Libro N° 9651. Ese Cerdo De Morin. De Maupassant, Guy.
© Libro N° 9651. Ese Cerdo De Morin. De Maupassant, Guy. Emancipación. Marzo
5 de 2022.
Título original: © Ese Cerdo De Morin. Guy De Maupassant
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ESE CERDO DE MORIN
Guy De Maupassant
Ese Cerdo De Morin
Guy De Maupassant
Guy De Maupassant
(Tourville-sur-Arques, Francia, 1850 - Passy,
París, 1893)
Ese Cerdo De Morin (1882)
(“Ce cochon de Morin”)
Originalmente publicado en el periódico Gil Blas
(21 de noviembre de 1882);
Contes de la bécasse
(París: Rouveyre & Blond, 1883, 302 págs.)
A M. Oudinot
I
—Oye,
amigo —le dije a Labarbe—, acabas de pronunciar de nuevo estas cuatro palabras:
“ese cerdo de Morin”. ¿Por qué, diablos, no he oído hablar yo nunca de Morin
sin que se le trate de “cerdo”?
Labarbe, actualmente diputado, me miró con ojos de autillo.
—Pero
¡cómo! ¿No conoces la historia de Morin, y eres de La Rochelle?
Confesé que no conocía la historia de Morin. Entonces Labarbe se frotó
las manos y dio comienzo a su relato.
—Conociste a Morin, ¿no?, y recordarás la gran mercería que tenía en el
quai de La Rochelle…
—Sí,
perfectamente.
—Pues
bien, has de saber que en mil ochocientos sesenta y dos o sesenta y tres Morin
fue a pasar quince días a París, en viaje de placer, o para sus placeres, con
la excusa de renovar su género. Ya sabes lo que, para un comerciante de
provincias, suponen quince días en París. Es como para coger un calentón. Todas
las noches espectáculos, roce con mujeres, una excitación mental constante.
Para volverse loco, vamos. No ve uno más que a bailarinas en maillot, actrices
escotadas, piernas torneadas, hombros generosamente descubiertos: todo ello
casi al alcance de la mano, pero sin que uno se atreva o pueda tocarlo. Es ya
mucho si puedes saborear, una o dos veces, algún manjar menos delicado. Y te
vas con el corazón aún agitado, los ánimos excitados y una especie de comezón
de besuqueos cosquilleándote los labios.
*
Morin
se encontraba en ese estado cuando sacó un billete para La Rochelle en el
expreso de las 8.40 de la noche. Y se paseaba lamentándose de lo que se había
perdido y lleno de turbación por el gran vestíbulo de la estación de Orleans,
cuando se detuvo en seco delante de una joven que abrazaba a una anciana
señora. Se había alzado el velo y Morin, encantado, murmuró: “¡Diantre, qué
hermosura de muchacha!”.
Tras
haberse despedido de la anciana, la joven entró en la sala de espera y Morin la
siguió; luego fue hasta el andén y Morin la seguía todavía; a continuación
subió a un vagón vacío, con Morin siempre detrás.
Había
pocos viajeros en el expreso. La locomotora pitó; el tren partió. Estaban
solos.
Morin
se la comía con los ojos. Parecía tener de diecinueve a veinte años; era rubia,
alta, con aspecto de rompe y rasga. Se envolvió las piernas con una manta de
viaje y se tumbó en el asiento para dormir.
Morin
se preguntaba: “¿Quién será?”. Y se le pasaron por la cabeza mil suposiciones,
mil ideas. Se decía: “Se cuentan tantas aventuras de viaje en tren. Quizá ésta
me toque a mí. ¿Quién sabe? Un golpe de fortuna puede tenerlo cualquiera. Tal
vez me bastaría con ser audaz. ¿No fue Danton quien dijo:“¡Audacia, audacia y
siempre audacia!”. Y si no fue Danton, debe de haber sido Mirabeau. En fin, qué
importa. El hecho es que yo audacia no tengo. ¡Oh, si se supiera, si fuéramos
capaces de leer en la mente de las personas! Apuesto a que dejamos pasar a
diario, sin darnos cuenta, ocasiones magníficas. Bastaría, sin embargo, con un
gesto de su parte para indicarme que no pide nada mejor que…”.
Entonces, se puso a pensar en una serie de tretas que pudieran llevarle
al éxito. Imaginaba una manera caballerosa de trabar conocimiento; pequeños
favores que le haría, una conversación animada, galante, que desembocaría en
una declaración que acabaría en…, en lo que tú piensas.
Pero
lo que siempre le faltaba era el pasar al ataque, el pretexto. Y, con el
corazón agitado y la cabeza trastornada, esperaba una circunstancia favorable.
La
noche, sin embargo, pasaba y la guapa muchacha seguía durmiendo, mientras Morin
meditaba sobre su capitulación. Se hizo de día y pronto el sol lanzó su primer
rayo, un largo rayo llegado del extremo horizonte, sobre el dulce rostro de la
durmiente.
Ella
se despertó, se sentó, miró la campiña, luego a Morin y sonrió. Sonrió como una
mujer feliz, de un modo seductor y alegre. Morin se estremeció. Aquella sonrisa
estaba destinada sin duda a él, era una discreta invitación, la señal soñada
que esperaba. Aquella sonrisa quería decir: “Es usted un tonto, un ingenuo, un
pánfilo, al haberse quedado ahí, tieso como una estaca, en su asiento desde
ayer noche. Vamos, míreme, ¿acaso no me encuentra bonita? ¿Y es capaz de
pasarse toda la noche a solas con una mujer bonita sin atreverse a nada, tonto
más que tonto?”.
Ella
seguía sonriendo mientras le miraba; incluso comenzaba a reír; y él perdió la
cabeza, buscando unas palabras de circunstancias, un cumplido, algo que decir
por fin, sin importar el qué. Pero no encontraba nada, nada. Entonces, presa de
una audacia de pusilánime, pensó: “Me juego el todo por el todo”, y de pronto,
sin decir ni pío, se adelantó, con las manos extendidas, los labios golosos y,
cogiéndola entre sus brazos, la besó.
Ella se
levantó de un brinco dando un grito: “¡Socorro!” y aullando de espanto. Abrió
la puerta, agitando fuera los brazos, loca de miedo, tratando de saltar,
mientras Morin, enloquecido, convencido de que iba a lanzarse la vía, la
retenía por la falda balbuceando: “¡Señora…, oh, señora!”.
El
tren ralentizó la marcha, se detuvo. Dos empleados se precipitaron a las señas
desesperadas de la joven, que cayó en sus brazos balbuciendo: “Este hombre ha
querido…, ha querido…”. Y se desvaneció.
Estaban en la estación de Mauzé. El gendarme allí presente detuvo a
Morin.
Cuando
la víctima de su brutalidad hubo vuelto en sí, prestó declaración. La autoridad
instruyó un atestado. El pobre mercero no pudo regresar a su domicilio hasta la
noche, acusado de atentado en lugar público contra las buenas costumbres.
II
Yo era
por aquel entonces redactor jefe de Le Fanal des Charentes; y veía a Morin,
cada noche, en el Café du Commerce.
Al día
siguiente de su aventura vino a verme, sin saber qué hacer. Yo no le callé lo
que pensaba sobre el particular: “No eres más que un cerdo. Uno no se comporta
así”.
Lloraba; su mujer le había dado una tunda; veía su negocio arruinado, su
buen nombre enlodado, deshonrado, sus amigos, indignados, retirándole el
saludo. Acabó dándome pena y llamé a mi colaborador Rivet, un hombrecillo
guasón y buen consejero, para saber cuál era su parecer.
Me
sugirió que me dirigiera al fiscal del Tribunal Supremo, que era amigo mío.
Hice volver a casa a Morin y fui a ver a ese funcionario.
Me
enteré de que la mujer ultrajada era una muchacha, la señorita Henriette
Bonnel, que acababa de hacer su aprendizaje como institutriz en París y que, al
no tener padre ni madre, pasaba sus vacaciones en casa de sus tíos, unos buenos
pequeño burgueses de Mauzé.
La
situación de Morin era grave precisamente porque el tío había puesto una
denuncia. El fiscal aceptaba archivar la causa si se retiraba la misma. Esto
era lo que había que conseguir.
Volví
a casa de Morin. Le encontré en la cama, enfermo de miedo y de pena. Su mujer,
una mujerona huesuda y barbada, le maltrataba sin descanso. Me hizo entrar en
la habitación gritándome a la cara:
—¿Viene a ver a ese cerdo de Morin? ¡Pues ahí lo tiene, mírelo bien, al
muy pájaro!
Se
plantó delante de la cama, en jarras. Yo le expuse la situación; y entonces él
me suplicó que fuera a ver a la familia. Era una misión delicada, pero la
acepté. El pobre repetía:
—Te
garantizo que ni siquiera la besé. ¡Te lo juro!
Respondí:
—No
importa, eres un cerdo.
Y cogí
los mil francos que me entregó para emplearlos del modo que estimase más
oportuno.
Pero
como no me hacía ninguna gracia aventurarme solo a la casa de los parientes, le
rogué a Rivet que me acompañase. Él aceptó, a condición de que partiéramos de
inmediato, pues al día siguiente, a primera hora de la tarde, tenía un asunto
urgente en La Rochelle.
Y, dos
horas después, llamábamos a la puerta de una bonita casa de campo. Una guapa
muchacha vino a abrirnos. Era ella seguramente. Le dije bajito a Rivet:
—Diantre, comienzo a comprender a Morin.
El
tío, el señor Tonnelet, estaba suscrito precisamente a Le Fanal, era un
ferviente correligionario político que nos recibió con los brazos abiertos, nos
felicitó, se congratuló, nos dio un apretón de manos, entusiasmado de recibir
en su casa a los dos redactores de su periódico. Rivet me sopló al oído:
—Creo
que conseguiremos solucionar el asunto de ese cerdo de Morin.
La
sobrina se había ido; y yo afronté el delicado asunto. Hice entrever el
fantasma del escándalo, y puse el acento sobre el inevitable descrédito que la
joven sufriría, tras el ruido que provocaría un caso semejante, pues nunca se
iba a creer que había sido un simple beso.
El
buen hombre parecía dubitativo; pero no podía decidir nada sin su mujer, que no
regresaría hasta entrada la noche. De repente soltó un grito de triunfo:
—Oigan, se me acaba de ocurrir una idea. Están ustedes aquí y les
retendré. Cenarán y dormirán aquí los dos; y, una vez que haya vuelto mi mujer,
espero que lleguemos a un entendimiento.
Rivet
se resistía; pero el deseo de sacar del aprieto a ese cerdo de Morin le hizo
decidirse, y aceptamos la invitación.
El tío
se levantó, radiante, llamó a su sobrina y nos propuso dar un paseo por su
propiedad, proclamando:
—Las
cosas serias para la noche.
Rivet
y él se pusieron a charlar de política. En cuanto a mí, pronto me encontré unos
pasos detrás, junto a la muchacha. ¡Era en verdad encantadora, encantadora!
Con
infinitas precauciones, comencé a hablarle de su aventura para tratar de hacer
de ella una aliada.
Pero
no pareció en absoluto incómoda; y me escuchaba con el aire de quien se
divierte mucho.
Yo le
decía:
—Piense, señorita, en todas las molestias que va a tener que sufrir.
Habrá de comparecer ante el tribunal, enfrentarse a las miradas maliciosas,
hablar delante de todo el mundo, contar públicamente esa lamentable escena del
vagón. Vamos a ver, entre usted y yo, ¿no habría sido mejor no decir nada,
llamar al orden a ese truhán sin recurrir a los empleados del tren y cambiar
simplemente de vagón?
Ella
se echó a reír:
—¡Es
cierto lo que dice! Pero ¿qué quiere? Tuve miedo; y, cuando se tiene miedo, no
se razona. Tras haber comprendido la situación, lamenté mis gritos; pero ya era
demasiado tarde. Piense también que ese imbécil se abalanzó sobre mí como un
loco furioso, sin pronunciar una palabra, con aspecto de demente. No sabía
siquiera lo que pretendía.
Me
miró a la cara, sin sentirse turbada o intimidada. Yo me decía: “Buena pieza,
esta muchacha. Comprendo que ese cerdo de Morin pudiera llamarse a engaño”.
Proseguí en tono de broma:
—Vamos
a ver, señorita, confiese que era disculpable, pues no puede encontrarse uno
delante de una persona tan hermosa como usted sin sentir el deseo absolutamente
legítimo de besarla.
Ella
se rió más fuerte, enseñando los dientes.
—Entre
el deseo y la acción, caballero, cabe el respeto.
La
frase tenía su gracia, aunque fuera poco clara. Pregunté bruscamente:
—Bien,
veamos, si yo la besara, ahora, ¿qué haría usted?
Ella
se detuvo para mirarme de arriba abajo, y luego dijo tan tranquila:
—Oh,
no es lo mismo.
Bien
sabía yo, claro está, que no era lo mismo, pues era conocido en toda la
provincia como “Labarbe el guapo”. Tenía treinta años a la sazón, pero aun así
pregunté:
—¿Y
eso por qué?
Ella
se encogió de hombros y respondió:
—¡Vaya! Porque no es usted tan tonto como él. —Luego añadió, mirándome
de soslayo—: Ni tan feo.
Antes
de que ella hubiera podido hacer un movimiento para evitarme, le había
estampado un buen beso en la mejilla. Ella dio un salto hacia un lado, pero
demasiado tarde. Luego dijo:
—Vaya,
tampoco usted se anda con chiquitas. Pero, yo en su lugar, no lo intentaría de
nuevo.
Adopté
un aire humilde y le dije a media voz:
—¡Oh,
señorita! Si algún deseo tengo es encontrarme delante de un tribunal por el
mismo motivo que Morin.
Esta
vez fue ella quien me preguntó:
—¿Por
qué?
La
miré de hito en hito, con seriedad.
—Porque es una de las más bellas criaturas que existen; porque tener que
emplear la violencia sería para mí una patente, un orgullo, un motivo de
gloria. Porque, después de haberla visto, la gente diría: “Cierto, Labarbe se
merece lo que le pasa, pero valía la pena”.
De
nuevo ella rompió a reír con ganas.
—¡Es
usted realmente divertido!
No
había terminado de decir la palabra “divertido”, cuando ya la estrechaba entre
mis brazos, y le estampaba besos voraces por todas partes por donde encontrase
un sitio, en el pelo, en la frente, en los ojos, en la boca a veces, en las
mejillas, por todo el rostro del que ella no podía evitar descubrir siempre
alguna parte para proteger otra.
Al
final, se desprendió, sonrojada y herida.
—Es
usted un grosero, caballero, y hace que me arrepienta de haberle prestado
oídos.
Le
cogí la mano, un poco confundido, balbuceando:
—Perdón, perdón, señorita. ¡La he ofendido; he sido brutal! No me guarde
rencor. Si usted supiera…
Busqué
en vano una disculpa.
Ella
pronunció, al cabo de un momento:
—No
tengo nada que saber, caballero.
Pero
la había encontrado; exclamé:
—¡Señorita, hace un año que la amo!
Se
quedó verdaderamente sorprendida y alzó la vista. Proseguí:
—Sí,
señorita, escúcheme. Yo no conozco a Morin y me importa un comino. Me importa
muy poco que vaya a la cárcel y ante los tribunales. Yo la vi aquí, el año
pasado, estaba usted allí, delante de la verja. Me produjo una fuerte impresión
el verla y su imagen ya no me ha abandonado. Poco me importa que me crea o no.
Me pareció adorable; su recuerdo me poseía; he querido volver a verla; he
aprovechado la excusa de ese tonto de Morin; y aquí me tiene. Las circunstancias
han hecho que me pasara de la raya; ruego me disculpe, perdóneme.
Ella
intentaba adivinar en mi mirada qué había de cierto en todo ello, a punto de
sonreír de nuevo; murmuró:
—Es
usted un bromista.
Alcé
la mano y, con un tono sincero (creo incluso que era sincero), dije:
—Le
juro que no miento.
Ella
se limitó a decir:
—Vamos, hombre.
Estábamos solos, completamente solos, al haber desaparecido por las
sinuosas alamedas Rivet y el tío; y le hice una declaración en toda regla,
larga, dulce, estrechándole y besándole los dedos. Ella la escuchaba como algo
agradable y nuevo, sin saber muy bien si creérsela o no.
Acabé
por sentirme turbado, convencido de lo que decía; estaba pálido, oprimido,
tenía estremecimientos y, con dulzura, le pasé un brazo alrededor de la
cintura.
Le
hablé en voz baja, entre los ricitos de la oreja. Estaba tan pensativa que
parecía muerta.
Luego
su mano encontró la mía y la apretó; yo estreché lentamente su talle con una
presión primero temblorosa y luego cada vez más fuerte; ella no se movía ya en
absoluto; yo rozaba su mejilla con mi boca; y de golpe mis labios, sin buscar,
encontraron los suyos. Fue un largo, largo beso, y habría durado aún de no
haber oído un “hum, hum” algunos pasos detrás de mí.
Ella
escapó por entre un grupo de árboles. Me volví y vi a Rivet que venía a mi
encuentro.
Se
plantó en medio del camino y, sin reír, dijo:
—Bien,
bien, ya veo cómo arreglas tú el asunto de ese cerdo de Morin.
Respondí con fatuidad:
—Se
hace lo que se puede, amigo. ¿Y el tío? ¿Qué has conseguido? Yo respondo por la
sobrina.
Rivet
declaró:
—Yo he
tenido menos suerte con el tío.
Le
cogí del brazo para volver adentro.
III
La cena
acabó de hacerme perder la cabeza. Estaba yo al lado de ella y mi mano
reencontraba sin cesar la suya bajo el mantel; mi pie presionaba el suyo;
nuestras miradas se unían, se fundían.
Dimos
a continuación una vuelta al claro de luna y le susurré en el alma toda la
ternura que brotaba de mi corazón. La mantenía estrechada contra mí, besándola
ininterrumpidamente, humedeciendo mis labios en los suyos. Delante de nosotros
el tío y Rivet discutían. Sus sombras les seguían gravemente por la arena de
los caminos.
Volvimos adentro. Poco después el empleado de telégrafos trajo un
telegrama de la tía anunciando que no volvería hasta la mañana siguiente, a las
siete, con el primer tren.
El tío
dijo:
—Bien,
Henriette, ve a enseñar sus habitaciones a estos señores.
Dimos
un apretón de manos al buen hombre y subimos. Ella nos llevó primero a la
habitación de Rivet, el cual me bisbiseó al oído: “No se le ha ocurrido
llevarnos primero a la tuya…”. Luego me acompañó a mí. Al quedarnos solos, la
cogí de nuevo entre mis brazos, tratando de hacerle perder la cabeza y vencer
su resistencia. Pero, cuando sintió que estaba a punto de ceder, salió huyendo.
Me
metí entre las sábanas muy descontento, agitado y humillado, sabiendo que no
pegaría ojo, y preguntándome qué torpeza podía haber cometido, cuando oí llamar
suavecito a la puerta.
Pregunté:
—¿Quién es?
Una
débil voz respondió:
—Soy
yo.
Me
vestí deprisa, abrí, entró ella.
—He
olvidado —dijo— preguntarle qué toma por la mañana, si chocolate, té o café.
La
había estrechado impetuosamente, devorándola con caricias y balbuceando “Me
enciendes…, me enciendes…, me enciendes…”. Pero ella se escurrió de entre mis
brazos, apagó la luz de un soplo y desapareció.
Me
encontré solo, en la oscuridad, furioso, buscando los fósforos sin
encontrarlos. Hasta que por fin di con ellas y, medio enloquecido, salí al
pasillo con la palmatoria en la mano.
¿Qué
me rondaba por la cabeza? No razonaba ya; quería encontrarla y quería poseerla.
Di unos pasos sin pensar en nada. De repente me dije: “Y si entro en la
habitación del tío, ¿qué le diré?…”. Me quedé inmóvil, con la cabeza vacía y el
corazón a punto de estallarme. Al cabo de unos instantes se me ocurrió la
respuesta: “¡Pues claro!, diré que buscaba la habitación de Rivet para hablarle
de una cosa urgente”.
Y me
puse a inspeccionar las puertas, tratando de descubrir la de ella. Pero nada
podía guiarme. Di la vuelta al azar a una llave que encontré. Abrí, entré…
Henriette, sentada en la cama, me miraba despavorida.
Entonces hice correr despacio el cerrojo y, acercándome de puntillas, le
dije:
—He
olvidado, señorita, pedirle algo para leer.
Ella
se debatía; pero pronto yo abrí el libro que andaba buscando. No diré el
título. Era en verdad la más maravillosa de las novelas y el más divino de los
poemas.
Una
vez vuelta la primera página, me lo dejó hojear a mi antojo; y hojeé tantos
capítulos que sólo quedaron los cabos de nuestras velas.
Luego,
tras haberle dado las gracias, volvía, de puntillas, a mi habitación, cuando
una mano brutal me detuvo; y una voz, la de Rivet, me cuchicheó en la nariz:
—¿Así
que no has terminado aún de arreglar el asunto de ese cerdo de Morin?
A las
siete de la mañana, ella misma me trajo una jícara de chocolate. Nunca había
probado uno igual. Un chocolate que estaba de muerte, suave, aterciopelado,
aromático, embriagador. Era incapaz de separar mi boca de los bordes deliciosos
de su jícara.
Apenas
la muchacha hubo salido, entró Rivet. Parecía un poco nervioso, irritado como
alguien que ha dormido apenas; me dijo con un tono malhumorado:
—Si
sigues con esto, ¿sabes?, acabarás por estropear el asunto de ese cerdo de
Morin.
A las
ocho, llegó la tía. La discusión fue breve. Aquella buena gente retiró la
denuncia y yo dejaba quinientos francos para los pobres del lugar.
Entonces, quisieron retenernos para que pasáramos la jornada con ellos.
Organizarían incluso una excursión para ir a visitar unas ruinas. Henriette,
tras las espaldas de sus parientes, me hacía señas con la cabeza:
—Sí,
quédese.
Acepté, pero Rivet se empecinó en irse.
Hice
un aparte con él; le rogué, le supliqué; le decía:
—Vamos, querido Rivet, hazlo por mí.
Pero
él parecía exasperado y me repetía en la cara:
—A ver
si te enteras de que ya tengo bastante del asunto de ese cerdo de Morin.
Me vi
obligado a marcharme también yo. Fue uno de los momentos más duros de mi vida.
Habría seguido arreglando aquel asunto toda mi vida.
En el
vagón, tras los enérgicos y mudos apretones de mano de los adioses, le dije a
Rivet:
—No
eres más que un imbécil.
Él
respondió:
—Amigo, empiezas a irritarme y no sabes cuánto.
Al
llegar a las oficinas de Le Fanal, vi a un gentío que nos esperaba… Gritaron
apenas nos vieron: “Bueno, ¿habéis arreglado el asunto de ese cerdo de Morin?”.
Toda
La Rochelle estaba preocupada por ello. A Rivet, cuyo mal humor se había
disipado por el camino, le costó aguantarse la risa al declarar: “Sí, asunto
solucionado, gracias a Labarbe”.
Y nos
fuimos para casa de Morin.
Éste
estaba arrellanado en un sillón, con unas cataplasmas en las piernas y unas
compresas de agua fría en la cabeza, desfallecido de la angustia. Y tosía sin
parar, con una tosecilla de agonizante, sin que se supiera dónde había podido
haber cogido aquel constipado. Su mujer le miraba con ojos de tigresa presta a
devorarle.
En
cuanto nos vio, tuvo un estremecimiento que le sacudía las muñecas y las
rodillas. Dije:
—Está
arreglado, asqueroso, pero no vuelvas a las andadas.
Él se
levantó, sofocándose, me cogió las manos, las besó como si fueran las de un
príncipe, lloró, a punto estuvo de desfallecer, abrazó a Rivet, abrazó incluso
a la señora Morin, que le arrojó de un empellón hacia el sillón.
Pero
no se recuperó nunca de aquel golpe, su emoción había sido demasiado brutal.
Era
conocido en toda la región únicamente como “ese cerdo de Morin”, y era como si
recibiese una estocada cada vez que oía este epíteto.
Cuando
un gamberro gritaba por la calle: “Cerdo”, él instintivamente volvía la cabeza.
Sus amigos le acribillaban a bromas horribles, preguntándole, cada vez que
comían jamón: “¿Es del tuyo?”.
Murió
dos años después.
En
cuanto a mí, cuando me disponía a presentarme a las elecciones de 1875, fui a
hacer una visita interesada al nuevo notario de Tousserre, que se llamaba
Belloncle. Fui recibido por una hermosa mujer, alta y opulenta.
—¿No
me reconoce? —preguntó ella.
Yo
balbucí:
—Pues
no…, no…, señora.
—Henriette Bonnel.
—¡Ah!
Y
sentí que palidecía.
Ella
parecía perfectamente a sus anchas, y sonreía mientras me miraba.
Apenas
me quedé a solas con el marido, éste me estrechó la mano, apretándomela hasta
casi rompérmela:
—Hace
tanto tiempo, querido señor, que deseaba conocerle... Mi mujer me ha hablado
mucho de usted. Sé, sé perfectamente en qué dolorosas circunstancias la
conoció, sé lo correcto que se mostró usted, lleno de delicadeza, de tacto, de
dedicación en ese asunto… —Dudó, luego, en voz más baja, como si dijera una
grosería, añadió—: En el asunto de ese cerdo de Morin.

