Libro N° 9654. Una Advertencia A Los Curiosos. James, M.R.
© Libro N° 9654. Una Advertencia A Los Curiosos. James, M.R. Emancipación. Marzo 5 de
2022.
Título original: © A Warning to the Curious, M.R. James
(1862-1936)
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Original: © Una Advertencia A Los Curiosos. M.R. James
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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UNA ADVERTENCIA A LOS
CURIOSOS
M.R. James
Una Advertencia A Los Curiosos
M.R. James
El pueblecito costero en el que pido al lector que
se sitúe se llama Seaburgh. No es muy distinto hoy de como lo recuerdo cuando
era niño: al sur marismas cortadas por diques que evocan los primeros capítulos
de Grandes esperanzas; al norte campos llanos que se prolongan en una extensión
de matorrales, abetos y sobre todo aulaga hacia el interior. Tiene un largo
paseo marítimo y una calle; detrás, una amplia iglesia de piedra con una sólida
torre occidental en la que repican seis campanas. ¡Cómo recuerdo su tañido un
domingo de agosto, mientras nuestro grupo subía despacio por el camino blanco y
polvoriento que conducía a ellas!
Porque la iglesia se alza en la cima de una pequeña
y empinada elevación. En los días de calor sonaban con una especie de golpe
seco y apagado, pero cuando el aire era más suave, los tañidos se volvían más
blandos también. La vía del tren discurría hacia su pequeña estación terminal
al otro lado del camino. Un poco antes de llegar a la estación había un molino
de viento blanco y alegre, otro cerca de la playa de guijarros, en el extremo
sur del pueblo, y algunos más en terreno más alto, al norte. Había casas de
campo de ladrillo rojo con tejado de pizarra.
Pero ¿por qué os aburro con estos detalles
triviales? La verdad es que se agolpan en la punta del lápiz al empezar a
escribir sobre Seaburgh. Quisiera estar seguro de haber escogido los correctos
para trasladarlos al papel. Pero un momento: aún no he terminado la
descripción. Alejaos del mar y del pueblo, dejad atrás la estación y torced a
la derecha. Es un camino arenoso, paralelo a la vía del tren. Si lo seguís,
veréis que asciende a un terreno algo más elevado. A la izquierda (ahora vais
en dirección norte) la tierra es un extenso brezal, a la derecha (el lado del
mar) hay una franja de viejos abetos azotados por el viento, de copa espesa, y
con la inclinación que suelen tener los árboles viejos junto al mar; vistos en
el horizonte desde el tren os dicen instantáneamente, si no lo sabíais, que os
estáis acercando a una costa ventosa.
Bien, pues en la cima de mi pequeña elevación
destaca y corre hacia el mar una línea de estos abetos sobre una loma que baja
en ese sentido; loma que termina en un pequeño cerro bastante definido que
domina los campos llanos de tosca hierba y está coronado por una maraña de
abetos. Aquí podéis sentaros un día cálido de primavera y deleitaros
contemplando el mar azul, los molinos blancos, las casas rojas, la hierba verde
y brillante, la torre de la iglesia y el torreón a lo lejos, al sur.
Como digo, conocí Seaburgh de niño. Pero de ese
primer contacto al más reciente medía un intervalo de muchos años. No obstante,
sigue ocupando un sitio en mi corazón, y cualquier historia relacionada con él
tiene interés para mí. Una de esas historias es la que sigue; me llegó estando
muy lejos de Seaburgh —y de manera totalmente casual—, de un hombre al que le
había hecho un favor lo bastante grande, en su opinión, como para hacerme su
confidente hasta este extremo.
—Conozco toda esa región bastante bien —dijo—. Iba
a Seaburgh a menudo a jugar al golf en primavera. Por lo general me alojaba en
el Oso con un amigo, Henry Long; puede que le haya conocido.
—Superficialmente —dije.
—Solíamos alquilar también un cuarto de estar y nos
sentíamos muy instalados.
Desde que él murió no he vuelto por allí. De todos
modos, no sé si me apetecería, después de lo que nos pasó en nuestra última
estancia. Fue en abril de 19...; nos encontrábamos allí, y éramos casi los
únicos clientes que había en el hotel, por lo que los salones de uso común
estaban prácticamente desiertos. Así que nos quedamos de lo más sorprendidos
cuando, después de cenar, se abrió la puerta de nuestro cuarto de estar y asomó
la cabeza un joven. Le habíamos visto ya. Era un individuo anémico, nervioso (de
pelo y ojos claros), aunque no desagradable. De modo que cuando dijo:
—Perdonen, ¿es privada esta sala? —no le soltamos
un bufido, sino que dije:
—Sí, lo es.
Pero Long (o yo, da igual) dijo:
—Entre, por favor.
—¡Ah!, ¿de veras puedo? —dijo él.
—Y pareció aliviado. Era evidente que deseaba
compañía; y como se le veía una persona discreta (no de ésos que te encasquetan
la historia de su familia a las primeras de cambio), le insistimos en que se
sentase y se pusiese cómodo.
—Tal vez encuentre las otras salas desangeladas
—dije.
Sí, así era; pero éramos realmente muy amables,
etc. Terminados todos estos preámbulos, hizo como que se enfrascaba en un
libro. Long hacía solitarios, yo seguí escribiendo. A los pocos minutos se me
hizo evidente que nuestro invitado era un ser inquieto o estaba sumamente
nervioso; el caso es que me contagió su desasosiego; de manera que dejé lo que
estaba haciendo y me dispuse a darle conversación.
Tras hacer algunos comentarios (que he olvidado),
se mostró confidencial:
—Habrán juzgado raro mi comportamiento —empezó más
o menos—, pero es que he sufrido una fuerte impresión.
Le recomendé una copa de algo tonificante, y la
pedimos. La entrada del camarero supuso una interrupción (y por cómo reaccionó
nuestro joven al abrirse la puerta pensé que era muy asustadizo); pero unos
momentos después reanudó sus lamentaciones. No conocía a nadie allí, y
casualmente sabía quiénes éramos nosotros (resultó que teníamos amistades
comunes en la capital), y realmente necesitaba pedirnos consejo, si no nos
importaba. Como es natural, los dos contestamos que no faltaba más, o por
supuesto que no. Y Long dejó a un lado las cartas, y nos dispusimos a escuchar
cuál era su problema.
—Empezó hace más de una semana —dijo—, cuando fui
en bicicleta a Froston, a sólo unas cinco o seis millas de aquí, con idea de
visitar la iglesia. Me interesa muchísimo la arquitectura, y tiene un pórtico
precioso con hornacinas y escudos. La fotografié, y un viejo que estaba
limpiando las lápidas se acercó a preguntarme si quería ver el interior. Le
dije que sí; sacó una llave y me abrió. No había mucho que ver, pero me dijo
que era una iglesita preciosa, y que la mantenía muy cuidada. Aunque lo mejor que
tiene es el pórtico.
Acabábamos de salir en ese momento; y dijo:
—¡Ah, sí, es una preciosidad de pórtico! Pues ¿a
que no sabe qué significa ese escudo de ahí?
Era ése que tiene tres coronas; de modo que, aunque
no soy experto en heráldica, pude decir que sí, que creía que era el viejo
escudo del reino de Anglia Oriental.
—Muy cierto, señor —dijo—; ¿y sabe el significado
de esas tres coronas?
Le dije que estaba seguro de que se conocía, aunque
no recordaba haberlo oído.
—¿Ve usted? —dijo—; con todo lo entendido que es,
yo le puedo explicar algo que no sabe: son las tres sagradas coronas que fueron
enterradas cerca de la costa para impedirles desembarcar a los germanos. ¡Ah!,
veo que no se lo cree. Pues le aseguro que si no llega a ser porque una de las
santas coronas aún sigue en su lugar, aquí habrían desembarcado los germanos
una y otra vez. Habrían llegado con sus barcos y habrían pasado a cuchillo a
hombres, mujeres y niños sin darles tiempo a saltar de la cama. Esto que le
digo no es ni más ni menos que la verdad. Y si no me cree pregúntele al señor
rector. Ahí viene; ande, pregúntele.
Me volví, y allí estaba el rector, un hombre de
aspecto simpático y venerable que venía por el sendero. Y antes de que pudiese
empezar a asegurarle a mi informante (que se estaba excitando por momentos) que
le creía, terció el rector y dijo:
—¿Qué ocurre, John? Buenos días, señor. ¿Ha
visitado ya nuestra pequeña iglesia?
Siguió entonces una breve charla que permitió al
viejo sosegarse, y seguidamente el rector volvió a preguntar qué ocurría.
—Nada, nada —dijo el viejo—; sólo le estaba
diciendo a este caballero que le preguntase a usted lo de las santas coronas.
—Ah, sí; muy bien —dijo el rector—. Es curioso,
¿verdad? Pero no sé si al señor le interesan nuestras historias...
—¡Claro que le interesan! —dijo el viejo—; creerá
todo lo que usted le cuente, señor. Bueno, usted conoció a William Ager; al
padre y al hijo.
Entonces intervine yo para manifestar lo mucho que
me gustaría oír esa historia de principio a fin; unos minutos después recorría
la calle del pueblo con el rector, que tenía que dejar algún recado a sus
feligreses, y luego nos dirigimos a la rectoría, donde me hizo pasar a su
despacho. Se había dado cuenta en el trayecto de que yo era sinceramente capaz
de sentir un interés intelectual por ese fragmento de folclore, y de que no era
el típico turista; de modo que estaba dispuesto a hablar. Y me sorprende que
esta leyenda no haya aparecido hasta hoy en letra impresa. Su versión fue ésta:
—La creencia en las tres santas coronas ha estado
siempre presente en esta comarca. Los más viejos dicen que fueron enterradas en
diferentes puntos, cerca de la costa, para mantener alejados a los daneses, los
francos y los germanos. Y dicen que una de ellas la desenterraron hace tiempo,
otra desapareció a causa del avance del mar, y que la que queda sigue aún
cumpliendo su misión de ahuyentar a los invasores. Bueno, pues si ha leído
usted las guías normales y las historias de este condado, quizá recuerde que en
1687 una corona, dicen que la de Redwald, rey de Anglia Oriental, fue
desenterrada en Rendlesham y (¡lamentable!, ¡lamentable!) fundida antes de que
nadie la dibujase o la describiese siquiera. Rendlesham no está en la costa,
pero tampoco muy tierra adentro; y se halla en una importante línea de acceso.
Y creo que es a la que se refiere la gente cuando dice que hay una que
desenterraron. Después, en el sur, no hace falta que le diga dónde, hubo un
palacio sajón, hoy bajo el mar, ¿verdad? Pues ahí estaba la segunda corona,
tengo entendido. Y más arriba de estas dos, dicen, está la tercera.
—¿Se sabe el lugar?
—Sí, desde luego —dijo—; pero no se dice.
Y su actitud no me animó a hacerle la lógica
pregunta. En vez de eso, esperé un momento, y pregunté:
—¿A qué se refería el viejo con eso de que usted
conoció a William Ager? ¿Tiene eso algo que ver con las coronas?
—Desde luego —dijo—; ésa es otra historia curiosa.
De estos Ager (es un apellido muy antiguo en la región, pero no he encontrado
que fueran nunca gente de título o grandes propietarios), de estos Ager dicen,
o decían, que su rama familiar era guardiana de la última corona. Yo al más
antiguo que conocí fue a un tal Nathaniel Ager. Yo he nacido y me he criado
cerca de aquí... Este hombre, creo, estuvo acampado en su puesto durante toda
la guerra de 1870. Sé que su hijo William hizo lo mismo durante la guerra de
Sudáfrica. Y el hijo de éste, el joven William, que ha muerto hace poco, estuvo
viviendo en la casa más cercana al lugar, cosa que precipitó su final, estoy
seguro, porque estaba tísico, al exponerse a la intemperie vigilando por las
noches. Era el último de esa rama. Le producía una angustia espantosa pensar
que era el último miembro, pero no podía hacer nada: sus únicos parientes
cercanos estaban en las colonias. Yo mismo le escribí cartas para ellos
suplicándoles que viniesen a fin de hacer frente a un asunto de vital
importancia para la familia, pero no recibió respuesta. De manera que la última
de las coronas, si está, carece hoy de guardián.
»Esto es lo que el rector me contó, y pueden
imaginar el interés que me despertó. Mi único pensamiento al despedirme de él
era cómo averiguar el sitio donde se suponía que estaba la corona. Ojalá la
hubiera dejado en paz.
»Pero en esto hubo una especie de fatalidad; porque
volvía de un paseo en bicicleta cuando, al pasar por delante del cementerio, me
llamó la atención una lápida relativamente nueva con el nombre de William Ager.
Como es natural, bajé de la bicicleta y me acerqué a leerla. Ponía:
De esta parroquia. Muerto en Seaburgh en 19..., a
la edad de 28 años.
»Así que ahí estaba. No tenía más que hacer unas
preguntas discretas en el sitio indicado, y localizaría la casa más cercana al
lugar. Sólo que no sabía cuál era el sitio indicado para iniciar mis pesquisas.
Y otra vez intervino el destino, llevándome a la tienda de antigüedades que
había en esa calle. Allí estuve hojeando libros viejos; y encontré un Libro de
Oraciones de mil setecientos cuarenta y pico, con una encuadernación bastante
elegante. Voy a traerlo; lo tengo en mi habitación.
Se fue, dejándonos un poco perplejos; pero apenas
habíamos tenido tiempo de intercambiar algún comentario cuando regresó
jadeante, y nos tendió el libro abierto por las guardas, donde tenía escrito
con letra desordenada:
Nathaniel Ager es mi nombre, Inglaterra mi nación,
Seabourgh mi morada, y Cristo mi salvación;
Cuando me encuentre en la tumba, y sea todo
pudrición,
Y me hayan olvidado, espero Señor que tengas de mí
recordación.
Este poema estaba fechado en 1754; pero había
muchas anotaciones más de sucesivos Anger: de Nathaniel, de Frederick, de
William, etc., terminando con las de William, en 19...
—Como comprenderán —dijo—, cualquiera habría
considerado esto tener una suerte milagrosa. Así me lo pareció a mí, pero no
ahora. Naturalmente pregunté al librero si sabía algo de William Ager, y
naturalmente dio la casualidad de que recordaba que había vivido en una casa
que había en el Campo Norte, donde murió.
»Esto me señaló el camino. Sabía qué casa podía
ser: sólo había una un poco grande por aquellos alrededores. El siguiente paso
era hacer alguna amistad con la gente, así que me puse inmediatamente manos a
la obra. Un perro me facilitó las cosas: me atacó con tanta furia que tuvieron
que salir a sujetarlo; después, como no podía ser menos, me pidieron disculpas
y trabamos conversación. No tuve más que citar el nombre de Ager y fingir que
le conocía, o me parecía conocerle, y la mujer exclamó que era una pena que
hubiera muerto tan joven, y que estaba convencida de que había sido por pasar
las noches fuera en tiempo frío. Entonces tuve que preguntar:
—¿Salía al mar por las noches?
—Y contestó:
—¡Ah, no; se estaba allí, en aquel altozano
cubierto de árboles!
»Y hacia allí me dirigí.
»No se me da mal excavar en esas lomas; lo he hecho
en muchas cercanas al mar, aunque siempre a plena luz del día y con permiso del
dueño y la ayuda de unos cuantos hombres. Aquí tuve que calcular con todo
cuidado antes de hincar la pala: no podía ponerme a abrir zanjas por toda la
elevación; y dado que había abetos, sabía que tropezaría a cada paso con sus
raíces. Sin embargo, la tierra era suelta y arenosa y fácil de cavar; y había
una madriguera o algo parecido que podría agrandar en una especie de túnel. La
parte más embarazosa sería salir del hotel y regresar a horas extrañas. Una vez
que hube decidido cómo iba a llevar a cabo la excavación dije que estaría
ausente esa noche, y la pasé allí. Hice el túnel: no quiero aburrirles con
detalles sobre cómo lo apuntalé, y lo rellené una vez terminado todo; el hecho
es que encontré la corona.
Naturalmente los dos proferimos una exclamación de
sorpresa e interés. En primer lugar, yo hacía tiempo que sabía del hallazgo de
la corona de Rendlesham y había lamentado muchas veces su destino. Nadie ha
visto nunca una corona anglosajona; o nunca la había visto, al menos. Pero
nuestro hombre nos miró con ojos abatidos.
—Sí —dijo—; y lo peor es que no sé cómo dejarla
donde estaba.
—¿Dejarla donde estaba? —exclamamos—. Pero mi
querido señor, ha hecho uno de los descubrimiento más emocionantes que se han
llevado a cabo en este país. Por supuesto, su sitio está en la Cámara del
Tesoro de la Torre. ¿Cuál es la dificultad? Si está pensando en el dueño del
terreno, el derecho sobre el hallazgo y demás, desde luego le podemos ayudar.
Nadie va a meterse en tecnicismos legales en un caso como éste.
Probablemente dijimos mucho más; pero él se limitó
a apoyar la cara entre las manos y murmurar:
—No sé cómo dejarla donde estaba.
Finalmente dijo Long:
—Perdone si parezco impertinente, pero ¿está
totalmente seguro de que la tiene?
Yo estaba deseando hacerle la misma pregunta
también; porque desde luego la historia parecía la quimera de un lunático si se
pensaba bien; pero no me había atrevido a decir nada que pudiera herir los
sentimientos del pobre muchacho. Sin embargo, acogió la pregunta con toda
calma; con la calma de la desesperación, podríamos decir.
Se levantó y dijo:
—Sí; de eso no hay duda. La tengo aquí en mi
habitación, guardada en la maleta. Si quieren pueden venir a verla; no quisiera
traerla aquí.
No íbamos a dejar escapar semejante oportunidad.
Fuimos con él; su habitación estaba a unas puertas de la nuestra nada más. El
botones andaba en ese momento recogiendo los zapatos del pasillo. O eso nos
pareció: después no estábamos seguros. Nuestro visitante —se llamaba Paxton— se
hallaba en un estado de nervios peor que antes. Entramos apresuradamente en su
habitación; él nos miró por encima del hombro, encendió la luz y cerró la
puerta precavidamente. Entonces abrió su maleta y sacó un envoltorio hecho con
pañuelos limpios; lo puso sobre la cama y lo deshizo. Ahora puedo decir que he
visto una auténtica corona anglosajona. Era de plata —como siempre se ha dicho
que era la de Rendlesham—: tenía engastadas piedras preciosas, la mayoría
antiguos camafeos y gemas talladas, de ejecución sencilla, casi tosca.
En realidad era como las que se representan en las
monedas y los manuscritos. No vi ningún detalle que hiciera pensar que fuera
posterior al siglo IX. Yo estaba fascinado, claro, y quise darle vueltas en mis
manos; pero Paxton me lo impidió.
—No la toque —dijo—. Yo lo haré.
Y con un suspiro que sonó espantosamente, debo
confesar, la cogió y fue girándola para que pudiésemos verla por todos los
lados
—¿La han visto bien? —dijo finalmente; y asentimos.
La envolvió, la guardó en su bolsa, y se nos quedó
mirando en silencio.
—Volvamos a nuestra habitación —dijo Long—; y
cuéntenos cuál es el problema.
Nos dio las gracias y dijo:
—¿Quieren salir antes a ver si está despejada la
costa?
No comprendimos; porque nuestra actitud no había
podido llamar la atención y el hotel, como digo, estaba prácticamente vacío.
Sin embargo, empezábamos a sospechar, no sabíamos qué. De todos modos, los
nervios son contagiosos. Así que salimos, asomándonos antes a mirar, e
imaginando (me di cuenta de que los dos tuvimos esa impresión) que una sombra,
o algo más que una sombra —pero no hizo ruido alguno—se apartó a un lado al
trasponer nosotros la puerta.
—Todo va bien —susurramos a Paxton (parecía que
convenía hablar en voz baja); y nos dirigimos a nuestro cuarto de estar con él
en medio de los dos.
Cuando llegamos me disponía a expresar mi
entusiasmo ante la extraordinaria pieza que acababa de tener ante los ojos,
pero miré a Paxton y comprendí que era terriblemente inoportuno, así que dejé
que hablara él.
—¿Qué podemos hacer? —empezó. Long juzgó
conveniente (como me explicó más tarde) hacerse el tonto, y dijo:
—¿Por qué no averiguamos quién es el dueño del
terreno y le informamos...?
—¡Ah, no, ni hablar! —le interrumpió Paxton con
impaciencia—. Les ruego que me perdonen. Son ustedes muy amables, pero no han
comprendido: hay que devolverla. Yo no me atrevo a ir allí de noche, y de día
es imposible. Aunque quizá no lo entiendan, lo cierto es que desde que la toqué
no me he sentido solo en ningún momento.
Fui a decir alguna estupidez, pero Long me lanzó
una mirada, y me callé. Y dijo él:
—Creo que comprendo; pero sería un... alivio... que
nos aclarara un poco más la situación.
Entonces Paxton lo soltó todo: miró por encima del
hombro, nos hizo seña de que nos acercásemos más, y comenzó a hablar en voz
baja: le escuchamos con la mayor atención, evidentemente, y comparamos notas
después. Yo me encargué de redactar nuestra versión, de modo que estoy seguro
de haber consignado casi palabra por palabra lo que nos contó. Dijo:
—Empezó cuando me puse a explorar, interrumpiéndome
una y otra vez. Siempre había alguien: un hombre de pie junto a un abeto. Eso
durante el día. Nunca lo tenía delante. Siempre lo veía a la derecha o a la
izquierda por el rabillo del ojo. Y cuando me volvía a mirar había desparecido.
Me estaba un buen rato tumbado, vigilando, y asegurándome de que no había nadie
alrededor; y cuando me levantaba y reanudaba mis exploraciones, allí estaba
otra vez. Además, empezó a hacerme advertencias; porque pusiera donde pusiese
ese Libro de Oraciones (a menos que lo guardase bajo llave, cosa que hice al
final), cuando volvía a mi habitación lo encontraba siempre sobre la mesa,
abierto por las guardas donde tiene los nombres, y con una de mis navajas de
afeitar cruzada encima para que se mantuviese abierto. Estoy seguro de que no
puede abrir mi bolsa de viaje, de lo contrario habría hecho algo más.
»Es flaco y endeble; pero de todas formas no me
atrevo a encararme con él. Bueno, pues cuando empecé a hacer el túnel,
lógicamente la situación empeoró; y si no hubiera estado tan ansioso habría
abandonado y habría echado a correr. Era como si tuviese a alguien rozándome la
espalda sin parar: durante bastante tiempo pensé que era tierra que me caía
encima; pero cuando me acerqué a... a la corona, la sensación fue inequívoca. Y
al descubrirla, y meter los dedos por dentro del aro y tirar para sacarla, oí
una especie de grito detrás de mí. ¡Ah, no puedo describir lo desolado que
sonó! Y horriblemente amenazador también. Me arruinó toda la alegría del
hallazgo... me la quitó en un instante.
»Y si no fuese el desdichado idiota que soy, la
habría dejado y me habría ido. Pero no lo hice. Y desde ese momento ha sido
espantoso. Aún faltaban horas para que pudiera volver decentemente al hotel.
Primero me dediqué a rellenar el túnel y borrar mis huellas, con él allí
tratando de estorbarme. Unas veces le veías y otras no, según le daba, creo.
Está ahí, pero tiene algún poder sobre los ojos de uno. En fin, dejé el lugar
no mucho antes de que saliera el sol, y después me dirigí a la estación de Seaburgh
para coger un tren de regreso. Y aunque se hizo de día casi en seguida, no sé
si mejoró mi situación. A cada paso había setos, o matas de aulaga, o cercas
(algún tipo de obstáculos, quiero decir) a lo largo del camino, lo que hacía
que no me sintiese tranquilo un solo momento.
»Además, cada vez que alguien se cruzaba conmigo
camino del trabajo, se volvía a mirarme de manera muy extraña; quizá se
sorprendían de ver a alguien tan temprano; aunque tenía la sensación de que no
era sólo eso. No sé: era como si no me miraran a mí. En la estación, el mozo se
comportó del mismo modo también. Y el jefe de tren mantuvo abierta la puerta
después de subir yo, como si viniese alguien más. ¡Ah, pueden estar seguros de
que no son imaginaciones mías! —dijo con una risa desmayada; y prosiguió—: Pero
aun en el caso de que la devuelva, no me perdonará, lo sé. ¡Con lo feliz que
era yo hace un par de semanas! —se hundió en la silla, y creo que se echó a
llorar.
No sabíamos qué decir, pero comprendimos que
debíamos echarle una mano como fuera; así que le dijimos —en realidad parecía
que era lo único que podíamos hacer— que si estaba decidido a devolver la
corona a su sitio, le ayudaríamos. Añadiré que después de lo que habíamos
escuchado nos parecía lo mejor. Si le había acarreado a este pobre hombre tan
horribles consecuencias, ¿no habría también algo de verdad en la idea original
de que la corona tenía un extraño poder para proteger la costa? Al menos ésa
era mi opinión, y creo que la de Long también.
Paxton agradeció efusivamente nuestro ofrecimiento.
¿Cuándo lo haríamos? Eran casi pasadas las diez. ¿Podíamos pretextar ante el
personal del hotel que salíamos a dar un último paseo esa misma noche? Nos
asomamos a la ventana; había una espléndida luna llena: la luna de Pascua.
Long se ocupó de propiciarse al botones. Debía
decirle que estaríamos no mucho más de una hora, y si nos sentíamos tan a gusto
que nos demorábamos algo, procuraríamos resarcirle por tenerle levantado.
Bueno, éramos clientes bastante asiduos del hotel, no causábamos muchas
molestias, y el servicio no nos tenía por personas tacañas en lo que se refería
a propinas; y de esta forma nos ganamos al botones, que nos dejó salir a dar
una vuelta por el paseo marítimo, y se quedó esperándonos, como nos enteramos después.
Paxton salió con un abrigo doblado sobre el brazo, y con la corona envuelta
debajo.
Salimos, pues, dispuestos a cumplir esta extraña
misión sin pararnos a pensar en lo insólita que era. He querido ser breve
adrede en esta parte para reflejar la prisa con que trazamos el plan y lo
pusimos en práctica.
—El camino más corto es subiendo la colina y
cruzando el cementerio —dijo Paxton, cuando nos detuvimos un momento delante
del hotel a mirar a un lado y a otro del paseo. No había nadie; nadie en
absoluto. Fuera de temporada Seaburgh es un pueblo madrugador y tranquilo—. No
podemos pasar por delante de la casa por el perro —dijo también Paxton cuando
comenté que me parecía más corto ir por el paseo marítimo y cruzar dos campos;
la razón que dio era de suficiente peso.
Echamos a andar cuesta arriba hacia la iglesia, y
nos metimos por el cementerio. Confieso que pensé que algunos de los que allí
yacían podían saber qué nos traíamos entre manos; pero si era así, sabían
también que uno de los suyos, por así decir, nos tenía vigilados, por lo que no
nos molestaron. Pero me sentía observado como no me he sentido en ningún otro
momento de mi vida. Sobre todo cuando salimos del cementerio y cogimos un
estrecho sendero flaqueado por dos setos altos, donde corrimos como corrió Christian
por aquel valle, y salimos a campo abierto. Seguimos andando junto a nuevos
setos, aunque yo hubiera preferido ir por terreno despejado donde pudiera
comprobar que no venía nadie detrás de mí. Cruzamos un portillo o dos, torcimos
a la izquierda a continuación, y subimos a la loma que terminaba en ese pequeño
cerro.
Al acercarnos, Henry Long tuvo la sensación, y yo
también, de que había esperándonos lo que sólo puedo llamar oscuras presencias,
así como que nos acompañaba una bastante más definida. No puedo daros una idea
fiel del nerviosismo de Paxton durante todo este tiempo: respiraba como un
animal acosado, y ni Henry ni yo éramos capaces de mirarle a la cara. No nos
habíamos parado a pensar qué haría cuando llegásemos al lugar. Se había
mostrado tan seguro que nos pareció que no sería difícil. Y no lo fue. Jamás he
visto nada como el ímpetu con que se abalanzó sobre un punto concreto del
montículo y se puso a cavar, de manera que en pocos minutos casi todo su cuerpo
había desaparecido de la vista.
Nosotros nos quedamos de pie, sosteniendo el abrigo
con el envoltorio de pañuelos debajo, sin parar de mirar a nuestro alrededor,
muy asustados debo reconocer. No se veía a nadie: una fila de abetos oscuros
formaba el horizonte detrás de nosotros; a la derecha teníamos más árboles y la
torre de la iglesia; casas aisladas y un molino de viento a media milla, a la
izquierda; el mar en completa calma, enfrente; los ladridos débiles de un perro
en una casa sobre un dique reluciente, entre él y nosotros; la luna llena
trazando ese camino que todos conocemos sobre el mar; el susurro eterno de los
abetos encima de nosotros, y el del mar. Y en medio de toda esta quietud, muy
cerca, la aguda, la intensa conciencia de una hostilidad contenida, como un
perro sujeto con una correa que en cualquier momento se puede soltar.
Paxton emergió del agujero y tendió la mano.
—Dénmela —susurró—, desenvuelta.
Abrimos los pañuelos, y cogió la corona.
La luna la iluminó justo en el instante en que la
tomaba. No llegamos a tocar el metal, y desde entonces he pensado que fue una
suerte. Poco después estaba Paxton de nuevo fuera del agujero y cavaba afanoso
con unas manos que ya le sangraban. Sin embargo, rechazó toda ayuda. Lo más
trabajoso fue dejar el lugar de forma que pareciese intacto; no obstante —no sé
cómo—, lo hizo maravillosamente bien. Y una vez que quedó definitivamente
satisfecho, emprendimos el regreso.
Estábamos ya a unas doscientas yardas del montículo
cuando dijo Long de repente:
—Un momento; se ha dejado el abrigo. No es
prudente. ¿Lo ve allí?
Yo me volví y lo vi, en efecto: el abrigo largo,
oscuro, tendido junto a la boca cegada del agujero. Pero Paxton no se había
detenido; negó con la cabeza, y alzó el abrigo que llevaba en el brazo. Y
cuando le alcanzamos dijo sin inmutarse, como si nada importase ya:
—Aquello no es mi abrigo.
Y en efecto, cuando volvimos a mirar la mancha
oscura ya no estaba.
Bueno, salimos al camino, y apretamos el paso. Aún
no eran las doce cuando llegamos, procurando poner buena cara, y diciendo —Long
y yo— qué noche tan espléndida hacía para pasear. Al entrar en el hotel nos
estaba esperando el botones, así que le dedicamos algún comentario de este
estilo para su edificación. Él echó otra ojeada a uno y otro lado del paseo
antes de cerrar la puerta, y dijo:
—Supongo que no se han encontrado con nadie,
¿verdad, señor?
—No, desde luego; no hemos visto un alma —dije; y
recuerdo que al oírme Paxton me dirigió una mirada singular.
—Es que me ha parecido ver a alguien que subía
camino de la estación, detrás de ustedes —dijo el botones—. Pero como iban los
tres juntos, no me ha parecido que llevara malas intenciones.
Yo no supe qué decir; Long se limitó a murmurar:
«Buenas noches». Nos dirigimos a la escalera, prometiendo apagar todas las
luces y acostarnos en seguida. Una vez en nuestra habitación, hicimos lo
posible por animar a Paxton.
—Bueno, ya está la corona otra vez en su sitio
—dijimos—. Tal vez hubiera sido mejor no haberla tocado —Paxton asintió a esto
con énfasis pero en realidad no se le ha causado ningún daño, y desde luego no
le vamos a revelar esto a nadie capaz de cometer la locura de acercarse allí.
Además, ¿no se siente ahora mejor? A mí no me importa confesar —dije— que
cuando íbamos para allá me inclinaba a coincidir con usted en que... bueno, en
que nos seguían; pero al volver ya no he tenido esa impresión —pero no dio resultado.
—Ustedes no tienen por qué preocuparse —dijo—. Pero
a mí no se me ha perdonado. Yo aún tengo que pagar este atroz sacrilegio. Sé
qué me van a decir: que puede ayudarme la Iglesia. Sí; pero es el cuerpo el que
tiene que sufrir. Es cierto que ahora no tengo la sensación de que me espera
ahí fuera. Pero...
Calló.
Se volvió para darnos otra vez las gracias, y le
despedimos en cuanto pudimos. Naturalmente, le insistimos en que utilizara
nuestro cuarto de estar al día siguiente, y le dijimos que nos encantaría salir
a pasear con él. ¿O tal vez jugaba al golf? Sí, así era; pero no creía que se
sintiera con ánimos para jugar por la mañana. Bueno, le aconsejamos que se
levantara tarde y se viniera a nuestra habitación mientras nosotros jugábamos,
y por la tarde daríamos un paseo. Se mostró muy sumiso y maleable a todo lo que
dijimos; y dispuesto a hacer lo que nosotros creyésemos mejor, aunque
claramente convencido en su fuero interno de que no podría evitar ni atenuar lo
que le iba a venir.
Se preguntará usted por qué no le insistimos en
acompañarle a su casa y dejarle a salvo con sus hermanos o con quien fuera. La
verdad es que no tenía a nadie. Poseía un piso en la ciudad, pero últimamente
había decidido irse a vivir un tiempo a Suecia, había desmantelado el piso, lo
había facturado todo, y estaba pasando un par de semanas o tres antes de
emprender el viaje. De todos modos, nos pareció que no podíamos hacer otra
cosa, aparte de dormir —o tratar de dormir, como fue mi caso—, y esperar a ver
cómo nos sentíamos por la mañana.
Nos sentimos muy distintos Long yo, esa mañana de
abril, preciosa que no podía pedirse más; y Paxton parecía también muy distinto
cuando le vimos en el desayuno.
—Creo que es la primera noche algo decente que paso
desde hace tiempo —fue lo que dijo.
Pero haría lo que nosotros le habíamos dicho:
quedarse en el hotel toda la mañana, y salir más tarde con nosotros. Nos fuimos
al campo de golf; nos reunimos con otros aficionados, estuvimos jugando con
ellos, y comimos allí más bien temprano, a fin de no regresar tarde. Sin
embargo, las trampas de la muerte se abatieron sobre él. No sé si podía haberse
evitado. Creo que, de una u otra manera, habría caído. Sea como sea, lo que
ocurrió fue esto:
Subimos directamente a nuestro cuarto de estar.
Allí encontramos a Paxton, leyendo plácidamente.
—¿Dispuesto a salir —preguntó Long—, digamos dentro
de media hora?
—Por supuesto —contestó él.
Yo dije que antes teníamos que cambiarnos, quizá
tomar un baño, y que pasaríamos a recogerle en media hora. Yo me bañé en
seguida, me eché en la cama, y me quedé dormido; estuve durmiendo como unos
diez minutos. Long y yo salimos de nuestras habitaciones al mismo tiempo y
fuimos juntos al cuarto de estar. Paxton no estaba. Sólo estaba su libro.
Tampoco le encontramos en su habitación, ni abajo. Dimos una voz, llamándole.
Salió un camarero y dijo:
—Vaya, creía que habían salido ustedes ya como el
otro señor. Les ha oído llamarle desde el camino y ha salido corriendo; le he
visto desde la ventana de la cafetería, aunque no a ustedes. A él le he visto
correr hacia la playa, en esa dirección. Sin una sola palabra, echamos a correr
hacia allá: era la dirección opuesta a la de la expedición de la noche
anterior. Aún no eran las cuatro, y hacía bueno, aunque no tanto como por la
mañana, de modo que no había motivo para alarmarnos. Habiendo gente, sin duda no
podía correr serio peligro.
Pero algo debió de leer en nuestra expresión el
camarero cuando echamos a correr, porque salió a la escalinata, señaló y dijo:
—Sí, en esa dirección fue.
Seguimos corriendo hasta la playa de guijarros;
allí nos detuvimos. Había que elegir entre dos direcciones: por delante de las
casas que había en el paseo, o por la playa, que ahora que había bajamar era
bastante ancha. Naturalmente, también podíamos seguir por la franja de
guijarros que había entre uno y otro camino, y andar atentos a los dos, pero
era bastante incómodo. Elegimos la arena, que era el paraje más solitario, y
alguien podía perpetrar cualquier atropello sin que le viesen desde el camino público.
Long dijo que veía a Paxton a cierta distancia,
corriendo y agitando el bastón como haciendo señas a alguien que iba delante.
No estoy seguro: estaba subiendo deprisa una de esas brumas marinas que vienen
del sur. Había alguien; eso es todo lo que puedo decir. Y había huellas en la
arena como de alguien que corría con zapatos. Y había otras huellas anteriores
—porque las de zapatos las pisaban— de alguien que corría descalzo. Bueno,
naturalmente, sólo tiene mi palabra de que es verdad todo esto: Long ha muerto,
no teníamos tiempo ni medios para tomar bocetos o sacar moldes, y la siguiente
pleamar borró las huellas; lo único que podíamos hacer era observarlas mientras
corríamos. Pero allí estaban repetidas una y otra vez, y se veía claramente que
eran de unos pies desnudos, de unos pies en los que había más huesos que carne.
La imagen de Paxton corriendo detrás de un ser así,
creyendo que iba en pos de sus amigos, nos resultaba verdaderamente espantosa.
Puede imaginarse qué pensábamos: que el ser que perseguía podía detenerse de
pronto y volverse hacia él, y la clase de rostro que revelaría, medio velado al
principio por la bruma... cada vez más espesa. Por mi parte, mientras corría
—preguntándome cómo el pobre desventurado podía confundir con nosotros a
aquella criatura—, recordé sus palabras: Tiene un poder especial sobre los ojos
de uno.
Me preguntaba cómo iba a terminar esto; porque ya
no tenía esperanza de que pudiera evitarse el desenlace, y... bueno, no hace
falta que cuente los pensamientos sombríos y horribles que me pasaron por la
cabeza al sumergirnos en la niebla. Era extraño también que, aunque el sol
estaba alto todavía, no se pudiera ver nada. Sólo sabíamos que habíamos dejado
atrás las casas y habíamos llegado al descampado que hay entre ellas y el
antiguo torreón. Pasado el torreón, no hay más que guijarros: ni una sola casa,
ni un ser humano hasta esa punta de tierra, o más bien de piedras, con el río a
la derecha y el mar a la izquierda.
Pero justo antes de eso, pegada al torreón,
recordará que está la antigua batería, cerca del mar. Creo que ahora sólo
quedan unos cuantos bloques de mortero, el resto lo ha destruido el mar; pero
en aquel entonces quedaba mucho más, aunque todo eran prácticamente ruinas.
Bien, pues cuando llegamos allí, subimos a lo alto lo más deprisa que pudimos
para otear toda la franja de guijarros que había a nuestros pies, si la niebla
nos dejaba ver algo. Pero teníamos que descansar un momento: habíamos corrido lo
menos una milla. No se veía nada. Y nos disponíamos a bajar para seguir
corriendo sin muchas esperanzas, cuando oímos lo que sólo puedo describir como
una risa: una risa sin hálito, sin pulmones; no sé si comprende lo que quiero
decir. Me temo que no.
Provenía de abajo; y se alejó flotando con la
niebla. Fue suficiente. Nos asomamos por encima del muro. Abajo, al pie, estaba
Paxton. No hace falta decir que estaba muerto. Sus huellas indicaban que había
corrido junto al muro de la batería, había dado la vuelta a la esquina y sin
duda se había dado de bruces con alguien que le estaba esperando. Tenía la boca
llena de arena y guijarros, y las mandíbulas y los dientes destrozados. Sólo le
miré una vez la cara. En ese momento, mientras bajábamos de la batería a
recoger su cuerpo, oímos un grito, y vimos delante del torreón a un hombre que
acudía corriendo por la playa. Era el vigilante: su mirada alerta había
divisado a través de la niebla que ocurría algo. Había visto caer a Paxton, y
nos había visto a nosotros correr un instante después... afortunadamente para
nosotros, porque de lo contrario difícilmente nos habríamos librado de la
sospecha de estar implicados en este asunto espantoso. Le preguntamos si había
visto a alguien atacar a nuestro amigo. No estaba seguro.
Le mandamos en busca de ayuda, y nos quedamos junto
al muerto hasta que llegaron con una camilla. Fue entonces cuando descubrimos
el rastro en la franja de arena al pie de la muralla de la batería. El resto
era de guijarros, y era completamente imposible saber en qué dirección había
huido el otro.
¿Qué íbamos a decir en la encuesta? Consideramos un
deber no revelar inmediatamente el secreto de la corona para que no saliese
publicado en todos los periódicos. No sé hasta dónde habría contado usted; pero
nosotros acordamos decir lo siguiente: que conocíamos a Paxton sólo del día
anterior, y que nos había confesado que tenía miedo de un individuo llamado
William Ager, que le había amenazado. También, que habíamos visto las huellas
de Paxton y de otro cuando le seguimos por la playa. Pero ahora habían desaparecido
de la arena.
Por suerte, nadie sabía de ningún William Ager que
viviera en la comarca. El testimonio del hombre del torreón nos libró de toda
sospecha. Lo único que pudo hacerse fue emitir un veredicto de homicidio
intencionado, cometido por uno o varios desconocidos.
Paxton carecía de parientes, al extremo de que
ninguna de las pesquisas efectuadas después condujo a nada positivo. Y desde
entonces no he vuelto a estar en Seaburgh, ni a acercarme siquiera.
M.R. James (1862-1936)

