Libro N° 9655. Aire. Pardo Bazán, Emilia.
© Libro N° 9655. Aire. Pardo Bazán, Emilia. Emancipación. Marzo
5 de 2022.
Título original: © Aire, Emilia Pardo Bazán (1851-1921)
Versión
Original: © Aire. Emilia Pardo Bazán
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2009/01/relato-para-una-enamorada.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/diseno-fondo-textura-hoja-oro-azul-vintage_1017-25727.jpg?w=740
Portada E.O. de Imagen original:
https://2.bp.blogspot.com/-t-0nND9hIEc/V1_p82ASmMI/AAAAAAAAf6Y/fn1k-DwEapQlV-0Xdi4W6oViGdF_hCtfQCLcB/s640/aire_emilia_bazan_relato.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
AIRE
Emilia Pardo Bazán
Aire
Emilia Pardo Bazán
Aire (Aire) es un relato fantástico de la escritora
española Emilia Pardo Bazán (1851-1921), publicado en la antología de 1898:
Cuentos de amor (Cuentos de amor).
Aire, uno de los grandes cuentos de Emilia Pardo
Bazán, recupera parte del espíritu trágico del romanticismo, que vindica el
suicidio por amor, así como algunos temas centrales de la mitología clásica.
Emilia Pardo Bazán relata aquí la historia de
Cecilia, una muchacha que se enamora perdidamente de un hombre monstruoso que
la llena de inseguridades, de dolor y angustia, lo cual la conduce a ser
internada en un manicomio.
En cierta forma, Aire es quizás uno de los primeros
relatos en hablar sobre la violencia de género; en este caso, menos física que
asociada a la indiferencia y al desprecio de un hombre que insiste en tratar a
la mujer como algo vacío, sin forma ni densidad, literalmente, como una ráfaga
de aire.
Sumida en un oscuro abismo de depresión, Cecilia
resuelve quitarse la vida arrojándose al vacío, convirtiéndose justamente en
aquello que la llevó a cometer semejante locura; es decir, en aire.
Este notable relato de Emilia Pardo Bazán coquetea
con los arquetipos mitológicos de la mujer enamorada que se torna invisible al
ser rechazada por el hombre, como una ráfaga de aire; pero también con aquella
filosofía del romanticismo que recomienda la muerte como el único tratamiento
eficaz para curar el desprecio.
Aire
—Tenemos otra loca; pero ésa, interesante —díjome
el director del manicomio, después de la descorazonadora visita al departamento
de mujeres—. Otra loca que forma el más perfecto contraste con las infelices
que acabamos de ver, y que se agarran al gabán de los visitantes, con risa
cínica... Y figúrese usted que esta loca está enamorada; pero enamorada hasta
el delirio. No habla más que de su novio, el cual, por señas, desde que la
pobrecilla ha sido recluida aquí, no vino a verla ni una vez sola. Si yo creo
que esta muchacha, suprimido el amor, estaría completamente cuerda. Verdad que
lo mismo les pasa a muchos mortales. La pasión es quizá una forma transitoria
de la alienación mental, desde que nos hemos civilizado.
—No —contesté—. En la Antigüedad precisamente es
donde se encuentran los casos característicos de pasión: Fedra, Mirra, Hero y
Leandro.
—¡Ah! Es que ya entonces estaba civilizada la
especie. Yo me refiero a épocas primitivas.
—Sabe Dios —objeté— lo que pasaba en esas épocas,
de las cuales no nos han quedado testimonios ni documentos. Lo indudable es que
el sufrir tanto por cuestión de amor es uno de los tristes privilegios de la
Humanidad, signo de nobleza y castigo a la vez. ¿Se puede ver a esa muchacha?
—Vamos; pero antes pondré a usted en algunos
antecedentes. Ésta es una joven bien educada, hija de un empleado, que se quedó
huérfana de padre y madre y tuvo que trabajar para comer. Se llama, deje usted
que me acuerde, Cecilia, Cecilia Bohorques. Quiso dar lecciones de piano, pero
no era lo que se dice una profesora, y por ese camino no consiguió nada.
Pretendió acompañar señoritas, y le contestaron en todas partes que preferían
francesas o inglesas, con las cuales se aprende... ¡sabe Dios qué! Entonces, la
chica se decidió a coser por las casas, y en esta forma ya encontró medio de
vivir: dicen que tiene habilidad y gracia para la cuestión de trapos. Se la
disputaban y la traían en palma sus clientes. De su conducta todo el mundo se
deshacía en alabanzas. Entonces la salió un novio, el hijo del médico Gandea,
muchacho guapo, algo perdido. Amoríos, vehementes, una novela en acción. Según
parece, el muchacho quería llevar la novela a su último capítulo, y ella se
defendía, defensa que tiene mucho mérito, porque, repito, y los hechos lo han
demostrado, que se encontraba absolutamente bajo el imperio de la más férvida
ilusión amorosa. Una de las señales que caracterizan el poderío de esta ilusión
es el efecto extraordinario, absolutamente fuera de toda relación con su causa,
que produce una palabra o una frase del ser querido. Dijérase que es como
palabra del Evangelio, que se graba indeleblemente en los senos mentales, y de
la cual se deriva, a veces, todo el contenido de una existencia humana ¡Extraño
dominio psíquico el que otorga la pasión!
El novio de Cecilia, al final de las escenas en que
él solicitaba lo que ella negaba dominando todo el torrente de su voluntad
rendida, solía exclamar en tono despreciativo:
—¡Tú no eres nadie; eres más fría que el aire!
Con su asonamiento y todo, la frasecilla acusadora
se clavó como bala bien dirigida dentro del espíritu de la muchacha, y allí
quedó, engendrando un convencimiento profundo. Ella era, seguramente, aire no
más. Lo repetía a todas horas.
—Y ésta fue la primera señal que dio de su
trastorno—. Como que no hizo otra cosa de raro, ni menos de inconveniente. Con
el mismo aspecto de pudor y de reserva que va usted a verla ahora, siguió
presentándose en las casas de las señoras para quienes trabajaba, y de estas
señoras ha partido la idea de traerla aquí, a fin de que yo intente su
curación. Se interesan por ella muchísimo.
—¿Y usted espera que cure?
—No —respondió el médico en tono decisivo y
melancólico—. La experiencia me ha demostrado que estas locuras de agua mansa,
sin arrebatos, sonrientes, dulces, apacibles en apariencia, son las que agarran
y no se van. No temo a las brutales locuras de la sangre, sino a las poéticas,
las refinadas, las delicadas, las finas. Yo les he puesto, allá en mi
nomenclatura interna, este nombre: locuras del aire.
—¡Como la de Ofelia! —respondí.
—Como la de Ofelia, justamente. Aquel gran médico
alienista que se llamó —o no se llamó— Guillermo Shakespeare, conocía
maravillosamente el diagnóstico y el pronóstico...
Después de estas palabras de mal agüero, el médico
me guió a la celda de la loca del aire. Estaba muy limpio el cuartito, y
Cecilia, sentada en una silleta baja, miraba al través de la reja, con ansia
infinita, el espacio azul del cielo y el espacio verde del jardín. Apenas
volvió la cabeza al saludarle nosotros. Era la demente una muchacha delgadita y
pálida; sus facciones aniñadas, menudas, serían bonitas si las animasen la
alegría y la salud; pero es cierto que hay muy pocas locas hermosas, y Cecilia
no lo era sino por la expresión realmente divina de sus grandes ojos negros
cercados de livor azul y enrojecidos por el llanto cuando respondió a nuestras
preguntas:
—¡Va a venir, va a venir a verme de un momento a
otro! ¡Me quiere a perder, y yo, vamos, no sé decir lo que le quiero! Lo malo
es que, acaso, al tiempo de venir, ya no me encontrará. Porque yo, aquí donde
ustedes me ven, no soy nada, no soy nadie. ¡Soy más fría que el aire! Como que
soy eso, aire. No tengo cuerpo, señores. ¡Y como no tengo cuerpo, no he podido
obedecerle con el cuerpo ¿Se puede obedecer con lo que uno no tiene? ¿Verdad
que no? Yo soy aire tan solamente. ¿No me creen? Si no fuese esa reja, verían
cómo es verdad que soy aire. Y el día que quiera, a pesar de la reja, se
convencerán de que aire soy. ¡Y nada más que aire! Él me lo dijo, y él dice
siempre la verdad. ¿Saben ustedes cuándo me lo dijo la primera vez? Una tarde
que fuimos de paseo a orillas del río, a las Delicias. ¡Qué bien olía el campo!
Él me quería estrechar, y como soy aire, no pudo. ¡Y claro! ¡Se convenció! ¡Soy
aire, aire solamente!
Comentó estas declaraciones una carcajada súbita,
infantil. Salimos de la celda previo ofrecimiento de avisar al novio, si le
encontrábamos, de que su amiga le esperaba con impaciencia. Y fue una semana
después, a lo sumo, cuando leí la noticia en los periódicos. Llevaba este
epígrafe: Suceso novelesco. ¡Novelesco! Vital, querrían decir: porque la vida
es la grande y eterna noveladora.
Aprovechando quizá un descuido de los encargados de
su custodia, presa de un vértigo y aferrada a la idea de que era aire, Cecilia
trepó hasta la azotea de uno de los pabellones, se puso en pie en el alero y,
exhalando un grito de placer (realizaba al fin su dicha), se arrojó al espacio.
Cayó sobre un montón de arena, desde una altura de
veinte metros. Quedó inmóvil, amodorrada por la conmoción cerebral. Aún alentó
y vivió angustiosamente dos días. El conocimiento no lo recobró.
Su última sensación fue la de beber el aire, de
confundirse con él y de absorber en él el filtro de la muerte, que cura el
amor.
Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

