Libro N° 9656. A Las 3.47 AM. Langford, David.
© Libro N° 9656. A Las 3.47 AM. Langford, David. Emancipación. Marzo
5 de 2022.
Título original: © A Las 3.47 AM. David Langford (1953— )
Versión
Original: © A Las 3.47 AM. David Langford
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2018/08/a-las-347-am-david-langford-relato-y.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/diseno-fondo-textura-hoja-oro-azul-vintage_1017-25727.jpg?w=740
Portada E.O. de Imagen original:
https://3.bp.blogspot.com/-LPmrFeOgYeU/W3red8S8jbI/AAAAAAAArJI/RXb7j9GmdPkfDg3K6HKxWEZQZ000oKLVACLcBGAs/s640/3_47_langford_relato.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
A LAS 3.47 AM
David Langford
A Las 3.47 AM
David Langford
Dekker soñaba. En su sueño había nebulosas de
brillantes, una ladera de hierba, una mujer cuyos ojos y sonrisa eran lo más
maravilloso del mundo. Pero el sueño se enturbió: espirales de tinta se
mezclaban con el agua clara; conocidos matices oscuros desparraban sus
destellos opacos en paisaje. Sin transición, Dekker se quedó de repente solo,
mirando atónito el espectáculo que ofrecía su brazo desnudo.
No sentía dolor; sin embargo, un agujero redondo y
negro se le había abierto en la carne, y de él salían delgadísimos pelos; como
antenas de insectos tanteando el aire. Se dispuso a ponerse una venda, pero los
bichos se sumergieron, agitándose, y de repente, más agujeros pequeños se
fueron abriendo. Contrajo las mandíbulas y notó como sus dientes se quebraban:
como si mascase barras de tiza o estuviese arañando con el rastrillo la cazuela
de barro que apareció un día en él jardín. Al igual que desde una doble visión
soñolienta, le parecía estar observando el próximo paso desde el interior y el
exterior de sus ojos al mismo tiempo; sus ojos, incluso los globos oculares.
—¡No!
De repente, el lejano rincón de la conciencia que
sabía que todo era un sueño tomó el control y su infierno particular se
colapsó, apareciendo en una negra y sofocante habitación con las piernas y los
brazos agarrotados, con un sabor en la boca parecido al que habría dejado un
animal que hubiese anidado allí durante la noche, un animal de costumbres
sucias y desagradables.
Se frotó los legañosos ojos y rodó penosamente
hasta el otro extremo de la cama, donde tenía el despertador.
De nuevo las 3.47 AM.
El corazón le latía desaforadamente; señales de
terror recorrían sus venas. Los riñones le urgían a realizar una excursión
escalera abajo; pero Brian Dekker ya había pasado por eso antes. A este tipo de
sueños seguía siempre una secuencia de terror en la cual la más terrible
oscuridad le aguardaba en la escalera; los escalones cubiertos con la blanda
alfombra eran tan invitadores como los desmoronados y legamosos peldaños que
descienden hasta la cripta de un mausoleo.
Encender la luz no era una solución; eso
simplemente alejaba la oscuridad más allá de las puertas, al corredor y a la
escalera, y en ese corredor podía estar esperando, acechante, algo dispuesto a
tirársele encima. Mejor se quedaba en la cama.
Las 3.47 AM. Seguía temblando. Se quedó mirando los
dígitos de color rojo, esperando que saltase el 7. ¿Era la cuarta o la quinta
vez?
El 3.47 no tenía nada de milagroso. Sólo que cuando
uno conectaba aquel reloj digital, algún mecanismo interno seleccionaba dicha
hora de inmediato; y si se quería ajustar correctamente el tiempo, había que
manipular los mandos, que estaban en la parte trasera; y si se producía un
corte del flujo eléctrico, al volver la luz el reloj se fijaba de nuevo en las
3.47. Fuera como fuese, siempre la misma hora.
Dekker había comprado nuevo el despertador porque
el ruido del viejo lo mantenía despierto hasta que lo introducía dentro del
cajón o lo ponía debajo de la almohada, en cuyo caso la alarma sonaba demasiado
débil como para despertarlo a la mañana siguiente. El otro tenía un zumbido
penetrante que despertaba a Dekker de inmediato, por lo demás, era bastante
silencioso; el único problema era su luminosidad roja: discreta durante el día,
pero escandalosa por la noche; se la podía ver incluso a través de los párpados
cerrados.
Solucionó el problema durmiendo de espaldas al
reloj; un triunfo genuino, una victoria del hombre sobre la máquina. Ahora sólo
le quedaba superar la costumbre de despertarse tan temprano con un extraño
jadeo asmático, cuya única excepcionalidad consistía en que lo despertaba por
completo antes de que hubiese podido aspirar el aire suficiente como para
emitir un grito.
Cinco noches ya. Cinco, una detrás de otra. Cinco
veces, las cosas que más odiaba en el mundo: antenas de insectos tocándole la
piel, dientes quebrándose y cayendo (odiaba a los dentistas); y lo peor que
podía sucederle a nadie: ceguera y malformación; sus ojos podrían quedar...
No. Nada de pensarlo en aquella tétrica oscuridad.
—Concéntrate en cosas reales —se dijo—, eventos
tranquilizadores, hechos concretos, como en las novelas de detectives.... Muy
bien, inspector —pensó—, le contaré todo lo que sé. Sueño el mismo sueño cada
noche, desde hace cinco. Cinco días seguidos. El sueño es, es... tal como ya se
lo he descrito. Cada noche me despierto aterrado a las 3.47 AM. Sí, demasiado
asustado para salir de la cama. Ridículo, ¿eh?. Por supuesto que lo he
intentado con somníferos. No estoy loco, ¿sabe?. Cada noche, durante los últimos
cinco días, he sido machacado por ese temor, un temor millones de veces más
fuerte que cualquier pastilla, cinco noches, una detrás de otra. ¿Cada noche
desde que compré el despertador? ¿Por qué? Ah sí. Es un detalle importante.
Estoy seguro.
Luego se quedó dormido; los somníferos lo
rescataron de la vigilia y lo sumieron en una suave y cálida oscuridad, en la
que no había ni sueños ni pensamientos, únicamente una imagen fugaz de una
mujer pálida y morena, cuyos rasgos no se parecían a los de las indias o las
pakistaníes que Dekker solía encontrar en la ciudad o en el trabajo.
Por la mañana el reloj zumbó muy eficientemente.
Dekker se deslizó escalera abajo tentando las paredes; un dolor de cabeza, que
intuía era del tipo provocado por una hemorragia cerebral, le hacía gruñir de
rabia. Se tomó una, dos, tres tabletas de paracetamol con el café del desayuno,
y dejó que la tercera se le deshiciese en la lengua, dejándole un sabor recio,
como si estuviese tragando chapas de metal.
La treta psicológica de intentar relajarse,
cepillándose los dientes, lavándose y afeitándose, no le aportó ninguna
mejoría; pensó en el trabajo, en las facturas que debía revisar y las
declaraciones del impuesto sobre el valor añadido que estaba preparando, y el
estómago se le sacudió convulsivamente.
Optó por usar el teléfono.
—Hola, ¿el despacho de Jenkins y Grey? Sí, bien.
Soy Brian Dekker. ¿Podría decirle al señor Grey que hoy no iré, que estoy
enfermo? Gracias. Adiós.
El médico estuvo de acuerdo.
—Necesita un descanso. Ha estado trabajando en
exceso.
—Tengo sueños terribles —empezó a contarle Dekker.
—Ha estado trabajando demasiado. Su ficha dice que
no ha estado de baja en los últimos tres años. Ridículo. Todos necesitamos un
descanso de vez en cuando.
—Me desvelo cada noche, a la misma hora.
—Le recetaré un tónico. Tenga. Y aquí la
autorización para una semana libre. Venga a verme dentro de siete días si no se
encuentra mejor. ¡El siguiente!
—Sí, pero, ¿qué me dice de esas pesadillas?
—Tómeselo con calma. ¡El siguiente!
A Dekker no le daba mucha confianza el jarabe
embotellado que le había suministrado el farmacéutico a cambio de la receta. Y
decidió tomar algunas precauciones complementarias. De vuelta a casa pasó por
el supermercado para hacerse con una botella de whisky, ni muy caro ni muy
barato.
El resto del día se lo pasó holgazaneando por la
casa y leyendo novelas policiacas o periódicos.
NUEVA HUELGA EN MARCHA. CRISIS EN ORIENTE MEDIO.
ESCÁNDALO EN UNA FÁBRICA MALAYA.
Eso proclamaban los titulares, mientras en el piso
de arriba el despertador iba pasando sus lentos y luminosos dígitos de neón
rojo.
Alrededor de las ocho de la tarde Dekker calentó en
el horno un pastel de verduras algo dudoso, y se lo comió con alubias cocidas.
A las nueve ya había limpiado los platos. Abrió la botella de whisky y se
sirvió una buena medida en un vaso alto. No tenía especial predilección por el
whisky, pero pensó que mejor si probaba a apurarlo con buen estilo. ¡Salud! Se
levantó, llevando consigo el vaso, llegó hasta la puerta de la sala y desde
allí avanzó en una oscuridad espesa y acechante.
Trató de recordar la letra de una canción que tenía
en la punta de la lengua. Intentaba emparejar las palabras con la melodía.
¿Cómo era? Tum, tummity tum... Era divertido, no lograba recordar la melodía; y
sin embargo la letra estaba allí, danzando incansable en su cabeza.
Por entonces, el nivel de la botella de whisky
había sufrido una seria mengua, y Dekker, en un alarde de inmensa devoción, se
fue en busca del tónico que le recetase el doctor aquella misma mañana. Después
de algunos intentos, poco exitosos, de llenar con el jarabe una cucharilla de
café, se largó un buen trago. El sabor de la pócima le espoleó en busca de la
botella de whisky.
A eso de las once tuvo de repente la desagradable
sensación de estar totalmente sobrio, y de que vientos helados le silbaban en
la cabeza, mientras que sus brazos y piernas no querían moverse apropiadamente.
Las imágenes afloraban a su cerebro con nítida claridad. Recordaba la agonía
que sentía al ver las antenas de los insectos agitándose sobre su piel con
movimientos intermitentes. Recordaba el doloroso terror de sentir sus dientes
cuarteándose y crujiendo como barras de tiza. Recordaba, aunque intentaba olvidarlo,
la sensación de notar su cabeza inflándose como un balón, sus globos oculares
hinchándose hasta que era incapaz de cerrar los párpados, aunque lo intentase
con todas sus fuerzas. Sus ojos hinchándose hasta...
—¡No, no, nooooo! —gimió, tratando de incorporarse
y cayendo.
...estallar en pequeñas y húmedas explosiones
gelatinosas, al igual que una ebullición descontrolada; aquello goteaba por sus
mejillas como lentas y enormes lágrimas, mientras restos desgarrados de los
globos oculares pendían de las cuencas...
Se las arregló para intentar servirse más whisky. Y
acabó vertiendo más sobre su regazo que en el vaso. Inclinó el vaso sobre sus
ateridos labios, y derramó el resto. Toda la habitación zumbaba y le daba
vueltas. El vaso se le escurrió de entre los dedos.
A las doce estaba inconsciente.
A las 3.47 AM seguía inconsciente.
A las 10.45 de la mañana despertó.
Luego, tras haber vaciado su estómago un par de
veces y dominado su dolor de cabeza con algunas pastillas, Dekker volvió a
reflexionar sobre su problema con el sueño.
—No se trataba de una prueba, ni siquiera de un
experimento realizado bajo control —se dijo en voz alta—, pero quizás estando
ebrio pueda mantenerme alejado de las pesadillas. Ahora bien, si ese maldito
despertador tiene algo que ver con todo ello, puede que no haya tenido los
sueños simplemente porque ayer no llegué a subir al piso de arriba para dormir.
Lo mejor sería que me desprendiera del despertador. Pero eso sería estúpido.
Pura superstición. No es la calavera de un ahorcado, ni un talismán diabólico
de Transilvania. Es únicamente un maldito despertador que sólo tiene un par de
meses; un par de semanas quizá...
Volvió a pasar otra tranquila pero dolorosa velada.
Una fotografía en el Times —otra vez información sobre una fábrica de
componentes electrónicos en Malasia— captó su atención. La mujer que
empaquetaba los aparatos de radio por muy poco dinero, la mujer de la
fotografía, le resultó familiar por unos instantes, y después, al mirarla de
nuevo más cuidadosamente, no encontró ninguna referencia que le resultase
familiar. Ésa fue la única sensación en todo el día que alteró su monotonía.
Al anochecer todavía no se sentía completamente
bien, pero una noche sin pesadillas le había dado bastante confianza. Le sacó
la lengua al despertador cuando se introdujo en la cama, estiró las sábanas y
dejó que la oscuridad lo rodease amistosamente. Pronto se sumergió en el sueño.
Sin embargo, después de bastantes aventuras en
extraños y ardientes países, volvió a ser atrapado por el diabólico sueño.
Vagaba delirante en la oscuridad, dentro del difuminado espacio en el que cosas
con patas brotaban de su piel, donde los dientes mascaban arena y desaparecían,
donde los ojos se hinchaban cual balones horrendos.
Dekker se despertó jadeante con las últimas
imágenes de terror martilleándole en las sienes, para ver ante sí los dígitos
3.47 llameando en la noche. Pulsó el interruptor de la luz tratando de alejar
de sí la oscuridad, y quedó tumbado sobre la cama, temblando y sudando. Su
mente era un mapa vacío lleno de temor, dentro del cual, sin que supiese de
dónde venía, le bailaba en la memoria la idea de que los sueños, incluso los
más complejos, se supone que sólo se desarrollan durante unos escasos segundos
de tiempo real.
En tan poco espacio de tiempo se podían cebar
muchas locuras angustiantes, pensó mientras permanecía allí tumbado con un
pánico infantil hacia la oscuridad y trataba de contener su impulso de taparse
la cabeza con las sábanas y las mantas. Al igual que las imágenes de un
calidoscopio, girando lentamente, pasó del terror al agotamiento, y del
agotamiento a la soñolencia; alejado de su cuerpo, de la cama y de las 3.47,
Dekker se sumergió en las nebulosas márgenes de la duermevela. Allí, por un
instante, una pálida mujer morena lo miraba fijamente, con una sonrisa
incómoda.
—No es nada personal, pero...
¿Había añadido algo más, sin palabras? Sus manos
estaban ocupadas con un reloj digital desmantelado.
Tenía la impresión de que le habían puesto un
enchufe en la cabeza. A través de la conexión le llegaba una ducha de chispas
brillantes que lo conmocionó hasta la rigidez. La noche se tomó informe, vacía
de miedos y de pesadillas, cuando conectó el familiar rostro de sus sueños (tan
familiar que estaba seguro de haberlo contemplado cada una de las noches en que
soñó) con la foto del Times.
ESCÁNDALO EN UNA FÁBRICA MALAYA.
Se sentó y alcanzó el despertador, que ahora
señalaba las 3.50. El aparato zumbó en su mano cuando lo alzó, como una cosa
viva y cálida que temblara de miedo y cuyo corazón latiera tan fuertemente que
dejase oír un leve zumbido. Lo había adquirido mediante uno de esos anuncios en
la prensa que promocionan aparatos a precios muy económicos. Se lo mandaron por
correo. No llevaba impresa ninguna marca. Pero recordaba que en el reverso, al
darle la vuelta, había visto, grabada en el frágil plástico, la inscripción:
MALASIA.
Estuvo a punto de echarse a reír. Dejó el reloj
sobre la mesita, apagó la luz, y se dispuso a volver a conciliar el sueño.
Empezó a imaginarse una mujer malaya, explotada en
una fábrica de componentes electrónicos, que realiza su propio sabotaje
industrial al incluir, entre los circuitos que monta por tan poco dinero, una
maldición. Sólo pensarlo le causaba hilaridad, pero se le heló la sonrisa en
los labios ante la posibilidad de que su fantasía tuviese un origen verídico.
—Podría ser —pensó—. Pero ¿qué le he hecho yo a
ella?
—Bueno —se respondió—, uno compra estas baratijas y
con ello contribuye a que la fábrica prospere.
—Sin embargo, es ridículo. Quiero decir, ¿cómo se
puede llegar a creer en una maldición por motivaciones políticas? ¿Por el
derecho al trabajo, por el derecho a la huelga, por el derecho a clavar
alfileres en figuras de cera? Y de todos modos, ¿por qué no?
A la mañana siguiente alimentaba de nuevo otro
dolor de cabeza. Dekker miró los periódicos y se encontró con dos fotos de
mujeres malayas oprimidas. Se sintió agitado por la idea de que había cierta
similitud entre las caras de la fotografía y el rostro que veía en sus sueños;
aunque ninguna de ellas tenía, en realidad, ningún parecido con éste. Uno
podría pensar que eso demostraba, precisamente, que no era una imagen que se le
había colado de rondón en la mente al estudiar las fotos del Times. Uno podría
pensar, incluso, que eso demostraba que era real.
Se comió el tocino (grasiento) y los huevos
(quemados), y subió al piso de arriba en busca del ajado ejemplar del libro
sobre magia y religión que había comprado hacía años. La rama dorada. Ese.
Apareció entre pilas de antiguas revistas de ciencia ficción, en lo que los
agentes inmobiliarios denominaban el segundo dormitorio y que Dekker conocía
como habitación de los trastos.
En la versión abreviada de La rama dorada (por
todos los demonios, la obra completa llegaba a los doce volúmenes) se hablaba
de los malayos en numerosas ocasiones. Dekker las repasó todas. La primera de
ellas trataba sobre figuras de cera, y curiosamente comentaba: perfora el ojo
de la imagen, y tu enemigo quedará ciego.
Cerró el libro convulsivamente. No quería ni oír
hablar de ojos.
Bien, si desmantelaba el reloj, ¿acaso iba a
encontrar en su interior la imagen de un cadáver moldeada en cera, acechándole
entre los circuitos impresos? Desafortunadamente, el objeto era una unidad
precintada; abrirlo significaba destruirlo. Lo cual no sería una mala idea;
realmente era algo a tener presente. Volvió a abrir el libro y en la página 105
encontró: Los malayos tienen la creencia de que un destello luminoso en el
ocaso puede provocar fiebres a una persona débil.
Entonces, ¿qué pensarían de los dígitos de neón,
destellando fulgores rojizos durante toda la noche?
Más adelante se leía: Seguramente, en ningún otro
lugar del mundo el arte de arrebatar por la fuerza el alma a una persona es
cultivado con mayor dedicación —o llevado al más alto refinamiento— que en la
península malaya.
Ningún comentario específico, nada acerca de
antenas o dientes, nada que indicase cómo una maldición podía reptar entre los
circuitos impresos. ¿Qué más se podía esperar de un libro editado en 1922? No
había nada sobre la significación esotérica de las 3.47 AM.
—Todo mental, querido Brian. No eres más que una
persona débil a la que han provocado unas fiebres. Los psicólogos farfullarían
algo así como neurosis compulsivas. Te despiertas con una pesadilla a las 3.47
AM y de algún modo eso hace que tu propio despertador interior se conecte a esa
hora, día tras día, pero sólo si duermes cerca de ese despertador, puesto que
el fondo psicológico de la cuestión está encadenado a esos dígitos de neón
rojo. Esos números que se pueden ver resplandeciendo en la oscuridad, incluso
con los ojos cerrados.
Durante el día Dekker se tragó muy concienzudamente
su dosis del tónico prescrito. Y por la tarde se le ocurrió otra idea, algo que
podía romper el maleficio y acabar de una vez por todas con el asunto. Antes de
acostarse, puso astutamente la alarma a las 3.30 de la madrugada.
Un zumbido gimiente le apartó de sus vagos e
inocuos devaneos oníricos, despertándolo con la misma gentileza que si le
hubiesen lanzado un cubo de agua helada sobre el estómago. Las 3.30 le
observaban concienzudamente. En la sorprendente oscuridad que le rodeaba, no
había ni el más mínimo indicio de amenaza u opresión. Dekker encendió la luz de
la mesita y luego se incorporó para encender la de la habitación.
—He roto el maleficio —se dijo con alivio—. Podré
observar las 3.47 reluciendo en el despertador sin ninguna pesadilla a la
vista. ¡Y eso concierne, igualmente, a las larvas que anidan en mi
subconsciente!
Aunque bien iluminada y cálida, la habitación tenía
algo extraño, como si las paredes fuesen meros tabiques en un vestíbulo enorme
de cemento húmedo y los ecos resonaran de un lado a otro hasta apagarse.
—Son las primeras horas de la madrugada las que
provocan esa sensación —pensó Dekker—. El espíritu humano está en su punto más
bajo justo antes del amanecer. ¿No dijo eso alguien?
Las 3.42.
El único sonido en la habitación era el discreto
zumbido del despertador. Se sentó en la cama, dominado por sus temores,
deseando que el reloj dejara de avanzar.
Las 3.44.
Las 3.45.
Las 3.46.
La última cifra parecía estática, sin moverse
durante horas. El tiempo subjetivo se estiraba más y más, como plastilina, al
igual que esas pesadillas eternas contenidas en unos pocos segundos de sueño.
—Entre la medianoche y el alba, cuando el pasado es
pura decepción. ¿Dónde habré leído esa frase?
Estaba con ese pensamiento en la cabeza cuando notó
un cosquilleo sobre los brazos, como si las antenas de unos insectos le
estuviesen tanteando la piel.
—¡Dios mío —pensó—. Esto es histeria. No, no quiero
mirarme debajo de las mangas. No quiero. Es como esas beatas a las que les
brotan llagas, como estigmas, en los lugares apropiados. Sospecho que veré eso
y los dientes y el resto. Es solo mi imaginación.
No obstante, tenía la seguridad de que había algo
bajo las mangas de su pijama. Se negó a mirar. Apretó las mandíbulas y, con un
crujido blando, se le deshicieron los dientes hasta convertirse en polvo.
Esta vez la sensación no fue indolora como en sus
pesadillas; gritó salvajemente, y fragmentos diminutos le volaron entre los
labios. Quiso cerrar los ojos, pero éstos se habían hinchado ya de tal manera
que no pudo bajar los párpados; se le estaban dilatando dolorosamente.
—¡Histeria! ¡Alucinación! ¡Tiene que ser eso! ¡Por
favor!
Una parte de su mente sollozaba una y otra vez. Y
en alguna otra parte de su exacerbada conciencia, junto con sus llantos, el
pálido rostro de una mujer morena le sonreía amargamente.
La hinchazón de sus ojos era increíble. Se le nubló
y distorsionó la visión. Se postró sobre el lecho cuando criaturas de largas
patas aparecieron sobre el dorso de sus manos y más dientes se le partieron
cual trozos de tiza. Se dejó ir, ansiando desesperadamente refugiarse en el
sueño que tenía antes de...
... las 3.47 AM.
David Langford (1953— )

