Libro N° 9653. Adiós, Profesor. Kuttner, Henry y Moore, C.L.
© Libro N° 9653. Adiós, Profesor. Kuttner, Henry y Moore, C.L. Emancipación.
Marzo 5 de 2022.
Título original: © Adiós, Profesor. Henry Kuttner y C.L. Moore
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Original: © Adiós, Profesor. Henry Kuttner y C.L. Moore
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Henry Kuttner
C.L. Moore
Adiós, Profesor
Henry Kuttner
C.L. Moore
Los Hogben somos muy exclusivos. Ese fulano de la
ciudad, el profesor, tuvo que haberlo sabido, pero se metió donde nadie lo
había invitado, y ahora no tiene derecho a quejarse. En Kentucky la gente bien
ubicada cuida de sus asuntos y no mete las narices donde no se le llama. La vez
que corrimos a los Haley con esa pistola que habíamos armado —aunque nunca
pudimos averiguar cómo funcionaba—, esa vez todo empezó porque Rafe Haley vino
a husmear y curiosear por la ventana del cobertizo para echarle un vistazo a
Pequeño Sam. Después fue comentando que Pequeño Sam tenía tres cabezas o algo
por el estilo. A los Haley no se les puede creer una palabra. ¡Tres cabezas! No
es natural, ¿verdad? Pequeño Sam tiene dos cabezas, y ni una más, desde el día
que nació.
Así que Ma y yo disparamos esa pistola y
acribillamos a los Haley. Como decía, nunca hasta ese momento habíamos podido
averiguar cómo funcionaba. Conectamos algunas baterías y muchos alambres y
cables y otras cosas raras, y Rafe quedó lleno de agujeros.
El forense informó que la muerte de los Haley fue
instantánea, y el sheriff Abernathy vino a tomar whisky con nosotros y dijo que
una más y me mataba a latigazos. No le hice caso. Sólo que algún maldito
periodista yanqui debió enterarse del asunto, porque poco después llegó un
grandote serio y gordinflón y se puso a hacer preguntas. Tío Les estaba sentado
en el porche, con el sombrero echado en la cara.
—Mejor será que se vuelva a su circo, hombre —le
dijo, algo socarrón—. El mismísimo Barnum ya ha venido a hacernos ofertas y las
hemos rechazado, ¿no es cierto, Saunk?
—Claro que sí —dije—. Nunca confíe en Phineas. Ha
llamado monstruo a Pequeño Sam...
El fulano de cara respetable, que se llamaba
profesor Thomas Galbraith, se volvió a mí.
—¿Qué edad tienes, hijo?
—No soy su hijo —le dije—. Además, no lo sé.
—Pese a tu tamaño, no parece que tengas más de
dieciocho. No pudiste haber conocido a Barnum.
—Claro que lo conocí. No trate de enredarme o le
daré un golpe.
—No pertenezco a ningún circo —dijo Galbraith—. Soy
biogenista.
Vaya si nos reímos. El hombre se enfureció y nos
preguntó cuál era el chiste.
—Esa palabra no existe —dijo Ma, y en ese momento
Pequeño Sam se puso a berrear, y Galbraith se puso blanco como un ala de ganso
y tembló como una hoja. Casi se desmaya. Cuando le levantamos, quiso saber qué
había pasado.
—Era Pequeño Sam —dije—. Ma fue a calmarle. Ya se
ha callado.
—Esas eran ondas subsónicas —dijo el profesor—.
¿Qué es Pequeño Sam? ¿Un transmisor de onda corta?
—Pequeño Sam es el bebé —le dije sin vueltas—. Le
aconsejo que lo llame por su nombre. Ahora, ¿qué tal si nos cuenta lo que anda
buscando...
Sacó una libreta y se puso a hojearla.
—Soy... científico —dijo—. Nuestra fundación
estudia la eugenesis, y tenemos algunos informes sobre vosotros. Suenan
increíbles. Uno de nuestros hombres sostiene que las mutilaciones naturales
pueden pasar inadvertidas en regiones de subdesarrollo cultural y... —se calló
y miró fijamente a tío Les—. ¿De veras puede usted volar?
Bien, no nos gusta hablar de esas cosas. Una vez el
predicador nos dio una buena reprimenda. Tío Les había bebido de más y se puso
a revolotear sobre los riscos y casi mata del susto a dos cazadores de osos. Y
el Libro de Dios no menciona hombres que vuelen. Tío Les generalmente lo hace a
escondidas, cuando nadie le ve.
El caso es que tío Les se caló bien el sombrero y
refunfuñó.
—Qué estupidez. Los hombres no vuelan. Y en cuanto
a esos inventos modernos que se comentan por ahí... Vea, mi amigo; entre
nosotros, es mentira que vuelen. Son puras patrañas...
Galbraith parpadeó y volvió a estudiar su libreta.
—Pero tengo muchos testimonios sobre muchas cosas
insólitas relacionadas con esta familia. El vuelo es sólo una de ellas. Sé que
teóricamente es imposible... Y no estoy hablando de aviones, pero...
—Oh, cállese la boca.
—El ungüento de las brujas medievales incluía
acónito para dar una ilusión de vuelo, absolutamente subjetiva, desde luego.
—Deje de fastidiarme —dijo tío Les, irritado,
supongo que porque se sentía incómodo. Después se levantó, tiró el sombrero en
el porche y se fue volando. Un minuto después bajó a buscar el sombrero y le
hizo una mueca al profesor. Salió volando por la cañada y no le vimos por un
buen rato.
Yo también perdí los estribos.
—No tiene derecho a molestamos —le dije—. La
próxima vez tío Les hará como Pa, y eso sí que es un fastidio. A Pa no le vemos
el pelo desde que vino ese otro fulano de la ciudad. Un cencista, creo.
Galbraith no dijo nada. Parecía un poco alterado.
Le di un trago y me preguntó por Pa.
—Oh, anda por aquí —dije—. Sólo que ya no le vemos
más. Dice que lo prefiere así.
—Sí —dijo Galbraith, bebiendo otro trago—. Oh,
Dios. ¿Qué edad dijiste que tenías?
—Yo no he dicho nada.
—Bien, ¿cuál es el recuerdo más viejo que tienes?
—No sirve de nada recordar cosas. Embota demasiado
la cabeza.
—Es fantástico —dijo Galbraith—. No esperaba poder
enviar un informe así a la fundación.
—No queremos que nadie venga a curiosear —le dije—.
Váyase y déjenos en paz.
—¡Pero, cielo santo! —se asomó por la baranda del
porche y se interesó por la pistola—. ¿Qué es eso?
—Una cosa —dije.
—¿Qué hace?
—Cosas —le dije.
—Oh, ¿puedo echarle una ojeada?
—Claro —le dije—. Se la regalo, si después se
larga.
Se acercó a mirarla. Pa, que estaba sentado junto a
mí, se levantó y me dijo que me librara del yanqui y me metiera en la casa. El
profesor volvió.
—¡Extraordinario! —dijo—. Entiendo algo de
electrónica, y me parece que este artefacto es muy raro. ¿Cuál es el principio?
—¿El qué? —dije—. Abre agujeros en las cosas.
—No puede disparar cápsulas. Hay un par de lentes
donde tendría que estar la recámara... ¿Cómo has dicho que funciona?
—No sé.
—¿Lo has hecho tú?
—Yo y Ma.
Me preguntó varias cosas más.
—No lo sé —dije—. El problema de las pistolas es
que hay que cargarlas. Pensamos que si le añadíamos varias cosas no tendríamos
que cargarla más. Y nos ha dado resultado.
—¿De verdad, me la regalas?
—Si deja de molestarnos.
—Escucha —dijo—, es milagroso que tu familia haya
pasado inadvertida tanto tiempo.
—Tenemos nuestros recursos.
—La teoría de las mutaciones debe ser cierta. Hay
que estudiar a tu familia. Este es uno de los descubrimientos más importantes
desde...
Siguió la cháchara. No decía más que bobadas.
Finalmente decidí que había sólo dos maneras de encarar las cosas, y después de
lo que había dicho el sheriff Abernathy no me parecía conveniente matar a nadie
hasta que al sheriff se le pasara el mal humor. No me gusta provocar
escándalos.
—Suponga que voy con usted a Nueva York —dije—.
¿Dejará en paz a mi familia?
Lo prometió de mala gana. Pero después juró y
perjuró que me haría caso, pues le amenacé con despertar a Pequeño Sam. Claro
que quiso ver a Pequeño Sam, pero le dije que no convenía. De cualquier modo
Pequeño Sam no podía ir a Nueva York. Tiene que permanecer en el tanque, o se
pone muy mal. Sea como fuera, llegué a un acuerdo con el profesor, y él se fue
después de que le prometí que a la mañana siguiente nos veríamos en el pueblo.
Pero les aseguro que el asunto no me gustaba nada.
No me he separado de mi familia desde ese escándalo en la madre patria, cuando
tuvimos que poner pies en polvorosa. Recuerdo que fuimos a Holanda. Ma siempre
tuvo debilidad por el hombre que nos ayudó a salir de Londres. A Pequeño Sam le
bautizó así en memoria de él. No me acuerdo cómo se llamaba; Gwynn o Stuart o
Pepys... Cuando pienso en algo anterior a la Guerra Civil se me mezclan las
cosas. Esa noche charlamos. Como Pa estaba invisible, Ma pensaba que estaba
tomando más whisky de la cuenta, pero después se ablandó y le dejó beber una
garrafa. Todos me aconsejaban que tuviera cuidado.
—Ese profesor es muy listo —decía Ma—. Como todos
los profesores... No vayas a molestarle. Pórtate bien, o no volveremos a verte.
—Me portaré bien, Ma —dije; Pa me dio un golpe en
la cabeza, no era justo pues yo no podía verle.
—Eso es para que no te olvides —dijo.
—Somos gente sencilla —rezongó tío Les—. Si quieres
darte aires, te llegarán problemas.
—De veras, no es ésa mi intención —dije—. Sólo me
ha parecido que...
—¡No te metas en líos! —dijo Ma, y entonces oímos
al Abuelo en el desván; a veces el Abuelo no se mueve durante todo un mes, pero
esta noche parecía bastante inquieto.
Naturalmente, subimos a ver qué quería. Estaba
hablando del profesor.
—¿Un forastero, eh? —dijo—. Maldito canalla
inmundo. ¡Vaya hato de imbéciles que tengo por descendencia! Saunk es el único
que tiene un poco de seso, y ¡voto a tal! que es un tonto de capirote.
Yo me contoneaba y murmuraba cosas, pues no me
gustaba mirar directamente al Abuelo. Pero él no me hacía caso. Siguió
rezongando.
—¿Así que te vas a Nueva York? ¡Rayos y centellas!
¿Has olvidado ya cómo tuvimos que escapar de Londres y Amsterdam y Nueva
Amsterdam por temor a la inquisición? ¿Quieres que te expongan en una feria? Y
ese no es el mayor peligro...
Abuelo es el más viejo de nosotros y a veces usa
expresiones raras. Supongo que las palabras aprendidas de joven se pegan... Eso
sí, sabe maldecir mejor que nadie.
—Caray —dije—, Sólo trataba de ayudar.
—No te hagas el bobo —dijo Abuelo—. Tú tienes la
culpa. Por construir ese aparato. Ese con que liquidaste a los Haley, quiero
decir. De lo contrario ese científico no habría venido aquí.
—Es un profesor —dije—. Se llama Thomas Galbraith.
—Lo sé. Le he leído los pensamientos a través de la
mente de Pequeño Sam. Un sujeto peligroso. Nunca conocí a un sabio que no lo
fuera. Salvo Roger Bacon, quizás. Y tuve que sobornarlo para... Pero Roger era
un hombre excepcional. Oíd: Ninguno de vosotros debe ir a Nueva York. En cuanto
abandonemos este refugio, en cuanto nos investiguen, estamos perdidos; la
chusma se nos vendrá encima. Y por mucho que aletees en el cielo, no podrás
salvarte... ¿Me oyes, Lester?
—¿Pero qué haremos, entonces? —preguntó Ma.
—Oh, demonios —dijo Pa—. Ajustaré cuentas con ese
profesor. Lo arrojaré en la cisterna.
—¿Para contaminar el agua? —chilló Ma—. ¡Pobre de
ti si lo intentas!
—¡Qué vástagos necios han brotado de mi simiente!
—exclamó Abuelo, realmente furioso—. ¿No habéis prometido al sheriff que no
habría más muertos, al menos por el momento? ¿No tenéis en cuenta la palabra de
un Hogben? A través de los siglos, dos cosas han sido sagradas para nosotros:
nuestro secreto y el honor de los Hogben. ¡Matad a Galbraith y responderéis
ante mí!
Todos nos pusimos blancos. Pequeño Sam despertó de
nuevo y se puso a chillar.
—¿Pero qué hacemos? —dijo tío Les.
—Nuestro secreto debe ser guardado —dijo Abuelo—.
Haced lo que podáis, pero sin muertes. Consideraré el problema.
Después se durmió, al parecer. Aunque con Abuelo
nunca se sabe. Al día siguiente me encontré con Galbraith en el pueblo, pero
antes tropecé en la calle con el sheriff Abernathy, que me clavó una mirada
inquietante; me advirtió que no me metiera en líos, que tuviera cuidado. No
supe qué decirle. De todos modos vi a Galbraith y le dije que Abuelo no me
dejaba ir a Nueva York. Me parece que no le gustó demasiado, pero vio que no
había nada que hacer. Su habitación de hotel estaba atiborrada de aparatos científicos.
Asustaban un poco. Tenía a la vista la pistola, tal como se la di, al parecer.
Se puso a discutir.
—Es inútil —dije—. No nos marcharemos a las
montañas. Ayer hablé por hablar, es todo.
—Escucha, Saunk —dijo—. En el pueblo estuve
haciendo preguntas sobre tu familia, pero no he sacado demasiado en limpio.
Aquí son muy reservados. De todos modos, esos testimonios sólo serían elementos
laterales. Sé que nuestras teorías son correctas. Tú y tu familia son mutantes,
y hay que estudiarlos.
—No somos mutantes —dijo—. Los científicos siempre
nos ponen nombres raros. Roger Bacon nos llamó “homúnculos”, sólo...
—¿Qué? —gritó Galbraith—. ¿Qué has dicho?
—En... Es un granjero de un condado vecino —me
apresuré a decir, pero noté que el profesor no se tragaba la píldora. Se paseó
por la habitación.
—Es inútil —dijo—. Si no vienes a Nueva York, haré
que la fundación envíe una comisión aquí. Es necesario que les estudiemos, por
la gloria de la ciencia y el progreso de la humanidad.
—Oh, caray —dije—. Ya sé de qué se trata. Nos
expondrían como bichos raros. Pequeño Sam moriría. Lárguese y déjenos en paz.
—¿Dejaros en paz? ¿Y cuando fabricáis aparatos como
éste? —señaló la pistola—. ¿Cómo funciona? —quiso saber de repente.
—Ya le he dicho que no sé. Lo armamos, es todo.
Escuche, profesor. Si la gente viniera a mirarnos habría problemas. Muchos
problemas. Lo dijo Abuelo.
Galbraith se tironeó la nariz.
—Bien, tal vez... Supón que me respondes unas pocas
preguntas, Saunk.
—¿Y la comisión?
—Veremos —Galbraith inhaló profundamente—. Si me
dices lo que quiero saber, no informaré de vuestro paradero.
—Creí que esa función o fundación sabía dónde
encontrarnos...
—Ah, sí. Claro que sí —dijo Galbraith—. Pero no
sabe cómo sois.
Eso me dio una idea. Pude haberle matado
fácilmente, pero en ese caso Abuelo me habría molido los huesos, y además había
que pensar en el sheriff. Así que dije "Caray" y asentí.
¡Vaya las preguntas que hacía ese hombre! Me dejó
mareado. Y cada vez se entusiasmaba más.
—¿Qué edad tiene tu abuelo?
—Demonios, no lo sé.
—Homúnculos... Hmmm. ¿Dijiste que en un tiempo fue
minero?
—No, ese fue el pa de Abuelo —dije—. Minas de
estaño, en Inglaterra. Sólo que Abuelo dice que entonces se llamaba Bretaña.
Fue durante una especie de peste mágica que hubo. La gente tenía que llamar a
los doctores. ¿Drunas? ¿Drudas?
—¿Druidas?
—Aja. Los druidas eran los doctores de entonces,
dice Abuelo. El caso es que todos los mineros empezaron a morir en Cornualles,
así que cerraron las minas.
—¿Qué clase de peste era?
Le dije lo que recordaba por las charlas de Abuelo,
y el profesor se excitó mucho y dijo algo sobre emisiones radiactivas, por lo
que pude entender. Idioteces, como siempre.
—¿Mutaciones artificiales provocadas por
radiactividad? —preguntó, y se le colorearon las mejillas—. ¡Tu abuelo nació
mutante! Los genes y cromosomas habrán sufrido una alteración estructural. ¡Tal
vez todos sois superhombres!
—No, señor —le respondí—. Somos Hogben, nada más.
—Un dominante, obviamente un dominante. ¿Todos tus
familiares han sido... hum, raros?
—¡Un momento! —dije.
—Quiero decir, si todos podían volar.
—Yo mismo no lo sé. Supongo que somos un poco
diferentes. Abuelo fue listo. Siempre nos enseñaba a no alardear, y...
—Camuflaje protector —dijo Galbraith—. Dentro de
una cultura social rígida, las variaciones respecto de la norma se enmascaran
con más facilidad. En una cultura moderna y civilizada, sobresalen como un
pulgar hinchado. Pero allí, en los bosques, sois prácticamente invisibles.
—Sólo Pa —dije.
—Oh, Dios —suspiró—. Ocultar esos increíbles
poderes naturales... ¿Sabes todo lo que podríais haber hecho? —y de pronto se
excitó aún más, no me gustó mucho cómo le brillaron los ojos—. Cosas
maravillosas —insistió—. Es como descubrir la lámpara de Aladino.
—Quiero que nos dejen en paz —dije—. Usted y su
comisión.
—Olvidaba la comisión. He resuelto llevar este
asunto por mi cuenta, durante un tiempo. Siempre que cooperes. Que me ayudes,
quiero decir. ¿Lo harás?
—No señor.
—Entonces traeré a la comisión de Nueva York —dijo
con aire triunfal.
Reflexioné.
—Bien —dije por fin—. ¿Qué quiere de mí?
—Todavía no lo sé —dijo lentamente—. Mi mente no ha
vislumbrado aún las posibilidades.
Pero pronto las vislumbraría. Claro que sí. Conozco
esa mirada. Yo estaba asomado a la ventana cuando de golpe se me ocurrió una
idea. Pensé que no convenía confiar mucho en el profesor, de cualquier modo.
Así que me acerqué a la pistola y le hice unos cambios. Sabía lo que quería
hacerle, sí. Pero si Galbraith me hubiera preguntado por qué retorcía un
alambre aquí y doblaba un tubo allá no habría podido contestarle. No tengo
educación. Sólo sabía que la pistola ahora haría lo que yo quería. El profesor
hacía anotaciones en su libreta. Levantó la vista y me vio.
—¿Qué estás haciendo? —quiso saber.
—Esto no está bien —dije—. Parece que usted le ha
hecho algo a las baterías. Pruébela ahora.
—¿Aquí adentro? —dijo sobresaltado—. No quiero
pagar una fortuna por daños. Hay que probarla en condiciones de seguridad.
—¿Ve esa veleta en el techo? —se la señalé—. Si
apunta allí no hará ningún daño. Usted se queda junto a la ventana y dispara
hacia afuera.
—¿No es... peligrosa? —se moría por probar la
pistola, era evidente; como le dije que no mataría a nadie, él hinchó sus
pulmones y se acercó a la ventana y se apoyó la culata en la mejilla.
Retrocedí. No quería que me viera el sheriff.
Estaba enfrente, sentado en un banco ante la tienda de ramos generales. Pasó
tal como lo había previsto. Galbraith apretó el gatillo, apuntando hacia la
veleta, y del cañón del arma salieron anillos de luz. Hubo un ruido espantoso.
Galbraith cayó de espaldas, y la conmoción fue de veras sorprendente. Hubo
aullidos en todo el pueblo. Me pareció oportuno volverme invisible un rato, y
lo hice. Galbraith estaba examinando la pistola cuando irrumpió el sheriff Abernathy.
El sheriff es un caso serio. Ya había sacado el arma y las esposas, e insultaba
al profesor de arriba abajo.
—¡Le he visto! —aulló—. Ustedes los de la ciudad
creen que aquí pueden hacer lo que se les antoje. ¡Bien, no es así!
—¡Saunk! —gritó Galbraith, mirando a su alrededor.
Pero por supuesto, no podía verme.
Luego hubo una discusión. El sheriff Abernathy
había visto a Galbraith disparar la pistola, y no es nada de tonto. Bajó a
Galbraith a la rastra, y yo les seguí sin hacer ruido. La gente correteaba como
loca. Casi todos se tapaban la cara con las manos. El profesor seguía gimiendo
que no entendía.
—¡Le he visto! —dijo Abernathy—. ¡Usted disparó con
esa cosa por la ventana y enseguida todos los del pueblo tuvieron dolor de
muelas! ¡Ahora, dígame que no entiende!
El sheriff era listo. Conoce a nuestra familia
desde hace tiempo, así que no se sorprende cuando pasan cosas raras. Además,
sabía que ese fulano Galbraith era científico. Se armó una batahola fenomenal y
en cuanto la gente se enteró de lo que había pasado, quiso linchar a Galbraith.
Pero Abernathy se lo llevó. Vagabundeé un rato por el pueblo. El pastor estaba
mirando los vitrales de la iglesia, y parecía asombrado. Eran de vidrio
coloreado y él no lograba entender por qué estaban calientes. Yo sí. Los vitrales
tienen oro; lo usan para producir ciertos tonos rojizos. Finalmente fui a la
cárcel, todavía invisible. Así pude escuchar todo lo que Galbraith le explicaba
al sheriff Abernathy.
—Fue Saunk Hogben —insistía el profesor—. ¡Le digo
que él arregló el proyector!
—Yo lo vi a usted —dijo el sheriff—. Usted lo hizo.
¡Ay! —se apoyó la mano en la mandíbula—. Y mejor que se calle de una vez. Esa
multitud me traerá problemas. La mitad de los habitantes de pueblo tiene dolor
de muelas. Supongo que la mitad de los habitantes del pueblo llevará coronas de
oro.
Luego Galbraith dijo algo que no me sorprendió
demasiado.
—Haré venir una comisión de Nueva York. Esta noche
me proponía llamar a la fundación. Ellos responderán por mí, verá...
Así que, pese a todo, estaba resuelto a
entrometerse. Ya me lo sospechaba.
—¡Me va a curar este dolor de muelas, y el de todo
el mundo, o abriré la puerta y dejaré que le linchen! —aulló el sheriff.
Luego fue a buscar una bolsa de hielo para ponerse
en la mejilla. Yo retrocedí, me hice visible de nuevo y entré metiendo bulla
para que Galbraith me oyera. Esperé a que se cansara de maldecirme. Puse cara
de imbécil.
—Bueno, supongo que me equivoqué —dije—. Pero lo
arreglaré. Creo que podré hacerlo...
—¡Ya has hecho suficientes arreglos! —se
interrumpió—. Espera un minuto. ¿Qué has dicho? ¿Podrás curar el dolor... Qué
es?
—He estado mirando la pistola —dije—. Creo que ya
sé cuál fue mi error. Ahora está sintonizada en el oro, y todo el oro de la
ciudad despide rayos o calor o algo por el estilo.
—Radiactividad selectiva inducida —Galbraith
murmuró los disparates de costumbre—. Escucha. Esa multitud allá fuera... ¿Hay
linchamientos en este pueblo?
—Una o dos veces por año, a lo sumo —dije—. Ya hubo
dos este año, así que la cuota está cumplida. Sin embargo, ojalá pudiera
llevarle a casa... Allá le ocultaríamos fácilmente.
—¡Mejor que hagas algo! —dijo—. O tendré que llamar
a la comisión de Nueva York. No te gustaría, ¿verdad?
Nunca había visto a nadie que fuera capaz de mentir
con tanta compostura...
—Es muy fácil —dije—. Puedo arreglar la pistola
para que detenga los rayos de inmediato. Pero no quiero que la gente relacione
a mi familia con lo que está pasando. Nos gusta vivir tranquilos. Mire, suponga
que vuelvo al hotel y arreglo la pistola. Luego, todo lo que usted tiene que
hacer es reunir a la gente con dolor de muelas y apretar el gatillo.
—Pero... Bien, pero...
Temía más problemas. Tuve que convencerle. Afuera
rugía la turba, así que no me costó demasiado. Me marché, pero después volví
invisible y escuché lo que Galbraith le decía al sheriff. Se pusieron de
acuerdo. Todos los que tenían dolor de muelas se reunirían en el Ayuntamiento.
Después Abernathy llevaría al profesor con la pistola para solucionar las
cosas.
—Curará los dolores de muela o... ¿Está seguro?
—quiso saber el sheriff.
—Estoy... totalmente seguro.
Abernathy captó el titubeo.
—Mejor que primero pruebe conmigo. Por si acaso...
No confío en usted.
Parece que nadie confiaba en nadie. Volví al hotel
y arreglé la pistola. Y después me vi en un brete. Mi invisibilidad se estaba
terminando. Eso es lo peor de ser pequeño. Cuando tenga varios siglos más podré
ser invisible todo el tiempo que quiera. Pero todavía me falta experiencia. El
caso es que ahora necesitaba ayuda pues tenía que hacer algo, y no podía
hacerlo si la gente me miraba. Subí al techo y llamé a Pequeño Sam. Después de
comunicarme con él, le pedí que le pasara la llamada a Pa y tío Les. Poco
después tío Les bajó volando del cielo. Le costaba un poco porque traía a Pa.
Pa maldecía porque les había perseguido un halcón.
—Pero creo que nadie nos ha visto —dijo tío Les.
—Hoy la gente del pueblo ya tiene demasiados
problemas —dije—. Necesito ayuda. Ese profesor llamará a una comisión para
estudiarnos, prometa lo que prometiera.
—Entonces no podemos matarle —dijo Pa.
Así que les conté mi idea. Si Pa se hacía
invisible, todo sería fácil. Después nos hicimos un lugarcito en el techo para
poder mirar a través de él, y observamos la habitación de Galbraith. Llegamos
justo a tiempo. El sheriff estaba allí, esperando, con el arma desenfundada, y
el profesor, bastante paliducho, apuntaba la pistola a Abernathy. Todo salió a
la perfección. Galbraith apretó el gatillo, brotó un anillo de luz púrpura, y
eso fue todo. Sólo que el sheriff abrió la boca y balbuceó:
—¡No me engañaba! ¡El dolor de muelas se me ha ido!
Galbraith estaba sudando, pero actuó con bastante
naturalidad.
—Claro que funciona —dijo—. Desde luego, yo se lo
había dicho...
—Vamos al Ayuntamiento. Todos esperan. Mejor que
nos cure a todos, de lo contrario lo pasará mal...
Salieron. Pa les siguió, y tío Les me recogió y
voló tras ellos manteniéndose a la altura de los tejados para que no nos
vieran. Poco después estábamos observando desde una de las ventanas del
Ayuntamiento. Desde la gran peste de Londres que no oía tantos quejidos. El
edificio estaba atestado; todos tenían dolor de muelas, y gemían y aullaban.
Abernathy entró con el profesor, que traía la pistola, y se oyó un alarido
general. Galbraith puso el aparato en la tarima, apuntando a la concurrencia,
mientras el sheriff desenfundaba otra vez el arma y pronunciaba un discurso en
el que le advertía a todo el mundo que, si quería librarse del dolor de muelas,
se callara.
Claro que yo no podía ver a Pa, pero supe que
estaba en la tarima. Algo raro le pasaba a la pistola. Nadie lo notó, excepto
yo, que para eso miraba. Pa —invisible, por supuesto— estaba haciendo unos
cambios. Yo le había dicho cómo aunque él conocía el asunto tan bien como yo.
Así que muy pronto la pistola quedó como queríamos.
Lo que pasó después fue impresionante. Galbraith
apuntó la pistola y disparó. Saltaron anillos de luz, amarillos esta vez. Le
había dicho a Pa que regulara el alcance para que nadie sufriera los efectos
fuera del Ayuntamiento. Pero adentro... Bueno, claro que les calmó el dolor de
muelas. Las coronas de oro no duelen si no se tiene corona de oro, qué diablos.
La pistola estaba regulada de tal modo que afectaba a todas las cosas que no
crecen. Pa le había dado el alcance justo. Los asientos desaparecieron de
golpe, y también parte de la araña. La concurrencia, que estaba toda
apretujada, recibió el disparo de lleno. El ojo de vidrio de Pegleg Jaffe
también desapareció. Los que tenían dentadura postiza la perdieron. Todos
sufrieron un ligerísimo corte de pelo.
Además, todos perdieron la ropa. Los zapatos no
crecen, y tampoco los pantalones ni las faldas ni los vestidos. En un santiamén
todos quedaron como Dios los echó al mundo. Pero caray, ya no les dolían las
muelas, ¿no? Una hora más tarde estábamos de vuelta en casa, todos menos tío
Les, cuando se abrió la puerta y entró tío Les seguido por el profesor.
Galbraith estaba hecho una piltrafa. Se sentó y sollozó mirando hacia la puerta
temerosamente.
—Qué gracioso —dijo tío Les—. Estaba volando cerca
del pueblo y vi al profesor, que corría seguido por una gran multitud de
personas, muchas de ellas envueltas con sábanas. Así que lo recogí. Me pidió
que lo trajera a casa —tío Les me guiñó el ojo.
—¡Oooh! —decía Galbraith—. ¡Aaaah! ¿Vienen?
Ma fue hasta la puerta.
—Suben muchas antorchas por la montaña —dijo—. Esto
huele mal.
El profesor me fulminó con la mirada.
—¡Me dijiste que podías ocultarme! Por tu bien,
espero que sí. ¡Esto es culpa tuya!
—Caray —dije yo.
—¡Ocúltame! —chilló Galbraith—. ¡De lo contrario,
llamaré a esa comisión!
—Mire —dije—, si lo ocultamos, ¿promete olvidarse
de esa bendita comisión y dejarnos en paz?
El profesor lo prometió.
—Espere un minuto —le dije, y subí al desván para
hablar con Abuelo.
Estaba despierto.
—¿Qué te parece, Abuelo? —pregunté.
Escuchó un segundo a Pequeño Sam.
—¡Miente! —me dijo enseguida—. De todos modos
quiere seguir adelante, y al demonio con su promesa.
—¿Entonces tendríamos que esconderle?
—Sí —dijo Abuelo—. Los Hogben han dado su palabra.
No debe haber más muertes. Y ocultar a un fugitivo de sus perseguidores no
sería una mala acción, por cierto.
Tal vez me guiñara el ojo. Con Abuelo nunca se
sabe. Así que bajé las escaleras. Galbraith estaba en la puerta, observando las
antorchas que subían por la montaña. Me aferró el brazo.
—¡Saunk! Si no me ocultas...
—Le ocultaremos —dije—. Venga conmigo.
Así que lo llevamos al sótano. Cuando llegó la
turba, precedida por el sheriff Abernathy, nos hicimos los tontos. Dejamos que
registraran la casa. Pequeño Sam y Abuelo se hicieron invisibles un rato, para
que nadie se fijara en ellos. Y naturalmente la turba no le vio el pelo a
Galbraith. Le ocultamos bien, como habíamos prometido. Eso fue hace unos años.
El profesor progresa. Pero no nos estudia a nosotros. A veces nosotros sacamos
el frasco donde te tenemos guardado y lo estudiamos a él. ¡Un frasco bien pequeño,
además!
Henry Kuttner (1915-1958)
Catherine L. Moore (1911-1987)

