnese, Prince de Parma, avec Philippe II dans les années 1578 á
1581; y en 1855 las Relations des ambassadeurs venitiens sur
Charles Quint et Philippe II; y en 1859 la Correspondance de
Charles Quint et d'Adrien VI; y en 1867 la Correspondance de
Marguerite d'Autriche, duchesse de Parma, avec Philippe II, etc., etc.
Se ha dicho que para iniciar tan vastos trabajos
vino á España á visitar y explorar el Archivo Histórico de Simancas,
en 1843, y hay necesidad de apuntar aquí qué papel este Archivo comenzó á
desempeñar también en este movimiento que produjo el estímulo más activo en el
de España desde la muerte del rey Fernando VII. Á nuestra Real Academia de la
Historia pertenecen los primeros trabajos para recabar, como recabó de los
poderes públicos, desde 1833 las exenciones que se le concedieron y con que
comenzó su tenaz labor en pro de la resurrección de los estudios históricos
patrios. Y ¡cosa notable! los primeros en aprovecharse de ella fueron los más
distinguidos institutos de nuestro ejército, en los que se encendió la
emulación más viva para explorar las grandezas de su historia respectiva. La
primera Comisión militar que en 1843, en Simancas, se entregó á los estudios
históricos de su cuerpo fué la de Ingenieros, y estuvo formada por D. José
Aparicio y D. Luis Pascual García; en 1844 fué en persona el conde de Cleonard,
D. Serafín María de Soto, á instruirse por sí y á sacar los elementos
constitutivos de su[xviii] Historia orgánica
de las armas de Infantería y Caballería. En 1845 se presentó á los mismos
fines, en Simancas, otra Comisión del Cuerpo de Artillería, compuesta de D.
Mario de la Sala, D. Rafael Biedma y D. Ramón López de Arce. Siguió á ésta, en
1846, la de Infantería, de que formaban parte D. Serafín Estébanez Calderón y
D. José Ferrer de Couto, teniendo por secretario de la misma al archivero del
Ministerio de la Guerra D. Manuel Juan Diana. Por último, en 1850, trabajó allí
con la misma fe la Comisión del arma de Caballería, presidida por el brigadier
don Manuel Arizcun con D. Manuel Rodríguez Labrador y D. Antonio López Gijón, y
en 1854 funcionó otra de Administración militar de que fué jefe D. Antonio de
Silva Bellagín.
Ya la reputación de las riquezas históricas y
documentarias de Simancas servían de poderoso acicate dentro y fuera de España
para traer á las puertas de la antigua fortaleza castellana un número
considerable de exploradores estudiosos. Entre los primeros que allí obtuvieron
licencia para practicar sus estudios, se contaban D. Luis López Ballesteros y
D. Pascual Gayangos, que trabajaron en sus salas en 1844; D. Miguel Salvá y D.
Antonio Ferrer del Río, que allí estuvieron gran parte del año 1845; D. Pedro
José Pidal, primer marqués de Pidal, en 1847, y otros hombres ilustres del
renacimiento histórico que vinieron después. De fuera de España llegaron
príncipes como el duque de Aumale, y otros extranjeros distinguidísimos, entre
los que se hicieron notar más el brasileño barón Adolfo de Varnhagen; el
director del Real Archivo de Bolonia, Sr. Carlos Malagola; el ministro
prusiano, barón Minutoli; el de Bélgica, conde Vanderstraten; Leva, profesor de
Historia de la Universidad de Padua; el holandés Gustavo Bergenroth; el inglés,
Mr. Samuel Rawson Gardiner; el presidente de la Comisión Real de la Historia de
Bélgica, barón Kervyn de Lettenhave; el director de los Archivos de Varsovia,
Adolfo Pawniski; el profesor del de Palermo, Isidoro Carnés; el de la Universidad
de Burdeos, Mr. Combes, y una multitud de otros literatos distinguidos, de los
que al cabo ha resultado la falange numerosa de entusiastas hispanistas que
llenan el mundo con sus obras sobre hechos particulares de la Historia de
España, singularmente durante el reinado de la dinastía austriaca. Por nuestra
parte, en 1840, D. Miguel Salvá y el[xix] Marqués
de Miraflores, fundaron la Colección de documentos inéditos para la
Historia de España, y en 1847 en Cataluña, otro Bofarull, hijo del primero,
D. Manuel de Bofarull y Sartorio, fundó también la Colección de
documentos inéditos del Archivo de la Corona de Aragón, cuyas publicaciones
fueron recibidas como verdaderas palancas para la promoción activa de los
trabajos vindicatorios de nuestra Historia Nacional.
Mas entre tanto, al mediar el
siglo xix en que apareció el libro histórico del entonces joven
publicista D. Antonio Cánovas del Castillo, ¿cual era el estado verdadero de
nuestra Minerva histórica?
III
Al proponerse en el año de 1854 el gerente de la
Sociedad editora de la Biblioteca Universal, D. Ángel Fernández de
los Ríos, publicar una Historia general de España, á fin de
vulgarizar su conocimiento, no halló otra más adecuada al fin que perseguía,
que la del P. Juan de Mariana. Mas no alcanzando esta más que hasta la muerte
del rey D. Fernando de Aragón, llamado el Católico, á los principios del
siglo xvi, para completarla hasta nuestros días, vióse en la necesidad de
unir á aquélla la continuación que dejó escrita el P. Fr. José Manuel de
Miñana, fraile trinitario valenciano, que vivió de 1671 á 1730, la cual solo
abarcaba los reinados de aquella centuria, hasta el comienzo del reinado de
Felipe III[5], confiando
el resto del reinado de la dinastía austriaca al entonces joven batallador
político, D. Antonio Cánovas del Castillo, que acababa de dejar la dirección de
un periódico de partido que se tituló La Patria, órgano de aquellos
moderados, avanzados y disidentes, á quienes se dió el apellido de los puritanos y
que á la sazón se hallaban comprometidos en la trama revolucionaria que estalló
en Julio de aquel mismo año; así como la del reinado de los Borbones de la Casa
de Francia, á este mismo escritor y á su amigo y condiscípulo Don[xx] Joaquín Maldonado Macanaz. Otra obra histórica
existía desde 1817, que basada en la reproducción también de la siempre clásica
del P. Juan de Mariana, había sido proseguida, ilustrada y añadida con notas
críticas y tablas cronológicas que alcanzaban hasta la muerte del Carlos III, y
que llevaba en su portada el título de Historia general de España,
compuesta, enmendada y añadida por el P. Juan de Mariana, de
la Compañía de Jesús: ilustrada con notas históricas y críticas y nuevas tablas
cronológicas desde los tiempos más antiguos hasta la muerte del Sr. Rey D.
Carlos III, por el Dr. D. José Sabau y Blanco, Canónigo de San Isidro
(Madrid, 1817.—Imprenta de D. Lorenzo Núñez). Pero ni al editor, ni á sus
colaboradores pareció esta bien, sobre todo, porque en las notas bibliográficas
que Sabau puso al final de cada uno de los períodos en que la dividió,
desgraciadamente, resaltaba que toda, ó casi toda su erudición histórica se
fundaba en el concurso de la erudición ó consulta de libros extranjeros.
Limitándonos á los tres reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, que son
los que constituían el período austriaco de que se encargó Cánovas del
Castillo, los textos y autoridades de que Sabau se había servido para formar
sus Tablas cronológicas fueron, Gabriel Chapuis, Camboers,
Greinstons, Leonard, La Neuvil y Leclere para el primero; St Creux, La Cled,
Burnet, Montglat, Ramsay y Vertot para el segundo, y Riencourt, Brandt,
Basnarg, Jenquières, Lamberti y Abrigny para el último, y como la mayor parte
de estos autores eran, ó desconocidos, ó poco popularizados en España, entre el
corto número de los eruditos de entonces, cupo la sospecha de que la obra total
que Sabau daba por original y consecutiva de la de Mariana, no era otra cosa
sino una mera traducción francesa disfrazada.
En realidad, el nuevo movimiento documental ó de
archivo al empezar el año de 1854 era todavía bastante incipiente para que sus
frutos pudieran derramar una nueva luz sobre los escritores españoles; y aunque
D. Modesto Lafuente había tenido la plausible arrogancia de intentar desde 1850
una nueva Historia general de España, desde los tiempos más remotos
hasta nuestros días, la empresa que acometió, y en diez y siete años llevó
á termino con impertérrita perseverancia, buena intención y no escaso estudio,
estaba muy á sus principios para que dejara de[xxi] ofrecer
interés y oportunidad la que la casa editorial de la Biblioteca
Universal había empezado á dar á luz y para la que había querido
contar como colaborador con uno de los jóvenes, que en pocos años, desde que
residía en Madrid, había universalmente conquistado una reputación de docto y
brillante escritor, temprano anuncio de lo que en el desarrollo de su vida,
siempre activa, había de llegar á ser en el palenque de la inteligencia y en
las supremas posiciones de la política.
Tenía D. Antonio Cánovas del Castillo veintiséis
años de edad cuando publicó como continuación de las obras de Mariana y Miñana,
su Historia de la decadencia de España, desde el advenimiento de Felipe
III al trono, hasta la muerte de Carlos II. Nacido y educado en Málaga, en
8 de Febrero de 1828, de diez y seis, en el de 1844, vino á Madrid, huérfano de
padre, á la continuación de sus estudios bajo los auspicios de su próximo
pariente, el escritor distinguidísimo D. Serafín Estébanez Calderón. No tomó de
éste ninguna de sus aficiones, aunque las encarnó todas, porque en tan temprana
edad ya constituían todas ellas la ambiciosa inclinación de su espíritu.
Estudió en las Academias de San Isidro con Castelar, con Martos, con otros que
también llegaron á ser hombres insignes, y entre todos sostuvo siempre la noble
emulación de la superioridad en todas sus facultades. De diez y nueve años se
inició en los ensayos de la publicidad de sus precoces producciones literarias
en periódicos literarios, afamados, como el Semanario Pintoresco
Español y El Conservador, que tenía por únicos redactores
á D. Joaquín Francisco Pacheco, D. Antonio de los Ríos y Rosas, D. Nicomedes
Pastor Díaz y D. Francisco de Cárdenas. Y cuando en 1849, teniendo Cánovas
veintiún años, fundó Pacheco con el mismo Ríos y Rosas, con D. Antonio
Benavides y D. Fermín Gonzalo Morón, el periódico político La Patria,
dirigido á hacer la campaña de la fracción de los llamados puritanos hacia
la revolución de 1854, juntos entraron á colaborar en él como sus más jóvenes
redactores D. Eulogio Florentino Sanz y D. Antonio Cánovas del Castillo. ¡Quién
se había de figurar que un año después, al cumplir este último veintidós de
edad, había de ser designado por aquellos publicistas tan esclarecidos para
sustituir á Pacheco, nada menos que en la dirección política de aquella
publicación!
El trabajo periodístico desgasta aceleradamente las
facultades é impide la ampliación de los estudios profundos, pues no sólo el
tiempo material que en él se emplea no deja vacancia para nada, sino que á la
vez enajena el espíritu, cautivándole en una de las pasiones más vehementes que
ciegan el corazón del hombre: la pasión política; mas si La Patria fué
para el joven Cánovas del Castillo escuela absorbente de esta pasión que le
había de acompañar ya toda la vida, la vida reducida á dos únicos años que aquel
periódico disfrutó bajo su dirección, hasta 1852, no coartó la inclinación
poderosa del novel periodista á la instrucción y al estudio. Acaso en él, el
periodismo fué un acicate á su sistematización, porque desde que se empeñó en
sus luchas, refrenando sus preferencias primeras á la poesía, al teatro, á las
obras de imaginación, le empujó al palenque de la historia, la maestra suprema
de la vida, en la cual los entendimientos políticos se adelgazan y avaloran,
abriéndoles el horizonte del mundo de la realidad y de la experiencia en que
toda la vida han de girar. Término crítico del paso de unas inclinaciones á
otras, luego que La Patria dejó de publicarse en 1852, fué su
expedición á las montañas aragonesas, so pretexto de la visita á un amigo de la
infancia, y su concepción allí de su primera obra seria literaria La
campana de Huesca, en la que, dejando á la imaginación correr por el campo
romántico de la novela de entonces, comenzó á sentir el freno poderoso de la
Historia. En esta obra se desplegaron instintivamente ya en él, cada una de las
tres grandes facultades en que durante todo el curso de su vida había de dar
empleo á la continua ebullición de su inteligencia calenturienta: la amena
literatura, la austera historia, la batalladora política. Las tres pasiones á
la vez le inundaban ya el alma, desde las discusiones académicas de las aulas
de San Isidro, desde las conversaciones románticas de los amigos jóvenes
del Café de la Esmeralda, desde las ardientes lides de su primer
ensayo del periodismo, desde el cual tan temprano empezó á ocupar puesto en las
maquinaciones secretas de los hombres de partido que tan pronto se agitaban en
las intrigas de corte ó en las conjuras de club, como se preparaban para la
acción del Gobierno y las iniciativas de la legislación. ¿Qué era, pues, en
este punto, á los veintiséis años de edad Cánovas del Castillo?
¿Un literato? ¿Un periodista? ¿Un hombre político?
Nada definida é individualmente, y todo en conjunto. Era periodista apasionado,
que se ponía á escribir una historia con las ideas de partido de que se hallaba
ya llena su alma; un historiador de episodios de antiguos tiempos, que con la
imaginación exaltada trataba de convertir en novela; un joven de acción, que en
las reuniones de sus antiguos maestros del periodismo tomaba parte en sus
planes, se brindaba á secundarlos y apoyarlos, y caminaba con ellos hacia una
revolución, como se camina en compañía de buenos amigos á los deleites de una
romería. En esta edad y en esta situación de mente y de espíritu emprendió en
las vísperas de la revolución de 1854 el joven Cánovas del Castillo la Historia
de la decadencia de España, desde el advenimiento de Felipe III al trono, hasta
la muerte de Carlos II.
Con solo echar una ojeada á las Cuatro
palabras que encabezan la obra de entonces del autor, se profundizan
bien cuáles eran, en realidad y substancia, sus intenciones bajo el aspecto
general y ulterior de su trabajo.—«Hemos querido, dice, llenar en algo un vacío
que se nota en nuestra Historia, y es la descripción de nuestra decadencia, no
menos notable, no menos grande ni menos digna de estudio que la romana. Que no
lo hemos conseguido ya lo sabemos; pero puestos á la obra, debíamos hacer de
nuestra parte todo lo posible por conseguirlo. Nuestra decadencia no sólo no
está narrada hasta ahora sino que está ignorada, obscurecida, envuelta en
falsedades y calumnias de extranjeros y nacionales; de aquéllos, como autores;
de éstos, como imitadores ó copistas. Sabau y Blanco hizo no más que recoger
noticias de libros extranjeros sin crítica, sin examen, con notoria
precipitación é injusticia y con manifiestos y continuos errores. Á este han
seguido después los más de los escritores nacionales. Los que mejor explican
nuestra decadencia son los dos extranjeros: Ranke y Weiss; pero ni uno ni otro
quisieron hacer historias sino más bien disertaciones, y además, aunque ambos
imparcialísimos, no son, al cabo, españoles, y su crítica no puede siempre ser
aceptada. Algo de esto puede decirse también de nuestro buen amigo D. Adolfo de
Castro, que ha escrito sobre la decadencia de España, sin pretender hacer una
Historia. De todo esto nace el grande amor con que miramos la primera parte de
nues[xxiv]tra tarea y al extendernos más en ella de lo
que, al parecer, exigía la buena proporción del libro. Y al propio tiempo hemos
procurado beber siempre en fuentes originales y españolas; para ello no hemos
perdonado medio en el poco espacio de que hemos podido disponer. Los juicios,
buenos ó malos, son nuestros siempre; los hechos los hemos tomado donde hemos
podido hallarlos. No nos hemos fiado casi nunca de las versiones extranjeras,
porque, ante todo, hemos querido hacer un libro español y para España, que era
lo que hacía falta.»—Como se ve, la suprema aspiración del joven Cánovas del
Castillo, al escribir la Historia de la decadencia, se concretaba:
«primero, á llenar un vacío que, desde el siglo xvii, como antes se ha
apuntado, existía en España; segundo, á rectificar los errores en que habían
incurrido los que antes, nacionales ó extranjeros, se habían propuesto la misma
empresa, no recibiendo para ello más inspiración que la de las fuentes
originales y españolas; tercero, á hacer un libro enteramente español y
para España.» Ahora bien, ¿cumplió el joven Cánovas todo lo que se prometió?
¿Pudo cumplirlo?
IV
Al avance de los años y al avance de su encumbrada
carrera, el libro de la primera edad, Historia de la decadencia de
España, en vez de caer en absoluto olvido, como caen siempre los primeros
defectuosos ensayos de toda labor humana, trató de despertarlo la emulación
política, cuando el joven estudioso y apasionado de 1854 había alcanzado con su
constante esfuerzo la plenitud de sus facultades todas, la absoluta posesión de
sí mismo en sus ideas y en su conducta, la lenta y acabada instrucción que sólo
se alcanza en virtud de una labor continua y de una reflexión intensa y el
magisterio supremo con que la experiencia perfecciona y hace más reverberantes
las llamaradas del genio. El mismo autor de la Historia de la
decadencia, dilatados los horizontes de su crítica con la vasta extensión
de sus estudios, y después de haber intentado esclarecer algunos puntos
particulares de aquel mismo período de tiempo á que él había aplicado las
primeras atenciones de su inteligencia, se reconcentró en sí mis[xxv]mo, y catorce años después de la publicación de
aquella obra, con motivo de la aparición de un Diccionario de
Administración y Derecho, que comenzaron á dar á luz en 1868 los laboriosos
jurisconsultos D. Estanislao Suárez Inclán y D. Francisco Barca, con el título
de Austria (Casa de), facilitóles para su inserción un
breve Bosquejo histórico de la Casa de Austria, que, aun no siendo
más que el segundo avance para la labor de más dilatado aliento que se
reservaba para tiempos para él más sosegados y en que pensó siempre con un amor
infinito, no sólo presentaba un cuadro casi completo y todo nuevo de aquellos
dos siglos del reinado de aquella dinastía que engrandeció el nombre y el poder
de España, como jamás este antiguo imperio se había hecho pesar en el mundo, y
como probablemente nunca más podrá hacerse sentir, sino que siendo en conjunto
y en detalle una completa rectificación de cuanto hasta entonces se había
escrito sobre tan memorable época de la supremacía española, así por escritores
extranjeros como nacionales, implicaba una rectificación aún más precisa de sí
mismo, corrigiendo fundamentalmente todos los errores de hechos, de conceptos y
de críticas en que, á causa de su juventud é inexperiencia, de las pasiones
políticas de que en 1854 estaban apoderadas de su alma y de la falta de la
documentación copiosa, que hasta muchos años después, su constancia no logró
reunir y consultar, la Historia de la decadencia había
abundado, y que señalados por él mismo poco después, eran rebuscados por los
adversarios que la altura de las posiciones que alcanzó le produjeron, á fin de
recriminarle con el enconado rencor, que es la musa perpetuamente inspiradora
de la bacanal de la política.
Aunque las leales rectificaciones del Bosquejo
histórico de la Casa de Austria, publicado en 1868, debieran haber bastado
para ser admitidas en buena cuenta por los hombres de reflexión y de estudio,
como, en efecto, lo fueron, todavía la rectitud del señor Cánovas del Castillo
le estrechó á insistir en la fe plena de su sinceración, y cuando en 1888,
haciendo otro avance sobre sus propósitos definitivos que la muerte atajó, dió
á la estampa en la Colección de Autores Castellanos sus dos
volúmenes de Estudios del reinado de Felipe IV, se apresuró á decir
más abiertamente á sus lectores:—«Va para veinte años que en un[xxvi] Diccionario general de Política y
Administración, de que sólo se publicaron pocas entregas, di á luz un
extenso artículo, que se encuadernó y distribuyó luego por separado, con el
título de Bosquejo histórico de la Casa de Austria. Corto fué el
número de ejemplares de esta obra; pero no tanto el de las personas que han
deseado poseerlas después. Alabada de otra parte con exceso por un académico
francés, y habiéndose comenzado á traducir y publicar espontáneamente por un
escritor de la propia nación, hube al fin de pensar que no era acaso indigna de
mayor publicidad que le había dado y de más esmerada atención que le presté
hasta entonces. Puse, pues, cuanto pude en juego para que no continuase en
Francia su publicación del modo que estaba, ofreciendo corregirla y
acrecentarla primero que se tradujera y diera allí del todo á la imprenta,
mientras que á los amigos que, por afición ó curiosidad me la pedían, les
anunciaba una próxima y mejor edición. Este propósito no se ha cumplido
todavía; pero espero en Dios que antes de mucho se ha de cumplir. No cabe
intentar un resumen exacto y substancioso de tan larga é importante Historia,
como la de la Casa de Austria en España, sin estudios preparatorios de
mucha extensión que dejen detrás de sí más ó menos completas
monografías de sucesos particulares, y eso me ha acontecido á mí precisamente
con el Bosquejo histórico. Tuvo como base aquella obra una continuación
mía de la Historia del P. Mariana, comenzada á
escribir, por cierto, cuando no tenía concluídos mis estudios de leyes, é
impresa con el ambicioso título de Historia de la
decadencia de España: obra incompletísima, por fuerza, y salpicada
de graves errores, nacidos de no haber ejecutado por mi cuenta
investigaciones directas y formales, sujetándome á lo impreso ya por
otros en cuanto á la exposición de los hechos. Pero como á estos
corresponden los juicios, naturalmente, resultan también plagadas
dichas páginas de injusticias, que, no por ser comunes y andar todavía
acreditadas, han empeñado menos mi conciencia en desvirtuarlas después,
tanto y más, que son argumentos y razones, por medio de testimonios
fehacientes, y en virtud de un examen mucho más atento y profundo de cosas y
personas. Logré, sin embargo, la buena dicha de que, puestos aparte
mis errores parciales é involun[xxvii]tarios,
el concepto que en conjunto formé de la Historia de España durante los
siglos xvi y xvii, ofrece el mismo que todavía abrigo, después
de recoger harto mayor copia de datos, de muchísimo más trabajo empleado en
depurar la verdad, y de la superior experiencia que por necesidad han
tenido que darme los años y mi carrera misma, tan larga ya y accidentada.
Mas aquel casual acierto no bastó, ni podía bastar á mi probidad de
historiador, ya que comencé tan temprano un oficio, que me han permitido
largo tiempo ejercitar bien poco las circunstancias. Natural era, pues, que en
el Bosquejo histórico de la Casa de Austria aprovechase la
ocasión, que esperaba y apetecía, para descargar mi conciencia,
rectificando casi por completo los errores é injusticias esenciales
que mi Historia de la decadencia encerraba. Quedaron, sin
embargo, en pie algunos trozos de la mencionada obra, que pasaron á formar
parte del Bosquejo, por hallarse libres de las manchas que
quería borrar, sirviéndole, como acabo de decir, á mi nuevo trabajo de
fecundamiento.» Á mayor abundamiento, el ejemplar de la Historia de la
decadencia que el autor conservaba en su biblioteca desde que la dió á
luz, y que en la actualidad la custodia como una reliquia su sobrino, el nuevo
editor de esta obra, está lleno de anotaciones marginales, de correcciones de
mayor ó menor importancia, y, sobre todo, tiene páginas enteras, pero muchas
páginas, cruzadas de lápiz de arriba abajo, como tachadas íntegramente y á
perpetuidad.
Se ha preguntado antes, y hay que contestar, á
pesar de las explícitas manifestaciones del autor, á estas preguntas: ¿Cumplió
el joven Cánovas al escribir y publicar en 1854 la Historia de la
decadencia todo lo que se prometió en las cuatro palabras que le
sirvieron de Introducción? ¿Hubiera podido cumplirlo?
En los párrafos que se han citado de la
Introducción á los Estudios del reinado de Felipe IV, el mismo
autor de la Historia de la decadencia con la mayor ingenuidad
confiesa que cuando la escribía en 1854, antes de acabar su carrera de las
leyes, los estudios de la Historia estaban entre nosotros tan descuidados, que
ni existían originales y documentadas monografías completas de
sucesos particulares, ni mucho menos colecciones de documentos copiados
de las fuentes originarias entre nosotros de[xxviii] toda
buena investigación. Él mismo no había practicado esas investigaciones directas
y formales, que no se improvisan y que exigen que para hacerlas útiles y
fértiles se las consagre mucho tiempo, mucha paciencia y mucha atención.
Creyendo, como en el prólogo decía, haberse inspirado en libros que al parecer
se habían ilustrado con buenos datos de los archivos nacionales, halló después
que sus autores, en su mayor parte extranjeros, fundábanse en otros archivos
para ellos, al parecer, nacionales, que no eran los de nuestra
nación, y cuando más tarde tuvo ocasión de compulsar algunos de estos
documentos citados como procedentes principalmente de Simancas, en Simancas
adquirió, al par que el desengaño, la plena conciencia de la frecuencia de la
falsificación, ó cuando menos de encontrarlos truncados, de manera, que al
parecer testificaban lo contrario de lo que en realidad debían testificar.
¿Cómo con tales instrumentos había de poder cumplir lo que se había propuesto y
deseaba más; esto es, hacer un libro español y para España, que
era, según su opinión, y opinión muy acertada, lo que hacía falta? De defecto
tan substancial, no podía menos de emanar otro no menos enorme, el de la
falsedad de los juicios principalmente sobre los hechos particulares y sobre
los personajes salientes de la acción directiva que se reflejaba en los
sucesos. Cánovas, aun transcurridos más de treinta años, desde que apareció
la Historia de la decadencia, hasta que se dieron á luz sus Estudios
del reinado de Felipe IV, recababa el honor de no haberse equivocado, á
pesar de tamañas deficiencias, en la crítica general del período de tiempo que
en 1854 bosquejó, y cuyas tesis le sirvieron posteriormente de fundamento para
su Bosquejo histórico de la Casa de Austria y aun para sus
últimos Estudios sobre Felipe IV. Esto no sólo revela su gran
intuición inicial como futuro historiador, sino que, á decir verdad, esto es lo
que valorará siempre la Historia de la decadencia aun sobre
las mismas condenaciones de su autor. Aunque su primera obra histórica
estuviera únicamente reducida á la hermosa Introducción de que
va precedida y al Epílogo que la cierra, resultaría siempre un
trabajo del mayor interés para nuestra Historia. El espíritu esencialmente
nacional que él quería que de su obra efluyese, efluye de sus juicios, en
efecto, con toda la intensidad que impuso andando los años, sobre otros[xxix] actos propios, cuando los sucesos accidentados
de nuestras convulsiones políticas encarnaron en él el papel del gran
restaurador de la Monarquía y de la Dinastía, el clausurador del largo litigio
de nuestras reformas jurídicas, políticas y sociales y el conciliador potente
de todos los intereses rivales por tanto tiempo en lucha y produciendo á la
integridad, á la economía y al progreso del país tan hondos males. Su obra,
además, tuvo otra importancia: la de despertar entre los hombres de
inteligencia el dormido amor de las cosas propias posponiéndolas á las
extranjeras, y la de haber iniciado los estudios de regeneración y vindicación
de la Historia nacional tan maltrecha desde el fin del siglo XVI, y en
cuya restauración habían fracasado hombres tan insignes como el Conde de
Campomanes en el siglo XVIII y Tapia, Alcalá Galiano, Donoso Cortés y
Martínez de la Rosa en el XIX.
Indudablemente ayudó á la acción de Cánovas á este
respecto el estímulo que en España promovió el ejemplo de los extranjeros que
de lejanas tierras vinieron á la consulta de nuestros archivos históricos,
principalmente los italianos y belgas. Resuelto á profundizar la época más
gloriosa que en la Historia ha alcanzado la Monarquía y el poder de España, su
primer movimiento fué la acaparación de libros que constituyesen á la vez la
Biblioteca especial del historiador y del hombre de Estado é inmediatamente la
inspección personal de los Archivos Nacionales, públicos y privados, la
revisión de los tesoros diplomáticos y la selección de las series que habían de
contribuir al esclarecimiento general de los sucesos de España durante los
siglos XVI y XVII, con la razón política que los motivaron, con
la discusión jurídica que los debatió, y con los instrumentos armados que
siempre resuelven los conflictos de la toga y del gabinete. No existe ya esa
Biblioteca, cuyo conjunto solo, formaba la mayor aureola de un grande hombre de
Estado y de Gobierno, y cuya dispersión constituye un crimen de lesa nación
para los que, pudiendo, no la han evitado[6]. Más
contrayéndonos á la obra ini[xxx]cial de los trabajos
históricos de Cánovas, no podrá nunca dejarse de tener en cuenta qué edad tenía
el autor cuando la escribió, en qué ambiente de pasiones políticas se influía
ya su espíritu, como precoz colaborador de la revolución de 1854, que es[xxxi]talló poco después de la aparición de su obra, qué
elementos de ilustración documental aún le ofrecía el atrasado movimiento en
que en el curso de los estudios históricos en Europa, después de la reacción
contra Napoleón, España aun se encontraba al mediar [xxxii]aquel
siglo y la casi total falta de las monografías particulares que tanto ayudan á
los trabajos de índole general. Cánovas, como también dejó anunciado en
sus cuatro palabras preliminares, no quiso al recibir el
encargo que desempeñó, someterse á una simple continuación cronológica de
Mariana y Miñana. Su Historia de la decadencia, escrita con mayor
libertad, constituyó una verdadera monografía, y singularizándose también en
esto, invitaba á seguir su ejemplo al corto número de los que sentían
inclinación á los estudios históricos, que en aquel tiempo solo se aprovechaban
casi totalmente en el sentido anecdótico para nutrir las creaciones románticas
de nuestro teatro renacido con Zorrilla, con Hartzenbuch, con García Gutiérrez
y de la novela principiante con Espronceda, con Eguilaz, con Navarro Villoslada
y con Fernández y González. Todos estos puntos de vista bajo los cuales hay que
juzgar la primera de las obras históricas de Cánovas, la dan, en medio de sus
defectos, una importancia considerable, sobre todo, si se tiene presente que,
con la única excepción del Duque de San Miguel, que en 1844 ensayó una Historia
de Felipe II y del primer Marqués de Pidal que en 1862 publicó
la Historia de las alteraciones de Aragón, durante este mismo
reinado, de la escuela histórica que con su Historia de la decadencia
de España, fundó Cánovas á los veintiséis años de edad, en 1854, salieron
después los Rosell, los Janer, los Galindo de Vera, los Manriques, los
Barrantes, los Balaguer, los Llorente, los Fernández Guerra, los Fabié, los
Fernández Duro, los Rada y Delgado, los Muñoz y Rivero y otros á quienes se
deben muchos trabajos serios de renovación.
V
No puede tratarse de la primera obra histórica de
Cánovas del Castillo, cuando tenía veintiséis años de edad, era estudiante de
Derecho, esgrimía como periodista la pluma en La Patria, y entraba
en las conjuraciones políticas que tenían por impulsores civiles á D. Joaquín
Francisco Pacheco y militares al general don Leopoldo O Donnell, conde de
Lucena, sin comparar su Historia de la decadencia de España con
las obras que escribía, ó mu[xxxiii]rió teniendo en
proyecto, después de haber pasado largos años entre los libros de superior
Minerva, en los Archivos, donde encontró las fuentes originales del desarrollo
y verdad de los sucesos, y en su mayor parte, vírgenes de nuestra Historia, y en
los altos puestos gubernativos del Estado, en la serena labor de las Academias,
en las disputadas discusiones del Parlamento y, por último, en las supremas
responsabilidades de la dirección y gobierno de la Monarquía. Todas las
audacias del corazón y la mente virgen de la juventud, se templan con la
batalla de los años, con las reflexiones del estudio, con la penetración
profunda y práctica en los misterios de la alta política de gabinete y con el
trato lleno de las exigencias de la moderación más insistente en las relaciones
de la política exterior. En 1854, á pesar de todas sus disposiciones naturales,
verdaderamente excepcionales, Cánovas del Castillo, abordando la Historia, no
era más que un literato precoz y un brillante periodista: de historiador, no
tenía sino una intuición suprema, la intuición del genio. Pero renuncie á
escribir de Historia el que carezca de esta intuición lenta y segura del
perfecto hombre de Estado. Cánovas, á pesar de la intuición suprema de su
juventud y de su genio, no fué un historiador perfecto, con todas sus prendas
personales y toda la vasta instrucción recibida, hasta que se hizo y fué ese
hombre completo de Estado. Esta, sin excepciones, es una ley de la Naturaleza,
tan inviolable como son todas las leyes naturales. Cuando la Historia estaba en
su cuna, aun sin pretender convertir su observación en precepto, Polibio la
consagró, siendo él mismo ejemplo de ella[7]. El había
sido capitán y hombre de Estado de la liga aquea; él había viajado por Italia,
por África, por España y por las Galias, y en Roma estuvo en íntima relación
con los personajes más insignes de su tiempo. En estas expedicio[xxxiv]nes para conocer mundo, estuvo en posición de
poder confrontar las condiciones de muchos y diversos pueblos, penetrar el
fondo de la política de cada uno y engalanarse con todo el esplendente ropaje
de la cultura griega y romana. El se halló en medio de las ardientes luchas de
los dos partidos políticos que se agitaban en Grecia, el democrático, que
fomentado por Filipo y por Alejandro, y después por sus sucesores en Macedonia,
alzóse con las masas populares, y el aristocrático que, después de la guerra de
Pirro, imploraba socorros á Roma. Mas si en la Historia y su estudio fué en
donde encontró las enseñanzas para poder cumplir los deberes de las posiciones
que ocupó, hasta que en el manejo personal de los negocios de la política
perfeccionó su genio, y osó tomar la pluma de historiador, con que ya le fué
fácil adivinar que el porvenir inexorablemente era para Roma, donde en medio de
las contiendas que destrozaban su patria, se desenvolvía poderosamente el
concepto, el deseo y el poder para alcanzar aquel dominio universal, que al
cabo logró absorber en el poder romano todos los poderes parciales que entre sí
mismos se destruían. En la Historia de la decadencia, de Cánovas,
no había más que crítica, porque no era más que una obra literaria, admirable
como prodigio de precocidad; pero ninguna visión política. La
visión política del porvenir, con el ejemplo y la enseñanza de la Historia
pasada, comenzó á dibujarla en el Bosquejo histórico de la Casa de
Austria; la amplió aún más en sus Estudios del reinado de Felipe IV,
donde el hombre de Estado-historiador traspira por todas las líneas de la obra;
asciende algunos grados más en el prólogo que, cuando murió, tenía preparado
para la edición ya prevenida de las Memorias militares de D. Jaime
Miguel de Guzmán Dávalos Spínola, marqués de la Mina, sobre las guerras de
Cerdeña, Sicilia y Lombardía, durante los treinta y seis años primeros del
siglo XVIII, y hubiera llegado á toda la intensidad de las Historias
romanas del gran historiador y hombre de Estado Polibio Megalitano,
si, como estaba en su pensamiento y como tenía dispuesto con acopio de material
que en España ningún otro escritor anterior había logrado reunir tan vasto y
tan ordenado, constituyendo su propia biblioteca, de no haberle sido
interrumpida la existencia por el más abominable de los crímenes, se hubiese
emancipado[xxxv] de la carga y el trabajo asiduo
del Gobierno, descargándolo en el más instruído de sus discípulos, se hubiera
aislado entre sus libros, sus documentos y la energía de su voluntad, y hubiera
dado triunfal cima á aquélla Historia general del reinado de la Casa de
Austria en España, desde los casamientos de los hijos augustos de los Reyes
Católicos D. Fernando de Aragón y Doña Isabel de Castilla hasta la muerte de
Carlos II, cuya empeñada labor él la veía como el término más puro de los
triunfos y de la gloria de su vida. Para que su publicación fuese inmediata, ya
bajo su dirección, había hecho fundar aquella empresa del Progreso
Editorial, que en espléndidas monografías hábilmente distribuídas
únicamente entre individuos de número de la Real Academia de la Historia,
comenzó á dar á luz la Historia General de España, enteramente
rectificada y nutrida de la ilustración de los documentos inéditos de nuestros
Archivos nacionales, y en que tan brillante parte tomaron Menéndez y Pelayo,
que se reservó describir las fuentes de la Historia y la introducción del
cristianismo en España; Vilanova y Rada y Delgado, que estudiaban las
revoluciones geológicas que han formado el suelo de la península ibérica;
Coello, que emprendió su descripción geográfica; Fernández y González, que
había de remontarse á la noción de los primeros pobladores históricos;
Fernández Guerra é Hinojosa, á cuyo cargo quedó la Historia de España desde la
invasión de los pueblos germánicos hasta la ruina de la monarquía visigótica;
Codera, Riaño y Saavedra, que habían de abarcar toda la dominación árabe;
Madrazo, que tomó para sí los principios de la reconquista; Colmeiro, que se
limitó á los reinados de los Reyes de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal,
desde el de Alfonso VI hasta Alfonso XI de Castilla; Fabié y Catalina García,
que proseguían con los de D. Pedro I hasta el fin del siglo xv; Fita, que
se encargó de la historia de los judíos; Oliver, de la de los Reyes Católicos
D. Fernando y Doña Isabel; Pujol, que eligió la de Felipe V de Borbón; Danvila,
la de Carlos III, y Gómez de Arteche, la de Carlos IV y Fernando VII. En este
reparto fué en el que Cánovas guardó para sí la Historia de la Casa de
Austria en España, que había de ser el resumen de todos los estudios de su
vida, y lo que es más, el programa de la resurrección del porvenir,
con la que su mente, nutrida de la fe de la patria, sin cesar soñaba.
VI
Este progreso en la conciencia histórica del autor
de la Historia de la decadencia, es uno de los fenómenos más dignos
de estudio en la vida literaria y política de Cánovas del Castillo. Para poder
formar su contraste en la sana balanza de la buena crítica, parece que
providencialmente confluye la división de la época respectiva en que escribió
cada una de las tres más importantes obras históricas que nos ha dejado: La
Historia de la decadencia, el Bosquejo histórico de la Casa de
Austria y los Estudios del reinado de Felipe IV. La
primera es de su precoz juventud, de 1854, cuando no tenía veintiséis años, no
había acabado su carrera del Derecho y era periodista batallador en las
columnas de La Patria. El segundo, se publicó en 1869: es decir, á
los cuarenta y un años de su edad, cuando ya había desempeñado cargos
diplomáticos en Roma y superiores administrativos en el Ministerio de la
Gobernación, llevaba largo embate en las contiendas del Parlamento, había sido
ministro de la Corona, ocupaba sitiales en las Reales Academias, y había
practicado estudios históricos de personal investigación en los Archivos
públicos, como el Asalto y saco de los españoles en Roma[8], El
barcho ó parque de Pavía; la Batalla de Rocroy[9], Las
relaciones de España y Roma en el siglo xvi[10] en
trabajos de Revistas, y en discursos académicos La
dominación española en Italia[11],
la Invasión de los moros africanos en nuestra Penín[xxxvii]sula[12] y
otros semejantes. Por último, Los estudios del reinado de Felipe IV aparecieron
en 1888, á los sesenta años de su edad, á los trece de haber hecho la
restauración de la Monarquía y de la Dinastía en España, de ser el supremo
director de la política española dentro y fuera de la nación, y de hallarse en
el apogeo de su poder, de su saber y de su experiencia. En las tres obras
históricas de 1854, de 1868 y de 1888, de necesidad se imponen, siendo unos
mismos los grandes actores de los sucesos que relatan, la repetición del
juicio, no sobre los hechos, sino sobre los personajes sobre quienes caía la
responsabilidad del tiempo, del éxito y de la Historia. Nudo de toda la
política de España durante el siglo de la decadencia, por toda la extensión
del XVII mas que ningunos otros personajes, son evidentemente el rey
Felipe IV y su gran ministro ó privado el Conde-Duque de Olivares, D. Gaspar de
Guzmán. Ante estas dos figuras sólo desempeñan un papel secundario, las que las
precedieron en el Trono ó en el Gobierno, Felipe III y el duque de Lerma, D.
Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, y las que le siguieron en análoga
posición, la Reina Doña Mariana de Austria con el P. Neïdthard y D. Fernando de
Valenzuela, primer marqués de Villasierra; Carlos II y D. Juan José de Austria,
y sobre el fárrago de sus ministros circunstanciales, sus dos mujeres, á
quienes sobre él y su Gobierno se atribuye una influencia determinante: Doña
María Luisa de Orleans y Doña María Ana de Neoburg. Pues bien: ni el Felipe IV
de la Historia de la decadencia es el Felipe IV del Bosquejo
histórico, ni el Felipe IV de ésta y aquella obra el Felipe IV de los Estudios
históricos. Todavía esta diferencia de apreciación, de juicio y de concepto
se nota más en estas tres obras, cuando se trata del Conde-Duque de Olivares.
De haberse escrito para las monografías de la Historia general de
España, la que el Sr. Cánovas del Castillo se reservó, hubiera aún
pronunciado el juicio definitivo sobre aquel Rey y aquel ministro, tan injusta
é innoblemente vilipendiado durante tres siglos, habiendo sido este con su
monarca, los únicos espíritus verdaderamente españoles que trabajaron cuanto[xxxviii] pudieron por devolver á España su
esplendor empañado y por conservar su prestigio, su supremacía y su poder:
juicio definitivo que está aún por pronunciar, y que, muerto Cánovas del
Castillo, la vista angustiada no alcanza á ver el espíritu suficientemente
independiente é ilustrado que lo pueda consagrar.
Como Cánovas del Castillo fué siempre, desde su
primera juventud, un hombre de buena fe, ni en esto, ni en otros extremos que
más adelante él mismo condenó en sí mismo, siendo obra suya, no puede
culpársele más que de haber extremado en la Historia de la decadencia,
tal vez la nota adversa bajo la presión que en su espíritu juvenil ejercían las
ideas con que se aprontaba á colaborar ciegamente en una próxima revolución.
Pero considerando atentamente los medios de que disponía para formar y escribir
en su Historia los juicios que emitió, no puede menos de
tenerse en cuenta, lo que antes se dijo, cuál era en general, el estado de los
estudios históricos en España, cuando él la escribió. Las investigaciones
reivindicatorias de los Archivos empezaban á practicarse. Y todos los libros de
que podíamos disponer, ó constituían el inmenso bagaje con que la literatura
francesa, hostil á la Casa de Austria, había sustituído hacía dos siglos
nuestra literatura histórica, ó eran libros españoles solamente en el nombre,
porque, ó estaban servilmente traducidos del francés ó en libros franceses
habían tomado su inspiración, su espíritu y sus doctrinas, ó eran libros
totalmente extranjeros. No había otras fuentes á que acudir, y aunque Cánovas
se propuso hacer un libro español y para España, este deseo no podía realizarse
más que en las nobles ambiciones de una aspiración, entonces sin realizar.
La exploración avanzaba siempre, y cuando los
Archivos italianos nos dieron á conocer las riquezas atesoradas en los de la
Cancillería véneta, con las informaciones de los embajadores de la República
durante los siglos XVI y XVII, á su explotación acudieron
instantáneamente todos los hombres estudiosos de Europa, creyendo haber
encontrado el más opulento filón de noticias y de verdad. Cánovas fué uno de
los más ansiosos de fomentar el prestigio de estas novedades, y las figuras de
los reinados de Felipe III y de Felipe IV, que retrató en su Bosquejo
histórico de 1868, fueron tomadas con su característico calor de
entendi[xxxix]miento, de las Relaciones de
los Valaressos, de los Gritti, de los Corder, de los Justiniani, etc., que
aunque servían en España, eran como los gobiernos todos de la Señoría, más
amigos de Francia que de nuestra Nación. También más tarde hubo que rectificar
esto; y así, en los Estudios históricos, las figuras mencionadas ya
son las que se acercan más á su realidad. Es verdad, que ya Cánovas no se
inspiraba, como en 1854, en los libros traducidos del francés, ni como en 1868,
en las Relaciones interesadas de los embajadores vénetos. Su
biblioteca se había nutrido de una documentación sacada de los originales,
principalmente en Simancas, de la que los 15 volúmenes que tengo ante los ojos,
son un tesoro de revelaciones inéditas, con las cuales hay bastante para
escribir una Historia nueva de lo que hasta aquí las
literaturas extranjeras, y, principalmente la francesa, nos han dado tan adulterado.
Su biblioteca se había nutrido también de toda ó de la mayor parte de la
bibliografía polemística del tiempo mismo en que se efectuaron los sucesos
políticos y militares de aquellos reinados, que entran en el círculo de la
decadencia, y el conocimiento profundo de estas controversias en sus fondos
originales, eran para él un nuevo manantial de revelaciones que, hasta ahora
nos habían sido completamente desconocidas. Esta es la única literatura
extranjera que el historiador español, vindicador del honor de su patria, debe
consultar, y consultándola Cánovas en sus últimos trabajos que dejó, pudo
rectificarse noblemente á sí mismo, porque con estas rectificaciones, no sólo
hacía honor á la verdad, sino á la gloria de su patria y á la justificación de
los ilustres caracteres que más la sirvieron y con más buena fe en aquel
tiempo. Ya en 1883, al escribir otro de sus más hermosos libros, El
Solitario y su tiempo, con toda franqueza decía: «Triste, pero honrado
papel—permítaseme decirlo—, me ha tocado á mí en lo referente á la Historia de
España, que durante algunos años he cultivado con cierto empeño. Nací, y he
vivido entre españoles, justamente soberbios de su grandeza antigua, pero poco
curiosos por inquirir y analizar los motivos que la originaron y las causas por
qué decayó tan brevemente; convencidos de que tal decaimiento es excepción y
natural estado de su grandeza, sin sospechar siquiera que á esta tierra, ó á
sus habitantes en general, se debe la inferioridad en que nos hallamos[xl] ahora respecto á los demás pueblos numerosos y de
límites extensos; seguros, por último, de que ciertos Reyes y ciertos
ministros, algunas instituciones y algunas leyes, eclesiásticas y profanas, son
las causas únicas del doloroso cambio de fortuna que experimenta España.
Del poco tiempo que mi agitada vida me ha consentido dedicar á los libros, he
consagrado ya bastante á desvanecer tales errores, y no sin éxito, pues las más
de aquellas ideas mías, que un día se tuvieron por paradojas, comienzan á
hacerse vulgares, siendo patrimonio común de todos, ó la mayor parte de mis
puntos de vista sobre la Historia de la Nación, que como tal no existe, sino
desde que en Carlos V se unieron con Castilla Aragón y Navarra.»—«Confiésolo
sin rebozo y hasta por deber riguroso de conciencia: el motivo que me
ha impulsado á hacer de los estudios sobre la Casa de Austria en España, la
mayor ocupación literaria de mi vida posterior, consiste en el remordimiento
que quedó en mí de haber copiado con ligereza, y creído sin bastante examen,
muchas de las calumnias históricas que pesan sobre los gobernantes españoles de
la época, juzgándome más obligado que otros á inquirir y buscar la verdad, con
el fin DE DESMENTIRME siempre que lo mereciera, cual he
desmentido ya frecuentemente y pienso también desmentir cada día más á mis poco
escrupulosos antecesores»[13].
En contraposición con lo que la Historia de
la decadencia y de 1854 y aun el Bosquejo histórico de
1868 bajo la fe de los embajadores vénetos, dijeron sobre el Conde-Duque de
Olivares, véase como Cánovas del Castillo le dibuja, en su monografía de
su Separación de Portugal inclusa en los Estudios
históricos de 1888.—«Era, dice, el Conde-Duque de Olivares hombre de
sanas intenciones, desinteresado, sagaz, atento á los negocios, con corazón
bastante grande para vencer las dificultades ó afrontar sin miedo los mayores
peligros.» Del Rey Felipe IV veamos, á seguida, estos otros juicios: «La
antigua leyenda que le supone exclusivamente entregado á toros y cañas,
comedias y galanteos, tiene que recibir un golpe final y decisivo. Fué, en
realidad, Felipe IV muy aficionado á divertirse en la pri[xli]mera
mitad de su reinado, cuando todo le sonreía á primera vista y no había sonado
la hora suprema de los infortunios aún; pero nunca pensó en eso tan solo,
como la falsa historia ha contado. Á los vencedores de
Nordlingen y aun en Fuenterrabía, érales, después de todo, lícito sentir
alegrías y frecuentar todavía diversiones. Por lo demás, preciso será que los
más incrédulos se convenzan también, si no quieren negar el testimonio patente
de documentos innumerables, ya en Simancas existentes, ya detentados en París,
de que ningún Monarca moderno, ni casi ningún Ministro parlamentario, ha
intervenido tanto de su puño en los expedientes, consultas y
negociaciones como el calumniado Felipe IV. No fué, no, por
andar en comedias, toros y cañas exclusivamente por lo que se separó Portugal
de España: esto resulta ya evidente. Muchos, muchísimos otros motivos, y más
graves, hubo para aquella nacional desgracia y las demás que la acompañaron.»
Si la publicación de la Historia de la
decadencia, con todos sus defectos, tuvo el alto mérito de abrir horizonte
nuevo de investigaciones y de ideas nacionales á la generación contemporánea de
su autor que se consagró á los estudios históricos, las últimas obras de
Cánovas y sus últimos conceptos vertidos en ella, pronto lograron fructuosos
proselitismos. ¡Cuánto se ha disparatado sobre las causas de nuestra decadencia
en el siglo xvii! Pero el magisterio histórico de Cánovas ha hecho á los
nuevos críticos dirigir la mirada hacia otras causas más fundamentales que las
interiores en que la influencia de fuera ha hecho por más de dos siglos
envenenar nuestro espíritu naturalmente pesimista y envidioso cuando tratamos
de nosotros mismos. No existía ya Cánovas del Castillo, cuando el más correcto
pensador de sus discípulos, D. Francisco Silvela, fué recibido el día 1.º de
Diciembre de 1901 como individuo de número de la Real Academia de la Historia.
Su discurso de recepción tenía por tema los Matrimonios de España y
Francia en 1615. Este discurso fué toda una reacción, la reacción á que
Cánovas tendía con su larga y concienzuda labor. La rivalidad de Francia contra
España, su penetración cautelosa en nuestra nación por medio de sus matrimonios
políticos y su característica desenvoltura en las intrigas de gabinete y en las
alianzas con que siempre ha obtenido[xlii] todas
las ventajas que ha querido conseguir, forman el nudo íntimo de toda la
política de nuestra decadencia. Silvela lo decía: «su propósito mediante los
matrimonios reales de 1615, fué minar el poder de España para despojarle de él
é investirse ella de todo lo que hiciera perder á nuestra Nación, y fué el
trabajo tenaz de todo el siglo xvii, hasta que al comenzar
el xviii se apoderó del Trono, nos trajo su sangre á él, nos
convirtió en casi una provincia francesa y nos obligó á firmar aquel Pacto
de familia que extremó para siempre nuestro ruina».
VII
Á pesar de los defectos que el mismo Cánovas del
Castillo, hombre ya de Estado y con una instrucción histórica y política que en
España no ha tenido quien le iguale, y acaso fuera de España, más que Thiers en
Francia, denunció en sus libros de la edad provecta, todavía la Historia
de la decadencia sigue siendo libro único en el tema que desenvuelve
en la literatura histórica de nuestra patria. El Bosquejo histórico de
la Casa de Austria no es más que un resumen, pero no una historia, y
en Lafuente la parte que comprende los reinados de Felipe III, Felipe IV y
Carlos II, adolece enteramente de los propios defectos que la primera obra
histórica de Cánovas. Aventaja ésta última también á la de Lafuente en la forma
literaria, que revela toda la frescura, toda la espontaneidad y toda la viveza
de que el espíritu de Cánovas del Castillo estuvo dotado siempre, pero que, á
semejanza de la planta espléndida que se viste de pomposas flores ó de
sazonados frutos, mas cuya primera flor ó cuya primera poma aventaja á todas
las demás en robustez, belleza, dulzura y lozanía, la Historia de la
decadencia como primera flor de aquel ingenio, seduce con el vigor y
frescura de que hace y puede hacer gallardo alarde.
Se ha indicado repetidas veces en este proemio y
crítica de tal obra, que en su espíritu fué influída por las pasiones políticas
en cuya atmósfera entonces se sazonaba la actividad vertiginosa del
entendimiento y de la acción de su autor. El tiempo empaña la trasparencia de
las alusiones multiplicadas que,[xliii] principalmente,
al emitir ciertos juicios sobre las desdichadas reinas Doña Mariana de Austria
y Doña María Ana de Neoburg, madre y segunda esposa respectivamente del Rey
Carlos II, se dirigieron entonces á las combatidas autoridades augustas de las
Reinas Doña María Cristina de Borbón y Doña Isabel II. Hay que congratularse de
que esas alusiones ya solo pueden apercibirse por un corto número de
entendimientos muy cultos así en la historia del último siglo del reinado de
los Austrias en España, como en la historia íntima de aquel período demasiado
revuelto de nuestras revoluciones contemporáneas. Nadie como el mismo Cánovas
se lamentó después de aquellas dobles injusticias. Ni Doña Mariana de Austria,
durante su gobierno en la minoridad de Carlos II, fué la que nos dejaron
descrita los villanos partidarios de D. Juan de Austria, ni Doña María Ana de
Neoburg, la que dejaron á su gusto retratada para la posteridad, primero los
partidarios del cambio de dinastía, y después los escritores franceses que se
tomaron la interesada molestia de sustituirnos en la redacción de nuestra
propia historia. Pero si estas figuras augustas de aquel siglo tan
vilipendiadas fueron por los que siempre han conspirado contra el honor y la
grandeza de nuestra patria, sosteniendo el espíritu de división ambiciosa que
nos ha arruinado, que nos arruina, que obstruye toda tentativa de resurrección
nacional, no menos injustamente infamadas quedaron las de los tiempos cercanos
en cuya desopinión y amarguras todos hemos tenido parte. Cánovas, hombre de
rectitud extrema, cuando se vió en sus altas posiciones de pie derecho delante
del espejo de la historia, no tomó la pluma para desdecirse, como lo había
hecho en sus juicios históricos sobre Felipe IV y el gran Conde-Duque de
Olivares; pero con actos de su poder volvió noblemente por el honor de aquellas
damas. La estatua á la Reina María Cristina que se levantó en bronce en uno de
los parajes más públicos de Madrid, dirá á la posteridad que las vejaciones que
en vida se cometieron contra su nombre, fueron actos inicuos de la falta de
honradez de los partidos políticos exaltados. Por fortuna, repetimos, las
alusiones vivas que para los lectores de la Historia de la decadencia en
1854 estaban claras y fomentaban las iras de la revolución que estalló en Julio
del mismo año, son[xliv] ya charadas y enigmas que
el común de las gentes no alcanza á descifrar.
Para reasumir: La Historia de la decadencia
de España desde el advenimiento de Felipe III al trono hasta la muerte de
Carlos II, sigue siendo todavía, desde la época en que se escribió, la
única monografía histórica que de aquel período de tiempo posee nuestra
literatura. La inspiró un alto sentimiento de ideas nacionales, y fué el modelo
á que en lo sucesivo se ajustaron todos los que, comprendiendo que la Historia
general no puede escribirse mientras cada una de sus particularidades,
de sus personajes y de sus grandes sucesos no haya sido estudiado bajo la
ilustración del mayor número posible de documentos, posteriormente se dedicaron
á una labor que ha hecho insignes los nombres de Rosell, Janer, Fernández Duro,
Rodríguez Villa, Muro, Martín Arrúe, general Fuentes y otros. No son los
españoles tan dados á los estudios históricos como los extranjeros, y da pena
confesar que el número de hispanistas extraños que sin cesar
enriquecen la Minerva histórica española en todas las lenguas cultas que se
hablan en los dos mundos, sobrepuja de una manera desproporcionada al de los
que en España consagran sus talentos á esta parte principal de la cultura de la
nación. Uno de los últimos libros históricos sobre España, que este mismo año
ha aparecido en las prensas de Copenhague, ha sido el titulado Filip II
af Spanien del sabio escritor danés Carl Bratli. Este libro va
enriquecido con una extensa bibliografía de autores de todas las lenguas que
han escrito sobre Felipe II en los tiempos modernos. ¡Ciento sesenta y nueve
nombres de autores extranjeros están comprendidos en esta bibliografía! ¡Los
nuestros son solos treinta y cinco!: Barado, Baquero Sáenz, Boronat y
Barrachina, Cánovas del Castillo, el jesuíta P. Cappa, Castro (D. Adolfo de),
Cedillo (conde de), el jesuíta P. Coloma, Danvila Burguero (Alfonso), Danvila
Collado (Manuel), Estébanez Calderón, Fernández Duro, Fernández Montaña,
general Fuentes, Gayangos, Gómez (Valentín), González (D. Tomás), Hinojosa (D.
Ricardo), Janer, Lafuente (D. Modesto), Lafuente (D. Vicente), Manrique,
general Martín Arrúe, el agustino P. Mateos, Menéndez y Pelayo, el agustino P.
Montes, Muro, Ortí y Lara, Picatoste, Pidal (marqués de), Rodríguez Villa,
Rosell, Sánchez (el presbí[xlv]tero D. Miguel) y San
Miguel (duque de). Entre los extranjeros se hacen inolvidables: Baumgarten
(Munich), Baumstark (Lieja), Bergenroth (Londres), Böhmer (Berlín), Boglietti
(Florencia), Bongi (Lucca), Borget (Bruselas), Bozzo (Palermo), Büdinger
(Viena), Cabié (Albi), Campori (Módena), Capefigue (París), Coxe W. (Londres),
Croze (París), Cunninghame Graham (Londres), Diedo (Milán), Döllinger
(Regensburg), Donais (Toulouse), Dumesnil (París), Du Prat (marqués de)
(París), Erslew (Copenhague), Esser (Copenhague), Fea (Turín), Forneron
(París), Froude (Berlín), Fruin (Gravenhage), Gachard (Bruselas), Gams (Rogensburg),
Gayarré (Nueva York), Gossard (Bruselas), Grahl (Leipzig), Greppi (conde de)
(Turín), Groen van Prinsterer (Utrecht), Häbler (Berlín), Havemann (Gottinga),
Helfferich (Berlín), Herre (Leipzig), Hume (Martín) (Londres), Jurien de la
Gravière (París), Juste (Bruselas), Kervyn de Lettenhove (Brujas), Kretzschmar
(Leipzig), La Ferrière (París), Lassalle (Montanbau), Lea (Filadelfia), Marcks
(Estrasburgs), Mariéjol (París), Maurenbrecher (Berlín), Mignet (París),
Montplainchamp (Amsterdam), Morel Fatio (París), Motley (Londres), conde de
Moüy (París), Namèche (Lovaina), Nores (Florencia), Oliveira Martins (Lisboa),
Pellegrini (Lucca), Philippson (Berlín), Prescott (Londres), Rachfahl (Munich),
Ranke (Berlín), Raumer (Leipzig), Reiffenberg (Bruselas), Reynier (París),
Romain (París), Rousselot (París), Sarrazin (Arras), Schäfer (Gütersloh),
Schepeler (Leipzig), Schmidt (Berlín), Stirling-Maxwel (Londres), Stübel
(Viena), Teulet (París), Thomsen (Copenhague), Tilton (Friburgo), Turba
(Viena), barón de Viel-Castel (París), Varnkönig (Stuttgart), Weiss (Pecis) y
Wilkens (Gütersloh).
Como se ve, no van aquí citados todos los autores
extranjeros de la bibliografía de Felipe II publicada por Bratli; ¿pero los
enumerados no bastan para dar idea de lo que sobre España y de un solo reinado
se escribe del otro lado de nuestras fronteras de tierra y mar? Hay que
convenir en que, si toda esta bibliografía espléndida y numerosa es el
resultado del movimiento que hacia la investigación de las documentaciones
originales, principalmente en los archivos de Estado, se inició desde el
impulso que en toda Europa produjo la reacción contra la literatura revo[xlvi]lucionaria y bonapartista de Francia durante el
breve reinado de la casa de Orleans en este país, en lo que á España toca, fué
á Cánovas, desde tan juvenil edad, al que correspondió tomar sobre sí la
representación nacional de todo este movimiento. La Historia de la
decadencia, en realidad, fué su ensayo; pero ella le sirvió á él mismo de
acicate para sus posteriores exploraciones propias, á la vez que de palanca
para la escuela de prosélitos que de aquí surgió. Nuestras siempre desoladoras
divisiones y contiendas políticas han sido la causa eficiente para que este
movimiento regenerador se haya entibiado; pero como cada día se siente más la
necesidad de reanudarlo por nuestra misma gloria y por nuestro propio estímulo,
la semilla que se arrojó á la tierra hace cerca de sesenta años, algún día ha
de convertirse en espigas de recompensa. Esa esperanza nos alienta á todos los
que amamos la patria por la patria; y cuando el vergel preparado se cubra de
flores, todos habrán de reconocer que el primero que hendió con su reja la
tierra esterilizada por la inercia de dos siglos fué el ilustre autor de
la Historia de la decadencia de España en 1854.
Juan Pérez de Guzmán y Gallo.
DE
LA DECADENCIA DE ESPAÑA
CUATRO PALABRAS Á LOS LECTORES
Creemos que un libro de esta clase necesita
siempre de ciertas explicaciones, y por eso nos determinamos á escribir estas
líneas. De otra suerte, nos expondríamos á que, sobre las censuras que merezca
verdaderamente, recayesen otras infundadas.
No faltará quien pregunte por qué hemos hecho dos
obras separadas en lugar de una sola, continuación de Mariana y Miñana[14]. Es muy
sencillo. Nosotros opinamos que la continuación[2] de
una obra debe á ella semejarse; que no es continuación de una obra otra
distinta en el método, en el estilo, en el espíritu. No queremos con esto
ofender á nadie: decimos sólo la opinión que nos ha traído á proceder de
diverso modo que otras personas, alguna muy estimable. Porque habiendo de
escribir de otra suerte que Mariana y Miñana, verdadero continuador éste de
aquél, hemos aceptado la dificultad tal como se nos presentaba, y hémosla
resuelto haciendo un libro diferente en el nombre y la forma como en todo lo
demás tenía que serlo.
Otros habrá que extrañen el que no hayamos puesto
más atención en lo moderno que en lo antiguo, en la época de los Borbones[15] que
en la época de los príncipes austriacos. También hemos tenido para esto razones
propias. En primer lugar, hemos querido llenar en algo un vacío que se nota en
nuestra Historia, y es la descripción de nuestra decadencia, no menos notable,
no menos grande ni menos digna de estudio que la romana. Que no lo hemos
conseguido ya lo sabemos; pero puestos á la obra, debíamos hacer de nuestra
parte todo lo posible por conseguirlo. Nuestra decadencia no sólo no está
narrada hasta ahora sino que está ignorada, obscurecida, envuelta en falsedades
y calumnias de extranjeros y nacionales; de aquéllos, como autores; de éstos,
como imitadores ó copistas. Sabau y Blanco hizo no más que recoger noticias de
libros extranjeros sin crítica, sin examen, con notoria precipitación é
injusticia y con manifiestos y continuos errores. Á este han seguido después
los más de los escritores nacionales. Los que mejor explican nuestra decadencia
son dos extranjeros: Ranke y Weiss; pero ni uno ni otro quisieron hacer
historias sino más bien disertaciones, y además, aunque ambos imparcialísimos,
no son, al cabo, españoles, y su crítica no puede siempre ser aceptada. Algo de
esto puede[3] decirse también de nuestro buen amigo
D. Adolfo de Castro, que ha escrito sobre la decadencia de España, sin
pretender hacer una Historia. De todo esto nace el grande amor con que miramos
la primera parte de nuestra tarea y el extendernos más en ella de lo que, al
parecer, exigía la buena proporción del libro. Y al propio tiempo para no ser
tan largos en la época de los Borbones, hemos tenido en cuenta que si la
Historia próxima ó contemporánea es siempre espinosa y casi pudiera decirse
imposible, señálase esto más á medida que se hace más detallada y minuciosa,
porque se tropieza con mayor número de personas y de simpatías ó antipatías
particulares. «Trabajo es—decía Quevedo—escribir de los modernos: todos los
hombres cometen errores; pocos, después de haber incurrido en ellos, los
quieren oir; conviene adularlos ó callar. El discurrir de sus acciones es un querer
enseñar más con el propio ejemplo que con el de los otros.»
Por último, hemos procurado beber siempre en
fuentes originales y españolas; para ello no hemos perdonado medio en el poco
espacio de que hemos podido disponer. Los juicios, buenos ó malos, son nuestros
siempre; los hechos los hemos tomado donde hemos podido hallarlos. No nos hemos
fiado casi nunca de las versiones extranjeras, porque, ante todo, hemos querido
hacer un libro español y para España, que era lo que hacía falta.
INTRODUCCIÓN
Vamos á anudar la historia de nuestra nación
en el punto mismo en que comienza su decadencia. Mariana, que tomó su relación
desde los tiempos más remotos, pudo recoger en sus principios á la Monarquía, y
seguirla por los gloriosos caminos que la trajeron á la grandeza que alcanzó en
el reinado de los Reyes Católicos. No fué menor asunto el de Miñana, que relató
los hechos de Carlos V y los consejos y empresas de Felipe II. Aquí llegó el
astro de España á su apogeo. Nosotros hemos de contar ahora cómo de tanta
grandeza vinimos á humillación tan grande; cómo de tan alto poderío, á tamaña
impotencia, y de sucesos tan prósperos, á tan inauditas desgracias como
lloraron ojos españoles en los días de Carlos II. Tarea ingrata y penosa, donde
el amor patrio contiene[6] ó corta los vuelos de la
fantasía; donde la razón se ofende y la fe se quebranta, y el corazón se
lastima. Con harto placer trocaríamos nuestra tarea por las que llevaron á cabo
Mariana y Miñana; pero quiso Dios que así como es inferior nuestro juicio y
estilo al de aquellos historiadores, así fuesen menores los hombres y los
sucesos que habían de ocupar nuestra pluma.
Al acabar el siglo xvi, sentía la nación
cierto cansancio disculpable en lo grande de las obras que había ejecutado, y
de las empresas que durante el anterior había acometido. Pero era cansancio, no
decadencia aún lo que sentía. Si Dios hubiera concedido á Felipe II sucesores
tan grandes como eran los estados y los empeños de la Monarquía, hubiérase
conservado como estaba, y reparando y mejorando su constitución lentamente con
la facilidad de los tiempos, el desengaño de los sucesos adversos y la enseñanza
de los prósperos, quizá la hubieran alcanzado nuestros ojos dominadora aún, y
grande y temida. Ello es que era ya uno el territorio de la Península después
de tantos siglos de división y desconcierto entre las diversas provincias. El
turco, nuestro mortal enemigo, estaba vencido y humillado. Aún la infantería de
España no había cejado jamás en los campos de batalla. Proseguíanse las
conquistas en África, y en América y Asia se adquirían cada día nuevos dominios
y nuevas minas ó mercancías preciosas con que reparar, á poco que se acertase
en los remedios, la penuria del erario y la pobreza de los pueblos. Todavía en
los consejos del mundo era la primera voz y más sabia la de España. Todavía
nuestros historiadores eran los más doctos y más[7] elegantes,
y nuestros poetas y novelistas, y arquitectos y pintores daban aún asombro á
los presentes, esperando á que llegase el tiempo de infundirlo en los
venideros. Ciertamente, la Monarquía tenía ya dentro de sí los gérmenes de
corrupción que más tarde habían de destruirla, y cierto es también que Felipe
II había cometido no pocas faltas en su reinado. Mas ha de tenerse en cuenta
que aquellos gérmenes de corrupción no habían sido antes sino principios de
vida y engrandecimiento que eran naturales en la Monarquía, y que lo mismo se
advertían en ella cuando comenzaron á reinar los Reyes Católicos que á la
muerte de Felipe II. De tales flaquezas se hallan en todos los imperios del
mundo, y viven y crecen, sin embargo, mientras hay manos hábiles que acudan á
su mantenimiento. Y no ha de olvidarse tampoco que si faltas cometió Felipe II,
faltas quizá mayores cometieron Fernando el Católico y el emperador Carlos V,
sin que se diga por eso que en su tiempo decayese España.
Pero el vulgo no acierta á comprender de qué manera
las mismas causas que produjeron engrandecimiento, pueden producir decadencia;
de qué manera las ideas y las instituciones y los hechos que fueron buenos para
crear, pueden servir también para destruir, trocados los hombres y las
ocasiones. Entonces se fijan los ojos en errores accidentales y faltas más ó
menos grandes, pero comunes y reparables al cabo, para explicar la ruina de las
naciones, como si con aquéllas y con éstas no hubiesen coincidido las antiguas
prosperidades, ó se encontrase gobierno antiguo ó nuevo que no haya caído en
tamaños desvaríos por glorioso y feliz que lo muestre el éxito de sus empresas.
Por eso ha habido quien[8] achaque á Felipe II
nuestra decadencia, cuando más bien reforzó los resortes y acrecentó las
fuentes del poderío de España. No sean parte sus faltas como hombre para
negarle las prendas de Rey, que por desgracia no aparecen reñidas como debieran
estas cosas en el sombrío campo de la historia. Y líbrenos Dios de disculpar
las faltas ni de creerlas menores porque las cometan los reyes, antes las
tendremos siempre por más grandes. Pero hay afectación ó ignorancia en las
modernas escuelas, que, dadas á explicar faltas ó crímenes políticos y á
inquirir las razones filosóficas con que se cometieron, cierran los ojos de
espanto, y otra cosa no ven ni examinan en los de Felipe II que no sea su
ejecución. En verdad que nosotros hemos sentido el llanto en los ojos al leer,
pasados tres siglos, la relación del tormento de Diego de Heredia, el noble
campeón de los fueros aragoneses; mas no hemos probado mayor dureza en el alma
al repasar con la memoria el triste fin de los Girondinos en
Francia; y es que las grandes ideas, haciéndose absolutas y exclusivas dentro
del limitado entendimiento del hombre, traen consigo la intolerancia, la cual
engendra el crimen en todos los tiempos, y es digna siempre de igual dolor y
censura. Tales escritores se hallan, sin embargo, que, ó bien legitiman ó bien
disculpan los cadalsos innumerables levantados en 1793, al paso que no hay
anatema que no fulminen contra las crueldades de la represión religiosa y
política del siglo xvi. Representante fué de ésta y encarnación de sus
ideas y sentimientos Felipe II. Y cierto que si se mira lo que hizo aquel
Monarca, por odioso que parezca á las veces, todavía no puede tomarse por mejor
ni más preferible lo que hicieron los[9] filósofos
revolucionarios del siglo xviii, ni siquiera lo que á los mismos intentos
religiosos y políticos que él, ejecutó en Inglaterra la sanguinaria y
deshonesta Isabel y en Francia el déspota y disoluto Luis XIV. Absurdo parecerá
á algunos; pero no vacilamos en sostener que Felipe II, así por la austeridad
inflexible que empleaba consigo propio á la par que con los demás, como por el
sacrificio continuo del sentimiento á la idea, de la pasión al deber, que se
advierte en toda su vida, tiene más semejanza que con estos príncipes, con el
primer Bruto que condenó á muerte á sus hijos, y con aquel otro famoso que
hirió en César á su padre. Porque en Felipe, como en los héroes romanos, el
pensamiento y la creencia eran todo; nada los sentimientos y pasiones dulces
del alma; y tal era la causa de sus rigores.
No se han contentado, sin embargo, con encarecer su
crueldad sus enemigos, y ha habido aún quien de ineptitud le censure. Niegan el
sol y contradicen la evidencia los que ponen en duda la profunda comprensión y
sagacidad y prudencia del que llamaron los extranjeros demonio del
mediodía. Afortunado en unas empresas, infeliz en otras, como todos los
reyes de la tierra, ambicioso como sus antecesores y como todos los que sienten
en sí poder para adquirir y gozar aún más de lo que tienen y gozan, fanático en
materias religiosas como lo fué su padre y su abuelo y lo fueron sus nietos, no
desconoció, sin embargo, los flacos de la Monarquía, ni despreció su cansancio
cuando llegó á advertirlo, que son las cosas porque más se le censura. Y de
aquel hombre, que sabía cambiar de conducta y modificar sus instintos á medida
de la conveniencia[10] como ningún otro, puede
creerse fundadamente que, á reinar en lugar de Felipe III, no habría acometido
empresas grandes, ni habría suscitado guerras, ni habría hecho más que dar
reposo al Estado y recoger sus esparcidas fuerzas. No sólo la paz de Vervins,
donde cedió sin ser vencido, lo persuade; sino que la cesión que hizo de los
estados de Flandes en favor de su hija, casada con el príncipe Alberto,
erigiéndoles bajo su protección en estados independientes, lo pone en entera
evidencia. Aplicó á la Hacienda, á la Marina, al Ejército toda la atención que
más tarde han puesto en ello las demás naciones, comprendiendo que en esto se
cifra el poder del Estado. Y no fué culpa suya el que su Marina no se
enseñorease de los mares, asegurándonos el comercio del mundo y la explotación
de las minas de América; ni lo fué tanto como se supone el que la Hacienda no
quedase en próspera situación, dado que no la alcanzó mejor en tiempo de sus antecesores.
Aún el fanatismo religioso no le impidió á Felipe cumplir con sus obligaciones
de príncipe, acudiendo en armas á Roma, cuando fué necesario, y manteniendo, si
humilde y respetuoso en las palabras, duro é inflexible en las obras, los
derechos de su potestad. Y ello es que si su hijo y sus nietos hubieran
estudiado en paz y en guerra sus lecciones, jamás Rocroy hubiera sido tumba de
nuestras banderas; jamás los protocolos de Nimega habrían afrentado á nuestra
diplomacia; jamás los embajadores de Luis XIV habrían ido en corte extranjera
delante de los de España.
La providencia dispuso otra cosa, y el cansancio de
la nación se convirtió en lenta y total ruina. Supieron los sucesores de Felipe
II lo que él había hecho en sus[11] tiempos, y no lo
que hubiera hecho en tales ocasiones como ellos se encontraron. No alcanzó su
sagacidad á descifrar las miras políticas del rey prudente, y en lugar de
imitar sus obras y seguir sus pensamientos, como acaso pretendían, dieron al traste
con todos sus pensamientos y con todas sus obras. Entonces, los gérmenes de
destrucción, contenidos ó modificados por Fernando el Católico, por Carlos V y
por Felipe II, comenzaron á desenvolverse libremente en el seno de la
Monarquía, y emponzoñaron sus venas, y secaron su pensamiento, y aniquilaron
sus fuerzas. Y es indudable que si los Reyes Católicos hubieran tenido los
sucesores que tuvo Felipe II, habría durado un siglo menos la prosperidad de
España, y no habría sido jamás lo que llegó á ser en la tierra.
Mas tiempo es de que hablemos de los gérmenes de
corrupción que desde los principios trajese en sí la Monarquía, puesto que su
desenvolvimiento lento y progresivo es precisamente la decadencia que nos toca
relatar. Ya que no pretendamos decirlo todo y explicar una por una las causas
que pudieran influir en los males de España durante aquella aciaga época,
ayudando á quitar de sus brazos la fuerza y el acierto de sus pensamientos y
empresas, trataremos de las principales, de las más poderosas, de las que en sí
pueden comprender y encerrar á las otras.
Los más de nuestros historiadores han hablado de la
exageración del principio religioso en España con escaso juicio. Hija legítima
era de nuestra patria semejante exageración, si ya no es que digamos que fué su
madre. Ni podía ser de otra suerte. Una nación que peleó ochocientos años
contra hombres que profesaban[12] distinta creencia,
que llevaba la cruz en todas sus banderas y miraba á la religión hermanada con
todas sus glorias; cuyo grito de guerra era un grito religioso; cuyos soldados
estaban hechos á ganar indulgencias en las batallas; á obtener absolución de
sus culpas muriendo en el campo; á sentir en su ayuda espadas de santos; cuyos
obispos y sacerdotes eran guerreros; cuyos príncipes y princesas solían ser
monjes, tenía necesariamente que colocar sobre todos los intereses el interés
de la cristiandad, y anteponer la idea mística á toda idea política ó
literaria. Y esa nación misma, acostumbrada á defender su fe con las armas y á
imponer con la fuerza á los vencidos; acostumbrada á mirar en los infieles á su
Dios enemigos eternos, cuya muerte era no sólo lícita, sino loable, y cuya vida
era afrenta suya cuando no pecado, tenía que ser intolerante hasta el extremo
de constituir la Inquisición, y hasta el punto de entrometerse en todas las
guerras religiosas del mundo. Á la verdad, tanto ha podido decirse que los
reyes de España eran esclavos del fanatismo de sus súbditos, como que éstos lo
fuesen de la piedad exagerada de sus monarcas, que es la opinión vulgar. Y
ahora cúlpese cuanto se quiera aquel fanatismo religioso por el cual hubo
España, y sin el cual no la habría; cúlpese el fanatismo que guió á los
guerreros cristianos desde la cueva de Covadonga y el monte Pano hasta las
puertas de la Alhambra; cúlpese á nuestra nación por lo que era, por lo que
debía ser, por lo que el tiempo y los sucesos mandaban que fuese.
Bien sabemos que en pocas naciones se había hablado
y escrito con tanta libertad y dureza sobre los desórdenes de la Iglesia como
en España en el siglo xvi.[13] Famosas son,
entre otras, las obras del arcipreste de Hita, de Juan de Padilla y de
Bartolomé de Torres Naharro, á quienes no empescieron los hábitos sacerdotales
para fulminar tremendos cargos contra los clérigos y contra la misma corte de
Roma. Mas nunca estas censuras llegaron á lo sagrado del dogma y de la
creencia, y en el reinado de los Reyes Católicos y de sus sucesores, bien pudo
decirse que era España la nación donde más sólidos fundamentos tuviesen las
prácticas y las doctrinas de la Iglesia. Ni faltaron quejas y clamores contra
la Inquisición y aun contra las guerras religiosas; pero tales protestas fueron
á perderse en la opinión nacional severa y compacta, que se alimentaba con
recuerdos de victorias y venganzas contra los infieles, y con propósitos y
esperanzas de alcanzarlas nuevas. Harto se dió á conocer esta saña contra los
judíos que, ricos y opulentos, vivían de muchos siglos antes confundidos con
los cristianos, desempeñando importantes empleos en los palacios de los reyes,
y ejercitando el comercio con tanta fortuna, que eran, como en casi todas las
naciones de aquella época, los que poseían las principales riquezas. El odio
contra la nación que había llevado al suplicio al Redentor del mundo, fué
profundo y general en el pueblo desde los principios de la Monarquía, y la
historia de los siglos medios muestra que eran tan perseguidos y maltratados
por el vulgo como los mismos musulmanes. En el fuero de los muzárabes que dió
el conquistador á los de Toledo, tratando de las multas que habían de pagar los
ladrones y homicidas, se exceptúan en ellas los que no hubiesen cometido sino
«furto ó muerte de judío ó moro». Y el fuero de Sepúlveda, uno de los más
humanos,[14] tasa en sólo cien maravedís el
homicidio de judío. Pocos años después las calles de Toledo se ensangrentaron
con la muerte de centenares de aquellos infelices, que el populacho
desenfrenado inmoló sin motivo alguno, y desde entonces hasta su expulsión
apenas pudo la autoridad de los monarcas refrenar los crueles intentos de sus
vasallos contra la raza aborrecida. Ni era en ellos el odio de sólo el vulgo;
pues los grandes de Castilla, puestos en armas en 1460 contra Enrique IV,
propusieron como una de las condiciones para dejarlas el «que echase de su
servicio y estados á los judíos». Otro tanto que en Castilla acontecía en
Aragón y en los demás reinos de España, y los Reyes Católicos, no bien tomada
Granada, acabaron con el poder de los musulmanes, dieron allí mismo un edicto
expulsándolos del reino, cumpliendo evidentemente con el deseo de los grandes y
de los pueblos, pero dando fatal precedente á la expulsión que más tarde se
verificó en los moriscos. No muchos años después de aquel decreto terrible
nació la reforma, y las doctrinas de Lutero y de Calvino, contrarias á las
antiguas prácticas de la Iglesia, no pudieron menos de ser tan aborrecidas y
menospreciadas en España como el islamismo y el judaísmo. Hubo no pocos hombres
de mérito, así eclesiásticos como seculares, que se inficionaron con las
doctrinas de la herejía, tales como el doctor Egidio y el doctor Constantino,
el famoso Agustín de Cazalla y Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, y otros
que han dejado muchas obras esparcidas por países extraños y no poca memoria de
sus desdichas. Pero hombres tan grandes y más nos habían dado los judíos, y no
por eso se excusó su persecución ni pudo decirse que la nación transigiese[15] con ellos. Verdad es que se llegó á temer tanto de
los muy doctos, que solía decirse en España por encarecer á alguno: «está en
peligro de ser luterano». Mas no es menos cierto, sin duda, que el mayor número
de los sabios y doctores, y sobre todo la gente común, apegada como siempre á
las antiguas cosas, siguieron ciegamente la doctrina católica. Cobró entonces
más fuerza que nunca la preocupación antigua de limpieza de sangre,
ó sea la pretensión, general en las familias españolas, de probar que ninguna
de ellas se había mezclado por matrimonio ó de otra manera con gente infiel y
herética. No se tardó en llamar cara de hereje al feo y
desalmado; hereje, al mal intencionado y cruel; hereje,
en fin, á todo el que merecía por cualquier modo aborrecimiento ó menosprecio.
Y las demostraciones particulares correspondían muy bien, en tanto, á aquellas
otras de la opinión común ó nacional. Un doctor llamado Alonso Díaz vino desde
Roma á Ratisbona, donde se hallaba cierto hermano suyo, celosísimo partidario
de Lutero, pretendiendo apartarle de la predicación de tales doctrinas, y no
pudiendo conseguirlo de otra suerte, le mató con sus manos. Y más adelante hubo
un caballero en Valladolid que obtuvo por merced del Santo Oficio que le
dejasen cortar la leña y prender fuego en la hoguera donde habían de arder dos
hijas suyas, doncellas ambas y hermosas, condenadas por heréticas. Tales
sucesos traen al ánimo la exacta idea de lo que se pensaba en España de los
reformadores.
Y al llegar á este punto conviene que hagamos
resaltar cierta circunstancia tan notable como poco observada; y es que la
ciencia española de aquella época, lejos de defender la libertad del
entendimiento y de protestar[16] contra la
intolerancia y la exageración del principio religioso, las ayudó en su obra. Es
la filosofía madre y generadora de toda la ciencia, y á cultivarla con mucha
aplicación y esmero se consagraron los españoles desde muy temprano.
Pedro, el español, fué el asombro de Italia á mediados del
siglo xiii, y mereció ser cantado del Dante. Raimundo Lull ó Lullio llenó
con su nombre los primeros años del siglo xiv, y dejó escritas una
multitud de obras de todo género, que fueron y son todavía estimadísimas de los
sabios. Matemático profundo, propendía al empirismo y á la observación y
experiencia, dejando sometido á reglas casi geométricas y mecánicas el arte de
pensar; y si las ciencias siguieran el camino que él las trazó en sus obras,
fueran harto mayores y más rápidos sus primeros pasos. Pero su doctrina se
perdió en el caos de doctrinas dogmáticas que ocupaban las escasas escuelas de
entonces. Juan Luis Vives vino después de Lullio á sostener ya la necesidad del
método empírico, y uno y otro antes que el inglés Bacon conocieron
la imperfección de la filosofía escolástica, y trataron de remediarla mejorando
los estudios. Mas no era tiempo aún de lograr semejante fruto. En vano Vives,
en el tratado De corruptione artium et scientiarum y en
el De tradendis disciplinis esforzó sus argumentos para
convencer á los sabios de su tiempo de los errores de la dialéctica. En vano
quiso sustituir á ella su método de pensar, vicioso al cabo, pero más á
propósito para ir desenvolviendo las ciencias y la razón en su cuna. No alcanzó
otra cosa sino la gloria, mucho tiempo desconocida, de haber mostrado antes que
algún otro á la Europa el camino que vino á seguirse en adelante. Por lo
pronto, el escolasticismo y aristotelis[17]mo continuaron
reinando en las escuelas, y, sobre todo, en las de España produjeron copiosos
frutos. Durante el siglo xvi florecieron entre estos escolásticos
Francisco Vitoria, catedrático de Salamanca, que escribió un tratado sobre la
potestad eclesiástica y otro sobre la potestad civil, de donde Grocio tomó no
pocas de sus doctrinas; Domingo Yáñez, catedrático también de aquella
Universidad sapientísima, y el famoso Domingo de Soto, autor del tratado De
justitia et jure, aún hoy tenido en mucho por los jurisconsultos, y de
otros varios libros sobremanera apreciados por sus contemporáneos dentro y
fuera del reino. De los aristotélicos fué el más grande Juan Ginés de
Sepúlveda, traductor y anotador de las obras del maestro, hombre de inflexible
lógica y de vasta erudición y doctrina. Negar el talento y la ciencia en tales
escritores sería injusticia ó locura, y la historia de la civilización humana
habrá de reparar al cabo el olvido en que les tiene, señalándoles alto puesto á
todos ellos. Pero la índole particular de una y otra filosofía produjo las
extrañas resultas que arriba indicamos.
Perdidos los escolásticos en el laberinto sin
salida de su dialéctica, y aplicándola á asuntos de suyo tan sutiles como los
teológicos, llegaron á formar una logomaquia perpetua en las
escuelas, impidiendo que dedicasen sus esfuerzos al estudio de las grandes
verdades morales y políticas. Achaque fué éste, que sintieron todas las
escuelas del mundo por aquel tiempo; pero como en ninguna de ellas hallase el
escolasticismo tanto cultivo y entusiasmo como en España, ni en otra alguna
parte se viese tan protegido y apoyado por el clero, aconteció que aquí
primero, allá después, se fueran di[18]sipando sus
tinieblas, y entre nosotros se hiciesen cada vez más densas é impenetrables. No
era más favorable la filosofía griega que lo fuera de por sí el escolasticismo
al principio de libertad y á la generación de las ideas modernas. Formóse una
amalgama extraña de la Providencia cristiana con el fatalismo griego, de la
moral de Jesús con la de Epicteto y los demás estoicos, de las verdades del
Calvario con las del Pórtico y la Academia. Entonces, á impulso de las mismas
ideas que precedieron y protegieron acaso las tiranías de Filipo y de Tiberio y
la esclavitud romana y griega, se fueron desenvolviendo en lo íntimo del
catolicismo español, que de tan puro y severo se preciaba, principios
esencialmente paganos é hijos de la civilización idólatra. Halláronse en
solemne contradicción y lucha la idea cristiana en su pureza y la idea pagana
en su más franca y terminante expresión, cuando disputaron en Valladolid sobre
el tratamiento que había de darse á los indios conquistados, el doctor
Sepúlveda de una parte, y de otra el virtuoso obispo de Chiapa, fray Bartolomé
de las Casas. Aprobó el primero cuantas crueldades se cometían con aquellos
desdichados «por la rudeza de sus ingenios, decía, que son de su natura gente
servil y bárbara y por ende obligada á servir á los de ingenio más elegante,
como son los españoles.» Doctrina enteramente aristotélica y sacada palabra por
palabra del libro III de la Política. Contestóle el padre Las Casas
con la sencilla doctrina de los cristianos de que Dios hizo hermanos á todos
los hombres; ¡idea de fecundidad inmensa, conquista la más alta que hayan hecho
las ciencias morales en el mundo! Pero fué en vano; la Filosofía tenía de su
parte el interés particular y el egoís[19]mo, y la
Iglesia, encerrada en el Estado y confundida con él en deseos y conveniencias,
no hizo lo que pudiera por sacar triunfante la doctrina purísima de Las Casas.
Así, Sepúlveda y su filosofía pagana triunfaron, y los indios continuaron
siendo tan maltratados como al principio por los conquistadores. Viéronse al
propio tiempo predicadores y dogmatizantes invocando los principios estoicos de
Epicteto y proponiendo sus lecciones por modelo á los cristianos. La idea de la
servidumbre, tan opuesta al cristianismo, se fortificó así entre nosotros, y
con ella, como hermana y compañera, tuvo entrada en todos los ánimos la
justificación de la tiranía, cobrando más fuerza el instinto de opresión al
flaco y al vencido. Y lejos de recibir la nación de la filosofía doctrinas de
progreso y sentimientos de humanidad, no recogió otra cosa que la resignación
de los estoicos, cierto espíritu de pequeñez, de nimiedad, de sofistería,
producto de la lógica ergotizante, y mayor suma de intolerancia, si cabe, que
la que daba de sí el catolicismo. Así fué también como llegaron tiempos en que
Nicolás Antonio pudo contar en España hasta doscientos catorce autores que
tratasen filosóficamente de la Summa de Santo Tomás, y ciento
cincuenta que hubiesen hecho libros de enseñanza ó de texto para las escuelas,
encerrando en ellos las más altas materias de la filosofía, sin que entre
tantos se encontrara uno solo que haya influído después en las ciencias, ni que
lograse entonces contener la decadencia que á tan tristes extremos iba
llegando.
Sólo la exageración del principio religioso y esta
filosofía ergotizante tan bien anudada con ella, trajeron males capaces de
trastornar cualquier grandeza de mo[20]narquía: primero,
la emigración de muchos miles de moros y judíos y luteranos, expulsos ó
perseguidos del Santo Oficio; luego, la ruina, el envilecimiento y la
destrucción de tantas familias como vinieron á los autos de fe;
además la parálisis de las ciencias y su muerte lenta, pero completa, mientras
por todas las naciones de Europa, al calor de las disputas y de la libertad de
pensamiento y de controversia, nacían ideas fecundas, asomaban descubrimientos
útiles y desarrollábase lozana y gloriosamente el progreso humano; por último,
que fué lo más fatal, la transformación del carácter en la nación. Era España
joven, vigorosa, libre en el pensamiento, y en el obrar, franca, entusiasta,
alegre, aunque grave, dada á seguir los vuelos de la fantasía y á obedecer á
las inspiraciones de la voluntad, aunque piadosa y prudente. Vino sobre ella
una vejez temprana, contemplativa y descontentadiza; vino una timidez penosa en
el pensamiento y en las determinaciones; vino un íntimo recelo de todas las
cosas, que inclinaba á las personas á desconfiar hasta de sí propias; vino la
indiferencia terrenal de quien no funda ilusiones sino sobre los bienes del
otro mundo; vino cierta melancolía antipática á las otras naciones, y enemiga
de adelantos; vino cierto espíritu de obediencia pasiva y de resignación
fatalista á cuanto parecía disposición del cielo que encadenó aquella voluntad
poderosa, que antes todo estorbo lo hallaba leve y toda resistencia
desproporcionada á sus fuerzas. Quedaron relegadas á lo más hondo de los pechos
para ser transmitidas secretamente de padres á hijos aquellas antiguas y nobles
cualidades del carácter de España; en las obras, en las palabras fueron
desapareciendo primero en el mayor número, luego[21] en
el menor, por último en el limitado guarismo de almas excepcionales y
privilegiadas que Dios suele conceder á las naciones, hasta borrarse del todo.
Fué muy bien secundada la represión religiosa por la represión política, y así
pudo decirse que apenas quedaba un español á la muerte de Carlos II.
Ni en el reinado de los Reyes Católicos ni en los
del Emperador y de Felipe II se sintió, sin embargo, tal decadencia de
carácter. Y aunque á la verdad, las persecuciones del Santo Oficio pesaron
sobre casi todos los hombres ilustres, perseguidos ó no, hubo, de todas
suertes, en tiempo de este último príncipe, médicos y matemáticos que
levantasen las ciencias; escritores satíricos que criticasen, hasta con
licencia, las costumbres del Clero y de los poderosos; jurisconsultos que
profesasen ideas muy libres y muy altas; canonistas que defendiesen con
enérgica franqueza los derechos del Estado; pensadores, en fin, que fuera de
España eran oídos con asombro en las cátedras de la orgullosa Sorbona y en las
Universidades de Italia y Alemania. Andrés Laguna, Hurtado de Mendoza, Arias
Montano, Melchor Cano, Garcilaso, fray Luis de León y Herrera, escribieron en
aquella era, y es harto conocido tal siglo por el siglo de oro de nuestras
letras, para que no pareciera ocioso el citar otros nombres. Pero la Inquisición
siguió adelante, y poco á poco fué enroscándose, á manera de serpiente, en
torno del pensamiento español, hasta que, debajo del imperio de los sucesores
de Felipe II, estrechó su anillo tanto que lo ahogó en él y le dió muerte. Y
cada vez fué creciendo el empeño en mantener guerras religiosas, y las medidas
de intolerancia y de persecución fueron en aumento[22] de
tal modo, que pudieran causar, por sí solas, la total ruina.
Los monarcas estuvieron ciegos, sobre este punto,
como los pueblos: ni los unos ni los otros conocieron el precipicio adonde
aquel funesto tribunal podía conducir á la Monarquía. Los Reyes Católicos
habían dejado que ardiesen los tesoros de la ciencia árabe que se hallaron en
la Alhambra; habían expulsado á los judíos, que tan buenos servicios prestaran
á la nación, sobre todo en la guerra de Granada; habían permitido los bautismos
forzosos de Cisneros, las hogueras de Lucero y el enjuiciamiento del buen arzobispo
Hernando de Talavera, confesor de la Reina misma. Carlos V autorizó las mayores
persecuciones contra sus continuos y amigos, tildados por el Santo Oficio.
Felipe II dejó luego que se persiguiese á fray Luis de León y al grande
arzobispo de Toledo fray Bartolomé Carranza, y que se atreviese la Inquisición
hasta á la vida particular de los grandes y de los príncipes; dejó también que
alimentasen las santas hogueras millares de sus vasallos, y dijo, tratándose de
los de Flandes, aquella frase famosa: «Más quiero no tenerlos, que tenerlos
herejes». Tiempos habían de venir forzosamente en que ni el Rey mismo estuviese
seguro, como lo probó Carlos II en su persona y en que un millón de pobladores
inteligentes y laboriosos, la flor de nuestras provincias meridionales y
occidentales, tuviesen que abandonar nuestro suelo, llevándose consigo los
restos de nuestra riqueza agrícola, industrial y comercial, y abriendo en el
corazón de la Monarquía tan honda llaga, que apenas han podido cauterizarla dos
siglos.
No menos funesto que el fanatismo religioso fué,[23] para la Monarquía española, el provincialismo, que
es la falta de unidad civil y de unidad política. La separación y discordancia
de las diversas provincias de España, se advierte en la Historia desde los
primeros tiempos. Quizá la tierra misma se prestó á ello, dando á cada
localidad opuesto clima y distintas producciones y poniendo entre ellas límites
y fronteras naturales; quizá ayudó eficazmente al establecimiento de colonias
de diversas naciones. La dominación romana impuso algo de unidad en la
Península, pero la invasión de las diversas naciones septentrionales, que
ocuparon diversas provincias, volvió á separar las partes mal unidas y á dar á
cada provincia distintas tradiciones y leyes. No bien establecida la unidad por
los godos en el reinado de Sisebuto, se perdió en D. Rodrigo la Monarquía, y
los moros, que ocuparon la mayor parte, no tardaron en repartirse en muy
distintas soberanías, al propio tiempo que los cristianos, que huyendo de las desdichas
del Guadalete se refugiaron en las montañas, tomaban allí distintos jefes,
lejos los unos de los otros, sin poder comunicarse ni entenderse en la empresa
común. Y muchas dinastías y muchas leyes y muchas historias se formaron antes
que el valor y la fortuna pusiesen todos aquellos estados en manos de los Reyes
Católicos, menos la parte de Portugal, constituyéndose la Monarquía española.
Pero, al entrar en ella, cada pueblo se conservó
como era: con sus mismos usos, con su propio carácter, con sus leyes, con sus
tradiciones diferentes y contrarias. Ni siquiera era igual la condición de
todos los Estados: los había de condición más y menos noble, más y menos
privilegiados; éstos, libres, y aquéllos,[24] casi
esclavos; como que la unión había ido ejecutándose por muy diversos motivos,
viniendo unos pueblos voluntariamente, como pretenden los vascongados, y otros
por medio de matrimonios, como Castilla y León de una parte, y, de otra, Aragón
y Cataluña; tales como Valencia y Granada, que estaban pobladas de moros
todavía, por fuerza de armas; tales, mitad por derecho, mitad por fuerza, como
Navarra. Y no era esto sólo sino que, dentro de una misma provincia, cada
población tenía un fuero y cada clase una ley. España presentaba, de esta
suerte, un caos de derechos y de obligaciones, de costumbres, de privilegios y
de exenciones, más fácil de concebir, que de analizar y poner en orden. Era imposible
saber con cuántos hombres y con cuánto dinero pudiese contar la Monarquía;
imposible enumerar sus fuerzas ni sus flaquezas; ni siquiera, en algunas
ocasiones, dónde estaban sus verdaderas ventajas ni sus peligros y pérdidas.
Para colmo de confusión, tuvo esta Monarquía, desde sus principios y antes de
fundarse, muchas posesiones y colonias extranjeras. Trajo consigo el reino de
Aragón á Sicilia y Cerdeña; descubriéronse los dilatados imperios del Nuevo
Mundo; Gonzalo de Córdoba puso á Nápoles debajo de nuestras banderas; el
casamiento de Felipe el Hermoso con Doña Juana la Loca, nos dió los Países
Bajos; al cardenal Cisneros debimos algunas posesiones en África, y Carlos V
redujo á su obediencia el Milanesado. Al contemplar en los mapas tantos y tan
diversos países, se asombra el ánimo y no hay más que exclamaciones líricas en
los labios para celebrar la grandeza de España; pero, á poco que la razón cobra
su imperio, se trueca en pena el primer contento.[25] La
situación de la verdadera Monarquía, de lo que era la verdadera nación,
repartida en tantos intereses y en tantos pensamientos, no podía ser más
peligrosa. Y la inmensa balumba de posesiones y territorios que pesaban sobre
aquella desconcertada máquina, debía hacer temer desde el principio que, no acudiendo
muy eficazmente al remedio, viniesen las catástrofes que acontecieron al cabo.
Á la verdad, la falta de unidad en las diversas
partes de la Península, que era lo primero que debía mirarse, parecía cosa de
muy difícil remedio y muy lento. No podían alterarse en un año aquellas
costumbres tan antiguas y tan diversas, aquellas leyes tan respetadas y tan
contrarias. Pero era preciso emprender la obra con resolución y constancia si
había de llegarse alguna vez á buen término.
Dos caminos se ofrecían. Era el uno igualar á todas
las provincias en derechos políticos, transportar lo bueno y ventajoso de estas
á las otras, y quitar de todas ellas los gravámenes inútiles y las cosas
dañosas al común. De este modo hubieran podido formarse más tarde unas Cortes
generales en España, en las cuales los brazos de Aragón y Castilla, Navarra y
Andalucía y Cataluña hubieran entrado con igualdad de derechos y de influencia;
y no hay duda de que aquel gran Congreso, representando la libertad general del
país, habría acabado por establecer naturalmente y sin esfuerzo la unidad
apetecida. Ninguna provincia perdía nada con que las demás se igualasen á ella
en libertad; ninguna habría podido fundar agravios en que lo mejor y lo
substancial de sus instituciones se comunicase á las otras. Harto más difícil
habría sido el reunir en un[26] solo Congreso á los
brazos de todas las provincias y el ir suprimiendo las malas instituciones y
remediando los errores añejos. Pero la fuerza del bien general y de la libertad
de todos, tenía que ser, por fuerza, tan grande, que poco á poco habría
desaparecido toda resistencia injusta y no fundada en razón ó conveniencia. La
libertad de todos, representada en estas Cortes generales de la Monarquía,
habría uniformado los nombres que tanta influencia suelen tener en las cosas;
habría creado un lenguaje político común, y antes de mucho la legislación civil
y criminal y los intereses y las aspiraciones de todos hubieran venido
juntándose y fundiéndose y creándose una nación sola de tantas naciones
diferentes. Teníamos, para favorecer esta empresa, la unidad religiosa que nos
costaba tanto, y no habría sido difícil contar con el apoyo de la nobleza más
ilustrada, de una parte, y, de otra menos disconforme en su composición y más
semejante aquí y allá en derechos y en intereses, que no las municipalidades y
los pueblos. Así también el régimen representativo, por el cual hemos trabajado
tanto después y con tan poca fortuna, se habría encontrado por sí mismo
constituído en España.
Á ninguna nación le hubiera sido más fácil que á la
nuestra su ejercicio en aquella sazón, y acaso la Inglaterra misma, con
su Carta magna, hubiera tenido que imitar algo en nosotros, en
lugar de tanto como nosotros imitamos en ella. Había aquí ya costumbres
públicas, pueblos enseñados á entender en sus intereses y grandes que no sabían
ceder al trono en sus empeños; había leyes como aquella segunda del Libro
de las leyes, que decía: «Doncas faciendo derecho el Rey[27] debe
haber nomne de Rey; et faciendo torto, pierde nomne de Rey. Onde los antigos
dicen tal proverbio: Rey seras si fecieres derecho é si non fecieres derecho,
non seras Rey»; y aquella otra del octavo Concilio Toledano: «é si alguno
dellos for cruel contra sus poblos, por braveza ó por cobdicia ó por avaricia,
sea escomungado»; había fueros como el de Sobrarbe, donde se establecía «que
Rey ninguno no oviese poder nunquas de facer cort sin conseyllo de los ricos
hombres naturales del Reyno, et ni con otro Rey ó Reina guerra et paz ni tregoa»;
había antecedentes de resistencia, como aquellos de Epila y Olmedo. Y porque
tales leyes y tal principio de resistencia no engendrasen, por salvar la
libertad, la anarquía, teníamos un grande y general amor á la institución del
trono, nunca puesta en duda, nunca y en ninguna parte combatida hasta entonces,
y teníamos leyes que, así como las que arriba citamos, amonestaban á los malos
reyes ordenasen al pueblo completa y total obediencia á los buenos. Ahí están
las Partidas, declarando que los reyes que no fuesen tiranos y no
«tornasen el Sennorío que era derecho en torticero», son «vicarios de Dios cada
uno en su regno puestos sobre las gentes para mantenerlas en justicia.»
Sentados estaban los cimientos del régimen representativo, sin que se echase
alguno de menos: la libertad y el orden, la resistencia y la obediencia,
antítesis de difícil resolución en una sola tesis general y fecunda, pero
indispensable para que tal régimen subsista.
Bien conocemos que era mucho pedir en los reyes de
entonces el que acometiesen con sinceridad y energía tal empresa. Pero si los
reyes no querían procurar la[28] unidad de la
Monarquía á costa de extender las libertades y de cercenar su poderío, todavía
contaban con otros medios para traer á punto la unidad deseada.
Fuera de las sendas de la libertad había otro
camino por donde llegar á ella, harto contrario, aunque no de más fácil logro;
y era nivelar todos los derechos, no á medida del más alto, sino á medida del
más bajo; era quitarles á todos la libertad política y las exenciones civiles,
y dejarlos por igual sujetos á la voluntad del soberano. Así fué como la
Francia llegó al punto de unidad que siglos hace alcanza. Necesitábase para
ello emplear dentro del reino las fuerzas que se emplearon fuera, y dedicar al
logro de tan grande empresa toda la atención política y todo el poder de la
corona. No había que transigir con uno solo de los privilegios, porque con eso
desaparecía la autoridad y la fuerza de la nivelación, al propio tiempo que se
interrumpía la unidad misma. Un día y otro, un año y otro empleados en esta
tarea, y la ayuda de la Inquisición y las sangrías que ocasionaban á las
provincias las Américas y las guerras extranjeras, habrían acabado por hacer
posible semejante empresa, que con ser mala en sus fines y en sus principios,
que con ser injusta, habría proporcionado algún beneficio á la Monarquía,
trayéndole la unidad: mas con lo que se hizo, ni se ganó la unidad ni se
excusaron tamaños males.
Hubo represión, hubo tiranía, hubo atentados contra
la libertad antigua de los ciudadanos y de los pueblos, mas no se logró por eso
la unidad. Hallaron los monarcas que, lo mismo en Aragón que en Castilla,
cabezas de la Monarquía, los grandes y los plebeyos estaban divididos desde muy
antiguo en enemistades y emulacio[29]nes. Miraban de
reojo los grandes la libertad que alcanzaban las ciudades, y los ciudadanos
llevaban muy á mal las exenciones y el poder de la nobleza, mayores en Aragón
que en Castilla, pero en ambas partes muy grandes. Comenzaron los monarcas á
excitar y aumentar aquella rivalidad, fundada en los diversos intereses de las
dos clases. Primero se concedieron fueros y cartas pueblas, no con otro ánimo
que con el de libertar á los pueblos de la tiranía de los grandes; después se
fué aumentando el poder del brazo popular en las Cortes, hasta el punto de
equilibrarse con su poder el poder del brazo noble. Acostumbráronse por tal
manera los pueblos á hallar protección en el trono y á considerar como
adversarios á los grandes y ricos-hombres; y éstos, despreciando la enemistad
de los pueblos, redoblaron sus abusos y acrecentaron su soberbia. Declaráronse
los pueblos por uno de los bandos, y los grandes por otro en las discordias que
hubo en Castilla durante el siglo xv: los primeros se inclinaron á Doña
Juana la Beltraneja, y los segundos, á los Reyes Católicos;
aquéllos tomaron la parte de Felipe el Hermoso contra su
suegro D. Fernando, y estotros sostuvieron á Don Fernando á todo trance. La
muerte impensada de Felipe dió al fin la victoria al suegro, y algunos grandes
de los más soberbios é independientes, de los que por sus padres y por sí
propios habían hecho temblar al trono en tantas ocasiones, hubieron de emigrar
á Flandes, y desde allí asistieron despechados al júbilo de sus contrarios,
que, como todos los que vencen, no sabían disfrutar de la victoria sin abusar
de ella. Vino Carlos de Austria á reinar, y aunque los grandes vinieron con él
y se agruparon en torno suyo, no lograron reparar sus[30] pérdidas,
ni pudieron considerar la vuelta como victoria, porque el poder que nace de la
fuerza y de la ocasión sin fundamento racional muy evidente, si una vez se
pierde, no se recobra jamás: así ha de decirse que entonces cayó la nobleza
castellana. Pero no tardaron en llegar los días de Villalar, y, peleando con
todo su poder contra los pueblos, tomó de su afrenta desdichada venganza. En
vano el noble Hurtado de Mendoza formuló la unión indispensable de nobles y
plebeyos en aquella sentencia enérgica que conservan sus manuscritos: «El
clamor de la injuria del pueblo despierta é incita á la venganza el ánimo de
los nobles.» Ya era tarde, y el poder real, apoyado por los grandes, acabó en
Castilla con las franquicias populares, lo mismo que á aquéllos los habían
humillado antes con el favor del pueblo.
Buen pago dió la corona á los grandes por tamaño
servicio. Caliente estaba aún la sangre de Villalar cuando en 1539 los echó
Carlos V de las Cortes de Toledo, porque se negaban á contribuir con pechos y
tributos á los gastos del Estado, alegando la exención de que disfrutaban,
resto injusto de la libertad antigua, y el pueblo más que nunca debió tomar
aquella humillación á propio desagravio.
Una cosa harto distinta había sucedido en
Inglaterra. El rey Enrique I tuvo ya que modificar muchas leyes de Guillermo el
Conquistador, hostigado por los nobles y los plebeyos coaligados. Fuése
perfeccionando sin sentir tal alianza durante los reinados de Enrique II y
Ricardo corazón de león, por manera que cuando Juan sin
tierra abusó de las prerrogativas reales, pudo formarse contra él
aquella confederación general que le[31] obligó á
firmar en Runymede la Carta de bosques y la Carta
magna, principios y aún hoy día fundamentos de la Constitución inglesa.
Como en Castilla no se pudo llegar á tal concierto,
se perdieron las libertades. Mirándose aquí absolutos, puesto que no quedaba
más que una vana apariencia de libertad en las Cortes, los monarcas quisieron
serlo en todo y en todas partes; pero no supieron llevarlo á cabo. Cayeron los
privilegios del reino de Valencia casi al mismo tiempo que los de Castilla,
vencidas las facciones y bandos que allí se levantaron con nombre de germanías.
Y aunque las de Aragón, mal vistas y amenazadas ya por Isabel la Católica,
subsistieron más tiempo, vinieron á morir, en fin, á manos de Felipe II,
legítimo sucesor y continuador de la política de aquella Reina, notándose en su
perdición las mismas causas que se vieron en Castilla, y, principalmente, el
propio desconcierto y división que allí hubo entre los grandes y los pueblos.
Fomentó muy especialmente la antigua discordia Felipe II antes de dar el golpe
que meditaba á los fueros aragoneses. Pretendían todavía los señores la absoluta,
que así se llamaba el derecho de bien, y maltratar á los
vasallos, y ejercitábanlo de hecho con harta dureza. Insurreccionáronse por
este motivo contra el duque de Villahermosa sus vasallos los ribagorzanos, y el
Rey les hizo dar todo género de ayuda, excitando más que aplacando los excesos
que de una y otra parte se cometían. Lo propio aconteció con otros, y hasta
llegó á proteger el Rey á algunos vasallos que, cansados de la tiranía del
señor, se alzaron en armas y le dieron muerte. Así se vió que, cuando llegada
la ocasión acudieron los grandes á las armas, apenas encon[32]traron
gente que viniese á servir debajo de sus banderas, y los que vinieron
depositaban muy poca confianza en ellos. Las Universidades ó Municipios que
regían las principales ciudades y villas grandes á manera de señorío, tuvieron
más fe en las seguridades que daba el Rey que no en los reparos de la nobleza,
que con harta razón no creía en ellas. Sólo Zaragoza se puso en armas, y ella
sola y los nobles llevaron el castigo. Contra éstos no escasearon los
suplicios, claros y manifiestos unos, encubiertos otros, é ignorados hasta
nuestros días, en que se han abierto de repente los archivos que guardaban
aquellos dolorosos misterios.
No tuvieron mejor suerte que los aragoneses, ni en
verdad la merecían, los moriscos ó cristianos nuevos que poblaban algunas
provincias. No disfrutaban éstos de derechos políticos; pero los disfrutaban
civiles de mucha cuenta y exenciones que, en lugar de atraerles afrenta, les
proporcionaron mayor holgura y riqueza; como que á causa de ellos no
entendieron ni en las guerras, ni en la colonización inmensa que por entonces
empobrecieron y despoblaron las provincias del reino. Es indudable que aquella
gente de raza enemiga, de poco firmes creencias, distinta de nosotros en usos y
leyes, ofrecía muchos peligros, repartida como estaba en las costas
meridionales y occidentales del reino, donde tras de no servir para defensa,
brindaba con un apoyo probable, cuando no cierto, á nuestros adversarios. Así
que el alejarlos de los puertos y lugares de desembarco, reemplazándolos en
ellos por una población enérgica y numerosa de cristianos viejos, habría sido
determinación prudente y que debió tomarse desde los principios. Mas era
preciso al propio tiempo con toleran[33]cia en las cosas
pequeñas y domésticas y con rigor inflexible en las grandes y que tocasen á la
seguridad del Estado, ir dando tiempo á que nuestras costumbres fuesen las
suyas y suyo de corazón nuestro culto, como ya lo era el habla. Así había
acontecido sin afán y estrépito en otras provincias del reino que habían
ocupado también los moros, y donde ya en el siglo xvi apenas podía
hallarse rastro de ellos. No se hizo esto; antes con prohibiciones impertinentes
y odiosos mandatos contra sus costumbres y usos domésticos, se provocó aquella
rebelión de los Alpujarras que tanta sangre costó y tantas pérdidas, dejando en
el corazón de los vencidos la saña que á tales extremos obligó en adelante. Y
al propio tiempo que así se obraba en Castilla, en Aragón y en contra de los
moriscos, dejábanse intactos los fueros de Cataluña, Portugal, Navarra y las
Provincias Vascongadas, no menos contrarios y enemigos de la unidad nacional
que los que con tanto empeño se habían suprimido. No había allí, ciertamente,
las mismas causas que en Aragón y Castilla para que la libertad se perdiese.
Vióse siempre en las Provincias Vascongadas la gente noble de la parte misma
que la plebeya; porque ni tuvo aquélla privilegios odiosos, ni ésta pudo
acopiar agravios, por consiguiente; y en Cataluña y Navarra, donde había
también harta desigualdad de condiciones, mostráronse todos unidos, grandes y
pequeños, para la defensa de los fueros. Pero ya que la obra estaba comenzada,
ya que en otras partes no los había, era flaqueza ó error grave el dejarlos
allí imperar y echando cada día más profundas raíces, porque eso mataba la
unidad pretendida y dejaba la llaga del provincialismo ó fuerismo,[34] tanto más exclusiva y privilegiada, cuanto más
profunda y peligrosa en el corazón de la Monarquía. Sobre todo, fué notable lo
de Portugal. Esta provincia, que por ser tan importante y por tener menos
vínculos con la Monarquía que ninguna otra, á causa de su larga separación y de
su unión tan inmediata, exigía más robustez que ninguna en la administración y
más fuerza en la autoridad, conservó después de la conquista todas sus
franquicias, aun aquéllas que claramente favorecían su emancipación, como se
vió por desdicha más tarde. Y desde luego se advirtió, tanto en Portugal como
en Cataluña, Navarra y las Provincias Vascongadas, que fueron las provincias
donde se toleraron las antiguas franquicias, una cosa, para ellas de provecho y
honra, fatal para la unidad del Estado, que fué que al calor de la libertad se
conservó más entero y más firme el carácter individual que en las demás partes
de España. No tuvo medios para hacerse tan eficaz la represión religiosa, ni
dejaron nunca los ciudadanos de pensar y de discurrir para atender á los
intereses públicos, que en mucha parte les estaban confiados; y así se hallaron
todavía fuertes y enérgicos cuando los castellanos y aragoneses habían caído ya
de su antigua firmeza. Error de aquellos tiempos que también tuvo influjo en
las revueltas posteriores. Todavía en Cataluña, Navarra y las Provincias
Vascongadas se nota cierta superioridad de carácter sobre el resto de España,
producto de la desigualdad de condiciones que entonces alcanzaron.
Comparando cosas tan contrarias y tan diversos
modos de conducta, llégase á dudar si el pensamiento de la unidad nacional tuvo
cabida en el ánimo de los grandes reyes del siglo de oro de nuestra política.
Diríase que[35] obraron al azar y á medida del
capricho momentáneo ó de las necesidades del día. Pero lo más probable es que
cuando el pensamiento de la unidad estuviese en todos ellos, y principalmente
en Felipe II, distraídos con las empresas lejanas y las guerras extranjeras, no
acertaron á obrar con el concierto y la constancia que tamaño intento requería.
Fué que se dieron treguas á Cataluña y Portugal y las demás provincias para que
conservasen sus fueros, mientras venía la ocasión oportuna de igualarlas con
Aragón y Castilla. Y en esto precisamente hallamos nueva falta, porque no había
ningún interés que debiera preferirse al de la unidad, ninguna cosa que debiera
hacerse antes á costa de dejarla á ella para después.
No era menos dificultoso, ni fué cosa en que se
cometieron menos errores, el conservar las inmensas posesiones que tenía España
fuera de la Península, principalmente en Europa. Natural era que se quisiera
conservar el gran dominio adquirido, porque eso aconsejaban la razón política y
el sentido común, enemigos ambos de las exageraciones filantrópicas de nuestra
Edad. Mas por lo mismo, para conservar tan gran dominio era preciso saber
preferir unos territorios á otros, unos esenciales, otros accidentales: éstos,
que redondeaban y afirmaban la Monarquía; aquéllos, en que sólo podía hallar
efímera gloria. Aún convenía abandonar Estados que hubiesen de perjudicar á la
conservación de otros mayores, y dejar las empresas inútiles por las ciertas y
de seguro éxito. No desconocieron tales principios de buena política ni
Fernando V, ni Carlos V ni Felipe II; pero no supieron ponerlos en práctica con
oportuna constancia.
Fernando V se propuso y alcanzó, en compañía de su
esposa la magnánima Isabel, la grande obra de arrojar de España á los
mahometanos, y más tarde se apoderó, no bien halló pretexto para ello, del
reino de Navarra, que era una parte esencial y necesaria de la Monarquía
española. También se hizo restituir los condados de Rosellón y Cerdaña, que de
tiempo antes estaban empeñados en poder de la Francia, y que eran
esencialísimos para resguardar la Península por aquella parte y para tener en
respeto á nuestros turbulentos vecinos, poseyendo tal puerta por donde invadir
á mansalva su territorio. Pero apartó de su cauce la política española,
empleando en Nápoles y en las guerras de Italia las sumas y soldados con que
debió pesar en África. Cabalmente alcanzó tiempos en que pudo hacerlo con
ventaja, porque caídos los benimerines en el Mogreb-el-acsa ó imperio de
Marruecos, hubo allá una horrible división y anarquía, que duró ochenta años,
hasta la derrota de los beni-wataces y la exaltación al trono de los sanguinarios
xerifes. Aprovecháronse de ella los portugueses; hicieron grandísimas
conquistas con ayuda de los mismos naturales, que á la sazón se alistaban sin
empacho debajo de las banderas cristianas; pero no supieron conservar lo
adquirido. Y Fernando el Católico, que tantos recursos tenía en sus reinos,
echados los moros de Granada, para hacerlas mayores y conservarlas eternamente,
descuidó de esta manera el constituir de nuevo la España romana y goda, que
pasando el estrecho tenía puestas sus fronteras en el Atlas, límite que la
Naturaleza al propio tiempo que la Historia, nos tienen señalado. Grande error
fué, que no disculparían ni aun los empeños del descubrimiento y conquista del[37] Nuevo Mundo. Acometiéronse empresas parciales;
tomáronse algunas plazas de la costa; pero el error de Fernando V fué
perpetuándose en los reinados sucesivos, y después de no pequeños gastos y
pérdidas de hombres y navíos, después de muchas batallas ganadas y de harta
sangre vertida en aquellos arenales, no pudimos recobrar la España
transfretana, y quedaron nuestras costas y nuestros mares á merced de los
piratas berberiscos, que nos causaron gravísimos perjuicios los años adelante,
todo por no haber hecho á tiempo el esfuerzo que se requería, llevando de una
vez nuestras armas á aquellas regiones, donde de ir entonces todavía estarían
de seguro imperando. Arrastró á Fernando V el orgullo de preponderar en Europa,
y pudo más en él esto que no el útil de España.
Dejó también sembrada Fernando V copiosa cizaña con
el matrimonio que pactó entre su hija y Felipe el Hermoso, del cual nos
vinieron los Estados de Flandes. ¿Cómo era posible que Carlos V abandonase
luego fácilmente aquella herencia tan legítima de sus padres? Sostúvola, que
era ya grave error, y además cometió por su parte mayores faltas que Fernando
V: unas dictadas por el propio espíritu de preponderancia, apoderándose de
Milán, ni más ni menos que como aquél se había apoderado de Nápoles; otras por la
cualidad que tuvo de Emperador de Alemania. Acrecentadas con esto sus fuerzas,
se acrecentó su ambición naturalmente, y además, teniendo que acudir á defender
el Imperio, empleó en ello parte de las fuerzas nacionales, desperdiciándolas:
bien que sea preciso convenir en que los alemanes tienen razón cuando se quejan
de que Carlos V no pareció más que Rey de España. La verdad es que aquel[38] Príncipe fué español en sus sentimientos, y lo fué
en sus conquistas, dejándolo todo á beneficio de España. Su falta estuvo en
que, deslumbrado con las grandes fuerzas de que á la sazón disponía, llevó
demasiado adelante sus pensamientos. No tuvo idea de lo que España con sus
fuerzas ordinarias podía sustentar, y de lo que particularmente la convenía, y
así le vemos no sólo desatender la conquista del Mogreb-el-acsa, entreteniendo
el ocio de sus armas cuando no eran empleadas contra alemanes y franceses, ya
en Argel y Túnez, ya en otras expediciones menos importantes, sino dejar á la
Francia vencida la merindad de San Juan de Pie del Puerto que había pertenecido
siempre al reino de Navarra, tierra española. Más tarde, dió también la isla de
Malta á los caballeros de San Juan de Jerusalem, isla de suma importancia para
la dominación del Mediterráneo.
Felipe II conquistó á Portugal con ventaja tan
grande de la Monarquía, que basta con ello para que su memoria sea honrada en
España. Hubo en este Príncipe más idea que en otro alguno de nuestros
verdaderos intereses; pero de una parte se encontró ya planteados los más de
los errores nacionales por Fernando V y Carlos V, dueño á su pesar de Nápoles y
Milán y Flandes, Borgoña y Sicilia, y de otra, sus medidas y sus nuevas
empresas pecaron siempre ó de poco maduras ó de sobrado grandes, por lo cual no
sacó de las más el buen partido que se proponía. Encadenado á la política de
sus antecesores, no hizo más que aplicar á ella todo lo grande de sus
pensamientos y el impulso de su voluntad invencible. De aquéllos y ésta tuvo
sobradamente para cambiar de política; pero era doloroso y ofensivo á su
orgullo el cambio, y así vino á tomar el verdadero[39] camino
demasiado tarde. ¿No había más que abandonar la herencia de su padre y abuelo,
los campos donde fueron las hazañas de Gonzalo de Córdoba y de Antonio de
Leiva? Felipe, en lugar de retroceder luego, siguió adelante. Á la verdad, sus
intentos contra los ingleses no han de culparse porque salieron desgraciados,
que el éxito no da ni quita la razón á las cosas. Véase adonde la Inglaterra ha
llegado después, lo que ha sido para nosotros mientras hemos tenido Américas y
hemos tenido Marina, y acaso se encuentren justificados los proyectos de aquel
Monarca. Él, antes que Napoleón, acometió la grande empresa de humillar al
leopardo inglés en su guarida, y supo hacer más para lograrlo; hasta el bloqueo
continental, ese sueño magnífico del capitán del siglo, fué imaginado por
Felipe II, llevando para su ejecución muy adelante los tratos. Pero en sus
intentos contra la Francia anduvo mucho menos acertado. Si en vez de poner en
el trono de Francia á una hija suya, hubiera intentado, prevaliéndose de las
luchas civiles, el desmembrar el territorio y extender lejos del Pirineo
nuestra frontera, con harto ahorro de dinero y de fatiga, lo habría conseguido.
Entonces la Francia no habría podido tomar sobre nosotros la superioridad que
tomó en adelante. Dueño como fué de Marsella y de otras plazas importantes del
Mediodía, fácil habría sido que nuestra nación se estableciese allí de un modo
duradero.
No desconoció Felipe tal sistema, pero comenzó á
emplearlo tarde, cuando ya su influencia y sus fuerzas estaban muy
quebrantadas. Más diestro anduvo Luis XIV, que abusando de la incapacidad de
nuestros gobernantes y del estado mísero de la nación, fué apo[40]derándose,
debajo de frívolos pretextos, de tantas provincias nuestras; y luego que nos
traía despojados de todo lo que le convenía, fué cuando emprendió las
negociaciones para sentar á un príncipe de su sangre en el trono de España. Y
cierto que á Felipe II le habrían sido más fáciles que á Luis XIV semejantes
empresas, porque el monarca francés tuvo que acabar de abrir con su espada
nuestros aportillados baluartes, y tuvo que derramar en el campo de batalla la
poca sangre que quedaba en nuestras venas; mas al Rey de España le tenían
vendida la Francia los franceses á precio vil de oro, duques y arzobispos,
soldados y burgueses: de suerte que no había más que tomar de ella al antojo.
Algo alcanzamos al principio, pero no lo que más convenía; Marsella era de
mayor importancia que Calais, que hubo al fin que entregar á los franceses, y
cuatro plazas de la parte del Rosellón valían más que muchas en Flandes, puesto
que bien se pudo preveer, aun queriendo sostenerlas entonces por honor ú
orgullo, que tarde ó temprano habían de perderse aquellas provincias.
Tales errores hicieron que el Imperio de España,
que debía hallarse á la muerte de Felipe II con fronteras seguras y ventajosas
en las montañas de África y en el corazón de la Francia; que debía ser señor
del Mediterráneo, poseyendo ambas orillas del estrecho de Gibraltar y el puerto
de Marsella, por lo menos, en la costa francesa, Sicilia, Cerdeña, Malta y las
Baleares, en medio del mar, y el gran puerto de Nápoles, que al abrigo de tales
puertos y fronteras debía parecer invulnerable, fuese dificilísimo de defender
y facilísimo para la ofensa, débil y flaco por su grandeza misma.
Réstanos hablar de la despoblación y pobreza del[41] reino y del desorden y penuria de la hacienda
pública, que con el fanatismo religioso y la falta de unidad política, han de
contarse también entre las causas que influyeron en la ruina de nuestro
poderío. No conviene tratar separadamente de tales objetos, porque son por su
índole tan semejantes y caminan tan juntos en la Historia que, sin lo uno,
difícilmente puede comprenderse lo otro.
No hay datos que den á conocer cuál fuese el número
de pobladores ni la riqueza é industria que tuviese España durante los siglos
medios. Dividida en tantos reinos cristianos y moros, éstos bien y aquéllos mal
gobernados; pasando los territorios y provincias de unas manos á otras con
tanta frecuencia; no habiendo propiedad, ni dominio, ni nación, ni gobierno
seguro, es imposible, no sólo que tales datos los haya, sino aun que á falta de
ellos pueda formarse algún cálculo probable, ni en lo particular ni en lo
general de la nación. Pero sábese á ciencia cierta que siempre fueron grandes
los apuros en Castilla. Sólo D. Pedro el Cruel logró algún
desahogo y acopio de dinero entre aquellos soberanos de la Edad Media. Los
gastos de la guerra continua contra los moros, las donaciones de los reyes al
Clero y á los grandes, la amortización y las exenciones de pagar que de aquí
nacían, y más que todo el natural atraso y casi abandono de la Agricultura, del
Comercio y las Artes que, trayendo muy pobre al país, le imposibilitaban de
conllevar grandes tributos, eran los principales motivos. Alteróse el valor de
la moneda en casi todos los reinados, desde Fernando III hasta los Reyes
Católicos, y se contrataron muchos empréstitos; mas agravándose el mal con
tales remedios, encontra[42]ban los reyes mayores
dificultades cada día para atender á las crecientes necesidades del Estado. Así
se puede creer de Enrique III que no hallase con qué cenar cierta noche, como
dicen las consejas. Y, sin embargo, las Cortes de Castilla le dijeron á su hijo
Don Juan II, en 1447: «que non demandase ningunas cuantías de maravedises,
porque non pudiéndose soportar tales pedidos é monedas, se iban los vasallos á
poblar otras tierras é reinos». No por eso cesó el fatal impuesto de la
Alcabala ó 5 por 100 sobre la venta de mercaderías, introducido en el reinado
anterior, y en el siguiente se creó la renta de Cruzada y la contribución
llamada paga del subsidio. Y pensando aliviar las miserias de los
pueblos y ponerlos en estado de atender á tales tributos, se dieron ya por
entonces leyes suntuarias y se puso tasa al precio de las cosas: mezquinos y
falsos remedios, harto probados después en los tiempos de decadencia de la
dinastía austriaca.
Por esto, que pasaba en Castilla á principios del
siglo xv, puede colegirse cuán infundada sea la opinión de los que suponen
muy desahogado el Tesoro público y muy florecientes las Artes, el Comercio y la
Agricultura durante el siglo xvi. Verdaderamente, aunque no hubiese datos
ni documentos que contradijesen la opinión, el recto sentido habría de
desaprobarla. ¿Qué industria, ni qué comercio, ni qué maravillas en la
Agricultura podían alcanzar tales pueblos, que habían vivido ocho siglos lidiando
de provincia á provincia, de pueblo á pueblo, de heredad á heredad? ¿Cómo
habían de ser fabricantes ni comerciantes hombres á quienes no daba descanso ni
un solo día el ejercicio de la espada? Antes que no caminos, y puertos, y
máquinas, y[43] cosas de aquellas que se emplean en
el tráfico y producción industrial, mirábanse en España sendas naturales
entorpecidas ó quebradas á intento, á fin de estorbar los pasos, antiguos
puentes derruidos, fortalezas sembradas por llanos y montes y atestadas de
instrumentos de guerra. Parte de ello era obra de los moros, parte de los
cristianos, ya de los reyezuelos que ocupaban las distintas provincias, ya de
los concejos para defenderse de los ricos hombres. España era un campo de
batalla, y en tales campos no nacen ni se conservan las flores de la paz.
Además de estas razones de buena crítica, tenemos noticias de viandantes,
principalmente una muy detallada del veneciano Navajero, que
prueban que las Castillas, como Aragón y Navarra, á no dudarlo, eran ya al
empezar el siglo xvi tierras de abundancia estéril, provincias de
poca población, y pobres y mal cultivadas, por donde los rebaños merinos,
favorecidos del privilegio de la Mesta, y que formaban la base de
nuestro escaso comercio é industria, vagaban á su placer asolándolo todo, como
en los tiempos bárbaros y de continua guerra, en que ellos eran la sola riqueza
posible y provechosa. Y luego que la paz interior pudo desarrollar entre
nosotros las artes útiles, produciendo la emulación y la concurrencia, nacieron
ó se desarrollaron rápidamente nuevas causas que apartaron á la nación del
camino de la prosperidad. Los judíos dejaron despobladas, según cierto
analista, ciento setenta mil casas, y salieron de estos reinos en número de
cuatrocientos mil, según unos, de ochocientos mil, según otros, aunque no falta
también quien rebaje á treinta y cuatro mil las familias, que podían componer
hasta ciento setenta mil almas; gran muchedumbre, de[44] todos
modos. Vedóseles extraer oro ni plata, pero como se les permitiese llevar
consigo cualquiera otro género de mercaderías, y como no se les pudiese impedir
el uso de las letras de cambio, á que estaban muy habituados, sacaron
indudablemente inmenso caudal del reino. Fué grande también el número de los
emigrados por causa del Santo Oficio, y aun el de los quemados y penitenciados
se puede calcular en muchos millares, sacando aquéllos del reino oro y plata en
abundancia y perdiéndose en éstos mucha gente laboriosa y útil, y, además, la
tranquilidad y la confianza, que son alma y vida del comercio y del trabajo. Y
á la par consumieron innumerables hombres tantas y tan sangrientas guerras,
apartándose de los oficios y producción en que se empleaban, al cebo de la
gloria y del honor muchos, y no pocos al de la ganancia que ofrecía el saco
frecuente de ciudades y la ruina de los países conquistados.
Pero, sobre todo, fué fatal á nuestra población y
al espíritu de laboriosidad y de producción el descubrimiento de América. Los
españoles que allá caminaron fueron tantos, que bastaron para poblar centenares
de ciudades y villas en aquel continente; y si vinieron en cambio grandes
conductas de oro y plata, ni fueron ciertamente tan grandes como se ha
supuesto, ni recompensaron los males que nacieron de ellas. Dió el pronto
enriquecimiento más y más crédito á la antigua preocupación económica, que
hacía cifrar en el oro y plata la prosperidad de las naciones, primero en los
gobernantes, luego en el pueblo. Ninguno viendo volver poderosos en pocos años
á los que fueron pobres y mendigos, sujetaba sus pensamientos á ganar con lenta
y penosa utilidad ó la riqueza ó la subsistencia; y lo in[45]esperado
del acontecimiento y su lejanía, daban aún estímulos á la sorpresa y valor á la
fama para encarecer y mentir, fingiendo montes, ríos y mares de plata y oro y
piedras preciosas con que la codicia despertaba á los más modestos y los
apartaba de su hogar y antiguas ocupaciones. Todo el que sentía en su corazón
sed de bienestar, de placer y de gloria; todo el que para procurárselos amaba
el trabajo y la fatiga; todos los emprendedores y laboriosos y alentados
salieron por tal manera de España; la mayor parte al Nuevo Mundo, bastantes,
como arriba indicamos, á las guerras de África y Europa. Bien pudiera decirse
que el quedar en España en tales tiempos y con tan deslumbradoras esperanzas
por fuera, era señal casi segura de poquedad de ánimo, de imbecilidad ó pereza.
Y cierto que no eran los que tales cualidades poseían á propósito para
continuar la industria y el cultivo que hubiese, cuanto y más para adelantar en
ellos, como forzosamente había de suceder cuando nuestros frutos y producciones
hallasen mercados. El hecho fué que se abandonó todo género de trabajo,
viéndonos obligados antes de mucho á traer de países extraños hasta los objetos
más necesarios para el consumo, comprándolos con los tesoros que venían de
América, y por lo mismo ha podido decirse con mucha razón que no fué España
sino un puente para que éstos pasasen seguros á otras naciones más laboriosas.
Sólo en Segovia, Toledo, Sevilla, Granada y Valencia se sabe que floreciesen
algunas industrias, y esas no tardaron en decaer completamente, contribuyendo
con las grandes causas que dejamos apuntadas otra, pequeña al parecer, grande
en realidad, que fué la introducción de nuevas modas, y, por consecuencia, de
distintas te[46]las en los trajes. Eran sencillas las costumbres
en esta tierra de combates, y nuestros industriales sólo labraban sencillas
telas; la corte flamenca y alemana y el frecuente trato de los españoles con
aquellas naciones y con Italia trajo nuevas necesidades, y, por consecuencia,
nuevo género de consumo. ¿Y cómo había de acudir á él y de luchar con los ricos
tejidos de Flandes, ejecutando dentro de sí tales cambios, una industria puesta
en tan desfavorables condiciones como á la sazón afligían á la de Castilla? No
era posible.
El comercio era ya tan pobre, que apenas se halla
en los siglos medios el nombre de una plaza española que se contase entre las
concurridas y ricas del mundo. La exportación se reducía á algunas primeras
materias, y la importación no era bastante para satisfacer las necesidades del
país. Y siendo el mayor beneficio que nos brindase la América éste del
comercio, tampoco supimos aprovecharlo; planteóse un sistema inmenso de
monopolio que á un tiempo ataba los brazos de Europa y de América, dañando
tanto á la una como á la otra, sin favorecer á nadie en suma: que es lo que
suele suceder con tal género de errores. Á Carlos V se atribuye, si no la
invención, la ejecución de tal sistema, que fué y ha sido después no sólo
español, sino europeo; pero como nacido aquí, fué aquí, sin duda, donde mayores
males produjo. Todo se volvió prohibiciones, todo trabas y dificultades al
tráfico. El fisco tomó oficiosamente á su cuidado la riqueza pública, y como
sucederá siempre que tal cosa se intente, en lugar de favorecerla, la ahogó en
su cuna. Entre otras cosas, se prohibió el hacer el comercio de América á los
extranjeros, y sólo pudo suceder que ni ellos ni nosotros lo[47] hiciésemos,
que no establecer un privilegio en provecho nuestro como se pretendía.
Al compás que el sistema prohibitivo de Carlos V
echaba las hondas raíces en que le vemos sostenerse todavía, brotaban
preocupaciones particulares no menos funestas que aquella otra gran
preocupación económica. Húbolas en todas partes; pero causas diversas,
religiosas y políticas, hicieron que ellas se afirmaran y duraran más que en
alguna otra en España. De ellas fué la amortización eclesiástica, tan combatida
por algunos fueros y leyes españolas de la Edad Media, tan favorecida después
por la devoción exagerada de los vasallos, la tolerancia de los reyes y la
codicia de los clérigos, y ahora más que nunca acrecentada. No nos detendremos
á examinar y encarecer los males de este género de amortización; sabidos de
todo el mundo, estudiados hasta la saciedad, probados en la experiencia
dolorosa de tantos años, no hay ya lugar á disputas ni serias controversias
sobre este punto. Será verdad que la acumulación de capitales en manos de
comerciantes, industriales ó agricultores proporcione ventajas á las grandes empresas
y acreciente la producción en ocasiones; mas no lo es de seguro que tal
acumulación pueda haberla sin notorio perjuicio en manos de eclesiásticos. Lo
mismo podemos decir de los pequeños mayorazgos y vínculos con que la gente
común, émula en esto de los grandes, lo mismo que ellos habían sido émulos de
los reyes, ató la propiedad á los posesores y la apartó del tráfico y
negociaciones fructuosas, reduciéndola verdaderamente á la condición de muerta,
como decía su nombre. De tales preocupaciones fué también, y acaso la más
funesta, el juzgar impropios de[48] la nobleza y la
hidalguía la profesión del comercio y de las artes útiles, lo cual amortizó por
sí solo los inmensos capitales que poseían los grandes é hidalgos y otros
muchos de personas ricas que, vendiéndose los títulos á dinero, preferían comprarlos
con él á emplearlos en cosa que les deshonraba. Llegóse á tener por más digno
el servir á las personas de calidad que no el vivir con el trabajo propio en
libertad y holgura. Errores y preocupaciones todas que desde Carlos V han
venido perpetuándose con diversas formas hasta nuestros días.
Felipe II, lejos de retroceder en la obra de su
padre, la llevó adelante con su ordinaria tenacidad y empeño; unió el monopolio
comercial á la intolerancia política y religiosa: así fué la represión
completa. Prohibió la entrada de mercancías extranjeras, como si ya hubiera
sido posible estar sin ellas, y la salida del oro, como si pudiera entretenerse
á sus solas en nuestros mercados sin empleo alguno. Y es que Felipe II, lo
mismo que Carlos V, desconocieron los altos principios que después ha desenvuelto
la ciencia económica, y quiso la suerte que ni siquiera por azar diesen con
ellos, como aconteció en otras partes. Porque á tientas fué; pero ello es que
la paciente república de Holanda, y la Inglaterra primero y luego la Francia
dieron con ciertas verdades, á las cuales debieron muchas ventajas. Como
ejercitaban ya mucho la industria; como no tenían por qué temer la competencia,
sino más bien por qué buscarla; como carecían de otro medio de proporcionarse
el oro que no fuese el cultivo de las artes mecánicas y el tráfico, á pesar de
los nuevos errores económicos y de las nuevas preocupaciones, no dejaron de
labrarse una[49] prosperidad duradera, mientras que
los españoles, sin grande interés en la industria, sin medios de sostener por
lo pronto competencia alguna en los mercados, con oro en abundancia y esperanza
de tenerlo siempre y de tener más cada día, dejaban tal camino casi
completamente abandonado.
Y juntando con esto el atraso antiguo de la
Agricultura, producido por la guerra de ocho siglos, la falta de brazos que
comenzaba á sentirse por la expulsión de los judíos, las emigraciones
voluntarias de los moros, los destierros forzosos de muchos, las persecuciones
del Santo Oficio, la amortización civil y eclesiástica y el sinnúmero de
soldados que exigieron las dilatadas y sangrientas campañas del siglo xvi,
compréndese finalmente cuán pobres y tristes debían ser á últimos de él
aquellas provincias que estaban á la cabeza de tantos países y hacían de
centro, de alma, de señor de todos ellos. Hasta nuestros días no ha sido puesta
en su punto de verdad esta situación, obscurecida primero por los cantos
hiperbólicos de los poetas árabes, y después por el pomposo patriotismo de los
escritores castellanos. Aquéllos, comparando nuestra tierra con el África, de
donde solían venir, no podían menos de hallarla muy bien cultivada y con
grandes artes y comercio; y éstos, que por lo común no habían salido de nuestra
tierra, tampoco podían hallar en otra ventaja alguna. Los extranjeros solían
juzgarnos mejor en esta parte; y los pocos que visitaron nuestro país durante
el siglo xvi, están conformes en que las Artes y la Agricultura y el
interior del país presentaban entonces el aspecto miserable que han presentado
hasta nuestros días.
Así la hacienda no pudo andar mejor en el
siglo xvi de lo que anduvo en los siglos medios; y acrecentándose
cada vez más los empeños del Estado, se ocasionaron no pocas cuitas. Los Reyes
Católicos, no obstante que incorporaron á la corona los maestrazgos, y que
rescindieron muchas de las donaciones de sus antecesores, y rescataron no poca
hacienda usurpada en otros reinados, murieron, primero el uno, el otro luego,
sin ver igualados los gastos con los ingresos. No osaron ellos acudir al único remedio
que pudiera traer provecho al Tesoro, y era obligar á contribuir á la nobleza y
al clero en igual proporción que á los pecheros para los gastos del Estado. Mal
era que, como la amortización crecía de hora en hora, iba también de hora en
hora aumentándose. Carlos V osó llegar á él, pero no con la decisión y firmeza
que convenía; de modo que apenas pasó de intento. En tiempo de este Monarca
comenzó á dar al Tesoro algún rendimiento el quinto impuesto
sobre el producto de las minas de América; ni tan grandes como se supuso, ni
tampoco bastantes para atender á los gastos de aquel belicoso reinado. Hay
datos para creer que en 1526 no montaron más estos rendimientos que unos cien
mil ducados. Fué preciso, pues, que Carlos V impusiese grandes tributos á sus
Estados, señaladamente á los de Flandes, que por su industria y prosperidad
estaban más para conllevarlos que los otros; causa de quejas y reclamaciones
por parte de los flamencos, que no poco influyeron en los posteriores sucesos.
Y vióse aquel Príncipe tan estrecho en ocasiones, que llegó á contraer
empréstitos muy crecidos y hasta fabricar copia de moneda de mala ley en
escudos castellanos, según afirman graves autoridades.
Por lo mismo, al subir al trono Felipe II estaban
las cosas de modo, que su favorito Ruy Gómez de Silva hubo de decir á cierto
enviado de nación amiga, que hallaba el reino sensa prattica, sensa
soldati, sensa dennari, palabras que han conservado ciertas
memorias contemporáneas. Los usureros se llevaban ya buena parte de las rentas
públicas. Todo lo que hubieran costado de más la conquista de Granada, y la de
Napóles, y la de Navarra, y las guerras de África y de Alemania, se reunía á la
sazón en un capital inmenso que el Estado debía y que tiraba crecidísimos
intereses. Cierto embajador veneciano calculaba entonces esta deuda en
veinticinco millones de ducados. Aconsejáronle al rey Felipe la bancarrota;
aconsejáronle que fabricase moneda falsa; aconsejáronle, en fin, cuantas
medidas, malas ó buenas, pudo discurrir la ciencia de los economistas de la
época. Pero con practicarse algunos de tales consejos no cesaron los apuros.
Las flotas de América comenzaron á venir ricamente cargadas; pero más en
provecho de los particulares que del Rey, y de todas suertes, no venían, como
se ha dicho, tantas barras de oro y plata, sino para ir á países extraños; con
que las provincias de España no estaban por eso más en estado de soportar los
tributos. Siguió la desigualdad en los contribuyentes; el clero y la nobleza,
que poseían lo más y lo mejor de la riqueza pública sin acudir apenas á los
gastos del Estado, y los míseros pecheros arrastrando solos tan penosa carga. Y
entre tanto el Rey necesitó dinero para armar el ejército de San Quintín y de
Gravelingas; necesitólo para la guerra de Flandes, y para el equipo de la Invencible y
de la flota que venció en Lepanto á los infieles; nece[52]sitólo,
porque fuerza es decir tales yerros, para crear las maravillas de El Escorial,
que no debiera en tiempos de tanta penuria, y para asoldar, que fué gasto menos
útil que crecido, á casi todos los príncipes y cardenales y hombres
influyentes, movidos solo de tal estímulo á secundar sus planes. Inventáronse,
entonces, impuestos sobre impuestos; las lanas y las harinas y los objetos más
necesarios al consumo fueron extraordinariamente cargados; ideáronse servicios
ordinarios y extraordinarios, en alcabala y renta de millones. Y al propio
tiempo se dejaron de pagar muchos intereses en la deuda pública; se hicieron en
ella reducciones arbitrarias y, por tanto, injustas; se alteró, por fin, como
en tiempos antiguos, el valor de la moneda de oro, fatal recuerdo y harto
aprovechado en los reinados sucesivos, pesando tales disposiciones sobre todas
las provincias, y principalmente sobre Castilla, y levantando grandes y justas
quejas.
Fueron fundadísimas las de los particulares
interesados en las flotas de América, que por espacio de cinco años miraron sus
caudales pasar á manos del Rey, debajo de promesa de devolución, que bien
sabían ellos que no podían cumplirse, y de garantías ineficaces. Jamás el
derecho de propiedad padeció mayor insulto, ni fué más desconocido que con tal
despojo, solamente posible en tan despótico gobierno, como ya lo era el de
España. Y fué lo peor que tamañas exacciones no trajeron ventaja alguna á la
hacienda, ni por eso se vieron más desempeñadas las rentas, ni mejor atendidas
las cosas. «España, decía el maestro Gil González Dávila, cabeza de tan
dilatada monarquía, era la sola que por acudir á la conservación de tanto mundo
esta[53]ba pobre, y más en particular los leales reinos
de Castilla.» El mismo rey Felipe escribió en cierta ocasión al sabio consejero
de Castilla, D. Francisco de Garnica, pidiéndole cierto parecer, estas
palabras: «El remedio de lo que ahora se trata, es el último que puede haber;
si éste se desbarata, mirad lo que con razón lo sentiré: viéndome de cuarenta y
ocho años de edad y con el príncipe de tres, dejándole la hacienda tan sin
orden como hasta aquí. Y demás de esto, qué vejez tendré; pues parece que ya la
comienzo, si paso de aquí adelante, con no ver un día con lo que tengo de vivir
otro.» Frases que bien denotan el cuidado que daban al rey Felipe los negocios
de hacienda; pero que no han de causar asombro si se considera que ya por los
tiempos de D. Alonso el Sabio y de Enrique III, solían pronunciarlas los reyes,
no menos tristes y melancólicas, con la propia ocasión y estímulo. Con todo,
fuerza es observar que á medida que pasaban los años, juntándose apuros con
apuros y acrecentándose los presentes y próximos con los más antiguos y
lejanos, el peso de las deudas iba haciéndose más grande, y mayor cada día la
pobreza del Erario. Peor era la situación de la hacienda que á la muerte de
Fernando V, á la muerte de Carlos I; peor se mostró que á la muerte de éste, á
la muerte de Felipe II.
Con esto dejamos terminado nuestro objeto, que era
señalar las causas principales que influyeron en la decadencia y ruina de
España. Las hemos hallado en ella desde los primeros tiempos coincidiendo con
nuestras prosperidades. Hemos visto también que ninguno de los príncipes que
imperaron entre nosotros durante el siglo xvi acertó con los medios
de destruir ó de ami[54]norar en tanto como se pudo las
llagas de la Monarquía.
Pero si aquellos grandes reyes no hicieron todo lo
que debían, tuvieron hartas prendas para esconderlas de modo que no apareciesen
á los ojos extranjeros. Ellos hicieron útil empleo las más veces del poder de
la nación, que era, á pesar de todo, muy grande, y aprovechándose de las
ventajas que ofrecía el espíritu de los naturales, su valor, su sobriedad y el
oro de América y la muchedumbre de sus fortalezas y provincias, vivieron y
murieron grandes reyes. No de otra manera la Roma de Augusto escondía en su seno
las flaquezas que vinieron á destruir el imperio de Honorio. Es que como nada
hay perfecto en este mundo y los grandes imperios, por lo mismo que tienen
mayores fuerzas, suelen tener mayores enfermedades que otros, necesitan
precisamente de príncipes ilustres que los gobiernen. Tales fueron en España
Fernando V, Carlos V y Felipe II.
Tócanos decir, en adelante, cómo otros reyes más
desidiosos y menos inteligentes, entregados á vergonzosas tutelas, dejaron que
los ocultos males de la Monarquía saliesen á la faz del mundo y que llegaran á
ser inmensos é irremediables. Más de una vez la pluma ha de vacilar en el
propósito de seguir adelante, al inquirir y apuntar los hechos de esta era
desdichada; más de una vez el rubor ha de manchar nuestras mejillas y la ira ha
de agitar nuestro corazón. Míseros reyes y ministros torpes que cometieron todas
las faltas de sus antecesores y no supieron estudiar ni imitar ninguno de sus
aciertos; movidos, príncipes y súbditos, no de erróneos pensamientos de
religión ó de política, sino[55] de la pereza del
ánimo ó del deleite del cuerpo, de lujuria, vanidad y codicia. Bien ha sido
hacer alto en la severa y noble relación de Mariana y Miñana antes de pasar á
referir cosas tan diversas y tan inferiores. Sólo se echará ahora de menos la
pluma con que pintó Tácito las vilezas de Galba y de Vitelio y la decadencia de
la virtud romana.
LIBRO PRIMERO
SUMARIO
De 1598 á 1610.—Principios del reinado de D. Felipe
III.—Grandeza de la Monarquía.—Carácter del Rey.—El duque de
Lerma.—Destituciones y nombramientos.—D. Rodrigo Calderón.—El marqués de
Villalonga.—Nuevo modo de administración.—Hacienda.—Política exterior.—Expedición
de Irlanda.—Paz con Inglaterra.—Conspiraciones en Francia.—Italia: el
Marquesado de Saluces, la Valtelina, Final, diferencias entre el Pontífice y
Venecia.—Flandes: Gobierno del cardenal Andrea, Orsoy, Rimberg, los príncipes
alemanes, Bomel, ejército de los príncipes, rota de la Caballería holandesa.
Llegan á Flandes la infanta Clara Eugenia y el archiduque Alberto, su Gobierno,
batalla funesta de las Dunas, sitio de Ostende, Spínola, sus primeras campañas,
motín de los soldados, su castigo, guerra marítima, treguas.—Guerra con los
infieles, el Archipiélago, Túnez, Arauco.
El día 13 de Septiembre de 1598, en fin, las
campanas de El Escorial anunciaron á los labradores humildes del contorno que,
en la obscuridad y desnudez de una de sus celdas, acababa de morir Felipe II. Y
al eco de aquellos tañidos, comunicándose de gente en gente,[58] se
fueron levantando, túmulos primero por el Rey difunto, luego tablados para
proclamar al Rey nuevo, por todos los reinos de la Península española, por el
Rosellón, Nápoles, Sicilia, Milán, Cerdeña, los Países Bajos, el Franco
Condado, las Islas Baleares, Canarias y Terceras, por las plazas españolas ó
tributarias de la costa septentrional de África, por Méjico, el Perú, el
Brasil, Nueva Granada, Chile y las provincias del Paraguay y de la Plata, por
Guinea, Angola, Bengala y Mozambique, donde tenían grandes establecimientos los
portugueses, por los reinos de Ormuz, de Goa y de Cambaya, la costa de Malabar,
Malaca, Macao, Ceylán, las Molucas, las Filipinas y todas las Antillas.
Jamás en tantos y tan diversos países se han alzado
preces por un Rey ni se ha proclamado por tal á otro, ni antes ni después. La
Monarquía española era entonces la más extensa que haya habido en el mundo; y
aun cuando la población no fuese tanta como á tan dilatados dominios
correspondía, llegaba á nueve millones en sólo los reinos de Aragón y Castilla,
y era numerosa en Portugal, Flandes, los reinos de Italia y las colonias,
pobladas en pocos años de españoles.
Frisaba en los veintiún años el rey Felipe III
cuando sucedió á su padre. En tan corta edad pocos hombres habrían sido capaces
de atender á las vastas necesidades de la Monarquía; y el nuevo Príncipe no era
de ellos, por cierto. Tímido de natural, de fácil imaginación y frías pasiones,
criado luego en el retiro y las prácticas de devoción, sin otra amistad y
compañía que el conde de Lerma, que se amoldaba mañosamente á sus gustos
piadosos y los favorecía con su hacienda y consejos, cuando llegó á verse en el
trono fué su pri[59]mer cuidado el desprenderse del peso
del Gobierno y depositarlo en los hombros del favorito.
Cuéntase que Felipe II se quejó en muchas ocasiones
de la incapacidad de su hijo para el gobierno, principalmente con el archiduque
Alberto, el que casó con la infanta Isabel Clara Eugenia, que era su confidente
y amigo. También previó muy temprano que aquel conde de Lerma, á quien él
propio había designado para que entrase en la servidumbre del Príncipe, vendría
á ser con el tiempo el árbitro de España. Pero ni supo remediar con una
educación sabia los defectos naturales del hijo, ni logró privar al favorito de
su ascendiente sobre él, aunque llegó á intentarlo. Acaso el ejemplo fatal del
príncipe Carlos, acrecentando en el ánimo del Rey los recelos naturales de su
carácter, le movió á dar una educación humilde y monacal á su hijo en los
primeros años. Y cuando quiso que comenzase á tomar parte en las deliberaciones
y negocios del Estado, para disponerle á las altas obligaciones que le
esperaban en el mundo, ya era tarde. Creó un Consejo de Estado, donde se
examinaban dos veces por semana los negocios más arduos, bajo la presidencia
del Príncipe, y ordenábale luego á éste que le hiciese relación de lo tratado,
de la resolución tomada y de las razones en que ella se fundaba. Pero el
Príncipe, tímido siempre y silencioso, ni dió nunca un parecer, ni supo hacer
relato alguno á su padre. Ni siquiera osó elegir esposa á su gusto: mostráronle
retratos de tres princesas, y apenas fijó en ellos los ojos; aguardóse
inútilmente su resolución, y al fin, muertas dos, hubo de casarse con la
tercera, que era Doña Margarita de Austria. Casto, limosnero y devoto, dió á
conocer el nuevo Príncipe desde los prin[60]cipios que
limitaba sus intentos á ser buen católico, y la muerte le dió hartas treguas al
Rey prudente para que viese desde su dolorosa silla que el conde de Lerma venía
á heredar sus pensamientos y sus obras y á disfrutar de su poder. Húbolo de
llorar, tanto porque sabía que los favoritos, por buenos que fueran, habían de
traer consigo la ruina del Estado, como porque á su gran penetración no podía
esconderse que el de Lerma no era hombre de prendas ni de aptitud para tan alto
empleo.
Era D. Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués
de Denia y Conde á la sazón de Lerma, palaciego hábil y hombre de negocios
activo y diestro, mas no profundo político, ni administrador inteligente como
España necesitaba. Ambicioso, desconfiado, suspicaz, poco cuidadoso de la
propia hacienda y largo en recoger la ajena, acostumbrado á los medios pequeños
y á las pequeñas cuestiones, no acertó á remediar uno solo de los males de la
Monarquía, ni hizo más que empeorarlos al mismo tiempo en que favorecía pródigamente
su casa y persona. Muy desde los principios pudieron notarse tales calidades.
Comenzó trocando su título de Conde por el de Duque de Lerma. Luego echó del
lado del rey á su preceptor D. García de Loaisa, ahora Arzobispo de Toledo, y
al Inquisidor general D. Pedro Portocarrero, y muertos, uno primero, después
otro, por enfermedad de cólera y desengaños, puso en su tío don Bernardo de
Sandoval y Rojas entrambas dignidades. Los ministros de Felipe II, Cristóbal de
Moura, el conde de Chinchón y Francisco de Idiáquez, hombres todos ellos de
mejor ó peor ánimo, pero muy experimentados en los negocios y muy útiles para
el despacho, bien[61] dirigidos, fueron alejados de
la corte con pretextos más ó menos honrosos, y en su lugar entraron deudos del
privado. Salváronse del general naufragio Juan de Idiáquez y el marqués de
Velada, mas por encogimiento y poca estima, que no por virtud y fama; pero no
Rodrigo Vázquez, presidente del Consejo de Castilla, varón de virtud antigua,
aunque de corazón duro y severo, grande estorbo á liviandades. En lugar de este
entró el conde de Miranda, tibio defensor de los derechos de aquel Consejo
insigne, amigo del placer y del oro que lo proporciona, hombre en todo á gusto
del favorito.
Dió este en el arte, sobradamente cultivado
después, de repartir los empleos públicos por salario y paga de los servicios
que á su persona se prestaban, y así llenó con sus deudos y hechuras todos los
virreinatos, y puestos de importancia. Poco después comenzó á venderlos, é
introdujo aún la dañosa costumbre de conferirlos por gracia ó venta antes de
que vacasen, con que comenzaron á verse en cada uno dos dueños, el que lo
poseía y otro que esperaba á que este muriese para disfrutar de tan extraño don
ó mercancía. Por aquí comenzó la corrupción que á tan lastimosos extremos llegó
los años adelante. Á ejemplo de su principal, los secretarios y ministros que
lo servían, y señaladamente D. Rodrigo Calderón, que de paje suyo llegó hasta á
hacerse dueño de su confianza, comenzaron á vender cuanto pasaba por sus manos.
Cundió pronto el daño: viéronse ministros que habían servido honradamente por
largos años en el reinado antecedente, hacerse culpables de todo género de
cohechos y desmanes. Fué notable entre otros el ejemplo del conde de
Villalonga, D. Pedro Franqueza, secretario del estado de Aragón,[62] que en treinta y seis años con Felipe II no tuvo
nota, y metido luego al manejo de la hacienda con D. Lorenzo Ramírez de Prado y
otros favorecidos del duque de Lerma, en poco tiempo llegaron á tanto sus
concusiones y escándalos, que el mismo Duque se espantó de ellos, prendióle, y
hallándose contra él en su proceso hasta cuatrocientos setenta y cuatro cargos,
le dejó morir en la cárcel. Publicáronse pragmáticas contra los cohechos que en
el duque de Lerma que las ordenaba eran hipocresías. El hecho era que los
virreyes y gobernadores de las provincias pagaban por llegar á serlo subsidios
muy gruesos al privado y sus amigos, y que las provincias mismas los pagaban para
obtener justicia, con que en todo intervino el oro en adelante. Y entre tanto
los cargos que podían acercar al Rey personas que no eran de su devoción,
suprimíalos el de Lerma ó los acumulaba en su persona, para evitar que se le
suscitasen émulos y oposiciones. Aun los Consejos del reino comenzaron á
estorbarle: el de Castilla, el de Hacienda, el de Indias, el de la Guerra y los
llamados de Italia, Flandes, Aragón, de las Ordenes, de Inquisición y de
Cruzada, á cuyo cargo estaba la administración de los negocios públicos,
principalmente en los cuatro primeros, y la gobernación de las provincias;
porque con el respeto que inspiraban y la noble entereza de los magistrados que
solían componerlos, no era posible que él pudiese llevar á término ciertos
abusos y desmanes.
Entonces nació aquel sistema funesto de juntas
particulares formadas para resolver todos los negocios en que tenía interés el
favorito, con individuos sacados y escogidos en todos los Consejos de entre sus
criaturas, y los magistrados, pocos aún, que por flaqueza ó[63] infamia
estaban á su devoción y mandado. No satisfecho aún con tal cúmulo de poder y
tanta independencia, puso impedimentos á la comunicación, antes libre, de la
familia real, no fuese que en ella se levantase alguno que quisiera quitarle ó
compartir el poder con él. Ofendióse tanto la vieja emperatriz María, hermana
de Felipe II y tía del príncipe reinante, que estaba en Madrid en el convento
de las Descalzas Reales, y comenzó á mostrar su desagrado de tal suerte, que á
creer algunas memorias del tiempo, por huir de ella fué el trasladar la corte á
Valladolid, como en efecto se trasladó corriendo el año de 1600, y estuvo allí
cinco años. Sea de esto lo que quiera, ello es que la influencia del favorito
no se mermó en lo más mínimo con el despego de la familia real, y que llevó sus
celos y su audacia hasta el punto de señalar límites á las relaciones del Rey
con la Reina su esposa; hecho increíble en otro ministro que el duque de Lerma
y con otro Rey que Felipe III. Con esto y con poner de confesor del Rey á un
fray Gaspar de Córdoba, hombre de vulgar inteligencia y bajos intentos, sin
ambición ni destreza, aseguró completamente su dominación; y así él solo desde
su casa con sus secretarios y ministros particulares, su favorito y corte,
haciendo de ella archivo de todos los papeles importantes, y palacio de todas
las solicitudes, comenzó á disponer del Estado á su antojo, mientras que el Rey
en el despacho no hacía más que practicar bien y minuciosamente sus devociones.
Cuáles fuesen las conveniencias de la Monarquía,
dejámoslo atrás explicado. Era preciso sobre todo organizar la Hacienda, obra á
la cual había consagrado sus últimos años Felipe II, aunque no con mucho éxito
por[64] las circunstancias que le acosaron. Y como
principal remedio de la penuria del Tesoro, y como fundamento de las mejoras
que tanto necesitaban la Agricultura y Comercio, y las atrasadas artes del
país, era indispensable el reposo, la paz que sabiamente buscó Felipe II en el
tratado de Vervins. Ni una cosa ni otra se supo alcanzar. Y malos principios
eran para lograr lo primero, el invertir en las fiestas que se hicieron en
Valencia al recibir á la reina Doña Margarita, que vino por Italia á juntarse
allí con su esposo, no menos que un millón de ducados que hacían harta falta en
Flandes y en otras partes, para atender al Ejército y Armada, y más aún para
pagar los préstamos y deudas, que mientras más se dilataban más consumían las
rentas de la Monarquía. Desplegó además el duque de Lerma un lujo como de
Monarca en sus cosas propias, y muy grande también en las cosas del Estado,
desde los primeros años de su administración. Gastó él de por sí trescientos
mil ducados en Valencia, al propio tiempo que le hacía gastar un millón al
Erario, y envió desde luego gruesas sumas al Emperador y á otros príncipes para
prevenirlos en favor de su política.
Reuniéronse las Cortes de Castilla en el mismo año
de 1598 en que comenzó el nuevo reinado, y propúsose en ellas la gran estrechez
y empeño del real patrimonio, y en comprobación de lo mismo se presentaron dos
relaciones del valor de todas las rentas del reino, por donde se vió que las
fijas no pasaban de cuatro millones, y que las demás, que estaban encabezadas y
arrendadas, importaban cinco millones seiscientos cuarenta y cinco mil
seiscientos sesenta y ocho ducados. Unas y otras estaban empeñadas y enajenadas,
de suerte[65] que no podía el Estado valerse de
ellas. Entonces se establecieron las sisas, que después fueron
conocidas con el nombre de servicio de veinte y cuatro millones.
Poco hubieron de arbitrar estas primeras Cortes para los grandes gastos y
prodigalidades del duque de Lerma, cuando en 1600 se convocaron nuevas, las
cuales consintieron en desembarazar y desempeñar las rentas reales, tomando á
cargo del reino un censo de siete millones y doscientos mil ducados, y
concediendo al propio tiempo un servicio de diez y ocho millones de ducados en
seis años, á tres por cada uno, para pagar el principal é intereses de aquella
deuda. Prefirió de esta suerte el reino á admitir nuevos tributos ó á
acrecentar los antiguos, el tomar sobre sí las deudas de la Hacienda y
desempeñarla, como con efecto se desempeñó. Pero no se logró con esto el
propósito; porque continuando la mala administración de la Hacienda, hallóse
esta de nuevo empeñada en doce millones que se debían á hombres de negocios,
los cuales tiraban muy grandes intereses, sin contar las deudas de juros
situados y sueltos, con que fué preciso pedirles á las Cortes, otra vez
reunidas en 1607, que otorgasen el servicio de millones para esto, y la paga de
toda la gente de guerra de dentro y fuera del reino, armada, fortificaciones y
gastos de la corte. También los procuradores vinieron en concederlo. Así
votaron diez y siete millones y medio en siete años, á dos y medio por cada
uno. Por último, á los judíos portugueses se les obligó á pagar dos millones
cuatrocientos mil cruzados, por manera de multa ó castigo de sus apostasías.
Cargábanse los impuestos, parte sobre el consumo de
ciertos artículos de necesidad para la vida; parte en[66] censos
sobre los propios de los pueblos: añadidos á los ordinarios y antiguos, que
eran ya muy pesados, causaron muchas lástimas y miserias en Castilla. No
tuvieron mejor suerte las demás provincias: en todas se impusieron más
contribuciones de las que buenamente podían soportar, añadiéndolas á las que ya
pagaban en los reinados anteriores. Sólo Vizcaya tuvo valor para resistir
(1601), y eso en mengua de la Monarquía, porque no se negó á pagar los nuevos
impuestos, alegando el interés común y general de los pueblos, sino sólo sus
propios fueros y exenciones. Cedió Felipe III á las reclamaciones enérgicas de
Vizcaya por consejos del favorito, y escribió una carta á la provincia,
revocando su determinación y confirmando todos sus privilegios antiguos: que
fué perder los recursos con que ya se contaba y perder á la par mucha parte de
su dignidad el Gobierno, retardándose más y más la necesaria y deseada unidad
de la Monarquía.
Mas no bastaron las nuevas contribuciones y
recursos ordinarios para apagar la sed del Tesoro, y lo demás que se imaginó
fué de poca eficacia y muy ruinoso. Alzóse el valor de la moneda de cobre
(1603), lo cual hizo que los comerciantes extranjeros se apresurasen á inundar
de cobre nuestros mercados, llevándose en cambio mayor cantidad de plata de la
que el cobre valía, con que se perdieron muchos millones en aquella operación
disparatada, además del crédito. Y no fué esto sólo, sino que tal especie de moneda
se acrecentó á punto de entorpecer las transacciones. Durmióse tanto el
Gobierno, que en vez de hacerlo consumir, acrecentó las licencias de acuñarlo,
y contempló impasible el continuo arribo de bajeles que vaciaban en las costas
españolas aquella[67] moneda vil de que venían
cargados, retornando llenos del oro y plata de América. Poco antes de esta
alteración de la moneda, sonaron intentos misteriosos sobre la plata labrada,
que en gran copia tenían los particulares y principalmente las iglesias, los cuales
no llegaron á realizarse (1602), pero pusieron en no poca tribulación y
descontento los ánimos. La expoliación y la violencia del fisco tocaba así ya
en los mayores extremos. El duque de Lerma no acertaba con otros medios para
llenar el vacío de las arcas públicas. Claramente se veía que el más eficaz era
la economía en los gastos y en la administración; pero esto cabalmente no
quería practicarlo el favorito. Así fué que desde los primeros años del reinado
de D. Felipe, que vamos relatando, la Hacienda pública se vió en mayor pobreza
que hubiera sentido hasta entonces. Faltan documentos originales para
determinar su verdadero estado; pero en una memoria presentada al rey de
Francia, Enrique IV, por sus espías en España, cuando meditaba sus grandes proyectos
de guerra contra la casa de Austria, se leen datos curiosos, que si no del todo
exactos, puede creerse por el objeto que se acercaban bastante á la verdad.
Asegurábase que las rentas de la corona, prescindiendo de las de Portugal,
llegaban á quince millones seiscientos cuarenta y ocho mil ducados; pero que en
1610 estaban ya todas empeñadas en ocho millones trescientos ocho mil
quinientos ducados, á pesar de los esfuerzos y sacrificios de las Cortes de
Castilla, que cada año concedían nuevos subsidios. Las rentas de las Baleares,
Nápoles, Milán, Sicilia y Flandes no bastaban para su administración y defensa;
y sólo las provincias de España, y más que ninguna, Castilla, conllevaban[68] aquella carga inmensa capaz de agobiar á los
países más prósperos.
Sin embargo, el duque de Lerma no hizo lo que debía
por mantenernos en el reposo á que prudentemente nos había traído Felipe II.
Sin ser de carácter tan emprendedor y belicoso como otros ministros que antes y
después tuvo por aquellos siglos la Monarquía, pagó también algún tributo al
orgullo nacional, y se lanzó sin reparo en nuevas expediciones y aventuras.
Para prolongar la lucha ya irrevocablemente resuelta del catolicismo contra la
reforma, continuó pagando las pensiones cuantiosas que en tiempo de Felipe II
recibían con el propio objeto los católicos de Inglaterra y Alemania y los
descontentos de Francia. Aprobaba la política de la época, harto imbuída en las
máximas que reveló Maquiavelo, semejante sistema de hostilidades; y Felipe II
lo empleó contra sus enemigos políticos, como ellos lo emplearon contra él en
Flandes y en otras partes. Pero pasadas las ocasiones de guerra, cuando la
reforma estaba consumada en Inglaterra y Alemania, dada por imposible su
conversión por las armas y hecha la paz con Francia, ni eran necesarias tales
pensiones, ni parecía siquiera sensato el continuarlas pagando. El duque de
Lerma las mantuvo, sin embargo, como estaban, porque aspiraba aún á levantar el
catolicismo en Alemania y en Inglaterra, á desmembrar cuando menos á la Francia
y á dominar en Italia. Por locos que parezcan tales pensamientos, no hay que
culpar de ellos al duque de Lerma solamente: justo es decir que dominaban en
muchas personas de cuenta, y en no poca parte del pueblo, que habiéndose criado
en las grandezas de Carlos V ó en las altas empresas de Felipe II, juzgaban[69] á la nación capaz de tanto todavía. Faltóle al
favorito firmeza de ánimo y una conciencia de su deber bastante ilustrada para
no ceder á las exigencias insensatas del orgullo nacional; que bien pudo
despreciar por esta parte sus murmuraciones, quien sabía despreciarlas en cosas
menos injustas, y que más herían su honra. Hubiérale ayudado en ello el clamor
de los muchos que ante todo pedían algún alivio en sus miserias. Ni era aquella
la ocasión de pensar en altas empresas, ni era él hombre para llevarlas á cabo;
y acontece en las cosas políticas que lo que en tal hombre y en tal día es
grande y digno de aplauso, ó cuando menos de respeto, parece ridículo en otra
ocasión y en otras manos.
Los temporales solamente pudieron impedir que
la Invencible destruyera el poder del protestantismo inglés;
mas las empresas que intentó contra aquella nación el ministro de Felipe III
llevaban la destrucción en sí mismas y en su propia pequeñez é impotencia.
Mandó una expedición en favor de los católicos de Irlanda que estaban hacía
tiempo en armas contra la metrópoli (1602), donde apenas se contarían seis mil
hombres de desembarco gobernados de D. Juan del Águila, capitán criado en la
escuela del duque de Alba, y luego Maestro de campo debajo del príncipe de
Parma, valerosísimo y prudente. Desembarcó esta gente y se apoderó de Baltimore
y de Kinsale. Desde allí envió Águila un escuadrón de dos mil españoles, al
mando de su segundo Ocampo, á que se incorporase con las fuerzas del conde de
Tyron, caudillo principal de los rebeldes. Hallábanse éstos muy disminuídos y
desalentados con las derrotas que habían padecido antes de llegar los
españoles; de suerte que solo se reunirían con los nuestros unos cua[70]tro mil soldados. Montjoy, Virrey de la isla, llegó con
el ejército inglés y encontró al conde de Tyron y á Ocampo no bien habían
logrado reunirse. Trabóse al punto un combate, en el cual los nuestros hicieron
prodigios de valor y mantuvieron por largo espacio indecisa la victoria: con
todo fueron vencidos. Las tropas allegadizas y tumultuarias de los irlandeses,
con pocas armas y menos disciplina, no supieron resistir y abandonaron el
campo, y solo los nuestros perdieron ya inútilmente más de dos mil doscientos
hombres. Ocampo y muchos de sus oficiales quedaron prisioneros. Á estas nuevas,
D. Juan del Águila, sitiado por mar y tierra, se vió con el resto de la gente
forzado á capitular. Estipuló ante todo el capitán español que se daría una
completa amnistía á los habitantes de Baltimore y de Kinsale que habían
prestado muy buena acogida á los nuestros; y luego que una escuadra inglesa
conduciría á España sus tropas con toda la artillería, municiones y efectos
desembarcados. Á todo accedió el Virrey, que, habiendo visto pelear á los
nuestros, contábase por feliz con que á tan poca costa dejasen la tierra. El
conde de Tyron tuvo entonces que someterse á la reina Isabel; mas no juzgándose
seguro en Inglaterra, fué á acabar sus días en Roma.
Murió á poco Isabel de Inglaterra, y con su muerte
abriéronse de nuevo los tratos de paz tantas veces comenzados; mas ahora
llegaron á terminarse por la buena voluntad del rey Jacobo y de sus ministros
que en todo se pusieron de parte de España. Hubo primero que resolver
cuestiones de etiqueta muy graves para aquel tiempo. No sabiendo en qué orden
habían de sentarse los embajadores, se imaginó ponerlos en derredor de[71] una mesa redonda. La paz fué ventajosa, y aún por
eso se dijo que el rey Jacobo era de corazón católico, y que á sus ministros
para que favoreciesen nuestros intereses y la política de España, los ganó el
duque de Lerma con dinero. Si esto fué cierto, bien puede causarnos maravilla
la venalidad de los ministros extranjeros de aquel tiempo, porque en todas
partes hallaba nuestra política tales ayudas. Añádese que el primer intento del
duque de Lerma después de las paces, fué incitar á la Inglaterra contra
Francia, formando una liga con aquella potencia para devolverle las provincias
que había poseído en otro tiempo y repartir el resto en varios dominios, los
unos libres, los otros dependientes de España. Sacrificábase aquí, si fué
cierto, el interés católico al gran interés político y de conservación de la
Monarquía, cosa rarísima verdaderamente en nuestra corte; pero la traza, así
como imaginada en los días de Felipe II y de la reina María, pudiera haber sido
de efecto, no podía serlo entonces de modo alguno, porque Francia estaba ya
libre de disensiones, y harto flaca España para soportar los empeños de tamaña
empresa. No se intentó al fin, acaso porque no se prestase el pacífico Monarca
inglés á entrar en la liga, y comenzó el Duque á tramar conjuraciones dentro de
Francia.
Descubrióse la más extensa y mejor combinada de
ellas, á cuya cabeza estaba el Mariscal de Byrón, uno de los mayores capitanes
de Enrique IV, y en la cual tomó parte muy principal el duque de Saboya. El
Mariscal fué condenado á muerte, y ejecutado en la Bastilla, y la conspiración
quedó frustrada. Fontenelles, de noble familia de Bretaña, tuvo después la
propia suerte por haber querido entregar el fuerte de Donarnenés á[72] España, y diez ó doce personas más de las
principales de la provincia fueron por el mismo motivo decapitadas. Ahora los
intentos de nuestro Gobierno se encaminaban principalmente á tomar á Marsella,
cosa que tan fácil hubiera sido en otras ocasiones; y si la conjuración del
Mariscal de Byrón hubiera alcanzado buen éxito, estaba ajustado que viniese á
nuestro poder. Frustrada aquella trama, se imaginó otra que no tuvo mejor
suerte. Luis de Alagón, barón de Mairargues, que mandaba las galeras de Francia
en el puerto de Marsella, y al propio tiempo era uno de los magistrados
municipales de aquella plaza, se ofreció á ponerla en manos de los españoles.
Supo también su intento el Gobierno francés, y perdió la cabeza en el cadalso.
Pero aun esto no contuvo la venalidad en Francia: porque pocos días después
fueron ajusticiados en Tolosa dos hermanos que iban á entregar las plazas de
Narbona y Leucata al Gobernador del Rosellón. Empleó España sin fruto en tales
intentos crecidas cantidades, que vinieron á recargar dolorosamente el exhausto
Erario.
Algo mejor librados salieron en Italia los
intereses políticos y religiosos de nuestra corte, mas no por virtud del duque
de Lerma. El Papa Clemente VIII, nombrado árbitro por el tratado de Vervins
entre Francia y el duque de Saboya que pretendían á un tiempo el Marquesado de
Saluces (1601), adjudicó estos Estados al Duque, mediante alguna indemnización
al francés, merced al influjo de España que no quería que por aquel territorio
tuviese su rival entrada libre en Italia.
Quien tuvo la mayor parte en el buen éxito de tales
negociaciones fué D. Pedro Enríquez de Acebedo, conde de Fuentes, que del
Gobierno de Flandes había ve[73]nido al de Milán. Era el
Conde discípulo del duque de Alba[16].
Preciábase de tener sus mismos sentimientos y de observar la propia disciplina
que él. Sagaz, altivo y fastuoso, despreciador de todos los hechos militares
que no fuesen los suyos, y de otra nación ó potencia que no fuese España, llegó
á influir de un modo poderoso y decisivo en los negocios de Italia. El echó
allí los fundamentos de la política hábil que, á pesar de todos los desaciertos
y miserias de la corte, mantuvo por España el Milanesado hasta la muerte de
Carlos II. Fué el primero en comprender la importancia de la Valtelina para la
conservación del Milanesado, porque ponía en comunicación esta provincia con
los Estados del Emperador, natural aliado y amigo de España. Propuesto desde
entonces á que fuese nuestro aquel territorio, levantó un fuerte en los
confines del Milanés y de la Valtelina, al que llamó de su nombre, fuerte
de Fuentes, y comenzó á ganarse los ánimos de los naturales. No tardó en
apoderarse del Marquesado de Final, poseído por Alejandro Caretto, anciano
octogenario que no dejaba sucesión. Á la verdad, sobre estos Estados podía
alegar ciertos derechos España; mas su conveniencia y su fuerza fueron los
verdaderos títulos en que se fundó la conquista. El dominio de Final era
también importante para la conservación del Estado de Milán, porque en su
puerto podían desembarcar nuestras flotas y mantenerse, por él, á la par que
por Mónaco, la comunicación con España. Poco después estallaron grandes
diferencias entre el Pontífice Paulo V y la República Veneciana (1606), con
motivo de haber sometido aquélla á los[74] tribunales
civiles las causas de varios eclesiásticos. Y llegando el asunto á trance de
guerra, tomó nuestra corte la defensa del Papa: previno el de Fuentes un
ejército, y los venecianos no osaron medirse con él y se avinieron con la corte
de Roma. Ningún suceso fué tan agradable como éste á los ojos del rey Felipe y
aun á los del vulgo, porque él hacía representar á la España el papel de cabeza
y amparo del catolicismo que tanto ambicionaba. Y, sin embargo, dióse con él un
ejemplo funesto, por dicha no repetido más tarde, que fué sostener con las
armas las pretensiones, no ya dogmáticas, sino disciplinales de la corte de
Roma, contribuyendo á que la potestad temporal en una nación independiente
quedase vencida por la potestad espiritual, y no en discursos ni negociaciones,
sino por medio de las armas: hecho harto más católico que prudente ni político,
á no ser que fuera el propósito del hábil conde de Fuentes y del de Lerma,
humillar á los venecianos nuestros naturales enemigos.
Mas el punto adonde mayormente inclinaba su
atención la corte eran las provincias de Flandes. Porque no obstante que el rey
D. Felipe II había cedido el dominio de aquellos Estados, de suerte que ya no
componían parte de la Monarquía, continuaba la guerra con la propia obstinación
que antes, mantenida de un lado por las provincias unidas con el nombre ya de
República de Holanda, y de otro por las armas españolas que ocupaban aún las
plazas y lugares en defensa y protección de los derechos de la infanta Isabel
Clara y del archiduque Alberto. Malográronse con esto muchas de las esperanzas
que había dejado nacer la cesión de aquellos Estados, pues no parecía razón que
por cosa que no la[75] pertenecía mantuviese la
nación tan costosa guerra. Pero de una parte los holandeses se mostraban tan
soberbios y tan poco inclinados á la paz, que parecía afrenta el dejar la
guerra; de otra parte la manera con que se había pactado la cesión, constituyéndonos
en protectores de la nueva soberanía y haciendo á esta feudataria de nuestra
corona, nos obligaba á su defensa; y, por último, y más que todo, el rey Felipe
III, lleno de religioso celo, y su ministro, arrastrado por temerarias miras de
engrandecimiento, ni querían ajustar paces con tan aborrecidos herejes, ni
renunciaban aún á avasallarlos, ni se prestaban de buena voluntad á abandonar
del todo aquellas provincias, contando con que si no tenían sucesión los
príncipes habían de volver á sus manos. Error este notable, porque lo que se
propuso sin duda Felipe II, y lo que convenía á la nación, era apartarse de
guerra tan inútil y costosa con algún honroso motivo, y no podía haberlo mayor
que aquel para lograr, tarde ó temprano el intento. Fuera del país las tropas
españolas y el Archiduque y la Infanta entregados á sus fuerzas naturales,
habrían logrado sin duda mantenerse en él á la sombra del Rey de España y del
Emperador, haciendo treguas ó paces con los holandeses mucho antes que se
hicieron y quizás con más ventajas. No se siguió este buen consejo, y vino á
acontecer que la cesión no aprovechase de nada.
Mientras el Archiduque y la Infanta estaban en
España se puso el Gobierno de aquellos Estados á cargo del cardenal Andrea,
hijo de la casa de Austria y deudo de entrambos. Era el Cardenal hombre de no
escaso entendimiento y esfuerzo, y supo administrarlos con celo, ya que no con
mucha fortuna. Resolvióse bajo su consejo y[76] mandó
sujetar ó castigar á las ciudades alemanas del Rhin que por ser protestantes
solían ofrecer ayuda y resguardo á los holandeses. El Almirante de Aragón, don
Francisco de Mendoza, hermano del duque del Infantado y Capitán general de la
Caballería, en quien recayó el mando del ejército, pasada muestra de las tropas
que montaban á 20.000 infantes y 2.500 caballos, tomó la vuelta de Güeldres,
rindió á Orsoy y otros castillos sin mucho trabajo, y de allí se fué á poner
sitio en Rimberg, ciudad importante y fortalecida. Plantáronse las baterías por
tres partes y se comenzó á batir la plaza con mucha furia, porque se temía que
los enemigos viniesen al socorro. No dió tiempo á tanto la defensa, porque
habiendo caído una bala de cañón en ciertos barriles de pólvora, se voló toda
con gran estrépito y muerte de muchos soldados y burgueses, lo cual causó tal
confusión y espanto, que al punto determinaron rendirse á partido. Tomada
Rimberg, guarneció el Almirante algunos lugares para dejar afirmadas las
espaldas, y en seguida pasó el Rhin con sus tropas. Arrimóse á Wesel, ciudad
imperial, pero herética, para poner en ella guarnición; y los vecinos con
gruesa contribución primero, y luego restituyéndose falsamente al culto
católico, obtuvieron que se desistiese de tal intento. Después trató de
acometer á Desborech; pero el conde Mauricio, que acudió al socorro de aquella
plaza, supo estorbarlo. Más felices fueron los nuestros delante de Doetecon, villa
cercana y no tan fuerte, y eso que, al encaminarse allí la Caballería española,
recibió algún daño de los enemigos emboscados al paso. En tanto el invierno
venía ya bien entrado en aguas y fríos, de manera que no se podía campear en
aquel país. Esto y la falta de vituallas y fo[77]rrajes,
determinó al Almirante á dar cuarteles á su ejército sin hacer más daños en los
contrarios. Fué, pues, la campaña por demás infecunda y no conforme con las
esperanzas que hubo al emprenderla.
Pero anduvo aún más desacertado el Almirante en el
alojar el ejército que en la campaña. Habíale mandado el cardenal Andrea que se
alojase por amor ó por fuerza en tierras de enemigos. Comprendiólo el
Almirante, de suerte que envió y distribuyó las tropas por Munster, Westfalia y
otras provincias de la jurisdicción del Imperio. Negábanse los naturales, como
era justo, á recibir á los españoles; mas éstos, en cumplimiento de las órdenes
de su general, se hicieron abrir á viva fuerza las puertas de los lugares y se
alojaron en las casas de los moradores. Quejáronse los príncipes del Imperio,
pusiéronse en armas las ciudades, y negaron los naturales vituallas y auxilios
de todo género, tratando á los nuestros como enemigos; mas á medida de la
necesidad y de los malos tratos que padecían doblaban su rabia los soldados
para usar del rigor, pareciéndoles también, como dice un cronista, que no era
ninguno el que tenían con aquella gente bárbara y tan grandes herejes. Dióse
ocasión á que, acudiendo el conde Mauricio en socorro de algunas de las
ciudades imperiales, tuviesen que salir de ellas por fuerza las compañías
españolas. Los príncipes alemanes hablaban entre tanto de declarar la guerra al
Rey de España y de venir con ejércitos formados á echar al Almirante de sus
tierras. Calmaba sus ímpetus el Emperador, muy obligado á la España. Procuraba
también el cardenal Andrea sosegar á los pueblos asegurándoles que pronto se
retiraría de ellos el ejército; mas no por eso se acalló el descontento que
hubo de[78] estallar más tarde en los príncipes, y
en los pueblos siguió produciendo grandes contiendas. La gente española y
alemana del ejército católico, mal pagada y peor servida, no cesó en sacar
contribuciones forzosas y en tomar cuanto les faltaba de la hacienda de los
naturales sin reparo alguno.
Al fin se pasó el invierno en tales trabajos, y en
la primavera del año siguiente volvió á ponerse el ejército en campaña. Antes
el Cardenal juntó dinero entre los mercaderes con que pagar á ciertos soldados
que había amotinados en Amberes y otras plazas, y procuró reunir cuanto
necesitaba el ejército para emprender de nuevo la guerra. Los enemigos eran
grandes y temibles. De una parte los holandeses mostrábanse más obstinados y
más poderosos que nunca en paz y en guerra. De otra parte, los príncipes protestantes
del Imperio, teniendo en el corazón los pasados disgustos, no hacían más que
allegar soldados y armas con que daban á sospechar lo que hicieron más
adelante; y además el Rey de Francia, á pesar de las recientes paces, no cesaba
de hostilizar debajo de mano nuestras tierras, ya entrando en inteligencias con
algunas plazas del Artois para apoderarse por traición de ellas, ya atendiendo
á tomar también por inteligencia la plaza de Cambray, ya permitiendo que
hiciesen los enemigos grandes levas de gente en sus Estados, no tan
secretamente que no fuese sabido de todo el mundo, ya, en fin, prestándoles
grandes sumas de dinero y armas. Ni faltaban como siempre socorros de
Inglaterra á los holandeses tanto en hombres como en dinero. Á todo había que
atender y con pocos recursos, porque eran tardíos y no suficientes los que
dejaba venir de España la penuria de la Hacienda. Malográron[79]se
los tratos que tenían los católicos para apoderarse de algunas plazas rebeldes,
y padecimos un descalabro antes de comenzar la campaña. El conde de Busquoi,
Gobernador de Emerique, habiendo caído en una celada que le pusieron los
enemigos, fué herido y preso con muerte de los que le acompañaban.
Abrióse aquel año la campaña, partiéndose el
ejército en dos trozos que tomaron por uno y otro lado del Rhin: rindióse á
poca costa el fuerte de Crevecoeur. Era el intento amenazar con el uno el
fuerte de Schenque que el enemigo tenía muy fortificado, para coger más
descuidada y desguarnecida la isla de Bomel, situada entre el río Mosa ó
Mosella y el Wael, que era la verdadera empresa. Frustróse por decidia y mala
inteligencia de los capitanes católicos. No se pudo coger desprevenidos á los
contrarios como se pensaba, aunque bien se pudiera, y tuvo que pasar todo el
ejército á acometer formalmente la isla. Allí se mantuvo un largo y sangriento
sitio sin ventaja de una y otra parte. El conde Mauricio con su ejército plantó
sus cuarteles enfrente de la isla, comunicándose con ella por medio de puentes.
El cardenal Andrea con el ejército de España tenía puesto el pie en la isla,
pero sin poder llegar á la villa, ni adelantar un paso en su expugnación,
determinaron al fin los nuestros hacer un fuerte en la isla de la parte donde,
juntándose los dos ríos, comienzan á formarla; que por hacer allí punta el
terreno daba mucha proporción para impedir con buenas baterías la navegación
provechosísima de los enemigos. Hízose el fuerte, lográndose esto al menos de
tan costosa empresa. Mientras se adelantaban las obras no cesaban de acometerse
los dos ejércitos, procurando cada uno sorprender los cuarteles de[80] los contrarios; mas de ambas partes en vano.
Viéronse con tal ocasión grandes hazañas. Algunas compañías españolas é
italianas acometieron con tanto esfuerzo un reducto de los contrarios, situado
en la misma isla de Bomel, que ya comenzaban éstos á desampararlo; mas visto
por el conde Mauricio mandó que se apartasen de la orilla los bajeles que allí
ofrecían retirada á sus soldados, con que los puso en el estrecho de morir ó de
conservar, como lo hicieron, el puesto. Y fué famoso el hecho del sargento
mayor Durango, que sorprendido con pocos soldados españoles y algunos valones
del grueso de los contrarios, á tiempo en que se ocupaba en labrar un reducto,
aunque muchos de los suyos hubieron de pelear con los picos y palas con que
trabajaban por no hallar sazón para tomar las armas, mantuvo el puesto brazo á
brazo y dejó en él más enemigos muertos que eran en número sus soldados. Por
fin, no bien acabada la obra, el Cardenal gobernador tuvo que retirarse de
Bomel para atender á otros peligros más cercanos con mucha parte de las
fuerzas.
Habían al cabo juntado ejército los príncipes
protestantes y acometido con él á las guarniciones españolas que quedaron á la
parte allá del Rhin en tierra de la jurisdicción del Imperio, amenazando reunir
sus fuerzas con las del conde Mauricio, que si lo hicieran, llegara á ser muy
crítica la situación de los nuestros; mas no pudieron venir á punto. Wesel, no
bien se vió libre del temor de los españoles al abrigo del ejército alemán, se
apartó de nuevo del culto católico. Pero en tanto este ejército que sitió á
Rimberg fué de allí valerosamente rechazado por un tercio que guarnecía la
plaza, á pesar de estar amotinado y vivir como solían vivir los solda[81]dos en tal ocasión con cierto género de independencia.
En seguida acometió el enemigo á Reez, defendida del capitán D. Ramiro de
Guzmán con poca gente; mas no alcanzó mejor fortuna. Envió el Almirante de
Aragón en socorro de la plaza á Andrés Ortiz, capitán experimentado, el cual
logró entrar en ella, y desde allí hizo tales salidas, é imaginó tales acometimientos,
que obligó á los contrarios á alzar el cerco. Con esto abandonaron el campo los
príncipes confederados, y se retiraron á sus tierras con mengua de la
reputación y pérdida crecida en hombres y dinero. Sólo consiguieron que los
nuestros, por no irritarlos más y no estimularlos á nuevas empresas, dejasen á
Orsoy y otras pequeñas plazas de la jurisdicción del Imperio, que tenían aún
ocupadas.
Al retirarse la guarnición de Doetecon, que fué uno
de los puntos abandonados, pensaron los holandeses sorprenderla y destruirla, y
salieron contra ella con lo mejor de su Caballería. Dió esto ocasión á una de
las mayores derrotas que padecieron los holandeses en aquella guerra. Porque
sabido el caso por Juan Contreras Gamarra, Comisario general, determinó salir
contra ellos con algunas compañías de caballos, dando aviso á Ambrosio
Landriano, Teniente general de la Caballería, para que con mayores fuerzas viniese
á apoyarle en el trance. Divisó Contreras á los contrarios en un paso estrecho
donde no podían maniobrar todos los caballos á un tiempo, y animando á los
suyos se arrojó impetuosamente sobre los que venían de vanguardia, matando y
desordenando cuanto se le puso delante. En esto los enemigos habían logrado
desenvolverse y mejorar de posición; pero fué tanto el espanto que les causó el
pe[82]lear bizarro de los nuestros, que, con ser doblado
número, no pudieron sus oficiales y capitanes traerlos á que hiciesen buen
rostro. Llegaba ya Landriano con más fuerzas, y sin esperar á cruzar lanzas con
él, se declararon los contrarios en total derrota. Corría el Mosella no lejos
del campo de batalla, y los jinetes enemigos, desalentados, se arrojaron á
esguazarlo sin tiento, con que fueron muchos los ahogados y más los caballos y
armas perdidas. De los vecinos lugares salió alguna Infantería alemana en
defensa de la Caballería holandesa, mas fué acuchillada y deshecha. En suma, de
toda la Caballería enemiga muy pocos quedaron de servicio. Contreras, en quien
se desconoció la gloria del triunfo, volvió desabrido á España. Aconteció este
suceso á tiempo que el archiduque Alberto y la infanta Isabel Clara Eugenia
estaban ya en Flandes.
Dejó el cardenal Andrea el Gobierno, y el
Archiduque y su esposa comenzaron al punto á ejercerlo. Convocaron primero á
los Estados ó Cortes de la Nación para exigirles el juramento de obediencia,
sobre lo cual hubo no escasas dificultades. Pedían los naturales que antes de
prestar ellos el juramento de obediencia jurasen los príncipes conservar sus
privilegios, de los cuales era el poner todas las plazas y fortalezas debajo de
su mano, haciendo salir de ellas las tropas extranjeras. Á esto no podían avenirse
los príncipes, porque el Rey de España no quería dejar las fortalezas ni
abandonar del todo el dominio del país, como arriba dijimos. Añadíase que las
tropas allí levantadas no eran muy de fiar en guerra como aquélla, sostenida
entre provincias hermanas, y así se resistió la pretensión hasta que cedieron
los Estados. Pasearon los príncipes[83] todas las
provincias de su Imperio, tomando el juramento á cada una de ellas
especialmente, y lograron con buenas trazas que se les concediesen algunos
subsidios.
Entonces el Archiduque volvió á poner los ojos en
las necesidades de la guerra. Eran éstas á la sazón muy grandes. Wachtendoch,
plaza muy fuerte, junto á Güeldres, fué sorprendida por el enemigo. Y sintiendo
la falta de pagas y la vecindad del invierno, los soldados del trozo de
ejército que estaba aún sobre Bomel se amotinaron en mucha parte. Como estaban
terminadas del todo las obras del fuerte, tomóse por buen partido el retirar de
allí el ejército, juzgando que no vendría con ello algún daño; mas habiendo
quedado de guarnición ciertas compañías de valones, lo entregaron éstos á pocos
días después al conde Mauricio por gruesa suma de dinero. Rindióse también por
tratos á los enemigos el fuerte de Crevecoeur, guarnecido de alemanes y
flamencos. Hechos que daban más y más por imposible el fiar las plazas á otras
guarniciones que las españolas. Hallábanse algunas de éstas alteradas, y todas
descontentas por la misma falta de pagas; mas no se halló que ninguna de ellas,
aun peleando por causa extranjera, como ya á la sazón peleaban, rindiese su
puesto al enemigo. Contentábanse con sacar por fuerza del país grandes tributos
con que remediaban sus escaseces.
No tardó en ofrecerse una prueba solemne de la
diferente condición de nuestros soldados y los extraños en el suceso que ahora
sobrevino. Porque animados los holandeses con las recientes ventajas y con el
desconcierto de nuestra gente, reuniendo todas las fuerzas que pudieron juntar,
con gran priesa y esmero, salie[84]ron de sus puertos y
desembarcaron en un lugar no lejos de Gante, con ejército de más de veintitrés
mil hombres, el más poderoso que jamás hubiese llevado sus banderas. Era su
intento socorrer la guarnición de Ostende, harto apurada de nuestros presidios,
y tomar á Newport y otras plazas allí cercanas, de suerte que quedara debajo de
su dependencia aquella provincia. Á la nueva de tal peligro, el Archiduque
envió á requerir á los soldados de aquí y allá amotinados en los presidios, que
saliesen á defender la tierra, manifestándoles el grande apuro en que se
hallaba. Negáronse los italianos y valones; prestáronse de muy buena voluntad
los españoles. Con ellos, principalmente, se compuso el ejército, que marchó al
punto la vuelta de Gante en busca del enemigo.
Allí se presentó delante de él la infanta doña
Isabel Clara Eugenia, y dió gracias á los soldados españoles por su leal
comportamiento, recordándoles que eso y más debían al nombre glorioso de su
patria. Enardecidos los viejos tercios con tal discurso, pidieron á voces que
sin más dilación se los encaminase al combate. Echaron delante los amotinados,
jurando lavar en sangre el pasado extravío. Tomaron al paso el fuerte de
Andemburg, que se rindió sin defensa. No anduvieron tan presto en rendirse los
del presidio de Suaesquerch, y antes que pudieran meditar lo que les estaría
mejor, fué asaltada la plaza y pasados todos á cuchillo. Más adelante
tropezaron los amotinados y vanguardia de los nuestros con dos mil soldados
escoceses y holandeses que enviaba ya el conde Mauricio á ejecutar el socorro
de Ostende, cerraron con ellos y no dejaron hombre á vida en pocos instantes.
Sabido por los enemigos cómo avanzaba aquel
impetuoso torrente, determinaron evitar su furia embarcándose. Pero no les
dieron tiempo los nuestros, que sin descansar un momento llegaron á ponérseles
delante. Habían dejado atrás, para asegurar ciertos pasos, cuatro mil infantes
y los cañones al mando de D. Luis de Velasco, general de la Artillería, de
suerte que el total no pasaba de seis mil hombres de infantería con seiscientos
caballos. Dióles frente el conde Mauricio con diez y seis mil infantes y dos
mil seiscientos caballos, fortificados en siete dunas ó colinas de arena
puestas á la orilla del mar entre Newport y Ostende. La Infantería ocupaba el
centro formada en lo alto de las dunas. Los flancos de la posición, que eran
los espacios que se hallaban entre las dunas y el mar, estaban defendidos de la
Artillería, plantada también en lo alto de éstas, señaladamente en las dos
puestas á los extremos. Además, la Caballería, partida en dos trozos al diestro
y siniestro lado, así como emboscada entre las dunas y el mar, cubría
ventajosamente al centro. Muchos de los capitanes españoles fueron de opinión
que no se empeñase la batalla. Proponían que haciendo alto el ejército, tomase
allí posiciones entre Ostende y el mar, de suerte que cerrase al enemigo el camino
de esta plaza fortísima, donde podría fácilmente embarcarse, obligándole á
pelear con manifiesta desventaja ó á embarcarse en la playa abierta, donde no
podría menos de ser destruído. No dió oídos á aquel consejo prudente el ardor
irreflexivo de los más, ni se quiso esperar siquiera á que llegase D. Luis de
Velasco con la gente que quedaba atrás y la Artillería. Así, en aquel lugar
donde pudo acaso acabar la guerra con victoria nuestra, na[86]cieron
mayores desdichas para en adelante y una fatal derrota. Era el ejército español
menos de la mitad en número que el de los contrarios. Hería el sol en lo más
recio del día y mortificaba mucho á nuestros soldados, que venían ya hartas
horas sin comer y con largo camino, después de haber asaltado plazas y peleado á
campo raso con numeroso escuadrón. Estaban los holandeses descansados y en muy
buenas posiciones fortalecidos, con la espalda á las brisas frescas del mar.
Con todo, se empeñó la batalla.
Á ella acudieron por el centro los seis mil hombres
de infantería española y extranjera, al mando del Archiduque mismo con Zapena,
Villar, Monroy y otros Maestres de campo muy nombrados, y embistieron con las
dunas, defendidas por más de diez y seis mil soldados. Era difícil el asalto,
porque las piernas de los que subían se enterraban en la arena, de suerte que
apenas podían ellos dar un paso, mientras que los que estaban en lo alto
disparaban la artillería á pie firme y hacían muy ordenadamente sus fuegos.
Tomóse, sin embargo, la más avanzada de las dunas, y acometióse otra que era la
mayor y mejor defendida. Allí pelearon los nuestros pica á pica por espacio de
una hora, y aunque tan inferiores en número, lograron quitar algunos cañones á
los contrarios y poner de su parte las probabilidades del vencimiento. Pero
entre tanto nuestra Caballería, que acometió por los costados entre las faldas
de las dunas y el mar, fué puesta en derrota. El Almirante de Aragón, Capitán
general de nuevo de la Caballería, que entró por uno de los costados, fué
detenido por el fuego de la artillería enemiga, plantada en la duna que allí
hacía frente; y tal estrago hicieron las balas en sus fi[87]las,
que espantados los caballos y confundidos los jinetes, no fué posible hacerlos
pasar adelante. Al propio tiempo el comisario Pedro Gallego, sucesor de
Contreras, había acometido por el ala opuesta, y saliendo contra él seiscientos
corazas francesas que defendían aquel costado, puestos en emboscada detrás de
las dunas, destrozaron sus compañías.
No se contentó con este triunfo el ímpetu de los
franceses, y pasando adelante vinieron á caer sobre el centro. En vano el
capitán Rodrigo Laso con dos solas compañías de caballos cerró con todo el
escuadrón de los enemigos; él fué derribado medio muerto y dispersada su escasa
gente. Entonces la Infantería española, que coronaba ya las dunas, viendo
tomada de los enemigos la retaguardia, se puso en retirada. Pero al pie de las
mismas posiciones que abandonaba fué acometida por los triunfantes corazas franceses,
mientras que los infantes enemigos bajaban ordenadamente á acometerla por la
espalda. No era posible la defensa; los soldados bajaban sueltos y sin orden,
como habían peleado en lo alto. No se podía formar escuadrón que resistiese á
los caballos ni á los escuadrones de la infantería enemiga, y el campo se
convirtió entonces en una carnicería horrible, donde los infantes españoles uno
á uno peleaban por la vida y la honra. Ordenóse la retirada, que fué peor que
la batalla en aquel trance. El Archiduque, que no se había separado un momento
del combate, estuvo á punto de morir, y por defenderlo cayeron á su lado los
más esforzados de los españoles. Perdimos en esta batalla dos mil quinientos
hombres de escasos siete mil con que entramos en ella, todos capitanes y
soldados viejos, que no habían vuelto nunca[88] rostro
al enemigo. Y sólo pudo servir de siniestro consuelo el que de cerca de diez y
nueve mil hombres de todas armas con que nos aguardó el enemigo, seis mil
quedaron en el campo. De entre los muertos merecieron contarse los capitanes
Andrés Ortiz, D. Ramiro de Guzmán, Ulloa, Dávila, Ezpeleta y otros no menos
valientes, y el Maestre de campo Zapena. Tal fué la jornada de las Dunas
(1600), la más funesta que hubiesen empeñado hasta entonces las armas de España
en los campos extranjeros. Perdióse, como se ha visto, por sobra de valor y
falta de cordura.
El conde Mauricio vió tan maltratada á su gente,
que no se atrevió á seguir el alcance, ni á emprender otra conquista que el
sitio de Newport, ciudad de poca fortaleza y arrimada al campo de batalla. Pero
ni aun esto pudo conseguir y tuvo que reembarcarse con tanta gente de menos y
sin ventaja alguna. Entre tanto, el Archiduque acudió á reparar sus fuerzas.
Diéronle los Estados dineros y auxilios, y con ellos los soldados extranjeros
amotinados en las plazas vinieron á partido. Formóse un ejército numeroso; pero
no hubo necesidad de él, porque ni de una ni de otra parte se emprendió nada el
resto de la campaña.
Á la siguiente, determinado el archiduque á reparar
la derrota de las Dunas con un hecho de cuenta, comenzó el sitio de Ostende. No
bien supieron esta empresa los holandeses, comenzaron á distraer la atención de
los nuestros con sitios y acometimientos. Pusiéronse sobre Rimberg y la
ganaron, á pesar de su esforzada defensa, porque el socorro llegó tarde y no
pudo aprovecharse. Con la misma felicidad ganaron á Grave, valerosamente
mantenida de los españoles, y la for[89]tísima plaza de
la Esclusa, que sólo el hambre pudiera reducir á semejante extremo por
imprevisión de su Gobernador, que no supo abastecerla; y si no ganaron á
Bolduch fué porque acudió á socorrerla dos veces el Archiduque en persona.
Entre tanto se rindió Ostende. Contar las operaciones de este sitio y los
heroicos hechos de los españoles en él, sería larguísima tarea y ajena de
nuestro propósito. Era aquella plaza muy importante, porque desde allí tenían
los holandeses á toda la provincia de Flandes en continuo respeto, y por eso
estaba muy bien fortificada y guarnecida. Habían suplicado los Estados de
Flandes al Archiduque que de tal padrastro los libertase, ofreciéndole para
ello cuantos auxilios necesitase. Comenzó el sitio el Archiduque en persona, y
luego se encargaron de él los mejores capitanes católicos, hasta que el marqués
de Spínola la rindió, mandando con el nombre de maestre de campo general el
ejército. Fueron varios los asaltos, muchas las salidas y escaramuzas,
inauditas las máquinas y trazas de que se valían los sitiadores, y terrible el
fuego de la artillería de los sitiados. El conde Mauricio vino á alzar el cerco
con una armada de seiscientos bajeles y mucho ejército; pero los españoles no
le dejaron desembarcar en toda la costa, y tuvo que volverse á sus puertos con
no poca pérdida y mayor despecho. Al fin se dió un asalto general á la plaza
(1604), en el cual se ganó lo mejor de la ciudad, y ya no fué posible dilatar
la defensa. Perdieron los sitiadores cerca de cuarenta mil hombres en esta
empresa, y entre ellos seis Maestres de campo, los cuatro españoles, y casi
todos los coroneles y capitanes de los tercios: Monroy, Durango, Castriz y
otros muchos de los buenos y viejos solda[90]dos que
sirvieron con el duque de Alba. La plaza perdió siete gobernadores durante el
sitio y más de dos mil oficiales, con un número inmenso de ciudadanos y de
soldados, porque como tenía libre el mar, cada día entraban algunos de
refuerzo. Mantúvose con esta conquista el honor de nuestro nombre; pero se
desperdiciaron notables ocasiones, y hubo de nuestra parte tanta ó más pérdida
que ganancia, pues habiendo pretendido cerrar la entrada de la provincia de
Flandes á los enemigos, se abrieron ellos otras puertas más fáciles, mientras
era tomada Ostende.
Debiéronse muchas de las pérdidas al motín que se
llamó de Ruremunda, el más funesto de cuantos hubieran acontecido en aquellos
Estados, donde eran harto frecuentes por desgracia. Movidas algunas compañías
italianas y valonas de la falta de pagas, se encerraron en la ciudad de
Hoochstraet, negándose á servir como de costumbre é imponiendo contribuciones
al país. Con esto se malogró el socorro de Grave y se perdió aquella plaza, é
irritado el Archiduque los declaró por traidores y envió ejército contra ellos.
Pidieron auxilio los amotinados á los holandeses; diéronselo, de manera que no
fué posible rendirlos; y juntándose en seguida con los enemigos, pelearon
contra los nuestros en diversos encuentros. Al fin hubo de avenirse con ellos
el Archiduque, por excusar mayor daño: malísimo precedente que sembró nuevos
disgustos para en adelante. En el ínterin se pasó toda la campaña sin que
aquellas gentes, que ya formaban un ejército con los muchos que se habían ido
agregando, sirviese, como debía, debajo de nuestras banderas. Así, no lograron
otra ventaja nuestras armas, fuera de la toma de Ostende, sino[91] la
rota que dió el Gobernador de Bolduch á un buen escuadrón de caballería enemiga
que pasaba por sus términos. Concluída la campaña, vino á España el marqués de
Spínola á tratar de las cosas de la guerra, donde fué muy bien recibido y
asistido de cuanto solicitó para llevar adelante la guerra.
Era este Marqués natural de Génova y hermano de
Federico Spínola, general de las galeras de España, el cual con ellas sirvió
muy bien, haciendo gran daño á los holandeses, hasta que, poco después de la
llegada de su hermano, murió en un combate naval que con ocho galeras empeñó en
aquellas costas contra dos galeras y tres grandes navíos holandeses, quedando
indecisa la victoria. Entró Ambrosio Spínola, que así se llamaba el Marqués, en
el servicio de España por recomendación de Federico, y fué á Flandes gobernando
diez mil italianos que levantó á su costa. Allí dió tales muestras de su
persona que se le encargó del sitio de Ostende, prefiriéndole á muchos
capitanes de más reputación que él; y saliendo á punto con la empresa, se
acrecentó su fama de manera que fué nombrado ya para el mando de todo el
ejército. Fué verdaderamente un suceso afortunado la aparición de aquel
general, que tuvo pocos rivales en su siglo á tiempo en que escaseaban ya tanto
en España. Con él salió á campaña (1605) de vuelta de Madrid, llevando trece
mil quinientos infantes y tres mil caballos. Pasó el Rhin y entró en Frisa,
burlando al enemigo, que le creía ocupado en otra empresa, y allí se apoderó
sin mucha dificultad de Oldenzeil y de la importante plaza de Linghen, metida
muy adentro en el territorio enemigo.
Entre tanto los holandeses, que quisieron tomar á[92] Amberes al desprovisto, tuvieron que desistir de
ello con no poca pérdida, y á los españoles se les frustraron también las
tentativas que hicieron para apoderarse de Bergs y Grave. Pero el marqués de
Spínola, alentado con los buenos principios de la campaña, dejando muy
guarnecido á Linghen que ponía en contribución mucha parte de la Frisa, se vino
á Wachtendonock y la puso cerco. En vano quisieron socorrerla los holandeses
aprovechándose del descuido de los sitiadores: ochocientos infantes y otros
tantos caballos del ejército de España contuvieron largas horas á todo su
ejército á costa de prodigios de valor, y dieron tiempo á que, acudiendo el
Marqués con toda sus fuerzas, los obligase á la retirada. Rindióse con esto la
plaza, y en seguida fueron tomados muchos castillos importantes, mientras los
holandeses eran vencidos y rechazados en Güeldres que quisieron tomar por
sorpresa.
Mas eran escasas tales ventajas, porque la falta de
dinero imposibilitaba de tal modo el movimiento de los ejércitos y causaba
tales disgustos, que no podía llegarse á decisivas consecuencias. Lleno de amor
y entusiasmo á la causa de España, vino el noble Spínola otra vez á Madrid á
demandar socorros. No pudo hallarlo á crédito del Rey de España, que á tan
miserable estado habían llegado las cosas, y tuvo que poner á prueba el suyo
propio, con lo cual lo consiguió y volvió á Flandes imaginando lograr en la siguiente
campaña mayores triunfos. No le salieron como pensaba sus proyectos; mas hizo
con todo eso harto gloriosa campaña. Halló que se habían malogrado durante su
ausencia dos sorpresas que se dieron á las plazas de Bredevord y la Esclusa,
ambas muy fuertes, y que sin duda[93] se ganaran á
obrar los nuestros con más previsión y presteza. Ahora el Marqués dividió su
ejército en dos trozos, dando el mando de uno al conde de Busquoi, capitán de
mucho valor y experiencia, rescatado ya de sus prisiones, y conservando al otro
bajo su mano. Con estos dos ejércitos se debía obrar de manera que pasando el
Isel el uno, llegase hasta Utrecht, y el otro esguazando el Wael se pusiese
delante de Nimega, y que mientras éste contuviese al enemigo, lograse aquél al
improviso apoderarse de algunas de tales plazas y sujetar las provincias
confinantes, muy ricas y poco guardadas. Pero los temporales fueron tan recios
en aquel verano, que era imposible vadear los ríos, ni echar puentes sobre
ellos, ni correr siquiera por la campiña. Sufrieron nuestros soldados con
prodigiosa constancia el frío y los ardores del sol que allí alternaban
desconcertadamente, y las aguas y la falta de bastimentos que se originaba,
haciendo largas jornadas y campañas por tierras inundadas sin carros ni
artillería. Los enemigos, que se mantenían á la defensiva, no padecían cosa
alguna y se fortificaban y prevenían nuestros intentos con sobrado espacio.
Tomóse, sin embargo, el castillo de Lochem y la plaza de Groll, y se emprendió
el sitio de Rimberg, tantas veces tomada y perdida, que á la sazón defendían
más de seis mil soldados asistidos de muchas vituallas y artillería. Rindióse
la plaza después de un porfiado sitio en presencia del conde Mauricio, que con
mayor ejército que el nuestro no supo impedirlo. Pero no bien acabada esta
empresa, hubo en nuestro ejército un total desconcierto por la falta de pagas.
No bastando los recursos que trajo Spínola de Espa[94]ña, amotináronse muchos italianos y alemanes con los más
de los soldados del país, y el resto se mostraba gran descontento: hubo que
deshacer el ejército y repartir en diversos lugares la gente. Animados con esto
los holandeses, y viéndose con ejército de más de quince mil hombres sanos y
bien dispuestos, cayeron sobre Groll para recobrarla; pero el marqués Spínola,
reuniendo las fuerzas que pudo de entre la gente no amotinada, fué sobre ellos
y les obligó á alzar el cerco. Dió fin la campaña con la sorpresa que lograron
los enemigos en la plaza de Erquelens, saqueándola y destruyéndola por no
acertar á conservarla. Vióse claramente á pesar de los temporales que
estorbaron la ejecución del plan trazado por nuestro general, que hubiéramos
logrado nosotros no poca ventaja, á no sobrevenir aquel nuevo motín que excedió
ya á todos los conocidos, y fué el último que hubiese en los Estados; porque
irritado á lo sumo el Archiduque, y convencido de que con perdonar á los
culpables y conservarlos debajo de sus banderas, después de pagados y
satisfechos, no hacía más que abrir la puerta á nuevas y más duras señales de
indisciplina, determinó tratar á éstos con ejemplar rigor. Pagóles cuanto se
les debía, que importó más de cuatrocientos mil escudos, y en seguida publicó
un bando señalándoles veinticuatro horas para dejar los Estados, desterrándolos
de ellos perpetuamente y de todos los dominios de España bajo pena de la vida.
Fueron muchos los que la perdieron, porque siendo naturales del país costábales
trabajo abandonarlo. Los demás se derramaron por las provincias vecinas.
Mas en tanto los holandeses se mostraban ya cansa[95]dos y abatidos con la ventaja que por todas partes le
llevaban los nuestros, y soportaban mal el gran peso de la guerra. Á la verdad
sus escuadras habían sido más afortunadas que sus ejércitos en las últimas
campañas. Una de ellas, mandada por el almirante Heemskirck, logró destruir,
aunque con muerte de éste y mucha pérdida, en las aguas de Gibraltar, la que
don Juan Álvarez Dávila mandaba por nuestra parte, compuesta de veintiún
bajeles; y en las costas de Flandes y en las Indias Occidentales alcanzaron
otras ventajas, apoderándose de las Molucas. Pero, sin embargo, sus marinos
fueron derrotados delante de Malaca por don Alfonso Martín de Castro, Virrey de
Goa, y su general Pedro Blens fué rechazado en el ataque de Mozambique y en
otro que intentó al volver á Europa contra el fuerte de la Mina, donde fué
muerto con muchos de los suyos. Poco antes D. Luis Fajardo quemó diez y nueve
naves que llevaban su bandera en las salinas del Arroyo, y las Molucas fueron
también reconquistadas. De todas suertes bien conocían ellos que no compensaban
sus triunfos marítimos la esterilidad de las campañas de tierra.
Aprovechóse el Archiduque de esta disposición de
ánimo de los enemigos para entablar preliminares de paz ó treguas. Dieron oídos
los Estados de Holanda á tales pláticas, y al fin se consiguió ajustar una
suspensión de armas primero, y luego una tregua por doce años (1699), ya que no
fué posible venir á tratos de duraderas y definitivas paces. En ellas reconoció
España á la Holanda como potencia independiente; cosa que se procuró excusar
con largas trazas, mas no fué posible. De esta manera pudo darse por terminado
lo prin[96]cipal de aquel empeño. Reconocíase ya como
imposible el sujetar de nuevo á nuestro dominio aquellas provincias; cosa que
bien pudiera estar averiguada de mucho antes, dada la obstinación de los
naturales, alimentada por las preocupaciones religiosas y los auxilios
constantes que de ingleses, franceses y alemanes recibían, la multitud de
plazas fuertes, la disposición del terreno cortado por grandes ríos, por
diques, por canales y obstáculos de todo género, y la penuria de nuestra
Hacienda, que privaba á los ejércitos de las cosas más indispensables para la
guerra; provocando al propio tiempo frecuentes motines, principalmente entre la
gente extranjera y advenediza, sin honor y sin patria, que defendían por dinero
nuestra causa. Pero la fama de nuestras armas quedó ilesa, y todavía para
mirada con pavor en el mundo. Sólo que con la larga y sangrienta guerra se iban
agotando los capitanes viejos y los soldados veteranos, y extinguiéndose con
ellos el espíritu de la gloria antigua y la experiencia tan costosamente
adquirida; falta que no remediada á tiempo, debía contribuir muy principalmente
á nuestras futuras desgracias.
Vióse con ocasión de estas treguas cuál fuese el
espíritu de nuestra nación todavía, porque no hubo alguno de los hechos
escandalosos del duque de Lerma, que levantase tantas murmuraciones en España
como el haberlas aconsejado y aceptado. Aquellas negociaciones, que pueden
mirarse como la obra más loable de su ministerio, fueron miradas con disgusto
por el Rey, que llevaba á mal que con tan grandes herejes se hiciese trato
alguno, y más aún por los pueblos, que sobre alegar la propia causa de
descontento,[97] temían que con vernos ceder á la
fortuna parte de nuestras pretensiones, se entibiase el miedo de nuestro nombre
en el mundo.
Algo pudieron consolarse el Monarca y los súbditos
de no haber sujetado á los holandeses herejes con los triunfos obtenidos
durante aquel período contra otros enemigos de Dios. La guerra contra los
berberiscos y turcos se continuó con mucho empeño, peleando con gloria en todas
partes. Derrotó D. Nuño de Mendoza, Gobernador de Tánger y Arcila, á los moros
que iban á sitiar sus plazas. El marqués de Santa Cruz apresó con sus navíos
muchas embarcaciones turcas en el Archipiélago, y entró y dió á saco las islas
de Longo, Patmos, Zante, Durazzo y otras circunvecinas. También el marqués de
Villafranca, D. Pedro de Toledo, tomó once bajeles de corsarios turcos en el
Archipiélago. Pero quien ganó más gloria fué D. Luis Fajardo, que salió de
Cádiz con doce navíos, y después de apoderarse de uno muy rico de los moros,
llegó á la goleta de Túnez, destruyó muchos bajeles turcos que estaban al
abrigo de aquella fortaleza, cogió mucho botín y ocasionó en la costa grandes
daños.
En tanto en Asia, D. Felipe Brito, Gobernador de
Siriam, deshizo las naves del Sultán ó régulo de Astracán y se apoderó del
reino de Pegú, tomando por allí una extensión nuestros dominios verdaderamente
inmensa, y además en América sostuvimos larga y al fin afortunada guerra contra
los araucanos, tribu valentísima del reino de Chile, levantada en contra de
nuestra dominación. Fué el caudillo de ellos el famoso Caupolican; y al
principio vencieron algunas batallas, haciendo gran destrozo en los nuestros,
hasta que fué allá el[98] marqués de Cañete, y con
muerte de los más redujo á los que quedaron á la esclavitud y puso paz en
aquellas apartadas provincias. Cantó esta guerra, como es sabido, con más color
de historia que de poema don Alonso de Ercilla.
SUMARIO
De 1610 á 1621.—Expulsión de los moriscos, sus
principios y sus fines.—Guerra contra los infieles.—Francia: proyectos y muerte
de Enrique IV.—Alemania: campaña de Spínola en el país de Julliers.—Italia:
humillación del duque de Saboya, tramas de éste y de Venecia, sucesión del
Monferrato, guerra con Saboya, batalla de Asti, Oneglia, tratado de Asti,
batalla de Apertola, sitio de Vercelli, derrota de D. Sancho de Luna,
Lesdiguières y el marqués de Villafranca, el duque de Osuna y el marqués de
Bedmar, empresas de Osuna, los Uscoques, Venecia, combate naval en Gravosa, paz
de Pavía, falsa conjuración y desgracia de Osuna.—España: últimos años de la
privanza de Lerma, Calderón, Uceda, el P. Aliaga, el conde de Lemus, D.
Francisco de Borja, caída del privado.—Guerra marítima: principio de la guerra
de los treinta años, batalla de Praga.—Muerte de Felipe III.—Estado en que dejó
la Monarquía.
Las treguas con Holanda, vituperadas ó
alabadas, ofrecieron al fin á España el descanso de que tanta necesidad tenía:
grande ocasión para aprovecharla en aliviar la Hacienda pública, y en comenzar
la obra de reparación y regeneración indispensable, si había de[100] contenerse la decadencia del reino. No se
emplearon en esto ciertamente los días de tregua. El duque de Lerma continuaba
por entonces disfrutando sin contradicción del favor regio, y aumentaba su
fausto y crecían para sostenerlo sus cohechos. Daba soberbios banquetes, y
celebraba en fiestas públicas costosísimas los sucesos alegres de su familia,
ni más ni menos que se suelen celebrar los de las familias reales. El Rey
seguía orando, y él trabajando, sin saberlo acaso, por impericia ó ambición en
la ruina total del país. Ayudábale aquel don Rodrigo Calderón, su privado;
hombre de no escaso talento y astucia, pero más fastuoso y codicioso aun que
él, y que más adelante mostró peores mañas y cualidades. Este, que era su
confidente y consejero, ha de ser mirado en todo como su cómplice.
Fué poco después de las treguas cuando se verificó
el suceso más desgraciado que hubiera presenciado España en muchos siglos.
Corría aún el año de 1609, y oíase gran rumor de armas en la Península, que
parecía desusado por la ocasión, puesto que no se hallaba enemigo en nuestras
fronteras. Carlos Doria, duque de Tursis, y el marqués de Santa Cruz, nieto el
uno del famoso Andrea, hijo el otro del grande Almirante de Felipe II, y
Villafranca, Fajardo y D. Octavio de Aragón, inclinaron las proas de sus naves
al mar de España. Los tercios viejos de Italia dejaron apresuradamente sus
costas. Tomáronse en lo interior grandes precauciones militares, en especial
por la parte de Granada y Valencia. Formáronse ejércitos, nombráronse
generales, y no parecía sino que alguna invasión temible ó insurrección
sangrienta iba á encender en armas la Península. Y, sin embargo, todo estaba al
parecer en paz.
Era que uno de los males más profundos de la
Monarquía, nacido de su propia constitución, y desconocido ó mal curado los
años anteriores, acababa de cegar los ojos de nuestros políticos, tratando de
acudir al reparo. Los moriscos que habitaban principalmente las costas
orientales y meridionales de la Península no cesaban de mantener inteligencias
con sus vecinos marroquíes y argelinos, y aun con el mismo Sultán de los
turcos. Tratados con rigor sobrado y notable injusticia, antes habían aumentado
que no disminuído los años el antiguo rencor á nuestra raza. Después de
pacificados por fuerza de armas, el odio había ido en aumento cada día. No se
devolvieron á los de Granada los bienes confiscados durante la rebelión, ni
siquiera á los que, lejos de la guerra, habían sido encausados y desterrados
solamente por precaución y sospechas. Mantúvose en muchos el destierro que
comenzaron á padecer entonces, y la Inquisición redobló sus persecuciones
contra todos ellos, mirándolos con más prevención y con menos piedad que nunca.
Huyeron algunos de los moriscos á tierras extranjeras por no soportar tales
rigores; pero lo general de la raza oprimida, no pudiendo huir, comenzó á
tramar conspiraciones contra el Estado, poniéndose en comunicación y tratos con
varios príncipes enemigos nuestros, y principalmente con Enrique IV de Francia,
á quien llegaron á ofrecer, según se dijo, que seguirían bajo su dominio la
religión protestante, con tal de no ser católicos en España.
Cuando los ingleses tomaron y saquearon á Cádiz,
tuvo Felipe II temores de un levantamiento general de los moriscos andaluces,
cosa que acaso se habría verificado á mantenerse algo más los extranjeros en
aquella[102] plaza. Tratóse luego de que los
marroquíes hiciesen un desembarco en la Península, prometiéndoles que se
alzarían ellos en su ayuda, y que juntos acabarían con el poder español en su
propio lecho. Pero Muley Cidam, que gobernaba entonces en la ciudad y
provincias de Marruecos, tenía demasiado en que entender con sus contrarios los
de Fez, por andar á la sazón dividido el Imperio, y no pudo acudir como hubiera
deseado en socorro de sus hermanos: con esto hubo lugar á que la conjuración
fuese descubierta. Las cosas habían llegado, pues, á tal punto que necesitaban
de enérgico y pronto remedio. Si en tiempo de Fernando V se hubiera comprendido
cuanto importaba que aquella nación se hiciese una con la nuestra y se hubieran
tomado medidas adecuadas al caso en aquel reinado y los posteriores, no hay duda,
como atrás dejamos dicho, en que jamás habrían llegado tan críticas
circunstancias. Pero el mal estaba hecho, y el remedio tenía de todas suertes
que ser doloroso.
No tardó en imaginarse la expulsión, tan bien
ensayada en los judíos, y que desde los días de la conquista había tenido
muchos partidarios; pero se tropezaba con un obstáculo tan poderoso que pasaban
años y años y no podía llevarse á cabo. Eran vasallos muchos moriscos de
ricos-hombres de cuenta, principalmente en Valencia, donde se miraban más
numerosos que en otra alguna parte, fundándose en su vasallaje grandes
fortunas. Así fué que siempre que se pidió dictamen sobre el caso á los
ricos-hombres y barones, se halló que el mayor número contradecía la expulsión.
Y si los vasallos por serlo oponían tal dificultad, mayor la oponían los
moriscos que no eran vasallos y vivían opulentos y[103] libres,
atesorando en sí las mayores riquezas. Estos tenían defensores asalariados
entre los poderosos de aquella corte de España, donde todo se lograba á la
sazón por salario ó precio, y aun al clero mismo que había de endoctrinarlos ó
vigilarlos ó solicitar su castigo, le traían en cierto modo sobornado con los
grandes diezmos y rentas que le proporcionaban. Llegaban las riquezas hasta á
librarlos de las garras de la Inquisición, tolerándoles á ellos desmanes que el
fuego y el hierro corregían tan duramente en los demás españoles. Sábese que el
conde de Orgaz era el protector de los moriscos de Valencia, y recibía por ello
cada un año más de dos mil ducados; y en la corte de Roma lo era un cierto
Quesada, canónigo de Guadix, el cual cuidaba de que las disposiciones del
Pontífice no se ajustasen bien con las del Rey, á fin de estorbar unas y otras,
lo mismo que los protectores que estaban en Madrid cuidaban de parar ó
desvanecer cualquier intento que pudiera serles dañoso, desmintiendo las
traiciones de que se les acusaba y atribuyendo á ignorancia sus malas obras.
Sin embargo, las traiciones, aunque acaso provocadas por nuestros rigores, eran
evidentes; y sus obras eran más de moros, que solo por fuerza aparecían
cristianos, y de hombres sedientos de venganza, que no de ignorantes. Los
cristianos viejos que vivían en sus comarcas no osaban salir de noche, y en las
regaladas lunas de verano, orillas del mar de Valencia, no era raro el hallar
al hospedaje y festejo de los moriscos cuadrillas de piratas argelinos y
saletinos, saqueando haciendas de cristianos, matándoles ó cautivándoles á
mansalva. Crecía con esto cada día el recelo en los nuestros y la cólera y la
audacia en los moriscos. Contábanse las[104] casas
de moriscos y cristianos, y hallábase que las de aquéllos se aumentaban de año
en año, al paso que las de éstos mermaban. Veíase donde quiera armados á los
moriscos, y aunque se intentó por varios modos desarmarlos, no se halló medio
de ejecutarlo completamente. Todo esto obligó á tomar algunas prevenciones,
particularmente en Valencia, y cuando el duque de Lerma, Conde entonces
todavía, gobernaba en aquel reino corriendo los últimos años de Felipe II,
fundó la llamada milicia efectiva ó general, compuesta de todos los cristianos
aptos para la guerra, y que llegó á ascender á diez mil infantes y muchos
caballos, los cuales, en sus casas, con lugares de reunión y plazas de armas
preparados, con armas y pertrechos, esperaban la hora del peligro para acudir á
conjurarlo.
Pero tantas prevenciones no parecieron bastantes
todavía. En 1602, el Patriarca de Antioquía y Arzobispo de Valencia, D. Juan de
Rivera, escribió un papel al Rey proponiéndole francamente la expulsión; mas
pedida explicación de los medios con que había de ser ejecutada se halló que el
buen Prelado no entendía por moriscos sino á los de Castilla, Aragón y
Andalucía, porque los de Valencia, aunque más numerosos y temibles que
ningunos, juzgábalos necesarios para el sostenimiento de su persona humilde y
de su casa de Dios. Nada mas curioso que la argumentación de aquel Prelado
lleno de celo y deseoso de ver fuera de España á los infieles; más no tan
enemigo de su particular conveniencia y comodidades que consintiera por tal
celo y deseo en disminuir sus rentas. Desechóse la distinción en la corte como
era razón, viendo cuán incompleto quedaba con ello el intento, y no faltaron
personas que[105] en sendos libros la combatiesen.
Tenía acaso más partidarios la opinión mostrada en otro tiempo por el célebre
Torquemada, de que en caso de infidelidad de los moriscos á todos los mayores
de edad debía pasárseles á cuchillo, y á todos los menores repartirlos como
esclavos; pero la que prevalecía en los más prudentes era la de ejecutar la
expulsión total, echando de España á los moriscos de Valencia lo mismo que á
los de Castilla, Sierra Morena, Extremadura y riberas del Segre. Y cierto que
dada la expulsión no podía concebirse otra cosa.
Comenzó á formárseles un género de proceso secreto
en la corte, oyendo el Rey á todos los que alegaban contra ellos, y no dejando
también de oir á algunos de sus defensores, que, á más de los asalariados, hubo
de éstos algunos no desconfiados de su conversión y pacificación, como los
obispos de Segorbe y de Orihuela, mayormente el primero. Fué de los enemigos
más grandes de los moriscos el fraile Bleda, que escribió de aquel suceso en
su Crónica de los moros, el cual por conseguir la expulsión
hizo tres viajes á Roma, y escribió libros y memoriales, é hizo cuanto puede
dictar el celo más desapiadado. Comprobóse que traían inteligencia con Enrique
IV de Francia, el cual, aunque cristianísimo, no había titubeado en prestarles
favor, bien que, como arriba indicamos, se dijo que le habían ofrecido hacerse
protestantes bajo su mano. Mas puede creerse que quien los ayudaba con promesa
de tan poco verosímil cumplimiento, también los habría ayudado aún cuando
renovaran los tiempos de Taric-ben-Zeyyad y de Muza-ben-Nosseir y los desastres
del Guadalete. Al lado de estos cargos, verdaderamente graves, aparecie[106]ron otros contra los tales moriscos, oídos entonces
con horror en España. Uno era que no criaban puercos, animales aborrecidos de
Mahoma; otro era, que cumpliendo á veces sus tratos mejor que los cristianos,
no convenía dejar en pie tan mal ejemplo, y que se notase que los nuestros con
ser en la fe antiguos eran menos honrados y virtuosos que los que ahora
acababan de recibirla y no estaban en ella muy seguros: ni fué tampoco de los
menores el suponer que en las misas ejecutaban socapa y á escondidas de los
cristianos, irreverentes demostraciones. No pudo resistir más Felipe III: y
como el duque de Lerma anduviese tan de antiguo receloso de los moriscos acabó de
decidirle en un todo. En 1606 era ya cosa resuelta la expulsión.
Dilatóse, sin embargo, tres años por los empeños en
que andaba á la sazón la Monarquía. Guardóse grande y maravilloso secreto sobre
ello, y fué de notar la conducta del duque del Infantado, posesor de la baronía
de Alberique y otras pobladas de moriscos y muy ricas á causa de ellos, el
cual, sabiendo lo que había de ejecutarse tan en daño suyo, como que de un
golpe iba á perder millares de vasallos y copiosísimas rentas, no hizo
movimiento alguno, ni se aprovechó de la noticia para negociar sus intereses, tal
como si estuviese ignorante de todo. No fueron tan generosos otros señores,
ricos-hombres y corporaciones interesadas en la conservación de los moriscos.
Eran de los principales intereses los que se
fundaban sobre los censos. Había cristianos que vendían á los moriscos ropas y
oro y alhajas de mala ley al fiado, por mucho más precio de lo que valían y con
crecida usura; otros, que prestaban á las aljamas ó Universidades grue[107]sas cantidades al diez por ciento de usura, y de tales
préstamos eran no pocos para los mismos barones y señores de ellas; otros, en
fin, que tenían dinero consignado sobre casas y campos de propiedad de moriscos
particulares. Con el producto de tales censos vivía la mayor parte de la
nobleza, conventos, parroquias, cabildos y otra infinidad de gente honrada del
reino, las iglesias, colegiatas y catedrales. Y así fué que el rumor de la
expulsión llenó de espanto á todas las provincias donde había moriscos y
censos; y que muchos, no tan generosos como el duque del Infantado, con noticia
cabal del intento se apresuraron á negociar sus créditos. No dió tiempo, sin
embargo, el edicto para que pudieran excusarse tales daños en los cristianos,
ni tampoco para que los moriscos ricos, que, aunque nada sabían, recelaban lo
bastante para desear convertir en dinero sus haciendas, pudieran ejecutarlo.
Por Agosto de 1609 se decretó la expulsión de los de Valencia, al propio tiempo
que se tomaban todas las medidas que parecieron necesarias para ejecutarla.
Era Capitán general del reino de Valencia el
marqués de Caracena, D. Luis Carrillo de Toledo; enviósele por Maestre de campo
general de las armas á D. Agustín Mejía, soldado viejo de Flandes y castellano
allí de Amberes; aprestáronse las llamadas milicias generales, y acercáronse á
las fronteras de Valencia y Aragón los jinetes de Castilla; Doria y Santa Cruz
trajeron: el primero, en diez y seis galeras, el tercio de Lombardía, mandado
por D. Juan de Carmona con mil doscientos cincuenta soldados efectivos; y el
segundo, el de Nápoles, con dos mil setenta, gobernados del Maestre de campo D.
Sancho de Luna y Rojas. Las galeras que te[108]nía en
Sicilia el duque de Osuna vinieron también, y eran nueve, con D. Octavio de
Aragón por general; bien que aquella armada estuviese á las órdenes de don
Pedro de Leiva y ochocientos hombres en nueve compañías. D. Luis Fajardo, con
catorce galeras de la carrera de Indias y mil soldados, y el marqués de
Villafranca, duque de Fernandina, D. Pedro de Toledo, con las galeras de
España, que eran veintiuna, y hasta mil trescientos soldados también acudieron
á la empresa. Fué el punto de reunión de todas las armadas Mallorca, y desde
allí se repartieron los puestos. Los bajeles de España y los de Génova vinieron
á cerrar la boca de los Alfaques: los de Nápoles se apostaron en Denia, los de
Sicilia en Cartagena y en Alicante los de Indias. Desembarcaron las tropas,
repartiéndolas los capitanes en los puestos donde se creyó que pudieran los
moriscos fortificarse: D. Pedro de Toledo por la parte del Norte del reino
hacia Aragón, y D. Agustín Mejía por la del Sur hacia Murcia. Luego se publicó
el edicto en Valencia. Disponíase que dentro de tres días de publicado el bando
todos los moriscos saliesen de sus casas, bajo pena de muerte, yendo adonde el
Comisario real que se enviase á sus comarcas les ordenara, para ser
transportados á Berbería, llevando consigo los bienes muebles que pudieran
conducir por sí mismos. Permitíase que en cada lugar quedasen seis personas
para que conservasen el cultivo del azúcar y las artes moriscas, y que quedasen
también los niños menores de cuatro años, con licencia de sus padres, para ser
criados entre los cristianos viejos, esto como favor singular. Luego se les
dieron sesenta días de término para disponer de sus bienes, muebles y
semovientes, y lle[109]varse el producto, no en metales
ni en letras de cambio, sino en mercaderías, y éstas, compradas de los
naturales de estos reinos y no de otros, á no ser que prefiriesen dejar la
mitad de la hacienda para el Rey, en cuyo caso bien podían llevar consigo todo
lo prohibido en oro y plata y letras de cambio. Los bienes raíces fueron sin
excepción confiscados, tales eran las principales disposiciones.
Los moros, aterrados al principio con lo violento
de tal resolución, trataron al fin de defenderse y acudieron á las armas. Uno
de ellos, por nombre Turiji, persona principal del valle de Ayora, levantó
banderas de rebelión, y á poco un molinero de Guadalest llamado Milini,
insurreccionó también el valle de Alahuar, saqueando y destruyendo sin piedad
los pueblos de cristianos y matando á cuantos caían en sus manos. Pero sin
armas, sin enseñanza militar y cogidos al desprovisto, tuvieron que ceder al
fin á los aguerridos tercios de España y someterse á su destino. No fué con
todo sin algunos combates. Las cumbres de los montes, los llanos y los caminos
parecían cubiertos de ellos, que corrían furiosos de acá para allá, á pie y á
caballo, con armas y sin ellas, comunicándose los acuerdos y animándose unos á
otros. Hombres, mujeres y ancianos, grandes y pequeños, se mostraban en el
último punto de la desesperación. Y no es decir que faltaran moriscos que
tomasen la expulsión á regocijo: habíalos, sin duda, tan celosos de la fe de
Mahoma y tan deseosos de salir entre cristianos, que no suspiraban por otra
cosa y que respondieron con gritos de júbilo al mandato de salir de España.
Pero éstos no eran los más, á lo que puede deducirse de los hechos, sobre todo
luego[110] que llegó á susurrarse que no los
recibían tan bien en África como se esperaba.
Dió altas muestras de su sagacidad y talento el
marqués de Villafranca, duque de Fernandina, D. Pedro de Toledo, porque en la
parte del reino que él tomó á su cargo fueron tales sus disposiciones que no se
oyó un solo grito de rebelión. Pero el Maestre de campo, general D. Agustín
Mejía, anduvo algo más descuidado y dió tiempo á que Millini ó Mellini por un
lado, y Turigi por otro, se fortificasen y reunieran fuerzas que llegaron á
parecer temibles, aclamándose uno y otro por reyes en sus comarcas. Entró D.
Agustín Mejía en la sierra de Alahuar, llevando por delante á las cuadrillas de
moriscos rebelados en el contorno; tomó el castillo de las Azavaras, en cuyo
asalto dió heroica muestra del valor de su persona D. Sancho de Luna; luego los
moriscos guarecidos en las peñas se pusieron al opósito del ejército, y hubo
gran matanza de ellos y alguna pérdida de los nuestros, pereciendo entre otros
el reyezuelo Mellini, con que los rebeldes pusieron en su lugar á un cierto
Miguel Piteo. Al fin, llegó D. Agustín Mejía con el tercio de Nápoles, el de
Sicilia y muchos soldados de milicias y particulares al castillo de Polop,
último asilo de los rebeldes: allí padecieron horrible hambre y sed por no
haber hecho provisión de nada, hasta que al cabo de nueve días se rindieron á
condición de salvar las vidas. Entre tanto Vicente Turigi, que así se llamaba
el reyezuelo de Ayora, reunió muchos moriscos en la Muela de Cortés, lugar muy
proporcionado para la defensa: salió á reconocerlos el Gobernador de Játiva, D.
Francisco Milán y Aragón, y tuvo con ellos un encuentro, donde, peleando
valerosí[111]simamente, les hizo mucho daño: luego D.
Juan de Cardona, con su tercio de Lombardía y milicias, vino á atacarlos en sus
posiciones, y no osando aguardarlo, se desbandaron, abandonando cuanto tenían y
pereciendo los más de los que allí se recogieron al filo de la espada, hombres,
niños y mujeres. Turigi, sin embargo, anduvo algún tiempo escondido por la
ribera del Júcar, hasta que al fin fué preso y ejecutado en Valencia, donde
murió como cristiano. Hubo á la par muchísimas muertes por todas partes entre
cristianos y moriscos, pretendiendo aquéllos robar á los que iban pacíficamente
á embarcarse, solícitos éstos en vengar su afrenta y daño.
Al cabo se completó la expulsión en Valencia, y en
el año siguiente (1610) fuéronse dando edictos y expulsando á los moriscos que
quedaban en las demás partes de España. De las costas de Valencia pasaron las
armadas á las de Cataluña y Aragón, y fué también D. Agustín Mejía; salieron de
allí los moriscos sin resistencia alguna, coadyuvando muy eficazmente al logro
de la empresa el Capitán general de Rosellón y Cataluña, duque de Monteleón, y
el Virrey de Aragón, don Gastón de Moncada, marqués de Aitona. Á los de
Extremadura los expulsó el licenciado Gregorio López Madera; á los de Castilla,
el conde de Salazar, D. Bernardino de Velasco, y á los de las Andalucías, el
duque de San Germán, Capitán general de la provincia, sin que en parte alguna
se notase ya resistencia. Luego se hicieron indagaciones é inquisitorias por
las ciudades y campos para rebuscar á los pocos moriscos que habían quedado
escondidos; algunos fueron cazados en los montes, como fieras; otros fueron
atraídos con ha[112]lagos y embarcados, y así acabó de
desarraigarse aquella raza triste de nuestro suelo. Á fines de 1610 podía
reputarse por terminada la obra.
Tachóse de impolítico y de injusto el edicto en las
naciones extranjeras; tanto, que el cardenal Richelieu dijo de él que fué el
consejo más osado y bárbaro que hubiese visto el mundo. Sobre todo han sido
censuradas ciertas disposiciones derechamente encaminadas á enriquecer la
hacienda del Rey con los despojos, ó más bien la del duque de Lerma y sus
parciales. De cierto pueden considerarse aquellas medidas como desacertadas y
fatales para España. Aun en el trance extremo en que estaban las cosas, aun siendo
tan necesario el reprimir duramente á los moriscos y siendo tan peligrosos á la
Monarquía, pudiéronse hallar expedientes que no causasen con su expulsión total
tamaños males. Había moriscos que profesaban sinceramente la religión católica,
y tanto que murieron como mártires por ella entre los de su nación. Los más de
ellos ignoraban ya la lengua y literatura árabe, y, por el contrario, hablaban
la lengua y dialectos de España como los mismos cristianos; escribían libros
que podían pasar por clásicos en nuestra literatura, y mostraban gran
conocimiento de nuestros escritores y de los escritores greco-latinos, que
andaban entonces en moda. Cursaban en nuestras Universidades, aprendían
nuestras artes, á la par que nos enseñaban las suyas; y en sus gentilezas y
bizarrías y hasta en la desenvoltura de sus mujeres, más se parecían á los
españoles que á los moros ó turcos, sus hermanos. Aun los hubo tan apegados á
nuestras cosas, que en el destierro conservaron nuestra lengua y costumbres, y
las guardaron por mucho tiem[113]po después,
transmitiéndolas de sus personas á las de sus descendientes en las muchas
ciudades y villas que fundaron en África. Y los más de ellos sentían tanto amor
al suelo de España, que por no dejarlo hicieron al Rey los ofrecimientos más
extraordinarios, ya prestándose á rescatar á todos los cautivos cristianos en
Berbería, ya á pagar las flotas y las guarniciones españolas de sus provincias.
Algo pudiera, por tanto, aprovecharse en tanta
gente y tan diversa, conservando en el reino á los que lo mereciesen, y
expulsando con efecto á los más indóciles y aun á los sospechosos de sedición,
siendo cierto que contendría á los que se quedasen el castigo de los que se
iban. Lo principal era apartarlos de las costas y meterlos en el interior de
España; y eso bien pudo hacerse con muchos, sin peligro alguno ni dificultad
muy grande, que yermos y tierras baldías que poblar no faltaban ciertamente en
nuestro suelo. Pero no se pensó en otra cosa que en echarlos y en tomar sus
despojos. Ni aun esto se logró como se quería; antes bien, fueron ellos quien
nos empobrecieron: unos, llevándose, como los judíos, grandes letras de cambio;
otros, que, aprovechándose del permiso que se les dió de exportar oro y plata,
dejando la mitad para las arcas reales, pusieron en circulación inmensa
cantidad de moneda falsa y de falsas alhajas, y se llevaron consigo el oro y
plata de buena ley. No alcanzaron tampoco los moriscos el fruto de este último
engaño, por la ocasión disculpable. Muchos de los barcos que habían de
transportarlos, mal preparados y dispuestos y por demás cargados, naufragaron,
haciendo presa el mar de millares de cadáveres. En muchos, no los naufragios,
sino la cruel[114]dad y mala fe de los pilotos y
marineros causaron igual suerte, porque, deseosos de soltar pronto la carga
para tener tiempo de volver por otra, echaron al mar á los moriscos que
llevaban. Y aun no paraba aquí su desdicha, sino que, al llegar luego á los
puertos donde los dejaban, eran asesinados y saqueados, por lo común, sin
piedad alguna. En África mismo, viéndolos los moros ignorantes de su lengua y
de sus historias y devociones, y tan distintos en usos, maneras é industrias,
no quisieron ya reconocerlos por hermanos, y robaron y despedazaron á la mayor
parte.
Es imposible recordar los pormenores de aquella
catástrofe sin sentir el corazón oprimido y sin lamentar la suerte de tantos
infelices hijos de España, criados al fin á nuestro sol y alimentados en
nuestros campos. Pocos libraron su vida, menos aun las riquezas que poseyeron.
Y no fueron ellos solos los perjudicados, sino que de nuestra parte fué no
menor el daño y ruina. Las ricas y populosas costas de Valencia y Granada
quedaron entonces miserablemente perdidas; olvidóse casi la industria, que
solamente los moros ejercían; abandonáronse los campos que ellos solos sabían
cultivar; centenares de pueblos desiertos, millares de casas derruídas,
quedaron por señal de su partida. Calcúlase de diversas maneras el número de
los moros expulsados; pero pocos lo bajan de un millón de personas de toda edad
y sexo. Hecho verdaderamente grande y admirable, á no ser tan infeliz para
España.
No se sació con echar á los moriscos del reino la
saña de los Ministros de Felipe III. Pareció por un momento que se iba á
resucitar la antigua política de España, extendiendo nuestro poderío por las
tierras in[115]fieles, cosa que ofrecía más facilidad y
menos gastos que las empresas de Italia y de Flandes, y podía ser de mucho más
provecho á la Monarquía. Harto mejor campo era este para esgrimir las armas en
defensa de la religión y en contra de los enemigos de la fe. Y si, en efecto,
España hubiese consagrado todas sus fuerzas al África, todavía los males de la
expulsión de los moriscos no hubieran sido tan grandes, aunque siempre hubieran
sido de mal ejemplo y precedente aquellas muestras de demasiado rigor para que
los africanos se rindiesen á los nuestros sin grande esfuerzo. Pero todo paró
en la toma de Larache, por astucia, en la de la Mamora, y en algunos arrebatos
y empresas marítimas.
Ya en 1602 Carlos Doria había llevado una armada
delante de Argel, que acaso se hubiera apoderado de aquella plaza indefensa
entonces, á no ser deshecha por las tempestades, tan enemigas de España. Al ver
lo frecuente que eran tales desgracias en nuestra marina por aquellos tiempos,
sospéchase con fundamento que los bajeles españoles, aunque mandados por
hábiles y experimentados Generales y llenos de gente valerosa, no estaban bien
aparejados ni tripulados con buena marinería, dado que las armadas inglesas y
holandesas corrían en tanto los mares con mucha mejor fortuna.
Encamináronse ahora, dejado lo de Argel, los
intentos del Gobierno español contra Larache. Era aquel puerto madriguera y
abrigo de corsarios berberiscos y saletinos, y de piratas holandeses, franceses
é ingleses, que desde allí tenían en continuo desasosiego nuestras costas.
Propuesto el apoderarse de la plaza, se aprovechó la ocasión de los tratos que
había movido de proprio motu con nuestra Corte Muley Xeque,
Rey de Fez, que[116] era quien la poseía, el cual
estando en guerra bravísima y larga con Muley Cidan, que gobernaba en
Marruecos, deseaba tener propicio al Rey de España, para hallar refugio en
cualquier desmán en sus Estados. Un cierto Juanetín Mortara, genovés avecindado
en África, fué el mensajero que escogió el moro para pedir el seguro, el cual,
ganado por nuestra Corte, trabajó con mucha astucia y acierto, y con exposición
notable de su persona en que el marroquí nos cediese á Larache. Logróse después
de muchas dificultades (1610), y de muchas idas y venidas de nuestra armada á
aquellas costas y un año de negociaciones; pero no fué sin gastos, porque entre
otros, hubo que darle á Muley Xeque doscientos mil ducados en dinero y seis mil
arcabuces. Manía singular aquella de comprar aún lo que podía adquirirse por
armas, porque á la verdad era España en ellas todavía más rica y poderosa que
no abundante en dineros.
Más acierto hubo en la toma de la Mamora, donde,
perdida Larache, habían trasladado los piratas moros y cristianos su
madriguera. Rindióla D. Luis Fajardo, que salió de Cádiz (1614) para el caso
con una armada de noventa velas, cogiéndola al desprovisto y casi sin defensa;
y el Gobernador que allí quedó, Cristóbal de Lechuga, supo conservar la plaza
de modo que, aunque bien la acometieron los moros los años adelante, no
pudieron recobrarla.
No menos afortunado por mar que D. Luis Fajardo, se
presentó el marqués de Santa Cruz con su armada destinada á cruzar en las
costas de Nápoles delante de la Goleta de Túnez, quemó once naves que allí
había al abrigo de la fortaleza; y desembarcando luego en la[117] isla
de Querquenes la saqueó, trayéndose mucho botín y número grande de cautivos,
aunque no sin pérdida, porque los moros obstinadamente defendieron sus puestos.
Y el duque de Osuna, Virrey á la sazón de Sicilia, donde comenzaba ya á echar
los cimientos de su fama, aprestó una armada en aquellos puertos, la cual,
viniendo á las costas berberiscas, echó gente á tierra en el lugar de Circeli,
y á pesar de la valiente defensa de los turcos que lo defendían, lo entró á
fuego y sangre, con muerte de más de doscientos de ellos y poca pérdida de su
parte.
Alentado Osuna con la gloria y provecho de este
triunfo, juntó mayor armada al mando de D. Octavio de Aragón, marino muy
ejercitado. Navegó este General á los mares de Levante; y encontrándose con
diez galeras de turcos algo separadas de una grande armada que tenían ya á
punto aquellos infieles, las combatió, y después de un recio combate tomó seis
sin que el grueso de las naves contrarias acudiera á estorbárselo, con lo cual
y otras presas que hizo se volvió á Palermo, rico y glorioso. No tardó Osuna en
ordenar otra vez á don Octavio que saliese al mar; habían hecho los turcos un
desembarco en Malta, y sabedor de ello el General de los nuestros, llegó y
atacó su escuadra anclada en las costas, echó á pique unas galeras, apresó
otras y obligó á los enemigos á embarcarse y huir. En tanto don Juan Fajardo,
D. Rodrigo de Silva y D. Pedro de Lara hicieron muy ricas presas en los
corsarios mahometanos, principalmente el último, que, en dos naves marroquíes
que rindió, halló más de tres mil manuscritos árabes de filosofía, medicina,
política y otras artes, los cuales fueron traídos á la biblioteca del Escorial,
don[118]de algunos se hallan todavía; y otros, los más,
perecieron en el doloroso incendio de 1674.
Mas siguió predominando en los consejos el interés
de influir y dominar en Europa; y cierto que á la sazón nos aquejaban aquí
graves cuidados, porque el rey de Francia, Enrique IV, no había cesado de hacer
aprestos de guerra desde la paz de Vervins, ni de procurarse alianzas, además
de ayudar á nuestros enemigos tanto al menos como nosotros ayudamos en la
ocasión á los suyos. Secundábale Sully, su gran privado, hombre de gran
capacidad y celo, al cual debió Francia la gran prosperidad en que se halló los
años adelante. Tanto el Rey como el Ministro aborrecían de corazón á España,
por el calor que había dado á la liga católica. Alarmada nuestra Corte con los
preparativos del francés, comenzó á inquirir sus intentos para destruirlos
antes de que llegasen á ejecución. Trajeron en nuestro favor el oro y las
promesas de alianza y amparo, á casi todos los ministros de Enrique IV, y hasta
la reina María de Médicis y á María de Verneuil, querida del Monarca francés.
Dícese que éste no podía hacer cuajar sus proyectos, ni preparar ninguna trama
contra España sin que de nosotros fuese conocido el intento, por secreto que
pareciera. Pero á la verdad el de movernos ahora guerra no lo era ni se cuidaba
mucho Enrique IV de que lo fuese. En una conferencia con nuestro embajador don
Iñigo de Cárdenas, que fué á pedirle cuentas de sus armamentos tan inesperados,
exclamó lleno de cólera: «¿Quiere vuestro Rey ser señor de todo el mundo? Pues
yo tengo la mi espada en la cinta tan larga como otra.» Á lo cual respondió D.
Iñigo, con la gravedad y nobleza que solían tener los ministros de Felipe II,
que[119] el Rey de España no quería ser dueño del
mundo, porque ya Dios le había hecho señor de lo mejor de él; y que «sin
meterse en el tamaño de las espadas, era tal el de la espada de su Rey, que en
Europa y las demás partes del mundo podía sustentar lo que tenía y mantener su
reputación de modo que quien la provocase habría de sentirla.» Pasaron allí
otras razones tanto y más duras, y públicamente se hablaba ya del tiempo y el
modo con que Enrique IV había de invadir nuestras provincias de Flandes.
Indudablemente para el Monarca francés eran
bastantes motivos de guerra el odio que profesaba á España y el deseo de
destruir nuestra preponderancia en Europa; mas la Historia no puede callar un
motivo pueril propio de aquel Rey tan flaco con las mujeres, aunque dotado de
altas prendas y cualidades. El príncipe de Condé se había refugiado en Bruselas
con su mujer joven y hermosa de quien estaba locamente prendado el rey Enrique.
Hablando con nuestros embajadores apenas dejaba de nombrar entre los negocios de
Estado que lo traían descontento de España, el que alejase aquél la mujer de
sus manos, y hablaba en su particular de ir á Bruselas y traérsela por fuerza
de armas contra la voluntad del esposo. En esto le sorprendió el puñal de
Ravaillac, que le quitó tales proyectos con la vida (1610). Aquel crimen fué
sin duda útil para España, puesto que con él quedó libre de tan peligroso
enemigo; y aun por eso sin duda hubo quien lo atribuyese á nuestras artes.
Calumniaron torpemente los que dejaron correr tales voces á nuestro buen rey
Felipe III, que era tal, que al decir de un embajador veneciano en ciertos
despachos á su Gobierno, «no habría hecho un[120] pecado
mortal por todo el mundo». Ni los hechos del duque de Lerma autorizan á creer
que de por sí tramase tamaña alevosía, ni era fácil que sin conocimiento del
piadoso Rey la intentase. Á la verdad, el Gobierno español obedecía al
maquiavelismo indigno de la época, empleando las artes de la seducción con
harta frecuencia; mas no la usaban menos contra él los extranjeros, aunque no
con tanta fortuna, porque no se hallaban españoles que hiciesen traición á su
patria. Ni ha de ser razón ésta para que se atribuya á nuestro Gobierno un
crimen que pudo ser más ventajoso, y no se imaginó en los días de Felipe II.
Descansó con la muerte de Enrique IV la política
española por aquella parte, y ya no se trató sino de aprovechar las
circunstancias. Logró de la reina regente, María de Médicis, D. Iñigo de
Cárdenas, no sólo que apartase al ministro Sully de los negocios, sino también
que lo redujese á prisión, libertándonos así de aquel otro enemigo. Y en
seguida para asegurarnos más se ajustó el matrimonio del príncipe de Asturias,
don Felipe, con Doña Isabel de Borbón, y el de la infanta Doña Ana de Austria
con el rey de Francia, Luis XIII. Casi al propio tiempo (1611) murió de
sobreparto la reina Doña Margarita de Austria, con gran sentimiento de su
esposo, que no quiso ya contraer segundas nupcias; y los funerales de la Reina
se confundieron con los festejos ruidosos que produjeron los nuevos
matrimonios, de que se esperaba por cierto más felicidad que hubo.
Libre ya de temores el Gobierno español, se dispuso
á ejecutar sus intentos un tanto contenidos por atender á los proyectos del
difunto Enrique IV en Alema[121]nia é Italia. Eran los
de Alemania poner en posesión de los Estados de Cleves y de Julliers al conde
Palatino de Neoburgo, católico, contra las pretensiones del marqués de
Brandeburgo, protestante y enemigo de la casa de Austria. Habían convenido
primero aquellos Príncipes en repartirse amistosamente los Estados; pero como
suele suceder en tales transacciones, no tardaron uno y otro en acudir á las
armas. Vinieron los protestantes alemanes y el conde Mauricio de Nasau con los
holandeses al socorro del de Brandeburgo, y Spínola recibió orden al punto de
salir de Flandes á combatirlos y restituir á Neoburgo los Estados. Reunió
Spínola un ejército que se hizo subir á treinta mil hombres, y con él
sorprendió á Aix-la-Chapelle sin resistencia; pasó luego el Rhin, y rindió á
Orsoy sin dificultad, y apareció delante de Wesel. Bien recordaban los
moradores de aquella ciudad herética los agravios que tenían hechos á los
españoles, sometiéndose á ellos cuando los miraban cercanos, y ultrajándolos y
persiguiendo el culto católico no bien los sentían apartados. Por lo mismo
resolvieron estorbarles la entrada, y opusieron tenacísima resistencia; mas
Spínola combatió la plaza de tal manera, que antes que pudiera ser socorrida de
los protestantes la obligó á rendirse. Fortificóla más que estaba y puso allí
guarnición muy crecida al mando del marqués de Belveder D. Luis de Velasco.
Ocupó luego otros lugares y fortalezas, y se volvió á Flandes sin dar batalla,
porque tenía órdenes de evitarla.
En Italia fué á la sazón el principal intento de
nuestra Corte tomar venganza del duque de Saboya. Hacía tiempo que este
Príncipe sentía bullir en su cabeza el pensamiento de echar de Italia á los
extranjeros, for[122]mando con ella un reino para su
casa. Públicamente se dejaba llamar el libertador de Italia; y
fuéralo acaso á tener tantas fuerzas como voluntad y astucia. Por entonces,
olvidando los beneficios que debía á España, había ajustado un tratado que se
llamó de Brusol con Enrique IV para apoderarse del Milanés, mientras aquel
Monarca ponía en práctica por otro lado los intentos que contra nosotros
meditaba. Ordenósele deshacer su ejército, y el Duque se negó á ello con
altivez. Entonces el Gobernador de Milán recibió orden de invadir sus Estados.
Anticipóse el de Saboya, y entró con ejército en las tierras de España,
juzgando acaso que los venecianos y los franceses, viéndole tan empeñado,
vendrían á ayudarle en su empresa. Pero abandonado de ellos, y viendo ya sobre
sí al ejército español, se apresuró á ceder proponiendo la paz. Negósela el Rey
de España mientras no diese larga satisfacción de sus agravios, mandando á su
hijo primogénito á Madrid para que delante de toda la Corte mostrase el
arrepentimiento y enmienda del padre. No sin razón tuvo por duras el de Saboya
tales condiciones, y por no someterse á ellas, imploró, no sólo el auxilio de
Venecia, sino también el de Francia y de los potentados de Italia. Pero Venecia
no osó aún dar la cara al peligro; la política francesa estaba vendida á nuestra
Corte, y los Príncipes italianos temían demasiado nuestro poder todavía para
que se determinasen á empuñar las armas, que era lo que requería el caso. Al
fin tuvo que prestarse á todo.
El príncipe Filiberto vino á Madrid (1611), y en
pública audiencia dió verbal satisfacción por las faltas de su padre; pero ni
aun con eso se contentó nuestra Corte. Exigióse que fuera por escrito:
dictósele la fórmula[123] misma, que era harto
humillante. El Príncipe consultó á su padre, y hubo duda y vacilaciones sobre
ello: al cabo triunfó la firmeza de España. Aquel documento contenía la
declaración más afrentosa que Príncipe ó nación hayan hecho nunca. «Mi padre,
decía Filiberto en tales ó semejantes palabras, me envía aquí porque á él la
edad y las obligaciones no se lo consienten, á suplicar humildemente al Rey de
España que acepte el arrepentimiento y satisfacción que ofrece de sus errores.
No aceptaré yo á explicar el dolor que siente el ánimo de mi padre al verse
privado de la gracia del Rey, pues sólo habría de demostrarlo no alzándome del
suelo sin obtener el perdón que pido. Gran muestra será de su piedad el
perdonarle y mostrarse aún benévolo con una casa que respeta en él á un tiempo
señor y padre. Confiado en que lo será el duque de Saboya, se pone enteramente
á merced del Rey de España, entregándose á su misericordia; y seguramente el
perdón que ahora le conceda, será un lazo de eterna duración con que él y yo y
todos los de nuestra casa quedaremos atados á su voluntad y servicio.»
Concediósele la paz al Duque después de tal declaración: y ¿cómo pudiera
negársele? Bien mostró España en esto su antigua soberbia, y sólo faltó que el
poder la acompañase para mantener tal superioridad perpetuamente.
Pero el duque Carlos Manuel, más airado que
arrepentido con la pasada humillación, no cejó un punto en sus proyectos de
engrandecimiento. Logró al fin atraerse los venecianos, inclinados ya á ello,
porque hacía tiempo que aquella república aspiraba á dominar sola en el
Adriático, y por tanto necesitaba enseñorearse de[124] los
puertos que en la Dalmacia, Istria y Croacia poseía el archiduque Fernando de
Austria como Rey de Hungría, y al propio tiempo tenía pretensiones sobre muchas
plazas de Italia en tierra firme, que cerraban el camino de la ciudad de las
lagunas. Como las fuerzas de Saboya y Venecia no eran tan grandes como sus
intentos, comenzaron á teger una trama inmensa y á valerse de todas las
astucias y trazas imaginarias. Era España el principal estorbo que tuviesen sus
miras, porque su política era la más hábil, y su brazo el más poderoso todavía,
y contra ella se encaminaron los mayores esfuerzos. Aguardaban para renovar la
guerra una ocasión en que de cierto Francia no pudiera abandonarlos á merced de
España, llegando el último trance: el de Saboya había de prestar las armas por
lo pronto, y el dinero Venecia.
Hallaron la ocasión apetecida en la sucesión del
Monferrato (1613). Por muerte del duque de Mantua, Francisco de Gonzaga, tales
Estados recayeron en María, nieta del de Saboya, nacida del matrimonio de aquél
con Margarita, hija de éste, más adelante virreina de Portugal, á la cual y á
sus descendientes les estaban adjudicados por manera de dote. Pidió primero
Carlos Manuel la tutela de la nieta, y no consintiendo en que la tuviese el
nuevo duque de Mantua, su tío, desembozó los planes, y levantando tropas numerosas
con el dinero de los venecianos, cayó á mano armada sobre Monferrato y se
apoderó de todas sus plazas, excepto de Casal, que estaba bien guarnecida.
España y el Imperio, alarmados, se prepararon á un tiempo á desposeerle de su
conquista; pero el artificioso Duque hizo tanto, que ni una ni otra, envuelta
en sus intrigas,[125] supieron qué hacer por algún
espacio. Al cabo el Gabinete de Madrid, que era el más perjudicado, se decidió
á obrar, y el marqués de Hinojosa, D. Juan de Mendoza, ahora Gobernador de
Milán, antes soldado de valor en Flandes, entró con las armas de España en el
Monferrato.
Á orillas del río Versa se presentó por primera vez
el enemigo, resuelto á disputar el paso; pero los nuestros le desalojaron
fácilmente (1615), llevándole en retirada á la cordillera que se extiende por
ellas hasta la ciudad de Astí. Allí se empeñó la batalla. Sostúvola con valor
el de Saboya; pero no eran sus gentes para contener el ímpetu y la ordenanza de
nuestros tercios, y fueron al fin arrolladas y puestas en total derrota y
dispersión. Entre tanto, el marqués de Santa Cruz se acercó con su escuadra á
las costas enemigas y rindió á Oneglia, á pesar de su esforzada defensa, y poco
después la fortaleza de Marro. No se aprovechó como debió y pudo el marqués de
Hinojosa de estas victorias; y en vez de acometer al punto las plazas fuertes
que ocupaba el enemigo y señorearse de ellas, mantuvo á su ejército largo mes y
medio en las montañas cercanas de Astí como en amago de la plaza, donde el
calor y la falta de víveres y hasta de agua potable debilitaron sus fuerzas
sobremanera. Con todo, el duque de Saboya, incapaz de resistir entonces, pidió
la paz, y el de Hinojosa se la concedió por mediación del marqués de
Rambouillet, embajador de Francia, y de los enviados de Venecia y del Papa.
Firmóse el tratado en Astí, estipulando en él que el duque de Saboya renunciaría
á tomar por armas el Monferrato, que devolvería cuanto hubiese ganado en la
guerra, poniendo en libertad á los prisioneros, y[126] que
España haría otro tanto retirando sus tropas al milanés, mientras licenciaba
las suyas el saboyano.
Lo peor de este tratado fué que se puso su
cumplimiento bajo la garantía del mariscal de Lesdiguières y de los demás
Gobernadores franceses de la frontera, los cuales quedaban autorizados para
entrar con las armas en nuestro territorio á la menor infracción. Era sin duda
esta condición vergonzosa é inadmisible, y la sospecha de que lo que quería el
saboyano era tomar treguas para descansar y volver en mejor ocasión á la
guerra, hizo que más lo pareciese á muchos. Ello fué que la Corte la desaprobó,
y en lugar del marqués de Hinojosa, á quien trataban de inhábil unos, de
traidor otros, envió de Gobernador á Milán á D. Pedro de Toledo, marqués de
Villafranca, hombre de virtud antigua y de probado valor y destreza en los
hechos más memorables de su tiempo.
No bien llegó el nuevo Gobernador se puso en campo;
pero la estación estaba harto avanzada, y pronto las lluvias excesivas del
otoño le obligaron á aplazar sus empresas. Desde sus cuarteles de invierno
movió tratos con el duque de Nemours, de la casa de Saboya, que se hallaba
retirado en Francia y tenía de Carlos Manuel muchas quejas, ofreciéndole la
soberanía de aquellos Estados si por su parte nos ayudaba á la conquista. La
conducta del de Saboya justificaba sin duda el que los españoles quisieran desposeerle
de sus Estados, y harto más político era en tal caso el ponerlos en mano amiga
que no el guardarlos para nosotros, cosa que los franceses jamás podían ver
tranquilos, y tampoco los Príncipes de Italia. Entró el duque de Nemours en
tales intentos, y reuniendo cuanta gente pudo[127] de
aventureros franceses y flamencos, invadió la Saboya, mientras el marqués de
Villafranca con el ejército español invadía el Piamonte y se apoderaba de San
Germán y otras plazas, amenazando á Vercelli.
Á las nuevas de estos sucesos corrieron á juntarse
con el duque de Saboya muchos aventureros franceses enviados principalmente por
el mariscal de Lesdiguières, Gobernador por Francia del Delfinado, protestante,
antiguo consejero y amigo del difunto Enrique IV, y por tales conceptos
declarado enemigo de España. Con ellos y los suizos, asoldados á costa de
Venecia, y la gente levantada en sus propios Estados, guarneció Carlos Manuel
las plazas de la frontera por donde el de Nemours ejecutó su invasión, y formó
ejército bastante para salir al encuentro del de España. Con éste caminaba el
marqués de Villafranca la vuelta de Vercelli resuelto á ponerla sitio.
Hostigóla en su marcha el saboyano, interceptándole los convoyes, cogiéndole
los rezagados, y causándole en pequeños choques alguna pérdida; mas el Marqués
siguió tranquilo su marcha esperando ocasión favorable de combatir. La halló al
adelantarse el Duque para entrar antes que él en el llano de Apertola, y
fingiendo que iba á tomar posiciones donde luego empeñar la batalla, mientras
el enemigo ponía en la vanguardia sus mejores tropas para sostenerla, se arrojó
impensadamente sobre la retaguardia con unos diez mil infantes y algunos
caballos que eran la flor de su ejército. Aturdidas las tropas del Duque iban
desfilando á la sazón por un bosque pensando romper ellas las primeras el
combate, no supieron resistir ni retirarse en buena ordenanza, y á pesar de los
esfuerzos de Carlos Manuel y de sus capitanes se pusie[128]ron
en abierta fuga, arrojando muchos las armas y abandonando el bagaje y heridos.
Á dicha vino la noche, y con sus tinieblas impidió el alcance, que si no, así
como fueron muchos los prisioneros y muertos, fuera total la presa y ruina de
aquel ejército. Pero entre tanto Nemours no hizo por la opuesta frontera el
efecto que se esperaba. No se levantaron en su favor los naturales; no pudo
tomar por sorpresa ninguna plaza, porque todas estaban sobrado prevenidas para
el caso, y falto de dinero, de víveres y en soldados, tuvo que entrarse de
nuevo en Francia, desde donde se concertó con el de Saboya.
Era ya en esto bien entrado el invierno; mas no por
eso abandonaron el campo los españoles y saboyanos, ni dilataron sus
operaciones. Viéndose Villafranca sin el opósito del ejército contrario, puso
sitio á Vercelli, como de antes traía pensado, y la rindió después de dos meses
de sitio, falta ya la plaza de víveres y municiones. El duque de Saboya intentó
en vano por dos veces socorrerla; mas la fortuna no le fué por todas partes tan
adversa. Su hijo Víctor Amadeo entró en tanto con alguna gente en el principado
neutral de Masserano, apoderándose de la capital y de Cravecoeur, que tomó por
asalto. Sabido esto por el marqués de Villafranca, temiendo que la pérdida de
esta última plaza le impidiese rendir á Vercelli, envió por aquella parte
contra el enemigo al valeroso Maese de campo D. Sancho de Luna y Rojas, con
algunas compañías de infantes y caballos; pero atacado por fuerzas muy
superiores, quedó muerto en el campo con los más de los suyos. Antes de que
pudiera repararse tal descalabro, hubo de causarles mayores otro
acontecimiento,[129] si inesperado de nuestra
Corte, harto previsto del de Saboya. No podían los franceses mirar indiferentes
que los españoles, con la rota de aquel Príncipe, se hiciesen señores de toda
Italia. El envilecimiento de su Gobierno, durante la menor edad del rey Luis
XIII, no le dejaba pensar en tales cosas; pero hubo quien pensase por él en
Francia, y se dispuso la expedición, alegando las condiciones del tratado de
Astí, que, verdaderamente no lo era, puesto que no había sido aceptado de
nuestra Corte. Fué el alma y ejecutor de todo el mariscal de Lesdiguières, tan
enemigo de España como dejamos dicho, el cual, con las ventajas alcanzadas por
los nuestros, á pesar de los encubiertos auxilios que él prestaba á los
contrarios, conoció que no era tiempo de más espera. La confusión de Francia
era tan grande á la sazón, que el Mariscal pudo llevar á efecto sus
pensamientos, contra el deseo primero, y luego contra las órdenes terminantes
de su Gobierno. Entró con ocho mil hombres en Italia, y reuniendo sus fuerzas
con las del príncipe Víctor Amadeo, juntos rindieron á San Damián, más por
astucia que por armas, y luego entraron en Alba. Las órdenes imperiosas de su
Corte obligaron á Lesdiguières á volverse á Francia, y en seguida el marqués de
Villafranca, acudiendo á reparar las anteriores pérdidas, tras de rendir á
Vercelli, se apoderó de Soleri, Feliciano y todos los puestos importantes de
las riberas del río Tánaro. Y el duque de Saboya vió entonces su perdición más
que nunca cercana.
Habíanse reunido por azar en Italia tres españoles
ilustres contra cuyo valor y experiencia se estrellaban todos sus cálculos. El
marqués de Villafranca el uno, el duque de Osuna el otro, y el último el
marqués de[130] Bedmar, embajador en Venecia. No
tardó en ser conocida de ellos la liga del Saboyano con Venecia y cuanto
ayudaba á aquél esta República, asegurándose que para tal guerra le había
prestado hasta veintidós millones de ducados, mientras divertía la atención de
España y del Imperio con sus empresas en la Croacia, Dalmacia é Istria. No es
de culpar, ciertamente, que Venecia hiciese por echar á los españoles de
Italia, lo mismo que el duque de Saboya, antes las historias italianas habrán
por eso de dispensarla elogios. Pero tampoco ha de vituperarse en Villafranca,
Osuna y Bedmar el pensamiento de aniquilarlos, quitándoles los medios de dañar
á su nación y á su patria: tal es la ley de las cosas.
Encargóse de sujetar á la República el duque de
Osuna, con noticia y acuerdo del de Bedmar, para que no pudiera señorearse del
Adriático ni acudir al Saboyano. Era el duque de Osuna, D. Pedro Téllez Girón,
el más notable de aquellos tres ilustres españoles, y aun por eso le llamaban
ya el Grande. Su fama es tan singular, que no parece bien pasar
adelante sin dar cumplida cuenta de su persona. Nacido de tan noble casa, fué
en su juventud sobremanera disipado y revoltoso á punto de caer en prisiones:
de ellas se escapó á duras penas y pasó á Francia, desde donde, sin prestar
atención á los halagos de aquella Corte, caminó á Flandes y sentó plaza de
soldado en sus banderas. Distinguióse mucho en el sitio de Ostende y en otras
ocasiones, y en pocos años llenó de heridas su cuerpo y se cubrió de gloria;
mas dió tales muestras de insubordinación y soberbia, que el archiduque Alberto
pidió por merced al Rey que de allí se lo sacase. Vuelto[131] á
Madrid acertó á ajustar el matrimonio de su hijo mayor con una hija del duque
de Uceda, primogénito del de Lerma: de suerte que á la privanza del abuelo y al
empeño del padre de la desposada, debió Osuna ser nombrado para el virreinato
de Sicilia. Allí dió ya buenas muestras de su alta capacidad y de las grandes
cualidades que lo recomendaban y señalaban para el Gobierno. Conociendo el
flaco de que entonces adolecía nuestra Corte, fué su primer objeto el
procurarse oro; mas lo hizo de tal suerte que favoreció al propio tiempo al
país, granjeándose el amor y el entusiasmo de las muchedumbres. Votó
gustosamente por complacerle el Parlamento de Sicilia grandes cantidades para
el servicio del Rey, cosa difícil en aquella provincia, y al propio tiempo votó
una pensión muy crecida para el duque de Uceda, que, como hijo del de Lerma,
tuvo siempre gran poder é influjo en la Corte, á título de favorecedor del
reino, no siéndolo, en verdad, sino del de Osuna. Mientras estuvo en aquel
Gobierno no cesó de enviar grandes cantidades á Uceda, que se asegura llegaron
á dos millones de ducados, y otras no mucho menores al Padre Fray Luis de
Aliaga, cuando fué ya confesor del Rey, á D. Rodrigo Calderón y á las demás
personas influyentes en la Corte. Ganó así bastante prestigio para ser elegido
Virrey de Nápoles; y dejando en Sicilia mucho sentimiento de su partida, pasó
allá, donde, viéndose con más poder, hizo subir más altos sus pensamientos.
Formó una escuadra poderosa de los escasos y mal
prevenidos bajeles napolitanos, y un ejército temible de aquella nación y
extranjeros, sin contar los españoles que ya tenía, y los que, á la fama de su
esplendidez[132] y generosidad, se le fueron
allegando. Con estas fuerzas hizo cruda guerra á los turcos y berberiscos, y
limpió de piratas aquellos mares, logrando por sus capitanes muchos triunfos.
Fué el más notable el que por este mismo tiempo que el Saboyano mantenía la
guerra en Lombardía, consiguió su teniente D. Francisco de Ribera contra los
turcos. Sabedor Osuna de que éstos disponían una armada de cien galeras para
venir contra las costas de Sicilia y Calabria, se aprestó como pudo á la
defensa, y envió á D. Francisco á que observase sus movimientos y los
comunicase con solo cinco galeras y un patache. Llegaron estas naves á las
costas enemigas, y pasaron tan adelante en la observación, que dieron tiempo á
los turcos para que, dándose á la vela en cincuenta y cinco galeras que había
ya aparejadas, viniesen á su encuentro. No era posible excusar el combate, ni
Ribera lo intentó tampoco. Allí, rodeado de naves enemigas, metido en un
círculo de fuego que formaba en derredor suyo la numerosa escuadra turca, se
mantuvo tres días peleando casi sin descansar. Al amanecer del cuarto, se halló
solo con sus naves y treinta de turcos rendidas ó deshechas, y más de tres mil
cadáveres de ellos que flotaban sobre las aguas. El resto de la escuadra
enemiga sin general, porque quedaba también muerto, huía á lo lejos. Extendióse
más y más con esto la fama del gobierno de Osuna, y tembló toda la Italia
amagada de sus armas. Era el Duque altivo con los grandes, benévolo con los
pequeños, liberal y magnífico en todas sus cosas, verdadero ejemplar de la
antigua nobleza española, aquella que combatió en Olmedo y en Epila, y luego,
especialmente, mordaz, iracundo, no habiendo cosa mala que no dijese, ni cosa[133] buena que no hiciese: más capaz de sustentar
cetro en sus manos, que no de respetar otro, aunque fuese el de su propio Rey.
Llegaba en su ira á hablar en público, con poco respeto de Felipe, y aun se
añade que solía llamarle el tambor mayor de la Monarquía.
Deslucieron principalmente sus buenas cualidades la lascivia y la codicia; pero
éstas, á cuenta de las otras, perdonábaselas la muchedumbre popular y era cada
día más querido de ella. No había para él ni leyes, ni tribunales, ni regalías:
su voluntad era únicamente la que regía, aunque fundada las más veces en la
justicia; y como las leyes de entonces estuviesen hechas más en ventaja y favor
de las clases altas que no de las bajas y plebeyas, todo lo que por este motivo
era más alabado del pueblo, venía á ser aborrecido de los nobles, de los
tribunales y clero. Pero él no reparaba en eso y seguía constante en su camino,
guiado solo por la sed de nombre y de gloria que le acosaba. Un hombre de esta
naturaleza no podía menos de simpatizar con los patrióticos intentos del
marqués de Villafranca. El de Bedmar, D. Alfonso de la Cueva, no era indigno,
ciertamente, de alternar con aquellos dos hombres ilustres; antes los igualaba
en muchas cosas, y en astucia y destreza los superaba, ayudándoles en todo.
Comenzó Osuna por proteger á los Uscoques, que así
se llamaba á los habitantes de Segnia, ciudad y puerto de Croacia, hombres muy
valerosos y prácticos en el mar, que con continuas piraterías traían afligido
el comercio de Venecia. Éstos con tal ayuda causaron en los venecianos
infinitos daños, sin que ellos pudieran tomar venganza, aunque repetidas veces
lo intentaron. Envió luego al marqués de Villafranca un re[134]fuerzo
de seis mil buenos soldados, y sin miramiento ni consideración alguna les hizo
pasar desde Nápoles á Milán por las tierras de los demás potentados de Italia,
que, aunque lo resistieron, no osaron impedirlo con las armas. Por último,
desembozando ya sus intentos, mandó al valeroso D. Francisco de Rivera que con
su escuadra napolitana, tan rica de triunfos, entrase en el Adriático. Bastó
esto para que los venecianos abandonasen sus empresas en las fronteras costas
de Istria y, dejando allí tranquilos á los imperiales, se recogiesen á las
lagunas. El espanto y la indignación fueron en los venecianos incomparables:
miraban ya como suyo aquel mar, y afrentábalos sobremanera ver en él ondear tan
soberbio el pabellón de España. Determinaron hacer un esfuerzo supremo que
restableciese su superioridad en aquellas aguas; armaron ochenta bajeles, y con
ellos fueron á buscar á los españoles. Á vista de Gravosa, en Dalmacia,
esperaron los nuestros á la armada de la República con solo diez y ocho
bajeles; pero eran de los mismos que con aquel D. Francisco Rivera, que los
mandaba, habían triunfado tantas veces de los turcos. Pelearon ahora
desesperadamente; y no les fué menos próspera la fortuna, porque rompieron toda
la armada veneciana y, á traer galeras consigo, se la llevaran toda de remolque
á Nápoles. Poco después, nuestra armada, dueña del mar, tomó tres naves
riquísimamente cargadas con mercancías de Levante, en que iba empleado mucha
parte del caudal de la República. Desfalleció ésta á punto que ni su propia
capital tenía por segura, y suplicó al rey Felipe que la amparase contra aquel
poderoso vasallo, abandonando de todo punto la causa de Saboya. Por[135] esto y los triunfos de Villafranca era por lo
que parecía ya tan perdido.
Pero á tal punto las cosas, pasó de nuevo la
frontera el mariscal Lesdiguières, enviado ahora de su Corte, que, más avisada,
ya atendía por sí al grave peligro de que los españoles lo avasallasen todo en
Italia, si bien le ordenó que caminase lentamente, así como para amagar, más
bien que no para empeñar un combate. Lesdiguières, enemigo tan encarnizado de
nuestro nombre, se aprovechó de aquellas órdenes para entrar repentinamente, y
sorprendiendo á las guarniciones españolas de la ribera del Tánaro, pasó á
cuchillo cuatro ó cinco mil soldados antes de que hubiese ocasión de prepararse
contra su embestida. No tardó el marqués de Villafranca, reforzado con la gente
que le envió Osuna, en acudir al remedio, y hubiera arrojado á Lesdiguières de
Italia, según eran de numerosas y aguerridas sus tropas, si el duque de Saboya,
viéndose sin soldados y sin el auxilio de Venecia y entregado su territorio á
dos ejércitos extranjeros, igualmente temibles para él, no se hubiese
apresurado á pedir la paz. Medió el Nuncio del Papa y medió también Francia,
que no aparecía en estos sucesos ni en paz ni en guerra con nosotros, y al fin
se ajustó en Pavía un tratado que comprendía condiciones semejantes á las de
Asti, mas no tan vergonzosas garantías como en aquél se puso. Logramos también
que el duque de Saboya y la República de Venecia quedasen escarmentados y
seguros de que por sí solos no podían nada contra España. Venecia,
principalmente, quedó muy flaca y sin paciencia para soportar las humillaciones
que de España había recibido.
Para vengarse inventó aquella fábula famosa de tan[136]tos autores creída, principalmente extranjeros. Supuso
que entre el duque de Osuna, el marqués de Villafranca y el de Bedmar,
principalmente, se había formado una conjuración horrible para sorprender la
ciudad de Venecia, y con muerte de su Senado y nobleza, reducirla al dominio
español. La verdadera trama era la suya para hacer odioso nuestro nombre en el
mundo. Publicáronse entonces detalles y pormenores muy minuciosos; hubo dentro
de Venecia no pocos suplicios de gente, por la mayor parte extranjera y
desconocida; dió el Senado de la República gracias á Dios en los templos por
haberla librado de tan grave peligro, y afectó, en fin, todo lo necesario para
que la fábula se creyese. Decíase que una parte de las tropas de la República
estaba ganada por el oro de Bedmar; que lo estaban también algunos capitanes de
mar y tierra; que no se aguardaba más que una señal para poner en ejecución el
proyecto, y que para eso las escuadras de Osuna no se apartaban del Adriático,
y el ejército de Villafranca aparecía no lejos de las fronteras. Pero ello es
que la República no se quejó oficialmente á la Corte de Madrid, como debiera,
de semejante atentado, y que, registrados minuciosamente sus archivos y los
nuestros, no se ha hallado un solo documento que ofrezca grande ó pequeña
prueba.
El único efecto que se vió de nuestra parte fué la
separación del marqués de Bedmar de aquella embajada; pero no si no para darle
mejor puesto en Flandes, y fué condescendencia de nuestra Corte hecha para
evitar los continuos disgustos, que no podían ya menos de acontecer en el
estado de los ánimos. Poco después comenzó á correr otra voz, que también tenía
traza de in[137]ventada por los venecianos para cumplir
en todo su venganza, y era que el duque de Osuna quería levantarse con el reino
de Nápoles. Que el carácter del Duque se prestase á tal sospecha no hay que
dudarlo, y los hubo entre sus hechos que algo inclinan el ánimo á darla
crédito. Sus obras dentro y fuera de Nápoles eran de rey; él hacía por sí
guerras y treguas; él sentenciaba las causas sometidas á los Tribunales reales;
imponía tributos, suprimía los que le parecían dañosos al pueblo, revocaba
donaciones, tenía corte propia y escuadras y ejércitos, que por sí solo
disponía y gobernaba. Pero no pasó de ser un rumor vago la acusación de que implorase
la alianza de Francia y Venecia para arrancar aquel reino á la corona de
España, ni de su probado patriotismo puede sin mayores indicios suponerse
tamaña traición. Los pocos Grandes de España que no habían humillado sus
nombres en la servidumbre del Monarca recordaban aún por aquel tiempo lo que
había sido en siglos anteriores; y Osuna parecía en Nápoles, no con mucha más
independencia y soberbia que su antecesor el marqués de Mondéjar y el gran
duque de Alba, y el famoso conde de Fuentes y el de Villafranca, y el de
Medinasidonia, que gobernó más tarde en Andalucía.
No obstante, la malicia de los extranjeros, harto
acostumbrados á ver traiciones en sus magnates, vendidos casi siempre por
dinero á los intereses de otras naciones, dió por indudable el propósito; y el
odio de algunos napolitanos descontentos, el clero, la nobleza y la
magistratura, principalmente, acogió apresuradamente la sospecha y fulminó la
acusación. Reunidos en un propósito los descontentos, y contando con pretexto
tan[138] plausible, escribieron al cardenal D.
Gaspar de Borja, que estaba en Roma y era de las personas en quien más
confianza depositaba la Corte de España, rogándole que viniese con sigilo á
apoderarse del mando, so pena de perderse el reino. Vino el de Borja, y fué de
tal manera que no lo advirtió el duque de Osuna hasta que estaba dentro de los
castillos de Nápoles. Pusiéronse al punto de parte del recién venido todos los
nobles con sus gentes, los tribunales y clero, con sus familiares y allegados,
mas el pueblo permaneció fiel al Virrey. Hubiera podido empeñarse una batalla
de éxito, harto dudosa y quizás funesta á los conjurados, si el Duque no se
resignara á dejar el mando y tornar á España. Prueba en su notorio valor y
soberbia, de singular patriotismo, y bastante para poner en duda la acusación
que se le hacía, si ya no fuera para calificarla de injusta. En tanto Saboya y
Venecia, particularmente la última, celebraron el suceso con demostraciones de
triunfo, indicio también no poco importante para sospechar de dónde pudo venir
la acusación contra Osuna.
Mas ya es razón de que, dejadas las cosas que
pasaban por fuera de España, veamos las que por dentro acontecían al propio
tiempo. El duque de Lerma, que desde antes de comenzar á reinar Felipe III fué
su consejero y el árbitro de sus determinaciones, había continuado muchos años
con el propio favor. Así todas las veces que hemos hablado hasta aquí de los
intentos de la Corte y del gobierno de España, debe entenderse de los del duque
de Lerma. No había mejorado de condición y de conducta el favorito por virtud
de los años; antes á medida que ellos pasaban, iba aumentándose su codicia y su
despilfarro, y ofreciendo mayores pruebas[139] de
ineptitud. Enriquecióse con los despojos de los moriscos y otros arbitrios, á
punto de poder gastar cuatrocientos mil ducados en las fiestas que se
celebraron por el doble matrimonio del Príncipe y de la Infanta de España, y de
dedicar más de un millón á obras pías. Sólo en donaciones adquirió más de
cuarenta y cuatro millones de ducados, según sus contemporáneos, aunque la cantidad
es tal que pudiera pasar por increíble. Contemporáneamente llegaba la Hacienda
á tal extremo de penuria, que no pudiera concebirlo la mente si no hubiera sido
mayor todavía en los siguientes reinados. Las rentas estaban empeñadas por la
mitad de su valor y debíanse crecidas cantidades á usureros genoveses y de
otras naciones, que consumían con los intereses que sacaban del Estado el resto
de ellas. Las plazas fuertes se mostraban, por consecuencia, desmanteladas; los
ejércitos, mal pagados y descontentos; no se reponían los arsenales; no se
conservaba la marina; no podía emprenderse obra alguna de interés público. El
Duque ni se atrevía á aconsejar al Rey que impusiese nuevos tributos, ni quería
tampoco aminorar los gastos del Estado. En 1617 dieron las Cortes de Castilla
los ordinarios diez y ocho millones, en nueve años, á dos cada uno, sin que por
eso se viese más desahogo en la Hacienda.
Había sostenido el de Lerma la ruinosa guerra de
Flandes, ni más ni menos que si nos perteneciesen aún aquellos Estados; se
había entremetido sin necesidad forzosa en ciertos asuntos de Italia, y había
enviado desdichadas expediciones contra Argel y contra Irlanda, levantado á
precio de oro discordias en Francia y expulsado al propio tiempo á los
moriscos. Esta[140] conducta varia del privado, ya
buscando la paz para España, ya lanzándola audazmente á descomunales empresas,
empujado por el orgullo nacional, fué censurada por el Papa Clemente VIII en un
dicho, que por lo oportuno merece mención histórica. Representábale cierto
fraile no poco favorecido del de Lerma cuán conveniente parecía la expulsión de
los moriscos, y mostraba recelos de que sin ella se perdiese España, cuando le
respondió el sagaz Pontífice: «Si estando, como decís, de esa suerte oprimidos
con tal freno y rodeados de enemigos no hay quien se averigue con vosotros,
¿que sería si os viéseis libres?» Y así era la verdad; que con tantos peligros
y dificultades como agobiaban á España, no dejaba de entremeterse en todo, cosa
que acrecentó mucho la pobreza y decaimiento del reino, sin darle ninguna
ventaja, ni aun aparente de gloria ó engrandecimiento. Murmurábase por todas
partes del Ministro; el clero y los grandes plebeyos miraban de consuno en él
la causa de todos los males, y juzgaban que con solo perderle se remediarían:
ilusión harto frecuente en las naciones afligidas del yugo de un favorito ó de
un mal ministro, sin pensar en que tan fácil como es obrar el daño, tan difícil
y lento es el repararlo después de causado.
En fin, combatido por todas partes el Ministro,
sintió vacilar su ánimo; comprendió que no estaba lejos el día en que había de
perder la gracia del Rey, y temió que entonces se le sujetase á recio castigo.
Para evitarlo redobló sus cuidados, poniendo cerca de la persona del Rey, con
cargo de sumiller de corps, á su hijo el duque de Uceda, joven de
escaso mérito, más ducho ya en las intrigas y algo en negocios, y dotado de al[141]gunas prendas de cortesano. Y habiendo ascendido al
capelo el maestro Javierre, confesor ahora del Rey, puso en tal lugar al Padre
Luis de Aliaga, que era confesor suyo, hombre al parecer de humildes intentos,
pero en verdad muy codicioso y soberbio. No tardó de esta manera en haber tres
favoritos á quien contentar en la Corte y á quien dar mercedes, pues todos las
admitían sin empacho del Rey y de los particulares. Hubo muy luego quien
prefiriese comprar por su dinero el favor de Uceda y del Padre Aliaga, á
gastarlo en favor y amparo del de Lerma, como antes se solía, tal hemos visto
que hizo el duque de Osuna.
No se descuidaba tampoco D. Rodrigo Calderón por su
parte, que era acaso el que tenía más talento de todos, y así la confusión de
los negocios y la inmoralidad de los gobernantes iban llegando al último punto.
Mas estando la influencia en tantas manos no podían menos de originarse
discordias, y con efecto se originaron muy pronto. El mozo Uceda comenzó á
disputarle á su padre la gracia del Rey, ayudado al principio del confesor,
que, como suele suceder en ánimos viles, cobró al viejo Duque desde luego tanto
odio como obligaciones le debía, tomando el beneficio por ofensa de su vanidad,
y la gratitud antigua por desmerecimiento de su actual grandeza. La lucha entre
el padre y el hijo fué larga, y de ejemplo tan miserable, como penosa memoria.
Pronto se vió estallar otra entre Uceda y el confesor, que no quería compañero
en la privanza, mas concertáronse al fin viendo que separados no podían
derribar al de Lerma. Éste en tanto procuraba tenazmente defenderse. Puso en la
cámara del Rey á su sobrino el conde de Lemus y á D. Francisco de Borja,
también deudo suyo,[142] para que combatiesen á su
hijo y lo sostuviesen á él en el mando. Pero ni uno ni otro supieron
contrapesar el influjo de Uceda y de Aliaga. Era el duque de Lerena ayo del
príncipe de Asturias D. Felipe, y aun siendo niño como era, propusiéronse Lemus
y Borja darle en él un apoyo que lo sostuviese, moviéndole con continuas
alabanzas á amarlo, al paso que desacreditaban al de Uceda. Súpolo éste, y
entre él y su confidente Aliaga lograron que D. Francisco de Borja fuese
honrosamente desterrado, dándole el virreinato de Aragón. Entonces el de Lemus,
dotado de no vulgar espíritu, fué á ver al Rey para rogarle que de desterrar á
Borja no le dejase á él en la corte: «idos adonde quisiéreis»—le contestó Felipe—,
y el Conde se retiró al punto á sus haciendas, después de haber hecho los más
generosos esfuerzos por salvar á su tío el duque de Lerma, y con el dolor de
que éste, lejos de agradecérselo, llegase en los últimos días á dudar de su
lealtad.
En tanto, en la opinión pública se mostraba de día
en día mayor el odio y mayor el esfuerzo para derribar el poder del viejo
Duque, achacándole todo lo que hacían entre muchos. Doblaban sus enemigos los
esfuerzos, multiplicaban las trazas y los expedientes y las intrigas, y aunque
á todo respondía el de Lerma, valiéndose de la maña y artificios de Calderón,
no dejaban de llevarle ventaja, porque con su largo gobierno traía ya gastados
todos los resortes de su poder y prestigio personal. Sosteníale, sin embargo,
en su puesto el cariño del Rey, que no se había disminuído en lo más pequeño, y
por lo mismo fué preciso que sus adversarios inventasen algo para neutralizar
tal influjo. Halló el Padre Aliaga el remedio, que fué ya de por sí, ya por
medio[143] de frailes de su confianza, el dejar
entender al Rey en pláticas y confesiones, que llamándole Dios á la gobernación
del reino, era gran pecado dejarla en manos de otro. Tal idea, imbuída en el
ánimo devoto del Rey, se mantuvo en él hasta su muerte, causándole vivísimos y
extraños remordimientos. Conoció el duque de Lerma que no podía resistir ya
mucho tiempo, y para procurarse un seguro en todo trance, pidió y obtuvo de
Roma el capelo de Cardenal. Verdad es que siempre manifestó alguna inclinación
en todos sus pesares á entrar en la vida religiosa, apartándose de las pompas
del mundo. Mas puesto en la pendiente, el capelo mismo apresuró su caída,
porque el Rey, con el respeto que su dignidad le inspiraba, no se acomodaba á
tratar con él de los negocios ni á ordenarle cosa alguna.
Á tal punto las cosas, hicieron un gran empuje sus
enemigos, y lograron por fin ponerle en tierra. Hallándose la Corte en El
Escorial, le dió el Rey en propia mano (1617) un papel donde le mandaba que se
fuese á Valladolid. Imploró entonces bajamente la piedad de sus enemigos y
señaladamente la de un cierto Padre Florencia á quien veneraba el Rey mucho;
mas no logró con sus bajezas sino menosprecio. Tuvo que partir, aunque no sin
consuelo, porque en el camino recibió todavía señaladas muestras de la benevolencia
del Soberano, que no había quitado de él ni un punto del amor que le profesaba.
Sin ser perverso el de Lerma, será siempre uno de los ministros que con más
razón censure la Historia. Su defecto capital fué la codicia; pero ella dió
ocasión á que incurriese en faltas de todo género. Pocos defectos hay tan
grandes ni tan viles en los ministros como la codicia y la falta de pureza en
el manejo de la hacien[144]da pública. Y el duque de
Lerma, sobre ser tan señalado en esto, alcanzó el privilegio triste de ser el
primero que abriese en el Gobierno tal camino, por desdicha seguido luego de
tantos.
Siguiéronse á su caída míseros espectáculos de esos
que tan comunes suelen ser en los Gobiernos absolutos como el de España lo era.
Los vencedores saciaron la ira contra sus favorecidos y los pocos amigos que le
habían quedado. De ellos fué D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete-Iglesias,
privado del privado; á este pusieron en prisiones y comenzaron á formarle un
proceso, que tuvo lastimoso fin en el reinado siguiente. Hombre fué el D.
Rodrigo de singular historia, y á quien es imposible olvidar, tratando de los
sucesos de esta época. En todos tuvo muy gran parte, y en algunos de ellos la
principal, puesto que desde el tiempo en que logró el favor del duque de Lerma
no se apartó de su lado, dirigiendo ó encaminando todos sus negocios. Pueden
atribuirse á D. Rodrigo muchos hechos que corren á cargo del duque de Lerma. En
codicia y ambición no era menor, y superábale sin duda en orgullo. Señalóse
también en no reparar tanto como su favorecedor en derramar sangre, si por
acaso le convenía. Ordenó dar garrote sin proceso á un alguacil llamado Ávila ó
Avililla, y á un tal Francisco de Juara, porque no revelase secretos suyos lo
mandó asesinar, cosas ambas que alborotaron á la Corte. Llegó á despachar con
el Rey, y parecía más privado que el mismo duque de Lerma. La reina Margarita
vino á aborrecerle mortalmente por desafueros, de donde emanó sin duda la
acusación de que por él había sido envenenada cuando murió de sobreparto, que
fué tan anteriormente á su caída. La Corte toda[145] le
detestaba; no tenía otro sostén ni apoyo sino el duque de Lerma. Y, sin
embargo, era tal, que comenzó á desacreditarlo por celos de que se entregaba
todo á un cierto criado suyo, por nombre García Pareja, que á la verdad tuvo
por entonces sobrado influjo en los negocios públicos. Celos de favorito para
los cuales tampoco tenía razón alguna. Cuéntase que la primera vez que el Duque
Cardenal miró airado contra sí el semblante del Rey, fué por excusar á D.
Rodrigo; y era tanto el generoso afecto que le tenía, que no lo desamparó por
eso un momento. Cuando cayó él fué cuando D. Rodrigo no pudo sostenerse más y
vino al suelo, comenzando entonces á correr sus desventuras.
No alteraron tales catástrofes la política de
España, ni se mejoraron por eso las rentas, ni hallaron algún remedio los males
públicos, cosas, si esperadas del vulgo, con razón calificadas de imposibles.
Ya que no tuviese Lerma sucesor en el cariño del Monarca, los tuvo más ó menos
ostensibles en el Gobierno, ni mejores por cierto, ni más hábiles que él. Ni el
duque de Uceda, ni D. Baltasar de Zúñiga, ayo ahora del Príncipe, ni su
confesor y los demás clérigos y devotos que le rodeaban, supieron obtener ó aconsejar
mejores cosas. Consultóse (1619) al Consejo de Castilla y á varias personas
graves, principalmente eclesiásticas, sobre el remedio de los males de la
Monarquía; pero en sus dictámenes no se halló cosa de provecho, si no fué la
idea de reducir el número de los monasterios y dificultar las profesiones
religiosas; y aun por eso no se llevó á ejecución. Lo demás se redujo á
arbitrios pueriles, y propios solamente de las erradas miras económicas de
aquel tiempo. Ganó en tanto D. Juan Ronquillo[146] en
el mar de Filipinas una gran victoria naval á los holandeses, que no obstante
las treguas combatían nuestras colonias y pirateaban en nuestros mares: tomóles
ocho bajeles y degolló y aprisionó á cuantos lo tripulaban. Las nuevas del
suceso pudieron alegrar los funerales de la antigua privanza. Fué no menos
glorioso el suceso de Adra, en las costas de Granada. Arribaron acá siete
galeras de turcos, y desembarcando quinientos hombres, acometieron la villa.
Defendióla D. Luis de Tovar con unos veinte soldados hasta morir en el trance
con ellos, y luego los vecinos recogidos en el castillo se sostuvieron tanto,
que dieron tiempo á que, acudiendo la caballería de la costa y gente armada de
las Alpujarras, tuvieran los enemigos que embarcarse con mucha pérdida. Hízose
célebre también por aquel tiempo la capitana San Julián, que
separada de una escuadra que iba á las Indias, se vió acometida de cuatro
navíos ingleses que andaban al pirateo. Mandaba la nave D. Juan de Meneses, y
supo pelear de tal manera, que después de dos días de combate, obligó á los
enemigos á huir muy maltratados. También el marqués de Santa Cruz apresó
delante de Barcelona dos grandes bajeles de moros. Y por los mismos años (1617)
ganaron en Italia y Alemania ventajas y laureles las armas españolas, que fué
nuevo motivo de orgullo y consuelo.
Había sucedido D. Gómez Suárez de Figueroa, duque
de Feria, al marqués de Villafranca en el Gobierno de Milán. El nuevo
Gobernador, hallando á los habitantes de la Waltelina, que eran católicos, en
abierta rebelión contra sus señores los grisones, que al parecer querían
imponerles el calvinismo, se determinó á[147] intervenir
en la contienda, y fué de modo que tomó para España aquel territorio. Hemos
dicho en otra parte que era de grande importancia para nosotros el poseerlo,
porque ponía en comunicación al milanés con los países hereditarios de la casa
de Austria, y que el conde de Fuentes, famoso Gobernador de aquel Estado, había
ya hecho mucho para ello, ganando los ánimos de los naturales y acercando allá
nuestras fuerzas. Con esto fuéle fácil ahora al duque de Feria echar del
territorio á los grisones, y al punto, para asegurarlo, levantó en él
fortalezas, de manera que los enemigos intentaron en vano recobrarlo. Gran
ventaja sin duda á poder conservarse. Mas lejos de atender á aprovecharla y
consolidarla, puso los ojos nuestra Corte en nuevos intentos, que por mayores
tuvieron desde el principio menos fortuna. Había ya comenzado en Alemania la
guerra de los treinta años que tanto lugar ocupa en la Historia. Tiempo hacía
que España era el amparo del catolicismo alemán y el brazo derecho de los
Emperadores: desde los días de Carlos V y de la confesión de Augsburgo, no
ocurrió allí cosa en que no mediara nuestro nombre y nuestro poder. El espíritu
nacional, dominado siempre por el recuerdo de lo antiguo, y alimentado por las
predicaciones continuas del clero y los ejemplos de intolerancia extrema del
Tribunal del Santo Oficio, ya sabemos que no se mostraba contrario á las
guerras religiosas y á los sacrificios hechos en defensa del catolicismo; antes
bien, se solían mirar como necesarios y justos, por más que doliese el
soportarlos. Luego el poder de la policía tradicional era tan grande que, como
también dejamos indicado, muchos españoles, y acaso el mayor número, aceptaban
gustosos los[148] más caros proyectos de
engrandecimiento, al paso que rechazaban las más prudentes medidas, con tal que
fuesen indicios de flaqueza en la Monarquía.
Bien se mostró esto en las treguas de Holanda, tan
murmuradas y censuradas, que no fueron de los menores cargos que se hicieron al
duque de Lerma y que ayudaron á su caída. Junto el interés religioso con el
interés político en la guerra de los treinta años, no era posible que nosotros
dejásemos de tomar en ella parte. Que el interés religioso nos lo aconsejase,
no ofrece duda ni necesita pruebas por consiguiente; pero lo del interés
político, no tan claro ni averiguado, necesita de explicación oportuna. Había
muerto en 1618 el emperador Matías sin dejar hijos varones, y no teniéndolos
tampoco sus hermanos, parecía fundado el derecho del Rey de España, sobrino del
emperador Maximiliano, á los Estados hereditarios de la casa de Austria.
Fernando II, que sucedió en el Imperio, había sido antes elegido Rey por los
habitantes de Bohemia, sublevados contra el emperador Matías porque violaba sus
antiguos fueros y privilegios; pero no bien le vieron levantado á más alta
dignidad, mudaron de propósito y ofrecieron la corona á Federico, elector
Palatino. Naturalmente, Fernando de Austria desde los primeros días de su
exaltación al Imperio trató de recobrar aquellos Estados, antes unidos á su
casa; pero los protestantes alemanes que habían formado en tiempo de su antecesor
la llamada Unión Evangélica, para defenderse contra las
pretensiones, á la verdad muy grandes, de los católicos, acudieron en socorro
del príncipe Palatino, á la par que el Rey de Inglaterra, su pariente, y el
famoso Betlem Gabor, Príncipe de Tran[149]silvania. No
tuvo Fernando en este trance otro recurso que pedir ayuda á los Príncipes
católicos, y señaladamente al Rey de España, que era tenido aún por el más
poderoso, y cuya ayuda por los lazos de la religión, la sangre y la política
debía ser, como había sido en tantas ocasiones, más sincera y eficaz que otra
alguna. Pero no se prestó este al socorro, sin pedir y pactar antes cierta
compensación y paga. No sabemos de documentos españoles que prueben este hecho;
pero él está atestiguado por el conde de Khevenhuller, Embajador del Imperio
por muchos años, y muy sabedor por lo mismo de las cosas de nuestra Corte, en
sus Anales de Fernando II. La compensación era por los derechos
importantes que tenía Felipe III á la corona de Hungría y de Bohemia, y la paga
por los grandes auxilios que había de dar en hombres y dineros. En virtud de
una y otra se firmó un tratado secreto, por el cual el Emperador se obligó á
ceder á España la parte de Austria llamada anterior ú occidental,
siempre que llegase á poseer con nuestra ayuda aquellos otros Estados.
No sería bastante el dicho de Khevenhuller para
persuadirnos de que con efecto hubo tal promesa ó pacto, si no lo viésemos
confirmado por anteriores y posteriores sucesos. Desde el tiempo de Felipe II y
del conde de Fuentes no había descansado un punto nuestra Corte en la empresa
de unir el Milanesado con las provincias de Flandes por medio de los países
hereditarios del Emperador. Y dados los derechos de Hungría y de Bohemia y los
apuros del Emperador, que era darnos la posibilidad de hacer españoles los mismos
países hereditarios, uniendo por tierras nues[150]tras
las provincias de Italia y Flandes, ¿no parece natural que se extendieran á
tanto los intentos? No nos atrevemos á censurarlos de locos, porque la ventaja
que de su ejecución podía venir era tan grande, que bien podía correrse por
alcanzarla cualquier riesgo. Con la situación de Francia, no favorable todavía
para empeñar una guerra y la alianza con el Emperador, que de todos modos era
poderoso, no parecía el éxito imposible. Difícil y costoso sí era; pero
¡cuántas cosas de igual dificultad y costo no se habían acometido antes y se
acometieron después sin tan lisonjeras esperanzas ni interés de tanta monta! Lo
que merecería graves censuras sería que sin tamaño intento se hubiesen hecho
los sacrificios que se hicieron, y hubiésemos tomado sobre nuestros hombros tan
pesada carga, como llevamos, durante aquella guerra. El celo religioso por sí
solo no basta á explicarlo; y es menester juntar con sus efectos los efectos de
un plan político, para disculpar en la penuria del Tesoro y en la falta de
soldados que sentíamos, las campañas del Palatinado y de la Alsacia y las
expediciones de Spínola, del duque de Feria y del cardenal Infante. Ellas no
produjeron fruto alguno, y el intento de la dominación en las provincias
occidentales de Austria no tuvo ejecución. Pero esto no persuade que no lo
hubiera, ni debe ser parte para desaprobarlo: ni España ni el Imperio pudieron
imaginar que la espada de Gustavo Adolfo pesase en la contienda.
Á comenzarla salieron de los Países Bajos ocho mil
soldados, los cuales se incorporaron con el ejército imperial que caminaba ya á
encontrar al del conde Palatino en el corazón de la Bohemia. Y entre tanto,[151] para matar en el origen y fuente el poder del
Palatino, se determinó juntar nuevo ejército en el Rhin que entrase á ocupar
sus Estados de Alemania. Pasó el río el marqués de Spínola con veintidós mil
infantes y cuatro mil caballos, dejando las armas en Flandes al cuidado de D.
Iñigo de Borja, y poniendo á la parte de Frisa y en defensa de las plazas
imperiales del Rhin, al marqués de Belveder, D. Luis de Velasco. Al saber estas
noticias la Unión Evangélica, levantó también un ejército que se
compuso de veinticuatro mil hombres al mando del marqués de Auspach, con el
cual creyó asegurar el Palatinado situándolo en Oppenheim, por donde
forzosamente tenían que pasar los nuestros. Burló Spínola con su ordinario
acierto los planes de los protestantes. Desde Coblentza, tierra del arzobispado
de Tréveris, se puso en camino para Francfort, fingiendo que iba á acometer
esta plaza, con lo cual atrajo hacia allí al general enemigo, y entre tanto,
con marcha rápida y atrevida, se lanzó sobre Oppenheim, y, cogiéndola
desprevenida, entróla por asalto. Salvó de nuevo el Rhin, y ya sin obstáculo,
entró en el Palatinado, haciéndose dueño en breve tiempo de todo el país. En
vano el conde de Auspach, con ayuda de holandeses que trajo el conde Enrique de
Nassau, pretendió quitar á los nuestros las adquiridas ventajas, porque ellos
supieron hacer sus puestos inexpugnables á la Unión Evangélica. Y
en tanto, los imperiales, al mando del duque de Baviera, ganaron con ayuda del
refuerzo de España la famosa batalla de Praga, donde fué completamente deshecho
el ejército del elector Palatino, con pérdida de más de diez mil hombres
muertos y prisioneros, y toda la artillería y bagajes. Pelearon allí valen[152]tísimamente el conde de Busquoi, flamenco de nación, y
el coronel de walones D. Cristóbal Verdugo, uno y capitanes de España. Pareció
por un momento que con tal victoria los intentos del emperador Fernando II y
del Rey de España no habían de hallar obstáculos considerables. Halláronles,
sin embargo, y España, sin provecho alguno, tuvo que hacer grandes gastos y
sacrificios los años adelante por haber entrado en la empresa.
No tuvo tiempo de sentirlos Felipe III, porque á
los 31 de Marzo de 1621, rindió su alma al Criador, siendo cuarenta y tres los
años de su edad y veintitrés los de su reinado. Hacía ya tiempo, que su salud,
frágil siempre, venía muy quebrantada. La desconfianza de su salvación y el
temor de las penas de la otra vida apresuraron acaso la muerte: tal era de
escrupulosa la conciencia de aquel buen Príncipe. Aquella idea que el confesor
Aliaga y los frailes sus secuaces, principalmente el prior de San Lorenzo y un
cierto P. Santa María, le habían infundido de que Dios no podría perdonarle el
haber entregado el gobierno de los reinos que le dió á un favorito, si produjo
la ruina del de Lerma como se pretendía, causó también en el Rey horribles
tormentos, principalmente á la última hora de su vida. Murió pidiendo perdón á
Dios de no haber gobernado por su persona, y repitiendo con lastimosas voces:
«¡Ah, si Dios me diera vida cuán diferente gobernara!» Y por todo consuelo el
P. Florencia no supo más que recordarle cuántas veces le había dicho que no
cometería un pecado mortal por todo el mundo, y cómo había sustentado las
guerras de Alemania contra protestantes y había echado de España á los
moriscos.[153] Alabóse en este Padre el que no se
hubiese aprovechado de aquella hora suprema para sacar alguna merced del Rey;
no fueron todos tan mirados, y entre otros el Padre Aliaga que le sacó merced
de cuatro mil ducados anuales por toda su vida, y el prior de San Lorenzo del
Escorial el obispado de Tuy. ¡Miserable y desconsolador espectáculo el que
ofreció por todos conceptos aquella estancia de muerte! Forjó el Embajador
francés Bassompierre un cuento increíble, de esos de que tanto gustan los de su
nación, suponiendo que por etiqueta los grandes de su servidumbre no acudieron
á quitar de su lado cierto día un brasero que le ocasionó la muerte: ¡lástima
que otros historiadores hayan dado crédito á tales patrañas!
Así acabó Felipe III, Príncipe que dejó de ser Rey
antes de empezar á reinar. «En su corazón, dice el autor de los Grandes
anales de quince días, sólo existían la religión y la piedad: fué de
costumbres tan candorosas, que con su mirar daba tanta devoción como respeto:
tan virtuoso, que se podían esperar de la pureza de su espíritu tantos
milagros, como hazañas de su poder.» Mas con todo eso, ni fué el Rey que España
necesitaba, ni hizo otra cosa que empujarla poderosísimamente hacia su ruina.
El propio autor de los Anales añade que muchos, acordándose de
su santidad, llamaban á los sucesos en la conservación de la Monarquía milagro
continuado: y lo fué sin duda muy raro. Acaso por defuera se ostentaba el poder
de España más extenso y grande que nunca; pero en el interior se sentían ya los
síntomas de la decadencia.
Sostuvo nuestro nombre en el mundo el espíritu
antiguo de grandeza y la costumbre de dominar y de ven[154]cer
que guardaban en sus ánimos algunos buenos capitanes y políticos españoles, más
perseguidos y penados que recompensados por ello. Vivióse en todo de lo pasado,
y no pareció en muchas ocasiones sino que el Estado se gobernase sólo,
abandonados á su arbitrio los Virreyes y Capitanes generales de las provincias
y los diplomáticos que representaban á la nación en Cortes extrañas. Incapaces
de comprender la política que conviniese á España en aquella era, el duque de
Lerma y los ministros que heredaron su influjo sólo por la fuerza de la
tradición fueron hábiles algunas veces y tuvieron levantados pensamientos. Mas
faltó en todo la oportunidad y el acierto que únicamente se alcanza en el
propio estudio y en el verdadero conocimiento de las cosas. El Ejército y la
Marina quedaban en mucho peor estado que á la muerte de Felipe II; las artes y
oficios mecánicos más decaídos; había menos comercio é industria, y la
agricultura proporcionaba aun al labrador empobrecido menos ventajas. La
amortización de la propiedad tocó en este reinado los mayores extremos,
principalmente la eclesiástica, produciendo sus ordinarios males. Y no era de
los menores la desigualdad en el repartimiento de los tributos que con ella
venía. No montaban los donativos voluntarios del clero y la nobleza tanto ni
con mucho como debieran pagar por sus haciendas, y así los pequeños
propietarios cada año se sentían más decaídos. Con esto la Hacienda, lejos de
concertarse y mejorarse como se pudiera, dado que ni se hicieron conquistas, ni
á pesar de todo se mantuvieron grandes guerras, se había dado un gran salto
hacia el abismo en cuyos bordes la dejó el Monarca anterior. La nobleza,
vencida por Carlos V[155] y sujeta y oprimida por
Felipe II, daba de sí á las veces altas muestras recordando lo que había sido;
pero en lo general puede decirse que no mejoró de posición ni de fortuna. Aun
las altas muestras de sí las daba la nobleza fuera de España; porque aquí
dentro no osaba mover la lengua, sino en caballerescos galanteos, ni el brazo,
sino en desafíos y aventuras. Púsose en este reinado más cerca del trono que en
el anterior; pero no para que cobrase la dignidad antigua, sino para que le
sirviese de ornamento y de cómplice. Mejor estaba la grandeza recogida en sus
castillos ruinosos, murmurando de los ministros plebeyos de Felipe II, que no
autorizando con su asistencia las dilapidaciones de los favoritos de su hijo, y
acaso contribuyendo á ellas, cambiando sus títulos viejos tan gloriosos, por
títulos nuevos y dignidades de la Real Casa.
Las ciencias quedaban ya casi subyugadas á la
teología y del todo envueltas en las tinieblas del escolasticismo y
aristotelismo. Fueron los teólogos y filósofos de más nota, Ángel Manrique,
llamado el Atlas, por su vasta doctrina, natural de Burgos, hombre
elocuentísimo y catedrático de Salamanca; Marsilio Vázquez, Pedro de Oviedo,
Gabriel Vázquez, Baltasar Téllez, Francisco Suárez, Francisco de Toledo,
Rodrigo Arriaga, y, sobre todo, el ilustrísimo Juan Caramuel, uno de los
talentos más singulares que haya habido jamás, teólogo, filósofo y
orientalista. Todos ellos escribieron obras eruditísimas y de copiosa doctrina,
pero sin grande elevación ni libertad filosófica. Dos cosas pueden llamar la
atención en este punto, porque dan á entender en nuestro concepto que ni aun
del escolasticismo y aristotelismo se fiaba ya la Inqui[156]sición
española. Es la una, que no hubo filósofo alguno que no fuese eclesiástico,
como si el serlo no se les permitiese ya á los legos. La otra es todavía más
importante. Durante el reinado de Carlos V y de Felipe II, sin contar los que
dentro del reino se miraron con más ó menos razón perseguidos, hubo algunos
teólogos y filósofos que fueron á profesar sus doctrinas en tierras extrañas;
mas no parecía singular, porque eran, por lo común, las que se iban, personas
más ó menos inficionadas en la herejía. Ahora se notaba ya que ni uno solo, aun
siendo muy buenos católicos, permanecía al fin en España, saliendo fuera de
ella con diversos pretextos á enseñar sus doctrinas y á publicar sus obras. Fué
á parar Marsillo Vázquez á Italia, y allí explicó filosofía con mucha
reputación en las Universidades de Florencia y Ferrara; Pedro de Oviedo murió
de Obispo en el Río de la Plata; Juan Caramuel, no bien concluyó sus estudios
en la Universidad de Alcalá, pasó á Flandes y luego á Italia, donde tuvo que
ver alguna cosa con el Sacro Colegio por cierta obra suya calificada de dudosa
en la fe; Francisco de Toledo enseñó en Roma filosofía y teología, y fué
nombrado por el Papa Gregorio XIII censor de sus propias obras, que fué
concederle una especie de libertad de pensar exclusiva; Rodrigo de Arriaga, el
más atrevido de aquellos filósofos, fué á parar con sus lecciones y doctrina en
Bohemia; solo Ángel Manrique, Baltasar Téllez y el granadino Francisco Suárez,
metafísico profundo y de clarísimo estilo, autor del libro De legibus y
otros muchos, en los cuales estudió Vico un año entero la filosofía, por ser
los más famosos de su tiempo, murieron en la Península; pero aun no en estos
reinos, sino en Portugal, donde hubo[157] siempre
otro género de libertad religiosa y civil que en Aragón y Castilla. Fueran
tales hechos para casuales demasiados en número, y bien pueden fundarse sobre
ellos, cuando no evidencias, por lo menos muy razonables sospechas. Y aun
pueden añadirle crédito algunos hechos que tuvieron lugar por entonces. Fué el
P. Juan de Mariana el último de los grandes pensadores que tuvo España, y uno
de los mayores de su siglo. Su historia, no desnuda ciertamente de defectos,
fué la primera que vió Europa después del renacimiento de las letras que
mereciera tal nombre, y los extranjeros, tan parcos en alabar nuestros hombres
y nuestras cosas, han tributado al sabio jesuíta grandes homenajes de
admiración y respeto. Permitiósele escribir acerca de los Reyes con libertad,
aun hoy tenida de muchos por demasiada, porque entonces el sentimiento
monárquico era tal, que no había en ello el menor peligro, y más parecía
entretenimiento que doctrina el tratar de tales asuntos los sabios. Pero no
bien trajo su pensamiento á censurar moderadamente las cosas presentes ó á
explicar teorías de aplicación inmediata, fué rigurosamente perseguido,
ocasionándole grandes pesares. Tal aconteció al escribir el tratado famoso
sobre la alteración de la moneda, medida tan perjudicial de aquel
reinado. Los lazos de la represión estaban, pues, más estrechos que nunca.
Algunos años más, y doctrinas tales como las de Mariana en el libro De
Rege, ni por entretenimiento podrían ser enseñadas ni defendidas. Argensola
y el P. Sigüenza escribieron también en esta época libros históricos notables
por la belleza del estilo, mas no por la crítica y filosofía de Mariana.
Pero en tanto que morían las ciencias, el ingenio[158] español ofrecía altísimas muestras de sí en otro
género de letras. Sin más pretensión aparente que el entretenimiento y recreo,
dió á luz el inmortal Cervantes su Ingenioso Hidalgo, maravillosa
lucha y contraste de lo real con lo imaginario, del mundo práctico con el mundo
poético, de lo sublime con lo ridículo; cuadro inmenso de costumbres que no
pierde su oportunidad con los siglos, símbolo eterno, libro, en fin, el más
grande de nuestra literatura y que apenas halla rivales en el mundo. Menos
afortunado en sus novelas, hízolas, sin embargo, dechado de estilo,
y alguna de ellas singularísima en la pintura de caracteres y costumbres. Sus
obras poéticas son las que menos boga han alcanzado; y aunque á la verdad no la
merecían muy grande, siempre es cierto que la reputación del autor en otras
cosas las ha perjudicado bastante. Floreció á la par Balbuena, poeta de talento
colosal, que tal vez hubiera parecido más grande á tenerlo menor, y escribiendo
con más estudio y en mejor ocasión sus obras. En el Bernardo dejó
los trozos de poesía épica más valientes que haya en castellano, envueltos en
un fárrago de versos insoportables, y en la Grandeza Mejicana describió
la Primavera con gran belleza en la dicción, y mucha novedad y
galanura en los pensamientos, á la par que con sus ordinarios defectos: también
en el Siglo de oro dejó buenas églogas, aunque amaneradas y
frías, como solía ser siempre aquel género de poesía, imitación eterna de la
literatura latina. Con éstos ha de juntarse el nombre insigne de Lope de Vega,
monstruo de fecundidad y de imaginación que dió su nombre á mil novecientas
comedias, si no buenas todas, ninguna falta de belleza y de ingenio, verdadero
maestro del arte dramático en[159] España, y harto
encarecido de propios y extraños, para que mucho nos detengamos en su elogio.
Fué época aquella gloriosa, en fin, y grande para las bellas letras; pero no ha
de atribuirse por ello honor alguno al Monarca ni á sus Ministros. Era que
todas las fuerzas intelectuales de la nación se habían refugiado en la
literatura, cerrado el camino de la Filosofía, de la Historia y de las Ciencias
físicas y matemáticas. Aún allí no habían llevado sus armas la Inquisición y el
escolasticismo, pero no andaban muy lejos. La representación de las comedias,
bien tolerada por Felipe II, se vió ahora amenazada de muchos teólogos. Felipe
III, aunque asistió á algunas, y señaladamente á una que se representó en
cierto teatro mandado levantar por el duque de Lerma sobre las aguas del
Tormes, no gustaba mucho de ellas: acaso hubiera caído entonces el arte
dramático á no ser sostenido y defendido vigorosamente por otros teólogos y
frailes muy aficionados á tal espectáculo.
En suma, sólo puede decirse que merecieran favor al
rey Felipe III las costumbres privadas y el catolicismo. En su reinado no es
posible olvidar á los confesores, antes parece preciso irlos recordando á la
par de los ministros y capitanes. Acrecentáronse extraordinariamente los
monasterios, tanto en bienes como en número de religiosos, á pesar de los
clamores de las personas prudentes y en algún tiempo del mismo Consejo de
Castilla, y llegó al último punto la influencia del clero en los pueblos.
También se acrecentaron los santos, porque Roma, que tanto partido sacaba de
Felipe III, no regateaba en cambio las canonizaciones y beatificaciones. Ni se
echaron de menos los autos de[160] fe,
siendo entre todos notable el de 1610 en Logroño, donde fué quemada por bruja
confitente una cierta María de Zozaya, y diversamente castigadas por igual
delito ó por practicar distinto culto del católico, hasta otras cincuenta y dos
personas. Mas ello fué que con el predominio de la idea religiosa, aunque
produciendo tan dolorosos extremos á las veces, con los ejemplos piadosos del
Rey y con la hipócrita moderación de la Corte, se logró que las costumbres
públicas, lejos de decaer de como las había dejado Felipe II, se mejorasen
todavía. Quizás en ninguna época se han visto en España tan pocos escándalos y
crímenes como en este reinado, ni en país alguno del mundo se han respetado más
la moral y las conveniencias sociales, obras todas de un rey cristiano. En
cambio, la moralidad de la administración y del gobierno padecieron gran
mengua. Salió á la plaza la lisonja poco sufrida de los reyes anteriores;
diéronse al envilecimiento los puestos que solía tener antes el mérito;
comenzaron las dádivas de todo género á hacer las veces del Consejo y á
producir persuasión en los ánimos; la vanidad y la codicia y la abnegación se
abrieron á todo camino, obras estas propias de un rey inepto. Buen católico y
mal rey, he aquí formulado el carácter de Felipe III: lo que quiso ser y lo que
fué para España.
SUMARIO
De 1621 á 1636.—Principios del reinado de Felipe
IV.—Privanza de Olivares.—Autoridad anticipada.—Castigos y venganzas, el P.
Aliaga, Calderón, Osuna, Uceda, el duque de Lerma.—Reformas en el Gobierno.—La
moneda.—La Hacienda y las Cortes.—Disgustos en las de Cataluña y
Castilla.—Empeños de la Monarquía.—Alemania: victoria en Hoecht.—Holanda:
renuévase la guerra, rota de su escuadra en el estrecho de Gibraltar, muere el
archiduque Alberto.—Genepp, Meurs, Berg-Op-Zoom, batalla gloriosa de Fleurus,
sitio y toma de Breda.—Triunfos navales en América.—La Mamora.—Venida á España
del Príncipe de Gales, negociaciones matrimoniales, guerra con Inglaterra, rota
de los ingleses en Cádiz.—Italia: guerra de la Valtelina, sitio de Verrua,
hostilidades entre Francia y España, paz de Monzón, armada á la
Rochela.—Italia: sucesión del ducado de Mantua, sitio de Cazal; pasa allá
Spínola; fuerzan los franceses el paso de Suza; levántase el sitio de Cazal;
concierto de Suza; campaña de Richelieu; derrota de los saboyanos en Javennes;
muerte del duque de Saboya; nuevo sitio de Cazal; mala defensa del puente de
Cariñán; muerte de Ambrosio Spínola; tregua de Cazal, Quierasco.—Flandes: malos
sucesos del conde de Berg.—Pérdidas marítimas.—Liga de Leipzig.—Campaña en el
Rhin de Gustavo-Adolfo.—Oppenheim, Maguncia.—Funesta campaña del duque de Feria
en la Alsacia; su muerte.—Flandes: vuelve á España[162] la
soberanía.—Traición del conde de Berg; gobierno del marqués de Santa Cruz;
pérdidas; combate de Maestrik y gobierno de los cuatro generales; derrota de
nuestra armada en Zelanda; gobierno de Lerma; muerte de la Infanta; gobierno
del marqués de Aytona; sucesos varios; nómbrase al cardenal Infante D.
Fernando, para el gobierno de los Estados; su carácter y cualidades; viene por
Alemania con un ejército; batalla gloriosa de Nordlinghen. Francia declarada
enemiga.—Algunas empresas de Asia y África.
Dejó el difunto Rey cinco hijos, y de ellos
era Don Felipe IV el primogénito, que le sucedió á la edad de diez y seis años,
el cual estaba casado desde los once con la princesa Doña Isabel de Borbón.
Viéronse al comenzar este reinado los mismos síntomas que cuando empezó el
anterior. La cámara del Príncipe estaba puesta desde 1615, y en ella había
entrado como Gentilhombre D. Gaspar de Guzmán, tercer conde de Olivares, de
noble casa y muy agraviada porque no se la hubiese concedido aún grandeza de España.
No se inclinaba el nuevo Rey en los principios al Conde; amaba más á otros de
su cámara; y sólo el duque de Lerma, con su ojo perspicaz y ejercitado, acertó
á comprender que en él tenía sucesor y acaso rival temible. Quiso entonces
apartarlo del Príncipe, pero ya no pudo; y el Conde, disimulando mucho y
alimentando á su costa con su ingenio y arbitrios las pasiones voluptuosas del
joven Príncipe, no de otro modo que el de Lerma había alimentado la devoción
del padre, logró al fin la privanza que apetecía. Así, desde mucho antes que
muriese el rey D. Felipe III, sabíase en la corte y en todo el mundo, quién
había de ser el ministro y favorito de su sucesor, y el árbitro de las cosas
del Estado.
Dió muy pronto el de Olivares muestra de sí y de su
valimiento. En los últimos días del Rey difunto, los amigos del duque de Lerma,
que estaba retirado en su villa de este nombre, quisieron tentar por último á
la fortuna, mandándole venir á toda prisa. Parecía vivo todavía en aquel
Príncipe el cariño del Duque, y era de temer su llegada para muchos, aun en
aquel trance, sobre todo si prolongaba por azar la vida, que de ello había,
como siempre, alguna esperanza y duda. Pero como supo el caso Olivares, determinó
llevar á cabo uno de esos atrevimientos, que sólo en el buen éxito pueden
recibir aplauso, aun de parte de aquéllos que no ven en las cosas sino la
utilidad que proporcionan. Aconsejó al Príncipe que ejerciendo jurisdicción
anticipada enviase un mensaje al Duque Cardenal, mandándole que se volviese á
su villa de Lerma, sin llegar á la corte. Hízolo el Príncipe; llegó el mensaje,
y el de Lerma obedeció, aunque notando que no tenía aún autoridad quien lo
ordenaba. Tampoco había muerto todavía Felipe III cuando Olivares le dijo
públicamente al duque de Uceda, su antecesor y rival: ya todo es mío.
Y mostrólo muy pronto, porque no eran pasados tres días de muerto Felipe III,
cuando desagraviándose á sí mismo del agravio que aquél le debía por no haberlo
querido hacer Grande, ni aun en los últimos días de su vida, hizo que el nuevo
Príncipe le dijese comiendo: Conde de Olivares, cubríos, con que
recibió la grandeza que ambicionaba.
Después de desagraviarse á sí mismo, aparentó el
conde de Olivares que iba á desagraviar á la nación de las ofensas que en ella
habían hecho los ministros y cortesanos de Felipe III. El primero que padeció
sus[164] iras fué el P. Aliaga, confesor del
Monarca difunto, al cual mandó salir desterrado de la corte; tal merecía y
mayor castigo aquel fraile indigno, que vendía á precio de oro la influencia
que ejercía en el Monarca y que tanta parte tomaba en las intrigas cortesanas.
Apresuróse luego el proceso de D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias,
aquel amigo del duque de Lerma, que á poco de la caída de éste fué puesto en
prisiones. Acumuláronsele cargos gravísimos, algunos de ellos justificados,
otros no tanto, y en los cuales parecía que obraba más la pasión que la verdad.
Habíase hecho á todo el mundo odioso D. Rodrigo, por su desmesurada soberbia, y
así fué que en la ocasión no halló más que acusadores y verdugos. Al fin, fué
condenado á muerte y ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid. La noble entereza
con que murió (1620) disculpó en la opinión generosa del pueblo todos sus
yerros. Por el contrario, no faltó quien culpase al conde de Olivares de
aquella muerte, atribuyendo á impulsos de envidia antigua y de odio no vencido
con la ruina de D. Rodrigo, el que lo dejase ir al suplicio, cuando una palabra
suya podía salvarle. Dió calor á la sospecha el ver que al propio tiempo que
terminaba el proceso de Calderón, se comenzaban los de tres duques y ministros
famosos en el anterior reinado: el uno el de Lerma, de Uceda el otro y otro el
de Osuna. Y aunque las faltas de Calderón mereciesen riguroso castigo, también
causaba grima el ver que sus acusadores adoleciesen de las mismas faltas que
él, y el hallar en sus mismos pasos ya al ministro que consentía ó acaso
ordenaba su muerte. Fué de esta manera de más escándalo que ejemplo el castigo
de Calderón,[165] dado que antes se atribuyó á
venganza, que no á justicia.
Los propios efectos se sintieron en la muchedumbre
con la prisión del gran duque de Osuna. Andaba éste por la corte desde 1620 en
que vino de Nápoles, suscitándose nuevas enemistades antes que no aplacando las
antiguas, con la soberbia de su condición y el lujo desmesurado de su casa y
persona. Públicamente se le acusaba en corrillos y papeles de haberse
enriquecido malamente en el gobierno de Nápoles, y el conde de Villamediana le
llegó á apellidar ladrón en unas coplas. Despreciaba el de
Osuna tales murmuraciones y aun las alentaba cada día más con su conducta;
traía siempre detrás de sí veinte coches, donde iban multitud de caballeros
españoles y napolitanos, á quienes favorecía; cincuenta capitanes y alféreces
reformados, formaban la guardia de su casa y caminaban en torno de su persona;
los vestidos eran de telas extrañas y costosísimas, sembrados de piedras
preciosas. En una de las fiestas de Madrid entró á justar en la Plaza Mayor con
cien lacayos, vestidos de azul y plata; no había ningún Príncipe ni Grande que
le igualase en magnificencia, dado que se allegaba la suya á la del Rey.
Mientras vivió Felipe III y el duque de Uceda, á quien tenía tan ganado por el
parentesco y dádivas, tuvo el Gobierno en las manos, la emulación no pudo nada
contra él; pero ahora se encargó de ser ministro de ella el Conde-Duque.
Acaso se sentía éste más que ningún otro humillado
con aquellos alardes de grandeza. Halló que la nobleza y tribunales de Nápoles,
habían hecho una información contra Osuna, para justificar el haberlo des[166]poseído del virreinato y dádoselo al cardenal Borja
sin órdenes de España; presentaban documentos denunciando sediciosos intentos
en el Duque, y relataban multitud de injusticias y vejaciones. No necesitaba de
más el favorito para satisfacer sus iras en aquel rival aborrecido: decretó su
prisión y, luego, al punto, mandó que se le formase proceso. Recordó entonces
todo el mundo los notables servicios del Duque, y extrañando que no se
contentase con ellos, para descargo de sus faltas, entró luego la piedad en el
pueblo, loable sentimiento que siempre manifiesta el de España, aunque
perjudicialísimo en muchas ocasiones: así el castigo se convirtió en descrédito
de quien lo ordenaba. El Duque conllevó su desgracia con notable entereza
durante dos años y medio, que estuvo prisionero primeramente en el castillo de
la Alhameda, cuyos muros á medio caer se levantan aún no lejos de la magnifica
posesión que con aquel nombre ahora tienen sus sucesores, y,[17] al
fin, en Madrid, donde murió más de saña y afectos vengativos, que no de
enfermedad incurable. Hombre memorable y que siempre ocupará lugar entre los
buenos capitanes y políticos españoles, dignísimo de otra suerte, dado que el
mayor de los delitos que se le atribuyeron, que fué el de pretender alzarse por
Rey en Nápoles, no pasó de sospecha, y más, sobrando razones para recelar que
aquella voz fuese esparcida y autorizada por los venecianos con ánimo de
perderle, en venganza de las humillacio[167]nes y daños
que de él habían recibido. Su muerte, aunque no tan desdichada, fué no menos
sentida que la de D. Rodrigo Calderón y con harto mayor justicia.
Salvó al de Lerma de correr los mismos pasos que
Calderón y Osuna el capelo cardenalicio que había tomado con tanta cordura
antes de perder la privanza, porque no osó el favorito tocar á su persona. Pero
Uceda, su hijo, que no tenía semejante defensa, cayó en poder de los Tribunales
del Conde-Duque; y sabe Dios adonde llegara al fin su castigo, si el Rey no
hubiese intervenido de repente y contra su costumbre en el asunto, declarando
por sí propio en una cédula que aquel ministro no había faltado en cosa alguna
á su deber y obligaciones. Épocas tristes aquellas en que es de alabar la
arbitraria resolución de un Príncipe que arranca á un reo de manos de los
Tribunales de justicia; mas tales andaban ellos de honrados. Fuera, sin
embargo, el castigo de Uceda, mal hijo y peor ministro, sin cualidad ninguna
que disculpase sus vicios, menos sentido que el de los otros.
Aunque burlado Olivares en sus intentos contra
estos dos ministros, padre é hijo, no por eso dejó de mortificarlos, hasta que
les originó la muerte. El de Uceda, viéndose sin licencia para venir á la
corte, y sin poder ni valimento, murió de pesadumbre, y su padre no tardó en
seguirle al sepulcro. Porque Olivares, para completar la ruina de sus
antecesores, creó una Junta llamada de reformación de costumbres, mandando que
á todos los que eran y habían sido ministros desde el año de 1603, se
registrase la hacienda que poseían y la que habían enajenado, bajo gravísimas
penas: de manera que fuera conocida fácilmente la[168] parte
del primer caudal y si había aumentado por medio ilícito. Aplaudió el vulgo la
determinación: muchos, viendo llevar tan adelante los castigos y persecuciones
de los malos ministros, decían que, aunque á ser tan riguroso le moviese más el
odio particular que razón alguna de interés público, quien tales cosas
ejecutaba con los demás, no podía merecer nunca iguales censuras. Había
también, ¡cosas disculpables en las preocupaciones de la época!, quien creyese
que por aquel medio volverían á llenarse las arcas públicas. El suceso mostró
muy á las claras lo equivocado de tales conceptos. El duque de Lerma fué
condenado á pagar al fisco setenta y dos mil ducados anuales y el atraso de
veinte años por las rentas y riquezas adquiridas en su ministerio, condena que
no pudiendo sufrir el codicioso viejo, le hizo morir de pena como su hijo; pero
muchos que habían administrado mal las rentas, enriqueciéndose en cohechos y
desmanes, conservaron cuanto tenían, sólo porque no hacían sombra á la privanza
de Olivares. Y éste, aunque algunos dicen que procuró menos por sí que sus
antecesores, dió harta ocasión en adelante á toda censura y castigo. El interés
del momento ciega á las veces los ojos de los pequeños ambiciosos, que no ven
en el poder la gloria y la satisfacción legítima del mando, sino sólo un camino
para hallar el placer y el deleite, y contentar á las pasiones viles del alma;
y á trueque de conseguir una cosa, no vacilan en sentar precedentes que pueden
serles de vergüenza y daño en lo futuro.
No contento, naturalmente Olivares con rebajar á
los contrarios y exterminarlos, cayendo en sus mismos errores, comenzó á elevar
á otros sin consideración al[169]guna, procurando
hacerse de clientela. Alzó varios destierros de personas importantes que antes
los padecían, y devolvió algunas plazas y dignidades mal quitadas,
robusteciendo con el agradecimiento los muros de su poder. Entre otros, se
levantó el destierro y prisión que padecía D. Francisco de Quevedo, ya en obras
famoso, por su amistad con Osuna, y aun se le dió colocación en Palacio. Pero
los más de los destinos públicos los ocupó el Privado con sus amigos
personales. Con ellos compuso la regia servidumbre, despidiendo á los que antes
la formaban, y cuando ya no tenía destinos que dar allí, determinó poner casa
aparte al infante don Fernando, que por su corta edad vivía aún con el Rey, su
hermano, á fin de crearlos nuevos y repartirlos de la propia suerte, como lo
ejecutó con efecto. Quitó de los Tribunales á muchos magistrados, porque alcanzaban
reputación de inflexibles; y de ellos fué el Presidente del Consejo de Castilla
D. Fernando de Acebedo, en cuyo lugar puso á D. Francisco de Contreras, uno de
los jueces de Calderón, que era de sus mayores amigos y parciales. Sólo
conservó en alto puesto á D. Baltasar de Zúñiga, por tío suyo y por fingir
también con eso que no quería ser solo en el mando. Era D. Baltasar hombre de
antigua carrera y muy práctico en los negocios; mas como viejo y tío, afectaba
algo de superioridad y entereza, que ofendía la vanidad quebradiza del de
Olivares. Murió á poco, y murió á tiempo porque ya comenzaba á rugir la
discordia entre ellos, y la perdición de Zúñiga no parecía muy lejana.
No hallando ya quien le disputase el Poder, se puso
á disfrutar tranquilo de su fortuna. Y no pareciéndole ninguna casa acomodada á
su grandeza, vínose á vivir[170] á Palacio,
ocupando con mengua de la Familia Real, menos cómodamente alojada, el cuarto
que solían los Príncipes de Asturias, donde Felipe IV había residido hasta la
muerte de su padre. Allí, siguiendo los pasos del de Lerma y acrecentando sus
abusos, se hacía traer todos los papeles importantes sacados de los archivos y
secretarías sin cuenta ni resguardo alguno; allí daba las audiencias que antes
solían los Reyes; despachaba con los ministros, dictaba órdenes á los Consejos,
y hacía todos los alardes de poder y mando que pudiera siendo suya la corona.
No tardó, como el de Lerma, en hacer sentir su privanza á la Real Familia.
Cobró, principalmente, aborrecimiento á los dos infantes D. Carlos y D.
Fernando, ambos muy queridos en la corte, porque, dotados de noble espíritu, no
llevaban con paciencia su dominio. Y siempre será mengua de aquel favorito el
haber procurado indisponer al Rey con sus hermanos por bajos medios.
Á la verdad, en un principio mostrábase en los
negocios públicos tan solícito, como fué descuidado y flojo más tarde. Si no
acertó con lo bueno y lo útil, no fué por falta de arbitrios, que los tuvo y
aplicó en gran número, sino porque su inteligencia y desordenadas pasiones no
le dejaron ver más y mejor de lo que veía en las cosas. De todos los arbitrios
que imaginaba y de la situación de la Monarquía, dirigió al Rey una Memoria muy
alabada entonces, donde hubo quien hallase principios é ideas de gran político:
la verdad era que ya había en la nación, apartada por la Inquisición del
estudio y de la meditación verdaderamente filosófica, poquísimas personas
capaces de juzgar bien en tales materias. En cambio, pululaban los arbitristas,
hombres[171] incansables que no cesaban de publicar
peregrinos libros, donde se proponían remedios á todas las necesidades y
enfermedades públicas, disparadamente chistosos, cuando no torpes y fatales. De
éstos recogió no pocas ideas el Conde-Duque y así fueron ellas. Determinó que
los servicios no se recompensasen más con donativos de dinero en cantidad de
maravedís ó ducados, como antes se solía hacer, sino que á cuenta de ellos se
repartiesen los honores y las dignidades, con que se evitaron algunos gastos,
pero se envilecieron las grandezas y las encomiendas á fuerza de prodigarse;
mal quizás tan grande como el que se trataba de remediar, porque no viven menos
las Monarquías con economía en el dinero que con economía en las honras y
dignidades. Siguióse la mala costumbre introducida en el anterior reinado de
crear para el conocimiento de todos los negocios importantes juntas especiales
compuestas de individuos de diversos Consejos, y se introdujo otra peor
todavía, que era la de que los consejeros no deliberasen de viva voz, sino que
cada uno diese su dictamen por escrito al Rey; de forma, que pasando tales
papeles del Rey al favorito, no se determinaba cosa que éste no tuviese por
útil. Dióse también sucesión á los empleos antes de que vacasen poniendo en
cada uno dos dueños; pero algo se remediaron los daños de esto último con
repartirlos por merecimiento verdadero ó supuesto, y no por dinero como al
principio. Tratóse de acortar los términos de los pleitos, que por lo largos y
ruinosos eran de las principales causas de decadencia en las familias que
hubiese en el reino, entreteniendo con ellos la esperanza muchos odios,
alimentando la dilación muchas disensiones, y fabrican[172]do
los desengaños no pocas perdiciones de gente hidalga y capaz, bien dirigidas y
de altos servicios. Y por lograrlo fácilmente, se redujo á la tercera parte el
número, á la verdad exorbitante que había de consejeros, escribanos,
procuradores, alcaldes, alguaciles y demás oficiales públicos. Fijóse, por
último, un plazo, dentro del cual los litigantes forasteros pudiesen solo
residir en la corte, y para evitarles la venida, se dispuso que los pleitos,
aun los privilegiados, se viesen ante las justicias ordinarias. También se
mandó á los señores de vasallos que residiesen en sus pueblos á fin de aliviarlos
en vez de oprimirlos. Prohibiéronse las emigraciones, aun para las Américas,
que era para donde más comúnmente se verificaban con tanto daño de los reinos
de la Península, que se miraban despoblados, mas sin conocer que no hay otro
remedio para evitar tales emigraciones, sino ofrecer ventaja y buen gobierno á
los pobladores para que no dejen sus hogares; y, por último, se prohibieron
algunas modas un tanto costosas, que era pueril remedio y tan ineficaz como se
halló luego. Vióse á los alcaldes de casa y corte dar de rebato en las tiendas
de mercaderes y sacando todos los valones, zapatillas bordadas, almillas,
ligas, bandas, puntas, randas, abanicos, puños aderezados y otras galas de
mujeres á este modo prohibidas por sobrado ricas, hacer con todas ellas ridículo auto
de fe en las calles de Madrid. Calculóse que había cuello cuyo aderezo
costaba al año seiscientos escudos y prohibióse tal uso, dando el Rey y el
favorito el ejemplo, que ellos creyeron glorioso, de no llevar sino valonas
sencillas. ¡Mezquinos ejemplos! Harto más graves si no más oportunas fueron las[173] medidas tomadas para desahogar la Hacienda en
sus apuros.
Rebajóse nuevamente el interés que del Erario
tiraba la deuda conocida con el nombre de juros reales, y se dió facultad á las
Cortes para conceder tributos sin permiso de las ciudades; con que ganados los
procuradores, no imposibles de ganar ya entonces, podía el Rey más fácilmente
sacar dinero de los pueblos. Ni una ni otra de estas medidas sentó bien en la
nación; pero se soportaron ambas, porque todo el mundo conocía que el estado
deplorable de la Hacienda pública exigía grandes remedios. La moneda que tanto
dió que hablar en el anterior reinado, hubo también de ocupar en éste, desde
los principios, la atención del Gobierno y de la nación entera. Hizo el
Conde-Duque que el Rey dictase un decreto prohibiendo que se sacase del reino
el oro y la plata y se introdujese en él la moneda de vellón; poco después se
mandó que el trueco y reducción de la moneda de oro y plata á la de vellón no
excediese del diez por ciento. Pero esto no bastó para evitar que el vellón
sobrase en nuestros mercados, y en 1626 hubo que pregonar Real cédula para que
no labrase más moneda de vellón en veinte años. Todavía sobraba esta moneda
infeliz de tal suerte, que el año después se publicó una pragmática famosa para
su disminución, encomendando la obra á una especie de Junta y Caja de
amortización, al modo de las que después hemos visto destinadas á la
amortización de papel moneda, con el nombre de Diputación general del
consumo. Tratábase de ir recogiendo poco á poco en las principales
capitales del reino la moneda de vellón, cambiándola por oro y plata,
inutilizando una parte,[174] y poniendo la demás en
su justo valor, alterado desde el tiempo de Felipe III. Mas sin embargo de que
esta Diputación hizo cuanto pudo, en 1628 hubo que expedir nueva pragmática,
rebajando ya violentamente la moneda de vellón á la mitad de su valor y
originándose con esto las pérdidas y quejas que eran naturales. Así se pensaba
entretener algún tiempo el oro y la plata que á más andar desaparecía del
reino; pero todo era en vano, y en el propio año de 1628 hubo que mandar aún
que la moneda de estos metales no pasase de puerto alguno sin registrar,
revocando la antigua que permitía sacar moneda con obligación de volver
mercaderías.
No alcanzó esta disposición más fortuna que las
otras, y en adelante todavía dió harto en que entender el arreglo de la moneda.
Pero el caso era, que en estos cambios y alteraciones, si los pueblos padecían
mucho, no dejaban de ganar los ministros. Era en todo con sus altas y bajas la
moneda, lo que por ventura ha sido la deuda del Estado en nuestro siglo. Los
favoritos y ministros codiciosos que por su posición tenían noticia anticipada
de las alteraciones, se aprovechaban de eso para expender ó recoger moneda y
cambiarla por más ó menos, según el caso, y así realizaban inmensas y
vergonzosas utilidades; todo en ruina de la nación y más confusión y desbarate
de la Hacienda pública.
Crecieron en tanto los tributos y fueron mayores
que nunca desde los principios de este reinado. Las Cortes de Castilla
otorgaron en 1623 veinticuatro millones en cada doce años, por la manera misma
con que fué practicada la exacción en el anterior reinado, y perpetuándose tal
cantidad en los pedidos, tomó de ella esta contribución el nombre con que fué
en adelante[175] conocida. Las de Aragón en 1627
ofrecieron dos mil hombres armados y pagados por seis años; mil hombres
pusieron también en armas las de Valencia del mismo año: solo las de Cataluña
se mostraron parcas y desabridas. Ya en 1620 se había solicitado de aquella
provincia que diese cuenta de sus rentas y pagase el quinto; mas no se insistió
mucho en ello. Luego que entró á tratar de las cosas de la hacienda, el
Conde-Duque aconsejó al Rey que pidiese formalmente á Cataluña el quinto de sus
réditos; hízose la petición y respondió Barcelona que estaba exenta por sus
privilegios, mas en las Cortes de 1626 se esforzó la pretensión, recordándose
otra antigua de establecer allí la renta del Escusado. Hubo disgustos,
precursores de los que en los años venideros trajeron tantas desdichas:
exacerbáronse las pasiones á punto que el conde de Santa Coloma y el duque de
Cardona vinieron á las espadas en el recinto mismo donde se celebraban las
Cortes; y fué mucho que se pudiese evitar mayor escándalo. Negábanse los brazos
catalanes unidos á introducir la alteración más pequeña en los antiguos
privilegios de la provincia, y no faltó quien previese ya todo lo que había de
sobrevenir de continuar en la demanda. El almirante de Castilla D. Juan Alfonso
Enríquez de Cabrera, duque de Medina de Ríoseco, hombre ilustre, nacido para
preveer y llorar las torpezas de aquella época sin poder remediarlas, manifestó
al Rey con noble libertad el peligro, lo cual le trajo disgustos con el
Conde-Duque, y el odio de éste que le acompañó por toda su vida. Irritado el
Rey con las penalidades que le costaba sacar algún socorro y ayuda de los
catalanes, dejó un día inpensadamente á Barcelona y se vino á Madrid. Envió[176] entonces Barcelona en su seguimiento ciertos
diputados que le alcanzaron todavía en el camino y le ofrecieron cincuenta mil
escudos. Volvió el Rey en 1632 á sentir grandísimos apuros y á pedir nuevos
tributos á las Cortes; negáronse las de Castilla en Madrid á concederlos,
pretextando que el dinero iba á emplearse en pagar los ejércitos del Emperador:
plausible pretexto y muestra de fortaleza pocas veces repetida por los
procuradores castellanos en aquellos tiempos.
Las Cortes catalanas que el Rey en persona fué á
abrir el propio año, dejando para que las continuara, con permiso de la
provincia, á su hermano el infante don Fernando, se resistieron como siempre, á
dar tributos, habiendo nuevos empeños y disgustos por esta causa entre el
Almirante y el Conde-Duque. Por fin se lograron cuatrocientas cuatro mil
libras, muchísimo menos que se pretendía. Hizo éste que algún tiempo después,
se tornase á la pretensión primera de que Barcelona diese cuenta de sus réditos
para pagar el quinto al Erario. Negáronse los catalanes más enérgicamente que
nunca. El Virrey, que á la sazón era el duque de Cardona, quiso registrar de
por si los libros de la ciudad, á fin de averiguar el importe de tales réditos:
fortificáronse los conselleres en la casa de la ciudad, donde el Virrey no osó
acometerlos, y el Conde-Duque y el Rey, enojados ya al último punto contra
Barcelona, determinaron trasladar la Audiencia á Gerona. Todo principios de lo
que sucedió más tarde.
No bastando, pues, los tributos concedidos por las
Cortes, fué preciso acudir á nuevos arbitrios, para llenar las arcas públicas.
Pidiéronse donativos á la nobleza y al clero que los hicieron cuantiosos: solo
el car[177]denal Borja envió de Roma quinientos mil
ducados, y el clero dió gratuitamente siete millones de tal moneda. Poco era
esto para lo que se necesitaba, y mediante una bula del Papa se obtuvieron del
Estado eclesiástico otros diez y nueve millones de ducados. Al propio tiempo se
creó (1632) la contribución conocida aún en nuestros días con el nombre de
lanzas y medias annatas. No se tardó en inventar otro servicio de millones
sobre consumos no gravados todavía, y que no podían mirarse como de primera
necesidad, el cual importaba dos millones y medio de ducados en seis años. Las
Cortes de Castilla lo concedieron al fin á fuerza de importunaciones y halagos,
mas no para socorrer al Emperador de Alemania como se quiso antes, sino para
atender á los gastos interiores del Estado.
Pero con tantos arbitrios y derramas como dejamos
enumerados no se logró ver mejoría en el Erario, ni acrecentar las decaídas
fuerzas de la nación, ni remediar la despoblación y la ruina de las ciudades y
de los campos; antes visiblemente se miraban empeorar las cosas. El mal, como
venido de tan lejos y tan hondo, necesitaba de remedios, no tanto heroicos y
atrevidos, como bien meditados; de los cuales el primero y más eficaz era la
paz, según dejamos ya apuntado en el reinado antecedente. Paz necesaria para
que se disminuyesen los gastos públicos, y para preparar el camino de otras
disposiciones tenidas ya de todo el mundo por indispensables, que
restableciesen ó hicieran prosperar el Comercio y la Agricultura é Industria.
Mas en esto, cabalmente puso aún menos atención el conde de Olivares que su
antecesor el duque de Lerma. Desde el principio hasta el fin de su privanza, no
hizo Olivares[178] otra cosa que promover y
sostener luchas desiguales, costosísimas y sangrientas, despilfarrando en
festines y obras de recreo lo que quedaba, y los recursos mismos que pedían los
ejércitos y la guerra. Así en 1633, cuando nuestros ejércitos en Holanda y
Alemania solicitaban dinero de continuo y no se les enviaba por no haberlo;
cuando por eso no podían salir al mar las armadas; cuando el Emperador nos
importunaba más, pidiendo socorro y las Cortes de Castilla lo negaban y á las
de Cataluña se sacaban contribuciones tan mezquinas á tanta costa y con tan
grandes penalidades, vieron levantarse los madrileños los palacios y jardines
magníficos del Buen Retiro con gasto inmenso, porque ni el terreno los
consentía; obra tan deleitosa y tan alabada ahora, como maldecida entonces por
los hombres previsores y sensatos.
El de Olivares en tanto para no aparecer como autor
de todo, aunque verdaderamente lo fuese, encomendó á una junta de tres personas
autorizadas el examen de cuantos negocios había de despachar el Rey, dando
sobre ellos su dictamen. Y más tarde rogó el Rey en un papel, el cual quedó por
honra en su mayorazgo, que asistiese personalmente al despacho de todo, y viese
y dispusiese por sí las cosas. No faltó quien tomase á moderación estos pasos,
y con tales trazas, aunque corrieron siempre hartas murmuraciones sobre su
conducta, mucha parte del pueblo no le quería mal en los principios y esperaba
de él mejor fortuna. Amábale sobre todo y cada día más el Rey, que depositaba
en él toda su confianza, no sólo en las cosas del Estado, sino en aquellas
otras viles que afrentan, más que á los reyes que las hacen, á los ministros
que las protegen y[179] ayudan. Era Felipe IV muy
dado á aventuras y galanteos, y tanto que sólo en ellas ponía atención y
cuidado. Los papeles y los libros de la época lo pintan como liberal, generoso,
valiente y no desnudo de ingenio y de instrucción, gustándole mucho el trato de
los poetas y artistas, y aun la misma profesión de las Musas. Pero el caso es
que distraído en liviandades no hubo monarca más esclavo que él de sus
privados, ni aun su tímido y devoto padre.
El conde-duque D. Gaspar de Guzmán, que lo era
único y absoluto y lo fué por tantos años, no carecía ciertamente de talento,
bien que no fuese tanto como su vanidad; pero no tenía la sagacidad política,
la profunda comprensión, y la instrucción y vasta experiencia que necesitaba en
tan peligrosas circunstancias la Monarquía. Fué también más atento al provecho
propio y á contentar sus pasiones que al bien del Estado, cosa harto común por
desgracia en los ministros y privados, sobre todo, en España y en aquellos
tiempos. Con la grandeza de España, tomó para sí el título de duque de San
Lúcar, de donde le vino el ser Conde-Duque, y no tardó en formarse copiosísimas
rentas. Luego, á cambio sin duda de los favores que á manos llenas recibía,
dióle el ministro al Rey gratuitamente el título de Grande, y fué
vergüenza que éste llegase á admitirlo como merecimiento, en lugar de
despreciarle como lisonja. Hecho en que harto se dieron á conocer entrambos,
mostrando bien desde los principios lo que de tal Príncipe y tal ministro podía
esperar la Monarquía.
Eran muy grandes sus empeños en 1621 al empezar el
nuevo reinado. Francia patrocinaba los intentos de los que pretendían la
restitución de la Valtelina á su[180] primer
estado, y á los grisones, sus anteriores dueños, de cuyas manos la había
quitado el duque de Feria, y también ayudaban á ello los holandeses con dos
regimientos pagados á su costa. Faltaban cinco meses para cumplir las treguas
ajustadas con éstos, todavía tenidos por rebeldes, treguas tan mal vistas de la
soberbia española, que no hubo en catorce años, que duraron, quien quisiera
prohijar su negociación, excusándose todos unos con otros ministros y
embajadores y hasta el mismo príncipe Alberto. Continuaban conspirando contra
nuestro poder los venecianos, libres del meditado castigo del otro reinado.
Nápoles andaba á pleito con el Gobierno, y tenía en la corte diputados
representando agravios de los virreyes, sobre todo del duque de Osuna, y en
Sicilia estaban situadas por diferentes créditos las rentas del Rey, sin haber
de dónde costear la defensa del reino. La Marina, que tanta gloria había
alcanzado en el reinado de Felipe III, siendo la principal defensa de la
Monarquía, quedaba arruinada; la armada del Océano constaba de solo siete
navíos, y las galeras de España que eran aún en menor número, apenas salían del
puerto por desproveídas. Las fuerzas de los protestantes alemanes, suscitadas
de consuno contra el Imperio y contra España que era su aliada; las de
Inglaterra, más quietas que seguras, mediante la plática de casamiento entre su
príncipe y la infanta Doña María, comenzadas en el reinado de Felipe III y que
ahora venían á formalizarse. Y entre tanto la Hacienda, tan afligida como atrás
dejamos explicado, consignada á deudas antecedentes por todo el año de 1623,
habiendo aún rentas sobre las que pesaban más largos empeños, sin que las
medidas del conde de Oli[181]vares fuesen eficaces para
traer los recursos que faltaban.
Á pesar de tan mala situación, el nuevo Gobierno no
se arredró un punto; y á la verdad la fortuna sonrió en los principios sus
empresas. No desalentados los protestantes alemanes con la pérdida de la
batalla de Praga, continuaron la guerra contra el Emperador y el Rey de España,
y éste por su parte no desistió de la alianza y de los empeños que con aquél
contrajo su padre. El conde de Tilly, general de los imperiales, y D. Gonzalo
Fernández de Córdova, hijo del duque de Sesa y biznieto del Gran Capitán, que
comenzaba entonces la carrera de las armas, atacaron en Hoecht sobre el Meín á
Cristiano de Brunswick y al conde de Mansfeldt que mandaban á los protestantes
(1622), y los pusieron en derrota; arrojáronse los protestantes en confusión á
pasar el río por un puente que allí tenía, y hundiéndose éste al peso enorme,
fueron muchos los que se ahogaron y otros se salvaron á gran pena, de suerte
que su pérdida llegó á seis mil hombres entre muertos y prisioneros.
Cumpliéronse en esto las treguas con Holanda, y el
archiduque Alberto envió al punto mensajes á las provincias unidas en
república, ordenándolas que volviesen á su obediencia. Mandato ridículo, puesto
que era su inutilidad tan evidente. Habíase calculado, no se sabe cómo, que
aquella guerra costaba poco menos que la paz; erradísima cuenta, aunque no se
mirase más que la destrucción lenta, pero segura, de los pocos ejércitos que
quedaban á la Monarquía, sin que permitiese ya la despoblación reponerlos y reparar
sus pérdidas. No se pensó en esto; y la guerra encendida del[182] lado
allá del Rhin se comunicó á esta otra orilla pudiéndose considerar como una
sola por los accidentes comunes y porque los ejércitos ya acudían á una, ya
acudían á la otra parte indistintamente. Comenzaron las hostilidades por
decomisarse en nuestros puertos más de doscientos sesenta buques holandeses que
comerciaban con bandera alemana; pero ellos vengaron bien esta pérdida. Armaron
escuadras y corsarios que saquearon á Lima y el Callao; echaron allí á fondo
veintidós bajeles que llevaban nuestra bandera; rindieron y dieron también á
saco la ciudad de San Salvador en la bahía de Todos Santos, cogiéndola
desprevenida á semejante ataque, y causaron en las costas del Brasil infinitos
daños. Pero la fortuna no dejó de recompensarnos con una gloriosa victoria
habida al punto mismo en que se rompió la tregua. D. Fadrique de Toledo, hijo
del gran marqués de Villafranca y Capitán general de la Armada del Océano,
salió de Cádiz con siete navíos y dos pataches, y hallando en el estrecho de
Gibraltar una escuadra de hasta treinta y un bajeles holandeses, peleó con
ellos diez horas, tomó cinco, echó tres á pique y obligó á las demás á huir con
vergüenza. Fué grande el valor con que pelearon los españoles en este trance, y
señaladamente el don Fadrique, el general Carlos Ibarra, Roque Centeno y otros
Maestres de campo y capitanes. En tanto el marqués de Spínola, justísimamente
honrado ahora con el título de marqués de Belvis ó los Balbases, dejadas las
cosas del lado allá del Rhin volvió á Flandes.
Halló moribundo al archiduque Alberto, que de allí
á pocos días rindió la vida, y así recayó sobre él todo el peso de los
negocios, porque la Infanta, que quedó de[183] señora,
no sabía más que llorar su pérdida. Sin embargo, no tardó en poner á punto las
cosas y entrar en campaña. Tomó á Genep y Meurs y fué á acamparse delante de
Burich. Era su intento atraer á sí al príncipe Mauricio que mandaba á los
holandeses, para que éste dejase descubierta á Juliers, y no le salió mal la
traza. Desguarneció el holandés aquella fortaleza, y al punto Spínola envió
allá al conde de Berg que, plantando sus cuarteles y abriendo luego sus
trincheras, impidió el socorro y la rindió á los cinco meses de sitio. Spínola
se puso en tanto sobre Ber-op-Zoom, plaza importante de los contrarios; pero
acudiendo Mauricio al socorro, no pudo evitarse que metiera dentro más número
de soldados que tuviesen los sitiadores; con que hubo que levantar el cerco
cuarenta y seis días después de plantado el campo. Mas este revés lo compensó con
harta ventaja una dichosa victoria.
Mansfeldt, y el malvado Obispo de Halberstad,
Cristian de Brunswick, dos de los principales corifeos de los protestantes en
Alemania, echados de allí por los recientes triunfos del Emperador, acudieron á
reforzar á los holandeses. Salió á estorbarlo D. Gonzalo Fernández de Córdova,
que venía de vencerlos en Alemania. Los enemigos, pasado el Sambra, quemaron
con licenciosa crueldad las aldeas del contorno y cometieron infinitos
desórdenes; el número de su Caballería llegaba á seis mil soldados; el de la Infantería
no se supo bien; pero hubo quien lo estimase en ocho mil. Aguardólos D. Gonzalo
cinco leguas de Bruselas en los campos de Fleurus, que caen en los confines de
Bravante, y Namur con ocho mil infantes y mil quinientos caballos; y allí
empeñó la batalla. La noche había sido[184] tempestuosa,
y los españoles, inferiores en número á sus contrarios, estaban también más
fatigados que ellos; con todo, nuestra Infantería sostuvo con tal esfuerzo la
carga de los numerosos caballos enemigos, que los puso en derrota obligándolos
á abandonar á los infantes. Antes hubo algún desorden en el costado derecho de
los nuestros, porque el Maestre de campo D. Francisco Ibarra, que allí mandaba
con imprudente heroísmo, lejos de esperar á pie firme á los caballos enemigos,
salió precipitadamente á su encuentro. Remedióse por virtud de nuestra
Artillería, que hábilmente dirigió el capitán Oteiza; huyeron los caballos y
quedaron los infantes. Entonces cayó sobre estos toda la furia de nuestra
gente: murieron los más de los capitanes españoles, pero no por eso cejaron los
soldados, y animados del ejemplo del General, rompieron también la Infantería
enemiga y casi entera la pasaron á cuchillo. Los pocos de los enemigos que se
salvaron de esta matanza, huyeron, dejando en el campo banderas, bagajes y
artillería. Murieron de ellos mil quinientos; de los nuestros el Maestre de
campo Ibarra y mucha gente de cuenta; los prisioneros no fueron muchos por la
furia de los vencedores; pero los hubo de valía. Tal fué la batalla de Fleurus
(1622), una de las gloriosas, que ganaron los españoles por el esfuerzo con que
pelearon y que fué de mucha reputación al joven caudillo D. Gonzalo Fernández
de Córdova. Duró cinco horas y media, y fué el pelear con tal furia, que en el
escuadrón de la Infantería española no quedaron en pie más oficiales que el
Maestre de campo Boquin y el capitán Castel. Siguió D. Felipe de Silva, que
mandaba nuestra Caballería, el alcance de los enemigos, haciendo[185] nuevos destrozos, y cerca de Ham, en la frontera
de Lieja, degolló el resto de los fugitivos.
Recibiéronse con el júbilo natural en Bruselas las
nuevas de estos sucesos, y dieron aliento para continuar la guerra con los
holandeses, al paso que éstos sintieron profundamente aquel descalabro que
venía tan en su daño. Sin embargo, por falta de recursos no pudo Spínola darle
á la guerra poderoso impulso, y como los holandeses se mantenían á la defensiva
casi siempre, se continuó con tibieza en los dos años sucesivos, limitándose
todo á la empresa de Amberes que intentaron los holandeses sin éxito alguno.
Al fin, comenzó el famoso sitio de Breda. Henchido
de arrogancia Felipe IV, como quien no había experimentado reveses todavía, ni
escuchaba más que lisonjas, escribió aquel mandato célebre: «Marqués de
Spínola, tomad á Breda», y no hubo más si no comenzar el sitio (1626), el cual
pudo compararse con el de Ostende, por lo largo y costoso. La guarnición era
tan numerosa, que llegó en ocasiones á cuarenta mil hombres; la artillería
mucha; terribles las fortificaciones; pero todo cedió á la constancia y al valor
de los españoles. En vano Mauricio de Nassau con numeroso ejército pretendió
obligarlos á levantar el cerco: frustrados una vez y otra sus intentos, murió
sin verlos logrados, y Breda se rindió al fin á los dos meses de sitio. Sucedió
á Mauricio en el mando de los ejércitos enemigos su hijo Enrique de Nassau.
Con este suceso vinieron á juntarse, para
desvanecer del todo á nuestra Corte, los triunfos de D. Fadrique de Toledo en
la América Meridional. Corrió allá este General en demanda de los holandeses,
que ha[186]bían hecho ya extensas y ricas conquistas en
las Islas y Tierra Firme; recobró la bahía de Todos Santos, Guayaquil y Puerto
Rico, y con pérdida de todo, los echó de aquellos países y de aquellas aguas.
Fué también glorioso, aunque no de mucho contento, el triunfo alcanzado por la
armada de Nápoles contra los piratas berberiscos. Salió contra ellos el conde
de Benavente, Virrey del reino, con quince galeras y los acometió con mucho
brío; pero atravesado por una bala en lo más recio, lidiando como quien era, no
le dió tiempo la muerte si no para que por señas ordenase imperiosamente á sus
oficiales que continuasen el combate. Continuólo, en efecto, D. Francisco
Manrique, en quien recayó el mando, y apresó al fin toda la escuadra enemiga,
menos la capitana, que el almirante turco Azan hizo volar, por no rendirla. Con
no menos fortuna peleó D. García de Toledo con cuatro naves africanas,
rindiéndolas cerca de Arcilla; y los gobernadores de la plaza de África
hicieron también por su parte mucho daño en los piratas berberiscos,
ahuyentándolos de delante de sus muros, señaladamente D. Alonso de Contreras,
que mandaba en la Mamora. Aguó en parte la alegría el mal suceso de la Esclusa;
envió Spínola al conde de Horn á sorprender aquella plaza y no pudo lograrlo:
antes se retiró herido y con pérdida de cuatrocientos hombres. Mas de todas
suertes las cosas de la guerra estaban de buen aspecto hasta entonces.
Entre tanto, nuestra diplomacia andaba ocupada en
una cuestión que tuvo cierta importancia. Desde 1617 corrían pláticas entre la
Corte de España y la de Inglaterra sobre el matrimonio de la infanta Doña
María, hermana de Felipe IV, con el príncipe de Gales, hijo[187] primogénito
del rey Jacobo. Siguiólas tibiamente Felipe III, cuyo espíritu devoto no
consentía que viese con buenos ojos á hija suya casada con un Príncipe
protestante. Pero no bien comenzó á reinar Felipe IV, vino á Madrid el conde de
Bristol, encargado de llevar á efecto aquella idea, y comenzaron con calor las
negociaciones. Solicitaba el inglés juntamente con la mano de la Infanta, el
que la España y el Emperador devolviesen sus Estados al Conde Palatino, su
deudo, el cual acababa de perderlos, como fautor de la guerra de Alemania. En
vano quiso el Rey de España separar del todo entrambos asuntos; el Embajador
inglés, fingiendo que los separaba, los juntaba más cada día.
Por aquí comenzó el disgusto de nuestra Corte, tan
predispuesta á mirar mal el matrimonio por la diversa religión del de Gales;
reclamó, por su parte, cierta libertad para los católicos de Inglaterra, como
condición del matrimonio, y no alcanzó si no buenas palabras. Ni España cedía
en lo del Palatino, ni Inglaterra en lo de la libertad religiosa, y así
caminaban (1623) perezosamente los tratos, cuando, con sorpresa de todos, el
príncipe de Gales se presentó en Madrid de incógnito, acompañado del marqués Bukingham,
luego Duque del propio título. Pasáronse en festejos y cumplimientos los
primeros días: visitó el de Gales á la Infanta, y parecía más dispuesto con su
visita, que lo estuviese antes á llevar á efecto el matrimonio. Mas nuestra
Corte, circunspecta y austera, no por eso apresuró las cosas. Consultósele al
Papa, y respondió bien; formáronse dos juntas, una de teólogos y otra de
ministros, y ambas fueron de favorable dictamen: y así se llegó á fijar ya día
para los desposorios. Pero[188] á medida que más
adelante llegaban los tratos, más empeño manifestaban los ingleses en que se
estipulase la restitución del Palatinado, y más los españoles exigían que se
concediesen grandes y verdaderas ventajas á la iglesia católica en Inglaterra.
Así forcejearon por largo los negociadores, sin ceder ni conceder unos ni
otros. Jamás asunto matrimonial ha sido tratado con más lentitud y estudio.
Olivares puso en él una atención que con harta más justicia reclamaban los
apuros de la Monarquía. Hubo nimiedad y pequeñez de miras por nuestra parte, y
algo de malicia y doblez por parte de los contrarios.
Al fin se rompieron los tratos. El príncipe de
Gales se marchó de Madrid con buen semblante, pero agraviado en lo íntimo del
alma; y aunque dejó poderes para continuar las negociaciones, no se volvió á
hablar más de ellas. No faltó quien alabase al de Olivares por haber evitado
con dilaciones y astucia la proyectada alianza, mas sin razón plausible. Si la
Infanta hubiera llegado á contraer matrimonio con el príncipe de Gales, que
luego fué Carlos I, la desdichada suerte de los esposos, lejos de traernos ventajas,
nos hubiera traído acaso más enemistades y males. Pero como esto no se podía
prever, contando con circunstancias comunes y naturales, era desacierto notable
el no aprovechar la alianza de una nación que empezaba á llamarse dueña de los
mares, exponiendo á sus iras nuestro comercio y nuestras flotas, ya no seguras
de los holandeses.
Claros indicios de serlo se ofrecieron de allí á
poco. Porque habiendo muerto por entonces el rey Jacobo de Inglaterra, no bien
se halló en el trono Carlos I, su primera diligencia fué acudir al agravio que
de parte de[189] España tenía. Entró en tratos con
Francia, Holanda, Saboya y venecianos para humillar nuestro poder, y envió una
armada de ochenta bajeles con el conde de Lest por general, á que se apoderase
de Cádiz y Lisboa y las saquease, destruyendo los bajeles allí surtos y robando
la flota que debía venir de América aquel año y se estaba esperando. Á la
verdad no salieron como pensaba estos intentos. Llegó la armada al frente de
Lisboa, y hallándola bien prevenida, siguió navegando la vuelta de Cádiz. Echó
el inglés diez mil hombres en tierra: ganó la torre del Puntal defendida de
quince soldados solamente, y dándose ya por dueño de todo, se encaminó á la
ciudad con escuadrón formado. Salió á escaramucear con él D. Fernando Girón,
fuera de la muralla, con seiscientos españoles, tan valerosos, que al primer
acontecimiento desbarataron la vanguardia británica, matándola más de
ochocientos hombres. Retiróse luego; pero como supiesen los contrarios que ya
acudía al socorro el duque de Medinasidonia, Capitán general de Andalucía, con
la nobleza y gente de las ciudades circunvecinas y algunos soldados, no
atreviéndose á mantener el campo, se embarcaron precipitadamente (1625)
apartando de las costas sus naves. Con esto, el rey Carlos I se dió por
vengado, y no volvió á hostilizarnos: poco después se labraron conciertos que
nos libertasen de aquel nuevo enemigo, aunque, á decir verdad, más bien nos le
quitó de encima la revolución que ya comenzaba á rugir en Inglaterra. Hubo
también la fortuna de que á los pocos días de rota la armada inglesa llegase la
armada de la Plata con diez y seis millones en moneda, sin tropezar con las
naves contrarias. Nueva ocasión de soberbia y desva[190]necimiento
para nuestra Corte. Creíase poderosa porque tenía capitanes y soldados
heroicos, y tomaba por fuerza y vigor del Estado lo que no era más que virtud y
aliento de algunos individuos. No estaba lejano el tiempo en que á estos los
fuese consumiendo la guerra, y en que se viesen en toda su desnudez las
flaquezas.
Continuaron aún en Italia los prósperos sucesos.
Dejamos al duque de Feria ocupando el territorio de la Valtelina, levantando
fuertes para mantenerla á nuestra devoción, y á los grisones, sus antiguos
dueños, pugnando por recobrar lo perdido con ayuda de los holandeses y del Rey
de Francia. De la importancia de aquel territorio para asegurar la dominación
española en Italia no había que dudar, y aun por eso ponían más empeño en
quitarlo de nuestras manos los contrarios. Firmóse un tratado en Madrid en 1621,
en el cual se estipuló la restitución de la Valtelina á los grisones: mas
nuestra Corte no quiso cumplirle. Hízose otro convenio en Roma, donde se
estipuló que los fuertes levantados allí por los españoles se pondrían en poder
del Papa, el cual los mandaría arrasar en seguida, y entonces fué Francia,
gobernada ya por Richelieu, la que se negó á cumplir lo pactado. Así fué que
los españoles entregaron realmente los fuertes al marqués de Bagni, Comandante
de las tropas del Papa; pero un ejército francés, al mando del marqués de
Croeuvres, pasó la frontera no bien se habían retirado los nuestros, y tomó
posesión de ellos, bien por flaqueza, bien por connivencia con las guarniciones
pontificias, como se sospechó fundadamente. Al propio tiempo el duque de Saboya
y los venecianos, tan antiguos enemigos de España,[191] recelosos
también ahora de nuestros intentos por la ocupación de la Valtelina, se aunaron
con los franceses.
Coaligóse el duque de Feria para desbaratar aquella
liga con las repúblicas de Génova y de Luca, y los duques de Parma, Módena y
Toscana; y de una y otra parte comenzaron al punto las hostilidades. El duque
de Feria envió á D. Gonzalo Fernández de Córdova, que después de la victoria de
Fleurus había pasado á ocupar de nuevo los fuertes que no hubiesen tomado aún
los franceses, visto cuán mal guardados estaban de las tropas pontificias.
Entraron los españoles en Chiavena. Hubo á sus puertas varios combates, en los
cuales señalaron los nuestros su valentía, fortificándose y peleando de manera
que durante año y medio mantuvieron el puesto, sin que de allí pudiera
desalojarlos el marqués de Croeuvres, á pesar de la superioridad de sus
fuerzas, hasta que ellos mismos se salieron, ajustada la paz. Entre tanto, otro
ejército francés de diez mil hombres, al mando de los mariscales de
Lesdiguières y de Crequi (1625), entró en Italia: unióseles con el suyo el
duque de Saboya, y con veintisiete mil hombres que entre unos y otros contaban,
invadieron el Genovesado, tanto para llamar por allí la atención de España,
como para castigar á aquella república por la fiel amistad que nos tenía.
Confiaban tanto los enemigos en sus fuerzas, que llegaron á hablar de
repartirse el Milanés y el Genovesado. El éxito no correspondió á tan soberbias
esperanzas. El príncipe del Piamonte tomó á Siena y sitió á Savona: su padre,
el duque de Saboya, derrotó en batalla campal al ejército combinado de Génova,
Parma y Módena con pérdida de mil muertos y setecientos prisioneros; y el
condestable de[192] Lesdiguières, después de seis
semanas de sitio, rindió la importante plaza de Gavi. Estremecióse la república
de Génova viendo ya al enemigo casi á sus puertas, y por un momento se juzgó
perdida. Pero el duque de Feria, hábil capitán no menos que buen político, no
era hombre que descuidara por su parte las cosas. Con los pocos recursos que se
le enviaron de España juntó un ejército de veintiocho mil hombres, y entró en
el Monferrato para cortar las comunicaciones y aun la retirada del enemigo.
Cayó al punto el desaliento, compañero inseparable de las privaciones en la
gente francesa, y ya no se pensó más en su campo sino en dejar la campaña con
menor daño y afrenta.
Á dicha entró entonces el marqués de Santa Cruz con
su armada dentro del puerto de Génova, limpiando de enemigos toda la Liguria
marítima, y alentados los republicanos con este socorro, salieron de sus muros
y recobraron todas las plazas que habían perdido, obligando también al príncipe
del Piamonte á levantar el sitio que tenía puesto á Savona. Y desordenados del
todo los franceses con tales sucesos, repasaron los Alpes con no poca lesión de
su orgullo. Pero no tardaron en volver al socorro de Verrua. Tenía sitiada
aquella plaza D. Gonzalo Fernández de Córdova, y debajo de ella abrigaba el
duque de Saboya el resto de su ejército, metidos en fortísimos
retrincheramientos. El forzar la plaza y los retrincheramientos era muy difícil
empresa; pero con todo eso no se hubiera malogrado á no sobrevenir inopinados
accidentes. Inundó el Pó los campos vecinos de la plaza, y obligó á los
españoles á abandonar sus trincheras. Y en esto llegaron los franceses mandados
por Lesdiguières, Crequi y el mariscal[193] de
Vignoles, y aprovechándose de tales circunstancias tomaron por asalto varios
reductos donde apoyaban sus líneas los españoles. Recobráronlos éstos con mucho
valor, pero no fué ya posible continuar el sitio, socorrida la plaza.
Negociábase en tanto entre nuestra Corte y la de Francia sin llegar muchos
meses á concierto, y era extraño de ver cómo entrambas naciones se hacían
guerras y trataban de paces, sin considerarse por eso como enemigas. Aun llegó
á acontecer que habiendo apresado los franceses tres naves españolas que iban
con socorros á Génova, navegando bajo el seguro de la paz á lo largo de sus
costas, ordenó el Rey de España que los bienes de los comerciantes de aquella
nación fueran confiscados en todos sus dominios; medida á la cual respondió el
de Francia confiscando en sus Estados las haciendas y mercaderías de todos los
españoles, portugueses, lombardos, napolitanos y genoveses.
Y, sin embargo, ni España ni Francia se
consideraban en estado de guerra. Las últimas ventajas ganadas por los
españoles trajeron al fin moderadas pretensiones á los contrarios, y así se
ajustó el tratado que se llamó de Monzón (1626), en el cual quedó reconocida la
libertad de la Valtelina, que pudo en adelante elegir magistrados y disponer de
todas sus cosas sin más obligación que pagar un razonable tributo y reconocer
como soberanos á los grisones. No le salieron bien á la liga franco-italiana
sus intentos, porque dado que la Valtelina no quedara en poder de nuestra
Nación, todavía era de gran utilidad para nosotros el verla poseída por
católicos y tan agradecidos al favor de España.
Pero ni Venecia ni Saboya podían nada solas, y á
Francia la obligó á ceder la necesidad, porque á la sazón ardía toda en guerras
civiles entre el Rey y sus vasallos protestantes. Era la Rochela el refugio y
guarida del protestantismo francés, y para desarraigarlo y exterminarlo parecía
preciso rendir aquella plaza, empresa difícil por ser ella fuerte de suyo, y
porque los ingleses no dejaban de socorrerla con sus armadas. Había también
serios disgustos por entonces entre Luis XIII y Carlos I de Inglaterra á causa
del infeliz matrimonio de éste con la princesa Enriqueta, hermana del Rey de
Francia; cosa que más animaba al inglés á dar ayuda á los rebeldes franceses.
España, no bien satisfecha de Inglaterra desde la empresa de Cádiz, se ofreció
á hacer alianza con el Monarca francés para vengar las mutuas injurias en
formal guerra. No aceptó Luis XIII, porque quería excusar en lo posible los
empeños con Inglaterra á fin de que, lejos de aumentar sus esfuerzos contra él,
se apartase del mantenimiento y defensa de la Rochela; mas como viese á los
bajeles ingleses á la boca de aquel puerto impidiendo á los suyos que lo
bloqueasen, solicitó al fin, con muchas instancias de nuestra Corte, que
enviase en su ayuda una armada. Oyó bien la propuesta Olivares, y previniendo
costosamente la del Océano, que mandaba el hábil general D. Fadrique de Toledo,
la envió á aquellos mares, bien que no fuese ya de efecto, porque por lo
avanzado del invierno las escuadras inglesas estaban recogidas en sus puertos,
y el Rey de Francia traía puestos á los de la Rochela en el extremo de
rendirse; con que al poco tiempo tornaron los bajeles á anclar en nuestras
costas. Hubo aduladores del favorito que[195] celebrasen
la jornada; mas cierto que nada se ha hecho más infeliz.
Estábase esperando la flota de América, que era el
único recurso con que contaba la Monarquía para atender á sus inmensos apuros
de dinero; sabíase que los holandeses la acechaban cuidadosamente para
apoderarse de ella, y en lugar de enviar la armada á buscarla y traerla segura
á nuestros puertos, se concertó aquella expedición inútil que, dejando sin
defensa nuestros mares, dió ocasión fácil á que lograsen los enemigos su
intento, apoderándose de la flota (1627) y de los cuantiosos caudales que
traía, no lejos de las Islas Terceras. Además, sucedió, como sucede en todas
las resoluciones mal imaginadas y ejecutadas, que ni los franceses quedaron con
agradecimiento, ni nosotros con ventaja. Murmuraron que la armada se había
enviado lentamente con todo intento para que llegase tarde el socorro; y á la
par los españoles comenzaron á decir, por su parte, que el ministro francés,
Richelieu, no solicitó la armada si no para que, sobreviniendo el invierno, se
destrozase en aquellos mares del Norte tan procelosos, haciéndonos este daño,
ya que otros no le consentían las circunstancias. Quizás fuera más acertado en
los nuestros el decir que con esta traza burló la escasa previsión del
Conde-Duque, y atendió á privarnos de los caudales que venían de América. De
todas suertes, aquella expedición parece injustificable á los ojos del recto
juicio, porque á España no la convenía, por cierto, que la Francia se
desembarazase de las guerras civiles, sino más bien que se entretuviese con
ellas, y era imbécil contradicción el ayudar allí á Luis XIII contra sus
súbditos, cuando, por[196] otra parte, no se
escasearon los manejos y el dinero á fin de lograr de éstos que aquí y allá
promoviesen sediciones. Cabalmente, por el propio tiempo se abrieron tratos
para ello con el duque de Rohan, caudillo de los descontentos franceses, si no
bien conocidos, no tan obscuros que no haya razonables sospechas de que los
hubo. Ni tardó España en recibir la recompensa del auxilio que había dado á
tanta costa á Luis XIII contra los de la Rochela. Por aquellos mismos días
ajustó aquel Monarca un tratado con Holanda, donde se comprometió á pagarles
gruesos subsidios con tal que mantuviesen viva la guerra contra España. Y no
tardó en presentársele ocasión de mostrar más y más la mala voluntad que nos tenía.
Habíase entrometido el conde de Olivares en otra
cuestión en Italia, que tuvo menos favorables resultas que aquella de la
Valtelina, con motivo de la sucesión del Ducado de Mantua. Pretendíanla el
conde de Nevers para su hijo primogénito, y César Gonzaga, duque de Guastalla,
protegido del Emperador. Cuál de los dos compitiese con más derecho es cosa que
no importa á nuestro propósito; porque, aunque aparentase Olivares la parte del
Emperador, no hay duda que su verdadero intento era tomar para España lo mejor
del territorio disputado. Dícese que ajustó para ello un tratado con el duque
de Saboya estipulando la reaparición del Monferrato entre aquel Príncipe y
España. El caso es que el Saboyano se puso de nuestra parte en aquella ocasión,
ó bien por el cebo de la ganancia, ó porque con las anteriores derrotas creyese
débiles para defender su partido á los franceses. Y ello fué que á los
principios, no rendida aún la Rochela, hallaron el[197] conde
de Olivares y el duque de Saboya poco estorbo á sus intentos.
Habíase quitado poco antes el gobierno de Milán al
duque de Feria por trazas de D. Gonzalo de Córdova, que quería sucederle, y lo
logró en efecto. Este General entró con el Ejército de España en el Monferrato
y se puso delante del Casal, la más importante de sus plazas, mientras los
saboyanos tomaban (1628) á Pontestura, Niza de la Palla y Alba. Al punto el de
Nevers pidió ayuda á Francia, que no pudo darle otra si no el permiso de
reclutar soldados en sus tierras; mas el Ejército así levantado y compuesto de
cerca de diez y seis mil hombres, al mando del marqués de Uxelles, se dispersó
al paso de los Alpes, sin llegar á poner el pie en Italia. Con esto amenazaron
ruina por un momento las cosas de aquel Príncipe. Pero no bien libre del
embarazo de la Rochela encaminó Richelieu á Italia el ejército que había
llevado á cabo la conquista, persuadiendo al rey Luis XIII que él en persona
fuera á mandarle, como si se tratase de la salvación de su reino. Súpolo
Olivares, y no fiando ya tan grande empeño de D. Gonzalo de Córdova, aunque tan
probado en valor y militar experiencia, determinó reemplazarle por el más
hábil, sin duda, de nuestros capitanes, que era Ambrosio de Spínola, marqués de
Spínola y de los Balbases, el cual con tanto acierto y fortuna, como antes hemos
visto, estaba gobernando los ejércitos de Flandes. Envióle órdenes para que
dejara aparte aquella guerra y encomendándola á manos menos expertas, acudiese
él á Italia. No quiso Spínola ir allá sin pasar antes por Madrid, donde pidió
dineros para hacer la guerra con mejor fortuna que en Flandes, y título de[198] Vicario ó Gobernador absoluto de aquellas
provincias y ejércitos, para que en España con consultas, informes y dilaciones
no se estorbasen sus propósitos. Todo se le ofreció; pero luego en nada de ello
se vió cumplimiento, y aquel ilustre capitán halló en Italia la misma
imposibilidad que en Flandes para humillar á nuestros enemigos.
Había comenzado las hostilidades el francés por
exigir al duque de Saboya que diese paso á su ejército para el Monferrato,
donde Casal se miraba reducida al último apuro; y como éste no le contestase
sino ambiguas palabras, determinó fiar el propósito á las manos. Las gargantas
de Suza, que era por donde mejor podían entrar en Italia los franceses, estaban
defendidas por tres recintos de fortificación y algunos reductos, que
guarnecían dos mil setecientos saboyanos mandados por el mismo Duque y príncipe
del Piamonte, su hijo. Llegaron delante de ellas los franceses: acometieron el
primer recinto los mariscales de Crequi y de Basompière, y lo ganaron
fácilmente, por no defenderlo como debieran los saboyanos. Los otros dos
recintos fueron luego abandonados sin resistencia alguna. La rota de los
saboyanos pareció completa, y los franceses fueron con tal ímpetu tras ellos,
que hicieron prisioneros al mayor número, y tuvieron ya casi entre sus manos al
Duque y á su hijo. Entonces fué famoso el hecho de un capitán español, que á
dicha se hallaba entre los saboyanos, el cual, recogiendo algunos soldados, dió
cara á los franceses y detuvo á todo el ejército, lo bastante para que el Duque
y su hijo se pusiesen en salvo.
Los franceses entraron en seguida en Suza, y el[199] Duque se apresuró á ajustar paces con el
vencedor, temiendo ya mayores daños: evacuó las plazas que había ocupado en el
Monferrato, y abrió los Alpes á los franceses. Con esto D. Gonzalo de Córdova,
que gobernaba todavía á los nuestros, porque aún no era llegado Spínola, hubo
de levantar el cerco del Casal, culpado de tibio y poco diestro en los ataques,
y los franceses, logrado su objeto, repasaron los Alpes, dejando en resguardo
de aquella plaza un Cuerpo de tres mil quinientos hombres á las órdenes de
Toiras, capitán famoso por la constancia con que defendió la isla de Rhé en la
guerra contra los rocheleses. Firmóse en seguida un tratado que se llamó de
Suza, entre los caudillos de los ejércitos beligerantes, por el cual se
estipularon condiciones ventajosas al de Nevers y á Francia; mas no fué de
efecto alguno, porque habiendo llegado Spínola á Italia, contando con su
superior talento y fortuna, se determinó el comenzar de nuevo las hostilidades.
Envió para ello el Emperador dos ejércitos á las órdenes de los condes de
Merode y de Colalto: el uno á invadir la Valtelina, el otro á conquistar el
Mantuano, mientras que los españoles se posesionaban de nuevo del Monferrato. Y
el duque de Saboya, viendo tan mejorada la parte de España y Austria, tornó á
declararse por nosotros, y se puso otra vez en campo.
Así la guerra comenzó nuevamente como si nada se
hubiese pactado. Verdad es que el concierto de Suza, mirado como vergonzoso en
España y en el Imperio, no fué ratificado, mas siempre es de notar la perfidia
diplomática de aquellos tiempos, porque así se hacían tratados, como se
rompían, sin otro norte que la conve[200]niencia y el
interés del momento. Richelieu, que era el más pérfido de todos los
diplomáticos, irritado ahora con las Potencias aliadas contra el Mantuano, se
determinó á pasar él mismo á Italia mandando un ejército. Púsose delante de
Pignerol, plaza importante de la frontera de Saboya (1630), y la tomó en dos
días. Spínola, Colalto y el duque de Saboya reunieron sus fuerzas al saberlo,
para defender la línea del Pó, y detuvieron sus pasos, obligándole á volverse á
Francia. Pero no tardó en volver con el Rey mismo, y los Generales franceses
conquistaron en poco más de un mes toda la Saboya, derrotando en Javennes al
príncipe del Piamonte que mandaba las tropas saboyanas é imperiales con horrible
destrozo y mucha presa de armas y banderas. Causó el dolor la muerte al duque
de Saboya, Carlos Manuel, hombre de larga y azarosa vida, que no hubo perfidia
que no hiciese, ni hazaña que le espantase, para echar de Italia á los
extranjeros y ponerla toda bajo su mano.
No en todas partes era tan desdichada la guerra:
Felipe Spínola, hijo de Ambrosio, se apoderó de Acqui, Ponzone, Roque-Vignal y
Niza de la Palla, y el padre ganó á Pontestuna y Rosignano, y cercó de nuevo á
Casal. Toiras, que la defendía, hizo algunas salidas contra los nuestros con
poca fortuna, y en una de ellas fué completamente derrotado, de suerte que no
volvió á salir de los muros de la ciudad. Pero en tanto el ejército francés
continuaba su marcha en demanda del Casal para levantar el cerco. Llegaron
delante del puente de Cariñán, defendido de tropas saboyanas y españolas, donde
se hallaba Felipe de Spínola y estaba bastante fortificado; mas el ataque de
los franceses[201] fué impetuoso y la defensa
flaca, con que pareció vergonzoso al paso que lograron aquéllos. No supo
resistir el valeroso Ambrosio de Spínola á la pena de aquel suceso; preguntó si
su hijo quedaba muerto, herido ó prisionero, y respondiéndole que no, perdió el
juicio, no dijo ya palabra más, y postrado en la cama murió «de los que no osaron
morir», según la frase elocuente de un autor contemporáneo. Singular muerte,
que coronó dignamente la vida de tan gran capitán, uno de los mejores de aquel
siglo, en que los hubo muy grandes.
Vino á sucederle el marqués de Santa Cruz, don
Alvaro de Bazán, que pasó con larga experiencia de mar á estrenarse sin alguna
en los ejércitos de tierra, y debajo de su mando se continuó el sitio del
Casal. Habían rendido los imperiales á Mantua á pesar del socorro de los
venecianos, poniendo en fuga al ejército de éstos, no lejos de Villabona, doble
en número y fuerzas. Junto ahora el ejército del marqués de Santa Cruz con el
del marqués de Colalto, eran superiores al enemigo que ya delante de las líneas
del Casal intentaba el socorro: de suerte que con esperanzas de destruirlos,
pedían á voces los nuestros que se empeñase la batalla. Iban á cumplirse sus
votos, cuando mediando el famoso Julio Mazzarino, Nuncio del Papa, que
comenzaba entonces su larga carrera, se ajustó una tregua y suspensión de armas
entre nuestros Generales y los contrarios, censuradísima de los mejores
capitanes y soldados españoles é imperiales, que juzgaban que con ella se les
quitaba de las manos gloriosa victoria y presa segura; tregua á que siguió muy
luego la paz que ya todos anhelaban, espantado el Emperador con las victorias
de Gustavo Adolfo, la España falta de[202] dinero
con que continuar la guerra, y la Francia amagada de nuevas guerras civiles.
Firmóse primero en Ratisbona, y como se ofreciesen algunas dificultades, se
hicieron aún en Quierasco dos tratados, que pusieron un término á la contienda.
Ninguna de las potencias beligerantes quedó satisfecha, aceptándolos todas
ellas por fuerza; pero es indudable que los franceses obtuvieron considerables
ventajas. Quedó Mantua por el conde de Nevers, su protegido, aunque
reconociendo el feudo del Emperador, y el duque de Saboya, aunque sin
conocimiento de España ni del Imperio, les dió la importante plaza de Pignerol,
que dejaba abiertas á sus armas las puertas de Italia. Prestóse á esto el nuevo
duque de Saboya, porque Francia se comprometió por su parte á hacer que se le
cediesen la ciudad de Alba y otras pertenencias del Monferrato en los tratados
pendientes á título de indemnización por los derechos que pretendía tener á
aquel Estado, promesa á la verdad no bien cumplida: solamente España nada ganó
en una guerra en la cual había hecho no pequeños gastos y sacrificios.
No había sido por cierto de los menores el sacar de
Flandes á Ambrosio de Spínola, porque, aprovechándose de su ausencia los
holandeses y de la ineptitud del conde de Berg, flamenco de nación, á cuyo
cargo quedó el ejército, lograron sobre España grandes ventajas. Sorprendieron
á Wesel, que estaba á la sazón muy bien guarnecida y fortificada, sin que les
costase más que diez hombres la empresa; y de resultas de esta desgracia hubo
que abandonar á Amesfort, desde donde los nuestros traían puesto en contribución
el país hasta las mismas puertas de Amsterdam, dejando[203] también
el sitio ya bien adelantado de Haltem, para poner de nuevo el Issel entre
nuestras banderas y las enemigas. Á la par con esto el príncipe de Orange sitió
á Boduch, tantas veces perdida y recobrada por los españoles, ayudado de un
cuerpo de tropas francesas que, al mando del mariscal de Chatillón, servía en
Holanda, con permiso de su Rey. Resistió la guarnición cuatro meses y medio,
pensando que sería socorrida; pero viendo que el de Berg no venía, tuvo que
darse á partido.
Tal andaban por allí nuestras cosas, entre tanto
que en Italia dejábamos que nuestra antigua superioridad se olvidase con el
tratado de Quierasco que acabamos de mencionar, y que la mar, no más favorable
que la tierra por aquellos días, pusiese en mano de los holandeses,
envalentonados con la prosperidad de sus armas, la flota de Méjico, que
quemaron después de trasladar á sus naves ocho millones que traía. Apoderáronse
también los holandeses de Pernambuco, en el Brasil, no obstante la esforzada
defensa de D. Martín de Albuquerque, que allí mandaba con poca gente y armas.
Mas fuerza será que ahora principalmente nos
fijemos en las orillas del Rhin, donde más que en ninguna parte hallaba
ocupación y cuidado la Corte de España. El emperador Fernando II, vencedor del
elector Palatino y luego Rey de Dinamarca, que vino en su ayuda con alguno de
los príncipes protestantes del Imperio, había hecho sentir su triunfo más de lo
que fuera justo. Exasperados con esto los protestantes formaron una liga
llamada de Leipzig para resistir y oponerse á sus violencias,
y como al propio tiempo moviesen guerra al Emperador los suecos con su gran rey
Gustavo[204] Adolfo, se formaron entre unos y otros
terribles conciertos, que desde luego dejaron esperar efectos desastrosos para
el Imperio. Entonces Fernando II imploró más vivamente que nunca el auxilio de
España: decíase que Fernando obraba en todo á impulsos de nuestra política; que
en su enemiga á los protestantes no pensaba más que en verlos aniquilados por
todas partes; y verdaderamente España daba hartos motivos para que semejante
opinión se acreditase.
Ya hemos dicho que en nuestro concepto no era
solamente celo católico lo que movía á nuestra Corte, sino que con él se
juntaban graves conciertos políticos á que la lealtad española no quería
faltar, aunque viese ya de seguro que no habrían de proporcionarle ventajas,
obrando de consuno para precipitarla en los mayores extremos. Aconteció que en
los mayores apuros pasados el Emperador se hallase también en grande aprieto,
porque tenía sobre sí al Rey de Dinamarca y los Príncipes protestantes con él
coaligados. Escribió el Emperador á nuestra Corte pidiendo recursos, y entonces
fué cuando del dinero que acababa de dar el reino con tanto trabajo y
sacrificio para el objeto de levantar y mantener ejército que defendiese
nuestras fronteras, se le enviaron trescientos mil ducados y cien mil más á su
fiel amigo el duque de Baviera. Y esto á la par que de nuestros soldados que
tanta falta hacían en Flandes, se distraía no pequeño número para guarnecer las
plazas del Imperio y pelear contra sus enemigos. Ahora, con la invasión de
Gustavo Adolfo y la Liga protestante de Leipzig fueron naturalmente mayores las
exigencias y mayores los sacrificios. Era aquel Monarca famoso ya por sus
victorias en las orillas del[205] mar Báltico;
irritado contra el Emperador, que había dado auxilios á la Polonia contra él
faltando á la fe de los tratados, y luego había despedido desdeñosamente á sus
embajadores, lleno de ambición y de amor á la gloria, fiado en su espada y en su
fortuna, se determinó á invadir el Imperio. Contribuyó no poco á persuadirle á
ello el ministro francés Richelieu, que veía en él un enemigo temible para la
casa de Austria: no hubo intrigas, ni consejos, ni ofrecimientos de que no se
valiese, y al fin hizo con él verdadera y completa alianza en 1631, dándole crecidos
subsidios para mantener la guerra. Halló también Gustavo amigos y aliados en
los Príncipes protestantes. Y con esto y su ejército, que aunque no pasaba de
quince mil hombres, era hermosísimo y temible por la disciplina y valor tantas
veces experimentados, consiguió destruir en Leipzig los ejércitos del Imperio y
enseñorearse luego de mucha Alemania. Espantadas y previendo que los suecos
llegarían á sus puertas, las ciudades católicas del Rhin que no las tenían,
pidieron y obtuvieron guarniciones españolas, y algunos escuadrones más de los
nuestros pasaron á Flandes á recorrer aquellas orillas.
No tardó en presentarse en ellas Gustavo Adolfo.
Púsose primero delante de Maguncia, ciudad importantísima y señora de toda la
comarca, por lo cual tenía dentro dos mil soldados españoles que mandaba D.
Felipe de Silva; pero no era posible sin pasar el Rhin formalizar el sitio, y
aunque intentó hacerlo por Cassel, halló tan bien defendido el paso de los
españoles que no pudo lograrlo. Entonces tomó el camino de Berg para buscar
punto por donde lograr sin estorbo su intento. Tenían guardados los españoles
los pasos, y no[206] hubiera podido llevar á
ejecución su intento á no ser tanta su temeridad y la de sus soldados. Pasó él
mismo cierto día con una barca á reconocer la orilla que ocupaban los nuestros,
donde, acometido, estuvo á punto de ser preso, y aún lo fuera, sin duda alguna,
á saberse quién era; mas como no pudo escapar, vuelto á su campo, escogió
trescientos hombres, los más valientes del ejército, y al mando del conde de
Brahe los envió en dos barcas á que tomasen pie en la ribera opuesta. Acudieron
á ellos los españoles, y hubo un combate encarnizado y terrible, durante el
cual pasó el Rey con doblado número de gente; y los nuestros, ya inferiores,
dejando muchos muertos en el campo, tuvieron que meterse en Maguncia. Dió
Gustavo Adolfo tanta importancia á esta victoria, que levantó una columna en el
campo para que la perpetuase. En seguida fué sobre Oppenheim para quedar
desembarazado de estorbos antes de formalizar el cerco de Maguncia. Había
dentro de aquella plaza no más que quinientos españoles, los cuales, entrada
por asalto, pagaron todos con la vida el obstinado valor con que se
defendieron. Maguncia entonces fué inmediatamente acometida, poniéndose á la
orilla izquierda del Rhin los suecos, mientras el landgrave de Hesse Cassel
ocupaba la orilla derecha para impedir los socorros. Defendiéronse los
nuestros, aunque sin esperanzas algunas de obtenerlos por espacio de cuatro
días, haciendo grande estrago en los contrarios; pero las fortificaciones no
eran muy robustas, y no tardaron en ver la brecha abierta y en disposición de
ser asaltada, con que les fué preciso capitular bajo honrosos partidos. Rendida
Maguncia, apoderáronse fácilmente los suecos[207] de
otros lugares, y pronto de las plazas del Palatinado no quedó más que
Franckenthal en poder de los españoles. Cerca de esta plaza derrotaron aún los
suecos algunas compañías nuestras que iban de Flandes al socorro. Tras esto se
derramaron por ambas orillas del Rhin, ahuyentando fácilmente las partidas y
destacamentos de españoles que las guardaban (1632), ayudándoles no poco en
todo esto al decir de los historiadores alemanes, el rigor de la estación, que
enflaquecía á los nuestros y no estorbaba en nada sus operaciones, como gente
acostumbrada á más duro clima.
Ni pararon aquí los daños de aquel rigor de clima;
mayores los padecimos poco después. Porque irritada nuestra Corte contra los
suecos, á la par que importunada de los ruegos del Emperador, dió orden al
duque de Feria, Suárez de Figueroa (1635), que de nuevo gobernaba el Milanés,
para que dejando aquel Estado al cardenal Infante D. Fernando, hermano del Rey,
levantase un ejército y viniese con él á defender la Alsacia de los suecos.
Púsolo por obra el de Feria con actividad suma, y reuniendo hasta catorce mil
hombres italianos con algunos oficiales españoles, pasó á Baviera y de allí á
la Alsacia. Comenzó la campaña forzando á los enemigos á levantar el sitio de
Brissac, plaza importantísima y cuya pérdida se tenía ya por cierta, y luego
con no menor fortuna recobró á Baldelsult, Lucemburg, Rienfert, Rutagran, y los
echó de toda la Alsacia obligando á huir al Rhingrave Oton Luis, que campaba
triunfante por aquel lado con las armas protestantes. Mas no se hicieron
esperar mucho los suecos, y acudiendo al opósito bajo las órdenes de Gustavo de
Horn y de Bickenfeld y en número muy[208] superior
al de los nuestros, hubo que disponer la retirada. Aquí fué la desdicha, porque
sobreviniendo los grandes fríos del invierno, no pudo soportar la gente
italiana, hecha á mejor clima, las marchas y operaciones, y casi toda pereció
sin pelear. Fué tanto el dolor del hábil y pundonoroso General al verse sin
ejército, que aunque no podía atribuírsele alguna culpa, murió de pesadumbre.
¡Pundonor extraordinario, el que todavía mostraban nuestros capitanes!
Mientras esto pasaba del lado allá del Rhin, del
lado de acá en las provincias regadas por sus poderosos brazos, con nombre
también de ríos, dejábanse sentir nuevos descalabros. No había dejado el
archiduque Alberto sucesión de su matrimonio. Era desgracia para nosotros su
muerte, por ser el Archiduque buen capitán y hábil administrador, y porque los
flamencos, viendo en él á su señor natural, con mejor voluntad le servían que á
los españoles y á la misma Infanta. Y con la falta de éste y de Ambrosio Spínola
y la ineptitud probada del conde de Berg, que mandaba el ejército, fueron las
cosas de la guerra cada día de mal en peor por aquella parte. Al fin la
Infanta, llena de disgusto y afanes, y creyendo interesar con esto más al Rey
de España para que enviase auxilios con qué continuar la guerra, se determinó á
renunciar la soberanía devolviéndola al Rey de España.
Admitió Felipe IV el partido, anticipándose sólo
aquella carga, porque á la verdad, muerta sin sucesión la Infanta, habría
venido de todas suertes á sus brazos. Pero ni antes ni después era prudencia
que España echase sobre sí el costoso mantenimiento de aquellas provincias tan
discretamente abandonadas por Felipe II,[209] donde
tanta sangre y tesoros se consumían en balde. Alegábase en favor de esto una
razón de algún peso, y era que importaba retener á nuestros enemigos en aquel
país extraño al cabo, y lleno de plazas fuertes y defensas naturales, á fin de
que convirtiendo todas sus fuerzas contra nuestras fronteras, no peligrasen las
provincias septentrionales de la Península. Los acontecimientos mostraron que
nuestros enemigos, no por lo de Flandes dejaban tranquilas nuestras fronteras,
y que aquella razón plausible á tener bastantes soldados y capitanes para
mantener la guerra en ambas partes, no lo era en modo alguno cuando no los
había por la despoblación y pobreza para guarnecer nuestras fortalezas. No
dejaría quizás de tenerse en cuenta la cesión del Austria occidental á nuestra
corona, antes pactada, que podría abrir por aquellas provincias segura
comunicación entre Italia y Flandes, cosa que hubiera hecho sin duda mucho más
fácil nuestra dominación en ambos países. Pero los acontecimientos mostraban ya
por demás que tal cesión no se llevaría á cabo por falta de poder para
merecerla y recabarla y era locura fiar en ella. En todo la falta principal de
nuestra Corte era el equivocar las acciones. Acontecía de esta manera que las
ideas más grandes y más profundamente políticas, aprendidas en la escuela
insigne de Fernando el Católico y de Felipe II, eran las más fatales para la
Monarquía. Quedó en Flandes la infanta Isabel Clara por gobernadora, y lo fué
hasta su muerte.
Mas no bien supieron los flamencos que dejaban de
ser independientes volviendo á entrar en el dominio de España, quejosos é
indignados comenzaron á tramar conspiraciones. Púsose al frente de ellas el
mismo con[210]de de Berg que gobernaba á la sazón los
ejércitos, con el propósito de hacer de aquellas provincias una república como
la de Holanda. La conspiración se frustró porque el conde de Archost, noble
señor flamenco, lo reveló todo á la Archiduquesa; mas no quiso decir, por más
instancias que se le hicieron, los nombres de los conjurados. Con todo el de
Berg, harto sospechoso ya, fué separado del mando, y en su lugar entró el
marqués de Santa Cruz, llamado de Italia. Poco faltó para que todo se perdiese.
Mientras duraban los tratos y la trama de rebelión, entró el príncipe de Orange
en la provincia de Güeldres, y se apoderó de Venlóo en sesenta horas, y dos
días después de Ruremunda con no mayor dificultad. En seguida se puso delante
de Maestrick. Defendióse obstinadamente la plaza, y dió tiempo á que se tomasen
las determinaciones que lo estrecho del caso requería. Vino de Alemania el
conde Godofredo Enrique de Papenheim, ferocísimo soldado y uno de los mejores
capitanes del Emperador, al frente de un ejército de veinte mil hombres, para
socorrer á la Infanta gobernadora, y unido con el marqués de Santa Cruz, puesto
ya al frente de las armas españolas, acudieron ambos á socorrer á Maestrick.
Delante de aquella plaza se libró un combate (1632), que debió tener
provechosas resultas, según el número y valor de los nuestros, y no las tuvo
sino fatales. Determinóse atacar en sus trincheras al ejército del Príncipe de
Orange, hecho al cual debían concurrir los imperiales y los españoles; pero
divididos en pareceres, ó celosos uno de otro, el conde de Papenheim y el
marqués de Santa Cruz, dejó éste á aquél torpemente que acometiese solo con sus
tropas, de modo que fué rechazado, dejando dos mil[211] hombres
en el campo. Maestrick se rindió á consecuencia de esta batalla dos meses
después de sitiada. Papenheim con sus soldados se volvió á Alemania lleno de
ira, y el vencedor tomó en seguida á Limburgo, á Orsoy y á Vère, sin hallar
apenas resistencia. Señalábase públicamente como causa principal de tales
pérdidas al marqués de Santa Cruz, que dado al juego y los placeres no ponía
atención en las cosas de la guerra; además que no había mostrado nunca mucha
aptitud para mandar ejércitos.
Apartóle la Infanta del mando, y como no hubiese
allí hombre de bastante autoridad para tomarlo en su lugar, al fin se adoptó
para remediar el mal un pésimo partido, que fué distribuirle entre cuatro
Maeses de campo generales, que eran el duque de Lerma, nieto del famoso
ministro, D. Carlos Coloma, D. Gonzalo Fernández de Córdova y el marqués de
Aytona, de los cuales cada uno le ejercía una semana. Pronto se vió que con
esta disposición extraña, antes se embrollaban y empescían que no se mejoraban
las cosas. Equipóse á mucha costa una escuadra de noventa velas, y al mando del
conde Juan de Nassau se la destinó á cortar las comunicaciones entre Holanda y
Zelanda, rindiendo las islas pequeñas de aquel mar. Pero atacada por los
holandeses entre Vianen y Sttaueinse, de las noventa naves setenta y seis
fueron apresadas y las demás echadas á pique, no salvándose más que once de
cinco mil seiscientos hombres que la tripulaban. Estaba equipada
apresuradamente y con poco conocimiento, de manera que ni eran buenos los bajeles
ni las tripulaciones ejercitadas.
Al saber tales desastres nuestra Corte, tan poco[212] oportuna para comenzar las guerras como para
terminarlas, entró en deseos de paz ó nuevas treguas con los holandeses.
Moviéronse tratos y se continuaron en La Haya por algunos meses, á punto que se
creyó que llegarían á buen término. Pero las intrigas de Richelieu, que quería
mantener allí ocupadas las fuerzas de España, mientras él maduraba las grandes
empresas que traía en la mente, lograron al cabo romper los tratos. En el
entretanto el príncipe de Orange rindió á Rimberg en diez y seis días de sitio,
plaza que más de una vez hemos visto ya ganada y perdida por los españoles, y
abrió trincheras delante de aquella Breda, tan costosamente adquirida. La
Infanta gobernadora y la Corte de España no sabían acudir al reparo de estas
cosas sino mudando las cabezas del ejército. El marqués de Santa Cruz había
vuelto ya á España, donde halló recompensa á sus derrotas con el empleo de
mayordomo mayor del Rey, que se le dió, aunque no volvió más á hallarse en ejércitos
de tierra. Y dejando ahora el mando semanal de los Generales, entró solo á
desempeñarlo algunos días el duque de Lerma. Dió éste alguna muestra de sí con
la toma de Stevenswert, isla del Mosa, no poco importante, la cual ganó pasando
á caballo el río con sus soldados; mas no tardó en sucederle el marqués de
Aytona, D. Gastón de Moncada, antes Embajador en el Imperio y Capitán general
de Aragón, en aquel mando. Sitió el nuevo General á Maestrick y se mantuvo dos
meses delante de la plaza, hasta que con noticia del apuro en que á Breda traía
puesta el de Orange, se levantó de allí para ir al socorro. No se atrevió á
aguardarle el príncipe de Orange y alzó sin pelear el campo.
En esto murió la Infanta gobernadora Doña Isabel
Clara Eugenia, ya de edad muy avanzada, llorada por sus virtudes y buen deseo
de sus antiguos vasallos y de los españoles, y el marqués de Aytona unió
interinamente con el de las armas, que ya tenía, el gobierno de todas las cosas
del Estado (1633). Durante el tiempo que estuvo en él, que no fué mucho, entró
Aytona en negociaciones con el príncipe Gastón de Orleans y con la reina María
de Médicis, que había venido á aquellos Estados huyendo de la persecución de
Richelieu. El objeto era que el Príncipe francés levantase con dinero de España
un ejército de franceses y alemanes y entrase por él en Francia por una parte,
mientras los españoles invadían por otra el territorio, repartiéndose las
conquistas. Era Gastón de Orleans uno de los hombres más pérfidos de su siglo,
y María Médicis pecaba no poco de inconstante. Bien pronto se supo que Gastón
mantenía tratos á la par que con España con Richelieu, y él y la Reina salieron
de Flandes sin que surtiese efecto el tratado. Ni dejó Aytona el mando sin
lograr otra ventaja importante, y fué que la plaza de Filisbourg, que los
Generales suecos habían conquistado y puesto en son de depósito en manos de
franceses, viniese á poder de los nuestros por sorpresa. Pero poco después el
conde de Fontainay, Maestre de campo general, que embistió valerosamente á Fort
Philippine, á cuya defensa estaban los holandeses, no pudo alcanzar su
rendición, y con tales ventajas y reveses, veíase claramente que todo se
perdía, á no acudir eficazmente al remedio. Por lo mismo desde la muerte de la
infanta Clara Eugenia se estaba tratando de enviar allá persona de autoridad
que ocupase el puesto.
Fijáronse los ojos de todos desde la muerte de la
Infanta Doña Isabel Clara Eugenia en el Cardenal infante don Fernando. Era éste
el menor de los tres hijos varones que habían quedado de Felipe III, Cardenal y
Arzobispo de Toledo desde sus primeros años, y de todos el de más valer, aunque
el segundo, D. Carlos, también alcanzó crédito de valeroso y discreto. La
muerte temprana de D. Carlos le dejó á solas entregado á los recelos del
Conde-Duque, que de uno y otro hermano había desconfiado siempre mucho, procurando,
como en otro lugar dejamos dicho, indisponerlos con el Rey. No obstante éste
que era de generoso ánimo, aunque licencioso é indolente, no dejó nunca de
parecer buen hermano. En las Cortes de Barcelona de 1632 le vimos ya á D.
Fernando ocupando el lugar del rey D. Felipe: luego quedó allí de Virrey por
algún tiempo, mostrándose hábil y celoso, al propio tiempo que firme y severo,
porque habiendo pretendido cubrirse delante de su autoridad los concelleres de
Barcelona, no pudieron conseguirlo por más instancias que hicieron: cosa que á
la verdad acrecentó el enojo que entonces comenzaba de los catalanes. Desde
este virreinato pasó á Italia con ánimo ya de que le sirviese de puente para
Flandes; allí consiguió que se concertasen la República de Génova y el duque de
Saboya, cortando por entonces un rompimiento funesto para la paz de Italia. Y
hecha ya experiencia de su persona y calidades con tales empleos, se determinó
al fin enviarlo al gobierno de Flandes (1634).
Pudiérase añadir á la experiencia que hubo de su
aptitud una razón de más peso entonces para explicar la causa de su
nombramiento. El Conde-Duque, que no[215] había
podido indisponerlo con su hermano, nada deseaba tanto como arrojarle por
cualquier motivo fuera de España. Para ello no debía omitir medio alguno, y
aunque era Cardenal y Arzobispo de Toledo, persuadido también de que semejante
ejercicio no correspondía á su humor belicoso y ánimo levantado, se resolvió á
destinarle á la guerra. ¡Feliz recelo y persecución del Privado, que nos
proporcionó un General de tanto mérito y tan consumado político como el
Cardenal Infante! Acogió éste con entusiasmo el propósito: tenía veinticinco
años y amor grande á la gloria; por sus venas corría aún la sangre de Carlos V,
y en su mente se albergaba algo del espíritu de Felipe II: no podía haberle
dispensado mayor favor el Conde-Duque. Con su nombramiento coincidió el deseo
de reforzar poderosamente el ejército de Flandes, y ordenósele recoger en Milán
cuanta gente pudiese de españoles é italianos y conducirla á Flandes,
atravesando los países hereditarios del Emperador. Hiciéronse tres tercios del
viejo de Lombardía, núcleo y cimiento siempre de los ejércitos que habían
peleado con el Milanés y sus fronteras: el uno de ellos quedó allá, y los otros
dos con soldados veteranos, criados en la escuela austera del conde de Fuentes,
del marqués de Villafranca y duque de Feria, tomaron con el Cardenal Infante el
camino de Flandes. Siguiéronle también algunos tercios italianos, y buenos
escuadrones de caballería napolitana y española acudieron al propio objeto,
formándose en todo un ejército de diez mil soldados, resto glorioso de nuestra
antigua pujanza en la guerra.
No había llegado este ejército á la mitad del
camino cuando se presentó una ocasión de que demostrasen,[216] el
General sus altas cualidades, y los soldados, que no había decaído aún el valor
de los españoles, y que si eran pocos en número para atender á tan dilatada y
larga defensa como necesitaba la Monarquía, no se hallaba aún quien los
superase en el pelear en campo. Rogó el Emperador al Infante Cardenal que le
ayudase á desalojar á los suecos del Rhin, y como esto conviniese también á los
intentos de España, prestóse de buena voluntad á la empresa. Reunióse entonces
un poderoso ejército de españoles é imperiales, mandados los primeros por el
cardenal infante con Felipe Spínola, ahora marqués de los Balbases, y el
marqués de Leganés, Capitán general de la Caballería de España; y los segundos,
por el archiduque Fernando, rey de Hungría, el duque de Babiera, Picolomini,
Galas y Juan de Wert, además del duque de Lorena que mandaba el cuerpo de
tropas suyas aliadas del Imperio. Este poderoso ejército ganó la batalla de
Nordlinghen, principalmente debido al valor de la Infantería española, y á su
vista Ratisbona y Donawerth cayeron sin poder resistir un punto, con lo que
bien pronto Nordlinghen, una de las fortalezas más temibles de la Suavia, se
sintió amenazada de igual suerte. Temieron los protestantes aquella pérdida, y
á evitarla acudieron el mariscal Gustavo de Horn con los suecos, y Bernardo,
duque de Sajonia Weimar con los alemanes, ambos famosísimos Generales, trayendo
en su compañía á Gratz y otros capitanes veteranos, con toda la flor de los
soldados de Gustavo Adolfo y de sus aliados.
Tomaron los enemigos un bosque defendido de los
nuestros, y que abrigaba nuestro campo y llegaron á ponérsele delante. Luego,
habiendo no lejos de Nord[217]linghen unas colinas que
dominaban el campo católico, las cuales cuando llegaron los enemigos á
divisarlo estaban abandonadas, quiso el de Horn apoderarse de ellas por
sorpresa la noche que precedió á la batalla, y á lograrlo pagaran los nuestros
su descuido muy caro; pero por lo áspero del terreno y el temporal que
sobrevino, no pudiendo apenas arrastrar la artillería ni mover la gente,
llegaron tarde los contrarios y hallaron ya reparada la falta, y muy bien
fortificadas, en pocas horas, las colinas. Sobre ellas se formó el ala
izquierda de los nuestros; tropas imperiales escogidas ocupaban las cimas, y á
la espalda, como en reserva, y para asegurarlas, se plantó un tercio de
Infantería española gobernada del Maese de campo general D. Martín de Idiaquez.
Á la derecha acudió Galas con la Caballería húngara y alemana, y Leganés con la
española y napolitana y un grueso de Infantería. En el centro estaba el grueso
de la Infantería alemana, italiana y lorenesa, al mando del duque de Lorena y
otros varios Generales. Los Príncipes acudían aquí y allá estimulando el valor
de los soldados. Comenzaron el ataque los enemigos por nuestra ala izquierda
que embistió Gratz con las mejores tropas suecas y weimaresas: una lluvia
espesísima que traída por el viento azotaba los rostros de los imperiales,
permitió á los enemigos llegar sin ser vistos hasta el pie de las colinas:
cegaron fácilmente con fagina los fosos, y subieron intrépidamente á lo alto.
Allí se empeñó un furioso combate donde los suecos sostuvieron su antigua
reputación y la gloria del gran Gustavo, y los imperiales el nombre y la gloria
de su Soberano. Al fin, habiendo llegado gente de refresco en ayuda de los
suecos, los imperiales, que ya habían per[218]dido y
ganado una vez las colinas, se pusieron en dispersión, arrojándose sobre la
Infantería española que estaba plantada á sus espaldas; mas ésta caló las picas
y recibió con ellas á los fugitivos, de modo que tuvieron que volver el rostro
de nuevo al enemigo. Poco habría durado, sin embargo, el combate sí Idiaquez no
hubiese movido su tercio en demanda de los vencedores. Recibiéronle los suecos
como gente acostumbrada á vencer siempre, y alentada más y más con el reciente
triunfo; pero los españoles hicieron tanto que á hierro los llevaron hasta las
faldas opuestas de las colinas, poniéndoles en completa derrota. En vano acudió
Gustavo de Horn á restablecer el combate. Obstinados los enemigos en recobrar
las alturas, inmóviles los españoles en sus puestos sin vacilar un punto en
mantenerlos, se fué consumiendo la flor de la Infantería sueca y alemana sin
fruto alguno, muertos ó heridos todos los valientes y desalentados y en
desorden los otros. Siete veces llegó á tocar la cima de la posición un
regimiento alemán del duque de Weimar, y siete veces cayó de ella vencido.
Asombrados los extranjeros calificaron no de valiente sino de heroica la
resistencia de nuestro tercio, y ello es que á sus plantas quedó rendida la
gloria de aquellas armas que estaban llenando el mundo. Mientras la derecha
enemiga, empeñada contra nuestra izquierda, corría tan mísera suerte, el duque
de Sajonia Weimar, que mandaba su izquierda, hizo ciar á Galas y al marqués de
Leganés; mas repuestos ellos le embistieron de modo que le pusieron en derrota.
Cubrióse de gloria en asombrosa carga la Caballería húngara y la napolitana del
ejército español; y el marqués de Leganés, que aunque con el alto cargo[219] de Capitán general de la Caballería hacía allí
acaso sus primeras armas, dió hartas muestras del valor de su persona, digno
sin duda de la casa de Guzmán, de donde era. Restablecióse algo la gente del de
Weimar; mas era inútil. La Infantería española todo lo había arrollado por la
izquierda; el centro traía puesto en grande aprieto al de los enemigos, la
derecha amagaba nuevo ataque, y desanimados ya por todas partes alemanes y
suecos, donde quiera humillados después de tantas horas de lucha, acabaron por
soltar las armas y huir desordenadamente. Ocho mil cadáveres de ellos cubrían
ya el campo; pero aún la fuga les fué más costosa, porque Juan de Werth, que se
encargó de perseguirlos, degolló más de nueve mil en los campos de Nordlinghen y
Wurtemberg y Ulloa, adonde se acogieron las reliquias de aquel ejército,
vencedor hasta entonces en cien batallas (1634). Ochenta cañones, trescientas
banderas, cuatro mil carros de transporte y un número crecido de prisioneros,
fueron los trofeos de la victoria. Entre los últimos se contaron el mismo
Gustavo de Horn, Gratz y todos los Generales; sólo el de Weimar logró recogerse
en Francfort.
Las historias alemanas, aun las de los
protestantes, conceden á nuestras armas todo el honor de aquella célebre
jornada. Quien más gloria ganó en ella fué el Cardenal Infante, que aunque no
peleó por su persona, echó allí los cimientos de su fama militar por el buen
acierto de sus disposiciones y consejos. El marqués de Leganés, D. Diego Felipe
de Guzmán, primo del Conde-Duque, se dió á conocer por valentísimo; así fuera
tan hábil capitán en adelante como buen soldado. También se hicieron notar el
valeroso Maese de campo D. Mar[220]tín de Idiaquez y D.
Pedro de Santa Cilia y Pax, mallorquín de larga y peregrina historia, que
mandaba una compañía de dragones, con la que hizo maravillas en la batalla.
Salvóse el Imperio, y se perdiera del todo la causa de los protestantes sin el
auxilio poderoso que Francia, declarada ya en formal enemiga de la España
cuando de tanto tiempo antes lo era simulada, no hubiera venido á mezclarse en
la contienda; acontecimiento que forma época en la Historia de España, por lo
cual requiere libro aparte.
Mas no hemos de terminar éste sin dar antes alguna
cuenta de lo que durante el período que acaba de terminar aconteció en las
lejanas costas de Asia y del Sur de África, que fué no poco digno de recuerdo.
Llegaron allá inopinadamente numerosas naves holandesas y causaron grandes
daños en el comercio que hacían los portugueses sujetos á nuestra corona, y no
contentos con eso animaron y excitaron á las reyes bárbaros, tributarios de
España, para que sacudiesen el yugo. Uno de ellos, por nombre Chingulia, rey de
Mombaza, se echó sobre los cristianos residentes en sus Estados y los degolló
despiadadamente. Envió el Virrey de Goa una escuadra á castigarle, mas no
pudiendo lograr su objeto en la primera campaña, halló en la segunda que el
bárbaro, destruídas las fortalezas y arrasados los campos, se había retirado
con todos sus vasallos y riquezas al interior de la Arabia. Viendo los
holandeses el buen éxito de sus tentativas, mandaron ya formales escuadras á
aquellos dominios. Una de ellas se apoderó de una flota portuguesa que venía de
China. Otra dió auxilios eficaces á los habitantes de Ceilán para que se
alzasen contra España. Los portugueses[221] que
guarnecían esta isla eran tan pocos en número que no pudieron mantener el campo
y tuvieron que encerrarse en la fortaleza de Colombo. Allí sostuvieron un sitio
gloriosísimo, donde faltos de todo, por no rendirse, llegaron á comer carne
humana. Socorrióles al fin el Virrey de Goa, enviando á D. Jorge de Almeida á
que echase á los enemigos de la isla con algunas naves. Después de muchos
trabajos llegó este General á Ceilán, reunió alguna gente y con ella obró de
manera que en pocos días logró que la bandera de España volviese á flotar en
todos los lugares de aquella remota tierra, trayéndolos á la obediencia. Heroico
capitán este D. Jorge y digno de mejor suerte que la que tuvo, pues murió á
poco olvidado y escarnecido, así del Gobierno de España, como de los mismos á
quienes con su valor había salvado de segura pérdida.
LIBRO CUARTO
SUMARIO
De 1636 á 1640.—La Monarquía francesa.—Cotejo con
la española.—Pretextos para la guerra, prisión del elector de Tréveris,
manifiesto del Rey de Francia; contestación; verdadera situación de la
Monarquía.—Corrupción de los ejércitos y de la Corte; autos de fe, comedias,
galanteos; el conde de Villamediana; principios de la guerra.—Flandes: batalla
de Avein: pérdida de Tirlemont; sálvase Lovaina; tómase el fuerte de Schenk;
irrupción en Picardía; toma de la Chappelle, Chatelet, Vervins, Noyon, Roye,
Corbie; terror de París; retirada del ejército; piérdense las plazas
conquistadas; censura de aquella disposición; atacan los enemigos el
Franco-Condado; defensa heroica de Dola; pérdida de Breda y de Landecí;
conquista de Roremunda; combates parciales; conquistas importantes de la
Valette y del mariscal de Chatillon; Ham, Ivoy y otras plazas vienen á sus
manos; socorro á Danvillers é inútil destrozo de franceses; batalla del Callao
y rota de los holandeses; socorro glorioso de S. Omer; batalla y victoria de
Thionville; pérdida de Hesdín; nuevos combates parciales; malogrado socorro y
pérdida de Arras, empresas frustradas de los holandeses en Flandes; nota que
les da el gobernador de Güeldres; horrible desolación del Franco-Condado por
los franceses.—Italia: defensa gloriosa de Valencia de Pó; campaña del de Rohan
en la Waltelina; derrota del conde Juan Cerbellón, campaña de Tessino; gran[224] batalla indecisa; el duque de Parma, nuestro
enemigo, pide la paz; combates parciales; liga con los Príncipes de Saboya;
conquista de la mayor parte de las plazas del Ducado; toma de Turín; sitio de
la ciudadela; tregua; combate en el Routa; derrota de Casal; pérdida de Turín.
Pirineos: entrada en Gascuña; conquistas; retirada importuna; suceso
desgraciado de Leucata; victoria de Fuenterrabía; pérdida de Opol de Sasas, su
costosa reconquista, y rota de los franceses.—Guerra marítima: conquista de San
Honorato y Santa Margarita; expedición de los enemigos contra Valencia; derrota
de su armada; amagos del arzobispo de Burdeos contra las costas cantábricas,
siempre frustrados; armada infelicísima de Oquendo; expedición del conde de la
Torre al Brasil; derrota de su armada.—Situación miserable que ofrecía la
nación á este punto; diversiones, desmoralización, confusión de ideas.
La nación francesa, dividida en facciones y
debilitada por las guerras religiosas, apenas había tomado parte en los
negocios de Europa por cerca de un siglo. Enrique IV tuvo sin duda grandes
pensamientos, mas no llegó á ejecutarlos. Algunos han creído que uno de ellos
era el fundar la Monarquía universal, sueño político de la época; pero tal
intento, que pareciera temeridad en un Carlos V y en un Felipe II, habría
denotado manifiesta locura ó crasa ignorancia en el Monarca francés. No contaba
éste ni con tesoros para tanto, ni con ejércitos, ni con capitanes, ni tenía,
en fin, cosa alguna de cuanto pudo en otros dar ocasión á tan alto intento. No
ha faltado tampoco quien, con más razón acaso, atribuya los propósitos del
Monarca francés á locos impulsos de lujuria, pasión que en él tanto imperaba:
de esto dejamos ya hablado al tratar de su suerte. Pero de todos modos cuando
ella le sobrevino, comenzaba ya á inquietar nuestro poderío, y á intervenir en
las cosas de Europa. Durante los primeros años de Luis XIII tam[225]poco sonó la Francia en cosa importante, porque los
socorros que dió á Holanda y al duque de Saboya, no fueron más que momentáneos
y aun las más veces encubiertos. Mas no bien entró Richelieu en los consejos de
este Príncipe, cuando se propuso darle en Europa á su nación la importancia que
sin duda merecía por el número de sus habitantes y lo dilatado de sus
fronteras, ya que por su poder y valor militar poco se hubiera señalado
todavía. Pero la Francia no podía levantarse ni tomar superioridad en Europa
mientras continuase imperando en ella y disponiendo de sus destinos la casa de
Austria; y de ésta el primero y más temible campeón era el Rey de España.
Por lo mismo encaminó desde el principio Richelieu
sus pensamientos á destruir nuestra influencia y nuestro predominio. Hallábase
á la sazón Francia tan en la cima de su poder, como España en decadencia. Su
población, no repartida por dos mundos, como lo estaba la nuestra, sino
recogida en no muy ancho territorio; no diezmada como aquella por dos siglos de
guerra extranjera y de conquistas dilatadas, ni disminuída con tales
expulsiones como la de los judíos y la de los moriscos, era tres veces mayor
que la de España. Sus pueblos y sus campos habían padecido grandes calamidades
en las antiguas guerras extranjeras y en las civiles de los últimos tiempos;
pero no tanto ciertamente como en los ocho siglos de la guerra mahometana
padeció España; así ofrecían harto mejor apariencia que los nuestros, hechos
escombros y eriales. No habían poseído los franceses minas de oro que los
apartasen del cultivo de la tierra y artes mecánicas, como á tan mal tiempo
poseyó España; de modo que[226] no bien acabadas
las guerras y las calamidades, viéronse florecer entre ellos la agricultura é
industria. La Corte, si no honrada, no era cuando menos tan licenciosa que se
enervase como la nuestra en los placeres, gastando en ridículas prodigalidades
el Tesoro público, que por cierto estaba también más desembarazado que el
nuestro desde el tiempo del buen Enrique IV. Sully, su ministro, fué de los
primeros en conocer que no está tanto el beneficio del Tesoro en sacar mucho de
los pueblos como en sacarlo bien y sin mucho daño. De ciento cincuenta millones
de francos calculábase que sólo treinta entraban en el Tesoro; los Gobernadores
de las provincias no sólo imponían contribuciones para el Rey, sino también
para sí propios, y la deuda pública ascendía á trescientos millones de francos.
Á todo atendió Sully, si no siempre con acierto, con constancia y desinterés,
que es lo principal en estas cosas. Hombre de costumbres puras y severas, pobre
en el vestir, sobrio y enemigo de placeres, naturaleza espartana de esas que
Dios envía de cuando en cuando á salvar á las naciones, acaso su desdén al lujo
y á los placeres causó el más grave de sus yerros, que fué olvidar la industria
y procurar que la agricultura fuera la única ocupación de los franceses. Con
todo eso pudo tanto su buena fe, que dejó la deuda casi enjuta, disminuídos los
impuestos, mejorados los caminos y fortificaciones, y sobrantes en el Tesoro
cincuenta millones de reales de nuestra moneda, al salir del mando.
Y en verdad que por mala que dejase la hacienda
española Felipe II, no mucho mejor estaba la francesa después de la guerra de
la liga: la deuda misma era mayor, y la inmoralidad que allí había en la
adminis[227]tración y recaudación, ni de lejos era
igualada en España. Un solo ministro honrado y un período de paz no muy largo
bastaron para obrar en Francia mudanza tan grande, mientras en España cada día
fueron empeorándose las cosas. Algo se perdió de lo ganado en la hacienda
pública durante la minoría de Luis XIII; pero la misma impotencia en que se
halló entonces la Francia, conservándola en una paz completa, ofreció á su
agricultura mejoras, y dió aumento á su población y ensanche á la general
riqueza. Y fué de ver que contribuyese España á proporcionarle estas últimas
ventajas, haciendo tanto porque se mantuviese neutral, cuando más bien la
convenía pelear con la Francia, entonces que estaba flaca y mal gobernada, que
no después debajo de un Rey, unida y fuerte. Gran falta de previsión política
en nuestra Corte el retardar guerras que habían de venir al cabo,
desperdiciando la ocasión oportuna que ofrecía la menor edad de Luis XIII, y á
ser generosidad, generosidad impropia de un gobierno sensato.
Todas estas causas hicieron que Francia se hallase
más fuerte y más próspera que nunca al empuñar Luis XIII las riendas del
gobierno. Sólo faltaba ya una mano diestra y poderosa que tomase el timón del
Estado, para que Francia sacase el partido que debía de su situación,
destruyendo la cizaña que aún quedase en ella y sembrando nuevas semillas de
poder, porque el Rey era inepto y descuidado. Entonces apareció fatalmente
Richelieu, hombre, como particular, odioso; grande, como ministro, y de esos
que saben levantar á las naciones ofendiendo y maltratando á los individuos,
cosa en muchas ocasiones indispensable. Alcan[228]zó
Richelieu un conocimiento perfecto de Francia y del estado del mundo, y
especialmente de lo que era y podía España; porque desde el tiempo de Enrique
IV los Embajadores franceses no habían hecho más que espiar nuestras flaquezas
y delatarlas; de suerte que la pobreza de nuestro Tesoro, la despoblación y la
ruina de nuestros campos y cuantas enfermedades aquejasen al decaído cuerpo de
la Monarquía, eran más conocidas en París que no en Madrid y en España.
Comprendió entre otras cosas Richelieu que el nombre de la nación no estaba
sostenido en los campos de batalla, sino por algunos soldados heroicos,
reliquias de su pasado. Y contando el número grande de los suyos paseaba á la
par la codiciosa vista por las dilatadas provincias que en Europa obedecían
nuestro cetro, mirándolas como presa fácil y deleitable despojo del que primero
supiera acudir al botín que se ofrecía. No ignoraba tampoco que en los mismos
reinos de la Península era fácil hacer presa, ó cuando menos hallar muchos
auxiliares y amigos con nombre y título de independientes; porque si bien la
lealtad española no permitía sospechar que con dinero vendiesen los soldados á
gentes extrañas provincias y fortalezas, como tan frecuentemente se vió en
otras naciones, y en especial en Francia, estando la obra de la unidad nacional
tan en los principios, y teniéndose cada provincia por de distinto valer y
origen, si no por enemiga de las demás, podía preveerse sin grande esfuerzo que
estallasen al estímulo de los socorros de por fuera y de los apuros interiores,
insurrecciones como aquellas que estallaron con efecto, dando de sí tan tristes
muestras en Portugal y Cataluña. Y sin duda contaba también el sa[229]gaz extranjero con la imbecilidad de nuestra Corte, la
lujuriosa indolencia del Rey y la vanidad inepta del Privado.
Mientras hubo asomos de guerra civil y hubo quien
le disputase su poder en la misma Francia, Richelieu disimuló sus proyectos y
aun llevó con paciencia los triunfos y la soberbia de sus contrarios,
amenazándolos tal vez para contenerlos, pero evitando siempre formales empeños.
Rematados los protestantes con la toma de la Rochela, separada la Reina madre,
á quien tenía por enemiga, del lado del Rey, y frustradas las conspiraciones de
los Príncipes y de los grandes vasallos disgustados con lo omnipotente de su
influjo, volvió los ojos al propósito de poner en obra sus pensamientos. Antes
refrenó aún la codicia despierta otra vez de los recaudadores y Gobernadores,
inclinó á la carrera de las armas á la nobleza, separándola por fuerza de las
intrigas, y estableció una disciplina severísima en el ejército; por manera que
luego se vió que cuantos capitanes perdían una batalla ó una plaza, eran
procesados y por lo común condenados á muerte. Al propio tiempo puso los ojos
en la marina de guerra, y por primera vez armadas navales francesas se
mostraron poderosas en los mares. Preparado ya todo, no aguardaba más que una
ocasión oportuna para declararse, cuando la batalla de Nordlinghen vino á darle
á entender que no era tiempo de más espera; porque si la causa protestante
moría en Alemania, desembarazado el Emperador de tan temible enemigo, acudiría
al extremo en ayuda de España, y esta desde luego con las triunfantes armas del
Cardenal Infante, podría lograr gloriosos y terribles efectos en Holanda, con
cuyo poder ha[230]bía él contado para conseguir más
fácilmente sus intentos.
Pero la declaración formal de guerra que en 1636
hizo á Felipe IV Luis XIII, ó más bien el cardenal duque de Richelieu, que con
grandísima habilidad regía allí las riendas del Gobierno, forma época en la
Historia de España. Pusóse á toda prisa á imaginar un pretexto, y no tardó en
hallarlo. Mantenía el Elector de Tréveris íntimos tratos con los enemigos del
Imperio y de la España, señaladamente con los franceses, debajo de cuya
protección había puesto su persona y Estados. No era de respetar ciertamente
tal protección, ni eso era costumbre en los tiempos que corrían; y después de
la victoria de Nordlinghen se resolvió su castigo. Encomendóse al conde de
Emden que gobernaba por España el Luxemburgo, y saliendo de Lieja con tres mil
soldados, entró por sorpresa en Tréveris, destrozó la gente francesa que
guarnecía los muros, y trajo preso á Bruselas al Elector. Exigió Richelieu del
Cardenal Infante, que lo pusiese en libertad al punto; como éste se negase á
hacerlo mientras no recibiese órdenes de Madrid, envió un heraldo á Bruselas á
que de parte de Francia le declarase la guerra. Y en seguida publicó un
manifiesto enumerando largamente los propios agravios y callando los que había
recibido España, que no eran pocos, como va ya mostrado en esta historia. Declaraba
en él Luis XIII que movía sus armas porque la ambición de España pasaba ya á
oprimir descubiertamente á los Príncipes aliados de su corona, y que después de
todos los esfuerzos que había hecho para desmembrarla, no había encubierto el
designio que tenía formado de atacarla á fuerza abierta, al mismo[231] tiempo que el mal estado de sus cosas debiera
disuadirla; añadía que España no había cesado del injusto deseo de usurpar los
Estados de sus vecinos para establecer el Estado de la Monarquía universal á
que aspiraba; alegaba en comprobación de esto la ocupación de la Valtelina, la
guerra de Mantua y la prisión del Elector de Tréveris, y protestaba, en fin,
que no obraba si no en virtud de la propia seguridad y defensa. Respondieron á
este papel en sendos libros D. Francisco de Quevedo, el historiador Céspedes de
Meneses y otros varios teólogos y juristas, mostrando las quejas que de nuestra
parte había contra la Francia. Pero no era tanto ocasión de palabras como de
obras y fué preciso aprestarse á la guerra.
Cómo se hallaba á la sazón nuestro poder lo
demuestran las páginas antecedentes. No se había perdido nada de la herencia
pingüe de Felipe II; antes algunos territorios y derechos no poco importantes,
habían venido á hacer más ostentosa la apariencia de nuestro poderío. Pero los
males interiores del Estado habían corrido y aumentádose rápidamente en los
últimos años. Uno de ellos, sobre todo, fácil de prever y descuidado como los
otros, vino á mostrarse ahora, comenzando á dar amargos frutos. Ya apenas había
ejército que sustentase nuestro nombre. Devorados lentamente por tantas y tan
imprudentes guerras, quedaban solamente algunos miles de valientes veteranos,
pocos para luchar con la muchedumbre de nuestros enemigos. Las nuevas levas,
mal dispuestas y peor ejecutadas, no podían llenar el vacío. Mas no era esto
solo. Hasta entonces se había conservado en Madrid cierta veneración á los
ejércitos, y había habido cierta[232] severidad en
repartir los mandos y empleos de la milicia. La antigua disciplina y escuela de
los ejércitos de Felipe II se había conservado bastante bien durante el reinado
de Felipe III, y aun cuando desde que el Conde-Duque entró á gobernar las
cosas, se notaba síntomas de corrupción, no había llegado ésta á producir hasta
entonces todas sus consecuencias. Ya no se daba el mando de los ejércitos al de
más mérito, sino al más galán y al que más favor alcanzaba del Conde-Duque;
repartíanse sin tasa empleos y dignidades. Con esto á un tiempo se destruía la
autoridad del mando y de la obediencia, se quitaba el estímulo de los antiguos
escuadrones, y se enflaquecía el poder de los nuevos. Así, aquel ejército
formado en la escuela del Gran Capitán, amaestrado después por el duque de Alba
y conservado por el de Fuentes de Val de Opero, había perdido su organización
robusta y mucha parte de sus tradiciones. Sólo en Flandes podía decirse que
hubiera ejército digno de España, aunque escasísimo en fuerzas.
Continuaba al propio tiempo la penuria y la
confusión en la moneda del reinado anterior; por tal manera, que desde los
primeros apuros de la guerra se tomaron nuevas disposiciones sobre ella
contrarias, precipitadas y ruinosas. En 1636 se acordó que todo el vellón
resellado se recogiese otra vez, para que, vuelto á resellar, se triplicase su
valor, sin reparar en que poco antes se había bajado el de toda esta moneda;
alteróse el premio del cambio de la moneda de vellón por el de oro y plata,
imponiendo nada menos que pena de muerte á los que llevasen más del señalado, y
se prohibió la entrada del cobre en bruto en la Península. Increíbles
alteraciones y trastornos dictados por la ignorancia y[233] la
codicia que causaron sin ventaja alguna del Tesoro, horrendos males en la
nación. Negábase todo el mundo á comprar y vender, no sabiendo, en suma, el
precio de las cosas, pues todo dependía de tales alteraciones; interrumpíanse
las transacciones sobre los objetos de primera necesidad, que eran ya casi las
únicas que se conocían; pasaban días y días sin que á los pueblos viniese pan ó
vino ó legumbres, padeciéndose hambres y trabajos sin cuenta. Y en medio de
esto, aparecían triunfantes los usureros genoveses y franceses, negociando con
los ministros, y exprimiendo á los pueblos españoles, para volverse cargados de
oro á los suyos. Seguían á la par las rentas empeñadas, y más cada día escasas
para atender á las cargas públicas. Las Cortes de Castilla, ó tímidas ó
sobornadas, concedieron para los primeros preparativos de la guerra un servicio
de nueve millones de ducados en plata por tres años. No tardó el Rey en pedir
más, y se le dieron arbitrios para pagar y mantener ocho mil soldados, lo cual
se fué prorrogando de año en año para siempre. Impúsose también un tanto por
ciento, que se llamó de extensión de las alcabalas: impuesto este ya tan
oneroso, que pesando sobre las compras y ventas, y habiéndose ido lentamente
acrecentando, traía aniquilado sin necesidad de otro arrimo el comercio é
industria. Establecióse por pragmática el papel sellado en los tribunales
seculares del reino, y cargáronse otros arbitrios sobre las reliquias de la
agricultura y comercio. Por último, se acudió al medio de vender propiedades y
establecimientos en Italia, recurso que, bien empleado, podía ser de mucho
provecho por las ricas heredades que en todas partes tenía la corona. No había
naves, ni armas, ni[234] soldados que oponer al
gran poderío de la Francia, y eso podía justificar tamaños esfuerzos y
gravámenes; pero bien se vió que no eran tales objetos los principales del Rey
y de su favorito.
Por los mismos días en que se supo la declaración
de guerra de la Francia, celebráronse en Madrid los grandes festejos, que eran
ordinarios y en los cuales se gastaban sumas inmensas, siendo la ocasión ahora
el nacimiento de una Infanta. Y debieron reputarse por cortos y por grande el
fundamento, mirando los que se hicieron dos años después, por haber sido
elegido Rey de romanos Fernando, que lo era ya de Hungría y de Bohemia, cuñado
del nuestro. En celebrar tal acontecimiento y que tan poco nos importaba, se
gastaron nada menos que doce millones, cantidad increíble á no estar bien
atestiguado; duraron las fiestas cuarenta y dos días; hubo toros, cañas,
parejas, danzas, máscaras, farsas, mogigangas y cuanto pueden inventar la
satisfacción y el contento. Por remate, se representó en la plaza pública una
comedia titulada Don Quijote de la Mancha, que, como advierte
cierto historiador, no pudo ser en la ocasión más oportuna. No eran, sin
embargo, indispensables los pretextos para tales fiestas; sin ellos corríanse
toros cada día, y había frecuentes justas y cañas. Refiérese que en una de
tales ocasiones se prendió fuego en la Plaza Mayor de Madrid, ardiendo en gran
parte, y como á pesar de eso hubiera en el mismo lugar nuevas fiestas á los
pocos días, se vió en medio de ellas que de cierta casa de las quemadas salían
aún torbellinos de humo. Alborotóse el concurso, fué mucha la confusión, no
pocos los heridos y estropeados, mas el Rey ni aun se movió de su asiento.
Hecho harto[235] loado de animoso por los aduladores
viles de la época; que si lo era, bien pudo emplearse en mejor ocasión é
intento.
Á veces en lugar de toros y danzas había
procesiones ostentosas, donde el clero lucía sus inmensas riquezas. Ni dejaban
de alternar con tales regocijos los autos de fe y las fundaciones de
monasterios. Asistió el Rey con toda la Corte y gran séquito y fiesta al auto
de fe que con desusada pompa se celebró, corriendo el año de 1632 en la Plaza
Mayor de Madrid, donde fueron condenados á sentencia capital siete judíos y
salieron otros veintiséis penitenciados, por haberse descubierto que tenían
conciliábulos, donde secretamente practicaban sus devociones y mofaban y
escarnecían las imágenes; y no contento el celo del Rey con tal demostración,
fundó además un convento en el propio lugar donde los judíos cometían sus
profanaciones.
Pero las comedias eran lo que más ocupaba la
atención de la Corte y del pueblo. El amor á este género de espectáculos y al
arte de componerlas habían progresado en pocos años extraordinariamente,
llegando de amenazadas ó toleradas en tiempo de Felipe III, á ser ahora el
encanto y la ocupación de todo el mundo. La sed de placeres de Felipe IV y del
Conde-Duque dieron poderoso impulso á esta pasión de las comedias.
Representábanse ya donde quiera, hasta en los conventos más observantes. Las
representaban las principales damas de la Corte; componíanlas muchos señores
principales, y aun el mismo Rey las hacía, al decir de las gentes, ocupación no
tan loable como en los demás en personas que tales y tan altos deberes tienen
que cumplir en el mundo. No bastando los corrales de[236] la
Cruz y del Príncipe, donde con poco aliño y arte, pero con harto ingenio, se
representaban comedias para entretener los ocios de la muchedumbre y contentar
su afición, levantábanse frecuentemente tablados en las calles y plazas para representar,
principalmente autos sacramentales, los cuales eran acompañados con
luces de cirios en medio del día y todo el aparato de las funciones religiosas.
El Rey acaso asistía á las comedias de incógnito alguna vez en los mismos
corrales públicos; pero por lo común en las salas de sus palacios: á imitación
suya hubo Grandes y señores que labraron en su casa teatro propio. Quien
quisiere hallar á los caballeros de la Corte habíalos de buscar en tal
espectáculo, ó cuando no en los aposentos de los cómicos y bailarinas, y en
amistad y compañía con ellos, dando el Rey en tal desorden ejemplo y pauta,
pues corriendo el año de 1629 dió á luz un hijo suyo, que luego se llamó D.
Juan de Austria, una de las cómicas más aplaudidas, por nombre María Calderón.
Amores públicos y afrentosos para el trono, de los cuales sólo la Calderona
pareció avergonzada, puesto que fué á acabar su vida en un convento.
De entre cómicos y cómicas no salían el Rey ni el
favorito, sino para entregarse á nuevos placeres en los jardines y estanques
del Retiro, llenos siempre de luminarias y máquinas costosísimas, ó para
atentar en lo obscuro de la noche á la honra de mujeres huérfanas quizás de los
soldados de Flandes, ó para manchar con escandalosas aventuras los regios
aposentos, cuando no lugares más sagrados. Acaso castigó Dios como merecían las
liviandades de Felipe con un misterioso y sangriento suceso, que aunque no bien
averiguado ni[237] conocido, puso su propia honra
en lenguas del vulgo. Hecha la Corte un mar de galanteos, fué esmero y porfía
de los caballeros mostrar que eran altas y hermosas damas las que servían. Uno
de ellos, el conde de Villamediana, hombre agudo, lenguaraz y atrevido, osó
llevar por divisa en una de las fiestas de la Plaza Mayor cierto número de
reales de plata con estas letras: son mis amores. Escandalizó la
sospecha, pero más aún, el hecho de que mientras los demás caballeros mozos
obsequiaban á las damas de la Corte, el de Villamediana sólo ofreciese sus
homenajes á la reina Isabel de Borbón. Comenzó á rugir la murmuración; oyóla ó
sospechóla el Rey, y dió alguna muestra de manifiesta ira: poco después unos
enmascarados asesinaron al conde de Villamediana en su propio coche. Creció con
esto la murmuración hasta producir deshonra, si justa ó injusta no se sabe. El
hecho es que por primera vez sintió tal mengua la corona de los Reyes
Católicos.
Con tales y tan varios sucesos, con tanta confusión
y escándalo, distraídos los ánimos de los cortesanos y del pueblo, se oyeron en
Madrid sin pena ni alarma las nuevas de Richelieu, el cual, juntando con el
pensamiento la ejecución, enviaba un ejército numeroso á unirse con el del
príncipe de Orange para acabar de quitarnos los Países Bajos, mientras otro con
igual objeto caminaba ya hacia Italia. El Conde-Duque, que era quien más
atención debió poner en ello, había dado en mirar en Richelieu un rival suyo y
émulo de sus talentos, como si entre aquel hombre perverso, pero grande, y él,
cupiese comparación alguna; acaso no imaginaba que Francia fuese rival
verdadera y cuasi forzosa de España. La[238] idea
de Felipe II de aniquilar ó de avasallar á aquella nación, no era más que la
expresión de nuestra primera necesidad política; porque era evidente que el
poderío de España no podía existir sin el abatimiento de Francia, lo mismo que
la supremacía de Francia á costa de España tenía que levantarse en Europa. Pero
el Conde-Duque, incapaz de comprender en toda su extensión aquel pensamiento,
miraba como enemiga á la Francia por costumbre solo, y la guerra que iba á
emprenderse como otra cualquiera guerra. Esperábala hacía tiempo, y tanto, que
tres años antes había enviado emisarios á la frontera del Pirineo para que
viesen el estado en que se hallaban las plazas del enemigo y reconociesen todos
los pasos; mas no esperó nunca que aquello fuese un combate particular, un
duelo á muerte, del cual hubiese que salir triunfante ó completamente rendido.
Ni vió el Rey lo que no vió su favorito, ni las historias recuerdan alguno que
en aquella Corte estragada supiese toda la importancia del nuevo
acontecimiento. Así continuaron sin tregua los placeres mezclados con sangrientos
dramas; porque cada día un celoso mataba un galán, y caballeros enamorados
malgastaban en desafíos y empresas pueriles la sangre que tanta falta iba á
hacer en las fronteras.
En tanto el primer ejército francés (1635) á las
órdenes de los mariscales de Brezé y de Chatillon, compuesto de más de
veinticinco mil hombres, caminaba la vuelta de Flandes. Envió á su encuentro el
Cardenal Infante, al príncipe Tomás de Saboya, que servía de tiempo antes en el
ejército de España, con diez mil infantes y dos mil caballos, á fin de cerrarle
el paso impidiéndole que se juntase con los holandeses. Mar[239]chaban
divididos los franceses en dos trozos, y el príncipe Tomás imaginó atacarlos
por separado, primero al uno y luego al otro, y de igual á igual deshacerlos.
Engañóse en sus medidas, y halló sobre sí á todo el ejército contrario en
Avein, junto á Lieja. No era posible retroceder, y se comenzó la batalla.
Mostróse al principio favorable á los nuestros, á pesar de que no llegaban á
ser la mitad en número que los contrarios, por el certero fuego de nuestra
Artillería. Con esto se prolongó la lucha largas horas á costa de mucha sangre
de ambas partes, porque los nuestros, con la ventaja ganada, no querían ceder,
ni menos los enemigos, que se miraban tan superiores en número. Al fin,
envueltos los nuestros por todas partes y rendidos de tan desigual pelea, huyó
primero la Caballería, y luego la Infantería mercenaria, ó de naciones, se puso
en fuga. Quedaron en el campo dos tercios viejos, uno de españoles, otro de
italianos, los cuales, aunque desamparados y peleando uno contra ciento,
todavía sostuvieron por mucho tiempo el empuje de todo el ejército enemigo
hasta que cayó el último de los soldados. Así fueron abatidas allí nuestras
banderas, pero no humilladas. Dejamos en el campo tres mil muertos, mil y
ochocientos prisioneros y todo el bagaje de artillería.
Las ventajas de un triunfo que tan poca gloria
dejaba á los vencedores, no fueron tampoco muy grandes. Juntóse á la verdad el
ejército francés con el del príncipe de Orange, como pretendía, y unos y otros,
reunidos, embistieron á Tirlemont y la tomaron por asalto, cometiendo inauditos
excesos, á pesar de la esforzada conducta de su Gobernador D. Francisco de
Vargas. De allí se dirigieron á Diest y Archost, plazas poco impor[240]tantes, y las tomaron; con que llenos de presunción
osaron amenazar á Bruselas. No tardaron en conocer la imposible ejecución de
aquel intento, y encaminándose á Lovaina, la pusieron cerco. Pero el Cardenal
Infante maniobró de tal suerte, que sin exponerse á los trances de una batalla
desigual, logró que levantasen los contrarios aquel cerco á los diez días de
haber abierto las trincheras, y sin que su ejército padeciese daño. Introdujo
socorros en la plaza, á punto que hizo la expugnación imposible; cortó los
víveres y las comunicaciones á los enemigos, que comenzaron á tenerse más por
sitiados que por sitiadores, y viniendo en seguida sobre ellos las disensiones
naturales en tales casos, y las enfermedades que engendran las privaciones, al
fin tuvieron que separarse, quedando sólo en Flandes el mariscal de Brezé con
ocho mil soldados, porque los demás se volvieron á Francia. No se limitaron los
españoles á guardar sus plazas y deshacer sin combatir á los enemigos, sino que
llevaron á cabo una dichosa empresa. El fuerte de Schenck, situado en la isla
de Batavia que vienen á formar dos brazos del Rhin, estaba á la sazón muy bien
fortalecido, puesto que era uno de los importantes que tenían los holandeses;
pero no tan bien guardado, porque mucha gente de la guarnición había salido á
reforzar los ejércitos. Apercibidos del caso los españoles que guarnecían á
Güeldres, determinaron tomarlo de improviso, y saliendo en número de quinientos
hombres escogidos, donde iban no pocos soldados flamencos, debajo del mando de
Jorge Esrholtz, capitán de esta nación, se abalanzaron á los muros, y al tercer
asalto, muerto el Gobernador, se enseñorearon de ello, degollando la gente que
los defendía. Sintieron[241] profundamente esta
pérdida los contrarios, y con ella, desconcertados del todo sus ejércitos,
tomaron cuarteles de invierno muy disgustados, y achacándose mutuamente los
capitanes el mal éxito de aquella campaña comenzada con fuerzas tan superiores
y con tan favorables auspicios como la batalla de Avein. Alababan todos al
propio tiempo de acertada la conducta del Cardenal Infante.
Al año siguiente (1636) fué todavía menos favorable
la campaña á los enemigos por aquella parte. Ocupáronla los holandeses con el
sitio de la fortaleza de Schenck, que así como fácilmente se les ganó, ahora,
bien guarnecida de los nuestros, no hallaban medio de recobrarla. No había que
temer de ellos por algún tiempo, según era su empeño, y según eran las fuerzas
de la plaza, que intentaran alguna otra empresa. Y dando por bien empleada la
pérdida de Schenck, que al fin se rindió á los nueve meses de sitio, reunió en
tanto el Cardenal Infante todas sus fuerzas con las que el Emperador envió en
su ayuda, y juntando un poderoso ejército imaginó invadir á Francia. Componíase
éste hasta de treinta mil hombres de buenas tropas españolas, lorenesas y
alemanas al mando de Octavio Piccolomini de Aragón, general italiano, natural
de Siena, y de los que con más gloria habían mandado las tropas imperiales
contra los suecos; de Juan de Werth, de Carlos, duque de Lorena, Príncipe
feudatario de Francia, más que seguía alianza contra ella con España y el
Imperio, capitán de mucha sagacidad y esfuerzo, y del príncipe Tomás de Saboya.
Eran el ejército y los caudillos casi los mismos que vencieron en Nordlighen y
podían esperarse ahora de ellos no menores efectos.[242] Entraron
nuestras banderas impetuosamente en la provincia de Picardía, y se enseñorearon
de la Chapêlle en seis días, y poco después del Chatelet que aún se sostuvo
menos; á la par que numerosas partidas de Caballería, mandadas por capitanes
intrépidos se extendían por toda la Picardía y la Champagne, llevando por donde
quiera el miedo y estrago. En vano el conde de Soisons, que mandaba el ejército
francés presurosamente reunido, se opuso á la marcha triunfante de los
nuestros. No se atrevió á pelear á campo raso por sentirse inferior en fuerzas,
y siempre cejando delante de los españoles, los vió pasar tranquilamente el
Soma, y extenderse por la llanura que separa las aguas de este río de las del
Oise; Vervins, Noyon y Roye se rindieron en seguida con poca defensa, y
nuestros Generales llegaron sin más obstáculo delante de Corbie. Defendiéronse
los sitiados durante trece días; pero al fin, faltos de socorro de por fuera,
hubieron de rendirse á partido. Hubo entonces un gran Consejo en nuestro campo
para deliberar si convendría ó no caer sobre París. No había almenas de por
medio, ni ejércitos que lo estorbasen, y no faltó quien se inclinase á ello;
pero prevaleció el parecer contrario, y dejando fortificada y guarnecida la
plaza, aunque no bien abastecida, se ordenó la retirada.
Hubo y ha habido después sobre tal determinación
diversos conceptos. Ello es que París estaba lleno de espanto; salíanse á
millares los habitantes de su recinto, y los que permanecían en él, ocultaban
cuidadosamente sus riquezas como si viesen ya en las puertas al ejército
vencedor. El Rey y el cardenal Richelieu dejaron también la capital, decretando
levas de gente muy gran[243]des; creyóse que la
perdición de Francia era llegada, y la privanza de Richelieu estuvo para
hundirse, porque todos le miraban como causa de guerra hasta entonces tan
desdichada. Ni pudo desvanecer el pánico el ejército nuevamente levantado;
porque si bien llegaba á cincuenta mil hombres, como se componía de artesanos
de París y de gente allegadiza é inexperta en el ejercicio de las armas, no
podía medirse en campo con nuestros aguerridos tercios y escuadrones. Mirando y
considerando tales circunstancias, parece desacertadísima la retirada que
resolvieron nuestros Generales. Si desde Corbie hubieran marchado rápidamente á
París apoderándose de aquella capital que no podía defenderse, Richelieu habría
caído indudablemente, y Luis XIII, ni muy firme ni muy belicoso, se habría
prestado de buena voluntad á ajustar las paces. Ni otra cosa convenía en
aquella ocasión á la Corte de España. Asustar á la Francia con tal alarde de
fuerza, conservar con él la fama de invencibles de nuestras armas, y el
prestigio de nuestro nombre, todavía muy grande en los que no conocían nuestras
flaquezas, obteniendo al propio tiempo la paz, era un pensamiento militar y
político tan alto, que podía justificar sobradamente lo que hubiese en la
expedición de arriesgado. Y más que sin esto era de prever que ni los triunfos
pasados ni el terror infundido en los contrarios hubiesen de producir fruto
alguno. Así sucedió desdichadamente. No bien repasaron los nuestros el Soma,
sitiaron los enemigos á Corbie, y hallándola ya sin víveres ni municiones de
guerra, tuvo su Gobernador que capitular al mes de bloqueo. Rindióse luego
Roye, y poco á poco fuimos perdiendo todo lo conquistado. Sin embargo, si no
sacamos todas[244] las ventajas que se pudieran de
aquella campaña, todavía debió de considerarse como favorable, puesto que con
tanta reputación la habíamos sostenido en el territorio enemigo.
Habían en tanto los franceses invadido el
Franco-Condado. Estaba aquella provincia asegurada por tratados particulares de
neutralidad, ajustados entre España y Francia en tiempo de Felipe III; pero
como fortificasen los naturales algunos puestos, y tomasen algunas otras
precauciones legítimas é indispensables al comenzar tan empeñada guerra,
diéronse los franceses por libres de los pactos, y entrando en el país con
ejército de veinte mil hombres al mando del príncipe de Condé, pusieron sitio á
Dole, que era la principal de sus plazas. Mostraron los habitantes tanta
lealtad y amor á España, que aún hoy se conmueve el corazón al recordar los
sacrificios, inútiles al fin, que hicieron por nuestra causa. El Arzobispo de
aquella ciudad, bien que agobiado de los años, y el Parlamento acudieron á la
defensa y lograron meter en la plaza abundantes provisiones, y hasta cinco mil
paisanos que al punto adiestraron en las armas los pocos oficiales españoles
que allí había. No quedó medio bárbaro de hostilidad que no empleasen los
franceses para rendir la lealtad de los de Dole; mas todo fué en vano por
entonces. Lanzaron multitud de bombas, y con ellas destruyeron la mayor parte
de los edificios, y además quemaron los campos y las poblaciones cercanas. Pero
perdieron más de tres mil hombres sin lograr aún aportillar la plaza, y al cabo
fuéles forzoso levantar el sitio cuando ya un trozo de gente, enviado por el
Cardenal Infante á socorrerla, estaba á punto de lograr su intento. No[245] fué más afortunado en el Rhin el ejército
francés destinado á atacar al Emperador, puesto que en las dos primeras
campañas no logró ventaja notable; antes padeció notablemente descalabros.
Mas Richelieu no era hombre á quien desanimasen los
reveses. Formó al abrirse la campaña de 1637 cuatro ejércitos, y con ellos
embistió de nuevo á un tiempo la Alsacia y el Luxemburgo, el Franco-Condado y
las plazas del lado de Picardía. Y á la par el príncipe de Orange, que
gobernaba á los holandeses, tomado ya Schenck, se puso más poderoso que nunca
en campaña. Eran las fuerzas del Cardenal Infante inferiorísimas á las de los
contrarios, de suerte que no podía sostener el campo, y los imperiales que principalmente
defendían la Alsacia, no estaban para prestarle muy grande ayuda. Pidió con
instancia á Madrid soldados y dineros, y no pudo obtener unos ni otros, porque
á la sazón ocupados el Rey y el favorito en las grandes fiestas y mojigangas
con que se celebró, como arriba dijimos, la coronación del Rey de Hungría, no
estaban para pensar en armamentos ni en socorros; demás que los doce millones
que se habían gastado en ellas, eran el dinero que había. Falto así de todo D.
Fernando á todo suplió su esfuerzo, que sólo en él se mostraba entonces digno
de su raza, y mantuvo en tres campañas designadísimas el honor de España.
Sitió el príncipe de Orange á Breda, y el cardenal
la Valette se puso delante de Landreci; y como el Infante no pudiese intentar
el socorro á campo raso por falta de fuerzas, una y otra plaza se rindieron, al
cabo de dos meses de sitio la primera, y quince días la segunda de trinchera
abierta. Dolorosas pérdidas, en[246] especial la de
Breda, cuya conquista había costado millares de vidas y tesoros inmensos pocos
años antes. No se estuvo quedo, sin embargo, el valeroso Infante, y mientras
los enemigos expugnaban aquellas plazas, rindió por su parte á Roremunda y
Venlóo. Hubo también algunos combates parciales honrosísimos para los
españoles. D. Alvaro de Viveros, que mandaba trescientos artilleros, fué
sorprendido por mil cuatrocientos franceses, que gobernaba el coronel Gassion,
y peleó con ellos hasta que apenas le quedó hombre á vida, causando entre los
enemigos enorme estrago. Tributó el cardenal la Valette á D. Alvaro de Viveros
honrosas demostraciones cuando se lo llevaron prisionero. Peleó con no menor
esfuerzo D. Juan de Viveros, que fué al socorro de la Chapelle, sitiada también
por la Valette; mas no pudo lograr su intento, y aunque él se retiró sin
pérdida, rindióse la plaza. Conquistó el mismo la Valette á Mobeuge y
Barlemont; mas una y otra plaza fueron recobradas por el Cardenal Infante, que
ganó también el castillo de Emeric.
Pero al propio tiempo el ejército francés, que al
mando del mariscal de Chatillon había entrado en el Luxemburgo, hacía grandes
progresos. En pocos días ganó á Villaine, Dinant, Murnaux, Lupi y Ham. Puso
luego sitio á Ivoy, rindiéndola con no menor fortuna, y de allí se fué á sitiar
á Danvilliers, que se defendió valientemente por más de dos meses. Acudieron al
socorro de esta plaza los españoles que estaban de guarnición en Arlon y
Montmedi, y asaltando de noche el cuartel de artillería de los sitiadores, donde
estaba el conde de Polie, pasaron á cuchillo á la mayor parte de los soldados,
llevándose á los capitanes prisioneros.[247] Pero
con todo continuó el asedio y tuvo que rendirse la plaza. Pequeña recompensa
fué de tanta pérdida el que los nuestros recobrasen por sorpresa á Ivoy,
degollando casi toda la guarnición francesa que allí había. Era preciso acudir
al socorro de esta provincia, sin dejar por eso el propósito de la Valette, y
contener al propio tiempo los progresos del príncipe de Orange, que después de
tomada Breda, viéndose sin enemigos, recorría libremente la campaña y amenazaba
las plazas de Flandes. En tan crítica situación no desmintió el infante D.
Fernando su fama. Marchó contra el de Orange, y lo halló retrincherado con sus
holandeses entre los diques de Callao y de Woerbroec en el Waes. No era su
ejército mayor que el de los enemigos: acometiólos, sin embargo, detrás de los
reparos, peleó con ellos dos días con tanto esfuerzo que, al fin, los rompió,
matando mil doscientos hombres y tomando dos mil quinientos prisioneros con
cincuenta y tres banderas, veintiocho cañones y ochenta y un barcos que tenían.
Libre ya de tal enemigo, dividió su corto ejército en dos trozos, y mientras
con el uno conquistaba la plaza de Kerpen sobre los holandeses y hacía frente á
la Valette, envió el otro al mando de Piccolomini á reforzar al príncipe Tomás
que gobernaba las armas en el Luxemburgo.
Sitiaba el mariscal de Chatillon, envanecido con
sus anteriores triunfos, la importante plaza de Saint Omer, escasamente
guarnecida, y los nuestros no habían podido hasta entonces socorrerla; mas con
la llegada de Piccolomini, el príncipe Tomás se resolvió á la empresa á toda
costa. Ejecutóla metiendo en la plaza dos mil soldados, y deshaciendo en campo
algunos re[248]gimientos franceses que quisieron
impedirlo. Y no contentos con esto, embistieron Piccolomini y el de Saboya al
grueso del ejército francés en sus mismas trincheras, tomaron tres reductos de
los que ceñían la plaza; introdujeron en ella más socorros, y en cuatro días de
sitio formal rindieron á la vista de los enemigos el fuerte de Bac, muy bien
fortalecido y guarnecido. No osaron éstos venir á formal batalla, y levantaron
el cerco con gran mengua y daño. Perdióse en tanto la plaza de Chatelet, la
última que nos quedaba de la invasión del Cardenal Infante en Picardía; pero no
era esta pérdida tal que pudiese aguar el regocijo de la anterior victoria.
También levantaron los nuestros el sitio de Chateau-Cambresis al aproximarse
con muy superiores fuerzas el enemigo.
Mostróse aún más próspera la fortuna al comenzar la
siguiente campaña, que fué la de 1639. Recibió Piccolomini estrechas órdenes
del Infante para que volviese á juntarse con él, una vez logrado el socorro de
Saint Omer. Marchaba éste á ejecutarlo, cuando supo que el mariscal de
Feuquières sitiaba á Thionville, donde no había ni víveres, ni municiones, ni
soldados, ni siquiera gobernador que diese alguna orden para la defensa. Con
esto Piccolomini detuvo su marcha resuelto á dejar libre y abastecida la plaza.
Para estorbárselo salieron á él los franceses en buen número, y le pusieron una
celada; mas supo evitarla, y cayendo sobre ellos cuando creían tenerle cogido
en sus redes, les mató tres mil hombres y puso en fuga á los demás que se le
opusieron. Llegó entonces sin obstáculo delante de las líneas de los franceses,
y hallólas ya bastante fortificadas, pero no por eso cejó en su empe[249]ño. Lanzóse sobre una de las estancias, y la forzó
fácilmente; con que pudo entrar en la ciudad, y animado con tal triunfo, tornó
á salir luego y acometió de un golpe todas las que ocupaban los enemigos. No
pudieron los franceses resistir en ninguna de ellas el valor de los nuestros, y
á la primera acometida, abandonando cobardemente bagajes, artillería y
municiones, se pusieron en fuga, dejando once mil hombres muertos ó prisioneros
en el campo. De estos fué el mismo Feuquières, que á poco murió de las heridas
que recibió en la batalla.
Sitió en seguida Piccolomini á Mouzon creyendo
ganarla al paso; pero tuvo que levantar el cerco, porque se aproximaba el
mariscal de Chatillon al socorro, y porque el Cardenal Infante le instaba más
cada día para que volviese á incorporarse con él. Y era que como los enemigos
se mostraban tan superiores en número, no había medio de hacerles frente en
todas partes. La importante plaza de Hesdin había sido sitiada por el Rey de
Francia en persona con un poderoso ejército, mientras que los españoles vencían
en el Luxemburgo á los franceses. No pudo socorrerla el Cardenal Infante con
las escasísimas fuerzas que le quedaron, y cuando volvió Piccolomini ya era
tarde. Abierta la plaza por todas partes y sin esperanzas de socorro, rindióse
al segundo asalto. Allí dió el Rey de Francia el bastón de mariscal á la
Meilleraie, que había dirigido el sitio, y lo dejó de comandante de su
ejército, el cual se dividió en dos trozos. Logró con el uno la Meilleraie
cierta ventaja contra un trozo de los nuestros, gobernado del conde de La
Fontaine, flamenco, y General de la Artillería, en el combate de San Nico[250]lás, y poco después en San Venant deshizo otro trozo
de walones á servicio de España. Entre tanto el mariscal de Chatillon con el
resto de los franceses volvió á tomar á Ivoy y arrasó sus fortificaciones. Pero
en cambio, los españoles hicieron levantar á los franceses los sitios de
Charlemont y Marienburg, destrozaron completamente su Caballería, y era de
todos modos vergonzoso lo poco que habían hecho con ejércitos tan poderosos, y
teniendo al frente un enemigo tan inferior en número. Mandó Richelieu que á
toda costa se tomase á Arrás, capital del Artois. Reuniéronse para la empresa
las reliquias de tres ejércitos enemigos y se comenzó el sitio, extendiéndolo
en diez leguas al contorno. Importaba tanto la plaza, que el Cardenal Infante,
juntas también todas sus fuerzas y las del duque de Lorena, marchó al punto al
socorro. Sorprendió Lamboy, caballero liejés que mandaba nuestra Caballería,
varios convoyes, y hostigó de diversos modos á los sitiadores, pero sin lograr
sorprender sus líneas. Dióse luego en ellas un combate en que disputándose la
vanguardia españoles é italianos, hubo alguna confusión y desconcierto de
nuestra parte; con todo, al decir de los franceses, hicieron prodigios de valor
los nuestros, ganaron dos medias lunas é hicieron gran mortandad en los
contrarios; pero estaban muy bien fortalecidas y defendidas por mayor número de
tropas, de suerte que no fué posible forzarlas todas. El duque de Lorena, que
también se había apoderado de uno de los cuarteles del enemigo, tuvo igualmente
que abandonarlo. Intentóse otra vez el socorro, pero no hubo lugar de
ejecutarlo, porque los burgueses, sin noticia de la guarnición, abrieron las
puertas, cogiéndola al[251] descuido. Fueron allí
generosos los franceses; admirados de la valerosa defensa, concedieron á la
guarnición, que la alevosía de los vecinos había puesto en su mano, todos los
honores de la guerra.
Entretanto el príncipe de Orange había atacado á
Flandes por diversas partes, pero sin éxito alguno. Sitió los fuertes de San
Donato y San Job, y fué rechazado; quiso pasar el canal de Brujas, y no acertó
á conseguirlo. Entonces se embarcó y fué á caer sobre los fuertes de Nassau y
de Hulst; tomó el primero, pero del segundo le obligó á alzar el cerco el
Cardenal Infante, que volvía del malogrado socorro de Arras, y en seguida tuvo
que arrasar el otro por no poder sostenerlo. Otra empresa intentó el holandés
por Güeldres; desembarcó y se acercó á la ciudad con ánimo de tomarla por
sorpresa; pero saliendo de ella el Gobernador, que era el Maestre de campo
Pedro de la Costa, le degolló seiscientos hombres y cogió cuatro piezas de
artillería, haciéndole retirar vergonzosamente. Con esto terminó aquella
campaña en Flandes, no ventajosa para nuestras armas porque no podía serlo,
dada la inferioridad de fuerzas y de recursos, y, sin embargo, muy memorable.
Pero entretenidos allí nuestros escasos ejércitos,
no pudieron acudir á la defensa del Franco-Condado. Odiaba más el francés á
aquella provincia que á otra alguna, por su lealtad á España. Entró el duque de
Longueville en ella con un ejército formidable; destrozó en Rotalier algunas
compañías españolas y los tercios que formaron apresuradamente los naturales,
mandadas las primeras por un cierto Gómez, y las segundas por el barón de
Wateville, y en seguida rindió fácilmente[252] el
flaco castillo de Saint Amour y quemó otros varios. Acometió luego á
Lonsle-Sauliner y la tomó, y en aquel año, que fué el de 1637, y el siguiente,
asoló los campos y las ciudades abiertas con tanta crueldad, que redujo á la
miseria á todos los habitantes. Ayudóle el duque de Weimar, que entró por
tierra llana con otro ejército, y ambos recorrieron el país como bandidos, sin
acometer las plazas fuertes donde se habían recogido los pocos españoles y
soldados que allí había, empleándose solamente en el saqueo y en el exterminio.
Las historias no hablan de invasión tan bárbara como ésta, si no es
remontándose al siglo v; todavía queda memoria de ella en aquel país,
aunque sujeto tanto tiempo hace al dominio francés. Continuáronse en 1639 y
1640 tales campañas, tomando en ellas algunos fuertes y las plazas poco
importantes de Noseroy, Chatelvilain y Saint Cloud. Quedaron sólo por nosotros
las principales fortalezas, que eran Besanzon, Gray, Dola y Salins, donde no se
atrevieron á llegar los franceses. Y los naturales, entregados á la saña de los
enemigos, suplicaron reverentemente al rey Felipe, por medio de su diputado en
Madrid, que ó les enviase un ejército para su defensa ó los desamparase del
todo, cediendo su señorío á otra potencia.
En Italia no corría menos varia la fortuna. El
duque de Saboya se declaró desde el principio por Francia, y él y el de Parma
ajustaron en 1636 un tratado con aquella potencia, que se firmó en Rivoli, para
despojar á los españoles del Milanesado. Los españoles en tanto pusieron de su
parte al duque de Módena, y de uno y otro bando se comenzaron al punto las
hostilidades. Era á la sazón gobernador del Milanesado Don[253] Diego
Felipe de Guzmán, marqués de Leganés, conocido por el valor con que peleó en la
jornada de Nordlinghen. De parte de Francia vinieron los Mariscales de Crequi y
de Toiras con diez mil hombres á Italia, y juntas sus fuerzas con las de los
Duques, expugnaron fácilmente á Villata y Candia, y sitiaron á Valencia del Pó.
Defendióla heroicamente D. Martín Galiano, que gobernaba á los españoles, y al
cabo de seis semanas tuvieron que levantar el campo muy disminuídos.
Amenazó en el ínterin Leganés los Estados del duque
de Parma; hubo un combate dudoso entre un Cuerpo de tropas españolas y
modenesas, y otro de franceses y parmesanos, en el cual unos y otros salieron
con descalabro, é irritado con esto el General español, se determinó á hacer
mayor esfuerzo todavía para castigar á aquel Príncipe. Pero entretanto el duque
de Rohan, encargado de conquistar la Valtelina, entró allá con un ejército
formado de franceses, suizos y grisones, y se apoderó en poco tiempo de todo el
valle y los condados de Bormio y de Chiavenas. Acudieron al socorro los
imperiales por la parte del Tirol, y en el combate de Matz los rechazó con
alguna pérdida, y encontrándose luego con las tropas que al propio intento
traía de Milán el conde Juan Cerbellón, soldado milanés de mucha cuenta, las
destrozó por dos veces en Morbeigne y á orillas del lago de Como. Entonces el
de Rohan adelantó sus intentos á incorporarse con los confederados que acababan
de levantar el sitio de Valencia. Impidióle la ejecución el de Leganés,
poniéndose entre ambos trozos de enemigos con su ejército. El duque de Rohan,
privado de víveres y acosado[254] por todas partes,
hubo al fin de recogerse de nuevo á los desfiladeros de la Valtelina, y libre
ya de este estorbo el de Leganés, puso toda su atención en el ejército de la
liga italiana, que amenazaba aún el Milanesado. Habían estallado entre ellos
las ordinarias diferencias que suelen entre Príncipes y capitanes de distintas
naciones y de opuestos intereses, por manera que los españoles tuvieron tiempo
de sobra para llegar antes de que hubiesen logrado efecto notable. Tomaron los
aliados ambas orillas del Tessino, caminando los franceses por la una, y por la
otra los saboyanos, con el objeto de caer unidos sobre Milán. Apoderáronse del
fuerte de Fontanelle, aunque con muerte del mariscal de Toiras, uno de los
mejores capitanes franceses, y rompieron los acueductos que surtian á aquella
ciudad, con que hubo en ella algún espanto. Mas viéndolos separados por el río,
imaginó el de Leganés acometerlos por separado y destruirlos, y juntando con la
idea la obra, fué con D. Martín de Aragón, Capitán general de la Caballería,
hijo natural del conde de Luna, á acometer á los franceses. Recibiéronle éstos
con firmeza en los campos vecinos de Buffarola, confiados en que el duque de
Saboya vendría en su ayuda, y que entre unos y otros oprimirían á los nuestros
con la superioridad del número. Así fué que unos esperando refuerzos, y otros
temiendo que les llegasen, pelearon con increíble obstinación durante diez y
ocho horas seguidas, sin que la noche separase á los combatientes.
Pero á este punto el valor español iba en aumento y
el francés estaba ya enflaquecido, de suerte que parecía nuestra la victoria.
Hubiéralo sido, sin duda, á no[255] ser porque, con
la duración de la batalla, tuvo tiempo el duque de Saboya para echar un puente
sobre el Tessino y venir sobre los españoles. Entonces fué forzosa la retirada;
mas la ejecutaron los nuestros en tan buena ordenanza, que no dejaron en poder
del enemigo ni artillería, ni prisioneros, ni éste se atrevió á moverse de sus
puestos. De esta batalla, que se llamó del Tessino, se tuvieron ambas partes
por victoriosas, mas la gloria quedó por los de España, que hicieron tal riza
en los franceses que, pocos días después de la batalla, sin intentar empresa
alguna se volvieron al Piamonte. Con esto hubo más quejas y más recriminaciones
que nunca entre los aliados, y las cosas se pusieron enteramente de nuestra
parte.
En el invierno de 1637 se acuartelaron los
españoles en el Placentino á costa del duque de Parma, y este Príncipe,
viéndose tan próximo á perder sus Estados, se apresuró á pedir la paz, que no
obtuvo de Leganés, sino cediendo á España la fortaleza de Sabionetta. En tanto
los grisones, ofendidos de la vanidad francesa y de lo cara que les hacían
pagar su alianza, se concertaron con los españoles y los imperiales sobre la
Valtelina, expulsando de su territorio al duque de Rohan con su gente. No
quedaron satisfechos los antiguos deseos de España de poseer el valle; pero
siempre fué ventaja el cerrarles aquella puerta á los franceses. Continuando la
guerra contra el duque de Saboya, tomó el marqués de Leganés á Niza de la
Palla. Hubo dos encuentros entre las tropas del Marqués y las del Duque, el uno
en Rocca de Arasa, y en Montbaldon el otro, donde se peleó con encarnizamiento,
pero sin consecuencia alguna. Así[256] fué que el
saboyano cantó la victoria; pero con igual ó mayor razón pudieron cantarla los
nuestros. Murió en esto (1637) el Duque, dejando por heredero á un Príncipe de
seis años, bajo tutela de su madre Cristina, hermana del Rey de Francia.
Ocioso parece decir que la Regente se declaró
contra España, como su marido, ajustando un tratado de alianza ofensiva y
defensiva con nuestros enemigos. Hallábanse de nuestra parte los dos Príncipes
de Saboya, hermanos del Duque difunto, y tanto que el uno de ellos, Tomás,
mandaba ejército nuestro en Flandes. Discurrió el Conde-Duque oponer á la
regencia de la madre la de los hermanos; acogieron éstos con regocijo el
intento, y no fué mal recibido tampoco en los pueblos de Saboya, disgustados
del gobierno de Cristina, con lo cual el príncipe Tomás vino de Flandes á
Italia. Encontró allí al marqués de Leganés triunfante, porque habiendo sitiado
á Bremo la puso en pocos días á punto de rendirse: acudió al socorro desde
Turín, donde estaba el mariscal de Crequi con el ejército francés, ya un tanto
recobrado de los quebrantos que había padecido en la campaña anterior, y
pretendió forzar nuestras líneas; pero al venir á reconocerlas cayó muerto de
un cañonazo, con lo cual quedaron desconcertados los suyos, retirándose él y
capitulando la plaza. Dividió nuestro ejército en dos trozos el de Leganés:
entró con uno de ellos por el Montferrato, y los Príncipes de Saboya entraron
con el otro por el Piamonte, reclamando la regencia del Ducado.
Habíase pactado en un convenio hecho en Vaíniero
antes de comenzar la campaña entre el príncipe Tomás y el marqués de Leganés,
que las plazas que opusie[257]ran resistencia y fueran
tomadas por fuerza de armas, quedarían en poder de España para siempre. Con
esto fué más fácil la conquista de algunas plazas, porque los Gobernadores
saboyanos y piamonteses, las rendían sin resistencia á los Príncipes pretensores
de la regencia. Así se tomó á Quierz, á Montcollier é Ivrea. D. Juan de Garay
rindió en tres asaltos á Verrua; el marqués de Leganés ganó en persona á
Crecentino, y el príncipe Tomás se apoderó de Chivas, por sorpresa. Acudieron
muchos saboyanos á alistarse debajo de las banderas de los Príncipes, y así se
mostraron tan poderosas nuestras armas que el cardenal de la Valette que,
muerto Crequi, había venido á mandar á los franceses con las reliquias de su
gente, hubo de encerrarse en Turín. No se atrevieron á sitiarle allí los
nuestros todavía, y revolviendo sobre otras plazas menos importantes, ganaron en
pocos días á Asti, Villanueva de Asti, Churasco, Trusasco y otras muchas. El
príncipe Tomás derrotó un trozo de gente enemiga que pareció en campo,
causándole de pérdida dos mil hombres, y en seguida innumerables lugares y
castillos vinieron á nuestra obediencia. Trin, plaza fortísima de Piamonte,
opuso mayor resistencia; pero al fin la tomó por asalto á escala vista el
marqués de Leganés con muerte de muchos franceses. Montcalvo, Ponte Tuca,
Saluces, Coni y Villafranca cayeron también en nuestro poder. Richelieu, que
había mirado hasta entonces friamente las pérdidas de la Duquesa Regente para
obligarla á ponerse del todo en sus manos, viendo tan próxima su total ruina,
ajustó con ella un tratado y envió numerosas tropas á socorrerla al mando del
duque de Longueville. Alentado con estas nuevas salió[258] el
cardenal la Valette de Turín, púsose sobre Chivas, y la tomó sin que los
españoles pudieran socorrerla, aunque lo intentaron, antes con alguna pérdida
hubieron de abandonar el empeño.
Pero entre tanto, el príncipe Tomás llevó á cabo
otro de tanta ó mayor importancia, que fué la toma de Turín. Acercóse de noche
á la ciudad, y aplicando un petardo á una de las puertas la rompió y entró con
sus tropas. No pudieron los contrarios oponerle resistencia alguna, porque
dentro de la ciudad tenía el Príncipe muchos parciales y aun algunos soldados
que acudieron á la señal en armas. La Duquesa Regente se refugió medio desnuda
en la ciudadela. Allí se fortificó con su gente mientras llegaban los franceses
al socorro. Vinieron éstos; pero vino también el marqués de Leganés con todo el
ejército español, y de una y otra parte se comenzó el sitio, defendiendo los
saboyanos y franceses la ciudadela, y atacándola desde la ciudad y el campo los
nuestros. Esperábase la rendición, cuando por mediación del Nuncio del Papa,
Caffarelli, se ajustó una suspensión de armas de ochenta días entre ambas
partes. Mostró en ella el marqués de Leganés, que si tenía grandísimo esfuerzo,
dando con él ejemplo á sus soldados para vencer algunas veces, tenía escasos
talentos militares. Tal tregua no podía traernos ventaja alguna, y, en cambio,
daba espacio y lugar á los franceses para reforzar y mejorar sus cosas.
Desaprobóla el príncipe Tomás, y con ocasión de ella nacieron diferencias entre
éste y el General español, no poco perjudiciales en adelante. Pronto se dejaron
ver las resultas.
Habiendo muerto en aquella sazón el cardenal de la
Valette, vino el conde de Harcourt á gobernar las[259] armas
francesas. Y no bien terminada la tregua, se puso el nuevo General en campo,
abasteció algunas plazas de las que quedaban por él todavía, y rindió á Quierz,
que era de mucha utilidad para conservar la importante posesión de Chivas: en
seguida se fortificó no lejos de aquella plaza para aguardar refuerzos.
Imaginaron los nuestros cogerle allí entre dos ejércitos y destruirle, y al
efecto salió de Turín el príncipe Tomás con cinco mil hombres, y el de Leganés
con quince mil se adelantó á Quierz y tomó todos los puestos y comunicaciones,
de suerte que el enemigo parecía ya reducido á la mayor escasez y miseria.
Harcourt supo burlar á nuestros capitanes. Levantó su campo una noche, y antes
de amanecer se halló tan lejos de los españoles que no era posible ya obligarle
á que viniese á batalla. Mas como el río Routa viniese muy crecido, tuvo el
francés que detener la marcha para fabricar un puente á la ligera, y entre
tanto el príncipe Tomás se apareció delante de su vanguardia con las tropas que
traía, y algunas compañías del marqués de Leganés se rozaron con su
retaguardia, comenzando á escaramucear. Harcourt, sin vacilar un punto, se
arrojó sobre las tropas del príncipe Tomás, compuestas de italianos parciales
suyos, nuevos é inexpertos en las armas, y las rompió al primer choque:
apresurando luego la construcción del puente, antes de que llegase el grueso de
los españoles, pasó el río y se escapó de nuestras manos favorecido también de
la noche.
Tal fué el último suceso de esta campaña, y en la
de 1640, ya muy reforzado el francés, comenzó el primero las hostilidades con
mucha furia, y rindió los castillos de Busque, Dronner y Brodel y la ciudad de
Revel.[260] Tampoco los nuestros tardaron mucho en
salir á campaña. Mientras el príncipe Tomás proseguía el asedio de la ciudadela
de Turín, sitió el marqués de Leganés al Casal. Vino al socorro el conde de
Harcourt, y acometiendo á los españoles dentro de sus trincheras se trabó una
batalla terrible. Por tres veces rechazaron los nuestros á los enemigos; pero á
la cuarta penetraron éstos por el cuartel del Maestre de campo D. Fernando del
Pulgar. Leganés no acertó á tomar las medidas convenientes en aquel trance, y
todo el ejército fué forzado á retirarse con sumo desorden, dejando mil
prisioneros y muchos muertos, la artillería y caja militar en poder del
enemigo. La mala composición de aquel ejército, que era ya de extranjeros en la
mayor parte y soldados bisoños, excusa en algún modo la derrota de Leganés;
pero ella fué funestísima para nuestras armas en Italia. Alentado el francés,
cayó sobre Turín, y no sólo metió socorro en la ciudadela, sino que sitió al
príncipe Tomás dentro de la ciudad. El marqués de Leganés se puso con su gente
á los pasos por donde podían venir á los franceses socorros, y en pocos días
los redujo á tal estado que apenas tenían que comer, siendo bastantes los
pasados y fugitivos. Con todo, Harcourt no cejó en su empeño, antes bien se
atrincheró en dos líneas fortísimas, la una que miraba á la ciudad, la otra al
campo de los españoles. Era de ver el revuelto aparato y disposición de armas
que allí había, porque el príncipe Tomás sitiaba desde la ciudad á la
ciudadela, y los enemigos sitiaban por fuera á la ciudad, y el marqués de
Leganés los asediaba luego á ellos desde su campo. Pasaron días y días en este
estado, hasta que al fin se aca[261]baron de todo punto
las municiones y los víveres en la ciudad, y el príncipe Tomás instó para que
se le socorriese. Acometió el marqués de Leganés las trincheras enemigas por
una parte, mientras por otra iba á ellas Carlos de la Gatta, buen capitán
napolitano, y el príncipe Tomás hacía una salida. Fué rechazado el Marqués,
aunque peleó esforzadamente como solía, y puesto que la Gatta rompiese la
línea, fué para mayor desdicha, porque no pudiendo pasar con él víveres ni
municiones, no hizo otra cosa que meter en la ciudad cerca de seis mil hombres
más, los cuales, no habiendo que comer, apresuraron la rendición.
Intentó todavía el príncipe Tomás romper en otra
ocasión las líneas; pero aunque peleó con desesperación no pudo lograrlo, y más
que las tropas del de Leganés que debían embestir por otro lado, mal dispuestas
y dirigidas, no llegaron á tiempo, con que fué inútil el combate. Al fin
capituló la plaza, saliendo la guarnición española y las tropas italianas con
todos los honores de la guerra. Crecieron con esto las diferencias entre el
príncipe Tomás y el marqués de Leganés, atribuyendo á éste el primero, que á
todo intento le hubiese dejado solo en las salidas; entorpeciéronse las
operaciones y todo llevaba traza de perderse en un punto, cuando el
Conde-Duque, por esta vez acertado, aunque ya tarde, mandó venir á España al
marqués de Leganés, dando el gobierno de Milán al conde de Siruela, D. Juan
Velasco de la Cueva.
No estaban quietas en tanto las fronteras del
Pirineo. Concertó el Virrey de Navarra, D. Francisco de Andía, marqués de
Valparaíso, con el Conde-Duque, el modo de ejecutar una diversión en Francia
por aquella parte.[262] Era el Marqués más
cortesano que capitán, y así fueron los efectos. Bajó de improviso los
Pirineos, seguido de algunos trozos de gente mal armada, que á mucho dudar
podía llamarse ejército. No lo entendieron los franceses sino en ocasión que se
hallaba ya destruyendo y ocupando Siburo, San Juan de Luz, Socoa y la Tapida,
lugares de la Gascuña. Pudieron tomar á Bayona, según era el descuido de la
provincia, á no detener, sin razón plausible, su marcha con lo que se dió
tiempo á los franceses para volver sobre sí, y perseguido por ellos hubo de
tornarse á nuestra frontera, dejando guarnecidos y fortificados á gran costa
todos los puestos conquistados. Así se conservaron algunos días, no hallándose
los franceses con fuerzas para sitiarlos todavía, cuando se determinó en Madrid
el evacuarlos, y sin que nadie las embistiese ni acosase, salieron de ellos las
guarniciones apresuradamente, dejando abandonada cantidad de víveres y
municiones y perdido el dinero empleado en la fortificación.
Asombra la poca cordura con que se encaminó toda
aquella empresa; la precipitación en comenzarla sin bastante fuerza para ello,
y acaso más la precipitación en dejarla tan sin motivo y con tanto daño. Dióse
orden poco después al Virrey de Cataluña, D. Enrique de Aragón, duque de
Cardona, para que dispusiese otra diversión por la parte del Langüedoc, y
reuniendo hasta dos mil infantes y dos mil caballos, la mayor parte catalanes,
con el conde Juan Cervellón, Maestre de campo general, venido de Milán para el caso,
se puso sitio á Leucata. Ya se daba la plaza por rendida, cuando sobrevino el
duque de Halluin, Federico de Schomberg, que gobernaba á Langüedoc, con un
ejército.[263] Sorprendió el francés á los nuestros
en sus cuarteles, ya entrada la noche de un día en que iban á cumplirse los
veintinueve de sitio: huyeron al primer empuje de los enemigos las milicias del
Rey, que poco prácticas en tales trances, apenas supieron ponerse en orden;
sostuviéronse los tercios catalanes, aunque también bisoños, y los jinetes de
Castilla: el combate fué sangriento y obstinado, y al fin unos y otros se
retiraron teniéndose por vencidos; los españoles fuera de las líneas que
ocupaban, los franceses á su campo. Mas el de Cardona sin reparar en el
desconcierto de los enemigos, que era casi tanto como el de los suyos,
emprendió al día siguiente su marcha hacia el Rosellón, abandonando la
artillería y bagaje, con que tuvo el suceso apariencias de completa derrota.
Harto compensó esta pérdida la victoria de Fuenterrabía, que fué de las más
gloriosas que hubieran alcanzado nuestras armas.
Para devolvernos Richelieu las entradas que
habíamos hecho por el Pirineo, envió acá un ejército de veinte mil infantes y
dos mil caballos á las órdenes del duque de Enghien y del de la Valette, los
cuales sentaron su campo delante de Fuenterrabía. Al propio tiempo, una
escuadra francesa, al mando del Arzobispo de Burdeos, vino á bloquear la plaza.
Defendióse muy bien la escasa guarnición que allí había; pero pronto empezó á
sentir la falta de vituallas, que ocasionaba el cerco tan estrecho por mar como
por la parte de tierra, y la rendición parecía segura. Aumentó la probabilidad
un funesto accidente. Catorce galeras y otros cuatro bajeles equipados para
meter socorro en la plaza, fueron destruídos en la rada de Guetaria por la
armada del[264] Arzobispo. Con todo, no desmayaron
los sitiados, resueltos á defenderse hasta el último trance. Las minas habían
ya hecho practicable la brecha, y estaba á punto de darse el asalto, solamente
por negligencia diferido, cuando llegó al socorro un ejército reunido costosamente,
pues hasta de Flandes vino gente para él y á las órdenes del esforzado
Almirante de Castilla, D. Juan Alonso Enríquez de Cabrera, duque de Medina de
Río-Seco, y del marqués de los Vélez, Virrey á la sazón de Navarra, asistidos
de la industria y valor de Carlos Caracciolo, marqués de Torrecusso, capitán
napolitano más valeroso que prudente, pero de mucha práctica en la guerra y muy
leal á su Rey y al servicio de España. No era nuestro ejército tan lucido ni
tan experimentado como el de los contrarios; pero suplió el valor á todo.
Mandaban los cuarteles franceses el de Enghien, y el Arzobispo, que había ido á
tomar parte en las operaciones con los soldados de los bajeles. Acometiéronles
los españoles con inaudito esfuerzo, de tal manera que, sin poder resistirles,
huyeron al primer ímpetu los franceses, abandonando sus reductos. Forzó con su
tercio el marqués de Mortara los puestos que defendía el mariscal de la Force
con tres mil soldados, debiéndosele, por consiguiente, muy principal parte del
triunfo. Tal fué, que en un momento todo el ejército enemigo se lanzó en
precipitada fuga hacia el mar; cayeron más de ochocientos al filo de la espada,
y fueron más de dos mil los que se ahogaron antes de ganar los bajeles, dejando
en poder de los nuestros muchos prisioneros y toda la artillería.
Pocos en todo fueron los que se salvaron, no
parando de correr hasta Bayona, y de los primeros el duque de[265] Enghien,
hijo del príncipe de Condé, y los otros capitanes, que tuvieron más cuenta con
la vida que no con la honra que perdían. Levantóse allí la fama del gran
Almirante de Castilla, á punto de no ser más empleado en mucho tiempo, que
tanto pudieron la envidia y la emulación árbitras por entonces del Gobierno;
cubriéronse de gloria Mortara y Torrecusa, y con tales capitanes y soldados,
España se creyó todavía invencible.
Pero así como el suceso de Leucata puso aliento en
los nuestros para el socorro de Fuenterrabía, la afrenta que aquí padecieron
los franceses, los movió á emprender con más ahinco alguna cosa de importancia
en nuestras fronteras. Fióse el desagravio al mismo duque de Enghien, que entró
por el Rosellón con veinte y cuatro mil infantes y cuatro mil caballos,
repartidos en tres trozos, trayendo al duque de Halluin por segundo en el
mando. Acometieron el castillo de Opol, fortaleza algo importante, que se rindió
con poca defensa; de suerte que el Gobernador, que era flamenco, pagó su
flaqueza con la vida en Perpiñán. Entraron en seguida en Rivas Altas, Claires y
otros lugares abiertos; pusieron sitio á Salsas, y corrieron el campo hasta
Perpiñán. Dióles una rota D. Alvaro de Quiñones, degollándoles un buen trozo de
caballería con muchos capitanes y personas de cuenta; pero ellos en tanto
combatieron á Salsas con mucha furia. Comenzóse á juntar el socorro en Cataluña
esperando todos que la plaza se sostendría largos meses; pero habiendo volado
los franceses algunas minas con mucho efecto y daño, rindióse el gobernador
Miguel Llorente Bravo, que hasta entonces se había mostrado valeroso, con no
poca afrenta.[266] Fortificáronse allí los enemigos
cuidadosamente, y dieron el gobierno del presidio á Mr. de Espenan, capitán
hábil y esforzado. Las nuevas de este suceso conmovieron á toda España.
Decretáronse levas extraordinarias; recogióse de todas partes el dinero que se
pudo; excitóse el celo de los Grandes de Castilla para que acudiesen á la
defensa del reino y el de la provincia de Cataluña, llena de patriótico ardor
contra los franceses.
Fué noble el impulso y necesario, porque
verdaderamente aquella era la puerta de España; pero debió hacerse antes ó
guardarlo para más tarde; aquello, para evitar la pérdida, y esto para que no
costase tanto el cobro. Aconsejaban los prácticos que se dilatase la empresa
por ser ya los últimos meses del año; pero no se oyó el consejo. Encargóse á D.
Felipe de Spínola, hijo del célebre D. Ambrosio, y por su muerte, marqués ahora
de los Balbases, el mando del ejército que era muy grueso para aquel tiempo, como
que algunos lo hacen subir á veinticuatro mil infantes y tres mil caballos, de
ellos quince mil catalanes bisoños, y el resto castellanos y extranjeros de los
tercios de Mortara, Moles, Molinghen, y otros, vencedores en Fuenterrabía: el
todo más lucido que robusto ni experimentado. El ejército francés, que estaba
aún delante de Salsas, se retiró al aproximarse los nuestros; con todo hubo un
combate entre alguna infantería suya y tropas nuestras bastante ventajoso.
Apretóse el cerco, y á la par comenzaron las enfermedades á hacer estragos en
el campo español. Las obras de sitio comenzaron de prisa; pero las aguas las
destruyeron de un golpe cuando estaban muy adelantadas, y se pensó en rendir[267] por hambre la plaza. Vino bien para esto que el
duque de San Jorge, hijo del marqués de Torrecusso, y don Alvaro de Quiñones
destrozasen en un encuentro un buen golpe de caballería enemiga que andaba por
aquellas inmediaciones atenta al socorro; porque así, privados de él, fué á
poco muy grande la escasez de bastimentos en los defensores. Resolvióse
entonces el duque de Enghien á venir en persona á levantar el cerco, pero fué
rechazado dos veces: la una, más bien por un temporal horrendo que se declaró
aquel día, que no por nuestros soldados; la otra, á pica y espada. Asaltó en
esta última ocasión nuestras trincheras el de Enghien con seis mil soldados
escogidos, y aunque pelearon con mucho valor fueron rechazados con más, y
puestos en fuga, dejando mil trescientos cadáveres en el campo. Pero entre
tanto, de aquel ejército nuestro tan brillante, no quedaba apenas la mitad,
muertos el resto de las enfermedades y trabajos. Fué preciso traer nuevas
tropas de socorro, levantadas principalmente en Cataluña, donde los naturales
se aprestaron gustosísimos á la empresa, y con eso los franceses, aunque de
nuevo aparecieron en campo, no se atrevieron más á dar batalla: con que tuvo
que rendir la plaza su gobernador Mr. de Espenan, después de haberla sostenido
con todo género de salidas y defensas; mas salió con los honores de la guerra.
No les quedó tras esto á los franceses por aquella parte otra fuerza que la de
Opol, quizás menospreciada, y el ejército español, sin acometer otra empresa,
vino á tomar cuarteles de invierno en el Rosellón y Cataluña.
Fué no menos empeñada y sostenida que la de tierra
la guerra marítima, dado que en el último término se[268] nos
mostrase más adversa la fortuna. No bien se abrieron las hostilidades, una
escuadra española, compuesta de veintidós bajeles, al mando de D. García de
Toledo, marqués de Villafranca, duque de Fernandina, hijo del gran D. Pedro y
hermano del hábil almirante D. Fadrique, uno y otro difuntos, y al mando
también del marqués de Santa Cruz, entró en el golfo de León y se apoderó de
las islas de San Honorato y Santa Margarita, dejándolas guarnecidas y
fortalecidas, con lo cual las costas de Provenza quedaron á merced de los
españoles. Mantuvimos aquellos puestos no sin gloria ni ventaja; pero al cabo,
sobreviniendo la escuadra francesa que gobernaba el Arzobispo de Burdeos con
tropas que desembarcaron á las órdenes del conde de Harcourt, perdiéronse ambas
islas, bien defendida la de Santa Margarita por su gobernador D. Miguel Pérez,
y no rendida sino por falta de socorros; cobardemente entregada la de San
Honorato, sin espera ni defensa bastante, por D. Juan Tamayo, que allí mandaba.
Mientras nuestros bajeles llevaban á cabo aquella conquista, los de Francia se
habían presentado delante del Grao de Valencia, desembarcando gente que osó
llegar hasta la ciudad y ponerla sitio. Volvía el marqués de Santa Cruz con sus
galeras de la expedición de Provenza, cuando supo estas nuevas, y cayendo sobre
los contrarios destruyó muchas de sus naves y los forzó á reembarcarse con
pérdida considerable.
Mas fortuna que por acá tuvo la marina francesa en
las aguas de Génova, donde hubo un reñido combate entre algunas galeras suyas y
otras nuestras, y quedó de su parte la ventaja. Destruyeron también la flota
dispuesta para el socorro de Fuenterrabía, como arriba[269] dejamos
dicho, y de esta suerte pensaron olvidar la rota que les dió el de Santa Cruz
delante de Valencia. Pero no tardaron en tocar en ellos un nuevo desengaño
(1639) en las costas de Galicia. Determinado Richelieu á divertir también
nuestra atención por aquella parte, juntó una armada la más poderosa que hasta
entonces hubiese salido de los puertos franceses, como que constaba de más de
sesenta velas al mando del buen Arzobispo de Burdeos, que del todo aparecía
apartado de los asuntos eclesiásticos y consagrado sólo al oficio del mar y de
las armas. Presentóse esta escuadra delante de la Coruña. Estaba cerrado el
puerto con unas cadena de mástiles gruesos, bien trincados con fuertes gumenas
y argollas de hierro que corrían de uno á otro de los dos castillos que la
defendían; afirmada toda la obra en grandes áncoras, y tomados todos los
puestos y bien guarnecida la costa. Cobró miedo el enemigo, y no osando
acercarse, se entretuvo tres días en disparar de lejos á la plaza y á la armada
allí surta que mandaba D. Lope de Hoces, sin efecto, antes con propio daño.
Luego desistiendo de aquel empeño, se arrimó al Ferrol y desembarcó allí alguna
gente, la cual, acometida al punto de los nuestros, fué rechazada después de
cuatro horas de cruel pelea, y al fin tuvo que reembarcarse.
No le cupo más gloria al Arzobispo en la empresa de
Laredo. Desembarcó en aquella villa indefensa y dijo misa en su iglesia; pero
no osó acometer el ingenio ó fábrica de artillería que allí se miraba, donde
hubiera logrado gran presa, y se volvió á sus naves. Al saberlo el Arzobispo de
Burgos, recogió toda la gente que pudo y corrió al encuentro del enemigo; que
fuera de ver, si se encontraran, á tales tiempos, tal batalla en[270] los prelados. Pero el de Burdeos, después de
amagar también á Santander con poca fortuna, aunque allí dió á las llamas los
astilleros, se hizo á la vela para sus puertos, y sobreviniendo tempestades,
aquel gran armamento francés se deshizo por si propio con mucha pérdida y
ninguna ventaja.
Pronto habíamos de tener por venturosos á los
franceses comparando su fortuna marítima con la nuestra. Afrentada con los
insultos que padecían nuestras costas, determinó la Corte hacer un esfuerzo y
traer armada al mar que pusiese respeto en los contrarios. Tales providencias
se llegaron á tomar, que en breve tiempo se juntaron en la Coruña setenta
bajeles y de nueve á diez mil buenos soldados. Dióse el mando á D. Antonio de
Oquendo, marino antiguo y experimentado, disponiendo que la jornada se hiciese en
derechura á Flandes, navegando de tal manera, que si en el pasaje se presentase
alguna armada, se aventurase todo á trueque de conseguir su ruina. Al medio mes
de navegación llegaron los españoles al Canal de la Mancha, y tropezando con la
escuadra holandesa que mandaba Tromp pelearon seis horas con ella, haciéndola
retirar al cabo para aparejarse á nueva batalla recibido el socorro que
esperaba. Vínole, con efecto, y holandeses y españoles pelearon de nuevo
catorce horas seguidas con ventaja de los nuestros, que forzaron á los enemigos
á recogerse en Calais. Pero eran grandes las averías y los heridos y muertos
del combate, y más aún apuraba á los nuestros la falta de pólvora, de suerte
que al fin tuvieron también que ampararse de las Dunas en la costa de Inglaterra.
Allí permanecieron muchos días antes de lograr de los ingleses pólvora y
socorro algu[271]no; y entre tanto de todos los puertos
de Holanda salieron cuantos bajeles había disponibles, y juntándoseles algunos
franceses, bien prevenidos y municionados todos, vinieron sobre la escuadra de
España. Ascendió de esta suerte la contraria á ciento diez naves con diez y
ocho brulotes, los cuales tomaron la boca del puerto para impedir que los
nuestros saliesen. En tal punto las cosas dispuso Oquendo enviar á Duquerque
todo el caudal y tropas de refuerzo que llevaba á Flandes, y lo logró sin ser
sentido de los holandeses. Reforzó también sus bajeles, despidiendo á muchos de
los que traía de transporte y contratados, y se aparejó á salir á pelear con
los enemigos, á pesar de verse tan inferior en fuerzas. Mas éstos estaban ya de
acuerdo con los ingleses, y al anochecer de cierto día en que los españoles
estaban surtiendo de pólvora los bajeles para salir al mar sin sospechar algún
peligro, se metieron dentro del mismo puerto. Defendiéronse los nuestros con
más valor que podía esperarse de la mala prevención y descuido en que estaban,
creyéndose en puerto amigo; pero con todo eso perdimos la mayor parte de los
bajeles, bien apresados, bien quemados por los contrarios; de ellos fué el
llamado Santa Teresa, de ochenta cañones, que mandaba aquel D.
López de Hoces, capitán valerorísimo, con quinientos mosqueteros, la flor de
España, y ochocientos hombres de marinería. No se salvó en tal bajel un solo
hombre.
La escuadra inglesa que guardaba aquellas costas,
hizo fuego sobre los combatientes para que respetasen la neutralidad del
puerto; pero lo hizo de modo que no causaron daño en los holandeses, y en los
nuestros lo causaron inmenso. Quejáronse los españoles de trai[272]ción
y no sin motivo; todos los documentos y pormenores persuaden que la hubo. Mas
ello fué que España perdió la mejor de sus naves, y entre más de catorce mil
muertos ó prisioneros, muchos de aquellos soldados viejos con que contaba
todavía para defender su suelo y sustentar su gloria. No mejor suerte corrían
al propio tiempo nuestra marina y nuestras cosas en las costas del Brasil y de
África.
Una escuadra holandesa de nueve bajeles embistió el
fuerte de San Jorge de la Mina, establecido por los portugueses en las costas
de Guinea, y lo rindió sin mucha dificultad. Quisieron luego los contrarios
apoderarse de otro que se nombraba Arzin; pero la conducta firme del Gobernador
los hizo desistir del propósito.
Mayores fueron en el Brasil las pérdidas, atacando
aquellas provincias los holandeses en diversas ocasiones, y causando siempre
daños sin cuento. Vencidos y echados de allí por D. Fadrique de Toledo, no
tardaron en venir á reparar el ultraje, y desembarcando numerosas tropas,
lograron en tres campañas, funestamente felices, traer á su obediencia mucha
parte del territorio, rompiendo diversas veces á las tropas portuguesas que les
salieron al paso. Tales triunfos movieron á los enemigos á hacer mayor esfuerzo
todavía para ganarlo todo de un golpe, y enviaron allá al conde Mauricio de
Nassau, deudo del de Orange, con poderosa armada. Banjola, que mandaba á los
nuestros, no bien supo la llegada del conde Mauricio salió á ponérsele delante,
pero no con más fortuna que otras veces, porque la gente de indígenas y
portugueses que traía, poco diestra y valerosa, huyó en dos encuentros que hubo
sin[273] disputar muy largamente la victoria. Con
esto se apoderó Mauricio de muchas plazas y llegó á sitiar á San Salvador; pero
aquí no le salieron como creía sus pensamientos, porque en una salida que
hicieron los defensores le mataron mucha gente y le forzaron á alzar el campo.
Con todo, aquellas cosas continuaron ofreciendo
gran peligro, y nuestra Corte, á pesar de sus apuros marítimos, determinó
enviar allá gruesos socorros. Juntóse una armada de cuarenta y seis bajeles con
cinco mil hombres de desembarco, y se puso al mando de D. Fernando Mascareñas,
conde de Torre. Navegó esta escuadra con mucha felicidad al principio; pero á
mitad del camino cayó la peste sobre las naves y murieron más de tres mil
hombres, quedando los demás extenuados. Hubo aún la desgracia de que por haberse
dado espera al desembarco, la armada se extraviase por aquellos mares y
estuviese algún tiempo sin poder arribar de nuevo. De aquí nació que cuando D.
Fernando Mascareñas, desembarcada la gente y reunida la que allí quedaba se
puso en campo, estuviese ya á la vista el socorro de los holandeses que salió á
las nuevas de nuestros armamentos. Y á la verdad, mirábanse éstos tan
disminuídos con las anteriores campañas, que sin él no hubieran podido
sostenerse un punto. Cuarenta y uno fueron los bajeles de guerra que trajo el
enemigo, y por general á Guillermo Looff, hábil marinero. Salieron en busca de
ellos los nuestros, que no eran menos ni inferiores, al mando de Mascareñas y
se trabaron varios combates, en uno de los cuales el Almirante holandés perdió
la vida sin verse ventaja de una ni de otra parte. Pero Huighens, en quien
recayó[274] el mando de la escuadra enemiga, sin
perder aliento provocó un combate decisivo, y en él después de largas horas de
lucha, fueron los nuestros completamente deshechos, aunque no sin gran pérdida
del enemigo. De toda aquella armada solamente seis bajeles volvieron á España.
Y cierto que serían de extrañar tan repetidos desastres en los mares, si no se
sospechase ya que consistían en la mala disposición de las flotas. Armábanse de
prisa, tripulábanse con soldados de tierra y chusma ignorante, y los más de los
bajeles no eran construídos para la guerra, sino arrancados aquí y allá al
comercio ó comprados y aun alquilados á mercaderes extranjeros. Solo los navíos
llamados de Dunquerque, construídos para la defensa de aquellas costas, eran
buenos y los de Nápoles gloriosos desde la época del gran duque de Osuna. Naves
portuguesas, genovesas, algunas inglesas y pocas, muy pocas castellanas,
formaban principalmente en aquel tiempo las escuadras, que con tan poca honra y
fortuna paseaban nuestra bandera por los mares. Con la derrota del Brasil y la
que antes habíamos padecido en el Canal de la Mancha, parecía aniquilado
nuestro poder marítimo; y fué cosa de maravillar cómo pudimos en adelante
hallar bajeles todavía para defender nuestras costas y aun para vencer en
algunas ocasiones.
Imposible será referir aquellos accidentes de tan
costosa y dilatada guerra, sostenida á un tiempo en Europa, en las fronteras
del Pirineo, en Italia, Flandes, Alemania, el Franco-Condado y á la par en las
demás partes del mundo. Y en todas las costas y mares. Jamás alarde más grande
ni esfuerzo más desesperado hizo nación alguna, que éste que estaba haciendo la
Monar[275]quía española, peleando por todos lados con
tan desiguales medios y armas; donde quiera imponiendo, aunque tan enferma,
respeto y espanto á sus enemigos. Pero se estaba ya en el año de 1640, y el mal
penetraba en el corazón; el incendio estaba ya encima; oíase el chisporroteo de
los combustibles; sentíanse las llamaradas, y el humo ennegrecía el horizonte.
La hora de la muerte era llegada para la agonizante grandeza de España; sus
cimientos estaban socabados del todo, y una ráfaga de viento que pasase la
haría desplomarse.
Y sin embargo, en Madrid no se notaba aún señal de
temor ó de tristeza. Celébranse no sólo cada victoria, sino cada rumor de
ellas, verdadero ó falso que corre, con los festejos de costumbre, y no pocas
veces se hacen sin pretexto alguno. De los más señalados fué uno en que hubo
cierta comedia de magia, ó más bien alegoría, con el título de la Circe,
invención de un tal Cosme Loti, la cual se representó sobre el estanque grande
del Retiro, con máquinas, tramoyas, luces y toldos, fundados parte en el lecho
mismo del estanque, parte sobre barcas que iban á la par navegando. Yendo la
representación á punto en que se fingían tormentas, se levantó una tan
verdadera, con tal torbellino de viento, que lo desbarató todo y algunas
personas peligraron de golpes y caídas; mas con todo, no se desistió del
espectáculo, y á pocos días después tuvo lugar delante del Rey y la Corte
primero, y luego delante los Consejeros, comunidades religiosas y pueblo. Pero
acrecentándose cada día más la afición al arte dramático, donde más de continuo
asistía el pueblo era á los teatros ó corrales, y el Rey y los cortesanos,
principalmente, á las salas del Buen Retiro, donde se ha[276]cían
algunas improvisadas por los primeros poetas de la época, que allí mismo
tramaban el plan, y repartiéndose los papeles las ejecutaban ellos propios
siguiendo á su voluntad los diálogos.
Con tal género de ayuda no tardó el arte en ponerse
en alto punto de esplendor. Los antiguos corrales de la Cruz y del Príncipe se
convirtieron en teatros, para aquel siglo muy lujosos, y todo el mecanismo de
la imitación adelantaba diariamente, tocando en una perfección hasta entonces
desconocida en Europa. Los representantes, no contentos con las ganancias que
les ofrecía Madrid, se multiplicaban; cruzaban continuamente los caminos, y
desde las más grandes hasta las más pequeñas poblaciones del reino veían
levantarse telones, y ejecutarse comedias, y bailes, y entremeses, y todo
género de espectáculos. Y al compás de esto, Lope de Vega, Calderón, Moreto,
Rojas, Alarcón, fray Gabriel Téllez, conocido por Tirso de Molina, Luis Vélez
de Guevara, Cubillo, Villaizan, Hurtado de Mendoza, Montalbán y otros muchos de
menor nombradía, produjeron obras innumerables, si defectuosas en la
disposición y forma y no pocas veces en el estilo, maravillosas en la invención
y en el enredo; llenas de altos pensamientos, ricas en interés, en diálogos, en
descripciones, en ingeniosos recursos y en todos los prodigios de la fantasía.
¡Lástima que tal arte y tales ingenios no floreciesen en tiempo de más ventura!
Porque es doloroso haber de apuntar afrentas de los hombres á quienes
agradecidos los poetas dramáticos tributaban tanto aplauso y lisonja; haber de
reputar por viles tal lisonja y aplauso; haber de condenar los festejos que
eran germen y vida del arte dramático; haber de baldonar al Rey poeta y[277] al ministro Mecenas por la misma atención, por
el favor mismo que tributaban á las obras y á los autores que tanta gloria nos
han dado en el mundo. Ojalá que el cielo hubiera dado tales ingenios en los
días de nuestra grandeza; ojalá hubiera infundido aquel amor al arte en los
altos Príncipes del siglo de oro de la Monarquía.
Mas ahora no la escena, ni el patio, ni los palcos,
sino la frontera era el lugar donde había de hallarse á los buenos; y no las
flores del Parnaso, sino el sangriento laurel de la victoria lo que debían de
apetecer los españoles. Cada cosa tiene su oportunidad y su tiempo. La poesía
de los vencidos es como el canto de la esclava, tal vez dulce, pero vil;
Esquilo no escribió tragedias sino después que á costa de su sangre vió salvada
á la Grecia en Platea; Corneille, Racine, Voltaire y Moliere, vinieron á tiempo
de añadir grandeza á la grandeza de nuestros vencedores. Miserable espectáculo
ofrecía Felipe IV, regocijado y placentero mientras su hermano, el infante
cardenal D. Fernando, rendido el cuerpo de tan largas campañas y trabajos en
Alemania y Flandes, y acosado el ánimo de presentimientos y temores por la
suerte de la patria, se enflaquecía de hora en hora, y en tan florida edad
inclinaba ya el cuerpo al sepulcro. Faltábanle soldados al buen Infante, y al
Rey le sobraban representantes y truhanes; porque según dejó escrito uno de
ellos con imparcialidad notable, «como su vida era libre y apetecida de gente
moza, se aumentaban considerablemente cada día». No había dinero á punto que el
Rey se echó sobre la plata que trajo en 1639 la flota de Indias, de propiedad
de particulares, tomando la mitad para sí y pagando de la otra mitad mucha
parte en calderilla; despojo inicuo del[278] cual
se habían dado ejemplos en tiempo de Felipe II, pero harto más reprensible
ahora, puesto que no se había de emplear en la defensa de la nación como se
empleó entonces, sino en pagar bacanales y fiestas.
Y en tal pobreza se labraba á mucha costa un teatro
en el Buen Retiro, donde se representasen comedias con más lujo que antes en
los salones, obra grande, según un autor contemporáneo. Allí, entre
comediantes y farsas y bailes, los reyes acabaron de perder su decoro y su
virtud los vasallos. Mostraba gusto la Reina de ver silbar las comedias, y por
agradarla el público vil de cortesanos, dió en silbarlas todas, malas y buenas,
con igual diligencia. Asímismo para que viese la Reina todo lo que pasaba en
las cazuelas de los corrales ó teatros, se representaron bien
al vivo en el Buen Retiro, trayendo mujeres que se mesasen y arañasen unas, que
se diesen vayas ó insultos otras, y mosqueteros ó truhanes que de propósito las
enojasen. También se solían echar entre ellas reptiles que las asustasen, y
«ayudado esto, exclama un contemporáneo, con libertad singular del son de
silbatos, chiflos y castradores, se hacía espectáculo más de gusto que de
decadencia». En esto había venido á parar la admirada gravedad de los Reyes de
España. Felipe, tan ceremonioso, tan absoluto, que se juzgaba un Dios levantado
sobre sus vasallos, tan avaro de sus respetos y autoridad que por conservarlos
había ya hecho derramar mucha sangre y debía hacerla derramar á torrentes
todavía, toleraba tales ruindades en presencia suya y de su esposa é hijos,
dando tales alas á los representantes que uno de ellos, por nombre Juan Rana,
que hacía de gracioso, osó mofar públicamente por los afeites que[279] usaban en el aliño del rostro, durante una de
las representaciones del Buen Retiro, á dos damas de las principales de la
Corte que allí asistían.
Tales liviandades, comunicándose á la nación,
habían ya corrompido por aquel tiempo las venerables costumbres de los
antepasados. No había, especialmente en Madrid, ni decoro, ni moralidad alguna;
quedaba la soberbia, quedaba el valor, quedaban los rasgos distintivos del
antiguo carácter español, es cierto, pero no las virtudes. Pintó D. Francisco
de Quevedo con exactitud los vicios de aquella época nefanda; no hay ficción,
no hay encarecimiento en sus descripciones. Tal franqueza no podía pasar
entonces sin castigo, y así los tuvo el gran poeta con pretextos varios, entre
los cuales hubo uno infame, que fué correr la voz de que mantenía inteligencias
con los franceses. La verdad era que halló medio de poner ante los ojos del Rey
un memorial en verso donde apuntaba las desdichas de la república, señalando
como principal causa de ellas al Conde-Duque. Siguióle el aborrecimiento de
éste hasta el último día de su privanza; y así estuvo Quevedo en San Marcos de
León durante cerca de cuatro años, los dos de ellos metido en un subterráneo
cargado de cadenas y sin comunicación alguna. Aun fué merced que no le
degollasen, como al principio se creyó en Madrid, porque todo lo podía y de
todo era capaz el orgulloso privado. Pero mientras aquel temible censor pagaba
sus justas libertades, la Corte, los magistrados y los funcionarios de todo
género acrecentaban sus desórdenes, y al compás de ellos hervía España, y
principalmente Madrid, en riñas, robos y asesinatos. Pagábanse aquí muertes y
ejercitábase notoriamente el oficio[280] de
matador; violábanse los conventos, saqueábanse iglesias, galanteábanse en
público monjas ni más ni menos que mujeres particulares; eran diarios los
desafíos, y las riñas, y asesinatos, y venganzas.
Léense en los libros de la época continuas y
horrendas tragedias, que muestran no mucho más respeto á las cosas de Dios que
á las cosas de los hombres. Tal caballero rezando á la puerta de una iglesia,
era acometido de asesinos, robado y muerto; tal otro llevaba á confesar á su
mujer para quitarle al día siguiente la vida y que no se perdiese el alma, ya
que el cuerpo pensaba traerlo á tal extremo; éste, acometido de facinerosos en
la calle, se acogía debajo del palio del Santísimo, y allí mismo era muerto; el
otro se despertaba de noche al sentir puñaladas en su almohada, y era que su
propio ayo le erraba golpes mortales, disparados por leve represión ú ofensa.
Una compañía de naturales de Antequera y los soldados del tercio de Madrid,
estuvieron batallando todo un día en Madrid por pequeña ocasión, y se dieron
hasta doce ó más acometidas en las calles, á pesar de haber sacado de una
iglesia el Santísimo Sacramento para aplacarlos. En Málaga, cierto corregidor
prendió por leve disgusto á un hombre principal, y sin forma de proceso le hizo
decapitar de noche, sin confesión y por un esclavo. En quince días hubo, en
Madrid solo, ciento diez muertos de hombres y mujeres, muchas en personas
principales. Hechos todos no de maravillar, ciertamente, en otros países y
épocas, donde se han visto iguales si no mayores, pero increíbles en España,
que tan severas costumbres había heredado de Felipe II y Felipe III,
trascurridos tan pocos años desde la muerte del último Monarca,[281] y estando al parecer más vivos que nunca la fe,
el culto católico y el influjo del clero.
Atribuíanse, por lo común, los crímenes á los
soldados de los tercios que se formaban para acudir al refuerzo de los
ejércitos; y bien podía ser, porque extenuadas y despobladas las provincias de
la continua guerra, agotados casi los hombres valerosos y de espíritu
verdaderamente guerrero, apenas acudía á ponerse debajo de las banderas sino
gente mezquina. Muchos venían á servir por engaño ó por fuerza, y por lo mismo
no tardaban en desertarse, y con temor del castigo echábanse luego á vivir por
malos modos. Otros viciosos y malvados se enganchaban en los tercios mientras
se formaban, y recibido el precio del enganche y las pagas, desertábanse al
salir á campaña, y se quedaban en la corte sin otro ejercicio que el robo y los
crímenes, hasta que de nuevo tornaban á engancharse para volver otra vez á la
deserción y mala vida que solían. Á veces también formaban cuadrillas de
malhechores en despoblado que cometían inauditos desmanes. Mas no eran solo los
soldados; tanto ó más que ellos cometían los naturales de diversas provincias,
y especialmente los de Cataluña.
Allí corrían en cuadrillas, ó por quejosos de la
autoridad ó facinerosos, muchos hombres de valor y conocimiento en el terreno,
burlando las iras de las autoridades y justicias; llamaban á tal vida andar
en trabajo, y había entre ellos sus caudillos y capitanes. Tales ó
semejantes cuadrillas de forajidos se vieron en las llanuras de la desierta
Mancha. Y en tanto los Tribunales del reino tal vez ahorcaban por precipitación
á personas inocentes; y contra los grandes criminales,[282] ó
bien sobornados, ó bien temerosos, mostrábanse muy tibios. La Corte parecía
menos firme todavía en castigar los delitos. Perdonábanse los mayores, ó por la
calidad de la persona, ó por la utilidad solo que de ellos resultaba ó á precio
de dinero y servicios, ó por mero capricho del Príncipe y privados. Así se vió
á D. Pedro de Santa Cilia entrar con alto puesto á servir en los ejércitos y
armadas de España después de haber dado muerte por sus manos á su industria á
trescientos veinticinco personas. Era el D. Pedro, mallorquín, y siguiendo los
impulsos vengativos que asemejaban entonces sus paisanos á los naturales de
Córcega, determinó vengar la muerte de un hermano suyo lanzándose á cometer
tantas y tan crueles, en personas inocentes casi siempre y á manera de bandido.
Á dicha se hallaba en Madrid, cuando sacaron de palacio un caballo que nadie
osaba montar por su braveza; ofrecióse hacerlo Santa Cilia, y lo ejecutó con
tanta habilidad que todos los presentes quedaron maravillados. Viólo también el
Rey; mandóle subir y que le contase su historia, y por último le perdonó y le
admitió á su servicio en gracia de su atrevimiento. Portóse luego Santa Cilia
como soldado y capitán de valor, señalándose en Nordlinghen y en otras
ocasiones; pero el número increíble de sus crímenes pedía á la verdad otra
enmienda y ejemplo de parte de los guardadores de la justicia.
La Inquisición misma, aunque tan severa, y tan
entrometida siempre en las cosas del Gobierno y justicia civil, pasaba por alto
tales desafueros, aun los que más cerca la tocaban, y no ponía atención ni
cuidado sino en los casos de herejía, y en los delitos cometidos contra el
culto ó contra los privados del Rey. Aun sor[283]prende
el ánimo la facilidad con que corrían entonces libros llenos de ideas y
palabras obscenas que no se tolerarían en los tiempos modernos, siendo así que
tan rigurosa censura se ejercitaba contra los autores en todo lo tocante á
pensamientos religiosos y políticos. La desigualdad de los castigos llegó á un
punto, que repugna al sentido común, cuanto más al derecho. Viéronse en los
autos de fe, ó quemadas ó duramente castigadas muchas personas por delitos como
la bigamia, mientras corrían impunemente los más atroces atentados. Cualquier
palabra de doble sentido ó sospechosa en materia de fe ó de culto, era
castigada con más crueldad que el robo de una monja ó la violación de unos votos;
bien que esto último llegó casi á tolerarse como cosa común. Era tan general la
obcecación, que el cronista D. José Pellicer y Tobar, en sus Avisos,
después de narrar los grandes peligros é infelicidades de aquel tiempo,
exclama: «De verdad una de las desdichas que se deben reparar con más atención
y lástima, es ver á España tan llena por todos lados de judíos enemigos de
nuestra santa fe católica.» ¡Singular advertencia cuando las fronteras, la
Hacienda, la Corte y las provincias se miraban de tal modo perdidas! Así todo
parecía ya degenerado; no había en España ni opinión verdadera, ni juicios
exactos, ni vínculo social que se mantuviese en la antigua firmeza. Tan extraña
confusión en las costumbres habían introducido las liviandades de Felipe IV y
de su privado.
Hacia los años de 1640 era Madrid, en suma, como un
tiempo Roma, cabeza extraviada y corazón corrompido de un cuerpo colosal, que
por milagro se mantenía en pie todavía; heredera de glorias y maestra de
iniquidades y torpezas; hija de héroes y madre de viles.
LIBRO QUINTO
SUMARIO
1640.—Propósitos del Conde-Duque: motivos de la
rebelión de Cataluña: sus principios: el conde de Santa Coloma y el marqués de
los Balbases: alojamientos: reclamaciones del Principado: choques entre
soldados y paisanos: rompe el pueblo de Barcelona las puertas de las cárceles:
sedición del día del Corpus: matanza de castellanos y muerte del Virrey:
el Vía fora.—Fiestas que entre tanto celebran en Madrid:
amonestación de un labrador al Rey.—Virreinato del duque de Cardona: sucesos de
Perpiñán: Virreinato de D. García Gil Manrique.—Prevenciones de guerra.—Sucesos
del Rosellón.—Jura el Virreinato el marqués de los Vélez: primeras operaciones:
disposiciones del Conde-Duque sobre Portugal: Suárez y Vasconcellos: el duque
de Braganza: principios de la conjuración: Pinto de Ribeiro: torpezas del
Conde-Duque: burla el de Braganza sus ardides: sublevación de Lisboa: hecho
generoso del capitán Garcés: muerte de Vasconcellos: arresto de la Virreina:
pérdida de la ciudadela y del castillo de San Juan.—Espanto en nuestra Corte:
cómo dió Olivares al Rey aquella mala nueva: disensiones: conjuraciones del
duque de Medinasidonia y del arzobispo de Braga: frústranse ambas: suplicios:
muerte del aleve marqués de Ayamonte: se salva Medinasidonia: su reto al de
Braganza.—Liga de la paz: batalla de Sidam.—Prevenciones de guerra: corrupción
y torpezas.
[286]Dejamos notado ya en otros lugares que los
Monarcas y Ministros infelices de estos tiempos que vamos narrando, hacían
acaso más daño á la Monarquía con sus buenos que con sus malos intentos. Y es
que en las cosas políticas no hay mayor yerro que trocar las ocasiones, y
querer, porque sólo un día fueron posibles, llevarlas cualquier otro á cabo
forzosamente. Harto se probó esta verdad en la expedición que envió Felipe III
contra Inglaterra y en sus proyectos contra Francia; más todavía hubo de recibir
más grande y triste prueba. Nada tan útil como la unidad nacional y el
pensamiento de reunir todas las fuerzas de la Monarquía en un solo punto. Pero
esto no era posible llevarlo á cabo de pronto entre los azares y ocupaciones de
las guerras extranjeras, estando tan flaca como estaba á la sazón la cabeza de
la Monarquía. Sin embargo, tal era el Conde-Duque, que cabalmente eligió
aquella ocasión para traer á ejecución su propósito. Buena enseñanza del modo
con que tales cosas se ejecutan acababa de ofrecer en Francia Richelieu.
Mantuvo al principio la paz todo lo que pudo, aun sacrificando en ella el
orgullo francés; hizo alianzas extranjeras y organizó ejércitos y reunió
tesoros, y cuando tuvo á punto las cosas, comenzó á descargar golpes certeros
contra los protestantes, los grandes señores y las ciudades indóciles y
rebeldes. Así logró á todos rendirlos y reducirlos á la obediencia del Monarca,
en cuyo nombre gobernaba; y el astro de Francia, después de algunos años de
eclipse, apareció más brillante que nunca á los ojos del mundo. No aprovechó la
lección Olivares, que más que estudiar en las[287] obras
de otro, pensaba poner las suyas de ejemplo á todos: tal era su vanidad.
Á muy poco de encargarse del gobierno dirigió al
Rey un papel sobre ello; porque todas las cosas que él quería que le alabasen
las ponía por escrito. Apuntaba allí á más de las razones claras y obvias, que
persuadían la conveniencia de dar unidad á la nación, ciertos sofismas como
aquel de que, «si eran poderosos seis Príncipes moderados, pero bien unidos, se
considerase cuánto más lo podían ser, si se uniesen, los muchos reinos de
España, tanto mayores que los opuestos y tanto más fáciles de ajustar, estando
debajo de una obediencia que esos otros de diversos dueños.» De tal manera
equiparaba el favorito la alianza de nuestras provincias entre sí con la de
Francia, Suecia, Saboya, Holanda y las demás naciones contra nosotros á la
sazón conjuradas. Fué muy alabado el papel de todas suertes, y se enviaron aquí
y allá comisionados que tratasen de ello: á Flandes fué el marqués de Leganés,
y á Portugal el de Castel-Rodrigo. Llamáronse también á la Corte prelados y
personas principales de diversas partes para discutir la unión pretendida. Pero
no se logró, porque no se podía lograr tan fácilmente efecto alguno; y duraron
los tratos hasta que comenzaron las violencias á hacer sus veces, y saltaron de
eso las consecuencias que lloraron todos. Este paso de las negociaciones á las
violencias tuvo por causa en mucha parte los apuros del Erario y las
necesidades de la guerra. Pero es imposible olvidar que otras causas menos
disculpables influyeron también y no poco en su empleo. En esto como en todo la
Monarquía tuvo que llorar con la in[288]capacidad
política del Rey, la vanidad funesta y la imprudencia del favorito y sus
ministros.
Nació poderoso el deseo de humillar con la fuerza á
los catalanes en las Cortes celebradas en Barcelona en 1626. Ya en las de 1623
había quedado disgustado el Rey por la poquedad de los subsidios y resistencia
á manifestar los libros y réditos; pero en estas de 1626, Felipe, al dejar
repentinamente á Barcelona, traía sin duda en su ánimo el propósito de
castigarles. Volvió, sin embargo, benévolamente en 1632 para dejar en su lugar
al infante D. Fernando; y quiso la desdicha que la antigua herida de su agravio
se la resucitase y exasperase con uno suyo el Conde-Duque. Porque habiendo
tenido cierto disgusto sobre el modo de tratar á los catalanes con el noble
Almirante de Castilla, que desde 1623 venía proponiendo moderación en ello, la
nobleza y pueblo de Barcelona, ó sabedora del motivo, ó inclinándose más á
éste, naturalmente, por ser de la casa de Cabrera, tan respetada en el
Principado, mostráronse ostensiblemente en su favor y en contra del favorito.
No era hombre Olivares que perdonase las ofensas hechas á su vanidad; aumentó
en sus consejos el desabrimiento en el Rey, y con sus amenazas y palabras de
cólera dió lugar á que los ministros serviles que le servían comenzaran á
tratar con despego en las cosas á Cataluña. Principalmente el protonotario de
la corona de Aragón, D. Jerónimo de Villanueva, muy favorecido de Olivares,
puso á título de lisonja en completo olvido todas las reclamaciones y negocios
que de allí venían, tratando con tanta dureza á los interesados, que llegaron á
aborrecerle los catalanes tanto ó más que al Conde-Duque, y fué acaso el ma[289]yor causante de los excesos que cometieron. No estaban
ellos á la verdad muy gustosos tampoco desde las Cortes de 1623 y 1632.
Inspiróle á aquel pueblo varonil y laborioso desprecio y cólera la licenciosa
Corte de Castilla; ofendióle sobre manera la vanidad del Conde-Duque, su lujo y
porte; y luego no le agravió poco el que el infante D. Fernando, con notable
firmeza, pero acaso fuera de tiempo, negase el honor á sus conselleres de que
se cubriesen delante de él, según el antiguo usaje. Y notando al propio tiempo
la lentitud con que se despachaban sus negocios, y el despego con que eran
tratados en la Corte de Castilla, ellos, que nunca habían mirado con buenos
ojos su dependencia de otra provincia, que se inclinaban poco en carácter,
ideas y costumbres á los castellanos, y negaban siempre á éstos otro nombre que
el de extranjeros, comenzaron á hacer acopio de ira y á espiar ocasiones de
venganza. Siendo Virrey el gran duque de Feria hubo una gran riña entre la
armada de España anclada en el puerto y los habitantes, donde llegaron éstos al
extremo de disparar contra las galeras la artillería de los muros, y cuando el
virrey Cardona quiso registrar por fuerza los archivos de la ciudad, y los
conselleres se fortificaron dentro de su palacio, negándose á permitirlo, el
pueblo se puso en armas, y fué ventura que no inundasen ya en sangre las calles
de la ciudad condal catalanes y castellanos. El Rey, airado ya de todo punto,
mandó que la Audiencia se trasladase á Gerona; y los conselleres y Diputación,
como si previesen el próximo rompimiento, no cesaron desde entonces en reparar
los muros, labrar algunos más reparos y disponer como al descuido en la paz las
cosas de la guerra.
En tal punto las cosas, suscitóse la guerra del
Rosellón; y la Corte expidió dos edictos, imponiendo por el uno á Cataluña
cierta contribución no votada en Cortes, y por el otro expulsando á todos los
franceses del territorio; uno y otro contra los fueros de la provincia.
Recelosos los catalanes al ver aquellos principios, hicieron al punto en Madrid
reclamaciones, mas no fueron atendidas de modo alguno. Lo que el Conde-Duque
había ordenado sin obstáculo en otras provincias, quiso que fuese también en Cataluña,
porque como tenía en su pensamiento la unidad, figurábase que no le faltaba
otra cosa que demostrarla en las obras; y las nuevas reclamaciones, sin
obligarle á cambiar el fondo de su propósito, le impulsaron á hacer más duras
las formas, recordando siempre su queja. Con todo, el patriotismo pudo tanto en
los catalanes, que cerrados los ojos á todo agravio, acudieron á la empresa de
Leucata y más á la recuperación de Salsas, donde se vió venir á toda su nobleza
con muchos soldados y caudales. Separado el duque de Cardona después de aquella
derrota de Leucata, vino á sucederle por virrey D. Dalmau de Queralt, conde de
Santa Coloma, querido del pueblo y la Corte. Hubo el raro acierto de igualarle
en mando durante el cerco de Salsas con el Capitán general del ejército, que
era el marqués de los Balbases; y aunque este mando era más honorífico que otra
cosa, obligó más á los catalanes á servir con muy buena voluntad en la empresa.
No faltaron, sin embargo, disgustos ocasionados por
la contrariedad de caracteres entre los catalanes y el resto del ejército;
durante la campaña cerca de Colliure hubo un choque sangriento, y debajo de los[291] muros de Perpiñán se trabó una verdadera
batalla, que duró seis horas, con gran mortandad de ambas partes, siendo
maravilloso que acertaran á suspenderla los capitanes. Pero ello es que fueron
inmensos los servicios y sacrificios del Principado, tanto en hombres como en
dineros y que en Madrid no se mostró por eso el menor agradecimiento. Mirando
el Conde-Duque cuán poco habían insistido en la primera violación de sus fueros
y cuán de veras servían en aquella ocasión los catalanes, tomóles por humildes,
y dió por cierto que podría traerlos por fuerza á su propósito, satisfaciendo
al par sus mezquinas venganzas. Así, lejos de enviar recompensas, envió
amenazas y nuevos agravios. Durante el sitio de Salsas, cuando más méritos
estaban haciendo los catalanes, le escribió al virrey Santa Coloma, sin motivo
ni provocación alguna, que si los privilegios del país podían avenirse con sus
órdenes, los respetase; pero que en el caso de que le empesciesen ó dilatasen
el éxito de las cosas, considerase al que los alegara como á enemigo de Dios y
del Rey, de su sangre y de la patria; añadiéndole que enviase á todos los
hombres capaces de trabajar ó de llevar armas al ejército, que hasta á las
mujeres empleara en el servicio, y que echase si era preciso á los habitantes
de sus hogares, para que los ocupasen los soldados. Y no contento con esto,
inclinó al Rey á que escribiese al propio Santa Coloma, mandándole que domeñase
con el rigor las libertades de los funcionarios y pueblos de la provincia.
Provocaciones y rigores casi inconcebibles, cuando voluntariamente hacía tanto
Cataluña, que era imposible pedirla más, impropios además para empleados con
españoles, y más por hom[292]bres que tan flojamente se
las habían con los extranjeros.
Era el Virrey catalán al cabo, y no podía
prescindir de respetar por costumbre los privilegios de sus paisanos. Dilatóse
por su causa, antes que por no ser necesario, el gran rigor que aconsejaba la
Corte; pero cuando llegó el trance de acuartelarse el ejército en Cataluña,
terminada la campaña, ya no pudo evitar los daños. Faltaron las pagas, como
acontecía de ordinario, á los soldados; y éstos, en mucha parte extranjeros y
acostumbrados á tomar por fuerza cuanto querían en Italia y Flandes, donde por lo
común habían servido, comenzaron á ejecutar igual desorden en Cataluña. No
acudió á reprimirlo como debiera el marqués de los Balbases, Capitán general
del ejército, porque como extranjero, no tenía compasión á los naturales ni
estaba acostumbrado á hallar resistencias en el paisanaje de otras partes,
equivocando él, como los soldados y la propia Corte, al valeroso pueblo catalán
con otros viles que había conquistado. Cabalmente aquel paisanaje había
asistido en Leucata y Salsas y despreciaba á los soldados, teniéndose por más
valeroso que ellos, y habiéndolo mostrado, verdaderamente, en muchas ocasiones,
siendo ésta una de las causas de aborrecimiento y menosprecio que por entonces
traían conmovidos los ánimos. Combatíanle en tanto al de Santa Coloma, de una
parte el celo del servicio de su Rey, y de otra la compasión de los naturales;
dudaba y revolvía en su mente diversos conceptos, pero no determinaba cosa
alguna; y los soldados, fortalecidos en su licencia por la permisión ó
tolerancia que traslucían, no había insultos que no ha[293]llasen
lícitos, disculpándolos todos con el hambre. Mas los catalanes, viendo que no
se les hacía justicia, vengativos y duros por naturaleza, y despreciando más
que temiendo á la soldadesca, no tardaron en comenzar á tomarla por sus manos.
De pequeños principios fueron así formándose poco á
poco grandes tumultos. Quemaron los soldados del tercio napolitano de D.
Leonardo de Moles á Riu de Arenas, y Santa Coloma de Farnés tuvo luego igual
suerte en castigo de haber allí muerto algunos alojados. Al saberse estas
violencias, no ya el pueblo, sino la nobleza y el clero levantaron al cielo sus
quejas. Sólo el alojar el ejército en Cataluña era ya manifiesta infracción de
sus fueros; y habiendo enviado á Madrid doce embajadores que reclamasen contra
ella, no se les permitió entrar siquiera, mandándoles que se detuviesen en
Alcalá, donde estuvieron muchos días. Entonces enviaron á dos frailes
capuchinos para que solicitasen que se oyese á los embajadores. Debieron
aquéllos á sus hábitos el llegar á la presencia del Rey, sin que pudiera
estorbarlo el favorito, y tanto dijeron, que lograron su propósito. Vinieron
los embajadores á la Corte y pusieron en manos del Rey un memorial, que por lo
descarado acabó de irritar los ánimos de la Corte, y por gran sufrimiento no
logró respuesta alguna. Y á la par Santa Coloma prohibió en Barcelona que
ningún abogado pudiese asistir á las causas ordinarias que suscitaban los
paisanos contra soldados, pensando sin duda refrenar con esto la audacia del
vulgo; lo que se logró fué que, hallando cerrado los agraviados catalanes el
camino de la justicia, acabáranse de inclinar al propósito de defenderse brazo
á[294] brazo. Fueron como heraldos y mensajeros de
tal propósito á verse con el Virrey el diputado militar Francisco de Tamarit,
voz de la nobleza catalana, y poco después una embajada de la ciudad de
Barcelona. Representaron ofensas, pidieron reparaciones y dejaron entrever
amenazas. Mas era el conde de Santa Coloma hombre aunque bien intencionado, un
poco violento, como lo mostró en las Cortes de 1626, donde puso mano á la
espada contra el duque de Cardona, y luego en el sitio de Salsas, donde por
pequeña ocasión apaleó á un tiempo al Maestre de campo Torrecuso y á su hijo el
duque de San Jorge, tan valerosos ambos; y ahora irritado con la libertad de
los catalanes, sin tener más en cuenta que era de ellos, ni reparar ya en los
privilegios de la provincia, redujo á prisión al diputado Tamarit y á dos de
los magistrados. Con esto parecieron muertas por un instante las libertades y
la resistencia de Cataluña. Juzgóse en Madrid que lo estaban para siempre, y
aplaudióse la determinación como esforzada, sin ver el peligro que ofrecía los
que podían remediarlo.
La última embajada había puesto en el Conde-Duque y
en sus favorecidos tanta ira, que se tenían por dichosos con imaginar tan
inmediato castigo. No faltaba, sin embargo, quien temiese de aquellos sucesos,
y alguno por cierto de quien menos pudiera esperarse. Tal era el marqués de los
Balbases, D. Felipe de Spínola, hombre ilustre solo por el apellido de su
padre, y cuya muerte aceleró, como se dijo, con la mala defensa y fuga del
puente de Cariñan. Había sido D. Felipe con su tolerancia á sus soldados y con
su desprecio á los catalanes, uno de los mayores causantes de aquellas inquie[295]tudes, y después no había cesado de aconsejar á la
Corte que mantuviese sus disposiciones en Cataluña, alimentando y albergando la
gente de guerra á costa y cargo de los naturales. No obstante, ahora,
habiéndolo querido enviar allá para comenzar la nueva campaña contra los
franceses, no quiso hacerlo, diciéndose públicamente que era porque temía el
humor de los catalanes. Vergonzosa conducta la del Marqués, que daba á los demás
lecciones de fiereza, cuando él no osaba mostrarla por su persona donde
convenía, y ejemplo elocuente á los príncipes que se fían de fieros y
balandronadas de cortesanos para ser agresivos é injustos. Los acontecimientos
mostraron muy pronto que si era vergonzoso el reparo del Marqués, señalaba en
él, sin embargo, más previsión que en los demás, pues irritados al último punto
los catalanes, acrecentando las injurias su natural dureza y su antipatía á los
castellanos, reunidos en un solo pensamiento, como suele acontecer en ellos, no
tardaron en declararse en abierta rebeldía.
Rompió el vulgo de Barcelona tumultuosamente las
cárceles, sacando de ellas á Tamarit y los otros magistrados presos, teniendo
que acogerse el virrey Santa Coloma al amparo de las Atarazanas; y aunque se
aplacó aquel tumulto por mediación del mismo Tamarit y los magistrados,
alentáronse con la impunidad los descontentos, y creció su osadía con el ensayo
de la poca resistencia, á punto de inclinarlos á mayores extremos. No se
concibe cómo así la Corte, como el virrey Santa Coloma, descuidaron meter en Barcelona,
para su seguridad, una parte del ejército que tan numeroso andaba en otros
lugares; pero la Corte estaba ciega en su imprevisión, y el Virrey, ó no pudo
lograr el refuer[296]zo, ó se negó imprudentemente á
pedirle, porque no pareciese flaqueza de su persona. Grandísimo error en la
autoridad que había tenido ya una vez que desamparar su puesto, huyendo del
vulgo amotinado, y que debía la paz entonces á la influencia de los mismos á
quienes él tenía en prisiones. El hecho fué que los barceloneses, después del
primer grito que dieron de rebelión rompiendo las cárceles, la llevaron á
funesto término el día del Corpus del año 1640, sin que se hallase en la
ciudad, como sin duda pudiera hallarse, bastante gente del Rey para contenerla.
No se había tomado otra precaución que armar
algunas compañías de milicia del país, que en lugar de vencer el riesgo en la
ocasión, lo aumentaron, haciendo causa común con los rebeldes: nueva torpeza y
mayor, si cabe, que las otras. Comenzaron la sedición los segadores y
habitantes del llano de Barcelona, recogidos en la ciudad con el pretexto de la
fiesta; gente que, no teniendo nada que perder en ellas, se ha hallado siempre
mucho más temible en tales casos que los moradores. La guardia del palacio del
Virrey, viendo los primeros grupos y oyendo las voces sediciosas, hizo fuego,
que fué dar más ocasión que remedio en el punto que estaban las cosas; cayó
muerto un segador, recogieron el cadáver sus compañeros, y lo pasearon por
plazas y calles, apellidando venganza. Desatado entonces el vulgo, empezó la
matanza de castellanos y naturales de otras provincias, y particularmente de
los que se empleaban en algún servicio del Rey, primero por las calles y
plazas, luego asaltando las casas y entrando en los aposentos á fuego y sangre.
Todo Barcelona ardió en un momento en confusión y estrago, y los rebeldes, no[297] hallando resistencia en ninguna parte, y más
envalentonados y más sedientos de sangre que nunca, llegaron á las puertas del
palacio del Virrey cargados de haces de leña para quemarle. Este, sin otro
amparo ya que su dignidad escarnecida, sin otra defensa que la razón que
juzgaba tener de su parte, sintió decaer su corazón y ocupar el miedo
lentamente el sitio donde se albergó hasta entonces la ira. Rodeábanle los
conselleres y magistrados de Barcelona, tan amigos de la sedición como los que
estaban ejerciéndolas en armas, aparentando por decoro de sus cargos que la
aborrecían, y proponiendo consejos y arbitrios que bien pudieran tomarse por
maliciosos estorbos y trazas de evitar cualquiera ejecución acertada. Díjose
que ellos jamás llegaron á temer tanto del vulgo, habiendo mirado apaciblemente
sus primeras demostraciones; pero éste, una vez lanzado, rara vez para en lo
justo. Entraron las turbas en casa del Virrey, pidiendo á gritos su muerte;
salváronse como pudieron algunos de los oficiales reales, y los conselleres y
magistrados de la ciudad adularon á los delincuentes, regocijándose ya con la
victoria. Y en tanto Santa Coloma, encadenado por su honra, retardó la fuga,
hasta que vió sobre sí á los asesinos. Salió entonces del palacio sin ser
visto, y se metió en las Atarazanas; luego, dejando aquel asilo con su hijo y
algunos oficiales, acudió á embarcarse en una galera genovesa que había en el
puerto; pero no pudo lograr sino salvar á su hijo, que le seguía, anteponiendo
la vida de éste á la suya propia, porque el esquife que le aguardaba, cañoneado
desde la ciudad por los rebeldes, advertidos ya del caso, no osó más esperarle.
Así la fortuna, ensañándose en aquel hombre más torpe[298] que
criminal, le permitió salvar á su hijo y á los más de sus oficiales, algunos
despedidos por él antes, otros embarcados ahora, y no quiso concederle á él la
vida, y tuvieron tiempo y valor los del esquife para salvarlos á todos menos al
que más obligados estaban. Solo ya en la playa y cierto en su perdición, echó á
andar don Dalmau sin saber dónde iba por las orillas del mar á las peñas de San
Beltrán, camino de Montjuich, donde rendido al miedo y la fatiga, cayó desmayado;
y llegando algunos de los muchos que le buscaban, fué muerto de cinco heridas.
Mientras tan triste tragedia se representaba fuera
de la ciudad, otras tan horribles y más se representaban por dentro. Las
iglesias fueron violadas, y manchados los altares con sangre de los inocentes
castellanos que en ella buscaban asilo; no hubo de ellos quien conocido librase
la vida, y ni una de sus casas pudo escapar del saqueo. Tamarit y los
magistrados populares, llevados en hombros de la plebe y dueños, al parecer, de
la muchedumbre, no quisieron ó no pudieron, que es más cierto, contener el estrago.
Ni paró éste en Barcelona: Lérida, Balaguer, Gerona y otros lugares no poco
alborotados ya, siguieron impetuosamente el movimiento matando ó saqueando
cuanto encontraban con el nombre de Castilla, y en Tortosa, fueron mayores que
en ninguna parte los escándalos. Al grito de Vía fora eran
acometidos los cuarteles donde se alojaban los tercios y escuadrones del
ejército real, y los capitanes, dudosos y confundidos por lo impensado y lo
inaudito del suceso, ni acertaban á tratar á los naturales como hermanos y
amigos, ni á emplear las armas contra ellos con el rigor que ya convenía.
Fueron sorprendidos y de[299]gollados de esta manera
cuatrocientos caballos que mandaba D. Fernando Cherinos, y en Tortosa
prisioneros ó dispersos tres mil reclutas. Á duras penas se salvaron cuatro mil
infantes y novecientos caballos al mando de D. Juan de Arce, encaminándose al
Rosellón, haciendo mucho daño la soldadesca enfurecida en las comarcas por
donde se ejecutó la retirada; y D. Felipe Filangieri, que mandaba la mayor parte
de la caballería, pudo salvarla, entrándose con ella en Aragón, á favor de la
noche. Así, de todo aquel ejército, que ya que había ocasionado con su
alojamiento tan desdichada ruptura, podía, según era su fuerza, haber mantenido
el Principado, bajo la obediencia del Rey, ó al menos las principales
poblaciones y lugares, no quedó en breves días un solo escuadrón en el
territorio rebelde.
La mente, contristada con estos sucesos, se vuelve,
naturalmente, á Madrid para ver lo que aquí en tanto acontecía. Y halla que el
Conde-Duque en los propios días del estrago daba banquetes en el Buen Retiro,
donde casi todos los convidados quedaban borrachos, porque las tazas con que se
brindó eran muy capaces, según las palabras del narrador; y halla al
Conde-Duque camino de la Algaba á escoger toros para festejar con una corrida á
los mismos caballeros del banquete; y halla á la Corte alegre con la fausta
noticia de un auto de fe celebrado en Zaragoza, donde fué azotado y condenado á
galeras un mal caballero que entretenía sus ocios en meter demonios en muchos
lugares con quien tenía aborrecimiento, endemoniando más de mil seiscientas
personas de esta manera, y halla, en fin, que el día de la matanza horrible de
Bar[300]celona acompañó el Rey la procesión de Corpus
con desusada gala por la mañana, y por la tarde se representaron autos. Mas
cuando llegaron las nuevas de Barcelona, hubo en los buenos ciudadanos la mayor
confusión y lástima. El pueblo, hasta entonces deslumbrado con las apariencias
que se conservaban de grandeza, sintiendo ya perdición cercana, comenzó á
llorarla. Sólo el Rey y el favorito se negaban aún á reconocer el daño. Felipe,
por toda demostración de cuidado y riesgo, asistió en persona al Consejo de
Estado, donde el Conde-Duque hizo valer desde el principio más bien la venganza
que el remedio, añadiendo obstáculos al acomodamiento de las cosas, sosteniendo
públicamente que no era decente amoldarse á la voluntad de hombres inquietos
inficionados en la desobediencia; y luego en su particular negando su gracia á
los que no se esforzaban mucho en calumniar ó denostar á los catalanes.
Continuáronse las procesiones ostentosas, y en la de octava del Corpus, yendo
también el Rey con toda la grandeza acompañándola, aconteció un caso de risa y
mofa en la Corte, de espanto y pena para las personas prudentes, no indigno de
memoria. Un labrador, vestido á la manera humilde de los de su clase, saliendo
de repente del concurso, se puso delante del Rey, diciendo á grandes voces: «Al
Rey todos le engañan; señor, señor, esta Monarquía se va acabando y quien no lo
remedia arderá en los infiernos.» «Ese hombre debe de ser loco»—dijo el Rey,
desdeñosamente—. «Locos son los que no me creen»—replicó el labrador, con
acento solemne—; prendedme y matadme si queréis, que yo he de deciros la
verdad.» Y sin más fué retirado de allí por los[301] soldados.
Ni siquiera la risa del suceso duró en la Corte más que una noche; pero en el
pueblo, afligido ya, no faltó quien tomase aquella voz por aviso del cielo y
fué largamente recordada. No era sino la voz de la razón y de la lealtad, que
echada de la Corte por la lisonja y la lujuria, se mostraba y resplandecía en
tan rústicos hábitos; no era aquel labrador sino un sencillo castellano
acostumbrado á practicar la virtud en sus hogares, mientras en la Corte sólo
tenían entrada los vicios, con valor en el corazón para decir la verdad, cuando
nadie osaba aquí desembozar la mentira. ¡Inútil verdad por cierto!
No se tomó en muchos días determinación alguna
sobre Cataluña, mas que la de nombrar nuevo Virrey en la persona de D. Enrique
de Aragón, duque de Cardona, de ilustre casa y muy estimado en Cataluña, porque
la vez pasada que tuvo aquel cargo, halló medio de desempeñarlo, si no con
gloria, á gusto de sus paisanos. Por lo demás, entretúvose el Conde-Duque en
murmurar amenazas, al paso que los embajadores catalanes, que estaban en Madrid
todavía, le hacían protestas mejor dichas que cumplidas. Y en lugar de atender
la Corte á las cosas de Cataluña, atendió aún á lidiar toros en la fiesta dada
á Santa Ana, y corridas de lanzas á la manera de África en la plaza de la
Priora, al expurgatorio público y solemne de libros hecho en aquellos días por
la Inquisición, y á procesiones brillantísimas en la iglesia de la Almudena, y
otras, donde llevaban estandartes y borlas los generales mismos que tanta falta
estaban haciendo en los ejércitos; todo como de ordinario y cual si nada
hubiese de infeliz.
En tanto desde el Ebro hasta las faldas septentrio[302]nales del Pirineo, paseábase la rebelión triunfante y
seguida unánimemente del clero, nobleza y pueblo. Excomulgó el obispo de Gerona
al tercio castellano de Arce y al napolitano de Moles, uno y otro señalados en
los desórdenes, y que ahora, al mando del primero, se habían retirado hacia el
Rosellón; y las cuadrillas de rebeldes, alentadas con esta demostración del
sacerdocio, y queriendo santificar con ella su causa y tachar de impíos á los
castellanos, pintaron un Cristo crucificado en sus banderas. Arce, con la
infantería que llevaba, logró al fin recogerse al Rosellón, para sentar allí
sus cuarteles y esperar órdenes de la Corte; pero ni aun esto pudo hacerse en
sosiego. La fama del desorden de aquellos soldados había llegado al Rosellón,
como siempre, muy llena de exageraciones; los habitantes de aquella provincia,
acostumbrados á mirar como hermanos á los catalanes, deploraban sus daños y
aprobaban sus razones, y junto lo uno con lo otro, hizo que en Perpiñán á Arce
y á los suyos se les cerrasen las puertas. Fué temeridad de los moradores,
porque el castillo, uno de los más fuertes de España, estaba muy guarnecido y
con mucha artillería, y dentro de él residía el marqués Cheli de René, que
mandaba la provincia; de suerte, que con el castillo y la gente que Arce traía,
era imposible la resistencia. Con todo, desecharon los partidos que se les
propusieron, y los soldados castellanos y napolitanos entraron la ciudad por
asalto, mientras que el castillo descargaba su furia contra ella, dejándola en
mucha parte asolada. Tras el triunfo vino el saqueo: huyó la mayor parte de la
población á los campos, y los soldados, faltos al fin de todo en la ciudad, se
derramaron por la provincia, tratándola como[303] tierra
enemiga. En esto, el nuevo Virrey, Cardona, habiendo logrado introducirse en
Barcelona, templó con lo agradable de su trato algo de los pasados enojos. Allí
supo lo acontecido en el Rosellón, y temiendo que con ello se acrecentase el
escándalo y el odio en Cataluña, pasó allá, prendió á los Maestres de campo
Arce y Moles, y empezó á admitir las quejas de los paisanos contra los
soldados, cosa prohibida por el Virrey Santa Coloma y que había añadido tanta
ocasión á los primeros tumultos.
Fueron universalmente aplaudidas estas
disposiciones en el Rosellón y Cataluña y calmaron mucho los ánimos; pero en
Madrid el Conde-Duque las recibió con sumo disgusto. Cada día más encolerizado
con los catalanes, deseoso de castigar su audacia y juzgándose con bastantes
fuerzas para el caso, vino á dar más calor á sus intentos el continente y
palabras sumisas de los embajadores catalanes, residentes aún en Madrid, que
públicamente pedían perdón por los pasados escándalos, y ofrecían la enmienda,
tomando por miedo de todo el Principado, lo que no era más que arte ó templanza
de ellos. Así, no bien supo las disposiciones de Cardona, se apresuró á
desaprobarlas. Faltóle tiempo á éste para sentir la afrenta que se le hacía y
para llorar las desdichas que se le preparaban, porque en aquellos mismos días,
cargado de años y de pesares, bajó al sepulcro, y en su lugar se nombró al
obispo de Barcelona, D. García Gil Manrique, hombre docto y virtuoso, pero
incapaz por su ministerio y manso carácter para puesto tan difícil como era
entonces aquel Virreinato. Y bien puede decirse que no llegó á desempeñarle,
porque en Madrid se ordenó todo en lo suce[304]sivo sin
contar con tal Virrey, y los catalanes no contaron con él para bien ni para mal
en cosa alguna. Á un tiempo en Madrid y en Barcelona se determinó fiar el
remedio á la fuerza. Convocó el favorito una Junta de ministros y magistrados
de aquellas mixtas que él solía hacer con individuos de los diversos Consejos,
y les propuso al cabo la resolución del negocio; pero fué de manera que, aunque
hubo quien manifestase que sólo con templanza y buen gobierno podía sosegarse á
Cataluña, él hizo triunfar la opinión de la guerra y la violencia con el peso
de la suya y el número mayor de sus amigos. Resolvióse que el Rey saliese de
Madrid para Cataluña, so pretexto de hacer Cortes en la Corona aragonesa, y que
llevara consigo para ejercitar el imaginado rigor todos los tercios, compañías
y capitanes que se hallasen en España, así de gente veterana como de milicia y
nuevas levas, echando mano de la artillería de las plazas y de las que tenían
los señores en sus castillos, y formando de todo, el ejército más poderoso que
se pudiera. Fué nombrado después de muchas dudas y pareceres por Capitán
general del ejército D. Pedro Fajardo y Zúñiga, marqués de los Vélez, soldado
inexperto, aunque no falto de buen deseo, con nombre de Virrey de Aragón
primero, por respetos al obispo de Barcelona; luego, quitando ya el reparo, con
el de Virrey y Capitán general del ejército y Principado.
No era éste, ciertamente, á propósito para mando
tan grande, como lo dejaron ver las resultas. Zaragoza fué señalada por plaza
de armas, y se mandó que las galeras de España se acercasen á las costas de
Cataluña para dar calor á las operaciones. No se estuvieron[305] quietos
los catalanes al propio tiempo, sino que convocaron sus Cortes, llamando á
ellas á los grandes y obispos, y se propusieron francamente las medidas
necesarias para la defensa, dado que al fin no podía obtenerse la paz. Allí,
después de varios discursos discordes en la manera y objeto, se siguió el
parecer del diputado eclesiástico Pau Claris, canónigo de Urgel, hombre, como
suele haberlos en estos casos, turbulento, y á lo que se sabe, de no muy
honradas intenciones, y más deseoso de medrar en la revuelta, que de servir á
la patria: éste propuso la resistencia á toda costa. Comenzaron, pues, á juntar
ejércitos, á nombrar capitanes, á señalar plazas de armas; enviaron una
embajada á los aragoneses, solicitando que como hermanos que eran, les ayudasen
en la empresa; y, por último, tomaron una resolución de todo punto
indisculpable, aun en los mayores extremos, que fué enviar embajadores al Rey
de Francia implorando su auxilio. No anhelaba otra cosa Richelieu, y acogiendo
alegremente al enviado de Cataluña, le ofreció armas y soldados para sostenerse
contra los castellanos, y luego ajustó un tratado con ella, por el cual de una
y otra parte se obligaron á no hacer paz sino de mutuo consentimiento con el
Rey Católico. Reconocíanse aún los catalanes como vasallos de éste y
mostrábanse propuestos sólo á defender sus fueros, y era que los frenos de su
lealtad y de su patriotismo no estaban rotos del todo; pero bien podía
sospecharse desde entonces que agriados los ánimos con la guerra, se inclinasen
al último rigor y extremo. Aún contribuyó á ello astutamente Richelieu, no
enviando por lo pronto á Cataluña muchos capitanes y soldados, á fin de que
sirviendo[306] de muestra de su poder, labrasen más
deseos que satisfacción, haciendo sentir la esperanza antes que no el alivio.
Sin embargo, envió los bastantes capitanes para que se les encargase del
gobierno de todas las plazas y fortalezas, y bastantes soldados para que
adiestrasen á los inexpertos catalanes en el ejercicio de las armas, y
estorbasen á nuestro ejército el pelear con gran ventaja en los campos de
batalla, siendo unos y otros de lo más escogido y valeroso que contase á la
sazón Francia, entre ellos M. de Espenan, el defensor de Salsas.
De tal aspecto de las cosas no había más que
esperar desdichas; pero el Conde-Duque las hizo aún muchísimo mayores que
debieron y pudieron ser. Ya que no había sabido valerse de la templanza y de la
justicia, tampoco supo cómo y cuándo emplear las armas para alcanzar su
propósito. Despacháronse órdenes á todos los capitanes de guerra de las costas
y fronteras del Principado, para que sin demora comenzasen las hostilidades
mientras llegaba el grueso del ejército que se estaba formando. Entraron los
soldados en Tortosa por industria y trato con los naturales, suceso que dió á
los nuestros esperanza, y desaliento á los contrarios; pero no tardaron en
sobrevenir reveses tales que hicieron olvidar la adquirida ventaja. Había
recaído el mando de las armas del Rosellón en D. Juan de Garay, criado del
duque de Feria, y de muy humildes principios; Maestre de campo luego del tercio
viejo de Lombardía y Maestre de campo general, reputado de muy experto y
valiente, no tanto de capitán afortunado. Salió éste de Perpiñán con el tercio
de Arce y el de Moles, algunos caballos y artillería; llegó al lugar de Milla y[307] entrólo sin resistencia, y en seguida se puso
sobre ella que estaba en abierta insurrección. Defendióse briosamente aquella
pequeña plaza, y á punto que Garay tuvo que levantar el cerco y enviar á
Perpiñán por más gente y artillería, con cuyo refuerzo volvieron á comenzarse
el cerco y los ataques. Abierta la brecha, dióse un asalto en el cual D. Juan
de Garay, notando flojedad en los suyos, tomó con una pica la delantera,
acompañando con la voz el ejemplo; pero herido gravemente, sus soldados se
descompusieron y fué preciso ordenar la retirada. Poco después recibió orden
Garay de venir á Cataluña con cuanta gente pudiese reunir, para juntarse con el
ejército del marqués de los Vélez; pero no quiso cumplir tal orden por no dejar
la provincia en manos de catalanes y franceses, y se embarcó sólo con alguna
artillería, dejando guarnecidas las plazas, á lo cual se debió que no se
perdiesen por lo pronto. Llenáronse de ardor los catalanes con estos sucesos,
teniéndose ya por invencibles, y el Conde-Duque, pareciéndole aquella ocasión
para ceder, movió nuevos tratos de paz, él que tanto la había dificultado, por
medio del nuncio apostólico monseñor Aldobrandini, y de algunas personas de la
nobleza catalana. Sin duda la resistencia de los catalanes le cogió de
improviso como todas las cosas. Creyó que no osarían pueblos, al parecer
inermes, contrarrestar su tiranía, y que los lazos de la lealtad serían
bastantes para atarlos al carro de su insolente vanidad y de su codicia torpe;
y lo poco que dejó de perder con el engaño, vino con el desengaño á perderlo.
Negáronse los rebeldes, como era natural, á las proposiciones que ahora se les
hicieron, y no hubo más sino que ellos crecieron en[308] osadía,
y el Trono y la autoridad decayeron en respeto. Entonces, yendo siempre de
error en error, y de flojedad en violencia, se redujo á prisión en Madrid á los
embajadores catalanes.
Reuníase al propio tiempo el ejército real con gran
dificultad y trabajo en las fronteras de Aragón y Cataluña. Los soldados de las
nuevas levas, no bien incorporados en las banderas, desertaban y se volvían á
sus pueblos; faltaban armas, carros y todo género de instrumentos de guerra,
porque con la larga paz de que las provincias de España habían disfrutado,
apenas se hallaba en ellas cosa alguna; pero al fin se logró allegar gente
bastante y acopiar todo lo necesario, y el ejército, desde Zaragoza y Tortosa,
se dispuso á entrar en Cataluña. Había propuesto Garay que se invadiese el
territorio catalán por el Rosellón, con lo cual se cerraba la puerta al socorro
de Francia, y éste era sin duda el parecer más acertado, por lo cual,
precisamente, no fué el que se siguió, prefiriendo comenzar la campaña por la
frontera aragonesa. Mas todavía hubo antes de cruzar formalmente las armas,
notables demostraciones. Fué una, que el marqués de los Vélez se juró por
Virrey de Cataluña ante el obispo de Urgel y algunos otros catalanes fieles; y
como en el juramento se comprendió el no infringir los fueros de la provincia,
se añadió por esta vez que eso sería mientras ella no obligase á infringirlos.
Otra fué, de parte de los catalanes, porque habiendo llegado el tiempo de
elegir los conselleres ó magistrados de Barcelona, como era costumbre que no se
introdujesen los electos en el nuevo mando sin la aprobación del Rey,
despacharon un correo á la Corte, de la misma suerte que lo hacían en[309] los años de quietud, dando á entender con esto
todavía que no se desviaban por defenderse de la obediencia soberana. Fundó en
esto alguna esperanza de acomodamiento nuestra Corte, suponiendo que los
catalanes deseaban la sumisión, y sin dificultad se confirmó la elección de
aquellos magistrados; pero era vana esperanza. Por último, los aragoneses,
convidados por los catalanes á la rebelión, no sólo se negaron á ello, sino que
enviaron una embajada á Barcelona, aconsejándoles que se sometiesen al Rey:
¡ocioso intento también!
Luego, sin más tardanza, comenzaron las armas á
hacer su oficio. Salió D. Fernando de Tejada de Tortosa, en donde era
gobernador, y embistió á las cuadrillas catalanas fortificadas en las
cercanías; desalojólas, quemó la villa de Cherta y causó muchos daños en
aquellos campos, y D. Diego Guardiola entró á poco tiempo en el lugar de
Tivenís sin resistencia alguna; con lo cual y el perdón que se ofreció luego á
los que voluntariamente se sometieran, vinieron muchos lugares de la comarca de
Tortosa á la obediencia del Rey. Tras esto fueron enviados dos capitanes á
tomar algunos pasos de allí cerca, para que los enemigos no pudiesen estorbar
el movimiento del ejército. Y en seguida el marqués de los Vélez, impaciente
por ganar la gloria que esperaba, lleno de ardor y de buena fe, pero tan poco
previsor como de su poca práctica podía esperarse, entró en el Principado,
llevando consigo de Maestre de campo general á Carlos Caracciolo, marqués de
Torrecuso, muy honrado en el socorro de Fuenterrabía, á D. Alvaro de Quiñones,
al marqués de Cheli de René y otros muchos capitanes de cuenta, con veintitrés
mil infantes, tres mil caballos y veinticuatro piezas de ar[310]tillería,
sin mirar que eran ya principios de Diciembre, como dando por cierto que la
resistencia no obligaría á hacer largas ni dificultosas operaciones.
Pero en esto sobrevino un accidente á la Monarquía
más grave desde el principio que la insurrección de Cataluña, y al cabo de
muchas más funestas resultas. Á un tiempo casi llegó á Madrid la noticia de que
el ejército del marqués de los Vélez había comenzado sus operaciones, y la de
que el Reino de Portugal estaba alzado en armas, aclamando por Rey al duque de
Braganza. Otra consecuencia del descabellado pensamiento de unidad que traía en
la mente Olivares. Habían durado en Portugal los tratos de unión más que en
Cataluña y habían llegado más adelante. Propúsose que las Cortes portuguesas
fuesen unas con las de Castilla, convocándose á éstas un cierto número de
diputados de sus tres brazos. Llegó á designarse al arzobispo de Evora para la
presidencia del Consejo que debía reemplazar al de Castilla, entendiendo en los
asuntos de las dos provincias. Llamóse á Madrid para tratar de esto á los
nobles, principales y prelados, caballeros y eclesiásticos de cuenta.
Celebráronse muchas conferencias, y hubo largas pláticas y discursos, pero sin
llegarse á determinar cosa alguna. Hallábanse los portugueses poco gustosos con
los castellanos para ello. Felipe III no estuvo sino una sola vez en Portugal,
y aún fuera mejor que no estuviera ninguna. Trató el Rey con despego á aquellos
orgullosos pueblos, y la grandeza castellana, no ya con despego, sino con
altivez é insolencia, y en cambio Lisboa y los demás pueblos por donde pasó la
Corte se mostraron con ella muy desabridos. Aumentáronse con esto las antiguas[311] antipatías de pueblo á pueblo. En Portugal
aborrecían francamente á los castellanos por su soberbia, y en Castilla eran
despreciados sobre manera los portugueses. Como disfrutaban éstos de alguna más
tolerancia religiosa, eran tachados de impíos por el fanático pueblo, y más al
ver que los autos de fe, aunque frecuentes, no daban abasto al número de judíos
portugueses encausados por sus sacrilegios y doctrinas. De otra parte, había
por acá muchos portugueses que se dedicaban al tráfico y negociaciones,
logrando en ellas grandes productos, y enriqueciéndose con préstamos y usuras
al Gobierno y particulares: nueva causa de envidia y aborrecimiento en los
castellanos, siendo tan mala la disposición de ánimos en unos y otros para
intentar la unión pretendida. Pero el Conde-Duque no reparó en nada, y al
sentir los apuros de la guerra comenzó á ordenar novedades nunca oídas en
aquella Corona y á sostenerlas con el rigor.
Los Ministros que entendían en las cosas de
Portugal, Miguel de Vasconcellos y Diego Suárez, eran á semejanza de aquel
funesto protonotario de la Corona de Aragón, D. Gerónimo de Villanueva,
hechuras y aduladores del Conde-Duque, vendidos á sus intereses y caprichos, y,
por tanto, universalmente aborrecidos de los naturales: en todas partes los
mismos yerros. Necesitóse dinero y gente, no se quiso acudir á las Cortes
portuguesas, tan parcas en conceder uno y otro, como todas las de España, y sin
tal requisito se mandó á los pueblos que aprontasen una contribución crecida y
que enviasen á Castilla mucho número de soldados. Alborotóse Portugal con esta
nueva. Llegó á tal extremo la oposición y el odio á los castellanos, que hasta
los curas[312] y predicadores, después de los
sermones y misas, prescribían públicamente á sus agentes rezos y plegarias para
que Dios los librase de tal Gobierno. Alzáronse en poco en encubierta rebelión,
corriendo aún el año de 1636 muchos lugares de los Algarbes, dando por causa el
no pagar una nueva contribución de cinco por ciento, impuesta sobre las rentas
y mercaderías, y en Evora principalmente llegaron los desórdenes á ofrecer
cuidado. Sosegóse, sin embargo, el tumulto, quedando satisfechos el Rey y los
cortesanos, de manera que el Consejo de Castilla primero, y luego los
procuradores de las Cortes de Castilla, tan vendidos por aquel tiempo al Poder,
propusieron al Rey en 1639 que atendiendo á los méritos de Olivares por haber
librado á Portugal de un levantamiento, conservándolo unido á Castilla, al
propio tiempo que por la disposición del socorro de Fuenterrabía, se le
hiciesen ciertas mercedes muy grandes. Accedió el Rey á la súplica y se las
hizo: ¡ridícula farsa urdida por el favorito, y tan deshonrosa para el Consejo
como para las Cortes! Pero Suárez y Vasconcellos no tardaron en comunicar á
Madrid que aquellas chispas no eran hijas del acaso, sino un incendio oculto,
que antes de mucho, sin grandes y oportunos remedios, habría de abrasar todo
Portugal: lo único que faltó fué que acertasen con tales remedios.
Eran ambos Ministros de no vulgar talento y de
historia tan singular, que para el conocimiento de las cosas de aquel tiempo
conviene dar alguna razón de ella, Miguel de Vasconcellos fué hijo de un oidor
de Portugal, el cual, por ciertos arbitrios y remedios públicos que imaginó,
fué muy perseguido de sus conciudadanos, condenado á no tener oficios en su
familia hasta[313] la cuarta generación, y al fin
asesinado. De resultas de esto se halló en su mocedad desamparado, sin otro
arrimo que el de una hermana que tenía soltera, y aún tachado, con razón ó sin
ella, de no muy sano en la fe. Acertó á casar esta hermana con Diego Suárez,
hombre entonces de alguna mejor fama, pero no de mucha más fortuna; y unidos ya
por los lazos de la amistad y de la sangre, trataron de remediar sus miserias.
Andaban á la sazón tan en boga en la Corte de España los arbitristas y los
arbitrios, que al Diego Suárez se le ocurrió una singular idea, que fué pasar á
ella con los borradores y apuntes de aquellos que tan desdichada suerte habían
acarreado al padre de Vasconcellos. Consultólo con su cuñado, y éste, aprobando
el plan, le dió los papeles que poseía, aunque no sin pactar antes que las
mercedes obtenidas por tal medio se partirían entre ambos. Con esta
recomendación vino á Madrid, en efecto, el Suárez, y halló tanta gracia en el
Conde-Duque, que los arbitrios no se sabe si se aprovecharon; pero es cierto
que él se aprovechó muy bien de ellos, llegando á ser muy pronto uno de los
mayores validos del Conde-Duque y secretario de Estado de Portugal, y el que
despachaba en Madrid absolutamente todo lo que tocaba á aquel Reino. Entonces,
cumpliendo con el pacto antiguo, hizo también á su cuñado Vasconcellos
secretario de Estado, con la obligación de residir en Lisboa. Así las cosas, pasaban
de Vasconcellos á Suárez, y de Suárez al Conde-Duque, repartiéndose entre los
tres toda la autoridad y ganancia, y principalmente entre estos últimos, que
como más miserables también abusaban más de su poder. Estaba de Virreina en
Portugal Doña Margarita de Sa[314]boya, duquesa viuda de
Mantua, hija del turbulento Víctor Manuel y muy diferente en sentimientos de su
padre, porque amaba sobremanera á los españoles y se desvivía por sus
intereses. Era, en suma, mujer de carácter firme y de no vulgar inteligencia;
pero, á la verdad, más parecía esclava que señora en aquel cargo. Vigilada y
estrechada por Vasconcellos y sus secuaces, veía pasar ante sus ojos los
mayores desórdenes; y aunque se quejase á la Corte con frecuencia, no recibía
de ella, por mano de Suárez sino desdeñosas respuestas. De esta suerte, los
escándalos de cohecho y de violencia fueron inauditos en poco tiempo, y
acabaron de hacer perder á los portugueses la paciencia. Pero, como arriba
dijimos, ya que fuesen perversos, no carecían de algún talento ni Suárez ni
Vasconcellos, y no tardaron, por tanto, en conocer el peligro, acertando
también que el duque de Braganza sería luego la cabeza y el principio del daño.
Entonces, con aviso de ellos, comenzaron aquellos largos manejos con que Olivares
procuró evitarlos, mostrando más y más en esto su inhabilidad y torpeza.
Era el duque de Braganza nieto de la infanta
Catalina, que contendió con Felipe II sobre los derechos de la Corona
portuguesa por ser hija de D. Duarte, hermano de la emperatriz Isabel, madre
del Rey de España. Fundaba Doña Catalina su derecho en una ley del Reino que
excluía á los príncipes extranjeros del Trono; pero Felipe negaba con cierta
razón que pudiesen mirarse como tales en Portugal los Reyes de Castilla. Llegó
el asunto á trance de armas, y Felipe completó con el poder de las suyas lo que
pudiera faltarle á su derecho; venciendo al prior de Ocrato, que osó[315] contraponérsele en campo, sin que de parte de la
infanta Catalina hubiese el menor amago de rebelión ó resistencia. Á eso
debieron ella y su hijo el duque Teodosio permanecer en Portugal después que
fué provincia de España; así como el nieto, Duque á la sazón de Braganza;
descuido y error grave que apenas se explica en tan prudente Rey como Felipe
II. El duque Teodosio había alimentado siempre en el corazón un odio invencible
á los españoles y lo había legado á su hijo; pero éste era de carácter pacífico
y más dado á los placeres que á los negocios: de suerte que aunque muy sagaz y
astuto, parecía incapaz por indolencia de meterse en ninguna empresa de
importancia. Mas por desdicha estaba casado con Doña Luisa de Guzmán, hermana
del duque de Medinasidonia, mujer altiva, ambiciosa, inteligente, ejemplar de
aquellos que la grandeza castellana engendraba aún de cuando en cuando, y que
servían de muestra de lo que habían sido en otros tiempos. Aquella mujer
castellana, y muy estimada en la Corte de Madrid y en la servidumbre de los
Reyes antes de su matrimonio, afrentada más bien que agradecida con tal
recuerdo, como suele verse en los soberbios, logró á su tiempo del indolente
marido que aprovechase la ocasión que se le ofrecía de recuperar el poder y
grandeza de sus mayores, ayudándole también muy eficazmente á ponerlo por obra.
Pero el principal agente de la conspiración fué cierto Pinto Ribeyro, mayordomo
de la casa de Braganza, hombre de no vulgar ingenio, astuto, disimulado,
lenguaraz y osado por todo extremo, nacido para ser instrumento de grandes
cosas y empresas. Este comenzó á fraguar la conspiración con el mayor sigilo y
con el más refi[316]nado disimulo; de suerte que, á no
estar tan cerca Vasconcellos, y á no ser tan sagaz Suárez, se llevaran á efecto
sin que nadie supiese sus principios.
Retirado á sus haciendas riquísimas de
Villaviciosa, no pensaba, al parecer, el de Braganza en otra cosa que en sus
cacerías, ni más la Guzmán que en sus quehaceres domésticos. Mas no apartaban
un punto su atención del negocio, y allí recibían á sus ministros y cómplices,
así naturales como extranjeros, pues se sabe que los hubo franceses en aquella
época que ofrecieron para el levantamiento de Portugal naves, soldados y todo
género de auxilios, al propio tiempo que á los enviados del Conde-Duque, que desde
los alborotos de 1836 tampoco los perdió un instante de vista. Hízole aquél
capciosas preguntas sobre aquellos acaecimientos, y más sospechoso que
asegurado con sus investigaciones, tomó la determinación de sacarlos de
Portugal á toda costa, con todos los nobles del país, no sin razón tachados de
cómplices ó descontentos. Valióse para ello de la insurrección de Cataluña,
porque habiéndose publicado que el Rey haría jornada á aquella provincia con
pretexto de que lo acompañase allá toda la nobleza de sus Reinos, mandó venir á
Madrid la de Portugal, en la cual era de los primeros el duque de Braganza.
Vinieron con efecto á Madrid hasta cincuenta prelados y títulos portugueses,
pero no el de Braganza, que se excusó con frívolas razones, siendo él la
persona que más se quería que viniese. Crecieron con esto, como era natural,
los temores de Suárez y Vasconcellos y las sospechas de Olivares; y cuando todo
el mundo esperaba alguna resolución violenta y acomodada al caso, que no fuera
difícil de traer enton[317]ces á cumplimiento, salió de
la Corte una disposición extraña, y á los ojos de los pasados y presentes
inexplicable, que fué ordenarle al Duque que en saliendo de Villaviciosa fuese
á residir cerca de Lisboa para atender á la defensa de las costas de Portugal
que se suponían amenazadas de enemigos, con el mando absoluto de las armas y
hasta veinte mil doblones de ayuda de costa. El objeto, si lo hubo, no pudo ser
otro que adormecer al Duque y sus parciales con semejante muestra de confianza,
haciéndoles creer que nada se recelaba de ellos, á fin de ejecutar más á
mansalva cualquier resolución atrevida; pero era fácil de conocer tal objeto
por un lado, y por otro era aquello demás para hecho de burlas y con cautela.
Así fué que en el Duque y sus parciales, lejos de desvanecerse con eso, se
aumentaron los ya crecidos alientos y no pensaron más que en aprovecharse de
los medios que tan insensatamente se ponían en sus manos. Vino el Duque á
Lisboa, como se le ordenaba, tomó el mando de las armas, guarneció con capitanes
y soldados de su devoción los principales lugares y fortalezas de la costa, y
hasta en la misma ciudadela de Lisboa metió guarnición de portugueses con la
castellana que allí había; así que halló sin pensarlo abiertas de par en par
las puertas del Reino.
Al propio tiempo, por todas las ciudades por donde
pasaba se mostraba con regia pompa y triunfal aparato, hacía mercedes á los
suyos, castigaba con ocasión ó sin ella á los amigos y parciales de Castilla, y
engendraba esperanzas y ganaba simpatías. Hubo ciudad como Lisboa donde se le
recibió con igual júbilo y honras que si fuera ya persona real. Atónita la
Duquesa go[318]bernadora y los ministros y personas
fieles que quedaban en Portugal á nuestra Corona, con tan impensados
accidentes, escribieron á Madrid, exponiendo con verdad y franqueza el estado
de las cosas, y anunciando la total perdición del Reino si pronto no se
deshacía lo hecho; mas Suárez no respondía sino con oráculos y enigmas, y
Vasconcellos se mostraba en Lisboa completamente seguro y satisfecho. En tanto
Olivares seguía larga y afectuosa correspondencia con el duque de Braganza,
ponderándole los servicios que estaba haciendo á la Monarquía con su conducta,
y estimulándole á que se preparase á hacerlos mayores. Aún no se sabe bien
cuáles fuesen en todo los ocultos intentos del favorito y sus agentes. Los
portugueses afirman que se trataba de prenderle á toda costa; que se dió orden
á D. Lope de Osorio, general de la armada del Océano, para que conduciéndole á
bordo con algún razonable pretexto, lo redujese luego á prisiones y lo trajese
á cualquiera de los puertos de Galicia ó Andalucía; y que frustrado esto porque
los temporales deshicieron aquellos bajeles, se pretendía prenderle en uno de
los castillos que había de visitar por su nuevo oficio. Pero el hecho fué que
no se hizo nada de esto, y, por el contrario, cuando el Conde-Duque creía
tenerlo confiado y seguro, halló traza el de Braganza para engañarle, harto más
eficaz y menos expuesta, porque al tiempo mismo en que le suponía más empeñado
en conservar el mando, se volvió voluntariamente á residir en Villaviciosa,
enviando al ejército de Cataluña cantidad considerable de sus vasallos y
allegados, y quedándose al parecer sin facultades y sin fuerzas.
Atribuyóse este paso á temor, que era lo que él
quería, y desistiendo de toda idea violenta y repentina, prosiguió la Corte por
algún tiempo negociando lentamente á fin de sacarle á él y á la nobleza de
aquel Reino, hasta que, cansada de nuevo de los subterfugios que empleaba sin
tasa, reducidos todos á negarse á la salida, expidió orden terminante para que
sin más dilaciones ni pretextos se pusiese en camino, conminando al propio
tiempo con pena de traición y confiscación de bienes á todos los prelados, títulos
y señores que no acudiesen á Madrid, como por tres veces se les había ordenado,
para acompañar la jornada del Rey tantas veces alegada. No hizo esto más que
apresurar el estallido de la conjuración, y verdaderamente que para proceder
así con órdenes rigurosas y absolutas, más valiera emplearlas desde el
principio. Á la sazón, lo que el caso requería no eran órdenes tales, sino
prontos y vigorosos hechos; era preciso meter al punto en Portugal un ejército,
asegurar bien las fortalezas con nuevos alcaides y guarniciones, sorprender al
duque de Braganza y á los nobles que se resistían á cumplir las órdenes, y
hacerlos presos antes de que pudieran ponerse en defensa; pensar, en fin, más
en las obras que en las palabras, y más en la ejecución que en el intento. Todo
esto se necesitaba para contener el mal; y aún se había también perdido tiempo
con no ejecutarlo desde los primeros días, puesto que las sospechas que había
bastaban ya para ello. Pero tal era aquí, como en todas partes, la política del
Conde-Duque orgullosa, tiránica, provocadora en la amenaza, y flaca y tarda en
el golpe; importuna en el rigor y en la tolerancia, usando aquél antes de
tiempo, y de ésta cuan[320]do ya la cuestión había
pasado. La desdichada política habíase ya probado en Italia, Flandes y
Cataluña, y ahora iba á confirmarse en Portugal con el mayor de todos los
desastres. Suárez y Vasconcellos, ó no atreviéndose á decir toda la verdad, ó
no queriendo ir contra los designios y proyectos del Conde-Duque, por no
descontentar su vanidad, ó fiando demasiado de su habilidad y sus fuerzas para
vencer en la ocasión, deseando acaso que llegase para hacerse más necesarios y
tomar mayor venganza en sus enemigos, aunque fueron los primeros que
advirtieron la conjuración y la comunicaron, no hicieron nada al fin de lo que
debía hacerse para remediarla, ni, á lo que parece, comunicaron al Conde-Duque
la final situación de las cosas. Sólo la Infanta Gobernadora, atenta al
peligro, aconsejada del arzobispo de Braga y de algunos otros portugueses leales,
escribió ardientes cartas al Rey y al Conde-Duque, protestando que si
prontamente no se remediaban tan malas premisas, había de ser consecuencia la
total pérdida de aquel Reino.
Pero desdeñada por esto y aborrecida del
Conde-Duque, no tuvo más que esperar, satisfecha de su conducta, si no
tranquila, á que se representase aquella fatal tragedia. Llegó ésta en tanto
sin ser sospechada ni sentida; porque aunque se sabían los intentos, no pudo
descubrirse cuándo ni cómo sería la ejecución, hasta que se vieron los efectos,
guardando maravillosamente el secreto los conjurados. El duque de Braganza,
después de haberlos suscitado y movido secretamente con su esposa, vaciló mucho
todavía antes de dar la cara, declarándose por su cabeza; sin embargo,
hostigado por su esposa y por algunos prelados y caballeros de[321] los
de su bando, cedió al cabo. Día 1.º de Diciembre (1640), muy de mañana, se
armaron los principales y más valerosos de los conjurados, encaminándose al
palacio de Lisboa, donde residía la Infanta Gobernadora y Vasconcellos. Un
pistoletazo disparado por Pinto de Ribeyro fué la señal para el ataque. Había
de guardia en Palacio un trozo de gente castellana y otro de alemanes, y éstos
y aquéllos, sorprendidos, apenas hicieron resistencia. Cierto clérigo con un
crucifijo en la mano iba delante de las turbas y presentaba la sagrada imagen á
los soldados, de manera que algunos que quisieron defenderse no pudieron por no
herir en ella. Pinto entonces se dirigió con algunos de su banda en busca de
Vasconcellos; hallaron á la puerta de su cuarto al corregidor de Lisboa, y
dando gritos de «Viva el duque de Braganza», respondió el leal magistrado con
vítores al Rey Felipe, por lo cual le mataron al punto. Tropezaron en seguida
con cierto Antonio Correa, grande amigo de Vasconcellos, y también le dejaron
por muerto; por último, se presentaron á las puertas del aposento de aquél
sedientos de sangre.
Hallábase á la sazón conversando con Vasconcellos
D. Diego Garcés, capitán de infantería española, el cual oyendo el rumor de las
armas y los gritos de los sediciosos, conociendo de qué se trataba, se arrojó á
la puerta para cerrarla con su espada y persona, y dar tiempo de ocultarse al
Ministro, llevado sólo de su generoso aliento, pues no le debía obligaciones
algunas. Allí se sostuvo largo espacio contra el tropel de los conjurados,
hasta que herido el brazo derecho, indefenso y desfallecido, tuvo que tirarse
por una ventana; premió Dios su buena acción, no permitiendo que mu[322]riese de la caída. Luego los conjurados entraron en el
cuarto de Vasconcellos, y hallándole escondido en un armario, le asesinaron con
cien heridas, arrojando al punto su cadáver por una ventana á la plaza de
Palacio, donde le esperaba ya todo pueblo congregado y sediento de sangre.
Después por casi dos días estuvo sirviendo el cadáver de aquel Ministro,
soberbio y codicioso, de juguete y de burla al pueblo, que no hubo afrenta ni
vileza que en él no cometiese. Subieron también los conjurados al cuarto de la
Virreina, y ésta, acompañada del arzobispo de Braga y de las damas, procuró
aplacar su ira; pero lejos de prestarla atención, la insultaron y amenazaron
sin respeto alguno. Dió en aquel trance la Virreina altas pruebas de
generosidad y de entereza; con pocos hombres como ella, Portugal hubiera
permanecido sujeto al Rey Felipe. Pero no halló á su lado en el peligro más que
al arzobispo de Braga, D. Sebastián de Mattos de Noronha, hombre amantísimo de
España, dotado de altas prendas, de inteligencia y de carácter; y aunque ambos
expusieron largamente la vida, debiéndola sólo á ser mujer ella y él prelado,
no alcanzaron fruto alguno. Uno y otro fueron arrestados. Fuélo también el Maestre
de campo general D. Diego de Cárdenas, y en un momento la rebelión triunfante
se extendió por todo Lisboa sin hallar en ninguna parte resistencia.
Quedaban, sin embargo, por nosotros la ciudadela y
el castillo de San Juan, situado á la embocadura del Tajo, y á sostenerse no
pudiera darse aún por perdida Lisboa. Por lo mismo pusieron los rebeldes el
mayor empeño en su conquista: exigieron con amenazas de la Virreina una orden
para que los gobernadores abriesen[323] sus
puertas, y no pudieron conseguirlo; entonces la anunciaron que de no dar tal
orden degollarían á todos los españoles que tenían en su poder, y con esto
lograron que sucumbiese á su demanda. Gobernaba en la ciudadela el Maestre de
campo general D. Luis del Campo, el cual, con poco acierto ó valor, hallándose
con más portugueses que castellanos bajo su mando, la rindió á los conjurados,
según previno forzadamente la Virreina; mas luego, recobrado, pudieron tanto en
él los remordimientos de su honor, que se volvió loco y acabó sus días en el
hospital de Toledo. No fué tan pundonoroso el gobernador del castillo de San
Juan, D. Fernando de la Cueva. Tenía éste bajo su mando una guarnición compuesta
de españoles solamente, los cuales se ofrecieron á morir en la defensa sin
cumplir el mandato de entrega. Reunieron los conspiradores toda su gente
disponible, y con numerosa artillería vinieron á poner sitio á la fortaleza, y
el D. Fernando con su numerosa guarnición se mantuvo firme algunos días,
molestando con frecuentes salidas á los sitiadores. Mas luego, vencido del oro,
con flaqueza indigna de españoles, y apenas oída hasta entonces, abrió las
puertas al enemigo, vendiendo á sus soldados. Era aquel traidor D. Fernando,
natural de Jaén, y bien quisiéramos que su nombre y patria no hubieran llegado
á nosotros, ya que llegó su odiosa alevosía.
No hubo ya resistencia en el resto del reino. Los
Consejos y Tribunales comenzaron al punto á despachar en cabeza del duque de
Braganza, con el nombre de Juan IV. Los magistrados y gobernadores de las
ciudades se apresuraron á prestar obediencia al nuevo Gobierno. No tardó el de
Braganza en venir á Lisboa[324] y coronarse por Rey
con Doña Luisa de Guzmán, en medio de las aclamaciones del pueblo, que con eso
pensaba ser dichoso en adelante. Francia no dejó esperar mucho el socorro
prometido, ni tampoco los holandeses, enviando unos y otros á Portugal armas,
naves, capitanes y soldados que fuesen núcleo de los ejércitos de la nueva
corona. Y así se concluyó aquella revolución triste y funesta para todos,
españoles y portugueses. Vengaron éstos con ella las inmediatas injurias del
mal gobierno del Conde-Duque y sus ministros; pero fué á costa de procurarse
para siempre una decadencia total y una servidumbre más odiosa y vil. Portugal
no ha podido vivir desde entonces sino como dependiente de otras potencias, principalmente
de Inglaterra; y así su nacionalidad, sus intereses y su gobierno han venido á
ser esclavos de verdaderos extranjeros codiciosos y soberbios. España á la par
vió deshecha con los frutos de aquella revolución la integridad de su
territorio: y sin más que eso pudo contarse por rebajada en su antigua
categoría é impedida de recobrar su grandeza. Al contemplar las consecuencias
de aquella separación desdichada, el ánimo se siente inclinado á censurar
duramente á los portugueses, que con tan mal acuerdo convirtieron en castigo y
humillación de toda España el merecido castigo y ruina de un mal ministro y de
dos miserables cómplices. Pero la razón obliga también, no ya á censurar la
conducta de éstos, sino á maldecirla; que ellos con sus torpezas y sus crímenes
fueron causa de todo. No se puede exigir de los pueblos que pongan tanta
prudencia y cordura de su parte. Á los gobernantes es á quien toca tenerla: que
aun á los hombres más cuerdos y prudentes es[325] locura
querer obligarlos con el espectáculo de miserias que ofrecen las revoluciones,
á que soporten todo género de opresión injusta; porque llega día de seguro en
que prefieren el mal venidero y endulzado con la venganza, al mal presente y
exasperado con el sufrimiento.
Cuando llegó á Madrid la noticia de este suceso,
halló á la Corte descansando, como solía, de unas fiestas de toros que se
habían celebrado en la plaza pequeña del Buen Retiro, toreando los principales
de la nobleza, para honrar á un Embajador de Dinamarca que acababa de llegar á
España y no había visto nunca tal espectáculo. Sin embargo, la noticia del
suceso produjo una impresión profunda en todos los ánimos. Vióse entonces
claramente que era ya inevitable la ruina de la Monarquía con tal favorito. Públicamente
se murmuraba de su conducta, acusándole de imbécil é inepto, tanto como de
vanidoso y tirano. Llenos de dolor los Grandes y los plebeyos, rogaban á Dios
ardientemente que los librase de él; pero ninguno osaba dirigirse con súplicas
al Monarca. Olivares mismo sintió por primera vez abatido su ánimo, que pareció
hasta entonces incontrastable, más que por lo grande y fuerte, por lo distraído
y poco atento que se mostraba al bien ó al mal público. Sospechóse que aun en
esta ocasión, antes sentía el menoscabo en su privanza que esperaba, que no la
pérdida de tantos países y reinos como acababan de perderse en un punto. Estuvo
muchos días sin hacer pública la noticia ni comunicársela al Rey, aunque toda
la Corte en voz baja la repetía. Al fin se determinó á decirlo al Rey, no fuese
que otro alguno se anticipase en ello y viniese á pararle mayor[326] perjuicio; pero la forma con que ejecutó su
intento merece ser conocida. Es fama que llegándose un día al indolente Felipe,
con rostro alegre y confiado, le dijo: «Señor, el duque de Braganza ha perdido
el juicio. Acaba de levantarse por rey de Portugal, y es demencia, que da á V.
M. de sus haciendas doce millones»[18]. No
respondió el Rey más que estas palabras: «Es menester poner remedio»; pero su
frente se nubló y su corazón comenzó á sentir remordimientos, de manera que no
le aprovechó al de Olivares la treta como pensaba.
Pretendió en seguida deslumbrarle con nuevas
fiestas y diversiones; pero el pueblo, la nobleza, la Reina misma no daban ya
lugar á ello. Un día que salía á caza de lobos le gritó el gentío en las
calles: «Señor, señor, cazad franceses, que son los lobos que tenemos.»
Defendíase el de Olivares contra todos, sin haber desafuero que le empesciese,
ni recurso ó astucia á que no acudiera. Oprimió á la Reina privándola hasta de
tener comunicación con su esposo, y poniéndola su mujer al lado, que vigilante
y sagaz, no la dejaba tener pensamiento que no supiese el Conde-Duque; hizo que
el Presidente del Consejo de Castilla juntase á todos los prelados de las
religiones y les ordenase advertir á los predicadores de su obediencia que en
los sermones procurasen templar de modo las palabras que no ofendiesen las
materias del Gobierno, porque el pueblo, afligido, no se desconsolase del todo;
atendió también á refrenar las murmuraciones de la Corte, y para ello prendió á
un D. Juan Pardo de Castro, que[327] andaba muy
metido entre los señores y Grandes, porque hablaba mal de su privanza, y le
nombró tales jueces, que de tres dos le condenaron nada menos que á la pena de
garrote por tan liviano motivo, y sin duda lo pasara mal á no averiguarse que
estaba casado con una criada de la casa de cierto secretario del Rey; hecho no
indigno de recuerdo, porque con él se da á entender maravillosamente lo que era
entonces el gobierno de España en todas sus partes. Nada de esto bastó, sin
embargo, para detener ya la ruina del Conde-Duque; desde entonces, aunque tarde
á la verdad, pudo contarse por decretado.
El pueblo, como siempre, ciego en sus
determinaciones y llevado de la antigua antipatía, que así como los portugueses
á los castellanos profesaban éstos á aquéllos, al propio tiempo que maldecía al
favorito, desahogaba su ira en Madrid de una manera sangrienta. Porque
habiéndose susurrado que había portugueses que vitoreaban de noche por calles y
plazas al duque de Braganza, con ánimo sin duda de causar alarmas y de insultar
á los castellanos, la gente moza que andaba á tales horas rondando amores, según
el uso del tiempo, dió en entretener sus largos ocios matando á cuantos hombres
tropezaba de aquella nación, aunque anduviesen tranquilos y sin hablar palabra.
Ni tales excesos, que hubo al cabo que reprimir severamente, se cometían sólo
en la soledad de la noche, pues no era raro hallar en medio del día caballeros
portugueses y castellanos acuchillándose por pequeña ocasión al parecer, pero
en realidad por la encendida cólera de las dos naciones. Mejor fuera emplear la
nuestra en la frontera de Portugal que no en aquellos trances y em[328]peños particulares; pero allí, que era donde importaba
más la premura, iban harto despacio las cosas.
El Conde-Duque, atento antes que todo á conservarse
en el poder, no pensó en muchos días en dar disposición alguna. Luego,
reparados los primeros golpes, recobró al ver amenazada su privanza la
actividad y fertilidad de los primeros días de su gobierno, y se puso á
imaginar arbitrios y remedios, que ojalá así fueran tan acertados y eficaces,
como fueron numerosos y varios. Mandó al marqués de los Vélez que ocultase la
noticia á su ejército á fin de que los portugueses que había no desertasen y
viniesen á engrosar las banderas del de Braganza; rogó al Emperador de Alemania
que prendiese allí á D. Duarte de Braganza, que servía como general en sus
ejércitos y era hermano del nuevo Rey de Portugal, á fin de que no acudiese por
su persona al servicio de éste; hizo prender á algunos portugueses notables que
servían en los ejércitos ó en el Gobierno, y de ellos á D. Felipe de Silva, el
vencedor de Fleurus y Maguncia, que estaba aún en Flandes con reputación de
gran soldado; por fin, comenzó á fraguar una conspiración dentro de Portugal
con las pocas personas fieles que allí nos quedaban. Triviales é injustas
medidas las primeras, y aunque no descabellada la última, con todo más propia
para acompañada de otras que no para reducir á ella todas las esperanzas;
porque descubierta y frustrada, como era tan fácil que sucediese, y con efecto
sucedió, se había de perder un tiempo precioso, dando con la espera más espacio
á la insurrección para que cobrase fuerza y aliento. Fué la cabeza y agente
principal de este intento aquel arzobispo de Braga, tan fiel á nuestra causa, y
de quien ya[329] en otras ocasiones hemos hablado,
y logró traer á su partido á muchos Grandes y personas importantes del reino,
al marqués de Villarreal, al duque de Caminha, su hijo, el conde de Val de
Reys, al de Castañeira, al de Armamar y á Antonio Correa, aquél que dejaron por
muerto los conjurados á las puertas de Vasconcellos, con otras varias personas
y prelados. Fué tan adelante el intento, que se llegó hasta señalar día para la
ejecución, y según estaba todo concertado, hubiera dado en que entender al de
Braganza, á no ser porque un impensado accidente descubrió el secreto.
Estaba de gobernador de las armas en Ayamonte y su
frontera D. Francisco de Guzmán, marqués de este título y, por tanto, de la
casa de Medinasidonia, muy relacionado con la de Braganza por la vecindad de
tierras y Estados que con ella tenía. Este, desde los principios de la
conjuración, faltando vilmente á lo que debía á su patria España y al puesto de
confianza que le estaba conferido, mantuvo inteligencias y tratos con los
fautores y caudillos de ella, mayormente con el duque de Braganza y su esposa. Animado
con el buen éxito de aquella conjuración, intentó este marqués de Ayamonte, tan
imbécil como malvado, suscitar otra en las Andalucías, con el fin de hacer de
ellas un reino y poner á la cabeza al duque de Medinasidonia, su deudo, hermano
de la nueva reina de Portugal, y Gobernador y Capitán general de tales
provincias. Tenía el de Medinasidonia una ambición que no justificaban sus
cualidades, y más vanidad que abonasen sus servicios. Comunicóle el marqués de
Ayamonte sus propósitos, y ni más generoso ni más cuerdo que éste, se prestó á
dar su persona y nombre para la empresa. Jamás otra[330] más
descabellada ha podido concebirse en el mundo, porque no hay tampoco país donde
haya habido siempre menos sentimientos de provincialismo y de independencia;
como que la población no venía de distinta raza de Castilla, ni tenía diversas
historias, ni costumbres distintas, ni leyes diferentes, ni tradiciones, ni
pretensiones, ni nada, en fin, de lo que hizo que la de Portugal se sustrajese
á la obediencia del Monarca castellano, y que repugnasen su dominio Cataluña y
otras provincias del reino. Por el contrario, mirábase los naturales de
Andalucía como castellanos hijos de los conquistadores, y harto más atendían á
conservar puras las costumbres, la lengua y leyes de Castilla, para denotar más
y más su separación de los descendientes de los moros, muy numerosos allí,
naturalmente, que no á formar una nación independiente entre las demás. Con
todo, los tratos iban muy adelantados entre el de Medinasidonia, el de Braganza
y el de Ayamonte, cuando éste recibió de Lisboa unos pliegos para la Corte de
España, enviados á él sin duda en la confianza que inspiraba su posición de
gobernador de las armas españolas y su noble cuna; abriólos y halló en ellos el
secreto de la conspiración urdida en Lisboa para restablecer allí nuestro
gobierno. Entonces puso el sello á su traición y maldad enviando los pliegos al
duque de Braganza. Prendieron allí al punto á todos los conjurados y condenaron
á muerte los más: de ellos fué el marqués de Villarreal, que murió con noble y
heroica entereza, aclamando hasta el último momento la causa de España, y
también el arzobispo de Braga, que aunque por su alto carácter no pereció en
público cadalso como los otros, apareció muerto de allí á poco en la cárcel, y[331] Antonio Correa, á quien no parece que respetó la
muerte el día de la rebelión, sino para hacer ahora más noble su sacrificio en
la horca. Víctimas de la buena causa, hijos leales de una patria que los
infamaba torpemente con el nombre de traidores, ellos pagaron con su sangre la
indolencia del débil Felipe y las torpezas de su favorito, muriendo por España,
que era morir á un tiempo por Portugal y por Castilla. De resultas de esto
mandó el de Braganza salir precipitadamente de Portugal á la duquesa de Mantua,
y poco después, por un edicto echó á todos los castellanos del reino.
No tardó Dios en castigar la villana conducta del
marqués de Ayamonte, compensándose con su castigo el de los portugueses leales,
y con el descubrimiento de la insensata conspiración que tenía tramada, el de
aquella otra que por su causa acababa de frustrarse. Un castellano, por nombre
Sancho, prisionero en Lisboa, con algunos indicios que tuvo del caso, acertó á
ganarse la confianza de los traidores, y cuando tuvo en sus manos las pruebas
de todo, vino con ellas á Madrid y se las presentó al Conde-Duque. Aturdióle á
éste más aún que el de Portugal aquel suceso, porque el duque de Medinasidonia
era cabeza de la casa de Guzmán, de donde él también venía, y tenían entre
ambos no lejano parentesco; además, que con aquella traición se empañaba el
lustre de la casa, que, cierto, era digna de otros descendentes, por su antigua
gloria. Revolvió en su mente mil pensamientos, y, al fin, determinó para salvar
al de Medinasidonia, castigar duramente á Ayamonte, como autor y agente
principal del concierto, y así se hizo. Vino á Madrid el duque de Medinasidonia
por encargo del Conde-Duque, pidió perdón al Mo[332]narca,
y, ayudado de aquél, que hizo lo que más pudo por servirle, consiguió que se
redujese el castigo á alguna multa y precauciones que se tomaron para que no
pudiese repetir el intento en adelante. Pero, en tanto, D. Gaspar de
Bracamonte, Maestre de campo, fué á Ayamonte y retiró del mando al Marqués,
prendióle, y encerrado en el Alcázar de Segovia, al cabo de algún tiempo,
murió, según la voz común, decapitado: merecidísimo y justo castigo, si lo
hubo, que sólo pudo mover á compasión por la desigualdad que hubo entre su
suerte y la del duque de Medinasidonia, tanto ó más culpable.
Á la par, en Lisboa se hicieron públicas luminarias
y festejos, y el de Braganza y Doña Luisa de Guzmán admitieron parabienes y
felicitaciones, como dando por cierto que el hermano se había ya levantado por
Rey en las Andalucías. Súpolo el Conde-Duque, y aconsejó al de Medinasidonia
que para acallar el rumor común, que ya lo acusaba, y sincerarse del todo á los
ojos del Rey, desmintiese públicamente á su cuñado y lo desafiase y retase á
lidiar cuerpo á cuerpo con él. No supo negarle esta satisfacción aquel señor,
receloso aún de mayor castigo, y mandó fijar carteles donde llamaba al campo al
duque de Braganza, anunciando que lo esperaría ochenta días en Valencia de
Alcántara, situada entre Portugal y Castilla, y declarándole aleve y cobarde si
no asistía; por lo cual ofrecía en tal caso al que le matase de cualquier modo
su ciudad de Sanlúcar, y al Gobernador y Alcalde portugués, que devolviese
alguna plaza importante al Rey de España, uno de los mejores lugares de sus
Estados. Fué tras esto el de Medinasidonia á Valencia de Alcántara con[333] D. Juan de Garay, y esperó allí algún tiempo,
hasta que cansado de tan inútil farsa, se volvió á Madrid, dejando al de
Braganza triunfante en Lisboa.
No lo estaban menos los catalanes, alentados con el
ejemplo de los portugueses, y conociendo que habrían de disminuirse las fuerzas
del Gobierno español repartiendo su atención en ambas fronteras, negáronse á
oir las nuevas proposiciones de acomodo y concierto que más ó menos
encubiertamente se les hicieron. Exigían ante todo la caída del Conde-Duque, la
renovación de todos los ministros que entendían en las cosas de aquella
provincia, y la exención de tributos por muchos años á título de compensación ó
desagravio, y esto los más prudentes; que otros, acaso el mayor número, no
querían prestarse de ninguna suerte á los tratos, juzgando ya posible el
hacerse independientes. Con tales pensamientos en los catalanes, claro está que
no podía practicarse concierto alguno; pero, á la verdad, si los catalanes se
mostraban sobrado exigentes y rebeldes, tampoco el Conde-Duque hizo mucho por
aplacarles. Su vanidad era inflexible, y además de esto no tenía bastante
patriotismo en el alma para retirarse de los negocios, viendo que estorbaba é
impedía la concordia de que tanto necesitaba la Monarquía.
Lo que hizo fué procurar devolver mal por mal á los
enemigos, y darles en su casa á los franceses el propio entretenimiento que
ellos nos ofrecían en la nuestra, ó, al menos, ayudaban poderosamente á
ofrecernos. Mas no le acompañó tampoco en esto la desgracia ó la fortuna.
Firmóse un tratado en Bruselas entre el Cardenal Infante de una parte, y el
conde de Soissons y el duque de Bouillon, Príncipe aquél de sangre real, y éste[334] general, bastante reputado, para echar á
Richelieu del Gobierno y terminar la guerra por tratos ventajosos á España:
esta fué la liga que se llamó de la paz. Los franceses aliados
levantaron, con dinero que se les dió del poquísimo que hubiese en Flandes para
atender á nuestros ejércitos, algunas tropas con las cuales se pusieron sobre
Sedán. Vino á juntarse con ellos, por mandato del Infante, Lamboy, general de
nuestra Caballería, con un buen trozo de soldados, y tropezando con el ejército
francés, que enviaba Richelieu á someter á los insurrectos, al mando del
mariscal de Chatillon, se empeñó entre unos y otros la batalla. Rompió Lamboy
con los nuestros la Infantería enemiga, y el duque de Bouillon, con los suyos,
deshizo cuanto se le puso por delante, de modo que en breves momentos todo el
ejército enemigo se puso en fuga. Hubieran sido inmensas las ventajas de esta
victoria, á no ser porque el duque de Soissons cayó muerto de un pistoletazo al
alzarse la visera para ver mejor la fuga de los contrarios: suceso de muy
diversas maneras interpretado hasta ahora, dado que no pocos se inclinan á
considerarlo como un asesinato dispuesto por Richelieu. De resultas de este
accidente, el ejército de los insurrectos, consternado, no acometió otra
empresa que la toma de Donchery, y como el Cardenal Infante llamase á Lamboy
precipitadamente para contrarrestar á los enemigos que sitiaban á Ayre, la liga
se deshizo sin otro efecto para nosotros que la pérdida del dinero empleado y
que se retardase el socorro de aquella plaza, por la ausencia de Lamboy, más de
lo que convenía, lo que contribuyó no poco á que se frustrase. Poco después se
ajustó en Madrid un nuevo tra[335]tado entre el
Conde-Duque y cierto emisario del duque de Orleans, hermano del Rey de Francia,
con iguales condiciones y el propio objeto que el anterior; mas este no llegó á
practicarse en lo más pequeño, porque fué descubierto por Richelieu, y
castigados con pena de muerte, fuera del Príncipe, los verdaderos autores que
eran Enrique de Effat, marqués de Cinq-Mars, gran escudero del Monarca francés,
y su amigo De Thou, hijo del historiador de tal nombre.
Con esto quedamos reducidos al solo ejercicio y
esperanza de las armas. Ordenóse la formación de ejércitos en la frontera de
Portugal, viniendo el mando del principal con Badajoz por plaza de armas, D.
Manuel de Zúñiga y Fonseca, conde de Monterrey y de Fuentes, Virrey que había
sido de Nápoles y heredero del gran conde de Fuentes, pero no de sus
merecimientos ni de su gloria, hermano de la mujer del Conde-Duque, muy
intimado con él, y cómplice de sus liviandades, espléndido, aficionadísimo á
cómicos y comedias, á galanteos, á locuras, á ostentaciones, tanto, que en sus
jardines, situados en el Prado de Madrid, asistieron los Reyes y la Corte á
nocturnos festejos de los más celebrados de la época: harto más á propósito
para alternar en los salones, que no en los campamentos y batallas. Negáronse
muchos Maestres de campo y Capitanes de los nombrados para mandar las tropas
que se juntasen á servir debajo de tal capitán, y así, todo fué desconcierto
desde el principio, y fuera mayor á no admitir el cargo de Maestre de campo
general don Juan de Garay, tan bien reputado entre la gente de armas. Los otros
trozos de ejército se mandaron formar en los confines de Andalucía y de
Galicia, más[336] con intento de defender el
territorio que con el de hacer conquistas. Mas no había soldados con que llenar
los nuevos tercios, ni dinero con que levantarlos; todos los recursos estaban
de tal modo agotados con la formación del ejército de Cataluña, que no se
hallaba á la sazón ninguno que no fuese desusado y extraordinario. Fueron
llamados á la Corte todos los caballeros hijosdalgo del reino, y se les propuso
que acudiesen con armas y caballos, según la antigua usanza, no practicada
desde que terminó la guerra con los moros, á servir al Rey y á la patria.
Vinieron muchos; pero fué lastimoso de ver el que antes de ofrecerse á servir
los que sirvieron, fuesen exigiendo hábitos y mercedes y ayudas de costa, sin
que ninguno se prestase por solo el deber y el patriotismo á salir á campaña;
conducta muy diversa de la antigua. Mejor obraron los Grandes, aunque no
hicieron todo lo que pudieron, levantando cada uno á su costa una compañía de
cien hombres. Los ministros de los diferentes Consejos pagaron con poner cada
uno en campo cuatro hombres armados, y de la gente común muchos acudieron
también al servicio, con promesa que se les hizo de dar por recompensa títulos
de hidalguía. Por último, se sacaron á la venta en pública almoneda hasta
quinientos hábitos de órdenes militares, señalando á Madrid como patria común
para hacer pruebas, á fin de que no hubiese quien no pudiera hacerlas,
calculándose en otros tantos caballos efectivos y hasta un millón de ducados lo
que produciría tan extraña venta. Así, dondequiera se ve ya á la vanidad en
lugar del patriotismo, al interés personal haciendo olvidar al interés público,
dondequiera el decaimiento y la corrupción, fruto[337] tardío,
pero cierto, de la liviandad de los Ministros y de la Corte, de la desconfianza
del Gobierno, del menosprecio de la equidad en la distribución de empleos y
honores, de la falta de justicia y de la ignorancia que cegaba los ojos de
todos los españoles. Es locura pensar que las naciones, por nobles que sean,
puedan levantarse á grandes intentos, hacer grandes sacrificios, moverse á
ciertos esfuerzos supremos oprimidas y desconfiadas, sin fe en lo presente ni
en lo futuro.
No había más que un modo de poner el patriotismo
nacional á la altura de la ocasión, y la ejecución de éste dependía de todo
punto del Monarca. Era preciso que apartase de sí al favorito y aun lo inmolase
á la justa saña de la nación: era preciso que abandonase los placeres y se
consagrase al trabajo; que comenzase á gobernar y á hacerlo todo por sí mismo;
que empuñara la espada de Fernando III y vistiese la armadura de Alonso el
Batallador; que fuese como Carlos V á los ejércitos y pelease con ellos, y fuese
con ellos á la victoria ó á la muerte. Entonces sí que los hidalgos y los
pecheros hubieran acudido á las banderas del Rey, según la antigua usanza;
entonces sí que el patriotismo nacional se hubiera despertado dando copiosos
frutos; entonces sí que del gran pueblo que tal muestra dió luego de
patriotismo en 1808, virgen á la sazón, y de más virtud y esfuerzo, todavía
hubiera podido esperarse con fundamento la victoria y la salvación de la
Monarquía. Hubieran muchos dejado la parte de la rebelión, al ver castigado al
mal Ministro; no hubieran otros osado levantar las armas contra la persona del
Rey, santa y verdaderamente inviolable hasta allí para los españoles; hubieran
los más tibios[338] cobrado valor, y hubieran
cobrado los más enemigos respeto ó miedo. Por tal modo salvó Enrique IV su
trono y salvó á la Francia, y á la sazón misma, sólo para procurar nuestra
ruina, vimos á Luis XIII forzar en persona las puertas de Italia, y asistir más
tarde en las tiendas de los sitiadores de Perpiñán. De esto se hizo algo en
España; pero se hizo mal y fuera de tiempo, que es casi tanto mal hacer como no
hacer nada. Fué Felipe al ejército de Cataluña, pero no á pelear, sino á sentir
de cerca afrentosas derrotas, y aumentar el menosprecio á su persona y el odio
á sus Ministros en los rebeldes. No fué á Portugal, que era donde más falta
hacía por lo pronto, y á tal punto descuidó esto, que la reina Isabel, dándole
vergonzosa enseñanza, llegó á pedirle permiso, que no obtuvo, para ejecutarlo
por su propia persona. Así, pues, cuando separó de sí al favorito, y cuando se
determinó á ver los muros de Lérida coronados de franceses, ya no era tiempo
para salvar á la nación: su desmembración y ruina eran inevitables.
SUMARIO
De 1640 á 1643.—Guerra general.—Cataluña: toma de
Perelló, de Coll de Balaguer, Cambrils, Salou, Villaseca y Tarragona.—Paso
sangriento de Martorell; entrada en el llano de Barcelona; dase esta ciudad al
Rey de Francia; dispónese á la resistencia; estado del ejército real; orden de
ataque contra Montjuich; batalla y rota de los nuestros; muerte del duque de
San Jorge; retirada á Tarragona; sitio de esta plaza; socorro por
mar.—Rosellón: piérdese Elna; victoria de Argeles y socorro de la
provincia.—Formación de nuevo ejército; hostilidades en la frontera de Aragón;
Tamarit de Litera; sucesos del campo de Tarragona; victoria de Villalonga;
parte el marqués de Pobar al socorro de Rosellón; su marcha y su derrota en
Granada; pérdida de Colliure, Perpiñán y Salsas y toda la
provincia.—Hostilidades por mar y tierra en Vinaroz.—Medidas extremas;
armamento de nuevo ejército; sale el Rey á campaña; su conducta y la de la
Reina; batalla de las Horcas; combate naval de Barcelona.—Portugal:
rebatos y correrías por Extremadura, interpresa de Olivenza; otros sucesos á la
parte de Castilla y Galicia.—Italia: pérdida de Montcalvo; sálvase Ivrea; Ceba,
Mondovi y Coni perdidas; recóbrase Montcalvo; defección de los Príncipes de
Saboya; grandes pérdidas; defección del Príncipe de Mónaco.—Flandes: sitio de
Ayre y su conquista; muere el Cardenal Infante,[340] reemplázale
D. Francisco de Mello; victoria gloriosa de Honnecourt; derrota funesta de
Rocroy.—Intrigas contra el Conde-Duque y su caída.
Con la sublevación de Cataluña y Portugal se
abre, naturalmente, nuevo período en la guerra. Si hasta ahora la hubimos
sostenido con cierta igualdad, ya no era posible; si hasta ahora la fortuna
había repartido sus favores entre las potencias beligerantes, en adelante
llevaremos siempre la peor parte. Dejamos narrados algunos encuentros y hechos
que fueron preludio y exordio de las campañas de Cataluña; dejamos á los
franceses enseñoreados de toda aquella provincia sin cosa alguna; y dejamos,
finalmente, al marqués de los Vélez caminando con todo el ejército desde
Tortosa tierra adelante por el Principado.
La primera conquista fué la de Perelló, pequeño
pueblo, pero murado, donde trece catalanes solos detuvieron heroicamente á todo
el ejército por un día entero, y más los detuvieran á no haber inteligencia con
uno de los vecinos. En seguida se encaminó el marqués de los Vélez al Coll de
Balaguer, punto áspero y difícil, y muy fortificado y guarnecido, aunque sin
arte, por los catalanes. Hicieron éstos resistencia; mas no sabiendo
aprovecharse de sus ventajas, fueron rotos y tomado el paso; y algunos escuadrones
de caballería, que con el conde de Zavallá, General de ellos, vinieron al
socorro desde Cambrils, fueron también deshechos. Tomáronse al propio tiempo
algunas torres y casas fuertes de la marina, y el ejército, alegre con la
facilidad de aquellos pequeños triunfos, se entregó á los desórdenes de
vencedor. Por su parte, los catala[341]nes intentaron
envenenar unas lagunas cercanas del Coll; horrible intento, y que, á poder
lograrlo, causara infinitas muertes entre los nuestros. Así, de uno y otro
lado, la guerra iba exacerbando las pasiones más y más cada día.
Llegaron al cabo los nuestros delante de Cambrils,
primera plaza de armas de los catalanes, y de las que tenían mejor
fortificadas, puesta en la plaza y campo de Tarragona. Hizo D. Alvaro de
Quiñones mucho estrago en sus escuadrones á las mismas puertas de la villa;
tomóse á viva fuerza un convento de las afueras, que defendieron celda por
celda los frailes; púsose por fin el cerco; batióse furiosamente, y al fin su
Gobernador, el barón de Rocafort, se entregó por capitulaciones. Pero al salir
los defensores hubo una alarma falsa: gritóse traición sin saber quién ni por
qué causa, y aprovechando la ocasión los soldados pasaron más de setecientos de
ellos al filo de la espada antes de que pudieran contenerlos los capitanes.
Reus y otros lugares ricos vinieron entonces á la obediencia. Mas con todo
faltaban vituallas y recursos, porque no los dejaban venir de ninguna parte los
miqueletes ó almogávares, gente suelta, incansable, valerosa, que repartida en
bandas de corto número, con gran conocimiento del terreno y no menos astucia,
iba siempre delante, á las espaldas ó en los costados del ejército, acosándolo
sin cesar y matando, al propio tiempo que robaba los mantenimientos, todos los
dispersos y forrajeadores. Parecía conveniente apoderarse de un puerto adonde
pudiera venir fácilmente el socorro de la armada; y se determinó caer al punto
sobre Tarragona. Tomáronse Salou y Villaseca, lugares y pues[342]tos
bien fortificados, y allanado ya el camino, se plantaron los cuarteles delante
de aquella ciudad.
No hubo, sin embargo, que hacer uso de las armas,
porque M. de Espenan, que estaba dentro con mil caballos de su nación, juzgando
imposible la resistencia, capituló su salida, obligándose á no pelear más en
Cataluña, y los naturales tuvieron en seguida que rendirse á partido. Cumplió
de Espenan su promesa como bueno y salió de Cataluña con los suyos, que fué
gran ventaja para nuestro partido. Luego las armadas entraron en Tarragona y
algo aliviaron al ejército, pero no tanto como se esperaba, por la tibieza de
D. García de Toledo, marqués de Villafranca, que los mandaba. Era éste harto
menos capitán que fueron su padre y hermano; mas en cambio les aventajaba á
entrambos en presunción, defecto común en las épocas viles y degradadas, donde
faltando verdaderos y públicos merecimientos, hay que fingirlos y afectarlos; y
no llevando á bien que ganase otro gloria á costa suya, tenía por más honrado
el dejar de servir á la patria, que no servirla dando reputación al inexperto
marqués de los Vélez. Con esto y con las numerosas cuadrillas de miqueletes,
que interceptaban y destruían todos los convoyes y recursos, volvió á hallarse
en grande necesidad el ejército. Determinóse el marqués de los Vélez á salir de
tal situación y á traer á sus banderas el triunfo, encaminándose á Barcelona,
cabeza y foco de la rebelión. Ganó con mucha dificultad á Villafranca de
Panadés y San Sadurní; pero siguiendo su camino, halló cerrado el paso de
Martorell por los catalanes, con muchas trincheras y reductos, apoyados en
posiciones casi inaccesibles, defendidas por todos sus ter[343]cios
y escuadrones y gobernados del diputado militar Tamarit, y de los franceses
Seriñán y D'Aubigné.
Llegó allí el Marqués, y conociendo que no era
posible la expugnación de las fortificaciones por el frente, mandó al de
Torrecuso que con un buen trozo de gente pasase encubierto á coger por la
espalda al enemigo, lo cual hizo éste con mucha habilidad y presteza. Entonces
los catalanes, viéndose entre dos fuegos, espantados y confundidos se pusieron
en retirada y no pararon hasta Barcelona, en cuyos muros hallaron abrigo.
Entraron nuestros soldados en Martorell, de donde era cabalmente título y señor
el marqués de los Vélez, y todo lo llevaron á hierro y fuego, como si se
tratase de gente bárbara y extranjera; mas en verdad que los catalanes no
quedaban cortos en la venganza. El mencionado Margarit, mezcla de entre capitán
y facineroso, que mandaba algunas bandas de ellos, entró por asalto en
Constantí, donde estaban los enfermos y heridos del ejército castellano, en
número de más de cuatrocientos, y á todos los hizo pedazos en los lechos
mismos. Ni por una ni por otra parte ponían de sí los capitanes cuanto debieran
para contener tales excesos; y así ellos incitaban cada vez más la ira y
hacíase más imposible la paz. Entró el ejército castellano después de asolada
Martorell en Molins de Rey, San Feliu, Esplugas y todos los pueblos del
contorno, hasta dar vista á Barcelona y sentar los cuarteles en Sans y los
demás pueblos de su amenísimo llano.
Desde allí el Marqués, antes de intentar cosa
alguna contra la ciudad, envió á ella un parlamentario, á fin de que les
intimase de parte del Rey la sumisión, ofreciendo en cambio clemencia.
Negáronse los catala[344]nes, gente más obstinada aún en
las derrotas que en el triunfo, y de uno y otro lado se dispusieron á emplear
las armas. Estaba dentro de Barcelona por Ministro y caudillo principal de los
franceses M. Du Plessis, hombre sobremanera astuto y muy empapado en los
pensamientos é intenciones de Richelieu. Viendo tan apurados á los catalanes,
que teniendo á las puertas tan numeroso ejército no contaban con otra esperanza
que la de enterrarse honrosamente en los escombros de sus murallas, comenzó á
dar á entender astutamente, primero con ambigüedades, luego al descubierto, que
el Rey de Francia, si como aliados les ayudaba en algo, como dueño emplearía en
su servicio todas las fuerzas que tenía. Representóles el poder del Rey
Cristianísimo, su bondad, su celo; pero más aún que tales encarecimientos, sirviéronle
para traer á los catalanes á su arbitrio los argumentos que públicamente se
hacían contra el rey Felipe y su Ministro, que sin mirar como propia aquella
tierra, la combatían y azotaban con armas tan formidables y rigor tan desusado.
No recordaban entonces los catalanes sus propios excesos y culpas; atendían
sólo á los rigores de sus contrarios, porque achaque humano es el exigir que de
parte del prójimo estén la prudencia y la templanza en los trances violentos.
Y, á la verdad, no les faltaba á los catalanes
alguna más razón que suele haber en los que se hallan dominados de la ira, con
que se acrecentaba en este caso la saña; porque las torpezas del Conde-Duque y
de sus Ministros viles habían excusado todo género de razonable acomodo. Pero
de todas suertes fué lamentable y digno de eterna censura el que tanto pudiese[345] en ellos la pasión del momento, que
prefiriéndola al interés de la patria común, cediesen á las insinuaciones
pérfidas de M. Du Plessis, dándose por entero al Rey de Francia, y admitiéndole
por señor y Soberano. Hízose la proclamación solemne en Barcelona, y al punto
los franceses comenzaron á intervenir como naturales en las cosas de la
defensa. La noticia de este suceso encendió más y más la cólera en el campo
castellano; y aunque no faltaron diversos pareceres, por no creer muchos que
estuviesen después de los pasados trabajos en disposición de emprender el sitio
de Barcelona, se resolvió al fin comenzar los ataques, fijándose todos los ojos
en la toma del castillo de Montjuich, como natural principio de la empresa.
Esta montaña, que domina á todo Barcelona y á la cual hace la posición
esencialísima para su defensa, había estado hasta aquellos tiempos sin
fortificación alguna; pero ahora, viendo los cabos catalanes el peligro de que
la ocupase el ejército real, levantaron en breves días en lo más eminente un
castillo en forma de cuadro, bastante fuerte, y lo artillaron y guarnecieron
muy bien con gente escogida de naturales y algunas compañías de veteranos
franceses. Probóse con esto que Barcelona no puede estar sin aquel castillo,
porque bien los ciudadanos para su defensa, bien los enemigos para la ofensa,
necesitan de él forzosamente. Montjuich extiende su falda por una parte hasta
el mar y por otra hasta las murallas de Barcelona: la subida es escabrosa y
larga, y á la sazón estaba cortada con muchas zanjas, y defendida, sin la
fortaleza mayor, con muchas trincheras; de suerte que con esto y con estar tan
cerca de la ciudad, toda puesta en armas y asistida de no pocos capitanes y
solda[346]dos franceses, era de expugnación muy ardua.
Pera el ardor de los Vélez no reparó en nada. Todavía el ejército real, aunque
muy disminuído por la hambre, por la guerra y las enfermedades, y
principalmente por las guarniciones que iba dejando detrás, era numeroso; y aun
contándose en él mucha gente bisoña, tenía bastantes soldados viejos para ser
temible. Gobernábanlo, bajo las órdenes del marqués de los Vélez y de Carlos
Caracciolo, marqués de Torrecuso, su Maestre de campo general, D. Juan de
Garay, que acababa de llegar del Rosellón, el duque de San Jorge, hijo de
Torrecuso, el marqués Cheli de la Reina, D. Alvaro de Quiñones y otros
capitanes, de nota algunos, todos muy antiguos en el ejercicio de las armas; y
la artillería, con la desembarcada últimamente del Rosellón, era buena y mucha.
Pero había en el corazón de aquel ejército un mal profundo, incurable, y era el
poco acuerdo y división de los capitanes, producido principalmente por el mando
del marqués de los Vélez.
Como este Marqués ignoraba el arte de la guerra y
no sabía, por tanto, proveer en ella lo que convenía; como no podía alegar
grandes servicios y menos en las armas, carecía de la autoridad necesaria para
el mando, y era incapaz de contener las pretensiones opuestas y exageradas de
tantos capitanes orgullosos con los servicios que habían prestado y que no
acertaban á igualar con el propio ningún merecimiento. Así acontecía que el de
los Vélez, ó no daba provisión alguna en las ocasiones más críticas, ó si las
daba eran olvidadas y contradichas de los capitanes, que ni lo respetaban á él
ni se guardaban entre sí respeto alguno; con que no había quien mandase ni
quien obedeciese, causa bas[347]tante para perderse en
las armas. Habíase advertido ya este mal en diversas ocasiones durante aquella
corta campaña; mas ahora delante de Barcelona fué donde sirvió de ejemplo
horrible de lo que la mala elección en el general puede hacer en un ejército, por
poderoso que sea.
Llegada la hora prefijada para el ataque de
Montjuich, se puso en marcha el ejército real, repartido de esta suerte: dos
trozos de mosquetería, cada uno de mil hombres escogidos al mando el uno, del
conde de Tyron, irlandés, y el otro al de D. Fernando de Ribera, Maestre de
campo, se encaminaron á subir la montaña donde aquella fortaleza está sentada,
aquél por el costado derecho, entre la campiña y la eminencia; éste por el
costado izquierdo, entre la eminencia y la ciudad: seguía luego por el centro un
escuadrón de ocho mil infantes, que se extendió en batalla por el monte, como
en reserva de los dos primeros escuadrones y lo restante de la infantería se
escuadronó haciendo frente á la ciudad. La artillería y caballería, á los
costados en los sitios más á propósito que se hallaron, atendían á evitar la
salida de los de la ciudad y la retirada de los de Montjuich, gobernando toda
la gente destinada contra éstos Torrecuso, y lo que quedaba contra aquéllos D.
Juan de Garay. Mandaba dentro de Montjuich, por los catalanes, M. d'Auvigné, y
en la ciudad M. Du Plessis y el diputado militar Tamarit; y Seriñán, con la
caballería francesa y catalana, se apostó fuera de las puertas, en un llano
entre Montjuich y las murallas, al abrigo de las muchas baterías con que éstas
estaban coronadas.
Tal descripción se necesita para comprender el in[348]opinado suceso que allí hubo. Subieron á la eminencia
los dos primeros escuadrones de mosquetería destinados al asalto; pero llegaron
muy fatigados y con mucha pérdida por haber tenido que ir desalojando de las
trincheras de la cuesta á los enemigos. Puestos allí, sin embargo, no había más
que dar el asalto, que era éxito seguro; mas al intentarlo se notó el
inconcebible olvido de no haber traído escalas ni instrumentos algunos para el
caso; entonces envió á pedirlos Torrecusa al marqués Cheli, que dirigía la
artillería situada á la falda del monte, y la infantería, en tanto, quedó
formada enfrente de las murallas de la fortaleza y expuesta á todo el fuego de
las baterías enemigas. Pasaron horas y horas, y las escalas no vinieron, y
nuestra infantería aguardó con increíble valor, sin perder terreno, cayendo sin
defensa uno tras otro los más valientes de los capitanes y soldados. Había
comenzado el ataque á las nueve de la mañana, y á las tres de la tarde continuaba
todavía la matanza de los nuestros, hecha á mansalva por los catalanes desde
sus muros. Ya á esta hora faltaba el aliento en los pechos más heroicos.
Torrecuso, que era el que tenía la mayor culpa del estrago con aquella
imprevisión fatal, corría de una en otra parte, desesperado, desatándose en
injurias contra Cheli, que le dejaba abandonado sin instrumentos ni escalas, y
sin recordar que él era aún más digno de ellas por no haber traído consigo lo
que convenía.
Mas en un punto quiso Dios que con el mayor castigo
que pudiera recibir, se le ocasionase también la total rota que temía. Estaba á
la falda del monte dando frente á la ciudad el duque de San Jorge, su hijo, con[349] la caballería del costado derecho; comenzaron
los enemigos á molestarle con escaramuzas de la caballería de Seriñán y alguna
infantería que sacaron fuera de las puertas emboscadas; y él, no escuchando más
que la voz de su valor, que era muy grande, determinó acometerlos y obligarlos
á refugiarse en la ciudad. Consultó su intento con D. Juan de Garay, que
mandaba las tropas de toda aquella parte, el cual, como soldado viejo, le mandó
que no se moviese de su puesto. Pero este género de órdenes no hacían en aquel
ejército efecto alguno: insistió el San Jorge; tomó alguna infantería de la que
estaba cercana y desalojó á los enemigos de la emboscada; y luego, como se
sintiese allí más molestado de los enemigos del muro, despachando aviso á D.
Alvaro de Quiñones, que mandaba la caballería del costado izquierdo para que
embistiera al propio tiempo, se arrojó sobre la caballería enemiga debajo de
sus mismas baterías. No hizo caso el D. Alvaro del aviso de San Jorge y lo dejó
arrancar solo. Fué el ataque de éste tan temerario, que llegó á azotar con su
espada los mismos muros; pero allí, rodeados él y los suyos por todas partes,
combatidos á un tiempo de la caballería de Seriñán y de la mosquetería de los
muros, cayeron los más valientes, desordenáronse los otros, y el duque de San
Jorge quedó muerto acribillado de heridas. Era mozo de valor heroico, aunque
imprudente, y á ejemplo de su padre, muy leal á la Corona de España.
Con este triunfo cobraron más brío los
barceloneses, y haciéndoles señas los de Montjuich de que les enviasen socorro,
se determinaron á enviarlo, y lo ejecutaron á punto que ya los españoles que
coronaban la[350] cima del monte no podían
sostenerse. Entonces los del socorro y defensores hicieron una salida, y aunque
pocos en número, como estaban de refresco y hallaron tan desalentados á los
nuestros, arrollaron fácilmente á los primeros, y los otros ya sin más espera
se dejaron caer en derrota desde la cima á la falda del monte. Fué fatalidad
que Torrecuso supiese en aquel momento mismo que Dios le había castigado de su
imprevisión con la muerte del hijo, y en lugar de dictar alguna disposición ó
concierto, se entregó á los mayores extremos de desesperación, sin cuidar de su
vida ni de la de los otros. En tanto los catalanes bajaban del monte degollando
y sembrando de cadáveres el suelo, sin hallar en ninguna parte resistencia,
trayendo á los nuestros en total dispersión. Debióse á D. Juan de Garay que todo
el ejército no se perdiese aquel día. Con sin par destreza, recogió á los
fugitivos, reanimó á las tropas que no habían entrado en combate y dispuso la
retirada á Tarragona, sin que el marqués de los Vélez, que ignoraba casi todos
los accidentes de la batalla, supiese otra cosa en aquel trance que llorar su
desdicha, enviando en el instante á Madrid la dimisión de su empleo. Tal fué la
jornada de Montjuich, que nos costó dos mil soldados de los mejores que á la
sazón hubiese en nuestras banderas.
Con la noticia de este suceso y la obediencia
prestada en Barcelona al Rey de Francia, se determinó Richelieu á enviar
considerables fuerzas á Cataluña, viendo que aquél era entonces el punto más
vulnerable de España. Nombró por general del ejército á M. de la Motte
Hodancourt, y envió tropas, que formaron con algunas catalanas un ejército de
nueve mil infantes y[351] dos mil quinientos
caballos, el cual se puso en marcha para Tarragona, donde los nuestros estaban
retirados, al propio tiempo que el Arzobispo de Burdeos con una armada cerraba
la boca de aquel puerto. Ascendía la gente nuestra á poco más de catorce mil
hombres, restos de veintitrés mil con que se comenzó la campaña, y había venido
á mandarlos después de la dimisión y salida del marqués de los Vélez, Federico
Colona, condestable de Nápoles y príncipe de Buttera, que se hallaba de Virrey
en Valencia, reemplazándole allí el marqués de Leganés, que acababa de llegar
de Italia. Quedaron bajo las órdenes del de Buttera el marqués de Torrecuso y D.
Alvaro de Quiñones, porque D. Juan de Garay, á quien tanto se debió en la
retirada de Montjuich, había ido ya á servir bajo la conducta del conde de
Monterrey en el ejército formado en las fronteras de Portugal.
Era el nuevo General no mucho más hábil que el
marqués de los Vélez y algo más indócil; de suerte que no quería escuchar
consejo alguno de los que sabían más que él en materia de armas; así acabó de
traer al último extremo al ejército; porque dado que en los primeros impulsos
de la retirada fuera conveniente meterse en Tarragona, debió luego salir de
ella el ejército, dejándola bien guarnecida y provista: donde no había de verse
forzosamente lo que sucedió, y fué que, levantado en armas todo el país, fortificados
todos los pasos y las plazas entre Tarragona y las fronteras de Aragón y
Valencia con un ejército al frente y una escuadra en el mar, había de quedar el
ejército encerrado y reducido á la última extremidad de la miseria y el hambre.
Pronto se hicieron sentir tales efectos. Los[352] enemigos,
después de algunos choques parciales sin consecuencia, se apoderaron de Reus,
de Constantí, de Salou y los demás lugares del campo de Tarragona, y acampados
á media legua de la plaza, la apretaron, de suerte que de un día á otro se
esperaba ya la rendición del ejército. Para colmo de desgracias, la poca
autoridad y destreza del General no tardó en engendrar las naturales discordias
de los nuestros; y por otra parte, entrando las enfermedades en la plaza,
postraron al mayor número de los capitanes, y entre otros al mismo príncipe de
Buttera. Sólo Torrecuso conservó alientos para el mando, y acaso si él hubiera
sido General no habrían venido á tal punto las cosas, porque era, á pesar de
sus yerros, el más diestro de los capitanes que tuviésemos en aquel ejército.
Dió orden el Conde-Duque al de Villafranca para que acudiese con su armada, que
estaba en Valencia, al socorro. Dudó y temió mucho éste por hallarse con pocas
fuerzas; pero al fin se determinó á intentarlo, y entrando valerosamente en el
puerto de Tarragona con cuarenta galeras y algunos buques menores, á pesar de
la escuadra del Arzobispo, metió algunos víveres. Mas éstos fueron destruídos
en parte por el fuego de los franceses, y en parte consumidos por la gente de
la armada, que separada sin pensar del resto cuando se retiraba, tuvo que
recogerse al puerto; de modo que al poco tiempo se encontró el ejército en los
mismos apuros que antes. Entonces la Corte determinó hacer un esfuerzo supremo
para enseñorearse del mar, mientras que por tierra se esforzaba también en
juntar ejércitos que bastasen á ahuyentar á los enemigos.
Reunióse una armada poderosísima, compuesta de[353] casi todos los bajeles armados que llevaban
entonces nuestras banderas. Vinieron los bajeles de Dunquerque, gobernados por
el almirante Francisco Feijóo, los napolitanos del duque de Nájera, los
bergantines y galeras mallorquinas de aquel famoso D. Pedro Santa Cilia, las
napolitanas de D. Melchor de Borja, las genovesas de Juanetín Doria y algunas
toscanas, y juntándose con la armada del de Villafranca y Fernandina,
compusieron entre todos treinta y un navíos, veintinueve galeras, catorce
bergantines y otros cincuenta buques menores. Constaba la armada francesa de
treinta navíos, diez y nueve galeras y muchos bergantines y buques menores;
pero no osando esperar á la nuestra, entró el socorro sin obstáculo; bien que
fué muy sentido en Madrid el que no se la obligase á entrar en combate. El
ejército cuando llegó el socorro se hallaba ya muy disminuído, y casi acabado
por las enfermedades y el hambre, con muerte de muchos capitanes. Entre ellos
murió á los pocos días el mismo general D. Fadrique de Colona, príncipe de
Buttera, á quien no le dió la suerte ni una sola ocasión en que justificase la
torpe elección que de él hizo el Conde-Duque. Sucedióle interinamente el
marqués de Hinojosa, mientras se nombraba otro que lo reemplazara.
Entonces Richelieu, para conquistar el Rosellón,
envió allá un ejército al mando de Condé, que se apoderó de Elna, mal defendida
por los soldados walones que la guarnecían. Y más cuidadoso de ganar aquella
provincia, que sabía que podría conservar, que no á Cataluña, cuya pérdida
tenía al fin por inevitable, metió en ella nuevas tropas y generales, ordenando
también que de los ejércitos de Cataluña una parte se[354] acercase
al Pirineo para dar calor á la meditada conquista, y otra se quedase en
observación de Tarragona y la frontera de Aragón. Había ido á mandar las armas
en Rosellón por nuestra parte el marqués de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de
Lara, soldado de glorioso nombre desde la victoria de Fuenterrabía; y aunque
entresacando guarniciones de las plazas había logrado formar un pequeño
ejército, se hallaba sin fuerza para contrarrestar al enemigo. Dió orden
nuestra Corte al marqués de Torrecuso para que de los soldados de las galeras
formase tercios, y con ellos y alguna gente de la que estaba en Tarragona, con
pocos caballos, se embarcase en la armada y fuese á prestar socorro al de
Mortara. Con esta orden desembarcó Torrecuso en Rosas; pasó el Tech, con el
agua hasta el cuello; caminó sin descanso, cargados los soldados con las
municiones y víveres á la espalda y ahuyentó á los trozos de gente enemiga que
le salieron al paso.
El mariscal de Brezé, nombrado á la sazón
lugarteniente de Cataluña por el Rey de Francia, y los cabos catalanes,
noticiosos de su intento, estaban ya fortificados en el paso de Argeles con
seis mil infantes y mil doscientos caballos, alargando sus trincheras hasta el
mar para detenerlo. Sorprendió Torrecuso durante la noche las centinelas
enemigas, entró en uno de sus cuarteles y lo desbarató; de manera que halló,
libre el paso, como quería, y habiendo avisado su llegada al de Mortara, que
estaba en Perpiñán, vino éste á juntársele con su gente. Aún el mariscal de
Brezé quiso impedir esta reunión, y en el momento de verificarse atacó á
Mortara furiosamente y logró desordenarlo un[355] tanto;
pero no pudo impedir que Torrecuso con su ejército viniese á incorporarse con
él, reuniendo entre ambos siete mil infantes y seiscientos caballos. Entonces
se empeñó una recia batalla: la caballería de los enemigos era doble que la
nuestra, y la infantería, con la que acudió de los contornos al oir el fuego,
era igual; pero Torrecuso y Mortara hicieron de modo que los enemigos fueron
obligados á retirarse, dejándoles dueños del campo. Honrada acción, que recordó
al mundo cuanto podía esperarse aún de los ejércitos españoles bien dirigidos.
Fueron bastante provechosas las resultas. Rindióse luego Argeles y muchos
lugares del Rosellón, y entre otros el de Santa María, que era muy importante,
cayó en poder de los nuestros; metiéronse en Perpiñán provisiones de boca y
guerra para un largo sitio y se reforzó la guarnición de Coliure. Hecho esto,
como si no hubiera más peligro que temer, en obediencia sin duda de las órdenes
de la Corte, se embarcó Torrecuso con una parte del ejército que había llevado
y se vino á Tarragona; y de allí á Madrid, cuando era más necesario en Cataluña.
Quedó gobernando las armas en Perpiñán el marqués de Flores Dávila; en Coliure
ó Colibre, el marqués de Mortara, y en Salsas, D. Benito de Quiroga, todos con
buenas guarniciones, pero sin ejército bastante para correr el campo. Por lo
mismo, no tardaron los franceses en recobrar á Santa María y amenazar de nuevo
toda la provincia. Entretanto se formaba á toda prisa en Aragón un ejército que
fuese á reforzar las reliquias de los Vélez, aún acuarteladas en Tarragona.
Eligióse para el mando al marqués de Pobar, hijo primogénito del difunto duque
de Cardona, joven[356] sin ningún conocimiento en
las armas, ni experiencia en el mando, que no tenía otros méritos que los de su
familia y los de su lealtad, verdaderamente acrisolada, con cuyo nombramiento
desacertadísimo se prepararon desde luego nuevos desastres. Fuése formando el
nuevo ejército con las tropas que había de antemano reunidas en aquella
frontera, principalmente extranjeras, y algunas nuevamente levantadas en el
reino, que acudieron de varias partes.
Á la verdad, el proyecto de formar un ejército en
Aragón que sirviese de reserva al que mandó el marqués de los Vélez y
divirtiese por aquella parte al enemigo, no era nuevo. No bien el de los Vélez
cambió su nombre de Virrey de Aragón por el de Virrey de Cataluña, y vino á
sucederle en aquel puesto el duque de Nochera, gran señor napolitano, comenzó
éste á juntar soldados, amagando á los pueblos fronterizos de Cataluña; pero de
una parte su humor extraño, y de otra la insubordinación de los capitanes que tenía
á sus órdenes, le impidieron salir formalmente á campaña y hacer la división
que estaba determinada. Fué esta la causa principal de que á poco se le
separase del mando y se le encerrase en una fortaleza, donde murió,
sucediéndole el marqués de Tavara en el mando, y en el ínterin fueron los
enemigos quienes intentaron por aquella parte divertir la atención de los
nuestros. M. de San Pol gobernaba en Lérida: reunió un grueso de catalanes y
cayó sobre Tamarit de Litera, villa situada en la ribera del Cinca, donde se
alojaban algunos tercios navarros destinados ya al proyectado ejército.
Sorprendióla; degolló alguna gente; hizo bastantes prisioneros y se volvió sin
que la gente que salió de Fra[357]ga en su persecución
pudiera alcanzarle. Tomaron también los catalanes la villa de Orta, que estaba
fortificada, sin que los nuestros pudiesen socorrerla. Hubo reposo en aquella
frontera mientras duró el bloqueo de Tarragona; pero forzado La Motte á levantarlo
y falto de dinero para pagar sus tropas, se acercó de nuevo á Tamarit de
Litera, y entrando en ella como amigo, la saqueó luego horriblemente.
Algo pudiera remediar de este daño D. Francisco de
Toralto y Aragón, luego Marqués de este título, que mandaba un trozo de cerca
de cinco mil hombres en la ribera del Cinca; pero no quiso, para castigar á los
de Litera de haber recibido como amigos á los franceses. Lo que hizo para
vengar el insulto fué enviar uno de sus capitanes á que tomase la villa de
Almenara, donde tenían guarnición los enemigos; mas no pudo conseguirlo, aunque
lo intentó por dos veces. Tan tibiamente corrían las cosas cuando el D. Pedro
de Aragón, marqués de Pobar, vino á Aragón á formar el ejército destinado al
socorro de Tarragona. Costóle mucho trabajo ordenarlo, y al fin, apretándole la
Corte para que marchase, con seis mil infantes y mil doscientos caballos que
tenía reunidos, pasó los confines de Aragón y entró en Cataluña.
Dejamos mandando por muerte del de Buttera las
tropas de Tarragona al marqués de la Hinojosa, más conocido por este título,
que tenía de su esposa, que por el conde de Aguilar y Sr. de Cameros, que era
el propio, capitán no vulgar, aunque un tanto corrompido por la vanidad y la
envidia, pasiones viles de la época. Á pesar del mal estado de sus tropas, no
bien se alzó el bloqueo, mientras los generales enemigos se[358] encaminaban
al Rosellón y á la frontera aragonesa, salió de Tarragona, tomó á Reus y la Selva,
rindió en Alcover un tercio de catalanes, apoderándose de la villa, y se
enseñoreó de casi todos los lugares de aquel campo. Alentado con estas ventajas
se acercó al Vendrell, donde tenían sus almacenes los catalanes, y embistiendo
la villa por dos partes, después de cuatro horas de combate la entró sin mucha
pérdida. Ganó en seguida á Vallmol; y estando para emprender nuevas conquistas
fué acometido sobre la ermita de Villalonga por el general francés La
Motte-Hadancourt, que acudió al opósito de sus empresas, y venía observándole y
espiando la ocasión favorable de acometerle. Hubo un combate sangriento, porque
los franceses eran doblados en número que los nuestros; pero al fin fueron
rotos con mucha gloria de nuestra parte y pérdida de cuatrocientos hombres en
los enemigos. Después de esta victoria se rindieron algunos castillos, nidos
funestos de almogávares.
Ya en esto el marqués de Pobar con su ejército
había pasado el Segre por el lugar de Escarpe, apoderándose de la villa, y
encaminándose á Sarroca, rindió el lugar y no el castillo, por carecer de
artillería. Con esto y haber tomado el de Aguilar é Hinojosa el castillo de
Constantí y el Coll de la Alforja, pasando en aquél á cuchillo á toda la
guarnición por no querer darse á partido, y dando éste á las llamas por la
obstinación de sus moradores, se pusieron en comunicación los dos ejércitos.
Mas, juntos los generales, no tardaron en suscitarse entre ellos grandes
contiendas, principalmente sobre la materia de mando, no queriendo ni uno ni
otro reconocer superior. Careciendo de órde[359]nes
suficientes para resolver el caso, hubo que consultar á Madrid, cuando todo
debió estar provisto de antemano, y mientras venía la contestación se
desaprovecharon las ocasiones de lograr algunas ventajas con aquellos
ejércitos, que reunidos y reforzados con la gente que trajo de Rosellón
Torrecuso, formaban un grueso considerable. Llegó la resolución de Madrid, y
fué tal, que más descompuso que acomodó á los generales; nueva dificultad para
las operaciones, viniendo la mayor parte de la culpa del de Hinojosa, pues el
marqués de Pobar á todo se prestaba dócilmente. No hubo más medio que sacar de
Cataluña á uno de los dos generales, y cierto que no pudo ser peor el modo y la
ocasión que se eligió para ello.
Habían los franceses invadido el Rosellón de nuevo,
como arriba indicamos, con más fuerzas que nunca, no bien se retiró Torrecuso.
Era tan fácil de prever esto, que no se comprende cómo nuestra Corte pudo
ordenar la retirada; pero aún es menos fácil de comprender el modo con que
ahora acudió al remedio. Ordenóse al marqués de Pobar que recogiendo hasta dos
mil corazas y mil dragones, se encaminase desde Tarragona al Rosellón. La
distancia entre estos parajes llega á cincuenta leguas de tierra, todo á la sazón
poblado de castillos y pueblos fortificados, con muchas plazas fuertes é
innumerables cuadrillas de almogávares y miqueletes, sin contar el ejército
enemigo del mando de La Motte-Hodancourt, situado en Montblanch en acecho de
las operaciones de los nuestros. Desde luego todos los capitanes experimentados
dieron la empresa por imposible, y el marqués de Pobar envió á la Corte para
que lo representase á D. Martín[360] de Mójica, su
Maestre de campo general, proponiendo que se embarcaría en Tarragona y haría el
socorro por mar, como lo hizo Torrecuso; fácil intento, por andar señoras de él
nuestras armadas. Mas no se dió oídos en la Corte al enviado del de Pobar y
fuéle preciso á éste ejecutar el mandato. Púsose en marcha con su caballería,
que era el mayor número de corazas, y como tal, doblemente pesada é impropia
para hacer tan difícil marcha por tierra de enemigos. Debía el marqués de
Hinojosa proteger el movimiento del de Pobar, amagando hacia el Coll de Cabra á
los franceses, para que viniendo sobre él dejasen al otro libre el paso; mas no
quiso ó no supo ejecutarlo, ó lo que es muy probable, no logró que los
capitanes enemigos, prácticos en la guerra, se separasen de su principal
intento. El hecho fué que éstos ocuparon todos los pasos. La Motte-Hodancourt,
desde Montblanch, comenzó á picarle la retaguardia. Se levantaron los somatenes
en toda la comarca, y los caudillos más osados y prácticos de los almogávares
ocuparon con sus gavillas los caminos por donde forzosamente tenía que pasar el
ejército. Así, desde el primer día de su marcha nuestros soldados no
descansaron un momento, siempre hostigados y perseguidos, y lo que es peor, sin
víveres, ni agua, ni forraje. Todo estaba seco, todo exhausto, todo desierto á
su paso, y sólo los alaridos de los almogávares venían á recordarles
espantosamente que iban caminando por lugares habitados. Dejábanles pasar, sin
embargo, tranquilamente sin emplear las armas; pero no era sino con intento de
traerlos más adentro, cerrándoles la retirada.
Llegaron de esta suerte por el Coll de Balaguer[361] hasta Villafranca del Panadés y Esparraguera,
pasando tres leguas distante de Barcelona. Allí ya supieron que el enemigo
venía sobre ellos por todas partes; que los pasos estaban completamente
cerrados y que era imposible de todo punto seguir adelante; y habido consejo de
los capitanes, convencido el de Pobar de que había hecho todo lo humanamente
posible por obedecer á la Corte y que era delirio pensar en ejecutarlo, ordenó
la retirada. Fué ya á deshora. La Motte-Hodancourt se echó con todas sus
fuerzas sobre la retaguardia, que gobernaban Frey Vicencio Gamarra y D. Antonio
Pellicer. Eran los nuestros quinientos caballos; los contrarios ochocientos y
además quinientos mosqueteros catalanes: rompieron los caballos españoles á
estos mosqueteros; pero embestidos luego por la caballería enemiga tan
superior, sucumbieron, no sin pelear valerosísimamente, quedando prisioneros
los capitanes y muchos soldados. En seguida, no queriendo aún aventurar el
francés un combate general, se puso á seguir á los nuestros sin perderles ya de
vista un instante.
Apresuraban el paso los españoles; pero más aún lo
apresuraban los enemigos, y principalmente los del país, como más prácticos y
más hechos á la fatiga. No había infantería con que ir apartando los
almogaváres de los caminos, porque los dragones, desmontados, no bastaban para
semejante servicio; los caballos, faltos de forraje y sedientos, caían aquí y
allá muertos ó rendidos, y los jinetes, no más afortunados, apenas podían
llevar sobre sí el peso de las armas. Hogueras encendidas por los catalanes en lo
alto de los montes iban avisando al país que se pusiese en armas, ocultando los
víveres y las provisiones; y en tanto los[362] franceses
no dejaban de distinguirse al lejos un solo punto, amagando la batalla. Al fin,
un día que nuestros infelices soldados habían corrido veinte horas seguidas sin
comer ellos ni los caballos, vagando de acá para allá, y hallándose al fin en el
punto de donde salieron, que era el lugar de Granata, media legua de
Villafranca, engañados por sus guías y sin acertar con el camino, hallando
algunas provisiones, hicieron alto un momento para cobrar fuerzas y seguir la
marcha. Mas no le dieron tiempo los contrarios: en el mismo punto cayeron sobre
ellos franceses y almogávares en muchedumbre, y hallándoles desmontados á los
más y á todos desfallecidos, sin cruzar la espada ni hallar la menor
resistencia, hicieron á generales y soldados prisioneros, sin escapar alguno[19].
Causó tal desastre en Madrid horrendo espanto;
culpábase al General, pero no era sino el Conde-Duque quien tenía la culpa de
todo, por la elección que en él hizo y más aún por su absurdo mandato. Era el
D. Pedro de Aragón, marqués de Pobar, poco capitán, como tan inexperto en tal
ejercicio; pero nunca desmintió en sus intenciones lo honrado de su cuna, y
parece aún respetable en su desdicha. Malogrado con este suceso el socorro del
Rosellón, no tardaron en venir de allí mayores desastres, perdiéndose para siempre
toda la provincia. Un ejército francés, compuesto de más de veinticinco mil
hombres, mandado por los Mariscales de Schomberg y de la Meillerai, sitió
sucesivamente á Colliure, á Perpiñán y Salsas, que eran las plazas que
defendían la provincia, vinien[363]do el mismo cardenal
Richelieu con el rey Luis á los campamentos para dar mayor estímulo á los
soldados. Colliure, donde estaba el de Mortara, se defendió valerosamente. La
guarnición peleó varias veces con los franceses fuera de los muros, y en una de
ellas entró uno de los cuarteles, y tomó y clavó seis piezas de artillería,
haciendo gran destrozo en los enemigos. Logró éste al fin ocupar la plaza; pero
el castillo, que era lo principal, quedó por los nuestros, hasta que luego,
falto de agua á causa de haber destruído las bombas la cisterna, se rindió bajo
honrosas condiciones, saliendo el marqués de Mortara con sus soldados para
Fuenterrabía.
Perpiñán tuvo también que rendirse al cabo de tres
meses de trinchera abierta y más de estrecho bloqueo, por falta de bastimentos,
no sin consumir antes la guarnición todos los animales que se hallaron en la
plaza, el pergamino, la lana y hasta algunos cadáveres, quedando reducida de
tres mil hombres de que contaba á solos quinientos. Portóse como quien era el
marqués de Flores Dávila, que allí mandaba, y bajo su mando, D. Antonio
Caballero de Illescas comenzó á acreditarse de capitán esforzado. Perdióse con
la plaza el mejor arsenal que entonces hubiera en España, tan falta de
pertrechos y armas, pasando de veinte mil las de fuego que allí se contaban.
Poco después entregó á Salsas sin mucha espera su gobernador D. Benito de
Quiroga, pretextando falta de recursos. Tras esto se dieron todas las demás
villas y lugares, y el Rosellón quedó hecho provincia francesa. Mientras esto
pasaba del lado allá del Pirineo, fueron muy varios del lado acá los accidentes
de la guerra, y si no tan desdi[364]chados, no tampoco
muy favorables. Peleóse heroicamente en Tortosa, porque habiendo intentado
apoderarse de esta plaza importantísima el mariscal de La Motte-Hodancourt,
después de la destrucción del ejército del marqués de Pobar, fué derrotado, en
tres asaltos consecutivos que dió, por su gobernador Bartolomé de Medina,
asistiendo hasta las mujeres á las murallas: tanto era por España el amor de
los moradores. Buen desengaño llevó también el francés en la villa de Tamarit
de Litera; pues escarmentados los moradores con el saqueo horrible que ejecutó
en ellos cuando como amigo lo recibieron en la villa, defendieron esta vez la
entrada con tal esfuerzo, que no la logró sino á costa de muchas vidas, y aun
así no pudo rendir á algunos de ellos que se encerraron en la torre: en cambio
se apoderó de Monzón, defendida por D. Martín de Azlor, por falta de víveres,
amenazando las provincias aragonesas.
Al propio tiempo D. Vicente de Aragón, enviado á la
Conca de Tremp para promover algún favorable levantamiento entre los vasallos
de su casa, tuvo que retirarse sin fruto alguno. Mil caballos franceses
llegaron hasta dar vista á Vinaroz y llenaron de terror toda la comarca hasta
Valencia; y el mismo La Motte-Hodancourt hizo una correría por el condado de
Ribagorza con casi todo su ejército, aunque fué resistido de tal manera por los
paisanos aragoneses, que tuvo que tornarse sin botín y con pérdida. También los
navíos españoles de la escuadra de Dunquerque, que al mando del Almirante
Feijóo estaban en las costas de Vinaroz desde que se deshizo la gran armada que
hubo el año antes, pelearon con un trozo de armada france[365]sa,
y echaron á pique algunos buques y maltrataron otros después de diez horas de
combate; pero acudiendo el resto de los bajeles enemigos, que eran muchos,
tuvieron los nuestros que recogerse al puerto, y quedaron dueños del mar los
franceses. Por tierra no había otro ejército que oponerles sino el del marqués
de la Hinojosa, encerrado de nuevo en Tarragona y su campo; y aunque no dejaba
su General de molestar á los enemigos con frecuentes algaradas y escaramuzas,
todavía eran éstas insuficientes para traer alguna ventaja importante. En una
de tales algaradas destrozaron los nuestros mil quinientos franceses y
catalanes, degollando mucha parte, haciendo muchos prisioneros y tomando una
gruesa cantidad de dinero que iban escoltando. Descubrióse por aquellos días en
Tarragona una conspiración urdida por los frailes carmelitas descalzos para
entregar la plaza al enemigo, los cuales se defendieron hasta morir los más en
sus celdas cuando se les quiso prender. Pero ya en esto los franceses y
catalanes, triunfantes en el Rosellón y en Cataluña, amenazaban por toda la
frontera penetrar en el corazón de la Monarquía.
Clamaban los leales aragoneses, clamaban los
valencianos, clamaba el mismo pueblo de Madrid porque el Rey saliese al opósito
de los enemigos; sabíase que sólo alrededor de su persona podían ya juntarse
ejércitos tan numerosos como se necesitaban; sabíase que sólo su presencia era
capaz de infundir respeto en los rebeldes y de alentar á los leales; teníanse,
en fin, las mayores esperanzas en aquella jornada, pedida, solicitada por todos
desde el primer grito de rebelión que hubo en Cataluña, y ahora por la Reina
misma y[366] los principales señores de la Corte.
Sólo el Conde-Duque se oponía á ella, temiendo que viendo de cerca las cosas
sospechase el Rey su ineptitud para el mando, y que con el trato de los
generales y las libertades que ofrece la campaña, tomase afición á otras
personas que él, ó despertase de su ceguedad y letargo. Pero no pudiendo
resistir al clamor de tantos, dispuso en fin la jornada; que para ser como el
Conde-Duque hizo que fuera, más valía que no se hubiese ejecutado.
Convocóse de nuevo á todos los caballeros,
hijosdalgos y nobles á fuero de España para que saliesen con el Rey al
ejército, ordenando que los hijosdalgos llamados de privilegio que no
asistiesen lo perdieran por su vida, que los dichos de sangre no pudiesen gozar
en ningún lugar del reino oficio de tales ni tener hábitos en las órdenes, y
que en los libros de cabildo y Ayuntamiento se apuntasen los nombres de los que
habían cumplido con su obligación y de los que habían faltado á ella para que
en todo tiempo constase. Mandóse al propio tiempo que no se diese licencia á
los soldados, que se castigase severamente á los que huyesen de sus compañías
para sentar plaza de nuevo, y que se registrasen todas las armas ofensivas y
defensivas que poseyesen los moradores, así naturales como extranjeros, so
grandes penas, sin duda con el fin de tomarlas para los ejércitos si hiciesen
falta. Por último, se hicieron tales levas y enganches y requisas, que en
Madrid, particularmente, no hubo en muchos días quien desempeñase ciertos
oficios, ni quedó caballo en coche ó caballeriza.
Todo era menester y ojalá que con más rigor se hu[367]biese celado el cumplimiento de las órdenes. Pero
faltaba dinero para todo, y el Rey tuvo que rogar á los Grandes que hiciese
cada uno un donativo para los gastos, según el patriotismo y riqueza de cada
cual, por cuyo medio se juntó algún tesoro. Señalóse entre todos los Grandes el
almirante de Castilla, Enríquez de Cabrera, el mismo que ganó la victoria de
Fuenterrabía, olvidado del Conde-Duque por sus grandes merecimientos, el cual
rogó al Rey que le diese permiso para enajenar su mayorazgo y destinar todo el
producto al servicio de la patria. No se le dió; de suerte que no pasó de
generoso el ofrecimiento del Almirante, que con esto añadió un título más á los
muchos de patriotismo y de gloria que ya llevaba sobre su persona y nombre.
Luego el Rey, con el dinero y gente reunidos, comenzó su jornada: salió de
Madrid, llegó á Aranjuez, y no sin detenerse algunos días en aquellas delicias,
pasó á Cuenca, donde también gastó mucho tiempo en placeres y festejos con que
el Conde-Duque procuraba todavía deslumbrarle. Por fin, después de detenerse
aún bastante en Molina de Aragón, llegó á Zaragoza. Al propio tiempo, aunque
muchos títulos y Grandes, ó tibios patricios, ó sobrado airados contra el
Conde-Duque, dejaron de concurrir á la jornada, con sus gentes se formó en el
Ebro el nuevo ejército de hasta diez y ocho mil infantes y seis mil caballos,
número grande después de tantos desastres, con veintidós piezas de artillería
sacadas del castillo de la Aljafería, donde estaban para tener en respeto á la
ciudad desde el tiempo de Felipe II, y algunas otras que quedaban en los
tercios.
Llamóse para que mandase todas estas fuerzas al[368] marqués de Leganés, que estaba de gobernador en
Valencia; porque aunque muchos, recordando sus campañas de Italia, murmuraban
que no convenía, amábale el Conde-Duque sobremanera, y esa era entonces razón
que se prefería á todo. Por Maestre de campo general de aquel ejército fué
Torrecuso, que era acaso más capaz que el de Leganés para mandarlo. Hubo
esperanzas de que podría hacerse una campaña ventajosa. Á la par que el
ejército, habíase equipado en Cádiz una armada compuesta de treinta y tres
navíos de guerra, seis de fuego y cuarenta buques menores con nueve mil hombres
de tripulación, la cual, reuniéndose con las galeras y los navíos de Dunquerque
y Nápoles, que eran veinte, se presentó poderosísima en las costas de Cataluña
á echar de ellas á los franceses y dar calor á las operaciones de tierra,
mandada por el duque de Ciudad Real, separado ya del mando el duque de
Fernandina, y aun alejado de la corte y preso el genovés Juanetín Doria por los
enemigos á causa de haber naufragado en sus costas: de esta suerte, tanto por
mar como por tierra nos hallamos iguales ó mayores en poder á los catalanes y
franceses coaligados. Pero no quiso Dios, ó no permitieron las más veces los
desaciertos del Conde-Duque que las imaginadas esperanzas se realizasen. El Rey
no pasó de Zaragoza, preso casi en sus aposentos por el Conde-Duque, y no se
mostró una vez siquiera al ejército, con vergüenza de la Corona y mengua de la
persona del Rey, públicamente motejado de cobarde. Allí se entretenía Felipe en
ver jugar á la pelota y en pasear en el río, mientras por mar y por tierra se
jugaba á los trances inciertos de la guerra la suerte de la Monarquía.
Algo mejor se conducía que él la reina Isabel, que
durante su ausencia había quedado de gobernadora en Madrid. Recorría los
cuarteles; animaba á los soldados que iban á salir á campaña; vigilaba y
apresuraba la organización de los tercios y compañías que se hacían en Madrid
para el refuerzo de Cataluña, y buscaba dinero á toda costa. Entonces fué
cuando D. Manuel Cortizos de Villasante, rico negociante de Madrid, á quien la
Reina fué en persona á pedirle dinero sobre sus joyas, se negó hidalgamente á
recibirlas, y sin alguna garantía la entregó hasta ochocientos mil escudos para
que los enviase al ejército, que era entregarlos para no obtener más el cobro;
acción loable y que honró tanto al vasallo como á la Reina.
Era el intento partir en dos trozos el ejército de
Cataluña, el uno compuesto de las tropas que defendieron á Colliure, traídas
por Mortara, y otras al mando de Torrecuso; y el otro trozo al del Capitán
general marqués de Leganés, el cual debía bloquear á Lérida, mientras aquéllos
iban al socorro del Rosellón. Pero sabida la rendición de Perpiñán y Salsas y
la pérdida de toda la provincia, se puso toda la atención en Lérida. Salió el
de Leganés propuesto á sitiarla con el ejército entero: ganó el lugar de Aytona;
pasó el Segre y fué á sentar su campo delante de Lérida en el llano dicho de
las Horcas. Halló ya al mariscal de La Motte al amparo de los muros
con hasta dos mil infantes y tres mil caballos franceses y catalanes,
fortificado en unas alturas que caen poco distantes de la ciudad. No era
posible emprender el sitio sin desalojarlo, y por lo mismo no se dilató el
ataque, mas fué con poca fortuna.
Pecaba el de Leganés de soberbio, y con su
experiencia de la guerra despreciaba todo otro consejo y opinión que no fuese
la suya, y más que teniendo tan por amigo al Conde-Duque, no reparaba en
respeto alguno; por lo cual se condujo de tal suerte con Torrecuso, que al fin
tuvo éste que abandonarle, viniéndose á Zaragoza con el Rey. Solía decir que
renunciaría á la conquista de Francia si hubiera de hacerla por los consejos de
un italiano. Con esto, mandaba solo el Marqués cuando se empeñó la batalla. Comenzóla
Don Rodrigo de Herrera, Comisario general de la caballería, apoderándose con
trescientos jinetes de una de las colinas y de una batería puesta en ella por
los contrarios; pero acudiendo al refuerzo de éstos nuevas tropas, no tardaron
en rechazar á los españoles. Entonces se hizo el combate general en toda la
línea del enemigo, atacada vigorosamente por los nuestros, desde las diez de la
mañana hasta bien anochecido, pero sin fruto alguno. Los franceses, como
inferiores en número, no osaron tomar la ofensiva, y los españoles no supieron
aprovecharse de sus fuerzas. Cometiéronse grandes desaciertos: ninguno supo á
quién mandar ni á quién obedecer; todo era confusión, todo dar y deshacer
órdenes; así se pasaron las horas, perdimos quinientos hombres muertos y muchos
heridos, y llegada la noche se ordenó la retirada. No puede decirse que
padeciéramos una derrota, porque tomamos tres cañones al enemigo, que no pudo
quitárnoslos, ni osó luego perseguirnos, y porque el enemigo estaba fortificado
y en lugar eminente; pero siempre fué desventaja notable el haber de renunciar
al propósito de tomar á Lérida. Ni fué esto lo peor; sino que el ejército, me[371]tido de nuevo en sus cuarteles, se fué lentamente
disipando; de suerte que al comenzar la siguiente campaña, de aquellos
veinticuatro mil hombres apenas cinco mil quedaron en armas.
Acusóse también por ello al de Leganés, diciendo
unos que no sabía mantener en los soldados la disciplina, y otros, menos
piadosos aún, que los afligía con hambre continua, á fin de saciar á su costa
la codicia desordenada que en él se había despertado. Pasión indigna de su
valor, que sin duda lo tenía Leganés. También fué reprensible la vanidad con
que se dió por vencedor de la batalla de Lérida, logrando engañar al principio
al Rey; pero no tardó en venir el desengaño; y reunidas todas sus culpas, á pesar
del parentesco y amistad del Conde-Duque, fué separado del mando y confinado á
Ocaña, donde comenzó á formársele proceso por su conducta. Enseguida,
avergonzado del espectáculo que estaba allí ofreciendo, se volvió el Rey á
Madrid. Y entretanto la escuadra española, al mando del duque de Ciudad Real,
queriendo ir al socorro del Rosellón, había pasado por delante de Barcelona,
donde estaba M. de Brezé con la francesa, compuesta de cincuenta y nueve
bajeles y veinte galeras, por habérsele incorporado la que mandó el Arzobispo
de Burdeos, igual en poder á la nuestra. Salió Brezé del puerto, formó sus
bajeles en línea y se empeñó un combate que duró todo el día, sin que la
victoria se decidiese por alguna de las partes: al día siguiente volvieron á
encontrarse también sin ventaja, quemándose y perdiéndose algunos bajeles, y
quedando tan maltratadas ambas, que ni los españoles pudieron llegar al
Rosellón, volviéndose á las Baleares, ni[372] pudieron
los franceses en mucho tiempo salir de Barcelona. Después de esta batalla, ni
por mar ni por tierra volvió á emprenderse nada en mucho tiempo.
El conde de Monterrey, con D. Juan de Garay por
Maestre de campo general, acabó de reunir en tanto su ejército en la frontera
portuguesa. Pero como ni el estruendo de las armas pudiera hacerle olvidar sus
comedias y lascivias, las operaciones de aquel General fueron muy lentas. Envió
partidas ó escuadrones que hiciesen correrías desde Mérida y Badajoz, donde
tenía acuarteladas sus tropas, á Olivenza y Elvas, haciendo algunos daños, sin
que los enemigos, faltos al principio de toda ordenanza y disciplina, osasen
oponerse á campo raso. Mas su principal ocupación fué mover tratos en las
plazas para que las entregasen los moradores. Adelantólos en Olivenza, y aún se
creyó que llegaría á rendirse la plaza, para lo cual fué á presentarse delante
de sus muros D. Juan de Garay con un buen trozo de gente; pero llegando más
tarde de lo convenido, descubrióse en tanto la trama y se frustró. Entonces el
de Monterrey en venganza hizo quemar y talar todos aquellos confines y
campañas, robándolo y abrasándolo todo, y los portugueses en cambio entraron en
Galicia en número de más de seis mil hombres para arrasar el país. Salió á
ellos D. Benito de Abraldes con poca gente, los detuvo y dió tiempo á que,
llegando tropas de refuerzo, los pusiesen en fuga, persiguiéndolos hasta muy
adentro de sus tierras. Intentó de nuevo el conde de Monterrey tomar á Olivenza
de rebato, encomendándose la facción á D. José de Pulgar, hombre poco
afortunado, el cual llegó de noche delante de los muros, y errando el petardo
con que pensaba[373] forzar la puerta, fué sentido
y derrotado con pérdida de doscientos hombres.
No se tardó en acometer de nuevo á Olivenza, pero
no con más fortuna, y en el ínterin los portugueses rindieron y saquearon á
Valverde, valentísimamente defendida por D. Juan de Tarrasa, y entrando más
adentro en la sierra, se apoderaron del lugar de Seijas con su castillo,
bastante bien guarnecido. Hubo también no lejos de Olivenza un choque entre D.
Juan de Garay y Antonio Gallo, portugués, en el cual uno y otro se atribuyeron
jactanciosamente la victoria, y el Prior de Navarra, que mandaba en Galicia, obligó
á retirarse á un Cuerpo muy numeroso de portugueses, que al mando de D. Manuel
Téllez de Meneses y Don Diego de Pereira, entró á correr aquella provincia,
sosteniendo algunos choques parciales con ellos en que hubo pocas pérdidas de
ambas partes.
Estos fueron los hechos más brillantes de aquella
guerra, reduciéndose todo lo demás á feroces correrías donde unos y otros
quemaban sin piedad los pueblos, talaban los campos y degollaban á los
habitantes con el mayor encarnizamiento. Los capitanes de uno y otro bando
dejaban casi siempre á los contrarios hacer impunemente tales correrías, ó si
acudían al reparo, era por lo común sobrado tarde. Al fin nuestra Corte, que
era quien perdía con aquella inacción, porque en el ínterin los portugueses se
fortificaban más y más, recibiendo tropas y auxilios de las naciones
extranjeras y organizando su gobierno y ejércitos, determinó separar del mando
de las armas al conde de Monterrey, y en su lugar envió al de Santisteban, que
no mucho más experimentado y con tan insignificante[374] fuerza
como componía aquel ejército, no alcanzó tampoco ventaja. De nada sirvió la
asistencia y práctica de D. Juan de Garay. El cardenal Spínola, que fué á
Galicia á juntarse con el Prior de Navarra, no hizo tampoco más que él, ni el duque
de Alba, que estaba á la parte de Ciudad Rodrigo, logró ejecutar cosa digna de
su nombre. Todo se volvía cambiar de caudillos en aquella frontera; todo
repartir trozos é imaginar acometimientos; pero la verdad era que no se hacía
nada de provecho, ni eran las fuerzas tampoco para que se hiciese.
Por este tiempo ya todas las posesiones portuguesas
en América, África y Asia habían reconocido por Rey al duque de Braganza.
Gobernadas por portugueses, y no habiendo en ellas más que tropas portuguesas
que las defendieran, unas primero, otras después, se fueron alzando contra
España sin resistencia alguna: Ormuz, Goa, Pernambuco, el Brasil, tan azotado
de los holandeses, Angola y las Islas Terceras: sólo Ceuta quedó en nuestro
poder por lealtad del Gobernador el marqués de Torresvedras al Rey de España. Pudo
decirse que sólo por mar nos sonrió la fortuna contra portugueses, porque
habiendo encontrado el duque de Ciudad Real con la armada de España á una
holandesa que había venido en ayuda de ellos, la derrotó, echándola algunos
navíos á pique y obligándola á refugiarse en sus puertos: fué este combate á la
vista del Cabo de San Vicente.
Italia era teatro al propio tiempo de nuevos
contratiempos. Había reemplazado al marqués de Leganés en el gobierno de Milán
el conde de Siruela, D. Juan Velasco de la Cueva, otro de los privados del[375] Conde-Duque, al cual, ya que no tuviese grandes
méritos, no le faltaba alguna sagacidad y prudencia; mas quiso la suerte que
desde el primer día se continuase la mala inteligencia con el príncipe Tomás de
Saboya, no habiendo cosa al fin en que los españoles y el saboyano estuviesen
de acuerdo. Sitió el conde de Harcourt á Montcalvo y la tomó, y en seguida se
puso sobre Ivrea. Defendiéronse valientemente los sitiados, rechazando en
varios asaltos á los franceses, y en tanto el príncipe Tomás y el conde de
Siruela acudieron á levantar el cerco. Hubo un choque empeñado entre los
sitiadores y las tropas del príncipe Tomás, mas sin efecto alguno, y negándose
Siruela á comprometer una batalla general, discurrieron los aliados para llamar
la atención del enemigo ponerse delante de Chivas. No se les malogró el intento;
porque apenas lo supo Harcourt, alzándose de sobre Ivrea vino al punto al
socorro, y los nuestros, que no pretendían otra cosa, se retiraron sin que el
enemigo pudiese obligarlos á venir á la batalla. En seguida rindió Harcourt el
castillo y villa de Ceba y la plaza de Mondovi, y luego se puso sobre Coni,
plazas de las más importantes del territorio, y á pesar de los esfuerzos de
nuestros generales, la tomó á los cuarenta y seis días de trinchera abierta,
mientras los españoles sitiaban á Montcalvo. Acudió el francés al socorro de
esta última plaza y no pudo conseguirlo, con que tuvo que rendirse á nuestras
armas; mas poco después, falto el de Siruela de soldados, sacó la guarnición y
demolió las fortificaciones. Al propio tiempo el príncipe Tomás, que quiso
sorprender á Querasco, fué rechazado con alguna pérdida. Con esto terminó la
campaña de 1641 por aquella parte, quedando[376] más
enconados que nunca el conde de Siruela y los príncipes de Saboya.
Enviaron éstos á Madrid Embajadores á quejarse al
Rey de la conducta de los Ministros españoles, y hubo varias conferencias y
tratos; pero en el ínterin se compusieron ímpesada y cautelosamente con la
Corte de Francia y la regente de Saboya y volvieron contra nosotros sus armas.
Dió esto ocasión sobrada para que se sospechase que algunas de sus quejas
contra los españoles y sus Embajadas, tenían por objeto ocultar el intento de
la defección, y hacerla más dañosa. La verdad era, que muerto el conde de Soissons,
en la batalla de Sedán, la princesa de Cariñán, su hermana, mujer del príncipe
Tomás, que estaba á la sazón en Madrid, tenía á sus bienes pretensiones, las
cuales no parecía que pudieran hacerse valer sin reconciliarse con los
franceses. Además, tanto Tomás como su hermano Mauricio, viendo claramente
perdida la grandeza de España, más querían ser ingratos que víctimas.
De todos modos, el suceso no pudo sernos más
funesto. Estuvo oculto el Tratado bastante tiempo para que los príncipes de
Saboya pudiesen ir sacando astutamente las guarniciones españolas de la mayor
parte de las plazas, y con efecto lo consiguieron, no sospechándose aún su
deslealtad, y cuando fué pública, reunido el príncipe Tomás con los generales
franceses, tomaron á Niza de la Palla, Verrua, Crecentino y Tortona,
valerosísimamente defendida esta última plaza de los nuestros, primero en el
recinto de ella, luego en el castillo. Era tan importante, que el conde de
Siruela no quiso dejarla perdida, y como vió que los franceses y saboyanos se
habían retirado del sitio, llegó allí con[377] sus
tropas, hizo reparar las líneas de circunvalación, y se fortificó en ella.
Acudieron al socorro el príncipe Tomás y el conde Du Plessis que entonces
gobernaba á los franceses; mas vieron tan bien dispuestos nuestros cuarteles,
que no osaron acometerlos, y la plaza se rindió á los cuatro meses de sitio.
Dejó así con honra el de Siruela el mando, que desde Flandes vino á recoger el
marqués de Velada D. Antonio Sánchez de Ávila, tornándose á España. Ni fué la
defección de los saboyanos la única que padeciésemos entonces en Italia.
Desde el tiempo de Carlos V tenían los españoles
guarnición en Mónaco, cabeza del Principado de este nombre, y puerto, aunque
pequeño, esencialísimo para la navegación de España á Italia y para el socorro
de aquellos Estados, mucho más habiéndose dejado perder el de Final, que con
este objeto tomó el gran conde de Fuentes. Era ahora príncipe de Mónaco D.
Honorato Grimaldi, príncipe de Carpiñano, ricamente heredado en Nápoles y
Milán, y hasta entonces leal vasallo de España; y viendo tan decaídas las cosas
de España, abrió las puertas de la ciudad á los franceses. Los soldados
españoles del presidio, aunque sorprendidos con aquella traición impensada, y
sueltos y desarmados, no dejaron de defenderse por eso, muriendo muchos antes
de abandonar la plaza, entre otros el capitán Esporrin, natural de Jaca, que
los mandaba, peleando gloriosamente por su persona; mas al fin tuvieron que
ceder. Pérdida también muy sensible y de mucha consecuencia para en adelante.
Volvíanse en esto todos los ojos y todas las
esperanzas de España á Flandes. Allí era donde estaban recogidas las reliquias
de los temibles tercios de Carlos V[378] y de
Felipe II; allí donde se conservaba la antigua escuela militar, el antiguo
estímulo y hasta la antigua gloria; y allí, por último, estaba el hombre de más
mérito que quedase en la Monarquía: el Cardenal Infante. Formóse aquel ejército
con los mejores tercios españoles que pasaron de Italia al mando del duque de
Alba casi ochenta años antes, y habíase luego repuesto con la gente vieja de
Nápoles, Sicilia y Lombardía, y con los tercios que trajo el Infante cuando
vino á los Estados y vencieron en Nortlinghen. Durante tan largo espacio de
años mantúvose peleando y venciendo casi siempre en batalla, muriendo hoy uno,
luego otro al filo de la espada, todos los capitanes y soldados, y
rellenándolos lenta y perezosamente tal ó cual aventurero impaciente, tal otro
perseguido en la Patria por pendenciero y retador, muchos sedientos de gloria,
y no pocos sin familia ni hogar, ganosos de fortuna. Conforme iban llegando de
España los bisoños, recogíanles los antiguos cabos, adiestrábanles y les
enseñaban los severos principios de aquella milicia, y así todos se hacían unos
á poco tiempo, y parecían los tercios de ahora los mismos que vencieron en
Mulberg y en Pavía.
Ni era su general indigno de los de aquella época
de gloria, ni sus capitanes, el conde de la Fontaine, el duque de Alburquerque
y otros desmerecían de los primeros. Aguardábase por lo mismo en España que con
poderosas diversiones por aquella parte se llamase de tal modo la atención de
los franceses, que no pudieran acudir con fuerzas muy grandes á Cataluña y á
Portugal é Italia. Y cierto que á los principios bien pudieron dar aliento á
tales esperanzas, porque fueron muy gloriosos. Mas aconteció lo que entonces
acontecía ya en[379] todo, que al paso que los
extranjeros reparaban fácilmente sus pérdidas, nosotros no podíamos sobrellevar
las nuestras, porque nuestros grandes capitanes no hallaban sucesores ni
reemplazo los valientes soldados: así todo lo ganado á mucha pena en largo
tiempo y con grandes triunfos, perdíase de un golpe en una sola derrota. No
había, como solía suceder, recursos ni dinero para comenzar nuevas campañas
después de aquélla que concluyó con la toma de Arras por los franceses. La gente
estaba desnuda y falta de todo; mas el Cardenal Infante, con su buen gobierno,
logró recoger subsidios de los pueblos, y hubo capitanes, como el duque de
Alburquerque, que con patriótico desprendimiento vistieron á su costa los
tercios y sacrificaron la propia hacienda para mantener la campaña.
Comenzáronla los enemigos coaligados sitiando el mariscal de la Meillerie la
importante plaza de Ayre, y el de Orange la de Genep. El conde de la Fontaine,
Maestre de campo general, con un trozo de españoles se opuso á este último;
pero no pudo salvar á Genep, y Ayre se rindió también, aunque después de
defenderse valerosísimamente. En esta ocasión dió una muestra insigne de sus
talentos militares el Cardenal Infante.
No teniendo reunido bastante ejército para el
socorro, se estuvo apostado en las inmediaciones mientras duró el asedio,
esperando refuerzos, y llegando tarde con ellos el barón de Lamboy, no pudo
impedir la rendición de la plaza. Los enemigos antes de alzarse de su campo
fortificado quisieron, naturalmente, dejar aprovisionada la plaza, y para eso
enviaron por un gran convoy; mas el Cardenal Infante maniobró de suerte que se
puso entre el campo francés y el convoy,[380] tomando
por asalto la importante villa de Liliers y enseñoreándose de todo el país.
Entonces los franceses se vieron forzados á dejar sus líneas separándose como
media legua para salvar el convoy, y el Infante, que no deseaba otra cosa, se
metió rápidamente en ellas, sin que pudiesen ya estorbárselo. Allí, fortificado
en los mismos reductos y baterías de los franceses, que no habían tenido tiempo
de deshacerlos todavía, sitió de nuevo la plaza, la cual, no provista de
municiones ni bastimentos, tuvo que rendirse. En vano los enemigos, burlados
tan extrañamente y reforzados con numerosas tropas que trajo el mariscal de
Brezé al de la Meillerie, intentaron forzar las líneas que ocupaba el Cardenal
Infante; habíanlas ellos tan cuidadosamente fortificado antes, que ahora á su
abrigo fueron invulnerables los nuestros.
Pero esta fué la única hazaña del Cardenal Infante;
ni siquiera tuvo la satisfacción de ver rendida la plaza tan hábilmente ganada.
Su salud, ya decadente con tantas fatigas y trabajos, acabó de llevar el último
golpe con unas malignas tercianas que le acometieron en el campamento, y tuvo
que dejarlo y retirarse á Bruselas, donde murió á poco tiempo de padecer
penoso, llorado del ejército y del país por sus buenas cualidades, y muy
sentido en España, aunque no tanto como merecía lo grande de la pérdida. Su cadáver
vino al Escorial, donde reposa entre sus antepasados. Desde la muerte de
Ambrosio de Spínola no había habido otra tan irreparable y tan dolorosa. Hábil
político y capitán valiente y diestro, tenía también el Cardenal Infante muy
alto patriotismo y una abnegación y dignidad que comenzaban á echarse harto de
menos en la corrompida Corte[381] de España. Así,
cuando se habla de las desdichas de estos años fatales, es imposible dejar de
contar entre las mayores su muerte. Ella fué también anuncio y preludio de
otras que remataron nuestra ruina. Sucedió en el Gobierno una Junta compuesta
de D. Francisco de Mello, conde de Azumar, del marqués de Velada, del conde de
la Fontaine, D. Andrés Cantelmo, que eran los primeros jefes de las armas, y el
Arzobispo de Malinas, hasta que sabido el suceso en nuestra Corte se nombró por
Gobernador único de los Estados mientras iba persona real que lo reemplazase,
al de Azumar, D. Francisco de Mello.
Era este de noble familia portuguesa, y acaso de
las honradas de aquel reino; mas no debía andar sobrado de fortuna, y muy joven
aún, se vino á la corte de España para obtenerla. Aquí contrajo amistad muy
estrecha con Olivares, y cuando murió Felipe III, no bien comenzada la privanza
de aquel Ministro, fué ya nombrado Gentilhombre del Rey. Mantúvose por acá
muchos años sin obtener empleo, hasta que por los de 1639 fué enviado al
virreinato de Sicilia, cargo harto mayor que sus servicios y merecimientos. Sobrevino
allí á poco la rebelión de Portugal, y Mello permaneció fiel á España, y tantas
fueron las demostraciones de su lealtad, que al tiempo mismo en que los demás
portugueses, por bien reputados que estuviesen, eran cuidadosamente vigilados,
cuando no perseguidos, él recibió el mando de la Alsacia, y el cargo de
plenipotenciario en Alemania. De estos empleos, sin experiencia alguna de
ejércitos, fué traído por el favor solo del Conde-Duque al difícil gobierno de
los de Flandes.
Fueron los principios de este General tan
prósperos,[382] como desdichados los fines. Tomó el
mando del ejército delante de Ayre, y en sus manos se rindió la plaza. Para
divertirlo de aquel asedio entró aún la Meillerie por Arras; apoderóse de Lens
y Villeta, villa de poca defensa; pasó á la Bassée, puesto importantísimo para
cubrir el país de Lila, que á la sazón se estaba fortificando, y por no
hallarse acabadas las fortificaciones no se había plantado en ella la
artillería; así la tomó en pocos días, con que corrió todo el país. Adelantóse
hasta Lila, y acometió dos veces los Burgos, de donde fué rechazado por
hallarse allí ya tres mil infantes, con dos mil caballos que habían salido de
las líneas de Ayre. Entonces M. de la Meillerie escribió al magistrado pidiendo
neutralidad; pero los ciudadanos se mostraron muy fieles, con lo cual se retiró
de allí y acometió á Armentieres, desde donde, si la tomaba, podía cortar los
víveres al sitio de Ayre, y penetrar en el país hasta Brujas: fué también
rechazado. Volvió á dar vista á Lila, y luego se retiró quemando y destruyendo
todo aquel país hermosísimo. No pudo sufrir más el de Azumar, y adelantó un
Cuerpo de doce mil hombres para salir al apósito. El enemigo fué á sitiar á
Bapaume, y en su seguimiento fué Mello esperando alguna buena ocasión para
romperle. Entre tanto Ayre pidió capitulación, y con esto terminó la campaña.
En la siguiente, que comenzó muy temprano, Mello envió al conde de la Fontaine
delante de Lens y la tomó, y después recobró también á la Bassée. Vinieron al
socorro de esta plaza los mariscales d'Harcourt y de Grammont, que mandaban
ahora las tropas francesas; mas no pudieron lograr su objeto, y permanecieron
acampados y fortificados á orillas del río Escalda junto á Honnecourt, en
paraje y[383] manera que parecía inexpugnable. El
Escalda los espaldaba, y extendiéndose por uno de sus costados, daba lugar á
que este fuese defendido por un bajel anclado; el otro costado estaba apoyado
en un bosque; el frente lo defendían tres buenos baluartes y una trinchera y
foso que saliendo del río con media pica de ancho, volvía á entrar en él,
dejando encerrado en su arco el campo francés.
Supo D. Francisco de Mello maniobrar entonces
diestramente; envió hacia Hesdin un destacamento de tropas; con lo cual
Harcourt, para precaver algún golpe de mano, salió de las fortificaciones con
mucha parte de sus fuerzas, dejando dentro al conde de Guiche, conocido por el
mariscal Grammont, con el resto, que serían hasta doce mil hombres. Luego al
punto embistió las líneas enemigas con veinte mil soldados. El duque de
Alburquerque tomó con su tercio los baluartes y la artillería, á pesar de una
resistencia desesperada, y el marqués de Velada, que mandaba la caballería
nuestra, deshizo al salir de las líneas la de los contrarios; con que después
de seis horas de combate fueron estos derrotados dentro de las fortificaciones
que juzgaban inexpugnables, y puestos en total fuga y dispersión, dejando en el
campo dos mil quinientos muertos, tres mil prisioneros, toda la artillería y
bagaje, la caja militar que tenía cien mil escudos, y todas las banderas y
estandartes, entre otros el llamado de San Remigio, que era el blanco y no se
había perdido nunca, y la bandera de la coronelia del Delfín, las cuales fueron
colgadas en los templos de España. Grammont huyó seguido de muy pocos, y no
paró hasta Quintín.
Fué gloriosísima esta batalla, y más porque siendo
tan[384]to el estrago de los enemigos, no pasó nuestra
pérdida de doscientos muertos y pocos heridos; pero no tan fecunda como debía
esperarse, porque en todo el resto de la campaña no se hizo otra cosa que vagar
por uno y otro lado y hacer algunas incursiones por el territorio enemigo,
fatigándose y disminuyéndose las tropas con inútiles marchas. Atribuyóse esto á
la división que hubo entre los capitanes españoles, que no tenían á Mello,
falto de autoridad y de antiguos servicios, todo el respeto que debieran.
Pretendió acaso remediarlo la Corte enviándole á Mello en recompensa de la
victoria de Honnecourt, con título de marqués de Tordelaguna, grandeza de
España para su casa, y al propio tiempo le instó para que hiciese diversión
bastante á sacar á los franceses de Cataluña.
Con estas victorias, para la campaña de 1643 se
hicieron los mayores preparativos. Juntáronse hasta veinte mil infantes y seis
mil caballos, los mejores de Flandes, en los cuales iba casi toda la gente
española que había en los Estados. Dividió el de Tordelaguna y Azumar su
ejército en dos trozos, y dejando como en reserva el uno de seis mil hombres á
Beck, Coronel de alemanes, que desde la humilde condición de cosaco había
llegado á aquel punto por sus servicios y virtud militar se adelantó con el
otro, donde había hasta diez y ocho mil infantes y sobre dos mil caballos,
llevando al conde de la Fontaine por Maestre de campo general, y al duque de
Alburquerque, D. Francisco de la Cueva, por General de la caballería, ausente
el marqués de Velada para el gobierno de Milán; y entrando en la provincia de
Champagne puso cerco á Rocroy. Acababa de ser nombrado por los franceses
gobernador[385] de esta provincia el gran príncipe
de Condé, todavía duque de Enghien, joven de veintidós años, muy deseoso de
vengar la vergüenza que había hecho recaer sobre su casa la fuga de
Fuenterrabía, y bajo su mando estaban los generales de l'Hopital, de Gassion,
de Espanau y de la Ferté Semetièrre, con diez y siete mil infantes y tres mil
caballos. No bien supo Condé que el marqués de Tordelaguna, D. Francisco de
Mello, sitiaba á Rocroy, se determinó á rechazarle de allí á toda costa, á
pesar de que los viejos Mariscales que tenía á sus órdenes calificaban de
temerario el intento. Eralo sin duda, y á no ser por las grandes faltas que
cometieron los nuestros, la ruina del ejército francés hubiera sido completa,
como lo fué la de los españoles.
Está Rocroy situada en medio de una llanura,
rodeada de bosques y pantanos, sin otra puerta ó entrada que un peligroso
desfiladero: con sólo guardar éste por algunas compañías de soldados, era
imposible el paso y el socorro intentado por los enemigos. Pero Tordelaguna,
que quería la batalla, y que ensoberbecido con sus anteriores ventajas,
menospreciaba imprudentemente á los contrarios, les dejó entrar en la llanura
pacíficamente, sin tomar otra precaución que la de ordenar á Beck que viniese
en su ayuda con la reserva. No faltó luego quien le aconsejase que fortificase
ligeramente su campo; pero Mello tampoco quiso dar oídos á consejo tan
prudente; antes se salió de él y formó su ejército en batalla. Levantábase un
tanto la llanura por la parte de la ciudad que ocupaban los españoles;
descendía luego suavemente, y volvía á levantarse por la parte del desfiladero
adonde estaban los franceses. De ellos á nosotros corría uno de tantos bosques
como por[386] allí había, el cual, comenzando no
lejos de la derecha de los franceses, terminaba á la izquierda de nuestro
campo. Mello hizo ocupar este bosque por una manga de mil mosqueteros, y al
duque Alburquerque D. Francisco de la Cueva, le dió el mando del ala izquierda
que en él se apoyaba con buena parte de la caballería y la infantería italiana
y walona; en el centro, y allí donde más se alzaba el terreno por nuestra
parte, plantó el grueso de la mejor infantería española, gobernada de aquel
conde de la Fontaine, Maestre de campo general, con la artillería; y en el ala
derecha se puso él propio con el resto de la caballería, y alguna infantería
española y extranjera. El duque de Enghien dió frente á los nuestros á la otra
parte alta de la llanura, poniendo al mariscal d'Espenan, aquél que defendió á
Salsas, en el centro con el grueso de la infantería francesa y mercenaria; el
ala izquierda opuesta á Mello la fió á los mariscales de l'Hopital y de la
Ferté: y en el ala derecha contra Alburquerque se colocó él mismo con Gassion,
distribuyendo entre las dos alas su numerosa y escogida caballería. Á la
espalda dejó en reserva, con buen número de tropas, al Barón de Sirot, soldado
de mucha nota. Ambos generales ardían en deseos de venir á las manos: Mello,
sin embargo, aguardaba á que llegase Beck con la reserva para comenzarla, y aun
por eso quizás no había cuidado de dejar alguna gente á la espalda en su orden
de batalla: mas el de Enghien, advirtiendo el propósito de su enemigo, se
apresuró á venir á las manos.
Día 19 de Mayo, al amanecer, se rompió el fuego:
comenzólo Enghien embistiendo poderosamente el bosque donde apoyaba sus
escuadrones Alburquerque, que[387] era la llave de
nuestra posición; por lo mismo debieron sostenerlo los nuestros hasta el último
extremo, pero no se hizo, y después de una sangrienta escaramuza, nuestros
mosqueteros fueron de allí desalojados. Entonces Enghien avanzó con toda su ala
formada en batalla; pero la espesura del bosque desordenaba su gente, y para
evitarlo hubo de acudir á una traza de más efecto que la que imaginó en un
principio. Mientras él continuaba avanzando con la primera línea de sus
escuadrones á lo largo del bosque, ordenó al mariscal Gassion que recorriese la
segunda, y rodeando con ella el bosque mismo, vino á caer por el otro lado
sobre los nuestros. Ejecutólo Gassion con notable presteza y arrojo; halló
desprevenido al de Alburquerque, que solo atendía al ataque de Enghien, y
aprovechándose de la sorpresa deshizo en pocos momentos nuestra caballería. En
vano Alburquerque acudió ya al reparo peleando bien por su persona: fué herido
y obligado á retirarse: con que dejó expuestos á la furia de los caballos
enemigos los tercios walones é italianos, que no tardaron en tomar la fuga.
Entre tanto los mariscales de l'Hopital y de la Ferté habían embestido nuestra
izquierda con mucho denuedo; pero saliendo contra ellos D. Francisco de Mello
deshizo sus caballos y acuchilló sus infantes, y preso la Ferté y herido
l'Hopital, todo se lo llevó por delante en completa derrota.
Hasta aquí la batalla estaba igual por ambas
partes: los escuadrones que componían el centro en uno y otro ejército, no se
habían embestido todavía: de las alas una por cada parte quedaba deshecha. Pero
entonces cabalmente se vió la diferencia de talento en los caudillos. Mello con
su caballería no pensaba más que en per[388]seguir á los
fugitivos juzgando ganada la batalla, cuando tropezó con el escuadrón de la
reserva que traía Sirot, á cuyo abrigo comenzaron á recogerse las reliquias del
ala izquierda enemiga. Trabóse un reñido combate, y entre tanto el de Enghien,
sabido el destrozo de su ala, repartió acertadamente su gente en dos Cuerpos;
con el uno envió á Gassion por detrás de nuestro mismo centro á embestir á la
infantería vencedora de Mello, y con el otro fué él propio á sostener á Sirot
con nuestra triunfante caballería. Esta, gobernada del mismo Mello, se sostuvo
bien al principio, pero acometida por fuerzas tan superiores, no tardó en
dispersarse, sin que el General fuese de los últimos que apelasen á la fuga. La
infantería por tan breves momentos vencedora, fué acuchillada sin piedad á un
tiempo por Gassion que la cogió por la espalda, y por Enghien y Sirot y toda la
caballería francesa. Allí murieron muchos, pocos huyeron, algunos se recogieron
confusamente al centro donde estaba el grueso de la infantería española, altas
las picas, preparados los mosquetes y arcabuces, inmóvil é intacta todavía. El
conde de la Fontaine, lorenés, ganó aquel día incomparable prez y gloria.
Doblado al peso de los años, y enfermo y desfallecido, se había hecho traer en
silla de manos, no queriendo en tal ocasión desamparar á los viejos tercios,
que tantas veces había acompañado á la pelea. Desde allí vió los varios trances
de la batalla sin poder obrar nada, porque d'Espenan, aunque no osaba
acometerle, le amenazaba sin cesar con iguales ó mayores fuerzas, y descomponer
su ordenanza habría sido entregar sus infantes al hierro de los caballos
enemigos en un momento vencedores. Lo que hizo fué recoger y amparar á los infantes
fugiti[389]vos que acudieron á sus escuadrones y ordenar
á éstos en cuatro frentes: los mosqueteros y arcabuceros en las primeras filas;
las picas detrás, y en el centro del cuadro que se formaba, los cañones: de
modo que, abriéndose á cada momento los soldados, pudieran disparar sobre
seguro los nuestros. No tardó Enghien, recogida su caballería y ordenada, en
caer sobre el centro. Serenos é inmóviles los infantes españoles, la dejaron
llegar á cincuenta pasos, y allí dispararon sobre ella tal rociada de balas,
que la hicieron volver las espaldas con no menos precipitación que venía á dar
la acometida. Volvió Enghien á cargar dos veces más, y ambas fué rechazado de
la propia suerte con horrible estrago, sin que se notase en los nuestros señal
de desorden ó recelo. Entonces todo el ejército enemigo vino á cercar el
cuadro, azotándole con la artillería, combatiéndole con furiosos asaltos, y
hallando desesperada resistencia.
Prolongóse aquel desigual combate mucho tiempo,
consumiéndose poco á poco los infantes españoles, mas sin ceder un punto, y
acrecentándose cada momento la saña del enemigo al ver que un trozo de
infantería desamparado de todo el ejército osase disputarle la victoria. Al
cabo, abiertos ya por todas partes los escuadrones, flacos y rendidos, algunos
capitanes españoles pidieron capitular. Adelantábase el de Enghien á oir sus
proposiciones, cuando otros de los nuestros, ó no queriendo capitular aún en
tal extremo, ó interpretando mal el movimiento del general enemigo, y
suponiendo que venía á embestirles de nuevo, dispararon su arcabucería. Gritóse
traición por ambas partes y de nuevo se comenzó el combate, aunque ya[390] más bien podría llamarse matanza. La caballería
francesa, hallando claras las filas, vacíos los puestos de soldados y llenos de
cadáveres, penetró al fin en el cuadro y hubieron de lidiar los nuestros,
sueltos y sin orden, uno contra veinte, no ya por la victoria ó por la vida,
sino sólo por la reputación de su nombre. Cayó el conde de la Fontaine de su
silla despedazado de heridas, y pisotearon sus venerables canas los escuadrones
franceses; cayó el valiente Maestre de campo Don Iñigo de Velandia y casi todos
los capitanes. El de Enghien corría de acá para allá, conteniendo la saña de
sus soldados, por salvar las pocas vidas que quedaban de aquellos valientes
españoles; mas como ellos no querían ya las vidas y peleaban valerosamente por
dondequiera espantando aún á sus enemigos, no hallaban piedad alguna. Sin
embargo, logró salvar el de Enghien al Maestre de campo D. Jaime de Castellví y
algunos soldados de nota, todos heridos ya, ó sin fuerza para mover el hierro.
En esto asombró á los franceses el espectáculo de uno de los tercios, que
formado el cuadro de por sí: peleaba con tanta bizarría y resolución como si
entonces comenzase la batalla. La comandaba el conde de Villalva D. Bernardino
de Ayala, noble caballero enviado á servir en Flandes por castigo, de los más
valerosos que hubiese entonces en aquellas provincias. En vano los franceses
acometieron una vez y otra aquel tercio invencible: murió Villalva, murieron
casi todos los capitanes, y no por eso cejaron los soldados. La artillería
francesa inundó de sangre el reducido ámbito que ocupaba el tercio; mas no pudo
romper sus frentes. Bramaban de cólera los enemigos al contemplar que un puñado
de hombres[391] osase disputarles todavía tan
gloriosa victoria; redoblaban á cada momento sus esfuerzos, y siempre en balde.
Al fin el de Enghien, joven y valeroso, admirando el valor de aquellos viejos
soldados, que no sabían dar la espalda al enemigo, ni rendir las espadas
heredadas de los vencedores de Ceriñola y San Quintín, les ofreció honrosos y
nunca oídos conciertos, que fué que saliesen del campo con los honores mismos
con que suelen salir las guarniciones de las fortalezas, y que libres y con
armas fueran puestos en tierra española. Con tales condiciones no pudieron
negarse á capitular. Creyóse al principio que los franceses los traerían á Fuenterrabía
para cumplir los pactos; pero sin duda les pareció menos peligroso dejarlos en
Flandes que ponerlos á punto de reforzar nuestras armas en Cataluña, y allí los
dejaron. Años adelante, aquel tercio era conocido aún en Flandes, por memoria
de su hazaña, con el nombre de Tercio de la Sangre.
Mucha derramaron en aquella ocasión los enemigos; y
tanta ó más los nuestros. Dejamos ocho mil muertos en el campo; los prisioneros
llegaron á seis mil, casi todos extranjeros; veinticuatro cañones, las
banderas, bagajes y cajas militares. Muy pocos pudieron salvarse al amparo de
Beck, que llegó con sus tropas al campo de batalla cuando acababa de capitular
el último tercio. Mello se refugió avergonzado en Bruselas. Allí acabó la
infantería española que había fatigado á la tierra y encadenado los ejércitos de
todo el mundo por cerca de dos siglos. Acabó con tanta gloria, que aún los
franceses recuerdan con admiración la respuesta de uno de los capitanes
españoles prisioneros, al cual preguntándole por el número de soldados que
tenía[392] su tercio, contestó friamente: «Contad
los muertos.» La ineptitud de Mello, la flaqueza de nuestra caballería, y aún
la poca resistencia que allí tuvieron los tercios italianos y walones, nos
arrancaron la victoria que el valor de nuestra vieja infantería hubiera hecho
indudable. No contemos más desde este día á España entre las grandes naciones
militares: era Roma y va á ser Cartago: manos mercenarias la defenderán casi
siempre en adelante (1643).
Llegó á Madrid esta nueva infausta á poco de caer
de su privanza el Conde-Duque y cuando la Corte se hallaba aún tan regocijada
con tal suceso, que no tuvo espacio para llorarla como debía. No habían
desdicho las últimas medidas del favorito del resto de su administración, que
toda se volvía imaginar arbitrios buenos ó malos, aplicando sin cordura los
malos y dejando de aplicar los mejores. Todavía en 1642, meses antes de su
caída, hizo publicar una pragmática, bajando el valor de la moneda de vellón, que
él mismo había hecho subir en 1636: de modo que las piezas de seis maravedís
valiesen uno solo, con que hubo tal confusión y espanto, que apenas se hallaba
de comer en Madrid mismo. Algo menos infeliz anduvo al querer llamar de nuevo á
los judíos; pero no era él hombre de llevar á cabo tamaña empresa, y así fué
que con sólo haber puesto la Inquisición mal ceño, desistió del propósito; ni
era esto tampoco, verdaderamente, para ejecutarlo de pronto, ni para atender á
males tan inmediatos y urgentes. Los soldados, testigos de su flojedad y del
papel indigno que hacía representar al Rey en paz y en guerra, llegaron á
aborrecerle mortalmente, y estando en Molina de Aragón con el Rey, de una
compañía que[393] hizo salva al pasar su coche,
salió una bala, que hirió dentro de él al enano con que entretenía sus ocios y
penas, y puso á riesgo su persona, sin que pudiera averiguarse el autor de tal
hecho.
No lo odiaban menos en la Corte, donde hubo ya una
conjuración para matarle en los primeros años de su privanza, que no tuvo
efecto. Cada día su altanería y sus injusticias le atraían nuevos enemigos, y
pronto se formó de ellos una especie de partido ó bandería muy poderosa que sin
descanso trabajaba en su daño. Á la cabeza de este partido estaba la misma
reina Doña Isabel de Borbón. Era diestra aquella mujer, como criada en la Corte
de María de Médicis, orgullosa además y dominante de suyo, no podía llevar con
paciencia el poco respeto del Conde-Duque, y desde los principios habíase
propuesto derribarle de la privanza, siendo el no haberlo conseguido sino al
cabo de tanto tiempo grandísima muestra de las profundas raíces con que la
tenía afirmada en el corazón del Rey. Como tenía puesta cerca de la Reina, para
vigilarla, á su mujer, Doña Inés de Zúñiga, dama de no vulgar talento y
completamente imbuída en los intentos de su esposo, ésta, ejerciendo en Palacio
y en el cuarto real una opresión verdaderamente insoportable, tratando de igual
á igual á las Princesas, como la de Mantua y la de Cariñán, y aún poniéndose en
las ocasiones delante de ellas, y echando ó intimidando á todas las demás
señoras de la Corte, le ayudó mucho á parar y deshacer los golpes y manejos de
sus enemigos. Pero la Reina, más irritada á medida que se sentía más oprimida y
con menos influencia sobre su marido, estuvo acechando cuidadosamente la
ocasión de castigarle. Ofre[394]ciéronsela cumplida los
recientes desastres, y más que otro alguno el de la pérdida de Portugal, que
tan profunda impresión hizo en el ánimo del Rey. Indignada la Reina lo propio
que los Grandes y todo el pueblo con aquella nueva y triste muestra de la
ineptitud del favorito, y alentada con la desconfianza con que comenzaba á oir
su esposo los consejos que aquél le daba, apresuró y redobló las hostilidades.
Ella fué principalmente quien inclinó al Rey á que hiciese la jornada de
Cataluña, á fin de que viese por sus mismos ojos el estado de las cosas.
De vuelta en Madrid se atrevió ya á representarle
con vivos colores los desaciertos y maldades del Conde-Duque, y aun mostrándole
un día al príncipe don Baltasar, su primogénito, dijo con lágrimas que por
causa de tal ministro había de llegar un día en que se viese reducido á la
condición de caballero particular. Á este tiempo ya los Grandes no asistían á
Palacio ni al servicio del Rey: el clero, el pueblo, todo el mundo, conjurado
contra el favorito, ayudaba invisiblemente á la Reina. Dos mujeres vinieron aún
á secundarla más activamente, concertando con ella sus planes. La una fué Doña
Ana de Guevara, ama del Rey, á la cual amaba él sobremanera, y que muy ofendida
de la mujer del Conde-Duque por haberla alejado de Palacio, acechó la ocasión
de hablarle á solas, y le dijo contra ella y su marido cuanto la pudo dictar la
sed de venganza, ayudada de la razón y de la verdad. La otra fué Doña Margarita
de Saboya, duquesa de Mantua, que echada de Portugal se vino á Ocaña, y desde
allí, viendo que el Conde-Duque la dejaba abandonada sin enviarle siquiera para
su sustento, se presentó de improviso en la cor[395]te;
y aunque el favorito hizo mucho porque no viese al Rey, ella, por medio de la
Reina, supo lograrlo, y demostrarle con copiosas noticias que sólo á aquél y á
sus allegados y amigos debía atribuir la pérdida de la Corona portuguesa.
Honrada y prudente mujer era esta Doña Margarita, y digna de mejores
tratamientos que los que empleó con ella el Conde-Duque. También contribuyeron
á desengañar al Rey su maestro fray D. Galcerán Albanell, Arzobispo de Granada,
y el conde del Castrillo, Presidente del Consejo de Hacienda, al cual respetaba
mucho el Monarca: el primero por medio de una carta muy libre, donde le decía
claramente todo lo vergonzoso de su conducta, y el otro por servir á la Reina
con oportunas y bien encaminadas indicaciones y discursos. Por último, se unía
á éstos el marqués de Grana Carreto, enviado del Emperador, que, por lo que
importaba á su Soberano, miraba con dolor la ruina de España. Tanto fué
menester para derrocar aquella privanza; y aun derrocándola era de deplorar el
que fuera el consejo y respeto de personas particulares, pocas bien
intencionadas, muchas sin más deseo que el de la personal venganza, antes que
no las grandes faltas del favorito y desdichas de la Monarquía lo que moviese
su caída. Males que se remedian de tal modo, no pueden decirse remediados, sino
más bien aplazados; porque en el género de gobierno ó en el estado de cosas en
que tal suceda, ellos han de repetirse de seguro muchas más veces.
Por fin, el favorito conoció que era inútil la
resistencia, y rendido de tan larga lucha y queriendo hacer menos dolorosa su
caída, pidió al Rey licencia para retirarse de los negocios. Fuéle negada por
dos veces; mas cuando comenzaba quizás con eso á dar entrada[396] en
su pecho á la esperanza, recibió un billete escrito de propia mano de Felipe,
mediado Enero de 1643, mandándole que no se entrometiese más en el Gobierno, y
que se retirase á Loeches hasta que otra cosa dispusiese: de allí fué luego á
residir en la ciudad de Toro. Mostró el Conde-Duque gran entereza en este golpe
de la fortuna, que bien pudo contarlo por blando según era lo que merecían sus
faltas. Á la verdad, el Rey anduvo con él muy benévolo en las últimas
disposiciones: mandó que se le dejase registrar y romper todos los papeles que
quisiera y pudieran perjudicarle; escribió á los Consejos honrándole mucho, y
diciendo que le apartaba de los negocios por las repetidas instancias que le
había hecho pidiendo licencia, y que no era sino para tomar sobre sí el
Gobierno sin fiarlo de otro alguno; y habiendo indicado el Presidente de
Hacienda, Castrillo, que ciertas urgencias del Estado no podían cubrirse sin
echar mano de una gran cantidad de plata venida de América para el Conde-Duque,
se negó á aceptar el remedio, antes mandó que se le pagasen puntualmente sus
sueldos. No fué tal benevolencia aprobada. El pueblo acechó en numerosas turbas
la hora de salir de Palacio el favorito, y acaso le matara á no tomar él el
buen partido de ejecutarlo oculto y disfrazado; pero algunos de sus coches,
donde por un momento se creyó que iba, fueron apedreados. Frustrado su intento,
corrieron las turbas por las calles victoreando á todas las personas que habían
tenido parte en la caída del privado. Estas solicitaban á la par su castigo,
alternando en todos, con el regocijo, el deseo de venganza que les aquejaba.
Si Castrillo, con sus malévolas insinuaciones
intentó[397] en vano despojarle de sus haberes,
otros de sus enemigos no tardaron en lograr que á su mujer se la separase
también del servicio de la Reina, mortificándola antes con continuos desaires,
y que á su hijo D. Enrique de Guzmán, se le quitase la asistencia del Rey,
desterrándole como á él de la corte. Creció con el tiempo y la seguridad de que
era ya imposible su vuelta, el rencor y la saña contra el Conde-Duque. No ya
solo sus enemigos, sino sus antiguos amigos y aduladores, como suele acontecer
á los ministros caídos, censuraban agriamente su conducta, abriéndose entonces
á la verdad los ojos que el interés y la cobardía tuvieron tantos años
cerrados. Comenzaron también á escribirse papeles en contra del privado, y hubo
uno en pro que debía ser de persona bien agraviada en la mudanza, con lo cual
el Rey prohibió severamente semejante polémica, y castigó con graves penas á
los que intervinieron en ella. Dios sabe adonde hubieran ido á parar las cosas,
porque el Rey, continuamente acosado por todas partes de voces que pedían
venganza, y persuadido ya de todas sus faltas, comenzaba á mirarle con odio,
cuando la muerte vino á libertar al favorito de persecuciones. Sobrevínole en
la ciudad de Toro, donde residía ejerciendo el cargo de regidor, por efecto de
su despecho y amargura, antes que de enfermedad alguna, porque tenía más de
altivez que no de conformidad la entereza que mostraba. Díjose que expiró
perdido el juicio, por haber recibido del Rey una carta en que le decía estas
palabras: «si he de reinar yo, y mi hijo se ha de coronar, será preciso que
entregue vuestra cabeza á mis vasallos que á una voz la piden todos y es
preciso no disgustarles más.» Y sea ó no esta particularidad cierta, el hecho
es que el Rey no[398] andaba ya muy lejos de tales
pensamientos, y que si la muerte fué justa en D. Rodrigo Calderón, debía
parecer en él pequeño castigo. Acusábanle con razón de haber sido la causa
principal de que se perdiesen en Oriente, Ormuz, Goa, Fernambuco y todas las
colonias portuguesas, el Brasil, las Islas Terceras, el Reino de Portugal, el
Rosellón, todo el Ducado de Borgoña á excepción de cuatro plazas, la gran
fortaleza de Arras, muchas en el Luxemburgo, Brunswick, en la Alsacia, y los
derechos é influjo del Ducado de Mantua, que eran las mermas de dominios que ya
á la sazón tenía España. Asímismo se le acusaba de haber perdido más de
doscientos ochenta navíos en los mares, de haber sacado de las entrañas de la
tierra y del corazón de los vasallos medias anatas, papel sellado, alcabalas y
otras cosas innumerables por él imaginadas hasta ciento diez y seis millones de
doblones de oro: parte gastado inútilmente en ejércitos y armadas perdidas;
parte distribuído entre Virreyes, Gobernadores, Capitanes generales y otros
ministros, todos criaturas suyas, ya por sangre ó por servil dependencia; parte
acopiado en su propio bolsillo y casa. Lo de los gastos inútiles en ejércitos y
armadas pruébanlo bien todas las campañas. Lo distribuído entre parientes y servidores
no tiene tampoco duda, viéndose siempre al Conde-Duque no fiar de otros que de
ellos los lucros: de modo que al mirarlo asociado con alguno en el Poder, hay
que recordar que fué su tío D. Baltasar de Zúñiga, ó bien su primo D. Diego
Felipe de Guzmán, marqués de Leganés, en quien, cuando estaba á su lado,
descargaba una parte de los negocios públicos. Al inquirir quién gobernaba en
Nápoles, hállase al conde de Monterrey, su cuñado,[399] ó
al duque de Medina de las Torres, su yerno; al nombrar al Virrey de Milán,
tropiézase con el mismo marqués de Leganés, su primo, y lo propio al tratar de
Cataluña; en el Generalísimo de la frontera de Portugal se encuentra otra vez á
Monterrey, y fué mucho que desde la asistencia de Palacio, adonde ya veía á su
hijo, el bastardo D. Enrique, mozo disoluto y sin autoridad ni talentos, no
pasase á ocupar la presidencia del Consejo de Indias, que ya estaba para él
dispuesta.
Siendo el conde-duque Guzmán y su mujer Zúñiga,
Zúñigas y Guzmanes, se vieron casi solos en los altos empleos, exceptuando
algún Velasco, por ser su abuelo materno de aquella casa y tener casado á su
hijo con mujer de ella. El resto de los destinos que no pudo llenar con sus
parientes, fué para sus viles aduladores, Jerónimo de Villanueva el
protonotario de Aragón, Diego Suárez, Miguel de Vasconcellos, secretarios de
Portugal, y algunos otros. Hasta su asesor en la privanza, D. Luis de Haro, no
hubiera llegado á serlo sin ser sobrino suyo, porque sólo á eso debió la
entrada en la Corte y la amistad del Rey; si bien cuando llegó á notar sus
adelantos le aborreció sobremanera y comenzó también á preparar su ruina. Y en
cuanto á los medros de su persona y casa particular, fueron inmensos. Su
orgullo, que nunca le faltó, no consentía en él como en el duque de Lerma, que
admitiese regalos ó donativos de particulares como en compra y paga de favores;
pero supo obtener empleos y sueldos y comodidades que le produjesen con menos
vergüenza tantos ó más beneficios. Primeramente obtuvo un privilegio para gozar
encomiendas en todas las Ordenes militares, teniendo solamente la cruz de
Alcántara, por lo cual[400] gozaba cuarenta y dos
mil ducados; luego se hizo declarar Camarero mayor del Rey, oficio no conocido
desde el tiempo de Carlos V, del cual sacaba diez y ocho mil ducados; también
tomó para sí el cargo de Caballerizo mayor, que daba veintiocho mil ducados; el
de Sumiller de Corps, doce mil, y el puesto de Canciller de las Indias, que
montaba cuarenta y ocho mil, todos en producto anual. Mas no era esto lo mayor,
sino que cuando partían los galeones de Sevilla y Lisboa, hacía cargar
cantidades exorbitantes de vino, aguardiente y trigo recogido en sus haciendas;
y como tenía para sí los puertos francos, vendía tales géneros á precio muy
subido; con lo cual y la carga de retorno, ganaba cada año en el trato hasta
doscientos mil ducados. Además hizo que el Rey le cediese la villa de San Lucar
la Mayor, con título de Duque, que en alcabalas y derechos valía cincuenta mil
ducados. Y no contento con esto, sacó para su mujer la merced de Camarera mayor
de la Reina y el cargo de aya del Príncipe, con salario de cuarenta y ocho mil
ducados por ambos conceptos[20]. De este
modo ascendían las ganancias que anualmente obtenía por su privanza á cerca de
cuatrocientos cincuenta mil ducados, cantidad bastante para mantener un
ejército, y que él derrochaba inútilmente en festines y locuras.
Así, por todos estos conceptos, fué el Conde-Duque
de Olivares, el ministro más funesto y de odiosa memoria que haya tenido jamás
España, donde tantos se han hecho dignos de censura. Y eso que como hombre, ni
por su inteligencia ni por su carácter puede decirse que fuera un hombre vil
como otros, no tan funestos como él, lo han sido.
SUMARIO
De 1643 á 1648.—Sucesos que siguen á la caída del
Conde-Duque.—Cataluña: nuevo ejército y sale el Rey á él; campaña de D. Felipe
de Silva y toma de Monzón; vuelve á Cataluña el Rey; batalla gloriosa de
Lérida, y rendición de esta plaza y de Balaguer; retíranse del servicio Silva y
Garay; D. Andrea de Cantelmo; defensa esforzada de Tarragona.—Portugal: batalla
de Montijo y toma de algunos lugares; sucesos de la frontera de
Ciudad-Rodrigo.—Socorro de Orán y combate naval de Cartagena.—Italia: pérdida
de San Ya.—Flandes: gloriosa batalla de Tutelinghen; pérdida de Grawelingas y
del Saxo de Gante.—Muerte de la reina Doña Isabel de Borbón; privanza de D.
Luis de Haro; estado de la Corte por estos años; prohibición de las comedias;
D. Juan de Austria.—Italia: Expedición de los franceses á Toscana; combate
naval; nueva expedición; insurrección de Sicilia; principios de la rebelión de
Nápoles; el duque de Arcos; Masaniello; refúgiase el Virrey á Castelnovo;
combates y conciertos; muerte de Masaniello; nuevas rebeliones; Toralto;
llegada de D. Juan de Austria; nuevos combates; propósitos del Arzobispo;
muerte de Toralto; Jenaro Annese; llegada del duque de Guisa y de la armada de
Francia; combate naval y retírase aquélla; torpezas del de Guisa; separación
del duque de Arcos; D. Juan de Austria y el conde de Oñate en el Virreinato;
combate general y término de la rebelión; prisión de Guisa; muerte de [402]Jenaro Annese; Portolongone y Piombino recobradas;
guerra con el Modenés; batalla de Bozzolo; combate de Cremona; conquistas en el
Modenés y sumisión del Duque.—Cataluña: pérdida de Rosas; batalla funesta de
Balaguer; encuentros parciales y pérdida de la plaza; sitio de Lérida; vuelve
el Rey á Cataluña; fuerza el marqués de Leganés las líneas de Lérida; nuevo
sitio de esta plaza y afrenta de Enghien; operaciones de Enghien y Aytona;
pérdida de Tortosa; recóbranse algunas plazas; victoria de D. Juan de Garay no
lejos de Santa Coloma; toma de Castellbó y victoria delante de sus muros;
situación de Cataluña; tratos de los naturales con nuestros capitanes; campaña
de Mortara; Flix y Tortosa rendidas; llegada de Mortara á Barcelona, sitio y
toma de la plaza; pacificación casi completa en Cataluña.—Portugal: empresa de
Olivenza frustrada.—Flandes: piérdense Mardik, Ulhiz, Courtray y otras plazas;
combate de Rethel; pérdida de Dunquerque y de Venló; el archiduque Leopoldo;
toma y batalla de Lens; disturbios con Francia; paz con Holanda; estado de
nuestra Corte; permítense de nuevo las comedias; nuevo matrimonio del Rey;
proyectos de unión con Portugal y de regicidio.
Siguió á la caída del Conde-Duque un período
de esperanza para la desalentada nación española. El vulgo, como suele, y como
ya lo había demostrado á la caída del duque de Lerma, pensaba que con sólo la
perdición de aquella persona aborrecible se remediarían todos sus males. Los
más sensatos fundaban su esperanza en el arrepentimiento del Rey, pensando que
en adelante se aplicaría de todo punto á los negocios, dejado del ocio y
liviandades que hasta entonces le habían impedido cuidar de sus pueblos. Los
oprimidos antes, ahora mostraban buen rostro, mirando satisfecha su venganza.
Los que antes disfrutaban favor, también ponían ahora buen semblante á las
cosas á fin de que no se les tachara de fieles amigos del Ministro caído. Vino
la ordinaria ganancia de unos y pérdida[403] de
otros, que seguía á la ruina de cada favorito; volvió D. Francisco de Quevedo á
la corte de vuelta de su largo cautiverio de León; restituyóse su generalato de
la mar al marqués de Villafranca; salió de sus prisiones aquel buen capitán portugués
D. Felipe de Silva, que andaba en ellas por sospecha de su lealtad, y tan
favorecido del Rey, que le dió el mando del ejército de Cataluña, vacante por
la separación del marqués de Leganés y á éste, en cambio, se le continuó el
proceso detenido por respetos al Conde-Duque. También el duque de Medina de las
Torres, D. Ramiro Núñez de Guzmán, fué separado del gobierno de Nápoles. Había
enviado aquel reino á Madrid á uno de sus Grandes con quejas del de Medina y
pidiendo nuevo Virrey; pero á causa del parentesco de éste con el Conde-Duque,
no pudo conseguir el Embajador en largos días, ni ver al Rey, ni que siquiera
le dejasen entrar en Palacio. Ahora, con la caída del favorito, el napolitano
explicó el objeto de su embajada, y se ordenó la destitución de D. Ramiro,
enviando en su lugar al buen almirante de Castilla, D. Juan Alfonso Enríquez de
Cabrera, nombramiento acertadísimo y que reparaba una de las injusticias más
grandes de aquellos tiempos; porque el Almirante, olvidado y sin empleo, era, como
en otras partes dejamos dicho, hombre de gran mérito, sin duda de los que más
lo tenían á la sazón en España.
Como éstas se tomaron otras medidas, ni todas
justas, ni injustas todas, pero unas que otras aplaudidas del mismo modo.
Aumentaba el regocijo y la esperanza el ver muy mudadas las cosas de Francia.
Había muerto pocos días antes de la caída del Conde-Duque el car[404]denal de Richelieu, y pocos días después Luis XIII,
quedando por gobernadora de aquel reino, con un Príncipe de cinco años, la
reina Doña Ana de Austria, hermana de Felipe IV. La ocasión parecía acomodada
para hacer próspera guerra ó ventajosas paces; porque de una parte Francia no
podía tardar en mostrarse más flaca que antes, por las discordias que habían de
nacer forzosamente, y de otra, la Reina Gobernadora, tan unida á España por los
lazos de la sangre y de la patria, no parecía natural que nos hiciese tan
calculada y terrible hostilidad como Luis XIII ó más bien su ministro
Richelieu. Indudablemente esto último era digno de tenerse en cuenta. La paz
había llegado á hacerse tan necesaria, que sin ella se disolvía inevitablemente
la Monarquía. Muchas victorias contra la Francia no nos habrían sido en
aquellos tiempos tan provechosas como una paz honrosa que á cambio de la de
Flandes, si era preciso, nos hubiese dejado el Rosellón y Cataluña, y libres
las fuerzas para embestir á Portugal. Acaso Ana de Austria hubiera obtenido de
su hermano el rey Felipe un tratado de paz de esta especie; y lo que es más,
que fielmente lo cumpliera y no diese ayuda alguna al duque de Braganza para
mantenerse en el Trono. Pero ciegos siempre los cortesanos que rodeaban al Rey,
deslumbrado éste todavía con el esplendor de su Trono, recordando aún la
Grandeza antigua, más para desearla y afectarla, que no para imitarla y
alcanzarla, determinaron aprovecharse de la ocasión, no para hacer buena paz,
sino para hacer con más ventaja que antes la guerra, abriendo un nuevo período
en aquella lucha terrible. Así, nada se hizo por nuestra parte en las
conferencias abiertas en Munster[405] entre las
potencias beligerantes para obtener la paz general que más tarde se llamó de Westfalia.
De que la guerra nos ofreciese ventajas, mal
presagio era la batalla funesta de Rocroy, ganada por los franceses cinco días
después de la muerte de Luis XIII. Y no debían esperarse muy grandes errores
que aprovechar del gobierno de Ana de Austria, mujer de alma española, como era
su cuna, magnánima y fuerte, y que tenía por favorito al cardenal Mazzarino,
sobrado conocido de los españoles, á cuyo servicio había estado en los
principios de su carrera después de sus estudios hechos en la Universidad de Salamanca,
y el cual había dado muestras de su gran habilidad al servicio ya de Francia en
los negocios de Italia, causándonos muchos perjuicios el, por todos conceptos,
digno sucesor de Richelieu. Debiéronse al principio algunas ventajas, tanto á
la intervención del Rey en los negocios, y al aliento y estímulo que con ella
inspiraba, cuanto á los disturbios que, en efecto, estallaron en Francia entre
Mazzarino y sus rivales; y mayores se lograran si fueran más y más continuados
los aciertos. Pero el Rey no estaba acostumbrado al trabajo; agobiábale la
pereza; picábanle siempre las antiguas pasiones: así es que antes de un año
comenzó á dejar alguna parte del peso de los negocios en D. Luis de Haro, hijo
del marqués del Carpio, sobrino del conde-duque de Olivares, hombre mucho más
honrado y de harto mejor deseo é intenciones que su tío, pero de muy escasa
instrucción y talento. Había contribuído también en algo á la caída de éste, á
quien debía su favor, pero del cual estaba temiendo ya algún efecto de celos con
que le quitase más de un golpe que le hubiese dado; y era por[406] esta
circunstancia y sus buenos modos estimado generalmente.
Lo primero que acordó el Rey fué salir de Madrid
para Cataluña. Pero era preciso reunir para ello soldados con que acudir allí
honrosamente sin desatender por eso el resto, principalmente Portugal, que
estaba clamando socorro, pues los portugueses adelantaban ya su audacia á hacer
conquistas en Castilla. Aún llegó á dudarse si convendría más que el Rey
saliese para Portugal que para Cataluña; pero al fin se resolvió lo segundo. Y
en verdad que atentamente miradas las cosas, no se sabe decir qué hubiera sido
más ventajoso al presente; porque ya en los últimos desastres los franceses y
catalanes estaban tan envalentonados que amenazaban por Aragón, donde no había
plazas fuertes, meterse en el corazón de la Monarquía. Sin duda fuera lo mejor
que el Rey, activo y esforzado, hubiera sabido acudir, ya á una parte, ya á
otra, no parando en ninguna más que lo necesario para dar aliento á los unos y
temor á los otros. Tiempos eran de penalidad y de fatiga, y ningún recurso
ordinario podía bastar á todo. Mas ya que el Rey no acudiese á Portugal en
persona, atendió á aumentar el ejército que allí había al propio tiempo que el
de Cataluña, aunque inclinando á esta parte las mayores fuerzas. Fué Torrecusso
á Nápoles, su patria, y obtuvo allá hasta cuatro mil napolitanos; el marqués de
Villasor trajo un buen tercio de Cerdeña, y así todas las provincias ofrecieron
á porfía número de soldados: Aragón cuatro mil; dos mil Valencia; otros dos mil
Andalucía, que con mil quinientos walones, mil borgoñeses y los dos mil quinientos
valientes españoles que habían de venir por Fran[407]cia,
según lo pactado en Rocroy, debían formar en solo Cataluña un ejército de más
de veinticuatro mil hombres. Pero como suele suceder en tales cálculos, no
llegó á juntarse tanto número.
Al mismo tiempo se ordenó á todas las milicias de
Andalucía y Extremadura que acudiesen á la frontera de Portugal, y á los
Grandes que tenían por allí Estados, que llevasen á todos sus vasallos con
armas, aunque por tal concepto no pasaría el refuerzo del ejército de tres mil
hombres. Vino bien para mover esta gente y comenzar las nuevas campañas la
llegada feliz de las flotas de Méjico, ricamente cargadas, y luego la de los
galeones con no menor riqueza. Las Cortes de Castilla concedieron la prolongación
de los arbitrios antiguos, mas no pudieron imponerlos nuevos. Valencia se
prestó á pagar, armar y vestir por seis años los dos mil soldados que daba; y
en Nápoles se impuso un tributo sobre el consumo de harinas, que produjo mucho
disgusto, y tuvo no escasa parte en los sucesos que sobrevinieron. Con lo cual
se vió ya algún dinero en la Corte, porque al fin del año 1643 era tal la
penuria, que Pellicer en sus Avisos escribió cierto día desde
Madrid estas palabras de elocuente significación: «Aquí nadie cobra ni paga.»
Tal era la Corte, fuerza es decirlo una vez más, que tan descomunal guerra
estaba sosteniendo por todo el mundo. El Rey salió de Madrid muy á la ligera, y
por Alcalá llegó á Tarazona, acompañándole algunos señores principales: no
tantos como la vez anterior; porque entonces se pudo ver que con sus etiquetas
y vanidades eran más de estorbo que de otra cosa. Dejó encargado el mando á la
Reina y ordenóla muchas devociones, como para[408] aplacar
la cólera de Dios que contra él debía estar ofendido.
Halló á su llegada que La Motte se había apoderado
de la villa y castillo de Estadilla, cerca de Barbastro, donde había muy buenas
fortificaciones, por cuyo medio tenía el paso abierto para echarse sobre
aquella ciudad y aun sobre la misma Zaragoza. Nuestro ejército, reunido en la
frontera, aunque ya á punto de salir á campaña, no lo hizo en algún tiempo por
falta de víveres y por mal concierto de los capitanes. Sin embargo, no dejó de
haber choques parciales. La Motte Hodancourt, tomada Estadilla, partió su gente
en dos trozos: con el uno quiso tomar á Barbastro, mas se lo estorbó saliéndole
al opósito D. Felipe de Silva; con el otro atacó el castillo de Benabarre, y
también fué rechazado. Poco después el marqués de Mortara, nombrado Capitán
general de la caballería del ejército, pasó el Cinca, que venía muy crecido,
con sus tenientes D. Fernando de Tejada y D. Alvaro de Quiñones, y dando en un
cuartel de infantería que los enemigos tenían establecido al amparo de los
muros de Lérida, derrotó de cinco á seis mil hombres que allí había, matando
mil quinientos y trayéndose hasta mil prisioneros con botín considerable. Por
la parte de Tarragona no se intentó en tanto cosa alguna; porque el conde de
Aguilar, marqués de la Hinojosa, había muerto, y el célebre Maestre de campo D.
Juan de Arce, que fué á reemplazarle, lo mismo; con que la plaza quedó sin
General mucho tiempo, y contemporáneamente sin víveres apenas ni soldados. Pero
en la campiña de Rosas el Gobernador de aquella plaza, D. Diego Caballero de
Illescas, deshizo hasta trescientos jinetes enemigos,[409] trayéndose
el mayor número de caballos y jinetes prisioneros.
Eran estos buenos preludios de la campaña que iba á
comenzarse. Para ella se hizo á Barbastro plaza de armas de nuestro ejército.
Tenía el mando supremo Don Felipe de Silva, como Capitán general de las armas;
D. Juan de Garay vino de Portugal nuevamente á ser Maestre de campo general; el
marqués de Mortara siguió en el gobierno de la caballería, y el napolitano, D.
Jerónimo de Tuttavilla, tuvo el de la artillería. En Tarragona entró á gobernar
el marqués de Toralto y príncipe de Massa, D. Francisco Toralto y Aragón,
vuelto de las prisiones de Francia, donde estuvo desde la derrota del ejército
del marqués de Pobar. Dispuestas las cosas, se comenzaron las operaciones con
la empresa de Flix, plaza importante de la Castellanía de Amposta, intentada
por D. Juan Garay sin fruto alguno; porque hallándola muy prevenida, se volvió
sin empeñar combate. También se frustró la sorpresa de Miravet. Luego D. Felipe
de Silva, desde las cercanías de Barbastro, se adelantó con ocho mil infantes,
tres mil seiscientos caballos y veinte cañones, que eran las fuerzas que hasta
entonces tenía, con ánimo de embestir á Balaguer; mas no pudiendo esguazar el
río Noguera, determinó caer sobre Monzón. Al pasar por delante de Lérida halló
á la caballería enemiga gobernada del propio La Motte; acometióla con la suya y
la obligó á meterse al amparo de los muros; y sin más dificultad se puso sobre
Monzón y comenzó á combatirla. Vino al socorro el francés, pero no pudo
lograrlo, y la plaza se rindió á los cuarenta días de sitio.
Entretanto, el valeroso Gobernador de Rosas, Don[410] Diego Caballero, después de causar infinitos
daños en el territorio ocupado por los enemigos, con mucha pérdida de éstos,
intentó entrar por inteligencia en Cadaqués, pero no pudo conseguirlo. Cuatro
bajeles que le llevaban socorros fueron rendidos por la armada francesa de
Brezé. Poco después vino á las aguas de Barcelona la de España, mandada aún por
el duque de Ciudad-Real, con las galeras á cargo otra vez de Fernandina, y hubo
una nueva batalla tan ineficaz como otras anteriores, donde fué poquísima la
pérdida de ambas partes. Con esto se terminó la campaña y volvió á Madrid el
Rey. Mas á la siguiente, que fué la de 1644, volvió á encaminarse el Rey á
Aragón, y cerca de Barbastro pasó revista al ejército, fuerte de nueve mil
infantes y cuatro mil caballos, con diez y seis cañones, presentándose por la
única vez de su vida con el hábito de soldado, al modo de su abuelo D. Felipe
II, que nunca se presentó más que una vez en San Quintín; nunca su padre. Luego
marchó D. Felipe de Silva con las tropas, entró en el lugar de Farfaña, y desde
allí plantó los reales delante de Lérida, á una y otra orilla del Segre, que
lame sus muros. Era la plaza tan importante, que los caudillos franceses y
catalanes no tardaron en venir al socorro, trayendo el mariscal de La Motte
Hodancourt el mando supremo, con siete mil infantes y dos mil caballos. Salió á
ellos D. Felipe de Silva con cuatro mil infantes viejos y tres mil caballos,
dejando la demás gente guarneciendo los cuarteles, y á campo raso les ofreció
la batalla. Aceptáronla los enemigos, que no venían á otra cosa, y se empeñó
por ambas partes con mucha furia. No pudieron los nuestros romper el ala
derecha, y se llegó á desesperar de[411] la
victoria porque el ala izquierda parecía más fuerte; con todo, ésta fué
envuelta y deshecha en poco tiempo por los escuadrones de nuestra caballería,
que arrollaron á la carrera á la caballería francesa, y cayendo en seguida
sobre el centro hízose total la derrota. Fué dicha de ellos el que á tal punto
hiciesen valerosa salida de la plaza hasta seiscientos hombres, los cuales,
destrozando la gente nuestra que guarnecía el puente del Segre por donde se
comunicaban nuestros cuarteles, dieron ocasión y espacio á que algunos de los
vencidos se recogiesen en los muros y otros se salvasen. No obstante la
victoria fué para nuestras armas muy gloriosa y completa: dejaron los
contrarios en el campo dos mil muertos y tres mil prisioneros, con catorce
cañones y todo el bagaje, y la dispersión fué tal que apenas mil de ellos
llegaron á Cervera. Interceptó en seguida un convoy que querían meter los
enemigos en la plaza, y ésta tuvo que rendirse después de un horrible
bombardeo. El Rey, que estaba en Fraga, vino entonces á Lérida y entró en triunfo.
Acompañábale el conde de Monterrey, único de los favorecidos del Conde-Duque
que se conservase en la gracia del Príncipe, y tan envidioso como inepto, no
había cesado de sembrar desconfianzas de D. Felipe de Silva durante el sitio,
pretendiendo dar lecciones en cosas en que se había mostrado tan torpe; con lo
que éste, logrado el triunfo, se negó á continuar en el mando por más
instancias que se le hicieron. Portóse noblemente D. Felipe, y aunque no es de
aplaudir que dejase el servicio de la patria por particulares sentimientos, dió
con ello merecida lección al Rey que no acababa de salir del yugo de los
cortesanos, gente vil, y enemiga entonces como siempre de todo mérito.[412] Poco antes había pedido su licencia y retirádose
del servicio D. Juan de Garay: la ocasión fué el haber pedido un título y no
concedérselo: reprensible motivo es el que prefiriese su sentimiento á sus
deberes; pero no disculpable severidad en el gobierno que tantos títulos
repartía entonces sin merecimiento alguno.
Los frutos de la victoria de Lérida fueron además
de la toma de esta plaza, que Solsona, lo mismo que Balaguer y Agramunt,
viniesen á la obediencia. Sucedió en el mando al vencedor D. Felipe de Silva,
D. Andrea de Cantelmo, italiano de aquellos valerosos, que unidos bajo un cetro
con los españoles, peleaban con ellos y por ellos en todos los campos de
batalla adonde asistiesen nuestras banderas. Sin embargo, aunque leal y de
buenas partes, habiendo desempeñado en Flandes el cargo de Maestre de campo general,
y sido uno de los Gobernadores de aquellos Estados después de la muerte del
Cardenal Infante, no tenía ganada mucha gloria militar, ni acertó á ganarla en
Cataluña. Fué desde Lérida con un trozo del ejército á ponerse sobre la villa
de Ager, y la tomó á pesar de la defensa desesperada que en ella hizo el
caudillo catalán D. José Zacosta, y como Agramunt estuviese en la obediencia
del Rey, acercándose los franceses á recuperarla, se vieron acometidos y
puestos en derrota por dos de nuestros tercios que ya había allí acuartelados.
Para vengar tantos descalabros reunió La Motte Hodancourt al improviso toda la
gente que pudo, y con doce mil hombres y gran tren de artillería se presentó
delante de Tarragona, mientras el marqués de Brezé cerraba con una armada la
boca del puerto. Dióla en cuarenta días que allí se mantuvo trece ataques y uno
general en que llegó á[413] apoderarse de la torre
del muelle; disparó contra los muros hasta siete mil cañonazos, y abrió muchas
brechas en el recinto de la plaza. Pero el marqués de Toralto que allí mandaba,
con algunos de los mejores tercios que quedaban de infantería española, rechazó
todos los ataques, reparó las brechas, llenó de cadáveres enemigos los fosos, y
aún hizo salidas con que causó daño inmenso en los sitiadores. Avergonzado el
General francés, no sabía ya que partido tomar contra aquella resistencia
desesperada, cuando supo que D. Andrea de Cantelmo con el ejército español de
diez mil infantes y dos mil seiscientos caballos venía por tierra al socorro, y
por mar aquel Carlos Doria, padre de Juanetín y duque de Tursis, que mandaba
las galeras de Nápoles: con esto alzó el cerco después de haber perdido
inútilmente más de tres mil soldados. Esta rota le costó el empleo á La Motte,
que fué separado.
Fué esta campaña de 1644 la primera que tal pudo
llamarse en Portugal después de cuatro años que la insurrección caminaba
triunfante. Ya por este tiempo habían acudido á las banderas de los portugueses
multitud de aventureros franceses y holandeses y aun regimientos enteros:
tenían ya armas, instrucción, capitanes y cuanto se necesita para la guerra.
Nombrado el marqués de Torrecusso por Capitán general de nuestras armas en
aquellas fronteras en lugar del conde de Santisteban, llegó allá y reunió de la
gente antigua que había y la mejor de las milicias que acudieron, un ejército
pequeñísimo para las empresas que se esperaban, pero valeroso y robusto; porque
el nuevo General pensaba con razón que era preferible poca gente y buena á
mucha tumultuaria sin disciplina ni aliento. Mandaba[414] la
caballería el Barón de Molinghen, belga, que á poco tomó el cargo de Maestre de
campo general; D. Dionisio de Guzmán la artillería. Reformó Torrecusso las
costumbres de los soldados, restableció la disciplina, y luego comenzó las
operaciones. Ya los portugueses, tomada Valverde, osaban amenazar á Badajoz.
Comenzó el de Torrecusso por hacer en su territorio tal correría, que tomó y
trajo consigo hasta dos mil cabezas de ganado. Vengáronse los portugueses
quemando un lugar llamado la Zarza, y el de Torrecusso hizo quemar á
Villamayor, que era de ellos. Tomaron también los portugueses á Montijo y
Membrillo y saquearon ambas poblaciones. Luego, adelantando sus intentos, se
fueron á poner sobre la plaza de Alburquerque. Socorrióla á tiempo Torrecusso,
y además, para quebrantar la audacia de los contrarios, no pudiendo él asistir,
ordenó al buen Barón de Molinghen que á toda costa les diese batalla.
Día del Corpus de aquel año, á las puertas de
Montijo, se encontraron ambos ejércitos. Montaba el de los portugueses á ocho
mil hombres de todas armas con seis piezas de artillería; el de los españoles
sólo se componía de cuatro mil infantes, mil setecientos caballos y dos
cañones. Mandaba á los portugueses el general Matías de Alburquerque: su
infantería ocupaba el centro, y la caballería los costados, puesta al derecho
la portuguesa y al izquierdo la de auxiliares extranjeros. Molinghen comenzó el
combate; rompió nuestra caballería á la extranjera que cubría el ala izquierda
de los portugueses, y acudiendo parte de la de éstos, que defendía el ala
derecha, al socorro, fué también deshecha: entonces el centro fué acometido por
todas partes y envuelto de manera que en un momento se puso en[415] derrota.
Matías de Alburquerque, aprovechándose sin embargo de la codicia de los
nuestros que se entregaron al despojo y presa de los vencidos, logró ordenar la
retirada, saliendo con honra del campo. Quedaron de los portugueses tres mil
doscientos hombres en él y seiscientos prisioneros: nuestra pérdida no pasó de
quinientos muertos y trescientos heridos, muchos de ellos personas y capitanes
principales. Cantaron los portugueses la victoria, mas sólo por no desalentar á
los pueblos: la verdad fué que la victoria, infeliz para ambas naciones
hermanas, quedó aquella vez por Castilla. Que cierto puede decirse de pocas en
aquella guerra. Tras esto rindió Torrecusso á Serpa y Alconchel, que á poco
vino á perderse, y á Villanueva de Barcarota y otros lugares poco importantes,
mas no á Elvas, aunque llegó á amagarla. Entre tanto el duque de Alba, que
mandaba en la frontera de Ciudad-Rodrigo, contenía aunque sin recursos á los
enemigos por aquella parte. Habiéndose acercado un grueso de ellos á la villa
de Alberguería, no lograron efecto alguno, valiéndose el capitán nuestro que
allí estaba de una industria no conocida por allí hasta entonces, que fué
cargar los cañones con balas de mosquetes, con que los enemigos, imaginando por
el número de las balas, que había dentro mucha gente, se retiraron, siendo así
que la guarnición era muy flaca. Sucedió en el mando al de Alba D. Fernando
Tejada, el cual, como muy experimentado en la guerra, tendió una emboscada á la
guarnición de Almeida, en la cual murieron ciento y quedaron sesenta
prisioneros.
Tales fueron los frutos de la campaña. El único
descalabro que padecieron nuestras armas por estas partes[416] de
España, fué en el mar y después de un suceso dichoso. Porque habiendo sitiado
los moros á Orán ó solicitados de nuestros enemigos ó sabedores de los apuros
de la Monarquía, fué enviado allá al socorro un trozo de nuestra armada al
mando del general D. Martín Carlos de Mencos, y lo logró de manera que los
infieles, rechazados ya en varios asaltos, tuvieron que levantar el sitio; mas
á la vuelta fueron acometidos nuestros bajeles enfrente de Cartagena por la
armada de Francia que mandaba el marqués de Brezé, y después de un furioso
combate en que pelearon los nuestros con gran valor, tuvimos dos navíos
quemados, otros dos echados á pique y uno presa de los contrarios.
Las cosas de Italia no iban bien en tanto, pero
tampoco ofrecían grandes disgustos. Rindió el príncipe Tomás de Saboya,
nombrado Capitán general de las armas francesas, la plaza de Trin, que poseían
los nuestros en el Piamonte, después de cincuenta días de sitio. El marqués de
Velada, que había reemplazado en el mando al conde de Siruela, comenzó por
demoler el fuerte de Sandoval levantado por el gran conde de Fuentes, cerca de
Vercelli, por ahorrar la costa de mantenerlo: medida con razón censurada, porque
habiéndose de devolver aquella plaza que era de Saboya en cualquiera paz,
habíamos de quedar por allí sin alguna defensa. Luego sorprendió el castillo de
Astí, que fué recobrado por el príncipe Tomás al poco tiempo y el propio
Príncipe rindió á San Yá después de un largo asedio.
En Flandes, después de la rota de Rocroy, pareció
que los enemigos iban á apoderarse de los Estados. El duque de Enghien entró en
el Haynaut, tomó algu[417]nos fuertes, y adelantó
partidas hasta las mismas puertas de Bruselas. Luego, dispuestas todas las
cosas, se puso delante de Thionville, plaza importantísima porque dominaba el
Mosa, cubría á Metz y abría á los franceses el camino del electorado de Tréveris.
La defensa de la plaza no pudo ser más esforzada por parte de los españoles;
pero al fin, falta de socorro, tuvo que rendirse con honrosos partidos.
Clamaron los Estados porque se sacase de allí al marqués de Tordelaguna, á
quien acusaban de tamañas desgracias, y nuestra Corte vacilando en el sucesor,
envió por lo pronto al conde de Piccolomini, duque de Amalfi, á gobernar las
armas. Pero entre tanto se logró un triunfo que si no puede decirse que se
debiera á Mello, no dejó de servirle de algún mérito. Había invadido la Alsacia
un ejército francés de diez y ocho mil hombres al mando del general Rantzau, en
el cual se contaban muchos generales franceses de fama como Schomberg y Sirot,
con el intento de expulsar de aquella provincia á los alemanes y españoles. El
duque de Lorena, Mercy y Juan de Wert, que mandaban el ejército imperial y las
tropas españolas de la provincia, determinaron salirles al encuentro y pelear
con ellos sin demora; y D. Francisco de Mello, que supo el trance que se
preparaba y de cuanta importancia habían de ser sus resultas para la Flandes
española, envió de refuerzo dos mil caballos nuestros y dos mil infantes á
cargo del Comisario general de la caballería de Alsacia D. Juan de Vivero.
Halló nuestra gente al ejército enemigo acampado en los alrededores de
Tutelinghen y de improviso cayó sobre él. Ya estaban los escuadrones de caballería
española y alemana en medio del campo, ya eran dueños del parque de artillería,
y[418] todavía Rantzau no sabía á qué atenerse
ignorando la ocasión del tumulto. Así la rota fué completa; quedó preso Rantzau
con todos los generales, coroneles y capitanes, cuarenta y siete banderas,
veintiséis estandartes, catorce cañones y dos morteros, que era toda la
artillería, municiones, carros y bagajes. Los muertos no fueron muchos, porque
la embestida fué tan repentina y tan vigorosa, que los franceses acobardados,
apenas osaron ponerse en defensa; los heridos fueron más, y sobre todo los
prisioneros y dispersos, á punto que de diez y ocho mil, apenas dos mil
soldados se salvaron. Debióse lo principal del suceso al General de la
caballería D. Juan de Vivero, que con los coroneles Vera, Villar y otros
extranjeros de su mando, penetró en el campo enemigo no bien dada la señal del
combate. Dió este hecho reputación á nuestra caballería; levantándose sobre la
de la infantería, que, aniquilada en Rocroy, no acertaba ya con nueva gente á
hacer nada importante, y como al propio tiempo en Cataluña se mostrase la
caballería superior á la infantería, vino á resultar un cambio total en el
género de reputación de nuestras armas, cambio no dichoso por cierto. El
triunfo de Tutelinghen hubiera producido copiosos frutos en Alemania y en
Flandes, á no andar flojos los nuestros y muy activos los enemigos. Estrechóse
con él la alianza entre los holandeses y franceses, y unos y otros pusieron
mayores fuerzas que nunca en campaña.
El duque de Orleans, con un ejército poderoso,
donde iban por tenientes suyos los Mariscales de la Meilleraie y de Gassion, se
puso delante de Gravelingas, mientras una armada holandesa establecía el
bloqueo. Mandaba en la plaza el Maestre de campo D. Fernando[419] de
Solís; y aunque, ó por su culpa ó por culpa de nuestros generales, la
guarnición no pasaría de mil quinientos hombres, cuando debiera ser doble en
número, y así constaba en los asientos de España, fué la defensa bizarra,
rechazando en cuatro asaltos á los franceses con horrible pérdida. Mas al fin,
reducidos los nuestros á la tercera parte, y viendo aportillados por todas
partes los muros, se rindió con honrosos partidos. Acudieron al socorro
Piccolomini, que acababa de llegar á Flandes, y el mismo D. Francisco de Mello,
con el conde Fuensaldaña y todas las fuerzas disponibles, mas no pudieron
conseguirlo. Y entre tanto, el Príncipe de Orange, viendo desguarnecidas con
aquel socorro nuestras fronteras, invadió el territorio, tomó tres fuertes nuestros
poco importantes y el llamado de San Esteban, y logró circunvalar de esta vez
el Saxo de Gante. Habíalo intentado ya antes, y estorbádoselo D. Francisco de
Mello: ahora lo consiguió sin dificultad alguna. La plaza era pequeña, pero
importantísima, porque desde allí se podía inundar á mansalva con los diques
toda la campiña de Gante, y por estar á corta distancia de esta ciudad y de
Amberes, abriendo puerta á todo el Brabante: era muy fuerte, pero guarnecida
por solo trescientos hombres. Logró el Sargento mayor Espinosa, mozo muy
alentado, meterse en la plaza con novecientos hombres, rompiendo las líneas
enemigas, y esto prolongó la defensa por algún tiempo; pero al cabo de seis
semanas tuvo que rendirse la plaza, no pudiendo tampoco socorrerla el marqués
de Tordelaguna, D. Francisco de Mello. Suceso funestísimo que terminó la
desgraciada campaña de 1644 por aquella parte, y que puso en horrible
descrédito á Mello, á quien públicamente[420] insultaban
los naturales acusándolo de flojo é inepto. Su mujer, dama orgullosa, acabó de
concitar contra él todas las iras, y al fin el Rey, aunque con honrosas
distinciones, se vió obligado á separarlo del mando.
Á fines de este año murió la Reina Doña Isabel de
Borbón. El Rey, que había ido á Aragón con intento de que jurasen los brazos
del Reino por heredero al príncipe D. Baltasar, y á preparar las cosas de la
nueva campaña, volvió á Madrid y manifestó sentirlo sobre manera. Ya por este
tiempo estaba del todo declarada la privanza de D. Luis de Haro. Hubo asomos de
disgusto y de resistencia en los Grandes á reconocerla; y aun llegaron á
escribirse graves disertaciones, discutiendo la cuestión de si el Rey debía ó
no tener favoritos. Las costumbres no habían mejorado por parte de los
Tribunales y gente del Gobierno. La Universidad de Salamanca quiso trasladarse
á Palencia por no poder más soportar los desafueros que allí se ejecutaban en
sus estudiantes. Hubo auto de fe en Valladolid, donde murió
quemado D. Francisco de Vera, noble caballero, acusado por su propio hermano de
negar algunos artículos de la fe: y en Córdoba y otras ciudades habíalos á la
par como siempre. Quemáronse públicamente en Madrid monederos falsos, y hombres
acusados de pecado nefando y multiplicáronse los desafíos y las quiebras de
negociantes.
Entre los hechos escandalosos, lo fué sobre manera
la prisión y causa de D. Jerónimo de Villanueva, aquel famoso protonotario de
Aragón amigo del Conde-Duque que tanto contribuyó á las revueltas de Cataluña,
secretario de Estado de Flandes y España, por cuya mano habían corrido los
mayores asuntos de la Monar[421]quía; y las de Doña
Teresa Valle de la Cerda, abadesa del convento de San Plácido, de Madrid, y
tres de sus religiosas, ejecutadas y seguidas por el tribunal de la
Inquisición. Amó D. Jerónimo á la Doña Teresa en sus mocedades, y tanto que
estuvieron para contraer matrimonio. Arrepintióse ella inesperadamente de aquel
trato, y sin que bastasen á disuadirla algunos ruegos, determinó meterse monja.
Entonces D. Jerónimo, ó con su solo caudal ó con el suyo y el de su amada
junto, edificó aquel convento, de donde ella fué abadesa, y al lado una gran
casa que él habitaba. Visitaba frecuentemente el convento D. Jerónimo en
compañía del Conde-Duque, y esto y la proximidad de la casa al convento, y los
pasados amores, hicieron rugir á la murmuración sacrílegas y misteriosas
historias. Al fin la Inquisición tomó parte, y aunque nada resultó, á lo que
parece de los procesos que se formaron, fué acontecimiento que produjo doloroso
escándalo. Tal sucede en los tiempos de depravación, donde la murmuración halla
pretextos continuos: perviértese la opinión, dáse crédito á todo, porque todo
se ve posible, y padecen tanto la moral y las costumbres con la verdad como con
la sospecha.
Seguían los jueces, perezosos ó pervertidos como
antes, de modo que sólo podía decirse que entendían en dar tormento, el cual
aplicaban con horrible dureza. Padeciólo inocente Alonso Cano, el célebre
artista, por haber hallado á su mujer muerta en el lecho, asesinada en su
ausencia. Señalábase por la crueldad en esto de dar tormento, cierto alcalde de
Corte llamado D. Pedro de Amezqueta, que apenas dió uno que no originase
muerte. No cesaban las procesiones y funciones de iglesias, y alguna vez aún
solía haber toros y fiestas.[422] Pero no obstante,
habíase aminorado notablemente el deseo de este género de entretenimiento.
Ahito el Rey de placeres y liviandades, y lleno
acaso de remordimientos, no ponía tanta atención en ello; y la muerte de su
mujer, á la cual en los últimos tiempos había vuelto todo su cariño, y la de su
hijo, el príncipe D. Baltasar, acabaron de inclinar su corazón á la melancolía.
Sintieron las comedias los primeros efectos de esta nueva disposición de ánimo
del Rey. Diéronse ya en 1644, antes de la muerte de la Reina, unas leyes, por
las cuales se prohibía que pudieran componerse ni representarse de otros
argumentos que de vidas y hechos de santos; que hubiese cómicas que no fuesen
casadas, y que los señores de la Corte pudiesen visitar á las comediantas
arriba de dos veces: dictadas unas por la ignorancia y la hipocresía, ridículas
otras y completamente ineficaces. Si algo había de prohibirse por profano é
indigno, eran cabalmente las comedias de santos. Y no podía disculparse en el
Rey y sus Consejeros que pasasen de la vida de comediantes que ellos propios
con mengua de sus altos empleos hacían, á suprimir las comedias: lo único
grande y la única recompensa, pequeña á la verdad, que nos hubiese quedado de
tanta pérdida y desdicha, como aquella alegre y poética Corte nos había traído.
Muerta la Reina se puso ya en tela de juicio, como
lo estuvo en los días de Felipe III, si eran ó no lícitas y convenientes las
comedias; hubo papeles en pro y en contra, y al fin se suspendieron por
dictamen del Consejo de Castilla, «hasta que Dios se sirva, decía, dar fin á
las guerras tan vecinas con que Castilla se halla». Graves palabras y dictamen,
que mirando la ocasión en[423] que se dijeron, no
pueden censurarse aún por los que más amen el divino arte dramático. Agravada
luego la tristeza del Rey con la muerte de D. Baltasar, heredero presunto de la
Corona, estuvieron suspensas las comedias por entonces. Por estos mismos años,
llegado á mayor edad, fué reconocido por hijo del Rey, D. Juan Antonio de
Austria, tenido en la famosa comedianta, llamada la Calderona. Púsosele casa en
1644; hízosele prior de San Juan, y comenzó á imaginarse qué cargo
correspondería á su afición y nacimiento. Pronto se notó en él amor á las
armas: quísosele hacer gobernador de Flandes, ó darle mando en los ejércitos de
España; pero al fin se prefirió la marina. Fué nombrado, por tanto,
Generalísimo de la mar, dándole por segundo á Carlos Doria, con otros capitanes
antiguos y experimentados.
Nuevos vaivenes y borrascas se preparaban en tanto
á dar el último golpe á nuestro poderío, agotando del todo nuestras fuerzas. Y
eso que no podemos decir que en tales borrascas y combates no nos ayudase la
fortuna; por el contrario, ella, declarándose muchas veces por nosotros, hizo
aún dudar al mundo, si era ó no España todavía la nación potente de Felipe II.
Faltan por ver prodigios del valor español; aun hay que ver cómo defienden
piedra á piedra la grande herencia de sus padres por dentro y por fuera contrastada,
los nobles hijos de Aragón y Castilla, á pesar de todas las faltas de su
Gobierno. En Italia el príncipe Tomás se apoderó de Roca de Vigevano; mas
recobráronla los españoles el año siguiente, y rindieron á Niza de la Palla,
logrando mantener en el Piamonte la guerra que los enemigos querían traer al
Milanesado. Viendo el Go[424]bierno francés cuán poco
adelantaba por aquella parte, imaginó embestir á Nápoles, donde el príncipe
Tomás tenía algunos parciales, y donde había al parecer menos defensa. Para
preparar el camino salió de las costas de Provenza una escuadra francesa al
mando del duque de Brezé, compuesta de treinta y cinco naves, diez galeras y
sesenta buques menores; tomó á su bordo al príncipe Tomás, con ocho mil
soldados, y desembarcándolos en la playa de Siena, se apoderaron de Telamon y
de los fuertes de Salinas y San Stephan, lugares descuidados y no bien
provistos. Luego llegaron delante de Orbitello, plaza fuerte y defendida con
buena guarnición por aquel valeroso Carlos la Gatta, que tan nobles pruebas dió
de sí en el sitio de Turín.
Era Virrey de Nápoles el duque de Arcos; porque ya
el ilustre almirante de Castilla, por causas que luego apuntaremos, había
dejado aquel Gobierno, tornándose á España. No bien supo el de Arcos el sitio
de Orbitello, levantó tropas, y con copia de bastimentos y dinero las envió en
siete bajeles al socorro, el cual se logró felizmente. No fué tan afortunado
otro socorro que envió el de Arcos á los pocos días en buques pequeños, porque
sorprendidos por la armada de Brezé, que había quedado á la mira de las costas,
fueron destrozados. Pero en esto, sabido el caso en España, se juntaron
apresuradamente algunas galeras al mando de Don Diego Pimentel, hijo del conde
de Benavente, las cuales, reunidas con las napolitanas, compusieron una armada
de sesenta y cinco velas y diez barcos de fuego ó brulotes. Dió vista esta
escuadra á la francesa en las costas de Toscana y al punto se trabó el combate,
que duró tres días, aunque no con mucha furia; nosotros[425] perdimos
un brulote, que se incendió por sí mismo; los enemigos una nave gruesa y el
Almirante, que murió de un cañonazo, con lo cual se dieron por vencidos y se
alejaron á toda vela de aquellos mares, dejando triunfantes nuestras banderas.
Mas aunque algunos de nuestros bajeles llegaron á la costa, no hallaron medios
de enviar socorros á la plaza, cerrada completamente por los sitiadores, y así
se temía su pérdida.
Desplegó el de Arcos una actividad loable; juntó un
grueso de infantería que envió por mar á aquellas costas, y otro de caballería,
por tierra y á dobles marchas; y todo el ejército lo puso á las órdenes del
marqués de Torrecusso. Habíase este General retirado á Nápoles después de la
batalla de Montijo; y cierto que la elección del Virrey no podía ser más
acertada. Justificóla Torrecusso forzando valerosamente las líneas del príncipe
Tomás delante de Orbitello, y poniendo en completa fuga á sus tropas. Ganó
mucha gloria Carlos La Gatta, que en una salida deshizo todos los trabajos de
los sitiadores, que estaban casi terminados, obligándolos á emprenderlos de
nuevo. Quitó Mazzarino el mando de los ejércitos franceses al príncipe Tomás de
resultas de este desastre, y envió una nueva expedición á aquellas costas, en
naves francesas y algunas portuguesas, con un ejército al mando de los
mariscales de La Meilleraie y de Plessis, el cual se apoderó de Piombino, que
pertenecía á un pariente del Pontífice, por castigar á éste de cierto desaire
que al Ministro francés había hecho. Luego los dos Mariscales desembarcaron en
la isla de Elba y se apoderaron en veinte días de Portolongone, poseído por los
españoles. Y parte de la armada que los trajo á aquellas costas adelantó[426] su osadía hasta mostrarse amenazadora en el
Golfo de Nápoles. Salieron á ella los bajeles españoles, que por acaso había en
el puerto, y los napolitanos, tripulados por la nobleza de la ciudad, y no se
dudaba del triunfo, cuando una calma repentina impidió el combate, y á favor de
las sombras huyeron luego los franceses para evitarlo.
Piombino y Portolongone iban á caer en manos de los
españoles de nuevo, cuando impensados sucesos vinieron á trastornar todas las
cosas. Fué el primero el alboroto ocurrido en Sicilia á principios de 1647.
Estaban los pueblos de aquella isla muy cargados de tributos, como todos los de
la Monarquía. Las últimas empresas de los franceses en las costas de Toscana
habían obligado al Virrey, que era el marqués de los Vélez, tan desgraciado en
Cataluña, á reunir á toda prisa hombres y dinero con que defender sus costas, y
atender al socorro de Nápoles y Toscana, y por lo mismo había acrecentado las
derramas y había hecho levas considerables con gran disgusto del pueblo.
Aconteció en tan mala ocasión una extraordinaria sequía, y con ella se declaró
el hambre en toda Sicilia. No faltaba más para traer al último punto de la
desesperación á los naturales. Incierto y confuso, y poco diestro, como
siempre, el de los Vélez, oyendo el clamor del pueblo y temiendo ya sus excesos
con el pasado escarmiento, comenzó á imaginar remedios para atajar el daño, y
no se le ocurrió otro mejor que prohibir á los panaderos que subiesen el precio
del pan, con pena de muerte. Retiráronse de tan peligroso ejercicio los
panaderos; creció la miseria; aumentóse el desconcierto y, por último,
impulsados por la desesperación, tomaron las ar[427]mas
tumultuariamente los naturales de Palermo, y acaudillados por un cierto Tomás
Alesio, artesano, quemaron y saquearon las casas de los usureros y
recaudadores, y las de los nobles y amigos del Virrey, abrieron las cárceles, y
durante tres días fué dueña de aquella capital la anarquía. No hizo nada el de
los Vélez para reprimirla: refugiado en las galeras desde los primeros
instantes, no supo más que ceder á todo cuanto quiso solicitar de él la muchedumbre.
Abolió las gabelas, devolvió al pueblo sus privilegios y concedió un perdón
general á todos los culpables. Las turbas, insaciables, como siempre, no se
contentaron con eso y continuaron los desórdenes en Palermo y luego en toda
Sicilia, llegando á haber en las principales ciudades como Siracusa, Agrigento
y Catania, barruntos de sacudir el dominio de España, dándose á los franceses.
Pero Mesina se mantuvo fiel, y el mismo pueblo de Palermo hizo pedazos al Strático,
que era el primer funcionario de la ciudad, por tachársele de agente de los
franceses. Además, los varones ó señores feudales, de origen catalán en mucha
parte, parciales de España y enemigos del pueblo, se pusieron del lado del
Virrey, y así se logró atajar por entonces la insurrección, que muy amenazadora
se presentaba. Harto peores resultas y cuidado ofreció el disgusto de Nápoles,
que comenzó á mostrarse por los mismos días.
Era ésta de las provincias extranjeras de la
Monarquía la más fiel y la que más había hecho en todas ocasiones por España.
Sus ejércitos y sus armadas, lo mismo que sus tesoros, no se habían escaseado
jamás: con los españoles se habían empleado copiosamente en las campañas que en
el Nuevo y Viejo mundo había[428] sostenido la
Monarquía desde principios del siglo xvi. Sujetos sus soldados á la severa
disciplina española, pronto adquirían la propia intrepidez, la misma firmeza,
el mismo deseo de gloria que los tercios nacionales, á punto de no
distinguirlos en las batallas. Napolitanos fueron muchos de los mejores
capitanes que antes y después tuvo España; napolitanos muchos de los bajeles
que tanta gloria dieron á nuestro pabellón en el Mediterráneo. Apenas puede
decirse que las diversas provincias de España se tuvieran por tan españolas
como aquella Nápoles, conquistada por la fuerza y sin otra razón ni derecho
poseída. Aun por eso había menos cuidado en guardar aquel reino que ningún
otro, y á principios de 1647 no pasaban de dos mil los soldados españoles que
guarnecían todo aquel reino.
Pero á medida que Nápoles contribuía tanto á
mantener el Estado, los Ministros de Felipe IV, como suele suceder, redoblaban
sus exigencias. Así, en los veinte últimos años solamente, se calculaba en
cincuenta mil hombres, número desproporcionado para aquella edad, y en ochenta
millones de ducados lo que se había sacado de Nápoles para las guerras. Esto y
la mala administración del reino, singularmente en los últimos años, lo habían
traído á lamentable pobreza. Ni el conde de Monterrey, ni el duque de Medina de
las Torres, deudos del de Olivares, que allí fueron Virreyes uno tras otro,
pensaron en más que en esquilmar á los pueblos, y no ya sólo para servir y
auxiliar á España, sino para enriquecerse ellos propios y contentar la codicia
de sus favorecedores. Así andaban entonces todas las cosas. El pueblo
napolitano, ligero é inflamable, aunque dado á la obediencia y leal á España,
no podía ya menos de mur[429]murar altamente del
Gobierno, y aumentándose cada día la despoblación y la miseria, íbanse también
aumentando las quejas, hasta el punto de producir profundo y general
descontento. Y cierto que no era de despreciar éste: ya una vez lo había
demostrado en tiempo de Carlos V, con motivo del establecimiento de la
Inquisición, y hubo que renunciar á ello: después, en diversas ocasiones, había
aparecido terrible.
Ni faltaba entre la muchedumbre quien se inclinase
á la emancipación y á echar del reino á los españoles por cualquier modo, para
darse á los franceses; y aunque estos reformadores fuesen pocos y flacos,
todavía eran de precaver sus intentos y de repararlos con tiempo. Mas los
Ministros y los Virreyes españoles no pusieron en nada de esto la atención más
pequeña. Funestas y más tempranas habrían sido las resultas, á no mediar una
circunstancia tan favorable para los españoles como desfavorable para la rebelión,
y era la división entre nobles y plebeyos. Tal división, que perdió las
libertades de Aragón y Castilla, mientras la unión conservaba las de las
Provincias Vascongadas, y que daba vida á la insurrección de Cataluña, y
facilitaba la desdichada emancipación de Portugal, era antigua en Nápoles.
Vióse de ella una muestra durante el virreinato del gran duque de Osuna. No
pudieron conllevar los nobles que fuera tan querido del pueblo, el cual no le
amaba tanto sino porque lo creía enemigo de los nobles: lograron éstos
desposeerle del virreinato, y aquél estuvo para tomar las armas en su defensa,
no dependiendo quizás, sino de Osuna que no lo hiciese. Pero si esto retardó la
rebelión y sacó al fin triunfante de ella nuestras banderas, no pudo impedirla
ni estorbar sus excesos, que fueron[430] luego tan
horribles. Previóla el Almirante de Castilla, Enríquez de Cabrera, sucesor del
de Medina de las Torres, que ya había sabido preveer la de Cataluña quince años
antes que aconteciese, y desde el primer momento, comenzó á mejorar y moralizar
la administración, y escribió á Madrid representando el peligro y la
imposibilidad de sobrecargar á Nápoles con nuevas derramas y contribuciones,
avisando al propio tiempo como buen soldado, que no eran bastantes las
guarniciones españolas que allí había para mantener la obediencia, si el
descontento llegaba á estallar en armas. Pero en Madrid, con la ordinaria
imprevisión y el orgullo insensato de siempre, no se dieron oídos á sus avisos;
antes, como en otro tiempo por los de Cataluña, se le tachó ahora de apocado y
débil, á él que era de los poquísimos capitanes y Ministros de corazón heroico
que aún tenía España. Entonces el Almirante, afligido por los nuevos males que
miraba venir sobre la patria, hizo renuncia de su cargo, diciendo: «que no
quería que en sus manos se rompiese aquel tan hermoso cristal que se le había
confiado.»
Vino el Almirante á España, y en su lugar fué don
Rodrigo Ponce de León, duque de Arcos. Tenía este hombre reputación de
inflexible, y era, por tanto, muy estimado en la Corte, que miraba en esta la
mayor de las cualidades para el gobierno de los pueblos; mas aún se equivocaba
en ello, porque el de Arcos antes podía contarse por duro que no por
inflexible, como se le suponía. Era de esos Ministros á quienes jamás les ve la
sonrisa el humilde ó inerme; y delante del fuerte y del armado dejan escapar
viles lágrimas: frecuentes en todos tiempos, más en los de decadencia, y
propios siempre para ocasionar desdichas.
Tales fueron todos los que intervinieron en los
principios de la rebelión de Cataluña. La inflexibilidad del carácter donde hay
que ponerla á prueba es en los momentos de peligro ó de desgracia, y harto más
resplandece en la autoridad vencida, que sabe morir sin ser indigna, que no en
la autoridad triunfante y segura que oprime y tiraniza á mansalva. Buen español
sí era el de Arcos, como lo demostró en la embestida de los franceses; probó
hasta el punto de no tener dinero con qué volver á España cuando fué separado
del virreinato; inteligencia no le faltaba y menos astucia; pero por las
calidades que dejamos indicadas, no era sino el peor Virrey que pudiera ir á la
sazón á Nápoles. No bien llegó allá tuvo que imponer un nuevo tributo para
atender á los gastos de la defensa contra los franceses, y en mal hora se le
ocurrió que fuese sobre el consumo de la fruta, porque tales tributos son los
más dolorosos siempre, y más debía serlo aquél y en Nápoles donde la gente
común no tomaba apenas otro alimento. Tratóse, viéndose el disgusto general, de
abolirlo después de establecido; mas aunque se inventaron para ello varios
recursos, no se ejecutó al cabo ninguno. Siguió el impuesto sobre la fruta, y
con él de día en día fué aumentándose el disgusto hasta parar en cólera y
desesperación.
Llegaron las cosas al punto en que sólo falta una
cabeza para dar principio á los tumultos, y ésta, como suele suceder, no tardó
en presentarse. Fué este caudillo Tomás Aniello de Amalfi, conocido vulgarmente
por Masaniello, joven de veintisiete años, y de oficio vendedor de pescado.
Desabrido como todo el vulgo con el impuesto sobre la fruta, tuvo además otro
motivo para inclinar[432]se á tomar parte en la
rebelión: su mujer, á quien él amaba en extremo, fué presa por los aduaneros de
la ciudad al querer introducir furtivamente una poca de harina, género también
gravado con molesto tributo. De aquí nació que Masaniello se hiciese notar
entre los más ardientes instigadores de la sublevación. Comenzó ésta por un
altercado entre los rústicos que traían la fruta al mercado y algunos
revendedores, sobre quién hubiese de pagar el impuesto: intervinieron los
recaudadores, y acalorándose los ánimos cayeron algunas piedras sobre ellos; la
primera disparada por Masaniello, con que comenzó á cobrar autoridad entre el vulgo.
Luego, subiéndose el propio Masaniello sobre un banco, pronunció las siguientes
palabras que vinieron á ser el grito de guerra de la insurrección: «¡Viva
Dios! ¡Viva la Virgen del Carmen! ¡Viva el Papa! ¡Viva el Rey de España! ¡Viva
la abundancia! ¡Muera el mal Gobierno! ¡Fuera la gabela!» Y poco después el
populacho desenfrenado, dando suelta á su cólera, corría por todas partes,
echaba las campanas á vuelo y quemaba las casillas de los recaudadores de
tributos. Por último, sin objeto, sin idea fija, sin jefe aún reconocido, se
lanzó al Palacio del Virrey.
Hacía días que el duque de Arcos estaba avisado del
mal estado del pueblo; sabía lo exaltado de las conversaciones, lo aventurado
de los intentos, la ira y la saña que germinaban en él. Pero no se dignó de
abrir entrada en su alma al recelo: creía imposible que contra autoridad como
la suya intentase nada el pueblo, y además tenía por infalibles remedios para
atajar la sublevación si venía, los grillos y los dogales de la justicia. No
cuidó de reforzar la guarnición de Nápoles, ni tomó precau[433]ción
alguna de resistencia. Mas cuando vió desde sus balcones cómo desembocaban las
turbas en la plaza de su Palacio, en qué número, con qué alaridos, con cuáles
demostraciones de saña, toda la confianza antigua desapareció de un golpe,
convirtiéndose en lo que suelen confianzas tan insensatas, en miedo. Si en
aquel punto hubiese parecido tan animoso como antes se mostraba; si hubiera
acertado á ser en trance de armas tan resuelto como era en el despacho pacífico
de los negocios, todavía la rebelión hubiera podido contenerse. Montando á
caballo, llamando á sí las tropas españolas y tudescas, convocando á los nobles
de la ciudad, irreconciliables enemigos de la plebe, y atrincherándose en el
Palacio ó saliendo valerosamente al encuentro de los rebeldes, estos hubieran
sido indudablemente deshechos, faltos de armas, de organización, de caudillo,
de todo lo necesario para el combate. Pero D. Rodrigo, con mengua y escarnio de
su reputación de inflexible, y con afrenta de sus heroicos mayores, no supo más
que temblar en la ocasión; dejó al populacho que rompiese las puertas, que
invadiese los salones y se apoderase de su persona, soportando insultos y
sujetándose á los más vergonzosos tratamientos. Al fin, merced á la astucia del
Arzobispo de Nápoles, el Cardenal Filomarino, muy respetado del pueblo, pudo
huir y refugiarse en el castillo de San Telmo, de donde luego disfrazado pasó
al de Castelnovo, cuyo alcaide era D. Nicolás de Vargas Machuca, muy buen
soldado y de familia de ellos. Allí poco á poco se fueron recogiendo los
principales señores y caballeros.
El pueblo en tanto, aclamó por su caudillo á
Masianello, que se había distinguido entre todos por su ar[434]dor
y arrojo, y á quien favorecían con sus simpatías algunos de los demagogos más
furiosos, entre otros un cierto Julio Genovino, anciano octogenario y sagaz que
tuvo no poca parte en los posteriores sucesos. Soltáronse los presos de las
cárceles, saqueáronse las armerías, formáronse pelotones diversos de gente
armada, y pronto el número de los sublevados tocó, si es que no pasó, el número
de cien mil hombres. Luego fueron quemadas las casas de los principales
arrendadores de contribuciones y amigos del Virrey. Pero era tanto el amor de
aquella gente á España; era tal aún su respeto á la Corona, que cuando en medio
del saqueo encontraban retratos de Felipe IV y de sus antecesores, apartábanlos
con mucho cuidado, improvisaban doseles en las esquinas, y allí los colocaban
con fervientes aclamaciones. Sus caudillos y tribunos improvisados no cesaban
de predicar obediencia y respeto al Rey de España, limitándose á censurar el
mal Gobierno.
No se sabe que fueran perseguidos en el primer
tumulto los españoles domiciliados; antes la furia común descargó
principalmente sobre los Ministros y logreros napolitanos que tiranizaban y
robaban á sus hermanos bajo el amparo de los Virreyes. El actual, D. Rodrigo
Ponce de León, desde Castelnovo comenzó á negociar con el pueblo, pensando
recobrar por maña lo que por fuerza había perdido; mas éste se negó á todo
concierto que no fuese la abolición completa de los impuestos sobre consumos.
No se hizo esperar el empleo de las armas: dentro de San Lorenzo, que era una
especie de Casa Consistorial, en un torreón muy fuerte, había un depósito de
artillería y guarnición de cuarenta soldados españoles. Acometió aquel puesto
Masianello con has[435]ta diez mil hombres ya bien
armados y un cañón, y después de tres horas de mortífero combate tuvieron
aquellos valientes, reducidos á mucho menos número, que rendirse á partido.
Tras esto acometieron y deshicieron los sublevados algunas compañías de españoles
y tudescos que acudían de diversas partes al refuerzo de la gente del Virrey.
Éste en tanto, no desalentado con los primeros desaires que había recibido del
pueblo, movió nuevos tratos con él, y mediando el arzobispo Filomarino, con
indecible constancia entonces, logróse llegar á concierto. Mas como algunos
forajidos, instigados por uno de los grandes señores enemigos de la rebelión
intentasen matar á Masianello durante la ceremonia donde habían de jurarse los
pactos, el pueblo, furioso, los hizo pedazos, y derramándose por la ciudad
cometió ya infinitos excesos contra todo género de personas, abandonándose por
el pronto toda idea de acomodo.
Al fin, las exhortaciones de Filomarino y el haber
ganado con dinero ó promesas el favor de Julio Genovino, aquel octogenario que
en los principios de la sublevación había figurado tanto, fueron parte para
lograr nuevo concierto, que por esta vez llegó á ejecución. Pero fué inútil. La
verdad era que en el punto en que estaban las cosas, como siempre que el vulgo
ha llegado á triunfar de las autoridades y del Gobierno, no había más que ceder
del todo ó recobrar con la fuerza lo perdido. Las concesiones, utilísimas y
loables para evitar y precaver, no lo son para sosegar y vencer á los que ya
han ejercitado el valor del brazo y probado con él que son capaces de obtener
por sí lo mismo que quieren concederles otros.
Bien hubiera hecho el duque de Arcos en oir las
quejas de aquel pueblo leal, que no pedía más que pan y frutas con que
entretener las vidas y ganar tesoros que ofrecer á España. Ya que de las quejas
había pasado el pueblo á las armas, no era ocasión sino de sustentar con honra
la autoridad y de hacer respetar el mando. Mas el de Arcos, como antes el de
Olivares cuando la insurrección de Cataluña, presuntuoso y terco, más bien que
no firme, aguardó para ceder la peor de las ocasiones. Consintió en que se levantasen
todos los nuevos impuestos, en que se aboliesen las gabelas, no conocidas en
tiempo de Carlos V, y aun no fué esto lo más malo, por cierto, sino que
compartió con el miserable Masianello el gobierno, le dió tratamiento de
Grande, puso á sus órdenes las galeras con que Juanetín Doria, rescatado ya de
sus prisiones, había venido á socorrerle, dejando el crucero de aquellos mares
que le estaba encomendado é hizo que su guardia le prestase iguales honores que
á él. Su esposa, Grande de España, prostituyó la dignidad de su clase, hasta el
punto de tratar familiarmente con la mujer del vendedor de pescados, poco antes
presa por el contrabando de harina en que la sorprendieron los aduaneros. Llegó
la vileza del de Arcos hasta á limpiarle el sudor del rostro, adulando
bajamente á Masianello delante del pueblo. Entonces se vió una cosa prodigiosa
para el común de las gentes, de clara explicación para los que estudian los
misterios de la naturaleza humana.
Masianello, el pobre vendedor de pescado, nacido
era la abyección y criado entre el vulgo más soez del mercado de Nápoles, se
mostró intrépido, generoso y hasta inteligente, mientras solamente se trató de
combatir,[437] mientras no hizo más que ser el
primero en las determinaciones y en los peligros, cubierto de harapos,
apellidado sólo por su nombre vil. Pero no bien trocó los harapos por un
vestido de riquísima plata, que el Arzobispo le obligó á tomar por cierto; no
bien notó los honores que le dispensaba la guardia del Virrey; no bien entró en
los salones perfumados de éste, sintió sus adulaciones y vislumbró todo el
poder, sintió pasiones desconocidas, y se trocó en otro hombre. Tuvo recelos de
que le matasen y sacrificó á tal recelo centenares de víctimas; tuvo sed de
sangre, sed de mando, sed de oro; derribó cabezas por capricho sólo y como para
convencerse de que tenía poder para tanto; imaginó construirse un soberbio
palacio; celebró banquetes magníficos; corría las calles á caballo con la
espada desnuda afrentando á cuantos encontraba y vino al fin á parar en
demente. El pueblo, que le idolatraba, llegó á aborrecerle con aquellas
demostraciones, y aprovechándose de esto unos asesinos, enviados por el duque
de Arcos sin duda, le sorprendieron en un convento y allí mismo acabaron con su
vida. Entonces el pueblo bajo insultó su cadáver y lo arrastró en triunfo como
días antes había arrastrado tantos por mera indicación de Masianello. Así acabó
el imperio de aquel hombre singular, que aunque sólo duró nueve días, merece
años de meditación y estudio, por las grandes lecciones que ofrece y los
notables ejemplos que propone. ¿Llegó á pensar en levantar un Trono? No se
sabe, ni es fácil decidirlo: la verdad es que rechazó las proposiciones que le
hicieron mensajeros franceses que llegaron pronto á la ciudad para sacar
partido de tales sucesos, y que hasta el último punto aparentó ser[438] súbdito leal del Rey de España. Creyó el Virrey
restablecida con esto la autoridad y sosegadas las cosas, y aun volvió á morar
en su palacio y á gobernar desde allí como antes; pero hubo nueva ocasión de
conocer cuán cierto es que contra un pueblo que toma una vez las armas y sale
triunfante, no bastan ya concesiones y conciertos, y que es preciso, ó
sujetarse á él en un todo, ó imponerle de nuevo con la fuerza el respeto
perdido.
Pocas horas después de la muerte de Masianello ya
había encontrado el pueblo nuevo motivo para renovar los pasados excesos; ya se
lloraba aquella muerte como una gran desdicha, y los mismos quizás que habían
arrastrado su cadáver por el cieno de las calles, se apresuraban á recogerle y
á honrarle de mil maneras. No faltó quien le tuviese por santo y por mártir;
pocos dejaron de celebrarle como á héroe, y el Virrey tuvo que refugiarse de
nuevo á Castelnovo. Volvió á aplacarse el tumulto, pero no por eso cesaron los
excesos: cada día se cometían nuevos atentados; cada día eran mayores las
exigencias, hasta que por fin se declaró de nuevo abierta insurrección. Aún el
motivo no está bien conocido; pero el espíritu de revuelta, las pasiones
desenfrenadas antes, mal avenidas ahora con el orden, las artes de los
revoltosos de profesión, deseosos de medrar en las revueltas, y acaso las de
los emisarios franceses, pueden explicar los acontecimientos que sobrevinieron.
De repente el pueblo, guiado sin concierto por varios caudillos, se arrojó
cierto día sobre algunos puestos militares y los forzó fácilmente; estableció
baterías que dominaban los castillos de Castelnovo y San Telmo; atacó la plaza
de Palacio á mano[439] armada, y, como hiciese
fuego para defenderla la guardia tudesca, comenzó por todas partes un combate
sangriento y una matanza horrible de españoles, tudescos y nobles napolitanos,
sin perdonar edad ni sexo.
Lograron el primer día las turbas con lo inopinado
del ataque grandes ventajas, y al siguiente pensaron en elegir un caudillo de
experiencia y valor que los mandase. Fijáronse todos los ojos en el noble
Carlos La Gatta, el cual se negó á ello resueltamente, con singular lealtad y
ánimo; y en seguida propusieron el cargo al marqués D. Francisco Toralto ó
Toralto de Aragón, príncipe de Massa y Maestre de campo general, bien conocido
por la honrosa defensa que había hecho de Tarragón. El Príncipe se resistió al
principio con noble entereza á condescender con los deseos del pueblo; pero
llevado del amor de su mujer, que estaba en poder de los sublevados, por una
parte, y creyendo por otra atajar la sublevación con el nombre y autoridad de
caudillo que le daban, se prestó al fin á ello. Era Toralto honrado y leal, mas
desprovisto de las altas cualidades de carácter que dan al hombre la conciencia
y el gobierno exclusivo de sí mismo, encadenándolo, según sea, al deber, al
deleite ó á la conveniencia. Naturaleza de aquéllas que hacen el mal obrando
bien y que se envilecen con nobles propósitos y acciones. Su nombre quedó
infamado para siempre; mas á la verdad no era tan digno de desprecio como de
lástima. Púsose el nuevo General en comunicación con el buen Arzobispo, que no
dejaba un punto de trabajar en demanda de la paz, y con el Virrey, desbaratando
con astucia los intentos de sus mismos subordinados y avisando á los españoles
cuanto pudiera importarles.
Todo el reino, harto conmovido ya con los
anteriores sucesos, se declaró ahora en rebelión; y la capital, amaestrada en
ellos, hizo su rebelión más terrible que nunca. Impacientes por pelear los
caudillos del tumulto, sin aguardar órdenes de Toralto, embistieron formalmente
el palacio donde se había fortificado el tercio viejo de napolitanos, mandados
por D. Próspero Tuttavilla, soldado de valor, y á pesar de su esforzada
defensa, les pusieron á poco en cuidado. Entonces el Virrey desde Castelnovo
rompió el fuego contra la ciudad, haciendo señal para que lo imitase al
castillo de San Telmo. Contestaron los rebeldes con su artillería, y se trabó
un combate encarnizado, durante el cual cierto Andrea Pólito, audacísimo
caudillo de las turbas, llegó á poner, con una mina que abrió diestramente, en
no poco apuro á la fortaleza de San Telmo. Gobernaba en ella D. Martín Galiano,
aquel valeroso defensor de Valencia del Pó, en el Milanés, contra franceses y
saboyanos, y á éste se debió que Pólito no lograse al punto su intento,
interviniendo también Toralto sagazmente, de modo que se paralizasen los
trabajos de la mina.
Hubo tras esto nuevas capitulaciones y algunas
horas de reposo, cuando se avistó la armada española de D. Juan de Austria y
del viejo Carlos Doria, enviada de España, no bien se supieron acá tan graves
acontecimientos, la cual se componía de veintidós galeras, doce naves gruesas y
catorce buques menores. Traía esta armada á su bordo tres tercios de españoles
y uno de napolitanos, recogidos en el ejército de Cataluña, donde se contarían
hasta tres mil quinientos infantes.
Dió la venida del socorro sospechas y recelos á los
sublevados, y valor y soberbia al Virrey, para que[441] unos
y otros de consuno quebrantasen las capitulaciones. Imaginóse un ataque general
á todos los puntos ocupados por los rebeldes, para restablecer por la fuerza la
autoridad del Rey; y el de Arcos y D. Juan de Austria de consuno tomaron todas
las disposiciones. Á un tiempo rompieron el fuego sobre la ciudad los castillos
y lugares fuertes guarnecidos de los nuestros y los bajeles de la armada,
mientras la gente de desembarco emprendía en diversos trozos el ataque de
algunos puestos enemigos. Mas el populacho, ordenado y dirigido por muchos
soldados viejos italianos, de los licenciados que habían servido debajo de
nuestras banderas, animado ya descaradamente por algunos agentes de Francia, y
hasta por una parte de la gente de Iglesia, principalmente los frailes
capuchinos que predicaban la rebelión abiertamente, armado todo, con copiosa
artillería, y reforzado con las turbas más desaforadas de las provincias y no
pocos bandidos, opuso tenacísima defensa. Toralto, aunque luchando hasta el
último instante por lograr un acomodamiento, llegado el caso, sirvió á la
sublevación con una lealtad funesta. Sus hábiles disposiciones y el número de
su gente, que pasaba ya mucho de cien mil hombres, contrapuestos á nuestras
escasas guarniciones y columnas, dieron á la rebelión notorias ventajas.
Peleóse muchos días sin fortuna, perdiéndose algunos puestos, cuyas
guarniciones pagaban con la vida lo heroico de la resistencia. Logró Toralto
que en medio de la pelea y á pesar de sus ventajas, propusiesen los rebeldes
una tregua; y el de Arcos, tomándolo á flaqueza de los contrarios, no quiso
aceptarla. Mas continuándose el combate y viendo que á cada momento perdían
terreno los nuestros, rebajó de[442] nuevo su
altivez y propuso á Toralto la tregua que antes había rehusado, implorando
también humildemente la intercesión del Arzobispo, que de la propia suerte
había desairado poco antes. Negóse Toralto y negóse ya el pueblo á escuchar las
voces de concierto, y más que aquel estaba ya muy sospechado de amigo de los
españoles y vigilado muy de cerca por sus propios parciales, y el Arzobispo,
indignado con el anterior desaire, no quiso tampoco mediar ahora con su influjo
siempre poderoso. Aun llevó el Prelado tan lejos su indignación, que llegó á
concebir el intento insensato y traidor de tomar aquel reino para el Papa
aprovechándose de la revuelta: cosa indigna no menos que de su talento, del
elevado carácter que antes había mostrado. Sin embargo, no por eso fué estéril
la idea que germinaba ya en todos los caudillos de la sublevación; pronto
dieron un manifiesto á Europa declarándose independientes de
España. No sorprendió esto á nadie, porque á tal punto habían venido las cosas,
que aquello no era más que formular explícitamente lo que de hecho parecía.
Prosiguiéronse las hostilidades y como atacasen los
rebeldes furiosamente un convento defendido por los nuestros y que era muy
importante para el triunfo, habiendo estallado una mina dirigida por D.
Francisco Toralto con más daño de los suyos que no de los nuestros, el pueblo
harto receloso ya comenzó á apellidar traición, si con razón ó sin ella se
ignora, y pasando pronto de las palabras á las obras, hizo pedazos al
desventurado caballero. Así acabó su extraña y contradictoria conducta el
príncipe Toralto de Aragón.
Nombraron en seguida las turbas por generalísimo en
lugar suyo á un cierto Jenaro Annesio, de oficio maes[443]tro
arcabucero, hombre zafio, ignorantísimo y cobarde, muy conocido ya en las
anteriores revueltas; mas el gobierno verdadero de las armas lo pusieron en el
Maestre de campo Brancaccio, soldado antiguo que había servido con venecianos y
fué siempre muy ardiente enemigo de España. Habían los nobles, entre tanto,
levantado tropas en la campiña, principalmente de caballería, formando en
Aversa un pequeño ejército, el cual fué á mandar de parte del Virrey el general
Tuttavilla; con tales fuerzas corrían los nuestros los alrededores de Nápoles y
traían bloqueada á la ciudad. Salió contra ellos Jaime Rosso, caudillo popular,
animoso y entendido en la guerra, con muchedumbre de gente armada: comenzó por
atacar unas casas valerosamente defendidas por el capitán Ignacio Retes con
cincuenta españoles, y luego, acudiendo al socorro Tuttavilla, se empeñó un
combate general, en el cual llevaron al fin la peor parte los que seguían
nuestras banderas. Resarciéronse bien de esta pérdida tanto Tuttavilla como los
nobles napolitanos, destrozando en muchos encuentros parciales á los amotinados
y estrechándolos á punto que Nápoles entera comenzó á sentirse aquejada del hambre.
Annesio y Brancaccio no lograron ventaja alguna dentro de la ciudad, y así la
causa de los rebeldes volvió á hallarse un tanto decaída. Tornáronse á entablar
negociaciones de paz, pero el duque de Arcos ni el pueblo mostraron propósito
de arreglar las cosas. Y en esto la rebelión entró casi impensadamente en su
último período, en el que más peligro parecía ofrecer para nosotros; y lejos de
eso, nos proporcionó la recuperación de todo y una completa victoria.
Fué el caso que Enrique de Lorena, duque de Guisa,[444] de la casa de Francia, descendiente por línea
femenina de Renato de Anjou, y por tal título no destituído de pretensiones á
la Corona napolitana, después de largas y laboriosas negociaciones con los
caudillos del pueblo, llegó á Nápoles por mar burlando la vigilancia de
nuestros bajeles, y se puso al frente de la rebelión, cesando el villano Jenaro
Annesio en el cargo y empleo de generalísimo que tenía. El monarca francés, que
había pensado en apropiarse aquel reino, no vió con buenos ojos la empresa de
Guisa; con todo se inclinó á enviarle una armada, esperando acaso convertir en
su provecho el socorro. Con esto el de Guisa y los napolitanos se juzgaban ya
triunfantes, y proclamaron solemnemente la república napolitana. Vióse en la
ceremonia al arzobispo Filomarino, olvidando su antigua dignidad y constancia
por los desaires del de Arcos, bendecir la espada del nuevo caudillo. Y éste,
queriendo acabar pronto su obra ó dar señalada muestra de su valor, no bien se
puso al frente del pueblo, dió rabiosa embestida á uno de los puestos
españoles; pero fué rechazado con gran pérdida. No mucha más fortuna tuvo en el
campo. Porque habiéndose puesto delante de Aversa, plaza de armas de Tuttavilla
y los señores napolitanos, con buen golpe de infantes y caballos y artillería,
salieron á él hasta mil quinientos caballos de los nuestros, y hubo un combate
sangriento, no lejos del puente de Fignano, en el cual, aunque peleó
valerosísimamente de su persona, fué obligado á cejar, dejando á los nuestros
la victoria.
Llegó en esto la armada francesa al mando del duque
de Richelieu, compuesta de veintinueve naves gruesas y cinco barcas de fuego
con hasta cuatro mil hombres de desembarco. Reunióse diestramente la española
di[445]seminada por aquellas costas; reparóse lo mejor
que pudo, aprovechando la indecisión de los enemigos, y luego fué con ella D.
Juan de Austria á presentarles batalla, la cual duró seis horas con mucha
furia, mas sin tener éxito decisivo. Comprendió, sin embargo, el de Richelieu
que para desalojar á los españoles de aquellos mares era preciso arriesgar
mucho, y no pareciéndole la ganancia en proporción del riesgo, puesto que veía
al duque de Guisa apoderado de todo, desabrido también con éste que, lleno de
soberbia, y temeroso ya de que Francia quisiese quitarle el fruto de la
victoria, no le prestaba atención alguna, sin empeñar de nuevo la batalla, se
hizo á la vela, tornándose á las costas de Francia.
No sintió tanto como debía este suceso el duque de
Guisa, cada vez más desvanecido con sus grandezas. El barón de Módena, su
teniente, después de un largo bloqueo, obligó á salir de Aversa á Tuttavilla
con la gente de la nobleza napolitana, refugiándose en Capua, por no ser
socorrida aquella plaza, causa de disgustos entre el General y la nobleza, con
que algunos caudillos populares lograron ciertas ventajas contra los nuestros.
Pero el Virrey, quitando el mando á Tuttavilla para que no se aumentasen los disgustos
entre él y los nobles, envió en su lugar al valeroso y experimentado Maestre de
campo Luis Poderico, el cual supo resarcirse de tales pérdidas. Ardía la guerra
civil en las provincias, por tal manera causando infinitos males; y en la
ciudad, notando el desvanecimiento del de Guisa y sus licenciosas costumbres,
recordando los más con amor el gobierno de España, comenzó á advertirse
favorabilísimo disgusto. Ayudaron también á ello poderosamente las[446] intrigas y manejos del de Arcos, que era en tal género
de hostilidades muy diestro; con que en público aparecían ya hartas señales de
decaimiento en la rebelión. Fué á tiempo que por nuestra parte se tomó una
medida, de mucho antes solicitada, sin la cual no podía haber concierto alguno,
y era la destitución del duque de Arcos.
Tomó el gobierno D. Juan de Austria, apoyándose en
los poderes que le envió su padre para componer aquellos desdichados
disturbios, y con parecer y opinión de un consejo de capitanes, entró él mismo
á ejercer el mando. Portóse en él con prudencia superior á sus años, que no
pasaban entonces de diez y ocho, dejando entrever de sí mayores esperanzas que
frutos dió en adelante. Mas no quiso la Corte dar entera aprobación á un hecho,
ilegal al cabo, y sin reprender á D. Juan de Austria, confirió el Virreinato al
conde de Oñate, D. Iñigo Vélez de Guevara, hombre de largos servicios y de
verdadera severidad y destreza, Embajador á la sazón en Roma y antes en el
Imperio por muchos años, donde contribuyó sobremanera á desbaratar los planes
de Gustavo Adolfo, y luego la conspiración de Walstein, haciendo representar á
nuestra diplomacia importantísimo papel en todos aquellos acontecimientos.
Tiempo había que la Corte de España no hacía nombramiento más acertado, puesto
que sólo el del buen Almirante pudiera compararse con éste. Desplegó el nuevo
Virrey una actividad prodigiosa: empleó de tal manera sus agentes y
confidencias, que desacreditó en breves días al de Guisa; puso de su parte á
varios caudillos populares, y no menos hábil guerrero que negociador, trajo á
perfecta ordenanza las armas. Ya D. Juan de Austria[447] en
el corto tiempo que desempeñó el Virreinato había escarmentado al enemigo
durísimamente, mediado el mes de Febrero de 1647, donde el ataque fué general á
todos los puntos, guarnecidos de los nuestros y por todas las fuerzas de dentro
y fuera de la ciudad con que pudiese contar la rebelión. Peleóse
desesperadamente, menudeando los asaltos, y asordando el aire por todo un día y
parte de la noche el fuego de la artillería; pero los españoles mostraron tan
heroico esfuerzo á confesión de sus propios enemigos, que peleando uno contra
diez sostuvieron todos sus puestos sin perder uno solo. Ahora, bajo el gobierno
del de Oñate, lo que habían dejado por hacer las negociaciones, lo hicieron las
armas de un golpe.
Ya el pueblo murmuraba continuamente del duque de
Guisa; ya éste había tenido que castigar con la muerte á algunos conspiradores,
con que se atrajo mucho odio de la plebe; ya se notaban síntomas evidentes de
su perdición, cuando el ligero y vano Príncipe imaginó el mayor de sus
desaciertos, que fué salir de la ciudad con hasta cinco mil hombres de sus
mejores tropas y muchas barcas armadas con el propósito de embestir la isla de
Nisida, á fin de asegurarse en ella un fondeadero. No pudiera desear más el conde
de Oñate. Pronto, como el relámpago, se aprestó á aprovecharse de su ausencia,
embistiendo las trincheras y los puestos de los amotinados, que aunque
abandonados ya de toda la gente que tenía que perder en la ciudad y con el
desabrimiento del de Guisa, todavía en mucho número se mantenían en armas, bien
hallados con aquel estado de cosas que les proporcionaba vivir holgadamente sin
trabajo ni miseria, satisfaciendo todo género de gustos[448] y
licencias, sin miedo de represión ó castigo. Mirábase, pues, reducida la
rebelión á los díscolos y malvados de condición; pero éstos eran cabalmente los
que la habían comenzado y los más temibles. Ordenó Oñate las cosas de esta
manera: sus tropas disponibles, guarnecidos los castillos, no pasarían en todo
de tres mil españoles, tudescos y napolitanos, y eso porque de la península y
de Sicilia habían venido algunas de refuerzo; sin embargo era número
pequeñísimo para tan grande empresa, pues todavía era más que sextuplicado el
de los contrarios.
Lo que sí sobraban eran capitanes de fama. Además
de D. Juan de Austria y el conde de Oñate, hallábanse allí el marqués de
Torrecusso, que, como soldado leal, dejó su retiro de nuevo y vino á ponerse á
las órdenes del Virrey; D. Dionisio de Guzmán, aquel su teniente que se halló
con él en Portugal; el nombrado D. Carlos de La Gatta; el barón de Batteville,
noble borgoñón, consejero del Príncipe y militar muy aventajado, que había
dirigido la defensa de los puestos españoles desde que llegó á aquellas costas
la armada; el general Tuttavilla, vuelto del mando de los Nobles, donde había
sido reemplazado por Poderico. Contábanse también muchos Maestres de campo y
Capitanes de cuenta: Monroy, Biedma, Vargas, D. Diego de Portugal y el marqués
de Peñalba, noble portugués partidario de España; Visconti, el príncipe de
Torella, Caraffa y muchos que fuera ocioso enumerar.
Distribuyóse en tales capitanes la escasa gente, y
á un tiempo se arrojaron sobre los puestos enemigos. Sorprendidos éstos y
confusos, apenas osaron hacer resistencia; y los que la hicieron fueron
instantánea[449]mente desordenados. En esto los vecinos
pacíficos de la ciudad, cansados de tantos desastres, llenaron los balcones y
las calles, aclamando con entusiastas voces al Rey de España, y los rebeldes,
perdido del todo el ánimo, depusieron aquí y allá las armas, hasta someterse al
vencedor. No abusó Oñate de la victoria, dando en el propio instante un indulto
general; y en un momento la ciudad se halló tan tranquila como si nada hubiese
acontecido en ella, y dada toda á regocijos y festejos. Así terminó aquella
rebelión famosa que no llegó á contar ocho meses de duración, y que en tan
breve espacio corrió por tantos y tan diversos trances y sucesos. El duque de
Guisa supo lo acontecido por el rumor de las campanas y del regocijo de
Nápoles. Sus tropas se dispersaron al punto, y él mismo fué preso por la gente
de Luis Poderico y conducido á Capua al intentar la fuga. Quiso el severo conde
de Oñate cortarle la cabeza, y sin duda lo hiciera á no mediar benignamente D.
Juan de Austria; por lo cual fué enviado á España cautivo. Pocos días después
todas las provincias conmovidas é insurrectas se habían sometido al gobierno
del Virrey. Quiso Jenaro Annesio, mal contento con la vida particular que
traía, con sus miserias y harapos urdir nueva trama; pero fué descubierto y
pagó con la vida. Y en seguida el Virrey se dedicó á cicatrizar las llagas de
las pasadas revueltas. Viendo que no podía conseguirlo del todo sin echar á los
franceses de los lugares que habían ocupado en Toscana para hostilizar á
Nápoles, reunió la gente que halló disponible y la puso á las órdenes de D.
Juan de Austria, el cual con ella y la armada recobró á Piombino para
devolverla á su señor; y luego á Portolongo[450]ne en la
isla de Elba, después de cuarenta y siete días de sitio, restableciendo allí el
antiguo presidio de españoles.
No andaban quietas entretanto las demás partes de
Italia. En Milán, separado el marqués de Velada, que tan poco hizo, vino el
mando de aquellas armas á poder del condestable de Castilla D. Bernardino
Fernández de Velasco. Francisco, duque de Módena, aliado hasta entonces de
España, no bien miró perdida á Portolongone y á Piombino en manos de los
franceses, ó temiendo ver invadidos sus Estados, é importunado por su hermano
el cardenal de Este, parcial de Francia, se separó de nuestra alianza y ajustó
una solemne defensiva y ofensiva con aquella potencia. Esto dió nuevos cuidados
á nuestras armas en el Milanés. Fué el Condestable en busca del Duque,
reforzado ya con un cuerpo numeroso de franceses; hallóle no lejos del lugar de
Bazzolo, y allí se empeñó una batalla larga y porfiada. Rompieron los nuestros
la infantería enemiga, y por tres veces deshicieron su caballería. Lograron
ellos rehacerse, principalmente por el esfuerzo de un regimiento de suizos que
estaba debajo de sus banderas; mas al fin la victoria quedó por los españoles.
Dióse esta batalla al terminarse la campaña de 1647, y en la siguiente
rindieron los nuestros á Niza de la Palla, tantas veces tomada y perdida.
En esto se confirmó el cargo de Virrey de Milán al
marqués de Caracena, deudo del nuevo favorito Don Luis de Haro, General de
caballería en Flandes y antes de la de aquel mismo Estado. Tuvo éste poca
fortuna á los principios, aunque era capitán muy reputado. El duque de Módena y
el mariscal de Plessis-Plaslin[451] vinieron á
atacarle en un campo fortificado, no lejos de Cremona, donde se había apostado
para proteger aquella plaza, amenazada de los enemigos, siendo harto inferior
en fuerzas para parecer en campo abierto. Trabóse un reñido combate, en el cual
fueron forzados los retrincheramientos, por los flancos que defendían soldados
italianos y suizos á sueldo de España, con gran pérdida nuestra, aunque no fué
mucho menor la de los enemigos. Pusieron éstos en seguida sitio á la plaza;
pero Caracena, no desalentado con el anterior descalabro, se mantuvo cerca de
la plaza, prestándola continuamente socorros; de modo que después de dos meses
de sitio tuvieron que alzar el cerco los franceses y modeneses sin fruto
alguno. Desanimados aquéllos, y faltos de todo, se retiraron á poco, dejando al
de Módena reducido á sus solas fuerzas. Entonces Caracena entró á la siguiente
campaña (1649) en el Modenés, y rindió á Pompanasco, Gualteri y Castelnovo, y
lo ocupó todo, obligando al Duque á pedir por misericordia la paz, que le fué
concedida á condición de admitir guarnición en Correggio. Recobróse con esto la
reputación del de Caracena, y aunque falto de dinero y soldados no pudo
emprender grandes operaciones, con todo, recobró á Trin de los saboyanos, y
luego, en unión con el duque de Mantua, á la sazón nuestro aliado, sorprendió
la ciudad de Casal, y rindió con estrecho bloqueo su fortísima ciudadela,
puestos de los más importantes de Italia. Así, á pesar de las escasísimas
fuerzas con que contábamos para resistir á tantos enemigos como nos embestían
por aquella parte, se conservó la superioridad de nuestras armas en el Milanés
y sus fronteras.
Harto más larga y sangrienta todavía que la subleva[452]ción de Nápoles había sido la de Cataluña, y de más
grandes consecuencias, tanto por el carácter de los naturales, mucho más duro y
tenaz, como por los mayores auxilios que habían recibido de Francia, debajo de
cuyo vasallaje los había puesto el despecho. Pero verdaderamente en el fin y
término, ya en que lo demás anduviesen tan diversas, se asemejaron mucho ambas
sublevaciones. Las causas fueron unas, y el suceso tan impensado también, que
apenas podían creer los ojos lo que veían, hallando tranquilos y obedientes á
los catalanes á tan poca costa, después de tan sangrientos esfuerzos, ardiendo
sus ciudades y sus campos en regocijos, resonando, por donde tantas maldiciones
antes, ahora vivas y aclamaciones ardientes al Rey de España.
Ya á principios de 1645 el tiempo y los sucesos
habían ido trayendo en los ánimos de los naturales singulares mudanzas. De una
parte la caída del Conde-Duque, la prisión del Protonotario, el haber dejado el
servicio de España el marqués de los Balbases, la muerte de Arce y de Moles,
Maestres de campo, que ocasionaron mucha parte de la furia de aquel pueblo, y
la total mudanza de Ministros y capitanes, habían borrado los odios de los
catalanes, inclinándolos á someterse á su antigua ley y patria; de otra, la
soberbia y mala conducta de los franceses, gente extranjera al fin, y que
trataba á los catalanes como vasallos, habían dado calor á semejante
inclinación, convirtiéndola en deseo. Desconfiaban los franceses de los
catalanes, y éstos aborrecían á los franceses: aquéllos habían admitido los
fueros y privilegios para facilitar el dominio que de otra suerte no habrían
adquirido; éstos, conociendo el espíritu dominante de sus nuevos señores,
recelaban de[453] continuo, y sin causa, á veces,
los creían amenazados. Juntóse á todo el natural de los catalanes, impaciente,
duro y enemigo del que manda, quienquiera que sea. Cuentan de algún catalán que
huyendo de Tarragona, poseída por los españoles, porque no le ahorcasen como á
confidente de los franceses, fué ahorcado por éstos á poco en Barcelona como
confidente de los españoles. Á tal punto las cosas, se abrió (1645) la campaña.
Había nombrado el Rey por su lugarteniente y
Capitán general de Cataluña, ejércitos y galeras al desdichado marqués de
Tordelaguna, D. Francisco de Mello; pero más para que con su autoridad
dispusiese las cosas de la guerra, que no para que tomase el mando de las
armas. De todas suertes el nombramiento no fué acertado; y sólo pudo
disculparlo la misma insignificancia á que el D. Francisco se redujo, haciendo
que apenas sonase su nombre. Al mismo tiempo, la Motte Hodancourt, aborrecido
de los catalanes y censurado del Gobierno francés por sus derrotas, fué también
separado, entrando en su lugar el conde de Harcourt. Reunió éste un poderoso
ejército con la gente que trajo de Francia y la que ya había en el Principado,
y no pudiendo más tolerar las hostilidades que desde Rosas hacía D. Diego
Caballero, que allí gobernaba, determinó poner sitio á la plaza. Ejecutólo por
orden suya el conde de Plessis-Praslin, mientras él se oponía á nuestro
ejército, mandado aún por D. Andrea Cantemo. La plaza se defendió muy bien, y
D. Diego hizo muchas salidas, rechazó un grande asalto, y apuró todos los
recursos del arte; mas tuvo al fin que rendirse dos meses después de comenzado
el sitio. Luego el de Harcourt determinó sitiar á Balaguer. Acudió al opósito
Don[454] Andrea con el marqués de Mortara por su
segundo; fortificó el puente de Camarasa, y ocupó la orilla derecha del Segre,
á fin de impedir el paso al enemigo. Pero este logró forzar el puente con un
trozo de los suyos, y con otro, pasando el río por un puente de cuerdas, se
fortificó en cierta montaña eminente, á la orilla que defendían los españoles.
Embistió D. Andrea la montaña, y logró apoderarse de los primeros puestos; pero
volvió á perderlos, y tuvo que retirarse. No obstante, impidió que el grueso de
los enemigos, que todavía no había pasado, atravesase el río, obligándole á dar
una gran vuelta para esguazar el Noguera y entrar con todas sus fuerzas, ya
reunidas en el llano de Llorens, inmediato á Balaguer. Allí D. Andrea les salió
al encuentro: embistiéronse los ejércitos y pelearon sangrientamente dos horas,
inclinándose ya á un lado ya á otro la victoria; pero al fin Harcourt logró
desordenar nuestros escuadrones. Mortara, el duque de Lorenzana que allí venía,
y otros capitanes fueron hechos prisioneros, y D. Andrea, con el resto del
ejército, se retiró apresuradamente.
Entonces Balaguer fué embestida. Salió D. Francisco
de Mello de su inacción y dispuso el socorro por sí mismo; mas no se logró,
aunque hubo en Ager un reñido encuentro, y otro donde fué herido Cantelmo. Con
esto, se rindió Balaguer, y Harcourt, alentado, comenzó la siguiente campaña
por el sitio de Lérida. Siete meses estuvo allí con diez y ocho mil infantes,
cuatro mil caballos y veinte y seis cañones; pero la plaza se defendió de
manera que no pudo adelantar un paso. Nada hizo para salvarla D. Francisco de
Mello. Tuvo el Rey que acudir en persona, juntando todas las fuerzas[455] españolas de Aragón y Cataluña en un regular
ejército; á su frente el marqués de Leganés, nombrado en lugar de Cantelmo, con
el duque del Infantado bajo su mando, se apostó en las cercanías de la plaza,
teniendo como sitiado al francés dentro de su propio campo. Hubo varias
escaramuzas favorables á nuestras armas, y en una de ellas logró Leganés romper
las líneas por la parte de Villanoveta y meter abundantes socorros en la plaza,
con lo cual los franceses, temiendo que les cortasen la retirada y desesperando
del éxito, levantaron el cerco, dejándose en el campo toda la artillería y
municiones y la mitad de su gente. Este fué el único hecho de la campaña de
1646, desalentados los franceses para emprender nuevas operaciones, y falto de
recursos nuestro ejército para prevalerse de su estado.
Irritado Mazzarino quitó á Harcourt el mando, y con
un florido ejército envió al duque de Enghien, vencedor de Rocroy, á que en la
campaña de 1647 sitiase de nuevo á Lérida. Era Gobernador de la plaza el
portugués D. Gregorio Brito, que la defendió antes y supo ahora también
defenderla con tal esfuerzo y haciendo tan valerosas salidas que á los cuarenta
días de ataques continuos hubo de levantar Enghien el cerco, ni más ni menos
que Harcourt lo hubiera hecho, sin que el socorro levantado en Castilla y que traían
el mismo D. Luis de Haro con el joven marqués de Aytona, Maestre de campo y
otros capitanes, fuera necesario emplearlo. Y fué más vergonzoso el suceso para
Enghien por la confianza vana con que emprendió el sitio al son de violines y
músicas, y los jactanciosos ofrecimientos que hizo á su corte. Así aquellas
orillas fértiles del Segre, y aquellos muros de la vieja Lérida, vieron en poco[456] tiempo tres ejércitos franceses deshechos,
mandados por los primeros capitanes de su nación. Enghien ó Condé, alzado el
cerco de Lérida, no osó acometer ninguna otra empresa.
Por entonces terminó su carrera D. Diego Felipe de
Guzmán, marqués de Leganés, lleno de glorias, á pesar de sus faltas; retiróse
del mando del ejército muy trabajado de enfermedades, y murió á poco.
Antes que él había ya muerto D. Felipe de Silva.
Recayó entonces el mando de las armas en el joven marqués de Aytona, el cual no
hizo cosa notable. Tenía doce mil infantes y tres mil quinientos caballos,
número capaz de cualquier empresa. Llegó al lugar de las Borjas y le puso
cerco; mas viniendo el príncipe de Condé contra él se retiró lentamente.
Persiguiólo Condé sin empeño; tuvieron algunas escaramuzas los ejércitos en la
huerta de Lérida, y al fin los nuestros fueron á meterse en un campo fortificado,
entre aquella plaza y Gardeny, y el de Condé en otro que sentó hacia Vimbodi,
sin venir á batalla. Y mientras los ejércitos principales estaban así en la
inacción, de una y otra parte se acometían diversas empresas con varia fortuna.
Tomaron los franceses á Mollerusa, á pesar del auxilio que enviaron los
españoles, y éstos no pudieron rendir á Montblanch, ni á Flix, ni á Miravet, y
sí el puente de Termas, poco después perdido. También amagaron los nuestros á
Constantí y á Salou, ocupados del enemigo, y éste se apoderó de Ager. Mas con
todo eso, la ventaja estaba de parte de los españoles con las victorias
obtenidas delante de Lérida. Irritado al último punto Mazzarino, y teniendo que
disponer de Condé para la guerra de Flandes, envió con nuevas fuerzas á Catalu[457]ña al mariscal de Schomberg. Fué éste más afortunado
que sus antecesores, pues en ocho días rindieron sus armas á Tortosa. Quiso D.
Francisco de Mello dar aquí nuevas muestras de su persona, y reuniendo alguna
gente acudió á socorrer la plaza; pero el francés le obligó á retirarse sin
efecto alguno. En cambio, D. Francisco Tuttavilla, gobernador de Tarragona,
ganó á Montblanch, Salou y Constantí.
Fué preciso para hallar general que supiese mandar
el ejército de Cataluña sacar con grandes súplicas de su retiro á D. Juan de
Garay, substituyéndolo á Aytona. Juntó D. Juan un trozo de ejército de hasta
siete mil infantes y tres mil caballos, y se puso en marcha hacia Barcelona.
Llegó hasta Villafranca de Panadés sin obstáculo, y como su intento no era otro
que el de mostrar á aquellos naturales el poder de las armas del Rey, se puso
luego en retirada. Salieron á estorbársela los franceses y catalanes, superiores
en número, al mando de MM. de Marsín y de Crequi: hubo discordia entre estos
dos generales, y no supieron hacer valer el número; y Garay, aprovechándose
diestramente de su desconcierto, destrozó la caballería francesa, que mandaba
Crequi, matándole y tomándole trescientos caballos, y obligó al resto del
ejército enemigo á recogerse en sus cuarteles, después de lo cual se volvió
tranquilo á Lérida. En tanto los enemigos intentaron sorprender á Tarragona,
vistiéndose como paisanos catalanes con acémilas de harina; mas, dentro ya
algunos de los muros, fueron descubiertos y dados á hierro ó prisiones.
Más afortunados los nuestros, de Lérida bajaron á
poner sitio á Castel Lleó, y la tomaron con pactos. Hizo[458] sitiar
de nuevo aquella pequeña plaza el duque de Vandome, que había sucedido á
Schomberg en el mando de Cataluña por los franceses. Aprovecháronla bien sus
tropas, mientras el de Vandome desde Balaguer alentaba la empresa; pero llegó
el socorro de Lérida; nuestros soldados rompieron violentamente las líneas,
forzaron el campo y pusieron en derrota cuanto se puso por delante de sus
armas. Poco después los naturales de la villa de Falset entregaron los muros á
unas galeras de España, que por acaso habían arribado á sus playas; mas no
tardó en recobrarla Vandome.
Eran tales sucesos poco importantes y decisivos;
pero por parte de los Ministros y capitanes españoles muy bien imaginados. Á la
sazón no convenía ya hacer dura y sangrienta guerra en aquel territorio; el
tiempo había de hacer más que las armas. Toda Cataluña andaba revuelta en
celos, odios y discordias entre catalanes y franceses, haciendo los primeros
contra éstos más que hicieron contra los españoles. Mazzarino, para hacer
sentir la falta de su amparo y protección, no enviaba ya bastantes fuerzas y abandonaba
á los naturales su defensa; mas éstos, lejos de amilanarse por ello,
despreciaban en voz alta á sus protectores. Hijos de España, con hábitos y
costumbres más ó menos extraños, pero españoles al cabo, aquellos nobles
moradores no podían ya resistir la dominación extranjera. Suspiraban por su
antiguo gobierno, por las antiguas cosas; y aunque no fué disculpable en ellos
el darse á los extranjeros, mostrábanse con su arrepentimiento antes dignos de
lástima que de ira. Algunos tributos impuestos entonces exaltaron más los
ánimos. Y dando los franceses en formar procesos, ejecutar suplicios, fulminar
destie[459]rros y confiscar haciendas, acabaron de
perder á los pocos que el interés conservaba en su partido.
La dureza del natural, el odio al ejercicio del
mando, el amor á la libertad, todo se suscitó entonces poderosamente en los
corazones catalanes, juntándose con el patriotismo para ponerlos de nuestra
parte. Viendo cuán grandes eran sus males presentes, olvidaron de todo punto
los pasados. Lección elocuente que nunca deben olvidar los pueblos que rompen
con sus hermanos y se entregan á razas extranjeras por motivos de cólera ó
disgusto. Nunca pueblos hermanos se separarán sin que tarde ó temprano sientan
la pena, ya sea involuntaria la separación, ya dictada por fuerza de enemigos.
Las nacionalidades son como las familias; jamás la división de sus miembros
puede traer otra cosa que empequeñecimiento y vergüenza, y los extraños que se
entrometen en ellas, no vienen más que á ser cizaña, y en vez de protectores,
verdugos.
Ahora los catalanes, arrepentidos, mostraban de mil
maneras sus sentimientos. Pronto algunos de los principales abrieron tratos con
el Gobierno español por medio de D. Baltasar Pantoja, que había sucedido á
Brito en el mando de Lérida. Á estas nuevas el Rey y don Luis de Haro, llenos
de gozo, determinaron obrar activamente. Dispúsose primero que la armada de
España, gobernada á la sazón por el duque de Alburquerque, vuelto del mando de
la caballería de Flandes, cruzase por delante de Barcelona al mismo tiempo que
el ejército insultaba sus mismos muros. Llegóse á esperar luego que los
moradores abrirían sus puertas á la gente de desembarco de la armada, que iba
ya bien prevenida para eso; y aunque no se logró, porque descubierto el[460] trato de los franceses, fueron presos (1656) los
que teníamos en inteligencia con nosotros, no por eso cesaron las idas y
venidas y hablas de concierto. Al fin, pareciendo que sería lo más breve, y
viendo cuán falto de enemigos andaba el Principado, se determinó el sitio de
Barcelona. Retirado por última vez de las armas D. Juan de Garay, fióse la
empresa como Virrey y Capitán general al buen marqués de Mortara, D. Juan
Orozco Manrique de Lara, rescatado ya de sus prisiones, y tan práctico de
aquella guerra; y al mismo tiempo se envió orden á D. Juan de Austria, Capitán
general de todas las armadas marítimas que estaban en Sicilia, para que
acudiese á la empresa, mandando levantar gente en Alemania y reunir la de todas
partes que se pudiese.
Salió de Lérida Mortara con seis mil infantes y
tres mil caballos, donde se contaban muchos catalanes voluntarios. Sitió la
importante villa de Flix, tantas veces acometida en vano, y la rindió sin que
el de Vandome pudiera estorbarlo. Juntáronse entonces hasta tres mil catalanes
más con Mortara, y con ellos y su gente fué á ponerse sobre Miravet y la rindió
y luego sobre Tortosa. Quiso Vandome salvar la plaza; pero no osando venir á
batalla, se contentó con permanecer en las inmediaciones. No se empleó mejor el
socorro de la mar que el socorro de tierra. Traíalo en cuatro navíos el
mariscal de Ligni; mas Alburquerque, que con seis galeras ocupaba ya la
embocadura del Ebro, los embistió y apresó después de un reñido combate. Falta
entonces de víveres, hubo de rendirse Tortosa. La retirada de Vandome y la de
la guarnición que capituló en la plaza fueron verdaderamente desastrosas; por
dondequiera[461] que pasaban iban sobre los
alojamientos ó sobre cualquiera ocasión liviana, encendiéndose en discordias
los naturales con los soldados, pereciendo tantos de éstos, que antes de llegar
á Barcelona se halló Vandome sin ejército.
En el ínterin, el de Mortara se engrosaba cada día
con voluntarios catalanes, y además recibió hasta tres mil quinientos alemanes
de refuerzo por Tarragona, con que principiada la primavera de 1651, se juzgó
ya bastante fuerte para sentar sus reales delante de Barcelona. No pasaban, sin
embargo, sus soldados de once mil hombres, número insuficiente para rendir tan
numerosa población, y más recordando el ejemplo del marqués de los Vélez, que
con más de doblado número no acertó á conseguirlo. Pero á la verdad, la
situación de las cosas era harto diferente. En Barcelona misma se victoreaba
públicamente al Rey de España, y se daban mueras á los
franceses; y los magistrados de aquella capital estaban de tal manera, que
habiéndoles representado algunos síndicos de los lugares comarcanos los excesos
que cometían los franceses, es fama que respondieron:—«¿Por qué no los
degolláis á todos?»—Género de consejo, antes seguido que esperado en Cataluña,
en las ocasiones. No por eso dejó Barcelona de aprestarse á la defensa: de una
parte, los franceses, que no pudieron detener la marcha del ejército español
reducidos á sus solas fuerzas, pusieron el mayor empeño en conservar á
Barcelona, y de otra, el gobernador de las armas catalanas, D. José Margarit,
aquel capitán de almogávares, y tenacísimo enemigo de la madre patria, y los
caudillos de los tercios y gente armada no se prestaban á los deseos de lo
general del pueblo. El de Mor[462]tara con su ejército,
donde venían el Condestable de Castilla y el barón de Sabac y otros capitanes,
pasó á Santa Coloma, deshizo un trozo de caballos franceses, y de allí fué al
llano de Tarragona donde se juntó con D. Juan de Austria, que ya había arribado
de Sicilia. Luego, por la orilla del mar se encaminó á Llobregat. Allí había
una torre fortificada, cuya expugnación causó algún trabajo; pero se ganó, y el
ejército, tomando ordenadamente á la izquierda, por debajo de las verdes
montañas que coronan el llano de Barcelona, pasó de Esplugas al monasterio
antiguo de Pedralves; y desde él á Sarriá, y siempre costeando las faldas hasta
San Andrés, donde se pasó el campo. Extendiéronse los cuarteles desde San
Andrés al mar, y se esparció la caballería por el llano á fin de que no
entrasen bastimentos ni socorro en la ciudad. Mr. Marsín, encargado de
defenderla por Mazzarino, se marchó á Francia, ó bien desesperado ó bien
arrastrado de sus intereses particulares, y la diputación de Barcelona, que por
causa de la peste que reinó en ella se había salido á Manresa, no quiso volver
á encerrarse en los muros. Ante el mayor número de sus Ministros abrió tratos
con los del Rey. Pero Margarit y los soldados siguieron obstinados en la
defensa; y como á pesar de nuestra caballería por la parte del Llobregat
entrasen todo género de bastimentos, no mostraban el menor miedo del sitio. Al
fin Mortara determinó partir su ejército en dos trozos: al uno dejó en San
Andrés, al otro puso en Sanz, cerrando así los dos extremos de las montañas, y
de uno á otro campo por la falda de estas dejó vagar la caballería. Además D.
Juan de Austria con los duques de Tursi y de Alburquerque cerraba el puerto con
veinte bajeles,[463] con lo cual comenzaron á
faltar los víveres en la plaza que era lo que Mortara quería, puesto que no se
hallaba con bastante poder para entrarla por fuerza.
Comenzaron á fabricar los barceloneses un fuerte
sobre Santa Madrona para dominar el camino de Sanz; pero fué conquistado por
los nuestros antes de estar acabado. Luego, para que impidiesen los nuestros la
comunicación de Barcelona con Montjuich, construyeron otro fuerte los
defensores entre aquel castillo y la plaza, el cual no pudo ganarse aunque se
intentó repetidamente. Dieron una embestida los catalanes de Montjuich á
nuestros cuarteles de la parte de Sanz, y la gente nuestra de esta parte
intentó un asalto al castillo, en el cual fué rechazada. Luego por muchos días
se divirtieron unos y otros en dispararse cañonazos sin fruto. Mas en esto la
corte de Francia ordenó á Mr. de la Motte Hodancourt que con cuatro mil
infantes y dos mil quinientos caballos bajase desde el Rosellón al socorro.
Estuvo La Motte algunos días por los contornos amagando ó combatiendo
parcialmente sin poder venir á batalla por la inferioridad de sus fuerzas,
hasta que por fin una noche, después de una vigorosa escaramuza, logró abrirse
paso con tres regimientos de infantería y seiscientos caballos por el centro
del llano donde no teníamos puestos ni cuarteles. Dió esto aliento á Margarit y
La Motte para hacer varias salidas contra nuestros reductos y cuarteles. En una
de ellas llegaron á tomar el fuerte de los Reyes, que Mortara había
mandado edificar en la colina de Montjuich para oponerlo á la fortaleza
enemiga; pero al fin fué recobrado por los nuestros, y en todas las demás
ocasiones fueron rechazados los contrarios. Con esto el hambre comenzó á[464] hacer estragos en Barcelona. Apareció en sus
aguas una armada francesa gobernada de Mr. de la Ferriére, cargada de
bastimentos, pero no osando medirse con la de D. Juan de Austria y
Alburquerque, superior en número, se retiró de nuevo á los puertos de Francia.
La parte de tierra estaba no menos guardada que la
del mar por los nuestros. Concertáronse los de adentro con algunos caudillos
almogávares de la montaña, y en un día señalado aparecieron éstos con un convoy
por la parte de Sarriá, y salieron de la ciudad á ampararlos numerosas fuerzas.
Hubo un reñido combate, y ya parecía logrado el intento, cuando acudiendo más
gente nuestra de los cuarteles, fueron rechazados los almogávares y los
escuadrones de la ciudad muy derrotados. Ya no había esperanza de socorro, y el
hambre arreciaba por momentos su furia: fué error de Mortara el dar en tales
circunstancias una embestida á Montjuich y á los baluartes y puertas de la
ciudad, donde padecimos sin fruto alguna pérdida. La plaza no podía ya
defenderse, y tuvo que ofrecer capitulaciones. Tuvo el buen acierto D. Luis de
Haro de aconsejar al Rey que ofreciese amnistía completa á los catalanes
después de este suceso, sin exceptuar más que á Margarit y algún otro de los
tenaces de aquella rebeldía, que ya podía llamarse traición en adelante. Y esto
acabó de dar á la entrega de la ciudad toda la apariencia de un triunfo para
los naturales, en lugar de ser una humillación ó desdicha.
Entregóse Barcelona á merced del Rey, y éste en
cambio la otorgó todos sus privilegios antiguos, y en un momento se vieron
trocadas todas las cosas, y Cataluña entera ardió en fiestas y alegrías. No se
había[465] rendido aún Barcelona, cuando Mongat y
su castillo, sitiados desde aquella plaza misma, fueron ocupadas por las tropas
del Rey: luego muchos lugares del llano de Vich, vinieron voluntariamente á la
obediencia. La guarnición de Lérida, de acuerdo con los moradores, recobró á
Balaguer de los franceses, por sorpresa. Los diputados catalanes que no habían
querido entrar en Barcelona, congregaron los brazos de la provincia en Manresa,
y de acuerdo con ellos dieron al Rey aquella villa y á Cardona, Solsona y
muchos más lugares. No tardó Mortara, separándose momentáneamente de las
líneas, en ocupar á Mataró, y á las nuevas de la rendición de Barcelona,
Gerona, y todos los lugares de la marina y Ampurdán menos Rosas, volvieron á
restablecer el Gobierno de España. Solo la villa de Blanes se resistió y fué
dada al saco en castigo. Desde entonces pudo ya considerarse Cataluña vuelta á
España. El marqués de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, ganó en ello
una de las-glorias más motivadas de aquel siglo y Cataluña quedó tan enemiga de
los franceses como lo mostró en calificadas ocasiones más adelante, alguna no
venturosa ni loable por cierto.
Mas si la insurrección de Sicilia se había atajado,
si la de Nápoles al fin había cedido á nuestra constancia ó á nuestra fortuna,
si la de Cataluña se había terminado dichosamente, la de Portugal, que era la
que más importaba vencer, mostrábase triunfante y más y más potente de hora en
hora. Después de la batalla de Montijo, el marqués de Torrecusso se retiró á
Napóles como atrás hemos visto, disgustado del mando y persuadido de la
inutilidad de emprender con tan escasas fuerzas y recursos campaña alguna. Entonces
se dió el Gobier[466]no del ejército al marqués de
Leganés, mandando sobreseer en su proceso; porque á la verdad, aun dadas las
grandes faltas de aquel General, todavía era por el esfuerzo de su persona y
por la experiencia que tenía en las armas, de los mejores y aun de los pocos de
que para tal ocasión pudiera echarse mano. Empleóse el Marqués con sus tropas
en arrasar quintas, molinos, aldeas y puentes: luego, reunidas todas las
fuerzas que pudo, y que montarían á tres mil caballos con siete ú ocho mil
malos infantes, emprendió el sitio de Olivenza. Llegó á apoderarse de algunos
baluartes y á penetrar en la ciudad; pero volvió á perderlos por la defensa
heroica de los portugueses y la mala calidad de la gente nuestra: de modo que
tuvo que alzar el cerco sin fruto alguno. Siguióse de una y otra parte la
guerra de correrías y desolaciones, hasta que muerto D. Andrea Cantelmo, con
retención del mando supremo de aquel ejército, fué á gobernar el de Cataluña,
donde con más fortuna que por acá, hizo levantar el cerco de Lérida á los
franceses. Quedó mandando el ejército el valiente barón de Molinghen, á quien
se debía la gloria de Montijo, Maestre de campo general del ejército; mas no
hubo en su tiempo hostilidad notable. Retirado y muerto al poco tiempo Leganés,
se dió ya el mando de las armas de Extremadura á D. Francisco Tuttavilla, duque
de San Germán, que estaba en Cataluña. No se lograron por eso mayores ventajas,
y ni de una ni de otra parte se reunió ejército bastante para hacer
verdaderamente la guerra.
Por este tiempo, en Flandes se habían pretendido
remediar los males traídos por los pasados desaciertos, enviando en lugar del
marqués de Tordelaguna, don[467] Francisco de
Mello, varios caudillos de nombre que se repartiesen el mando. Así se vió pasar
allá á D. Octavio Piccolomini y Aragón, natural de Siena, Conde primero de su
nombre y luego hecho por el Rey de España duque de Amalfi, en recompensa de la
victoria de Thionville. Era ya éste muy conocido en los ejércitos de España y
más en los del Imperio, del cual fué uno de los principales sostenedores en la
sangrienta lucha con los suecos. Con él servían el conde de Fuensaldaña, D.
Alonso Pérez de Vivero, que comenzaba entonces á ser conocido en los ejércitos,
el general flamenco Beck, y el marqués de Caracena, D. Luis de Benavides,
General entonces de la caballería, puesto en lugar de Alburquerque, y Lamboy,
aquel buen capitán liejés, que de antiguo peleaba debajo de nuestras banderas.
Con éstos hay que juntar al duque de Lorena, nuestro aliado, que como Príncipe
y señor de un ejército que tenía á nuestra devoción, era el que más autoridad
alcanzaba. Tantos y tan calificados capitanes sin ejércitos bastantes que
mandar, sin sujeción unos á otros, lejos de traer ventajas, ocasionaban con sus
disturbios confusión y pérdidas.
El duque de Orleans, con un poderoso ejército
francés, comenzó la campaña de 1645, y aprovechándose de tales disturbios y de
la ordinaria falta de recursos, obtuvo considerables ventajas. Púsose sobre
Mardik mientras el almirante Tromp, holandés, con treinta bajeles impedía por
mar los socorros, y ganó la plaza á los veinte días de sitio. En seguida fué
sobre Bourboug y la ganó del mismo modo en breve tiempo. Con mayor rapidez
todavía ocupó á Bethune, Saint Venant y Armentières, plazas casi abiertas, por
sí ó sus tenientes[468] Gassion y Rantzau. Entre
tanto, Hultz vino á poder del príncipe de Orange. No acertaron nuestros
capitanes, aunque juntos reunían bajo sus órdenes cerca de veinticinco mil
combatientes, á socorrer ninguna de estas plazas; y así, aun cuando todas ellas
se defendieron con esfuerzo, no pudieron salvarse. Pero Lamboy recobró á Mardik
por sorpresa, sin perder más que diez hombres, cuando tantos y tantos días
había costado tomarla á los franceses, y Montcasel y otros lugares importantes
vinieron á nuestras manos. El duque de Orleans y sus tenientes entraron
entonces en la idea de llegar hasta Amberes ó Gante, y para facilitar su
intento emprendieron el sitio de Courtray. El duque de Lorena y Caracena
vinieron á apostarse en las cercanías de la plaza, y desde allí con frecuentes
ataques y hostilidades dificultaron los trabajos; pero con todo la plaza
ofrecía poca defensa, y Delliponti, su Gobernador, tuvo que rendirla á los
trece días de abiertas las trincheras.
De Courtray fué el de Orleans á recobrar á Mardik,
y lo consiguió á pesar del glorioso denuedo con que D. Fernando de Solís, el
mismo que había defendido á Gravelinas, mantuvo el puesto, y á pesar de
Caracena y de Lamboy, que acudieron prestamente al socorro. Y entre tanto
Longwy, única plaza que quedaba al duque de Lorena, nuestro aliado en sus
Estados, cayó en poder de los franceses. Sucedió en esto al de Orleans en el
mando, el príncipe de Condé. Comenzó este general por rendir á Furnes, donde
sólo había de guarnición entonces ciento cincuenta españoles; y en seguida fué
á caer sobre Dunquerque. Era esta plaza una de las más importantes de Flandes,
famoso puerto sobre[469] el mar de Inglaterra,
donde se formaban y reparaban nuestras armadas, donde se abrigaban nuestros
corsarios, y por donde nos comunicábamos con aquellos Estados. Mas con toda su
importancia estaba Dunquerque menos que medianamente fortificada y provista. La
guarnición sí era buena y estaba mandada por el marqués de Leyden, valeroso
soldado; mas, falta de otras cosas la plaza, no era posible dilatar mucho la
defensa. Por lo mismo se puso el mayor empeño en el socorro, y el conde de
Piccolomini fué á él con todas las fuerzas que pudo. Pero las de los franceses
eran muy superiores para que pudiera forzar sus líneas, y como el almirante
Tromp con la armada holandesa era dueño del mar, no hubo medios de prolongar
más que diez y ocho días la defensa, rindiéndose el marqués de Leyden, su
Gobernador, bajo honrosos partidos.
No compensó ciertamente esta pérdida el descalabro
del príncipe de Orange, que tuvo que levantar sin fruto el sitio que había
puesto á Venló, y así á principios de 1647 estaba á punto de hundirse del todo
nuestro dominio en Flandes, al peso de las armas aliadas de holandeses y
franceses. Comprendió la Corte de España que ahora, como después de la muerte
de la infanta Isabel Clara, el número y la división de los Generales tenía
mucha parte en las derrotas, y resolvió enviar allí persona de autoridad y carácter
que fuese bastante á desempeñar el mando supremo. Pusiéronse los ojos en el
archiduque Leopoldo, creyendo que de esta manera se lograría alguna ayuda del
Emperador, su hermano, además que el Archiduque había dado á conocer ya ciertas
prendas militares. Diósele el Gobierno de Flandes en los mismos términos en que
lo había tenido el[470] Cardenal Infante D.
Fernando, y al punto vino á tomar posesión de su cargo. Su primera empresa,
pasada muestra de las tropas y reunidos á sus órdenes los capitanes, fué el
sitio de Armentières, que ganó en catorce días de sitio, y luego rindió á
Landresi. En cambio, los franceses tomaron á Dixmunda, la Bassé, Lens, donde el
mariscal Gassion, uno de sus mejores capitanes, fué herido de muerte, y luego á
Iprés, plaza no poco importante. Recobró á Dixmunda el Archiduque, sorprendió
luego á Courtray, y obligó á rendirse, dos días después á la ciudadela,
mientras el francés Rantzau hacía en vano un amago sobre Ostende; y se apoderó
de nuevo de la plaza de Lens: por manera que logró equilibrar las ventajas de
los enemigos. Mas al día siguiente de tomada la plaza se presentó el ejército
francés mandado por el príncipe de Condé, y los mariscales de Granmont y de
Chatillon, que venían á socorrerla. Dió esto ocasión á una batalla desgraciadísima
para España. Al ver á los franceses el Archiduque tomó ventajosas posiciones
sobre ciertas eminencias de no fácil acceso, aguardando á que ellos comenzasen
el combate. No lo comenzaron, y los dos ejércitos se estuvieron observando todo
un día.
Al siguiente el príncipe de Condé, no osando
embestir á los nuestros en sus posiciones, emprendió la retirada. Entonces el
Archiduque, lleno de ardor y deseoso de venir á las manos, ordenó al general
Beck, que mandaba la caballería, que fuese á embestir la de los contrarios que
iba de retaguardia, mientras él bajaba de sus posiciones con todo el ejército á
la llanura que al pie de ellas se dilataba. Hízolo aquel capitán con tanto
esfuerzo, que la destrozó en un instante. El pavor fué[471] grande
en los franceses y tanto, que el príncipe de Condé, determinado ya á dar la
batalla, cuando vió bajar al llano á los nuestros, dudó si podría continuarla
después de tal descalabro. Pero desvanecido el Archiduque con el triunfo y
pensando arrollarlo todo de la propia manera, encaminó á toda prisa, sin orden
ni concierto, su ejército á atacar al de los franceses. Estos ya no pudiendo
excusar la batalla, y viendo que el desorden de los nuestros los favorecía
sobre manera, se repartieron los puestos en un momento é hicieron alto. Traían
los soldados españoles el ala derecha de nuestro ejército, los alemanes é
italianos el ala izquierda y centro de batalla, y como con la prisa del caminar
tras de los franceses unos tercios y escuadrones se hubiesen adelantado á
otros, haciendo los franceses alto inopinadamente, tuvieron que comenzar la
batalla conforme iban llegando sin detenerse á reponer su ordenanza.
Aprovechándose de esto los enemigos, acometieron furiosamente; rompieron el ala
izquierda en breve tiempo y luego el centro: la derecha, por donde venían los
españoles, no se sostuvo mucho tampoco, porque la caballería estaba armada de
largos mosquetes, y aunque su primera descarga fué mortífera, luego no pudo
resistir á la de los enemigos, que la embistió espada en mano. Ordenó entonces
el Archiduque la retirada, que se hizo con el mayor desorden, dejando en el
campo la artillería y bagajes, muchas banderas, tres mil muertos y cinco mil
prisioneros: la pérdida de los contrarios, entre heridos y muertos, no bajó de
dos mil hombres.
Hubiera traído este desastre grandes desdichas á no
ser por las discordias que distraían por entonces la atención de la Corte de
Francia. La Reina Regente,[472] Doña Ana de
Austria, tenía puesta toda su confianza en el cardenal Mazzarino, de tal modo,
que él dirigía á su antojo los negocios públicos. Era aquel Cardenal, hombre
muy diestro y digno de suceder á Richelieu en el Gobierno; pero como italiano
no estaba bien visto del pueblo francés, que, sin agradecerle las ventajas que
él proporcionaba, le achacaba todos sus males. Eran los principales que Francia
padecía los que originaba la penuria del Tesoro, consumido también por la larga
guerra: aumentábanse diariamente las contribuciones, y con ellas como siempre
las vejaciones. Juntóse con el clamor del pueblo la mala voluntad que tenían
los grandes señores á Mazzarino, los unos sus émulos, los otros resentidos de
él porque no satisfacía sus pretensiones. El Parlamento de París y el Obispo
coadjutor, Gondí, comenzaron también á hostilizar de diversos modos al
Ministro, y por hostilizarle á él, á hostilizar á la misma Reina Regente. Al
fin estallaron tumultos, levantáronse barricadas, la Reina y el Ministro
salieron de París, y un ejército, al mando del príncipe de Condé, bloqueó por
algunos días aquella capital. Compusiéronse las diferencias, pero de nuevo
volvieron á estallar y con más fuerza. El príncipe de Condé fué preso, y el
vizconde de Turena, su amigo, ilustre ya en los ejércitos de Alemania, se salió
de la corte y vino á Flandes á ofrecer sus servicios á los españoles. Ajustóse
un tratado entre el archiduque Leopoldo y los honderos (frondeurs)
que así se llamaba el partido contrario á Mazzarino, por el cual unos y otros
se comprometieron á no hacer paces sin razonables ventajas. Y así fué como la
victoria de Lens quedó sin producir algún fruto á los franceses.
No pudo prevalerse el Archiduque tanto como pudiera
de la disposición de las cosas por falta de hombres y dineros como siempre;
pero con todo no dejó de conseguir algunos triunfos. Reuniendo hasta quince mil
hombres todavía, se puso en marcha hacia París para socorrer á los insurrectos;
mas al llegar á Amiens, tuvo noticia de que éstos andaban ya en negociaciones
con Mazzarino, y se volvió á Flandes. Dióle ocasión de acertar aquella
desconfianza de los enemigos, porque de ir á París no hubiera conseguido nada
probablemente, si no era facilitar el que la Corte transigiese con sus
enemigos, y en Flandes podía aprovechar, como aprovechó, las distracciones de
los enemigos. Fué sobre Iprés y la recobró en tres semanas; ganó á Saint Venant
y la Motte y otros muchos lugares, y acudiendo al socorro de Cambray, logró
introducirlo á tiempo; por manera que el conde de Harcourt, con un poderoso
ejército, donde se hallaba el mismo cardenal Mazzarino para dar calor á la
empresa, tuvo que alzar el cerco. Ocuparon también los nuestros dentro de
Francia, las plazas del Chatelet y de la Chapelle, y aunque el vizconde de
Turena y el conde de Fuensaldaña tuvieron que levantar el sitio de Guisa,
Rethel y Montsón y Bourg, en Guyenne, cayeron también en nuestro poder. Rethel,
sitiada por el mariscal de Plessis-Praslin y defendida por el italiano
Delliponti, no tardó en volver á manos de los contrarios, rindiéndose el
Gobernador, seis días antes de lo que tenía ofrecido á nuestros Generales.
Estos, entre los cuales venía Turena, se aproximaron al socorro, y hallaron ya
rendida la plaza. Empeñóse entonces un combate poco sangriento, en el cual unos
y otros se dieron por vencedores. El ala izquierda de los nuestros,[474] que gobernaba Turena, rompió la derecha enemiga;
pero nuestra derecha fué puesta en derrota. Esto hizo que no quedara bien
declarado el triunfo. Mas ello fué, que en seguida Furnes y Berg-Saint Vinaox
cedieron á las armas españolas, y luego la fortísima plaza de Gravelingas, que
el Archiduque rindió en persona, con más de dos meses de sitio. Tras esto
abandonaron á Mardik los enemigos, y la gran plaza de Dunquerque fué embestida,
la cual tuvo que capitular á los treinta y nueve días de sitio en manos del
archiduque Leopoldo, falta de socorros. En esto fué declarado mayor de edad el
rey Luis XIV; mas no por eso cesaron las turbulencias, como veremos en el libro
siguiente, y, por lo pronto, ya que Turena volviérase á servir á su patria,
vino á entregarse á los españoles y á ofrecerles sus servicios el famoso
príncipe de Condé, tan funesto para nosotros en Rocroy y en Lens.
Así terminó por la parte de Flandes la campaña de
1652, que fué aquélla en que se rindió Barcelona, y Cataluña sacudió el yugo de
los franceses, uniéndose de nuevo con la madre patria y más estrechamente que
nunca. Ya por ahora, las cosas de la guerra presentaban por aquí y por allá
distinto aspecto del que presentaban antes. Á mediados de 1647 los holandeses,
viendo en tanto poder á los franceses por sus fronteras, hicieron proposiciones
de paz, que fueron aceptadas, reconociéndose de nuevo y explícitamente la
soberanía de aquella república, y ajustando pactos de navegación y comercio.
Desde entonces comenzó un nuevo género de relaciones entre España y Holanda.
Después de haber peleado tan largos años una y otra generación, después de
haber satisfecho con tanta sangre el odio encen[475]dido
por las pasiones religiosas, el interés político pudo tanto ahora, que las dos
naciones se reconciliaron y llegaron, no sólo á pelear juntas en las batallas,
sino á llorar juntamente sus pérdidas respectivas y á celebrar mutuamente sus
triunfos. Por lo pronto, no hubo más que paz, y paz sincera; pero los
acontecimientos no tardaron en traer lo demás.
Ratificóse la paz en Munster el año siguiente de
1648, en cuya ciudad y en Osnabruch se trató al mismo tiempo la paz famosa
conocida con el título de paz de Westfalia, por pertenecer aquellas dos
ciudades á la provincia de este nombre, la cual puso término á la guerra de los
treinta años, haciendo soltar las armas á Francia y á Suecia, y al Emperador y
los Príncipes protestantes, que con tanto encarnizamiento se disputaban el
dominio de Alemania. Y cierto que si D. Luis de Haro mereció alabanzas por las
paces hechas con Holanda, que nos eran tan necesarias como inútil nos era la
guerra, no pudo decirse lo mismo tocante á su conducta en estas paces
generales, de donde á solicitud de Francia y de la misma Suecia quedó España
excluída. No obró lealmente el Emperador con España, que puesto que tanto la
debía, á punto que sin ella hubiera sucumbido á manos de sus enemigos, no debió
abandonarnos, como nosotros no lo habíamos abandonado á él en los días de
peligro, y jamás debió hacer paces sin contar con que nuestros intereses
quedasen antes á salvo. ¿Qué habría sido del Imperio si España cuando vió
llegar á Alemania las terribles armas de Gustavo Adolfo y deshechos todos los
ejércitos austriacos, hubiese prescindido de los tratados y ajustado por su
parte la paz? Sólo una lealtad desconocida en la diplo[476]macia
la mantuvo firme en tan costosa alianza, aun teniéndola ya por inútil para sí,
y esto, sin duda, merecía otro pago. Buena era la lección para no perdida en
adelante. Pero por lo mismo que nuestros enemigos ponían tanto cuidado en
dejarnos solos en la contienda, debió ser mayor el empeño de nuestros políticos
en que no se cumpliesen sus deseos. La soberbia era allí extemporánea é inútil;
no había la menor probabilidad de que pudiésemos luchar solos contra Portugal y
Francia. Verdad es que como el intento de Mazzarino era desmembrar nuestros
dominios, se negó siempre á abrir conciertos que no tuviesen por base
condiciones para nosotros desventajosas. Pero por mucho que lo fueran no lo
serían más que las de la paz de los Pirineos que se ajustó más tarde; porque de
una parte, el tratar de nuestros intereses al mismo tiempo que los del Imperio
y de los de tantas potencias, naturalmente había de ofrecer facilidades para
llegar á razonables conciertos, y de otra, Francia, contando aún con el
Emperador por enemigo, á la par que España, no podía aparecer tan superior y
tan soberbia como peleando con España sola, y, por tanto, no podía tener tan
descomedidas exigencias. Acaso D. Luis de Haro confiaba en las turbulencias que
estallaron en Francia por aquel propio tiempo, de las cuales dejamos dada
noticia, para no prestarse á dolorosos sacrificios. No reparaba el Ministro en
que tales turbulencias nunca podían dar el fruto copiosísimo de las nuestras,
porque allí no peleaban más que cabezas con cabezas, caudillos con caudillos,
seguidos de plebe, sin odio ni saña, que miraba la revuelta como un
entretenimiento, y más bien seguía en ella por deseo de novedades y[477] pueril juguetonería, que no por algún grave
interés ú opinión política. Aun por eso se dió el nombre á aquella guerra civil
de guerra de la honda, el mismo con que se conocían las lides y
encuentros que en los arrabales de París solían sostener á pedradas los
muchachos de la plebe. Así que para empresas de importancia, tales aliados,
como los honderos, no podían traernos utilidad alguna. Dábannos caudillos; pero
el dinero y los soldados teníamos que ponerlos nosotros, y eso equivalía poco
más ó menos á pelear solos.
Si se nos hubiera ofrecido ocasión de levantar en
Francia tal guerra como la de Cataluña, tal rebelión como la de Portugal, tales
alborotos como los de Nápoles y Messina, donde el enemigo había encontrado
soldados y dineros nuestros para combatirnos, sin poner hartas veces de su
parte sino los caudillos, y tal vez nada, pudiéramos y debiéramos continuar la
guerra seguros de resarcir las pasadas pérdidas. De estas diversiones y
sublevaciones poderosas y verdaderas fueron las de los calvinistas en Francia,
y la de los católicos en Inglaterra, que bien dirigidas hubieran podido servir
de mucho en otro tiempo. Dejó el tratado de Munster ofendido á la par que á
España al duque de Lorena, el cual continuó peleando con nosotros contra los
franceses. Así siguió por algunos años más el estado de guerra que debió
abandonarse en tiempo de Felipe III, y que, sin embargo, había ido
conservándose día tras día para devorarnos enteramente. Hemos dicho en otras
ocasiones que era ocasión de ceder algo ó mucho para no perderlo todo: ceder,
como cedió Francia vencida por Carlos V, provincias enteras, ceder, como
acababa de hacerlo el Emperador, después[478] de
treinta años de lucha encarnizada. Con tal de conservar el Rosellón, que eso sí
debía conservarse á toda costa, con tal de reunir fuerzas bastantes para
recuperar á Portugal, Flandes y el Franco-Condado, ya inevitablemente perdidos,
bien podían darse en todo ó en parte por precio de la paz.
En el ínterin volvía el Rey á sus antiguas
costumbres, aunque ya sin ardor, porque la edad tenía algo entibiados sus
gustos y pasiones. Notábase en él la propia indolencia, la indiferencia misma
que antes: no oía, no quería oir hablar de los negocios públicos. No tardaron
en volver las comedias: resucitólas el pertenecer los teatros á los Hospitales
que contaban con sus productos para atender á sus necesidades piadosas, y
aunque con ciertas restricciones, comenzaron á aparecer en todas partes, y
señaladamente en Madrid, seis años después de haber sido suspendidas. Ni eran
las comedias los únicos entretenimientos del Rey y de la Corte; volvieron con
aquel género de espectáculos todos los que antes andaban en uso, suspendidos
por el luto de la reina Isabel y del Príncipe. Para que nada faltase al cambio,
dispuso el Rey contraer nuevas nupcias, que estuvieron, por cierto, para serle
fatales.
Bien puede servir el suceso que vamos á narrar para
comprender cuánto hubiese decaído en España en pocos años el respeto de los
Monarcas. De seguro no hubo nadie en los tiempos de Felipe II y Felipe III que
soñase matar al Rey, aun de los más agraviados: el libro de Rege,
de Mariana, donde se admite con ciertas condiciones la justicia del regicidio,
mas confirma que no combate esta opinión. Tales doctrinas no habrían podido
tolerarse ni aun en el tiempo y forma con que[479] se
toleraron, si hubiese habido en la nación algo que pudiese corresponder á ellas
con hechos y obras. Por lo mismo que era el regicidio un género de utopía,
una cosa inconcebible á los ojos de los españoles, pudo el P. Mariana asentarlo
como doctrina. Pero ahora ya no sólo lo veremos posible, sino que traído á
punto de ejecución, evitándolo la casualidad y la fuerza, que no la voluntad de
los que se lo proponían. Verdad es que si tal crimen hubiera podido ser en
alguna ocasión disculpable, tal vez en ésta lo hubiera sido, porque si jamás un
homicidio ha podido disculparse por las necesidades ó las conveniencias
políticas, disculpa podía haber en ésta en que movía á los fautores una alta
idea de patriotismo. Fué el caso de esta manera:
No habiendo quedado de la reina Doña Isabel de
Borbón otro fruto que la infanta Doña María Teresa, muerto el príncipe D.
Baltasar, era ella la heredera de la Corona. Muchos portugueses conocedores del
verdadero interés de la nación, y no pocos españoles, imaginaron que para unir
de nuevo los dos reinos y reconstituir la unidad de la Monarquía se diese la
mano de la princesa á D. Teodosio, hijo y heredero del duque de Braganza, de
hecho ya Rey de Portugal. Era el pensamiento magnífico, y el más oportuno que en
tales circunstancias pudiera ofrecerse para el remedio del mayor mal de la
Monarquía. Comprendiólo el de Braganza, y por su parte no puso obstáculo
alguno, antes trabajó con afán por hacer partido á D. Teodosio en España, si
hemos de dar crédito á algunos de sus biógrafos; y aun entró en negociaciones
muy serias con algunos de nuestros Grandes y personas principales. Pero Felipe
IV, ó no acertó á comprender lo noble y[480] grande
de la idea, ó no halló en su ánimo bastante abnegación para dejar por señor de
todos sus Estados á un hijo de su rival y enemigo el de Braganza. Sólo una de
las dos cosas podía ser, porque ciertamente la nación no tenía que temer nada
de la nueva dinastía, y aun puede decirse que ella era ventajosa para todos, y
muy á propósito para que la unión fuera en adelante más firme y más sincera que
nunca. No podían temer los portugueses que un Príncipe de su raza los
menospreciase, como decían de los monarcas austriacos; ni las demás provincias
de la Monarquía, que formaban un cuerpo de nación tantas veces mayor y más
poblado que el Portugal, podían temer de modo alguno que éste adquiriese una
superioridad ó señorío dañoso. Si alguna vez Portugal y Castilla con Aragón se
juntaran de nuevo y para siempre, realizando las miras de la Providencia que
hizo tales pueblos hermanos, sería de esa manera; viniendo una dinastía
portuguesa á sentarse en el Trono español.
Felipe IV no sólo no dió entrada á tal pensamiento
en su ánimo, sino que accediendo á la súplica de las Cortes de Castilla que le
pidieron que contrajese matrimonio, lo ajustó en 1647 con su sobrina Doña
Mariana de Austria. Habían solicitado las Cortes el matrimonio, no mirando más
que el interés de dejar varón que empuñase el Cetro más adelante, sin reparar
en la posibilidad y la conveniencia de pacificar á Portugal por tal modo.
Sintieron profundamente esta determinación, que podía echar por tierra todos sus
planes, los castellanos y portugueses interesados en que la unión se llevase
adelante, y algunos de ellos con exagerado patriotismo, sin reparar en lo
odioso del medio, trama[481]ron una conspiración para
asesinar al rey Felipe, robar á la Princesa y casarla en seguida con el
príncipe D. Teodosio de Braganza. Los principales eran Don Carlos Padilla,
Maestre de campo que había sido en Cataluña, D. Rodrigo de Silva, duque de
Híjar, Don Pedro de Silva y Domingo Cabral. Una carta de Don Carlos Padilla á
un hermano suyo que servía en las armas de Milán, venida por azar á poder del
Gobierno, fué el hilo por donde se descubrió la trama. Todos ellos fueron
presos, dióseles tormento, y convencidos del hecho, D. Pedro de Silva, marqués
de la Vega de Sagra y D. Carlos Padilla fueron degollados en la Plaza Mayor de
Madrid. Domingo Cabral murió en la cárcel. Los demás cómplices padecieron
menores castigos, y el duque de Híjar, que era de los más culpados, no fué
condenado sino á cárcel perpetua y á pagar diez mil ducados de multa (1648).
Justos aunque sensibles castigos por el noble móvil que guiaba á los
delincuentes.
LIBRO OCTAVO
SUMARIO
De 1648 á 1665.—Fines del reinado de Felipe
IV.—Cataluña: inteligencias con los del Rosellón; virreinato de D. Juan de
Austria; pérdida de Figueras; defensa heroica y socorro de Gerona; pérdida de
Villafranca de Conflans; pérdida de Puigcerdá; socorro malogrado de Castellón
de Ampurias; pérdida de Sobrona, victoria delante de esta plaza; combate naval
en Barcelona; toma de Berga y gloriosa victoria delante de sus muros; nuevo
virreinato de Mortara; Castelfollit en nuestro poder; victoria al paso de Fluviá;
toma de Camprodón y batalla gloriosa del Ter.—Italia: nuevas tentativas del
duque de Guisa; batalla de la Roqueta; nueva guerra con el Modenés; toma de
Reggio de Correggio; pérdida de Valencia del Pó.—Flandes: el príncipe de Condé
en nuestro campo; sublevaciones en Francia; toma de Rocroy; prisión del duque
de Lorena; sitio de Arraz; fuerzan los franceses nuestras líneas; entra Don
Juan de Austria en el Gobierno; rota de los franceses en Valenciennes; sucesos
de Inglaterra; negociaciones con Cromwel; muerte de Aschau; insultos á nuestro
Embajador; guerra con los ingleses; pérdida de Mardik; sitio de Dunquerque;
batalla segunda de las Dunas y pérdida de la plaza; Gravelingas, Oudenarde y
otras muchas se rinden al enemigo; rinden los ingleses nuestras flotas en
América; negociaciones y paz de los Pirineos; matrimonio de la infanta Doña
María Teresa con Luis XIV.—Portugal: sitian á Badajoz los enemigos; va[484] al socorro D. Luis de Haro; derrota de D. Luis
en Ervás; campañas del marqués de Viana en Galicia; vuélvense contra Portugal
todas las fuerzas; D. Juan de Austria viene á intentar la reconquista;
disposiciones de una y otra parte; toma D. Juan muchas plazas pequeñas, y entra
en Germeña y en Evora; retirada de esta plaza y batalla llamada de Estremoz;
piérdese todo lo ganado; campaña del duque de Osuna por Ciudad-Rodrigo; es
derrotado por los portugueses; entra el marqués de Caravaca en el mando; pierde
la batalla de Montesclaros ó de Villaviciosa; sentimiento del Rey; conjuración
del marqués de Heliche; disputa de los embajadores en Londres; afrentas; muerte
del Rey y principales disposiciones de su testamento; juicio de su reinado y
resumen de los males que causó á la Monarquía.
Llegan por fin los últimos años de la vida de
Felipe IV, y con ellos los fines de la guerra con Francia, la paz de los
Pirineos, los desastres de Portugal, que afirmaron la Corona de aquel reino en
las sienes del de Braganza, las humillaciones de España en las negociaciones y
cortes extranjeras. Sucesos, si no más temibles, más vergonzosos que nunca
comprende este nuevo período.
Continuaron en tanto, á pesar de la sumisión de los
naturales, las hostilidades en Cataluña. Suplicaron los del Rosellón al Rey que
hiciese un esfuerzo para recobrar aquella provincia como había recobrado la de
Cataluña, asegurándole que allí estaban los ánimos no menos propensos que aquí
á volver á la obediencia. Llegó el caso de prestarse por sí sola á la
recuperación de Cataluña, con tal que se la ayudase con caballería, que era lo
que le faltaba. Y el Rey y sus Ministros, tímidos é irresolutos, no osaron
acometer una empresa tan importante, y que la ayuda de los naturales, deseosos
de volver á juntarse con la madre patria,[485] hacía
tan fácil. Dejó el de Mortara el virreinato al comenzar la campaña de 1653, y
entró en él D. Juan de Austria mientras casi todo el ejército que había obrado
la recuperación era destinado á Portugal. Comenzáronla los franceses entrando
de nuevo con un cuerpo volante de soldados y miqueletes que llegó hasta el
llano de Vich; pero fueron rechazados por D. Gabriel Llupiá con algunos
soldados y buen golpe de paisanos. Luego el mariscal de Hocquincourt con el
traidor Margarit, un tal D. José Ardenas y el capitán Manuel Aux, bien señalado
en las pasadas revueltas, entró por el Portus, mandando catorce mil infantes y
cuatro mil caballos. Pensaban que Cataluña al verlos se levantaría de nuevo en
armas contra su natural Gobierno; pero erraron completamente el cálculo. Sólo
los forajidos, acosados por la justicia, se juntaron con los franceses, aunque
á la verdad no en corto número, porque nunca lo hubo por desgracia de tales
gentes en el Principado. Señalóse en su odio contra los españoles además de
Margarit, Aux y Ardenas, un cierto Segarra, gran forajido. Pero el grueso de la
población tomó valerosamente la parte de España.
Dos tercios formados para defender á Barcelona
durante el sitio, vinieron á ponerse á las órdenes de Don Juan con otros muchos
soldados y capitanes que estuvieron peleando contra España. Tomaron los
franceses algunos lugares y á Figueras no sin pérdida, y luego pusieron sitio á
Gerona. Allí estaba lo mejor de nuestro ejército con el Condestable de
Castilla, General de la caballería, el barón de Sabac, el marqués de Sierra y
D. Juan Palavicino, sus principales capitanes; y llegando los franceses de
improviso se hallaron encerra[486]dos. Defendiéronse
heroicamente ayudados por los vecinos, hombres y mujeres que á porfía se
prestaban á coronar los muros: rechazaron á los franceses de sus brechas, y
teniéndolos setenta días sin adelantar un paso, dieron tiempo á D. Juan de
Austria para que desde Barcelona, juntando ejército bastante, viniese al
socorro. Compúsolo de catalanes, voluntarios casi todos, con alguna infantería
napolitana acabada de desembarcar y algunos escuadrones de caballería vieja, y
el total no pasaba de cinco mil infantes y mil quinientos caballos. Con todo,
bastóle esta gente para llegar delante de Gerona y romper un trozo de enemigos
que le salió al encuentro; y como la guarnición de la plaza hiziese una salida
oportuna, diéronse las manos los españoles de dentro y de fuera y se logró el
socorro, viéndose forzados á retirarse los contrarios. Señalóse en aquella
ocasión D. Francisco de Velasco, hermano del Condestable, que quedó pasado por
el pecho de un mosquetazo y quebrado un brazo, cumpliendo con su obligación
largamente. Recobráronse luego Castellón de Ampurias y Figueras. Disolvióse el
ejército catalán después de tales victorias, con lo cual los enemigos pudieron
de allí á poco entrar otra vez en el Principado y correr la tierra hasta Gerona
sin obstáculo alguno. Pero de todos modos hizo mala campaña Hocquincourt, que
perdió mucha gente en Gerona y más en la retirada, sin poder ganar una plaza
importante ni conservar siquiera los pequeñas lugares donde entró. Á la campaña
siguiente, destinado Hocquincourt á Flandes, entró á gobernar á los franceses
el príncipe de Conti.
Este había ya aparecido en la parte de Conflans con[487] cuatro mil infantes y mil quinientos caballos:
tomó por asalto á Villafranca de Conflans, pasando á cuchillo la mayor parte de
su guarnición, que se defendió hasta el último punto, y luego emprendió el
sitio de Puigcerdá. Quisieron los nuestros distraerle del intento y amagaron á
Rosas; dejó el de Conti con efecto á Puigcerdá y fué á socorrer esta última
plaza, mas en el camino fueron destrozadas sus tropas por las partidas de
naturales apostadas en los desfiladeros; sin embargo, llegó delante de Rosas y
obligó á los nuestros á retirarse con premura. Dió ocasión el no haber ejército
á que los enemigos osasen insultar las murallas de Barcelona pasando por
delante de ellas, aunque sin fruto. De nuevo se pusieron sobre Puigcerdá, que
tenía dos mil hombres de guarnición, y se defendió muy bien al principio; pero
muerto de un cañonazo su gobernador, D. Pedro Valenzuela, se dió á partido.
Pugnaba en tanto D. Juan de Austria por juntar
ejército que oponer al enemigo; y aunque Cataluña puso mucho de su parte, no lo
hubo bastante para dar batalla á los franceses. Con esto D. Juan salió de
Barcelona y estuvo observándoles algunos días; luego guarneció las plazas más
importantes y se recogió, sin hacer nada, á la capital. En tanto el enemigo
entró en la Seo de Urgel, que halló indefensa, en Berga y Camprodón. Púsose
también sobre Vich; pero los miqueletes catalanes le tomaron de tal suerte los
pasos, impidiéndole los mantenimientos, que hubo de alzar el campo. Luego
reforzado recorrió el Ampurdán y sitió á Cadaqués, que estaba ya bloqueado por
algunos bajeles; rindióla, y desde allí fué sobre Castellón de Ampurias. Había
logrado D. Juan levantar ya en la provincia algunos[488] tercios,
y con la escasa caballería y gente veterana con que contaba se propuso librar
esta plaza; ya estaba cerca cuando cayó en una emboscada que le tenían
dispuesta los enemigos; trabóse con igual valor el combate, pero sobreviniendo
el grueso de los contrarios, tuvo D. Juan, inferior en poderío, que retirarse á
Palamós, y Castellón fué perdida. Apoderóse D. Juan de Bañolas; pero el francés
se resarció con usura, entrando en Solsona, que halló desguarnecida. Mandaba en
esta ocasión D. Manuel de Aux, llevando consigo todos los soldados viejos de
aquella provincia que no habían desamparado las banderas extranjeras, y luego
quedó con ellos de presidio. No tardó D. Juan en mandar un trozo de gente á que
le asediasen; acudieron á socorrerle, cuando ya estaba apretado, mil quinientos
caballos franceses y algunos infantes, y D. Juan, que estaba en Vich, envió su
caballería, que mandaba D. Diego Caballero de Illescas á estorbar el intento.
Viéronse entrambas fuerzas delante de Solsona, pelearon y hubo muchos muertos y
heridos; pero los contrarios debieron padecer mucho más y quedar derrotados,
porque se recogieron á un bosque cercano, y de allí, desistiendo del socorro,
pasaron á Berga. Luego el de Conti se puso sobre Palamós para divertirnos de lo
de Solsona, sitiándola por mar y tierra; pero sobreviniendo nuestra armada al
mando del marqués de Santa Cruz con veinte bajeles y treinta galeras, hubo de
alzar el sitio. Tomó no obstante algunos lugares mientras nuestra armada
ocupaba las islas Medas.
Tropezó esta armada delante de Barcelona con una
francesa que traía el duque de Vandoma para visitar aquellas costas y
sublevarlas de nuevo; dióse un com[489]bate que duró
todo el día, donde ambas partes se atribuyeron la victoria, y los franceses se
retiraron á sus puertos y los nuestros á Cartagena. Entre tanto don José
Galcerán de Pinós, noble caudillo catalán, se apoderó de Berga; vinieron los
franceses á recobrarla, y la defendió su alcaide Juan Miró valerosamente, dando
tiempo á que Pinós con mil infantes y mil cuatrocientos caballos, á cargo de D.
Diego Caballero, acudiese en su auxilio. El enemigo, tomada ya la villa,
aprovechó la ocasión de poner la conquista del castillo, ocupado aún de Miró y
los suyos, á trance de batalla. Mandábalos el catalán D. José Ardenas. Su
infantería ocupó ciertas colinas ventajosas, y la caballería quedó en un llano
de poca extensión metido entre unos barrancos; una ermita enlazaba á la
infantería y la caballería protegiendo á ésta. La infantería catalana, mandada
por Pinós, ganó las colinas al enemigo y se comunicó con el castillo. D. Diego
Caballero con la caballería, al amparo de algunas mangas de walones, logró
doblar los barrancos, entrar en el llano donde estaba la enemiga y deshacerla;
luego la guarnición del castillo cayó sobre la villa, y la rota de los
franceses fué completa. Casi toda su infantería quedó prisionera y entre todos
bien perderían mil quinientos soldados con el bagaje y artillería. Salvóse
milagrosamente D. José Ardenas, retirándose por los montes seguido de pocos.
Sabida esta victoria por D. Juan salió de Barcelona, y reforzando aquel pequeño
ejército con mil quinientos infantes sacados de las galeras, asedió formalmente
á Solsona, descuidada hasta allí por unos y por otros á causa de los diversos accidentes
de la guerra, y la tomó sin grande esfuerzo.
En esto fué nombrado D. Juan de Austria para el go[490]bierno de Flandes, y el virreinato de Cataluña tornó
al ilustre Mortara. Ahuyentó el marqués del Ampurdán á los franceses, tomando
todos los lugares de aquellos contornos menos Rosas, y D. Diego Caballero y el
conde de Humanes con un trozo de ejército fueron á ponerse sobre la Seo de
Urgel; pero ó bien por desorden de ellos, ó bien por no atreverse á esperar al
enemigo que venía superior en fuerzas, levantaron el sitio. En tanto el duque
de Candale, francés, y Margarit entraron en Blanes y en muchos lugares
abiertos, é insultaron de nuevo al llano de Barcelona. El gobernador francés de
Castellfollit vendió por dinero aquella plaza al rey Felipe, y un golpe de
gente catalana recobró á Blanes. Sitió el de Candale á Castellfollit deseoso de
castigar al Gobernador y de recobrar la plaza; socorrióla D. Próspero
Tuttavilla con escogido escuadrón de caballos, no sin pérdida del enemigo, y en
su retirada al paso del Fluviá fueron acometidos los franceses por Mortara con
el grueso de sus fuerzas, y obligados á echar al río dos cañones que llevaban,
perdieron muchísima gente dispersa. En seguida D. Próspero Tuttavilla acometió
el castillo de Camprodón; acudió á socorrerlo Mr. de Santonné con buen golpe de
infantes y caballos, y á una legua de aquella plaza tuvo lugar un combate, en
el cual los enemigos fueron destrozados con pérdida de quinientos hombres,
muriendo no pocos y calificados de nuestra gente. Con esto se rindió Camprodón;
pero no tardó en sitiarla de nuevo Mr. de Santonné con más de cinco mil
infantes y tres mil caballos.
Reunió entonces Mortara los tercios catalanes, la
infantería de las galeras al mando de D. Melchor de la Cueva, el tercio de la
guardia que allí estaba á cargo[491] de D. Juan
Salamanqués, un tercio valenciano y otro navarro y hasta dos mil quinientos
caballos al mando de D. Diego Caballero, y con esta gente se presentó delante
de los enemigos. Salieron ellos á esperarle en un llano que baña el caudaloso
Ter. Trabóse la batalla, en la cual nuestras dos alas envolvieron las de los
enemigos; pero antes aún de que esto se verificase, ya don Diego Caballero
había esguazado el río con sus caballos, y cogiendo por la espalda al enemigo,
había destrozado cuanto se le había puesto delante, forzando, espada en mano,
las líneas y entrando á degüello los cuarteles que habían quedado bien
guarnecidos. Con esto fué completa la victoria, perdiendo el enemigo hasta mil
quinientos prisioneros, las banderas y artillería. Fué tan brillante acción la
última de la guerra por aquellas partes. Sostúvose tibiamente porque Francia, no
contando ya con el favor de los pueblos, juzgaba inútil el esforzarse; y
España, escudada con la fidelidad de la provincia, no tenía miedo del enemigo.
Así fué que en lugar de enviar á Cataluña nuevas tropas se enviaron á Portugal,
Italia y Flandes las que permitieron reunir los tiempos tan estrechos. Fué
gloriosísima sin embargo la conducta de nuestras armas, catalanas en la mayor
parte, durante estas últimas campañas, poniendo casi siempre de nuestro lado la
victoria. Así anduvieran nuestras cosas por todas partes.
Pero en Italia, Portugal y Flandes no era buena la
fortuna. En Italia se mostró varia. Por el lado de Nápoles hubo un nuevo amago
del duque de Guisa, no menos funesto para él que el anterior. Habíase librado
éste á ruegos de D. Juan de Austria de la pública muerte que le preparaba el
buen conde de Oñate por casti[492]go, y conducido á
España fué encerrado en el Alcázar de Segovia. De allí se escapó disfrazado:
pero no pudo ganar á Francia, y preso de nuevo en Vizcaya fué restituido á sus
prisiones.
Pasara allí el resto de su vida, si el príncipe de
Condé no hubiera interpuesto su favor y súplicas con el Rey de España, cuando
vino á nuestro servicio. Creyóse acaso que aumentaría el partido de los
Príncipes contra Mazzarino; pero el de Guisa, ingrato al de Condé, se puso de
parte del Ministro, é ingrato al Rey de España que le dió la libertad cuando
tenía derecho para quitarle la vida, comenzó á solicitar ayuda y protección
para volver á Nápoles. Hizo entonces Mazzarino equipar una armada de cuarenta
bajeles, y pensando vengarse del aliento que daba España á sus enemigos
personales, envió en ella al duque de Guisa á las playas napolitanas, con armas
y soldados. Llegó esta armada delante de Castelmare y hallándola desprovista,
sin esfuerzo alguno cayó en sus manos. Al saber la venida de los franceses,
conmoviéronse los Abruzzos, y las cuadrillas de bandidos que recorren siempre
aquellas comarcas, se engrosaron grandemente á punto de causar serios temores.
Pero el Virrey que, vuelto Oñate á España era el conde del Castrillo, obró con
actividad y acierto. Reunió la infantería española y la caballería napolitana,
y caminó apresuradamente á Castelmare. Salió el de Guisa al encuentro lleno de
presunción, y hubo á las puertas de la ciudad un combate, en el cual los
enemigos fueron completamente derrotados: de suerte que apenas pudieron
reembarcarse al abrigo de los muros. Luego se hicieron á la vela los bajeles
franceses, y el de Castrillo sosegó fácilmente los revueltos[493] ánimos
de los naturales de los Abruzzos, y volvió á poner en paz todo el territorio.
Á principios de 1653 entró el mariscal Grancey en
el Piamonte con un ejército, y juntándose con las tropas del duque de Saboya,
fueron en busca del Gobernador de Milán que lo era aún el marqués de Caracena,
don Luis de Benavides, con el fin de provocarle á batalla. Halláronle cuando
éste entendía en esguazar el Tánaro por la Roquetta, y al punto le embistieron.
Eran los dos ejércitos casi iguales en número; peleóse casi todo un día, y con
tanto escarnizamiento, que los regimientos suizos que traían los franceses,
faltos ya de balas, cargaron sus armas con los botones de hierro de sus
vestidos; mas al fin los franceses, que habían venido á provocar la batalla,
tuvieron con su retirada que confesar la derrota. Perdimos nosotros poca gente,
mucha los aliados. En seguida el vencedor Caracena, amagando antes algunas
plazas del enemigo, tomó cuarteles de invierno. No osaron los franceses
emprender nada en la siguiente campaña; pero en la de 1655 volvieron á
alimentar grandes esperanzas. El duque de Módena, Francisco de Este, obligado
poco antes á pedir misericordia á España, no pudiendo llevar con paciencia la
altivez de Caracena, volvió á empuñar las armas. Envió Mazzarino en su ayuda al
príncipe Tomás con un trozo de ejército. Mas no bien supo el de Caracena la determinación
del Modenés, entró en sus estados con respetables fuerzas, tomó á Reggio y
luego se puso sobre Berzello.
No hallaron el duque de Módena y el príncipe Tomás
otra traza para libertar esta última plaza, sino el poner sitio por su parte á
Pavía, plaza de extrema importancia en el Milanés. Lisonjeábanse ya de
conquistarla,[494] compensando con esta sola
ventaja cualquiera pérdida que tuviesen, cuando apareció Caracena; y cortando
los víveres á los enemigos y acosándolos de continuo, les obligó á levantar el
asedio, disminuídos ellos, él sin pérdida notable. Luego para desquitarse de no
haber tomado á Berzello, redujo á Correggio á nuestra obediencia. Con esto el
marqués de Caracena aumentó su reputación sobremanera; y como la Corte pusiera
mayor atención en Flandes que en ninguna otra parte, le envió allá, trayendo de
allí en cambio para gobernar estas armas al conde de Fuensaldaña. No era el
nuevo general, ni muy antiguo, ni muy experimentado en las armas, ni los
sucesos le daban por muy afortunado tampoco; pero poseía cierta firmeza de
carácter y habilidad, y estaba sobre todo en Madrid bien visto, cualidad bastante
á la sazón para desempeñar cualquier cargo.
Fueron á decir verdad, no desafortunadas sus
operaciones. En un encuentro empeñado rompió buena parte de las tropas de
Módena; mas el Duque, con los nuevos refuerzos que le enviaron los franceses al
mando del duque de Mercoeur, que vino á reemplazar al príncipe Tomás de Saboya,
muerto en aquellos días, juntando hasta catorce mil hombres, fué con ellos
sobre Valencia del Pó. Defendióse ochenta días la plaza; pero tuvo al fin que
rendirse, porque Fuensaldaña no pudo socorrerla, aunque lo intentó por dos veces,
y á pesar de haber obtenido notables ventajas á campo raso contra las tropas
modenesas que acudían al cerco, no logró levantarle. Recibió Fuensaldaña
algunos refuerzos del Emperador; mas la falta de dinero, y por consecuencia de
pagas y bastimentos, impidió sacar provecho algu[495]no.
Sitió á Valencia del Pó y no pudo recobrarla, porque acudieron al socorro los
enemigos; mas en cambio impidió á éstos, mandados por el Modenés y el príncipe
de Conti, con varias y acertadas combinaciones, que se apoderasen de Niza de la
Palla, sitiada todo un mes por ellos. Rindieron sin embargo á Mortara y los
pequeños fuertes de Varas y de Novi, y Fuensaldaña no pudo apoderarse de
Borzello que de nuevo tenía sitiada. Así hallaron por allí la paz nuestras
armas. Fuensaldaña, á pesar de que no cesaba de suplicar al Rey que hiciese la
paz á toda costa, dando sino el Milanés por perdido, supo mantener con su
firmeza por aquellas partes, no sólo nuestro dominio, sino también el respeto
de nuestras armas.
Mas donde verdaderamente lucharon con
encarnizamiento durante el último período de la guerra españoles y franceses,
fué en las provincias de Flandes y no poco en el interior de la misma Francia,
al calor de las disensiones. Allí fueron varios y continuos los sucesos, no
pocas las complicaciones; y para tratar de todo ello es preciso explicar y
relatar algunas cosas, que, tanto en España, como en Francia, ocuparon por
largo tiempo la atención de los Ministros y diplomáticos. Dejamos al príncipe
de Condé en Flandes, y en unión con nuestros capitanes. Dióle la Corte de
España, deseando utilizar sus talentos, título de Generalísimo y tales
consideraciones como obtenía el mismo archiduque Leopoldo. Puesto al frente de
un trozo de nuestro ejército con algunos regimientos levantados por él para
servir á su patria, y que ahora seguían su bandera, recobró á Rethel y tomó á
San Menehould dentro del territorio francés.
Desquitóse de estas pérdidas Luis XIV, recobrando
la importante plaza de Bourg en Guyenne, mal defendida por D. José de Osorio
que allí mandaba y reduciendo á su obediencia á Burdeos, puesto en armas por el
príncipe de Conti, al calor de una armada que al mando del barón de Batteville
y del marqués de Santa Cruz se dejó ver á la embocadura del Garona. Teníamos
ocupados muchos puestos á la embocadura del río y sin duda no cediera la ciudad
de Burdeos al enemigo si Lormont que la aseguraba, no hubiera sido vendida á
Mazzarino por la guarnición irlandesa que allí tenía España. Con Burdeos
tornaron á obedecer á su rey Livourne, Perigueux y otras plazas, no poco
revueltas también por aquellos días, en las provincias occidentales de Francia.
Al Oriente por la parte de Flandes, el príncipe de Condé, el conde de
Fuensaldaña, y el duque de Lorena, salieron á campaña con hasta veinticinco mil
hombres, recorrieron las riberas del Soma y sitiaron la plaza de Rocroy, de
funesta memoria; guardaron esta vez los desfiladeros vecinos de forma que no
pudiese venir el socorro, y por fin la rindieron. Poco faltó para que se
malograse esta empresa por la discordia que sobrevino entre el Príncipe y el de
Fuensaldaña. Acudió á componerlos, desde Bruselas, el mismo archiduque Leopoldo,
y no tardó en disputarle el de Condé con el título de Generalísimo, que tenía
ciertas preeminencias, por manera que tomó aún mayores proporciones la
discordia. Medió el duque de Lorena y se terminaron las diferencias; pero á los
pocos días fué preso el propio Duque y enviado á España.
Ocasionó esto grande y más peligrosa discordia;
algunos regimientos loreneses se pasaron á los france[497]ses;
muchos soldados y capitanes sueltos hicieron lo mismo, y del resto de las
tropas auxiliares del Duque se confiaba tan poco que apenas se sacó de ellas
partido alguno. Sin embargo, continuaron al servicio de España gobernadas por
Francisco, hermano del duque Carlos. Acusaban al Duque de mantener
inteligencias con Francia, y de andar en tratos de paz con aquella potencia;
mas esto no estuvo nunca bien justificado. Y cierto que la conducta del duque
Carlos no era para engendrar tales sospechas; él había abandonado el partido de
Francia por el partido de la casa de Austria; la había servido eficazmente por
su persona y con sus súbditos contra todo género de enemigos, y había empleado
en su provecho sus talentos militares, que eran grandes y la sangre de sus
soldados; había perdido por ella su hacienda y estados. Ni el Imperio antes ni
ahora España, tuvieran mejores aliados, y principalmente esta última, por la
cual, aun viéndola en tanta decadencia, luchaba heroicamente en Flandes. Dícese
que entibió su ardor en los últimos tiempos; mas para olvidar tantos servicios
y castigarle tan duramente, era preciso que más que tibieza se advirtiera en él
clara defección. Y aun así y todo sería de dudar si á un Príncipe soberano,
aliado nuestro, y no vasallo ni feudatario, podíamos sin justicia castigarle
porque se fuese de nuestro partido. Mas el hecho fué que Fuensaldaña, en quien
descansaba entonces nuestra Corte todos los negocios de Flandes, recibió
órdenes reservadas para ejecutar la prisión; que la hizo con gran sigilo, sin
que el Archiduque pusiera de su parte más que la confirmación de tal medida, y
que vino á España, donde, encerrado en el Alcázar de Toledo, estuvo[498] maldiciendo nuestra ingratitud hasta la
conclusión de la paz.
Entre tanto se perdió Stenay, una de las plazas
rebeldes contra el Rey de Francia por el lado de Flandes. Para distraer á los
franceses de aquel sitio se emprendió el de Arras, que nos fué muy funesto por
la división de los capitanes y el desorden del ejército, de ella y la prisión
del de Lorena ocasionado. Era el ejército de hasta doce mil infantes y diez mil
caballos. Mandábanlo el archiduque Leopoldo y el príncipe de Condé, los cuales
atacaron tan mal la plaza, que en cincuenta días no lograron aportillar los
muros. Su línea de cinco leguas de circuito tardó tanto en cerrarse, que hubo
tiempo de sobra para que las abasteciesen los franceses y reforzasen su
guarnición. Luego los mariscales de Turena y de la Ferté, con diez y ocho mil
hombres escasos, acudieron á levantar el cerco, situándose á media legua de la
plaza. Propusieron unos capitanes ir á atacarlos, otros mantenerse en las
líneas; y el ejército francés recibió, al mando del mariscal de Hocquincourt,
un gran refuerzo. Todavía era posible sorprender á este último por tener
separado su campo del de Turena con notoria imprudencia; mas no pudieron
ponerse de acuerdo tampoco nuestros capitanes. Pasaron días, nuestro ejército
se desatentó y se debilitó sobremanera, y al fin Turena, bien tomadas sus disposiciones,
embistió por todas partes nuestros cuarteles. Fué forzado casi sin defensa el
cuartel de los loreneses, y con muy poca el de españoles, que mandaba D.
Fernando de Solís, y se comunicaron los enemigos con la plaza; entonces el
Archiduque con algunos cabos y poca gente se retiró á Douay; el príncipe de
Condé con el General de la ca[499]ballería española y la
mayor parte del ejército se vino en buen orden á Cambray, y Francisco de Lorena
amaneció en Valenciennes fugitivo. Perdióse la artillería y bagajes.
Consecuencia de este descalabro fué el que Turena recobrase en Francia á
Quesnoy, la Chapelle y otras plazas, y rindiese, á pesar de su esforzada
defensa, la importante plaza de Landrecy, sin que el príncipe de Condé pudiera
recobrar lo perdido.
Acabó de disgustar también aquel revés al
archiduque Leopoldo, harto disgustado ya con la falta de recursos y con la
confianza que la Corte de Madrid hacía en Fuensaldaña, el cual gobernaba
verdaderamente todas las cosas en mengua suya, y solicitó que se le dispensase
del cargo. Eran entonces los principios del año de 1653, y nuestra Corte,
viendo cuán poco adelantaba con la alianza de Condé y sus parciales,
atribuyendo no sin razón mucha parte al poco concierto de los generales, oyó
bien la solicitud del Archiduque y determinó enviarle sucesor apartando de allí
á la par al conde de Fuensaldaña, ya mal visto de muchos. Habíase granjeado el
archiduque Leopoldo el amor de los pueblos, que habían de sentir naturalmente
su ausencia; necesitábase reemplazarle con persona de autoridad bastante para
que no se le echase tanto de menos, y al propio tiempo era evidente que, sin
autoridad y sin conocimiento de las armas, no podía haber gobernador que bien
lo fuera donde estaba el príncipe Condé. Todo esto hizo recaer la elección en
D. Juan de Austria, que estaba casi ocioso en Cataluña.
Fué con efecto D. Juan á desempeñar su cargo, no
sin padecer antes en la mar muchos azares, y con él, para acompañarle en el
mando, se destinó al marqués de[500] Caracena D.
Luis de Benavides, entrando en lugar de este á gobernar á Milán el conde de
Fuensaldaña, como atrás hemos visto. Dieron los nuevos capitanes en Flandes
excelente comienzo á su Gobierno. Sitiaban los mariscales de Turena y de Ferté
la gran plaza de Valenciennes con un ejército de treinta mil hombre y mucha y
buena artillería: defendíala D. Francisco de Meneses, su Gobernador, con
extraordinario esfuerzo, de manera que los enemigos no adelantaban un punto.
Pero sin embargo, D. Juan de Austria con Caracena y el príncipe de Condé,
determinaron socorrerla, y lo ejecutaron felicísimamente. Estaban los
Mariscales franceses acampados, el uno en una y el otro en otra de las orillas
del Escalda, que baña la ciudad, á fin de estrecharla por todas partes. D. Juan
y el de Condé rompieron las exclusas en Bouchain, é inundaron ambas riberas del
río, de suerte que no era posible caminar por ellas. Al mismo tiempo se
pusieron en marcha por terreno seco hacia el cuartel del mariscal de la Ferté:
llegaron sonada la media noche y lo embistieron, de manera que en un momento lo
arrollaron todo, poniendo á los franceses en completa derrota.
Tuvo el marqués de Caracena la gloria de ser el
primero que plantase nuestro estandarte sobre las trincheras enemigas. No pudo
Turena enviar á su compañero refuerzo alguno, porque no consentía el paso de
los infantes y caballos la inundación de la ribera, y así todo el trozo de
ejército de la Ferté fué destruído. Siete mil cadáveres quedaron en el campo de
batalla, y cuatro mil prisioneros, entre los cuales se contaban el mismo la
Ferté, y hasta sesenta y siete capitanes de menor cuenta; todo el bagaje, artillería
y banderas vi[501]nieron á poder nuestro. Turena
entonces tuvo que alzar el cerco y retirarse en buena ordenanza. Fué el fruto
de esta victoria la toma de Condé, con lo cual se terminó la campaña de 1656.
Para la siguiente tuvieron ya que luchar D. Juan de Austria y Condé con un
nuevo enemigo. Este era Cromwel, protector de la República de Inglaterra.
Aquel príncipe de Gales, que estuvo para ser cuñado
de Felipe IV, tan rencoroso con España siendo ya Rey, había muerto en un
cadalso á manos de sus propios vasallos, con el nombre de Carlos I. El pueblo
inglés, puesto en armas contra su Rey, después de vencerle y degollarle, depuso
sus iras y se entregó á merced de aquel afortunado aventurero. Cromwel fué más
tirano que nunca lo hubiese sido Carlos I, y el pueblo, como suele suceder,
llevó ahora con paciencia cosas mayores que las que antes pusieron las armas en
sus manos. Europa, ocupada en aquellas encarnizadas luchas entre católicos y
protestantes, entre la casa de Austria y sus enemigos, no prestó grande
atención en los principios á aquellas turbulencias; aun hubo naciones, como
Francia, que contribuyeron á exacerbarlas para tener distraída á Inglaterra y
otras, como España, que celebraban en secreto las amarguras del rey Carlos,
recordando las ofensas que le debían. Ni aun llegado el trance de la muerte de
aquel desdichado Príncipe, lloraron los demás Príncipes tanto como debieran el
ejemplo fatal que se ofrecía á los pueblos, y la lección que acababa de
escribirse en la historia, atentos sólo á lo presente. Ciegos con sus odios, y
desvanecidos con sus empeños, antes se pararon á ver el partido que podían
sacar de tal acontecimiento, que no las consecuen[502]cias
que de él habían de deducir y recoger los tiempos futuros. Así unas primero,
otras después, todas las Potencias fueron reconociendo á la República inglesa.
Señalóse España por haber sido en esto la primera.
Verdaderamente en el punto en que estaban las cosas, luchando á solas contra
Francia y Portugal, la alianza de los ingleses podía reputarse, no sólo por
útil, sino aun por necesaria. Imaginó D. Luis de Haro aprovechar el despego con
que en los días que siguieron á la muerte de Carlos I miraban todas las
naciones á Cromwel para solicitar su alianza, y por lo mismo se apresuró á
reconocerlo. No se descuidaron Portugal y Francia en entablar iguales negociaciones,
y entonces el astuto Cromwel comenzó á prevalerse del deseo de tales Potencias
para entretenerlas á un tiempo, hoy dando, mañana quitando esperanzas, ya
inclinándose á una, ya á otra, con el objeto de sacar más ventajas de su
alianza. Hubo, pues, en Londres, una larga lucha diplomática, en la cual el
marqués de Leyden y D. Alonso de Cárdenas, Embajadores nuestros, ordinario el
uno, el otro extraordinario, hicieron desesperados esfuerzos por traer al
astuto protector al partido de España, y aun pudiera decirse que humillantes.
Mas en tanto que se afanaban por lograr la amistad del protector, aconteció en
Madrid un desagradable suceso.
Fué el caso, que habiendo enviado Cromwel á nuestra
Corte con título de residente á Antonio Ascham, uno de los más decididos
parlamentarios y parcial suyo, al día siguiente de su llegada fué asesinado en
su propia casa por cierto inglés realista, de los acogidos á nuestro suelo,
queriendo castigar en él la parte que había tomado con su voz y voto en el
suplicio de Carlos I.[503] Sintiólo mucho nuestra
Corte, y titubeó algún tiempo entre la aprobación que el hecho de aquel
realista le merecía y la amistad de Cromwel, deseando hallar medio de conciliar
ambos afectos: para ello se dió tiempo al agresor á que se acogiera en sagrado,
y luego se dieron órdenes rigurosas á un alcalde de Corte de que lo redujese á
prisiones. No entendió el alcalde las ocultas miras de la Corte, y lleno de
indiscreto celo puso tales asechanzas al inglés y se valió de tales amaños, que
logró sacarlo del sagrado, poniéndolo á disposición de los Tribunales. Entonces
estos no pudieron menos de condenarle á muerte; y la Corte, aunque llena de
dolor, no tuvo aliento para renunciar á la amistad de Cromwel, y dejó ejecutar
la sentencia castigando indirectamente al alcalde. Pero Cromwel, lejos de
contentarse con tan dolorosa satisfacción, no dejó de hacer cargos á nuestra
Corte sobre la muerte de Ascham, y no tardó en urdir contra nosotros una trama
miserable.
Era costumbre en Londres, que á la entrada de cada
nuevo Embajador asistiesen los coches y séquito de los demás Embajadores para
honrarle; y en tales casos se seguía en la colocación de los diversos carruajes
el orden de dignidad y grandeza que alcanzaban las naciones; de modo que hasta
entonces los de España habían ido siempre delante de los de Francia. Llegó á
Londres un Embajador de Suecia: salieron como siempre á recibirle los carruajes
de los demás, y caminando el del Embajador de España como de costumbre, se le
interpuso el carruaje del francés y pasó adelante. Al punto los españoles de la
servidumbre del Embajador pusieron mano á las espadas y obligaron á los
franceses á volver á su puesto. Pero Cromwel, de acuerdo[504] ya
con ellos, tenía apostados por aquellas inmediaciones un trozo de soldados, los
cuales acudieron al rumor de la pendencia, y so pretexto de poner en paz á
españoles y franceses, dejaron á éstos que pasasen delante. El asunto, aunque
parecía trivial y pequeño, no era sino de grande importancia en aquellos
tiempos de etiqueta diplomática, y el marqués de Leyden, hombre de gran valor y
carácter, que como General de la mar había ya defendido una vez á Dunquerque de
los franceses, se quejó duramente á Cromwel; mas no obtuvo satisfacción alguna,
y poco después, desesperando de lograr nada, se volvió á Flandes.
No tardó en seguirle D. Alfonso de Cárdenas; porque
Cromwel, quitándose al fin la máscara, ajustó un tratado con Mazzarino, por el
cual se comprometió á declarar la guerra á España, embistiéndola con todas sus
fuerzas marítimas, y á dar seis mil hombres al Rey de Francia para sitiar de
nuevo á Dunquerque, plaza que tomada, debería quedar á disposición de
Inglaterra. No faltó allá durante las negociaciones quien representase á
Cromwel como más favorable á la nación la alianza de España que no la francesa,
á fin de mantener el equilibrio entre las dos Potencias; pero el protector, con
funesta sagacidad, se empeñó en ponerse en contra nuestra. Decía con razón que
Francia no tenía colonias, ni navegación, ni comercio que pudiera ser presa de
la armada inglesa como tenía España; que la guerra contra Francia podía ser muy
gloriosa á Inglaterra, pero que no la proporcionaría provecho alguno, y que la
rica y abandonada herencia de España, con poca dificultad y coste, si bien con
menos gloria, estaba convidando al saqueo. No bien fué conocido el Tra[505]tado, mandó Felipe IV que todas las mercadurías y
buques ingleses que hubiese en sus reinos, fuesen confiscados; pérdida inmensa
para aquella nación, y medida, si no justa porque no podía serlo tal despojo,
osada al menos y proporcionada al género de hostilidades y daños que de Cromwel
podían temerse. Este ordenó equipar al punto armadas que atacasen á nuestras
colonias y persiguiesen á nuestros buques en todos los mares; pero en Flandes
fué donde se sintieron los mayores golpes.
Vinieron en los principios de 1657 á reforzar el
ejército del mariscal de Turena seis mil ingleses escogidos de los veteranos de
la revolución, al mando del coronel general Renols, caudillo muy nombrado en la
guerra civil. Ya D. Juan de Austria y el príncipe de Condé habían recobrado á
San Guillain, y forzado al enemigo á alzar el sitio de Cambray. Juzgóse que la
primera empresa de los enemigos aliados sería el sitio de Dunquerque, y por lo
mismo se metió Condé dentro de la plaza con numerosa guarnición y escogida. Tal
era en verdad el intento de Turena; pero no osó, al saber las prevenciones,
llevarlo á cabo, y fué á ponerse sobre Bourbourg, plaza pequeña y mal defendida
que rindió en horas. De allí fué á San Venant y la tomó, y luego precisó á los
nuestros á levantar el campo de delante de Ardres; por último, sitió á Mardik,
fortalecida y guardada por los españoles, tomóla en ocho días, y la puso en
manos de los ingleses mientras que cumplía el Tratado rindiendo á Dunquerque.
Ni tardó en conseguir esto con la ayuda poderosa de
Inglaterra. Mediado el año de 1658, una armada inglesa de veinte navíos de
guerra cercó la boca del puerto de[506] Dunquerque,
y seis mil ingleses más, también escogidos y veteranos, al mando de milord
Lokart, vinieron de Inglaterra á reforzar el ejército de Turena. Repartiéronse
luego los cuarteles, y pronto estuvo aquella ciudad estrechamente sitiada por
mar y tierra, viniendo al campo el mismo Luis XIV para alentar á sus soldados.
En tanto halló medio el de Leyden, antes Embajador en Inglaterra, para
atravesar las líneas enemigas con alguna gente y socorros, y atendió con mucho
acierto y valor á defender la plaza. Los sitiadores metidos entre ella y Furnes
y Bergues y Niwport, que estaban en nuestro poder, no podían recibir los
bastimentos sino por la parte del mar; de modo que su posición era peligrosa.
D. Juan de Austria y Condé, con hasta quince mil hombres, vinieron á agravarla,
presentándose por el camino de Furnes hacia las Dunas, distantes como tres
cuartos de legua del campo; venían con ellos el marqués de Caracena, el
mariscal de Hocquincourt, del partido de los Príncipes y el duque de York, hijo
del desventurado Carlos I, hermano del pretendiente Carlos II, y luego infeliz
Rey de Inglaterra, que estando al servicio de Francia se había pasado al de
España por causa de la liga ajustada entre aquella Potencia y Cromwel,
obteniendo de nuestra Corte el título de Capitán general de la armada del
Océano. Tal ejército y con tales capitanes, dejaba esperar que al enemigo se le
frustraría el intento de apoderarse de la plaza; mas no sucedió así por
desgracia. No creyeron ni D. Juan ni Condé que el ejército anglo-francés
viniese á ofrecerles batalla; porque encerrado como estaba entre ciudades
nuestras, una rota le habría traído á perdición completa. Por otra parte, no
tenían ellos[507] todas sus fuerzas; faltaba la
artillería que habían dejado muy atrás por acudir más pronto, y no poca parte
de la infantería: por manera que á la sazón eran muy superiores los anglo-franceses.
Así, pues, no imaginando que los otros viniesen á atacarlos, ni queriendo
ejecutarlo ellos hasta tener dispuestas todas sus cosas, estuvieron nuestros
Generales dos ó tres días sin emprender cosa de importancia, ocupados sólo en
hacer reconocimientos y facciones.
Uno de tales reconocimientos le costó la vida al
mariscal d'Hocquincourt. Mas Turena, que sabía que don Juan y Condé aguardaban
refuerzos, que no tenían artillería, y que eran entonces muy inferiores en
número, aprovechó hábilmente los momentos, y al amanecer de un día, cuando
nadie lo esperaba en nuestro campo, vino sobre él en orden de batalla. Formóse
apresuradamente nuestro ejército, apoyando su derecha en aquellas mismas Dunas,
tan fatales ya otra vez para nuestras banderas, extendiendo el centro y ala
izquierda por las arenosas llanuras, testigos medio siglo antes de la rota
gloriosa de nuestras armas. Mandaba la derecha, D. Juan de Austria con los
españoles; la izquierda, el príncipe de Condé con sus regimientos propios y
otras tropas extranjeras, y éstas componían también el centro.
El marqués de Castelnau con los franceses, y milord
Lokart, con la vieja infantería inglesa, embistieron las Dunas, que eran, como
hoy se dice, la llave de la posición de los nuestros: defendiéronla los
españoles con valor; pero fué inútil, porque en la playa que se extendía entre
las Dunas y el mar no se había puesto alguna guarda, á causa de estar muy alta
la marea cuando se[508] formó el ejército en
batalla, y ahora bajando la marea dejó abierto allí bastante espacio para que
pasase un Cuerpo de caballería francesa, el cual, cogiendo por la espalda á los
españoles, los puso en derrota. Deshechos éstos, lo demás del ejército no pensó
ya más que en huir, dejando tres mil hombres muertos en el campo, más en la
fuga que en la batalla, y muchos prisioneros. Debieron el triunfo los enemigos
á la infantería inglesa, si es que puede decirse que alguno ganara allí la
gloria; la verdad es que con la imprevisión de D. Juan de Austria en no guardar
la playa ó caleta entre el mar y las Dunas no había lucha posible, era
inevitable la derrota de nuestro campo. Vergonzosa derrota esta segunda de las
Dunas, y harto diferente de la primera donde el honor quedó por los vencidos.
De resultas de ellas tuvo que capitular Dunquerque,
mas no antes de que muriese de sus heridas el valeroso marqués de Leyden; pasó
á manos de los ingleses, según lo pactado, y Link, Dixmunda, Gravelinas,
Furnes, Oudenarde, Ypré y otras plazas importantes abrieron luego sus puertas,
sin hacer las más resistencia al enemigo. Estos fueron los últimos sucesos de
aquella guerra en Flandes. D. Juan de Austria, aunque tan culpado en aquella
derrota, fué llamado á España para mandar el ejército de Portugal, y en su
lugar vino al Gobierno de Flandes el archiduque Sigismundo, con gente de
refuerzo que enviaba el Emperador; mas no hubo ocasión de probar al nuevo
capitán, terminada ya la guerra.
Una armada inglesa en tanto, compuesta de diez y
siete bajeles de guerra y muchos de transporte, con buenas tropas, al mando del
almirante Pen y del gene[509]ral Venables, se presentó
delante de la isla de Santo Domingo. Hecho el desembarco, la gente inglesa se
dirigió á la capital; mas en el camino fué detenida por los españoles que á
toda prisa acudieron á la defensa; y cincuenta mosqueteros, apostados en un
bosque, hicieron de modo que la pusieron en desorden, obligándola á retirarse á
sus bajeles, con pérdida de seiscientos muertos, trescientos heridos y
doscientos prisioneros. Pen y Venables, avergonzados y temerosos de volver á la
presencia de Cromwel con el cuento de tan impensada desdicha, determinaron
intentar nueva empresa, que fué harto más feliz para ellos. Llegaron delante de
la Jamaica, que estaba completamente desguarnecida y sin armas, desembarcaron
pacíficamente, y tomaron posesión de la isla. Amagaron luego los ingleses á
Cuba y Tierra-firme, sin fruto alguno. Pero el almirante Blake, con una armada
poderosa, vino á esperar delante de nuestras costas los galeones del Perú,
ricamente cargados como siempre, mediado el otoño de 1656; y uno de sus
segundos, Stayner, con siete bajeles que mandaba, hallándolos en número de
cuatro con otras tres naves, á vista de la playa de Sanlúcar, que ya saludaban
gozosos después de tan largo y peligroso viaje, embistió furiosamente con
ellos, logrando tomar, después de una esforzada defensa, el que mandaba don
Luis de Hoyos, perdiéndose además dos de las naves en el combate.
Habíase formado en Cádiz apresuradamente una armada
á cargo de D. Pablo de Contreras para salir á buscar los galeones; pero se le
dieron tales órdenes de excusar la batalla, que por no desobedecerlas no pudo
evitar la pérdida. Fuera mejor para esto no disponer tal[510] armada.
Al año siguiente, en la bahía de Santa Cruz de Tenerife, acometieron Blake y
Stayner otra vez á los galeones, y defendiéndose heroicamente sus
tripulaciones, diéronlos al fuego antes que rendirlos, perdiéndose las riquezas
y muchos hombres. No pudimos vengar estos daños de los ingleses, y la muerte de
Cromwell terminó dichosamente tales hostilidades casi al propio tiempo que,
abiertas de buena fe entre España y Francia las negociaciones para la paz, se
ajustó ésta con el nombre de Paz de los Pirineos, acabándose
aquella lucha tremenda y decisiva que había durado veinticinco años.
Ya la Francia la deseaba, si no tanto como España,
bastante al menos para que corriendo el año de 1656 entablase en Madrid tratos
que no llegaron á buen término por ciertas condiciones que parecieron
inadmisibles. La principal era el matrimonio de la infanta María Teresa, hija
mayor de Felipe y heredera de la Corona, con el joven rey Luis XIV, con lo cual
se habrían juntado en una las Coronas de Francia y España. No quiso Felipe IV
dar oídos á semejante pretensión; antes pretendía casarla con el archiduque Leopoldo
de Hungría, que fué luego Emperador, imaginando acaso reunir de nuevo el
Imperio con España. Verdaderamente el primer matrimonio era inadmisible. España
no podía ni quería unirse con Francia, que mucho más poblada y más próspera no
habría tardado en dominarla y convertirla en una de sus provincias; ni había
apariencias de que la Europa, que á tan duras penas consintió luego en que un
Príncipe francés viniese á ceñir esta Corona, tolerase unión semejante á ningún
precio. Pero el intento de reconstituir la colosal herencia de[511] Carlos
V, juntando otra vez la Corona imperial con la católica, no era menos
aventurado, y señalaba bien á las claras cuánto el espíritu de familia
mantenido y avivado por el matrimonio de Mariana de Austria imperaba en Felipe.
Ello fué que el no haber obtenido Luis XIV la Infanta por esposa prolongó dos
años la guerra. Pero habiendo dado á luz la reina Doña Mariana á fines de 1658
un hijo, el cual tuvo por nombre D. Felipe y murió más tarde sin llegar á
heredar la Corona y desvanecidos por lo pronto los temores de unión de las dos
Coronas, volvieron á entablarse los tratos.
Acogiólos Francia con favor, porque su tesoro
estaba de todo punto exhausto, y muerto Cromwell no podía contar con la alianza
de Inglaterra, al paso que Holanda, los Príncipes alemanes y los potentados del
Imperio comenzaban á mirar su grandeza con la misma envidia y recelo con que
habían mirado la de España. Temió agotar sus fuerzas y exponerse á perder todo
lo ganado, y se apresuró á ceder algo discretamente. Así se hubiera hecho en
España cuando era tiempo de hacerlo. Ahora si Francia necesitaba de la paz,
júzguese cuánto la necesitaríamos nosotros: estábamos ya sin aliento, sin vida;
no quedaba sangre en nuestras venas, ni oro en nuestras arcas, semejante la
nave del Estado á aquéllas desarboladas y sin timón, que sin poder moverse para
esta ó la otra parte, ni mantenerse fijas en un punto, son en el Océano
miserable juguete de los vientos y ludibrio de las olas. Tres meses duraron las
negociaciones para la paz entre D. Luis de Haro, Marqués ya del Carpio por
muerte de su padre, y conde-duque de Olivares por herencia del tío, y el[512] cardenal Julio Mazzarino, que á tan justo título
podía jactarse de haber dado cima á la obra de Richelieu. Fué el lugar de ellas
una casilla de madera construída de por mitad en una isla del Bidasoa, llamada
de los Faisanes, media legua de Irún, en la raya de España y
Francia, y que se supuso que pertenecía á ambas Coronas. Concertáronse las
negociaciones en ciento veinticuatro artículos que forman aquella paz famosa de
los Pirineos, tan importante en la historia de España. Por ella cedimos á
Francia, en el condado de Artoys, las ciudades de Arras, Hesdin, Bapaume,
Bethune, Liliers, Lens, el condado de Saint Pol, Terouane, Pas y, en fin, toda
la provincia menos Saint Omer y Ayre con sus dependencias: en Flandes á
Gravelingas, con los fuertes de la Esclusa, de Felipe y de Tuttin, á Bourboug y
Saint Venant; en el Haynaut á Landrecy y Quesnoy; en el Luxemburgo á
Thionville, Montmedi, Dambilliers, Ivoy, Chavancy y Merville, y además Avennes,
Filipeville y Mariembourg. Por la parte de España cedimos también los condados
de Rosellón y Conflent ó Conflans, señalando por límites entre las dos naciones
la cima de los montes Pirineos; de modo que todo lo del lado de acá quedase á
España, y todo lo del lado de allá á Francia. Obligámonos á restituir á Rocroy,
Chatelet y Limchamp, plazas conquistadas en Francia durante el último período
de la guerra. Con estas pérdidas hay que juntar la de Dunquerque, que tenía
cedida Luis XIV á los ingleses. Francia nos devolvió á cambio de estas cesiones
el condado de Charolois y las plazas de Borgoña, en Flandes Oudenarde,
Dixmunde, Fournes, Nerville sur la Lys, Menin, Commine, la Bassé, Bergues,
Saint-Vinos y otros fuertes y[513] lugares sin
importancia; en Italia á Mortara y Valencia del Pó; en Cataluña á Rosas,
Cadaqués, Urgel, la Bastida, Ripoll y el condado de Cerdania.
No es fácil suponer ahora qué mayores ventajas
pudieran obtenerse del Tratado; quizá Francia persistiría en conservar las
conquistas con que más podía perjudicarnos, negándose á devolver las plazas y
territorios que más nos conviniesen. Pero hay harta ocasión á recelar que faltó
acierto en las negociaciones. Jamás pudiendo debimos abandonar el Rosellón, y á
cambio bien pudiera darse doble territorio en Flandes, con que la Francia
ganara más y nosotros perderíamos menos. El interés de Francia, si la inclinaba
á poner en el Pirineo su frontera meridional, tanto ó más pudiera inclinarla á
extenderse hacia el Rhin, que es su natural frontera por la parte de Oriente y
la más necesitada de defensa; porque si detrás del Pirineo está España, detrás
del Rhin está todo el continente. Parece, pues, que si D. Luis de Haro hubiera
sabido traer á su pensamiento tales ideas, con más ó menos costa se hubiera
alcanzado algún concierto menos desfavorable. Ni fué el de ceder el Rosellón el
único yerro que se cometió en el Tratado: de las mismas plazas de Flandes se
cedieron también muchas de las más importantes, y se recuperaron otras que no
lo eran tanto y que desde luego podían darse por perdidas. Acaso Mazzarino,
hablando como vencedor al de Haro, le forzó á aceptar aquella repartición
absurda de plazas que nos daba las del Franco Condado, aisladas é indefendibles
de todo punto en la guerra, al propio tiempo que nos quitaba tantas otras
enclavadas en nuestras provincias é indispensables para su mantenimiento.
Lo mismo este yerro que el anterior engendran
naturalmente la sospecha de que tanto como la mala fortuna de la guerra, nos
perjudicó en el Tratado la ineptitud de D. Luis de Haro. Tras de no tener este
Ministro suficiente talento para comprender los grandes y verdaderos intereses
políticos de España, era muy ignorante y de todo punto desconocía los
territorios y localidades. Así todo se le volvía, según cuentan, dar largas á
las negociaciones, poner estorbos, negar las cosas más sencillas y desconfiar de
Mazzarino. Éste, por el contrario, con alta idea de las cosas de Estado y
especial de los intereses y conveniencias presentes y futuras de Francia,
poseía además perfecto y minucioso conocimiento de las plazas y territorios y
de su importancia militar y política. Sagaz y diestro á maravilla, sabía
afectar indiferencia por las cosas que más deseaba, y empeñarse en pequeñeces
que el nuevo conde-duque de Olivares le disputaba tenacísimamente; cedía luego,
y á la sombra de la aparente derrota, ganaba verdaderos y ricos triunfos. Tal
retrato hacen las historias de la época de los dos negociadores, y cierto que
confirma completamente nuestras sospechas: quizá perdió España, como arriba
decimos, tanto como por las armas en las negociaciones del Tratado.
No salieron tampoco muy bien librados nuestros
aliados el duque de Lorena y el príncipe de Condé. El primero, preso ya en
España por desconfianza de su persona, y, por tanto, flojamente apoyado de
nuestra Corte, tuvo que demoler sus fortalezas y ceder buena parte de sus
Estados al Rey de Francia, quedando sujeto á más duro feudo que nunca: en
cambio recobró la libertad. El de Condé, aunque hidalgamente defendido[515] por D. Luis de Haro que quiso hasta hacerlo
Príncipe soberano, dándole algunas plazas en los Países Bajos, fué combatido de
tal manera por Mazzarino, su particular enemigo y émulo, que al fin tuvo que
consentir en humillarse al Rey y al Cardenal, pidiendo perdón de sus últimos
hechos. Y aun porque no perdiese sus dignidades y bienes hubimos de dar la
plaza de Avennes y sacar la guarnición española de Julliers con otros partidos.
Más felices fueron naturalmente los aliados de
Francia. Al duque de Saboya tuvimos que restituirle á Vercelli y el lugar de
Cencho; el príncipe de Mónaco, Grimaldi, quedó libre del presidio español que
oprimía sus Estados desde el tiempo de Carlos V, y obtuvo que se le devolviesen
todos los bienes que en Nápoles y el Milanés se le habían confiscado; el duque
de Módena obtuvo que saliese de Correggio la guarnición que allí solía haber de
españoles. Sólo Portugal quedó en abandono de todos los aliados de Francia, y
eso en los protocolos, que en la realidad fué luego otra cosa. Hizo Felipe IV
este abandono, condición indispensable de la paz, no sin razón por cierto. En
vano el francés propuso los más ventajosos partidos, llegando hasta á
comprometerse á devolver á España todas las conquistas hechas en la guerra, con
tal que el reino de Portugal fuese reconocido como independiente. Felipe y D.
Luis de Haro fueron inflexibles en este punto, y Mazzarino tuvo que abandonar
Portugal á su suerte en el Tratado, declarando que lo hacía por no perpetuar la
guerra, pues era inevitable, de insistir en tal condición, el rompimiento de
las negociaciones. Sólo pudo recabar Luis XIV una amnistía completa para to[516]dos los que hubiesen intervenido en los sucesos de
Portugal, semejante á la que acababa de concederse á los catalanes, con tal que
viniesen voluntariamente á la obediencia. Lástima que tal empeño en recuperar á
Portugal no se hubiese puesto antes, y que luego no se hubiese llevado á cabo
con más acierto y fortuna. Por último, se pactó en el Tratado el matrimonio de
Luis XIV con la infanta Doña María Teresa, que era como la base y el sello de
todo; ajustándose al propio tiempo un convenio particular para las bodas, en el
cual la Infanta renunció completamente por sí y sus descendientes á la sucesión
de la Corona de España: renuncia que no tuvo efecto en adelante, y convenio que
sirvió para encender luego en España aquella larga y funesta guerra, que trajo
á un nieto de Luis XIV al Trono español.
Firmada y ratificada la paz de los Pirineos, y
hechos los truecos de plazas y satisfechas las más de las condiciones, se pensó
en llevar adelante el matrimonio. Vino el duque de Grammont á Madrid á pedir á
la Princesa; partió luego nuestro Rey con ella á la frontera francesa;
hiciéronse los desposorios en San Sebastián, representando el marqués del
Carpio y conde-duque de Olivares la persona de Luis XIV; entregóse la Princesa
á su marido en la raya de Francia, y allí mismo conferenciaron privadamente Felipe
y Ana de Austria. Solemne conferencia aquella de los dos hermanos separados por
tantos años, y, por tantos aún, irreconciliables enemigos. Uno y otro tenían
que referirse largos disgustos, causados los más por el vicio de la galantería,
que fué en Ana de Austria como en Felipe muy poderoso. Amada por Richelieu, por
Mazzarino y por mu[517]chos de los principales señores
de la Corte de Francia, despreciando á unos, correspondiendo á otros, y
engendrando con ésto y aquéllo despechos y envidias, puede decirse que en todas
las turbulencias que afligieron á Francia durante su Regencia, tuvieron muy
principal parte tales aventuras. Pero Ana tuvo bastante discreción para no
entregar por afición el Poder sino á un hombre de alta capacidad como
Mazzarino, y Felipe lo entregó á confidentes y terceros indignos de regir tan
gran Nación como España. Así ésta perdió tanto con Felipe; y Francia ganó tanto
con Ana de Austria. Harto diferente en costumbres de su padre y tía fué la
infanta Doña María Teresa, que dió España á Luis XIV en garantía de la paz.
Cuéntase que este Príncipe licencioso dijo al saber su temprana muerte: «es el
primer pesar que me ha dado». Separáronse las dos Cortes del Bidasoa, dejando
consumado un matrimonio que tan inmenso influjo había de tener en la suerte de
España. Á D. Luis de Haro, por la parte principal que había tenido en todos
aquellos sucesos, se le dió el título de la Paz, antes y después llevado por
otros.
Mas entre tanto que se continuaba y traía á término
la guerra con Francia, no estaba en abandono la de Portugal. Habíase puesto al
fin, después de diez y ocho años de inercia, la merecida atención en las cosas
de allá; pero fué tan tarde, que parecía todo inútil. Lo que había que hacer ya
no era una guerra de recuperación, sino de conquista; porque al cabo de diez y
ocho años el partido de España se había desvanecido del todo, los Grandes se
habían acostumbrado á obedecer á la nueva dinastía, el pueblo la amaba ya y la
miraba como suya, todas las fuerzas del Reino estaban reunidas en derre[518]dor del Trono y tenía este ya ejércitos de soldados
viejos, armada y alianzas muy fructuosas con Holanda, Inglaterra y Francia.
Estaban, pues, totalmente mudadas las cosas: y aun cuando el honor exigiese
continuar la guerra y hacerla formalmente, bien podía recelarse la inutilidad
del empeño.
Si nosotros hubiésemos gobernado bien aquellos
pueblos; si hubieran estado unidos con nosotros por vínculos de amor ó de
costumbres, como á pesar de todo lo estaban los de Cataluña; si aquéllos como
éstos hubieran caído bajo una mano extranjera ó tiránica que los oprimiese más
con menos derecho, habrían podido fundarse razonables esperanzas en el tiempo,
esperando que la rebelión se confundiese á sí misma. Pero Portugal no dejó de
considerarse apenas como extranjero: había sido, si no tan mal gobernado como
el resto de la Monarquía, bastante al menos para el vulgo, ignorante de los
altos intereses que conciliaba la unión, y los nobles, apasionados en sus
agravios, pudieron desear ardientemente el restablecimiento de las antiguas
cosas: había sido, finalmente, gobernado por el de Braganza, con dulzura y
prudencia, ya que no con grande acierto. La misma guerra que habíamos hecho en
la frontera, toda de saqueos, de robos y de exterminio, había acrecentado
sobremanera el odio de aquella nación á la nuestra, inclinándola más y más al
partido de la independencia.
Corría el año de 1658 cuando se imaginó hacer
contra Portugal grandes esfuerzos, y ya á esta sazón el duque de Braganza, Juan
IV, y su hijo Teodosio, eran muertos, sucediendo en el Trono D. Alonso, mozo de
estragadísimas costumbres y flaco juicio. Quiso Dios[519] que
ni aún esta incapacidad del nuevo Rey viniese en provecho de España; y eso por
causa de una española, que fué aquella funesta Doña Luisa de Guzmán, mujer del
duque Juan de Braganza y madre de D. Alonso. Era aquella mujer entonces quien
con más bríos llevaba el nombre glorioso de Guzmán: ella impulsó á su marido á
levantarse en el Trono, y ahora sostuvo en él su hijo cuando parecía que iba á
desplomarse. Así fué que aun el calor que tomó ahora la guerra, no partió tanto
de España como de la altivez y atrevimiento con que osó aquella dama amenazar
nuestro territorio. Juntando un ejército de hasta catorce mil infantes y tres
mil caballos, con veinte cañones y dos morteros, al mando de Juan Méndez de
Vasconcellos, uno de sus mayores privados y generales, emprendió el sitio de
Badajoz. Pareció increíble en Madrid el propósito, y se dudó por muchos días,
hasta que llegaron las nuevas de que las trincheras estaban abiertas y
estrechado el cerco. Metióse dentro de la plaza á abastecerla don Francisco Tuttavilla,
duque de San Germán, Capitán general de la frontera, con el Maestre de campo
general D. Diego Caballero de Illescas; eran el General de la caballería D.
Pedro Téllez Girón, ahora duque de Osuna, hijo del que llamaron el Grande, y el
General de la artillería D. Gaspar de la Cueva, hermano del duque de
Alburquerque. Comenzaron los portugueses por embestir el fuerte de San
Cristóbal á cierta distancia de la ciudad, de donde fueron rechazados por el
marqués de Lanzarote, D. Diego Paniagua y Zúñiga, que allí mandaba. El de San
Germán, logrando meter en la plaza hasta cinco mil buenos infantes, se salió
fuera á proporcionar el socorro, dejando por Gobernador al Maes[520]tre de campo Móxica. Acometieron furiosamente los
portugueses; pero los de dentro rechazaron todos los ataques y les obligaron á
convertir el sitio en bloqueo. Y en tanto en Madrid, cerciorada del caso
nuestra Corte, avergonzada del atrevimiento de los portugueses, y viendo que si
Badajoz caía en sus manos, podían penetrar sin estorbo hasta el corazón de
Castilla, se determinó acudir pronta y poderosamente al reparo. Hubo un
Consejo, en el cual no faltaron personas que opinasen porque el Rey saliese á
campaña, entrando en Portugal con el ejército; opúsose á ello el marqués del
Carpio, D. Luis de Haro, y más aún la propia indolencia del Rey; de suerte que
se desechó aquello que, ahora como antes, era lo más acertado.
Era D. Luis de Haro, aunque no mal intencionado,
como sabemos, celosísimo de su autoridad y receloso; recordaba que la salida
del Rey al ejército de Cataluña, fué de las mayores causas que hubo para que su
tío el Conde-Duque perdiera la privanza, y más que él tenía ya contra sí á la
reina Doña Mariana, como aquel tuvo contra sí á la reina Doña Isabel. Tales
motivos le hicieron opinar porque el Rey no fuese al ejército; y prevaleciendo
su parecer, se ofreció él mismo á acudir á la empresa, aunque nunca hubiese
andado en ejércitos ni entendiese de gobernarlos. Consintió el Rey en el
propósito del Méndez de Haro, y éste comenzó á toda prisa á juntar fuerzas; y
como no reparaba en los medios ni en la calidad de la gente, sacándola por
fuerza de los cortijos de Castilla, sin darla ninguna orden ni enseñanza,
pronto tuvo bajo sus órdenes hasta ocho mil infantes y cuatro mil caballos, con
los cuales se juntaron luego dos mil caballos que sacó de la plaza el du[521]que de San Germán para atender al socorro. Marchó este
ejército la vuelta de Badajoz; mas se encontró al llegar con que el enemigo, no
osando esperar, había alzado el cerco, hallándose tan disminuído que apenas
contaba ya con once mil combatientes. Entonces el del Carpio y Olivares,
achacando á propia gloria lo que era efecto de la buena defensa de la plaza y
de los padecimientos de los sitiadores, cobró alientos para pasar la frontera y
poner sitio á la plaza de Elvas.
Defendióla vigorosamente su gobernador Sancho
Manuel durante mes y medio, y dió tiempo á que con mucho trabajo juntasen los
portugueses nuevo ejército al mando del conde de Castañeda. Estaban las líneas
de Elvas regularmente fortificadas en cuatro cuarteles y sostenidas por algunos
reductos. Llegó á ellas el de Castañeda igual en infantería, menor en
caballería; pues sólo contaba con dos mil y quinientos jinetes, y las embistió
al alba de cierto día cuando los nuestros no esperaban que osase allí acometerlo,
y disputaban sobre si convenía ó no salir á esperarlo. Estaba todo tan mal
dispuesto, que mientras el grueso de la infantería campaba al costado
izquierdo, al costado derecho por donde se dejó ver el enemigo no había más que
veinte hombres en un gran fuerte y hasta ciento cincuenta más á tiro de
mosquete; en cambio, ostentábanse numerosos los escuadrones de caballería. Al
descubrir á los portugueses sobre las trincheras fué cuando se envió por
infantería; pero aún ésta no se había puesto en movimiento, cuando ya los
portugueses, arrollando fácilmente á los veinte hombres del fuerte, habían
tomado posesión de él y de todas las trincheras de aquella parte. En vano el
duque de San Germán, á[522] quien tocaba el puesto,
quiso defenderlo; no teniendo con quien, sólo logró que al primer encuentro lo
hiriesen de un mosquetazo en la cabeza con que lo derribaron. Acudió también el
de Osuna con la caballería; pero ésta era inútil para echar á los portugueses
de nuestros mismos reductos y líneas donde estaban situados. Entonces todo fué
confusión en nuestro campo; D. Luis Méndez de Haro, no bien oyó el estruendo de
la artillería, con proceder indigno de su noble raza, tomó la fuga
abandonándolo todo hasta los papeles del Ministerio; y aunque el duque de
Osuna, la Cueva, Móxica y los demás capitanes rechazaron en el costado derecho
á los portugueses y prolongaron por siete horas la pelea, no pudieron ya
mantener firmes sus escuadrones desconcertados, sin plan ni aliento, y tuvieron
que retirarse al fin con apariencias de fuga (1659), dejando en el campo la
artillería, bagajes y banderas, cuatro mil muertos y hasta dos mil prisioneros.
Debióse al valor del Maestre de campo D. Rodrigo Móxica que se pudiera salvar
alguna gente en escuadrón formado. El y Osuna y otros cumplieron largamente con
sus obligaciones.
Debió una rota de tal naturaleza hacer morir de
vergüenza al Ministro y de cólera al Rey; mas ni uno ni otro hicieron
demostración de cólera ó de vergüenza. El privado no cayó de la gracia del Rey;
y tanto fué así, que inmediatamente le nombró para hacer aquellas paces de los
Pirineos, donde anduvo, como dejamos dicho, no más acertado que en lo de Elvas.
Menos desgraciada que por la parte de Extremadura fué por la parte de Galicia
la campaña de 1659, y aun pudiera decirse que gloriosa. El marqués de Viana mandaba
por[523] aquella parte un pequeño ejército, que no
llegaría á cinco mil hombres, teniendo por Maestre de campo general á D.
Baltasar Pantoja y otros capitanes de cuenta á sus órdenes. Con estas fuerzas
pasó el Miño, no lejos de Valencia, y plantó del lado allá sus cuarteles. Y
habiéndole embestido el conde de Castel Melhor con fuerzas portuguesas, que
serían á poco más ó menos como las suyas, peleó dos veces esforzadamente,
principalmente la última, en que los contrarios fueron rotos y obligados á refugiarse
en las montañas de Coura. Diéronnos estas ventajas el castillo de Lampella,
situado en la misma ribera del Miño, que en pocos días capituló; luego la
importante plaza de Monzao, defendida valerosamente por los portugueses durante
cuatro meses de asedio, y, por último, Salvatierra y el fuerte de Portello,
tomado por sorpresa. Hizo el de Viana estas conquistas contra la opinión de la
Corte, que, asustada con el suceso de Elvas, le ordenaba la retirada. Pero no
bien se supieron en Madrid, para darlas más importancias y hacer olvidar lo de
Elvas, se restableció el antiguo Consejo de Portugal, suprimido ya por inútil,
así como si de nuevo tuviese que gobernar aquel reino. ¡Ridícula jactancia! En
tanto no se abrieron otras campañas, esperando á que llegase á España D. Juan
de Austria, llamado de Flandes después de la derrota de las Dunas, y tomando el
mando de un poderoso ejército nuevamente reunido, rematase de verdad la
conquista. Vana esperanza la que se edificaba sobre tal caudillo, que tan pocas
muestras había dado de ser el gran capitán que necesitaba la empresa; pero como
había asistido á la recuperación de Nápoles y Cerdeña, se juzgó que en Portugal
había de acompañarle la misma suerte.[524] Y como
anduviesen ya muy adelantadas las negociaciones de paz, se aguardó á
terminarlas para disponer de todas las fuerzas.
Al fin en 1661 se resolvió hacer el esfuerzo final
y supremo. Faltaba, como siempre dinero, y como tantas veces, se determinó
buscarlo alterando el valor de la moneda, no escarmentados los Ministros con
tantos desengaños. La alteración que ahora se imaginó fué la más extraña del
mundo; porque consistía en repartir en cuatro cada pieza de cobre de dos
maravedís, y darle valor de ocho á cada trozo, echándole la cuarta parte de
plata. Hízose la mezcla, perdióse en ella cantidad de plata, falsificóse al punto
mucha de aquella moneda, echándola en lugar de plata estaño, hubo la ordinaria
confusión y carestía, perdióse mucho y no se ganó nada; de suerte que se
prepararon las cosas de la guerra con la mayor escasez y penuria. Al mismo
tiempo la mala suerte de nuestras armas en los últimos años hacía pensar á la
sazón en la necesidad de reformar los ejércitos y mejorarlos antes de salir con
ellos á campaña.
Así como en otros tiempos hervían los arbitristas
financieros, proponiendo delirios y cosas que parecían de burlas, á no andar
escritas en libros serios, sin poner en olvido la Hacienda, dedicábanse ahora
los ingenios arbitristas á curar los males de la milicia española, pretendiendo
cada cual con sus consejos hacerla invencible. Mas no adoptándose ninguno de
los buenos pensamientos que por acaso se ocurrían, y afirmándose los errores
que venían destruyendo de mucho tiempo antes nuestra milicia, vino á suceder
que cada día tuviese España peores ejércitos.
El principal, destinado ahora contra Portugal, que
había de entrar por Extremadura al mando de D. Juan de Austria, con D. Diego
Caballero de Illescas por Maestre de campo general, D. Diego Correa por General
de la caballería, y Luis Poderico, el napolitano, y otros capitanes de nombre,
se componía de ocho mil novecientos infantes y cuatro mil novecientos caballos.
Mucha parte de los soldados eran alemanes, walones é italianos, traídos de
Flandes ó de Italia, ó levantados de nuevo en aquellas provincias y en
Alemania. Sólo en la caballería se hallaba número considerable de españoles,
porque en ella, contra el sentir de los antiguos capitanes y las antiguas
experiencias, se cifraba el nombre escaso de nuestras armas, perdido del todo
el de nuestra temible y famosa infantería. Era la causa de que hubiese ahora en
el ejército muchos extranjeros, que D. Juan de Austria, incapaz de comprender
las buenas y las malas cualidades del soldado español, y por lo tanto incapaz
de remediar las malas, achacando á los españoles la pérdida de batallas que él
con su torpeza había perdido, traía á éstos desacreditados en la Corte,
sustentando que no había en sus pechos bastante aliento, ni bastante robustez
en sus brazos para el ejercicio de las armas. Cosa increíble que tal hubiera
quien pensase de la nación que fué durante siglo y medio el terror del mundo
por solo el valor de sus armas; que hizo con sus almogávares temblar á
Constantinopla, conquistando la Grecia, que redujo á Sicilia, Nápoles y Cerdeña
por virtud del hierro y de la sangre de sus hijos, que contó entre sus soldados
á los de Hernán Cortés y á los del Gran Capitán, cuya infantería no halló gente
alemana que no devorase en[526] Rávena, ni
esguízaros que pudieran resistirla en Pavía, ni franceses en San Quintín, ni
suecos en Nordlinghen que supieran disputarle el campo. Y que tal se dijera
cuando apenas eran pasados veinticinco años de aquella última batalla tan
gloriosa, y donde tan alto y tan superior al de todas las demás naciones se
señaló el valor de España; cuando quedaba todavía alguno que otro soldado
heroico de aquellos que vencieron en gloria á sus vencedores mismos en los
campos de Rocroy. «Hijos espurios—exclama el marqués de Buscayolo, sabio
escritor y valeroso capitán italiano—; hijos—dice—espurios y monstruosos de
España, que miden los ánimos ajenos por su flaqueza, reprueban la suposición
fundamental de mis proposiciones con acusar de viles é impropios para armas tan
esforzadas sus nacionales. ¿Acaso estos últimos diez años han podido quitar las
inmemoriales, ingénitas y siempre continuadas leyes de la generosidad española?
No; que no obra tan precipitadamente la naturaleza. Son argumentos de la
ferocidad y menosprecio de la muerte que persevera en los ánimos españoles las
riñas y pendencias de las calles, pues ninguna nación las ejerce con mayores
bríos, particularmente con espadas y rodelas. Es necesario referir las
calamidades de la Monarquía á otras causas.»[21] Y
tenía razón el ilustre italiano, y bien pudieron ocurrírsele al D. Juan de
Austria las propias reflexiones al ver tanto valor mal gastado en este género
de combates, y tan poco empleado en las fronteras; y al ver cuán deshechos
andaban los antiguos tercios, cuán perdida la disciplina, cuán olvi[527]dado el buen concierto y arte de los ejércitos.
Generales como él, sin otra prenda que el valor de un buen soldado y el ser
hijo del Rey, capitanes elegidos, no en alguna escuela militar ó después de
largos servicios, sino buscados al improviso entre los fanfarrones y
acuchilladores de profesión de la corte, confundiendo el valor personal con el
conjunto de dotes y calidades necesarias para el mando, ó acaso tomados entre
los amigos y clientes de los cortesanos, sin tener para nada en cuenta su
aptitud ó capacidad, soldados sin instrucción ni práctica, enganchados en la
más vil chusma ó tumultuariamente recogidos en los campos de Castilla, no
podían componer ejércitos que sostuviesen el honor de nuestro nombre. Hubiéranse
restablecido las antiguas costumbres militares, la antigua honra, el antiguo
estímulo, la antigua severidad en repartir los empleos y en distribuir las
recompensas, y la infantería de España hubiera tornado á ser lo que fué, y en
vez de avergonzar á D. Juan de Austria por su flaqueza, hubiera debido él
avergonzarse de mandar con tan pocos títulos tan noble gente.
El segundo ejército de los destinados á recuperar á
Portugal se puso á la parte de Castilla. Dióse el mando al duque de Osuna, D.
Pedro Téllez Girón, con don Juan Salamanqués por Maestre de campo general. El
número pasaría de cinco mil infantes y mil caballos, una sexta parte soldados,
los otros paisanos de la comarca, quitados como se solía hacer, entre pastores
y villanos. El tercer ejército, que era el de la parte de Galicia, quedó como
estaba, á cargo del marqués de Viana, Capitán general de aquel reino, con la
misma gente ó poco más ó menos que tuvo en las anteriores[528] campañas.
Debía el primer ejército emprender la conquista, mientras los otros hacían
diversiones cada uno por su parte, sin meterse en grandes empeños. Juntóse
además una pequeña armada con los pocos bajeles que quedaban, cuyo mando se dió
al duque de Veraguas para que tomase la mar é impidiese los socorros, dando
calor á la par á cualquier movimiento favorable que pudiera declararse por
dentro del reino. Así dispuestas las cosas, se comenzó la campaña. Pero antes
Doña Luisa de Guzmán, espantada de tales preparativos, juzgándose
verdaderamente abandonada de las demás naciones por las paces de Munster y de
los Pirineos, propuso á nuestra Corte partidos de avenencia y concierto. Dicen
algunos que estos partidos no parecieron admisibles por muy soberbios; mas
otros afirman, por el contrario, que hizo proposiciones verdaderamente
humildísimas y demasiadas. Aveníase según éstos á reconocer al reino de
Portugal como feudatario de Castilla, pagando cada año por feudo gruesas sumas,
naves y gente de guerra. No siendo admitido, añádese que propuso otro más
ventajoso, y fué ceder á Castilla todo el reino, quedándose solo con el rincón
de Algarbe. Pero ni aun esto fué admitido; tanta se supone que era la confianza
que había en la reconquista, contentándose nuestra Corte con ofrecer que
devolvería á la casa de Braganza sus bienes y el Virreinato perpetuo de
Portugal.
No parecen probables tales propuestas de parte de
la esforzada Doña Luisa; y ello es que no tardó en renunciar á toda plática de
paz. Estaban los ingleses ya aliados con ella, y no tardaron en estrechar más y
más esta alianza por el matrimonio del nuevo rey Carlos II[529] repuesto
en el trono de su padre después de la muerte de Cromwel, con su hija Doña
Catalina; y los franceses, deseosos de quitarnos la fuerza de la unidad sin
acordarse de lo prometido en los tratados ni tener cuenta con los juramentos y
compromisos tan cercanos, vinieron á asegurarla bajo mano que no la
abandonarían nunca. Permitiéronla en seguida levantar regimientos enteros de
sus naturales cada una de estas naciones, enviándole á porfía oficiales y
dinero; Francia al mariscal de Schomberg, uno de sus mayores generales, para
que tomase el mando de las armas, con hasta doscientos oficiales y sargentos
veteranos que disciplinasen las tropas, cuatrocientos jinetes, y poco después
seiscientas mil libras de socorro; Inglaterra tres mil infantes, mil jinetes
veteranos y armas y bajeles. Bien que ésta última exigió en pago que se le
entregase á Tánger, como lo hizo en efecto la de Braganza contra la voluntad de
los vecinos; de suerte que tuvo que valerse de aleves medios, y entre otros el
de hacer caer en una emboscada de moros á los más de aquellos que resistían la
entrega.
Mal principio fué de las hostilidades el suceso de
la armada del duque de Veraguas, que fué destruída por una tempestad en las
costas de Andalucía antes de que pudiera hacer efecto alguno. D. Juan de
Austria en tanto con el ejército español entró en Portugal, rindiendo y
guarneciendo la pequeña plaza de Arronches. D. Diego Caballero recobró en la
frontera de Castilla la de Alconchel, y asoló la comarca por la parte de Zafra;
pero no se hizo más en aquella campaña por haberla comenzado muy tarde. En 1662
entró D. Juan á sangre y fuego por el mismo territorio. El ejército enemigo,
inferior en[530] fuerzas, no quiso venir á batalla,
y se mantuvo fortificado á vista de Estremoz, y D. Juan entró por fuerza, y
quemó á Villabom, tomó á Borba por asalto, y mandó ahorcar al Gobernador, y en
seguida emprendió el sitio de Xermeña. Esta plaza, muy bien situada en una
altura sobre el Guadiana, con buenas fortificaciones y guarnición, se defendió
esforzadamente; pero al cabo de muchos días de sitio hubo de rendirse á partido
sin que el conde de Marialva y Schomberg, que mandaban el ejército de los
contrarios, osasen, aunque lo amagaron y publicaron, intentar el socorro.
Viéronse aún en este sitio algunas muestras del
antiguo valor de los tercios de España. Dado un asalto general á la plaza, los
italianos llegaron á las fortificaciones y supieron mantenerse
valerosísimamente en ellas; pero los españoles no fueron tan afortunados, y
rechazados por el enemigo, después de un sangriento combate, tuvieron que
recogerse á sus cuarteles. Entonces, los Maestres de campo y capitanes de
nuestros tercios y los soldados mismos, llenos de vergüenza al ver que los
italianos hubiesen hecho más que ellos, rogaron á D. Juan que les dejase
repetir el asalto, y no al amparo de la obscuridad como solía ejecutarse este
género de empresas para aminorar el riesgo, sino á la luz del sol, donde
pudiera ser más público su desagravio y más peligroso el trance. Accedió D.
Juan á la súplica, y al rayar el sol en el mediodía, subieron nuestros tercios
al asalto, y á costa de muchísimas vidas, con gran valor y constancia se
alojaron en el mismo lugar que los italianos. Bizarría loable; pero lastimosa, porque
se perdieron muchos valientes cuyas vidas hubieran protegido las sombras, de
darse el asalto como co[531]rrespondía. D. Diego
Caballero asoló con su caballería, durante el sitio, muchos lugares de
enemigos, les causó infinitos daños, y rompió algunos de sus escuadrones.
Veyros, Fonteyra, Monforte y Azumar, cabeza del condado de D. Francisco de
Melo, ya difunto, vinieron á nuestro poder sin resistencia: el Gobernador de
Unguela, aunque hizo grandes alardes de fiereza, se dejó sorprender sin algún
esfuerzo; el de Ocrato se defendió valerosamente, y de orden de D. Juan fué
ahorcado como rebelde.
Dieron los frutos de esta campaña mayores ánimos
para la siguiente, y D. Juan de Austria, con hasta doce mil infantes, seis mil
caballos y veinticuatro cañones la comenzó por el sitio de la importante plaza
de Evora. El enemigo, con once mil infantes y más de seis mil caballos, número
poco más ó menos igual al nuestro, se acercó con el intento de hacer levantar
el sitio; pero cuando llegó á avistar nuestras líneas halló ya la plaza
rendida. Un trozo de españoles se apoderó casi al propio tiempo de Alcázar de
la Sal, á poca distancia de Setubal. Espantóse Lisboa, fué grande el terror en
todo el reino, y por un momento creyóse Portugal perdido, porque no había plaza
que oponernos hasta la misma capital. Entonces la de Guzmán dió orden á sus
generales de que nos diesen batalla á todo trance. Retirábase D. Juan á Badajoz
dejando ya guarnecida á Evora, no osando con ejército al frente igual en
fuerzas sitiar otra plaza, cuando orillas del río Degeba se encontró con los
enemigos y hubo un choque sin importancia, después del cual los nuestros
continuaron su retirada y los portugueses los siguieron ansiosos por venir á
formal batalla. No pudiendo excusarla don[532] Juan
se empeñó al fin no lejos de Estremoz, junto al lugar de Ameyxial, una hora
antes de ponerse el sol. Ocupaba nuestra infantería unas colinas por en medio
de las cuales corría un canal ó valle angosto; allí puso D. Juan la caballería
y detrás el bagaje, y al pie de las colinas de uno y otro lado del canal plantó
sus cañones. Atacaron primero los contrarios, y de una y otra parte se comenzó
á pelear ferozmente con notable ventaja de los enemigos, mas sin declararse del
todo la victoria, hasta que la noche que andaba tan cerca separó á los
combatientes. Pero al amanecer del siguiente día hallaron los portugueses por
suyo el campo; el ejército español había desaparecido. «Portugal en Evora, dice
un papel de aquel tiempo[22],
destruyó la flor de España, lo mejor de Flandes, lo lucido de Milán, lo
escogido de Nápoles y lo granado de Extremadura. Vergonzosamente se retiró S.
A., dejando ocho millones que costó la empresa, ocho mil muertos, seis mil
prisioneros, cuatro mil caballos, veinticuatro piezas de artillería; y lo más
lastimoso fué, que de ciento veinte títulos y cabos no escaparon sino cinco.
Germán y D. Diego Caballero ¿por qué huyeron dejando el estandarte de su
Príncipe?» Huyeron como huyó allí todo el mundo, porque estaba contra nosotros
la fortuna. D. Juan, aunque es cierto que no supo disponer las cosas como
capitán, se mostró pródigo de su persona, entrando pica en mano por los
enemigos á pie, porque ya le habían muerto dos caballos, y peleando largo rato
sin acordarse que ya casi nadie quedaba á su lado. Entonces debió arrepentirse
de haber fiado[533] tanto de extranjeros, porque de
ellos era, como dijimos, gran parte de aquel ejército que huía de los enemigos
en tan breve tiempo de pelea favorecido de las tinieblas; y los que allí mejor
pelearon, fueron los hidalgos y títulos de Castilla, muriendo ó sucumbiendo con
honra.
Dió al enemigo la victoria el valor de la veterana
infantería inglesa enviada en ayuda de Portugal, criada en los campos de
batalla de la revolución y en los sitios de Flandes. Su pérdida llegó á cinco
mil hombres, y recordando la poca duración de la batalla, espanta el gran
número de muertos de una y otra parte.
Al punto se rindió Evora (1663), y luego otros
lugares de los que poseían los nuestros, y á la siguiente campaña osaron los
enemigos sitiarnos á Valencia de Alcántara. La plaza era flaca por sus
fortificaciones, pero defendida por D. Juan de Ayala Mejía, capitán muy
valeroso, con buena guarnición de españoles, el cual hizo tan heroica defensa,
que mató en salidas y asaltos más de mil hombres á los enemigos, y se sostuvo
hasta que, falto de municiones y sin ser socorrido, tuvo que rendirse á
honrados partidos. Propúsose librar á esta plaza el General de la caballería D.
Diego Correa, mas no pudo lograrlo. Y en seguida, casi todos los puestos
pequeños que habíamos conquistado en Portugal, tuvimos que abandonarlos.
Mientras por la parte de Extremadura y el Alemtejo
se peleaba con tan poca fortuna, ofrecíannos las demás fronteras, mezclados con
tal cual ventaja, nuevos desengaños. El marqués de Viana entró por la parte de
Galicia en la provincia de Entre Duero y Miño y sitió la plaza de Valencia del
Miño; pero no pudo tomarla,[534] porque el conde de
Prado, que mandaba á los portugueses con igual número de fuerzas, no le perdió
un momento de vista, apostándose en las inmediaciones de su campo; dióle una
embestida en la cual logró desordenar nuestra caballería; pero fué rechazado
con pérdida, y, sin embargo, al cabo de algunos días fué preciso levantar el
cerco volviendo á Galicia. Sucedió en el mando de las tropas al marqués de
Viana el Arzobispo de Santiago, D. Pedro de Acuña, y por su orden tomó el
Maestre de campo, general Pantoja, á Castel-Lindoso, plaza bastante
fortificada; bien que se perdió á poco tiempo, sin que por aquel lado ocurriese
cosa notable. Mas activo el duque de Osuna, entró desde Ciudad-Rodrigo por la
provincia de Beira, se apoderó del fuerte de Valdemula por asalto, rindió el
castillo de Alberguería, y saqueó los pueblos del contorno, principalmente
Soto, Nava, Cuadra de San Pedro, Lajuncia, Malpartida, Vervenosa, Almosala y
Matadelobos, en la campaña de 1661. Vengóse el conde de Villaflor, D. Juan
Manuel, que mandaba la provincia de Beira por los portugueses, haciendo en las
tierras de Castilla mucho daño. Nada hizo el de Osuna en la campaña de 1662
sino tomar la villa de Escallón; pero en la siguiente no cesó de hacer
diversiones al enemigo. Intentó sorprender á Almeida por Escalada; y aunque no
pudo conseguirlo, como le embistiesen la retirada cerca de doce mil portugueses
que habían acudido tanto de aquella provincia como de la de Alemtejo y Miño, no
obstante que se hallaba con la mitad de fuerza, los rompió completamente con
mucha gloria suya y pérdida de los contrarios. Dióle aliento esta victoria para
emprender el sitio de Castel-Rodrigo. Llevó para la empresa tres mil quinientos
infantes, sete[535]cientos caballos y nueve cañones, é
iban en su compañía además de D. Juan Salamanqués, D. Antonio de Issassi,
Teniente general de la caballería, y el marqués de Buscayolo, que servía con no
menos valor que inteligencia. Salió de Almeida á estorbarles la marcha Jacobo
de Magalhaes con un buen trozo de caballos y algunos infantes; pero D. Antonio
de Issassi cerró con ellos de manera que los forzó á ampararse de nuevo en sus
muros; con esto se emprendió ya sin obstáculo el sitio de Castel-Rodrigo,
abrióse brecha, y se dispuso el asalto.
Entonces se vió un suceso digno, aunque tan
vergonzoso de ser puntualmente recordado, porque explica cual andaban entonces
nuestros ejércitos. Defendíanse muy flojamente los de la plaza, y tanto que con
solo algunos disparos de artillería y el fuego de nuestros tiradores,
desampararon la brecha dejándola libre y abierta. Comenzó á subir á ella el
Maestre de campo D. Juan Flores con su tercio castellano; mas al coronarla el
Maestre con sus oficiales, se encontraron con que así como por delante no veían
enemigos, tampoco veían á sus soldados que habían hecho alto al pie sin
atreverse á dar un paso. Llamáronlos á ellos los capitanes, pero fué en vano;
no pudieron conseguir de aquella vil gente que entrase por la brecha; y algunos
más determinados que comenzaron á subir para juntarse con sus oficiales,
huyeron bien pronto al ver reventar por allí cerca ciertas granadas disparadas
de nuestro mismo campo. Bramaban de vergüenza los oficiales, estimulaban á su
gente por todos los medios posibles; ruegos, amenazas, todo lo emplearon, y al
cabo de dos horas de inútil esfuerzo, tuvieron que ordenar la retirada sin[536] poder dar valor á aquellos villanos traídos de
repente á formar tercios desde sus rústicos y pacíficos ejercicios, ajenos al
pundonor de las armas y temerosos de un género de peligro enteramente
desconocido para ellos. No hubo tiempo para remediar aunque se pudiera tal
vergüenza, porque el Gobernador de Almeida, Jacobo Magalhaes, llegó al día
siguiente al socorro de la plaza con cuatro mil infantes y unos seiscientos
caballos y fué preciso levantar el sitio.
Á campo abierto nos esperaba mayor vergüenza
todavía. Provocónos el enemigo á batalla y fué preciso aceptarla. Formóse
nuestro ejército en lo alto de unas colinas que hacían un llano, donde podía
jugar cómodamente la caballería; el lado izquierdo apoyado en tres setos, y el
derecho inaccesible; por el frente corría un arroyo con un desfiladero capaz
solo de un hombre, y donde más de dos, para la subida. En esta conformidad no
podía dudarse de la victoria al parecer, porque la posición de nuestro ejército
era de las más fuertes. Embistió el enemigo nuestra izquierda con su
caballería, donde estaba el marqués de Buscayolo con buena manga de mosqueteros
al abrigo de los setos, y fué rechazado con gran rociada de balas. Entonces
rompió el fuego con su mosquetería, mas desde tan lejos, que no pudo ofender á
nuestros escuadrones. Sin embargo, no puede decirse que improviso temor ocupase
á los infantes castellanos; no hay palabra con que explicarlo. Como si les
hubiera dado orden de arrojar las armas y huir en oyendo la primera carga, así
se pusieron en fuga repentinamente y sin ocasión, atropellando á los oficiales
y cabos que quisieron detenerlos. La caballería, viéndose abandonada de la
infantería, desapareció[537] en un instante. Quedó
el de Osuna y quedaron todos los capitanes tan confusos como quien despertando
de un sueño profundo en que le parecía ver numeroso ejército, al abrir los ojos
se hallase solo. Y en tanto la caballería portuguesa cargó á toda rienda para
aprovecharse de aquella impensada victoria; quedó preso el Teniente general de
la caballería, D. Antonio de Issassi, con otros muchos oficiales y hasta
cuatrocientos soldados; los muertos y heridos no llegarían en todos á cien
hombres (1663). Perdióse la artillería, el bagaje y todo, principalmente la
honra, y dispersos y acobardados llegaron á Ciudad-Rodrigo los capitanes y el
resto de la gente.
Esta derrota y la de Estremoz costaron los empleos
á los dos Generales: á D. Juan de Austria se le admitió la renuncia que hizo
del mando del ejército, ordenándole que se retirase á Consuegra, y el duque de
Osuna fué también separado. Quejábase el primero de que no se le enviaba el
dinero y los recursos que necesitaba para la guerra, por artes de la reina Doña
Mariana, que mirando ya en él un enemigo para el día en que faltase su esposo,
no quería que ganase la gloria de la recuperación de Portugal. Y fuese esto
verdaderamente, ó fuese solo amor exagerado á su patria alemana, ello es que
mientras el ejército de D. Juan carecía de todo en Portugal, se enviaron al
Emperador grandes donativos de dinero para levantar tropas contra el turco que
amenazaba, según decían, entrar en armas en el imperio; y aún se obligó nuestra
Corte á enviarle diez y ocho mil hombres de socorro ó á dar bastante dinero
para levantarlos y mantenerlos en Alemania. Obligación necia, reprensible y
casi indigna de crédito, á no estar bien[538] atestiguada.
El duque de Osuna se quejaba de que se le hubiera entregado á tales juntas de
villanos sin dinero tampoco ni recursos, comprometiendo el crédito de su valor
y de su casa, y no tardaron sus quejas en ser castigadas condenándole á estar preso
y á pagar cien mil ducados de multa por las contribuciones indebidas que para
mantener su hambrienta gente había sacado de los pueblos; bien que fué
absuelto. Lleno de noble pundonor el de Osuna, pidió al Rey que pues era tan
desgraciado como General, le dejara servir con una pica entre soldados; mas no
se le permitió tampoco. Soldado muy valiente y señor muy amante de su patria
fué este duque de Osuna.
Llamóse de Flandes al marqués de Caracena, D. Luis
de Benavides y Carrillo de Toledo, para mandar el nuevo ejército que había de
formarse. Vinieron de Flandes é Italia los restos de los tercios viejos,
dejando aquellas provincias sin defensa apenas. Juntáronse cuantos soldados
había disponibles en la Península, y de todo se hizo un ejército de once mil
infantes, ocho mil caballos y diez y seis piezas de artillería; último ejército
temible que pudiese reunir por aquellos tiempos España. Por Maestre de campo general
quedó D. Diego Caballero de Illescas; mandaba la caballería española D. Diego
Correa, la extranjera el príncipe de Parma, Alejandro Farnesio, y un cierto D.
Luis Ferrer la artillería. Era el marqués de Caracena hombre de gran valor como
todos los capitanes que entonces hubiese en España, pero de más reputación que
talentos militares; habíase conducido medianamente en Italia, y luego en
Flandes se había opuesto á algunas de las disposiciones que nos habían sido tan
funestas; esto y la amistad de D. Luis[539] de
Haro, que mientras vivió no dejó de loarlo en la Corte, fué causa de que se
echase mano de él en tales circunstancias, mirándole como el salvador de la
patria.
No justificó ciertamente el de Caracena tales
esperanzas. Salió de Badajoz con su gente y fué á ponerse sobre Villaviciosa;
tomóse la ciudad, pero no el castillo; y cuando se trataba de la expugnación,
el marqués de Marialva y el conde de Schomberg que mandaban á los portugueses,
aparecieron determinados á hacernos levantar el cerco. No hubieron de
esforzarse mucho, porque Caracena, lleno de vanidad, deseaba tanto la batalla,
que solía decir que antepondría siempre la incertidumbre de ella á la cierta conquista
de Villaviciosa. Apenas avistó á los enemigos, contra el parecer de los más
expertos capitanes que opinaban que los esperase en sus posiciones, que eran
tales que no podían menos de proporcionarle la victoria, alzó el campo y fué á
encontrarlos. Hallólos cerca de un lugar llamado Montes-claros, media legua de
Villaviciosa, muy superiores en infantería, pues subía la suya á doce mil
hombres, cuando la nuestra con la que había quedado al resguardo de las líneas,
no pasaba allí de seis mil; inferiores en caballería. Pero tenían los enemigos
tomado ya tal puesto, que no pudo obrar nada nuestra caballería y solo la
infantería se arrojó al combate contra el número doble de los enemigos. No hubo
más que una descarga, y en seguida se arrojaron unos y otros á pelear pica á
pica. Componíase la infantería contraria de portugueses, franceses é ingleses;
la nuestra de italianos, alemanes y españoles, y de una y otra parte se peleó
con tanto furor, que los nuestros quitaron dos veces el puesto al enemigo, y
éstos por otras dos veces lo re[540]cobraron, hasta que
después de siete horas de pelea, viendo el de Caracena que iba consumiéndose
sin fruto su gente, ordenó la retirada. Hízola en muy buen orden, sin que los
enemigos, por miedo de su caballería, tan numerosa y casi intacta, osasen de perseguirle;
pero tuvo que abandonar casi toda la artillería por no poder arrastrarla, y la
mayor parte del bagaje. Dejamos cuatro mil hombres en el campo muertos y
heridos, no siendo mucho menor el número en los enemigos, y hartos prisioneros,
entre los cuales se contó el Capitán general de la caballería española D. Diego
Correa. Caracena con el resto del ejército se retiró á Badajoz (1665), desde
donde solicitó refuerzos, diciendo que el éxito de la batalla era tal, que de
enviárselos nunca había sido más fácil aquella conquista. Arranque de vanidad
ridículo, aunque fué verdad que los enemigos quedaron casi tan destrozados como
nosotros en la batalla.
Por los propios días salieron de Cádiz algunos
bajeles contra las costas portuguesas al mando del duque de Aveiro, uno de los
Grandes más poderosos de Lisboa que acababa de venirse á nuestro partido, y no
logró otro efecto que la conquista del islote de Berlinga, y la del fuerte de
Baleyers, siendo rechazado delante de Sagres. Se había pretendido formar una
armada respetable haciendo un tratado con cierto comerciante de Génova llamado
Hipólito Centurione, que por subido precio debía facilitarnos á punto de guerra
los bajeles; mas el Gobierno de aquella república no quiso consentir el
armamento, previendo ya las desdichas que había de acarrearle su fidelidad á
España.
Estos sucesos llenaron de profunda tristeza el
corazón de Felipe IV. Aleccionado al fin por la experiencia,[541] comprendió
que en Estremoz y Villaviciosa había perdido definitivamente el trono de
Portugal. Así fué que al recibir la nueva de esta última batalla, dijo con
acento doloroso: «hágase la voluntad de Dios», y cayó acongojado. Ya su edad de
sesenta años no le permitía desvanecer las inquietudes del ánimo; y asomaron en
él de pronto los desempeños y remordimientos de la vida pasada, más poderosos
que nunca. Si otras veces halló medio de olvidar las desdichas, si halló
placeres y deleites con que perturbar sus sentidos, ya el cansancio de los años
le ofrecía desnudo el dolor, al paso que le velaba el consuelo. En vano se
amontonaban á sus ojos los placeres. Corriendo el año de 1657 le dió el marqués
de Heliche una comedia en la Zarzuela que costó diez y seis mil ducados; hubo
luego una comida de mil platos. «Para que el gusano de seda no se muera al
encapotarse el cielo y echar bravatas así de los truenos como de los rayos que
arroja, el remedio único es tocar guitarras, sonar adufes, repicar sonajas y
usar de todos los instrumentos alegres que usan los hombres para entretenerse:
esto acontece con el Rey.» Tal decía, con harta verdad y menosprecio de Felipe,
el autor de los Avisos inéditos, D. Gerónimo de Barrionuevo.
Ni ya tenía queridas, ni tenía siquiera amigos. D. Luis de Haro, en quien puso
algo del grande amor que tuvo al Conde-Duque, depositando en él sus confianzas,
había muerto en 1661, y ni D. Baltasar Moscoso, Arzobispo de Toledo, ni el
duque de Medina de las Torres, ni el viejo conde del Castrillo, D. García de
Avellaneda, que se repartieron el despacho de los negocios después de la muerte
de Haro, llegaron tan adentro en su confianza que pudieran aliviarle como[542] él en aquellas horas de remordimientos y de
melancolía.
Acrecentóle esta no poco la conducta del hijo
primogénito de su último amigo D. Luis de Haro, que era el marqués de Heliche,
D. Gaspar de Haro y Guzmán, joven de harta más ambición que talento, de vida
desordenada y licenciosa, dado á maneras y costumbres extranjeras, y
despreciador de las nuestras, el cual, resentido malamente porque no hubiese
recaído en su persona la privanza del padre, ofreció por aquellos años una
prueba más de cuán puerilmente jactancioso fuera decir que la tierra de España
no hubiese criado hasta nuestra edad regicidas. Propúsose matar al Rey con
todos los de su séquito cuando asistiese en el teatro del Buen Retiro, del cual
era ó había sido director hasta entonces; y al efecto compró á precio de oro
ciertos asesinos que escondiesen debajo del pavimento un barril de pólvora para
ponerle fuego durante el espectáculo. Logrado por los asesinos el poner á punto
el barril, todo lo demás era de ejecución no ardua; de modo que sin duda
hubiera llegado á término la trama, á no descubrirla uno de los iniciados en
ella. Fueron al punto presos todos los culpables, y, averiguado el caso,
pagaron con la vida su crimen algunos de ellos. Pero el Marqués, que era el más
criminal de todos y el que mayor castigo debía tener, no padeció otra pena que
la de estar detenido algunos meses, porque el Rey, más aquejado de dolor que de
cólera, le perdonó en memoria de su padre (1663). El Marqués agradecido, y
avergonzado, se fué al ejército, sentando plaza de soldado particular, donde
con gloriosos servicios lavó algo la mengua que había hecho recaer sobre su
persona el[543] haber intentado tan gran crimen por
tan liviano motivo[23]. Mas el
Rey que había visto contra sí la sangre de su amigo y que en pocos años había
mirado tramarse dos conjuraciones contra su vida en la nación más amante de sus
Reyes que hubiese habido en el mundo, tuvo ocasión de contemplar claramente y
de llorar con muy amargas lágrimas el triste estado á que habían traído los
ánimos y voluntades de sus vasallos los desórdenes y liviandades de su tiempo,
en que él, ó por lo que toleró ó por lo que hizo, había tenido harta parte.
Ofrecierónsele por los mismos días otras ocasiones
de mirar que si él había perdido en el respeto y amor de los vasallos, no había
perdido menos en el respeto y consideración del mundo; y de que si decaídas
dejaba las virtudes dentro del reino, no dejaba menos decaída la fama por
fuera. Era cuando heredó el trono todavía el primer príncipe de la tierra, y
apenas podía ya contarse entre los segundos; mortificación para él, tan
orgulloso, muy horrible. Hemos visto antes con qué artificios indignos logró Cromwell
que el séquito de un Embajador francés pasase por delante del séquito del de
España. Después de tal acaecimiento, los Embajadores españoles en Londres, no
contando con la buena voluntad de aquella Corte, se abstuvieron de enviar
coches y séquito á ninguna de tales ceremonias, y como se declarase poco
después la guerra entre Inglaterra y España, no acabándose hasta 1660, en que
muerto Cromwell, subió Carlos II al trono de sus mayores, tampoco hubo muchas
ocasiones de que tal abstención se notara. Pero no bien restablecido Carlos II,
hallándo[544]se en Londres por Embajador nuestro el
barón de Batteville, ocurrió la entrada de otro Embajador. Había concertado, á
lo que parece, Batteville con el conde de Soissons, primer Embajador francés,
con quien concurrió en aquella Corte, que tendría la preferencia el primero que
llegase á la ceremonia, retirándose el otro; mas el conde de Estrées que
sucedió al de Soissons, no quiso pasar por tal concierto y anunció su propósito
de tomar la delantera. Entonces Batteville, ofendido, y no queriendo ceder á la
imperiosa pretensión del francés, envió su séquito á la recepción del Embajador
sueco, preparado para cualquier accidente. Los tirantes de los coches dispuso
que fuesen cadenas de hierro, y los cocheros y lacayos todos iban armados.
Llegados así á la ceremonia, los cocheros del conde de Estrées movieron sus
caballos á pasar por delante de los de Batteville; pero los cocheros y lacayos
de éste se arrojaron sobre los franceses, hirieron y mataron á algunos,
desjarretaron sus caballos, cortaron los tirantes de sus coches, y luego
tomaron el puesto que les correspondía. No bien supo el suceso el joven Luis
XIV, cuando lleno de ira mandó salir de París el conde de Fuensaldaña, nuestro
Embajador, llamó al suyo en Madrid, prohibió el paso por el reino al marqués de
Caracena que venía de Flandes, y exigió imperiosamente de nuestra Corte que
reprobase la conducta de Batteville y declarase que los Embajadores de Francia
debían tener la preferencia sobre los de España.
Ofendióse justamente de la demanda la soberbia
española, y entonces se hubieran celebrado los funerales á la paz de Irún ó de
los Pirineos, á no hallarnos tan desprovistos de todo para comenzar de nuevo la
gue[545]rra; pero cabalmente por entonces la retirada
funesta de Evora nos traía más miserables que nunca. Hubo que ceder, y cedió
Felipe IV con lágrimas en los ojos, separando de Londres al barón de Batteville
en castigo de su entereza, y enviando á D. Gaspar de Teves, marqués de la
Fuente, á París, para que delante de toda la Corte y de los Ministros
extranjeros declarase que España no disputaría la prioridad á Francia. Batieron
los franceses una medalla representando aquella declaración para nosotros tan
humillante[24] y
en Londres para evitar nuevos choques se abolió la costumbre que dió origen á
tales reencuentros. Poco antes de morir Felipe IV se estipuló también entre
España y Holanda que cuando se encontrasen buques de las dos naciones en los
mares, arriasen á un tiempo la bandera, y que todo fuese igual para ambas
potencias, perdiéndose hasta aquella demostración y reconocimiento de
superioridad, que era lo único que nos quedaba ya de nuestro antiguo señorío.
Nueva humillación que tuvo que llorar Felipe y aún mayor que otras, por ser de
gente que tanto había despreciado.
No tardaron en faltarle las fuerzas del cuerpo como
las del alma; y el sentir la muerte tan vecina, y el contemplar el mal Gobierno
que para colmo de todas las desdichas dejaba en la Monarquía, precipitaron
todavía más sus pasos hacia el sepulcro. Muertos los príncipes D. Baltasar y D.
Felipe Próspero, no le quedaba más heredero que el príncipe D. Carlos, el cual,
sobre criarse muy enfermizo, no llegaba aún á los cuatro años de[546] edad. Su joven esposa, Doña Mariana de Austria,
que por su muerte había de entrar interinamente en el Gobierno del reino,
dejaba ya entender harto á las claras las faltas que se le notaron más tarde.
Mirábala ya entregada á su confesor, el padre jesuíta alemán Nithard, sin hacer
otra cosa que lo que él le aconsejase; mirábala en pugna con D. Juan de
Austria, hombre que, con ser pequeño como era, todavía podía considerarse como
el más importante que hubiese en la Monarquía; sabía y temía la ambición y la
soberbia de éste, y que no había de llevar á bien el Gobierno de la Reina madre.
Si á ésta la dejaba con el Gobierno, preveía que España sería gobernada por un
jesuíta extranjero, y si lo dejaba en D. Juan, no podía estar del todo seguro
de su fidelidad al tierno Infante que encomendaba á su arbitrio. Por todas
partes iguales peligros, por todas partes grandes daños. No pudo resistir
Felipe á tantos y tan diversos pesares; el único servicio que ya podía hacer á
la Monarquía era prolongar por algunos años su vida, ahorrándola una minoría
desastrosa y el reinado de aquel fatal jesuíta; y esto no tuvo bastante aliento
en el alma, ni fuerzas en el cuerpo para que pudiera suceder. El día 15 de
Septiembre de 1665 rindió al Criador su espíritu, y terminó su infeliz reinado,
que había durado cuarenta y cuatro años, con estas lastimeras palabras
encaminadas á su hijo, que no podía comprenderlas todavía: «Dios os bendiga y
haga más dichoso que yo.»
En su testamento nombró por heredero á aquel único,
varón que le quedaba de matrimonio, llamando al Trono á falta de su
descendencia, á la infanta Doña Margarita y á sus descendientes; en falta de
éstos á los hijos y descendientes de la augusta Emperatriz Doña María,[547] su hermana, con las mismas condiciones y
precedencias dispuestas en la sucesión de sus hijos; en falta de éstos á los
hijos y descendientes legítimos de la infanta Doña Catalina, su tía, duquesa de
Saboya; y excluyó á los descendientes de la Reina de Francia Doña María Teresa,
su hija, con estas palabras: «Queda excluída la infanta Doña María Teresa y
todos sus hijos y descendientes varones y hembras, aunque puedan decir ó
pretender que en su persona no corren ni pueden considerarse las razones de la
causa pública, ni otras en que se pueda fundar esta exclusión; y si acaeciere
enviudar la serenísima Infanta sin hijos de este matrimonio, en tal caso quede
libre de la exclusión que queda dicha y capaz de los derechos de poder y
suceder en todo.» ¿Quién había de decir entonces que de tantas personas y
líneas llamadas á la sucesión del Trono solo había de venir á ocuparla aquélla
tan terminantemente excluída por las antecedentes palabras?
Decidióse también el Rey á nombrar por tutora del
Príncipe y Gobernadora del reino, durante la menor edad de éste, á su esposa
Doña Mariana, asistida de una junta ó consejo de gobierno, el cual había de
componerse del Presidente del Consejo de Castilla, que era á la sazón el conde
de Castrillo, del Vicecanciller de Aragón, que lo era el jurisconsulto D.
Cristóbal Crespí de Valdaura, del Arzobispo de Toledo, primado del reino, que
lo era el cardenal Sandoval, del Inquisidor general, que lo era el cardenal D.
Pascual de Aragón, ó los que sucediesen en tales puestos, y además, por la
clase de Grandes, del marqués de Aytona, y por el Consejo de Estado, del conde
de Peñaranda. Con esta junta se pretendía acaso evitar que la regencia de la
Reina[548] fuera tan fatal como se preveía; pero no
bastó por cierto, como hemos de ver adelante.
Tales fueron los hechos de Felipe IV, á quien llamó
el Grande la lisonja vil del conde-duque de Olivares; díjose de él con donaire,
y no falta quien suponga que lo dijo él mismo en época de amargura y desengaño,
que no fué grande sino á manera que lo son los agujeros de la tierra, que
mientras más se arranca de ellos, mayores son.
Cuéntanse hasta cuarenta batallas perdidas por él,
y sin duda fueron tantas ó más las que consumieron nuestra sangre sin gloria ni
ventaja. Las pérdidas de territorio fueron inmensas, añadiéndose algunas en los
últimos años á las que ya hubo en tiempo del Conde-Duque. El ejército lo dejó
reducido en toda la Península á veinte mil soldados, y esos sin instrucción ni
pundonor, cuadrillas de holgazanes y forajidos, más bien que no escuadrones y
tercios. El nombre de la infantería española no se conservaba
más que para designar con él, tan noble y respetado antes, á la vil turba que
en los patios de los teatros se ejercitaba en silbar ó aplaudir comedias; y, al
compás que se agotaban los soldados, desaparecían los Generales y capitanes.
Durante todas las campañas de este reinado se oyeron sonar en los ejércitos y
batallas los antiguos nombres favorecidos de la fortuna y de la gloria; pero no
ciertamente para hallar nuevos favores ni acrecentarse en esplendor y grandeza.
Ejército mandó un duque de Alba en Portugal, y fuera mejor para su nombre
glorioso que no lo mandara, y más allí donde tan alto lo había dejado su grande
abuelo; ejército mandó allí mismo un duque de Osuna, diferente también del que
mereció el títu[549]lo de Grande; ni el D. Juan de
Austria de ahora era el de los días de Felipe II; ni fué el Colona que se halló
en Cataluña semejante á aquellos otros valerosos y experimentados compañeros
del Gran Capitán; ni tuvo que ver el Alejandro Farnesio de Portugal con aquel
ilustre de Flandes; ni los Dorias y el marqués de Santa Cruz eran marinos
invencibles como sus padres. Guzmanes y Zúñigas primero, luego Toledos,
Benavides, Ponces de León y Haros, al paso que perdían á la nación en el
gabinete, la deshonraban en los campos de batalla, principalmente aquellos
Guzmanes á quienes el mismo rey D. Felipe contaba por los enemigos más funestos
que en aquel siglo hubiese tenido España, poco antes de su muerte. Guzmán, era
el Conde-Duque; Guzmán la duquesa de Braganza; Guzmán el vil marqués de
Ayamonte; Guzmán el de Medinasidonia; Guzmanes se hallan entre todos los que
saquearon el tesoro y huyeron en las batallas y perdieron reinos. Sólo un
Guzmán, el marqués de Leganés, á pesar de sus faltas, sirvió bien á la
Monarquía.
Á la par que éstos, se hallaron en poder é
influencia casi todos los nobles de otros tiempos, porque los favoritos han
sido siempre nobles. Ya no los contenía la venganza de Fernando V, ni los
oprimía el brazo de Felipe II; pero no por eso daban altas muestras de sí, á no
ser en rarísimas personas, ni reconquistaban ninguno de sus antiguos derechos
políticos. Si iban á los ejércitos, no era por deber ó gloria, sino por los
sueldos y comodidades; por poseerlos y disfrutarlos se disputaban los destinos
públicos, sin consultar si la capacidad propia basta ó no para desempeñarlos;
ninguno entendía servir á la patria, sino servirse á sí propio. Veíanse[550] también aparecer títulos nuevos; personas de
humilde ó mediano nacimiento llegar á ser contados entre los Grandes; y los
hábitos de las Ordenes militares sacados á pública subasta, y las ejecutorias
de hidalguía vendidas á precio de pequeños servicios, acabaron de echar por
tierra los cimientos de la verdadera aristocracia, al paso que se acrecentaba
la vanidad general, tan pueril y tan funesta. Esta pasión de la vanidad todo lo
invadía ya, de suerte que no había quien no se creyese apto para todo; unos
mismos hombres gobernaban indistintamente los ejércitos y la hacienda, y
fallaban litigios en los tribunales, y asistían á los consejos del Rey, y
componían tal vez en los ratos de ocio entremeses y comedias. La codicia corría
parejas con la vanidad. Cargábase en cada plaza y en cada ejército doble número
de gente de la que había; abastecíanse á gran costa las fortalezas y armadas, y
luego se hallaba que ó los bastimentos no llegaban á entrar nunca en ellas, ó
se vendían á buen precio. «Por cuyo engaño, decía en aquel tiempo el buen
Estebanillo González, se perdieron muchas victorias y se malograron muchas
ocasiones; que de ello pudiera decir acerca de esto y de otros sucesos que han
pasado y pasan de esta misma calidad, no sólo á patrones de galeras, sino á
Gobernadores de villas y castellanos de fortalezas, y á municioneros y
proveedores, en quien puede más la fuerza del interés, que el blasón de la
lealtad.»
Vendíanse hasta las municiones de las plazas y de
los bajeles; y los capitanes de las compañías buscaban algunos truanes en los
lugares donde estaban, que el día de la revista asistiesen como soldados, para
fingir gran número, y no llevar consigo más que la mitad del que[551] cobraban. Así la Corte disponía que se
acometiese una empresa fiando en que ya había fuerzas para ella; declarábanla
por bastante los documentos y partes de los Generales, y luego se malograba
porque en el trance de la batalla éramos siempre menos numerosos que los
enemigos. Á la par desaparecía lastimosamente la antigua honra del nombre
español; no se vió en tiempo de Carlos V ni de los dos primeros Felipes capitán
ó soldado que vendiese su puesto al enemigo, y ahora comenzaron á verse de
ellos ni más ni menos que en las otras naciones. En tanto la población del
reino, disminuída constantemente, desde el tiempo de los Reyes Católicos,
quedaba ya reducida á cinco millones y medio de almas, esparcidos por los
anchos territorios de Aragón y Castilla. Y dependiendo solamente el comercio y
la hacienda del caudal de las flotas de América, como no había marina que las
escoltase, ó no llegaban, ó llegaban tarde á nuestros puertos, robadas y
perseguidas siempre, ya por las escuadras de las potencias enemigas ya por
piratas de todas las naciones, que alentados con la impunidad y el cebo de la
ganancia segura, salían á buscarlas por todos los mares.
Con el nombre de hermanos de la costa ó
filibusteros, llegaron los piratas á atacar brazo á brazo nuestras flotas
haciendo desembarcos en Tierra Firme; y se apoderaron del islote de la Tortuga,
al Norte de Santo Domingo, estorbándonos desde allí la navegación de aquellos
mares. Señaláronse entre tales piratas el francés Pedro Legrand, el holandés
Juan David, los ingleses Mansfeld y Scot, y un mestizo de Nueva España llamado
Diego el Mulato, al cual propuso nuestra Corte con harta afrenta, hacerlo
Almirante de España, con[552] crecido sueldo y
perdón de sus innumerables crímenes con tal que viniese á nuestro servicio. No
dejaban los argelinos de recoger las naves que libraban bien de los Hermanos
de la costa, apresándolas luego en nuestras mismas aguas; y en tanto se
pedían naves de limosna á Génova, se alquilaban á los holandeses, y el conde de
Castrillo, D. García de Avellaneda, siendo Presidente del Consejo de Hacienda,
declaraba que era preciso renunciar á tener armada.
La justicia andaba tan perdida como lo demuestra el
caso escandaloso de D. Antonio de Amada, que en 1654 horrorizó á la Corte. Era
éste criado del marqués de Cañete, y por su bizarría y buenas partes muy
querido de todos. Aconteció que el Marqués golpease á la mujer de uno de sus
lacayos, porque quiso impedirle que hiriese á su marido. Ofendido éste
determinó matar al Marqués, y ya anochecido al bajar las escaleras,
escondiéndose detrás del D. Antonio de Amada, le disparó una estocada de que
quedó muerto, huyendo él al punto. Fué preso Amada, y aunque protestó de su
inocencia hasta lo último, fué condenado á muerte sin oirle en derecho.
Hallábase con órdenes menores, y lo reclamó la justicia eclesiástica; pero no
oyéndola, en el momento de ejecutarse el suplicio, envió el Cardenal Arzobispo
de Toledo, con licencia del Rey, cuadrillas de frailes y de criados que robaron
al supuesto reo llevándolo á casa del Prelado. No tardó la justicia ordinaria
en forzar la casa de éste y llevarse al reo de nuevo ejecutando al cabo de una
semana la sentencia. Todos los Grandes acudieron á favorecer al verdugo, porque
con la muerte del de Cañete cada cual temía por su vida, principalmente
habiendo habido un cochero que[553] respondiese por
aquellos días al duque de Pastrana «que todos eran hombres y que cada uno se
tenía por hijo de su padre», palabras y temor que ha conservado Barrionuevo[25] y
que bien muestran lo que era por entonces la grandeza, y el estado que
alcanzaban los plebeyos. Estos, excitados por los clérigos, estaban de parte de
Amada y hubo que desterrar á muchos y aun al mismo Cardenal que se negó á
cumplir la orden. Temíase un conflicto entre la grandeza y el clero donde
hubiera que llegar á las armas, cuando un suceso inopinado vino á llenar á toda
la corte de espanto. El lacayo que había muerto al de Cañete estando á punto de
morir de heridas, que se ocasionó en la fuga, declaró que D. Antonio de Amada
era inocente, y que él era el culpable. La vergüenza y el dolor del Rey fueron
grandes; el escándalo tal, que en mucho tiempo no se trató de otra cosa en la
corte. Por los mismos días el Condestable de Castilla mató á un criado suyo, é
hizo armas contra un alcalde de Corte, y el suceso fué venir á quedar sin
castigo, porque ni siquiera cumplió el corto destierro que se le impuso. Tal se
entendía entonces la igualdad sagrada de la justicia.
Si volvemos los ojos á las Cortes de los reinos,
tampoco hallaremos consuelo alguno. Reúnense periódicamente las de Castilla;
pero continúa en ellas sólo el brazo popular, y éste es impotente para hacer
prevalecer sus determinaciones. Mejoróse su constitución en los primeros años
de Felipe IV, logrando de este Monarca que no continuase el abuso introducido
por los antecesores de nombrar ellos los procuradores de las[554] ciudades,
con que desaparecía completamente la representación del reino. Todavía, durante
este reinado, se vieron sus derechos subsistentes y respetados: todavía sin
votarse en ellas no se cobraron impuestos, y aun en 1632 osaron negar al Rey el
dinero que pedía. Pero el Conde-Duque halló medio de reprimir aquellas
centellas de libertad é independencia como á su tiempo dijimos, reconociendo en
los procuradores la facultad de conceder tributos por sí propios, sin venir
autorizados de las ciudades. Así, ganados ellos, todo se lograba; y en adelante
no hubo más resistencia.
Poco resistieron también las de Aragón, aunque á la
verdad menos solicitados y gravados sus reinos que Castilla. Valencia fué más
indócil, y sobre todo Cataluña. Pero la libertad de las Cortes en estas últimas
provincias, y sobre todo en Cataluña, lejos de ser favorable á la nación, fué
tan funesta como atrás hemos visto. Ajenas las Cortes en esta provincia á toda
idea nacional, mirando sólo su particular conveniencia, no lograron su
resistencia á los despilfarros del Rey, sino que los pagase sola Castilla, y
aún que Castilla atendiese sola á la defensa de todos. Luego estas mismas
Cortes contribuyeron á tan lastimosos levantamientos que pusieron á punto de
perderse del todo la Monarquía. La falta de libertad en los unos, y en los
otros la libertad sobrada, no habiéndose conservado en todos una libertad
razonable; el no haberse preferido la unidad nacional á cualquiera otra
ventaja; los males del provincialismo; las desventajas de la desunión de nobles
y plebeyos en Castilla, y de que aquellos careciesen de representación é
influjo en las Cortes; todos los errores en fin de nuestra organización
política, no co[555]rregidos por Fernando el Católico,
por Carlos V, ni por Felipe II, salieron ahora á la faz de la nación. ¡Cuántas
lastimosas consecuencias debían preverse! Guerras civiles, desconcierto,
impotencia, todo se toca ahora, y de todo hay que acusar á Felipe IV y sus
Ministros. Eran males escondidos en el seno de nuestra organización política;
pero las torpezas de aquellos hombres los exacerban y los suscitan, y aunque no
los producen, los hacen nacer. Hacemos estricta justicia. Tampoco ha de
contárseles por únicos responsables en el mayor mal que hubieran producido la
intolerancia religiosa y el rigor de la Inquisición, que era la ruina
intelectual de España. Ni esta ruina, ni siquiera la decadencia, se conocieron
en los primeros años de Felipe IV. Dijimos ya en tiempo de Felipe III, que todo
el poder intelectual de la nación se había consagrado á la literatura: esto se
vió más y más en el reinado que acabamos de narrar, hasta que le tocó también á
la literatura la hora de la decadencia.
La afición del Rey y de la Corte á las comedias,
hizo que fuera este género de literatura el que más alto llegase; de modo que á
calificar por una sola cosa este reinado, así como el de Felipe III puede
decirse que fué de frailes y de monjas, de éste hay que decir que fué de
cómicos y comedias. Jamás en tiempo ni en nación alguna se ha cultivado con más
entusiasmo y más talento el arte dramático que en España y en el reinado de
Felipe IV. Catorce años le duró la vida á Lope de Vega, después de muerto Felipe
III, y en todo este tiempo no dejó de componerlas; de suerte que su nombre va
también unido al de Felipe IV. Calderón fué ya todo suyo, y Tirso y Moreto y
Rojas y el corcovado[556] Alarcón escribieron para
su placer y el de su Corte, La vida es sueño, El desdén con
el desdén, El Burlador de Sevilla, D. Juan Tenorio, García
del Castañar y La verdad sospechosa, obras inmortales. Á
la par de estos ingenios de primer orden, cuyas obras andan en bocas de todos,
brillaron Luis Vélez de Guevara, y Montalbán; hizo Guillén de Castro el
original del Cid; la Hoz y Mata escribió su Castigo de la
miseria; Diamante su Judía de Toledo; Solís sus obras
dramáticas que eclipsaron más tarde el mérito singular de sus páginas
históricas; D. Fernando de Zárate y el judaizante Enríquez Gómez las suyas, ya
sean dos ellos, ya sea una propia persona; y florecieron Cubillo y Mira de
Mescua, Matos Fragoso y D. Antonio de Mendoza, Belmonte y Leiva, si no con tan
grande ingenio como los primeros, dignos todavía de admiración y aplauso. Y aun
el catálogo dramático no está terminado, porque detrás de los poetas de primero
y segundo orden, aparecieron otros no despreciables todavía: Villaizan, á cuyas
comedias asistía siempre disfrazado Felipe IV, tal era la estimación en que las
tenía; Zabaleta, el primero que escribió artículos de costumbres, ingenioso en
ellos, penoso en sus reflexiones y escritos morales; el novelista Salas
Barbadillo, funesto en la poesía épica, y no muy aventajado en la lírica; D.
Alonso del Castillo Solórzano, también novelista y bueno, no así poeta, aunque
algunas de sus novelas estén en verso; y Coello y los Herreras, D. Jacinto y D.
Rodrigo, los hermanos Figueroas, D. José y D. Diego, Jiménez Enciso, D.
Gerónimo Cáncer, que pudiera llamarse medio poeta, pues no escribió obras sino
de por mitad, Villaviciosa y Avellaneda, su colega en componer comedias; Vélez[557] el hijo, la célebre monja de Méjico, sor Juana
Inés de la Cruz, Monroy, un cierto maestro León harto distinto del gran lírico
en mérito y fama, Muget y Solís, Matías de los Reyes, y el doctor Felipe
Godínez, más dado que á las humanas á las comedias religiosas.
En éstas se emplearon también, el maestro José de
Valdivieso, no mejor dramático que épico; el trinitario fray Hortensio Félix
Paravicino, predicador de Felipe IV, hombre no falto de talento, pero de
deplorable gusto é ingenio, que hacía las delicias de la corte en sus sermones,
y la desdicha de todo el mundo en sus comedias; los jesuítas Céspedes, Calleja
y Fomperosa, y una multitud de frailes caballeros, anónimos y poetas aprendices
ó perversos, indignos de memoria. Mas no es de olvidar entre ellos el nombre de
Luis Quiñones de Benavente, que pretendió resucitar en España la ditirámbica
imitación de Aristóteles, uno de los cuatro géneros en que está dividida la
imitación poética: la cual consistía en juntar en una misma pieza, verso,
música y baile. No podía ser la presentación más alta; pero ni aun el nombre ni
la materia de sus obras correspondieron con ella, y sólo fué autor de bailes,
entremeses y sainetes, en cuyo género de escribir le acompañaron Cáncer y
Avellaneda y algunos otros de los escritores menos estimados de la época.
También escribió comedias y medias comedias D. Francisco de Quevedo, y como en
otra parte decimos, no falta quien suponga que las escribía el propio Monarca
bajo el título de un ingenio de esta corte, bien que este género de
anónimos fuese entonces empleado de muchos.
Con tales poetas y comedias no podían menos de ser[558] muchos y buenos los comediantes[26].
Señaláronse desde los fines del reinado de Felipe III hasta la muerte de Felipe
IV, aquella María Calderón, en quien tuvo el príncipe á D. Juan de Austria; la
Baltasara, que purgó sus libertades de cómica con penitente y solitaria vida;
la hermosa Josefa Vaca y su marido Alonso Morales, llamado el príncipe
de los representantes; los dos Olmedos, padre é hijo, hidalgos é
infanzones; el desvergonzado Juan Rana, encanto por sus gracias de la corte;
Roque de Figueroa, el Néstor de los cómicos; María Riquelme, notable por haber
sido virtuosa en las tablas; Bárbara Coronel, mujer varonil, célebre en
aventuras y costumbres impropias de su sexo, homicida á lo que se cree de su
esposo; Eufrasia de Reina, casada á un tiempo con dos maridos; la famosa Amarilis María
de Córdoba; el noble caballero D. Pedro de Castro; Sebastián del Prado, que fué
con la infanta Doña María Teresa á París, y durante mucho tiempo representó
allí comedias españolas con grande aplauso y ganancia, y otros innumerables
hidalgos, clérigos, frailes y personas de toda condición y estado, aficionados
á tal género de vida, donde la piedad del siglo no extendía sus tiránicas
leyes, ni clavaba la Inquisición, tan severa contra los libros y las ideas, su
garra sangrienta.
Y todavía hay que añadir que así como al Rey se le
encuentra entre los poetas dramáticos, á las Princesas españolas es preciso
contarlas entre las cómicas de su época. Por el mes de Mayo de 1622 se
representó en los jardines de Aranjuez una comedia fantástica del[559] conde de Villamediana titulada: La
gloria de Niquea; labrándose teatro de madera y telas á mucha costa.
Asistieron el Rey, los infantes D. Carlos y D. Fernando y gran concurso de
cortesanos; de modo que no se vió, según el narrador[27], lugar
vacío. Hizo en esta comedia de Villamediana el papel de Reina de la
hermosura la misma Doña Isabel de Borbón, por cuya causa parece cierto
que murió luego el poeta, la infanta Doña María representó el papel de Niquea;
y los demás las damas y criadas de la Real Casa, entre ellas una negra esclava
que fué muy aplaudida. Es sabido también que la infanta Doña María Teresa,
luego Reina de Francia, representó con sus damas una zarzuela de Bocángel
Unzueta para celebrar la venida á España de la reina Doña Mariana de Austria.
Pero á pesar de la inaudita afición que tales hechos demuestran á la poesía
dramática, no tardó en caer éste á la par con los otros géneros de literatura.
Había heredado Felipe IV de su padre á Góngora,
poeta de funesta originalidad, pues hallando ya manoseada la forma clásica,
inventó para distinguirse de los demás una extraña y contraria á todos los
buenos principios, que de su nombre se llamó gongorismo, y
también culteranismo, por la afectación de cultura de que en ella
se hizo alarde. En vano escribió Rioja, ó más bien perfeccionó, aquella
inimitable canción de las Ruinas de Italia[28] con
tan noble y clásico estilo, al paso que componía sus bellas silvas á
las flores; en vano Jáuregui hizo aquella famosa traducción poética,[560] que es aún la única que haya superado al
original; en vano rivalizó Villegas con Anacreonte, y Espinosa con Teócrito; en
vano Quevedo descargó los terribles golpes de su crítica contra la nueva
escuela: él mismo fué arrastrado por ella antes de mucho con Lope, otro de sus
enemigos, con el mismo Jáuregui y los más de los grandes líricos de aquella
era. Señaláronse entre los sectarios de Góngora y apóstoles de la nueva forma,
aquel hijo infeliz del correo Mayor hereditario, que con el nombre de conde de
Villamediana fué tan trágicamente famoso, y de Salazar Mardones, que redujo á
reglas y doctrinas lo que era antes deplorable uso y extravío. No tardó éste en
comunicarse de la poesía lírica á la dramática, afeando sobre manera los dramas
de Calderón y de Lope, introduciendo una afectación de sentimiento que mató la
verdad, y un alambicamiento de estilo que obscureció los más bellos rasgos del
ingenio; á la poesía épica en la que produjo abortos tan monstruosos como los
poemas del mismo Lope, el Macabeo de Silveira y La
Virgen de Atocha de Salas Barbadillo; á la historia que ennoblecida
con las páginas inmortales de Moncada y de Mello hubo de llorar lastimosamente
que Céspedes de Meneses el novelista narrase en culto los primeros años de
Felipe IV; y al púlpito mismo donde si el Padre Paravicino hacia las delicias
de la corte, no era sino explicando la noble y sencilla doctrina de Cristo en
el lenguaje hinchado y pedantesco, salpicado de retruécanos, paranomasias,
conceptillos, trasposiciones, neologismos latinos y griegos y alusiones
mitológicas que en verso y prosa formaban los distintivos y especiales
caracteres de la nueva escuela.
No se comprende á no recordar los antecedentes y[561] meditar sobre ellos, cómo pudo sobrevenir de
repente revolución tan completa. El genio y la fatalidad de un solo hombre no
bastaban para eso, y más cuando él, aunque eminente, no alcanzaba superioridad
alguna sobre tan ilustres varones como hubo entre sus secuaces. Traslúcese
antes de examinar y estudiar el asunto, que algo había en los espíritus, algo
en lo general de la nación que facilitara la empresa, y aun acaso impusiese la
nueva escuela á muchos que voluntariamente no la habrían seguido jamás. Este
algo era cabalmente el apartamiento de las ciencias y el exclusivo culto de la
poesía y buenas letras que hemos ya señalado.
En todo el tiempo de Felipe IV apenas se oye hablar
de un solo hombre eminente en filosofía, ni siquiera en aquella aristotélica y
platónica tan estudiada de antes; nada se sabe de matemáticas, ni de física, ni
de astronomía; crecen en tanto los teólogos, y se hacen por sus controversias
estériles, famosos entre todos los teólogos del mundo, que los respetan y
admiran y escuchan ávidos sus decisiones; se aumentan cada día los
comentaristas escolásticos de las leyes, convirtiendo en un logogrifo la jurisprudencia,
aunque no faltan jurisconsultos de nota como Crespí de Valdaura, Ramos del
Manzano y otros; pululan los economistas, pero éstos con menos fortuna que
nunca, pues sólo Fernández de Navarrete en su Conservación de
monarquías que escribió comentando una gran consulta del
Consejo de Castilla en 1619, y algún otro merecen ser recordados. Conocen
generalmente los principales males de la nación; censúranles con juicio; pero,
al lado de tal ó cual observación prudente, aparecen en tales autores cuanto[562] la impertinencia y el delirio pueden producir de
más absurdo. Así siguieron y comentando las palabras de la consulta famosa de
1619, halla el licenciado Navarrete las mayores enfermedades que aquejasen á la
sazón á España, en lo costoso de los vestidos, la veleidad de las modas, la
glotonería, el andar en coche y otras cosas por el estilo, al paso que sobre
los mayorazgos cortos y la administración de justicia y la manera de colonizar
de nuevo á España, y los males de la vanidad ociosa, y la conveniencia de acortar
las profesiones religiosas, y hacer menos extensos ciertos estudios, que sólo
producían holgazanes, pronuncia admirables sentencias.
El único libro de aquella época donde luce su
actividad y libertad el espíritu humano, es el de las Empresas
políticas de Saavedra; mas su autor lo pensó y escribió en tierra
extranjera, y allí publicó las primeras ediciones[29]. Si
luego se imprimió y pudo circular por España, debióse antes sin duda á la
posición y al influjo del autor, que no á lo inculpable del texto. Y sin
embargo Saavedra, si es todavía un escritor de primer orden, pensador no lo es
tanto; tiene harto más de elocuente, de claro, de bello en la expresión, que no
de profundo ú original en sus apreciaciones y juicios.
Era que desde el primer tercio del reinado de
Felipe IV, la Inquisición tenía casi terminada su obra, la obra triste y
laboriosa de más de un siglo; era que apenas dejaba ya pasar un rayo de luz el
anillo de la ser[563]piente. Y muerta la filosofía que
produce las ideas y las matemáticas que las relacionan y las aplican; muertos
la observación y experimentos de las ciencias naturales; ociosa la razón y
vacía la inteligencia, ¿qué había de hacer la literatura, encerrada ya en los
estrechos límites de lo pasado y entregada á su sola actividad, sino devorarse
á sí misma? Tarde ó temprano eso tenía que suceder, y eso sucedió á fines del
reinado del infeliz Felipe IV. Porque no es la literatura, no es la poesía la
más perfecta de sus manifestaciones, sino la forma de objetos preexistentes, un
cierto espejo donde se reflejan las épocas con sus sentimientos justos ó
injustos y sus verdaderos ó falsos principios, y como forma y espejo que es, no
tiene potencia para crear por sí sola la substancia que encierran los objetos
que representa. Tal vez nacen hombres que á su cualidad de poetas juntan la de
filósofos eminentes y van más allá de su siglo y pintan y reflejan cosas no
existentes todavía. Pero la singularidad de tales genios no contradice ni
impide la marcha general del arte y sus naturales condiciones; ni en el caso
presente, perseguida con inaudita saña, hubiera podido la filosofía andar más
segura debajo del manto vistoso de la poesía, que debajo de los latinos in
folium salmantinos y complutenses. Y así como mientras manan y corren
las ideas en poderoso río, producen sus riberas lozanas y numerosas las flores
de la literatura, así cuando suspenden su movimiento las aguas y no acuden
nuevas y se estancan las antiguas, viene como arriba decimos, la esterilidad y
la decadencia, tarde ó temprano.
¡Dichosos los primeros que disfrutaron tales aguas,
y halláronlas copiosas y claras!: ellos se hacen inmor[564]tales;
los segundos las encuentran más turbias y más escasas, y con tanto ingenio como
los primeros, es mucho menos lo que producen; mas los terceros sienten ya sed y
repugnancia, anhelan por nuevas aguas, claras y copiosas, quisieran descubrir
manantiales nuevos, los buscan por todas partes, y entonces nace fatalmente el
hombre de la decadencia. Es siempre un hombre creador, de poderosa fantasía, de
altos talentos, que debió ser de los primeros, y no lleva con paciencia ser de
los últimos, que quisiera ser original, y no halla cómo serlo, oprimido por la
fama de sus antecesores, no más dotados de genio que él, sino más afortunados
en el nacimiento, deseoso de igualarlo, é imposibilitado de seguirles,
jardinero en estío, espigador en invierno, que no halla flor ni grano que
recompense su fatiga. Tal fué Góngora. Y cuando llegan ocasiones como ésta,
cuando el hombre de la decadencia busca un camino por donde escapar del
desierto que le rodea, por donde salir á la fama y á la gloria que le niega su
época, no halla, no puede hallar más que uno solo, que es el de fabricar en la
forma, ya que le falta con que fabricar en el fondo; es el de distinguirse por
la palabra, ya que no puede hacerlo por el sentimiento ó la idea. En lugar de
contener en frases sencillas ideas sublimes, encierra vulgares ideas en
pomposas é hinchadas palabras; y en vez de dejar en hermosa desnudez el estilo,
le viste de retruécanos, de paranomasias y de cuantas afectadas galas imagina.
Desecha la metáfora natural por la violenta, abandona la palabra propia por la
extraña, la nacional por la extranjera, confunde el alambicamiento con el
ingenio, la pedantería con la erudición, lo relumbrante con lo claro y
verdadero. Tal fué la escuela de deca[565]dencia
introducida por Góngora en España. Y por tal inducción se explica solamente el
que los más de los ingenios cedieran al momento al contagio, y que si hubo
algunos que resistieron por cierto tiempo, no hubiese ninguno que al fin se
salvara. Ellos, los genios afortunados, que habían nacido en una época de buen
gusto, que habían alimentado su espíritu con los buenos modelos, todavía en
medio de las aberraciones de la nueva escuela dejaron obras inmortales,
principalmente en la dramática. Pero sus sucesores, criados ya en el cieno de
la corrupción y del envilecimiento literario, no imitaron más que sus faltas,
no aprobaron sino sus yerros, y á la par que la poseía, desaparecieron los
poetas. Así acabó del todo el arte entre nosotros, perdido en las tinieblas del
gongorismo, á la par que en Francia anunciaba Descartes la filosofía moderna, á
la par que Corneille y Racine creaban la tragedia francesa, á la par que
Molière perfeccionaba la comedia de nuestros días sobre modelos españoles.
Aquella gloria literaria tan superficial, aunque
tan grande y seguida de tan mortal caída, fué acompañada de otra gloria no
menor: la gloria de la pintura. Este arte, tan favorecido por Carlos V, por
Felipe II y aun por el propio Felipe III, llegó durante el reinado de Felipe IV
á su apogeo. No en balde aquellos dos primeros Monarcas habían hecho venir á
España los primeros maestros y los mejores cuadros de su tiempo: con ellos se
formaron en tiempo de Felipe III pintores inmortales, que en el reinado de Felipe
IV fueron asombro de las artes. Tuvo este Monarca entre sus vanidades, la de
que se empleasen en su obsequio los primeros pintores que entonces tuvo el
mundo, españoles los más, no po[566]cos italianos y
flamencos de sus provincias súbditas ó dependientes: estos artistas
transcribieron al lienzo todos los objetos de su amor, todos los asuntos que
podían halagar su vanidad insaciable.
De ello ofrece larga muestra el Real Museo de
Madrid. Allí está el retrato de Felipe III, obra de Velázquez, y el pincel de
este grande hombre sigue al mismo Felipe IV desde la niñez hasta la edad
madura, acertando á trazar las huellas que la edad y los placeres iban dejando
en su rostro, con inimitable maestría. Allí están Doña Isabel de Borbón, la
bella francesa, y Doña Mariana, la orgullosa austriaca; allí los príncipes
infortunados D. Baltasar y D. Felipe Próspero; allí la infanta Doña Margarita y
aun el Conde-Duque, á quien el Rey amó tanto ó más que á los de su familia, del
propio pincel de Velázquez, retratados. La historia de la Virgen, casi entera,
representada por Bartolomé Esteban Murillo; sus cuadros místicos y los de
Zurbarán encantan allí los ojos de los artistas, después de haber presenciado
las devociones del licencioso Rey en sus palacios; el flamenco Snyders ha
dejado allí pintadas sus cacerías y el Padre Mayno ha conservado en alegoría su
esperanza de reducir á Flandes. Y á la par se ven por dondequiera las glorias
de los primeros días del reinado: de una parte la campaña del gran duque de
Feria contra el Monferrato, representada en la marcha sobre Acqui, cuadro del
aragonés José Leonardo; de otra campaña del mismo Duque en la Alsacia, representada
con el socorro de Constanza y la expugnación de Reginfeld, cuadro del
florentino Vicente Carducci; ya el cuadro del madrileño Eugenio Caxés, que
señala el desembarco de los ingleses cerca de Cádiz al[567] mando
del conde Lest, y la conducta valerosa de aquel Maestre de campo D. Fernando de
Girón, que enfermo y atormentado de la gota se hace llevar en silla de manos á
disponer tan gloriosa victoria, ya el cuadro con que el Vicente Carducci, antes
citado, pinta á D. Gonzalo de Córdoba, venciendo en la memorable batalla de
Fleurus, ya el cuadro de Leonardo, donde pinta la rendición de Breda y al buen
marqués de Spínola, que acompañado del de Leganés, D. Diego Felipe de Guzmán,
recibe las llaves de la ciudad, y aquel otro que al propio asunto dedicó Velázquez,
uno de los mejores de su autor, conocidísimo con el nombre de Cuadro de
las Lanzas. Por último, por Velázquez y Van-Dick está allí retratado el
victorioso Cardenal Infante, y por Rubens la victoria de Nordlinghen. Nunca más
altos asuntos han sido tratados por más ilustres pinceles. Zurbarán en tanto,
con sus trabajos de Hércules, Toledo con sus batallas marítimas,
Alonso Cano, pintor, escultor y arquitecto de grandes obras y poco afortunada
vida, Ribera, el Españoleto, Esteban March, Rizzi, los floristas
Arellano y Vander Hamen, y otros muchos que fuera ocioso enumerar, se emplean
en adornar el Alcázar Regio, el Buen Retiro, los sitios reales del Pardo y
Aranjuez y el llamado La Zarzuela, y hacen que aquél sea con razón
reputado en España por el Siglo de Oro de la pintura.
Por último, hablando de las cosas que alcanzaron
estímulo y esplendor de Felipe IV, es imposible olvidar los juegos de cañas,
toros y fiestas caballerescas que tanto alegraron en su tiempo los funerales de
la Monarquía. No parece sino que para tales ejercicios nació predestinado este
Príncipe, porque en los regocijos que[568] por su
nacimiento se celebraron en Valladolid, hubo ya famosas cañas en las cuales
corrieron con los caballeros de la Corte el mismo Felipe III y su privado el
duque de Lerma. Hijos tales ejercicios de la antigua galantería española y
árabe, fueron ordinarios en tiempo de Carlos V, pocos en los días de Felipe II,
raros en los de Felipe III, mas Felipe IV les dió mayor vida que hubiesen
tenido nunca. Apenas hubo fiesta en su reinado en que él no corriese cañas por
su persona. Corriólas famosísimas en 1623 con ocasión de la venida del príncipe
de Gales en la Plaza Mayor de Madrid: las cuadrillas fueron diez con más de
quinientos caballos, gobernándolas el Conde-Duque y Monterrey, el marqués de
Villafranca y los principales señores de la Corte; el lujo fué increíble y la
destreza y gallardía del Príncipe muy celebrada. Corriólas también el Rey en
1636 con diez y seis cuadrillas de á doce caballeros, donde rompió él por su
persona tres lanzas. El casamiento de la infanta Doña María con el Rey de
Hungría; la elección de éste como Rey de romanos; el nacimiento del príncipe D.
Baltasar Carlos, y otros tales sucesos, dieron ocasión á fiestas de toros y
cañas de gran magnificencia, donde el Rey lució igualmente su bizarría. En las
del nacimiento de D. Baltasar fueron los caballeros sesenta, contándose el
mismo Rey, con número inmenso de músicos y escuderos. La edad y los pesares del
Rey también trajeron esto, como todo, á decadencia en sus últimos días.
SUMARIO
Carácter de Doña Mariana de Austria y del Padre
Nithard; elevación de éste y primeras desavenencias con D. Juan.—Proyectos
ambiciosos de Luis XIV; acomete á Flandes y toma muchas plazas.—Paces con
Portugal.—Preparativos de guerra y donativos; pérdida del Franco Condado y paz
de Aquisgrán, donde se recupera.—Ordénase á D. Juan que pase al gobierno de
Flandes; muerte de Malladas; niégase D. Juan á ir á Flandes; quítale la Reina
el gobierno; dispónese prenderle en Consuegra; su fuga á Cataluña; división de
la Corte y de la nación en dos partidos; dirígese en armas D. Juan desde
Barcelona á Madrid; preparativos de resistencia; llegada de don Juan á Torrejón
de Ardoz; cede al fin la Reina desterrando al Padre Nithard.—Nuevos disgustos
entre la Reina y D. Juan; el Regimiento de la Guardia; niégase D. Juan á
deshacer sus fuerzas; nómbranle Vicario de los reinos de Aragón; intentos de D.
Juan.—Principios de la privanza de Valenzuela; desórdenes de los Guardias de la
Reina; gobierna Valenzuela la Monarquía; desastres en América; nueva guerra con
Francia; imposibilidad de sostenerla; el Rey llega á su mayor edad y llama á D.
Juan al Gobierno; destierro de Valenzuela y de la Reina.—Sucesos de la
guerra.—Flandes; batalla de Seneff; pérdida del Franco Condado: Ayre, Condé,
Valenciennes, Cambray, Gante é Iprés, rendidas al enemigo; batalla de
Mons.—Cataluña; inteligencias en la parte de Rosellón; hazañas de los[570] miqueletes y ventajas del duque de San Germán;
combate glorioso del Tech; batalla de Maurellás; heroísmo de los miqueletes;
gloriosa defensa de Gerona; el capitán Boneu; combate de Vilanadal; pérdida de
Puigcerdá.—Sicilia; insurrección contra el Virrey en Mesina; dase esta ciudad á
Francia; combate naval; viene Ruyter con la Armada holandesa en nuestra ayuda;
combates navales y muerte de Ruyter; abandonan los franceses á Mesina; paz
vergonzosa de Nimega.—Gobierno de D. Juan de Austria; su descrédito; casamiento
del Rey; muerte de D. Juan.
Era la reina gobernadora Doña Mariana de
Austria, Princesa de poco talento, pero imperiosa y terca sobre manera: de
suerte, que todo límite opuesto á su voluntad le parecía estrecho; cruel en sus
iras y orgullosa; poco amante de los españoles, á quienes miró siempre como
extranjeros, al paso que profesaba ciego cariño á su casa y á su familia. No
temía los sucesos, por peligrosos que fueran, cuando los miraba de lejos, y
sólo al sentir sobre ella el golpe, decaía de aliento. Devota, aunque no tanto
que por serlo se olvidase de que era mujer, ni cifrase todas sus dichas en el
cielo. Sedienta de oro, no tanto por el que necesitaba para sí, como por el que
derramaba sin tasa entre su familia y sus favorecidos, tuvo también aquella
mujer la desgracia de no saber suplir los talentos que á ella la faltaron,
rodeándose de quien los tuviese grandes. Así se vió que los más de sus
Ministros y favoritos eran menos capaces que ella de dirigir las cosas del
Gobierno.
El primero, que fué el Padre Juan Evérard ó
Everardo Nithard, de la Compañía de Jesús, había sido confesor suyo desde los
primeros años, y en tal concepto vino acompañándola á Madrid. Jamás caracteres
más parecidos han podido reunirse que el del confesor y la[571] Reina.
Tenía aquél solo más astucia, como que le hacía más falta en lo humilde de su
condición para los altos fines que ambicionaba; pero en lo demás era imperioso
y terco como la Reina, como ella crédulo y fanático y enemigo de tener
compañeros en el poder é influjo. No bien murió su marido, se propuso la Reina
dar entrada en la Junta formada en el testamento para asistirla en todas las
cosas del Gobierno, al confesor Nithard. Favoreció la casualidad su propósito;
porque veinte horas después del fallecimiento del Rey faltó también el cardenal
Sandoval, Arzobispo de Toledo, con lo cual quedó en la junta un puesto vacante.
Aguardaba todo el mundo con curiosidad la provisión de empleo tan alto, cuando
la Reina, llamando al cardenal D. Pascual de Aragón, que como Inquisidor
general era de los miembros de la Junta, le ordenó que aceptase el Arzobispado
de Toledo, dejando su antiguo empleo. Resistióse el de Aragón como era natural,
porque en aquellos tiempos no había ya cargo alguno en la nación que pudiera
compararse con el suyo; pero la Reina le obligó á consentir en ello, nombrando
en seguida al Padre Nithard Inquisidor general, y como tal, miembro nato de la
junta. Por muy prevista que estuviese la privanza del confesor, causó el suceso
profundo y general disgusto.
Señalóse entre los que murmuraban de la elevación
insólita del jesuíta, el bastardo príncipe D. Juan de Austria, que era quien
más desfavorecido se hallaba con el nuevo orden de cosas. Enemigo de Doña
Mariana de Austria casi desde el punto en que ella puso el pie en España,
acusándola, de sus derrotas primero, y luego más quejoso de ella por su
destierro, envidioso[572] desde entonces porque con
sus gracias hubiese cautivado al Rey á punto de fiar de ella más que de él,
quitándole la privanza que tenía por segura y aun enajenándole su amor, de
suerte que ni quiso verle en la hora de la muerte, resentido porque ni el Rey
en esta última hora, ni luego la Reina misma, quisieron concederle el título de
Infante, que aunque bastardo pretendía, teniendo en menos la aptitud de la
Reina, y despreciando al confesor, de cuya virtud públicamente se burlaba, y
cuyos principios escarnecía, y á la par de esto, más rico en ambición que en
mérito, pensando que á hombre como él estaba reservado sólo el salvar en tan
difíciles circunstancias la Monarquía, y que era desconocer la grandeza de su
capacidad el que donde estaba para gobernar, otros gobernasen, y más un teatino
y una mujer, cuando claramente se necesitaba un gran soldado, y él por tal se
tenía, D. Juan no debía ver con paciencia los sucesos. Y por lo mismo, si él
era quien más hostilizaba á la Reina y al confesor, también era la persona
contra quien el confesor y la Reina estaban más enconados. Esperaban éstos una
ocasión en que echarle de la corte con honroso pretexto, cuando el mismo D.
Juan, anticipándose, se salió de Madrid cierto día y se retiró á Consuegra,
donde antes había estado retirado, residencia ordinaria de los grandes priores
de Castilla en la Orden de San Juan, cuya dignidad poseía. Publicaba que después
de haber presidido en el consejo secreto de su padre, no podía tolerar
compañero tan inferior en los consejos y determinaciones como el Padre Nithard.
No contentó á éste ni á la Reina la retirada, recelando con razón que la hacía
para conspirar mejor contra ellos. Lo que deseaban era echarle lejos y de[573] suerte que no tuviera por qué querellarse. Y no
tardó en ofrecerse pretexto para esto, por cierto bien desgraciado.
La guerra con Portugal continuaba, aunque reducida
á robos, correrías y desolaciones de una y otra parte, sin que hubiese aquí ni
allí ejército que emprendiese operaciones formales. Había querido hacer la paz
la Reina gobernadora no bien murió Felipe IV; pero los Consejos del reino con
laudable impulso de patriotismo se negaron á ello, no queriendo renunciar al
derecho que asiste á España de ser una, ya que por entonces faltase el poder de
ejecutarlo. Meditábase aún levantar tropas y buscar dinero con que avivar de
nuevo las hostilidades: dinero era lo principal, porque se veía á la poca gente
que por allí teníamos salir á robar por los caminos y por las calles de
nuestras mismas poblaciones para sustentarse. Pero no hubo tiempo para atender
á esta guerra: acontecimientos gravísimos lo estorbaron. Luis XIV andaba
buscando ocasión desde la muerte del rey Felipe para aprovecharse de la
debilidad del Gobierno y de la impotencia de la nación, despojándonos á
mansalva de los dominios que nos quedaban todavía. Un leguleyo, por nombre
Duhan, natural de Turena, había descubierto, revolviendo y compulsando antiguos
libros, que en el estado de Bravante había vigente una ley, la cual disponía
que siempre que un poseedor pasase á segundas nupcias, hubiese de reservar los
bienes patrimoniales para los hijos del primer matrimonio.
No necesitó más Luis XIV, y extendiendo al punto un
manifiesto donde pretendía probar que aquella ley civil debía considerarse como
ley política, exigió que España le entregase por su mujer María Teresa, única[574] sucesora que había quedado del primer matrimonio
de Felipe IV, el Bravante y cualquiera otro país donde tal derecho de reserva
hubiese. Rechazó, como era natural, Doña Mariana de Austria la pretensión y el
manifiesto del francés; y aun refutólo victoriosamente el doctor D. Francisco
Ramos del Manzano con sólidas y eruditas razones. Pero ni la negativa de la
Reina, ni las buenas razones del jurisconsulto Manzano pudieron apartar al rey
Luis de su propósito. Concertó una alianza con Portugal para que nos
entretuviese en nuestra frontera, á fin de que no pudiésemos asistir á Flandes
con alguna ayuda, concentró numerosas tropas en las dos provincias más próximas
á los Países Bajos, preparó víveres y municiones, y ajustó tratados con los
Príncipes alemanes confinantes para que no dejasen pasar por su territorio los
socorros que pudiera ó quisiera enviar el Emperador; y en seguida, juntando la
fuerza con la pretensión (1667), entró sin más justificación y declaración de
guerra en los Países Bajos con hasta cincuenta mil soldados, ejército
poderosísimo para aquella edad, puesto que hasta entonces no hubiera sido
costumbre usarlos tan numerosos.
Cómo estuviesen los Países Bajos para resistir tal
invasión, da pena recordarlo. Gobernábalos á la sazón el marqués de
Castel-Rodrigo, Don Francisco de Moura, ilustre portugués que había seguido la
parte de España, y en largas experiencias y servicios tenía dadas pruebas de su
lealtad. No bien vió amenazadas sus provincias, escribió á la Reina una carta
donde la decía: «Que mientras Francia hacía tan grandes preparativos de su
parte, todo era desnudez y falta de recursos en Flandes; que tenía necesidad de
los soldados españo[575]les é italianos, y hasta tiempo
para mejorar algo las cosas; que había abastecido en lo posible á Namur,
Charlemont y Charleroy, alentando los abatidos ánimos; pero que no por eso
podían contarse por seguras tan importantes plazas, puesto que continuaban
haciendo falta provisiones, y los doscientos mil escudos, que era la sólida
cantidad que había recibido en dos meses, no bastaban para cubrir la centésima
parte de las urgencias; que si los franceses entraban como se decía aquella primavera,
no veía cómo habían de salvarse las plazas sino era de milagro, y que bien
pudiera darse una provincia, con tal de evitar entonces el rompimiento.» No
logró el buen Marqués que la Corte atendiese á nada de esto, y cuando entró
Luis XIV en persona en los Países Bajos, se halló para resistirle con algunos
miles de hombres desorganizados y hechos á vivir de limosna en los caminos
reales, sin víveres, ni artillería, ni capitanes. No hay que culpar de nada al
marqués de Castel-Rodrigo; él hizo cuanto se podía hacer en tales
circunstancias.
Voló las fortificaciones de muchas plazas por no
tener soldados con que guarnecerlas, entre ellas á Armentieres, Condé y San
Gillain: quiso hacer lo mismo con Charleroy, donde tenía á medio acabar grandes
obras de fortificación; pero no llegó á tiempo de lograrlo. El Monarca francés
en persona tomó esta ciudad é hizo acabar las fortificaciones. Jamás se ha
hecho una campaña más ventajosa ni más ponderada que la que éste hizo en
aquella ocasión; pero tampoco se ha hecho menos honrosa. Pobre sería la reputación
de las armas de Francia, si hubiera de formarse con tales hazañas como entonces
hicieron: pasear con cincuenta[576] mil hombres y
formidables trenes de artillería un país indefenso, tomar plazas voladas ya ó
desmanteladas, sin víveres ni guarniciones, era cosa que cualquier Monarca
hubiera hecho aún sin llamarse, como Luis, el Grande, y que la
nación menos esforzada de Europa hubiera sabido llevar á cabo.
Mientras el rey Luis fortaleció á Charleroy, el
mariscal D'Aumont con diez mil hombres tomó á Bergues, y á Furnes,
valerosamente defendida, á pesar de todo, por su gobernador D. Juan Toledo.
Luego el propio Rey, continuando su paseo militar, entró en Ath sin
resistencia, y con poca en Tournay y D'Aumont se apoderó de Courtray, Oudenarde
y Alost. Douay ofreció ya á Luis alguna resistencia, y dió tiempo á que se
acabase de aprovisionar á Lila, que era la plaza inmediatamente amenazada. El
conde Croy, capitán flamenco de nombre, entró en ella con buena guarnición, y
se dispuso á sostenerla hasta el último punto. No tardó en sitiarla el Monarca
francés con todo su ejército, levantando formidables baterías: la defensa fué
como se esperaba; pero al cabo de diez y ocho días de trinchera abierta,
aportillados los muros por todas partes, fué preciso capitular. En tanto el de
Castel-Rodrigo había levantado algunos regimientos alemanes y otros de
naturales, con los cuales, que sumarían seis mil hombres, envió al conde de
Marsín al socorro de la plaza. Llegó tarde aquella gente; pero aun cuando
hubiera llegado antes, era harto exiguo su número para que pudiese obrar cosa
de provecho. No bien supo Luis que venía acercándose á su campo, deseando hacer
un simulacro de batalla, y volver á París con la gloria de haber arrollado, á
diez contra uno, nuestras banderas, envió nume[577]rosas
tropas á su encuentro. Retiróse el de Marsín en buen orden; pero los franceses
cerca del canal de Brujas alcanzaron su retaguardia, la cual no obstante lo
desigualísimo del número, se defendió tan bien, que con pérdida de ochocientos
hombres mató más de mil á los enemigos. Sin embargo, fué arrollada, que era lo
que Luis XIV quería. Así acabó la campaña.
Sorprendida con ella nuestra Corte, dejóla comenzar
y acabarse sin acertar á poner algún remedio. Lo primero que se discurrió fué
hacer las paces con Portugal, atendiendo á que mantener la guerra en ambas
fronteras contra tan pujantes enemigos era imposible. Y si semejante paz, que
rompía para muchos siglos al menos nuestra unidad, pudiera ser en alguna
ocasión por necesaria disculpable, en esta lo era. Sin embargo, fuera mejor aún
abandonar ó vender toda Flandes con tal de sostener aquí la guerra, que no dejar
de hacerla aquí para sostenerla en defensa de aquellas provincias. Mas el honor
nacional, vilmente insultado por Luis XIV, excitaba de una parte el deseo justo
de la venganza, y de otra, como la guerra con Portugal había sido tan
desgraciada, todo el mundo suspiraba por la paz en Castilla. Opusiéronse
todavía alguna cosa los Consejos y Ministros á quien se consultó; pero al cabo
cedieron, y por medio de aquel marqués de Heliche y del Carpio, prisionero en
Lisboa desde la batalla de Villaviciosa, se entablaron las negociaciones; y
siendo mediador y fiador el Rey de Inglaterra, se ajustaron las paces al
empezar Febrero de 1668.
En ellas se acordó restituir á Portugal las plazas
que durante la guerra habían recobrado las armas del rey Católico, y al
Católico las que durante la guerra le to[578]maron las
de Portugal, con todos sus términos, quedando las plazas con la artillería que
tenían cuando se ocuparon, y los moradores libres para ausentarse ó quedarse,
como mejor les conviniera; declarando que en tal restitución de plazas no
entrase la de Ceuta, con la cual había de quedarse el rey Católico, por ciertas
razones que se consideraban, y fueron sin duda el notar que ésta no había
dejado de estar un momento bajo nuestro dominio, y que por su voluntad se había
unido á nuestra corona, no reconociendo nunca al de Braganza. Restableciéronse
todas las cosas del comercio y tráfico al punto que tenían cuando murió el rey
D. Sebastián, y se devolvieron de ambas partes los bienes confiscados.
Entonces, libre nuestra Corte por este lado, volvió
toda su atención á Francia. Imaginóse un préstamo que podían hacer las personas
pudientes del reino, mil de ellas á mil ducados, y otras á mil quinientos; mas
este préstamo no llegó á ejecutarse. Lográronse sólo ciertos donativos de
personas particulares, con que se reunieron algunos miles de escudos que enviar
á Flandes. Permitíase, á pesar de la guerra que el Embajador francés, que era
el Arzobispo de Embrún, permaneciese en Madrid y espiase nuestras acciones,
cosa que de mucho antes venía sucediendo, á punto, como en otra ocasión hemos
dicho, que más se sabían en París que en Madrid mismo nuestras flaquezas. De
este Embajador quedan despachos sobre el tal donativo, donde se dan curiosos
detalles: señalóse el viejo marqués de Mortara, dando, á pesar de los apuros de
su casa, no de las más ricas, mil patacones; el Almirante de Castilla también
contribuyó con mil pistolas, los Consejeros de[579] Castilla
cedieron la mitad de sus emolumentos de un año, y el conde de Peñaranda, el
Arzobispo de Toledo, el cardenal duque de Montalto y otros grandes
contribuyeron de la propia manera. Impúsose un tributo sobre los carruajes y
las mulas; rebajóse un quince por ciento más á la deuda de juros reales; no
hubo cosa en que no se pensara por sacar dinero, hasta el apoderarse de la
plata que venía de América para los particulares, consejo de que se culpó en lo
sucesivo á D. Juan de Austria, y no se llevó á efecto. Al propio tiempo se
mandó al duque de Osuna, Virrey á la sazón de Cataluña, que hiciese una
diversión en el territorio francés: juntó éste un pequeño ejército, y con él,
no hizo más que entrar en algunos lugares abiertos de la frontera y amenazar á
Bellegarde. Pero en el ínterin Inglaterra, Holanda, Suecia, y además varios
Príncipes alemanes, alarmados con las ventajas obtenidas con Luis XIV en
Flandes, ajustaron un tratado por el cual se comprometieron á arreglar las
diferencias de España y Francia, obligando á ceder por las armas á cualquiera
de estas Potencias que se empeñase en continuar la guerra. Comenzaron por
proponer la suspensión de armas, y el Rey de Francia se avino á conceder una
tregua de tres meses; pero fué acabada la campaña de 1667, y cuando el invierno
dificultaba las operaciones militares; de modo que el marqués de Castel-Rodrigo
hubo de contestar, según se cuenta, que ya no necesitaba de más treguas que las
que la estación había naturalmente de ofrecerle.
Esto bastó para que Luis XIV, queriendo hacer un
nuevo alarde de poderío y aparentar que desafiaba las estaciones, resolviera la
conquista del Franco Condado[580] en medio del
invierno. Esta provincia, enteramente desguarnecida y abandonada casi por
nuestra Corte, estaba separada de Flandes por la Borgoña y la Lorena; de suerte
que el marqués de Castel-Rodrigo no podía acudir á ella, y por lo mismo en
cualquier estación su conquista era obra de algunos días. Sin duda el de
Castel-Rodrigo no pensó más que en sus provincias de Flandes al despreciar la
tregua en invierno, á causa de que el Franco Condado, después de la paz de los
Pirineos, había vuelto al estado de neutralidad en que siempre se había
mantenido; y ahora, después de rota la guerra, continuaba el tratado de
neutralidad, y seguía pagando por él la provincia cierto canon al Rey de
Francia. Aquella dificultad de defenderla aislada en mitad de Francia hacía tal
neutralidad y tributo indispensable, y explica cómo fué esto reconocido en
tiempo del mismo Felipe II. Mas resuelto ya Luis XIV á no respetar la
neutralidad, y no contento con la dificultad de la defensa y las facilidades
que de por sí ofrecía la conquista, hizo cuanto pudo para hacer aquélla más
difícil, y más fácil ésta.
Vergüenza da de algunas de las precauciones que
tomó, y asombran en un Príncipe que aspiraba á la gloria militar, en una nación
que pretendía ser ya la primera en las armas, y en un hecho que ha sido
considerado como heroico por la vanidad francesa. Ingenieros disfrazados
entraron primero en la provincia y examinaron sus fortificaciones y defensa;
luego que hubo ya conocimiento de todo, se empezaron á acopiar municiones en
las fronteras, enviándolas empaquetadas á manera de mercaderías y objetos de
tráfico; por último, pretextando que marchaban á defender á Cataluña del[581] duque de Osuna, se reunieron hasta diez y ocho
mil hombres en las provincias limítrofes, entre tanto que daba Luis XIV las
mayores seguridades al Franco Condado de que respetaría su neutralidad, y su
Embajador en Suiza negociaba con los de aquella provincia la continuación del
tratado. Cuando tuvo ya á punto las cosas, se quitó de repente la máscara, y el
Príncipe de Condé se arrojó sobre Dole, la ciudad más importante del Franco
Condado. Tomóla en cuatro días, á pesar del esfuerzo con que la defendieron
algunos españoles que allí había; la capital de Besanzon, Salins y sus fuertes
sin soldados ni municiones, también se entregaron al punto; el marqués de
Jenne, Gobernador de la provincia por España, no pudo hacer nada en su defensa,
y Luis XIV vino en persona á asistir á aquel mezquino triunfo. Cray, donde se
encerró el marqués de Jenne, se sostuvo más, pero sin fruto: y los líricos
franceses cantaron con vanidad harto fundada, que catorce días le habían
bastado al gran Rey para conquistar el Franco Condado,
luchando con nuestras armas y con el rigor del invierno. Más y más alarmadas
las naciones aliadas, con el propósito de la paz, redoblaron sus instancias;
celebróse un congreso en Aquisgrán, y allí se estipuló que Luis XIV conservaría
todas las once plazas que había conquistado en Flandes, devolviendo sólo el
Franco Condado: errado y torpe concierto de nuestra parte, pues más que nada
nos convenía ceder el Franco Condado, imposible de conservar como acababa de
demostrarse. Pero todo pareció preferible á continuar entonces la guerra, y se
enviaron órdenes precisas al marqués de Castel-Rodrigo para que no esquivara
ningún género de condiciones, Y en seguida se[582] continuaron
con más actividad que antes los preparativos para la defensa de Flandes,
sospechando que el francés no tardaría en ponerse de nuevo en campaña debajo de
un pretexto cualquiera.
Este socorro de Flandes, antes y después de las
paces, fué el pretexto de que se valió la Reina para alejar á D. Juan de
Austria. No era D. Juan más diestro que el marqués de Castel-Rodrigo, ni más
celoso; pero como él era el Gobernador y Capitán general de aquellos estados
por nombramiento de muchos años antes, confirmado en el testamento del Rey,
siéndolo no más que interinamente Castel-Rodrigo; como era grande el peligro y
grande la confianza que ponían en él algunos, esperando de su mano victorias, y
á otros parecía conveniente que en tales circunstancias hubiese en Flandes
hombre de su representación, nadie extrañó que la Reina le ordenase pasar allá
con el socorro. Ni él mismo osó negarse abiertamente á la obediencia. Pero no
se sometió sin hacer del confesor y de la orden de la Reina sangriento
escarnio. Porque habiéndose presentado delante de la Junta de gobierno, donde
como individuo de ella asistía el Padre Nithard, antes de aceptar el encargo es
fama que dijo estas palabras: «¿Por qué no enviáis á Flandes al reverendo
confesor, que, puesto que tan santo es, no dejará el cielo de concederle
victorias de franceses? ¿No basta el lugar en que está para persuadirse de los
milagros que sabe hacer?» Y replicándole el confesor que su profesión no era la
milicia, contestó más enojado: «Como esas, Padre, le vemos hacer cada día cosas
bien ajenas de su estado.» Disimuló el confesor, y partió D. Juan á Galicia, en
cuyos puertos había de hacerse el embarco; llegó des[583]de
Cádiz para ejecutarlo D. Fernando Carrillo con ocho naves de guerra
apresuradamente aparejadas; enviáronse hasta novecientos mil escudos de plata,
que fué todo lo que se pudo recoger, en los galeones que acababan de arribar
felizmente, y de la gente empleada contra Portugal en Galicia, y nuevas levas
allí hechas, hasta nueve mil soldados.
Todo estaba ya á punto, y sin embargo D. Juan no
partía. Pretextó que no se le enviaban todos los caudales que se le habían
ofrecido, hasta que se le completaron. Satisfecho en esto, alegó luego que una
armada francesa de treinta y seis navíos y seis brulotes estaba en las costas
de Galicia, dispuesta á cerrarle el camino, lo cual, como cierto que era el
fundamento, á nadie causó sorpresa. Hasta pretendieron los franceses quemar
nuestra pequeña armada dentro de la ría de Vigo, y sin duda lo consiguieran á no
ser por la prudencia del almirante D. Fernando Carrillo, que desembarcando la
artillería de las naves, coronando con ella las riberas, y poniendo á la
defensa de la boca de la ría algunas lanchas bien guarnecidas de mosquetería,
impidió el que los brulotes ó navíos de fuego lograsen entrar y cumplir su
intento. Con tal suceso halló medio D. Juan para dificultar más su salida,
viendo tan prevenidos á los franceses; y para que no se le acusase de dilatar
el socorro, de Flandes fué enviando allá en fragatas y otras naves menores á la
deshilada el caudal y soldados, consiguiendo que llegasen sin daño á su
destino. Pero en esto, hechas las paces, cesó el motivo de temer que le cerrase
el camino la armada francesa; y sin embargo, no por eso se apresuró á poner por
obra las órdenes que tenía. Lo que hizo fué avivar el fuego de[584] la
conspiración que indudablemente estaba urdiendo para no salir de España y
alzarse con el Gobierno.
No tardaron la Reina y su privado en sospechar lo
que sucedía; y fuera verdadero temor, fuera pretexto para cargarse de razón
contra D. Juan, comenzaron á manifestar recelo de que pretendiese, no ya
gobernar el reino en nombre del joven Rey, sino usurparle la corona. Procuraron
buscar el hilo de sus tramas, y empezaron á ejercer rigores. Habiendo corrido
en la corte el rumor de que iba á bajarse de nuevo la moneda, subieron los
precios de todo, y muchos se negaron á vender sus géneros, comenzándose á padecer
la misma hambre y escaseces que siempre que tal alteración se ejecutaba. Túvose
por cierto haber dado origen á ello el duque de Pastrana y del Infantado, D.
Gregorio de Silva, con haberse anticipado á cobrar su renta, y fué desterrado
rigurosamente de la corte y condenado á pagar gruesa multa, suponiéndole en
connivencia con D. Juan de Austria, y causando alarmas de propósito para
favorecer sus planes. Bien que no tardaron en remitírsele al de Pastrana ambas
penas. Pocos días después de estos sucesos, que alborotaron algo á la corte,
tuvo lugar la retirada del conde de Castrillo de la presidencia del Consejo de
Castilla, más escandalosa por lo mismo que hubo más misterios. Después de una
larga conferencia con la Reina se retiró el Conde, sin que entonces pudiera
saberse el motivo: fué que el de Castrillo tampoco llevaba á bien la privanza y
gobierno del confesor, y que la Reina dió en juzgarle á él más afecto á D. Juan
de Austria que no á su persona. Vino á recaer la plaza en D. Diego Sarmiento
Valladares, Obispo de Plasencia, grande amigo del Padre Everardo:[585] nuevo motivo de murmuración y alarma. Por
último, llevó á último punto el escándalo un sangriento suceso. Prendió cierto
día un alcalde de Corte á D. José de Malladas, hidalgo aragonés muy del cariño
de D. Juan, que se hallaba en la corte, y dos horas después se le dió garrote
en la cárcel, en virtud de orden escrita de mano de la propia Reina, sin que el
Presidente de Castilla defendiese los fueros de Castilla de tal modo hollados,
ni pudiera saber nadie el delito que hubiese cometido aquel hombre. Hoy es y
todavía no está averiguada la causa cierta que pudo impulsar á la Reina á
ordenar con tan horrible procedimiento aquella muerte; sospéchase que fué
porque era el Malladas, alma de la conjuración de D. Juan, y aun no faltan
razones para creer que la Reina vió en él con verdad ó sin ella á la persona
encargada de asesinar á su confesor. Da cierto valor á tales sospechas la
cólera con que recibió don Juan en Galicia la ejecución de Malladas, dado que
no era tanto su buen corazón que pueda atribuirse á piedad sola. Representó al
punto que no podía pasar á Flandes, y admitió la dimisión la Reina; pero al
admitirla envió un Decreto á todos los Consejos, manifestando que no teniendo
por bastante la causa de salud que había alegado para determinación tan
intempestiva y de tan gran perjuicio al Estado, le ordenaba que sin llegar en
distancia de veinte leguas á la corte pasara á Consuegra y allí se detuviese,
quitándole la propiedad del Gobierno y generalato de Flandes.
Esparcióse este Decreto de la Reina por toda la
corte; y D. Juan, más encolerizado, desde Consuegra apresuró sus intrigas para
apoderarse por fuerza del Gobierno; esto al menos se sospecha de los sucesos.[586] Llegó cierto día á Palacio un capitán
solicitando hablar á la Reina; hablóla por largo rato, y tales cosas debió
comunicarla, que fué preso D. Bernardo Patiño, hermano del Secretario de D.
Juan, ocupándosele los papeles y comenzando á formársele proceso. Nadie dudó ya
de que el hilo de la conspiración de D. Juan estuviese en poder de la Reina, y
más cuando al día siguiente se vió salir de Madrid para Consuegra con órdenes
reservadas al marqués de Salinas, capitán de la Guardia Española, acompañado de
cincuenta hombres escogidos, dándose por cierto que aquellas órdenes reservadas
eran de llevarle preso á una fortaleza. Pero cuando llegó el de Salinas á
Consuegra no encontró más que una carta de D. Juan á la Reina diciéndola, «que
el motivo verdadero que tuvo para no pasar á Flandes, fué el querer apartar de
su lado y del Gobierno aquella fiera de confesor tan indigna del lugar sagrado
que ocupaba, y que esto pensaba ejecutarlo sin escándalo ni más violencia que
la precisa, sin tocarle á la vida, aunque según su conciencia y lo que toda
razón pedía, debía quitársela por las causas comunes del bien de la Corona y
particulares suyas y conforme á lo que le habían aconsejado y aun instado
grandísimos teólogos.» Amenazaba también tomar satisfacción hasta del menor
daño que se hiciese á sus parciales, compadeciendo con lastimosas palabras la
suerte de Malladas á quien apedillaba inocente, y á su sentencia, horrible y
nefanda tiranía.
Con noticia, sin duda, de lo que pasaba en Madrid,
habíase salido D. Juan la noche antes de Consuegra acompañado de hasta sesenta
hombres armados, entre sus criados y algunos parciales, encaminándose por[587] despoblados á Aragón, y desde allí, disfrazado,
á Barcelona. Recibióle esta ciudad con muestras de amor, porque fué estimada su
conducta cuando allí estuvo, y el verlo perseguido del jesuíta Nithard, allí
muy aborrecido, aumentó el amor con que le miraban, de modo que toda la nobleza
y pueblo se puso de su parte. Gobernaba el Principado el duque de Osuna, el
cual, no atreviéndose á ir contra la general opinión, le festejó bastante; pero
en su particular pidió instrucciones á la Corte. Ordenóla éste acaso que se
apoderase de don Juan; pero él, viéndolo tan amado del pueblo, no osó emprender
cosa que podía levantar en armas toda la provincia. Sólo la sospecha que hubo
de que iba á embarcársele un día para sacarle fuera del reino por fuerza, causó
en Barcelona viva alarma. Desde la torre de Lledó, donde estaba aposentado,
escribió D. Juan á la Reina exigiendo ya sin empacho alguno el destierro de
Nithard; y los magistrados de Barcelona y la Diputación y cabildo la
escribieron también intercediendo por el Príncipe.
No era mujer la Reina que así cediese de sus
empeños: consultó al Consejo de Castilla sobre el castigo que podría imponerse
á D. Juan, remitiéndole los papeles hallados en casa de Patiño, que eran poco
importantes, excepto uno que contenía un horóscopo hecho al Príncipe en Flandes
y que al parecer le señalaba más alta dignidad que la que tenía; y contestó que
el único medio de que se arreglasen las diferencias, era que D. Juan volviese á
Consuegra ó se acercase á la corte, bajo seguro de que su persona sería
respetada. No se descuidó en tanto el jesuíta Nithard, y sostenido por los de
su hábito que tomaron como propia su causa,[588] publicó
un manifiesto, justificando su conducta y acusando la de D. Juan, al paso que
otras manos inferiores llenaban la corte y la nación de libelos y sátiras
contra éste, procurando de todos modos deshonrarlo. Replicaron de todos modos
los amigos de D. Juan, y se empeñó una polémica vivísima en hojas
subrepticiamente impresas, toleradas las unas, perseguidas las otras por la Reina
y su Gobierno. Ya á este tiempo la Corte estaba dividida en dos partidos: hasta
las damas de la Reina, unas se llamaban everardas y austriacas otras.
La nación, cansada de favoritos como tan afligida
de ellos, al nombre tal que llevaba el Padre Nithard no podía menos de desear
el triunfo de D. Juan de Austria. Preferíase también naturalmente el gobierno
de un soldado al de un fraile, que puesto que la devoción fuese mucha, no era
tanta que hubiese de desconocerse la inconveniencia de tal género de ministro.
Pero la especie de indiferencia en que habían caído los ánimos españoles, el
fatalismo cristiano que la exageración del principio religioso había traído
aquella conformidad con las desgracias, aquella especie de respeto á los males
que se creían originados del cielo, el hábito antiguo de obediencia á la
autoridad, y de ciego culto al Trono, y la costumbre de no discutir ó juzgar
sobre tales materias, hicieron que lo más de la nación, y en particular los
reinos de Castilla, permaneciesen mudos en sus opiniones. Escribió D. Juan
desde Barcelona sendas cartas á las ciudades de voto en Cortes,
representándoles los motivos de su conducta; y de ellas hubo algunas que
suplicaron á la Reina que oyese bien la pretensión del Príncipe echando de
España al Padre[589] Everardo; mas el mayor número
enviaron á la Reina las cartas que habían recibido vendiendo la fineza de que
ni siquiera se habían permitido leerlas. No estaban así los reinos de la Corona
de Aragón: mientras que Barcelona se esforzaba en dar muestras de amor á D.
Juan lo mismo que toda Cataluña, en Zaragoza se hacían también en su favor
grandes demostraciones. Y de todas suertes harto más ventajosa era la situación
de don Juan que la de la Reina, claramente favorecido de unas provincias,
tácitamente deseado de otras, mientras ella, aunque dentro de la corte hallase
quien defendiera á su favorito, apenas tenía en el resto de la nación quien no
le aborreciese. Insistía la Reina en que D. Juan volviese á Consuegra; negábase
éste, alegando que allí no se contaba por seguro de las traiciones del
confesor, y así estuvieron muchos días yendo y viniendo cartas de una á otra
parte. Por fin D. Juan, bien aconsejado de sus amigos de la corte, conociendo
la flaqueza del partido contrario que en Madrid mismo donde tenía su fuerza
apenas podía igualarse con el suyo, se determinó de repente á tener por
bastante el seguro de la Reina y á acceder á su solicitud, acercándose, no ya á
Consuegra, sino á las mismas puertas de la capital.
Púsolo por obra, con gran satisfacción al principio
de la Reina y de los de su partido; pero aguóse sobre manera al saber que con
pretexto de venir escoltado y con el decoro que le correspondía, había sacado
de Cataluña tres buenas compañías de caballos, prestándose á ello por no chocar
con el poder que ya aparecía como vencedor, el duque de Osuna. Ofreciéronse
muchos miqueletes á acompañarle; pero D. Juan no quiso por entonces admitirlos;
que si no, trajera un ejército consigo.[590] Ni fué
esto lo peor, sino que orillas del Llobregat y del Segre, los pueblos catalanes
tan exagerados en sus sentimientos, salieron á saludar á D. Juan, llenándole de
aclamaciones, y no bien pasó el Cinca comenzaron á traerle en triunfo los
aragoneses hasta el Ebro y Zaragoza. Tenía ya puesto la Reina por Virrey en
esta ciudad al conde de Aranda, uno de sus mayores parciales y grande enemigo
de D. Juan de Austria, á fin de asegurarse de ella y del reino; y envió órdenes
estrechas para que al paso de éste no se hiciese demostración alguna de
regocijo. Pero la Diputación del reino, á cuya cabeza estaba el Obispo de
Albarracín, alegando sus fueros y derechos, se negó á cumplir la orden y salió
á recibir solemnemente á D. Juan. Salió también inmensa muchedumbre
victoreándole y aclamándole, aunque D. Juan por excusar un conflicto escribió
al Virrey y á la ciudad rogando que se le dejase pasar como incógnito sin
demostración alguna. Hubo á la par desórdenes. Quiso el pueblo furioso contra
el Virrey quemar su casa y también la del Arzobispo que pasaba por afecto á la
Reina: algunos magistrados fueron detenidos por las turbas y obligados á gritar
¡viva D. Juan! y ¡muera el Padre Everardo!, y los jesuítas, acusados de
defender la causa de su hermano el confesor, no pudieron andar por las calles,
so pena de correr grave peligro. Por último, algunos estudiantes y otra gente
osada, hicieron un maniquí de paja, vistiéndolo á manera de jesuíta, y con
demostraciones de escarnio lo condujeron á las puertas de la casa de la
Compañía; allí, forzando con amenazas al Rector de ella á que se presentase en
los balcones, en su presencia lo arrojaron á una hoguera.
Siguiendo D. Juan su camino á Madrid sin detenerse
un momento, ni querer más escolta, aunque ya á esta sazón llevaba además de las
tres compañías de caballos, doscientos buenos infantes, llegó sin tropiezo á
Torrejón de Ardoz. Allí, puesta su gente á punto de guerra, comunicó á la
capital su llegada. En ésta, en tanto, todo era confusión y ruido. No bien supo
la Reina el acompañamiento que D. Juan traía consigo, se preparó á la defensa,
ayudándola el P. Everardo y los jesuítas poderosamente: hízose El Pardo cuartel
de doscientos buenos caballos traídos de las provincias limítrofes, y las
compañías de infantería que había repartidas en los Carabancheles, Toledo y
Segovia, recibieron orden de acercarse á la Corte. Al propio tiempo convocó la
Reina á todos los Grandes parciales suyos, y éstos á todos sus allegados;
alistáronse secretamente compañías de soldados licenciados ó reformados;
compráronse caballos para montarlos; nombróse General de las fuerzas al marqués
de Peñalva, de los portugueses afectos á España y de los mayores amigos del
Padre Everardo, y hasta se quiso sacar el pendón real y levantar en armas la
villa, todo, en fin, como si hubiera un ejército á las puertas de la capital.
Eran los principales que ayudaban y seguían á la Reina en este empeño, además
del Peñalva, el Presidente del Consejo de Castilla, D. Diego Sarmiento, el
marqués de Aytona, D. Ramón Guillén de Moncada, y el Almirante de Castilla D.
Juan Gaspar Enríquez de Cabrera. Pero los amigos de D. Juan, que eran más y más
poderosos, el duque de Pastrana y del Infantado, el conde de Castrillo, el
famoso marqués del Carpio y Heliche D. Gaspar de Haro y Guzmán, el duque de
Alba, el[592] de Maqueda, el conde de Frijiliana y
otros, no se descuidaron por su parte.
Lograron estos que el Consejo de Estado y el de
Aragón, consultados por la Reina, declarasen que, en su concepto, lo que
correspondía era «que el Padre Everardo saliese al punto de España». El de
Castilla, consultado también, se dividió en pareceres. Pasaron luego los de los
tres Consejos á la Junta grande, que así se llamaba la de Gobierno, y ésta, con
asistencia del Arzobispo de Toledo, el Presidente de Castilla, el Vicecanciller
de Aragón, el conde de Peñaranda y el marqués de Aytona, y, en presencia de la
Reina misma, opinó, por tres votos contra dos, que saliese el confesor del
reino. Oyó la Reina, disgustada ya con la contrariedad de los Consejos,
profundamente irritada, este fallo, y cuando todos esperaban que cediese, se
contentó con declarar «que no hallaba razón para que el Padre Everardo
saliese».
Ya en esto, con la llegada de D. Juan á Torrejón de
Ardoz y su amenazador continente, con los dictámenes de los Consejos y de la
Junta magna que se hicieron públicos, y las intrigas de los enemigos del
confesor y de la Reina, había pasado la corte, de la confusión y el ruido, al
alboroto y la alarma. Los preparativos de defensa de la Reina, aunque muy
ruidosos, eran tan exiguos que no bastaban para resistir á D. Juan, y éste
podía estar seguro de llegar á la corte con su reducido número de soldados y entrar
sin dificultad. Esto dió valor á Pastrana y á Heliche para pedir una audiencia
á la Reina, á fin de manifestarla el estado de las cosas. No quiso oirlos ella;
pero no se retiraron sin decir antes á su secretario en el despacho universal,
don[593] Blasco de Loyola, cuán á pique estaba de
perderse, si no tomaba resolución en que saliese luego el Padre Nithard,
añadiendo «que, de no hacerlo Su Majestad, tendrían que ponerlo ellos en
ejecución, para evitar el daño que amenazaba». Tan insolente demanda fué seguida
de otro hecho no menos osado. Fueron los mismos Pastrana y Heliche al lugar
donde se reunía la Junta de gobierno; hablaron ante ella sin más permiso que el
que á sí propios se dieron, y autorizando sus palabras con los gritos de la
muchedumbre, que llenaba ya calles y plazas, vitoreando á D. Juan y amenazando
al confesor de muerte, convencieron á todos los señores de que extendiesen el
decreto expulsando á éste de la corte dentro de tres horas y luego del reino,
enviándolo á rubricar á la Reina. No tuvo ya valor para resistir la Reina
(1669), y firmó el decreto con apariencia de buen semblante, protestando
hipócritamente que no quería más que el mejor servicio de Dios en todas las
ocasiones.
Salió, con efecto, el confesor, aunque honrado con
el título de Embajador extraordinario en Roma, dándole á escoger entre este
puesto y la embajada de Alemania; y debió al celo del Arzobispo de Toledo, que
lo sacó en su coche hasta Fuencarral, que no le hiciese pedazos el pueblo.
Luego el Nuncio de Su Santidad, que había tenido mucha parte en todos estos
sucesos, inclinándose más á la parte de D. Juan, que no á la del jesuíta, fué á
ver al Príncipe á Torrejón de Ardoz, donde ya había estado de antemano á visitarle,
y acabó de calmar á éste aparentemente, aunque bien pronto se tocó el
desengaño. Así terminó pacíficamente aquella primera revolución que tan
amenazadora se presentó[594] en un principio. Quedó
en ella la autoridad real, que era, al cabo, lo único que quedaba incólume en
España, humillada y escarnecida; quedó la Reina madre sin decoro á los pies de
un bastardo ambicioso y rebelde y de unos cuantos Grandes más envidiosos que
amantes de su patria; quedó el poder del Gobierno vencido por tres compañías de
caballos y dos de infantes, que apenas sumarían quinientos soldados. Perdió
mucho, en fin, el Gobierno en aquellas circunstancias, y, en cambio, la nación
no alcanzó ventaja alguna. ¡Ejemplo notable para los Reyes y para los
Gobiernos! Jamás en nación bien gobernada pudiera un bastardo rebelde con unos
cuantos cómplices y algunos centenares de soldados traer á tan miserable
situación á la Reina; pero como España aborrecía su Gobierno, como sus torpezas
y su inhabilidad la hacían merecedora de tal aborrecimiento, ¿qué abnegación no
necesitaban los ciudadanos para tomar su defensa? ¿Qué imposible no era que en
tal trance quisieran ellos salvarla? D. Juan no tenía títulos para pedir lo que
pedía, ni para hacer lo que hacía contra la Reina y sus favoritos; pero ella no
debía tampoco abusar en provecho de éstos y de su familia del poder que tenía;
y ya que la nación no se decidiese á tomar la venganza por sus manos, miraba
con razón friamente que espiase sus faltas á manos de sus enemigos. ¡Pero
triste venganza de la nación era esta, que si castigaba las faltas del Gobierno
pasado, no remediaba ninguno de sus males! Los sucesos mostraron pronto que las
naciones no deben contentarse con sustituir personas á personas, ni con asistir
á tales revoluciones y venganzas, sino que deben por sí mismas defender sus
derechos y procurar sus beneficios.
No fué la salida del confesor Everardo más que la
primera jornada de una comedia que debía pasar por hartas peripecias todavía.
Había cedido la Reina atemorizada; pero como terca á la par que tímida, aumentó
si era posible su odio á D. Juan, determinada más que nunca á humillarle,
mientras éste con la pasada victoria se hacía más imperioso y exigente que
antes. Negó la Reina á D. Juan el permiso que la pidió para venir á la corte,
ordenándole que se mantuviese á algunas leguas de distancia. Al propio tiempo
le mandó que despidiese á la gente armada que había traído consigo. Ofendióse
D. Juan de ambas demandas, y en lugar de avenirse á ellas, exigió de la Reina
que nombrase una Junta de los mayores, más experimentados y celosos Ministros,
donde se tratase de aminorar los tributos, de repartirlos por igual entre los
vasallos, de hacer economías en la Hacienda, distribuir bien los empleos,
reformar la milicia, y reparar la administración de justicia poco estimada. Y
al propio tiempo que proveyese los puestos de confesor é Inquisidor general,
que aún tenía á su nombre el Padre Nithard, en personas naturales de estos
reinos, y que no se mezclasen en negocios políticos; que separase de la
Presidencia de Castilla al Obispo de Plasencia por ser tan su enemigo, y que,
de no separarle, le impidiese tomar parte en los negocios que á él le tocasen,
lo mismo que al marqués de Aytona, que también se había señalado mucho en
contra de su persona.
Con estas pretensiones tenía D. Juan las de que se
pusiese en libertad al hermano de su secretario Patiño, que estaba preso
todavía; que se despojase al Padre Nithard de todos sus puestos y honores, y
que á él se[596] le continuasen los títulos y
propiedad del Gobierno de Flandes, que por no haber ido allá le había quitado
la Reina. Esto escribía D. Juan en Guadalajara, adonde desde Torrejón se había
retirado; y la Reina, en lugar de ceder á ninguna de tales exigencias, redobló
las suyas y se dispuso á hacer más eficaz que antes la resistencia. Nombró la
Junta que pedía D. Juan con el nombre de Junta de Alivios, á fin de
que no creyese el pueblo que descuidaban sus intereses; negoció astutamente con
D. Juan para entretenerle; y en el entre tanto, ordenó la formación de una
coronelia ó regimiento, imaginada ya antes de la salida del confesor, que al
mando del marqués de Aytona, y con el nombre de Guarda de la Reina,
debía atender á su defensa, á la par que enviaba órdenes á Ciudad Real y
Galicia para que los soldados que allí quedaban del ejército de Portugal se
acercasen á la corte.
Luego mandó de improviso á Guadalajara al general
de la caballería D. Diego Correa, para que si no licenciaba D. Juan al punto su
caballería, diese orden á los capitanes de que se apartasen de él, so pena de
desleales é inobedientes. No atendieron los capitanes á las amenazas de D.
Diego; y D. Juan, lejos de licenciar su escolta, comenzó á reforzarla con
algunos miqueletes catalanes y gente que acudía á su servicio. Pero al propio
tiempo el regimiento de la Guarda se formaba á toda prisa, y el marqués de Aytona,
su Coronel, ofrecía mantener con él en respeto á D. Juan y á la Corte. Entraron
á mandar las compañías jóvenes de las mejores casas, deseando lucir en Madrid y
á vista de las damas sus arreos y bizarría; el conde de Melgar, luego Almirante
de Castilla, el de Fuensalida, el de Cartage[597]neta,
luego duque de Montalto, el marqués de Jarandilla, el de las Navas, el duque de
Abrantes y otros caballeros particulares: llenáronse con sargentos y cabos
viejos y no pocos soldados veteranos; mas para completarlas pronto se admitió
en ellas á toda la chusma y gente de vida airada que quiso acudir de diversas
partes de España; y se las señaló cuartel en el barrio de San Francisco,
uniformándolas y armándolas con todo esmero. Representó la villa de Madrid
contra la formación de este regimiento con libertad notable, manifestando en
veinte proposiciones los perjuicios que habían de originarse, y lo propio el
Consejo de Castilla consultó en contra de esto á la Reina. Pero ésta no hizo
caso de las reclamaciones de la villa, y ordenó al Consejo que no la hablase
más del asunto. Á la verdad la Junta grande de Gobierno y el Consejo de la
Guerra habían dado dictámenes favorables á la formación del regimiento, y en
ellos fortalecía la Reina su intento.
Quejóse D. Juan altamente; mas no recibió otra
respuesta sino la de que excusase el escribir y entrometerse tanto en los
negocios públicos. El regimiento estaba ya formado; D. Juan se mostraba
prevenido; aguardábase de un momento á otro que se remitiese la cuestión á las
manos, haciendo campo de batalla las calles de la corte: ya se señalaba el día
y la hora en que D. Juan había de caer sobre Madrid, y se proveían de víveres
los vecinos, alarmados, para no salir de sus casas; faltaban en el mercado los mantenimientos,
y todo era confusión y espanto, cuando de repente se terminó todo sin venir á
las armas. El Nuncio, que andaba también ahora de mediador, logró que D. Juan
se contentase con el Virreinato de Aragón y el Vicariato general de[598] los reinos, que dependían de aquella Corona,
separándose de la Corte (1669) y dejándolo todo como estaba.
Rugieron de cólera muchos de los partidarios de don
Juan al saber su sumisión, y que por tal empleo hubiese abandonado á su
partido, que ya nada menos deseaba sino apartar de los negocios á la Reina; y
el pueblo de Madrid, que con la formación del regimiento de la Guardia se había
puesto todo de su parte, esperando su llegada por momentos para tomar las
armas, rompió en altas quejas y murmuraciones contra el Príncipe que así lo
abandonaba. Y cierto que la resolución de D. Juan debía parecer extraña al común
de sus partidarios, porque ni el empleo que se le daba era de tal honor que
pudiera juzgársele por él seducido, ni de hombre de tan altas pretensiones
podía sospecharse que la humildad lo hubiese tocado en el alma. Pero
contemplando bien los sucesos, parece acertada su conducta. La corta edad del
rey D. Carlos y su natural enfermizo, que le traían siempre á las puertas del
sepulcro, llamaban ya por entonces la atención de todo el mundo; el mismo Luis
XIV había empezado á poner en duda la validez de la renuncia de su mujer Doña
María Teresa á la Corona de España; y en Alemania, donde la casa imperial se
juzgaba con derecho á suceder en ella, y en otras Cortes de Europa tratábase ya
de este asunto y de las probabilidades de una guerra de sucesión. No debía ser
por cierto D. Juan quien menos cuenta tuviese con tales probabilidades: la
Reina y el confesor le habían acusado de querer usurpar la Corona al Rey; pero
esto no parece probable. Porque si la nación dejaba de buena voluntad insultar
á la Gobernadora, no habría dejado de seguro atacar al Rey niño, cuya tierna
edad mo[599]vía en su favor la antigua generosidad
española; y porque el mismo D. Juan, que apenas había podido, sobre todo en los
últimos días, hacer rostro á la Reina, no había de imaginar que semejante
empresa le fuera posible. Lo probable es que D. Juan aspirase á ocupar el Trono
el día en que falleciese su sobrino.
Un astrólogo de Flandes le había predicho que
llegaría á tener cetro en sus manos; predicción que, hallada entre los papeles
del hermano de su secretario Patiño, sirvió no poco á la Reina para acusarle de
rebeldes intentos; y es evidente que tan difícil como se ofrecía la empresa de
destronar á Carlos II, tanto era difícil la de sucederle, viniendo á disputarse
la Corona los extranjeros. Dados tales intentos y circunstancias, nada más
ventajoso para D. Juan que el Vicariato general de los reinos de Aragón que se
le daba: amábanle ya aquellos pueblos, y estaban muy declarados en su servicio,
y su natural independiente y duro, su valor y constancia le aseguraban en todo
evento, que podría fundar allí un Trono, y ya que no traer á su obediencia el
resto de España, sostenerse en él contra todo género de enemigos. Pudiérase
creer, aun para esto, preferible el apoderarse del gobierno de toda la
Monarquía; pero no sin error ciertamente. Porque en primer lugar, en Castilla
andaba muy dividida en dictámenes la nobleza; y si tal se mostraba cuando D.
Juan no pretendía más que sustituir en el Gobierno á la Reina, al verle en el
Trono pudiera contarse seguido de pocos, combatido de muchos, sin apoyo cierto
en aquella clase, por su riqueza, tan importante aún en el Estado. Luego no
parecía conveniente comenzar empeñando una batalla en las calles de Madrid, y
llenándolas de sangre y odios[600] para venir un
día á ocupar la Corona y defenderla contra los extranjeros. Y tal batalla no
podía menos de empeñarse y de ser dudosa, porque el marqués de Aytona con su
regimiento, y el Almirante de Castilla y los enemigos de D. Juan con las tropas
que habían llegado á la corte, estaban resueltos á sostenerse hasta el último
punto, siendo tal la terquedad de la Reina, que se disponía á salir en el
trance por las calles con el Rey niño en los brazos alentando á los suyos y
desconcertando á los contrarios.
Para vencer tal resistencia necesitaba D. Juan
valerse del pueblo de Madrid, movido ya, según dice un anónimo contemporáneo,
«en inteligencia de que era menester hacer pedazos toda esta campana rota de
Monarquía para que volviese en nueva fundición á cobrar su antiguo sonido»;
pueblo compuesto en no poca parte de vagamundos hambrientos y extranjeros, sin
amor al Rey ni interés en el bien de España, de cuya gente podían temerse en la
ocasión los mayores escándalos y desórdenes, lo cual pondría en contra del partido
de D. Juan al clero, á los ricos y á todos los Grandes y nobles, que serían
naturalmente los perjudicados. Por último, aun llegado D. Juan á punto de
desempeñar el Gobierno, desterrada ó metida la Reina en un convento, como acaso
se pensaba, si venía á morir el Rey niño; ¿qué pretexto tan horrible no
hallaría para cebarse en él la calumnia, y cuán dañoso no sería el entrar á
disputar un trono á Rey extranjero con la sospecha de haber envenenado al Rey
propio? Tales consideraciones obraron sin duda en el ánimo de D. Juan, puesto
que las publicaron algunos de sus más allegados amigos, para persuadirle á
aceptar el empleo que se le ofrecía. No[601] dejaron
también de censurar los parciales de la Reina el que hubiese dado á D. Juan tal
empleo, principalmente los que temían que quisiera alzarse en vida del Rey con
la Corona, diciendo que era ponerle en la mano los medios para que, ya que no
lograse el todo, dividiese, en su provecho, la Monarquía, quedándose con
aquellos reinos de Aragón, por tan débiles lazos unidos aún con Castilla. Ni
falta razón para decir que, con efecto, fué aquello en la Reina imprudencia
notable, y que, á ser menores los intentos de D. Juan y á contentarse, desde
luego, con ser Rey de una parte de España, hubiera producido quizás lastimosos
frutos. Mas quiso la Providencia que ni lo acertado de la conducta de D. Juan
ni lo imprudente de la conducta de la Reina fueran de consecuencia alguna en
adelante, que tal sabe y suele burlar todos los propósitos humanos.
Al propio tiempo que llegaba á Zaragoza D. Juan
comenzaba á declararse la privanza de D. Fernando de Valenzuela, hombre de
pocos años, de algún talento, de conversación graciosa y amena, audaz, de
hermosa figura y, para aquel tiempo, donde esto era todavía de estimación,
dotado de una gran cualidad, que era ser poeta tierno, amoroso y dulce, muy
dado á las preciosidades y sutilezas del culteranismo lírico y dramático no
despreciable. Era natural de Ronda, donde se le tenía por hidalgo; vino á
Madrid, á buscar fortuna, á tiempo que, hallándose el duque del Infantado de
partida para Roma, á ocupar el puesto de Embajador, pudo conseguir que le
tomase por su criado. Sirvióle bien, y á su vuelta el Duque le premió con
lograrle un hábito de Santiago; pero muerto de allí á poco su protector, se
halló desvalido y en lastimosa pobreza. En[602]tonces
discurrió introducirse con alguna de las personas que tenían parte en el
Gobierno, y sabiendo que el Padre Nithard, acobardado con las amenazas de don
Juan y de sus partidarios, andaba buscando personas de bríos que le
resguardasen y acompañasen, se ofreció á ello con gran decisión y rendimiento.
De tales principios llegó á encaramarse tanto en la confianza del Padre
Everardo, que acabó por hacérsele necesario, y éste, porque más le sirviese, le
dió entrada en Palacio mismo, siendo allí su Ministro y mensajero.
No tardó Valenzuela en aprovechar diestramente sus
idas y venidas á Palacio; valióse de su buena gracia para enamorar á una
camarista llamada Doña María Eugenia de Uceda, en quien tenía puesto su afecto
la Reina. Casóse con ella, y para favorecer tal matrimonio, le hizo la Reina
caballerizo suyo, creciendo desde este punto de hora en hora su grandeza.
Sirviéronle los apuros en que puso á la Reina y al confesor la llegada de D.
Juan á Torrejón de Ardoz para mostrar su fidelidad y aptitud, y cuando salió desterrado
el Padre Everardo, fué la persona con quien éste comunicaba las cosas que
quería que supiese la Reina. Dióse en esto tanta traza, que la Reina, que en
los primeros días que siguieron á la salida del confesor no quería oir ni
consultar á nadie sobre sus asuntos, necesitando, al fin, un confidente, puso
en él los ojos. Habíala llamado ya la atención, no sólo por las noticias
favorables que de él tenía y por los servicios que la había hecho, sino por
ciertas comedias suyas que se habían representado en Palacio, y á las cuales
había ella asistido con las damas y las personas más allegadas de la Corte,
mostrándose todos muy complacidos. Parecióle,[603] por
sus talentos y gracia, el más á propósito para enterarle de las cosas que
pasaban en Madrid; de lo que se intentaba ó murmuraba contra ella, y para
aconsejarse en sus determinaciones, mucho más siendo él por quien se comunicaba
todavía con el Padre Everardo. Dió parte de este intento á Doña María Eugenia,
la cual, pensando más en lo que había de ganar su ambición que en lo que podía
perder con aquel trato su cariño conyugal, la oyó con regocijo y facilitó el
que á las altas horas de la noche entrase su marido en el aposento real. Pronto
Valenzuela se hizo en él más necesario aún que se hubiese hecho el Padre
Everardo. Las primeras conferencias las tuvieron Valenzuela y la Reina delante
de Doña María Eugenia. Pero no consta que siempre se observase lo mismo.
Ignoró el pueblo de Madrid, por algún tiempo, esta
privanza. Notábase que la Reina, que no hablaba ni consultaba con nadie, estaba
enterada de todo, hasta de los menores detalles de las cosas; que sabía los
secretos y las conversaciones más recónditas; y como se ignoraba quién fuese el
confidente, le designaban con el nombre de Duende de Palacio. Mas como eran
tantos ojos á ver y observar, tampoco tardaron mucho en averiguar la fortuna
del Valenzuela, produciendo, desde los principios, grande escándalo. Con esto y
con las intrigas de los partidarios de D. Juan y el disgusto del pueblo por la
formación del regimiento de la Guarda de la Reina, quedó Madrid, después de la
ida del Príncipe á Zaragoza, tan revuelto, poco más ó menos, como antes.
Forjaron algunos de los descontentos, para alarmar
al pueblo, un decreto que suponían firmado por la[604] Reina
gobernadora, en el cual se ordenaba registrar todas las armas ofensivas y
defensivas, prohibiendo su uso por tiempo limitado; y esto solo, estuvo en poco
que no produjese un conflicto, porque el uso de las espadas y broqueles sobre
todo era tan general, que no había ciudadano alto ó bajo que no se sintiese
perjudicado y resuelto á resistir la orden. Desvanecida esta alarma, comenzaron
á originarlas no menores las fechorías que cometían los soldados de la guardia
por todas partes.
Andaba tal la hacienda, que á pesar de todo el
cuidado que se puso en asistirla, faltaron desde los primeros meses las
asistencias. No se necesitó de más para que se repitiesen en Madrid aquellas
lastimosas escenas de los días de Felipe IV, poco antes de la caída del
Conde-Duque. El reposo en que había estado el reino por algunos años había
favorecido á las justicias para corregir los desórdenes y castigar á los
malvados; al calor de las turbaciones engendráronse de nuevo criminales y
crímenes sin cuento, y unos y otros con la formación del regimiento de la
Guardia vinieron á compendiarse en Madrid. Bien habían previsto esto la villa y
el Consejo en sus representaciones; pero la Reina no oyó nada, aguijada del
deseo de asegurarse contra don Juan; y ahora los naturales comenzaban á recoger
de tal determinación amargos frutos. Viéronse casos espantosos en pocos días.
Dos de los soldados, yendo á robar unos melonares, mataron al dueño de él, que
era el ventero de Alcorcón, y saquearon la venta. Salieron Ministros de Madrid
á averiguar el suceso, y tropezando con otros del regimiento que ya había allí,
se trabaron de palabras, y viniendo á las manos pelearon justi[605]cia
contra justicia, hasta que los de la militar con los soldados obligaron á sus
contrarios á encerrarse en la venta, y allí les pusieron cerco determinados á
no dejar uno á vida. Pudieron los sitiados avisar á Carabanchel, de donde
salieron en su socorro la hermandad del lugar y de otros comarcanos, y como
también á los soldados les hubiesen venido de refuerzo no pocos de sus
compañeros, se dió en aquellos campos una batalla donde, fueron muchos los
muertos y heridos de ambas partes, retirándose al cabo los soldados, muy
inferiores en número á sus contrarios. Juraron aquellos vengarse de los de Carabanchel,
y una noche se acercaron algunos al lugar con propósito de robar; pero también
tuvieron poca ventura, porque salieron los vecinos á ellos, mataron dos y
trajeron tres prisioneros á la cárcel de la corte. Entonces irritados al último
punto los soldados, se juntaron hasta en número de cincuenta, y con todo arreo
y ordenanza militar fueron á talar y quemar los panes del pueblo. Estaba este
ya aparejado á la defensa, cerradas las bocas calles, sin más que un portillo
por donde se entrase, con cuerpo de guardia constante. No bien sus espías les
avisaron el propósito y número de los soldados, los lugareños salieron á su
encuentro, no pareciéndoles número desproporcionado á sus fuerzas, y pelearon
con ellos tan valerosamente, que mataron hasta doce, retirándose los demás
escarmentados.
Tales sucesos merecen ser recordados, porque de
ellos se infiere cómo andarían en Madrid las cosas de gobierno, cuando á sus
puertas se verificaban sin remedio ni espanto. Lo más eficaz que se le ocurrió
al marqués de Aytona para corregir á sus soldados, fué[606] encerrarlos
en el barrio de San Francisco, desocupando todas las casas y prohibiéndoles de
noche la salida. Otros arbitrios que dió eran triviales é inútiles, ya que
aquel no fuese en todo de ejecución posible. Pasó la Reina su dictamen al
Consejo de Castilla, y éste aprovechándose de la ocasión, la representó con
gran libertad y firmeza, que no había más remedio sino echar al regimiento de
la corte, diciendo que «la principal obligación de los Reyes es castigar los
delitos, carga de muy gran peso, pero estrechísima, porque pasó á los Reyes con
la traslación que hicieron los pueblos.» Así las disputas y discusiones iban
poco á poco encendiendo los espíritus y haciendo brotar las doctrinas más
liberales de entre las cenizas á que la Inquisición las había reducido. Poco
después el mismo Consejo hizo una descripción de los excesos del regimiento,
verdaderamente horrible: «Son los testigos más vecinos, decía, las quejas
universales que dan los caminantes y tragineros de lo que á las entradas de
Madrid les sucede, quitándoles lo que traen, y á los que no tienen los
maltratan ó matan, dejándoles desnudos. Los frutos de las viñas los han talado.
Las huertas las han destruído; del ganado que se apacentaba en prados en
contorno de esta villa, han quitado muchas cabezas y tratado mal á los
pastores; las casas de los hombres de negocios, depositarios y asentistas, no
se ven libres de tientos y papeles en que les piden socorros con amenazas;
pocas personas se escapan de las peticiones que les hacen los soldados á título
de la necesidad que padecen.» Y la evidencia de estos daños era tal, que la
Junta grande de Gobierno y el Consejo de la Guerra que habían opinado por que
se formase el regi[607]miento, ahora aconsejaron también
á la Reina que lo echase de Madrid.
Era el marqués de Aytona, D. Ramón Guillén de
Moncada que lo mandaba, hombre devoto y de honradas costumbres, pero no poco
ambicioso y de carácter firme y terco, y por estas cualidades irreconciliable
enemigo de D. Juan, de quien estaba ofendido, y de todos los suyos. Sabía y
deploraba los desórdenes del regimiento; buscaba y proponía de buena fe maneras
de remediarlo; pero no consentía ni en salirse con su regimiento de Madrid, ni
en oprimir tanto á sus soldados que llegasen los ciudadanos á encimárseles tratándolos
sin temor. Su objeto era el mismo que tan desastrosamente llevaban á cabo sus
soldados, el dominar y espantar á Madrid por la parcialidad que había mostrado
hacia don Juan. Lo único que le desagradaba era la forma, porque él hubiera
apetecido que se llevara á cabo sin muertes, robos ni injusticias; cosa
imposible en verdad y que demuestra que tampoco eran grandes los talentos de
Aytona. Aun quiso éste que sus soldados en todo se distinguiesen de los
ciudadanos y demás soldados, á fin de que conservasen más su espíritu de
cuerpo, la unión entre sí y la enemistad contra todos los otros, y para ellos
les dió un traje particular que se llamó chamberga, según unos, porque era el
mismo que usaban los soldados de Schoemberg, según otros porque los traía
cierto Mr. de Chavaget que vino á servir á España y estuvo en el ejército de
Portugal. De aquí vino el llamarse aquel regimiento de la chamberga ó
chambergos; y chambergos por un lado y golillas por otro, que así llamaban
ellos á los cortesanos, continuaron revolviendo á Madrid, hasta que muerto
Aytona y trocadas las[608] circunstancias, pasó el
regimiento al ejército de Cataluña, cuando las cosas de la guerra lo hicieron
allí necesario.
Pero ya por este tiempo la atención pública que
estaba distraída antes con la chamberga, se encaminaba á otros objetos. El
principal era la privanza de Valenzuela. Había llegado esta en breve espacio á
sus últimos términos. Nombróle la Reina su primer caballerizo, y el marqués de
Castel-Rodrigo, que vuelto del Gobierno de Flandes, donde le había sucedido el
Condestable de Castilla, desempeñaba el cargo de Caballerizo mayor,
escandalizado porque ni siquiera se hubiese consultado con él, representó á la
Reina sobre la cortedad de los títulos del favorecido: ella entonces, para
remediar el mal, lo hizo conde de San Bartolomé de Pinares. No había aún la
Corte acabado de murmurar sobre esta gracia, cuando muerto el de
Castel-Rodrigo, que fué á poco, cargado de años y servicios, pretendiendo su
empleo de Caballerizo mayor casi todos los Grandes de España, fué preferido á
todos el nuevo conde de San Bartolomé de Pinares. Y como se murmurase más que
antes, naturalmente, para que no hubiese ocasión de olvidar tal ejercicio,
salió á poco en favor del mismo Valenzuela el nombramiento de grande de España
de primera clase. Sobraban ya motivos para que la envidia y la emulación por
una parte, y por otra la honradez y la virtud, se declarasen contra Valenzuela,
cuando la Reina, impaciente por terminar su obra, lo declaró por su primer
Ministro, dado que ocultamente hacía ya tiempo que lo era.
La ira de los cortesanos y Ministros contra
Valenzuela comenzó á endulzarla un tanto en la apariencia el[609] verlo
ya árbitro de todas las mercedes y dueño de todo el Gobierno; pero, como suele
acontecer, se refugió en lo íntimo de los corazones, esperando para estallar
mejores tiempos, sin escasear entre tanto ocultamente las sátiras ni las
burlas. Cierto día, amaneció puesto cerca de Palacio un retrato de la Reina y
Valenzuela: ella la mano sobre el corazón con un letrero que decía: «Esto se
da», y él la mano sobre las insignias de todos los empleos y dignidades, con
letra también que decía: «Esto se vende». En tanto, el pueblo clamaba
descaradamente contra aquella vergonzosa privanza, y para acallarlo no escaseó
sus trazas Valenzuela. Tomó de tal suerte sus medidas, que cuando en Madrid
andaban escasos los mantenimientos, ahora durante su Ministerio se hallaban
siempre abundantes en los mercados; resucitó los regocijos del tiempo del
Conde-Duque; de suerte que Madrid ardía en fiestas continuamente, corridas de
toros, mascaradas y comedias, donde Candamo y Solís y algún otro ingenio, de
los pocos que había dejado tras sí Felipe IV, alcanzaban altos aplausos; y
acometió obras de mucha importancia para ocupar á los ociosos y adornar á la
corte, siendo una de ellas el terminar la reedificación de la Plaza Mayor de
Madrid, que tenía un ángulo por tierra desde el último incendio, y otra el
puente de Toledo, y otra, á lo que se cree, el arco de Palacio.
Pero como la vanidad es una misma en todos los
tiempos, deseoso Valenzuela de hacer más y más pública su fortuna, comenzó á
lucir en las fiestas divisas muy parecidas á aquélla que tan cara le costó al
conde de Villamediana; una de ellas decía, yo solo tengo licencia,
y otra, á mí solo es permitido. Ambas de grande escán[610]dalo: públicamente se escarnecían á la Reina y al
favorito, y quien más los adulaba y obedecía, más se ocupaba en difamarlos. Los
más altos los despreciaban personalmente, aunque no osaban oponerse á su poder;
los más bajos los aborrecían, aunque se aprovechasen de sus larguezas y
pareciesen contentos con el pan y los espectáculos que se les ofrecían, como á
aquellos viles ciudadanos de la Roma imperial. Y así quieto D. Juan, la nobleza
expectante, tranquilo el pueblo porque no le aquejaban escaseces ni grandes
desdichas, fueron pasando los primeros meses de la privanza de Valenzuela. Pero
pronto su inexperiencia para gobernar la Monarquía y los sucesos mismos
vinieron reciamente á combatirle, dando fuerza á sus naturales y encubiertos
enemigos para derribarle. Si D. Juan estaba quieto, era por conveniencia
propia, pero sin dejar de atender por eso ni él ni sus partidarios á satisfacer
las venganzas de lo pasado y preparar las cosas futuras; bien se vió lo primero
con el suceso del Padre Nithard, en Roma. Andaba éste allí harto desairado, y
con temores de que á instancia de D. Juan, que las hacía muy grandes, se le
despojase de todos sus títulos, cuando habiendo vacado algunos capelos, y tratándose
de dar uno de ellos á España, escribió la Reina á S. S. secretamente,
suplicándole que honrase con él á su antiguo confesor, sin reparar en que el
Consejo de Castilla había ya propuesto oficialmente las personas que lo
merecían. Mas se tenía ya tan poca cuenta con los deseos de la Reina, que el
marqués de San Román, nuestro Embajador en Roma, en vez de apoyarlos como
debía, hizo que el Papa, lejos de honrar con un capelo al Padre Nithard, le
obligase á renunciar sus cargos.
Sintió mucho este desaire la Reina, y como el nuevo
favorito Valenzuela era amigo del confesor, continuó esforzándose en conseguir
que se mejorase su suerte. Logrólo al fin, haciendo que tres años después de su
salida de España se le nombrase Arzobispo de Edessa, y Cardenal con el título
de San Bartolomé de Isola, y dejándole ya bien acomodado, ni la Reina pensó más
en él, ni él se ocupó más en las cosas de España. Pero es indecible lo que D.
Juan se afanó durante todos estos años para evitar que su antiguo enemigo
obtuviese la púrpura, sin desarmarle la humildad con que éste se le ofreció en
su nuevo estado. Al propio tiempo que atendía á esto, atendía también D. Juan
al estado de la salud del Rey, que tanto le interesaba, porque iba de mal en
peor cada día, y corriendo el año de 1670, no bien terminadas las turbulencias,
enfermó tan gravemente que se llegó á desesperar de su vida. Entonces, como era
natural, redobló sus cuidados para ganarse el amor de los pueblos aragoneses,
gobernándolos con algún acierto y justicia, y lisonjeando mucho á la nobleza y
al pueblo. Pero el Rey se recobró, aunque continuando en sus achaques, y D.
Juan tuvo lugar de fijar de nuevo sus ojos en la corte.
Fué á tiempo que los sucesos traían ya muy apurados
á la Reina y al favorito; porque mientras por acá nos ocupaban tan mezquinas
cuestiones, todo era por fuera desconcierto. En Cerdeña, provincia hasta
entonces pacífica, fué asesinado alevosamente el Virrey, que era el marqués de
Camarasa, por unos cuantos nobles conjurados contra él, á causa de haberle
atribuído sin razón una muerte, también alevosamente cometida, contra persona
principal. Alzáronse en seguida en ar[612]mas los
conjurados, temerosos del castigo; fortificáronse primero en un convento, y
luego se embarcaron para el cabo de Sacer, donde se establecieron, y desde allí
corrían los caminos, obligaban á pagar tributo á las poblaciones, y traían muy
revuelta la isla, hasta que fué preciso enviar allá á D. Francisco Tuttavilla,
Duque ahora de San Germán con alguna tropa, el cual guarneció bien las
fortalezas, puso á precio las cabezas de los más culpables, desarmó al resto, y
dió orden en todo. También Valencia fué teatro de algunos desórdenes que, afortunadamente,
se aplacaron sin gran dificultad.
Y entre tanto, los filibusteros ó hermanos de la
costa, que á fines del anterior reinado habían comenzado á infestar los mares
de América, llegaron á causarnos horribles daños; robaban casi todas las flotas
y caudales, y uno de sus caudillos, por nombre Morgán, acometió con seiscientos
hombres á Portobello, y la saqueó; luego ejecutó lo mismo en la isla de Santa
Catalina, y llevó hasta Panamá el terror de su nombre sin que se hallasen
bajeles en nuestros mares que pudieran tomar de tales desafueros venganza. Pero
lo principal eran las cosas de Flandes. Luis XIV con tal poder militar como
hasta entonces no se hubiese conocido en Europa, disponiendo á causa de la
unidad que había alcanzado su nación y de lo muy poblada que estaba, de
ejércitos tres veces más numerosos que los de sus mayores enemigos, favorecido
por la suerte con los mejores generales de su siglo, ciego de orgullo con las
ventajas que había alcanzado en sus primeras empresas, sediento de dominación,
y estimando en más la conquista de una aldea, que la vida de millares de sus
vasallos, despótico, iracundo y aconsejado por Minis[613]tros
que hacían su fortuna mientras él hacía como que mandaba ejércitos y ganaba
batallas y rendía fortalezas, adulado ya por muchos con aquel título de Grande
que no le cuadraba sino por estar al frente de una nación grande y de grandes
capitanes y ejércitos, no reconocía freno alguno, y proclamaba audazmente que
no había más ley que su voluntad en Europa. Irritado con Holanda porque había
detenido el curso de sus conquistas sobre España, coligándose para ello con
Inglaterra y Suecia en el año pasado de 1667, no tardó en hallar pretexto para
declararle la guerra. Embistióla con tres ejércitos á un tiempo según su
costumbre, tan numerosos, que era imposible que los holandeses pudieran
disputarle el campo, y para que tampoco pudieran disputarle el mar, donde ellos
eran muy poderosos, ajustó una liga ofensiva y defensiva con los ingleses,
juntándose ambas armadas para oprimir la holandesa. Pidió auxilio la República
al Emperador y á España; pero ni una ni otra potencia se atrevieron á
declararse por lo pronto.
Gobernaba entonces en Flandes el conde de
Monterrey, D. Juan Domingo Zúñiga y Fonseca, hombre de mayores partes que fué
su padre, el cual, temeroso de que aquel nublado viniese á caer sobre él,
aprestó lo mejor que pudo sus plazas, pidió á la Reina gobernadora socorros, y
con los que se le enviaron juntó un ejército de hasta doce mil hombres, que
bajo su mando y el del conde de Marsín atendiese en todo caso á la resistencia.
No había terminado Monterrey sus preparativos, cuando ya los franceses eran dueños
de la mayor parte de Holanda. Redobló sus súplicas la república pidiendo
auxilios, y el conde de Monterrey, viendo que si[614] Luis
XIV acababa de conquistar á Holanda no podría sostenerse Flandes bajo nuestra
mano, accedió al fin á ellas, enviando al conde de Marsín con seis mil hombres
(1672) á que se juntase con el ejército holandés, que al mando del Príncipe de
Orange sitiaba á Charleroy. No se pudo tomar la plaza, y al año siguiente
comenzaron los franceses la campaña, sitiando á Maestrick. Temió perderla el
Príncipe de Orange, como en efecto sucedió, y volvió á pedir socorro á los
españoles; y Monterrey, no consultando más que la conservación de aquellos
Países Bajos que tan poca cuenta nos tenía, y sin reparar en los peligros á que
exponía la nación, ni orden aún de la corte, envió refuerzo de tropas numeroso
á los holandeses para que intentasen salvar la plaza. Fué esto en vano como
decimos, y Luis XIV hizo vivas reclamaciones al Gobierno de la Reina contra
esta conducta del conde de Monterrey. Pero ya Holanda había hecho hartas
gestiones en Madrid y en Viena, y estaba para firmarse entre las tres potencias
una liga ofensiva y defensiva, con que las reclamaciones del Monarca francés no
fueron oídas.
Solicitó éste entonces la neutralidad de España con
lisonjeras ofertas, y cierto que nada nos convenía tanto en tales
circunstancias, aun siendo cierto como era, que de semejante neutralidad había
de originarse luego la pérdida de toda Flandes; pero á nuestra Corte habían
acabado de cegarla las ventajas que ofrecía Holanda para concluir la liga, y
así fué que no dió más oídos á las ofertas, que hubiese dado á las
reclamaciones del francés. Que el conde de Monterrey enviado á gobernar
aquellas provincias, con el deseo natural de asegurarlas se inclinase á la liga
holandesa, merece al[615]guna excusa, y que en Madrid,
donde los menos avisados miraban ya como inevitable la pérdida de los Países
Bajos, y como utilísimo su abandono, hubiese gobierno que empeñara una guerra
por resguardarlos, merece reprobación muy grande. Era comenzarla sin soldados,
sin capitanes, sin armas ni tesoros, exponernos á nuevas derrotas y afrentas. Y
esto sin contar con la poca fe que debía inspirar Holanda, movida entonces de
la necesidad á hacernos grandes ofrecimientos; pero que una vez fuera de
peligro, había de procurar naturalmente antes que por nosotros por sí propia,
como sucedió, y sin tener más en cuenta, cosa también probada en los efectos,
que en semejantes alianzas lleva siempre la peor parte el más débil y que
nosotros éramos los más débiles entonces. Sólo el agradecimiento de que Holanda
hubiera acudido á salvarnos cuando Luis XIV invadió antes nuestros estados de
Flandes, pudiera excusar tal socorro y liga, aunque á decir verdad, la paz que
entonces obtuvimos por mediación de tal potencia, fué tan á costa nuestra, que
poco hubiera de habernos agradecido ella mediación semejante. Pero acaso es lo
cierto que el Emperador miraba con miedo á los franceses en las orillas del Rhin,
recelando que roto el valladar de Holanda, vinieran á hacerse árbitros de
Alemania, y que la reina Doña Mariana tenía como siempre más en cuenta los
intereses del imperio y de su familia que no los de la nación que gobernaba.
Su único Ministro y consejero Valenzuela,
contentándose con que le dejase hacer la Reina todas las mercedes y disponer de
todas las cosas en España, más pensaba en adular sus gustos, favoreciendo
contra el interés propio los intereses del imperio, que no en con[616]trariarlos á riesgo de perder algo en su privanza. Y
los mismos Consejos donde más que en ninguna otra parte se conservaba el
espíritu antiguo de la Monarquía, no juzgando aún que debieran abandonarse las
provincias de Flandes, y no excusando, por ser de antiguo natural la alianza
con el Emperador, antes que ofrecer como en otras cosas resistencia, se
prestaron de buena voluntad á favorecer las miras de la Reina. Tenían fija la
vista los Consejos en aquella idea de que mientras en Flandes se entretuviesen
las armas francesas se libraban de su poder nuestras fronteras; y á la verdad
había ahora cierta apariencia de razón, porque abiertas como estaban nuestras
fronteras sin plazas ni ejércitos que las defendiesen, despoblado y miserable
el país, no parecía posible detener hasta Madrid la marcha de los numerosos
ejércitos de Luis XIV. Pero se olvidaba el que con mantener tan costosas
guerras en Flandes cada día se enflaquecía más el reino y quedaba más
indefenso; y no se contaba con el patriotismo y el valor de España que había de
despertar al ver insultados sus hogares, como se vió luego en estos mismos años
de desdicha por la parte de Cataluña. El hecho fué que se ajustó un tratado en
El Haya (1673) por el cual Holanda se comprometió á no hacer paz ni treguas con
los franceses hasta que hubieran devuelto á España cuanto la habían arrebatado
desde la paz de los Pirineos, y con esto comprometióse el Emperador á tener
siempre sobre el Rhin un ejército de treinta mil hombres, y España á atacar en
todas sus fronteras y con todas sus fuerzas á Francia.
Rota la guerra en virtud de tales conciertos,
sostúvose, como podía esperarse, con poco crédito. Aumen[617]táronse
con ella los ordinarios apuros de dinero, crecieron las exacciones y todos los
males de la guerra, suscitáronse nuevas sublevaciones en el reino como la de
Messina; y Valenzuela, sin saber cómo atender á tan graves negocios, se hallaba
en los apuros más grandes cuando se vió hecho blanco de las iras de D. Juan y
su partido. Sostúvose contra todo mientras duró la regencia de Doña Mariana,
acrecentándose en aquella mujer terca el cariño que le tenía, á medida que más
combatido le miraba; pero en esto veníase á más andar la época en que había de
ser mayor de edad el Rey niño, lo cual debía cambiar forzosamente la situación
de las cosas.
Mostraba ya el rey Carlos II lo que había de ser en
adelante. Llamábanle el imbécil, cuando no debía llamársele sino el infeliz. La
debilidad de su constitución física, los continuos achaques que ella le
ocasionaba, aquel andar siempre alrededor del sepulcro, de manera que parecía
que Dios no le hubiera concedido el nacer sino para que viese y llorase con sus
propios ojos su muerte, habían hecho decaer su espíritu, llenándole de timidez
y de preocupaciones, quitándole el valor para resolver por sí mismo lo más
pequeño, impidiéndole el estudio, la meditación, el trabajo, y todo aquello, en
fin, que podía prepararle á desempeñar con tino las obligaciones de su estado.
Su vida era un perpetuo gemido, un continuo temor, un doloroso holgar, una
impotencia tan grande para los placeres del cuerpo como para los deleites del
espíritu: Rey el más á propósito que pudiera hallarse para completar y sellar
la ruina de España, digno, en verdad, de esta Monarquía agonizante. Y, sin
embargo, á Carlos II no le faltaban[618] tanto como
se ha creído ni el entendimiento ni la voluntad: bien comprendía el mal y el
bien, y quería tanto lo uno como aborrecía lo otro. Jamás ningún Rey ha amado
más á sus vasallos; jamás ninguno ha rogado tanto á Dios por ellos, ni ha
llorado tanto sus desdichas; jamás ninguno les ha hecho, por su persona, menos
daño, ni ha sido menos digno de aborrecimiento; para Carlos los males de la
nación eran unos con los suyos, y, desde que tuvo discernimiento, juntó al de
sus dolores físicos el peso de los dolores morales que cada una de las
desventuras de la nación le ocasionaba. Detestaba, sin murmurar, á Valenzuela;
censuraba, en su conciencia, los escándalos de la madre, y más el poco amor que
mostraba á los españoles; amaba á D. Juan, porque no le conocía y porque los
partidarios de éste, astutamente, le habían hecho entender que era bueno y
generoso y amigo del bien de España.
Con tales sentimientos y con tal Rey no era difícil
que se preparase la vuelta de D. Juan y la caída de sus enemigos: sólo faltaba
que llegase el día en que, cumplidos los catorce años, tuviese autoridad para
mandar en el reino. Mientras llegaba, D. Juan logró que se le permitiese venir
á Madrid en tres distintas ocasiones, con que logró restablecer su partido,
allegar nuevos parciales, y prepararlo todo para la ocasión que esperaba; y con
el fin de que aun entonces no le faltasen pretextos con que disculpar su
enemistad á la Reina, no cesó de dirigirla peticiones y cargos, ya porque no
castigaba al conde de Aranda, noble aragonés y antiguo Virrey de aquel reino,
que suponía que había querido envenenarlo, ya porque no le devolvía su plaza en
el Consejo de Estado, permitiéndole vivir en Madrid, ya,[619] en
fin, por otros motivos que fuera ocioso enumerar y que inventaba á su placer
cada día. La reina Doña Mariana, llena de inquietudes y de temores, veía
acercarse el nublado, sin poder esquivar la tormenta; día y noche pasaba las
horas meditando y buscando medios y arbitrios con que resistir á sus
adversarios, ó bien derramando de sus ojos, harto fatigados ya, copiosas
lágrimas. Movíala, más que su propia suerte, que al cabo era Reina y madre, la
suerte de Valenzuela, que no tenía otro apoyo ni otra defensa que su lealtad.
Bien veía que el destierro, cuando no la muerte, le esperaba. Por más que día y
noche revolvía en su mente los pensamientos, todos eran ineficaces, todos
pequeños para mal tan grande como amenazaba. Fijóse en el propósito de sacar de
España á D. Juan ó perderle en la gracia del joven Rey, y, para ello, le
designó como la única persona capaz de salvar la Italia, que, abrasada en la
sedición Sicilia y amagada Milán de Saboya y Francia, corría peligro de
perderse, y aconsejó á su hijo que le nombrase lugarteniente en aquellos
estados. Comprendió D. Juan el intento, y aunque el peligro era verdadero, como
el patriotismo no era muy grande en su corazón, se determinó á frustrarlo
excusando el ir por entonces á Italia, como á Flandes en otro tiempo. Lo que
hizo fué valerse de tal título y nombramiento de Virrey de Italia para visitar
á Barcelona y otras ciudades de su devoción con pretexto de enviar socorro, y
para acercarse, por último, á Madrid alrededor del día 6 de Noviembre de 1675,
en que el Rey cumplía los catorce años.
Día amargo fué aquel para la reina Doña Mariana.
Los Grandes de España y palaciegos del partido de[620] D.
Juan habían persuadido secretamente al joven Rey de que la primera
determinación que tomase fuera la de nombrar á D. Juan su primer Ministro,
encargándole de todas las cosas del Gobierno. Entre los regocijos de la corte
por aquel suceso iba ya á firmarse el decreto que esperaba D. Juan en el
palacio del Buen Retiro, adonde ya había llegado, cuando la Reina, enterada del
caso, llena de desesperación, corrió al punto á buscar á su hijo, consiguió
hablarle á solas, le rogó, le suplicó, y tanto hizo y tantas lágrimas derramó,
que logró rendir al flaco Rey y le arrancó una orden separando á don Juan de la
lugartenencia de Italia, con orden verbal de que se alejase al punto de la
corte y volviera á residir en Zaragoza. Así permanecieron durante un año las
cosas, gobernando, como antes, la Reina y Valenzuela en nombre de Carlos; pero
D. Juan y sus partidarios no descansaron un punto hasta urdir una nueva trama,
que tuvo harto mejor éxito que la pasada. Vuelto á persuadir el Rey de que era
necesario llamar á D. Juan al Gobierno, le aconsejaron que una noche saliese de
Palacio y se fuese al Retiro, dejando orden á las puertas de que por ningún
motivo permitiesen salir á la Reina. Ya en el Retiro el Rey, rodeado de
personas afectas todas á D. Juan, sin querer abrir las cartas que al saber el
suceso le escribió desde Palacio la Reina, expidió el decreto nombrando á su
hermano, D. Juan de Austria, que no excusaba darle tal título, á que le
asistiese y tomase sobre sus hombros (1676) el grave peso de la Corona. Así, al
cabo de tantos años de vanos esfuerzos, logró D. Juan vencer á la Reina y
obtener el Gobierno que deseaba. Dióselo Dios por pocos años, y con menos fortuna,
encerrando en el sepulcro las[621] esperanzas más
altas que tenía, si las tuvo como se cree.
Pero ya es tiempo de que veamos qué tal se mostraba
con nosotros la fortuna en la guerra empeñada en 1673. Era Flandes escuela
antigua de nuestras armas, donde con mejor ó peor fortuna habían sido siempre
respetables; obramos ahora solamente á modo de auxiliares, de suerte que no
alcanzamos reputación alguna, bien que pérdidas sí las tuviésemos, y muy
dolorosas. Fué mengua el reconocer por Capitán General de los ejércitos
coligados al Príncipe de Orange, «statouder» de Holanda, rebelde vasallo de
nuestra Corona, poniendo á sus órdenes las viejas banderas del duque de Alba,
para que las llevase detrás de las de aquella república, que no era sino un
pequeño trozo de nuestros antiguos dominios. De esto que el Gobierno de Madrid
miró ya como cosa natural, sin causarle vergüenza ó disgusto, nacieron en las
empresas y ocasiones irreparables daños, porque los generales españoles si no
grandes todos, todos de ilustre cuna, recordando la pasada superioridad, no
llevaban con calma la actual dependencia. Uno de ellos, que era el de la
Caballería, D. Fernando de Aragón y Moncada, conde de Cartageneta y primogénito
del cardenal duque de Montalto, al intimarle la orden de la Reina para que en
todo se sujetase al de Orange, rompió su bastón de mando, dejó el ejército y se
vino á España; y el duque de Monterrey y el de Villahermosa, que le sucedieron,
tuvieron también con el caudillo holandés continuos disgustos. De todos modos,
se juntaron las armas y se comenzó la guerra.
Juntas unas y otras con las alemanas, conquistaron
á[622] Noerden (1673), obligando á los franceses á
abandonar todas sus conquistas en Holanda, y dieron la batalla famosa de Seneff
(1674). Mandaba en ella los ejércitos aliados el mismo Príncipe de Orange,
asistiendo también el conde de Monterrey con los nuestros y llegando el total
de las fuerzas á sesenta mil hombres. Algo menor era el número de los franceses
que el Príncipe de Condé gobernaba. Peleóse desesperadamente durante muchas
horas, señalándose el de Monterrey con los españoles, y, al fin, quedó indecisa
la victoria, retirándose unos y otros á sus cuarteles después de dejar
veinticinco mil hombres en el campo. Entre tanto (1674) Luis XIV volvió á
acometer el Franco Condado. Había propuesto el viejo duque de Lorena, aliado,
como siempre, del Imperio y de España, que se empezasen las campañas por esta
provincia, con lo cual ella se hubiera salvado y hubiera sido más fácil
penetrar en el interior de Francia; pero no fué oído este consejo, y Luis XIV
determinó hacerlo imposible en adelante apoderándose de la provincia. Entró en
ella (1674), en persona, con cincuenta mil hombres y grandes trenes de
artillería, y sus generales se apoderaron, en seis semanas, de todas las plazas
fuertes: Gray, Besanzon, Salins, Dole, con todos los castillos y puntos
fortificados. Hallábase esta vez, más aparejada que otras á la defensa, la
provincia. D. Francisco de Albeyda, que allí mandaba, tenía á sus órdenes
quince mil soldados y buenos capitanes como el Príncipe de Vaudemont, hijo del
duque de Lorena, el barón de Soye y otros: de suerte que parecía que no debía
ser tan fácil el triunfo del Monarca francés. Pero todos los esfuerzos de
Albeyda y sus tenientes, asistidos aún de una diver[623]sión
que hizo el duque de Lorena por la parte del Rhin, no bastaron para luchar con
los franceses, que, sobre ser más de triple número que los nuestros, tenían de
su parte una cosa que hasta entonces les había faltado, que era el favor de los
naturales. Estos, por tanto tiempo leales á España, y que tanto habían padecido
por serlo y tantos sacrificios habían hecho por conservarse en nuestro dominio,
cansados ya de verse entregados al enemigo, persuadidos de que nuestros Reyes
carecían de fuerza para defenderles, y de que, tarde ó temprano, habían de
venir á parar en ser súbditos franceses, lejos de ayudar, como otras veces, á
la resistencia, facilitaban cuanto podían la conquista. Tuvo Albeyda que
repartir su gente casi toda en guarniciones por las plazas, á fin de que ellas
mismas no se alzasen en favor de los enemigos: así, cuando llegaron sobre él
los cincuenta mil franceses, se halló con sólo tres mil infantes y ochocientos
caballos para mantener el campo, con que no pudo socorrer ninguna de las plazas
sitiadas ni obrar cosa de provecho. Las guarniciones españolas de las plazas se
defendieron con denuedo, al decir de los mismos franceses, y una de ellas, la
de Besanzon, ejecutó una acción digna de los soldados de Carlos V y de Felipe
II, no superada en Roma ó Esparta. Aportillados los muros y no pudiendo más
prolongar la defensa, después de veinte días de ataques continuos, pidieron
capitulación. Mandaba á los franceses en persona el rey Luis, que para mostrar
su esfuerzo con aquellos rendidos, no quiso concedérsela, exigiendo que se rindiesen
prisioneros de guerra. Entonces los soldados, llenos de honrosa indignación,
prefirieron morir con las armas en la mano, y saliendo en[624] escuadrón
formado contra las líneas francesas, las embistieron, y peleando uno contra
ciento murieron todos.
El Franco Condado, unido tanto por su voluntad como
por el poder de las armas á la monarquía francesa, no se ha separado de ella
desde entonces. Acompañaron á esta pérdida, tanto en aquella como en las
siguientes campañas, otras iguales ó mayores por la parte de Flandes, para
todos los aliados. Perdiéronse entre otras las plazas de Ayre y Condé (1677),
donde un Maestre de campo español, con trescientos soldados solamente, supo
romper la línea de sitio para introducir socorros; hubo que levantar el sitio
de Maestrik; y nosotros particularmente perdimos (1678) la importante plaza de
Valenciennes, una de las más fuertes de los Países Bajos, no sin recelo de
traición por parte de algunos de los moradores ó extranjeros que la defendían,
dado que en el mismo marqués de Richebourg su gobernador, no se suponga como se
puede. Perdimos también la ciudad de Cambray, muy bien defendida por su
gobernador D. Pedro Scala, y habiendo sido derrotado el Príncipe de Orange en
la batalla de Mont-Cassel, hubo también de rendirse la ciudadela, que era más
fuerte que la ciudad, á pesar de la heroica resistencia de su gobernador D.
Pedro Zabala, que herido y casi moribundo se sostuvo hasta lo último con una
guarnición casi toda de españoles haciendo prodigios de valor, al decir de los
historiadores franceses.
También se perdió Saint Omer con regular defensa.
Mandaba ya en Flandes el duque de Villahermosa, vuelto á España Monterrey, el
cual, aunque no se estuvo ocioso durante esta campaña (1677), no logró hallarse[625] de acuerdo ni una vez apenas con el de Orange,
queriendo él pelear cuando el otro retirarse, y al contrario; de modo que no
pudieron lograr juntos ventaja alguna. En la de 1678 los enemigos, conociendo
de una parte que las plazas españolas estaban mucho menos fortificadas y
guarnecidas que las holandesas, y de otra que era más fácil que las conservasen
por el tratado de paz, manteniendo ya también inteligencias para ajustarla con
Holanda, volvieron contra nosotros todas sus fuerzas. Atacaron á un tiempo
cinco plazas: Gante, Iprès, Namur, Mons y Luxemburgo con poderosos ejércitos.
Gante, valerosamente defendida por D. Francisco Pardo, tuvo al cabo que
rendirse, y lo mismo Iprès que sostuvo hasta el extremo el marqués de Conflans.
No hubo en verdad ningún género de esfuerzo que no hiciese Villahermosa para
socorrer estas plazas; pero abandonado casi de sus aliados por hallarse á la
sazón el Príncipe de Orange en Inglaterra, y continuar las inteligencias entre
holandeses y franceses, sin recibir un solo real de España ni un solo hombre,
falto de todo, no pudo evitar el daño. Hallábase entregado á la desesperación
cuando vino á terminarse la paz. Sitiaba todavía el Mariscal de Luxemburgo la
plaza de Mons, y el Príncipe de Orange vuelto ya de Inglaterra estaba en campo
con sus tropas, disgustado de una paz que le robaba el influjo en la república.
Concertó con éste Villahermosa dar batalla al de Luxemburgo á pesar de la
conclusión de la paz, prevaliéndose de que todavía no habían recibido
oficialmente las nuevas, sin más propósito que el de renovar de nuevo la guerra
ó de vengar pasadas pérdidas; y con efecto, acometiendo ambos generales al
francés, se dió una batalla tan inútil como[626] sangrienta,
en la cual ambas partes cantaron el triunfo dejando siete mil muertos en el
campo.
De mayor ventaja y gloria, por ser mantenidas de
nosotros solamente, contra los enemigos, fueron las campañas de Cataluña. Fué
allí á mandar la provincia al abrirse la campaña de 1673 el duque de San
Germán, D. Francisco Tuttavilla, viejo General y harto experimentado en
Cataluña, Portugal y otras partes, el mejor acaso que tuviera entonces España.
Entró por el Portus Mr. de la Bret con tres mil infantes y setecientos
caballos, para quemar algunos lugares en venganza de los que el conde de
Monterrey quemaba en Flandes. Salió al opósito el de San Germán con ochocientos
caballos y muchos paisanos, sostuvo un combate ventajoso, donde murieron más de
ciento de los enemigos, y por último les obligó á repasar la frontera.
Intentaron otras varias entradas por el Ampurdán, mas siempre fueron
rechazados; y en la villa de Massanet, que acometieron furiosamente, tuvieron
bastante pérdida. Aunque estos pequeños principios eran afortunados, como no
había tropas en la provincia para atender á una ordenada defensa, era de temer
que los enemigos la pusiesen en algún peligro. Entonces Cataluña, ardiendo
todavía en deseos de mostrar su patriotismo y aborrecimiento á los franceses,
levantó á su costa diez tercios de infantería, con lo cual y los escasos
jinetes que allí había, se formó un regular ejército, ordenándose también los
somatenes, para que acudiesen cuando se los llamase.
Contuviéronse los franceses al saber estas
prevenciones, y más que á la sazón les daban á ellos harto en que entender las
cosas de su territorio. De él era parte el Rosellón, provincia natural de
España, que aún no[627] podía llevar con paciencia
el dominio extranjero. Puestos de concierto los paisanos del lado de allá de
los Pirineos con los del lado de acá, no cesaban de acosar á los franceses.
Bastaba que uno de ellos se apartase de compañía ó ejército para ser muerto.
Los colonos que habían venido á residir en los lugares del Rosellón, eran
acometidos de los antiguos vecinos, y muertos también y saqueados; los montes
estaban ocupados por los angelets, que eran como los almogávares de
Cataluña, gente suelta, incansable, atrevida, que no dejaba un momento de
reposo á los franceses, sin dar cuartel á ninguno, recogiéndose en la mala
fortuna al abrigo de los catalanes, que desde Massanet y otros pueblos de la
frontera hacían también á aquellos guerra á muerte. Todo esto acontecía antes
de que se formalizase la guerra. Mas ahora, alentados con ella los principales
vecinos de Villafranca, de Conflans y de otras principales villas y lugares de
Rosellón, negando que Felipe IV hubiese tenido derecho para enajenar aquella
parte de la Corona, determinaron sustraerse al dominio francés, tornando á
España. Comunicaron su intento al Gobernador de Puigcerdá, D. Gerónimo Dualdo,
y concertaron con él el modo de sorprender á los franceses, y de apoderarse en
un punto de toda la provincia. Descubrióse desdichadamente la conspiración, y
los más de aquellos nobles españoles fueran ajusticiados. Tras esto los
franceses, para vengarse hicieron una invasión en el Ampurdán, al mando del
marqués de Riberolles; pero fué en su daño, porque volvieron desordenados por
los paisanos y almogávares ó miqueletes, con gran pérdida, y siendo el mismo
General de los prisioneros, los cuales por primera vez obtuvieron cuartel
durante esta guerra.
No contentos con este triunfo, hicieron infinitos
daños los miqueletes en la frontera francesa. Luego el duque de San Germán con
el ejército formado en Cataluña y algunos refuerzos que recibió de Nápoles y
Castilla, entró por el Rosellón á mano armada (1674). Llevaba consigo hasta
doce mil infantes y dos mil quinientos caballos. Con ellos rindió á Maurellás y
su castillo, rompió un trozo de franceses á la otra parte del río Tech, con
prisión del Teniente general la Bret que los mandaba, obligándoles á desamparar
al Boulou y San Juan de Pajés, y bloqueó el castillo de Bellegarde. En seguida
atacó valerosamente la villa de Ceret, y la tomó, mientras que D. José de
Trinchería degollaba un regimiento de franceses casi entero, y luego rompía
otro, tomando un gran convoy que llevaba al lugar de los Baños, haciendo
prisioneros al mayor número de los soldados. Era este Trinchería catalán de los
del Rosellón, y mal avenido desde su infancia con que su provincia fuese presa
de los extranjeros, se consagró á hostilizarlos; fué de los principales
caudillos de los angelets, y ahora lo era de los miqueletes ó
almogávares, acaudillando una cuadrilla de ellos, con la cual llevó á cabo
hechos famosos.
Alentado San Germán con sus primeras ventajas y
hallando faltas de comunicación, por tenerlas interceptadas los miqueletes, las
fuertes plazas de Bellegarde y los Baños, determinó embestirlas á un tiempo.
Rindióse Bellegarde, mucho tiempo antes bloqueada, después de ser furiosamente
batida; pero la plaza de los Baños no pudo ser tomada por haber sobrevenido al
socorro el Mariscal de Schömberg con tres mil caballos, doce mil infantes y
cerca de diez mil paisanos, número[629] muy
superior al de los nuestros. Concentró el duque de San Germán, para oponerse,
todas sus fuerzas, que no pasaban ya de cuatro mil trescientos infantes y
setecientos caballos, sobre Maurellás, en las orillas del Tech, ordenando á los
somatenes del contorno que viniesen en su ayuda. Era su intento continuar el
bloqueo de los Baños, ordenándolo desde Maurellás con su ejército. Lisonjeóse
Schömberg de sorprenderle, y atacó de repente sus líneas por un punto que
juzgaba desguarnecido; pero no estaba sino muy bien defendido por la infantería
catalana de los somatenes. Por tres veces embistieron los enemigos, y tres
veces fueron rechazados, siendo casi deshecho un regimiento de suizos que tomó
la delantera. Salió entonces nuestra caballería, escondida en unos olivares, y
espada en mano arrojó á los franceses del otro lado del Tech, con gran
destrozo. Sin embargo, como los nuestros, tan inferiores en número, no osaban
salir á campo raso, tuvo lugar Schömberg para socorrer los Baños y tomar á San
Juan de Pagés, con que el de San Germán dispuso retirarse. Avergonzado el
francés de la anterior derrota, quiso desquitarse impidiendo esta retirada,
suponiendo que daría ocasión á completo desorden. Entonces aquellas orillas del
Tech y campos de Maurellás fueron testigos de una batalla gloriosa para los
españoles. Acometió Schömberg nuestra ala derecha, donde había dos tercios de
catalanes, al mando de los Maestres de campo D. José Mari y D. Manuel Senmenat
con superiores fuerzas; pero los tercios se defendieron valerosamente y dieron
tiempo á que, llegando el conde de Lumiares, General de nuestra caballería, con
buen golpe de jinetes, destrozase á los jinetes franceses, obligando á la[630] infantería á ponerse en fuga. Al mismo tiempo
habían embestido los enemigos nuestra ala derecha, y aquí fué más completa su
derrota. Componíanla otros dos tercios, uno compuesto de catalanes, el otro el
de la chamberga, mandado aquél por el nuevo marqués de Aytona, y éste por el de
Leganés, no menos valiente que fué su padre, y que, gobernando en Orán, había
ya dado altas muestras de su persona; acudió también al socorro el conde de
Lumiares con su caballería en lo más recio del combate, y entre todos obligaron
al francés á huir vergonzosamente, ganándole la artillería, parte de la cual
clavaron, y parte trajeron á nuestro campo. Fuera allí total la destrucción de
los franceses, si el de San Germán no hubiese ordenado cesar la pelea. Con
todo, dejaron en el campo mil hombres muertos y muchos prisioneros, entre
otros, el General de la caballería, un hijo de Schömberg y muchos coroneles y
capitanes; tomóse también la mayor parte del bagaje.
Tan señalada victoria no se consiguió sin alguna
pérdida de nuestra parte; del trozo llamado de Medina apenas quedó hombre á
vida. No faltó quien censurase al de San Germán por no haber proseguido la
victoria; pero fué disculpable sin duda el no empeñarse mucho con un enemigo
tan superior en fuerzas, y que conservaba mucha gente de refresco todavía.
Contentóse el Duque con permanecer atrincherado á la orilla del Tech, al propio
tiempo que los enemigos fortificaban su campo más allá de San Juan de Pagés.
Allí estuvieron muchos días ambos ejércitos sin emprender cosa notable, con
gran vergüenza del francés, tan superior en número, hasta que los rigores del
invierno y las enfermedades obligaron á éste á retirarse á su territorio,[631] con lo que los nuestros alzaron también su
campo. Pero en todo el tiempo que estuvieron frente á frente los ejércitos, no
dejó de haber combates parciales y gloriosísimos siempre á los españoles,
señaladamente á los miqueletes catalanes.
Eran estos miqueletes los mismos que en otras
ocasiones hemos llamado almogávares; nombre aquél árabe, que significaba
soldado ligero, y éste derivado de cierto Miguel de Prat, caudillo famoso de
ellos, compañero de César de Borja. Sus hechos contra los castellanos en los
días de la rebelión son bien conocidos; los que ahora ejecutaron contra los
franceses son dignos de eterna memoria. Distinguiéronse entre los caudillos ó
cabezas, José de Trinchería, de quien ya hemos hablado antes, y el baile de
Massagoda. Embistieron los franceses el puente de Ceret, y fueron de los mismos
miqueletes rechazados; Massagoda y Trinchería cogieron numerosos convoyes,
poniendo en grande estrechez el campo enemigo. Luego corrieron el Rosellón como
vencedores, recogiendo en todas partes botín y prisioneros, y destruyendo
cuantos franceses hallaban á mano. Quisieron éstos entrar en el Ampurdán por el
Coll de Bañuls, y los miqueletes los rechazaron; la guarnición de los Baños,
que hizo una salida, fué encerrada de nuevo con gran pérdida en la plaza;
acometieron de nuevo el puente de Ceret y un fuerte allí cercano, y tampoco los
miqueletes les dejaron conseguir su intento, haciéndoles horrible mortandad por
todas partes. Desesperado Schömberg, concertó con su teniente M. de la Bret, ya
rescatado, y con el traidor don Juan de Ardena, que aún mandaba su caballería,
una artificiosa emboscada para coger á Massagoda y Trin[632]chería
con todos sus miqueletes; pero ellos no solamente supieron burlarla, sino que
causaron al enemigo nuevas pérdidas, matando el propio Massagoda á D. Juan de
Ardena, y entre otros al Teniente general de la caballería francesa.
Fué también famoso el hecho de cuarenta y cinco
caballos españoles, que entrando en el Rosellón como si fuera tierra nuestra,
todavía llegaron hasta insultar los muros de Perpiñán, robando á sus mismas
puertas mucho ganado y víveres con que volvieron ricamente cargados. Verdad es
que tan osadas empresas las facilitaba el amor de los habitantes de Rosellón y
el odio á los conquistadores franceses. Llegó por este tiempo á Barcelona la
armada holandesa del almirante Tromp, destinada por su Gobierno, de concierto
con el nuestro, á hacer un desembarco en las costas del Rosellón, cosa que
fuera provechosísima en tales circunstancias; mas bien fuese por mala
inteligencia, bien por mala voluntad del holandés, ello es que el intento quedó
abandonado, y la armada se volvió á sus puertos.
No fué tan ventajosa la siguiente campaña de 1675,
porque no pudo ya reunirse ejército alguno que oponer al enemigo. Entró éste en
el Ampurdán, saqueando las iglesias y cometiendo en ellas grandes
profanaciones; quiso tomar á Bellegarde por sorpresa; fué rechazado con daño, y
tomó el camino de Gerona, resuelto á ponerla sitio. Seguíanle en cuadrillas los
miqueletes, principalmente los que acaudillaba aquel baile de Massagoda, por
nombre Lamberto Manera, acosándole por todas partes en el alojar y desalojar, en
las marchas y en los altos; y los vecinos de los pueblos que iban atravesando,
con noticia de los sacrilegios que venían co[633]metiendo
en las iglesias, salían á los caminos, como dice un analista «á caza de
franceses», obligándoles á no apartarse de su ordenanza. Introdujeron los
miqueletes socorros en el Portus, por si era atacado de los enemigos,
tomándoles tres convoyes con hasta mil acémilas, y prendieron una compañía de
franceses, que con poco tino pretendía ejercitar aquel oficio de almogávares ó
miqueletes. Luego, reunidos el de Massagoda y Trinchería, derrotaron otro
convoy que escoltaban mil franceses, y mientras Massagoda iba detrás de los
franceses camino de Gerona, volvió atrás Trinchería, y llenó de espanto el
Rosellón, insultando de nuevo los muros de Perpiñán. Uno de los mejores
regimientos franceses, el que llevaba el nombre de Schömberg, fué acometido por
los miqueletes cuando más seguro marchaba á reunirse con el grueso del
ejército, confiado en su valor y sus fuerzas; de quinientos hombres que lo
componían, doscientos murieron en el campo y los demás quedaron prisioneros.
Fatigado con tales descalabros llegó, al fin, Schömberg á las cercanías de
Gerona.
Hallábase dentro el duque de San Germán con el
duque de Medinasidonia, harto más honrado que su padre, que servía de
voluntario en aquella guerra, el general de la artillería D. Francisco Velasco
y un conceller de Barcelona, que había venido gobernando un tercio levantado
por aquella ciudad en sólo tres días, para la defensa del Principado.
Determinóse que el Duque, como Virrey, saliese de la plaza á atender á su
socorro, y que dentro quedasen los demás caudillos, y así se hizo. No tardaron
los franceses en comenzar los ataques. Un trozo de su ejército fué sobre el
fuerte de[634] Montjuich, otro sobre el rastrillo
de San Lázaro. Por dos veces fueron rechazados del fuerte, formado sólo de
fagina y tierra; tomáronlo á la tercera, á costa de más de cuatrocientos
hombres, después de haberlo embestido con cinco mil infantes, abrigados de toda
su caballería. El duque de Medinasidonia mantuvo en tanto, con admirable
constancia, el rastrillo de San Lázaro, donde se vieron hechos heroicos. Un
cierto don Francisco Vila, capitán del tercio de D. Pedro Rubio, con sólo
treinta hombres detuvo cinco horas á centuplicado número de enemigos; y el
baile de Massagoda, Lamberto Manera, cubierto de sangre de ellos y de sus
propias heridas, halló allí fin á su gloriosa vida, después de haber peleado
todo el día. Fueron parte estos hechos para que, temeroso el francés de la
resistencia que le esperaba, alzase el cerco, retirándose con prisa.
Intentó una armada francesa infestar las costas del
Principado bordeando hacia Rosas; pero halló á los naturales tan apercibidos á
la defensa que no osó poner gente en tierra. Y los miqueletes, cada día más
audaces con sus triunfos, sabida la retirada que hizo el enemigo de Gerona,
vinieron á acosarle, impidiéndole asentarse en parte alguna. Cuatrocientos de
ellos osaron embestir un convoy de harina y dineros, asegurado por más de tres
mil franceses, infantes y caballos; pelearon cuatro horas con inaudito esfuerzo,
y aunque no lograron tomar el convoy, hicieron gran destrozo en los enemigos.
No tardó Trinchería en desquitarse de aquel frustrado suceso. Venía un convoy
enemigo á pasar por el Coll de Bañuls con quinientos caballos y otros tantos
infantes, parte de ellos de aquella gente ligera formada entre sus paisanos, á
semejanza de nuestros[635] miqueletes, y
aguardábanlo hasta dos mil soldados, destacados del ejército de Bañuls, á la
desembocadura de los desfiladeros. Trinchería salió de noche con sólo doscientos
hombres, dejando algunos más para asegurarse la retirada, y embistiendo en el
paso de Bañuls al convoy, mató doscientos hombres enemigos, uno por cada cual
de los suyos, y tomó hasta trescientas acémilas, salvándose las demás á duras
penas.
En tanto un trozo del ejército enemigo de hasta
cuatro mil infantes y quinientos caballos atacó la villa de Massanet. Hallábase
en ella el capitán José Boneu, el cual, viendo que no podía salvarla contra tan
crecido número de enemigos, echó á la montaña á toda la población y se quedó
dentro con sólo cuarenta miqueletes; llegaron los franceses y rompieron las
tapias de la villa fácilmente; pero en las calles estaba fortalecido Boneu con
sus cuarenta hombres, y se las fué disputando palmo á palmo. Así cuatro mil
quinientos hombres de un lado y cuarenta de otro estuvieron lidiando en las
calles largas horas, hasta que, muertos muchos y oprimidos del número los
demás, se recogieron con su capitán José Boneu á la iglesia. Allí se sostuvo
Boneu todavía, hasta que los franceses lograron escalar las bóvedas y penetrar
por tantas partes á un tiempo, que no tuvo más remedio que rendirse. Quiso el
general francés ahorcar á Boneu, en castigo—según decía—, de haberse atrevido,
con cuatro pícaros, á defenderse y ofender temerariamente á un ejército real;
mas no lo ejecutó, con mejor acuerdo, recordando que él mismo debía la vida á
los paisanos catalanes, y que ellos eran terribles en sus represalias.
Cuesta dolor el apartar la vista de estos hechos[636] heroicos de los naturales, para fijarse en los
del ejército y capitanes reales. Bellegarde, defendida por mil soldados á las
órdenes de un extranjero llamado Niemberg, no bien se presentó el enemigo
delante de sus fuertes muros, pidió socorro; enviólo el Virrey, y como la plaza
estuviese ya circunvalada, ofrecióse el valiente Trinchería á abrir puerta con
sus miqueletes. Abrióla, con efecto, rompiendo un cuartel de alemanes; pero los
capitanes y soldados que venían al socorro se negaron luego á encerrarse en los
muros; con que fué inútil aquella alta hazaña. En seguida el Niemberg, asustado
con las bombas enemigas, rindió la plaza. Retirábase el francés al Rosellón
después de aquella importante conquista, cuando tropezó con una ermita llamada
de Nuestra Señora del Castillo, donde había de guarnición sesenta catalanes:
atacóla con dos mil infantes, quinientos caballos y tres cañones; pero los
sesenta hicieron tanto, que los detuvieron once días delante de sus tapias.
Para concluir la campaña con algún hecho notable, amenazó el enemigo á
Puigcerdá; pero habiéndola provisto muy bien el duque de San Germán,
desistieron del propósito. Debajo de los muros de aquella villa hubo un combate
entre algunos caballos españoles y un grueso de caballería enemiga, donde murió
peleando gloriosamente uno de los mejores capitanes de Cataluña, por nombre
Rimbau de Corbera; y los enemigos, aunque tan superiores, tuvieron que huir
escarmentados.
Dejó en esto el Virreinato el duque de San Germán,
y puesto en su lugar el marqués de Cerralbo, se abrió la nueva campaña. Mandaba
ahora el ejército francés el duque de Novalles, y traía hasta doce mil infantes
y[637] tres mil caballos. Sorprendió en Figueras á
un tercio catalán, de modo que ni un hombre se libró de ser prisionero; mas
Trinchería nos desquitó de esta pérdida prendiendo á toda la guarnición
francesa de Besalú, que, evacuado el lugar, iba á juntarse con su campo. Á esto
se redujo la campaña. Tampoco fué más Virrey Cerralbo, y el Príncipe de Parma,
que vino en su lugar, no hizo más que entrar en el Rosellón con alguna gente, á
fin de divertir al enemigo que amenazaba al Ampurdán. Logrólo, y en seguida,
sin saberse bien el por qué de tales mudanzas, entró en el Virreinato el conde
de Monterrey. Hizo Cataluña un donativo extraordinario de trescientos mil
escudos en tres años, envió la corte alguna ayuda, vino gente de Italia y de
Castilla, y al fin se formó un ejército de doce mil hombres con D. José
Galcerán de Pinós por Maestre de campo general y otros caudillos de nota.
Nunca tal ejército se hubiera formado; porque así
como fueron afortunados y gloriosos los hechos de los miqueletes, así los suyos
fueron infelices. Con él salió el conde de Monterrey á atacar al enemigo, que,
inferior en fuerzas, molestaba el Ampurdán. Aguardáronle los franceses
fortificados entre dos montes, á la otra parte de Villanadal, y él fortificó
delante de ellos su ejército. Allí estuvieron unos y otros observándose muchos
días sin venir á las manos. Propuso Pinós que, levantando los somatenes, se cortase
al enemigo la retirada, que tenía que ser por terreno asperísimo y desfiladeros
casi impracticables; con que atacándolo el ejército nuestro tan superior por el
frente, sería su destrucción segura. No se siguió este parecer tan acertado, y
el francés, conocido el yerro que había cometi[638]do
metiéndose en lugar de tan difícil salida, levantó su campo y comenzó á
retirarse lentamente. Había en nuestro ejército mucha Nobleza, que había
acudido á él con deseos de distinguirse, y al ver al enemigo en retirada,
sintiendo que se les escapase de las manos cuando tenían la victoria por
segura, se lanzaron á perseguirle en desorden. Iba el duque de Monteleón
mandando la vanguardia y á su lado el joven conde de Fuentes, el vizconde de
San Jorge, y muchos caballeros españoles y alemanes, y no bien descubrieron al
enemigo, le acometieron temerariamente. Dió éste cara en buena ordenanza,
peleóse furiosamente, y cayó el de Monteleón mortalmente herido entre otros,
quedando muertos el de Fuentes y el de San Jorge. Entonces Monterrey puso su
ejército en batalla, recogiendo á la deshecha vanguardia y esperando pelear con
todas sus fuerzas; mas no le dió lugar el enemigo, poniéndose de nuevo en
precipitada marcha á favor de las sombras de la noche, y ganando el Rosellón
sin que pudiéramos hacerle el menor daño. Diéronse gracias á Dios en los
templos, tanto en Barcelona como en Madrid, por esta jornada; pero con bien
poco fundamento. Sintióla Cataluña profundamente, y los generales quedaron muy
desunidos, principalmente Pinós, con los demás que habían desoído su consejo,
hasta el punto de renunciar el cargo.
Entró á la siguiente campaña (1678) el propio
mariscal de Novalles con más de veinte mil hombres en Cataluña y puso sitio á
Puigcerdá. Defendió bravamente la plaza el gobernador D. Sancho de Miranda, muy
bien asistido de los habitantes, y dió tiempo á que el de Monterrey pudiese
juntar ejército con que acudir al[639] socorro.
Pero no atreviéndose luego á pelear con el enemigo, superior en número, se
retiró Monterrey, y D. Sancho de Miranda, á los cuarenta días de abierta la
trinchera, tuvo que darse á partido, con gran disgusto de los ciudadanos, que
solicitaban enterrarse en los escombros de la plaza. Todavía el valeroso
Trinchería molestó mucho á los enemigos en el cerco de esta plaza, aunque ya
cundiese el disgusto en Cataluña por ver que el Rey no iba á jurar sus
privilegios, dilatándolo de día en día, y por el poco aliento y destreza con
que la defendían los capitanes reales. Aumentó esta cólera un suceso vergonzoso
que tuvo lugar en Barcelona: había anclado un navío dentro del mismo puerto,
entró en él la armada francesa y lo quemó, sin opósito apenas de la plaza, por
indecisión y torpeza del gobernador D. José de Borja y de los otros capitanes
que allí se hallaban. Sintiólo Barcelona por amor de la nación, no por interés
propio, pues era el navío de los del Rey, tan escasos entonces. Aquel fué el
último suceso de la guerra. Al saber las paces los franceses, que amenazaban de
nuevo la frontera, se retiraron sin hacer más que destruir las fortificaciones
de Bellver y otros castillos poco importantes que poseían.
Más poderosamente aún que Cataluña y Flandes llamó
la atención de nuestra corte la guerra de Sicilia, y tanto, que, por sostener
ésta, abandonó más y más las otras en los últimos años, separando,
principalmente de Cataluña, todos los soldados de alguna experiencia. Quedó la
isla algo conmovida desde los sucesos del reinado anterior. Gobernaba ahora D.
Luis del Hoyo, marino viejo, pero, al parecer, poco prudente, el cual pretendió
disminuir los privilegios de Mesina, que[640] estorbaban
el ejercicio libre de su autoridad; excitó con esto la cólera de la Nobleza y
de una parte del pueblo de aquella ciudad, y habiendo sucedido al D. Luis en
aquel gobierno D. Diego de Soria, marqués de Crispano (1674), se halló ya la
rebelión muy cercana. Temióla tanto el Marqués, que hizo prender á los
senadores Vicente Zuffo, Tomás Caffaro y otros que reputaba como instigadores
de los demás, no bien se encargó del Gobierno. Irritóse la muchedumbre al saber
la nueva, y acaudillada por los dos hijos de Caffaro, se presentó delante del
palacio del Virrey gritando: ¡Viva Carlos II y mueran los malos gobernadores!
No supo entonces D. Diego de Soria resistir como debiera el tumulto, y puso en
libertad á los presos. Entonces los mesineses, envalentonados, quisieron
apoderarse de la persona del Gobernador, y por consejo de Caffaro, en lugar de
«viva Carlos II» gritaron «viva Francia», enviando embajadores á aquella
potencia para que les diese socorro.
No se dejó éste esperar mucho. Habíanse apoderado
fácilmente los sublevados de todos los fuertes de la ciudad menos del de San
Salvador, el más importante, donde D. Diego de Soria se había refugiado con su
familia. Pronto acudieron tropas de diversos puntos de la isla y algunas de
Cataluña, y D. Beltrán de Guevara con las galeras de Nápoles vino á cerrar la
boca del puerto. Dióse un ataque á la ciudad, que no produjo efecto, porque los
mesineses, atrincherados en las calles, rechazaron á los nuestros, y el D.
Beltrán no osó luego pelear con la armada francesa de M. de Valbelle, cuyos
bajeles eran de mucha más fuerza. De modo que entrando el socorro de los
franceses, se for[641]tificó y declaró más y más la
rebelión. No obraron en esto tan tibiamente como en otras cosas la Reina
gobernadora y sus Ministros, escarmentados sin duda con las consecuencias de
tales rebeliones. Ordenóse el armamento de veinte bajeles, y con ellos y las
galeras de Nápoles fué el marqués del Viso á bloquear á Mesina, mientras la
mejor parte del ejército que había en Cataluña se enviaba á la isla, y la
ciudad fué tan estrechamente bloqueada. Llena de hambre y miseria (1675), se
aguardaba su rendición de un momento á otro. Impidiólo el mariscal de Vivonne,
que se presentó en el puerto de repente con una poderosa armada de franceses.
Salió á recibirla el del Viso, y combatió con ella bien al principio; pero al
ver que M. de Valbelle, con los bajeles en que había traído el primer socorro,
salía del puerto á acometerle por la espalda, huyó malamente á Nápoles.
Entonces Vivonne desembarcó las tropas que traía, guarneció con ellas los
fuertes de la ciudad, y tomó el título de Virrey por Francia. No tardaron los
mesineses en echar de menos á su Gobernador antiguo y á los españoles: tal fué
la conducta rapaz y licenciosa que allí tuvieron Vivonne y sus soldados.
Al propio tiempo el resto de la Sicilia se había ya
puesto en armas en favor de España. Tenía en ella nuestro dominio profundísimas
raíces, como que tantos siglos antes estaba unida con Aragón formando una de
las provincias de este reino. Todas sus glorias, todos sus recuerdos estaban
mezclados con los de Aragón, y aragoneses y catalanes eran de origen muchos de
los barones y señores de la isla. Al ver tremolar en ella la bandera
extranjera, y al sentir los excesos de aquella gente enemiga en las ciudades y
en los campos, no[642] hubo más que una voz que
aclamase á España. Así cuando Vivonne salió con ejército formado de Mesina,
encontró en todas partes tenaz y continuada resistencia. Amagó en vano á Catana
y Siracusa, y aunque se apoderó del pequeño puerto de Angusta, perdió casi todo
su ejército, consumido por las enfermedades y los desórdenes. En este punto fué
cuando se habló de enviar allá á D. Juan de Austria con el cargo de Vicegeneral
en todos los estados de Italia, y al mismo tiempo se pidió á Holanda que nos
enviase como aliada fuerzas marítimas bastantes para contrarrestar á las
francesas. D. Juan no fué, como atrás dijimos; pero los holandeses, no sin
hacerse pagar crecidos subsidios, enviaron al famoso Ruytter con diez y ocho
naves de línea, cuatro brulotes y cuatro naves de descubierta. Juntáronsele dos
naves y nueve galeras de España, y con tales fuerzas salió Ruytter á recibir al
almirante Duquêsne que venía á reforzar á Vivonne con veintiséis naves. Dióse
un combate sangriento, en el cual, por causa del viento, no pudieron tomar
parte las galeras de España sino ya al acabarse, que vinieron á remolcar á los
navíos holandeses que quedaban maltratados; y aunque el combate quedó indeciso,
fué siempre ventaja de los enemigos el entrar en Mesina. En tanto, el marqués
de Villafranca, Virrey de la isla, había reunido ya bastantes fuerzas para
sitiar á Angusta con buen golpe de gente á las órdenes del conde de Bucquoi,
título ya ilustre en nuestros ejércitos, y Ruytter fué encargado de bloquearla
por mar con una escuadrilla española, reunida, que mandaba D. Francisco Freyre
de la Cerda. Duquêsne, reforzado también con muchas naves, vino á atacar á la
armada coaligada, y hubo un nuevo[643] combate
(1676), en el cual quedó herido de un cañonazo el famoso Ruytter, muriendo de
allí á pocos días. Fué preciso tras esto levantar el sitio de Angusta, que ya
nos había costado muchas vidas, y entre otras la del conde de Bucquoi, que
murió peleando en una salida de los enemigos.
Apenas había pasado un mes de la muerte de Ruytter,
cuando Duquêsne se presentó delante de Palermo, donde estaban reparándose los
bajeles holandeses y españoles, y hallándolos dentro del puerto, metió en él
muchos brulotes que quemaron al mayor número con pérdida de mucha gente por
nuestra parte. Estas desgracias facilitaron al de Vivonne que se apoderase de
Scaletta, valientemente defendida de los españoles de Taomina, Merilli y muchos
castillos convecinos. Pero como el odio de los sicilianos á los franceses era
mayor cada día, y mayor el entusiasmo por la causa de España, temiendo el
Gobierno francés unas nuevas vísperas, determinó abandonar la isla. Hízolo
traidoramente (1678), porque envió con una escuadra y nombre de Virrey al duque
de la Féuillade, el cual embarcó todas sus tropas y efectos bajo diversos
pretextos, y hasta que estuvo en alta mar no participó la determinación á los
rebeldes. Estos, llenos de desesperación, tuvieron entonces que rendirse sin
resistencia; huyeron los más culpables, muchos fueron ajusticiados, y el
marqués de las Navas, nombrado Virrey en lugar de Villafranca, aunque á costa
de grandes castigos, restableció la tranquilidad en toda la isla.
Después de guerra en todas partes tan poco
afortunada, no podían ser muy ventajosas las paces; pero la torpeza de nuestra
diplomacia y la mala fe de Holan[644]da hizo que las que
ahora se ajustaron fueran aún más fatales para España. Holanda, por cuya causa
se había comenzado la guerra y en cuyo provecho la habían empeñado
principalmente España y el Imperio, mirando que estaba comprometida á no hacer
paz ó tregua con Francia, sin que ésta nos devolviese lo que nos había quitado
desde la paz de los Pirineos, fué quien primero se cansó de la guerra,
disponiéndose á dejar de cualquier modo las armas.
Hubiera esto podido excusarse, á no añadir á la
poca constancia la perfidia con que sacrificó los intereses de sus aliados á
los suyos propios. Había ya tiempo en verdad que se trataba de ajustar las
paces, y para ello todas las potencias beligerantes tenían en Nimega sus
Embajadores, siendo los de España el marqués de los Balbases, D. Pablo de
Espínola y D. Pedro Ronquillo. Pero como las pretensiones de Francia eran tan
grandes, no se podía de modo alguno hallar concierto. Entonces Luis XIV propuso
secretamente á Holanda que la devolvería cuanto la hubiese tomado con tal que
le dejase resarcirse á costa de España; y como no fuesen mal oídas sus
proposiciones, las últimas campañas se encaminaron casi solamente contra
nosotros. Resistíase el Príncipe de Orange á la paz; pero por eso mismo más la
deseaban los Estados generales de Holanda, recelosos de que la ambición del
Statuder pusiese en peligro la libertad de la república. No obstante, para
ocultar mejor la deslealtad ajustaron los Estados generales un tratado primero
con Inglaterra, comprometiéndose ambas potencias á obligar á las otras á hacer
las paces de grado ó por fuerza, atacando juntas á la que se mostrase indócil y
empeñada en no dejar las ar[645]mas. Al calor de este
tratado se ajustaron definitivamente las paces con Francia, que no pudo serles
más ventajoso (1678), obligando á España, imposibilitada para defender sola sus
provincias y para oponerse á los nuevos aliados, á que aceptase las condiciones
que quiso dictarle Luis XIV, que no pudieron ser más desastrosas.
No supieron aprovecharse nuestros Embajadores de la
buena fe con que los de Inglaterra, que no habían intervenido en la negociación
sino para procurar la paz general, se negaron á firmar el tratado particular de
Holanda; ni supieron conocer á tiempo las alevosas negociaciones que
secretamente mantenían los Embajadores franceses y holandeses. Así nosotros
solos pagamos los gastos y padecimos las consecuencias de aquella guerra
desgraciada. Fué preciso ceder al Rey de Francia el Franco Condado, Valenciennes,
Condé, Bouchain, Cambray, Aire, Saint-Omer, Ypres, Warwik, Warneton-la-Lis,
Poperingue, Bailleul, Cassel, Menin, Bavay y Maubeuge con sus dependencias, y
además la plaza de Charlemont por no haberse podido obtener del Obispo y
cabildo de Lieja que diesen á Dinan como estaba convenido. Aquella vergonzosa
paz de Nimega, que exponía nuestra debilidad al escarnio y burla de las demás
naciones, causó en España profundo disgusto. Ella acabó de desacreditar el
gobierno de D. Juan de Austria, ya muy mal reputado.
Este hombre que tantas esperanzas había hecho
concebir á la nación, y que tanto había censurado á los demás gobernantes para
fabricar sobre la ajena deshonra la propia elevación, obró de modo que en un
instante desvaneció todas las esperanzas, y atrajo sobre sí[646] mayores
censuras que la Reina, que el confesor y que el propio Valenzuela. Comenzó por
vengarse crudamente de todos sus enemigos, con lo que claramente dió á entender
que más le movía pasión propia que amor de la patria. Negóse á entrar en Madrid
mientras el Rey no apartase de su lado á la Reina su madre, y con efecto
consiguió que fuese confinada á Toledo, dándola el alcázar de aquella ciudad
por residencia, y por honor su Gobierno; ¡pequeño honor para caída tan grande!
Luego su primera resolución fué la captura de Valenzuela. Habíase este retirado
al Escorial, debajo del real seguro, y allí tuvo noticia de lo que se pensaba,
y se refugió en el monasterio, donde el prior, compadecido de él, le ocultó
cuidadosamente. Súpose que estaba allí por un sangrador á quien fué preciso
llamar habiendo caído enfermo Valenzuela; y el duque de Medinasidonia y D.
Antonio de Toledo, hijo del duque de Alba, que con doscientos caballos fueron
al propósito de prenderle, sin reparar en otra cosa que en servir á don Juan de
Austria y en satisfacer acaso su propia cólera, violando el sagrado, por fuerza
le sacaron del monasterio, lleváronle al castillo de Consuegra, donde estuvo
algún tiempo, y luego, quitándole todos los títulos, dignidades y bienes que
poseía, se le envió D. Juan desterrado á Filipinas. Así cayó aquel monstruo de
fortuna que había escandalizado tanto á la España y al mundo. Llevó su
desgracia con entereza muy grande; y cierto que si alguna vez fuera disculpable
la ambición vil que llega á su término por tan bajos medios como llegó
Valenzuela, habría de serlo en este que no abusó del poder en daño de ninguno,
contentándose con disfrutar él y que disfrutasen sus amigos á costa de la
Monarquía.[647] ¡Tiempos de aborrecible memoria en
que aún esto pudo merecer cierta alabanza!
Castigado Valenzuela, sin acordarse aún de los
negocios del Estado, encaminó D. Juan sus iras contra sus amigos y los de la
Reina y aún contra los que habían permanecido neutrales. De estos era el conde
de Villaumbrosa, Presidente á la sazón de Castilla, hombre recto y de ejemplar
entereza, el cual, habiendo recibido en los pasados disturbios una orden de la
Reina para que sin forma de proceso mandase decapitar á un hombre, echó el
papel á un brasero diciendo: «así cumplo yo orden tan contraria á mis obligaciones.»
Pero así como no consintió esto, tampoco se prestó á vender y abandonar á la
Reina, como hicieron todos los Ministros y Grandes en los últimos días de su
gobierno, comprometiéndose por escrito solemne á traer á D. Juan al gobierno.
Esto bastó para que fuese separado de su alto empleo, entrando á sucederle un
D. Juan de la Puente y Guerosa, canónigo de Toledo, buen amigo sin duda de D.
Juan, mas no por eso buen Presidente de Castilla, indigno de tan alto encargo.
Ya comenzaba á murmurar la corte cuando comenzaron á salir desterrados todos
los Grandes y personas principales amigos de la Reina, (1676), el Almirante de
Castilla, el duque de Medina de las Torres, Príncipe de Astillano, el de Osuna,
el marqués de Mondéjar, el conde de Aguilar y otros: de suerte que con tales
venganzas y ejemplos casi se tuvo á fortuna en el marqués Aytona, el mayor de
los enemigos de D. Juan, que hubiese muerto poco antes. Desterró hasta dos mil
hombres del regimiento de la Guardia, antes de enviarlo fuera de Madrid; y no hubo
violencia que no cometiese. Ni paró en sus enemigos[648] la
saña; sino que temiendo que se le escapase poder tan costosamente adquirido,
viendo que Monterrey, uno de sus mayores parciales, iba adelantando mucho en la
gracia del Rey por el cuidado que ponía en sus enfermedades y dolencias, le
envió á mandar las armas en Cataluña con desabrimiento. Al propio tiempo
continuaba la guerra, si con poca fortuna en los años anteriores debajo del
gobierno de la Reina, desgraciadísimamente ahora, faltando más que nunca los
recursos y disposiciones; como que D. Juan no reparaba siquiera en ella. Pasaba
los días leyendo los papeles que en copioso número circulaban por Madrid llenos
de sátiras y de injurias contra él; desesperábase con ellos y meditaba
venganzas horribles contra los autores, sensible á la censura cuando era tan
insensible á su deber; cobarde para arrostrar las iras de la opinión, cuando
era tan audaz para provocarlas, cosa muy vista en gobernantes. De esta suerte
pasó por sus manos, casi sin advertirlo, la afrentosa paz de Nimega, y tocó la
nación en el último punto de su descaecimiento y vergüenza. Soberbio, iracundo,
sin resolución para las cosas grandes, dado sólo á pequeñeces é intrigas,
suspicaz al extremo, envidioso de todo, cada momento se dejaba abandonar de uno
de sus parciales y se hacía un nuevo enemigo. Siempre fijos los ojos en el
cetro, que las dolencias continuas del Rey acercaban más y más á sus manos,
temiendo que se le escapase, odiando á todos los que podían impedirle que lo
disfrutase, llegó á vacilar su razón y llegaron á decaer las fuerzas de su
cuerpo. También era para él grande la Corona; tampoco podía con ella su cabeza;
tampoco sus ojos podían resistir el brillo que de ella se despedía, ni los
aromas[649] y sonidos dulces que la acompañaban, y
solamente al verla cerca se rendía. Algo de la locura de Masianello había en
aquel hombre, hijo de una cómica y de un rey que sólo en el nombre lo era, y
traído á tan altas esperanzas por la fortuna.
Todo se lo debía al favor del pueblo, y en otro
tiempo había escrito que en él se hallaban refugiadas las nobles calidades que
faltaban en la nobleza y personas principales; mas ahora en el poder, no tenía
con él cuenta alguna.
En su tiempo murieron las Cortes de Castilla, tan
respetadas, á pesar de todo, por Felipe IV, y aunque poco consultadas por la
reina Doña Mariana, no caídas hasta entonces en completo olvido. Cobraba los
viejos tributos sin pedir su renovación, como se solía, y con tal de no reunir
las Cortes, prefirió en los apuros de la guerra acudir á los Grandes por
donativos. Alba, Astorga y Osuna dieron cada uno cien mil escudos, y él mismo,
con loable conducta en esto, amonedó mucha parte de la vajilla que tenía en provecho
del Estado. Pero cabalmente entonces, el pueblo agradecía menos que pudiera
agradecer nunca el que se le perdonasen tributos á costa de no reunirse las
Cortes. Los últimos disturbios y el abatimiento de nuestro poderío, y el
continuo desgobierno que se veía, obligaba ya á los más indiferentes á pensar
que sólo en las Cortes de la Monarquía, bien y legalmente reunidas, podían
hallar remedio nuestros males. Hasta bullía en muchas cabezas aquella idea
fecunda de que era preciso reunir en unas Cortes generales los brazos y
estamentos de las diversas provincias, y en muchas partes la idea de que era
preciso fundir de nuevo «esta campana rota de la[650] Monarquía»,
según las palabras citadas, comenzaba á inclinar los ánimos á la revolución.
Estos momentos críticos escogió D. Juan para poner en completo olvido las
Cortes de Castilla, para no cumplir con los fueros de aquella Cataluña que
tanto le había amado, y para permitir que el pueblo de Madrid, tan favorecedor
suyo, en lugar de aquella abundancia en que le tuvo Valenzuela, padeciese
hambre continua. Así, jamás una revolución general había estado tan próxima en
España, ni hubo nunca Ministro más aborrecido que D. Juan. Las mismas
esperanzas que había hecho concebir, ahora empujaban el odio y lo acrecentaban.
D. Juan perdió la Corona que ambicionaba con su
propio Gobierno, cuando él siendo acertado y patriótico pudiera traérsela á las
manos; la muerte, que le sobrevino tan pronto, no hizo más que apresurarle el
desengaño. Tuvo tiempo, sin embargo, de tocarlo en sus propias obras. Como no
ponía su atención sino en lo que se hablaba de él y en lo que contra él se
hacía, supo que el pueblo le aborrecía, y que los Grandes, conjurados casi
todos contra él, no cesaban de invitar á Doña Mariana á que volviese de pronto
de Toledo, y con ayuda de ellos derrocase al bastardo Príncipe. Comprendió que
todos le faltaban, hasta el Rey mismo, viniendo también infundados recelos á
atormentarle. Porque hecha la paz de Nimega, el Rey, que se hallaba en los diez
y siete años, determinó contraer matrimonio. Hizo cuanto pudo D. Juan por
desbaratar este intento, temiendo que á pesar de la mala salud del Rey, le
diese Dios sucesión para su daño. Desbarató el que estaba ya hablado con Doña
Mariana, hija del Emperador y no hizo nada por lograr el de la Infanta heredera[651] de Portugal, que tan lisonjeras esperanzas
prometía de reunir otra vez los reinos. Por último, con propósito de evitarlo,
á la última hora propuso D. Juan mismo el de Doña María Luisa de Orleans. Era
hermosa esta Princesa y de dulce fisonomía, que daba á entender angelicales
sentimientos; vió D. Carlos su retrato y prendóse de ella; dentro de aquel
alma, abatida por los dolores penosos del cuerpo, no había lugar para otro
sentimiento que el amor, no ardiente y licencioso, sino más bien fraternal,
pero constante. Así, desde que vió los retratos, no apartó un momento su
atención de este matrimonio.
Alarmóse D. Juan al ver cuán seriamente tomaba el
Rey sus burlas, y procuró estorbar tal matrimonio, propuesto por él con más
empeño que ninguno, y en esta lucha con el amor del Rey, perdió el poco afecto
que ya éste, arrepentido de lo que había hecho con su madre, le tenía. El
casamiento se efectuó, dejando al Embajador francés no poco resentido, y poco
después el Rey, sin tener cuenta con las órdenes de D. Juan, alzó el destierro
al duque de Osuna y al Príncipe de Astillano, diciendo con desusada firmeza:
«aunque él se oponga, basta que yo quiera para que se haga.» Y con efecto, ya
no consultaba el Rey sus determinaciones sino con el duque de Medinaceli y un
cierto D. Gerónimo de Eguía, que de escribiente había llegado á secretario del
despacho, y entendía mucho en los asuntos públicos.
Por algunos meses estuvo el Rey tan animado, que se
llegó á esperar un desarrollo afortunado de su naturaleza. Comenzó á mostrar no
sólo firmeza, sino ira y resolución muy grandes. Barrionuevo cuenta que cierto[652] día tiró la espada, y estuvo á punto de matar á
un paje porque contradijo levemente sus órdenes.—Fué un fuego fatuo aquel
aliento y resolución; pero duró lo bastante para hacer temblar á D. Juan por su
poderío. Susurrábase ya que la Reina madre había de venir para asistir á la
entrada de la nueva Reina, y los enemigos de D. Juan se mostraban alegres y
confiados, al paso que él se hallaba solo, sin un amigo apenas que le diese
consuelo. Procuró divertir al Rey con comedias y fiestas que le daba ya en el
Pardo, ya en la Zarzuela, esquivando llevarlo á Aranjuez, porque no estuviese
tan cerca de su madre; mas no consiguió por eso recobrar su afecto. Trajo de
Salamanca en tal extremidad para que le sostuviese, á un catedrático de la
Universidad, por nombre Fr. Francisco Relux, muy partidario suyo en otro
tiempo, elevándole al cargo de confesor del Rey. Pero éste se puso contra él al
punto, llevándose antes de la conveniencia que presta el ir tras el vencedor,
que de la gratitud que le exigía el seguir la suerte del vencido. Nadie dudaba
ya que al llegar la nueva Reina, el resentimiento que tenía el Embajador de su
nación con D. Juan y la vuelta de la Reina madre le derribasen, cuando el peso
de los cuidados, de los temores, de las esperanzas burladas, la ambición y la
ira de consuno postraron al bastardo en el lecho, de donde no se levantó jamás.
Murió, dicen, de tercianas; otros dicen de veneno; pero, sin duda, el verdadero
mal fueron sus pasiones desordenadas. Mostró la mayor conformidad en los
últimos momentos, y sus funerales se confundieron con el regocijo á que se
entregaba toda la corte por la próxima llegada de las dos Reinas. En la muerte
de D. Juan termina, naturalmente, el primer período de la vida de Carlos II.
SUMARIO
Vuelta de Doña Mariana á la corte.—Muerte de
Valenzuela.—La reina Doña María Luisa.—Fiestas á su llegada.—Intrigas en la
Corte.—Afrentas de los extraños.—Ministerio de Medinaceli.—Cuestión de
Alost.—Guerra con Francia.—Flandes: pérdida de Luxemburgo.—Cataluña: defensa
gloriosa de Gerona; hazañas de los miqueletes.—Bombardeo de
Génova.—Treguas.—Más intrigas en la Corte; caída de la camarera y el
confesor.—Miseria del reino.—Sosiego del Rey.—Caída de Medinaceli y Ministerio
de Oropesa.—Lira.—Nuevas disposiciones.—Hostilidades de franceses, moros y
filibusteros.—Liga de Augsburgo.—Muerte de la Reina.—Nuevo matrimonio del
Rey.—Intrigas de Lira; su caída.—Guerra.—Flandes: batallas de Valcourt y de
Fleurus.—Pérdida de Mons y de Hall; batalla de Nerwinde.—Italia: batallas de
Saluces, de Coni y de Marsalla.—Cataluña: disturbios de los naturales; pérdida
de Camprodón; recóbrase esta plaza; pérdida de la Seo de Urgel; bombardeo de
Barcelona; pérdida de Rosas; disgusto de Cataluña; batalla funesta del Ter;
pérdida de Palamós, Gerona, Hostalrich y otras plazas; levántanse de nuevo los
miqueletes; sus hazañas; sitios de Hostalrich y Palamós; defensa de Barcelona y
su pérdida.—Hostilidades de los infieles.—Paz de Riswich.—Intrigas de la Corte
durante la guerra.—El cojo y la perdiz.—Caída de Oropesa.—Influjo de la
nueva Reina.—Privanza de Montalto.—Gobierno de los Tenientes generales.[654] Agrávanse los males del Rey.—Artificios del
conde de Arcour, Embajador de Francia.—Pretensiones á la sucesión.—Partido
alemán y partido francés.—Favor de Portocarrero.—Nueva privanza de
Oropesa.—Motín de Madrid.—Tratado de repartimiento.—Supuestos hechizos del
Rey.—Debates sobre la sucesión.—Pide el Rey consejos.—Su testamento.—Su muerte.
Dos días después de muerto D. Juan, entró en
Madrid en triunfo la reina Doña Mariana, acompañada del Rey su hijo (1679), que
fué á buscarla á Toledo. Los Grandes más encarnizados enemigos suyos se
apresuraron ahora á felicitarla, y el pueblo mismo, inconsciente como siempre,
la vitoreó con entusiasmo. Olvidáronse las faltas de aquella mujer, de quien
nunca se esperó cosa buena, comparándolas con las de D. Juan, que tantas
esperanzas había hecho nacer en vano. Fué fortuna que ya que el pueblo y los mismos
Grandes obrasen con tan escasa cordura, la Reina hubiese adquirido alguna, en
el destierro y la expiación que había padecido. Mujer que aunque sin culpa
había amenguado la honra del Trono poniéndose en lenguas del vulgo y que había
traído á la nación á tanta anarquía, no podía ya intervenir con público
provecho en el Gobierno. Conociólo la misma Doña Mariana, y apenas se ocupó en
adelante sino en asistir á las ceremonias de la corte y practicar sus
devociones, ó cuando más, en intrigas domésticas. No había puesto, sin embargo,
en entero olvido lo pasado, porque su primera diligencia fué pedir al Rey que
levantara el destierro de Valenzuela, y nunca dejó de instar en ello. Frustróse
su deseo, á causa primero de la oposición del secretario Eguía, que veía en él
un rival temible, y luego de la repugnancia[655] del
Rey, de modo que murió Valenzuela, desgraciadamente, sin tornar á España.
Había logrado con su afable trato que el Gobernador
de Filipinas le sacase del castillo de San Felipe, donde al principio estuvo, y
le permitiese vivir con holganza en Manila haciendo y representando comedias.
Logró después que ya que no se le alzase el destierro, se le dejase pasar á
Méjico, donde el Virrey, conde de Galve, hermano de su primer protector el
duque del Infantado, le acogió cariñosamente. Con su amistad y una corta
pensión que obtuvo, vivió allí algún tiempo ocupado, según se cuenta, en domar
potros salvajes, hasta que uno de éstos, hiriéndole con una coz, le ocasionó la
muerte. Vida y muerte extrañas en un hombre que tan alto había encaramado la
fortuna; y hombre que no excita de sí tanto desprecio como lo excita la
Monarquía, de que pudo ser por tantos años dueño. Más infeliz si cabe que la
suerte de Valenzuela, era en tanto la de Doña María Eugenia de Uceda, su
esposa. Debió ésta arrepentirse muchas veces de haber dado entrada con la Reina
madre á su esposo; y mucho debió de padecer durante su privanza. Acabada esta,
la persiguió el vengativo recuerdo de D. Juan tanto como á su esposo, privóla
hasta de su dote, quitóla los gananciales en la confiscación de los bienes del
marido, y la redujo á tan miserable condición, que andaba pidiendo limosna de
puerta en puerta, recogiéndose de noche en un campanario. Algo debió de
aliviarla la reina Doña Mariana cuando volvió á la corte; pero ello es que
murió obscuramente sin que se sepa su último paradero. Todos motivos de
remordimiento y de retiro para la reina Doña Mariana.
Fijábanse por entonces los ojos del pueblo en la
nue[656]va reina Doña María Luisa, que entró en Madrid á
principios de Enero de 1680, y era digna en verdad de amor por sus virtudes,
que excedían aún á su belleza. Dedicóse desde el primer momento á tranquilizar
y cuidar al Rey, y éste la pagaba amándola tiernísimamente y proporcionándola
continuos espectáculos, toros, comedias y farsas donde recrease su espíritu,
presentando la corte por muchos días el propio alegre aspecto que en los
mejores tiempos de Felipe IV. No había visto ningún auto de fe Carlos
II, y con objeto de proporcionarle este placer, dispuso la Inquisición general
en 1680 en que viniese á celebrar uno en Madrid la Inquisición de Toledo, y
para mostrar en él todo su esplendor siniestro y su terrible grandeza, vino el
tribunal de aquella división con todos sus familiares y allegados y los de
Ávila, Segovia y demás iglesias comarcanas. Reuniéronse las causas de hasta
ciento veinte de aquellos desdichados que tenía el Santo Oficio en sus cárceles,
y se mandó levantar un teatro en la Plaza Mayor de Madrid, mucho mayor y mucho
más ostentoso que aquel con que se obsequió en 1632 á Felipe IV. El Rey, como
tan supersticioso, acogió con júbilo el propósito del tribunal, lo propio que
la reina Doña Mariana; y la misma Doña Luisa, amable y bien intencionada, por
no disgustar á su esposo hubo de poner buen semblante á aquel espectáculo
odioso que se la preparaba. Pero fué mayor aún el júbilo en la grandeza y
pueblo. Hiciéronse para esta función familiares del Santo Oficio los más de los
Grandes y de los títulos ilustres de España; y los Alencastre, los de la casa
de Aguilar, los de Zúñiga, Osorio, Pimentel, Pacheco, la Cueva, Silva, Mendoza,
Fonseca, Moncada, Cardona, Guzmán, Fernández de[657] Córdoba,
la Cerda, Toledo, Portocarrero, Guevara y Manrique de Lara, hubieron de
presentar nuevas pruebas de nobleza para alcanzar el honor de ser familiares
del Santo Oficio, y acompañarlo con su cruz al pecho, en el ejercicio de sus
venganzas.
Los del pueblo, por no ser menos que los nobles en
aquella demostración, acudieron presurosos á formar, para escolta de los reos,
una compañía llamada de soldados de la fe. Hízose la ceremonia de llevar los
haces de leña donde habían de ser quemados los que parecían más culpables al
Alcázar real, y allí se ofreció uno de ellos al Rey, que éste ordenó
cuidadosamente fuese el primero que en muestra de su piedad se echase al fuego.
Paseáronse ostentosamente por Madrid las cruces llamadas de la fe, llevando en tales
procesiones el estandarte de la Inquisición el duque de Medinaceli, de Cardona
y de Lerma, D. Francisco de la Cerda Enríquez Alfán de Rivera, declarado ya
primer Ministro, y asistiendo en la guarda del tribunal el noble marqués de
Pobar y Malpica con cincuenta alabarderos de su casa. Por fin llegó el día del
auto, que fué en Madrid de universal regocijo; el pueblo discurría por las
calles desde el amanecer gritando ¡viva la fe de Cristo! Los Grandes y los
nobles aprovechaban tal ocasión para hacer alarde de la grandeza que poseían;
el clero, numerosísimo y lujoso, acudía á presenciar su triunfo; los Reyes
fueron de los primeros que aparecieron en la Plaza Mayor para no perder un
punto del espectáculo; y hasta las damas hermosas de la Corte, no queriendo ser
menos, llevaban bordados en los vestidos el hábito y las insignias de la santa
Inquisición. Al propio tiempo que este concurso brillante y alegre llenaba el
gran[658] teatro levantado en la Plaza Mayor,
veíanse en ella también los miserables que habían de ser condenados; jóvenes,
ancianos y mujeres, en la flor de su edad muchas, otras que apenas llegaban á
la adolescencia. Los que habían muerto en las cárceles estaban allí en estatua
con las cajas de sus huesos, los pertinaces con mordazas en los labios, otros
sin ellas, pero todos con corozas y los hábitos horribles que la Inquisición
acostumbraba: espectáculo de penosa recordación, pero que bien merece alguna
descripción, porque solamente así ha de comprenderse á qué punto de
degeneración había traído el fanatismo religioso las ideas y los sentimientos
de los españoles.
Tomó el Inquisidor general, que era D. Diego
Sarmiento de Valladares, juramento al Rey, de que perseguiría siempre á los
herejes y apóstatas, y de que los entregaría al Santo Tribunal sin omisión ni
excepción alguna; juramento humillante en quien lo daba, osado en quien lo
pedía. Luego un fraile probó en el púlpito, con no pocas citas de autores
paganos, la justicia de castigar á los infieles. Leyéronse las acusaciones y
las sentencias de todos los condenados, y por último salieron para el brasero,
para aquella sola ocasión levantado, en las afueras de la puerta de Fuencarral
de que escribió en sus Memorias el marqués de Villar, hasta en
número de cincuenta y uno, los treinta y dos en estatuas, los otros en persona,
que eran trece hombres y seis mujeres y de ellas una madre con dos hijas. Los
demás padecieron diferentes castigos, todos durísimos, en los días siguientes.
Lícito es creer que la buena reina Doña Luisa no quedaría muy contenta del
obsequio que se la hizo; y que harto más agradecería las otras[659] fiestas
de toros y comedias con que antes y después del auto se celebró su venida.
En tanto continuaban, muerto D. Juan, las intrigas
de la Corte. Nacidas de la debilidad del Rey, como esta era mayor que la de
ninguno de sus predecesores, tampoco se conocieron jamás tantas y tan penosas
en España. Húbolas muy grandes antes de que el duque de Medinaceli fuese
declarado primer Ministro. Pretendían este cargo, á la par que Medinaceli, el
Condestable de Castilla, duque de Frías, D. Iñigo Fernández de Velasco y D.
Gerónimo de Eguía, hombre de bajos principios y de menores talentos, el cual,
favorecido ya con el cariño del Rey, y habiendo contribuído no poco á
desacreditar á D. Juan, levantaba sus pensamientos á ocupar el primer lugar de
la Monarquía.
Era el D. Gerónimo, de los Ministros más indignos
que hubiese tenido España; pero poseía la fácil destreza de adular, y el arte
de sufrir y disimular; uno y otro de gran poder en las Cortes, sobre todo en
épocas de debilidad en la Corona y de disturbios entre los cortesanos. Así hizo
tanto, que si no lograse la privanza, entretuvo por más de medio año al Rey con
diversos pretextos, para que no nombrase primer Ministro y en el ínterin estuvo
gobernando á su antojo la Monarquía. Apoyaba la Reina madre al Condestable, á
Medinaceli el cariño del Rey, y Eguía contaba además de este con la ayuda del
confesor, que no quería ver de primer Ministro á hombre que fuese muy poderoso.
Después de muchas idas y venidas y de muchos sutiles manejos de los
pretendientes, en los cuales tuvieron que tomar alguna parte las dos Reinas,
quedó por Medinaceli la victoria.
Era este magnate bien reputado, de quien se creía
que superaban los talentos á la ambición; mas otra cosa mostró su conducta.
Halló abandonados de Eguía todos los negocios públicos, y que el francés bajo
pretexto de que se dilataba la entrega de la ciudad de Charlemont, según lo
pactado en Nimega, había enviado á Flandes unos siete mil caballos, que
subsistieron á costa del país hasta que el duque de Villahermosa, no pudiendo
como debiera vengar aquel insulto, accedió á sus pretensiones. Al propio tiempo
amenazaba á Italia entrando en Cazal, tantas veces disputada, por medio de un
tratado con su señor el duque de Mantua, y fué preciso enviar algún socorro á
Flandes y á Italia por temor de nuevos atentados, aunque el dinero faltaba
tanto, que apenas para el gasto diario de la Casa real se encontraba, pues
aunque en los mismos días del matrimonio había llegado la flota de Indias
ricamente cargada, todo se gastó en los festejos, y luego no se discurrió otra
medida para remediar la Hacienda, que el bajar de nuevo el valor de la moneda,
lo cual originó, principalmente en Toledo, grandes tumultos.
Medinaceli, para apartar de sí una parte de aquella
responsabilidad inmensa, acudió al remedio, tan usado antes y después en
España, de crear una junta de consulta, la cual se compuso del Condestable, el
Almirante, el marqués de Astorga, el confesor y otros dos teólogos. Y mientras
él se entretenía en consultar con aquella junta, Nápoles andaba afligida de
salteadores; los filibusteros desolaron á Portobello, y poco después á
Veracruz, y dominaron completamente los mares de América; los Gobernadores de las
provincias obraban cada cual á su arbitrio, y entre otros el de Buenos Aires[661] D. José Garro, echó de la colonia del Sacramento
á los portugueses, comprometiéndonos en nuevas desavenencias; Francia nos
amenazaba insolentemente con bombardear á la menor ocasión nuestros puertos; y
por último, dentro de Madrid mismo hubo un gran tumulto, que causó por algunos
días grande inquietud al Rey y á toda la corte. Un cierto Marco Díaz, de oficio
comerciante, escandalizado al ver la mala administración de los regidores de la
villa, que aplicaban en su provecho todos los subsidios que pagaba el pueblo,
hizo muy ventajosas proposiciones, si se le daban las rentas del Rey en
arrendamiento. Regocijóse el pueblo, que había de ganar mucho con las
proposiciones de Marco Díaz; pero de parte de los interesados en el cobro de
las rentas fué muy mal oído el propósito. Y sea que ellos mismos pagasen la
muerte de Díaz, sea que él tuviese otro género de enemigos, el hecho fué que
acometido camino de Alcalá cierto día por unos enmascarados, le dieron varias
heridas mortales. Fué tanta la ira del pueblo de Madrid, que se temió que
faltasen al mismo respeto del Rey. La Providencia, no contenta con esto, señaló
aún con hambres, huracanes y desolaciones producidas por los elementos, los
primeros meses del gobierno de Medinaceli.
En tales circunstancias se rompió al fin de nuevo
la guerra contra Francia. Cada vez más soberbio Luis XIV con ver que era mayor
nuestra debilidad cada día, nos pidió el condado de Alost y la antigua y noble
ciudad de Gante, con otras varias, sobre las cuales suponía tener derechos que
España, antiquísima y libre dominadora de la provincia, le disputaba. No
contento con bombardear horriblemente á Luxemburgo, ejecu[662]tándolo
contra la fe de todos los pactos y del derecho de gentes, llevó á cima sus
atentados invadiendo las tierras de Alost y los demás estados con numerosas
tropas. Hubieron de rechazar la fuerza con la fuerza algunas partidas de
españoles, y Luis XIV tomó de esto pretexto para dar por comenzada formalmente
la guerra. Y enviando al mariscal de Humières con numerosísimo ejército, sujetó
á su dominio las plazas de Courtrai y Dixmunda, sorprendidas y sin prevención
alguna. Luego propuso que devolvería estas plazas si se le entregaba Luxemburgo
ó Pamplona.
Á tan insolente conducta no pudo corresponder
España sino con declarar la guerra (1683); y cierto que si alguna vez había
sido justa, ahora lo era, porque del honor no pueden prescindir jamás las
naciones. Pero nunca tampoco se había comenzado debajo de tan malos auspicios.
No teníamos medios de ofender ni de defendernos, y causa maravilla que no se
perdiese más de lo que se perdió. Consta de los despachos de los Embajadores
franceses, continuos espías de nuestras cosas, que en 1680 no habían guarnición
ni municiones en San Sebastián, Pamplona ni Fuenterrabía, y que no había
ejército en toda Navarra para mantenerla un mes contra Francia. La Vauguyon,
uno de estos Embajadores, denunció á su corte que en 1682 no había hallado más
que unas cuatro compañías con doscientos hombres inútiles en Vizcaya y las
Castillas. Todas las provincias estaban lo mismo.
Gobernaba la de los Países Bajos el duque de
Villahermosa, D. Carlos de Guerrea Aragón y Borja, soldado de valor que había
comenzado á servir en los puestos más bajos de la milicia, á pesar de su
ilustre[663] sangre, el cual levantó algunas tropas
walonas, reorganizó las pocas españolas que tenía, y dispuso la defensa lo
menos mal posible. Sin embargo, no pudo impedir que en el invierno de 1683
asolasen los franceses el Brabante, ni que Oudenarde fuese horriblemente
bombardeada y destruída, ni que se perdiese la grande y fortísima plaza de
Luxemburgo. Sostúvola valerosamente el Príncipe de Chimay con hasta dos mil
hombres, en que había bastantes españoles, número desproporcionado á tan
extensas fortificaciones como eran las de aquella plaza, y no la rindió sino al
cabo de veinticinco días de trinchera abierta, después de haber apurado en
salidas y defensas todos los recursos de la guerra.
Habíanos ofrecido socorros Holanda, ajustándose un
tratado de alianza; pero apenas nos envió algunos, y más desde que con la
pérdida de Luxemburgo vió abiertas sus fronteras á las armas de Francia. Así
fué que no pudimos una sola vez parecer en campo en Flandes delante de los
escuadrones franceses.
En tanto en Cataluña, no bien publicada la nueva
guerra contra Francia, levantó Barcelona algunos tercios para defender la
provincia. Entró en ella el francés el mismo año (1684) al mando del marqués de
Bellefont, con cerca de veinte mil hombres; llegó á Bascara y de allí se
encaminó á Gerona. Acudió al opósito el virrey duque de Bournonville, con el
pequeño ejército que había podido juntar, incapaz de resistir al enemigo en
campo abierto, y le disputó encarnizadamente el paso del Ter; pero no pudo impedir
que lo esguazase y abriese trinchera delante de Gerona. Entonces el Duque se
volvió á Barcelona para atender al socorro y[664] al
reparo y fortificación de las demás plazas. Colocó once cañones el de Bellefont
en sus trincheras, y batió tan furiosamente á Gerona, que á los pocos días
estaban abiertos por todas partes los muros y arruinadas muchas casas. Antes de
dar el asalto, que parecía ya fácil, envió el francés un trompeta á la plaza
ofreciendo honrosos partidos para la rendición, y amenazando de lo contrario
con entrarla á fuego y sangre; pero el Gobernador D. Carlos Sucre y los
vecinos, llenos de entusiasmo, se negaron á oir toda proposición de concierto.
Entonces dió el francés un asalto general con todas sus fuerzas, y los de la
plaza lo resistieron de modo, que después de largas horas de combate quedaron
dueños de sus muros, bañados con la sangre de nueve mil enemigos y de
cuatrocientos de ellos. Tres banderas que osaron los enemigos clavar en las
brechas, fueron tomadas de los nuestros, y, desalentados y rendidos,
abandonaron sus líneas después del asalto, retirándose en completo desorden.
Aprovecháronse de este decaimiento de los franceses
el marqués de Leganés y Trinchería para caer sobre Bascara y traerse prisionera
á toda la guarnición francesa. Pero en su retirada, todavía muy superiores en
número á los nuestros, tomaron con ayuda de su armada, que era muy gruesa, el
puerto de Cadaqués, y amenazaron á Rosas, aunque hallándola bien prevenida,
continuaron retirándose hacia Camprodón, vivamente perseguidos por el
infatigable Trinchería y sus miqueletes, como siempre, tomándoles convoyes, matando
á los extraviados y causándoles infinitos daños.
Así acabó aquella campaña, y con ella la guerra por
esta parte. También amagaron durante ella los france[665]ses
al país vascongado, pero no pasó de amago; y aunque llegaron á embestir á
Fuenterrabía, no lograron fruto alguno, defendiendo los naturales con su
ordinario valor la frontera. Bombardearon con poderosa escuadra á Génova, por
castigar la antigua alianza que con España tenía aquella república. Hubiéranse
aún apoderado de la ciudad á no ser por la valerosa defensa que hicieron en
varios puestos tres mil soldados que el Gobernador de Milán envió á socorrerla.
Fué esto parte para que, lejos de conseguir su propósito, tuvieran que
reembarcarse con mucha pérdida; pero hicieron con sus bombas tremendo estrago.
No hubo lugar á más, porque interviniendo el Emperador y Holanda, se ajustó en
Ratisbona (1684) una tregua de veinte años por la cual tuvo España que dejar en
depósito en manos de Luis XIV las plazas de Luxemburgo, Bovines y Chimay,
recobrando las demás que había perdido. Génova, temerosa de los franceses, se
reconcilió también con ellos debajo de las condiciones humillantes que éstos la
impusieron, apartándose de la amistad antigua de España.
Lo mismo la guerra que la tregua se hicieron casi
por sí solas, sin que la Corte tuviera ocasión de ocuparse de ellas. Porque á
la verdad, si grandes eran los apuros de la Monarquía, mayor era la flojedad y
la incapacidad política de Medinaceli. En lugar de atender á los peligros, ya
que tomaba á su cargo los honores del Gobierno, no tardó en consagrarse
enteramente á las intrigas en que ardía la Corte. Jamás jirones de poder y
grandeza han sido más disputados ni por más pequeños medios. Figuraban ahora
principalmente entre los contendientes frailes y mujeres; de ellos y ellas eran[666] los instrumentos del primer Ministro y de los
que procuraban sucederle; de ellos y de ellas los que empleaba todo el mundo
para lograr sus planes. Señalábanse entre las mujeres la duquesa de Medinaceli,
mujer de elevado talento y ambiciosa, que tenía dominado á su marido, y
disponía de todo á su antojo, y la de Terranova, Camarera mayor de la Reina,
dama de imperioso carácter, que apenas juzgaba por su igual á la Reina, ni reconocía
derecho en nadie á competir con ella el influjo. De entre los frailes, era el
principal el P. Reluz, confesor del Rey.
Hallábase un tanto en peligro la de Terranova, por
andar disgustada con ella la Reina. No bien se traslució esto, comenzaron á
disputarse ya el puesto la marquesa de los Vélez, la de Aytona, la duquesa de
Alburquerque y otras muchas señoras principales, cada una apoyada por sus
deudos y amigos. Declaráronse los duques de Medinaceli contra la de Terranova,
que estorbaba todos sus propósitos, despreciando más que acatando su poder, y
ella también se propuso derribarlos del mando. Y coaligados con la duquesa el
P. Reluz, confesor del Rey, tan ingrato á D. Juan de Austria, y D. Gerónimo de
Eguía, llegó á creerse que aquel suceso ocasionaría la caída del débil marido y
la mujer ambiciosa. Tuvo el buen fraile una conferencia con el Rey, donde le
probó con abundante copia de razones cristianas, que debía separar á Medinaceli
y nombrar Ministro que fuese de su gusto; procuró llenarle de remordimientos,
como llenaron sus antecesores en el cargo á Felipe III, y le amenazó seriamente
con la eterna condenación, si no escuchaba sus consejos. Torpe empleo el que
hacían aquellos frailes desalmados de su[667] santo
y consolador ministerio. En un Rey como Carlos no podía menos el confesor de
lograr el efecto que esperaba; y no bien llegó Medinaceli, se apresuró aquél á
darle sus quejas. Defendióse el Ministro como astuto y le aconsejó que para que
más no le acongojase con aquellas predicciones terribles y anatemas, tomase
confesor más blando. No oyó mal tampoco este consejo el pobre Príncipe, y
vagando de una en otra incertidumbre, consultó el caso con Eguía, que, como
aliado del confesor y de la camarera, parecía que hubiera debido esforzar los
argumentos de aquél, perdiendo á Medinaceli. Pero éste Eguía no era hombre que
se juzgase obligado con nadie sino consigo propio; y al ver al confesor y la
camarera triunfantes, y al Ministro herido y decadente, prefiriendo al amigo
poderoso el enemigo débil, se puso de repente de parte de Medinaceli, y
aconsejó al Rey, como éste, que buscara confesor más blando y que jamás se
entrometiese en las cosas de Gobierno. Entonces el P. Reluz fué separado del
cargo de confesor, y la de Terranova, combatida por el Ministro y aun por la
Reina madre, que recordaba en ella una de las más encarnizadas enemigas de su
regencia, abandonada de Eguía y oprimida de tantos como por deudos ó amigos
seguían el partido de las otras señoras que solicitaban su empleo, hubo de
sucumbir. Ordenósela cortesmente que pidiese su retiro, cosa no vista jamás en
damas de su empleo, que no solía acabar sino con la vida de las reinas ó la
propia vida, y entró en su lugar la duquesa de Alburquerque, amiga de la Reina
madre y del Ministro, mujer amable y de no vulgar talento.
Creyóse afirmado con este triunfo el de Medinaceli;[668] pero no tardó en desengañarle su caída. La
intriga y la envidia y la baja ambición, desencadenadas siempre en derredor de
los tronos mal ocupados, donde se asientan personas débiles ó de inteligencia
escasa, no dejaban ahora de agitarse un punto. Era natural que la Reina madre
quisiese ver acomodados en destinos públicos á los que la habían acompañado en
la desgracia, sin que por eso hubiera de usurpar el poder; pero lejos de
tolerarlo los cortesanos que solicitaban aquellos destinos, alborotaban la
corte diciendo que el Rey estaba otra vez en tutela. No se pagaba á nadie,
porque no había con qué; los empleados de virtud y valía se negaban á asistir
en sus puestos por no poder vivir en ellos con la honra ilesa, dado que no era
posible contar con los sueldos; hubo algunos á quienes fué preciso obligarlos á
continuar por fuerza. Y, sin embargo, jamás se han disputado tanto ni con tanto
encarnizamiento los empleos. Dió esto lugar á que el de Medinaceli, falto de
dinero, no atreviéndose á pedirlo al reino reuniendo Cortes, y sin medios de
procurárselo, sacase á pública subasta casi todos los empleos, llegando á ser
uso lícito lo que fué abuso hasta entonces. Los pocos destinos que no se
vendían se daban por motivos indignos: tal vez á la mujer adúltera ó á la
hermana deshonrada para el hombre abyecto que de ellas se valía, tal vez al
objeto de aplacar una saña; como cuando, separada del cargo de camarera la
duquesa de Terranova, se dieron á su yerno y nieto el duque de Hijar y al de
Monteleón, al uno el Virreinato de Galicia, y al otro el Toisón de oro. Y si
alguna vez se daba al mérito un empleo, era entonces cuando mayores quejas se
suscitaban, como se vió en la provisión del Virreinato del Perú, que se[669] hizo en D. Melchor Navarra y Aragonés, hombre de
claro saber y virtud, aunque de cuna humilde; cargo pretendido por el marqués
de Santa Cruz, que si no estaba destituído de mérito, no tenía tanto como el
nombrado, pero que contaba en su apoyo numerosa familia y amigos. Todos, con
razón y sin razón, combatían al Ministro: si él era malo, malos eran los más de
los que lo combatían; ansiaba cada cual suplantarle y hacer lo mismo que él, y
para eso voceaban mucho el bien del Estado.
El Rey, entregado en tanto al reposo que necesitaba
su espíritu, sin fuerzas siquiera para conllevar las horas de despacho,
disfrutaba de los días más felices de su vida en el regazo de su buena esposa
Doña María Luisa de Orleans. Esta, llena de santos deseos y dotada, aunque de
débil complexión, de más energía que su marido, no dejaba de aconsejarle lo que
juzgaba bueno y justo. Pero ni su corazón ni su cabeza eran á propósito para
aquellas miserables luchas; y así, oyendo tantas quejas y viendo tantos males,
pidió, al fin, al Rey que separase á Medinaceli, sin pensar en quién había de
sucederle. Semejantes causas movían á desear la ruina del Ministro á la Reina
madre, aunque, á la verdad, tampoco faltasen en ella razones de interés propio.
Andaba sentida de que Medinaceli no la pagase sus pensiones, teniéndola
reducida á no poca estrechez y penuria. Juntóse también contra el Ministro, y
era el principal móvil de su ruina, porque aspiraba á sucederle, el conde de
Oropesa, que, para indisponer á Medinaceli con el Rey, se valió de su criado
Vivanco, hombre cándido y bien intencionado, introducido por él en el cuarto
del Rey. Logró primero de éste que lo nombrasen[670] Presidente
de Castilla, desde cuyo puesto comenzó á cercenar las facultades del Ministro,
é hizo tanto contra él, que el Rey, aconsejado al propio tiempo por su esposa y
por su madre y anhelando mejor gobierno, determinó, al fin, apartar de sí á Medinaceli,
comenzando á hacer á éste públicos desaires, á fin de que pidiese su retiro.
Mas el de Medinaceli no se dió por entendido. Lejos de eso, intrigaba con más
ardor que nunca por conservar el mando, cuando recibió orden del Rey para que
se retirase al lugar de Cogolludo (1685), privado de todos sus empleos.
Entonces entraron á gobernar de consuno el conde de
Oropesa y D. Manuel de Lira. D. Manuel Joaquín Garcí-Alvarez de Toledo y
Portugal, conde de Oropesa, era segundo de la casa de Braganza, de origen
bastardo, aunque él no lo fuese; hallábase en la flor de su edad y había
figurado no poco en las turbulencias de los últimos años, distinguiéndose por
sus claras luces y la destreza y disimulo con que logró sostenerse no mal
quisto entre D. Juan y Valenzuela y Medinaceli y todos los potentados, hasta
que á él le llegó la ocasión de serlo. Dábase por muy devoto, gobernaba
hermandades y favorecía iglesias, todo muy á propósito para medrar en aquella
época, y tenía también mujer muy intrigante y ambiciosa que le ayudase en sus
miras y que le asistiese con sus consejos. Fué primero Gentilhombre, luego
Consejero de Estado, por último Presidente de Castilla, desde donde logró
derribar á su bienhechor Medinaceli. Una vez conseguido, por aparentar poca
parte en lo que era obra de sus manos, no quiso tomar el nombre de primer
Ministro, contentándose con el que tenía de Presidente de Castilla, ni gobernar
solo,[671] porque otros llevasen las culpas aunque
fuese él solo quien gobernase. De aquí nació el que nunca se hallasen tantas
personas como ahora entendiendo en los negocios públicos, y aún que compartiese
el de Oropesa el Gobierno con D. Manuel de Lira.
Era éste ya, por influjo de Oropesa, Secretario de
Espado y del despacho universal, hombre, si de antiguos servicios en los
ejércitos y negocios políticos, probo y diestro, de ambición grande, como
entonces se usaba. Lo más notable de este Ministro fué que se atreviese á
proponer se permitiese la vuelta á España de los judíos, practicar secretamente
sus ritos, y tener cementerios á los demás extranjeros, como uno de tantos
medios de proteger el comercio y la industria en España. Mas con tales ideas,
hubo contra él desde el primer día cierta oposición que llegó á ser declarada
guerra más adelante. Lira no recordó cuánto le debía á Oropesa sino para
aborrecerle más, aunque no desembozándose al principio, porque éste con sus
relaciones y hechuras, y más con sus devociones y buen ingenio, era omnipotente
en el ánimo del rey Carlos. Prestaba éste entonces alguna más atención que
solía á los negocios; preguntaba por todo y de todo quería enterarse, y gustaba
mucho de la facilidad con que ponía á su alcance las cosas el favorito. No lo
apartaba de su lado, y Oropesa hallaba nuevos pretextos para encubrir sus
propias obras en la voluntad del Rey. No tardó, sin embargo, en alarmarse de
verle tan inclinado á los negocios, y entonces discurrió, á lo que se cuenta,
una traza funestamente ingeniosa. Buscaba á propósito los más difíciles, y en
lugar de aclarárselos, lo confundía en ellos hasta hacer que los aborreciese de
nuevo. Entretanto, suprimió plazas en[672] los
Tribunales y Secretarías; reformó el consejo de Hacienda; abolió empleos
militares inútiles, ordenando que se recompensase con empleos civiles á los que
habían servido bien en las armas; rebajó ciertos sueldos, y ordenó que no se
empleasen más que á los cesantes por orden de antigüedad y servicios. Publicó,
además, en materia de Gobierno reglamentos y órdenes no destituídos de
conocimiento; otros, equivocados, como el prohibir la entrada de mercaderías
extranjeras por impedir que saliera el oro, y aún que las usasen las personas
de la Casa real, para dar ejemplo. Hubo nuevos autos de fe de
mercaderías, como aquellos que señalaron los principios de Felipe IV, y se
abolieron ciertos impuestos gravosos, compensando con réditos á los que tenían
hipotecados por adelantos al Tesoro tales impuestos.
Mandó también Oropesa que se persiguiese
enérgicamente á los bandidos que infestaban el reino, prohibiendo el uso de
armas de fuego cortas, con que favorecían sus crímenes, y tuvo particular
cuidado en que no faltasen en Madrid los abastos, aunque faltasen comestibles
en toda España. Singular privilegio en Madrid, cuando tan poca centralización
política tenía la nación; pero no por eso menos cierta. Juzgaban entonces los
Ministros que era contentar á Madrid tener contento á todo el reino, sin duda,
porque sólo las quejas de Madrid llegaban á oídos del Rey, y su miseria era la
notada y conocida sólo. Quiso también Oropesa rebajar los gastos de la Casa
real, y aunque no pudo por la oposición que halló en los cortesanos, fué loable
pensamiento. Mas no hubo tiempo de formar grandes esperanzas sobre Oropesa,
aunque hubiese muchos loa[673]bles pensamientos entre
los suyos. La Condesa, su mujer, tras de ser tan dada al influjo como la de
Medinaceli, su antecesora, era más dada á la codicia, y el mismo Conde no era ni
más recto ni menos inclinado que los que le precedieron al provecho propio y de
sus amigos. Viéronse en Madrid, como antes, crímenes duramente castigados en
unos, no en otros, por ser criados ó deudos de los amigos del Ministro.
Sospechóse luego que en el abasto de la carne, más cara que lo que era razón, y
á cargo de unos negociantes llamados los Prietas, tenía que ver la mujer del
Ministro, realizando de acuerdo con ellos enormes ganancias. Notóse, en fin,
con escándalo, que cuando la Superintendencia de la Hacienda, como tan
aniquilada, pedía persona de gran conocimiento, el de Oropesa, prefiriendo su
interés particular al de la Corona, puso en tal puesto al marqués de los Vélez,
su primo, ya Presidente de Indias.
Era el Marqués hombre de gran bondad, pero de
talento cortísimo, y todos sus negocios los dejaba á cargo de un cierto García
de Bustamante, criado suyo y antes paje, sin más talento que una bachillería
agradable, pero con deseos ya de primer Ministro. Este, hallando establecido
por el de Medinaceli, que también fué Presidente de Indias, el arbitrio de
vender todos los empleos y beneficios de aquellas provincias, lo continuó y
acrecentó de modo, que hasta las magistraturas y los obispados se vendieron en
almoneda. Pronto hubo corredores de estos últimos empleos que públicamente
ejercían su oficio, señalándose entre ellos el marqués de Santillana, indigno
de su nombre. Estos corredores, después de entenderse con el de Bustamante en
su par[674]ticular, compartían con la marquesa de los
Vélez la ganancia. No tardaron en salir á subasta los indultos por medio
también de corredores; lo que ellos no hacían, lo hacía de por sí, ajeno á la
vergüenza, Bustamante. Pretextábase que el dinero que se sacaba era para el Estado;
pero no era sino para este vil agente y los suyos. Ni se contentó Bustamante
con tener riquezas; quiso tener honores proporcionados, y logró de Oropesa, con
universal escándalo, primero plaza en el Consejo de Hacienda, y luego en el de
Indias. Tantos desmanes levantaron á todo el mundo contra Oropesa, dando
pretexto á sus émulos y envidiosos para censurarle y combatirle.
Había traído á ser confesor del Rey á un Fr. Pedro
Matilla, hombre obscuro y de pocas obligaciones, con ambición y sin talento:
también al uso. El objeto fué asegurarse del Rey; pero le salió tan mal la
cuenta como á otros de sus predecesores. Matilla, viéndose con tanto poder,
convirtió el agradecimiento en odio, y comenzó á combatirle sin tregua. Aumentó
una burla de Oropesa la saña del confesor. Instaban todos á aquél para que
dejase la Presidencia del Consejo y quedase sólo de primer Ministro; era el intento
debilitar su poder para destruirle; mas colorábase con que atendiendo á ambos
cargos no podía despachar bien ninguno de ambos. Andaban á la verdad muy
retrasados los negocios, y el Rey mismo, convencido y aconsejado por el
confesor, le propuso que dejase la Presidencia, dando el encargo de
proponérselo al confesor mismo. Conocía Oropesa la celada, y procuraba evitarla
á toda costa; sospechaba ya el odio del P. Matilla, y para probarlo y burlarse
de su credulidad, respondió á sus razo[675]namientos, que
bien querría dejar la Presidencia; pero sería en persona tan apta como él, y no
en otro. Hubo de resignarse humildemente el confesor á esta honra, creyendo que
de verdad se la ofrecía el Ministro, y éste, triunfante, contó el suceso al
Rey, sazonado con los chistes de su conversación, que era muy celebrada. El Rey
comenzó con aquello á desconfiar del confesor, diciéndole en la primera ocasión
que se vieron: «¿por ventura sois vos quien ha de ser Presidente de Castilla?»
Y el confesor desde entonces juró perder al Ministro.
Halló de su parte al D. Manuel de Lira, al Cardenal
Arzobispo de Toledo, al viejo Almirante de Castilla, á los duques de Arcos y
del Infantado y otros señores principales, y todos trabajaron tanto, que
Oropesa tuvo al fin que dejar la Presidencia al Arzobispo de Zaragoza D.
Antonio Ibáñez. Tuvo traza el confesor de indisponer con éste al Ministro,
cuando todo se lo debía. El nuevo Presidente se unió con los enemigos del
Ministro, aliándose también con el Condestable, cada día más sediento del poder
que le robó Medinaceli; hombre al decir de un contemporáneo «tan negado á hacer
bien con su amistad, como capaz de hacer mucho daño siendo enemigo». Los
sucesos vinieron á ayudar á todos estos conjurados en sus empresas contra el
Ministro.
No dejaba Francia de hacernos afrentas. El haber
procesado en uso de nuestro natural derecho á algunos contrabandistas
franceses, fué motivo para que Luis XIV enviase al almirante d'Estrée á Cádiz
con una poderosa armada (1686), la cual apresó algunas naves, exigió quinientos
mil escudos, y hubo que prometerle entera satisfacción para evitar el bombardeo
que amenazaba. Orán se vió afligida con un trágico suceso. Go[676]bernaba
allí D. Diego de Bracamonte, uno de los capitanes de caballería que acompañaron
á D. Juan de Austria en Torrejón y Guadalajara, hombre de temerario valor y muy
esclavo de la cólera. Como llegaron los moros en asombrosa multitud delante de
aquella plaza, comenzando á talar los jardines y huertas del contorno, salió á
ellos imprudentemente el Bracamonte con sólo ochocientos hombres. Pusiéronle
los enemigos una celada fingiendo huir, y Bracamonte, enfurecido, cayó en ella,
donde perdió la vida peleando valerosísimamente, con todos sus soldados, menos
cincuenta que lograron abrirse camino por entre los montones de cadáveres
enemigos y volver á la plaza. Hubiérase perdido ésta, á atacarla inmediatamente
los infieles, y de todos modos ella misma habría abierto las puertas al
enemigo, á no sobrevenir el duque de Veraguas con algunos bajeles. Alguna más
fortuna tuvimos en Melilla, donde fueron rechazados los moros por D. Francisco
Moreno, su Gobernador, aunque él también perdió valientemente la vida. Súpose
que ambas jornadas habían sido movidas y dirigidas por los franceses.
Ni eran ajenos éstos tampoco á las piraterías de
los filibusteros, cada día más audaces. Á Scott, David, Manfield y Morgán
sucedieron Olonnés, Monthars, Miguel el Basco y Grandmont, todos á cual más
osados y sanguinarios. Grandmont llegó á apoderarse de Veracruz y asolar las
cercanías de Cartagena. En 1685 se apoderó de Campeche, con daño inmenso de
nuestra parte. Por los años de 1647 llevó Luis XIV al último punto los
ultrajes. Mandó á su marina que hiciese arriar bandera á nuestras naves en
reconocimiento de feudo y vasallaje por las provincias de Flandes, que
poseíamos, y juzga[677]ba tributarias de su Corona.
Herían tantas afrentas el orgullo de la nación, vivo todavía; ¿y cómo no habían
de herirlo? Murmuraban todos del Ministro que las toleraba, y éste, no menos
airado que los otros, y deseando también librarse de sus invectivas, se
resolvió á tomar venganza en la guerra. No era tiempo. Pusiera el mal Ministro
más cuidado en el Gobierno; reformara abusos sin cometerlos; acopiara tesoros
que no había; juntara y disciplinara ejércitos que no se hallaban; buscara
capitanes de experiencia; fortificara bien las fronteras, que después de todo
esto bien podía emprenderse la guerra, no antes, so pena de padecer sin fruto
nuevos descalabros. ¿No bastaban las costosas experiencias de los últimos años
para conocer que tal como estábamos de Hacienda y de milicia, era locura pensar
en la guerra? ¿No habían dicho los sucesos pasados que, aun en alianza con
otras naciones, todo el daño era para los débiles y todo el provecho para los
fuertes? ¿No valía tanto padecer afrentas en el gabinete como en los campos de
batalla? Nada de esto pudo en Oropesa. Púsose de acuerdo con el Papa, que
estaba muy resentido de Francia; con el Emperador, su irreconciliable enemigo;
con el príncipe Guillermo de Orange, que aspiraba á quitar el trono de
Inglaterra al rey Jacobo, fiel aliado del francés; con los duques de Saboya y
de Baviera, ofendidos de las altiveces de Luis XIV, y con todos los Príncipes
del Imperio, reunidos en la dieta de Ratisbona. Dificultó algo la conclusión de
la liga el escrúpulo de haber de coaligarse España con los protestantes, y
señaladamente con el de Orange, contra un Rey católico como lo era el de
Francia; pero hubo á mano mercedes bastantes con que[678] ganar
á teólogos para que desvaneciesen el escrúpulo en favorable dictamen. Formóse
entre todos la liga llamada de Augsburgo; todos tenían casi iguales pretextos
de queja por las infracciones continuas que hacía Luis XIV de los tratados de
Munster y de Nimega y por la soberbia con que, fiado en su poder, trataba á los
demás pueblos. Comenzó á recoger sus frutos Guillermo de Orange, desembarcando
con un ejército de holandeses y apoderándose, entre las aclamaciones del pueblo
inglés, del trono que ocupaba el débil Jacobo. No dió tiempo la rapidez del
suceso para que Luis XIV llegara á impedirlo; y conociendo la tempestad que iba
á caer sobre él, reforzada aún la liga con el poder de Inglaterra, quiso ganar
la delantera comenzando por su parte las hostilidades. Envió un poderoso
ejército al Rhin, que, sin previa declaración de guerra, porque todo era
intriga de gabinetes hasta entonces, se apoderó de muchas plazas del Imperio
(1668). En seguida publicó de por sí la guerra contra España; el Emperador y la
dieta de Ratisbona le declararon á él enemigo del Imperio; Holanda, el nuevo
rey Guillermo de Inglaterra y el duque de Saboya le declararon también la
guerra, y en un pronto se llenó Europa de armas y de sangre.
Necesitábase, en tanto, en España dinero para otra
guerra que Francia nos declaró, y Oropesa no se atrevió ó no quiso convocar las
Cortes del reino; contentóse con donativos que principalmente de Italia
vinieron cuantiosos, y con las ordinarias trampas y anticipos, en que se
cifraba el gobierno de nuestra Hacienda. Crecieron los apuros y con ellos las
quejas y los pretextos contra Oropesa; éste se defendía trayendo al Rey de acá
para allá en cazas de lobos y jabalíes y en diver[679]siones
todavía pomposas de comedias y toros, impidiéndole que oyese á sus enemigos.
Carlos, cada día más postrado de cuerpo y de espíritu, se olvidaba de todo en
brazos de aquella buena María Luisa, que era para él una hija y una hermana,
siempre á su lado llorando con él cuando no podía traerle la sonrisa á los
labios. Así, distrayendo al Rey, por no molestarlo con cuitas, apoyaba
involuntariamente la Reina á Oropesa. Quiso Dios que éste perdiese pronto aquel
apoyo.
Á principios de 1689 murió en Madrid la reina Doña
María Luisa, díjose que envenenada, pero sin algún fundamento. Verdad es que el
no tener sucesión traía ya alarmados á todos los españoles, y confiado al
francés en heredar el Trono: «si parís, parís á España; sino parís, á París»,
decía una copla que entonces corría por el pueblo. Achacábanla algunos la
falta, y esto, á pesar de sus virtudes, traía disgustados á los que preveían el
daño que había de seguirse. Pero los más juzgaban que la impotencia procedía
del Rey, y, de todos modos, no era tan execrable crimen para intentado por
nadie, aun entre los que más desearan ver otra mujer en el regio tálamo. El
noble amor de la patria y la humanidad no dictan tal género de remedios á los
males públicos. Con María Luisa se fué de los labios del Rey la última sonrisa.
Deseoso de tener sucesión, y conociendo también las
cuestiones sangrientas que de no tenerla habían de seguirse, se apresuró á
buscar nueva esposa; pero como su corazón no podía ya inclinarle á otra mujer,
dejó la elección al gusto del Emperador, el cual, por consejo de la Emperatriz,
que amaba mucho á Doña María Ana de Neoburgo, hija del elector palatino, sin[680] contar para nada con la conveniencia de nuestro
Rey y de nuestra nación, puso los ojos en ella y la señaló para reina de
España. Sometióse el infeliz Carlos II á la elección del Emperador, y se llevó
á cabo el matrimonio, manifestando D. Carlos, en los principios, cierta
curiosidad pueril por conocer á su nueva mujer, que luego se convirtió en
melancólica indiferencia. La verdad es que ni él amó nunca á su nueva mujer, ni
ella hizo más que acortar sus días con pesares sin cuento. Vino á España, con
gran pompa (1690), escoltada de las poderosas escuadras aliadas, y, desde
luego, comenzó á hacer notar sus defectos. Era soberbia, imperiosa, altiva; la
capacidad moderada, el antojo sin moderación ni límite, la ambición de atesorar
grande, no menor la de tener parte en el manejo del gobierno, así en las
resoluciones árduas como en la provisión de mercedes, cargos y honores. Llevaba
con tal impaciencia cualquier cosa que se opusiese á su voluntad, que hasta con
el Rey prorrumpía en desabrimientos muy pesados y en injurias que Carlos, flaco
y enfermo, sufría con tolerancia, por no saber con vigor excusarlo, haciendo lo
que ella quería, muchas veces aunque repugnara á su entendimiento. Para colmo
de desgracias padecía accidentes terribles que la ponían á las puertas de la
muerte cada hora, obligando á tratarla con no menor cuidado y recelo que al
Rey. Lo primero que hizo fué ponerse á la cabeza del partido contra Oropesa,
que había descuidado poner á su disposición el Gobierno; adelantóse D. Manuel
de Lira á ofrecerla todo su influjo, é hizo de él instrumento y confidente,
guardándolo para su primer Ministro. La guerra de intriga se hizo entonces más
empeñada que nunca. El de Lira, perdido de[681] amores
de sí, con el favor de la Reina y los muchos que ayudaban sus planes, no
hallaba ya obstáculo que le pareciese grande. Su nacimiento, que había sido muy
humilde, le aguijoneaba para llegar más alto, y todo lo encubría y adornaba con
cierto desinterés y limpieza, pues no se sabía de él que hubiera robado el
Tesoro como los otros. Costosa honradez la de aquel hombre que dejaba hacer á
los demás el daño, mirándolo aún de buen ceño, con tal de parecer más limpio
entre tantos manchados, y que si no tomaba oro de las arcas públicas tampoco lo
necesitaba, porque para sí sabía adquirir buenos sueldos, y á sus amigos les
pagaba en hábitos, títulos y graduaciones, trayendo á tal vileza los honores,
que no parecía cosa honrada tenerlos. Soltóse Lira descaradamente contra el
Conde, y por dondequiera le injuriaba y desacreditaba. Tenía el Rey entre
tantas flaquezas, la de no poder callar ningún secreto; así, cuanto le decía su
mujer contra Oropesa se lo contaba á éste, y cuanto éste le aconsejaba para
defenderse del predominio de su mujer, lo ponía en oídos de la Reina; llegaba
Lira, y le hablaba contra Oropesa; entraba luego Oropesa, y le hablaba contra
Lira, y el Rey les comunicaba en secreto sus mutuos informes.
Parecía la Corte casa de vecindad; el Gobierno,
juego de mujercillas y de rameras. La Reina madre, aunque tan quejosa de
Oropesa, menospreciada por su nuera, se puso de parte de aquél y dilató algo su
caída, influyendo en el ánimo del Rey, que ya por sí le amaba tiernamente, y no
se resolvió á separarlo. Pero tantos combates habían hecho ya en él no poca
mella. Dábalo á conocer el que después de haber dejado Oropesa la Presidencia
para ser primer Ministro, por más instan[682]cias que
ahora hacía, dilataba el declararlo por tal, siendo cosa en que tanto le
hubiese instado antes. Lira se creía de todos modos vencedor, cuando los
sucesos de la guerra, que mal sostenida por Oropesa, daba tantos argumentos
contra éste, que usaban él y la Reina y el confesor y el Presidente de Castilla
y todos los de su partido, vinieron á derribarle impensadamente á él mismo
antes que á su contrario, habiendo empezado las hostilidades con poco empeño
por la parte de Flandes en 1689.
El Príncipe de Valdek, que mandaba á los
holandeses, derrotó en Valcourt al mariscal Humières, causándole alguna
pérdida, y lo demás de la campaña se empleó en choques poco importantes. Mas en
la siguiente etapa fueron tremendas las operaciones. Hizo Lira de modo que
fuese á gobernar los Países Bajos el marqués de Gastañaga, D. Francisco Antonio
de Agurto, grande amigo y parcial suyo, hombre sin mérito ni valor, aunque con
vanidad muy grande, sosteniéndolo contra el dictamen de todos en aquel empleo.
Gastañaga, ocupado sólo en hacerse reverenciar de los pueblos que gobernaba,
disipando en insensatos alardes de lujo y de riqueza cuantos tesoros venían á
sus manos, no pensó en acopiar soldados ni recursos con que hacer
ventajosamente la guerra. Sin embargo, reunió alguna gente, y la envió á
juntarse con el ejército del Príncipe de Valdek. Encontróse este ejército con
el de los franceses que mandaba el mariscal de Luxemburgo en los campos de
Fleurus. Peleó algunas horas, haciendo prodigios de valor la caballería
española; sostúvose medianamente la infantería alemana y holandesa, y al fin,
los nuestros, abandonados de los aliados, después de hacer horrible[683] carnicería en los enemigos, tuvieron que
abandonar el campo; con que quedó la victoria por los enemigos, no sin igual
pérdida de ambas partes. Tal fué, que ni unos ni otros quedaron en disposición
de emprender nuevas operaciones.
En 1691 había resuelto Luis XIV el sitio de Mons,
plaza importantísima de los españoles, disponiendo las cosas con gran sigilo.
No lo tuvo tanto que no comprendiese su intento el Príncipe de Orange, ya Rey
de Inglaterra, el cual se lo participó al marqués de Gastañaga en las
conferencias celebradas en la Haya, para disponer las cosas de la nueva
campaña, rogándole dijese el verdadero estado de Mons, á fin de atender entre
todos á su mejor resguardo y defensa. Respondió Gastañaga soberbiamente que
Mons estaba harto segura en sus manos, asegurando que había dentro hasta doce
mil hombres y todas las municiones de boca y guerra que necesitaba para un
largo sitio. Fiaron en esto los aliados, y vieron sin inquietud que se acercase
á sitiarla el rey Luis acompañado de todos sus Ministros y Generales, y hasta
ciento diez mil soldados con doscientas piezas de artillería, ejército el más
poderoso que se hubiese visto en aquellos parajes. Pero el marqués de Gastañaga
había faltado á la verdad en todo. La guarnición de Mons no llegaba á seis mil
hombres, y aunque su Gobernador, el conde de Berges, se defendió
esforzadamente, tuvo al fin que ceder, falto de todo, á los veinticinco días de
trinchera abierta. Sorprendió la pérdida á los aliados que, lentamente, como
tan confiados, preparaban el socorro, y el Rey de Inglaterra, irritado contra
Gastañaga, escribió al infeliz Carlos II cuanto mal pudo discurrir de su
conducta. Gastañaga, por su parte, es[684]cribió también
á Lira implorando su protección, y éste, lleno de vanidad como todos, y
confiado en la debilidad de Carlos, tuvo audacia para contestarle diciendo que
mientras él se hallase en el despacho, aunque en Flandes no quedara más que una
almena, sería él Gobernador de ella. Fué dichoso azar, cuando no obra de la soberbia
de Gastañaga, que llegase la carta á manos del Rey de Inglaterra, el cual,
ardiendo en ira, se la envió á nuestro Soberano con los comentarios que han de
suponerse.
Aprovechóse diestramente del suceso Oropesa, y D.
Manuel de Lira fué separado de su puesto y metido en la Cámara de Indias, donde
murió de allí á poco de pesadumbre, no pudiendo conllevar el peso de sus
burladas esperanzas. Pero Oropesa no gozó tranquilo del triunfo. La pérdida de
Mons produjo tan mal efecto en todos los ánimos, que no contentos con la caída
de Lira, solicitaban también la de Oropesa. Este mismo, no desvanecido con sus
ventajas, deseaba retirarse y dejar pasar el nublado; pero su altanera mujer no
se lo consintió, incitándole á defenderse hasta el último trance. La Reina, más
irritada que nunca con la separación de su confidente Lira, redobló contra
Oropesa sus esfuerzos, y el conde de Joculis, Embajador de Alemania, de una
parte excitado por la Reina, de otra inclinado contra Oropesa por la pérdida de
Mons, vino á juntarse con los enemigos del Ministro. Eran á un tiempo á
combatirlo la Reina, el Embajador, el Presidente de Castilla y los principales
Grandes; de modo que hubo que sucumbir al cabo. Fué la ocasión el nombramiento
de sucesor á Lira; logró Oropesa que se extendiese el decreto nombrando á un
cierto Angulo, muy[685] parcial suyo; pero el
decreto no tuvo efecto por entonces. Y el Rey, que lo amaba cada día más, le
envió un papel que, para muestra de lo que el Rey pensaba y de cómo se hablaba
de las cosas públicas, merece recordarse: «Oropesa, le decía; viendo de la
manera que está esto, y si por justos juicios de Dios y por nuestros pecados,
quiere castigarnos con su pérdida, por lo que te estimo y te estimaré mientras
viviere, no quiero que sea en tus manos.» Oropesa, entendiendo el deseo del
Rey, se apresuró á ofrecerle la dimisión de sus puestos, saliendo oculto de
Madrid, como solían salir todos los Ministros caídos, para la Puebla de
Montalbán.
Mas tiempo es ya de recorrer el cuadro general de
aquella guerra tan indiscretamente empeñada, y sostenida á un tiempo en
Flandes, Italia, Cataluña y América. En Flandes, perdida Mons, se perdió
también Hall, y quedó amenazada Bruselas. No se repusieron de estas pérdidas
los aliados en la siguiente campaña, porque en la de 1692 tuvieron que ceder el
campo de Stinquerque á los franceses, después de una desesperada batalla en que
fué igual la pérdida y hasta dudoso el triunfo, y en la de 1693 perdió el mismo
Orange, Rey de Inglaterra, contra el Mariscal de Luxemburgo la gran batalla de
Nerwind, antes por el número superior de los enemigos que por torpeza ó
flojedad de sus soldados. Allí donde se miraron reunidos franceses, holandeses,
ingleses, alemanes, austriacos, italianos y españoles, dieron éstos alta prueba
del superior esfuerzo que había en sus corazones todavía. La caballería
española, colocada en el ala derecha del ejército aliado, rechazó por tres
veces á la francesa, vencedora en todas par[686]tes, obligándola
á volver grupas con gran pérdida, y fué preciso que se la ordenase la retirada
para que dejase sus puestos, únicos que se conservaron en la batalla.
Perdiéronse y ganáronse algunas plazas, y Bruselas fué bombardeada de los
enemigos; pero nada importante se hizo en las otras campañas que se
emprendieron hasta la conclusión de la paz.
En Italia, lo mismo que en Flandes, peleamos ahora
á manera de auxiliares. El duque de Saboya era aquí Capitán general de la liga,
y á sus órdenes estaba el príncipe Eugenio, tan famoso más tarde, con un cuerpo
de imperiales, y un buen trozo de españoles gobernados por el conde de
Fuensalida, capitán de los del regimiento de la guardia de la Reina, y ahora
Gobernador del Milanés. Entró el mariscal de Catinat en Saboya con poderoso
ejército, y tomó muchas plazas, poniéndose luego delante de Saluces. Acudió al
socorro el ejército de la liga, y hubo una gran batalla, en la cual quedaron
vencedores los franceses, y por cuyas resultas se apoderaron de la plaza
sitiada. Pero habiendo recibido gran refuerzo de imperiales y de españoles,
derrotó el duque de Saboya en Coni á los franceses y recobró á Saluces y á
Carmagnola, donde un tercio de españoles asombró, por su valor heroico, á los
franceses, tomando un reducto de que no pudo ser desalojado por más que
hicieron los defensores; hazaña á que se debió la rendición de la plaza. Luego,
el propio Duque penetró en el territorio francés (1692) y tomó algunos lugares,
guardó los pasos, y recobró toda la Saboya y las plazas del Piamonte.
Sucedió á Fuensalida en el Gobierno de Milán el
marqués de Leganés, el cual, reuniendo cuantos españoles[687] tenía
á sus órdenes y muchos regimientos italianos, fué á juntarse con el duque de
Saboya, tomando el fuerte de San Jorge, cerca de Casal, y bloqueando por muchos
meses esta plaza. El ejército aliado sitió á Pinerol, ocupada por los
franceses; vinieron éstos al socorro, mandados por Catinat todavía, y en los
campos de Marsella hubo una gran batalla (1693), también perdida de nuestro
bando, con gran destrozo de ambas partes. La falta de refuerzos impidió á los
franceses sacar de ella partido, y los aliados, cada día más numerosos, también
tuvieron que deplorar la división entre los Generales, porque ni el duque de
Saboya, ni Caprara y el príncipe Eugenio, que mandaba á los imperiales, ni el
marqués de Leganés, que gobernaba á los españoles, podían entre sí avenirse,
echándose mutuamente las culpas de los malos sucesos. Tomóse, sin embargo, á
Casal; pero las desavenencias llegaron á punto de que el de Saboya se separase
de la liga antes de las paces (1696), con lo cual no se emprendió más
hostilidad alguna.
Cataluña fué, como siempre, el lugar donde con más
empeño se combatiera. Habían seguido aquí á la guerra anterior graves disgustos
entre los paisanos y los soldados por causa de los alojamientos y por las
infracciones de los fueros de la provincia. Sucedió en el Gobierno de ella el
marqués de Leganés al duque de Bournonville, y contra él eran las principales
quejas. No tardaron muchos pueblos catalanes, viendo que la Corte no les hacía
justicia, en unirse para la resistencia. Determinaron no contribuir con nada á
los soldados, señalándose Centellas en la determinación. Envió el Virrey á
reducir esta villa al General de la caballería,[688] D.
Domingo Pignateli, con cuatrocientos caballos y seiscientos infantes. Fué
imprudencia ésta del de Leganés, más joven y ardiente que experimentado, sobre
todo, no teniendo órdenes ni fuerzas para llevar las cosas al último rigor.
Llegaron los soldados á Centellas, y se acuartelaron en la villa; pero los
paisanos de las inmediaciones, convocados al son de caracol y campana,
acudieron en tanto número y con tan amenazadoras demostraciones, que tuvieron
por bien aquéllos el retirarse, para excusar un choque sangriento. Furioso
Leganés al saberlo, recogió toda la caballería que había en Barcelona, y con
ella se vino para Centellas, propuesto á castigar duramente á los paisanos;
pero éstos se acrecentaron de manera y se presentaron tan temibles, que no osó
acometerlos con la gente que llevaba, y escuchando al fin el parecer de
personas prudentes, se volvió á Barcelona. Fué dichosa esta retirada, porque
entraron en seguida las negociaciones, y por ellas se logró aquietar á los
pueblos, aunque no sin grandes esfuerzos y dilaciones y aun algunas muestras de
rigor; dieron éstas nueva ocasión á disgustos, y el marqués de Leganés y el joven
conde de Melgar, don Tomás Enríquez de Cabrera y el duque de Villahermosa,
pasaron uno tras otro por el Gobierno de la provincia, sin ver restablecida en
ella la tranquilidad y la confianza. En tal estado andaba aún el país, cuando
comenzó la nueva guerra contra Francia. Entró el duque de Noailles con nueve
mil hombres, se puso sobre Camprodón y la tomó en pocos días, por la poca
asistencia que la dieron los miqueletes y paisanos desconfiados del Gobierno.
Recibió tanto sentimiento Villahermosa de esta pérdida, que mandó ahorcar al Go[689]bernador D. Diego Rodado, á quien juzgaban todos
inculpable. Pidiéronse donativos á Cataluña para continuar la guerra; mas ella,
como disgustada, ya no quiso darlos. Á la sazón se juntaba en el ánimo de los
naturales la cólera de los presentes disgustos con el recuerdo de que el Rey no
hubiera venido aún á jurar sus privilegios, y cierta aprensión extraña de que
los capitanes del Rey, inclinados á Francia, pretendían más bien entregar que
no defender la provincia.
Por lo mismo, ya que no diesen dinero, no dejaron
de levantar gente. Con ella, y algunos buenos trozos de infantería y caballería
que vinieron de Castilla, salió á campaña el Virrey, llevando á D. Juan de la
Carrera por Maestre de campo general, y al marqués de San Vicente en el mando
de la caballería; el total del ejército llegó á componerse de más de catorce
mil infantes y cuatro mil caballos. Con este ejército, tan superior al de los
franceses, se propuso el de Villahermosa invadir el Rosellón, para divertir más
al enemigo; pero la Corte le ordenó que fuese sobre Camprodón, y la sitiase.
Logrólo á vista del enemigo que, formado en batalla muchos días, no se atrevió
á empeñarla, á pesar de las provocaciones de los nuestros. Hubo con todo un
combate contra dos regimientos franceses que defendían ciertas posiciones sobre
la villa, en el cual los nuestros llevaron la ventaja, y como luego lograsen
con industria los paisanos y miqueletes cortar el agua á la guarnición de la
plaza, no tuvieron más remedio que abandonarla. Voló el de Villahermosa las
fortificaciones con gran disgusto de los catalanes, y demolió también la plaza
de Montallá, retirándose luego con tan lucido ejército sin hacer nada, á tomar
cuarteles de[690] invierno. Durante éste, hubo
varios combates entre los paisanos y soldados, siendo el mayor delante de
Gracia y Sarriá á las puertas mismas de Barcelona. Mantúvose fiel y tranquila
esta ciudad y los más de los lugares del Principado; premió el Rey á Barcelona,
concediéndola el privilegio que pretendió en 1632 y 1640 de que sus concelleres
se cubriesen delante de los Príncipes, cosa que teniéndola ya por perdida, ó no
habiéndola tenido nunca muy clara y determinada, fué ahora de grande
agradecimiento, y fueron presos y castigados algunos de los paisanos
sediciosos, y perdonado el mayor número, con que volvió á restablecerse la
tranquilidad un tanto.
No tardaron los franceses en entrar de nuevo (1690)
en Cataluña; tomaron á San Juan de las Abadesas y á Ripoll, demoliendo sus
fortificaciones y rindieron á Vich, sin que el de Villahermosa hiciese más que
movimientos inútiles y sin fruto. Fuera triste suerte la de este caudillo, á
hallar quien lo juzgase con tanto rigor como él juzgó antes al Gobernador de
Camprodón. Clamó Cataluña porque se le separase del mando, achacándole todas
las pérdidas y desórdenes, y la Corte envió en su lugar al duque de Medinasidonia.
Comenzóse bajo su mano la campaña de 1691, en la cual los franceses rindieron
la Seo de Urgel, valerosamente defendida de D. José Agulló, por no haber sido
socorrida, cosa muy sentida en Cataluña. Ofrecióse entonces llena de ira á
facilitar hombres y dinero con que echar á los franceses. Una armada de éstos
de cuarenta naves, al mando del conde de Estrées, bombardeó por dos días á
Barcelona con poco daño, y se retiró al aparecer la nuestra, gobernada del
conde de Aguilar, aun[691]que ésta excusase el combate.
Ni en esta campaña ni en la siguiente hizo más el de Medinasidonia que vagar de
acá para allá con un mediano ejército que tenía, ya sitiando plazas, ya
alzándose de sobre ellas, ora ofreciendo batalla al enemigo, ora huyéndola, sin
llegar nunca á pelear. Sólo los miqueletes peleaban por donde quiera ejecutando
sus ordinarias proezas, bajo sus caudillos naturales, entre los cuales se
contaba aún el viejo Trinchería. Hubo también algunas celadas y choques de poca
cuenta entre soldados sueltos del ejército. Tampoco los franceses hicieron más
que demoler aquí y allá fortificaciones, hasta 1693 en que, con ejército de
veinte mil hombres y cuarenta cañones, embistieron á Rosas. Defendióla
valerosamente D. Pedro Rubí hasta ser herido de muerte en la defensa, y su
sucesor, don Gabriel de Quiñones, rindió la plaza con poca honra.
Menos manifestó todavía el duque de Medinasidonia,
que pudo lograr el socorro y no quiso intentarlo. Abandonaba la provincia á su
suerte, y cuando se quejaban de ello los naturales respondía: «que todo era
inútil, pues no había mejor partido que hacer las paces, sometiéndonos á la
voluntad del extranjero». Duque indigno de su casa y nombre; otro Guzmán que
añadir á aquellos tan fatales del reinado anterior. Vergonzosamente envió
regalos el Gobernador de Barcelona á la armada francesa de M. de Tourville, que
tuvo la insolencia de pedirlos al pasar por aquellas aguas, diciendo que de
todas las plazas de la costa de España quería llevar esta muestra de agasajo.
Lloró Cataluña con noble altivez aquella vileza, y más al ver que el Gobernador
y sus capitanes achacaban la determinación al pueblo. Fué también de gran
sentimiento el desorden[692] de la campaña, porque
el ejército francés se paseó por el Ampurdán como quiso, y el de los españoles
malgastó el tiempo en pareceres y marchas, sin poner mano á las armas. La
Corte, viendo tal interés, separó al fin al de Medinasidonia, y envió en su
lugar al marqués de Villena; salió aquél del Principado querido por su carácter
dulce y su justicia, pero universalmente despreciado. Era el nuevo Virrey tan
imprudente como fué su antecesor irresoluto y no dotado de más talento que él.
Al comenzar la campaña de 1694 envió capitanes que alistasen en Castilla muchas
compañías. «Llegaron en crecido número, dice el historiador Feliú de la Peña,
contemporáneo y catalán; pero tales, que antes servían de embarazo que de
provecho, por no ser disciplinados, ni ser fácil en poco tiempo enseñarles el
arte, modo de disparar, jugar las armas ni perderles el temor. Amaestrábanlos
en el disparar, no sólo los hombres, sino hasta los muchachos de Barcelona,
porque era para ellos muy extraño aquel ejercicio, como sacados de los cortijos
y lugares de Castilla. No obstante, contento el Virrey del número, no
advirtiendo la calidad, prometía prodigios y decía: «Con veinte mil hombres y
todos españoles, no hay que temer.» El suceso le desengañó. Desengañóse, con
efecto, muy en daño de la Monarquía, aunque no por culpa sólo de tales
soldados.
Entró el duque de Noailles en el Ampurdán con
ejército igual al nuestro, y asentó su campo á la orilla izquierda del Ter,
cerca de Torroella de Mongri. Acudió al opósito el de Villena, poniéndose á la
orilla derecha del río, en campo abierto, por juzgar que éste bastante lo
defendía. Aprovechóse de esta confianza necia el de[693] Noailles,
y esguazando el río con parte de su caballería, cayó sobre nuestros descuidados
cuarteles. En un momento fueron deshechos los trozos de caballería que
gobernaban D. Juan Colón y D. Fernando de Toledo, con muerte honrosa de los dos
capitanes. Huyó el resto de nuestra caballería, dejando sola en el llano á la
infantería, que desordenada, y tan sin conocimiento de las armas como se sabe,
no tardó en ser rota y dispersa. Murió el Maestre de campo D. Alonso de Granada
pugnando por ponerla en orden, y en el propio empeño fenecieron los mejores
capitanes, siendo otros muchos prisioneros. Del de Villena no se supo en todo
el trance; el general de la caballería, Senmenat, quedó luego prisionero, y
fuera allí total la vergüenza, á no ser por el esfuerzo de aquel valeroso José
Bonet, que tan heroica muestra dió de sí años antes en la villa de Massanet,
defendiéndola por largo espacio con sólo cuarenta hombres contra todo un
ejército enemigo. Era ya el Bonet Maestre de campo en el tercio catalán llamado
de la Diputación, y, además, gobernaba, por ausencia de caudillo,
el tercio viejo de los morados, que era el mejor del ejército. Al
ver la acometida de los enemigos y el desorden de los nuestros, Bonet formó en
batalla sus tercios, que fueron los únicos que así se vieron aquel día, sobre
una zanja, donde se mantuvo valerosamente hasta que se halló de todo punto
desamparado. Luego volvió á hacer alto en la colina de Foxá, y recogió muchos
fugitivos, salvando los restos del ejército, á pesar de que el enemigo puso el
mayor empeño en desordenarle.
Glorioso y vencedor, se alejó por fin Bonet de
aquel campo de ignominia, donde quedaron las bande[694]ras
y la artillería, los papeles del Virrey y los de los regimientos, las armas,
los bagajes y cuanto pudo ser presa del enemigo. No dejó éste escapar los
frutos de aquella batalla que se llamó del Ter. Llegó delante de Palamós y la
rindió á pesar de la esforzada defensa de D. Melchor de Avellaneda, que allí
mandaba; luego se puso sobre la importantísima plaza de Gerona, que tan
imposible de rendir había sido otras veces, y la tomó sin dificultad ninguna
por causa del Maestre de campo general, D. Carlos Sucre, que aún gobernaba en
la plaza, y de D. Juan Simón, que abandonó sin defensa una de sus más
importantes fortalezas. Lloraron los vecinos largamente aquella capitulación
que hubo de ajustar Sucre sin su noticia. Hostalrich con poca defensa y
Castelfollit también cayeron en poder del enemigo, y ochenta partidarios
franceses osaron entrar en Corbera á cuatro horas de Barcelona. Quisieron los
paisanos y miqueletes recobrar á Hostalrich juntándose tumultuariamente en una
especie de ejército donde vino á hallarse en persona el de Villena; pero se
abandonó la empresa, no bien amagó el francés el socorro.
Dejó el de Villena avergonzado el mando y entró á
sucederle aquel marqués de Gastañaga que tan mala cuenta había dado de sí en
Flandes. Tuvo éste en los principios el acierto de reconocer su incapacidad y
el poco valor de sus soldados, y manteniéndose en guarnición de las plazas con
ellos, excitó á los paisanos á que defendiesen la tierra. Ayudaron los
franceses cometiendo algunos daños; y no necesitaron de más los valerosos
catalanes. En el invierno mismo de 1694, queriendo un inglés que gobernaba por Francia
la villa de Blanes, bien fortificada, recoger algunos rehenes y[695] tributos, envió un trozo de quinientos hombres á
los lugares comarcanos, que fué derrotado. Para castigarse este hecho embistió
el inglés con ochocientos hombres á Pineda, lugar pequeño y abierto; pero fué
rechazado con muerte de más de sesenta de los suyos. Luego los mismos paisanos
de Pineda y las cercanías le obligaron á encerrarse en Blanes. Derramados de
repente los miqueletes por todo el principado, mataban á cuantos franceses osaban
salir sin amparo de ejército á los caminos, entrando á matar dentro de la misma
Gerona. Aconteció (1695) que no queriendo pagar contribución á Francia la villa
de San Esteban de Bas, acudió á quemarla en castigo con mil trescientos hombres
escogidos el Gobernador de Castelfollit, de orden de Mr. de San Silvestre, que
estaba por caudillo de toda aquella parte de Gerona. Cuando llegaron los
franceses cerca de San Esteban de Bas, hallaron ya la villa puesta á la defensa
habiendo recogido á la montaña todas las personas inútiles. Hubiera sido grande
la defensa de la villa á comenzar el ataque los franceses; pero no se
atrevieron á intentarlo. Durante su marcha habían sido descubiertos por los
paisanos catalanes, que con increíble audacia se pusieron á perseguirlos de uno
en uno. Al llegar á San Esteban serían ya estos paisanos hasta en número de
cuarenta; y aunque los enemigos subían á mil trescientos, repartidos en tres
trozos, tuvieron valor para acometer uno de estos trozos. Acudió al punto el
veguer de Vich con algunos paisanos, y el francés con notable cobardía dispuso
la retirada. Serían ya hasta ochenta los paisanos, y se pusieron vivamente á
perseguirle como si fueran un ejército, engrosándose ellos á cada momento y
matando á cuantos hallaban un poco retrasados.
Apoderóse un terror pánico de los franceses, y al
pasar un puente llamado de San Roque fueron desordenados por los paisanos, que
llevaban ya muertos un centenar de ellos y prisioneros muchos más, separándolos
en dos trozos. El menor de ellos, cercado en un hospital, tuvo que rendirse; el
más grueso, donde iba el mismo Gobernador de Castelfollit, no atreviéndose á
pasar adelante, se fortificó en el convento del Carmen de Olot. Ya el número de
los paisanos era grueso acudiendo de todas partes; mandábanlos el veguer de
Vich y los caudillos Francisco Toralla, José Más de Roda y Galderch, llamado el
mozo, hombre de valor heroico. Este logró meterse por un agujero que abrió en
el muro con hasta doce hombres dentro del convento, y allí peleó largo rato con
el gran número de los franceses, hasta que, muerto él y cinco de los suyos, los
otros tuvieron que fingirse muertos para salvar la vida. Entre tanto el
convento era asaltado por todas partes, y después de un largo combate donde el
caudillo francés fué mortalmente herido, tuvieron que rendirse sin más honor
sino que no se quitasen á los oficiales los vestidos. Llenó de júbilo esta
gloriosa victoria á toda Cataluña. La guarnición francesa de Blanes,
desbandada, se salió del lugar dejándolo abandonado; pero acometida en el
camino por los vecinos de Pineda y labradores, perdió ciento cincuenta hombres
muertos y doscientos ochenta prisioneros, huyendo el resto en desorden.
Trescientos franceses que guarnecían á Argelagués se rindieron también á
algunas compañías de dragones y miqueletes; y un capitán por nombre Plex entró
por un agujero que abrió en la puerta de San Lorenzo de la Muga, donde había
cien granaderos franceses, con solo[697] treinta
hombres, y después de haberlos acorralado en la iglesia les obligó á rendirse.
Sonaba el caracol marino por todas partes levantando en armas el principado, y
los franceses no tenían en ninguna un momento de reposo. Blas de Trinchería,
hijo acaso de aquel valeroso D. José y D. Valerio Saleta, con sus gavillas de
miqueletes bloquearon á la guarnición de Hostalrich, reduciéndola al mayor
extremo, y el veguer de Vich y José Más de Roda, pusieron en el mayor aprieto á
Castelfollit, favorecidos por algunas compañías de dragones y derrotando á los
franceses que intentaban socorrerla.
Ya estaban á punto los paisanos de tomar esta
plaza, dirigidos por un cierto Luis de Novas, catalán que había estado al
servicio de Francia, cuando vino al campo D. Juan de Acuña con un buen trozo de
ejército á encargarse del sitio, y en un punto se perdió todo; fué preciso
alzar el campo por haber logrado socorrerla los franceses. También tuvieron que
alzarse de sobre Hostalrich los paisanos, por no ser socorridos con artillería
y algunas municiones como solicitaban. Demolió sin embargo el francés tanto las
fortificaciones de esta plaza como las de Castelfollit, de miedo de que los
paisanos y miqueletes volviesen sobre ellas. Pero ya por entonces aquel
glorioso ardor de los catalanes había desaparecido. El marqués de Gastañaga, D.
Francisco Antonio de Agurto, se había mostrado cada día más afecto á los
paisanos, loando y regalando á sus caudillos, recorriendo y animando por sí
mismo las cuadrillas de ellos que pasaban por Barcelona, haciendo tocar en su
palacio los temerosos caracoles marinos de que usaban y que solían levantar en
ira las comarcas[698] por donde iban. Si fueron
órdenes de la Corte recelosa del ascendiente y soberbia de los paisanos, ó celo
de los capitanes que la rodeaban, ó idea de que ya no eran necesarios tales
servicios por haberse juntado numerosas tropas en la provincia, no se sabe;
pero ello es que de pronto cambió de opinión el Virrey y comenzó á mirar con
mal ceño las cuadrillas de paisanos.
La voz de Cataluña fué que el marqués de
Villadarias, que acababa de venir por Maestre de campo general del ejército,
había traído orden de la Corte para ir entregando la provincia á Francia; mas
esto era increíble cuando cabalmente se había juntado allí el mejor y más
numeroso ejército que tuviese España, y el de mejor calidad que hubiera
aparecido en toda la guerra. Componíanlo hasta veintisiete mil hombres, muchos
alemanes é irlandeses que trajo en refuerzo, de parte del Emperador, el
príncipe Jorge de Hesse Darmstad, no pocos walones y bastantes castellanos y
navarros de las nuevas levas.
Por este tiempo se presentaron también en aquellas
costas las escuadras unidas de Holanda é Inglaterra, dueñas del mar. Con tal
poder militar y poca ayuda de los paisanos, desalentados y aun llenos de saña
con la mudanza que notaban en el Virrey, se continuó la campaña de 1698, y en
ella se vió de nuevo cuanto superasen á los soldados mal acaudillados y
organizados que teníamos los valerosos paisanos catalanes. Púsose el de
Gastañaga con el gran ejército y armadas sobre Palamós, villa flaca, y hubo de
alzar el asedio sin fruto, si bien los franceses, de propio motu, demolieron
luego la plaza. Luego el ejército y armada se retiraron á descansar sin otra
empresa por aquel año. Al siguiente[699] volvió á
salir á campaña Gastañaga, oponiéndosele el duque de Vandome con ejército igual
en fuerzas. Asentaron los nuestros su campo entre Hostalrich y Gerona á orillas
del río Tordera, y el francés se puso también no lejos de Gerona. Allí se mantuvieron
unos y otros sin emprender nada; solo el Príncipe de Darmstad que gobernaba la
caballería extranjera sostuvo un choque empeñado con los enemigos que querían
envolverle, frustrando valientemente su intento. El de Gastañaga no hizo más
que ordenar á los paisanos que ocupaban todavía algunos pasos que se retirasen,
con lo cual los franceses bajaron por la Tordera y ocuparon sin dificultad
aquellas villas de Blanes, Malgrat, Pineda y Calella que les habían dado tanto
en que entender en otras ocasiones, saqueando á su sabor el país. Las quejas de
Cataluña llegaron con esto á tanto, que la Corte separó al virrey Gastañaga y
al Maestre de campo general Villadarias, enviando en su lugar de Virrey á D.
Francisco de Velasco, soldado de probado valor y hermano natural del
Condestable, y de Maestre de campo general al conde de la Corzana. No hicieron
estos otra cosa que mejorar las fortificaciones de Barcelona, porque ya se
recelaba del francés que quisiera cercarla.
Veníase tratando de paz hacía tiempo, negándose
nuestra Corte á negociarla por temor de que como eran sus pérdidas grandes la
fuese muy funesta. Para obligarla á ceder resolvió Luis XIV emprender el sitio
de Barcelona, y dispúsose lo necesario no con tanto secreto que no hubiese
noticia de todo. Por fin, á principios de Junio de 1697 llegó el duque de
Vandome delante de aquella ciudad insigne con diez y ocho mil infantes y seis
mil caballos; la armada, compuesta de cincuenta[700] naves
y ochenta velas de transportes, cerró la boca del puerto al mando del Bailío de
Noailles, y se desembarcaron hasta ochenta piezas de artillería entre cañones y
morteros para batir los muros, con inmensa copia de proyectiles y fuegos de
artificio. Jamás se ha visto tanta flojedad como se vió entonces de nuestra
parte. Había cerca de veinte mil hombres con que cerrar el paso al enemigo, y
se le dejó llegar tranquilo delante de la ciudad; extendió sus cuarteles desde
Sans hasta Esplugas, poniendo en Sarriá sus principales depósitos; abrió sus
trincheras sosegadamente también, plantó sus baterías, todo como si no hubiese
armas en la provincia. El Virrey y la Audiencia se salieron fuera de los muros
á procurar socorros, y quedó en el mando el Maestre de campo general conde de
la Corzana, con el Príncipe de Darmstad, el conde de la Rosa, D. Juan de Acuña
y otros caudillos, y hasta diez mil infantes y mil trescientos caballos, mitad
españoles, mitad extranjeros, sin contar otros cuatro mil infantes á que
ascendía la milicia de los gremios que se levantó en la ciudad, ni la nobleza
catalana, entre la cual se hallaba el marqués de Aytona, y voluntarios, toda
gente valerosa. Pronto las montañas que rodean el llano de Barcelona
aparecieron cuajadas de labradores y miqueletes que acudían de toda Cataluña á
salvar su capital, mandados por el heroico Bonet, D. José de Agulló y Copons, y
otros caudillos de igual denuedo y patriotismo. Por todas partes resonaban los
ecos del caracol marino, llenando de pavor á los franceses, y hasta las mujeres
y los niños recorrían las calles de Barcelona gritando: «¡antes morir que
rendirnos!» Los Magistrados preparaban con ardiente patriotismo las cosas de la
defensa;[701] los mercaderes fiaban sus géneros; el
clero se hallaba dondequiera, excediendo en valor á los soldados, todos
cumpliendo con su deber largamente; aquella ciudad soberbia no había sido hasta
entonces vencida. Pero todo se malogró por la ineptitud ó cobardía del conde de
la Corzana y los demás capitanes, que á excepción del de Darmstad no parecía
sino que obraban de acuerdo con los franceses. Bien pudo sospecharse que lo
estuviesen según lo que hicieron.
D. Francisco de Velasco, que había puesto su
cuartel general en Molins de Rey con todas las tropas que no habían quedado en
la ciudad, se dejó sorprender del enemigo á punto que perdió todo su equipaje,
y él á duras penas salvó la vida. No se dió orden alguna para que los valerosos
miqueletes obrasen; de modo que aunque llevados de su ardor acometieron dos ó
tres veces los cuarteles enemigos, fué sin fruto, perdiendo en una ocasión
Bonet cinco capitanes de seis que lo acompañaban con casi toda su gente; y entre
tanto el marqués de Corzana dispuso tres salidas tan mal dispuestas, que aún
arrollando como se arrolló al enemigo, no se logró hacer ningún daño en sus
trabajos de sitio. Descuidóse el fortificar los puntos débiles, negáronse armas
á los que las pedían, y al cabo de cuarenta días, cuando la plaza estaba casi
entera todavía, se resolvió la capitulación. Ofreció Barcelona llena de noble
ira defenderse sola y obligar á los franceses á alzar todavía el sitio, con tal
que el de la Corzana se fuese donde quisiera con todas sus tropas, menos el
Príncipe de Darmstad y sus caballos. No fué la proposición admitida; y como en
aquellos días fuese nombrado el de la Corzana Virrey, en lugar de D. Francisco
Velasco, llevó á cabo[702] la entrega contra el
sentir de todo el pueblo que lloraba su suerte, y el parecer del Príncipe de
Darmstad y de los mejores capitanes, avergonzados. Salió la guarnición con los
honores de la guerra y se reconocieron los privilegios de Barcelona. Viéronse
en este sitio hechos heroicos. Imaginóse introducir la deserción en el campo
francés, ofreciendo cierta cantidad á los soldados; pero no parecía posible
llevar hasta ellos el ofrecimiento. Entonces, Gabriel Fort, natural de la villa
de Alforja, con dos paisanos y un muchacho, se prestó voluntariamente á fijar
los carteles en Pedralbes y en Sarriá, cuarteles principales de los enemigos, y
así lo hizo. El Canceller en Cap de Barcelona murió de dolor y de fatiga,
notando que sus prodigiosos esfuerzos eran impotentes para salvar la ciudad. También
murió de un mosquetazo Luis de Noves, aquél ingeniero catalán que tan bien
dirigió á los paisanos en el sitio de Castelfollit. Señalóse el valor de los
sitiados, en que siendo tan mal dirigida la defensa, causaron sin embargo
horribles pérdidas á los vencedores. Después de rendida Barcelona, los
franceses se acercaron á Vich; quisieron ponerse en defensa los valerosos
moradores; pero el de la Corzana les envió á decir que no era tiempo de tales
bizarrías, y que no esperasen socorro alguno de su parte. Entonces Vich se
rindió también, y este fué el último hecho de la guerra con Francia.
No habían faltado en ella hostilidades marítimas;
los corsarios catalanes y vascongados hicieron algún daño en el comercio
francés, y el duque de Nájera, con las galeras de Nápoles, logró algunas
ventajas en los mares de Italia. La armada francesa que bombardeó á Barcelona,
hizo lo mismo con Alicante, no con más fruto,[703] y
aun intentó un desembarco en el cual fué rechazada con pérdida. Acudió el conde
de Aguilar con veintiocho bajeles, y los enemigos huyeron precipitadamente,
esquivando vergonzosamente el combate que le ofrecieron los nuestros. En
América hubo sucesos muy diversos. Habiendo pretendido Cussi, que mandaba la
parte francesa de la isla de Santo Domingo, apoderarse de toda ella, fué
derrotado en un combate por nuestros colonos y soldados, muy inferiores en
número. Llegó entonces á aquellos mares D. Jacinto López Girón con nueve
bajeles destinados á perseguir corsarios enemigos, y el Gobernador de Santo
Domingo, D. Iñigo Pérez de Castro de acuerdo con él, determinó castigar á los
franceses. Cussi fué muerto con más de cuatrocientos hombres en un combate
gloriosísimo para nuestras armas; tomóse el lugar de Guarico, y se echaron á
pique algunos bajeles.
El contento de esta victoria lo desvanecieron los
daños que nos hicieron los filibusteros aliados con los franceses. En 1697 el
barón de Pointis, con diez bajeles de estos y hordas filibusteras de
desembarco, tomó y saqueó á Cartagena de Indias, como todas aquellas plazas
desguarnecida. Ni en África nos dejaban los franceses. Incitaron á los
argelinos y al feroz Ismael, rey de Fez, segundo de los Filelis, á que nos
hicieran furiosa guerra. Los catalanes y los marineros valencianos y andaluces
tuvieron que construir y tripular buques con que alejarlos de nuestras costas,
y á las plazas de África dieron todas cuidado. Sitió Ismael á Larache y la
combatió por muchos días, hasta que el conde de Aguilar y el almirante Gregori,
con una armada, llegaron al socorro, con la cual tuvo que alzar[704] el campo (1691). Poco después (1693) el xeque de
Mequínez vino sobre Orán con veinte mil caballos, y desmontándolos al llegar á
la fortaleza y muros, dió un asalto general que duró siete horas y costó la
vida á infinitos de ellos, sin fruto alguno. Ismael, acostumbrado á vencer en
África á todos sus enemigos, sañudo, soberbio y sanguinario como ninguno de
aquellos bárbaros monarcas, no escarmentado con el suceso de Larache, embistió
á Ceuta. Dióla varios asaltos y procuró rendirla por fuerza; pero fué rechazado
con muerte de los mejores caudillos. Cuéntase que el mismo Ismael, para
librarse de ellos, les hacía poner, de propósito, en los lugares de más
peligro. Continuaron los infieles por muchos años en este sitio, sin lograr
efecto alguno, y, al propio tiempo, embistieron á Melilla y se pusieron de
nuevo sobre Orán, todo para gloria de sus defensores.
Al concluirse la guerra con Francia, también
decayeron las hostilidades de los infieles, y pudo reputarse, por tanto,
completa y segura la paz. Esta, firmada en Riswich por los plenipotenciarios de
las potencias beligerantes, fué la más ventajosa que hubiese ajustado España en
mucho tiempo. Por ella le fueron devueltas todas las plazas conquistadas de los
franceses en Flandes y en Cataluña durante la guerra, y, además, todas las que,
bajo especiosos pretextos, había reunido Luis XIV á su corona en el reinado de
Carlos II, exceptuando ochenta y dos lugares y villas, que se reservó como
dependencias de Charlemont y de Maubege. Luis XIV, vencedor en todas partes,
dió, sin embargo, los primeros pasos para la paz; y si se mostró generosísimo
con España, no se mostró tampo[705]co avaro con las
demás potencias. Pero no era esto, ciertamente, porque hubiese abandonado su
propósito de engrandecimiento, antes eran cada día mayores y se inclinaban
ahora á una grande empresa.
Hemos visto que, á pesar del cariño que le tenía el
Rey, determinó separar á Oropesa del Ministerio. Cuando el Conde vino á pedirle
permiso para retirarse de la corte, le dijo aún acongojado: «Eso quieren, y es
preciso que yo me conforme.» Nombróle, sin embargo, Presidente de Italia, sin
admitir la renuncia que de semejante cargo hizo el Conde, que se retiró á la
Puebla de Montalbán. Quedó con esto triunfante y señora de todo la Reina, y á
la verdad que no podían haber venido las cosas públicas á peores manos. Sobre
ser Doña Mariana mujer de virtud escasa y de notables defectos, había tenido la
desgracia de rodearse y aconsejarse de gente ruin, famosa sólo por los males
que supiera causar á la ya prosternada España. Figuraba muy principalmente,
entre tales consejeros, la baronesa de Berlips, llamada del pueblo la
Perdiz, por ignominia de su nombre, mujer alemana de obscuro origen, que
había venido con la Reina, á la cual había servido desde la edad más tierna.
Con esta andaba en tratos y compañía un cierto Enrique Wiser, apellidado el
Cojo, sin duda porque lo era, mozo de airada vida y alemán de nación, que,
echado de la corte de Portugal, donde servía en puesto inferior á causa de sus
malas artes y conducta, halló acomodo en la nuestra, con la amistad de la
Berlips, y entre ambos todo lo vendían y dilapidaban, procurando hacer de prisa
su fortuna, por si todo se perdía, como era de temer, con la escasa salud del
Rey. Dominaban á la Reina con ser cómplices y agen[706]tes
de sus robos é injusticias; pero no contentos con esto, se valieron, para ello,
de la traza con que se solía tener cautivos á los supersticiosos reyes
austriacos. Lograron echar de España á un virtuosísimo jesuíta que tenía por
confesor la Reina, y, en su lugar, trajeron al Padre Chiusa, capuchino alemán y
hombre sin moralidad ni prenda alguna, el cual, de concierto con ellos, no
aconsejaba á la Reina sino lo que á todos pudiera convenirles. También dieron
participación la Berlips y el Cojo en su compañía al conde de
Baños, que dicho está cómo sería, cuando alcanzaba de ellos favor semejante
hombre que, debiendo á Medinaceli su elevación al puesto de caballerizo del
Rey, y á Oropesa no pocas atenciones, contribuyó poderosamente á la caída de
ambos, poniéndose siempre de parte del que más fuerzas tenía.
Aquí la pluma del historiador se resiste ya, de
fatigada y temerosa, á seguir adelante con la relación de tamañas ignominias.
Pero es fuerza cruzar, aunque sea pasando de ligero, por hechos que es bien que
se sepan para que se advierta adonde conduce á las naciones la ineptitud ó
vileza de los Príncipes y el demasiado indigno sufrimiento de los súbditos.
Rodeada Doña Mariana de aquella gente, después de la retirada de Oropesa, todo
lo gobernaba, como arriba decimos, á su antojo. Y aunque aquel Ministro poco
venturoso había dejado detrás de sí grandes murmuraciones y quejas, hizo la
Reina de modo que casi se le echase de menos antes de mucho. Había quedado
pendiente la provisión de la secretaría de Estado, causa de tantas intrigas; y
la Reina procuró, ante todo, que se hiciese con provecho suyo. Halló muy
opuesto al Rey á que[707] D. Pedro Coloma, de quien
ella esperaba grandes regalos, fuese nombrado; y entonces para no perder el
provecho dió la plaza á D. Juan de Angulo por siete mil doblones de oro, según
de público se dijo. Ni le bastó á D. Juan este desembolso, porque tuvo, para
afirmarse en el puesto, que ofrecer á la Berlips y sus demás cómplices no mucha
menos cantidad de oro. Conócese á este Angulo en los documentos de la época por
el sobrenombre de el Macho ó el Mulo, que le
impuso el Monarca mismo, á causa de su ignorancia é increíble ineptitud, que
superaba, por lo que parece, á su vileza. Al propio tiempo pensó la Reina en
proveer los demás cargos de importancia desposeyendo á los parientes y deudos
de Oropesa. Y como sus cómplices alemanes eran de tan bajo origen que no
parecía posible encaramarlos á los primeros puestos, tuvo necesidad de recurrir
para ello á los Grandes y Ministros antiguos de la Corona, prefiriendo siempre
á los de inteligencia y virtud más dudosas. Por lo mismo fueron nombrados
consejeros de Estado el duque del Infantado, sumiller de Corps, hombre de buena
intención, pero de capacidad escasa y no suficiente para tal empleo, el duque
de Montalto, en quien el valor y la capacidad eran bastantes y no muy malas las
costumbres, dotado de apacibles modos, pero de condición sobrado altiva; el
conde de Melgar, luego Almirante de Castilla, harto conocido ya en las intrigas
de la época por su cautela y disimulación profunda, sus palabras dulces, sus
hechos más generalmente amargos, y su entendimiento, no mayor que su
ignorancia, pero sí mayor que su esfuerzo y patriotismo; el conde de Frijiliana
y de Aguilar, que había vencido con el terror de[708] su
mala lengua cuantos obstáculos se habían opuesto á su elevación desmedida,
antes general de la armada del Mediterráneo, donde hizo larga mercancía del
cargo, y perdió muchos bajeles y ocasiones por la cobardía de su corazón y la
flojedad de su entendimiento; don Pedro Ronquillo, conde de Granedo, á quien le
bastara para descrédito haber sido uno de los que ajustaron la paz de Nimega;
el conde de Burgomaine y el marqués de Villafranca, que eran los mejores, aquél
por sus dilatados servicios, éste por su probidad y celo, con que logró vencer
y refrenar la revolución de Sicilia, siendo Virrey de aquella isla.
Pero no mereció tan alta honra el buen marqués de
Mortara, que fué el último de los generales de España, que ilustrase su nombre
en aquel siglo; ni otros antiguos magistrados, ministros y capitanes, reliquias
de la virtud pasada. No se dejó esperar mucho la caída del marqués de los
Vélez, y de su criado y favorito Bustamante, á quien el Rey mismo había
sorprendido en manifiestas concusiones, y que se había hecho insufrible por su
maldad á los más malos, adquiriendo en pocos años uno de los más fuertes caudales
que se conociesen en España. Quedó Bustamante sin empleo en una reforma amañada
para ello, y el de los Vélez hizo dimisión, que le fué aceptada, conservando la
presidencia de Indias, cargo de mucha menos cuenta. Entró, por empeño suyo, en
el gobierno de la Hacienda un D. Diego de Espejo, su vasallo, hombre de
capacidad cortísima y de ingratitud grande, que antes de mucho comenzó á
hostilizar á su bienhechor y á intrigar en la corte hasta que alcanzó el
Obispado de Málaga. Entonces la Reina y el confesor Matilla hicieron recaer la[709] propiedad del puesto en D. Pedro Núñez de Prado,
hecho á poco después conde de Adanero, no conocido hasta allí por armas ó
letras en ningún empleo, de cuna humilde y de prendas menos que medianas.
También fué separado el Presidente de Castilla Ibáñez, que no merecía más que
otros tal empleo; y la Reina llegó á pensar que podía poner en tan alto cargo
persona de su confianza. Pero anticipósele el Rey, que, sin consultarlo con
ella, llamó á D. Manuel Arias Mon, caballero del hábito de San Juan y Embajador
del gran maestre en España, á quien conocía sólo por una obra suya que había
leído, manuscrita, sobre los males públicos, y le hizo gobernador del Consejo
de Castilla. Asombró á la corte la novedad, juzgando unos por aquel paso que el
Rey era capaz de disponerlo todo y que no se fiaría más de sus consejeros;
opinando otros que la aptitud de Arias Mon era muy grande. Pero lo uno y lo
otro lo desmintieron los sucesos.
El Rey, como solía de cuando en cuando, al sentir
alivio en sus enfermedades, se dedicó, por algunos días á los negocios; pero no
pudiendo soportarlos, recayó de nuevo y tuvo que abandonarlos á los mismos que
tan mala cuenta daban de ellos. Y Arias Mon probó, antes de mucho, que era en
el talento moderadísimo, en la experiencia escaso, en el espíritu débil, y en
la honra no muy escrupuloso. Llevó la Reina con poca paciencia este golpe, y
más el ver que el duque de Montalto se iba adelantando en la gracia del Rey, á
punto de parecer ya su valido. Pugnó por conservar la superioridad de su
influjo; y como Montalto no se descuidaba y el confesor tampoco quería dejar su
parte de dominación y Monterrey, el Almirante y el Condes[710]table
solicitaban los tres á un tiempo el poder, hubo una horrible lucha de intrigas
en Madrid (1692) durante algún tiempo. Logró Montalto que, muerto el de los
Vélez, se le diese á él la presidencia de Indias; pero no pudo impedir que, por
lágrimas de la Reina, se diese el cargo de sumiller de Corps,
también vacante, al conde de Benavente. Formóse una nueva Junta magna de
gobierno, compuesta de todas aquellas personas rivales, y se trató largamente
de buscar remedio á los males públicos; pero siempre en balde. Sólo se resolvió
que los hábitos de las Ordenes militares no se diesen en adelante sino á los
que hubiesen servido con honra en la guerra, medida justa, pero que el
Cojo y la Bernips y la Reina misma hicieron inútil al poco tiempo,
vencidos de la ordinaria codicia. Procuraron hacer economías; pero no se pudo,
porque todas ellas habían de venir en detrimento de los gobernantes que
disponían del Tesoro á su antojo. Por último, el duque de Montalto, sin nombre
de valido, llegó á serlo del todo, y para afirmarse imaginó una traza, por todo
extremo extraña, y que muestra hasta qué punto había llegado la sed de mando,
que fué repartir en pedazos la Monarquía, para que tuviese uno cada uno de sus
rivales.
Expidió el Rey, por su Consejo, un decreto en el
cual nombró al Condestable Teniente general y Gobernador de Castilla la Vieja,
y al Almirante de las Andalucías y Canarias, y á Monterrey de Aragón y
Cataluña, reservándole á él la tenencia y gobierno de Castilla la Nueva. Así
pensaba Montalto que todos quedasen contentos, y, con efecto, no estaba mal
imaginado puesto que la Monarquía la miraban como patrimonio de ellos.[711] Pero Monterrey no quiso aceptar la repartición,
como quien ansiaba recoger todo el mando; y fué preciso hacer otra nueva en que
Montalto tomó los reinos de Aragón, Navarra y Valencia y Cataluña, y el
Condestable Galicia, Asturias y las Castillas, dejando las Andalucías al
Almirante. Estos tres tenientes ó Ministros acordaron reunirse dos veces por
semana y decidir por sí todas las cosas, mandando como gustasen á los
tribunales y Capitanes generales de sus territorios respectivos. La burla de
unos y la irritación de otros llegó con esto al último punto: todos los
tribunales representaron en contra, y el marqués de Villena, Virrey de Navarra,
y el duque de Sessa, general de la costa de Andalucía, hicieron renuncia de sus
cargos. Nombróse en seguida una junta de Ministros para atender al remedio de
la Hacienda; y allí, después de largos debates é intrigas se acordó que no se
pagase merced alguna por todo el año de 1694; que durante el mismo año cediesen
todos los empleados del reino la tercera parte de sus sueldos; que á cada
título se sacasen trescientos ducados y á cada caballero de las Ordenes
doscientos, y á los negociantes y demás personas de caudal cuanto se juzgase
prudente, todo con nombre de donativo. Ordenóse también que en todos los
pueblos se sorteasen los vecinos y que de cada diez fuese uno recogido para
servir en los ejércitos. Causaron estas medidas terrible perturbación y ningún
fruto, porque se recogió poco dinero y menos soldados servibles. Todas estas
desgracias las hacía valer la Reina en contra del de Montalto, y éste hacía
vanidad de despreciarla á ella y sus hechuras. Pero coaligada ella
estrechamente con el confesor, no tardó en sembrar[712] entre
los tenientes la semilla de la discordia, atrayendo al Almirante á su partido
con promesa de poner el gobierno en sus manos.
Tal era el estado de nuestra corte cuando Luis XIV
fijó en ella los ojos, á fin de aprovecharse de cuanto le fuera útil para el
gran propósito que ocupaba su ánimo. Era éste obtener todos los estados de la
Monarquía española para su casa, poniéndolos bajo el cetro de su nieto Felipe
de Anjou, hijo segundo del Delfín de Francia. Para contentar á los españoles y
hacerles olvidar sus anteriores violencias y robos, hizo aquella paz generosa
de Riswich (1697), y en seguida puso manos á la obra con el mayor empeño. La
dinastía austriaca estaba moralmente muerta; acabó cuando debía morir: cuando
no la quedaba ya un solo defensor desinteresado. El mal gobierno de Felipe III
y de Felipe IV, los horrores de la Regente, la nulidad de Carlos II y la
avaricia de su mujer Doña Mariana, habían hecho odioso á todos los españoles el
nombre austriaco. Los socorros y donativos que con tan poca cordura se habían
dado al Emperador, el desprecio con que últimamente había mirado nuestros
intereses y la intervención deplorable de algunos alemanes en el gobierno
durante los últimos años, eran otras tantas causas que impulsaban á nuestros
conciudadanos á desear un cambio de gobierno que apartara de los alemanes el
influjo. Á tal punto habían llegado las cosas, que hubiera sido necesario un
gran Príncipe y un fortísimo gobierno para que la posteridad de Carlos II
hubiera continuado en el Trono. Y no habiendo posteridad, y teniéndose que
llamar á un Príncipe alemán al Trono, no era fácil que la nación lo aceptase,
aun dado que no[713] hubiese venido á disputarle la
sucesión un pretendiente de más derecho y que excitase mayores simpatías.
Fué fortuna para Francia que al mismo tiempo que el
nombre alemán caía en tanto aborrecimiento y menosprecio, su nombre fuese
ganando fama y respeto en la opinión de los más de los españoles. Á la verdad
Francia era, como es y será siempre, nuestra natural enemiga: su grandeza es
nuestra humillación; la nuestra es su impotencia. Pero los daños que de ella
nos venían eran para olvidados por pechos generosos. Nos vencían en lid ó por
más numerosos, ó por más diestros; pero no nos destruían fingiéndose amigos nuestros,
no devoraban las entrañas de la nación como estaban haciendo los austriacos.
Aun las Princesas que Francia nos llegó á dar
habían dejado de sí dulces recuerdos, que más duraban, á medida que las
Princesas alemanas excitaban mayor indignación ó desprecio. Doña Isabel de
Borbón no se olvidó un punto del bien de los vasallos, como la Reina
gobernadora Doña Mariana, que fué la más impolítica. Y de las dos mujeres de
Carlos II, Doña María de Orleans había sido tan admirada de todos y tan amada
de muchos, como era Doña Mariana de Neoburg aborrecida. Júntese con esto la
gloria que alcanzaba entonces la casa de Francia. Los españoles, que sabían que
todas sus desdichas venían de los malos Reyes, viendo que la casa alemana los
daba á cual peores, debían lisonjearse, naturalmente, con la idea de ser
gobernados por Príncipes de una casa que los producía tan afortunados. Falsos
fundamentos, sin duda todos ellos, para inclinar la opinión de España á los
franceses; mas no los necesitan los pueblos más[714] sólidos
ni justificados para formar sus opiniones. Estudiando bien nuestras
conveniencias políticas, no podía dudarse que si un cambio dinástico era
indispensable, donde menos había de buscarse nueva dinastía era en el vecino
reino de Francia; y á estudiar la Historia con detenimiento, se habrían
encontrado sin salir de la Monarquía ni del siglo, razones y ejemplos bastantes
para temer el influjo y dominio de los franceses, tanto como el de los
alemanes. Público era que en Nápoles y Sicilia, provincias nuestras, después de
admitir á los franceses, por librarse del mal gobierno de la casa de Austria,
habían tenido que echarlos de nuevo, coadyuvando poderosamente á restablecer el
gobierno antiguo. Y sobre todo pudo España pedir lecciones á Cataluña.
Fué esta provincia tan indignamente tratada por los
franceses, que no permitió más, en lo sucesivo, que echasen raíces en su suelo,
á pesar de los disgustos continuos que traía con la corte, y no aceptó á la
casa de Borbón, sino á virtud de la fuerza, después de largos y heroicos
esfuerzos por arrojarla de la Península. Pero en el resto de España faltaba
experiencia y previsión política y conocimiento de lo pasado, y así los ánimos,
se inclinaron, desde el principio de la cuestión al partido francés. Los hombres
de Estado que España tenía entonces valían todos muy poco, y no estaban más en
el caso de juzgar con acierto que el vulgo mismo. Y además empeñados en sus
míseras y exiguas discordias, no miraron en la nueva cuestión, tan inmensa como
era, sino pretextos y enseñas diferentes para disputarse, con más codicia que
nunca, los jirones de la Monarquía. Cuantos habían figurado hasta entonces en
el gobierno y cuantos aspiraban á[715] figurar en
adelante se apresuraron á escoger puesto en los dos nuevos y grandes partidos,
excepto aquellos, no escasos en número, que prefirieron, como suele acontecer
en tales ocasiones, hacerse mediadores ó indiferentes, con el fin de no
arriesgar nada en la derrota y compartir con cualquier vencedor el triunfo.
No se vieron bien determinados los dos partidos
opuestos hasta la paz de Riswich, porque la guerra con Francia hacía arriesgado
y deshonroso el declararse por parcial de ésta; pero no por eso dejaban ya
antes de traslucirse los diversos sentimientos. Mientras vivió Doña María Luisa
de Orleans, los Embajadores franceses no dejaron de intrigar en Madrid en favor
de sus propósitos. Muerta ella, el Emperador aprovechó la ocasión de ser
parienta suya, y cercana, la nueva Reina, para enviar á España, de Embajador,
al conde de Harrach, uno de los principales señores de su Consejo, señalándole
por sucesor á su hijo, á fin de que no padeciesen dilación ó extravío las
negociaciones. Logró este Embajador que en los mayores apuros de la guerra con
Francia llegase á prometerle Carlos II nombrar por heredero al archiduque
Carlos, hijo segundo del Emperador, en quien éste y su hijo primogénito José
renunciaban sus derechos, si enviaba doce mil hombres á su costa para defender
á Cataluña. No accedió á la pretensión el Emperador, aunque no dejó de enviarle
algunos refuerzos, por no consentir tal expedición la escasa suerte de sus
armas en el Rhin y el Danubio; pero no por eso cejó en sus intrigas. Y Francia,
aun en medio de la guerra, halló modo de ganar á su partido á no pocos Grandes
y señores principales. Á esto atribuían los catalanes la flojedad con[716] que los defendían los Virreyes, suponiéndolas
ganados por Francia, y cierto que, en alguno de ellos, no puede menos de
admitirse la inteligencia, so pena de apellidarlos traidores. Austriacos y
franceses eran los que se disputaban la sucesión y los que procuraban formar
grandes partidos en España que apoyasen sus pretensiones; mas no eran los
únicos sus Príncipes que se presentasen como candidatos, ni siquiera los que
alegasen más notorios derechos.
Fundaba el emperador Leopoldo los suyos en su
cuarto abuelo D. Fernando I, hijo de Doña Juana la Loca, y hermano
de Carlos V, y en su madre Doña María, hija de Felipe III, sosteniendo que,
extinguida la línea primogénita de varón, debía acudirse á la línea
segundogénita, de donde él era, sin pasar á las hembras; y que, aun dado el
caso de pasar á éstas, según la costumbre de suceder de la casa de Austria,
debía preferirse la cercana del tronco á la cercana del último posesor. El Rey
de Francia negaba que por las leyes de España, que eran las que debían regir á
la sazón, fuese llamada la línea segundogénita de varón, á falta de la primera,
con preferencia á las hijas de los últimos posesores, y que excluyeran á éstas
las más cercanas del tronco, con que daba por inconcusos los derechos del
Delfín, hijo de María Teresa, primogénita de Felipe IV, y hermana mayor de
Carlos II. Podía también apoyarse en los de su propia madre Ana de Austria,
hija mayor de Felipe III, la cual debía ser preferida, como primogénita, á la
madre del emperador Leopoldo. Y para evitar que pudieran considerarse
incompatibles las Coronas de Francia y España, ó la imperial y española, al
mismo tiempo que Leopoldo y su primogénito el[717] archiduque
José renunciaban sus derechos en el archiduque Carlos, hijo de aquél y hermano
de éste, renunció los suyos el Delfín, hijo de la infanta María Teresa, en su
hijo segundo Felipe, duque de Anjou.
Llevaban los de Austria á los de Borbón la ventaja
de que no había incompatibilidad, por los tratados, en que las Coronas imperial
y española viniesen á su poder; antes á la infanta Doña María, mujer del
emperador Fernando III, se la había confirmado en el derecho de suceder, por
los conciertos matrimoniales, con exclusión de los hijos de Francia. Lejos de
esto, la casa de Borbón tenía contra sí las renuncias solemnes de Doña Ana y
Doña María Teresa, de donde vino la expresa exclusión que de ellas y sus descendientes
hizo en su testamento Felipe IV. Pero contra una y otra casa alegaba sus
derechos el Príncipe de Baviera, nieto de la infanta Doña Margarita María, hija
menor de Felipe IV y primera mujer del emperador Leopoldo. Aunque éste había
hecho que su hija única, llamada María Antonieta, renunciase los derechos á la
Corona de España, al contraer matrimonio con el duque de Baviera, semejante
renuncia no era para tenida por válida, dado que no fué confirmada por Carlos
II, ni por sus Consejos, ni por las Cortes de la Monarquía. Con que quedó
reducida á un contrato privado entre la hija y el padre, muy diferente de aquel
en que se habían ajustado las renuncias de las hembras de Francia. Por lo
mismo, los más de los jurisconsultos se inclinaban á este último pretendiente,
sosteniendo que, muerto Carlos II, debían sucederle sus hermanas; y estando una
de ellas impedida por tal renuncia como la del tratado de los Pirineos, debía
sucederle la[718] otra, y, por representación, su
nieto el Príncipe de Baviera.
No debían despreciarse tampoco los derechos del Rey
de Portugal: eran los de la infanta Doña María, hermana menor de Doña
Juana la Loca, casada con el rey D. Manuel, de cuyo matrimonio
nacieron los reyes D. Juan III y D. Enrique y el príncipe D. Duarte, duque de
Braganza, padre de la infanta Doña Catalina, que fué abuela de aquel D. Juan
VI, por quien se separó este reino del resto de España. Por último se ofrecían
como pretensores los duques de Saboya y de Orleans, como descendiente el
primero de la infanta Catalina, hija de Felipe II y mujer del duque Carlos
Manuel, tan famoso por su espíritu turbulento; y el segundo como hijo de Ana de
Austria. Tres grandes cuestiones de derecho había envueltas en estas
pretensiones contrarias. Era la primera si, extinguida la línea primogénita de
varón, debía acudirse ó no á la línea segundogénita, con preferencia á todas
las hembras; la segunda era si, llegada la sucesión á éstas, debía preferirse
la más cercana del tronco á la más cercana del fundador ó al contrario; la
tercera si la renuncia del antecesor podía ó no perjudicar al sucesor, en
desapareciendo los motivos y circunstancias que aquella hubiese provocado.
De resolverse negativamente esta última, el derecho
de Francia era incontestable en Castilla, donde las hembras primogénitas
sucedían á sus hermanos varones, pero no en Aragón ni en otros estados de los
que componían la Monarquía, donde ni leyes ni costumbres autorizaban tal
sucesión de hembras. Y era muy peligroso, á la verdad, dejar resuelta esta
cuestión del[719] modo propuesto. El derecho
público carecería de base si tales renuncias y tan solemnes como la de Doña
María Teresa, pudieran ser olvidadas á placer por las personas interesadas en
ello. Y parecía más peligroso aún teniendo en cuenta que no todas las
provincias de España podían sujetarse á aquel derecho de heredar, desconocido
en ellas, sin tomar quejas de su parte. Con preferir la línea segundogénita de
varón se evitaban estas, se dejaban firmes las renuncias como base del derecho
público, y la herencia total venía por legítimo derecho al emperador Leopoldo,
descendiente del segundo hijo de Doña Juana la Loca. Si esto no se
tenía por justo había que acudir á las hembras, y, circunscrita en éstas la
cuestión, ó eran ó no válidas las renuncias. Porque no siéndolo era imposible
disputar con Francia, y, siéndolo, la duda venía á estar entre las casas de
Baviera, Portugal y Saboya, dado que las pretensiones de la de Orleans no eran
tenidas por graves. De preferirse la hembra más cercana del último posesor, el
derecho estaba en favor del Príncipe de Baviera, nieto de la hija menor de
Felipe IV; pero quedaba en pie la dificultad que ofrecía el regir distintos
derechos y costumbres en las diversas partes de España, de modo que si en unas
partes era legítimo heredero, en otras no podía considerársele como tal. Y
atendiéndose á la hembra más cercana del fundador, no había duda en que
pertenecía la Corona al Rey de Portugal, una vez excluída la línea
segundogénita de varón, representada por el Emperador de Alemania. Porque
tomando como punto de partida á los Reyes Católicos, en cuyo tiempo vino á
formarse la Monarquía, se halla que todos sus derechos los transmitieron[720] á sus dos hijas Doña Juana y Doña María, únicas
de quien hubiese sucesión. De Doña Juana quedaron dos hijos varones y dos
líneas, la una que iba á extinguirse en Carlos II; la otra que representaba, á
la sazón, el Emperador. Extinguida la primera y excluída ésta por cualquier
causa que fuese, si la hembra más cercana del tronco debía preferirse, no hay
duda que estaban delante de todos los derechos de Doña María y de sus
descendientes, que eran los monarcas de Portugal.
Tales derechos, si no podían nunca prevalecer sobre
los de la casa de Austria, que traía consigo varones descendientes de hembra
primogénita, podían excluir los de las casas de Baviera y de Saboya, que venían
de hembras mucho más lejanas del origen ó fundador, y, sobre todo, los de la
casa de Francia, si eran válidas, como al parecer debían serlo, las renuncias.
Y tenían en sí la ventaja de conciliar las opuestas leyes de sucesión de
nuestras provincias, porque remontándose su origen á Doña Juana y Doña María,
que no tuvieron varones que les disputasen la preeminencia, y excluídos los
únicos varones que quedaban, que eran los de la casa de Austria, no podían ser
desconocidos ni en Aragón, ni en Castilla, ni en ninguna parte. Aun las razones
políticas que aconsejaban que los reinos de España y Francia, ó España y el
Imperio, no estuviesen en una misma casa, debían considerarse como no válidas,
tratándose de reinos que eran pedazos de uno mismo, y que habían hecho hacía
tan poco tiempo un solo estado. Sólo podía contrastarse tal suma de derechos y
conveniencias, acrecentados antes de mucho con la muerte del Príncipe de
Baviera, que se llevó tras sí los derechos de esta casa, diciendo que por las
leyes[721] de Castilla la hembra lejana del
fundador excluye á la cercana, en cuyo caso habría de obtener la preferencia
sobre la de Portugal, la casa de Saboya. Pero como Castilla no sea más que una
parte de la Monarquía, y estas cuestiones de sucesión de reinos cuando se
complican suelen antes resolverse por derecho constituyente que no por derecho
constituído, la pretensión de Portugal habría parecido harto más aceptable que
la de Saboya á sostenerla aquella casa con el empeño que convenía. No lo hizo
ni cuidó nadie de ello, porque como antes dijimos, fijábase la atención
general, no en quien tuviese mejor derecho, sino en quien se hallase con más
poder para sostener sus posiciones que eran Austria y Francia. No bien comenzó
á discutirse la cuestión, pudo preverse que no eran parte los discursos ni los
alegatos á resolverla, y que las armas tendrían al fin que tomarla por su
cuenta. Para este caso se preparaban ya los dos principales competidores,
aprovechando cada uno las flaquezas de su enemigo y haciendo valer todos sus
recursos y sus medios; pero sin descuidar las intrigas y negociaciones.
En contraposición al conde de Harrach, envió el Rey
de Francia á Madrid al marqués de Harcourt, después de las paces de Riswich, y
no bien llegó, se entabló una lucha desesperada de manejos é intrigas entre él
y el Embajador del Imperio.
Era el de Harcourt soldado valiente y capitán
afortunado, calidades muy estimadas en España; de gran penetración, y de no
escasa ciencia; fastuoso como convenía que lo fuese en una corte donde el
fausto era la perdición del reino; afable, cortés, y dotado, en fin, de cuantas
cualidades se necesitan para ser bien recibido[722] del
pueblo y de los Grandes y hacerse lugar entre todos. Puso Luis XIV á
disposición del buen Embajador sus arcas, á fin de que no le excediese nadie en
Madrid ni en generosidad ni en magnificencia, y no tardó en recoger copiosos
frutos de la buena elección de la persona y de la eficacia de los medios que le
había proporcionado. Alarmado el partido austriaco, y, sobre todo la Reina, con
su venida, hicieron de modo que el de Harcourt fuese muy mal recibido en los
principios. Aún no se le permitió ver al Rey sino de noche y en una cámara
espaciosa y mal alumbrada, á fin de que no se apercibiese de que estaba á las
puertas del sepulcro, como realmente estaba. Pero Harcourt, como diestro, disimuló
su resentimiento, y no correspondió á él, sino llenando de delicados regalos y
obsequios á los hijos de los Grandes y á los Grandes mismos, menos aficionados
á Francia. Logró con eso harto mayor estimación que Harrach, el cual, sobre ser
de aquellos alemanes tan aborrecidos, era altivo y duro, aunque inteligente y
experimentado. Muy semejante á la de los maridos era la condición de las
mujeres de los Embajadores, interviniendo ellas poderosamente en los sucesos,
porque según estaba la Monarquía, más importancia solía alcanzar el sexo débil
que el fuerte. Ganó la marquesa de Harcourt el cariño de la Reina y de sus
damas, con ponerlas al corriente de las modas que por París se usaban á la
sazón, y con tratar á éstas de igual á igual en las ceremonias.
Por el contrario, la de Harrach se hizo un enemigo
en cada una de las damas de Palacio, á causa de haber pretendido que la diesen
mayor tratamiento que la correspondía. Y poco faltó para que la Reina se
pusiese á la[723] cabeza del partido francés,
contradiciendo su naturaleza y los intereses de su casa. El oro francés ganó á
la Perdiz y al Cojo, que al ver que se formaban los dos partidos, no pensaron
más sino en que ellos les ofrecían compradores, y el Padre Chiusa, confesor de
la Reina, abandonó también por un momento la causa de sus compatriotas. Y como
al propio tiempo descubriesen los favoritos ciertas inteligencias entre el
Embajador imperial y Leganés y Monterrey, encaminadas á apartarlos del lado de
la Reina para ser ellos los únicos que predominasen en sus consejos, se
decidieron de todo punto por el partido de Harcourt. Aprovecháronse del buen
ánimo de la Reina, por las benévolas relaciones que mantenía con la esposa de
Harcourt, y la persuadieron de que tuviese una entrevista con este mismo, donde
pudieran conciliarse los recíprocos intereses. Harcourt no desperdició la
ocasión y manifestó á la Reina que sólo á su mediación quería que el duque de
Anjou debiese la Corona, con lo cual halagaba su vanidad; indicóla al propio
tiempo que se trataría de desposarla con el Delfín de Francia, muerto su
esposo; que se darían ricos heredamientos á su favorita la Berlips y la púrpura
cardenalicia á su confesor, concluyendo por prometerla que se devolvería á
España el Rosellón y se la ayudaría á reconquistar á Portugal: cosas ambas que
se habían dejado ya correr por el pueblo, y que hicieron en este mejor efecto
que no en aquella Princesa, sólo ocupada en su particular conveniencia. La
Reina, no atreviéndose á abandonar de un golpe al partido austriaco, estuvo mucho
tiempo indecisa, aunque más inclinada á Francia que no á Austria. Pero viendo
que sus mayores enemigos se ponían en contra de la casa de Austria, se[724] mantuvo firme en este partido. Acompañábanla el
almirante D. Tomás Enríquez de Cabrera, antes conde de Melgar, y el confesor
Matilla con mucha parte de la grandeza, y Ministros y Magistrados poco amigos
de novedades, y que temían ó aborrecían á la casa de Borbón como reformadora y
de todo punto extranjera. No pudieron resistir, sin embargo, al impulso de la
opinión general, tan enemiga de los austriacos, y tan bien manejada por
Harcourt. La especie de neutralidad que guardó la Reina durante algún tiempo, y
los recelos de que se inclinase al partido francés, acabaron de poner de parte
de éste todas las probabilidades del triunfo, de modo que cuando aquella
Princesa, vuelta á sus primeros propósitos, quiso deshacer lo hecho, ya era
tarde.
Ya no quedaba más apoyo sólido al partido
austriaco, sino la voluntad del enfermizo Carlos II, que como era natural, se
inclinaba á los intereses de su familia. Pero la indiscreción y altanería de
los agentes imperiales llegaron hasta enajenarles este apoyo. No cesaban de
hablar de sus propósitos delante del Rey sin miramiento alguno á su dignidad,
ni piedad de su estado, que era ya á la sazón dolorosísimo. Carlos, irritado de
que tan codiciosamente disputasen su herencia, como si él ya no existiera, excusaba
cuanto podía verse con Harrach y los austriacos. Y Harrach, muy diferente en
esto de Harcourt, resentido al punto de que le mirase con despego el Rey, se
retiró á Viena, dejando en su lugar á un hijo suyo, mozo inexperto. Con esto, y
con haberse puesto el cardenal Portocarrero á la cabeza del partido francés,
parecía el triunfo de éste indudable. Era el Cardenal hombre de rápida carrera,
gran cortesano y de no vulgar ingenio, el cual, por la reputación que al[725]canzaba de justo y virtuoso, tenía no poco influjo en
el Rey. Sin tomar mucha parte en las cosas políticas, había seguido la voz del
Almirante, cuyo amigo era hasta entonces; mas rompiendo con él por motivos
privados, fué á tomar puesto en el partido contrario. Su actividad y destreza
acabaron de traer las cosas á punto que, como arriba decimos, pudo considerarse
como seguro el triunfo del Príncipe francés. Á su ejemplo vinieron á alistarse
en este partido el inquisidor general Rocaberti, que había sucedido á D. Diego
Sarmiento, y los marqueses del Fresno y de Maceda, con otros muchos señores
principales. Y conociendo de cuanta importancia era que poseyese él solo en tal
ocasión el manejo de la conciencia del Rey, logró de éste que apartara de sí al
Padre Matilla, y llamase á su lado al Padre Froilán Díaz, catedrático de prima
de Alcalá, y hombre de más virtud que juicio, dándole por auxiliares á dos
frailes hechuras suyas, á los cuales dió cuantas instrucciones necesitaban para
favorecer sus propósitos y estorbar los de sus enemigos. Hubiera sido nombrado
entonces heredero de España el duque de Anjou, á no aparecer de nuevo en la
corte y en los negocios el conde de Oropesa.
Pero este Ministro, dotado de más cualidades que
ninguno de sus émulos, acechaba desde la Puebla de Montalbán la ocasión de
recobrar lo perdido. Nombrósele Gentilhombre, sin otro intento que el de
hacerle con tal honra más llevadero su destierro; pero Oropesa lo entendió de
diverso modo, y al punto se vino á Madrid y comenzó á hacer envidiar ó temer
sus servicios á los dos partidos contendientes. La Reina, que de antemano le
conocía y estimaba sus cualidades, por más que personalmente le aborreciese, se
apresuró á[726] echar mano de él, y lo elevó á la
presidencia de Castilla. Dió esto algún aliento al partido austriaco; pero
antes de mucho riñó Oropesa con el Almirante, que habiendo sido hasta allí el
hombre de confianza de la Reina, temía verse suplantado por él y no cesaba de
hostilizarle. Entonces, el nuevo Presidente, viendo que en el partido austriaco
no cabía y que no era digno para él pasarse al de los franceses, determinó
formar un tercer partido con que sobreponerse á los otros dos. Prohijó las pretensiones
del duque de Baviera que, aunque apoyadas por los más de los jurisconsultos, no
tenían desde que murió la Reina madre quien las hiciese valer en la corte, y
tanto hizo, que quedara triunfante en la lucha á no interponerse la contraria
voluntad del cielo. Ayudóle en su empresa la conducta de Luis XIV. Este
Monarca, no fiándolo todo á las negociaciones y manejos de su Embajador en
Madrid, había discurrido vencer á los españoles con ponerlos en la alternativa
de dar la Corona á su nieto ó someterse á la desmembración y repartimiento de
su Imperio. Para ello negoció tratados con el Emperador y los demás Príncipes
más ó menos interesados en la sucesión de España.
Ya en 1668 había habido semejante idea, y aun se
añade que llegó á ajustarse sobre el particular un tratado entre el Emperador y
el Rey de Francia, que quedó en depósito del duque de Toscana, y que sirvió de
norma á los posteriores. Sea esto ó no cierto, el caso es que corriendo el año
1698, se ajustó en la Haya un tratado solemne entre Inglaterra, Francia y
Holanda, por el cual se estableció que Nápoles y Sicilia, los puertos de
Toscana y el marquesado de Final con la pro[727]vincia
de Guipúzcoa, vendrían á poder del Delfín, ó de otro modo, serían agregados á
Francia; que el ducado de Milán quedaría por el archiduque Carlos, y el resto
de la Monarquía por el Príncipe de Baviera ó por su padre á falta suya, aunque
este no pudiese alegar el más remoto derecho, comprometiéndose las tres
potencias á llevarlo todo á efecto por fuerza de armas si era indispensable,
secuestrando sus porciones á las casas de Austria y de Baviera cuando no
quisiesen admitirlas.
El tratado, honrosísimo para Luis y sus Ministros,
era muy ventajoso para Francia. Guillermo de Inglaterra no sacaba de él otro
provecho sino que ésta abandonase la causa del pretendiente, y Holanda no debía
siquiera tomar parte en él, supuesto que nada le tocaba. Pero el Rey de Francia
quería más, que era el total de la Monarquía; desde este punto de vista, el
tratado fué una falta que aprovechó diestramente Oropesa. Mientras el Emperador
ardía en cólera contra Francia, Carlos II, herido en lo más vivo con ver que
así dispusiesen los extranjeros de sus reinos, y el pueblo español, como
siempre digno y soberbio, lejos de amedrentarse, protestaron enérgicamente
contra el tratado. Todo lo que Francia había adelantado con su destreza, se
perdió en un punto; Carlos se determinó á nombrar sucesor de por sí, y el
pueblo á no recibir sino al que determinase su soberano, y Oropesa, á favor de
la confusión de Harcourt y Portocarrero y del decaimiento en que sin él se
hallaba de nuevo el partido austriaco, logró levantar el nombre de su candidato
el Príncipe de Baviera. Una junta de Ministros y Magistrados de los diferentes
Consejos, resolvió según la común opinión[728] que
á éste y no á otro pertenecía la Corona, y el Consejo de Estado votó en pro de
lo mismo, sin asistencia de Portocarrero, que aunque era el alma del partido
francés, no quiso entonces comprometerse ni con el Rey ni con la opinión
pública, demasiado ofendidos. De acuerdo con estos dictámenes, expidió el Rey
un decreto nombrando por sucesor y heredero en todos sus estados al príncipe
José Leopoldo de Baviera.
Quísose guardar sigilo, pero no pudo evitarse que
al punto supiesen el Emperador y el Rey de Francia lo decretado. Protestó el
primero con una altivez que acabó de irritar contra él á todos los Grandes y
nobleza y pueblo; el segundo, aleccionado en la pasada experiencia, con mucha
templanza. Ya parecía resuelta la cuestión y asegurada la paz de Europa,
aunque, á decir verdad, no era fácil que se evitase la guerra, cuando el Rey
presunto de España murió en Bruselas á la edad de seis años, en 8 de Febrero de
1699. Supúsose que de veneno, y al menos así lo creyó su padre, porque en un
manifiesto que publicó con este motivo decía «que la estrella fatal que
perseguía á cuantos eran obstáculo al engrandecimiento de la casa de Austria,
había hecho que su nieto muriese de una ligera indisposición, que solía
atacarle sin peligro, antes de que estuviese nombrado heredero de España». No
hay que decir con tales sospechas, la impresión que la muerte del Príncipe
causaría en estos reinos. Restablecióse el crédito del partido francés con
acrecentarse el odio al austriaco, y como Arias Mon, destituído del Gobierno
del Consejo de Castilla por causa de Oropesa, y don Francisco Ronquillo, á
quien habían quitado el cargo de Corregidor de Madrid, vinieran á ponerse al
lado de[729] Harcourt y Portocarrero, éstos
juzgaron llegado el momento de hacer nuevos esfuerzos. El más temible de sus
enemigos era Oropesa, que aunque inconsolable por la muerte de su protegido el
de Baviera, no había tardado en buscar nuevas banderas, acogiéndose otra vez á
las de la casa de Austria. No tardó en sentirse su hábil mano en éstas. El
partido austriaco se mostraba de nuevo poderoso; el Rey consintió en que se
llamase á Madrid al Príncipe de Hesse-Darmstad, con doscientos caballos
imperiales que habían servido en Cataluña durante la última guerra, no con otro
objeto, sin duda, que con el de intimidar al pueblo, harto parcial ya de los
franceses. No había tiempo que perder, y Harcourt y su partido obraron á punto
de evitar que con aquellas disposiciones entrase en los unos el temor, en otros
la desconfianza, y sucumbiese su causa.
Olvidada de día en día la administración pública
con tales contiendas, ya no era que se hiciesen mal las cosas, sino que nada se
hacía, y todo quedaba abandonado á la ventura. El Gobierno de los Tenientes
generales había caído por sí solo en una especie de desuso, modo inaudito de
caer gobernantes. El duque de Montalto y el Condestable no sonaban ya en la
política; únicamente el Almirante, más ambicioso que ninguno de sus compañeros,
continuaba influyendo y trabajando por influir más todavía. Oropesa y Portocarrero,
sin ser ninguno de ellos Ministro, eran los que más importancia tenían en la
Corte, y la Reina, ya unida con uno de ellos, ya combatiéndolos á los dos, no
deseaba otra cosa sino conservar su funesto crédito y predominio. Como la
muerte de Carlos estaba evidentemente tan próxima, nadie disputaba el honor de
ser su favori[730]to, sino el de serlo con el futuro
Rey, para lo cual pretendía cada cual que se eligiese á su antojo. Por lo
mismo, nadie se cuidaba ya, cual en otro tiempo, de que en Madrid no faltasen
bastimentos, aunque faltasen en todo el reino, y como hubiese malísimas
cosechasen estos años, llegaron á padecerse aquí la escasez y el hambre. No se
necesitaba más para promover una sublevación tanto tiempo hacía contenida por
el antiguo hábito de obedecer de los infelices ciudadanos. Achacaban la falta
al conde de Oropesa, que como Presidente de Castilla debía cuidar de los
mantenimientos, y por dondequiera se oían denuestos contra él, acusándole
también de que comerciaba con su mujer en trigo y en aceite, beneficiando la
carestía.
Tampoco dejaban de oirse quejas contra el Rey,
harto injustas por cierto, porque el infeliz no era posible que atendiese á más
dolores que los que lentamente iban consumiendo su vida. «De todo aquesto, ¿qué
se le da al Rey?», decían ciertos cantares de entonces, después de enumerar
cuantas miserias padecía el pueblo. Y Harcourt y sus amigos, para que no
pudiera dirigirse contra ellos igual pregunta, y con el objeto también de
acusar con sus hechos los de sus adversarios, repartían á manos llenas las limosnas,
y afectaban una caridad nimia, que el Tesoro de Francia pagaba y el pueblo
agradecía pródigamente. Servíalos en esto don Francisco Ronquillo, que como
Corregidor que había sido, conocía mejor que nadie las necesidades y la gente á
quien había que excitar y contentar según viniese á cuento. Y no es mucho
suponer que el mismo Ronquillo fuese quien preparó los sucesos de que vamos á
dar cuenta, demasiado útiles y bien aprovechados para pa[731]sar
por casuales é imprevistos. Ello es que cierta mañana de Abril, estando en la
Plaza el Corregidor, que lo era D. Francisco de Vargas, atendiendo á los
deberes de su oficio, uno de sus alguaciles maltrató por pequeña ocasión á una
verdulera. Desatóse ella en injurias contra el Corregidor, y la gente que
presenciaba la escena tomó al punto una actitud tan hostil, que el de Vargas
juzgó prudente retirarse. Siguióle la gente con insultos y amenazas, y en un
momento el espacio que media entre la Plaza y el Arco de Palacio se vió lleno
de hombres y mujeres, que acudían á porfía de todos los extremos de la ciudad
gritando: ¡Viva el Rey! ¡Pan! ¡Pan! ¡Muera Oropesa! La multitud no se detuvo en
el Arco, sino que llegó hasta los mismos balcones del Alcázar, redoblando sus
gritos. Oyólos el Rey con más amargura que cólera, sin saber qué partido
tomaría en el trance. Súpose que Vargas había estado para morir á tronchazos y
pedradas, y que se amenazaba con peor suerte á Oropesa.
Creció el miedo, y el cardenal Córdoba, el marqués
de Leganés, el conde de Benavente y otros muchos Grandes que acudieron al punto
á Palacio, no sabían qué aconsejar ni qué hacer ellos mismos. La Reina, con
alguna más presencia de ánimo, se determinó á salir al balcón, y habló á los
amotinados diciéndoles que el Rey dormía; pero que no bien despertase le
comunicaría sus quejas. «Ya hace mucho que duerme y es tiempo de que
despierte»—respondieron agrandes voces. Entonces, se asomó el Rey al balcón;
pero no por eso cesaron los clamores. El peligro arreciaba, y el conde de
Benavente, que disfrutaba de algún favor en el vulgo, se ofreció al fin á
hablarle, saliendo fuera de Palacio.[732] Sus
palabras templadas, pero más acaso las inteligencias que tenía con los
insurrectos, lograron acallar el tumulto y que el gentío ofreciera retirarse,
con tal de nombrar Corregidor á Ronquillo y no castigar á ninguna de las
cabezas del desorden. Consintió el Rey en ello; llamóse á Ronquillo á Palacio,
y acompañado del conde de Benavente salió á caballo por la Plaza, llenándolos á
ambos la multitud de vítores y bendiciones. Si esto no bastara para probar que
uno y otro estaban y entendían secretamente en el motín, de todo punto podrían
demostrarlo ciertas palabras del conde de Benavente, que volvieron á encender
la confusión calmada. «El Rey os perdona—les dijo—; pero en cuanto á la
carestía no puede él remediarla, y será bien que os dirijáis al Presidente de
Castilla.» No fué menester más. El vulgo, desatado, dejó desierta en un instante
la Plaza de Palacio, y se encaminó á las casas de Oropesa, situadas enfrente de
Santo Domingo.
Fué fortuna para éste que el Almirante, con quien á
la sazón estaba de acuerdo, siendo los dos jefes del partido austriaco, pudiera
avisarle á tiempo, con un billete lo que pasaba. Á la verdad, no habían dejado
también de oirse amenazadores gritos contra el astuto Almirante, aunque no tan
continuos como contra Oropesa. La casa de éste fué en un momento entrada, á
pesar de la resistencia armada que opusieron sus criados, y habiendo muerto
algunos de los asaltantes, la muchedumbre destrozó los muebles y los echó por
las ventanas; destrozó las pinturas y los papeles, y no hubo, en fin, exceso
que no creyese poco para satisfacer su ira. Habíase refugiado Oropesa con el
aviso del Almirante en casa de su vecino el Inquisidor general, y el terrible[733] nombre de esta dignidad contuvo á las puertas de
aquel asilo á la multitud, que no osó siguiera insultarlas. Aproximábase ya la
noche y el tumulto no cedía, sin embargo, pidiendo todos á voces la cabeza de
Oropesa, cuando el Cardenal de Córdoba y otros sacerdotes salieron de Santo
Domingo con un crucifijo, y sus exhortaciones y las de Ronquillo, que ya debía
tener por bastante lo hecho, lograron restablecer la calma y el silencio.
Creían, sin duda, los del partido francés que con esto bastaría para que el Rey
separase de nuevo á Oropesa; pero se engañaron, porque habiendo éste solicitado
su retiro, á causa de que no se castigaba á los culpables en el alboroto, no
quiso Carlos consentirlo, mandándole que permaneciese en la Presidencia.
Entonces, sus adversarios celebraron una junta en casa de Portocarrero, donde
después de oir la opinión del jurisconsulto Pérez de Soto, favorable al duque
de Anjou, se acordó echar el resto en alejar á Oropesa de la corte. Fué
entonces Portocarrero á ver al Rey, y prevaliéndose de su calidad cardenalicia
y del influjo espiritual que en tal concepto tenía con el Rey, le obligó á
decretar la vuelta de Oropesa á la Puebla de Montalbán, el destierro del
Almirante á treinta leguas de la corte, y el nombramiento de D. Manuel Arias
Mon, parcialísimo, como sabemos, del de Anjou, para la presidencia de Castilla.
Quedó entonces el partido francés triunfante, y sin más apoyo el austriaco que
la Reina, el conde de Frigiliana y de Aguilar y D. Antonio de Ubilla,
secretario del despacho universal, que á falta de otros más calificados, llegó
á ser uno de sus caudillos.
Un suceso singular, del cual se ha hablado mucho[734] posteriormente, ocupaba á la sazón á nuestra
corte. Eran los supuestos hechizos del Rey, cuyo recuerdo podría bastar para
comprender á qué punto llegaba la fanática superstición de unos, y la hipócrita
maldad de otros en aquella época. Ya hacía tiempo que el vulgo atribuía á
hechizos las enfermedades del Rey. Viéndole dotado de entendimiento muy claro,
de rectísima conciencia, de tanto amor á sus vasallos, sin que hiciese valer
ninguna de estas calidades; no comprendiendo tampoco cómo desde la edad
temprana hubiera podido padecer una flaqueza tan extrema que le impedía
ejercitar su virtud, dió por cierto que algunos malos hechizos estaban
apoderados de su persona. Á punto llegó el rumor que en tiempo del inquisidor
Sarmiento y Valladares, el Tribunal Supremo de la fe llegó á intentar algunas
averiguaciones. Suspendiéronse por respeto á la persona del Monarca, y así
continuaron las cosas, hasta que en los principios de 1698, el mismo Carlos
llamó al Inquisidor general Rocaberti y le rogó que indagase si él era ó no
víctima de hechizos, como vulgarmente se creía. Oyólo Rocaberti con atención
proporcionada á su ignorancia, que era grande, porque de pobre dominico se
había visto elevado á tal categoría, más por intrigas que no por fama ó mérito
como entonces se solía. Dió parte del asunto al Tribunal, cuyos Ministros, más
sabios que él, se negaron á entender en cosa tan inverosímil y ridícula.
No se desalentó con esto Rocaberti, y á poco lo
consultó con el Padre confesor Fr. Froilán Díaz, que no teniendo más luces que
él, se conformó con sus opiniones y propósitos. Diéronse entonces ambos á cazar
los tales hechizos, y no tardaron en saber, casualmente,[735] que
un cierto Fr. Antonio Álvarez Argüelles, vicario de un convento de monjas en la
villa de Cangas, solía tener gracia particular para exorcizar endemoniados, y
platicar con los mismos demonios, de quienes sabía curiosísimos secretos.
Escribieron ambos al Obispo de Oviedo para que éste interrogase al vicario
sobre los hechizos del Rey: pero aquel prelado respondió con desprecio que el
Rey no tenía hechizos, sino flaqueza de ánimo y de cuerpo, y que antes que de
exorcismos necesitaba de buenos consejos. Ni Rocaberti ni el confesor se
avergonzaron con esta respuesta; llenos de fe se pusieron á buscar otros
conductos por donde entenderse con el vicario, y lo lograron, entablándose una
correspondencia entre los tres, fecundísima en puerilidades y absurdos y
locuras, que asombra que pudiera seriamente seguirse. Notóse, sin embargo, que
los demonios á quienes interrogaba el vicario Argüelles, no cesaban de hablar
mal de los parciales de la casa de Austria, y principalmente de la Reina y del
Almirante, sin perdonar á la Reina madre, por ser ya cosa del otro mundo, ni á
ninguno de cuantos antes ó después habían abogado en contra de la casa de
Francia. Y dando por ciertos los hechizos, solían proponer para el Rey remedios
capaces de causar su muerte aunque estuviese robusto y sano, cuanto más en la
situación en que se hallaba. Ni Rocaberti ni Froilán sospechaban por eso de los
demonios ni de su interlocutor, y molestaban sin cesar al pobre Príncipe,
haciendo las más de las cosas que aquéllos les prevenían, y excusando sólo las
que manifiestamente eran dañosas ó impracticables.
Así transcurrió algún tiempo, hasta que los
demonios se cansaron de pronto de hablar, y respondieron al vi[736]cario
que no dirían palabra más si no era en Madrid, en la capilla de Atocha. Asombró
al confesor y al Inquisidor tan extraña demanda, y si la dieron crédito no se
sabe; pero ello es que no les pareció bien traer tan cerca del Rey persona que
poseía el admirable privilegio de andar con los malos, de que á su juicio
andaba aquél poseído. Negáronse á su venida, y continuaron carteándose con el
vicario hasta la muerte del inquisidor Rocaberti, sin obtener otra cosa que
nuevos embustes cada día. Pero este vicario y estos demonios tenían cierto olor
francés que puso en alarma á los austriacos, no bien se susurró el caso en la
corte. No era este partido menos rico en frailes y demonios que lo fuera su
adversario, y antes de mucho se recibió en Madrid una información auténtica del
Obispo de Viena, donde se contenían graves respuestas traídas por el demonio á
la boca de unos energúmenos, á quienes él y su clero estaban exorcizando en la
iglesia de Santa Sofía, sobre los hechizos del rey Carlos II. De ellas se
deducía claramente que este Príncipe había sido hechizado por una mujer, de
nombre Isabel, que vivía en Madrid, en la calle de Silva. Dió el Embajador
imperial la información al Rey; pasó luego al Tribunal, y se hicieron inútiles
pesquisas. Parecía ya indispensable exorcizar al Rey, y se llamó para ello de
Alemania al mejor exorcista del imperio, por nombre Fr. Mauro de Tenda,
capuchino de religión, y dotado de gran torrente de voz, con la cual
atormentaba día y noche al Rey, llamando á voces á los demonios que se
albergaban en su cuerpo. Empeoró mucho el Rey con el sobresalto, y como estaba
en poder de demonios y exorcistas austriacos, era de temer cualquier extravío
en su juicio[737] que hiciese venir la Corona á
poder del Archiduque. Entonces, un nuevo demonio, más audaz que los otros, se
apoderó de una pobre mujer y la condujo al Palacio mismo, donde entró
desgreñada y furiosa sin que nadie pudiese contenerla, hasta llegar á la
presencia del Rey, el cual no halló más medio de librarse de ella que ponerse
por delante un relicario que traía consigo. Interrogóse á este nuevo demonio, y
acusó claramente de autores del hechizo á la Reina y al Almirante, de donde se
supo ser este demonio francés. Irritóse la Reina; hizo que su marido apartase
de su lado al Padre Froilán Díaz, y mandó que se le formase un proceso que duró
mucho tiempo, y del cual resultó que él, como Rocaberti, no eran culpables sino
por ignorantes y fanáticos. No de todos los cortesanos se pudo decir lo mismo;
porque sin acusar de tan indigna farsa á ninguna persona determinada, parece
fuera de duda que fué obra de los partidos, que con tanto encarnizamiento se
disputaban la herencia de Carlos II.
La muerte estaba tan cercana del desdichado
Príncipe, que no podía ya perdonarse ningún esfuerzo, y desde la primavera de
1700 á 1701, ni dentro ni fuera de España se habló apenas de otra cosa que de
la resolución de este grande asunto. Luis XIV, viendo que en Madrid tenía ya
recobrado lo perdido, comenzó á moverse por fuera con nuevo empeño. Persistía
en el propósito de hacer entender á los españoles que tenían que darse á él ó
someterse á la desmembración del reino. Para ello negoció un nuevo tratado de repartición
con el rey Guillermo III en Londres. Disponíase en él que por muerte del
Príncipe de Baviera pasasen al archiduque Carlos los estados que á aquél
estaban[738] asignados, añadiéndose la Lorena á los
que debía recibir Francia, y dándole en cambio al poseedor de aquel ducado el
de Milán. Y si el Archiduque no admitía el tratado en el término de tres meses,
determinábase que toda su parte sería secuestrada, nombrando los aliados
Príncipe que ocupase su puesto. Protestó el Emperador contra el tratado, y el
Rey de España hizo fuertísimas reclamaciones en Londres y París, de cuyas
resultas el marqués de Canales, nuestro Embajador, fué expulsado de Inglaterra
y se rompieron las relaciones entre las dos Coronas. Aprovechóse el partido
austriaco de esta nueva falta de Luis XIV, y puso en tal disposición el ánimo
del Rey, que Harcourt tuvo que volverse á Francia, llamado por su Soberano.
Ubilla ayudó poderosamente á la Reina. Prometióse á esta casarla con el
heredero imperial, si lograba que fuese nombrado heredero el Archiduque, y Doña
Mariana no sólo admitió el partido, sino que delató á su marido la promesa que
le había hecho Harcourt de casarla con el Delfín, después que él muriese. Ya se
habían dado órdenes á los Virreyes de Italia para admitir guarniciones
imperiales, y el partido francés parecía del todo perdido. Estorbó lo de las
guarniciones la amenaza que hicieron Francia é Inglaterra de declarar
inmediatamente la guerra, y la habilidad de Portocarrero y los demás españoles
que seguían el partido del duque de Anjou, puso definitivamente de su parte la
victoria.
Porque en el verano de 1761, después de una
excursión al Escorial, donde sintió algún alivio, cayó Carlos en el lecho de
que no había de levantarse jamás. Instalóse Portocarrero en su aposento, y sin
hablarle más que de cosas religiosas, logró ahuyentar á la Reina y á[739] Ubilla y á todos sus parciales, incluso el
confesor Torres Padmota y el inquisidor Mendoza, pues para la asistencia
espiritual del enfermo traía ya él consigo dos frailes que suponía en olor de
santidad. El Rey, que veía ya su muerte inmediata, entregó á Portocarrero el
cuidado de su salvación, que fué entregar su Corona á la casa de Francia.
Indújole el artificioso Cardenal á que hiciese testamento que él no quería;
luego lo persuadió de que pidiese dictamen á los diferentes Consejos sobre el
nombramiento de heredero. La mayoría del de Castilla, ganada ya, opinó porque
fuese preferido el francés. En el Consejo de Estado fué la discusión muy viva.
El duque de Medinasidonia, los marqueses de Villafranca, Maceda y el Fresno, y
los condes del Montijo y de San Esteban, opinaron con Portocarrero en favor de
la casa de Anjou; el conde de Frigiliana y Aguilar y el de Fuensalida se
opusieron á ello, pidiendo que se convocasen unas Cortes generales del reino,
donde se eligiese sucesor libremente. Apoyábanse en muy sólidas razones, en
especial aquella de que no era fácil conciliar en ninguno de los pretendientes
las distintas leyes de Aragón y Castilla. Desechó la mayoría todo pensamiento
de convocar Cortes, y el de Frigiliana, levantándose conmovido, pronunció estas
nobles palabras, dignas de más pura lengua: «hoy destruís la Monarquía.»
Acordóse que el duque de Anjou debía ser nombrado heredero. Resistía, sin
embargo, el Rey, y sabiendo Portocarrero que el Papa estaba muy irritado contra
el Emperador, aconsejó que se sometiese á su decisión el caso. Gustó Carlos del
Consejo, y la respuesta de Inocencio XII fué, como esperaba Portocarrero,
favorable al francés.
Entonces, Carlos no resistió más, y llamando á
Ubilla, en presencia de Portocarrero y de D. Manuel Arias Mon, le hizo que
extendiera un testamento, nombrando por heredero en todos sus estados y
señoríos al duque de Anjou, «reconociendo—decía—que la razón en que se funda la
renuncia de las señoras Doña Ana y Doña María Teresa, Reinas de Francia, mi tía
y hermana, á la sucesión de estos reinos, fué evitar el perjuicio de unirse á
la Corona de Francia, y reconociendo que viniendo á cesar este motivo fundamental,
subsiste el derecho á la sucesión en el pariente más inmediato, conforme á las
leyes de estos reinos, y que hoy se verifica este caso con el hijo segundo del
Delfín.» Nombró una Junta para que gobernara sus reinos durante la ausencia del
de Anjou, compuesta de la Reina su esposa, Portocarrero, Montalto, Arias,
Frigiliana, Benavente, el Inquisidor general Mendoza y D. Antonio de Ubilla
como secretario. Y hecho esto, exclamó con los ojos llenos de lágrimas: «Dios
es quien da los reinos.» Con que manifestó la repugnancia que le costaba el
desheredar á su familia. Cerróse el testamento solemnemente, y Portocarrero y
los suyos lo notificaron al punto al rey Luis, cerciorándose de que estaba
dispuesto á tomar entera la herencia y á defenderla con las armas, á pesar de
los tratados de repartimiento que había hecho. Pocos días después, Carlos se
halló incapaz de entender en asunto alguno de gobierno, y expidió un decreto
confiándolo en lo civil y militar al cardenal Portocarrero, hasta su muerte.
Quiso éste por cortesanía que se le asociase la Reina; pero Carlos no consintió
en ello, mostrando así que había llegado en sus últimos momentos á aborrecerla.
Al fin, el día de[741] Todos Santos de 1701,
después de haber recibido muy devotamente los sacramentos, expiró el desdichado
Carlos, repitiendo: «ya nada somos»: Príncipe, como dejamos indicado, digno de
lástima y amor, no de odio y desprecio.
No hay que explicar largamente cómo quedaría la
Monarquía. Ya en 1686 decía el economista D. Miguel Álvarez Osorio y Redín
estas palabras: «Si todo no se desbarata, es imposible remediar esta Monarquía,
si Dios no envía un ángel para libertarnos de esta confusión y cadena que labró
la malicia». El conocimiento no faltaba; pero, ¿y el remedio del mal? Hallábalo
entre otras cosas el buen Osorio, en «reducir el número de artesanos y
mercaderes, porque además de defraudar las rentas reales, quitaban las ventas unos
á otros». Es imposible imaginar mayor absurdo; pero tal andaban los estudios
entonces. Hubo, sin embargo, un hombre, harto censurable como Ministro, D.
Manuel de Lira, que siendo Presidente de Indias dirigió al Rey un memorial
digno de eterna memoria, en el cual proponía francamente que se llamasen á
España capitalistas extranjeros, que se les abriese el comercio de América, y
que se les permitiese seguir su culto á cada uno, con tal que no fuese en
público, concediéndoseles cementerios y otros privilegios que aún hoy se les
disputan. Pero los sabios consejos de Lira, fundados en su mucha experiencia de
viajes y negocios, no fueron oídos, y gracias que era poderoso, que si no la
Inquisición hubiera dado buena cuenta de su persona. Á manos de la represión de
este tribunal infausto había ya muerto todo género de filosofía, y tras esta
ciencia matriz habían desaparecido todas las ciencias y artes. Alguno[742] que otro poeta dramático de mediana importancia,
y éste ó el otro lírico culto interrumpen de vez en cuando el silencio de
nuestras letras. Mas sólo los eruditos florecen y dan algún honor á nuestra
patria. Nicolás Antonio, Mondéjar, Ferreras y D. Juan Lucas Cortés ofrecieron á
nuestra última decadencia el consuelo que tienen todas, que es el de rebuscar
en lo pasado. Eran, sin embargo, varones dignos de otro tiempo y de otra
patria.
«Puede decirse—exclama el autor de un opúsculo
atribuído al venerable Palafox—, que esta Monarquía la zanjó la sabiduría y
gran juicio de Fernando el Católico, la formó el valor y celo de Carlos V, y la
perfeccionó la justicia y prudencia de Felipe II.» En este punto la tomamos, y
desde aquí la hemos seguido en su decadencia.
Un siglo ha bastado para comenzar y llevar al
extremo la ruina de aquella grande España de Pavía y Otumba y Lepanto, de
aquella inmensa Monarquía, que se levantó del suelo al juntar sus manos Isabel
I y Fernando V. Cuando comenzamos á escribir, todavía los sucesores de estos
grandes Príncipes llenaban el mundo con su nombre. Dueños de toda la redondez
de la Península asomaban el brazo amenazador por encima del Pirineo, y desde la
ciudadela de Perpiñán mantenían en respeto las llanuras de Francia. Con Nápoles
al Mediodía y Milán al Septentrión tenían entre sus[744] manos
todo el centro de Italia, al paso que Génova y Mónaco bajo su dependencia y
final conquistado, les aseguraban el dominio de la frontera marítima. El
Mediterráneo, encerrado entre las dos penínsulas, itálica é ibérica, y la costa
africana, donde levantaba la soberbia Orán su cabeza, y vigilado desde Sicilia,
Córcega, Cerdeña y las Baleares por nuestras fortalezas y nuestros soldados, no
estaba lejos de ser un lago de España. Por él corrían triunfantes y soberbios
nuestros bajeles, numerosos todavía y casi siempre vencedores, mandados por los
Príncipes de Italia, que ya que no pudiesen evitar nuestros hierros, se
honraban con ser nuestros Ministros y servidores. Y desde España é Italia y el
avasallado mar por donde una y otra se comunicaban, ardía en deseos la
Monarquía de extenderse hasta recoger y unir todas sus vastas posesiones de
Europa. La Waltelina se veía amenazada, el Austria occidental en tratos de
cesión, la Alsacia á punto de quedar avasallada, la Suavia feudataria. No
parece que se necesitase más que de un esfuerzo para que nuestras banderas se
abriesen camino desde la Waltelina al Luxemburgo, dominando ambas orillas del
Rhin, y poniendo en comunicación á Milán con Bruselas, y con el Franco-Condado.
Tan gigantescos propósitos, que hoy parecen quimeras, no lo eran entonces
todavía. La nación, aunque cansada, se sentía con fuerza para tanto, y ¿quién
sabe si lo habría llevado á término á hallarla el siglo xvii con un
Fernando V, como halló un Felipe III, á su cabeza?
Aún vivía el gran conde de Fuentes D. Pedro
Enríquez de Acevedo, émulo, al decir de los franceses, del gran Enrique IV, tan
buen soldado como él y harto me[745]jor político; aún
vivían los viejos tercios del duque de Alba; aún honraban nuestro nombre en las
batallas y en los consejos el buen marqués de Villafranca, D. Pedro de Toledo,
y aquel D. Gómez Suárez de Figueroa, á quien llamó su siglo gran duque de Feria;
aún el otro Duque que mereció ser llamado Grande, D. Pedro Téllez Girón, duque
de Osuna, y el ilustre marqués de Bedmar, D. Alfonso de la Cueva, eran dignos
de haber heredado títulos dados por Fernando V y Carlos I y Felipe II. ¿Que no
podía esperarse todavía de tales Ministros, y capitanes y soldados? Verdad es
que el fanatismo religioso iba estrechando mucho al talento español y estorbaba
no poco sus nobles alardes; verdad es que estaba empeñada la Hacienda y que no
había industria, ni comercio, ni agricultura que proporcionase tanto oro como
se necesitaba; verdad es que la despoblación era grande, que la obra de la
unidad nacional estaba muy atrasada, y que la extensión de nuestro imperio y la
separación en que se hallaban unas de otras provincias hacía la defensa difícil
y fácil la ofensa, de modo que podía llamarse débil y flaco por su grandeza
misma. Pero todo lo habrían vencido, sin duda, con buen gobierno y espera,
hombres tan grandes y poder tan inmenso como la nación tenía, y riquezas como
las que se sacaban ya del Nuevo Mundo. El caso es que no nos convenían ya tan
gigantescos propósitos; que aun abierto el gran camino que se pretendía entre
Milán y Bruselas, no era posible mantenerlo abierto por mucho espacio; que
nuestro interés político estaba en encerrarnos en España, Italia y sus islas, y
cerrando la boca del estrecho con la conquista de la España transfretana y el
dominio de sus dos orillas, hacernos absolutos se[746]ñores
del Mediterráneo. El caso es que debíamos preferir á extender nuestra
dominación por Europa y hasta á asegurar nuestros dominios más importantes, el
curar las llagas interiores de la Monarquía, reponer la Hacienda, reformar la
administración, terminar la obra de la unidad política, y levantar la
industria, el comercio y la agricultura, cosas en que al aparecer no se
pensaba.
Faltas antiguas que se hacían más peligrosas á
medida que más tiempo continuaban, hijas de los fundadores de la Monarquía,
nacidas con ella y en ella envejecidas, de que hemos tratado extensamente en
otra parte. Pero equivocada ó no en sus propósitos por lo grande de ellos y de
sus medios y recursos, todavía era España á principios del siglo xvii, no
ya una gran nación, sino la primera de las naciones. Nuestros mayores enemigos
no osaban sospechar que fuese tan rápida y tan grande como fué su ruina. Verdad
es que el italiano Campanella decía ya en tiempo de Felipe II estas palabras:
«La Monarquía española no puede subsistir por mucho tiempo, porque además de
tener por enemigas á todas las demás naciones, tiene sus pueblos y provincias
desparramados por ambos mundos en Italia, Flandes, África y las Indias.» Pero
otro italiano como él, Juan de Botera, opinaba hacia el propio tiempo que
España, por lo mismo que tenía desparramados sus dominios, era más fuerte y de
más duración y grandeza. «La grandeza—decía—en todo el cuerpo compuesto de
miembros desunidos, la medianía en la mayor parte de los miembros, hacen que
tenga España todas las ventajas que pueden tener las naciones: ser agrandes
para poder resistir á los enemigos extranje[747]ros, y
medianas para que no las destruya la corrupción. Lo que necesita es tener
fuerzas marítimas para tener siempre en comunicación las diversas partes del
imperio.» Túvolas España temibles en los días de Felipe II, y aun por todo el
reinado de su hijo. Y así no ha de causar maravilla que Enrique IV preguntase
al Embajador de éste, D. Iñigo de Cárdenas, con mal encubierto recelo: «¿por
ventura quiere hacerse vuestro Rey señor de todo el mundo?»
Nadie menos capaz que el buen Felipe III de abrigar
tan altos intentos ni de ejecutarlos, y he aquí el principio del rápido
descendimiento que hoy nos espanta todavía. «Tiene—decían á su padre sus
maestros y servidores—todas las partes de Príncipe cristiano, es muy religioso
devoto y honesto. Vicio ninguno no se sabe.» Y ello es cierto que no se le
conoció en su vida un solo galanteo, recompensándole bien el cielo, pues le dió
en su mujer única Doña Margarita siete hijos, de los cuales le sobrevivieron cinco:
D. Felipe que le sucedió, D. Carlos, que murió en edad robusta; el infante
cardenal D. Fernando; Doña Ana que fué Reina de Francia y Doña María, prometida
del Príncipe de Gales, luego Reina de Hungría y Emperatriz de Alemania. Trataba
á su mujer y á sus hijos con singular amor y dulzura. Y bien puede decirse con
Virgilio de Malvezzi, su historiador: «que se recontara entre los mejores
hombres á no haber sido Rey.» Mas por ser tan cristiano y tan buen hombre puso
en desprecio las armas, cimiento de la grandeza, garantía del honor y estímulo
de todos los sentimientos altos y nobles. Decía á sus hijos viéndolos con
rosarios en las manos: «Hijos míos, esas son las espadas con que habéis de
defender el[748] reino.» Frágiles armas como se vió
luego para disputar dominios de este mundo á las naciones extrañas, que se
repartieron los nuestros. Por ser también tan cristiano y tan buen hombre ocupó
todas las horas que le dejaban libres sus oraciones en sostener que la madre de
Dios fué concebida sin pecado. Escribió sobre ello á las Universidades y á los
obispos, y aun ofreció al Papa hacer un viaje á pie á Roma, porque se declarase
de fe su piadosa creencia, como al fin se ha declarado al mediar el
siglo xix. Y cuando oía rezar á sus hijos «Santa María, sin pecado
concebida», exclamaba lleno de júbilo: «Así lo creo, hijos míos, así lo creo.»
Ha de decirse que este fué el pensamiento dominante de su vida. Dejola con la
satisfacción de haber adquirido para España hasta doscientos nueve santos, y
entre ellos muchos famosos como San Isidro Labrador, Santa Teresa de Jesús, San
Raimundo de Peñafort y San Ignacio de Loyola. Pero en cambio sobre su tumba
misma y en tan pocos años de reinado pudo escribir Céspedes de Meneses estas
lastimeras palabras. «El grave empeño y diversiones de sus riquezas y tesoros,
carga de pechos y gabelas, arbitrio infausto y detestable de la moneda de
vellón, conspiración de los moriscos, larga invasión de sus rebeldes, parecen
que amagan seguros males al imperio y que es lícito argüir del nuevo Príncipe
español que ha venido á ser reparo ó á ser testigo de su ruina.»
No fué el nuevo príncipe Felipe IV reparo ni
testigo; fué tal que por sí solo la hubiera traído, aun cuando no estuviese
comenzada. De tal manera obró, que habiendo venido á reinar en 1621, ya en 1629
pudo advertir el holandés Juan Laet la decadencia de esta Monarquía[749] aunque no describiendo bien sus causas; y todos
los gabinetes extranjeros ó sabían ó sospechaban ya nuestra flaqueza. Acaso no
ha juzgado nadie á Felipe IV como un autor contemporáneo suyo en ciertas Memorias
históricas sobre la Monarquía de España, que corren impresas en el
Semanario Erudito. «Murió, dice, con universal llanto de los españoles, por su
piedad suma para con ellos y por las grandes prendas que como hombre particular
tuvo, y como Príncipe empezó á descubrir cuando la
satisfacción precisa del tributo inevitable le imposibilitó el que las
practicase.» Rey que murió de sesenta años cumplidos, y reinó cuarenta y
cuatro nada menos, está juzgado con estas palabras. Fué un hombre particular
hasta que al borde de la tumba se acordó de que era Rey, y eso para morirse de
remordimiento más pronto que nos conviniera. De hombre particular si tuvo
buenas cualidades, y su amor desenfrenado á los placeres, su ociosidad y
lascivia no pudieran como tal deshonrarle, al modo que lo deshonran, siendo
Rey, que este es oficio que á cambio de tanta satisfacción requiere alguna
mortificación de los apetitos y pasiones. Castigó Dios su liviandad
disputándole tenazmente hasta el mísero varón que quedaba de dos matrimonios
dilatados. Vió morir cuando daba las mayores esperanzas, entrado ya en la
adolescencia á su hijo D. Baltasar, y luego á D. Felipe Próspero; y se salvaron
D. Carlos y dos hijas para traernos la guerra de sucesión.
Sólo fué afortunado D. Felipe en sus hijos
bastardos. Además del famoso D. Juan se conocieron de ellos un D. Francisco de
Austria, que murió de ochos años; Doña Ana Margarita, que fué monja en la
Encarnación[750] de Madrid; D. Alfonso de Santo
Tomás, que fué obispo de Málaga; un D. Carlos ó D. Fernando, nombrado con el
apellido de Valdés, general de artillería en Milán; D. Alonso de San Martín,
obispo de Oviedo, habido en una dama de la Reina, y D. Juan Cosio, llamado fray
Juan del Sacramento, predicador célebre en aquella era. Así la religión abrigó
á un tiempo á cuatro hijos de Rey, avergonzados de serlo. Solo reconoció Felipe
IV á D. Juan, y esto, no porque fuese más digno ni porque el Rey amase más á su
madre, sino por virtud del Conde-Duque de Olivares, que tuvo vergonzoso interés
en ello. El suceso es de los que más demuestran cuál era la privanza del Conde
y cómo andaba la corte de España.
No había tenido hijos Olivares y, viéndose en tanta
grandeza, lamentaba profundamente que no hubiese quien le sucediera en ella, si
no era su sobrino D. Luis de Haro, á quien ya aborrecía. Recordó entonces que
allá en sus mocedades, tratando él de por mitad con otro, con una señora fácil
en galanteos, nació un hijo que no se supo á quién atribuirlo. Creció el niño,
y llegando á mozo se halló sin nombre, con que rogó á don Francisco Valcárcel,
que era el que con más publicidad galanteaba á la madre que se permitiese usar
del suyo, lográndolo después de muchas súplicas á la hora de la muerte. Con el
nombre de Julián Valcárcel pasó de soldado á Milán y á Flandes aquel mozo, y
luego volvió á Madrid, señalándose dondequiera por sus desenvueltas costumbres.
Aquí en Madrid fué donde el Conde-Duque puso los ojos en él, determinándose á
reconocerle por hijo. Y para que no fuese de tanto escándalo y cubrir su
infamia con la del Rey, persuadió á este[751] que
reconociera á D. Juan el hijo de la Calderona. Tal fué el origen ruin de
aquella preferencia. El Conde-Duque no sólo reconoció á Julián Valcárcel por
hijo, que fué aquel D. Enrique Felipe de Guzmán, presunto Presidente de Indias,
sino que para casarlo con la hija del Condestable hizo deshacer con frívolo
pretexto el legítimo matrimonio que tenía ya contraído con una dama de regular
calidad, prestándose á tal infamia el Obispo de Ávila, en quien el Papa delegó
la decisión del pleito y consintiendo luego el Condestable en el nuevo
matrimonio, sobre vil, adulterino.
No fué D. Juan de Austria en adelante más moderado
que su padre en lascivias; quedaron á su muerte tres hijas naturales en otros
tantos conventos de España y Flandes. Y hasta el valeroso infante D. Fernando
pagó tributo á la flaqueza de la época y á su extraña condición que no le
permitía ser casado ni clérigo, dejando una hija ilegítima que se llamó Doña
Mariana. Fué este reinado, como el de Felipe III, modelo de fanatismo
religioso, modelo de lascivia. La culpa fué en mucha parte del Conde-Duque;
llegó su audacia hasta el punto de justificarla en el Príncipe con agudas é
ingeniosas razones. Porque habiéndole reprendido el Arzobispo de Granada,
maestro que había sido del Rey, por las salidas nocturnas que con él hacía el
de Olivares, le contestó éste que de Felipe III, cuyas omisiones se acusaban,
aunque tan virtuoso y esclarecido, de criarse tan á solas le procedió el no
saber vivir sin otro. «Y como yo, añadía, no quiero á S. M. para mí sino para
todos, no querría que dejase de conocer tanto mundo como tiene á su cargo. Y
así no le suplicaría yo que se quedase en casa si le viera inclinado á salir
con la modera[752]ción y templanza proporcionada á su
persona. Que á otro fin no creo que lo intentara, ni osaría yo aconsejárselo
porque V. S. I. lo dejó tan bien doctrinado, que desde luego empezaran los
peligros de persuadirle cosas injustas.» La sátira podía ser buena, pero la
doctrina era detestable. Y no fueron más castos, ni mejores en suma que
Olivares los demás Ministros de Felipe IV.
Consérvase aún inédito un memorial burlesco que se
supone presentado por la villa de Madrid al Rey, cuando salió de ella á la
jornada de Cataluña, en el cual se hallan curiosos datos sobre aquéllos, y el
estado que tuviesen entonces las cosas públicas. «Sirve, se dice en él, á V. M.
la villa con tres mil hombres cuyos sueldos, bien pagados, han repartido entre
si los regidores; cualquiera valdrá por diez en la facción de los sacos, según
van ejercitados en los vecinos de Madrid. Parécele á la villa que si tan
grandes desgracias las causan nuestros pecados han de cesar por la enmienda que
no es poco principio la confesión que V. M. y el Conde-Duque han hecho de sus
dos hijos. Libres se hallan los vasallos de dares y tomares y V. M. y el
Conde-Duque; porque V. M. no tiene ya más que pedirles, ni el Conde ya más que
quitarles. Volverá V. M. victorioso porque Dios N. S. es enemigo de grandes, y
muy amigo de humildes, y España está ya por tierra. Ejecutan los Ministros
resoluciones de apóstoles, y las exceden, que aquellos se desembarazaron para
seguir á su maestro de las redes, y ellos para servir á V. M. no se embarazan
con ellas, y mas las llevan tendidas pescando hombres y dinero. Si son
bienaventurados los que no vinieren ni enten[753]dieren
y creyeren, todos venimos á serlo con creer que hay ejércitos sin verlos. Al
marqués de Leganés se dé título de marqués de Tarragona, y conde de Barcelona,
que siendo cosa suya está seguro que no la pierda, y siendo ajena, la
conquistará sin sangre, con solo la de su primo el Conde-Duque. Hágase una
junta por si faltare dinero de D. Francisco Luzón, D. Lorenzo de Ulloa,
Bernardo González y Diego de Salas, que ellos dirán cómo se adquiere dinero
para lucir y triunfar sin rentas.» Cuando murió Felipe IV, era natural todo estuviese
en peor estado todavía; los Ministros y altos empleados no eran ni más honrados
ni más sabios; los ejércitos eran menos visibles, la moralidad no era mayor,
nuestras fuerzas no podían ser más humildes.
Entonces hizo Dios que viniese la Monarquía á poder
de Doña Mariana de Austria, mujer de menos cualidades y de tantos vicios como
su marido; y como dejase la Monarquía el infeliz Carlos II, no tenemos que
decirlo nosotros cuando poseemos relaciones de los escritores contemporáneos
cuál fuese á la sazón el estado de España: mejor que nosotros lo diríamos, lo
acentuó un escritor contemporáneo con estas palabras: «Hallábanse, los reales
erarios, sobre consumidos empeñados; la real hacienda vendida; los hombres de
caudal unos apurados y no satisfechos, y otros que de muy satisfechos, lo
traían todo apurado; los mantenimientos al precio de quien vendía las
necesidades; los vestuarios falsos como exóticos; los puertos marítimos, con el
muelle para España, y las mercadurías para fuera, sacando los extranjeros los
géneros para volverlos á vender beneficiados; galera y flotas pagados á costa[754] de España, pero alquilados para los tratos de
Francia, Holanda é Inglaterra; el Mediterráneo sin galeras ni bajeles; las ciudades
y lugares, sin riquezas ni habitadores; los castillos fronterizos, sin más
defensa que su planta, ni más soldados que su buen terreno; los campos sin
labradores; la labor pública olvidada; la moneda tan incurable, que era ruina
si se bajaba, y era perdición si se conservaba; los tribunales achacosos; la
justicia con pasiones; los jueces sin temor á la fama; los puestos como de
quien los posee habiéndolos comprado; las dignidades hechas herencias ó
compras; los hombres tan vendidos en pública almoneda que solo faltaba la voz
del pregonero; letras y armas sin mérito y con desprecio; sin máscara los
pecados y sin honor los delitos; el real patrimonio sangrado á mercedes y
desperdicios; los espíritus apegados á la vil tolerancia, ó á la violenta
impaciencia; las campañas sin soldados ni medios para tenerlos, los cabos
procurando vivir más que merecer; los soldados con la precisa tolerancia que
pide traerlos desnudos y mal pagados; el francés como victorioso, atrevido; el
Emperador defendiendo con nuestros tesoros sus dominios; y finalmente, sin
reputación nuestras armas; sin crédito nuestros Consejos; con desprecio los
ejércitos y con desconfianza todos»[30]. ¡Cuadro
elocuente y completo al cual es imposible añadir pincelada alguna! Carlos II no
puede decirse ya que vivió ni reinó; no hizo más que agonizar en el Trono al
tiempo mismo que agonizaba la Monarquía. De Felipe III á quien se llamó
el Piadoso y Felipe IV el Grande y Carlos á
quien al[755]gunos llaman el Deseado, apenas
puede decirse quién fuera más funesto á la Monarquía.
Y contemplando esta misteriosa sucesión de reyes á
cual más ocasionados al daño por diversos motivos, si uno por fanatismo, el
otro por liviandad y por enfermedad el otro; y viendo que entre los privados
consejeros y Ministros de aquellos reyes no hubo tampoco ninguno que no
contribuyese con sus golpes á la demolición de la Monarquía; recordando al
avaro duque de Lerma, al ambicioso de Uceda, al galán de Olivares, al imbécil
de D. Luis de Haro; á Nithard, á Valenzuela, á D. Juan de Austria, á Oropesa, todos
igualmente ineptos, ó flojos, sin que ni un Sully, ni un Richelieu, ni un
Mazarino viniese por azar á entender en nuestras cosas, el ánimo se suspende y
llega á creer en que la ruina de España estaba decretada por Dios. Del seno de
esta historia desdichada brota sin querer tal idea. No era Luis XIII rey más
estimable ni más apto que Felipe III; no era Doña Ana de Austria mujer más
hábil que Felipe IV, ó Doña Mariana; no era el mismo Luis XIV, tan digno como
lo hicieron los sucesos del título de grande. Pero todos ellos tuvieron grandes
Ministros; y de grado ó por fuerza, por amor ó por convencimiento, todos
acertaron á tomar de entre sus vasallos, ó los extranjeros, los más capaces de
hacer feliz á la Francia. Por eso fué feliz. En España no se ve un solo
Ministro con cualidades de hombre de Estado, y, con esto solo, podría
explicarse nuestra ruina. Faltó en todos, según el economista Osorio y Redín,
el don de consejo; que pobremente explicó Campomanes diciendo que debía
consistir en tener establecidos métodos constantes de aprovechar útilmente las
personas. El don de consejo que[756] faltó en
España fué el que tuvo Sully y el que han poseído tantos Ministros extranjeros:
el de advertir las necesidades públicas á tiempo y aplicar á ellas los
oportunos remedios. No tuvimos en el poder un solo hombre que así fuera, al
paso que abundaban otra casta de hombres funestísimos á la república que hoy
llamamos hombres de Gobierno; capaces de oprimir, de vejar, de contener;
incapaces de administrar, de favorecer, de remediar, de atender al bien
público.
Ni son solo los malos gobernantes los que vienen á
dañarnos, y el tener cabalmente hombres muy grandes las naciones enemigas de
España, cuando nosotros los teníamos tan pequeños, sino que acuden también á
precipitar nuestra ruina casuales sucesos. Felipe IV nos deja una minoría
desastrosa, cuando ni en siglos antes ni hasta siglos después se ha visto otra
en España, y Carlos II muere sin sucesión por dar lugar á una nueva dinastía y
á una guerra sangrienta. Con la España austriaca pereció la verdadera, la antigua,
la grande España de los Reyes Católicos, no quedando más que el odio que á
causa de lo pasado nos han profesado hasta ahora unánimemente los extranjeros.
Tan grande fué el temor que les infundimos en la prosperidad, que no parece
sino que dudaban en dar crédito á nuestra ruina; á la manera que el león herido
en las selvas todavía espanta con las convulsiones de la agonía, y aún su
cuerpo desangrado infunde ira y miedo. No juzgaban á España bien muerta por más
golpes que descargaban á mansalva en su exánime cuerpo. «Nación, dice Schiller,
temible mucho después de serlo; aborrecida y acosada mucho después de
merecerlo.» Por ventura, ¿no será más temible nunca, ni merecerá más el odio
extranjero?
Es difícil. La decadencia de España coincidió
desgraciadamente con la constitución definitiva de la Europa; con el sistema de
su equilibrio, con los grandes descubrimientos y adelantos científicos, con la
generación de todos los intereses, de todos los principios, de todas las
necesidades que hoy tiene el mundo. El siglo xvi y la primera mitad
del XVII, no pueden ser considerados sino como el fin de la edad media y
el principio de la edad moderna. Hoy día la grandeza de España sería un acontecimiento
de inmensa importancia capaz de trastornar por sí solo la situación política
del mundo, al paso que no puede realizarse sin firmes, jigantescos esfuerzos,
que hagan adelantar á la nación en pocos años, lo que ha atrasado en algunos
siglos. Los monarcas que sucedieron á Carlos II, aunque no tan enfermos como
él, ni tan disolutos como Felipe IV, ni tan fanáticos como Felipe III,
estuvieron lejos de alcanzar las altas calidades de Fernando V, Carlos I y
Felipe II, y de tener su fortuna. Puestos en el Trono contra la voluntad de
Europa y de una parte muy considerable de la Monarquía, encadenados al capricho
de la Francia que los había engendrado, y á la cual debían sus personales
grandezas, absolutos en una nación sin unidad ninguna, copistas serviles en un
pueblo enteramente original y de peculiarísimas costumbres y necesidades,
tímidos en el bien como en el mal, sin graves defectos el peor, con pocas
cualidades el mejor de ellos, no han hecho más que prolongar el estado de
decadencia á que nos trajo la dinastía austriaca. Tal vez no han aparecido
durante un siglo nuestras flaquezas tan á los ojos del mundo; pero es porque
los nuevos monarcas no eran ya tenidos por bastante temibles para que las de[758]más naciones se ocupasen en averiguarlas. Á la España
de Carlos II no se la podía negar su importancia; era preciso arrancársela á
jirones.
La España de los últimos Carlos estaba como
olvidada, y no se reparaba en ella sino cuando se movía perezosamente para
acabar de perder la antigua gloria de nuestras banderas en África y Gibraltar,
ó para entregarse en brazos del extranjero, como en el pacto de familia y en
los tratados de Bayona. Los últimos reyes de la casa de Austria perdieron el
Portugal, el Brasil y la Holanda que nos habían traído. Sus sucesores, que no
han sabido traerle á la Monarquía una pulgada más de tierra, dejaron que ella se
hiciese pedazos entre sus manos, unos con más, otros con menos culpa, todos por
ser harto pequeños para conservar los restos de nuestra grandeza, y
restituirnos algo del antiguo honor y poderío.
No presenta la historia ejemplo de una
desmembración de territorios tan inmensa como España ha padecido durante los
reinados de la casa de Borbón: ni la caída del imperio romano la ofreció
semejante. De los dominios de esta vil Monarquía de Carlos II, cuya dolorosa
pintura terminamos, se han formado todavía en Europa los reinos de Bélgica y de
Nápoles, gran parte del de Cerdeña, y del llamado Lombardo-Véneto. En América,
el imperio de Haiti y diez repúblicas: Méjico, Guatemala, Colombia, Perú,
Bolivia, Paraguay, Uruguay, la Plata, Chile y Santo Domingo[31], sin con[759]tar con los inmensos territorios de la Florida, la
Luisiana, Tejas y California, que hoy se cuentan entre los de la Unión
Americana, ni las innumerables posesiones que nos ha quitado la Inglaterra,
porque en Asia y África y América y en la Europa misma, apenas se puede dar un
paso sin tropezar con nombres españoles, que señalan provincias y fortalezas de
aquella enemiga afortunada. Ni es este el mayor de los males que nos haya
originado la pequeñez de miras y la capacidad de nuestros últimos reyes. Lo que
nunca podrá deplorarse bastante será el íntimo decaimiento del carácter
nacional, de aquella noble y altiva naturaleza que podía ser oprimida y
desaprovechada, pero que hacía aún de la española una de las razas más
respetadas, aunque más calumniadas y aborrecidas del mundo. Cosa debida sin
duda á la indiscreta importación de leyes y costumbres y necesidades
extranjeras, que quebrantaron las tradiciones, y trastornaron los sentimientos,
y arrancaron la antigua fe, y entibiaron la dignidad antigua de nuestra raza.
Ni puede decirse que hayamos ganado mucho en bienestar material, porque no se
halla hoy menor diferencia de España á Inglaterra ó Francia en esta parte que
hubiese en los días de Carlos II; ni es comparación que pueda hacerse sin tener
en cuenta el movimiento progresivo de las otras naciones en artes, industria,
comercio y bienestar público.
Con la guerra de la Independencia, donde el antiguo[760] carácter español se mostró de repente tan
poderoso como en sus mejores días; con la última guerra de sucesión, donde
también se ha empleado en las opuestas pretensiones algo de la fortaleza y
esfuerzo moral del siglo xvi; y con los sacudimientos revolucionarios que
han esparcido nuevas ideas, y leyes y necesidades por todas partes,
desenvolviendo una gran actividad y un anhelo fructífero de trabajo y de
adelantos materiales, se ha inaugurado un nuevo período histórico para España;
período decisivo, cuya responsabilidad no podrá menos de espantar á todos los
que sintiéndola, en sí, como hijos de esta época, consagren algún culto al
deber y el patriotismo, aquellas nobles ideas por las cuales vivieron y
murieron nuestros padres. España puede ser todavía una gran nación continental
y marítima, uniéndose pacífica y legalmente con Portugal su hermana, comprando
ó conquistando á Gibraltar tarde ó temprano, y extendiéndose por la vecina
costa de África. Pero también puede quedar reducida á nulidad vergonzosa,
ejecutándose en todo ó en parte, y antes y después, aquel funesto pensamiento
de los Bonapartes que era traer al Ebro la frontera francesa y dando á Portugal
la Galicia, repartir la Península entre dos Coronas casi iguales en poderío. La
sabiduría del Trono, el patriotismo de la nación, el espíritu de libertad y de
gloria pueden lograr lo primero. La imbecilidad de los que manden y el
envilecimiento de los que obedezcan pueden traernos á lo segundo. Y no hay
tanto que esperar como se piensa, porque el mapa de Europa va á constituirse de
nuevo. ¡Ay de los que no sustenten bien sus intereses! ¡Ay de los que queden
perjudicados en ellos y tengan que esperar, para resarcirse, á una nue[761]va recomposición de este mapa europeo que con tantos
defectos es hoy el mismo poco más, poco menos, que dejaron construído las
guerras de principios del siglo XVIII y señaladamente las que originó
la sucesión de Carlos II! No se ha de hacer una Europa distinta cada día.
Notas Al Calce:
[1]Gabr. Rosa: Storia generale della Storia (seconda
edizione). Milano, Napoli, impr. Bernardoni, 1873, pág. 412.
[2]Gil González Dávila: Historia de Felipe III.—Marqués
Virgilio Malvezzi: Historia de Philippe III desde el año 1612 hasta su
muerte.—Bernabé de Vivanco: Historia del rey de España D. Felipe
III desde el año 1578 hasta el de 1626.—Gonzalo Céspedes y Meneses: Historia
de Felipe IV, rey de las Españas.—Bernabé y Francisco Vivanco ó Matías de
Novoa: Historia de Felipe IV.
[3]Dell'origine, progressi é stato attuale d'ogni
letteratura. (Parma,
1782.)
[4]Historia de la civilización de España desde la
invasión de los árabes hasta la época presente. (Madrid, 1840).
[5]Publicada por vez primera en una edición de la de
Mariana en el Haya, el año 1733, en latín y la traducción castellana por D.
Vicente Romero en otra de Lyon, de Francia, en 1737. Otra edición de la última
se hizo en Madrid en 1804.
[6]La aleve muerte de Cánovas del Castillo en Santa
Agueda no impidió que tuviera hecho testamento. Los que le trataban con
intimidad hablaban de sus propósitos para que se perpetuara; pero, al morir, su
Biblioteca como sus demás colecciones artísticas y suntuarias y sus bienes
todos entraron en el haz común de los derechos de sus herederos legales.
Desearon algunos de éstos que la Biblioteca se salvara íntegra, mediante su
adquisición, por alguno de los Centros del Estado y principalmente por el
Congreso de los Diputados, pues, como decimos, la Biblioteca de Cánovas en
todas sus partes era la Biblioteca de un hombre de Estado. Interesáronse en que
esta adquisición se llevase á cabo los jefes de todos los partidos y
fracciones: Castelar, Sagasta, Pidal, Azcárraga, Silvela, Salmerón, Pi y
Margall, Nocedal y Azcárate; pero era Presidente del Congreso el Sr. Romero
Robledo, que se opuso terminantemente á la adquisición, pretextando que Cánovas
no tenía más que libros incompletos ó de regalo, y el voto de Romero Robledo
valió más por su posición accidental que el de los otros. Sobre la importancia
de la Biblioteca de Cánovas, el autor de este trabajo publicó
en La España Moderna, del 1.º de Octubre de 1907, un artículo que
se titulaba Cánovas del Castillo juzgado por sus libros (páginas
60 á 92). En él fué triste á su patriotismo declarar lo siguiente:—«Ni uno solo
de estos 30.000 volúmenes fué adquirido sin que ocupase un lugar de eficacia en
la inmensa variedad de asuntos que fueron objeto preciso de las meditaciones de
aquella mente excepcionalmente constituída en la opulencia y universalidad de
sus aptitudes. No es menester que estos asuntos se determinen parcialmente y se
clasifiquen. Aun revueltos en tumultuosa confusión éstos treinta mil cuerpos de
libros, su más ligero examen denuncia su respectiva individualidad dentro de
una labor intelectual que á la vez comprendía todos los problemas de la
nacionalidad española, con los antecedentes de su historia y las previsiones
del porvenir, y todos los problemas que la ciencia, la política, el derecho y
la evolución continua y acelerada de toda la sociedad humana contemporánea sin
cesar pone sobre el tapete y somete á la resolución de los grandes pensadores y
de los grandes estadistas» (pág. 63). «Por encima de toda otra condición de las
que presumía ó que le caracterizaba en la generalidad de sus aptitudes,
descuella en la Biblioteca de Cánovas, la del gran estadista: de tal manera que
en nuestra historia no ha existido otra con que compararla que la que en el
siglo XVII formó el Conde Duque de Olivares, con cuya grandeza de
concepción y de miras, Cánovas del Castillo tuvo muchos puntos de semejanza»
(página 67). «El palenque de la historia parecía la tribuna principal de
Cánovas del Castillo. Y, en efecto, ¿cuál puede tener mayor importancia para un
verdadero estadista? El camino que incesantemente trilla esta ciencia basta
para imponer de las evoluciones y de las reformas del derecho, sobre todo en
nuestro tiempo, en que las imposiciones de la vida internacional, en la creciente
y estrecha oleada de las relaciones de los pueblos entre sí crea las
inevitables exigencias de la equiparación legal entre todas las gentes,
ejerciendo una influencia también ineludible en las legislaciones locales de
todos los Estados. Pero en los pueblos de larga existencia histórica, la
ciencia principal del hombre de Estado la constituye el más perfecto
conocimiento de la historia de la nación que ha de regir, y en la cual, por
encima de todos esos cosmopolitismos, la unidad invariable de todas las
condiciones éticas y etnográficas, la perpetua imperturbabilidad de las
vecindades con que ha de convivir, las tendencias no menos invariables á
influirse mutuamente, ya en el sentido de la atracción, ya en el de la
hostilidad más ó menos encubierta, establece una multitud de hechos que, aunque
en sus caracteres exteriores ó circunstanciales puedan cambiar, en el fondo
responden siempre á la unidad fundamental de estas tendencias» (pág. 72).
«Nadie, como Cánovas, llegó á reunir tantas piezas marcadas de nuestra
bibliografía histórica, de esas que han escapado á nuestras grandes Bibliotecas
públicas, unas por ser rarísimas en extremo, otras por no haber llegado jamás á
los umbrales de nuestra nación peninsular, por haber sido publicadas ya en
lejanos y para siempre perdidos dominios españoles, ya por haber sido fruto de
literaturas extranjeras y escritas en impugnación de derechos é intereses de
España, y que, en suma, no arribaron á ella jamás. De estos peregrinos papeles,
folletos y libros, la Biblioteca de Cánovas logró reunir un número
extraordinario, cuya importancia se necesita poseer una gran cultura histórica
y política para saber avalorar bien. No era que Cánovas se propusiera en su
admirable colección histórica llegar á reunir, por reunir, todo lo que dijera á
la historia general de la patria, ni al capricho de atesorar aquella
catalogación que solo á fuerza de constancia puede llegar á perfeccionar un
establecimiento perpetuo del Estado, como la Real Academia de la Historia ó la
Biblioteca Nacional. En la adquisición de todos estos verdaderos tesoros de la
Bibliografía histórica de España, predominaba en Cánovas, como en todo su
inclinación á las materias de Estado, porque en aquellos libros, folletos y
papeles, publicados en Roma, en París, en Viena, en Amsterdam, en Colonia, en
Milán, en Turín, en Nápoles y Venecia, en Bruselas y Amberes, estaban
representados cuantos hechos formaban el conjunto de nuestra historia en el
tiempo en que España, en el supremo grado de la supremacía política de Europa,
fué el árbitro de los destinos del mundo; y aunque él pensaba, como en varias
de sus obras no se cansó de repetir, que nunca más se producirían
circunstancias semejantes á las que confluyeron en los Estados de nuestra
Península al declinar el siglo xv y durante los dos siguientes, los
hombres que con sus armas, su gobierno y su política mantuvieron aquel emporio
de grandeza por tan dilatado espacio de tiempo, esos hombres siempre permanecen
vivos en el espíritu de nuestra raza, y aunque hubieran caído fatigados por sus
propios esfuerzos y acosados por la conflagración universal contra ellos, en la
postración y decadencia que desgraciadamente todavía nos debilita, el
estadista siempre debe contar con aquellas condiciones propias y con aquellas
rivalidades agenas, porque el deber de los que gobiernan, aun en períodos
del mayor enervamiento, es procurar la recuperación de fuerzas y es conducir
siempre á sus pueblos, como Moisés por el desierto, á las siempre esperadas
tierras de promisión» (pág. 75 y 76). «Toda la política que ha producido
nuestros desmembramientos territoriales, toda la política que nos ha conducido
á la presente decadencia de que no nos podemos emancipar, toda la política que
nos ata las manos para todo intento de resurrección, era la política que se
estudiaba admirablemente en los preciosos conjuntos de los libros propios y
extraños que Cánovas llegó á reunir en su biblioteca... Estos grupos son los
que imponían su carácter á la biblioteca del Sr. Cánovas del Castillo, que
una vez deshecha y esparcida, probablemente ningún otro logrará reunir otra vez».—Pérez
de Guzmán: Cánovas del Castillo juzgado por sus libros.—España
Moderna: 1.º Octubre 1907.—Págs. 60 á 92.
[7]En su Historia universal durante la
República Romana, Polibio escribía:—«μωδεμίαν ετοιμοτὲραν εῖναι τοις
ἀνθρωποις δἰορθωσιν, τῆς τῶν προγενημενων πραζεων ἐπιστήμης.--ἀληθινωτατην μεν
εῖναι παιδεἰαν καί γυμνασίαν πρὀς τἀς πολιτικἀς πρἀζεις, την ἐκ πῆς ιστοριας
μαθησιν».—lo que en castellano quiere decir que ninguna investigación resulta
más conveniente á los hombres que la que conduce á la ciencia de los hechos
pasados, y que para educar para los oficios de la política, ninguna disciplina,
ningún ejercicio es más eficaz que el estudio de la Historia.—Véase en Ruy
Bamba la Introducción á la traducción de la Historia de Polibio
Megalitano.
[8]Del asalto y saco de Roma por los españoles.—(La América: 1858).
[9]Del principio y fin que tuvo la supremacía militar
de los españoles en Europa, con algunas particularidades de la batalla de
Rocroy.—(Revista
de España: tomo i.—1868).
[10]a) Del principio de las diferencias entre Paulo IV y Felipe II y de las
consultas y determinaciones que con ocasión de ellas hubo en España. b)
De la reorganización y tratos del Papa Paulo IV con los franceses y motivos que
alegó ó tuvo para indisponerse al propio tiempo con los españoles. c)
De la guerra y paces entre Felipe II y el Papa con la conclusión del
Pontificado de Paulo IV, los principios de Pío IV y las últimas consecuencias
de todos los sucesos referidos.—(Revista de España:
tomos II y III: 1868).
[11]De la dominación de los españoles en Italia.—Discurso de recepción en la Real Academia de la
Historia, 20 mayo 1860.
[12]De las invasiones de los moros africanos en España.—Discurso en la Real Academia de la Historia, en la
recepción de D. Emilio Lafuente Alcántara: 25 de enero de 1863.
[13]Problemas contemporáneos: tomo I.—Introducción.
[14]Cuando la empresa editorial que llevó el nombre
de Biblioteca Universal publicó en 1854 la Historia
General de España, del P. Juan de Mariana, ofreció en la portada del
libro que esta Historia sería continuada hasta el año 1851. El P.
Mariana no llegó en su obra sino hasta la muerte del Rey Católico Fernando
V en los primeros años del siglo XVI. Continuó su labor el P. Fray José de
Miñana: éste alcanzó en la suya desde el reinado de Carlos I de Austria hasta
la muerte de Felipe II, y este trabajo fué una verdadera continuación del
anterior. Mas el autor de la Historia de la decadencia de España,
aunque tomando el hilo de su narración donde Miñana dejó la suya,
alteró el método, el estilo y el espíritu de sus dos predecesores, y á
justificar esto es á lo que se encamina esta advertencia preliminar á los
lectores.—J. P. de G.
[15]El autor de la Historia de la decadencia de
España era también el que había de escribir la del cambio dinástico de
la Casa de Austria por la de Borbón; pero cuando terminó la primera el torrente
de la vida política en que ya se había iniciado enteramente, le absorbió en
medio de los acontecimientos que sucedieron á la revolución de julio de 1854;
por esta razón, y para no aplazar la publicación comenzada, se encargó de
escribir para esta obra el período de la Casa de Borbón, desde Felipe V hasta
Isabel II. D. Joaquín Maldonado Macanaz.—J. P. de G.
[16]Bentivoglio, Memorias.
[17]Deshechos posteriormente los Estados de la Casa
ducal, esta preciosa posesión pertenece, al imprimirse segunda vez este libro,
á los Sres. de Baüer.—(N. del Ed.)
[18]Ortiz: Compendio Histórico.
[19]Felíu de la Peña: Anales de Cataluña.
[20]Semanario Erudito.
[21]Opúsculos del Marqués de Buscayolo.
[22]Semanario erudito.
[23]Deleite de la Discreción.
[24]Histoire de la vie et du regne de Louis XIV, Bruzen de l'Artinière.
[25]Avisos inéditos.
[26]Pellicer: Historia del Histrionismo en
España.
[27]Prólogo á las Obras del Conde de
Villamediana.
[28]Atribuída después de escrito este libro á Rodrigo
Caro.—(Nota de P. de G.)
[29]Idea de un príncipe cristiano representada en cien
empresas diversas. Mónaco: por Nicolau Enrico: 1640.—El modelo del Príncipe de
Saavedra Fajardo lo constituía el Rey católico D. Fernando V de Aragón.—(Nota
de P. de G.)
[30]Semanario Erudito.
[31]Téngase en cuenta que esto se escribía por el
Sr. Cánovas del Castillo en 1852. En la actualidad, el inmenso
territorio que dominó España en América no conserva imperio alguno, sino diez y
ocho Repúblicas, que son Méjico, Guatemala, Nicaragua, Honduras, Costa Rica,
Panamá, Colombia, Venezuela, Paraguay, Argentina, Uruguay, Chile, Perú,
Bolivia, el Ecuador, Haiti, Santo Domingo y Cuba, habiendo pasado Puerto Rico á
propiedad de los Estados Unidos.
ÍNDICE
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Páginas |
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v |
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|
El primer libro histórico del Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del
Castillo. |
vii |
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1 |
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5 |
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|
57 |
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|
97 |
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|
161 |
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223 |
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285 |
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337 |
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401 |
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483 |
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Libro noveno: Gobiernos de Doña
Mariana y de D. Juan de Austria. |
569 |
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Libro décimo: Desde el primer
casamiento hasta la muerte del rey Carlos II. |
653 |
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743 |
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Acabóse de imprimir esta edición en Madrid,
en la imprenta de Fortanet, calle
de la Libertad, número 29,
el día primero de Marzo
del año de 1910
End of the Project Gutenberg EBook of Historia de
la decadencia de España, by
Antonio Cánovas del Castillo
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK
HISTORIA--DECADENCIA DE ESPANA ***

