Libro N° 9663. Almas En Pena. Quinn, Seabury.
© Libro N° 9663. Almas En Pena. Quinn, Seabury. Emancipación. Marzo
5 de 2022.
Título original: © Restless Souls, Seabury Quinn (1889-1969)
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Original: © Almas En Pena. Seabury Quinn
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Seabury Quinn
Almas En Pena
Seabury Quinn
—¡Diez mil diablillos verdes! ¡Vaya noche, vaya
noche tan odiosa!
Jules de Grandin se detuvo bajo la entrada para
vehículos del teatro y observó las cortinas de lluvia que caían del cielo con
un feroz fruncimiento de ceño.
—Bueno, el verano está muerto y el invierno aún no
ha llegado —le recordé intentando calmarle—. Estamos en octubre, y es lógico
que tengamos algo de lluvia. El equinoccio de otoño...
—¡Espero que los demonios más selectos de Satanás
se larguen volando con el equinoccio de otoño! —Me interrumpió el pequeño
francés—. Morbleu, sólo Dios sabe cuánto tiempo llevo sin ver el sol. ¡Además,
me encuentro abominablemente hambriento!
—Eso es algo que sí podemos remediar —prometí,
apartándole del refugio ofrecido por la cornisa y llevándole hacia mi coche—.
¿Y si nos pasamos por el Café Bacchanale? Siempre suelen tener algo bueno para
comer.
—Excelente, magnífico —dijo Jules de Grandin con
entusiasmo, instalándose ágilmente en el asiento trasero y bajándose el cuello
del abrigo que se había subido para protegerse de la lluvia—. Es usted un
auténtico filósofo, mon vieux. Siempre sabe decirme aquello que más deseo oír.
Los clientes del cabaret se lo estaban pasando en
grande, pues era la noche del 31 de octubre, y la gerencia había preparado una
fiesta especial de Halloween. Dejamos atrás el cordoncillo de terciopelo que
colgaba a través de la entrada y apenas llegamos al comedor fuimos acogidos por
un estallido de música. Una docena de ágiles jovencitas sucintamente vestidas
estaban ejecutando unos giros muy complicados, dirigidas por una dama
aparentemente desprovista de huesos cuyo atuendo se componía básicamente de tiras
de tela con campanillas que le rodeaban el cuello, las muñecas y los tobillos.
—¿Conejo a la galesa? —sugerí—. Aquí lo preparan
muy bien.
De Grandin asintió distraídamente con la cabeza
mientras contemplaba a una pareja que comía en una mesa cercana.
—Amigo Trowbridge, tenga la amabilidad de
observarles —me susurró justo cuando el camarero nos traía una bebida casi
hirviente con que empezar la cena—. Comuníqueme los resultados de su examen, si
es que obtiene alguno.
La chica tumbaba de espaldas, como suele decirse.
Era alta, esbelta y muy hermosa, y llevaba un traje de noche de color negro en
el que no había ni el más mínimo adorno. Tampoco los había en el resto de su
persona, dejando aparte el collar de pequeñas perlas de una sola vuelta que
rodeaba su delgado y más bien largo cuello. Tenía el cabello de un castaño
brillante, casi color cobre, y lo llevaba recogido alrededor de la cabeza
formando una tiara griega: aquel marco rojizo hacía que su rostro pareciese una
extraña flor situada al final de un largo tallo. Sus pestañas oscurecidas, el
carmín de sus labios y la palidez de sus mejillas creaban una combinación de lo
más interesante. Cuando la observé con más atención me pareció que había en su
rostro la vaga pero inconfundible expresión de quien sufre alguna enfermedad.
No era nada definido, meramente la combinación de
ciertos factores que atravesaron la cáscara de mi admiración puramente
masculina y obtuvieron una respuesta de mis años de experiencia como
practicante de medicina: un cierto tono azulado de la tez que para el profano
significaba palidez interesante, pero que al galeno le indicaba una pobreza de
oxígeno en la sangre; una leve rigidez en los músculos situados alrededor de la
boca que le daba una inclinación más bien patética a sus labios fruncidos en un
hermoso mohín; y una apenas perceptible retracción allí donde se unían la
mejilla y la nariz, que significaba fatiga de los nervios o los músculos,
posiblemente de ambos.
Volví los ojos hacia el hombre que la escoltaba,
mezclando distraídamente la admiración y el diagnóstico en mi cabeza, y mis
labios se tensaron un poco mientras hacía una anotación mental: «¡Buscadora de
oro!» El hombre tenía los huesos grandes y los rasgos toscos, la cabeza en
forma de bala y el cuello grueso, y poseía la complexión blancuzca como el
vientre de un sapo de quien bebe y duerme demasiado y apenas hace ejercicio
físico. La muchacha le habló en un susurro apremiante y el rostro del hombre apenas
si cambió de expresión. Todo en su actitud indicaba al propietario, como si
aquella joven le perteneciera en cuerpo y alma porque la había adquirido a
cambio de una buena suma, y sus ojos de pez no paraban de vagabundear por la
sala posándose con un brillo codicioso en las mujeres atractivas que cenaban en
las otras mesas.
—No me gusta. —El comentario de Jules de Grandin
hizo que mi atención dejara de vagabundear y volviera a lo que nos ocupaba—. Es
tan extraño como inexplicable; no es normal.
—¿Eh? —exclamé—. Tiene toda la razón; estoy de
acuerdo con usted. Es vergonzoso. Que una muchacha semejante venda, o, quizá,
sólo alquile, su cuerpo a una criatura tal...
—Non, non —me interrumpió con voz algo irritada—.
No siento ni el más mínimo deseo de censurar su comportamiento moral; eso es
algo que sólo les concierne a ellos. Lo que me intriga es su tratamiento de la
bebida.
—¿La bebida? —repetí yo.
—Oui-da, la bebida. Han pedido bebida por tres
veces y, sin embargo, no le han hecho caso en ninguna de esas tres ocasiones;
la han dejado intacta sobre la mesa hasta que el garçon se la ha llevado. Y
ahora le pregunto: ¿es normal eso?
—Bueno, pues... —balbuceé intentando ganar tiempo,
pero De Grandin siguió hablando.
—Mientras les observaba hubo un momento en el que
la mujer pareció dispuesta a llevarse la copa a los labios, pero el gesto de su
escolta la detuvo. No llegó a probar la bebida. ¿Qué clase de personas es capaz
de no prestarle atención al vino, el alma viva de la uva?
—Bien, ¿piensa investigarles? —le pregunté
sonriendo. Sabía que su curiosidad era casi tan ilimitada como su autoestima, y
no me habría sorprendido demasiado ver cómo iba hacia la mesa de aquella
extraña pareja y les pedía una explicación.
—¿Investigarles? —repitió con expresión pensativa—.
Hum... Quizá lo haga.
Levantó la tapa de peltre de su jarra de cerveza
produciendo un leve chasquido metálico, tomó un prolongado sorbo manteniendo su
expresión pensativa y acabó inclinándose hacia adelante clavando sus ojillos
redondos en los míos sin parpadear.
—¿Sabe de qué podría tratarse? —me preguntó.
—Naturalmente, es Halloween. Todos los diablillos
andan sueltos por ahí robando las puertas de los jardines y llamando a las
puertas de las casas...
—Puede que los diablos de mayor tamaño también
anden sueltos por el mundo.
—Oh, vamos —protesté—, supongo que no hablará en
serio...
—Sí, hablo en serio —afirmó solemnemente—.
Regardez, s'il vous plait.
Movió la cabeza señalando a la pareja de la otra
mesa. Sentado justo enfrente de la extraña pareja había un joven que iba solo.
Era uno de esos jóvenes apuestos de lacia y lustrosa cabellera que pueden
encontrarse por docenas en cualquier campus universitario. Si De Grandin
hubiera presentado contra él las mismas acusaciones de desperdiciar los
alimentos de que había hecho objeto a la pareja, habría estado igualmente
justificado, pues el muchacho había dejado casi sin probar un plato bastante
complicado mientras sus ojos extasiados devoraban a la chica sentada en la mesa
contigua. Me volví a mirarle y por el rabillo del ojo vi cómo el acompañante de
la chica movía la cabeza señalando en esa misma dirección. Después se levantó y
abandonó la mesa. Cuando fue hacia la puerta me di cuenta de que su paso
recordaba más a los veloces movimientos de un animal que al caminar de un
hombre.
En cuanto se quedó sola la chica se dio media
vuelta, entornó los párpados y le lanzó una mirada tan indiferente al joven que
resultaba imposible equivocarse en cuanto a su intención. De Grandin observó
con lo que me pareció un hosco desinterés cómo el joven se levantaba de su mesa
para sentarse con ella y, dejando aparte alguna que otra mirada disimulada, no
les prestó ninguna atención mientras se dedicaban al insulso intercambio de
frases común en tales casos; pero unos minutos más tarde, cuando se pusieron en
pie para marcharse, me indicó que debíamos imitarles.
—Debemos averiguar qué dirección toman —me dijo—.
Es muy importante.
—¡Oh, por el amor de Dios, tenga un mínimo de
sentido común! —le reñí yo—. Déjeles flirtear, si es eso lo que quieren. Estoy
seguro de que ahora se encuentra mucho mejor acompañada que cuando entró con...
—¡Précisément, exactamente, así es! —exclamó De
Grandin—. Ese «mucho mejor acompañada» al que usted se refiere es justamente
aquello en lo que pienso cuando me dejo dominar por la preocupación.
—Hum, no cabe duda de que el hombre con quien
estaba sentada era un tipo de aspecto muy duro —admití—. Y pese a toda su
bonita inocencia es posible que la chica sea el cebo de un juego sucio.
—¿Un juego sucio? Mais oui, amigo mío. ¡Un juego
sucio en el que las apuestas son infinitamente elevadas! —Se volvió hacia el
elegante portero del local—. Monsieur le Concierge, esa pareja, el joven y la
mujer, ¿se fueron por ahí?
—Sí, les he visto. Tomaron un gran taxi negro y se
alejaron en esa dirección. El conductor era un tipo bajito, un inglés. El joven
daba la impresión de haber hecho una buena conquista. Aunque si el tipo duro
que trajo aquí a la chavala se entera de que anda tonteando con ella puede
acabar saliendo muy malparado. Ese fulano tiene cara de ser muy mala persona,
y...
—Cierto, cierto —dijo De Grandin—. Y ese monsieur
le Fulano de quien habla, ¿en qué dirección se marchó, si es tan amable?
—Se largó tan deprisa como si le persiguiera el
mismísimo diablo hará unos diez minutos. Es un tipo bastante raro. Le observé
cuando se alejaba por la calle, no por nada especial, entiéndame, pero estaba
mirándole, desvié la vista un momento y cuando volví a mirar hacia allí había
desaparecido. Cuando le vi por última vez estaba a mitad de la manzana, pero
cuando volví a mirar ya no estaba allí. Que me cuelguen si sé cómo logró doblar
la esquina en tan poco tiempo.
—Creo que su perplejidad está justificada —dijo De
Grandin mientras yo detenía el coche junto a la acera. Una vez hubo entrado en
él se volvió hacia mí y me dijo—: De prisa, amigo Trowbridge. Tenemos que
localizarles antes de que desaparezcan en la tormenta.
Unos pocos minutos nos bastaron para divisar las
luces traseras del gran coche en el que nuestra pareja se dirigía velozmente
hacia las afueras de la ciudad. Les perdíamos de vez en cuando para volver a
encontrarles casi de inmediato, pues la ruta que seguían iba en línea recta por
el bulevar Oriente hacia el Old Turnpike.
—Ésta es la mayor de las locuras que hemos cometido
en todo el tiempo que llevamos juntos —gruñí—. Tenemos tan pocas probabilidades
de alcanzarles como de... ¡Diablos, se han parado!
Por improbable que parezca, el gran coche se había
detenido ante la imponente Puerta Canterbury del cementerio Shadow Lawn. De
Grandin se inclinó hacia adelante en su asiento como un jockey montado sobre su
caballo.
—¡Deprisa, amigo mío, con premura, a toda
velocidad! —me suplicó—. Debemos alcanzarles antes de que bajen del vehículo!
Todos mis esfuerzos resultaron inútiles. Cuando
frenamos junto al cementerio con nuestro motor haciendo tanto ruido como un
caballo agotado, lo único que encontramos fue una limusina vacía y un chófer
atónito que nos recibió con una amplia gama de profanidades.
—¿Por dónde se fueron?
De Grandin salió disparado del coche antes de que
hubiera podido detenerlo del todo.
—¡Dentro del cementerio! —respondió el chófer—.
Oiga, ¿qué diablos sabe usted acerca de esto? Me han hecho venir hasta este
sitio donde el diablo dice ¡Buenas noches! y me han dejado tirado como si fuese
un trapo sucio... —Su voz cobró un agudo tono de falsete imitando a la de una
mujer—. No hace falta que nos espere, no volveremos, me dice. Dios
Todopoderoso, ¿quién sino un cadáver puede entrar en un cementerio y no volver
a salir?
—Ciertamente, ¿quién? —exclamó el francés y se
volvió hacia mí—. Vamos, amigo Trowbridge, debemos apresurarnos, ¡tenemos que
encontrarle pronto o será demasiado tarde!
El recinto funerario tenía una apariencia tan
solemne como el propósito al cual estaba dedicado, y su oscura y lúgubre
extensión se desplegó a nuestro alrededor cuando cruzamos la verja de la
imponente entrada de piedra. Los caminos de gravilla bordeados por hileras
dobles de piceas se curvaban alejándose como el dédalo de un laberinto, y el
suelo negro con las ocasionales protuberancias de las tumbas o los monumentos
funerarios de blanco mármol iba subiendo de nivel, aparentemente hasta el
infinito. De Grandin avanzó con paso rápido como si fuera un terrier que sigue
el rastro de su presa, inclinándose de vez en cuando para pasar bajo la rama de
algún árbol empapado por la lluvia, después de lo cual apretaba el paso yendo
todavía más deprisa que antes.
—¿Conoce este lugar, amigo Trowbridge? —me preguntó
durante una de sus breves paradas.
—Mejor de lo que quisiera —admití—. He estado aquí
para asistir a varios funerales.
—¡Estupendo! —exclamó—. Entonces podrá decirme
dónde se encuentra el... ¿cómo le llaman? ¿La cripta de recepción?
—Por allí, casi en el centro del recinto.
De Grandin asintió y reanudó su avance casi a la
carrera. Acabamos llegando al achaparrado mausoleo de piedra gris y De Grandin
examinó todas las puertas, una detrás de otra.
—¡Es inútil! —anunció con expresión decepcionada
después de que las grandes puertas metálicas de aquel sepulcro hubieran
desafiado todos sus esfuerzos—. Parece que tendremos que buscar en otro sitio.
Corrió hacia la explanada reservada para
aparcamiento de los coches fúnebres y examinó rápidamente lo que le rodeaba.
Acabó tomando una decisión y salió disparado por el serpenteante camino que
llevaba a una larga hilera de mausoleos familiares, moviéndose tan deprisa como
si fuera un corredor en una prueba a campo traviesa. Se detuvo ante cada uno de
ellos y trató de abrir las sólidas rejas metálicas de la entrada, observando su
tenebroso interior con la ayuda de su linterna de bolsillo. Visitamos una tumba
tras otra hasta que me quedé sin aliento y sin paciencia.
—¿A qué viene todo esto? —le pregunté—. ¿Qué está
buscando?
—Lo que temo encontrar —replicó con voz jadeante
mientras paseaba el haz luminoso de su linterna a nuestro alrededor—. Si hemos
sido burlados... ¿Eh? Mire, amigo mío, mire y dígame qué ve.
El angosto cono de luz proyectado por su linterna
me permitió observar una silueta oscura que yacía sobre los peldaños de un
mausoleo.
—Pero... ¡pero si es un hombre! —exclamé.
—Eso espero —replicó De Grandin—. Puede que sólo
encontremos las reliquias de uno pero..., ¡eh! Bien. Todavía respira.
Tomé su linterna y moví el haz luminoso sobre la
silueta inmóvil caída encima de los peldaños de la tumba. Era el joven al que
habíamos visto salir del café acompañando a aquella mujer tan extraña. En su
frente había un corte de feo aspecto que parecía haber sido causado por algún
instrumento romo blandido con una fuerza terrible, una cachiporra, por ejemplo.
Las expertas manos de mi amigo recorrieron con hábil rapidez el cuerpo del
joven. Le apretó la muñeca con los dedos para tomarle el pulso y se inclinó
para pegar el oído a su pecho.
—Vive —anunció en cuanto hubo terminado su
inspección—, pero su corazón... No me gusta. Vamos, amigo mío; saquémosle de
este lugar.
—Y ahora, mon brave —dijo media hora después cuando
hubimos logrado revivir al joven inconsciente con sales aromáticas y compresas
frías—, quizá tenga la amabilidad de explicarnos por qué abandona las moradas
de los vivos para mezclarse con los muertos.
El paciente hizo un débil esfuerzo para
incorporarse en la camilla, descubrió que le resultaba demasiado difícil, se
rindió y volvió a recostarse.
—Creí que estaba muerto —confesó.
—¿Hum? —El francés le contempló entrecerrando los
ojos—. Aún no ha respondido a mi pregunta, joven monsieur.
El muchacho hizo un segundo intento de levantarse.
Una expresión de dolor se difundió por su rostro, se llevó la mano a la parte
izquierda del pecho y cayó sobre la camilla, medio derrumbándose y medio
retorciéndose.
—Deprisa, amigo Trowbridge, el nitrato de amilo,
¿dónde está? —me preguntó De Grandin.
—Ahí —Moví la mano señalando el armarito de las
medicinas—. Encontrará tres dosis mínimas en la tercera botella.
Un instante después ya tenía en su mano las tres
ampollitas de color perla. Rompió una por el centro con su pañuelo y acercó una
mitad de la ampollita a las fosas nasales del joven.
—Ah, ya se siente mejor, n'est-ce-pas, mi pobre
amigo? —le preguntó.
—Sí, gracias, mucho mejor. ¿Cómo ha sabido lo que
debía administrarme? —añadió un instante después—. No creía que...
—Amigo mio —le interrumpió el francés con una
sonrisa—, yo ya trataba casos de angina pectoris cuando usted ni tan siquiera
había sido concebido. Y ahora, si se encuentra lo suficientemente recuperado,
¿querrá decirnos por qué abandonó el Café Bacchanale y lo que ocurrió después?
Esperamos su respuesta.
El joven bajó de la camilla, con De Grandin
ayudándole por un lado y yo por el otro, y tomó asiento en un sillón.
—Me llamo Donald Rochester —dijo—, y ésta tenía que
haber sido mi última noche en la tierra. Hace seis meses el doctor Simmons me
explicó que padecía angina pectoris. Cuando hizo su diagnóstico mi caso ya
estaba bastante avanzado, y me dio muy poco tiempo de vida. Hace dos semanas me
dijo que tendría suerte si veía el final del mes, y el dolor estaba volviéndose
más severo y los ataques más frecuentes; por lo que hoy decidí obsequiarme con
una última fiesta, volver a casa y abandonar este mundo de una forma rápida y
limpia.
—¡Maldición! —murmuré. Conocía a Simmons: era un
viejo pomposo y pagado de sí mismo, pero también era un médico de primera clase
y un buen especialista en cardiología, aunque se mostraba brutal y despótico
con sus pacientes.
—Pedí la clase de cena de la que no se me ha
permitido disfrutar durante el último medio año —siguió diciendo Rochester—, y
estaba a punto de empezar a saborearla cuando la vi entrar. Ustedes... —Sus
ojos fueron del rostro de Jules de Grandin al mío, como si esperara obtener más
comprensión de un compatriota—. Ustedes también la vieron, ¿no?
—Perfectamente, mon vieux —dijo De Grandin—. Todos
la vimos. Siga contándonos lo que ocurrió.
—Siempre había pensado que esas historias del amor
a primera vista no eran más que un montón de estupideces, pero ya no opino lo
mismo. Hasta olvidé mi cena de despedida. No tenía ojos ni cabeza para nada que
no fuese ella. Pensé que si dispusiera de aunque sólo fuesen dos años más de
vida nada podría impedirme que la cortejara y le pidiera que se casase conmigo.
—Précisément, desde luego, así es. Ya vemos que le
dejó fascinado, monsieur; pero, en nombre de veinte mil monos azul claro, le
ruego que nos cuente lo que hizo, no lo que pensó.
—Me limité a mirarla boquiabierto, señor. No podía
hacer nada más. Cuando esa bestia enorme con la que estaba sentada se levantó y
salió del local ella me sonrió, y este pobre corazón mío casi dejó de
funcionar. Cuando me sonrió por segunda vez ni todas las cadenas existentes en
este país habrían bastado para mantenerme alejado de ella. Su forma de
comportarse y caminar a mi lado cuando salimos del café, cualquiera habría
creído que me conocía de toda la vida. Tenía un gran coche negro esperando
fuera. Subí a él y me senté a su lado. Antes de darme cuenta ya estaba
contándole quién era, cuánto tiempo de vida me quedaba y el que lo único que
sentía era perderla justo cuando acababa de encontrarla. Yo...
—Parbleu, ¿le contó eso?
—Desde luego que sí, y muchas cosas más, antes de
darme cuenta ya le había dicho que la amaba.
—Y ella...
—Caballeros, no estoy seguro de si la enfermedad
que padezco debería provocarme delirios o no, pero estoy bastante seguro de que
he tenido una experiencia extraña. Antes de contarles el resto quiero hacerles
saber que no estoy loco; pero puede que haya sufrido un ataque al corazón o
algo parecido que me haya dejado inconsciente y que lo haya soñado todo.
—Siga, monsieur —le ordenó De Grandin con expresión
muy seria—. Le escuchamos.
—Muy bien. Cuando le dije que la amaba la chica se
llevó las manos a los ojos, así, como si quisiera limpiarse algunas lágrimas
que no había llegado a derramar. Había esperado que se enfadaría o que se
echaría a reír, pero no hizo ninguna de las dos cosas. Lo único que dijo fue:
«Demasiado tarde». Ya sé que es demasiado tarde, respondí. Ya te he dicho que
es como si estuviera muerto, pero no podía dejar este mundo sin revelarte lo
que sentía. Y entonces ella dijo: Oh, no es eso, querido mío. No me refería a
eso. Yo también te amo, aunque no tengo derecho a decir semejante cosa, no
tengo derecho a amar a nadie. Para mí también es demasiado tarde. Después la
tomé en mis brazos y la estreché con todas mis fuerzas, y ella lloró como si se
le fuera a romper el corazón. Acabé pidiéndole que me hiciera una promesa.
Reposaré más tranquilo en mi tumba si sé que nunca volverás a salir con ese
hombre horrendo junto al que te vi sentada esta noche, le dije, y ella dejó
escapar un grito ahogado y lloró todavía más desesperadamente que antes.
Entonces me pasó por la cabeza la horrible idea de que quizá estuviera casada
con él, y que a eso era a lo que se refería cuando dijo que ya era demasiado
tarde; por lo que se lo pregunté a quemarropa.
»Su respuesta me pareció diabólicamente extrañna.
Me dijo: Tengo que acudir a él siempre que lo desea. Le odio con un odio que
nunca podrás comprender; pero cuando me llama tengo que ir a él. Es la primera
vez que lo he hecho; ¡pero tendré que volver a hacerlo una vez, y otra, y otra
más! Siguió repitiendo esas palabras hasta que la hice callar con mis besos. El
coche se detuvo y salimos de él. Creo que nos hallábamos en una especie de
parque, pero estaba tan absorto ayudándola a recuperar la compostura que apenas
si me fijé en lo que nos rodeaba. Me llevó a través de una gran puerta y por un
sendero serpenteante. Acabamos deteniéndonos ante una especie de albergue y la
tomé en mis brazos para darle un último beso.
»No sé si el resto de lo que voy a contarles
ocurrió realmente o si perdí el conocimiento y lo soñé. Lo que creo que ocurrió
es lo siguiente: en vez de unir sus labios a los míos los puso alrededor de
ellos y pareció aspirar el aliento de mis pulmones. Sentí cómo me debilitaba,
igual que el nadador atrapado en un oleaje muy fuerte que le golpea y le
maltrata hasta dejarle sin respiración, y mis ojos parecieron quedar velados
por una especie de niebla; después todo lo que me rodeaba se fue volviendo de un
color verde oscuro y sentí cómo mis rodillas empezaban a aflojarse. Todavía
podía notar el contacto de sus brazos rodeándome, y recuerdo que me sorprendió
lo fuertes que eran, pero entonces me pareció que acababa de ponerme los labios
en la garganta.
»Seguí debilitándome con una especie de lánguido
éxtasis, si es que eso tiene algún significado para ustedes... Era como irse
quedando dormido poco a poco en una cama muy suave con una buena dosis de coñac
en el estómago después de haber quedado agotado a causa del frío y el ejercicio
físico. Lo siguiente que supe es que había perdido el equilibrio y había caído
sobre los peldaños: mis rodillas estaban tan flácidas como las de un muñeco de
trapo. Al caer debí de darme un golpe terrible en la cabeza, pues perdí el
conocimiento, y lo siguiente que recuerdo es haber despertado para verles
atendiéndome. Díganme, caballeros ,¿lo he soñado todo? Me... siento... muy...
cansado.
A medida que pronunciaba esa frase su voz se fue
haciendo cada vez más lenta, como si estuviera quedándose dormido, y la cabeza
se le cayó hacia adelante mientras su mano se deslizaba sobre su regazo hasta
acabar rozando el suelo con los músculos totalmente relajados.
—¿Ha muerto? —murmuré viendo cómo De Grandin
cruzaba de un salto la habitación y le abría el cuello de la camka de un
manotazo.
—No —respondió—. Más nitrato de amilo, por favor;
revivirá dentro de un momento, pero no volverá a su casa hasta que prometa no
destruirse a si mismo. Mon Dieu, tanto su cuerpo como su alma quedarían
destruidos si se incrustara una bala en el cerebro antes de que... ¡Ah! Mire,
amigo Trowbridge, ¡lo que me temía!
En la garganta del joven había dos minúsculas
perforaciones, como si una aguja muy fina hubiera sido introducida a través de
un pliegue de la piel.
—Hum —comenté—. Si hubiera cuatro diría que le ha
mordido una serpiente.
—¡Y así es! ¡En nombre de un hombrecillo azul, así
es! —replicó De Grandin—. Una serpiente más virulenta y sutil que cualquiera de
las que se arrastran sobre su vientre ha hundido sus colmillos en él; y le ha
envenenado de una forma más terrible que si hubiera sido víctima de la
mordedura de una cobra; pero juro por las alas del ángel de Jacob que nosotros
impediremos que esa serpiente se salga con la suya, amigo mío. Le demostraremos
que no se puede jugar con Jules de Grandin, tanto ella como ese enamorado suyo
de los ojos de pez aprenderán la lección; ¡de lo contrario, juro que mí cena de
Navidad consistirá en repollos hervidos acompañados con agua de alcantarilla!
Al día siguiente De Grandin se presentó a desayunar
con una cara muy seria.
—¿Tendría media hora libre esta mañana? —me
preguntó mientras apuraba su cuarta taza de café.
—Supongo que sí. ¿Está pensando en algo especial?
—Ciertamente. Me gustaría volver al cementerio de
Shadow Lawn. Querría examinarlo de día, si es tan amable.
—¿Shadow Lawn? —repetí yo, asombrado—. Pero, ¿qué
diablos...?
—Justamente —me interrumpió—. A menos que esté
totalmente equivocado, creo que este asunto tiene mucho que ver con el diablo.
Vamos; debe atender a sus pacientes y yo tengo cosas de las que ocuparme. En
marcha.
La lluvia se había esfumado con la noche y cuando
llegamos al cementerio un esplendoroso sol de noviembre brillaba en el cielo.
Fuimos directamente a la tumba donde habíamos encontrado al joven Rochester la
noche anterior. De Grandin se detuvo ante ella y la inspeccionó atentamente.
Sobre el dintel de la inmensa puerta había tallada una sola palabra que De
Grandin señaló con el dedo: HEATHERTON
—Hum —Sostuvo su puntiagudo mentón entre el pulgar
y el índice con expresión pensativa—. Debo recordar ese apellido, amigo
Trowbridge.
Dentro de la tumba, colocadas en dos hileras
superpuestas, estaban las criptas que contenían los restos de los difuntos de
la familia Heatherton: cada cripta tenía una losa de mámiol blanco unida con
cemento a un marco de bronce, y una breve inscripción de dos líneas recogía el
nombre y los datos vitales del ocupante. Los marchitos restos de una corona
funeraria colgaban del anillo de bronce que adornaba el panel de mármol de la
cripta más alejada sostenidos por una cinta anudada, y detrás del reseco círculo
de rosas y hojas de rusco leí la siguiente inscripción:
ALICE HEATHERTON
28 de septiembre de 1906 - 2 de octubre de 1928
—¿Ve? —me preguntó.
—Veo que una chica llamada Alice Heatherton murió
hace un mes a los veintidós años de edad —admití—, pero en cuanto a lo que eso
tiene que ver con lo ocurrido anoche no...
—Naturalmente -—me interrumpió con una risita en la
que no había ninguna alegría—. Pero así es. Hay muchas cosas que usted no ve,
mi viejo amigo. y hay muchas más ante las que se limita a parpadear, como un
niño que se apresura a pasar las páginas desagradables de un libro de
ilustraciones. Y ahora, si tiene la bondad de dejarme solo, hablaré con
Monsieur l'intendant de este hermoso parque y con algunas personas más. Si es
posible volveré a tiempo para la cena, pero —alzó los hombros en un
encogimiento cargado de fatalismo—, a veces el deber nos obliga a olvidarnos de
la comida. Sí, desgraciadamente así ocurre a veces.
El consomé se había enfriado y el asado de cordero
burbujeaba en el horno cuando oí sonar el teléfono de mi estudio.
—Trowbridge, amigo mío —dijo la voz de Jules de
Grandin desde el otro extremo de la línea, agudizada por la emoción—, reúnase
conmigo en Adelphi Mansions tan deprisa como pueda. ¡Le necesito como testigo!
—¿Testigo?
Un seco chasquido me informó de que había colgado
el auricular, por lo que me quedé contemplando asombrado el mudo instrumento
que tenía en la mano. Cuando llegué, De Grandin estaba esperándome ante la
entrada de aquel elegante edificio de apartamentos. Me hizo cruzar el umbral y
me llevó por el vestíbulo alfombrado hasta los ascensores, negándose a
contestar a mis impacientes preguntas. Cuando la cabina del ascensor salió
disparada hacia arriba metió la mano en el bolsillo y sacó de él una pequeña
instantánea sobre la que se veían las huellas dejadas por varios pulgares.
—La he tomado prestada de le Journal —me explicó—.
Ellos ya no la necesitaban para nada.
—¡Cielo santo! —exclamé mientras contemplaba la
foto—. Pero si es...
—Desde luego que lo es —dijo De Grandin con voz
impasible—. No cabe duda de que es la chica a la que vimos anoche; la chica
cuya tumba visitamos esta mañana; la chica que le dio el beso de la muerte al
joven Rochester.
—Pero eso es imposible. Esa chica está...
Su breve carcajada me impidió terminar la frase.
—Estaba seguro de que diría justamente eso, amigo
Trowbridge. Venga conmigo: oigamos qué puede decirnos al respecto la señora
Atherton.
Una esbelta doncella negra vestida con un uniforme
blanco y negro respondió a nuestra llamada y aceptó nuestras tarjetas para
entregárselas a su señora. Cuando salió de la más bien suntuosa sala de
recepción contemplé con cierta envidia lo que nos rodeaba, fijándome en las
alfombras de China y Oriente Próximo, las antigüedades de caoba y un hermoso
tapiz medieval con una escena de los Nibelungenlied bajo la que había una
leyenda en letras góticas: Hic Siegriedum Aureum Occidunt (Aquí mataron al
dorado Sigfrido).
—Doctor Trowbridge, doctor De Grandin.
Aquella voz suave y bien educada me hizo abandonar
mi estudio del tapiz: una imponente dama de cabellos blancos acababa de entrar
en la estancia.
—¡Señora, le pido mil perdones por esta intrusión!
—De Grandin hizo entrechocar sus talones y la obsequió con una rígida
reverencia—. Créame, no deseamos turbar su intimidad, pero hemos venido por un
asunto de la máxima importancia. Disculpe que le pregunte en qué circunstancias
murió su hija, pues soy de la Sûreté de París y mis pesquisas estan
relacionadas con la investigación científica.
La señora Heatherton era, para usar una frase algo
sobada, toda una dama. Nueve mujeres de cada diez se habrían quedado
paralizadas nada más oír las palabras de Jules de Grandin, pero ella era la
mujer número diez. La mirada tan directa que le había lanzado el pequeño
francés y su evidente sinceridad, combinadas con los modales perfectos y el
atuendo inmaculado, exigían una respuesta.
—Siéntense, caballeros —nos invitó—. No se me
ocurre razón alguna por la que la tragedia de mi pobre niña deba interesar a un
oficial de la policía secreta parisiense, pero estoy dispuesta a contarles todo
lo que sé; de todas formas, los periódicos les darían una versión confusa y no
demasiado fiel de lo ocurrido. Alice era mi hija pequeña. Ella y mi hijo Ralph
se llevaban casi dos años exactos de diferencia. Ralph se graduó en ingeniería
civil por la Universidad de Cornell hace dos años y fue a Florida para ocuparse
de algunas obras. Alice murió mientras le visitaba.
—Pero, disculpe lo que quizá pueda parecerle rudeza
por mi parte, señora, pero su hijo... También está muerto, ¿no?
—Si —Nuestra anfitriona asintió con la cabeza—.
También está muerto. Murieron casi al mismo tiempo. En Florida había un hombre
de esta misma ciudad, Joachim Palenzke, no es la clase de persona con la que
solemos relacionarnos, pero era el jefe de Ralph. Creo que tuvo algo que ver
con la operación inmobiliaria que motivó las obras. Cuando Alice fue a visitar
a Ralph esa persona abusó de su posición y del hecho de que todos éramos de
Harrisonville, y persiguió a mi hija de una forma absolutamente indecorosa.
—Comprendo. ¿Y qué ocurrió después? —preguntó De
Grandin en voz baja y suave, instándola a proseguir.
—Ralph se enfadó muchísimo. Palenzke hizo algunas
observaciones insultantes, según me han contado, se trató de ciertas alusiones
desagradables referentes a Alice y a mí. Se pelearon. Ralph no era demasiado
corpulento pero tenía mucho valor. Palenzke era casi un gigante, pero en el
fondo era un cobarde. Cuando vio que Ralph estaba a punto de vencerle sacó una
pistola e incrustó cinco balas en el cuerpo de mi pobre hijo. Ralph murió al
día siguiente depués de haber pasado horas de terribles sufrimientos. Su asesino
huyó a los pantanos, donde sería difícil seguirle el rastro con sabuesos, y
según algunos tramperos acabó suicidándose pero debió de haber algún error
pues... —Se quedó callada y se tapó la boca con un pañuelo arrugado, como si
intentara contener los sollozos.
De Grandin se levantó de su asiento y le dio unas
palmaditas en la mano, como si consolara a una criatura.
—Mi querida señora —murmuró—, le aseguro que todo
esto me resulta muy doloroso, pero le ruego que me crea cuando le dijo que
tengo mis razones para hacerle estas preguntas tan penosas para usted. Por
favor, dígame por qué cree que la historia según la que ese malvado se suicidó
no es cierta.
—Porque, ¡porque volvieron a verle! ¡Él mató a
Alice!
—¡Nom d'un nom! ¡Es increíble! —El comentario casi
fue un grito reprimido—. Señora, cuénteme lo ocurrido, dígame todo lo que sepa
sobre ese acto tan espantosamente vil. Esto es de una gran importancia, y
explica mucho de lo que hasta ahora resultaba inexplicable. ¡Siga, chére
Madame, se lo imploro!
—La tragedia tuvo un efecto terrible sobre Alice,
parecía creer que ella era la responsable de que Ralph hubiera sido asesinado,
pero pasados unos días se recuperó lo suficiente para dar comienzo a los
preparativos necesarios y volver a casa con el cadáver. El ferrocarril más
cercano quedaba a unos veinticinco kilómetros y quería coger un tren que salía
a primera hora, por lo que se marchó en coche la noche anterior a la mañana en
que debía coger el tren. El coche avanzaba por un tramo de carretera solitaria
y mal iluminada con el pantano a los dos lados cuando alguien emergió de entre
los cañizos —lo sabemos gracias a la declaración del chófer—, y saltó al
estribo del coche en marcha. Dejó inconsciente al chófer de un solo golpe, pero
no antes de haber sido reconocido. Era Joachim Palenzke. Cuando el chófer
perdió el conocimiento el coche se dirigió hacia el pantano, pero
afortunadamente para él el barro era lo bastante profundo para hacer que el
motor se detuviera y no lo bastante profundo para engullir el vehículo. El
chófer se recobró pasado un rato y dio la alarma. Un grupo de búsqueda del
sheriff les encontró a la mañana siguiente. Al parecer Palenzke había resbalado
en el fango mientras intentaba escapar y se había ahogado. Alice estaba muerta,
los médicos dijeron que a causa del shock. Tenía los labios en un estado
terrible, y había una herida en su garganta, aunque no era lo bastante seria
para haber causado su muerte; y había sido...
—¡Basta! ¡No siga, señora, se lo suplico! Sang de
Saint Dennis, ¿acaso Jules de Grandin es un monstruo capaz de hacer rodar una
piedra sobre el corazón destrozado de una madre? ¡Dieu de Dieu, non! Pero
respóndame a una pregunta más, si puede, y dejaré de interrogarla. ¿Qué fue de
ese diez mil veces maldito, le pido disculpas, señora, de ese execrable llamado
Palenzke?
—Trajeron su cuerpo aquí para el entierro —replicó
la señora Heatherton en voz baja—. Su familia es muy rica. Unos se dedicaron al
contrabando de licor durante la prohibición, otros especulan con propiedades
inmobiliarias, y algunos son políticos. La ceremonia se celebró en la iglesia
ortodoxa griega y fue el funeral más suntuoso que jamás se haya visto —dicen
que sólo las flores costaron más de cinco mil dólares—, pero el padre
Apostolakos se negó a decir misa por él. Se limitó a recitar una breve plegaria
y le negó el entierro en la parte consagrada del cementerio de la iglesia.
—¡Ah! —De Grandin me lanzó una mirada cargada de
sobreentendidos cuyo significado parecía ser ¡Ya se lo había dicho yo!
—Puede que esto también le interese, aunque no
estoy segura —añadió la señora Heatherton—. Un amigo mío que conoce a un
reportero del Journal, los reporteros se enteran de todo, ya sabe —dijo con una
encantadora ingenuidad—. Bien, ese amigo me contó que el cobarde realmente
debió de intentar suicidarse y que no lo consiguió, pues había una señal de
bala en su sien aunque, naturalmente, el disparo no debió de resultar fatal
dado que le encontraron ahogado en el pantano. ¿Cree que pudo haberse herido a
propósito allí donde pudieran verle esos tramperos para que la historia del
suicidio se difundiera, esperando que los agentes de la ley dejarían de
buscarle?
—Es muy posible —dijo De Grandin poniéndose en
pie—. Señora, tenemos con usted una deuda mucho más grande de lo que jamás
podrá imaginar, y aunque no puede saberlo al menos esta noche hemos conseguido
ahorrarle un último dolor. Adieu, chère Madame, y que el buen Dios cuide de
usted y de los suyos.
Le rozó los dedos con los labios, hizo una
reverencia y salió de la habitación. Cuando cruzamos el umbral de la casa oímos
el eco de un sollozo y el grito desesperado de la señora Heatherton.
—Yo y los míos... Ya no existen. ¡Todos han muerto,
todos!
—¡La pauvre! —murmuró De Grandin mientras cerraba
la puerta sin hacer ruido—. ¡Más razón para pedir que le bon Dieu cuide de
ellos, aunque ella no lo sepa!
—¿Y ahora qué? —le pregunté, secándome furtivamente
los ojos con mi pañuelo.
—Vaya a casa, amigo mío —me ordenó—. Yo hablaré con
el sacerdote de esa iglesia griega. Por lo que he oído de él debe de ser un
hombre bueno y sabio. Pienso que creerá mi historia. Si no, parbleu, deberemos
tomar el asunto en nuestras propias manos. Mientras tanto, suplíquele
humildemente perdón a la excelente Nora por no haber acudido a disfrutar de su
cena y pídale que prepare algún tentempié ligero. Después, esté listo para
acompañarme de nuevo en cuanto lo hayamos consumido. Nom d'un canard vert, nos
espera una noche muy atareada, mi viejo amigo!
Volvió cuando ya casi era medianoche, pero el
brillo de sus ojos me reveló que había logrado cumplir con éxito algunas de sus
misiones.
—Barbe d'une chèvre —exclamó mientras liquidaba su
sexto emparedado de cordero frío y vaciaba su octava copa de Ponte Canet—, ese
padre Apostolakos no tiene ni un pelo de tonto, amigo mío. No es uno de esos
pobres modernos de cabeza hueca tan sabios que no tienen ni idea de nada; un
hombre versado en lo oculto puede hablar libremente con él y puede ser
comprendido. Sí. Nos ayudará.
—¿Hum? —comenté yo, con la boca medio llena de pan
y cordero.
—Exactamente —replicó De Grandin, volviendo a
llenar su copa y cogiendo otro emparedado de la bandeja—. Exactamente, amigo
mío. El buen papa es la autoridad suprema en los asuntos eclesiásticos, y
mañana dará las órdenes necesarias sin necesidad de obtener ni un solo permiso
de los respetables ex-contrabandistas, especuladores inmobiliarios y políticos
que forman el ilustre clan Palenzke. ¿Ya no quedan emparedados y la botella
está vacía? Bien, entonces pongámonos en marcha.
—¿Adónde? —le pregunté.
—A la casa del joven señor Rochester. Quiero volver
a hablar con él.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Algo que me ha prestado el buen padre. Espero que
no tendremos ocasión de utilizarlo, pero si llega a ser preciso emplearlo nos
resultará muy útil.
Una tenue neblina atravesada ocasionalmente por una
lluvia gélida estaba cayendo sobre las calles cuando partimos hacia la casa de
Rochester. Media hora de cautelosa conducción nos llevó a ese lugar, y cuando
nos detuvimos junto a la acera el francés señaló una ventana iluminada del
séptimo piso.
—Es la luz de su suite —me informó—. ¿Tendrá
visitas a esta hora tan avanzada?
El ascensorista del turno de noche roncaba en una
silla del vestíbulo y, guiado por el cauteloso gesto que me hizo De Grandin, le
seguí hacia las escaleras.
—No hace falta que anunciemos nuestra presencia
—murmuró mientras llegábamos al descansillo del sexto piso—. Creo que será
mejor que nos presentemos por sorpresa.
Subimos en silencio otro tramo de escalones y nos
detuvimos ante la puerta del apartamento de Rochester. De Grandin golpeó
suavemente el panel de madera, repitió la llamada de una forma más insistente y
estaba a punto de probar suerte con el picaporte cuando oímos pisadas al otro
lado de la puerta. El joven Rochester llevaba un albornoz de seda encima del
pijama y tenía la cabellera un tanto desordenada, pero no parecía adormilado ni
especialmente contento de vernos.
—Tengo la impresión de que no nos esperaba —anunció
De Grandin—, pero aquí estamos. Tenga la bondad de hacerse a un lado y dejarnos
entrar, si es tan amable.
—No pueden entrar ahora —dijo el joven—. En este
momento me es imposible verles. Si vuelven mañana por la mañana...
—Ya es manana por la mañana, mon vieux —le
interrumpió el pequeño francés—. Los relojes dieron la medianoche hace una
hora.
Pasó junto a nuestro reluctante anfitrión y fue
apresuradamente por el largo corredor que llevaba a la sala. La habitación
estaba elegantemente amueblada con un estilo típicamente masculino: robustos
sillones de arce y nogal, alfombras turcas, una mesa con una lámpara y un gran
sofá con muchos almohadones colocado ante una chimenea con rejilla de bronce
tras la que relucía una capa de carbón. Un débil olor a humo de cigarrillos
flotaba en el aire, pero mezclado con él se notaba el delicado y exótico aroma
del heliotropo. De Grandin se detuvo en el umbral, echó la cabeza hacia atrás y
olisqueó la atmósfera como un sabueso que ha perdido el rastro. Delante de la
entrada había un arco sobre el que se encontraba una varilla de bronce que
sostenía dos gruesos cortinajes estampados al estilo Paisley, y De Grandin fue
en línea recta hacia él con la mano derecha metida en el bolsillo del abrigo y
el bastón de ébano que yo sabía ocultaba una espada levemente alzado en su mano
izquierda.
—¡De Grandin! —protesté sorprendido, atónito al ver
que se comportaba como si fuese el propietario del apartamento.
—No —le advirtió Rochester—. No debe...
Los cortinajes que colgaban del arco se separaron y
una chica apareció entre ellos. El ceñido traje de tela púrpura que llevaba era
casi tan diáfano como el humo, y pudimos ver a través de él los blancos
perfiles de su cuerpo. Su cabellera cobriza fluía en una marea hendida por su
rostro cayendo sobre la suave desnudez de sus hombros. Detenido sin haber
llegado a completar el acto de dar un paso, un piececito descalzo mostraba su
blancura y el azul de sus venas contrastando agudamente con el rojo color óxido
de la alfombra de Bokhara. Cuando sus ojos se encontraron con los del francés
tragó aire haciendo un sonido sibilante y sus pupilas se dilataron a causa del
miedo. En la expresión de su rostro no había vergúenza alguna; y tampoco había
confusión por sentirse culpable ni el intento de afrontar una situación
desesperadamente embarazosa mediante el descaro. No, su expresión era la de
alguien que se encuentra en un terrible peligro, y contempló a De Grandin tal y
como podría haber contemplado a una serpiente de cascabel que avanzara
ondulando hacia ella.
—¡Bien! —jadeó, y pude ver cómo la delgada tela de
su traje se tensaba sobre sus senos—. ¡Así que lo sabe! Temía que lo
descubriera, pero...
No llegó a terminar la frase. De Grandin dio un
paso hacia ella y ladeó el cuerpo hasta que el bolsillo derecho de su abrigo
quedó a un brazo de distancia de ella.
—Mais oui, mais oui, Mademoiselle la Morte —replicó
De Grandin haciéndole una ceremoniosa reverencia, pero manteniendo la mano
dentro de su bolsillo—. Lo sé, como muy bien ha dicho usted. Ahora la pregunta
que se plantea es: ¿Qué vamos a hacer al respecto?
—Oiga, ¿cuál es el significado de esta imperdonable
intrusión? —le preguntó Rochester interponiéndose entre ellos.
El pequeño francés se volvió hacia él con una
expresión levemente interrogativa en el rostro.
—¿Usted me pide una explicación? Bien, si es que
hace falta dar explicaciones.
—Mire, maldita sea, no tengo por qué rendirle
cuenta de mis actos a nadie. Alice y yo nos amamos. Vino a mí esta noche por
voluntad propia y...
—¿En verité? —le interrumpió el francés—. ¿Y cómo
vino, señor Rochester?
El joven contuvo el aliento de una forma parecida a
la del corredor que lucha por normalizar su respiración al final de una prueba
muy difícil.
—Yo..., salí un rato y cuando volví... —dijo con
voz vacilante.
—Mi pobre amigo —volvió a interrumpirle De Grandin
contemplándole con simpatía—, miente usted como un caballero, pero miente muy
mal. Escúcheme y le diré cómo entró: esta noche, no sé exactamente cuándo pero
bastante después de la puesta de sol, oyó un golpecito en su ventana o en su
puerta y cuando se asomó a mirar, voilà, ahí estaba la hermosísima demoiselle,
Creyó soñar, pero esos lindos dedos volvieron a golpear el cristal de la
ventana y esos ojos tan adorables y luminosos le miraron lanzándole un mensaje
de amor. Abrió la puerta o la ventana y la hizo entrar, decidido a seguir
disfrutando con aquel sueño ya que no había posibilidad alguna de estar con
ella en carne y hueso. Dígame, joven señor, y usted también, hermosa
mademoiselle, ¿he descrito los hechos tal y como ocurrieron o no?
Rochester y la chica le contemplaron asombrados. El
único testimonio de que había acertado lo dieron los temblorosos párpados del
joven y el estremecimiento que hizo agitarse los delicados labios de la chica.
Un tenso y vibrante silencio reinó durante unos instantes en la habitación;
después la joven dejó escapar un leve grito ahogado y avanzó sin hacer ruido
dejándose caer de rodillas ante De Grandin.
—¡Tenga piedad de mí, sea compasivo! —le suplicó—.
Muéstreme la misma misericordia que quizá algún día desee recibir. Es tan poco
lo que le pido. Usted sabe qué soy; ¿sabe también quién soy y por qué ahora
soy, la criatura maldita que ve ante usted? —enterró el rostro en las manos—.
Oh, es tan cruel, ¡es demasiado cruel! —sollozó—. Era tan joven; toda mi vida
se extendía ante mí. No conocí el auténtico amor hasta que ya era demasiado
tarde. No puede ser tan implacable, no puede hacer que me marche con las manos
vacías; ¡no puede!
—¡Ma pauvre! —De Grandin puso su mano sobre la
reluciente cabellera de la joven—. ¡Mi pobre e inocente oveja que se encontró
al carnicero allí donde teníatodo el derecho a jugar los juegos de las ovejas!
Sé todo cuanto puede saberse sobre usted. Esta noche su santa madre me ha
contado mucho más de lo que se imaginaba. No soy cruel, mi hermosa pequeña: soy
todo simpatía y pena, pero la vida es cruel y la muerte todavía lo es más.
Además, ya sabe cuál será el inevitable final de todo esto si me abstengo de cumplir
con mi deber, ¿verdad? Si pudiera hacer un milagro abriría las puertas de la
muerte y dejaría que viviera y disfrutara del amor hasta que le llegara el
momento natural de morir, pero...
—¡No me importa cuál haya de ser el fin! —exclamó
la joven echándose hacia atrás hasta quedar sentada en el suelo, con las
plantas de sus pies descalzos mirando hacia arriba—. Sólo sé que se me ha
robado aquello a lo que toda mujer tiene derecho por el simple hecho de nacer.
Ahora he encontrado el amor y quiero disfrutar de él; ¡lo deseo! Él me
pertenece, le digo que me pertenece... —Se encogió ante De Grandin,
suplicándole—. ¡Piense en cuán poco le pido! —Se arrastró de rodillas hasta
cogerle la mano entre las suyas y se la llevó a la mejilla—. Sólo le pido una
gotita de sangre de vez en cuando; sólo una gotita insignificante para hacer
que mi cuerpo siga intacto y conserve su belleza. Si fuera como las otras
mujeres y Donald fuese mi amante no le importaría ofrecerme su sangre para una
transfusión, estaría dispuesto a darme cualquier cantidad de su sangre siempre
que la necesitara. Entonces, ¿es pedirle demasiado cuando sólo quiero una gota
de vez en cuando? Sólo una gota de vez en cuando y, algunas veces, un poco del
hálito vital que hay en sus pulmones para...
—¡Para aniquilar su pobre cuerpo enfermo y,
después, para destruir su alma joven y limpia! —la interrumpió el francés en
voz baja y suave—. No es en los vivos en quien pienso más, sino en los muertos.
Cuando haya perdido su vida por usted, ¿sería capaz de negarle el reposo de la
tumba? ¿Le negaría el sueño apacible hasta que llegue el Gran Mañana de Dios?
—¡Oh! —El grito que aquellas palabras le arrancaron
a sus convulsos labios era como el gemido de un espíritu extraviado—. Tiene
razón, es su alma lo que debemos proteger. Lo que le pido también mataría esa
alma, como murió la mía aquella noche en los pantanos. ¡Oh, Dios santo, ten
compasión de mí! Tú que curaste a los leprosos y no despreciaste a la
Magdalena, ¡ten piedad de mí, la impura, la que ha sido contaminada!
Ardientes lágrimas de agonía se deslizaron por
entre los dedos de aquellas manos esbeltas y casi transparentes con las que se
tapaba los ojos.
—Estoy preparada —anunció por fin, pareciendo haber
encontrado el coraje necesario para renunciar a todo—. Haga lo que debe hacer.
Si tiene que ser el cuchillo y la estaca, golpee con mano fuerte y veloz. Si
puedo evitarlo, no gritaré.
>
De Grandin la miró durante un segundo interminable
a la cara, y su expresión era la misma con la que podría haber contemplado a un
ser muy querido que yacía dentro de su ataúd.
—Ma pauvre —murmuró con voz llena de compasión—.
¡Mi pobre, bella y valerosa muchacha! —Se volvió bruscamente hacia Rochester—.
Monsieur —dijo con voz seca—, deseo examinarle. Quiero averiguar qué tal anda
su salud.
Observamos con expresión asombrada cómo le quitaba
la chaqueta del pijama al joven y auscultaba atentamente su pecho, dándole
golpecitos y fijándose en el ritmo y la velocidad de los latidos. Acabó
pasándole lentamente la mano por el brazo.
—Hum —dijo con voz pensativa cuando hubo terminado
su examen—, se encuentra en bastante mal estado, amigo mío. Con medicinas,
muchos cuidados y más suerte de la que suele tener el médico podríamos
mantenerle con vida otro mes. Naturalmente, entra dentro de lo posible que
caiga muerto en cualquier momento. Pero le juro que nunca le he comunicado su
sentencia de muerte a un paciente con tanta alegría como la que siento ahora.
—Exactamente, precisamente, así es, mademoiselle
—replicó, y en su voz había una inconfundible alegría que casi llegaba a la
risa. Le dio la espalda y se dirigió a Rochester—: Usted y mademoiselle Alice
pueden amarse todo cuanto quieran mientras la vida siga alentando dentro de su
cuerpo. Y después... —Alargó el brazo y tomó la mano de la joven—; después haré
lo necesario, por los dos. Ja, Monsieur Diable, te he engañado bien; ¡Jules de
Grandin ha dejado en ridículo al infierno!
Echó la cabeza hacia atrás y asumió una postura
desafiante con los ojos centelleando y los labios temblándole a causa de la
excitación y el júbilo que sentía. La chica se inclinó hacia adelante, le cogió
la mano y la cubrió de besos.
—¡Oh, es usted tan bueno! —sollozó con voz a punto
de quebrarse—. Sabiendo lo que sabe, ningún otro hombre habría hecho lo que
acaba de hacer.
—Mais non, mais certainement non, Mademoiselle
—dijo de Grandin con expresión imperturbable—. Olvida usted que soy Jules de
Grandin. Vamos, Trowbridge, amigo mío, nuestra presencia aquí es una intrusión
que esta joven no debe soportar —me dijo—. Nosotros apuramos el vino purpúreo
de la juventud hace muchos años, ¿qué hacemos aquí junto a los que ríen y pasan
la noche entregándose al amor? Marchémonos.
Los enamorados nos siguieron hasta el vestíbulo
cogidos de la mano, pero cuando nos detuvimos junto al umbral...
¡Rat-tat-tat!.
Algo golpeó la ventana empapada por la niebla y
cuando giré sobre mis talones sentí cómo el aliento ardía en mi garganta. Más
allá del cristal había una silueta humana que parecía flotar entre la niebla.
Un examen más atento me reveló que era el hombre de rostro brutal que habíamos
visto la noche antes en el café. Pero ahora su rostro feo y malvado era el del
diablo, y no el de un mero hombre perverso.
—Eh bien, monsieur, ¿es usted, eh? —le preguntó De
Grandin con voz despreocupada—. Pensé que quizá se decidiría a aparecer, por lo
que estoy preparado para recibirle. No le invite a entrar —le ordenó secamente
a Rochester—. No puede entrar a menos que alguien le invite a hacerlo. Abrace
con fuerza a su amada y coloque la mano o los labios sobre su boca para que
aquel de quien es sierva, aunque sea involuntariamente, no pueda darle permiso
para entrar. ¡Recuerde, no puede cruzar el alféizar sin la invitación de alguno
de los presentes en este cuarto!
Alzó la persiana y contempló a la aparición con
ojos llenos de sarcasmo.
—Monsieur le Vampire, ¿tiene algo que decirnos
antes de que le eche de aquí? —le preguntó.
La boca del ser que había al otro lado de la
ventana se movió, pero la furia que sentía le había dejado sin palabras.
—¡Es mía! —logró chillar por fin—. La convertí en
lo que es, y me pertenece. Volverá a ser mía, y esa cosa agonizante de rostro
blanco como la harina que la abraza también lo será. ¡Todos vosotros me
pertenecéis! ¡Seré el rey y el emperador de los muertos! Ni tú ni ningún mortal
podéis detenerme. Soy omnipotente, supremo, soy...
—Eres el mayor mentiroso de todo el universo,
dejando aparte a los que arden en las llamas del infierno-. En cuanto a tu
poder y tus afirmaciones, monsieur Cara-de-Mono, mañana no tendrás nada, ni tan
siquiera un trocito de tierra al que llamar tumba. Mientras tanto, contempla
esto, engendro del diablo; ¡contémplalo y teme su presencia!
Su mano emergió velozmente del bolsillo del abrigo
sosteniendo un estuchito parecido a esas carteritas de cuero que se usan para
colocar las fotografías. Apretó un resorte oculto y la tapa se abrió. La
criatura de la noche contempló el objeto que contenía con una mezcla de
estupefacción, horror e incredulidad. Un instante después lanzó un grito
salvaje y retrocedió: aquel espantoso movimiento me recordó el de un pez
atrapado en el anzuelo.
—Veo que no te gusta —dijo el francés asintiendo
con la cabeza—. Apestoso truhán escapado del osario, ¡veamos qué efecto tiene
su contacto!
Alargó el brazo hasta que el objeto contenido en el
estuche de cuero casi tocó el rostro fantasmal que había al otro lado de la
ventana. Un alarido salvaje e inhumano despertó ecos en la noche y cuando el
rostro demoníaco se apartó vimos que en su frente había un verdugón rojizo,
como si el francés lo hubiese golpeado con un hierro candente.
—Cierren las ventanas —nos ordenó—. Ciérrenlas
bien, y abrácense el uno al otro hasta que llegue la mañana y haga huir las
sombras. ¡Bonne nuit!
—Por el amor del cielo —le dije mientras
iniciábamos el trayecto de vuelta a casa—, ¿qué significa todo esto? Usted y
Rochester la llamaron Alice, y es idéntica a la chica que vimos en el café la
noche pasada. Pero Alice Heatherton está muerta. Esta noche su madre nos ha
contado cómo murió; vimos su tumba esta mañana. ¿Hay dos Alice Heatherton, esta
chica es su doble o...?
—En cierto modo —me respondió—. Amigo mío, la joven
a la que acabamos de ver era Alice Heatherton, pero no era la Alice Heatherton
de quien su madre nos habló esta noche, ni aquella cuya tumba vimos esta
mañana.
—¡Deje de hablar en acertijos, por Dios! ¿Era o no
era Alice Heatherton?
—Tenga paciencia, viejo amigo. Por ahora no puedo
decírselo, pero dentro de poco se lo explicaré todo, espero.
Estaba empezando a amanecer cuando los golpes que
De Grandin daba en la puerta de mi dormitorio me sacaron de un sueño tan
profundo como el coma.
—¡Arriba, amigo Trowbridge! —gritó—-. Arriba, y
vístase lo más deprisa posible. Tenemos que partir inmediatamente. ¡Les ha
ocurrido una tragedia!
—¿Qué ha sucedido?
—Lo peor. El teléfono me despertó hace diez
minutos. Será una llamada para el amigo Trowbridge, me dije. Algún paciente con
le mal de l'estomac desea un pequeño paregórico y mucha simpatía. No le
despertaré, pues el ajetreo de la noche le ha dejado agotado. Pero el timbre
seguía sonando, así que acabé respondiendo. Era Alice, amigo mio. Hélas, el
amor es fuerte pero la servidumbre que pesa sobre ella lo es todavía más. Aun
así, después de que el daño estuviera hecho tuvo el valor suficiente para
llamarnos. Recuerde eso cuando tenga que juzgarla. De prisa; ¡oh, apresúrese,
apresúrese! -me ordenó con voz apremiante-. Debemos reunirnos con él lo más
pronto posible. Puede que ahora ya sea demasiado tarde.
No había tráfico en las calles, y realizamos el
trayecto hasta el apartamento de Rochester en un tiempo récord. Nos encontramos
ante su puerta casi sin tiempo para darnos cuenta de ello, y De Grandin entró
sin ninguna clase de ceremonias. Abrió la puerta de un manotazo, corrió por el
pasillo y llegó a la sala, deteniéndose en el umbral para tragar aire.
—¡Ah! —jadeó—. Veo que ha sido muy concienzudo...
La habitación estaba destrozada. Los sillones
habían sido volcados, los cuadros se hallaban torcidos, fragmentos de adornos y
objetos varios yacían esparcidos por el suelo y el tapete que cubría la mesa de
centro había sido arrancado salvajemente de su sitio, haciendo caer la lámpara
y dispersando los ceniceros y las cajas de cigarrillos. Donald Rochester yacía
sobre la alfombra delante de la chimenea apagada, con una pierna doblada en una
postura extraña debajo del cuerpo, el brazo derecho extendido flácidamente y la
muñeca formando un ángulo recto con el resto del miembro. El francés cruzó la
habitación a la carrera abriendo su maletín mientras avanzaba. Se arrodilló
junto a Rochester, auscultó con atención el pecho del joven durante unos
instantes, le subió la manga, frotó su brazo con un algodón empapado en alcohol
e introdujo la aguja de su hipodérmica a través de un pliegue de la piel.
—Hay una posibilidad entre un millón —murmuró
mientras hacía bajar el émbolo de la hipodérmica—, pero la situación apremia;
le bon Dieu sabe hasta qué punto...
El poderoso estimulante empezó a surtir efecto y
los párpados de Rochester se movieron levemente. Gimió y ladeó la cabeza con un
gran esfuerzo, pero no intentó levantarse. Me arrodillé junto a De Grandin y
cuando le ayudé a incorporar al herido comprendí cuál era la causa de su sopor.
Le habían roto la espina dorsal a la altura de la cuarta vértebra, dejándole
paralizado.
—Monsieur, se está muriendo. El círculo del reloj
contiene muchos más minutos de los que le quedan de vida. Cuéntenos lo que ha
ocurrido, deprisa.
Volvió a inyectar más estimulante en el brazo de
Rochester. El joven se mojó sus labios azulados con la punta de la lengua e
intentó tragar una honda bocanada de aire, pero descubrió que el esfuerzo era
excesivo.
—Fue él, aquel al que usted ahuyentó la noche
pasada —murmuró—. En cuanto se marcharon Alice y yo nos acostamos sobre la
alfombra, delante de la chimenea, contando nuestros minutos de estar juntos
como un avaro podría contar su oro. Tenía mucho frío así que puse un poco más
de carbón en el fuego, pero eso no pareció servir de nada. Empezó a jadear y a
atragantarse, y dejé que tomara un poco de mi aliento. Eso la revivió y cuando
hubo sorbido un poco de sangre de mi garganta volvió a parecer la de siempre, aunque
cuando se acostó junto a mí no pude detectar ningún latido de su corazón. Debió
de ocurrir justo antes del amanecer, no sé exactamente cuando, pues me había
quedado dormido en sus brazos. Oí un ruido en la ventana y alguien que gritaba
pidiendo que le dejaran entrar. Recordé su advertencia y traté de sujetar a
Alice, pero se me escapó. Corrió hacia la ventana y la abrió de par en par
mientras gritaba: Entra, amo; ahora no hay nadie que pueda detenerte. Se lanzó
sobre mí y cuando Alice se dio cuenta de lo que pretendía hacer trató de
impedírselo, pero la arrojó a un lado como si fuera una muñeca de trapo: la
tomó por el cuello y la lanzó contra la pared. Oí cómo crujían sus huesos al
chocar con ella. Luché con él pero la resistencia que pude ofrecer era tan
escasa como la que habría presentado un niño de tres años que luchara conmigo.
Me tiró al suelo y me rompió los brazos y las piernas con sus pies. El dolor
fue terrible. Después me levantó en vilo y volvió a arrojarme al suelo, y ya no
sentí más dolor, salvo esta terrible jaqueca. No podía moverme pero estaba
consciente, y lo último que recuerdo fue ver cómo Alice y él salían por la
ventana cogidos de la mano. Alice ni tan siquiera se volvió a mirar.
Se quedó callado durante unos momentos, luchando
desesperadamente para recuperar el aliento y después, en voz todavía más baja
que antes, añadió:
—Oh, Alice, ¿cómo pudiste hacerlo? ¡Y yo que te
amaba tanto!
—No se atormente, mi querido amigo —le dijo De
Grandin—. No lo hizo por voluntad propia. Ese demonio la domina con un poder al
que no puede resistirse. Está sujeta a él de una forma más completa de lo que
jamás lo estuvo ningún esclavo negro a su amo. Escúcheme; y abandone este mundo
pensando en lo que voy a decirle: ella le amaba y le ama. Estamos aquí porque
ella nos llamó, y sus últimas palabras estuvieron llenas de amor hacia usted.
¿Me oye? ¿Me ha comprendido? Morir es muy triste, mon pauvre, pero estoy seguro
de que morir sabiendo que se ama y se es amado es algo que no se encuentra al
alcance de todos. Muchos hombres viven su existencia sin haber tenido tanto, y
muchos cambiarían alegremente todos los años de su vida por cinco breves
minutos del éxtasis que fue suyo ayer noche.
—S-sí. Me ama, me ama. ¡Alice!
El nombre de la joven brotó de sus labios en un
último suspiro, los músculos de su rostro se aflojaron y sus ojos adoptaron la
fijeza vidriosa de los ojos que ya no ven nada. De Grandin le bajó suavemente
los párpados cubriendo aquellas pupilas incapaces de ver, le subió la mandíbula
y empezó a ordenar la habitación con un metódico apresuramiento.
—Usted se encargará de firmar el certificado de
defunción —me anunció como sin darle importancia—. Nuestro joven amigo sufría
de angina pectoris. Esta mañana tuvo un ataque y después de llamarnos se cayó
del sillón en que estaba sentado cuando intentaba coger su medicina: como
resultado de la caída se fracturó varios huesos. Cuando llegamos le encontramos
agonizando, pero vivió el tiempo suficiente para contarnos lo sucedido. ¿Me ha
comprendido?
—Que me cuelguen si entiendo algo de esto —negué—.
Sabe tan bien como yo que...
—Que la policía nos hará muchas preguntas incómodas
—me recordó—. Somos las últimas personas que le vimos con vida. Suponiendo que
les dijéramos la verdad, ¿piensa que nos creerían?
Seguí sus órdenes al pie de la letra por mucho que
me disgustaran, y una hora después el cuerpo del joven fue entregado al forense
Martin, quien se ocuparía de él. Rochester era huérfano y carecía de familia,
por lo que De Grandin asumió el papel de amigo más cercano: se encargó de hacer
todos los arreglos necesarios para el funeral y ordenó que los restos fueran
incinerados sin tardanza. Las cenizas le serian entregadas para que dispusiera
de ellas en la forma que le pareciese más conveniente. Estos arreglos y mis
visitas profesionales consumieron la mayor parte del día. A las cuatro de la
tarde me hallaba totalmente agotado, pero De Grandin, infatigable, parecía tan
fresco como al amanecer.
—Todavía no, amigo mío —dijo cuando me disponía a
dejarme caer en mi sillón—. Aún tenemos algo que hacer. ¿No oyó la promesa que
le hice al nunca suficientemente anatematizado Palenzke la noche anterior?
La curiosidad venció a mi fatiga y le llevé a la
pequeña iglesia ortodoxa griega refunfuñando entre dientes. Estacionado junto a
la puerta estaba el severo vehículo negro de un empresario de pompas fúnebres:
su conductor bostezaba audiblemente ante el retraso impuesto a su misión. De
Grandin subió corriendo los peldaños con paso ligero, entró en la iglesia y
volvió unos minutos después acompañado por un venerable sacerdote ataviado con
todas las insignias de su condición.
—Allons, mon enfant —le dijo al chófer—. Póngase en
marcha; nosotros le seguiremos.
Los imponentes muros de granito del Crematorio
North Hudson se alzaron ante nosotros, pero ni tan siquiera entonces logré
comprender los motivos de aquella alegría que De Grandin apenas podía contener.
Al parecer ya se habían hecho todos los preparativos. El padre Apostolakos
recitó la plegaria del entierro ortodoxo en la pequeña capilla que había sobre
el incinerador, y el ataúd fue esfumándose lentamente por el ascensor
disimulado que lo llevaría hasta la cámara de incineración situada más abajo.
El anciano sacerdote nos hizo una cortés reverencia y abandonó el edificio en
dirección a mi coche. Me disponía a seguirle cuando De Grandin me hizo una seña
imperiosa.
—Todavía no, amigo Trowbridge —dijo—. Acompáñeme
abajo y le enseñaré algo.
Fuimos a la cámara subterránea donde se llevaba a
cabo la incineración. El ataúd reposaba sobre una carretilla ante la abertura
que daba acceso a la caverna del horno, pero De Grandin detuvo a los ayudantes
cuando se disponían a introducirlo en ella. Avanzó de puntillas sobre el suelo
embaldosado y se inclinó sobre el ataúd, indicándome que me reuniera con él.
Cuando me puse a su lado reconocí los toscos y malignos rasgos del hombre al
que habíamos visto con Alice en el café: era aquel mismo rostro bestial y
furioso que la noche antes nos había dirigido amenazas y maldiciones desde el
otro lado de la ventana de Rochester. Estuve a punto de retroceder, pero el
francés me agarró firmemente por el codo haciendo que me acercara todavía más
al cuerpo.
—Tiens, Monsieur le Cadavre —murmuró mientras se
inclinaba sobre aquella cosa muerta—, ¿qué piensa de esto? Usted que iba a ser
rey y emperador de todos los muertos, que alardeó de que ningún poder terrestre
podría detenerle, Jules de Grandin le prometió que no tendría nada, ni tan
siquiera un pedazo de tierra al que llamar tumba, ¿verdad? Bah, asesino y
violador de mujeres, homicida inmundo, ¿dónde está ahora su poder? Váyase,
váyase al horno que le llevará al fuego del infierno, ¡y llévese esto con usted!
Frunció los labios y escupió en el frío rostro del
cadáver. Quizá fuera un engaño producto de mis nervios cansados o una ilusión
óptica causada por las luces eléctricas, pero creo que vi cómo aquel cadáver
que llevaba mucho tiempo enterrado se retorcía dentro de su ataúd, y una
expresión de odio tan terrible como imposible de describir desfiguró aquellos
rasgos cerúleos. De Grandin dio un paso hacia atrás, le hizo una seña a los
ayudantes y el ataúd se deslizó sin ningún ruido hacia el interior del horno. La
bomba de presión empezó a funcionar con un leve chirrido y un instante después
oímos el rugir apagado de las llamas producidas por la gasolina que brotaba de
los quemadores. De Grandin encogió sus flacos hombros.
—C'est une affaire finie.
Volvimos al cementerio Shadow Lawn poco después de
la medianoche. De Grandin me guió hasta el mausoleo de la familia Heatherton
avanzando sin ninguna vacilación, como si acudiera a una cita. Abrió las
enormes puertas de bronce con una llave que había conseguido no sé dónde y me
ordenó que montara guardia en el exterior. Entró en la tumba alumbrándose con
su linterna eléctrica llevando un paquete cubierto con una tela debajo del
brazo. Un instante después oí un ruido de metal contra metal y el sonido de algún
objeto pesado que era arrastrado por el suelo; a continuación hubo un largo
silencio que acabó poniéndome bastante nervioso y, por fin, un grito medio
ahogado, el tipo de grito que emite el paciente sentado en el sillón del
dentista cuando se le extrae una muela sin anestesia. Otro período de silencio,
roto por el deslizarse de objetos pesados que eran llevados de un lado para
otro, y el francés emergió de la tumba con las lágrimas corriéndole por el
rostro.
—Paz —anunció con voz entrecortada—. Le he dado la
paz, amigo Trowbridge, pero, ¡oh!, qué terriblemente doloroso ha sido oírla
gemir, y todavía lo ha sido más ver cómo su hermoso cuerpo que aún parecía vivo
se estremecía bajo el abrazo implacable de la muerte. Ver morir a los vivos es
fácil de soportar, mi viejo amigo, ¡pero ver morir a los muertos! ¡Mordieu,
cada vez que piense en lo que la clemencia me ha obligado a hacer esta noche mi
alma sufrirá tormentos infinitos!
Jules de Grandin escogió un puro del humidificador
y lo encendió con la precisión típica de todos sus movimientos.
—Admito que los acontecimientos de los últimos tres
días han sido indiscutiblemente extraños —dijo mientras enviaba una nube de
humo aromático hacia el techo—. Pero, ¿qué tiene eso de sorprendente? Todo lo
que se encuentra fuera del radio de nuestras experiencias cotidianas resulta
extraño. Para quien no ha estudiado biología ver una ameba al microscopio es un
espectáculo de lo más extraño; estoy seguro de que los esquimales encontraron
rarísimo al aeroplano de monsieur Byrd y nosotros opinamos que cuanto hemos
visto estas últimas noches es muy extraño. Lo es, por suerte para nosotros y
para toda la humanidad.
»Empecemos por el principio: hoy en día existen
ciertos protozoos que probablemente son idénticos a las primeras formas vitales
que hubo sobre la faz de la tierra y, del mismo modo, todavía existen ciertos
restos de un mal muy antiguo, aunque su número disminuye continuamente. Hubo
una época en que la tierra estaba infestada por ellos: diablos y su parentela,
duendes, sátiros y demonios, elementales, licántropos y vampiros... Todos eran
numerosos; todos, quizá, existen actualmente en número considerable, aunque no
sabemos de su existencia y la mayoría de nosotros ni tan siquiera hemos oído
hablar de ellos. Esta vez nos vimos obligados a tratar con el vampiro. Sabe de
qué le hablo, ¿verdad? Siendo precisos, el vampiro es un alma atada a la
tierra, un espíritu que ha cometido muchos pecados y actos malvados y que, como
resultado, se encuentra sujeto al mundo en el que cometió esas maldades y no
puede desplazarse hasta el lugar que le corresponde.
»En la India hay muchos vampiros, así como en
Rusia, Hungría, Rumanía y por todos los Balcanes, el vampiro parece medrar en
todos aquellos lugares donde la civilización es vieja y decadente. A veces roba
el cuerpo de alguien que ya ha muerto; a veces permanece dentro del cuerpo que
tuvo en vida y nunca es más terrible que entonces, pues necesita alimento para
ese cuerpo, pero su alimento no es el que usted o yo consumimos. No, el vampiro
subsiste gracias a la fuerza vital de los que todavía no han muerto, fuerza que
absorbe a través de su sangre, pues la sangre es vida. Debe chupar el aliento
de aquellos que viven o no podrá respirar; debe beber su sangre o morirá de
hambre.
»Y aquí es donde surge el peligro: un suicida,
alguien que muere bajo una maldición o alguien a quien se le ha inoculado el
virus vampírico debido a que un vampiro le ha chupado la sangre se convierte en
vampiro después de la muerte. Es posible que esa persona no haya cometido mal
alguno, y de hecho eso es lo que suele ocurrir, pero aún así estará condenada a
vagar de noche alimentándose incesantemente con los vivos, reclutando nuevos
miembros con que engrosar las horrendas filas de su tribu. ¿Comprende lo que le
digo?
»Piense en el caso que nos ha ocupado: este sacré
Palenzke, debido a que cometió un asesinato y se suicidó, quizá en parte a
causa de sus antepasados eslavos, quizá también por sus otros muchos pecados,
se convirtió en un vampiro después de haberse arrebatado la vida. El informante
de la Señora Heatherton no se equivocó: Palenzke se había destruido a sí mismo,
pero su cuerpo maligno y su alma todavía más maligna seguían unidos el uno al
otro, con lo que la amenaza que representaban para toda la humanidad era diez
mil veces mayor que cuando estaban juntos en la vida natural.
»Palenzke se alzó del pantano con todos los poderes
sobrenaturales que le confería su vida-en-la-muerte, le tendió una emboscada a
mademoiselle Alice, atacó a su chófer y se la llevó a las ciénagas para
someterla a sus maldades, satisfaciendo a la vez su lujuria bestial, la sed de
sangre del vampiro y el deseo de venganza que sentía porque ella había
rechazado sus insinuaciones. Cuando la mató la convirtió en otra criatura como
él. Además consiguió adquirir un dominio irresistible sobre ella. Era su juguete,
su autómata, algo desprovisto de toda voluntad propia. Debía hacer lo que le
ordenara, por mucho que odiara hacerlo. Quizá recuerde que le dijo al joven
Rochester que debía seguir a ese villano aunque le odiaba; y quizá recuerde
también cómo le permitió entrar en el apartamento cuando ella y su amado yacían
el uno en brazos del otro, aunque permitirle entrar significaría la perdición
de Rochester...
»Si el vampiro pudiera añadir los poderes de los
vivos a sus poderes de criatura muerta no tendríamos defensa contra él, pero
por fortuna se encuentra sujeto a leyes que le es imposible vulnerar. No puede
cruzar por sí solo un curso de agua en movimiento, necesita que alguien le
lleve; no puede entrar en ninguna morada de los vivos a menos que reciba la
invitación de alguien que se encuentre dentro de ella; puede volar por los
aires, entrar por el agujero de una cerradura, la rendija de una ventana o el
quicio de una puerta, pero sólo puede moverse de noche, entre el crepúsculo y
el canto del gallo. Desde el amanecer hasta que anochece no es más que un
cadáver tan indefenso como cualquier otro despojo mortal y debe yacer en su
tumba, sumido en la inmovilidad de los muertos. En esos momentos se le puede
matar con facilidad, pero sólo utilizando ciertos métodos. El primero requiere
atravesarle el corazón con una estaca de fresno y cercenarle la cabeza: el
vampiro habrá muerto y no podrá volver a levantarse de la tumba para
molestarnos. El segundo requiere quemar su cuerpo hasta convertirlo en cenizas:
el vampiro habrá desaparecido, pues el fuego limpia todas las cosas.
»Ahora que dispone de esta información haga encajar
las piezas del rompecabezas que tan perplejo le tiene: cuando estábamos en el
Café Bacchanale el aspecto de aquel hombre no me gustó nada. Tenía el rostro de
un muerto y los rasgos de un villano nato, así como los ojos de un pez. En
cuanto a su compañera, su belleza era totalmente irreprochable aunque ella
también tenía un aspecto extraño, como si no perteneciera a este mundo. Empecé
a sentir curiosidad por ellos, me dediqué a observarles por el rabillo del ojo
y cuando vi que no comían ni bebían nada aquello me pareció no sólo extraño
sino amenazador. La gente normal no hace tales cosas; la gente anormal suele
resultar peligrosa.
»Cuando Palenzke dejó sola a la joven después de
indicarle que flirteara con el joven Rochester la situación me gustó todavía
menos que antes. Lo primero que pensé fue que quizá se tratara de un intento de
robo... ¿Cómo lo describió usted? Juego sucio. Por lo tanto, pensé que sería
mejor seguirles para ver lo que ocurría. Eh bien, amigo mío, no cabe duda de
que ocurrieron muchas cosas, n'est ce-pas?
»Recordará la experiencia que tuvo el joven
Rochester en el cementerio. Cuando nos la contó comprendí inmediatamente con
qué clase de enemigo debíamos enfrentarnos, aunque en aquellos momentos no
sabía que mademoiselle Alice era una víctima inocente de las circunstancias. La
información proporcionada por madame Heatherton confirmó mis peores temores. Lo
que vimos aquella noche en el apartamento de Rochester le sirvió de prueba a
cuanto me había imaginado, e incluso a más cosas. Pero mientras tanto yo no me había
mantenido cruzado de brazos. Oh, no. Visité al buen padre Apostolakos y le
conté cuanto había averiguado. Él lo comprendió todo inmediatamente e hizo los
arreglos necesarios para exhumar el cadáver del malvado Palenzke, ordenando que
lo llevaran al crematorio para que fuese incinerado. También me prestó un ikon
sagrado, una imagen bendita de un santo cuya potencia para repeler a los
demonios había quedado demostrada en más de una ocasión. ¿Se fijó en que cuando
me acerqué a ella llevando la reliquia en mi bolsillo mademoiselle Alice se
apartó de mí? ¿Vio cómo el alma en pena que era Palenzke huyó ante ella como
huye la carne ante el hierro al rojo blanco?
»Muy bien. Rochester amaba a esa mujer que ya había
muerto y él mismo era un moribundo. ¿Por qué no permitirle que gozara del amor
con el espectro de la mujer que correspondería a su pasión durante los pocos
días que pudieran quedarle de vida? Cuando muriera, cosa inevitable, estaba
preparado para tratar su pobre barro mortal de tal forma que no pudiera hacer
ningún daño, aunque los besos vampíricos recibidos por su garganta ya casi le
hubieran convertido en vampiro. Como bien sabe, eso es lo que he hecho. El
fuego purificador ha acabado con el poder de Palenzke. Además, me juré que
haría lo mismo por la pobre y hermosa Alice, víctima inocente del pecado, en
cuanto su breve lapso de felicidad terrestre hubiera llegado a su fin. Oyó cómo
se lo prometía, y he sido fiel a mi palabra.
»No podía soportar la idea de hacerle más daño del
estrictamente necesario, por lo que cuando fui en su busca esta noche con la
estaca y el cuchillo llevé conmigo una jeringuilla en la que había cinco granos
de morfina y se la administré antes de cumplir con mi deber. Creo que no sufrió
mucho. Su gemido de disolución y el retorcerse de su pobre cuerpo cuando la
estaca le atravesó el corazón fueron meros actos reflejos, no señales de un
sufrimiento consciente.
—Pero si Alice era una vampira, como dice, y si
podía recorrer el mundo de noche —protesté—, ¿por qué estaba en su ataúd cuando
fuimos allí esta noche?
—Oh, amigo mío —dijo mientras los ojos se le
llenaban de lágrimas—, estaba esperándome. Teníamos un compromiso; la pobre
muchacha yacería en su ataúd aguardando el cuchillo y la estaca que la
liberarían de su servidumbre. Ella..., ¡cuando la saqué de la tumba me sonrió y
sus dedos me apretaron suavemente la mano!
Se limpió los ojos y echó una considerable ración
de coñac en una copa.
—Por usted, joven Rochester, y por su hermosa dama
—dijo mientras alzaba la copa en un brindis—. Allí donde están ahora el
matrimonio no existe, pero espero que sus pobres almas en pena encuentren la
paz y el descanso eterno, juntas.
Vació la copa y la arrojó a la chimenea, donde el
frágil recipiente de cristal se hizo añicos.
Seabury Quinn (1889-1869)

