Libro N° 9668. Aforismos. Hipócrates.
© Libro N° 9668. Aforismos. Hipócrates. Emancipación. Marzo 5 de
2022.
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AFORISMOS
Hipócrates
Aforismos
Hipócrates
CONTENIDO
I. El juramento
II. La Ley
III. Aforismos de Hipócrates
IV. Pronósticos de Hipócrates
V. Casos clínicos tomados del tratado de las
epidemia
I. El juramento
Por Apolo médico y Escolapio juro: por Higias,
Panacea y todos los dioses y diosas a quien pongo por testigo de la observancia
de este voto, que me obligo a cumplir lo que ofrezco con todas mis fuerzas y
voluntad. Tributaré a mi maestro de Medicina igual respeto que a los autores de
mis días, partiendo con ellos mi fortuna y socorriéndoles en caso necesario;
trataré a sus hijos como a mis hermanos y, si quisieren aprender la ciencia, se
la enseñaré desinteresadamente y sin otro género de recompensa. Instruiré con
preceptos, lecciones habladas y demás métodos de enseñanza a mis hijos, a los
de mis maestros y a los discípulos que me sigan bajo el convenio y juramento
que determina la ley médica y a nadie más, que les sea más provechoso según mis
facultades y mi conocimiento, evitando todo mal e injusticia. No me avendré a
pretensiones que afecten a la administración de venenos, ni persuadiré a
persona alguna con sugestiones de esta especie; me abstendré igualmente de
administrar a las mujeres embarazadas pesarios abortivos. Mi vida la pasaré y
ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No practicaré la talla dejando
esa operación y otras a los especialistas que se dedican a practicarla
ordinariamente.
Cuando entre en una casa, no llevaré otro propósito
que el bien y la salud de los enfermos, cuidando mucho de no cometer
intencionadamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitando
principalmente la seducción de las mujeres jóvenes, libres o esclavas. Guardaré
reserva acerca de lo que oiga o vea en la sociedad y no sea preciso que se
divulgue, sea o no del dominio de mi profesión, considerando el ser discreto
como un deber en semejantes casos. Si observo con fidelidad mi juramento, séame
concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los
hombres: si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte adversa.
II. La Ley
Es la Medicina la más noble entré todas las artes;
mas, por la ignorancia de quienes la ejercen y de los que juzgan de ella con
ligereza, ha venido a ser colocada en el postrer lugar. Entiendo que la causa
de tan equivocado juicio es el no tener en las ciudades el mal ejercicio de la
Medicina otro castigo que la falta de consideración, pena que no afecta a los
individuos que hacen de ella un modo de vivir. Aseméjanse éstos a los
personajes de las comedias; una vez que, del mismo modo que los actores representan
en traje y figura sin ver lo que aquéllos son, igualmente, es por el nombre y
no por los hechos por lo que nuestros médicos se lo llaman.
Quien se consagra con afán al estudio de la
Medicina, forzosamente ha de reunir las enseñanza, lugar oportuno, instrucción
desde la niñez, amor al trabajo y actividad. Principalmente necesita contar con
disposiciones naturales; todo es en vano cuando se pretende forzar la
Naturaleza; pero cuando ella por sí misma camina por buena senda, principia
entonces verdaderamente la enseñanza del arte, que, con la reflexión, el
discípulo viene obligado a apropiarse, comenzando desde aquella edad juvenil y
tierna y encontrándose en lugar a propósito para la enseñanza y aprendizaje.
Necesario es, a más de esto, consagrar a la labor mucho espacio de tiempo para
que, arraigándose los conocimientos profundamente, den sus sazonados y
abundantes frutos.
Así es, en efecto el cultivo de las plantas, y lo
mismo la enseñanza de la Medicina. Nuestra disposición natural es el terreno;
los preceptos de los maestros la sola; la instrucción comienza desde la
infancia, y ésta es la sementera hecha en tiempo conveniente; el sitio en que
se da la instrucción es el aire de que los vegetales toman su alimento; el
estudio continuo es la mano de obra; el tiempo, en fin, lo fortalece todo hasta
la edad madura. Ved, pues, las necesarias condiciones que importa reunir para el
estudio de la Medicina; los conocimientos profundos que es preciso adquirir, si
se quiere, al recorrer las ciudades ejerciéndola, lograr la reputación de
médico, no sólo en el nombre, sino como práctico. La impericia es una mala
propiedad, un mal arraigo para los que la poseen: sin alcanzar confianza ni
satisfacción, engendra timidez y temeridad: la primera descubre la falta de
energía, y la segunda la inexperiencia.
Hay en verdad dos cosas diferentes: saber y creer
que se sabe. La ciencia consiste en saber; en creer que se sabe está la
ignorancia. Mas las cosas santas, sólo a los hombres santos se revelan y le
está vedado comunicarlas a los profanos, en tanto que en los misterios de la
Ciencia consigan iniciarse.
III. Aforismos de Hipócrates
|
1. |
Corta es la vida, el camino largo, la
ocasión fugaz, falaces las experiencias, el juicio difícil. No basta, además,
que el médico se muestre tal en tiempo oportuno, sino que es menester que el
enfermo y cuantos lo rodean coadyuven a su obra. |
|
2. |
La Medicina es el arte de curar las
enfermedades por sus contrarios. El arte de curar, el de seguir el camino por
el cual cura espontáneamente la Naturaleza. |
|
3. |
En las disenterías y vómitos espontáneos,
si se evacua lo que debe ser expelido, todos estos trastornos podrán ser
útiles y poco molestos; pero, si esto no ocurre, serán dañosos. De igual
manera, la evacuación de los vasos es útil cuando se practica en términos
convenientes, pues, y es muy conveniente tener en cuenta el país, la
estación, el tiempo y la naturaleza de las enfermedades, en que pueden
convenir o no estas evacuaciones. |
|
4. |
La robustez extremada es dañosa a quienes
hacen ejercicios violentos, como los atletas; pues no pudiendo mejorar ni
permanecer estacionarios, es muy fácil que se altere en su perjuicio. Así es
conveniente que se disminuya gradualmente el vigor excesivo, para que el
cuerpo comience una nutrición nueva. No obstante, precisa no evacuar con
exceso; la atenuación debe estar en proporción a la naturaleza y fuerzas del
enfermo, pues la excesiva replexión es tan perjudicial como la evacuación
extrema. |
|
5. |
La dieta rigurosa es peligrosa siempre en
las enfermedades crónicas y aun cuando está contraindicada en las agudas. Es
difícil de soportar un régimen de sobrada tenacidad, como lo es una replexión
excesiva. |
|
6. |
Las faltas cometidas por los enfermos en
observancia de lo prescrito, son más perjudiciales cuando el régimen es muy
riguroso; porque cualquier exceso en la alimentación es más peligroso, cuando
el régimen es muy riguroso que cuando no lo es. Por eso la dieta muy severa y
observada por largo tiempo, es nociva aun para los sanos, por las
consecuencias dañosas que cualquier exceso puede acarrearles. Por esta razón,
es más conveniente un método de alimentación moderado que otro muy riguroso. |
|
7. |
A enfermedades extremas, remedios heroicos,
excelentes y bien administrados. |
|
8. |
Presentan las enfermedades muy agudas
síntomas muy alarmantes, y así en ellas conviene prescribir desde luego la
más severa dieta. Mas, cuando la dolencia no presenta este carácter, se puede
permitir algún alimento, aumentándose paulatinamente conforme la enfermedad
se hace menos intensa. |
|
9. |
Cuando la enfermedad en su vigor estuviere,
es menester usar del régimen más riguroso. |
|
10. |
Conviene considerar también si la dieta
prescrita al enfermo le permite conservar sus fuerzas, hasta que la
enfermedad llegue a su desenvolvimiento completo, para que consiga dominarla,
o si, por hallarse demasiado débil, sucumbirá antes de esta época. |
|
11. |
En las enfermedades que adquieren pronto
todo su vigor, se debe también prescribir sin pérdida de tiempo un régimen
severo; pero en las que llegan más tarde a aquel estado, deberá disminuirse
la alimentación, cuando esto suceda o un poco antes; entonces, para que el
enfermo conserve todas sus fuerzas, deberá ser más abundante la alimentación
del paciente. |
|
12. |
En las exacerbaciones, conviene quitar el
alimento; éstos les serían altamente perjudiciales. Si hay periodicidad en
los recargos, se deberá igualmente prohibir todo alimento, al tiempo de su
aparición. |
|
13. |
Las exacerbaciones en cada género de
dolencia, la estación del año, la observación comparativa de las
agravaciones, ya cotidianas, ya tercianas o de mayores intervalos, sirven
para apreciar la marcha futura de la dolencia. Iguales cosas se indicarán por
los epifenómenos. Así en la pleuresía, si los esputos se presentan desde el
principio, la enfermedad será corta y, si aparecen más tarde, larga y
rebelde. Lo mismo puede decirse de las orinas, evacuaciones de vientre y
sudores. Indicarán que la enfermedad ha de tener crisis fácil o difícil y si
será larga o corta, según se manifiesten. |
|
14. |
Los viejos llevarán fácilmente la
abstinencia; después de ellos siguen los que se hallan en la edad adulta; los
adolescentes no pueden tolerarla y mucho menos los niños y, entre ellos
principalmente los que son muy vivos. |
|
15. |
Tienen los que crecen mucho calor innato y
así necesitan una alimentación copiosa; de no ser así, se consumirá su
cuerpo. Los viejos tienen poco calor; y así los basta con poco para
conservarle; demasiada alimentación les extinguiría. Por eso son en ellos las
fiebres menos agudas, pues que está frío su cuerpo. |
|
16. |
En invierno y primavera el sueño es más
largo y tienen mayor actividad los órganos de la digestión. Por tanto, en
estas épocas, alimentación más abundante. De ello nos presentan ejemplo
ciertas enfermedades, los jóvenes y los atletas. |
|
17. |
Un régimen compuesto de alimentos húmedos y
jugosos, conviene a los calenturientos todos y muy particularmente a los
adolescentes o personas a él habituadas. |
|
18. |
Muchas personas necesitan alimentarse una
vez al día y nada más; otras dos veces y algunos muchas o pocas veces y aun
dividiendo el alimento en porciones pequeñas. Hay que considerar además el
hábito, la estación, la edad y el clima. |
|
19. |
Es la digestión difícil en verano y otoño,
muy fácil en invierno y no tanto en primavera. |
|
20. |
En las enfermedades de acceso periódico,
antes de medicinar, hay que suspender el juicio. |
|
21. |
Durante la crisis, no debe provocarse
movimiento, alguno ni con purgas ni otros medicamentos irritantes, sino que
se debe dejar obrar a la naturaleza. |
|
22. |
Lo que conviene evacuar debe ser dirigido
por lugar conveniente. |
|
23. |
Es menester purgar y remover los humores,
cuando están cocidos, mas no en estado de crudeza, ni al principio de las
enfermedades; a menos que haya urgencia, lo cual ocurre rara vez. |
|
24. |
No se debe juzgar de las evacuaciones por
su cantidad, sino que es preciso atender a si tienen las cualidades
necesarias, y si las sobrelleva bien el enfermo. Y si fuera preciso llevarlas
hasta el desmayo, hágase, siempre que el paciente pueda soportarlas. |
|
25. |
En las enfermedades agudas y, sobre todo,
al iniciarse, rara vez están indicados los purgantes y, cuando lo están, es
con la mayor circunspección y medida.26 La enfermedad en que el sueño agrava
la dolencia es mortal. Lo contrario sucede cuando se alivia. |
|
27. |
Es bueno el sueño que calma el delirio.28
Malos son el sueño o el insomnio excesivos. |
|
29. |
Ni la saciedad, ni el hambre, ni cosa
alguna que exceda de lo que la Naturaleza quiera, es bueno. |
|
30. |
El cansancio y las laxitudes espontáneas y
sin motivo, enfermedad denuncian. |
|
31. |
Si alguno tiene dolor en alguna parte del
cuerpo y no lo siente, es señal de que tiene el cerebro perturbado. |
|
32. |
La extenuación contraída poco a poco,
lentamente necesita ser reparada; la que sobreviene en breve tiempo, exige
reparación pronta. |
|
33. |
Si en la convalecencia comen con apetito
los enfermos y, sin embargo, sus fuerzas no se reparan, esto claramente
indica que toman demasiado alimento; pero, si ocurre esto mismo y no tienen
apetito, será necesario purgarles. |
|
34. |
Conviene hacer fácil y movido aquel cuerpo
que se quiera purgar. |
|
35. |
Cuanto más nutras a los cuerpos impuros,
más les dañarás. |
|
36. |
Es más fácil asimilarse el alimento líquido
que el sólido. |
|
37. |
Las impurezas que quedan en las
enfermedades después de las crisis, suelen producir recaídas. |
|
38. |
La noche que precede a una crisis, es
generalmente de exacerbación grave; pero la siguiente suele ser tranquila y
buen signo. |
|
39. |
Todo cambio en la naturaleza de las
deyecciones; en los flujos de vientre, es beneficioso, cuando no los empeora. |
|
40. |
Cuando las fauces están doloridas y el
cuerpo aparece cubierto de tumorcillos, conviene examinar las evacuaciones;
si fueran biliosas, el padecimiento es del cuerpo todo pero, si son
naturales, es bueno y nada peligroso recetar alimentos. |
|
41. |
No conviene trabajar al hambriento. |
|
42. |
El tratamiento de algunas enfermedades pone
de manifiesto que el tomar de una vez mayor cantidad de alimentos de lo que
la Naturaleza tolera, produce alteraciones graves en la salud. |
|
43. |
Aquellos alimentos que pronto confortan y
rápidamente nutren, pronto también son expelidos. |
|
44. |
No siempre es seguro el pronóstico en las
enfermedades agudas, sea de muerte o de sanidad. |
|
45. |
Quienes tienen laxo el vientre en la
juventud, se estriñen conforme avanzan en edad; por el contrario, los
estreñidos le tienen suelto en la vejez. |
|
46. |
El vino quita el hambre. |
|
47. |
Las enfermedades que proceden de plenitud
se curan mediante evacuaciones; las que nacen de evacuación por la replexión;
otras se curan asimismo por sus contrarios. |
|
48. |
En catorce días está hecho el proceso de
las enfermedades agudas. |
|
49. |
El cuarto día es indicador del séptimo; da
el octavo principio a la semana siguiente; ha de observarse el undécimo, que
es el cuarto de este segundo período; asimismo debe atenderse al
décimo-séptimo, que es el cuarto de la tercera semana y el siete contando
desde el once. |
|
50. |
Son, por lo general, las cuartanas, de
duración corta en el verano y muy larga en el otoño y especialmente cuando se
presentan al comenzar el invierno. |
|
51. |
Mejor es que después de la convulsión,
suceda la fiebre, que no que preceda ésta a la convulsión. |
|
52. |
No es prudente fiar con demasía en
inesperados alivios, ni temer con exceso los malos síntomas que sobrevienen
sin justificación. Estos cambios son, por lo común, poco duraderos y no
suelen permanecer. |
|
53. |
Cuando en las fiebres de alguna importancia
permanezca el cuerpo en el mismo estado, sin sufrir detrimento alguno, o
cuando se extenúe con exceso, lo observado constituye un mal síntoma. Lo
primero anuncia una enfermedad larga y lo segundo una debilidad extrema. |
|
54. |
Al comenzar las enfermedades debe hacerse
cuanto fuere preciso; pero, una vez llegadas a su desarrollo, lo más prudente
es no hacer nada. |
|
55. |
Al principio y al fin de los procedimientos
todo es débil, pero en su apogeo, todo es vehemencia. |
|
56. |
Malo es que un convaleciente coma bien y no
recobre las fuerzas. |
|
57. |
Quienes al principio de una enfermedad
comen con gusto y apetito, sin que les aproveche, llegan al último a
perderle; lo contrario ocurre a los que tienen aversión al alimento y le
pierden después; más fáciles serán de curar. |
|
58. |
Buen signo es en toda enfermedad conservar
despejada la inteligencia y estar dispuesto a hacer o tomar lo que se
ofrezca. Lo contrario es mala señal. |
|
59. |
Peligran menos en las enfermedades aquellos
enfermos cuya dolencia está en relación con su temperamento, edad, hábito y
época que aquellos en quienes esto no sucede. |
|
60. |
Es en todas las enfermedades buena señal
que las regiones umbilical e hipogástrica conserven su robustez; y, por el
contrario, muy mala que estas partes aparezcan flacas y extenuadas; este
último estado es igualmente mal signo cuando hay evacuaciones albinas. |
|
61. |
Quienes teniendo el cuerpo sano toman
medicamentos purgantes se debilitan, lo mismo que las personas que hacen uso
de malos alimentos. |
|
62. |
Los que tienen el cuerpo sano, sobrellevan
difícilmente los purgantes. |
|
63. |
Deben ser preferidos aquellos alimentos y
bebidas agradables, aunque no fueren tan sanas, a los mejores, pero no tan
gratos. |
|
64. |
Suelen padecer los ancianos menos
enfermedades que los jóvenes. En cambio, las que les acometen se hacen
crónicas y muchas veces mortales. |
|
65. |
Los catarros y corizas de los ancianos,
nunca se curan completamente. |
|
66. |
Quienes súbita y frecuentemente, sin
manifiesta causa, padecen profundos desmayos, mueren de repente. |
|
67. |
La apoplejía fulminante es imposible de
curar; y aun, en verdad, no es fácil de curar la menos intensa. |
|
68. |
Los ahogados, estrangulados y acometidos de
muerte aparente, si tienen espuma en la boca, no vuelven a la vida. |
|
69. |
Los obesos están más expuestos a muerte
repentina que los delgados. |
|
70. |
Los niños que padecen de epilepsia, se
curan con el cambio de edad, de costumbres, de vida, clima y región. |
|
71. |
Si dos dolores se presentan a un tiempo en
diferentes partes del cuerpo, el más fuerte, hace que no se sienta el otro. |
|
72. |
El dolor y la calentara son mayores durante
la formación del pus que después de formado. |
|
73. |
Una vez que el ejercicio corporal llega a
ser penoso, ningún remedio es tan rápido y eficaz como el descanso. |
|
74. |
Mejor soportan los débiles y los ancianos
los trabajos a que se hallan acostumbrados que los jóvenes y robustos que no
están habituados a ellos. |
|
75. |
Los hábitos inveterados, aun cuando sean
perjudiciales, ocasionan menos daño que las cosas no acostumbradas. Conviene,
pues, habituarse paulatinamente a lo insólito. |
|
76. |
Muy peligroso es evacuar, llenar, calentar,
enfriar o promover cualquier otro cambio violento en el cuerpo. Todo exceso
es a la Naturaleza contrario. Lo que se va haciendo poco a poco no presenta
peligro, bien pasando de un hábito a otro o de cualquiera otra manera. |
|
77. |
Todo lo que se hace conforme a razón y no
eventualmente, como un tratamiento indicado, debe continuarse, aun cuando no
produjere efecto, en tanto que la indicación persiste. |
|
78. |
Salen mejor librados de sus dolencias los
que de jóvenes son laxos de vientre que los que le tienen estreñido; en
cambio, en la vejez, resecándose éste, lo pasan peor. |
|
79. |
La estatura aventajada da gentileza y
gallardía a la juventud. Para la vejez es incómoda y tiene muchos
inconvenientes. |
|
80. |
Lo que causa más enfermedades es el cambio
de estaciones. Y en estos tiempos las producen mucho más los rápidos cambios
de calor o frío u otros análogos. |
|
81. |
Hay temperamentos, a los cuales prueba
mejor el invierno que el estío; y a la inversa. |
|
82. |
Algunas enfermedades se desarrollan bien o
mal, según estaciones. Ocurre lo mismo, según la edad, el clima o la
alimentación. |
|
83. |
En una estación, sea cualquiera, si se
observa en el mismo día tan pronto calor como frío, procede esperar la
aparición de alguna enfermedad otoñal. |
|
84. |
Los vientos del Mediodía, no sólo debilitan
el oído, obscurecen la vista y ponen pesada la cabeza, sino que, si mucho
tiempo duran, se observa en los enfermos su pernicioso influjo. Si, en
cambio, sopla el Aquilón (Norte), sobrevienen toses, males de garganta,
constipación, disuria, escalofríos, dolores de costado y de pecho. Y, si
mucho dura, hay que esperar en las enfermedades análogos accidentes. |
|
85. |
Cuando a la primavera el estío es
semejante, hay que esperar grandes sudores en las fiebres. |
|
86. |
En tiempo de sequía, se presentan muchas
fiebres agudas; y sí la mayor parte del año ocurre lo mismo, conviene esperar
semejantes dolencias. |
|
87. |
En tiempo constante, cuando las
circunstancias propias de cada estación se suceden en orden regular, las
enfermedades que entonces se presentan, siguen su proceso normal y terminan
felizmente, pero cuando el tiempo cambia ocurre lo propio a aquélla. |
|
88. |
Son en otoño muy agudas las enfermedades y
muy graves. Por el contrario, la primavera es la estación más saludable y
menos letal. |
|
89. |
El otoño para los tísicos es funesto. |
|
90. |
En lo que respecta a las estaciones del
año, si el invierno es seco y dominan ciertos vientos del Norte y la
primavera lluviosa con vientos del Mediodía, vendrán con el verano fiebres
agudas, oftalmias, disenterías, que atacarán principalmente a las mujeres y a
los que un de débil constitución. |
|
91. |
Mas si el invierno fuere lluvioso y
templado y reinasen vientos del Sur y la primavera seca y con vientos del
Norte, las mujeres que debieran parir en la primera abortarán con la menor
ocasión; y las que lleguen a ir a su tiempo, tendrán probablemente hijos
enfermizos y débiles que, o morirán tempranamente, o se criarán enfermizos y
valetudinarios. Por lo demás, se presentan disenterías, oftalmias secas y
catarro, que hacen perecer a los viejos facilísimamente. |
|
92. |
Si el verano es seco y sopla, al Aquilón y
el otoño lluvioso y austral, se observarán en el invierno inmediato jaquecas,
toses, ronqueras, corizas y también tisis. |
|
93. |
Pero si fuere el otoño frío y seco será
favorable a los linfáticos y a las mujeres. Los demás estarán expuestos a
padecer oftalmias secas, fiebres agudas, corizas pertinaces y algunos también
afecciones melancólicas. |
|
94. |
De las constituciones anuales, el tiempo
seco este más saludable y menos letal que el lluvioso. |
|
95. |
Las enfermedades que más frecuentemente se
observan en tiempos de lluvia son fiebres de larga duración, diarreas,
gangrenas, epilepsias, apoplejías y anginas. |
|
96. |
En los muy secos se padece tisis,
oftalmias, dolores articulares, disurias y disenterías. |
|
97. |
En cuanto a lo que respecta a las
constituciones diurnas, las frías y secas dan más vigor al cuerpo y agilidad,
buen color y finura de oído, aunque resecan el vientre e irritan los ojos.
Aquellos en quienes preexistían dolores torácicos les sienten más agudos. Por
el contrario, los vientos del Mediodía, relajan y aflojan el cuerpo,
debilitan el oído, ponen pesada la cabeza, obscurecen la vista y producen
pesadez en el cuerpo y laxitud en el vientre. |
|
98. |
También según los tiempos, los niños y
jóvenes se encuentran perfectamente en primavera y al entrar el verano y
parte del otoño, y los adultos en lo restante del otoño y el invierno. |
|
99. |
Preséntanse, en verdad, las enfermedades en
todas las épocas del año; pero, no obstante, hay algunas que se presentan y
agravan más comúnmente en ciertas épocas. |
|
100. |
Insanias, melancolías, accidentes
epilépticos, hemorragias, anginas, corizas, ronqueras, toses, lepra,
empeines, manchas lívidas, son propias de la primavera, como asimismo
pústulas, úlceras, tubérculos y dolores articulares. |
|
101. |
Reinan durante el estío las enfermedades
primaverales y además fiebres continuas y ardientes, muchas tercianas y
cuartanas, vómitos, diarreas, oftalmias, dolores de oídos, aftas, úlceras
pútridas de los órganos genitales y sudores. |
|
102. |
En el otoño dominan, además de algunas
enfermedades propias del estío, las fiebres cuartanas y erráticas, los
infartos del hígado, del bazo, hidropesías, tisis, estrangurias, lienterías,
disenterías, ciáticas, anginas, asmas, vólvulos, epilepsias, insanias y
melancolías., |
|
103. |
Son frecuentes en el invierno las
pleuresías, perineumonías, letargos, corizas, ronqueras, toses, pleurodinias,
lumbagos, cefalalgias, vértigos y apoplejías. |
|
104. |
Ved lo que ocurre respecto a las edades: en
la infancia primera suelen padecerse insomnios, terrores, aftas, vómitos,
toses, inflamaciones umbilicales y otorreas. |
|
105. |
Cuando llega la época de la dentición,
sobreviene prurito e hinchazón de las encías, fiebres, convulsiones,
diarreas, sobre todo al romper los colmillos, principalmente si los niños
están robustos y padecen estreñimiento. |
|
106. |
En edad un poco más avanzada, sobrevienen
las inflamaciones tonsilares, la luxación anterior de la segunda vértebra
cervical, el asma, los cálculos, las lombrices y ascárides, las verrugas
pediculadas, la satiriasis, la estranguria, las escrófulas, las paperas y
tumores, y, principalmente, los referidos. |
|
107. |
Cuando la edad es algo más proyecta y los
niños se acercan a la pubertad, se hallan expuestos a todas las enfermedades
antedichas y además a largas fiebres y epistaxis o fluxiones sanguíneas. |
|
108. |
Júzganse en general las enfermedades de los
niños, unas a los cuarenta días, otras a los siete meses, algunas a los siete
años y bastantes llegan hasta la pubertad. Las que no terminen para esa época
o, en las niñas, al presentarse la menstruación, suelen prolongarse
indefinidamente. |
|
109. |
Se hallan los jóvenes expuestos a padecer
esputos sanguíneos, tisis, fiebres agudas, epilepsia y otras dolencias,
aunque principalmente las nombradas. |
|
110. |
Más tarde, o sea en la edad adulta, se
observan asmas, pleuresías, perineumonías, letargos, frenitis, calenturas
ardientes, diarreas crónicas, cólera, disentería, lientería y hemorroides. |
|
111. |
Y la vejez acarrea la disnea, las toses
catarrales, las estrangurias, disurias, dolores articulares, nefritis,
vértigos, apoplejías, caquexias, picazones, insomnios, laxitudes de vientre,
fluxiones de ojos y nariz, debilidad de la vista, cataratas y entorpecimientos
del oído. |
|
112. |
Conveniente es purgar a las mujeres
embarazadas si hay turgencia, desde el cuarto al séptimo mes, aunque menos en
esta última época. Antes o después, hay que tener mucho cuidado para no
perjudicar al feto. |
|
113. |
Con purgantes debe limpiarse el cuerpo de
aquellas materias cuya expulsión espontánea es útil y, contrariamente,
suprimir cualquiera otra evacuación que no se hiciese de esta suerte. |
|
114. |
Si la evacuación de los humores es normal,
se hará fácilmente. Muy difícilmente en el caso contrario. |
|
115. |
En verano conviene evacuar por la vía
superior y en invierno por la inferior. |
|
116. |
Antes de la canícula y durante ellas son
las evacuaciones penosas. |
|
117. |
Los sujetos delgados y propensos al vómito
deben purgarse prudentemente por arriba en invierno. |
|
118. |
Quienes vomitan con dificultad y tienen
constitución endeble, deben purgarse por la vía inferior; pero con
circunspección en estío. |
|
119. |
En los tísicos no debe provocarse el
vómito. |
|
120. |
Convendrá purgar por la vía inferior
copiosamente a los melancólicos. Por la misma razón ha de evitarse lo
contrario. |
|
121. |
En las enfermedades muy agudas si hay
turgencia de materias, habrá que purgar en el mismo día. Dilatarlo sería
peligroso. |
|
122. |
Cuando se presentan dolores y
retorcimientos hacia la región umbilical y lumbar, que no ceden a los
purgantes ni a otros remedios, acaban en hidropesía seca. |
|
123. |
Es malo purgar a los lientéricos por vía
superior durante el invierno. |
|
124. |
Antes de administrar el eléboro a los
individuos que vomitan con dificultad, es preciso darles una alimentación
abundante y copiosa y descanso. |
|
125. |
Será mayor la acción del eléboro si quien
lo toma hace después ejercicio; con sueño y quietud será, pues, menor el
beneficio. Esto lo declara y comprueba también la navegación, cuyo movimiento
altera las vísceras. |
|
126. |
Para aumentar la acción y fuerza del
eléboro, debe moverse el cuerpo, y para disminuirla, prescribir el sueño y la
quietud. |
|
127. |
Para aquellos que tienen las carnes sanas
es el eléboro perjudicial, pues provoca convulsiones. |
|
128. |
La flojedad y hastío, el dolor de mordedura
en el estómago, los vértigos tenebrosos y el amargor de boca, cuando no les
acompaña calentura, indican la necesidad de un vomitivo. |
|
129. |
Cuando los dolores situados por encima del
diafragma requieren purgantes, ha de ser por la vía superior. Los situados
debajo de este órgano, denotan la necesidad de evacuar por la inferior. |
|
130. |
Aquellos que durante el efecto de los
purgantes no experimentasen sed, seguirán evacuando hasta sentirla. |
|
131. |
Los sujetos que no teniendo calentura
sienten retortijones de vientre, flojedad en las rodillas y dolores lumbares,
necesitan purgarse por la vía inferior. |
|
132. |
Las deyecciones negras, semejantes a la
sangre venosa, espontáneamente producidas, con fiebre y sin fiebre, son
pésimas. Y serán peores cuanto más este calor se acentúe. Si fuesen efecto de
un purgante, no era ciertamente tan grave el mal y mucho menos si estos
colores dominan en ellas. |
|
133. |
Cualquiera enfermedad que comienza con
vómitos o deyecciones de bilis negras, es letal. |
|
134. |
Cualquier individuo, atacado de enfermedad
aguda o crónica por heridas, o que, por cualquiera otra causa, se hallare
extenuado, si le sobrevienen evacuaciones atrabiliarias o de materias
parecidas a la sangre negra, morirá al día siguiente. |
|
135. |
Toda disentería que comienza por atrabilis
es mortal. |
|
136. |
La evacuación de sangre por las vías
superiores, sea cualquiera, es siempre mala. Por las inferiores, sin embargo,
puede ser conveniente. |
|
137. |
Cuando un disentérico expele en las
deyecciones carúnculos, su fin está próximo. |
|
138. |
Quienes, a consecuencia de fiebre, han
perdido bastante sangre, en la convalecencia sufren diarreas. |
|
139. |
En aquellos que tienen evacuaciones
biliosas, éstas cesan cuando sobreviene sordera, y, por el contrario, cuando
ésta existe, se corrige si esas evacuaciones se presentan. |
|
140. |
En aquellos a quienes sobrevienen
escalofríos al sexto día de la fiebre, la crisis será difícil. |
|
141. |
Si en las enfermedades con paroxismo
acomete al siguiente día la fiebre a igual hora que el anterior, será la
crisis laboriosa. |
|
142. |
La laxitud en las fiebres, en las
articulaciones y, principalmente, cerca de las mandíbulas, anuncian absceso. |
|
143. |
Pero si alguna parte doliere, antes de
declararse la enfermedad, allí tendrá ésta su asiento. |
|
144. |
Si a quienes acaban de salir de una
enfermedad doliere alguna parte del cuerpo, allí se formará un absceso. |
|
145. |
La repentina sofocación, cuando no hay
tumor en las fauces, que sobreviene en el curso de una fiebre, es mortal. |
|
146. |
Si, durante una fiebre, el cuello pareciese
como dislocarse de pronto y la deglución se hiciese imposible, no existiendo
tumor, el signo es mortal. |
|
147. |
Si apareciesen en los febricantes sudores,
buenos son en el vientre en el día tercero, quinto, séptimo, noveno,
undécimo, décimo cuarto, décimo séptimo, vigésimo primero, trigésimo y
trigésimo cuarto; entonces acaban las enfermedades. Pero si se presentas en
otros días, anuncian graves síntomas, enfermedades largas y recaídas. |
|
148. |
Los sudores fríos en cualquier aguda fiebre
son mortales, en las menos intensas, significan que la enfermedad ha de ser
larga. |
|
149. |
En aquella parte del cuerpo donde se
manifiestan el calor o el frío, allí está la enfermedad. |
|
150. |
Allí donde está el sudor se indica donde la
enfermedad reside. |
|
151. |
Los cambios que se verifican en todo el
cuerpo pasando rápidamente del calor al frío o mudando súbitamente de color,
denotan que la enfermedad ha de ser larga. |
|
152. |
El sudor abundante durante el sueño, sin
cansa manifiesta, denota una alimentación excesiva. Mas, si esto ocurre
cuando hay abstinencia o dieta, indica la necesidad de evacuar el vientre. |
|
153. |
El mucho sudor, frío o caliente, pero
siempre abundante, es señal, si es frío, de enfermedad grave, si es cálido,
de dolencia leve. |
|
154. |
Las fiebres que no son intermitentes y
aumentan al tercer día, haciéndose intensas, son muy peligrosas. Pero, si se
hacen intermitentes, cesa el peligro. |
|
155. |
Las fiebres muy largas traen consigo
tumores o dolores articulares. |
|
156. |
Si tras largas fiebres sobrevienen tumores
en las articulaciones, esto suele depender del exceso de alimentación. |
|
157. |
Los escalofríos que sobrevienen en una
fiebre, no intermitente, cuando el enfermo ya está débil, son mortales. |
|
158. |
En las fiebres no intermitentes, los
esputos lívidos, sanguinolentos, fétidos y biliosos, son malos; pero, si no
tienen este carácter, son buenos. Otro tanto ocurre con las evacuaciones de
vientre y de orina; pero si no se evacua lo que estorba, o se suprimen antes
de la purgación, el síntoma es deplorable. |
|
159. |
En las fiebres intermitentes, el enfriarse
las extremidades o alguna otra parte exterior, permaneciendo ardorosos los
órganos internos y habiendo sed, es signo de muerte. |
|
160. |
En las fiebres continuas, si el labio, la
boca, el ojo o la nariz se pervierten en su posición y el enfermo pierde la
vista y el oído estando ya muy débil, la aparición de uno de estos síntomas
denota que la muerte está cercana. |
|
161. |
Donde, existiendo fiebre continua, aparece
delirio y disnea, anuncian la muerte. |
|
162. |
En las fiebres, los abscesos que no se
resuelven en los primeros días, anuncian enfermedad larga. |
|
163. |
En las fiebres, nada anuncian de malo las
lágrimas involuntarias, pero las voluntarias son muy mal síntoma. |
|
164. |
En los enfermos que teniendo fiebre
presentan los dientes recubiertos de una mucosidad viscosa, el padecimiento
se agrava. |
|
165. |
Quienes durante el proceso de una fiebre
ardiente tienen tos seca con poca irritación, no padecen sed. |
|
166. |
Todas las fiebres bubónicas son malas,
excepto las efímeras. |
|
167. |
El sudor que sobreviene en fiebre que no
remite, es de mal agüero. Anuncia que la enfermedad será larga y que existe
exceso de humores en el enfermo. |
|
168. |
La calentura que sobreviene a los que
padecen convulsiones o tétanos, les cura. |
|
169. |
En las fiebres ardientes, si sobreviene el
frío soluciona la enfermedad. |
|
170. |
La terciana típica se juzga en un
setenario. |
|
171. |
Cuando aparece, durante una fiebre,
sordera, hemorragia por las narices o diarrea, la enfermedad se cura. |
|
172. |
Suele repetir toda fiebre que cesa en día
paro que no es crítico. |
|
173. |
Cuando en las fiebres se presenta
ictericia, antes del séptimo día el síntoma es malo. |
|
174. |
Cuando en las fiebres aparece el frío todos
los días, tiene la crisis lugar diariamente. |
|
175. |
Cuando en el séptimo día de fiebre o en el
noveno, o en el undécimo, o en el décimo cuarto sobreviene ictericia, el
síntoma es bueno, siempre que esté duro el hipocondrio derecho. En otro caso,
no es buena señal. |
|
176. |
El calor excesivo en el estómago o el dolor
de mordedura en el cardias, son en las fiebres malos síntomas. |
|
177. |
En las fiebres agudas, las convulsiones y
los fuertes dolores en las regiones viscerales, son de mal agüero. |
|
178. |
En las fiebres, el pavor en sueños, o las
convulsiones, son malos síntomas. |
|
179. |
La respiración fatigosa y desigual en las
fiebres, es mal síntoma, pues anuncia convulsión próxima. |
|
180. |
Si en un estado febril, tras una orina
espesa, escasa y grumosa aparece otra clara y abundante, mejora el enfermo.
Esto principalmente ocurre, cuando desde el principio del mal, o poco
después, se presenta algún sedimento. |
|
181. |
Cuando la orina es turbia y parecida a la
de los jumentos, durante el curso de una fiebre, es signo de que los dolores
de cabeza existen o sobrevendrán. |
|
182. |
Cuando las enfermedades se juzgan al día
séptimo, en el cuarto, se presenta en la orina una mancha nubosa y rojiza,
con los demás signos acostumbrados. |
|
183. |
La opina blanca y transparente es mala;
sobre todo, cuando se observa en la frenitis. |
|
184. |
Cuando se elevan los hipocondrios con
borborigmos y sobreviene, dolor en la región lumbar, es de esperar que
sobrevenga diarrea, a menos que ventosee mucho el enfermo u orine
abundantemente. Esto es lo que ocurre en las fiebres. |
|
185. |
Los que están en espera de algún absceso
crítico, en las articulaciones, se libran de él, cuando hay un flujo
abundante de orina blanca y espesa como acontece en el cuarto día de fiebre
cuando va acompañada de cansancio. Si, luego, se presentase derrame de sangra
por la nariz, la enfermedad quedará resuelta más prontamente. |
|
186. |
Cuando en la orina se expele sangre o pus,
esto significa que existe ulceración en los riñones. |
|
187. |
Las pequeñas carúnculas y filamentos,
semejantes a pelos que se presentan en la orina espesa, tienen en los riñones
su origen. |
|
188. |
La orina espesa y furfurácea indica que
puede existir alguna afección prósica en la vejiga. |
|
189. |
La expulsión de sangre en la orina
espontáneamente, es señal de rotura de alguna vena de los riñones. |
|
190. |
Las arenillas que aparecen en la orina
denuncien cálculos en la vejiga. |
|
191. |
Orina y sangre y grumos, cuando hay
estranguria y dolor en el hipogastrio y perineo, denota hallarse dañada la
vejiga y sus partes circundantes. |
|
192. |
Si en la orina aparece sangre o escamas
pequeñas, con olor fétido, esto denota que hay ulceración en la vejiga. |
|
193. |
Cuando en la uretra se forma un tubérculo,
si revienta y supura, queda curado. |
|
194. |
La orina abundante por la noche, indica que
las evacuaciones de vientre son escasas. |
|
195. |
La convulsión producida por el eléboro, es
mortal. |
|
196. |
La convulsión que sobreviene a una herida,
es mortal. |
|
197. |
Son graves síntomas la convulsión o el
hipo, tras una hemorragia excesiva. |
|
198. |
La convulsión o el hipo que sobrevienen a
una purgación excesiva son fatales. |
|
199. |
Si quien está ebrio enmudece de pronto,
morirá de convulsiones, a menos que le sobrevenga calentura o vuelva a
adquirir el habla, cuando la embriaguez cese. |
|
200. |
Los que son atacados por el tétanos,
perecen en cuatro días; pero si pasan de este plazo sanan. |
|
201. |
Los epilépticos impúberes, tienen curación.
Pero aquellos en quienes se presenta la epilepsia después de los veinticinco
años, suelen conservaría hasta la muerte. |
|
202. |
Las pleuresías que no se juzgan por
expectoración en catorce días terminan en empiema. |
|
203. |
Preséntase la tuberculosis principalmente
desde los dieciocho años hasta los treinta y cinco. |
|
204. |
Aquellos en quienes desaparece la angina
para situarse en el pulmón, mueren a los siete días; pero si este plazo
transcurre, se manifestará el empiema. |
|
205. |
Si a los tísicos se les cae el pelo y los
esputos arrojan en el suelo olor pestilente, la enfermedad es de muerte. |
|
206. |
Los tísicos que se quedan calvos, mueren
enseguida que se les presenta la diarrea. Esta en los tísicos es mortal. |
|
207. |
En quien esputa sangre espumosa, están los
pulmones dañados. |
|
208. |
Cuando hay alopecia en un tísico, si hay
diarrea, muero. |
|
209. |
Si la pleuresía acaba en empiema, y una vez
abierto el absceso expelen los enfermos sus materiales, se curan. De lo
contrario, se vuelven tísicos. |
|
210. |
El excesivo calor ablanda los músculos,
debilita los nervios, obscurece el entendimiento, ocasiona hemorragias y
desmayos y aun puede producir la muerte. |
|
211. |
El mucho frío origina convulsiones,
tétanos, equimosis y escalofríos febriles. |
|
212. |
El frío es enemigo de los huesos, de los
nervios, del cerebro, de la médula espinal. El calor les es útil. |
|
213. |
Aquellas partes que están atacadas de frío,
conviene calentarlas, excepto aquellas en que hay o pueda haber hemorragia. |
|
214. |
Irrita el frío las úlceras, endurece la
piel circundante, causa dolor y suprime la supuración, las vuelve de color
negro y trae escalofríos, convulsiones y tétanos. |
|
215. |
Si a un individuo joven y robusto le
acometa el tétanos en lo más fuerte del verano, sin tener Haga, deberá
atraerse el calor con efusiones de agua fría, porque esto solucionará el
padecimiento. |
|
216. |
El calor, en cuanto agente supuratorio, es
muy útil en las heridas (si bien no en todas). Ablanda y adelgaza la piel,
calma el dolor, modera los escalofríos, las convulsiones y el tétanos; quita
la pesadez de cabeza y es muy conveniente también en las fracturas de los
huesos, principalmente en las que quedan al descubierto. Aun es más útil en
las heridas de la cabeza, aplicado a las partes que están ulceradas o
mortificadas por el frío, así como a las herpes pruriginosas, a los órganos
genitales, al ano, a la matriz y a la vejiga. Por último, es muy de provecho
a todas estas partes provocando su crisis. En cambio el frío amortigua en
ellas la vida y, por tanto es su enemigo mortal. |
|
217. |
Es conveniente emplear el frío en las
hemorragias actuales o inminentes; pero no precisamente en las partes en que
se verifican, sino en las inmediatas y en las inflamaciones, en que,
acumulada la sangre, conserva su natural rubicundez, pues a las antiguas las
pone negras. Es también útil en la erisipela, cuando no hay ulceración; pues,
si la hay, es perjudicial. |
|
218. |
Los cuerpos fríos, como el hielo y la
nieve, son nocivos al pecho, por provocar en él toses, catarros y
hemorragias. |
|
219. |
Los tumores y dolores articulares en que no
hay ulceración, las afecciones gotosas y convulsivas, disminuyen, se calman y
llegan a desaparecer con efusiones abundantes de agua; fría. Porque el
entorpecimiento moderado calma el dolor. |
|
220. |
Muy ligera es el agua que pronto se
calienta y se enfría. |
|
221. |
Aquellos que teniendo de noche gran red,
cuando, a pesar de eso, se duermen, presentan buen signo. |
|
222. |
Las fumigaciones aromáticas provocan la
evacuación menstrual y para otras muchas cosas útiles serían, si no trajesen
pesadez de cabeza. |
|
223. |
Si hay turgencia, conviene purgar a la
mujer embarazada del cuarto al séptimo mes. El embrión peligra haciéndolo en
otra época. |
|
224. |
Para la mujer, durante la gestación, toda
enfermedad aguda es mortal. |
|
225. |
Durante la gestación la sangría produce el
aborto, sobre todo cuando está bastante desarrollado el feto. |
|
226. |
Se cura muchas veces en las mujeres el
vómito de sangre con la erupción de las reglas. |
|
227. |
En las mujeres que padecen supresión de las
reglas, es favorable la epistaxis. |
|
228. |
La mujer embarazada, si sufriere una gran
diarrea, aborta. |
|
229. |
El estornudo es buena señal en los
padecimientos histéricos y en los partos difíciles. |
|
230. |
En el flujo menstruo, la decoloración y la
irregularidad indican que los purgantes son necesarios. |
|
231. |
En la mujer embarazada, si los pechos se
aplanan súbitamente es señal de aborto. |
|
232. |
Si una mujer embarazada lo estuviera de dos
fetos y disminuyera súbitamente de volumen una de las dos mamas, abortará uno
de los dos. Si el aplanamiento es en el pecho derecho, el aborto será de
varón, y si en el izquierdo, de hembra. |
|
233. |
Si una mujer que no está preñada tiene
leche en los pechos, es señal de que no menstrúa. |
|
234. |
La congestión de sangre en los pechos de
una mujer predice la insania. |
|
235. |
Cuando se quiera averiguar si una mujer
está o no embarazada, hágasela acostar sin cenar y désela a poco trecho un
poco de hidromiel. Si entonces sobrevienen dolores de vientre, está
embarazada, si no tiene dolores, no lo está. |
|
236. |
Tiene buen color la mujer que lleva varón
en su seno y malo la que lleva hembra. |
|
237. |
La mujer jamás es ambidextra. |
|
238. |
Las mujeres extremadamente débiles, cuando
quedan embarazadas, abortan antes de robustecerse. |
|
239. |
Cuando una mujer de mediana robustez aborta
al segundo o tercer mes del embarazo, es a causa de que los cotiledones de la
matriz se encuentran muy llenos de mucosidades y no pueden sostener el
embrión, que, por su peso, se desprende. |
|
240. |
Cuando una mujer no concibe es porque el
omento oprime el orificio de la matriz, y así, en tanto no enflaquezca, no
concebirá. |
|
241. |
Si el útero inclinado hacia la ingle llega
a supuración, la úlcera que resulte será fistulosa. |
|
242. |
El feto masculino ocupa preferentemente el
lado derecho de la matriz y el femenino el izquierdo. |
|
243. |
A fin de ayudar a la expulsión de las
secundinas es bueno administrar un estornutatorio, y tapar la boca y la
nariz. |
|
244. |
Si se quiere evitar el excesivo flujo
menstruo, se puede aplicar a los pechos una ventosa. |
|
245. |
Durante el embarazo queda cerrada la boca
del útero. |
|
246. |
En la mujer embarazada, cuando la leche
sala con abundancia de los pechos, es signo de debilidad del feto. Pero si
las mamas están duras y firmes, esto significa que el feto está sano. |
|
247. |
Cuando el feto va a malograrse y el aborto
está próximo, se aflojan los pechos. Si vuelven a ponerse firmes, aparecen
dolores en ellos o en los muslos, las rodillas y aun los ojos; pero el aborto
no se verificará. |
|
248. |
Cuando está duro el orificio del útero, el
hallarse cerrado es evidente. |
|
249. |
Las mujeres que, estando embarazadas,
padecen fiebres y luego adelgazan de pronto sin causa notoria, tienen un
parto muy laborioso, y, si abortan, corren grave peligro. |
|
250. |
Si la hemorragia uterina ocasiona
convulsiones y desfallecimiento, es muy grave. |
|
251. |
Origina la menstruación excesiva graves
enfermedades y su supresión produce dolencia del útero. |
|
252. |
Tanto la inflamación del recto como del
útero y también la supuración de los riñones, ocasiona la estranguria; el
hipo se produce por la del hígado. |
|
253. |
Cuando la mujer no concibe, si se quiere
averiguar si es o no estéril, se la debe cubrir bien con sus vestidos y
prepararla una fumigación; y si pareciere que el olor entra por el cuerpo
hasta la nariz y la boca, por esto mismo se sabrá que no es infecunda. |
|
254. |
No goza de buena salud el feto de la mujer
que menstrúa durante el embarazo. |
|
255. |
Si una mujer no tiene menstruación y sin
escalofríos ni fiebre pierde el apetito, está embarazada. |
|
256. |
Las mujeres cuya matriz es densa y fría, no
conciben, ni tampoco las que la tienen demasiado húmeda, porque en ellas la
acción generatriz se extingue. Otro tanto ocurre con las que tienen este
órgano ardiente y seco, porque el semen pierde sus cualidades por inopia. Las
que disfrutan de un temperamento me, dio son muy fecundas. |
|
257. |
Algo análogo ocurre con los hombres. La
excesiva porosidad del cuerpo es causa de que el espíritu vivificador se
evapore exteriormente, y no haya eyaculación de semen; o ya por su excesiva
densidad no tiene al exterior salida o ya por frialdad no adquiere el calor
preciso para que tenga lugar, o bien, por último, porque ocasiona los mismos
accidentes un calor excesivo. |
|
258. |
Es malo dar leche a aquellos a quienes
duele la cabeza, a los calenturientos que tienen elevados los hipocondrios,
con borborigmos y mucha sed, también es nociva a aquellos cuyas deyecciones
son biliosas, a los que padecen calentura aguda, o han arrojado por el ano
gran cantidad de sangre. Conviene a los tísicos que tienen poca fiebre. Para
los muy extenuados, convienen en las calenturas, lentas y largas cuando no se
presenten los indicados signos. |
|
259. |
La tumefacción de las heridas proviene o
modera el delirio y el espasmo; pero si súbitamente desapareciera y estuviera
la herida en la espalda, sobrevendrán convulsiones o tétanos; si está en la
parte anterior, delirio o agudos dolores de costado, o supuraciones, o la
disentería si los tumores fuesen rubicundos. |
|
260. |
Cuando en las heridas graves y de mala
índole no hay tumefacción, este es grave síntoma. |
|
262. |
Doliendo la parte posterior de la cabeza,
es bueno sangrar de la vena perpendicular de la frente. |
|
263. |
Comienzan los escalofríos en las mujeres,
de ordinario, por los riñones, y, por el dorso, suben después a la cabeza; en
los hombres empiezan frecuentemente más bien por la parte posterior que por
la anterior del cuerpo, como por los codos y muslos, porque la piel que
recubre las partes anteriores es rara y caliente, y esto es lo que indica el
pelo que las cubre. |
|
264. |
Nunca acompañan convulsiones a la fiebre
cuartana; y, cuando se presentan, libran de ellas al paciente. |
|
265. |
Los que tienen la piel áspera, dura y tersa
morirán sin sudor. No así los que la tienen blanda y suave. |
|
266. |
Los histéricos de ninguna manera son
flatulentos. |
|
267. |
En la lientería crónica, los primeros
eructos ácidos son buen síntoma. |
|
268. |
Los individuos que tienen habitualmente
húmeda la mucosa nasal, y muy acuoso el semen, no disfrutan de perfecta
salud. Aquellos a quienes lo contrario ocurre, disfrutan de salud más
excelente. |
|
269. |
La inapetencia en la disentería larga es
mala y con fiebre peor. |
|
270. |
Las úlceras alrededor de las cuales cae el
pelo son malignas. |
|
271. |
Conviene apreciar con exactitud las
diferencias que presentan los dolores de pecho, de costado o de cualquier
otra parte. |
|
272. |
Las afecciones de los riñones y la vejiga
son difíciles de curar en los viejos. |
|
273. |
Son de poca importancia los dolores
superficiales de vientre; mucho más graves son los profundos. |
|
274. |
Se curan difícilmente las úlceras en los
hidrópicos. |
|
275. |
Las eflorescencias o exantemas muy extensos
producen poco picor. |
|
276. |
Los dolores de cabeza o de las partes a
ella cercanas, disminuyen siempre que se verifica un flujo de pus, serosidad
o sangre por la nariz. |
|
277. |
Son provechosas las hemorroides a los
melancólicos y a los nefríticos. |
|
278. |
Aquellos que han padecido hemorroides y no
conservan ninguna, están expuestos en alto grado a la tisis o a la
hidropesía. |
|
279. |
El estornudo quita el hipo. |
|
280. |
Cúrase la hidropesía, cuando el agua fluye
a los intestinos por las venas. |
|
281. |
La diarrea inveterada se detiene si
sobreviene el vómito espontáneo. |
|
282. |
Cuando a la pleuresía y a la perineumonía
sigue consunción y diarrea, es mal síntoma. Muere el paciente al contenerse
el esputo. |
|
283. |
La diarrea es saludable en la oftalmia. |
|
284. |
Las heridas en la vejiga, en el cerebro, el
corazón, el diafragma, el estómago, el hígado o algún intestino delgado, son
mortales. |
|
285. |
Cortado completamente un hueso, un
cartílago o un nervio, la parte delgada de la mejilla o el prepucio, ni se
adhieren ni se reparan. |
|
286. |
Si en el vientre se derrama la sangre,
fuera de causa natural, ha de venir la supuración. |
|
287. |
A los enajenados, las varices y hemorroides
que puedan sobrevenirles, les libran de su mal. |
|
288. |
Los agudos dolores que partiendo de la
espalda llegan al codo, se curan con la sangría. |
|
289. |
Si el temor y la tristeza perseveran mucho
tiempo, esto indica melancolía. |
|
290. |
Las heridas de los intestinos delgados no
pueden soldarse. |
|
291. |
Es malo que la erisipela pase de fuera
adentro y bueno que ocurra lo contrario. |
|
292. |
Los temblores que se presentan con las
fiebres ardientes, cesan cuando se presenta el delirio. |
|
293. |
En el empiema y la hidropesía, la
evacuación repentina de una gran cantidad de líquido, por el hierro o el
fuego, produce la muerte. |
|
294. |
Los eunucos ni padecen gota ni se quedan
calvos. |
|
295. |
Las mujeres no padecen gota hasta que cesa
el flujo menstruo. |
|
296. |
Los jóvenes no padecen gota antes de gustar
los placeres sexuales. |
|
297. |
Los dolores de los ojos ceden o al vino
puro, o al baño, o a los fomentos, o a los purgantes, o a la sangría. |
|
298. |
Los tartamudos están expuestos a diarreas
crónicas. |
|
299. |
No padecen pleuresías los que sufren
eructos ácidos. |
|
300. |
Jamás padecen várices los calvos; pero, si
alguna vez esto ocurre, el cabello vuelve a brotar. |
|
301. |
El sobrevenir tos a los hidrópicos, es
funesto. |
|
302. |
La dificultad de orinar se cura con la
sangría; mas ha de hacerse en los vasos internos. |
|
303. |
Es una buena señal la tumefacción y
rubicundez del cuello en la angina, pues indica que se hace exterior el mal. |
|
304. |
A aquellos que padecen de cánceres ocultos,
lo mejor es no curarlos; porque con cualquier tratamiento perecen. Viven más
tiempo cuando no se les cura. |
|
305. |
Proceden las más veces las convulsiones de
exceso de plétora o de evacuación. Lo mismo sucede al hipo. |
|
306. |
Cuando en los hipocondrios hay dolores sin
inflamación, la fiebre que sobreviene es favorable. |
|
307. |
En las supuraciones ocultas cuando no hay
signo exterior que la manifieste, esto consiste en que el volumen de la parte
o el espesor del pus impiden que se manifieste. |
|
308. |
Es malo que se endurezca el hígado a los
ictéricos. |
|
309. |
Una disentería inveterada en quien padece
una enfermedad del bazo, acarrea la hidropesía, la lieutería aun le hace
perecer. |
|
310. |
Si a la estranguria sucede el íleo o
vólvulo, el enfermo en siete días perece, a menos que se presento fiebre y
fluya la orina con abundancia. |
|
311. |
Las úlceras que tienen más de un año de
fecha, exfolian necesariamente el hueso subyacente y dejan hondas cicatrices. |
|
312. |
Los que antes de la pubertad tórnanse
jorobados o asmáticos, perecen. |
|
313. |
A quien convierten las sangrías y las
purgas, se debe administrar en primavera las purgas y sangrías. |
|
314. |
En los que padecen del bazo, si sobreviene
la disentería es conveniente. |
|
315. |
Calmada la inflamación, los ataques de gota
desaparecen a los cuarenta días. |
|
316. |
Cuando en el cerebro prodúcese herida, se
producen necesariamente fiebre y vómitos biliosos. |
|
317. |
Aquellos a quienes estando sanos acomete
repentino dolor de cabeza, afonía, pérdida del sentido y estertor, mueren
dentro de siete días, a menos que sobrevenga fiebre. |
|
318. |
Hay que observar, en el enfermo el aspecto
que los ojos presentan durante el sueño. Si estando los párpados casi juntos
se ve una parte de lo blanco de la esclerótica, sin que haya precedido flujo
espontáneo de vientre o provocado, el síntoma es funesto y mortal a veces.319
El delirio risueño es buen síntoma y malo el triste y sombrío. |
|
320. |
En las enfermedades agudas acompañadas de
fiebre, es de mal agüero la respiración quejumbrosa. |
|
321. |
Las enfermedades artríticas se presentan
principalmente en primavera y otoño. |
|
322. |
En las enfermedades melancólicas o
atrabiliarias son peligrosas las acumulaciones de humores y metástasis,
porque acarrean frecuentemente la apoplejía, las convulsiones, la ceguera y
la nisaura. |
|
323. |
De los cuarenta a los sesenta años es
cuando están los individuos más expuestos a la apoplejía. |
|
324. |
Si el omento o epiplón sale fuera del
vientre, la gangrena es inevitable. |
|
325. |
En los casos en que, a consecuencia de una
coxalgia crónica se sale de su sitio o disloca el hueso del muslo y vuelve
después a su lugar, hay acumulación de mucosidades. |
|
326. |
La luxación de la cabeza del fémur, tras
una ciática crónica, si no se aplica revulsión por fuego, ocasiona la atrofia
del miembro y la cojera. |
|
327. |
En las enfermedades agudas, el enfriamiento
de las extremidades es malo. |
|
328. |
Es mal signo que lividezca la carne que
cubre el hueso. |
|
329. |
El vómito seguido de rubicundez en los ojos
es mal síntoma. |
|
330. |
El escalofrío tras el sudor es mal síntoma. |
|
321. |
En la locura, la` disentería, la hidropesía
o el éxtasis, son buenos. |
|
332. |
En las enfermedades crónicas, la
repugnancia a los alimentos y las deyecciones heterogéneas son malas. |
|
333. |
Tras los excesos en la bebida, los
escalofríos y el delirio son síntomas muy desfavorables. |
|
334. |
Al romperse un tumor interno, no ocasiona
desmayos, vómitos y síncopes. |
|
335. |
En las hemorragias, el delirio o la
convulsión son funestos. |
|
336. |
En el íleo o cólico miserere, el vómito, el
hipo, la convulsión o el delirio son malos. |
|
337. |
Si la pleuresía cambia en perineumonía,
malo. |
|
338. |
En la neumonía, el frenesí es grave. |
|
339. |
En las fiebres ardientes y continuas, la
convulsión o el tétanos, son funestos. |
|
340. |
Tras un golpe en la cabeza, son malos
signos el delirio y el estupor. |
|
341. |
Cuando al esputo de sangre sigue esputo de
pus es malísimo síntoma. Si a la expectoración purulenta siguen las tabes y
la diarrea, malo: cuando se suprime el esputo los enfermos mueren. |
|
342. |
La expectoración purulenta tras la
sanguínea es mala pero si la sigue diarrea o tabes es peor. Suprimido el
esputo muere el enfermo. |
|
343. |
En las inflamaciones del hígado, el hipo es
mal síntoma. |
|
344. |
En el insomnio, el delirio o la convulsión
es fatal. |
|
345. |
Si se presenta erisipela después de
descarnado un hueso, malo. |
|
346. |
En la erisipela es funesta la supuración o
putrefacción. |
|
347. |
Cuando en las úlceras se sienten
pulsaciones muy vivas, si sobreviene hemorragia, el signo es fatal. |
|
348. |
En los dolores crónicos del vientre, la
supuración es mala. |
|
349. |
Las deyecciones mal trabadas anuncian la
disentería. |
|
350. |
Las heridas de los huesos producen delirio
cuando han atravesado el periostio. |
|
351. |
La convulsión que ocasiona el purgante es
mortal. |
|
352. |
Cuando hay dolores agudos en algún órgano
contenido en el vientre, el enfriamiento de las extremidades es funesto. |
|
353. |
Durante la gestación, el tenesmo ocasiona
el aborto. |
|
354. |
Cualquier hueso, cartílago o nervio
cortado, no crece ni vuelve a unirse. |
|
355. |
En la leucoflegmaria, si se presenta una
diarrea abundante, la enfermedad se resuelve. |
|
356. |
Los flujos del vientre espumosos denotan
que hay o ha habido un catarro pituitario o coriza. |
|
358. |
Cuando en las fiebres presenta la orina un
sedimento parecido al salvado, esto anuncia una enfermedad larga. |
|
359. |
Cuando hay sedimento bilioso en la orina y
ésta es por encima tenue, debe temerse una enfermedad aguda. |
|
359. |
La orina que con frecuencia cambia de
aspecto y cualidad, denota una gran perturbación interna. |
|
360. |
Cuando en la orina sobrenadan burbujas,
esto anuncia que hay enfermedad en los riñones y que será larga. |
|
361. |
La substancia grasienta que sobrenada en la
orina, es señal de afección nefrítica aguda. |
|
362. |
Cuando en las enfermedades en los riñones
aparecen, además de los síntomas expresados, dolores superficiales en los
músculos de la columna vertebral, hay que temer la formación de un absceso
externo; pero, si los dolores fueren profundos, puede muy bien el absceso
formarse en el interior. |
|
363. |
No es tan funesto el vómito de sangre sin
fiebre como cuando hay ésta. Los refrigerantes y astringentes serán el mejor
medio de curación. |
|
364. |
Las fluxiones de la parte superior del
vientre, acaban por supuración en veinte días. |
|
365. |
Si de improviso la lengua se entorpece o se
paraliza cualquier otro órgano, éste puede ser síntoma de atrabilis. |
|
366. |
Cuando después de una purgación inmoderada
sobreviene hipo a los ancianos, éste es mal síntoma. |
|
367. |
Si no es la fiebre biliosa, las afusiones
abundantes de agua caliente a la cabeza, la curan. |
|
368. |
Si, habiéndose realizado la operación del
empiema, mediando el hierro o el fuego, el pus que sale ese es puro y blanco,
no corre peligro el doliente; si fu sanguinolento, fétido y cenagoso, morirá. |
|
369. |
Abierto un absceso en el hígado, con el
hierro o con el cauterio, si el pus que sale es blanco y puro, el enfermo
sana, porque esto indica que el absceso estaba enquistado; pero si se parece
al alpechín, muere. |
|
370. |
En los dolores de los ojos, después de
administrar el vino puro y las lociones abundantes de agua tibia, la sangría
está indicada. |
|
371. |
Si sobreviene tos a un hidrópico, su estado
es desesperado. |
|
372. |
Se alivian la estranguria y la disuria con
vino puro y sangrías, siempre que se hagan en los vasos internos. |
|
373. |
La rubicundez y tumefacción en el pecho
cuando hay angina, son síntomas favorables, porque la enfermedad, en tal
caso, hace progreso hacia el exterior. |
|
374. |
Aquellos que padecen esfacelo o gangrena en
el cerebro, morirán en tres días. Pasado este plazo se salvan. |
|
375. |
Tiene su origen el estornudo en la cabeza,
por el enardecimiento del cerebro o por humedad excesiva. En tal caso, el
aire que se encuentra dentro es expelido con fuerza, y por lo estrecho de la
salida, ésta es siempre ruidosa. |
|
376. |
Aquellos que tienen el hígado y cuanto le
rodea dolorido, al presentarse calentura, se curan. |
|
377. |
Conviene sangrar (en la primavera) a
aquellos a quienes es beneficioso. |
|
378. |
Cuando entre la membrana transversal
(diafragma) y el estómago se acumula pituita y no tiene salida por una de las
dos cavidades, la enfermedad se cura, si pasa aquélla a la vejiga por las
venas. |
|
379. |
Cuando en la hidropesía hepática se vierte
el agua sobre el redaño, se llena el vientre y muere el enfermo. |
|
380. |
Calma el vino mezclado con agua la
ansiedad, la excitación y la horripilación. |
|
381. |
La agonía sucede a las grandes conmociones
cerebrales. |
|
382. |
A aquellos que tienen húmedos los tejidos
se les debe inducir a severas abstinencias pues el hambre deseca los cuerpos. |
|
383. |
Presagian una enfermedad larga los cambios
que el cuerpo experimenta, ya enfriándose estando caliente o ya pasando de
uno a otro color. |
|
384. |
Los abundantes y continuos sudores, sean
calientes o fríos, denotan un exceso de humedad; convendrá evacuarla por
arriba en los individuos fuertes y robustos y por abajo en los débiles y
enfermizos. |
|
385. |
A aquellos que padecen fiebres largas
suelen sobrevenirles tumores o dolores en las articulaciones. |
|
386. |
Los dolores articulares, o los tumores
después de fiebres largas, provienen de una nutrición excesiva. |
|
387. |
El alimento dado al que padece fiebre
cuando está en la convalecencia, lo vigoriza; pero si está aún enfermo, le
empeora. |
|
388. |
Es de toda necesidad observar si las orinas
tienen igual aspecto que en estado normal. Las que más de él se separan y
diferencian son umbrosas, y lo son menos las que se acercan al aspecto de las
ordinarias. |
|
389. |
Cuando, habiendo dejado que las deyecciones
se posen aparece en el fondo de la vasija algo así como roeduras, la
enfermedad será leve si son en pequeña cantidad, y grave si aparecen en
abundancia. En cualquiera de los dos casos conviene purgar. Pero si antes de
administrar el purgante se dan al enfermo bebidas nutritivas, esto será tanto
más perjudicial y nocivo, cuanto mayor sea la cantidad que tome. |
|
390. |
Las evacuaciones albinas crudas proceden de
la atrabilis, y cuanto más abundantes sean, más grave será la enfermedad. |
|
391. |
Cuando es oportuno promover evacuaciones,
es prudente facilitar el efecto de los medicamentos. Si han de promoverse
aquéllas por arriba, debe estreñirse el vientre, y si por abajo, humedecerse. |
|
392. |
En las fiebres continuas, si las
extremidades se enfrían y hay interiormente gran calor con sed, el signo es
mortal. |
|
393. |
La anasarca sigue a la leuco flegmasía. |
|
394. |
La diarrea suele convertirse en disentería. |
|
395. |
A la disentería sigue la lieutería. |
|
396. |
Al esfacelo sigue la exfoliación del hueso. |
|
397. |
Sigue la tisis al vómito de sangre y la
expectoración purulenta. |
|
398. |
Conviene en las enfermedades examinar las
excreciones de vientre y la orina, del mismo modo que cualquier otra del
cuerpo. Si se distancian muy poco del estado normal, la dolencia será leve,
pero si mucho, será grave y si demasiadamente, mortal. |
|
399. |
El frenesí que sobreviene, por ejemplo,
después de los cuarenta años, es casi incurable, pero no reviste en los
jóvenes tanta gravedad, por ser de su edad y constitución más propio. |
|
400. |
En las fiebres y en las demás enfermedades
nada tienen de extraño las lágrimas involuntarias; pero las voluntarias son
malísimo sistema. |
|
401. |
Aquellos en quienes ha aparecido la fiebre
cuartana, es fatal la epistaxis. |
|
402. |
Son muy peligrosos los sudores abundantes y
pasajeros que sobrevienen en los días críticos. Lo son asimismo los que caen
de la frente gota a gota, al modo de las aguas que se filtran en un manantial
y los copiosos fríos. Todos ellos provienen de violentas causas de fatiga
excesiva y de expresión diuturna y constante. |
|
403. |
Lo que los medicamentos no sanan lo cura el
hierro; lo que no cura el hierro, el fuego lo cura; lo que no sana el fuego,
debe considerarse incurable. |
|
404. |
Desde la edad de dieciocho años hasta
treinta y cinco, se presenta ordinariamente la tisis. |
|
405. |
Si en un individuo existe predisposición a
la tisis, los fenómenos que se presentan son violentísimos y mortales a
veces. Cuando la estación es favorable a la enfermedad es mayor el peligro,
como ocurre en verano con las fiebres ardientes y con la hidropesía en
invierno. En este caso la influencia de los agentes naturales es mayor y el
bazo peligra. |
|
406. |
Si la lengua no aparece ensangrentada ni
negruzca, no debe ser funesto el pronóstico, pues indica que la enfermedad no
reviste gravedad extrema. |
|
407. |
He aquí los signos que conviene observar en
las enfermedades agudas, para saber cuándo el enfermo morirá o podrá
salvarse. |
|
408. |
Signo mortal es que se halle el testículo
derecho frío y convulso. |
|
409. |
Idas uñas negras y los dedos de las manos y
de los pies fríos, contraídos o flojos indican cercana muerte. |
|
410. |
Es señal funesta tener los labios lívidos,
vueltos hacia afuera y fríos. |
|
411. |
También lo es que las orejas estén
contraídas, frías y transparentes. |
|
412. |
Cuando los ojos pierden la vista o
relampaguean en la luz, si el doliente gusta de la soledad, si duerme mucho y
tiene mucho ardor, su estado es desesperado. |
|
413. |
Y quien a nadie conoce y se halle poseído
de furioso delirio y ni oye ni entiende, su fin tiene cercano. |
|
414. |
Si a estos signos se añade la inflamación y
elevación del vientre, estarán completos los signos de una muerte próxima. |
|
415. |
Mas el final verdadero de la vida llega
cuando el calor que la retiene, situado en la región supra umbilical sube por
encima del diafragma y consume completamente toda la humedad. El pulmón
privado de ella y lo mismo el corazón por la concentración de aquél en estas
importantes vísceras, el espíritu del calor, que enlaza el todo con el todo,
exhálase en el mismo momento y luego, escapándose el alma de su cárcel
material, ya por entre los músculos, ya por los respiraderos de la cabeza,
que tanto hacen por el mantenimiento de la vida, deja por siempre el frío
simulacro humano, compuesto todavía de carne, sangre y pituita. |
IV. Pronósticos de Hipócrates
|
416. |
Es en extremo conveniente que el médico se
aplique a pronosticar con acierto. |
|
417. |
Porque, conociendo y pronosticando de los
enfermos las cosas que al presente tienen, las que padecieron antes y las que
vendrán en el curso de la enfermedad y haciendo manifiestas las que los
pacientes omiten en su relación, y creerá que comprende más cumplidamente lo
que pertenece a la dolencia, por donde tendrán los hombres más ánimo de
confiarse al médico. |
|
418. |
También dirigirá la curación con acierto si
con la atenta observación de lo que el enfermo al presente tiene, llega a
alcanzar lo que ha de padecer en adelante y cosa clara es que no es posible
curar a todos los dolientes, y en verdad que si esto se pudiese conseguir,
fuera mucho mejor que pronosticar lo venidero. |
|
419. |
Pero muérense a veces los hombres, unos
antes de llamar al médico, oprimidos de la violencia del mal; otros
aceleradamente después de haber llamado; de modo que algunos de éstos viven
un día, otros más tiempo; pero mueren antes que el médico pueda con su
pericia oponerse a cada una de las dolencias; por esto es conveniente que
éste conozca la índole de la enfermedad y procure alcanzar cuanto ésta excede
las facultades del cuerpo. Asimismo, si en semejantes dolencias se mezclase
alguna cosa divina, es menester que la advierta y tenga conocimiento de ella.
Debe también advertir cuidadosamente las diferentes enfermedades epidémicas,
y no ha de ignorar la constitución del tiempo. De este modo será buen médico
y logrará ser admirado; fuera de que meditando mucho tiempo sobre cada una de
estas cosas, podrá con más -acierto sanar a los enfermos, cuyas dolencias
sean curables; y conociendo con tiempo y pronosticando los que han de morir y
sanar, no se le echará la culpa de nada. |
|
420. |
En las enfermedades agudas, ante todas
cosas se ha de reparar en la cara del enfermo, y se ha de ver si es semejante
a la de los sanos, en especial a la que tenía el mismo paciente cuando estaba
bueno; porque ésta es la mejor de todas, y si fuese muy distante de su
natural, es muy mala. |
|
421. |
Es, pues, muy contrario al orden de la
naturaleza, quedando la nariz afilada, los ojos hundidos, las sienes caídas,
las orejas frías y arrugadas y los pulpejos de ellas vueltos al revés; el
cutis de la frente duro, tirante y árido; el color de todo el rostro pálido,
que inclina a verde o negro, amoratado o como de plomo. |
|
422. |
Si estuviese con estas señales la cara en
los principios de la enfermedad, y por otras señas no se pudiese formar
entero conocimiento de ella, es menester preguntar si es que el enfermo ha
padecido grandes desvelos o muchos cursos, o grande hambre, porque si hubiese
acontecido alguna de estas cosas, es menos malo que esté así el rostro; y
cuando se pone de este modo por estas causas manifiestas, en el espacio de un
día y una noche suele componerse; pero si no estuviese así por estos motivos,
ni pasado el tiempo sobredicho volviese a componerse, es menester entender
que es señal de muerte. |
|
423. |
Si la enfermedad hubiese ya pasado tres o
cuatro días y la cara estuviese como antes hemos dicho, es menester preguntar
lo mismo que poco ha previne, y juntamente atender las demás señales que se
observan el rostro, en todo el cuerpo y en los ojos. |
|
424. |
Conviene, pues, reparar en los ojos y ver
si es que no pueden sufrir la luz o caen lágrimas de ellos sin querer o si
están movidos violentamente hacia algún lado o si se ha hecho el uno menor
que el otro, si el blanco se ha vuelto rojo, si las venillas que hay en él se
han hecho amoratadas o negras; si es que junto a las niñas tienen inmundicia,
o se mueven con inestabilidad, o están muy abultados o muy caídos, o las uñas
están secas y sin esplendor, o si el rostro está amoratado y espantoso a la
vista, o los dientes aplomados, o mudado enteramente el color de la cara,
porque se ha de saber que todas estas cosas son malas y significativas de
mucho peligro. |
|
425. |
Conviene también observar el modo cómo se
ponen los ojos en el sueño, porque si durmiendo apareciese lo blanco de ellos
sin juntarse los párpados y no hubiese antecedido a esto alguna diarrea, o el
haber tomado medicina, o no tuviese el enfermo la costumbre de dormir de este
modo, es señal mala y muy mortal. |
|
426. |
Pero si los párpados se pusiesen
retorcidos, amoratados o pálidos y estas mismas cosas se hallasen en los
labios o en la nariz, y junto con esto concurriesen algunas otras de las
señas ya dichas, es señal que la muerte está cercana. También es indicio mortal
el que los labios estén relajados y caídos como por sí mismos y fríos y
blancos. |
|
427. |
Es conveniente que el médico halle al
enfermo echado sobre el lado derecho o sobre el izquierdo, con las manos, el
cuello y las piernas un poco encogidas, y tendido todo el cuerpo de suerte
que esté flexible, porque éste es el modo como están en la cama muchos de los
que gozan de salud; y cosa clara es que es muy bueno que los enfermos guarden
en la cama la postura que corresponde a los que están sanos. |
|
428. |
El ponerse el enfermo boca arriba con las
manos al cuello y las manos extendidas a lo largo no es tan bueno. |
|
429. |
Y si se escurriese de la cama de modo que
de la cabeza se baje el cuerpo de su propio motivo hacia los pies de ella, es
más peligroso. |
|
430. |
Asimismo, si se hallase con los pies fuera
de la ropa, sin que el calor le obligase a hacerlo y tuviese las manos, el
cuello y las piernas desparramadas con desigualdad y descubiertas, es malo,
porque significa inquietud y mucha congoja en el estómago. |
|
431. |
El dormir el enfermo con la boca siempre
abierta es señal de muerte. |
|
432. |
También lo es que durmiendo boca arriba
tenga las piernas muy encogidas o desparramadas. |
|
433. |
El echarse boca abajo el paciente, si no
acostumbra a dormir así estando sano, es señal de delirio o de dolor en las
partes del vientre. |
|
434. |
El querer el enfermo estar sentado en lo
más fuerte de su dolencia es mala señal en cualquiera enfermedad aguda; mas
en las inflamaciones de los pulmones es indicio malísimo. |
|
435. |
El rechinar los dientes en las calenturas,
si no hay costumbre de hacerlo desde la niñez, es señal de grande delirio y
de muerte; bien que es menester distinguir el peligro que trae cada una de
estas cosas; porque si rechinase los dientes el que está ya delirando, es
indicio de que la muerte está ya próxima. |
|
436. |
Débese observar cualquiera llaga que el
enfermo tenga, o la tuviese antes de la enfermedad, o se haya hecho en el
tiempo de ella; porque si el paciente ha de morir, antes se pondrá la llama
amoratada y seca, o se secará volviéndose amarilla. |
|
437. |
En cuanto al movimiento de las manos, es
menester saber, que si en las calenturas agudas, en las y inflamaciones de
los pulmones, en el frenesí, o en los dolores de cabeza, las llevan los
enfermos a la cara en ademán de coger las moscas que no hay, o como quien
levanta aristas, o quita pelillos de la ropa, o pajuelas de la pared, es muy
mala señal e indicio de morir. |
|
438. |
La respiración acelerada significa, o
dolor, o inflamación en las partes que están cerca del septo transverso; la
que es grande y tarda en hacerse, es significativa de delirio; y si fuese
fría, al salir el aire por las narices y la boca, entonces es indicio claro
de la muerte. |
|
439. |
Conviene entender que el tener la
respiración buena es de muy grande importancia para sanar de todas las
enfermedades agudas, que van juntas con calentura y se terminan dentro de
cuarenta días. |
|
440. |
En todas las enfermedades agudas son muy
buenos todos aquellos sudores, que suceden en los días críticos, y quitan del
todo la calentura. Son buenos, aunque no tanto, los que son generales en todo
el cuerpo, y hacen que el enfermo lleve con menos trabajo la dolencia; y si
nada de esto hiciesen, son inútiles; peores que todos, los otros son los
fríos, y los que sólo aparecen junto a la cabeza, a la cara y al cuello;
porque éstos, si salen en la calentura aguda, significan la muerte, y en las
demás fiebres denotan larga enfermedad. |
|
441. |
Los hipocondrios están muy buenos cuando en
ellos no hay dolor, y además de esto se hallan blandos o iguales, tanto en la
parte derecha como en la izquierda pero si estuviesen inflamados o doloridos,
o tirantes, o disconformes, de modo que el derecho diferénciese del
izquierdo, o al contrario, entonces conviene mirarlos con recelo. |
|
442. |
Si en los hipocondrios se percibiesen
pulsaciones o latidos, es señal de grande agitación o de delirio; mas
entonces es menester mirar los ojos de los que así padecen; porque si éstos
se mueven con demasiada frecuencia, se ha de esperar un delirio fuerte. |
|
443. |
Cualquier tumor duro y doloroso en los
hipocondrios es malísimo, si ocupa los deslados; pero si estuviese sólo en el
uno, entonces conviene saber que es menos peligroso en el izquierdo que en el
derecho. |
|
444. |
Si el humor de los hipocondrios apareciese
luego a los principios de la enfermedad, indica que el paciente morirá en
breve. |
|
445. |
Más si perseverase la calentura, y pasase
del día 20 sin deshacerse el tumor, es señal de que vendrá la supuración. |
|
446. |
En estos tales suele haber sangre de
narices en el primer período de la enfermedad, y los ayuda mucho; por eso
conviene entonces preguntar al enfermo si le duele la cabeza y tiene
obscuridad en los ojos; porque si hubiese estas cosas, es señal que la sangre
tira hacia arriba. |
|
447. |
Y es de advertir que la sangre de narices
en tal caso más se ha de esperar que venga en los jóvenes que todavía no han
excedido los treinta y cinco años, porque en los que son más viejos se debe
esperar la supuración. |
|
448. |
Si los tumores fuesen blandos, sin dolor, y
de tal condición que, poniendo un dedo encima de ellos, cediese al tacto, es
señal, que la terminación de la enfermedad será larga, y que no son de tanto
peligro como los antecedentes. |
|
449. |
Y si la calentura durase sesenta días, y
estos tumores no se hubiesen deshecho, es señal que irán a supuración, lo
cual no sólo ha de entenderse de los que están en los hipocondrios, sino
también en todo el vientre. |
|
450. |
En conclusión, los tumores que traen dolor,
y son duros y grandes, significan una muerte cercana; pero sí fuesen blandos
sin dolor, y que ceden al tacto, son más largos. |
|
451. |
Los tumores que están en el vientre son
menos expuestos a la supuración que los de los hipocondrios; pero los que se
hacen más abajo del ombligo todavía son menos dispuestos a supurar que todos
los otros. |
|
452. |
La sangre de narices en tales casos
principalmente se ha de esperar que salga cuando padecen las partes
superiores. |
|
453. |
Importa mucho advertir las supuraciones de
los tumores, que largo tiempo se mantienen en las partes sobredichas. |
|
454. |
Lo que hay que considerar en ellas es esto.
Siempre que la materia inclina a la parte de afuera son muy buenas, y lo son
también cuando la materia es poca, y en gran manera se levantan y forman
punta; pero si la materia fuese mucha y el tumor ancho, y no se levantasen en
punta, entonces la supuración es muy mala. |
|
455. |
Los tumores que tienen materia y se rompen
dentro son muy buenos, con tal que no tengan comunicación ninguna con las
partes exteriores, y al mismo tiempo sean reducidos y sin dolor, y toda la
región exterior esté de un mismo color. |
|
456. |
El podre, para ser de la mejor condición,
es menester que sea blanco, igual y liso, y de muy poco hedor; y el que
tuviese las circunstancias contrarias a éstas es muy malo. |
|
457. |
Cualesquiera hidropesías que vengan de
enfermedades agudas son malas, porque además de quitar la calentura traen
dolores y también la muerte. Las más de ellas empiezan en los vacíos y los
lomos y algunas vienen del hígado. |
|
458. |
Cuando las hidropesías nacen de los vacíos
y de los lomos, los pies se hinchan y se mueven unos cursos que duran mucho
tiempo y no quitan el dolor que hay en las partes sobredichas ni ablandan el
vientre. |
|
459. |
Más si las hidropesías nacen del hígado,
tienen los enfermos tos y mucha gana de toser y es poca cosa lo que arrancan,
y también se les hinchan las piernas, y lo que arrojan por el ano es duro y
lo arrojan con trabajo; y además de todo esto, se les hacen hinchazones en el
vientre, unas veces en la parte derecha, otras en la siniestra, las cuales ya
son permanentes, ya se desvanecen. |
|
460. |
Si la cabeza, las manos y los pies se
pusiesen fríos estando el vientre y los lados calientes, es malo. |
|
461. |
Así es muy bueno que todo el cuerpo esté
caliente, o igualmente blando. |
|
462. |
Es conveniente que los enfermos se vuelvan
de una parte a otra de la cama con facilidad y estén ligeros para levantarse. |
|
463. |
Pero si todo el cuerpo estuviese pesado y
también las manos y los pies, es más peligroso. |
|
464. |
Y si además de la pesadez del cuerpo las
uñas también y los dedos se pusiesen amoratados, débese temer una muerte
cercana. |
|
465. |
Si los dedos y los pies del todo se ponen
negros, es menos malo que si se ponen amoratados. En este caso conviene
considerar las demás señales que se observan en el enfermo, porque si se ve
que lleva la enfermedad con tolerancia, y, por otra parte, aparece alguna de
las señas significativas de salud, se debe esperar que la enfermedad
terminará en absceso, y que así el enfermo ha de llegar a convalecer de su
mal, y las partes que se hicieron negras vendrán a caer. |
|
466. |
Si los testes y las partes pudendas se
contraen con efecto espasmódico esto significa dolores fuertes y peligro do
morir. |
|
467. |
El sueno es conveniente le tenga el enfermo
según lo natural y la costumbre de cuando estaba sano, de modo que de día
esté despierto y duerma de noche; pero si no lo hiciese así, es malo; bien
que no lo es el que duerma desde el amanecer hasta la tercera parte del día;
mas en las otras horas del día es peor. |
|
468. |
Lo que se ha de tener por cosa muy mala es
que el enfermo no pueda dormir ni de día ni de no- che, porque este desvelo
dimana o de dolor o de trabajo grande que el paciente tiene, o es
significativo de perturbación de la mente. |
|
469. |
La evacuación del vientre, de mejor
condición es aquella en que el excremento está trabado y blando y se echa en
el tiempo que solía el enfermo arrojarlo cuando estaba sano. La cantidad o la
multitud de él ha de ser correspondiente a lo que se ha tomado, porque
saliendo de este modo es señal que el vientre está sano. |
|
470. |
Mas si lo que arroja por el vientre fuese
líquido, conviene entonces que al tiempo de arrojarlo no haya rechinamiento
ni el enfermo ha de levantarse a menudo y hacer poco cada vez, porque siendo
así trabajado el hombre por la frecuencia de ir a hacer los cursos no podrá
dormir, y si éstos fuesen en muy grande cantidad y se levantase muchas veces
a hacerlos, hay peligro de que se desmaye. |
|
471. |
Conviene, pues, exonerar el vientre dos o
tres veces en el día y una por la noche, según la cantidad de lo que el
enfermo hubiese tomado, y la mayor copia echarla por la mañana, como es
costumbre hacerlo naturalmente. |
|
472. |
Y cuando la enfermedad se acerca a la
crisis, es conveniente que la evacuación del vientre se vuelva más grasa de
lo que antes era. |
|
473. |
Conviene también que entonces el excremento
sea de un color moderadamente rojo y que no hieda mucho. |
|
474. |
Es conveniente que las lombrices largas y
redondeadas salgan junto con los excrementos, cuando ya la enfermedad va a
hacer la crisis. |
|
475. |
Es conveniente que el vientre, en
cualquiera enfermedad, esté flexible, y sea de una buena magnitud. |
|
476. |
Los cursos muy aguanosos o blancos o
pálidos, con verdor o muy rojos, o espumosos, todos son malos. |
|
477. |
También son malos cuando lo que se arroja
es poco, pegajoso, blanco y algo pálido tirante a verde y de superficie lisa. |
|
478. |
Todavía son peores que los sobredichos los
cursos negros, los que se parecen a la gordura, los amoratados, los que son
verdes como el cardenillo y los que hieden mucho. |
|
479. |
Mas si fuesen varios los humores que se
arrojan, entonces los cursos duran más largo tiempo; pero no por eso dejan de
ser mortales. De esta, condición son los que se parecen a las raeduras, los
coléricos, ensangrentados, los de color de puerro, y los negros, los cuales
salen unas veces todos juntos, otras cada uno separadamente. |
|
480. |
El despedir el flato sin ruido es muy buena
señal, y siempre es más conveniente el que salga, aunque sea con sonido, que
el que se vuelva hacia arriba; bien que el echarlo con estrépito significa
que el hombre tiene alguna molestia o que delira, salvo si de propósito y con
industria lo hiciere. |
|
481. |
Los tumores y dolores que vienen de los
hipocondrios, si son recientes y no van con inflamación, se quitan,
excitándose cierto murmullo en el hipocondrio, mayormente si lo que excita el
murmullo saliese con el excremento, con la orina o con el flato; mas si con
todo esto no se echase fuera del cuerpo, será entonces inútil el que el ruido
se sienta en las partes inferiores del vientre. |
|
482. |
La orina es de la mejor condición, cuando
el poso de ella está en el fondo, y es blanco, liso e igual por toda la
enfermedad hasta que ésta haya hecho crisis, porque de este modo da muestras
de ser la dolencia segura y breve; mas si no guardase un mismo tenor, de
suerte que unas veces saliese líquida y otras tuviese el poso blanco y liso,
entonces es señal de que la enfermedad será más larga y no tan segura. |
|
483. |
Si la orina fuese algo rosa y el poso que
hay en ella fuere también un poco rojo y liso, significa la dolencia aun más
larga que la antecedente, pero más segura. |
|
484. |
Si el poso de la orina se parece a la
harina gruesa o poco molida, es malo; todavía es peor cuando es semejante a
las escamas. Si fuese delgado y blanco, es muy vicioso; bien lo es más aún el
que se parece al salvado. |
|
485. |
Las nubecillas que se mezclan con la orina,
si son blancas se han de tener por buenas, mas si son negras son malas. |
|
486. |
Mientras la orina fuese del color de la
llama y delgada, significa que la enfermedad está cruda. |
|
487. |
Mas si la enfermedad fuese larga y la orina
estuviese roja y tenue, hay peligro de que no pueda el enfermo subsistir
hasta que la orina tenga cocción. |
|
488. |
Más mortales que las que acabamos de
proponer son las orinas que echan mal olor, las aguanosas, las negras y las
gruesas. |
|
489. |
Las orinas negras en los varones y en las
mujeres son muy malas. En los niños lo son igualmente las aguanosas. |
|
490. |
En los que echan la orina delgada y cruda
por mucho tiempo, si las demás señales son como de quien ha de superar la
enfermedad, debe esperarse que saldrán abscesos en las partes que están más
abajo del sexto transverso. |
|
491. |
La gordura que nada sobre la orina y es
semejante a la tela de las arañas, no es de alabar, porque es indicio de
derretimiento. |
|
492. |
Conviene reparar en las orinas si es que
las nubecillas están en lo alto de ellas o en el fondo y qué colores son los
que éstas tienen, porque las que se hallan abajo con el color que hemos dicho
son buenas y laudables; mas las que están en lo alto con los colores ya
explicados, son malas y no merecen ser aprobadas. |
|
493. |
Cuide el médico de no engañarse en estas
cosas cuando hay alguna enfermedad en la vejiga que sea causa de tales
orinas, porque entonces éstas no demuestran el estado de todo el cuerpo, sino
de ella sola. |
|
494. |
El vómito es muy bueno cuando se arrojan
con él la pituita y la cólera muy mezcladas, y al mismo tiempo si son estos
humores muy gruesos ni en grande copia; pero si se echan puros, de modo que
no haya mezcla de unos y otros, entonces son peores. |
|
495. |
Y si lo que se vomita fuese de color de
puerro, o amoratado, o negro, es malo, porque cualquiera de estos colores lo
es. |
|
496. |
Más si a un mismo tiempo el paciente echase
cosas donde se hallasen todos estos colores, es indicio muy mortal. |
|
497. |
El vómito de humor amoratado, si hiede
mucho, significa una muerte acelerada. |
|
498. |
En cualesquiera vómitos, el echar humores
corrompidos y que despidan hedor, es malo. |
|
499. |
El esputo en todos los dolores que ocupan
los pulmones y costados conviene que se arroje presto y con facilidad. |
|
500. |
Conviene también que lo amarillo esté
íntimamente mezclado con el mismo esputo. |
|
501. |
Y si mucho tiempo después de haber
comenzado el dolor se echa el esputo amarillo, rojo, o de manera que sea
menester toser mucho para arrojarlo y no estuviese bien mezclado, es peor. |
|
502. |
El esputo amarillo que no lleva mezcla
ninguna, es peligroso; el blanco pegajoso y redondo, es pernicioso. |
|
503. |
También es malo el esputo en que los
colores pálido y verde andan juntos y están muy vivos, y el espumoso. |
|
504. |
Mas si el esputo fuese de sólo un humor,
sin mezcla de ninguno otro, de modo que aparezca negro, es de peor condición
que los sobredichos. También es malo que los pulmones nada purguen ni arrojen
de sí, sino que se hallen llenos con hervidero en la garganta. |
|
505. |
Si el romadizo y los estornudos anteceden a
la enfermedad de los pulmones, es malo, como lo es también el que sucedan en
el tiempo de ella. Pero en otras enfermedades de suyo perniciosísimas los
estornudos son provechosos. |
|
506. |
Si el esputo en las pulmonías fuese
amarillo y mezclado con un poco de sangre, y se arrojase a los principios, es
muy útil; pero si saliese después del séptimo día, o más tarde, ya no es tan
seguro. |
|
507. |
En conclusión, todos los esputos que no
alivian el dolor son malos. Los de color negro son los peores, como ya se ha
dicho; mas cuando el dolor se mitiga con la expulsión de ellos, indica que
son los mejores. |
|
508. |
Cualesquiera dolores que haya en el pecho y
pulmones, si no se mitigan, o con el esputo, o con descargarse el vientre, o
con las sangrías, o con la dieta, o con las medicinas, se debe saber que van
a supuración. |
|
509. |
En las supuraciones, siempre que se echa el
podre estando el esputo bilioso es muy mortal, ya sea que el podre salga
solo, o que él y la bilis se arrojen juntos. |
|
510. |
Esto mayormente sucede si el podre empezase
a salir después de este esputo, siendo la enfermedad de siete días. |
|
511. |
Y si el enfermo a quien esto sucede no
tuviese alguna favorable, se ha de temer que muera el día catorce. |
|
512. |
Las señales que en tales enfermos se han de
tener por buenas son éstas: el llevar la enfermedad sin grande decaimiento,
el tener la respiración bueno, el no haber dolor, el arrojar con facilidad el
esputo, el estar el cuerpo por todo él igualmente cálido y suave, el no haber
sed y el que sean las orinas, la cámara, el sueño y los sudores como antes
hemos escrito, de modo que conozcamos, que todas estas cosas aparecen buenas,
porque siendo todas ellas así no perecerá el enfermo. |
|
513. |
Mas si algunas de las señales arriba dichas
fuesen buenas y otras no, está el hombre expuesto a morir sin pasar de los
catorce días. |
|
514. |
Si las señales que en el enfermo se
observan fuesen contrarias a las que acabamos de proponer, con malas; así que
el llevar la enfermedad con poca tolerancia, el estar la respiración grande y
frecuente, el haber siempre dolor, el arrojar el esputo con trabajo, el haber
mucha sed, el estar el cuerpo calenturiento con desigualdad y el tener la
frente, las manos y los pies fríos, estando muy calientes el vientre y los
lados; y si las orinas, la cámara, el sueño y los sudores fuesen como lo
hemos dicho antes, se debe entender que todas estas cosas son muy raras. |
|
515. |
Si estas cosas que acabamos de proponer van
juntas en el esputo, es cierta la muerte en el día noveno o en el undécimo y
no llegará al día catorce. |
|
516. |
De este modo conviene hacer las conjeturas
del esputo, que de suyo es muy mortal, y no deja llegar al enfermo al día
catorce; y discurriendo sobre las malas y buenas señales que sobrevienen, por
ellas conviene hacer el pronóstico, porque de esta manera llegará a ser muy
verdadero. |
|
517. |
Otras expulsiones de podre hay que se
hacen, las más veces en veinte días, algunas en treinta, otras en cuarenta y
otras, finalmente, llegan a los sesenta. |
|
518. |
Conviene, pues, advertir cuándo comienza a
hacerse la supuración, aplicando el discurso a esto el primer día que el
enfermo tuvo calentura y reparando cuándo empezó a sentir calofríos, y a
decir que en la parte ofendida ya no sentía dolor, sino en su lugar un peso
que le agrava, porque éstas son las cosas que suceden cuando la materia
empieza a hacerse. Así que del tiempo en que estas cosas sucedieron se debe
tomar fundamento para esperar que ha de romperse el tumor en los tiempos
señalados. |
|
519. |
Y si el absceso estuviese en un lado
solamente, entonces conviene que el enfermo mude de postura, y se ha de notar
si tiene, dolor en algún costado o una parte del pecho la tiene más caliente
que la otra. Además de esto, cuando esté sobre el lado sano, es menester
preguntarle, si es que siente como que le cae de arriba una cosa pesada
encima, porque si fuese así, se ha de entender que la materia está en el lado
donde se tiene el peso. |
|
520. |
Todas las supuraciones se conocerán con
estas señales. Ante todas las cosas, conducirá a este conocimiento el
observar si la calentura es continua, sin dejarle jamás al enfermo, con la
circunstancia de ser ligera y tenue de día y algo más fuerte de noche; además
de esto vienen muy copiosos sudores; los pacientes tienen gana e incitamiento
de toses, mas no arrancan cosa digna de consideración; los ojos se les ponen
hondos, las mejillas coloradas, las uñas corvas, las yemas de los dedos
calientes, los pies se hinchan, el apetito les falta, y les salen postillas
por todo el cuerpo. |
|
521. |
Las señales que acabamos de proponer sirven
para conocer las supuraciones que duran largo tiempo y son muy dignas de
crédito; pero las que son recientes y de corta duración, se conocen
advirtiendo alguna cosa de aquellas que acompañan a los principios de la
formación de la materia y juntamente si el enfermo estuviese mayor dificultad
en la respiración. |
|
522. |
Si los tumores con podre han de romperse
más pronto o más tarde, conviene conocerlo con estos indicios. Si el enfermo
desde los principios tuviese dolor y dificultad en la respiración con tos y
perseverase el esputo, es menester esperar, que el tumor se abrirá el día
veinte y aun antes; mas si el dolor fuese más tolerable y todas las demás
cosas regulares, entonces se alargará la abertura más allá de los veinte
días; bien que antes de salir el podre es menester que haya dolor, dificultad
de respirar y esputos. |
|
523. |
Entre estos tales se librarán en especial
aquellos que quedaron sin calentura el mismo día en que se abrió el tumor;
los que, desde luego, tienen gana de comer y no tienen sed y el vientre hace
excrementos en poca cantidad y atado y el podre es blanco, liso y de sólo un
color de modo que salga sin mezcla de pituita, sin dolor y sin tos muy
fuerte, porque así se libran presto y bien, y si no hubiese todo esto se
libran los que más se acercan a estas señales. |
|
524. |
Mueren de los que padecen estas cosas
aquellos a quienes no deja la calentura, o dado que ésta parezca haber
faltado, vuelven a encenderse de nuevo, y además de esto tienen sed; desgana
de comer, cursos y echasen la materia entre verde y amarilla o amoratada o
con pituita o con espuma, debiéndose advertir que si todas estas cosas
concurren, mueren fijamente; mas si de estas señales tuviese presentes
algunas y faltasen otra, entonces unos mueren; otro después de largo tiempo
se recobran. Por donde el médico, del conjunto de todos los indicios, así en
estas cosas como en todas las demás, ha de sacar sus conjeturas. |
|
525. |
Si a los enfermos que padecen enfermedades
de los pulmones, les salen tumores cerca de los oídos y se supuran a las
partes inferiores del cuerpo, induciendo allí fístulas, se libran de la
enfermedad. |
|
526. |
Más esto conviene considerarlo de esta
manera. Si la calentura permanece y el dolor no cesa, ni el esputo se arroja
según corresponde ni hay cursos biliosos que sean líquidos y sin mezcla de
ningún humor ni sale la orina en mucha cantidad ni gruesa ni con mucho poso y
al mismo tiempo se ve que el enfermo se dispone a curar por otras señales que
en él se observan saludables, entonces conviene esperar que saldrán los
sobredichos abscesos. |
|
527. |
Se conoce que saldrán los abscesos en las
partes inferiores, cuando los enfermos tuviesen los hipocondrios con
inflamación; por el contrario, si los hipocondrios estuviesen blandos y sin
dolor y el paciente que antes tenía dificultad en la respiración sin causa
ninguna manifiesta se hallase libre de ella, es señal que el tumor saldrá en
las partes superiores. |
|
528. |
En conclusión, todos los abscesos que salen
en las piernas en las pulmonías vehementes y peligrosas, son útiles; mas los
mejores de todos son los que se hacen cuando ya el esputo ha hecho mudanza,
porque si el tumor y el dolor vienen después que el esputo que antes era
amarillo, se vuelve semejante al podre y se echa fuera, certísimamente se
librará el enfermo, y el absceso con muchísima brevedad cesará sin dejar
dolor; mas si el esputo no saliese bien ni en la orina hubiese poso laudable,
hay peligro de que la articulación se descomponga de modo que induzca a
cojera o tendrá mucho que padecer el enfermo. |
|
529. |
Y si estos abscesos de repente se ocultan y
retroceden a las partes internas, sin haber esputos y sin dejar la calentura,
es malo, porque hay peligro de que el enfermo delire y se muera. |
|
530. |
De las supuraciones que se hacen por
enfermedad de los pulmones, mueren por lo común los más viejos; más de las
que se hacen en otras partes, perecen mayormente los más jóvenes. |
|
531. |
Los dolores de los lomos y de las partes
inferiores del cuerpo con calentura, si subiesen al septo transverso, dejando
los lugares que ocupaban abajo, son muy fatales; mas entonces conviene
reparar las demás señales que concurren, porque si alguna de ellas fuese
perniciosa, no hay esperanza de que el enfermo cure; y si estando ya la
enfermedad cerca del diafragma, las otras señales no fuesen malas, en tal
caso se debe en gran manera temer que el enfermo se vuelva empiemático. |
|
532. |
Si en los empiemáticos, cuando se abren,
sale la materia pura, blanca, y sin mal olor, es señal de librarse; mas si
saliese el podre ensangrentado y a manera de cieno, se mueren. |
|
533. |
Si la vejiga de la orina está dura y duele,
es cosa muy mala y mortal, y es en sumo grado perniciosa cuando esto ancla
junto con calentura continua; porque los dolores de esta parte bastan a
quitar la vida, y el vientre en tales casos no echa sino excremento duro y
con gran dificultad. |
|
534. |
Mas esta enfermedad de la vejiga se quita,
si sale la orina que lleva podre, y juntamente hay en ella poso blanco y
liso. |
|
535. |
Mas si con la orina no disminuye el dolor,
ni se ablandase la vejiga, perseverando la calentura continua, se debe temer
que el paciente muera en los primeros períodos de su enfermedad. |
|
536. |
Este modo de mal en especial acomete a los
muchachos, desde los siete hasta los catorce años. |
|
537. |
Las calenturas llegan a su término en el
mismo número de días en que los enfermos se libran de ellas, o se mueren. |
|
538. |
Así que las calenturas de buena índole, y
que andan acompañadas de señales segurísimas, en cuatro días, y aun antes,
suelen fenecer; pero las que son malignas y van con señas muy malas, quitan
la vida en el espacio de cuatro días, y a veces antes. |
|
539. |
El primer ímpetu de las calenturas, así
fenece, como acabamos de proponer: el segundo se alarga hasta el séptimo, el
tercero hasta el undécimo, el cuarto hasta el catorce, el quinto hasta el
diecisiete, el sexto hasta el veinte; y de este modo los ímpetus de las
enfermedades más agudas, por adiciones hechas de cuatro en cuatro, llegan a
terminar el día vigésimo. |
|
540. |
A la verdad, estas numeraciones no piden
hacerse de días enteros con toda exactitud, porque ni el año, ni los meses se
suelen contar con días cumplidos. |
|
541. |
Después de este término, procediendo con
las adiciones del mismo modo, el primer período es de treinta y cuatro días,
el segundo de cuarenta y el tercero se concluye a los sesenta. |
|
542. |
Mas cuando comienzan las enfermedades es
más difícil conocer las que han de tardar mucho tiempo en terminarse, porque
en los principios todas ellas se parecen muchísimo. Por esto desde el primer
día es menester poner cuidado, y cada cuatro que se van añadiendo, considerar
lo que sucede, y de este modo se les cubrirá el fin que ha de tener la
dolencia. |
|
543. |
Hasta en la cuartana se guarda este orden,
y constitución de tiempos. |
|
544. |
Cuando las enfermedades hayan de terminarse
en corto espacio de tiempo, se conoce con mucha facilidad, puesto que desde
los principios diferencian una de otras entro sí, en gran manera. Así los que
han de sanar tienen la respiración bueno, no padecen dolor ninguno, duermen
de noche, y todas las demás señas son muy seguras; por el contrario, los que
han de morir, respiran con dificultad, tienen delirio, desvelo y las demás
señales malísimas. |
|
545. |
Sucediendo así como hemos dicho las cosas,
se han de hacer las conjeturas en las enfermedades que van a terminarse,
según el tiempo, y las adiciones propuestas. |
|
546. |
Del mismo modo suceden a las mujeres las
terminaciones después del parto. |
|
547. |
El haber dolores de cabeza fuertes y
continuos con calentura, si sobreviene alguna señal de las mortales, es muy
malo. Mas si el dolor de cabeza pasase de veinte días durando la calentura, y
sin haber otras señales malas, es menester sospechar que vendrá, o sangre de
narices, o alguna supuración, en especial si el dolor estuviese junto a las
sienes y la frente. |
|
548. |
Y es de advertir que la sangre de narices
en tal caso se debe esperar que venga en los enfermos menores de treinta y
cinco años, porque en los que son viejos se ha de temer la supuración. |
|
549. |
El dolor de oído agudo con calentura
continua y fuerte, es malo, porque trae peligro de delirio, y aun de muerte;
mas como en esto se puede padecer equivocación, desde luego es menester poner
cuidado en todas las demás señales que concurren desde el primer día. |
|
550. |
Los que mueren de esta enfermedad, si son
jóvenes, les sucede en el día siete, y, a veces, antes; si son viejos, es
mucho más tarde, porque a éstos no les viene tan fácilmente la calentura y el
delirio, y por esto se les hace supuración en los oídos; y es de admitir que
en esta edad las recaídas que les vienen quitan la vida a muchos; mas los
jóvenes mueren antes de hacerse materia en los oídos; pero si saliese de
ellos podre blanco y alguna otra señal acompañase, se puede esperar en los
jóvenes el restablecimiento. |
|
551. |
El hacerse llagas en la garganta cuando hay
calentura es indicio de enfermedad trabajosa; y si a esto se juntase alguna
otra señal de aquellas que ya hemos mostrado ser malas, significa que el
enfermo está en peligro. |
|
552. |
Los garrotillos, en que nada se descubre
del mal en la garganta ni en el cuello, y, por otra parte, traen gran dolor y
falta de respiración, de modo que el enfermo no puede alentar sino estando
sentado y con la cabeza levantada, son peligrosísimos y matan
aceleradísimamente, porque a veces, en el primer día, en el segundo, tercero
o cuarto, quitan la vida. |
|
553. |
Los que vienen con el mismo dolor que los
antecedentes, pero manifiestan elevación, o rubicundez en la garganta,
también son muy mortales; pero son demás larga duración con tal que sea
grande la rubicundez que se observa. |
|
554. |
Mas los garrotillos en que a un mismo
tiempo están encendidas con rubicundez la garganta y el cuello, son más
largos, y mayormente se libran aquéllos en quienes la cerviz y el pecho se
ponen colorados y no se mete dentro del cuerpo la erisipela. |
|
555. |
Y si en los días críticos no se
desvaneciese la erisipela, ni el tumor saliese a las partes exteriores, ni el
enfermo arrojase podre por esputo, y sin embargo de todo esto pareciese
pasarlo con suavidad y sin dolor, es señal de morirse o de mudarse la rubicundez. |
|
556. |
Lo más seguro en tales casos es que el
tumor y rubicundez salgan en grande manera a la parte de afuera; pero si se
van a los pulmones causarán delirio, y la mayor parte de aquellos a quien
esto sucede hacen empiemáticos. |
|
557. |
El cortar o sajar la campanilla es cosa que
trae peligro cuando está abultada y encendida, porque se hace allí
inflamación y se siguen flujos de sangre. Así que conviene entonces
adelgazarla con otros socorros. Mas cuando se hubiese quitado de ella lo que
llaman uval y la punta de la campanilla se hubiese hecho mayor y redonda y la
base o parte superior estuviese más tenue, entonces ya es seguro hacer
operación manual; bien que será mejor ejecutarlo evacuando antes el vientre,
si el tiempo diese lugar y el enfermo no se estuviese sofocando. |
|
558. |
Los enfermos que les falta la calentura,
sin anteceder las competentes señas de terminación, o en los días que no sean
críticos, es de temer vuelvan a recaer en la enfermedad. |
|
559. |
En las calenturas que se alargan mucho,
estando los enfermos con señas saludables y sin tener dolor alguno que nazca
de inflamación, o de otra cualquiera causa manifiesta, se hacen abscesos con
tumor y dolor en las coyunturas, en especial en las que están en las partes
inferiores del cuerpo. |
|
560. |
Los abscesos que acabamos de proponer, se
hacen con mayor facilidad y en más breve tiempo en los jóvenes menores de
treinta años. |
|
561. |
Y si la calentura pasase de los veinte
días, al punto se ha de poner la consideración en la salida de semejantes
abscesos. |
|
562. |
Débese advertir que esta suerte de abscesos
se observan menos en los viejos, aunque la calentura sea más larga. |
|
563. |
Débese también advertir que se ha de
esperar que salgan tales abscesos cuando la calentura sea continua, porque si
se hiciese intermitente y errática, es decir, sin orden ni tiempo fijo en los
crecimientos y estuviese cerca el otoño, entonces vendrá a parar en
cuartanas. |
|
564. |
Al modo que los abscesos suelen hacerse en
los menores de treinta años, así las cuartanas mayormente suceden a los que
ya han cumplido esa edad y a los que son aún más viejos. |
|
565. |
En conclusión, conviene saber que el
invierno es el tiempo en que más se hacen los abscesos, tardan más en
quitarse y retroceden menos. |
|
566. |
Si un enfermo en una calentura que de suyo
no sea mortal, dijese que le duele la cabeza, y que se le pone como cierta
obscuridad delante de los ojos y que siente irritación como si le mordiesen
en la boca del estómago, es señal que tendrá vómito de, cóleras; y si a todo
esto se le añadiese venirle calofríos, y tuviese frías las partes que están
debajo de los hipocondrios, significa que el vómito está cercano; y si
entonces bebiese o comiese algo, vomitará al momento, |
|
567. |
En los enfermos que tienen el dolor de
cabeza de que hemos hablado antes, se ha de notar que sí el dolor empieza el
primer día, en el cuarto padecen muchísimo, y también en el quinto; pero
quedan libres en el séptimo. Muchos de éstos empiezan a tener el dolor en el
día tercero, y son muy molestados de él en el quinto, y se libran en el
noveno o en el undécimo; pero si el dolor comienza en el día quinto, y las
demás cosas les sucediese según el orden antecedente, se terminará la
enfermedad en el día catorce. |
|
568. |
Más todas estas cosas acontecen a las
mujeres, y también a los varones en especial en las tercianas. A los que son
más jóvenes también les sucede en estas calenturas; pero mucho más en las que
son muy continuas, y en las tercianas exquisitas. |
|
569. |
Y si en semejantes calenturas que vienen
con el dolor de cabeza que hemos dicho, en lugar de ponerse obscuridad
delante de los ojos, se pusiesen éstos embotados o se les presentasen delante
como ciertos esplendores, y en lugar del mordimiento de la boca del estómago
se observase en los hipocondrios alguna tirantez, ya fuese en la parte
derecha, ya en la siniestra, entonces en lugar de vómito se ha de esperar
sangre de narices; con la advertencia que esto principalmente se ha de creer
que suceda en los jóvenes; mas en los que, ya tuviesen treinta años o más de
edad, no vendrá tanto la sangre de narices, antes bien son de esperar en
ellos los vómitos. |
|
570. |
A los muchachos les vienen convulsiones
cuando, siendo la calentura aguda, el vientre no purga y están desvelados,
tienen espantos y lloran y se les muda el color, y se les hace pálido con
mezcla de verde, o amoratado o encendido. Estas cosas suceden prontísima
mente a los niños, desde que nacen hasta los siete años. Los que ya son más
crecidos y los que están en la edad varonil no tienen convulsiones en las
calenturas, salvo si se les agregase alguna de las señales vehementísimas y
muy malas, como sucede en los frenéticos. |
|
571. |
Así los niños, como los demás que hayan de
morir o sanar de las enfermedades, es menester conocerlo por todas las señas,
en el modo que en cada una de las dolencias las hemos puesto cada una de por
sí con especificación. |
|
572. |
Y esto que digo ha de entenderse de las
enfermedades agudas y de los males que nacen de ellas. |
|
573. |
Así que conviene que el que ha de
pronosticar la salud o muerte en los enfermos y prevenir cuándo la enfermedad
ha de durar muchos o pocos días, después de haber aprendido las señales y
combinado con el raciocinio la fuerza de cada una de ellas, las separe, como
queda escrito, entre sí, como las orinas, los esputos y las demás, como
cuando juntamente el enfermo echa podre y cólera. |
|
574. |
Conviene también contemplar siempre la
fuerza de las enfermedades que son epidémicas, y descubrir cuál sea la
constitución del tiempo. |
|
575. |
Es asimismo importante tener buen
conocimiento de las señales que dan conjeturas ciertas, y de las demás
también; y sobre todo se ha de tener presente que en todos los años y en
todos los tiempos, cualesquiera que ellos sean, las malas señales significan
cosas peligrosas, y las buenas muestran cosas favorables. |
|
576. |
Y debe tenerse por cierto que las señales
que hemos propuesto son ciertas en los enfermos de la Libia, de Delos y de la
Seitia. |
|
577. |
Conviene, pues, entender que en semejantes
regiones no es difícil alcance la mayor parte de las señales, el que
entendiéndolas, sepa juzgar y razonar con acierto. |
|
578. |
Ni hay que desear enfermedad alguna
conocida por su propio nombre de quien aquí no hayamos escrito; porque
cualesquiera que sean, que hagan crisis en los tiempos sobredichos, se podrán
conocer con las señales propuestas. |
V. Casos clínicos
Tomados del Tratado de las Epidemia
Enfermo primero
Filisco, que vivía junto a la muralla, se puso en
cama. El primer día tuvo calentura aguda, sudó en ella, y la noche fue
trabajosa. El día segundo crecieron estos males; pero por la tarde, después de
una lavativa que recibió, lo pasó bien, y la noche fue quieta. El día tercero
por la mañana, y hasta el mediodía, parecía estar sin calentura; pero después
del mediodía tuvo calentura aguda con sudor y sed, la lengua se puso seca, echó
la orina negra, la noche fue molesta, no durmió, deliró mucho. El día cuarto
todos estos males se aumentaron, echó las orinas negras, la noche fue más
apacible, y en ella las orinas salieron de mejor color. El día quinto, cerca
del mediodía, echó por las narices unas gotitas de sangre pura: en ese día
fueron las orinas varias, y en ellas había como una nubecilla poco unida, que
no estaba en el fondo, sino en la parte superior, y era semejante al esperma.
Habiéndosele echado una cala, arrojó poco excremento con flato; la noche fue
trabajosa, los sueños cortos: hablaba, deliraba, y las extremidades por todas
partes las tenía frías, que nunca podían volver en calor; hizo la orina negra,
durmió un poquito, y al hacerse de día perdió el habla, cubrióse de sudor frío,
los extremos del cuerpo se pusieron amoratados. El día sexto, cerca del
mediodía, murió. Este enfermo desde el principio tuvo dificultad de respirar,
de modo que su respiración era rara, y grande, y como de quien solloza; el bazo
le tenía levantado, formando una elevación redonda, y los sudores fueron fríos
hasta el fin. Los crecimientos los tuvo en los días pares.
Enfermo segundo
Sileno, que vivía cerca de Platamon, junto a las
casas de Evalcides, después de grandes trabajos, desórdenes en beber y
ejercicios inmoderados, fue acometido de una vehementísima calentura: sintió a
los principios incomodidad hacia los lomos, y juntamente peso en la cabeza, con
dolor tirante en la cerviz. El día primero echó por el vientre muchos humores
coléricos, sin mezcla ninguna, espumosos, y muy encendidos: las orinas fueron
negras, y la nubecilla y ellas también lo era. Tenía mucha sed, con lengua seca,
y en la noche no durmió nada. El día segundo la calentura era aguda, los cursos
muchos, y el humor que en ellos arrojaba, tenue y espumoso: las orinas negras,
la noche inquieta y pesada, con un poco de delirio. Al día tercero se agravaron
todas estas cosas, y los hipocondrios, hacia el ombligo, se pusieron tirantes,
aunque con blandura; los cursos eran de humor tenue que tiraba a negro; las
orinas turbias y negras; la noche la pasó sin dormir; habló mucho con grandes
risas y canciones, de modo que no podía contenerse. En el día cuarto
continuaron así todas estas cosas. En el quinto echó por el vientre humores
biliosos, sin mezcla de otros, tenues y pingues; las orinas fueron delgadas y
transparentes, y volvió un poco sobre sí. En el día sexto tuvo un poco de sudor
de la cabeza; las extremidades del cuerpo se le pusieron frías y amoratadas;
estuvo sumamente inquieto, y en todo el día no hizo curso ninguno, y la orina
se detuvo, la calentura era aguda. El día séptimo se le quitó el habla; las
extremidades del cuerpo no podían volver en calor y no echó orina ninguna. El
día octavo tuvo sudor frío por todo el cuerpo, y al cutis le salieron postillas
rojas, redondas, pequeñas, semejantes a los barros, las cuales permanecían y no
hacían elevación: ese día el vientre estuvo un poco conmovido, y por él
salieron muchos excrementos tenues que parecían crudos y con gran trabajo: la
orina era picante, con dolor; las extremidades del cuerpo volvieron un poco en
calor; dormía poco, y más era sopor que sueño; faltóle la voz, y las orinas
eran delgadas y transparentes. En el día noveno no hubo novedad. En el décimo
no podía beber, tenía modorra, los sueños eran cortos, por el vientre echó lo
mismo que antes; ese día echó mucha orina, y crasa, y el poso que en ella había
era blanco y semejante a los pedacillos de la cebada tostada y mal molida; las
extremidades se volvieron a poner frías. El día once murió. Tuvo este enfermo,
desde el principio hasta el fin, la respiración grande y rara y una palpitación
continua en los hipocondrios: era de edad de veinte años.
Enfermo tercero
Herophonte fue acometido de calentura aguda; luego
a los principios echaba por el vientre poco humor y con pujo; después ya
arrojaba humores tenues, coléricos y en bastante abundancia; no podía dormir
nada, y las orinas eran negras y delgadas. El día quinto por la mañana se hizo
sordo y se exasperaron todos los males que acompañaban la enfermedad, el bazo
se elevó con entumecimiento y los hipocondrios se pusieron tirantes; lo que
arrojaba por el vientre era poco y negro y tuvo algo de delirio. El día sexto continuaba
en delirar, por la noche le vino sudor, tuvo frío y el delirio perseveraba. El
día siete se le pusieron frías las extremidades del cuerpo, tuvo sed, delirio;
pero en la noche volvió en sí y durmió. El día octavo continuó la calentura, el
bazo disminuía y volvió enteramente en su juicio y sintió un dolor a la ingle;
y habiéndole salido primero un tumor en ella en la parte que directamente
corresponde al bazo, después se le puso un dolor en las dos piernas; la noche
que siguió a todo esto fue tolerable; las orinas se pusieron de mejor color y
había en ellas un poco de poso blanco. El día nueve sudó y quedó libre de la
enfermedad. Estuvo algún tiempo sin ella y después de cinco días le volvió y el
bazo volvió a entumecerse; la calentura era aguda y hubo también sordera. El
día tercero después de la recaída disminuyó el tumor del bazo, la sordera
empezó a ser menos, volvió el dolor a las piernas y sudó por la noche. El día
diecisiete quedó del todo libre; y es de advertir, que en la recaída no deliró.
Enfermo cuarto
En Thaso, la mujer de Filino, después de haber
parido una hija y de haber purgado, según el instituto de la naturaleza, y
pasándolo bien todo lo demás, el día catorce después del parto fue acometida de
una calentura fuerte con rigor. En los principios tenía dolor en la boca del
estómago y en los hipocondrios, en especial hacia la parte derecha; sintió
también dolores en las partes de la generación, y la purgación la cesó del
todo. Habiéndosele aplicado un pesario se alivió de todas estas cosas; pero permanecía
el dolor de cabeza, el del cuello y el de los lomos. Entonces no podía dormir,
las extremidades del cuerpo estaban frías, tenía mucha sed, los humores que
echaba por el vientre eran en poca cantidad y ardientes; las orinas salían
delgadas, y hacia los principios no tenía color. El día sexto por la noche
deliró mucho; pero después volvió en sí. El día séptimo padeció grande sed,
hizo cursos coléricos muy encendidos. En el día octavo, después de haberla
acometido el frío con temblor de todo el cuerpo, tuvo calentura aguda y muchas
convulsiones con bastante trabajo; deliró mucho, y habiéndosele aplicado una
cala, se levantó muchas veces e hizo mucho humor bilioso, en este tiempo no
podía dormir. En el día nuevo duraron las convulsiones; en el décimo estuvo un
poco en sí; en el onceno durmió, se acordaba de todas las cosa, pero poco
después volvió a delirar. Mientras tenía las convulsiones echó mucha orina, sin
que se lo advirtiesen los circunstantes y era gruesa blanca, al modo de las
orinas que tienen poso, y que guardándose mucho tiempo en el orinal se turban,
y con la detención no hacían poso en el fondo; antes era todo el cuerpo de
ellas como la de los animales. Estas condiciones tenían las orinas, que yo
llegué a ver. El día decimocuarto tuvo latidos por todo el cuerpo, hablaba
mucho, volvía un poco en sí y luego volvía a delirar. El día diecisiete se le
quitó la voz y el día veinte murió.
Enfermo quinto
La mujer de Epicrato, que vivía junto a Archigete,
estando ya cercana al parto, tuvo un gran temblor y frío de todo el cuerpo; mas
no le entró calentura como se decía. El día siguiente la repitió esto mismo. El
día tercero parió una hija, y todas aquellas cosas que acompañan al parto la
acudieron con buen orden. Al día siguiente después de haber parido la entró
calentura aguda con dolor en la boca del estómago y en las partes de la
generación, las cuales cosas con una cala que se la puso se aliviaron; mas entonces
le vino dolor de cabeza, cerviz y de los lomos; no podía dormir, tenía cursos y
echaba poco humor y era bilioso, tenue y sin mezcla de otros; las orinas eran
delgadas y tiraban a negras. El día que se contaba sexto desde que le comenzó
la calentura deliró por la noche. En el séptimo tomaron aumento todos los males
que la acompañaban; y además de eso estuvo desvelada con delirio y mucha sed, y
lo que arrojaba por el vientre era un humor muy colérico y encendido. En el día
ocho volvió a tener temblor y frío de todo el cuerpo y durmió un poco. En el
nueve se mantenían todos los mismos males. En el décimo tuvo un dolor fuerte en
las piernas y, al mismo tiempo, en la boca del estómago, con pesadez en la
cabeza; mas no deliró, durmió algo mejor y la evacuación del vientre se detuvo.
El día once echó las orinas de mejor color y tenía mucho poso al fondo de
ellas, y lo pasó un poco mejor. El catorce le acometió nuevo rigor y tras de él
calentura aguda. El quince vomitó cóleras amarillas y la repitió el vómito con
alguna frecuencia, sudó también y quedó sin calentura; pero en la noche tuvo
otra vez calentura aguda, echó las orinas gruesas, y el poso que tenía al fondo
era blanco. En el diecisiete crecieron un poco estos males y la noche fue
molesta, no durmió, antes bien tuvo delirio. En el dieciocho tuvo mucha sed, la
lengua muy tostada, no durmió, deliró mucho y tuvo gran dolor en las piernas.
El día veinte por la mañana tuvo un poco de frío y temblor de todo el cuerpo;
púsose azorrada, el sueño era con quietud; otra vez vomitó un poco de cólera
negra y aquella noche se puso sorda. A la entrada del veintiuno sintió dolor
por todo el costado izquierdo y como un peso, a lo cual acompañaba un poco de
tos, y entonces las orinas salieron gruesas, turbias y algo rosas, las cuales,
pasado algún tiempo, no hicieron poso. En lo demás tuvo alivio, aunque no
estaba libre de la calentura. Es de advertir que esta mujer desde los
principios de la enfermedad tuvo dolor y rubicundez en las fauces, la
campanilla se le encogió; la flusión que acudía a aquellas partes, era acre,
mordaz y salada; y así se mantuvo hasta el fin de la dolencia. El día
veintisiete estaba sin calentura, echó la orina con buen poso, dolióle un poco
el lado. Hacia el día treinta y cuatro le volvió la calentura e hizo cursos
biliosos. El día cuarenta vomitó unas pocas cóleras. El día ochenta quedó sin
calentura, y del todo buena.
Enfermo sexto
Cleonacti, que estaba enfermo sobre el Templo de
Hércules, fue acometido de una calentura errante, y luego a los principios tuvo
dolor de cabeza y del costado izquierdo, y junto con esto sentía en todo el
cuerpo una molestia, como de quien está fatigado de un gran trabajo. Los
crecimientos de la calentura entraban sin guardar orden, y unas veces tenía
sudor, otras no sudaba. En los días críticos entraban por lo común los
crecimientos con más fuerza. El día veinticuatro de la enfermedad se lo
enfriaron las extremidades de las manos y vomitó bastantes veces cóleras
amarillas, y de allí a poco verdes, y quedó de todo muy aliviado. Cerca del día
treinta empezó a echar sangre por los dos caños de las narices, y esto le
volvió a suceder, aunque en poca cantidad y sin orden fijo, hasta la crisis;
mas entonces, ni aborrecía la comida, ni nunca tuvo sed, ni desvelo; las orinas
eran delgadas, pero tenían color. Cerca del día cuarenta, echó las orinas rojas
y el poso de ellas era también rojo y en cantidad: experimentó alivio. De allí
en adelante hubo, variedad en las orinas, porque unas veces tenían aquel poso,
que suelo haber en el fondo de ellas, y otras no. El día sesenta ya se vio en
las orinas mucho poso en el fondo y era blanco, y en toda su superficie igual y
uniforme; todos los males disminuyeron entonces y la calentura se hizo
intermitente; mas las orinas salieron delgadas aunque de buen color. El día
sesenta quedó enteramente libre de la calentura y estuvo sin ella diez días. El
ochenta volvióle la calentura con vehemencia, después de un temblor y frío en
todo el cuerpo, sudó mucho, hizo orinas con poso rojo, e igual en su
superficie, y con esto quedó del todo libre de la enfermedad.
Enfermo séptimo
A Meton lo acometió una grande calentura con peso y
dolor en los lomos. El día segundo, habiendo bebido mucha agua, tuvo el vientre
suelto con provecho. En el tercero tuvo peso en la cabeza; los cursos fueron de
humores delgados, coléricos y algo rojos. En el cuarto se agravaron todos los
males, y por dos veces le salió un poco de sangre por el caño derecho de la
nariz; la noche fue trabajosa, los cursos de la misma calidad que en el día
antecedente; las orinas eran casi negras, y en el medio del licor, como nadando
en él, había una nubecilla, que tiraba también a negra, esparcida y que no
bajaba a buscar el fondo. El día quinto le salió gran copia de sangre pura por
el lado izquierdo de la nariz, sudó después y quedó libre de la enfermedad.
Estando ya fuera de ella, no podía dormir, deliraba y echaba las orinas
delgadas y casi negras. Diósele un baño en la cabeza y durmió y volvió en sí. A
este enfermo no lo repitió la enfermedad pero le sucedió que después de la
crisis echó con frecuencia sangre por las narices.
Enfermo octavo
Erasino, que vivía junto a la corriente de Boota,
después de haber cenado se halló acometido de una fuerte calentura y tuvo
aquella noche muy turbulenta. El día primero lo pasó bien; la noche que siguió
fue trabajosa. El día siguiente creció mucho el mal; en la noche que lo
correspondía deliró. En el tercero lo pasó con trabajo, deliró mucho. En el
cuarto estaba muy caído de fuerzas, y en la noche no durmió nada; tuvo sueños
perturbados con delirio, y después se hicieron los males de peor condición, grandes
y peligrosos; tenía temor, y las fuerzas no alcanzaban a llevar el peso de la
dolencia. El día quinto por la mañana estaba más recobrado y estuvo sobre sí en
todo; pero al medio día volvió otra vez a delirar mucho, y no se podía
contener; las extremidades del cuerpo estaban frías y amoratadas; las orinas
crudas. Este mismo día, al ponerse el sol, murió. Tuvo sudores este enfermo
desde el principio hasta el fin de la calentura, los hipocondrios elevados y
tirantes con dolor. Las orinas fueron negras, y siempre tuvieron una como
nubecilla, redondeada en el medio del licor, nunca en el fondo; el vientre echó
siempre excremento; tuvo una sed continua, aunque no muy grande, y estando
cercano ya a la muerte, tuvo también muchas convulsiones con sudor.
Enfermo noveno
En Thaso le sucedió a Critón que, sin hacer cama y
andando, empezó a sentir un dolor vehemente en el dedo gordo del pie. El mismo
día se puso en cama y tuvo escalofríos con fatiga en el estómago y le entró un
poco de calor, y aquella noche deliró. El día siguiente apareció un tumor por
todo el pie y hacia el talón, de color rojo y con tirantez; había en él
postillas pequeñas y negras; la calentura era aguda y el delirio furioso. Por
el vientre echó humores coléricos, sin mezcla ninguna, en mucha cantidad; al
día segundo, después que cayó enfermo, murió.
Enfermo décimo
Clazomenio, que vivía junto al pozo de Phrinichida,
fue acometido de una calentura fortísima. A los principios tuvo dolor en la
cabeza, en la cerviz y en los lomos. Muy presto se hizo sordo y no podía
dormir; la calentura era aguda; los hipocondrios se elevaron con
entumecimiento, aunque no estando muy tirantes; la lengua se puso seca. El día
cuarto por la noche lo vino delirio; en el quinto se le acrecentaron todos los
males; el onceno aflojaron un poco. El vientre desde un principio de la
enfermedad hasta el día catorce, anduvo suelto, echando muchos humores
delgados, como si fuesen agua, y esto era sin darse por sentidas las fuerzas;
mas después se cerró enteramente: las orinas durante toda la enfermedad fueron
delgadas, aunque de buen color, y había en ellos una como nubecilla bastante
grande, algo esparcida, y que no bajaba al fondo. Hacía el día dieciséis fueron
las orinas un poco más gruesas, y había en ellas algo de poso, y se alivió el
enfermo, y volvió en sí. Pero en el diecisiete ya volvieron a salir delgadas,
ese día le salieron dos tumores junto a los oídos con dolor, y al mismo tiempo
no podía dormir, y deliraba, le dolían las piernas. El vientre hizo crisis, y
quedó libre de la calentura sin sudar, y se le quitó del todo el delirio. Cerca
del veintisiete se le puso un dolor fuerte en la rabadilla, y le duró poco; mas
los tumores de los oídos, ni se deshacían, ni supuraban, bien que causaban
dolor. Hacia el treinta y uno se le movió el vientre con muchos cursos
aguanosos, como de disentería; las orinas salieron gruesas, y los tumores de
los oídos se desvanecieron. Cerca del día cuarenta se le puso un dolor en el
ojo derecho, la vista se le turbó un poco, recobróse enteramente.
Enfermo undécimo
A la mujer de Dromeado, que había parido una hija
con gran felicidad en todo, el día siguiente del parto le dio un temblor de
todo el cuerpo con frío, al que luego siguió calentura aguda. Empezó desde el
principio a sentir molestia en el hipocondrio, con aflicción en el estómago,
con calofríos e inquietud grande. En los días inmediatos no pudo dormir. Tenía
la respiración rara, grande y repentinamente retraída. El día después que tuvo
el temblor y frío hizo bien el excremento del vientre y las orinas eran gruesas,
blancas, turbias, al modo de las que, dejándolas algún tiempo reposar, se
turban, y no hacían poso. En la noche no durmió nada. El día tercero, hacia el
medio día, tuvo de nuevo frío con temblor de todo el cuerpo y calentura aguda,
las orinas como en el antecedente; dolor en el hipocondrio, ansia en el
estómago; pasó la noche con caimiento de fuerzas y sin dormir: tuvo sudor frío
por todo el cuerpo, aunque en breve volvió en calor. En el cuarto tuvo algún
alivio en cuanto a la molestia del hipocondrio; pero sintió peso y dolor en la
cabeza: púsose azorrada, y echó unas gotas de sangre de las narices: la lengua
estaba muy seca y la sed era grande, las orinas delgadas y parecidas al aceite;
durmió un poco. El día quinto tenía mucha sed y grande fatiga en el estómago;
las orinas eran como el día de antes: nada hizo del vientre, y hacia el medio
día deliró mucho: luego volvió un poco en sí, despejóse algo y luego volvió a
azorrarse; púsose un poco fría y durmió en la noche y tuvo también delirio. En
el día sexto repitió el frío con temblor de todo el cuerpo, y tuvo un sudor
general por todo él: las extremidades estaban frías, deliró, la respiración era
rara y grande. De allí a poco le empezaron unas convulsiones desde la cabeza, y
aceleradamente murió.
Enfermo duodécimo
Un hombre, estando acalorado, cenó y bebió con
exceso, y aquella noche, después de haberlo vomitado todo, fue acometido de
calentura aguda, con dolor en el hipocondrio derecho. Ocupaba la inflamación el
vacío que hay desde la última costilla hasta el hueco de los ijares. En la
noche estuvo muy inquieto: las orinas a los principios salieron gruesas, rojas,
y dejándolas por algún tiempo descansar, no hacían poso: la lengua estaba muy
seca y no tenía mucha sed. El día cuarto la calentura era aguda, y le dolía todo
el cuerpo. En el quinto hizo mucha orina liviana y parecida al aceite:
continuaba la calentura aguda. En el sexto por la tarde deliró mucho, y en
aquella noche no durmió nada. El día séptimo crecieron todos estos males: las
orinas eran como antes; estaba continuamente hablando, y no le podían contener,
y por el vientre echaba con irritación humores líquidos, turbios, con mezcla de
lombrices, y la noche en los trabajos fue semejante a la antecedente. Por la
mañana tuvo frío y temblor de todo el cuerpo, y luego prosiguió la calentura
aguda: vínole un sudor caliente, y quedó tal, que parecía no haber calentura.
Durmió un poco y después del sueño se puso frío, y escupía a menudo, y por la
tarde deliró mucho. Luego vomitó unas pocas cóleras negras. El día nueve estuvo
frío; el delirio fue grande, y no durmió nada. En el décimo le dolieron las
piernas y se aumentaron todos los males y deliró mucho. En el once murió.
Enfermo decimotercero
La mujer que vivía en la Playa, estando preñada de
tres meses, fue acometida de una vehemente calentura, y luego a los principios
tuvo dolor a los lomos. El día tercero se le puso un dolor en la cerviz, en la
cabeza, junto a las asilas, y en la mano derecha, y muy aceleradamente la
lengua quedó sin acción para hablar. La mano derecha perdió la fuerza para el
movimiento, con retraimiento o espasmo de ella, y estaba del mismo modo que
suele suceder en las perlesías: deliró mucho y en la noche estuvo muy inquieta,
y no pudo dormir: revolviósele el vientre y echó un poco de humor colérico, sin
mezcla de otros. El día cuarto quedó enteramente privada de la lengua: los
espasmos mismos de antes permanecían, como también los dolores de las partes ya
dichas; los hipocondrios se entumecieron con dolor; no durmió nada, deliró
mucho; el vientre estaba revuelto, las orinas eran delgadas, y no tenían buen
color. En el quinto, la calentura era aguda, continuaba el dolor de los
hipocondrios, tuvo mucho delirio, y los humores que echaba por el vientre eran
coléricos. En la noche le vino un sudor, y quedó sin calentura. El día sexto
volvió en sí, alivióse de todo; sólo quedaba el dolor junto a la asila
izquierda; tenía sed, las orinas delgadas y no durmió. El día séptimo le vino
temblor, pusóse algo azorrada, y tuvo un poco de delirio; el dolor de la asila
y el brazo izquierdo perseveraban: en todo lo demás estaba con alivio, y
enteramente se puso sobre sí. Tres días estuvo sin calentura; pero en el día
once le volvió, porque después de un frío con temblor en todo el cuerpo, le
entró calentura fortísima. En el catorce, tuvo frecuentes vómitos de cóleras
amarillas, sudó, y quedó sin calentura, y del todo libre de la enfermedad.
Enfermo decimocuarto
Melidia, que vivía junto al templo de Juno, empezó
a sentir un dolor fuerte en la cabeza, en la cerviz y en el pecho, y luego fue
acometida de calentura aguda. Vínole la evacuación menstrual en poca cantidad,
y no le dejaban los dolores de las partes propuestas. El día sexto la entró un
sopor grande, sentía congoja en el estómago, y estaba calofriada: pusiéronseles
las mejillas coloradas, y deliró un poco. En el séptimo sudó, cesó la
calentura, los dolores perseveraban, volvió la calentura de nuevo, y durmió un
poco. Las orinas por toda la enfermedad salieron de buen color, aunque
delgadas: los cursos de humores tenues, coléricos, picantes en muy poca
cantidad, negros y de muy mal olor. En las orinas se vio poso blanco, e igual
en sus partes, sudó, y en el día undécimo quedó enteramente libre de la
dolencia.
Enfermo decimoquinto
Pithion, que vivía junto al templo de la Tierra,
empezó a sentir un temblor en las manos. El primer día tuvo calentura aguda y
un poco de delirio. El día siguiente tomaron aumento estos males. En el tercero
perseveraron del mismo modo. En el cuarto echó por el vientre unos pocos
humores coléricos, sin mezcla de otros. El día quinto se agravaron todos estos
males; los sueños fueron ligeros, el vientre se detuvo. En el sexto tuvo
esputos, varios algo rojos. El día séptimo se le torció la boca. En el octavo
se agravaron todos los accidentes y los temblores todavía duraban. Las orinas
desde que comenzó la enfermedad hasta el día ocho fueron delgadas, sin color, y
tenían en el medio un poso como una nubecilla. El día décimo sudó; los esputos
ya eran más cocidos, y quedó libre de la enfermedad. Las orinas en tiempo de la
crisis salieron algo delgadas. Después de quitada la dolencia, se le hizo en el
perineo un tumor, que a los cuarenta días vino a supuración, y al fin indujo
ardor y pujo de orina.
Enfermo decimosexto
Hermócrates, que vivía junto a la muralla nueva,
fue acometido de una calentura vehementísima: empezó luego a dolerle la cabeza
y los lomos; tenía tirantez de los hipocondrios hacia los vacíos; la lengua se
puso a los principios tostada y aceleradamente se hizo sordo; no podía dormir,
mas no tenía grande sed: las orinas que echaba eran gruesas, rojas y dejándolas
descansar no hacían poso: por el vientre echó no pocos humores muy tostados. El
día quinto echó las orinas delgadas con nubecilla en medio del licor; no hacían
poso: por la noche deliró. En el sexto se llenó de ictericia; todos los males
se acrecentaron, no estaba en sí. El séptimo estuvo muy caído; las orinas eran
delgadas como las antecedentes. Así lo pasó en los días siguientes. En el
undécimo dio indicios de estar aliviado; pero ese día le vino sopor, y las
orinas salieron más gruesas, algo rojas, y en el fondo eran delgadas; no hacían
poso, volvió un poco en sí. El día catorce estuvo sin calentura, no sudó,
durmió, no tenía nada de delirio; las orinas como antes. En el diecisiete le
volvió la enfermedad, encendióse un poco, después tuvo calentura aguda y las
orinas salieron delgadas. Otra vez en el día veinte quedó libre de la
calentura; no sudó, en todo ese tiempo aborrecía la comida, estaba en sí, no
podía hablar; la lengua estaba muy seca y no tenía sed; durmió un poco con
azoramiento. Cerca del día veinticuatro volvió otra vez a encenderse un poco:
por el vientre echó humores muy líquidos tenues en mucha cantidad. Los días
siguientes se hizo aguda la calentura; la lengua se puso muy seca. El día
veintisiete murió. Tuvo este enfermo la sordera toda la enfermedad. Las orinas
siempre fueron o crasas y rojas sin hacer poso, o tenues y sin color, con la
nubecilla en medio, y nunca pudo comer.
Enfermo decimoséptimo
A un hombre que vivía en el Huerto de Dealces,
padeciendo largo tiempo peso en la cabeza y dolor en la sien derecha, con poco
motivo le entró calentura aguda, y se puso en cama. El día siguiente le salió
del caño izquierdo de la nariz un poco de sangre pura; del vientre echó
excremento bueno, las orinas eran delgadas y de varias substancias, y hacía en
ellas una especie de nubecillas pequeñas de partes desiguales y semejantes a la
semilla del varón. En el tercero tuvo calentura aguda; los cursos salían negros,
de humores delgados y espumosos y el poso que hacían era amoratado. Estaba
azorado, y si se levantaba se sentía muy caído; el poso de las orinas también
era amoratado y algo pegajoso. El día cuarto vomitó en poca cantidad humores
coléricos y amarillos; y habiendo sosegado un poco, los echó verdes. Salióle
por el caño izquierdo de la nariz un poco de sangre pura; los cursos y las
orinas eran como antes: tuvo un poco de sudor cerca de la cabeza y de las
axilas, el brazo se le entumeció y el muslo izquierdo le hizo dolor, el
hipocondrio derecho se puso tirante hacia los vacíos; en la noche no durmió y
deliró un poco. En el quinto fueron muchos los cursos de humores negros y
espumosos y el poso que hacían era negro; en la noche no durmió nada, y deliró.
El día sexto echaba por el vientre humores negros, espesos, pegajosos y
fétidos; durmió y estuvo en sí más que antes. En el séptimo la lengua estaba
muy seca, la sed era mucha; no durmió, tuvo delirio, las orinas eran delgadas y
sin color. El día octavo hizo poco humor en los cursos, pero negro y denso;
durmió, volvió en sí, no tenía mucha sed. En el noveno tuvo frío y temblor de
todo el cuerpo, calentura aguda; vínole sudor y tuvo frialdad y también
delirio; el ojo derecho se le pervirtió en figura de quien guiña: la lengua se
le puso muy seca, la sed era mucha y el desvelo grande. El día décimo no tuvo
novedad, porque se halló con lo misma que hemos dicho. En el undécimo volvió en
sí totalmente; limpióse de calentura, sudó, y cerca de la terminación, las orinas
eran tenues. Dos días estuvo libre de la calentura; volvióle en el
decimocuarto, y aquella noche ya no durmió y deliró mucho. El día decimoquinto
hizo la orina turbia, ni más ni menos que aquella que, después de haber
reposado, la revuelven. La calentura era aguda, deliró mucho, no durmió nada,
pusósele un dolor en las rodillas y piernas: habiéndosele aplicado una cala,
echó del vientre excremento negro. El decimosexto eran las orinas delgadas, y
en medio de ellas había una como nubecilla suspendida en el licor; tuvo
delirio. En el decimoséptimo por la mañana se le enfriaron los extremos;
cubrióse de ropa y tuvo calentura aguda: vínole sudor de todo el cuerpo y quedó
aliviado. Con esto estaba un poco más sobre sí, pero no limpio de calentura;
tenía bastante sed, y echó por vómito unas pocas cóleras amarillas; por el
vientre hizo excremento, y luego después de humores negros en poca cantidad y
delgados; las orinas eran tenues, mas no de buen color. El día décimo octavo no
estuvo en sí, y se puso azorrado. En el decimonoveno, las orinas fueron tenues;
en lo demás estuvo asimismo sin novedad. En el vigésimo durmió, púsose del todo
sobre sí; sudó, quedóse sin calentura, no tuvo sed, mas las orinas estaban
delgadas. El vigésimo primero deliró un poco, tuvo algo de sed, dolor en el
hipocondrio, una palpitación permanente junto al ombligo. En el vigésimo cuarto
hicieron las orinas poso en lo hondo del licor, y estuvo en sí cumplidamente.
El día vigesimoséptimo se le puso un dolor en la cadera derecha; las orinas fueron
delgadas, pero tenían poso, y todos los demás males estaban muy mitigados. El
día vigesimonoveno le hizo dolor el ojo derecho; hizo las orinas delgadas. En
el cuadragésimo echó por el vientre humores flemáticos, blancos en mucha
cantidad; siguióse sudor de todo el cuerpo, y quedó enteramente libre de la
dolencia.
Enfermo decimoctavo
En Thaso padeció Filisto por mucho tiempo un dolor
de cabeza, y al cabo se hizo poroso y se puso en cama. Habiéndosele excitado
calentura continua por haber bebido mucho, se le acrecentó el dolor y comenzó a
sentir calor en la noche. El día primero vomitó unas pocas cóleras, al
principio amarillas, luego después muy verdes. Por el vientre echó excremento,
y en la noche estuvo muy desazonado. En el día segundo se hizo sordo, y la
calentura era aguda, el hipocondrio derecho estaba tirante, con retraimiento hacia
dentro. Las orinas eran tenues, diáfanas, y tenían un poco poso nadando en
medio de ellas, que era semejante a la semilla del varón. Cerca del mediodía
deliró mucho. El día tercero estuvo muy caído. En el cuarto le vinieron
convulsiones, y todos los males se le aumentaron. El quinto por la mañana
murió.
Enfermo decimonoveno
A Cherion, que estaba enfermo junto a Demeneto, de
haber bebido, le vino calentura vehementísima, y al instante sintió peso en la
cabeza con dolor, no durmió, y él vientre anduvo turbado y echó por él humores
delgados y algo coléricos. El tercer día era aguda la calentura, tuvo temblor
de la cabeza y en especial del labio inferior, y de allí a poco le vino el frío
con temblor de todo el cuerpo, convulsiones, mucho delirio, y en la no che
estuvo muy caído. En el cuarto estuvo sosegado, durmió un poco y deliró. El
quinto fue trabajoso, se acrecentaron todos los males, tuvo delirio, la noche
con gran decadencia de fuerzas, y no durmió. El sexto perseveraba del mismo
modo, no tuvo novedad. En el séptimo tuvo frío con temblor de todo el cuerpo,
calentura aguda y sudor universal, hizo crisis. Por toda la enfermedad tuvo el
vientre suelto, echando humores coléricos en poca cantidad y sin mezcla de
otros, y las orinas fueron delgadas, de buen color, y tenían una como nubecilla
suspendida en el medio de ellas. El día octavo hizo las orinas de mejor color,
y tenían poso, que era poco, pero blanco, y estaba en el fondo: volvió en sí,
estuvo sin calentura, y ésta se hizo intermitente. El nono le volvió la
calentura. En el decimocuarto la fiebre fue aguda, y sudó. En el decimosexto
vomitó muchas cóleras amarillas. En el decimoséptimo tuvo nuevamente frío, con
temblor de todo el cuerpo, calentura aguda, sudó, quedó sin calentura e hizo
crisis. Las orinas, después de la recaída y su crisis, fueron de mejor color y
tenían poso en el fondo, y no tuvo entonces delirio. En el decimoctavo se
encendió un poco, tuvo sed, las orinas fueron tenues, con una nubecilla,
suspendida en medio de ellas, y deliró algo. El día decimonoveno estuvo libre
de calentura, tuvo dolor en la cerviz, en el fondo de las orinas había poso. En
el vigésimo terminó con perfecta crisis la enfermedad.
Enfermo vigésimo
A la hija doncella de Euryanacto la acometió una
calentura fortísima, y en toda ella no tuvo sed, ni apetito ninguno a la
comida. Por el vientre echó un poco de humor, y las orinas fueron tenues, en
poca cantidad y de buen color. Al comenzar la fiebre sintió un dolor en el
perineo. El día sexto estuvo sin calenturas no sudó, hizo crisis, y en el tumor
del perineo se hizo materia y al tiempo de la crisis se abrió. El séptimo día,
después de la terminación, tuvo frío, con temblor de todo el cuerpo, entróle un
poco de calor, y sudó. En el octavo, después de la crisis, tuvo un poco de frío
con temblor, y después se le enfriaron los extremos de modo que ya más no
volvieron en calor. El día décimo, después que tuvo un sudor, le vino algo de
delirio, mas de allí a poco volvió en sí. Díjose que padeció la enferma todos
estos males por comer una uva. El día duodécimo pasó sin calentura, pero volvió
después a delirar. Turbósele el vientre, y echaba humores coléricos en poca
cantidad y sin mezcla de otros, delgados y picantes, y se levantaba a menudo a
arrojarlos. El día que hacía siete, después del delirio último que tuvo, murió.
Esa mujer, desde el principio de la enfermedad, tuvo dolor en las fauces y
rubicundez contínua en ellas y retraimiento en la campanilla, junto con esto
mucha destilación de humores en poca cantidad, delgados y picantes: tenía
también tos, y no arrancaba nada cocido. Toda la enfermedad tuvo, una suma
inapetencia y aversión a todas suertes de comidas, no tuvo sed, ni bebió cosa
memorable, hablaba poco, estaba silenciosa y el ánimo le tenía en perpetua
desconfianza y desesperación. Hallábase en esta enferma una natural y congénita
disposición a la tisiquez.
Enfermo vigesimoprimero
La mujer que vivía junto a Aristion y padecía
garrotillo, empezó a sentir el daño en la lengua, de modo que la voz apenas se
le percibía, y estaba la lengua roja y muy seca. En el día primero tuvo
calofríos y después se encendió un poco. El día tercero tuvo frío con temblor
de todo el cuerpo y luego calentura aguda, viósele en el cuello un tumor algo
rojo, duro, y por los dos lados descendía hasta el pecho: las extremidades
estaban frías y amoratadas, la respiración levantada, lo que bebía se le salía
por las narices, no podía tragar nada, ni hizo cursos, ni orina. El día cuarto
se acrecentaron todos los males. En el quinto murió del garrotillo.
Enfermo vigesimosegundo
Un mancebo que estaba enfermo en la plaza del
Mentidero, por cansancios grandes, trabajos y ejercicios, sin estar
acostumbrado, fue acometido de una vehementísima calentura aguda. En el primer
día se le turbó el vientre y echó humores coléricos y delgados en mucha
cantidad, las orinas fueron delgadas, casi negras, no pudo dormir y tenía mucha
sed. En el día segundo se aumentaron todos estos males, los cursos eran más
inoportunos, no pudo dormir, la mente se le perturbó un poco y sudó alguna
cosa. En el tercero estuvo muy caído, tuvo sed, congoja en el estómago, mucha
inquietud y aflicción con angustias, deliró; los extremos se le pusieron
amoratados y fríos, y tensión en los hipocondrios hacia los vacíos en ambas
partes. El día cuarto no durmió, estuvo peor. En el séptimo murió. Era de edad
de veinte años.
Enfermo vigesimotercero
Una mujer había enferma junto a Tisameno, la cual
tenía dolor del intestino íleon, y se hallaba con grande agitación y caimiento
de fuerzas, vomitaba mucho y no podía detener en manera ninguna lo que bebía,
sentía dolores cerca de los hipocondrios y hacia las partes inferiores del
vientre; los retorcijones eran continuos, no tenía sed, algo más de calor había
en ella de lo que corresponde a lo natural; los extremos estaban fríos y
perpetuamente, tenía congoja en el estómago y desvelo, e hizo las orinas en poca
cantidad, y tenues, los cursos eran de humores crudos, delgados y pocos, no
pudo aliviarse en nada, murió.
Enfermo vigésimo cuarto
Una de las mujeres que estaban cerca de Panimides,
después del aborto de un niño, al primer día la acometió una calentura
fortísima, la lengua la tenía muy seca, la sed era grande, tenía también
congoja en el estómago y desvelo. Turbósele el vientre, y echó humores tenues y
crudos en mucha cantidad. En el día segundo tuvo frío, con temblor de todo el
cuerpo; siguióse calentura aguda con muchos cursos, y no durmió. En el día
tercero se aumentaron todas estas molestias. En el cuarto tuvo delirio, murió
en el séptimo. El vientre toda la enfermedad anduvo suelto y echó por él muchos
humores tenues y crudos las orinas siempre fueron pocas y delgadas.
Enfermo vigesimoquinto
Una mujer, después de haber abortado cerca de los
cinco meses, fue acometida de una vehementísima calentura. Luego a los
principios le vino sopor y algunos ratos desvelo, y juntamente padecía dolor a
los lomos y peso en la cabeza. El día segundo se le soltó el vientre y echó por
él primeramente humores delgados en por cantidad y de una sola especie, sin
mezcla de otros. En el día tercero estuvo peor, en la noche no durmió nada.
Deliró en el cuarto y era con miedo y aflicción de ánimo, el ojo derecho se le
puso como quien guiña, tuyo sudor y poco frío cerca de la cabeza, las
extremidades estaban frías. En el día cinco se acrecentaron todos los males,
deliró mucho, más de allí a poco volvió en sí, tuvo mucha sed y gran desvelo.
El vientre toda la enfermedad anduvo suelto, echando muchos humores muy
destempladamente; las orinas fueron pocas, delgadas y casi negras; los extremos
del cuerpo estaban fríos y amoratados. El día sexto se mantuvo sin novedad con
todos estos males. En el séptimo murió.
Enfermo vigesimosexto
La mujer que vivía en la plaza de los Mentirosos,
habiendo parido por la primera vez con trabajo un niño, la vino una calentura
fortísima, y luego a los principios tuvo mucha sed y congoja en el estómago,
con dolor en la boca superior de él, la lengua se le puso muy seca, el vientre
suelto, echando humores delgados en poca cantidad y no pudo dormir. En el día
segundo tuvo un poco de frío con temblor en todo el cuerpo y calentura aguda
con un poco de sudor frío cerca de la cabeza. El día tercero hizo con trabajo
cursos de humores crudos, tenues en mucha copia. En el cuarto volvió a tener
algo de frío con temblor del cuerpo, se acrecentaron todos los males, no pudo
dormir. El quinto fue trabajoso. En el sexto no tuvo novedad, mantúvose con los
mismos males, por el vientre echó muchos humores, muy líquidos. En el séptimo
volvió a tener algo de frío y temblor de todo el cuerpo, calentura aguda, sed
muy grande, suma inquietud, y hacia la tarde le vino sudor frío por todo el
cuerpo y todo ella estaba fría; lo estaban también los extremos, los cuales no
podían volver en calor. En la noche volvió a tener otro poco de frío con
temblor y los extremos del cuerpo no se calentaban y no pudo dormir; deliró un
poco, mas luego volvió en sí. El día octavo, cerca del mediodía, volvió en
calor, tuvo sed, estuvo azorrada y sentía congoja en el estómago, vomitó unas
pocas cóleras amarillas; en la noche estuvo muy caída, no durmió nada, echó
mucha abundancia de orina sin sentirlo. En el día noveno hubo disminución en
todos estos males; pero hacia la tarde se puso algo azorrada, tuvo un poco de
frío con temblor y por vómito echó algo de cólera.
En el décimo volvió a tener frío y temblor de todo
el cuerpo, la calentura se acrecentó, nada pudo dormir; por la mañana echó
mucha orina, la cual no hacía poso ninguno; las extremidades del cuerpo estaban
calientes.
El día undécimo vomitó cóleras verdes y amarillas;
de allí a un poco tuvo algo de frío y temblor y los extremos volvieron a
ponerse fríos; hacia la tarde le vino sudor y frío con temblor de todo el
cuerpo, vomitó, mucho y la noche fue muy trabajosa. En el doce vomitó gran
copia de humores negros, fétidos; tuvo mucho hipo y sed muy molesta. El día
trece vomitó muchos humores negros, fétidos; tuvo otra vez frío y temblor y
hacia el medio día quedó privada del habla. En el día catorce le salió sangre
por las narices; murió este mismo día. Tuvo esa mujer durante toda la
enfermedad el vientre suelto y continuos calofríos. Era de unos diecisiete
años.
Enfermo vigesimoséptimo
En Thaso, al hijo de Parión, que estaba enfermo
sobre el Templo de Diana, le acometía una calentura aguda y desde luego,
contínua. Esta era ardiente y el enfermo tenía mucha sed. A los principios se
puso azorrado y después padecía desvelo. El vientre a los principios se soltó y
las orinas eran blancas. En el día sexto hizo las orinas como el aceite y tuvo
delirio. El séptimo se aumentaron todos los males, no durmió nada, las orinas
como el día antecedente, la cabeza perturbada, del vientre echo humores coléricos
y pingües. En el octavo echó unas gotillas de sangre por las narices, vomitó
humores verdes pocos y durmió algo. El noveno estuvo sin novedad. El décimo
disminuyeron todos los males. El onceno sudó, aunque no por todo el cuerpo,
púsose frío, pero de allí a poco volvió en calor. En el duodécimo tuvo
calentura aguda, echó por el vientre muchos humores coléricos y delgados; las
orinas tenían nubecilla en medio del licor y deliró. El decimoséptimo lo pasó
muy mal, no pudo dormir, la calentura se aumentó mucho. En el veinte sudó por
todo el cuerpo, tuvo grande desvelo, cursos coléricos, suma aversión a la
comida y sopor. El veinticuatro volvieron los males. El treinta y cuatro estuvo
sin calentura, pero el vientre continuó en andar suelto, y luego volvió a
encenderse. El día cuarenta, libre de calentura; el vientre se cerró por un
poco tiempo; la inapetencia era grande; luego volvió la fiebre y así anduvo
hasta el fin, ya con calentura, ya sin ella: porque si se hacía intermitente, y
el enfermo se aliviaba un poco, volvía después a repetir. Usaba de alimentos
malos y en poca cantidad. En las recaídas no podía dormir con descanso y
deliraba. Entonces echaba las orinas pero turbias y malas. El vientre ya andaba
apretado, ya suelto. Las calenturas eran continuas y había cursos de humores
tenues y muy copiosos. El día ciento veinte murió. Tuvo este enfermo cursos
biliosos, líquidos con mucha copia; y si alguna vez se contuvo el vientre, echó
excrementos crudos y cálidos. Las orinas toda la enfermedad fueron malas. Lo
más del tiempo estuvo somnoliento con trabajos, nunca durmió bien. Tuvo suma
inapetencia y la calentura era ardiente y continua.
Enfermo vigesimoctavo
En Thaso, una mujer que vivía junto al Aguafría,
habiendo parido una hija y no habiendo purgado a los tres días, después del
parto fue acometida de calentura aguda con calofríos. Ya largo tiempo antes de
parir andaba calenturienta y estaba en cama y tenía inapetencia; pero después
del frío que tuvo con temblor de todo el cuerpo, las calenturas se hicieron
continuas, agudas y con calofríos frecuentes. El día ocho y los inmediatos a él
deliró mucho, pero luego volvió en sí; el vientre andaba suelto y echaba por él
muchos humores tenues, aguanosos, mezclados con cóleras; no tenía sed. En el
día once estaba en sí, pero azorrada; las orinas eran en mucha copia, delgadas
y negras, no podía dormir. El día veinte se enfrió un poco, pero luego volvió
en calor; tuvo algo de delirio y estuvo desvelada; los cursos eran de la misma
manera que antes, las orinas eran muy copiosas y como un agua. El veintisiete
estuvo sin calentura; el vientre se detuvo; pero pasado poco tiempo se lo puso
un dolor vehemente en la cadera derecha y duró mucho, al cual después siguieron
las calenturas y las orinas como el agua. En el día cuarenta se aliviaron los
dolores de la cadera; pero le vino mucha tos y muy continua y húmeda; el
vientre se detuvo; tenía grande inapetencia; las orinas eran como antes; las
calenturas no se quitaban del todo; pero sus crecimientos eran errantes de modo
que unas veces los había y otras no. En el día sesenta se quitó la tos, sin
anteceder señales de crisis, porque ni echó esputos cocidos, ni apareció algún
absceso de los acostumbrados. La mejilla derecha selo puso convulsa, esto es,
con pasmo; vínole sopor, deliró - un poco y luego volvió en sí; aborrecía toda
suerte de alimentos, la mejilla volvió a su lugar, el vientre arrojaba unas
pocas cóleras; la calentura se hizo más aguda con algunos calofríos; y en los
días inmediatos perdió el habla, mas luego volvió en sí y habló. El día ochenta
murió. Esta mujer hizo siempre las orinas negras, tenues y liquidas como el
agua, estuvo azorrada, no quería el alimento, tuvo muy caído el ánimo; nunca
pudo dormir, estaba airada, inquieta y la mente ocupada de ideas melancólicas.
Enfermo vigesimonoveno
Pithion, que estaba enfermo sobre el Templo de
Hércules, por trabajo y fatigas, sin haber cuidado de guardar orden en su modo
de vivir, fue acometido de un rigor fuerte y calentura aguda; la lengua se puso
seca, con gran sed y teñida de bilis; las orinas eran casi negras, con
nubecilla en el medio del licor, que nunca descendía al fondo. El día segundo,
hacia el medio día, tuvo fríos los extremos del cuerpo, en especial las manos y
la cabeza; quedó sin voz y sin habla; por largo rato tenía la respiración pequeña,
volvió después en calor, tuvo sed; la noche fue quieta, tuvo un poco de sudor
junto a la cabeza. En el tercero estuvo sosegado todo el día; pero por la
tarde, al ponerse el sol, se enfrió un poco, sintióse perturbado; la noche fue
trabajosa, no durmió nada, y del vientre hizo cámara poca y dura. El día cuarto
por la mañana estuvo sosegado; pero hacia el medio día se acrecentaron todos
los males, enfrióse, hízose mudo, y enteramente sin voz, púsose mucho peor,
volvió en calor, y de allí a poco hizo orina negra, con nubecillas en medio del
licor; la noche fue quieta y durmió. En el día quinto, pareció estar mejor;
pero sintió peso, con dolor en el vientre; tuvo mucha sed y la noche fue mala.
El sexto por la mañana estuvo sosegado; pero por la tarde se le aumentó el
dolor y se acrecentaron todos los males, y habiéndosele echado al anochecer una
lavativa, obró bien y durmió aquella noche. El día séptimo tuvo ansias en el
estómago, estuvo muy inquieto, hizo la orina como el aceite, y en la noche tuvo
mucha perturbación, deliró y no durmió nada. En el octavo por la mañana durmió
un poco, mas luego se puso frío y quedó sin habla, la respiración tenue y
pequeña; por la tarde volvió otra vez en calor y deliró; a la madrugada se puse
un poco mejor y echó por el vientre humores puros, y sin mezcla alguna en poca
cantidad y coléricos. El noveno estuvo azorrado, y cuando se le excitaba del
sopor, estaba ansioso; la sed no era mucha; al ponerse el sol estaba muy
inquieto y tenía delirio; la noche fue mala, El día décimo por la mañana perdió
él habla, tuvo mucho frío, la calentura era aguda, hubo mucho sudor, murió.
Este enfermo en los días pares lo pasaba peor.
Enfermo trigésimo
Un enfermo frenético, que el primer día se puso en
cama, vomitó muchos humores verdes y tenues; tuvo calentura con calofríos;
vínole mucho sudor sin cesar por todo el cuerpo; peso con dolor en la cabeza y
la cerviz; las orinas delgadas, con una pequeña nubecilla en medio del licor,
la cual era desunida y nunca se aposaba; del vientre echaba excrementos
copiosamente; tuvo mucho delirio y no durmió nada. El día segundo por la mañana
le faltó el habla, la calentura era aguda, no hubo intermisión, sudó, tenía palpitaciones
por todo el cuerpo y en la noche convulsiones. En el día tercero se
acrecentaron todas estas cosas. En el cuarto murió.
Enfermo trigesimoprimero
Un calvo en Larisa de repente fue acometido de un
dolor en el muslo derecho, y lo que se le aplicó no le sirvió de nada. El día
primero tuvo calentura aguda y ardiente, lo pasó con alguna quietud; pero luego
le volvieron los dolores. El día segundo los dolores del muslo se mitigaron,
pero la calentura se hizo más fuerte, estuvo inquieto, no pudo dormir, las
extremidades del cuerpo se pusieron frías, echó grande abundancia de orina,
pero no buena. En el tercero se le quitó el dolor del muslo; pero le vino delirio,
gran perturbación y suma inquietud. El cuarto hacia el mediodía murió
arrebatadamente.
Enfermo trigesimosegundo
A Pericles en Abderas le acometió calentura aguda,
continua, con dolor; tenía mucha sed, ansias y no podía detener lo que bebía;
solía este enfermo padecer del bazo y peso en la cabeza. El día primero le
salió mucha sangre de la nariz izquierda, con todo la calentura era muy
vehemente; hizo muchas orinas turbadas y blancas, que aun dejándolas descansar
no hacían poso. En el segundo se acrecentaron todos los males; las orinas eran
gruesas y hacían más poso, las ansias se mitigaron y durmió. El día tercero disminuyó
la calentura; las orinas fueron copiosas, cocidas, y tenían mucho poso; la
noche fue apacible. En el cuarto hacia el medio día le vino mucho sudor cálido
por todo el cuerpo, quedó sin calentura, hizo crisis y no tuvo recaída.
Enfermo trigesimotercero
Una doncella en Abderas, que vivía en el Camino
Sagrado, fue acometida de calentura ardiente; tenía grande sed y mucho desvelo;
vínole entonces el menstruo por la primera vez. El día sexto tuvo muchas ansias
y congojas; estaba encarnada, tenía calofríos, se hallaba muy inquieta. El día
séptimo tuvo lo mismo sin novedad; las orinas eran delgadas, pero de buen
color; en el vientre no sentía incomodidad. En el día octavo se hizo sorda, la
calentura era aguda, estaba desvelada, tenía grandes ansias y calofríos, estaba
en sí, las orinas eran del mismo modo que antes. En el noveno estuvo sin
novedad, y se mantuvo así los días que inmediatamente siguieron y permaneció la
sordera. El decimocuarto se le perturbó la mente y aflojó un poco la calentura.
El día decimoséptimo echó mucha sangre por las narices, la sordera disminuyó un
poco; mas en los días siguientes volvió a tener ansias, sordera y delirio. En
el día vigésimo sintió dolor en los pies, la sordera y el delirio disminuyeron,
echó un poco de sangre por las narices, sudó y quedó sin calentura. En el
vigesimocuarto volvió la calentura y la sordera, tuvo dolor en los pies y
delirio. En el vigesimoséptimo sudó mucho y quedó sin calentura, dejó la
sordera, quedaba un poco de dolor en los pies; en lo demás hizo perfecta
crisis.
Enfermo trigesimocuarto
En Abderas, Anaxion, que vivía junto a la Puerta
Tracia, fue acometido de una calentura aguda; tenía un dolor continuo en el
costado derecho; acompañábale tos seca, sin arrancar nada en el principio;
estaba sediento y desvelado, las orinas tenían buen color, eran en mucha
cantidad y delgadas. En el día sexto le vino un poco de delirio; los fomentos
cálidos que se le aplicaron de nada le sirvieron. El séptimo lo pasó con
trabajo, porque la calentura se hizo más fuerte, los dolores no se
disminuyeron, la tos le molestaba mucho y respiraba con dificultad. El día
octavo se le abrió la vena del codo y salió mucha sangre, como era menester,
sosegáronse los dolores, pero las toses secas permanecieron. En el
decimoprimero disminuyó, la calentura, tuvo un poco de sudor cerca de la
cabeza, permanecía la tos y lo que arrojaba de los pulmones era aguanoso. En el
decimoséptimo empezó a arrancar poco y cocido; quedó aliviado. En el vigésimo
le vino sudor y quedó sin calentura; después de esta terminación lo pasaba bien,
pero tenía sed, y lo que arrojaba de los pulmones no era de buena calidad. El
día vigesimoséptimo te volvió la calentura, tuvo tos y arrancó mucho y cocido;
echó en la orina mucho poso blanco, quedó sin sed, tenía buena la respiración.
En el trigesimocuarto le vino un sudor por todo el cuerpo; quedó sin calentura
y enteramente libre de la enfermedad.
Enfermo trigesimoquinto
En Abderas, Herópito, que vivía en el Camino de
Arriba, estando levantado sintió un gran dolor de cabeza, y de allí a poco se
puso en cama. Entróle calentura ardiente y aguda; a los principios vomitó
muchas cóleras, tenía sed y estaba inquieto; las orinas eran delgados y negras,
y unas veces tenían nubecilla en el medio del licor y otras estaban sin ella;
la noche fue trabajosa; la calentura tenía los crecimientos, ya de un modo, ya
de otro, y por la mayor parte sin orden. Cerca del día decimocuarto le vino
sordera, aumentósele la calentura, echó las orinas como antes. El día vigésimo
y los siguientes deliró mucho. En el cuadragésimo arrojó mucha sangre de
narices y volvió más en sí la sordera continuaba, pero era menos; las
calenturas disminuyeron. En los días siguientes fue echando de las narices poca
sangre, pero con frecuencia. Hacia el sexagésimo cesó la sangre de narices,
pero se le puso un dolor fuerte en la cadera, las calenturas se aumentaron, y
de allí a poco le dolieron todas las partes inferiores. Sucedíale a este
enfermo que o las calenturas y la sordera se acrecentaban, o si se aliviaban y
disminuían estas cosas, entonces crecían los dolores de cadera y demás partes
inferiores a ella. Cerca del día octogésimo disminuyeron todos los males, pero no
se quitaron del todo; las orinas eran de buen color y tenía mucho poso; el
delirio se corrigió. Hacia el día centésimo se turbó el vientre y echó mucha
copia de humores biliosos, y esto no duró poco tiempo, y salían como en las
disenterías con dolor; en lo demás lo pasaba con alivio, porque las calenturas
cesaron del todo y se le quitó la sordera. El día centesimovigésimo quedó
perfectamente bueno.
Enfermo trigesimosexto
Nicodemo, en Abderas, habiendo ejercitado con
exceso las cosas lascivas, y bebido destempladamente, cayó en una fuerte
calentura. A los principios estaba inquieto con cardialgia, tenía mucha sed, la
lengua se puso seca, las orinas eran delgadas y negras. El día segundo creció
la calentura con calofríos y con ansias al estómago, no durmió nada, vomitó
cóleras amarillas, las orinas eran como las antecedentes, la noche fue quieta y
durmió algo. En el tercero estuvo aliviado en todo, hubo quietud, al ponerse el
sol estuvo otra vez un poco inquieto y la noche fue trabajosa, El cuarto le
vino frío con temblor de todo el cuerpo, calentura grande, todo estaba
dolorido, las orinas eran delgadas y tenían nubecilla en medio del licor. En el
sexto deliró mucho. El séptimo, le pasó con descanso. El octavo disminuyeron
todos los males. En el décimo y los días siguientes duraban los dolores, aunque
eran más ligeros. Así los crecimientos como los dolores siempre fueron mayores
en este enfermo en los días pares. El día veinte hizo la orina blanca y gruesa,
pero dejándola sosegar no hacía poso, sudó mucho, pareció estar libre de
calentura, pero por la tarde volvió a encenderse un poco, volvieron también los
dolores, tuvo algo de escalofríos y juntamente le acompañaron sed molesta y un
poco de delirio. En el veinticuatro hizo copiosa orina blanca y había en ella
mucho poso, vínole sudor cálido y abundante por todo el cuerpo, quedó sin
calentura y enteramente libre de la enfermedad.
Enfermo trigesimoséptimo
En Thaso, una mujer enojadiza, de una tristeza por
causa manifiesta, andando por su pie se puso desvelada e inapetente, con sed y
desasosiego. Vivía esta mujer junto a las casas de Pílades en el Llano. El
primer día, al hacerse de noche, empezó a tener miedos, a hablar más de lo que
es razón, a tener aflicción y displicencia del ánimo y una calenturilla ligera;
por la mañana le vinieron muchas convulsiones, y cuando éstas cesaban por algún
intervalo entonces deliraba y hablaba cosas torpes, al mismo tiempo tenía
muchos dolores fuertes y continuos. El día siguiente estuvo con todas estas
cosas sin novedad, no durmió, la calentura se hizo un poco mayor. En el tercero
cesaron las convulsiones, pero se puso azorrada y soporosa, de allí a poco
despertó, dio saltos, no podía contenerse, deliraba mucho, la calentura era
aguda; en la misma noche tuvo ardor caliente de todo el cuerpo, quedó sin
calentura, durmió, estaba en sí del todo, quedó enteramente libre de la
enfermedad. Hacia el tercer día eran las orinas negras y delgadas, y tenían una
nubecilla muy redonda en el medio del licor, la cual no se posó. Estando ya
cercana la crisis le vino el menstruo copiosamente.
Enfermo trigésimo-octavo
A una doncella en Larisa la acometió una calentura
ardiente y aguda, tenía desvelo y sed, la lengua estaba de color de hollín y
seca, las orinas eran de buen color, pero delgadas. El día siguiente fue
trabajoso, no durmió. En el tercero echó por el vientre mucha copia de humores
como agua, y en los días siguientes prosiguieron os cursos sin disminuir las
fuerzas. El día cuarto echó orina tenue en poca cantidad, y en el medio del
licor tenía una nubecilla que no se aposaba; en la noche deliró. El día sexto echó
mucha sangre de narices, y habiendo tenido calofríos, le vino después sudor
cálido y universal de todo el cuerpo, quedó libre de la calentura y de la
enfermedad. Así durante las calenturas como después de la crisis, le vino el
menstruo por primera vez, pues era doncella. Estuvo siempre desasosegada, tenía
calofríos, rubicundez en las mejillas, dolor en los ojos y peso en la cabeza. A
esta enferma no le volvió la enfermedad; antes bien, quedó del todo sana. Los
trabajos los tuvo en días pares.
Enfermo trigesimonoveno
Apolonio en Abderas anduvo mucho tiempo enfermo sin
hacer cama. Era hombre de gran barriga, y ya tiempo había que padecía un dolor
junto al hígado y lo vino ictericia; juntamente padecía mucho de flatos y era
de color ceniciento. Habiendo comido desordenadamente mucha vaca y bebido sin
templanza, empezó primero a encenderse un poco, y se puso en cama. Después de
esto, habiendo tomado gran cantidad de leche de cabras y de ovejas, así cruda
como cocida, y Junto con esto otros alimentos de mala naturaleza, se le
siguieron daños notables en todo el cuerpo, porque las calenturas se le
acrecentaron; del vientre echó muy poca cosa respecto de lo que había comido,
las orinas fueron delgadas y pocas, no podía dormir, tenía un henchimiento
malo, la sed era mucha, estaba azorrado, el hipocondrio derecho estaba
entumecido con dolor, las extremidades del cuerpo estaban algo frías, deliraba
un poco, se olvidaba de todas las cosas que decía: tenía la mente muy
perturbada. El día decimocuarto, contando desde que tuvo el temblor con frío y
le empezó la calentura y se puso en cama, deliró fuertemente, daba voces,
estaba muy perturbado, habla mucho; pero luego se contuvo en todo esto y le
vino un gran sopor. A estas cosas siguió el moverse el vientre con turbación,
por donde echaba mucha copia de humores coléricos, crudos y sin mezcla de
otros; las orinas eran negras, en poca cantidad y delgadas; estaba de fuerzas
muy caído, los cursos se hicieron varios, ya negros, ya pocos, ya verdes, ya
pingües, tal vez crudos y picantes, y andando el tiempo parecían semejantes a
la leche. Hacia el día vigesimocuarto hubo sosiego, bien que en lo demás se
estaba del mismo modo; algo volvió en sí (porque desde que se había puesto en
cama no se acordaba de nada), de allí a poco volvió a delirar, y en todo se
puso mucho peor. Cerca del día trigésimo la calentura era aguda, los cursos
muchos y delgados, tenía delirio, los extremos se le pusieron fríos, la voz le
faltó. Murió en el trigesimocuarto. Este enfermo, desde que yo le vi,
perpetuamente tuvo el vientre suelto, y las orinas tenues y negras, estuvo
siempre azorrado, sin hacer sueño bueno, tuvo los extremos fríos y deliró toda
la enfermedad.
Enfermo cuadragésimo
En Cizieo, una mujer que parió con gran trabajo dos
mellizas, y purgó poco, desde luego fue acometida de calentura aguda con
calofríos, y junto con esto tuvo peso y dolor en la cabeza, y en la cerviz. Al
principio padeció desvelo, estaba taciturna y de semblante alterado, y no se
rendía a persuasión ninguna, las orinas tenues y sin color, la sed era grande,
estaba ansiosa, el vientre se le destemplaba con perturbación y desorden, mas
después volvía a contenerse. En la noche del día sexto deliró mucho, no durmió
nada. Hacia el undécimo, tuvo grande delirio, y volvió después en sí: las
orinas eran negras y tenues, e intermitiendo por algún tiempo, eran semejantes
al aceite: del vientre echó muchos humores delgados con perturbación. El día
decimocuarto tuvo muchas convulsiones, los extremos del cuerpo estaban fríos,
no volvió más en sí, las orinas se detuvieron. En el decimosexto se privó del
habla. El decimoséptimo murió.
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