Libro N° 9652. Dos Amigos. De Maupassant, Guy.
© Libro N° 9652. Dos Amigos. De Maupassant, Guy. Emancipación. Marzo
5 de 2022.
Título original: © Dos Amigos. Guy De Maupassant
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Miranda
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DOS AMIGOS
Guy De Maupassant
Dos Amigos
Guy De Maupassant
Guy De Maupassant
(Tourville-sur-Arques, Francia, 1850 - Passy,
París, 1893)
Dos Amigos (1883)
(“Deux amis”)
Originalmente publicado en Gil Blas (5 de febrero
de 1883);
Mademoiselle Fifi. Nouveaux Contes (segunda
edición)
(París: Victor-Havard, 1883, 320 págs.)
En un
París bloqueado, hambriento, agonizante, los gorriones escaseaban en los
tejados y las alcantarillas se despoblaban. Se comía cualquier cosa.
Mientras se paseaba tristemente una clara mañana de enero por el bulevar
exterior, con las manos en los bolsillos de su pantalón de uniforme y el
vientre vacío, el señor Morissot, relojero de profesión y alma casera a ratos,
se detuvo en seco ante un colega en quien reconoció a un amigo. Era el señor
Sauvage, un conocido de orillas del río.
Todos
los domingos, antes de la guerra, Morissot salía con el alba, con una caña de
bambú en la mano, una caja de hojalata a la espalda. Tomaba el ferrocarril de
Argenteuil, bajaba en Colombes, y después llegaba a pie a la isla Marante. En
cuanto llegaba a aquel lugar de sus sueños, se ponía a pescar, y pescaba hasta
la noche.
Todos
los domingos encontraba allí a un hombrecillo regordete y jovial, el señor
Sauvage, un mercero de la calle Notre Dame de Lorette, otro pescador fanático.
A menudo pasaban medio día uno junto a otro, con la caña en la mano y los pies
colgando sobre la corriente, y se habían hecho amigos.
Ciertos días, ni siquiera hablaban. A veces charlaban; pero se entendían
admirablemente sin decir nada, al tener gustos similares y sensaciones
idénticas.
En
primavera, por la mañana, hacia las diez, cuando el sol rejuvenecido hacía
flotar sobre el tranquilo río ese pequeño vaho que corre con el agua, y
derramaba sobre las espaldas de los dos empedernidos pescadores el grato calor
de la nueva estación, Morissot decía a veces a su vecino: “¡Ah! ¡qué
agradable!” y el señor Sauvage respondía: “No conozco nada mejor.” Y eso les
bastaba para comprenderse y estimarse.
En
otoño, al caer el día, cuando el cielo ensangrentado por el sol poniente,
lanzaba al agua figuras de nubes escarlatas, empurpuraba el entero río,
inflamaba el horizonte, ponía rojos como el fuego a los dos amigos, y doraba
los árboles ya enrojecidos, estremecidos por un soplo de invierno, el señor
Sauvage miraba sonriente a Morissot y pronunciaba: “¡Qué espectáculo!” Y
Morissot respondía maravillado, sin apartar los ojos de su flotador: “Esto vale
más que el bulevar, ¿eh?” En cuanto se reconocieron, se estrecharon
enérgicamente las manos, muy emocionados de encontrarse en circunstancias tan
diferentes. El señor Sauvage, lanzando un suspiro, murmuró: “¡Cuántas cosas han
ocurrido!” Morissot, taciturno, gimió: “¡Y qué tiempo! Hoy es el primer día bueno
del año.” El cielo estaba, en efecto, muy azul y luminoso.
Echaron a andar juntos, soñadores y tristes. Morissot prosiguió: “¿Y la
pesca, eh?
¡Qué
buenos recuerdos!” El señor Sauvage preguntó: “;Cuándo volveremos a pescar?”
Entraron en un café y tomaron un ajenjo; después volvieron a pasear por las
aceras.
Morissot se detuvo de pronto: “¿Tomamos otra copita?” El señor Sauvage
accedió: “Como usted quiera.” Y entraron en otra tienda de vinos.
Al
salir estaban bastante atontados, perturbados como alguien en ayunas cuyo
vientre está repleto de alcohol. Hacía buen tiempo. Una brisa acariciadora les
cosquilleaba el rostro.
El
señor Sauvage, a quien el aire tibio terminaba de embriagar, se detuvo: “¿Y si
fuéramos?
—¿A
dónde?
—Pues
a pescar.
—Pero,
¿a dónde?
—Pues
a nuestra isla. Las avanzadas francesas esta cerca de Colombes. Conozco al
coronel Dumoulin; nos dejarán pasar fácilmente.” Morissot se estremeció de
deseo: “Está hecho. De acuerdo.” Y se separaron para ir a recoger los aparejos.
Una
hora después, caminaban juntos por la carretera. En seguida llegaron a la
ciudad que ocupaba el coronel. Este sonrió ante su petición y accedió a su
fantasía. Volvieron a ponerse en marcha, provistos de un salvoconducto.
Pronto
franquearon las avanzadas, cruzaron un Colombes abandonado, y se encontraron al
borde de las viñas que bajan hacia el Sena. Eran aproximadamente las once.
Frente
a ellos, el pueblo de Argenteuil parecía muerto. Las alturas de Orgemont y
Sannois dominaban toda la región. La gran llanura que se extiende hasta
Nanterre estaba vacía, completamente vacía, con sus cerezos desnudos y sus
tierras grises.
El
señor Sauvage, señalando con el dedo las cumbres, murmuró: “¡los prusianos
están allá arriba!” Y la inquietud paralizaba a los dos amigos ante aquella
tierra desierta.
“¡Los
prusianos!” Nunca los habían visto, pero los percibían allí desde hacía meses,
en torno a París, arruinando Francia, saqueando, matando, sembrando el hambre,
invisibles y todopoderosos. Y una especie de terror supersticioso se sumaba al
odio que sentían por aquel pueblo desconocido y victorioso.
Morissot balbució: “¿Y si nos los encontráramos? ¿Eh?” El señor Sauvage
respondió, con esa chunga parisiense que siempre reaparece, a pesar de todo:
“Los invitaríamos a pescadito frito.” Pero dudaban de si aventurarse en la
campiña, intimidados por el silencio de todo el horizonte.
Al
final, el señor Sauvage se decidió: “Vamos, ¡en marcha!, pero con cuidado.” Y
bajaron a una viña, doblados en dos, arrastrándose, aprovechando los matorrales
para cubrirse, con ojos inquietos y oídos alerta.
Para
llegar a la orilla del río les faltaba cruzar una franja de tierra desnuda.
Echaron a correr; y en cuanto alcanzaron la ribera, se acurrucaron entre unas
cañas secas.
Morissot pegó la mejilla al suelo para escuchar si alguien caminaba por
las cercanías.
No oyó
nada. Estaban solos, completamente solos.
Se
tranquilizaron y se pusieron a pescar.
Frente
a ellos, la isla Marante, abandonada, les tapaba la otra ribera. La casita del
restaurante estaba cerrada, parecía abandonada hacía años.
El
señor Sauvage cogió el primer zarbo, Morissot atrapó el segundo, y a cada
instante alzaban sus cañas con un animalillo plateado coleando en el extremo
del sedal: una verdadera pesca milagrosa.
Introducían delicadamente los peces en una bolsa de red de mallas muy
finas, en remojo a sus pies. Y los invadía una alegría deliciosa, esa alegría
que os asalta cuando recuperáis un placer amado del que os habéis visto
privados mucho tiempo.
El
buen sol dejaba correr su calor sobre sus hombros; ya no escuchaban nada; no
pensaban en nada; ignoraban al resto del mundo: pescaban.
Pero
de pronto un ruido sordo que parecía llegar de debajo de la tierra estremeció
el suelo. El cañón volvía a retumbar.
Morissot volvió la cabeza, y por encima de la ribera divisó allá abajo,
a la izquierda, la gran silueta del Mont—Valerien, que llevaba en la frente un
copete blanco, el vapor de la pólvora que acababa de escupir.
Al
punto un segundo chorro de humo partió de lo alto de la fortaleza; unos
instantes después resonó una nueva detonación.
La
siguieron otras, y a cada momento la montaña lanzaba su aliento mortal,
resoplaba vapores lechosos que se elevaban lentamente, en el cielo tranquilo,
formando una nube sobre ella.
El
señor Sauvage se encogió de hombros: “Ya vuelven a empezar”, dijo.
Morissot, que miraba ansiosamente cómo se hundía una y otra vez la pluma
de su flotador, se vio asaltado de pronto por la cólera del hombre pacífico
contra los fanáticos que así luchaban, y refunfuñó: “Hay que ser estúpido para
matarse de esa manera.” El señor Sauvage replicó: “Peor que los animales.” Y
Morissot, que acababa de coger una breca, declaró: “¡Y pensar que siempre
ocurrirá lo mismo, mientras haya gobiernos! ” El señor Sauvage lo detuvo: “La
República no habría declarado la guerra...” Morissot lo interrumpió: “Con los
reyes, hay guerras fuera; con la República, hay guerra dentro.” Y se pusieron a
discutir tranquilamente, desembrollando los grandes problemas políticos con la
sana razón de hombres bondadosos y limitados, siempre de acuerdo en un solo
punto, que nunca serían libres. Y el MontValerien retumbaba sin tregua,
demoliendo a cañonazos casas francesas, segando vidas, aplastando seres,
poniendo fin a muchos sueños, a muchas alegrías esperadas, a mucha felicidad
deseada, sembrando en corazones de esposas, en corazones de hijas, en corazones
de madres, allá lejos, en otros países, sufrimientos que nunca acabarían.
“Es la
vida”, declaró el señor Sauvage.
“Diga
más bien que es la muerte”, replicó riendo Morissot.
Pero
se estremecieron asustados, oyendo que alguien caminaba detrás de ellos; y,
volviendo la vista, vieron, pegados a sus espaldas, cuatro hombres, cuatro
hombres altos armados y barbudos, vestidos como criados con librea y tocados
con gorras de plato, apuntándoles con sus fusiles.
Las
dos cañas se les escaparon de las manos y empezaron a descender río abajo.
En
unos segundos los cogieron, los ataron, se los llevaron, los arrojaron a una
barca y los trasladaron a la isla.
Y
detrás de la casa que habían creído abandonada vieron una veintena de soldados
alemanes.
Una
especie de gigante velludo, que fumaba, a horcajadas en una silla, una gran
pipa de porcelana, les preguntó, en excelente francés: “¿Qué, señores? ¿Han
tenido buena pesca?” Entonces un soldado dejó a los pies del oficial la red
llena de peces, que se había preocupado de recoger. El prusiano sonrió: “¡Ah,
ah! Veo que no les ha ido mal. Pero se trata de otra cosa. Escúchenme y no se
inquieten.
Para
mí, ustedes son dos espías enviados a vigilarme. Yo los cojo y los fusilo.
Ustedes fingían pescar, con el fin de disimular sus intenciones. Han
caído en mis manos, mala suerte; es la guerra.
Pero,
como ustedes han salido por las avanzadas, seguramente tienen una contraseña
para regresar. Díganme esa contraseña y les perdono la vida.” Los dos amigos,
lívidos, el uno junto al otro, con las manos agitadas por un leve temblor
nervioso, callaban.
El
oficial prosiguió: “Nadie lo sabrá nunca, ustedes volverán tranquilamente a
casa.
El
secreto quedará entre nosotros. Si se niegan, es la muerte, y en seguida.
Elijan. ” Ellos continuaban inmóviles, sin abrir la boca.
El
prusiano, sin perder la calma, prosiguió, extendiendo la mano hacia el río:
“Piensen que dentro de cinco minutos estarán ustedes en el fondo de esa agua.
¡Dentro de cinco minutos! ¿No tienen ustedes familia?” El Mont—Valerien seguía
retumbando.
Los
dos pescadores permanecían en pie y silenciosos. El alemán dio unas órdenes en
su lengua. Después cambió su silla de sitio para no encontrarse demasiada cerca
de los prisioneros, y doce hombres fueron a colocarse a veinte pasos, con los
fusiles al pie.
El
oficial prosiguió: “Les doy un minuto, y ni un segundo más.” Después se levantó
bruscamente, se acercó a los dos franceses, cogió a Morissot del brazo, se lo
llevó aparte, le dijo en voz baja: “¡Rápido, la contraseña! Su compañero no
sabrá nada, fingiré compadecerme... ” Morissot no respondió nada.
El
prusiano se llevó entonces al señor Sauvage y le propuso lo mismo.
El
señor Sauvage no respondió.
Volvieron a encontrarse uno junto a otro.
Y el
oficial se puso a dar órdenes. Los soldados alzaron sus armas.
Entonces la mirada de Morissot cayó por casualidad sobre la red llena de
zarbos, que había quedado en la hierba, a unos pasos de él.
Un
rayo de sol hacía brillar el montón de peces, que se agitaban aún. Y lo invadió
el desaliento. A pesar de sus esfuerzos, se le llenaron los ojos de lágrimas.
Balbució: “Adiós, señor Sauvage.” El señor Sauvage contestó: “Adiós, señor
Morissot.” Se estrecharon las manos, sacudidos de pies a cabeza por invencibles
temblores.
El
oficial gritó: “¡Fuego!” Los doce disparos sonaron como uno solo.
El
señor Sauvage cayó de bruces. Morissot, más alto, osciló, giró sobre sí mismo y
cayó atravesado sobre su compañero, boca arriba, mientras la sangre escapaba a
borbotones por la guerrera agujereada en el pecho.
El
alemán dio nuevas órdenes.
Sus
hombres se dispersaron, regresando después con cuerdas y piedras que ataron a
los pies de los dos muertos; después los llevaron a la orilla.
El
Mont-Valerien no cesaba de retumbar, coronado ahora por una montaña de humo.
Dos
soldados cogieron a Morissot por la cabeza y por las piernas; otros dos
agarraron al señor Sauvage de idéntica manera. Los cuerpos, balanceados un
instante con fuerza, fueron lanzados al río, describieron una curva, después se
hundieron, de pie, en el río, pues las piedras arrastraban primero las piernas.
El
agua saltó, burbujeó, se agitó, después se calmó, mientras unas pequeñas ondas
llegaban hasta la orilla.
Flotaba un poco de sangre.
El
oficial, siempre sereno, dijo a media voz: “Ahora los peces se ocuparán de
ellos.” Después regresó hacia la casa.
Y de
pronto vio la red con los zarbos en la hierba. La recogió, la examinó, sonrió,
gritó: “¡Wilhelm!” Acudió un soldado de delantal blanco. Y el prusiano,
lanzándole la pesca de los dos fusilados, le ordenó: “Fríeme en seguida esos
animalitos, mientras aún están vivos. Serán deliciosos.” Y volvió de nuevo a
fumar su pipa.

