Libro N° 9664. Al Otro Lado De La Pared. Bierce, Ambrose.
© Libro N° 9664. Al Otro Lado De La Pared. Bierce, Ambrose. Emancipación. Marzo
5 de 2022.
Título original: © Beyond the Wall, Ambrose Bierce (1842-1914)
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Original: © Al Otro Lado De La Pared. Ambrose
Bierce
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Ambrose Bierce
Al Otro Lado De La Pared
Ambrose Bierce
Al otro lado de la pared (Beyond the Wall) —a veces
publicado como Más allá de la pared— es un relato de terror del escritor
norteamericano Ambrose Bierce (1842-1914), publicado originalmente en la
edición de diciembre de 1907 de la revista Cosmopolitan, y luego reeditado en
la antología de 1910: ¿Pueden existir estas cosas? (Can Such Things Be?).
Al otro lado de la pared, sin dudas uno de los
mejores cuentos de Ambrose Bierce, relata la visita del narrador a su extraño
amigo. Mientras cenan, oyen un golpe en la pared; no obstante, del otro lado no
hay nada. Es entonces que el dueño de casa decide contar su historia.
Tiempo atrás, conoció a una joven hermosa, con la
cual compartían una pared adyacente. El hombre comenzó a golpear en la pared y
ella le correspondió. Esto continuó por un tiempo hasta que ella dejó de
llamar. Luego de mucho tiempo volvió a escuchar un golpe, pero por
resentimiento decidió ignorarlo. A la mañana siguiente se supo que la mujer
había estado en cama, muy enferma, y que en su última noche con vida intentó
comunicarse con él golpeando la pared.
Al otro lado de la pared de Ambrose Bierce es un
relato simple pero eficaz, donde lo sobrenatural funciona como una metáfora del
sentimiento de culpa, en este caso, de aquel hombre que no respondió los golpes
en la pared.
Hace muchos años, cuando iba de Hong Kong a Nueva
York pasé una semana en San Francisco. Hacía mucho tiempo que no había estado
en esa ciudad y durante todo aquel periodo mis negocios en Oriente habían
prosperado más de lo que esperaba. Como era rico, podía permitirme volver a mi
país para restablecer la amistad con los compañeros de juventud que aún vivían
y me recordaban con afecto. El más importante para mí era Mohum Dampier, un
antiguo amigo del colegio con quien había mantenido correspondencia irregular
hasta que dejamos de escribirnos, cosa muy normal entre hombres.
Es fácil darse cuenta de que la escasa disposición
a redactar una sencilla carta de tono social está en razón del cuadrado de la
distancia entre el destinatario y el remitente. Se trata, simple y llanamente,
de una ley.
Recordaba a Dampier como un compañero, fuerte y
bien parecido, con gustos semejantes a los míos, que odiaba trabajar y mostraba
una señalada indiferencia hacia muchas de las cuestiones que suelen preocupar a
la gente; entre ellas la riqueza, de la que, sin embargo, disponía por herencia
en cantidad suficiente como para no echar nada en falta. En su familia, una de
las más aristocráticas y conocidas del país, se consideraba un orgullo que
ninguno de sus miembros se hubiera dedicado al comercio o a la política, o
hubiera recibido distinción alguna. Mohum era un poco sentimental y su carácter
supersticioso lo hacía inclinarse al estudio de temas relacionados con el
ocultismo.
Afortunadamente gozaba de una buena salud mental
que lo protegía contra creencias extravagantes y peligrosas. Sus incursiones en
el campo de lo sobrenatural se mantenían dentro de la región conocida y
considerada como certeza.
La noche que lo visité había tormenta. El invierno
californiano estaba en su apogeo: una lluvia incesante regaba las calles
desiertas y, al ser empujada por irregulares ráfagas de viento, se precipitaba
contra las casas con una fuerza increíble. El cochero encontró el lugar, una
zona residencial escasamente poblada cerca de la playa, con dificultad. La
casa, bastante fea, se elevaba en el centro de un terreno en el que, según pude
distinguir en la oscuridad, no había ni flores ni hierba. Tres o cuatro árboles,
que se combaban y crujían a causa del temporal, parecían intentar huir de su
tétrico entorno en busca de mejor fortuna, lejos, en el mar. La vivienda era
una estructura de dos pisos, hecha de ladrillo, que tenía una torre en una
esquina, un piso más arriba.
Era la única zona iluminada. La apariencia del
lugar me produjo cierto estremecimiento, sensación que se vio aumentada por el
chorro de agua que sentía caer por la espalda mientras corría a buscar refugio
en el portal. Dampier, en respuesta a mi misiva informándole de mi deseo de
visitarlo, había contestado: No llames, abre la puerta y sube. Así lo hice.
La escalera estaba pobremente iluminada por una luz
de gas que había al final del segundo tramo. Conseguí llegar al descansillo sin
destrozar nada y atravesé una puerta que daba a la iluminada estancia cuadrada
de la torre. Dampier, en bata y zapatillas, se acercó, tal y como yo esperaba,
a saludarme, y aunque en un principio pensé que me podría haber recibido más
adecuadamente en el vestíbulo, después de verlo, la idea de su posible
inhospitalidad desapareció.
No parecía el mismo. A pesar de ser de mediana
edad, tenía canas y andaba bastante encorvado. Lo encontré muy delgado; sus
facciones eran angulosas, y su piel, arrugada y pálida como la muerte, no tenía
un solo toque de color. Sus ojos, excepcionalmente grandes, centelleaban de un
modo misterioso. Me invitó a sentarme y, tras ofrecerme un cigarro, manifestó
con sinceridad obvia y solemne que estaba encantado de verme. Después tuvimos
una conversación trivial durante la cual me sentí dominado por una profunda
tristeza al ver el gran cambio que había sufrido. Debió captar mis sentimientos
porque inmediatamente dijo, con una gran sonrisa:
—Te he desilusionado: non sum qualis eram.
Aunque no sabía qué decir, al final señalé:
—No, que va, bueno, no sé: tu latín sigue igual que
siempre.
Sonrió de nuevo.
—No —dijo—, al ser una lengua muerta, esta
particularidad va aumentando. Pero, por favor, ten paciencia y espera: existe
un lenguaje mejor en el lugar al que me dirijo. ¿Tendrías algún inconveniente
en recibir un mensaje en dicha lengua?
Mientras hablaba su sonrisa iba desapareciendo, y
cuando terminó, me miró a los ojos con una seriedad que me produjo angustia.
Sin embargo no estaba dispuesto a dejarme llevar por su actitud ni a permitirle
que descubriera lo profundamente afectado que me encontraba por su presagio de
muerte.
—Supongo que pasará mucho tiempo antes de que el
lenguaje humano deje de sernos útil —observé—, y para entonces su necesidad y
utilidad habrán desaparecido.
Mi amigo no dijo nada y, como la conversación había
tomado un giro desalentador y no sabía qué decir para darle un tono más
agradable, también yo permanecí en silencio. De repente, en un momento en que
la tormenta amainó y el silencio mortal contrastaba de un modo sobrecogedor con
el estruendo anterior, oí un suave golpeteo que provenía del muro que tenía a
mis espaldas. El sonido parecía haber sido producido por una mano, pero no como
cuando se llama a una puerta para poder entrar, sino más bien como una señal
acordada, como una prueba de la presencia de alguien en una habitación
contigua; creo que la mayoría de nosotros ha tenido más experiencias de este
tipo de comunicación de las que nos gustaría contar.
Miré a Dampier. Si había algo divertido en mi
mirada no debió captarlo. Parecía haberme olvidado y observaba la pared con una
expresión que no soy capaz de definir, aunque la recuerdo como si la estuviera
viendo. La situación era desconcertante. Me levanté con intención de marcharme;
entonces reaccionó.
—Por favor, vuelve a sentarte —dijo—, no ocurre
nada, no hay nadie ahí.
El golpeteo se repitió con la misma insistencia
lenta y suave que la primera vez.
—Lo siento —dije—, es tarde. ¿Quieres que vuelva
mañana?
Volvió a sonreír, esta vez un poco mecánicamente.
—Es muy gentil de tu parte, pero completamente
innecesario. Te aseguro que ésta es la única habitación de la torre y no hay
nadie ahí. Al menos...
Dejó la frase sin terminar, se levantó y abrió una
ventana, única abertura que había en la pared de la que provenía el ruido.
—Mira.
Sin saber qué otra cosa podía hacer, lo seguí hasta
la ventana y me asomé. La luz de una farola cercana permitía ver claramente, a
través de la oscura cortina de agua que volvía a caer a raudales, que no había
nadie. Ciertamente, no había otra cosa que la pared totalmente desnuda de la
torre. Dampier cerró la ventana, señaló mi asiento y volvió a tomar posesión
del suyo.
El incidente no resultaba en sí especialmente
misterioso; había una docena de explicaciones posibles (ninguna de las cuales
se me ha ocurrido todavía). Sin embargo me impresionó vivamente el hecho de que
mi amigo se esforzara por tranquilizarme, pues ello daba al suceso una cierta
importancia y significación. Había demostrado que no había nadie, pero
precisamente eso era lo interesante. Y no lo había explicado todavía. Su
silencio resultaba irritante y ofensivo.
—Querido amigo —dije, me temo que con cierta
ironía—, no estoy dispuesto a poner en cuestión tu derecho a hospedar a todos
los espectros que desees de acuerdo con tus ideas de compañerismo; no es de mi
incumbencia. Pero como sólo soy un simple hombre de negocios, fundamentalmente
terrenales, no tengo necesidad alguna de espectros para sentirme cómodo y
tranquilo. Por ello, me marcho a mi hotel, donde los huéspedes aún son de carne
y hueso.
No fue una alocución muy cortés, lo sé, pero mi
amigo no manifestó ninguna reacción especial hacia ella.
—Te ruego que no te vayas —observó—. Agradezco
mucho tu presencia. Admito haber escuchado un par de veces con anterioridad lo
que tú acabas de oír esta noche. Ahora sé que no eran ilusiones mías y esto es
verdaderamente importante para mí; más de lo que te imaginas. Enciende un buen
cigarro y ármate de paciencia mientras te cuento toda la historia.
La lluvia volvía a arreciar, produciendo un rumor
monótono, que era interrumpido de vez en cuando por el repentino azote de las
ramas agitadas por el viento. Era bastante tarde, pero la compasión y la
curiosidad me hicieron seguir con atención el monólogo de Dampier, a quien no
interrumpí ni una sola vez desde que empezó a hablar.
—Hace diez años —comenzó—, estuve viviendo en un
apartamento, en la planta baja de una de las casas adosadas que hay al otro
lado de la ciudad, en Rincón Hill. Esa zona había sido una de las mejores de
San Francisco, pero había caído en desgracia, en parte por el carácter
primitivo de su arquitectura, no apropiada para el gusto de nuestros ricos
ciudadanos, y en parte porque ciertas mejoras públicas la habían afeado. La
hilera de casas, en una de las cuales yo habitaba, estaba un poco apartada de
la calle; cada vivienda tenía un diminuto jardín, separado del de los vecinos
por unas cercas de hierro y dividido con precisión matemática por un paseo de
gravilla bordeado de bojes, que iba desde la verja a la puerta.
Una mañana, cuando salía, vi a una chica joven
entrar en el jardín de la casa izquierda. Era un caluroso día de junio y
llevaba un ligero vestido blanco. Un ancho sombrero de paja decorado al estilo
de la época, con flores y cintas, colgaba de sus hombros. Mi atención no estuvo
mucho tiempo centrada en la exquisita sencillez de sus ropas, pues resultaba
imposible mirarla a la cara sin advertir algo sobrenatural. Pero no, no temas;
no voy a deslucir su imagen describiéndola. Era sumamente bella. Toda la hermosura
que yo había visto o soñado con anterioridad encontraba su expresión en aquella
inigualable imagen viviente, creada por la mano del Artista Divino.
Me impresionó tan profundamente que, sin pensar en
lo impropio del acto, descubrí mi cabeza, igual que haría un católico devoto o
un protestante de buena familia ante la imagen de la Virgen. A la doncella no
parecía disgustarle mi gesto; me dedicó una mirada con sus gloriosos ojos
oscuros que me dejó sin aliento, y, sin más, entró en la casa. Permanecí
inmóvil por un momento, con el sombrero en la mano, consciente de mi rudeza y
tan dominado por la emoción que la visión de aquella belleza incomparable me inspiraba,
que mi penitencia resultó menos dolorosa de lo que debería haber sido. Entonces
reanudé mi camino, pero dejé el corazón en aquel lugar.
Cualquier otro día habría permanecido fuera de casa
hasta la caída de la noche, pero aquél, a eso de la media tarde, ya estaba de
vuelta en el jardín, interesado por aquellas pocas flores sin importancia que
nunca antes me había detenido a observar. Mi espera fue en vano; la chica no
apareció.
A aquella noche de inquietud le siguió un día de
expectación y desilusión. Pero al día siguiente, mientras caminaba por el
barrio sin rumbo, me la encontré. Desde luego no volví a hacer la tontería de
descubrirme; ni siquiera me atreví a dedicarle una mirada demasiado larga para
expresar mi interés. Sin embargo mi corazón latía aceleradamente. Tenía
temblores y, cuando me dedicó con sus grandes ojos negros una mirada de
evidente reconocimiento, totalmente desprovista de descaro o coquetería, me
sonrojé.
No te cansaré con más detalles; sólo añadiré que
volví a encontrármela muchas veces, aunque nunca le dirigí la palabra ni
intenté llamar su atención. Tampoco hice nada por conocerla. Tal vez mi
autocontrol, que requería un sacrificio tan abnegado, no resulte claramente
comprensible. Es cierto que estaba locamente enamorado, pero, ¿cómo puede uno
cambiar su forma de pensar o transformar el propio carácter?
Yo era lo que algunos estúpidos llaman, y otros más
tontos aún gustan ser llamados, un aristócrata; y, a pesar de su belleza, de
sus encantos y elegancia, aquella chica no pertenecía a mi clase. Me enteré de
su nombre (no tiene sentido citarlo aquí) y supe algo acerca de su familia. Era
huérfana y vivía en la casa de huéspedes de su tía, una gruesa señora de edad,
inaguantable, de la que dependía. Mis ingresos eran escasos y no tenía talento
suficiente como para casarme; debe de ser una cualidad que nunca he tenido. La
unión con aquella familia habría significado llevar su forma de vida, alejarme
de mis libros y estudios y, en el aspecto social, descender al nivel de la
gente de la calle.
Sé que este tipo de consideraciones son fácilmente
censurables y no me encuentro preparado para defenderlas. Acepto que se me
juzgue, pero, en estricta justicia, todos mis antepasados, a lo largo de
generaciones, deberían ser mis codefensores y debería permitírseme invocar como
atenuante el mandato imperioso de la sangre. Cada glóbulo de ella está en
contra de un enlace de este tipo. En resumen, mis gustos, costumbres, instinto
e incluso la sensatez que pueda quedarme después de haberme enamorado, se vuelven
contra él. Además, como soy un romántico incorregible, encontraba un encanto
exquisito en una relación impersonal y espiritual que el conocimiento podría
convertir en vulgar, y el matrimonio con toda seguridad disiparía.
Ninguna criatura, argüía yo, podría ser más
encantadora que esta mujer. El amor es un sueño delicioso; entonces, ¿por qué
razón iba yo a procurar mi propio despertar?
El comportamiento que se deducía de toda esta
apreciación y parecer era obvio. Mi honor, orgullo y prudencia, así como la
conservación de mis ideales me ordenaban huir, pero me sentía demasiado débil
para ello. Lo más que podía hacer —y con gran esfuerzo— era dejar de ver a la
chica, y eso fue lo que hice. Evité incluso los encuentros fortuitos en el
jardín. Abandonaba la casa sólo cuando sabía que ella ya se había marchado a
sus clases de música, y volvía después de la caída de la noche. Sin embargo era
como si estuviera en trance; daba rienda suelta a las imaginaciones más
fascinantes y toda mi vida intelectual estaba relacionada con ellas.
¡Ah, querido amigo! Tus acciones tienen una
relación tan clara con la razón que no puedes imaginarte el paraíso de locura
en el que viví. Una tarde, el diablo me hizo ver que era un idiota redomado. A
través de una conversación desordenada, y sin buscarlo, me enteré por la
cotilla de mi casera que la habitación de la joven estaba al lado de la mía,
separada por una pared medianera. Llevado por un impulso torpe y repentino, di
unos golpecitos suaves en la pared. Evidentemente, no hubo respuesta, pero no tuve
humor suficiente para aceptar un rechazo. Perdí la cordura y repetí esa
tontería, esa infracción, que de nuevo resultó inútil, por lo que tuve el
decoro de desistir.
Una hora más tarde, mientras estaba concentrado en
algunos de mis estudios sobre el infierno, oí, o al menos creí oír, que alguien
contestaba mi llamada. Dejé caer los libros y de un salto me acerqué a la pared
donde, con toda la firmeza que mi corazón me permitía, di tres golpes. La
respuesta fue clara y contundente: uno, dos, tres, una exacta repetición de mis
toques. Eso fue todo lo que pude conseguir, pero fue suficiente; demasiado,
diría yo. Aquella locura continuó a la tarde siguiente, y en adelante durante
muchas tardes, y siempre era yo quien tenía la última palabra.
Durante todo aquel tiempo me sentí completamente
feliz, pero, con la terquedad que me caracteriza, me mantuve en la decisión de
no ver a la chica. Un día, tal y como era de esperar, sus contestaciones
cesaron. Está enfadada —me dije— porque cree que soy tímido y no me atrevo a
llegar más lejos; entonces decidí buscarla y conocerla y, bueno, ni supe
entonces ni sé ahora lo que podría haber resultado de todo aquello.
Sólo sé que pasé días intentando encontrarme con
ella, pero todo fue en vano. Resultaba imposible verla u oírla. Recorrí
infructuosamente las calles en las que antes nos habíamos cruzado; vigilé el
jardín de su casa desde mi ventana, pero no la vi entrar ni salir.
Profundamente abatido, pensé que se había marchado; pero no intenté aclarar mi
duda preguntándole a la casera, a la que tenía una tremenda ojeriza desde que
me habló de la chica con menos respeto del que yo consideraba apropiado.
Y llegó la noche fatídica. Rendido por la emoción,
la indecisión y el desaliento, me acosté temprano y conseguí conciliar un poco
el sueño. A media noche hubo algo, un poder maligno empeñado en acabar con mi
paz para siempre, que me despertó y me hizo incorporarme para prestar atención
a no sé muy bien qué. Me pareció oír unos ligeros golpes en la pared: el
fantasma de una señal conocida. Un momento después se repitieron: uno, dos,
tres, con la misma intensidad que la primera vez, pero ahora un sentido alerta
y en tensión los recibía. Estaba a punto de contestar cuando el Enemigo de la
Paz intervino de nuevo en mis asuntos con una pícara sugerencia de venganza.
Como ella me había ignorado cruelmente durante
mucho tiempo, yo le pagaría con la misma moneda. ¡Qué tontería! ¡Que Dios sepa
perdonármela! Durante el resto de la noche permanecí despierto, escuchando y
reforzando mi obstinación con cínicas justificaciones. A la mañana siguiente,
tarde, al salir de casa me encontré con la casera, que entraba:
—Buenos días, señor Dampier —dijo—; ¿se ha enterado
usted de lo que ha pasado?
Le dije que no, de palabra, pero le di a entender
con el gesto que me daba igual lo que fuera. No debió captarlo porque continuó:
—A la chica enferma de al lado. ¿Cómo? ¿No ha oído
nada? Llevaba semanas enferma y ahora...
Casi salto sobre ella.
—Y ahora... —grité—, y ahora ¿qué?
—Está muerta.
Pero aún hay algo más. A mitad de la noche, según
supe más tarde, la chica se había despertado de un largo estupor, tras una
semana de delirio, y había pedido -éste fue su último deseo- que llevaran su
cama al extremo opuesto de la habitación. Los que la cuidaban consideraron la
petición un desvarío más de su delirio, pero accedieron a ella. Y en ese lugar
aquella pobre alma agonizante había realizado la débil aspiración de intentar
restaurar una comunicación rota, un dorado hilo de sentimiento entre su inocencia
y mi vil monstruosidad, que se empeñaba en profesar una lealtad brutal y ciega
a la ley del Ego.
¿Cómo podía reparar mi error? ¿Se pueden decir
misas por el descanso de almas que, en noches como ésta, están lejos, por
espíritus que son llevados de acá para allá por vientos caprichosos, y que
aparecen en la tormenta y la oscuridad con signos y presagios que sugieren
recuerdos y augurios de condenación?
Esta ha sido su tercera visita. La primera vez fui
escéptico y verifiqué por métodos naturales el carácter del incidente; la
segunda, respondí a los golpes, varias veces repetidos, pero sin resultado
alguno. Esta noche se completa la tríada fatal de la que habla Parapelius
Necromantius. Es todo lo que puedo decir...
Cuando hubo terminado su relato no encontré nada
importante que decir, y preguntar habría sido una impertinencia terrible. Me
levanté y le di las buenas noches de tal forma que pudiera captar la compasión
que sentía por él; en señal de agradecimiento me dio un silencioso apretón de
manos. Aquella noche, en la soledad de su tristeza y remordimiento, entró en el
reino de lo Desconocido.
Ambrose Bierce (1842-1914)

