Libro N° 9643. Cuentos Clásicos Del Norte. Primera Serie. Poe, Edgar Allan.
© Libro N° 9643. Cuentos Clásicos Del Norte. Primera Serie. Poe, Edgar Allan. Emancipación.
Febrero 26 de 2022.
Título original: © Cuentos Clásicos Del Norte. Primera Serie. Edgar
Allan Poe
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Original: © Cuentos Clásicos Del Norte. Primera Serie. Edgar Allan Poe
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CUENTOS CLÁSICOS DEL NORTE
Primera Serie
Edgar Allan Poe
Cuentos Clásicos Del Norte
Primera Serie
Edgar Allan Poe
Title: Cuentos Clásicos del Norte, Primera Serie
Author: Edgar Allan Poe
Translator: Carmen Torres
Calderón de Pinillos
Release Date: July 5, 2014
[EBook #46196]
Language: Spanish
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GUTENBERG EBOOK CUENTOS CLASICOS DEL NORTE, PRIMERA SERIE ***
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CUENTOS
CLÁSICOS DEL NORTE
PRIMERA SERIE
BIBLIOTECA
INTERAMERICANA
Obras publicadas
Benjamín Hárrison: Vida Constitucional de
los Estados Unidos.
Édgar Allan Poe: Cuentos clásicos del norte:
Primera serie.
Nathániel Háwthorne, Wáshington Írving,
Édward Éverett Hale: Cuentos clásicos del
norte: Segunda serie.
En prensa
Nícholas Múrray Bútler: El significado de la
educación.
En preparación
Wílliam P. Trent: La literatura de los Estados
Unidos.
J. Rússell Smith: El comercio y las industrias.
Alexánder Johnston: La historia de la política
de los Estados Unidos.
——
Con el título de
INTERAMERICAN LIBRARY, se
editará en inglés un número correspondiente de obras importantes
americanas, traducidas del español o del portugués,
para distribuirse en los Estados Unidos.
BIBLIOTECA
INTERAMERICANA
II
Cuentos
Clásicos del Norte
Primera Serie
Por
Édgar Allan Poe
Traducción de
Carmen Torres Calderón de Pinillos
Nueva York
Doubleday, Page & Company
1920
BIBLIOTECA INTERAMERICANA
Fundada por la Dotación de
Carnegie para la Paz Internacional
para la difusión de ideas entre los pueblos del Nuevo
Mundo, mediante la traducción y publicación de obras importantes
que expresen los ideales y los sentimientos nacionales.
Copyright, 1919, por la
División Interamericana
de la
Asociación Americana para la Conciliación
Internacional
Péter H. Góldsmith, Director
407 West 117th Street, Nueva York
ÉDGAR ALLAN POE
Édgar Allan Poe nació en Boston, Massachusetts, el
19 de enero de 1809, durante una permanencia temporal de sus padres, que eran
actores, en la ciudad; murió en Báltimore, Máryland, el 7 de octubre de 1869. A
la muerte de su madre fué adoptado por John Allan, de Ríchmond, Virginia, quien
le hizo educar en un colegio particular de Ríchmond y en la Manor House School,
Stoke-Néwington, Inglaterra, hasta 1820, época en que regresó a Ríchmond. En
1826 ingresó a la University of Virginia. Durante su breve permanencía allí
hízose famoso por sus temerarias hazañas de jugador y bebedor. Su protector le
asoció a sus negocios en diciembre de 1826, pero el joven escapó a Boston donde
trató de sostenerse con sus poesías, de las cuales el primer volumen, publicado
en 1827, se titula: Tamerlane and Other Poems. Acosado por la
necesidad, se alistó como soldado en el ejército regular, bajo el nombre de
Édgar A. Perry, siendo nombrado sargento mayor en 1829. No obstante, su padre
adoptivo Allan hizo que le dieran de baja y que fuera admitido como cadete en
West Point. No agradándole la escuela, procuró intencionalmente que le
despidieran en 1831, y comenzó una vida irregular, vagando de ciudad en ciudad
y dedicándose a la literatura. En 1835 contrajo matrimonio con Virginia Clemm,
y se hizo cargo de la dirección del Southern Literary Messenger de
Ríchmond. Más tarde fué director de varias revistas, fijando su residencia en
Nueva York en 1844. La publicación de The Raven (1845)
consagró su fama convirtiéndole en el genio literario de la época. Después de
la muerte de su mujer en 1847 comenzó a declinar su carrera, y murió dos años
más tarde en el Wáshington College Hospital en estado de delirio. Sus obras más
importantes, en adición a las mencionadas en la Introducción de esta serie,
son: Al Warwaf, Tamerlane and Minor Poems (1829); Poems (1831); Tales
of the Grotesque and Arabesque (1840).
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INTRODUCCIÓN
I
Los cuatro escritores cuyas obras están
representadas en esta colección son idealistas en uno u otro sentido. La
literatura clásica de los Estados Unidos no tiene realistas, y el realismo es
ajeno hasta ahora al temperamento general del público norteamericano. A este
respecto los escritores de que tratamos rivalizan en la caracterización de su
país. Y rivalizan también en la maestría de su arte: los tres primeros son los
artistas literarios más hábiles que los Estados Unidos han producido hasta la
fecha. En otros respectos, sin embargo, difieren ampliamente; y aquel que
olvide la diversidad del espíritu que hizo brotar el genio de la república del
norte y las diversas clases de filosofía que produjo su historia, encontrará
alguna dificultad en descubrir la nota análoga en Írving, Poe, Háwthorne y
Hale.
Es fácil observar que Wáshington Írving es un
artista de la escuela de Áddison y Steele, con algo de su espíritu festivo.
Poseía, sin embargo, cualidades más profundas que le hacen totalmente distinto
de los modelos ingleses ante el criterio de los Estados Unidos. Tenía, ante
todo, un don especial, compartido únicamente por Fénimore Cóoper en la
literatura norteamericana, para crear personajes legendarios que armonizaran
con el ambiente, hasta el punto de quedar unidos para siempre al cuadro.
Lóngfellow no dió a su Hiawatha residencia local; pero Rip Van Winkle e Íchabod
Crane han quedado fijos en la perspectiva del Hudson. La jocosidad de Írving
tiene también cierta tonalidad más vigorosa que puede advertirse fácilmente en
el periódico Spectator; en la historia de Kníckerbocker y en sus
primeras obras, inició Wáshington Írving su carrera de autor con una nota de
exageración y de audacia que la crítica inglesa probablemente atribuiría
gustosa al nuevo mundo más bien que al antiguo. En las dos historietas que aparecen
en esta colección se revelan síntomas aun más notables de su punto de vista
norteamericano. En Rip Van Winkle maneja lo sobrenatural en
tono festivo y ligero, que contrasta con el aparato de sombríos fantasmas y
apariciones de Poe y Háwthorne, pero que se adapta mejor quizá al temperamento
de su país. Los norteamericanos combinan fe robusta con jovial escepticismo, y
sonríen a pesar de que les agrada sentirse convencidos en la historia del largo
sueño de Rip Van Winkle. Quizá es rasgo característico de los Estados Unidos
que la narración insista en el transcurso del tiempo y que la vida nos aparezca
patética a través de nuestra simpatía por Rip. La literatura de los Estados
Unidos, aunque voz de un pueblo nuevo, ha tenido siempre los acentos y el espíritu
de una larga experiencia, la lasitud de vivir. Estos acentos y este espíritu se
dejan notar marcadamente en Poe y en Háwthorne; también se encuentran en
Írving, no en su analogía con Áddison sino en la especie de piedad contenida
con que juzga la vida. Esta definición puede aplicarse de igual manera a La
leyenda del valle encantado; pero el lector necesita tener en cuenta en
esta historieta ciertos rasgos locales, no del todo claros aun para la
generalidad de los norteamericanos. Íchabod Crane es la caricatura del maestro
de escuela ambulante; como David Gánent en la novela de Cóoper, El
último de los mohicanos, es un neoyorquino bajo el disfraz del fértil
buhonero de Connécticut que cuando el negocio va mal está listo para enseñar en
la escuela o para dirigir el coro de la iglesia de la aldea. El ejemplo más
notable de este tipo en la vida real fué Amos Bronson Álcott, el gran sacerdote
del trascendentalismo que comenzó su carrera como buhonero, usando la enseñanza
como recurso secundario.
II
El arte de Írving fué en cierto modo avanzado para
su época. Cóoper no llegó nunca a la delicadeza y vigor de su estilo, ni Poe ni
Háwthorne pudieron igualarla. Estos dos escritores, sin embargo, suplieron la
habilidad consumada de Írving con temas más profundos y estilo más serio. A la
verdad, aunque careciendo Háwthorne de la exquisita flexibilidad de Írving,
posee cualidades supremas de dignidad, y a veces casi de majestad; en tanto que
Poe se asemeja a Fénimore Cóoper en haber alcanzado fama de gran escritor con
estilo poco más que mediano. El hecho de que Poe no use juegos de palabras en
el original explica el éxito de sus cuentos y de sus poemas en la traducción; a
decir verdad, es positivamente mejor escritor en el francés de Baudelaire que
en su propio idioma. Su reputación en los Estados Unidos ha quedado por
consiguiente establecida no por virtud de su arte de estilista sino en razón de
poseer cierta habilidad especial para producir efectos de encanto sobrenatural.
La crítica francesa reconoció antes que Baudelaire cierta afinidad entre el
método de desarrollar sus cuentos y la demostración matemática de un teorema.
Este punto se ilustrará mejor por la comparación.
En matemáticas, como en otras cosas que se
relacionan con la vida, es posible dar mayor importancia de acuerdo con los
deseos a lo particular o a lo general. La aritmética produce una sensación de
realidad, porque se refiere a cosas definidas, pero su propio realismo es una
barrera para la manifestación completa de las leyes universales. "Si una
manzana cuesta tres centavos," dice el libro de texto, "¿cuánto
costarán dos manzanas y un tercio?" Pero el niño sabe que las manzanas no
se venden a pedazos. El álgebra puede proponer la misma cuestión sin levantar
protestas en el realista; la substitución de un signo por la manzana hace
desaparecer la dificultad. Pero hace desaparecer también el sentimiento de la
realidad. Si los personajes de Poe son inverosímiles y simbólicos, es porque
representan únicamente signos algebraicos, la ab y la xy del
teorema que trata de demostrar. Poe se interesa principalmente en el teorema.
Algunas veces lo establece como proposición definida como en Ligeia,
en que la cita de Jóseph Glánvill, que sirve de prólogo, autoriza la doctrina
de la voluntad que se desarrolla en la historia. Con más frecuencia el teorema
no se anuncia formalmente, pero está incluído en las primeras frases del
cuento. Este método se observa en El barril de amontillado, donde
aparece primero una definición de la venganza perfecta que después se ilustra
en la historia. Otras veces el teorema es tan solo una forma o un matiz como
en La máscara de la muerte roja. En algunos cuentos, como en El
escarabajo de oro, el interés reside enteramente en la demostración o
análisis, mas, por lo general, prefiere Poe emplear la demostración matemática
como medio de producir el efecto de belleza. El elemento de raciocinio es tan
poderoso en El Descenso en el Maelström, y en El Crimen de
la Rue Morgue, como en El Escarabajo de oro; pero en los dos
primeros, más hermosos, el raciocinio contribuye a producir efectos artísticos
de temor y horror.
En sus ensayos sobre la Filosofía de la
composición y el Principio poético, nos ha dado Poe una
cuenta clara de su objeto y su sistema como escritor. Aunque se refiere a sus
versos, la explicación es exacta también con respecto a su prosa. Trata ante
todo, dice, de producir un efecto de belleza. Todos los medios que puedan crear
este efecto son legítimos. Muchas veces Poe consiguió su objeto provocando
emociones en forma romántica y retórica; pero con frecuencia lo obtuvo también
por medio de la manifestación austera de verdades lógicas o científicas. En
este caso nos recuerda, sin embargo, que la verdad es un medio y no un fin; en
el arte el fin es la belleza. Sus palabras al final del Principio
poético deben tenerse en cuenta por todo lector que quiera comprender
la índole de sus escritos: "Con respecto a la Verdad—suponiendo que la
comprensión de una verdad nos lleve a percibir cierta armonía que antes pasaba
inadvertida—sentimos inmediatamente el genuino efecto poético; pero este efecto
se refiere únicamente a la armonía y no atañe en lo menor a la verdad que
sirvió sólo para poner de manifiesto aquella armonía."
Si este método deja los personajes de las historias
de Poe en cierta sombra vaga y simbólica, no debe suponerse por ello que
careciera de teoría respecto al manejo adecuado de los fantásticos caracteres
que se agitan en la composición de sus argumentos matemáticos. Sus personajes
son a menudo femeninos y generalmente están asociados en alguna forma a la idea
de la muerte. Con tal frecuencia se repite en sus cuentos el caso de una
hermosa mujer muerta o una hermosa mujer moribunda, que una de las críticas más
usuales de las obras de Poe es afirmar que tenía un campo muy estrecho y podía
desenvolver sólo uno o dos temas. Carecía ciertamente de la fecundidad de los
grandes genios, pero aun dentro de sus dotes reducidos se imponía él mismo
límites más estrechos por su curiosa teoría acerca de los caracteres más
apropiados para el efecto artístico. Creía que la emoción de la belleza es el
efecto principal que un cuento debe producir; la belleza es más exquisita en la
mujer; y la belleza de la mujer es más conmovedora en presencia de la muerte.
Inclinábase, en consecuencia, a escribir principalmente sobre hermosas mujeres
muertas o a punto de morir. La manifestación definida de esta doctrina se
encuentra en la Filosofía de la composición, cuando habla de El
cuervo. Dice que al escribir este poema comenzó con la intención de
representar una belleza melancólica:
"Me pregunté: Entre todos los temas
melancólicos, ¿cuál es el más melancólico de acuerdo con el entendimiento
general de la humanidad?—La muerte, fué la respuesta evidente.—Y ¿cuándo,
insistí, es más poético este melancólico tema?—Por lo que he
explicado anteriormente la respuesta aquí es también evidente:—Cuando se
combina más estrechamente con la belleza; entonces la muerte de una mujer
hermosa es incuestionablemente el argumento más poético que existe."
Cito este pasaje, no para justificar la estética de
Poe sino para demostrar su método. Este principio explica, hasta donde es
posible, por qué escribió Ligeia y La ruina de la casa
de Úsher. Aun cuando nunca formuló teoría alguna con respecto a los
personajes masculinos de sus poesías y cuentos, podemos deducirla sin embargo
de su práctica: creía evidentemente que el argumento más trágico es la
situación de un hombre robusto afrontando el temor de la muerte. Sobre este
tema escribió El barril de amontillado y El Descenso
en el Maelström.
Se dice comúnmente que Poe no ha sido debidamente
apreciado por sus compatriotas. Indudablemente se le ha leído, admirado e
imitado tanto en los Estados Unidos como en cualquiera otra parte; pero es
cierto que los norteamericanos vacilarían en llamarle su genio más notable en
literatura. Es interesante para cualquiera que desee comprender el espíritu de
los Estados Unidos saber por qué los compatriotas de Poe, a pesar de toda su
admiración por su arte, no lo colocan a tanta altura como los críticos extranjeros.
No es a causa de la condenación puritana de su embriaguez: las mismas personas
a quienes sólo a medias agrada Poe, son generalmente fervientes partidarios de
Róbert Burns. Ni es tampoco, como lo indican críticos más sutiles, en razón de
que Poe escribe a menudo sobre crímenes o hechos perniciosos considerándolos
simplemente incidentes desagradables, en tanto que Háwthorne, con naturaleza
más noble, considera las faltas como culpas; esto es, no como tema de cuentos
sino como un problema de moral. Esta explicación pone fuera de duda el hecho
evidente de que Poe es más convencional que Háwthorne en su moralidad, puesto
que rara vez inicia una cuestión perturbadora en ética y nunca llega como
Háwthorne a conclusiones radicales y de sensación. La razón por la cual Poe es
mirado todavía con cierta desconfianza por sus compatriotas es que sus ideales
residen siempre en un mundo simbólico: siempre trata de encontrar una puerta de
escape para huir de la humanidad y del lote señalado al hombre. La belleza que demuestra
mediante el raciocinio no es una interpretación sino una protesta contra la
vida. Un poeta coloca naturalmente su mundo ideal como crítica de las
condiciones entre las que se debate, y si Poe deseó criticar en esta forma a
los Estados Unidos en el segundo tercio del siglo diecinueve, sus compatriotas
tendrían que sentirse ahora agradecidos; pero su rebelión era contra la vida
misma: no ofrecía más solución que descarríos y muerte. Para el norteamericano
de hoy el rechazo de Poe por la vida es una especie de filosofía opiada que
debería compadecerse tanto como cualquier otro hábito anormal.
III
Los críticos asimilan a menudo a Háwthorne con Poe,
y los temas graves y sombríos de ambos parece que debieran relacionarlos.
Difieren esencialmente, sin embargo, en cuanto a propósitos y método. Háwthorne
no es poeta por naturaleza, aunque su prosa sea poética y todas sus obras sean
de imaginación; es, ante todo, un pensador, un observador de la vida, un
psicólogo en arte y un escéptico en filosofía. Parecerá quizá extraño dar el
calificativo de escéptico a un escritor de espíritu tan generoso, de
sentimientos tan leales como Nathániel Háwthorne; pero un pequeño estudio de
sus obras en relación con las ideas trascendentales que rodearon su
adolescencia y sus primeros años viriles, convencerá al observador de que la
conciencia puritana de Háwthorne le impulsaba a investigaciones infatigables de
la filosofía que pasaba por verdadera entre sus asociados. El lector que no
haya tenido oportunidad de conocer las doctrinas de Álcott y de Émerson puede
encontrar indudablemente bastante belleza y elevación en Háwthorne para
compensar el estudio de sus obras. Aun sin conocer las doctrinas que él ponía
en duda, podemos admirar su fantasía en La imagen de nieve; su
talento en parábolas tiernas o festivas en El May-Pole de Merry Mount y El
experimento del doctor Héidegger; su profundo patriotismo en El anciano
campeón y las Leyendas de la casa provincial; sus dotes
incomparables para describir una conciencia atormentada en El retrato
de Édward Rándolph y El entierro de Róger Malvin. Pero la
orientación intelectual de la mayor parte de sus obras más meditadas resultaría
obscura a menos de haber leído a nuestro jovial Émerson o a nuestro escritor
más festivo aún, Álcott. La doctrina de estos autores acerca de la confianza en
sí mismo, de la necesidad de vivir en el presente sin respeto servil por el
pasado, ha tenido inmensa boga en los Estados Unidos, y se ha reforzado con la
poderosa influencia de Walt Whitman; pero Háwthorne hizo proyectar esta
doctrina sobre esbozos fantásticos como El experimento del doctor
Héidegger o Féathertop, y sobre novelas más largas, como si hiciera un
análisis de laboratorio respecto de su verdad. Álcott y Émerson creían con
sublime optimismo que el mal se cambia al fin en bien; que existe, según la
frase de Émerson, un principio de sacarina en todas las cosas. Háwthorne
desarrolló también esta doctrina en cuentos como El entierro de Róger
Malvin. Podrían producirse otros ejemplos tomados de sus demás obras, pero
hemos dicho ya bastante probablemente para indicar la razón por la cual la
altura de Háwthorne como pensador debe apreciarse a través del estudio del
pensamiento de la Nueva Inglaterra de su tiempo.
Háwthorne representa en cierto modo no solamente el
espíritu de la Nueva Inglaterra sino el de los Estados Unidos: es un fatalista
profundo. Aun cuando profese una fe poderosa en el libre albedrío y la
incredulidad con respecto a las nociones de necesidad de Émerson, la diferencia
esencial entre ellos es que Émerson cree en suerte más feliz y Háwthorne, a
despecho de sí mismo, se forja un porvenir sombrío.
IV
Muy poco es necesario decir acerca del famoso
cuento de Édward Éverett Hale. Esta historia se comprende por todas partes: ha
sido traducida ya en muchos idiomas. Escrita hacia el final de la guerra civil
parece tener especial resonancia en estos momentos en que muchos ciudadanos de
los Estados Unidos encuentran dificultad en decidir a qué país, a qué grupo de
ideales, deben prestar fidelidad. Este problema es tal vez peculiar de una
nación que—no deseamos suponer que con excesiva generosidad—ha dado acogida
cordial dentro de sus fronteras a todos los ideales, sin considerar su
procedencia. Con especial inquietud nos preguntamos ahora si podremos amalgamar
tal cantidad y tal diversidad de ideales. Este problema ha existido siempre en
los Estados Unidos aunque no en forma tan inmediata; y si nuestra literatura se
ocupa en gran manera de ideas y de ideales no es porque seamos de descendencia
puritana ni deseemos conservar una moral tradicional, sino porque sentimos
instintivamente que sólo por la discusión de nuestros ideales llegaremos alguna
vez a un común ideal nacional. Por esta razón Háwthorne nos parece un
norteamericano moderno en un plano inferior de arte, lo mismo que Hale. Írving
floreció antes de que el conflicto de ideales fuera una amenaza. Poe se apartó
de nosotros en su amor de lo inverosímil, rehusando en absoluto discutir
ideales y tendiendo a ellos sin embargo por su adoración de lo bello, que es
uno de los ideales que alimentamos al presente.
John Érskine
Profesor de inglés
Columbia University
Febrero de 1917
EL BARRIL DE AMONTILLADO
HABÍA soportado lo mejor posible los mil pequeños
agravios de Fortunato; pero cuando se atrevió a llegar hasta el ultraje, juré
que había de vengarme. Vosotros, que tan bien conocéis mi temperamento, no
supondréis que pronuncié la más ligera amenaza. Algún día me
vengaría; esto era definitivo; pero la misma decisión que abrigaba, excluía
toda idea de correr el menor riesgo. No solamente era necesario castigar, sino
castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando la reparación se vuelve
en contra del justiciero; ni tampoco se repara cuando no se hace sentir al
ofensor de qué parte proviene el castigo.
Es necesario tener presente que jamás había dado a
Fortunato, ni por medio de palabras ni de acciones, ocasión de sospechar de mi
buena voluntad. Continué sonriéndole siempre, como era mi deseo, y él no se
apercibió de que ahora sonreía yo al pensamiento de su
inmolación.
Fortunato tenía un punto débil, aunque en otras
cosas era hombre que inspiraba respeto y aun temor. Preciábase de ser gran
conocedor de vinos. Muy pocos italianos tienen el verdadero espíritu de
aficionados. La mayor parte regula su entusiasmo según el momento y la
oportunidad, para estafar a los millonarios
ingleses y austriacos. En materia de pinturas y de joyas, Fortunato era tan
charlatán como sus compatriotas; pero tratándose de vinos antiguos era sincero.
A este respecto yo valía tanto como él materialmente: era hábil conocedor de
las vendimias italianas, y compraba grandes cantidades siempre que me era
posible.
Fué casi al obscurecer de una de aquellas tardes de
carnaval de suprema locura cuando encontré a mi amigo. Acercóse a mí con
exuberante efusión, pues había bebido en demasía. Mi hombre estaba vestido de
payaso. Llevaba un ceñido traje a rayas, y en la cabeza el gorro cónico y los
cascabeles. Me sentí tan feliz de encontrarle que creí que nunca terminaría de
sacudir su mano.
Díjele:
—Mi querido Fortunato, tengo una gran suerte en
encontraros hoy. ¡Qué bien estáis! Pero escuchad; he recibido una pipa que se
supone ser de amontillado, mas tengo mis dudas.
—¡Cómo!—repuso él.—¡Amontillado! ¿Una pipa?
¡Imposible! ¡Y en mitad del carnaval!
—Tengo mis dudas,—repliqué;—y he cometido la
bobería de pagar el precio completo del amontillado antes de consultaros sobre
este punto. No podía encontraros y temía perder un buen negocio.
—¡Amontillado!
—Tengo mis dudas.
—¡Amontillado!
—¡Amontillado!
—Como estáis comprometido, iré a buscar a Luchresi.
Si alguno puede decidirlo, será él. El me dirá...
—Luchresi no puede distinguir el amontillado del
jerez.
—Y sin embargo, muchos opinan que es tan buen
catador como vos mismo.
—¡Vamos, venid!
—¿Adónde?
—A vuestros sótanos.
—No, amigo mío; no quiero abusar de vuestros buenos
sentimientos. Observo que estáis comprometido. Luchresi...
—No tengo compromiso; vamos.
—No, amigo mío. No es cuestión solamente del
compromiso, sino del severo resfriado que os aflige, según veo. Los sótanos son
húmedos. Están incrustados de nitro.
—Vamos allá, a pesar de todo. El resfriado no
significa nada. ¡Amontillado! Seguramente que os han engañado. Y lo que es
Luchresi, no sabe distinguir el jerez del amontillado.—
Hablando así, Fortunato se apoderó de mi brazo; y
después de cubrir mi rostro con una máscara de seda negra y ceñir estrechamente
a mi cuerpo un roquelaure, permití que me arrastrara hacia mi palazzo.
No había criados en la casa; todos habían salido a
divertirse en obsequio a la ocasión. Habíales dicho que no regresaría hasta la
mañana siguiente, a la vez que les daba órdenes explícitas de no abandonar el palacio. Sabía yo bien que dichas órdenes eran
razón suficiente para provocar la desaparición inmediata de todos y cada uno de
ellos tan pronto como hubiera yo vuelto las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus candelabros y dando una a
Fortunato le escolté a través de una serie de habitaciones hasta el pasillo que
conducía a los subterráneos. Bajé una larga escalera de caracol, recomendándole
tener precaución cuando siguiera este camino. Llegamos al cabo a la extremidad
inferior del descenso, y nos detuvimos juntos sobre el húmedo suelo de las
catacumbas de los Montresor.
La marcha de mi amigo era vacilante, y los
cascabeles de su gorro repiqueteaban a cada paso.
—¿La pipa?—preguntó.
—Está más allá,—respondí yo;—pero fijaos en las
blancas telarañas que relucen en los muros de estas cuevas.—
Volvióse hacia mí y me miró con turbias pupilas que
destilaban el reuma de la embriaguez.
—¿Nitro?—inquirió, al fin.
—Nitro,—afirmé.—¿Cuánto tiempo hace que tenéis esta
tos?
—¡Ugh! ¡ugh! ¡ugh!... ¡ugh! ¡ugh! ¡ugh!...
¡ugh!¡ugh! ¡ugh!... ¡ugh!¡ugh! ¡ugh!... ¡ugh! ¡ugh! ¡ugh!—
Mi pobre amigo se encontró incapaz de contestar
durante largos minutos.
—No es nada,—dijo al cabo.
—¡Vámonos!—exclamé entonces con
decisión,—regresemos; vuestra salud es preciosa. Sois rico, respetado,
admirado, amado; sois feliz, como lo era yo en otro
tiempo. Sois un hombre que haría falta. Para mí esto no significa gran cosa.
Regresemos; enfermaréis, y no quiero ser el responsable. Además, allí está
Luchresi...
—Basta,—declaró Fortunato;—esta tos no vale nada;
no me matará. No moriré, por cierto, de un resfriado.
—Es verdad, es verdad,—repliqué;—ciertamente que no
era mi intención alarmaros sin motivo; pero debéis tomar todas las precauciones
necesarias. Un trago de este Médoc nos preservará de la humedad.—
Diciendo estas palabras rompí el cuello de una
botella que cogí de una larga hilera de sus compañeras que yacían entre el
polvo.
—Bebed,—dije, presentándole el vino.
Levantólo hasta sus labios mirándolo amorosamente.
Detúvose luego y me hizo un signo familiar con la cabeza mientras sus
cascabeles repiqueteaban.
—Brindo,—dijo,—por los muertos que reposan a
nuestro rededor.
—¡Y yo, por vuestra larga vida!—
Tomó mi brazo de nuevo, y proseguimos.
—Estas catacumbas son extensas,—opinó.
—Los Montresor,—repuse,—eran una antigua y numerosa
familia.
—No recuerdo vuestras armas.
—Un gran pie humano de oro sobre campo de azur; el
pie destroza una serpiente rampante cuyas fauces están incrustadas en el taco.
—Nemo me impune lacessit.
—¡Bien!—exclamó.
El vino chispeaba en sus ojos, y los cascabeles
vibraban. Mi propia fantasía se exaltaba con el Médoc. Pasábamos entre grandes
montones de esqueletos mezclados con barriles y toneles en lo más profundo de
las catacumbas. Me detuve nuevamente y esta vez me atreví a coger el brazo de
Fortunato arriba del codo.
—¡El nitro!—exclamé;—mirad, aumenta ahora. Cubre
las paredes como musgo. Nos encontramos ahora bajo el lecho del río. Las gotas
de humedad escurren entre los huesos. Venid, retrocedamos antes que sea
demasiado tarde. Vuestra tos....
—No vale nada, os digo,—insistió él.—Prosigamos.
Pero antes, venga otro trago de Médoc.—
Rompí una botella de Grâve y se la pasé. Vacióla de
una vez. Sus ojos relampaguearon con brillo feroz. Rió, y arrojó lejos la
botella con un gesto que no pude comprender.
Miréle sorprendido. Repitió el movimiento, algo
grotesco.
—¿No comprendéis?—preguntó.
—No, por cierto,—repliqué.
—Entonces no pertenecéis a la hermandad.
—¿Cómo?
—No, sois masón.
—Sí, sí,—aseguré,—sí, sí.
—¿Vos? ¡Imposible! ¿Masón?
—Masón,—repliqué.
—Aquí está,—respondí, sacando una llana de entre
los pliegues de mi roquelaure.
—¡Os burláis!—exclamó, retrocediendo algunos pasos.
Mas veamos el amontillado.
—Sea así,—repuse, colocando de nuevo la herramienta
debajo de mi chaqueta, y ofreciéndole otra vez el brazo, sobre el cual se apoyó
pesadamente. Continuamos la ruta en busca del amontillado. Atravesamos una
arquería baja, descendimos, seguimos adelante y, descendiendo de nuevo,
llegamos a una profunda cripta donde la pesadez del aire ahogaba nuestras
antorchas sin permitirlas flamear.
Al fondo de esta cripta aparecía otra algo menos
espaciosa. Sus muros estaban cubiertos de restos humanos alineados hasta la
altura de la cabeza, a la manera de las grandes catacumbas de París. Tres lados
de la cripta interior estaban aún decorados en esta forma. En el cuarto, los
huesos se habían arrojado al suelo y yacían en promiscuidad formando en cierto
sitio un montón de regular tamaño. Dentro del muro, puesto así al descubierto
por el retiramiento de los esqueletos, apercibimos todavía otra cripta o nicho
interior de cuatro pies de profundidad y tres de anchura por seis o siete de
altura. Parecía no haberse construído con propósito alguno especial, sino que
formaba simplemente el espacio intermedio entre dos de los pilares colosales
que sostenían el techo de las catacumbas; y tenía al fondo uno de los muros
divisorios de sólido granito.
En vano Fortunato, levantando su moribunda
antorcha, trató de escudriñar el interior del escondrijo. Su
débil luz no nos permitió inspeccionarlo en su totalidad.
—Adelante,—dije yo,—allí está el amontillado. Y en
cuanto a Luchresi....
—Luchresi es un ignorante,—interrumpió mi amigo,
avanzando con pasos vacilantes mientras yo seguía, pisándole los talones. Llegó
en un momento hasta el fondo del nicho y al encontrarse detenido por la roca,
quedó estúpidamente asombrado. Un instante más, y le había yo encadenado contra
el granito. Había dos anillos de hierro a distancia de dos o tres pies más o
menos uno de otro, horizontalmente. De uno de ellos pendía una cadena corta y
del otro un candado. Arrojando los eslabones sobre su cintura, fué para mí
labor solamente de unos cuantos segundos asegurarle. Estaba demasiado atónito
para resistir. Retirando la llave, salí fuera del escondrijo.
—Pasad la mano sobre el muro,—insinué;—no podéis
dejar de sentir el nitro. En verdad, está eso muy húmedo.
Dejadme implorar una vez más vuestro regreso. ¿No? Entonces, positivamente, me
veré obligado a abandonaros. Pero antes quiero haceros todas las pequeñas
atenciones que estén a mi alcance.
—¡El amontillado!—profirió mi amigo, sin recobrarse
aún de su estupor.
—Es verdad,—repliqué,—el amontillado.
Diciendo estas palabras, me dirigí a la pila de
huesos de que antes he hablado. Arrojándolos a un lado, descubrí pronto una
cantidad de piedras de construcción y argamasa. Con estos materiales y con ayuda de mi llana, comencé a tapiar
vigorosamente la entrada del nicho.
Apenas habría colocado la primera hilera en mi
labor de albañilería, cuando pude notar que la embriaguez de Fortunato había
desaparecido casi por completo. La primera indicación que tuve de esta
circunstancia fué un sordo y lúgubre lamento que partía del fondo del
nicho. No era el lamento de un ebrio. Hubo luego un largo y
obstinado silencio. Coloqué la segunda hilera, y la tercera, y la cuarta, y oí
entonces furiosas sacudidas a la cadena. El ruido se prolongó por varios
minutos, durante los cuales abandoné mi trabajo para escuchar con más
satisfacción, y me senté encima de los huesos. Cuando cesó al cabo el chirrido,
cogí de nuevo la llana y continué sin interrupción la quinta, sexta y séptima
ringlera. El muro elevábase entonces casi a nivel de mi pecho. Me detuve otra
vez y levantando la antorcha sobre la abertura, arrojé algunos débiles rayos de
luz sobre la figura encerrada dentro.
Una explosión de agudos y penetrantes gritos,
brotando súbitamente de la garganta de la encadenada forma, pareció como si me
lanzara violentamente hacia atrás. Por breves instantes temblé, vacilé.
Desnudando mi puñal, comencé a tentar el fondo del nicho; pero un momento de
reflexión me tranquilizó. Puse la mano sobre la sólida construcción de las
catacumbas y me sentí satisfecho. Me aproximé nuevamente al muro, y respondí a
los clamores que Fortunato lanzaba. Híceles eco, los sostuve, los sobrepujé en
fuerza y en volumen. Cuando hice esto, los gritos
se apagaron.
Era ya la media noche y mi tarea iba a concluir.
Había completado la octava, la novena y la décima hilera. Terminaba casi la
última, la undécima; faltaba colocar una piedra solamente y la argamasa para
asegurarla. Luchaba con su peso, y la había colocado a medias en la posición
deseada, cuando partió del fondo del nicho una risa débil que puso los pelos de
punta sobre mi cabeza. Sucedióla una voz lastimosa que con dificultad pude
reconocer como la del noble Fortunato. La voz decía:
—¡Ah! ¡ah! ¡ah!... ¡eh! ¡eh! ¡eh!... muy buena
broma en verdad, una broma magnífica. Reiremos de buena gana muchas veces
acerca de esto en el palazzo... ¡eh! ¡eh! ¡eh!... nuestro vino...
¡eh! ¡eh!¡eh!
—¡El amontillado!—dije yo.
—¡Eh! ¡eh! ¡eh!... ¡eh! ¡eh! ¡eh!... sí, el
amontillado. Pero ¿no está haciéndose ya muy tarde? ¿No estarán aguardándonos
en el palazzo la señora de Fortunato y los demás? Vámonos ya.
—Sí,—dije yo;—vámonos ya.
—¡Por el amor de Dios, Montresor!
—Sí,—repetí;—¡por el amor de Dios!—
Mas aguardé en vano respuesta a estas últimas
palabras. Me impacienté. Llamé en alta voz:
—¡Fortunato!—
No obtuve contestación. Llamé de nuevo:
Tampoco hubo respuesta. Introduje una antorcha por
la abertura que quedaba y la dejé caer dentro. Sólo
respondió un repiqueteo de los cascabeles. Mi corazón se oprimió; sin duda la
humedad de las catacumbas era la causa. Me apresuré a terminar mi labor. Forcé
la última piedra hasta colocarla en posición, luego la aseguré con argamasa. Contra
la nueva obra de albañilería elevé la trinchera de huesos. Por más de medio
siglo ningún mortal los ha removido jamás. ¡In pace requiescat!
¡Hola! ¡hola! ¡Este hombre está atacado de locura!
Debe haberle picado la tarántula.
—All in the Wrong.
MUCHOS años ha contraje íntima amistad con Mr.
Wílliam Legrand. Pertenecía a una antigua familia hugonote y había gozado de
fortuna; pero una serie de contratiempos le redujo más tarde a la miseria. Para
evitar la mortificación consiguiente a sus desastres abandonó Nueva Órleans, la
cuna de sus antepasados, y fijó su residencia en la isla de Súllivan, cerca de
Chárleston, en Carolina del Sur.
Esta isla es muy singular. Está formada casi toda
de arena, y tiene alrededor de tres millas de longitud. Su anchura no excede de
un cuarto de milla en toda su extensión. Queda separada del continente por una
corriente apenas perceptible que se desliza entre un yermo de cañas y légamo,
guarida favorita de las aves silvestres. La vegetación, como puede suponerse,
es escasa y raquítica. No hay árboles de ninguna clase. Cerca de la extremidad
occidental, hacia el fuerte de Moultrie, donde existen algunos edificios de
estructura miserable ocupados durante el verano por los fugitivos del polvo y
las fiebres de Chárleston, puede encontrarse en
verdad la palmera de abanico; pero toda la isla, con excepción de la parte
occidental y de una faja blanca y endurecida a la ribera del mar, está cubierta
de una densa maleza del mirto blanco tan apreciado por los horticultores de
Inglaterra. Estos arbustos alcanzan a menudo una altura de quince o veinte pies
y forman un tallar casi impenetrable, embalsamando el aire con su fragancia.
En la más intrincada espesura de aquel soto, no muy
alejada de la extremidad oriental y más remota de la isla, había construído
Legrand una pequeña cabaña que habitaba en la época en que le conocí
incidentalmente por primera vez. Pronto este conocimiento se convirtió en
amistad, porque el recluso tenía muchas cualidades propias para despertar
interés y estimación. Lo encontré bien educado, de mentalidad extraordinaria,
pero atacado de misantropía y sujeto a perniciosos accesos alternados de
entusiasmo y melancolía. Tenía muchos libros, pero rara vez hacía uso de ellos.
Su principal distracción consistía en la caza y la pesca o en vagar por la
ribera y a través de los mirtos en busca de conchas o ejemplares entomológicos,
cuya colección de los últimos podía haber causado la envidia de un Swámmerdamm.
En estas excursiones le acompañaba generalmente un negro viejo, llamado
Júpiter, a quien había franqueado antes de sus desgracias de familia, pero al
cual ni amenazas ni promesas pudieron inducir a abandonar lo que consideraba su
derecho de seguir los pasos de su joven "amo Will." No sería extraño
que los parientes de Legrand, juzgándole de mente
algo perturbada, hubieran contribuído a infundir a Júpiter esta obstinación con
el objeto de mantener cierta vigilancia y tutela sobre el vagabundo.
En la latitud de la isla de Súllivan los inviernos
no son muy severos por lo general, y en el otoño es muy raro que se sienta la
necesidad de encender la chimenea. Sin embargo, a mediados de octubre de
18—ocurrió un día de frío extraordinario. A la hora precisa del ocaso me abría
yo paso entre las siemprevivas hacia la cabaña de mi amigo a quien no había
visto durante varias semanas, pues que en aquel entonces residía yo en
Chárleston, a nueve millas de distancia de la isla, y las facilidades para el
viaje de ida y vuelta estaban muy lejos de aproximarse a las del tiempo actual.
Al llegar a la choza golpeé la puerta como de costumbre y, no obteniendo
respuesta, busqué la llave en el sitio donde yo sabía que la ocultaban de
ordinario, abrí la puerta y entré. Un buen fuego ardía en el hogar. Era una
novedad que nada tenía por cierto de desagradable. Me despojé del abrigo,
acerqué una silla de brazos a los crujientes leños, y me dispuse a esperar
pacientemente la llegada de Legrand.
Llegó poco después de obscurecido y me brindó la
bienvenida más cordial. Júpiter, sonriendo de oreja a oreja, se precipitó a
preparar un ave de pantano para la cena. Hallábase Legrand en uno de sus
accesos—¿de qué otro modo podría llamarlos?—de entusiasmo. Había encontrado un
bivalvo desconocido que representaba un género nuevo; y
había perseguido y cazado además, con ayuda de Júpiter, un escarabajo que
juzgaba absolutamente nuevo, pero acerca del cual quería tener mi opinión a la
mañana siguiente.
—¿Y por qué no ahora mismo?—pregunté, restregándome
las manos sobre la llama y enviando al diablo in mente toda la
tribu de escarabajos.
—¡Ah! ¡Si hubiera podido adivinar que estabais
aquí!—exclamó Legrand;—pero hace tanto tiempo desde que nos vimos la última vez
que, ¿cómo iba a prever que me visitarais precisamente esta noche? De regreso a
casa encontré al teniente G——, el del fuerte, y neciamente le dejé prestado el
insecto; de manera que es imposible que lo veáis hasta mañana. Quedaos aquí
esta noche y enviaré a Júpiter a buscarlo al amanecer. ¡Es la cosa más linda de
la creación!
—¿Qué? ¿el amanecer?
—¡No! ¡Qué ocurrencia! ¡el escarabajo! Es más o
menos del tamaño de una nuez grande de nogal, color de oro brillante, y con dos
manchas negras como azabache, una a cada lado del extremo superior del dorso, y
otra, algo más extensa, al otro extremo. Las antenas son...
—No tié ná d'etaño,[1] amo
Will, se lo digo a uté," interrumpió Júpiter. "Er bicho é toíto de
oro macizo por adentro y ajuera, menos las alas.... Nunca en mi vía tantié un
animal má pesao."
—Bien; supongamos que sea así, Jup,—replicó Legrand con más gravedad de lo que requería el caso,
a mi entender;—pero esto no es razón para que dejes quemarse la cena. El
color,—prosiguió volviéndose a mí,—es bastante para justificar la opinión de
Júpiter. Jamás habréis visto reflejos metálicos más brillantes que los que sus
escamas emiten; pero no podéis juzgar de ello hasta mañana. Entretanto puedo
daros alguna idea de su forma.—
Hablando así, sentóse a una pequeña mesa donde
había tintero y plumas, pero no se veía nada de papel. Buscó en los cajones sin
poder encontrar ninguna hoja.
—No importa,—dijo al fin;—esto servirá lo mismo.—
Y sacando del bolsillo de su chaleco algo que me
pareció una hoja sucia de papel de oficio, púsose a dibujar un boceto a pluma.
Mientras él procedía, permanecí yo en mi sitio junto al fuego, pues aun sentía
frío. Cuando terminó su trabajo me lo alargó sin levantarse. En el momento en
que lo recibía, dejóse percibir un fuerte gruñido seguido de arañazos a la
puerta. Júpiter abrió, y un enorme terranova, que pertenecía a Legrand y a
quien había yo demostrado gran simpatía en mis visitas anteriores, se precipitó
dentro saltando sobre mis hombros y llenándome de caricias. Cuando terminaron
sus cabriolas miré el papel y, a decir verdad, me sentí no poco asombrado al
ver el dibujo de mi amigo.
—Bien,—dije, después de contemplarlo por algunos
minutos;—esto es un escarabajo muy extraño, he
de confesarlo; completamente nuevo para mí; jamás he visto nada semejante, a
menos de ser un cráneo o una calavera, que es lo que más se acerca a lo que
tengo en observación.
—¡Una calavera!—repitió Legrand como un eco.—¡Oh!
sí, bien, quizás tenga algo de esta apariencia sobre el papel, no hay duda. Las
dos manchas superiores pueden parecer los ojos, ¿no? y la más grande al otro
extremo, la boca; y luego, el conjunto es de forma oval.
—Tal vez sea así,—dije;—pero se me figura, Legrand,
que no sois muy buen artista. Necesito ver yo mismo el insecto si he de
formarme alguna idea de su aspecto particular.
—Bien, no sé por qué,—replicó algo
amostazado.—Dibujo de manera aceptable, al menos debería hacerlo así; he tenido
buenos maestros y me lisonjeo de no ser un topo.
—Pero, querido amigo, entonces estáis tratando de
burlaros de mí,—repuse.—Esto es un cráneo muy presentable; en verdad, hasta
podría decir una calavera excelente, de acuerdo con las nociones más
elementales de los ejemplares de esta clase en fisiología; y vuestro escarabajo debe
ser el escarabajo más peculiar si se le parece. ¡Vaya! Hasta podemos arrojar un
poquillo de terror supersticioso a su respecto. Se me imagina que podéis llamar
a vuestro insecto scarabæus capus hominis o algo por el
estilo; hay nombres análogos en la historia natural. Pero ¿dónde están las
antenas de que hablabais?
—¡Las antenas!—exclamó Legrand, que parecía irse acalorando sobre el asunto.—Estoy seguro de que
podéis descubrir las antenas; las he dibujado tan distintamente como aparecen
en el original, y creo que esto es suficiente.
—Bien, bien,—repliqué;—probablemente es así, lo
cual no obsta para que yo no las vea;—y sin más comentario le alargué el papel
no deseando excitar su enojo. Sin embargo, estaba muy sorprendido por el giro
que tomaba el asunto; su mal humor me chocaba; y con respecto al diseño del
insecto, no había allí antenas positivamente y el conjunto tenía en verdad
extraordinario parecido al dibujo corriente de una calavera.
Recibió el papel con enfado y estaba visiblemente a
punto de estrujarlo y arrojarlo al fuego cuando una ojeada casual al dibujo
pareció fijar de repente su atención. En un instante enrojeció su rostro
violentamente, y un momento después palideció por completo. Durante algunos
minutos examinó el diseño con minuciosidad en el mismo sitio donde se
encontraba sentado. Al cabo se levantó, cogió una bujía de la mesa y fué a
sentarse sobre un arca en el rincón más alejado de la habitación. Allí hizo de
nuevo un ansioso escrutinio del papel revolviéndolo en todas direcciones. No
decía una palabra, sin embargo, y su conducta me llenaba de estupor; pero
juzgué prudente no exacerbar con comentario alguno la extravagancia creciente
de sus maneras. Luego, sacando una cartera del bolsillo de su chaqueta, colocó
dentro el papel cuidadosamente y depositó el paquete en su escritorio que cerró
con llave. Entonces adquirieron sus ademanes mayor
compostura, pero su entusiasmo primitivo había desaparecido del todo. Sin
embargo, parecía más bien abstraído que descontento. Conforme avanzaba la noche
se absorbía más y más en sus meditaciones de las cuales no consiguieron
arrancarle todos mis esfuerzos. Había tenido yo la intención de pasar la noche
en la cabaña como lo acostumbraba a menudo, pero observando la actitud de mi
huésped, pensé que era más oportuno despedirse. No me instó para que
permaneciera en su compañía, pero estrechó mi mano al partir con mayor
cordialidad aún que de ordinario.
Haría un mes de lo que he relatado, intervalo
durante el cual nada había sabido de Legrand, cuando recibí en Chárleston la
visita de su asistente Júpiter. Nunca había visto al buen negro tan trastornado
y creí que algún serio desastre hubiera ocurrido a mi amigo.
—Y bien, Júpiter,—díjele,—¿de qué se trata? ¿Cómo
está tu amo?
—Pá decir verdá, patrón, él no etá tan sano.
—¿Está enfermo? Lo siento mucho. ¿De qué se queja?
—¡Ahí etá! ¡Eso é lo pior! Nunca se queja de ná.
Pero tá mu mal.
—¡Muy mal, Júpiter! ¿Por qué no me dijiste eso de
una vez? ¿Está en cama?
—No, señó; eso no. Pero no se sabe por ónde anda.
Eso é lo que me duele. El pobre amo Will m'etá dando mucho dolore de cabeza.
—Júpiter, quisiera entender lo que estás diciendo. Hablas de que tu amo está enfermo. ¿No te ha dicho lo
que tiene?
—¡Güeno, patrón! No hay que alterase po eso. Amo
Will dice que no tiene ná.... Pero ¿por qué anda poahí con la cabeza enterrá
entre sus hombros y blanco como una visión?... ¡Otra cosa! Siempre etá con una
chará....
—¿Una qué, Júpiter?
—Sí; una chará, y una pizarra con lo número má
raros que se ha vito. Le digo a uté que me asuta en veces. Necesito mucho ojo
con sus cosas. L'otro día se m'escapó a la madrugá y se jué todo el bendito
día. Tuve preparao un garrote pá dale una güena soba cuando volviese; pero soy
tan zonzo que no tuve alma dempués de tó.... Parecía tan despeao que me dió
lástima.
—¡Eh? ¡Cómo? ¡Ah, sí! Bien, teniendo todo en
cuenta, creo que es mejor que no seas muy severo con el pobre. No lo
disciplines, Júpiter; no me parece que está en condiciones de resistirlo. Pero
¿no puedes imaginar qué es lo que ha producido su enfermedad, o mejor dicho,
este cambio en sus maneras? ¿Ha sucedido algo desagradable después que no nos
hemos visto?
—No, patrón, no ha sucedido ná dende entonce. Me
paece que jué antes... jué el mimo día que uté etuvo.
—¡Cómo! ¿qué quieres decir?
—Güeno, patrón, yo digo que jué la cucaracha...
¡eso!
—La cucaracha. Seguro que esa cucaracha de oro lo
picó en algún lao de la cabeza.
—Y ¿qué motivo tienes para pensar eso, Júpiter?
—Esa cucaracha tiene mu güenas patas y mu güena
boca. Nunca vide un bicho más condenao: muerde y patea tó lo que se le arrima.
Amo Will la cazó primero, pero le digo que tuvo que soltarla mu prontito. Y
entonce creo que lo mordió. A mí dió miedo la boca e la cucaracha p'agarrarla,
pero la pesqué con un peaso e papel. L'envolví con el papel y tamién l'ise comé
papel. Así jué.
—Y ¿crees entonces que el insecto picó
verdaderamente a tu amo y que la picadura lo ha enfermado?
—A mí no é que me paece.... Toy seguro. ¿Po qué
soñó tanto con el oro si no é poque lo picó el bicho de oro? Yo he oído dende
antes hablá de estas cucarachas de oro.
—Pero ¿cómo sabes que sueña con oro?
—¿Que cómo sé? Poque habla de eso cuando duerme. Po
eso toy seguro.
—Bien, Júpiter, quizá tengas razón; pero ¿a qué
circunstancia afortunada debo el placer de tu visita?
—¿Qué dise, patrón?
—¿Me traes algún recado de Mr. Legrand?
—No, patrón, traigo ete paquete;—y aquí Júpiter me
entregó una carta que decía así:
Querido——
¿Por qué no habéis venido en tanto tiempo? Espero
que no seréis tan bobo de ofenderos por mis pequeños arranques; no, eso no es
posible.
Desde que no os he visto tengo grandes motivos de
ansiedad. Necesito deciros algo, pero apenas sé en qué forma podría hacerlo y
ni siquiera si debería decíroslo.
No he estado muy bien en los últimos días y el
pobre viejo Júpiter me ha aburrido más de lo que es posible soportar con sus
ingenuas atenciones. ¿Lo creeríais? Había preparado un gran palo el otro día
para castigarme por habérmele escapado y haber pasado la jornada solo, en las
colinas de la isla. Creo, en verdad, que únicamente mi aspecto de enfermo me
salvó de la azotaina.
No he agregado nada a mi colección desde la última
vez que nos vimos.
Si podéis arreglarlo sin inconveniente, venid con
Júpiter. Venid. Necesito veros esta noche para un
asunto de importancia. Os aseguro que es de la mayor importancia.
Vuestro afectísimo
Wílliam Legrand.
Algo había en el tono de la carta que me produjo
gran inquietud. Su estilo difería por completo del que acostumbraba Legrand.
¿En qué estaría soñando? ¿Qué nueva extravagancia se había apoderado de su
excitable cerebro? ¿Cuál podía ser aquel "asunto de gran importancia"
que necesitara él definir? Las noticias de Júpiter a su respecto no auguraban
nada bueno. Temí que quizá el peso continuo de la desgracia hubiera al fin
trastornado la mente de mi amigo. En consecuencia, sin un instante de vacilación
me preparé a acompañar al negro.
Al llegar al embarcadero advertí una hoz y tres
azadas, nuevas en apariencia, colocadas en el fondo del bote que debíamos
ocupar.
—¿Qué significa esto, Jup?—pregunté.
—Son una hoz y unas azadas, patrón.
—No cabe duda; pero ¿qué hacen aquí?
—Son una hoz y unas azadas que amo Will me mandó
que le comprara en la ciudad y que por má señas he tenío que largar un montón
de plata po eso.
—Pero, en nombre de todo lo misterioso, ¿qué va a
hacer "amo Will" con azadas y con hoces?
—¡Ah! Eso sí que no sé y ¡el diablo cargue conmigo
si el amo sabe má que yo! Pá mí que tó é por la cucaracha.—
Viendo que no podía satisfacer mi curiosidad con
las respuestas de Júpiter, cuyo intelecto parecía completamente absorbido por
el escarabajo, abordé el bote y nos dimos a la vela. Empujados por brisa
poderosa y favorable arribamos pronto a la pequeña ensenada al norte del fuerte
de Moultrie y una caminata de dos millas nos condujo a la cabaña. Era cerca de
las tres de la tarde cuando llegamos, y Legrand nos aguardaba en ansiosa
expectación. Oprimió mi mano con vivacidad nerviosa que me alarmó robusteciendo
las sospechas que habían ya acudido a mi mente. Su semblante tenía palidez
cadavérica y sus ojos, hundidos en las cuencas, brillaban con lustre
sobrenatural. Después de algunas preguntas acerca de su salud preguntéle, no
sabiendo cosa mejor que decir, si no había recuperado aún su escarabajo del
teniente G.——
—¡Oh, sí!—replicó, enrojeciendo violentamente.—Lo
recogí al siguiente día. Nada podría decidirme a separarme de este escarabajo.
¿Sabéis que Júpiter tenía razón en sus apreciaciones?
—¿A qué respecto?—pregunté, sintiendo mi corazón
llenarse de tristes presentimientos.
—Suponiendo que era un insecto de oro
verdadero.—
Dijo esto con aire de profunda gravedad, y yo me
sentí indeciblemente contristado.
—Este insecto hará mi fortuna,—continuó con sonrisa
triunfante;—me reinstalará en mis posesiones de familia. ¿Qué de extraño tiene,
entonces, que yo lo aprecie en grado sumo? Desde que la Fortuna ha creído
oportuno concederme sus dones en esta forma, sólo me resta usar de ellos
debidamente para llegar a la riqueza que es su culminación. ¡Júpiter, tráeme el
escarabajo!
—¡Qué! ¿La cucaracha, patrón? No quío buscale
camorra a ese bicho; mejó que uté mimo lo agarre.—
A lo cual levantóse Legrand con aire grave y
majestuoso y me presentó el insecto que sacó de una caja de cristal en que lo
tenía encerrado. Era, en verdad, un hermoso escarabajo, desconocido por aquel
tiempo a los naturalistas y, por consiguiente, un gran hallazgo desde el punto
de vista científico. Tenía dos manchas negras en el extremo anterior del lomo y
otra, más grande, en el extremo posterior. Las escamas eran excesivamente duras
y brillantes, con toda la apariencia del oro bruñido. El peso del insecto era
notable y, tomando todas estas cosas en consideración, apenas podía yo
reprochar a Júpiter sus opiniones al respecto; pero lo que inclinaba a Legrand
a asentir con esta idea no podía comprenderlo, por vida mía.
—He enviado a buscaros,—dijo en tono grandilocuente
cuando terminé el examen del insecto,—he enviado a buscaros porque necesito
vuestros consejos y vuestra asistencia para llevar a cabo los designios de la
suerte y del escarabajo....
—Mi querido Legrand,—exclamé
interrumpiéndole,—seguramente no os sentís bien, y es preferible que toméis
algunas ligeras precauciones. Acostaos, y yo permaneceré aquí algunos días
hasta que os encontréis mejor. Estáis febril y....
—Tomadme el pulso,—dijo mi amigo.
Hícelo así, y a decir verdad no encontré la más
ligera alteración.
—Pero podéis estar enfermo aun sin tener fiebre.
Permitidme recetaros por esta vez. En primer lugar, poneos en cama; en
segundo....
—Estáis equivocado,—interrumpió.—Me encuentro tan
bien como puedo estarlo bajo la excitación que me aqueja. Si tenéis realmente
algún interés por mí, aliviaréis esta excitación.
—¿De qué manera puedo hacerlo?
—Muy fácilmente. Júpiter y yo vamos a emprender una
expedición a las colinas de la isla, y necesitamos en dicha empresa la
cooperación de alguien en quien podamos confiar absolutamente. Vos sois el
único en quien yo depositaría mi confianza. Ya tengamos éxito o fracasemos,
desaparecerá la agitación que ahora advertís en mí.
—Deseo muchísimo complaceros en cualquier
sentido,—repliqué;—pero ¿significa esto que el infernal escarabajo tiene alguna
conexión con vuestra expedición a las colinas?
—La tiene.
—En tal caso, Legrand, no puedo prestarme a
proceder tan absurdo.
—Lo siento, lo siento mucho; porque tendremos que
ensayarlo solos.
—¡Ensayarlo solos! ¡Este hombre está loco
seguramente! Pero ¡aguardad! ¿Cuánto tiempo os proponéis ausentaros?
—Probablemente toda la noche. Saldremos en este
instante y estaremos de vuelta al alba en todo caso.
—¿Y me prometéis, por vuestro honor, que una vez
satisfecha esta fantasía y resuelto a vuestra satisfacción el asunto del
escarabajo, ¡gran Dios! volveréis a casa y seguiréis implícitamente mis
consejos como si fuera vuestro médico?
—Sí; lo prometo; y ahora partamos inmediatamente
porque no hay tiempo que perder.
Acompañé a mi amigo con el corazón oprimido.
Salimos a eso de las cuatro, Legrand, Júpiter, el perro y yo, cargando Júpiter
con la hoz y las azadas que insistió en llevar él mismo, más por temor de dejar
aquellos instrumentos al alcance de su amo que por exceso de actividad o
complacencia, a lo que pude presumir. Su actitud era terriblemente suspicaz, y
las palabras "condenado insecto" fueron las únicas que se escaparon
de sus labios durante todo el trayecto. Por mi parte me había encargado de dos
linternas sordas, mientras Legrand se contentaba con el escarabajo que llevaba
atado al extremo del cordel de un látigo, haciéndolo girar a uno y otro lado
con aires de hechicero conforme avanzábamos. Cuando
pude observar esta última y evidente muestra de la aberración mental de mi
amigo apenas me fué posible retener las lágrimas. Pensé, sin embargo, que era
mejor seguir sus fantasías al menos por el momento hasta que se presentara la
oportunidad de adoptar medidas más enérgicas con probabilidades de éxito. Me
propuse al mismo tiempo, aunque sin resultado, sondearle acerca del objeto de
la expedición. Habiendo logrado inducirme a acompañarle, no parecía desear
sostener conversación sobre tópicos de menor importancia, y a todas mis
preguntas se dignaba responder tan sólo: "¡Ya veremos!"
Cruzamos en un esquife el canal que separaba la
isla y, ascendiendo las colinas de la playa del continente, seguimos en
dirección noroeste a través de una comarca excesivamente salvaje y desolada
donde no existía traza de seres humanos. Legrand guiaba con decisión,
deteniéndose únicamente de vez en cuando para consultar ciertas señales que en
apariencia había colocado él mismo en alguna excursión preliminar.
De esta manera avanzamos durante cerca de dos
horas, y precisamente a la caída del sol penetramos en una región infinitamente
más lúgubre que todo lo que habíamos atravesado hasta entonces. Era una especie
de meseta cerca de la cima de una eminencia casi inaccesible, cubierta de densa
arboleda desde la base hasta la cumbre y sembrada de enormes peñascos que
parecían yacer desprendidos sobre el terreno, evitando en muchos casos
precipitarse a los hondos valles debido simplemente al
apoyo de los árboles contra los cuales descansaban. Quebradas profundas, que
partían en diversas direcciones, prestaban todavía un aire de solemnidad más
agreste a la escena.
La plataforma natural hasta donde nos habíamos
encaramado estaba erizada de espesas zarzas entre las cuales descubrimos pronto
que habría sido imposible avanzar sin el auxilio de la hoz; y Júpiter procedió,
bajo la dirección de su amo, a abrirnos una senda hasta el pie de un enorme
tulipán que se levantaba en medio de seis u ocho robles sobrepasando a todos en
altura y humillando a cuantos árboles había yo visto hasta entonces por la
belleza de su follaje y de su forma, por la magnitud de sus ramas y por la
majestad de su aspecto en general. Cuando llegamos cerca del árbol, volvióse
Legrand a Júpiter y preguntóle si sería capaz de escalarlo. El viejo titubeó un
poco quedando algunos instantes sin responder. Aproximándose al fin al inmenso
tronco, dió la vuelta pausadamente alrededor y lo examinó con minuciosa
atención. Cuando terminó su escrutinio, dijo sencillamente:
—Claro, patrón, el negro Júpiter se trepa a
cualquier árbol que le da la gana.
—Entonces, arriba cuanto antes, porque pronto será
demasiado tarde para ver lo que necesitamos.
—¿Asta ónde me subo, patrón?—preguntó Júpiter.
—Sube primero por el tronco y luego te diré de qué
lado debes ir. ¡Ah!... ¡espera! llévate al insecto.
—¡La cucaracha, patrón! ¿La cucaracha de oro?—gritó
el negro, retrocediendo acongojado. ¿Pá qué he de subir la cucaracha arriba del
árbol? ¡Demonio si la llevo!
—Si tienes miedo, Júpiter, un negro grandazo y
viejo como eres, de coger a este pequeño animalito inofensivo, llévalo por el
cordón; pero si no lo subes contigo en alguna forma, me veré obligado a
romperte la cabeza con esta azada.
—¿Qué es eso, patrón? ¿Po qué s'enoja ahora?—dijo
Júpiter evidentemente abochornado hasta la sumisión.—Siempre la paga el pobre
negro viejo. Yo lo dije sólo de juego. ¿Que le tengo miedo a la cucaracha? ¿Qué
me v'aser a mí la cucaracha?—
Y a esto cogió cautelosamente el extremo más
alejado del cordón y manteniendo al insecto tan apartado de sí como lo
permitían las circunstancias, preparóse a escalar el árbol.
En la juventud, el tulipán o Liriodendron
tulipiferum, magnífico habitante de las selvas, tiene el tronco
singularmente liso y se eleva a menudo a gran altura sin ramas laterales; pero
en su edad madura la corteza se vuelve áspera y nudosa a la vez que aparecen
ramas cortas en el tallo. Así, la dificultad de la ascensión era más aparente
que real en el presente caso. Abarcando el enorme cilindro con brazos y
rodillas tan estrechamente como era posible, aferrándose con las manos en
algunas partes salientes mientras afirmaba en otras sus pies desnudos, Júpiter
se encaramó al fin, después de dos o tres escapes de caída inminente, en la
primera rama ahorquillada y pareció considerar su
tarea virtualmente llevada a cabo. El peligro de la empresa estaba vencido, en
efecto, aun cuando se hallaba ahora a sesenta o setenta pies de altura sobre el
nivel del suelo.
—¿Por ónde voy aora, amo Will?—preguntó.
—Sigue la rama más grande hacia este lado,—dijo
Legrand. El negro obedeció prontamente y al parecer con pequeño esfuerzo,
ascendiendo más y más alto hasta que perdimos de vista su agachada figura entre
el espeso follaje que la envolvía. A poco oímos su voz en una especie de
alerta.
—¿Asta ónde subo aora?
—¿A qué altura has llegado?
—Bien arriba,—replicó el negro;—ya púo ver el sielo
po entre la punta del árbol.
—Nada importa el cielo, pero atiende a lo que voy a
decirte. Mira hacia abajo del árbol y cuenta las ramas de este lado debajo de
ti. ¿Cuántas ramas has pasado?
—Una, do, tré, cuato, sinco... he pasao sinco ramas
de este lao, patrón.
—Entonces sube una más.—
Algunos minutos después oímos nuevamente su voz
anunciando que había llegado a la séptima.
—Ahora, Jup,—exclamó Legrand visiblemente
agitado,—necesito que avances sobre esa rama lo más lejos que puedas. Si
encuentras algo extraño, avísamelo inmediatamente.—
En aquel momento desaparecieron las pocas dudas que
podía aun abrigar acerca de la demencia de mi amigo. No tenía otra alternativa
sino pensar que había sido atacado de locura, y llegué a sentirme
verdaderamente ansioso pensando en el modo de hacerlo regresar a la casa. En
tanto que reflexionaba sobre lo que sería más conveniente intentar, la voz de
Júpiter dejóse escuchar de nuevo.
—Mucho critianos se asutarían de andar po eta rama.
Etá seca casi todita.
—¿Dices que es una rama seca, Júpiter?—interrogó
Legrand con voz trémula.
—Sí, patrón; etá seca como tranca e puerta. Como
que lo etoy viendo... ¡tá muerta!
—¿Qué haré, en nombre del cielo?—exclamó Legrand,
que parecía entregado a gran desesperación.
—¡Haced esto!—insinué yo, satisfecho de encontrar
la oportunidad de colocar una palabra.—¡Vaya! ¡Venir a casa y acostaros! Vamos
inmediatamente, si sois buen chico. Se hace tarde, y además debéis recordar
vuestra promesa.
—¡Júpiter!—gritó él, sin atenderme en lo más
mínimo.—¿Me oyes?
—Sí, patrón; l'oigo mu bien.
—Entonces, prueba la madera con tu cuchillo y
fíjate bien si la rama está muy seca.
—Podrida, patrón, seguro,—contestó el negro después
de un momento; pero no tan podrida. Quién sabe si pudiera 'vansá má ayá etando
solo. ¡Así sí, digo!
—¡Solo! ¿Qué quieres decir?
—Güeno, é po la cucaracha. E mu pesada. Si la boto
pa 'bajo, la rama no se romperá con el peso del negro na má.
—¡Canalla infame!—gritó Legrand, muy consolado al
parecer,—¿qué piensas sacar diciéndome esas estupideces? Ten por seguro que si
dejas caer el insecto te rompo el cuello. ¡Mira, Júpiter! ¿me oyes?
—Sí, patrón; no hay necesidad de cargarle con tanto
grito al pobre negro.
—¡Bien! ¡Escucha ahora! Si vas por esa rama hasta
donde creas que hay seguridad y no dejas caer el escarabajo, te regalaré un
dólar de plata en cuanto llegues al suelo.
—Voy, patrón, pierda cuidao,—repuso el negro con
presteza;—etoy casi en la punta de la rama.
—¡Casi en la punta de la rama!—exclamó
alegremente Legrand;—¿dices que has llegado al extremo de esa rama?
—Pronto etoy en la mima punta, patrón....
¡O-o-o-oh! ¡Santísimo Padre! ¡Qué es eto que hay en el árbol?
—¡Bien!—gritó? Legrand en medio de extraordinario
deleite.—¿Qué es ello?
—¿Qué! ¡Una calavera!... Alguno que dejó su cabesa
en el árbol y los gallinasos le han comío toíto el peyejo.
—¿Una calavera, dices? ¡Muy bien! ¿Cómo está
asegurada contra el árbol? ¿Qué cosa la sostiene?
—Etá juerte, patrón; vamo a ver. ¡Vaya qu' é
curioso! Etá clavada al árbol con un clavo grandaso.
—Ahora bien, Júpiter, haz exactamente lo que te
digo; ¿me oyes?
—Sí, patrón.
—Fíjate entonces; busca el ojo izquierdo de la
calavera.
—¡Ju, ju! ¡Eso sí que etá güeno! No hay dengún ojo
en la calavera.
—¡Malhaya sea tu estupidez! ¿Sabes siquiera
distinguir tu mano izquierda de tu mano derecha?
—Claro que lo sé... y mu bien. Mi mano isquierda é
la que está agarrando la rama.
—¡Sí, por cierto! Eres zurdo; y tu ojo izquierdo
está al mismo lado que tu mano izquierda. Ahora supongo que podrás encontrar el
ojo izquierdo de la calavera o el sitio donde estaba el ojo izquierdo. ¿Lo
encuentras?—
Hubo una larga pausa. Al fin preguntó el negro:
—¡Diga, patrón! ¿El ojo isquierdo de la calavera
etá al mimo lao que la mano isquierda de la calavera? Poque no l'encuentro
manos a la calavera.... ¡No importa! Aquí tengo ahora el ojo isquierdo... aquí
etá el ojo isquierdo.... ¿Qué ago con él?
—Deja caer por allí al insecto hasta donde alcance
el cordón; pero ten mucho cuidado de no dejar escapar el otro extremo.
—Listo, patrón. Fasilito pasó la cucaracha por el
aujero... aora ¡cuidao con el bicho ayá abajo!
Durante todo este coloquio nada podía descubrirse
de la persona de Júpiter; pero el insecto, que había dejado descender, veíase
ahora al extremo del cordón, brillando como un globo de oro bruñido
a los últimos rayos del sol poniente que iluminaban todavía débilmente la
eminencia en que nos encontrábamos. El escarabajo oscilaba libremente fuera de
las ramas y, de soltarlo, habría caído a nuestros pies. Legrand cogió la hoz al
punto y desmontó un espacio circular de tres o cuatro pies de diámetro,
exactamente debajo del insecto; cumplido lo cual ordenó a Júpiter soltar el
cordón y descender del árbol.
Clavando en el suelo una estaca con gran esmero, en
el punto preciso donde cayó el animal, sacó mi amigo del bolsillo una cinta de
medida. Asegurando uno de sus extremos al tronco por el sitio más cercano a la
estaca, la desenrolló hasta alcanzar este punto, continuando la operación hasta
la distancia de cincuenta pies siguiendo la dirección establecida por los dos
puntos del tronco y la estaca. Júpiter abría camino en la maleza con la hoz.
Llegando al sitio determinado en esta forma, enclavó de nuevo otra estaca y,
tomándola como eje, describió un círculo de cuatro pies de diámetro
aproximadamente. Cogiendo entonces una azada para sí y dando una a Júpiter y
otra a mí, nos encareció ponernos a cavar con la mayor actividad posible.
A decir verdad, no tenía yo especial afición por
este entretenimiento en ningún caso, y habría declinado gustoso la invitación
en semejante momento, porque la noche caía y me sentía muy fatigado con todo el
ejercicio que habíamos llevado a cabo; pero no vi modo alguno de escapar,
temiendo alterar la ecuanimidad de mi pobre amigo con una negativa.
Si hubiera podido contar con la ayuda de Júpiter, no habría vacilado en
intentar el regreso del lunático a la casa, aun cuando fuera por fuerza; pero
sabía muy bien las disposiciones del viejo negro para esperar que quisiera
sostenerme, en cualesquiera circunstancias, en lucha personal contra su amo. No
dudaba yo que éste se hubiera contagiado con alguna de las innumerables
supersticiones del sur con respecto a dinero enterrado, y que tal fantasía se
confirmara en su mente por el hallazgo del escarabajo o, quizá también, por la
obstinación de Júpiter en asegurar que este insecto era "un animal de oro
verdadero." Una mente predispuesta a la locura pronto se dejaría arrastrar
por tales sugestiones, especialmente si concordaban con ideas favoritas
preconcebidas, lo que me hizo recordar que el pobre muchacho llamaba al
escarabajo "la base de su fortuna." Encontrábame tristemente vejado e
impresionado, pero al fin resolví hacer de necesidad virtud y cavar con
entusiasmo para convencer más pronto al visionario, con demostración ocular, de
la falsedad de sus opiniones.
Encendimos las linternas y nos pusimos todos a la
obra con ardor digno de mejor causa. No pude menos de pensar, observando el
resplandor que iluminaba nuestras personas e instrumentos, en el grupo tan
pintoresco que debíamos formar, y cuán extraña y sospechosa parecería nuestra
labor a cualquiera que por casualidad se hubiera acercado a los alrededores.
Cavamos de firme durante dos horas. Apenas hablábamos; y nuestra preocupación principal
consistía en los ladridos del perro que tomaba interés extraordinario en
nuestros procedimientos. Alcanzaron por último tal diapasón que temimos pudiera
dar la alarma a cualquier vagabundo en las cercanías; mejor dicho, tales eran
las aprensiones de Legrand, pues en cuanto a mí habría acogido con placer
cualquiera interrupción que me permitiera hacer regresar a casa al extraviado.
El ruido fué dominado al fin muy eficazmente por Júpiter que, saliendo del
agujero con aire de inflexible determinación, ató el hocico del perro con uno
de sus tirantes, volviendo luego a su tarea con risa ahogada de satisfacción.
Cuando expiró el tiempo indicado habíamos llegado a
una profundidad de cinco pies sin que aparecieran indicios de tesoro alguno.
Siguió una pausa general y comencé a esperar que estuviéramos al final de la
farsa. Sin embargo, Legrand, aunque visiblemente desconcertado, enjugó
pensativo su frente y se puso de nuevo a la obra. Habíamos excavado
completamente el círculo de cuatro pies de diámetro y ensanchamos algo aquel
límite ahondando dos pies más de profundidad. Nada apareció. El buscador de
oro, a quien compadecía yo sinceramente, trepó al fin del fondo del hoyo con la
decepción más amarga impresa en sus facciones y procedió pausadamente y a más
no poder a endosar su chaqueta que había arrojado al comenzar su labor. Yo no
hacía observación alguna. Júpiter comenzó a reunir las herramientas a una señal
de su amo. Hecho esto, y quitada la mordaza al
perro, nos encaminamos a casa en profundo silencio.
Habríamos andado quizá una docena de pasos en
aquella dirección cuando Legrand se dirigió violentamente a Júpiter con un gran
juramento sacudiéndolo por el cuello.
—¡Canalla!—exclamó, silbando las palabras entre sus
dientes apretados.—¡Infernal negro bellaco! ¡Habla, te digo! ¡respóndeme al
instante sin superchería! ¿Cuál, cuál es tu ojo izquierdo?
—¡Oh, misericordia, patrón! ¿No é éte mi ojo
isquierdo?—aulló el aterrorizado Júpiter, colocando la mano sobre su órgano
visual derecho y manteniéndola allí con pertinacia como si
temiera que su amo intentara arrancárselo.
—¡Así me lo figuraba! ¡Estaba seguro de ello!
¡hurra!—vociferó Legrand, dejando escapar al negro y ejecutando una serie de
saltos y cabriolas con gran admiración del criado quien, levantándose de donde
había caído arrodillado, miraba enmudecido de su amo a mí y de mí a su amo.
—¡Venid! Tenemos que regresar,—dijo éste último;—la
partida no está terminada aún.—
Y de nuevo nos condujo hasta el árbol de tulipán.
—¡Júpiter,—dijo cuando llegamos al pie,—ven acá!
¿Estaba clavado el cráneo en el árbol con la cara hacia afuera o con la cara
contra la rama?
—La cara etaba pá juera, patrón; así que los
gallinasos se pudieron come los ojos con descanso.
—Bien; entonces, ¿soltaste el insecto por este ojo
o por éste?—preguntó Legrand tocando ambos ojos de Júpiter.
—Jué por ete ojo, patrón... el ojo isquierdo... el
mimo que uté me dijo;—y el negro señalaba su ojo derecho.
—Así puede arreglarse; tenemos que ensayar otra
vez.
Entonces mi amigo, en cuya locura veía yo ahora o
imaginaba ver ciertas indicaciones de método, movió la estaca que marcaba el
sitio donde cayó el escarabajo tres pulgadas al oeste de su primera posición.
Tomando luego como antes la medida desde el punto más cercano del tronco hasta
la estaca, y siguiendo aquella dirección en línea recta hasta la distancia de
cincuenta pies, quedó indicado un sitio separado por algunas yardas del lugar
en donde habíamos verificado la excavación.
Describiendo ahora un círculo algo mayor que la
primera vez alrededor del punto así indicado, principiamos de nuevo a trabajar
con las azadas. Yo estaba horriblemente fatigado, pero, aun sin comprender bien
lo que provocaba tal cambio en mis ideas, no sentía ya gran aversión por la
tarea que se me imponía. Estaba indeciblemente interesado; más aún, excitado.
Había algo en medio de la extravagancia de maneras de Legrand, cierto aire de
previsión, de deliberación que me impresionaba. Ahondaba con empeño, y de vez
en cuando me sorprendí a mí mismo buscando, con modo que se asemejaba mucho a
la expectación, el fantástico tesoro cuya visión había trastornado a mi
infortunado compañero. En cierto momento en que los vagares de mi imaginación
se habían apoderado de mí por completo, y cuando habríamos trabajado quizá hora y media, nos interrumpieron otra vez
violentos ladridos del perro. Su inquietud en el primer caso había sido
evidentemente tan sólo el resultado de un juego o de un capricho, pero ahora
asumía tono más grave e insistente. Cuando Júpiter intentó amordazarlo de
nuevo, manifestó furiosa resistencia y lanzándose en el agujero púsose a cavar
frenéticamente con las uñas. En pocos segundos descubrió un montón de huesos
humanos que formaban dos esqueletos completos, entremezclados con varios
botones de metal y algo que parecía residuos de lana apolillada. Uno o dos
golpes de azada descubrieron la hoja de una gran daga española, y ahondando un
poco más salieron a luz tres o cuatro piezas de oro sueltas.
A la vista de las monedas apenas pudo Júpiter
refrenar su alegría, pero el aspecto de su amo demostraba profunda decepción.
Insistió, sin embargo, para que continuáramos los esfuerzos, y no había
terminado de pronunciar aquellas palabras cuando yo tropecé y caí hacia
adelante, con la punta de la bota cogida en un gran anillo de hierro que yacía
medio oculto entre la tierra removida.
Trabajamos entonces ansiosamente, y jamás he pasado
diez minutos de excitación tan intensa como aquéllos. En este intervalo
descubrimos una caja oblonga de madera que, a juzgar por su conservación
perfecta y maravillosa solidez, había sido sometida a algún proceso de
petrificación, quizá por el bicloruro de mercurio. Aquella arca tenía tres pies
y medio de largo, tres pies de ancho y dos pies y
medio de altura. Estaba fuertemente asegurada con bandas de hierro forjado,
remachadas y formando una especie de tejido que cubría el conjunto. A los
costados de la caja, cerca de la cubierta, había tres anillos de hierro, seis
en total, que ofrecían seguro agarradero para que seis personas pudieran
levantarla con comodidad. Nuestros mayores esfuerzos reunidos alcanzaron apenas
a remover ligeramente el cofre en su mismo sitio. Al momento pudimos comprobar
la imposibilidad de levantar peso tan enorme. Afortunadamente, la única
cerradura de la tapa consistía en dos cerrojos que descorrimos temblando y
palpitantes de ansiedad. En un instante brillaron ante nuestros ojos tesoros de
valor incalculable. Al caer dentro del hoyo los rayos de las linternas
relampaguearon chispas y dorados resplandores que partían de un confuso montón
de oro y joyas deslumbrando por completo nuestras miradas.
No intentaré describir las sensaciones que me
acometieron mientras contemplaba todo aquello. El asombro predominaba por
supuesto. Legrand parecía exhausto por la emoción y pronunció muy pocas
palabras. El rostro de Júpiter revistió durante algunos minutos palidez tan
mortal como, dada la naturaleza de las cosas, es posible asumir al rostro de un
negro. Parecía estupefacto, herido por el rayo. A poco cayó de rodillas en el
agujero, y enterrando hasta el codo en el oro sus desnudos brazos permaneció
así como saboreando la voluptuosidad de un baño. Al cabo, con un profundo
suspiro, exclamó como en soliloquio:
—¡Y todo eto po la cucaracha de oro! ¡la linda
cucaracha de oro! ¡la pobre cucarachita de oro que yo maltrataba como un
bestia! ¿No tiene vergüensa de ti, negro? ¡Contesta!—
Fué necesario al fin que yo hiciera despertar a amo
y criado a la necesidad de levantar el tesoro. Hacíase tarde, e importaba
apresurarnos para transportar todo a la casa antes del amanecer. Era difícil
decidir lo que debía hacerse, y transcurrió mucho tiempo en deliberación, tan
confusas se hallaban nuestras ideas. Finalmente aligeramos la caja sacando dos
terceras partes de su contenido y sólo entonces logramos con bastante trabajo
sacarla del hoyo. Ocultamos entre la maleza los artículos extraídos del cofre
dejando a su cuidado al perro con órdenes estrictas de Júpiter de no abandonar
su puesto bajo ningún pretexto ni abrir la boca hasta nuestro regreso. Luego
nos encaminamos apresuradamente a la casa llevando la caja, y llegamos con
seguridad, pero con excesivo trabajo, a la una de la mañana. Rendidos de
cansancio como nos encontrábamos era humanamente imposible hacer más por el
momento. Descansamos hasta las dos y tomamos algún alimento, regresando
inmediatamente a las colinas armados de tres sólidos sacos que por suerte
encontramos en la casa. Poco antes de las cuatro llegamos a la excavación,
dividimos el botín en partes aproximadamente iguales y dejando los hoyos
abiertos nos dirigimos de nuevo a la cabaña donde depositamos por segunda vez
nuestra dorada carga cuando empezaban justamente a
brillar hacia el oriente sobre la copa de los árboles los primeros y débiles
rayos del alba.
Nos sentíamos deshechos; pero la intensa agitación
del momento nos privaba del reposo. Después de un sueño intranquilo, que se
prolongó tres o cuatro horas, nos levantamos como si lo hubiéramos concertado
de antemano para examinar nuestros tesoros.
La caja había estado llena hasta el borde, y
pasamos todo el día y gran parte de la noche siguiente en examinar su
contenido. No había señales de orden alguno en el arreglo; todo se había
arrojado a la ventura. Separando todo por grupos cuidadosamente nos encontramos
dueños de un tesoro mucho mayor de lo que creímos al principio. En moneda
acuñada había más de cuatrocientos o quinientos mil dólares, a lo que pudimos
juzgar, estimando el valor de las piezas tan aproximadamente como era posible
según las tablas del período a que pertenecían. No había una sola partícula de
plata. Todo era oro de fecha antigua y de gran diversidad: monedas francesas,
inglesas y alemanas, algunas guineas inglesas y algunas fichas de las cuales
jamás habíamos visto antes ningún ejemplar. Había varias monedas muy grandes y
muy pesadas, y tan gastadas que no pudimos descubrir las inscripciones. Nada de
moneda americana. Encontramos más difícil estimar el valor de las joyas. Había
diamantes, algunos extraordinariamente grandes y hermosos, ciento diez en
total, y ninguno de ellos pequeño; dieciocho rubíes de reflejos admirables; trescientas diez esmeraldas, todas muy bellas;
veintiún zafiros y un ópalo. Estas piedras habían sido arrancadas de su engaste
y arrojadas sueltas en el cofre. Los engastes, que encontramos entre otras
piezas de oro aparecían desfigurados a martillazos como para evitar su
identificación. Además de todo esto, había gran número de joyas de oro macizo:
cerca de doscientos anillos y pendientes; ricas cadenas, treinta de ellas, si
bien recuerdo; ochenta y tres crucifijos muy grandes y pesados; cinco
incensarios de oro de gran valor; una maravillosa ponchera de oro ricamente
cincelada y ornamentada de hojas de vid y figuras de bacanal; dos empuñaduras
de espada exquisitamente realzadas, y muchos otros artículos menudos que no me
es dado recordar. El peso de estas alhajas excedía de trescientas cincuenta
libras corrientes; no habiendo incluído en esta apreciación ciento noventa y
siete magníficos relojes de oro, tres de los cuales valían cada uno quinientos
dólares por lo menos. Muchos de aquellos relojes eran extremadamente antiguos e
inútiles para medir el tiempo, habiéndose descompuesto su mecanismo en mayor o
menor proporción; pero todos estaban montados en ricas joyas y en cajas de gran
valor. Estimamos esa noche en millón y medio de dólares el contenido del cofre;
pero después de haber dispuesto de las joyas y adornos, separando algunas para
nuestro uso particular, encontramos que habíamos tasado muy bajo nuestros tesoros.
Cuando, al cabo, concluído el inventario, y
apaciguada en cierto modo la intensa excitación de
los primeros momentos, vió Legrand que moría yo de impaciencia por la solución
de este enigma extraordinario, entró en la relación detallada de todas las
circunstancias que con ello se relacionaban.
—Recordaréis,—dijo,—aquella noche en que os alargué
el bosquejo que hice del escarabajo. Recordaréis asimismo que me sentí ofendido
ante vuestra insistencia en decir que mi dibujo parecía una calavera. La
primera vez que formulasteis aquella aserción creí que bromeabais; pero,
rememorando luego las manchas peculiares que el insecto tenía en el lomo,
convine conmigo mismo en que tal observación tenía en efecto alguna apariencia
de razón. Con todo, me irritaba la fisga hecha a mis habilidades gráficas, porque
en general se me considera buen artista; y por consiguiente, cuando me
devolvisteis la tira de pergamino estuve a punto de estrujarla y arrojarla al
fuego.
—¿La hoja de papel, queréis decir?—indiqué.
—No; tenía la apariencia de papel, y yo había
creído al principio que lo era; pero cuando quise dibujar en ella descubrí al
momento que era en realidad un trozo de pergamino muy fino. Estaba
completamente sucio, como recordaréis. Bien; en el momento mismo de estrujarlo
y arrojarlo al fuego cayeron mis ojos sobre el dibujo que habíais estado
contemplando y, ¡juzgad de mi sorpresa cuando advertí, en efecto, la figura de
una calavera precisamente en el mismo sitio en que yo creía haber dibujado el
escorzo del insecto! Por un instante quedé tan atónito que apenas podía razonar con claridad. Sabía perfectamente que
mi dibujo era muy diferente de aquél en los detalles, aun cuando existía cierta
similaridad en las líneas generales. Entonces cogí una bujía y sentándome al
otro extremo de la habitación procedí al escrutinio minucioso del pergamino.
Volviéndolo del otro lado descubrí mi propio dibujo por el revés, exactamente
tal como lo había delineado. Mi primera idea en aquel momento fué simplemente
de sorpresa ante la extraordinaria semejanza del diseño, ante la extraña
coincidencia de que, sin saberlo yo, hubiera una calavera al otro lado del
pergamino precisamente debajo de la figura de mi escarabajo y de que, no sólo
en sus líneas sino en su tamaño, aquella calavera tuviera con mi dibujo
semejanza tan notable. Decía que la singularidad de esta coincidencia me dejó
estupefacto por algunos instantes. Tal es el efecto ordinario de ciertas
coincidencias. La imaginación lucha por establecer alguna relación, alguna sucesión
de causa y efecto; y en la incapacidad de realizarlo sufre una especie de
parálisis temporal. Mas, al recobrarme de este estupor, despertóse gradualmente
dentro de mí una convicción que me impresionó más hondamente aún que la misma
coincidencia. Positiva, distintamente comencé a recordar que no había
dibujo alguno en el pergamino cuando hice mi diseño del escarabajo. Estaba
ahora perfectamente seguro de ello; porque rememoré que había vuelto primero un
lado del pergamino y después el otro en busca del sitio más limpio. Si la
calavera hubiese estado allí era imposible que
hubiera yo dejado de advertirlo. Existía un misterio que me encontraba incapaz
de explicar; pero, sin embargo, desde el primer momento comenzó a brillar
débilmente y a intermitencias, como una luciérnaga en las celdas más remotas y
secretas del pensamiento, la concepción de aquella verdad que la aventura de
anoche ha demostrado con tan gran magnificencia. Me levanté entonces, y
poniendo en lugar seguro el pergamino deseché toda reflexión sobre el asunto
hasta que pudiera hallarme a solas.
Tan luego que partisteis y que Júpiter se quedó
dormido me dediqué a una investigación metódica del suceso. En primer lugar
estudié la forma en que el pergamino había llegado a mi poder. El sitio en que
descubrí el escarabajo era en la costa del continente, aproximadamente a una
milla al este de la isla y a muy corta distancia de la señal de la marea alta.
Al cogerlo sentí una aguda picadura que me obligó a dejarlo caer. Júpiter, con
su prudencia habitual, antes de cazar al insecto que había volado en su dirección,
buscó una hoja o algo por este estilo que le permitiera cogerlo con seguridad.
En aquel momento sus miradas y las mías cayeron sobre el pedazo de pergamino
que entonces creí papel. Estaba medio enterrado en la arena, con una esquina
saliente. Cerca del paraje donde lo encontramos observé los despojos del casco
de algo que parecía haber sido la falúa de algún barco. Los restos del
naufragio demostraban hallarse en aquel sitio por mucho tiempo,
pues apenas podía descubrirse su semejanza con el maderamen de los buques.
Bien; Júpiter recogió el pergamino, envolvió al
insecto dentro y me lo pasó. Poco después, regresando a casa, encontramos al
teniente G——. Le mostré el escarabajo, y él me suplicó dejárselo para llevarlo
al fuerte. Obtenido mi consentimiento, lo metió en el bolsillo de su chaleco
sin el pergamino en que había estado envuelto, el cual conservé yo en las manos
durante su inspección. Quizá si temió que cambiara yo de idea y prefirió
apoderarse del insecto inmediatamente; sabéis bien cuan entusiasta es por todo
lo que se refiere a la historia natural. Al mismo tiempo, debo haber depositado
yo inconscientemente el pergamino en mi faltriquera.
Recordaréis que cuando me dirigí a la mesa con el
propósito de hacer el esbozo del insecto, no encontré papel en el sitio donde
lo guardo generalmente. Miré en el cajón y tampoco lo había. Busqué en mis
bolsillos esperando encontrar alguna carta inútil, y mi mano tropezó con el
pergamino. Detallo con tanta minuciosidad la manera precisa en que este
documento llegó a mi poder, porque aquellas circunstancias me impresionaron con
fuerza singular.
Indudablemente me creeréis fantástico, pero ya
había establecido yo una especie de conexión. Había unido dos
eslabones de una gran cadena. Un barco había naufragado en una costa, y no
lejos del barco había un pergamino, no un papel, con el dibujo de
una calavera. Preguntaréis, por supuesto, que dónde
existe la conexión. Respondo que el cráneo o calavera es el emblema muy
conocido de los piratas. En todas sus escaramuzas enarbolan una bandera que
ostenta una calavera.
He dicho que la hoja era pergamino y no papel. El
pergamino es durable, casi indestructible. Asuntos de poca monta rara vez se
consignan en pergamino, puesto que no se adapta tan bien como el papel para los
fines ordinarios del dibujo o la escritura. Esta reflexión prestaba algún
significado, alguna importancia, al diseño de la calavera. Tampoco dejé de
observar la forma del pergamino. Aun cuando una de sus
esquinas aparecía destruída por cualquier accidente, podía advertirse que era
oblonga su forma original. Era precisamente la clase de hoja que se hubiera
elegido para memorándum, para consignar algo que debiera recordarse mucho
tiempo y guardarse cuidadosamente.
—Pero,—interrumpí yo,—habéis dicho que la calavera
no estaba en el pergamino cuando hicisteis el dibujo del escarabajo. ¿Cómo
encontráis entonces la conexión entre el barco y la calavera, puesto que ésta,
según admitís vos mismo, debe haber sido dibujada, Dios sabe cómo y por quién,
en algún período subsecuente al diseño que hicisteis del insecto?
—¡Ah! Ahí yace todo el misterio; aunque en este
punto tuve relativamente poca dificultad para solucionar el enigma. Mis pasos
eran seguros y sólo podían conducir a un resultado. Razoné, por ejemplo, de
esta manera: Cuando dibujé el escarabajo, no había
calavera visible en el pergamino. Al terminar mi trabajo, os pasé el dibujo
observándoos fijamente hasta que me lo devolvisteis. Por consiguiente, no
fuisteis vos quien hizo el diseño de la calavera ni había
nadie presente que pudiera hacerlo. Luego, no apareció allí por acción humana;
y sin embargo, estaba en el pergamino.
Al llegar a este punto de mis reflexiones, traté de
recordar y recordé en efecto, con entera lucidez, todos los
incidentes que ocurrieron en aquel período de tiempo. La temperatura estaba
fría ¡oh, circunstancia rara y feliz! y el fuego ardía en la chimenea. Yo me
sentía acalorado con el ejercicio y me senté cerca de la mesa; pero vos habíais
arrastrado una silla al lado de la chimenea. En el preciso instante en que yo
os había dado el pergamino y os encontrabais vos a punto de inspeccionarlo,
entró Wolf, el terranova, y se lanzó sobre vuestros hombros. Mientras le acariciabais
con la mano izquierda tratando de alejarlo, vuestra mano derecha que sostenía
el pergamino caía descuidadamente entre vuestras rodillas y quedaba muy próxima
al fuego. Por un momento creí que la llama le hubiera alcanzado y estaba a
punto de preveniros; pero antes de que yo hablara habíais recogido la hoja y os
dedicabais a examinarla. Cuando hube considerado todos estos detalles, no tuve
la menor duda de que el calor había sido el agente que trajo a
luz la calavera que figuraba en el pergamino. Sabéis bien que existen y han
existido desde tiempo inmemorial ciertas
preparaciones químicas por medio de las cuales es posible escribir sobre papel
o vitela en forma de que los caracteres se hagan visibles solamente cuando se
les somete a la acción del fuego. El zafre, hervido a fuego lento en aqua
regia y diluído en una cantidad de agua que represente su peso cuatro
veces, se emplea a veces con este objeto: resulta una tinta verde. El régulo de
cobalto, disuelto en espíritu de nitro, produce tinta roja. Estos colores
desaparecen en tiempo más o menos largo cuando se enfría el material con que se
ha escrito; pero se hacen visibles nuevamente por la aplicación del calor.
Procedí luego al minucioso escrutinio de la
calavera. Las líneas exteriores, es decir, las extremidades del dibujo que
quedaban más próximas al borde de la vitela, aparecían mucho más precisas que
las otras. Era evidente que la acción del calor había sido imperfecta o
desigual. Inmediatamente encendí fuego y sometí todo el pergamino a un vivo
calor. Al principio, el único efecto obtenido fué que se reforzaran las líneas
débiles de la calavera; pero, insistiendo en el experimento, hízose visible en
la esquina de la hoja, diagonalmente opuesta al sitio en que aparecía delineada
la calavera, una figura que de pronto imaginé que representaba una cabra.
Examen más detallado me convenció, sin embargo, de que se había tratado de
dibujar un cabrito.
—¡Ja! ¡ja! ¡ja!—exclamé yo,—seguramente que no
tengo derecho de reírme de vos: un millón y medio de dólares es asunto
demasiado serio para provocar esta clase de
regocijo; pero no pretenderéis con esto establecer el tercer eslabón de vuestra
cadena; no encontraréis, supongo, conexión especial entre vuestros piratas y
una cabra. Los piratas, como sabéis, nada tienen que hacer con cabras; estos
animales pertenecen a los intereses agrícolas.
—Pero acabo de decir precisamente que la
figura no representaba una cabra.
—Bien, un cabrito entonces; más o menos la misma
cosa.
—Más o menos, pero no exactamente,—repuso
Legrand.—Quizá habréis oído hablar de cierto capitán Kidd.[2] En
el acto consideré la figura del animal como una especie de retruécano o firma
en jeroglífico; y digo firma, porque su posición en la vitela sugería esta
idea. La calavera, colocada en el extremo diagonalmente opuesto, afectaba
asimismo el aire de un sello o emblema. Pero me encontré tristemente
desorientado por la ausencia de algo más, del cuerpo de mi supuesto documento,
del texto que debía contener.
—Presumo que esperabais hallar una epístola entre
el sello y la firma....
—Algo de eso. El hecho es que, sin poder explicarme
la razón, sentí el presentimiento irresistible de una gran fortuna en
perspectiva. Quizá si era más bien el deseo que la certidumbre; pero ¿querréis
creer que las necias palabras de Júpiter de que el insecto era de oro macizo
tuvieron gran efecto sobre mi imaginación? Y luego,
aquella serie de incidentes y coincidencias, ¡era todo tan extraordinario! ¿No
os llama la atención lo extraño de que aquellos acontecimientos tuvieran lugar
en el único día de todo el año que estuvo suficientemente frío
para que se necesitara encender fuego; y que sin el fuego, o sin la
intervención del perro en el momento preciso en que apareció, jamás habría yo
visto la calavera ni habría sido, en consecuencia, el posesor de tal tesoro?
—Pero proseguid; estoy impaciente.
—Bien; habéis oído, por supuesto, los mil vagos
rumores acerca de tesoros enterrados por Kidd y sus asociados en alguna parte
de la costa del Atlántico. Aquellos rumores debían tener alguna base, en
realidad. Y el hecho de que existieran y se continuaran por tan largo tiempo
podía explicarse solamente, a mi entender, por la circunstancia de que el
tesoro estuviera todavía sin descubrir. Si Kidd hubiera
ocultado su botín por cierto tiempo, recuperándolo más tarde, los rumores nunca
habrían llegado hasta nosotros en la misma e invariable forma. Observaréis que
todas las historias se refieren a buscadores de tesoros y nunca a quienes los
encuentran. Si el pirata hubiera recobrado su oro, el asunto se habría agotado.
Parecíame que cualquier incidente, la pérdida del memorándum que indicaba su
situación, por ejemplo, podía haberle privado de los medios de recobrarlo, y
que este accidente hubiera llegado a conocimiento de sus adherentes que de otra
manera jamás habrían sabido nada de tal tesoro
oculto; y cuyas inútiles tentativas, iniciadas al acaso, hubieran hecho nacer y
convertido en moneda corriente los relatos que ahora son del dominio universal.
¿Habéis oído hablar alguna vez de que se haya descubierto algún tesoro
importante en estas costas?
—Jamás.
—Es bien sabido, sin embargo, que las riquezas
acumuladas por ese Kidd eran inmensas. Di por sentado, en consecuencia, que la
tierra las escondía aún; y no os sorprenderá el oírme decir que sentí la
esperanza, que casi podría llamarse certidumbre, de que el pergamino hallado de
manera tan extraña encerraba la dirección extraviada del lugar en que habían
sido depositadas.
—Pero ¿cómo os desenvolvisteis?
—Acerqué de nuevo la vitela al fuego después de
aumentar la potencia del calor, pero nada apareció. Me ocurrió entonces la
posibilidad de que la capa de polvo que cubría el pergamino tuviera algo que
hacer con el fracaso; así, lo lavé cuidadosamente echándole encima un poco de
agua templada, después de lo cual lo coloqué en una vasija de estaño con la
calavera hacia abajo, y puse la vasija en un brasero de carbón encendido.
Pasados algunos minutos, cuando la vasija estuvo del todo caliente, levanté la
hoja y con indecible alegría la encontré marcada en varios puntos con algo que
semejaba cifras dispuestas en líneas. Púsela otra vez al fuego y la dejé
permanecer allí por un minuto más. Al retirarla, el contenido se había revelado
por entero en la forma que podéis ver ahora.—
Y Legrand, que había vuelto a calentar el
pergamino, lo sometió a mi investigación. Los siguientes caracteres aparecían
allí rudamente trazados en tinta roja, entre la calavera y la cabra:
53‡‡‡305))6*;4826)4‡.)4‡;806*;48†8 ¶60))85;I‡(;:‡*
8†83 (88)5*†;46(;88*96*?;8)*‡(;485);5*†2:*‡(;4956*2(5*—4)8 ¶8*; 4069285);6†8)
4‡‡;I (‡9;48081;8:8‡I;48†85;4) 485†528806*81
(‡9;48;(88;4(‡?34;48)4‡;161;:188;‡?;
—Pues me encuentro tan a obscuras como antes,—dije
yo, devolviéndole el pergamino.—Aun cuando todos los tesoros de Golconda me
aguardaran a la solución de este enigma, estoy cierto de que me sería imposible
alcanzarlos.
—Sin embargo,—dijo Legrand,—la solución no es tan
difícil como puede hacerlo imaginar la primera y rápida inspección de estos
caracteres. Estos signos, como es fácil adivinar, constituyen una clave, es
decir, tienen un significado; mas, por lo que sabemos de Kidd, no suponía yo
que fuera capaz de construir cifras muy abstrusas. Me persuadí al momento, en
consecuencia, de que ésta era de la especie más sencilla, pero bastante
complicada, sin embargo, para aparecer completamente insoluble a la ruda comprensión
de un marinero.
—¿Y la descifrasteis en verdad?
—Muy fácilmente; he tenido ocasión de interpretar
otras mucho más abstrusas. Las circunstancias y cierta inclinación de
temperamento me han hecho interesarme siempre en esta clase de enigmas; y no
hay razón para creer que el ingenio humano bien
aplicado no pueda resolver enigmas de cierta naturaleza inventados por otro
ingenio humano. Así, una vez que hube sacado a luz caracteres conectados y
legibles, no me detuve a pensar en la simple dificultad de traducirlos en toda
su importancia.
En el caso actual, y verdaderamente en cualquier
caso de escritura secreta, la primera cuestión es resolver el idioma de
la clave; porque el principio de la solución, especialmente tratándose de
cifras sencillas, depende y varía según el espíritu de la lengua en que están
redactadas. En general, para aquel que intenta la solución, no hay otra
alternativa sino ensayar, guiándose de probabilidades, todos los idiomas
conocidos hasta que tropiece con el verdadero. Mas toda dificultad quedaba
eliminada con la firma en la clave que tenemos ante los ojos. El equívoco con
la palabra Kidd es apreciable solamente en inglés. A no ser
por esta consideración, habría ensayado primero el español y el francés, por
ser idiomas en que un pirata de los mares españoles hubiera debido escribir
naturalmente un secreto de tal naturaleza. Pero en este caso di por sentado que
el jeroglífico estaba combinado en inglés.
Observaréis que no existe división entre las
palabras. De haberla, la tarea habría sido fácil relativamente. Habría
comenzado entonces por la comparación y análisis de las palabras más cortas, y
si alguna palabra constaba de una sola letra como era muy probable, a (un,
una) o I (yo), por ejemplo, habría dado inmediatamente la solución por vencida. Mas no existiendo separación,
mi primer movimiento fué deslindar tanto los signos predominantes como los
menos frecuentes. Contándolos todos, formulé una tabla en esta forma:
|
Signos |
8 |
figuraban |
33 |
veces |
|
; |
“ |
26 |
“ |
|
|
4 |
“ |
19 |
“ |
|
|
‡) |
“ |
16 |
“ |
|
|
* |
“ |
13 |
“ |
|
|
5 |
“ |
12 |
“ |
|
|
6 |
“ |
11 |
“ |
|
|
†I |
“ |
8 |
“ |
|
|
o |
“ |
6 |
“ |
|
|
2 |
“ |
5 |
“ |
|
|
:3 |
“ |
4 |
“ |
|
|
? |
“ |
3 |
“ |
|
|
¶ |
“ |
2 |
“ |
|
|
—. |
“ |
1 |
“ |
Ahora bien, en inglés la letra que ocurre más
frecuentemente es la e. Luego, la sucesión sigue este orden: a o i d h
n r s t u y c f g l m w b k p q x z. La e predomina en tan
vasta escala que muy rara vez se presenta una frase independiente, de
cualquiera extensión, en que esta letra no sea el signo más repetido.
De consiguiente, tenemos ancho campo desde el
principio para dar forma a algo más que una simple hipótesis. El uso general
que puede hacerse de esta tabla es evidente, pero en este caso tan sólo
exigiremos de ella servicios muy relativos. Como el signo principal es 8,
comenzaremos dando por sentado que corresponde a la e del
alfabeto regular. Para comprobar esta suposición
veamos si el 8 se presenta a menudo por pares, puesto que la e se
escribe doble en inglés con mucha frecuencia, por ejemplo en palabras como meet, fleet, speed, seen, been, agree,
etc. En esta clave la encontramos en grupos de dos no menos de cinco veces, a
pesar de que el jeroglífico es bien corto.
Supongamos entonces que el 8 es una e.
Ahora bien, entre todas las palabras del idioma inglés the (el,
la, los, las) es la más usada; veamos si hay repetición de tres caracteres
colocados en el mismo orden en que el último sea 8. Si descubrimos
repetición de tales signos, arreglados en esta forma, probablemente representan
la palabra the. Observando la clave descubriremos nada menos que
siete grupos en esta disposición, siendo los caracteres ;48. De
manera que podemos asumir que el punto y como representa la t,
el 4 representa la h, y el 8 representa
la e, estando la última letra perfectamente comprobada. Así hemos
avanzado un gran paso.
Por el hecho de haber descubierto esta sola palabra
nos hallamos capaces de dilucidar un punto de gran importancia; esto es, el
principio y la terminación de algunas otras palabras. Estudiemos, por ejemplo,
la penúltima vez que se presenta la combinación ;48 no muy
lejos del final del manuscrito. Sabemos ya que el punto y como que le sigue
inmediatamente es el principio de otra palabra, y de los seis caracteres que
suceden a este the conocemos cinco nada menos. Traduciendo
dichos caracteres a las letras que hemos descubierto que
representan, y dejando un espacio en blanco para el signo que desconocemos,
resulta:
t eeth.
Descartamos al momento la th del
final, como parte independiente de la palabra que comienza con la primera t,
pues recorriendo el alfabeto entero en busca de una letra que se adapte
convenientemente al sitio vacante, nos convencemos de que no existe en el
idioma palabra de que esta th pueda formar parte. Quedamos así
reducidos a:
t ee,
y recorriendo de nuevo el alfabeto como antes, si
fuere necesario, llegamos a la palabra tree (árbol) como única
traducción posible. Entonces encontramos que hemos ganado otra letra, la r,
representada por el signo (, con las palabras the tree (el
árbol) a continuación.
Mirando a poca distancia de estas palabras,
tropezamos de nuevo con la combinación ;48, y la empleamos esta vez
como terminación de la palabra que la precede inmediatamente.
Así ponemos en claro esta disposición:
the tree;4(‡?34 the,
o, substituyendo las letras ya conocidas,
encontramos que dice:
the tree thr‡?3h the.
Ahora bien;
si dejamos en blanco los caracteres desconocidos o los substituímos con puntos,
dice así:
the tree thr...h the,
en que la palabra through (siguiendo,
a través de, por medio de, a lo largo de) salta inmediatamente por sí misma.
Mas este nuevo descubrimiento nos da tres letras más, la o,
la u y la g, representadas por ‡, ? y 3.
Estudiando luego minuciosamente la clave en busca
de combinaciones de los caracteres conocidos, encontramos esta disposición no
muy lejos del principio:
83(88, o sea egree,
que corresponde claramente a la conclusión de la
palabra degree (grado) y nos da una nueva letra, la d,
representada por el signo †.
Cuatro letras más allá de la palabra degree,
advertimos la combinación:
;46(;88.
Traduciendo los caracteres conocidos y reemplazando
el otro con un punto como hicimos antes, leemos lo siguiente:
th.rtee,
arreglo que sugiere inmediatamente la palabra thirteen (trece),
y nos procura a su vez dos caracteres, la i y la n,
representados por el 6 y el *.
Volviendo ahora al principio del jeroglífico
encontramos la combinación:
53 ‡‡†.
Traduciendo según el método empleado, obtenemos:
.good,
lo que nos prueba que la primera letra es una A,
y que las dos primeras palabras son A good (Un buen).
Es tiempo ya de arreglar nuestra clave en forma
tabular, según lo que hemos descubierto, para evitar confusión. Resulta así:
|
El |
5 |
representa |
la |
a |
|
† |
“ |
“ |
d |
|
|
8 |
“ |
“ |
e |
|
|
3 |
“ |
“ |
g |
|
|
4 |
“ |
“ |
h |
|
|
6 |
“ |
“ |
i |
|
|
* |
“ |
“ |
n |
|
|
‡ |
“ |
“ |
o |
|
|
( |
“ |
“ |
r |
|
|
; |
“ |
“ |
t |
|
|
? |
“ |
“ |
u |
Tenemos representadas, por consiguiente, nada menos
que once de las letras más importantes, y es inútil proseguir relatando los
detalles de la solución. Lo que he dicho basta para demostraros que claves de
esta naturaleza pueden ser descifradas fácilmente, y daros a la vez una idea de
su desenvolvimiento racional. Podéis estar seguro de
que el ejemplar que tenemos ante los ojos pertenece a la especie más sencilla
de jeroglíficos. Sólo me resta ahora facilitaros la traducción completa de los
caracteres trazados en el pergamino, tal como yo la he solucionado. Hela aquí:
Un buen vidrio desde el hotel del obispo en el
asiento del diablo cuarenta y un grados trece minutos norte nordeste tronco
principal séptima rama este tiro por el ojo izquierdo de la calavera línea
recta desde el árbol siguiendo el tiro cincuenta pies.
—Pero el enigma continúa en tan mala condición como
antes,—dije yo.—¿Cómo es posible extraer ningún significado a toda esta jerga
de asientos del diablo, calaveras y hoteles de obispos?
—Hay que confesar,—repuso Legrand,—que el asunto
reviste aspecto grave, si se le considera con mirada superficial. Así, mi
primera tentativa fué dividir esta oración en las frases imaginadas
naturalmente por el autor del jeroglífico.
—¿Puntuarla, queréis decir?
—Algo por el estilo.
—Pero ¿cómo era posible realizarlo?
—Reflexioné que el escritor había corrido las
palabras unas tras otras sin división alguna intencionalmente para
aumentar las dificultades de la solución y que, una vez en este terreno, un
hombre no muy avisado se sentiría predispuesto verosímilmente a exagerar la
precaución. Cuando en el curso de su composición llegara al final de una frase
que naturalmente requiriese un punto o una pausa, inclinaríase más bien a
trazar sus caracteres más juntos allí que en
cualquiera otra parte. Si observáis el manuscrito, encontraréis cinco casos de
amontonamiento mayor de lo acostumbrado. Actuando bajo esta sugestión, hice la
división como sigue:
Un buen vidrio desde el hotel del obispo en el
asiento del diablo—cuarenta y un grados trece minutos—norte nordeste—tronco
principal, séptima rama este—tiro por el ojo izquierdo de la calavera—línea
recta desde el árbol siguiendo el tiro cincuenta pies.
—A pesar de la división me quedo a obscuras,—dije.
—También me dejó a mí a obscuras por algunos
días,—replicó Legrand—durante los cuales practiqué pesquisas diligentes en los
alrededores de la isla de Súllivan tratando de averiguar si existía algún
edificio conocido por el nombre de "Hotel del Obispo." No habiendo
obtenido informe alguno sobre este punto, me preparaba a extender la esfera de
investigación procediendo en forma metódica cuando una mañana me entró en la
cabeza repentinamente la idea de que "Hotel del Obispo" podía referirse
a una antigua familia llamada Bessop,[3] que
desde tiempo inmemorial había poseído una antigua casa solariega a cuatro
millas aproximadamente hacia el norte de la isla. Me dirigí, en consecuencia, a
aquella posesión y recomencé mis pesquisas entre los negros más viejos del
lugar. Al fin una de las mujeres más ancianas dijo
que había oído hablar de un sitio llamado el "Castillo de Bessop" y
que podía guiarme hasta allá, pero que aquello no era castillo ni hostería sino
una roca muy escarpada.
Ofrecí pagarle bien, y después de alguna vacilación
consintió en acompañarme hasta aquel paraje. Lo encontramos con gran
dificultad; y luego que la hube despachado, procedí al examen del lugar.
El castillo consistía en un amontonamiento irregular de rocas,
entre las cuales se destacaba una, tanto por su altura como por su posición
aislada y su forma artificial. La escalé hasta la cumbre, sintiéndome luego
completamente desorientado acerca de lo que debería emprender a continuación.
—Mientras me hallaba hundido en mis reflexiones
cayeron mis ojos sobre un estrecho borde en la pared oriental de la roca, quizá
a una yarda más abajo del sitio en que me hallaba colocado en la cima. Este
borde se proyectaba cerca de dieciocho pulgadas y no tenía más que un pie de
ancho, mientras que un nicho labrado en el peñasco justamente sobre aquella
parte saliente le hacía asemejarse rústicamente a uno de aquellos asientos de
respaldar cóncavo que usaban nuestros antecesores. No tuve la menor duda de que
aquel era el "asiento del diablo" a que aludía el manuscrito, y de
que me apoderaba así de todo el secreto del enigma.
Comprendía que el "buen vidrio" no podía
referirse a otra cosa que a un telescopio, porque la palabra vidrio rara
vez se emplea por los marinos en otro sentido. De allí deduje inmediatamente que era necesario usar un telescopio y que existía
determinado punto de vista, que no admitía variación, desde el cual
debía usarse. Tampoco vacilé un momento en la certidumbre de que las frases
"cuarenta y un grados trece minutos" y "norte nordeste," se
indicaban como la dirección en que había de nivelarse el telescopio. Excitado
en gran manera por estos descubrimientos, corrí a la casa, me procuré un
anteojo y regresé a la roca.
Dejéme caer en el borde saliente y encontré que era
imposible sentarse a no ser en cierta posición particular. Este hecho confirmó
mis conjeturas. Procedí a emplear el telescopio. Por supuesto los
"cuarenta y un grados y trece minutos" sólo podían aludir a la altura
sobre el horizonte visible, puesto que la dirección horizontal estaba
claramente indicada por las palabras "norte nordeste." Establecí esta
dirección por medio de una brújula de bolsillo; y enderezando el telescopio en
ángulo de cuarenta y un grados de elevación, tan aproximado como era posible
calcular, lo moví cautelosamente arriba y abajo hasta que atrajo mi atención
una hendedura circular o abertura en el follaje de cierto árbol elevado que
sobresalía entre todos sus compañeros a la distancia. En el centro de esta
abertura aparecía una mancha blanca cuya naturaleza no pude discernir de
pronto. Ajustando el lente del telescopio, miré otra vez, y entonces advertí
que era un cráneo humano.
Ante tal descubrimiento sentí la confianza total de
haber solucionado el enigma; porque la frase "tronco principal, séptima
rama este" podía referirse únicamente a la
posición del cráneo en el árbol; en tanto que "tiro por el ojo izquierdo
de la calavera" admitía asimismo sólo una interpretación con referencia a
la manera de encontrar el tesoro enterrado. Comprendí que la indicación era
arrojar un objeto pesado por el ojo izquierdo de la calavera, y que una línea
recta tirada desde el punto más cercano del árbol siguiendo el tiro,
o sea el sitio donde el proyectil hubiera caído, y extendida a cincuenta pies
de distancia, indicaría un lugar determinado; y en aquel lugar determinado
pensé yo que era por lo menos posible que existiera algún
depósito valioso.
—Todo esto está admirablemente claro,—dije,—y aun
cuando muy ingenioso, es sencillo y explícito. ¿Qué hicisteis luego de haber
dejado el "Hotel del Obispo?"
—Bien; anoté cuidadosamente los detalles del árbol
y regresé a la casa. Apenas abandoné el "asiento del diablo,"
desvanecióse la abertura circular, y no pude volver a encontrarla por más que
me volviera en uno u otro sentido. Lo que representa para mí el ingenio mayor
en todo este asunto es el hecho, del cual he llegado a convencerme por
repetidos ensayos, de que el espacio abierto circular en cuestión no es visible
de ningún otro punto sino de aquel que procura el estrecho borde sobre el frente
de la roca.
En esta expedición al "Hotel del Obispo"
estuve acompañado de Júpiter quien había observado indudablemente la
abstracción de mis maneras en las últimas semanas y tenía gran cuidado de no dejarme solo. Pero al día siguiente logré escapar a
su vigilancia levantándome muy temprano y me largué a las colinas en busca del
árbol. Después de mucho trabajo logré encontrarlo. Cuando volví a casa por la
noche, mi criado se proponía administrarme una corrección. El resto de la
aventura lo conocéis tan bien como yo.
—Imagino,—dije,—que en la primera tentativa de
excavación errasteis el sitio por la estupidez de Júpiter de hacer caer el
insecto por el ojo derecho de la calavera en vez del izquierdo.
—Precisamente. Este error nos daba una diferencia
de dos pulgadas y media en el sitio del tiro, es decir, en la
posición de la estaca que quedaba cerca del árbol. Si el tesoro hubiera estado
enterrado bajo el tiro, la diferencia habría sido de poca monta,
pero aquel punto y el punto más cercano del árbol servían sólo para establecer
una línea de dirección; de consiguiente, el error, aunque insignificante al
principio, aumentaba conforme avanzaba la línea, de manera que al llegar a los
cincuenta pies estábamos completamente fuera de la pista. De no haber tenido
mis convicciones bien sentadas de que existía un tesoro enterrado por cualquier
parte en los alrededores, toda nuestra labor habría sido en vano.
—¡Pero vuestra grandilocuencia y vuestras maneras
haciendo revolotear el insecto eran tan extraordinarias! Yo estaba seguro de
que habíais perdido el juicio. Y luego ¿por qué insistir en que Júpiter dejara
caer el escarabajo en vez de una bala por el ojo de la calavera?
—¡Ah! Vamos, si he de hablar con franqueza;
sentíame algo molesto por vuestras evidentes sospechas respecto al estado de mi
razón, y resolví castigaros suavemente, a mi manera, tratando de embrollaros y
desconcertaros un poquillo. Por esto hacía revolotear al escarabajo y ordené a
Júpiter que lo arrojara desde el árbol. Una observación vuestra acerca de su
gran peso me sugirió esta última idea.
—Sí, comprendo; y ahora sólo resta un punto por
dilucidar. ¿Qué hemos de creer con respecto de los esqueletos hallados en la
excavación?
—En esta materia no estoy más adelantado que vos
mismo. La única forma plausible de explicación, aun cuando sea horrible pensar
en atrocidad semejante, es que Kidd (dado que fuera él quien ocultó este
tesoro, lo que para mí está fuera de duda) debió tener alguien que lo ayudara
en esta empresa. Pero, concluída la labor, juzgó quizá conveniente eliminar a
todos los testigos del secreto. Probablemente bastaron dos golpes de azadón
mientras sus coadjutores estaban ocupados en el fondo del agujero; quizá si necesitó
una docena, ¿quién podría asegurarlo?
Son cœur est un luth suspendu;
Sitôt qu'on le touche il résonne.[4]
—BÉRANGER.
DURANTE todo un largo día de otoño, triste, pesado
y sombrío, de aquellos en que cuelgan las nubes opresivamente bajas en el
firmamento, atravesaba solo, a caballo, un monótono erial para encontrarme al
fin, conforme avanzaban las sombras de la noche, al frente de la melancólica
casa de Úsher. No sé por qué, pero a la primera ojeada al edificio, un
sentimiento de tristeza intolerable se apoderó de mi espíritu. Digo
intolerable, porque esta impresión no estaba siquiera atenuada por aquella
sensación casi agradable, por cuanto poética, con que generalmente recibe el
cerebro las imágenes naturales aunque austeras de lo desolado y lo terrible.
Miraba la escena que se desarrollaba ante mis ojos: la casa y las simples
líneas del paisaje de los alrededores del dominio, los muros helados, las
ventanas semejando cuencas vacías, unos cuantos lozanos juncos y algunos
blancos troncos de árboles moribundos; mirábalo todo con depresión de ánimo tan profunda que sólo puede compararse con propiedad
al despertar de los sueños de un fumador de opio, al amargo ingreso a la vida,
al desgarramiento horrible de los velos. Sentíase tal frialdad, tal
desfallecimiento, tal angustia del corazón, una melancolía tan irremediable de
la mente, que ningún estímulo era capaz de impulsar la imaginación hacia la
idea de lo sublime. ¿Qué era aquello, me detengo a pensar, aquello que enervaba
tanto en la contemplación de la casa de Úsher? Misterio insoluble; ni tan
siquiera podía luchar con las sombrías fantasías que acudían en tropel a mi mente
cuando trataba de investigarlo. Me veía obligado a volver a la poco
satisfactoria conclusión de que existe indudablemente cierta combinación de
objetos sencillos que tiene la facultad de afectarnos en tal manera, aun cuando
el análisis de esta facultad resida en consideraciones superiores a nuestra
capacidad. Era muy posible, reflexionaba yo, que simplemente un arreglo diverso
de los detalles de la escena, de los toques del cuadro, fuera suficiente para
modificar y anular quizá por completo su cualidad de impresionar tristemente; y
raciocinando así, encaminé mi cabalgadura hacia la margen escarpada de un negro
y cárdeno lago que yacía con brillo inmóvil cerca de la morada; miré abajo, y
pude contemplar en el fondo con estremecimiento más vivo aún la imagen refleja
e invertida de las grises junceas, de las ramas de los árboles semejando
espectros, y de las ventanas que aparecían como cuencas vacías.
A pesar de todo, me disponía a permanecer algunas semanas en aquella mansión fatídica. Su
propietario, Róderick Úsher, era uno de los mejores camaradas de mi juventud;
pero habían transcurrido muchos años desde nuestra última entrevista.
Recientemente, sin embargo, había recibido una carta suya en una lejana comarca
del país, la cual por su estilo desatinadamente apremiante no admitía otra
respuesta que la personal. La misiva dejaba ver gran agitación nerviosa.
Hablaba de aguda enfermedad física, de ciertos desórdenes mentales que le
oprimían, y de su deseo ardiente de verme por ser su mejor y, a decir verdad,
único amigo íntimo, esperando que el placer de mi compañía procurase algún
alivio a su malestar. La manera en que todo esto estaba redactado, el alma que
ponía visiblemente en su petición, no me permitieron vacilar, y cedí al punto a
sus deseos, que sólo consideraba en aquel momento una original solicitud.
Aun cuando habíamos estado íntimamente asociados en
nuestra juventud, sabía yo en realidad muy poco acerca de mi amigo. Su reserva
habitual era excesiva. Tenía noticia, sin embargo, de que su familia, muy
antigua, se había distinguido desde tiempo inmemorial por una sensibilidad
peculiar de temperamento que se desplegaba a través de las edades en muchas
obras de arte exaltado, manifestándose últimamente en frecuentes donativos de
munificente y discreta caridad, como también en apasionada devoción a las complejidades
del arte musical de preferencia a sus bellezas convencionales y fácilmente
comprensibles. Conocía además el hecho, digno de
tenerse en cuenta, de que los vástagos de la raza de Úsher, muy respetada en
todo tiempo, jamás habían dado vida a ninguna rama lateral vigorosa; en otras
palabras, que la familia entera estaba representada por su descendencia directa
y que siempre había acontecido lo mismo con pequeñas y temporales diferencias.
Esta deficiencia, consideraba yo, enlazando en el pensamiento la armonía
perfecta de la índole de aquella circunstancia con la individualidad
característica de los descendientes de la casa de Úsher, y calculando la
posible influencia que la falta de ramas colaterales podía haber ejercido en un
lapso de varias centurias por la consiguiente transmisión directa de padres a
hijos del patrimonio junto con el nombre, era indudablemente la razón de
haberse identificado ambos de tal suerte, que el título original de la
propiedad quedó al fin absorbido en la singular y ambigua denominación de
"Casa de Úsher," que parecía incluir a la vez, en la mente del pueblo
que la usaba, el nombre de la familia y el nombre de la mansión.
He dicho que mi infantil experimento de mirar al
fondo del estanque tuvo como único resultado agravar más aún mi primera y
extraña impresión. Es indudable que la conciencia del rápido desarrollo de mi
superstición—¿por qué no llamarla así?—sirvió sólo para acrecentarla. Tal es,
como lo sabía hace mucho tiempo, la ley paradójica de todos los sentimientos
que tienen por base el terror. Y puede muy bien haber sido ésta la única causa de que, al levantar mis ojos desde la
reflexión del lago hasta la verdadera mansión, brotara en mi mente una fantasía
singular, fantasía tan ridícula en verdad, que debo mencionarla siquiera sea
para demostrar la intensidad de las sensaciones que me agitaban. Había
trabajado tanto mi imaginación, que llegué a persuadirme de que flotaba al
rededor de la casa y sobre el dominio entero, una atmósfera peculiar, propia
sólo de la mansión y de sus cercanías, atmósfera que no tenía afinidad alguna
con el ambiente general sino que ascendía de los árboles marchitos, del valle
gris, del taciturno lago; un vapor misterioso y maligno, tétrico, pesado,
aplomado y apenas perceptible.
Sacudiendo de mi espíritu aquello que debe haber
sido un sueño, examiné minuciosamente el verdadero aspecto del edificio. Su
carácter principal parecía residir en su gran antigüedad. El descoloramiento
producido por los años era enorme. Hongos microscópicos cubrían todo el
exterior, colgando desde los aleros en fino tejido. Sin embargo, en conjunto,
estaba lejos de extraordinaria destrucción. Ningún trozo de la obra de
albañilería había sufrido; y parecía incompatible la perfecta adaptación de sus
partes con la ruinosa condición de las piedras por separado. Había allí algo
que me hacía recordar la aparente integridad de ciertas labores antiguas de
ebanistería consumiéndose durante largos años en algún descuidado artesonado
sin recibir jamás un soplo del aire exterior. Fuera de estas manifestaciones de decadencia general, el edificio daba pocas
muestras de inestabilidad. Quizás el ojo de un observador atento habría
descubierto una hendedura apenas perceptible que se extendía en zigzag sobre el
muro fronterizo, desde el techado hasta perderse en las lóbregas aguas del
estanque.
Notaba yo todas estas circunstancias mientras
seguía una corta calzada que conducía a la casa. Un criado que me aguardaba
tomó mi caballo, y yo penetré bajo la gótica arquería del vestíbulo. Un lacayo
silencioso y de paso furtivo me condujo a través de obscuros e intrincados
pasadizos hasta el estudio de su amo. Mucho de lo que veía al pasar contribuía,
sin saber cómo, a aumentar las vagas impresiones de que he hablado. Aun cuando
más o menos todos los objetos que me rodeaban, los tallados y artesonados, las
sombrías tapicerías de los muros, la negrura de ébano del piso, y los
fantásticos trofeos heráldicos que vibraban a mi paso me eran familiares desde
la infancia, y aun cuando yo no vacilaba en reconocerlo así, sorprendíame a mí
mismo el extraño efecto que producían en mi imaginación estas ordinarias
imágenes. En una de las escaleras encontré al médico de la familia. Parecióme
que su rostro tenía una expresión mezcla de baja astucia y de perplejidad.
Acercóse a mí con vacilación y siguió adelante. El lacayo abrió entonces una
puerta y me introdujo a la presencia de su amo.
La cámara en que me encontraba era grande y
elevada. Las ventanas largas, estrechas y ojivales se abrían a tanta distancia
del negro pavimento de roble que eran inaccesibles
desde el interior. Débiles rayos de luz filtrábanse a través de los enrejados
cristales y bastaban para hacer visibles los objetos principales situados cerca
de allí; pero la vista se afanaba en vano por descubrir los ángulos lejanos de
la habitación o los detalles de la obra de talla de los artesonados de la
bóveda. Obscuras draperías pendían de los muros. La mueblería era profusa,
antigua, incómoda, y estaba hecha girones. Libros e instrumentos de música
diseminados acá y allá no lograban prestar vida a la escena. Sentí que
respiraba una atmósfera de pesadumbre. Un ambiente de melancolía tenaz,
profunda e irremediable flotaba y se difundía por doquier.
A mi entrada, Úsher se levantó de un sofá donde
yacía completamente acostado y me saludó con efusiva vivacidad, que me pareció
al principio tener mucho de la exagerada cordialidad y del esfuerzo amable del
hombre de mundo ennuyé. Una ojeada a su semblante me convenció
pronto, sin embargo, de su sinceridad. Nos sentamos; y durante algunos minutos,
en tanto que él guardaba silencio, examinábale yo con un sentimiento mezcla de
piedad y de terror. ¡Jamás hombre alguno ha sufrido, seguramente, alteración
tan terrible en un corto espacio de tiempo como Róderick Úsher! Con dificultad
pude admitir la identidad del pálido espectro que aparecía ante mis ojos con la
del compañero de mi temprana juventud, aun cuando los rasgos de su fisonomía
habían sido notables en todo tiempo. Cutis de palidez cadavérica; grandes ojos incomparablemente húmedos y luminosos;
labios algo delgados y muy descoloridos, pero de bellísima curva; nariz de
delicado perfil hebreo con ventanillas extraordinariamente movibles para esta
clase de tipo; barba finamente modelada, que acusaba en su falta de prominencia
la falta de energía moral; cabello tan suave y tenue como una pluma; facciones
todas que, acompañadas de un desarrollo poco común hacia las sienes, formaban
un conjunto que no podía olvidarse fácilmente. Y ahora la simple exageración
del carácter predominante de aquellos rasgos y del sello que les caracterizaba
había provocado cambios tan profundos que me hacían dudar de la personalidad de
aquel a quien me dirigía. La palidez excesiva de la piel le hacía asemejarse a
un espectro; y sobre todo, me deslumbraba el brillo maravilloso de sus ojos,
produciéndome casi una especie de pavor. El cabello plateado había crecido
descuidadamente y en su tenuidad flotaba más bien que caía alrededor del rostro,
en forma tal, que me era imposible asociar su arábigo estilo con la idea de un
ser humano.
En los modales de mi amigo pude notar
inmediatamente cierta incoherencia y vaguedad que provenían, según me apercibí
pronto, de continuos y fútiles esfuerzos para dominar una habitual trepidación
o excesiva agitación nerviosa. En realidad, estaba preparado a encontrar algo
de esta naturaleza, no sólo por su carta sino por reminiscencias de la
expresión particular de sus facciones juveniles y por conclusiones fáciles de
deducir de su temperamento y aspecto físico
peculiares. Sus ademanes eran alternativamente fogosos y taciturnos. Su voz
cambiaba con rapidez desde cierta trémula indecisión, cuando la vida física
parecía completamente agotada, hasta una especie de concisión enérgica, una
enunciación firme, áspera, pausada y sonora, semejante a aquella gutural
pronunciación, lenta, equilibrada y vibrante, que puede observarse en el ebrio
consuetudinario o en el fumador de opio impenitente durante el período de
excitación más intensa.
En esta forma habló del objeto de mi visita, de su
deseo ardiente de verme y del solaz que aguardaba de mi presencia. Entró al
cabo en lo que consideraba la naturaleza de su enfermedad. Era, decía, un mal
de constitución y de familia, algo para lo cual desesperaba de encontrar
remedio; una simple afección nerviosa, añadió inmediatamente, que sin duda
pasaría pronto. Se manifestaba esta afección en una multitud de sensaciones
extraordinarias. Algunas de ellas me interesaron y trastornaron conforme las detallaba,
aun cuando influían quizá para este resultado los términos que empleaba y su
manera de narrarlas. Sufría mucho por la sensibilidad morbosa de sus sentidos;
sólo podía tolerar el alimento más insípido; podía usar únicamente vestiduras
de determinada clase de tejido; el perfume de las flores le oprimía; la luz más
débil torturaba sus ojos; y sólo le era dado resistir sin horror sones
peculiares arrancados de ciertos instrumentos de cuerda.
Le encontré ciegamente esclavizado por terrores anómalos. "Pereceré seguramente," decía,
"debo perecer en esta deplorable locura. Así, así, y no de otra manera he
de morir. Tiemblo ante los acontecimientos futuros, no tanto en sí mismos como
en sus resultados. Me estremezco al pensamiento de cualquier incidente,
siquiera el más trivial, que se desarrolle para mí en medio de esta intolerable
agitación de espíritu. En verdad, no odio el peligro sino en su efecto
absoluto, el terror. En esta lastimosa y debilitada condición, siento que
pronto o tarde llegará el momento en que pierda a la vez la razón y la vida en
lucha con el horrendo fantasma, terror."
Me di cuenta además, a intervalos y a través de
cortadas y ambiguas alusiones, de otro rasgo singular de su estado mental.
Hallábase encadenado a la mansión que habitaba por ciertas creencias
supersticiosas en virtud de las cuales jamás se había atrevido a alejarse durante
largos años, y que se basaban en determinada influencia, cuyo supuesto poder se
transmitía en forma demasiado tenebrosa para repetirse aquí; influencia que,
debido a ciertas peculiaridades en la naturaleza y estructura de la morada de
sus antepasados, había prevalecido en su espíritu, a costa de largos
sufrimientos, afirmaba él; efecto provocado por la fisonomía de
los grises muros y torrecillas y por el tétrico estanque en que se reflejaban,
que había al fin echado abajo la fuerza moral de su existencia.
Admitía, sin embargo, aunque con alguna vacilación,
que gran parte de aquella melancolía particular que le afligía podía atribuirse
a causa más natural y palpable, a la seria y larga
enfermedad, y probablemente cercano fin, de una hermana tiernamente amada, su
única compañera por largos años, el único y último miembro de su familia en la
tierra. "Su muerte," decía con amargura que jamás olvidaré, "le
dejaría (a él, desesperado y frágil) único descendiente de la antigua raza de
Úsher." Mientras hablaba así, Lady Mádeline—que así se llamaba la
dama—atravesó suavemente un ángulo lejano de la habitación y desapareció sin
haber notado mi presencia. La miré con profunda extrañeza no desprovista de
terror, y estoy todavía lejos de expresar mis verdaderos sentimientos. Una
sensación de estupor me oprimía en tanto que mis ojos seguían sus huellas.
Cuando al fin cerróse una puerta tras ella, mis miradas trataron instintiva y
ansiosamente de escudriñar el continente de su hermano; pero había enterrado el
rostro entre sus manos, y pude solamente percibir que una palidez mayor que de
ordinario se extendía sobre sus enflaquecidos dedos entre los cuales brotaban
lágrimas apasionadas.
La enfermedad de Lady Mádeline había burlado largo
tiempo la ciencia de sus facultativos. Una apatía continua, una gradual
decadencia de su constitución y frecuentes aunque pasajeras afecciones, de
carácter cataléptico en su mayor parte, formaban la diagnosis habitual. Al
principio luchó ella contra la fuerza del mal sin guardar cama definitivamente;
pero en la noche de mi llegada a la casa sucumbió al poder destructor de la
enfermedad, según me participó su hermano con agitación
inenarrable; y supe que lo que había vislumbrado de su persona en aquel momento
sería probablemente todo lo que llegaría a conocer de la dama, en vida por lo
menos.
Durante los días subsiguientes no se mencionó su
nombre entre nosotros y todo aquel tiempo estuve ensayando diversos
entretenimientos para aliviar la melancolía de mi amigo. Pintábamos y leíamos
juntos; o escuchaba yo como en sueños las salvajes improvisaciones con que
hacía hablar a su guitarra. Y al penetrar de esta manera más y más íntimamente
en los repliegues de su alma, pude apreciar mejor la impotencia de mis
tentativas para levantar su espíritu de la lobreguez en que se debatía; la que,
como cualidad positiva inherente, se extendía a todos los objetos del universo
físico y moral en incesante radiación de tinieblas.
Conservaré siempre el recuerdo de las horas
solemnes que pasé a solas con el heredero de la casa de Úsher. Fracasaría si
intentara dar idea exacta de la índole de los estudios y trabajos en los que me
extraviaba o me conducía. Un idealismo exaltado y exageradamente inquieto
arrojaba su luz sulfúrea sobre todo aquello. Sus largas improvisaciones de
endechas resonarán por siempre en mis oídos. Entre otras cosas, recuerdo
especialmente una extraña perversión y amplificación del aire exótico del
último vals de von Wéber. De las pinturas creadas por su complicada fantasía y
que se definían toque a toque en cierta vaguedad que me hacía correr
escalofríos, estremeciéndome sin saber por qué; de
aquellos cuadros tan vívidos que aun se conserva su imagen ante mí, trataría en
vano de expresar algo más que una pequeñísima parte capaz de encerrarse en el
compás de la palabra escrita. Por su simplicidad intensa, por la pureza de su
diseño, atraían aquellos cuadros, y sobrecogían la atención de manera
indecible. Si algún mortal pintó alguna vez la idea, aquel mortal era
ciertamente Róderick Úsher. Para mí, en las circunstancias que me rodeaban,
brotó al fin de estas extrañas fantasías que imaginaba el hipocondriaco para
arrojarlas sobre la tela, una sensación intensa de intolerable pavor, de que no
era sombra siquiera la que me hacía experimentar la contemplación de las
tétricas, en verdad, pero demasiado concretas imágenes de Fuseli.
Una de las fantásticas creaciones de mi amigo, que
no procedía con tan absoluto exclusivismo del espíritu de abstracción, puede
describirse siquiera débilmente con palabras. Era un pequeño cuadro
representando el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo y
rectangular con muros bajos, blancos y pulidos, sin interrupción ni detalles.
No se veía orificio alguno en toda su extensión, ni podían descubrirse
antorchas ni otro foco alguno de luz artificial; y, sin embargo, un torrente de
luz intensa brillaba por todas partes, bañando el conjunto en lúgubre e
inadecuado esplendor.
He hablado ya de la condición mórbida de sus
nervios auditivos que hacía insoportable toda música al paciente, salvo
determinados sones de los instrumentos de cuerda.
Quizá si los estrechos límites en que se confinaba él mismo al tocar la
guitarra eran, en gran parte, lo que daba vida a la índole fantástica de su
ejecución. Mas no puede atribuirse a idéntica causa la férvida facilidad de sus
improvisaciones. Era sin duda el resultado, tanto en la música como en las
palabras de sus desordenadas lucubraciones (pues que a menudo se acompañaba él
mismo con rimas verbales improvisadas), de aquella intensa concentración y
reacción a la cual aludía anteriormente, y que sólo es dado observar en
momentos determinados de gran excitación artificial. Puedo recordar fácilmente
las palabras de una de aquellas rapsodias. Sin duda me impresionaron con mayor
viveza conforme la escuchaba, en razón del encubierto o simbólico desarrollo de
su argumento en que imaginaba yo discernir por vez primera en Úsher la plena
conciencia del bamboleo de su elevada razón en su santuario. Los versos, que se
titulaban El palacio hechizado, decían más o menos, si no
exactamente, como sigue:
En el más fresco de nuestros valles
de ángeles buenos solaz,
en cierto tiempo un regio palacio, resplandeciente,
erguía su faz.
Era en los dominios del rey Pensamiento.
Nunca serafines
desplegaron las alas
sobre morada más bella.[5]
Todo esto ocurría en remoto pasado.
Pendones amarillos, gloriosos, dorados,
en su cúspide veíanse flamear.
Y el céfiro gentil,
que en aquel tiempo feliz jugueteaba
de la mansión en redor,
por las almenas soberbias y blancas
como alado perfume escapó.
Peregrinos transeuntes de aquel feliz valle,
a través de ventanas translúcidas,
veían sombras de espíritus
agitándose armónicamente
y a compás de templado laúd,
al rededor de un magnífico trono
donde brillaba el monarca,
nacido en la púrpura y digno de tal esplendor.
Cubierta de rubíes y perlas
la puerta del palacio estaba;
y por ella cruzaba flotando,
flotando centelleante,
una multitud de Ecos
cuyo deber grato y único
era entonar con voz de sin par melodía
de su rey el talento y cordura.
Pero el Mal, de tristezas vestido,
asaltó del monarca el estado.
¡Ah! ¡Lloremos, que jamás lucirá nuevo día
para él, desolado!
Y del castillo la aureola de gloria,
una vez floreciente y purpúrea,
sólo es ya de antiguas edades, la historia
perdida, enterrada.
Los viajeros que hoy cruzan el valle
ven reflejarse en las rojas ventanas
grandes sombras en danza fantástica
girando a discorde son.
Y por la lívida puerta,
al igual que un torrente espantoso,
para siempre una turba monstruosa
precipítase y ríe: ¡la sonrisa olvidó!
Recuerdo muy bien que la inspiración de esta balada
nos llevó a cierto orden de ideas acerca de las cuales expresó Úsher una
opinión que menciono aquí, no en razón de su novedad pues otros hombres
pensaron ya del mismo modo,[6] sino
por la tenacidad con que él la sostenía. Esta opinión, en tesis general, se
refería a la sensibilidad de las plantas; pero en la desordenada fantasía de mi
amigo asumía carácter más atrevido y traspasaba, en determinadas condiciones,
las leyes del reino inorgánico. Me faltan palabras para expresar la magnitud,
el ardiente abandono de su convicción. Dicha creencia, sin
embargo, se relacionaba (como aludí anteriormente) con las piedras grises de la
casa de sus antepasados. Las condiciones de sensibilidad se habían tenido en
cuenta, imaginaba él, en el arreglo de tales piedras, en el orden de su
colocación, así como en la disposición de los hongos que las cubrían y de los
marchitos árboles que se conservaban en los alrededores; y, sobre todo, en el
largo tiempo que este arreglo se había respetado y en su reflexión en las
quietas aguas del estanque. La prueba de la sensibilidad de aquellos objetos podía encontrarse, decía (y aquí me estremecí
a sus palabras), en la gradual y positiva condensación de una atmósfera propia
sobre las aguas y los muros de la casa. Sus efectos podían descubrirse
fácilmente, añadió, en aquella muda, pero poderosa y terrible influencia que
había encauzado por varias centurias los destinos de su familia, y le había
convertido a él en lo que yo veía, en lo que era en la
actualidad.
Nuestros libros, los mismos que durante largos años
habían constituído gran parte de la existencia mental del enfermo, guardaban
como puede suponerse, estrecha analogía con este personaje de leyenda.
Profundizamos juntos obras como el Ver-Vert et Chartreuse de
Gresset; el Belphegor de Machiavelli; el Heaven and
Hell de Swédenborg; el Subterranean Voyage of Nicholas Klimm de
Hólberg; la Chiromancy, por Róbert Flud, por Jean d'Indaginé y por
de la Chambre; la Journey into the Blue Distance, por Tieck; y
la City of the Sun por Campanella. Uno de nuestros ejemplares
favoritos era una pequeña edición en octavo del Directorium
Inquisitorum, por el dominicano Eymeric de Gironne; y había ciertos pasajes
de Pomponius Mela acerca de los antiguos sátiros y egipanes
africanos que hacían soñar a Úsher durante horas enteras. Su principal deleite
consistía, sin embargo, en la lectura de un libro gótico en cuarto,
extremadamente raro y curioso, manual de una iglesia abandonada, el Vigiliæ
Mortuorum Chorum Ecclesiæ Maguntinæ.
No pude dejar de recordar el salvaje ritual de aquella obra y pensar en su probable influencia sobre
el hipocondriaco, el día en que después de informarme bruscamente de que Lady
Mádeline había fallecido, me manifestó su intención de conservar el cadáver
durante una quincena en alguna de las numerosas bóvedas que existían en los
muros del edificio, antes de proceder a su definitiva inhumación. La razón
principal que adujo para este singular procedimiento era de tal naturaleza que
no me dejaba libertad de discutirla. Sentíase el hermano inclinado a esta
resolución, según explicó, a causa de los extraños síntomas de la enfermedad de
la difunta, de ciertas interrogaciones acres e importunas de parte de los
médicos y de la situación lejana y a la intemperie que ocupaba el cementerio de
la familia. No negaré que al rememorar el siniestro continente del personaje a
quien encontré en la escalera el día de mi llegada a la casa, se me pasaron
todos los deseos de oponerme a aquello que después de todo sólo consideraba
inofensiva y de ninguna manera extraordinaria precaución.
A petición de Úsher, yo mismo le ayudé en las
disposiciones para el entierro temporal. Después de colocado el cuerpo en el
ataúd, nosotros solos lo condujimos al lugar de su descanso. La bóveda en que
lo depositamos, cerrada por tan largo tiempo que nuestras antorchas oscilaron
en su pesada atmósfera, nos dejó poca oportunidad para pesquisas minuciosas;
era pequeña, húmeda, y estaba absolutamente desprovista de medio alguno para
recibir la luz; quedando situada a gran profundidad
exactamente debajo de la parte del edificio que correspondía a mi cuarto de
dormir. Aparentemente se había usado en remotas épocas feudales como calabozo
de la peor especie, y en los últimos tiempos como depósito de pólvora o
cualquiera otra substancia combustible, pues parte del pavimento y todo el
interior de un largo pasillo abovedado que allí conducía, estaban
cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, estaba también
protegida de manera análoga. Su enorme peso producía un chirrido en extremo
áspero y discordante al girar sobre los goznes.
Después de depositar nuestra lúgubre carga sobre
algunos soportes en esta mansión de horror, nos volvimos a medias hacia el
ataúd todavía sin cerrar para contemplar el rostro de la ocupante. Lo primero
que atrajo mi atención fué la sorprendente semejanza que existía entre la
hermana y el hermano; y entonces Úsher, adivinando tal vez mis pensamientos,
murmuró algunas palabras por las cuales comprendí que la muerta y él eran
gemelos, y que siempre se había dejado notar entre ellos cierta simpatía de
constitución apenas explicable. Nuestras miradas no se detuvieron largo tiempo
sobre la difunta, porque no podíamos contemplarla sin terror. El mal que postró
a Lady Mádeline en plena madurez de su juventud, dejóla, como sucede en todas
las enfermedades de carácter esencialmente cataléptico, la ironía de un débil
sonrosado en el seno y en el semblante, y aquella lánguida y misteriosa
sonrisa, tan terrible en los dominios de la muerte.
Colocamos la tapa en su sitio fijándola con tornillos y, después de asegurar la
puerta de hierro, volvimos penosamente a las habitaciones altas de la casa, tan
tétricas casi como el lugar que acabábamos de abandonar.
Después de algunos días de amargo pesar, presentóse
un cambio notable en los síntomas del desorden mental que afligía a mi amigo.
Su manera de ser cambió enteramente. Olvidaba o descuidaba sus ocupaciones
ordinarias. Vagaba de pieza en pieza con paso precipitado, desigual y sin
objeto. Su palidez asumía tonos aun más cadavéricos, a ser posible; pero la
lumbre de sus ojos habíase extinguido por completo. La aspereza incidental de
su voz no se dejaba oír ya más; y cierto estremecimiento convulsivo, como de excesivo
terror, caracterizaba habitualmente su lenguaje. En ocasiones parecíame que su
mente turbada luchaba sin cesar con algún opresor secreto, para revelar el cual
necesitaba apelar a todo su valor; pero otras veces me veía obligado a juzgar
todas estas manifestaciones como simples extravagancias provocadas por su
locura, porque notaba que se quedaba mirando al vacío horas enteras en actitud
de profunda atención, como si escuchara sonidos imaginarios. No es de extrañar
que su estado me aterrorizara, me contagiara. Sentía ya que se apoderaba de mí
por grados la influencia desordenada de sus fantásticas y perturbadoras
supersticiones.
Al retirarme tarde a descansar una noche, siete u
ocho días después de depositar el cuerpo de Lady Mádeline
en el calabozo, pude apreciar mejor que nunca el alcance de tales impresiones.
El sueño había huído de mis párpados mientras las horas transcurrían una tras
otra. Intenté raciocinar para dominar la nerviosidad que se había apoderado de
mi espíritu; procuré convencerme de que gran parte si no todo lo que sentía era
debido a la inquietadora influencia de la lúgubre mueblería de la habitación, a
las sombrías y desgarradas draperías que, torturadas por el aliento de una
tempestad cercana, batíanse acá y allá caprichosamente sobre los muros y
susurraban medrosamente entre las decoraciones del lecho. Pero mis esfuerzos
fueron infructuosos. Un temblor invencible se apoderó de mí gradualmente; y al
fin pesó sobre mi corazón una alarma aguda e infundada. Dominándola con pena y
respirando fuertemente me enderecé sobre las almohadas, tratando ansiosamente
de penetrar la intensa obscuridad de la cámara; y escuché entonces, no sé cómo,
a menos que algún espíritu del instinto me incitara, ciertos ruidos sordos e
indistintos que venían a largos intervalos, yo no sé de dónde, entre las pausas
de la tempestad. Oprimido por un intenso sentimiento de horror, tan extraordinario
como intolerable, me eché encima la ropa precipitadamente, sabiendo bien que no
podría ya dormir aquella noche, y traté de reaccionar contra la condición
deplorable en que me encontraba, dando paseos forzados de un extremo a otro de
la habitación.
Había dado así algunas vueltas, cuando un leve paso en la escalera contigua atrajo mi atención.
Reconocí inmediatamente a Úsher. Un instante después llamó, en efecto, a mi
puerta con suave golpear, y entró llevando una lámpara en la mano. Su semblante
mostraba palidez cadavérica como de costumbre, pero había además cierta especie
de hilaridad insana en sus ojos, una visible histeria contenida en toda su
actitud. Su aspecto me aterró; pero todo era preferible a la soledad que había
soportado largas horas y llegué hasta felicitarme de su presencia como un
alivio.
—¿De modo que no habéis visto?—dijo ex abrupto,
después de mirar intensa y silenciosamente en torno suyo por algunos instantes.
"—¿No habéis visto? Pero ¡aguardad! Ya veréis."—Hablando así, y
bajando cuidadosamente la pantalla de su lámpara, dirigióse con rapidez a una
de las ventanas y la abrió de par en par ante la tempestad.
La impetuosa furia de las ráfagas que se
precipitaron en la habitación nos levantó casi por los aires. Era, en verdad,
una noche borrascosa pero de austera belleza y singularmente extraña en su
hermosura y en su horror. Verosímilmente se había levantado un torbellino en
las cercanías porque se presentaban frecuentes y violentas alteraciones en la
dirección del viento; y la densidad excesiva de las nubes, tan bajas que
parecían pesar sobre los torreones del castillo, no impedía notar la velocidad
de seres vivientes al parecer, con que se precipitaban unas contra otras de
todos lados sin desvanecerse a la distancia. Decía que su excesiva densidad no
impedía que apreciáramos el espectáculo, aun cuando
no había rastro de luna ni de estrellas, ni resplandor alguno de relámpagos.
Sin embargo, la superficie inferior de aquellas pesadas masas de agitado vapor,
así como todos los objetos terrestres que nos rodeaban, resplandecían a la luz
sobrenatural de una exhalación gaseosa, débilmente luminosa y perfectamente
visible que circundaba y envolvía toda la mansión.
—¡No debéis presenciar este espectáculo, no lo
presenciaréis!—exclamé dirigiéndome a Úsher y estremeciéndome, mientras le
arrastraba con suave violencia desde la ventana hasta un asiento.—Estas
manifestaciones que os perturban son simplemente fenómenos eléctricos bastante
comunes, o quizá puedan también derivar su fantástico origen de los pesados
miasmas del lago. Cerremos esta ventana; el aire está frío y es peligroso en
vuestras condiciones. He aquí uno de vuestros romances favoritos. Yo leeré y
vos escucharéis; y pasaremos juntos esta horrible noche."—
El antiguo volumen que había cogido era el Mad
Trist de Sir Láuncelot Cánning; pero lo califiqué de favorito de Úsher
más bien bromeando tristemente que hablando de buena fe, porque en verdad nada
podía encontrarse en su verbosidad grosera y poco imaginativa que pudiera
interesar el elevado y espiritual idealismo de mi amigo. Fué, con todo, el
primer libro que pude haber a mano inmediatamente; y alimenté la vaga esperanza
de que la excitación que agitaba en aquel momento al hipocondriaco encontrara
momentáneo alivio—pues que la historia de los desórdenes mentales
está llena de anomalías semejantes—en las descabelladas incidencias que hubiere
de leer. En realidad, a juzgar por el aire extravagante de ansiosa atención con
que escuchaba o aparentaba escuchar la fraseología del cuento, podía congratularme
por el éxito de mi plan.
Habíamos llegado a la parte bien conocida de esta
historia en que Éthelred, el héroe del Trist, habiendo intentado en
vano penetrar pacíficamente en la morada del ermitaño, se resuelve a lograrlo a
viva fuerza. Aquí, si bien se recuerda, la narración continúa así:
Entonces Éthelred, que naturalmente poseía un
valeroso corazón y se sentía además muy potente en aquel momento por virtud del
vino que había bebido, no perdió más tiempo en parlamentar con el ermitaño, que
usaba en verdad de obstinado y malicioso proceder; sino que, sintiendo la
lluvia que caía sobre sus hombros y temiendo que arreciara la tempestad,
levantó su maza y a grandes golpes abrió pronto en las planchas de la puerta un
hueco suficiente para su mano armada del guantelete y, tirando de allí fuertemente,
rompió y desgajó y destrozó todo de manera tal que el estrépito de la seca y
resonante madera alarmó a todo el mundo repercutiendo a través de la selva.
Al terminar este acápite me sobresalté e hice una
pausa involuntaria; porque me pareció—aun cuando deduje inmediatamente que era
ilusión de mi exaltada fantasía—me pareció, digo, que de algún remoto rincón de
la casa llegaba a mis oídos el eco indistinto, amortiguado y confuso
ciertamente, de aquellos sonidos de golpes y destrucción que Sir Láuncelot
había descrito con tanta minuciosidad. Sin duda alguna era solamente cualquiera coincidencia que despertó mi atención
entre el rechinar de las vidrieras y los ruidos combinados de la borrasca
todavía en aumento en el exterior; nada había seguramente en el rumor que
pudiera interesarme o inquietarme. Proseguí la historia:
Pero el soberbio campeón Éthelred, al atravesar la
puerta, se sintió dolorosamente sorprendido e irritado de no encontrar rastro
alguno del astuto ermitaño; sino en su lugar un dragón escamoso, de prodigioso
tamaño y lengua ígnea que hacía de centinela delante de un palacio de oro,
pavimentado de plata; y pendiente del muro veíase un escudo de brillante bronce
con la siguiente leyenda grabada:
Quien aquí penetra es conquistador;
Ganará el escudo quien mate al dragón;
y entonces Éthelred, levantando su maza, hirió en
la cabeza al dragón; el cual se desplomó a sus plantas rindiendo su pestilente
aliento con tan hórrido, agudo y penetrante alarido que Éthelred se vió
precisado a cubrirse los oídos con las manos para defenderse del pavoroso ruido
del que nada análogo había escuchado hasta entonces.
Aquí me detuve de nuevo bruscamente, esta vez con
sentimiento de profundo estupor, porque no podía caberme la menor duda de que
en el mismo instante había oído en realidad, aun cuando me fuera imposible
indicar la dirección, un grito ahogado y aparentemente lejano, pero áspero,
prolongado y extraño; un sonido discordante, exacta reproducción de lo que mi
fantasía había ya evocado como el sobrenatural alarido del dragón descrito por
el romancero.
Oprimido como me sentía por mil encontradas sensaciones en que predominaban la angustia y un
excesivo terror a causa de la segunda y más extraordinaria coincidencia, tuve
aún la presencia de espíritu necesaria para evitar que se excitara con
cualquiera observación la sensitiva nerviosidad de mi compañero. No estaba
seguro de que se hubiera apercibido de aquellos rumores, a pesar de que
indudablemente mostraba extraña alteración en su conducta en los últimos
minutos. Desde el sitio que ocupaba frente a mí había arrastrado su silla poco
a poco hasta dar cara a la puerta de entrada de la habitación, de modo que
apenas podía yo distinguir parcialmente sus facciones, aunque me parecía que
sus labios temblaban como si estuviese murmurando palabras ininteligibles. Su
cabeza había caído sobre el pecho; pero yo sabía que no estaba dormido, pues en
una ojeada furtiva a su perfil descubrí uno de sus ojos rígidamente abierto. El
movimiento de su cuerpo difería también de su manera habitual, porque se mecía
de un lado a otro con ondulación suave, uniforme y constante. Notando todo esto
con rapidez, reasumí la narración de Sir Láuncelot que proseguía así:
Y habiendo escapado el campeón en esta forma a la
furia tremebunda del dragón, y recordando el bronceado escudo y la ruptura del
encanto que allí residía, empujó el cuerpo de la fiera lejos de su paso y
avanzó valerosamente sobre el plateado pavimento del castillo hasta el lugar
donde estaba el escudo pendiente del muro; el cual no aguardó, en verdad, que
el héroe hubiese llegado, sino que cayó espontáneamente a sus pies sobre el
pavimento de plata con inmenso estruendo y horrísono sonido retumbante.
No habían
terminado mis labios de proferir estas palabras cuando, semejando en realidad
un escudo de bronce que cayera pesadamente en aquel mismo instante sobre un
pavimento de plata, pude oír distintamente una metálica, hueca y estridente
aunque ahogada repercusión. Completamente trastornado, me levanté de un salto;
pero el mesurado balanceo de Úsher continuó sin interrupción. Me abalancé hacia
el asiento que ocupaba. Sus ojos estaban fijos y en toda su figura triunfaba
una rigidez de piedra. Mas tan pronto como coloqué una de mis manos en su
hombro, sentí un fuerte estremecimiento en todo su cuerpo; una sonrisa marchita
tembló sobre sus labios; y vi que hablaba en un murmullo bajo, precipitado e
ininteligible, como inconsciente de mi presencia. Inclinándome muy cerca sobre
él, pude al fin beber la horrenda importancia de sus palabras.
—¿No lo oís?... Sí; yo lo oigo y lo había oído.
Muchos, muchos, muchos, largos minutos... muchas horas, muchos días lo he
oído... pero no me atrevía... ¡oh, misericordia! ¡miserable de mí!... no me
atrevía... ¡no me atrevía a hablar! ¡La hemos
enterrado viva! ¿No decía yo que mis sentidos son muy agudos? Ahora os
digo que percibí sus primeros y débiles movimientos en el hueco ataúd. Los
oí... hace muchos, muchos días... pero no me atrevía... ¡No tenía valor
de hablar! Y ahora... esta noche... Éthelred... ¡ha! ¡ha!... ¡el
quebrantamiento de la puerta del ermitaño, el clamor de muerte del dragón y el
estrépito del escudo!... ¡Digamos mejor, el hendimiento del ataúd, el chirrido de las puertas de hierro de su prisión, y su
lucha en el pasillo revestido de cobre de la bóveda! ¡Oh! ¿dónde escapar? ¿Por
ventura no estará ella aquí dentro de poco? ¿No se apresurará a vituperarme por
mi precipitación? ¿No he oído, acaso, sus pasos en la escalera? ¿No he
escuchado el pesado y horrible latir de su corazón? ¡INSENSATO! Aquí se puso en
pie furiosamente y gritó sílaba por sílaba, con tal fuerza que parecía iba a
rendir el ánima: ¡INSENSATO! OS DIGO QUE ELLA SE ENCUENTRA EN ESTE INSTANTE
DELANTE DE LA PUERTA!
Como si la energía sobrehumana de su enunciación
hubiese tenido el poder de un conjuro, los enormes bastidores antiguos a que
señalaba Úsher corrieron hacia atrás suavemente en el mismo instante sus
pesadas garras de ébano. Era efecto de las impetuosas ráfagas; pero, delante de
aquellas puertas erguíase la alta y amortajada imagen de Lady Mádeline de
Úsher. Había sangre en sus blancas vestiduras y señales de lucha cruel en toda
su enflaquecida figura. Detúvose por un momento temblando y bamboleándose en el
umbral; y luego, con sordo y lúgubre gemido se desplomó pesadamente sobre su
hermano y, en las violentas convulsiones de su real y esta vez postrera agonía,
le trajo al suelo cadáver, víctima de los terrores que él mismo se había
anticipado.
Huí despavorido de aquella cámara y de aquella
mansión. La tempestad bramaba todavía en plena furia cuando yo me encontré
cruzando la antigua calzada. De pronto brilló a lo largo del camino
una luz inusitada, y yo me volví para averiguar de dónde procedía este rayo
sobrenatural, pues la vasta morada y sus sombras era lo único que dejaba tras
de mí. La radiación brotaba de una luna llena y de un rojo sangriento en su
ocaso, y resplandecía vivamente sobre aquella hendedura apenas perceptible de
que he hablado y que se extendía en ziszás desde la techumbre del edificio
hasta su base. En tanto que miraba, la hendedura se ensanchó rápidamente; hubo
luego una ráfaga furiosa del remolino; el orbe entero del satélite estalló al
mismo tiempo ante mis ojos; mi cerebro osciló mientras veía los potentes muros
abriéndose en dos partes; oyóse un prolongado y tumultuoso estruendo semejante
a millares de voces de las aguas; y el profundo y tétrico lago que yacía a mis
pies cerróse sombría y silenciosamente sobre los fragmentos de la Casa
de Úsher.
La voluntad está allí yacente, mas no muerta.
¿Quién conoce los misterios de la voluntad, en todo su poder? Porque Dios es
solamente una inmensa voluntad dominando todas las cosas por virtud de su
intensidad. El hombre no es vencido por los ángeles, ni siquiera por la muerte
completamente, sino en razón de la flaqueza de su frágil voluntad.
—Jóseph Glánvill.
NO PODRÍA, por mi ánima, recordar cómo, cuándo, ni
dónde exactamente conocí a Lady Ligeia. Han transcurrido muchos años desde
entonces, y mi memoria se ha debilitado con los sufrimientos. O tal vez me es
imposible rememorarlo ahora porque, en realidad, la personalidad de mi amada,
su raro talento, el sereno y singular carácter de su belleza y la penetrante y
avasalladora elocuencia de su voz velada y musical se abrieron paso hasta mi
corazón en forma tan rápida y furtiva que, sin duda alguna, aquellos incidentes
pasaron desapercibidos o ignorados. Creo, sin embargo, que la encontré por
primera vez y más a menudo en alguna grande, antigua y decadente ciudad en las
cercanías del Rhin. Seguramente debo haberla oído hablar de su familia; y no
cabe duda de que se remontaba a una gran antigüedad. ¡Ligeia! ¡Ligeia! Sumido
en estudios de naturaleza tal que debilitan todas
las impresiones del mundo exterior, sólo esta dulce palabra ¡Ligeia! tiene el
poder de hacer brotar ante mis ojos, por medio de la fantasía, la imagen de
aquella que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, me asalta la idea de que
jamás llegué a saber el nombre de familia de la que fué mi amiga y mi
prometida, y llegó a convertirse en la compañera de mis estudios, y más tarde
en la esposa elegida de mi corazón. ¿Fué aquello una humorada de mi Ligeia?
¿Exigió acaso, como prueba de la intensidad de mi afecto, que no hiciera yo
investigación alguna a este respecto? ¿O sería quizás un capricho mío, alguna
extraña y romántica ofrenda en el altar de la más apasionada devoción? Apenas
tengo la confusa reminiscencia del hecho en sí mismo; ¿cómo puede maravillar
que haya olvidado por completo las circunstancias que lo originaron? Realmente,
si alguna vez el espíritu que se denomina Romance, si la
pálida Astophet, de alas de nebulosa, diosa del Egipto idólatra,
presidió alguna vez, como aseguran, los matrimonios novelescos, indudablemente
debió reinar en el mío.
Hay, sin embargo, un tema predilecto de mi corazón
en el que mi memoria jamás falla. Es éste la propia Ligeia.
Era de alta estatura, algo cenceña y casi flaca en sus últimos días. Trataría
en vano de describir la majestad, el apacible reposo de su continente y la
incomparable ligereza y elasticidad de su marcha. Iba y volvía como una sombra.
Nunca me daba cuenta de su entrada a mi cerrado
estudio sino por la música amada de su voz, dulce y queda, cuando colocaba su
marmórea mano sobre uno de mis hombros. Ninguna doncella igualó jamás la
hermosura de su semblante. Era la irradiación de un sueño de opio, una aérea y
espiritual visión, más extraordinariamente divina que todas las fantasías que
poblaban los ensueños de las hijas de Delos. Sin embargo, sus facciones no se
definían en el molde corriente que se nos ha enseñado falsamente a admirar en
las clásicas obras del paganismo. "No existe belleza exquisita," dice
Bacon, Lord Verúlam, hablando con sinceridad de las diferentes formas y
caracteres de belleza, "sin algo de extraordinario en sus
proporciones." Así, aun cuando yo sabía que las facciones de Ligeia no
eran de regularidad clásica; aun cuando podía percibir que su belleza era, en
verdad, "exquisita," y sentía mucho de "extraordinario" en
ella, he procurado en vano descubrir en qué consistía la irregularidad y
determinar mi percepción de lo "extraordinario." Examinaba el
contorno de la alta y pálida frente: era irreprochable; y ¡cuán fría me parece
esta palabra aplicada a su divina majestad! ¡La piel rivalizando con el marfil
más puro, la requerida amplitud y reposo, la encantadora prominencia cerca de
las sienes; y luego, las trenzas color plumaje de cuervo, sedosas, abundantes y
naturalmente rizadas, dignas del homérico epíteto de "jacintianas!"
Miraba las delicadas líneas de la nariz; y sólo en los graciosos medallones
hebreos he observado semejante perfección. Tenían la
misma frescura de superficie, idéntica tendencia aquilina apenas perceptible,
las mismas ventanillas de curva armoniosa que dicen de la elevación del
espíritu. Contemplaba la dulce boca. Allí se fijaba, en verdad, el triunfo de
todo lo divino: la soberbia curva del labio superior; la suave y voluptuosa
indolencia del inferior; los hoyuelos que regocijaban y el color que hablaba;
los dientes resplandeciendo detrás con brillantez casi asombrosa y reflejando
rayos de luz inmaculada en su sonrisa serena y plácida, a la par que
incomparablemente radiante y embriagadora entre todas las sonrisas. Observaba
la forma de la barba; y encontraba también aquí la suave amplitud, la dulzura y
majestad, la redondez y espiritualidad de los griegos; y el contorno que el
dios Apolo reveló sólo en sueños a Cleomenes, el hijo del ateniense. Y en
seguida penetraba en los grandes ojos de Ligeia.
No había modelos de ojos en la remota antigüedad.
Puede ser también que en aquellos ojos de mi amada residiera el secreto a que
alude Lord Verúlam. Eran, según creo, mucho más grandes que los ojos ordinarios
de nuestra raza. Eran también más redondos que los más redondos entre los ojos
de gacela de la tribu de Nourjahad. Sin embargo, sólo a intervalos, en momentos
de intensa excitación, se notaba esta peculiaridad en Ligeia. Y en aquellos
momentos su belleza aparecía (quizá únicamente en mi exaltada fantasía), como
la hermosura de seres ultraterrenales, como la hermosura fabulosa de las huríes
de los turcos. Sus pupilas eran del negro más
luciente, y lejos, en contorno, se rizaban las larguísimas pestañas de
azabache. Las cejas, de dibujo ligeramente irregular, eran de igual color. Lo
que encontraba yo de "extraordinario" en los ojos de Ligeia
consistía, sin embargo, en algo de naturaleza diferente de la forma, el color o
la brillantez; algo que, después de todo, me veo obligado a referir a la expresión.
¡Ah, palabras sin significado, tras de cuya vasta amplitud de sonido
atrincheramos nuestra ignorancia de lo espiritual! ¡La expresión de los ojos de
Ligeia! ¡Cuánto he meditado acerca de esto durante horas enteras! ¡Cuánto he
luchado por evocarla en el transcurso de toda una noche de verano! ¿Qué era
aquello, aquello más profundo que el manantial de Demócrito, aquello que había
lejos, muy lejos dentro de las pupilas de mi adorada? ¿Qué era aquello? Estaba
poseído de la pasión de escudriñarlo. ¡Aquellos ojos! ¡aquellos orbes inmensos,
brillantes, divinos! Llegaron a convertirse para mí en las estrellas gemelas de
Leda, y yo para ellas en el más apasionado de los astrólogos.
No hay sensación más irritante entre las mil
anomalías de la mente que el hecho, a que jamás se ha prestado atención en los
colegios, según creo, de que en el esfuerzo para rememorar cualquiera cosa
olvidada por largo tiempo, llegamos a menudo hasta el borde mismo de
la reminiscencia, sin poder al cabo traer a la memoria lo que deseamos. Así,
¡cuán frecuentemente durante el curso de un intenso escrutinio de los ojos de
Ligeia, sentía que me aproximaba al conocimiento
pleno de su expresión, lo sentía cerca, pero no en mi poder aún, y al fin
volvía a escaparse por completo! Y (¡oh, extrañeza! ¡oh, misterio entre todos!)
encontraba en los objetos más comunes del universo un círculo de analogías con
esta expresión. Quiero decir que en el período subsecuente a la toma de
posesión de mi espíritu por la hermosura de Ligeia, que reinaba allí como en un
trono, experimentaba al contacto de muchas existencias del mundo material un
sentimiento semejante al que me producían siempre sus inmensas y luminosas
pupilas. No me es posible, sin embargo, definir ni analizar este sentimiento,
ni siquiera observarlo con claridad. Reconocía su expresión algunas veces,
permitid que lo repita, en el rápido desarrollo de una vid, en la contemplación
de una falena, una mariposa, una crisálida, un arroyo de agua corriente. La he
sentido en el océano, en la caída de un meteoro. La he encontrado en la mirada
de personas de mucha edad. Y hay en los cielos una o dos estrellas, una
especialmente, de sexta magnitud, doble y cambiante, que se encuentra cerca de
la estrella mayor de Lira, en la cual, en medio de un examen telescópico, me di
cuenta también de este sentimiento. Me he sentido lleno de su fuerza al
escuchar ciertos sones de instrumentos de cuerda, y muchas veces leyendo
determinados pasajes de algunos libros. Recuerdo muy bien un trozo de una obra
de Jóseph Glánvill que, quizá simplemente en razón de su originalidad (¿quién
podría decirlo?), nunca dejaba de inspirarme el
mismo sentimiento. "La voluntad está allí yacente, mas no muerta. ¿Quién
conoce los misterios de la voluntad en todo su poder? Porque Dios es solamente
una inmensa voluntad dominando todas las cosas por virtud de su intensidad. El
hombre no es vencido por los ángeles, ni siquiera por la muerte completamente,
sino en razón de la flaqueza de su frágil voluntad."
Un lapso de varios años y la reflexión consiguiente
me han permitido trazar una remota relación entre este pasaje del moralista
inglés y una faz del carácter de Ligeia. Cierta intensidad de
pensamiento, acción o palabras era quizá en ella el resultado, o el indicio por
lo menos, de aquella enorme fuerza de voluntad que durante nuestras largas
relaciones no encontró oportunidad de demostrar su existencia de manera más
palpable. Entre todas las mujeres que he conocido, ella, la exteriormente
tranquila, la siempre plácida Ligeia, era presa con mayor violencia de los
buitres tumultuosos de la pasión devoradora. Y sólo podía yo formarme idea del
alcance de aquella pasión por la milagrosa dilatación de sus ojos que a la vez
me deleitaba y amedrentaba; por la mágica melodía, modulación, claridad y
dulzura de su voz, muy queda; y por la apasionada energía de las ardientes
palabras que pronunciaba, doblemente conmovedoras por el contraste con su
manera de proferirlas.
He hablado de los conocimientos de Ligeia: eran
inmensos, como jamás pudiera imaginarlos en ninguna mujer. Era profundamente
instruída en los idiomas clásicos, y nunca la
sorprendí en falta en los modernos lenguajes de Europa, hasta donde mis
conocimientos alcanzaban. A decir verdad, ¿se equivocó alguna vez Ligeia aun en
los temas más admirados, por cuanto más abstrusos, de la jactanciosa erudición
académica? ¡Cuán maravillosa, cuán extraordinariamente se ha definido para mí
este lado de su naturaleza, tan sólo en los últimos tiempos! Decía que su saber
era tan vasto como jamás pude suponerlo en una mujer; mas ¿dónde existe el
hombre que, como ella, haya atravesado triunfalmente los vastos dominios de la
ciencia moral, de la física y de las matemáticas? Yo no comprendía entonces lo
que ahora percibo con toda claridad: que los conocimientos de Ligeia eran
gigantescos, asombrosos; sin embargo, sabía bastante de su supremacía moral
para renunciar a mi propio criterio con infantil confianza y dejarme guiar por
ella en el caótico mundo de las investigaciones metafísicas en que me ocupaba
con gran interés durante los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué
inmenso triunfo, con qué vívido deleite, con cuánto de todo aquello que es
etéreo en la esperanza, sentía, al inclinarse ella sobre mí en los estudios,
sin buscarla ni comprenderla, aquella deliciosa mirada dilatándose por grados
ante mis ojos; y a través de cuyo largo, radiante y virgen sendero podría al
fin alcanzar la meta de una sabiduría demasiado adorablemente preciosa para no
estar vedada a los mortales!
¡Imaginad ahora cuán agudo sería el pesar con que contemplé años más tarde cómo brotaron alas a mis
justas esperanzas, y volaron con ella a la inmensidad! Sin Ligeia, yo era como
un niño extraviado tentando en la obscuridad. Su presencia, las lecturas que
ella acometía sola, iluminaban vívidamente los innumerables misterios de la
ciencia del trascendentalismo en que me hallaba sumergido. Faltándome la lumbre
radiante de sus ojos, los caracteres antes brillantes y dorados volvíanse más
opacos que el plomo saturnino. Y aquellos ojos brillaban cada vez menos y con
menor frecuencia sobre las páginas que yo leía. Ligeia estaba enferma. Los
extraños ojos refulgían con resplandor demasiado glorioso; los pálidos dedos
adquirían los tonos de transparente cera de la tumba; y las azules venas de su
elevada frente hinchábanse y bajaban impetuosamente a impulsos de la más ligera
emoción. Veía que la muerte se acercaba, y luché desesperadamente con el
inflexible Azrael. Y, con gran estupor de mi parte, noté que la lucha de mi
apasionada esposa era aun más enérgica que la mía. Muchos rasgos de su altivo
carácter me habían dejado la impresión de que la muerte no aportaría para ella
sus habituales terrores; pero no era así. Las palabras son impotentes para dar
idea exacta de la fortaleza y tesón con que contendió a brazo partido con las
Sombras. Yo gemía de angustia al contemplar este espectáculo. Hubiera querido
suavizar su fin, hubiera querido razonar; pero, en la intensidad de su ardiente
anhelo de vivir, vivir, solamente vivir, ensayar cualquier
solaz o razonamiento habría sido la locura más
estupenda. Sin embargo, sólo en el último momento, entre las congojas
convulsivas de su elevado espíritu, se conmovió la placidez exterior de su
continente. Su voz hízose más y más débil, más y más velada; pero no quisiera
recordar el extraño significado de aquellas palabras tan quedamente
pronunciadas. Mi cerebro se extraviaba mientras escuchaba extasiado una melodía
sobrenatural, hipótesis y aspiraciones que jamás conoció antes la humanidad.
No podía dudar de que Ligeia me amaba; y era fácil
comprender que en un corazón como el suyo el amor debía reinar con pasión
extraordinaria. Pero sólo en su muerte me impresionó plenamente la fuerza de su
sentimiento. Oprimía mis manos durante largas horas y desplegaba ante mí los
tesoros de su alma, que eran ya idolatría más que apasionada devoción. ¿Qué
había hecho yo para merecer la bendición de tales confesiones? Y ¿qué había
hecho para merecer el anatema de perder a mi adorada en la hora misma de recibirlas?
No puedo soportar detenerme más tiempo en este tema. Séame permitido decir tan
sólo que, en el abandono tan femenino de Ligeia en su amor, ¡ay de mí, tan poco
merecido, tan liberalmente ofrendado! comprendí al fin la razón de su ardiente
y salvaje anhelo por aquella vida que ahora se le escapaba con tanta rapidez.
Esta violenta aspiración, este extraordinario deseo de vivir, solamente vivir,
es lo que me encuentro incapaz de describir, no tengo frases suficientes para
expresarlo.
A las doce de la noche en que Ligeia desapareció,
llamándome perentoriamente a su lado con la cabeza, me pidió que recitara
ciertos versos compuestos por ella misma no hacía muchos días. Obedecí. Los
versos eran como sigue:
¡He aquí finalmente una noche de gala,
después de los recientes años desolados!
Un tropel de ángeles, envueltos en velos,
ahogados en llanto,
acude al teatro,
para ver un drama de esperanza y miedo,
mientras suspira la orquesta
la música infinita del espacio.
. . . . . .
. . . . . . .
Bufones en lo alto con disfraz de dioses
gruñen y murmuran agitándose
en continuo y veloz revoloteo.
Son sólo títeres movidos
por seres poderosos e informes
que cambian a su antojo el escenario
y hacen brotar al golpe de sus alas de cóndor
¡Invisible Dolor!
. . . . . .
. . . . . . .
¡Oh, el drama abigarrado!
¡Estad seguros de que no lo olvidaréis!
Con su Fantasma siempre perseguido
por una muchedumbre que jamás lo alcanza,
siguiendo el mismo eterno círculo
que conduce al punto de partida;
un drama de Locuras y Maldades
y que tiene al Horror por desenlace.
. . . . . .
. . . . . . .
Pero ¡ved!
¡Entre la algazara de los cómicos,
y desde los desiertos bastidores,
aparece arrastrándose una forma
color rojo de sangre!
La forma se retuerce,
se retuerce devorando a los bufones
que padecen angustias espantosas;
y los querubes lloran
ante el monstruo que se goza en sangre humana.
. . . . . .
. . . . . . .
Apáganse las luces.
El drama ha concluído.
Sobre las temblorosas formas de la escena,
con rapidez igual que una borrasca,
cae el telón: un paño funerario.
Y los espíritus tristes y dolientes,
al levantar el vuelo,
recuerdan que aquel drama trágico es "El Hombre,"
y su héroe se llama
Gusano, el Vencedor.
"¡Oh, Dios mío!" sollozó a medias Ligeia,
alzándose y levantando los brazos a lo alto con movimiento espasmódico, al
terminar yo estas líneas. "¡Oh, Dios! ¡Oh, Padre divino! ¿Deberán estas
cosas suceder así? ¿Nunca ha de ser vencido este vencedor? ¿No somos carne y
hueso de Ti mismo? ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad en todo su
poder? El hombre no es vencido por los ángeles, ni siquiera por la muerte
completamente, sino en razón de la flaqueza de su frágil voluntad."
Entonces, exhausta por la emoción, dejó caer los
blancos brazos, y se dirigió solemnemente hacia su lecho de muerte. Y cuando
lanzaba sus últimos suspiros brotó, mezclado con
ellos, un murmullo de sus labios. Inclinando mis oídos hasta su boca, distinguí
nuevamente las palabras finales del pasaje de Glánvill. "El hombre no es
vencido por los ángeles, ni siquiera por la muerte completamente, sino en razón
de la flaqueza de su frágil voluntad."
Murió; y yo, deshecho hasta el polvo por el pesar,
no pude soportar más tiempo el desolado aislamiento de mi morada en la triste y
decadente ciudad de los alrededores del Rhin. No carecía de lo que el mundo
denomina riquezas. Ligeia me había traído más, mucho más, de lo que representa
el ordinario lote de los mortales. Por consiguiente, después de algunos meses
de viajes fatigosos y sin objeto, compré e hice reparar una abadía, que no
nombraré, en uno de los más agrestes y menos frecuentados parajes de la bella
Inglaterra. El tétrico y fantástico tamaño del edificio, el aspecto casi
salvaje del dominio, los numerosos recuerdos melancólicos y de antiguo
venerados que se relacionaban con la posesión tenían mucho de común con el
sentimiento de amargo abandono que me llevaba a esta remota e insociable
comarca del reino. Sin embargo, aun cuando el exterior de la abadía, con su
marchito verdor colgando por todas partes, sufrió pequeña alteración, me
complací, con una especie de perversidad infantil, y tal vez con la débil
esperanza de aliviar mis pesares, en desplegar en el interior una magnificencia
casi regia. Tenía desde la infancia una afición especial a esta clase de
locuras, la que volvió a mí como una extravagancia
provocada por el dolor. ¡Ay de mí! ¡Comprendo ahora cuánto había de incipiente
insania en el derroche de aquellas exquisitas y fantásticas draperías, en las
solemnes esculturas egipcias, en la original mueblería y cornisas, en los
recamados bizarros diseños de los tapices de oro! Había llegado a esclavizarme
por completo en los lazos del opio, y mis obras y mis órdenes tomaban el
colorido de mis sueños. Mas no debo detenerme a detallar tales absurdos.
Permitidme solamente hablar de la cámara por siempre maldita a la que, en un
momento de alienación mental, llevé desde el altar como mi esposa, como la
sucesora de la inolvidable Ligeia, a la rubia, de ojos azules, Lady Rowena
Trevanion, de Tremaine.
No existe la más pequeña parte de la arquitectura y
decoración de aquella cámara que no esté ahora visible ante mis ojos. ¿Dónde
estaban las almas de los altivos antepasados de la familia de mi novia, cuando
por su ansia de oro permitieron atravesar el umbral de una habitación, decorada
en tal manera, a una doncella, su hija muy amada? He dicho que
recuerdo minuciosamente los detalles de aquella cámara (aunque olvido en forma
deplorable los asuntos de mayor entidad), a pesar de que no había estilo
especial ni conexión alguna en su caprichoso arreglo, que pudiera contribuir a
que se conserve en la memoria. La habitación, situada en una alta torrecilla
del castillo de la abadía, era de forma pentagonal y de gran tamaño. Ocupando
todo el frente sur del pentágono, había una ventana única, una lámina inmensa de cristal pulido de Venecia, un solo trozo
de vidrio plomizo, de manera que los rayos del sol o de la luna, al
atravesarla, arrojaban un resplandor fantástico sobre los objetos del interior.
En la parte superior de esta enorme ventana extendía su tejido una antigua vid
que colgaba de los macizos muros del torreón. El techo, de tétrico roble, era
excesivamente alto, abovedado y primorosamente esculpido con los tipos más
extravagantes y grotescos de un estilo mitad gótico, mitad druídico. Del dibujo
central de esta sombría cúpula pendía, de una cadena de oro de largos
eslabones, un inmenso incensario del mismo metal, de modelo sarraceno, y con
muchas perforaciones combinadas en tal forma que oscilaba dentro y fuera de
ellas, como dotada de serpentina vitalidad, una continua sucesión de fuegos de
colores.
Divanes orientales y candelabros dorados veíanse
por varios lados; y había también un lecho, el lecho nupcial, de sólido ébano
esculpido, ejemplar indio, muy bajo, y con un dosel semejando una urna
funeraria. En cada uno de los ángulos del cuarto se levantaba un gigantesco
sarcófago de negro granito, extraído de las tumbas de los reyes frente a Lúxor,
y con su antigua cubierta exornada de esculturas de tiempo inmemorial. Pero en
la tapicería de la cámara, sobre todo, se mostraba, ¡ay de mí! la fantasía capital
de todo aquello. Los elevados muros, de altura gigantesca y casi
desproporcionada, estaban revestidos de arriba abajo en amplios pliegues de una
tapicería pesada y casi sólida, del mismo tejido
que descollaba como alfombra en el pavimento, como cubierta en los divanes y en
el lecho de ébano, como drapería en el dosel y como magníficas volutas en las
cortinas que cubrían parcialmente la ventana. El tejido era de la más rica tela
de oro. Estaba salpicado por todas partes, a intervalos irregulares, de arabescos
de un pie de diámetro, laborados sobre la tela en dibujos del más puro negro de
azabache. Pero aquellas figuras ostentaban su verdadero estilo arabesco
solamente cuando se las contemplaba desde cierta línea visual. Por una
disposición bastante generalizada ahora, pero que se remonta a un período de
gran antigüedad, se las había dotado de aspecto cambiante. Para el que entraba
en la habitación tenían simplemente la apariencia de monstruosidades; pero, al
avanzar un poco más, su forma cambiaba gradualmente; y paso a paso, al dar la
vuelta en la cámara, veíase rodeado el visitante de una sucesión interminable
de los horrendos fantasmas que pueblan las supersticiones normandas, o que
toman cuerpo en los ensueños infernales de los monjes. El efecto fantástico se
acrecentaba con la introducción de una corriente de aire artificial detrás de
las draperías, que prestaba al conjunto lúgubre e inquietadora animación.
En salones semejantes, en cámara nupcial como la
que acabo de describir, pasé con la castellana de Tremaine las impías horas del
primer mes de matrimonio, horas que transcurrieron sin mayores perturbaciones.
No pude dejar de apercibirme, sin embargo, de que
mi mujer temía los fieros impulsos de mi carácter, que me amaba poco, y trataba
de esquivarme; pero esto me produjo más bien placer que cualquier otro
sentimiento. La detestaba con odio demoniaco más que humano. Mi memoria retrocedía
(¡oh! ¡con cuánta intensidad de pesar!) a Ligeia, la bien amada, la augusta, la
bella, la desaparecida. Gozaba con las reminiscencias de su pureza, su
erudición, su elevación de espíritu, su naturaleza etérea, su apasionado e
idolátrico amor. Y entonces ardía mi espíritu plena y libremente con fuego
mayor aún que el que a ella la consumía. En la exaltación de mis sueños de opio
(porque habitualmente estaba sumido en los efectos de esta substancia),
llamábala en voz alta por su nombre en el silencio de la noche, o en los lugares
más recónditos del valle durante el día, como si por medio de mi salvaje
anhelo, de la pasión solemne, del ardor nostálgico que me consumía por la
muerta, pudiera yo volverla a la senda que había abandonado sobre la tierra.
(¡Ah! ¿era posible que esto fuera para siempre?)
Al iniciarse el segundo mes de matrimonio, Lady
Rowena se sintió atacada de repentino malestar, del cual se recobraba con
lentitud. La fiebre que la consumía hacía sus noches intranquilas; y en su
inconsciente estado de media vigilia, hablaba de ruidos, de movimientos dentro
y alrededor de la cámara de la torrecilla; lo cual deduje yo que no tenía otro
origen que el desarreglo de su mente o quizá la influencia fantasmagórica de la misma habitación. Al fin entró en convalecencia;
luego se restableció por completo. Pero, apenas hubo transcurrido un breve
período, un nuevo acceso, más violento que el primero, la arrojó de nuevo en el
lecho del dolor; y de este segundo ataque nunca llegó a recobrarse su
constitución, débil en todo tiempo. Su enfermedad asumió desde entonces
caracteres alarmantes y la más severa persistencia, desafiando la ciencia y los
desvelos de los médicos. Con la exacerbación del malestar crónico que la
aquejaba, y que aparentemente había dominado su naturaleza hasta el punto de
que era imposible combatirlo con medios humanos, observé también una
exacerbación análoga en la irritación nerviosa de su temperamento, y en su
excitabilidad por causas triviales de temor. Habló de nuevo, ahora más a menudo
y con mayor insistencia, de ruidos, ligeros ruidos, y del movimiento inusitado
de las draperías, a que había aludido anteriormente.
Una noche, a fines de septiembre, propuso a mi
atención este angustioso tema con más énfasis aún de lo acostumbrado. Acababa
de despertar de un sueño agitado, durante el cual estuve espiando, con
sentimiento mezcla de ansiedad y de temor, los efectos que se retrataban en su
adelgazado semblante. Sentéme al lado del lecho de ébano, sobre uno de los
divanes de la India. Ella se enderezó a medias y habló, en ardiente murmullo,
de los sonidos que en aquel mismo instante oía, pero que yo no
podía escuchar, de los movimientos que ella veía, pero que yo no
podía percibir. El aire soplaba fuertemente detrás
de las draperías y quise demostrarle algo que, dejadme confesarlo, yo mismo no
creía por completo: que aquellos suspiros inarticulados y aquellas suaves
variaciones de las figuras sobre el muro no eran sino los efectos naturales y
ordinarios de las ráfagas de aire. Pero una palidez mortal, extendiéndose sobre
su rostro, vino a probarme que eran infructuosos mis esfuerzos para
tranquilizarla. Parecía que estaba a punto de desfallecer, y no había criados
al alcance de la voz. Recordé el sitio donde se había depositado una ánfora de
vino ligero ordenado por los médicos, y me apresuré a atravesar el aposento
para procurárselo. Pero, al detenerme debajo de la luz del incensario, dos
circunstancias de naturaleza sorprendente atrajeron mi atención. Sentí que
algún objeto palpable aunque invisible había pasado ligeramente cerca de mí; y
observé sobre la dorada alfombra, en el centro precisamente del resplandor
suntuoso del incensario, una sombra, sombra débil, vaga, angelical, algo
semejante a lo que podría definirse como la sombra de una sombra. Pero yo
estaba aturdido con los efectos de una dosis exagerada de opio y no me preocupé
de estas cosas, ni hablé de ellas a Rowena. Habiendo encontrado el vino, crucé
de nuevo la habitación, llené una copa y la aproximé a los labios de la
desfalleciente señora. Habíase recobrado un tanto, sin embargo, y cogió ella
misma el vaso, mientras yo me hundía en un diván cercano con los ojos fijos en
su semblante. En este momento oí distintamente un paso ligero sobre la alfombra y cerca del lecho; y un segundo después, en
el acto en que Rowena levantaba la copa hasta sus labios, vi (o quizá soñé que
veía), vi caer dentro del recipiente, como de algún surtidor invisible en la
atmósfera del cuarto, tres o cuatro grandes gotas de un líquido brillante color
de rubí. Si yo vi esto, no lo vió Rowena. Bebió el vino sin vacilar, y yo me
abstuve de hablarle de este incidente que, bien considerado, debe haber sido
únicamente el resultado de una exaltada fantasía, en mórbida actividad por el
terror de la dama, por el opio y por la hora.
Pero no pudo escapar a mi propia percepción el
hecho de que, inmediatamente después de la absorción de las gotas color de
rubí, sufrió un rápido acrecentamiento el malestar de mi mujer; a tal punto
que, tres noches más tarde, las manos de sus camareras la preparaban para la
tumba; y a la cuarta, me encontré solo con su amortajado cadáver, sentado en
aquella cámara fantástica que la recibió como mi esposa. Extravagantes
visiones, engendradas por el opio, revoloteaban como sombras a mi alrededor.
Mirábalas con ojos inquietos posarse sobre los sarcófagos en los ángulos de la
habitación, sobre las cambiantes figuras de la tapicería y entre el serpenteo
de los fuegos diversamente coloreados en el incensario que pendía en el centro
de la habitación. Mis miradas se dirigieron entonces, recordando los incidentes
de una de las noches anteriores, al espacio debajo de los rayos del incensario,
donde había percibido el débil reflejo de una sombra. No
estaba allí ahora, sin embargo; y, respirando con más libertad, torné mis ojos
hacia la rígida y pálida figura que yacía sobre el lecho. Entonces se
apoderaron de mi mente millares de remembranzas de Ligeia, y sentí en el alma,
con la violencia tumultuosa de una inundación, todo el agudo e intolerable
dolor con que la había visto a ella así amortajada. La noche
transcurría; y en tanto yo continuaba mirando el cuerpo de Rowena con el pecho
lleno de amargos pensamientos por la única y supremamente bien amada.
Sería la media noche, o más temprano quizá, o quizá
más tarde, porque no me había dado cuenta del tiempo transcurrido, cuando un
suspiro suave y apagado, pero muy distinto, me sorprendió en medio de mi
ensueño. Sentí que venía del lecho de ébano, del lecho
mortuorio. Escuché en una agonía de supersticioso terror; mas no hubo
repetición del sonido. Esforcé mi visión tratando de descubrir cualquiera
moción del cuerpo, pero no se percibía ni la más ligera. Sin embargo, no podía
engañarme. Había oído el rumor, aunque débil, y mi alma se
había despertado dentro de mí. Deliberada y persistentemente conservé mi
atención fija sobre el cadáver. Muchos minutos transcurrieron, sin embargo,
antes de que se presentara ninguna circunstancia que pudiese arrojar luz sobre
el misterio. Hízose al fin evidente que un ligerísimo, muy débil, matiz de
colorido subía a las mejillas y a lo largo de las pequeñas venas hundidas de
los párpados. Dominado por una especie de horror o pavor inexplicable, para
expresar enérgicamente el cual no existen palabras
suficientes en el lenguaje humano, sentí que mi corazón cesaba de latir y que
mis miembros se volvían rígidos sobre el asiento. Pero el sentimiento del deber
contribuyó al fin a devolverme mi presencia de ánimo. No podía dudar por más
tiempo de que nos habíamos precipitado en los preparativos, que Lady Rowena
vivía todavía. Era necesario procurar una reacción inmediata; pero la
torrecilla estaba lejos de la parte de la abadía habitada por los criados, y
nadie se encontraba al alcance de la voz. No había forma de llamarlos sin
abandonar la habitación por algunos minutos, y no podía aventurarme a proceder
así. De consiguiente, luché solo en mis esfuerzos para atraer el espíritu
todavía en suspenso. Tras corto tiempo, sin embargo, pudo notarse que se
presentaba una recidiva: desapareció el color de las mejillas y párpados
dejando una palidez mayor aún que la del mármol; los labios se recogieron y
fruncieron nuevamente en la expresión lúgubre de la muerte; una repulsiva y
viscosa frialdad extendióse con rapidez en toda la superficie del cuerpo; y
sobrevino casi instantáneamente la acostumbrada e inflexible rigidez mortal. Me
dejé caer estremeciéndome en el diván del cual me había lanzado tan
súbitamente, y me entregué de nuevo a la apasionada vigilia de los recuerdos de
Ligeia.
Una hora transcurrió de esta manera cuando (¿sería
posible!) oí por segunda vez un vago rumor que partía del lado del lecho.
Escuché con horror extremado. El sonido dejóse oír de nuevo: era un suspiro. Me precipité sobre el cuerpo, y vi, vi
distintamente un temblor de los labios. Un minuto después abriéronse
descubriendo una hilera de perlados dientes. La admiración luchaba ahora en mi
pecho con el terror que antes reinaba como soberano. Sentí que mi vista se
obscurecía, que la razón se me escapaba; y debido sólo a un violento esfuerzo
pude al fin reconquistar el dominio de mis nervios para emprender la tarea que
el deber me señalaba. Mostrábase ahora una especie de brillo parcial sobre la
frente, las mejillas y la garganta; un calor perceptible se apoderaba del
cuerpo; y dejábase sentir así mismo un ligero latido del corazón. La dama vivía; y
con ardor redoblado me dediqué a la labor de resucitarla. Golpeé y humedecí sus
sienes y sus manos, e hice uso de todos los medios que la experiencia y mis
frecuentes lecturas sobre medicina pudieron sugerirme. Pero en vano.
Súbitamente el color se desvaneció; cesaron las pulsaciones; reasumieron los
labios la expresión de la muerte; y un instante después el cuerpo tomó la
helada viscosidad, el color lívido, la rigidez intensa, la depresión de las
líneas y todas las horrendas peculiaridades del que hubiera sido durante varios
días un huésped de la tumba.
Y de nuevo me sumergí en las visiones de Ligeia; y
otra vez (¿qué puede maravillar el que tiemble mientras escribo?), otra
vez llegó a mis oídos un suspiro desde el lecho de ébano. Mas ¿por qué
detallar minuciosamente los horrores indecibles de aquella noche? ¿Por qué
detenerme a relatar cómo, una y otra vez, casi
hasta el amanecer, repitióse este horrendo drama de la vuelta a la vida; cómo
cada terrorífica recidiva era aparentemente seguida por una muerte más
inflexible e irremediable; cómo cada agonía llevaba, al parecer, el sello de
una lucha con algún enemigo invisible; y cómo cada lucha era seguida de un
extraño cambio en la apariencia personal del cadáver! Dejadme llegar a la
conclusión.
La mayor parte de esta horrible noche había
transcurrido en esta forma, y la que había estado muerta revivió una vez más,
ahora con mayor fuerza que nunca, aunque se levantaba de disolución más
pavorosa que todas las anteriores en su desesperanza al parecer irremediable.
Yo había cesado hacía tiempo de moverme y de luchar
y continuaba rígidamente sentado en el diván, presa desamparada de un
torbellino de violentas emociones, de las cuales el extremado pavor era quizá
la menos terrible, la menos devastadora. El cadáver, repito, conmovióse de
nuevo y más vigorosamente que antes. Los matices de la vida brotaron con
insólita energía en el semblante; los miembros se suavizaron; y, salvo que los
párpados continuaban apretadamente unidos y que los vendajes y draperías
funerarias prestaban todavía su sello de ultratumba a la figura, podía soñar
que Rowena había escapado positivamente de las garras de la muerte. Pero si aun
no hubiese admitido tal idea, era imposible dudarlo más largo tiempo al ver
que, levantándose del lecho, vacilante, con débiles pasos, los ojos cerrados, y semejante a una persona en un acceso de
somnambulismo, aquella cosa amortajada avanzó intrépida y palpablemente hasta
el centro de la habitación.
No temblé; no me moví; porque una multitud de
fantasías inenarrables relacionadas con el aire, la estatura, el continente de
la figura, se apoderó en tropel de mi cerebro, paralizandome y convirtiéndome
en piedra. No me moví; pero contemplé la aparición. Había un desorden insensato
en mis pensamientos, un tumulto imposible de aplacar. ¿Podía ser, en verdad,
la viviente Rowena quien se encontraba frente a mí?
¿Podía absolutamente, ser Rowena, la rubia, de ojos azules, Lady
Rowena Trevanion, de Tremaine? ¿Por qué, por qué lo había de
dudar? El vendaje estaba apretadamente colocado cerca de la boca; pero ¿podía
aquella no ser la boca de la viva castellana de Tremaine? ¿Y las mejillas?
Había rosas como en la plenitud de la vida; sí, en rigor, éstas podían ser las
lindas mejillas de la señora de Tremaine vuelta a la vida. ¿Y la barba, con sus
hoyuelos, como en plena salud, ¿podía no ser suya? Pero entonces, ¿habíase
vuelto más alta después de su enfermedad? ¡Qué locura tan imposible de
expresar se apoderaba de mí con estos pensamientos! ¡Un salto, y me arrojé a
sus pies! Estremeciéndose a mi contacto, dejó caer de su cabeza el vendaje
funerario que la envolvía, y se deslizaron en la iluminada atmósfera de la
cámara, pesadas masas de cabello largo y desordenado. ¡Era más negro
que el ala del cuervo a la media noche! Y entonces,
abriéronse suavemente los ojos de la figura que se hallaba
delante de mí. "¡Aquí, entonces, en verdad!" proferí en un gran
clamor. "¿Puedo acaso equivocarme? ¿lo podría jamás? ¡Estos son los redondos,
los negros y extraños ojos de mi perdido amor, de Lady, ¡oh! de Lady
Ligeia!"
LA "Muerte Roja" había devastado largo
tiempo la comarca. Jamás epidemia alguna habíase mostrado tan horrenda ni
fatal. La sangre era su distintivo y su Avatar, el horror bermejo de la sangre.
Producía agudos dolores, vértigos repentinos, y luego, abundante hemorragia de
los poros, y la descomposición final. Las manchas escarlata en el cuerpo, y
especialmente en el rostro de las víctimas, eran el entredicho fatal que las
arrojaba lejos de la asistencia y simpatía de sus semejantes. Y el ataque de la
peste—su proceso y su terminación—era sólo cuestión de media hora.
Pero el príncipe Próspero era afortunado, intrépido
y sagaz. Cuando sus dominios se encontraron despoblados por mitad, convocó a su
presencia a un millar de alegres y vigorosos amigos entre los caballeros y
damas de su corte, y retiróse con ellos a la reclusión más completa en una de
sus almenadas abadías. Era ésta de amplia y magnífica estructura, creación de
la propia augusta y excéntrica fantasía del monarca. Circundábanla fuertes y
elevadas murallas, provistas de puertas de hierro. Una vez que entraron los
cortesanos, se trajeron hornos y pesados martillos y quedaron soldados los
cerrojos. Habíase resuelto no dejar medio de
ingreso ni salida a los repentinos impulsos de frenesí o desesperación de los
que se hallaban dentro. La abadía estaba ampliamente aprovisionada; y con tales
precauciones los cortesanos podían desafiar el temor al contagio. El mundo
exterior podía cuidar de sí mismo. Al mismo tiempo era locura apesadumbrarse o
pensar en ello. El príncipe había previsto todas las formas de placer. Había
bufones, trovadores, bailarines de ballet, músicos, vino y belleza. Todo esto y
la salvación se hallaban dentro. Fuera quedaba la "Muerte Roja."
Hacia la terminación del quinto o sexto mes de
aislamiento, y mientras la peste arrasaba furiosamente afuera, el príncipe
Próspero entretenía a sus amigos con un baile de máscaras de inusitada
magnificencia.
Era una escena voluptuosa, en verdad, esta
mascarada. Pero, ante todo, dejadme describir los salones en que se realizaba.
Eran siete cámaras, todo un departamento imperial. En muchos palacios, sin
embargo, tales piezas forman una serie larga y recta mientras las puertas de
dobleces se abren contra los muros a cada lado, de manera que la vista pueda
abarcarlas en toda su extensión. Pero aquí todo era muy distinto, como podía
esperarse de la afición del duque por lo bizarro. Las habitaciones estaban tan
irregularmente dispuestas que la visual podía abrazar muy poco más de una al
mismo tiempo. Presentábase una curva aguda cada veinte o treinta yardas, y a
cada curva, el aspecto era completamente diferente. A la derecha
y a la izquierda, en el centro de los muros, una estrecha y elevada ventana
gótica, daba a un pasillo cerrado que seguía las revueltas del departamento.
Estas ventanas eran de vidrios de colores en combinación con el tono dominante
de la decoración de la cámara sobre la cual se abrían. La del extremo oeste,
por ejemplo, estaba entapizada de azul; y de azul vívido eran los cristales de
las ventanas. La segunda pieza estaba decorada y entapizada de púrpura, y aquí
los cristales eran color de púrpura. La tercera cámara era verde, e igual color
ostentaban las ventanas. La cuarta estaba amueblada y alumbrada en tono
anaranjado; la quinta de blanco; la sexta de violado. La séptima habitación
estaba severamente revestida de tapicerías de terciopelo negro que cubrían el
techo y caían a lo largo de los muros en pesados pliegues sobre una alfombra de
igual color e idéntico tejido. Pero, en esta cámara solamente, el color de las
ventanas no correspondía al matiz de la decoración. Los cristales eran allí
escarlata, de un tono vivo de sangre. Ahora bien; en ninguna de las siete
habitaciones había lámpara o candelabro alguno entre la profusión de adornos de
oro esparcidos acá y allá o pendientes del techo. No se veía luz de ninguna
clase que emanara de arañas o bujías dentro de las cámaras. Pero en los
corredores que rodeaban la serie, veíase, delante de cada ventana, un pesado
trípode sustentando un brasero de fuego que proyectaba sus rayos a través del
coloreado cristal, iluminando alegremente la habitación y produciendo con sus
reflejos multitud de graciosas y fantásticas
apariciones. Mas hacia el lado del oeste, o sea en la cámara negra, el efecto
del fuego que corría sobre las negras colgaduras, penetrando a través de los
cristales teñidos de color de sangre, era extraordinariamente lúgubre, y daba
tan sombrío aspecto a la figura de los que entraban, que muy pocos de la
compañía eran suficientemente intrépidos para traspasar sus umbrales. En esta
pieza había también un gigantesco reloj de ébano que se erguía apoyado contra
el muro occidental. Su péndulo oscilaba con triste y pausado movimiento; y
cuando las manecillas habían recorrido todo el circuito de la esfera y la hora
iba a sonar, venía desde las profundidades bronceadas del reloj un sonido alto
y claro y extremadamente musical, en verdad, pero de entonación y énfasis tan
peculiares que, a cada lapso de una hora, los músicos de la orquesta se veían
obligados a detenerse instantáneamente en su ejecución para escuchar el sonido;
y los bailarines cesaban en sus evoluciones; todo lo cual provocaba un breve
desconcierto en la alegre compañía; pudiendo observarse que mientras los ecos
del reloj vibraban todavía, los más jóvenes palidecían, y los de mayor edad y
más serenos pasaban su mano por la frente como en medio de algún confuso
ensueño o meditación. Mas apenas cesaba la vibración, ligeras carcajadas
brotaban por todas partes en la asamblea; los músicos mirábanse unos a otros y
sonreían de su propia nerviosidad y locura, comprometiéndose mutuamente en voz
queda a que la próxima campanada del reloj no les
produciría emoción semejante; y luego, pasado el lapso de los sesenta minutos
(que representan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que vuela), repetíase
el sonido del reloj, y repetíase igual desconcierto, el mismo temblor y meditación
de una hora antes.
Pero, a pesar de todo, era aquélla una brillante y
magnífica fiesta. La estética del duque era original. Tenía un gusto refinado
para la combinación de efectos y colores. Desdeñaba la decoración que sólo se
gobierna por la moda. Sus ideas eran atrevidas y desordenadas y sus
concepciones ostentaban bárbaro esplendor. Algunos le habrían calificado de
loco. Sus admiradores, sin embargo, sabían que no era así; pero se hacía
necesario oírle, verle, y palparle para estar seguros de que
se encontraba en su juicio.
El príncipe había dirigido personalmente, en su
mayor parte, la decoración fantástica de las siete cámaras, con motivo de su
gran festival; y había decidido según su propia inspiración el carácter de la
mascarada. A buen seguro que los disfraces eran extravagantes. Mucho brillo y
relumbrón; mucho de agresivo y fantasmagórico; mucho de lo que de entonces acá
se ha observado después en Ernani. Encontrábanse figuras arabescas
con miembros y accesorios extraños. Había fantasías delirantes como las
creaciones de un loco. Había mucho de belleza, mucho de ingenio, mucho de
bizarría, algo de terrorífico y no poco de lo que podía inspirar aversión. Acá
y allá en las siete cámaras discurrían muchos desvaríos, en verdad; desvaríos que serpeaban entrando y saliendo, tomando
el colorido de las habitaciones y haciendo pensar que la música descabellada de
la orquesta era el eco de sus pasos. A poco, dió la hora el reloj de ébano
colocado en el salón de terciopelo. Y entonces todo quedó silencioso y en
suspenso, dejándose oír únicamente la voz del reloj. Los desvaríos quedaron
rígidos y helados en su inmovilidad. Mas pronto se desvanecieron los ecos de
las campanadas, cuya duración había sido apenas de un instante; y una risa
ligera, velada a medias, flotó tras ellos mientras se apagaban. Otra vez
comienza la música, viven los desvaríos, y más risueños que nunca se deslizan
por doquier, apropiándose los tintes de las ventanas coloreadas por los rayos
que reflejan las trípodes. Pero ninguna de las máscaras se aventura hasta el séptimo
salón hacia el occidente; porque la noche avanza; y una luz más bermeja penetra
a través de los rojos cristales; y la negrura de la tétrica drapería causa
pavor; y todo aquel que huella la negra alfombra de la cámara escucha resonar
las campanadas del reloj de ébano con sordo estruendo y énfasis más solemne que
el que perciben los oídos de los que se entregan a la alegría en habitaciones
más lejanas. Pero en los demás salones había densa muchedumbre y batía
febrilmente el corazón de la vida. Y el regocijo remolineaba sin cesar, hasta
que al cabo brotó del reloj el son de media noche. Y entonces se suspendió la
música, como he dicho; detuviéronse las evoluciones de los bailarines y reinó
como antes una medrosa paralización de la alegría.
Esta vez eran doce las campanadas que debía dar el reloj; por esto aconteció
quizá que, con mayor tiempo, brotaran más recuerdos en la imaginación de
algunos pensativos concurrentes a la fiesta. Y quizá por esto aconteció también
que, antes de que el eco de la duodécima campanada hubiérase hundido en el
silencio, muchas personas advirtieran la presencia de un enmascarado que no
había llamado hasta aquel momento la atención de los circunstantes. Y
habiéndose extendido en un cuchicheo el rumor de su aparición, levantóse en
toda la sociedad un expresivo zumbido o murmullo de sorpresa y desaprobación,
primero, de terror; de horror, y de repulsión finalmente.
Podría suponerse que en una reunión de fantasmas
como la que he descrito, ninguna aparición ordinaria tendría el poder de
excitar tal sensación. En verdad, la libertad de esta mascarada nocturna
parecía extraordinaria; pero el personaje en cuestión mostrábase más herodiano
que el propio Herodes; y había traspasado los límites, casi indefinidos, del
decoro del príncipe. Existen ciertas cuerdas que no pueden tocarse sin emoción
siquiera sea en el corazón de los más empedernidos. Aun respecto de aquellos completamente
abandonados, para quienes la vida y la muerte son igualmente burlescas, hay
ciertos temas en los cuales no es permitido bromear. Toda la compañía parecía
profundamente convencida de que en el porte y disfraz del extranjero no existía
ingenio ni oportunidad. La figura era alta y delgada, y estaba envuelta
de arriba abajo en atavíos funerarios. La máscara que ocultaba su semblante
tenía tal semejanza con el aspecto de un cadáver, que el más minucioso
escrutinio habría tenido dificultad en descubrir el fraude. Mas todo esto podía
haberse aceptado, ya que no aprobado, por los locos invitados al sarao; pero el
enmascarado había ido hasta asumir el tipo de la Muerte Roja. Sus vestiduras
estaban manchadas de sangre; y el ancho rostro ostentaba en todas sus facciones
las señales del horrible escarlata.
Cuando las miradas del príncipe Próspero cayeron
sobre este atroz fantasma, que con lento y solemne movimiento, como para
caracterizar mejor su papel, discurría acá y allá entre los concurrentes,
viósele convulso en el primer momento con un fuerte estremecimiento de terror o
de repulsión; pero inmediatamente su faz enrojeció a impulsos de la rabia.
—¿Quién se atreve?—preguntó con voz enronquecida a
los cortesanos que le rodeaban;—¿quién se atreve a insultarnos con esta
grotesca blasfemia? ¡Cogedle y desenmascaradle! ¡Veamos a quién hemos de colgar
mañana desde las almenas al levantarse el sol!—
Encontrábase el príncipe Próspero en la cámara
azul, hacia el este, cuando profería estas palabras. Su voz repercutió sonora y
distintamente en las siete salas, pues el príncipe era hombre osado y vigoroso,
y la música había callado a un movimiento de su mano.
Encontrábase en el salón azul con un grupo de pálidos cortesanos a su alrededor. Mientras
pronunciaba aquellas palabras, hubo al principio un ligero movimiento del grupo
hacia el intruso que se encontraba al alcance en aquel momento; y quien
entonces, con firme y deliberado paso, se aproximó al que hablaba. Pero, debido
al desconocido pavor que la insensata arrogancia del enmascarado había
inspirado a toda la concurrencia, ninguno se atrevió a poner la mano sobre él;
de modo que pudo acercarse sin obstáculos hasta una yarda de distancia de la
persona del príncipe; y, mientras la vasta asamblea, movida como por un solo
impulso, se recogía desde el centro hasta los muros de la habitación, dirigióse
el enmascarado libremente, con el mismo paso solemne y mesurado que le
distinguió desde el primer momento, del salón azul al púrpura; del púrpura al
verde; del verde al anaranjado; de aquí al blanco; y siguió todavía al violado,
sin que se hubiera hecho movimiento alguno para detenerle. Entonces el príncipe
Próspero, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía,
atravesó precipitadamente las seis cámaras sin que nadie le siguiera, a
consecuencia del terror mortal que les había sobrecogido. Llevaba en alto una
daga desenvainada, y habíase acercado impetuosamente hasta tres o cuatro pies
de la figura que huía, cuando al llegar ésta al extremo de la cámara de
terciopelo, volvióse repentinamente e hizo frente a su perseguidor. Oyóse un
agudo grito; el puñal resbaló centelleando sobre la negra alfombra en la cual,
un instante después, caía postrado de muerte el
príncipe Próspero. Entonces algunos de los asistentes a la fiesta, reuniendo el
salvaje valor de la desesperación, precipitáronse a la cámara negra, y cogiendo
al enmascarado, cuya alta figura continuaba erguida e inmóvil en la sombra del
reloj de ébano, sintiéronse poseídos de indecible horror al encontrar que los
ornamentos de la tumba y la máscara de cadáver que sacudían con violenta
rudeza, no estaban sostenidos por forma tangible alguna.
Y entonces se reconoció la presencia de la Muerte
Roja. Había entrado de noche como un ladrón. Y uno a uno se desplomaron en los
salones regados de sangre los disipados cortesanos, muriendo todos en la
postura desesperada de su caída. Y la vida del reloj de ébano terminó con la
del último de la alegre partida. Y el fuego de los trípodes se extinguió. Y la
Obscuridad y la Ruina y la Muerte Roja conservaron dominio ilimitado sobre todo
el reino.
El canto de las sirenas, o el nombre que asumió
Aquiles para ocultarse entre las mujeres, son cuestiones difíciles de
dilucidar, en verdad, pero que no se encuentran fuera de toda conjetura.
—Sir Thomas Browne: Urn-burial.
LAS facultades mentales llamadas analíticas son
poco susceptibles de análisis en sí mismas. Las apreciamos puramente en sus
efectos. Sabemos, entre otras cosas, que cuando se poseen en capacidad
extraordinaria procuran a su poseedor intensos goces. De igual manera que el
hombre vigoroso se precia de su fuerza física deleitándose en ejercicios que
pongan sus músculos en acción, el analizador se gloria en la actividad mental
que desembrolla. Deriva placer aun de la circunstancia más trivial
que ponga en juego sus talentos. Es aficionado a enigmas, acertijos y
jeroglíficos, manifestando en las soluciones un grado tal de sutileza que
parece inexplicable a la ordinaria sagacidad. El resultado, obtenido únicamente
por el espíritu y esencia del método, afecta en verdad cierto aire de
adivinación. La facultad de resolver se fortalece mucho, verosímilmente, con el
estudio de las matemáticas, especialmente en sus ramos superiores, los que con
marcada injusticia y solamente a causa de sus
operaciones retrógradas se han denominado analíticos como calificativo de
excelencia. Sin embargo, el cálculo no es el análisis propiamente dicho. Un
jugador de ajedrez, por ejemplo, ejercita el uno sin hacer uso del otro. De lo
que se desprende que el juego de ajedrez se desconoce en gran manera en sus
efectos mentales. No escribo ahora un tratado sobre la materia, sino unas
cuantas observaciones sin propósito definido, simplemente para que sirvan de
prólogo a una narración original; mas aprovecharé de paso la ocasión de
asegurar que las principales facultades reflexivas de la inteligencia se
ejercen más eficaz y decididamente en el discreto juego de damas que en la
frivolidad laboriosa del ajedrez. En este último, en que las piezas tienen
bizarros y diversos movimientos con valor diferente y variable, lo que es
solamente complejo se confunde con lo profundo, error bastante común en
realidad. La atención se excita poderosamente en este juego. Si se distrae por
un momento, se comete en el acto algún descuido que se traduce en perjuicio o en
derrota. Siendo los movimientos permitidos no sólo múltiples sino envolventes,
la posibilidad de los descuidos se multiplica; y en nueve casos sobre diez
vence aquel que tiene mayor facultad de concentración, a despecho quizá de
mayor sutileza en su adversario. En el juego de damas, por el contrario, en que
el movimiento es único y tiene pequeña variación, las probabilidades de
inadvertencia disminuyen y, conservando la atención casi libre, se obtienen las
ventajas con relación a la mayor penetración. Para
ser menos abstracto: supongamos un juego de damas en que las piezas se hayan
reducido a cuatro reinas y donde verdaderamente no pueda esperarse ninguna
inadvertencia. Es obvio que siendo los jugadores de igual fuerza sólo podrá
obtenerse la victoria por algún movimiento recherché, resultado de
algún esfuerzo intelectual. Privado de los recursos ordinarios, el analizador
se arroja sobre el espíritu de su adversario, se identifica con él, y
frecuentemente descubre así de una ojeada el único recurso, sencillo a veces
hasta el absurdo, por medio del cual puede inducirle en error o precipitarle
por falta de cálculo.
El whist ha sido famoso largo
tiempo por su influencia sobre lo que llamamos facultad calculadora; y muchos
hombres de mentalidad superior se han deleitado en este juego mientras
esquivaban la frivolidad del ajedrez. Sin duda alguna ningún otro juego ejercita
tanto como el whist la facultad del análisis. El mejor jugador de ajedrez en
todo el mundo no puede aspirar a ser sino el mejor jugador de ajedrez; mientras
que la habilidad en el whist significa capacidad para el éxito en todas las
empresas importantes en que el talento compite con el talento. Cuando hablo de
habilidad me refiero a aquella perfección que incluye el conocimiento de todas
las fuentes de donde puede derivarse cualquier legítima ventaja. No sólo son
éstas múltiples sino multiformes, y a menudo residen en repliegues del
pensamiento inaccesibles por completo a la ordinaria comprensión. Observar
atentamente es recordar con claridad; y a este respecto
el reconcentrado jugador de ajedrez puede desempeñarse muy bien en el whist,
pues que las reglas de Hoyle, basadas en el simple mecanismo del juego, son
general y suficientemente comprensibles. De manera que tener retentiva y
proceder "según el libro," son las cualidades estimadas comúnmente
como la suma total de requisitos que distingue a un buen jugador. Pero en
materia que traspasa los límites de las reglas ordinarias es donde se comprueba
la sutileza del analizador. Silenciosamente reúne su capital de observaciones y
deducciones. Quizá hacen lo mismo sus compañeros; y la diferencia en los resultados
obtenidos reside en la calidad de la observación más bien que en la fuerza de
las inducciones. Es indispensable el conocimiento de aquella que se debe
observar. Nuestro jugador no se encierra en sí mismo; ni porque su objetivo sea
el juego desdeña las inducciones que se desprenden de los detalles exteriores.
Examina el aspecto de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada
uno de sus adversarios. Observa el modo de arreglar las cartas en cada juego;
descubriendo a menudo triunfo por triunfo y figura por figura por las miradas
que dirigen los jugadores a cada una de las cartas. Percibe todos los cambios
de fisonomía según el juego adelanta, formándose un capital de ideas con las
diferentes expresiones de sorpresa, de triunfo y de pesar que manifiestan los
jugadores. Por la manera de recoger las cartas en una baza deduce si la persona
que la levanta puede hacer otra en el mismo palo. Reconoce la jugada
fingida por el aire con que se arrojan las cartas sobre la mesa. Una palabra
casual o inadvertida; la caída o voltereta accidental de una carta, con la
ansiedad consiguiente o la negligencia para ocultarla; el recuento de las bazas
con el orden de arreglo; el embarazo, vacilación, angustia o trepidación, todo
ofrece a su percepción aparentemente intuitiva indicaciones sobre el verdadero
estado del asunto. Después de haberse jugado las dos o tres primeras vueltas,
encuéntrase en plena posesión del contenido de las cartas de cada jugador y
desde aquel momento juega las suyas con absoluta precisión, como si el resto de
la partida jugara a cartas vueltas.
La facultad analítica no debe confundirse con la
simple ingeniosidad; porque si bien el analizador es ingenioso necesariamente,
el hombre ingenioso es a menudo incapaz de analizar. La facultad de encadenar y
combinar, por medio de la cual se manifiesta generalmente la ingeniosidad, y a
la que han señalado los frenólogos, erróneamente a mi entender, un órgano
separado juzgándola cualidad primitiva, hase encontrado con tanta frecuencia en
aquellos cuyo cerebro está casi en los confines del idiotismo, que ha atraído
la atención de los psicólogos en general. Entre la ingeniosidad y la habilidad
analítica existe mucho mayor diferencia, en verdad, que entre la fantasía y la
imaginación, aun cuando tienen caracteres de estricta analogía. Se advertirá,
en efecto, que el ingenioso es siempre fantástico, en tanto que el verdadero imaginativo
nunca procede sino por análisis.
La narración que sigue representará para el lector
un ligero comentario de la proposición que acabo de sentar.
Durante mi residencia en París, en la primavera y
parte del verano de 18—, conocí a Monsieur Auguste Dupín. Este caballero era de
excelente, más aún, de ilustre familia; pero, debido a una sucesión de
acontecimientos adversos, había llegado a tal extremo de pobreza que sucumbió
la energía de su carácter y cesó de frecuentar la sociedad y de preocuparse por
restaurar su fortuna. Por cortesía de sus acreedores conservaba todavía en su
poder una pequeña porción de su patrimonio, con cuya renta arreglábase para
procurarse lo indispensable con ayuda de la más estricta economía,
prescindiendo por completo de todas las superfluidades. Los libros eran su
único lujo, y en París se pueden conseguir a poco costo.
Nos encontramos por primera vez en una obscura
librería de la rue Montmartre, donde la circunstancia de buscar ambos el mismo
raro y valioso ejemplar nos hizo entrar en comunión más estrecha. Nos buscamos
luego una y otra vez. Yo estaba profundamente interesado en la pequeña historia
de familia que él me había relatado con aquel candor con que los franceses
acostumbran entregarse, siempre que el tema tenga relación con su persona.
Estaba atónito por la amplitud de sus conocimientos y, sobre todo, sentía mi alma
inflamarse al contacto del ardiente fervor y la vívida frescura de su
imaginación. Habiendo fijado mi residencia en París con cierto objeto
determinado, comprendí que la sociedad de este
hombre representaba para mí tesoros inapreciables, y así se lo dije
francamente. Arreglamos al cabo que viviríamos juntos durante mi permanencia en
aquella ciudad; y como mis condiciones monetarias eran algo más desahogadas que
las suyas, me permitió tomar a mi cargo los gastos de alquilar y amueblar, en
estilo que convenía a la melancolía fantástica de nuestro temperamento, una
deteriorada y extravagante mansión situada en una parte lejana y desolada del
Faubourg Saint-Germáin, la cual se encontraba deshabitaba hacía largo tiempo a
causa de supersticiones que no nos cuidamos de inquirir, y vacilante hasta el
punto de amenazar su ruina total.
Si nuestra manera de vivir en aquel sitio hubiera
sido conocida en la sociedad, nos habrían juzgado locos, siquiera calificaran
de inofensiva nuestra locura. Nuestro aislamiento era completo. No recibíamos
visitantes. A decir verdad, había yo guardado cuidadosamente el secreto de mi
retiro a mis antiguos compañeros; y en cuanto a Dupín, hacía muchos años que
había dejado de conocer a nadie o ser conocido en París. Existíamos solamente
dentro de nosotros mismos.
Una de las extravagancias de la fantasía de mi
amigo (¿pues qué otro nombre podría darle?) era ser un enamorado ferviente de
la Noche; y pronto caí en esta originalidad, como en todas las demás que le
distinguían, entregándome con perfecto abandono a sus fantásticos caprichos. La
negra diosa no podía acompañarnos de continuo; pero nosotros
simulábamos su presencia. A las primeras luces de la mañana bajábamos las
grandes persianas de nuestra vieja morada; encendíamos un par de cirios
fuertemente perfumados que arrojaban solamente rayos muy débiles y fantásticos;
y a su lumbre sumergíamos nuestras almas en el ensueño, leyendo, escribiendo o
conversando hasta que el reloj nos anunciaba el advenimiento de la nueva
Obscuridad. Entonces salíamos a la calle cogidos del brazo, continuando las
conversaciones del día, vagando muy lejos hasta una hora avanzada, y tratando
de encontrar entre las ardientes luces y las sombras de la populosa ciudad
aquel refinamiento de excitación mental que la observación tranquila jamás puede
procurar.
En tales ocasiones no podía dejar de percibir y
admirar (aun cuando era lógico esperarlo de su poderosa imaginación) una
habilidad analítica peculiar en Dupín. Parecía en verdad deleitarse en
ejercitarla, si no precisamente en desplegarla; y no vacilaba en confesar el
placer que aquello le proporcionaba. Jactábase ante mí, con risa baja y
concentrada, de que muchos hombres tenían para él ventanas en el pecho;
haciendo seguir a esta aserción pruebas directas y sorprendentes de su
conocimiento perfecto de mis propias impresiones. Su manera de ser en tales
momentos era rígida y absorta; sus ojos adquirían vaga expresión; en tanto que
su voz, de registro poderoso de tenor, elevábase a un tiple que hubiera vibrado
ásperamente si no fuera por su enunciación clara y perfectamente deliberada.
Observando sus modales en estas ocasiones, varias
veces me puse a meditar en la antigua filosofía de la doble personalidad, y me
divertía imaginar un doble Dupín: el creador y el resolvente.
No supongáis, por lo que acabo de decir, que pienso
descubrir un misterio o escribir algún romance. Lo que he manifestado con
respecto al francés era simplemente el fruto de una imaginación exaltada y
quizá mórbida. Pero un ejemplo dará mejor idea de la índole de sus
observaciones en los momentos a que me refiero.
Vagábamos una noche por una calle larga y sucia en
las cercanías del Palais Royal. Ocupados ambos aparentemente en nuestros
propios pensamientos, hacía quince minutos por lo menos que no pronunciábamos
una palabra. De repente saltó Dupín con esta frase:
—Es un mozo de pequeña estatura, es verdad, y
estaría mejor en el Théâtre des Variétés.
—No hay duda,—repliqué inconscientemente, sin
observar de pronto, tan absorto me encontraba en mis reflexiones, la forma
extraordinaria en que Dupín coincidía con mis meditaciones. Un instante después
me di cuenta de ello con profundo estupor.
—Dupín,—dije con gravedad,—esto sobrepasa mi
comprensión. No vacilo en decir que estoy estupefacto y apenas puedo dar
crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que supierais que estaba pensando
en...?—Y me detuve, para asegurarme por completo de que él sabía a quién me
refería.
——...en Chantilly,—concluyó.—¿Por qué os detenéis?
Estabais diciéndoos a vos mismo que su pequeña figura no es a propósito para la
tragedia.—
Éste había sido precisamente el tema de mis
reflexiones. Chantilly era un antiguo remendón de la rue Saint-Denis que, loco
por la escena, lanzóse a representar el rôle de Jerjes en la
tragedia de Crébillon del mismo nombre, y había sido puesto en la picota del
pasquín por su atentado.
—Decidme, por Dios,—exclamé,—el método, si alguno
puede haber, por medio del cual habéis podido sondear mi alma en esta
circunstancia.—
A la verdad, estaba yo más impresionado de lo que
quería expresar.
—El frutero fué,—replicó mi amigo,—quien os trajo a
la conclusión de que el zapatero remendón no era de altura suficiente para
Jerjes et id genus omne.
—¡El frutero? ¡Me asombráis! No conozco ningún
frutero.
—El hombre que tropezó con vos cuando entrábamos a
esta calle, hará tal vez quince minutos.—
Recordé entonces que, en efecto, un frutero que
llevaba en la cabeza un cesto de manzanas casi me arroja a tierra por
casualidad cuando pasamos de la rue C—— a la gran avenida en que entonces nos
hallábamos; pero no podía imaginar lo que esto tenía que ver con Chantilly.
No había un átomo de charlatanería en Dupín.
—Os lo explicaré,—dijo,—y entonces comprenderéis
todo con claridad. Trazaremos el curso de vuestras meditaciones desde el
momento en que hablé hasta el encuentro con el
frutero en cuestión. Los eslabones de la cadena corren así: Chantilly, Orión,
el doctor Nichols, Epicuro, estereotomía, las piedras de la calle, el frutero.—
Hay pocas personas que no se hayan entretenido
alguna vez en seguir los temas a través de los cuales su mente ha llegado a
originales conclusiones. Esta ocupación resulta a menudo muy interesante; y
aquél que por primera vez la ensaya se sorprende por la distancia,
aparentemente ilimitada e incoherente, entre el punto de partida y la meta.
¡Cuál sería pues mi sorpresa al oír hablar al francés de esta manera y no poder
menos de reconocer que decía la verdad! Él continuó:
—Hablábamos de caballos, si mal no recuerdo, en el
momento de abandonar la rue C——. Éste fué el último tema de discusión. Al
cruzar la calle, un frutero, con un gran cesto de manzanas en la cabeza, pasó
rápidamente rozándonos y echando a rodar un montón de piedras de pavimentación
reunidas en un sitio donde estaban reparando la calzada. Os detuvisteis sobre
uno de los fragmentos, resbalasteis y os heristeis ligeramente el tobillo;
aparecisteis después algo vejado, murmurasteis algunas palabras, volvisteis a
mirar a la pila de piedras y luego quedasteis silencioso. Yo no puse atención
particular en lo que hacíais; pero la observación vino después como una especie
de necesidad.
Permanecisteis con los ojos fijos en tierra,
mirando con expresión petulante los huecos y grietas del pavimento, de manera
que pude deducir que pensabais en piedras hasta que
llegamos a la pequeña callejuela llamada Lamartine, pavimentada por vía de
ensayo con zoquetes sobrepuestos y remachados. Allí vuestro aspecto se animó,
y, al advertir el movimiento de vuestros labios, no pude dudar de que
pronunciabais la palabra "estereotomía," término aplicado con mucha
afectación a esta clase de pavimento. Sabía yo que no podríais pensar en
estereotomía sin recordar la atomía y, de consiguiente, la doctrina de Epicuro;
y entonces, rememorando que no ha mucho discutíamos sobre este tema, y
mencionaba yo la manera tan extraordinaria como poco notada en que van confirmándose
las vagas conjeturas de este noble griego acerca de la reciente cosmogonía de
las nebulosas, comprendí que no podríais evitaros de lanzar una mirada a la
gran nebulosa de Orión, y ciertamente esperaba que así lo haríais. Mirasteis al
cielo; y entonces estuve seguro de que había seguido correctamente vuestros
pensamientos. Pero en la acerba diatriba que apareció en el Musée de ayer
contra Chantilly, hacía el crítico algunas alusiones bochornosas sobre el
cambio de nombre del zapatero remendón al calzarse el coturno, y citaba una
línea latina que hemos comentado juntos a menudo y que dice:
Predidit antiquum litera prima sonum.
Os había dicho alguna vez que se refería a Orión,
que antiguamente se escribía Urión; y por cierta mordacidad relacionada con
esta explicación, estaba seguro de que no la habríais olvidado. Era claro, por consiguiente, que habíais de combinar las
dos ideas de Orión y de Chantilly. Pude observar que las combinabais por la
clase de sonrisa que apareció en vuestros labios. Pensabais en la inmolación
del pobre remendón. Hasta aquel momento habíais conservado vuestra habitual
manera de andar; pero os vi entonces erguiros en toda vuestra altura, y no pude
menos que experimentar la certidumbre de que recordabais la diminuta figura de
Chantilly. En este momento interrumpí vuestras meditaciones para observar que,
en efecto, es un mozo muy pequeño Chantilly y que estaría mejor en el Théâtre
des Variétés.—
Poco tiempo después de esta conversación, leíamos
juntos cierta edición de la Gazette des Tribunaux, cuando atrajo
nuestra atención el artículo siguiente:
CRIMEN EXTRAORDINARIO
Esta madrugada, a las tres más o menos, los
habitantes del Quartier Saint-Roch despertaron de su sueño por una serie de
alaridos terroríficos que partían, al parecer, de una casa de la rue Morgue que
se sabía ocupada únicamente por Madame L'Espanaye y su hija, Mademoiselle
Camille L'Espanaye. Después de algún retardo ocasionado por tentativas
infructuosas para penetrar en la casa por los medios ordinarios, se logró
forzar la puerta de entrada con una palanca de hierro, y ocho o diez de los
vecinos entraron acompañados por dos gendarmes. A este tiempo los gritos habían
cesado; pero mientras la partida se precipitaba por las escaleras del primer
piso, pudieron escucharse dos o más voces ásperas en iracunda disputa, las
cuales parecían provenir de la parte más elevada de la casa. Cuando el grupo
llegó al segundo descanso de la escalera, había cesado el ruido y todo estaba
perfectamente tranquilo. La partida se diseminó
distribuyéndose por las diversas habitaciones. Al llegar a un vasto aposento en
el fondo del cuarto piso, cuya puerta, cerrada por dentro con llave, también
hubo de forzarse, presentóse un espectáculo que sobrecogió de espanto y estupor
a todos los circunstantes.
El departamento aparecía en el más espantoso
desorden, con los muebles destrozados y desparpajados en todas direcciones.
Había un solo lecho, del cual se habían arrancado los colchones y los
cobertores, que yacían arrojados en medio de la habitación. Sobre una silla
veíase una navaja manchada de sangre. En el hogar había dos o tres gruesos
mechones grises de cabello humano, manchados asimismo de sangre, y que parecían
haber sido arrancados de raíz. En el suelo se encontraron cuatro napoleones, un
pendiente de topacio, tres grandes cucharas de plata, tres más pequeñas
de métal d'Alger, y dos saquillos de cuero que contenían cerca de
cuatro mil francos en oro. Los cajones de un bureau, que había en
una de las esquinas, estaban abiertos y aparentemente habían sido saqueados,
aunque quedaban todavía en ellos muchos objetos. Se descubrió una pequeña caja
de hierro bajo los cobertores en medio del aposento. Estaba abierta y tenía la
llave en la cerradura. No encerraba sino unas cuantas cartas y papeles de poca
importancia.
No se encontraba rastro de Mademoiselle L'Espanaye;
mas, observándose gran cantidad de hollín en el hogar, hízose una pesquisa en
la chimenea y ¡horror! encontróse allí el cuerpo de la hija que había sido
lanzada cabeza abajo, haciéndose penetrar a viva fuerza por la estrecha
abertura hasta una distancia considerable. El cadáver estaba caliente todavía.
Examinándolo, se encontraron varias excoriaciones producidas indudablemente por
la violencia con que había sido empujado para desembarazarse de él. Veíanse en
el rostro profundos arañazos y en la garganta obscuras marcas y hondas huellas
de uñas, como si la joven hubiera sido estrangulada.
Después de minuciosa investigación de todos y cada
uno de los departamentos de la casa, sin nuevo resultado, la partida se
encaminó a un pequeño patio embaldosado, a la espalda
del edificio, donde se encontró el cadáver de la anciana señora con la garganta
cortada en forma tan terrible que, al tratar de levantarla, cayó la cabeza
completamente separada del tronco. El cuerpo y la cabeza aparecían
horriblemente mutilados, al punto que el primero apenas si conservaba figura
humana.
Hasta ahora no se descubre, parece, la más ligera
huella para esclarecer este horrible misterio.
El siguiente día trajo el periódico estos detalles
adicionales:
LA TRAGEDIA DE LA RUE MORGUE
Muchas personas han sido interrogadas con relación
a este pavoroso y extraordinario asunto; mas nada se ha traslucido que pueda
arrojar alguna luz sobre el misterio. Damos a continuación un extracto de los
interrogatorios.
Pauline Dubourg, lavandera, declara que conocía hace tres años a
ambas víctimas, habiendo estado todo este tiempo a cargo de su ropa. La anciana
señora y su hija parecían estar en buenos términos, muy afectuosas mutuamente.
Eran paga excelente. Nada podía decir respecto de su manera de vivir o medios
de fortuna. Creía que Madame L. decía la buenaventura para sostenerse. Decíase
que tenía dinero ahorrado. Nunca encontró a otras personas en la casa cuando
venía a tomar la ropa o a entregarla. Estaba segura de que no tenían criada a
domicilio. Parecía no haber muebles en la casa, con excepción de los del cuarto
piso.
Pierre Moreau, tabaquero, declara que acostumbraba vender
pequeñas cantidades de tabaco a Madame L'Espanaye hacía cerca de cuatro años.
Había nacido en la vecindad y vivido siempre en el mismo barrio. La anciana y
su hija ocupaban hacía más de seis años la casa en donde se encontraron los
cadáveres. Antes estuvo ocupada por un joyero que subarrendaba los cuartos
altos a varias personas. La casa era propiedad de Madame L. Habiéndose
disgustado por el abuso de posesión de su arrendatario, vino ella misma a habitar la propiedad sin querer alquilar ningún
departamento. La anciana era algo pueril. Los testigos habían visto a la joven
unas cinco o seis veces durante los seis años. Ambas llevaban una vida muy
retirada, y se decía que tenían dinero. Había oído en la vecindad que Madame L.
decía la buenaventura; pero no lo creía. Nunca había visto a nadie atravesar la
puerta, salvo la anciana y su hija, un mandadero una o dos veces, y un médico
unas ocho o diez veces.
Muchas otras personas y vecinos testificaron de
igual manera. A nadie se indicaba como visitante de la casa. Ignorábase si
existían parientes de Madame L. y de su hija. Las persianas de las ventanas del
frente rara vez se alzaban. Las de la parte posterior siempre estaban cerradas,
con excepción del gran aposento del fondo en el cuarto piso. La casa era un
buen edificio, no muy antiguo.
Isidore Muset, gendarme, declara que fué llamado a la casa a eso
de las tres de la mañana, y encontró a la puerta veinte o treinta personas que
trataban de entrar. La puerta se forzó al fin con una bayoneta, no con palanca
de hierro. Tuvieron poca dificultad para abrirla porque era de dos hojas y no
estaba asegurada por arriba ni por abajo. Los alaridos continuaron hasta que se
abrió la puerta y luego cesaron repentinamente. Parecían gritos de una o varias
personas en extrema angustia; eran fuertes y arrastrados, no rápidos ni cortos.
Los testigos se dirigieron arriba. Al llegar al primer descanso de la escalera,
oyeron dos voces en disputa acalorada e iracunda: la una, áspera y gruesa; la
otra, mucho más chillona, una voz extraña. Pudo distinguir algunas palabras de
la primera que era voz de un francés. Positivamente no era voz de mujer. Pudo
distinguir las palabras "sacré" y "diable."
La voz chillona pertenecía a un extranjero. No podría asegurar si era voz de
hombre o de mujer. No pudo entender lo que decía, pero creía que el idioma era
el español. El testigo describió el estado de la habitación y de los cadáveres
conforme a nuestros informes de ayer.
Henri Duval, uno de los vecinos, y platero de profesión,
declara que fué uno de los que primero penetraron en la casa. Corrobora en
general el testimonio de Muset. Tan pronto como se
forzó la entrada, cerraron de nuevo la puerta para impedir el paso a la
multitud que se aglomeraba a pesar de lo avanzado de la hora. La voz chillona
opina el testigo que era de un italiano. Seguramente no era de francés. No
podría afirmar que fuera voz de hombre. Podía también ser de mujer. No conocía
el italiano. No pudo distinguir las palabras, mas por la entonación estaba
convencido de que quien hablaba era un italiano. Conocía a Madame L. y a su
hija. Había hablado con ambas a menudo. Estaba cierto de que la voz chillona no
pertenecía a ninguna de las víctimas.
Odenhéimer, restaurador. Este testigo declaró
espontáneamente. No sabiendo hablar francés, dió su testimonio por medio de un
intérprete. Es natural de Ámsterdam. Pasaba por la casa en el momento de los
alaridos. Se prolongaron por varios minutos, quizá diez. Eran largos y agudos,
muy angustiosos. Fué uno de los que penetraron en la casa. Corroboró el
anterior testimonio en todas sus partes, menos una. Estaba cierto de que la voz
chillona era de hombre, un francés. No pudo distinguir las palabras pronunciadas.
Eran fuertes y rápidas, desiguales, aparentemente lanzadas entre el temor y la
cólera. La voz era desapacible, no tanto chillona como desapacible. No podría
llamarse voz chillona. La voz gruesa decía a menudo "sacré,"
"diable," y una vez "mon Dieu!"
Jules Mignaud, banquero, de la firma Mignaud et Fils, rue de
Loraine. Es el mayor de los Mignaud. Madame L'Espanaye tenía algunas
propiedades. Había abierto cuenta en su casa de banca en la primavera del
año... (ocho años antes). Hacía frecuentes depósitos de pequeñas sumas. No
había girado hasta tres días antes de su muerte, que retiró personalmente
cuatro mil francos. Esta suma se pagó en oro, y un empleado la trajo hasta la
casa.
Adolphe Le Bon, empleado de Mignaud et Fils, declara que el día
en cuestión, a eso de las doce, acompañó a su residencia a Madame L'Espanaye
llevando los cuatro mil francos en dos talegos. Cuando se abrió la puerta,
apareció Mademoiselle L., y le recibió uno de los saquillos mientras la anciana
tomaba a su cargo el otro. Entonces él se inclinó y
partió. No vió a nadie en la calle en ese momento. Es una calle atravesada, muy
solitaria.
Wílliam Bird, sastre, declara que era uno de la partida que
penetró en la casa. Es inglés. Ha vivido dos años en París. Fué uno de los
primeros que subió la escalera. Oyó las voces que disputaban. La voz gruesa era
de francés. Pudo distinguir varias palabras, pero no las recuerda todas.
Percibió claramente "sacré" y "mon Dieu!"
Hubo en aquel momento un ruido como de lucha entre varias personas, un ruido
como de raspar y empujar. La voz chillona era muy fuerte, más fuerte que la
gruesa. Seguramente no era voz de ningún inglés. Parecía ser de alemán. Quizá
sí era voz de mujer. No entiende el alemán.
Habiéndose llamado por segunda vez a testificar a
cuatro de aquellas personas, declararon que la puerta del aposento donde se
encontró el cuerpo de Mademoiselle L. estaba cerrada por dentro cuando llegó la
partida. Todo estaba perfectamente silencioso; no había lamentos ni ruidos de
ninguna clase. Cuando se forzó la puerta, no se vió a nadie. Las ventanas de
ambos cuartos, el del fondo y el del frente, estaban cerradas y aseguradas
fuertemente por dentro. Una puerta entre las dos habitaciones estaba también
cerrada, pero sin llave. La puerta que conducía del aposento del frente al
pasadizo estaba cerrada, con la llave por el lado de adentro. Una pieza pequeña
en el frente de la casa, en el cuarto piso, al principio del pasadizo, tenía la
puerta entreabierta. Esta habitación estaba llena de lechos viejos, cajas y
trastos por el estilo. Todo se removió y examinó cuidadosamente. No quedó una
pulgada de terreno en la casa que no se escudriñara con la mayor minuciosidad.
Las chimeneas se barrieron de arriba abajo con escobas. El edificio constaba de
cuatro pisos y el desván. Una puerta corrediza en el techo estaba sólidamente
enclavada y no parecía haberse abierto por varios años. El tiempo transcurrido
entre el momento en que se oyeron las voces en disputa y el de la ruptura de la
puerta del cuarto se fijaba diversamente por los testigos. Unos lo estimaban en
tres minutos, mientras otros lo hacían llegar hasta cinco. La puerta se abrió
con dificultad.
Alfonso Carcio, enterrador, declara que reside en la rue Morgue.
Es español. Fué uno de la compañía que penetró en la casa. No subió las
escaleras. Es nervioso y temía las consecuencias de una emoción. Oyó las voces
que disputaban. La voz gruesa era de francés. No pudo distinguir lo que decía.
La voz chillona pertenecía a un inglés, está seguro de ello. No conoce el
inglés, pero juzga por el acento.
Alberto Montani, confitero, declara que se encontró entre los
primeros que subieron la escalera. Oyó las voces en cuestión. La voz gruesa era
de un francés. Comprendió varias palabras. El que hablaba parecía amonestar. No
pudo entender ninguna palabra de la voz chillona. Hablaba de manera rápida y
desigual. Cree que es la voz de un ruso. Corrobora el testimonio general. Es
italiano. Jamás ha conversado con ningún natural de Rusia.
Varios testigos certificaron en su segunda
declaración que las chimeneas de todos los aposentos del cuarto piso eran
demasiado estrechas para admitir el paso de un ser humano. Por
"escobas" querían significar escobillones cilíndricos como los que
usan los deshollinadores. Estos escobillones se habían pasado de arriba abajo
en todos los tubos de chimenea de la casa. No hay pasaje en la parte de atrás
por donde pudiera haber escapado el asesino mientras la gente subía las
escaleras. El cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye estaba tan sólidamente embutido
en la chimenea que apenas lograron bajarle los esfuerzos combinados de cuatro o
cinco personas.
Paul Dumas, médico, declara que fué llamado al amanecer para
examinar los cuerpos. Ambos yacían sobre el cañamazo del lecho en el aposento
donde fué encontrada Mademoiselle L. El cuerpo de la joven tenía muchas
magulladuras y excoriaciones. La circunstancia de haber sido embutido en la
chimenea bastaría para explicar estas manifestaciones. La garganta estaba
horriblemente lacerada. Aparecían huellas profundas de uñas precisamente debajo
de la barba, y una serie de placas lívidas producidas a no dudarlo por la
impresión de los dedos. El rostro estaba terriblemente amoratado y los ojos
salientes de sus órbitas. La lengua veíase mordida en su mayor parte.
Descubrióse una gran contusión en la cavidad del
estómago, debida aparentemente a la presión de una rodilla. Según la opinión de
M. Dumas, Mademoiselle L'Espanaye había sido estrangulada por una o varias
personas desconocidas. El cadáver de la madre aparecía horriblemente mutilado.
Los huesos de la pierna y el brazo derecho estaban cual más cual menos
destrozados. La tibia izquierda hecha astillas, lo mismo que las costillas del
lado izquierdo. Todo el cuerpo estaba espantosamente magullado y amoratado. No
era posible explicarse cómo se habían infligido aquellas lesiones. Quizás
alguna pesada clava de madera o una barra de hierro, una silla, cualquier arma
pesada y obtusa, podría producir tales resultados, manejada por un hombre en
extremo vigoroso. Ninguna mujer podía haber causado estas heridas con ninguna
clase de arma. La cabeza de la víctima estaba enteramente separada del tronco
cuando la vió el testigo, y mostraba asimismo grandes magulladuras. La garganta
había sido cortada evidentemente con algún instrumento muy afilado, una navaja
con toda probabilidad.
Alexandre Étienne, cirujano, fué llamado a la vez que M. Dumas para
examinar los cuerpos. Corrobora el testimonio y la opinión del primero.
Nada nuevo se produjo de importancia, aunque varias
otros personas fueron interrogadas. Jamás se había cometido en París asesinato
tan misterioso, si de asesinato se trata, en verdad, en este caso. La policía
está completamente desorientada, lo cual es muy raro en asuntos de esta
naturaleza. No existe, sin embargo, la menor huella.
La edición de la tarde del mismo periódico decía
que el quartier Saint-Roch continuaba en gran excitación, que la propiedad
había sido cuidadosamente registrada y que se habían llevado a cabo nuevos
interrogatorios, pero sin ningún éxito. Una nota de última hora manifestaba,
sin embargo, que Adolphe Le Bon quedaba detenido aun cuando nada aparecía en
contra suya más allá de los hechos mencionados.
Dupín se mostraba singularmente interesado en el
desenvolvimiento de este proceso, a lo que podía yo traslucir por su actitud,
porque no hacía comentario alguno. Solamente después de la noticia de la
prisión de Le Bon inquirió mi opinión con respecto de los asesinatos.
Sólo pude convenir con todo París en considerarlos
un misterio insoluble. No veía medio por el cual pudiera descubrirse al
asesino.
—No debemos juzgar de los medios por este
interrogatorio superficial,—dijo Dupín.—La policía de París, tan renombrada por
su perspicacia, es astuta, pero nada más. No hay método en sus procedimientos,
salvo el método del primer momento. Hace gala de grandes disposiciones; pero
con mucha frecuencia se adaptan tan mal al objeto, que nos hace recordar a
Monsieur Jordain pidiendo su robe-de-chambre, pour mieux entendre la
musique. Los resultados obtenidos son admirables a menudo, pero se deben en
su mayor parte a simple diligencia y actividad. Cuando estas cualidades no
tienen aplicación, sus planes fracasan seguramente. Vidocq, por ejemplo, tenía
buen golpe de vista y era perseverante. Pero, careciendo de la educación del
raciocinio, erraba continuamente por la misma intensidad de sus
investigaciones. Disminuía su poder visual por colocar el objeto demasiado
cerca de sus ojos. Podía discernir quizá uno o dos puntos con extraordinaria
claridad, pero al dedicarse a ellos especialmente, perdía de vista el tema en conjunto.
Así sucede con las cosas demasiado profundas. Y la verdad no se halla siempre
en el pozo. En efecto, por cuanto de la experiencia
se desprende, creo, por el contrario, que se encuentra invariablemente en la
superficie. La profundidad reside en los valles donde nosotros la suponemos, y
no en la cima de las montañas donde la verdad se encuentra. La forma y el
origen de errores de esta clase se concibe perfectamente comparándola a la
contemplación de los cuerpos celestes. Mirar una estrella con rápida ojeada,
examinarla en sentido lateral volviendo en aquella dirección la porción
exterior de la retina más susceptible que la parte interior a las impresiones
débiles de luz, es contemplar la estrella distintamente, apreciar mejor su
brillo, brillo que se opaca justamente en proporción cuando dirigimos de lleno
las miradas sobre el astro. Mayor número de rayos hiere la vista en este caso;
pero en el primero hay capacidad más refinada de comprensión. Por causa de
profundidad innecesaria debilitamos y ponemos en perplejidad nuestra mente;
siendo posible, a la verdad, que la misma Venus llegue a desvanecerse en el
firmamento como resultado de un escrutinio demasiado sostenido, demasiado
concentrado o demasiado directo.
Tratándose de estos asesinatos, interroguémonos
nosotros mismos antes de formarnos ninguna opinión. Una investigación del
asunto nos servirá de distracción—(yo pensé que esta expresión, aplicada así,
resultaba muy curiosa),—y además Le Bon me hizo un servicio en cierta ocasión
por el cual le estoy agradecido. Iremos a ver la casa con
nuestros propios ojos. Conozco a G——, el prefecto de policía, y no tendremos
dificultad para obtener el permiso—.
Obtenida la autorización, nos encaminamos
inmediatamente a la rue Morgue. Es una de las callejuelas miserables que se
encuentran entre la rue Richelieu y la rue Saint-Roch. Era tarde cuando
llegamos, pues este barrio está situado a gran distancia del que nosotros
habitábamos. Encontramos la casa con facilidad, porque todavía contemplaban
muchas personas con inútil curiosidad las cerradas persianas desde el lado
opuesto de la calle. Era una de aquellas ordinarias casas parisienses, con su
vestíbulo, en uno de cuyos costados veíase la garita de cristales con tablero
corredizo en la ventanilla indicando la loge du concierge. Antes de
entrar seguimos la calle hacia arriba, dimos vuelta a una callejuela, y luego
de regreso pasamos por la espalda del edificio. Dupín examinaba entretanto los
alrededores a la par que la casa con atención minuciosa, a la cual no
encontraba yo el objeto.
Volviendo sobre nuestros pasos, nos encontramos al
frente del edificio; llamamos y, después de mostrar nuestras credenciales,
fuimos admitidos por los agentes de guardia. Subimos al aposento donde se había
encontrado el cuerpo de Mademoiselle L'Espanaye, y donde todavía yacían las
víctimas. Como de costumbre, habíase dejado subsistir el desorden de la
habitación. No vi nada más allá de lo que indicaba la Gazette des
Tribunaux. Dupín lo escudriñaba todo, sin exceptuar los cuerpos de las
víctimas. Pasamos en seguida a las otras piezas y
al patio, acompañados de un gendarme por todas partes. Esta pesquisa nos ocupó
hasta el obscurecer, hora en que nos retiramos. De regreso a nuestro domicilio,
mi compañero se detuvo un momento en las oficinas de uno de los diarios.
He dicho que mi amigo tenía múltiples genialidades,
y que je les ménageais—esta frase no tiene equivalente en inglés.
Por ahora su capricho consistía en declinar todo tema de conversación sobre el
asesino hasta las doce del día siguiente. De súbito me preguntó si había
observado algo peculiar en el sitio de aquellas atrocidades.
Su manera de recalcar la palabra
"peculiar" me hizo estremecer sin saber por qué.
—No; nada peculiar,—respondí;—nada más,
por lo menos, de lo que ambos leímos en el periódico.
—La Gazette,—replicó,—no ha penetrado,
me figuro, todo el horror de la cosa. Mas descartad la vana opinión del
periódico. Me parece que se considera insoluble este misterio por la misma
razón que debía hacer que se le juzgue de fácil solución. Me refiero al carácter outré que
le distingue. La policía está confundida por la aparente ausencia de motivo; no
por el asesinato en sí mismo, sino por la atrocidad de este asesinato. Están
confundidos también por la aparente imposibilidad de conciliar las voces oídas
en la discusión con el hecho de que a nadie encontraron arriba sino el cadáver
de Mademoiselle L'Espanaye, y que no hubiera forma de salida sin que pudiera
notarlo la gente que subía. El desorden salvaje de la habitación: el cadáver
embutido cabeza abajo en la chimenea; la espantosa
mutilación del cuerpo de la anciana; todas estas consideraciones ya
mencionadas, y otras que no necesito mencionar, han sido suficientes para
paralizar la potencia policiaca, para desorientar completamente la famosa penetración de
los agentes del gobierno. Han caído en el grosero y común error de confundir lo
inusitado con lo abstruso. Mas, por esta misma desviación del plano ordinario,
la razón descubre un camino, si le hay, en su persecución de la verdad. En
investigaciones de naturaleza tal como las que ahora perseguimos, no debe uno
preguntarse ¿qué ha pasado? sino ¿qué ha pasado que antes no había sucedido? En
efecto, la facilidad con que llegaré, o he llegado ya, mejor dicho, a la
solución del misterio, está en razón directa de su insolubilidad a los ojos de
la policía.—
Miré de hito en hito a mi amigo, con mudo estupor.
—Estoy aguardando,—continuó, lanzando una ojeada a
la puerta de nuestro departamento,—estoy aguardando a una persona que debe
haber estado complicada en la perpetración de esta carnicería aun cuando no
haya sido precisamente el asesino. Es inocente, según toda probabilidad, de la
parte más grave de los crímenes cometidos. Confío en que mis deducciones sean
exactas; porque allí he fundado la esperanza de conocer el enigma por completo.
Espero a mi hombre aquí, en este cuarto, en cualquier momento. Es posible que
no venga; pero todas las probabilidades están a favor de su venida. Si llega,
será preciso detenerle. He aquí pistolas; ambos
sabremos manejarlas si la ocasión lo demanda.—
Cogí las pistolas sin saber casi lo que hacía, y
sin dar crédito a mis oídos, mientras Dupín proseguía como en un soliloquio. He
hablado de su manera abstraída en tales ocasiones. Su discurso se dirigía a mí;
pero su voz, aun cuando no era alta, tenía la entonación empleada generalmente
cuando se habla con alguna persona a gran distancia. Sus ojos, de expresión
vaga, fijábanse únicamente en el muro.
—Aquello de que las voces que
disputaban,—decía,—oídas por la gente que subía las escaleras, no eran voces de
mujer, está ampliamente comprobado por la evidencia. Esto descarta la duda de
que la vieja señora hubiera asesinado primero a su hija para suicidarse
después. Hablo de esto solamente para proceder con método; porque la fuerza de
Madame L'Espanaye jamás habría podido llevar a cabo la tarea de encajar el
cuerpo de su hija en la chimenea, como fué encontrado; y la naturaleza de las
heridas en su propio cuerpo excluye toda idea de atentado contra sí misma.
Luego, ha sido cometido el asesinato por tercera persona; y la voz de aquella o
aquellas personas, es la que se oía en la discusión. Permitidme ahora hacer
notar, no precisamente las declaraciones respecto de aquellas voces, sino lo
que había de peculiar en aquellas declaraciones. ¿Observasteis
en ello algo de peculiar?—
Insinué que, en tanto que todos los testigos
estaban acordes en calificar la voz gruesa como perteneciente
a un francés, había gran diferencia de opiniones acerca de la voz chillona o
desapacible, como la definió uno de los testigos.
—Esto es la evidencia en sí misma,—dijo Dupín,—pero
no es aún la peculiaridad de la misma evidencia. No habéis observado nada de
particular. Y, sin embargo, había algo digno de ser observado.
Los testigos, como habéis notado, estaban de acuerdo acerca de la voz gruesa:
su testimonio ha sido unánime. Pero con respecto a la voz chillona, la
peculiaridad consiste, no en que estuvieran en desacuerdo, sino en que cuando
trataron de describirla un italiano, un inglés, un español, un holandés y un
francés, cada uno de ellos la juzgó perteneciente a un extranjero. Todos
estaban seguros de que no era la voz de un compatriota. Todos la comparan a la
voz de un individuo que se expresara en idioma desconocido. El francés supone
que es un español y "hasta podría haber distinguido algunas palabras si
supiera español." El holandés asegura que era la voz de un francés;
pero encontramos que, "no sabiendo francés el testigo fué interrogado
por medio de intérprete." El inglés opina que "era voz de
alemán," y no conoce el alemán. El español "está
seguro" de que era un inglés, pero "juzga por el acento"
también, "pues no sabe inglés." El italiano cree que es la voz
de un ruso, pero "jamás ha hablado con ningún ruso." Más aún;
otro francés difiere de opinión con el primero y está seguro de que la voz era
de italiano, pero, "no conociendo este idioma, deduce por el
acento, lo mismo que el español." Ahora bien;
¿qué voz tan singularmente extraña es ésta, que provoca declaraciones tan
contradictorias? ¿En qué acentos se expresaba, para que naturales de las cinco
principales divisiones de Europa no pudieran percibir nada familiar a sus
oídos? Diréis que podía ser la voz de un asiático o de un africano. Ni
africanos ni asiáticos abundan en París; mas, sin negar esta posibilidad,
llamaré solamente vuestra atención a tres puntos. Uno califica la voz de
desapacible más bien que chillona. Otros dos la definen como "rápida y
desigual." Ninguna palabra, ningún sonido semejando palabras ha podido
discernirse ni ha sido mencionado por los testigos.
—Yo no sé,—continuó Dupín,—qué clase de impresión
he logrado llevar a vuestra mente; pero no vacilo en decir que las deducciones
legítimas de esta parte tan sólo del testimonio, con referencia a la voz gruesa
y a la voz chillona, bastan por sí mismas para engendrar la sospecha que debe
encaminar el proceso de la investigación del misterio. Digo "deducciones
legítimas," pero mi idea no queda así del todo definida. Intento expresar
con ello que estas deducciones son las únicas razonables, y
que la sospecha se levanta inevitablemente como simple resultado. No
manifestaré aún esta sospecha. Sólo deseo que comprendáis que en mi mente ha
tenido fuerza suficiente para dar forma definida, cierto giro particular, a mis
investigaciones en el aposento.
Transportémonos ahora con la imaginación a dicho
aposento. ¿Qué debemos buscar ante todo allí? El
medio de salida empleado por los asesinos. No es mucho aventurar si aseguramos
que ninguno de nosotros cree en acontecimientos sobrenaturales. Madame y
Mademoiselle L'Espanaye no habían sido asesinadas por espíritus. Los
malhechores eran de carne y hueso, y escaparon como seres de carne y hueso.
¿Cómo, entonces? Afortunadamente sólo hay un modo de dilucidar el punto, y este
modo tiene que llevarnos a conclusiones definidas. Examinemos,
uno por uno, los medios posibles de salida. Es evidente que los asesinos
estaban en el aposento en que se encontró a Mademoiselle L'Espanaye, o al menos
en el cuarto contiguo, cuando el grupo de gente subía las escaleras. Entonces,
sólo tenemos que buscar las salidas de ambas habitaciones. La policía ha
sondeado los pisos, los techos y la obra de albañilería de los muros en todas
direcciones. No era posible que escapase a su vigilancia ninguna salida oculta.
Pero no confiando en sus ojos, examiné con los míos propios. No existían
salidas secretas. Las dos puertas que daban acceso a los cuartos por el
pasadizo estaban cerradas con llave y tenían la llave por dentro. Volvamos a
las chimeneas. Éstas, aunque de anchura ordinaria en los primeros ocho o diez
pies sobre el hogar, no admitirían hasta la salida ni siquiera el paso de un
gato grande. Siendo absoluta la imposibilidad de salida por los medios
indicados, quedamos reducidos a las ventanas. Por las del cuarto del frente,
nadie podría haber escapado sin ser visto de la multitud estacionada en la
calle. Los asesinos tienen entonces que haber
pasado por las ventanas de la pieza interior. Llegados a esta conclusión de
manera inequívoca, no nos conviene como razonadores descuidar una serie de
imposibilidades aparentes. Debemos probar únicamente que estas aparentes
"imposibilidades" en realidad no son tales.
Hay dos ventanas en la habitación. Una de ellas
está completamente libre de muebles y del todo visible. La parte inferior de la
otra queda oculta por la cabecera de la pesada cuja colocada exactamente en
aquella dirección. La primera ventana se encontró firmemente asegurada por
dentro. Resistió todo el empuje de los que trataron de levantarla. Habíase
abierto con barreno un gran hueco a la izquierda del marco, y un grueso clavo
estaba profundamente incrustado allí casi hasta la cabeza. Examinando la otra
ventana, se encontró incrustado un clavo semejante; y fracasó del mismo modo
una vigorosa tentativa para levantar el bastidor. La policía quedó
completamente satisfecha de que la escapatoria no había tenido lugar por aquel
lado. Y, en consecuencia, se juzgó inútil retirar los clavos y abrir las
ventanas.
Mi pesquisa particular fué más minuciosa por la
razón a que antes he aludido; porque yo sabía que aquél era el punto en que
debía probarse que la imposibilidad aparente no existía en realidad. Comencé a
deducirlo así a posteriori. Los asesinos habían escapado
indudablemente por una de aquellas ventanas. Siendo así, no era posible que
aseguraran por dentro los bastidores en la forma en que se encontraron:
consideración que, en razón de ser tan obvia,
detuvo las pesquisas de la policía en este terreno. Y sin embargo, los
bastidores estaban asegurados. De consiguiente, debían tener la facultad de
cerrarse por sí mismos. No había forma de evadir esta conclusión.
Me dirigí a la ventana libre, extraje el clavo con cierta dificultad, y procuré
levantar el bastidor. Resistió todos mis esfuerzos como yo me lo esperaba.
Debía existir un resorte oculto, estaba seguro ahora; y esta comprobación de
mis deducciones me convenció de que mi raciocinio era correcto, aun cuando
todavía existieran circunstancias misteriosas con relación a los clavos. Una
pesquisa minuciosa hízome descubrir el resorte oculto. Oprimílo, y satisfecho
con mi descubrimiento, me abstuve de levantar el bastidor.
Coloqué nuevamente el clavo en su sitio y me
dediqué a observarlo con atención. Una persona que pasara a través de esta
ventana podía haberla cerrado de nuevo haciendo jugar el resorte; pero no era
posible volver a colocar el clavo en su sitio. El resultado era claro y
estrechaba de nuevo el campo de investigación. Los asesinos debían haber
escapado por la otra ventana. Suponiendo, en tal caso, que el resorte de los
bastidores funcionara de igual modo, como era probable, debía existir alguna
diferencia entre los clavos o, por lo menos, en la manera de colocarlos.
Encaramándome en el cañamazo del lecho, miré atentamente por encima de la
cabecera la segunda ventana. Pasando la mano por detrás, descubrí pronto y
oprimí el resorte que, como lo había juzgado de
antemano, era enteramente igual a su compañero. Busqué entonces el clavo. Era
tan grueso como el otro y encajaba aparentemente de la misma manera, hundido
hasta la cabeza.
Diréis que estaba confundido; pero si lo creéis así
habéis equivocado la naturaleza de mis inducciones. Usando una frase de
cazador, diré que no había "fallado" una sola vez. Ni un momento
había perdido el rastro. No había grietas en ningún eslabón de la cadena. Había
seguido la pista al secreto hasta su resultado final; y este resultado era el
clavo. Tenía en todo sentido, he dicho, la misma apariencia que su compañero de
la otra ventana; pero esta circunstancia era nula en absoluto, por concluyente
que pudiera parecer, al compararse con la certidumbre de que allí, en aquel
punto, desaparecían las huellas. Debe haber algo raro en el clavo, pensé. Lo
palpé; y la cabeza, con cerca de una pulgada de punta quedó entre mis manos. El
resto continuaba en el agujero, donde se había roto. La fractura era antigua,
porque el borde estaba cubierto de orín, y procedía evidentemente de algún
martillazo que introdujo a medias la cabeza en el borde superior de la parte
baja del bastidor. Coloqué de nuevo cuidadosamente esta cabeza en el hueco de
donde la había cogido, y su semejanza con un clavo perfecto era completa; la
rotura quedaba invisible. Oprimiendo el resorte, levanté suavemente el bastidor
algunas pulgadas; la cabeza se alzó con el marco continuando segura en su puesto. Cerré la ventana, y la apariencia del clavo resultaba
otra vez perfecta.
Así, el enigma estaba resuelto. El asesino había
escapado por la ventana que daba sobre el lecho. Cayendo espontáneamente en su
sitio, o cerrada quizás a propósito, quedó asegurada por el resorte; y la
firmeza del resorte produjo el error de la policía que juzgó provenía del clavo
la resistencia, considerando innecesario pesquisas ulteriores.
El problema siguiente era la forma de descenso.
Sobre este punto me encontraba ya satisfecho desde nuestro paseo alrededor del
edificio. A cinco pies y medio más o menos de la ventana en cuestión se eleva
un pararrayos. Desde este poste habría sido difícil para cualquiera alcanzar la
ventana, no digo entrar. Observé, sin embargo, que las persianas del cuarto
piso eran de aquella clase particular que los carpinteros parisienses
llaman ferrades, forma muy poco usada en la actualidad, pero que se
ve con frecuencia en las casas antiguas de Lión y de Burdeos. Son semejantes a
una puerta ordinaria de una sola hoja, excepto en su mitad superior hecha en
forma de celosía, o labrada a manera de enrejado; ofreciendo así excelente
apoyo para los manos. En esta casa las persianas tienen muy bien tres pies y
medio de anchura. Cuando las divisé desde la parte trasera del edificio,
estaban ambas abiertas hasta la mitad, es decir, formando ángulo recto con el
muro. Es probable que la policía haya examinado como yo la espalda de la casa;
pero de ser así, no advirtió la gran anchura de las
persianas, o no le prestó por lo menos la debida consideración. En efecto,
persuadidos de que no había salida de este lado, naturalmente descuidaron
examen más minucioso. Era claro para mí, sin embargo, que la persiana
correspondiente a la ventana situada a la cabecera del lecho llegaría a cerca
de dos pies de distancia del pararrayos, si se dejaba caer por completo sobre
el muro. Era también evidente que poniendo en juego un grado extraordinario de
vigor y de audacia, podía efectuarse la entrada por la ventana escalando el
pararrayos. Una vez llegado a la distancia de dos pies y medio (suponiendo que
la persiana estuviera abierta en toda su extensión), podía encontrar el ladrón
sólido apoyo en el enrejado. Demos pues por sentado que escaló el poste
afirmando los pies contra el muro, y que lanzándose de allí intrépidamente hizo
oscilar la persiana en forma de cerrarla; y suponiendo que la ventana estuviese
abierta, pudo deslizarse él mismo dentro de la habitación.
Deseo que tengáis especialmente presente que me
refiero a un grado extraordinario de vigor como requisito esencial para el
éxito de hazaña tan difícil y arriesgada. Mi designio es demostrar, primero,
que la cosa era realizable; pero segunda y principalmente, necesito
impresionar vuestra mente con el carácter extraordinario, casi
sobrenatural, de la agilidad que era capaz de llevarla a cabo.
Diréis indudablemente, usando lenguaje legista, que
para hacer comprensible el caso, debería más bien disminuir que acrecer la
apreciación de la fuerza necesaria para ejecutarlo.
Éste puede ser el método legista, pero no es el del raciocinio. Mi objeto final
es descubrir la verdad. Mi propósito inmediato, conduciros a poner de acuerdo
aquel vigor extraordinario a que acabo de referirme, con la
voz chillona, desapacible y desigual sobre cuya nacionalidad no han podido
convenir siquiera dos personas, y en cuya enunciación no ha podido discernirse
silabeo alguno.—
A estas palabras cierta vaga e informe concepción
de la idea de Dupín revoloteó en mi mente. Parecíame encontrarme al borde de la
comprensión, como sucede a veces que nos sentimos al mismo borde del recuerdo
sin llegar al fin a dar forma a las reminiscencias. Mi amigo continuó:
—Observaréis,—dijo,—que he tratado el asunto desde
la manera de salida hasta la de acceso. Mi intención era sugerir que ambos se
habían efectuado de igual forma y por el mismo punto. Volvamos ahora al
interior del aposento. Observemos aquí el aspecto de la decoración. Los cajones
del tocador, dicen, habían sido saqueados, aunque muchos artículos de adorno
quedaban todavía allí. Esta conclusión es absurda. Es simplemente una
proposición bastante necia y nada más. ¿Cómo podían saber que los objetos
encontrados en los cajones no eran todos los que allí se hallaban de ordinario?
Madame L'Espanaye y su hija llevaban una vida muy retirada, no recibían
visitas, salían rara vez, tenían en suma poca oportunidad para muchos cambios
de atavío. Los objetos que se encontraron eran, por lo menos, de tan buena calidad como los demás que usaban aquellas señoras.
Si el ladrón hubiera cogido alguno, ¿por qué no había de tomarlos todos? En una
palabra, ¿por qué abandonar cuatro mil francos en oro para embarazarse con un
paquete de trapos? El oro se había abandonado. Casi toda la suma indicada por
Monsieur Mignaud, el banquero, fué encontrada en talegos en el suelo. Quiero,
por consiguiente, que descartéis la disparatada idea de motivo engendrada
en el cerebro de la policía por aquella parte del testimonio que habla de
dinero entregado a las puertas de la casa. Coincidencias diez veces más
notables que la entrega del dinero y el asesinato cometido dentro del tercer
día, suceden en todos los momentos de nuestra vida, sin llamar la atención
siquiera sea superficialmente. Las coincidencias representan en general grandes
tropiezos en la vía de aquellos pensadores que no están acostumbrados a sondear
la teoría de las probabilidades, teoría a que se deben los resultados más
gloriosos de la investigación humana para mayor gloria de la ilustración. En el
caso actual, si el oro hubiese desaparecido, el hecho de haberse entregado tres
días antes habría sido algo más que coincidencia. Habría corroborado la idea
del motivo. Mas, bajo las verdaderas circunstancias, si creemos que el oro fué
la causa del crimen, tendríamos que juzgar al criminal tan idiota e incapaz
como para abandonar a la vez su oro y su motivo.
Conservando ahora cuidadosamente en mira los puntos
hacia los cuales he dirigido vuestra atención:
aquella voz peculiar, aquella extraordinaria agilidad y la chocante ausencia de
motivo en un crimen tan singularmente atroz, demos una ojeada al asesinato en
sí mismo. Tenemos aquí una mujer estrangulada por la fuerza de las manos y
encajada cabeza abajo en una chimenea. Los asesinos no emplean ordinariamente
tales medios. Y menos aún, disponen de los cadáveres en semejante forma.
Convendréis conmigo en que había algo excesivamente outré, algo
irreconciliable completamente con las nociones comunes del impulso humano en la
manera de arrojar este cuerpo por la chimenea, aun cuando queramos suponer al
autor el más depravado de los hombres. Pensad asimismo ¡cuán enorme debe haber
sido la fuerza capaz de empujar hacia arriba el cadáver en
cavidad tan estrecha que apenas fué suficiente el esfuerzo reunido de varios
hombres para arrastrarlo hacia abajo!
Volvamos luego a las otras manifestaciones de este
vigor maravilloso. Había en el hogar madejas, gruesas madejas, de grises
cabellos humanos arrancados de raíz. Conocéis la fuerza enorme que requiere
arrancar juntas siquiera veinte o treinta hebras de pelo. Visteis, lo mismo que
yo, las madejas a que se alude. Las raíces (¡repugnante espectáculo!) estaban
adheridas a fragmentos de piel del cráneo, muestra irrefutable de la fuerza
prodigiosa que se había desplegado para arrancar quizá medio millón de hebras a
la vez. El cuello de la anciana no solamente se había cortado, sino que la
cabeza estaba separada por completo del tronco: el
instrumento había sido una sencilla navaja. Observad también la ferocidad brutal de
estas circunstancias. No digo nada de las magulladuras del cuerpo de Madame
L'Espanaye. Monsieur Dumas y su digno coadjutor Monsieur Étienne, han declarado
que fueron producidas por algún instrumento obtuso; y estos caballeros tienen
muchísima razón. El instrumento obtuso fué evidentemente el enlosado pavimento
del patio donde fué arrojada la víctima desde la ventana que daba sobre el
lecho. Esta idea, por sencilla que parezca, escapó a la policía por la misma
razón que no advirtió la anchura de las persianas; pues que la circunstancia de
los clavos obstruyó herméticamente su percepción acerca de la posibilidad de
que las ventanas hubieran sido abiertas en cualquier forma.
Si, además de todo esto, reflexionamos debidamente
en el desorden peculiar de aquella habitación, llegaremos a combinar las
diversas ideas de una agilidad asombrosa, una fuerza sobrehumana, una ferocidad
brutal, una carnicería sin objeto, un horror que toca en lo grotesco,
absolutamente extraño a toda humanidad, y una voz de entonación extranjera a
los oídos de hombres de muchas naciones y desprovista de toda pronunciación
distinta e inteligible. ¿Qué resultado se desprende? ¿Qué impresión hace todo
esto en vuestra mente?—
Sentí un escalofrío en los huesos cuando Dupín me
dirigió esta pregunta.
—¡Un loco, ha sido un loco el autor de estos asesinatos!—exclamé;—algún maníaco escapado de
cualquier maison de santé de las cercanías.
—En cierto modo,—replicó,—vuestra idea no está
desprovista de razón. Pero la voz de los locos, aun en sus más furiosos
paroxismos, jamás ha concordado con la descripción de la voz peculiar oída
arriba. Los locos tienen alguna nacionalidad, y su lenguaje, aunque incoherente
en su fraseología, tiene siempre la coherencia del silabeo. Además, el pelo de
los locos no es semejante al que tengo entre las manos. Desenredé este pequeño
mechón de entre los dedos rígidos y crispados de Madame L'Espanaye. Decidme lo
que pensáis acerca de esto.
—¡Dupín!—exclamé, completamente enervado;—¡este
pelo es de lo más raro; esto no es cabello humano!
—Ni yo he dicho que lo fuera,—repuso él;—pero antes
de decidir este punto querría que miraseis el pequeño croquis que he delineado
en este papel. Es un facsímile de lo que se ha descrito en cierta parte del
testimonio como "obscuras marcas y profundas huellas de uñas" en la
garganta de Mademoiselle L'Espanaye; y en otra declaración, la de Messieurs
Dumas y Étienne, como "una serie de manchas amoratadas producidas
evidentemente por la impresión de los dedos."
—Observaréis—continuó mi amigo, extendiendo el
papel ante mis ojos sobre la mesa,—que este dibujo da la idea de un apretón
firme y fijo. No hay el menor deslizamiento aparente. Cada
dedo ha conservado, probablemente hasta la muerte de la
víctima, la espantosa posición en que se había incrustado. Procurad ahora
colocar vuestros dedos al mismo tiempo en las respectivas impresiones que
aparecen.—
Procuré en vano hacer lo que me indicaba.
—Quizá no ensayamos convenientemente este
punto,—insistió mi amigo.—El papel está extendido en una superficie plana y la
garganta humana es cilíndrica. He aquí un trozo de madera cuya circunferencia
es más o menos igual a la del cuello. Envolved allí el dibujo y ensayad de
nuevo.—
Hice como me decía; pero la dificultad era todavía
mayor que antes.
—¡Esto,—exclamé,—no es la huella de una mano
humana!
—Leed ahora este pasaje de Cuvier,—replicó Dupín.
Contenía una relación minuciosa y la descripción
anatómica general del gran orangután leonado de las islas de las Indias
Orientales. La gigantesca estatura, la fuerza y agilidad prodigiosas, la
ferocidad salvaje y las propensiones imitativas de este mamífero son bastante
conocidas por todos. Comprendí inmediatamente todos los horrores del asesinato.
—La descripción de los dedos,—dije al terminar la
lectura,—corresponde exactamente a este dibujo. Es evidente que sólo un
orangután, y de la especie indicada, podría haber impreso las huellas que
habéis delineado. El mechón de pelo rojizo es idéntico también al color del
animal descrito por Cuvier. Mas no llego a penetrar los detalles de este horrible misterio. Además, se oyeron dos voces
en la disputa, y una de ellas era incontestablemente la de un francés.
—Es verdad; y recordaréis una expresión que los
testigos atribuyen casi unánimemente a esta voz; la exclamación "mon
Dieu!" Esta expresión, de acuerdo con las circunstancias, ha sido
justamente definida por uno de los testigos, Montani el confitero, como
reproche o amonestación amistosa. Sobre estas dos palabras he fundado, de
consiguiente, mis mayores esperanzas para la solución completa del enigma. Un
francés conocía el crimen. Es posible, y a la verdad más que probable, que
fuera inocente de toda participación en la sangrienta hazaña que se realizaba.
El orangután puede habérsele escapado. Puede haberle perseguido hasta el
aposento; pero bajo las terribles circunstancias que sobrevinieron, le fué
probablemente imposible capturarlo. Está todavía perdido. No proseguiré
haciendo conjeturas; no tengo derecho de darles otro nombre, puesto que los
ligeros matices de reflexión en que están basadas arrojan apenas luz suficiente
para mi propia comprensión, y no puedo pretender, de consiguiente, hacerlos
perceptibles a ninguna otra persona. Llamémoslas conjeturas y hablemos de ellas
como tales. Si el francés aludido es, como creo, inocente de esta atrocidad, el
anuncio que dejé anoche, al regresar a casa, en las oficinas de Le
Monde, periódico dedicado a los intereses marítimos y muy buscado por los
marineros, le traerá verosímilmente a nuestra morada.—
Alargóme un papel en donde leí lo siguiente:
CAPTURADO
En el Bois de Boulogne, en las primeras horas de la
mañana del —— presente (la mañana del crimen), un gran orangután leonado de la
especie de la isla de Borneo. El propietario, que se asegura ser un marinero
perteneciente a un buque maltés, puede recoger el animal, siempre que lo
identifique satisfactoriamente y pague algo por su captura y manutención.
Acudid al Número ——, Rue ——, Faubourg Saint-Germain,—— piso tercero.
—¿Cómo es posible,—pregunté,—que sepáis que el
hombre es un marinero y que pertenece a un buque maltés?
—No lo sé,—repuso Dupín.—No estoy
seguro de ello. Sin embargo, he aquí un pequeño fragmento de cinta que, a
juzgar por su forma y su aspecto grasoso, se ha usado evidentemente para atar
el cabello en esas largas queues a que son tan aficionados los
marineros. Mas aún; este nudo pueden hacerlo muy pocos marineros, siendo
peculiar de los malteses. Recogí la cinta al pie del pararrayos. No puede haber
pertenecido a ninguna de las víctimas. Después de todo, aun cuando estuviere
equivocado en las inducciones provocadas por esta cinta, respecto de que el
francés sea un marinero de algún buque maltés, no hay ningún mal en decirlo en
el anuncio. Si estoy equivocado, él supondrá sencillamente que voy errado por
cualquiera circunstancia que no se tomará el trabajo de inquirir. Pero de
acertar, habré conseguido un gran triunfo. En
efecto, sabedor del crimen aunque inocente, naturalmente vacilaría el francés
en acudir al anuncio y reclamar el orangután. Pero razonará así: "Soy
inocente; soy pobre; mi orangután es muy valioso; para cualquiera en mis
circunstancias representa una fortuna; ¿por qué había de perderlo por vanas
aprensiones de peligro? Está allí, a mi alcance. Ha sido encontrado en el Bois
de Boulogne, a gran distancia del lugar de los asesinatos. ¿Cómo puede
sospecharse que un estúpido animal haya cometido el crimen? La policía ha
fracasado; no ha podido encontrar la más ligera huella. Aun cuando siguieran la
pista al animal, sería imposible que probaran mi conocimiento del suceso o que
me implicaran en la culpabilidad por haberlo sabido. De otro lado, me
conocen. El anunciador me designa como dueño del animal. No sé hasta qué
punto puedan llegar sus datos acerca de mi persona. Si rehuyo reclamar una
propiedad de tanto valor y de la cual se me conoce como dueño, haré sospechoso
por lo menos al orangután. No es buena diplomacia atraer la atención sobre mí
ni sobre el animal. Acudiré al anuncio, recogeré mi orangután y lo tendré
encerrado hasta que haya pasado todo el alboroto."—
En este momento oímos pasos en la escalera.
—Tened al alcance vuestras pistolas,—dijo
Dupín;—pero no hagáis uso de ellas ni las mostréis, sino cuando os dé la
señal.—
Se había dejado abierta la puerta de la casa, y el
visitante entró sin llamar, avanzando algunos peldaños
en la escalera. Ahora, sin embargo, parecía vacilar. Luego, le oímos descender.
Dupín se dirigía rápidamente hacia la puerta cuando advertimos que regresaba de
nuevo. No retrocedió ya, sino que avanzó por el contrario con decisión y golpeó
la puerta de nuestro aposento.
—Adelante,—dijo Dupín, en tono placentero y jovial.
Un individuo entró. Era un marinero, evidentemente:
alto, grueso y musculoso, y con cierto aspecto de intrepidez no del todo
desprovisto de atractivo. Su rostro, muy tostado por el sol, estaba medio
oculto por las patillas y el mustachio. Llevaba un gran garrote de
roble, mas no parecía tener armas de otra clase. Inclinóse desmañadamente,
lanzándonos un "buenas tardes," con acento francés que, aunque sonaba
un poco a Neufchatel, revelaba bastante su origen parisién.
—Sentaos, amigo mío,—dijo Dupín.—Supongo que venís
por el orangután. Mi palabra, casi os envidio su posesión; un animal muy
hermoso e indudablemente de gran valor. ¿Qué edad le suponéis?—
El marinero respiró largamente, como hombre que se
ve libre de peso intolerable, y replicó en tono firme:
—No sabría decirlo con exactitud; pero no puede
tener más de cuatro o cinco años. ¿Lo guardáis aquí?
—Oh, no; no tenemos aquí comodidad para
conservarlo. Está en un establo de la rue Dubourg, muy cerca de este barrio. Se
os entregará mañana. ¿Estáis dispuesto, por
supuesto, a identificar la propiedad?
—Seguramente que sí, señor.
—Sentiré separarme del animal,—dijo Dupín.
—No imagino que os hayáis tomado esta molestia en
balde, señor. No podría esperarlo. Estoy dispuesto a recompensar el hallazgo
del animal, es decir, una cosa razonable.
—Bien,—replicó mi amigo,—eso está muy bien,
seguramente. ¡Dejadme pensar! ¿qué pediré? ¡Oh! Voy a decíroslo. Mi recompensa
será ésta. Vais a darme todos los detalles que sepáis acerca de esos asesinatos
de la rue Morgue.—
Dupín pronunció las últimas palabras en voz muy
baja y con gran tranquilidad. Con igual mesura se adelantó también hacia la
puerta, la cerró, y puso la llave en su faltriquera. Sacó luego una pistola de
su pecho y la colocó sobre la mesa sin la menor precipitación.
El semblante del marinero se encendió como si le
acometiera un acceso de asfixia. Levantóse y aseguró el garrote; pero un
instante después se dejó caer sobre la silla, temblando violentamente y con
aspecto mortal. No pronunció una sola palabra. Yo le compadecía desde el fondo
de mi corazón.
—Amigo mío,—dijo Dupín en tono afectuoso,—os
alarmáis sin motivo, realmente. No intentamos haceros daño alguno. Yo sé
perfectamente que sois inocente de las atrocidades de la rue Morgue. No negaré,
sin embargo, que en cierto modo os encontráis complicado en ellas. Por lo que os he dicho comprenderéis que he tenido datos
sobre este asunto, datos que jamás podríais imaginar. Ahora la cosa se presenta
de esta manera. Nada habéis hecho que pudierais haber evitado; nada ciertamente
que os haga culpable. Ni siquiera sois culpable de robo, cuando podríais haber
robado impunemente. Nada tenéis que ocultar, ni tenéis razón alguna para
hacerlo. De otro lado, todos los principios de honor os obligan a confesar lo
que sabéis. Un hombre inocente se encuentra ahora en prisión acusado de un
crimen del cual vos podéis señalar el perpetrador.—
El marinero había recobrado en gran parte su
presencia de ánimo mientras Dupín pronunciaba estas palabras; mas todo el
aplomo había desaparecido de su continente.
—¡Así Dios me ayude!—exclamó tras breve pausa.—Os
diré todo lo que sé de este asunto, mas no puedo esperar que creáis siquiera la
mitad; loco sería, en verdad, si tal pensara. Sin embargo, soy inocente, y mi
último suspiro será muy limpio si muero por esta causa.—
Lo que dijo en substancia fué lo siguiente. Había
realizado últimamente un viaje al archipiélago indio. Un grupo, del cual
formaba parte, desembarcó en Borneo y siguió al interior en excursión de
placer. Él y un camarada cogieron al orangután. Muerto su compañero, pasó el
animal a su exclusiva propiedad. Después de muchas dificultades en su viaje de
regreso, ocasionadas por la intratable ferocidad de su cautivo, logró al fin
instalarlo con seguridad en su propio domicilio en París,
donde tratando de evitar la desagradable curiosidad de los vecinos, lo tuvo
cuidadosamente encerrado hasta que se recobrara de una herida en el pie causada
por una astilla a bordo del buque. Su designio posterior era venderlo.
Volviendo a su casa después de una fiesta de
marineros, en la noche, o más bien en la mañana del crimen, encontró al animal
instalado en su propio dormitorio, en donde se había introducido forzando la
puerta de un pequeño gabinete contiguo en el cual pensaba su amo tenerle
seguramente confinado. Navaja abierta en mano, se hallaba sentado frente al
espejo ensayando la operación de afeitarse en que probablemente sorprendió
alguna vez a su dueño, mirando por el agujero de la llave. Aterrorizado al ver
arma tan peligrosa en poder de animal tan feroz y tan apto para manejarla, el
hombre quedó sin saber que hacer durante los primeros momentos. Acostumbraba,
sin embargo, dominar al orangután con ayuda de un látigo, y a este medio
recurrió en aquella circunstancia. Apenas el animal le divisó lanzóse a la
puerta del aposento, luego a las escaleras, y por una ventana, desgraciadamente
abierta, se arrojó a la calle.
El francés le siguió lleno de desesperación. El
orangután, todavía con la navaja abierta en la mano, deteníase de vez en cuando
para mirar hacia atrás y gesticular a su perseguidor hasta que éste llegaba
casi a alcanzarle. Entonces echaba a correr de nuevo. De esta manera continuó
la caza por largo tiempo. Las calles estaban desiertas
y en silencio profundo, pues eran cerca de las tres de la mañana. Atravesando
una callejuela a espaldas de la rue Morgue, llamó la atención del fugitivo una
luz que brillaba en la ventana abierta del aposento de Madame L'Espanaye, en el
cuarto piso del edificio. Abalanzándose hacia la casa, advirtió el pararrayos,
lo escaló con agilidad inconcebible, se asió de la persiana que caía
completamente sobre el muro, y por este medio lanzóse directamente a la
cabecera de la cuja. Todo esto no había ocupado el espacio de un minuto. El
orangután empujó otra vez la persiana dejándola abierta cuando se introdujo en
la habitación.
El marinero quedó a la vez regocijado y perplejo.
Tenía ahora la esperanza de capturar a la fiera, que difícilmente podría
escapar de la trampa en que se había metido a no ser por el poste que
encontraría interceptado a la salida. De otro lado, había muchos motivos de
ansiedad al pensar en lo que podría hacer dentro de la casa. Esta última
reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. Un pararrayos no es difícil de
escalar, especialmente para un marinero; pero cuando llegó a la altura de la
ventana, que quedaba bastante lejos hacia la izquierda, vióse obligado a
detenerse; lo más que pudo hacer fué alzarse un poco para echar una ojeada al
interior de la habitación. Al mirar, casi perdió su punto de apoyo a impulsos
de su excesivo horror. Entonces fueron aquellos horribles alaridos que
despertaron a todos los habitantes de la rue Morgue. Madame L'Espanaye y su hija, en traje de dormir, estaban aparentemente
arreglando algunos papeles en la caja de hierro de que antes se ha hecho
mención, y que habían rodado hasta el medio del aposento. Estaba abierta, y su
contenido yacía a un lado en el suelo. Las víctimas estaban sentadas de
espaldas a la ventana; y por el tiempo transcurrido entre el acceso de la fiera
y los alaridos, se comprende que no notaron su presencia en el primer momento.
El golpe de la persiana pudo atribuirse al viento, naturalmente.
Cuando el marinero alcanzó a mirar adentro, el
gigantesco animal había cogido a Madame L'Espanaye por el cabello, que llevaba
suelto como si hubiera estado peinándose, y blandía la navaja ante su rostro
imitando los ademanes de un barbero. La hija yacía privada de movimiento: se
había desmayado. Los gritos y la lucha de la anciana, durante la cual le fueron
arrancados los cabellos, convirtieron en ira los hasta entonces pacíficos
propósitos del orangután. Con deliberado empuje de su brazo musculoso separó casi
completamente la cabeza del tronco. La vista de la sangre enardeció su ira
convirtiéndola en frenesí. Rechinando los dientes y echando fuego por los ojos,
lanzóse sobre el cuerpo de la joven e incrustó sus temibles garras en la
garganta de Mademoiselle L'Espanaye reteniendo su aliento hasta que expiró. Sus
miradas furtivas y salvajes fijáronse entonces en la cabecera del lecho sobre
la cual pudo distinguir el rostro de su amo, rígido por el horror. La furia de
la fiera, que no dudaba que su amo llevaba aún el
temible látigo, se convirtió instantáneamente en pavor. Consciente de merecer
castigo, parecía deseosa de ocultar sus sangrientas hazañas y se removía en
torno del aposento en agonía nerviosa de agitación, echando abajo los muebles y
destrozándolos en su ir y venir, y arrancando y tirando al suelo los cobertores
y colchones del lecho. Por último, se apoderó primero del cuerpo de la hija y
lo embutió en la chimenea en la forma en que fué encontrado; y luego, del de la
vieja señora arrojándolo inmediatamente por la ventana.
Al aproximarse el orangután con su mutilada carga,
el marinero se lanzó despavorido al pararrayos, y precipitándose más que
deslizándose hasta el suelo se apresuró a regresar a su domicilio, temiendo las
consecuencias de aquella carnicería, y prescindiendo con satisfacción, en medio
de su terror, de toda preocupación por la suerte del animal. Las palabras oídas
por el grupo que subía las escaleras eran las exclamaciones de horror y espanto
del francés, mezcladas a los alaridos demoníacos de la fiera.
Queda muy poco que añadir. El orangután escapó
probablemente por el pararrayos momentos antes del forzamiento de la puerta.
Debe haber cerrado la ventana al salir. Fué capturado después por su mismo
dueño, que obtuvo por él una fuerte suma en el Jardin des Plantes. Le Bon fué
puesto en libertad inmediatamente que se relataron estos acontecimientos en el
despacho del prefecto de policía, acompañados de algunos comentarios de Dupín.
El funcionario de policía, a pesar de sus buenas
disposiciones hacia mi amigo, no pudo ocultar su desagrado por el giro que
había tomado este asunto; y aun se dejó arrastrar a una o dos frasecillas
sarcásticas respecto de la conveniencia de que cada cual se preocupe de aquello
que le importe.
—Dejadle hablar,—dijo Dupín, que no juzgó necesario
replicar.—Dejadle hacer frases: esto aligerará su conciencia. Estoy satisfecho
de haberle derrotado en su propio terreno. A pesar de todo, su fracaso en la
solución de este misterio no es tan sorprendente como él se imagina; porque en
verdad nuestro amigo el prefecto es más astuto que profundo. No hay cuerpo en
su sabiduría. Es como si fuera todo cabeza y nada de miembros, como los
retratos de la diosa Laverna; o a lo más, todo cabeza y busto como el bacalao.
Pero es una buena persona, después de todo. Le admiro especialmente por sus
golpes maestros de inversión, a lo que debe su reputación de habilidad. Me
refiero al método que practica "de nier ce qui est, et d'expliquer ce
qui n'est pas."
NO espero ni solicito fe para la narración tan
sencilla como extravagante que está a punto de brotar de mi pluma. Locura sería
en verdad el esperarlo, pues que mis propios sentidos rechazan su evidencia.
Sin embargo, no estoy loco, ni estoy soñando, de seguro. Mas debo morir mañana
y quiero hoy aligerar el peso de mi alma. Mi propósito inmediato es presentar
llana y sucintamente a los ojos del lector, sin comentario de ninguna clase,
una serie de simples acontecimientos domésticos. En sus consecuencias, estos
acontecimientos me han aterrorizado, me han torturado, me han deshecho. A pesar
de todo, no trataré de interpretarlos. Para mí sólo han representado el Horror;
para muchos otros serán quizá no tanto terribles como baroques. Es
posible que se encuentre después algún entendimiento que reduzca mi fantasma a
los límites de lo vulgar; algún entendimiento más sereno, más lógico y mucho
menos excitable que el mío, capaz de percibir en las circunstancias que expreso
lleno de pavor, simplemente la sucesión ordinaria de las causas y efectos más
naturales.
Desde mi niñez híceme notar por la docilidad y
ternura de mi temperamento. La bondad de mi corazón revestía caracteres de
delicadeza tan exquisita, que me hacía el blanco de
las burlas de mis compañeros. Era particularmente afecto a los animales, y mis
padres condescendían con esta inclinación procurándome gran diversidad de
favoritos, a los que consagraba la mayor parte de mi tiempo; y nunca era tan
feliz como cuando les alimentaba y acariciaba. Esta peculiaridad de mi carácter
aumentó en la adolescencia, y aun en la virilidad derivaba de aquella fuente
muchos de mis mejores goces. Apenas necesito explicar a los que hayan sentido
afección por algún perro fiel e inteligente la intensidad de placer que produce
este sentimiento. Existe en el amor generoso y abnegado de un irracional algo
que va directamente al corazón de aquel que haya tenido ocasión de comprobar a
menudo la ruin amistad y la lealtad tan deleznable del hombre.
Me casé joven y tuve la suerte de encontrar en mi
mujer inclinaciones semejantes a las mías. Observando mi afición por los
animales domésticos, no perdía ella ocasión de procurarse los más lindos.
Teníamos pájaros, peces dorados, un perro fino, conejos, un pequeño mono
y un gato.
Era éste un enorme y hermoso animal, enteramente
negro, e inteligente hasta un grado excepcional. Al ocuparnos de su
inteligencia, mi mujer, que tenía gran fondo de superstición, hacía frecuentes
alusiones al antiguo concepto popular que considera brujas disfrazadas a todos
los gatos negros. No que prestara ella fe a esta creencia; y si menciono la
idea, es por la sencilla razón de que la recuerdo ahora de pasada.
Plutón, que así se llamaba el gato, era el
preferido entre los diversos favoritos y mi compañero habitual de juegos.
Solamente yo le alimentaba, y él acostumbraba seguirme por todas partes dentro
de la casa; siéndome difícil evitar que hiciera lo propio también por las
calles.
Nuestra amistad continuó así por varios años,
durante los cuales, y a impulsos del demonio Intemperancia (me ruborizo al
confesarlo), mi temperamento y mi carácter sufrieron radical alteración hacia
el mal. Día por día hacíame más taciturno e irritable, y guardaba menos
consideración a los demás. Aun me permitía usar con mi mujer un lenguaje
destemplado, llegando después hasta la violencia personal. Mis favoritos
hubieron de sentir, naturalmente, este cambio de disposición. No solamente les
descuidaba, sino que abusaba de ellos. Todavía conservaba Plutón, sin embargo,
ciertas prerrogativas que me impedían maltratarle, como lo hacía sin escrúpulo
de ninguna clase con el mono, los conejos y aun el perro, cuando por cariño o
por casualidad se atravesaban en mi camino. Pero la enfermedad avanzaba—¡el
Alcohol es semejante a una enfermedad!—y al fin hasta Plutón que se volvía
viejo, e impertinente en consecuencia, comenzó a sufrir los efectos de mi mal
temperamento.
Una noche en que regresaba a casa muy embriagado,
después de una orgía en una de mis guaridas habituales en la ciudad, se me
ocurrió que el gato evitaba mi presencia. Cogíle entonces; y, en su terror por
mi violencia, me infirió una pequeña herida mordiéndome
la mano. Instantáneamente se apoderó de mí una furia demoniaca. No me conocía a
mí mismo. Mi alma prístina parecía haber escapado en aquel momento de mi
cuerpo; y una maldad diabólica, nutrida por la ginebra, estremecía todas mis
fibras. Saqué un cortaplumas del bolsillo de mi chaleco, abríle, y
deliberadamente arranqué de su órbita uno de los ojos del animal. ¡Me
avergüenzo, me quemo, me horrorizo, al escribir esta abominable atrocidad!
Cuando al día siguiente volví a la razón, después
de haber dormido los humos de la orgía nocturna, experimenté un sentimiento
mitad de horror mitad de remordimiento por el crimen cometido; pero era apenas
un sentimiento débil y equívoco que no llegó a conmover mi ánima. Me sumergí de
nuevo en los excesos y ahogué pronto en vino la memoria de mi hazaña.
Al mismo tiempo el gato se recobraba lentamente. El
hueco vacío del ojo presentaba, es verdad, terrible aspecto; pero el animal no
parecía sufrir ningún dolor. Iba y venía por la casa como de costumbre; mas,
como era de esperarse, huía aterrorizado a mi aproximación. Tenía yo todavía
bastante corazón para sentirme apenado por esta evidente prueba de desafecto de
parte de un ser que tanto me había amado en otro tiempo. Pero este sentimiento
se convirtió pronto en irritación. Y se presentó entonces, para confirmar mi
depravación final e irrevocable, el espíritu de Perversidad. De este espíritu
no se ocupa la filosofía. Sin embargo, no estoy tan cierto de la existencia de mi alma como de que la perversidad es uno de los
impulsos primitivos del corazón humano: una de las facultades primordiales e
indivisibles que definen la orientación del carácter del hombre. ¿Quién no se
ha sorprendido cien veces cometiendo alguna acción vil y torpe por la sola
razón de que no debería hacerlo? ¿No existe acaso en nosotros,
cierta perpetua inclinación a violar la Ley, contra todo el
torrente de nuestro buen criterio, y sólo porque comprendemos que tiene razón
de ser? El espíritu de perversidad, decía, vino a poner el colmo a mi
depravación. Aquella ansia infatigable del alma de vejarse a sí misma,
de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por puro gusto, me impulsaba
continua y tenazmente a consumar el daño que había infligido al inofensivo
animal. Una mañana, a sangre fría, pasé un lazo a su cuello y lo colgué de la
rama de un árbol; lo ahorqué con lágrimas que corrían de mis ojos y el
remordimiento más amargo que laceraba mi corazón; lo ahorqué porque sabía
que me había amado y porque sentía que no me había dado motivo
de ofensa; lo ahorqué porque comprendía que al hacerlo así
cometía un pecado, un pecado mortal que exponía mi alma a encontrarse, si tal
era posible, más allá de la gracia infinita del Dios más misericordioso y más
terrible.
En la noche del día en que cometí esta crueldad,
desperté a los gritos de incendio. Las cortinas de mi cama estaban convertidas
en llamas. Toda la casa ardía. Con gran trabajo pudimos escapar de esta
conflagración mi mujer, mi criada y yo. Todas mis
riquezas desaparecieron repentinamente, y desde entonces me entregué a la
desesperación.
Estoy por encima de la flaqueza de establecer
relación alguna de causa y efecto entre el desastre y la atrocidad cometida.
Pero refiero una cadena de acontecimientos y no quiero dejar ningún eslabón
incompleto. Al día siguiente del incendio visité las ruinas. Todos los muros,
con excepción de uno, se habían desplomado. El que continuaba en pie era la
pared no muy gruesa de una habitación situada en el centro de la casa, y contra
la cual descansaba antes la cabecera de mi lecho. El estuco había resistido allí
en gran parte la acción del fuego, hecho que atribuí a su reciente aplicación.
Densa muchedumbre se había apiñado cerca de este muro, y muchas personas
parecían examinar cierta parte con viva y minuciosa atención. Las palabras
"¡extraño!" "¡singular!" excitaron mi curiosidad. Me
aproximé, y pude observar la figura de un gato gigantesco
grabado como al bajo relieve sobre la blanca superficie. La impresión se había
fijado allí con detalles verdaderamente maravillosos. Veíase una cuerda al
rededor del cuello del animal.
Cuando se presentó por primera vez ante mis ojos
esta aparición—pues difícilmente podía considerarla de otro modo—mi sorpresa y
mi terror fueron extremados. Pero al fin vino la reflexión en mi ayuda. Recordé
que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. A la voz de fuego,
el jardín se llenó de gente inmediatamente; y una de aquellas personas cortó
sin duda la cuerda de que pendía el animal,
arrojándolo a mi aposento por alguna ventana abierta. Probablemente esto se
hizo con el propósito de despertarme. El desplome de los otros muros comprimió
seguramente contra el estuco fresco a la víctima de mi crueldad; y la cal de la
mezcla, combinada con el amoniaco del cuerpo, y por efecto de las llamas, había
producido la figura que allí aparecía.
A pesar de que tranquilicé prontamente mi razón, ya
que no mi conciencia, acerca del hecho sorprendente que acabo de manifestar, no
dejó por ello de hacer profunda impresión en mi mente. Durante largos meses no
pude librarme del fantasma del gato; y en este período se apoderó también de mi
espíritu cierto vago sentimiento que se asemejaba al remordimiento aunque en
realidad no lo fuera. Llegué hasta deplorar la pérdida del animal y a buscar a
mi alrededor, en los abyectos lugares que frecuentaba habitualmente, otro
favorito de la misma especie y hasta cierto punto de apariencia semejante para
reemplazarle.
Una noche en que me hallaba sentado, medio
embrutecido, en uno de aquellos antros de infamia, atrajo repentinamente mi
atención un objeto negro que reposaba en lo alto de uno de los enormes barriles
de ginebra o de ron que constituían el principal mueblaje del departamento.
Había estado mirando fijamente por varios minutos la parte superior del barril,
y lo que causaba mi mayor sorpresa era la circunstancia de no haber advertido
antes el objeto en cuestión. Acerquéme, y le toqué. Era un gato negro, muy grande,
tan grande como Plutón y semejante a él en todos
sus detalles con excepción de uno solo. Plutón no tenía un pelo blanco en
ninguna parte del cuerpo, mientras este gato tenía un gran grupo de manchas
blancas de forma indefinida que le cubría casi todo el pecho.
Al tocarle yo, se levantó prontamente, comenzó a
hilar de contento, se restregó contra mi mano, y pareció deleitarse con mi
atención. Éste era pues el ser que andaba yo tratando de encontrar.
Inmediatamente propuse su compra al tabernero, quien manifestó no ser su dueño:
no conocía al gato; jamás lo había visto antes.
Continué acariciándole, y cuando me preparaba a
regresar a mi domicilio, el animal mostró disposición de acompañarme. Le
permití hacerlo así, deteniéndome de vez en cuando a darle palmaditas antes de
proseguir. Cuando llegamos a la casa se domesticó inmediatamente, haciendo al
punto grandes migas con mi mujer.
Por lo que a mí toca, pronto sentí despertarse
dentro de mí cierta antipatía por el animal. Era justamente lo contrario de lo
que esperaba; pero, no sé cómo ni por qué, su evidente afección me repugnaba y
me hastiaba. Poco a poco este sentimiento de tedio y repugnancia se convirtió
en odio acerbo. Evitaba al animal; pero cierta sensación de vergüenza y el
recuerdo de mi crueldad anterior me impedían maltratarlo. Durante varias
semanas no lo golpeé, ni lo traté con violencia en forma alguna; pero gradualmente,
muy gradualmente, llegué a mirarlo con aversión intolerable, y
a huir en silencio de su odiosa presencia como de un hálito pestilente.
Lo que aumentó indudablemente mi aversión por el
animal fué el descubrimiento, a la mañana siguiente de haberle traído a casa,
de que, a semejanza de Plutón, se hallaba privado de un ojo. Esta
circunstancia, sin embargo, lo hizo más caro a mi mujer, quien, como dije
antes, poseía en alto grado aquella humanidad de sentimientos que había sido en
otro tiempo uno de mis rasgos distintivos y fuente de muchos sencillos y puros
placeres.
Con mi odio por el gato parecía aumentar, sin
embargo, su predilección por mí. Seguía mis pasos con pertinacia tal que sería
difícil hacer comprender al lector. Dondequiera que me sentase se acurrucaba
bajo la silla o saltaba sobre mis rodillas cubriéndome de sus repugnantes
caricias. Si me levantaba a pasear, se metía entre mis pies casi haciéndome
caer; o clavando en mis vestidos sus largas y afiladas garras, se encaramaba de
este modo hasta mi pecho. En tales momentos, aun cuando hubiera deseado aplastarlo
de un golpe, sentíame cohibido para hacerlo, parte por el recuerdo de mi crimen
anterior, mas principalmente, dejadme confesarlo al fin, por el terror absoluto
que me inspiraba el animal.
Este terror no era precisamente de daño físico; y
sin embargo, no sabría cómo definirlo. Me siento casi avergonzado de confesar
(sí, aun en esta celda de criminal, estoy casi avergonzado de confesar) que el
espanto y el horror que el gato me inspiraba se aumentaban por una quimera de lo más fantástica que es posible imaginar. Mi mujer
me había llamado la atención más de una vez sobre la índole de la mancha de
pelo blanco de que he hablado, y que constituía la única diferencia visible
entre este extraño animal y el que yo había ahorcado. El lector recordará que
esta marca, aunque grande, era al principio indefinida; mas por pequeños
grados, grados casi imperceptibles, y que mi razón luchó mucho tiempo por
rechazar como fantasías, había asumido al fin rigurosa claridad de líneas.
Representaba ahora un objeto que me estremezco de nombrar; y por eso, sobre
todo, aborrecía y temía, y me habría librado del monstruo de buena gana, si
me hubiera atrevido; representaba ahora, decía, la imagen de algo
espantoso, una cosa horrible, ¡el Patíbulo!—¡oh, lúgubre y funesta
máquina de horror y de crimen, de agonía y de muerte!
Y me encontraba yo verdaderamente desventurado, más
allá de los límites de miseria que es dado soportar a la pobre humanidad. ¡Y
había de ser una bestia irracional, a cuyo semejante destruí con menosprecio;
había de ser una bestia irracional quien me causara a mí,
a mí, un hombre, formado a imagen del supremo Dios, este sufrimiento
intolerable! ¡Ah! ¡Ni de día ni de noche volví jamás a saborear la bendición
del descanso! ¡Durante el día la bestia no me dejaba solo un momento; y en la
noche despertaba a cada instante de sueños de terror insuperable para sentir
sobre mi rostro el ardiente aliento de la cosa, y su flácido peso
oprimiendo eternamente mi corazón como pesadilla
encarnada que no tenía el poder de sacudir!
Bajo la presión de tortura semejante sucumbieron
los pocos restos del bien dentro de mí. Los malos pensamientos eran mi sola
compañía, los más negros y depravados pensamientos. La acostumbrada
irritabilidad de mi carácter aumentó hasta el aborrecimiento de todas las cosas
y de toda la humanidad; mientras mi mujer, sin una queja, era ¡ay de mí! la
víctima diaria y paciente de los súbitos, frecuentes e incontenibles arranques
de furia a que entonces me abandonaba ciegamente.
Un día me acompañaba ella en algún recorrido casero
por los sótanos del viejo edificio que nuestra pobreza nos compelía a habitar.
El gato me seguía por las escaleras, y haciéndome casi precipitar, me exasperó
hasta la locura. Cogiendo un hacha, y olvidando en medio de mi ira el terror
infantil que hasta entonces había detenido mi mano, asesté un golpe al animal,
que le habría sido fatal instantáneamente a caer como yo lo deseaba. Pero la
mano de mi mujer desvió el golpe. Arrastrado por su intervención a ira más que
demoniaca, desasí el brazo que ella me sujetaba y hundí el hacha en su cabeza.
Cayó muerta en el sitio, sin un gemido.
Cometido el horroroso asesinato, me dediqué sin
tardanza y con entera deliberación a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía bien
que no podría sacarlo fuera de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el
riesgo de ser observado por los vecinos. Diversos
proyectos se presentaron a mi imaginación. A veces pensaba en cortar el cuerpo
en menudos fragmentos y hacerlos desaparecer por medio del fuego. Otras,
resolvía cavar una sepultura en el suelo del sótano. Luego, deliberaba sobre si
sería conveniente arrojarlo al pozo del patio; o empacarlo como mercadería en
un cajón con los requisitos acostumbrados, y buscar un mozo de cuerda que lo
sacara fuera de la casa. Finalmente di con lo que me pareció expediente mejor
que todos los anteriores. Determiné emparedarlo en el sótano, como se dice que
hacían con sus víctimas los monjes de la edad media.
La cueva se adaptaba muy bien para tal objeto. Sus
muros estaban construídos con gran solidez, y recientemente habían sido
revocados con una mezcla que la humedad de la atmósfera no había dejado
endurecer. Existía, además, en uno de los muros una protuberancia causada por
cierta falsa chimenea u hogar que se había rellenado para nivelarla con el
resto del sótano. No puse en duda el que fácilmente se podría remover los
ladrillos en aquel sitio, colocar allí el cuerpo y disponer el muro en su forma
primitiva de manera que nadie pudiera percibir nada sospechoso.
Mis cálculos no me engañaron. Con ayuda de una
barra de hierro arranqué fácilmente los ladrillos, y depositando cuidadosamente
el cadáver contra la pared interior, lo mantuve en esta posición mientras que,
con poco trabajo, volvía a rehacer el muro conforme se encontraba
anteriormente. Procurándome argamasa, arena y filamentos con
las precauciones posibles, preparé un compuesto que no pudiera distinguirse del
enlucido antiguo y lo coloqué esmeradamente sobre el nuevo enladrillado. Al
concluir, me sentí satisfecho de mi obra. El muro no ofrecía la más ligera
señal de haberse removido. Recogí los fragmentos del suelo con el cuidado más
minucioso. Miré triunfante en torno y me dije a mí mismo: "¡Aquí, por lo
menos, mi labor no ha sido en vano!"
Me preocupé en seguida de buscar al animal que
había causado tanta desventura, porque al fin había resuelto firmemente
deshacerme de él. Si me hubiera sido dado encontrarle en aquel momento, su
suerte no habría sido dudosa; mas parecía que el taimado gato, alarmado por la
violencia de mi cólera, evitaba afrontar mi actual disposición. Es imposible
describir o imaginar la intensa sensación de reposo bienaventurado que produjo
en mi pecho la ausencia de esta detestada criatura. Tampoco apareció en la noche;
y así, por una vez siquiera, desde su llegada a la casa, dormí con sueño
profundo y tranquilo; dormí, ¡ay, a despecho del asesinato que
pesaba sobre mi alma!
Transcurrieron el segundo y el tercer día, y mi
atormentador no se presentó. Respiré de nuevo como hombre libre. ¡El monstruo,
en su terror, había abandonado la casa para siempre! ¡No lo vería más! ¡Mi
felicidad era suprema! La perversidad de mi negro crimen me molestaba apenas.
Tuvieron lugar algunos interrogatorios que fueron contestados fácilmente. Aun
se procedió a una pesquisa; mas, por supuesto, nada
pudieron descubrir. Creía ya asegurada mi felicidad futura.
Hacia el cuarto día después del asesinato, se
presentó en la casa inopinadamente un grupo de la policía y procedió de nuevo a
verificar rigurosa investigación en el edificio. Seguro como me hallaba de que
mi escondrijo era inescrutable, no sentí preocupación alguna. Los oficiales me
ordenaron acompañarles en su pesquisa. No dejaron rincón ni esquina sin
escudriñar. Al fin, por tercera o cuarta vez bajaron al sótano. Ni uno sólo de
mis músculos se conmovió. Mi corazón latía tranquilamente como el de aquel que
duerme en la inocencia. Paseé la cueva de un extremo al otro. Había cruzado los
brazos sobre el pecho y vagaba sin inquietud de acá para allá. La policía se
mostró enteramente satisfecha y se preparaba ya a partir. El júbilo era
demasiado grande en mi corazón para poder refrenarlo. Me quemaba por decir
algo, una palabra de triunfo siquiera, para afirmar más aún la certeza de mi
inocencia.
"Caballeros," dije al fin, cuando el
grupo comenzaba a subir las escaleras, "estoy deleitado al ver que
vuestras sospechas se han desvanecido. Os deseo salud y un poquillo más de
cortesía. A propósito, caballeros, ésta es una casa muy bien construída."
(En mi rabioso deseo de decir algo con desenvoltura, apenas sabía ya lo que
hablaba). "Hasta diré admirablemente bien construída.
Estos muros—¿os vais, caballeros?—estos muros están edificados con gran
solidez;" y entonces, por puro frenesí de bravata, golpeé pesadamente con un bastón que llevaba en la mano la misma
construcción de ladrillos tras de la cual se encontraba el cadáver de la esposa
de mi alma.
Pero ¡así me libre Dios y me defienda de las fauces
del Enemigo! Apenas la repercusión de los golpes se ahogó en el silencio,
cuando ¡una voz contestó dentro de la tumba! Un gemido, ahogado e interrumpido
primero y semejante al llanto de un niño, que pronto se elevó convirtiéndose en
grito largo, fuerte y sostenido, completamente anormal y nada humano; un
alarido, un chillido lamentoso, mitad de horror y mitad de triunfo, como puede
oírse brotar solamente del infierno, reuniendo el grito de agonía de los condenados
y la exultación de los demonios por su condenación.
Sería locura hablar de mis sentimientos.
Desfalleciente, retrocedí titubeando hasta el muro opuesto. Por un momento
quedó inmóvil el grupo en las escaleras a causa de su extremo horror y espanto.
En el momento inmediato una docena de brazos robustos atacaba el muro. Cayó
completamente. El cadáver, ya descompuesto, y cubierto de grumos de sangre
coagulada, permanecía erguido ante los ojos de los espectadores. Sobre su
cabeza, con la roja boca distendida, y echando fuego por su único ojo, estaba
la asquerosa bestia cuya astucia me indujo al asesinato, y cuya voz informe me
entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo dentro de la tumba!
Los métodos de Dios, tanto en las manifestaciones
de la naturaleza como en las de su providencia, no se asemejan a los nuestros; ni
los modelos que forjamos corresponden en manera alguna a la inmensidad, la
sublimidad y la inescrutabilidad de sus obras, más profundas aún que el
manantial de Demócrito.
—Jóseph Glánvill.
HABÍAMOS llegado a la cima de la roca más elevada.
Durante algunos minutos pareció el viejo demasiado exhausto para hablar.
"No hace mucho," dijo al cabo, "que
hubiera podido yo guiaros en esta ruta tan bien como el más joven de mis hijos;
pero hace cerca de tres años que me ocurrió un incidente que jamás ha sucedido
a mortal alguno, o por lo menos, el hombre a quien le aconteciera no ha
sobrevivido para contarlo; y las seis horas de angustioso terror que sufrí
entonces me destrozaron de cuerpo y alma. Vos me creéis un anciano; mas no lo
soy. Menos de un día fué necesario para cambiar en blancos estos cabellos que
eran negros como el azabache, para debilitar mis miembros y aflojar mis nervios
hasta el punto de que tiemblo al menor esfuerzo y me asusto de una sombra.
¿Imagináis que apenas puedo mirar desde este
pequeño acantilado sin sentirme desvanecido?"
El "pequeño acantilado" de que hablaba, y
sobre cuyo ápice habíase tendido negligentemente a descansar de manera que la
parte más pesada de su cuerpo colgaba fuera, protegiéndose únicamente contra la
caída con uno de sus codos que apoyaba en su escurridizo borde; este
"pequeño acantilado" era un peñasco que se elevaba sobre un escarpado
precipicio de rocas negras y pulidas, a mil quinientos o mil seiscientos pies
sobre el mundo de escollos que se divisaba abajo. Nada me habría decidido a
acercarme a media docena de yardas de su margen. En realidad, sentíame tan
profundamente emocionado por la peligrosa posición de mi compañero, que me tiré
al suelo de largo a largo, prendido de los arbustos que tenía cerca, y sin
atreverme a mirar ni tan siquiera el cielo, mientras luchaba en vano conmigo
mismo para persuadirme de que las propias bases de la montaña no estaban en
peligro con la furia del viento. Pasó largo tiempo antes de que pudiera
raciocinar lo suficiente para cobrar el valor de sentarme y mirar a la distancia.
"Debéis desprenderos de esas fantasías,"
decía el guía, "porque os he traído aquí para que podáis gozar del mejor
punto de vista para apreciar el suceso a que antes hice alusión, y referiros la
historia completa mientras contempláis el paraje a que se refiere.
"Nos encontramos," continuó, con aquella
peculiar manera que le distinguía, "nos encontramos muy
cerca de la costa noruega, a los sesenta y ocho grados de latitud, en la gran
provincia de Nordland, y en el funesto distrito de Lofoden. La montaña sobre
cuya cima nos encontramos es Helseggen, la Nebulosa. Ahora alzaos un poquillo,
cogeos de la hierba, si os sentís desvanecido, así, y mirad el mar detrás de la
zona de vapor que nos rodea."
Miré aturdidamente, y pude contemplar una ancha
extensión del océano, cuyas aguas tenían tal color de tinta que me hizo
recordar inmediatamente los relatos del Mare Tenebrarum del
geógrafo nubio. La mente humana no podría concebir paisaje más desolado. A
derecha e izquierda, tan lejos como la vista podía abarcar, extendíanse,
semejando los baluartes del universo, hileras de pavorosas rocas negras y
escarpadas, cuyo lúgubre aspecto se realzaba poderosamente con el bramido del
oleaje que estrellaba contra ellas su blanca y fantástica cresta, aullando y
lamentándose por toda la eternidad. Exactamente frente al promontorio sobre
cuyo ápice nos encontrábamos, y a distancia de cinco o seis millas en el mar,
podía distinguirse una isla pequeña y blanquizca; o hablando con más propiedad,
podía discernirse su posición por la violencia de la marejada que la envolvía.
A dos millas más o menos en dirección de tierra, levantábase otro islote más
pequeño, horriblemente escarpado y estéril, y circundado a diversos intervalos
por un hacinamiento de negras rocas.
El aspecto del océano, en el espacio comprendido entre la playa y el islote más distante, era muy
inusitado. Aun cuando en aquel momento soplaban ráfagas de viento tan violentas
hacia tierra que un bergantín al largo, muy lejos, se mantenía con todos los
rizos tomados, y su casco entero se hundía constantemente fuera de la vista, no
había, sin embargo, el menor oleaje, sino simplemente una especie de rápido,
corto y enfurecido movimiento del agua en todas direcciones, tanto en sentido
del viento como hacia cualquier otro lado. Apenas se veía espuma, excepto en la
inmediata proximidad de las rocas.
"La isla que se ve a la distancia,"
resumió el anciano, "es llamada Vurrgh por los noruegos. La otra, a la
mitad del camino, es Móskoe. Aquélla, a una milla al norte, es Ambaaren. Más
lejos están Islesen, Hótholm, Keíldhelm, Suarven y Búckholm. Más allá todavía,
entre Móskoe y Vurrgh, se encuentran Ótterholm, Flimen, Sandflesen y Stockolm.
Éstos son los verdaderos nombres de las islas; pero la razón por la cual se
haya pensado en denominarlas todas es cosa que vos no podréis comprender ni la
comprendo yo tampoco. ¿Oís algo ahora? ¿Notáis algún cambio en el agua?"
Haría diez minutos más o menos que nos
encontrábamos en lo alto de la roca de Helseggen, hasta donde habíamos subido
por el interior de Lofoden, de manera que no pudimos ver el mar hasta que se
ofreció de un golpe a nuestros ojos desde el ápice. En tanto que el viejo
hablaba, advertía yo un fuerte ruido que iba en aumento, semejante al estruendo de un enorme rebaño de búfalos en alguna
pradera americana; notando al mismo tiempo que el movimiento que los marinos
denominan el escarceo del océano, convertíase rápidamente a
nuestra vista en una corriente que se dirigía al este. Ante mis propios ojos
adquiría esta corriente monstruosa velocidad. Cada minuto aumentaba su rapidez,
su impetuosa precipitación. En cinco minutos el océano entero hasta Vurrgh
hallábase poseído de furia desenfrenada e indomable; pero sobre todo entre
Móskoe y la costa dominaba el tumulto mayor. Allí el vasto lecho de las aguas
hendíase y se rasgaba en mil canales divergentes, estallaba repentinamente en
convulsión frenética, hinchándose, hirviendo, silbando, girando en vórtices
gigantescos e innumerables y precipitándose en remolinos hacia el este con
rapidez que jamás asume el agua, excepto en caídas torrenciales.
En algunos minutos presentóse un cambio radical en
la escena. La superficie general se niveló algo más, desaparecieron los
remolinos uno a uno, mientras se marcaban rayas prodigiosas de espuma donde
nada se veía un momento antes. Estas rayas al fin, extendiéndose a gran
distancia, entraron a su vez en el movimiento giratorio de los remolinos
desaparecidos y formaron la base de un vórtice mucho más vasto. Súbitamente,
muy de súbito, todo aquello tomó vida definitiva y distinta en un circuito de
más de una milla de diámetro. El extremo del remolino se marcaba por una ancha
faja de brillante espuma; pero ni una sola partícula se deslizaba entre las
fauces del terrorífico cañón: cuyo interior, hasta
donde la mirada podía sondear, era un muro de agua, liso, negro y brillante,
inclinándose sobre el horizonte en un ángulo de cuarenta y cinco grados más o
menos, girando vertiginosamente en redondo con movimiento ondulatorio y circular,
y lanzando a los aires una voz pavorosa mitad alarido mitad bramido, tal, que
ni la potente catarata del Niágara levanta jamás al cielo en su agonía.
La montaña temblaba hasta su base, y la roca se
bamboleaba. Me arrojé de cara contra el suelo sujetándome de las escasas
hierbas, en el exceso de mi agitación nerviosa.
"Esto," dije al cabo al anciano,
"esto no puede ser otra cosa que el gran remolino del
Maelström."
"Así le llaman a veces," respondió él.
"Nosotros los noruegos le llamamos Móskoe-ström, por la isla que está a
mitad de su camino."
Los relatos ordinarios respecto de este vórtice no
me habían preparado a lo que presenciaba. El de Jonás Ramus, quizá el más
detallado entre todos, no procura la concepción más débil de la magnificencia y
horror de la escena, ni de la intensa y asombrosa sensación de novela que
confunde al observador. No estoy seguro del punto de dónde presenció el
espectáculo el autor aludido, ni del momento en que aquello se realizó; pero
seguramente no ha sido del ápice del Helseggen, ni durante una tempestad. Hay,
sin embargo, ciertos pasajes en su descripción que pueden citarse en razón de
los detalles, aunque su efecto sea excesivamente
atenuado para dar la impresión de esta escena.
"Entre Lofoden y Móskoe," dice el
escritor mencionado, "la profundidad del agua es de treinta y seis a
cuarenta brazas; pero del otro lado, hacia Ver (Vurrgh), esta profundidad
disminuye hasta el punto de no permitir el paso de un buque sin que corra el
riesgo de estrellarse contra las rocas, lo cual sucede aun en el momento de
mayor calma. A la hora del flujo, la corriente barre la zona comprendida entre
Lofoden y Móskoe con rapidez tumultuosa; pero el estruendo de su impetuoso
reflujo hacia el mar podría apenas igualarse por la más retumbante y temible
catarata; escuchándose este ruido a muchas leguas a la redonda, y siendo el
vórtice o remolino tan vasto y tan profundo, que si algún buque entrara dentro
de su radio de atracción, sería cogido inevitablemente y arrastrado hasta el
fondo, destrozándose allí contra las rocas; y podrían verse los fragmentos
arrojados de nuevo a la playa al volver de la marea. Pero estos intervalos de
tranquilidad tienen lugar solamente en el buen tiempo y a la vuelta del flujo y
el reflujo, prolongándose alrededor de un cuarto de hora, después de cuyo
tiempo se presenta de nuevo gradualmente la violencia del fenómeno. Cuando la
corriente es más tumultuosa y su furia se aumenta con alguna tempestad, es
peligroso encontrarse dentro de una milla en aguas de Noruega. Barcas, yates y
buques de mayor calado hanse visto arrastrados por falta de cautela para
mantenerse lejos de su atracción. Ha sucedido también frecuentemente
que encontrándose ballenas cerca de la corriente, hayan sido arrebatadas por su
violencia; y es imposible describir sus bramidos y resoplidos en aquel momento
en medio de sus esfuerzos infructuosos para escapar. Cierta vez, un oso,
tratando de atravesar a nado de Lofoden a Móskoe, fué cogido y arrastrado por
la corriente, mientras rugía de manera horrible que pudo oírse hasta la playa.
Gran cantidad de pinos y abetos, después de haber sido absorbidos por el
remolino, vuelven a aparecer arriba, tan destrozados y batidos que parece que
les hubieran brotado cerdas. Esto demuestra claramente que el fondo está
formado de agudas rocas entre las cuales se estrellan los objetos de un lado a
otro. La corriente está regulada por el flujo y reflujo del mar que cambia
constantemente cada seis horas. El año 1645, temprano en la mañana del domingo
de sexagésima, rayaba en tal furia el estruendo e impetuosidad del fenómeno,
que las piedras de algunas casas de la costa cayeron por efecto de su
violencia."
Con respecto a la profundidad del agua, no veo cómo
haya podido especificarse en la inmediata proximidad del vórtice. Las
"cuarenta brazas" deben referirse solamente a aquella parte del canal
cerca de las playas de Móskoe o de Lofoden. La profundidad en el centro del
Móskoe-ström debe ser enormemente mayor; y basta para comprobar este hecho la
ojeada que es posible lanzar, siquiera lateralmente, a los abismos del remolino
desde el pico más alto del Helseggen. Mirando desde aquella
altura el rugiente Phlégeton no pude evitar una sonrisa al recordar la
sencillez con que el honrado Jonás Ramus menciona, como algo muy difícil de
creer, las anécdotas del oso y las ballenas; porque me parecía, en verdad, la
cosa más evidente, que los buques de guerra de mayor calado que llegaran a
encontrarse dentro de esta terrible vorágine, podrían resistirse tanto como una
pluma en el huracán y serían arrebatados inmediatamente, sin la menor duda.
Las hipótesis para explicar este fenómeno, algunas
de las cuales me parecían suficientemente plausibles en lectura, según
recuerdo, se me presentaban en aquel momento a la imaginación con aspecto muy
diferente y poco satisfactorio. La idea generalmente aceptada es que este
vórtice, lo mismo que otros tres más pequeños en las islas de Férroe, "no
tiene otra causa que el choque de las olas al levantarse y al caer, durante el
flujo y el reflujo, sobre un parapeto de rocas y bajíos que confina el agua, de
manera que se precipitan allí como una catarata; y de consiguiente, mientras
más sube la marea más profunda es la caída, y el resultado lógico es un
remolino o vórtice cuya prodigiosa succión está suficientemente comprobada por
menores experimentos." Estas palabras son de la Encyclopaedia
Britannica. Kírcher y otros imaginan que en el centro del canal del
Maelström hay un abismo que penetra el globo y desemboca en alguna región
remota, el golfo de Botnia se ha indicado casi definitivamente en cierta
ocasión. Esta opinión, frívola en sí misma, era a
la que más se inclinaba mi mente mientras observaba el fenómeno; y al
mencionarla al guía, quedé algo sorprendido de oírle decir que aun cuando
aquella era la idea casi universalmente acogida a este respecto por los
noruegos, no era la suya, sin embargo. Como primera proposición declaró, a
pesar de todo, su incapacidad de comprender el fenómeno; y en esto convine con
él, pues aunque concluyente sobre el papel, toda explicación resulta
ininteligible y aun absurda entre el retumbar del abismo.
"Habéis observado bastante el remolino
ahora," dijo el viejo, "y si os arrastráis en redondo sobre la roca
hasta poneros a sotavento para que llegue a vuestros oídos algo amortiguado el
bramido de las aguas, os referiré una historia que os convencerá de que tengo
motivos para saber algo del Móskoe-ström."
Me coloqué como deseaba, y el guía comenzó:
"Poseía yo, en compañía de mis dos hermanos,
una embarcación pequeña, aparejada en goleta, con capacidad de setenta
toneladas más o menos, en la cual teníamos la costumbre de ir a pescar entre
los islotes que quedan más allá de Móskoe, cerca de Vurrgh. En todas las
corrientes violentas del océano se encuentra buena pesca en su oportunidad,
siempre que se tenga el valor suficiente para ir a buscarla; pero entre todos
los mozos de la costa de Lofoden, éramos nosotros los únicos que salíamos
regularmente a pescar a las islas, como os he dicho. El sitio acostumbrado por
los pescadores está mucho más lejos, allá abajo, hacia el sur. Allí
se encuentra pesca a todas horas sin gran peligro y es, por consiguiente, el
lugar preferido. Sin embargo, los sitios elegidos por nosotros, aquí, entre las
rocas, ofrecían no sólo la más delicada variedad de pesca, sino en mucha mayor
abundancia; de manera que frecuentemente conseguíamos en un solo día lo que
otros más tímidos en el oficio no podían reunir en toda una semana. En verdad,
esto representaba para nosotros una especulación desesperada, en que el riesgo
de la vida era la labor y el ánimo respondía como capital.
"Guardábamos la goleta en una ensenada a cinco
millas más arriba de la costa respecto del lugar en que nos encontramos; y en
el buen tiempo solíamos aprovechar de los quince minutos de calma para
atravesar el canal principal del Móskoe-ström, muy lejos del vórtice, y
ponernos luego al ancla allá por Ótterham o Sandflesen, donde el reflujo no es
tan violento como en otras partes. Acostumbrábamos quedarnos allí hasta que se
aproximaba el momento de la nueva marea, que teníamos en cuenta para regresar.
Nunca salíamos a esta clase de expediciones sin contar con viento firme para el
regreso, viento que estuviéramos seguros no había de fallar; y rara vez nos
equivocamos en este punto. Dos veces solamente en seis años nos vimos obligados
a pasar toda la noche al ancla a causa de calma chicha, lo que es raro, en
verdad, en estos parajes; y otra vez tuvimos que quedarnos en aquellos sitios,
muertos de hambre, casi una semana, debido a un viento huracanado que comenzó a
soplar poco después de nuestro arribo y que ponía
el canal demasiado tempestuoso para pensar en atravesarlo. En aquella ocasión
hubiéramos sido arrebatados por el mar, a pesar de todo, pues los remolinos nos
arrastraban en redondo con tal violencia que hubimos de encepar el ancla y
comenzar a rastrearla; hasta que, afortunadamente, entramos en una de las
innumerables corrientes atravesadas que se encuentran hoy aquí, mañana allí, la
cual nos arrastró a sotavento de Flimen, donde pudimos abordar.
"No podría relataros la vigésima parte de las
dificultades a que nos veíamos obligados a hacer frente en el terreno;
es mal paraje para encontrarse allí, aun en el buen tiempo; pero nos dábamos
maña para escapar sin accidentes de las garras del Móskoe-ström, aunque en
ciertas ocasiones tenía el corazón en la boca cuando sucedía que lleváramos un
minuto de retraso o de adelanto sobre la marea. A veces el viento no era tan
fuerte al partir como lo habíamos calculado, y entonces avanzábamos menos de lo
que habríamos deseado, mientras la corriente hacía ingobernable la embarcación.
Mi hermano mayor tenía un hijo de dieciocho años, y por mi parte, tenía yo dos
robustos mozos hijos míos. Ellos nos habrían ayudado muchísimo en algunas
ocasiones para manejar los remos y luego para pescar; pero, aun cuando nosotros
nos arriesgáramos voluntariamente, no teníamos alma de poner en peligro a los
muchachos porque, hay que decirlo de una vez, el peligro era horrible; ésta es
la verdad.
"Dentro de pocos días se cumplirán tres años desde que sucedió lo que voy a relataros. Era el 10
de agosto de 18—, día que la gente de este lado del mundo jamás olvidará,
porque se desató el huracán más formidable que jamás envió el cielo. Y sin
embargo, toda la mañana, y aun hasta avanzada la tarde, hubo una brisa
sudoeste, suave y constante, mientras brillaba el sol en todo su esplendor; de
manera que ni los marinos más viejos habrían podido pronosticar lo que iba a
suceder.
"Nosotros tres, mis dos hermanos y yo,
cruzamos hacia las dos de la tarde en dirección a las islas, y pronto tuvimos
casi llena la embarcación de pescado fino que, según todos pudimos notarlo,
abundaba mucho más aquel día que en todas las ocasiones que podíamos recordar.
Eran justamente las siete, por mi reloj, cuando levamos ancla para
regresar, contando con atravesar la peor parte del Ström en el intermedio de
calma de las mareas, que sabíamos tendría lugar a las ocho.
"Salimos con viento fresco cuarto estribor, y
durante algún tiempo corrimos el largo a gran velocidad sin soñar con peligros,
porque no había en realidad la más pequeña razón para preverlos. De pronto, nos
cogió en facha una ráfaga que venía del Helseggen. Era esto lo más inusitado,
algo que jamás nos había sucedido, y comencé a sentirme inquieto, sin saber
exactamente el porqué. Pusimos la embarcación al viento, pero sin poder
absolutamente avanzar a causa de los remolinos; y estaba ya a punto de proponer
que regresáramos a ponernos al ancla cuando, mirando a popa,
observamos todo el horizonte cubierto de una nube singular de color de cobre,
que se levantaba con aterradora velocidad.
"Al mismo tiempo cayó la brisa que nos había
cogido y quedamos en calma chicha, impelidos por la corriente en todas
direcciones. Este estado de cosas no duró, sin embargo, lo suficiente para
dejarnos tiempo de meditar. En menos de un minuto la borrasca estaba sobre
nuestras cabezas; en menos de dos, el cielo se encapotó completamente; y con
esto, y la espuma que volaba, volvióse súbitamente tan obscuro que no podíamos
vernos unos a otros en el barco.
"Sería locura intentar describir huracán tal
como el que se desencadenó aquel día. Las más viejos marinos de Noruega jamás
habían presenciado cosa parecida. Habíamos dejado diestramente correr las velas
antes de que pudiera cogerlas la borrasca; pero a la primera ráfaga del
vendaval, ambos mástiles cayeron por la borda como cortados de un golpe,
llevándose consigo el palo mayor y al más joven de mis hermanos que se había
hecho atar por seguridad.
"Nuestro barco era tan liviano como la pluma
más tenue que jamás hubiera flotado sobre el mar. Tenía la cubierta
completamente corrida, con una pequeña escotilla cerca de la proa, la que
siempre acostumbrábamos cerrar al cruzar el Ström como precaución contra el mar
agitado. Pero en esta ocasión pudimos habernos ido a pique inmediatamente,
porque en ciertos momentos estábamos completamente cubiertos por el agua. No
puedo decir cómo escapó entonces mi hermano mayor,
porque jamás tuve oportunidad de averiguarlo. En cuanto a mí, tan pronto como
nos armamos a la trinquetada, me tendí de plano sobre la cubierta con los pies
en la estrecha regala de la borda del combés de proa, y apretando con las manos
una argolla que había cerca del palo de trinquete. Simplemente el instinto me
empujó a realizar todo esto, que indudablemente era lo mejor que podía hacer,
pues estaba demasiado trastornado para pensar.
"Por momentos estábamos completamente
inundados, como decía, y todo ese tiempo retenía yo el aliento sujetándome en
la argolla. Cuando no pude resistir más, me levanté sobre las rodillas,
sosteniéndome siempre con las manos, y así logré aclarar un poco mis ideas. En
este momento nuestra pequeña embarcación daba una sacudida, exactamente como un
perro cuando sale del agua, librándose así en cierto modo de las olas. Hacía yo
esfuerzos por salir del estupor que me había dominado y determinar lo que podríamos
hacer, cuando sentí que alguien me cogía del brazo. Era mi hermano mayor, y mi
corazón saltó de alegría porque estaba cierto de que había perecido entre las
olas; pero en seguida toda mi alegría se cambió en horror porque él, poniendo
su boca sobre mi oído, gritó la sola palabra: ¡Móskoe-ström!
"Nadie puede comprender lo que sentí en aquel
momento. Me estremecí de pies a cabeza como si padeciera un violento acceso de
calentura. Sabía bien lo que él quería decir con esta sola palabra; sabía bien lo que él trataba de hacerme comprender.
¡Con el viento que nos empujaba, íbamos directamente hacia el remolino del
Ström y nada podía salvarnos!
"Como bien comprendéis, para cruzar el canal
del Ström, tomábamos el camino muy arriba del remolino, aun en tiempo
tranquilo, y luego aguardábamos y espiábamos cuidadosamente la marea; pero
¡ahora íbamos impelidos derechamente al abismo, a merced de semejante huracán!
Es posible—pensé—que lleguemos allí justamente en el intermedio de las mareas,
y entonces habrá alguna esperanza; pero en seguida me apostrofé por mi locura
de soñar con esperanzas de ninguna clase. Sabía muy bien que estábamos perdidos,
aunque nuestra embarcación hubiera sido diez veces más grande que un navío de
noventa cañones.
"Por este tiempo el primer ímpetu de la
tempestad se había calmado, o quizá no lo sentíamos tanto porque corríamos
delante de ella; pero en todo caso, las aguas que al principio se mantenían
bajas por el viento y continuaban planas y espumantes, levantábanse ahora tan
altas como montañas. Un cambio singular mostrábase también en el cielo.
Alrededor, en todas direcciones, estaba todavía tan negro como la pez, pero
casi sobre nuestras cabezas se abrió de repente una grieta circular de
firmamento claro, tan claro como nunca lo había contemplado antes, y de
brillante azul profundo, a través del cual aparecía la luna llena con un
resplandor que jamás le había conocido. Alumbraba
todo con gran claridad a nuestro alrededor, mas ¡oh Dios! ¡qué escena la que
ponía al descubierto!
"Hice entonces una o dos tentativas para
hablar a mi hermano; pero a causa de algo que yo no podía comprender, el
estruendo había aumentado de manera que no pude hacerle entender una sola
palabra, a pesar de que gritaba en sus oídos con toda la fuerza de mi voz.
Entonces sacudió la cabeza, pálido como un muerto, y levantó uno de sus dedos
como si dijera: ¡Escucha!
"Al principio no pude comprender lo que quería
decir, mas luego un horrible pensamiento me asaltó. Saqué el reloj de mi
faltriquera. No andaba. Miré la esfera a la luz de la luna, y rompí a llorar
mientras lo arrojaba a lo lejos en el océano. ¡Se había parado a las
siete! ¡Estábamos atrasados respecto de la marea, y el remolino del Ström
estaba en plena furia!
"Cuando un barco está bien construído,
debidamente trincado y no lleva demasiado lastre, parece que las olas se
deslizan bajo su quilla en una fuerte borrasca mientras las corre a lo largo,
lo cual provoca la admiración de la gente de tierra, y es lo que en jerga
marina se llama correr las olas.
"Bien; hasta entonces habíamos corrido el mar
con bastante habilidad; pero en aquel momento nos cogió un gigantesco golpe de
agua exactamente bajo la bovedilla, y nos arrebató conforme se elevaba, arriba,
arriba, como si fuera a llegar hasta las nubes. Jamás hubiera creído que una
ola pudiera levantarse a tal altura. Y luego caímos con
un ímpetu, un declive y una sacudida tal que me hizo sentir náuseas y vértigos
como si me precipitaran en sueños de lo alto de una gran montaña. Pero mientras
estuvimos arriba tuve tiempo de arrojar una rápida ojeada alrededor, y esta
ojeada fué más que suficiente. Comprendí en un momento nuestra posición exacta.
El abismo del Móskoe-ström se encontraba a un cuarto de milla de distancia;
pero era tan semejante en aquellos momentos al Móskoe-ström de todos los días
como puede asemejarse el remolino que veis ahora a un simple canal de molino.
Si no hubiera sabido dónde estábamos y lo que se nos esperaba, no habría
reconocido el lugar. Como estaban las cosas, cerré los ojos involuntariamente
por el horror. Mis párpados apretáronse uno contra otro como en un espasmo.
"No habrían transcurrido más de dos minutos
cuando sentimos amansarse las olas súbitamente y nos encontramos envueltos en
espuma. El barco dió una media vuelta cerrada sobre babor y se disparó como un
rayo en su nueva dirección. En el mismo instante el ruido fragoroso del agua se
ahogó completamente en una especie de trémulo alarido, semejante al que se
podría imaginar lanzado por los tubos de escape de un millar de barcos dejando
todos escapar el vapor al mismo tiempo. Estábamos entonces en el cinturón de marejada
que rodea siempre al remolino; y yo pensaba, por supuesto, que un momento más
nos precipitaría en aquel abismo que podíamos discernir sólo de manera
indistinta a causa de la enloquecedora velocidad
con que éramos arrastrados. El barco no parecía absolutamente hundirse en las
aguas, sino deslizarse sobre la superficie del oleaje como una burbuja de aire.
Su lado de estribor daba al remolino, y el de babor ocultaba a nuestra vista el
mundo de océano que habíamos dejado atrás Elevábase como un gran muro movible
entre nosotros y el horizonte.
"Puede parecer extraño, pero, sin embargo, yo
me sentía más dueño de mí cuando nos encontramos en las mismas fauces del
vórtice que cuando nos aproximábamos a su horror. Habiendo perdido toda
esperanza, me libré de gran parte de aquel terror que me inutilizaba al
principio. Sospecho que fué la desesperación lo que templó mis nervios.
"Quizá creeréis que soy jactancioso, pero lo
que digo es la pura verdad. Comencé a meditar cuán magnífico era morir de esta
manera, y qué gran locura era la mía en detenerme en mezquinas consideraciones
sobre mi propia vida en presencia de esta maravillosa manifestación del poder
de Dios. Creo que enrojecí de vergüenza cuando esta idea atravesó mi espíritu.
Pasado algún tiempo, me sentí poseído de la más viva curiosidad acerca del
interior del remolino. Y sentí positivamente el deseo de
explorar sus profundidades aun a costa del sacrificio de mi vida que ello
implicaba; siendo mi principal pesar la idea de que jamás podría relatar a mis
viejos camaradas de la costa los misterios que hubiera descubierto.
Indudablemente eran éstas extrañas fantasías para ocupar la mente de un hombre en tal situación; y he pensado después
varias veces que sin duda las revoluciones del barco alrededor del remolino me
habían vuelto algo tonto.
"Otra circunstancia contribuyó también a
devolverme mi sangre fría; y fué la cesación del viento que no podía
alcanzarnos en esta posición; pues, como vos mismo lo podéis apreciar, el
cinturón de marejada está considerablemente más bajo que el nivel general del
océano, que formaba entonces sobre nosotros una alta, negra y enorme
protuberancia. Si jamás habéis estado en el mar en ocasión de una borrasca, no
podéis formaros idea de la confusión de ideas que resulta del viento y la
lluvia combinados. Ciegan, ensordecen y ahogan, quitándoos toda facultad de
acción o de reflexión. Pero entonces nos hallábamos libres en gran parte de
estas molestias; exactamente como el condenado a muerte goza en su prisión de
las pequeñas prerrogativas que le estaban prohibidas cuando su sentencia era
todavía incierta.
"Imposible sería decir cuántas veces
recorrimos el circuito de aquella zona. Corrimos en redondo quizás una hora,
volando más que flotando, y acercándonos gradualmente al centro del remolino, y
luego cada vez más y más cerca de su horrendo margen. Durante todo este tiempo
no me había desprendido del anillo. Mi hermano estaba a popa, sujetándose de un
pequeño barril de agua vacío, atado fuertemente al cuartel de la bovedilla, y
que era el único objeto que no hubiera sido barrido por el mar cuando nos cogió
el primer golpe del temporal. Al aproximarnos al
borde del abismo, abandonó su punto de apoyo y trató de acogerse a la argolla,
de la cual, en la agonía de su terror, intentaba separar mis manos, como si no
fuera suficientemente grande para prestarnos a los dos seguro apoyo. Nunca he
sentido pesar tan profundo como cuando le vi acometer este acto, aunque sabía
que estaba loco al intentarlo, furiosamente insano por la fuerza de su terror.
No me ocupé, por cierto, de disputarle el sitio. Sabía demasiado bien que lo
mismo daba que tuviéramos o careciéramos de un punto de apoyo; así, le abandoné
el anillo y me dirigí a popa en busca del barril. No había entonces gran
dificultad para realizar esto, porque el barco volaba en redondo con bastante
firmeza y equilibrio sobre su quilla, oscilando solamente acá y allá con las
inmensas ondulaciones y remolinos del vórtice. Apenas me había asegurado en mi
nueva posición, cuando dimos un violento vuelco a estribor y nos precipitamos
en el abismo. Murmuré una agitada plegaria y creí que todo había terminado.
Como sentía el agobiador mareo del descenso, apreté instintivamente mi abrazo
al barril, y cerré los ojos. Durante algunos segundos no me atreví a abrirlos,
esperando la destrucción instantánea, y me maravillaba de no sentirme ya en
luchas mortales dentro del agua. Pero transcurrió un momento, luego otro. Vivía
todavía. La sensación de caída había cesado, y el movimiento del buque se
parecía mucho al anterior, como cuando nos encontrábamos en el cinturón de
marejada, con la diferencia de que ahora se notaba
más tendido. Cobré valor, y contemplé otra vez la escena.
"Nunca olvidaré la sensación de espanto, de
horror y admiración con la cual miraba en derredor. El barco parecía colgado
como por arte de magia a media altura sobre el interior de un canal de vasta
circunferencia y maravillosa profundidad, cuyos costados perfectamente lisos
podían haberse confundido con el ébano, a no ser por la rapidez vertiginosa con
que giraban en redondo, y por el fantástico y radiante esplendor que despedían
a los rayos de la luna llena, los cuales, desde aquella abertura circular entre
las nubes que antes he descrito, bañaban en un torrente de gloria dorada los
negros muros yendo a perderse entre las más remotas profundidades del abismo.
"Al principio estaba demasiado confuso para
observar nada con atención. El despliegue general de aterradora grandeza era
todo lo que podía percibir. Cuando me recobré un poco, sin embargo, mis miradas
se dirigieron instintivamente hacia abajo. En aquella dirección me era posible
obtener una perspectiva libre por la posición en que se encontraba la goleta
sobre la inclinada superficie del vórtice. El barco se mantenía casi recto
sobre su quilla; es decir, la cubierta estaba en plano paralelo con el agua,
pero con declive de más de cuarenta y cinco grados, de manera que parecíamos
acostados sobre la extremidad de nuestros baos. No pude menos de observar que,
a pesar de todo, apenas tenía mayor dificultad para mantenerme en pie y caminar
en esta posición que si hubiéramos estado en un
plano horizontal; lo que era debido, supongo, a la velocidad de nuestras
revoluciones.
"Los rayos de la luna parecían penetrar hasta
el mismo seno del profundo golfo; pero no pude ver nada distintamente a causa
de una espesa lluvia en que todo estaba envuelto, y sobre la cual se tendía un
magnífico arco iris semejando el estrecho y vacilante puente que, según
aseguran los musulmanes, es la única vía entre el Tiempo y la Eternidad. Esta
lluvia o rocío, era ocasionada indudablemente por el choque de los grandes
muros al confundirse en el fondo; pero no me atrevo a describir el alarido que
brotaba hasta los cielos desde el centro de aquella profundidad.
"Nuestro primer salto en el abismo desde la
zona espumosa arriba nos llevó a gran distancia en la pendiente; pero el
descenso posterior no seguía la misma proporción absolutamente. Girábamos y
girábamos en redondo, no con movimiento uniforme, sino en vertiginosas
sacudidas y oscilaciones que nos arrojaban a veces solamente unas cincuenta
yardas, mientras nos hacían otras recorrer casi todo el circuito del remolino.
Nuestro progreso hacia abajo en cada revolución era lento mas perfectamente
perceptible.
"Mirando en derredor sobre la vasta amplitud
del líquido color de ébano que nos sostenía, pude notar que nuestro barco no
era el único objeto que flotaba en el ámbito del torbellino. Encima y debajo de
nosotros veíanse fragmentos de buques, grandes masas de maderaje, y troncos de árboles, con muchos otros pequeños artículos, como
piezas de mueblería, cajas destrozadas, barriles y duelas. He aludido antes a
la extraordinaria curiosidad que me había asaltado en lugar de mis terrores
primitivos. Parecía aumentar ésta en mí a medida que se aproximaba más y más mi
fatal sentencia. Comencé entonces a observar con extraño interés los numerosos
objetos que flotaban en nuestra compañía. Debo haber estado
delirante, porque hasta encontraba distracción en calcular la
velocidad relativa de su variado descenso hacia el espumante fondo. Este
abeto—me sorprendí diciendo una vez—será ciertamente el primero que dé el gran
salto y desaparezca; quedando luego desconcertado al ver que los despojos de un
buque mercante holandés le tomaban la delantera y se sumergían primero. Al fin,
después de varios cálculos de esta naturaleza y de advertir que me engañaba en
todos ellos, este hecho, el hecho repetido de mi invariable error, me inspiró
una serie de ideas que hicieron nuevamente temblar mis miembros y batir con
pesadez mi corazón.
"No era un nuevo terror lo que así me
afectaba, sino al contrario la aurora de una incipiente y alentadora esperanza.
Esta esperanza brotó en parte del recuerdo de lo que en otras ocasiones había
presenciado, y en parte de la observación del momento. Rememoré que gran
cantidad del material flotante regado en la costa de Lofoden había sido
absorbido y vuelto a arrojar por el Móskoe-ström. En su mayor parte estaban
aquellos despojos horriblemente destrozados, tan aplastados y
ásperos que tenían solamente la apariencia de un montón de astillas; pero
recordé también que había algunos que no estaban desfigurados en absoluto.
Luego, no había a que atribuir esta diferencia, a menos que se supusiera que
los fragmentos destrozados eran los únicos que habían sido completamente
absorbidos; y que los otros, sea por haber entrado al torbellino en un
período avanzado de la marea o por cualquiera otra razón, habían descendido tan
lentamente después de su absorción, que no llegaron al fondo antes del momento
en que cambiara la corriente del flujo o del reflujo, según las circunstancias.
Concebí por último la posibilidad de que hubieran sido devueltos de esta manera
por el remolino hasta el nivel del océano, sin sufrir la suerte de los que
entraron primero o fueron absorbidos con mayor rapidez. Hice, además, tres
importantes observaciones. La primera fué que, como regla general, mientras más
grandes eran los cuerpos, más rápido era su descenso; la segunda que, entre
masas de igual volumen, una esférica y otra de cualquiera otra forma,
la superioridad de velocidad para descender correspondía a la esférica; y
tercera que, entre dos cuerpos de igual tamaño, uno de ellos cilíndrico y el
otro de cualquiera otra forma, el cilíndrico era absorbido más lentamente.
Desde mi salvamento, he tenido varias conversaciones sobre este tema con un
viejo maestro de escuela del distrito; y supe por él lo que significaban las
palabras esférico y cilíndrico. Él me explicó
también, aun cuando después haya olvidado la explicación, cómo
lo que yo observé era verdaderamente la consecuencia natural de la forma de los
fragmentos flotantes; y me mostró cómo sucedía que un cilindro arrastrado en un
vórtice ofrece más resistencia para la succión y es absorbido con mayor
dificultad que otro cuerpo de igual volumen y de cualquiera otra forma.[7]
"Hubo una circunstancia que hirió mi
imaginación, haciéndome adelantar mucho en la vía de estas observaciones y
volviéndome ansioso de ponerlas en práctica; y fué que a cada revolución
dejábamos atrás algo semejante a un barril o quizá la verga o mástil de algún
buque, mientras muchos otros objetos que habían estado a nuestro nivel cuando
abrí los ojos por primera vez a las maravillas del abismo, encontrábanse ahora
mucho más arriba de nosotros y parecían haber avanzado muy poco de su primera
posición.
"No vacilé más. Resolví atarme fuertemente al
tonel vacío que me servía de apoyo en aquel momento, y lanzarme con él al agua.
Traté de llamar la atención de mi hermano señalando a los barriles que flotaban
cerca de nosotros, e hice cuanto estuvo en mi poder para explicarle lo que
intentaba acometer. Creo que al fin me comprendió; mas fuera éste o no el caso,
sacudió la cabeza desesperadamente y rehusó abandonar su posición cerca de la
argolla. Era imposible para mí llegar hasta él; la ocasión no admitía retardo;
y así, con amarga lucha le abandoné a su suerte, atándome al tonel con las
mismas cuerdas que le sujetaban a la bovedilla; y
me precipité en el mar sin más vacilación.
"El resultado fué precisamente el que
esperaba. Como soy yo mismo quien os relata esta historia; como veis que llegué
a escapar; y como conocéis ahora la forma en que realicé mi salvación; y
debéis, por consiguiente, anticiparos todo lo que me falta decir, llevaré mi
historia rápidamente a su conclusión. Habría pasado una hora o algo así después
que abandoné la goleta cuando, habiendo descendido a gran distancia debajo del
sitio en que yo me encontraba, dió tres o cuatro giros violentos en rápida sucesión
y, arrastrando a mi amado hermano en su seno, se precipitó de una vez para
siempre en el caos de espuma del abismo. El barril al cual me había yo atado
hallábase algo más abajo de la distancia media entre el fondo del torbellino y
el punto en que yo salté fuera del barco, cuando se presentó un gran cambio en
la índole del remolino. La pendiente de los costados se volvió cada vez menos
inclinada. Los giros hiciéronse menos y menos violentos. Desaparecieron poco a
poco la espuma y el arco iris; y el fondo del abismo pareció elevarse
lentamente. El cielo estaba claro, el viento había caído, y la luna llena se
ponía radiantemente en el oeste cuando me encontré en la superficie del océano,
en frente de las playas de Lofoden y sobre el sitio en que el remolino del
Móskoe-ström había existido. Era la hora de calma de la marea, pero
todavía el mar se elevaba en olas como montañas por efecto del huracán. Me vi
arrastrado violentamente hacia el canal del Ström,
y en algunos minutos me arrebató la corriente abajo, hacia la costa donde
estaban situadas las pesqueras de mis compañeros. Un bote me recogió exhausto
de fatiga y, entonces que el peligro había ya pasado, mudo por el recuerdo de
su horror. Los que me recibieron a bordo eran mis viejos camaradas y mis
compañeros de todos los días; pero no me reconocieron, como tampoco habría yo
reconocido a un viajero de la región de las sombras. Mi pelo, que había sido
negro como el ala del cuervo el día anterior, estaba tan blanco como lo veis
ahora. Dicen también que ha variado toda la expresión de mi fisonomía.
Referíles mi historia; no la creyeron. Ahora os la relato a vos,
sin esperanza de que le prestéis mayor fe de la que acostumbran otorgarle los
alegres pescadores de Lofoden."
[1] El
sonido semejante de antenas y estaño en inglés provoca la
equivocación del negro que no entiende mucho de requilorios de pronunciación.—La
Redacción.
[2] Analogía
de sonido y ortografía con kid, que en inglés significa cabrito.—La
Redacción.
[3] Nombre
análogo en letras y pronunciación a Bishop, que en inglés significa
obispo.—La Redacción.
Su corazón es un laúd en pendiente,
Apenas se le roza, vibra.
[5] Sin
pretensiones de traducir en verso las bellísimas rimas de Poe, hemos procurado
expresar en simple prosa cadenciosa la idea encerrada en esta poesía y
despertar algo de la emoción buscada por el autor.—La Redacción.
[6] Watson,
el doctor Pércival, Spallanzani y especialmente el obispo de Llándaff.
[7] Véase
Arquímedes: De Incidentibus in Fluido, libro 2.
End of the Project Gutenberg EBook of Cuentos
Clásicos del Norte, Primer
Serie, by
Edgar Allan Poe
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CLASICOS DEL NORTE, PRIMERA SERIE ***

