Libro N° 9644. Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie. Irving, Washington; Hawthorne, Nathaniel; Everett Hale, Edward.
© Libro N° 9644. Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie. Irving, Washington;
Hawthorne, Nathaniel; Everett Hale, Edward. Emancipación. Febrero 26 de 2022.
Título original: © Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie. Washington
Irving; Nathaniel Hawthorne; Edward Everett Hale
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Original: © Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie. Washington Irving;
Nathaniel Hawthorne; Edward Everett Hale
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CUENTOS CLÁSICOS DEL NORTE
Segunda Serie
Washington Irving; Nathaniel Hawthorne; Edward
Everett Hale
Cuentos Clásicos del Norte
Segunda Serie
Washington Irving; Nathaniel Hawthorne; Edward Everett Hale
Title: Cuentos Clásicos del
Norte, Segunda Serie
Author: Washington Irving
Nathaniel Hawthorne
Edward Everett Hale
Translator: Carmen Torres
Calderón de Pinillos
Release Date: August 3,
2014 [EBook #46496]
Language: Spanish
Character set encoding:
UTF-8
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GUTENBERG EBOOK CUENTOS CLASICOS DEL NORTE, SEGUNDA SERIE ***
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Nota del
transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas
del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
texto. (La lista de los errores corregidos sigue el texto.) |
CUENTOS
CLÁSICOS DEL NORTE
SEGUNDA SERIE
BIBLIOTECA
INTERAMERICANA
Obras publicadas
Benjamín Hárrison: Vida Constitucional de
los Estados Unidos.
Édgar Allan Poe: Cuentos clásicos del norte:
Primera serie.
Nathániel Háwthorne, Wáshington Írving,
Édward Éverett Hale: Cuentos clásicos del
norte: Segunda serie.
En prensa
Nícholas Múrray Bútler: El significado de la
educación.
En preparación
Wílliam P. Trent: La literatura de los Estados
Unidos.
J. Rússell Smith: El comercio y las industrias.
Alexánder Johnston: La historia de la política
de los Estados Unidos.
——
Con el título de
INTERAMERICAN LIBRARY, se
editará en inglés un número correspondiente de obras importantes
americanas, traducidas del español o del portugués,
para distribuirse en los Estados Unidos.
BIBLIOTECA
INTERAMERICANA
III
Cuentos
Clásicos del Norte
Segunda Serie
Por
Wáshington Írving
Nathániel Háwthorne
Édward Éverett Hale
Traducción de
Carmen Torres Calderón de Pinillos
Nueva York
Doubleday, Page & Company
1920
BIBLIOTECA INTERAMERICANA
Fundada por la Dotación de
Carnegie para la Paz Internacional
para la difusión de ideas entre los pueblos del Nuevo
Mundo, mediante la traducción y publicación de obras importantes
que expresen los ideales y los sentimientos nacionales.
Copyright, 1920, por la
División Interamericana
de la
Asociación Americana para la Conciliación
Internacional
Péter H. Góldsmith, Director
407 West 117th Street, Nueva York
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PÁGINA |
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Esbozo
Biográfico |
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Introducción
a Rip Van Winkle |
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Rip Van
Winkle |
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La Leyenda
del Valle Encantado |
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El Anciano
Campeón |
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El May-Pole de
Merry Mount |
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El
Experimento del Doctor Héidegger |
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Leyendas de
la Casa Provincial |
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|
I. La
Máscarada de Howe |
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II. El
Retrato de Édward Rándolph |
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Feathertop |
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|
El Entierro
de Róger Malvin |
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|
El Hombre sin Patria |
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WÁSHINGTON ÍRVING
Wáshington Írving nació en Nueva York el 3 de abril
de 1783; murió en Súnnyside, su casa de campo cerca de Tárrytown, Nueva York,
el 28 de noviembre de 1859. Era hijo de Wílliam Írving, un inglés oriundo de
las islas de Órkney. Desde muy joven comenzó a trabajar y estudiar en un
despacho de abogado, pero interesábale más escribir para el Morning
Chronicle, bajo el seudónimo de “Jonathan Oldstyle,” que dedicarse a los
estudios serios. Habiendo decaído su salud, resolvió viajar, dirigiéndose a
Europa en 1804, donde pasó dos años. A su regreso a los Estados Unidos fundó
el Salmagundi en sociedad con J. G. Páulding. Conquistó su
fama literaria con la publicación de su History of New York, by
Diedrich Knickerbocker (1809). En 1810 estableció en compañía de sus
dos hermanos una casa de comercio. Desde 1815 hasta 1832 residió en Europa,
siendo nombrado agregado a la legación de los Estados Unidos en Madrid en 1826,
y secretario de la legación en Londres en 1829. Permaneció casi constantemente
en Súnnyside desde 1832 hasta 1842, época en que fué nombrado ministro en
España, volviendo a Súnnyside en 1846 y continuando allí hasta su muerte.
Además del trabajo arriba mencionado dió a luz las obras siguientes: The
Sketch Book (publicado por partes en 1819 y coleccionado en
1820); Bracebridge Hall, or the Humourists (1822); Tales
of a Traveler (1824); Life and Voyages of Christopher Columbus (1828); Chronicle
of the Conquest of Granada (1829); Voyages of the Companions
of Columbus (1831); The Alhambra (1832); Crayon
Miscellany (including Tour on the Prairies, 1835); Astoria,
etc. (en colaboración con Pierre M. Írving, 1836); Adventures of
Captain Bonneville, etc. (1837); Oliver Goldsmith (1849); Mahomet
and His Successors (1850); Wolfert’s Roost (1855); Life
of George Wáshington (1855-1859).
WÁSHINGTON ÍRVING
WÁSHINGTON ÍRVING, uno de los primeros y más
populares autores americanos, a quien Tháckeray, en inspirada frase, llama “el
primer embajador que el mundo nuevo de las letras envió al antiguo,” nació en
1783, en la ciudad de Nueva York. Recibió su educación en las escuelas
públicas, abandonando las aulas a los dieciséis años, aun cuando continuara
después por largo tiempo la lectura sistemática de los mejores autores,
especialmente Cháucer, Spénser y Bunyan. Desde su juventud, demostró poseer un
talento natural para escribir ensayos e historietas. Como siempre detestó las
matemáticas, escribía a menudo las composiciones de sus compañeros quienes, en
cambio, solucionaban sus problemas. Estudió derecho por algún tiempo; pero no
sintiéndose inclinado a la esclavitud de una profesión, prefirió entregarse a
vagabundas correrías alrededor de la isla de Manhattan, que le familiarizaron
con el magnífico paisaje que hizo después famoso con su pluma. Adquirió de esta
manera el conocimiento exacto de varios puntos históricos, curiosas tradiciones
y leyendas de que tan bello uso ha hecho en su Sketch-Book y
en la History of New York. En 1804, amenazado de pulmonía, se
embarcó para Europa y permaneció en el extranjero cerca de dos años. A su
regreso intentó reasumir la práctica legal, pero sin ningún resultado. En
compañía de algunos compañeros inició entonces la
publicación de una obra por entregas llamada Salmagundi la
cual, bien dirigida, obtuvo éxito. En 1809 publicó su Knickerbocker’s
History of New York, obra única en nuestra literatura, perfectamente
redondeada, y de sátira fina y sostenida. Dirigió durante dos años una revista
en Filadelfia a la cual contribuía con artículos incluidos después en el Sketch-Book.
En 1814 sirvió como ayudante del gobernador Tompkins, y cuando terminó la
guerra, regresó de nuevo a Europa donde permaneció esta vez diecisiete años.
Con motivo de la quiebra de su hermano perdió toda su fortuna y, entregado a
sus propios recursos, dedicóse a la literatura para atender a su subsistencia.
Publicó su Sketch-Book en 1819, el cual, debido a la
influencia personal de Sir Wálter Scott, se reimprimió en Londres, quedando
inmediatamente establecida la reputación de Írving como gran autor.
A continuación publicó Bracebridge Hall,
en 1822, y Tales of a Traveler en 1824. Encargado de algunas
traducciones del español, fué a establecerse en Madrid. A su permanencia en
España debemos algunas de sus obras más encantadoras, como la Life of
Columbus, Conquest of Granada, The Alhambra, Mahomet
and His Successors y Spanish Papers. Regresó a América en
1832; y durante los años subsiguientes se publicaron Astoria, Adventures
of Captain Bonneville y Wolfert’s Roost. En 1842 Írving
fué nombrado Ministro en España. Su Life of Goldsmith vió la
luz pública cuatro años más tarde, después de su vuelta a la patria.
Su postrera obra, escrita con especial esmero, fué la Life of
Washington, en cinco volúmenes.
Los últimos años de Írving transcurrieron en
“Sunnyside,” su encantadora residencia en Tárrytown, a las orillas del Hudson,
en el centro del hermoso paisaje que había inmortalizado. Írving falleció el 28
de noviembre de 1859, el mismo año que Préscott, el historiador, y que
Macáulay. Un amigo que trató mucho a nuestro autor en sus últimos días, le
describe así: “Tenía ojos color gris obscuro, hermosa nariz recta que casi
podría decirse grande; frente ancha, alta y abierta, y boca pequeña. Era de
tamaño mediano, cinco pies y nueve pulgadas más o menos, y tendía un poquillo a
la obesidad. Su sonrisa era extremadamente genial, iluminándole todo el rostro
y haciéndole muy atrayente; y cuando se preparaba a decir algo jocoso, brillaba
en sus ojos mucho antes de que hubiera pronunciado una palabra.”
George Wílliam Curtis, en uno de sus deliciosos
ensayos, Easy Chair, dice: “Írving era personaje tan exótico como
su Díedrich Kníckerbocker en los anuncios preliminares de la History of
New York. Hace treinta años podía vérsele en ciertas tardes de otoño,
marchando a lo largo de Broadway con paso ágil y elástico, calzando zapatos
bajos esmeradamente atados, y ataviado con capa Talma, prenda corta semejante a
la esclavina de un abrigo. Tenía cierto aire ligero, jovial y de antigua
escuela, que revelaba incontestablemente al holandés y armonizaba
admirablemente con sus obras. Parecía, en realidad,
escapado de alguno de sus libros; y la afabilidad cordial y agudeza de sus
discursos, al detenerse para alguna charla pasajera, constituían uno de sus
deliciosos rasgos característicos. Era ya por aquel tiempo uno de nuestros más
famosos literatos, pero jamás demostraba vanidad alguna ni pretensiones
dogmáticas.”
INTRODUCCIÓN A RIP VAN WINKLE
LA HISTORIA de Rip Van Winkle se supone
escrita por Díedrich Kníckerbocker, jocosa creación de Írving, y cuyo nombre se
hizo familiar al público como autor de A History of New York. Esta
historia se publicó en 1809, diez años antes de que viera la luz pública el
primer número de The Sketch-Book of Geoffrey Crayon, Gent. Este
número, que contenía la historia de Rip Van Winkle, fué escrito por Írving en
Inglaterra y enviado a América para su publicación, lo mismo que las ediciones
sucesivas. Colocó la escena en Káatskill, pero describió el sitio según su
fantasía y ajenos informes, habiéndolo visitado solamente en 1833. El argumento
no es nuevo: el cuento de hadas de la bella durmiente en el bosque tiene el
mismo tema, así como la historia de Epaminondas de Creta, que floreció en la
sexta o séptima centuria antes de J. C. Se asegura que Epaminondas se quedó
dormido en una cueva cuando era muchacho y despertó cincuenta y siete años
después mientras su individuo había continuado su desarrollo normal. Existe también la leyenda de los siete durmientes de
Éfeso, mártires cristianos emparedados en una cueva que buscaron como refugio y
donde se conservaron maravillosamente durante dos siglos.
Entre las historias que tanto abundan en los montes
Harz de Alemania, se refiere una de Péter Klaus, un cabrero a quien se acercó
cierto día un joven que comenzó a seguirle silenciosamente y le condujo a un
lugar aislado donde encontró doce caballeros que jugaban a los bolos sin
pronunciar una sola palabra. El cabrero vió una cantimplora de vino fragante y
bebiéndolo, quedó sumergido en profundo sueño que se prolongó durante veinte
años. La historia relata los incidentes del despertar del cabrero y los cambios
que encontró en su aldea a su regreso.
Esta historia, publicada con algunas otras en 1800,
dió probablemente origen a la de Írving, quien hace uso casi de idéntico
argumento. Las jocosas adiciones con que ha adornado su relato y la gracia de
que todo el cuento está revestido han logrado que la historia de Írving
suplante en la mente popular a todas las primitivas de este género, llegando
Rip Van Winkle a convertirse en un personaje familiar a quien aluden
frecuentemente aun personas que jamás han leído la historia de este festivo
autor. La forma dramática dada posteriormente a este cuento, aunque asumiendo
sólo los rasgos principales, ha contribuído en gran manera a definir la
concepción del personaje. La historia despierta un sentimiento de curiosidad respecto de la vida futura, no muy alejado de aquel
que se considera en general como la tendencia del espíritu humano a la
inmortalidad individual. El nombre de Van Winkle fué una feliz elección de
Írving, pero no ha sido inventado por él. El impresor del Sketch-Book,
sin ir más lejos, llevaba el mismo nombre. El de Kníckerbocker se encuentra
también entre los holandeses, pero Írving lo ha hecho típico. En The
Author’s Apology, que agregó como prefacio a una nueva edición de la History
of New York, dice: “He encontrado que este nombre es una palabra de orden
para dar sello familiar a cualquiera cosa destinada al favor del público, como
las sociedades Kníckerbocker; las compañías de seguros Kníckerbocker; los
vapores Kníckerbocker; los ómnibus Kníckerbocker; el pan Kníckerbocker; el
hielo Kníckerbocker; y... hasta los neoyorquinos de origen holandés tienen a
gala llamarse “genuinos Kníckerbockers.”
RIP VAN WINKLE
OBRA PÓSTUMA DE DÍEDRICH KNÍCKERBOCKER
Por Woden (Odin), Dios de los sajones, de quien
procede Wednesday (miércoles) que es Wodensday (día de Odin). La verdad es algo
que siempre conservaré hasta el día en que me arrastre hacia la tumba.
Cártwright.[1]
EL CUENTO siguiente se encontró entre los papeles
del difunto Díedrich Kníckerbocker, un viejo caballero de Nueva York, muy
curioso respecto de la historia holandesa de la provincia y de las costumbres
de los descendientes de sus primitivos colonos. Sus investigaciones históricas
dirigíanse menos a los libros que a los hombres, pues que los primeros
escaseaban lamentablemente en sus temas favoritos mientras que los viejos
vecinos y, sobre todo sus mujeres, eran riquísimos en aquellas tradiciones y
leyendas de valor inapreciable para el verídico historiador. Así, cuando le
acontecía tropezar con alguna familia típica holandesa, agradablemente
guarecida en su alquería de bajo techado, a la sombra del frondoso sicomoro,
mirábala como un pequeño volumen de letra gótica antigua, cerrado y abrochado, y lo estudiaba y profundizaba con el celo de la
polilla.
El resultado de todas estas investigaciones fué una
historia de la provincia durante el dominio holandés, publicada hace algunos
años. La opinión anduvo dividida con respecto del valor literario de esta obra
que, a decir verdad, no vale un ápice más de lo que pudiera. Su mérito
principal estriba en su exactitud, algo discutida por cierto en la época de su
primera aparición, pero que ha quedado después completamente establecida y se
admite ahora entre las colecciones históricas como libro de indiscutible autoridad.
El viejo caballero falleció poco tiempo después de
la publicación de esta obra; y ahora que está muerto y enterrado no perjudicará
mucho a su memoria el declarar que pudo emplear mejor su tiempo en labores de
más peso.[2] Era
bastante hábil, sin embargo, para encaminar su rumbo como mejor le conviniera;
y aunque de vez en cuando echara un poco de tierra a los ojos de sus prójimos y
apenara el espíritu de algunos de sus amigos, a quienes profesaba sin embargo
gran cariño y estimación, sus errores y locuras se recuerdan “más bien con
pesar que con enojo,” y se comienza a sospechar que jamás intentó herir ni
ofender a nadie. Mas como quiera que su memoria
haya sido apreciada por los críticos, continúa amada por mucha gente cuya
opinión es digna de tenerse en cuenta, como ciertos bizcocheros de oficio que
han llegado hasta el punto de imprimir su retrato en los pasteles de Año Nuevo,[3] dándole
así ocasión de inmortalizarse casi tan apreciable como la de verse estampado en
una medalla de Wáterloo o en un penique de la reina Ana.[4]
RIP VAN WINKLE
TODO aquél que haya remontado el Hudson
recordará las montañas Káatskill. Son una desmembración de la gran familia de
los montes Appalachian y se divisan al este del río elevándose con noble
majestad y dominando toda la región circunvecina. Todos los cambios de tiempo o
de estación, cada una de las horas del día, se manifiestan por medio de alguna
variación en las mágicas sombras y aspecto de aquellas montañas, consideradas
como el más perfecto barómetro por todas las buenas mujeres de la comarca. Cuando
el tiempo está hermoso y sereno, las montañas aparecen revestidas de púrpura y
azul, destacando sus líneas atrevidas sobre el claro cielo de la tarde; pero
algunas veces, aun cuando el horizonte se encuentre
despejado, se adornan en la cima con una caperuza de vapores grises que se
iluminan e irradian como una corona de gloria a los postreros rayos del sol
poniente.
Al pie de estas montañas encantadas[5] puede
descubrir el viajero el ligero humo rizado que se eleva de una aldea, cuyos
tejados de ripia resplandecen entre los árboles cuando los tintes azules de la
altura se funden en el fresco verdor del cercano panorama. Es una pequeña aldea
muy antigua, fundada por algunos colonos holandeses en los primeros días de la
provincia, allá por los comienzos del gobierno del buen Péter Stúyvesant[6] (¡que
en paz descanse!), y donde se sostenían contra los estragos del tiempo algunas
casas de los primitivos pobladores, construídas de pequeños ladrillos amarillos
importados de Holanda, con ventanas de celosía y frontones triangulares
rematados en gallos de campanario.
En aquella misma aldea y en una de las aludidas
casas que, a decir verdad, estaba lastimosamente maltratada por los años y por
la intemperie, vivía hace mucho tiempo, cuando el país era todavía provincia de
la Gran Bretaña, un hombre bueno y sencillo llamado Rip Van Winkle. Era
descendiente de los Van Winkle que figuraron tan heroicamente en los
caballerescos días de Péter Stúyvesant y le acompañaron durante el sitio del
fuerte Christina.[7] Había
heredado muy poco, sin embargo, del carácter marcial de sus antecesores. Hice
ya notar que era un hombre sencillo y de buen corazón; era además vecino atento
y marido dócil, y gobernado por su mujer. A esta última circunstancia se debía
probablemente aquella mansedumbre de espíritu que le valió universal
popularidad; porque los hombres que están bajo la disciplina de arpías en el
hogar son los mejor preparados para mostrarse obsequiosos y conciliadores en el
exterior. Indudablemente su carácter se doblega y vuelve maleable en el horno
ardiente de las tribulaciones domésticas; y, a decir verdad, una reprimenda de
alcoba es más eficaz que todos los sermones del mundo para enseñar las virtudes
de la paciencia y longanimidad. Una mujer pendenciera puede así, en cierto
modo, considerarse una bendición; y a este respecto Rip Van Winkle era tres
veces bendito.
Lo cierto es que era el favorito de todas las
comadres de la aldea que, como las demás de su amable sexo, tomaban parte en
todas las querellas domésticas y nunca dejaban de censurar a la señora Van
Winkle siempre que se ocupaban de este asunto en la chismografía de sus
reuniones nocturnas. Los chicos de la aldea le aclamaban también alegremente
cuando se presentaba. Tomaba parte en sus diversiones, les fabricaba juguetes,
les enseñaba a volar cometa y a jugar bolas, y les
refería largas historias de aparecidos, brujas, e indios salvajes. Fuera donde
quisiese, escabulléndose por la aldea, rodeábale una turba de pilluelos
colgándose de sus faldones, encaramándose en sus espaldas y jugándole
impunemente mil pasadas; y ni un sólo perro del vecindario se habría decidido a
ladrarle.
El gran defecto de la índole de Rip era su aversión
insuperable a toda clase de labor provechosa. No que adoleciera de falta de
asiduidad o perseverancia, pues se habría sentado a pescar sin un murmullo en
una roca húmeda y armado de una caña larga y pesada como la lanza de un
tártaro, aun cuando no picara el anzuelo un sólo pez en todo el día para
alentarle en su faena. Podía llevar por largas horas una escopeta al hombro y
arrastrarse por selvas y pantanos, por colinas y cañadas para tirar a unas cuantas
ardillas o palomas silvestres. Nunca rehusaba ayudar a sus vecinos aun cuando
fuera en la tarea más penosa, y era el primero en todas las reuniones de la
comarca para desgranar las mazorcas de maíz, o construir cercos de piedra; las
mujeres de la aldea le ocupaban también para sus correrías, o para ciertos
trabajillos de poca monta que sus poco amables maridos no querían desempeñar.
En una palabra, Rip estaba siempre dispuesto a atender a los negocios de
cualquiera de preferencia a los propios; pues cumplir con sus deberes
domésticos o mirar por las necesidades de su granja le era punto menos que
imposible.
Declaraba, en efecto, que resultaba inútil trabajar en su propia alquería; era el más endiablado trozo de
terreno en todo el país; cualquiera cosa que se emprendiera salía mal allí y
saldría siempre, a pesar de sus esfuerzos. Los cercos se caían a pedazos
contínuamente; su vaca se extraviaba o se metía en las coles; la mala hierba
crecía de seguro más ligero en su finca que en cualquiera otra parte; llovía
justamente cuando él tenía algo que hacer a campo abierto; de manera que si su
propiedad se había desmoronado acre por acre hasta quedar reducida a un pequeño
trozo para el sembrío de maíz y de papas, debíase a que era la granja de peores
condiciones en toda la comarca.
Sus chicos andaban tan harapientos y selváticos
como si no tuvieran dueño. Su hijo Rip, un rapazuelo vaciado en su mismo molde,
prometía heredar con los vestidos viejos todas las disposiciones de su padre.
Veíasele ordinariamente trotando como un potrillo a los talones de su madre,
ataviado con un par de polainas de desecho de su padre, que con gran dificultad
procuraba mantener en alto sujetándolas con una mano, como llevan las señoras
elegantes su cola en el mal tiempo.
Rip Van Winkle era, sin embargo, uno de aquellos
felices mortales de disposición fácil y bobalicona que toman el mundo
descuidadamente, comen con la misma indiferencia pan blanco o pan moreno a
condición de evitarse la menor molestia, y preferirían morirse de hambre con un
penique a trabajar por una libra. Si le hubieran dejado vivir a su manera, nada
pediría a la vida, sumído en beatitud perfecta; pero su mujer andaba siempre
repiqueteandole los oídos con su incuria, su pereza
y la ruina que atraía sobre su familia. Mañana, tarde y noche trabajaba su
lengua sin cesar, y cada cosa que él decía o hacía provocaba seguramente un
torrente de doméstica elocuencia. Rip tenía solamente una manera de contestar a
estas reprimendas que, en razón del continuo uso, había llegado a convertirse
en hábito. Encogía los hombros, sacudía la cabeza y levantaba los ojos al cielo
sin pronunciar una palabra. Esta mímica daba siempre lugar a una nueva andanada
de parte de su mujer; de modo que se veía constreñido a reunir sus fuerzas y
tomar el portante, único recurso que queda, en verdad, al marido maltratado por
su mujer.
El único aliado con que contaba Rip en la familia
era su perro Wolf (lobo), tan maltratado como su amo, pues la señora Van Winkle
juzgaba a ambos compañeros de ociosidad, y aun miraba a Wolf con malos ojos
considerándole culpable de los frecuentes extravíos de su dueño. La verdad es
que bajo todo punto de vista era Wolf un perro honorable, y valeroso como el
que más para corretear en los bosques; pero ¿qué valor puede afrontar el
continuo y siempre renovado terror de una lengua de mujer? Apenas entraba Wolf
en la casa decaía su ánimo y con la cola arrastrando por el suelo o enroscada
entre las piernas deslizábase con aire de ajusticiado mirando de reojo a la
señora Van Winkle, y al menor blandir de la dama un palo de escoba o un
cucharón volaba a la puerta con quejumbrosa precipitación.
Las cosas iban de mal en peor para Rip Van Winkle a
medida que transcurrían los años de matrimonio. El carácter desapacible nunca
se suaviza con la edad, y una lengua afilada es el único instrumento cortante
que se aguza más y más con el uso continuo. Por algún tiempo trató de
consolarse en sus escapadas fuera de la casa, frecuentando una especie de club
perpetuo de los sabios, filósofos y otros personajes ociosos del pueblo, que
celebraba sus sesiones en un banco a la puerta de un pequeño mesón que ostentaba
como muestra un rubicundo retrato de su majestad Jorge III. Acostumbraban
sentarse allí a la sombra durante los largos y soñolientos días de verano,
repitiendo indolentemente la chismografía del vecindario o relatando
inacabables historias sobre cualquier friolera. Pero habría representado
cualquier capital para los estadistas escuchar las profundas discusiones que a
menudo tenían lugar cuando por casualidad algún viejo periódico tirado por
cualquier transeúnte caía entre sus manos. ¡Cuán solemnemente atendían a su
contenido conforme iba desentrañándolo el maestro de escuela, Dérrick Van
Búmmel, docto y vivaracho hombrecillo que no se amedrentaba por la palabra más
altisonante del diccionario! Y ¡cuán sabiamente deliberaban sobre los
acontecimientos públicos algunos meses después de realizados!
Las opiniones de esta junta se sometían
completamente al criterio de Nicholas Védder, patriarca de la aldea y
propietario del mesón, a cuya puerta sentábase de la mañana a la noche,
cambiando de sitio lo justamente indispensable para
evitar el sol, y aprovechar la sombra de un gran árbol que allí junto crecía;
de manera que los vecinos podían decir la hora por sus movimientos con tanta
exactitud como por un cuadrante. Verdad es que rara vez se le oía hablar, pero
en cambio fumaba su pipa constantemente. Sus admiradores (¿qué grande hombre
carece de ellos?) le comprendían perfectamente y sabían la manera de
interpretar sus opiniones. Cuando le disgustaba algo de lo que se leía o
refería, podía observarse que fumaba con vehemencia lanzando frecuentes y furiosas
bocanadas; pero cuando estaba satisfecho arrancaba suaves y tranquilas
inhalaciones, emitiendo el humo en nubes plácidas y ligeras; y aun algunas
veces, separando la pipa de sus labios y dejando que el humo fragante se
ondulara a la extremidad de su nariz, movía gravemente la cabeza en señal de
perfecta aprobación.
Pero aun de esta fortaleza se vió desalojado el
infortunado Rip por su agresiva mujer, quien atacó repentinamente la paz de la
asamblea volviendo polvo a todos sus miembros; y ni la augusta persona de
Nicholas Védder quedó a salvo de la atrevida lengua de la terrible arpía que le
acusó de alentar a su marido en sus hábitos de ociosidad.
El pobre Rip vióse al fin en los umbrales de la
desesperación; siendo su única alternativa para escapar del trabajo de la
alquería y de los clamores de su mujer, coger su fusil e internarse entre los
bosques. Sentábase allí a veces al pie de un árbol y compartía el goce de sus
alforjas con Wolf, con quien simpatizaba como
compañero de miserias. “¡Pobre Wolf,” acostumbraba decir, “tu ama te da una
vida de perros; pero no te importe, compañero, que mientras yo viva no te
faltará un fiel amigo!” Wolf movía la cola, miraba de hito en hito al rostro de
su dueño y, si los perros pudieran sentir piedad, creería yo verdaderamente que
experimentaba en el fondo de su corazón un sentimiento recíproco al que
expresaba su amo.
En un hermoso día de otoño en que llevaba a cabo
una de sus largas correrías, trepó Rip inconscientemente a uno de los puntos
más elevados de las montañas Káatskill. Perseguía su distracción favorita, la
caza de ardillas, y aquellas soledades habían retumbado varias veces al eco de
su fusil. Fatigado y jadeante, echóse hacia la tarde a descansar en la cima de
un verde montecillo cubierto de vegetación silvestre y que coronaba el borde de
un precipicio. A través de un claro entre los árboles podía dominar toda la
parte baja del terreno en muchas millas de rica arboleda. Veía a la distancia,
lejos, muy lejos, el majestuoso Hudson deslizándose en curso potente y
silencioso, reflejando aquí y allá ya una nube de púrpura, ya la vela de alguna
barquilla remolona adormilada entre su seno cristalino, y perdiéndose al fin
entre las azules montañas.
Por el otro lado hundía sus miradas en un valle
profundo, salvaje, escabroso y desolado, cuyo fondo estaba sembrado de
fragmentos amenazadores de rocas alumbradas apenas por la refracción de los
rayos del sol poniente. Por algún tiempo reposó Rip
absorto en la contemplación de esta escena. La noche caía gradualmente; las
montañas comenzaban a tender sus grandes sombras azules sobre el valle; Rip
comprendió que reinaría la obscuridad mucho antes de que pudiera regresar a la
aldea y lanzó un hondo suspiro al pensamiento de afrontar la temida presencia
de la señora Van Winkle.
Cuando se preparaba a descender, oyó una voz que
gritaba a la distancia: “¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!” Miró en torno suyo,
pero sólo pudo descubrir un cuervo cruzando la montaña en vuelo solitario.
Creyó que hubiera sido una ilusión de su fantasía e iniciaba de nuevo el
descenso, cuando llegó hasta él idéntico grito atravesando el ambiente
tranquilo de la tarde: “¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!” al mismo tiempo que
Wolf, erizando el lomo y lanzando un ladrido concentrado, refugiábase al lado
de su amo, mirando temerosamente al valle. Rip sintió que una vaga aprensión se
apoderaba de su espíritu; miró ansiosamente en la misma dirección y advirtió
una figura extraña que avanzaba con dificultad en medio de las rocas,
inclinándose bajo el peso de cierto bulto que llevaba en sus espaldas.
Sorprendióse Rip de ver un ser humano en aquel lugar desierto y aislado; pero
juzgando que pudiera ser alguien del vecindario necesitado de su ayuda, se
apresuró a brindarle su asistencia.
Conforme se aproximaba sorprendíase más y más ante
el aspecto singular del desconocido. Era un viejo pequeño y cuadrado, de barba
gris y cabellos ásperos y enmarañados. Vestía a la
antigua usanza holandesa: coleto de paño recogido a la cintura y varios pares
de calzones, el de encima muy ancho y adornado de hileras de botones a los
costados y borlas en las rodillas. Llevaba al hombro un barril que parecía
lleno de licor y hacía señas a Rip para que se acercara y le ayudase a llevar
su carga. A pesar de sentirse tímido y desconfiado con respecto de su nuevo
conocido, obedeció Rip a su celo acostumbrado; y sosteniéndose mutuamente
treparon ambos por una estrecha garganta que parecía el lecho desecado de algún
torrente. Mientras subían, oía Rip de vez en cuando ruidos que retumbaban en
ondulaciones como truenos lejanos y que parecían brotar de una profunda
hondonada, o hendedura mejor dicho, entre inmensas rocas hacia las cuales
conducía el áspero sendero que seguían. Detúvose Rip por un momento; mas
prosiguió luego su camino imaginando que el rumor provendría de alguna de
aquellas pasajeras tempestades de lluvia y truenos que a menudo estallan en la
altura. Introduciéndose por la hendedura llegaron a una cavidad semejante a un
pequeño anfiteatro rodeado de precipicios perpendiculares, sobre cuyas orillas
tendían grandes árboles sus ramas colgantes, de manera que sólo podía
vislumbrarse a trozos el cielo azul y las brillantes nubes de la tarde. Rip y
su compañero, habían marchado en silencio durante todo el trayecto, pues aun
cuando el primero se maravillaba grandemente al conjeturar el objeto de
acarrear un barril de licor en aquellas montañas agrestes, había
algo extraño e incomprensible en el desconocido que inspiraba temor y cortaba
toda familiaridad.
Al penetrar en el anfiteatro aparecieron nuevos
motivos de admiración. En el centro de una planicie veíase un grupo de extraños
personajes jugando a los bolos. Vestían de fantástica y exótica manera; algunos
llevaban casaca corta, otros coleto con gran daga al cinto, y la mayor parte
ostentaban calzas enormes de estilo semejante a las del guía. Su aspecto era
también peculiar: uno tenía larga barba, rostro ancho y ojos pequeñitos de
cerdo; la cara de otro parecía constar únicamente de nariz y estaba coronada
por un sombrero blanco pan de azúcar adornado de una pequeña cola de gallo
encarnada. Todos llevaban barba, de diversas formas y colores. Había uno que
aparentaba ser el jefe. Era un viejo y robusto gentilhombre de aspecto curtido
por la intemperie; llevaba casaca, chorrera de encaje, cinturón ancho y
alfanje, sombrero de copa alta adornado de una pluma, medias rojas y zapatos
con rosetas. El conjunto del grupo recordaba a Rip las figuras de cierto cuadro
antiguo flamenco, traído de Holanda en tiempo de la colonización y que se
conservaba en el salón de Dominie Van Shaick, el párroco de la aldea.
Lo que encontraba Rip más extraño era que aun
cuando indudablemente todos aquellos personajes trataban de divertirse,
conservaran tanta gravedad en su semblante, un silencio tan misterioso, y
formaran, en una palabra, la partida de placer más
melancólica que pudiera presenciarse. Sólo interrumpía el silencio el ruido de
los bolos, cuyo rodar repercutían los ecos a través de la montaña semejando el
rumor ondulante de los truenos.
Cuando Rip y su compañero se aproximaron, los
jugadores abandonaron súbitamente el juego y fijaron en el primero una mirada
tan persistente, tan sepulcral, con tan singular y apagado continente, que sus
rodillas se entrechocaron y el corazón le dió un vuelco dentro del pecho. Su
compañero vaciaba entretanto el contenido del barril en grandes frascos,
haciéndole señas de que sirviera a la compañía. Rip obedeció trémulo y
asustado; bebieron ellos el licor en profundo silencio, volviendo luego a su
juego.
Poco a poco fueron desapareciendo el terror y las
aprensiones de Rip. Aun se aventuró a probar el licor cuando nadie le miraba,
encontrando que tenía mucho del sabor de excelente holanda. Sediento por
naturaleza, pronto sintió la tentación de repetir la prueba. Un trago provocaba
otro trago; e hizo al fin al frasco visitas tan reiteradas, que sus sentidos se
adormecieron, sus ojos nadaron en sus órbitas, su cabeza inclinóse gradualmente
y quedó sumergido en profundo sueño.
Al despertar, encontróse en la verde hondonada
donde vió por primera vez al viejo del valle. Se frotó los ojos. Era una
brillante y hermosa mañana. Los pajarillos gorjeaban y revoloteaban entre la
fronda, el águila formaba círculos en la altura, y se respiraba la brisa pura
de las montañas. “Seguramente,” pensó Rip, “no he
dormido aquí toda la noche.” Rememoró los sucesos antes de que el sueño le
acometiera: el hombre extraño con el barril de licor; la hondonada de la
montaña; el agreste retiro entre las rocas; la tétrica partida de bolos; el
frasco.... “¡Oh, ese frasco, ese condenado frasco!” pensó Rip. “¿Qué excusa
daré a la señora Van Winkle?”
Buscó su fusil al rededor; pero en vez de la limpia
y bien aceitada escopeta de caza halló una vieja arma con el cañón obstruido
por el polvo, el gatillo cayéndose y la madera roída por la polilla. Sospechó
entonces que los graves fanfarrones de la montaña le habían jugado una pasada
y, embriagándole con su licor, le habían robado la escopeta. Wolf había
desaparecido también; pero era posible que se hubiera extraviado persiguiendo
alguna ardilla o alguna perdiz. Le silbó y llamó a gritos por su nombre, pero
en vano; los ecos repitieron su silbido y su llamada, pero ningún perro
apareció en lontananza.
Determinó entonces regresar al lugar donde se había
realizado la broma de la noche anterior y si encontraba a alguno de la partida,
reclamarle su perro y su fusil. Cuando se levantó, encontróse con las
articulaciones rígidas y falto de su acostumbrada actividad. “Estos lechos de
montaña no me sientan bien,” pensó Rip, “y si la broma me resulta en
reumatismo, voy a tener un tiempo bendito con la señora Van Winkle.” Con
bastante dificultad pudo llegar hasta el valle y encontró la garganta por donde
él y su compañero subieron la víspera; pero observó
con gran estupor que espumaba allí un torrente saltando de roca en roca y
llenando el valle de parleros murmullos. Trató, sin embargo, de ingeniarse para
trepar por los costados, ensayando una fatigosa ascensión a través de
matorrales de abedules, sasafrases y arbustos de varias clases, más difícil aún
por la trepadora vid silvestre que lanzaba sus espirales o tijeretas de árbol a
árbol tendiendo una especie de red en el sendero.
Llegó al cabo al sitio donde las rocas de la
hondonada se abrían para llevar al anfiteatro; pero no quedaba rastro de
semejante abertura. Las rocas presentaban un muro alto e impenetrable sobre el
cual se despeñaba el torrente en capas de rizada espuma para caer luego en una
ancha y profunda cuenca, obscurecida por las sombras de la selva circundante.
Aquí el pobre Rip vióse precisado a detenerse. Llamó a su perro y lo silbó una
y otra vez; pero sólo obtuvo en respuesta el graznido de una bandada de cuervos
holgazanes solazándose en lo alto de un árbol seco que se proyectaba sobre un
asoleado precipicio desde el cual, seguros en su elevación, parecían espiar lo
que pasaba abajo y mofarse de las perplejidades del pobre hombre. ¿Qué se podía
hacer? La mañana transcurría rápidamente y Rip sentíase hambriento por la falta
de su desayuno. Apenábale abandonar su perro y su fusil; temblaba a la idea de
encontrarse con su mujer; pero no podía morirse de hambre entre los montes.
Sacudió la cabeza, echó al hombro la vieja escopeta, y con el corazón
lleno de angustia y de aflicción enderezó los pasos al hogar.
Conforme se acercaba a la aldea iba encontrando
varias personas a quienes no reconocía, lo cual le sorprendía un tanto pues
siempre había creído conocer a todo el mundo en los alrededores de la comarca.
Los vestidos que llevaban eran también de estilo diferente al que estaba él
acostumbrado. Todos le observaban con iguales demostraciones de sorpresa, y
apenas fijaban en él sus miradas llevaban invariablemente la mano a la barba.
La repetición unánime de este gesto indujo a Rip a hacer el mismo movimiento sin
darse cuenta; y ¡cuál no sería su estupor al notar que su barba tenía un pie de
largo!
Llegaba ahora a los arrabales de la aldea. Una
turba de chiquillos extraños corría a sus talones, burlándose de él y señalando
su barba gris. Los perros ladraban también a su paso y no podía reconocer entre
ellos a ninguno de sus antiguos conocidos. Todo el pueblo estaba cambiado; era
más grande y más populoso. Había hileras de casas que él jamás había visto, y
habían desaparecido sus habituales guaridas. Veíanse nombres extraños sobre
todas las puertas, y rostros extraños en todas las ventanas; todo era extraño,
en una palabra. Sus ideas comenzaban ya a abandonarle; principiaba a recelar
que tanto él como el mundo que le rodeaba estaban hechizados. Evidentemente
éste era su pueblo natal, el mismo que abandonó la víspera. Allí estaban las
montañas Káatskill; allí a corta distancia se deslizaba el plateado
Hudson; las colinas y cañadas ocupaban exactamente el mismo lugar donde siempre
estuvieran; pero Rip se hallaba tristemente perplejo. “¡Ese frasco de anoche,”
pensaba, “ha dejado huera mi pobre cabeza!”
Con alguna dificultad encontró el camino de su
propia casa, hacia la cual se aproximaba con silencioso pavor esperando oír a
cada instante la voz chillona de la señora Van Winkle. Todo estaba arruinado,
el techo cayéndose a pedazos, las ventanas destrozadas y las puertas fuera de
sus goznes. Un hambriento can, algo parecido a Wolf, andaba huroneando por
allí. Rip lo llamó con el nombre de su perro, mas el animal gruñó enseñando los
dientes y escapó. Esto fué una herida dolorosa, en verdad. “¡Aun mi perro me ha
olvidado!” sollozó el pobre Rip.
Penetró en la casa que, a decir verdad, mantenía
siempre en meticuloso orden la señora Van Winkle. Aparecía ahora vacía, tétrica
y en apariencia abandonada. Tal desolación se sobrepuso a sus temores
conyugales, y llamó en alta voz a su mujer y a sus hijos. Las desiertas piezas
resonaron un momento con sus voces y luego quedó todo nuevamente silencioso.
Apresuróse a salir y se dirigió rápidamente a su
antiguo refugio, el mesón de la aldea; pero éste también había desaparecido. En
su lugar veíase un amplio y desvencijado edificio de madera con grandes y
destartaladas vidrieras, rotas algunas de ellas y recompuestas con enaguas y
sombreros viejos, el cual ostentaba pintado sobre la puerta un
rótulo que decía: “Hotel Unión, de Jónathan Dóolittle.” En vez del gran árbol
que cobijaba con su sombra al silencioso y menudo mesonero holandés de otros
tiempos, alzábase ahora una larga y desnuda pértiga con algo semejante a un
gorro rojo de dormir en su extremidad superior, y de la cual se desprendía una
bandera de rayas y estrellas en singular combinación: cosas todas extrañas e
incomprensibles. Reconoció en la muestra, sin embargo, la rubicunda faz del rey
Jorge, debajo de la cual había saboreado pacíficamente tantas pipas; pero aun
la figura se había metamorfoseado de manera singular. La chaqueta roja habíase
convertido en azul y ante; ceñía una espada en lugar del cetro; la cabeza
estaba provista de un sombrero de tres picos, y debajo del retrato leíase en
grandes caracteres: GENERAL WASHINGTON.
Había, como de costumbre, una multitud de gente
delante de la puerta, pero Rip no podía reconocer a nadie. Aun el espíritu del
pueblo parecía cambiado. Oíanse acaloradas y ruidosas discusiones en lugar de
las flemáticas y soñolientas pláticas de otros tiempos. Buscaba en vano al
sabio Nicholas Védder con su ancho rostro, su doble papada y su larga y hermosa
pipa, lanzando nubes de humo en vez de discursos ociosos; o al maestro de
escuela Van Búmmel, impartiendo a la concurrencia el contenido de antiguos periódicos.
En lugar de ellos, un flaco y bilioso personaje con los bolsillos llenos de
proclamas, peroraba con vehemencia sobre los derechos de los ciudadanos,
las elecciones, los miembros del congreso, la libertad, Búnker Hill, los héroes
del setenta y seis, y otros tópicos que resultaban una perfecta jerga
babilónica para el trastornado Van Winkle.
La aparición de Rip con su inmensa barba gris, su
escopeta mohosa, su exótica vestimenta, y un ejército de mujeres y chiquillos
pisándole los talones, atrajo muy pronto la atención de los políticos de
taberna. Amotináronse a su alrededor mirándole con gran curiosidad de la cabeza
a los pies. El orador se abalanzó hacia él y llevándole a un costado inquirió
“de qué lado había dado su voto.” Rip quedó estupefacto. Otro pequeño y
atareado personaje cogiéndole del brazo y alzándose de puntillas le preguntó al
oído: “¿Demócrata o federal?” Veíase Rip igualmente perdido para comprender
esta pregunta, cuando un sabihondo, pomposo y viejo caballero, con puntiagudo
sombrero de tres picos, abrióse paso entre la muchedumbre apartándola con los
codos a derecha e izquierda, y plantándose delante de Rip Van Winkle con un
brazo en jarras y descansando el otro en su vara, con ojos penetrantes y su
agudo sombrero amenazador, preguntó con tono austero, como si quisiera ahondar
hasta el fondo de su alma, “qué motivo le traía a las elecciones con fusil al
hombro y una multitud a sus huellas, y si intentaba por acaso provocar una
insurrección en la villa.”
—¡Ay de mí, caballero,—exclamó Rip con desmayo,—yo
soy un pobre hombre tranquilo, un habitante del
lugar y un vasallo leal de su majestad, a quien Dios bendiga!—
Aquí estalló una protesta general de los
concurrentes.
—¡Un conservador! ¡un conservador! ¡un espía! ¡un
emigrado! ¡golpe con él! ¡afuera!—Con gran dificultad pudo restablecer el orden
el pomposo caballero del sombrero de tres picos; y, asumiendo tal gravedad que
produjo diez arrugas por lo menos en su entrecejo, preguntó de nuevo al
incógnito criminal el motivo que le traía y a quién andaba buscando por el
pueblo. El pobre hombre aseguró humildemente que no tenía proyectos subversivos
sino que venía simplemente en busca de algunos de sus vecinos que acostumbraban
parar en la taberna.
—Bien, ¿quiénes son ellos? Nombradlos.—
Rip meditó un momento e inquirió luego:—¿Dónde está
Nicholas Védder?—
Hubo un corto silencio, hasta que un viejo replicó
con voz débil y balbuciente:
—¡Nicholas Védder! ¡Vaya! ¡Si murió y está
enterrado hace dieciocho años! Una lápida de madera daba razón de él en el
cementerio de la iglesia, pero se gastó también y ya no existe.
—¿Dónde está Brom Dútcher?
—¡Oh! se fue al ejército al principio de la guerra;
algunos dicen que murió en la toma de Stony Point;[8] otros
que se ahogó en una borrasca al pie de Ántony’s
Nose.[9] Yo
no podría decirlo; lo que sé es que nunca regresó.
—¿Dónde está Van Búmmel, el maestro de escuela?
—Se fué también a la guerra, se convirtió en un
gran general y está ahora en el congreso.—
El corazón de Rip desfallecía al escuchar tan
tristes nuevas de su patria y de sus amigos, y encontrarse de repente tan solo
en el mundo. Las respuestas le impresionaban también por el enorme lapso de
tiempo que encerraban y por los temas de que trataban y que él no podía
comprender: la guerra, el congreso, Stony Point. No tuvo valor de preguntar por
sus otros amigos, pero gritó con desesperación:
—¿Nadie conoce aquí a Rip Van Winkle?
—¡Oh, seguramente! Rip Van Winkle está allí
recostado contra el árbol.—
Rip miró en la dirección indicada y pudo contemplar
una exacta reproducción de sí mismo como cuando fué a la montaña; tan holgazán
como él, al parecer, e indudablemente harapiento al mismo grado.
El pobre hombre quedó del todo confundido. Dudaba de su propia identidad y si
sería él Rip Van Winkle o cualquier otra persona. En medio de su extravío, el
hombre del sombrero de tres picos le preguntó quién era y cómo se llamaba.
—¡Sólo Dios lo sabe!—exclamó, al cabo de su
entendimiento.—¡Yo no soy yo mismo, soy alguna otra persona; no estoy allá, no;
ése es alguien que se ha metido dentro de mi piel. Yo era yo mismo anoche, pero
me quedé dormido en la montaña y allí me cambiaron mi escopeta y me lo han
cambiado todo. Yo mismo estoy cambiado, y no puedo decir siquiera cuál es mi
nombre ni quién soy!—
A estas palabras los circunstantes comenzaron a
cambiar entre sí miradas significativas, sacudiendo la cabeza, guiñando los
ojos y golpeándose la frente con los dedos. Corrió también un murmullo sobre la
conveniencia de asegurar el fusil y aun al viejo personaje para evitar que
hiciera algún daño; ante cuya suposición el sabihondo caballero del sombrero de
tres picos se retiró con marcada precipitación. En tan crítico momento, una
fresca y hermosa joven avanzó entre la multitud para echar una ojeada al hombre
de la barba gris. Llevaba en sus brazos un rollizo chiquillo que asustado con
el extranjero rompió a llorar.
—¡Sht, Rip!—dijo la joven, calla, tontuelo; el
viejo no te hará ningún daño.—
El nombre del niño, el aire de la madre, la
entonación de su voz, todo despertó en Rip Van Winkle
un mundo de recuerdos.—¿Cómo os llamais, buena mujer?—preguntó.
—Judith Gardenier.
—¿El nombre de vuestro padre?
—¡Ah, pobre hombre! Llamábase Rip Van Winkle, pero
hace veinte años que salió de casa con su fusil y jamás regresó ni hemos sabido
de él desde entonces. Su perro volvió solo a la casa; y nadie podría decir si
mi padre se mató o si los indios se lo llevaron. Yo era entonces una
chiquilla.—
Quedábale a Rip sólo una pregunta por hacer y la
propuso con voz desfallecida:
—¿Dónde está vuestra madre?
—¡Oh! ella murió poco después. Se le rompió una
arteria en un arranque de cólera con un buhonero de Nueva Inglaterra.—
Aquello era una gota de alivio, a su entender. El
buen hombre no pudo contenerse por más tiempo. Cogió a su hija y al niño entre
sus brazos, exclamando:
—¡Yo soy vuestro padre! ¡El Rip Van Winkle joven de
otros tiempos, y ahora el viejo Rip Van Winkle! ¿Nadie reconoce al pobre Rip
Van Winkle?—
Todos quedaron atónitos, hasta que una viejecilla
trémula atravesó la multitud y poniéndose la mano sobre las cejas le examinó
por debajo el rostro por un momento, exclamando en seguida:
—¡Seguro que es Rip Van Winkle! ¡El mismo, en
cuerpo y alma! ¡Bien venido al pueblo, viejo vecino! Decidnos, ¿dónde habéis
estado metido estos largos veinte años?—
Pronto hubo referido Rip su historia, pues que los
veinte años transcurridos se reducían para él a una sola noche. Los vecinos le
miraban con asombro al escucharla; algunos se guiñaban entre sí poniendo la
lengua en sus mejillas; mientras el pomposo caballero del sombrero de tres
picos—que regresó al campo de acción tan pronto como la alarma hubo
pasado—sacudía la cabeza recogiendo las extremidades de su boca; sacudimiento
dubitativo que se hizo entonces general en la asamblea.
Decidióse, sin embargo, consultar al viejo Péter
Vánderdonk a quien se veía avanzar por la carretera. Era descendiente del
historiador del mismo nombre[10] que
escribió una de las primeras crónicas de la provincia. Péter era el más antiguo
de los habitantes de la aldea y muy versado en todos los acontecimientos
maravillosos y tradiciones del vecindario. Reconoció a Rip Van Winkle
inmediatamente y corroboró su relato de la manera más satisfactoria. Aseguró a
la asamblea que era un hecho establecido por su antepasado el historiador que
las montañas Káatskill habían estado pobladas siempre de seres extraños.
Afirmábase igualmente que el gran Héndrick Hudson, descubridor del río y de la
comarca, celebraba allí una especie de velada cada veinte años con toda la
tripulación de la Half-Moon; siéndole dado así el recorrer los
lugares donde se realizaron sus hazañas y mantener ojo alerta sobre el río y la
gran ciudad llamados por su nombre. Declaró que su padre les
había visto una vez vistiendo sus antiguos trajes holandeses y jugando a los
bolos en una cueva de la montaña; y que él mismo había oído una tarde el eco de
las bolas resonando como lejanas detonaciones de truenos.
Para abreviar, la compañía se disolvió volviendo al
asunto más importante de la elección. La hija de Rip llevósele a su casa a
vivir con ella; tenía una linda casita bien amueblada, y por marido a un
fornido y jovial granjero a quien recordaba Rip como uno de los pilluelos que
acostumbraban encaramarse en sus espaldas. En cuanto al hijo y heredero de
Rip—la copia de su padre que apareció reclinado contra el árbol—estaba empleado
como mozo de la granja; pero mostraba una disposición hereditaria para atender a
cualquiera otra cosa de preferencia a su labor.
Rip reasumió entonces sus antiguos hábitos y
correrías; encontró pronto muchos de sus contemporáneos, aunque bastante
averiados por los estragos del tiempo; prefiriendo entablar amistades entre la
nueva generación de la cual a poco llegó a ser el favorito.
No teniendo ocupación en la casa y habiendo
alcanzado la edad feliz en que el hombre puede ser holgazán impunemente, ocupó
de nuevo su lugar en el banco a la puerta del mesón, donde era reverenciado
como uno de los patriarcas de la aldea y como crónica viviente de la época
“anterior a la guerra.” Transcurrió algún tiempo antes de que se pusiera al
corriente de la chismografía del vecindario o llegara a comprender los extraños acontecimientos que se habían desarrollado
durante su sueño: la guerra de la revolución, cómo arrojó el país el yugo de la
vieja Inglaterra, y cómo era que en vez de ser vasallo de su majestad Jorge
III, se había convertido en ciudadano libre de los Estados Unidos. En realidad,
Rip no era político: las transiciones de estados e imperios hacíanle muy poca
mella; pero existía cierta clase de despotismo bajo el cual había gemido largo
tiempo: el gobierno de las faldas. Felizmente aquello había terminado; había
escapado al yugo matrimonial y podía ir y venir por todas partes sin temor a la
tiranía de la señora Van Winkle. Cada vez que se mencionaba este nombre, sin
embargo, Rip sacudía la cabeza, encogía los hombros y levantaba los ojos al
cielo, lo cual podía tomarse tanto como expresión de resignación a su suerte
como de alegría por su liberación.
Acostumbraba referir su historia a todos los
extranjeros que se hospedaban en el hotel de Mr. Dóolittle. Pudo notarse al
principio que la relación difería cada vez en varios puntos, lo que se debía
indudablemente a su reciente despertar. Pero al fin se fijó exactamente en la
forma que acabo de relatar, y no había hombre, mujer o niño en todo el
vecindario que no se la supiera de memoria. Algunos afectaban siempre dudar de
su veracidad insistiendo en que Rip no había estado en sus cabales, y que
respecto de este punto siempre desvariaba. Los viejos holandeses, sin embargo,
le daban casi unánimemente pleno crédito. Aun hoy
no pueden oír las tempestades de truenos que estallan ciertas tardes de verano
en los alrededores de las montañas Káatskill, sin decir que Héndrick Hudson y
su tripulación están jugando su partida de bolos; y es el deseo general de los
maridos del pueblo maltratados por su mujer, cuando la vida les resulta muy
pesada, obtener algunos tragos del frasco bienhechor de Rip Van Winkle.
NOTA
Podría sospecharse que el cuento que antecede
hubiera sido inspirado a Mr. Kníckerbocker por una pequeña superstición alemana
acerca del emperador Federico der Róthbart[11] y
la montaña Kypphaüser. La nota adjunta, sin embargo, que escribió como apéndice
a este cuento, demuestra que es un hecho absolutamente verídico, narrado con su
habitual fidelidad:
“La historia de Rip Van Winkle parecerá increíble a
muchas personas; mas, a pesar de todo, le doy entero crédito porque sé que los
alrededores de nuestra viejas colonias holandesas han sido teatro de muchos
sucesos y apariciones maravillosas. Verdaderamente, he oído en las ciudades de
las riberas del Hudson historias más inverosímiles que la presente, las cuales
estaban demasiado bien autorizadas para permitirse alimentar la menor duda. Yo mismo he hablado varias veces con Rip
Van Winkle, quien era un hombre anciano y venerable la última vez que le vi, y
tan perfectamente racional y lógico, desde todo punto de vista, que no creo que
ninguna persona de conciencia rehusara dar crédito a su historia; he visto
también un certificado al respecto otorgado ante el tribunal de la comarca y
firmado con una cruz de la propia mano del juez. De consiguiente la historia se
encuentra fuera de toda posibilidad de duda.
“D. K.”
POST SCRIPTUM
Las siguientes notas se han tomado de un memorándum
de viaje de Mr. Kníckerbocker:
El Káatsberg, o montañas Káatskill, han sido
siempre una región de leyenda. Los indios las consideraban como la mansión de
los espíritus que dominaban el tiempo lanzando nubes o rayos de sol sobre el
horizonte y procurando buenas o malas estaciones de caza. Estaban dirigidos por
el espíritu de una vieja india que se suponía ser la madre y habitaba en el
pico más elevado de las montañas Káatskill. Corría a cargo de las puertas día y
noche para abrirlas y cerrarlas a la hora conveniente. Colgaba las lunas nuevas
en el firmamento y recortaba las viejas para hacer estrellas. En tiempos de
sequía podía obtenerse, con adecuada propiciación, que hilara ligeras nubes de
verano, formadas de telarañas y rocío de la mañana, y las enviara a flotar en
el aire copo a copo desde la cresta de la montaña,
como vedijas de algodón cardado; hasta que disueltas por el calor del sol caían
en lluvia deliciosa provocando el brote de la hierba, la madurez de los frutos
y el crecimiento de las mieses a razón de una pulgada por hora. Si, en cambio,
se encontraba disgustada, aglomeraba nubes negras como tinta, colocándose en el
centro como una araña ventruda en medio de su tela; y cuando aquellas nubes
estallaban ¡qué de calamidades sucedíanse en el valle!
Antiguamente, afirmaban las tradiciones indias,
existía una especie de Mánitou o espíritu que habitaba las regiones más
salvajes de las montañas Káatskill y experimentaba un malvado placer en
procurar toda clase de males y vejaciones a los hombres rojos. Algunas veces
asumía la forma de oso, gamo o pantera para arrastrar al extraviado cazador a
una fatigosa jornada a través de bosques intrincados y ásperas rocas, y
desaparecer entonces lanzando un fuerte ¡ho! ¡ho! dejando al despavorido
cazador al borde de un escarpado abismo o de un torrente devastador.
Aun se muestra la residencia favorita de este
Mánitou. Es una roca o risco enorme en la parte más agreste de la montaña y se
conoce con el nombre de Garden Rock (Roca florida) a causa de
las frescas vides que trepan abrazándola, y de las flores silvestres que
abundan a su alrededor. A sus pies yace un pequeño lago, asilo del solitario
alcaraván y poblado de serpientes acuáticas que toman el sol en las hojas de
los nenúfares que duermen en la superficie. El
lugar era tenido en gran veneración por los indios, hasta el punto que ni el
más atrevido cazador habría osado perseguir la pieza dentro de su recinto.
Cierto día, sin embargo, un cazador extraviado penetró en Garden Rock y pudo
observar gran número de calabazas colgando de las ramas ahorquilladas de los
árboles. Cogió una de ellas y trató de hurtarla; pero en su prisa por huir la
dejó caer entre las rocas, de donde brotó un torrente que le arrebató y
arrastró a profundos abismos en cuyo fondo quedó destrozado por completo. El
torrente siguió su curso hasta el Hudson y continúa corriendo hasta el día;
siendo el mismo arroyo conocido hoy por el nombre de Kaaters-kill.
LA LEYENDA DEL VALLE ENCANTADO
ENCONTRADA ENTRE LOS PAPELES DEL DIFUNTO DÍEDRICH KNÍCKERBOCKER
Es tierra bonancible de extrañas fantasías,
De ensueños que se ciernen sobre ojos entornados,
Y encantados castillos en nubes fugitivas
Que siempre se coloran en cielos estivales.
—Castle of Indolence.[12]
EN EL fondo de una de aquellas espaciosas
ensenadas, que tanto abundan en las playas orientales del Hudson, y en un gran
ensanchamiento del río, denominado Tappan Zee[13] por
los antiguos navegantes holandeses, donde acortaban velas prudentemente,
invocando la protección de San Nicolás para atravesarlo, yacía una pequeña
aldea o puerto rural que algunos llaman Gréensburgh, pero que es general y
propiamente conocida por el nombre de Tarry Town (Lugar de parada). Se dice que
este nombre le fué dado antiguamente por las buenas comadres del pueblo vecino,
con motivo de la inveterada costumbre de sus
maridos de estacionarse en las tabernas en los días de mercado. Sea de ello lo que
fuere, yo no garantizo el hecho sino simplemente lo consigno en mi deseo de ser
preciso y auténtico. No muy lejos del pueblo, quizá a dos millas más o menos,
existe un diminuto valle o más bien un repliegue del terreno entre altas
colinas, que es uno de los sitios más tranquilos en todo el universo. Un
pequeño arroyo lo atraviesa, deslizándose con suave murmullo que invita al
reposo; siendo el reclamo eventual de la codorniz o el golpeteo del pájaro
carpintero los únicos ruidos que turban de vez en cuando la tranquilidad
estática de aquel paraje.
Recuerdo que mi primera hazaña en la caza de
ardillas, cuando yo era todavía un mozalbete, tuvo lugar en un bosquecillo de
altos nogales que sombrean un lado del valle. Vagaba por allí al mediodía, hora
en que la naturaleza está particularmente tranquila, y me sobrecogí al
estruendo de mi propia escopeta, prolongado y repercutido por el indignado eco,
rompiendo el sosegado silencio de los alrededores. Si alguna vez anhelara yo un
pacífico retiro donde huir del mundo y de sus distracciones y soñar en tranquila
quietud todo el resto de una agitada existencia, nada respondería mejor a tal
propósito que este escondido vallecito.[14]
A causa de la indolente tranquilidad del lugar y
del carácter peculiar de sus habitantes, que descienden de
los originarios colonos holandeses, aquella recóndita cañada era conocida hace
mucho tiempo por el nombre de VALLE ENCANTADO, y los rústicos mozos
del vecindario son conocidos en todo el país circunvecino como los zagales del
valle encantado.
Una letárgica y soñadora influencia parece pesar
sobre toda la comarca y prevalecer en su ambiente. Algunos afirman que el lugar
fué hechizado en los primeros días de la colonización por un ilustre doctor
alemán; otros, que un viejo jefe indio, el profeta o adivino de la tribu,
celebraba allí sus conjuros antes del descubrimiento de aquella región por
Master Héndrick Hudson.[15] Lo
cierto es que el lugar continúa bajo el dominio de algún encantador que
mantiene hechizada la mente de aquellas buenas gentes, haciéndolas vivir en
plena fantasía. Son dadas a toda clase de creencias maravillosas; están sujetas
a éxtasis y visiones, y continuamente ven extrañas apariciones y oyen músicas y
voces por los aires. El vecindario abunda en cuentos locales, en lugares
frecuentados por espectros y en supersticiones sombrías. Las estrellas
voladoras y los brillantes meteoros cruzan aquel valle más a menudo que
cualquiera otra comarca; y el demonio de la pesadilla, con sus nueve secuaces,[16] parece
haber hecho del país el escenario favorito de sus cabriolas.
Sin embargo, el espíritu dominante en esta
hechizada región, y que parece ser el jefe supremo de todas las potencias del
aire, es el fantasma de un jinete sin cabeza. Algunos opinan que es el espectro
de un soldado de caballería de Hesse,[17] cuya
cabeza fué arrebatada por una bala de cañón en alguna batalla desconocida de la
guerra de la revolución, y a quien pueden sorprender de vez en cuando los
naturales del pueblo galopando en la obscuridad de la noche como llevado en
alas de los vientos. Sus apariciones no se limitan al valle, sino que se
extienden a veces hasta las carreteras adyacentes y se repiten particularmente
en las cercanías de una iglesia[18] situada
a corta distancia. En efecto, algunos de los historiadores más auténticos de la
comarca, que han recogido y asociado las versiones flotantes con respecto a
este espectro, alegan que por haber sido enterrado el cuerpo del soldado en el
cementerio de la iglesia, ronda el fantasma por las noches el lugar de la
batalla en busca de su cabeza; atribuyéndose la velocidad con que atraviesa a
menudo la hondonada a la prisa que tiene por llegar al cementerio antes del
amanecer, con motivo de haberse retardado más de lo permitido en sus pesquisas
nocturnas.
Tal es la interpretación general de esta legendaria
superstición que ha procurado tema para muchas historias descabelladas en
aquella región de aparecidos; siendo conocido el espectro en todos los hogares por el nombre de El jinete sin
cabeza del valle encantado.
Es digno de notarse que la propensión visionaria de
que he hablado no se limita solamente a los naturales de la comarca, sino que
se la asimila inconscientemente todo aquel que reside allí por algún tiempo.
Por más despierta que haya sido una persona antes de penetrar en la región de
los sueños, es seguro que se apropiará en poco tiempo la influencia encantada
del ambiente, volviéndose fantástica, fingiendo quimeras y viendo aparecidos.
Menciono con todo elogio este pacífico retiro, pues
que en estos apartados rincones holandeses, escondidos acá y allá en el gran
estado de Nueva York, se conservan las antiguas costumbres, población y
hábitos, mientras los barre inadvertidos en otros lugares el impetuoso torrente
de inmigración y progreso que provoca incesantes cambios en la agitada vida de
la nación. Son como aquellas fajas de agua tranquila que bordean algún
tumultuoso arroyo, donde permanecen quietamente al ancla burbujas y pajas meciéndose
con suavidad en su improvisado puerto sin ser molestadas por el flujo de la
corriente. Aun cuando han transcurrido muchos años desde que me desprendí de
las letárgicas sombras del valle encantado, me pregunto si encontraría todavía
los mismos árboles y las mismas familias vegetando en su abrigado seno.
En este recóndito paraje de la naturaleza vivía, en
época remota de la historia americana, es decir hará unos treinta años, una
digna criatura llamada Íchabod Crane, que residía o
“paraba” allí, como él decía, con el propósito de instruir a los niños del
vecindario. Era natural de Connécticut, estado que procura a la Unión
exploradores tanto de las selvas como del pensamiento, y reparte todos los años
legiones de hombres de sus bosques fronterizos y legiones de maestros de
escuela de sus comarcas. El nombre de Crane (grulla) no estaba en desacuerdo
con su persona. Era alto y excesivamente flaco, con hombros estrechos, largos
brazos y largas piernas, manos que sobresalían una milla de sus mangas, pies
que podían servir de palas, y toda una figura colgante que parecía mantenerse
unida con dificultad. Su cabeza era pequeña y chata en la parte superior, con
grandes orejas, grandes ojos verdes y vidriosos y larga nariz agachadiza; de
manera que semejaba un gallo de campanario encaramado en su cuello de huso para
indicar de qué lado iba a soplar el viento. Al verle, en un día ventoso, dando
zancadas por el flanco de alguna colina, con sus vestidos colgantes y flotando
en torno suyo, se le habría creído el genio del hambre descendiendo sobre la
tierra, o algún espantajo hurtado de cualquier campo de trigo.
La escuela era un edificio bajo, de una sola pieza,
construído rústicamente con tablones; las ventanas en partes tenían vidrios y
en otras, parches de hojas de cuadernos viejos. En las horas vacantes se
aseguraba de manera muy ingeniosa por medio de un mimbre retorcido en la aldaba
de la puerta, y estacas colocadas contra las persianas de las ventanas—idea
sugerida indudablemente al arquitecto por el
misterio de las trampas de anguilas[19]—de
manera que, si bien los ladrones podían penetrar con perfecta facilidad,
encontrarían posiblemente alguna dificultad para salir. La escuela encontrábase
aislada hasta cierto punto, pero en agradable situación, al pie de una frondosa
colina, con un arroyo deslizándose en las cercanías y un gran abedul sombreando
una de sus esquinas. Desde allí podía escucharse, en los soñolientos días de
verano, el murmullo de las voces de los alumnos semejante al zumbido de una
colmena, interrumpido de cuando en cuando por la autoritaria voz del maestro ya
en tono de amenaza o de mandato; o por acaso, el rumor pavoroso del abedul como
aguijoneando a algún holgazán negligente en la florida senda de la ciencia. A
decir verdad, Íchabod Crane era un hombre de conciencia que tenía siempre
presente la máxima de oro: “Escatimar los azotes es malograr al discípulo.” Y
seguramente con Íchabod Crane no se malograban los discípulos.
No debe deducirse de aquí, sin embargo, que fuese
uno de aquellos crueles potentados de la escuela que se gozan en la aflicción
de sus vasallos; al contrario, administraba justicia más bien con método que
con severidad, aliviando la carga de los hombros del más débil y poniéndola
sobre las espaldas del más fuerte. Al chiquillo esmirriado que retrocedía al
menor preludio de azotes, se le administraban con indulgencia; pero los fueros
de la justicia quedaban incólumes infligiendo doble
ración al robusto y obstinado rapazuelo holandés, de amplias posaderas, que se
enfurruñaba y ensoberbecía y se volvía más tozudo y hosco bajo el abedul. A
todo esto llamaba el maestro “cumplir su deber para con los padres;” y jamás se
dió el caso de que administrara un castigo sin que le siguiera la advertencia,
muy consoladora sin duda para el adolorido mozalbete, de que “recordaría toda
su vida y le quedaría siempre grato por lo que ahora hacía en su obsequio.”
Fuera de las horas de clase era el camarada y
compañero de juegos de los muchachos mayores; y en las tardes de los días
festivos solía acompañar a su casa a algunos de los más pequeños, siempre que
tuvieran lindas hermanas o buenas amas de casa por madres, lo que se dejaba
notar en seguida por el regalo de las alacenas. En realidad, le convenía estar
en buenos términos con sus discípulos. La renta que producía la escuela era
pequeña y habría bastado apenas para su diaria subsistencia porque era un gran glotón
y, aunque flaco, tenía el poder de dilatación de una boa; mas para ayudar a su
sostenimiento se alojaba y comía, siguiendo la costumbre del lugar, en casa de
los granjeros a cuyos hijos enseñaba. Turnábase por semanas en casa de todos
ellos, dando así la vuelta al vecindario y llevando todo lo que poseía en el
mundo atado en un pañuelo de algodón.
Para que este sistema no resultara demasiado
oneroso para la bolsa de sus rústicos patrones, siempre prontos a considerar
pesada carga cualquiera pensión de la escuela y a
juzgar a los maestros solamente como unos zánganos, tenía Íchabod varios modos
de hacerse a la vez útil y agradable. Ayudaba a los granjeros de vez en cuando
en las labores ligeras de la alquería, tomaba parte en la preparación del heno,
componía los cercos, abrevaba los caballos, traía a las vacas del pasto y
cortaba leña para combustible en el invierno. Despojábase asimismo de toda la
dignidad autócrata y despotismo absoluto con que reinaba en su pequeño imperio,
la escuela, y se volvía admirablemente gentil e insinuante. Atraíase a las
madres mimando a los chicos, particularmente a los más pequeños; y, semejante
al león audaz que acariciaba antiguamente al cordero con tanta magnanimidad,[20] solía
sentarse con un chico en las rodillas mientras mecía con el pie la cuna de otro
por varias horas.
Además de sus diversas habilidades, era el maestro
cantor del vecindario y cosechaba muchos brillantes chelines por enseñar la
salmodia a los mozos del lugar. No era una de sus menores satisfacciones
instalarse los domingos con un grupo de cantores escogidos, en el centro de la
tribuna de la iglesia donde, a su entender, arrebataba completamente la palma
al viejo capellán. Lo cierto es que su voz resonaba sobre todas las de la
congregación; y aun hoy se escuchan en aquella iglesia gorgoritos que se dicen
legítimos descendientes de la nariz de Íchabod Crane, y que pueden oírse a
media milla, hasta el lado opuesto de la alberca, en
las tranquilas mañanas del domingo. Así, por medio de sus pequeños ardides y de
la ingeniosa manera llamada vulgarmente “echar de mangas,” el digno pedagogo
hacía su vida tolerable, mientras todos aquellos que no comprenden una palabra
del trabajo mental, juzgaban que se pasaba una existencia maravillosamente
envidiable.
El maestro de escuela es generalmente una figura
importante entre el círculo femenino de una comunidad rural, donde se le
considera una especie de caballero desocupado, de mucho gusto y talento muy
superior a todos los burdos zagales de la comarca, y solamente inferior al
párroco en conocimientos. Por consiguiente, su presencia causa siempre cierta
emoción en las mesas de té de las granjas, provocando a menudo la adición de
algunos dulces y pastas y aun, en ocasiones, la exhibición de alguna tetera de
plata. Nuestro letrado sentíase también especialmente feliz con las sonrisas de
todas las damiselas campesinas. ¡Con cuánto gozo discurrían entre ellas los
domingos en el cementerio de la iglesia, después del servicio religioso,
cogiendo los racimos de las vides silvestres que cubrían los árboles de las
cercanías, descifrando para distraerlas los epitafios de las tumbas, o vagando
con toda la compañía por la orilla de la represa del molino adyacente, mientras
los encogidos patanes del lugar seguían tímidamente por detrás, envidiando la
superioridad de su talento y elegancia!
A consecuencia de su errante vida era también una
gaceta ambulante que llevaba de casa en casa todos
los líos de la chismografía local, por lo que su presencia se acogía siempre
con satisfacción. Era, además, estimado por las mujeres a causa de su
erudición, pues había leído varios libros casi hasta el final y conocía a fondo
la History of New England Witchcraft (Historia de la brujería
en Nueva Inglaterra), por Cotton Máther,[21] en
la que, diremos de paso, creía firme y ardientemente.
Íchabod Crane poseía en realidad una extraña mezcla
de sagacidad limitada y pueril credulidad. Su afición por lo maravilloso y su
facilidad para digerirlo eran igualmente extraordinarias, habiendo alcanzado
mayores proporciones con su estadía en aquella encantada región. Ninguna
leyenda era demasiado monstruosa o inverosímil para su capacidad de absorción.
Deleitábase a menudo, después de cerrar la escuela por las tardes, en tenderse
en el mullido lecho de trébol que bordeaba el pequeño arroyo que murmuraba en
las cercanías, y leer los horrendos y antiguos cuentos de Máther hasta que la
obscuridad creciente de la tarde convertía los caracteres impresos en las
páginas en sombras indecisas delante de sus ojos. Entonces, continuando su
camino a través de pantanos y medrosas arboledas hacia la alquería donde se
hospedaba en aquel momento, turbábase su excitada imaginación con todos los
ruidos de la naturaleza en aquella hora misteriosa: el lamento de
la chotacabras desde los flancos de la colina, el grito agorero de la rana
arbórea anunciando la tempestad, el medroso alarido de la lechuza y el
repentino rumor del follaje al roce de los pájaros sorprendidos en su asilo.
Las luciérnagas, que brillaban con mayor intensidad en los sitios más obscuros,
asustábanle también de vez en cuando al cruzar inopinadamente alguna de las más
lucientes su camino; y si por casualidad cualquier enorme escarabajo aturdido
venía bamboleándose en desatinado vuelo en su dirección, el pobre camastrón
estaba a punto de rendir el ánima imaginando que había sido herido por algún
maleficio. Su único recurso en tales ocasiones para distraer sus pensamientos o
alejar los malos espíritus era entonar salmos; y las buenas gentes del valle
encantado, sentadas al ocaso a las puertas de sus casas, llenábanse a veces de
pavor escuchando su melodía nasal “brotando en largos eslabones de dulzura,”[22] y
extendiéndose desde la distante colina o a lo largo de la polvorienta
carretera.
Otra fuente de medroso placer consistía para él en
pasar las largas noches de invierno en compañía de las mujeres que hilaban en
torno del fuego escuchando, mientras sartas de manzanas se asaban y
chisporroteaban en el hogar, sus maravillosas historias de duendes y
aparecidos, de campos y arroyos encantados, y de casas y puentes poseídos; y
particularmente la leyenda del jinete sin cabeza o soldado galopante del valle
encantado, como le llamaban a veces. Deleitábalas por su
parte con las anécdotas de brujería y de pavorosos augurios y apariciones
portentosas y ruidos en los aires, que acontecían en los antiguos tiempos de
Connécticut; y llenábalas de angustia con diversas consideraciones sobre los
cometas y estrellas errantes, así como sobre el hecho alarmante de que el mundo
giraba absolutamente en redondo y que estaban precisamente a medio camino de la
voltereta.
Pero si existía algún placer en tales
conversaciones mientras se encontraban abrigados y protegidos en el rincón de
la chimenea, en una habitación vivamente alumbrada por el resplandor de los
crujientes leños y donde ningún espectro se hubiera atrevido por cierto a
asomar la faz, este goce se pagaba caramente con los subsiguientes terrores del
camino de regreso a los respectivos hogares. ¡Qué figuras y sombras más
horrendas a lo largo del sendero, entre la bruma y brillo sepulcral de una
noche de nevada! ¡Con qué anhelante mirada examinaba Íchabod cada rayo
tembloroso de luz brillando a través del vasto campo desde alguna distante
ventana! ¡Cuán frecuentemente sintióse atemorizado ante cualquier arbusto
cubierto de nieve que, cual fantasma revestido de una sábana, parecía espiar su
camino! ¡Cuántas veces se estremeció de helado pavor al sonido de sus propios
pasos en la endurecida corteza de la tierra, sin atreverse siquiera a mirar por
encima del hombro por temor de encontrarse con algún ser extraordinario marchando
pesadamente a sus talones! ¡Y cuán a menudo se sintió desfallecer del todo al rumor de una ráfaga de viento gimiendo
entre los árboles, con la idea de que era el soldado de caballería galopando en
una de sus excursiones nocturnas!
No eran, sin embargo, más que simples terrores de
la noche, fantasmas de la mente del que camina en la obscuridad; y aun cuando
Íchabod había visto muchos espectros en diversas ocasiones y había sido más de
una vez acechado en diferentes formas por Satán[23] en
sus solitarios vagares, la luz del día ponía siempre fin a estas alucinaciones;
y habría disfrutado con todo una dichosa existencia, a despecho del diablo y de
sus obras, si no se hubiera cruzado en su camino el ser que causa a los
mortales perplejidades mayores que todos los espectros, duendes y la raza
entera de los brujos reunidos; esto es: una mujer.
Entre los discípulos de música que se reunían una
vez por semana en la noche para recibir sus lecciones de salmodia, encontrábase
Katrina Van Tássel, hija única de un rico granjero holandés. Era un delicioso
pimpollo de dieciocho años, regordeta como una perdiz, sabrosa, suave y de
mejillas tan rosadas como uno de los melocotones de su padre; y de fama
universal, no sólo por su belleza sino por sus vastas expectativas en el
porvenir. Con esto, era un poquitillo coqueta como podía deducirse de su manera
de vestir, combinación de la moda antigua y moderna en la forma más apropiada
para realzar sus encantos. Usaba los mismos adornos
de oro amarillo puro que su tatarabuela trajera de Saardam; el tentador peto y
una provocativa falda corta que permitía admirar el más lindo pie y tobillo que
se lucían en toda la región circunvecina.
Íchabod Crane tenía un corazón blando y decidido
por el bello sexo; por lo cual no debe maravillar que bocado tan exquisito
encontrara gracia ante sus ojos, sobre todo después de haber estado de visita
en la casa paterna. El viejo Baltus Van Tássel era la encarnación perfecta del
granjero próspero, feliz y de corazón abierto. Es verdad que rara vez
traspasaban sus ideas o sus miradas más allá de los linderos de su granja; pero
dentro de ellos todo era dicha, holgura y comodidad. Vivía satisfecho pero no
orgulloso de su prosperidad; y tenía más a gala la abundancia sencilla que el
estilo rebuscado en su manera de vivir. Sus dominios estaban situados sobre las
riberas del Hudson, en uno de aquellos verdes, abrigados y fértiles rincones en
que tanto gusta anidar a los agricultores holandeses. Un gran olmo extendía sus
anchas ramas sobre la casa, y a sus pies brotaba una fuente de agua dulce y
cristalina en un pequeño manantial formado por un barril, de donde se escapaba
centelleando entre el césped hasta reunirse al arroyuelo vecino que murmuraba
bajo los alisos y los sauces enanos. Cerca de la casa había una vasta troje que
podía haber servido de iglesia; sus ventanas y hendeduras parecían a punto de
estallar con los tesoros de la granja; oíase resonar dentro día y noche el
atareado mayal; las golondrinas y vencejos
deslizábanse gorjeando bajo los aleros; mientras hileras de palomas, algunas
con un ojo vuelto hacia arriba como para examinar el tiempo, otras con la
cabeza bajo el ala o enterrada entre el pecho, otras hinchándose, arrullando o
haciendo la rueda a sus damas, tomaban el sol desde el tejado. Cerdos bruñidos
y pesados gruñían en el reposo y abundancia de sus chiqueros, de donde asomaban
las narices aquí y allá, como absorbiendo el aire, manadas de cachorros. Un
majestuoso escuadrón de nevados gansos nadaba en el cercano estanque,
escoltando flotillas enteras de patos; regimientos de pavos cloqueaban por la
granja, mientras las gallinas de Guinea protestaban de tal atrevimiento con su
malhumorado y discordante grito, como gruñonas amas de casa. Delante de la
puerta de la troje pavoneábase el arrogante gallo, modelo de maridos, de
guerreros y gentileshombres, sacudiendo sus brillantes alas y cantando toda la
alegría y el orgullo de su corazón; escarbando a veces la tierra con las patas
y llamando después generosamente a su siempre hambrienta familia de mujeres y
chiquillos para que saborearan el rico bocado que había descubierto.
Volvíase agua la boca del pedagogo al contemplar
las magníficas promesas de suculenta mesa para el invierno. En su devoradora
visión aparecían los lechoncillos rellenos corriendo a su alrededor con una
manzana en el hocico; los pichones voluptuosamente acostados en apetitoso
pastel y arrebozados en su dorada corteza; los gansos nadando en su propia
salsa; y los patos agradablemente instalados por
parejas en las fuentes, como amorosos cónyuges, con una decente provisión de
salsa de cebollas. En los puercos veía señalarse las rayas del futuro y
reluciente tocino, y el jugoso y delicado jamón; no había un solo pavo al que
no adivinara deliciosamente trufado, con la molleja bajo el ala y algunas veces
con un collar de sabrosas salchichas; y hasta los bizarros monarcas del corral
yacían tendidos sobre el lomo, como plato de entrada, con las garras levantadas
como implorando el cuartel que su caballeresco espíritu desdeñara demandar en
vida.
Al mismo tiempo que el extasiado Íchabod fantaseaba
todo esto al rodar la mirada de sus verdes ojos sobre los pingües prados, los
ricos campos de trigo, de centeno, de trigo sarraceno y maíz, como sobre los
árboles cediendo al peso de los rubios frutos en las huertas que rodeaban la
propiedad de Van Tássel, su corazón suspiraba por la damisela que heredaría
estos dominios, y caldeábase su imaginación a la idea de cuán fácilmente
podrían convertirse en plata contante que a su vez se invertiría en inmensas posesiones
de terreno yermo y palacios de ripia en el desierto. No se detenía allí su
ardiente fantasía sino que, realizando sus esperanzas, le presentaba a la
graciosa Katrina con toda una larga prole de chiquillos, sentada en lo alto de
un carro cargado de baratijas caseras, con potes y marmitas danzando en la
parte inferior; y él mismo veíase montando a horcajadas una pacífica yegua con
un potrillo a la zaga, camino de Kentucky, Tennessee o Dios sabe qué rumbo.
Cuando entró en la casa, su corazón quedó
conquistado por completo. Era una de aquellas espaciosas granjas de altos
caballetes y tejados de bajo declive, construídas al estilo transmitido por los
primeros colonos holandeses; proyectándose hacia adelante los bajos aleros
hasta formar un corredor fronterizo capaz de cerrarse por completo en el mal
tiempo. Debajo colgaban mayales, arneses, instrumentos de labranza y redes para
pescar en la ribera cercana. En todo el largo de los costados había bancos para
el tiempo de verano; una gran rueda de hilar a uno de los extremos y una
mantequera al otro lado, mostraban los diversos usos a que este importante
pórtico estaba destinado. Del corredor pasó el embelesado Íchabod a la sala que
formaba el centro del edificio y era el sitio habitual de residencia. Allí,
hileras de resplandeciente vajilla, colocada en un gran aparador, deslumbraron
sus miradas. En un rincón había un enorme saco de lana lista para hilarse; en
otro, una cantidad de lino y lana acabada de llegar del telar; mazorcas de maíz
y cuerdas de manzanas y melocotones secos pendían de los muros en atractiva
decoración, mezclados al festival de los rojos pimientos; mientras una puerta
ligeramente entornada permitía echar una ojeada al salón más caracterizado,
donde las sillas con sus patas de garras y las mesas de caoba obscura relucían
como espejos; los morillos de la chimenea, con sus correspondientes palas y
tenazas, resplandecían bajo su cubierta semejando cabezas de espárragos;
arbustos y conchas decoraban la repisa de la chimenea, sobre
la cual veíanse suspendidas hileras de huevos de diversos colores; un gran
huevo de aveztruz campeaba pendiente en el centro de la pieza; y un gran
anaquel, abierto intencionadamente, desplegaba inmensos tesoros de plata
antigua y porcelana bien conservada de la China.
Desde el momento en que Íchabod reposó sus miradas
en aquellas escenas deleitosas desapareció la paz de su espíritu, y todo su
estudio concentróse en descubrir la manera de ganar el afecto de la sin par
hija de Van Tássel. Tropezaba, sin embargo, para esta empresa con dificultades
mayores de las que acostumbrara vencer el enjambre de caballeros errantes de
antaño que sólo combatían con gigantes, encantadores, fieros dragones y otros
adversarios de este jaez, fáciles de dominar; viéndose obligados solamente a
abrirse paso a través de puertas de hierros y bronce, y muros de adamanto, para
llegar al castillo encantado donde se hallaba confinada la dama de sus
pensamientos; hazañas todas que realizaban tan fácilmente como quien abre una
vía hasta el fondo de un pastel de Navidad, encontrando al cabo que la dama les
otorgaba su mano como cosa convenida con anterioridad. Íchabod, por el
contrario, tenía que ganar el corazón de una coqueta de aldea, perdido en un
laberinto de caprichos y extravagancias que ofrecían cada vez nuevas
dificultades y estorbos; y hacer frente, además, a una legión de adversarios de
carne y hueso, los rústicos y numerosos admiradores de Katrina, que sitiaban
todos los accesos a su corazón espiándose
mutuamente con irritadas miradas, pero prontos a formar causa común para atacar
a cualquier nuevo competidor.
El más formidable entre ellos era un jactancioso,
turbulento y atronador valentón llamado Abraham o Brom Van Brunt según la
abreviatura holandesa, que se había hecho el héroe de la comarca por sus
hazañas de fuerza y temeridad. Tenía anchos hombros y macizas articulaciones,
cabello corto, negro y rizado, y aspecto rústico pero no desagradable, con
cierto aire mezcla de jovialidad y arrogancia. Por su figura hercúlea y sus
potentes miembros había merecido el sobrenombre de Brom Bones (Brom el
huesoso), por el cual se le conocía generalmente. Tenía fama de grandes
conocimientos y destreza en la equitación, sintiéndose tan firme a caballo como
un tártaro. Era el primero en todas las apuestas y peleas de gallos y, con el
ascendiente que la fuerza física ejerce siempre en la vida rural, hacía de
árbitro en todas las disputas, decidiendo por cualquiera de las partes y
dictando sus sentencias con aire y tono que no admitía réplica ni
contradicción. Estaba siempre pronto para un lío o para una juerga; pero había más
travesura que mala intención en su temperamento y, en medio de toda su rudeza
exterior, gastaba en el fondo sus arranques de broma y buen humor. Tenía tres o
cuatro buenos camaradas que le tomaban como modelo y a la cabeza de los cuales
recorría la comarca mezclándose en todas las contiendas y diversiones en muchas
millas a la redonda. En el invierno llevaba siempre como distintivo
un gorro de piel con airosa borla de cola de zorro; y cuando la gente reunida
en alguna fiesta de aldea divisaba a la distancia el conocido penacho
agitándose en medio de un escuadrón de atrevidos jinetes, sabía ya que se
preparaba una borrasca. Algunas veces se oía pasar la banda a media noche
delante de las granjas, en medio de gritos y exclamaciones como una tropa de
cosacos del Don; y las viejas damas arrancadas a su sueño acostumbraban
escuchar por un momento hasta que el ruido hubiera cesado y exclamaban
entonces: “¡Ah! ¡Por allí anda Brom Bones y su banda!” Los vecinos le miraban
con mezcla de pavor, admiración y simpatía, y siempre que ocurría en el pueblo
algún tremendo alboroto o cualquier extravagante locura, sacudían la cabeza y
garantizaban que Brom Bones se encontraba al fondo del asunto.
Hacía ya algún tiempo que este selvático héroe
había hecho de la deslumbradora Katrina el objeto de sus rudas galanterías, y a
pesar de que sus amorosos manejos eran algo semejantes a las gentiles caricias
y halagos de un oso, se murmuraba que la joven no desalentaba sus esperanzas.
Lo cierto es que sus avances fueron la señal de retirada para los candidatos
rivales que no se sentían inclinados a irritar a un león en sus amores; de
manera que, cuando un domingo por la noche pudo verse su caballo atado en las
caballerizas de Van Tássel, como muestra infalible de que su amo hallábase
dentro cortejando o “pretendiendo,” como se acostumbraba decir, todos los
aspirantes continuaron su camino desesperados y
fueron a iniciar nuevas lides por otros barrios.
Tal era el formidable rival con quien Íchabod Crane
había de luchar y, todo bien considerado, hombres más fornidos que él habrían
temido al competidor, y los más prudentes habrían desesperado. Pero en la
naturaleza del maestro había una mezcla feliz de maleabilidad y perseverancia;
en figura y en espíritu era un mozo bien templado; flexible, pero tenaz;
doblegándose sin romperse; y aun cuando inclinaba la cabeza a la menor presión,
apenas pasado el momento difícil ¡zas! erguíase de nuevo y llevaba la frente
tan alta como de costumbre.
Habría sido ciertamente una locura combatir a campo
abierto contra semejante rival, hombre tan incapaz como el fogoso Aquiles, de
sufrir la menor oposición a sus amores, Íchabod, por consiguiente, hacía sus
avances de manera muy suave e insinuante. So capa de maestro de canto hacía
visitas frecuentes a la alquería; sin que esto signifique, de otro lado, que
tuviese nada que temer de la oficiosa intervención de la familia que a menudo
representa un grave escollo en la senda de los amantes. Balt Van Tássel era un
hombre bueno e indulgente; amaba a su hija más aún que a su pipa, y a fuer de
hombre razonable y excelente padre, dejábala hacer su voluntad en todo cuanto
se la antojase. Su arreglada mujercita tenía demasiado que hacer con atender a
la casa y cuidar de las aves; y además, como observaba sabiamente, los patos y
los gansos son muy tontos y es preciso mirar por
ellos, mientras que las muchachas pueden cuidarse por sí mismas. Así, mientras
la atareada señora bullía por la casa o daba vueltas a la rueca en un extremo
del corredor, el honrado Balt sentábase a fumar su pipa al otro extremo,
contemplando las proezas de un pequeño guerrero de madera que, armado de una
espada en cada mano, desafiaba al viento valientemente desde el pináculo del
granero. Entretanto Íchabod defendía su causa con la hija bajo el gran olmo al
lado de la fuente o vagando por la granja hacia el crepúsculo, hora la más
propicia para la elocuencia amatoria.
No me precio de saber cómo se vence y es vencido el
corazón de la mujer. Para mí ellas han sido siempre un enigma y un motivo de
admiración. Algunas parecen tener solamente un punto vulnerable o puerta de
acceso, mientras otras tienen millares de avenidas y pueden capturarse de mil
modos diferentes. Es un gran triunfo de la estrategia conquistar a las
primeras, pero demanda aun mayores conocimientos en esta ciencia conservar la
posesión de las segundas, porque entonces el hombre tiene que librar batalla en
todas las puertas y ventanas para defender su fortaleza. Aquel que vence un
corazón de mil entradas tiene ciertamente derecho a algún renombre; pero el que
conserva dominio indisputable en el corazón de una coqueta es un héroe, en
verdad. Mas no era éste el caso con el temible Brom Bones, pues desde el
momento en que Íchabod Crane inició sus avances, declinaron evidentemente los
intereses del primero; no se veía ya su caballo
atado en la caballeriza los domingos por la noche, y una enemistad mortal
desarrollóse gradualmente entre él y el preceptor del valle encantado.
Brom, con su natural rudeza caballeresca, habría
llevado de buena gana las cosas a campo abierto y definido las pretensiones de
ambos sobre la dama en combate singular, de acuerdo con la moda de los más
concisos y simples razonadores, los caballeros errantes de antaño; pero Íchabod
tenía demasiada conciencia de la superioridad física de su adversario para
arriesgarse a justar con él; había oído jactarse a Bones de que “doblaría en
dos al maestro y le encerraría en uno de los anaqueles de la escuela;” y era demasiado
prudente para darle ocasión de ponerlo en práctica.
Había algo extremadamente provocativo en su sistema
de pacífica obstinación, que no dejaba a Brom otra alternativa que acudir al
fondo de bellaquería que tenía siempre a su disposición y jugar a su rival
pesadas bromas, Íchabod llegó a convertirse en el objeto de una fantástica
persecución de parte de Bones y sus zafios camaradas. Pillaban sus en otro
tiempo pacíficos dominios, llenaban de humo la sala de canto obstruyendo la
chimenea, invadían la escuela durante la noche a despecho de las ataduras de mimbres
y estacas de las ventanas volviéndolo todo de través, de manera que el pobre
maestro comenzaba a creer que las brujas de todo el país se congregaban allí
para celebrar sus sábados. Pero todavía lo más insoportable era que Brom
aprovechaba toda ocasión de ponerle en ridículo
delante de su dama, y tenía un canalla de perro a quien había enseñado a aullar
de la manera más irritante y al cual presentaba como rival de Íchabod para
enseñar a Katrina la salmodia.
En esta forma marcharon los asuntos por algún
tiempo sin producir efectos sensibles en la respectiva situación de los poderes
beligerantes. Una hermosa tarde de otoño encontrábase Íchabod muy pensativo,
entronizado en el alto escabel desde donde dominaba generalmente todos los
incidentes de su pequeño reino de las letras. Balanceaba en su mano una férula,
cetro de su despótico poder; la varilla justiciera, terror constante de los
malhechores, reposaba en tres clavos detrás del trono, mientras sobre el escritorio
podían verse diversos artículos de contrabando y armas prohibidas, como
manzanas mordidas, cerbatanas, perinolas, jaulas de moscas y legiones enteras
de exuberantes gallitos de papel, decomisados sobre la persona de aquellos
holgazanes bribonzuelos. A todas luces, había tenido lugar hacía poco algún
tremebundo acto de justicia, porque los escolares estaban intensamente
atareados con sus libros o cuchicheaban tras ellos a hurtadillas con ojo avizor
sobre el maestro; y una especie de latente zumbido reinaba en toda la sala de
clase. Bruscamente el silencio se interrumpió con la aparición de un negro,
vestido de chaqueta y calzón de cáñamo, con un fragmento redondo de copa de
sombrero semejando el gorro de Mercurio, y montado en un potro esmirriado, salvaje
y cojitranco, al que manejaba con una soga a guisa
de ronzal. Se presentó alborotando a la puerta de la escuela y trayendo a
Íchabod una invitación para una fiesta campestre o “quilting frolic”[24] que
tendría lugar aquella noche donde los Van Tássels; y después de declamar su
mensaje con el aire de importancia y el esfuerzo por expresarse en lenguaje
fino que los negros son tan dados a desplegar en pequeñas embajadas de esta
clase, saltó sobre su rocinante y desapareció por la hondonada con toda la
prisa ceremoniosa que requería su misión.
Todo era ahora bullicio y aturdimiento en la poco
ha tranquila sala de clase. Los muchachos pasaron sus lecciones al escape sin
detenerse en bagatelas; los más vivos escamotearon la mitad impunemente; los
tardíos recibieron de vez en cuando alguna eficaz aplicación en la parte
posterior para aguijonear su inteligencia y ayudarles a encontrar cualquier
palabra difícil. Arrojáronse los libros a un lado sin preocuparse de ordenarlos
en los anaqueles; volteáronse los tinteros, cayeron las bancas, y la escuela quedó
desierta una hora antes de lo acostumbrado, dejando escapar una legión de
diablillos que chillaban y alborotaban entre el verdor en la alegría de su
temprana emancipación.
El galante Íchabod dedicó por lo menos media hora
más de lo ordinario a su tocador, acepillando y
puliendo su mejor y a decir verdad único vestido negro desteñido, y arreglando
sus guedejas con ayuda de un trozo de espejo colgado en una de las paredes de
la escuela. Para presentarse ante su dama en verdadero estilo caballeresco,
pidió prestado un corcel al granjero en cuya casa se alojaba por entonces, un
viejo holandés gruñón llamado Hans Van Rípper, y así, bizarramente montado,
salió como un caballero errante en busca de aventuras. Mas tratándose de una
historia romántica, necesito consignar aquí siquiera en somera forma el aspecto
y equipo de mi héroe y de su cabalgadura. Montaba un averiado caballo de arado
que había dejado tras sí todo en la vida menos sus defectos. Era flaco y
peludo, con pescuezo de oveja y cabeza que parecía un martillo; sus
amarillentas crines y cola estaban todas enredadas y llenas de nudos de
cadillos; uno de sus ojos había perdido la pupila y aparecía vidrioso y
espectral, mientras el otro tenía reflejos genuinamente diabólicos. A juzgar
por su nombre, Gunpowder (Pólvora), debía haber tenido mucho fuego y brío en
sus días. Había sido, en efecto, la montura favorita del iracundo Van Rípper,
jinete frenético, que había infundido probablemente al animal algo de su propio
espíritu, pues viejo y maltratado como estaba, conservaba aun más oculta
malicia que cualquier potro joven de la comarca.
Íchabod era figura adecuada para tal cabalgadura.
Llevaba estribos cortos que ponían sus rodillas cerca del pomo de la silla; sus
codos agudos proyectábanse hacia fuera como patas de saltamonte; sostenía el látigo perpendicularmente como un cetro;
y al trotar del caballo, el movimiento de sus brazos figuraba un continuo
aleteo. Un pequeño sombrero de lana descansaba en la cumbre de su nariz, que
así podía llamarse la estrecha faja que hacía las veces de frente; y los negros
faldones de su chaqueta flotaban sobre las ancas casi hasta la cola del
caballo. Tal era el aspecto de Íchabod y de su corcel cuando transpusieron
renqueando la portada de Hans Van Rípper, formando en conjunto una aparición
tan extraordinaria como pocas veces es dado contemplar a la clara luz del día.
Era, como he dicho, una hermosa tarde de otoño; el
cielo estaba claro y sereno y la naturaleza hacía gala de la rica y dorada
librea que asociamos siempre a la idea de abundancia. Los bosques ostentaban su
soberbio amarillo obscuro, mientras algunos árboles tiernos se habían teñido
con la helada de brillante colorido anaranjado, púrpura y escarlata. Hileras
interminables de patos salvajes aparecían en el horizonte; podía oírse el
latido de la ardilla desde los bosquecillos de hayas y nogales y a intervalos el
meditabundo silbo de la codorniz desde el vecino campo de rastrojo.
Los pajarillos celebraban su último banquete
diurno. En la plenitud de su regocijo revolvíanse chirriando y triscando de
rama en rama y árbol en árbol a su capricho, entre la profusión y variedad de
los alrededores. Revoloteaba por allí el honrado petirrojo con su nota alta y
quejumbrosa, caza favorita de los mozalbetes; y los mirlos gorjeadores volando
en negras nubes; el carpintero de doradas alas con
su cresta carmesí, su ancha gorguera negra y espléndido plumaje; el pájaro del
cedro con sus alas de puntas rojas, su cola terminada en amarillo y su pequeña
montera de plumas; y el gayo azul, ese estrepitoso currutaco, con su chaqueta
azul claro y su ropaje blanco interior, chillando y gorjeando, cabeceando,
agitándose y haciendo cortesías, y afectando estar en buenas relaciones con
todos los cantores del boscaje.
Mientras Íchabod seguía a trote lento su camino,
sus ojos, siempre abiertos a todo síntoma de abundancia culinaria, recontaban
con deleite los tesoros del opulento otoño. Divisaba por todos lados amplia
provisión de manzanas, colgando unas de los árboles en pesada madurez, reunidas
otras en cestos y barriles para el mercado, y amontonadas las de más allá en
abundantes pilas destinadas a la prensa del lagar. Más lejos podía observar los
hermosos campos de maíz con sus doradas mazorcas asomando entre la hojosa
cubierta, sugiriendo la promesa de bollos y pasteles; y debajo las amarillas
calabazas mostraban sus redondos vientres, preludio de las pastas más
exquisitas; y dondequiera que atravesaba y observaba los fragantes campos de
trigo sarraceno exhalando un olor a colmena, dulces esperanzas se apoderaban de
su mente haciéndole saborear de antemano las tortas bien cargadas de
mantequilla y endulzadas con miel o jarabe, preparadas por las lindas y
regordetas manecitas de Katrina Van Tássel.
Alimentando así su imaginación con mil dulces
pensamientos y “azucaradas” fantasías, caminaba por
el flanco de una hilera de colinas que dominaban algunos de los paisajes más
bellos del majestuoso Hudson. Gradualmente descendía el sol hundiendo su ancho
disco hacia el oeste. El dilatado seno del Tappan Zee yacía inmóvil y vidrioso,
y apenas una ligera ondulación acá y allá delineaba y engrandecía la sombra
azulada de las montañas lejanas. El horizonte lucía bellos tonos dorados que
paulatinamente se tornaban en nítido verde manzana y luego en el azul profundo
del cenit. Rayos oblicuos, prolongándose sobre las crestas arboladas de las
montañas que dominan algunos puntos de la ribera, prestaban mayor intensidad al
gris obscuro y purpúreo de sus rocosos flancos. Una barca mecíase
indolentemente a la distancia, derivando con suavidad a impulsos de la
corriente mientras su vela flotaba ociosa contra el mástil; y, como la
refracción del cielo se reflejaba sobre el agua quieta, la embarcación parecía
suspendida en el espacio.
Hacia la noche llegó Íchabod al castillo de Herr
Van Tássel, encontrándolo atestado de lo más alto y florido de la comarca
adyacente. Viejos granjeros con el rostro enjuto y curtido de su raza,
vistiendo calzas y chaquetas de tela basta, medias azules, enormes zapatones y
magníficas hebillas de metal. Mujercitas vivarachas y ajadas, con sus gorros
plegados y ceñidos, sus faldas cortas y corpiños de talle largo, enaguas de
tela basta, y las tijeras y acericos y bolsillos de zaraza colgando al
exterior. Alegres doncellas, vestidas de moda casi tan anticuada como las
mamás, salvo uno que otro sombrero de paja, alguna
linda cinta y a veces algún vestido blanco que revelaba síntomas de ciertas
innovaciones de la ciudad. Mozos llevando chaquetas de faldones cuadrados,
hileras de estupendos botones de metal y el pelo largo por lo común y dispuesto
en coleta según la moda de aquel tiempo—especialmente si habían podido
conseguir una piel de anguila, que se consideraba en todo el país como el
tónico más poderoso y eficaz para el cabello.
Brom Bones era, sin embargo, el héroe de la
jornada, habiéndose presentado a la fiesta montando su caballo favorito
Daredevil (Temerario), que poseía a la par que su amo grandes bríos y coraje, y
al cual nadie sino Bones habría podido dominar. Distinguíase, en efecto, por su
afición a esos animales reacios y espantadizos, acostumbrados a toda clase de
mañas y que ponen al jinete en continuo riesgo de romperse la crisma; pues
sostenía que un caballo tratable y bien domeñado era cabalgadura indigna de un
mozo de hígados.
De buena gana me detendría a describir el mundo
deleitoso que brotó ante las miradas de mi héroe al penetrar en la sala de
recibo de la morada de Van Tássel. No se trataba por cierto de los encantos del
grupo de muchachas campesinas con su ostentoso despliegue de blanco y rojo,
sino de los innumerables atractivos de una mesa de te campestre y genuinamente
holandesa en la abundante estación del otoño. ¡Qué aglomeración de fuentes de
pastas de diversas clases, casi indescriptibles, y cuyo secreto guardaban las
hacendosas amas de casa holandesas! Veíase allí el
ilustre doughnut,[25] el
tierno oly koek,[26] y
el frágil y dorado cruller;[26] bizcochos
y bollos, pasteles de jengibre y pastas de miel; en fin, todas las familias de
pastas y bollos. Y había además pasteles de manzana, de melocotón y de
calabaza, codeándose con rebanadas de jamón y carne ahumada y con deliciosas
fuentes de conservas de ciruelas, melocotones, peras y membrillos; sin hacer
mención de los pescados a la parrilla y gallinas asadas, ni de los tazones de
leche y crema, todo amontonado tan confusamente como lo he enumerado, ni de la
maternal tetera lanzando desde el centro nubes de vapor. ¡Dios bendiga la
marca! Necesitaría aliento y tiempo de que disponer para describir como se
merece este banquete, y tengo demasiada prisa para terminar mi historia.
Afortunadamente, Íchabod Crane no estaba tan apurado como su historiador, y
dispensó grandes honores a todas estas golosinas.
Era una bondadosa y agradecida criatura, cuyo
corazón se dilataba en proporción al buen alimento que recibía su estómago y
cuyo espíritu se abrillantaba con la comida como acontece a otros con la
bebida. Tampoco podía evitar que sus grandes ojos rodaran por todas partes
mientras comía, ni regocijarse interiormente ante la posibilidad de llegar
algún día a ser el dueño de este lujo y esplendidez casi incomparables. Pensaba
cuán pronto volvería entonces la espalda a la vieja escuela, cómo chasquearía
sus dedos en las narices de Hans Van Rípper o
cualquier otro de sus tacaños patrones, y enviaría a rodar al ambulante
pedagogo que se atreviera a llamarle camarada.
El viejo Baltus Van Tássel discurría entre sus
invitados con rostro dilatado por la alegría y buen humor, tan redondo y jovial
como el plenilunio de otoño. Sus hospitalarias atenciones eran breves pero
expresivas, limitándose a un apretón de manos, alguna palmada en el hombro, una
risotada y la apremiante invitación para “embestir a las cosas, y atenderse
cada uno por sí mismo.”
Pronto el sonido de la música en la sala o aposento
general invitaba a danzar. El ejecutante era un negro viejo de pelo gris, que
por más de medio siglo había sido la orquesta ambulante de todo el vecindario.
Su instrumento aparecía tan viejo y maltratado como el dueño. La mayor parte
del tiempo rascaba el violinista sólo dos o tres cuerdas acompañando con la
cabeza cada movimiento del arco; inclinándose casi hasta el suelo y dando un
golpe con el pie siempre que iba a comenzar una nueva copla.
Íchabod estaba tan orgulloso de sus cualidades de
danzarín como de su poder vocal. Ni uno solo de sus miembros, ni una sola de
sus fibras quedaba en reposo; y al ver su destartalada figura toda en
movimiento y chacoloteando alrededor del cuarto, habría podido creerse que San
Vito en persona, el bendito patrón de la danza, había descendido entre los
bailarines. Constituía la admiración de los negros de todas edades y tamaños
que, habiéndose reunido de la misma granja y del vecindario, formaban
una pirámide de rostros de negrura brillante en todas las puertas y ventanas, y
miraban la escena con deleite rodando las blancas bolas de sus ojos y mostrando
en una mueca de oreja a oreja dos hileras de marfil. ¿Cómo era posible que el
azotador de pilluelos no se sintiera animado y satisfecho? La dama de su
corazón era su pareja en el baile y sonreía graciosamente a sus amorosos
guiños, en tanto que Brom Bones, dolorosamente carcomido por el amor y por los
celos, se mantenía todo meditabundo sentado en un rincón.
Cuando terminó la danza, Íchabod se sintió atraído
hacia un grupo de personajes serios que, en compañía del viejo Van Tássel,
estaban sentados en un extremo de la plazoleta fumando y departiendo sobre los
antiguos tiempos y sacando a relucir largas historias de la guerra.
En la época de que me ocupo, aquella comarca era
uno de los lugares más favorecidos por la crónica y por los grandes hombres.
Las tropas inglesas y americanas habían andado muy cerca de allí durante la
guerra; y había sido por consiguiente el escenario de toda clase de merodeos,
viéndose infestada de emigrados, vaqueros y otras formas de caballería de la
frontera. Había transcurrido justamente el tiempo necesario para permitir a
cada uno urdir su historia con ribetes novelescos que la hicieran más interesante
y, en la vaguedad de los recuerdos, erigirse en héroe de todas las hazañas que
se relataban.
Salió a luz la historia de Doffue Mártling, cierto holandés de larga barba azul que casi llegó a
apoderarse de una fragata inglesa con un viejo cañón de hierro de a nueve,
colocado en un parapeto de barro, sólo que el cañón estalló a la cuarta
descarga. Y había también un viejo caballero a quien no nombraremos por ser
un mynheer[27] demasiado
poderoso para mencionarle de ligero, y el cual era maestro tan cumplido de
esgrima que en la batalla de White Plains desvió una bala de mosquete con la
punta de su sable, de manera que pudo percibir perfectamente el silbido de la
bala resbalando por la hoja y rebotando en el puño; en prueba de lo cual estaba
dispuesto a mostrar en cualquier momento el puño un poquito abollado por el
choque. Muchos otros se habían distinguido igualmente en el campo de batalla,
persuadidos todos de haber ejercido considerable influencia para llevar la
guerra a feliz terminación.
Pero esto no era nada en comparación de los cuentos
que siguieron sobre espectros y apariciones. La comarca es rica en tesoros
legendarios de tal naturaleza. Las historias locales y las supersticiones
medran bien en aquellos escondidos y antiguos retiros; pero son menos
apreciados por la flotante multitud que forma la población de la mayor parte de
nuestras ciudades rurales. Además, los espectros no encuentran gran aliciente
en nuestras poblaciones porque apenas han tenido tiempo de echar la primera siesta
y revolverse en sus tumbas, cuando ya los amigos que les sobrevivieron han abandonado el lugar; de modo que al levantarse
para sus rondas nocturnas no encuentran gente conocida a quien visitar. Ésta es
quizá la razón por la cual tan rara vez oímos hablar de espectros, a no ser en
aquellas antiguas comunidades holandesas.
Con todo, la causa inmediata del predominio de las
historias maravillosas en aquellos sitios era, sin duda, debida en su mayor
parte a la proximidad del valle encantado. Había una especie de contagio en el
ambiente de esta poseída región; respirábase una atmósfera de quimeras y
fantasías que infestaba todo el lugar. Varios habitantes del valle encantado se
encontraban presentes en la reunión de Van Tássel y, como de costumbre,
repetían sus salvajes y extraordinarias leyendas. Relatáronse muchos cuentos horrendos
acerca de procesiones funerarias, sollozos y gemidos lamentosos, vistas y oídos
respectivamente, cerca del gran árbol que crece en sus inmediaciones y bajo el
cual hicieron prisionero al infortunado mayor André. Hablóse también de la
mujer vestida de blanco que visitaba la obscura cañada de Raven Rock donde
pereció entre la nieve, y cuyos alaridos se oían a menudo en las noches de
invierno antes de alguna tempestad. La mayor parte de estas historias tornaba
siempre, sin embargo, al espectro favorito del valle encantado, el jinete sin
cabeza, de quien se había oído hablar varias veces últimamente en sus correrías
a través de la comarca y que, según decían, maniataba su caballo por las noches
entre las tumbas del cementerio de la iglesia.
La situación aislada de esta iglesia parece haber
contribuído siempre a convertirla en el refugio predilecto de los espíritus
inquietos. Está edificada en la cima de un montecillo y rodeada de soberbios
olmos y algarrobos, entre los cuales brilla modestamente con sus discretos
muros blanqueados, como resplandece la pureza cristiana entre las sombras del
claustro. Suave pendiente conduce hasta una plateada sábana de agua bordeada
por altos árboles entre los cuales pueden divisarse las azules colinas del Hudson.
Contemplando el cementerio cubierto de césped, en que los rayos del sol parecen
dormir tranquilamente, se pensaría que allí al menos los muertos pueden reposar
en paz. A un costado de la iglesia se extiende un ancho barranco montuoso por
donde se precipita un torrente entre rocas destrozadas y troncos de árboles
caídos. Sobre la parte más negra y profunda del torrente, no lejos de la
iglesia, habían arrojado antiguamente un puente de madera; el sendero que allí
conducía y el puente mismo estaban sombreados por árboles colgantes
estrechamente enlazados que producían tétrica sombra durante el día, la cual se
convertía hacia la noche en pavorosa obscuridad. Era ésta una de las correrías
favoritas del jinete sin cabeza, y el lugar donde se le encontraba con mayor
frecuencia.
Se contaba que el viejo Bróuwer, el herético más
descreído en materia de aparecidos, encontró al jinete de regreso de una de sus
excursiones al valle encantado, viéndose obligado a montar a la grupa; que
galoparon por bosques y malezas, por colinas y
pantanos, hasta que llegaron al puente donde el jinete se transformó
súbitamente en un esqueleto, arrojó al viejo Bróuwer en el torrente y
desapareció con ruido de trueno entre las copas de los árboles.
Esta historia encontró inmediatamente una
competidora en la tres veces maravillosa aventura de Brom Bones, quien afirmaba
haberse burlado del galopador soldado en sus pretensiones de jinete insigne.
Según él, volviendo una noche del vecino pueblo de Sing Sing, fué detenido por
el nocturno caballero, quien le propuso apostar carreras por un vaso de ponche;
y que le habría ganado, pues Daredevil llevaba chico al caballo duende en todo
el valle, si no hubiera sido que al llegar al puente de la iglesia, el fantasma
dió un salto repentino y desapareció en una llamarada.
Todos aquellos cuentos relatados en el misterioso
medio tono con que se habla en la obscuridad, mientras el auditorio recibía tan
sólo de cuando en cuando el rayo imprevisto del reflejo de alguna pipa,
produjeron honda impresión en la mente de Íchabod. Contribuyó a su vez con
largos extractos de su incomparable autor Cotton Máther, añadiendo maravillosos
acontecimientos realizados en su estado natal, Connécticut, y pavorosas
apariciones presenciadas por él mismo en sus paseos nocturnos por el valle encantado.
La fiesta terminaba gradualmente. Los viejos
granjeros reunían a su familia en sus carros, oyéndose por algún tiempo el
tintineo de los cascabeles que se alejaba por las carreteras de la hondonada y por las distantes colinas. Algunas damiselas iban
sentadas en albardas a la grupa de su galán favorito, y su risa alegre,
mezclada al rumor de las pisadas y repetida por el eco a través de las selvas
silenciosas, resonaba más y más débil hasta extinguirse gradualmente por
completo, quedando mudo y desierto el lugar poco ha lleno de ruido y de
alegría.
Sólo Íchabod había quedado, siguiendo la costumbre
de los galanes del país, para tener un tête-à-tête con la
heredera, plenamente convencido de hallarse en vísperas del triunfo. No
pretendo decir lo que pasó en aquella entrevista, porque lo ignoro en realidad.
Temo, sin embargo, que algo anduvo mal porque Íchabod salió tras corto
intervalo con las orejas caídas y el aire todo desolado. ¡Oh, mujeres!
¡mujeres! ¿Era posible que esta chica hubiese estado representando con él una
de sus acostumbradas comedias de coquetería? ¿Alentar las esperanzas del pobre
pedagogo había sido una simple farsa para asegurar la conquista de su rival?
¡Sólo Dios lo sabe, no yo! Baste decir que Íchabod escapó con el aspecto de un
salteador de gallinero más bien que del corazón de una linda dama. Sin mirar a
la derecha ni a la izquierda para observar la opulencia agrícola que tan a
menudo había ambicionado, fué directamente al pesebre y a puñetazos y patadas
levantó con gran descortesía a su corcel del cómodo alojamiento donde dormía a
pierna suelta soñando con montes de maíz y avena y valles enteros de forraje y
trébol.
Era precisamente la hora nocturna de las brujerías[28] aquella
en que Íchabod, alicaído y descorazonado, seguía el camino de su casa por el
flanco de las elevadas colinas que dominan Tarry Town y que con tanta alegría
recorrió esa misma tarde. La hora estaba tan melancólica como él. Lejos, allá
abajo, extendía el Tappan Zee la obscura e incierta inmensidad de sus aguas,
sobre las que se divisaba aquí y allí el alto mástil de un barco meciéndose
tranquilamente al ancla. En el mortal silencio de la media noche podía Íchabod
percibir el ladrido del perro del guarda, débil y vago, como para dar solamente
idea de la distancia a que se encontraba este fiel compañero del hombre. De vez
en cuando escuchaba también resonar con eco fantástico en sus oídos el largo y
arrastrado canto de algún gallo incidentalmente despierto, lejos, muy lejos, en
alguna granja entre las apartadas colinas. Ninguna señal de vida mostrábase a
su alrededor, fuera del melancólico chirrido del grillo o el grito gutural de
las ranas desde el pantano vecino como si, sintiéndose incómodas durante el
sueño, se revolvieran súbitamente en su lecho.
Todas las historias de duendes y espectros que
había oído al crepúsculo, acudían ahora en tropel a su memoria. La noche se
ponía más y más obscura; las estrellas parecían hundirse más profundamente en
el firmamento, y nubes errantes las ocultaban por momentos a sus ojos. Jamás se había sentido tan triste y abandonado.
Aproximábase, de otro lado, al sitio donde se radicaban muchas historias de
aparecidos. En medio de la carretera elevábase un enorme tulipán que dominaba
como un gigante a todos los árboles de la vecindad y servía como una especie de
mojón. Sus ramas, tan grandes como troncos de otros árboles, afectaban formas
nudosas y fantásticas retorciéndose casi hasta llegar al suelo y elevándose de
nuevo por los aires. Se le relacionaba con la trágica historia del infortunado
André, hecho prisionero en las cercanías, y era universalmente conocido por el
nombre de “árbol del mayor André.” El pueblo le miraba con cierta mezcla de
respeto y superstición, nacida en parte de la simpatía por la suerte de su malaventurado
tocayo, y en parte de los cuentos de extrañas apariciones y lamentaciones
dolorosas que circulaban a su respecto.
Conforme se aproximaba Íchabod al temido árbol
comenzó a silbar, creyendo luego que alguien había respondido a su silbo; pero
era solamente una ráfaga sutil cortando las secas ramas. Al acercarse un poco
más, pensó que veía algo blanco colgando del centro del árbol; detúvose y dejó
de silbar; pero mirando con más cuidado advirtió que el árbol había sido herido
por el rayo y en cierto sitio aparecía desnuda la madera blanca. Repentinamente
oyó un gemido; sus dientes se entrechocaron y sus rodillas golpearon la silla:
era solamente el roce de una gran rama contra otra, movidas por la brisa.
Transpuso el árbol con felicidad, pero nuevos
peligros levantábanse contra él.
A doscientas yardas del árbol un pequeño arroyo
cruzaba la carretera y corría hacia un valle cenagoso y montuoso llamado el
pantano de Wíley. Algunos ásperos maderos colocados uno junto a otro servían de
puente para pasar al riachuelo. Al lado opuesto del camino, donde el arroyo se
internaba en el bosque, un grupo de castaños y robles espesamente entrelazados
con vid silvestre arrojaba sombras cavernosas sobre la vía. Atravesar el puente
era la prueba más difícil. En idéntico sitio fué capturado el desventurado
André y bajo aquellos castaños y vides se ocultaron los inflexibles labriegos
que le sorprendieron. Desde aquel entonces se consideraba encantado el arroyo y
se llenaban de terror los muchachos de la escuela que se veían obligados a
atravesar el puente después de anochecido.
A medida que se acercaba al arroyo, el corazón de
Íchabod comenzó a dar pesados golpes en su pecho; invocó en su ayuda, sin
embargo, toda su energía, dió a su caballo una veintena de talonazos en las
costillas y decidió valerosamente cruzar el puentecillo; pero el viejo y
perverso animal, en vez de lanzarse hacia adelante, dió un bote de costado y se
arrojó de través contra la estacada. El maestro, cuyos temores aumentaban con
la demora, tiró entonces las riendas del lado opuesto y espoleó vigorosamente
al jaco con el pie contrario. Todo fué en vano: el caballo arrancó, es verdad,
pero sólo para arrojarse al otro lado del camino
entre unas matas de zarzas y malezas de toda clase. Íchabod hizo uso entonces
del látigo y los talones contra los flancos hambrientos del viejo Gunpowder que
se lanzó de frente resoplando y bufando, pero para detenerse justamente delante
el puente, tan de súbito, que casi arroja al jinete por las orejas. En este
preciso instante el sensible oído de Íchabod percibió un pesado chapoteo hacia
el lado del puente. Entre la obscura sombra de la arboleda a orillas del
arroyo, vió algo inmenso, informe y de altura desmesurada. No se movía, sino
que parecía recogerse en las tinieblas como algún monstruo gigantesco pronto a
lanzarse sobre el viajero.
El cabello del despavorido pedagogo se erizaba a
impulsos del terror. ¿Qué podía hacer? Era demasiado tarde para volver riendas
y además, ¿qué probabilidades tenía de escapar a un duende o aparecido, si tal
era, que podría cabalgar en alas de los vientos? Reuniendo su valor, preguntó
con voz temblorosa: “¿Quién sois?” No recibió respuesta. Repitió su pregunta
con voz aun más agitada. Tampoco obtuvo contestación. Azotó de nuevo los ijares
del inflexible Gunpowder y cerrando los ojos rompió a entonar un salmo con
involuntario fervor. Precisamente en aquel momento el sombrío objeto de alarma
se puso en movimiento y lanzándose de un bote plantóse en medio del camino. Aun
cuando la noche era lóbrega y siniestra podía discernirse en cierto grado la
figura del desconocido. Aparentaba ser un jinete de grandes dimensiones montado
en un caballo negro de aspecto vigoroso. No hacía
demostración alguna en pro ni en contra sino que se mantenía a lado de la
carretera, zangoloteándose ligeramente por el lado tuerto de Gunpowder que
parecía ahora libre de su terror y malas disposiciones.
Íchabod, a quien no agradaba mucho el extraño y
nocturno compañero, rememorando la aventura de Brom Bones con el soldado
galopante, apresuró entonces el paso con la esperanza de aventajarle; pero el
extranjero picó también para mantenerse al mismo nivel. Íchabod acortó riendas
entonces y avanzó al paso tratando de quedarse atrás; el otro procedió de igual
manera. Su corazón comenzó a dar saltos dentro de su pecho; trató de reanudar
el canto de la salmodia; pero su lengua apergaminada se pegaba al paladar y le
era imposible emitir una sola estrofa. Había algo de misterioso y terrible en
el extraño y pertinaz silencio de su obstinado compañero. Pronto pudo darse
cuenta de la causa y quedó horrorizado. Al ascender una elevación del terreno
que delineó en gigantesco relieve sobre el firmamento la figura de su compañero
de viaje embozado en una capa, Íchabod se sintió despavorido al observar que
¡carecía de cabeza! ¡Y su horror llegó al colmo cuando se apercibió de que el
espectro llevaba en el pomo de la silla la cabeza que debía descansar sobre sus
hombros! Su terror se convirtió en desesperación; descargó una lluvia de
puñetazos y patadas sobre Gunpowder, esperando escapar a su compañero a favor
de algún salto repentino; pero el espectro partió
con igual velocidad. Lanzáronse entonces ambos en fantástica carrera; volaban
las piedras y saltaban chispas a cada rebote. Los ligeros vestidos de Íchabod
volaban por el aire mientras tendía su largo y seco cuerpo sobre el cuello del
caballo en la rapidez de la fuga.
Llegaron así al camino que endereza hacia el valle
encantado; pero Gunpowder, que parecía poseído del demonio, en lugar de seguir
por esta vía, cambió de dirección y se lanzó imprudentemente por la pendiente
de la colina hacia la izquierda. Este sendero llevaba a una arenosa hondonada
sombreada de árboles por más de un cuarto de milla, cruzando luego el puente
famoso en las historias de aparecidos, precisamente detrás del cual se eleva el
verde montecillo donde estaba edificada la pequeña iglesia de muros blanqueados.
Hasta aquí el pánico de su cabalgadura había dado
aparente ventaja en la cacería al jinete menos diestro; pero al llegar a la
mitad del camino del valle, aflojáronse los cordones de la cincha y sintió el
maestro que la montura resbalaba bajo sus piernas. La sujetó por el pomo
tratando de afirmarla, pero en vano; y tuvo apenas tiempo de salvarse de la
caída colgándose del cuello del viejo Gunpowder mientras la silla rodaba por el
suelo, pudiendo oír cómo la atropellaban las pisadas de su perseguidor. Por un momento
le acometió el temor de la ira de Hans Van Rípper por tratarse de su montura de
los días de fiesta, pero no había tiempo de pensar en menudos terrores; el
aparecido se precipitaba sobre sus talones y, jinete inhábil como
era, encontraba gran dificultad para mantener su posición: unas veces se
escurría por un lado, otras por el otro, cayendo algunas con tal violencia
sobre el huesudo lomo del animal que temía verdaderamente quedar partido en dos
mitades.
Un claro entre los árboles reanimó su valor
infundiéndole la esperanza de que el puente de la iglesia se hallara cercano.
El reflejo vacilante de una plateada estrella en el fondo del arroyo le hizo
ver que no se había engañado. Pudo divisar los muros de la iglesia brillando
confusamente en lontananza entre los árboles. Recordando el sitio donde
desapareció el espectro competidor de Brom Bones: “Si logro alcanzar el puente
estoy en salvo,”[29] pensó
Íchabod. Justamente en aquel momento oyó muy cerca tras de sí al negro corcel
resoplando y jadeante; hasta se figuró sentir su aliento ardoroso. Otro
talonazo convulsivo en las costillas y el viejo Gunpowder se lanzó sobre el
puente; pasó como un torbellino sobre las tablas resonantes; llegó al lado
opuesto; y entonces Íchabod se atrevió a mirar hacia atrás para corroborar si,
de acuerdo con la regla, su perseguidor se había desvanecido en una llamarada
de fuego y azufre.
En este preciso instante vió que el aparecido,
levantándose sobre los estribos, se disponía a arrojar su cabeza contra él.
Íchabod trató de evadir el siniestro proyectil, pero demasiado tarde. Tropezó
con su cráneo en tremendo estallido; dió un vuelco el maestro de cabeza contra
el polvo, y Gunpowder, el negro corcel y el jinete
duende pasaron como una exhalación.
A la mañana siguiente encontraron al viejo caballo
sin silla y con la brida a los pies, pastando juiciosamente el césped a las
puertas de su amo. Íchabod no se presentó al desayuno; llegó la hora del
almuerzo, pero Íchabod no llegó. Los muchachos se reunieron en la escuela y
vagaron indolentemente por las márgenes del arroyo sin que nada se supiera del
maestro. Hans Van Rípper comenzaba ya a sentir alguna inquietud por la suerte
del pobre pedagogo y por su silla de montar. Hiciéronse investigaciones y tras diligente
pesquisa halláronse sus huellas. A un lado del camino que conducía a la iglesia
encontraron la montura hundida en el polvo; las señales de los cascos de dos
caballos en vertiginosa carrera al parecer, y profundamente marcadas en la
carretera, llevaban al puente, pasado el cual, en las orillas de la parte más
ancha del arroyo, donde corre el agua negra y profunda, se encontró el sombrero
del infortunado Íchabod, y muy cerca de allí una calabaza rota.
Sondearon el arroyo sin llegar a descubrir el
cuerpo del maestro. Hans Van Rípper, a fuer de ejecutor testamentario, examinó
el paquete que contenía todos los tesoros que poseía Íchabod en el mundo.
Consistían en dos camisas y media; dos corbatines; uno o dos pares de medias de
estambre; un viejo par de calzones cortos de pana; una navaja mohosa; un libro
de salmodia con las puntas llenas de dobleces; y un diapasón roto. Los libros y muebles de la escuela pertenecían a la
comunidad, con excepción de la History of Witchcraft, de Cotton
Máther, un New England Almanac, y un libro de los sueños y de la
buena ventura; en el último había una hoja de papel ministro llena de
tachaduras y borrones a consecuencia de varias tentativas infructuosas para
preparar el borrador de unos versos en honor de la heredera de Van Tássel. Los
libros de magia y el ensayo poético fueron destinados a las llamas por Hans Van
Rípper, quien desde entonces determinó no enviar en adelante sus chicos a la
escuela, observando que nada bueno se saca de la lectura ni escritura. Si el
maestro tenía algún dinero—y había recibido su paga justamente uno o dos días
antes—lo llevaba todo consigo probablemente en el momento de su desaparición.
El misterioso acontecimiento causó mucha
expectación el domingo siguiente en la iglesia. Grupos de mirones y
comentadores se dieron cita en el cementerio, en el puente y en el sitio en que
se encontraron el sombrero y la calabaza. Las historias de Brom Bones y toda
una sarta por el mismo estilo fueron el tema de conversación general; y después
de considerarlas con la debida atención y de compararlas con los síntomas del
caso actual, los vecinos sacudieron la cabeza arribando a la conclusión de que
Íchabod había sido arrebatado por el ginete sin cabeza. Como era soltero y no
tenía deudores, nadie se rompió más la cabeza a este respecto; la escuela se
mudó a otro barrio de la hondonada y otro pedagogo vino a reinar en su trono.
A decir verdad, un viejo granjero que estuvo de
paso en Nueva York algunos años después, y de quien se recogió el relato de la
aventura del aparecido, llevó a su pueblo la inteligencia de que Íchabod estaba
vivo todavía; que dejó el valle, parte por temor del espectro y de Hans Van
Rípper, y parte por la mortificación de haber sido desdeñado inopinadamente por
la heredera; que había transladado sus lares a otra parte lejana del país;
había regentado una escuela y estudiado derecho al mismo tiempo; había sido
admitido en el foro; había hecho política; fué elector, y se le mencionó en los
periódicos; y por último, fué nombrado juez del tribunal de diez libras.[30] Brom
Bones, que poco después de la desaparición de su rival llevó triunfalmente al
altar a la encantadora Katrina, parecía también estar demasiado al corriente de
la historia de Íchabod y rompía en una alegre carcajada cada vez que se hacía
mención de la calabaza; lo cual llevó a algunos a sospechar que sabía más de lo
que le agradaba decir sobre este asunto.
Sin embargo, las viejas del pueblo, que son los
mejores jueces en la materia, aseguran hasta hoy que Íchabod fué arrebatado por
medios sobrenaturales; y ésta es una de las historias favoritas del vecindario
que se relata a menudo al lado del fuego en el invierno. El puente llegó a ser
más que nunca el objeto de supersticioso terror; y puede muy bien haber sido
ésta la razón por qué se desvió el camino en los
últimos años, llegando a la iglesia por la orilla de la represa del molino. La
escuela, abandonada, pronto comenzó a arruinarse, y se decía que estaba
habitada por el espectro del infortunado pedagogo; y los mozos de labranza, al
volver perezosamente al hogar en alguna tarde serena de verano, imaginan a
menudo escuchar su voz a la distancia entonando un melancólico salmo en las
apacibles soledades del VALLE ENCANTADO.
POST SCRIPTUM DE LA PROPIA MANO DE MR.
KNÍCKERBOCKER
El Cuento que antecede está escrito casi con
las mismas palabras que lo oí relatar en una reunión del Ayuntamiento de la
antigua ciudad de Manháttoes[31] en
que estuvieron presentes muchos de los vecinos más notables e ilustres del
lugar. El narrador era un viejecito agradable y cortés, de mísero aspecto con
sus vestidos raídos y su rostro tristemente festivo: sujeto que daba a
sospechar fuertemente su indigencia por los mismos esfuerzos que hacía para ser
entretenido. Cuando terminó su historia, hubo muchas risas y grandes muestras
de aprobación, especialmente de parte de dos o tres diputados regidores que
habían dormido casi todo el tiempo. Había, sin embargo, entre los oyentes un
viejo caballero alto y seco, de cejas prominentes, que paseaba por todas partes
su faz grave y casi severa; de vez en cuando cruzaba los
brazos inclinando la cabeza y miraba al suelo como abrumado por el peso de
alguna duda. Era uno de aquellos hombres circunspectos que sólo se arriesgan a
reír en terreno firme, cuando tienen de su lado la razón y la ley.
Cuando se apaciguó el regocijo de la compañía y se
restableció el silencio, apoyó un brazo en el descanso de la silla y colocando
el otro en jarras, preguntó con cierto movimiento ligero pero extremadamente
hábil de la cabeza y contracción de las cejas, cuál era la moral del cuento y
qué era lo que se intentaba probar.
El narrador que llevaba justamente un vaso de vino
a sus labios como refresco después de la labor, detúvose por un momento, miró
al preguntón con aire de infinita deferencia, y bajando suavemente el vaso
hasta la mesa observó que la historia trataba de probar con toda lógica:
“Que no hay situación en la vida que no tenga sus
ventajas y placeres a condición de que sepamos coger la ocasión al pelo;
“Que, en consecuencia, el que apuesta carreras con
jinetes duendes tendrá verosímilmente una carrera accidentada;
“Ergo, que en cierto modo sirve de escalón
para altos merecimientos del estado el que a un maestro de escuela le sea
denegada la mano de una heredera holandesa.”
El cauto y viejo caballero frunció las cejas en
diez dobleces al escuchar estas premisas, dolorosamente impresionado por la
fuerza del silogismo; mientras el de los vestidos raídos le miraba
triunfalmente de reojo, a mi parecer. Al fin hizo
observar que todo aquello estaba muy bien, pero que, sin embargo, él juzgaba la
historia un poquillo extravagante; uno o dos puntos quedaban todavía por
dilucidar.
—Palabra, señor,—replicó el narrador,—en cuanto a
eso, yo no creo ni siquiera la mitad.
D. K.
Nathániel Háwthorne era oriundo de Sálem,
Massachusetts. Nació el 6 de julio de 1804, y murió en Plýmouth, New Hámpshire,
el 19 de mayo de 1864. Obtuvo sus grados en el Bowdoin College, Maine, en 1825.
Fué empleado de aduana en Boston desde 1838 hasta 1841. En aquella época se
hizo miembro de la Brook Farm Association, sociedad formada con el objeto de
llevar a cabo ciertos experimentos en agricultura y educación; y fijó su
residencia en Cóncord, Massachusetts, en 1843. Fué nombrado inspector del
puerto de Sálem en 1846 y permaneció allí un período de tres años. Prestó
servicios como cónsul de los Estados Unidos en Líverpool desde 1853 hasta 1857.
Regresó a la patria en 1861. Fanshawe, su primer cuento, ahora muy difícil de
conseguir, fué publicado a su propia costa en 1826. Sus obras se publicaron en
el orden siguiente: Twice Told Tales (1837; segunda serie,
1842); Mosses from an Old Manse (1846); The Scarlet
Letter (1850); The House of the Seven Gables (1851); The
Wonder-Book (1851); The Blithedale Romance (1852); Snow
Image and Other Twice Told Tales (1852); Life of Franklin
Pierce (1852); Tanglewood Tales (1853); The
Marble Faun (1860, publicado el mismo año en Inglaterra bajo el título
de Transformation, or the Romance of Monte Beni); Our Old
Home (1863); Pansie (1864, llamada también The
Dolliver Romance); Note Books (1868-1872); Septimius
Felton (1872); Tales of the White Hills (1877); Dr.
Grimshawe’s Secret (fragmento, 1888).
NATHÁNIEL HÁWTHORNE
HUBO una vez un tiempo en que la Nueva Inglaterra
gemía bajo el peso de injusticias más graves que todas las que amenazara traer
la revolución. Jaime II, el hipócrita sucesor de Carlos el Voluptuoso, había
abolido los privilegios de todas las colonias y enviado un soldado grosero y
sin principios para arrebatarnos nuestros derechos y poner en peligro nuestra
religión. La administración de Sir Édmund Andros tenía todos los rasgos
característicos de la tiranía: un gobernador y un consejo que recibían su poder
del rey con absoluta independencia de la nación; leyes que se fabricaban y
tributos que se imponían sin intervención inmediata del pueblo o de sus
representantes; los derechos de los ciudadanos violados, y los títulos de
propiedad anulados; las quejas amordazadas por la censura de la prensa; y
finalmente, el descontento sojuzgado por una banda de tropas mercenarias que
por primera vez hollaba nuestro suelo. Durante dos años continuaron nuestros
antecesores en taciturna sumisión, debido al amor filial que garantizó siempre
su lealtad a la madre patria, representada ya por el parlamento, ya por un
protector o por algún monarca papista. Hasta aquellos aciagos tiempos, sin
embargo, nuestro pleito homenaje había sido
nominal, pues las colonias se gobernaban por sí mismas, gozando mucho mayor
libertad de la que disfrutan ordinariamente los vasallos naturales de la Gran
Bretaña.
Al fin llegó a nuestras playas el rumor de que el
primer príncipe de Orange se había lanzado en una empresa cuyo éxito sería el
triunfo de los derechos religiosos y civiles y la salvación de la Nueva
Inglaterra. Era solamente un murmullo incierto; podía ser falso o podía también
fracasar la aventura; pero en ambos casos costaría la cabeza al hombre que se
decía en armas contra el rey Jaime. A pesar de todo, la noticia produjo visible
efecto. La gente sonreía misteriosamente en las calles y lanzaba atrevidas
miradas a sus opresores; en tanto que se dejaba sentir a lo lejos una sorda y
contenida agitación, como si a la más ligera señal estuviera pronto a
levantarse todo el pueblo de su indolente abatimiento. Advirtiendo el peligro,
los gobernantes trataron de evitarlo por medio de un imponente despliegue de
fuerza, confirmando su despotismo con medidas aun más agresivas. Una tarde de
abril de 1689, Sir Édmund Andros y sus consejeros favoritos, exaltados por el
licor, reunieron a todas las casacas rojas de la guardia del gobernador y se
presentaron en las calles de Boston. El sol estaba cerca de su ocaso cuando
comenzó el desfile.
El sonido del tambor, resonando por las calles en
aquellos momentos de crisis y agitación, parecía, más bien que la música
marcial de los soldados, un toque de rebato para los ciudadanos. Una multitud que afluía por diversas avenidas se reunió en King
Street, lugar destinado, casi una centuria más tarde, a ser el escenario de
otro encuentro entre las tropas de Inglaterra y el pueblo en lucha contra su
tiranía. Aun cuando habían transcurrido más de sesenta años desde el arribo de
los primeros peregrinos, esta multitud formada por sus descendientes mostraba
todavía los rasgos enérgicos y sombríos de su carácter, más notables quizá en
esta ruda emergencia que en ocasiones más felices. Notábase el rostro grave, el
porte generalmente severo, la expresión firme aunque melancólica, la bíblica
forma de elocución y la confianza en las bendiciones del cielo por la justicia
de su causa, que distinguía a cualquier grupo de los primitivos puritanos
cuando se veían amenazados de algún peligro en su aislamiento. En realidad, no
era tiempo aún de que se extinguiera el antiguo espíritu, pues que se
encontraban aquel día en la calle muchos hombres de aquellos que adoraban en
los bosques al Dios por quien sufrían el destierro, mientras no pudieron erigir
un edificio apropiado para rendirle culto. Había también viejos soldados del
parlamento que sonreían espantosamente al pensamiento de que sus antiguas armas
fueran aun hábiles para descargar otro golpe a la casa de los Estuardos.
Figuraban asimismo veteranos de la guerra del rey Felipe, de aquellos que
quemaban ciudades y asesinaban jóvenes y viejos con ferocidad religiosa
mientras las piadosas almas del lugar les ayudaban con sus plegarias. Varios
ministros veíanse esparcidos entre la muchedumbre, que les miraba,
a diferencia de otras agrupaciones, con tanta reverencia que parecía que sus
vestiduras debieran encarnar la santidad. Estos santos varones ejercían su
influencia para tranquilizar al pueblo, pero sin tratar de dispersarlo. Al
mismo tiempo era motivo de comentarios diversos y curiosidad general el objeto
del gobernador al turbar la paz de la ciudad en tales momentos, en que la más
ligera conmoción podía provocar un estallido en todo el país.
—Satanás dará ahora su golpe maestro,—exclamaban
algunos,—porque él sabe que el tiempo es corto. ¡Todos nuestros piadosos
pastores serán llevados a prisión! ¡Habremos de verles en las hogueras de
Smíthfield[32] de
King Street!—
A esto, los feligreses de cada parroquia se reunían
apretadamente en torno de su ministro, que miraba tranquilamente a lo alto y
asumía mayor dignidad apostólica, como candidato dispuesto a recibir el honor
más alto de su carrera, la corona del martirio. Esperábase verdaderamente en
aquel momento que la Nueva Inglaterra tuviera su propio John Rogers[33] para
reemplazar a este varón ilustre en el martirologio.
—¡El Papa ha ordenado una nueva San
Bartolomé!—gritaban otros.—¡Nos asesinarán a todos, a los hombres y a los
niños!—
Aun este rumor tenía sus adherentes, aunque la
clase más prudente juzgaba el objeto del gobernador algo
menos atroz. Sabíase que Brádstreet, su predecesor bajo la antigua constitución
y compañero venerable de los primeros colonos, se hallaba en la ciudad. Había
allí terreno para conjeturar que Sir Édmund Andros intentaba producir el terror
por un despliegue de fuerza militar, y dominar a la facción enemiga
apoderándose de su jefe.
—¡Firme con los antiguos privilegios,
gobernador!—rugía la multitud, apoderándose de la idea.—¡Buen gobernador,
anciano Brádstreet!—
Cuando más fuerte se alzaba este grito,
sorprendióse el pueblo a la aparición de la figura bien conocida del propio
gobernador Brádstreet, un patriarca de cerca de noventa años, que se destacó en
lo alto de las gradas de una puerta, y con su suavidad característica exhortó a
la multitud para que se sometiera a la autoridad constituída.
—Hijos míos,—concluyó el venerable personaje,—no
hagáis nada inconsideradamente. No gritéis tan alto, sino rogad por el
bienestar de la Nueva Inglaterra y aguardad con paciencia que el Señor sea
servido de hacer algo por nosotros.—
Los acontecimientos debían decidirse pronto, de
otro lado. Durante todo este tiempo el redoble del tambor se aproximaba por
Cornhill más fuerte y más profundo, hasta que, repercutiendo de casa en casa,
estalló en la misma calle acompañado del eco regular de la marcha de los
militares. Apareció una doble fila de soldados ocupando todo el ancho de la
vía, con el mosquete al hombro y mechas encendidas, formando una línea de fuego
en la obscuridad. Su marcha firme semejaba el progreso
de una máquina arrollando con irresistible empuje todo lo que se encontrara en
su camino. En seguida, avanzando lentamente, con un ruido confuso de cascos en
el pavimento, venía una partida de jinetes entre los que se destacaba la figura
central de Sir Édmund Andros, el más anciano de ellos, pero erguido y de
aspecto marcial. Rodeábanle sus consejeros favoritos, los enemigos más
acérrimos de la Nueva Inglaterra. A su derecha montaba Édward Rándolph, nuestro
principal adversario, aquel “mezquino demoledor,” como le llama Cotton Máther,
que llevó a cabo la ruina de nuestra antigua administración, mereciendo el
anatema que le persiguió obstinadamente durante su vida y más allá de la tumba.
Al otro lado iba Búllivant, lanzando burlas y escarnio a su paso. Venía atrás
Dúdley, con los ojos bajos y continente temeroso, como si no se atreviera a
afrontar las miradas indignadas del pueblo que le contemplaba a él, su único
compatriota, entre los opresores de su país natal. El capitán de una fragata
fondeada en el puerto y dos o tres oficiales civiles se veían también en el
grupo. Pero la figura que atraía más las miradas del público y despertaba más
vibrantes sentimientos, era el clérigo episcopal de King’s Chapel, con sus
vestiduras sacerdotales, figurando con altanería entre los magistrados, y
encarnando admirablemente la prelacía y la persecución, la unión de la iglesia
y el estado y todas aquellas abominaciones que habían llevado al destierro a
los puritanos. Una doble hilera de soldados cerraba la marcha.
Toda la escena pintaba la condición de la Nueva
Inglaterra: desprendiéndose como moral los efectos fatales de un gobierno que
no nace de la naturaleza de las cosas ni de la índole del pueblo. De un lado,
la multitud religiosa, con su semblante triste y su obscura vestimenta; y del
otro, el grupo de gobernantes despóticos, ostentando acá y allá algún crucifijo
sobre el pecho, con el alto personaje eclesiástico al centro, magníficamente
ataviados, encendidos por el licor, orgullosos de su autoridad injusta y burlándose
del murmullo universal. Y los soldados mercenarios, aguardando solamente una
palabra para inundar las calles de sangre, representaban el único medio por el
cual podía asegurarse la sumisión.
—¡Oh, Dios de los ejércitos!—clamó una voz entre la
multitud,—¡envía un salvador a tu pueblo!—
Esta exclamación, lanzada en voz muy alta, pareció
ser el grito del heraldo para introducir un notable personaje. La multitud
había retrocedido y se hallaba en aquel momento en plena confusión a la
extremidad de la calle, mientras los soldados avanzaban en una tercera parte de
su longitud. El espacio intermedio estaba vacío, mostrando la calzada libre
entre altos edificios que arrojaban sombras confusas sobre toda la escena. De
pronto, vióse aparecer la figura de un anciano, que parecía haber brotado de en
medio del pueblo y avanzaba solo hacia el centro de la calle, hasta ponerse
enfrente del bando armado. Llevaba el antiguo vestido de los puritanos: capa obscura y sombrero de alta copa a la moda de
cincuenta años atrás, por lo menos, y gran espada al costado; pero llevaba
además un bastón en la mano para sostener el trémulo temblor de los años.
Cuando estuvo a cierta distancia de la multitud
volvióse el anciano lentamente, mostrando un semblante impregnado de antigua
majestad, y doblemente venerable por la blanca barba que descendía hasta su
pecho. Hizo un ademán de aliento y expectativa a la vez y, dando media vuelta,
prosiguió su camino en línea recta hacia adelante.
—¿Quién es este anciano patriarca?—preguntaron los
jóvenes a sus padres.—
—¿Quién es este hermano venerable?—se preguntaron
los viejos unos a otros.—
Nadie pudo responder. Los patriarcas del pueblo,
que contaban ochenta años y algo más, se preocuparon cavilando sobre su extraño
olvido respecto de esta evidente personalidad, a quien probablemente habían
conocido en los días primitivos como asociado de Wínthrop y todos los viejos
consejeros, dictando leyes y elevando plegarias, y apercibiéndoles contra el
salvajismo. Los hombres mayores debían recordar sin duda haberle visto cuando
jóvenes, con mechones tan grises como los que ellos ostentaban ahora. ¡Y los
jóvenes! ¿Cómo se había borrado tan completamente en su memoria el recuerdo de
este blanco patriarca, reliquia del tiempo desvanecido, cuya venerada bendición
había acariciado seguramente en la infancia sus cabezas descubiertas?
—¿De dónde ha salido? ¿Qué se propone? ¿Quién puede ser este hombre?—susurraba la admirada
multitud.
Entretanto el venerable extranjero, con su bastón
en la mano, proseguía su solitaria marcha por el medio de la calzada. Cuando se
encontró más cerca de los soldados que avanzaban y llegó claramente a sus oídos
el redoble del tambor, irguióse el anciano en toda su altura, envuelto en
sombría e inquebrantable dignidad, pareciendo que toda la decrepitud de la edad
caía de sus hombros. Marchaba ahora con paso marcial, llevando el compás de la
música militar. De esta manera avanzaron, la antigua aparición de un lado y
toda la parada de soldados y magistrados por el otro, hasta que apenas quedaban
veinte yardas de distancia en medio de ellos; y entonces el anciano, cogiendo
su vara por la mitad y blandiéndola en alto como una insignia de mando,
exclamó:
—¡Deteneos!—
La mirada, el continente y la actitud de mandato;
el solemne y marcial timbre de la voz, acostumbrada tanto a dirigir las huestes
en el campo de batalla como a elevarse hasta la divinidad en fervorosa
plegaria, fueron irresistibles. A la voz del anciano y ante su brazo erguido,
calló inmediatamente el redoble del tambor y la línea entera se detuvo. Un
temblor de entusiasmo se apoderó de la multitud. Aquella augusta aparición, en
que se combinaban la santidad y el poder, tan blanca, tan vagamente entrevista,
con sus antiguas vestiduras, podía ser únicamente algún viejo campeón de la
causa de la justicia, levantado de su tumba por el redoble
del tambor de los opresores. Lanzaron una triunfante y reverente exclamación, y
aguardaron la liberación de la Nueva Inglaterra.
El gobernador y los caballeros de su bando, al
darse cuenta de su inesperada detención, avanzaron rápidamente como si
quisieran lanzar sus atemorizados y palpitantes corceles contra la blanca
aparición. El anciano, sin embargo, no retrocedió un paso; y recorriendo con
mirada austera el grupo que le rodeaba a medias, la fijó al cabo severamente en
Sir Édmund Andros. Podría haberse creído que el sombrío anciano era el jefe
allí, y que el gobernador y el consejo, con todos los soldados que les
acompañaban, representando todo el poder y la autoridad real, no tenían más
recurso que obedecer.
—¿Qué hace aquí este viejo?—gritó Édward Rándolph
ferozmente.—¡Adelante, Sir Édmund! Haced avanzar a los soldados y no dejéis a
este viejo chocho más alternativa que la que dais a toda la nación: ¡hacerse a
un lado o ser pisoteados!
—Vamos, vamos, mostremos algún respeto al buen
patriarca,—dijo riendo Búllivant.—¿No veis que es algún antiguo dignatario que
ha estado durmiendo estos treinta años y no sabe nada de los cambios ocurridos?
¡Sin duda piensa echarnos abajo con alguna proclama en nombre del viejo Noll![34]
—¿Estáis loco, anciano?—preguntó Sir Édmund Andros
en tono rudo e incisivo.—¿Cómo os atrevéis a
detener la marcha del gobernador del rey Jaime?
—Habría detenido en estos momentos aun la marcha
del mismo rey,—replicó el respetable personaje con severa compostura.—Me
encuentro aquí, señor gobernador, porque el grito del pueblo oprimido ha
llegado hasta mi escondida morada; e implorando ardientemente la protección del
Señor, me ha sido otorgado aparecer una vez más sobre la tierra en defensa de
la causa justa de sus santos. Y ¿qué diré de Jaime? No existe ya este tirano en
el trono de Inglaterra; y mañana al mediodía su nombre será objeto de escarnio en
esta misma calle donde vos lo hacíais emblema de terror. ¡Atrás, tú que has
sido gobernador, atrás! ¡Esta noche tu poder ha terminado; mañana, la prisión!
¡Atrás, a menos que desees que te pronostique el cadalso!—
El pueblo se había aproximado más y más, bebiendo
las palabras de su campeón, que hablaba con acento singular, como alguien que
no estuviera acostumbrado a hacer uso de la palabra, excepto con los muertos de
años atrás. Pero su voz sacudió el espíritu de la multitud. Afrontaron a los
soldados, sacando a relucir algunas armas y listos a convertir en instrumentos
de muerte las mismas piedras de las calles. Sir Édmund Andros miró al anciano;
recorrió luego la multitud con ojos duros y crueles, encontrando por todas
partes aquella ira sombría tan difícil de ablandar o quebrantar; y otra vez
fijó su mirada en la figura del anciano, obscuramente delineada en el espacio libre, donde ni amigos ni enemigos se habían atrevido
a penetrar. Cualesquiera que fuesen sus pensamientos, no pronunció una sola
palabra que pudiera descubrirlos. Mas, sea que estuviese dominado por la mirada
del blanco adalid, sea que adivinara el peligro en la actitud amenazadora del
pueblo, lo cierto es que retrocedió ordenando a sus soldados una retirada lenta
y a la defensiva. Antes de que se pusiera el nuevo sol, el gobernador y todos
los generales que tan orgullosamente montaban a su lado estaban prisioneros, y
tan pronto como se supo que Jaime había abdicado, Guillermo fué proclamado rey
en toda la Nueva Inglaterra.
Mas ¿dónde estaba el anciano Campeón? Algunos
dijeron que mientras se retiraban las tropas de King Street y el pueblo se
amotinaba tumultuosamente en su seguimiento, vióse a Brádstreet, el viejo
gobernador, abrazar a una figura que aparentaba ser aun de mucha más edad que
él. Otros afirmaban muy seriamente que, en tanto que se maravillaban del
aspecto imponente del anciano, habíase éste desvanecido ante sus ojos,
fundiéndose suavemente entre las sombras del crepúsculo hasta que quedó
solamente el espacio vacío. Pero todos convenían en que la blanca figura había
desaparecido. Los hombres de aquella época aguardaron mucho tiempo su
reaparición, tanto a la luz del día como en las horas del crepúsculo; pero
jamás volvieron a verle, ni supieron cuándo se celebraron sus exequias, ni
dónde se encontraba su piedra tumularia.
¿Quién fué el anciano campeón? Quizá podría descubrirse su nombre en los anales de aquel tribunal
que dictó una sentencia, demasiado excelsa para el tiempo, pero gloriosa en la
eternidad por su lección humillante para los monarcas, y altamente
ejemplarizados para los vasallos. He oído decir que dondequiera que los
puritanos necesitan mostrar el espíritu de sus ascendientes, aparece de nuevo
el anciano. Transcurridos ochenta años, se presentó otra vez en King Street.
Cinco años después, en la aurora de cierta mañana de abril, apareció en la
pradera frente a la capilla de los cuáqueros en Léxington, donde se levanta
ahora el obelisco de granito con una lápida conmemorativa de la primera caída
de la revolución. Y cuando nuestros padres preparaban el parapeto de Búnker
Hill, el viejo guerrero estuvo rondando toda la noche en los alrededores.
¡Mucho, mucho tiempo puede transcurrir antes de que se presente otra vez! Su
hora es la hora de obscuridad, de adversidad y de peligro. Mas, si la tiranía
nacional nos oprimiera alguna vez o el paso de los invasores violara nuestro
suelo, volvería de nuevo el anciano campeón, porque encarna el espíritu genuino
de la Nueva Inglaterra; y su aparición simbólica en la hora del peligro
representará siempre la promesa de que los hijos de la Nueva Inglaterra sabrán
corresponder a su alcurnia.
EL MAY-POLE DE MERRY MOUNT[35]
Tema admirable para una novela filosófica es la
historia de los primeros colonos en Mount Wóllarton o Merry Mount. En el ligero
bosquejo a continuación, los hechos consignados en las severas páginas de
nuestros cronistas de la Nueva Inglaterra hanse cambiado casi espontáneamente
en una especie de alegoría. Las mascaradas, mojigangas y costumbres festivas
descritas en el texto, están de acuerdo con los usos de aquel tiempo. Puede
tomarse como autoridad en esta materia el Book of English Sports and
Pastimes de Strutt.
HERMOSOS días los de Merry Mount, cuando el May-pole era
el estandarte de aquella alegre colonia! Los que lo erigían como triunfante
bandera hacían brotar claridad y alegría sobre las agrestes colinas de la Nueva
Inglaterra, y esparcían semillas de flores en todo el país circunvecino. El
regocijo y la melancolía se disputaban entonces el imperio. La víspera de San
Juan había llegado, aportando a los bosques verdor más intenso y llevando en su
regazo rosas de color más vivido que los tiernos pimpollos de la primavera.
Pero Mayo, o su espíritu gozoso, habitaba el año entero en Merry Mount,
divirtiéndose en los meses de verano, alborotando
en el otoño y calentándose en torno del fuego durante las brumas del invierno.
Revoloteaba con sonrisa soñadora a través del mundo lleno de pesares y
preocupaciones hasta que vino a establecer sus lares entre los espíritus
risueños de Merry Mount.
Jamás se había visto el May-pole tan
galanamente ataviado como en aquella tarde víspera de San Juan. El venerado
emblema era un pino que había conservado la flexible gracia de la juventud
aunque igualaba en altura a los monarcas más potentes de la antigua selva. En
su cima flotaba una bandera de seda que ostentaba los colores del arco iris.
Abajo, cerca del suelo, el tronco estaba revestido de ramas de abedul y varias
otras del verde más lleno de vida, entre las que se mezclaban algunas de hojas
argentadas, sujetas con cintas flotantes en fantásticos nudos de veinte colores
distintos, a cual más encendidos. Flores cultivadas y flores silvestres reían
alegremente entre el verdor, tan fresco y húmedo, que parecía haber brotado por
arte de magia en este regocijado pino. Hacia donde terminaba este verde y
florido esplendor, veíase pintado el May-pole con los siete
brillantes colores de la bandera que ostentaba al tope. De las ramas verdes más
bajas pendía una frondosa guirnalda de rosas, cogidas algunas en los parajes
más soleados del bosque, y otras, de colorido aun más rico, nacidas de las
semillas inglesas que los colonos habían cultivado. ¡Oh, pueblo de la edad de
oro, cuya principal ocupación era cultivar flores!
Mas ¿qué significaba la extraña multitud que cogida
de las manos veíase el torno del May-pole? No podía suponerse
seguramente que los faunos y ninfas de las antiguas fábulas, arrojados de sus
clásicas grutas, hubieran buscado refugio en los frescos bosques del oeste,
como lo habían hecho los demás perseguidos. Éstos parecían monstruos góticos, aunque
quizá de descendencia griega. En los hombros de un hermoso mancebo erguíanse la
cabeza y las astas ramosas de un ciervo; otro, humano en todo lo demás, tenía un
rostro horrible de lobo; un tercero, con el tronco y las piernas de hombre,
mostraba la barba y los cuernos de un venerable macho cabrío. Por allá se
destacaba la figura erguida de un oso, fiera en todos sus detalles, salvo en
sus piernas traseras, cubiertas de medias de seda color de rosa. Y allí otra
vez, casi portentoso, aparecía un verdadero oso de las profundidades de la
selva, extendiendo sus garras delanteras prontas a estrechar manos humanas, y
tan dispuesto al parecer como los demás de la rueda a desempeñar su parte en la
danza. Su figura inferior levantóse a medias para llegar a la altura de sus
compañeros cuando éstos se detuvieron. Otros rostros tenían la apariencia de
hombres o mujeres, pero disformes y extravagantes, con rojas narices colgando
delante de las bocas que mostraban horribles profundidades, distendiéndose de
oreja a oreja en una perpetua carcajada. Podía verse allí al hombre primitivo,
bien conocido en la heráldica, peludo como un cinocéfalo y con su cinturón de
hojas verdes. A su lado se discernía una figura más
noble quizá, pero siempre contrahecha, un cazador indio con penacho de plumas y
cinturón de conchas. Muchos personajes de esta bizarra compañía llevaban gorros
de bufones y pequeños cascabeles pendientes de su atavío, que vibraban con sones
argentinos en armonía con la música inaudita de su espíritu jovial. Algunos
mancebos y doncellas ofrecían aspecto más serio, pero mantenían bien su puesto,
sin embargo, en medio de la heterogénea multitud, por el arrobamiento exaltado
que se revelaba en sus facciones. Todos estos personajes eran los colonos de
Merry Mount solazándose en la vasta sonrisa del sol poniente alrededor de su
venerado May-pole.
Si algún paseante extraviado en la melancólica
selva hubiera oído este regocijo y lanzado una furtiva y quizá medrosa mirada
al espectáculo, habría juzgado que era el séquito de Como, convertidos ya en
brutos algunos de sus personajes, otros a media transformación entre el hombre
y la bestia, y embriagados otros en el torrente de enloquecedora alegría que
precedía al cambio. Entretanto, una banda de puritanos, que, invisible, espiaba
la escena, asimilaba la mascarada a los espíritus diabólicos y corrompidos con
los cuales poblaba su superstición el negro caos.
Dentro del círculo de monstruos se destacaban dos
figuras tan aéreas que hacían pensar que jamás hubieran hollado piso más sólido
que nubes de púrpura y doradas. La una era un mancebo de resplandecientes
vestiduras, con una banda semejando el arco iris que le cruzaba sobre el pecho. Su mano derecha sostenía un cetro dorado, emblema de
alta dignidad entre los alegres adoradores del May-pole; mientras
oprimía con la izquierda los gráciles dedos de una hermosa doncella, no menos
brillantemente ataviada que su compañero. Vívidas rosas contrastaban, en su
esplendente colorido, con los obscuros y sedosos rizos de sus cabelleras, y
veíanse esparcidas a sus pies, donde quizá brotaron espontáneamente. Detrás de
la luminosa pareja y tan próximo al May-pole que las ramas más
bajas sombreaban su semblante jovial, había un sacerdote inglés adornado de sus
vestiduras canónicas, pero cubiertas de flores a la moda del paganismo, y
llevando una corona de vid natural. Por el extravío de sus ojos movibles y la
decoración pagana de su continente parecía el monstruo más selvático y el
verdadero. Como de la reunión.
—¡Adoradores del May-pole!—exclamó el
florido oficiante,—alegremente han resonado los bosques todo el día con vuestro
regocijo. Pero ésta debe ser vuestra hora más feliz, corazones míos. Sí; aquí
están el rey y la reina de Mayo, a quienes yo, un clérigo de Oxford y gran
sacerdote de Merry Mount, voy a unir en este instante con los santos lazos de
Himeneo. ¡Levantad vuestro espíritu ligero, vosotros, bailarines moriscos,
hombres de las selvas y risueñas doncellas, osos, lobos y cornudos caballeros!
Venid, entonad un coro ahora, vibrante con el antiguo júbilo de la alegre
Inglaterra, y con el entusiasmo más exaltado de esta fresca selva; y luego, una
danza para mostrar a esta joven pareja para qué se
ha hecho la vida y cuán ligeramente habrán de atravesarla! ¡Vosotros todos que
amáis el May-pole, prestad vuestras voces para entonar el canto
nupcial del rey y la reina de Mayo!—
Este himeneo era acontecimiento más serio de los
que tenían lugar de ordinario en Merry Mount, donde la broma y la farsa, la
travesura y la fantasía fomentaban un continuo carnaval. El rey y la reina de
Mayo, aun cuando debieran perder su título al ocaso, iban a ser real y
verdaderamente compañeros en la danza de la vida, comenzando el compás aquella
misma hermosa tarde. La guirnalda de rosas que pendía de las verdes ramas bajas
del May-pole había sido trenzada para ellos y se arrojaría
sobre sus cabezas unidas como símbolo de su florida unión. Así, tan luego que
el sacerdote concluyó, una exclamación tumultuosa brotó del grupo de figuras
monstruosas.
—¡Comenzad la estrofa, reverendo padre,—gritaron
todos;—y jamás habrán coreado los bosques ecos tan regocijados como los que
lanzaremos al aire los adoradores del May-pole!—
Inmediatamente se dejó oír un preludio de flautas,
cítaras y violas, tocado por hábiles ministriles desde el fondo de una arboleda
vecina, con tan alegre cadencia que hasta las ramas del May-pole se
estremecieron a sus sones. Pero el rey de Mayo, el del cetro dorado, buscando
los ojos de su reina, sorprendióse de la mirada casi melancólica que tropezó
con la suya.
—Édith, mi dulce reina de Mayo,—murmuró en tono de
reproche,—¿esta guirnalda de rosas pende acaso
sobre nuestras tumbas que tan triste apareces? ¡Oh, Édith! ¡Ésta es nuestra
época de oro! No la opaques con sombras de melancolía; porque nada nos traerá
el futuro más hermoso que el recuerdo de lo que en estos momentos está pasando.
—¡Esto es precisamente lo que me entristece! ¿Cómo
ha venido también a tu mente?—dijo Édith en tono aun más bajo que el suyo; pues
era delito de alta traición estar triste en Merry Mount.—Por esto suspiro en
medio del festival y de la música. Y además, querido Édgar, me parece debatirme
en un sueño, y pienso que las figuras de nuestros joviales amigos son visiones;
que su alegría es imaginaria; y que no somos nosotros en realidad el rey y la
reina de Mayo. ¿Qué misterio es éste que oprime mi corazón?—
Precisamente en aquel instante, como al influjo de
algún conjuro, cayó una ligera lluvia de hojas de rosa ya marchitas del May-pole.
¡Ay de los pobres amantes! Tan pronto como ardieron sus corazones en la
verdadera pasión, sintieron algo vago y perecedero en sus anteriores placeres y
les acometió un medroso presentimiento de cambios inevitables. Desde el momento
en que amaron profundamente, cayeron bajo la ley terrenal de pesar y
preocupaciones, de alegrías turbadas, y se encontraron ya extraños en Merry Mount.
Éste era el misterio del corazón de Édith. Dejemos ahora que el sacerdote los
una, y que las máscaras se diviertan en torno del May-pole, hasta
que el último rayo del sol se refleje en su cima, y las sombras de la selva pongan su melancolía en medio de las
danzas. Veamos, entretanto, quiénes eran estos alegres personajes.
Hace doscientos años, quizá más, que el mundo
antiguo y sus habitantes se fatigaron mutuamente de sus sempiternas relaciones.
Los hombres emigraron por millares hacia el oeste; unos, para trocar cuentas de
vidrio y baratijas de joyería por las pieles de los cazadores indios; otros,
para conquistar terrenos vírgenes; y otros, más austeros, para orar. Pero
ninguno de estos motivos había sido el aliciente para los colonizadores de
Merry Mount. Sus jefes fueron hombres que habían gozado tanto de la vida, que
cuando se presentaron los enfadosos huéspedes, Pensamiento y Sabiduría, se
encontraron arrollados por la turba de pompas y vanidades a las cuales debían
haber puesto en fuga. Obligaron al errante Pensamiento y a la Sabiduría
pervertida a endosar una máscara y representar la farsa de la Locura. Los
hombres de quienes nos ocupamos, habiendo perdido la fresca alegría del
corazón, imaginaron una filosofía de placer desenfrenado y vinieron a estos
lugares para realizar sus fantasías. Reunieron adeptos en aquella aturdida raza
cuya vida entera transcurre como los días festivos de los hombres graves. Había
en su séquito ministriles no del todo desconocidos en las calles de Londres;
cómicos ambulantes, cuyo teatro fueran los salones de los gentileshombres;
bufones, juglares y saltimbanquis, cuya ausencia se dejaría sentir por largo
tiempo en las romerías, fiestas conmemorativas y ferias; en una palabra,
forjadores de alegría en todo sentido, que
abundaban en aquella época, pero que comenzaron a desaparecer con el desarrollo
del puritanismo. Ligeros habían sido sus pasos sobre la tierra y ligeramente
cruzaron ellos el océano. Muchos habían sido arrojados por sus sufrimientos en
desesperada locura de placer; otros eran tan locamente festivos por la fuerza
de su juventud, como el rey y la reina de Mayo; mas, cualquiera que fuese la
causa de su regocijo, jóvenes y viejos estaban alegres en Merry Mount. Los
jóvenes se creían felices. Los de más edad, aun cuando supieran que el regocijo
es solamente una falsa felicidad, seguían, sin embargo, obstinadamente la
engañosa sombra pues que siquiera llevaba brillante atavío. Frívolos
impenitentes durante toda su vida, no se atrevían a aventurarse en las austeras
verdades de la existencia, ni aun con la esperanza de encontrar los goces
verdaderos.
Todos los pasatiempos clásicos de la vieja
Inglaterra habíanse transplantado allí. El rey de Christmas ostentaba
su corona y el monarca de Misrule (Desconcierto) llevaba un
cetro poderoso. La víspera de San Juan cortaban varios acres de bosque para
hacer hogueras y danzaban a su lumbre toda la noche coronados de guirnaldas y
arrojando flores a las llamas. En tiempo de cosecha, aun cuando su campo fuese
el más pequeño, hacían una imagen con las gavillas de maíz, la decoraban con
guirnaldas de otoño y llevábanla en triunfo al hogar. Pero lo que caracterizaba
especialmente a los colonos de Merry Mount era su veneración por el May-pole, que ha convertido su
historia en un cuento lleno de poesía. La primavera cubría de botones y de
frescos y verdes vástagos el venerado emblema; el verano le traía rosas del más
vivo colorido y el follaje perfecto de los bosques; el otoño le enriquecía con
su pompa roja y amarilla que convertía cada hoja silvestre del bosque en una
pintada flor; y el invierno le plateaba con su escarcha, adornándole de
estalactitas hasta que resplandecía a la luz semejando todo él un rayo helado
del sol. Así alternaban las estaciones su homenaje al May-pole pagándole
el tributo de su más rico esplendor. Sus adeptos bailaban en torno del árbol
por lo menos una vez al mes; denominábanle a veces su religión o su altar; pero
en toda ocasión representaba el estandarte de Merry Mount.
Desgraciadamente, había en el Nuevo Mundo ciertos
hombres que alardeaban de una fe más austera que la de aquellos alegres
adoradores del May-pole. No muy lejos de Merry Mount había una
colonia de puritanos, hombres los más infelices, que recitaban sus plegarias
antes del amanecer y trabajaban luego en los bosques o en las sementeras hasta
que la noche les llamaba de nuevo a la oración. Tenían siempre sus armas
apercibidas para atacar a los salvajes extraviados. Cuando se reunían en
cónclave, jamás era para sostener el clásico regocijo inglés, sino para
escuchar sermones que se prolongaban tres horas, o proclamar premios por
cabezas de lobos o cabelleras de indios. Sus fiestas eran días de vigilia y su
distracción principal el canto de los salmos. ¡Desgraciado del mozo
o doncella que siquiera soñara con la danza! Los hombres eminentes hacían un
signo al condestable; y ponían en el cepo a los réprobos de pies ligeros; o de
haber danza, era en derredor del poste de los azotes, que podía llamarse
el May-pole de los puritanos.
Una partida de estos feroces puritanos, abriéndose
paso penosamente a través de las dificultades de la selva y revestido cada uno
de una armadura de hierro pesadísima para embarazar su marcha, llegaba a veces
hasta el risueño recinto de Merry Mount. Allí estaban los suaves colonos,
regocijándose en torno del May-pole; quizá enseñando la danza a
algún oso, o tratando de comunicar su alegría a los graves indios; o
disfrazándose con las pieles de los ciervos y los lobos que habían cazado con
este objeto. A menudo la colonia entera, y los magistrados como todos los
demás, jugaba un juego semejante a la gallina ciega, en el cual perseguían los
gozosos pecadores, con los ojos vendados, a uno de ellos sin vendar que hacía
de chivo y a quien debían descubrir por el ruido de los cascabeles que llevaba
en sus vestidos. Se dice que una vez vióseles escoltando hasta su tumba un
cadáver cubierto de flores, en medio de músicas festivas y gran regocijo.
¿Reiría el difunto? En sus momentos de tranquilidad cantaban baladas y recitaban
historias para edificación de sus piadosos visitantes; o llenábanles de
perplejidad con sus juegos de prestidigitación; o les hacían muecas desde el
centro de collarines de caballo; y cuando se fatigaban de diversión, hacían
broma de su mismo cansancio y comenzaban a apostar
a los bostezos. Presenciando todas estas enormidades, los hombres de hierro
sacudían la cabeza y fruncían las cejas de manera tan sombría que los alegres
alborotadores levantaban los ojos al cielo para observar la momentánea nube que
había opacado el resplandor del sol que, estaba sobrentendido, debía brillar
constantemente en aquellos parajes. De otro lado, afirmaban los puritanos que
cuando elevaban un salmo en sus lugares consagrados, el eco que devolvían las
selvas semejaba muchas veces el estribillo de un alegre coro que terminaba en
una carcajada. ¿Quién sino el demonio y sus fieles secuaces, los habitantes de
Merry Mount, había de molestarles? Con el tiempo levantóse una enemistad,
amarga y sombría de un lado, y tan seria como podía serlo, por el otro, entre
los puritanos y los espíritus ligeros que habían jurado pleito homenaje
al May-pole. El carácter futuro de la Nueva Inglaterra hallábase en
juego en esta insoportable querella. Si los feroces santos llegaban a
establecer su jurisdicción sobre los joviales pecadores, su espíritu
obscurecería el ambiente y convertiría el país en una tierra de rostros
nublados, de ardua labor, de sermones y salmos por toda la eternidad. Pero si
el estandarte de Merry Mount alcanzaba la primacía, brillaría el sol sobre las
colinas, las flores embellecerían la floresta, y toda la posteridad rendiría
homenaje al May-pole.
Después de estos detalles auténticos de la
historia, volvamos a las nupcias del rey y la reina de Mayo. ¡Ah! hemos
demorado demasiado y nos vemos obligados a
ensombrecer nuestra historia repentinamente. Lanzando una ojeada al May-pole,
encontramos que un solitario rayo de sol se desvanece en su cima dejando
solamente un débil matiz dorado fundiéndose entre los tonos irisados de la
bandera. Aun esta dudosa luz comienza a desaparecer, abandonando el dominio
entero de Merry Mount a las brumas del atardecer, que tan instantáneamente han
surgido de los negros bosques circunvecinos. Mas algunas de estas obscuras
sombras asumen figura humana.
Sí; con el sol poniente, ha pasado para Merry Mount
su último día de regocijo. El círculo de alegres máscaras estaba roto y en
desorden; el ciervo bajaba sus astas tristemente; el lobo se volvía más débil
que un cordero; los cascabeles de los danzantes moriscos repiqueteaban con
trémulos sones de terror. Los puritanos habían tomado una parte característica
en la mascarada del May-pole. Sus sombrías figuras mezclábanse a
las bizarras formas de sus enemigos, convirtiendo la escena en un cuadro de
actualidad semejante al despertar de la mente en medio de las fantasías
desparpajadas de un sueño. El jefe del bando hostil erguíase en el centro del
círculo, mientras el séquito de monstruos se inclinaba en torno suyo semejando
espíritus del mal en presencia de un mago temido. Ninguna farsa fantástica
podía continuarse en su presencia. Tan indomable se revelaba la energía de su
continente, que la figura entera, rostro cuerpo y ánima, parecía forjada en
hierro, toda de una pieza con el casco y la
armadura, aunque dotada de vida y pensamiento. ¡Era el puritano de los
puritanos; era Éndicott en persona!
—¡Detente, sacerdote de Baal!—dijo con torvo ceño y
colocando su mano irreverente en la sobrepelliz.—¡Te conozco, Bláckstone![36] Eres
el hombre que jamás pudo soportar disciplina alguna, ni siquiera la de tu
corrompida religión, y has venido aquí a predicar la iniquidad de que diste el
ejemplo con tu propia vida. Mas ahora se verá que el Señor ha santificado estos
lugares por medio de su pueblo escogido. ¡Anatema sobre los profanadores! ¡Y
ante todo, sobre esta abominación cubierta de flores, el altar de tu religión!—
Y con su cortante espada asaltó Éndicott el
venerado May-pole. No resistió el árbol por largo tiempo su
poderoso brazo. Gimió con tristes ecos; llovieron hojas y capullos sobre el
cruel exaltado; y cayó por último el estandarte de Merry Mount arrastrando sus
verdes ramas, cintas y flores, símbolo de placeres desvanecidos. A su caída,
cuenta la tradición, se puso el cielo más obscuro y enviaron los bosques
sombras más tétricas sobre aquellos lugares.
—¡Allí,—gritó Éndicott, mirando su obra con aire
triunfador,—allí yace el único May-pole de la Nueva
Inglaterra! Tengo la firme convicción de que su caída decidirá la suerte de los
livianos e indolentes sectarios de la alegría
durante nuestros días y los de toda nuestra posteridad. ¡Amén, dice John
Éndicott!
—¡Amén!—coreó su séquito.
Los adoradores del May-pole lanzaron
un gemido por su ídolo. A esta manifestación, el jefe puritano dirigió una
mirada a la cuadrilla de Como, en que cada figura, representación de la más
franca alegría llevaba en aquel momento la expresión de hondo abatimiento y
tristeza.
—Valiente capitán,—inquirió Péter Pálfrey, el más
anciano de la banda,—¿qué disposiciones se tomarán con respecto de los
prisioneros?
—No pensaba arrepentirme jamás de haber echado
abajo un May-pole y, no obstante encuentro ahora en mi corazón
que le plantaría de nuevo para procurar a todos estos paganos otra danza en
torno de su ídolo. ¡Hubiera servido perfectamente como poste de azotes!
—Hay bastantes pinos, sin embargo,—sugirió el
lugarteniente.
—Es verdad, buen anciano,—replicó el jefe.—De
consiguiente, atad a la condenada banda y procurad a cada uno de ellos una
pequeña ración de cardenales como adelanto de nuestra futura justicia. Colocad
luego en el cepo a algunos de esos villanos para que descansen hasta que la
Providencia los conduzca a una de nuestras bien organizadas colonias donde
podremos encontrar acomodo para todos. Después pensaremos en otros castigos,
como marcas de hierro candente o corte de las orejas.
—¿Cuántos azotes para el sacerdote?—preguntó el
anciano Pálfrey.
—Ninguno todavía,—respondió Éndicott, dirigiendo su
inflexible ceño hacia el reo.—El gran tribunal general determinará si los
azotes y larga prisión, acompañados de otras severas penas, serán expiación
suficiente por sus culpas. ¡Dejadle mirar dentro de sí mismo! Por violaciones
de orden civil podríamos sentir piedad, mas ¡ay de aquel que ataca nuestra
religión!
—Y el oso danzante, ¿compartirá también los azotes
de sus compañeros?—preguntó el oficial.
—¡Disparad vuestras armas en su cabeza!—exclamó el
enérgico puritano.—¡Sospecho algún maleficio en esta bestia!
—Aquí hay una resplandeciente pareja,—continuó
Péter Pálfrey, señalando con su arma al rey y la reina de Mayo.—Parecen ser de
alto rango entre estos malhechores. Pienso que su dignidad merece por lo menos
doble ración de azotes.—
Éndicott, apoyándose sobre su espada, miró
atentamente el atavío y el continente de la desventurada pareja. Estaban
pálidos, temerosos y abatidos; pero notábase en ellos cierto aire de mutuo
sostén y pura afección que daba y pedía aliento a la vez, que demostraba que
eran marido y mujer, con la sanción de un sacerdote en su amor. En el momento
del peligro arrojó el joven su dorado cetro, enlazando con su brazo a la reina
de Mayo que se reclinaba en su pecho, muy ligeramente para dejarle sentir
ningún peso, mas lo bastante para expresar que sus destinos estaban unidos para siempre, en la fortuna o en la
adversidad. Miráronse primero uno a otro y luego enderezaron la vista a la
torva faz del capitán. Así transcurría la primera hora de sus bodas, mientras
los vanos placeres de que sus compañeros eran el emblema se trocaban en las
arduas dificultades de la vida, personificadas en los sombríos puritanos. Mas
nunca se había revelado su juvenil belleza tan elevada y tan pura como cuando
su esplendor se abrillantaba con el infortunio.
—¡Joven,—dijo Éndicott,—te encuentras en momentos
difíciles, tanto tú como la doncella que es tu esposa. Estad preparados; porque
imagino que tendréis motivo para recordar el día de vuestras nupcias!
—¡Hombre inflexible!—exclamó el rey de Mayo,—¿cómo
podré conmoverte? Si tuviera los medios, resistiría hasta la muerte, pero
encontrándome impotente, me rindo a tu voluntad. ¡Haz de mí lo que quieras,
pero deja marchar ilesa a Édith!
—De ningún modo,—replicó el cruel fanático.—No
hemos de mostrar, ciertamente, vana cortesía hacia un sexo que requiere la más
estricta disciplina. ¿Qué dices, doncella? ¿Sufrirá tu dulce esposo tu parte de
penas además de la suya propia?
—¡Así sea la muerte, aplicadlas todas sobre mi
cabeza!—exclamó Édith.
En verdad, como decía Éndicott, encontrábanse los
pobres amantes en terrible situación. Sus enemigos triunfaban, sus amigos
estaban prisioneros y abatidos, su hogar desolado, obscura soledad les rodeaba
y un destino riguroso encarnado en el jefe
puritano, era todo lo que tenían que esperar. Sin embargo, ni aun la noche que
avanzaba pudo disimular que el hombre de hierro se había suavizado: sonrió al
dulce espectáculo del primer amor; y casi suspiró por el inevitable fracaso de
sus bellas esperanzas.
—Las penas de la vida han venido muy temprano para
esta joven pareja—observó Endicott.—Veremos cómo se manejan en su desgracia
actual, antes de que les impongamos mayores sufrimientos. Si podéis encontrar
en el botín vestiduras más decentes, hacedlas poner a este rey de Mayo y a su
dama, en lugar de su brillante y vana pompa. Ocupaos de ello, algunos de
vosotros.
—Y ¿no cortaremos el cabello al mozo?—preguntó
Péter Pálfrey, dirigiendo una mirada de odio a la coleta y a los largos y
sedosos bucles del mancebo.
—Cortádselo inmediatamente, dejándole la cabeza en
el verdadero estilo calabaza,—replicó el capitán.—Traedlos luego con nosotros,
pero con más suavidad que a sus compañeros. Hay ciertas cualidades en el
mancebo que pueden hacerle valiente en la lucha, sobrio en el trabajo y piadoso
en la oración; y otras en la doncella que la convertirán en una madre de
nuestro Israel, dando vida a hijos mejor educados de lo que ella ha sido. ¡No
imaginéis, jóvenes, que los más felices, aun en nuestra perecedera existencia,
son aquellos que la malgastan danzando en torno de un May-pole!—
Y Éndicott, el puritano más austero de todos lo que
fundaron los pétreos cimientos de la Nueva Inglaterra,
levantó la guirnalda de rosas del abatido May-pole y la arrojó
con su propia mano cubierta del guantelete sobre las cabezas reunidas del rey y
la reina de Mayo. Fué un acto simbólico. Del mismo modo que la tétrica moral
del universo destruye toda alegría sistemática, así había sucedido con su mansión
de apasionado regocijo, desolada ahora en medio de la triste selva. Jamás
volverían a habitarla. Pero, como su florida guirnalda había sido entretejida
con las rosas más bellas que allí crecían, así el lazo que les unía
representaba ahora más puras y mejores alegrías. Siguieron vía del cielo,
sosteniéndose en el áspero sendero que les tocó en lote atravesar, y jamás
dedicaron un sentimiento de pesar a las pompas desvanecidas de Merry Mount.
EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR
HÉIDEGGER
EL ANCIANO doctor Héidegger, hombre muy original,
invitó una vez a cuatro amigos suyos para que se reunieran en su estudio. Eran
tres caballeros de barba blanca: el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el
señor Gascoigne; y una ajada señora, la viuda Wycherly. Todos ellos eran viejos
y melancólicos personajes, que habían sufrido infortunios durante su vida, y
cuya mayor desgracia consistía en que no gozaban tiempo ha del reposo de la
tumba. El señor Médbourne había sido en el vigor de su edad un próspero
comerciante; mas perdió toda su fortuna en especulaciones arriesgadas y era por
entonces poco menos que un mendigo. El coronel Kílligrew había malgastado sus
mejores años, su salud y su energía en pecaminosos placeres que le produjeron
multitud de incomodidades, como la gota y otros varios tormentos de cuerpo y
alma. El señor Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, que le
había perseguido hasta que el tiempo le borró de la memoria de la presente
generación, haciéndole obscuro en vez de infame. En cuanto a la viuda Wycherly,
contaba la tradición que fué una belleza en sus días; mas había vivido largo
tiempo en profundo aislamiento a causa de ciertas
historias escandalosas que levantaron contra ella la opinión de la sociedad. Es
digna de mencionarse la circunstancia de que los tres viejos caballeros, el
señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne, habían sido en otro
tiempo pretendientes de la viuda Wycherly, y estuvieron una vez a punto de
cortarse el cuello por gozar del privilegio de su amor. Y antes de proseguir,
quiero también dejar apuntado que se susurraba que tanto el doctor Héidegger
como sus cuatro invitados se encontraban a veces algo fuera de sus cabales;
cosa no del todo sorprendente tratándose de personas ancianas atormentadas por
actuales sufrimientos o por angustiosas remembranzas.
—Mis antiguos y queridos amigos,—dijo el doctor
Héidegger, haciéndoles tomar asiento,—Deseo que me ayudéis en uno de los
pequeños experimentos con que acostumbro divertirme a solas en mi estudio.—
Si hemos de dar fe a la historia, el estudio del
doctor Héidegger era un sitio de los más curiosos: una obscura cámara,
amueblada a la antigua, festoneada de telarañas y cubierta de polvo desde
tiempo inmemorial. Apoyados contra el muro veíanse varios estantes de roble,
cuyos anaqueles inferiores estaban llenos de infolios gigantescos y libros
góticos en cuarto, mientras la parte superior guardaba los pequeños libros en
duodécimo con cubierta de pergamino. Sobre el estante central había un busto de
Hipócrates con el cual, según fuentes autorizadas, acostumbraba sostener
consultas el doctor Héidegger en todos los casos
difíciles de su profesión. En el rincón más obscuro del aposento, había un
armario de roble, alto y estrecho, a través de cuya entreabierta puerta se
divisaba confusamente un esqueleto. En el espacio comprendido entre dos
estantes pendía un espejo mostrando su alta y empolvada superficie dentro de un
deslustrado marco dorado. Entre muchas otras historias maravillosas que se
relataban acerca de este espejo, decíase que las almas de todos los pacientes
difuntos del doctor habitaban dentro de su vera, y se encaraban con él siempre
que miraba en aquella dirección. El lado opuesto de la cámara estaba decorado
con el retrato de cuerpo entero de una joven dama, vestida de raso, seda y
brocado en descolorida magnificencia, y con semblante tan pálido como su
atavío. Hacía medio siglo que el doctor Héidegger estuvo a punto de casarse con
la joven señora; mas sucedió que, afectada de ligero malestar, tomó una de las
recetas de su prometido y murió en la mañana de las bodas. Queda aún por
mencionar la principal curiosidad del estudio: un enorme infolio, encuadernado
en cuero negro y cerrado con pesados broches de plata. No llevaba letras en el
lomo y nadie podía decir el título de la obra. Pero sabíase perfectamente que
era un libro de magia, y una vez que lo cogió una camarera, simplemente con la
idea de quitarle el polvo, el esqueleto se removió en su armario, el retrato de
la dama colocó un pie sobre el pavimento y varios rostros de fantasmas asomaron
en el espejo; en tanto que la bronceada cabeza de
Hipócrates fruncía el ceño y decía: “¡Detente!”
Tal era el estudio del doctor Héidegger. En la
tarde de estío a que se refiere nuestra historia, había una pequeña mesa
redonda, negra como el ébano, en el centro de la habitación, sosteniendo un
ánfora de cristal cortado, de bella forma y delicado trabajo. Los rayos del sol
penetraban a través de la ventana, entre los pesados festones de dos cortinas
de damasco descolorido, y caían discretamente sobre el ánfora; de manera que un
suave resplandor se reflejaba en los cenicientos rostros de los cinco viejos reunidos
en torno. También había cuatro copas de champaña sobre la mesa.
—Mis antiguos y queridos amigos,—repitió el doctor
Héidegger,—¿puedo confiar en vuestra cooperación para realizar un experimento
extremadamente singular?—
Hay que advertir que el doctor Héidegger era un
viejo caballero muy original, cuyas excentricidades habían llegado a ser la
base de mil fantásticas historias. Es posible que algunas de estas invenciones,
dicho sea para vergüenza mía, puedan remontarse hasta mi propia y verídica
persona; de modo que, si algunos pasajes de este cuento chocan con la
credulidad del lector, soportaré gustosamente el estigma de novelero.
Cuando los cuatro visitantes oyeron hablar al
doctor de su famoso experimento, no imaginaron maravilla mayor que la muerte de
un ratón por medio de alguna bomba neumática, el examen de cualquier
basura en el microscopio, o alguna otra tontería por el estilo, con las que
tenía el hábito de importunar a sus amigos. Mas, sin aguardar respuesta, el
doctor Héidegger atravesó renqueando la habitación y volvió con aquel enorme
infolio encuadernado en cuero negro, que la opinión general declaraba ser un
libro de magia. Desabrochando las plateadas cerraduras, abrió el volumen y sacó
de entre sus góticas páginas una rosa o lo que fué alguna vez una rosa, pues
que entonces las verdes hojas y pétalos de púrpura habían adquirido un tono
parduzco, y la flor entera parecía a punto de convertirse en polvo entre las
manos del doctor.
—Esta rosa,—explicó suspirando el doctor
Héidegger,—esta misma rosa que veis aquí marchita y casi deshecha, floreció
hace cincuenta y cinco años. Me la dio Silvia Ward, cuyo retrato pende allí; y
yo pensaba llevarla sobre el pecho el día de nuestras bodas. Cincuenta y cinco
años la he conservado como un tesoro entre las páginas de este viejo libro.
Ahora bien; ¿creeríais posible que esta rosa de medio siglo pudiera revivir
alguna vez?
—¡Qué ocurrencia!—exclamó la viuda Wycherly con un
impertinente movimiento de cabeza.—¡Podríais preguntar igualmente si un rostro
arrugado de vieja puede rejuvenecerse alguna vez!
—¡Mirad!—respondió el doctor Héidegger.
Descubrió el ánfora y echó la rosa seca en el agua
que allí había. Al principio se mantuvo la flor en la superficie, sin absorber
nada de humedad, al parecer. Pronto, sin embargo,
pudo notarse un cambio singular. Los arrugados y secos pétalos se agitaron,
adquiriendo un tinte carmesí más vivo, como si la flor despertara de algún
sueño mortal; el esbelto tallo y las ramitas de follaje tomaron tonos verdes; y
por último la rosa de medio siglo atrás apareció tan lozana y fresca como
cuando Silvia Ward la obsequió a su prometido. Apenas si lucía completamente
abierta; pues algunas de sus delicadas hojas encarnadas apretábanse todavía
modestamente sobre su húmedo seno, donde brillaban dos o tres gotas de rocío.
—Es ciertamente una linda ilusión óptica—dijeron
descuidadamente los amigos del doctor, pues habían presenciado mayores milagros
en espectáculos de prestidigitación;—haced el favor de mostrarnos de qué manera
se realiza.
—¿Habéis oído hablar alguna vez de la Fuente
de la Juventud?—preguntó el doctor Héidegger,—aquélla que fué a buscar
Ponce de León, el aventurero español, hará dos o tres centurias?
—Pero ¿la encontró al fin Ponce de León?—preguntó
la viuda Wycherly.
—No,—respondió el doctor Héidegger,—porque nunca la
buscó en su verdadero sitio. La Fuente de la Juventud, si estoy bien informado,
se encuentra situada en la parte meridional de la península de la Florida, no
lejos del lago Macaco. Su manantial está sombreado por varias magnolias
gigantescas, que aun cuando cuentan innumerables siglos se conservan tan
frescas como violetas por la virtud de esta agua maravillosa. Un amigo mío, conociendo mi afición a esta clase de estudios,
me ha enviado la que veis en aquel vaso.
—¡Ejem!—murmuró el coronel Kílligrew, que no creía
una palabra de la historia del doctor;—y ¿cuál sería el efecto de este líquido
en la naturaleza humana?
—Podéis juzgarlo por vos mismo, mi querido
coronel—replicó el doctor Héidegger,—y vosotros todos, mis respetados amigos,
sois los bienvenidos para beber de este líquido maravilloso la cantidad
necesaria para devolveros el brillo de la juventud. Por mi parte, he tenido
tantos disgustos antes de envejecer, que no tengo prisa de volverme joven otra
vez. Con vuestro permiso, observaré solamente los progresos del experimento.—
Mientras hablaba, llenaba el doctor Héidegger las
cuatro copas de champaña con el agua de la fuente de la juventud. Parecía
impregnada de algún gas efervescente, porque continuamente ascendían pequeñas
burbujas desde el fondo de los vasos y estallaban en plateado rocío en la
superficie. Como el líquido difundía agradable perfume, los viejos personajes
no vacilaron en creer que poseyera propiedades cordiales y reconfortantes y,
aun cuando escépticos con respecto a su poder rejuvenecedor, sentíanse inclinados
a beberlo inmediatamente. Pero el doctor Héidegger les detuvo por un momento.
—Antes de que bebáis, mis respetables y antiguos
amigos,—dijo,—sería conveniente que, con la experiencia que habéis adquirido
durante vuestra vida, adoptarais algunas reglas generales de conducta al afrontar por segunda vez los peligros de la
juventud. ¡Pensad que sería un crimen y una vergüenza si, con las ventajas
especiales de que vais a disfrutar, no fuerais modelo de virtud y de sabiduría
para todos los jóvenes de vuestra edad!—
Los cuatro venerables amigos del doctor sólo
respondieron con una débil y trémula carcajada; tan ridícula les pareció la
idea de que, conociendo cuán próximo sigue el arrepentimiento las huellas del
error, hubieran de extraviarse nuevamente.
—Bebed entonces,—dijo el doctor inclinándose.—Me
regocijo de haber elegido con tanta discreción los sujetos para mi
experimento.—
Con temblorosas manos levantaron las copas hasta
sus labios. Si el licor poseía en realidad las virtudes que le atribuía el
doctor Héidegger, no podía emplearse en cuatro seres humanos que lo necesitaran
más lastimosamente.
Parecía que nunca hubieran tenido juventud ni
placeres, que hubieran sido un producto anormal de la naturaleza, siempre las
mismas criaturas grises, decrépitas y sin savia que se encontraban en derredor
de la mesa del doctor, tan yertas de cuerpo y alma que ni siquiera sentían
entusiasmo ante la idea de rejuvenecer. Bebieron el agua y colocaron de nuevo
los vasos sobre la mesa.
Indudablemente pudo notarse al punto cierta
animación en el aspecto de los invitados; algo así como el efecto producido por
un vaso de vino generoso, con un resplandor de claridad repentina que irradiaba
en los cuatro rostros a la par. Apareció un sonrosado de salud en sus mejillas,
reemplazando la palidez terrosa que les hacía
asemejarse a un cadáver. Miráronse unos a otros, imaginando que algún mágico
poder principiaba a borrar en realidad la honda y triste huella que el Tiempo
había grabado desde muy atrás en su entrecejo. La viuda Wycherly arregló su
capota, casi sintiéndose mujer de nuevo.
—¡Dadnos un poco más de esta agua
maravillosa!—exclamaron ansiosamente.—Hemos comenzado a rejuvenecer, pero
estamos todavía demasiado viejos. ¡Pronto, dadnos un poco más!
—¡Paciencia, paciencia!—dijo el doctor Héidegger
que, sentado, observaba los efectos del experimento con filosófica
frialdad.—Habéis puesto largo tiempo para haceros viejos. No dudo que os
contentaréis con rejuvenecer en una hora. ¡Sin embargo, el agua está a vuestra
disposición!—
Llenó las copas nuevamente con el licor de la
juventud, del cual quedaba lo bastante en el recipiente para volver tan jóvenes
como sus nietos a la mitad de los viejos de la ciudad. Mientras estallaban aún
las burbujas en el borde, los cuatro invitados del doctor se apoderaron de los
vasos y bebieron el contenido de un solo sorbo. ¿Era ilusión acaso? No bien
acababa de pasar el líquido por su garganta cuando pareció presentarse un
cambio en toda su naturaleza. Tornáronse sus ojos claros y brillantes; una sombra
obscura se extendió sobre sus plateados rizos; y se encontraron reunidos en
torno de la mesa del doctor Héidegger tres caballeros de mediana edad y una
dama salida apenas de la primera juventud.
—¡Mi querida viuda, estáis encantadora!—exclamó el
coronel Kílligrew que había conservado la mirada fija sobre el rostro de la
señora, mientras las sombras de la edad se desvanecían como la obscuridad ante
la aurora de un nuevo día.
La hermosa viuda sabía desde largo tiempo atrás que
los elogios del coronel Kílligrew no siempre se basaban en la estricta verdad;
así, saltando de su asiento se abalanzó al espejo, temiendo aún que sus miradas
tropezaran con el feo rostro de una mujer de edad. Entretanto los tres
caballeros se comportaban de manera tal que daba lugar a creer que el agua de
la fuente de la juventud poseía ciertas cualidades espirituosas; a menos que la
exaltación de sus ideas fuera simplemente el alegre desvanecimiento producido
por la súbita desaparición del peso de los años. La imaginación del señor
Gascoigne parecía encaminarse a tópicos políticos; mas no era fácil determinar
si sus elucubraciones se referían al pasado, al presente o al futuro, pues que
las mismas ideas e idénticas frases habían estado en boga durante los últimos
cincuenta años. Ya enunciaba a plena voz proposiciones sobre el patriotismo, la
gloria nacional y los derechos del pueblo; ya musitaba algunos planes atrevidos
en receloso y taimado murmullo, tan cautelosamente que ni siquiera su propia
conciencia llegara a apoderarse del secreto; o expresábase de nuevo con acento
mesurado y docta entonación de orador, como si oídos reales escucharan los bien
redondeados períodos de su arenga. El coronel Kílligrew entonaba al mismo
tiempo una alegre canción báquica, tamborileando en
su vaso el compás del coro, mientras sus ojos vagaban sobre el risueño
semblante de la viuda Wycherly. Al otro lado de la mesa el señor Médbourne
sumíase en profundos cálculos de dólares y centavos, que tenían que ver
particularmente con un proyecto para proveer de hielo a las Indias Orientales o
equipar un tiro de ballenas para los témpanos polares.
En cuanto a la viuda Wycherly, permanecía frente al
espejo haciendo monadas y cortesías a su propia imagen y saludándola como al
amigo más amado que existía en el mundo para ella. Acercó su rostro muy junto
al espejo para observar si la pata de gallo y las importunas arrugas marcadas
largo tiempo atrás habían desaparecido verdaderamente. Examinó si la nieve de
sus cabellos habíase fundido por completo y si podría echar atrás su capota con
entera seguridad. Al fin, volviéndose alegremente, avanzó hacia la mesa en una
especie de paso de baile.
—¡Mi viejo y querido doctor!—exclamó,—¡por favor,
brindadme otro vaso!
—¡Ciertamente, mi querida señora,
ciertamente!—replicó el complaciente doctor.—¡Mirad! Ya tenía los vasos
llenos.—
En efecto, los cuatro vasos aparecían llenos hasta
el borde de aquella agua maravillosa, cuyo delicado rocío, efervescente en la
superficie, semejaba el trémulo chispear de diamantes. Estaba ya tan próximo el
ocaso que la habitación se hallaba más sombría que nunca; pero un resplandor
suave, análogo al de la luna, emanaba de la gran
ánfora, reposándose por igual sobre los cuatro invitados y sobre la figura
venerable del médico. Sentóse éste en un sillón de roble, de alto respaldar y
primorosamente tallado, con tal aire de antigua majestad que habría podido
caracterizar al Tiempo, cuyo poder jamás había sido discutido, salvo por esta
afortunada tertulia. A pesar de que bebían ansiosamente en aquel momento la
tercera copa del licor de la fuente de la juventud, sintiéronse casi
atemorizados por la misteriosa expresión de la fisonomía del doctor Héidegger.
Pero pronto la alegre efusión de la juventud cundió
por sus venas. Hallábanse ahora en la dichosa adolescencia. Recordaban la
vejez, con su séquito miserable de preocupaciones, sufrimientos y enfermedades,
tan sólo como un sueño desagradable del cual acababan de despertar alegremente.
La frescura de alma, perdida tan temprano, y sin la cual las escenas sucesivas
de la vida eran únicamente una colección de cuadros descoloridos, prestaba otra
vez su encanto al porvenir. Sintiéronse como seres nuevos creados en un
universo nuevo.
—¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes!—exclamaban en su
éxtasis.
La juventud, al igual que la vejez, borraba los
caracteres fuertemente marcados de la edad mediana y asimilaba mutuamente a
todos aquellos personajes. Era un grupo de muchachos alegres, casi enloquecidos
con el regocijo exuberante de sus pocos años. El efecto más singular de su
alegría era el impulso de mofarse de las
enfermedades y la decrepitud de que habían sido víctimas hasta hacía pocos
instantes. Reían locamente de su extravagante atavío, de las chaquetas de
amplios faldones y los chalecos flotantes de los jóvenes, y de la antigua
capota y vestimenta exótica de la deslumbrante señora. Uno de ellos púsose a
cojear alrededor del cuarto como un abuelo gotoso; otro colocó en su nariz un
par de gafas, pretendiendo descifrar las góticas páginas del libro de magia; el
tercero tomó asiento en una gran silla de brazos y procuraba imitar la
venerable dignidad del doctor Héidegger. Todos alborotaban regocijadamente,
saltando en torno de la habitación. La viuda Wycherly (si una damisela tan
fresca podía llamarse viuda) se acercó bailando ágilmente hasta la silla del
doctor, con el sonrosado rostro brillando de maliciosa alegría.
—¡Doctor, viejo y querido corazón mío, levantaos y
danzad conmigo!—exclamó. Y entonces los cuatro jóvenes rieron más
estrepitosamente que nunca al pensar en la extravagante figura que haría el
pobre viejo doctor.
—Os ruego dispensarme,—respondió el doctor
tranquilamente.—Estoy viejo y reumático y mi tiempo de bailar concluyó muchos
años ha. Pero cualquiera de estos jóvenes será muy feliz de tener tan linda
pareja.
—¡Bailad conmigo, Clara!—gritó el coronel
Kílligrew.
—¡No, no; yo seré su compañero!—profirió el señor
Gascoigne.
—¡Fuí su prometido hace cincuenta años!—exclamó el
señor Médbourne.
Todos se agruparon en torno de ella. Uno cogió sus
dos manos con impulso apasionado; otro pasó el brazo en derredor de su talle;
el tercero hundió la mano entre los sedosos rizos que asomaban debajo de la
capota de la dama. Sonrosada, palpitante, luchando, riñendo, riendo y lanzando
por turno su aliento ardoroso en la faz de cada uno de los pretendientes, hacía
ella ademán de desprenderse, mas sin llegar a librarse del triple abrazo. Nunca
se había presenciado cuadro más vivo de rivalidad juvenil con hermosura tan
hechicera como galardón. Sin embargo, por extraña ilusión, debida a la
obscuridad de la cámara y a los antiguos vestidos que aun llevaban los
invitados, se dice que el gran espejo reflejaba la figura de los tres ancianos,
canosos y ajados abuelos, contendiendo por la fealdad angulosa de una vieja
encogida y arrugada.
Pero eran jóvenes: por lo menos sus pasiones lo
demostraban. Inflamados hasta la locura por la coquetería de la damisela viuda
que no otorgaba ni rehusaba por completo sus favores, los tres rivales
comenzaron a cruzar amenazadoras miradas. Sujetando con una mano el anhelado
galardón, echaron la otra mutuamente a sus gargantas, llenos de rencor.
Mientras luchaban aquí y allá, cayó la mesa, destrozándose el vaso en mil
fragmentos. La preciosa agua de la juventud corrió en brillante arroyo sobre el
pavimento, humedeciendo las alas de una mariposa, envejecida al declinar del
verano y que había venido a morir allí. El insecto
voló ligeramente a través de la habitación y fué a colocarse en la nevada
cabeza del doctor Héidegger.
—¡Venid, venid, caballeros! ¡Venid Madame
Wycherly,—exclamó el doctor.—Tengo que protestar seriamente de este tumulto.—
Aquietáronse y se estremecieron; porque parecía que
el Tiempo gris les llamara haciéndoles retroceder de su luminosa juventud, muy
lejos, hasta el helado y obscuro valle de los años. Miraron al doctor
Héidegger, quien tomó asiento en su tallado sillón, sosteniendo la rosa de
medio siglo que había recogido entre los fragmentos del estrellado vaso. A un
movimiento de su mano, los cuatro revoltosos asumieron sus asientos a la mayor
brevedad, pues su violento ejercicio habíales fatigado en extremo, a pesar de la
juventud de que creían disfrutar.
—¡Mi pobre rosa de Silvia!—exclamó el doctor
Héidegger, exponiéndola a la luz de las nubes del poniente;—parece que se
marchita otra vez.—
Y así era en verdad. Bajo las miradas de la reunión
continuó ajándose la flor hasta que apareció tan seca y frágil como cuando el
doctor la había arrojado en el vaso. Sacudió el anciano las pocas gotas de
rocío que aun pendían de sus pétalos.
—La amo tanto ahora como en su húmeda
frescura,—observó el doctor, oprimiendo la marchita rosa contra sus labios
ajados. Mientras hablaba, la mariposa voló otra vez de su nevada cabeza y cayó
sobre el pavimento.
Los invitados se estremecieron de nuevo. Una
frialdad extraña, que no sabían si atribuir al cuerpo o
al espíritu, apoderábase de ellos gradualmente. Se miraron unos a otros e
imaginaron que cada minuto que se escapaba arrebatábales un encanto, y dejaba
en su semblante surcos más profundos donde nada se notaba en el momento
precedente. ¿Era acaso una ilusión? ¿El cambio de una vida entera limitábase a
tan breve espacio, y eran ya sólo cuatro ancianos sentados con su viejo amigo,
el doctor Héidegger?
—¿Nos volvemos viejos tan pronto, otra
vez?—exclamaron dolorosamente.
Así era en realidad. El agua de la juventud poseía
solamente virtudes más pasajeras que las del vino. El delirio que creaba había
desaparecido. ¡Sí! Eran viejos otra vez. Con impulso repentino, que demostraba
que era aún mujer, la viuda oprimió sus flacas manos contra su semblante,
deseando que la tapa del ataúd cayera sobre ella, ya que no podía volver a ser
hermosa.
—Sí, amigos míos; sois viejos otra vez,—dijo el
doctor Héidegger:—y ¡ay! el agua de la juventud se ha derramado toda por el
suelo. Bien; no lo lamentaré; pues aun cuando la fuente brotara en los mismos
umbrales de mi puerta, mis labios no la habrían de tocar; no, aunque el delirio
que produjera durase años en vez de algunos instantes. ¡Ésta es la lección que
me habéis enseñado!—
Pero los cuatro amigos del doctor no aprovecharon
para sí la lección. Resolvieron organizar una peregrinación a la Florida y
beber mañana, tarde y noche de la Fuente de la Juventud.
LEYENDAS DE LA CASA PROVINCIAL
I
LA MASCARADA DE HOWE
VAGANDO por la calle de Wáshington una tarde del
verano pasado, atrajo mis miradas una muestra de hotel que asomaba de un
estrecho zaguán abovedado casi en frente de la antigua iglesia del Sur. La
muestra representaba la fachada de un soberbio edificio designado con el nombre
de “Antigua Casa Provincial, al cuidado de Thomas Waite.” Me sentí satisfecho
de recordar así el propósito, que abrigaba largo tiempo, de visitar y recorrer
la mansión de los antiguos gobernadores reales de Massachusetts; y penetrando
en el pasillo abovedado que se extendía en medio de una hilera de tiendas de
ladrillo, unos cuantos pasos me transportaron desde el bullicioso centro del
moderno Boston hasta un patiocillo pequeño y silencioso. Un lado de este
espacio estaba ocupado por la fachada cuadrada de la casa provincial, de tres
pisos, y coronada de una cúpula en cuya cima podía distinguirse un indio
dorado, con su arco tendido y una flecha en la cuerda, apuntando al gallo de la
veleta colocada en el chapitel de la Iglesia del Sur. Esta figura conservaba la misma actitud hacía setenta años o quizá más, desde
el tiempo en que el buen decano Drowne, un diestro escultor en maderas, la
colocó por primera vez en su larga vigilia de centinela sobre la ciudad.
La casa provincial es una construcción de ladrillo
que parece haber recibido últimamente una capa de pintura de color claro. Una
escalinata de rojos peldaños de piedra blanda y arenosa, y ornada de una
balaustrada de hierro curiosamente cincelada, asciende desde el patio hasta el
hermoso vestíbulo alrededor del cual se extiende una galería con barandilla de
hierro de idéntico modelo y labor a la que se encuentra abajo. Entre los
dibujos de hierro de la galería se ven forjadas las siguientes letras y cifras:
“16 P. S. 79,” que indican probablemente la fecha en que se construyó el
edificio y las iniciales del nombre de su fundador. Una ancha puerta de dos
hojas me franqueó la entrada al vestíbulo o salón, a la derecha del cual se
encuentra la entrada al despacho de licores.
En este salón, presumo, es donde los antiguos
gobernadores celebraban sus recepciones con pompa casi regia, rodeados de los
militares, consejeros, jueces y otros oficiales de la corona, mientras todos
los leales de la provincia se reunían en honor suyo. Pero esta habitación no
puede presumir siquiera de antigua magnificencia en sus condiciones actuales.
Los artesones de la ensambladura están cubiertos de barniz obscuro, adquiriendo
tonos aun más opacos por la sombra profunda que arrojan sobre la casa provincial
las construcciones de ladrillo de la calle de
Wáshington que la circundan. Jamás un rayo de sol ilumina esta mansión, donde
tampoco luce ya el resplandor de las antorchas de los saraos, extinguidas desde
la época de la revolución. El objeto más antiguo y decorativo que allí se encuentra
es una chimenea formada de placas de porcelana azul holandesa, con figuras
representando escenas de la Escritura; y por cuanto yo me sé, las damas de
Pównall o Bérnard debían ocupar allí su sitio junto al fuego, mientras referían
a sus hijos la historia de cada una de las azules placas de porcelana. Una
cantina de estilo moderno, bien surtida de recipientes, botellas, cajas de
cigarros y bolsas de malla para los limones, y provista de un receptáculo de
cerveza y de una fuente de soda, se extiende en toda la longitud de uno de los
costados de la habitación. Cuando entré, un viejo personaje chasqueaba los
labios en forma tal que me hizo comprender que los salones de la Casa
Provincial contienen todavía buenos licores, aun cuando indudablemente de
distintos viñedos de los que acostumbraban surtirse los antiguos gobernadores.
Después de saborear un vaso de sangría preparado por las diestras manos de Mr.
Thomas Waite, traté de que el digno sucesor y representante de tantos personajes
históricos me guiara a través de la mansión, tan venerada en otro tiempo.
Satisfizo mis deseos prontamente; mas, a decir
verdad, tuve que poner en juego enérgicamente mi imaginación para encontrar
algo de interesante en una casa que, despojada de sus recuerdos históricos,
tiene solamente el aspecto de una taberna favorecida de
ordinario por la clientela de los habitantes acomodados de la ciudad, y de los
gentilhombres rurales de la antigua escuela. Las habitaciones, vastas
probablemente en otro tiempo, están divididas en secciones que se subdividen en
pequeños cuartuchos, que ofrecen apenas el espacio necesario para el angosto
lecho, silla y mesa tocador de un solo ocupante. A pesar de todo, la gran
escalera puede calificarse sin hipérbole una ostentación de grandeza y
magnificencia. Sube en espiral por el centro de la casa, en series de anchos
peldaños, que terminan en un vestíbulo cuadrado, desde donde continúa la
ascensión hasta la cúpula. Una barandilla cincelada, pintada de nuevo en los
pisos inferiores, pero que va volviéndose más sucia y desteñida conforme se
asciende, bordea la escalinata de arriba abajo con lindas columnas
primorosamente labradas y entrelazadas. Las botas militares y quizá los anchos
zapatones de algunos gobernadores gotosos hollaron esta escalera cuando los
habitantes de la casa subían a la cúpula, que tan vasto panorama ofrecía sobre
su metrópoli y sobre toda la comarca circunvecina. La cúpula es un recinto
octógono con varias ventanas y una puerta que abre sobre el techo. Desde este
mismo sitio, según me complacía yo en imaginar, pudo Gage contemplar, a menos
que alguna de las tres montañas se lo impidiese, su desastrosa batalla de
Búnker Hill; y Howe apercibió quizá la aproximación del ejército sitiador de
Wáshington, aunque los edificios construídos después en los alrededores han
ocultado casi todo el paisaje, salvo el campanario de
la Iglesia del Sur, que parece estar dentro del alcance de los brazos.
Descendiendo de la cúpula, detúveme en los desvanes para observar la ponderosa
armazón de roble blanco mucho más pesada que la de los edificios modernos y semejando
un antiguo esqueleto. Los muros de ladrillo, material importado de Holanda, y
el maderaje de la casa se conservan tan enteros como antes; pero, debido a los
arruinados pavimentos y a otras partes destruidas del interior, se piensa
aprovechar el conjunto y construir un nuevo edificio dentro del molde de la
antigua estructura y obra de albañilería. Entre otros inconvenientes de la
actual construcción, mi hostelero hizo mención de que cualquier choque o
sacudimiento podía echar abajo el polvo de las edades desde el techo de una
habitación hasta el pavimento de la que se encontraba debajo.
Desde la gran ventana de la fachada nos dirigimos a
los balcones donde los representantes del rey acostumbraban sin duda en otro
tiempo presentarse al pueblo leal, requiriendo los aplausos y el ondular de los
sombreros, con majestuosas venias de su magnífica persona. En aquellos días la
fachada de la casa provincial daba sobre la calle; y todo el sitio ocupado
ahora por la hilera de tiendas de ladrillo y por el patio se encontraba
entonces dividido en cuadros de césped, sombreados de árboles y bordeados de un
cerco de hierro cincelado. Ahora, el antiguo edificio aristocrático oculta su
faz roída por el tiempo detrás de una advenediza construcción moderna; hasta
pude observar en una ventana del fondo algunas lindas obreras cosiendo,
charlando y riendo mientras lanzaban de vez en cuando alguna indolente mirada a
los balcones. Descendiendo de allí, entramos nuevamente en la cantina, donde el
viejo caballero arriba mencionado, cuyo chasquido de labios decía tan favorablemente
de los buenos licores de Mr. Waite, continuaba todavía regodeándose en su
sillón. Aparentaba ser algún huésped o visitante ordinario de la casa, que
tenía cuenta abierta en la cantina, su silla de verano cerca de la ventana
abierta y su conocido rincón de invierno al lado del fuego. Como era de aspecto
sociable, me aventuré a dirigirme a él con una observación calculada para
despertar reminiscencias históricas, si por acaso existían en su mente; y
complacióme mucho descubrir que, entre recuerdos propios y tradiciones, el
viejo caballero conocía en realidad historias muy divertidas acerca de la casa
provincial. La parte más interesante de su conversación esbozó las líneas
principales de la siguiente leyenda. Aseguraba tenerla por referencias de un
testigo ocular; pero la derivación natural, unida al lapso de tiempo
transcurrido, debe haber dejado gran oportunidad para diferencias en la
narración; de manera que, desesperando de obtener verdad literal y absoluta, no
he tenido escrúpulo alguno en hacer los cambios más conducentes para delectación
y beneficio del lector.
En una de las recepciones dadas en la casa
provincial, durante el último período del sitio de Boston, tuvo lugar un
incidente que jamás ha podido explicarse
satisfactoriamente. Los oficiales del ejército inglés y los leales habitantes
de la provincia, elegidos en su mayor parte entre los bloqueados de la ciudad,
habían sido invitados a un baile de máscaras; pues la diplomacia de Sir Wílliam
Howe consistía en ocultar lo angustioso y expuesto de aquellos momentos y la
condición desesperada del sitio, bajo la pompa desplegada en los saraos. El
espectáculo de aquella noche, si ha de creerse a los miembros más ancianos del
círculo de la corte provincial, era la fiesta más alegre y fastuosa que se
registraba en los anales del gobierno. Los salones, brillantemente iluminados,
estaban llenos de figuras que parecían desprendidas del obscuro lienzo de los
retratos históricos, brotadas de las mágicas páginas del romance o escapadas,
por lo menos, de algún teatro de Londres, sin tiempo para haber cambiado su
atavío. Caballeros de la conquista, cubiertos de acero; barbados estadistas de
la reina Elízabeth y damas de su corte con vestidos de altos volantes
alternaban con personajes de comedia, como algún pintarrajado Merry Ándrew
removiendo su gorro y cascabeles; algún Fálstaff casi tan cómico como su
prototipo; o algún Don Quijote con una rama de judías en vez de lanza y una
cobertera de olla en lugar de escudo.
Pero el mayor regocijo provenía de un grupo de
figuras ridículamente vestidas de uniformes viejos, que parecían comprados en
alguna feria de andrajos militares o hurtados de algún receptáculo de desechos
del ejército tanto inglés como francés. Ciertas prendas de aquella vestimenta
habríanse llevado con toda probabilidad en el sitio
de Loúisburg, mientras las chaquetas de corte más moderno podían suponerse
desgarradas y hechas jirones por las espadas, balas y bayonetas usadas en la
época de la victoria de Wolfe. Uno de aquellos héroes, de figura alta y
escuálida, blandiendo una mohosa espada de enorme longitud, pretendía ser nada
menos que el general George Wáshington; y los demás altos oficiales del
ejército americano, como Gates, Lee, Pútnam, Schúyler, Ward y Heath, aparecían
representados por espantajos semejantes. Una entrevista entre los guerreros
rebeldes y el general en jefe inglés, forjada en el mismo estilo burlesco, fué
recibida con inmenso aplauso, más estrepitoso aún de parte de los leales de la
colonia. Uno de los invitados, sin embargo, manteníase aparte mirando estas
bufonerías con austero desdén y frunciendo de vez en cuando el ceño con amarga
sonrisa.
Era un anciano de gran reputación y alta clase en
otro tiempo en la provincia, y que había sido soldado famoso en sus días. Se
demostraba cierta sorpresa de que una persona como el coronel Jóliffe, cuyos
principios conservadores eran bien conocidos, aunque demasiado viejo entonces
para tomar parte activa en la lucha, hubiera permanecido en Boston durante el
sitio, y particularmente hubiera consentido en presentarse en la morada de Sir
Wílliam Howe. Pero había venido, sin embargo, trayendo del brazo a una hermosa
joven nieta suya; y erguía allí su austera figura entre el regocijo y la
bufonería, caracterizando su tipo mejor que ningún
otro en la mascarada, pues que encarnaba admirablemente el antiguo espíritu de
su tierra natal. Los demás invitados afirmaban que el torvo ceño puritano del
coronel Jóliffe arrojaba sombras a su alrededor; aun cuando, a despecho de esta
nefasta influencia, la alegría rayaba cada vez más alto, semejando (¡siniestra
comparación!) el brillo falaz de una lámpara que arroja sus últimos destellos.
Haría más de media hora que el reloj de la Iglesia del Sur había dado once
campanadas, cuando comenzó a circular entre la sociedad el rumor de que iba a
ofrecerse un nuevo espectáculo o exhibición que cerraría de manera digna el
espléndido festival de aquella noche.
—¿Qué nueva y jocosa invención trae vuecencia entre
manos?—interrogó el reverendo Máther Byles, cuyos escrúpulos de ministro no
habían sido suficientes para mantenerle alejado de la fiesta.—Creedme, señor,
he reído ya más de lo que conviene a mi traje con vuestra homérica plática con
el harapiento general de los rebeldes. Otro acceso de alegría semejante, y me
veré obligado a despojarme de mi peluca y mi banda de clérigo.
—No tal, mi buen doctor Byles,—repuso Sir Wílliam
Howe;—si el regocijo fuera un crimen, nunca habríais alcanzado el grado de
doctor en teología. En cuanto a la nueva bufonada, no estoy más adelantado que
vos mismo; quizá ni siquiera al mismo grado. Vamos, doctor, confesadlo, ¿no
habéis incitado la austera imaginación de algunos de vuestros compatriotas para
producir una escena de nuestra mascarada?
—Quizá,—hizo observar maliciosamente la nieta del
coronel Jóliffe, cuyo elevado espíritu sentíase indignado por tantas burlas
contra la Nueva Inglaterra;—quizá si tendremos una cuadrilla de figuras
alegóricas. La Victoria, con los trofeos de Léxington y Búnker Hill; la
Prosperidad, con su cuerno superabundante, para representar el actual bienestar
de nuestra buena ciudad; y la Gloria, brindando una corona para las sienes de
vuecencia.—
Sir Wílliam Howe sonrió a estas palabras, a las
cuales habría respondido con su ceño más sombrío, a ser pronunciadas por labios
bigotudos. Vióse libre de la necesidad de replicar por una singular
interrupción. Escucháronse ecos de música fuera de la casa, como si procedieran
de alguna banda militar completa, estacionada en la calle y tocando una lenta
marcha fúnebre, en vez de los alegres sones requeridos por las circunstancias.
Parecía que los tambores estuvieran ensordecidos y que las trompetas exhalaran gemidos,
de manera que tales ecos apagaron inmediatamente el regocijo del auditorio,
llenando a todos de sorpresa y a muchos de aprensión. Ocurrió a varios de los
circunstantes la idea de que el cortejo de las exequias de algún elevado
personaje se había detenido a las puertas de la casa provincial, o también que
algún suntuoso ataúd, cubierto de terciopelo y lujosamente decorado, estaba a
punto de ser sacado por el portal. Después de escuchar por un momento, llamó
Sir Wílliam Howe con áspera entonación al director de orquesta que antes había
animado la fiesta con alegres y risueñas melodías.
Era tambor mayor de un regimiento inglés.
—Dighton,—interrogó el general,—¿qué significa esta
farsa? ¡Haced callar inmediatamente a vuestra banda con su marcha funeraria, o
palabra que tendrán motivo suficiente para su lúgubre vena! ¡Hacedlos callar,
bribón!
—Con el perdón de vuestro honor—respondió el tambor
mayor, cuyo rubicundo rostro había perdido por completo el color,—la culpa no
es mía. Yo y mi banda estamos aquí todos reunidos; y dudo que ninguno de
nosotros pudiera tocar esa marcha de memoria. Sólo la he oído una vez, en
ocasión de los funerales del difunto rey su majestad George II.
—¡Bien, bien!—dijo Sir Wílliam Howe, recobrando su
compostura.—Éste es el preludio de alguna extravagante mascarada. Dejadlo
pasar.—
Una nueva figura apareció en aquel momento; mas,
entre todas las máscaras fantásticas dispersas en los salones, ninguno pudo
decir con certeza de dónde venía. Era un hombre con traje de sarga negra de
moda antigua, y que tenía la apariencia de mayordomo o criado principal de la
casa de algún noble o rico propietario rural inglés. Avanzó hacia la puerta
exterior de la mansión y, abriendo por completo ambas hojas, se hizo a un lado
y miró hacia atrás en dirección de la gran escalera, como si aguardase que alguien
descendiera por allí. Al mismo tiempo, la música de la calle ejecutaba altas y
dolientes llamadas. Sir Wílliam Howe y sus invitados dirigieron sus miradas a
la escalera, donde aparecían, en el descanso más
alto que podía distinguirse desde abajo, varios personajes que descendían hacia
la puerta. El primero era un hombre de rostro austero, que llevaba sombrero de
alta copa cubriendo un casquete; capa obscura, y grandes botas arrugadas que
subían hasta el muslo. Traía bajo el brazo una bandera arrollada, que parecía
ser la de Inglaterra, pero singularmente desgarrada y hecha jirones; y llevaba
una espada en la mano derecha mientras sostenía una Biblia con la izquierda. La
figura siguiente era de aspecto más suave aunque lleno de dignidad, y lucía
cuello alechugado sobre el cual caía la barba, toga de terciopelo labrado y
justillo y bragas de raso negro. Llevaba en la mano un rollo de manuscritos.
Muy de cerca seguía a estos dos un joven de rostro y continente que atraían la
atención, con frente profundamente pensadora y contemplativa y tal vez cierto
rayo de entusiasmo en la mirada. Su atavío era antiguo, como el de sus
predecesores, y tenía una mancha de sangre en su cuello alechugado. En el mismo
grupo con los tres de que hemos hablado venían otros cuatro personajes, todos
de aspecto majestuoso y habituado al mando, y ademanes de gente acostumbrada a
las miradas de la multitud. Los circunstantes imaginaban que estos personajes
iban a reunirse con el misterioso funeral que se había detenido frente a la casa
provincial; sin embargo, esta suposición parecía desmentida por el aire de
triunfo con que agitaban las manos al atravesar el dintel y desaparecer por el
portal.
—¡Por el nombre del diablo! ¿qué significa
esto?—murmuró Sir Wílliam Howe, dirigiéndose a un caballero que se encontraba a
su lado;—¿es acaso una procesión de los regicidas jueces de Carlos el Mártir?
—Éstos,—dijo el coronel Jóliffe, rompiendo el
silencio casi por primera vez aquella noche,—éstos, si interpreto bien, son los
gobernadores puritanos, los jefes de la antigua y primitiva democracia de
Massachusetts. Éndicott, con la bandera de la cual ha arrancado el símbolo de
sumisión, y Wínthrop y Sir Henry Vane y Dúdley, Haynes, Béllingham y Léverett.
—¿Por qué tenía aquel joven una mancha de sangre en
su gorguera?—preguntó Miss Jóliffe.
—Porque, años después,—respondió su
abuelo,—separaba el tajo de su tronco la cabeza más hábil de toda Inglaterra,
en aras de la causa de la libertad.
—¿No desea vuecencia ordenar la guardia?—musitó
Lord Percy, que se había reunido con otros oficiales ingleses en torno del
general.—Puede haber alguna conspiración bajo toda esta mojiganga.
—¡Psh! No tenemos nada que temer,—replicó
indolentemente Sir Wílliam Howe.—No puede haber traición en este asunto, sino
una simple farsa, y ésta es de las más insulsas. Y aun cuando fuera hiriente y
amarga, reírnos de ella sería la mejor diplomacia. Mirad, aquí viene un poco
más de esta gentuza.—
Otro grupo de personajes había descendido en parte
la escalera. Venía primero un venerable patriarca de barba blanca, que tentaba
cuidadosamente su camino con una vara. Siguiendo sus huellas con premura y
extendiendo su mano cubierta del guantelete como para coger el hombro del
anciano, adelantábase una figura alta y de aspecto marcial, con casco de acero
empenachado de plumas, brillante escudo y larga espada cinto, que resonaba
contra los peldaños. El que venía en seguida era un hombre robusto, ataviado con
traje rico y de corte, pero dejando notar al instante, sin embargo, que no era
un cortesano; su marcha tenía el movimiento oscilatorio que distingue a los
marinos; y habiendo tropezado por azar en la escalera, púsose iracundo
súbitamente y se le oyó mascullar un juramento. Inmediatamente detrás aparecía
un personaje de noble continente, con peluca rizada como la que se ve en los
retratos del tiempo de la reina Anne y en otros anteriores a aquella época; y
ostentando una estrella bordada en la pechera de su casaca. Mientras avanzaba
hacia la puerta, saludaba a derecha e izquierda de manera muy graciosa e
insinuante; pero, a diferencia de los primeros gobernadores puritanos, llegando
al dintel, pareció agitar las manos con pesar.
—Mi buen doctor Byles, haced la parte del coro, os
ruego,—dijo Sir Wílliam Howe.—¿Quiénes son estos ilustres varones?
—Con el permiso de vuecencia,—respondió el
doctor,—éstos florecieron un poco antes de mis días;
pero, sin duda, nuestro amigo el coronel ha sido uña y carne con algunos de
ellos.
—Nunca vi sus rostros en vida,—dijo gravemente el
coronel Jóliffe; sin embargo de que he hablado frente a frente con muchos jefes
de este país, y espero aun congratular a otro antes de morir con la bendición
de un anciano. Mas ahora se trata de estos personajes. Supongo que el venerable
patriarca represente a Brádstreet, el último de los puritanos, gobernador allá
por el año noventa, más o menos. El otro es Sir Édmund Andros, un tirano, como
os lo dirá cualquier chiquillo de escuela; y de consiguiente, el pueblo le
precipitó de su alto puesto para encerrarle en una prisión. Luego viene Sir
Wílliam Phipps, pastor, tonelero, capitán de marina y luego gobernador. ¡Ojalá
muchos de sus compatriotas se elevaran a tanta altura desde tan modesto origen!
Y el último que visteis era el benigno Earl de Béllamont, que nos gobernó bajo
el reinado del rey Wílliam.
—Pero ¿qué significa todo esto?—interrogó Lord
Percy.
—Si fuera yo un rebelde,—dijo Miss Jóliffe a media
voz,—imaginaría que se ha citado a los espectros de los antiguos gobernadores
para asistir a los funerales de la autoridad real en la Nueva Inglaterra.—
Varios otros personajes aparecían en la escalera.
El que venía a la cabeza del grupo tenía cierta expresión preocupada, ansiosa y
casi taimada; y, a despecho de su altanería, producida indudablemente por la
ambición de su espíritu y por el desempeño continuado
de altos puestos, no parecía incapaz de adular a los que se encontraban
superiores a él. Algunos pasos más atrás veíase un oficial de rojo y bordado
uniforme, de corte tan antiguo que perfectamente podía haberse llevado en
tiempo del duque de Márlborough. Su nariz tenía un tinte rubicundo que, unido
al trémulo parpadeo de uno de sus ojos, bastaba para sindicarle como adorador
del vino y de la alegre compañía; a pesar de lo cual se mostraba inquieto y
arrojaba frecuentes miradas en derredor, como temeroso de algún peligro oculto.
Venía en seguida un rollizo caballero, con casaca de paño afelpado, forrada en
sedoso terciopelo; mostraba inteligencia, astucia y buen humor en su semblante
y llevaba un infolio bajo el brazo; pero su aspecto era el de un hombre vejado
y atormentado más allá de su paciencia y acosado de fatiga mortal. Bajó las
escaleras precipitadamente, seguido por un majestuoso personaje ataviado con
traje de terciopelo púrpura ricamente bordado; su porte habría sido imponente,
si un penoso ataque de gota no le hubiera obligado a cojear de peldaño en
peldaño con contorsiones del cuerpo y del semblante. Cuando el doctor Byles
pudo contemplar esta figura en la escalera, se estremeció febrilmente; pero
siguió observándole con persistencia hasta que el gotoso caballero llegó al
umbral, hizo un ademán de angustia y desesperación y se desvaneció entre la
obscuridad exterior, desde donde le llamaba la música funeraria.
—¡Mirad! ¡El gobernador Bélcher! ¡mi antiguo jefe, en su misma figura y vestido!—profirió jadeante
el doctor Byles.—¡Esto es una burla horrible!
—Una broma enfadosa, nada más,—dijo Sir Wílliam
Howe, con aire de indiferencia. Mas ¿quiénes eran los tres que le precedían?
—El gobernador Dúdley, un astuto diplomático, pero
a quien sus artificios llevaron a prisión,—replicó el coronel Jóliffe.—El
gobernador Shute, antiguo coronel bajo Márlborough, y a quien obligó el pueblo
a salir de la provincia; y el sabio gobernador Búrnet, a quien produjo su
legislatura una fiebre mortal.
—Imagino que eran unos desgraciados estos
gobernadores reales de Massachusetts,—observó Miss Jóliffe.—¡Cielos! ¡Cómo se
obscurece la luz!
Era un hecho ciertamente que la luz de la gran
lámpara que iluminaba la escalera tornábase ahora opaca y sombría; a tal punto
que varias figuras, que bajaron rápidamente y atravesaron el pórtico, más
parecían sombras que personas de carne y hueso. Sir Wílliam Howe y sus
invitados se mantenían en la puerta de los salones contiguos observando el
progreso de este espectáculo singular, con diversas emociones de ira, desdén y
terror disimulado; pero, sin embargo, con ansiosa curiosidad. Las sombras, que
parecían apresurarse ahora para unirse a la misteriosa procesión, demostraban
su identidad por las notables peculiaridades de su atavío o por rasgos marcados
de su manera de ser, más que por la semejanza de facciones con sus prototipos. Casi invariablemente, en verdad, conservaban sus
rostros ocultos en profunda sombra. Pero oíase murmurar al doctor Byles y a
algunos otros caballeros, que habían conocido por largo tiempo a los
gobernadores sucesivos de la provincia, los nombres de Shírley, Pównall, de Sir
Francés Bérnard, y el recordado Hútchinson; confesando de aquella manera que
los actores, quienesquiera que fuesen, habían conseguido representar los rasgos
característicos de los verdaderos personajes en su procesión de fantasmas de
gobernadores. Al desaparecer por el portal, extendían sus brazos aquellas
sombras hacia la obscuridad de la noche con formidable expresión de dolor. Tras
de la forma que personificaba a Hútchinson aparecía una figura marcial
sosteniendo delante de su rostro un sombrero de tres picos que había retirado
de su empolvada cabeza; pero las charreteras y demás insignias de su clase eran
las de un oficial general; y algo en su porte recordaba a los presentes la
figura de un personaje que había sido recientemente el amo de la casa
provincial y de toda la comarca.
—¡La figura de Gage, tan exacta como en un
espejo!—exclamó Lord Percy, palideciendo.
—¡No, por cierto!—profirió Miss Jóliffe, riendo
nerviosamente;—no puede ser Gage, puesto que Sir Wílliam habría saludado en
este caso a su antiguo compañero de armas. ¡Quizá no dejará pasar al próximo
sin desafiarle!
—Podéis estar segura de ello, señorita
mía,—respondió Sir Wílliam Howe, fijando la mirada con
marcada expresión en el semblante impasible de su abuelo.—He tardado demasiado
en hacer los honores a los invitados que nos abandonan. El próximo que se
retire recibirá la cortesía debida.—
Un salvaje e imponente estallido de la música
dejóse escuchar en este momento a través de la puerta abierta. Parecía que la
procesión, que había llenado sus filas gradualmente, estuviera a punto de
proseguir, y que aquel vibrante alarido de las sollozantes trompetas y el
resonar de los ensordecidos a tambores fuera la señal de apresurarse para algún
rezagado. Las miradas se volvieron por irresistible impulso hacia Sir Wílliam,
como si fuera él a quien convocaba la imponente música para asistir a los funerales
de su poder desvanecido.
—¡Mirad! ¡aquí viene el último!—murmuró Miss
Jóliffe, señalando con trémulo dedo la escalera.
Presentóse una figura a las miradas, conforme iba
descendiendo la escalera; aunque tan sombrío estaba el lugar de donde emergió,
que algunos de los espectadores imaginaron que la misma obscuridad se había
moldeado súbitamente en forma humana. Descendió la figura con paso marcial e
imponente; y al llegar a los peldaños inferiores, pudo verse que era la de un
hombre alto, con botas, y embozado en una capa militar que cubría su rostro
hasta reunirse con el ondulante borde de un sombrero galoneado. Las facciones,
de consiguiente, quedaban ocultas por completo. Pero los oficiales ingleses imaginaban haber visto antes esta capa
militar y hasta reconocían el desgastado bordado del cuello, así como la dorada
vaina de una espada que asomaba entre los pliegues de la capa, reflejando
vívidos destellos luminosos. Además de estos pequeños detalles, había ciertos
rasgos del porte y de las maneras, que incitaron a los maravillados
contertulios a separar sus miradas de la embozada figura para buscar a Sir
Wílliam Howe, con el propósito de verificar si no había desaparecido de
improviso de en medio de ellos. Vieron entonces al general tirar de su espada,
con el rostro lleno de ira sombría, y avanzar hacia la figura encapada, antes
de que ésta hubiera podido avanzar un solo paso.
—¡Descubríos, villano!—gritó.—¡No pasaréis más
allá!—
La figura, sin retroceder un pelo ante la espada
que amenazaba su pecho, hizo una pausa solemne y bajó en seguida la capa de su
rostro, pero no lo bastante para que los espectadores alcanzaran a discernirlo.
Mas indudablemente Sir Wílliam Howe había visto lo suficiente. La dureza de su
continente se trocó en un aire de horror, mientras retrocedía varios pasos ante
la aparición, dejando caer al suelo su espada. La figura de aspecto marcial
cubrió de nuevo sus facciones con la capa y prosiguió su camino; pero al llegar
al umbral, y de espaldas a los espectadores, se notó que golpeaba el suelo con
el pie y sacudía sus crispadas manos en el aire. Asegurábase después que Sir
Wílliam Howe había repetido el mismo desesperado ademán de rabia
y de pesar cuando por última vez, y como el último de los gobernadores reales,
atravesó el dintel del pórtico de la casa provincial.
—¡Mirad! El cortejo avanza,—dijo Miss Jóliffe.
La música moría en la calle, y sus tristes sones
vinieron mezclados con el resonar de media noche en el campanario de la antigua
Iglesia del Sur, y con el estruendo de la artillería que anunciaba que el
ejército sitiador de Wáshington se había atrincherado en una colina más
cercana. Cuando el sonido retumbante del cañón hirió sus oídos, irguióse el
anciano coronel Jóliffe en toda su altura y sonrió austeramente al general
inglés.
—¿Querría vuecencia investigar algo más acerca de
este misterioso espectáculo?—preguntó.
—¡Cuidado con vuestra cabeza blanca! ¡Ha estado
demasiado tiempo sobre los hombros de un traidor!—exclamó ferozmente Sir
Wílliam Howe, aunque sus labios temblaban.
—¡Debéis entonces apresuraros a cortarla,—replicó
tranquilamente el coronel;—porque dentro de pocas horas todo el poder de Sir
Wílliam Howe y todo el poder de su amo serán impotentes para hacer caer uno
solo de estos cabellos grises! ¡El imperio inglés en esta provincia, está dando
esta noche sus últimas boqueadas; casi es ya cadáver mientras hablo; y pienso
que las sombras de los antiguos gobernadores son cortejo adecuado para el
funeral!—
A estas palabras el coronel Jóliffe se arrebozó en
la capa y cogiendo el brazo de su nieta, abandonó los
salones donde se había celebrado el último festival que gobernadores británicos
ofrecieran en la antigua provincia de la bahía de Massachusetts. Se cree que el
coronel y la joven dama poseían alguna secreta inteligencia respecto del
misterioso espectáculo de aquella noche. Sea como quiera, este conocimiento
jamás se hizo general. Los actores de esta escena se desvanecieron en sombras
más profundas aún que aquella banda de indios salvajes que arrojó a las olas la
carga de los buques de te, mereciendo así ocupar un puesto en la historia,
aunque sus nombres quedaran ignorados. Mas refiere la superstición, entre otras
leyendas respecto de esta morada, el maravilloso concepto de que en la noche
del aniversario de la derrota inglesa, los espectros de los antiguos
gobernadores de Massachusetts se deslizan aun a través del pórtico de la casa
provincial, y que la última de las sombras, embozada en una capa militar, pasa
levantando al aire sus manos crispadas e hiriendo con sus ferradas botas los
anchos peldaños de piedra con ademán febril de desesperación, y sin que se deje
percibir en lo menor el ruido de sus pasos.
Cuando dejaron de oírse los verídicos acentos de la
narración del anciano caballero, respiré largamente y miré en torno de la
habitación, tratando de arrojar con mente enérgica un tinte de romance y de
grandeza histórica sobre las realidades de la escena. Pero mi olfato percibía
la fragancia del humo del cigarro que el narrador había emitido en grandes nubes, visible emblema, me figuro, de la
nebulosa obscuridad de su relato. Además, mi exuberante fantasía se distrajo
con el repiqueteo de la cuchara en un vaso de ponche de whisky que
Mr. Thomas Waite preparaba para un consumidor. Tampoco contribuía en mucho a la
apariencia pintoresca de los muros ensamblados, la pizarra de la diligencia de
Bróokline que pendía allí en vez del escudo armorial de algún gobernador de
antiguo linaje. Un mayoral, sentado cerca de una de las ventanas y leyendo un
diario de a centavo, el Times de Boston, ofrecía también un
aspecto muy poco adecuado para reproducirse entre fotografías de “tiempos de
Boston,” de setenta o cien años ha. En el hueco de la ventana había un paquete
muy bien envuelto en papel obscuro, cuya dirección tuve la trivial curiosidad
de leer: “Miss Susan Huggins, Province House.” Alguna linda
camarera, indudablemente. En verdad, es labor terriblemente ardua querer
arrojar el encanto de la pátina de antigüedad sobre localidades con las cuales
tenga algo que ver el mundo viviente y los días que se deslizan apresuradamente
sobre nuestras cabezas. Sin embargo, al contemplar la magnificente escalera,
por la cual descendió la procesión de viejos gobernadores, y atravesar el
venerable portal en el que su fantasma me había precedido, me llenó de gozo la
conciencia de sentir un estremecimiento de pavor. Entonces, lanzándome por el
estrecho pasillo abovedado, unos cuantos pasos me transportaron de nuevo en
medio de la densa multitud de la calle de Wáshington.
II
EL RETRATO DE ÉDWARD RÁNDOLPH
El antiguo y tradicional contertulio de la
Casa Provincial estuvo presente en mis recuerdos desde la mitad del verano
hasta el mes de enero. Una tarde desocupada de invierno resolví hacerle otra
visita, confiando en que le encontraría como de costumbre en el rincón más
cómodo de la cantina, y creyendo, de otro lado, hacer obra meritoria para mi
país al sacar del olvido cualquier otro hecho desconocido de la historia. La
noche era cruda y fría, y volvíase casi borrascosa por efecto de una ráfaga de viento
que soplaba a lo largo de la calle de Wáshington, haciendo que las luces de gas
flotaran y vacilaran dentro de los faroles. Apresurábame en mi camino, mientras
mi fantasía se ocupaba de comparar el aspecto presente de la calle con el que
asumía probablemente cuando los gobernadores ingleses habitaban la mansión
hacia la cual me dirigía. Los edificios de ladrillo eran escasos en aquellos
tiempos, hasta que estalló una sucesión de incendios destructores, barriendo
una y otra vez las casas y depósitos de madera de uno de los barrios más
populosos de la ciudad. Las construcciones se hacían entonces aisladas e
independientes, sin encerrar como ahora su existencia particular en hileras
seguidas, con fachada de similitud fatigante; sino ostentando cada una, por el contrario,
ciertos rasgos originales, como si el gusto
individual de su propietario las hubiera delineado, y ofreciendo un conjunto de
pintoresca irregularidad: pérdida que no puede compensarse con ninguno de los
atractivos de nuestra arquitectura moderna. Este espectáculo, revelándose
confusamente acá y allá a las miradas, a los rayos de alguna vela de sebo, que
se filtraban bajo las pequeñas hojas de las diseminadas ventanas, formaba
sombrío contraste con la calle tal como aparecía en aquel momento, con las
luces de gas brillando de esquina a esquina, y con sus tiendas resplandecientes
que arrojaban claridad diurna a través de las grandes vidrieras de cristal.
Mas volviendo hacia arriba las miradas, encontraba
el mismo cielo obscuro y nebuloso que mostraba en otros tiempos su faz ceñuda a
los habitantes de la época colonial. Las ráfagas invernales tenían el mismo
silbido familiar a sus oídos. La antigua Iglesia del Sur lanzaba igualmente al
espacio su viejo chapitel, que se perdía en la obscuridad entre el cielo y la
tierra; y en tanto que yo pasaba, el mismo reloj que había advertido a tantas
generaciones lo transitorio de esta existencia, me habló también pausada y
sonoramente de esta misma filosofía tan olvidada. “Las siete solamente,” pensé.
“Las leyendas de mi viejo amigo matarán apenas el tiempo entre esta hora y la
de acostarse.”
Atravesando el estrecho pasillo, crucé el patio
cuyo cercado recinto era visible a merced de una linterna colocada sobre el
pórtico de la Casa Provincial. Entrando en la cantina, encontré como esperaba al viejo escudriñador de tradiciones,
sentado ante un magnífico fuego de antracita, y lanzando nubes de humo de un
enorme cigarro. Me reconoció con evidente satisfacción, debido a las raras
cualidades de oyente atento que me hacen invariablemente el favorito de las
damas y caballeros de edad, con propensiones narrativas. Acercando una silla al
lado del fuego, pedí al hostelero que nos favoreciera a cada cual con un vaso
de ponche de whisky, que fué prontamente servido, y se nos trajo
arrojando su caliente vaho, con una raja de limón al fondo, una capa de oporto
rojo obscuro en la superficie y su correspondiente polvillo de nuez moscada
espolvoreado sobre el conjunto. Cuando levantamos nuestros vasos al mismo
tiempo, mi amigo, el de las leyendas, se presentó como el señor Bela Tíffany;
siendo para mí motivo de regocijo su exótico nombre, pues que daba a su figura
y carácter cierta especie de individualidad, a mi entender. La bebida actuó
como un disolvente en la memoria del viejo caballero, que fluyó innumerables
cuentos y tradiciones, anécdotas de famosos personajes ya difuntos, y rasgos de
costumbres antiguas, tan infantiles algunas como cantinela de nodrizas, y
dignas otras de la pluma de un grave historiador. Nada me hizo más impresión
que la historia de un cuadro negro y misterioso que pendía en aquellos tiempos
en una de las habitaciones de la Casa Provincial, justamente sobre la pieza en
que nos encontrábamos. La siguiente versión del hecho es tan correcta como la
que verosímilmente podría obtener el lector de
cualquiera otra fuente; aunque posee además, en verdad, cierto tinte novelesco
que se acerca a lo maravilloso.
En uno de los salones de la casa provincial
conservábase desde largo tiempo atrás un antiguo cuadro, de marco tan negro
como el ébano, y cuya tela estaba tan obscura, por efecto de los años, el humo
y la humedad, que no era posible distinguir una sola pincelada del artista. El
tiempo había arrojado su velo impenetrable sobre aquel cuadro, dejando a la
fábula, las conjeturas y la tradición, el trabajo de decir lo que alguna vez
reflejó su lienzo. Durante la administración sucesiva de muchos gobernadores había
colgado, por derecho propio e indiscutible, sobre la chimenea de la misma
habitación; y continuaba todavía allí cuando el teniente gobernador Hútchinson
asumió el mando de la provincia, a la separación de Sir Francis Bérnard.
El teniente gobernador hallábase una tarde sentado
en su majestuoso sillón, descansando la cabeza en el tallado espaldar y mirando
pensativo la vacua obscuridad del cuadro. No era tiempo oportuno, sin embargo,
para esta inactiva contemplación, ya que asuntos de importancia trascendental
requerían la decisión del gobernador; pues acababan de recibirse nuevas del
arribo de una flota inglesa conduciendo tres regimientos de Hálifax para
dominar la insubordinación del pueblo, y dicha tropa aguardaba la venia del
gobernador para ocupar la fortaleza y la torre de Castle Wílliam. Mas, en lugar
de estampar su firma en la orden oficial,
permanecía sentado el teniente gobernador, examinando tan intensamente la negra
vacuidad de la tela, que su continente atrajo la atención de dos jóvenes que le
acompañaban. Uno de ellos, que vestía uniforme militar de ante, era su
pariente, Francis Lincoln, capitán provincial de Castle Wílliam; la otra,
sentada a su lado en un taburete bajo, era Alice Vane, su sobrina predilecta.
Vestía completamente de blanco; era una pálida y
etérea criatura que, aun cuando nacida en la Nueva Inglaterra, se había educado
fuera del país, y parecía no sólo una extranjera de lejanas tierras sino un ser
de un mundo diferente. Varios años, hasta que quedó huérfana, había habitado
con su padre la risueña Italia y adquirido allí un gusto delicado y una afición
por la escultura y la pintura, que encontraba muy pocas satisfacciones en las
moradas poco elegantes de la burguesía colonial. Decíase que las producciones
de su lápiz manifestaban un talento superior, aunque la ruda atmósfera de la
Nueva Inglaterra hubiera tal vez coartado sus impulsos, obscureciendo los
brillantes tonos de su fantasía. Observando la persistente mirada de su tío
clavada en el cuadro y tratando de descubrir a través de la bruma de los años
el argumento desarrollado en el lienzo, su curiosidad se sintió excitada.
—¿Se sabe, querido tío—interrogó la joven,—lo que
representaba este cuadro en otro tiempo? Quizá si pudiera restaurarse,
encontraríamos que es la obra maestra de algún gran artista. ¿Por qué, si no, habría ocupado tanto tiempo este sitio
preferente?
Como no contestó de pronto el tío, contra su
costumbre, porque siempre se mostraba tan complaciente a los caprichos y
fantasías de Alice como si hubiera sido su propia hija bien amada, el joven
capitán tomó a su cargo la respuesta.
—Este negro y viejo cuadrado de lienzo, mi bella
prima,—dijo,—ha venido heredándose en la casa provincial desde tiempo
inmemorial. En cuanto al artista, nada sé decir; pero si ha de creerse la mitad
de las historias que circulan acerca de este cuadro, ninguno de los grandes
maestros italianos ha producido jamás obra de arte tan maravillosa como la que
tenéis delante.—
Y el capitán Lincoln comenzó a relatar algunas de
las extrañas fábulas y fantasías que se contaban respecto del viejo cuadro, las
mismas que, vista la imposibilidad de refutarlas con demostraciones positivas,
se habían convertido en populares artículos de fe. Una de las más extravagantes
y, a la vez, más acreditadas versiones, aseguraba que el cuadro era el retrato
auténtico y original de Satanás en persona, tomado en una reunión de brujos y
brujas, que fueron juzgados en pleno tribunal. Afirmábase igualmente que un
espíritu o demonio familiar habitaba tras de la negrura del cuadro y había
aparecido en momentos de calamidad pública a más de uno de los gobernadores
reales. Shírley, por ejemplo, había sido testigo de esta ominosa aparición la
víspera de la vergonzosa y sangrienta derrota al pie de los muros de
Ticonderoga. Muchos domésticos de la casa
provincial habían percibido una torva faz que les observaba, en el crepúsculo
matutino o vespertino o en la obscuridad de la noche, mientras avivaban el
fuego que chisporroteaba abajo en el hogar; pero, si alguno era suficientemente
intrépido para acercar una antorcha al lienzo, aparecía éste tan negro e
indescifrable como siempre. El habitante más anciano de Boston recordaba que su
padre—en cuyos días el retrato no se había borrado aún del todo—consiguió
mirarlo una vez; pero nunca permitió que le interrogaran acerca del rostro que
estaba allí representado. En relación con estas historias era curioso observar
que sobre la parte superior del marco había algunos pedazos destrozados de seda
negra, indicando que un velo había cubierto el retrato hasta que la pátina de
los años lo ocultó por completo a las miradas. Pero, después de todo, la parte
más original del asunto consistía en que tantos pomposos gobernadores de Massachusetts,
hubieran permitido que el ennegrecido cuadro permaneciera en el salón de estado
de la casa provincial.
—Algunas de estas historias son terribles en
realidad,—observó Alice Vane, que se había estremecido a veces y sonreído
otras, mientras su primo las relataba.—Casi sería mejor arrancar el negro
lienzo, puesto que la pintura original nunca será tan formidable como aquellas
que forja la fantasía.
—Pero, ¿sería posible—preguntó su primo,—devolver a
esta obscura tela sus prístinos colores?
—Ese arte se conoce en Italia,—dijo Álice.—
El teniente gobernador había vuelto de su
abstracción y escuchaba sonriendo la conversación de sus jóvenes parientes. Sin
embargo, su voz tenía un timbre peculiar cuando hizo la explicación del
misterio.
—Siento mucho, Álice, destruir tu fe en las
leyendas a que eres tan aficionada,—observó;—pero mis investigaciones de
anticuario me han hecho conocer hace largo tiempo el tema de este cuadro, si
cuadro hemos de llamarle; el cual no es ya visible, ni lo será jamás, como
jamás ha de verse de nuevo el rostro del hombre a quien representaba, enterrado
largos años ha. Era el retrato de Édward Rándolph, fundador de esta casa, y
personaje famoso en la historia de la Nueva Inglaterra.
—¿De aquel Édward Rándolph,—exclamó el capitán
Lincoln,—que obtuvo la revocación de la primera carta constitucional de la
provincia, bajo la cual nuestros antecesores habían gozado privilegios casi
democráticos?
—Era el mismo Rándolph,—respondió Hútchinson,
removiéndose inquieto en su silla.—¡Fué su destino saborear la amargura del
odio popular!
—Nuestros anales refieren,—continuó el capitán de
Castle Wílliam,—que las maldiciones del pueblo siguieron dondequiera a ese
Rándolph, causándole daño en todos los acontecimientos posteriores de su vida,
y mostrándose aún en cierta manera estos mismos efectos en las circunstancias
de su muerte. Dicen también que la oculta pesadumbre de esta maldición hizo
mella igualmente en su exterior, y podía percibirse
en el semblante, horrible de mirar, de este hombre infortunado. Si esto era
verdad, y el cuadro representaba verdaderamente su aspecto, es obra
misericordiosa esta negra nube que se ha aglomerado sobre el retrato.
—Estas tradiciones son absurdas para quien, como
yo, ha experimentado el escaso fondo de verdad que existe en todas ellas,—dijo
el teniente gobernador.—Con respecto a la vida y carácter de Édward Rándolph,
se ha dado implícita fe al doctor Cotton Máther, quien (debo decirlo, aunque
algo de su sangre corra por mis venas) ha llenado nuestra historia primitiva de
cuentos de viejas, tan fantásticos y extravagantes como los de Grecia o los de
Roma.
—Y sin embargo,—murmuró Álice Vane—¿no tienen acaso
su moral aquellas fábulas? Imagino que si era tan espantoso el rostro de este
retrato, habría alguna razón para que permaneciera tan largo tiempo colocado en
una habitación de la casa provincial. Cuando los gobernadores olvidan sus
responsabilidades, sería bien que algo les recordara el horrible peso de la
maldición de todo un pueblo.—
El teniente gobernador se estremeció y miró por un
momento a su sobrina, como si las juveniles fantasías de Álice respondieran a
algún sentimiento oculto en su pecho, que toda su política y sus principios no
habían podido dominar completamente. Sabía, es verdad, que la joven, a despecho
de su educación extranjera, alimentaba las simpatías de raza de cualquier
muchacha de la Nueva Inglaterra.
—¡Silencio, necia chiquilla!—profirió al fin, más
ásperamente de lo que jamás se dirigiera a la gentil Álice.—La censura de un
rey es más terrible que el clamor de una salvaje y descarriada muchedumbre.
Capitán Lincoln, está decidido. Las tropas reales ocuparán la fortaleza de
Castle Wílliam. Los dos regimientos restantes se alojarán en la ciudad o
acamparán en terrenos comunales. Es tiempo ya, después de tantos años
turbulentos y casi de rebelión, que el gobierno de su majestad tenga un muro de
fuerza para resguardarlo.
—¡Confiad, señor, confiad todavía un poco más en la
lealtad del pueblo,—repuso el capitán.—No le enseñéis que puede estar con los
soldados ingleses en otros términos que en los de la fraternidad más cordial,
como cuando peleaban juntos en la guerra francesa. No convirtáis en campamento
las calles de vuestra ciudad natal. ¡Pensadlo dos veces, antes de entregar a
otras manos, que no sean las de los verdaderos naturales de la Nueva
Inglaterra, el viejo Castle Wílliam, llave de la provincia!
—Joven, está decidido,—repitió Hútchinson,
levantándose de su silla.—Un oficial estará de servicio esta noche para recibir
las instrucciones necesarias para el acuartelamiento de las tropas. Vuestra
presencia será también necesaria. ¡Hasta entonces, adiós!—
A estas palabras el teniente gobernador abandonó
precipitadamente la habitación, mientras Álice y su primo seguían lentamente,
conversando bajito y deteniéndose de vez en cuando para lanzar una
ojeada al misterioso cuadro. El capitán de Castle Wílliam pensaba que el aire y
continente de la joven podía compararse al que se atribuye a uno de aquellos
espíritus fabulosos, hadas o personajes de la mitología antigua, que
intervienen a veces en los asuntos de los mortales, mitad por capricho, mitad
por un sentimiento de simpatía hacia la desgracia o la felicidad humana.
Mientras sostenía el capitán la puerta abierta para que pasara Álice, hizo ella
un signo con la cabeza al cuadro y sonrió.
—¡Preséntate, sombría y diabólica
figura!—exclamó.—¡Tu hora ha llegado!—
Aquella noche se hallaba el teniente gobernador
Hútchinson en la misma habitación donde tuvo lugar la escena que hemos narrado,
rodeado de varias personas a quienes reunían diversos intereses. Encontrábanse
allí los consejeros municipales de Boston, sencillos patriarcas, padres del
pueblo y personificaciones admirables de los antiguos colonos puritanos, cuya
energía austera imprimió tan hondo sello al carácter de la Nueva Inglaterra.
Contrastando con ellos, veíase uno o dos miembros del consejo, ricamente ataviados
con las blancas pelucas, las casacas bordadas y otras magnificencias de aquella
época, y haciendo en cierto modo ostentación del ceremonial cortesano. Un mayor
del ejército inglés, aparentemente de guardia, esperaba las órdenes del
teniente gobernador para el desembarque de las tropas, que aun permanecían a
bordo de los transportes. El capitán de Castle Wílliam se mantenía junto a la
silla de Hútchinson, con los brazos cruzados y
mirando con altanería al oficial inglés que pronto iba a reemplazarle en su
puesto. Sobre una mesa colocada en el centro de la habitación había un
candelabro de plata, cuyas seis bujías arrojaban su resplandor sobre un papel
listo aparentemente para la firma del teniente gobernador.
Disimulada en parte entre los voluminosos pliegues
de las cortinas de una de las ventanas, podía percibirse la blanca drapería de
un vestido de mujer. Parecerá extraño que Álice Vane se encontrara allí en
tales momentos; pero había algo tan infantil y caprichoso en su carácter
original que siempre se apartaba de las reglas acostumbradas, que su presencia
no sorprendió a los pocos que llegaron a notarla. En aquel momento, el
presidente del municipio dirigía al teniente gobernador una larga y solemne
arenga, protestando contra la introducción de tropas inglesas en la ciudad.
—Y si vuestro honor,—concluyó este excelente aunque
enojoso anciano,—estima conveniente insistir en que espadachines y mosqueteros
mercenarios sienten sus reales en nuestros barrios tranquilos, ¡que la
responsabilidad de esta decisión no caiga sobre nuestras cabezas! ¡Pensad,
señor, mientras es tiempo todavía, que si llega a derramarse una sola gota de
sangre, será una mancha eterna sobre la memoria de vuestro honor! Habéis
escrito, señor, con hábil pluma las hazañas de nuestros abuelos. De
consiguiente, sería muy de desear que merezcáis a vuestro turno honrosa mención como verdadero patriota y recto gobernador
cuando vuestros hechos sean consignados en la historia.
—No soy insensible, mi buen señor, al deseo natural
de ocupar un alto puesto en los anales de mi país,—replicó Hútchinson,
dominando su impaciencia hasta convertirla en cortesía;—ni conozco método mejor
para alcanzar este fin que contrarrestar el pasajero espíritu de malevolencia
que, con perdón vuestro, parece haber atacado a hombres aun más ancianos que
yo. ¿Me aconsejaríais que aguarde hasta que la multitud asalte la casa
provincial, como lo hicieron con mi casa particular? ¡Creedme, señor, puede llegar
el tiempo en que os sintáis felices de buscar refugio bajo la bandera real, que
tanto disgusto os causa ahora ver izar!
—Sí;—agregó el mayor inglés que aguardaba con
impaciencia las órdenes del teniente gobernador.—Los demagogos de esta
provincia han evocado al diablo y no pueden ahora deshacerse de él. Nosotros
los exorcizaremos en el nombre de Dios y en el del rey.
—Si mezcláis al diablo en el asunto, ¡cuidado con
sus garras!—replicó el capitán de Castle Wílliam, molesto por la burla que se
hacía de sus compatriotas.
—Con perdón vuestro, mi joven señor,—dijo el
venerable consejero,—no permitáis que un espíritu pernicioso inspire vuestras
palabras. Lucharemos contra el opresor con ayunos y oraciones, como hubieran
hecho nuestros antecesores. Pero también como ellos
nos someteremos a la suerte que a la sabia Providencia plazca enviarnos,
después de haber agotado nuestros mayores esfuerzos para remediarla.
—¡Ya asoman las garras del diablo!—murmuró
Hútchinson, que comprendió perfectamente la naturaleza de esta puritana
sumisión.—Este asunto se resolverá inmediatamente. Cuando haya un centinela en
cada esquina y una guardia de corte delante de la casa consistorial, cualquier
gentilhombre leal podrá aventurarse a salir. ¿Qué puede importarme el vocerío
del populacho de esta remota provincia del reino? ¡El rey es mi señor y la
Inglaterra es mi patria! Sostenido por la fuerza armada, sentaré el pie sobre
la canalla, y la desafiaré!—
Cogió una pluma y estaba a punto de estampar su
firma en el papel que yacía sobre la mesa cuando el capitán de Castle Wílliam
colocó una mano en su hombro. La libertad de aquel acto, tan contrario al
ceremonioso respeto que se consideraba entonces debido a la categoría y a la
dignidad, despertó sorpresa general, mucho mayor en el mismo gobernador que en
cualquier otro de los circunstantes. Al levantar la vista encolerizado, observó
que su joven pariente señalaba con el dedo el muro opuesto. La mirada de Hútchinson
siguió la dirección indicada, y vio algo que había pasado antes inadvertido a
sus ojos: una cortina de seda negra suspendida sobre el misterioso cuadro, al
que ocultaba por completo. Su pensamiento voló inmediatamente a la escena de la
tarde precedente; y en su sorpresa y en el tumulto
de emociones indefinidas que se apoderaban de su espíritu, entre las cuales
adivinaba que su sobrina tenía alguna parte en tal fenómeno, llamóla en alta
voz:
—¡Álice! ¡Ven acá, Álice!—
Apenas había pronunciado estas palabras cuando
Álice, deslizándose de su sitio con rapidez y cubriéndose los ojos con una
mano, descorrió con la otra la obscura cortina que ocultaba el retrato. Una
exclamación de sorpresa brotó de los labios de los espectadores; mientras la
voz del teniente gobernador tenía un timbre de horror.
—¡Por el cielo!—murmuró con voz baja y
reconcentrada, hablando más bien consigo mismo que con los que le rodeaban;—si
el espíritu de Édward Rándolph apareciera entre nosotros desde la región del
tormento no llevaría seguramente más visibles en su rostro los terrores del
infierno!
—Con algún fin especial,—dijo solemnemente el
anciano consejero,—ha hecho desaparecer la Providencia el velo que ocultaba
tanto tiempo esta espantosa efigie. ¡Hasta este momento nadie había podido ver
lo que nosotros contemplamos!—
Dentro del antiguo cuadro, que hacía tan poco
tiempo encerraba solamente una tela negra y vacua, aparecía ahora una figura,
todavía obscura es verdad, en sus sombras y matices, pero destacándose en
poderoso relieve. Era el retrato de un caballero con barba, vistiendo rico
traje antiguo de terciopelo bordado, con ancha gorguera, y llevando un sombrero
cuyo ancho borde sombreaba su frente. Bajo esta
sombra los ojos tenían un brillo peculiar, casi de persona viviente.
Resaltaba la figura tan distintamente sobre el
fondo, que hacía el efecto de una persona mirando desde el muro a los atónitos
y despavoridos espectadores. A ser posible describir con palabras la expresión
del rostro, diríase que era la de algún desgraciado, sorprendido en algún
crimen repugnante y expuesto al odio acerbo, a la burla y al vergonzoso
escarnio de una multitud que le rodease. Veíase la lucha de la altanería,
vencida y subyugada por el peso opresor de la ignominia. La tortura del alma se
revelaba plenamente en el semblante. Parecía que el retrato, oculto tras la
nube de los años, hubiera ido adquiriendo expresión más lúgubre e intensa hasta
dejarse ver de nuevo, arrojando su fatídico augurio sobre la hora presente. Tal
era, si hemos de dar crédito a la leyenda, el retrato de Édward Rándolph cuando
la maldición popular había impreso su nefasto sello en la personalidad del
gobernador.
—¡Este espantoso rostro me enloquecerá!—dijo
Hútchinson que parecía fascinado por aquella contemplación.
—¡Tened cuidado entonces!—murmuró Álice.—Él
atropelló los derechos del pueblo. ¡Mirad su castigo, y evitaos un crimen
semejante!—
El teniente gobernador tembló por un instante; mas
apelando a toda su energía, que no era, sin embargo, uno de sus caracteres
predominantes, consiguió librarse del hechizo que se desprendía del semblante
de Rándolph.
—¡Niña!—exclamó riendo acerbamente y volviéndose
hacia Álice,—¿has hecho uso de tu talento en la pintura, de tu intrigante
espíritu italiano, de tus golpes de efecto escénicos, pretendiendo ejercer
alguna influencia con artificios tan triviales sobre el consejo del gobernador
y tratándose del interés de las naciones? ¡Mira!
—¡Deteneos un instante más,—dijo el consejero,
mientras Hútchinson cogía de nuevo la pluma;—pues si algún mortal recibió jamás
una advertencia de parte de un alma atormentada, vuestro honor es ese hombre!
—¡Basta!—repuso Hútchinson ferozmente.—Aun cuando
aquella misma figura insensible me gritara, “¡deténte!,” no me conmovería.—
Y arrojando una torva mirada de desafío al retrato,
que parecía expresar en aquel momento con mayor intensidad que nunca todo el
horror de su miseria, rasgueó sobre el papel, con caracteres que demostraban
hallarse empujado por la desesperación, el nombre de Thomas Hútchinson. En
seguida se estremeció, dicen, como si esta firma hubiera sido su condenación
eterna.
—¡Está hecho!—dijo; y colocó una mano delante de
sus ojos.
—¡Quiera Dios perdonar este acto!—dijo Álice Vane,
con voz suave y triste, como la de un espíritu bueno al huir muy lejos.
Al día siguiente circulaba entre la servidumbre de
la casa un rumor persistente que se extendió por toda la ciudad, asegurando que
el negro y misterioso retrato se había desprendido del muro y hablado
frente a frente con el teniente gobernador Hútchinson. Si tal milagro se
verificó, no quedaron trazas del suceso; pues nada pudo percibirse dentro del
negro marco sino la nube impenetrable que le cubría desde el tiempo que era
posible recordar. Si verdaderamente apareció la figura, había huído luego como
un espíritu, al romper el día, ocultándose tras un siglo de tinieblas. Lo más
probable es que el secreto de Álice para restaurar los colores del cuadro,
había tenido solamente resultados pasajeros. Pero todos aquellos que pudieron
contemplar en ese breve intervalo el espantoso rostro de Édward Rándolph, no
deseaban repetición del espectáculo, y siempre temblaban más tarde al recordar
aquella escena, como si hubiera sido el mismo espíritu del mal quien apareció
ante sus miradas. En cuanto a Hútchinson, cuando llegó su última hora, allá
lejos, sobre el océano, jadeante y sin respiración, quejábase de que se ahogaba
en la sangre de los asesinatos de Boston; mientras Francis Lincoln, el antiguo
capitán de Castle Wílliam, que se encontraba junto a su lecho de muerte, podía
notar en el extravío de su mirada cierta expresión semejante a la de Édward
Rándolph. ¿Sintió acaso su destrozado espíritu, en aquella hora suprema, el
tremendo peso de la maldición de un pueblo?
A la terminación de esta milagrosa leyenda,
pregunté a mi huésped si el cuadro se conservaba todavía en la habitación que
estaba encima de nuestras cabezas; pero Mr. Tíffany me informó de
que había sido retirado de allí hacía largo tiempo, y se suponía que estaba
disimulado en cualquier rincón extraviado del Museo de la Nueva Inglaterra.
Quizá si algún curioso anticuario pueda dar alguna luz sobre el asunto y,
ayudado Mr. Hóworth, el reparador de cuadros, llegue a producir una prueba no
del todo innecesaria con respecto a la autenticidad de los hechos arriba
relatados. Durante el curso de esta historia, se había preparado una tempestad,
que estalló con tanto estrépito y violencia tal, en la parte alta de la casa
provincial, que parecía que todos los antiguos gobernadores y grandes hombres
estuvieran alborotando arriba, mientras el señor Bela Tíffany murmuraba de
ellos abajo. En el transcurso de las generaciones, cuando mucha gente ha vivido
y muerto en una vieja casa, el silbido del viento colándose a través de sus
grietas y el crujido de sus vigas y cabrios, semejan extraordinariamente el
tono de la voz humana, o carcajadas, o pasos pesados hollando las desiertas
habitaciones. Es como si revivieran los ecos de media centuria. Estos mismos
fantásticos sonidos repercutían y murmuraban en nuestros oídos, cuando me
despedí del círculo formado en torno del fuego de la casa provincial, y bajando
los peldaños del pórtico, me dirigí a mi morada luchando contra una violenta
tempestad de nieve.
DICKON!—gritó Mamá Rigby,—¡fuego para mi pipa!—
La vieja señora tenía la pipa en la boca cuando
decía estas palabras. Las había lanzado después de llenarla de tabaco, sin
tratar de encenderla en el hogar donde, en realidad, no había huellas de que se
hubiera encendido fuego aquella mañana. Sin embargo, tan pronto como hubo dado
la orden, brotó un rojo intenso en el hueco de la pipa y una bocanada de humo
de los labios de Mamá Rigby. Nunca pude descubrir de dónde vino el fuego, ni
qué mano invisible lo hizo encenderse allí.
—¡Bien!—dijo Mamá Rigby, con una inclinación de
cabeza.—¡Gracias, Dickon! Ahora hagamos el espantajo. Quedad al alcance de la
voz, Dickon, por si os necesito otra vez.—
Apenas amanecía; pero la buena mujer había
madrugado aquella mañana con el objeto de hacer un espantajo que quería colocar
en su sementera de maíz. Era la última semana de mayo, y ni los cuervos ni los
mirlos habían descubierto aún las pequeñas hojas verdes y enrolladas del maíz
que comenzaba justamente a brotar de la tierra. Así,
había resuelto fabricar un espantajo que pareciera vivo por todos sus lados y
terminarlo inmediatamente de pies a cabeza, de manera que comenzara aquella
misma mañana sus deberes de centinela. Ahora bien; Mamá Rigby era, como todos
sabemos, una de las brujas más hábiles y poderosas de la Nueva Inglaterra y
podía hacer, en consecuencia, con muy pequeño esfuerzo, un espantajo
suficientemente horrible para aterrorizar al mismísimo ministro de la iglesia
protestante. Pero, habiendo despertado aquella mañana con disposición de
espíritu extraordinariamente placentera, suavizada todavía más por su pipa de
tabaco, resolvió producir algo fino, hermoso y espléndido, de preferencia a lo
horrible y espantoso.
“No quiero colocar un duende grosero en mi propio
campo de maíz y casi a mis puertas,” díjose a sí misma, lanzando una bocanada
de humo; “podría hacerlo si quisiera, pero estoy cansada de cosas maravillosas
y esta vez me quedaré dentro de los límites de la vida ordinaria, en obsequio a
la variación. Además, no hay necesidad de espantar a los chiquillos a una milla
a la redonda, aunque yo sea, como ellos dicen, bruja de verdad.”
Quedó sentado, de consiguiente, en la mente de Mamá
Rigby, que el espantajo representaría un caballero elegante de la época, hasta
donde lo permitieran los materiales de que podía disponer. Quizá será oportuno
enumerar los principales artículos que entraron en la composición de la figura.
El más importante de todos indudablemente, aunque llegaba a apreciarse muy poco, era cierto palo
de escoba en que Mamá Rigby había dado muchos nocturnos paseos aéreos a la
media noche, y el cual servía ahora de columna vertebral al espantajo, o de
espinazo, hablando en términos vulgares. Uno de los brazos estaba constituído
por un mayal, inútil ahora, que acostumbraba manejar el buen Rigby antes de que
su esposa le enviara fuera de este pícaro mundo; el otro, si no me equivoco,
estaba compuesto del cabo de una escoba el travesaño roto de una silla, atados
fuertemente a la altura del codo. En cuanto a las piernas, la derecha era el
mango de un azadón y la izquierda un palo cogido en la miscelánea confusa del
montón de maderas. Los pulmones, estómago y demás cosas por el estilo eran nada
menos que un saco de harina relleno de paja. Tenemos así el esqueleto y la
individualidad entera del espantajo, con excepción de la cabeza; la cual se
suplió admirablemente con una calabaza seca y arrugada, donde abrió Mamá Rigby
dos huecos para los ojos y una abertura para la boca, dejando que cierta
azulada prominencia hiciera en el centro las veces de nariz. El conjunto
constituía realmente un semblante del todo respetable.
“He visto muchos rostros peores sobre hombros
humanos, seguramente,” pensó Mamá Rigby. “Y más de un fino caballero tiene
cabeza de calabaza, lo mismo que mi espantajo.”
Pero en este caso los vestidos debían hacer al
hombre. Así, la buena anciana cogió de una percha una casaca antigua color
ciruela, hecha en Londres, y con restos de bordado
en las costuras, puños, solapas de las faltriqueras y ojales; pero
lamentablemente usada y descolorida, remendada en los codos, rasgada en los
faldones y completamente raída. En la solapa izquierda veíase un agujero
redondo, producido quizá por alguna placa nobiliaria arrancada violentamente, o
por el corazón ardiente de alguno de los posesores de la prenda que la hubiera
chamuscado. Los vecinos aseguraban que esta rica vestimenta pertenecía al
guardarropa del Hombre Negro, quien la conservaba en la casa de Mamá Rigby por
la comodidad de vestirse allí siempre que quería presentarse de gran parada a
la mesa del gobernador. Para completar el atavío había un amplio chaleco de
terciopelo, bordado primitivamente con follaje de dorado tan brillante como las
hojas de arce en octubre, pero que se había apagado ya casi del todo sobre el
terciopelo. Venía en seguida un par de calzas color escarlata, llevadas alguna
vez por el gobernador francés de Loúisbourg, y cuyas rodillas habían tocado los
escalones inferiores del trono de Louis el Grande. El francés regaló estas
calzas a un indio curandero quien las dió a la vieja bruja a cambio de un vaso
de aguardiente en una de sus danzas en la selva. Además, sacó Mamá Rigby un par
de medias de seda y las calzó en las piernas del espantajo donde aparecían como
una fantasía, mostrando la realidad de los palos al dejar percibir
dolorosamente la madera a través de los agujeros. Colocó, por último, la peluca
de su amado esposo en el pelado cráneo de la calabaza, y
completó el conjunto con un empolvado sombrero de tres picos adornado con las
más largas plumas de cola de gallo que se pudiera imaginar.
Tan luego que la vieja hubo terminado, colocó esta
figura en un rincón de su cabaña, riendo al observar el amarillo rostro del
espantajo con la pequeña naricilla picaresca levantada al aire. Tenía un cómico
aspecto de satisfacción de sí mismo y parecía decir: “¡Pero, venid a
admirarme!”
“¡Y es un hecho que sois digno de que se os
admire!” murmuró Mamá Rigby, llena de maravilla ante su obra. “He fabricado
muchos muñecos desde que soy bruja, pero se me figura que éste es el mejor de
todos. Casi es demasiado magnífico para espantajo. Y ahora, llenaré primero mi
pipa con tabaco fresco y lo llevaré en seguida a la sementera de maíz.”
Mientras llenaba su pipa, seguía mirando la anciana
con cariño casi maternal al espantajo en su rincón. A decir verdad, sea
casualidad o destreza, o quizá sólo hechicería, había algo maravillosamente
humano en la ridícula figura acicalada con su harapiento esplendor, y que
parecía arrugar su amarillo semblante en una mueca de curiosa expresión entre
desdén y regocijo, como si comprendiera que representaba en sí misma una burla
a la humanidad. Mientras más la contemplaba Mamá Rigby, más satisfecha se hallaba
de su labor.
—¡Dickon!—gritó imperiosamente—¡fuego otra vez para
mi pipa!—
Apenas había terminado, cuando apareció como antes una brasa enrojecida sobre el tabaco. Mamá
Rigby aspiró una larga bocanada y la exhaló después hacia el rayo de luz
matinal que luchaba por atravesar las empolvadas vidrieras de la ventana de su
cabaña. Gustábale saborear su pipa con una brasa del fuego de la chimenea de
donde había sido arrancado. Pero no puedo decir dónde estaba tal chimenea, ni
quien aportaba el fuego, salvo aquel invisible mensajero que parecía responder
al nombre de Dickon.
“Este muñeco,” pensaba Mamá Rigby, con los ojos
fijos en el espantajo, “es trabajo demasiado artístico para dejarlo todo el
verano en un campo de maíz espantando a los cuervos y a los mirlos. Es capaz de
algo mejor. ¡Vaya que he danzado muchas veces con figuras más ridículas, cuando
escaseaban las parejas en nuestras reuniones de hechicería en los bosques! ¿Qué
sucederá si le dejo buscarse la vida entre los demás hombres de paja y gente
vacía que andan alborotando por el mundo?”
La vieja bruja aspiró tres o cuatro bocanadas de
humo de su pipa y sonrió.
“¡Encontrará una multitud de semejantes en cada
esquina!” continuó. “Bien; no intento meterme hoy en brujerías, más allá de lo
que dure mi pipa; pero soy maga y lo seré y de nada sirve querer disimularlo.
¡Haré un hombre de mi espantajo, siquiera sea por el placer de pegar un
petardo!”
Mientras murmuraba estas palabras, Mamá Rigby
retiró la pipa de su boca y la arrojó en la abertura
que hacía de tal en el rostro de calabaza del espantajo.
—¡Fuma, querido mío, fuma!—dijo.—¡Fuma, elegante
mozo! ¡tu vida depende de ello!—
Era indudablemente una exhortación original,
dirigiéndose a un paquete de palos, paja y vestidos viejos, sin nada mejor que
una arrugada calabaza por cabeza, como sabemos bien que estaba formado el
espantajo. Sin embargo, debemos recordarlo muy especialmente, Mamá Rigby era
una bruja de singular habilidad y poder; y teniendo presente este hecho, no
habrá nada increíble en los notables incidentes de nuestra historia. A la
verdad, la dificultad mayor quedará vencida al punto, si logramos llegar a la
creencia de que tan pronto como la vieja le ordenó fumar, brotó una bocanada de
humo de la boca del espantajo. Fué seguramente una bocanada muy ligera; pero a
ésta siguió otra y otras más, cada una más decidida que las anteriores.
—¡Fuma, ángel mío! ¡fuma, lindo!—siguió diciendo
Mamá Rigby con su sonrisa más graciosa.—Es hálito de vida para ti; te doy mi
palabra.—
Queda fuera de duda que la pipa estaba encantada.
Debía existir algún conjuro sea en el tabaco, o en el ardiente fuego que ardía
misteriosamente en su hueco, o en el humo aromático que se exhalaba de las
encendidas hojas. Después de varias tentativas vacilantes, la figura arrojó al
fin una nube de humo que se extendió desde el obscuro rincón hasta la faja
luminosa de la ventana. Allí se difundió y se desvaneció entre los átomos de polvo. Parecía haber sido un esfuerzo convulsivo,
pues que las dos o tres bocanadas siguientes fueron más débiles, aunque el
fuego ardía todavía y arrojaba sus reflejos sobre el rostro del espantajo. La
vieja bruja aplaudió golpeando sus flacas manos una contra otra y sonrió a su
muñeco de manera alentadora. Veía que el encanto obraba. La faz arrugada y
amarilla, que hasta entonces no había ofrecido aspecto vital, comenzaba a
mostrar una especie de fantástica y tenue atmósfera humana que parecía fluctuar
a su alrededor, desvaneciéndose a veces completamente, y haciéndose otras más perceptible
siguiendo las exhalaciones de la pipa. De igual manera asumía toda la figura
una semblanza de vida, como la que prestamos a formas mal definidas de las
nubes, engañándonos a medias con las divagaciones de nuestra propia fantasía.
Si hubiéremos de ahondar profundamente en la
materia, podría dudarse si, después de todo, hubo algún cambio en la sórdida,
raída, insignificante y mal pergeñada figura del espantajo; o si únicamente
alguna ilusión fantasmagórica y cierto curioso efecto de luz y sombra la
coloreaba y delineaba en forma de engañar los ojos de muchas personas. Los
milagros de la brujería adolecen siempre de artificio muy superficial; y por
último, si esta explicación no llega al fondo del proceso, no puedo ofrecer
otra mejor.
—¡Muy bien, lindo mancebo!—exclamó de nuevo Mamá
Rigby.—Vamos, otra buena y vigorosa inhalación, y lánzala con fuerza y
violentamente. ¡Fuma, por tu vida, te lo digo!
¡Aspira desde el fondo de tu corazón, si corazón tienes, y si éste tiene fondo!
¡Bien, ahora! Aspira esta bocanada como si gozaras en hacerlo.—
Y la bruja hizo un ademán con la cabeza al
espantajo, poniendo tal potencia magnética en su gesto que inevitablemente
debía éste obedecer, como obedece el hierro a la misteriosa atracción del imán.
—¿Por qué te quedas holgazaneando en tu rincón,
perezoso?—dijo Mamá Rigby.—¡Avanza! ¡Tienes el mundo delante de ti!—
Palabra, que si no hubiera oído yo mismo esta
relación en el regazo de mi abuela y no hubiera quedado completamente
establecida entre las cosas verosímiles cuando mi infantil credulidad no podía
aún analizar su posibilidad, jamás habría tenido el atrevimiento de referirla
ahora.
Obedeciendo a la voz de Mamá Rigby y alargando el
brazo como para coger su mano extendida, la figura avanzó un paso, una especie
de sacudimiento o salto más bien que paso; vaciló luego y casi perdió el
equilibrio.
¿Qué más podía esperar la hechicera? No era nada,
después de todo; solamente un espantajo de madera armado sobre dos estacas.
Pero la enérgica bruja se enfadó, y sacudió la cabeza, y lanzó la fuerza de su
voluntad tan poderosamente sobre aquella miserable combinación de madera
podrida, paja mohosa y raída vestimenta, que se vió obligado el espantajo a
mostrarse hombre, a despecho de la realidad de las cosas. Así avanzó hasta la faja luminosa. Detúvose allí ¡pobre diablo
de invención! revestido solamente de una capa ligerísima de apariencia humana,
a través de la cual era visible la rígida, desvencijada, incongruente, vieja,
harapienta, múltiple e inútil combinación de su esencia, pronta a desplomarse
en tierra en un montón de residuos, por la conciencia de su propia indignidad
para erguirse. ¿Confesaré la verdad? En este punto de vivificación, el
espantajo me hace recordar ciertos caracteres indefinidos y anormales,
compuestos de elementos heterogéneos y empleados mil veces, a despecho de su
insignificancia, por los escritores de novelas (yo también como los demás) que
han poblado con ellos superabundantemente el mundo de la fantasía.
Mas la feroz bruja comenzaba ya a encolerizarse y a
mostrar los rasgos de su naturaleza diabólica, que asomaba sibilante como una
cabeza de serpiente desde el fondo de su pecho, ante el comportamiento
pusilánime de la cosa que ella se había tomado la molestia de componer.
—¡Fuma, miserable!—gritó con ira.—¡Fuma, fuma,
fuma, tú, criatura de paja y vacuidad! ¡tú, andrajo! ¡tú, saco de harina! ¡tú,
cabeza de calabaza! ¡tú, nada! ¿Dónde encontraré una palabra suficientemente
vil para calificarte? ¡Fuma, te digo, y aspira tu vida fantástica junto con el
humo; o si no, arrancaré la pipa de tu boca y te arrojaré al lugar de donde ha
venido aquella brasa ardiente!—
Amenazado así, el infeliz espantajo no tenía más
remedio que inhalar aquella peligrosa vida. Haciendo
de necesidad virtud, aplicóse vigorosamente a la pipa, arrancando nubes de humo
tan espeso que la pequeña cocina de la choza estaba envuelta por completo en
los vapores del tabaco. Un rayo de sol luchaba por atravesar esta niebla y
podía apenas reflejar vagamente la imagen de la hendida y empolvada vidriera de
la ventana sobre el muro opuesto. Entretanto Mamá Rigby, con un brazo en jarras
y el otro extendido hacia la figura, se destacaba ferozmente en medio de la
obscuridad, con el mismo porte y expresión que cuando provocaba alguna terrible
pesadilla en sus víctimas y permanecía al lado del lecho para saborear su
agonía. El pobre espantajo fumaba y fumaba, trémulo y lleno de terror. Mas es
preciso reconocer que sus esfuerzos servían perfectamente para el objeto; pues
a cada sucesiva exhalación, perdía la figura visiblemente su aspecto informe y
confuso y parecía condensar su esencia. Aun la misma vestimenta participaba de
este mágico cambio, brillando con reflejos de novedad y resplandeciendo con el
bello bordado de oro que por tan largo tiempo había estado opacado sobre el
terciopelo. Y, revelándose apenas entre el humo, un rostro amarillo dirigía
hacia Mamá Rigby sus ojos sin expresión.
Al fin la vieja bruja cerró el puño crispado,
sacudiéndolo en dirección a la figura. No estaba iracunda verdaderamente; mas
procedía bajo el principio, falso quizá pero profundo, como todos los que
profesara persona de las cualidades de Mamá Rigby, de que las naturalezas
débiles y entorpecidas, incapaces de sentir mejor
inspiración, deben aguijonearse por medio del terror. En caso de que fracasara
lo que ella intentaba, tenía el inhumano propósito de desparpajar al miserable
simulacro en sus primitivos elementos.
—Tienes el aspecto de un hombre,—dijo la bruja
severamente.—¿Tienes también, por acaso, algún eco o remedo de voz? ¡Te ordeno
hablar!—
El espantajo abrió la boca, hizo algunos esfuerzos
y emitió al fin un murmullo tan entremezclado con el humoso aliento, que apenas
podría decirse si era voz en realidad o solamente una bocanada del humo del
tabaco. Algunos narradores opinan que los conjuros de Mamá Rigby y la fuerza de
su voluntad habían evocado un espíritu familiar dentro de la figura y que ésta
era la voz que respondía.
—¡Madre,—murmuró la pobre voz ahogada,—no seáis tan
cruel conmigo! Yo bien desearía hablar; pero ¿qué puedo decir, careciendo de
sesos?
—¿Que no puedes hablar, querido mío? ¿que no puedes
hablar, tú?-exclamó Mamá Rigby, suavizando con una sonrisa la dureza de su
continente.—Y ¿qué podrías decir, preguntas? ¡Vaya, en verdad! Perteneces a la
confraternidad de los cráneos vacíos, y ¿preguntas lo que habrías de decir?
¡Dirás mil cosas, y repitiéndolas mil y mil veces más, no habrás dicho nada
todavía! ¡No tengas miedo, te digo! Cuando entres en el mundo donde me propongo
lanzarte, no te faltará lo necesario para poder hablar. ¡Habla! ¡Vamos! Hablarás tanto como un murmurador arroyo de molino,
si tú quieres. ¡Tienes suficiente talento para eso, estoy segura!
—A vuestras órdenes, madre,—respondió la figura.
—Eso ha estado muy bien dicho, tesoro mío,
respondió Mamá Rigby.—Entonces, habla como se te ocurra y no te preocupes.
Encontrarás un centenar de frases hechas y quinientas personas que las
aprovechan. Y ahora, querido mío, me he tomado tanto trabajo por ti, y eres tan
hermoso que, a fe mía, te amo más que a cualquier otro muñeco de brujería en
todo el mundo; y los he hecho de todas clases: de yeso, de cera, de paja, de
palos, de niebla nocturna, rocío de la mañana, espuma del mar y humo de las
chimeneas. Pero tú eres el mejor de todos. Así, atiende a lo que voy a decirte.
—¡Sí, bondadosa madre,—dijo la figura;—con todo el
corazón!
—¡Con todo el corazón!—exclamó la bruja, dejando
caer las manos sobre los costados y riendo estrepitosamente.—Tienes una linda
manera de expresarte. ¡Con todo el corazón! ¡Y pusiste la mano sobre el lado
izquierdo de tu chaleco, como si realmente tuvieras corazón!—
De excelente humor por su fantástica invención,
Mamá Rigby dijo al espantajo que debía ir a representar su papel en el gran
mundo, donde ni un hombre entre ciento, aseguraba ella, estaba dotado de
esencia más refinada que su propia creación. Y para que pudiera mantener muy
alta la cabeza entre los mejores, dotóle al punto
de incalculables riquezas. Consistían, parte en una mina de oro en Eldorado, y
parte en diez mil acciones en una bancarrota fraudulenta; medio millón de acres
de viñedos en el polo norte; un castillo en el aire y un castillo en España;
agregado a la renta que todo aquello pudiera producir. Hízole donación asimismo
del cargamento de sal de Cádiz que llevaba cierto buque al cual hizo naufragar
la hechicera diez años atrás en mitad del océano por medio de sus artes
nigrománticas. Si la sal no se hubiera disuelto y pudiera introducirse en el
mercado, permitiría levantar una bonita suma entre los pescadores. Para que no
careciera de dinero en efectivo, le dió un cuarto de penique de cobre, sellado
en Bírmingham, que era todo lo que poseía; y, además, muchísima calderilla[37] que
al aplicarse sobre la frente, la volvía más y más refractaria a colorearse.
—Con esta clase de moneda solamente,—dijo Mamá
Rigby,—puedes hacer carrera en el mundo. ¡Bésame, tesoro mío! He hecho por ti
lo más que me ha sido posible.—
Además, con el objeto de que tuviera el aventurero
todas las ventajas necesarias para un bello ingreso en la vida, la excelente
anciana le dió una contraseña que le haría reconocer por cierto magistrado,
miembro del consejo, mercader, y funcionario eclesiástico: cuatro dignidades
que constituían un solo hombre que se encontraba a la cabeza de
la sociedad en la metrópoli vecina. La contraseña era ni más ni menos que una
sola palabra que Mamá Rigby murmuró al oído del espantajo y que éste debía
murmurar a su vez al oído de mercader.
—Gotoso y todo como es este viejo camarada, hará
por ti cualquiera correría tan pronto como hayas pronunciado esta palabra en
sus oídos,—dijo la vieja bruja.—¡Mamá Rigby conoce muy bien al digno juez
Gookin, y el digno juez conoce bien a Mamá Rigby!—
A estas palabras la bruja acercó su arrugada faz a
la del muñeco, riendo inconteniblemente y estremeciéndose con deleite de pies a
cabeza a la idea de lo que iba a comunicarle.
—El digno magistrado Gookin,—murmuró,—tiene por
hija una donosa doncella. Y ¡escucha bien, mi favorito! Tú tienes bello
continente y bastante ingenio natural. ¡Sí, bastante viveza de entendimiento!
Lo comprenderás mejor cuando hayas podido apreciar el ingenio de los demás.
Ahora bien; con ese exterior e interior tuyos, eres el hombre llamado a
conquistar el corazón de una joven. ¡No lo dudes jamás! Te garantizo que así
será. Pon solamente de tu parte bastante aplomo en el asunto, suspira, sonríe,
agita tu sombrero, adelanta el pie como un maestro de baile, coloca la mano
derecha sobre el lado izquierdo de tu chaleco, y la linda Polly Gookin será
tuya.—
Todo este tiempo la nueva criatura había estado
inhalando y exhalando la vaporosa fragancia de su pipa
y parecía ahora continuar en esta ocupación por propio placer y no como
condición indispensable para su existencia. Era maravilloso observar cuán
extraordinariamente se asemejaba ahora a un ser humano. Sus ojos—que a este
tiempo parecía ya tenerlos—estaban fijos en Mamá Rigby, y movía o inclinaba
siempre la cabeza en el momento oportuno. Tampoco dejaban de acudir a sus
labios las palabras propias para la ocasión: “¿Realmente? ¿En verdad? ¡Dígame,
se lo ruego! ¿Es posible? ¡Palabra de honor! ¡De ninguna manera! ¡Oh! ¡Ah!
¡Jem!” y muchas otras exclamaciones de rigor que implican atención,
interrogación, asentimiento o disentimiento de parte del oyente. Aun después de
haberse encontrado por allí y haber visto fabricar desde el principio al
espantajo, era difícil resistirse a la convicción de que el sujeto comprendía
perfectamente el alcance de los astutos consejos que la vieja bruja depositaba
en su remedo de oído. Mientras aplicaba con mayor entusiasmo sus labios a la
pipa, su expresión se volvía más sagaz, sus gestos y ademanes adquirían mayor
vida y su voz resonaba de manera más inteligible. Sus vestidos lucían también
más y más con ilusoria magnificencia. La misma pipa en que ardía el conjuro de
toda esta obra maestra, dejó de aparecer como un pesado artefacto de tierra
ennegrecida para convertirse en un artístico objeto de espuma de mar con cabeza
pintada y boquilla de ámbar.
Podría temerse, sin embargo, que dependiendo del
vapor de la pipa la vida de esta ilusión, hubiera de
terminar simultáneamente con la reducción del tabaco a cenizas. Pero la bruja
había previsto esta dificultad.—Sostén la pipa, hermoso mío,—dijo,—mientras la
lleno de nuevo para ti.—
Era penoso ver cómo el elegante caballero comenzaba
a retroceder hasta espantajo mientras Mamá Rigby sacudía las cenizas de la pipa
y procedía a llenarla otra vez con el tabaco de su caja.
—¡Dickon!—exclamó con su voz fuerte e
imperiosa,—¡más fuego para esta pipa!—
Apenas lo había dicho, cuando la partícula de rojo
intenso brillaba dentro de la cabeza de la pipa; y el espantajo, sin aguardar
las órdenes de la bruja, aplicando el tubo a sus labios, comenzaba a arrancar
cortas y convulsivas bocanadas que pronto, sin embargo, se convirtieron en más
iguales y regulares.
—Ahora, chiquillo de mi corazón,—dijo Mamá
Rigby,—suceda lo que quiera debes adherirte a tu pipa. Tu vida reside allí; y
esto lo sabes bien, aun cuando no sepas mucho más fuera de esto. ¡No te
desprendas de tu pipa, te digo! Fuma, aspira, lanza nubes de humo, y si alguien
te pregunta, di a la gente que es por salud, que tu médico lo ha recomendado
así. Y cuando tu pipa esté concluyéndose, ve, delicia mía, a cualquier rincón
y, penetrándote primero bien de humo, exclama con imperio: “¡Dickon! ¡una nueva
pipa de tabaco! ¡Dickon! ¡fuego para mi pipa!” y fúmala tan pronto como sea
posible. De lo contrario, en lugar de un galano caballero con casaca bordada de oro, te convertirás en un haz de palos y
vestidos destrozados, un saco de paja y una arrugada calabaza. ¡Ahora parte,
tesoro mío, y la dicha sea contigo!
—¡Nada temáis, madre!—dijo la figura con voz
sonora, lanzando una vigorosa bocanada.—¡Yo arribaré, si esto es dado a un
caballero y a un hombre honrado!
—¡Oh, tú me harás morir!—exclamó la vieja bruja, en
una carcajada convulsiva.—Eso estuvo muy bien dicho. ¡Si es dado a un caballero
y a un hombre honrado! Representas tu papel a la perfección. Continúa siendo un
elegante caballero; y yo apostaré en tu cabeza como hombre de meollo y de
substancia, provisto de talento y de lo que llaman corazón, y de todo aquello
que debe poseer un hombre, contra cualquier otro animal de dos pies. Por ti me
creo yo ahora hechicera más hábil que antes. ¿No te he formado acaso? ¡Y
desafío a hacer cosa parecida a la mejor bruja de la Nueva Inglaterra! ¡Mira,
llévate mi vara!—
La vara, que era un simple palo de roble, tomó
inmediatamente la apariencia de un bastón con puño de oro.
—Esta cabeza de oro tiene tanto talento como la
tuya,—dijo Mamá Rigby,—y te guiará directamente a la casa del digno magistrado
Gookin. Ve allá, mi lindo, querido, precioso, tesoro mío; y cuando pregunten tu
nombre, di que te llamas Feathertop (Cabeza Emplumada). Llevas plumas en el
sombrero, y arrojé todo un manojo en el hueco vacío
de tu cabeza; tu peluca es también del estilo llamado Feathertop. ¡Así,
Feathertop será tu nombre!—
Saliendo de la cabaña, Feathertop marchó virilmente
hacia la ciudad. Mamá Rigby permaneció en el dintel, profundamente complacida
de ver los rayos del sol reflejándose en su obra, como si toda aquella
magnificencia fuera real; y observando cuán empeñosa y amorosamente fumaba su
pipa Feathertop, y con qué elegancia marchaba, a pesar de cierta ligera rigidez
en las piernas. Le miró alejarse hasta que se perdió de vista y envió su
bendición a su favorito cuando una revuelta del camino le ocultó completamente
a sus ojos.
Cerca del mediodía, cuando la calle principal de la
vecina ciudad se encontraba en el colmo del bullicio y animación, seguía la
acera un extranjero de aspecto muy distinguido. Su porte y sus vestidos estaban
llenos de nobleza. Llevaba casaca color ciruela ricamente bordada, chaleco de
suntuoso terciopelo magníficamente adornado de hojas doradas, un espléndido par
de calzas encarnadas y las más bellas y brillantes medias de seda. Su cabeza
estaba cubierta con una peluca tan lindamente arreglada y empolvada que habría
sido un sacrilegio desordenarla con el sombrero de encaje dorado y adornado de
una pluma nevada, que el caballero llevaba bajo el brazo. En el pecho de la
casaca resplandecía una estrella. Manejaba este personaje su bastón de puño
dorado con la gracia peculiar de los gentilhombres de aquella época; y, para
completar su atavío, llevaba en los puños volantes
de encaje de delicadeza etérea, delatando a las claras cuán ociosas y
aristocráticas debían ser las manos que ocultaban a medias.
Circunstancia digna de notarse en el continente de
este brillante personaje, era que llevaba en la mano izquierda una pipa
fantástica, con cabeza deliciosamente pintada y boquilla de ámbar. Aplicábala a
sus labios cada cinco o seis pasos e inhalaba una profunda bocanada de humo
que, después de retener un momento en sus pulmones, arrojaba en graciosos
remolinos por la boca y la nariz.
Como es fácil imaginar, en toda la calle se trataba
activamente de conocer el nombre del extranjero.
—Es, sin duda, algún gentilhombre de elevada
alcurnia,—decía un vecino de la ciudad.—¿Veis la estrella que lleva sobre el
pecho?
—¡No; vaya que es poco brillante para verse!—decía
otro.—Sí; debe ser forzosamente un gentilhombre, como decís. Mas ¿qué ruta
imagináis que su señoría haya tomado para venir acá? No ha llegado barco del
viejo mundo desde el mes pasado; y si hubiera venido del sur por tierra,
¿queréis decirme dónde están sus criados y su equipaje?
—No necesita equipaje para establecer su
alcurnia,—hizo observar un tercero.—Así se presentara en harapos, brillaría su
nobleza a través de los agujeros de sus codos. Jamás he visto semejante
dignidad de aspecto. Tiene la antigua sangre normanda en sus venas, lo juraría.
—Mas bien le tomaría por un holandés o un alemán de sangre noble,—dijo otro de los
ciudadanos.—Los hombres de aquellas regiones tienen siempre la pipa en la boca!
—Así son también los turcos,—respondió su
compañero.—Pero, a mi juicio, este extranjero ha nacido en la corte francesa y
aprendido allí la cortesanía y dignidad de maneras que en ninguna parte se
despliegan como entre la nobleza de Francia. ¡Aquel modo de andar también! Un
espectador vulgar lo juzgaría algo rígido, lo calificaría quizá de sacudimiento
o trote; pero a mis ojos tiene indecible majestad, y debe haberlo adquirido por
la observación constante de las maneras del gran monarca. El carácter y profesión
del extranjero están bastante evidentes. Es algún embajador francés que ha
venido a conferenciar con nuestros gobernadores sobre la cesión del Canadá.
—Verosímilmente es un español,—dijo otro,—y de allí
viene su tez amarillenta; o más bien es de la Habana o de algún otro puerto de
los dominios españoles, y viene a investigar las piraterías con las cuales se
dice que contemporiza nuestro gobernador. Aquellos colonizadores del Perú y
Méjico tienen la piel tan amarilla como el oro que extraen de sus minas.
—¡Amarillo o no, es un hombre muy hermoso! protestó
una señora;—¡tan alto, tan esbelto! con un semblante tan fino y distinguido,
una nariz tan bien delineada y una boca tan deliciosamente expresiva! Y ¡Dios
me bendiga, qué estrella más brillante! ¡Positivamente arroja llamas!
—Lo mismo que vuestros ojos, hermosa dama,—dijo el
extranjero, haciendo una reverencia y agitando su pipa; pues pasaba justamente
en aquel instante.—¡Por mi honor, casi me han deslumbrado!
—¿Se ha oído alguna vez cumplimiento más exquisito
y original?—murmuró la dama, en éxtasis de delectación.
En medio de la admiración general que excitaba el
extranjero, sólo se escucharon dos voces discordantes. Una de ellas fué la de
un impertinente can que después de olfatear los talones del resplandeciente
personaje, metió la cola entre las piernas y se lanzó al corral de su amo,
vociferando un execrable aullido. El otro ser en desacuerdo con la opinión
pública fué un chico que lanzó un chillido con toda la fuerza de sus pulmones,
balbuceando no sé qué ininteligible tontería acerca de calabazas.
Entretanto Feathertop seguía su camino por la
calle. Con excepción de las pocas palabras corteses que dirigió a la dama y una
que otra ligera inclinación de cabeza correspondiendo profundas reverencias de
los espectadores, parecía completamente absorbido en su pipa. No era necesaria
mayor prueba de su alcurnia e importancia que la perfecta ecuanimidad con que
se manejaba mientras la admiración de la ciudad crecía hasta convertirse casi
en clamor en torno suyo. Con una multitud congregada tras de sus huellas, llegó
el extranjero finalmente a la casa del digno juez Gookin, atravesó la reja,
subió los peldaños de la escalera central y llamó a la puerta. Pudo notarse que, en el intervalo entre su llamada y la respuesta,
sacudía el extranjero las cenizas de su pipa.
—¿Qué dijo con aquella voz tan imperiosa?—preguntó
uno de los espectadores.
—No sé, no podría decirlo,—respondió su amigo.—Pero
el sol me deslumbra de manera extraña. ¡Qué ajado y descolorido se ha puesto
repentinamente su señoría! ¡Dios me bendiga! ¿Qué es lo que me pasa?
—Lo maravilloso es que su pipa, apagada hace un
momento, aparece otra vez encendida y con el fuego más intenso que he visto en
mi vida. Hay algo misterioso en este extranjero. ¡Qué bocanada de humo más
espesa! ¿Decíais que estaba ajado y descolorido? ¡Mirad! Cuando se vuelve,
brilla la estrella en su pecho como una llamarada.
—Así es, en verdad,—dijo su compañero;—y
deslumbrará probablemente a la linda Polly Gookin a quien veo asomándose a la
ventana de aquella habitación.—
Tan luego que se abrió la puerta, volvióse
Feathertop hacia la multitud, inclinóse majestuosamente, como un gran hombre
que reconociera los homenajes en la forma más estricta, y desapareció en la
casa. Brillaba en su semblante una especie de sonrisa misteriosa, una mueca,
mejor dicho; pero entre la muchedumbre que le contemplaba, nadie tuvo la
penetración suficiente para descubrir su ilusoria personalidad, salvo un
chiquillo y un miserable can.
Nuestra leyenda pierde aquí algo de continuidad, y
saltando sobre las explicaciones preliminares entre
Feathertop y el comerciante, pasa en busca de la linda Polly Gookin. Era ésta
una damisela de suaves y redondeadas formas, cabello rubio, ojos azules y bello
rostro sonrosado, ni demasiado ingenuo, ni demasiado perspicaz. La joven
descubrió por la ventana al brillante extranjero que se encontraba a la puerta
y, preparándose para la entrevista, se acicaló inmediatamente con una cofia de
encajes, un collar de cuentas, su pañuelo más hermoso y su falda de damasco de
la mejor calidad. Mientras se apresuraba a bajar de su aposento al salón,
mirábase en los grandes espejos ensayando lindos modales, ya una sonrisa, ya
cierta dignidad ceremoniosa, ya una sonrisa más dulce que la primera, mientras
besaba su mano, moviendo la cabeza y manejando el abanico; en tanto que, dentro
del espejo, una insignificante doncellica repetía todos sus ademanes y gestos
ridículos sin lograr que Polly se avergonzara de ellos. En suma, si la linda
Polly no llegaba a producir ilusión tan completa como el ilustre Feathertop,
era culpa de su poca habilidad y no de su poca voluntad para conseguirlo; de
manera que al demostrar así su simplicidad, no era aventurado suponer que el
fantasma creado por la hechicera pudiera conquistarla.
Apenas oyó Polly el ruido de los pasos gotosos de
su padre, aproximándose a la puerta del salón acompañados del rígido resonar de
los zapatos de altos tacones de Feathertop, sentóse recta como una flecha y
comenzó inocentemente a entonar una canción.
—¡Polly! ¡Polly, hija mía!—gritó el viejo
mercader.—Ven acá, chiquilla.—
El continente del magistrado aparecía turbado e
indeciso cuando abrió la puerta.
—Este gentilhombre,—continuó, presentando al
extranjero,—es el caballero Feathertop, no, perdonadme, es Lord Feathertop, que
me trae un recuerdo de una antigua amiga. Cumplid vuestros deberes sociales con
su señoría, niña, y honradle como su calidad merece.—
Después de estas pocas palabras de presentación, el
magistrado abandonó el salón. Mas si en este breve instante hubiera mirado
Polly a su padre en vez de dedicarse por entero a la contemplación del
brillante caballero, habría podido comprender que algún peligro se cernía a la
inmediación. El viejo estaba nervioso, inquieto y muy pálido. Tratando de
esbozar una sonrisa cortés deformaba su rostro en una mueca galvánica, que se
convirtió en ceño feroz tan pronto como Feathertop hubo vuelto las espaldas; al
mismo tiempo que amenazaba con el puño cerrado y golpeaba el suelo con su pie
gotoso; falta de cortesía que trajo consigo su inevitable y doloroso resultado.
Parece, en verdad, que la palabra de introducción de Mamá Rigby, sea cual
fuere, actuaba más por el temor que por la voluntad sobre el rico mercader.
Siendo además hombre de extraordinaria sagacidad y penetración, advirtió que
las figuras pintadas en la pipa de Feathertop estaban dotadas de movimiento.
Mirando con mayor atención, pudo convencerse de que aquellas figuras eran una
partida de diablillos debidamente provistos de
cuernos y cola, y danzando con las manos enlazadas y gestos de regocijo
diabólico en toda la circunferencia de la cabeza de la pipa. Para confirmar sus
sospechas, mientras guiaba Master Gookin a su huésped a través de un obscuro
pasadizo desde su despacho particular hasta el salón, la estrella que
Feathertop llevaba al pecho arrojó verdaderas llamas, reflejando trémulos rayos
sobre los muros, el techo y el pavimento.
Con tales siniestros pronósticos que se
manifestaban de maneras tan diversas, no es sorprendente que el mercader
pensara que comprometía a su hija en relaciones muy dudosas. Maldecía en el
fondo de su alma la elegancia insinuante de los modales de Feathertop cuando
este atrayente personaje se inclinaba, sonreía, posaba la mano sobre el
corazón, inhalaba una profunda bocanada de su pipa y enriquecía la atmósfera
con el aliento vaporoso de un suspiro fragante y visible. Alegremente habría
puesto en la puerta el pobre Master Gookin a su peligroso visitante; pero había
de por medio cierto grave terror que le constreñía.
Este respetable anciano, se había dejado arrastrar
algo en mal camino en su temprana juventud, lo tememos, y quizá se veía ahora
obligado a redimirlo por el sacrificio de su hija.
La puerta del salón era en parte de cristales
cubiertos por una cortina de seda, cuyos pliegues quedaban un poquillo al
sesgo. Tan vivo interés acosaba al comerciante por presenciar lo que iba a
acontecer entre la bella Polly y el galante Feathertop que, después de
abandonar el aposento no pudo impedirse de mirar
por la abertura de la cortina.
Mas nada de milagroso le fué dado observar; nada,
fuera de las bagatelas antes enunciadas, que le confirmaron en la idea de que
algún peligro sobrenatural amenazaba a la bonita Polly. El extranjero era
indudablemente hombre de mundo, práctico, metódico y dueño de sí mismo; y, de
consiguiente, el personaje preciso a quien un padre no debe confiar sin la
debida precaución una ingenua y sencilla muchacha. El digno magistrado que
conocía la humanidad en cualquiera esfera o condición, no podía menos de advertir
que todos los gestos y ademanes del distinguido Feathertop respondían en
absoluto a las conveniencias del momento: nada de rudeza natural había quedado
en él; las convenciones sociales estaban tan adaptadas y asimiladas a su
naturaleza íntima, que le transformaban en una obra de arte. Quizá si esta
misma peculiaridad era lo que le prestaba cierto aire pavoroso y
fantasmagórico. Todo lo que es consumado y perfectamente artificial en el
hombre le hace aparecer sobrenatural ante nuestros ojos, algo así como si su
individualidad bastara apenas para dibujar en el suelo una sombra. Tratándose
de Feathertop, esta impresión se confundía en un sentimiento extravagante,
fantástico y original, como si su vida y esencia dependieran del humo rizado
que se escapaba de su pipa.
Pero la linda Polly Gookin no pensaba de esta
manera. La pareja paseaba entonces a través de la
habitación: Feathertop, con su andar distinguido y su no menos distinguido
semblante; la joven con cierta gracia femenina natural, realzada por un toque
ligero de afectación que no la perjudicaba y que parecía aprendido del arte
perfecto de su compañero. Mientras más se prolongaba la entrevista más
encantada estaba la linda Polly; hasta que, pasado un cuarto de hora, la joven
comenzó positivamente a sentirse enamorada, como pudo notarlo el viejo
magistrado desde su escondite. No era necesaria magia alguna para provocar este
rápido resultado; el corazón de la pobre niña era sin duda tan apasionado que
se fundía a su propio calor, reflejado en la hueca semblanza de un amante. Nada
importaba lo que Feathertop dijera: sus palabras levantaban profundo eco y
repercutían en los oídos de la joven; nada importaba lo que hiciera: sus
acciones revestían siempre caracteres heroicos ante los ojos de Polly. Y puede
suponerse que en aquellos momentos se encendían las mejillas de la joven y
brillaba en sus labios tierna sonrisa, y húmeda dulzura en sus miradas;
mientras la estrella chispeaba en el pecho de Feathertop y los pequeños
demonios corrían con regocijo más y más frenético alrededor de la cabeza de la
pipa. ¡Oh, linda Polly Gookin! ¿Por qué se regocijan tan locamente aquellos
diablillos de que una necia doncella esté a punto de dar su corazón a una
sombra? ¿Es acaso una desgracia tan inusitada, un triunfo tan raro?
De pronto se detuvo Feathertop y adoptando una
actitud majestuosa pareció imponer a la joven la
contemplación de su figura y desafiarla a que resistiera su atractivo si esto
era posible. La estrella, los bordados, las hebillas, brillaban en aquel
momento con esplendor indecible; los matices pictóricos de su atavío tomaron
mayor riqueza de colorido; desprendíase de toda su persona el lustre y
cortesanía que traduce el encanto de modales refinados. La doncella levantó los
ojos y los fijo en su compañero con expresión tímida y maravillada. Luego, como
deseosa de juzgar por sí misma el valor que su sencilla belleza pudiera tener
al lado de tal esplendor, lanzó una mirada al espejo de grandes dimensiones
enfrente del cual se hallaban incidentalmente. Era una lámina de las más claras
e incapaz de lisonja. Apenas tropezaron los ojos de Polly con las imágenes allí
reflejadas, lanzó un agudo grito, alejóse del extranjero, le miró un momento
con desordenado espanto, y se desplomó insensible sobre el pavimento.
Feathertop, siguiendo la dirección de su mirada en el espejo, contempló
también, no el brillante remedo que su exterior aparentaba, sino la imagen del
sórdido conjunto de su composición real, despojada de toda hechicería.
¡Miserable simulacro! Casi debiéramos compadecerle.
Levantó los brazos con expresión desesperada, más intensa que todas sus
manifestaciones anteriores para vindicar sus pretensiones de considerarse
humano; pues quizá por primera vez desde que inició la vida mortal, tan a
menudo vacía y decepcionada, se había forjado y aceptado plenamente la ilusión
de su propia personalidad.
Mamá Rigby estaba sentada al fondo de su cocina
hacia el crepúsculo de este día tan lleno de acontecimientos, y sacudía
justamente las cenizas de una pipa nueva, cuando escuchó un paso precipitado a
lo largo de la carretera. No se asemejaba mucho al ruido de pasos humanos, sino
que parecía más bien el golpeteo de leños o el chocar de huesos descarnados.
“¡Ah!” pensó la vieja bruja, “¿qué pasos son éstos?
¿Qué esqueleto ha salido fuera de su tumba?”
Una figura se precipitó por la puerta de la cabaña.
¡Era Feathertop! Su pipa estaba todavía encendida; la estrella flameaba aún
sobre su pecho; los bordados brillaban todavía en su atavío; y tampoco había
perdido aún, en forma apreciable, el aspecto que le hacía asemejarse a los
mortales. Sin embargo, por algo indescriptible en su continente, como sucede en
todos los casos en que el desengaño se ha apoderado por completo de nosotros,
la triste realidad, se discernía bajo el hábil artificio.
—¿Qué cosa salió mal?—preguntó la bruja.—¿Olfateó
el hipócrita juez más de lo preciso y arrojó a mi niño de su casa? ¡Infame!
Enviaré veinte demonios para atormentarle hasta que te ofrezca su hija de
rodillas!
—No, madre,—dijo Feathertop desesperadamente;—no es
eso.
—¿La chica desdeñó a mi precioso?—preguntó Mamá
Rigby lanzando rayos feroces de sus ojos, semejantes a dos brasas de
Tóphet.—¡Cubriré su rostro de barros! ¡Volveré su
nariz tan roja como el fuego de tu pipa! ¡Haré caer sus dientes delanteros!
¡Dentro de una semana no será ya digna de ti!
—Dejadla tranquila, madre,—respondió el pobre
Feathertop;—la doncella estaba casi vencida; y creo que un beso de sus dulces
labios me habría hecho sentirme completamente humano. Pero,—añadió tras breve
pausa y con un grito de desprecio para sí mismo,—¡me he visto, madre! ¡He visto
la miserable, harapienta y vacía criatura que soy! ¡No quiero vivir más!—
Arrancando la pipa de su boca, la estrelló con toda
su fuerza contra la chimenea, y se desplomó en el mismo instante convertido en
una mezcla de paja y andrajos con algunos palos sobresaliendo del montón y una
arrugada calabaza en el centro. Los huecos de los ojos carecían ya de luz; pero
la abertura toscamente rasgada, que había hecho las veces de boca, parecía
retorcerse aún en desesperada mueca y tenía aspecto casi humano.
“¡Pobre chico!—exclamó Mamá Rigby, lamentándose
ante los restos de su desventurada creación.—¡Pobre querido mío, lindo
Feathertop! Hay millares y millares de mequetrefes y charlatanes en el mundo,
formados de la misma mescolanza de desechos, andrajos y cosas inútiles que
entraban en su composición. Gozan, sin embargo, de buena fama y jamás se
aprecian a sí mismos en lo que valen. ¿Por qué mi pobre muñeco había de ser el
único en conocerse y en sufrir y perecer por ello?—
Murmurando estas palabras, había llenado la bruja
una nueva pipa de tabaco, y sostenía el tubo entre sus dedos vacilando entre
colocarla en sus propios labios o en los de Feathertop.
—¡Pobre Feathertop!—continuó.—Podría darle
fácilmente ocasión de ensayar una nueva vida haciéndole salir mañana al mundo.
Pero no; es demasiado tierno, demasiado exquisitamente sensible. Tiene
demasiado corazón para manejarse con provecho en este mundo tan vacío e
indiferente. ¡Vaya! ¡vaya! Le haremos servir de espantajo, después de todo. Es
un oficio inocente y útil, y vendrá bien a mi protegido. Si todos sus
semejantes encontraran ocupación tan adecuada, sería un gran bien para la
humanidad. Y en cuanto a la pipa, yo la necesito más que él.—
Diciendo así, Mamá Rigby llevó el tubo a sus
labios.
—¡Dickon!—gritó con su aguda e imperiosa voz,—fuego
para mi pipa!
LA EXPEDICIÓN proyectada el año 1725 en defensa de
las fronteras, y que terminó en la renombrada “batalla de Lóvell,” es uno de
los pocos incidentes de la guerra india susceptibles de la luz fantástica del
romance. Dejando a la sombra judiciaria ciertas circunstancias, la imaginación
encuentra mucho que admirar en el heroísmo de una pequeña banda que presentó
batalla a enemigo dos veces superior, en el corazón de su propio país. La
valentía desplegada por ambas partes estuvo de acuerdo con las ideas civilizadas
sobre el valor; y aun la caballería andante no se avergonzaría de registrar en
sus anales las hazañas individuales de uno o dos de aquellos combatientes. La
batalla a que nos referimos, aunque fatal para los beligerantes, no tuvo
consecuencias funestas para la nación, porque derrocó el poderío de una tribu y
condujo a la paz que subsistió durante varios años consecutivos. La historia y
la tradición son minuciosas en sus crónicas sobre este asunto; y el capitán de
una partida de exploradores en la frontera adquiría renombre militar tan
positivo como el del jefe que condujera millares de hombres a la victoria. A
pesar de la substitución de nombres ficticios por los verdaderos, será fácil
reconocer algunos de los incidentes que se refieren
en las páginas siguientes, como el mismo relato escuchado de labios de los
ancianos sobre la suerte de los pocos combatientes que sobrevivieron en la
retirada de la “batalla de Lóvell.”
Brillaban alegremente los primeros rayos del sol
sobre la copa de los árboles a cuyo pie reposaron la noche anterior dos
hombres, sus miembros fatigados y heridos. Habían preparado su lecho de hojas
secas de roble sobre el pequeño plano que se extendía al pie de una roca
situada cerca del punto prominente de una de aquellas ondulaciones del terreno
que prestan tan variado aspecto a la comarca. La masa de granito, elevando su
bruñida y lisa superficie a quince o veinte pies sobre sus cabezas, semejaba una
gigantesca piedra tumularia, en que las venas naturales parecían formar una
inscripción en caracteres olvidados. En una extensión de varios acres en torno
de esta roca, los robles y otros árboles de madera dura habían reemplazado a
los pinos, producto ordinario del terreno, y un joven y vigoroso renuevo de
roble se erguía inmediatamente detrás de los viajeros.
Las graves heridas del hombre más anciano le habían
privado del sueño evidentemente; pues apenas se posó el primer rayo del sol en
la copa del árbol más elevado, enderezóse penosamente de su posición yacente y
se sentó. Las líneas profundas de su rostro y algunas hebras grises en sus
cabellos acusaban que había pasado de la edad mediana; pero su musculoso cuerpo
habría sido capaz de resistir la fatiga como en la
fuerza de la juventud, a no ser por el efecto de sus heridas. La languidez y el
agotamiento se revelaban en sus macilentas facciones; y la mirada desolada que
arrojó a las profundidades de la selva manifestaba la íntima convicción de que
su peregrinaje había terminado. Volvió en seguida los ojos al compañero que
estaba acostado al lado suyo. Era un joven que apenas habría alcanzado la edad
viril, y yacía, con la cabeza sobre el brazo, entregado a un sueño intranquilo,
que un estremecimiento causado por el dolor de sus heridas parecía a cada
instante a punto de romper. Su mano derecha asía un fusil; y a juzgar por el
juego violento de sus facciones, su sueño le mostraba de nuevo la visión del
conflicto del cual era uno de los escasos sobrevivientes. Un grito, agudo y
fuerte sin duda en su soñadora fantasía, llegó a sus labios en vago murmullo;
y, estremeciéndose a este ligero eco de su propia voz, despertó repentinamente.
Su primera preocupación al recobrar sus sentidos fué preguntar ansiosamente por
el estado de su compañero herido. Éste sacudió la cabeza.
—Rubén, hijo mío,—dijo,—esta roca tras de la cual
nos encontramos servirá de piedra tumularia a un viejo cazador. Hay todavía
largas millas de tétrica soledad ante nosotros; y sería lo mismo para mí aun
cuando el humo de la propia chimenea de mi casa estuviera al extremo de esta
ondulación del terreno. Las balas indias son más mortíferas de lo que yo
pensaba.
—Estáis débil por efecto de nuestra caminata de tres días,—replicó el joven,—y un poco de descanso
os devolverá la fuerzas. Quedad aquí mientras busco en el bosque las hierbas y
raíces que deben sustentarnos; y después de haber comido, apoyándoos en mí,
emprenderemos la vuelta al hogar. No dudo de que con mi ayuda podréis llegar
hasta una de las guarniciones de la frontera.
—No tengo dos días de vida, Rubén,—dijo el otro,
serenamente,—y mi cuerpo inútil no debe ser más tiempo una carga para ti, que
con dificultad puedes sostenerte a ti mismo. Tus heridas son profundas y tus
fuerzas decaen rápidamente; sin embargo, puedes salvarte aún, si te apresuras a
avanzar solo. Para mí no hay esperanza, y aguardaré aquí la muerte.
—Si es así, permaneceré a vuestro lado y velaré por
vos,—dijo Rubén con resolución.
—No, hijo mío, no,—insistió su compañero.—Deja que
se imponga la voluntad de un moribundo; dame tu mano, que yo la estreche, y
parte. ¿Piensas que mis últimos momentos serían más tranquilos con la idea de
que te condenaba a morir de muerte más lenta? Te he amado como un padre, Rubén;
y en momentos como éste debo tener la autoridad de un padre. ¡Te ordeno
marchar, para que yo pueda morir en paz!
—Y porque habéis sido un padre para mí, ¿he de
dejaros perecer y quedar insepulto en esta soledad?—exclamó el joven.—No; si
vuestro fin se aproxima en verdad, velaré a vuestro lado y recibiré vuestra
eterna despedida. Cavaré una tumba aquí, bajo la
roca, en la cual descansaremos juntos, si la debilidad me hace desfallecer; o
si el Cielo me da fuerzas, buscaré el camino de mi hogar.
—En las ciudades y en cualquiera parte donde viven
los hombres,—replicó el otro,—se acostumbra enterrar a los muertos. Ocúltanlos
así a la vista de los vivos; pero aquí, donde ningún ser humano pasará quizá en
cien años, ¿por qué no habría de descansar bajo el cielo, cubierto únicamente
por las hojas de roble cuando las hagan caer las ráfagas de otoño? Y si de
monumento se trata, aquí tenemos esta roca gris, donde mi mano moribunda
esculpirá el nombre de Róger Malvin, para que los viajeros futuros sepan que
reposa aquí un cazador y un guerrero. No te retardes, por consiguiente, sino
apresúrate al contrario, ya que no por ti mismo, ¡por ella, que quedaría
desolada!—
Malvin pronunció con voz trémula las últimas
palabras que produjeron visiblemente hondo efecto en su compañero. Hiciéronle
recordar que existen deberes menos cuestionables que el de compartir la suerte
de un hombre a quien la muerte de su camarada no iba a beneficiar. No podría
afirmarse si algún sentimiento egoísta se abrió paso en el corazón de Rubén, a
quien su conciencia hizo aun resistir obstinadamente las súplicas de su
compañero.
—¡Cuán terrible sería aguardar la muerte en esta
soledad!—exclamó el joven.—Un hombre valiente no tiembla en el campo de
batalla; y aun la mujer puede morir valerosamente cuando los amigos rodean su
lecho; pero aquí...
—Tampoco temblaré aquí, Rubén Bourne,—interrumpió
Malvin.—Soy hombre de corazón; y aunque no lo fuera, hay una fuerza superior a
la que pueden prestar todos los amigos del mundo. Eres joven y amas la vida.
Tus últimos momentos necesitan comodidades que mi naturaleza no reclama; y
cuando me hayas depositado en tierra y te encuentres solo, y la noche caiga
sobre la selva, sentirás toda la amargura de la muerte a que ahora podías haber
escapado. Mas no daré razones egoístas a tu generoso corazón. Abandóname por mi
propia conveniencia, para que, después de haber murmurado una plegaria por tu
salvación, tenga tiempo de arreglar mis cuentas sin sentirme perturbado por
pesares terrenales.
—¿Y vuestra hija! ¿Cómo me atreveré a afrontar sus
miradas?—exclamó Rubén.—¡Me interrogará sobre la suerte de su padre, cuya vida
juré defender con la mía propia! ¿He de decirla que marchasteis tres días
conmigo desde el campo de batalla y que os abandoné luego, dejándoos perecer,
solo, en el desierto? ¿No es preferible que me acueste en la tierra y perezca
al lado vuestro, antes que regresar salvo y verme obligado a decir esto a
Dorcas?
—Dirás a mi hija,—repuso Róger Malvin,—que, a pesar
de encontrarte dolorosamente herido, débil y fatigado, sostuviste por muchas
millas mis pasos vacilantes y te separaste de mí sólo a mis ruegos, porque no
quise yo que tu muerte pesara sobre mi alma. Le dirás que fuiste fiel en medio
del sufrimiento y los peligros, y que si tu sangre hubiera
podido salvarme, la habrías derramado hasta la última gota; y dile también que
serás para ella algo más querido que un padre, y que os bendigo a ambos y que
mis ojos moribundos pueden vislumbrar una vía larga y placentera que
recorreréis juntos.—
Mientras hablaba, habíase erguido Malvin, y la
energía de sus últimas palabras pareció llenar la selva solitaria con una
visión de felicidad; mas, al caer exhausto de nuevo sobre su lecho de hojas de
roble, se apagó la luz que por un momento había brillado en los ojos de Rubén.
Sintióse loco y culpable de pensar en la dicha en momentos semejantes. Su
compañero espiaba su movible fisonomía, tratando de arrastrarle con arte
generoso a procurar su propio interés.
—Quizá me equivoco respecto al tiempo que me resta
de vida,—prosiguió.—Es posible que con pronta asistencia llegara a recobrarme
de mis heridas. Los primeros fugitivos deben haber llevado ya a la frontera las
nuevas de nuestro desastroso encuentro, y probablemente recorren el campo
partidas para recoger a los que se hallan en condiciones semejantes a las
nuestras. Si tropezaras con una de estas partidas y la guiaras a este sitio,
¿quién puede asegurar que no me vería otra vez sentado al fuego de mi hogar?—
Una dolorosa sonrisa vagó por las facciones del
moribundo al insinuar esta infundada esperanza que, sin embargo, produjo efecto
en Rubén. Ningún motivo puramente egoísta, ni siquiera la situación desolada de
Dorcas le habría inducido jamás a abandonar a su
compañero en momentos semejantes; pero sus deseos acogieron la idea de que era
posible salvar la vida de Malvin, y su entusiasta naturaleza llegó casi a
posesionarse de la remota posibilidad de encontrar ayuda humana en aquella
soledad.
—Seguramente que hay razones, y razones poderosas
para esperar que nuestros amigos no se encuentran muy distantes,—dijo a media
voz.—Un cobarde huyó en salvo al comienzo de la pelea y es probable que haya
ido bien de prisa. Todos los fieles de la frontera han empuñado sin duda el
fusil a tales nuevas; y, a pesar de que ninguna partida se aventuraría tan
adentro de los bosques, puedo encontrarla quizá después de un día de marcha.
Aconsejadme escrupulosamente,—añadió, volviéndose a Malvin, desconfiado de su propio
criterio.—Si estuvierais en mi lugar, ¿me abandonaríais mientras tuviera vida?
—Hace veinte años,—replicó Róger Malvin,
suspirando, sin embargo, al reconocer íntimamente la disimilitud de ambos
casos,—hace veinte años que escapé con un amigo muy querido del cautiverio de
los indios cerca de Montreal. Vagamos durante muchos días entre los bosques,
hasta que al fin, desfallecidos por el hambre y el cansancio, mi amigo se
desplomó y trató de persuadirme que le abandonase, porque sabía que al
permanecer pereceríamos ambos; y con muy poca esperanza de encontrar socorro,
amontoné una almohada de hojas secas bajo su cabeza y me apresuré a partir.
—¿Y volvisteis a tiempo para salvarlo?—preguntó
Rubén, pendiente de las palabras de Malvin como si fueran el profético anuncio
de su propio éxito.
—Sí;—respondió el otro.—Llegué al campamento de una
partida de cazadores el mismo día antes del ocaso. Los guié hasta el paraje
donde mi amigo aguardaba la muerte; y ahora es un hombre sano y vigoroso que
trabaja en sus propias tierras muy lejos de la frontera, mientras que yo estoy
herido aquí pereciendo en las profundidades del desierto.—
Este ejemplo, actuando poderosamente sobre la
decisión de Rubén, se fortalecía inconscientemente con muchos otros motivos en
el alma del joven. Róger Malvin comprendió que el triunfo estaba cerca.
—¡Ahora ve, hijo mío, y que el cielo te
proteja!—dijo.—Vuelve con nuestros amigos tan pronto como puedas encontrarlos,
a menos que las heridas y el cansancio te hagan desfallecer; pero en este caso,
envía dos o tres, los que sea posible, en busca mía; y créeme, Rubén, mi
corazón se sentirá más ligero a cada paso que te acerque al hogar.—
Mas podía quizá observarse cierto cambio en su voz
y en su fisonomía mientras hablaba así; porque era, en verdad, suerte horrible
verse abandonado para expirar en la soledad.
Rubén Bourne, convencido sólo a medias de que
procedía con rectitud, alzóse y se preparó para la partida. Pero antes, aunque
contrariando los deseos de Malvin, reunió un montón de las hierbas y raíces que habían sido su único alimento en los dos
últimos días. Colocó la inútil provisión al alcance del moribundo, para quien
dispuso igualmente un lecho fresco de hojas secas de roble. Subiendo entonces
al ápice de la roca, que era áspera y rugosa por uno de sus lados, inclinó el
joven roble y ató su pañuelo en la rama más alta. La precaución no era
innecesaria para guiar a cualquiera que pudiese venir en busca de Malvin;
porque los costados de la roca, salvo el ancho y bruñido frente, quedaban
ocultos a poca distancia por la densa vegetación de la selva. El pañuelo era el
vendaje de la herida del brazo de Rubén; y al atarlo en el árbol juró, por la
sangre de que estaba manchado, que regresaría, ya fuera para salvar la vida de
su compañero o para depositar su cuerpo en la tumba. Bajó después y se mantuvo
con los ojos bajos, escuchando las últimas palabras de Malvin.
La experiencia de éste le sugería numerosos y
detallados consejos respecto al viaje del joven a través de la intrincada
selva. Habló de ello con serena gravedad, como si enviara al joven de caza o a
la guerra mientras quedaba él en seguridad; y de ningún modo como si el rostro
humano que contemplaba en aquellos momentos fuera el último que había de ver en
su vida. Pero su firmeza se conmovió antes de concluir.
—Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última
plegaria será por ella y por ti. Encarécele de mi parte no conservar amargos
sentimientos por tu abandono—aquí palpitó dolorosamente el corazón
de Rubén—porque sé que si tu vida hubiera pesado en favor mío, la habrías
sacrificado sin vacilar. Ella se casará contigo después de haber llorado algún
tiempo a su padre; y ¡quiera el Cielo concederos largos y felices días, y
puedan los hijos de vuestros hijos rodear vuestro lecho de muerte! Y vuelve,
Rubén,—añadió, pues la debilidad de la muerte le vencía al fin,—cuando tus
heridas estén curadas y tu cansancio haya pasado; vuelve a esta roca solitaria,
a depositar mis huesos en la tumba y a murmurar una plegaria sobre mis restos.—
Los habitantes de la frontera prestaban atención
casi supersticiosa a los ritos de la sepultura; lo cual se originaba quizá en
las costumbres de los indios que hacían la guerra tanto a los muertos como a
los vivos; presentándose muchos casos en que se sacrificaba la vida por el
propósito de enterrar a los que habían perecido “en las fauces del desierto.”
Rubén comprendía, por consiguiente, toda la importancia de la solemne promesa
que hizo de volver y de llevar a cabo las exequias de Malvin. Era digno de notarse
que éste, al hablar a corazón abierto en sus palabras de despedida, no trataba
ya de persuadir al joven de que quizá un rápido socorro podría salvarle. Rubén
estaba íntimamente convencido de que era la última vez que veía vivo el rostro
de Malvin. Su naturaleza generosa le impulsaba a quedarse a cualquier riesgo
hasta que todo hubiera terminado; pero el ansia de vivir y la esperanza de la
felicidad se habían fortalecido en su corazón, y fué incapaz de resistir.
—Es suficiente,—dijo Róger Malvin, después de
escuchar la promesa de Rubén.—¡Ve, y que Dios te guíe!—
El joven oprimió su mano silenciosamente, volvióse
y partió. Sus débiles y vacilantes pasos le habían conducido muy poco trecho,
sin embargo, cuando la voz de Malvin le llamó de nuevo.
—¡Rubén, Rubén!—dijo débilmente; y Rubén regresó, y
arrodillándose junto al moribundo.
—Levántame y déjame reclinado contra la roca,—fué
su última petición.—Mi semblante se dirigirá así hacia mi hogar, y podré
divisarte un instante más cuando desaparezcas bajo los árboles.—
Habiendo satisfecho Rubén el deseo de cambiar de
postura al moribundo, comenzó otra vez su solitaria peregrinación. Avanzaba al
principio más rápidamente de lo que correspondía sus fuerzas porque una especie
de remordimiento, que atormenta a veces al hombre en sus actos más
justificados, le incitaba a ocultarse cuanto antes a los ojos de Malvin; mas,
después de avanzar bastante lejos sobre las crujientes hojas, retrocedió
agazapándose, empujado por una ardiente y dolorosa curiosidad, y oculto por las
raíces medio enterradas de un árbol caído, miró ansiosamente al hombre
abandonado. El sol matinal estaba claro y los árboles y arbustos inhalaban el
suave ambiente de mayo; pero había, sin embargo, cierta melancolía en el
aspecto de la naturaleza, como si simpatizara con los dolores y sufrimientos de
la muerte. Las manos de Róger Malvin se elevaban unidas en ferviente plegaria, de la cual pudo percibir Rubén en medio de la
tranquilidad de la selva algunas palabras que penetraron en su corazón
torturándole con sufrimiento intolerable. Eran acentos interrumpidos que
imploraban por la felicidad del joven y de Dorcas; y al escucharlos, su
conciencia o algún sentimiento análogo, luchó fuertemente para persuadirle a
volver y reposar de nuevo junto a la roca. Sintió todo el horror del destino
del noble y generoso ser a quien había abandonado en tal extremidad. La muerte
llegaría lentamente como un fantasma, avanzando poco a poco hasta él a través
de la selva, y mostrando de árbol en árbol, cada vez más cerca, su faz horrenda
e implacable. Mas el destino de Rubén le impulsaba probablemente a no
retardarse un día más; y ¿quién le reprocharía haberse retraído de sacrificio
tan inútil? Cuando lanzaba en derredor la postrera mirada, la brisa hizo ondear
la pequeña bandera en la copa del roble, recordando a Rubén su juramento.
Muchas circunstancias contribuyeron a retardar al
viajero herido en su marcha a la frontera. El segundo día las nubes, densamente
apretadas sobre el horizonte, descartaron la posibilidad de regular su camino
por la posición del sol; y el joven ignoraba si los esfuerzos de su naturaleza
casi exhausta le llevaban más cerca o más lejos del fin apetecido. Proveían
escasamente a su subsistencia las bayas y otros productos naturales del bosque.
Rebaños de ciervos pasaban, es verdad, muy cerca de su lado y las perdices se
levantaban ante su paso; pero había consumido sus
municiones en la batalla y no podía siquiera intentar la caza. Sus heridas,
inflamadas por el constante esfuerzo de que dependía su sola esperanza de vida,
disminuían sus fuerzas y muchas veces perturbaban su razón. Pero, aun en medio
de su desvarío, el joven corazón de Rubén se aferraba fuertemente a la
existencia; hasta que, incapaz absolutamente de movimiento, desfalleció al fin
bajo un árbol, viéndose obligado a esperar allí la muerte.
En tal situación fue descubierto por una partida
despachada en socorro de los sobrevivientes, a las primeras nuevas de la
batalla. Lleváronle a la colonia más cercana, que resultó por azar su propia
residencia.
Dorcas, con la sencillez de los tiempos primitivos,
velaba al lado del lecho de su amante herido prodigándole aquellos cuidados que
son privilegio exclusivo del corazón y las manos de la mujer. Durante varios
días los recuerdos de Rubén vagaron pesadamente entre los peligros y obstáculos
que había tenido que vencer, y el joven fué incapaz de dar respuesta definida a
las preguntas con que muchas personas se apresuraban a fatigarle. No habían
circulado aún detalles auténticos del combate; ni era dado tampoco a las
madres, esposas e hijos saber si los seres amados de su corazón estaban
cautivos o yacían entre las cadenas inquebrantables de la muerte. Dorcas
guardaba en silencio sus temores hasta que una tarde, despertando Rubén de un
sueño intranquilo, pareció reconocerla más claramente que las veces anteriores. Observó que el joven había reconquistado
por completo sus sentidos y no pudo dominar más largo tiempo su ansiedad
filial.
—¿Y mi padre, Rubén?—comenzó; mas el cambio de la
fisonomía de su amante la obligó a detenerse.
El joven se estremeció como a impulsos de agudo
dolor y la sangre subió violentamente a sus descoloridas y flacas mejillas. Su
primer impulso fue ocultar el rostro; pero, con desesperado esfuerzo se
enderezó y habló con vehemencia defendiéndose contra una imaginaria acusación.
—Tu padre quedó mal herido en la batalla, Dorcas; y
me prohibió embarazarme con el peso de su compañía, permitiéndome solamente
acompañarlo hasta la orilla del lago para que pudiera saciar su sed y morir en
paz. Pero yo no quería abandonar al anciano en tal situación; y, aunque herido
yo mismo, le sostuve prestándole la mitad de mis fuerzas, y le llevé conmigo.
Durante tres días vagamos juntos, y tu padre resistió mucho más de lo que yo
esperaba; pero al despertar del cuarto día, le encontré desfallecido y exhausto;
no podía proseguir; la vida se le escapaba; y...
—¡Murió!—exclamó Dorcas débilmente.
Rubén sintió cuán imposible era confesar que su
egoísta amor a la vida le había obligado a partir antes que la suerte del padre
de la joven se hubiera decidido. No habló; solamente inclinó la cabeza, y se
desplomó, desfallecido y avergonzado, ocultando, el rostro entre las almohadas.
Dorcas sollozó al ver confirmados sus temores; pero como se
había anticipado este golpe largo tiempo, pudo rehacerse mejor contra su
violencia.
—¿Abriste una fosa para mi padre en el
desierto?—fué la pregunta que expresó inmediatamente su piedad filial.
—Mis brazos estaban débiles; pero hice lo que
pude,—replicó el joven en voz baja.—Elévase una magnífica piedra tumularia
sobre su cabeza y, ¡pluguiera al cielo que me sea dado reposar tan
tranquilamente como él!—
Observando Dorcas el extravío de sus últimas
palabras, no inquirió más en aquella ocasión; pero su corazón se tranquilizó a
la idea de que Róger Malvin no había carecido de los ritos funerarios que era
posible procurar. La historia del valor y la fidelidad de Rubén no perdió nada
de su fuerza cuando Dorcas la refirió a sus amigos; y el pobre joven, al dejar
con vacilante paso su cuarto de enfermo para respirar la brisa soleada, hubo de
sufrir la miserable y humillante tortura del inmerecido elogio general. Todos
reconocían que era digno de solicitar la mano de la hermosa doncella a cuyo
padre había sido fiel “hasta la muerte;” y como mi cuento no es de amor, baste
decir que pasados algunos meses Rubén llegó a ser el esposo de Dorcas Malvin.
Durante la ceremonia nupcial el rostro de la desposada brillaba con reflejos
sonrosados; pero el semblante del esposo estaba pálido.
Atormentaba ahora el corazón de Rubén Bourne un
sentimiento incomunicable; algo que debía ocultar cuidadosamente a la persona
que más amaba y en quien más confiaba en el mundo. Deploraba
amarga y profundamente la cobardía moral que había retenido sus palabras cuando
estuvo a punto de confesar la verdad a Dorcas; pero el orgullo, el temor de
perder su cariño, la obsesión del desprecio general, impidiéronle rectificar la
falsedad. Comprendía que no era acreedor a censura alguna por haberse separado
de Róger Malvin. Su presencia, el sacrificio gratuito de su vida, habría
agregado solamente una nueva angustia a los últimos momentos del moribundo;
pero al disimular este hecho justificable, le había prestado la apariencia
misteriosa de una falta; de manera que Rubén, a quien su razón decía haber
procedido honradamente, experimentaba, sin embargo, en alto grado los terrores
mentales que constituyen la expiación de todo aquel que ha perpetrado un crimen
oculto. Por efecto de cierta asociación de ideas llegaba hasta considerarse a
veces casi un asesino. Durante muchos años, también, le asaltaba de repente una
idea que no podía arrojar por completo de su mente aun cuando comprendía toda
su insensatez y extravagancia. Tenía la obsesión torturadora de que su suegro
permanecía aún sentado al pie de la roca, sobre las marchitas hojas, vivo y
aguardando el socorro que había implorado. Estas alucinaciones mentales,
aparecían y desaparecían sin que, a pesar de todo, jamás las hubiera tomado
Rubén por realidades; pero cuando su ánimo estaba tranquilo y despejado,
sentíase consciente de haber faltado a una promesa solemne, y de que un cuerpo
insepulto clamaba por él desde el desierto. Mas, a consecuencia de su prevaricación, veíase en la imposibilidad de obedecer
a la llamada. Era demasiado tarde para invocar la asistencia de los amigos de
Róger Malvin para llevar a cabo el entierro diferido por tanto tiempo; y el
supersticioso temor a que eran dados más que nadie los colonos extranjeros,
retraía a Rubén de aventurarse solo en esta empresa. No sabía siquiera hacia
qué lado de la inmensa selva debía buscar la bruñida roca con sus fantásticos
caracteres, a cuya base yacía el insepulto cadáver: sus recuerdos de todo el
viaje eran muy indistintos, y la última parte no había dejado impresión alguna
en su memoria. Sentía, sin embargo, un impulso constante, una voz perceptible
sólo a sus oídos, que le ordenaba volver y redimir su promesa; y tenía la
convicción extraordinaria de que, al tratar de efectuarlo, llegaría
directamente hasta los restos de Malvin. Mas año tras año seguía desobedeciendo
esta intimación desoída aunque sentida. Este único y secreto pensamiento llegó
a convertirse en una cadena que liaba su espíritu y roía su corazón como una
serpiente, transformándole poco a poco en un hombre irritable, melancólico y
abatido.
En el transcurso de algunos años de matrimonio, se
presentaron notables cambios en la prosperidad de Rubén y Dorcas. Toda la
riqueza del primero había consistido en su corazón sano y sus brazos robustos,
mientras Dorcas, única heredera de su padre, hizo dueño a su esposo de una
granja cultivada de antiguo, más extensa y mejor provista que la mayor parte de
los establecimientos de la frontera. Rubén Bourne
era, sin embargo, un propietario descuidado: en tanto que las tierras de los
otros fructificaban anualmente cada vez más, las suyas se arruinaban en igual
proporción. El desaliento por la agricultura había disminuído con la
terminación de la guerra india, durante la cual viéronse los hombres obligados
a manejar con una mano el arado y el mosquete con la otra, juzgándose
afortunados si los salvajes no destruían el producto de su arriesgada labor, ya
en las sementeras o en los graneros. Pero Rubén no aprovechó de las nuevas
condiciones del país; ni tuvieron éxito sus escasos intervalos de aplicación
industriosa a sus negocios. La irritabilidad por la cual había llegado a
distinguirse era otra de las causas de su decreciente prosperidad,
ocasionándole continuos disgustos en sus inevitables relaciones con los colonos
vecinos. El resultado de todo esto fueron juicios innumerables; porque el
pueblo de la Nueva Inglaterra, en los primeros tiempos y en medio de las
salvajes condiciones del país, adoptaba siempre que le era posible el método
legal para zanjar sus diferencias. En una palabra, la gente no simpatizaba con
Rubén Bourne; y, completamente arruinado algunos años después de su matrimonio,
restábale un sólo recurso para luchar contra la mala suerte que venía
persiguiéndole: abrirse paso entre los rincones más escondidos de la selva y
procurarse la subsistencia en algún paraje virgen del desierto.
Rubén y Dorcas tenían un hijo de su matrimonio,
llegado ya a la edad de quince años, hermoso adolescente
que prometía gloriosa virilidad. Estaba especialmente dotado para las salvajes
proezas de la vida de la frontera, en las cuales empezaba ya a sobresalir.
Tenía el pie ligero, la puntería exacta, rápida comprensión y corazón animoso y
jovial; de manera que todos los que preveían la repetición de la guerra india,
hablaban de Cyrus Bourne como de un jefe futuro para la colonia. Rubén amaba al
mancebo con profundo y reconcentrado ardor, como si todo lo que había de bueno
y feliz en su naturaleza se hubiera transmitido a su hijo con la fuerza de su
afección. Aun Dorcas, amante y amada, le era mucho menos cara que el joven;
porque los secretos pensamientos y emociones solitarias de Rubén habíanle
vuelto egoísta poco a poco, y sólo era capaz de amar profundamente aquello que
representaba, o que él imaginaba, un reflejo o renovamiento de su propia
naturaleza. Se reconocía en Cyrus, como había sido en sus lejanos días; y
parecía a veces compartir el espíritu del mancebo y revivir a una vida nueva y
feliz. Rubén partió acompañado de su hijo a la expedición emprendida con el
objeto de elegir el trozo de terreno que deberían cultivar, y derribar y quemar
los árboles; labor necesariamente preliminar al transporte de sus enseres
domésticos. Transcurrieron así dos meses del otoño; pasados los cuales Rubén
Bourne y el joven cazador regresaron a pasar el último invierno en las
colonias.
A principios del mes de mayo la pequeña familia,
cortando los vínculos de afecto que la encadenaban a
los objetos inanimados, se despidió de los pocos que aún se apellidaban sus
amigos a despecho de la ruina de su fortuna. La tristeza de la partida
mitigábase en diversas formas en cada uno de los peregrinos. Rubén, hombre
caprichoso y misántropo a causa de su desdicha, partió con su severa fisonomía
habitual y con los ojos bajos, sintiendo poca pesadumbre y desdeñando
reconocerla. Dorcas, sollozando fuertemente por el desgarramiento de los lazos
con que su naturaleza sencilla y afectuosa se había unido al lugar, sentíase de
otro lado confortada a la idea de que los seres queridos de su corazón
marchaban con ella y que estarían reunidos dondequiera que se dirigiesen. Y el
mancebo, a la vez que enjugaba una lágrima en sus ojos, pensaba en el placer de
las aventuras que le brindaba la selva jamás hollada.
¡Oh! ¿quién no ha deseado, en el entusiasmo de un
ensueño a ojos abiertos, vagar en la inmensidad de un desierto estival,
sintiendo en el brazo el peso ligero de una criatura dulce y bella? Los jóvenes
no encontrarían más barrera a su paso libre y triunfante que el bullente océano
o las montañas coronadas de nieve; el hombre tranquilo elegiría su hogar allá
donde la naturaleza ha provisto doble riqueza, en el valle de algún
transparente arroyuelo; y cuando la edad provecta le alcanzara allí, tras
largos años de esta pura existencia, encontraríale convertido en el padre de
una raza, en el patriarca de un pueblo, en el fundador de lo que estaba llamado
a ser una nación. Y cuando la muerte llegara hasta él, como el dulce sueño que invocamos tras un día de felicidad, sus numerosos
descendientes llorarían sobre sus venerados restos. Envuelto por la tradición
en misteriosos atributos, sería semejante a un dios para las generaciones
venideras; y su posteridad más remota le miraría en un pedestal, dominando el
valle milenario en el esplendor de su gloria.
La intrincada y sombría selva a través de la cual
vagaban los personajes de mi cuento era completamente diferente de la tierra
fantástica del soñador. Posesionábase de su existencia la naturaleza, a pesar
de todo; y las aflictivas preocupaciones traídas del mundo exterior eran lo
único que se oponía ahora a su felicidad. Una robusta y peluda caballería, que
conducía todas sus riquezas, no protestaba por el pequeño peso de Dorcas que se
le agregaba a veces; ya que generalmente el vigor de su raza la sostenía al
lado de su marido durante la última parte de la jornada diaria. Rubén y su
hijo, con el mosquete al hombro y el hacha colgada a la espalda, conservaban su
paso infatigable, espiando con ojos de cazador las piezas que servían para su
sustento. Cuando el hambre se dejaba sentir, deteníanse y preparaban su
alimento en el bosque, en el margen de algún inmaculado arroyo que protestaba
con dulce murmullo, como una doncella al primer beso de amor, cuando se
arrodillaban para beber rozándolo con sus labios sedientos. Dormían en una
choza fabricada de ramas y despertaban al brotar la aurora, frescos para
emprender las tareas del nuevo día. Dorcas y el mancebo viajaban alegremente, y aun el espíritu de Rubén brillaba a intervalos con
muestras exteriores de placer; pero interiormente le agobiaba un pesar frío,
tan frío que lo comparaba a las masas de nieve acumuladas en las profundidades
de los valles y en las hondonadas de los riachuelos, mientras arriba se
ostentan las hojas de verde brillante.
Cyrus Bourne tenía suficiente conocimiento de la
selva para advertir que su padre no seguía el mismo rumbo que tomaron en su
expedición del pasado otoño. Dirigíanse ahora más hacia el norte, abandonando
la dirección de las colonias y penetrando en una región de que bestias y
hombres salvajes eran los únicos posesores. El joven hizo alusión algunas veces
a esta materia, y Rubén le escuchaba atentamente, llegando a cambiar una o dos
veces la dirección de su marcha siguiendo los consejos de su hijo; mas apenas
lo había hecho, parecía encontrarse intranquilo. Lanzaba hacia adelante miradas
rápidas y escudriñadoras, buscando aparentemente enemigos ocultos detrás de los
troncos de los árboles; y no encontrando nada peligroso por aquel lado,
tornábalas atrás como si temiera ser perseguido. Observando Cyrus que su padre
volvía gradualmente a su primera dirección, no trató ya de intervenir: no
permitiéndole su naturaleza aventurera lamentar la mayor extensión y misterio
de su ruta, aunque sentía involuntariamente oprimírsele el corazón.
En la tarde del quinto día, hicieron alto y armaron
su sencillo campamento una hora antes del ocaso. El aspecto del país en las
últimas millas aparecía diverso a causa de las
ondulaciones del terreno que semejaban las olas enormes de algún mar
petrificado; en una de cuyas depresiones, paraje romántico y agreste, levantó
la familia su tienda y encendió su hogar. Había algo que estremecía y
emocionaba a la par en el espectáculo de aquellos tres seres, unidos por los
fuertes lazos del amor y aislados de toda otra criatura humana. Los obscuros y
tétricos pinos se inclinaban sobre ellos y cuando el viento barría sus altas
ramas, un rumor misericordioso escuchábase en el bosque; ¿o quizá se lamentaban
aquellos viejos árboles, temiendo que los hombres intentaran al fin destrozar
sus raíces con el hacha? Rubén y su hijo se propusieron marchar en busca de
caza, de la cual no tenían provisión aquel día, mientras Dorcas preparaba la
cena. El mancebo, después de prometer que no se alejaría mucho del campamento,
partió con paso tan ligero y elástico como el ciervo que se proponía derribar;
mientras su padre, sintiendo pasajera felicidad al mirarle, pensaba enderezar
sus pasos en dirección opuesta. Dorcas, entretanto, sentóse cerca del fuego de
secas ramas, sobre un tronco de árbol caído hacía largos años, enmohecido ahora
y cubierto de musgo. Su ocupación, alternada con una mirada incidental al
puchero que comenzaba a hervir sobre el fuego, era la lectura del almanaque de
Massachusetts del año en curso que, con excepción de una vieja Biblia en
gótico, constituía toda la riqueza literaria de la familia. Nadie presta mayor
atención a la división arbitraría del tiempo que aquéllos que se encuentran excluídos de toda sociedad; y así Dorcas
hizo notar como dato de importancia que era el doce de mayo. Su marido se
estremeció.
—¡El doce de mayo! ¡Debería recordarlo
bien!—murmuró, mientras un torrente de pensamientos ocasionaba cierta confusión
momentánea en su mente.—¿Dónde estoy? ¿Dónde me encuentro vagando? ¿En dónde le
he dejado?—
Dorcas, demasiado acostumbrada a las maneras
inciertas de su marido para notar especialmente esta nueva peculiaridad, dejó
el almanaque a un lado y se dirigió a él con aquel tono melancólico que los
corazones tiernos dedican a los pesares largo tiempo enfriados y desvanecidos.
—Por estos días, en este mismo mes, hace dieciocho
años, mi pobre padre abandonó este mundo por otro mejor. Tuvo un brazo cariñoso
para sostener su cabeza y una tierna voz para alentarle en sus últimos
momentos, Rubén; y el pensamiento de los afectuosos cuidados que le prodigaste
me ha consolado muchas veces desde aquel tiempo. ¡Oh! ¡La muerte sería horrible
para un hombre solitario en un lugar tan abandonado como éste!
—¡Ruega al Cielo, Dorcas,—dijo Rubén con voz
interrumpida,—ruega al Cielo que ninguno de nosotros muera solitario y quede
insepulto en esta triste soledad!—Y se apresuró a alejarse, dejándola cuidar
del fuego bajo los tétricos pinos.
La rapidez de la marcha de Rubén Bourne disminuyó
poco a poco conforme se hacía menos sensible el dolor que las inocentes
palabras de Dorcas le habían producido. Mil extrañas reflexiones se apoderaron, sin embargo, de su mente; y, avanzando
más bien con paso de somnámbulo que de cazador, no podía atribuirse a
precaución alguna de su parte que su tortuosa marcha no le arrastrara muy lejos
del campamento. Sus pasos se encaminaban maquinalmente casi en círculo; y no
observó siquiera que se encontraba en el margen de un trozo de terreno cubierto
de espesa arboleda, entre la cual no había ya pinos. En vez de éstos, veíanse
aquí robles y otras clases de árboles de madera dura; y en torno de sus raíces
brotaba densa y apretada maleza dejando, sin embargo, espacios vacíos y
cubiertos de gruesas capas de hojas secas. Cada vez que el roce de las ramas o
el crujido de los troncos producía algún rumor, como si la selva despertara de
un sueño, Rubén levantaba instintivamente el mosquete que reposaba en su brazo
y lanzaba una mirada rápida y escrutadora por todos lados; mas, convencido por
su ligera observación de que ninguna pieza se aproximaba, entregábase de nuevo
a sus pensamientos. Meditaba sobre la extraña influencia que le había
arrastrado tan lejos en las profundidades del desierto y fuera de su rumbo premeditado.
Incapaz de penetrar hasta los secretos repliegues de su alma, donde el motivo
yacía oculto, creyó que una voz sobrenatural le había hecho adelantar y que una
potencia sobrenatural había impedido su regreso. Confiaba en que la Providencia
le procuraría la ocasión de expiar su pecado; esperaba encontrar los huesos tan
largo tiempo insepultos; y que, una vez depositados bajo
tierra, la paz arrojaría sus resplandores sobre el sepulcro de su corazón.
Distrájole de estas ideas un rumor en el bosque a corta distancia del sitio a
que había llegado. Observando el movimiento de algún objeto detrás de la espesa
cortina de maleza, hizo fuego con el instinto del cazador y la seguridad del
buen tirador. Un suave quejido, que decía de su certeza, y con el cual aun los
animales pueden expresar su agonía mortal, pasó inadvertido para Rubén Bourne.
¿Qué recuerdos se atropellaban en su mente?
La espesura en cuya dirección había hecho fuego
crecía cerca de la cima de una ondulación del terreno, apretándose en torno de
la base de una roca que por la forma y pulido de uno de sus lados, no estaba
lejos de asemejarse a una gigantesca piedra tumularia. Como reflejada en un
espejo se reproducía la imagen de esta roca en la memoria de Rubén: reconocía
hasta las venas que parecían formar una inscripción en olvidados caracteres.
Todo continuaba igual, excepto una densa maleza que envolvía la parte baja de
la roca, y habría ocultado a Róger Malvin en caso que permaneciera todavía
sentado en aquel sitio. En este momento las miradas de Rubén advirtieron otro
cambio que el tiempo había efectuado desde que se encontró por última vez en el
mismo lugar que ahora ocupaba, detrás de las raíces enterradas del árbol caído.
El árbol joven en cuya copa había atado el sangriento símbolo de su juramento,
había crecido y, desarrolládose hasta convertirse en un gran roble, lejos
todavía de su madurez, pero abundantemente provisto
de umbrosas ramas. Pero había en este árbol una particularidad que hizo temblar
a Rubén. El centro y las ramas inferiores mostraban vida exuberante, y el
exceso de vegetación cubría el tronco casi hasta la tierra; pero alguna
circunstancia había esterilizado la parte superior del roble, y su rama más
alta aparecía marchita, sin savia y tristemente muerta. Rubén recordaba cómo
había flotado la pequeña bandera al tope de aquella rama cuando estaba verde y
fresca, dieciocho años atrás. ¿Qué crimen pues la había marchitado?
Después de la partida de ambos cazadores, Dorcas
continuó sus preparativos para la cena. Su mesa silvestre era el gran tronco de
un árbol caído y cubierto de musgo, en cuya parte más ancha había extendido un
mantel blanco como la nieve y dispuesto toda la vajilla de brillante metal que
les restaba de lo que había sido su orgullo en la colonia. Era algo extraño
encontrar aquel rincón de lujo doméstico en el seno desolado de la naturaleza.
El sol lanzaba todavía sus resplandores sobre las ramas altas de los árboles
que crecían en terreno elevado; pero las sombras de la tarde obscurecían ya la
hondonada donde habían acampado, y el fuego comenzaba a enrojecerse
reflejándose en los negros troncos de los pinos o revoloteando sobre la densa y
obscura masa de follaje que circundaba aquel paraje. Dorcas no estaba triste;
porque sentía que era preferible viajar en el desierto con los amados de su
corazón, que vivir aislada en medio de una multitud
que no se interesara por ella. Mientras se ocupaba en arreglar asientos de
trozos de madera cubiertos de hojas para Rubén y su hijo, flotaba su voz en la
selva sombría siguiendo el ritmo de una canción aprendida en la juventud. La
ruda melodía, producción de un bardo que no conquistó la gloria, describía una
noche de invierno en una cabaña de la frontera, cuando la familia, asegurada
contra las irrupciones de los salvajes por las avalanchas de nieve, se
regocijaba al fuego de su hogar. Toda la canción poseía el indecible hechizo
peculiar de la idea original; pero cuatro líneas, insistentemente repetidas,
brillaban entre el conjunto como el fuego de los corazones cuya alegría
celebraban. En ellas, con la magia de unas cuantas palabras, había destilado el
poeta la verdadera esencia del amor de la familia y de la felicidad doméstica,
y eran un cuadro y un poema a la par. Mientras Dorcas cantaba, los muros de su
casa abandonada parecían rodearla; no veía ya los tétricos pinos, ni escuchaba
el rumor del viento que enviaba, sin embargo, su fuerte hálito a través de las
ramas con cada verso, a morir allá lejos en hondo lamento cargado de los ecos
de la canción. Sobrecogióse al ruido de un disparo en las cercanías del
campamento; y, sea a causa del repentino estallido o de su soledad al lado del
fuego, comenzó a temblar violentamente. Mas en seguida rió con todo el orgullo
de su corazón maternal.
—¡Mi bello cazador! ¡Mi hijo ha derribado algún
ciervo!—exclamó, recordando que Cyrus había partido
a cazar en la dirección hacia donde resonó el tiro.
Aguardó un espacio razonable de tiempo creyendo
escuchar sobre las crujientes hojas el paso ligero de su hijo que volvía a
referir sus proezas. Pero el joven no apareció inmediatamente; y entonces ella
lanzó su alegre voz a encontrarle entre los árboles.
—¡Cyrus! ¡Cyrus!—
Aun se retardaba su aparición; y Dorcas decidió ir
personalmente a su encuentro, ya que el disparo había sido muy cerca al
parecer. Quizá si su ayuda era también necesaria para traer al campamento el
venado que se lisonjeaba haber derribado su hijo. Se adelantó, de consiguiente,
enderezando sus pasos en la dirección del ya lejano disparo, y cantando
mientras avanzaba para que el mancebo pudiera advertir su llegada y correr a su
encuentro. Tras cada tronco de árbol y cada sitio que podía servir de escondite
creía descubrir el semblante de su hijo riendo con la malicia jovial que nace
de la afección. El sol estaba ya muy bajo en el horizonte y la luz que
atravesaba los árboles era suficientemente indecisa para crear muchas ilusiones
en su bien preparada fantasía. Varias veces creyó vagamente ver su rostro
mirándola entre las hojas; y una vez imaginó que la hacía señas desde la base
de una escarpada roca. Mirando este objeto con más atención, encontró que no
era más que el tronco de un roble cubierto hasta el suelo de pequeñas ramas,
una de las cuales, más saliente que las otras, movíase a impulsos de la brisa. Rodeando la base de la roca, se encontró
súbitamente junto a su marido que había llegado por otra dirección. Inclinando
el cañón de su fusil cuya culata descansaba en las hojas marchitas, Rubén
parecía absorto en la contemplación de cierto objeto que yacía a sus pies.
—¿Qué es eso, Rubén? ¿Derribaste al ciervo y te
quedaste dormido sobre él?—exclamó Dorcas, riendo alegremente al observar a la
ligera la posición y aspecto de su marido.
Él no se movió, ni volvió los ojos hacia ella; y
cierto horror frío y siniestro, indefinible en su origen y en su objeto,
comenzó a apoderarse de la sangre de Dorcas. Advertía ahora que el rostro de su
marido tenía palidez mortal y que sus facciones estaban rígidas, como si fueran
incapaces de asumir otra expresión que la de la horrible desesperación que las
petrificaba. No dió el más ligero signo de haber notado su presencia.
—¡Por el amor del cielo, háblame, Rubén!—exclamó
Dorcas, y el eco extraño de su propia voz la aterrorizó más aún que el silencio
de muerte.
Su marido se estremeció, la miró en el rostro,
condújola al frente de la roca y señaló con el dedo.
¡Oh! ¡Allí yacía el mancebo, dormido, pero sin
sueños, sobre las hojas caídas de la selva! Descansaba la mejilla sobre el
brazo; sus suaves rizos caían echados hacia atrás sobre su frente; sus miembros
estaban ligeramente laxos. ¿Algún súbito desfallecimiento había acometido al
joven cazador? ¿Despertaríale la voz de su madre? ¡Dorcas sabía bien que
aquello era la muerte!
—Esta inmensa roca es la piedra tumularia de tu
familia más cercana, Dorcas,—dijo su marido.—Tus lágrimas regarán a la vez la
tumba de tu padre y la de tu hijo.—
Ella no le oyó. Con un alarido salvaje, que pareció
brotar de lo más hondo de su alma dolorida, se desplomó insensible junto al
cuerpo de su amado hijo. En el mismo instante la rama marchita en la copa del
roble se deshizo en el ambiente tranquilo y cayó en ligeros y suaves fragmentos
sobre la roca, sobre las hojas, sobre Rubén, sobre su mujer y su hijo y sobre
los huesos de Róger Malvin. Entonces se conmovió el corazón de Rubén y brotaron
lágrimas de sus ojos como el agua de una roca. El hombre abatido por la
desgracia redimió la solemne promesa del mancebo herido. Su crimen quedaba
expiado; la maldición se apartaba de su lado; y después de haber vertido sangre
más querida a su corazón que la suya propia, subió a los cielos por primera vez
en largos años una plegaria de labios de Rubén Bourne.
Édward Éverett Hale nació en Boston, Massachusetts,
el 3 de abril de 1822; murió en la misma ciudad el 10 de junio de 1909.
Procedía de una familia distinguida de patriotas y hombres importantes en
intelectualidad y en moral. Se educó en la Boston Latín School y en Harvard
University, graduándose en la universidad a la temprana edad de diecisiete
años. Comenzó su carrera enseñando latín por corto tiempo, dedicándose luego al
estudio de la teología, y más tarde fue ministro unitario, ejerciendo el ministerio
de pastor en varias iglesias principales de Wórcester y Boston, Massachusetts.
Desde 1903 hasta 1909, época de su fallecimiento, fué capellán del senado
nacional. Fué abolicionista ardiente, caudillo en varios movimientos de
reforma, famoso conferenciante, anticuario, naturalista, sociólogo y
filántropo. Colaboraba en muchos diarios y revistas y escribió sobre temas muy
diversos. Entre sus obras pueden mencionarse: History of Kansas and
Nebraska (1854); Ninety Days’ Worth of Europe (1861); A
Man without a Country (1861); Puritan Politics in England and
New England (1869); The Ingham Papers (1870); Ten
Times One Is Ten (1870); His Level Best (1872); Philip
Nolan’s Friends (1876); A New England Boyhood (1892); How
to Live (1902); Memories of a Hundred Years (1902); We,
the People (1903); Foundation of the Republic (1907);
y muchos volúmenes de sermones, libros para niños, etc.
ÉDWARD ÉVERETT HALE
SUPONGO que pocos lectores del New York
Herald del 13 de agosto de 1863 observarían por casualidad en una
humilde esquina, entre las defunciones, el anuncio siguiente:
NOLAN: Fallecido el 11 de mayo, a bordo de la
corbeta Levant de los Estados Unidos. Lat., 2° 11´ S. Long.,
131° O., PHÍLIP NOLAN.
Por mi parte lo advertí, debido a la circunstancia
de encontrarme desamparado en la antigua casa de la misión en Máckinac,
aguardando un vaporcito del lago Superior que nunca se decidía a llegar; y
devoraba, por consiguiente, cuanta lectura podía acaparar, hasta las
defunciones y matrimonios anunciados en el Herald. Tengo buena
memoria para nombres y personas, y el lector echará de ver conforme avance que
tenía razones suficientes para recordar a Phílip Nolan. Muchas personas, en
cambio, se habrían interesado en este anuncio, si el oficial del Levant que
lo redactó, hubiéralo hecho en esta forma: “Falleció, mayo 11, El
hombre sin patria”. Pues bajo el nombre de “El hombre sin patria” había
sido generalmente conocido este pobre Phílip Nolan por todos los oficiales de
marina que le tenían bajo custodia hacía cosa de
cincuenta años y, a la verdad, por todos los marineros de la armada. Hasta
podría decir que muchos de los hombres que acostumbraban beber con él un vaso
de vino una vez a la quincena durante viajes de tres años, nunca supieron que
su nombre era Nolan, y ni siquiera si el infeliz tenía nombre alguno.
No hay ningún mal en referir la historia de este
ser infortunado. Hasta hoy ha habido razón para guardar secreto absoluto, aun
cuando terminó la administración de Mádison en 1817; secreto de honor entre los
oficiales de la armada que tenían sucesivamente bajo custodia a Nolan. Y dice
muy alto ciertamente del esprit de corps de la profesión y del
honor personal de sus miembros que la historia de este hombre haya sido
totalmente desconocida a la prensa y, según creo, a toda la nación. Por ciertas
investigaciones hechas en los archivos navales, cuando fuí agregado al despacho
de los astilleros, me inclino a pensar que los informes oficiales a su respecto
se quemaron cuando el incendio de los edificios públicos en Wáshington. Uno de
los Túcker, o quizá uno de los Watson, estuvo a cargo de Nolan a la terminación
de la guerra; y cuando, al regresar del viaje, presentó su informe en
Wáshington a uno de los Crówninshield, que se encontraba entonces en el
departamento de marina, descubrió que en las oficinas de estado se ignoraba por
completo tal historia. No sabría decir si era desconocida en realidad o si la
política adoptada consistía en un “Non mi ricordo.” Pero lo que sé es
que, desde 1817 y quizá antes, ningún oficial de
marina ha mencionado a Nolan en sus informes de viaje.
Como dije antes, no existe ahora la necesidad de
misterio. Y ya que ha muerto la desgraciada criatura, paréceme interesante
referir un poquillo de su historia, siquiera sea para enseñar a los jóvenes
americanos del día lo que significa ser un hombre sin patria.
Phílip Nolan era un joven oficial de los más
distinguidos en la “Legión del Oeste,” como se llamaba entonces la división de
nuestro ejército originaria del oeste. Cuando Aarón Burr realizó su primera y
arrojada expedición a Nueva Órleans en 1805,[38] encontró
en el fuerte de Mássac o en algún otro punto de la ribera, como cosa dispuesta
por el diablo, a aquel alegre, intrépido y brillante joven, en, alguna cena,
imagino. Burr le observó, conversó con él, paseó con él, llevóle uno o dos días
a navegar en su barco y le fascinó, en una palabra. Al año siguiente la vida de
cuartel era demasiado insípida para el pobre Nolan. Hizo uso del permiso de
escribirle que le había concedido el gran hombre.
El pobre mozo escribió una tras otra largas, floridas y pomposas cartas, y
volvió a escribir, y envió las copias, sin que jamás viniera una línea de
respuesta del fastuoso impostor. Los demás jóvenes de la guarnición se burlaban
de él porque, en su afección mal recompensada por un político, había
sacrificado en escribirle el tiempo que ellos dedicaban al monongahela,[39] al sledge y
al high-low-jack.[40] El bourbon,[39] el euchre y
el poker,[40] eran
aun desconocidos. Pero un día Nolan tuvo su desquite. Aquella vez descendió
Burr el río, no como abogado en busca de lugar adecuado para establecer sus
reales, sino como conquistador disfrazado. Había derrotado a no sé cuántos
procuradores, había asistido a no sé cuántos banquetes públicos; su nombre
había salido en letras de molde en no sé cuántas revistas semanales; y se
rumoraba que tenía un ejército a sus espaldas y un imperio delante de él. El
día de su llegada fué un gran día para el pobre Nolan. No haría una hora que se
encontraba Burr en el fuerte cuando ya había enviado a buscarle. Aquella noche
pidió a Nolan que le acompañara en su esquife para mostrarle un cañaveral o un
árbol de algodón, según decía; en realidad, para seducirle; y cuando arriaron
la vela, Nolan estaba ya alistado en cuerpo y alma. Desde entonces, aun cuando
él todavía lo ignoraba, se convirtió en un hombre sin patria.
Lo que Burr proyectaba lo sé tanto como vos, querido lector. No nos interesa, de otro lado.
Solamente, cuando estalló la gran catástrofe, y Jéfferson y los partidarios de
la casa de Virginia[41] de
aquel entonces se propusieron enrodar a todos los Clárence posibles de la Casa
de York[42] con
motivo del juicio de alta traición en Ríchmond, algunos de los acalorados de
segundo orden en aquel distante valle del Misisipí, más alejado entonces de
nosotros de lo que hoy se encuentra la sonda de Púget, introdujeron la novedad
en su escenario provincial; y para disipar la monotonía del verano en el fuerte
de Adams, se dieron como espectáculo una serie de juicios militares de los
oficiales. Varios coroneles y mayores fueron enjuiciados, y para completar la
lista entró también Nolan contra quien existían indicios más que suficientes,
Dios lo sabe: que estaba aburrido del servicio, que había querido abandonarlo,
que habría obedecido gustoso la orden de marchar a cualquier lado con todo el
que quisiera seguirle, siempre que la orden apareciera firmada: “Por mandato de
Su Excelencia, A. Burr.” La corte marcial proseguía sus tareas. Pero los
pájaros gordos volaban, a lo que yo me sé. La culpabilidad de Nolan quedó
suficientemente establecida, como decía; sin embargo, ni vos lector ni yo
hubiéramos sabido nunca de él, si no fuera porque al preguntarle el presidente
del tribunal, momentos antes de terminar si deseaba decir algo para probar su
lealtad constante a los Estados Unidos, en un
frenesí de rabia gritó:
“¡Al diablo los Estados Unidos! ¡No quisiera oír
hablar jamás de los Estados Unidos!”
Supongo que Nolan no imaginó hasta qué punto iban a
herir sus palabras al viejo coronel Morgan que presidía la corte marcial. La
mitad, por lo menos, de los oficiales presentes había servido bajo la
revolución, arriesgando la vida, por no decir el cuello, en obsequio a los
ideales que él zahería tan desdeñosamente en su locura. Phílip Nolan, por su
parte, había crecido en el oeste[43] de
aquellos días, en medio de la “conspiración española,” y la “conspiración de
Órleans,” y todo lo demás. Habíase educado en una colonia cuya mejor sociedad
estaba formada por uno que otro oficial español o algún mercader francés de
Órleans. Su educación, tal como era en la actualidad, se había perfeccionado en
sus expediciones industriales a Veracruz, y creo que me dijo alguna vez que su
padre tomó a un inglés como ayo suyo durante un invierno en la colonia. Había
pasado la mitad de su juventud con un hermano mayor persiguiendo caballos
salvajes en Tejas; en una palabra, los “Estados Unidos” apenas pasaban de una
idea vaga para él. Sin embargo, había vivido a costa de los “Estados Unidos,”
todo el tiempo que estaba en el ejército. Había jurado, por su fe de cristiano,
ser leal a los “Estados Unidos.” Los “Estados Unidos” le habían dado el uniforme que vestía y la espada que llevaba al
costado. Nada, mi pobre Nolan; solamente porque los “Estados Unidos” os habían
aceptado entre los primeros como uno de sus leales hombres de honor, aquel “A.
Burr” se preocupaba de vos un pelo más que de los hombres de su chata que
izaban la vela de la embarcación.
No excuso a Nolan; explico simplemente al lector
por qué enviaba al diablo a su patria y deseaba no volver a oír hablar de ella
jamás.
Sólo volvió a oír el nombre de su patria una vez
después de aquellas palabras. Desde aquel instante, el 23 de septiembre de
1807, hasta el día en que murió, 11 de mayo de 1863, jamás oyó nombrar de nuevo
a los Estados Unidos. Durante este largo medio siglo fué un hombre sin patria.
El viejo Morgan, como he dicho, sintióse
terriblemente ofendido. Si Nolan hubiera comparado a George Wáshington con
Bénedict Árnold, o gritado “¡Dios guarde al rey George!” no habría quedado
Morgan más dolorosamente impresionado. Transladó la corte marcial a sus
habitaciones particulares, y volvió al cabo de quince minutos con el rostro más
blanco que un sudario, para decir:
“¡Prisionero, escuchad la sentencia del tribunal!
El tribunal decide, sujeto a la aprobación del presidente, que jamás volváis a
oír el nombre de los Estados Unidos.”
Nolan soltó una carcajada. Pero nadie le imitó. El
tono del viejo Morgan había sido demasiado solemne, y todo el cuarto quedó en
silencio mortal durante un minuto. Aun Nolan perdió
su fanfarronería pasado un momento. Entonces Morgan añadió:—“Señor mariscal,
llevad al prisionero a Órleans en un buque de guerra y entregadlo allí al jefe
naval.”
El preboste dió sus órdenes, y sacaron al
prisionero de la sala del tribunal.
“Señor preboste,” continuó el viejo Morgan, “cuidad
de que nadie mencione los Estados Unidos en presencia del prisionero. Señor
preboste, ofreced mis respetos al teniente Mítchel en Órleans, y pedidle que
nadie nombre a los Estados Unidos mientras el prisionero se encuentre a bordo
del buque. Recibiréis órdenes escritas del oficial de servicio esta noche. La
corte se suspende sin día determinado.”
Siempre he creído que el coronel Morgan llevó a
Wáshington los procedimientos de la corte marcial, explicando a Jéfferson lo
que había pasado. Lo cierto es que el presidente aprobó la resolución; es
decir, a creerse a las personas que aseguran haber visto su firma. Antes de que
el Nautilus diera la vuelta de Nueva Órleans por la costa
septentrional del Atlántico llevando a su bordo al prisionero, la sentencia
quedaba aprobada y él era un hombre sin patria.
El plan adoptado fué más o menos el mismo que se
siguió siempre. Quizá nació de la necesidad de enviarle por agua desde el
fuerte de Adams y de Órleans. Se solicitó del secretario de
marina,—probablemente el primer Crówninshield, aun cuando no estoy seguro de la
persona,—que pusiera a Nolan a bordo de algún buque
del gobierno aparejado para larga travesía, ordenando que se le confinara de
tal suerte que jamás volviese a oír hablar de su patria ni a volverla a ver.
Pocas travesías largas se realizaban en aquel tiempo, y la marina no gozaba de
gran favor; de manera que, siendo casi todo tradición en esta historia, como ya
lo he explicado, no podría decir con certidumbre cuál fué su primer viaje. Pero
el capitán a quien fué entregado Nolan—probablemente Tíngey o Shaw, aunque
también pudo ser alguno de los jóvenes de aquel tiempo que, como yo, son viejos
en la actualidad—el capitán, decía, reguló la forma y las precauciones
necesarias para el caso, las mismas que, de acuerdo con aquel programa, se
llevaron a cabo hasta la muerte del prisionero.
Treinta años después, cuando era yo oficial segundo
del Intrepid, vi el pliego original que contenía las instrucciones.
Siempre he lamentado no haber sacado entonces copia exacta de este papel.
Decía, sin embargo, más o menos lo siguiente:
Wáshington (y la fecha,
que debe haber sido a
fines del 1807).
Señor: El teniente Neale os entregará la
persona de Phílip Nolan, ex teniente en el ejército de los Estados Unidos.
En el transcurso de su juicio por la corte marcial,
manifestó dicha persona, acompañado de un voto, el deseo de no volver a
oír hablar jamás de los Estados Unidos.
La sentencia del tribunal fué que este deseo
quedara satisfecho.
Por ahora ha confiado el presidente la ejecución de
la sentencia a este departamento.
Tomaréis al prisionero a bordo de vuestro buque, y
le guardaréis con toda clase de precauciones para impedir su fuga.
Le procuraréis alojamiento, mesa y vestidos en
relación con el grado de oficial que había alcanzado en el ejército, como si
fuera a bordo un pasajero por asuntos del gobierno.
Los caballeros pueden hacer a bordo cualquier
arreglo que juzguen conveniente con respecto a su sociedad. No debe exponérsele
a ninguna falta de cortesía, ni es necesario recordarle que se encuentra
prisionero.
Pero bajo ningún concepto oirá hablar de su patria
ni leerá la menor noticia concerniente a los Estados Unidos; y recomendaréis
especialmente a los oficiales a vuestras órdenes que, en las diversas
concesiones que dicha persona pueda obtener, cuiden de que se mantenga esta
regla que envuelve su expiación.
La intención del gobierno es que jamás vuelva a ver
el país de que ha renegado. Antes de la terminación de vuestro viaje,
recibiréis órdenes acerca de la forma en que esto debe verificarse.
Respetuosamente,
Por el Departamento de Marina,
W. Sóuthard.
Si hubiera conservado yo en la memoria esta orden
completa, no habría solución de continuidad al principio de mi historia. Por lo
que respecta al capitán Shaw, siempre que fuera él, pasó la orden a su sucesor
en el puesto, y éste, a su vez, al que le siguió; y supongo que el capitán
del Levant la conserva hasta hoy como documento para probar su
derecho de conservar a aquel hombre bajo su indulgente custodia.
La regla adoptada a bordo del buque en el cual
conocí al “hombre sin patria” era la misma que se había observado desde el
principio, según creo. En ninguna mesa agradaba
tenerle de continuo, porque su presencia cortaba toda conversación sobre la
patria o el regreso futuro, sobre política y literatura, paz o guerra;
suprimiendo, en fin, más de la mitad de los temas que agrada tratar a los hombres
durante una navegación. Pero se creyó siempre demasiado duro que le estuviera
vedado reunirse siquiera alguna vez con nosotros más allá de un simple saludo;
y adoptamos, por último, cierto sistema definido. No se le permitía conversar
con los tripulantes a menos que hubiese algún oficial de por medio. Con los
oficiales no existía restricción, naturalmente, hasta donde él y los otros
quisieran extenderlo. Pero él se volvía más y más tímido, aunque tenía sus
favoritos: yo era uno de ellos. Entonces el capitán le invitó a su mesa todos
los lunes, y cada mesa le tomó un día por turno. Según las proporciones del
barco, cada uno le tenía a su mesa con mayor o menor frecuencia. Tomaba el
almuerzo en su camarote—siempre tenía su camarote particular—donde había un
centinela o alguien de guardia para vigilar la puerta. Y todo lo demás que
comía o bebía, lo tomaba solo. En ciertas ocasiones, cuando los marinos o la
tripulación tenían algún día de fiesta, se les permitía invitar a “Plain
Buttons” (Botones llanos), como le llamaban. Entonces enviaban a Nolan con
algún oficial, y mientras se encontraba con ellos, tenían los hombres prohibición
de hablar de la patria. Tengo para mí que el espectáculo de su castigo era
moralizador. Llamábanle “Plain Buttons,” porque aun cuando él prefería vestir
el uniforme regular del ejército, no se le permitía
usar los botones que llevaban las iniciales o la insignia del país que había
desconocido.
Recuerdo que poco tiempo después de haberme
agregado a la marina, me encontraba una vez en tierra con algunos de los
oficiales más antiguos de nuestro buque, y los del Brandywine con
quienes nos reunimos en Alejandría. Teníamos licencia para hacer una excursión
al Cairo y a las Pirámides. Mientras nos zangoloteábamos a lomo de burro en
aquella dirección, algunos de estos caballeros (los jóvenes les llamábamos
“Dons” entonces, pero la frase cambió hace largo tiempo) comenzaron a hablar de
Nolan, y uno de ellos manifestó el sistema que se seguía con respecto a sus
libros y a sus lecturas. Como casi nunca se le permitía desembarcar aunque el
buque estuviera fondeado en el puerto largos meses, el tiempo se le hacía
pesado con frecuencia, y cualquiera estaba autorizado para prestarle libros
siempre que no fueran publicados en América, ni hicieran mención de este país.
Esta clase de libros era muy común en aquel tiempo, en que la gente del otro
hemisferio se preocupaba de los Estados Unidos tanto como nosotros del Paraguay.
Recibía así, pronto o tarde, todos los periódicos extranjeros que llegaban al
buque; solamente que alguien los revisaba primero y recortaba cualquier aviso o
capítulo en que se aludiera por incidencia a la América del Norte. Esto
resultaba un poco cruel a veces, cuando lo escrito detrás de lo cortado era tan
inocente como el Hesiodo. En la mitad de alguna relación sobre las
batallas napoleónicas, por ejemplo, o de cierto discurso de Cánning, encontraba
de repente el pobre Nolan un gran vacío porque a la vuelta de la página venía
el aviso de algún paquebote para Nueva York, o cualquier trozo insignificante
del mensaje del presidente. Aquélla fué la primera vez, digo, que llegaba a mi
conocimiento algo de este sistema, con el cual tanto y tanto tuve que hacer
después. Lo recuerdo, porque apenas se hizo alusión a las lecturas, el pobre
Phillips, que era de la partida, nos refirió algo acontecido a Nolan en su
primer viaje al cabo de Buena Esperanza; siendo esto todo lo que alcancé a
saber de tal viaje. Habían tocado en el cabo, y después de cumplir los deberes
de cortesía con el almirantazgo y la marina ingleses, se preparaban a partir
para una larga travesía en el océano Índico. En previsión del pesado viaje,
Phillips consiguió que un oficial le prestara una colección de libros ingleses,
lo cual entonces como en nuestros tiempos significaba una suerte inesperada.
Entre ellos, como si el diablo lo hubiese preparado, contábase The Lay
of the Last Minstrel (El canto del último trovador), poema del cual
más o menos todos habían oído hablar, pero que ninguno conocía a fondo. Creo
que no haría mucho que se había publicado. Bien; nadie pensó que hubiera riesgo
de encontrar allí nada nacional, aunque Phillips juraba que el viejo Shaw había
arrancado la Tempestad de Shákespeare antes de dársela a Nolan
porque decía, “las islas de Bermuda deben ser nuestras y, por Júpiter, algún
día lo serán.” Así, permitióse a Nolan que se
reuniera a la compañía cierta tarde en que un grupo fumaba y leía en voz alta
en el puente. Ahora no se hace esto a menudo, pero cuando yo era joven
matábamos así el tiempo con mucha frecuencia. Bien; sucedió que llegó el turno
a Nolan de leer para los demás; y leía muy bien, por lo que me sé. Ninguno de
los presentes conocía una palabra del poema; solamente que trataba de magia y
caballería, y que pasaba hacía diez mil años. El pobre Nolan leyó de seguido el
canto quinto, detúvose un minuto, bebió un trago, y comenzó de nuevo, sin la
menor idea de lo que venía a continuación:
Allí vive un hombre tan desgraciado, que nunca a sí
mismo pudo decir,
Parece imposible que ninguno de nosotros hubiera
oído antes aquel poema; pero así era, y el pobre Nolan prosiguió, inconsciente
o mecánicamente:
¡Ésta es mi patria, mi país natal!
Entonces todos advirtieron que algo doloroso se
acercaba; mas Nolan, esperando pasar pronto, supongo, empalideció un poco, pero
siguió adelante:
“¿Cuyo corazón jamás ardió dentro del pecho,
tras largos años en ajenas tierras,
al enderezar sus pasos al hogar?...
Si allí vive ese hombre, id, miradle bien....”
En este
momento todos deseaban en sus adentros que hubiera forma de saltar dos páginas
del poema; pero Nolan no tuvo presencia de ánimo para esto; tartamudeó un poco,
volvióse color de escarlata y balbuceó:
Para él no entona el ministril sus trovas;
a pesar de sus títulos, su nombre famoso,
riquezas sin número, cuanto el deseo puede forjar,
aquel infeliz, dentro de sí concentrado....
Y aquí se ahogó el desgraciado; no pudo continuar;
y levantándose precipitadamente, arrojó el libro al mar, desapareció en su
camarote, “y ¡por Júpiter!” decía Phillips, “no le vimos más por espacio de dos
meses. Y yo tuve que inventar una triste historia para explicar al cirujano
inglés por qué me era imposible devolverle su Wálter Scott.”
Esta anécdota revela más o menos el tiempo en que
la fanfarronería de Nolan se había venido abajo. Al principio, decían, era
altanero, consideraba una farsa su prisión, afectaba gozar con el viaje, y así
en lo demás; pero, dice Phillips, que cuando volvió a salir de su camarote no
era ya el mismo hombre. Jamás leyó en voz alta otra vez, a menos que fuera la
Biblia o algo de Shákespeare o cualquiera otra cosa de que estuviese muy
seguro. Pero no fué esto solamente. Jamás volvió a mostrar con los jóvenes el compañerismo
de otros tiempos. Siempre era tímido después cuando yo le conocí, hablaba rara
vez y sólo para contestar, excepto con unos pocos amigos. Entusiasmábase en
contadas ocasiones—recuerdo haberle oído expresarse
con bella elocuencia en los últimos años de su vida, sobre tema inspirado en
uno de los sermones de Fléchier—pero generalmente tenía el aspecto fatigado y
nervioso de un hombre herido en el corazón.
Cuando efectuaba su viaje de regreso el capitán
Shaw, siempre que fuera Shaw, como he supuesto, abordó con sorpresa general a
una de las islas Windward o Antillas menores, permaneciendo allí casi una
semana. Los marineros decían que los oficiales estaban hartos de carne salada y
querían probar sopa de tortuga antes de regresar a la patria. Mas después de
algunos días llegó el Warren al mismo fondeadero; cambiaron
señales; enviaron cartas y documentos a Phillips y a todos aquellos hombres que
estaban de retorno al hogar, y dijeron que el Warren zarpaba
para el extranjero, quizás hasta el Mediterráneo, y que tomaba a bordo al pobre
Nolan y sus petates para la segunda travesía. Él empalideció profundamente
cuando recibió la orden de alistarse para el transbordo. Sabía bastante de
astronomía para comprender que hasta aquel momento seguían rumbo a “la patria.”
Esto era prueba evidente de algo en que no había pensado, de que quizá nunca
regresaría a su país, ni siquiera para estar en prisión. Y fué éste el primero de
los veinte o más transbordos, que le llevaron a habitar pronto o tarde, más de
la mitad de nuestros mejores buques; manteniéndole durante su vida entera a
cien millas de distancia más o menos de la patria de la cual manifestó una vez
el deseo de no volver a oír hablar.
Quizá sí fué durante esta segunda travesía—pues que
ello aconteció en el Mediterráneo—cuando tuvo ocasión de bailar con Mrs. Graff,
famosa belleza del sur en aquella época. Habían estado fondeados largo tiempo
en la bahía de Nápoles donde los oficiales intimaron mucho con la marina
inglesa que les ofreció grandes fiestas; por lo cual pensaron nuestros hombres
corresponder las atenciones dando un suntuoso baile a bordo del buque. Cómo
pudo realizarse esto a bordo del Warren, no sabría decirlo. Tal vez
no era el Warren, o tal vez las damas de aquel tiempo no
necesitaban tanto espacio como las de hoy. Precisaba a los oficiales disponer
con algún fin del camarote de Nolan, y les disgustaba pedírselo sin invitarle
para el baile; de manera que el capitán autorizó la invitación, siempre que
ellos aceptaran la responsabilidad de evitar que conversara con personas
inconvenientes “que pudieran darle noticias.” Así, el baile se verificó, siendo
la fiesta más hermosa de la temporada, me atrevo a decir; pues jamás he sabido
que no lo fueran los saraos de la gente de guerra. Entre las damas contábase la
familia del cónsul de los Estados Unidos, una o dos viajeras que se habían
aventurado hasta allí y un lindo grupo de señoritas y señoras inglesas, quizá
si hasta la misma Lady Hámilton.
Bien; diferentes oficiales se turnaban conversando
amistosamente con Nolan en forma de evitar que otra persona le hablase. La
fiesta transcurría alegremente; y después de las primeras horas los mismos
camaradas que montaban la guardia honoraria con
Nolan dejaron de temer que ocurriera ningún contratiempo. Solamente cuando una
dama inglesa, quizá Lady Hámilton como dije antes, pidió “las danzas americanas
de figuras,” sucedió algo muy original. Todos bailaban contradanzas en aquella
época. La banda negra, muy entusiasta, convino en lo que serían “las danzas
americanas de figuras,” y se abrió con Virginia Reel, continuando
con Money-Musk, al cual debía seguir The Old Thirteen según
el orden cronológico. Mas, precisamente en el momento en que Dick, el director
de orquesta, golpeaba la batuta para que comenzaran los violines, y se
inclinaba hacia adelante para decir con todo el ceremonial negro: “¡The Old
Thirteen, señoras y caballeros!” como había dicho, “¡Virginny Reel,
si gustáis!” y “Money-Musk, si gustáis!” el asistente del capitán le
tocó en el hombro, y murmuró algo en su oído que le impidió anunciar el nombre
de la danza; se inclinó simplemente, comenzó el aire, y todos le siguieron;
enseñando los oficiales las figuras a las jóvenes inglesas sin decirlas por qué
la danza no tenía nombre.
Mas no era ésta la historia que iba yo a referir.
En tanto que se deslizaba la fiesta, Nolan y los camaradas habían recobrado su
aplomo, como digo, a tal punto que pareció enteramente natural que,
inclinándose ante la arrogante Mrs. Graff, dijera el primero:
—Espero que no me habréis olvidado, Miss Rútledge.
¿Puedo aspirar al honor de teneros por pareja?—
Hizo esto tan impensadamente que Shúbrick, que
estaba a su lado, no pudo impedírselo. Ella rió y dijo:
—Ya no puedo llamarme Miss Rútledge, Mr. Nolan;
pero bailaré con vos lo mismo que si lo fuera;—e hizo una seña con la cabeza a
Shúbrick como diciendo que le confiara a Nolan, a quien condujo al lugar donde
se formaba la cuadrilla.
Nolan pensó que al fin le llegaba su vez. Había
conocido a la dama en Filadelfia y se había encontrado con ella en otras
partes, y pensó que era una enviada de Dios. No es fácil conversar en
contradanzas como se hace en el cotillón y aun en los intervalos del vals; pero
allí había oportunidad para la voz y los sonidos lo mismo que para las miradas
y los sonrojos. Comenzó hablando de sus viajes y de Europa y el Vesubio y los
franceses; y luego, cuando terminaron la figura, y tenían bastante tiempo de
conversar mientras los demás desempeñaban su turno, dijo él con intrepidez,
aunque algo pálido, afirmaba ella cuando me refirió la anécdota años después:
—Y ¿qué habéis sabido de la patria, Mrs. Graff?—
Entonces la arrogante criatura le miró con ojos
penetrantes. ¡Júpiter! ¡Qué mirada más penetrante debió lanzarle!
—¡La patria?? ¡Mr. Nolan!!! ¡Yo creía que erais vos
el hombre que no deseaba volver jamás a oír hablar de su patria—y subió
inmediatamente al puente en busca de su marido, dejando al pobre Nolan solo, como estaba de ordinario. Nunca volvió él
a bailar.
No podría referir una historia ordenada de su vida:
nadie sería capaz de hacerlo ahora; y a la verdad, tampoco trato yo de hacerlo.
Ésta es la tradición que he arreglado, porque es lo que creo entre las fábulas
que han circulado acerca de este hombre durante cuarenta años. Las mentiras que
se cuentan de él son innumerables. La gente acostumbraba decir que era el
“hombre de la máscara de hierro;” y el pobre George Pons fué a la tumba con el
convencimiento de que era el autor de “Junius,” castigado por su famoso libelo
contra Thomas Jéfferson. Pons no era muy fuerte en materia de historia.
Anécdota más feliz que todas las que he referido,
es la que se refiere a la guerra. Esto sucedió poco después. He oído contar la
historia en tres o cuatro formas diferentes, y quizá haya pasado más de una
vez. Pero no sabría decir en cuál de los buques tuvo lugar. Sin embargo, en uno
de los grandes duelos de fragata con los ingleses, en los cuales recibió
realmente el bautismo de fuego nuestra armada, aconteció que un proyectil
redondo del enemigo cogió de lleno una de nuestras baterías, llevándose al oficial
y a casi todos los hombres de artillería. Podéis decir cuanto queráis acerca
del valor; pero seguramente no era espectáculo muy agradable aquél. Mientras
los hombres que estaban solamente heridos trataban de levantarse, y los sanos
ayudaban a los asistentes del cirujano a retirar los cuerpos, apareció Nolan en
mangas de camisa, con la baqueta de un fusil en la
mano; y, como si hubiera sido el oficial de mando, expresó con autoridad
quiénes debían ir al sollado con los heridos y quiénes debían permanecer con
él; completamente tranquilo y con aquel aire de seguridad que hace sentir a los
demás que todo marcha perfectamente. Cargó en seguida el cañón con sus propias
manos, apuntó y dió la orden de fuego. Permaneció allí, capitán de aquella
batería, levantando el espíritu de sus hombres hasta la destrucción del
enemigo; sentado en la cureña mientras el cañón se enfriaba, aunque estaba
expuesto en todo instante; explicando la manera más sencilla de preparar las
descargas pesadas; haciendo que los inexpertos rieran de sus propias
chambonadas; y cuando el cañón estaba frío, cargándolo de nuevo y disparando
con rapidez dos veces mayor que cualquiera otra batería del buque. El capitán
rondaba para alentar a sus hombres, y Nolan, tocando su sombrero, dijo:
—Estoy aquí enseñándoles cómo hacemos esto en la
artillería, señor.—
Y en esta parte de la historia concuerdan todas las
leyendas; que el comodoro dijo:
—Ya lo veo y os lo agradezco, señor; y nunca
olvidaré este día, señor, ni vos tampoco lo olvidaréis.—
Y después que todo hubo pasado y que recibió la
espada del inglés, en medio del fausto y ceremonia del alcázar, el comodoro
exclamó:
—¿Dónde está Mr. Nolan? Decid al señor Nolan que
venga acá.—
Y cuando vino Nolan, dijo el capitán:
—Mr. Nolan, todos tenemos mucho que agradeceros
hoy; hoy sois uno de los nuestros; seréis nombrado en el parte oficial de la
batalla.—
Y entonces el anciano, desciñéndose su propia
espada de ceremonia, la dió a Nolan e hizo que éste la ciñera. El hombre que me
lo contó fué testigo ocular de la escena. Nolan lloraba como un niño y tenía,
en verdad, razón de hacerlo. No había ceñido espada desde aquel infernal día en
el fuerte de Adams. Pero después, en ocasiones de ceremonial, llevaba siempre
aquella antigua espada francesa, primorosamente cincelada, del viejo comodoro.
El capitán le mencionó en el parte oficial. Siempre
se ha dicho que pidió entonces la gracia de Nolan. Escribió una carta
particular al secretario de guerra; pero nada resultó. Como he dicho antes,
sucedía esto cuando comenzaba a ignorarse en Wáshington todo el asunto y cuando
la prisión de Nolan continuaba simplemente porque nadie había capaz de ordenar
que se suspendiera sin nuevas órdenes del gobierno. He oído decir que estuvo
con Pórter cuando tomó posesión de las islas de Nukahiwa. No este Pórter, comprendéis,
sino el viejo Pórter, su padre, Éssex Pórter; quiero decir, el viejo Éssex, no
el Éssex de nuestros días. Como oficial de artillería que había servido en el
oeste, Nolan sabía más que todos ellos de fortificaciones, troneras,
revellines, empalizadas y todo lo demás; y trabajó con la mejor voluntad para
fijar convenientemente la batería. He pensado siempre
que fué una lástima que Pórter no le dejara el mando en unión de Gamble. Esto
habría arreglado el asunto con respecto a su castigo. Habríamos conservado las
islas y tendríamos ahora un puerto en el océano Pacífico. Y cuando nuestros
amigos los franceses pretendieron esta pequeña bahía, habrían encontrado que se
hallaba ya ocupada de antemano. Pero Mádison y sus partidarios los virginianos
descartaron por completo esta posibilidad.
Todo esto sucedía hace cincuenta años. Si Nolan
tenía treinta entonces, debió contar cerca de ochenta a su fallecimiento.
Parecía un hombre de sesenta cuando solamente contaba cuarenta. Pero después de
aquella época me parece que no cambió una línea su fisonomía. Según imagino yo
su vida, por lo que he sabido, debe haber recorrido todos los mares sin
desembarcar casi nunca. Debe haber conocido mejor que nadie a todos los jefes
de nuestro servicio naval. Me dijo una vez, con grave sonrisa, que ningún hombre
llevaba vida tan metódica como la suya.—Sabréis que la gente me llama el
“hombre de la máscara de hierro,” y no ignoráis cuán ocupado vivía este
personaje.—Acostumbraba decir que no aconsejaría a nadie leer continuamente,
como no es posible dedicarse de continuo a ninguna ocupación; pero que él leía
precisamente cinco horas diarias.—“Luego,” añadía,—pongo al día mis
anotaciones, escribiendo a determinadas horas los comentarios sobre mis
lecturas e incluyendo en ellas mi colección de recortes.—Esta colección era muy
interesante a la verdad. Tenía seis u ocho libros
sobre temas diferentes. Uno de historia, otro de ciencias naturales y otro que
él llamaba “Misceláneas.” Mas no eran simplemente colecciones de recortes de
periódicos. Había además ejemplares de plantas y gramíneas, conchas cerradas y
trozos cincelados de huesos y madera que él mismo había enseñado a labrar a los
marineros y que figuraban hermosamente como ilustraciones en su colección.
Dibujaba admirablemente. Tenía algunos cuadros sumamente divertidos y otros de
lo más patéticos que he visto en mi vida. Quisiera saber quién conserva las
colecciones de Nolan.
Bien; acostumbraba decir que sus lecturas y apuntes
constituían su profesión, y les dedicaba cinco y dos horas diarias,
respectivamente.—Luego,—proseguía,—todo hombre necesita alguna distracción
tanto como una profesión. La historia natural es mi distracción.—Esto le tomaba
dos horas más todos los días. Los marineros acostumbraban traerle pájaros y
peces; pero en las largas travesías tenía que conformarse con ciempiés,
cucarachas y otros menudos ejemplares de este estilo. Era el único naturalista
que he conocido que hubiera observado algo de las costumbres de la mosca casera
y del mosquito. Todos os dirán si son lepidópteros o estrepsíteros; pero en
cuanto a la manera de librarse de ellos o a la forma en que estos bichos
escapan cuando se les golpea, ¡vamos! Linneus sabía tanto acerca de esto como
el idiota John Foy. Estas nueve horas formaban la “ocupación” diaria y regular
de Nolan. El resto del tiempo conversaba o paseaba.
Hasta que envejeció, subía a cubierta con frecuencia. Hacia siempre bastante
ejercicio, y nunca supe que hubiera estado enfermo. Si alguna otra persona
experimentaba algún malestar en el buque, convertíase en el enfermero más
atento y afectuoso y sabía más que muchos cirujanos. Así, siempre que alguien
estaba enfermo o moría a bordo, o siempre que el capitán requiriese sus
servicios en estos casos, Nolan estaba dispuesto a recitar las oraciones. He
dicho que leía admirablemente.
Mis relaciones con Phílip Nolan comenzaron seis u
ocho años después de la guerra con Inglaterra, en ocasión de mi primer viaje
cuando fuí nombrado guardia marina. Eran los primeros tiempos del tratado sobre
el mercado de esclavos, cuando la casa reinante que era aún la casa de
Virginia,[44] experimentaba
cierto sentimentalismo provocado por los horrores del tráfico de esclavos, e
hizo algo entonces en favor de su supresión. Nos encontrábamos por este motivo
al sur del Atlántico.[45] Por
el tiempo en que yo me agregué al buque, creía que Nolan era una especie de
clérigo secular, un clérigo de levita azul. Nunca pregunté nada acerca de él.
Todo en el barco me resultaba extraño. Yo sabía que era de novatos el preguntar
y se me figura que pensé que debía haber un “Plain Buttons” en todas las naves.
Le teníamos a comer en nuestra mesa una vez por
semana, y se nos recomendaba que aquel día no habláramos una sola palabra
acerca de la patria. Pero si nos hubieran dicho que no debíamos hablar del
planeta Marte o del Deuteronomio, tampoco habría preguntado la causa. Tan
desprovistas de razón como ésta había muchas otras cosas, a mi entender. Llegué
a comprender algo por primera vez acerca del hombre sin patria en
cierta ocasión en que dimos caza a una sórdida goleta que llevaba esclavos a
bordo. Enviaron un oficial al abordaje, y pasados algunos minutos, regresó el
bote pidiendo que se enviara a alguien que hablara portugués. Mirábamos todos
desde la barandilla cuando llegó el mensaje, y cada uno deseaba poder
adivinarlo, cuando preguntó el capitán si alguno de nosotros sabía hablar
portugués. Pero ninguno de los oficiales conocía este idioma; y en momentos en
que el capitán trataba de averiguar si alguien de la tripulación era capaz de
hacerlo, se adelantó Nolan y dijo que, si el capitán lo deseaba, podía servir
de intérprete puesto que conocía el portugués. El capitán le dió las gracias,
hizo preparar otro bote para él, y allí tuve la suerte de acompañarle. Cuando
abordamos la goleta, se presentó a nuestra vista una escena que rara vez es
posible contemplar y que, por otra parte, nunca se experimentaría tampoco el
deseo de hacerlo. La suciedad y la confusión más espantosas reinaban sobre
cubierta. No había muchos negros; mas con el objeto de que comprendieran que se
hallaban libres, habíales hecho quitar Vaughan los grillos y esposas que llevaban, los cuales en obsequio a la ocasión se
colocaron a los bribones que componían la tripulación de la goleta. Los negros,
libres ahora en su mayor parte, hormigueaban en el sucio puente, amontonándose
en torno de Vaughan, a quien se dirigían en todos los dialectos imaginables, y
en el patois de cada dialecto, desde las modulaciones zulúes
hasta el dialecto de Beled-el-jerid.
Cuando llegamos al puente, Vaughan miraba desde lo
alto de un gran barril donde se había encaramado en su desesperación, y
exclamaba:—¡Por el amor de Dios! ¿Hay alguien que pueda hacer entender algo a
estos infelices? La gente les ha dado ron, pero eso no los ha aquietado. He
aporreado dos veces a ese grandullón, pero tampoco ha servido de nada. Luego,
les hablé en choctaw; pero ¡que me cuelguen si entendieron esto mejor que el
inglés!—
Nolan dijo que podía hablar portugués, y entonces
hicieron salir de las filas a dos hermosos africanos de la tribu de Kroo, que
según se había puesto en limpio anteriormente, trabajaron alguna vez con
colonos portugueses en la costa de Fernando Po.
—Explicadles que están libres,—dijo Vaughan;—y que
estos bribones serán ahorcados tan pronto como tengamos cuerda suficiente para
todos ellos.—
Nolan “dijo esto en español;” es decir, lo explicó
en portugués inteligible para los negros de Kroo, quienes a su vez lo
transmitieron a los demás negros en idioma que todos fueran capaces de
comprender. Hubo entonces un grito salvaje de
delectación, un apretar los puños y saltar y danzar y besar los pies de Nolan;
y un precipitarse general hacia el barril en adoración espontánea a Vaughan,
el deus ex machina de la ocasión.
—Decidles,—continuó Vaughan, muy complacido,—que
los llevaré a todos al Cabo de Palmas.—
Esto no hizo ya tan buen efecto. El Cabo de Palmas
estaba realmente tan alejado de su patria como Nueva Órleans o Río de Janeiro,
lo cual significaba que quedarían allí eternamente separados de su hogar. Y
como comprenderéis, los intérpretes dijeron inmediatamente,—¡Ah, Palmas no!—y
comenzaron a proponer multitud de expedientes diversos con la mayor
volubilidad. Vaughan parecía decepcionado por el resultado de su magnanimidad,
y preguntó seriamente a Nolan lo que decían. Gotas de sudor perlaban en la pálida
frente del pobre Nolan cuando hizo callar a los hombres y repitió:
—Dicen que a Palmas no. Dicen que se les lleve a su
patria, a su propia tierra, a su propia casa; que se les lleve adonde están sus
propios chiquillos y sus propias mujeres. Dice uno que tiene padre y madre
ancianos que morirán si no le ven. Y este otro dice que dejó a todos enfermos
en su casa, y que remaba con dirección a Fernando para rogar al médico blanco
que les socorriese, cuando estos demonios le cogieron en la bahía justamente
enfrente de su hogar, y que desde entonces no ha vuelto a ver a nadie de su
familia. Y este otro dice,—se atragantó Nolan,—que no ha sabido una sola
palabra de su tierra durante seis meses que ha
pasado encerrado en una barraca infernal.—
Vaughan decía después que se sentía envejecer
mientras Nolan bregaba para dar la traducción. Yo mismo, que no comprendía todo
el alcance de aquello, podía observar que hasta los elementos parecían fundirse
a algún ardiente calor, y que alguien sufría los resultados. Hasta los negros
dejaron de aullar al ver la agonía de Nolan y la agonía de Vaughan, casi tan
intensa por simpatía. Tan pronto como éste pudo encontrar palabras exclamó:
—¡Decidles que sí, que sí, que sí! Decidles que
irán a las montañas de la luna, si lo desean. ¡Si yo oriento el rumbo a través
del gran desierto blanco, ellos volverán a su hogar!—
Y después de algún esfuerzo, Nolan lo repitió.
Entonces se lanzaron todos a besarle otra vez, y querían que frotara su nariz
contra las suyas.
Pero Nolan no pudo soportar más tiempo; y, logrando
que Vaughan le diera autorización para regresar, me arrastró hacia el bote.
Cuando estuvimos instalados a popa y los hombres comenzaron a remar, me dijo:
—¡Joven, que esto os enseñe lo que es estar sin
familia, sin hogar y sin patria! Y si alguna vez os sentís tentado a decir una
palabra o a hacer algo que pueda levantar una barrera entre vos y vuestra
familia, vuestro hogar y vuestra patria, ¡pedid a Dios la gracia de que en
aquel mismo instante os lleve a su propia casa, el cielo! Uníos estrechamente a
vuestra familia, joven; olvidaos a vos mismo cuando
laboréis para ella. Pensad en vuestro hogar, joven; escribid, enviad mensajes,
hablad de los vuestros. Conservad vuestro hogar más cerca de vuestro corazón
mientras más lejos os encontréis; y apresuraos a volver en cuanto estéis libre,
como lo hacen ahora estos infelices esclavos. Y con respecto a vuestra patria,
joven,—y las palabras se ahogaban en su garganta,—y por esta bandera,—y
señalaba a la del barco,—nunca tengáis otro anhelo que servirla como ella lo
exige, aunque el servicio os procure mil infiernos. Cualquiera cosa que os
suceda, quienquiera que os lisonjee o que os seduzca, nunca miréis otra bandera,
nunca paséis una noche sin rogar a Dios que bendiga este emblema. ¡Recordad,
joven, que detrás de todos aquellos hombres con quienes tratáis, detrás de los
oficiales y del gobierno, y aun del pueblo, existe la Patria misma, vuestra
patria, y que le pertenecéis como pertenecéis a vuestra madre! ¡Defendedla
siempre, joven, como defenderíais a vuestra madre, si estos demonios se
hubieran hoy apoderado de ella!—
Yo estaba mortalmente aterrorizado por su calma
cargada de pasión; mas, casi sin darme cuenta, protesté por lo más sagrado que
así lo haría y que jamás había pensado en hacer lo contrario. Apenas parecía
oírme; pero así era, sin embargo, porque casi en un murmullo profirió:—¡Oh! ¡si
alguien me hubiera hablado así cuando tenía vuestra edad!—
Creo que esta confidencia a medias, de la cual
jamás abusé, siendo ésta la primera vez que hago referencia
a ella, fué lo que nos hizo después tan buenos amigos. Él se manifestaba
siempre muy bondadoso para conmigo. Sentábase a menudo a mi lado, y aun se
levantaba muchas veces por la noche para pasear conmigo en el puente cuando me
tocaba la guardia. Me enseñó muchísimo de matemáticas, y a él debo mi afición
por esta ciencia. Prestábame libros y me ayudaba a comprenderlos. Jamás aludió
otra vez directamente a su historia; pero durante treinta años supe por
diversos oficiales todo lo que voy refiriendo. Cuando terminada nuestra
travesía, nos separamos en el puerto de Santo Tomás, estaba yo más triste de lo
que podría expresar. Tuve el placer de encontrarle otra vez en 1830; y más
tarde, cuando creí tener alguna influencia en Wáshington, removí cielo y tierra
para obtener su gracia. Pero, fuera de su prisión, se había convertido en una
especie de fantasma. Pretendían que no existía tal individuo, que jamás había
existido. ¡Probablemente dirán lo mismo ahora en el departamento de marina!
Quizá si lo ignoran en realidad. ¡No sería el primer asunto del servicio que
parece ignorar el departamento del ramo!
Se cuenta que Nolan encontró una vez a Burr en uno
de nuestros buques, cuando una partida de norteamericanos vino a bordo en el
Mediterráneo. Pero creo que esto es falso; o más bien una fábula ben
trovata acerca del tremebundo golpe que asestó a Burr preguntándole si
le agradaba mucho encontrarse “sin patria.” A juzgar por la vida de Burr, nada
de esto puede haber sucedido, por supuesto; y lo
menciono únicamente como ilustración de las innumerables historias que circulan
cuando existe un pequeño misterio en el fondo.
Así vió cumplido su deseo el infeliz Nolan. Sólo
considero suerte más horrible que la suya, la de aquellos hombres que tienen un
día para abandonar su patria por el destierro en castigo de haber intentado su
ruina, y pueden comprobar al mismo tiempo la prosperidad que alcanza después de
verse depurada de ellos y de sus iniquidades. El deseo del pobre Nolan, como
todos aprendimos a llamarle, no porque su expiación fuera demasiado grande sino
porque su arrepentimiento era tan visible, fué sin duda el mismo de los Bragg y
Beáuregard, que faltaron a su juramento de soldados hace dos años, y el de los
Maury y Barrón, que faltaron al suyo de marinos. No sé si ellos se habrán
arrepentido a menudo. Sé que hicieron todo lo posible para destruir la patria;
para convertir en átomos y arrojar a los vientos todos los honores, vínculos,
recuerdos y esperanzas que constituyen la patria. Sé también que mientras
vegetan por todo el resto de su vida en sitios miserables, como Boulogne y
Léicester Square, dedicados a vituperarse mutuamente hasta la muerte, su
expiación tendrá la misma punzante agonía que la de Nolan, agregada al tormento
de que todo aquel que les conozca podrá verles despreciados y execrados.
¡Habrán satisfecho su deseo, lo mismo que Nolan!
En cuanto a éste, ¡infeliz! se arrepintió de su
locura y se sometió valerosamente a la suerte que había invocado.
Nunca agravó intencionalmente la dificultad o delicadeza de la misión de
quienes le tenían bajo custodia. Sucedieron algunos incidentes; mas nunca
fueron provocados por su culpa. El teniente Truxton me refería que cuando la
anexión de Tejas hubo acalorada discusión entre los oficiales acerca de la
conveniencia de arrancar este estado de la hermosa colección de mapas que tenía
Nolan; del mapa universal y del mapa de Méjico, conforme arrancaron el de los
Estados Unidos cuando compraron un atlas para él. Pero se decidió, con bastante
buen criterio, que hacerlo así sería revelarle virtualmente lo que había
sucedido, o como decía Harry Cole, hacerle pensar que el viejo Burr había
llegado a triunfar al fin. Así, no fué culpa de Nolan que tuviera lugar un gran
contratiempo en mi propia mesa, cuando me encontré por pocos meses al mando de
la corbeta George Washington en un viaje a la América del Sur.
Estábamos anclados en la bahía de La Plata, y algunos de los oficiales que
desembarcaron y volvían justamente a bordo nos entretenían con la relación de
sus malaventuras montando los caballos bravios de Buenos Aires. Nolan estaba a
la mesa con nosotros, y de humor inusitadamente jovial y comunicativo. La
historia de cierta caída hízole recordar una de sus aventuras cuando era
todavía adolescente y cogía caballos salvajes en Tejas con su hermano Stephen.
Refirió la anécdota con muchísima gracia, tanto que él mismo rompió el silencio
de un instante que sigue generalmente a las
historias interesantes, preguntando sin darse cuenta:
—Decidme ¿qué ha sido de Tejas? Después que Méjico
proclamó su independencia, creía yo que Tejas le seguiría muy pronto. Es
verdaderamente una de las regiones más hermosas de la tierra; es la Italia de
este continente. Pero no he sabido una palabra de Tejas durante casi veinte
años.—
Había en la mesa dos oficiales de Tejas. La razon
por la cual ignoraba Nolan todo lo que se relacionaba con esa zona era que se
habían cortado lastimosamente de sus periódicos todas las noticias desde que
Austin inició la colonización; de manera que aun cuando leía de Honduras y de
Tamaulipas, y hasta últimamente de California, aquella virgen provincia que
tanto había recorrido, y donde había muerto su hermano según creo, no existía
ya para Nolan. Waters y Williams, los dos tejanos, miráronse ferozmente tratando
de no reír; Édward Morris parecía absorto en la contemplación del tercer
eslabón de la cadena de la lámpara del capitán. Watrous tuvo una convulsión de
estornudos. Nolan comprendió que algo había en el aire, no sabía qué. Y yo,
como dueño de la fiesta, me vi obligado a decir:
—Tejas está fuera del mapa, Mr. Nolan. ¿Habéis
visto la curiosa relación de la bienvenida a Sir Thomas Roe, por el capitán
Back?—
Después de este viaje no volví a ver a Nolan.
Escribíale por lo menos dos veces al año porque en aquella travesía intimamos
muchísimo; pero él jamás me contestó. Los
compañeros me contaron que envejeció muy rápidamente en los
últimos quince años, para lo que había motivo, en verdad; pero que siempre era
el mismo suave, estoico y silencioso sufridor, soportando lo mejor posible la
pena impuesta por su propio deseo; menos sociable quizá con la gente nueva a
quien no conocía, pero más ansioso que nunca al parecer, de hacerse util, de
ayudar y enseñar a los jóvenes que sentían por él una especie de adoración. Y
ahora parece que ha muerto este querido y viejo compañero. ¡Ha encontrado al
fin una patria y un hogar!
Después de haber escrito estas líneas, y mientras
dudaba si las haría publicar como enseñanza a los jóvenes Nolan y Vallándigham
y Fátnall de nuestros días, recibí una carta de Dánforth, a bordo del Levant,
con la relación de las últimas horas de Nolan. Esto ha venido a desvanecer
todos mis escrúpulos con respecto a la publicación de su historia.
Para comprender las primeras palabras de esta
carta, debe recordar el lector profano que desde 1817 era sumamente delicada la
posición de los oficiales que conservaban a Nolan bajo su custodia. El gobierno
no había renovado las instrucciones de 1807 a su respecto. ¿Qué debían hacer en
esta situación? ¿Dejaríanle marchar? Y ¿qué responderían en caso de que el
departamento de marina les pidiera cuentas por haber violado las órdenes de
1807? ¿Seguirían guardándole? ¿Qué sucedería, si alguna vez llegaba la liberación
de Nolan, y entablaba él juicio criminal por falsa prisión o secuestro contra todos los que le habían tenido prisionero? Yo hice
presente e insistí con Soúthard sobre todas estas circunstancias, y tengo mis
razones de creer que los demás oficiales procedieron de igual manera. Pero el
secretario contestaba siempre, como sucede en Wáshington con bastante
frecuencia, que no había órdenes especiales que dar y que debíamos resolver
según nuestro propio criterio. Lo que significaba, “Si tenéis suerte, seréis
sostenido; si fracasáis, seréis abandonado.” Bien; como dice Dánforth, todo ha
pasado ahora, aun cuando no sé si me expongo a ser perseguido criminalmente por
las revelaciones que vengo haciendo.
He aquí la carta:
Levant, 2° 2´ S. a 131° O.
Querido Fred:
Estoy tratando de reunir mi valor para deciros que
todo ha terminado para nuestro viejo y querido Nolan. Durante esta travesía he
estado con él más que nunca y he podido comprender ampliamente la forma en que
acostumbrabais expresaros acerca de este viejo camarada. Pude advertir que no
andaba muy fuerte en los últimos tiempos, pero no tenía la menor idea de que su
fin estuviese tan cercano. El médico le atendía con gran esmero, y ayer por la
mañana vino a decirme que Nolan no se sentía muy bien y que no había podido
dejar su camarote; algo que yo no recordaba haber sucedido jamás. Permitió que
le visitara el doctor mientras él permanecía acostado—primera vez que el médico
había entrado en su camarote—y manifestó deseos de verme. ¡Oh, amigo mío!
¿Recordáis las historias misteriosas que inventaban los marineros a propósito
de su camarote, en los lejanos días del Intrepid? Bien; acudí, y
allí yacía el pobre hombre en su lecho, sonriendo plácidamente al darme la mano, pero con aspecto muy débil. No pude evitarme de
lanzar una mirada en torno, la cual me mostró el pequeño santuario que se había
formado en el hueco que habitaba. Las estrellas y las rayas lucían rodeando un
retrato de Wáshington, y había pintado un águila majestuosa, arrojando rayos
por el pico y sujetando con las garras el globo que sus alas cubrían. El
querido y antiguo compañero sorprendió mi ojeada y dijo con triste sonrisa:
“Como veis, ¡aquí tengo patria!” Y señaló entonces a los pies de su lecho,
donde yo no había dirigido antes la mirada, un gran mapa de los Estados Unidos,
dibujado de memoria, y que había colocado en aquel sitio para mirarlo mientras
yacía acostado. Veíanse allí en grandes letras nombres originales y
anticuados: Indiana Territory, Mississippi Territory y Louisiana
Territory, como supongo que aprenderían la geografía nuestros padres; pero
el viejo camarada había agregado también Tejas, llevando la frontera occidental
hasta el Pacífico; sólo que en estas costas no había nada definido.
“¡Oh, Dánforth! Sé que me muero. No volveré a ver
mi patria!” dijo. “¡Espero que querréis decirme algo ahora? ¡Aguardad,
aguardad! No pronunciéis una palabra hasta que yo haya dicho lo que estoy
seguro que sabéis: que no hay en este buque, que no hay en los Estados Unidos
¡Dios los guarde! hombre más leal que yo. ¡No puede haber hombre que ame tanto
como yo nuestro pabellón, que ore por él como yo lo hago, o invoque para él
porvenir tan brillante como yo! Cuenta ahora treinta y cuatro estrellas,
Dánforth. Doy gracias a Dios por ello, aunque ignoro sus nombres. Jamás se ha
arrancado ninguna de sus estrellas; ¡doy gracias a Dios por ello! De allí
deduzco que ningún Burr ha triunfado. ¡Oh, Dánforth, Dánforth!—suspiró—¡qué
espantosa pesadilla parece la idea juvenil de gloria personal o de soberanía
independiente, cuando uno la recuerda tras vida semejante a la mía! Pero
¡decidme algo, que yo sepa todo, Dánforth, antes de morir!”
Íngham, os juro que me sentí un monstruo por no
haberle dicho todo desde antes. Hubiera o no peligro en hacerlo, fuera o no
delicadeza, ¿quién era yo, para haber tiranizado todo
este tiempo a aquel querido y santo anciano que había expiado largos años, en
toda la fuerza de su virilidad, la locura de traición de un adolescente!
“Mr. Nolan,” exclamé, “os diré todo lo que deseéis
saber mas, ¿por dónde he de comenzar?”
¡Oh, la bienaventurada sonrisa que iluminó su
pálido semblante! Estrechó mi mano y dijo: “¡Dios os bendiga! Decidme sus
nombres,” añadió, señalando las estrellas del pabellón. “La última que conozco
es Ohío. Mi padre vivía en Kentucky. Pero he adivinado Míchigan, Indiana y
Misisipí; allí estaba el fuerte de Adams. Esto suma veinte. ¿Cuáles son las
otras catorce? ¡Espero que no habréis quitado ninguna de las antiguas?”
Bueno, no era mal examen éste; y yo le dije los
nombres en el mejor orden que me fué posible, y él me pidió que bajara su
hermoso mapa y que las dibujara al lápiz lo mejor que pudiese. Estaba loco de
alegría a propósito de Tejas y me dijo que allí había muerto su hermano. Tenía
marcada una cruz dorada en el sitio en que suponía encontrarse su tumba; y
había conjeturado que Tejas pertenecía a la Unión. Luego se extasió al ver
California y Óregon; esto, decía, lo había sospechado en parte porque jamás se le
permitió desembarcar en dichas playas, aun cuando los buques se dirigían allá a
menudo. Y los marineros—agregaba riendo—traían muchas otras cosas además de
peletería. Luego retrocedió ¡cuán lejos, Dios mío! para averiguar de la Chesapeake[46] y
lo que sucedió a Barron por rendirse al Leopard; y si Burr había
hecho alguna nueva tentativa—rechinando los dientes con el único impulso de ira
que demostró. Pero pronto lo hubo dominado, y exclamó: “¡Dios me perdone, como
estoy cierto de haberle perdonado!” Luego me preguntó acerca de la antigua guerra,
y refiriéndome la verdadera historia de sus proezas con el cañón el día en que
tomamos el Java, inquirió por el querido viejo David Pórter, como
le llamaba. Y después, tranquilizándose algo y
demostrando sentir gran felicidad, me escuchó referir en una hora la historia
de cincuenta años.
¡Cuánto deseaba yo que hubiera otro que supiera
más! Pero hice lo mejor que pude. Hablé de la guerra inglesa. Le conté de
Fulton y de los comienzos de la navegación a vapor. Le hablé del viejo Scott y
de Jackson; le dije todo lo que sabía acerca de Misisipí, Nueva Órleans, Tejas
y su tierra natal, el antiguo Kentucky. Y pensad, me preguntó quién estaba al
mando de la Legión del Oeste. Díjele que era un bizarro oficial llamado Grant
que, según las últimas noticias, iba a establecer su cuartel general en Vícksburg.
Entonces, “¿dónde está Vícksburg?” dijo. Se lo dibujé en el mapa; está a cien
millas más o menos de su viejo fuerte de Adams; y creo que el fuerte de Adams
será una ruina en la actualidad. “Probablemente está situado en la antigua
colonia de Vick,” dijo, “¡vaya, qué cambio!”
Os aseguro, Íngham, que era tarea bien difícil
condensar la historia de medio siglo en aquella conversación con un enfermo. No
sé todo lo que le dije acerca de la inmigración y la manera de realizarla; de
vapores, ferrocarriles y telégrafos; de inventos, libros y literatura; del
colegio militar de West Point y de la escuela naval de Annápolis; todo esto con
las interrupciones más originales que podáis imaginar. ¡Figuraos a Róbinson
Crusoe haciendo las preguntas acumuladas en cincuenta y seis años!
Recuerdo que preguntó de improviso quién era
presidente ahora; y cuando se lo dije, inquirió si el Viejo Abe era hijo del
general Benjamín Lincoln. Decía que cuando era aun muy joven había conocido al
viejo general Lincoln en cierta negociación llevada a cabo con los indios.
Díjele que no, que el Viejo Abe era de Kentucky, como él; pero no pude decirle
a qué familia pertenecía; había salido de esfera baja. “¡Bravo!” gritó Nolan.
“Me alegro. Meditando y rumiando todo esto, he llegado a la conclusión de que nuestro
mayor peligro consistía en la sucesión regular al mando, de nuestras primeras
familias.” Entonces hablé de mi visita a Wáshington. Le conté cómo había
conocido al diputado por Óregon, Hárding; le hablé
de la Smithsonian Institution[47] y
las expediciones exploradoras; le conté del Capitolio y de las estatuas del
frontón y de la Libertad de Cráwford en la cúpula; y del Wáshington de
Gréenough. Íngham, díjele cuanto pude recordar que demostrara la grandeza y la
prosperidad del país; pero ¡no me fué posible forzar mis labios para decirle
una palabra acerca de la infernal sublevación!
Y él bebía mis palabras y gozaba con ellas hasta un
extremo indecible. Iba quedando poco a poco más silencioso, pero no se me
ocurrió que estuviera fatigado o desfalleciente. Le alcancé un vaso de agua en
que apenas humedeció sus labios, y me dijo que permaneciera a su lado. Entonces
me pidió que le trajera el libro presbiteriano de Oraciones generales que
estaba cerca, y me anunció con una sonrisa que se abriría por sí solo en el
sitio deseado, como efectivamente sucedió. Había una doble marca roja en el extremo
inferior de la página; yo me arrodillé y leí, mientras él repetía
conmigo: Por nosotros y por nuestra patria, te damos gracias, Dios
misericordioso porque, a pesar de nuestras repetidas transgresiones a tu santa
ley, has continuado dispensándonos tu bondad maravillosa—y así hasta
terminar la acción de gracias. Entonces volvió las páginas hasta el final del
mismo libro, y leyó palabras más familiares a mis oídos:—Desde el fondo del
corazón te suplicamos, Señor, sostener con tu gracia y bendecir a tu siervo el
presidente de los Estados Unidos, a todas las demás autoridades, . . . y el
resto de la oración episcopal.
“Dánforth,” dijo, “he repetido estas oraciones
mañana y noche hace cincuenta y cinco años.” Y luego, expresó el deseo de
dormir. Hízome inclinar sobre él, y me besó; entonces dijo: “Abrid mi Biblia,
Dánforth, cuando haya muerto.” Salí.
No tenía idea de que aquello fuera el fin. Imaginé
que estaba fatigado y quería dormir. Sabía que era feliz, y quise dejarle solo.
Pero una hora más tarde, entrando suavemente el
doctor, encontró que Nolan había entregado su alma en una sonrisa. Oprimía algo
contra sus labios. Era la banda de la Orden de Cincinnati, de su padre.
Abriendo su Biblia, encontramos una tira de papel
en una página donde había subrayado el texto:
Desean patria, una patria celestial; allí donde
Dios no se avergüence de llamarse su Dios: porque Él ha preparado una ciudad
para ellos.
En la tira de papel había escrito:
Sepultadme en el mar; ha sido mi hogar, y le amo.
Pero ¿querrá alguien colocar una piedra a mi memoria en el fuerte de Adams o en
Órleans, para que mi desgracia no sea mayor de la que estaba condenado a
sobrellevar? Decid allí:
En memoria de
PHÍLIP NOLAN
Teniente del Ejército de los Estados Unidos
Amó su patria más que ninguno; pero ninguno como él
fué indigno de su patria.
FOOTNOTES:
[1] Wílliam
Cártwright, 1611-1643, fué amigo y discípulo de Ben Jonson.
[2] La History
of New York ofendió a muchos neoyorquinos a causa del uso atrevido de
algunos nombres tenidos hasta entonces en veneración como tronco de antiguas
familias, y por su sátira burlesca del carácter holandés. Entre los críticos se
contaba un entusiasta amigo de Írving, Gulian C. Verplanck, quien declaró
terminantemente en un discurso pronunciado ante la Sociedad Histórica de Nueva
York: “Lastima ver que un talento admirable por su exquisita percepción de lo
bello y por su rápida apreciación del ridículo, derroche su rica fantasía en un
tema ingrato, y su sátira exuberante en una vulgar caricatura.” Írving tomó la
crítica por el buen lado y, como leía las palabras de Verplanck justamente al
terminar su historia de Rip Van Winkle, dió la jocosa nueva en su introducción.
[3] Pastel
oblongo de semillas aromáticas que se hace todavía en Nueva York para el Año
Nuevo, y es de origen holandés.
[4] Existía
una tradición popular que aseguraba que sólo se habían acuñado tres peniques en
el reinado de la reina Ana; que dos de ellos se conservaban bajo la custodia
pública; y que nadie sabía donde se hallaba el tercero, pero que la persona
bastante feliz para encontrarlo podría obtener por él un precio enorme. Diremos
de paso que hubo ocho monedas de penique en el reinado de la reina Ana y que
los numismáticos no consideran de gran valor estos ejemplares.
[5] Hábil
toque para preparar el espíritu del lector a recibir el cuento.
[6] Stúyvesant
fué gobernador de los Nuevos Países Bajos desde 1647 hasta 1664. Desempeña
papel muy importante en la Knickerbocker’s History of New York,
como sucedió en la vida real. Hasta muy recientemente se mostraba en el Bówery
un peral que se decía haber sido plantado por él.
[7] Los
Van Winkle figuran en el ilustre catálogo de héroes que acompañaron a Péter
Stúyvesant al fuerte Christina y estaban
“Llenos de ardor y coles.”
Véase la History of New York, libro VI,
capítulo VIII.
[8] Sobre
el Hudson. Esta fortaleza es famosa por el atrevido asalto del “loco” Anthony
Wayne, el 15 de julio de 1779.
[9] Algunas
millas arriba de Stony Point se encuentra el promontorio de Ánthony’s Nose (La
nariz de Antonio). Si hemos de dar crédito a Díedrich Kníckerbocker, este
promontorio fué llamado así en memoria de Anthony Van Córlear, trompeta de
Stúyvesant. “Debe saberse que la nariz de Ánthony el trompeta era de tamaño muy
desarrollado, elevándose atrevidamente en su rostro como una montaña de
Golconda.... Ahora, sucedió que cierta brillante mañana muy temprano, habiendo
lavado cuidadosamente su voluminoso semblante el buen Anthony, estaba inclinado
sobre el entrepaño de la galera contemplándose en las claras ondas. En este
preciso momento el ilustre sol, rompiendo en todo su esplendor detrás de un
alto risco de las montañas, lanzó uno de sus rayos más fulgentes sobre la
bruñida nariz del trompeta; y la refracción de este rayo cayendo directamente
al fondo del agua como ardiente proyectil fué a matar a un enorme cocodrilo que
se solazaba cerca del buque.... Cuando este prodigioso milagro llegó a oídos de
Péter Stúyvesant, le causó... extraordinaria maravilla; y como monumento a tal
suceso, dió el nombre de Ánthony’s Nose a un macizo promontorio de las
cercanías que ha continuado llamandose así desde aquellos tiempos.”—History
of New York, libro VI. capítulo IV.
[10] Adrián
Vánderdonk.
[11] Se
decía que Federico I de Alemania, 1121-1190, llamado der Róthbart (Barbarroja
o Rufus), no había muerto sino que estaba sumido en profundo sueño del cual
despertará tan pronto como Alemania le necesite. Igual leyenda refieren los
daneses con respecto de su Hólger.
[12] Poema
exquisito de James Thomson, poeta inglés que floreció de 1700 a 1748. Describe
allí un hermoso palacio con arboledas y prados y campos floridos, donde todo
tendía a la molicie y al lujo de sus habitantes que se alimentaban de lotos.
Parece haber tomado el argumento del Tasso, poeta italiano del siglo dieciséis,
y la inspiración de Spénser, poeta inglés de la misma centuria y autor de “The
Faerie Queene”.
[13] El
“Mediterráneo” del río, como Írving se complacía en llamarlo: cuenta diez
millas de longitud por cuatro de anchura aproximadamente.
[14] Posteriormente
compró Írving la pequeña casita que se decía haber sido la morada de los Van
Tássel; la ensanchó y mejoró, dándole el nombre de “Sunnyside.” Allí
transcurrieron sus últimos años, cumpliéndose así el deseo manifestado por el
autor.
[15] Conocido
más generalmente como Henry Hudson. Era un navegante inglés emigrado que,
buscando un pasaje al noroeste para la India, descubrió el río y la bahía que
llevan su nombre, el primero en 1609, y la segunda en 1610. En 1611 se amotinó
su tripulación, obligándole a entrar con otros ocho hombres en un pequeño bote
y abandonando a todos a su suerte. Jamás se volvió a saber de ellos.
[16] “He
met the night-mare and her ninefold.”—King Lear.
[17] Soldados
mercenarios empleados por el gobierno británico en la guerra de la revolución.
[18] Se
dice que aun se conserva esta pequeña iglesia holandesa, construída en 1699.
[19] Trampa
con abertura en forma de embudo, que favorece la entrada, pero dificulta la
salida de la caza.
[20] Alusión
a un grabado y versos chabacanos de un texto antiguo de primera enseñanza.
[21] Cotton
Máther era un clérigo de Nueva Inglaterra, estudiante aprovechado y escritor
fecundo, habiendo llegado a cerca de cuatrocientos sus trabajos publicados.
Como la mayoría de la gente en aquella época, creía en la existencia de los
brujos, y pensaba realizar obra meritoria para el servicio de Dios procurando
exterminarlos. Falleció en 1728.
[22] L’Allegro,
de Milton.
[23] Alusión
a la antigua y extendida creencia de que los espectros, duendes y brujos eran
solamente los obedientes vasallos y emisarios del genio de las tinieblas.
[24] Alegre
reunión de los vecinos y amigos para hacer colchas de dibujos caprichosos con
los retazos de diversas formas y colores traídos a la fiesta por todos los
concurrentes.—La Redacción.
“Ahora se han establecido quilting-bees, husking-bees y
otras reuniones campestres para desempeñar determinada labor, en las cuales
bajo la influencia inspiradora del violín la tarea se aligera con la alegría,
terminando generalmente en baile.” History of New York, por Írving.
[25] Buñuelo.—La
Redacción.
[26] Pasta
dulces de amasijo.—La Redacción.
[27] Título
ordinario entre los holandeses que corresponde a señor en español; de
consiguiente, un holandés.—La Redacción.
“T’is now the very witching time of night
When churchyards yawn.”—Hámlet.
(“Es precisamente la hora nocturna de las brujerías
En que los cementerios de las iglesias se abren.”)
[29] Existía
la supersticiosa creencia de que los brujos no podían atravesar un arroyo.
[30] Tribunal
autorizado a fallar en los juicios en que el dinero en cuestión no exceda de la
suma de diez libras.
[31] La
ciudad de Nueva York, como se la nombra en la History of New York,
por Díedrich Kníckerbocker (Írving).
[32] Sitio
notable en Londres en tiempo de la reina María por ser el lugar donde
levantaban la pira para quemar a los heréticos.—La Redacción.
[33] Clérigo
protestante inglés. Después de la exaltación de la reina María al trono predicó
contra los dogmas del catolicismo en Paul’s Cross; siendo arrestado, juzgado y
quemado como hereje.—La Redacción.
[34] Apodo
dado comúnmente a Óliver Crómwell—La Redacción.
[35] Dejamos
en inglés el nombre de May-Pole (Árbol de Mayo) porque al
traducirlo, en la relación llena de poesía a que sirve de tema, creeríamos
despojarlo de su clásico sello de leyenda.—La Redacción.
[36] Si
el gobernador Éndicott no hubiera hablado con tal seguridad, juzgaríamos que
aquí existía error. Aun cuando el reverendo Mr. Bláckstone era un excéntrico,
nunca se le conoció como hombre inmoral. Más bien nos permitimos dudar de su
identidad con el sacerdote de Merry Mount.
[37] Juego
de palabras intraducible. Brass, con referencia a moneda, significa
calderilla, numerario de cobre o bronce; y en otro sentido, descaro,
desvergüenza.—La Redacción.
[38] Burr
nació en 1756 y murió en 1836. Se distinguió al servicio de la revolución,
llegando a ser senador por Nueva York, y luego vicepresidente de los Estados
Unidos de 1801 a 1805. En 1804 mató en duelo a Alexánder Hámilton, lo cual le
atrajo el odio general de la nación. Parece que su traición data de aquel
tiempo. En 1805 formó el plan de conquistar Tejas y quizá Méjico, creando una
república de la cual sería presidente, fijando la capital en Nueva Órleans. Con
el apoyo de Blennerhásset, compró una vasta extensión de terreno en las riberas
del Wáshita que debía servir de punto de partida a la expedición. Mas, por
abandono de varias personas de quienes dependía Burr para los recursos, el plan
fracasó, y el conspirador fué arrestado en Misisipí el 14 de enero de 1807. Fué
juzgado como traidor en mayo del mismo año; pero después de uno de los juicios
más famosos en la historia fué declarado al fin inocente en septiembre. Esta
sentencia fué debida, sin embargo, a falta de pruebas materiales de su
culpabilidad. Ni entonces, ni nunca, se puso jamás en duda la deslealtad de
Burr. Después de este juicio, su vida estuvo llena de fracasos, decepciones y
desgracias. Su proyectada traición ha formado el tema de muchas historias y
novelas, y representa uno de los incidentes más dramáticos de la historia
americana.
[39] Una
especie de whisky.—La Redacción.
[40] Juegos
de naipes.—La Redacción.
[41] El
presidente Jéfferson era de aquel estado, y sus partidarios constituían lo que
el autor, adoptando la fraseología de Shákespeare, llama la “Casa de Virginia.”
[42] La
“casa de York” se refiere al partido federal.
[43] En
la América del Norte existe una supuesta linea divisoria de los estados según
su posición geográfica, y se alude frecuentemente al oeste, este, norte o sur
para indicar los estados comprendidos en aquella zona.—La Redacción.
[44] Se
refiere a que Wáshington, Jéfferson, Mádison y Monroe, cuatro de los primeros
cinco presidentes de los Estados Unidos, eran originarios de Virginia.
[45] Los
buques de los Estados Unidos vigilaban constantemente para evitar el tráfico de
esclavos.
[46] En
junio de 1807, oponiéndose la fragata Chesapeake de los EE.
UU. al “derecho de registro,” fué atacada por el buque inglés Leopard.
James Barron, comodoro del buque americano, se vió obligado a rendirse; siendo
juzgado por este hecho bajo el cargo de negligencia en sus deberes y,
encontrándosele culpable, fué suspendido del servicio, sin sueldo, durante
cinco años.
[47] La
Smithsonian Institution se estableció en Wáshington en 1846. Es debida a la
iniciativa y legado de James Smithson “para difundir los conocimientos entre
los hombres” y funciona bajo lo dirección del gobierno, dedicándose
especialmente a investigaciones científicas.—La Redacción.
|
Jamás se volvó => Jamás se volvió {pg 47
n.} |
|
nocturna de las brujerias=> nocturna de
las brujerías {pg 84 n.} |
|
La ciudad de Neuva York=> La ciudad de
Nueva York {pg 94 n.} |
|
al servicio de a revolución=> al
servicio de la revolución {pg 269 n.} |
|
fué arrestado en Misisipí el 14 de enero de
1907=> fué arrestado en Misisipí el 14 de enero de 1807 {pg 269 n.} |
|
frenta=> frente {pg 5} |
|
Wensday (miércoles)=> Wednesday
(miércoles) {pg 11} |
|
Todo aquel que haya=> Todo aquél que
haya {pg 13} |
|
todo la comarca=> toda la comarca {pg
17} |
|
del soldado en el cementario=> del
soldado en el cementerio {pg 48} |
|
las mesas de te=> las mesas de té {pg
54} |
|
discurría entre ellas=> discurrían entre
ellas {pg 54} |
|
podía oirse=> podía oírse {pg 72} |
|
visperas del triunfo=> vísperas del
triunfo {pg 83} |
|
se divisiba aquí y allí=> se divisaba
aquí y allí {pg 84} |
|
no hagais nada=> no hagáis nada {pg 103} |
|
en que se cambinaban la santidad=> en
que se combinaban la santidad {pg 107} |
|
El coronel Kíllegrew=> El coronel
Kílligrew {pg 146} |
|
un patiecillo pequeño=> un patiocillo
pequeño {pg 155} |
|
de una balustrada de hierro=> de una
balaustrada de hierro {pg 156} |
|
de antigüedads obre=> de antigüedad
sobre {pg 177} |
|
la guerra india suceptibles=> la guerra
india susceptibles {pg 233} |
|
se proposieron enrodar=> se propusieron
enrodar {pg 271} |
|
Quizá si fué durante esta segunda
travesía=> Quizá sí fué durante esta segunda travesía {pg 283} |
|
él permanecía acosado=> él permanecía
acostado {pg 302} |
End of the Project Gutenberg EBook of Cuentos
Clásicos del Norte, Segund
Serie, by
Washington Irving and Nathaniel Hawthorne and Edward Everett Hale
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS
CLASICOS DEL NORTE, SEGUNDA SERIE ***

