Libro N° 9638. Recuerdos De Mi Vida. Tomo 1. Ramón y Cajal, Santiago.
© Libro N° 9638. Recuerdos De Mi Vida. Tomo 1. Ramón y Cajal, Santiago. Emancipación.
Febrero 26 de 2022.
Título original: © Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2). Author:
Santiago Ramón y Cajal
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Original: © Recuerdos De Mi Vida. (Tomo 1 De 2). Santiago Ramón y Cajal
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RECUERDOS DE MI VIDA
(Tomo 1 De 2)
Santiago Ramón Y Cajal
Recuerdos De Mi Vida
(Tomo 1 De 2)
Santiago Ramón y Cajal
Title: Recuerdos de mi vida
(tomo 1 de 2)
Author: Santiago Ramón y
Cajal
Release Date: November 24,
2018 [EBook #58331]
Language: Spanish
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GUTENBERG EBOOK RECUERDOS DE MI VIDA (TOMO 1 DE 2) ***
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[p. i]
S. RAMÓN Y CAJAL
Recuerdos
de mi vida
2.ª EDICIÓN
(OBRA ILUSTRADA CON
NUMEROSOS FOTOGRABADOS)
TOMO I
MI INFANCIA Y
JUVENTUD
MADRID
IMPRENTA Y LIBRERÍA DE
NICOLÁS MOYA
Garcilaso, 6,
y Carretas, 8.
—
1917
[p. ii]Es propiedad del
autor.
[p. iii]
ADVERTENCIA AL LECTOR
Allá por los años de 1896 a 1900 se puso en moda el
género de la autobiografía. Varios ingenios, en su mayoría pertenecientes a los
gremios militar, político y literario, dieron la señal redactando interesantes
y amenos Recuerdos, que serán de seguro consultados con fruto por
los actuales y futuros historiadores.
Yo fuí entonces un caso de contagio de la general
epidemia. Para complacer a algunos amigos que deseaban saber en qué condiciones
se desarrolló mi modesta actividad científica, resolví escribir la historia de
una vida vulgar, tan pobre de peripecias atrayentes como fértil en desilusiones
y contrariedades.
Además de aportar el consabido documento
humano, me proponía ofrecer al público un caso de psicología
individual y cierta crítica razonada de nuestro régimen docente. En
el Prólogo advertencia, que precedía al primer tomo, decíamos con
leves variantes:
«Contendrá este libro, más que narración de actos,
exposición de sentimientos e ideas. En él se reflejará sintéticamente la serie
de las reacciones mentales, provocadas en el autor por el choque de la realidad
del mundo y de los hombres.
[p. iv]»Enseñan Taine (entonces Taine estaba a la
moda) y otros modernos críticos, que el hombre es función del medio físico y
moral que le rodea. Referir las ideas que le guiaron y los afectos que le
movieron, es tanto como mostrar los efectos casi necesarios del ambiente, las
causas mecánicas de la obra realizada; pero es también, y muy señaladamente,
poner en evidencia los gérmenes de error, de atraso o de progreso existentes en
el medio social; es señalar los vicios de la enseñanza y de la educación; y es,
en fin, por lo que toca a nuestro caso particular, marcar los obstáculos contra
los cuales se estrella a menudo la juventud cuando, a impulsos de generosa
ambición, pretende, en la modesta esfera de sus aptitudes, colaborar en la
magna y redentora empresa de la cultura patria.
»Tal es la justificación de la presente obrilla.
Ahí está también, según yo pienso, el único y menguado interés que mi
autobiografía puede inspirar a aquellas personas sinceramente preocupadas del
arduo problema de la educación nacional.
»No busque, pues, aquí el lector aventuras
estupendas, narraciones pintorescas, ni arranques pasionales. Quien sienta,
como el toro, atracción por lo rojo, debe leer vidas de caudillos, historias de
héroes.
»Una vida de aventuras implica exceso y variación
continua de la acción y de su escenario, al revés de lo que reclama la labor
del espíritu, que a imitación de la naturaleza sólo puede producir en la calma,
el silencio y la obscuridad.
»Pero una vida, por sencilla que sea, es un haz
complejísimo de ideas, de sentimientos y de sucesos, frecuentemente
contradictorios e ilógicos, solamente enlazados y armonizados por la
continuidad de una conciencia personal.[p. v] Imposible será, pues, sin
faltar a la sinceridad o sin trazar un cuadro incompleto y excesivamente
objetivo, dejar de reflejar en un escrito de este género los diversos y
sucesivos estados mentales del autor acerca de sus convicciones o sus dudas en
materias religiosas, filosóficas, científicas y hasta sociológicas y
artísticas...
»Si algún psicólogo o educador se toma la molestia
de recorrer estas páginas, podrá ver en ellas un caso típico de educación
romántica; siendo de notar la curiosa circunstancia de que semejante educación
fué muy principalmente obra personal y tuvo la significación de una reacción
compensadora excesiva contra los gustos y cultura, harto utilitarios y
positivistas, que padres y maestros quisieron imponer al autor.
»Cumplióse en mí cierto principio de mecánica moral
que podría llamarse ley de la inversión de los efectos. Esta ley,
que padres y maestros debieran tener muy presente para no extremar ciertas
tesis ni imponer con celo exagerado determinados gustos e inclinaciones (con lo
que se evitarían resultados contraproducentes), explica cómo las voluntades más
indisciplinadas y los revolucionarios más radicales han salido tan a menudo del
seno de las corporaciones religiosas.
»Desde otro punto de vista, una biografía sincera,
aun referente a persona tan vulgar e indigna de los honores de la historia como
yo, encierra algún interés para el pensador. La vida es, ante todo, lucha. La
inteligencia se adapta a las cosas, pero éstas se adaptan también a la
inteligencia. La teoría del medio moral no lo explica todo; en el resultado
final de la educación entra por mucho el carácter individual, es decir, la
energía específica traída del fondo histórico de la raza. Es para nosotros indudable
que el hombre nace con un cerebro casi siempre algo original en[p. vi] su
organización, porque la naturaleza, preocupada ante todo del progreso de la
especie, cuida de no repetirse demasiado; y así, a cada generación cambia sus
tipos, desarrollando en ellos inclinaciones diferentes. Mas el medio social,
gran demagogo de la vida, propende, en virtud de cierta contrapresión
deformante, a uniformarnos, achicándonos o elevándonos según la energía mental
nativa, con la mira de transformar el carácter disonante traído del seno del
protoplasma humano, en un producto uniforme, anodino, especie de diagonal o
término medio entre todas las tendencias divergentes.
»Pero ni gobiernos, ni familias, ni educadores,
pueden crear, a pesar de las más exquisitas precauciones, un medio moral
rigurosamente idéntico para todos; de donde resulta que las discrepancias y los
estridores surgen por todas partes. Constreñida entre las mallas de la
educación burguesa, la naturaleza reclama de vez en cuando sus fueros, y
asistida por esas desigualdades irremediables del ambiente social, por el azar
de las impresiones personales o el choque de lecturas imprudentes, hace surgir
diariamente, para preocupación de maestros y tormento de padres, espíritus
rebeldes, celosos de su individualidad y resueltos a defenderse de los efectos
aplanadores del rodillo igualitario.
»Esto sentado, resulta interesante averiguar en
virtud de qué influencias quedó desvirtuada y sin efecto, para ciertos díscolos
temperamentos, la obra de la presión colectiva, y pudieron mantenerse, con
leves e insuficientes adaptaciones, las agudas aristas traídas de la cantera
orgánica, a despecho del perenne batir del oleaje social, que tiende a
transformar todas las cabezas en cantos rodados, igualmente lisos, redondos y
movedizos.
··················
[p. vii]»Faltaría a la sinceridad que debo a mis
lectores si no confesara que, además de las razones expuestas, me han impulsado
también a componer este librito móviles egoístas. Cuando el hombre ha entrado
en el último cuarto de la vida y siente ese molesto rechinar de piezas
desgastadas por el uso y aun por el abuso; cuando los sentidos pierden aquella
admirable precisión y congruencia que tuvieron en la edad juvenil,
convirtiéndose en averiados instrumentos de física... gusta saborear el
recuerdo de los tiempos plácidos y luminosos de la juventud; de aquella dichosa
edad en que la máquina, pulida y rozagante como recién salida de la fábrica,
podía funcionar a todo vapor, derrochando entusiasmo y energías, al parecer
inagotables. ¡Época feliz en que la naturaleza se nos ofrecía cual brillante
espectáculo cuajado de bellezas; en que la ciencia se nos aparecía como
espléndida antorcha capaz de disipar todos los enigmas del Cosmos, y la
filosofía como el verbo infalible de la tradición y de la experiencia, destinada
a mostrarnos, para consuelo y tranquilidad de la existencia, los gloriosos
títulos de nuestro origen y la grandeza de nuestro destino!
»¡Sí, repetimos, cuando se llega a cierta edad
nadie puede sustraerse a esa nostalgia de fuerza y de vida que nos arrastra,
como burlando la ley inexorable del tiempo, a vivir otra vez nuestra juventud,
contemplada desde el áureo castillo de nuestros recuerdos, donde buscamos ese
calor de humanidad y de afecto que el viejo no encuentra ya en el medio social,
cruelmente frío y positivista para los inválidos del tiempo y los prometidos de
la muerte! Los jóvenes sobre todo miran al anciano con antipatía; considéranle
como obstáculo perenne a su legítima ambición, acaparador egoísta de puestos y
honores oficiales...
»Una advertencia antes de terminar. Ha dicho
Renan[p. viii] “que no es posible hacer la propia biografía como se hace
la de los demás. Lo que de uno mismo se dice es siempre poesía”. El gran Goethe
encabeza también su autobiografía con el significativo subtítulo de Poesía
y Realidad. En igual pensamiento se han inspirado artistas como Wagner,
filósofos como Stuart Mill, naturalistas como C. Vogt, etc., y entre nosotros,
dramaturgos como Echegaray, y pensadores como Unamuno. Todos han formado el
ramillete de sus recuerdos con las flores más bellas escogidas en las márgenes,
no siempre verdes y floridas, del accidentado camino de la vida. Y con mayor
razón deberemos inspirarnos en él las medianías, los grises y monótonos obreros
de la ciencia y de la enseñanza.»
Hasta aquí el prólogo de 1901, de que entresacamos
solamente los párrafos más significativos.
Como se ve, nuestro propósito era escribir una
autobiografía con tendencias filosóficas y pedagógicas.
Hoy, transcurridos dieciocho años, me sorprendo un
poco de mis arrogancias de entonces. Engolfado hasta la preocupación en
estudios de índole analítica, mi cultura psicológica y literaria dejaba harto
que desear. Había leído poco o nada de los admirables educadores ingleses y
franceses. Mi documentación era, pues, demasiado deficiente para dar cima a la
empresa acometida. Si hoy debiera repensar y redactar este libro, adoptaría de
seguro plan, tendencia y estilo diferentes.
Pero carezco del vagar necesario para refundir por
completo el viejo texto. En la edición actual me he limitado, por consiguiente,
a sanearlo un poco, abreviando digresiones, condensando o descartando desahogos
líricos y filosóficos asaz inoportunos, y limando el estilo sin tocar
esencialmente a lo fundamental del relato.
[p. ix]
En algunos capítulos aparecen adiciones
introducidas con la doble intención de hacer menos ingrata la lectura y de
mitigar en lo posible las monótonas descripciones de travesuras estudiantiles,
en el fondo bastante vulgares y corrientes. Se han multiplicado también los
grabados.
A pesar de las referidas correcciones y adiciones,
el contenido del primer volumen de los Recuerdos dista mucho de ser
comparable, a los fines educativos, con la materia del segundo. Poco me falta
hoy para pensar que su valor pedagógico es francamente negativo.
Mas considerando que el indulgente lector ha
agotado una primera edición, sin contar las aparecidas en dos Revistas
literarias[1], me animo a
sacar a luz esta segunda, confiando en que el público la acogerá con igual
bondadoso interés que la anterior.
Madrid, Junio de 1917.
[p. 1]
CAPÍTULO PRIMERO
Mis padres, el lugar de mi nacimiento y mi primera
infancia.
ací el 1.º de Mayo de 1852 en Petilla de
Aragón, humilde lugar de Navarra, enclavado por singular capricho geográfico en
medio de la provincia de Zaragoza, no lejos de Sos. Los azares de la profesión
médica llevaron a mi padre, Justo Ramón Casasús, aragonés de pura cepa, y
modesto cirujano por entonces, a la insignificante aldea donde vi la primera
luz, y en la cual transcurrieron los dos primeros años de mi vida.
Fué mi padre un carácter enérgico,
extraordinariamente laborioso, lleno de noble ambición. Apesadumbrado en los
primeros años de su vida profesional, por no haber logrado, por escasez de
recursos, acabar el ciclo de sus estudios médicos, resolvió, ya establecido y
con familia, economizar, aun a costa de grandes privaciones, lo necesario para
coronar su carrera académica, sustituyendo el humilde título de Cirujano
de segunda clase con el flamante diploma de Médico-cirujano.
Sólo más adelante, cuando yo frisaba en los seis
años de edad, dió cima a tan loable empeño. Por entonces (corrían los años de
1849 y 1850), todo su anhelo se cifraba en llegar a ser cirujano de acción y
operador de re[p. 2]nombre; y alcanzó su propósito, pues la fama de sus curas
extendióse luego por gran parte de la Navarra y del alto Aragón, granjeando con
ello, además de la satisfacción de la negra honrilla, crecientes y saneadas
utilidades.
El partido médico de Petilla era de los que los
médicos llaman de espuela; tenía anejos, y la ocasión de recorrer a
diario los montes de su término, poblados de abundante y variada caza, despertó
en mi padre las aficiones cinegéticas, dándose al cobro de liebres, conejos y
perdices, con la conciencia y obstinación que ponía en todas sus empresas. No
tardó, pues, en monopolizar por todos aquellos contornos el bisturí y la
escopeta.
Con los ingresos proporcionados por el uno y la
otra, o digamos las perdices y los clientes, pudo ya, cumplidos los dos años de
estada en Petilla, comprar modesto ajuar y contraer matrimonio con cierta
doncella paisana suya, de quien hacía muchos años andaba enamorado.
Era mi madre, al decir de las gentes que la
conocieron de joven, hermosa y robusta montañesa, nacida y criada en la aldea
de Larrés, situada en las inmediaciones de Jaca, casi camino de Panticosa.
Habíanse conocido de niños (pues mi padre era también de Larrés), simpatizaron
e intimaron de mozos y resolvieron formar hogar común, en cuanto el modesto
peculio de entrambos, que había de crecer con el trabajo y la economía, lo
consintiese.
No poseo, por desgracia, retratos de la época
juvenil, ni siquiera de la madurez de mis progenitores. Las fotografías
adjuntas fueron hechas en plena senectud, pasados ya los setenta años.
Lám. I: Retrato de mis padres. Estas fotografías
están hechas cuando mis progenitores pasaban de los setenta años.
La ley de herencia fisiológica da, de vez en
cuando, bromas pesadas. Parecía natural que los hijos hubiésemos representado,
así en lo físico como en lo mental, una diagonal o término medio entre los
progenitores; [p. 3]no ocurrió así desgraciadamente. Y de la belleza de mi
madre, belleza que yo todavía alcancé a ver, y de sus excelentes prendas de
carácter, ni un solo rasgo se transmitió a los cuatro hermanos, que
representamos, así en lo físico como en lo moral, reproducción casi exacta de
nuestro padre; circunstancia que nos ha condenado en nuestra vida de familia a
un régimen sentimental e ideológico, monótono y fastidioso.
Porque, según es harto sabido, cada cual busca
instintivamente aquello de que carece, y se aburre y molesta al ver reflejados
en los otros iguales defectos de carácter, sin las virtudes y talentos que la
Naturaleza le negó. A la manera del concierto musical, la armonía moral
resulta, no del unísono vibrar de muchos diapasones, sino de la combinación de
notas diferentes. Por mi parte, siempre he sentido antipatía hacia esas
familias homogéneas, cuyos miembros parecen cronómetros fabricados por la misma
mano, en las cuales, una palabra lanzada por un extraño provoca reacciones
mentales uniformes, comentarios concordantes. Diríase que las lenguas todas de
la familia están unidas a un hilo eléctrico y regidas por un solo cerebro.
Afortunadamente, y en lo referente a nosotros, la heterogeneidad del medio
moral, es decir, las condiciones algo diversas en que cada uno de mis hermanos
ha vivido, han atenuado mucho los enfadosos efectos de la uniformidad
psicológica y temperamental.
Pero no debo quejarme de la herencia paterna. Mi
progenitor era mentalidad vigorosa, donde culminaban las más excelentes
cualidades. Con su sangre me legó prendas de carácter, a que debo todo lo que
soy: la religión de la voluntad soberana; la fe en el trabajo; la convicción de
que el esfuerzo perseverante y deliberado es capaz de modelar y organizar desde
el músculo hasta el cerebro, su[p. 4]pliendo deficiencias de la Naturaleza y
domeñando hasta la fatalidad del carácter, el fenómeno más tenaz y recalcitrante
de la vida. De él adquirí también la hermosa ambición de ser algo y la decisión
de no reparar en sacrificios para el logro de mis aspiraciones, ni torcer jamás
mi trayectoria por motivos segundos y causas menudas. De sus excelencias
mentales, faltóme, empero, la más valiosa quizá: su extraordinaria memoria. Tan
grande era, que cuando estudiante recitaba de coro libros de patología en
varios tomos, y podía retener, después de rápida lectura, listas con cientos de
nombres tomados al azar. Con ser grande su retentiva natural u orgánica,
aumentábala todavía a favor de ingeniosas
combinaciones mnemotécnicas que recordaban las tan celebradas y
artificiosas del abate Moigno.
Para juzgar de la energía de voluntad de mi padre,
recordaré en breves términos su historia. Hijo de modestos labradores de Larrés
(Huesca), con hermanos mayores, a los cuales, por fuero de la tierra, tocaba
heredar y cultivar los campos del no muy crecido patrimonio, tuvo que abandonar
desde muy niño la casa paterna, entrando a servir en concepto de mancebo, a
cierto cirujano de Javierre de Latre, aldea ribereña del río Gállego, no muy
lejana de Anzánigo. Aprendió allí el oficio de barbero y sangrador, pasando en
compañía de su amo, un benemérito cirujano romancista, ocho o diez años
consecutivos.
Lám. II, Fig. 1.—Larrés tomado a vista de pájaro.
En la fotografía no aparece el Pirineo nevado, que hacia el Norte cierra el
horizonte.
Lám. II, Fig. 2.—La casa alta, destartalada y
situada en el centro de la calle, fué donde nací. (Petilla).
Otro que no hubiese sido el autor de mis días,
habría acaso considerado su carrera como definitivamente terminada, o hubiera
tratado de obtener como coronamiento de sus ambiciones académicas, el humilde
título de ministrante; pero sus aspiraciones rayaban más alto. Las brillantes
curas hechas por su amo, la lectura asidua de cuantos libros de cirugía
encontraba (de que había copiosa colección [p. 5]en la estantería del
huésped), el cuidado y asistencia de los numerosos enfermos de cirugía y
medicina que su patrón, conocedor de la excepcional aplicación del mancebo, le
confiaba, despertaron en él vocación decidida por la carrera médica.
Resuelto, pues, a emanciparse de la bajeza y
estrechez de su situación, cierto día (frisaba ya en los veintidós años),
sorprendió a su amo con la demanda de su modesta soldada. Y despidiéndose de
él, y en posesión de algunas pesetas prestadas por sus parientes, emprendió a
pie el viaje a Barcelona, en donde halló por fin, tras muchos días de privación
y abandono (en Sarriá), cierta barbería cuyo maestro le consintió asistir a las
clases y emprender la carrera de cirujano.
A costa, pues, de la más absoluta carencia de
vicios, y sometiéndose a un régimen de austeridad inverosímil, y sin más
emolumentos que el salario y los gajes de su mancebía de barbero, logró mi
padre el codiciado diploma de cirujano, con nota de Sobresaliente en
todas las asignaturas, y habiendo sido modelo insuperable de aplicación y de
formalidad. Allí, en esa lucha sorda y obscura por la conquista del pan del
cuerpo y del alma, bordeando no pocas veces el abismo de la miseria y de la
desesperación, respirando esa atmósfera de indiferencia y despego que envuelve
al talento pobre y desvalido, aprendió mi padre el terror de la pobreza y
el culto un poco exclusivo de la ciencia práctica, que más tarde,
por reacción mental de los hijos, tantos disgustos había de proporcionarle y
proporcionarnos.
Años después, casado ya, padre de cuatro hijos, y
regentando el partido médico de Valpalmas (provincia de Zaragoza), dió cima a
su ideal, graduándose de Doctor en Medicina.
[p. 6]Cuento estos sucesos de la biografía de mi
padre, porque sobre ser honrosísimos para él, constituyen también antecedentes
necesarios de mi historia. Es indudable que, prescindiendo de la influencia
hereditaria, las ideas y ejemplos del padre, representan factores primordiales
de la educación de los hijos, y causas, por tanto, principalísimas de los
gustos e inclinaciones de los mismos.
De mi pueblo natal, así como de los años pasados en
Larrés y Luna (partidos médicos regentados por mi padre desde los años 1850 a
1856), no conservo apenas memoria. Mis primeros recuerdos, harto vagos e
imprecisos, refiérense al lugar de Larrés, al cual se trasladó mi padre dos
años después de mi nacimiento, halagado con la idea de ejercer la profesión en
su pueblo natal, rodeado de amigos y parientes. En Larrés nació mi hermano
Pedro, actual catedrático de la Facultad de Medicina de Zaragoza.
Cierta travesura cometida cuando yo tenía tres o
cuatro años escasos, pudo atajar trágicamente mi vida. Era en la villa de Luna
(provincia de Zaragoza).
Hallábame jugando en una era del ejido del pueblo,
cuando tuve la endiablada ocurrencia de apalear a un caballo; el solípedo, algo
loco y resabiado, sacudióme formidable coz, que recibí en la frente; caí sin
sentido, bañado en sangre, y quedé tan mal parado que me dieron por muerto. La
herida fué gravísima; pude, sin embargo, sanar, haciendo pasar a mis padres
días de dolorosa inquietud. Fué ésta mi primera travesura; luego veremos que no
debía ser la última.
[p. 7]
CAPÍTULO II
Excursión tardía a mi pueblo natal. — La pobreza de
mis paisanos. — Un pueblo pobre y aislado que parece símbolo de España.
un cuando trunque y altere el buen orden de la
narración, diré ahora algo de mi aldea natal, que, conforme dejo apuntado,
abandoné a los dos años de edad. De mi pueblo, por tanto, no guardo recuerdo
alguno. Además, mis relaciones ulteriores con el nativo lugar no han sido parte
a subsanar esta ignorancia, puesto que se han reducido solamente a solicitar,
recibir y pagar serie inacabable de fées de bautismo. Carezco,
pues, de patria chica bien precisada (en virtud de la singularidad ya mentada
de pertenecer Petilla a Navarra, no obstante estar enclavada en Aragón).
Contrariedad desagradable de haberme dado el naipe por la política; pero
ventaja para mis sentimientos patrióticos, que han podido correr más libremente
por el ancho y generoso cauce de la España plena.
Así y todo, y después de confesar que mi amor por
la patria grande supera, con mucho, al que profeso a la patria chica, he
sentido más de una vez vehementes deseos de conocer la aldehuela humilde donde
nací. Deploro no haber visto la luz en una gran ciudad, adornada de monu[p.
8]mentos grandiosos e ilustrada por genios; pero yo no pude escoger, y debí
contentarme con mi villorrio triste y humilde, el cual tendrá siempre para mí
el supremo prestigio de haber sido el escenario de mis primeros juegos y la decoración
austera con que la Naturaleza hirió mi retina virgen y desentumeció mi cerebro.
Impulsado, pues, por tan naturales sentimientos,
emprendí, hace pocos años, cierto viaje a Petilla. Después de determinar
cuidadosamente su posición geográfica (que fué arduo trabajo) y estudiar el
enrevesado itinerario (tan escondido y fuera de mano está mi pueblo), púseme en
camino. Mi primera etapa fué Jaca; la segunda, Verdún y Tiermas (villa ribereña
del Aragón, célebre por sus baños termales), y la tercera y última, Petilla.
Hasta Verdún y Tiermas existe hermosa carretera,
que se recorre en los coches que hacen el trayecto de Jaca a Pamplona; pero la
ruta de Tiermas a Petilla, larga de tres leguas, es senda de herradura,
flanqueada por montes escarpadísimos, cortada y casi borrada del todo, en muchos
parajes, por ramblas y barrancos.
Caballero en un mulo, y escoltado por peatón
conocedor del país, púseme en camino cierta mañana del mes de Agosto. En cuanto
dejamos atrás las relativamente verdes riberas del Aragón, aparecióseme la
típica, la desolada, la tristísima tierra española. El descuaje sistemático de
los bosques había dejado las montañas desnudas de tierra vegetal. Sabido es que
en estas tristes comarcas cada aguacero, en vez de llevar la esperanza al
agricultor, constituye trágica amenaza. Precisamente dos días antes ocurrió tormenta
devastadora. Campos antes fecundos aparecían cubiertos de légamo arcilloso; y
nueva denudación de valles y laderas había convertido ríos y arroyos en ramblas
y pedregales. Para apagar la sed y calmar el calor hice es[p. 9]cala en dos o
tres humildes aldehuelas cuyos habitantes lamentaban aún los furores y estragos
de la pasada tempestad. Y caída ya la tarde, llegué a la vista del empinado
monte donde se asienta el pueblo.
A medida que me aproximaba a la aldea natal,
apoderábase de mí inexplicable melancolía, y que llegó al colmo cuando me hizo
escuchar el guía el tañido de la campana, tan extraña a mi oído, como si jamás
lo hubiera impresionado.
No dejaba, en efecto, de ser algo singular mi
situación sentimental. Al regresar al pueblo nativo, todos los hombres saborean
anticipadamente el placer de abrazar a camaradas de la infancia y adolescencia;
en su espíritu aflora el grato recuerdo de comunes placeres y travesuras;
todos, en fin, ansían recorrer las calles, la iglesia, la fuente y los
alrededores del lugar, en los cuales cada árbol y cada piedra evoca un recuerdo
de alegría o de pena. «Yo sólo —me decía— tendré el triste privilegio de hallar
a mi llegada por único recibimiento la curiosidad, acaso algo hostil, y el
silencio de los corazones. Nadie me espera, porque nadie me conoce.»
Y sin embargo, me engañaba. El cura y el
ayuntamiento habían barruntado mi visita y me aguardaban en la plaza del
pueblo. Y hubo además un episodio conmovedor. Al pie del altozano, sobre que se
alza la aldea, cierta anciana, que no tenía la menor noticia de mi excursión, y
que se ocupaba en lavar ropa a la vera de un arroyo, volvió de pronto el
rostro, dejó su faena y, encarándose conmigo y mirándome de hito en hito,
exclamó: «¡Señor, si usted no es D. Justo en persona, tiene que ser el hijo de
D. Justo! ¡Es milagroso!... ¡La misma cara del padre!... ¡No me lo niegue
usted! ¡Si supiera usted cuántas veces, enferma su madre, le dí a usted de
mamar!... ¿Vive aún la Sra. Antonia? ¡Qué buena y qué hermosa era!...»
[p. 10]Felicité a la pobre octogenaria por su
admirable memoria y excelentes sentimientos, y dejando en sus manos una moneda,
continué mi ascensión a Petilla.
Es Petilla uno de los pueblos más pobres y
abandonados del alto Aragón, sin carreteras ni caminos vecinales que lo enlacen
con las vecinas villas aragonesas de Sos y Uncastillo, ni con la más lejana de
Aoiz, cabeza del partido a que pertenece. Sólo sendas ásperas y angostas
conducen a la humilde aldehuela, cuyos naturales desconocen el uso de la
carreta. Extraño y forastero para los pueblos aragoneses que le rodean,
tiénenlo por igual abandonado los navarros, quienes, inspirándose en ese
criterio de ruin egoísmo tan castizamente español, excusan su desdén diciendo
que la construcción de una carretera que enlazara Aoiz y Petilla, cedería en
provecho de muchos pueblos aragoneses, entre los cuales yace, como una isla, mi
nativo lugar.
Álzase éste casi en la cima de enhiesto cerro,
estribación de próxima y empinada sierra, derivada a su vez, según noticias
recogidas sobre el terreno, de la cordillera de la Peña y de Gratal.
Lám. III, Figs. 3 y 4.—Dos vistas de Petilla: la
primera tomada del lado Sur y la segunda del lado Norte.
El panorama, que hiere los ojos desde el pretil de
la iglesia, no puede ser más romántico y a la vez más triste y desolado. Más
que abrigo de rudos y alegres aldeanos, parece aquello lugar de expiación y de
castigo. Según mostramos en el adjunto grabado, una gran montaña, áspera y
peñascosa, de pendientes descarnadas y abruptas, llena con su mole casi todo el
horizonte; a los pies del gigante y, bordeando la estrecha cañada y accidentado
sendero que conduce al lugar, corre rumoroso un arroyo nacido en la vecina
sierra; los estribos y laderas del monte, única tierra arable de que disponen
los petillenses, aparecen como rayados por infinidad de estrechos campos
dispuestos en graderías, trabajosamente defendidos de los aluviones y [p.
11]lluvias torrenciales por robustos contrafuertes y paredones; y allá en la
cumbre, como defendiendo la aldea del riguroso cierzo, cierran el horizonte y
surgen imponentes colosales peñas a modo de tajantes hoces, especie de murallas
ciclópeas surgidas allí a impulso de algún cataclismo geológico. Al amparo de
esta defensa natural, reforzada todavía por castillo feudal actualmente en
ruinas, se levantan las humildes y pobres casas del lugar, en número de 40 a
60, cimentadas sobre rocas y separadas por calles irregulares cuyo tránsito
dificultan grietas, escalones y regueros abiertos en la peña por el violento
rodar de las aguas torrenciales. Al contemplar tan mezquinas casuchas, siéntese
impresión de honda tristeza. Ni una maceta en las ventanas, ni el más ligero
adorno en las fachadas, nada, en fin, que denote algún sentido del arte, alguna
aspiración a la comodidad y al confort. Bien se echa de ver, cuando
se traspasa el umbral de tan mezquinas viviendas, que los campesinos que las
habitan gimen condenados a una existencia dura, sin otra preocupación que la de
procurarse, a costa de rudas fatigas, el cuotidiano y frugalísimo sustento.
Desgraciadamente, no es mi pueblo una excepción de
la regla; así viven también, con leves diferencias, la inmensa mayoría de
nuestros aldeanos. Su ignorancia es fruto de su pobreza. Para ellos no existen
los placeres intelectuales que tan agradable hacen la vida y cuya brevedad
compensan.
Por un contraste chocante, en una aldea en donde la
escuela está reducida a cuartucho destartalado y angosto, y en que hasta la
iglesia es pobre y menguada, álzase orgullosa cierta casa nueva, mansión
cómoda, holgada y hasta espléndida, a la cual encuadra y adorna, por el lado
del campo, frondoso huerto y ameno y vistoso jardín: tal es la[p.
12] abadía o casa del cura, construcción donada al pueblo por cierta
persona tan piadosa como opulenta, a fin de que sirviera de albergue decoroso
al humilde pastor de almas.
En otra situación de ánimo, tan punzante contraste
hubiese dado a mis meditaciones un giro amargo. Hubiera pensado acaso que en
nuestra pobre y abatida España, no hay sino una pasión grande, absorbente,
suprema manifestación del egoísmo individual, a saber: el ansia de alcanzar a
todo trance el cielo prometido por la religión a los buenos, y una sola
generosidad (si cabe considerar como tal lo que se da en vista de personales
provechos), los legados al clero y a las fundaciones piadosas. La caridad generosa
y de buena ley, ese sublime calor de humanidad del filántropo, que, depurado de
bajos egoísmos, da sin esperanza de remuneración, sin desear más recompensa que
la gratitud de los buenos, es un sentimiento rarísimo entre nuestros opulentos.
Exclusiva preocupación de éstos parece ser realizar lo que podríamos
llamar el copo de la felicidad, es decir, alcanzar los dones de la
fortuna en esta vida y gozar la beatitud eterna en la otra.
Pero yo, que sólo me siento socialista muy de vez
en cuando, no estaba entonces para semejantes consideraciones. Impresionado por
la miseria y el abandono de aquel lugar; por la esquivez de una naturaleza
tirana e insensible; por las fatigas y trabajos a costa de los cuales aquellos
infortunados aldeanos debían ocurrir a su mezquino sustento; por la ausencia,
en fin, de toda comodidad y regalo, capaces de hacer amable o tolerable la
vida, me pregunté: Si el sacerdote no tenía allí alta y piadosa misión que cumplir;
si aquella casa, relativamente suntuosa, destinada a asegurar la residencia de
un ecónomo, que de otra suerte viviría en alguna aldea próxima más populosa, no
satisfacía vital necesidad, ¿qué sería —decíame[p. 13] para mis adentros—
de estas existencias duras, si la religión no acariciase y elevase sus almas
abatidas por la fatiga y el dolor? ¿Cómo soportar la desconsoladora monotonía
de una vida sin otros contrastes que los creados por la sucesión de las
estaciones y los inevitables estragos del tiempo? ¿Cómo adherirse, formal y
profundamente, a la infecunda tierra donde nacimos, sin ese confortador
optimismo de la religión, que nos promete, calmando impaciencias y desalientos
del presente, en pos de una vida de prueba y de expiación, la resurrección
luminosa, la ansiada repatriación a las doradas tierras del cielo, cuna de
nuestras almas y mansión donde nos esperan los muertos queridos y llorados?
Gran escuela de espiritualidad y virtud es un suelo
gris y un cielo perennemente azul. Donde la naturaleza es próvida y paganamente
deleitosa, declina a menudo el sentimiento religioso.
¡Oh, los heroicos labriegos de nuestras mesetas
esteparias!... Amémosles cordialmente. Ellos han hecho el milagro de poblar
regiones estériles, de las cuales el orondo francés o el rubicundo y linfático
alemán huirían como de peste. Y, de pasada, rechacemos indignados la brutal
injusticia con que ciertos escritores franceses, catalanes y vascos (no todos
por fortuna) y en general los felices habitantes de los países de yerba,
desprecian o desdeñan a los amojamados, cenceños, tostados, pero enérgicos
pobladores de las austeras mesetas castellanas y aragonesa, como si tan
humildes cultivadores del terruño nacional tuvieran la culpa de haber visto la
luz bajo un cielo inclemente...
Pero arrastrado por mis pensamientos, olvido hablar
de la visita a mi pueblo. Diré, pues, que a mi llegada fuí recibido con grandes
agasajos por el ecónomo, a quien el[p. 14] párroco, residente en otro
lugar y sabedor de mi visita, habíame recomendado. Fina y generosa hospitalidad
dispensáronme también diversas personas, particularmente algunos ancianos que
se acordaban de mi padre, con quien me encontraban sorprendente parecido.
Complacíanse todos en mostrarme su buena voluntad y en colmarme de halagos que
yo agradecí de todo corazón. Y para hacer agradable mi breve estancia allí,
concertáronse algunas giras campestres. Recuerdo entre ellas: la exploración de
las ruinas del vetusto castillo; la gira a los seculares bosques de la vecina
sierra, y la visita a modesta ermita, situada a corta distancia del pueblo,
tenida en gran devoción, y en cuyas inmediaciones se extiende florido y
deleitoso oasis, donde hubimos de reconfortarnos con suculenta y bien servida
merienda. Mostráronme, también, la humilde casa en que nací, fábrica ruinosa
casi abandonada, albergue hoy de gente pordiosera y trashumante. Algunas
ancianas del lugar, que se ufanaban bondadosamente de haberme tenido en sus
brazos, recordáronme la lozana belleza de mi madre, la robustez de mis primeros
meses y las hazañas quirúrgicas y cinegéticas de mi padre, cuya fama de Nemrod
dura todavía.
Al despedirme de los rudos pero honrados
montañeses, mis paisanos, oprimióseme el corazón: había satisfecho un anhelo de
mi alma, pero llevábame una gran tristeza. Cierta voz secreta me decía que no
volvería más por aquellos lugares; que aquella decoración romántica que
acarició mis ojos y mi cerebro al abrirse por primera vez al espectáculo del
mundo no impresionaría nuevamente mi retina; que aquellas manos de ancianos,
selladas con los honrosos callos del trabajo, no volverían a ser estrechadas
con efusión entre las mías.
Apesadumbrado por estos melancólicos sentimientos
y[p. 15] cavilaciones bajé la áspera cuesta del pueblo, tendí una última
mirada sobre el agreste y desolado paisaje, cuya imagen intenté fijar en mi
retina con esa tenacidad con que procura retener el que sueña la fugitiva
visión que le mintió sabrosas felicidades, y alejéme tristemente, tomando la
vuelta de Tiermas y de Jaca. Una voz interior me decía que no lo vería más; y,
en efecto, hasta hoy no lo he visto. Los lazos del afecto son harto flojos para
llevarme a él, porque la atracción y el amor nacen del hábito y se miden por la
amplitud del espacio que las representaciones de los hombres y de las cosas
ocupan en la memoria. Y en la mía los recuerdos juveniles de gran vivacidad y
difusión se enlazan con otros lugares, con aquellos donde transcurrieron mi
niñez y adolescencia y en donde anudé las primeras amistades.
Ni sería razonable conceder excesiva importancia al
hecho de haber casualmente nacido en una aldea de la montaña navarra; pues el
hombre no es como la planta, que sabe a la tierra que le crió. El alma humana
toma su sabor, digamos mejor su timbre sentimental, antes que de la tierra y
del aire inorgánicos, del medio vivo, de la estratificación humana que alimentó
las raíces de su razón y fué ocasión de las primeras imborrables emociones.
Bajo este aspecto, mi verdadera patria es Ayerbe, villa de la provincia de
Huesca, donde pasé el período más crítico y a la vez más plástico y creador de
la juventud, es decir, los años que median entre los ocho y los diecisiete de
mi edad, o sea desde el 60 al 69, fecha esta última de la famosa revolución
española.
[p. 17]
CAPÍTULO III
Mi primera infancia. — Vocación docente de mi
padre. — Mi carácter y tendencias. — Admiración por la naturaleza y pasión por
los pájaros.
os primeros años de mi niñez, salvo los dos
pasados en Petilla y uno en Larrés, transcurrieron, parte en Luna, villa
populosa de la provincia de Zaragoza, edificada no lejos del Monlora, empinado
cerro coronado por antiguo y ruinoso monasterio, y parte en Valpalmas, pueblo
más modesto de la misma provincia y distante tres leguas no más del precedente.
En este último habitó mi familia cuatro años, desde 1856 a 1860; en él nacieron
mis dos hermanas Pabla y Jorja.
Mi educación e instrucción comenzaron en Valpalmas,
cuando yo tenía cuatro años de edad. Fué en la modesta escuela del lugar donde
aprendí los primeros rudimentos de las letras; pero en realidad mi verdadero
maestro fué mi padre, que tomó sobre sí la tarea de enseñarme a leer y a
escribir, y de inculcarme nociones elementales de geografía, física, aritmética
y gramática. Tan enojoso ministerio constituía para él, más que obligación
inexcusable del padre de familia, necesidad irresistible de su espíritu, inclinado,
por natural vocación, a la enseñanza. Despertar la curiosidad, acelerar la
evolución intelec[p. 18]tual, tan perezosa a veces en ciertos niños, le
resultaba deleite incomparable. De mi progenitor puede decirse justamente lo
que Sócrates blasonaba de sí, que era excelente comadrón de inteligencias.
Hay, realmente, en la función docente algo de la
satisfacción altiva del domador de potros; pero entra también la grata
curiosidad del jardinero, que espera ansioso la primavera para reconocer el
matiz de la flor sembrada y comprobar la bondad de los métodos de cultivo.
Tengo para mí, que desenvolver un entendimiento
embrionario, gozándose en sus adelantos e individualizándolo progresivamente,
es alcanzar la paternidad más alta y más noble, es como corregir y perfeccionar
la obra de la Naturaleza, lanzando al mundo, poblado de seres vulgares y
repetidos, una especie original, un temperamento sui generis, capaz
de formar del mundo visión personal e inconfundible. Fabricar cerebros nuevos:
he aquí el gran triunfo del pedagogo.
Esta función docente ejercitábala mi padre no
solamente con sus hijos, sino con cualquier niño con quien topaba; porque para
él la ignorancia era la mayor de las desgracias, y el enseñar el más noble de
los deberes.
Recuerdo bien el tesón que puso, no obstante mi
corta edad, en enseñarme el francés. Por cierto que el estudio de este idioma
tuvo lugar en cierta renegrida cueva de pastores, no lejana del pueblo
(Valpalmas), donde solíamos aislarnos para concentrarnos en la labor y evitar
visitas e interrupciones. Por tan curiosa circunstancia, en cuanto tropiezo con
un ejemplar del Telémaco surge en mi memoria la imagen de la citada caverna,
cuyos socavones y recovecos veo ahora, transcurridos cerca de cincuenta y ocho
años, como si los tuviera presentes.
En resumen: gracias a los cuidados de mi padre,
ade[p. 19]lanté tanto y tan rápidamente, que a los seis años escribía
corrientemente y con alguna ortografía, y estaba adornado de bastantes nociones
de geografía, francés y aritmética.
A causa de esta relativa precocidad vine a ser el
amanuense y el secretario de la casa; y así, cuando un año después mi padre se
trasladó a Madrid para completar su carrera y graduarse de doctor en Medicina y
Cirugía, fuí yo el encargado de la correspondencia familiar y de enterarle de
los sucesos del partido médico, regentado a la sazón por facultativo suplente.
Mis progresos dieron ocasión a que mis padres, llenos de ese optimismo tan
natural en todos, auguraran para su hijo, un poco a la ligera, como luego
veremos, lisonjero porvenir.
En el orden de los afectos y tendencias del
espíritu, era yo, como la mayoría de los chicos que se crían en los pueblos
pequeños, entusiasta de la vida de aire libre, incansable cultivador de los
juegos atléticos y de agilidad, en los cuales sobresalía ya entre mis iguales.
Entre mis inclinaciones naturales había dos que predominaban sobre las demás y
prestaban a mi fisonomía moral aspecto un tanto extraño. Eran, el curioseo y
contemplación de los fenómenos naturales, y cierta antipatía incomprensible por
el trato social.
Tales eran la vergüenza y cortedad que
experimentaba al verme entre personas extrañas, que cuando debía comer fuera de
casa o había en la nuestra convidados, se veían y se deseaban mis padres para
hacerme sentar a la mesa y alternar con los forasteros. Tan extremado
encogimiento costóme no pocos castigos y reprimendas, pues mi progenitor
juzgaba, con harta razón, que semejante repugnancia hacia el trato de gentes,
no podía menos de retardar mi evolución mental, originando además rudeza de
modales[p. 20] y esquivez y extravagancia de carácter. De que mi padre fué
profeta, da testimonio toda mi historia. Tengo por indudable que ese deseo de
vivir a mis anchas, entregado a mis caprichos, sustraído constantemente a la
coacción moral de las personas mayores, dióme fama de reservado y huraño, me
privó de amistades valiosas en momentos de apuro, y retrasó notablemente mi
carrera.
Para decirlo de una vez: durante mi niñez fuí
criatura díscola, excesivamente misteriosa y retraída y deplorablemente
antipática. Aun hoy, consciente de mis defectos, y después de haber trabajado
heroicamente por corregirlos, perdura en mí algo de esa arisca insociabilidad
tan censurada por mis padres y amigos.
Preciso es reconocer que hay un egoísmo refinado en
rumiar las propias ideas y en huir cobardemente del comercio intelectual de las
gentes. Ello aporta cierto deleite morboso, sólo disculpable en caracteres
celosos de conservar su individualidad. Lejos de los hombres, nos hacemos la
ilusión de ser completamente libres. Sólo la soledad nos pone en plena posesión
de nosotros mismos. En cuanto un diálogo se entabla, nuestras palabras
responden al ajeno pensamiento. Piérdese la iniciativa mental; las asociaciones
de ideas sucédense en el orden marcado por el interlocutor, que viene a ser en
cierto modo dueño de nuestro cerebro y de nuestras emociones. No podremos
evitar ya en adelante que evoque con su cháchara indiscreta o impertinente
recuerdos dolorosos, que ponga en acción registros de ideas que quisiéramos
enterrar en las negruras del inconsciente. Y esa sensación de esclavitud
perdura horas y horas. Pero lo más grave de esta vibración parásita del cerebro
es que turba las polarizaciones ideales útiles y nos distrae del trabajo.
¡Qué de veces acudimos en busca de distracción
al[p. 21] café o a la tertulia, y salimos con un abatimiento de ánimo, con
una sedación de voluntad, que esteriliza o imposibilita, y a veces por mucho
tiempo, la cuotidiana labor!
Síguese de aquí que solamente al hombre aislado y
entregado a sus pensamientos le es dado gozar de calma inalterable y de un
humor sensiblemente uniforme: no sentirá ciertamente en su rincón grandes
alegrías, mas no sufrirá tampoco grandes tristezas. Pero atajemos reflexiones
impertinentes y reanudemos la narración.
La admiración de la Naturaleza constituía también,
según llevo dicho, una de las tendencias irrefrenables de mi espíritu. No me
saciaba de contemplar los esplendores del sol, la magia de los crepúsculos, las
alternativas de la vida vegetal con sus fastuosas fiestas primaverales, el
misterio de la resurrección de los insectos y la decoración variada y
pintoresca de las montañas. Y así, me pasaba todas las horas de asueto que mis
estudios me dejaban, haciendo correrías por los alrededores del pueblo, explorando
barrancos, ramblas, fuentes, peñascos y colinas, con gran angustia de mi madre,
que temía siempre, durante mis largas ausencias, que me habría ocurrido algún
accidente. Como derivación de estos gustos, sobrevino luego en mí la pasión por
los animales, singularmente por los pájaros, de que tenía siempre gran
colección. Complacíame en criarlos de pequeñuelos, en construirles jaulas de
mimbre o de cañas, y en prodigarles toda clase de mimos y cuidados.
Mi pasión por los pájaros y por los nidos se
extremó tanto, que hubo primavera que llegué a saber más de 20 de éstos,
pertenecientes a diversas especies de aves. Esta instintiva inclinación
ornitológica aumentó todavía ulteriormente[2].[p.
22] Recuerdo que frisaba ya en los trece años, cuando dí en coleccionar
huevos de toda casta de pájaros, cuidadosamente clasificados. Para facilitar la
colecta (que mi padre veía con buenos ojos), ofrecí a los muchachos y gañanes
una cuaderna por cada nido que me enseñasen. De este modo, la
colección se enriqueció rápidamente, llegando a contar 30 ejemplares
diferentes. Mostrábala yo orgullosamente a mis camaradas del pueblo como si
fuera tesoro inapreciable. Desgraciadamente, mi colección —que guardaba
cuidadosamente en una caja especial de cartón dividida en compartimientos
minuciosamente rotulados— no pudo conservarse: los ardores del mes de Agosto
dieron al traste con mi tesoro, provocando la putrefacción de las yemas y la
rotura de las cáscaras. ¡Grande fué mi pena cuando me dí cuenta del percance y
comprendí toda la extensión del irreparable daño! Estaba inconsolable al ver
que los huevos de engaña-pastor (chotacabras), tordo, gorrión,
pardillo, pinzón, cogullada (cogujada), cudiblanca,
mirlo, picaraza (garza), cardelina (jilguero), cuco, ruiseñor,
codorniz, etc., mostraban las cáscaras abiertas y rezumando líquido corrompido
y mal oliente.
Tales aficiones fomentaron mis sentimientos de
clemencia hacia los animales. Gustaba de criarlos para gozar de sus graciosos
movimientos y sorprender sus curiosos instintos; pero jamás los torturé
haciéndoles servir de juguetes, como hacen otros muchos niños. Para cazarlos
prefería los procedimientos que permitían cogerlos vivos (besque o
liga, lienas[3] con
hoyos hondos, la red, etc.). Cuan[p. 23]do había reunido muchos y no podía
atenderlos y cuidarlos esmeradamente, los soltaba o los devolvía, si eran
todavía pequeñuelos e implumes, a sus nidos y a las caricias maternales. En
estos caprichos no entraba para nada el interés gastronómico ni la vanidad del
cazador, sino el instinto del naturalista. Bastaba para mi satisfacción asistir
al maravilloso proceso de la incubación y a la eclosión de los
polluelos; seguir paso a paso las metamorfosis del recién nacido, sorprendiendo
primeramente la aparición de las plumas sobre la piel de los frioleros
pequeñuelos; luego, los tímidos aleteos del pájaro que ensaya sus fuerzas y
despereza las alas, y finalmente, el raudo vuelo con que toma posesión de las
anchuras del espacio.
Los instintos admirablemente previsores de los
animales, llenábanme de ingenua admiración; pero no menos me chocaban las
inarmonías que, de vez en cuando, nos ofrece la vida, como acreditando en el
Creador extrañas distracciones y complacencias. Recuerdo que, cuando me
contaron las tretas de que el cuco se vale para criar su prole (tretas que pude
comprobar personalmente), sentí penosa impresión. Fué ésta la primera
incongruencia del orden natural que llegó a mi noticia; luego conocí otras
todavía más graves con relación a los insectos y crustáceos. Y fué triste cosa
pensar que el mal que yo suponía producción puramente humana, tenía ya sus
raíces en la más baja animalidad...
[p. 25]
CAPÍTULO IV
Mi estancia en Valpalmas. — Los tres
acontecimientos decisivos de mi niñez: los festejos destinados a celebrar
nuestras victorias de África, la caída de un rayo en la escuela y el eclipse de
sol del año 60.
urante los últimos años pasados en Valpalmas
(pueblo de la provincia de Zaragoza, no lejos de Egea), ocurrieron tres sucesos
que tuvieron decisiva influencia en mis ideas y sentimientos ulteriores. Fueron
éstos: la conmemoración de las gloriosas victorias de África; la caída de un
rayo en la escuela y en la iglesia del pueblo, y el famoso eclipse de sol del
año 60. Tendría yo por entonces siete u ocho años.
Los festejos acordados por el Ayuntamiento de
Valpalmas para celebrar los triunfos de nuestros bravos soldados en África,
fueron rumbosos y proporcionados al entusiasmo patriótico que reinaba entonces
en toda España. «Por fin —oía yo decir—, las lanzas y espadas a menudo
esgrimidas contra nosotros mismos, se han vuelto contra los odiados enemigos de
la raza.» ¡Hacía tanto tiempo que la gloriosa bandera española no había
flameado sobre los muros de extranjera ciudad! No cabía duda; la raza hispana
había vuelto en sí, readquiriendo conciencia de su propio valer. Aquellos eran
los mismos esforzados infantes de Pavía y San Quintín.
[p. 26]¡Con qué cordial e ingenuo entusiasmo
vitoreábamos a los bravos soldados de África, y singularmente a los generales
Prim y O’Donnell! ¡Cuán orgullosos estábamos de la derrota de Muley-el-Abbas y
de la sangrienta toma de Tetuán, y cuán indignados también contra la diplomacia
inglesa —la pérfida Albión, como se decía entonces, con olvido de los
inestimables servicios que nos prestara en nuestra guerra contra los franceses—
por haber detenido con un gesto de altivez y de mal humor el avance triunfal de
nuestras tropas!... No tenía yo entonces representación muy clara del carácter
de las ofensas recibidas, de la legitimidad y necesidad de la venganza, ni de
las ventajas morales y materiales que la guerra podía traernos; pero, al ver
alegría y entusiasmo en todo el mundo, me entusiasmé y alborocé también,
aceptando mi parte en los obsequios y finezas con que nuestros rudos, pero
patrióticos ediles de Valpalmas, quisieron exteriorizar la gran satisfacción y
noble orgullo que rebosaba en todos los corazones.
Entre los festejos preparados para celebrar la
entrada de nuestras tropas en Tetuán, recuerdo las marchas, pasos-dobles y
jotas, ejecutadas con más fervor que afinación por cierta murga traída de no sé
dónde; y una hoguera formidable encendida en la plaza pública, y en cuyas
brasas se asaron y cocieron, a semejanza de lo contado por Cervantes en las
bodas de Camacho, muchos carneros y gallinas. Al compás de la ruidosa orquesta,
circulaban de mano en mano, y sin darse punto de reposo, botas rebosantes de
excelente vino de la tierra, así como sabrosas tajadas, a las cuales, como se
comprenderá bien, no hicimos asco los chicos; antes bien, jubilosos por la
fiesta y el jolgorio, y alborotados con esta especie de comunión patriótica,
nos pusimos ahítos de carne y medio calamocanos de mosto.
[p. 27]Fué ésta la primera vez que surgieron en mi
mente, con plena conciencia, la idea y el sentimiento de la patria. Representa,
por lo común, el patriotismo pasión tardía; acaricia el espíritu durante la
adolescencia, cuando penetran en sensorio las primeras nociones precisas acerca
de la historia y geografía nacionales. Estas nociones exceden y dilatan el
mezquino concepto de familia y, empequeñeciendo el amor al campanario, nos
enseñan que más allá de los términos de la región viven millones de hermanos
nuestros que aman, esperan, luchan y odian al unísono con nosotros; que, en
suma, hablan la misma lengua y tienen iguales origen y destino. Tamaño
sentimiento de solidaridad se exalta todavía en el niño cuando lee el relato de
las hazañas de sus mayores: tales lecturas despiertan en él la admiración y el
culto hacia los héroes de la raza, defensores del territorio nacional contra
las agresiones de los extraños, y sugiérenle, además, el noble deseo de emular
a las grandes figuras de la historia y de sacrificarse, si preciso fuera, en el
altar sagrado de la patria.
Pero en mí, por virtud quizá del acontecimiento
aludido, acaso por el concurso de otras causas, el sentimiento de patria fué
muy precoz. Pobres e incompletas eran las nociones históricas aprendidas en la
escuela o de labios de mi padre; pero bastáronme para formar alta idea de mi
nación como entidad guerrera, descubridora y artística, y para que me
considerase orgulloso de haber nacido en España.
Harto sabido es que el sentimiento de patria es
doble; entran en él afectos y aversiones. De una parte, el amor al terruño y el
culto a la raza; y, de otra, el odio a los extranjeros, con quienes la nación
hubo de contender en defensa de la independencia. Por entonces reinaban en
Aragón, como en la mayor parte de España, estas dos formas[p. 28] del
patriotismo, y singularmente la negativa. No me daba yo cuenta entonces de cuán
instintivo y natural era en nosotros el aborrecimiento al feroz
marroquí, enemigo legendario del cristiano, y cuán excusable el odio al
francés, cuyos incontrastables poder y riquezas habían atajado nuestro
movimiento de expansión en Europa. En ello, sin embargo, latía una injusticia
que más adelante corregí.
Andando el tiempo y creciendo en luces y reflexión,
eché de ver que, en punto a agresiones injustas y desapoderadas, allá se van
todos los pueblos. Todos hemos hecho guerras justas e injustas. Y, al fin, han
prevalecido, no los más valerosos, sino los más ricos e inteligentes. No es,
pues, de extrañar que, andando el tiempo, repudiara progresivamente la inquina
y antipatía al extranjero, para no cultivar sino la faz positiva del
patriotismo, es decir: el amor desinteresado de la casta y el ferviente anhelo de
que mi país desempeñara en la historia del mundo y en las empresas de la
civilización europea brillante papel[4].
De todos modos, y sin desconocer que en mi
exaltación patriótica han entrado muchos y muy diversos factores, parece
incuestionable que tuvo positiva influencia el suce[p. 29]so de referencia,
suceso muy propio para inflamar las almas juveniles, y sembrar gérmenes de
entusiasmo que vegetan y florecen vigorosamente en la madurez.
El segundo acontecimiento a que hice referencia, es
decir, el rayo caído en la escuela, con circunstancias y efectos
singularmente dramáticos, dejó también ancha estela en mi memoria. Por la
primera vez aparecióse ante mí, con toda su imponente majestad, esa fuerza
ciega e incontrastable imperante en el Cosmos, fuerza burladora de los designios
humanos, indiferente, al parecer, a nuestras cuitas y dolores, que no distingue
de probos y de réprobos, de inocentes o de malvados.
He aquí el horripilante suceso: Estábamos los niños
reunidos una tarde en la escuela y entregados, bajo la dirección de la maestra,
a la oración (el maestro guardaba cama aquel día). Ocupados en tan piadoso
ejercicio, según costumbre de todos los sábados, y corridas ya las primeras
horas de la tarde, encapotóse rápidamente el cielo y retumbaron violentamente
algunos truenos, que no nos inmutaron; cuando de repente, en medio del íntimo
recogimiento de la plegaria, vibrantes aún en nuestros labios aquellas suplicantes
palabras: «Señor, líbranos de todo mal», sonó formidable y horrísono estampido,
que sacudió de raíz el edificio, heló la sangre en nuestras venas y cortó
brutalmente la comenzada oración. Polvo espesísimo mezclado con cascotes y
pedazos de yeso, desprendidos del techo, anubló nuestros ojos, y acre olor de
azufre quemado se esparció por la estancia, en la cual, espantados, corriendo
como locos, medio ciegos por el polvo densísimo, y cayendo unos sobre otros
bajo aquel chaparrón de proyectiles, buscábamos ansiosamente, sin atinar en
mucho rato, la salida. Más afortunado o menos paralizado por el terror, uno de
los chicos acertó con la puerta, y en pos de él nos pre[p. 30]cipitamos
despavoridos los demás, pálidos, sudorosos, desencajados, y huyendo de aquella
atmósfera irrespirable.
La viva emoción que sentíamos no nos permitió
darnos cuenta de lo ocurrido: creíamos que había estallado una mina, que se
había hundido la casa, que la iglesia se había derrumbado sobre la escuela...,
todo se nos ocurrió, menos la caída de un rayo.
Algunas buenas mujeres que nos vieron correr
desatinados socorriéronnos inmediatamente; diéronnos agua; limpiáronnos el
sudor polvoriento, que nos daba aspecto de fantasmas, y vendaron
provisionalmente a los que íbamos heridos. Una voz salida de entre el gentío
nos llamó la atención acerca de cierta figura extraña, negruzca, colgante en el
pretil del campanario. En efecto, allí, bajo la campana, envuelto en denso
humo, la cabeza suspendida por fuera del muro, yacía exánime el pobre
sacerdote, que creyó inocente poder conjurar la formidable borrasca con el
imprudente doblar de la campana. Algunos hombres subieron a socorrerle y
halláronle las ropas ardiendo y una terrible herida en el cuello, de que murió
pocos días después. El rayo había pasado por él, mutilándole horriblemente. En
la escuela, la maestra yacía sin sentido sobre el pupitre, herida también por
la exhalación, que respetó, sin embargo, al maestro.
Poco a poco nos dimos cuenta de lo ocurrido: un
rayo o centella había caído en la torre, fundiendo parcialmente la campana y
casi electrocutando al párroco; continuando después sus giros caprichosos,
penetró en la escuela por una ventana, horadó y rompió el techo del piso bajo,
donde los chicos estábamos, y deshizo buena parte de la techumbre; pasó por
detrás de la maestra, a la que sacudió violentamente, privándola de sentido, y,
después de destrozar un cuadro del Salvador, colgante del muro, desapa[p. 31]reció
en el suelo por ancho boquete, especie de galería ratonil, labrada junto a la
pared.
Ocioso fuera encarecer el estupor que me causara el
trágico suceso.
Por primera vez cruzó por mi espíritu,
profundamente conmovido, la idea del desorden y de la inarmonía. Sabido es que
para el niño, la naturaleza constituye perpetuo milagro. La noción científica
de ley, penetra en el cerebro infantil muy tardíamente, con las
revolucionarias enseñanzas de la física y de la geografía astronómica. No
inquieta, sin embargo, al niño ese caprichoso fluir de los fenómenos. Se lo
estorba el profundo optimismo de toda vida que empieza, y sobre todo la
certeza, adquirida por las enseñanzas del catecismo, de que existe en las
alturas un Dios bueno que vigila piadosamente la marcha del gran artilugio
cósmico e impone y sostiene la concordia entre los elementos. Padres y maestros
le han revelado también que el Principio psicológico del Universo es, además,
tiernísimo padre y excelso artista. En su infinito poder, adapta ingeniosamente
las vicisitudes de las estaciones a las necesidades de la vida, y descendiendo
de su austeridad, se digna componer y conservar, para edificación y regalo de
la sensibilidad humana, cuadros soberbios: el cielo y sus celajes arrebolados;
los prados y campos vernales, sembrados de amapolas y cernidos de mariposas; la
negra noche, tachonada de estrellas; los árboles y vides cuajados de frutos...
Mas he aquí que de improviso tan hermosa
concepción, que yo, como todos los niños, había formado, se tambalea. La riente
paleta del sublime Artista se entenebrece; inopinadamente, el idilio se trueca
en tragedia.
Muchas interrogaciones, a cual más formidables, me
asaltaron. ¿Será cierto —pensaba— que el Dios de la Doctri[p. 32]na cristiana y
de la Historia sagrada sienta infinita piedad por los hombres? ¿En su fervor
religioso, los teólogos no habrán exagerado algo el interés que inspiramos a la
Divinidad? ¿Y si resultara que nos mide con el mismo rasero que a las más
humildes bestezuelas? Si realmente lo puede todo y es infinitamente bueno,
según aseguran formalmente el cura y el maestro, ¿cómo esta vez no ha interpuesto
una mano piadosa en el furioso engranaje de los elementos, evitando la muerte
de un santo varón, el destrozo de un templo y el terror de tantos inocentes? Y
mi fantasía, sobreexcitada por la emoción, forjó no sé cuantas absurdas
conjeturas.
Tales dudas y cavilaciones pasaron luego, cediendo
el campo a más vulgares preocupaciones; pero dejaron en mí el amargo germen del
pesimismo. Doy por seguro que el libro, todavía inédito, pero redactado desde
hace muchos años, acerca de las inarmonías del mundo y de la vida (libro que no
he publicado porque, a la luz de la crítica moderna, carece de toda novedad
esencial), tuvo su germen en el luctuoso acontecimiento referido.
Afortunadamente, la edad de los ocho años no es
propicia a la filosofía, ni consiente largas abstracciones. En la aurora de la
vida es harto fugaz el sentimiento para que ningún suceso pueda perturbar, de
modo duradero, la hermosa serenidad del niño, entregado, por irresistible
instinto, a modelar y robustecer el cuerpo con el juego y la gimnasia
espontáneos, y a enriquecer y vigorizar el espíritu con ese continuo curioseo y
exploración del espectáculo de la Naturaleza.
El tercer acontecimiento que me produjo también
efecto moral importante, fué el eclipse de sol del año 60. Anunciado por los
periódicos, esperábase ansiosamente en el pueblo, en el cual muchas personas,
protegidos los ojos con[p. 33] cristales ahumados, acudieron a cierta
colina próxima, desde la cual esperaban observar cómodamente el sorprendente
fenómeno. Mi padre me había explicado la teoría de los eclipses, y yo la había
comprendido bastante bien. Quedábame, empero, un resto de desconfianza. ¿No se
distraerá la luna de la ruta señalada por el cálculo? ¿Se equivocará la
ciencia? La inteligencia humana, que no pudo prever la caída de un rayo en mi
escuela, ¿será capaz, sin embargo, de predecir fenómenos ocurridos más allá de
la tierra, a millones de kilómetros? En una palabra; el saber humano, incapaz
de explicar muchas cosas próximas, tan íntimas como nuestra vida y nuestro
pensamiento, ¿gozará del singular privilegio de comprender y vaticinar lo
lejano, aquello que menos puede interesarnos desde el punto de vista de la
utilidad material? Claro que estas interrogaciones no fueron pensadas de esta
forma; pero ellas traducen bien, creo yo, mis sentimientos de entonces.
Es justo reconocer que la casta Diana no faltó a la
cita, cumpliendo a conciencia y con exquisita exactitud su programa. Parecía
como que los astrónomos, además de profetas, habían sido un poco cómplices,
empujando la luna con las palancas de sus enormes telescopios hasta el lugar
del cielo donde habían acordado ensayar el fenómeno. Durante el eclipse, hízome
notar mi padre esa especie de asombro y de indefinible inquietud que se apodera
de la naturaleza entera, acostumbrada a ser regulada en todos sus actos por el
acompasado ritmo de luz y de obscuridad, de calor y de frío, resultante del
eterno girar de la tierra. Para los animales y para las plantas, el eclipse
parece constituir un contrasentido, algo así como imprevista equivocación de
las fuerzas naturales, como olvidadas de los perennes intereses de la vida.
Se comprenderá fácilmente que el eclipse del 60
fuera[p. 34] para mi tierna inteligencia luminosa revelación. Caí en la
cuenta, al fin, de que el hombre, desvalido y desarmado enfrente del
incontrastable poder de las fuerzas cósmicas, tiene en la ciencia redentor
heroico y poderoso y universal instrumento de previsión y de dominio.
—¿Pero la ciencia lo sabe todo, lo puede todo? «No
—me contestaba mi padre—; la ciencia es poderoso gigante en unas cosas, débil e
impotente infante en muchas otras. Cuando el problema es esencialmente
geométrico, como en el caso de los movimientos de los astros, y los datos de
las ecuaciones contienen solamente masas, pesos y velocidades, la ciencia
acierta y prevé; pero cuando los términos se complican, y las incógnitas crecen
y los símbolos son insustituíbles por valores cuantitativos, la mente humana se
ofusca y sufre las tristes consecuencias de su ignorancia; porque la naturaleza
procede muchas veces como aquella famosa esfinge de Tebas, tan citada por
literatos y filósofos, la cual decía al caminante: “Adivíname o te devoro”.
»El hombre de ciencia, que con tan maravillosa
precisión ha sabido calcular la fecha y duración de un eclipse; que conoce la
distancia de los astros a la tierra y ha logrado fijar la velocidad de la luz,
no podrá averiguar si este año se perderá o no la cosecha de trigo, o si
durante el otoño furiosa tormenta arrasará nuestras vides. En el arduo fenómeno
de la vida es, sobre todo, donde la ciencia humana debe confesar humildemente
su impotencia. El científico que tan penetrantemente ha sabido explorar los arcanos
del mundo geométrico, sólo muy lenta y presurosamente sabe explorarse a sí
mismo; de donde resulta el paradójico contraste de que la ciencia capaz de
pesar los astros y fijar su composición, sea impotente para determinar y
esclarecer la estructura y la función de esas células[p. 35] cerebrales,
con ayuda de las cuales pesamos, medimos y calculamos.»
No fueron éstas ciertamente las frases de mi padre;
pero ellas envuelven, sin duda, el sentido general de sus explicaciones.
El eclipse de sol del año 1860 contribuyó
poderosamente a mi afición por los estudios astronómicos. Mi cariño a la
cosmografía llegó más adelante hasta leer no sólo todas las obras de
popularización escritas por Flammarion y Fabre, sino hasta las abstrusas y
esencialmente matemáticas de Laplace; aunque mi rudimentaria preparación en el
alto cálculo me obligara a saltar sobre las inaccesibles integrales para
fijarme exclusivamente en las leyes y en los hechos de observación.
[p. 37]
CAPÍTULO V
Ayerbe. — Juegos y travesuras de la infancia. —
Instintos guerreros y artísticos. — Mis primeras nociones experimentales sobre
óptica, balística y el arte de la guerra.
umplidos mis ocho años, mi padre solicitó y
obtuvo el partido médico de Ayerbe, villa cuya riqueza y población prometíanle
mayores ventajas profesionales y más amplio escenario para sus proezas
quirúrgicas que Valpalmas, amén de superiores facilidades para la educación de
sus hijos.
Es Ayerbe villa importante de la provincia de
Huesca, y famosa por sus vinos en todo el Somontano. Está situada en la
carretera de dicha ciudad a Jaca y Panticosa, no lejos de la Sierra de Gratal,
primera estribación del Pirineo aragonés. Sus pintorescas casas extiéndense al
pie de un monte elevado de doble cima, una de las cuales aparece coronada por
las ruinas, aún imponentes, de venerable castillo feudal. En el centro del
pueblo, dos grandes y regulares plazas dan amplio espacio a sus mercados y ferias,
famosas en toda la comarca. Entre ambas plazas sirve de lindero, al par que de
adorno, cierta opulenta mansión señorial, que antaño perteneciera a los
Marqueses de Ayerbe.
Mi aparición en la plaza pública de Ayerbe fué
saludada[p. 38] por una rechifla general de los chicos. De las burlas
pasaron a las veras. En cuanto se reunían algunos de ellos y estaban seguros de
maltratarme a mansalva, me insultaban, me golpeaban a puñetazos o me
hostilizaban a pedrada limpia.
¿Por qué esta imbécil aversión al chico forastero?
Lo ignoraba y aún hoy no me lo explico bien. Creo, empero, ver en ella un
efecto de esa sorda inquina, no siempre traducida en actos, que el labrador
pobre siente contra el burgués y el hombre de carrera: contenida en los hombres
por la prudencia, estalla violentamente en los chicos, en quienes las artes del
disimulo no han enfrenado aún los más groseros impulsos naturales. En semejante
malquerencia colaboran, sin duda, la rusticidad y la ignorancia.
Mi facha, sin embargo, no podía inspirar recelos a
los hijos del pueblo. Vestido humildemente —porque la estricta economía que
reinaba en mi casa no consentía lujos—, de cara trigueña y aspecto amojamado,
que a la legua denunciaba larga permanencia al sol y al aire, nadie me hubiera
tomado como hijo de burgués acomodado. Pero yo no gastaba calzones ni
alpargatas, ni adornaba con pañuelo mi cabeza, y esto bastó para que entre
aquellos zafios pasara por señorito.
Contribuyó, también, algo a la citada antipatía, la
extrañeza causada por mi lenguaje. Por entonces se hablaba en Ayerbe un
dialecto extraño, verdadero mosaico de palabras y giros franceses, castellanos,
catalanes y aragoneses antiguos. Allí se decía: forato por agujero, no
pas por no, tiengo y en tiengo por tengo o tengo
de eso, aivan por adelante, muller por mujer, fierro y ferrero por hierro y herrero, chiqué y mocete por chico y mocito, abríos por caballerías, dámene por dame
de eso, en ta allá por hacia allá, m’en
voy por me voy de aquí, y otras muchas voces [p. 39]y
locuciones de este jaez, borradas hoy de mi memoria.
Lám. IV, Fig. 5.—Vista desde Ayerbe de las faldas
del monte del Castillo.
Lám. IV, Fig. 6.—La plaza baja de
Ayerbe con la torre del reloj y el palacio de los Marqueses, hoy convertido en
casa de vecindad.
En boca de los ayerbenses hasta los artículos
habían sufrido inverosímiles elipsis, toda vez que el, la, lo,
se habían convertido en o, a y o,
respectivamente. Diríase que estábamos en Portugal.
A los rapaces de Ayerbe parecióles, en cambio, el
castellano relativamente castizo que yo usaba, es decir, el hablado en
Valpalmas y Cinco Villas, insufrible algarabía, y hacían burla de mí llamándome
el forano (forastero).
Poco a poco fuimos, sin embargo, entendiéndonos. Y
como no era cosa de que ellos, que eran muchos, aprendieran la lengua de uno,
sino al revés, acabé por acomodarme a su estrafalaria jerigonza, atiborrando mi
memoria de vocablos bárbaros y de solecismos atroces.
He dicho más de una vez que sentía particular
inclinación a los parajes solitarios y a las excursiones por los alrededores de
los pueblos; pero en Ayerbe, una vez satisfecha la curiosidad inspirada por sus
montañas, por su humilde río, cortado por alto azud y flanqueado de frondosos
huertos, y sobre todo, por su ruinoso y romántico castillo, que desde lo alto
del monte parecía contarnos heroicas leyendas y lejanas grandezas, sentí la
necesidad de sumergirme en la vida social, tomando parte en los juegos colectivos,
en las carreras y luchas de cuadrilla a cuadrilla, y en toda clase de maleantes
entretenimientos con que los chicos de pueblo gustan solemnizar las horas de
asueto.
Tienen los juegos de la niñez, y particularmente
los juegos sociales, en los que se combinan, en justa proporción, los
ejercicios físicos con las actividades mentales, gran virtud educadora. En esos
certámenes de la agilidad y de la fuerza, en esos torneos donde se hace gala
del valor, de la osadía y de la astucia, se avaloran y contrastan las
aptitudes, se templa y robustece el cuerpo y se prepara el[p. 40] espíritu
para la ruda concurrencia vital de la edad viril. No es, pues, extraño que
muchos educadores hayan dicho que todo el porvenir de un hombre está en su
infancia, y que Rod, Froebel, Gros, France y otros, y en nuestra patria Giner y
Letamendi, hayan concedido al juego de los niños gran importancia para el
desarrollo fisiológico y para la exploración de la realidad objetiva.
«Jugar, ha dicho Thomas, es aplicar los propios
órganos, sentirse vivir y procurarse la ocasión de conocer los objetos que
rodean al niño, objetos que son para él un perpetuo milagro.» Por mi parte,
siempre he creído que los juegos de los niños son preparación absolutamente
necesaria para la vida de acción y de conocimiento; merced a ellos el cerebro
infantil apresura su evolución, recibiendo, según los temas preferidos y las
diversiones ejercitadas, cierto sello específico moral e intelectual, de que dependerá
en gran parte el porvenir.
Esperamos que estas consideraciones excusen a los
ojos del lector el que consagremos al examen de los juegos y travesuras de
nuestra niñez mayor espacio del que se suele conceder a estos asuntos en todas
las biografías. Lo exige así el plan de este libro, cuyo fin es demostrar cómo
las condiciones del medio en la puericia imprimieron determinada dirección a mi
vida de hombre, y crearon ventajas y defectos de grandes consecuencias en la
lucha por la existencia.
En cuanto amainó la mala voluntad de los muchachos
para conmigo, concurrí, pues, a sus diversiones y zalagardas; tomé parte en los
juegos del peón, del tejo, de la espandiella, del marro, sin
olvidar las carreras, luchas y saltos en competencia; hallando en todas estas
diversiones la sana alegría asociada a la actividad moderada de todos nuestros
órganos y a la impresión personal del[p. 41] acrecentamiento de la energía
muscular y de la flexibilidad de las articulaciones. Ya lo dijo Aristóteles y
lo han repetido muchos pedagogos, singularmente Bouillier: «hay placer, dice
este autor, cuantas veces la actividad del alma se ejerce de acuerdo con su
naturaleza y según el sentido de la conservación y desenvolvimiento del ser».
¿Quién ignora que la inactividad constituye para el niño la mayor de las
torturas? El dolor mismo es preferido al reposo. Además, hay positivo goce en
adquirir conciencia de nuestra evolución, en sentir cómo nuestros músculos se
vigorizan y nuestros pulmones se amplían, y advertir cómo, en fin, en esa pugna
diaria de ardides, ordinarios recursos de toda pelea entre muchachos, se afina
la atención vigilante y se fortalece la aptitud para la agresión inopinada.
Pero los chicos de Ayerbe no se entregaban
solamente a juegos inocentes: el tejo y el marro alternaban con diversiones
harto más arriesgadas y pecaminosas. Las pedreas, el merodeo y la rapiña, sin
consideración a nada ni a nadie, constituían el estado natural de mis traviesos
camaradas. Descalabrarse mutuamente a pedrada limpia, romper faroles y
cristales, asaltar huertos y, en la época de la vendimia, hurtar uvas, higos y
melocotones; tales eran las ocupaciones favoritas de los zagalones del pueblo,
entre los cuales tuve pronto la honra de contarme.
Muchas veces he procurado darme cuenta de esa
tendencia al merodeo, a que con tanta fruición se entregan los chicos, sin
acertar a explicármela de modo satisfactorio. A tan peligrosa conducta debe
contribuir, sin duda, el ansia de las golosinas impuesta al niño por la
naturaleza, la cual exige el consumo diario de gran cantidad de substancias
azucaradas, indispensables para reparar el continuo derroche de energía
muscular (el azúcar oxidado produce calor y energía motriz); pero esto no
parece bas[p. 42]tante. Precisamente casi todos los chicos que tomábamos parte
en las depredaciones de huertos y viñas, teníamos en nuestras casas la fruta a
canastas. Además, y por lo que a mí se refiere, mi familia poseía frondoso
huerto y, durante el estío y otoño, raro era el día en el que los clientes,
agradecidos a los buenos servicios médicos de mi padre, no nos ofrecieran algún
presente de frutas o verduras. Sin embargo, leyendo los libros que tratan del
gran problema de la educación y de la psicología de los juegos, he creído
hallar la clave principal del enigma: el ansia de emoción, la atracción del
peligro.
Con razón hacen notar los educadores que el niño,
en sus juegos y empresas, gusta bordear constantemente el peligro; y así como,
cuando pasea, prefiere al camino llano gatear por tapias y peñas, cuando juega
prefiere aquellas diversiones en las que sólo a costa de agilidad, de sangre
fría o de vigor, logra sortear un accidente.
Desde otro punto de vista, puede considerarse el
niño como el representante de aquella hermosa edad de oro, en la cual, al decir
de Cervantes, se desconocía el significado de las palabras tuyo y mío.
En el fondo de cada cabeza juvenil hay un perfecto anarquista y comunista.
Hasta por la forma de sus facciones y desproporción de sus miembros se parece
el niño, como nota Herbert Spencer, al salvaje. A semejanza del indio bravo, el
niño es todo voluntad. Ejecuta antes que piensa, sin dársele un ardite de las consecuencias.
Ante su violento querer, ante su absorbente individualismo, que se afirma
constantemente con actos de pillaje y de vandalismo, las leyes son papeles
mojados: obligan solamente en cuanto la fuerza las sanciona, es decir, cuando
el padre, el amo y el guardia rural, armados respectivamente de bastón, garrote
y escopeta, se constituyen en sus defensores y custodios.
A los instintos anarquistas del niño deben
añadirse[p. 43] estos otros dos: la crueldad y la inclinación al dominio.
Muy a menudo, a despecho de las reglas de la moral y de la buena crianza,
complácese la infancia en abusar de sus fuerzas, maltratando a los débiles y
sujetándolos a su autocrática soberanía, que ejerce sin más límites que los
trazados por el alcance de sus fuerzas y osadía.
No diré yo con Rousseau «que el corazón del niño no
siente nada, que es inaccesible a la piedad y que sólo comprende la justicia»;
pero fuerza es confesar que los sentimientos de humanidad, caridad y compasión,
hállanse en él muy poco desarrollados.
Yo opuse al principio algunas resistencias a los
juegos brutales, así como a las poco recomendables hazañas del escalo de
huertos y rebatiña de frutos. Pero el espíritu de imitación pudo más en mí que
los sabios consejos de mis padres y los mandamientos del Decálogo. Algo hubo,
con todo eso, en que mi caballerosidad nativa no transigió jamás: fué el abuso
de la fuerza con el débil, así como la agresión injusta y cruel. El culto a la
justicia, que ha sido siempre una de mis virtudes, o digamos debilidades, afirmábase
ya por entonces vigorosamente, en un medio moral en que la tiranía de los
músculos, la crueldad y la insensibilidad eran regla corriente entre los
chicos.
Decía a Pablos su tío el verdugo de Segovia: «Mira,
hijo, con lo que sabes de latín y retórica, serás singular en el arte de
verdugo». Esta frase graciosa de Quevedo, que parece una chuscada, encierra un
fondo de verdad. Los rápidos progresos que yo hice en la vida airada de pedreas
y asaltos, de ataques a la propiedad pública y privada, prueban, sin duda, que
la geografía, la gramática, la cosmografía y los rudimentos de física con que
mi padre había espabilado mis entendederas, entraron por algo en mis hazañas de
mozalbete. Tengo para mí que di[p. 44]chos conocimientos, tempranamente
adquiridos, produjeron cierto hábito de pensamiento y de imaginación, que me
permitieron sobresalir rápidamente entre los ignorantes pilluelos que me
rodeaban, superando a muchos de ellos, así en la maquinación de ardides,
picardías y diabluras, como en el dominio de los juegos y luchas a que
consagrábamos nuestras horas de asueto.
Pronto tuve camaradas entusiastas, compañeros de
glorias y fatigas que emulaban mis flores y habilidades; recuerdo entre ellos a
Tolosana, Pena, Fenollo, Sanclemente, Caputillo y otros, a los que vino a
juntarse más adelante mi hermano Pedro, dos años más joven que yo. Merced a
gimnasia incesante, mis músculos adquirieron vigor, mis articulaciones agilidad
y mi vista perspicacia. Saltaba como un saltamonte; trepaba como un mono;
corría como un gamo; escalaba una tapia con la soltura de una lagartija, sin sentir
jamás el vértigo de las alturas, aun en los aleros de los tejados y en la copa
de los nogales, y, en fin, manejaba el palo, la flecha, y sobre todo la honda,
con singular tino y maestría.
Tantas y tan provechosas aptitudes no podían estar
ociosas, y, en efecto, no lo estuvieron. Mi habilidad en asaltar tapias y en
trepar a los árboles, diéronme pronto triste celebridad. Como el buscón de
Quevedo, cobraba censos, diezmos y primicias sobre habares, huertos, viñas y
olivares. Para la cuadrilla capitaneada por mí, criábanse los más sabrosos
albérchigos, las más dulces brevas y los más suculentos melocotones. De
nuestras reivindicaciones comunistas, informadas en espíritu de niveladora
equidad, no se libraban ni el huerto del cura, ni el cercado del alcalde. Ambas
potestades, la eclesiástica y la civil, nos tenían completamente sin cuidado.
En fin, yo me dí tanta traza en asimilarme las
bellaque[p. 45]rías, mañas y picardías de los chicos de Ayerbe, que llegué a
ser uno de los muchachos a quienes los padres ponen en el Índice de las
malas compañías. Con mostrarme tan diligente y dispuesto en todo género de
travesuras y algaradas, había algunas, singularmente aquellas en que entraba
por algo la mecánica, en las cuales todos reconocían mi superioridad. Mi
concurso, pues, era solicitado por muchos y no para cosa buena.
¿Había que armar una cencerrada contra viejo o
viuda casada en segundas o terceras nupcias? Pues allí estaba yo disponiendo
los tambores y cencerros y fabricando las flautas y chifletes, que
hacía de caña, con sus correspondientes agujeros, lengüetas y hasta llaves. Una
observación cuidadosa, fecundada por larga práctica, me había revelado las
distancias a que debían hacerse los agujeros para que resultasen los tonos y
semitonos, así como la forma y dimensiones de las lengüetas. Recuerdo que
algunas de mis flautas, que abarcaban cerca de dos octavas, sonaban con el
timbre e intensidad del clarinete; y así me ocurrió más de una vez, ejecutando
de oído algunas melodías populares, ser tomado por músico ambulante.
¿Disponíase una pedrea en las eras cercanas o
camino de la fuente? Pues yo era el honrado con el delicado cometido de
fabricar las hondas, que hacía de cáñamo y de trozos de cordobán que los chicos
me traían. Más de una vez ocurrió que, faltando el becerro viejo, tuvimos que
echar mano del material de los borceguíes, cuya altura, claro es, disminuía
progresivamente. ¡Quién podrá contar la indignación de nuestros padres al
comprobar aquella evolución retrógrada del calzado, en cuya virtud la que fué
flamante botina venía a parar en raquítica zapatilla!
¿Jugábase a guerreros antiguos? Pues a mi industria
se recurría para los yelmos y corazas, que fabricaba de[p. 46] cartón o de
latas viejas, y sobre todo para labrar las flechas, en cuya elaboración adquirí
gran pericia. En efecto, mis flechas no sólo tenían gran alcance, sino que
marchaban sin cabecear ni volverse del revés. Cierto espíritu de observación
desarrollado con ocasión de estos juegos, hízome notar pronto que el asta o
varilla de la flecha debe pesar menos que el hierro, y ser perfectamente lisa y
recta, a fin de que el proyectil no oscile y se tuerza en su trayectoria
inicial. En consonancia con esta regla práctica, fabricaba el asta de caña y
sustituía los clavos o alfileres que otros usaban a guisa de punta, con el
cuento de las leznas rotas de zapatero. Este cuento o espiga afecta forma de
lanza, pesa bastante, y convenientemente aguzado y bien amarrado al asta de
caña mediante bramante embreado, constituye excelente dardo. A guisa de arco,
me valía de largo y robusto palo de boj verde, trabajosamente encorvado, y de
cuya excelencia en punto a fuerza y elasticidad me aseguré, estudiando
comparativamente arcos fabricados con casi todas las maderas conocidas en el
país. Excusado es decir que para procurarme la primera materia (las leznas
rotas) entablé relaciones comerciales con todos los aprendices de obra prima de
la población. Ellos me proporcionaban también, a veces, corambre para las
hondas, a cambio del regalo de una de ellas.
Comprenderá el lector que tamañas flechas, que en
mis luchas con camaradas solía embolar, a fin de no herir gravemente, no se
empleaban exclusivamente en vanos simulacros de guerra antigua; servían también
para menesteres más utilitarios. Cazábamos con ellas pájaros y gallinas, sin
desdeñar los perros, gatos y conejos, si a tiro se presentaban.
Ocioso será advertir que estas empresas cinegéticas
cos[p. 47]táronme soberbias palizas, disgustos y persecuciones sin cuento. Pues
aunque mi cuadrilla entera participaba en las citadas fechorías, no se mataba
perdiz o reclamo en jaula, ni conejo o gallina en corral, cuya responsabilidad
no se me imputara, bien en concepto de autor material, bien a título de
fabricante del cuerpo del delito o bien, en fin, como instigador a su comisión.
Merecida o exagerada, mi fama de pícaro y de
travieso crecía de día en día, con harto dolor de mis padres, que estallaban en
santa indignación cada vez que recibían quejas de los vecinos perjudicados. Las
tundas domésticas vinieron frecuentemente a reforzar las sufridas de las manos,
harto más inclementes, de los querellosos. Vine de esta suerte a pagar, con las
propias, culpas de muchos, con gran contentamiento de mis cómplices, que huían
bonitamente el bulto, abandonándome constantemente en la estacada.
[p. 49]
CAPÍTULO VI
Desarrollo de mis instintos artísticos. — Dictamen
de un revocador sobre mis aptitudes. — ¡Adiós mis ensueños de artista! —
Utilitarismo e idealismo. — Decide mi padre hacerme estudiar para médico y
enviarme a Jaca.
or entonces, si mi memoria no me es infiel,
comenzaron, o al menos cobraron gran incremento, mis instintos artísticos.
Tendría yo como ocho o nueve años, cuando era ya en mí manía irrefrenable
manchar papeles, trazar garambainas en los libros y embadurnar las tapias,
puertas y fachadas recién revocadas del pueblo, con toda clase de garabatos,
escenas guerreras y lances del toreo. En cuanto afanaba una
cuaderna, ya estaba comprando papel o lapiceros; pero como no podía dibujar en
casa porque mis padres miraban la pintura cual distracción nefanda, salíame al
campo, y sentado en un ribazo junto a la carretera, copiaba carretas, caballos,
aldeanos y cuantos accidentes del paisaje me parecían interesantes. De todo
ello hacía gran colección, que guardaba como oro en paño. Holgábame también en
embadurnar mis diseños con colores, que me proporcionaba raspando las pinturas
de las paredes o poniendo a remojo el forro, carmesí o azul obscuro, de los
librillos de fumar (entonces las cubiertas estaban pintadas con colores
solubles). Re[p. 50]cuerdo que adquirí gran habilidad en la extracción del
color de los papeles pintados, los cuales empleaba también a guisa de pinceles,
humedecidos y arrollados en forma de difumino; industria a que me obligaba la
falta de caja de colores y la carencia de dinero para comprarlos.
Mis gustos artísticos, de cada vez más definidos y
absorbentes, crearon en mí hábitos de soledad y contribuyeron no poco al
carácter huraño que tanto disgustaba a mis padres. En realidad mi sistemático
arrinconamiento no nacía de aversión al trato social, toda vez que, según
dejamos dicho, el de los niños me contentaba y satisfacía; nació de la
necesidad de sustraerme, durante mis ensayos artísticos y fabricaciones
clandestinas de instrumentos músicos y guerreros, a la severa vigilancia de las
personas mayores.
Mi padre, trabajador y estudioso como pocos, dotado
de gran voluntad y de talento científico nada vulgar, adolecía de una laguna
mental: carecía casi totalmente de sentido artístico y repudiaba o
menospreciaba toda cultura literaria y de pura ornamentación y regalo. Se había
formado de la vida ideal extremadamente severo y positivo. Era lo que los
educadores llaman un puro intelectualista.
En su concepto, en el problema de la educación, lo
importante consistía en la adquisición de conocimientos positivos y en el
desarrollo del entendimiento, a fin de preparar ventajosamente al adolescente
para el ejercicio de una profesión honrosa y lucrativa. La educación del
corazón, que tanta importancia tiene para la felicidad, no entró nunca en sus
miras. Consideraba al hombre cual mero instrumento de producción que había que
adiestrar muy tempranamente para prevenir contingencias y percances. Sin duda amaba
el saber por el saber; pero rendíale tributo sobre todo por la capacidad
financiera que a la sabiduría va uni[p. 51]da. «El hombre, solía decir, cuanto
más sabe más gana, y cuanto más gana más útil es a sí y a su familia.»
Tengo para mí que esta tendencia de mi padre no fué
originaria, sino adquirida; constituía adaptación harto positivista o
equilibración excesiva impuesta por el ambiente moral riguroso que rodeó su
juventud. Ese sagrado temor a la pobreza, representa a menudo el
poso amargo que deja en el corazón la áspera lucha contra la miseria, la
injusticia y el abandono.
En la esfera familiar, la citada concepción
utilitaria y un tanto pesimista del mundo que mi padre había formado produjo
dos consecuencias: el sobretrabajo y la economía más
austera. Mi pobre madre, ya muy económica y hacendosa de suyo, hacía
increíbles sacrificios para descartar todo gasto superfluo y adaptarse a aquel
régimen de exagerada previsión.
Lejos de mí la idea de censurar una conducta que
permitió a mis padres adquirir el peculio necesario para trasladarse a
Zaragoza, dar carrera a los hijos y crearse una posición, si no brillante y
fastuosa, desahogada y libre de cuidados; pero es preciso reconocer que el
espíritu de economía tiene límites trazados por la prudencia, límites que es
harto arriesgado traspasar. El ahorro excesivo declina rápidamente hacia la
tacañería, cayendo en la exageración de reputar superfluo hasta lo necesario;
destierra del hogar la alegría que brota comúnmente de la satisfacción de mil
inocentes bagatelas y poco onerosos caprichos; impide las gratas expansiones de
la novela, del teatro, de la pintura o de la música, que no son vicios, sino
necesidades instintivas del joven, a que debe atender toda discreta y perfecta
educación; y en fin, relaja en la familia los lazos del amor, porque los hijos
se acostumbran a mirar a sus padres como los perennes detentadores de la fe[p.
52]licidad del presente. Añadamos aún que nadie puede vivir teniendo
constantemente delante de los ojos el espectro terrorífico de la muerte: el
hombre vive porque olvida que debe morir. Buena y santa es la previsión que se
anticipa a los tristes sucesos y ampara a la prole de los posibles y aciagos
reveses de la fortuna; mas debe tenerse presente que la vida sólo es tolerable
en cuanto vale la pena de ser vivida. Ni es lícito olvidar tampoco que cada
edad tiene sus deleites como tiene su cruz, y que es triste regla de conducta
sacrificar enteramente la dicha de la edad juvenil a los mustios y anodinos
placeres de la ancianidad.
Confío en que el lector hallará natural que yo
reaccionase obstinadamente contra un ideal tan triste de la vida, ideal que
mataba en flor todas mis ilusiones de mozuelo y cortaba bruscamente los
arranques de mi naciente fantasía. Ciertamente, sin el misterioso atractivo del
fruto prohibido, las alas de la imaginación hubieran crecido, pero no hubieran
llegado quizás a adquirir el desarrollo hipertrófico que alcanzaron.
Descontento del mundo que me rodeaba, refugiéme dentro de mí. En el teatro de
mi calenturienta fantasía, sustituí los seres vulgares que trabajan y
economizan por hombres ideales, sin otra ocupación que la serena contemplación
de la verdad y de la belleza. Y traduciendo mis ensueños al papel, teniendo por
varita mágica mi lápiz, forjé un mundo a mi antojo, poblado de todas aquellas
cosas que alimentaban mis ensueños. Paisajes dantescos, valles amenos y
rientes, guerras asoladoras, héroes griegos y romanos, los grandes
acontecimientos de la historia... todo desfilaba por mi lápiz inquieto, que se
detenía poco en las escenas de costumbres, en la copia del natural vulgar y en
los tráfagos de la vida común. Eran mi especialidad los terribles episodios
bélicos; y así, en un santiamén cubría una pared de barcos[p. 53] echados
a pique, de náufragos salvados en una tabla, de héroes antiguos cubiertos de
brillantes arneses y coronados de empenachado yelmo, de catapultas, muros,
fosos, caballos y jinetes.
Pocas veces dibujaba soldados modernos: hallábalos
insignificantes, prosaicos, cargados con su mochila y manta que les presta aire
de faquines, con su feo ros, triste parodia del antiguo y majestuoso casco, y
con la corta y casi inofensiva bayoneta, especie de asador sin mango,
caricatura ridícula de la elegante, artística y tajante espada.
Además, la guerra moderna, a tiro limpio,
considerábala antiartística y cobarde. Pensaba yo que en ella no puede vencer
ya el guerrero más gallardo, corajoso y arrogante, sino acaso el más pusilánime
y ruin que disparó su fusil desde un reparo y a mansalva. Antojábaseme
semejante manera de combatir, más propia para degradar la raza humana que para
mejorarla: una verdadera selección al revés. Sin duda que las guerras antiguas
eran mortíferas, pero eran al menos siempre elegantes y estaban conformes con el
principio de la evolución, ya que en ellas ceñían casi siempre el lauro los
exquisitos artistas de la energía, de la forma y del ritmo. Hoy el plomo
enemigo diezma preferentemente a los corpulentos, valerosos y arrojados, y
respeta a los pequeños, flojos y pusilánimes. «En adelante —decía para mis
adentros— no triunfarán los griegos, sino los persas; el heroísmo desarmado
será arrollado por la riqueza y el frío cálculo; el zorro desarmará al león, y
aquellos hermosos atletas, lustre y prez de la especie humana, los Milones de
Crotona, cuyos esforzados brazos, endurecidos en mil combates gloriosos, fueron
el escudo y el antemural de la patria, quedarán relegados a la triste y baja
condición de Hércules de feria.»
De los asuntos guerreros pasaba al santoral. Pero
cuan[p. 54]do pintaba santos, prefería los de acción a los contemplativos, y
sobre todo los de caballería, entre los cuales, según adivinará fácilmente el
lector, gozaba de todas mis simpatías el mío, es decir, Santiago apóstol,
patrón de las Españas y terror de la morisma. Complacíame en representarlo tal
como lo había contemplado en las estampas, o sea galopando intrépido sobre una
parva de cadáveres de moros, la espada sangrienta en la diestra y el formidable
escudo en la siniestra. ¡Con qué piadoso esmero iluminaba yo el yelmo con un
poco de gutagamba y pasaba una raya azul por la espada, y me detenía en las
negras barbas de mi santo, las cuales me salían largas, borrascosas, cual
suponía yo que debía ser la pelambrera de los apóstoles!
Una de las copias del apóstol Santiago, hecha en
papel e iluminada con ciertos colores que pude añascar en la iglesia, fué causa
de mi perdición, y de que mis aficiones artísticas tuvieran en mi padre, ya de
suyo mal avenido con toda clase de inclinaciones estéticas, enemigo declarado.
Aburrido ya, sin duda, de quitarme lápices y dibujos, y viendo la ardiente
vocación demostrada hacia la pintura, decidió mi padre averiguar si
aquellos monos tenían algún mérito y prometían para su autor
las glorias de un Velázquez o los fracasos de un Orbaneja. Y como no hubiese
nadie en el pueblo suficientemente competente en achaques de dibujo, recurrió
el autor de mis días a cierto revocador forastero, llegado por aquellos tiempos
a Ayerbe, cuyo cabildo le había contratado para enjalbegar y pintar las paredes
de la iglesia, terriblemente averiadas y chamuscadas por reciente incendio.
Lám. V, Figs. 7 y 8.—Para quienes gusten de estas
bagatelas, reproducimos aquí dos acuarelas encontradas rebuscando entre mis
viejos papeles. Fueron ejecutadas de memoria, cuando yo tenía nueve o diez
años, poco después de la época del desahucio del revocador. Ambas, sobre todo
la primera, ofrecen ostensibles defectos de dibujo y proporciones. Una de ellas
representa cierto labriego de Ayerbe bebiendo en la taberna; la otra reproduce
la ermita de la Virgen de Casbas, en los Anguiles, cerca de la citada villa.
Llegados a presencia del Aristarco, desplegué
tímidamente mi estampa; miróla y remiróla el pintor de brocha gorda, quien,
después de mover significativamente la ca[p. 55]beza y de adoptar actitud digna
y solemne, exclamó:
—¡Vaya un mamarracho! ¡Ni esto es apóstol, ni la
figura tiene proporciones, ni los paños son propios... ni el chico será jamás
un artista!...
Aterrado quedé ante el categórico veredicto. —¿Pero
de veras no tiene el chico aptitudes para el arte? —osó mi padre replicar.
—Ninguna, amigo mío —contestó implacable el rascaparedes—. Y dirigiéndose a mí,
añadió: —Venga acá, señor pintamonas, y repare usted en las manazas del
apóstol, que parecen muestras de guantero; en la cortedad del cuerpo, donde
las ocho cabezas prescritas por los cánones han menguado a
siete escasas, y, en fin, fíjese en el caballo, que parece arrancado de un
tiovivo.
Yo no entendía jota de cánones; pero veía disiparse
como humo mis más caras ilusiones, y me atreví a contestar tímidamente «que una
figura copiada o arreglada de malas estampas no podía juzgarse con la severidad
de un estudio del natural, pues ni yo había contemplado apóstoles, ni visto los
arneses ni vestimentas de antiguos guerreros. Añadí que algunos de los defectos
denunciados no me lo parecían del todo; así, un guerrero a caballo no podía ser
tan largo como puesto de pie. Y en cuanto a las manos, ¿quería usted que las de
un apóstol, acostumbrado a pegar recio y a empuñar formidable y pesada lanza,
las tuviera tan pequeñas y relamidas como una señorita? Por lo que atañe al
colorido, tiene usted razón; pero no habiendo yo podido proporcionarme otros
colores que el bermellón, el ocre y ultramar que usted gasta en la iglesia, lo
que usted debía hacer, antes que censurar mi paleta, es emplear otra mejor
surtida. En resolución, dudo mucho que usted sea verdadero artista, ni siquiera
persona medianamente discreta y razonable; pues de serlo, sabría[p.
56] usted excusar las incorrecciones en que forzosamente ha de caer un
aficionado de nueve años, que pinta sin maestros, cuya falta de habilidad
podría ser corregida con el estudio y el trabajo.» Claro está que no fueron
tales mis palabras, pero sí mis razones.
Pero el cultivador del almazarrón y del albayalde
hablaba ex cathedra y me desahució definitivamente. El
silencio harto significativo de mi padre dióme a entender que todo estaba
perdido. En efecto, la opinión del manchaparedes cayó en mi familia como el
dictamen de una Academia de Bellas Artes. Decidióse, por tanto, que yo
renunciara a los devaneos del dibujo y me preparara para seguir la carrera
médica. En consecuencia, arreció la persecución contra mis pobres lápices,
carbones y papeles; lo que me obligó a emplear todas las artes del disimulo
para ocultarlos y ocultarme cuando, arrastrado por mi pasión favorita,
holgábame en la copia de toros, caballos, guerreros y paisajes. Todavía
conservo algunos de aquellos infantiles ensayos tan execrados por el famoso
revocador. Como muestra de mis dibujos de entonces reproduzco cierta acuarela
donde saltan a la vista graves defectos de proporción. Presenta harto
grotescamente a un baturro en la taberna, empuñando el clásico porrón. ¿Pero
quién pinta mejor, sin estudios, a los ocho años de edad?
Así comenzó entre mis progenitores y yo guerra
sorda entre el deber y el querer; así surgió en mi padre la oposición
obstinadísima contra una vocación tan claramente afirmada y definida; oposición
que había de prolongarse aún diez o doce años, y en la cual, si no naufragaron
del todo mis tendencias artísticas, murieron definitivamente mis aspiraciones a
ser pintor.
¡Adiós ambiciosos ensueños de gloria, ilusiones de
futuras grandezas! ¡Era menester trocar la mágica paleta del[p. 57] pintor
por la roñosa y prosaica bolsa de operaciones! ¡Era forzoso cambiar el mágico
pincel, creador de la vida, por el cruel bisturí, que sortea la muerte; el
tiento del pintor, que parece cetro de rey, por el nudoso bastón de médico de
aldea!
Tenía yo entonces un concepto demasiado lisonjero
del arte y de los artistas. A mis ojos, el pintor genial aparecía como un ser
superior, de estirpe de dioses, destinado a depurar la naturaleza de escorias y
prosaísmos, de incongruencias y fealdades, y susceptible de crear un mundo
ideal, superior al real y más digno de su Creador. Pensaba, además, que el
augusto ministro de la belleza estaba llamado a desempeñar misión social de
gran transcendencia: reconfortar las almas abatidas en sus conflictos con la realidad;
conmover y edificar los corazones mostrándoles sublimes arquetipos de belleza
moral y de alto patriotismo; y, en fin, difundir un poco de luz y alegría en el
tenebroso camino por donde marcha la humanidad, fatigada por el trabajo y
afligida por el dolor. Hoy, sin dejar de admirar a los buenos artistas, no
hablaría de ellos con tanto entusiasmo. Y en este momento pienso[5], sobre todo,
en esos modernísimos pintores que, ansiosos de renombre improvisado y no
sabiendo cómo destacar y amplificar la minúscula personalidad, hacen gala de
menospreciar el dibujo, el color, la perspectiva, las proporciones, el
ambiente, todo lo que constituyó siempre la característica de los grandes
maestros —de los cultivadores de la pintura perenne—, para sustituirlos con
miserables engendros que se dirían visiones de beodos o pesadillas de
enajena[p. 58]dos[6]. Pero no
divaguemos y continuemos nuestro relato.
Mis conocimientos literarios hacían, entretanto,
débiles progresos. Asistía a la escuela; pero atendía poco y aprendía menos. En
realidad, mi instrucción elemental era bastante buena gracias a las lecciones
de mi padre, que me enviaba al aula municipal, antes con la mira de sujetarme,
que con la de que me ilustrara. Este prudente freno a mi libertad lo imponía mi
carácter díscolo y mi afición a la vagancia. Cuanto más que mi progenitor no
podía vigilarme: se lo impedía la numerosa clientela del pueblo y, sobre todo,
sus salidas frecuentes a los anejos de Linás, Riglos, Los Anguiles y Fontellas.
El seguimiento de mis pasos y la reprensión de mis desmanes corría, pues, a
cargo del maestro y de mi madre, la cual, harto atareada con la crianza de los
pequeños y el gobierno del hogar, no podía consagrar a su primogénito toda la
atención deseada.
No obstante las precauciones tomadas, el diablo me
tentaba a menudo. En cuanto la ocasión se presentaba, los revoltosos de clase
hacíamos pimienta, celebrándola unas veces con peleas que armábamos en las
afueras; otras explorando y escalando las ruinas del histórico castillo, en[p.
59] donde nos complacíamos en remedar las batallas de los tiempos
feudales; y, en fin, engolfándonos en la vecina sarda, bosque
secular de encinas, en donde pasábamos largas horas disparando flechazos a los
pájaros y buscando nidos de picaraza (garza).
Por cierto que en este último entretenimiento
ocurrióme cierta vez, dolorosa sorpresa: encaramado en la copa de una encina,
afanábame en explorar un nido de garza, cuando, después de tocar cierta cosa
peluda y blanduja, saqué súbitamente la diestra ensangrentada y dolorida a
puros mordiscos: una familia de ratas, que había hecho presa del nido y
devorado los huevos, revolvióse furiosamente contra el intruso que venía a
molestarles en la pacífica posesión de su rapiña.
En otra ocasión, mi pasión por los nidos púsome en
apretadísimo lance. Deseoso de explorar un nido de águilas, descendí como pude
la gradería de imponente escarpa (Sierra de Linás); contemplé de cerca los
aguiluchos todavía implumes, que me miraban espantados; pero no pude llegar
hasta ellos. Temiendo la acometida de las águilas, cuyos chillidos creía oir,
traté de escapar de la cornisa en que me había metido; pero al intentar la
ascensión tropecé con dificultades insuperables. La especie de repisa en que mediante
temerario salto había caído mostraba las paredes altas y casi lisas; quedé
cogido como en trampa, pasando horas de terrible ansiedad bajo un sol abrasador
y con el riesgo de morir de hambre y sed, pues nadie podía socorrerme por
aquellas soledades. Mi industria y la navaja de que iba siempre acompañado
salváronme al fin. Gracias a la herramienta y a la relativa blandura de la roca
logré ensanchar algunas angostas grietas que, sirviéndome de peldaños y de
agarradero para las manos, pusiéronme en franquía. ¡Qué de temeridades como
éstas po[p. 60]dría contar si no temiera abusar de la paciencia del lector!
A su regreso de los pueblos, mi padre se enteraba
de las demasías y algaradas de sus hijos y, montando en cólera, nos aplicaba
azotaina monumental, amén de increpar a mi pobre madre (cosa que sentíamos
mucho), por lo que él llamaba sus descuidos y excesivas blanduras para con
nosotros.
El anuncio de estas palizas paternas, las cuales,
por lógica progresión y por adaptación adecuada al acorchamiento de nuestra
piel, se iniciaron con vergajos y terminaron con trancas y tenazas, infundíanos
verdadero terror; y así aconteció en alguna ocasión, que por evitar la harto
expresiva caricia paternal huíamos de casa, causando con ello honda pena a
nuestra madre, que, angustiada y atribulada, nos buscaba por todo el pueblo.
Recuerdo que habiendo hecho mi hermano y yo
novillos cierta tarde, y noticiosos de que alguien había llevado el soplo al
severo autor de nuestros días, decidimos escaparnos a los montes, en donde
permanecimos media semana o más, merodeando por los campos y alimentándonos de
frutas y raíces; hasta que una noche, y cuando ya íbamos tomando gusto a la
vida salvaje, mi padre, que nos buscaba por todos los escondrijos del vecino
monte, hallónos durmiendo tranquilamente en un horno de cal. Sacudiónos de lo
lindo, atónos codo con codo, y en tan afrentosa disposición nos condujo al
pueblo, en cuyas calles tuvimos que soportar la chacota de chicos y mujeres.
Eran las somantas o tundas, según habrá colegido el
lector, ordinario término de nuestras hazañas; pero, en virtud del proceso
adaptativo susodicho los palos nos escocían, pero no nos escarmentaban.
Mientras los cardenales estaban frescos guardábamonos muy bien de reincidir;
pero una vez borrados, olvidábamos el propósito de la en[p. 61]mienda. Y es que
los impulsos naturales, cuando son muy imperiosos, se deforman algo, se
disimulan siempre, mas no se anulan jamás. Contrariados en nuestros gustos,
privados del placer de campar por breñas y barrancos, a fin de ejercitar el
lápiz del dibujante, la flecha del guerrero o la red del naturalista,
asistíamos rezongando a la escuela, sin corregirnos ni formalizarnos. Todo se
reducía a variar el teatro de nuestras diabluras: los diseños del paisaje se
convertían en caricaturas del maestro; las pedreas al aire libre se
transformaban en escaramuzas de banco a banco, en las cuales servían de
proyectiles papelitos, tronchos, acerolas, garbanzos y judías; y en fin, a falta
de papel de dibujo servíame de las anchas márgenes del Fleury, que se poblaban
de garambainas, fantasías y muñecos; alusivos unos al piadoso texto, otros
harto irreverentes y profanos.
En la escuela, mis caricaturas, que corrían de mano
en mano, y mi cháchara irrestañable con los camaradas, indignaban al maestro,
que más de una vez recurrió, para intimidarme, a la pena del calabozo, es
decir, al clásico cuarto obscuro; habitación casi subterránea
plagada de ratones, hacia la que sentían los chicos supersticioso temor y yo
miraba como ocasión de esparcimiento, pues me procuraba la calma y recogimiento
necesarios para meditar mis travesuras del día siguiente.
Allí, en las negruras de la cárcel escolar, sin más
luz que la penosamente cernida a través de las grietas de ventano desvencijado,
tuve la suerte de hacer un descubrimiento físico estupendo, que en mi supina
ignorancia creía completamente nuevo. Aludo a la cámara obscura, mal llamada de
Porta, toda vez que su verdadero descubridor fué Leonardo de Vinci.
He aquí mi curiosa observación: El ventanillo
cerrado de[p. 62] mi prisión daba a la plaza, bañada en sol y llena de
gente. No sabiendo qué hacer, me ocurrió mirar al techo, y advertí con sorpresa
que tenue filete de luz proyectaba, cabeza abajo y con sus naturales colores,
las personas y caballerías que discurrían por el exterior. Ensanché el agujero
y reparé que las figuras se hacían vagas y nebulosas; achiqué la brecha del
ventano sirviéndome de papeles pegados con saliva, y observé, lleno de satisfacción,
que, conforme aquella menguaba, crecía el vigor y detalle de las figuras. Por
donde caí en la cuenta de que los rayos luminosos, gracias a su dirección
rigurosamente rectilínea siempre que se les obliga a pasar por angostísimo
orificio, pintan la imagen del punto de que provienen. Naturalmente mi teoría
carecía de precisión, ignorante como estaba de los rudimentos de la óptica. En
todo caso, aquel sencillo y vulgar experimento dióme altísima idea de la
física, que diputé desde luego como la ciencia de las maravillas. Claro es que
tenía en cuenta el portento del ferrocarril, de la fotografía (recientemente
inventada por entonces), la aerostación, etc. Y mis entusiasmos, algo
instintivos, no me engañaban. Porque a la física somos deudores de la gloriosa
civilización europea. Si fuera posible restar del patrimonio del humano saber
las leyes y fenómenos de dicha ciencia, el hombre retrocedería bruscamente al
estado cavernícola.
Por entonces, muy ajeno a las grandiosas
perspectivas que abre al espíritu el estudio de las fuerzas naturales,
propúseme sacar partido de mi impensado descubrimiento. Y montando sobre una
silla entreteníame en calcar sobre papel aquellas vivas y brillantes imágenes
que parecían consolar, como una caricia, las soledades de mi cárcel.
«¿Qué me importa —pensaba yo— carecer de libertad?
Se me prohibe corretear por la plaza, pero en compensación[p. 63] la plaza
viene a visitarme. Todos estos fantasmas luminosos son fiel trasunto de la
realidad y mejores que ella, porque son inofensivos. Desde mi calabozo asisto a
los juegos de los chicos, sigo sus pendencias, sorprendo sus gestos, y gozo, en
fin, lo mismo que si tomara parte en sus diversiones.»
Muchas veces he pensado que la dicha está en la
contemplación y que toda acción es más o menos dolorosa. ¡Qué hermoso fuera
observar a los hombres como el astrónomo observa los astros, sin intervenir
para nada en el conflicto de las voluntades! ¡Así debe contemplar Dios a los
hombres desde el alto Empíreo! El autor de la Creación dispone quizás también
de colosal cámara obscura, tendida allá en las negruras del espacio, en cuyo
fondo discierne las imágenes de todos los fenómenos del Cosmos, desde el girar
de los mundos hasta el palpitar de los átomos. Si no fuera irreverencia hablar
en sentido directo del ojo de Dios, diríamos que posee retina tan vasta, que
puede recibir la imagen total del Cosmos; acuidad diferencial tan exquisita,
que alcanza a distinguir hasta el electron y las partículas
del éter (caso de que no sean la misma cosa); tan poderosa capacidad para la
apreciación de la tercera dimensión, que ve por transparencia, con su tamaño
natural y con su relieve propio, desde los mundos más próximos hasta las más
remotas nebulosas. Pero no recaigamos en enfadosas divagaciones.
Ufano con mi descubrimiento, tomaba cada día más
apego al reino de las sombras. Pero tuve la simplicidad de comunicar mi
hallazgo a los camaradas de encierro, los cuales, después de reirse de mi
bobería, aseguraron que dicho fenómeno carecía de importancia, por ser cosa
natural y como juego que hace la luz al entrar en los cuartos
obscuros. ¡Cuántos hechos interesantes dejaron de convertirse[p. 64] en
descubrimientos fecundos, por haber creído sus primeros observadores que
eran cosas naturales y corrientes, indignas de análisis y
meditación! ¡Oh, la nefasta inercia mental, la inadmirabilidad de
los ignorantes! ¡Qué de retrasos ha causado en el conocimiento del Universo!
Es curioso notar cómo el vulgo que alimenta su
fantasía con narraciones de brujas o de santos, sucesos misteriosos y lances
extraordinarios, desdeña, por vulgar, monótono y prosaico, el mundo que le
rodea, sin sospechar que en el fondo de él todo es arcano, misterio y
maravilla. Todos podemos convertir el sainetón, gris, fastidioso y casero, en
comedia de alta magia, por cuyo escenario desfilen hadas y gnomos, gigantes y
monstruos, ángeles y diablos, Princesas que descienden a Cenicientas y
Cenicientas que suben a Reinas. Para operar tan prodigiosa metamorfosis, la
ciencia posee una varilla mágica y cierto talismán infalibles: llámanse
respectivamente atención y reflexión.
Por lo demás, dejo consignado que mi flamante
descubrimiento físico no podía granjearme los honores de la prioridad. Dos
siglos antes había sido hecho por el gran Leonardo, que fué no sólo insigne
pintor, sino físico ilustre; de presumir es también que, en tiempos más
remotos, otros muchos sorprendieran, aunque no publicaran, el sorprendente
fenómeno.
Lám. VI, Figs. 9 y 10.—Dos vistas del Castillo de
Loarre, objetivo de mis correrías y curioseos arqueológicos durante mi
adolescencia. La primera muestra la fortaleza-palacio de Sancho Ramírez, vista
desde el Este. La segunda enfoca el mismo tema pero desde más lejos, y fué tomada
por mí allá por los años de 1883.
[p. 65]
CAPÍTULO VII
Mi traslación a Jaca. — Las pintorescas orillas del
Gállego. — Mi tío Juan y el régimen vegetariano. — El latín y los dómines. —
Empeño vano de los frailes en domarme. — Retorno a los devaneos artísticos.
orría el año 61. Hallándome próximo a cumplir
los diez de mi edad, decidió mi padre llevarme a estudiar el bachillerato a
Jaca, donde había un Colegio de padres Escolapios, que gozaba fama de enseñar
muy bien el latín y de educar y domar a maravilla a los chicos díscolos y
revoltosos. Tratada la cuestión en familia, opuse algunos tímidos reparos: dije
a mi padre que, sintiendo decidida vocación por la pintura, prefería cursar la
segunda enseñanza en Huesca o en Zaragoza, ciudades donde había Escuela de dibujo
e Instituto provincial. Añadí que no me agradaba la medicina, ni esperaba,
dados mis gustos e inclinaciones, cobrar afición al latín; de que se seguiría
perder tiempo y dinero.
Pero mi padre no se avino a razones. Mostróse
escéptico acerca de mi vocación, que tomó acaso por capricho de muchacho
voluntarioso y antojadizo.
Dejo ya consignado más atrás que mi padre,
intelectualista y practicista a ultranza, estaba muy lejos de ser un
sentimental. Se lo estorbaba cierto concepto equivocado[p. 66] del arte,
considerado como profesión social. En su sentir, la pintura, la escultura, la
música, hasta la literatura, no constituían modos formales de vivir, sino
ocupaciones azarosas, irregulares, propias de gandules y de gente voltaria y
trashumante, y cuyo término fatal e inevitable no podía ser otro que la pobreza
y la desconsideración social. En su concepto, la obsesión artística de algunos
jóvenes representa algo así como enfermedad de crecimiento, cuyos síntomas
característicos son: tendencia a la holganza y al regalo, aversión a la ciencia
y al trabajo metódico y, en fin, indisciplina de la voluntad.
Para persuadirme y traerme a lo que él consideraba
el mejor camino, contábame historias de conocidos suyos, artistas fracasados,
pintores de historia con demasiada historia y poco dinero; de
literatos que se criaban para genios y cayeron en miserables gacetilleros o en
famélicos secretarios de Ayuntamiento de pueblo; de músicos resueltos a emular
a Beethoven y Mozart que pararon en derrotados y mugrientos organistas de
villorrio. Como última razón, y a guisa de consuelo, prometíame que, cuando
fuera médico, es decir, a los veintiún años de edad, asegurada mi situación
económica, podría divagar cuanto quisiese por las regiones quiméricas del arte;
pero entretanto su deber era proporcionarme modo de vivir honesto y tranquilo,
capaz de preservarme de la miseria.
No era mi progenitor de los que, tomada una
resolución firme, vuelven sobre ella, y menos por las observaciones aducidas
por sus hijos. Debí, por tanto, someterme y prepararme al estudio del
antipático latín y a trabar conocimiento con los frailes.
En los días siguientes, que eran los postreros de
Septiembre, escribió mi padre a Jaca, anunciando a unos parientes, tan honrados
como laboriosos, la decisión tomada[p. 67] y su deseo de que recibiesen a
su hijo, en concepto de pupilo, durante el tiempo que durasen los estudios. La
contestación fué afirmativa, según era de suponer dado el parentesco de mi tío
Juan, y los motivos de gratitud que le ligaban a mi familia.
El excelente tío Juan, hermano de mi madre, era un
hábil tejedor de Jaca, en donde gozaba bien cimentada fama de laborioso y de
hombre cabal. Pero su situación económica, años antes desahogada, había sufrido
recientes reveses, a los que vinieron todavía a añadirse la muerte de su mujer
y la escapatoria del hijo mayor, brazo derecho del taller y amparo del anciano.
Estas desgracias de familia obligáronle a contraer algunas deudas, siendo mi
padre el principal, aunque desinteresado acreedor.
Cuento estos detalles para que se comprenda mejor
mi especial situación en casa de mi tío. Deseoso mi padre de reintegrarse lo
prestado, convino con mi pariente en pagarle un pequeño estipendio mensual por
el hospedaje, destinando otra parte del importe de éste a enjugar la deuda.
Con tan singular procedimiento de cobro, cometióse
grave error; porque si bien la calidad del parentesco y la bondad de mis
patrones, alejaba toda sospecha de malos tratos, era imposible que mi tío,
escaso de recursos, y no muy bien de salud para trabajar, se sacrificara para
procurar a su sobrino, sin compensaciones pecuniarias suficientes, alimentación
y regalo que para sí deseara.
Dispuesto todo para la partida, despedíme con
sentimiento de mis amigos, compañeros de tantas travesuras y desmanes; dije
adiós al maestro, a quien tanto había hecho rabiar, y cierta hermosa mañana de
Septiembre púseme en camino para la ciudad fronteriza, en compañía de mi padre,
que deseaba recomendarme eficazmente a los frailes.
[p. 68]Sirviónos de vehículo el carro del
ordinario, en el cual y cubriendo el equipaje, habíase extendido mullido
colchón. Yo me instalé junto a las lanzas del carro a fin de explorar
cómodamente el paisaje.
Las dos primeras horas del viaje transcurrieron
lentas y tristes. Era la primera vez que abandonaba el hogar y una impresión de
vaga melancolía embargaba mi ánimo. Pensaba en los sollozos de mi madre al
desgarrarse de su hijo y en los consejos con que trató de inculcarme el cariño
y obediencia a mis tíos y el respeto y veneración a mis futuros maestros.
Poco a poco fué cediendo mi tristeza. El instinto y
la curiosidad de lo pintoresco se sobrepusieron a mi languidez.
El camino, algo monótono desde Ayerbe a Murillo, se
hace muy interesante desde esta población hasta Jaca. Durante gran parte del
trayecto, la carretera serpentea por las orillas del Gállego, cuyas rápidas
corrientes marchan, en unos puntos, someras y desparramadas, mientras que en
otros se concentran y precipitan tumultuosamente por entre acantilados
gigantes, medio ocultas en angostas gargantas.
No me cansaba de admirar los mil detalles
pintorescos que los recodos del camino y cada altura, penosamente ganada,
permitía describir. Entre otros accidentes del panorama, quedaron profundamente
grabados en mi retina: los gigantes mallos de Riglos, que
semejan columnatas de un palacio de titanes; el bloque rocoso de Lapeña, que
amenaza desplomarse sobre el pueblo, al pie del cual corre, embutido en
profundísimo canal, el rumoroso Gállego; el elevado y sombrío monte Pano, cuya
formidable cima asoma por Occidente, no lejos de Anzánigo; y por último, el
sombrío y fantástico Uruel, de roja cimera, que domina [p. 69]el valle de
Jaca, y semeja colosal esfinge, que guarda la entrada del valle del Aragón.
Lám. VII, Fig. 11.—El monte Uruel (Jaca), visto por
el Poniente. La proximidad del punto de vista impide reconocer la forma y
apreciar la grandiosidad de esta montaña, que sólo aparece bien desde el llano
de Jaca, es decir, contemplada por el Norte.
Mi curiosidad complacíase sobremanera en presencia
de tan hermosas perspectivas; y así no cesaba de pedir a mi padre, que conocía
a palmos el terreno, noticias detalladas sobre los ríos, aldeas y montañas,
cerca de las cuales pasábamos. No sólo satisfizo mi curiosidad, sino que me
contó multitud de anécdotas y episodios de su juventud transcurridos en
aquellos lugares, y algunos sucesos históricos de que las orillas del Gállego
fueron teatro en la funesta primera guerra civil.
Llegados a Jaca e instalados en casa de mi tío, fué
la primera providencia de mi padre presentarme a los reverendos Escolapios, a
quienes me recomendó encarecidamente. Encargóles que vigilaran severamente mi
conducta y me castigaran sin contemplaciones en cuanto diera para ello el menor
motivo.
El Director del Colegio dió plena seguridad a mi
padre acerca de este punto, y para tranquilizarle nos presentó al padre
Jacinto, profesor de primero de Latín, que era por entonces el terrible desbravador de
la Comunidad y a quien, según fama, no se había resistido ningún rebelde. A la
verdad, yo me alarmé algo, sólo un poco, al contemplar la estatura ciclópea,
los anchísimos hombros y macizos puños del dómine, que parecía construído
expresamente para la doma de potros bravíos. Y me limité a decir para mi capote:
«Allá veremos».
Días después sufrí el examen de ingreso, que
satisfizo plenamente a los frailes; fué tan lisonjero el éxito, que me
consideraron como el alumno mejor preparado para la segunda enseñanza.
Tranquilo mi padre por el buen giro que tomaban las
cosas, y esperanzado de que yo pagaría con una aplica[p. 70]ción nunca
desmentida los afanes y sacrificios que se imponía, regresó a Ayerbe y yo quedé
entregado a mi santa voluntad, que era como quedar entregado al diablo mismo.
Dejo apuntado ya que mi tío era muy anciano y
estaba achacoso; vivía casi solitario, pues de sus dos hijos sólo el pequeño,
mi primo Timoteo, a la sazón aprendiz en una fábrica de chocolate, le
acompañaba. Absorbido en su telar, cuidaba poco de la casa, que abandonaba al
manejo de vieja criada. Los conocimientos culinarios de esta buena mujer no
podían ser más sumarios ni mejor encaminados a evitar el despilfarro y la
indigestión.
Las coles, nabos y patatas constituían los platos
fundamentales y de resistencia; de vez en cuando, comíamos carne; pero en justa
compensación abundaban las gachas de maíz, llamadas allí farinetas,
que era una bendición. Días hubo que nos sirvió tres veces gachas y, a fin de
evitar la monotonía, nuestra patrona, que no carecía de imaginativa, dió en la
flor de asar las farinetas sobrantes del almuerzo; con cuyo
ingenioso arbitrio convirtióse el engrudo de maíz en un plato nuevo, tan
original como vistoso, que podía pasar, con algo de buena voluntad, por
aristocrático pudding. Nuestro postre habitual eran manzanas, fruta
de que se cultivan en Jaca variedades excelentes.
Los días de fiesta nos reservaba la patrona grata
sorpresa: añadía a las plebeyas gachas suculentos chicharrones. ¡Eran de ver
los gestos de contrariedad que hacíamos mi primo y yo cuando la ciega lotería
del cucharón nos agraciaba con sólo un premio, reservando la mayoría de los
sabrosos tropezones para otros comensales!
Hambre, sin embargo, no pasábamos. Cuando nuestro
estómago insatisfecho exigía algún suplemento, hallába[p. 71]mosle en los
montones de las sabrosas manzanas del granero y en la improvisación de un plato
de patatas al natural, que preparábamos asando estos tubérculos sobre el
rescoldo y adobando la amarilla y jugosa miga con algunos granos de sal y gotas
de vinagre.
Merced al régimen de las farinetas y a los ayunos
de castigo de que más adelante hablaré, quedé hecho un espárrago. Creo que
hasta mis facultades mentales declinaron bastante. Dijérase que el engrudo de
maíz se me embebió en la cabeza y ocupó el lugar de los sesos; pues, según
veremos luego, los buenos de los frailes se vieron y se desearon para imprimir
en ellos algunos pocos latines.
Debo añadir que al final de aquel año el trato de
mis patrones mejoró muchísimo. Uno de mis primos, Victoriano Cajal, regresado
de sus correrías, se estableció en el hogar de sus padres, contrayendo poco
después matrimonio con doncella sumamente bondadosa e inteligente. Con aquel
inesperado refuerzo, el gobierno de la casa entró en orden y el menú se
hizo más variado y suculento.
No sabría decir yo si el vacío de afecciones y la
excesiva sequedad de mis maestros exacerbaron mis rebeldías nativas y dieron al
traste con promesas formales. Algo debieron influir quizá; imagino, sin
embargo, que no fueron condición única de mis extravíos. La loca de la
casa con que mi padre no había contado y que de día en día iba
exaltándose, a pesar del régimen enervante de las gachas y de los diarios
castigos, contribuyó mucho a mi creciente desaplicación.
Retoñaron, pues, vigorosamente mis delirios
artísticos. Cobré odio a la Gramática latina, en donde no veía sino un
chaparrón abrumador de reglas desautorizadas por infinitas excepciones, que
había que meter en la cabeza, quieras que no, a porrazo limpio, como clavo en
pared. Desa[p. 72]zonábame también esa aridez desconsoladora del estilo
didáctico, seco y enjuto, cual carretera polvorienta en verano.
Con la citada antipatía hacia la Gramática,
inauguróse en mí esa lucha sorda y tenaz, física y moral entre el cerebro y el
libro, en la cual lleva éste siempre la peor parte; porque de los sabios
preceptos del texto pocos o ninguno penetran en el alma; pero, en cambio, las
divagaciones y ensueños de la fantasía entran a saco, sin compasión, en las
hojas del texto, cuyas márgenes se cubren de una vegetación parásita de versos,
paisajes, episodios guerreros y regocijadas caricaturas.
Mis textos latinos —el Cornelio Nepote, el Arte
poética de Horacio, etc.— vencidos en esta batalla, transformáronse rápidamente
en álbums donde mi desbordante imaginación depositaba diariamente sus
estrafalarios engendros. Y como las márgenes de los libros resultaban harto
angostas para contener holgadamente todas mis alegres «escapadas al ideal»,
más de una vez me decía: «¡Lástima de Gramática que no fuera todo márgenes!»
Pero si mi Nebrija no me enseñaba nada,
aprovechaba, en cambio, para divertir a mis camaradas. En cuanto llegaba yo a
clase, rodeábanme los golosos de las ilustraciones del texto, que corría de
mano en mano y era más zarandeado y sobado que rueda de barquillero.
[p. 73]
CAPÍTULO VIII
El padre Jacinto, mi dómine de latín. —
Cartagineses y romanos. — El régimen del terror. — Mi aversión al estudio. —
Exaltación de mi fiebre artística y romántica. — El río Aragón, símbolo de un
pueblo.
o trato de disculpar mis yerros. Confieso
paladinamente que del mal éxito de mis estudios soy el único responsable. Mi
cuerpo ocupaba un lugar en las aulas, pero mi alma vagaba continuamente por los
espacios imaginarios. En vano los enérgicos apóstrofes del profesor,
acompañados de algún furibundo correazo, me llamaban a la realidad y pugnaban
por arrancarme a mis distracciones; los golpes sonaban en mi cabeza como
aldabonazo en casa desierta. Todos los bríos del padre Jacinto, que hizo mi
caso cuestión de amor propio, fracasaron lastimosamente.
Hecha esta confesión, séame lícito declarar también
que en mi desdén por el estudio entró por algo el desacertado sistema de
enseñanza y el régimen de premios y castigos usados por los padres Escolapios.
Como único método pedagógico, reinaba allí el memorismo puro.
Preocupábanse de crear cabezas almacenes en lugar de cabezas pensantes. Forjar
una individualidad mental; consentir que el alumno, sacrificando la letra al[p.
74] espíritu, se permitiera cambiar la forma de los enunciados... eso, ni
por pienso. Allí, según ocurre todavía hoy en muchas aulas, sabía solamente la
lección quien la recitaba fonográficamente, es decir, disparándola en chorro
continuo y con gran viveza y fidelidad; no la sabía, y era, por ende,
severamente castigado aquel a quien se le paraba momentáneamente el chorro, o
titubeaba en la expresión, o cambiaba el orden de los enunciados.
A guisa de infalibles estimulantes de los tardos
empleábanse, en lugar de los inocentes palitos de pasa aconsejados para aliviar
la memoria, el puntero, la correa, las disciplinas, los encierros, los reyes de
gallos y otros medios coercitivos y afrentosos.
Como se ve, el viejo adagio la letra con
sangre entra, reinaba entre aquellos buenos padres sin oposición; y lo
singular del caso era que la sangre corría, pero la letra no entraba por
ninguna parte. En cambio penetraba en nosotros aversión decidida a la
literatura latina y odio inextinguible a los maestros. Así se perdía del todo
esa intimidad cordial, mezcla de amistad y de respeto, entre maestro y
discípulos, sin la cual la labor educadora constituye el mayor de los
martirios.
Cometería grave injusticia si dijera que todos los
frailes aplicaban, con igual rigor, los citados principios pedagógicos;
teníamos dómines humanos y hasta cariñosos y simpáticos. Pero yo no tuve la
dicha de alcanzarlos, porque regentaban asignaturas de los últimos cursos y
vime forzado, por causas de que luego hablaré, a abandonar la escuela
calasancia en el segundo. Entre estos maestros simpáticos recuerdo al padre
Juan, profesor de Geografía y excelente pedagogo. Éste no pegaba, pero en
cambio sabía excitar y retener nuestra curiosidad.
Obedeciendo, sin duda, a la regla del perfecto
amolador,[p. 75] que consiste en hacer la primera afiladura del
cuchillo con la piedra de asperón más basta, para acabar de repasarlo con las
más finas y suaves, el claustro de Jaca encargó muy sabiamente el desbaste de
los alumnos del primer año al más áspero desbravador de inteligencias.
Tocónos, en efecto, a los pobretes del primer curso
de latín el más severo de todos los frailes, el padre Jacinto, de quien hablé
ya en el anterior capítulo. Era natural de Egea y estaba en posesión de los
bríos y acometividad característicos de los matones de las Cinco Villas. Su voz
corpulenta y estentórea atronaba la clase y sonaba en nuestros oídos cual
rugido de león. Bajo el poder de este Herodes, caímos unos 40 infelices
muchachos, llegados de distintos pueblos de la montaña, y nostálgicos aún de
las caricias maternales.
Ya desde la primera conferencia, en que planteó
clara y expresivamente su sistema de enseñanza, y nos anunció las virtudes
del gato de siete colas, comprendimos que las tiernas y suaves
reconvenciones maternas no iban a tener en el padre Jacinto un continuador.
Dividiónos en dos bandos o grupos, llamados
de cartagineses y romanos, según rezaban unos letreros puestos en
alto en cada lado del aula. Tocóme en suerte ser cartaginés, y
acredité bien pronto el nombre según lo que me zurraba Scipión, quiero decir,
el terrible dómine, capaz él sólo de acabar con todos los cartagineses y
romanos. Para mí, pues, todos los días se tomaba Cartago, sin que llegasen
nunca los triunfos de Aníbal y menos las delicias de Capua.
Acobardados por aquel régimen de terror, entrábamos
en clase temblando, y en cuanto comenzaban las conferencias, sentíamos pavor
tal, que no dábamos pie con bolo. ¡Pobre del que se trabucaba en la conjugación
de un ver[p. 76]bo o del que balbuceaba en la declinación del quinam
quaenam, quodnam o del no menos estrafalario quicumque!
Los correazos caían sobre él a modo de aguacero, aturdiéndole cada vez más y
paralizando su retentiva.
¡Cuántas veces, caído a los pies de mi verdugo, que
blandía amenazadora su potente correa, maldije de los bárbaros del Norte, que
no supieron acabar con el latín, como acabaron con los latinos!
Al abandonar el aula, nuestras caras irradiaban
júbilo inmenso, la alegría bulliciosa de la liberación; sin considerar
¡pobretes! que al día siguiente debía renovarse la tortura, entregando nuestras
muñecas, no bien deshinchadas aún de los bergantes del día anterior, a la
terrible correa del dómine.
El educador que comienza demasiado pronto a
castigar corre el riesgo de no acabar jamás de castigar. El empleo exclusivo de
la violencia, sin las prudentes alternativas de la bondad, de la indulgencia y
aun del halago, embota rápidamente la sensibilidad física y moral y mata en el
niño todo resto de pundonor y de dignidad personal. A fuerza de oirse
llamar torpe, acaba por creer que lo es, e imagina que su torpeza
carece de remedio. Tal me ocurrió a mí y a muchos de mis camaradas. Insultados,
azotados y vejados desde los primeros días, y viendo que era casi imposible
evitar aquella furiosa racha de malos tratos, puesto que se renovaba por la más
pequeña falta, hubimos de aceptar filosóficamente nuestro papel de pigres y de
víctimas, buscando nuestro remedio en la consabida acomodación fisiológica al
castigo. En nuestra ingenuidad, creíamos que la mejor manera de vengarnos del
verdugo era hacer lo contrario de lo que aconsejaba y quería.
Aparte mis distracciones, adolecía de un defecto
fatal: mi retentiva verbal era algo infiel; faltóme siempre[p. 77] —y de
ello hablaré más adelante— esa viveza y limpidez de palabra característica de
los temperamentos oratorios. Y para colmo de desgracia, dicha premiosidad
exagerábase enormemente con la emoción. En cambio, mi memoria de ideas, sin ser
notable, era bastante aceptable y regular mi comprensión. Mi padre había ya
reparado en ello. Por lo cual solía prevenir a mis preceptores, diciéndoles:
—Tengan ustedes cuidado con el chico. De concepto lo aprenderá todo; pero no le
exijan ustedes las lecciones al pie de la letra, porque es corto y encogido de
expresión. Discúlpenle ustedes si en las definiciones cambia palabras,
empleando voces poco propias. Déjenle explicarse, que él se explicará—.
Desgraciadamente, pocos profesores tuvieron en cuenta tan prudentes avisos;
¡jamás aguardaron, para juzgarme, a que me explicara!...
El mal nace —según nota muy bien Herbert Spencer—
de que el maestro debiera ser un buen psicólogo, cuando, por desgracia, no es
otra cosa, por punto general, que recitador torpe y rutinario. Mero portavoz de
la tradición y simple receptáculo de ideas y de frases hechas, propende, por
ley de herencia, a ejecutar en sus discípulos la mala obra que sus maestros le
hicieron. Y al hablar así, aludimos no sólo a mis maestros de Jaca, sino a la
mayoría de nuestros Institutos docentes. Pero de este grave defecto hablaré más
adelante.
Corolario de esta doctrina pedagógica es cierta
equivocada apreciación de las aptitudes: estimar como cualidades positivas y
dignas de loa la sugestibilidad y el automatismo nervioso; y como atributos
negativos que piden corrección y vituperio, la espontaneidad del pensamiento y
el espíritu crítico. Es común en estos maestros rutinarios tomar la viveza por
despejo, la retentiva por recto juicio y la docilidad por virtud.
[p. 78]No he de negar yo, ciertamente, que la
agilidad de la palabra y la retentiva tenaz y pronta asócianse, a veces, a un
entendimiento privilegiado; es más, estimo que no hay talento superior que no
nutra sus raíces en el terreno de excelente memoria; pero, conforme la
experiencia acredita, es también frecuente hallar divorciadas ambas facultades,
y aun desenvueltas en proporción inversa; circunstancia que no se escapó a
nuestro Huarte, el cual, en su Examen de ingenios, hace notar ya
que los jóvenes dotados de gran retentiva y que aprenden fácilmente los
idiomas, suelen gozar de mediano entendimiento para las ciencias y la
filosofía. Fácil sería recordar otros testimonios, el de Locke, por ejemplo.
He consignado varias veces el pavor que nos
infundía el padre Jacinto. Aunque sea insistiendo una vez más en el tema,
recordaré cierto suceso que acredita cuánta era la fuerza de aquel patagón con
sotana. A un infeliz, llamado Barba, que, amedrentado y aturdido, había
contestado no sé qué desatino, descargóle el dómine tan formidable trompada,
que lanzó al cuitado, a guisa de proyectil, contra una pizarra, distante lo
menos tres metros; la violencia del choque derribó el encerado, rompió el
caballete que lo sostenía, y del rebote de aquél y del volar de las astillas,
quedaron mal parados dos pobres muchachos más.
Todos los días había contusiones y equimosis. Hasta
se contaba que años antes, de resultas de formidable paliza, había fallecido un
estudiante. Ignoro si esto fué cierto: lo que me consta es que muchos padres se
quejaban del mal trato recibido por sus hijos, y amenazaban con recurrir a la
autoridad judicial.
Lám. VIII, Figs. 12 y 13.—Vistas de Jaca. La
primera muestra la muralla de Jaca por el lado del Este, con una de las puertas
principales. La segunda presenta el paseo que rodea la muralla, punto habitual
de las correrías de los chicos.
Ocioso es decir que semejante régimen de
intimidación y de castigos rigurosos daba resultados contraproducentes. Nuestra
conducta empeoraba de día en día. Se nos [p. 79]acostumbraba demasiado al
bochorno y se embotaba el pundonor. Caíamos tan bajo que perdíamos la esperanza
y hasta el deseo de elevarnos. Para aquellos educandos, el educador no era ya
el guía paternal que conoce el buen camino, sino el adversario que abusaba de
sus fuerzas y de cuya superioridad física sólo podíamos vengarnos con la
impasibilidad y la desobediencia. Digan lo que quieran los partidarios de la
ortopedia moral, el llamamiento amistoso a la conciencia del discípulo, el
empleo discreto y preferente del halago y de la persuasión, con alegación de
los motivos racionales de cada mandato y, sobre todo, la confianza fingida o
real en el talento potencial del niño, talento que sólo espera ocasión propicia
para manifestarse, constituyen recursos pedagógicos muy superiores a los
castigos corporales.
Afortunadamente, yo tenía en el cultivo del arte y
en la contemplación de la naturaleza grandes consuelos. En presencia de aquella
decoración de ingentes montañas que rodean la histórica ciudad del Aragón,
olvidaba mis bochornos, desalientos y tristezas.
Porque el panorama del valle de Jaca es uno de los
más bellos y variados que nos ofrece la cordillera pirenaica. Al Norte cierra
el horizonte, elevándose majestuosamente el Pirineo, coronado de perpetuas
nieves; al Oeste, apartado de la ciudad por fértil y amena llanura, asoma su
robusta cabeza el monte Pano, en cuya ladera occidental, regada más de una vez
con agarena sangre, se abre la cueva sagrada que fué antaño cuna y altar de la
independencia aragonesa; del lado oriental se columbran las montañas de Biescas,
por cima de las cuales emergen, cubiertos de blanco sudario, los Picos de
Panticosa y Sallent; y hacia el Mediodía, cerrando el paso de las tibias auras
de la[p. 80] tierra llana, yérguese hasta las nubes el fantástico Uruel,
mudo testigo de las legendarias hazañas de la raza, y cuya roja cabeza parece
mirar obstinadamente al Sur, como señalando al duro almogávar el camino de las
gloriosas empresas.
La ciudad misma tenía para mí inefables encantos.
Gustábame saborear las bellezas de su vieja catedral, discurrir por lo alto de
las murallas y explorar torreones y almenas. ¡Cuántas veces, subido en lo alto
de un baluarte, y avizorando la llanura, a guisa de vigía medioeval, por las
angostas ballesteras, daba rienda suelta a mis ensueños, y me consolaba de mi
soledad sentimental!... De cuando en cuando, la aparición de una friolera
lagartija o el vuelo del milano sacábame del ensimismamiento, despertando mis
aficiones de naturalista. Para estas correrías de tejas arriba, dábame grandes
facultades la casa de mi patrón, cuyo huerto lindaba con un torreón de la
muralla, medio derruido y fácil de escalar.
Como es natural, en Jaca hallé también amigos y
camaradas con quienes compartir juegos y travesuras. País extremadamente frío
el jaquense, nuestra diversión favorita consistía, durante el invierno, en
arrojarnos a la cabeza bolas de nieve, en cuya diversión tomaban parte hasta
las señoritas, que disparaban sus proyectiles a mansalva desde ventanas y
balcones. Cuando los glaciales cierzos del Enero amontonaban grandes taludes de
nieve junto a las murallas, nuestro predilecto deporte consistía en socavar en
el espesor de aquélla corredores y aposentos. Otras veces, con nieve apretada,
construíamos casas, roqueros castillos y cavernas de trogloditas y esquimales.
El hábito de bregar diariamente con nieves y carámbanos, bien pronto me hizo
insensible al frío, endureciendo mi [p. 81]piel y adaptándome
perfectamente al riguroso clima montañés.
Lám. IX, Figs. 14 y 15.—La primera copia la calle
principal de Jaca, con el edificio de la alcaldía. La segunda presenta el río
Aragón, bordeado de huertas; allá en el fondo asoma un pico del Pirineo, el
Coll de Ladrones, desgraciadamente muy achicado por el objetivo fotográfico,
que tiene, según es sabido, el defecto de empequeñecer notablemente los últimos
planos.
Sin embargo, los juegos en cuadrilla no me
interesaban tanto como los paseos y excursiones solitarias. Una de mis jiras
predilectas era bajar al río Aragón, corretear por los bordes de su profundo y
peñascoso cauce, remontando la corriente hasta que me rendía el cansancio.
Sentado en la orilla, embelesábame contemplando los cristalinos raudales y
atisbando a través del inquieto oleaje los plateados pececillos y los pintados
guijarros del álveo. Más de una vez, enfrente de algún peñasco desprendido de
la montaña, intenté, aunque en vano, copiar fielmente en mi álbum los
cambiantes fugitivos de las olas y las pintadas piedras que emergían a trechos,
cubiertas de verdes musgos.
A menudo, tras largas horas de contemplación, caía
en dulce sopor: el suave rumor del oleaje y el tintineo de las gotas al
resbalar sobre los guijarros, paralizaban mi lápiz, anublaban insensiblemente
mis ojos y creaban en mi cerebro un estado de subconciencia propicio a las
fantásticas evocaciones. El murmullo de la corriente adquiría poco a poco el
timbre de trompa guerrera; y el susurro del viento parecía traer de las azules
playas del pasado la voz de la tradición, henchida de heroicas gestas y de doradas
leyendas...
—Éste es —exclamaba— el río sagrado del solar
aragonés; el que fecundó las tierras conquistadas por nuestros antepasados; el
que dió nombre a un gran pueblo y hoy simboliza aún toda su historia. Nacido en
los valles del Pirineo por la fusión de neveras y la afluencia de fríos
veneros, crece caudaloso por el valle de Jaca y desagua generosamente en el
Ebro. Así la raza montañesa, que vegetó humilde, pero valerosa y libre, en los
angostos valles pirenaicos, corrió en el ancho cauce de la patria arago[p. 82]nesa,
a su vez desembocada también, a impulsos de altos móviles políticos, en el
dilatado mar de la patria española. Sus frías corrientes templaron el acero de
los héroes de la reconquista: ellas son acaso las que, circulando por nuestras
venas, templan el resorte de la voluntad obstinada de la raza...
Mi aspiración suprema era remontar el río sagrado,
descubrir sus fuentes e ibones y escalar las cimas del
Pirineo, tentación perenne a mi codicia de panoramas nuevos y de horizontes
infinitos. «¿Qué habrá allí —me preguntaba a menudo— tras esos picos gigantes,
blancos, silenciosos e inmutables? ¿Se verá Francia quizá, con sus verdes
montañas, sus fértiles valles y sus bellísimas ciudades? ¡Quién sabe si desde
la ingente cumbre del Coll de Ladrones o de la cresta
divisoria del Sumport no aparecerán lagos cristalinos y
serenos bordeados por altísimos cantiles de pintada roca, por cuyos escalones
se despeñen irisadas cascadas! ¡Qué asuntos más cautivadores para un lápiz
romántico!»... Por desgracia, ni tenía dinero ni libertad para emprender tan
largas excursiones.
Aquella curiosidad insana me atormentaba cual una
obsesión. Y tan resuelto estaba a saciar mi frenética pasión por la montaña,
que en una ocasión me aventuré por la carretera de Canfranc y llegué por encima
de Villanua, al pie del célebre Coll de Ladrones. Pero, cercana la noche e
informado por un pastor de que faltaban aún cuatro horas lo menos para ganar la
cima, tuve el disgusto de renunciar a la empresa, regresando mustio y
cariacontecido.
Otra vez me propuse trepar hasta la cresta del
Uruel; mas sólo pude ganar, falto de tiempo, las primeras estribaciones
cubiertas de selvas seculares. En mi ansia de locas aventuras, hubiera dado
cualquier cosa por topar con al[p. 83]gún oso o jabalí descomunales, o siquiera
con inofensivo corzo; por desgracia, defraudado en mis esperanzas, volvíme a
casa despeado, sudoroso, hambriento, derrotado de ropa y zapatos, y lo que más
me desconsolaba, sin poder contar a los amigos ningún lance extraordinario.
De alguna otra excursión harto más larga y cómoda,
como por ejemplo, la hecha a San Juan de la Peña, trataremos en más oportuna
ocasión.
[p. 85]
CAPÍTULO IX
Continúan mis distracciones. — Los encierros y
ayunos. — Expedientes usados para escaparme. — Mis exámenes. — Retorno a Ayerbe
y vuelta a las andadas.
ejo apuntado ya en otra parte, que no sentía
la menor afición por los estudios llamados clásicos, y singularmente por el
latín, la filología y la gramática. Vivía aún en esa dichosa edad en que el
niño siente más admiración por las obras de la Naturaleza que por las del
hombre; época feliz cuya única preocupación es explorar y asimilarse el mundo
exterior. Mucho tiempo debía transcurrir aún antes de que esta fase
contemplativa de mi evolución mental cediera su lugar a la reflexiva, y pudiera
el intelecto, maduro para la comprensión de lo abstracto, gustar de las
excelencias y primores de la literatura clásica, las matemáticas y la
filosofía. Esta sazón llegó también; pero muy tardíamente, como veremos más
adelante.
Por entonces, pues, más que el insufrible martilleo
de las conjugaciones y las enrevesadas reglas de la construcción latina,
atraíanme, según dejo consignado, los pintorescos alrededores de la ciudad,
cuya topografía general, (carreteras, caminos, senderos, ríos, ramblas,
fuentes, regatos y regajos) y flora y fauna, llegué a saber al dedillo.
Hombre de tesón el padre Jacinto, había dado
palabra[p. 86] solemne de domar el potro y se propuso cumplirla a todo
trance. Se imponía, empero, un cambio de plan. Vista la inutilidad de los
castigos, contra los cuales hallábame perfectamente vacunado, acordaron los
dómines ensayar conmigo la pena del ayuno. Todas mis faltas constaban en un
libro especial llevado por uno de los alumnos mimados, el primero del bando de
los cartagineses. Desgraciadamente, mis débitos crecían de continuo, y, no
pudiendo ser liquidados sino a razón de ayuno por día, temióse fundadamente que
el curso entero sería insuficiente para enjugar el déficit. Al objeto, pues, de
aligerar la deuda, conmutáronse algunos ayunos por sendas tandas de correazos y
aun por exhibiciones afrentosas; mas todos los arbitrios fueron vanos.
Estábamos en Abril y mi deuda apenas había disminuído, no obstante lo macizo de
mis espaldas y las torturas de mi estómago.
Cada día, como dejo dicho, debía cumplir una
condena. Al acabar la clase se me encerraba en el aula, quedándome sin comer
hasta la noche. Poco a poco me transformé en comensal veinticuatreno,
con harto contento de la cocinera, que se despachaba conmigo con sólo la cena.
Al principio, mi estómago protestó algo; mas, siguiendo el ejemplo de mi piel,
acabó por acomodarse. De enmienda, Dios la dé.
¡Qué digo! Ocurrió todo lo contrario. Discurriendo
con la lógica del pigre, consideré que, llegado al límite de la pena, igual
daba pecar por uno que por ciento. Y puesto que el resultado irremediable —el
temible suspenso— teníalo ya descontado, acabé por echarme la
vergüenza a la espalda, y díme con furia a enredar y hablar en clase, a
distraer a mis camaradas con caricaturas grotescas, y a tramar, en fin, todo
género de burlas y desafueros.
Con todo eso, transcurridos algunos meses del
citado régimen dietético, reflexioné si no sería posible retornar al[p. 87]guna
vez al ritmo alimenticio natural, comiendo a medio día como todo el mundo, y
evitando así la dilatación estomacal, obligada consecuencia de
concentrar en un solo envase y en un solo plato, más o menos recalentado, las
materias de dos yantares y de dos digestiones: la cosa merecía ensayarse y se
ensayó.
En efecto, aprovechando un día la falta de
vigilancia de los claustros, motivada por suculento banquete y copiosas
libaciones con que los padres celebraban no sé qué fiesta, probé mover el
muelle de la cerraja de mi cárcel con diversos objetos. Cierto lapicero
sirvióme de palanca; cedió el muelle, corrí prestamente el pestillo y salíme de
rondón, cuidando de entornar la puerta. Había descubierto el secreto de comer
diariamente. Al presentarme en casa sorprendí mucho a mi patrona, que se había
acostumbrado ya a suprimir mi parte de la común refacción.
Mas la alegría dura poco en casa de los pobres. A
pesar de mi cautela, averiguáronse mis escapadas, y castigóseme cruelmente,
haciéndome pasar, además, por la afrenta de vestirme de rey de gallos.
Se me atavió con grotesca hopalanda y se me tocó
con mitra descomunal, ornada de plumas multicoloras. Parecía un indio bravo. Mi
cínica tranquilidad al ser paseado por entre los camaradas exasperó al padre
Jacinto, que me añadió de propina algunos cachetes y pescozones. Yo le miraba
frío, iracundo, sin pestañear. Mi rencor, o si se quiere, mi dignidad
ultrajada, no me consintió llorar y no lloré. ¿Qué venganza mejor podía tomar
contra mis verdugos?
En los días siguientes cambióse la cerraja, y
arreció la vigilancia de tal manera, que todos mis arbitrios quedaron
frustrados.
Recuerdo que un jueves, los buenos de los frailes
se ol[p. 88]vidaron de libertarme al anochecer, y así hube de pasar la noche en
el aula, acostado en un banco, tiritando de frío, sin comer ni beber en treinta
y dos horas. Al día siguiente, acabada la clase, dejáronme ir a comer,
excusando el olvido. Ocioso es decir cuánto me irritó la negligencia y la
insensibilidad de mis guardianes.
Yo juré que no me volvería a ocurrir trance
semejante; y así, durante las horas del próximo encierro, díme a imaginar el
modo de librarme de una vez de mis cuotidianas gazuzas. El aula donde se me
encerraba estaba en el piso primero y tenía ancho ventanal, que daba al jardín
del colegio. Subido al estrado, saqué la cabeza por la ventana y exploré la
topografía del jardín, la altura de las tapias y la posición de los árboles.
Este rápido examen sugirióme un plan osado y peligroso, pero factible, que debía
poner en práctica al siguiente día: consistía en convertir la pared, por debajo
de la ventana, en una especie de escalera de estacas y de grietas, que
permitiera descender desde aquélla hasta lo alto de un emparrado arrimado al
muro. Para realizar mi empresa, cierta noche de luna escalé desde la calle las
tapias del cercado, crucé las calles del huerto y llegué al pie del edificio
enfrente de mi habitual prisión; luego trepé hasta lo alto del emparrado, y
encaramado en un sólido madero, descarné en dos o tres parajes las junturas de
los ladrillos, fijando, para mayor seguridad, dos cortas estacas a diversas
alturas. Mi plan salió perfectamente.
Al siguiente día, y cuando los frailes estaban en
el refectorio, escabullíme apoyando los pies en las grietas y estacas del muro,
gané el jardín, metíme en cierto patio comunicante con éste, y pude, en fin,
reanudar triunfante la salutífera costumbre de comer en casa, con gran sorpresa
de mi tío, que, teniendo pésimos informes de mí, extra[p. 89]ñóse de tan pronto
y sincero arrepentimiento. Para evitar sospechas, una vez saboreado el condumio
y antes de que los orondos padres terminaran las pláticas de sobremesa, me
restituía a mi encierro, donde a la tarde me encontraban con aire tranquilo y
resignado.
Transcurrieron así bastantes días sin tropiezo.
Estaba orgulloso de mi invención, en cuya virtud había regularizado el régimen
digestivo. Pero el diablo, que todo lo enreda, hizo que algunos de mis
camaradas, a quienes se condenaba de vez en cuando a la pena de encierro,
averiguasen mi procedimiento de evasión, y se propusieran aprovecharlo, sin
estudiar a fondo el problema. Anticiparon, contra mis consejos, la hora de la
escapatoria, se enredaron en el juego de estacas de la pared, y cogidos in
fraganti, precisamente en el momento de ganar el patio, fueron severamente
castigados, confesando su delito y el plan de ejecución. Y los ingratos
delataron al inventor de la traza.
La indignación de los frailes contra mí fué enorme;
hablaban de expulsarme y de formarme consejo de disciplina. Consternado estaba
al barruntar la tempestad que se cernía sobre mi cabeza. Al fin dejé de asistir
a clase y escribí a mi padre lo que pasaba, dándole cuenta del lastimoso estado
a que la forzada abstinencia de cinco meses me habían reducido, sin ocultarle
la necesidad en que me había visto de proveer a mi alimentación por un medio,
pecaminoso ciertamente, pero disculpable como todo caso de fuerza mayor.
No hay que decir el disgusto de mi padre al conocer
mi desaplicación y el triste concepto en que mis preceptores me tenían. Tentado
estuvo por abandonarme a la indignación de los dómines, caso de que éstos
consintiesen en admitirme en el colegio. Sin embargo, sus sentimientos de[p.
90] padre se sobrepusieron a todo, y escribió a los escolapios rogándoles
que cediesen algo en sus rigores para conmigo, en consideración a mi salud
gravemente quebrantada por el régimen de los diarios ayunos y de las correcciones
harto contundentes.
Al efecto moral de la carta se juntó también la
recomendación verbal de mi tío, que tenía alguna amistad con los dómines. Los
citados ruegos produjeron alguna impresión; en todo caso cesaron mis encierros.
Tuve, pues, los últimos días del curso, la dicha de alimentarme como todo el
mundo, aunque este nuevo régimen extrañara un tanto al desfallecido estómago,
acostumbrado ya a funcionar por acumulación y a grandes intervalos, cual
molleja de buitre.
Descontado estaba, después de lo dicho, el fatal
desenlace de los exámenes. El suspenso era irremisible. Pero a
fin de parar el golpe, si ello era posible, mi progenitor buscó recomendaciones
para los catedráticos del Instituto de Huesca, a quienes incumbía la tarea de
examinar en Jaca. Precisamente uno de ellos era D. Vicente Ventura, gran amigo
suyo. Éste, por entonces redentor mío, estaba agradecido y obligado a las
habilidades quirúrgicas de don Justo, por haber sanado a su mujer de gravísima
dolencia que exigió peligrosa intervención.
Llegado el examen, propusieron los frailes, según
era de prever, mi suspensión; pero los profesores de Huesca, apoyados en un
criterio equitativo, y recordando que habían sido aprobados alumnos tan pigres
o más que yo, lograron mi indulto, no sin que el padre Jacinto protestara de
que se concediera piedad al alumno más peligroso, díscolo e inepto de la clase.
[p. 91]
CAPÍTULO X
Mi regreso a Ayerbe. — Nuevas hazañas bélicas. — El
cañón de madera. — Tres días de cárcel. — El mosquete simbólico.
uando regresé a Ayerbe en las próximas
vacaciones, mi pobre madre apenas me reconoció; tal me pusieron las caricias de
los dómines y el régimen de la síntesis alimenticia. De mí podía contarse con
verdad cuanto Quevedo dice en su Gran Tacaño de los pupilos
del dómine Cabra. Seco, filamentoso, poliédrica la cara y hundidos los ojos,
largas y juanetudas las zancas, afilados la nariz y el mentón, semejaba tísico
en tercer grado. Gracias a los mimos de mi madre, a la vida de aire libre y a
suculenta alimentación gradualmente intensificada, recobré luego las fuerzas.
Y, viéndome otra vez lustroso y macizo, volví a tomar parte en las peleas y
zalagardas de los chicuelos de Ayerbe.
En aquel verano mis juegos favoritos fueron los
guerreros, y muy especialmente las luchas de honda, de flecha y de boxeo.
La flecha y la honda parecíanme cosas de chicos; yo
aspiraba al cañón y a la escopeta. Y me propuse fabricarlos fuese como fuese.
Para dar cima a la ardua empresa, tomé un trozo de viga remanente de cierta
obra de albañilería hecha en mi casa, y con ayuda de gruesa barrena de car[p.
92]pintero, y a fuerza de trabajo y de paciencia, labré en el eje del tronco un
tubo, que alisé después todo lo posible a favor de una especie de sacatrapos
envuelto en lija. Para aumentar la resistencia del cañón, lo reforcé exteriormente
con alambre y cuerda embreada; y a fin de evitar que, al cebar la pólvora, se
ensanchase el oído y saliese el tiro por encima, guarnecí aquél mediante
ajustado canuto de hoja de lata procedente de alcuza vieja.
Ufano y satisfecho estaba con mi cañón, que
alabaron extraordinariamente los amigos; todos ardíamos en deseos de ensayarlo.
Fué mi intención añadirle ruedas antes de la prueba oficial; pero mis camaradas
no lo consintieron; tan viva era la impaciencia que sentían por cargarlo y
admirar sus formidables efectos.
Después de madura deliberación, decidimos izar el
cañón por encima de las tapias de mi huerto y ensayarlo sobre la flamante
puerta de vecino cercado, puerta que daba a cierto callejón angosto, bordeado
de altas tapias y apenas frecuentado.
Cargóse a conciencia la improvisada pieza de
artillería, metiendo primero buen puñado de pólvora, embutiendo después recio
taco y atiborrando, en fin, el tubo de tachuelas y guijarros. En el oído,
relleno también de pólvora, fué encajada larga mecha de yesca.
Los momentos eran solemnes y la expectación
ansiosa. A favor de un fósforo puesto en un alambre prendí fuego al cebo, hecho
lo cual nos retiramos todos, con el corazón sobresaltado, a esperar, a prudente
distancia, la terrible explosión.
El estampido resultó horrísono y ensordecedor; pero
contra los vaticinios de los pesimistas, el cañón no reventó; antes bien,
desempeñó austera y dócilmente su contundente función. Un ancho boquete abierto
en la puerta[p. 93] nueva, por el cual, airada y amenazadora, asomó poco
después la cabeza del hortelano, nos reveló los efectos materiales y morales
del disparo, que, según presumirá el lector, no fué repetido aquel día.
Excusado es decir que echamos a correr vertiginosamente, abandonando en la refriega
el cuerpo del delito. Gran suerte fué que la puerta, descompuesta y entorpecida
por la lluvia de astillas, no acertase a girar en seguida, no obstante las
furiosas sacudidas del colérico huertano; gracias a esta circunstancia, le
tomamos gran ventaja en la carrera, aunque no tanta que dejaran de trompicarnos
en las piernas algunas piedras lanzadas por el energúmeno.
Mi travesura tuvo para mí, de todos modos,
consecuencias desagradables. El bueno del labrador querellóse amargamente al
alcalde, a quien mostró la pieza de convicción, o sea el pesado madero con que
fué ejecutada la hazaña.
El monterilla, que tenía también noticias de otras
algaradas mías, asió gustosamente la ocasión que se le ofrecía para
escarmentarme; y así, viniendo a mi casa en compañía del alguacil, dió con mis
huesos en la cárcel del lugar. Esto ocurrió con beneplácito de mi padre, que
vió en mi prisión excelente y enérgico recurso para corregirme; llegó hasta
ordenar se me privase de alimento durante toda la duración del encierro.
Yo protesté durante el camino contra rumores
calumniosos que corrían sobre mí. Casi todos los delitos que se me imputaban
habíanlos cometido otros granujas. No negué el disparo hecho sobre la puerta;
pero me excusé diciendo que no creí jamás producir tamaño destrozo; y en fin,
alegué la falta de equidad que resultaba del hecho de purgar solamente yo
faltas cometidas entre varios camaradas.
Pero no me valieron excusas, e incontinenti dióse
cumplimiento a la sentencia municipal. Al oir el rechinamien[p. 94]to del
cerrojo, que me recluía quién sabe hasta cuándo; al sentir el rumor, cada vez
más lejano, de las pisadas de mi carcelero, quebró mi serenidad. Comprendí al
fin que mi encierro constituía formal condena que era forzoso cumplir. De mi
estupor sacáronme luego los pasos de gente que se acercaba a la cárcel; pronto
una caterva de chicos y mujeres se agolpó al pie de las rejas para contemplar y
escarnecer al preso. Esto no lo pude sufrir y, saliendo de mi apatía, agarré un
pedrusco y amenacé con descalabrar a cuantos se encaramaran en la reja.
Supe entonces, y en bien temprana edad (once años),
cuán exactas son aquellas tan repetidas expresiones con que Cervantes encarece
las molestias que amargan la existencia del prisionero; allí, en efecto, «toda
incomodidad tenía su asiento, y todo triste ruido su natural habitación».
Libre ya de la rechifla de los curiosos, parecióme
tiempo de explorar el hediondo recinto. Después de asegurarme de la solidez de
la puerta y de la imposibilidad de forzar los cerrojos (exploración instintiva
en todo preso), noté con disgusto que mi lecho se reducía a jergón de paja
mohosa, donde crecían y medraban flora y fauna desbordantes. Aquel hervor de
vida hambrienta puso pavor en mi ánimo. Porque allí extendía sus oscuros
tapices el aspergillus niger, y campaban por sus respetos la pulga
brincadora, la noctámbula chinche, el piojo vil, y hasta la friolera blata
orientalis, plaga de cocinas y tahonas. Todos estos comensales, que
esperaban hacía meses el siempre aplazado festín, parecieron estremecerse de
gusto al olfatear la nueva presa.
Parecióme simpleza alimentar con mi pellejo a tanto
buscón hambriento; y así, llegada la noche, me tendí sobre las duras losas, en
paraje relativamente limpio. Y aunque[p. 95] asombre mi tranquilidad,
confesaré que dormí algo, a despecho del cosquilleo sentido en el vacío
estómago y de las tristes ideas que cruzaban por mi cabeza.
Así transcurrieron tres o cuatro días. Lo del
ayuno, sin embargo, fué pura amenaza; y no porque mi padre se arrepintiese de
la dura sentencia fulminada, sino por la conmiseración de cierta buenísima
señora conocida nuestra, doña Bernardina de Normante, la cual, de acuerdo sin
duda con mi madre, forzó la severa consigna, enviándome, desde el siguiente día
del encierro, excelentes guisados y apetitosas frutas. El bochorno de mi
situación no fué parte a desairar la cariñosa solicitud de doña Bernardina; quiero
decir que a gloria me supieron las chuletas, tortas, sequillos y coscaranas.
Con ser muy sincero el remordimiento que sentía, bien sabe Dios que no me privó
del apetito.
De seguro presumirá el paciente lector que el
pasado percance me haría aborrecer las armas de fuego; antes bien, sobreexcitó
mi inclinación a la balística. El solo fruto logrado fué ser más cauteloso en
ulteriores fechorías. Se fabricó otro cañón que disparamos contra una terrera;
pero esta vez, cargada el arma hasta la boca, reventó como un barreno,
sembrando el aire de astillas.
En fin, si no temiera aburrir soberanamente al
lector, contaría detalladamente un lance de que nos salvamos milagrosamente.
Para este nuevo experimento empleóse larga espita de bronce cargada hasta la
boca. Mas en vez de salir el tiro por la boca, estalló el cañón en mil
fragmentos; y, a pesar de las precauciones tomadas, ambos hermanos fuimos
heridos levemente. Ignoro cómo no perdí la vista, pues una partícula metálica
penetró en un ojo, produjo seria inflamación y dejó en el iris señal indeleble.
Pero nuestro gozo mayor era salir al campo armados
de[p. 96] escopeta, que disparábamos contra los pájaros, y cuando no los
había, sobre piedras y troncos de árboles. Claro es que mi padre tenía
encerrada su magnífica escopeta de caza, amén de las municiones; pero nuestra
industria lo suplía todo. He aquí cómo nos procuramos el arma codiciada.
Corrían tiempos de represión política. Un Gobierno
suspicaz y receloso, que veía conspiradores por todas partes, perseguía y
encarcelaba a cuantos tenían fama de liberales o eran sospechosos de mantener
inteligencias con los generales desterrados. Era operación frecuente la
recogida de armas y la requisa de caballos.
Escarmentado mi padre por la incautación abusiva de
cierta magnífica escopeta, cándidamente entregada a la Guardia civil, se
proporcionó un escopetón enorme, roñoso, que debió de ser de chispa, pero
desprovisto de porta-pedernal y por consiguiente inútil. Tal era el arma que mi
padre conservaba para las requisas. No hay que decir cuán fielmente le era
siempre devuelto el inofensivo mosquete, pasadas las jaranas.
Tal era el fusil que me propuse utilizar en
excursiones y cacerías. Púsele una especie de llave de latón, portadora de
yesca encendida; arreglé la cazoleta, limpié el cañón y el oído, fabriqué la
pólvora necesaria, hice balines y perdigones con trozos de plomo; y, una vez
listos todos los preparativos, nos lanzamos, mi hermano y yo, al cobro de
pájaros, perdices y conejos.
Orgullosos estábamos con nuestra arcaica carabina,
que no hubiéramos cambiado por la mejor escopeta del mundo; imaginábamos,
además, en nuestro infantil candor, que aquella arma formidable nos daba
aspecto terrible. Recuerdo que una vez, en las afueras, cierto grandullón me
amenazó con una tercerola; pero yo, lejos de intimidarme,[p. 97] le
encañoné con mi imponente trabuco. El efecto fué instantáneo; a la vista de la
anchurosa boca del arma, que amenazaba vomitar una nube de metralla, nuestro
bravo se escurrió prudentemente. Si mi contrario dispara, apurado me hubiera
visto para contestar. Mi impresionante mosquete se asemejaba a ciertos
caudillos que desde la tribuna parecen cañones arrolladores y resultan luego en
la acción menos que cachorrillos. El mío no pasaba de inofensivo cohete, como
vamos a ver.
Nada más cómico que nuestro talante, cuando nos
descolgábamos por las bardas del huerto uncidos a nuestro pesadísimo escopetón
y emprendíamos la caminata en busca de aventuras.
En cuanto columbrábamos un pájaro, hacíamos alto;
encendía yo la mecha; enfilaba el armatoste hacia el ave; bajaba gravemente el
gatillo, es decir, la porción inferior del porta-mechas: comenzaba entonces en
la cazoleta cierto chisporroteo de pólvora mojada, y, finalmente, transcurrido
medio minuto o más, y cuando ya el pájaro había volado, producíase la
espantable detonación, que nos llenaba de admiración y de orgullo.
¡Hermosa candidez de la infancia! ¡Qué felices nos
sentíamos con aquel escopetón inofensivo! Jamás matamos nada, y, sin embargo,
habíamos puesto en él las más lisonjeras esperanzas y el más ferviente
entusiasmo. Verdad es que, en la edad adulta, ocurre casi lo mismo. Como
declara cierta filosofía barata y vulgar, muchas cosas atraen por su brillo y
apariencia, y al lograrlas vemos que no son sino bambolla y embeleco.
En el fondo de mi afición a las armas de fuego
latía, aparte el ansia de emoción, admiración sincera por la ciencia y
curiosidad insaciable por el conocimiento de las fuerzas naturales. La energía
misteriosa de la pólvora[p. 98] causábame indefinible sorpresa. Cada
estallido de un cohete, cada disparo de un arma de fuego, eran para mí
estupendos milagros.
Falto de dinero para comprar pólvora, procuré
averiguar cómo se fabricaba. Y, al fin, a fuerza de probaturas, salí con mi
empeño. Proporcionábame el azufre en la tienda, el nitro en la cueva de la casa
y el carbón en las maderas ligeras chamuscadas. Obtenida la mezcla, graneábala
con exquisito cuidado y la secaba al sol; menos una vez que, impacientándome la
excesiva humedad de la atmósfera, puse el cacharro con los ingredientes en baño
maría; y quiso el diablo que una chispa prendiera en la mezcla, encendiendo
grande llamarada. Fué suerte que todas estas operaciones de alquimia las
hiciera yo en el tejado de la casa, a fin de evitar indiscreciones; de ser
ejecutadas en las habitaciones, ¡Dios sabe lo que hubiera podido ocurrir!
[p. 99]
CAPÍTULO XI
Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis
estudios. — Exploración de la ciudad. — La catedral, San Pedro, San Jorge y
Monte-Aragón. — Nuestros profesores.
ué por Enero o Febrero de 1864 cuando mi
padre, desengañado del método de enseñanza de los frailes, resolvió, por fin,
trasladar mi matrícula al Instituto de Huesca, contrariando así íntimos anhelos
míos, ya que el autor de mis días creía —y acaso con razón— que su hijo,
alejado de los Escolapios, no dominaría jamás el latín.
Muy acertadamente nota Goethe que todo padre desea
para sus hijos aquello que no le fué dado alcanzar a él. El mío, que no tuvo
ocasión durante su adolescencia de estudiar la lengua del Lacio, deseaba
vivamente que su primogénito saliera gran latino y consumado humanista. Tales
aspiraciones sólo aparentemente contradecían sus principios severamente
utilitarios. Larga experiencia de la vida le había enseñado que la autoridad y
prestigio social del doctor proceden, antes que de su ciencia, de su trato social,
de sus modales y, sobre todo, de su cultura general. La frecuente razón inversa
de la aptitud clínica y del buen carácter, del sólido saber y de la vacua
pedantería, del juicio reflexivo y de la insubstancial verbosidad, pasa[p.
100] inadvertida del vulgo, que se atiene siempre en sus apreciaciones a
la primera impresión. Seamos, empero, indulgentes con la clientela. ¡Qué va a
hacer el gran público sino juzgar a los hombres de ciencia por el único lado
accesible a su comprensión!...
Yo debía resultar, conforme demostrará patentemente
mi vida de hombre, la contraposición ideal o, mejor dicho, el complemento
psicológico del autor de mis días. Y no ciertamente en el terreno de las
humanidades, y menos aún en el de la gramática parda y arte de vivir, sino en
lo atinente al cultivo del arte por el arte, en la afición a la ciencia
teórica, precisamente por ser teórica, y en la pasión decidida por la
filosofía, la más superflua, cuando no la más perjudicial, de las disciplinas
humanas.
Pero de ello tendremos ocasión de hablar a su
tiempo; y entonces verá el lector cómo, en ocasiones, las aficiones más
radicalmente antifinancieras dan de vivir, y hasta con holgura, contra todos
los desanimadores vaticinios de los hombres prácticos.
Cediendo, pues, según dejo apuntado, a mis deseos,
el autor de mis días, gestionó la traslación de la matrícula al Instituto de
Huesca. Poco después me acompañó a la antigua capital del reino de Aragón,
donde me instaló en modesta casa de huéspedes, sosegada y quieta, albergue y
paradero habitual de sacerdotes y seminaristas. Estaba situada cerca de la
catedral, en el llamado arco del Obispo; y su gobierno corría a
cargo de patrona viuda muy religiosa y de excelentes sentimientos.
Lám. X, Fig. 16.—Fachada del Instituto de Huesca.
Lám. X, Fig. 17.—Puerta principal de la catedral de
Huesca. Fotografías del autor.
Pronto intimé con los compañeros de pupilaje, entre
los cuales hallé amigos afectuosos. Lo fueron, sobre todo, el hijo del ama de
casa, excelente muchacho que seguía con provecho la carrera eclesiástica, y D.
Leandro Castro, natural de Ayerbe, rebotado de cura, pero listo y
consumado [p. 101]latinista. A este último, muy amigo nuestro, confió mi
padre el delicado cometido de tomarme diariamente las lecciones y de no dejarme
de la mano hasta dominar todas las dificultades de la hermosa lengua de Horacio
y de Virgilio.
No hay que decir con cuánta alegría y satisfacción
hice mi entrada en la famosa y antiquísima Osca, ilustrada por las
hazañas de Sertorio. Contribuyó poderosamente a mi alborozo la descripción
encomiástica que unos estudiantes de Ayerbe me hicieron del Instituto y de la
ciudad. Por ellos supe que los profesores de latín no se ocupaban en pegar a
sus discípulos, así soltasen las mayores enormidades, y que los alrededores de
la ciudad eran sumamente pintorescos y a propósito para alegres correrías.
Mucho me complació comprobar personalmente las encomiásticas narraciones de mis
camaradas. Dados mis gustos, mis primeras visitas fueron, naturalmente, para
las famosas eras de Cáscaro, ejido de la ciudad, y habitual palenque de juegos,
luchas y algaradas estudiantiles; las frondosas alamedas y sotos del Isuela,
poblados por muchedumbre de pájaros, entre los cuales brillaba la elegante
oropéndola, y las vetustas y carcomidas murallas, teatro habitual de las
expansiones guerreras de granujas y estudiantes de la ciudad.
En cuanto regresó mi padre y quedé dueño absoluto
de mi voluntad y de unos cuantos reales, fué mi primera providencia comprar
papel y caja de colores, a fin de traducir mis novísimas impresiones
artísticas.
A los doce años, la brusca inmersión en la vida
ciudadana constituye revolucionaria lección de cosas y fermento generador de
nuevos sentimientos. Todo es diferente, cualitativa y cuantitativamente, entre
la aldea y la urbe: las calles se alargan y asean; las casas se elevan y
adornan;[p. 102] el comercio se especializa, tentando con mil deliciosas
chucherías al candoroso lugareño; las sobrias iglesias románicas se transforman
en suntuosas catedrales; en fin, por primera vez, las librerías aparecen: con
ellas se abre una ventana hacia el Universo ignorado y prohibido.
Ante el nuevo y variado espectáculo, enriquécense,
a la par, la sensibilidad y el entendimiento. A los tipos vulgares del
campesino, del cura y del maestro —las solas formas posibles de humanidad en la
aldea—, añádense ahora infinidad de especies y variedades profesionales, antes
ignoradas. En suma, el horizonte intelectual del niño se dilata en el espacio
como en el tiempo: en el espacio, porque reclama su atención muchedumbre de
novísimas realidades; en el tiempo, porque toda ciudad constituye, según es notorio,
archivo de recuerdos históricos. Que si el pueblo es la concha donde vegeta el
protoplasma de la raza, sólo en la ciudad anida el espíritu.
Ante el torrente abrumador de las nuevas
impresiones necesita el jovenzuelo habilitar territorios cerebrales poco antes
en barbecho. Signo revelador de la gran crisis mental, de esta lucha funcional
librada en la mente entre las viejas y las nuevas adquisiciones, es el
aturdimiento que nos embarga en los primeros días de la exploración de una
ciudad. Pero, al fin, el orden se establece. Acabada la acomodación plástica,
la organización cerebral se refina; se sabe más y se juzga mejor. Por donde se
ve que se acercan mucho a la verdad quienes relacionan la capacidad intelectual
de un hombre con la dimensión de la ciudad donde transcurrieron su niñez y
mocedad.
Lám. XII, Fig. 20.—Huesca. Retablo de mármol de la
Catedral.
Si la aldea aparece como fijada en el presente y
estrictamente atenida a las duras necesidades de la vida, la ciudad —lo hemos
dicho ya— sintetiza el presente y el pasado. Allí moran las cabezas directoras
de la comunidad; es [p. 103]decir, los hombres selectos que piensan y
recuerdan; los que mal o bien encarnan el espíritu de la raza. Desconocedor de
su propia historia, el pobre aldeano vive condenado a marchar siempre a
remolque de la ciudad, de donde, si recibe el beneficio del maestro, del médico
y del cura, recibe también las plagas del cacique, del reclutador y del
comisionado de apremios.
Muy lejos estaba yo entonces de hacerme las
precedentes reflexiones. Mi sensibilidad sobreexcitada me arrastraba
irresistiblemente a curiosear las cosas más que los hombres. Y guiado por mi
nativa inclinación romántica, comencé mis exploraciones por los monumentos de
la vieja ciudad, para cuyo estudio sirvióme de mucho la hermosa obra de
Quadrado, Recuerdos y bellezas de España, infolio que figuraba en
la biblioteca del Instituto, y cuyas preciosas descripciones y artísticas
litografías me tenían cautivado.
Difícil fuera hoy reproducir puntualmente los
estados de alma causados por la contemplación de las antigüedades de la
histórica ciudad del Isuela. Recuerdo bien, sin embargo, que de cuantos
monumentos visité ninguno me emocionó más profundamente que la catedral, el
primer ejemplar grandioso de arquitectura gótica que se ofrecía a mis ojos.
Sin llegar a la soberana majestad de los templos
góticos de Burgos, Salamanca, León y Toledo, la catedral oscense es admirable
creación del arte ojival, digna de atraer la mirada del artista. La elevada
torre del reloj, que franquea la hermosa fachada labrada en el
siglo XIV por el vizcaíno Juan de Olótzaga; la majestuosa puerta
gótica, guarnecida por siete ojivas de amplitud decreciente y decoradas con
esculturas de apóstoles, profetas y mártires, separadas por floridos doseles y
pedestales; el frontón triangular,[p. 104] adornado por colosal rosetón
que semeja filigrana de piedra; la elevación inusitada de la nave central y del
crucero; lo esbelto y atrevido de las columnas, cuyos capiteles se descomponen
hacia la bóveda en nerviaduras caprichosamente entrelazadas; los arabescos y
calados primorosos de los capiteles y rosetones; y, sobre todo, la insuperable
creación del escultor Forment, o sea el maravilloso retablo de alabastro, que
se diría encaje sutil fabricado por hadas, llenóme de ingenua y profunda admiración.
Impresión bien diferente prodújome la visita a la
iglesia de San Pedro el viejo, la más antigua quizá de todas las
oscenses. Es tradición que sirvió de capilla a los mozárabes durante los
luctuosos tiempos de la conquista musulmana. Trátase de antiquísima fábrica
bizantina, sobria de adornos y baja de bóvedas; pero firme y robusta cual la fe
de sus fundadores.
No sin cierto religioso recogimiento me aventuré
por sus lóbregos y misteriosos claustros, carcomidos por la humedad y medio
enterrados por los escombros. A la mortecina luz de una lámpara contemplé los
sarcófagos donde duermen su sueño eterno algunos reyes e infantes de Aragón,
entre ellos el rey monje, sombrío protagonista de la leyenda de la famosa
campana.
Allí, en medio de aquellas ruinas emocionantes, al
reparar en lo borroso de las inscripciones, en el desgaste y desmoronamiento de
las marmóreas lápidas, hirió, quizá por primera vez, mi espíritu el pensamiento
desconsolador de lo efímero y vacío de toda pompa y grandeza. Allí sorprendí de
cerca ese perpetuo combate entre el espíritu que aspira a la eternidad y los
impulsos ciegos y destructores de los agentes naturales.
Lám. XI, Figs. 18 y 19.—La primera, presenta, según
fotografía reciente, la escalera de descenso a la célebre Campana de
Huesca; mientras que la segunda copia el precioso claustro románico de San
Pedro el viejo.
En pos del examen de los monumentos importantes,
vino la exploración de otros edificios henchidos de re[p. 105]cuerdos
históricos: las antiguas murallas, carcomidas por la humedad y engalanadas de
céspedes, ortigas e higueras salvajes, y desde cuyos baluartes, conservados en
parte, es tradición que partió la agarena flecha que hirió mortalmente a Sancho
Ramírez durante el asedio de la ciudad; el alcázar de los antiguos reyes
aragoneses, convertido en Universidad por Pedro IV y hoy transformado en
Instituto provincial, y en cuyos lóbregos sótanos se conserva todavía la famosa
campana, donde, según la leyenda, ordenó el rey monje el sacrificio de la
levantisca nobleza aragonesa; las Casas Consistoriales, coronadas de altos
torreones, y en cuyas estancias dictaba antaño sus fallos el Justicia de
la ciudad; la románica iglesia de San Miguel, que se levanta en la margen
derecha del Isuela, y en cuyo soportal administraban justicia, en no muy
alejados tiempos, los jurados; la histórica ermita de San Jorge, emplazada en el
campo de batalla de Alcaraz, conmemorativa del triunfo logrado por los
cristianos sobre los agarenos; la barroca y grandiosa iglesia de San Lorenzo,
erigida en honor de los santos mártires; el modesto santuario de Cillas,
situado no lejos de la fuente de la Salud, preferente lugar de esparcimiento de
los oscenses; y, en fin, el imponente castillo de Monte-Aragón, frontera y
baluarte avanzado contra la morisma en los primeros años de la reconquista, y
cuyos rojizos y arruinados muros, rasgados por grandes ventanales, parecen
conservar todavía el calor del terrible incendio que dió en tierra con la
grandiosa fábrica.
Pero dado de mano a estas vulgares noticias y
recuerdos históricos, es ya ocasión de que hable algo de mis profesores y
camaradas.
D. Antonio Aquilué, maestro profesor de latín, era
todo lo contrario del terrible padre Jacinto. Celoso, pero muy anciano,
bondadoso y casi ciego, carecía de la indispensa[p. 106]ble entereza para
luchar con aquellos diablillos de doce años. Allí se alborotaba, se hacían
monos, se leían novelas y aleluyas, se fumaba, se disparaban papelitos, se
jugaba a la baraja... en fin, se hacía todo menos prestar atención a la docta y
pausada disertación del maestro, que se desgañitaba para dejarse oir en medio
de aquella algarabía. Alentados con la impunidad, pues la ceguera y sordera de
aquel santo varón le impedían reconocer y castigar a los autores de tantas
insolencias, oíamos sus severas reprimendas con la misma edificación con que
debe oir una tribu de salvajes al heroico misionero a quien esperan merendarse.
Referir menudamente las diabluras que allí se
ejecutaban sería cuento de nunca acabar, y repetir además cosas harto sabidas y
vulgares. Como muestra, referiré la pesada broma de cierto alumno, que soltó en
clase una caja llena de ratones, cuyas corridas desesperadas sembraron el
desorden en el aula. Llegado el buen tiempo, surcaban el aire, arrojados por
manos invisibles, pájaros y hasta murciélagos. Otras veces, la emprendíamos con
las antiparras o la chistera del dómine, las cuales, prendidas al hilo que sostenía
un pillete, abandonaban suavemente la plataforma, pareciendo asentir, según el
capricho de maese Pedro que tiraba de la cuerda, a las razones del profesor.
Impelidas por arcos de goma volaban hacia la plataforma bolitas de papel, que
rebotaban a menudo, ya en el birrete, ya en la calva del venerable anciano,
quien más de una vez, indignado y furioso por tanta osadía y desconsideración,
echábanos con cajas destempladas a la calle...
Distaba yo mucho de ser impecable, pero no figuraba
entre los más audaces e insolentes. Cierta compasión hidalga hacia aquel santo
varón, todo bondad y candidez, enfrenaban mis maleantes iniciativas. Con todo
eso, debí[p. 107] purgar más de una vez, en unión de camaradas más
desvergonzados, faltas colectivas en cierta cárcel escolar, especie de cuadra
aislada, habilitada desde hacía tiempo para encerrar durante veinticuatro horas
a los revoltosos más contumaces. Cuando esto ocurría, lejos de aburrirme servíame
el encierro para dar rienda suelta a mis delirios pictóricos, dibujando con
tiza y carbón en las paredes batallas campales entre bedeles y alumnos, en las
cuales llevaban los primeros, según es de presumir, la peor parte.
Por notable e instructivo contraste, en la cátedra
del profesor de Geografía no chistaba nadie. Era este un señor rubio, joven, de
complexión recia, vivo y perspicaz de sentidos, austero y grave en sus palabras
y severísimo y justiciero en los exámenes. Inspirábanos respeto y temor. El
alumno que enredaba o se distraía cuchicheando con sus camaradas, era arrojado
inmediatamente del aula. Sabíamos además que las faltas de atención eran
registradas cuidadosamente y que, a menudo, costaban un suspenso. Explicaba con
llaneza, claridad y método, y sus lecciones acabaron por interesarnos.
Aunque llegaba yo preparado por las enseñanzas
paternas, saqué mucho partido de las explicaciones del geógrafo;
para lo cual favorecióme sobremanera mi afición al dibujo, pues el profesor,
excelente pedagogo, nos hacía copiar del Atlas señalado de
texto, islas y continentes, ríos, lagos y cordilleras. De este modo se avivaba
nuestra atención y se fortalecía la representación mental de los objetos. Tan
de mi gusto resultó este método de enseñanza y tales progresos hice, que en un santiamén
cubría un papel con el mapa de Europa, trazando de memoria el contorno de todas
las naciones con sus provincias, sin atascarme siquiera en la complicada
geografía de la confederación germánica ni en la enrevesada de las Repúblicas
hispanoamericanas.
[p. 108]El diverso comportamiento de los escolares
en las dos citadas asignaturas me reveló dos hechos, que posteriores
observaciones han confirmado plenamente: Es el primero, que el instructor de
alumnos de diez a catorce años debe ser forzosamente joven, enérgico y expedito
de sentidos; los ancianos, por sabios que sean, resultan lastimosas víctimas de
la desconsideración e insolencia de mozalbetes, para quienes la quietud y la
compostura constituyen verdadero suplicio. Es el segundo, que los educandos demasiado
jóvenes muéstranse incapaces, salvo honrosas excepciones, de gustar del estudio
de las lenguas y de comprender la utilidad de las matemáticas. Sólo el temor al
castigo puede obligar a galopines que están todavía en la época
muscular y sensorial de la existencia a soportar a
pie firme largas tiradas de verbos latinos irregulares y sartas inacabables de
binomios y polinomios. Todo esto interesará, al fin, pero más adelante, desde
los catorce o quince años.
Acredita la experiencia que, salvo precocidades
excepcionales, el muchacho recién entrado en la segunda enseñanza estudia con
placer solamente aquellas ciencias capaces de ampliar la rudimentaria
exploración objetiva del mundo, iniciada en el hogar, tales como: la Cosmografía,
la Geografía y algunos rudimentos de Aritmética, Física y
de Historia natural.
Las Lenguas muertas, la Gramática,
la Psicología, la Lógica, el Álgebra,
la Trigonometría y la Física con fórmulas,
debieran reservarse para los últimos cursos, es decir, para la época mediante
entre los catorce y los diecisiete años, que es cuando comienza verdaderamente
la fase reflexiva de la evolución mental.
Pero a este error pedagógico sancionado por la ley,
añádense todavía los inconvenientes gravísimos de la forma, por lo común seca y
excesivamente abstracta en que se ex[p. 109]pone la ciencia. Preocupado con el
rigor lógico de las definiciones y corolarios, el maestro olvida a menudo una
cosa importantísima: excitar la curiosidad de las tiernas inteligencias,
ganando para la obra docente, el corazón y el intelecto del alumno; pero de
este punto, de capital transcendencia para la función educadora, diré algo más
adelante.
[p. 111]
CAPÍTULO XII
Mis nuevos compañeros de algaradas. — Reyertas
estudiantiles. — Graves consecuencias de llevar gabán largo. — Accidente en un
estanque. — La religión del color y diccionario cromático. — No hay rosas sin
espinas.
pesar de los mejores propósitos, mis
aficiones artísticas, así como el afán de acción incesante y de emociones
dramáticas, siguieron en crescendo, pues hallé en Huesca muchos
camaradas que compartían mis gustos y me secundaban en las más descabelladas
travesuras. El sentimentalismo soñador, cierto carácter puntilloso, que no
toleraba fácilmente agravios ni humillaciones, fueron causa de varios percances
y aun de verdaderos peligros, de que sólo mi robusta naturaleza pudo librarme.
Omito referir los más de los episodios lastimosos
de aquel año; si tal hiciera, mi relato resultaría interminable. Para no poner
demasiado a prueba la paciencia del lector y permanecer fiel al plan adoptado,
me limitaré a contar algunos de los lances y peripecias que dejaron más honda
huella en mi memoria.
Por suerte, en el Instituto de Huesca no se
estilaban novatadas; pero en cambio había algo tan deplorable: el
abuso irritante del fuerte contra el débil, y el matonismo[p. 112] a todo
ruedo, regulando los juegos y relaciones entre mozalbetes.
Todo recién llegado que, por su facha, indumentaria
o carácter, desagradaba a los gallitos de los últimos cursos,
se veía obligado, para librar con bien, o a recogerse prudentemente en casita
durante las horas de asueto o a implorar el amparo de algún otro grandullón
capaz de hacer frente a los insolentes perdonavidas.
Yo tuve la desdicha de resultar antipático a los
susodichos caciques, puesto que sin causa justificada, y desde mi aparición en
los patios del Instituto, me maltrataron de palabra y obra, obligándome a
meterme en trapatiestas y jollines, de que salía casi siempre mal librado.
Entre los que más abusaban de sus fuerzas para conmigo, recuerdo a un tal
Azcón, natural de Alcalá de Gállego, pigre crónico que había interrumpido
varias veces sus estudios. Frisaría en los dieciocho o diecinueve años; su
torso cuadrado y fornido, su recio y tostado pescuezo, y sus morenos y
vigorosos brazos, denunciaban a la legua al gañán que ha endurecido sus
músculos guiando el arado y empuñando la azada.
Este salvaje conoció bien pronto el flaco de mi
carácter, y dispuesto siempre a armar camorra y divertirse a mi costa, cuantas
veces topaba conmigo en los alrededores del Instituto, llenábame de
improperios.
Entre otros motes que yo, en mi candidez, estimaba
mortificantes, púsome los de italiano y carne de cabra.
(Este último remoquete dábase entonces por burla a todos los ayerbenses).
En cuanto al apodo de italiano, exige
una explicación. Mi buena madre, extraordinariamente hacendosa y económica, me
hizo con el paño de cierto antiguo sobretodo del autor de mis días amplio gabán
de abrigo. Lo malo fué[p. 113] que, preocupada con mi rápido crecimiento y
anticipándose un tanto a los sucesos, dejó los faldones del gambeto algo más
largos de lo prescrito por la moda de entonces. ¡Forzoso es reconocerlo!... Mi
facha recordaba bastante a la de esos errabundos saboyanos que por aquellos
tiempos recorrían la Península tañendo el arpa o haciendo bailar al son del
tambor osos y monas.
Entre aquellos señoritos vestidos à la
dernière, la súbita aparición de mi extraño gabán produjo regocijada
sorpresa. Y una voz recia y dominante —la del referido Azcón— tradujo de
repente la idea imprecisa que bullía en aquel coro de zumbones.
—¡Mirad al italiano, al saboyano!...
—Es verdad —repitieron sus alegres compinches.
—Sólo le falta el arpa —decía uno.
—¿Dónde has dejado el mico? —exclamaba otro.
Y en crescendo siguieran pullas y
chirigotas, si la cólera y el despecho, a duras penas reprimidos hasta
entonces, no me hubieran obligado a volver por los fueros de la que yo creía
dignidad ultrajada. Y, sin replicar palabra, lancéme como un tigre sobre Azcón
y sus insolentes amigos, repartiendo a diestro y siniestro puñetazos y
puntapiés.
Otro muchacho más prudente y cuerdo habría adoptado
la discreta actitud propia de estos casos: callarse o tomar las cosas a broma.
De este modo el mote habría sido pronto olvidado; pero yo, que ignoraba el
conocido consejo: «para que no se burlen de tus defectos, sé el primero en
burlarte de ellos», tomé el asunto por lo trágico. Y el resultado fué que,
repuestos de su sorpresa, los agredidos devolviéronme con creces la agresión,
propinándome monumental paliza. ¡Bien se cobraron los indinos!..., porque, además
de molerme a patadas, me arrojaron al suelo y culebrearon buen rato sobre mis
espaldas, con riesgo de as[p. 114]fixiarme. Cuando se cansaron de golpearme,
levantéme como pude; recogí los restos de mis libros; limpiéme el sudor y el
polvo y, desencuadernado y cojeando, retiréme a casa jurando vengarme del
atropello.
Creerá acaso el lector que, tras escarmiento tan
contundente, mi bilis quedaría apaciguada, adoptando para lo sucesivo
temperamentos de tolerancia y mansedumbre. Todo lo contrario. Pocos días
después, al salir de clase, enfronté con el mismo corro de zumbones, que,
prevalidos de la presencia de Azcón, lanzáronme cobardemente al rostro el
consabido apodo. Presa de ciego furor, acometí temerariamente a los insolentes,
que cerraron sobre mí con las mismas deplorables consecuencias de la pasada
vez... Y así sucesivamente, durante dos o tres meses... Mis camaradas no sabían
qué admirar más, si la crueldad de Azcón y sus acólitos o la impasibilidad y
constancia con que yo provocaba sus atropellos.
Cuántas veces, al recogerme en casa mohino y
cabizbajo, abollado el sombrero, anhelante el pecho por la emoción y rojos y
húmedos los ojos de corajina y despecho, me decía filosóficamente: «¡Y pensar
que todo esto me pasa por cuatro dedos de tela que pudieron cortarse a tiempo!»
Al hacerme tan triste reflexión me equivocaba de
medio a medio. Lo que a mí me sucedía les pasaba también, aunque en menor
escala —gracias a su prudencia—, a otros pipiolos de los primeros años, no
obstante vestir a la última moda. El pretexto no faltaba nunca. Precisamente
concurrían en mí dos circunstancias que, más temprano o más tarde, me habrían
señalado a la animadversión de aquellos salvajes: la bien ganada fama de audaz
y arriscado traída de Ayerbe, patria de calaveras y solar fecundo de guapos y
matones; y la indignación que me han producido siempre la injusticia y el
abuso.
[p. 115]Todos estos conflictos infantiles, que a
muchos parecerán puras chiquilladas, tienen decisiva importancia, no sólo para
la formación del carácter, sino hasta para la conducta ulterior durante la edad
viril. El estudiante más formal y pacífico, obligado a sufrir agresiones
inicuas, acaba por adoptar, según su temperamento, una de estas tres actitudes:
el halago y la lisonja hacia los atropelladores, la invocación a la autoridad
de los superiores o, en fin, el ejercicio supraintensivo de los músculos,
combinado con la astucia.
Éste fué el partido escogido por mí. Los dos
primeros teníalos por deshonrosos. «Para tener a raya a los fuertes —pensaba—
es preciso sobrepujarles o, por lo menos, igualarles en fortaleza.»
Pero ¿cómo alcanzar esa superioridad, y sobre todo
alcanzarla luego? Mis insolentes adversarios se permitían tener más años que
yo. Y además ellos eran muchos y yo estaba solo. «¡Bah! —me decía—, si yo logro
triunfar de Azcón, todos serán aliados míos.» Y esto ocurrió, precisamente.
Afortunadamente, conocía yo bien los efectos
eminentemente tónicos de la gimnasia y del trabajo forzado. Había observado
cuánta ventaja llevan siempre en las riñas, pedreas, saltos y carreras los
muchachos recios y trigueños recién llegados de la aldea y acostumbrados al
peso de la azada, a los señoritos altos y pálidos, de tórax angosto, zancas
largas y delgadas, criados en las angostas calles de la ciudad y al suave calor
del halda maternal.
En consecuencia, resolví entregarme
sistemáticamente a los ejercicios físicos, a cuyo fin me pasaba solitario horas
y horas en los sotos y arboledas del Isuela, ocupado en trepar a los árboles,
saltar acequias, levantar a pulso pe[p. 116]sados guijarros, ejecutando, en
fin, cuantos actos creía conducentes a precipitar mi desarrollo muscular,
elevándolo a la máxima potencia, compatible con mis pocos años. Esperaba yo
que, al cabo de algunos meses, lo más largo en el próximo curso, las cosas
cambiarían radicalmente, y que hasta los perdonavidas más soberbios me habrían
de mirar con respeto.
Esta consoladora esperanza —a primera vista tan
ilusoria— se realizó en gran parte en los cursos próximos.
Según verá el lector más adelante, la gimnasia
forzada y mi pundonor exasperado hicieron milagros. Porque en medio de mis
graves defectos, fuí siempre dócil a las enseñanzas de la experiencia, la cual,
con relación a éste y a otros semejantes casos, se encierra en una máxima tan
vulgar como poco practicada. «Si quieres triunfar en las arduas empresas
acomételas con toda tu voluntad, preparándote de antemano con más tiempo y
trabajo de los manifiestamente necesarios». Que, al fin y al cabo, el sobrante
de esfuerzo jamás daña, antes bien, halla adecuado empleo en otra ocasión;
mientras la insuficiencia, aún exigua, expone a lamentables fracasos.
El fruto de mi entrenamiento, como
ahora se dice, fué soberbio. Desde el tercer curso, mis puños y mi habilidad en
el manejo de la honda y del palo infundieron respeto a los matones de los
últimos años, y hasta el atlético Azcón tuvo que capitular, acabando por
hacerse amigo mío. Verdad es que habíale anunciado que, en cuanto se
insolentase conmigo, le incrustaría en la cabeza una peladilla de arroyo. Y mi
amenaza no le sonó a necia baladronada; porque al presenciar diariamente mis
proezas de hondero, quedó persuadido de que podría ser cumplida la oferta.
Huelga decir que el alias humillante cayó en olvido.
[p. 117]Un suceso de muy distinto género de los
referidos me proporcionó amarga enseñanza acerca del egoísmo de los niños y del
miedo, como innato, que en España se siente a la justicia.
Cierto día del mes de Enero nos divertíamos varios
amigos retozando y patinando en la balsa de un molino. El frío era glacial y la
capa de hielo del estanque tan espesa, que soportaba perfectamente nuestros
cuerpos. A poca distancia de la orilla, unos galopines se divertían arrojando
grandes piedras al hielo, con que abrieron anchuroso agujero, por donde
rezumaba el agua, denunciadora por su matiz verde obscuro de la gran
profundidad del fondo. Fiado en mi agilidad, y tentado por el diablo, propuse a
mis camaradas brincar por encima del amplio boquete, y para animarlos salté yo
primeramente. Dispuso mi mala estrella que, en uno de mis brincos, resbalase en
un témpano movedizo y, cayendo de espaldas, me hundiese en el agua. Mi angustia
fué grande, pues aunque sabía nadar, hallábame bajo recia costra de hielo y no
podía atinar con el boquete ni, por tanto, respirar. Forcejeando ansiosamente,
acerté con la brecha; agarréme a los quebrantados carámbanos de los bordes, que
cedían en parte a la presión de mis manos, y, en fin, en virtud de supremo
esfuerzo conseguí sacar la cabeza y resollar. Vi entonces con estupor que mis
camaradas, creyéndome, sin duda, ahogado, habían huído. En aquella incómoda
postura, aterido y como paralizado por el frío, no podía incorporarme; para
ello hubiera sido necesario ejecutar lo que en el argot de los
gimnastas se llama la dominación doble; además, el suelo estaba
demasiado hondo para afianzar los pies. Por fortuna, pataleando y tanteando en
todas direcciones, topé con una estaca que me prestó el ansiado apoyo y,
sacando, por fin, el tronco del agujero, libréme de una muerte cierta.
[p. 118]Calado hasta los huesos y sintiendo frío
glacial, púseme en marcha; pero advertí que el agua del pantalón comenzó a
congelarse, impidiéndome andar. Temeroso de helarme, desnudéme enteramente;
escurrí lo posible el agua de la ropa, que tendí a secar en la margen de un
campo resguardado del cierzo. Mientras tanto, cobijéme encogido y tiritando en
cierto pajar, bañado por los rayos del sol poniente, que apenas tuvieron calor
suficiente para enjugar mi aterida piel. Para entrar en calor, eché a correr vertiginosamente
por el vecino barbecho durante cerca de una hora, que fué el tiempo que tardó
en secarse algo la camisa. Poco después (serían las cinco de la tarde) acabé de
vestirme; fuíme corriendo a casa; sustituí la ropa, todavía húmeda, por otra, y
reaccioné franca y saludablemente.
El lector que haya seguido el relato precedente,
imaginará, sin duda, que la citada aventura polar tuvo graves consecuencias
para mi salud, provocando alguna de las muchas inflamaciones a frigore catalogadas
y descritas minuciosamente en los libros de Patología. ¡Pues ni siquiera me
constipé!...
No hay torpeza de la cual no quepa extraer alguna
útil enseñanza; y yo, del tremendo remojón, saqué dos apotegmas, uno
fisiológico y otro moral: 1.º Digan lo que quieran los patólogos, el frío,
obrando como condición exclusiva, no constipa ni causa pulmonías. 2.º Los
sentimientos de filantropía y compasión en los jóvenes son tan frágiles, que no
resisten al riesgo de mojarse un poco los puños de la camisa ni a la molestia
de tener que declarar ante el juez, en caso de desgracia.
La necesidad de fortalecerme para repeler las
continuas agresiones de los chicos, no fué poderosa a hacerme olvi[p. 119]dar
el culto de lo bello; antes bien, mis inclinaciones pictóricas hallaron pábulo
e incentivo en el nuevo género de vida. Antes de la que podríamos llamar era
muscular de mi existencia, mis ensueños artísticos tenían por tema el
hombre en acción. Pero ahora, con ocasión de mis paseos solitarios por los
sotos y verjeles del Isuela, comencé a admirar la soberana hermosura del reino
de las plantas y de los insectos y a atender los sordos rumores de la vida
animal en perpetua renovación.
Verdad vulgar es que el hombre copia lo que ama. Y
en el mundo de la vida, como en el del espíritu, amar es reproducir. Carece de
fervor quien, por un acto de abstracción, no descarta o empalidece en su mente
las imágenes vulgares o indiferentes, para hacer destacar vigorosamente la
representación favorita; quien no anhela a todas horas detenerse morosamente en
la contemplación de la misma, donde además se nos ofrece la realidad
interpretada, simplificada y embellecida. Como que es algo nuestro, puesto que le
hemos comunicado lo mejor de nuestra sensibilidad y de nuestra fantasía
constructiva.
Fiel a la citada ley psicológica, pinté yo cuanto
embelesaba mis ojos. Las páginas del álbum llenáronse de diseños de rocas y
árboles, de ramilletes de flores silvestres, de mariposas de vistosas libreas,
de arroyos deslizados entre juncos y nenúfares.
Mis dibujos, empero, distaban mucho de satisfacerme
desde el punto de vista técnico. La forma y el claro-obscuro dejábanse captar
con relativa facilidad, pero el color se me resistía. La crudeza cromática de
mis copias corría parejas con la falta de perspectiva aérea.
Agobiábame, sobre todo, la riqueza inagotable de
los matices de tierras, follajes, flores y encarnaciones humanas. Al modo de la
mayoría de los aficionados neófitos,[p. 120] discernía bien la nota
fundamental; pero desconocía el difícil manejo del gris e ignoraba que la
naturaleza apenas ofrece un color absolutamente simple. Sabido es que en la
sensación cromática del paisaje, como en la acústica, sólo hay acordes
variados; al color se mezcla siempre, en varias proporciones, el blanco y el
negro, que son algo así como el silencio y el ruido de la percepción sonora.
En el niño, tales deficiencias de apreciación son
inevitables. Sin apercibirse de ello, simplifica y esquematiza el color. A la
manera del músico de oído, que sólo traduce la melodía, desentendiéndose de la
armonía, el pintor en cierne copia exclusivamente la tonalidad dominante.
¿Quién no recuerda las coloraciones rabiosas de los dibujantes de plazuela? Y
en presencia de una exposición de cuadros, ¿quién no descubre a la primera
ojeada, por lo chillón del colorido, la obra infeliz del chapucero o del pretencioso modernista,
que por snobismo rinde culto al género criard,
regresando inconscientemente a la fase infantil del arte?
Yo incurría, pues, por inexperiencia, en todos los
citados deplorables defectos. Algo me corregí, sin embargo, en el curso de mis
ensayos, y acabé por discriminar, en parte, los tonos armónicos. Por ejemplo:
en la escala de los verdes, que yo primitivamente reducía al verde franco del
césped, conseguí al fin diferenciar el verde azul del olivo, el verde amarillo
del boj, el verde gris de la encina y del pino y el verde negro del ciprés.
Estos modestos progresos condujéronme a refinar la observación de los objetos
naturales y a desconfiar de la memoria, que tiende, indefectiblemente, a
simplificar formas y tonalidades.
Por cierto que, con ocasión de los referidos
estudios de color, concebí un proyecto pueril, en que trabajé ahincadamente
algún tiempo. Para ejercitarme, me propuse reproducir en grueso álbum todos los
matices variadísimos[p. 121] ofrecidos por los objetos naturales,
ejecutando una especie de diccionario pictórico, donde, a falta de nombre, cada
color complejo, figuraba con número de orden. A guisa de ejemplo añadíale la
imagen del objeto correspondiente. Era algo así como la conocida gama cromática
de Chevreuil (que yo ignoraba entonces), pero más completa, puesto que
contenía, aparte los tonos simples más o menos saturados, el producto de la
mezcla de todos los colores, incluyendo naturalmente el blanco y negro.
La ejecución del citado álbum salió a pedir de
boca, mientras escogí para la reproducción rocas, insectos y flores silvestres;
mas en cuanto abordé las flores cultivadas, choqué con imprevistos
inconvenientes. Los claveles, rosas, jacintos, pensamientos, alhelíes, etc., no
eran libres; tenían dueño, y a falta de dinero, había que arrancarlos a viva
fuerza de macetas y pensiles.
Y, según era de esperar, ocurriéronme algunos
lances desagradables. Citaré sólo dos, asociados, por ironía de la suerte, a la
redacción del capítulo de las rosas.
Cierto camarada, confidente de mis gustos y
empresas, como me viese contrariado por carecer de ejemplares de una hermosa
rosa llamada en Huesca de Alejandría, flor tan notable por su color
como por su fragancia, propúsome el asalto de cierto jardín donde abundaban esa
y otras flores admirables. Acepté gustoso la proposición, que tenía para mí
además el atractivo de peligrosa aventura y acordamos dar el golpe a las nueve
de la noche del siguiente día. Llegada la hora, acudió puntualmente mi amigo,
con dos compañeros seducidos igualmente por la codicia del inocente botín; nos
aproximamos cautelosamente a las tapias del huerto, por encima de las cuales
descollaba alto emparrado y brillaban a trechos guirnaldas de magníficos
rosales trepadores. Preciso era, antes de lanzarnos al escalo, averiguar si los
dueños, o acaso el hortelano, habi[p. 122]taban la casa de campo. Para salir de
dudas, recurrimos al candoroso ardid de disparar dos o tres piedras al tejado.
Nadie reaccionó al estrépito: ni una voz, ni un rumor. Animados por el
silencio, nos acercamos a un punto accesible de la pared, trepamos a lo alto,
salvamos las varillas del emparrado y saltamos, no sin emoción, sobre el paseo
que circundaba el jardín.
Apenas habíamos cogido algunas de las codiciadas
rosas, cuando salieron de la casa dos gañanes que, armados de sendas trancas,
vinieron furiosos hacia nosotros. Repuestos de la desagradable sorpresa,
emprendimos vertiginosa carrera por las calles del jardín. Mas ¿cómo escapar?
Cerradas las puertas y altísimas las bardas del cercado, resultaba imposible
encaramarse antes de que los coléricos hortelanos nos alcanzaran con sus
amenazadoras estacas. En tan angustioso trance, el instinto nos impuso la
estrategia de correr desalentados alrededor del huerto, a fin de cansar a los
gañanes, o al menos de ganarles en la carrera tal ventaja que nos fuera dable
disponer de los pocos segundos indispensables al asalto de la pared. Pero ¡ay,
todo esto eran cuentas galanas!... A decir verdad, durante el primer cuarto de
hora las cosas no marcharon mal del todo: la costumbre de correr y el acicate
del miedo nos permitieron conservar sobre nuestros enemigos una ventaja de más
de 20 metros. Pero transcurridos veinte minutos la distancia disminuía
progresivamente; a los veinticinco minutos, poco más o menos, era de 15; y a la
media hora de menos de 10. La angustia nos devoraba. No desmayábamos, sin
embargo, en aquella suprema lucha por el espacio y por el tiempo. En tan
supremo trance el alma entera se había pasado a los músculos, y el corazón,
otro músculo también, trabajaba a toda presión, prefiriendo estallar a
rendirse...
Pero, ¡oh dolor!, la recia musculatura de nuestros
rudos[p. 123] persecutores no se fatigaba todavía; y, en cambio, nuestras
piernas comenzaban a flaquear; el corazón palpitaba vertiginosamente; las
fauces secas por el potente resoplido pulmonar demandaban refrigerio imposible;
en fin, sudores de angustia invadían nuestro ser. ¡Y a todo esto la distancia
disminuía terriblemente! Las trancas de nuestros enemigos volaban por el aire y
golpeaban furiosamente nuestras piernas, anunciándonos la proximidad del temido
desenlace. Oíase cercano el vibrar de los puños y el resuello de los pulmones.
Paralizado por el cansancio, cae uno de los camaradas; sus ayes y alaridos
llegan a nosotros, sirviéndonos de supremo acicate. La rendición del compañero
sirviónos de tregua, permitiéndonos respirar y cobrar alguna ventaja. Renació
la esperanza; pero, ¡ah!, para desvanecerse pronto, porque nuestros enemigos,
indignados por tanta obstinación y deseosos de atraparnos a ultranza,
dividieron sus fuerzas: uno de ellos continuó corriendo en línea recta; el otro
marchó en dirección contraria. ¡Íbamos a ser cogidos entre dos fuegos!...
No había tiempo que perder. Tenía yo mi plan,
madurado en los cortos instantes en que, al doblar las esquinas, perdía de
vista a los persecutores y podía explorar a mi sabor las tapias y árboles del
paseo. Aprovechando, pues, una de esas pausas, en un supremo esfuerzo, salté a
las ramas de un manzano, desde el cual gané la tapia y me puse en franquía.
Gran oportunidad, porque segundos después sonaban gemidos desgarradores. Eran
mis pobres compañeros de infortunio que, agarrados por los feroces guardianes,
mordían el polvo bajo lluvia de golpes. Indignado por el abuso de que juzgaba
víctimas a mis amigos, tuve todavía la desfachatez de encaramarme en la tapia y
de disparar cuatro o cinco gruesos guijarros sobre los sañudos vapuleadores, en
los cuales debí hacer blanco, porque se[p. 124] volvieron airados hacia
mí. Tuve, naturalmente, la prudencia de no esperarlos.
Así acabó aquella famosa aventura de las rosas
de Alejandría. El molimiento fué tal, que mis compañeros faltaron a clase
varios días: una de las víctimas, si mal no recuerdo, cayó enferma de cuidado.
A la verdad, la paliza fué formidable, y aun yo, que salí relativamente bien
librado del lance, me resentí por mucho tiempo de las contusiones causadas en
mis espaldas por las estacas volantes.
Más sabor cómico que dramático tuvo otro episodio
desarrollado en los jardines de la estación del ferrocarril. Cultivábanse allí
unas preciosas rosas de té, cuyas elegantes formas y suavísima fragancia
excitaban diariamente mi codicia. No pudiendo resistir la tentación de
completar mi colección de dibujos con la reproducción de tan exquisitos
ejemplares, cierta tarde, aprovechando la ausencia del guarda, salté el vallado
y apoderéme de las rosas. Quiso mi mala estrella que, traspasada ya la
empalizada, me sorprendiese el guardafreno, quien, escopeta en mano y en
actitud resuelta, echó a correr en pos de mí. En vano dióme el alto,
ordenándome me rindiera a discreción para evitar una perdigonada. No le hice
caso y continué mi carrera a campo traviesa, sin cuidarme de mirar atrás.
Pocos minutos después me creía salvado, cuando
quiso mi mala estrella que, al saltar una ancha acequia bordeada por bancos de
cieno, cuya desecación superficial fingía a la vista sólida margen, cayese en
la opuesta orilla y me hundiese en el légamo hasta medio cuerpo. Forcejeé
ansiosamente por salir del atasco; mas cada contorsión contribuía a clavarme
más en el barro, donde quedé cogido como pájaro en liga. Por fortuna, unas
pobres mujeres que lavaban no lejos de allí, acudieron en mi ayuda. Sacáron[p.
125]me del lodazal hecho una lástima. Estaba absolutamente impresentable.
Desnudeme, pues, para lavarme la ropa; mas no lo consintieron mis caritativas
salvadoras, que, apoderándose de mis prendas, limpiáronlas cuidadosamente.
Durante esta operación tuve que permanecer escondido, acurrucado y en camisa
bajo una mata de mimbres. Se me olvidaba decir que antes de esto llegó el
furioso guarda, quien, al verme de aquel talante y no sabiendo por donde asirme
sin detrimento de su limpio uniforme, acabó por soltar el trapo. En realidad,
mi coraza de pestilente légamo hacíame invulnerable.
Los citados episodios, y otros que no cuento por no
ser demasiado difuso, parecerán inverosímiles en los actuales tiempos. ¿Qué
mozalbete o señorito expondría hoy el pellejo por el placer de contemplar una
rosa y de enriquecer un álbum?
[p. 127]
CAPÍTULO XIII
Las vacaciones. — Pinturas fúnebres. —
Descubrimiento de una biblioteca de novelas. — Se recrudece mi furor romántico.
— El Robinsón y el Quijote.
e ha dicho hartas veces que la felicidad y la
monotonía son cosas incompatibles; la dicha, aun relativa, exige cierto ritmo
de percepciones y emociones antagonistas o al menos ligeramente diferentes. La
ley del contraste o de los colores complementarios, que tanto contribuye al
deleite artístico, impera igualmente en la esfera intelectual. Porque el reposo
(que es el cero en la escala de la sensibilidad) no constituye verdadero
placer. Gozar es sentir correr libremente nuestros impulsos y ejercitar sin
cortapisas nuestras capacidades psicológicas y fisiológicas dominantes; y del
mismo modo que el horizonte limitado del valle nos hace desear las amplitudes
del llano o del mar, la tensión excesiva del estudio, invita a expandir sin
trabas las actividades del espíritu.
Esta conocida ley de los contrastes da cuenta del
placer delirante de las vacaciones estudiantiles, tras la tiranía del horario
escolar.
Ocúrrenseme las precedentes reflexiones, al
recordar el jovial y bullicioso entusiasmo con que solemnicé el verano de 1864,
después de los exámenes de Junio en los que, si[p. 128] no merecí honrosos
diplomas, tampoco tropecé con las temidas calabazas.
A mi llegada a Ayerbe, mi primer cuidado fué
ponerme al habla con mis viejos camaradas, a quienes referí con vanagloria mis
aventuras y mostré mis dibujos y monigotes.
Calmada mi sed de efusiones cordiales y de alocadas
correrías por el lugar, llamóme mi padre a capítulo y me comunicó su resolución
de que, dejándome de fútiles pasatiempos y de ridículos desvaríos artísticos,
consagrase toda la canícula al estudio, repasando desde luego las asignaturas
recientemente aprobadas, pero medianamente aprendidas, para acometer en seguida
los textos del futuro curso. En su concepto, este anticipado ejercicio
facilitaría notablemente las tareas del año siguiente. Semejante decisión fué
un jarro de agua fría arrojado sobre mi cabeza, enardecida por el ansia de dar
rienda suelta a mis instintos.
No tuve más remedio que allanarme al consejo
paterno y aun creo que me propuse sinceramente cumplirlo; pero, el demonio
nunca domado de la indisciplina y mis tenaces y empalagosas inclinaciones
artísticas, dieron al traste con tan razonables propósitos.
Ocurre muy a menudo a los muchachos desobedientes,
aunque buenos en el fondo que, deseosos de ahorrar disgustos a los padres,
transfórmanse en redomados hipócritas. A pretexto de que mis asíduas lecturas
exigían silencio y recogimiento absolutos, imposibles en el gabinete de
estudio, solicité y obtuve del autor de mis días el permiso de habilitar como
cuarto de trabajo el palomar, habitación situada junto al granero, una de cuyas
ventanas daba al tejado de vecina casa, y desde cuya puerta podía yo atisbar cómodamente
a las personas que preten[p. 129]diesen vigilar mi conducta. El ardid salió a
pedir de boca conforme vamos a ver.
Así y todo no me consideraba completamente seguro.
Por refinamiento de cautela, sobre el tejado vecino, junto a una chimenea al
abrigo de las miradas indiscretas, fabriqué con tablazón, palitroques y broza,
una especie de confesionario u hornacina bajo cuyo asiento escondía el
contrabando de papel, lápices, colores y novelas. De vez en cuando y con el fin
de disimular, retornaba al palomar (sobre todo cuando oía ruido de pasos) y
poníame muy seriamente a traducir el Cornelio Nepote o a estudiar la psicología
de Monlau y el álgebra de Vallín y Bustillo.
Fuera de estos breves instantes, mi retiro era la
jaula del tejado, donde me entregaba al dibujo, mi distracción favorita. No
recuerdo detalladamente los temas profanados por mi pincel durante aquel
verano; sólo sé que por aquellos tiempos cultivé de preferencia el registro
lúgubre y melancólico.
Notorio es que, en las volubles aficiones de los
chicos, desempeñan papel importante la sugestión y la imitación. No sé quién
(creo que fué en Huesca) habíame prestado cierto cuaderno de composiciones
funerarias y elegiacas, entre las cuales recuerdo los manoseados y chabacanos
versos atribuídos gratuitamente a Espronceda, titulados La
desesperación, y las famosas Noches lúgubres, de Cadalso.
Inducido por tan desesperadas lecturas, creí
inexcusable deber mío ponerme a tono con el sombrío humor de los protagonistas,
afectando en mis palabras y en mis dibujos la más negra melancolía. Y así, mi
pincel, que marcaba las oscilaciones de mi enfermiza sensibilidad como la aguja
del galvanómetro señala la dirección de las corrientes eléctricas, se complacía
morosamente en los paisajes gri[p. 130]ses, en los desiertos desolados, en las
angustias de los náufragos y en las macabras escenas de cementerio.
Acude a mi memoria, entre otros diseños de menos
pretensiones, una acuarela donde aparecía valle rocoso cercado de abruptas y
peladas montañas, semejantes a bordes de cráteres lunares; sus cimas pardas,
como calcinadas por la erupción de un volcán, destacaban por claro en el fondo
cárdeno del cielo, al cual prestaba carácter acentuadamente melancólico, enorme
luna verdosa, medio velada por densos nubarrones; sobre las rocas del primer
término, veíanse algunos buhos y lechuzas, que juzgué inexcusables para extremar
el tinte lúgubre de la estrafalaria composición.
Si mi memoria no me traiciona, al final de aquel
verano ocurrió un suceso que tuvo decisiva influencia en la orientación de mis
futuros gustos literarios y artísticos.
Dejo consignado ya que en mi casa no se consentían
libros de recreo. Ciertamente mi padre poseía algunas obras de entretenimiento;
pero recatábalas, como mortal veneno, de nuestra insana curiosidad; pues en su
sentir, durante el período educativo, no debían los jóvenes distraer la
imaginación con lecturas frívolas. A pesar de la prohibición, mi madre, a
hurtadillas de la autoridad del jefe del hogar, y a guisa de premio de nuestra
aplicación y docilidad, nos consentía leer alguna novelilla romántica que guardaba
en el fondo del baúl desde sus tiempos de soltera. Eran, lo recuerdo
bien: El solitario del monte salvaje, La extranjera, La
caña de Balzac, Catalina Howard, Genoveva de Brabante y
algunas otras, cuyos títulos y autores se han borrado de mi memoria. Ocioso es
decir que tanto mis hermanos como yo, las leíamos entusiasmados, de un tirón, a
hurtadillas de la vigilancia paterna.
[p. 131]Fuera de las citadas novelas, mis lecturas
recreativas habíanse reducido hasta entonces a algunas poesías de Espronceda,
de quien era yo ardiente admirador, y a cierta colección de romances clásicos e
historias de caballería andante, que por aquellos tiempos vendían a cuatro
cuartos los ciegos y los tenderos de estampas, aleluyas y objetos de
escritorio.
Tan mezquino pasto intelectual no bastaba a mi
ansia de lances arriesgados y narraciones maravillosas. Imaginaba, además, que
debía haber algo más artístico y primoroso; porque, oyendo a las personas
mayores, advertí que celebraban las amenas y entretenidas novelas de Dumas
(padre), de Eugenio Sué (entonces en predicamento), de Víctor Hugo y de nuestro
romántico Fernández y González. Naturalmente, ardía en deseos de saborear estos
prodigios de la imaginación humana; por desgracia, las personas graves del pueblo,
dueñas de tan valiosos tesoros, se hubieran guardado bien de prestarlos a un
travieso rapazuelo. Veíame, pues, condenado a ignorar, quién sabe hasta cuándo,
las más altas y sublimes creaciones de la fantasía novelesca.
Mas el azar se hace muchas veces cómplice de
nuestros malos deseos. Un día, explorando a la ventura mis resbaladizos
dominios de tejas arriba, me asomé a la ventana de cierto desván perteneciente
al vecino confitero[7] y
contemplé ¡oh gratísima sorpresa! al lado de trastos viejos y de algunos
cañizos cubiertos con dulces y frutas secas, copiosa y variadísima colección de
novelas, versos,[p. 132] historias, poesías y libros de viajes. Allí se
mostraban, tentando mi ardiente curiosidad, el tan celebrado Conde de
Montecristo y Los tres Mosqueteros, de Dumas
(padre); María o la hija de un jornalero, de E. Sué; Men
Rodríguez de Sanabria, de Fernández y González; Los mártires, Atala
y Chactas y el René de Chateaubriand; Graziella,
de Lamartine; Nuestra Señora de París y Noventa y tres,
de Víctor Hugo; Gil Blas de Santillana, de Le Sage; Historia
de España, por Mariana; Las comedias de Calderón, varios libros
y poesías de Quevedo, Los viajes del capitán Cook, el Robinsón
Crusoe, el Quijote e infinidad de libros de menor cuantía
de que no guardo recuerdo puntual. Bien se echaba de ver que el confitero era
hombre de gusto y que no cifraba solamente su ventura en fabricar caramelos y
pasteles.
Ante tan fausto acontecimiento, la emoción me
embargó durante algunos minutos. Repuesto de la sorpresa y decidido a
aprovecharme de la buena fortuna, me dí a imaginar el proyecto más adecuado de
explotación de aquel inestimable tesoro, evitando al mismo tiempo las sospechas
del dueño y las huellas de mis pasos por el desván. La más elemental prudencia
me obligó a respetar, por el momento, los exquisitos y apetecibles dulces del
cañizo, persuadido de que, si el pastelero echaba de menos sus peras y ciruelas
confitadas, cerraría o enrejaría la ventana, dejándome a la luna de Valencia.
Tras madura reflexión, decidí dar el primer golpe por la mañana temprano,
durante el sueño de los inquilinos, y coger los libros codiciados de uno en
uno, reponiendo cada volumen en el mismo lugar de la anaquelería.
Gracias a tales precauciones, a mi serenidad y
buena estrella, saboreé, libre de sobresaltos, las obras más interesantes de la
biblioteca, sin que el bueno del repostero se[p. 133] percatara del abuso,
y sin que mis padres sorprendieran mis ausencias del palomar.
¡Quién sería capaz de encarecer lo que yo me
deleité con aquellas sabrosísimas lecturas! Tan grandes fueron mi entusiasmo y
alegría que me olvidaba de todos los vulgares menesteres de la vida material.
¡Cuántas exquisitas sensaciones de arte me trajeron
aquellas admirables novelas! ¡Qué de interesantes y novísimos tipos humanos me
revelaron! Las descripciones brillantes de los bosques vírgenes de América,
donde la vida vegetal desbordante, parece ahogar la insignificancia del hombre,
en Atala; los tiernísimos y castos amores de Cimodocea, en Los
Mártires; la gentil y angelical figura de Graziella; la pasión
exaltada y casi monstruosa de Cuasimodo en Nuestra Señora de París;
la nobleza, magnanimidad y valor puntilloso de los incomensurables Artagnan, Porthos y Aramis,
en Los tres Mosqueteros, y en fin, la fría, inexorable y meditada
venganza del protagonista del Conde de Montecristo, cautiváronme y
conmoviéronme de modo extraordinario.
Al fin, aunque por medios incorrectos, trabé
conocimiento con los épicos entes de la fantasía; seres soberbios y magníficos,
todo voluntad y energía, de corazón hipertrófico sacudido por pasiones más que
humanas. Verdad es que casi todas las novelas devoradas por entonces
pertenecían a la escuela romántica, a la sazón en boga, cuyos héroes parecen
forjados expresamente para subyugar a la juventud, siempre sedienta de lances
extraordinarios y de aventuras maravillosas.
Y llevando mi atención a otro aspecto de la
inspiración artística, me asombré del poder casi divino del poeta y del
novelista, que desdeñando toda representación plástica de los personajes y del
ambiente físico en que se agitan,[p. 134] sin más recursos que la palabra
escrita, evocan en la mente del lector representaciones de tal modo vivas,
coloreadas y conmovedoras, que en su comparación la realidad misma parece
pálida y borrosa imagen, indigna casi de nuestra atención.
Difícil me sería señalar hoy, pasados tantos años,
cuáles fueron los libros que me impresionaron más hondamente. Creo, empero, no
apartarme mucho de la verdad declarando que hirieron con más viveza mi
imaginación que ningunas otras las amenísimas y caballerescas creaciones de
Dumas (padre) y las ultra-románticas de Víctor Hugo, que diputé entonces
superiores al Fausto, al Gil Blas de Santillana y
hasta —rubor me da confesarlo— al asombroso Don Quijote.
Hay cierta psicología de la niñez y mocedad, acaso
insuficientemente estudiada por los especialistas[8]. Si se
conociera bien, nos extrañarían menos ciertas aberraciones del gusto de la
gente joven, de la cual se ha dicho con razón que es extremosa en todo. El
adolescente adora lo hipérbole; cuando pinta, exagera el color; si narra,
amplifica y diluye; admira en los escritores el estilo enfático, vehemente y
declamatorio, y en los políticos las tesis audaces y radicales. Prefiere lo
particular a lo general, lo ideal a lo real, la acción a la palabra. Sedúcenle
las cadencias y sonoridades del verso, la pompa de las imágenes y el ruido de
los epítetos explosivos y altisonantes. Y del mismo modo que en el orden
científico antepone las ciencias objetivas a las llamadas disciplinas
abstractas, en la esfera del[p. 135] arte abomina de reflexiones y
moralejas y déjanle frío los análisis sentimentales del psicologismo. Como si
contemplara el mundo al través de una lente de aumento, todo lo ve amplificado
y nimbado de irisaciones; al revés de la vejez, que parece ver las cosas al
través de una lente divergente que todo lo achica y envilece.
Pero, antes de terminar este capítulo, quisiera
decir algo de la impresión que me causaran el Robinsón y Don
Quijote.
El Robinsón Crusoe (que volví a
leer más adelante con verdadera delectación) revelóme el soberano poder del
hombre enfrente de la naturaleza. Pero lo que me impresionó en grado máximo fué
el noble orgullo de quien, en virtud del propio esfuerzo, descubre una isla salvaje
llena de asechanzas y peligros, susceptible de transformarse, gracias a los
milagros de la voluntad y del trabajo inteligente, en deleitoso paraíso. «¡Qué
soberano triunfo debe ser —pensaba— explorar una tierra virgen, contemplar
paisajes inéditos adornados de fauna y flora originales, que parecen creados
expresamente para el descubridor como preciado galardón de su heroísmo!»
En mi entusiasmo infantil por el bárbaro
individualismo, casi sentía que mi héroe hubiera logrado evadirse del islote
para retornar a su amada patria. Hubiera preferido que la muerte le hubiera
sorprendido en su misterioso retiro. «¡Ahí es nada tener por sepulcro isla
perdida en las brumas del Océano; por epitafio, un nombre repetido eternamente
por los vocingleros papagayos; por panegírico, la obra del espíritu patente en
la transformación de plantas y animales, y en la destrucción de fieras y
alimañas!» ¡Qué desvaríos!...
Aunque no estaba todavía preparado para apreciar en
todo su altísimo valor la inestimable joya de Cervantes,[p. 136] mucho me
solacé también con las épicas aventuras de Don Quijote y con los sabrosos
coloquios de caballero y escudero. Mas, a fuer de ingenuo, debo declarar que me
desagradó la filosofía que se desprende de la genial novela. ¡Cómo había de
gustarme su sentido hondamente realista si venía a contrariar mi incorregible
idealismo! Yo tomaba por lo serio el papel de Don Quijote; y, así, llegábame al
alma lo malparado que el esforzado caballero quedaba en casi todos sus lances y
aventuras.
Además —¿por qué no decirlo?— aquella melancólica
derrota de Barcelona a manos del prosaico y ramplón Sansón Carrasco prodújome
viva decepción. «¡Eso no!... —exclamaba en mis arrebatos románticos—; el héroe
manchego no mereció ser vencido. Bueno que en el mundo real triunfen los
vulgares campeones del sentido común; pero en la obra de arte destinada a
levantar el corazón y sublimar la virtud, el protagonista debe flotar sobre las
ruindades del ambiente moral y alcanzar gloriosa apoteosis.»
Pero mi desconsuelo llegaba al paroxismo al ver
cómo el loco sublime terminaba en cuerdo. A mis ojos aquel trivial
arrepentimiento le degradaba, desautorizando lastimosamente su obra casi divina
de paladín de la virtud. ¡Qué desencanto!...
Claro está que, a mi escasa sindéresis, escapaba la
idea central de la grandiosa concepción cervantina: desterrar las locuras y
disparates de las novelas caballerescas para fundar la obra artística sobre los
sólidos cimientos de la experiencia; que, al fin y al cabo, sólo las
narraciones de sucesos verosímiles, ingeniosamente tejidas con
elementos de la vida real, alcanzan la suprema virtud de enseñar, edificar y
deleitar.
Por las antecedentes frases, que traducen harto
libre[p. 137]mente mis emociones de la adolescencia y juventud, comprenderá el
lector que el sano y fuerte realismo del Quijote no me hizo gracia. Sólo más
tarde, curado o por lo menos aliviado (porque restablecido no creo haber estado
nunca) del empalagoso romanticismo que padecía, aprendí a gustar del espíritu
del libro, a recrearme con la riqueza, donosura y elegancia del estilo, y a
apreciar en su valor exacto la maravillosa armonía resultante del contraste
entre los soberbios tipos de Don Quijote y Sancho; personajes que —según se ha
dicho muchas veces— con ser altamente ideales, vienen a ser los más reales y
universales concebibles, porque simbolizan y encarnan los dos modos antípodas
del sentir y del pensar humano.
Pero dejemos de reflexiones ociosas y reanudemos el
hilo de la narración.
[p. 139]
CAPÍTULO XIV
En crescendo mis distracciones y calaveradas, mi
padre me acomoda de aprendiz en una barbería. — Mi hermano Pedro. — El Sr.
Acisclo. — Majos y conspiradores. — Las pedreas. — Escaramuza con la fuerza
pública. — El placer de los dioses. — Alarma del público con ocasión de las
pedreas.
ay en el cinematógrafo de la memoria imágenes
borrosas, y aun verdaderas lagunas, correspondientes a épocas durante las
cuales la atención, como la fotografía instantánea en día nublado, no dispuso
de energía bastante para impresionar la película cerebral. Y si, mediante
enérgica evocación, surge algún suceso en el negro fondo del inconsciente,
muéstrase aislado, a modo de estrella que brilla solitaria en cielo encapotado:
el hecho emergido suele situarse bien en el espacio, pero difícilmente en el
tiempo; cabe referirlo más o menos vagamente a una época, mas no a página
determinada del almanaque.
A esta categoría de remembranzas discontinuas y
borrosas pertenecen mis recuerdos de los años 65 y 66. Tengo, empero, seguridad
de que el 65 interrumpí los estudios por estimar el autor de mis días que su
hijo carecía de madurez para el cultivo de la ciencia; y estimo probable que
los principales, si no todos los sucesos de que va[p. 140]mos a ocuparnos en
este capítulo, acaecieron el año 66, o sea durante mi tercer curso de
bachillerato, que abrazaba entonces la historia general y particular de España,
el álgebra, la trigonometría y el griego, que se introdujo en la segunda
enseñanza en virtud de una disposición transitoria.
De lo que tengo más seguridad es de que el referido
tercer curso marcó el período más agitado y azaroso de mi vida estudiantil.
Recuerdo también que por entonces acompañóme al Instituto oscense mi hermano,
que debía comenzar sus estudios. Era Pedro muchacho tan dócil y atento como
aplicado y pundonoroso. Poseía, sin duda, inclinaciones artísticas y pasión por
los juegos guerreros; pero estos gustos no fueron poderosos a extraviarle del
buen camino ni a apartarle seriamente del estudio.
Mi padre, que cifraba grandes esperanzas en su
formalidad y obediencia, temió sin duda el contagio de mi rebeldía, y, obrando
con previsión, separó a los hermanos, instalándonos aparte: Pedro fué alojado
decorosamente en apacible casa de huéspedes; yo, por castigo de mis
distracciones, debí acomodarme de mancebo en una barbería. Al adoptar respecto
de mí tan enérgica decisión, perseguía mi padre dos fines: desde luego atarme
corto, privándome el vagar necesario para correrías y algaradas, y además enseñarme
un oficio con que pudiera algún día ganarme el sustento, en caso de ineptitud
irremediable o de orfandad prematura.
No me pesa hoy de la resolución de mi padre, que
reiteró después en Zaragoza, según se verá en el curso de esta historia. Ella
me puso en contacto con el alma del pueblo, a quien aprendí a conocer y a
estimar; y domando el nativo orgullo, desenvolvió en mí ese sentimiento de
digna modestia anejo a la pobreza laboriosa.
[p. 141]Pero entonces sentí mi esclavitud como un
castigo excesivo. ¡Y en qué ocasión!... ¡Precisamente cuando vibraba todavía mi
alma con la honda sacudida del choque romántico!... ¡Yo que soñaba entonces con
los excelsos protagonistas de Dumas, Chateaubriand y Víctor Hugo...; que,
persuadido de mis talentos artísticos, creíame capaz de emular las glorias del
Ticiano, de Rafael o de Velázquez..., verme forzado a empuñar la sucia y
jabonosa brocha barberil!... ¡Era para morirse de vergüenza!
Pero ¿qué remedio? Tuve, pues, que devorar en
silencio lo que en mi necia vanidad consideraba humillación y rebajamiento
intolerables. Afortunadamente, a los catorce años la máquina humana es tan
plástica, que a todo se acomoda prontamente.
No era, sin embargo, un ogro el Sr. Acisclo[9] —que
así se llamaba el amo— a pesar de su fama de gruñón y de la severidad y acritud
que prometían sus facciones duras y su color bilioso; antes bien, estuvo
conmigo considerado y afable. Condolido al ver mi cara de cuaresma, trató de
consolarme con estas o semejantes palabras: «¡Ánimo muchacho! Duros son todos
los principios, pero te irás haciendo. Déjate de orgullos y aplícate a remojar
barbas, que si, como presumo, te vas haciendo al oficio, dentro de poco
ascenderás a oficial y gozarás el momio de tres duros al mes, amén de las
propinas».
¡Bonito porvenir!
Sobrábale razón al Sr. Acisclo. Acabé por
acomodarme a aquel nuevo género de vida, y llegué hasta encontrar simpáticos a
los amos y tolerable mi sujeción. Además,[p. 142] pocas semanas después
intimé con el oficial, mozo sanguíneo y bonachón, gran tocador de guitarra y
alegre requebrador de criadas y modistas, el cual, en ausencia del amo, me
dispensaba de las prosaicas obligaciones anejas a mi cargo, consintiéndome
garrapatear papeles y dibujar monigotes. Cobróme afición porque le servía de
amanuense, escribiendo en su nombre a cierta maritornes esquelas almibaradas y
versos cursis. Y correspondiendo a mis finezas, quiso enseñarme a tocar la
guitarra; mas yo, que jamás tuve pasión por la música, no pasé de tañer
medianamente la jota y de pespuntear sin gracia un par de polkas elementales.
Harto conocida es la psicología del barbero para
que yo caiga en la tentación de descubrirla a mis lectores. Nadie ignora que
los legítimos rapabarbas son parlanchines, entrometidos, aficionados a toros,
tañedores de guitarra o de bandurria; pero no es tan notorio que en su mayoría
profesan ideas republicanas y aun socialistas. Sin embargo, en mi amo quebraba
la regla, pues ni tocaba la guitarra ni era dicharachero; en cambio, entraba en
la grey común por sus radicalismos políticos y sus alardes revolucionarios.
Adornábale otra flor, no frecuente entre la gente del oficio; profesaba la
religión de la guapeza. Cuando acudían a afeitarse sus camaradas de
juergas y de rondas, no se hablaba en la tienda sino de riñas, broncas,
punzadas, jabeques y madrugones. Más de uno de aquellos parroquianos había
visitado la cárcel y ostentaba en el pecho honrosas cicatrices de cuchilladas
recibidas cara a cara. Sin ser mi amo jactancioso ni hablador, cuando venía a
cuento y estaba en vena de confidencias, refería grave y complacientemente las
trifulcas y jaranas de que había sido protagonista, y en las cuales, obrando en
defensa propia y siempre en buena lid, había dado buena cuenta de[p.
143] sí. Lo que él decía: «O ponerse o no ponerse; no soy pendenciero,
pero el que me busca me encuentra siempre».
Sus compadres aprobaban sus máximas y confirmaban
sus bravatas. Por las muestras de veneración y respeto que le rendían, vine a
conocer que el Sr. Acisclo tenía malas pulgas. Era además entre aquellas gentes
autorizado definidor de agravios y juez inapelable en asuntos de honra y
caballerosidad callejera.
La conversación entre maestro y parroquianos giraba
a menudo sobre política. En ocasiones, hablaban quedo, comunicándose no se qué
noticiones. Nuestra curiosidad, empero, atajaba todo disimulo. Así tuvimos
noticia de las conspiraciones de Prim, Moriones y Pierrad, generales
desterrados que, al decir de nuestros contertulios, estaban a punto de cruzar
la frontera al frente de nutrida tropa de carabineros y de bravos montañeses de
Jaca, Hecho y Ansó, a fin de proclamar la revolución y derrocar las en aquellos
tiempos llamadas ominosas Instituciones.
Aquellos inofensivos ojalateros frotábanse
las manos de gusto, saboreando de antemano el triunfo irremisible de la
soberanía nacional y la vergonzosa derrota de serviles y moderados.
Mientras tanto, la infeliz esposa del barbero, que
no compartía las esperanzas de los conspiradores, antes bien, recelaba alguna
vil delación, vivía en perpetua alarma; temía que cualquiera noche, según
ocurría a menudo en aquellos tiempos, registrara la policía la casa y se
llevaran al marido desterrado a Fernando Póo.
A la verdad, yo no entendía jota de política, pero
me seducían zaragatas, jaranas y marimorenas. Diera entonces cualquier cosa por
presenciar un motín o asistir a la construcción y defensa de una barricada.
Además, por instinto atraíame el llamado credo democrático, que ca[p. 144]saba
admirablemente con mi exagerado individualismo y mi ingénita antipatía hacia el
principio de autoridad. Como en el cuento del fraile, me cargaba el prior sólo
por ser prior.
Para halagar a mi patrón y demostrarle al mismo
tiempo mis sentimientos liberales, dí en copiar el busto de los caudillos
militares de las revueltas de entonces, singularmente los de Prim y de Pierrad.
Por cierto que, aparte mi ingenua devoción hacia el guerrero, lo que más me
sedujo en este último héroe fueron sus líneas de busto clásico y la hermosa
barba patriarcal.
Con ser las citadas estampas harto chapuceras e
infieles, merecí calurosos elogios, a que contribuyó también tal cual décima
chavacana dedicada a la libertad, escrita al pie de los dibujos. En todo ello
había por mi parte algo de cálculo. Porque mi patrón, encantado de los
sentimientos precozmente revolucionarios y de los primores pictóricos de su
aprendiz, dióle de cada día mejor trato. Hízole merced, no sólo de las horas
reglamentarias de clase, sino de casi todas las tardes de poco trabajo. Por
donde vino a frustrarse enteramente el plan del autor de mis días.
El encuentro casual de un pequeño tesoro,
hecho por ambos hermanos, agravó todavía mis aficiones guerreras. Paseando un
día por las inmediaciones de la Ermita de los Mártires, mi hermano Pedro divisó
en un basurero cierta cosa brillante; nos aproximamos a ella, la cogimos y,
después de frotarla para quitarle la suciedad, resultó ser, ¡oh felicísima
sorpresa!, una moneda de oro de 5 duros. Entonces corrían, por fortuna, todavía
las onzas, aquellas famosas peluconas, convertidas hoy,
desgraciadamente, en raras medallas de museo. Para asegurarnos de la buena ley
del doblón lo cambiamos en cierta tienda, y en posesión de tan respetable suma,
para nosotros inverosímil, acorda[p. 145]mos por unanimidad invertirla en la
compra de cierto pistolón imponente, que desde hacía tiempo tentaba diariamente
nuestra codicia en el escaparate de vieja armería. Hecha provisión de pólvora,
balas y perdigones, comenzamos a ejercitarnos en el manejo del arma, que
resultó bastante caprichosa. A fuerza de práctica, llegamos, sin embargo, a
afinar algo la puntería y hacer algunos blancos.
Al proveernos de armamento tan impropio de
muchachos, era nuestra intención, además de darnos aire de terribles
revolucionarios, fomentar antiguas e irresistibles aficiones cinegéticas,
saliendo a caza de tordos, perdices y conejos. Mas conforme ocurrió con el
formidable mosquete de marras, nunca cobramos pieza importante; sólo algún
gorrión, recién salido del nido e inexperto en el vuelo, cayó en nuestras
manos.
Creo que fué por aquel año de 1866 cuando me hice
temible entre los condiscípulos por mis progresos en el manejo de la honda.
Recuerdo que, entre otras pruebas de mi habilidad, podía atravesar a 20 pasos
de distancia un sombrero arrojado al aire. No me contenté sólo con el tino;
cultivé también el alcance, y señaladamente la celeridad del disparo, en la
cual aventajé notablemente a mis rivales: mientras éstos disparaban una piedra,
lanzaba yo cuatro o cinco. Fué ésta la época de la sumisión del insolente Azcón
y del general reconocimiento de mi supremacía en los juegos guerreros. Como es
natural, fuéme espontáneamente ofrecida la jefatura de los bandos en pugna. Yo
acepté, según era de presumir, la dirección del bando democrático, pues ya
entonces los muchachos jugábamos a reaccionarios y liberales.
Mi prestigio no se fundaba en la mera habilidad y
en el ciego arrojo de quien desconoce el peligro y se enardece en el fragor del
combate. Séame lícito confesar, aunque[p. 146] padezca mi fama de
bravucón, que en mi denuedo había mucho de teatral y algo de cálculo y
observación de la psicología infantil.
Durante mi larga experiencia de las trapatiestas
estudiantiles, había reparado que la audacia y el furor guerreros, cuando se
fingen a la perfección, provocan casi indefectiblemente el pánico del enemigo.
No es cosa de analizar aquí el mecanismo sugestivo
en cuya virtud el gesto leonino y la osadía temeraria, hábilmente fingidos,
provocan el pavor en nuestros adversarios. Hay algo atávico en esta
fanfarronería histriónica, por lo demás ya practicada, según es sabido, por los
salvajes y hasta por los héroes de la Iliada. Sobre ello discurren muy
doctamente los psicólogos modernos[10], los cuales
advierten cuánto importa para comprender y reproducir en lo posible un estado
afectivo, la imitación fidelísima de los gestos y actitudes características de
su expresión natural. Ignoro si la reproducción fingida y como instintiva de
los ademanes del valor temerario creaban en mí, por una suerte de
autosugestión, el estado pasional correspondiente; declaro solamente que, en
cuanto ponía cara feroche y avanzaba impertérrito hacia los
adversarios, éstos solían emprender la fuga.
Corro riesgo de hacerme pesado, deteniéndome
excesivamente en estas frívolas riñas de muchachos. En ellas hay, sin embargo,
prescindiendo de su significación antropológica, sobre la cual tan buenas cosas
han dicho los psicólogos ingleses, lecciones útiles para los hombres. La
ingenuidad del alma infantil transparenta admirablemen[p. 147]te los resortes y
fines, a menudo inaccesibles, de las luchas de los hombres y de los pueblos.
Aparte su carácter instintivo, que parece reproducir estados ancestrales, las contiendas
de los muchachos implican un sentimiento loable: el amor a la gloria, es decir,
el anhelo de la aprobación y admiración de los iguales; nunca —y esto sólo
bastaría para hacer simpáticos a los niños— el sórdido interés.
Otra enseñanza arrojan las luchas infantiles.
Revélase asimismo en ellas, mejor aún que en las competiciones de los hombres,
cuán principal y decisiva parte tienen en el éxito lisonjero la voluntad
enérgica y decisión inquebrantable de vencer. El que toma las cosas a broma es
siempre superado por quien las toma en serio; el mero aficionado cede al
profesional; quien no lleva al palenque sino fútiles satisfacciones de vanidad,
se ve constantemente arrollado por el que pone el alma entera en la empresa y de
antemano se preparó vigorizando sus brazos y templando sus armas.
Gracias a mi formalidad, yo acabé por ser técnico
refinadísimo en el manejo de la honda. Mis observaciones me llevaron a
perfeccionarla; fabriqué sus cuerdas de seda y de cordobán la navécula, y
escogí como proyectiles guijarros esféricos y pesados. Hasta llegué a redactar,
para uso de mis amigos, cierto cuaderno con estampas, pretenciosamente
titulado Estrategia lapidaria, donde se contenían reglas prácticas
para hurtar metódicamente el cuerpo cuando era amenazado por varios
proyectiles.
Sin esfuerzo imaginará el lector que, antes de
alcanzar tanta maestría, habríanme descalabrado muchas veces; y así era la
verdad, tanto que mi cabeza está sembrada de viejas cicatrices. Alguna vez, al
salir de clase y encasquetarme el sombrero, me encontraba con que éste no
encajaba bien, porque el chichón, casi imperceptible antes[p. 148] de
entrar en el aula, había crecido durante la lección, libre del freno de la
montera.
Pero no insistamos demasiado sobre un tema varias
veces tratado. Rindamos, en lo posible, culto al consabido non bis in
idem de los latinos. Permítasenos solamente, antes de abandonar
definitivamente la pesada narración de pedreas, contar dos episodios
relativamente interesantes.
Del primer lance, más cómico que dramático, fué el
héroe mi hermano. Peleábamos tranquilamente en cierto callejón próximo al
Instituto, ordinario palenque de nuestras trifulcas, cuando, apenas cruzados
los primeros proyectiles, noté con extrañeza que los adversarios habían
levantado precipitadamente el campo. Recelando una celada, acaso el temido
ataque por retaguardia, destaqué dos números, para que, dando un rodeo,
explorasen el terreno y me informaran de lo ocurrido. Mas antes de regresar los
emisarios, aclaróse súbitamente el misterio: en el otro extremo de la calleja,
momentos antes ocupado por los adversarios, aparecieron cuatro municipales
sable en mano, y al grito de «¡esperad, canallas!», avanzaron amenazadores.
Presumí entonces lo acontecido: la hueste enemiga, sorprendida por la fuerza
pública, había huído a la desbandada, y perseguida quizá por los guindillas,
había sufrido de manos de éstos los consabidos cintarazos.
La situación era crítica. Harto sabíamos que
nuestro destino era apelar a la fuga; mas, al objeto de ganar tiempo y detener
un poco a los guardias, dí el alto a mi gente y ordené que, antes de tocar
retirada, se hiciese una descarga general. La osadía sirviónos una vez más.
Los guindillas, que venían desalados sobre nosotros, pararon en
firme y uno de ellos cayó en tierra, lanzándonos soeces insultos.
[p. 149]¿Qué había pasado? Mi piedra, extraída del
zurrón de las infalibles, dió violentamente en el muslo de uno de
los persecutores, quien, transido de dolor, dobló la rodilla en tierra; otro
guijarro hizo blanco en el hombro del segundo municipal; mientras que el
proyectil de mi hermano, lanzado con gran impulso, acertó, por peregrina
casualidad, en la hoja del sable del tercer guardia, rompiendo el acero al ras
del puño. El buen hombre quedó en la facha más grotesca imaginable; es decir,
esgrimiendo amenazador un mango de latón mondo y lirondo. Sólo un adversario se
libró de los proyectiles. Siguióse, como decíamos, un instante de estupor, del
cual nos aprovechamos hábilmente para poner pies en polvorosa. Cuando los
coléricos guindillas invadieron nuestros reales, era ya tarde
para el alcance; habíamos ganado las eras de Cáscaro, salvado el viejo muro,
descendido por entre sus sillares y traspuesto, finalmente, el río y la
alameda.
Cara pudo costarnos la aventura. Uno de los
guardias guardó cama varios días, según contaron; se nos buscó insistentemente
por todas partes; afortunadamente ningún compañero nos delató. Y aunque la
Policía quiso hacer un escarmiento ejemplar en las presumibles cabezas del
atentado contra la autoridad, no lo consiguió, al menos en lo que a
mí respecta; porque mi amo, sabedor del lance y acérrimo enemigo de los guindillas,
con quienes tenía alguna cuenta pendiente, me ocultó por unos días en casa de
un correligionario.
La otra peripecia dramática ha quedado rotulada en
mi memoria con el nombre de paliza del montañés. Batíame solo,
desde un campo próximo a la carretera, contra ocho o diez estudiantes
parapetados en lo alto de la muralla, posición ventajosa a que les obligaba,
para igualar las condiciones, mi maravillosa puntería con la honda. En lo
más[p. 150] recio del zafarrancho, y cuando acababa de hacer blanco en un
sombrero enemigo, veo avanzar hacia mí, con aire nada tranquilizador y
enarbolando formidable garrote, a un arriero montañés, que momentos antes
cruzaba pacíficamente la carretera al frente de su recua. Esperábale yo entre
confiado y escamón, sin saber qué partido tomar, hasta que por sus primeras
palabras adiviné lo sucedido: era que de lo alto de la muralla le habían
arrojado un cantazo, y oyendo el restallido de mi honda y sorprendiendo mi
actitud ofensiva, creyóme autor de la agresión. En vano alegué mi inocencia
señalándole la posición de mis adversarios, eclipsados por mi mala ventura en
aquellos graves momentos. Sin atender a razones, agarróme del cuello y me
sacudió monumental paliza. Desahogado su rencor, incorporóse a la recua y quedé
molido y maltrecho.
Pero yo hervía en ira y juré vengarme del
atropello, para lo cual la disposición del terreno otorgábame inestimables
ventajas. Renqueando por el dolor escalé, como Dios me dió a entender, el
cercano muro; me remonté a las eras de Cáscaro y me deslicé a lo largo de las
derruídas almenas hasta ponerme enfrente del rencoroso montañés, que caminaba
tranquilamente por la carretera, bien ajeno a la borrasca que le esperaba. En
un santiamén reuní diez o doce gruesos guijarros y los arrojé sobre el ansotano
con vertiginosa rapidez. Espantóse la recua, corriendo a la desbandada. ¡Quién
podría contar la corajina del atlético gañán al verse alcanzado por tres o
cuatro proyectiles de grueso calibre! El infeliz, que ni podía escalar la
muralla, ni abandonar las caballerías, ni esquivar el cuerpo tras de ningún
obstáculo, juraba y pateaba como un condenado.
En cuanto llegó a la posada, denunció el hecho al
Alcalde; pero las Autoridades no lograron averiguar el nombre del agresor y el
lance no tuvo las desagradables consecuencias que eran de temer.
[p. 151]Mi mala fama había cundido de tal modo en
el barrio, que hasta las niñas, cuando salían del Colegio, se escondían al
verme, temerosas de alguna furtiva pedrada. Por cierto que, entre las muchachas
que me cobraron más horror, recuerdo a cierta rubita grácil, de grandes ojos
verde-mar, mejillas y labios de geranio, y largas trenzas color de miel. Su tío
y padre, a quienes nuestros diarios alborotos impedían dormir la siesta,
habíanle dicho pestes de Santiagué, el chico del médico de Ayerbe,
y la pobrecilla, en cuanto topaba conmigo, echaba a correr desalada, hasta
meterse en su casa de la calle del Hospital.
¡Caprichos del azar!... ¡Aquella niña asustadiza,
en que apenas reparé por entonces, resultó, andando el tiempo, la madre de mis
hijos!...
[p. 153]
CAPÍTULO XV
Inquina de mi catedrático de griego. — Decide mi
padre escarmentarme convirtiéndome en aprendiz de zapatero. — Mis proezas en
obra prima. — El ataque de Linás. — Consideraciones en torno de la muerte.
espués de lo expuesto, huelga decir que mi
instrucción científica y literaria progresó muy poco durante el curso de 1886.
El latín y griego me aburrieron soberanamente, y la Historia universal y de
España, que consistían en retahila insoportable de fechas y abrumadora letanía
de nombres de reyes y de batallas ganadas o perdidas, según el favor o el enojo
de la Providencia, no tuvo para mí ningún atractivo[11].
[p. 154]
Con todo eso, el curso habríase salvado sin
contratiempo, si el catedrático de griego, un buen señor tan desabrido como
suspicaz, no me hubiera convertido en desfogadero de su mal humor. Cierto que
no extremaba mi celo y puntualidad ni me entusiasmaban grandemente sus
lecciones pronunciadas con acento crudamente catalán y premiosa y sibilitante
palabra; mas de su ojeriza no fueron mis distracciones la causa principal, sino
cierto defecto fisiológico de que nunca he logrado corregirme.
A la manera de los salvajes y de las mujeres, he
adolecido siempre de lamentable facilidad para soltar la risa: una observación
chocante, un gesto inesperado, cualquiera chirigota, bastaban para excitar mi
ruidosa hilaridad, sin que fueran parte a refrenarme lo grave del lugar y lo
solemne de la ocasión. En mi huesoso y movedizo sem[p. 155]blante estallaba la
carcajada como el oleaje en el mar azotado por la brisa. Y era lo malo que, en
virtud de cierto aspecto mefistofélico del rostro, mi espontánea sonrisa de
bobalicón asombrado adquiría, a los ojos de algunos, un no se qué de
sarcástico, irritante y provocativo. En vano me esforzaba para dominar mis
nervios y evitar que mi inocente alegría sacara de quicio al profesor: el
aparato inhibidor de mis risores no fué jamás poderoso a imponerles el reposado
continente, ni a mis ojos el aire grave y formal adecuados a la contemplación
serena de la ciencia.
Pero el bueno del maestro, que ignoraba el dicho de
Dumas «sólo los bribones no se ríen», montaba en cólera cada vez que sorprendía
mi jovialidad, en la que veía, por exceso de suspicacia, intención satírica y
aviesa. Ni me valió para desarmar su enojo asegurarle que no me reía de él, a
quien sinceramente respetaba, sino de las bromas y salidas de algunos
compañeros parlanchines. Y creciendo progresivamente su irritación, dió en la
manía de mortificarme diariamente con vulgares comparaciones zoológicas y comentarios
burlescos. Complacíase también en citarme como caso representativo de torpeza y
de pigricia. Cuando alguno enredaba en clase solía decir: «usted es casi tan
pigre como Ramón»; «de no enmendarse, parará usted sin remedio en lo que
Ramón»; y otras frases molestas de este jaez.
Dicho sea entre paréntesis, al proceder de esta
suerte mis maestros erraban de medio a medio la terapéutica. En el fondo era yo
un infeliz, de buenos sentimientos, aunque víctima de tendencias intelectuales
y sensitivas irrefrenables. Tanto mi padre como mis profesores hubieran sacado
mejor partido de mí usando los métodos del halago y de la bondad, en lugar de
infligirme correcciones acaso excesivas y siempre exasperantes.
[p. 156]Pero volviendo a mi adusto profesor de
griego, diré que aquel régimen de pullas y alfilerazos, que yo estimaba
injusto, agotó mi paciencia. Y considerándome perdido, resolví tomar
represalias. Decidí, pues, atormentar al pobre señor con toda suerte de pesadas
bromas, y con ellas traspasé los límites de la insolencia. Para herirle en lo
más vivo, que eran sus profundas convicciones ultramontanas, hacía pasar de
mano en mano grotescas caricaturas en que aparecía, ya con traje de miliciano
nacional, colgante de sus labios letrero que decía: «¡Viva la Constitución!»,
ya andando en cuatro patas, tocada la testa con boína descomunal —y ésta era la
más negra— y cabalgado por Espartero, que parecía cantarle el trágala al
oído. Tan grotescos monigotes regocijaban y desasosegaban a los chicos, que
oían al iracundo pedagogo como quien oye llover.
Con estas y otras pesadas payasadas fué tal el odio
que me cobró, que, a punto de trasladarse a Cataluña, de donde era natural,
aprovechó la ocasión de la plática de despedida para deplorar amargamente el
ausentarse sin haber tenido el gusto de castigar mis insolencias. «A bien que
mis rectos comprofesores sabrán vengarme», añadió. Yo estuve por contestarle
«¡buen viaje!», pero me contuve por no empeorar mi ya desesperada situación.
Graves fueron de todos modos las consecuencias de
mis imprudencias. Desalentado por la citada conminación, recibida precisamente
en el mes de Mayo, dí por seguro el fracaso, y no me atreví a presentarme a
examen.
Con lo cual, y con haber obtenido solamente notas
de mediano en las demás asignaturas, púsose furioso mi padre, amenazándome con
ejemplar y radical escarmiento. Resuelto a arrancar de cuajo mis chifladuras
artísticas, meditó y puso por obra cierto plan terapéutico no exento[p.
157] de ingenio y eficacia, que consistía en la aplicación del sabido
principio médico: Contraria contrariis. «¿Qué es —debió preguntarse
mi progenitor— lo más diametralmente opuesto, en el orden profesional y
sentimental, a la dulce poesía y a las emociones y bellezas del arte pictórico?
Pues los bajos oficios de soguero, deshollinador o zapatero remendón.» Esta
última profesión, sobre todo, parecióle pintiparada para abatir mis pujos
románticos y corregir definitivamente mis rebeldías.
Pensé al principio que todo pararía en amenazas,
pero me engañé de medio a medio. Antes de terminar el mes de Junio —habitábamos
entonces en Gurrea de Gállego—[12] puso
por obra su proyecto, asentándome de aprendiz con cierto zapatero, hombre de
pocas palabras, rústico y mal encarado, el cual, en connivencia con mi padre,
hízome pasar las de Caín. Obligóme a comer un mal cocido, a dormir en obscuro y
destartalado desván lleno de ratones y telarañas, y encargóme además de los más
bajos y sucios menesteres de la tienda. Quitáronme lápices y papel, y se me
prohibió hasta emborronar con carbón las paredes del granero. Privada la
fantasía de todo instrumento expresivo, vivió de sí misma y alzó en la mente
las más brillantes y risueñas construcciones. Jamás viví vida más prosaica ni
soñé cosas más bellas, altas y consoladoras. En cuanto acababa de cenar,
asaltaba ansiosamente mi cuchitril, y antes de que el sueño me rindiera,
ocupábame en dar forma y vida al caos de manchas de la pared y a las telara[p.
158]ñas del techo, que se transformaban, a impulsos del pensamiento, en los
bastidores de mágico escenario por donde desfilaba la excelsa cabalgata de mis
quimeras.
Aquel régimen de aislamiento moral y de austera
alimentación hubiera acabado por convertirme en místico exaltado —como a un
amante del yermo— si mi madre, temerosa de los efectos depauperantes de las
berzas y del cocido incoloro, no me hubiera mandado furtivamente sabrosas
tortas y suculentas tajadas. Al final de aquel verano, conseguí también lápiz y
papel, comprados gracias a la generosa propina recibida de la hija de los
condes de Parcent, gentil señorita de catorce abriles que se dignó un día
visitar la tienda y confiar al zafio aprendiz el arreglo de elegante y diminuta
botina, descosida durante el trajín de reciente cacería[13].
Trasladada nuevamente mi familia a Ayerbe, cambié
de dueño, entrando a servir a un tal Pedrín, de la familia de los
Coarasas de Loarre, zapatero campechano y chistoso, pero severo y duro con los
aprendices. Tenía yo entonces rarezas alimenticias extremadas (tales como
repugnancia invencible hacia el cocido, la calabaza, el tomate, la cebolla, etc.),
que desazonaban sobremanera a mis padres. Y así, el autor de mis días puso
empeño en que Pe[p. 159]drín curara radicalmente tan enfadosos antojos, amén de
tratarme en lo demás sin ningún miramiento y a cara de perro, según
el dicho vulgar. Lo mismo que en Gurrea, debían correr a mi cargo las más
antiestéticas faenas. Y, en efecto, se me adjudicaron las poco pulcras
ocupaciones de limpiar herramientas, fabricar cabos untados de pez, coser
remiendos (que por cierto me llenaban las manos de callos y costurones), echar
medias suelas y preparar el engrudo.
Encantado estaba el Sr. Pedrín (quien no obstante
la fama de mal genio, era excelente persona y buen amigo de mi familia) de mis
progresos, así como de la paciente humildad con que soportaba lo mismo las
vilezas y prosaísmos del oficio que las deliberadas modificaciones del menú.
Un día díjole a mi padre:
—D. Justo, su chico de usted es una alhaja; es
mañoso, todo lo hace bien. De seguir así, voy a ponerle pronto a coser botinas
nuevas.
—Y ¿qué tal la comida?
—Traga hasta las piedras: calabaza, tomate, nabos,
cocido... Todo lo devora sin hacer un visaje.
—Lo dudo...; fíjese bien, no sea que el chico, que
es muy marrullero, se la pegue a usted.
Algo escamado el maestro, observóme disimuladamente
durante la cena, y no tardó en sorprender mis trazas y ardides. Cuando el plato
no era de mi gusto, solapadamente escondía yo las tajadas, ya en el bolsillo
del pantalón, encerado a este propósito, ya sobre un pañuelo oculto entre mis
rodillas. Afeóme ásperamente la desobediencia y consideró cuestión personal
democratizarme el estómago y empapuzarme (empapujar) hasta de
las más viles bazofias; no lo consiguió sin embargo. Sus bien intencionadas
porfías sólo sirvieron para enflaquecerme y conver[p. 160]tirme por inevitable
compensación alimenticia, en famélico comedor de pan[14].
Extendidas por el pueblo nuevas de mis rápidos
avances zapateriles, un tal Fenollo, maestro de obra prima y dueño de la mejor
tienda de la población, propuso contratarme por cierto número de años, a
condición de que si antes de la primera añada abandonaba el oficio, debía mi
padre indemnizarle a posteriori con dos reales diarios.
Cerrado el trato e instalado en el nuevo obrador (más alegre y capaz que el de
Pedrín, y emplazado en la hermosa Plaza Baja), puse a mal tiempo buena cara.
Poco tardé en intimar con el hijo del patrón,
simpático muchacho de mi edad y gustos, y díme tal garbo en el manejo de la
lezna, que a los pocos meses cosía a todo ruedo, haciendo zapatos nuevos de los
llamados entonces abotinados, recortando coquetones tacones y
dominando los calados y demás arrequives de las punteras y todas las sublimes
filigranas del oficio. Mis progresos fueron muy alabados por el nuevo amo, que
me prometió, de continuar en la misma tesitura, abonarme un jornal de dos
reales diarios, amén de la ropa y comida. Entretanto, para honrar y enaltecer
mi habilidad, confiábame las botinas de las señoritas más remilgadas y
presumidas; botinas en cuyos altos y esbeltos tacones labraba primores de
ornamentación. ¡Qué diablos! ¡De algo habían de servirme el Arte
poética de Horacio y mis aficiones artísticas!
[p. 161]Por aquel año (1867) acaeció la famosa
intentona revolucionaria de Moriones y Pierrad, que tuvo sangriento epílogo en
el choque de Linás de Marcuello. General era el descontento contra el Gobierno.
El odio a los moderados, a causa de las deportaciones y fusilamientos de
liberales, había ganado hasta las aldeas más apartadas. Todo hacía presagiar
próxima tormenta, de la cual el citado choque de Linás fué el primer relámpago
amenazador.
Con júbilo casi general fué en Ayerbe sabida la
sublevación de los generales, cuyo triunfo creíase inminente. Muchos se
aprestaban a alistarse en las filas rebeldes; sólo en nuestro pueblo y Bolea
había —al decir de la gente— sobre 500 hombres comprometidos, que esperaban no
más, para incorporarse a las filas revolucionarias, recibir armas y equipos.
Cundió, por fin, la noticia de que las huestes liberales, formadas por
carabineros y montañeses del Alto Aragón, habían pernoctado en Murillo, Lapeña
y Riglos, desde cuyos pueblos movilizábanse hacia Linás de Marcuello, aldea
situada al pie de la vecina sierra de Gratal. Intensa emoción reinaba en
Ayerbe; muchos juzgaban inevitable la entrada triunfal de los insurrectos.
De improviso apareció en la Plaza baja la columna
del general Manso de Zúñiga, compuesta de algunas fuerzas de infantería y de 50
soberbios y vistosos coraceros que entusiasmaron a los muchachos con su aire
marcial y brillantes armaduras. No me saciaba de admirar las bruñidas corazas y
empenachados yelmos, defensas evocadoras del recio arnés de los antiguos
guerreros y de las épicas luchas de la reconquista. Subyugóme, sobre todo, el
admirable golpe de vista ofrecido por los escuadrones en correcta formación. Al
moverse los caballos, toda aquella masa de metal pulido rielaba al sol como
oleaje de un mar rizado por la brisa: de las desnudas espadas brotaban des[p.
162]lumbrantes relámpagos, y el polvo alzado por el piafar de los alazanes
parecía como dibujar en torno de cada guerrero glorioso nimbo de luz.
Impaciente por combatir, el general ordenó al
alcalde la inmediata traída de bagajes, y sin detenerse más que lo
estrictamente necesario para racionar a los soldados, partió en dirección de
Linás, adonde debió llegar en las primeras horas de la tarde. No transcurrió
mucho tiempo sin que oyéramos el lejano y sordo estampido de las descargas,
repercutido por las vecinas montañas.
Formáronse corrillos en las plazas, a los que nos
agregábamos los chicos, presa de viva curiosidad. Y entre los hombres
cambiábanse en voz baja comentarios acerca de la batalla librada en aquellos
angustiosos momentos entre la libertad y la reacción. Entretanto, buen golpe de
vecinos comprometidos en la asonada habían huído hacia la sierra, para esperar
el desenlace y evitar posibles represalias. Ardíamos todos en curiosidad e
impaciencia por conocer lo ocurrido. Nuestra comezón por saber algo fué tan grande,
que varios chicos nos escapamos al campo de batalla, caminando a campo
traviesa; y llegados a la cúspide de una colina, que por el Sur domina la aldea
de Linás, presenciamos escena lastimosa y conmovedora. Las fuerzas leales
replegábanse en aquel instante, con visibles muestras de desaliento, hacia
Ayerbe; mientras los insurrectos, que conservaban excelentes posiciones en las
casas del pueblo y cercados inmediatos, comenzaban a correrse por el pie de la
sierra, desdeñando perseguir al enemigo, acaso por no derramar estérilmente
sangre española.
Nos desviamos entonces a cierto alcor próximo al
camino por donde la tropa caminaba. Grande fué nuestra sorpresa al advertir que
aquellos coraceros, horas antes[p. 163] tan gallardos e imponentes,
marchaban ahora desordenados y silenciosos, abollados los cascos y sangrientos
los uniformes. Algunos, perdido el caballo en la refriega, caminaban a pie,
macilentos y tristes. Montados, o mas bien sujetos, en caballerías y escoltados
por bagajeros y soldados, venían numerosos heridos, cuyos lastimeros ayes,
arrancados a cada trompicón del áspero camino, desgarraban el alma. Y en medio
de aquel melancólico desfile surgió cual trágica aparición la pálida figura del
general Manso de Zúñiga, agonizante o muerto, mantenido a caballo gracias a los
piadosos brazos de un ayudante. Profunda impresión sentí al contemplar el
uniforme manchado de polvo y sangre, los abatidos y pálidos rostros de la
fúnebre comitiva, y, sobre todo, la faz intensamente blanca del infortunado
caudillo, horas antes rebosante de energía y altiva resolución.
Confieso que aquella imagen brutalmente realista de
la guerra enfrió bastante mis bélicos entusiasmos. En ningún libro había leído
que las heridas de fusil fueran tan acerbamente dolorosas, ni que los lisiados
se quejaran con acentos tan lastimeros. Está visto que, o los historiadores no
han presenciado batallas, u omiten deliberadamente cosa tan grave y seria como
la tortura física y moral de las víctimas.
Al llegar al pueblo, contaron los soldados
pormenores del encuentro. Noticiosos los insurrectos (en número de 1.600
hombres) de la escasez de las fuerzas del general Manso, aguardáronle apostados
en excelentes posiciones que se extendían por las colinas inmediatas a Linás.
En cuanto avistaron al enemigo, las fuerzas leales hiciéronse fuertes en los
altozanos linderos con la aldea y cruzáronse los primeros disparos. Impaciente
el caudillo isabelino por la inesperada resistencia de fuerzas, que supuso indisci[p.
164]plinadas, ordenó el avance de sus tropas, que fueron recibidas con nutridas
descargas. Debió ocurrir un movimiento de vacilación motivado quizá por el
desorden de la caballería, incapaz de maniobrar dado lo angosto y quebrado del
terreno; y entonces el jefe, dando ejemplo a los suyos y arrastrado por su
bravura, espoleó reciamente el caballo y se adelantó gran trecho hacia el
enemigo. Cobraron ánimo los leales, corriendo a paso de carga para alcanzar al
bizarro general; pero, desgraciadamente, antes que llegaran a socorrerle, una
descarga derribóle mortalmente herido. Cuentan que, en aquel momento trágico,
cierto colosal ansotano, mozo de 7 pies de estatura y de diecinueve años
apenas, abalanzóse temerariamente hacia el caído, al objeto de desarmarlo y
hacerlo prisionero; pero frustróse su intento, porque certera bala le hirió en
el corazón, desplomándolo junto al caudillo. Perdido el general e insuficientes
las fuerzas isabelinas para proseguir el ataque, retiráronse al cabo, después
de recoger los numerosos heridos, que fueron asistidos y curados en el hospital
de Ayerbe[15].
Según era de presumir, tocóle a mi padre aquellos
días no poco que hacer con la diaria curación de los soldados heridos en la
refriega, así como con el cuidado de otros pertenecientes a las fuerzas
insurrectas, los cuales se habían ocultado en diversas aldeas, hasta en lo más
fragoso de la vecina sierra de Gratal.
La contemplación al siguiente día, en los campos de
Linás, de los infelices que cayeron con ocasión del san[p. 165]griento combate,
y el examen poco tiempo después de las víctimas de otra acción inesperada
librada cerca de Ayerbe[16] entre
carabineros y contrabandistas, trajeron por primera vez a mi espíritu la
terrible enseñanza de la muerte, la más profunda, filosófica y revolucionaria
de todas las realidades de la vida. Ciertamente, antes de los citados sucesos,
había visto muertos y presenciado el desgarrador espectáculo de la agonía; pero
mi emoción harto débil, habíase disipado como espuma en la onda.
En la aurora de la vida, tan inverosímil resulta la
idea de la muerte, que apenas suscita alguna pasajera cavilación. ¡Quién piensa
en morir cuando siente en su corazón juvenil batir con furia la sangre, y
contempla delante de sí, en la azul lejanía del tiempo, serie inacabable de
lustros de espléndida existencia!
[p. 166]La melancólica convicción del no ser, con
todo su cortejo de pavorosos y formidables enigmas, se apodera de nosotros en
la edad madura, en presencia de la muerte de padres y amigos, y sobre todo
cuando penosas sensaciones internas, inequívocos signos del creciente desgaste
de la máquina vital, nos anuncian, para un plazo más o menos dilatado, el
ineluctable desenlace.
Este temor, tan profundamente humano (más felices
que nosotros, los animales parecen ignorarlo), acreciéntase todavía para el
médico o el biólogo. La ciencia es tan impasible como indiscreta. Por ella
sabemos que nuestra organización es tan sutil y quebradiza, que un invisible
microbio, inesperada ráfaga de viento, débil oscilación térmica, choque moral
violento, pueden en pocos días arruinar la obra maestra de la creación, que se
asemeja, por lo deleznable y compleja, a esos ingeniosísimos e intrincados relojes
que marcan las horas, señalan los días de la semana, anuncian los meses, las
estaciones, los años, las salidas del sol y de la luna, pero que ¡ay! adolecen
tan sólo de un pequeño defecto: pararse definitivamente a la primera sacudida
que reciben.
Añadamos que la muerte violenta, en plena
culminación de la curva vital, es algo absurdo que desconcierta el candoroso
optimismo juvenil. El joven sólo comprende la caída del fruto maduro. Para
preparar el trágico desenlace y evitar dolorosas sorpresas, la naturaleza
procede en el anciano por suaves gradaciones, que van creando en el ambiente
familiar, y a veces hasta en el enfermo agotado por el sufrimiento, la
convicción de la horrenda tragedia. La muerte misma en su representación vulgar
parece anunciarse discretamente en el esqueleto, que asoma progresivamente al
través de brazos y mejillas. Mas estos súbitos desplomes en el cenit de la
existencia sacuden profunda[p. 167]mente nuestra sensibilidad y turban todas
nuestras ideas sobre la armonía del mundo y de la vida.
Otra de las cosas que más profunda impresión me
produjo fué la expresión de calma beatífica del cadáver, en contradicción
flagrante con los espasmos, luchas y terrores de la agonía. Acostumbrados a
asociar el gesto con un modo particular de sentimiento, nos cuesta trabajo
referir al reposo muscular la expresión plácida del difunto; antes bien
propendemos a enlazar dicha inmutable serenidad con un equivalente estado de
conciencia.
¡Cuán soberanamente trágico aparece ese reposo
absoluto, la dócil entrega de nuestros órganos a todas las disolventes injurias
de las fuerzas cósmicas! ¡Y qué desconsoladora indiferencia la de la naturaleza
al abandonar la obra maestra de la creación, el sublime espejo cerebral donde
se diría que la materia y la fuerza adquieren conciencia de sí mismas!
[p. 169]
CAPÍTULO XVI
Vuelta al estudio. — Matricúlome en dibujo. — Mis
profesores de Retórica y Psicología. — Impresión causada por las enseñanzas
filosóficas. — Una travesura desdichada. — En busca de aventuras.
abía transcurrido un año de mi vida zapateril
cuando mi padre, satisfecho del experimento educativo, y considerándome curado
de mis delirios idealistas, dispuso mi vuelta a los estudios. Ofrecíle
sinceramente aplicarme, a condición de que me consintiese matricularme en
dibujo, asignatura perfectamente compatible con la cultura clásica, y sobre
todo con el estudio de las ciencias físicas y naturales. Accedió, por fin, no
sin escrúpulo, a mi ruego, y para garantizar mi quietud y formalidad en lo futuro,
asentóme de mancebo en la barbería de un tal Borruel, situada en la plaza de
Santo Domingo. Si mis recuerdos no mienten, tocóme cursar aquel año Psicología,
Historia sagrada, Latín y Retórica y Poética.
Según adivinará el lector, en cuanto empezaron las
clases me entregué con ardor infatigable al dibujo. Pronto pasé de la pepitoria
fisionómica (ojos, narices, bocas) a las cabezas completas y a las figuras
enteras. Trabajé con tan furiosa actividad, que antes de los tres meses agoté
la[p. 170] colección oficial de modelos litográficos. Mi profesor, don
León Abadías, sorprendido de tan extraño caso de afición pictórica, puso
galantemente a mi disposición sus colecciones privadas de dibujos, que me consentía
llevar por turno a casa para trabajar durante las veladas invernales. Embeleso
y deleite de mis sentidos resultaba la citada labor, en la cual me pasaba,
infatigable, los días de turbio en turbio, ocupado en copiar fervorosamente las
nobles líneas de los héroes griegos y la expresión beatífica de las
espirituales madonas de Rafael y de Murillo. Aquella embriaguez era la
satisfacción del ciego instinto pictórico, que aspiraba a ser arte verdadero;
la felicidad suprema del amador de lo bello, que sacia por fin su sed de ideal
en las puras corrientes de la belleza clásica.
Con nada se saciaba mi lápiz infatigable. Habiendo
don León agotado sus cartapacios, ascendióme a copiar del yeso y del natural, y
por último, tanteó mis fuerzas en la acuarela. Quedó satisfechísimo de mis
trabajos, considerándome —según declaró más de una vez— como el discípulo más
brillante de cuantos habían pasado por su Academia. Tan lisonjero juicio
llenóme de noble orgullo. Según era de esperar, llegados los exámenes,
galardonó mi laboriosidad con la nota de sobresaliente y
premio. Pero llevado de su altruísmo, mi excelente maestro hizo más: se tomó la
molestia de visitar a mi padre en Ayerbe, a quien instó encarecidamente para
que, sin vacilar un momento, me consagrara al hermoso arte de Apeles, en el
cual me esperaban, en su sentir, triunfos resonantes. Arrastrado por su fervor,
extremó los elogios al catecúmeno...; pero todo fué en vano. Imposible fué
persuadir al autor de mis días de que en las inclinaciones artísticas de su
retoño había algo más que pasajero dilettantismo.
No obstante mi manía pictórica, estudié también con
al[p. 171]gún provecho la Retórica y Poética, asignatura que armonizaba bien
con mis gustos y tendencias. El retórico don Cosme Blasco
(hermano del ilustre escritor D. Eusebio), joven maestro de palabra suave y
atildada, bajo la cual ocultaba carácter enérgico y entero, poseía el arte
exquisito de hacer agradable el estudio, y el no menos recomendable de
estimular la aplicación de sus discípulos. Preguntábanos la lección a todos;
tomaba nota diaria de las contestaciones, y con arreglo a ellas nos ordenaba en
los bancos. Yo salía casi siempre airoso de las conferencias; sin embargo, a
despecho de mis buenos deseos, no conseguí pasar nunca del segundo o del tercer
lugar. El puesto de honor era alcanzado siempre por alguno de esos estudiantes
que, a la aplicación y despejo de los mejores, juntan obstinada retentiva
verbal y saben recitar de coro largos pasajes latinos y castellanos[17]. Ese don
exquisito que los psicólogos modernos llaman memoria espontánea u
orgánica; esa capacidad de retener sartas inacabables de voces inconexas;
ese precioso capital orgánico, archivo de la razón, descanso de la atención y
del juicio, es precisamente la cualidad en que la naturaleza se ha mostrado
conmigo más avara. Mi facultad de retener corresponde casi exclusivamente a
la memoria lógica o sistemática, que se nutre con la atención y
asociación, y opera solamente a condición de establecer concatenación natural y
lógica entre las nuevas y las antiguas adquisiciones. Tan desgraciado he sido
bajo este respecto, que jamás pude recitar de coro la plana de un texto
científico o literario. Consigo, es cierto, retener con relativa facilidad[p.
172] las ideas y hasta el orden lógico de exposición; pero al evocarlas en
la mente, el ropaje verbal se desarregla, cambiando de forma y de matiz.
Compruébase en mí, de exagerada manera, una nota o propiedad de la
reviviscencia de las ideas, bien estudiada por Wundt, James y otros psicólogos,
a saber: que el recuerdo o imagen no es mera copia de la percepción, sino nuevo
acontecimiento mental, resultado de síntesis especial que entraña elementos
preexistentes añadidos. La conciencia de tan desdichada imperfección no dejó de
contribuir a desanimarme del estudio, y, tiempos adelante, fué causa también de
que me apartara sistemáticamente de las ocasiones de hablar en público,
renunciando a toda pretensión oratoria. ¿Ha sido esto un bien o un mal para mi
carrera?
Por mal, y gravísimo, lo reputé siempre; pero hoy,
mirando las cosas de más alto, considero mi deficiencia mnemónica verbal como
una fortuna. El talento oratorio —que se nutre, como es sabido, en el terreno
de una gran retentiva de voces y giros retóricos— como la hermosura,
representan para sus posesores invitación perpetua a la tiranía y a la
holganza. Decía Cánovas, no sin gracejo, que la clásica definición de orador «vir
bonus dicenti peritus» debía ser sustituída por esta otra: «el que es capaz
de hablar bien de lo que no entiende». Y pudo añadir que muchas de nuestras
celebridades oratorias, al verse aplaudidas gracias a su desgaire y desahogo,
acaban por encontrar superfluo el estudio. Por el contrario, cuando no se puede
ser baratamente elocuente, hay mucho camino andado para resultar laborioso.
Con harto menos provecho, por falta de adecuada
disposición del ánimo y por mi repugnancia invencible contra toda clase de
dogmatismos, estudié la Psicología, Lógica y Ética. El profesor de esta
asignatura, D. Vicente Ven[p. 173]tura, era maestro docto y celoso, cuya voz
ronca y nasal deslucía un tanto la brillantez de su oratoria. Penetrado de
profundo sentimiento religioso (que le impulsaba a postrarse horas enteras en
la catedral con los brazos en cruz y el alma en éxtasis), sus palabras
traducían la robusta fe del creyente más que la crítica razonada del filósofo.
Era, ante todo, panegirista de la religión y orador pomposo, de vibrantes
apóstrofes rugientes de apostólica indignación contra el error materialista y
la impiedad protestante. Ferviente admirador de la escolástica, para él no
habían existido sino dos grandes genios filosóficos: Aristóteles y Santo Tomás.
De vez en cuando, arrastrado por su fogosidad tribunicia, se exaltaba, poniendo
como chupa de dómine a Locke, a Condillac, y sobre todo a Rousseau y a
Voltaire. Ignorante yo de la vida y milagros de dichos filósofos, me dije más
de una vez: ¿Qué le habrán hecho estos señores a D. Ventura para que les
censure tan duramente? Y fué lo peor que, a fuerza de execrar de los
racionalistas, casi nos resultaban simpáticos.
Arma dificilísima de esgrimir es la indignación
retórica. A poco que se extremen los adjetivos denigrantes, la verosimilitud
abandona al orador; el crítico se convierte en sectario y el criticado en
víctima. Los vehementes panegiristas de la ortodoxia harían bien en recordar
el trop de zèle del diplomático francés y la ley psicológica
de la inversión de los efectos, comparable a la fisiológica de la
producción de las imágenes consecutivas negativas. Al oir tan sañudas
diatribas, acababa uno por preguntarse: «¿Qué diablos de doctrinas habrán
propalado esos herejes y con qué argumentos las habrán apoyado? Me gustaría
saberlo». ¡Y en efecto... se llegan a saber!
Fuera largo e impertinente analizar aquí los
estados de conciencia, no siempre suficientemente precisos y lumino[p. 174]sos,
producidos por aquella iniciación en la psicología dogmática y metafísica
elemental. Sólo diré que me extrañaron muchas cosas: primera, que mientras en
Geometría, Álgebra y Física toda verdad se apoyaba firmemente sobre el
razonamiento o la experiencia, en Metafísica y Psicología se mirara con recelo
o se concediera secundaria importancia a los referidos métodos, adoptando con
ciega confianza el principio de autoridad y las alegaciones del sentimiento;
segunda, que verdades tan transcendentales y decisivas como la existencia de
Dios y la inmortalidad del alma, que debieran constituir, al modo de los
axiomas matemáticos, indiscutibles postulados de la razón, tuvieran que ser
sutilmente defendidos con argucias y recursos de abogado; tercera, que el mismo
profesor de Lógica, que tanto encarecía aplicáramos a los problemas de la vida
común los criterios de la certeza, al tratar después de los problemas de la
Metafísica, se amparase sin recelo en los dictados, no siempre infalibles, y a
veces contradictorios, de la tradición, y en las afirmaciones dogmáticas de la
fe religiosa; finalmente, sorprendióme sobremanera la pluralidad de las escuelas
filosóficas, pluralidad reveladora, o de que las cabezas humanas funcionan
diversamente, estimando las unas por error lo que las otras diputan por verdad,
o que la esfera de la religión y de la filosofía se substrae casi enteramente a
la aprehensión del entendimiento humano.
Pero dejemos estas digresiones[18], impropias
de una autobiografía, y reanudemos el hilo de la narración.
[p. 175]
Avanzaba el curso del 68 y aproximábanse los
exámenes, en los cuales esperaba salir medianamente airoso, cuando un suceso
inesperado malogró mis esperanzas.
Paseábame cierta tarde por la carretera inmediata a
la muralla, no lejos de la plaza de Santo Domingo. De improviso divisé una
tapia recién revocada y perfectamente blanca. En aquellos heroicos tiempos de
mi grafomanía, una superficie limpia, lisa y virginal, constituía tentación
pictórica irresistible, atrayéndome como atrae la luz a las mariposas
nocturnas. Ver, pues, la pared y mancharla con tiza y carboncillo, fué cosa de
breves instantes. Pero aquel día quiso el diablo que me propasara a retratar, en
tamaño natural, a algunos de mis profesores, y señaladamente a mi maestro de
Psicología y Lógica, D. Vicente Ventura, cuyos rasgos fisonómicos, sumamente
acentuados, prestábanse admirablemente a la caricatura. Con lápiz nada adulador
—lo confieso— hice resaltar su ojo tuerto, su nariz algo roma, y sus anchurosas
y rapadas mejillas eclesiásticas, que denunciaban a la legua, en virtud de esa
íntima correlación entre la idea y la forma, la devoción al tomismo y la
lealtad a D. Carlos. Acabado el diseño, apartéme de la pared para juzgar del
efecto. Acertaron a pasar varios chicuelos y tal cual estudiante, quienes
contemplando los monigotes y reparando en seguida el parecido, prorrumpieron a
coro: «¡Mirad el tuerto Ventura!» Y sin poder evitarlo, apedrearon la caricatura,
acompañando el acto con toda suerte de dicterios.
Dispuso mi mala estrella que precisamente en
aquellos momentos llegara el original del dibujo y sorprendiera la ridícula
escena del fusilamiento en estampa. Sobrecogido de miedo al advertir la
endiablada coincidencia, me escabullí, ocultándome detrás de un árbol.
Acérrimo partidario del principio de autoridad, D.
Ven[p. 176]tura, al verse escarnecido en efigie, estalló en santa indignación,
enderezó a los chicos acre reprimenda y les amenazó con denunciarlos a la
autoridad si no delataban al autor de la burla. Supo con pena que el autor de
la caricatura era el chico del médico de Ayerbe, es decir, ¡el hijo de uno de
sus amigos más estimados!...
¡Quién podría contar la exasperación de D. Ventura
cuando al siguiente día, enfrontó conmigo en clase! Perdió su calma habitual y
se desató en un chaparrón de calificativos denigrantes. ¡Jamás vi hombre más
fuera de sí!
Anonadado quedé al escuchar la formidable filípica.
Balbuciente de emoción, no acerté a formular excusa satisfactoria; intenté,
empero, con frase tímida expresarle que no había sido mi ánimo molestarle en lo
más mínimo con aquel desdichado monigote, forjado sin intención y por mero
pasatiempo; y, sobre todo, que no tuve arte ni parte en la descomunal pedrea.
Todo en vano. D. Ventura se mantuvo implacable. La indignación le ahogaba, y
sin paciencia para escuchar mis disculpas, arrojóme violentamente del aula...
Era preciso —según decía— que la oveja contumaz no contaminase al resto del
rebaño.
Supo mi padre lo ocurrido y escribió a D. Ventura
tratando de aplacarle; mas no logró su intento. A duras penas consiguió se me
admitiese nuevamente en clase, en donde se me relegó, no obstante mi sincero
arrepentimiento, al pelotón de los irredimibles y de los suspensos por derecho
propio.
No me desanimé a pesar de todo. Durante el mes de
Mayo entreguéme al estudio con ahinco, y las eras de Cáscaro, y mis buenos
amigos —el hoy ilustre Salillas, entre otros— fueron testigos de las largas
horas pasadas hojeando la Psicología de Monlau, y ocupado en extraer el[p.
177] jugo oculto en los conceptos enrevesados de substancia y
accidente, esencia y existencia, transcendencia e
inmanencia.
Muchas eran las nociones que escapaban a mi débil
penetración; pero me propuse aprenderlas de memoria, según costumbre general, a
fin de salir airoso del examen. Logré, de este modo, en los últimos días de
Mayo, tener prontas y a punto de ser quemadas unas cuantas carretillas de
fuegos artificiales, es decir, de castillos de palabras enlazadas como los
cohetes de traca valenciana. Todo consistía en que el examinador pusiese el
cebo en el principio del artificio pirotécnico, y en que la
emoción no me mojase la pólvora... Desgraciadamente, la pólvora se mojó.
Acababa de sentarme en el banquillo de los reos,
cuando D. Ventura, presidente del Tribunal, cuyo enojo no fué mitigado por mi
compostura y aplicación de los últimos meses, irguióse olímpicamente en el
estrado y dirigió al público y compañeros jueces estas o parecidas expresiones:
«Señores: Cediendo a inexcusable deber de
conciencia, me abstengo de examinar al Sr. Ramón. Deseo que en la hora de la
justicia nadie pueda acusarme de apasionado. Entrego, pues, el examinando a la
probada rectitud de mis compañeros, para que, libres de toda sugestión,
califiquen como se merezca al alumno más execrable del curso, al que en su
furor insano no reparó en mofarse pública e insolentemente de su maestro,
exponiendo la honrosa toga del profesorado al escarnio de truhanes y a la befa
del populacho.»
Aterrado quedé al oir tan severas palabras. Quise
retirarme del examen, y así lo signifiqué humildemente al Tribunal, alegando:
«He estudiado atentamente el texto, pero en el estado en que me hallo, ha de
faltarme la sere[p. 178]nidad indispensable para contestar. Me abstengo, pues,
a mi vez, siguiendo el ejemplo de D. Ventura, y me retiro. —Hace usted muy mal
—me respondió con agrio gesto uno de los jueces— desconfiando de la rectitud
del Tribunal, cuya imparcialidad e hidalguía están muy por encima de sus
malévolas insinuaciones. Siéntese usted, y si positivamente sabe, será usted
aprobado, a pesar de todo.»
Tuve la ingenuidad de morder el anzuelo. A todo
contesté algo, según el texto, y a mi ver, bastante más de lo exigido a mis
condiscípulos para obtener el aprobado, sobre todo teniendo en
cuenta la intensa emoción que me embargaba; pero los jueces, como obedeciendo a
una consigna, metiéronme en honduras y tiquis miquis metafísicos. Y
transcurrida más de media hora de mortal angustia, acabaron por desconcertarme.
Entonces me despidieron satisfechos.
A qué seguir... Quisieron darme una lección, y en
efecto la recibí, la agradecí y no la olvidé nunca.
¡Mi situación moral era terrible!... ¿Qué decir al
llegar a mi casa? ¿Cómo soportar la justa indignación de mis padres? Cediendo
al fin a un sentimiento de vergüenza y desaliento, resolví hacer una calaverada
gorda: marcharme lejos, muy lejos, huyendo de mi familia y de mis maestros...
Deseaba ardientemente vegetar desconocido entre gentes desconocidas, ser
juzgado por mis obras y no por mi historia...
Comuniqué mi designio a varios compañeros de
infortunio, y agradóles el proyecto. Y reunidos por todo capital unos cuantos
reales, nos lanzamos en busca de aventuras. Ya en marcha, varios fueron los
proyectos formados: quiénes pretendían que, arribados a Zaragoza, sentáramos
plaza de soldados; quiénes proponían que nos asentáramos de aprendices en algún
obrador o comercio; cuáles, en fin, aconsejaban imprudentemente que nos
entregára[p. 179]mos, en tanto la casualidad o la providencia proveían a
nuestro sustento, al pillaje y merodeo...
En estas pláticas y disputas llegamos a Vicien.
Anochecía, y como el hambre comenzase a dejarse sentir, cierto compañero
llamado Javierre tuvo la salvadora idea de visitar al maestro del pueblo, tío
suyo, hombre campechano y a carta cabal. Aprobado el plan, entramos
solemnemente en la aldea, que encontramos ardiendo en fiestas, con baile y
algazara en la plaza y mayos en las calles. Satisfecho de ver
a su sobrino, así como a la honrada compañía, el buenísimo del maestro nos dió
franca y generosa hospitalidad. Comimos de lo lindo y dormimos diez horas de un
tirón.
Al siguiente día, sosegados los ánimos y las
piernas, nuestras ideas tomaron otro rumbo; y entre los compañeros dominó el
prudente propósito de retornar al abandonado redil. El profundo sueño había
disipado los románticos ensueños; y la excelente digestión de la cena, después
del baile (a que algunos camaradas se entregaron la víspera), había creado en
la cuadrilla sano optimismo propicio al arrepentimiento.
Nada pudieron contra aquellas tornadizas voluntades
mis especiosos sofismas. Como quien oye llover escucharon mis supremos
llamamientos al honor de la palabra empeñada, y la evocación calurosa de las
hermosas perspectivas que una existencia libre, fértil en aventuras, abría ante
nosotros. Todos prefirieron la azotaina cierta a la fortuna quimérica, el
sombrío pasado al glorioso porvenir...
Al fin hube de ceder. Y en el crepúsculo de un día
aciago, que debió de ser el primero de éxodo épico y triunfante, regresé a
Huesca, con la negra melancolía de Don Quijote vencido, con la decepción
dolorosa de Calicrates herido antes de comenzar la gloriosa batalla.
[p. 181]
CAPÍTULO XVII
Dos inventos que me causaron indecible asombro: el
ferrocarril y la fotografía. — Mi iniciación en los estudios anatómicos. —
Saqueo macabro. — La memoria de las cosas y la de los libros. — La aurora del
amor.
o deja de ser instructivo conocer la actitud
del niño en presencia de las grandes invenciones de la ciencia. Este choque
moral, sobre revelar tendencias intelectuales congénitas, pone de manifiesto la
verdadera vocación.
Fué el ferrocarril, entonces novísimo
en España, el primero de mis asombros. Allá por los años de 1865 a 1866, debía
yo trasladarme a Huesca, desde el pueblo de Sierra de Luna, donde habitaba mi
familia. Acompañábame el abuelo paterno, un montañés rubio, casi gigante, de setenta
y cinco años, admirable por su agilidad y su fuerza, quien, después de visitar
a sus nietos, regresaba a Larrés para incorporarse al abandonado pegujal. Hasta
la primera estación (la de Almudevar) el trayecto fué recorrido a caballo.
(Dicho sea entre paréntesis, yo era entonces consumado jinete).
Mas para comprender lo que sigue importa exponer un
antecedente. Meses antes ocurrió en la estación de Tardienta, según creo,
horrible descarrilamiento, de que re[p. 182]sultaron muchos muertos y heridos[19]. Excusado es
decir que el recuerdo de la catástrofe no se apartaba de mi ánimo,
preocupándome seriamente. Y así, cuando apareció el tren, experimenté sensación
de sorpresa mezclada de pavor. De buena gana hubiera retrocedido al pueblo. A
la verdad, el aspecto del formidable artilugio era poco tranquilizador. Delante
de mí avanzaba, imponente y amenazadora, cierta mole negra, disforme, compuesta
de bielas, palancas, engranajes, ruedas y cilindros. Semejaba a un animal
apocalíptico, especie de ballena colosal forjada con metal y carbón. Sus
pulmones de titán despedían fuego; sus costados proyectaban chorros de agua
hirviente; en su estómago pantagruélico ardían montañas de hulla; en fin, los
poderosos resoplidos y estridores del monstruo sacudían mis nervios y aturdían
mi oído. Al colmo llegó mi penosa impresión cuando reparé sobre el ténder dos
fogoneros, sudorosos, negros y feos como demonios, ocupados en arrojar
combustible al anchuroso hogar. Miré entonces a la vía y creció todavía mi
alarma al reparar la desproporción entre la masa de la locomotora y los
endebles, roñosos y discontinuos rieles, debilitados además por remaches y
rebabas. Cuando el tren los pisaba parecían gemir dolorosamente, doblegándose
al peso de la mole metálica. El valor me abandonó por completo...
Paralizado por el terror, dije a mi abuelo: «¡Yo no
me embarco!... Prefiero marchar a pie...» Sin hacerme caso, mi colosal
antepasado, quieras que no, me embutió en un vagón. Entráronme sudores de
angustia. Un vaho de carne desaseada y mal oliente ofendió mis narices.
Encontré[p. 183]me, barajado y como bloqueado, entre maletas, cestas, gallinas,
conejos y zafios labriegos y aldeanas.
Por fortuna, a poco de arrancar el tren, fué
disipándose el susto: la imagen del paisaje sirvió como derivativo a la
emoción. Colgado a la ventanilla, contemplé embebecido la cabalgata
interminable de aldeas grises, de chopos raquíticos, palos del telégrafo,
trajinantes polvorientos y amarillos rastrojos. Y al fin, al ver cómo
avanzábamos, me dí cuenta cabal de las ventajas de aquel singular modo de
viajar. Llegados a Vicien, mi tranquilidad era completa.
En el referido terror al tren, que parecerá acaso
un poco extraño, entraron dos elementos: de una parte, el enervador recuerdo
del trágico descarrilamiento ocurrido meses antes; y de otra, ese miedo
instintivo e irrefrenable hacia lo desconocido, cuando se presenta
con aspecto imponente, característico de niños y salvajes. Trátase, según dicen
los psicólogos, de un instinto humano primario, modificable, sin
embargo, a impulsos de la razón y de la experiencia.
Más adelante, libre de emociones deprimentes,
admiré la admirable creación de Watt y Stephenson, y percibí toda su enorme
transcendencia social. Repitamos una idea, convertida actualmente en
vulgarísimo lugar común, a saber: que éstas y otras ingeniosas creaciones de la
ciencia (el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos, la aviación,
etc.), encierran la peregrina virtud de concentrar la experiencia, suprimiendo
el espacio y el tiempo, rémoras de nuestra insaciable curiosidad, y de
enriquecer la sensibilidad con series casi infinitas de nuevas y gratísimas
sensaciones. Claro es que entonces no tenía sino el presentimiento, bastante
obscuro, de tan grandiosas perspectivas.
Ante los crecientes milagros de la industria
moderna,[p. 184] se me ocurre hoy esta duda: El pequeño cerebro humano,
organizado en vista de una vida primitiva, sencilla y patriarcal, y adaptado
para encerrar escaso número de imágenes y representaciones, ¿podrá soportar
impunemente la sobreactividad febril a que le fuerzan tantas y tan variadas
maneras de sentir, gozar y conocer?
La impresión producida por la fotografía ocurrió
más tarde, creo que en 1868, en la ciudad de Huesca. Ciertamente, años antes
había topado con tal cual fotógrafo ambulante, de esos que, provistos de tienda
de campaña o barraca de feria, cámara de cajón y objetivo colosal, practicaban,
un poco a la ventura, el primitivo proceder de Daguerre. Según es sabido, las
copias se obtenían sobre láminas de plaqué, y eran necesarios varios minutos de
exposición.
Pero el daguerreotipo se transformó rápidamente en
la invención admirable de la fotografía al colodión húmedo. En este nuevo
método, las materias fotogénicas empleadas eran el yoduro y bromuro
de plata, extendidos sobre cristal, en delgadísima cutícula. Bastaban
veinte o treinta segundos a la luz difusa brillante, para lograr un buen clisé.
El retrato era ya fácilmente abordable. Además, habíase conseguido la
inestimable ventaja de la multiplicación de las pruebas, ya que de una negativa se
sacaban en papel cuantas positivas se desearan.
Gracias a un amigo que trataba íntimamente a los
fotógrafos, pude penetrar en el augusto misterio del cuarto obscuro. Ello fué
en Huesca. Los operadores habían habilitado como galería las bóvedas de la
ruinosa iglesia de Santa Teresa, situada cerca de la Estación. Huelga decir con
cuán viva curiosidad seguiría yo las manipulaciones indispensables a la
obtención de la capa fotogénica y la[p. 185] sensibilización del papel
albuminado, destinado a la imagen positiva.
Todas estas operaciones produjéronme indecible
asombro. Pero una de ellas, la revelación de la imagen
latente, mediante el ácido pirogálico, causóme verdadera estupefacción. La cosa
me parecía sencillamente absurda. No me explicaba cómo pudo sospecharse que en
la amarilla película de bromuro argéntico, recién impresionada en la cámara obscura,
residiera el germen de maravilloso dibujo, pronto a aparecer bajo la acción de
un reductor. ¡Y luego la exactitud prodigiosa, la riqueza de detalles del clisé
y ese como alarde analítico con que el sol se complace en reproducir las cosas
más difíciles y complicadas, desde la maraña inextricable del bosque hasta las
más sencillas formas geométricas, sin olvidar hoja, brizna, guijarro o
cabello!...
Y, no obstante, aquellos modestos fotógrafos
obraban tamaños milagros sin la menor emoción, horros y limpios de toda
curiosidad intelectual. De la contestación a mis ansiosas interrogaciones
deduje que a ellos les tenía completamente sin cuidado la teoría de la imagen
latente. Lo importante consistía en retratar mucho y cobrar más. Dijéronme
solamente que el prodigio de la revelación advino por casualidad, y que esta
felicísima casualidad sonrió por primera vez al célebre Daguerre.
¡El azar!... ¡Todavía el azar como fuente de
conocimiento científico en pleno siglo XIX!... ¡Pero entonces el mundo
está lleno de enigmas, de cualidades ocultas, de fuerzas desconocidas!... Por
consiguiente, la ciencia, lejos de estar agotada, brinda a todos con filones
inagotables. Puesto que vivimos, por fortuna, en la aurora del conocimiento de
la naturaleza; puesto que nos rodea aún nube tenebrosa, sólo a trechos rasgada
por la humana[p. 186] curiosidad; si, en fin, el descubrimiento científico
se debe tanto al genio como al azar..., entonces todos podemos ser inventores.
Para ello bastará jugar obstinada e insistentemente a un sólo número de esta
lotería... Todo es cuestión de paciencia y perseverancia...
Al fantasear aquí sobre la fotografía, no puedo
menos de estampar una reflexión melancólica. ¡Lástima grande que hayamos nacido
demasiado temprano! Los que somos ya viejos y añoramos los dorados días de la
niñez y adolescencia, ¿cuánto daríamos hoy por poseer fotografías de nuestra
edad pueril y, sobre todo, las de nuestros queridos progenitores en plena
florescencia de energía y juventud? ¡Qué dicha sería contemplar ahora la lozana
belleza de nuestras madres, de quienes cuantos pasamos de los sesenta recordamos
tan sólo la efigie desfigurada y marchita por el sublime sacrificio de la
maternidad en complicidad con las injurias del tiempo!...
De cualquier modo, el conocimiento rudimentario
adquirido en Huesca del mecanismo fotográfico fué el primum movens,
andando el tiempo, de una pasión, apenas mitigada hoy, cumplidos los sesenta y
cinco. Conforme notaremos más adelante, el cultivo de la cámara obscura, además
de servir de sucedáneo a vehementes y nunca satisfechas apetencias artísticas,
fué en todo tiempo el descanso de mis fatigas, el olvido de pretericiones e
injusticias y, en fin, el remedio soberano de dolencias físicas y morales.
El verano de 1868 está asociado en mi memoria con
mi iniciación en los estudios anatómicos.
Dejo ya consignado en otro capítulo que mi padre
había sido, durante su carrera, hábil disector y fervoroso cultivador de la
anatomía humana. Solía decir que los éxitos[p. 187] quirúrgicos debíanse,
más que a la lectura de los libros, a la exploración de los cadáveres.
Importa recordar, para comprender lo que sigue, que
aquellos tiempos eran la edad de oro de la cirugía artística, de precisión y
escamoteo. Frescos aún los laureles conquistados en Francia por Velpeau y
Nélaton, y en España, por Argumosa y Toca, los médicos noveles, expertos en
achaques de disección, salían del aula resueltos a emular, con nuevas audacias
operatorias, la gloria de tan altos maestros. Y fuerza es confesar que la
empresa era entonces más ardua que hoy. Antaño los héroes del bisturí triunfaban
solamente cuando se habían tomado el trabajo de escudriñar el organismo hasta
en sus más recónditos repliegues. Pero hogaño, gracias a las conquistas de la
asepsia y de la anestesia, el cirujano se atreve a todo; porque sabe que si
logra impedir la agresión de los microbios del pus, de la erisipela, el tétanos
y la septicemia, la piadosa naturaleza perdonará los pecados artísticos y
distracciones anatómicas cometidos.
Ocioso es advertir que en aquella época no había
nacido la microbiología. Ni Pasteur ni Koch habían dado a luz sus
descubrimientos inmortales, de que tan bien ha sabido aprovecharse el arte
operatoria. La garantía del éxito dependía, pues, casi enteramente de la
pulcritud y rapidez de la intervención y, sobre todo, del grado de diafanidad
con que en la mente del cirujano aparecía, en el solemne momento de desflorar
la virginidad de los órganos, la complicada máquina viviente. El operador de
buena cepa, educado en el anfiteatro, podía prever la marcha del bisturí a
través del dédalo de músculos, nervios y vasos, con la misma precisión con que
prevé el artillero, al desarrollar sus ecuaciones, la trayectoria de un
proyectil.
Después de lo dicho, hallará natural el lector que
mi[p. 188] padre resolviera aficionarme a la anatomía harto tempranamente.
Fundándose, sin duda, en el aforismo vulgar «quien da primero da dos veces»,
decidió inculcar a su hijo, inmediata y vigorosamente, las nociones
eminentemente intuitivas de la osteología humana.
«Pesado y árido te parecerá el estudio de los
huesos —me decía—; pero hallarás en él, por compensación, introducción luminosa
al conocimiento de la medicina. Casi todos los médicos adocenados lo son por
haber flaqueado en los comienzos. El estudiante que aprende concienzudamente
los huesos, toma gusto al estudio de músculos, vasos y nervios; quien domina la
anatomía halla fáciles y llanas la fisiología y patología; en fin, el que ha
profundizado la máquina sana y enferma, resulta en definitiva médico óptimo y
prestigioso cirujano. Y sabe de cierto que la anatomía es más necesaria al
cirujano que al médico. La patología interna tiene no poco de ciencia
contemplativa; al modo de la astronomía, prevé eclipses que no sabe evitar;
mientras que la patología externa, como ciencia de acción y de dominio, a todo
se arroja, mudando y suspendiendo a capricho el curso de los procesos
orgánicos. Y quisiera persuadirte eficazmente de que tu provecho y conveniencia
se cifran en ser cirujano y no médico; porque has de notar que las gentes
agradecen el trabajo, no en razón del mérito intrínseco, sino de la evidencia
del servicio y de lo cruento y audaz de la intervención. Para los efectos del
premio existirá siempre entre el cirujano y el médico la misma relación que
entre el diplomático y el caudillo. Quien persuadiendo triunfa, granjea
opinión, no libre de envidia; quien triunfa combatiendo, tiraniza hasta la
envidia misma. Tras éste corre desalada la gloria; aquél suele perseguirla sin
alcanzarla. ¡Triste verdad es que el hombre sólo se humilla ante la gloria
roja! Un poco de[p. 189] sangre realza el esplendor del éxito, marcándolo
con el cuño de la popularidad.»
Por estas razones, que traduzco naturalmente con
amplia libertad, fué demostrada la supremacía científica y social de la cirugía
sobre la medicina, y quedó justificado el empeño de iniciar lo antes posible mi
educación anatómica, comenzando por la osteología, base y fundamento de todo el
edificio médico. Tengo para mí que el futuro disector de
Zaragoza, el catedrático de Anatomía de Valencia y el investigador modesto,
pero tenaz y activo que vine a ser andando el tiempo, fueron el fruto de
aquellas primeras lecciones de osteología explicadas en un granero. A casi
todos los hombres les sucede lo mismo. La jerarquía social, así como la función
peculiar desempeñada en la vida colectiva, dependen, a menudo, de una viva y
persistente sugestión producida en la adolescencia; acción inductora, baladí en
sí misma, pero que a la manera de la aguja del guardafreno, tuvo la virtud de
encarrilar definitivamente nuestra actividad y de marcar rumbo definitivo a la
obra del porvenir. Lo que no logró mi padre, según veremos más adelante, es que
su hijo resultara renombrado cirujano ni siquiera clínico mediocre.
Quizás interese algo al lector el saber cómo nos
procuramos el material científico de la nueva enseñanza. A riesgo de hacerme
pesado, entraré aquí en algunos pormenores.
Estudiar los huesos en el papel, es decir,
teóricamente, hubiera sido crimen didáctico, de que mi maestro era incapaz.
Sabía harto que la naturaleza sólo se deja comprender por la contemplación
directa, sin velos humanos, y que los libros no son por lo general otra cosa
que índices de nombres y clasificaciones de hechos.
Mas ¿cómo adquirir el precioso material anatómico?
Cier[p. 190]ta noche de luna, maestro y discípulo abandonaron sigilosamente el
hogar y asaltaron las tapias del solitario camposanto. En una hondonada del
terreno vieron asomar, en confusión revuelta, medio enterradas en la hierba,
varias osamentas procedentes sin duda de esas exhumaciones o desahucios en masa
que, de vez en cuando, so pretexto de escasez de espacio, imponen los vivos a
los muertos.
¡Grande fué la impresión que me causó el hallazgo y
contemplación de aquellos restos humanos! A la mortecina claror del luminar de
la noche, aquellas calaveras medio envueltas en la grava, y sobre las cuales
trepaban irreverentes cardos y ortigas, me parecieron algo así como el armazón
de un buque náufrago encallado en la playa. Enfrenando la emoción, y temerosos
de ser sorprendidos en la fúnebre tarea, dimos comienzo a la colecta,
escogiendo en aquel banco de humanas conchas los cráneos, las costillas, las
pelvis y fémures más enteros, nacarados y rozagantes. Preferíamos las calaveras
blancas y jóvenes, cuyos huesos, como las ideas, se habían mantenido elásticos
y movibles, a las cabezas duras y seniles, de coyunturas rígidas y soldadas.
Al escalar, de retorno, la tapia del fosal con la
fúnebre carga a la espalda, el pavor me hizo apretar el paso. Parecíame
percibir, en el entrechocar de las osamentas, protestas e imprecaciones de los
difuntos: a cada momento temía que algún duende o alma en pena nos atajara el
paso, castigando a los audaces profanadores de la muerte.
Pero no pasó nada. La emoción de lo maravilloso,
tan grata a mi enfermiza sensibilidad de poeta, faltó por completo en aquel
episodio macabro, durante el cual, para que todo fuera vulgar, ni siquiera
apareció el cárdeno fulgor de los fuegos fatuos. Pronto comenzó el inventario y
estudio de aquellos fúnebres despojos.
[p. 191]En este éxodo, a través del rocalloso
desierto humano, nuestro Moisés fué el libro monumental de Lacaba, a que se
añadió más adelante el Cruveilhier; pero quien verdaderamente me condujo a la
tierra de promisión fué mi padre. Llevado de celo docente insuperable, consagró
todos sus ocios a hacerme notar los más insignificantes accidentes de la
conformación de los huesos, desarrollando en mí de pasada una cualidad
escasamente cultivada por los maestros, es decir, la sensibilidad
analítica, o sea la aptitud de percibir lo diferenciado y nuevo en lo al
parecer corriente y uniforme. Nada esencial quedó por reparar en la morfología
interior y exterior de cada pieza del esqueleto. Complacíase mi lápiz en animar
las inertes conchas del organismo, dibujando esquemáticamente los músculos que
las agitaron y las venas y arterias que las nutrieron. Adornado del vistoso
velamen, el armazón del barco humano ofrecíase más bello y comprensible. La
carne sobreañadida explicaba el esqueleto, y éste explicaba la carne.
Bien miradas las cosas, mi fervor anatómico
constituía una de tantas manifestaciones de mis sentimientos artísticos; para
mi sensibilidad, la osteología constituía un tema pictórico más. Sediento de
cosas objetivas y concretas, acogía con ansia el pedazo de maciza realidad que
se me entregaba. Áridos y todo, aquellos datos me resultaban más positivos y
patentes que la dialéctica de D. Ventura y las lucubraciones de la metafísica.
Sentía, además, especial delectación en ir desmontando y rehaciendo, pieza a pieza,
el reloj orgánico, y esperaba entender algún día algo de su intrincado
mecanismo.
Gran satisfacción recibió mi padre al reconocer mi
aplicación. Vió, al fin, que su hijo, tan desacreditado por sus maleantes
andanzas del Instituto oscense, era menos gandul y frívolo de lo que le habían
contado. Y en los opti[p. 192]mistas vaticinios que todo padre gusta hacer
sobre el porvenir de sus hijos, pensó que su retoño no se vería reducido a
vegetar tristemente en una aldea. ¡Por qué no había de vestir, andando el
tiempo, la honrosa toga del maestro!
Recuerdo todavía cuán grandes eran su placer y
orgullo —harto excusables dada su doble naturaleza de padre y de maestro—
cuando, en presencia de algún facultativo amigo, invitábame a lucir mis
conocimientos osteológicos, formulando preguntas del tenor siguiente: ¿Qué
órganos pasan por la hendidura esfenoidal y el agujero rasgado
posterior? ¿Con qué huesos se articula la apófisis orbitaria del
palatino? ¿En qué punto de la cara es dable, mediante punta de alfiler, tocar
cinco huesos? ¿Cuántos músculos se insertan en la cresta del ilíaco y
en la línea áspera del fémur? Y otras mil cuestiones de este
jaez, que yo despachaba de carretilla, embobando a los circunstantes.
Sorprendió, sin duda, al autor de mis días, que un
muchacho que pasaba plaza —y así era la verdad— de poco memorioso, hubiese
logrado retener, en solos dos meses de trabajo, tantos cientos de nombres
enrevesados y muchísimos detalles descriptivos tocantes a conexiones de
arterias, músculos y nervios. «¡Bah! —solía exclamar con acento entre severo y
acariciador— tu falta de memoria es la excusa con que pretendes disculpar tu
gandulería.»
En puridad de verdad, ambos teníamos razón. Según
dejo apuntado ya, mi retentiva era mediocre para los nombres sueltos, para el
polvo de los conceptos aislados; empero tal flaqueza mnemotécnica se
atenuaba mucho en cuanto la palabra y la idea quedaban estrechamente vinculadas
con alguna percepción visual clara y vigorosa. Por lo demás, notoria y muy bien
estudiada por los psicólogos y pedagogos es la tenacidad con que se asocian
símbolos verbales y conceptos científicos al recuerdo de un[p. 193] objeto
reiterada y atentamente percibido. Dudosa parece la existencia de excepciones;
y pienso que cuantos se quejan de retentiva infiel equivocaron el método de
aprender. Leyeron en los libros en vez de leer en las cosas; pretendieron
retener sin procurar asimilar y discurrir.
Todavía no he olvidado, después de cerca de
cincuenta años, la anatomía aprendida en Ayerbe. Al escribir estas líneas, las
imágenes del etmoides, del esfenoides, del coronal,
etc., danzan en mi caletre con el colorido y vivacidad de una obsesión. Nada
sería más fácil para mí que trazar un diseño fiel de los referidos objetos.
Cuéntase que Temístocles pedía un arte de olvidar, para descartar recuerdos
importunos y dolorosos. Por motivos diferentes celebraría yo que se descubriese
un narcótico capaz de adormecer y borrar esos recuerdos cuya utilidad pasó o
perdió casi del todo su primitiva importancia. Tales representaciones álzanse
en la mente con la firmeza y perennidad de construcciones ciclópeas, ocupando
en el cerebro un terreno que desearíamos conservar vacío para registrar y
organizar nuevas adquisiciones. Porque el conocido adagio «el saber no ocupa
lugar» es uno de los mayores desatinos que han podido decirse.
Para que no sea todo referir monótonas aventuras de
chicuelo o discurrir sobre áridos problemas pedagógicos, vamos a decir algo, a
guisa de intermezzo sentimental, de lo que, con frase
espiritual, designó el tiernísimo escritor d’Amicis, la aurora del amor,
es decir, esa suave e indefinible atracción surgida durante los primeros años
de la mocedad entre jóvenes de sexo diferente.
Tendría yo entonces unos dieciséis años y vivía en
Ayerbe. Mis hermanas Pabla y Jorja tenían la costumbre de coser y bordar
durante las largas noches invernales,[p. 194] junto al hogar, en unión de
algunas amigas íntimas. Una de las más asíduas a nuestra tertulia casera
llamábase María. Frisaba en los catorce años, poseía ojos negros, grandes y
soñadores, mejillas encendidas, cabello castaño claro, y esas suaves
ondulaciones del cuerpo, acaso demasiado acusadas para su edad y prometedoras
para breve plazo de espléndida floración de mujer.
Fué una progresión insensible desde la curiosidad
al afecto, pasando por todos los grados de la amistad. Pronto advertí que su
trato me era necesario; que su conversación me complacía; que sus ausencias me
contrariaban; en fin, que me enojaba seriamente si la veía acompañada de algún
mozo del pueblo. Sus ojos negros, sobre todo, tenían sobre mí irresistible
ascendiente. Érame grato prodigarla mil atenciones y menudos servicios.
Dibujaba para ella letras y adornos, destinados a ser bordados; regalábala dulces
y estampas; prestábala, cuando podía, algún libro de poesías o novela
sentimental, y alababa sus gustos, defendiendo calurosamente su parecer en las
pequeñas diferencias con sus amigas. Concluída la velada, tenía a gala y
orgullo acompañarla hasta su casa.
Mi estado afectivo, en suma, era un dulce embeleso,
cierta beatitud tranquila e inefable, absolutamente limpia de todo apetito
sensual. Jamás cruzó por mi mente un pensamiento pecaminoso. Verdad es que, no
obstante los dieciséis años, mi sensibilidad sexual hallábase bastante
atrasada, según suele suceder a la mayoría de los jóvenes fervorosamente
entregados a los ejercicios físicos.
Excusado es decir que no llegué jamás a formular
una declaración explícita. Tampoco supe bien si logré interesarla. Miedo y
vergüenza me daba averiguarlo. Sabido es que estas afecciones nacientes,
esencialmente platónicas, se asustan de las palabras. ¡Es cosa tan fuerte y
seria for[p. 195]mular un «Te amo»!... Por nada de este mundo hubiera
arriesgado yo tan grave confidencia. La declaración envuelve además todos los
riesgos del brusco desenlace; acaso guarda cruel desengaño. ¡Preferible es la
reserva y la indecisión alimentadoras de la esperanza!... De este modo la
fantasía desatada puede forjar las más gratas ilusiones.
Pocas veces la aurora del amor se trueca en pleno
día pasional, y menos en pasión satisfecha. Desde la pubertad a la juventud la
mujer no es perturbada por ningún grave acontecimiento; tranquila en su hogar,
su constancia afectiva apenas implica sacrificio; la vida femenil puede, por
tanto, proseguir la misma plácida trayectoria. Bien al contrario en el joven:
el tiempo transcurrido desde los dieciséis a los veintiún años señálase por
honda crisis intelectual y moral. Debe cambiar radicalmente de ambiente, trasladarse
a la ciudad para seguir carrera y labrarse un porvenir; por consiguiente, ve
asediada su sensibilidad por toda clase de incentivos. ¡Cómo extrañar que
distracciones y olvidos malogren encariñamientos tempranamente comenzados!...
Tal me ocurrió a mí. Y no porque forasteros amores
me asaltaran, sino más bien por los efectos apagadores de la ausencia. Así,
pues, la imagen de la hermosa muchacha fué desvaneciéndose en mi memoria.
Además, volví después pocas veces a Ayerbe. Gustábame siempre verla y hablarla;
pero notaba que se había hecho demasiado mujer. Al fin, cierto mocetón del
pueblo, menos tímido y reservado que yo, habló a sus padres y se casó con ella.
Hoy es madre feliz de muchos hijos y abuela de muchos nietos.
La ausencia fué, repito, quien heló aquel amor en
cierne. Séame permitido añadir que fué también un poco cómplice mi morboso
romanticismo.
[p. 196]Cuentan los naturalistas que la hembra de
la efémera, llegada la fase de mariposa, renuncia a alimentarse
(carece de órganos digestivos o los tiene notablemente atrofiados),
entregándose exclusiva y fervorosamente al amor. Grácil, elegante, aérea,
despliega solamente sus poderosas alas a los efectos del vuelo nupcial; sus
ojos grandes y de admirable arquitectura sírvenle no más para descubrir y
contemplar al codiciado amante. Y ante la sublime empresa de la perpetuación de
la especie, el insecto alado se olvida hasta de la conservación de la propia
existencia.
Algo así pensaba yo en mi empalagoso romanticismo,
que debía ser la mujer ideal: un ser esbeltísimo, vaporoso, alado, sin más
preocupación que el amor, de color quebrada por la inapetencia y el histerismo,
con ojos amoratados por el insomnio y la pasión y, a ser posible, con algo de
anemia y de tuberculosis. ¡Quién lo creyera!... ¡La color sana, las mejillas
turgentes, las formas ligeramente opulentas, el genio alegre, la perfecta
ecuanimidad sentimental de María la perjudicaron a mis ojos!...
[p. 197]
CAPÍTULO XVIII
Revolución de Septiembre en Ayerbe. — Ruptura de
las campanas. — El odio del pueblo a los guardas rurales. — Mis profesores de
Física, Matemáticas, etc. — Ulteriormente, me reconcilio con la Geometría y el
Álgebra, aunque algo tarde. — Concluyo el bachillerato.
l final de aquel verano nos sorprendió la
famosa revolución de Septiembre, suceso que tanta importancia había de tener en
la vida moral y política de España. Ayerbe, villa de 600 vecinos y conocida en
todo el Alto Aragón por el liberalismo de sus hijos, no podía permanecer
indiferente ante el alzamiento nacional. Y así, en cuanto el telégrafo trajo la
nueva de la batalla de Alcolea, mis paisanos se sublevaron también, proclamando
el credo progresista y creando, a imitación de las capitales, la indispensable Junta
revolucionaria.
Recuerdo que fué cierta hermosa mañana de otoño.
Desde las primeras horas del día la población perdió su aspecto pacífico: una
inquietud extraña pareció apoderarse de los vecinos, que, formando corros en la
plaza, comentaban calurosamente las noticias llegadas de Huesca y Zaragoza.
Leíanse públicamente ardientes proclamas revolucionarias y se oían vítores
entusiastas a Serrano, Topete, y sobre todo a Prim.
Sin comprender la significación de los sucesos,
llamóme[p. 198] la atención el que, contra la costumbre, la Guardia civil
permaneciese encuartelada, sin meterse con los alborotadores, y que la Guardia
rural, terror de los campesinos, hubiera desaparecido, abandonando, según
dijeron, equipos y uniformes. Por escotillón y como si obedecieran a una
consigna, surgieron por todas partes labriegos armados con todo linaje de
arreos militares y hasta con hoces y puñales. Ciertos sujetos, que parecían
estar en el secreto de lo ocurrido, improvisaron con dicho personal un batallón
de voluntarios, de cuya fuerza fué segregado un retén o guardia permanente, que
se instaló en el palacio de los marqueses de Ayerbe. En la ventana del cuerpo
de guardia flameaba roja bandera, sin emblemas ni escudos. Pelotones del
pueblo, a los que nos sumamos los zagalones y muchachos, recorrían la
población, marchando a los acordes de la banda municipal y desahogándonos con
los gritos de «¡Viva la libertad! ¡Abajo los Borbones! ¡Mueran los moderados!»
Con las calientes notas del himno de Riego, incansablemente ejecutado por la
citada banda, alternaban entusiastas aclamaciones a los caudillos de la
revolución. Un grupo de sublevados arrancó de las escuelas el retrato de Isabel
II, quemándolo en la plaza, entre las rechiflas y denuestos de plebe
alborotada.
Luego ocurrió un hecho que jamás he podido
comprender. En cumplimiento de cierto desdichado bando de la Junta
revolucionaria provincial, que ordenaba «que todas las campanas, menos las de
los relojes, fueran descolgadas y enviadas a la Casa Nacional de la Moneda», el
Comité revolucionario de Ayerbe desmontó las hermosas campanas de la iglesia y
las redujo a añicos.
Confieso que, no obstante simpatizar con el
movimiento liberal y complacerme como el que más en aquellas patrióticas
bullangas, ese acto de inútil vandalismo me trajo[p. 199] como una sombra
de remordimiento. ¿Qué positivo beneficio recibía el pueblo con enviar a Madrid
sus campanas para acuñar unos puñados de cuadernas? Ninguno.
Me apenaba, sobre todo, la falta de sentido
artístico del pueblo. Los destructores de aquellas campanas, ¿cómo no sintieron
que rompían también algo vivo y muy íntimo, que renunciaban a recuerdos
queridos... que renegaban de fechas inolvidables?...
Ignoro si los pedazos de bronce llegaron a Madrid;
pero recuerdo bien que al poco tiempo hubo que comprar otras campanas.
Algunos días después de los sucesos mentados, el
batallón de milicianos organizóse más seriamente, aprovechando al efecto los
pertrechos de la Guardia rural y bastantes fusiles proporcionados por ardientes
patriotas. Alma de aquella milicia popular fueron Pueyo, Fontana, Nivela y
otros consecuentes y antiguos progresistas, cuyos sentimientos democráticos les
habían valido, en los ominosos tiempos de González Brabo, deportaciones y
persecuciones sin cuento. A estos beneméritos patricios, tan prudentes como
desinteresados, se debió el que durante la efervescencia y desorden de los primeros
días no ocurriera un solo desmán: los milicianos improvisados desahogaron sus
odios a la reacción, entregándose a vistosos escarceos militares y efectuando
guardias, retenes, revistas y ejercicios.
Naturalmente, a los chicos nos entusiasmaban
aquellas paradas y ejercicios, y muy señaladamente las maniobras de la escuadra
de gastadores, en la cual destacaba, por su marcialidad y gallardía, cierto
carpintero, radical exaltado, apodado Carretillas. Antiguo
miliciano nacional, conservaba inmaculados, para lucirlos en las formaciones,
flamante casaca y descomunal morrión. Su aspecto de ve[p. 200]terano y lo
flamante del uniforme eran objeto de general admiración y envidia. Como era de
esperar, el morrión de Carretillas sugestionó a los chicos,
que decidieron encasquetarse también el venerable símbolo progresista; y así,
al poco tiempo (e ignoro por la iniciativa de quién) la mayoría de los
mozalbetes aparecimos encaperuzados con una especie de ros alto, sin visera,
copa de paño rojo, escarapela lateral con los colores nacionales y cintas
colgantes en las que campeaba el mote: ¡Viva la libertad!
En Ayerbe, como en todas las poblaciones de España,
las escasas personas ilustradas que dirigieron el movimiento revolucionario
conocían quizás el sentido de éste; pero el pueblo, y singularmente los
proletarios, no se enteraron ni poco ni mucho de su tendencia y alcance. Casi
todos esperaban de la libertad algo que pudiera traducirse en aumento y mejora
de las condiciones materiales de la vida. Fácil sería recordar sucesos y frases
que prueban la existencia de este anhelo socialista, latente siempre en el corazón
de los desheredados.
Allá va un cantar muy popular entonces en Ayerbe, y
cuyos chabacanos versos son harto significativos:
Ya pensaban los rurales
que nunca s’acabaría
el cobrar los ocho riales
sin saber d’onde salían.
El siguiente dicho que me comunica un amigo de
Ayerbe[20] es
también muy elocuente. A uno de los más exaltados patriotas, ronco a fuerza de
gritar: «¡Abajo los Bor[p. 201]bones!», le preguntaron:
—Pero, ¿sabes tú quiénes son los Borbones?
Y el interrogado contestó con aire de profunda
convicción:
—¡Otra que diez!... Pues, ¿quiénes han de ser
sino... los rurales?
¿Por qué esta aversión de los campesinos a los
custodios de la propiedad? Fácil es presumirlo. Se aborrecía a la Guardia rural
por el exagerado celo con que amparaba los intereses de la burguesía
territorial. Por la cosa más insignificante los citados guardias molestaban y
vejaban a los pobres aldeanos, a quienes metían en la cárcel o castigaban con
fuertes multas, sin pararse a distinguir el ladrón formal del infeliz, que,
aguijado por la miseria, cogía en el monte esparto para hacer un vencejo,
o arrancaba menguada carga de aliagas y romeros, o apacentaba una vaca en las
dudosas lindes de una propiedad: pequeños abusos consuetudinarios tolerados
recíprocamente por todos, como venerable resto de comunismo patriarcal. Hasta
los chicos sentíamos esta inquina hacia los pardos uniformes. En cuanto nos
sorprendían haciendo ademán de escalar una tapia o de trepar a un árbol, aunque
fuera en invierno, los rurales nos propinaban monumental paliza o formulaban
una denuncia en regla, seguida de la multa correspondiente.
Pese a los entusiastas de las llamadas libertades
modernas y a los empigorotados y orondos paladines del individualismo,
empeñados en no ver el abismo psicológico que separa las clases intelectuales
de los infelices esclavos del trabajo manual, éstos creerán siempre que
libertad es sinónima de bienestar. En vano se le dirá al jornalero que estas
dos palabras significan cosas distintas; que la libertad sólo es un medio para
la conquista de la dicha material, la cual no es patrimonio exclusivo de los
poderosos; que si, a pesar del libre ejercicio de sus facultades,[p.
202] vienen el paro forzoso y la miseria, debe resignarse
a su suerte, fiándolo todo a la Providencia y a la esperanza en una vida mejor.
Todas estas razones son para el pobre puros tiquis miquis, cuando
no burlas sangrientas.
Del desdén del proletariado por las conquistas
democráticas y el ejercicio de los deberes políticos no debemos extrañarnos. La
libertad de conciencia, la de la Prensa, el sufragio universal, etc., sólo
interesan a los que tienen la cotidiana digestión asegurada y gozan del ocio
indispensable para leer y pensar. Primero es vivir, después vivir bien y luego
cooperar moral y materialmente a la seguridad y engrandecimiento de la patria.
El primum vivere deinde philosophare se aplica mejor al pobre
que al sabio. ¿Qué le importa la vida de la colonia a quien no tiene
garantizada la propia? Medicinas, no libertades, pide el doliente.
Seamos sinceros y no nos duela consignar, pese a
nuestro egoísmo, que el individualismo, principio cardinal de la democracia, es
esencialmente anticristiano y representa en la lucha social la tiranía de los
fuertes. En la fiera batalla económica librada en el campo de la libre
concurrencia, el pobre, el débil y el ineducado serán siempre las víctimas. El
liberalismo puro, no mitigado en sus crudezas por instituciones de tendencia
socialista, se traducirá indefectiblemente para el obrero en la menguada libertad
de escoger el amo y la clase de fatiga que le resulten más llevaderas y menos
dolorosas.
Tendiendo la mirada por los extensos dominios de la
zoología y antropología primitiva, se buscará en vano un solo ejemplo de
libertad completa que no esté indisolublemente asociada a una existencia
rudimentaria, difícil y azarosa. El ocioso sin riesgo, rodeado de respetos y
amparado y mimado de la comunidad, es creación exclusiva[p. 203] de la
civilización humana. Baste recordar aquí las industriosas repúblicas de
hormigas, abejas y termites. En aras de la regularidad alimenticia
y de la paz social, estos ingeniosos insectos han sacrificado el parasitismo y
la libertad. En cambio, seres tan autónomos como el microbio y
el amibo arrastran una existencia tan ruin y precaria como
breve.
Réstame, para dar término a la narración de mis
estudios del bachillerato, decir algo de mi actitud enfrente de ciencias tan
importantes como la Física, las Matemáticas (Geometría,
Trigonometría y Álgebra) y la Historia natural.
Sea que fatigado de distracciones e informalidades
comenzara a sentar la cabeza, sea que las últimas asignaturas de la segunda
enseñanza casaran algo mejor que el griego y el latín con mis tendencias y
gustos, ello es que les presté alguna más atención, sobre todo a la Física,
la Química y la Historia natural.
Explicaba el curso de Física y Química elementales
don Serafín Casas, amigo y condiscípulo de mi padre. Gustábanos su manera
sencilla y clara de exponer. Y recuerdo que, por adaptación a nuestra inopia
matemática, deshuesaba las lecciones de ecuaciones e
integrales. En cambio, cada ley o propiedad esencial era comprobada mediante
experimentos concluyentes, que venían a ser para nuestra ingenua curiosidad
juegos de manos de sublime taumaturgo. Por día de fiesta diputábamos aquel en
que al comenzar la clase veíamos sobre la mesa imponentes y extraños aparatos
de latón, muy especialmente las formidables máquinas eléctricas de tensión
entonces a la moda.
Dejo apuntado ya cuán interesante encontré la
Física, la ciencia de los milagros. La óptica, la electricidad y el[p.
204] magnetismo (que entonces caían bajo el epígrafe general de fluidos
imponderables), con sus maravillosos fenómenos, teníanme embobado. Claro es
que las nociones adquiridas entonces fueron harto elementales.
Arrastrado por mis crecientes aficiones, más
adelante y ya terminada la carrera (1875 a 1877), emprendí la lectura de la
admirable Física médica de Wundt y de la Óptica
fisiológica del genial Helmholtz. Tales estudios, aparte satisfacer
inclinaciones imperativas de mi espíritu, éranme necesarios para dominar las
teorías de la visión y del microscopio. Con excepcional interés estudié en el
Wundt la doctrina de las ondulaciones del éter, sólido fundamento de la física
moderna. Por cierto que con tal motivo eché muy de menos conocimientos
matemáticos, que debí aprender oportunamente en el Instituto oscense.
Se me impuso entonces lo que a todos los
estudiantes descuidados en vías de regeneración y conscientes de su ignorancia.
Lo no asimilado en sazón y despaciosamente, debió ser adquirido después
autodidácticamente y con todos los inconvenientes de la precipitación y de la
ausencia de guía. En mis febriles y porfiadas acometidas a la ciencia de
la cantidad llegué hasta engolfarme en el Cálculo
diferencial e integral. Y algo humillado, debí consolidar los cimientos de
mi saber, volviendo sobre aquellos modestos y resobados manuales de Geometría y Trigonometría,
tan distraídamente leídos en Huesca.
Abordando tales estudios episódicamente, durante
las horas libres que me dejaban urgentes ocupaciones, mi tesón heroico
aprovechó para comprender, pero no para retener y dominar el
alto cálculo. Notorio es que quien desee forjarse un buen cerebro matemático,
esto es, susceptible de orientarse airosa y ágilmente en el dédalo de
ecuaciones e integrales que erizan las páginas de los tra[p. 205]tados modernos
de física, ha de consagrar a este orden de estadios la totalidad de sus
esfuerzos mentales, aprovechando, a ser posible, la época admirablemente
plástica de la mocedad, entre los dieciséis y los veintiún años, amén de rendir
después a dichas tareas asiduo culto.
Por desgracia, el médico, a excepción de algunos
problemas de oculística y de hidráulica (estudio
físico de la circulación de la sangre, determinación de las aberraciones de
refracción del ojo, etc.), tiene poquísimas ocasiones de emplear el cálculo.
Esencialmente descriptivas, las ciencias biológicas trabajan casi
exclusivamente sobre la cualidad, que escapa a toda determinación
cuantitativa.
Mucho he deplorado después el tiempo neciamente
perdido en el bachillerato y durante el año del preparatorio. No culpo de mi
desaplicación a mis beneméritos profesores del Instituto oscense y de la
Facultad de Ciencias de Zaragoza. De mi penuria matemática —que después he
tratado de reparar— fueron, ante todo, responsables mis irresistibles
tendencias objetivas, aparte maleantes distracciones. Séame, empero, lícito
expresar que en mi desdén por la ciencia de Viète, Descartes y Lagrange y
Euler, colaboró también el desdichado método de enseñanza seguido en los
Institutos. Rindiendo culto al hábito general, y por sumisión al método
de los textos, que entonces —si no recuerdo mal— se imponían de Real
orden, nuestros profesores de Matemáticas se dirigían casi exclusivamente a la
memoria de sus discípulos. La forma de exposición, excesivamente austera y
abstracta, desdeñaba todo antecedente histórico y todo ornamento anecdótico,
susceptibles de promover el gusto y atraer el interés del oyente. No es de extrañar,
pues, que la mayoría de los alumnos oyéramos las reglas, teoremas y corolarios
con absoluta indiferencia, a veces con tedio mortal. Nuestros rutinarios
profeso[p. 206]res parecían empeñados en hacernos creer que las nociones
geométricas y algébricas representan inútiles cavilaciones de hombres ociosos,
sin más interés práctico que algunas vulgares aplicaciones a la contabilidad
mercantil, a la agrimensura y a la arquitectura.
Realmente, hasta los veintitrés o veinticuatro años
no tuve yo idea de la enorme transcendencia de la ciencia del cálculo. Recuerdo
bien cómo fué ello. Disponíame a leer las celebradas obras de Laplace (que
figuraban en la biblioteca de la Universidad de Zaragoza), y deseoso de
prepararme para comprenderlas, decidí, con buen acuerdo, consultar algunos
libros de vulgarización astronómica, entre otros, los tan conocidos y populares
de Flammarion y algunos de J. Fabre, el genial observador de los insectos.
Los libros de Flammarion me deleitaron mucho, pero
no saciaron plenamente mi afán de comprender. Encuéntranse en ellos lirismo
desbordante, emoción comunicativa, descripciones pomposas, pero pocas
demostraciones. En cambio, el pequeño Manual de Fabre, titulado Le ciel,
fué para mí luminosa revelación. Aquí campea también la retórica, usada con
discreción y mesura (sabido es que el «príncipe de los insectos» fué
excelso poeta); pero las frases no ahogan las ideas. Y en todas las páginas del
libro late la preocupación de iniciar al principiante en el mecanismo esencial
de los métodos geométricos, con ayuda de los cuales fueron descubiertas las
estupendas verdades de la cosmografía y astronomía[21].
Allí, en aquel librito, que principia con la
definición de[p. 207] un triángulo y acaba con la demostración de las más
sublimes conquistas astronómicas, me reconcilié al fin con la desdeñada Geometría y
con la execrada Trigonometría. Allí advertí con asombro que
la ciencia del espacio, sin más instrumentos que un grafómetro,
algún jalón y unas cuantas líneas trazadas sobre el papel, había dado cima a
proezas del tenor siguiente: medir la dimensión y determinar la forma real de
la tierra; fijar la distancia y el tamaño de la luna; averiguar el volumen y
lejanía del sol; determinar la forma de las órbitas planetarias, etc. Y,
descendiendo a más modestas empresas: conocer la elevación y anchura de una
torre o de una montaña sin remontarlas; averiguar la amplitud de un río sin
vadearlo, fijar la posición de un barco perdido en el mar, etc., etc.
Y todas estas estupendas hazañas habíalas realizado
—repito— la maga Geometría, con métodos tan sencillos como
elegantes; plantando un jalón, midiendo una base, trazando en el papel los
ángulos formados por la visual del objeto y la dirección de aquélla (cuando se
trata de la determinación de la distancia de la luna, la base, naturalmente,
debe ser enorme, casi un meridiano completo). En conclusión; todo consistía en
recomponer figuras ideales a medio trazar, en completar hábilmente triángulos
mutilados, ofrecidos pródigamente por la naturaleza, como otros tantos
llamamientos a nuestra curiosidad. En especial, la ingeniosísima demostración
geométrica de la distancia del sol, dada hace más de dos mil años por Hiparco
de Samos, me llenó de ingenua admiración. Ciertamente, la trigonometría nos
proporciona hoy métodos mucho más exactos y hacederos para la resolución de
éste y de otros magnos problemas; justo es reconocer, sin embargo, que el
astrónomo griego, al revelarnos el sublime poder de la geometría, fué de los
primeros que abrieron el camino.
[p. 208]Y entrando en otro orden de aplicaciones,
supe también, con igual asombro, que aquellas curvas, cuyas
propiedades y ecuaciones tanto nos aburrieron en el Instituto (la elipse,
la parábola, la hipérbola), coinciden casual y
milagrosamente con las órbitas de los astros y las trayectorias de los
móviles; que los triviales cuadritos de coordenadas y abscisas,
tan menospreciados a los catorce años, sirven para presentar, gráfica y
clarísimamente, la trayectoria de un móvil, y en general, la marcha de un fenómeno
en función de espacio y tiempo; en fin, que aquellas enrevesadas y, al parecer,
inútiles ecuaciones del álgebra, expresan también, por otra estupenda
casualidad, las relaciones cuantitativas de muchas leyes físicas y hasta
biológicas.
En conclusión: caí un poco tarde en la cuenta de
que las verdades matemáticas, que rutinarios y secos pedagogos consideran, no
sin cierta aristocrática infatuación, cual construcción deductiva (cadena de
verdades cuyo primer eslabón se hunde en la esencia del espíritu),
surgida a priori, a espaldas y hasta con menosprecio de la
experiencia, representan, por el contrario, imposición ineluctable del mundo
objetivo, algo así como la quinta esencia de los conceptos derivados de la
percepción y escrupulosamente depurados de contingencias, a fin de que la
lógica racional pueda manipularlos ágil y cómodamente. Y, sabido esto, no me
sorprendió ya que los axiomas y fórmulas de la geometría y del álgebra se
acoplen tan estrechamente a la realidad exterior, puesto que, en último
análisis, de la realidad proceden.
Pero tan luminosas verdades penetraron —insisto—
harto tardíamente en mi espíritu, cuando el fruto no podía ser ya copioso ni
brillante.
[p. 209]La Historia natural me
gustó casi tanto como la Física; pero no sació, sino muy imperfectamente, mis
apetitos intelectuales. Con tedio consideraba aquellas bárbaras nomenclaturas y
complicadas clasificaciones, tan abrumadoras para la memoria como refractarias
a la lógica; la fatigosa enumeración de los caracteres externos de plantas y
animales, y los criterios harto arbitrarios de la determinación de las
especies. Verdad es que entonces no había nacido o no se había divulgado entre
nosotros el evolucionismo, única doctrina susceptible de introducir algún
orden, claridad y comprensión en el caos de los fenómenos biológicos.
Bastante más tarde, allá por los años 74 o 75,
llegaron a mi noticia las obras fundamentales de Lamarck, Spencer y Darwin, y
pude saborear las jugosas y elegantes, aunque frecuentemente exageradas
hipótesis biogénicas de Haeckel, el brioso profesor de Jena. ¡Por cierto que la
primera refutación del famoso libro del Origen de las especies de
Darwin, llegada a mis manos, fué escrita por Cánovas del Castillo!... Tratábase
de cierto discurso de Ateneo, tan briosamente escrito como flojamente
documentado. Me lo proporcionó en Madrid uno de los fervientes admiradores del
insigne estadista.
Para cerrar definitivamente el azaroso período del
bachillerato, séame lícito trascribir aquí algunos párrafos de cierto artículo
del Dr. R. Salillas, escrito con ocasión de uno de mis modestos triunfos
académicos. Dejo dicho ya que el primer antropólogo criminalista de España fué
uno de mis amigos y condiscípulos. Con Arizón, Ricardo Monreal, Tobeñas y
otros, formaba la grey de los muchachos formales y aplicados; empero, de vez en
cuando, su natural inquieto y un tanto aventurero le arrastraba a tomar parte
en nuestras zalagardas. En las siguientes consideracio[p. 210]nes, publicadas
en El Liberal hace ya muchos años, apunta, además, algún
recuerdo no consignado en el presente libro:
«La isla de Cajal.—El anuncio de la
publicación de la autobiografía del insigne histólogo, me hace recordar
vivamente la época en que lo conocí.
Y la recuerdo por un detalle singular.
El muchacho de entonces, de la época en que
cursábamos el segundo año de Humanidades (como antiguamente se decía) en el
Instituto de Huesca, no era un innominado, un desconocido, una figura del
montón.
Tenía una personalidad que, bien considerada,
coincide con la que ya puede llamarse su personalidad histórica.
Los panegiristas de Cajal, todos ellos ilustres,
reconocen que no ha tenido maestro; que se ha formado solo; que lo que es
constituye una manifestación de su propia potencia, de su firme voluntad, de su
esclarecido intelecto.
No ha tenido maestros... Ni los quiso tener,
añadiría yo.
Aquel muchacho de apariencia arisca, no muy
sociable, que se aislaba siempre que podía y que por su actitud de
reconcentración reflexiva siempre estaba aislado, era clasificable entre los
caracteres que, según Juan Huarte —otro escolar de la Universidad de Huesca—,
llaman los toscanos caprichosos por su semejanza con las
cabras, que viven aisladas en los cerros.
Cajal, en la época en que lo conocí, no fué
discípulo de ningún catedrático... ¡Y así lo trataron ellos más de una vez!
El Instituto no lo atraía con ningún género de
curiosidad ni estímulo.
Iba, cuando iba, a la cátedra, venciéndose a sí
propio.
Su inclinación era muy otra.
Al dejarse llevar de su tendencia, salía al campo
libre, solo generalmente, alguna vez con muy pocos amigos, que lo secundaban
más bien que lo comprendían, y en largas o en pequeñas expediciones sentía
siempre la contrariedad de tener que volver...
La primera vez que merecí una confidencia de Cajal,
fué leyéndome una novela que escribía e ilustraba.
No sé cómo lo admiré más, si como novelista o como
dibujante.
Aquella novela, que entonces no la podía comparar,
la clasifica[p. 211]ría ahora entre las robinsonianas. Un naufragio, la
salvación en un leño, el arribo a una isla desierta y la continuación de la
aventura en aquel territorio, descubriendo la flora, la fauna y los salvajes
pobladores.
Todo esto no tendría nada de particular en la
historia del autobiografiante, si se considera que el hacer versos o el hacer
literatura, el fantasear y también el hacer monos, aunque se hagan
mucho mejor de lo generalmente acostumbrado, es, como el mismo Cajal ha dicho,
un sarampión, una fiebre eruptiva.
Lo importante es que la novela coincida con la
acción personal, y que esa acción, constantemente manifestada, conduzca a un
resultado efectivo.
Cajal era un novelista de acción. Nos leía su
novela y la representamos juntos más de una vez.
Una avenida de un modesto río, más modesto que el
Manzanares, caracterizó la escena del naufragio.
En los sotillos del Isuela, que es el río de que se
trata, se vieron a la hora del baño algunos salvajes, pintados con el lodo de
la orilla, saltando y trepando muy bizarramente, y manejando con cierta
habilidad sus arcos al disparar las flechas.
No fué un juego, fué una representación.
Cajal creía, y nos hizo creer, en la posibilidad de
que la novela se realizara.
Poco a poco la novela, infiltrándose en nuestro
espíritu y avasallándolo, fué tomando proporciones realizables, y entonces,
conociendo con minuciosidad los peligros que habíamos de correr, las luchas con
los elementos, con las fieras y con los hombres, decidimos emprender la
aventura, pero con una condición motivadora: la de salir suspensos, la de
perder curso.
Éramos tres[22]. Yo fuí el
único a quien la condición no le comprometía; pero asistí lleno de inquietudes
a los preparativos de la expedición, los acompañé hasta la salida, los seguí
con los ojos y regresé a mi casa con tal pena, que no recuerdo una pena
semejante.
Sin poderlo disimular rompí en llanto de
desesperación, y alar[p. 212]mados mis padres les tuve que decir entre sollozos
lo que les ocurría a mis amigos, riéndose entonces cuantos me escuchaban.
Volvieron, y su vuelta contribuyó mucho a que la
novela en acción empezara a no tener éxito.
Pero después, tras muchos años en que no supe nada
de mi compañero escolar, cuando supe lo que hacía, cuando lo ensalzaron sus
descubrimientos, volví a creer, y a creer firmemente, que entre aquella novela
de corte robinsoniano y la realidad de los descubrimientos científicos, no
había ni siquiera variación de asunto.
Ganivet ha dicho que lo que importa es tener la
fragua encendida, y Cajal ha dicho que lo que importa es tener una hipótesis
directriz.
¡Lo que importa es creer y poder!
Así fueron los conquistadores y descubridores en la
epopeya del descubrimiento de América.
Así son los investigadores científicos.
En el insigne histólogo revivió, siendo niño, la
idea semilegendaria de las aventuras náuticas.
Siguió creyendo en su isla. Navegó, se orientó y
llegó victoriosamente.
¡La isla existía!
En los centros nerviosos, en la médula y en el
cerebro se encuentra efectivamente la Isla de Cajal.»
[p. 213]
CAPÍTULO XIX
Comienzo en Zaragoza la carrera médica. — El Ebro y
sus alamedas. — Mis profesores del preparatorio: Ballarín, Guallart y Solano. —
Cobro afición a la disección bajo la dirección docente de mi padre.
probadas las asignaturas del bachillerato y
hechos los ejercicios del grado, mi padre, decidido más que nunca a hacer de su
hijo un Galeno, me acompañó a Zaragoza, matriculándome en las asignaturas del
año preparatorio. Y para que no me distrajeran devaneos y malas compañías, me
acomodó de mancebo en casa de D. Mariano Bailo, paisano, amigo y condiscípulo
suyo, que gozaba de excelente reputación como cirujano y como hombre a carta
cabal.
La alegría de verme en una ciudad nueva, populosa y
ennoblecida por grandes recuerdos históricos, cedió bien pronto a triste
decepción. Mis amigos de Huesca, los regocijados camaradas de glorias y
fatigas, recibiéronme con la mayor indiferencia. Adelantados uno o dos años en
su carrera, habían contraído nuevas amistades entre sus condiscípulos, y a mis
deseos de renovar el viejo trato, mostraron un desdén que me llegó al alma. Fué
el primer desengaño de la amistad. De tan merecida frialdad, empero, sólo era
yo responsable. No se alejaron ellos de mí; fuí yo quien se alejó de ellos al
retrasarme en la carrera.
[p. 214]Consoléme entonces, no sin devorar algunas
humillaciones, conforme suelo consolarme siempre, según tengo repetidas veces
expuesto, bañando el alma en plena naturaleza. El Ebro caudaloso y sus
frondosas y umbrías alamedas estaban allí, brindando un lenitivo a mi
desilusión y prometiéndome reemplazar, con suaves distracciones, las vanas e
inconstantes efusiones de la amistad.
Para los hombres capaces de saborear sus bellezas,
es el campo soberano apagador de emociones, irreemplazable conmutador de
pensamientos. ¿Qué añade a nuestra alma —se ha dicho por alguien— un cielo azul
y una vegetación espléndida? Nada, en efecto, para el hombre altivo, que,
alimentado con sus propias ideas, vive siempre dentro de sí mismo; pero mucho,
muchísimo para quienes saben abrir sus sentidos a los esplendores del cielo y a
las armonías del mundo.
Con todo eso, en los tiempos a que aludo,
llevábanme también a las pintorescas orillas del Ebro mis inclinaciones
artísticas y mi sentido de naturalista. Entre mis tendencias irrefrenables,
cuéntase cierta afición estrafalaria a averiguar el curso de los ríos y a
sorprender sus afluentes y manantiales. Y la circunstancia de ser éste el
primer río caudaloso que veía, excitaba al sumo la citada curiosidad
hidrológica.
«¿De dónde proviene —pensaba— este formidable
raudal de agua cuyas ondas, después de lamer mansa y suavemente los muros del
Pilar, parecen modular, al estallar fragorosas en el puente de piedra, himnos
heroicos?»
Arrastrado por la curiosidad, remonté más de una
vez sus corrientes hasta llegar a Alagón; otras veces descendí, río abajo,
hasta cerca de Pina. Estimulábame, además, en mis excursiones ribereñas el
deseo romántico de hallar paisajes idílicos no profanados por planta humana.
[p. 215]Por cierto que este antojo infantil por
conocer los manantiales del Ebro, fué satisfecho al fin hace algunos años, con
ocasión de un veraneo en Reinosa. Imaginábame, en mi candor, que la famosa
fuente del Ganges aragonés estaría adornada por algún emblema, columna, arco o
estatua destinados a consagrar el poético y apacible lugar donde emergen las
aguas de la corriente simbólica que mereció por su grandeza dar nombre a la
tierra y a la raza. Pero, ¡oh decepción!, en vez del monumento conmemorativo a
la vieja Iberia, algo semejante a la majestuosa estatua del Nilo conservada en
la galería capitolina de Roma, mostráronme cerca del poético manantial montones
de piedras, cascos de botella, latas y cacharros rotos, por entre los cuales
asomaban trabajosamente las cristalinas linfas para ser inmediatamente
profanadas por zahareñas lavanderas y alegres juerguistas.
Pero no divaguemos. Juzgo al lector harto de
enfadosas digresiones y es hora de que digamos algo de mis profesores. Eran
éstos el veterano D. Florencio Ballarín, catedrático de Historia Natural; D.
Marcelo Guallart, que explicaba Física, y D. Bruno Solano, auxiliar por
entonces encargado de la ampliación de Química.
Poco recuerdo de D. Marcelo Guallart. Únicamente
puedo decir que sus lecciones, sabias y modestas, pecaban de monótonas, y que
su clase, no muy frecuentada (no hay que olvidar que estaba reciente la gloriosa),
sólo se llenaba de bote en bote los días de experimentos aparatosos y
teatrales.
Mayor relieve y colorido tienen mis remembranzas de
Ballarín y Solano, maestros dignos por mil conceptos de ser recordados con
fervor.
El anciano D. Florencio Ballarín, contemporáneo
de[p. 216] Fernando VII, de quien fué perseguido por liberal y, además,
por irrespetuoso con la augusta persona del monarca, era un profesor ilustrado,
dotado de imaginación plástica y de verbo cálido. Fué el primero a quien oí
defender con leal convicción la necesidad de la enseñanza objetiva y
experimental, hoy tan cacareada como poco practicada. Predicaba con el ejemplo;
y así sus lecciones de zoología y mineralogía nos resultaban altamente instructivas,
ya que se daban respectivamente en el Museo y en el Jardín Botánico.
¡Lástima grande que no hubiéramos alcanzado más
joven a D. Florencio, cuando sus facultades culminaban! En los tiempos a que
aludimos era ya setentón y adolecía de esa irritabilidad y desigualdad de
humor, triste y casi inevitable defecto de la senectud. Recuerdo que en sus
reprensiones y castigos faltaba casi siempre la debida proporcionalidad entre
la acción y la reacción. Incorrecciones de lenguaje, sonrisas furtivas,
distracciones momentáneas bastaban a sacarlo de sus casillas y a que nos
llenara de improperios.
Cierto día me preguntó las arterias de los miembros
superiores. En un lenguaje deslabazado y tímido contestéle, entre otras cosas,
«que la arteria humeral se extiende a lo largo del brazo... —Pero hombre —me
interrumpió indignado— ¡a lo largo! ¡Cualquiera diría que es
usted sastre y está tomando medida de mangas!...»
Una de sus buenas costumbres docentes —hoy casi
enteramente abandonada— consistía en señalar periódicamente cierto tema de
discusión, de cuya defensa se encargaba un alumno, a quien sus camaradas debían
dirigir observaciones. Tocóme el turno de objetante: dominábame miedo cerval.
Tratábase del mecanismo de la hematosis. El disertante, mi buen amigo el Dr.
Senac, hoy ilus[p. 217]trado médico militar[23] y uno
de tantos talentos obscurecidos por falta de ambición, hizo un bonito discurso,
pronunciado con facilidad y desembarazo. Defendió la tesis, entonces muy en
boga, de que la sangre venosa era nociva al organismo a causa del ácido
carbónico en ella acumulado y del cual debía desprenderse en el pulmón. Yo, que
había bebido en las mismas fuentes (la Fisiología de Beclard),
le dije o intenté decirle «que el daño no estaba en el exceso de ácido
carbónico, gas enteramente inofensivo, sino en la ausencia de oxígeno, ya
consumido en los capilares con ocasión de la respiración de los tejidos».
Mas tan sencillo reparo fué expuesto con frase tan
desmañada y sinuosa y con voz tan entrecortada y balbuciente, que Ballarín, no
pudiendo sufrirme, ordenóme callar con cajas destempladas, añadiendo «que
conservaba todavía el pelo de la dehesa». Mi inocencia era tal, que no entendí
la frase ni, por tanto, la intención mortificante.
De este estreno oratorio saqué en limpio una
enseñanza: que el hijo de mi madre no había venido al mundo para ser diputado,
ni siquiera charlatán. ¡Cuánto he envidiado después, al presenciar escarceos
oratorios, la enorme ventaja que llevan en la lucha por la vida esos hombres
privilegiados que no necesitan tener razón para ser oídos y hasta aplaudidos!
Pero aparte las citadas rarezas, Ballarín era
benemérito maestro a quien respetábamos y venerábamos. Le estábamos además
agradecidos porque, de vez en cuando, nos concedía graciosamente un día de
asueto, y ciertamente por un motivo que el lector adivinará difícilmente.
¡Ya se sabía!, en cuanto llegaba a cátedra
malhumora[p. 218]do, la cara cuadrada, sumidas las quijadas, el aire de
contrariedad... y daba comienzo a la tarea mascullando gangosa e
ininteligiblemente la palabra «Seño... res...», todos, como movidos de un resorte,
requeríamos el sombrero, nos poníamos en pie y tomábamos tranquilamente la
puerta..., con beneplácito del profesor, que se limitaba a deplorar la flaqueza
de su memoria. ¡Era que el bueno de D. Florencio se había dejado en casa la
dentadura! Este cómodo olvido, tratándose de tan averiada senectud, ¿era
voluntario o involuntario? He aquí un problema que nunca pudimos resolver.
Cosa sabida es que los profesores, aun los más
refractarios a la rutina, repiten fonográficamente todos los cursos ciertas
frases y ejemplos que los alumnos conocen y anuncian a plazo fijo. Tal le
ocurría a Ballarín. Entre los ejemplos estereotipados no hay condiscípulo que
haya olvidado uno famoso, expuesto invariablemente al tratar de la escala de
dureza de los minerales.
«Señores —decía—: el diamante ocupa el núm. 7 de la
escala de la dureza; resulta, pues, el cuerpo más duro que se conoce; pero
entendámonos: la resistencia al rayado no implica oposición a la fractura.
Precisamente el diamante es deplorablemente quebradizo. Ahí tienen ustedes
—añadía— el testimonio irrecusable de esta lamentable propiedad.» Y en aquel
momento alargaba la mano por encima de la mesa, mostrando flamante solitario,
afeado en su centro por fractura estrellada. Y a seguida refería que, durante
cierta disputa, no sé si científica o política, no pudiendo persuadir al
adversario, descargóle en la cabeza formidable puñetazo. Por desgracia del
agresor, el cráneo del adversario era de los que merecían figurar con un núm. 8
en la consabida escala de la dureza, toda vez que rompió en mil trozos el
precioso diamante... Al llegar[p. 219] aquí era de ritual soltar carcajada
general, que no impacientaba en lo más mínimo al bueno de Ballarín.
Muy diferente era el temperamento intelectual y
docente de D. Bruno Solano. Elocuente, fogoso, afable, no exento de severidad
en ocasiones, su cátedra era templo donde oíamos embelesados la pintoresca e
interesante narración de los amores y odios de los cuerpos: las aventuras del
oxígeno, especie de D. Juan, rijoso e irresistible conquistador de la
virginidad de los simples; las crueles venganzas del hidrógeno, celoso amante
responsable de tanta viudez molecular, y las intrigas y tercerías del calor y electricidad,
dueñas quintañonas capaces de perturbar y de divorciar hasta los matrimonios
más unidos y estables...
¡Qué dicción más agradable y seráfica la suya! ¡Qué
suprema habilidad para hacer comprensivos y amenos, mediante comparaciones
luminosas, los puntos más difíciles o las nociones más áridas, enjutas y
estropajosas! Bajo este aspecto se parecía mucho al célebre físico inglés
Tyndall, y más aún al incomparable divulgador A. Fabre.
Acude a mi memoria una exclamación feliz de D.
Bruno, con ocasión de cierta conferencia pública. Tratábase en ella de los
productos de destilación de la hulla, del tan celebrado pan de la
industria, y el conferenciante, para hacer más objetiva su lección, instaló
en cátedra los aparatos correspondientes, y procedió a destilar un trozo de
carbón mineral. Apenas se difundieron por la sala las primeras oleadas del poco
agradable gas, cierto burguesillo petimetre exclamó, tapándose las narices:
«¡Qué mal huele! —No tal —rugió D. Bruno—, ¡huele a progreso!»
Pues ¿y el hombre moral? ¿Quién no recuerda aquel
heroico rasgo tenido con motivo de sus oposiciones a la cátedra de Historia
Natural del Instituto de Zaragoza?[p. 220] Tocaban a su fin los
ejercicios, y D. Bruno, con asombro del tribunal que iba a votarle catedrático,
no compareció en el último acto de las oposiciones. En consecuencia, se
suspendieron los ejercicios y se envió un emisario a casa de Solano. Halláronle
tranquilamente en su despacho y trajeron una respuesta digna de Arístides: «Me
retiro porque me he persuadido de que uno de los opositores sabe más que yo, y
no quiero dar ocasión a una injusticia».
Al tomar tan grave decisión, Solano era modesto
auxiliar de Universidad. Con el exiguo sueldo del cargo y los escasos gajes de
sus lecciones en colegios particulares, mantenía a su madre idolatrada. Llena
está la vida del sabio profesor de hermosos rasgos, reveladores de que el amor
a la justicia era tan grande en él como su desdén hacia el vil metal. Tiempos
después, alcanzó, en honrosa oposición, la propiedad de su cátedra.
Confieso que cuando visito Zaragoza, una de las
cosas que más me entristece es la ausencia del malogrado compañero[24]. Sus
pláticas diarias en el Café Suizo, donde se congregaban sus íntimos
y admiradores, eran un regalo del espíritu. Su popularidad era tan grande como
merecida. Eso que después se ha llamado extensión universitaria,
fué una de tantas iniciativas suyas. No reservó nunca su ciencia para los
privilegiados de la matrícula oficial, sino que la propagó al gran público,
creando lazos intelectuales y afectivos entre la cátedra y el taller, el
laboratorio y la fábrica. Estaba persuadido de que la ciencia debe asociarse a
la vida, para inspirarla y dirigirla. Su exquisita sensibilidad de artista y de
pensador le permi[p. 221]tían descubrir, hasta en las cosas más vulgares,
puntos de vista superiores.
Pero Solano era además un soberbio temperamento de
escritor. ¡Un escritor que no quiso nunca escribir!... De sus brillantes dotes
literarias dan testimonio esos preciosos, y por desgracia escasísimos artículos
científicos y de vulgarización, insertos en los diarios zaragozanos, y
singularmente, el bellísimo discurso de apertura universitaria acerca de las
orientaciones de la química moderna.
Pero volviendo a mis estudios, debo decir que,
gracias a tan buenos maestros, aproveché bastante, es decir, todo lo que mi
juicio, todavía en agraz, y mis continuas escapadas artísticas consentían. Sólo
una vez regresé a mis viejas aventuras de tronera.
Cierto camarada de Huesca llamado Herrera, mozo
despejado y algo camorrista (tuerto de resultas de una travesura), gran
admirador de mi honda, rogóme encarecidamente que, olvidando por un día
la Historia natural, le prestase mi concurso en cierto encuentro
que debía efectuarse en las eras del barrio de la Magdalena, entre estudiantes
y femateros, o entre pijaitos y matracos. Tuve la
debilidad de caer en la tentación.
Mi honda hizo de las suyas. Descalabré unos cuantos
enemigos y contribuí al triunfo de los señoritos, a pesar del
refuerzo que a última hora recibieron los femateros de sus congéneres de la
parroquia de San Pablo. Sin engreirme con la victoria, y ahíto de chiquilladas,
tuve la fortaleza de no reincidir. Cada cosa a su tiempo. Y el de la
informalidad había pasado. Frisaba yo entonces en los diez y siete años. Mi
relativa aplicación me permitió aprobar sin percances el preparatorio, y
matricularme en el primer curso de Medicina.
[p. 222]Por aquella época (creo que fué en 1870)
trasladóse mi familia a Zaragoza. Deseoso mi padre de dar carrera a sus hijos,
vigilarlos de cerca y sustraerse definitivamente a los sinsabores de la
práctica médica rural, hizo ciertas oposiciones a médicos de la Beneficencia
provincial, y, conseguida una plaza, establecióse en la capital aragonesa, en
donde, a poco de su arribo, el sabio clínico y condiscípulo suyo D. Genaro
Casas, a la sazón Decano de la Facultad de Medicina, le confirió el cargo de profesor
interino de disección.
Conocido el entusiasmo de mi padre por la anatomía,
y su vocación decidida por la enseñanza, adivinará fácilmente el lector el celo
y ardor puestos en el desempeño de su cometido y el empeño en convertir a su
hijo en hábil disector.
Hétenos, pues, a los dos metidos en harina, como
suele decirse. ¡Y con maestro tal, cualquiera escurría el bulto! Tres años nos
pasamos en aquella humilde sala de disección, perdida en la huerta del viejo
Hospital de Santa Engracia, desmontando pieza a pieza la enrevesada maquinaria
de músculos, nervios y vasos, y comprobando las lindas cosas que nos contaban
los anatómicos. Ante la imponente losa anatómica, protestaron al principio
cerebro y estómago; pronto vino, empero, la adaptación. En adelante vi en el
cadáver, no la muerte, con su cortejo de tristes sugestiones, sino
el admirable artificio de la vida.
A medida que adelantaba en el estudio objetivo del
cuerpo humano, crecía mi curiosidad. «Voy a admirar por fin —me decía— el
maravilloso microcosmo de los filósofos, el compendio y síntesis de la
creación.» Mi fantasía de aventurero romántico despachábase a su gusto.
Parecíame aquello un África tenebrosa, de la cual sólo había hasta entonces
contemplado el desierto, es decir, el árido[p. 223] esqueleto. ¡Quizás se
encontraba allí la isla ideal con que sueña todo investigador, ese mundo
virgen, prometedor de inacabables sorpresas!...
Conforme pide el método, para no extraviarnos en la
selva inextricable de vasos y nervios, trabajábamos en presencia de los libros,
guiados por el Cruveilhier y el Sappey. Crecía el ardor al compás de las
dificultades, y, pródigos de tiempo (mi padre por entonces tenía pocos
enfermos), consagrábamos a la tarea todo el vagar que nos dejaban, a mi
progenitor la clientela y a mí los estudios de otras asignaturas. Incansable
él, no consentía fatiga en torno suyo.
¡Pobres Sappey y Cruveilhier cuando marraban en una
minucia; cuando, por ejemplo, estimaban constante disposición contingente o
anómala, o no acertaban a describir un órgano con suficiente claridad! «¡Ah
farsantes! —exclamábamos—. Vosotros os copiáis rutinariamente, describís sin
observar». Pero nuestro enojo, un poco irónico, pasaba pronto, convirtiéndose
en admiración en cuanto los venerados textos acertaban en puntos difíciles.
Fuerza es confesar que los descuidos de aquellos clásicos tratadistas eran excepcionalísimos.
El encuentro de algunos fué, sin embargo, altamente tónico, pues nos trajo la
persuasión alentadora de que la ciencia dista mucho de ser perfecta y
definitiva. Juez supremo e inapelable en nuestras dudas fué el cadáver. Sólo en
sus hojas de carne, mimosamente desplegadas por el escalpelo, residía la
verdad.
Gran provecho saqué de tal maestro y de semejante
método de aprender; que no hay profesor más celoso que el que aprende para
enseñar. Mi lápiz, antaño responsable de tantos enojos, halló por fin gracia a
los ojos de mi padre, que se complacía ahora en hacerme copiar cuanto mostraban
las piezas anatómicas. ¡Qué satisfacción[p. 224] cuando, a fuerza de
paciencia, conseguíamos desprender de su ganga de grasa el diminuto ganglio
oftálmico con sus tenues radículas nerviosas o atisbar en su
escondrijo el enrevesado foco ganglionar esfeno-palatino, o, en
fin, perseguir triunfantes, a través de los túneles del peñasco,
los sutiles nervios petrosos! Con todo ello enriquecía mis apuntes
y daba carácter objetivo a mis conocimientos.
Poco a poco mis acuarelas anatómicas formaron
formidable cartapacio, del que se mostraba orgulloso el autor de mis días. Su
entusiasmo llegó al punto de proyectar seriamente la publicación de
cierto Atlas anatómico iluminado, destinado a dejar, según él,
tamañitos a los famosísimos de Bourgery y de Bonami. Y habría acometido
resueltamente la empresa si la rudimentaria cromolitografía zaragozana lo
hubiera consentido. Por desgracia, la primera prueba ejecutada en casa de
cierto litógrafo conocido mío resultó abominable estampa. Ni fueron mejores
otras copias que años después (allá por los 76 o 77), ya vuelto de Cuba,
publicó nuestro generoso amigo Molina Mergeliza, un millonario que cursaba la
carrera por deporte[25].
Desde entonces ¡cuántas veces he deplorado el
bochornoso atraso de las artes gráficas en España! A despecho del más sincero
patriotismo, el hombre de ciencia se ve en el apuro de recurrir al extranjero,
en cuanto necesita reproducir pulcramente alguna lámina anatómica o
histológica.
[p. 225]Para cerrar este capítulo añadiré que, en
vista de mi laboriosidad y relativa pericia en el arte de disecar, al final del
primer año se me otorgó una plaza de ayudante de disección. Este
cargo oficial, halagando mi amor propio, fomentó todavía más mis aficiones
anatómicas. Y me consintió, además, agenciarme algunos gajes, dando lecciones
particulares de anatomía práctica.
[p. 227]
CAPÍTULO XX
Mis catedráticos de Medicina. — D. Manuel Daina y
el premio de Anatomía topográfica. — Un singular procedimiento de examen. —
Nuestro decano, D. Genaro Casas. — Mis petulancias polémicas. — Notas breves
acerca de algunos profesores y ciertos incidentes ocurridos en sus clases.
despecho de mis escapadas artísticas,
continué la carrera sin tropiezos, aunque sin permitirme el lujo de sobresalir
demasiado. A decir verdad, sólo estudié con esmero la Anatomía y
la Fisiología; a las demás asignaturas —las Patologías
médica y quirúrgica, la Terapéutica, la Higiene,
etc.—, consagré la atención estrictamente precisa para obtener el aprobado.
A lo que debió quizás contribuir algo cierto Ministro de la Gloriosa,
quien, por devoción al igualitarismo democrático, redujo las calificaciones de exámenes
a dos: aprobado y suspenso. Confieso que jamás he
logrado percibir la ventaja educativa de la supresión de las notas. En una edad
en que la pereza y las distracciones hallan tantas ocasiones de asaltar la
voluntad, ¿qué mal hay en fomentar la emulación y hasta la vanidad misma? Hágase
el milagro, y hágalo el diablo. Si en el corazón del estudiante queda un
residuo de pasión malsana, pronto se encargará la vida de disiparlo. Lo
esencial es acrecentar el patrimonio científico adquirido y mantener el hábito
del trabajo.
[p. 228]Se dirá que para los alumnos aficionados a
las distinciones académicas quedaba el recurso de los premios. Pero no todos
los jóvenes aplicados poseen la pretensión y audacia necesarias para tales
competiciones. Recuerdo que el temor de parecer presumidos u orgullosos fué
causa de que la mayoría de los premios de la Facultad quedaran desiertos. Y no
ciertamente por ausencia de jóvenes aventajados. Excluyéndome yo, que sólo
podía aspirar al diploma en las asignaturas anatómicas, figuraban entre mis condiscípulos
mozos sobresalientes. Recuerdo ahora a Pablo Salinas, Victorino Sierra, Severo
Cenarro, Simeón Pastor, Joaquín Gimeno, Pascual Senac, Andrés Martínez, José
Rebullida y otros. Por mi parte, sólo tenté fortuna en la Anatomía
topográfica y operaciones, asignatura de que era titular D. Manuel Daina. Y
aunque favorable el resultado, quitóme las ganas de reincidir. Mas el suceso
merece contarse, para que se vea que en eso del estudio, como en otras muchas
cosas, lo mismo cabe pecar por carta de más que por carta de menos.
Tenía D. Manuel Daina verdadera debilidad por mí.
En su bondad me consideraba el mejor de sus alumnos, y yo correspondía a tan
lisonjero concepto esmerándome en la ejecución de las preparaciones anatómicas,
de que, como Ayudante disector, estaba oficialmente encargado. Se
comprenderá, pues, que terminado el curso, me instara encarecidamente el
profesor la solicitud del premio y que yo deseara complacerle, preparándome
concienzudamente para el certamen.
Sabido es que en todo programa, además de las
lecciones corrientes, figuran ciertas materias fundamentales o simplemente
difíciles, donde el alumno puede lucir su aplicación y memoria. Mis lectores
médicos recordarán que en los dominios de la Anatomía topográfica estos
temas de[p. 229] prueba son: la región del cuello, la inguinal,
la crural, la perineal y el hueco poplíteo.
Por arduas y complicadas las había disecado con cariño y reproducido más de una
vez en mis láminas anatómicas.
Llegó el concurso; estuve solo; tocóme el anillo
inguinal; escribí largo y tendido; decoré la descripción con varios
esquemas y llevé mi preocupación del detalle hasta precisar las dimensiones en
milímetros. Ufano durante la lectura, esperé después largo rato el fallo del
tribunal. Desde el vestíbulo oía a los jueces discutir acaloradamente. «¿Qué
pasará?», me decía un tanto escamado. Al fin, supe que el jurado me había
adjudicado el premio. Al salir Daina y su compañero me abrazaron,
felicitándome. Pero D. Nicolás Montells (profesor de Patología quirúrgica) se
me acercó, diciéndome en tono desabrido: «Conste que a mí no me la pega usted.
¡Eso está copiado!»...
En vano intenté respetuosamente sacarle de su
error. Para el bueno de Montells, era imposible que un alumno recordara en
milímetros los diámetros del conducto inguinal. Afortunadamente, mi maestro
Daina, que me conocía bien, defendióme briosamente. Con su exquisita prudencia
previno, además, el estallido de mi cólera, pasión a la que entonces era yo
extraordinariamente propenso. Todo se arregló, pero el incidente contribuyó
decisivamente a que, en lo sucesivo, desistiese de semejantes concursos.
Merece D. Manuel Daina un recuerdo afectuoso. De
simpática figura y carácter afable, gozaba de la reputación y estima que
proporcionan el talento y la ecuanimidad, asistidos de espléndida posición
social. La misma sencillez y elegancia con que vestía, resplandecían en su
palabra, que era correcta, tranquila, persuasiva y matizada, a veces con rasgos
de elegante escepticismo. Era, acaso, don Manuel el más europeo de
nuestros profesores, quizá el[p. 230] único que había ampliado en el
extranjero su educación profesional y científica. Había sido discípulo de las
grandes figuras quirúrgicas de París. Nos embelesaba cuando refería las hazañas
operatorias de Nélaton y Velpeau, así como los errores imperdonables a que
conducen la superficialidad del reconocimiento y el criminal afán de sumar
estadísticas de intervenciones temerarias. Mucho valía como operador, pero
valía todavía más como cirujano.
Por cierto que D. Manuel Daina ensayó en aquel
curso cierto sistema muy original de calificar. La víspera de los exámenes,
sorprendiónos a Cenarro y a mí con el siguiente curioso encargo: «Persuadido
estoy —nos dijo— de que no hay profesor, por atento que sea, que conozca tan
bien a sus discípulos como ellos se conocen entre sí. En consecuencia, he
resuelto que ustedes, en representación de sus camaradas, formulen las
calificaciones. Ahí va la lista. Como fío mucho de la rectitud y formalidad de
ustedes, de antemano apruebo lo que hagan».
Expusimos algunas tímidas excusas, pero acabamos
por aceptar el delicado honor, prometiendo —según era de rigor— guardar el
secreto. Aquella noche Cenarro y yo cambiamos impresiones acerca de los méritos
de nuestros condiscípulos, aquilatamos el talento, grado de aplicación y
asistencia a clase de cada uno, y resolvimos, de perfecto acuerdo, las notas.
Entre los indultados —hubo, naturalmente, bastante manga ancha— recuerdo a un
tal Pueyo, mozo aplicado y pobre, que apenas asistía a clase por enfermo y a quien
el profesor contaba entre los irredimibles. Naturalmente, Cenarro y yo
comenzamos por adjudicarnos sendos sobresalientes[26]. Al repasar
la lista y notar la [p. 231]racha de indultos y rectificaciones,
experimentó D. Manuel alguna sorpresa; pero sonrió bondadosamente y aprobó la
propuesta. Claro es que después de tal acuerdo los exámenes fueron pura
fórmula.
Lám. XIII, Fig. 21.—Don Genaro Casas, decano de la
Facultad de Medicina de Zaragoza y buen amigo de mi padre.
Otro de los buenos maestros de la Escuela de
Medicina aragonesa fué D. Genaro Casas, amigo y condiscípulo de mi padre (ambos
cursaron la carrera en Barcelona). Exiguo de estatura, y afeado por lupia
voluminosa implantada en la frente, tenía aspecto enfermizo y deforme, que se
desvanecía en cuanto comenzaba a hablar. Porque D. Genaro, Decano y casi
creador de la Escuela de Medicina aragonesa, además de ser clínico eminente y
modelo de profesores celosos, poseía talento oratorio de primera fuerza.
Pertenecía a la selecta grey de los médicos latinos y humanistas, hoy perdida
casi enteramente.
Imperaba entonces en las escuelas médicas el vitalismo de
Barthez, inspirado en el hipocratismo, doctrina de que fué también ardiente
partidario el Dr. Santero, a la sazón catedrático de Clínica médica de Madrid.
Natural era que los profesores de aquel tiempo —que podíamos llamar era
prebacteriana— reaccionaran con alguna viveza contra las tendencias
materialistas u organicistas de la química, histología y más tarde de la
bacteriología. Pero D. Genaro, vitalista convencido, supo siempre hacer
justicia a las conquistas positivas de estas ciencias, cuyos datos interpretaba
muy hábilmente en el sentido de su espiritualismo orgánico. Aún recuerdo la
exposición magistral que nos hizo de la Patología celular, de
Virchow, libro esencialmente revolucionario, aparecido por entonces.
Naturalmente, D. Genaro aceptaba los hechos, pero repudiaba su espíritu. Claro
está que los distingos del sabio maestro no hacían siempre gracia a sus
discípulos; pero aun los que pasábamos por más avanzados y noveleros,
seguíamosle[p. 232] con respeto en sus loables esfuerzos de conciliación
entre lo viejo y lo nuevo. Todos le venerábamos y queríamos, porque su celo por
la enseñanza era tan grande como su talento y su bondad.
Por cierto que mi petulancia puso un día a prueba
la inagotable benevolencia del maestro. Referiré el incidente —que hoy recuerdo
con pena—, para que se vea hasta qué punto llegaba la rebeldía de mi carácter y
la paternal tolerancia de D. Genaro. Había yo leído la citada Patología
celular de Virchow y algunos otros libros anatomo-patológicos a la
moda, donde, a vueltas de un análisis objetivo insuficiente, se hacía la
apología de la célula, presentándola como un ser vivo, autónomo, protagonista
exclusivo de los episodios patológicos. Quedaba de esta suerte rota la unidad
orgánica, tan cara a vitalistas y animistas. Por consiguiente, la enfermedad
venía a ser algo así como modesto incidente de fronteras o a modo de motín de
ciudad, que debían reprimir de modo automático las fuerzas locales, con poca o
ninguna intervención de la autoridad central, representada por el sistema
nervioso.
Infatuado y ufano con lecturas bastante mal
digeridas, contrariábame ver cómo D. Genaro interpretaba en sentido vitalista
todos los procesos celulares. Y, no obstante mi timidez y cortedad, el choque
llegó al fin. Cierto día de conferencia preguntóme el maestro acerca de
las lesiones de la inflamación, y después de exponer los hechos
descriptivos corrientes, tuve, al interpretarlos, la audacia de oponerme a su
doctrina vitalista. Con un arrojo, de que yo mismo estaba asustado, manifesté
que: «La hiperemia y la exudación no constituían actos defensivos del principio
vital, sino meros efectos de la irritación y multiplicación de las células. En
mi concepto —añadía—, las fuerzas centrales, caso de ser algo real, no
intervienen para nada[p. 233] en el proceso, como lo prueba el alegato de
Virchow, de existir inflamación en tejidos desprovistos de vasos y nervios,
etc.»[27]. Ante mis
arrogancias, los condiscípulos mirábanse estupefactos.
No se enojó D. Genaro por mi falta de respeto;
antes mostró alegrarse de contender con un discípulo. Y con formas suaves trató
de persuadirme de «que el acto inflamatorio representa siempre una reacción
defensiva contra los agentes vulnerantes; hizo notar que, aun en los tejidos
exangües citados por mí (córnea y cartílago) desarrollábase la hiperemia,
puesto que hacia el punto lesionado afluían jugos y glóbulos de pus, y, en fin,
añadió que la indiscutible finalidad de las citadas reacciones, en orden a la eliminación
de las causas y reparación de sus estragos, implicaba lógicamente un principio
superior de unidad y coordinación».
Pero yo mantuve tercamente mi punto de vista, y
asiéndome, algo deslealmente, al sentido literal de las palabras del maestro,
manifesté «que no se me alcanzaba cómo donde no había vasos ni sangre (el
cartílago y la córnea), podía hablarse de hiperemia». En fin, que dí en clase
un espectáculo deplorable, y causé grave disgusto al buenísimo de D. Genaro. El
cual, al encontrarse con mi padre al siguiente día, le dijo estas palabras, que
recuerdo muy bien: «Tienes un hijo tan díscolo y obstinado, que como él crea
tener razón no callará, aunque de su silencio dependiera la vida de sus
padres».
Lo más grave de aquella impertinencia mía fué que,
en el fondo, D. Genaro tenía razón. Por fortuna, arrepentido[p.
234] después de mi irreverencia, no volvió a repetirse el espectáculo. Y
aquella salida de chiquillo petulante fué olvidada por el paternal maestro. Y
cuando años después, al transformarse nuestra Facultad de provincial en
oficial, nuestro veterano profesor ganó en honrosa lid su cátedra de Clínica
médica, nadie se alegró más sinceramente que yo.
Con algo menos relieve surgen en mi memoria las
figuras prestigiosas de otros maestros. Destaca entre ellas D. Pedro Cerrada,
catedrático de Patología general, concienzudo clínico y reflexivo docente,
abierto a todas las novedades de la ciencia, y de quien recuerdo esta frase tan
modesta como profética: «Siento no saber bastante química; soy viejo para
aprenderla, pero ustedes deben estudiarla, porque ahí está el secreto de muchos
procesos patológicos». Merecen también un recuerdo afectuoso: el Dr. Comín, profesor
de Terapéutica, cabeza sólida y admirablemente cultivada, orador facilísimo y
elegante; D. Manuel Fornés, ya muy anciano entonces, dotado de criterio clínico
admirable y maestro venerado de Patología médica; D. Jacinto Corralé,
catedrático de Anatomía, algo rudo y candoroso, pero puntual en el cumplimiento
de su deber y bondadoso con sus discípulos; Eduardo Fornés, catedrático de
Medicina legal (hijo de D. Manuel), estudioso, simpático y tan caballeroso como
su padre, de quien heredó el decoro y la gravedad de dicción y pensamiento; a
Ferrer, profesor de Obstetricia, algo arrebatado y confuso al exponer, pero
estimable clínico y excelente persona; en fin, a Valero, encargado de la
cátedra de Fisiología, dotado de gran vivacidad de palabra y de notables
condiciones de pedagogo. Todos sembraron algo útil en mi espíritu y a todos
estoy cordialmente reconocido. ¡Lástima que la ausencia de Laboratorios y el
insuficiente material clínico esterilizaran, en parte, sus desvelos!
[p. 235]Para completar estos rasgos descriptivos de
mis profesores, paso a referir algunas anécdotas tocantes a las cátedras de
Valero y de Ferrer.
Valero, nuestro profesor de Fisiología, poseía el
difícil arte de estimular a sus discípulos. Se empeñó en encasquetarnos a
ultranza el libro de texto y se salió con la suya. A tal propósito nos
preguntaba diariamente a todos, escogiendo de preferencia los puntos más
difíciles. Y cuando la cuestión se le atragantaba a un alumno, hacíala correr
por toda la clase hasta topar con alguien capaz de declarar la dificultad.
Entonces prorrumpía en alabanzas del afortunado, que se sentía halagado y
feliz. En estos escarceos y honrosas competiciones brillaban Cenarro, Pastor,
Senac, Sierra, Rebullida, y particularmente Pablo Salinas, el más aplicado y
brillante de nuestros condiscípulos[28]. Y es que el
pundonor bien administrado hace milagros. Véase cómo un profesor que no era un
águila en su especialidad (por lo menos, en la fisiología experimental), nos
hizo amar la asignatura. Preocupados con evitar una plancha, aprendíamos hasta
las notas del texto. Y no era flojo volumen éste: nada menos que la Fisiología
experimental de Beclard, en 4.º mayor, con más de 800 páginas de letra
diminuta. Naturalmente, en aquella clase, como en las demás, jamás se efectuó
un experimento. Y así nuestra aplicación vino a ser casi infecunda.
De Ferrer, nuestro profesor de Obstetricia, guardo
un recuerdo regocijado. Cierto día reprendíame, con razón, mi escasa asistencia
a clase, rechazando, indignado, la[p. 236] excusa alegada por mí, de que
los trabajos de la sala de disección me privaban del gusto de escucharle todos
los días. «Sin embargo —añadí jactancioso—, estudio diariamente las lecciones
del programa y creo estar regularmente preparado.»
—Eso vamos a verlo ahora mismo —replicó, irritado,
el profesor. Y, creyendo ponerme en grave aprieto, preguntóme acerca de la
génesis de las membranas del embrión, tema que él había
desarrollado con amor. Yo entonces, cogiendo la ocasión por los cabellos, me
aproximé solemnemente al encerado y, sin azorarme en lo más mínimo, me pasé más
de media hora dibujando esquemas en color tocantes a las fases evolutivas del blastodermo, vesícula
umbilical, alantoides, etc., y explicando, al mismo tiempo, lo
que aquellas figuras representaban. ¡Estuve verdaderamente épico!...
El bueno de Ferrer me seguía embobado. Creyó
aplastarme, y me proporcionó triunfo resonante. La clase entera aplaudió al
compañero. Mi seguridad y aplomo al disertar sobre cuestiones embriológicas,
que la mayoría de los alumnos de Obstetricia suelen aprender bastante mal,
dióle tan alta idea de mi aplicación, que, después de aceptar mis anteriores
excusas, declaró que «podía contar para los exámenes con la nota de sobresaliente,
aunque no asistiese más a clase». «La conferencia que acaba usted de darnos
vale esta nota y compensa sus negligencias.» Yo abusé cuanto pude del permiso.
Sólo de vez en cuando me permitía presentarme en clase, como quien concede un
favor.
Habrá adivinado el lector que mi ruidoso triunfo
fué simple golpe de fortuna. A causa de mis aficiones a la anatomía había yo
estudiado escrupulosamente el desarrollo de los órganos, y, por tanto, la
formación del embrión. Si[p. 237] mi candoroso profesor me hubiera
explorado en otras lecciones del programa, habría comprobado mi supina
ignorancia.
Los compañeros, que me conocían bien, sonreían de
la credulidad del maestro y me hicieron la gracia de guardar el secreto. Por lo
demás, por seguro doy que, a la postre, todos vendríamos a quedar iguales,
porque en aquellos tiempos la Facultad carecía de clínica de partos. Y
estudiar posiciones y presentaciones sin
haber asistido a un parto, es como aprender el manejo del fusil sin fusil.
[p. 239]
CAPÍTULO XXI
Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones.
— Mis manías literaria, gimnástica y filosófica. — Proezas musculares. — La
Venus de Milo. — Un desafío a trompada limpia. — Amores quijotescos.
is tareas de disector, y la mediana atención
consagrada a las últimas asignaturas de la carrera, dejábanme horas de asueto,
que yo empleaba en satisfacer mis aficiones pictóricas y otros
entretenimientos. Precisamente por aquellos años (1871 a 73) surgieron en mí
tres nuevas manías: la literaria, la gimnástica y
la filosófica.
Digamos algo de estas enfermedades de crecimiento.
Grafomanía.—Fué un ejemplo típico de contagio. Reinaba en
España, durante la época revolucionaria, cierta peste lírica, agravada con la
persistente inoculación del romanticismo francés. Con ocasión de cualquier
acontecimiento político, brotaban en los diarios himnos y odas a granel. Los
prosistas escribían párrafos nobles y entonados, que parecían poesía
(recuérdese al pobre Bécquer, a Donoso Cortés, Quadrado y Castelar) y los
poetas componían estrofas que semejaban música. En la novela, nuestro ídolo era
Víctor Hugo; en el género lírico, Espronceda y Zorrilla, y en la oratoria,
Castelar. Débiles ante la avasalladora[p. 240] sugestión del medio, muchos
jóvenes fuimos gravemente atacados de la enfermedad a la moda. Según era de
temer, los temperamentos sentimentales como el mío sufrieron mayor estrago que
las cabezas frías y utilitarias. Caí, pues, en la tentación de hacer versos,
componer leyendas y hasta novelas. Transcurridos algunos años, sobrevino al fin
la convalecencia, y con ella el amargo desengaño. Si no estoy trascordado, de
entre mis condiscípulos poetas, sólo Joaquín Jimeno continuó escribiendo hasta
convertirse en director de un diario político[29]. Pero
Jimeno, que llegó a ser después profesor de la Facultad de Medicina y político
hábil y prestigioso (pertenecía al partido posibilista), disponía de
preparación excelente en gramática y humanidades y de un paladar literario de
que yo, por desgracia, carecía.
¿Para qué hablar de mis versos? Eran imitación
servil de Lista, Arriaza, Bécquer, Zorrilla y Espronceda, sobre todo de este
último, cuyos cantos al Pirata, a Teresa, al Cosaco, etc., considerábamos los
jóvenes como el supremo esfuerzo de la lírica. Aparte la música cautivadora del
verso y la pompa y riqueza del lenguaje, lo que más nos seducía en la poesía
del vate extremeño, era su espíritu de audaz rebeldía, tan semejante al de Lord
Byron, conforme hizo notar con sangrienta ironía el Conde de Toreno. Gracias a
los buenos oficios del amigo Jimeno, ciertos periódicos locales publicaron
bondadosamente algunos de mis versos, plagados, según advertí después, de
ripios y lugares comunes. Recuerdo que de todos mis en[p. 241]sayos, el que más
éxito alcanzó entre mis condiscípulos, fué cierta oda humorística escrita con
ocasión de ruidosa huelga estudiantil[30].
Mayor influencia todavía ejercieron en mis gustos
las novelas científicas de Julio Verne, muy en boga por entonces. Fué tanta,
que, a imitación de las obras De la tierra a la luna, Cinco
semanas en globo, La vuelta al mundo en ochenta días, etc.,
escribí voluminosa novela biológica, de carácter didáctico, en que se narraban
las dramáticas peripecias de cierto viajero que, arribado, no se sabe cómo, al
planeta Júpiter, topaba con animales monstruosos, diez mil veces mayores que el
hombre, aunque de estructura esencialmente idéntica. Con relación a aquellos
colosos de la vida, nuestro explorador medía la talla de un microbio: era, por
tanto, invisible. Armado de toda suerte de aparatos científicos, el intrépido
protagonista inauguraba su exploración colándose por una glándula cutánea;
invadía después la sangre; navegaba sobre un glóbulo rojo; presenciaba las
épicas luchas entre leucocitos y parásitos; asistía a las admirables funciones
visual, acústica, muscular, etc., y, en fin, arribado al cerebro, sorprendía el
secreto de la vibración del pensamiento y del impulso voluntario. Numerosos
dibujos en color, tomados y arreglados —claro es— de las obras histológicas de
la época (Henle, van Kempen, Kölliker, Frey, etc.), ilustraban el[p.
242] texto y mostraban al vivo las conmovedoras peripecias del
protagonista, el cual, amenazado más de una vez por los viscosos tentáculos de
un leucocito o de un corpúsculo vibrátil, librábase del peligro merced a
ingeniosos ardides. Siento haber perdido este librito, porque acaso hubiese
podido convertirse, a la luz de las nuevas revelaciones de la histología y
bacteriología, en obra de amena vulgarización científica[31].
Manía gimnástica.—Criado en los pueblos y endurecido al sol y al
aire libre, era yo a los dieciocho años un muchacho sólido, ágil y harto más
fuerte que los señoritos de ciudad. Ufanábame de ser el más forzudo de la
clase, en lo cual me engañaba completamente. Harto, sin duda, de mis bravatas,
cierto condiscípulo[32] de
porte distinguido, poco hablador, de mediana estatura y rostro enjuto, invitóme
a luchar al pulso, ejercicio muy a la moda entre los jóvenes de
entonces. Y, con gran sorpresa, advertí que mi contrincante me dominó
fácilmente. Mi amor propio sufrió profunda humillación. Quise averiguar cómo
había adquirido mi rival aquella fortísima musculatura, y me confesó ser
ferviente cultivador de la gimnasia y de la esgrima. «Si en hacer gimnasia
consiste el tener fuerza —contesté con arrogancia—, continúa preparándote,
porque antes de cuatro meses habrás sido vencido.» Una sonrisa escéptica acogió
mi baladronada. Pero yo poseía un[p. 243] amor propio exasperado, y el
bueno de Moriones no sabía con quién trataba.
Al día siguiente, y sin decir nada a mi padre,
presentéme en el gimnasio de Poblador, situado entonces en la Plaza del Pilar.
Después de algunos regateos, convinimos en cambiar lecciones de fisiología
muscular (que él deseaba recibir para dar a su enseñanza cierto tono
científico), por lecciones de desarrollo físico. Gracias a este concierto, mi
padre, que no debía desembolsar un cuarto, ignoró que su hijo se había
agenciado una distracción más.
Comencé la labor con ardor extraordinario,
trabajando en el gimnasio dos horas diarias. Además de los ejercicios
oficiales, me impuse cierto programa progresivo, ora añadiendo cada día peso a
las bolas, ora exagerando el número de las contracciones en la barra o en las
paralelas. Y sostenido por una fuerza de voluntad que nadie hubiera sospechado
en mí, no sólo cumplí mi promesa de triunfar del amigo Moriones, sino que antes
de finar el año vine a ser el joven más fuerte del gimnasio. Poblador estaba orgulloso
de su discípulo, y yo entusiasmado al reconocer cuán fácilmente habían
respondido mis músculos al estímulo del sobretrabajo.
Mi aspecto físico tenía poco del de Adonis. Ancho
de espaldas, con pectorales monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de
112 centímetros. Al andar, mostraba esa inelegancia y contoneo rítmico
característicos del Hércules de feria. A modo de zarpas, mis manos estrujaban
inconscientemente las de los amigos. El bastón, transformado en paja a causa de
mi sensibilidad embotada, debió ser sustituído por desaforada barra de hierro
(pesaba 16 libras), que pinté al óleo, imitando un estuche de paraguas. En suma,
vivía orgulloso y hasta insolente con mi ruda[p. 244] arquitectura de
faquín, y ardía en deseos de probar mis puños en cualquiera.
De aquella época de necio y exagerado culto
al biceps guardo dos enseñanzas provechosas: Es la primera la
persuasión de que el excesivo desarrollo muscular conduce casi
indefectiblemente a la insolencia y al matonismo. Hace falta ser un ángel para
enfrenar de continuo fibras musculares hipertróficas inactivas, ansiosas,
digámoslo así, de empleo y justificación. Y como no es cosa de servirse de
ellas cargando fardos, se experimenta singular inclinación en utilizarlas sobre
las espaldas del prójimo. Con las energías corporales ocurre lo que con los
ejércitos permanentes: la nación que ha forjado el mejor instrumento guerrero
acaba siempre por ensayarlo sobre las naciones más débiles o harto descuidadas.
La segunda enseñanza fué averiguar un poco tarde
que el ejercicio físico en los hombres consagrados al estudio debe de ser
moderado y breve, sin traspasar jamás la fase del cansancio. Fenómeno vulgar,
pero algo olvidado por los educadores a la inglesa, es que los deportes
violentos disminuyen rápidamente la aptitud para el trabajo intelectual.
Llegada la noche, el cerebro, fatigado por el exceso de las descargas motrices
—que parecen absorber energías de todo el encéfalo—, cae sobre los libros con
la inercia de un pisapapeles. En tales condiciones, parece suspenderse o
retardarse la diferenciación estructural del sistema nervioso central; diríase
que las regiones más nobles de la substancia gris (las esferas
de asociación) son comprimidas y como ahogadas por las regiones
motrices (centros de proyección). Tales procesos compensadores
explican por qué la mayoría de los jóvenes sobresalientes en los deportes y
demás ejercicios físicos (hay excepciones) son poco habladores y poseen pobre y
rudo intelecto.
[p. 245]Yo estuve a punto de ser víctima
irremediable del embrutecimiento atlético. Y aun creo que ciertos defectos
mentales tardíos, de que nunca he logrado corregirme, representan el fruto de
aquella funesta manía acrobática. Por fortuna, las enfermedades adquiridas más
tarde en Cuba, debilitando mi sangre y eliminando sobrantes musculares,
trajéronme a una apreciación más noble y cuerda del valor de la vida.
El prurito de lucir el esfuerzo de mi brazo me
arrastró más de una vez, contra mi temperamento nativamente bonachón, a parecer
camorrista y hasta agresivo. Deseo referir una aventura típica, que retrata
bien, aparte los efectos de mi energía física, el estado de espíritu de aquella
generación candorosamente romántica y quijotesca.
Vivía en la calle del Cinco de Marzo cierta
bellísima señorita de rostro primaveral, realzado por grandes ojos azules. A
causa del clasicismo impecable de sus líneas y de la pompa discreta de sus
formas, llamábamosla la Venus de Milo. Varios estudiantes
rondábamos su calle y mirábamos su balcón, sin que la candorosa niña se
percatara, al parecer, del culto platónico de que era objeto.
Más que amor verdadero, sentía yo hacia ella
admiración y entusiasmo. Era el arquetipo, la hermosura ideal, el excelso
modelo de diosa que, de ser posible, hubiera trasladado al lienzo, con
veneración y recogimiento casi religiosos. Mis sentimientos fueron tan
respetuosos y platónicos, que jamás osé escribirla. Mi pasión —si tal puede
llamarse aquel singular estado sentimental—, se satisfacía plenamente mirándola
en el balcón o en la calle, o contemplando cierta fotografía que, mediante
soborno, me procuró un aprendiz del establecimiento fotográfico de Júdez. Sólo
una vez la hablé, y no a cara descubierta, sino disfrazado por Carnaval, y
aprovechando cierta fiesta celebrada en[p. 246] la plaza de toros.
Parecióme joven discreta y de bastante instrucción. Habiéndola oído celebrar
las bellezas del Monasterio de Piedra, le remití por correo un precioso álbum
de fotografías de aquel admirable lugar, álbum que yo guardaba cual tesoro
inestimable. Ni siquiera tuve el valor de dedicarle el obsequio.
Cierta noche paseaba yo, como de costumbre, por la
referida calle del Cinco de Marzo, haciendo sonar aparatosamente en las aceras
mi formidable garrote, cuando vino a mi encuentro un joven de mi edad, macizo,
cuadrado y robusto. Sin andarse con presentaciones ni andróminas, el tal sujeto
prohibióme terminantemente pasear la calle donde vivía la señora de nuestros
coincidentes pensamientos, so pena de propinarme monumental paliza. Ante tanta
audacia, mi dignidad de perdonavidas quedó asombrada. No conocía a mi rival;
pero al notar sus arrestos, caí en la cuenta de que debía ser un tal M., alumno
de la carrera de Ingenieros, el cual, a fuerza de repartir garrotazos, había
llegado a ser dueño casi exclusivo del cotarro.
Naturalmente, habríame creído deshonrado accediendo
a tan descortés invitación; de ello hubieran protestado, además de la negra
honrilla, los millones de fibras musculares inactivas que deseaban lucirse a
poca costa. Quedó, pues, concertado un lance a estacazo limpio, que se había de
efectuar aquella misma noche en los sotos del Huerva. Por cierto que las frases
altivas cambiadas entre ambos campeones mientras caminaban río arriba, en
dirección del campo del honor, fueron tan fanfarronas como risibles.
—¿Qué carrera cursa usted? —interrogó mi
adversario.
—Estudio la de Medicina y pienso graduarme el
próximo año.
—¡Lástima que esté usted tan adelantado!...
—¿Y usted? —pregunté yo a mi vez un tanto escamado.
[p. 247]—Me preparo para la de Ingenieros de
caminos, y pienso ingresar este mismo curso.
—Menos mal —repliqué yo, devolviéndole la zumba.
En estas y otras arrogancias, llegamos al terreno.
Nos despojamos de los abrigos. En vista de la desigualdad de los garrotes (he
dicho que el mío era una barra), convinimos en acometernos a puñetazo limpio,
debiendo considerarse vencido quien primeramente fuera derribado. Era una
especie de lucha greco-romana, según se estila ahora, aunque sin tantos
miramientos. Nos cuadramos, y acordándome yo sin duda de los ingleses al
comenzar la batalla de Fontenoy, exclamé: «Pegad primero, caballero M.».
Ni corto ni perezoso, mi contrincante me asestó en
la cabeza tres o cuatro puñetazos estupefacientes que levantaron ronchas y me
impidieron después encasquetarme el sombrero. Por dicha, disfrutaba yo entonces
de un cráneo a prueba de bombas y soporté impertérrito la formidable embestida.
Llegado mi turno, tras algún envión de castigo, cerré sobre mi rival, levantéle
en vilo y, rodeándole con mis brazos de oso iracundo, esperé unos instantes los
efectos quirúrgicos del abrazo. No se hicieron esperar: la faz de mi adversario
tornóse lívida, crujieron sus huesos y, perdido el sentido, cayó al suelo cual
masa inerte. Al contemplar los efectos de mi barbarie, sufrí susto terrible,
pues sospeché que lo había asfixiado o que, por lo menos, le había producido
alguna grave fractura.
No fué así, afortunadísimamente. Movido a compasión
y arrepentido de mi brutalidad, socorríle solícito y tuve la alegría de verle
salir de su aturdimiento y recobrar el resuello. Ayudéle a levantar y vestir;
limpié su ropa, manchada con la arena húmeda del Huerva, y sus labios,
enrojecidos por la sangre; y en vista de que caminaba difícilmente, ofrecíle mi
brazo y le acompañé hasta su casa.
[p. 248]Antes de entrar en ella, mi rival balbuceó
con acento de triste resignación: «Puesto que me ha vencido usted, renuncio a
mis pretensiones y queda usted dueño del campo». «No hay tal», repliqué,
haciendo alarde de generosidad y nobleza. «Disputamos sobre la posesión de algo
que carece de realidad. Ni usted ni yo nos hemos declarado al objeto de
nuestras ansias. Escribámosle sendas cartas. Que ella decida entre los dos, si
desea decidirse.» Al verme tan razonable y desinteresado, excusó anteriores arrogancias,
confesándome que aquella mujer le tenía sorbido el seso. Estaba decidido a
casarse con ella en cuanto acabara la carrera.
Días después M., repuesto ya del lance, volvió a la
calle, saludóme afectuoso y me dijo con aire de profunda amargura:
—He sabido una cosa tremenda, que me ha contrariado
extraordinariamente: la señorita X, a quien creíamos pobre, posee una dote de
50.000 duros. Desisto, pues, con hondísima pena, de mis pretensiones. Si la
escribo y acepta mi pretensión, ¿no pensarán todos que le hago la corte por
codicia?
—Tiene usted razón —respondí, consternado—.
Abandonemos una empresa imposible.
Y, en efecto, no volvimos a pensar en la famosa
Venus de Milo[33].
¡Así éramos entonces!... Entre los jóvenes de
hoy,[p. 249] ¿habrá alguno que no encuentre ridículo o imbécil nuestro
candor?
M. y yo acabamos por ser excelentes camaradas. Gran
celebrador de mis músculos, quiso conocer el secreto de su fuerza. Y cuando le
señalé el gimnasio de Poblador, acudió a él lleno de entusiasmo. Mi rival de un
día transformóse a su vez en formidable atleta. Algo taciturno, sumamente
formal y discreto, ferviente cultivador de las matemáticas, M. acabó
brillantemente su carrera de ingeniero[34].
A riesgo de incurrir en pesadez, paso a referir
brevemente otros dos pequeños éxitos de vanidad muscular. Sírvame de disculpa
la devoción, hoy muy a la moda, hacia la llamada cultura física.
Ocurrió el primer lance en el pueblo de Valpalmas,
que visité a los veinte años, encargado por mi padre de cobrar algunos créditos
atrasados. Alojéme en casa de antiguo amigo de mi familia, el Sr. Choliz,
comerciante rumboso que me colmó de atenciones y agasajos. Cumplida en parte la
comisión, fuí invitado a presenciar las fiestas, que se inauguraban dos días
después. Conforme a usanza general en Aragón, los festejos proyectados
consistían en carreras a pie y en sacos, cucañas, funciones de piculines (saltimbanquis),
juegos de la barra y de pelota, etc.
Mi afición a los deportes me llevó cierta mañana a
presenciar el airoso y viril juego de la barra, celebrado al socaire del alto
muro de la iglesia; y cuando más embebido estaba en el espectáculo, uno de mis
acompañantes me dijo con sorna:
[p. 250]—Éstos no son juegos pa señoritos... Pa ustedes
el dominó, el billar, ¡y gracias!...
—Está usted equivocado —le respondí—. Hay señoritos
aficionados a los ejercicios de fuerza, y que podrían, con algo de práctica,
luchar dignamente con ustedes.
—¡Bah! —continuó el socarrón—. Pa manejar
la barra son menester manos menos finas que las de su mercé.
La juerza se tiene manejando la azada y dándole a la dalla.
Y cogiendo el pesado trozo de hierro, me lo puso en
las manos, diciendo: ¡Amos a ver qué tal se porta el pijaito!...
Picado en lo más vivo del amor propio, empuñé
enérgicamente la poderosa barra, me puse en postura, y haciendo formidable
esfuerzo, lancé el proyectil al espacio. ¡Sorpresa general de los matracos!:
contra lo que se esperaba, mi tiro sobrepujó a los más largos.
—¡Caray con el señorito y qué nervios tiene!...
—exclamó un mirón.
Pero mi guasón, mozo fornido y cuadrado, no dió su
brazo a torcer; antes bien, haciendo una mueca desdeñosa, añadió:
—¡Bah!... Esto es custión d’habilidá...
Probemos algo que se pegue al riñón. ¿A que no se carga usted tan
siquiera una talega de trigo? (cuatro fanegas).
Al llegar a este punto, mi orgullo de atleta,
contenido hasta entonces por consideración al huésped y a los acompañantes, se
sublevó del todo. Y a mi vez osé interrogarle:
—Y usted que presume de bríos, ¿cuánto peso carga
usted?
—Pus estando descansao no
me afligen siete fanegas. Pero los más forzudos del pueblo pueden con
el cahiz (ocho fanegas).
—Venga, pues, ese cahiz de trigo y veamos quién de
los dos puede con él.
[p. 251]Formóse corro, acudió el alcalde, y de
común acuerdo, nos trasladamos a casa de cierto tratante, en cuyo patio (portal)
yacían muchos sacos de trigo. Buscóse una saca de grandes dimensiones; se
midieron a conciencia las ocho fanegas, aferré con ambos brazos la imponente
mole, y merced a poderoso impulso, el señorito de cara pálida y huesosa cargó
con el cahiz. ¡Me porté, pues, como un hombre!... En cambio, mi zumbón no pasó
de las siete consabidas fanegas.
El asombro de los matracos llegó al colmo. A los
ojos de aquellos labriegos, adoradores de la fuerza bruta, adquirí de repente
enorme prestigio. Y el triunfo sobre mi contrincante se celebró alegremente con
baile y lifara (alifara) al aire libre. Por cierto que en la
clásica jota tomaron parte mozas arrogantes con quienes de niño había yo
correteado y jugado a los pitos. Algunas de ellas me dirigían miradas que
parecían caricias.
La otra hazaña gimnástica tuvo carácter acrobático.
Cierta noche en que toda mi familia regresaba tarde del teatro, se encontró con
que, por extravío de la llave del portal, no podía entrar en casa. Era domingo,
la una de la madrugada y desesperábamos de encontrar cerrajero. En un santiamén
trepé a los balcones del primer piso, afianzándome en las rejas del entresuelo;
me deslicé temerario por las cornisas de la fachada; abrí después un balcón;
penetré en la habitación, y en fin, abrí la puerta por dentro. Mi arrojo y
serenidad hallaron aquella noche gracia a los ojos de mis padres, que veían
recelosamente mi creciente ardor por la gimnasia.
Manía filosófica.—Después de la chifladura gimnástica caí, por
reacción compensadora, en la locura filosófica. Diríase que las pobres células
cerebrales de asociación, postergadas por el cultivo excesivo de
las motrices, invo[p. 252]caban a gritos su derecho a la vida. Amainé, pues,
poco a poco en mi necia vanidad atlética, echando de ver, al fin, que había
cosas harto más respetables y apetecibles que el alarde de la fuerza bruta. Aun
en el terreno de la competición personal, acabé por encontrar más meritorio
reducir a un adversario con razones que con trompadas. Volví, pues, a mis
abandonados libros de filosofía. A los volteos acrobáticos sucedieron las
piruetas dialécticas. En mi afán de saber cuanto acerca de Dios, el alma, la
substancia, el conocimiento, el mundo y la vida habían averiguado los
pensadores más preclaros, leí casi todas las obras metafísicas existentes en la
biblioteca de la Universidad y algunas más proporcionadas por los amigos. A
decir verdad, esta manía razonadora no era nueva en mí, según
consta en capítulos anteriores: asomó ya durante mis estudios del Instituto;
pero después de la Revolución (años de 1871 a 75) tuvo peligroso
recrudecimiento.
Paréceme que por aquel tiempo esta afición no era
del todo sincera; lo fué, sin duda, más adelante. Pero entonces, antes que
meditar honradamente sobre tan altos asuntos, deseaba apropiarme los ardides de
la sofística para asombrar a los amigos. Con este espíritu de frívola
curiosidad fueron leídas, y no siempre entendidas, las obras de Berkeley, Hume,
Fichte, Kant y Balmes. Por fortuna, las obras de Hegel, Krause y Sanz del Río
no figuraban en la biblioteca universitaria. Yo me perecía por las tesis radicales
y categóricas. Adopté, por consiguiente, el idealismo absoluto. A
la verdad, el gallardo idealismo de Berkeley y Fichte teníanme cautivado. Ni se
ha de olvidar que, por aquella época, era yo ferviente y exagerado
espiritualista.
Con un ardor, digno de mejor causa, pretendía
refutar, ante mis camaradas un poco desconcertados, la existencia del mundo
exterior, el noumenon misterioso de Kant, afir[p. 253]mando
resueltamente que el yo, o por mejor decir, mi propio yo,
era la única realidad absoluta y positiva. Como es natural, los amigos Cenarro,
Pastor, Senac, Sierra y otros, a quienes mortificaba a diario con mis latas,
se resistían a ser considerados como meros fenómenos o
creaciones de mi autocrático yo, y protestaban enérgicamente contra
mis sofismas de guardarropía. En el fondo, estaba tan seguro como ellos de la
objetividad del mundo; pero me seducían las paradojas y los malabarismos
dialécticos.
Excusado será advertir que tan pueril juglarismo de
leguleyo contribuyó muy poco a mi formación espiritual, a menos que se
consideren como ganancias positivas cierta agilidad de pensamiento y algo de
sano escepticismo. Sin embargo, la citada afición a los estudios filosóficos,
que adquirió años después caracteres de mayor seriedad, sin transformarme
precisamente en pensador, contribuyó a producir en mí cierto estado de espíritu
bastante propicio a la investigación científica. De ello trataremos oportunamente.
[p. 255]
CAPÍTULO XXII
Recién Licenciado en Medicina, ingreso en el Cuerpo
de Sanidad Militar. — Mi incorporación al ejército de operaciones contra los
carlistas. — El españolismo de los catalanes. — Mi traslación al ejército
expedicionario de Cuba. — Coloquio entre dos camaradas ávidos de aventuras
exóticas. — Mi embarque en Cádiz con rumbo a la Habana.
n Junio de 1873, y a la edad de veintiún años,
obtuve el título de Licenciado en Medicina. Creía mi padre conservarme algún
tiempo a su lado, estudiando a conciencia la Anatomía descriptiva y
general, con el objeto de tomar parte en las primeras oposiciones a
cátedras de esta asignatura; pero la llamada quinta de Castelar, es
decir, el servicio militar obligatorio ordenado por el célebre tribuno para
hacer frente a la gravedad de las circunstancias políticas, malogró el programa
paterno. Como todos los mozos útiles de aquel reemplazo fuí, pues, declarado
soldado. Víme obligado a dormir en el cuartel, a comer rancho y hacer el
ejercicio.
No duró mucho mi vida de recluta. Anunciáronse por
entonces oposiciones a médicos segundos de Sanidad Militar, y decidí acudir a
ellas. Si tenía la suerte de conseguir plaza, en vez de servir a la República
de soldado raso, la serviría de oficial, con graduación de teniente.
[p. 256]Con estas esperanzas solicité, y obtuve de
mis jefes, permiso para trasladarme a Madrid y tomar parte en el certamen.
Estudié de firme un par de meses, y tuve la satisfacción de ganar plaza, dando
con ello grata sorpresa a la familia. En los ejercicios de oposición, sin rayar
a gran altura, no debí portarme del todo mal, ya que entre 100 candidatos (para
32 plazas) se me adjudicó el núm. 6. A decir verdad, lo que me prestó cierto
lucimiento fué el acto de la operación, con ocasión de la cual describí
minuciosa y metódicamente la anatomía de la pierna (tratábase de una
amputación). En cambio, en los demás ejercicios estuve perfectamente vulgar.
Por cierto que mi falta de método en la preparación
del ejercicio escrito estuvo a punto de costarme la eliminación. A causa del
exceso de lectura, se me pegaron las sábanas el día de actuar, y llegué al
Hospital Militar (situado entonces en la calle de la Princesa) a las ocho de la
mañana, es decir, una hora después de comenzado el acto. Entretanto, el
tribunal me había excluído. Gran triunfo fué conseguir la entrada en el local.
A fuerza de ruegos logré al fin enternecer al bondadoso Dr. Losada, jurado del
tribunal. Ya en él salón, transcurrieron más de quince minutos sin que nadie me
atendiese, ni lograra que los opositores, absortos en su trabajo, me hicieran
lugar para escribir. Lleno de impaciencia, y resuelto a todo, gané un trozo de
mesa a fuerza de apretujones, arrebaté al más próximo unas cuartillas, y
comencé a disertar sobre la Etiología del cólera morbo, tema que
nos había tocado.
Llevaba apenas escrita una plana cuando, agotado el
tiempo, dióse por concluso el ejercicio. Naturalmente, mi pobre disertación
debió alcanzar pocos, o acaso ningún punto.
Lám. XIV, Fig. 22.—Esta fotografía, efectuada por
mí por el proceder del colodión (1873), poco antes de ingresar en el ejército,
presenta algunos de mis condiscípulos y amigos, casi todos fallecidos ya.—1, C.
Senac; 2, Simeón Pastor (que fué catedrático de Terapéutica); 3, Visié (que fué
médico militar); 4, H. Gimeno Vizarra; 5, Félix Cerrada (actualmente
catedrático de Patología general); 6, Hilarión Villuendas (ayudante del Museo);
7, Joaquín Benedicto (profesor que fué de la Escuela de Comercio); 8, Joaquín
Vela (después médico militar y compañero en Cuba).
Incidentes de este género me han ocurrido más de
una [p. 257]vez en oposiciones, porque entre mis defectos, acaso el más
grave, fué siempre la falta absoluta de método y de mesura en el trabajo.
Después de pavonearme en Zaragoza con mi
nombramiento de médico segundo de Sanidad Militar, y de lucir
ante los camaradas envidiosos el flamante uniforme, recibí orden de
incorporarme al regimiento de Burgos, de operaciones en la provincia de Lérida[35]. Esta
fuerza, en unión de un batallón de cazadores, un escuadrón de coraceros y
algunas baterías de artillería de campaña, componían 1.400 o 1.600 hombres, a
las órdenes del simpático y caballeroso coronel Tomasetti.
Los lectores contemporáneos de aquellos amenos
tiempos de la Revolución, donde la historia se fabricaba al minuto, recordarán
que, tras la abdicación de D. Amadeo de Saboya y del desenfreno y anarquía de
la República radical, subió Castelar al Poder. Con un sentido gubernamental de
que carecieron sus predecesores, restableció severamente la disciplina militar,
nutrió las filas del desorganizado ejército con su célebre leva, y restauró, en
fin, el extinguido Cuerpo de Artillería.
Todo auguraba el comienzo de una nueva era de orden
y de relativa tranquilidad, precursora de paz duradera. Pero antes había que
vencer la insurrección cubana y reducir al carlismo, cada día más pujante y
amenazador en las provincias del Norte.
A decir verdad, a mi llegada a Cataluña algo habían
mejorado las cosas. Ya no se oía el vergonzoso «que baile» con que los soldados
indisciplinados insultaban al oficial; ahora los jefes eran obedecidos, y
reinaba en las[p. 258] tropas el mejor espíritu. Las partidas de Savalls,
de Tristany y de otros cabecillas, meses atrás entregadas a toda suerte de
desafueros, batíanse en retirada o evitaban cuidadosamente el contacto con
nuestras columnas.
Muchas poblaciones liberales secundaban la acción
de las tropas, organizando milicias locales y escarmentando más de una vez,
como ocurrió en Vimbodí, a las huestes carlistas. Precisamente nuestra brigada
tenía por principal misión evitar el saqueo de las ricas villas del llano de
Urgel y regiones fronterizas de la provincia de Tarragona. Por donde se
justificaban las continuas marchas y contramarchas desde Lérida, nuestro
cuartel general, a Balaguer y Tremp; de Lérida a Tárrega; de Tárrega a Cervera;
de Cervera a Verdú o a Igualada; de Tárrega a Borjas y Vimbodí, etc.
En estas idas y venidas nos pasamos cerca de ocho
meses sin sorprender una sola vez al enemigo, no obstante perseguirle
incesantemente. Extrañábame la exactitud cronométrica con que nuestra
vanguardia llegaba a las aldeas ocupadas por los facciosos doce horas justas
después de haberse éstos retirado. Parecía aquello el juego de la gallina
ciega. Claro que, como médico y soldado, no podía quejarme. En siete meses de
guerra —vamos al decir— no tuve ocasión de oir el silbido de las balas ni de
curar un herido. Los efectos de alguna caída de caballo, tal cual indigestión y
algún regalo de la Venus atropellada y barata... y pare usted de contar[36].
Lám. XV, Figs. 23 y 24.—Dos retratos del autor. El
primero cuando contaba veinte años y estaba a punto de terminar la carrera; el
segundo cuando, sorteado para Ultramar, se disponía a trasladarse a Cuba con el
empleo de médico primero.
[p. 259]Dejo a los técnicos el juicio de aquella
campaña. Tengo por indudable que, evitando las depredaciones carlistas en las
prósperas ciudades catalanas, satisfacíamos primordial necesidad. Pero mi
espíritu, ávido de emociones fuertes y de peripecias bélicas, deploraba la
placidez parsimoniosa de la campaña.
Hoy esta parsimonia, mil veces reproducida en
nuestras guerras civiles, cáusame menos sorpresa. Constituye síntoma de una
enfermedad constitucional irremediable y característica de la raza hispana. Por
algo la reconquista se prolongó siete siglos, y nuestras guerras civiles
duraron siempre seis o siete años. ¡Felices los países en que la diligencia es
una de las formas de la honradez patriótica! Para cada general dinámico,
a lo Espartero, Córdova o Martínez Campos, hemos contado por docenas los
tardígrados con fajín. ¡Oh santa pereza, musa de nuestros políticos y
soldados!... ¡Si al menos hubiéramos logrado[p. 260] propagar
nuestra enfermedad del sueño a los extranjeros!... Pero
volvamos al asunto.
Nada interesante puedo referir de lo ocurrido
durante mi estancia en Cataluña. Aquellos paseos militares completaron
admirablemente mi educación física, y me permitieron estudiar a fondo el alma
del honrado payés catalán.
Aunque el médico militar era entonces plaza
montada, con derecho, por tanto, a bagaje —de no poseer caballo propio—, yo
prefería hacer las etapas a pie, conversando con los oficiales. En los grandes
trayectos, aprovechábamos la acémila para conducir el equipaje y las
provisiones de boca del asistente y practicante; los cuales, dicho sea de
pasada, ejercían sobre mí irresistible tiranía: me administraban la paga y me
guiaban paternalmente en los mil incidentes y tropiezos de la vida militar. El
asistente, simpático muchacho alicantino, era un zahorí para husmear
provisiones. Hasta en aldeas recién saqueadas por los facciosos, sabía afanar un
pollo oculto o sonsacar algún trozo de butifarra. Y como en casi todos los
pueblos tenían novia, participaba a menudo de los finos agasajos (tortas,
dulces, pañuelos, calcetines, etc.) con que las pobres muchachas creían
asegurarse la volandera afición de mis acólitos. ¡Oh juventud, y cómo hermoseas
a los ojos del viejo hasta el recuerdo de los más triviales sucesos!...
En cierta ocasión, creí firmemente satisfacer mis
ansias dramáticas, presenciando, al fin, un hecho de guerra formal. Pero se
malogró al cabo, aunque la operación emprendida resultó singularmente penosa
aun para mis excepcionales facultades de peatón.
Pernoctábamos plácidamente en Tárrega, deleitosa
Capua del regimiento de Burgos, cuando cierto día, antes[p. 261] del alba,
sonó la diana. Pusímonos en pie, creyendo que, según costumbre, tomaríamos la
vuelta de Agramunt o de Verdú; pero la jornada fué de prueba, como que se
prolongó más de 14 leguas. Parece que nuestro coronel había recibido, durante
la noche, un parte del capitán general de Cataluña, ordenándole que, lo más
diligentemente posible, se pusiese en marcha para el Bruch, donde debía escoltar
cierto convoy salido de Barcelona con dirección a Berga, a la sazón asediada
por los carlistas. Caminamos, pues, de Tárrega a Cervera, de Cervera a Calaf,
de Calaf a Igualada, y de Igualada al Bruch. Tras breves horas de descanso en
esta última población, y reunidos al convoy, pernoctamos, llegada la media
noche, en Manresa. Los soldados hallábanse atrozmente fatigados; nuestra
impedimenta de enfermos y rezagados era imponente.
En cuanto a mí, no obstante la fatiga y los efectos
de unas malditas botas recién estrenadas, tuve aún humor para admirar desde el
Bruch las ingentes y rojizas moles del Montserrat, y de fantasear con los
oficiales acerca de la famosa derrota de los franceses en la heroica villa. En
fin, al siguiente día juntáronsenos nuevas fuerzas, y continuamos la marcha por
Sallent, donde pernoctamos, hasta las inmediaciones de Berga, donde plantamos
nuestras tiendas. En cada etapa tomáronse muchas precauciones, pues temíamos
que los carlistas prepararan una emboscada o nos acometieran en las gargantas
del Llobregat. Pero defraudando mis esperanzas, los facciosos, sabedores quizás
de las respetables fuerzas que escoltaban el convoy, levantaron el sitio de la
plaza. No experimenté, pues, más sensación guerrera que la impresión agridulce
de una noche de campamento en las montañas que rodean Berga, sin contar un
fuerte catarro producido por el relente.
[p. 262]De los catalanes de entonces conservo grato
e imborrable recuerdo. En Tárrega, en Cervera, en Balaguer, etc., se nos
recibía con agrado; más aún, con muestras de cordial simpatía.
Innecesario resultaba a nuestra llegada el reparto
de boletas de alojamiento: cada cual entraba en la casa donde le habían
albergado otras veces, porque sabía que el huésped le acogería cordialmente.
Aún tengo presente a mi buenísimo patrón de Tárrega, honrado comerciante de
paños, padre de varios excelentes y laboriosos hijos, el cual me cobró tal
afición, que me convidaba a su mesa, me regalaba caza y golosinas y me
adelantaba dinero cuando las pagas se retrasaban. Caído una vez enfermo y no
pudiendo seguir a la columna, cuidóme solícitamente, y llegada la
convalecencia, tuvo conmigo la complacencia de facilitarme numerario y un traje
de paisano para hacer rápida jira a Zaragoza[37] y
visitar la familia, en tanto regresaba mi regimiento.
En las casas donde se celebraban reuniones, y hasta
en las familias más modestas, las señoritas tenían a gala hablar castellano, y
se desvivían por hacer agradable nuestra estancia. Consideraban el catalán cual
dialecto casero, adecuado no más a la expresión de los afectos y emociones del
hogar. Y este sentimiento de adhesión al ejército y a España no latía solamente
en las modestas villas del llano de Urgel y del Priorato, agradecidas a nuestra
protección; alentaba en todas las provincias catalanas.
Siempre recuerdo con gratitud la acogida generosa
de mi patrón de Sallent, cierto médico veterano, padre de[p. 263] numerosa
prole. Al verme calado por la lluvia, fatigado por varias horas de marcha y
aterido de frío, la familia del huésped me recibió afablemente, colmándome de
delicadas atenciones. Encendieron lumbre, no obstante lo avanzado de la noche;
prepararon suculenta cena y abrigáronme con ropa enjuta mientras se secaba a la
llama el uniforme. Por cierto, que una de las hijas del médico, esbelta y rubia
como una Gretchen, causóme viva impresión. En suma, la amable
señora e hijas de mi patrón diéronme, con sus cariñosas solicitudes, la
impresión que debe sentir el hijo aventurero reintegrado al hogar y acogido en
el cálido regazo maternal.
¡Entonces los laboriosos catalanes amaban a España
y a sus soldados!... Después... no quiero saber por culpa de quiénes, las cosas
parecen haber variado.
En Abril del año 1874 recibí la orden de
trasladarme al ejército expedicionario de Cuba. Por aquel tiempo recrudecióse
la guerra separatista en la Gran Antilla, motivando en la Sanidad Militar de la
Península nuevos sorteos de personal para cubrir las bajas de Ultramar. Yo fuí
uno de los designados por la suerte. El paso a Cuba implicaba el ascenso al
empleo inmediato, es decir, la graduación de capitán (primer ayudante médico).
Me despedí, pues, con pena de mis paternales
patrones de Tárrega y Cervera, a quienes ya no debía volver a ver, así como del
regimiento de Burgos, en que dejaba inolvidables amigos, entre los cuales
incluyo a mis practicante y asistente. Después, satisfaciendo deseos largamente
incubados, hice una escapada de turista a Barcelona para admirar el mar, que no
conocía (y en el cual iba a navegar dieciocho días seguidos), curiosear los
barcos del puerto y subir al Castillo de Monjuich. Desde allí contemplé embelesado
el soberbio panorama de la ciudad;[p. 264] la llanura salpicada de
fábricas y casas de campo, y el famoso Tibidabo, coronado de pinos.
En fin, satisfecha mi curiosidad, regresé a Zaragoza.
Mi afán de ver tierras y abandonar la Península
contrarió mucho a mi padre. Trató, pues, de disuadirme del viaje, aconsejándome
la petición de la licencia absoluta. Pintóme con los más negros colores la
insalubridad de la isla y el peligro de una campaña en la cual me exponía a
perecer obscuramente; me recordó que mi porvenir se cifraba en el profesorado y
no en la milicia; apuntó, en fin, el temor de que, a mi regreso de Cuba,
naufragaran mis conocimientos anatómicos, tan laboriosamente adquiridos, dando
además al olvido ambiciones generosas.
Mas yo, tenaz siempre en mis propósitos, atajé sus
razones, diciendo que consideraba vergonzoso desertar de mi deber, solicitando
la licencia. «Cuando termine la campaña será ocasión de seguir sus consejos;
por ahora, mi dignidad me ordena compartir la suerte de mis compañeros de
carrera y satisfacer mi deuda de sangre con la patria.»
A fuer de sincero declaro hoy que, además del
austero sentimiento del deber, arrastráronme a Ultramar las visiones luminosas
de las novelas leídas, el morboso prurito de aventuras peregrinas, el ansia de
contemplar, en fin, costumbres y tipos exóticos...
En este afán novelesco —muy viejo en mí como sabe
el lector— acompañábanme también algunos condiscípulos y, por de contado, mi
hermano Pedro, dos años más joven que yo; el cual, dicho sea entre paréntesis,
cometió calaverada verdaderamente épica. Mostrando resolución increíble en un
muchacho de trece a catorce años, ahorcó sus hábitos de estudiante, fugándose
de casa en compañía de cierto aventurero seductor. Después de embarcarse en
Burdeos, dió con sus huesos en el Uruguay, donde le[p. 265] ocurrieron las
más sorprendentes peripecias[38]. ¡Contra
todas las previsiones de mi padre, el hijo formal, el
impecablemente sumiso y obediente, superó de una vez todas las decantadas
audacias del primogénito!... Yo quedé como humillado de no haber sabido hacer
otro tanto.
Entre mis condiscípulos y amigos, el que con más
entusiasmo compartía mis ensueños románticos, era Cenarro. Recuerdo que, recién
acabada la carrera, discurríamos ambos cierto día por el Paseo de los
Ruiseñores; hablábamos del porvenir, y, en vena de confidencias, nos
comunicamos nuestros más íntimos anhelos. He aquí la esencia, si no la forma de
nuestros coloquios:
—A mí me entusiasma extraordinariamente —decíame
Cenarro— el Ejército, y sobre todo la Sanidad Militar.
Sólo esta carrera es capaz de satisfacer el ansia más viva de mi alma, que
consiste en cambiar diariamente de escenario y presenciar espectáculos
emocionantes y pintorescos. Un destino en Puerto Rico, Cuba, África o
Filipinas, me haría el más dichoso de los hombres...
—Coincido —contesté— en absoluto con tus opiniones.
También yo estoy asqueado de la monotonía y acompasamiento de la vida vulgar.
Siento sed insaciable de libertad y de emociones novísimas. Mi ideal es
América, y sin[p. 266]gularmente la América tropical, ¡esa tierra
de maravillas, tan celebrada por novelistas y poetas!... Sólo allí alcanza la
vida su plena e ideal expansión. En nuestros climas hasta las plantas parecen
raquíticas y como temerosas del inevitable letargo invernal. Orgía loca de
formas y colores, la fauna de los trópicos parece como imaginada por artista
genial, preocupado en superarse a sí mismo. ¡Cuánto daría yo por salir de este
desierto y sumergirme en la manigua inextricable!...
Los dos amigos satisficimos al fin nuestra ardiente
curiosidad. Pocos años después del precedente diálogo, Cenarro, convertido en
médico militar, vivía en Tánger, agregado a la Embajada española. Allí pudo
estudiar a su sabor costumbres exóticas y razas diversas. En cuanto a mí,
transcurridos menos de dos años, encontrábame sumergido en aquella tan admirada
manigua antillana; en aquellas selvas sombrías, tan tristes y dolorosas en la
realidad como seductoras e idílicas en las teatrales y afectadas descripciones
de Bernardino de Saint Pierre. Los encomiadores de la naturaleza tropical sólo
habían olvidado un pequeño detalle: que aquel paraíso del reino de las plantas
es sencillamente inhabitable para el hombre...
Pero volvamos al asunto. Persuadido mi padre de que
la resolución de su primogénito era inquebrantable, trató de dulcificar en lo
posible mi futura suerte en las Antillas. Al efecto, procuróme cartas de
recomendación para el Capitán general y otros personajes de la isla de Cuba.
Confiaba en que, merced a ellas, se me destinaría a un puesto relativamente
salubre, por ejemplo, a una guarnición en Puerto Príncipe, Santiago o la
Habana.
Provisto, pues, de mis cartas y recibida la paga de
embarque, me trasladé a Cádiz, donde debía zarpar el vapor España con
rumbo a Puerto Rico y Cuba. Allí nos junta[p. 267]mos varios compañeros, entre
ellos A. Sánchez Herrero[39], a quien
acompañaba su señora, y Joaquín Vela, simpático paisano y casi condiscípulo
mío, pues había terminado la carrera un año antes que yo.
La impresión que me produjo la tacita de
plata, con sus casas blancas, sus calles aseadas, rectas, cruzadas en
ángulo recto y oreadas por la brisa del mar, fué excelente. No fué tan grata la
causada por los gaditanos. Acaso por mi aire de doctrino, que invitaba a la
burla, o por el hábito consuetudinario de explotar sin conciencia al forastero,
ello es que, en los dos o tres días pasados en la ciudad andaluza, sólo tuve
reyertas y desazones.
Ya, al salir de la estación, topé con una caterva
de faquines y granujas que, sin hacer caso de mis protestas, repartióse
instantáneamente mis efectos; y al llegar al hotel (recuerdo que era el Hotel
del Telégrafo), se armó formidable trapatiesta sobre si éste llevó un
paraguas, esotro una maleta, aquél un bastón y el de más allá creyó recibir la
orden de cargar con el baúl, adelantándosele un compañero... Poco menos que a
trompadas tuve que sosegar a aquella chusma, amén de repartir buen puñado de
pesetas; y eso ante las barbas de los representantes de la autoridad, que lo
tomaban todo a chacota.
Llegado el siguiente día, visité algunos comercios.
Sorprendióme el escandaloso precio de las prendas de uso común: por un sombrero
que en Madrid costaba veinticuatro reales, pedíanme en todas las tiendas
cincuenta. Un compañero más avisado que yo me aclaró el enigma,[p.
268] informándome que los marchantes gaditanos estaban confabulados para
saquear metódica y despiadadamente al forastero, singularmente al indiano,
encareciendo hasta el doble el costo de las ropas, sombreros y artículos de
viaje[40]. En las
calles, resultaba vejatorio preguntar a un mirón o a un mozo de cuerda, porque
a seguida alargaba la mano para cobrarse el servicio. Tan en las entrañas de
aquella gente estaba la explotación inconsiderada del extraño, que hasta los
mozos del hotel cobraban un tanto por ciento por cada viajero conducido a
tiendas, cafés o casas de recreo.
Para terminar con estas enfadosas sacaliñas,
referiré lo que me ocurrió al embarcarme. Ajusté un bote en el puerto para
abordar el vapor, y hacia el comedio de la travesía, se me plantó el patrón. Y
dejando los remos, me advierte «que por reinar furioso levante debía yo, según
tarifa, abonarle el doble y por adelantado». A todo esto faltaba media hora
escasa para la salida del trasatlántico. Exasperado por el cinismo del patrón y
harto de sonsacas y burlas, fuíme derecho al truchimán, y
agarrándole por el cuello le grité con voz colérica: «¡O rema usted con toda su
alma, o le rompo ahora mismo el bautismo!...» Por fortuna, al sentir las rudas
caricias de mis puños, amansóse el granuja, tornando con ardor a la faena y
murmurando «que todo había sido pura broma». El terrible levante se
había desvanecido en un santiamén.
Supongo que, desde tan remota fecha, las cosas
habrán cambiado mucho, y que las autoridades locales, celosas del buen nombre
de la ciudad y atentas a la salvaguarda[p. 269] de sagrados intereses
económicos, se habrán dado maña para desterrar tamaños excesos. Porque estas
cosas, que parecen pequeñas, tienen suma trascendencia para la prosperidad de
un emporio comercial. En cuanto a mí, quedé tan escarmentado, que jamás, ni aun
habiendo pasado después varias veces en mis jiras andaluzas cerca de la patria
de Columela, he sentido tentación de visitarla. Hay abusos que no se olvidan
jamás.
Y cuando me dijeron después que toda la actividad
comercial y marítima de Cádiz había sido absorbida por Barcelona, siendo
poquísimos los barcos nacionales y extranjeros que hacían escala en aquella
ciudad, encontré semejante resultado la cosa más natural del mundo.
[p. 271]
CAPÍTULO XXIII
Llegada a la Habana. — Soy destinado al hospital de
campaña de «Vista Hermosa». — Enfermo, al poco tiempo, de paludismo. —
Aprovecho mi forzada quietud para aprender el inglés. — Mi dolencia se agrava y
se me concede licencia para convalecer en Puerto Príncipe. — Iniciada mi
mejoría, soy destinado a la enfermería de San Isidro en la «Trocha del Este». —
La vida en la Trocha. — Música a la luz de la luna. — Mis cándidos quijotismos
me impulsan a corregir abusos administrativos, y sólo consigo que me empapele
el jefe de la fuerza.
a travesía hasta Puerto Rico y Cuba hízose
con mar bella y excelente humor. Por entonces la Compañía Trasatlántica de
Comillas daba buen trato, y no faltaban a bordo distracciones, sin contar la
murmuración, socorrido recurso de todos los pasajes. Pero a mí me han
interesado siempre muy poco las chinchorrerías y comadreos. De día concentraba
mi atención en el magnífico espectáculo del mar: el vuelo de las gaviotas, la
persecución de los tiburones, el salto de los peces voladores y esas como
flores flotantes, de aspecto gelatinoso y sutil, que se llaman medusas, sifonóforos,
etc., etc. Llegada la noche, me abismaba en la contemplación de aquel cielo,
cuyas constelaciones se renovaban conforme nos aproximábamos al ecuador. Hasta
en el negro oleaje en[p. 272]contraba sorpresas cautivadoras. En noches de
calma no se limitaba a copiar pasivamente las luces del firmamento, sino que
irradiaba profundos y misteriosos fulgores. Y mi curiosidad infantil se
embelesaba persiguiendo la estela fosforescente dejada por enjambres de noctilucos,
excitados por la formidable sacudida de la hélice. Como se ve, mi afán de
nuevas impresiones íbase satisfaciendo.
Hacia el día décimosexto de la navegación surgió
muy de mañana la ciudad de San Juan de Puerto Rico, con su imponente fortaleza
militar y su blanco caserío, dispuesto en pintorescas graderías. Impaciente por
pisar la tierra descubierta por Colón, aproveché el alto del vapor para
corretear la ciudad y la campiña inmediata, donde observé sorprendido algunas
muestras de la flora tropical. En fin, reanudado el viaje, dos días después
arribamos a la Habana.
Maravilloso e inolvidable es el panorama de la
populosa capital cubana vista desde lejos. A la izquierda, conforme se entra en
la bahía, se impone, con su mole formidable, el castillo del Morro, erizado de
cañones y comparable por su figura y posición al de Monjuich; y, a la derecha,
dilátanse, en serie interminable, casas, palacios y quintas entrecortados por
bellísimos jardines donde descuellan elegantes palmeras. En fin, ya dentro de
la bahía, especie de hoz recortada por innumerables calas y promontorios, se
descubre el puerto, frontero del barrio comercial; mientras que hacia el fondo
álzanse varias colinas verdes cuyas faldas salpican pintorescos arrabales.
Fuera inoportuno detenerme a describir las harto
conocidas bellezas de la Habana y de su fértil campiña. Tampoco entra en mis
cálculos referir menudamente mis impresiones de viajero. Me concretaré
solamente a declarar que la primera gran ciudad americana visitada por mí pa[p.
273]recióme mera continuación de Andalucía. En efecto, andaluza es
el habla, dulzona y matizada con graciosos ceceos; andaluzas las
casas (formadas de planta baja y principal), con sus encantadores patios y
jardines, y andaluz el espíritu fino y soñador, pero lánguido
y perezoso, del criollo.
Quizás fué grave mal para la prosperidad económica
de la América española el no haber, desde el principio, aprovechado
preferentemente para la empresa colonizadora nuestras fuertes razas del Norte,
laboriosas, económicas y desbordantes de natalidad, en lugar de recurrir
predilectamente a la gente andaluza y extremeña, inteligente, generosa y capaz
de todos los heroísmos, según acredita la historia, pero de inferior aptitud
para las fecundas luchas del comercio y de la industria.
Acerca de mis emociones de turista en la capital de
las Antillas, concretaréme a decir que todo atraía mi curiosidad y en todo
hallaba ocasión de asombro y enseñanza. La extraña mezcla de razas circulantes
por las calles; la suntuosidad de los parques, donde además de flores
peregrinas y de pitas gigantescas, crecía la altísima palmera real; los
sabrosos frutos del país, como el plátano, el coco, el mango y la piña; los
árboles frondosísimos de hoja perenne, entretejidos de bejucos o lianas
trepadoras; un cielo tan pronto azul como gris, pronto a desatarse en furiosas
tormentas; y por encima de aquella naturaleza desbordante, que parecía entonar
un cántico a la vida, el padre sol cayendo a plomo, y como plomo derretido,
sobre nuestras cabezas...
Cuando se codicia ardientemente algo, la realidad
suele burlar la esperanza. Pero a mí no me defraudó el deseo: ante la realidad
palpitante, las imágenes de los libros conservaron sus prestigios. Por donde
vivía como soñando o como sumergido en una especie de encantamiento.
[p. 274]En algunas cosas, no obstante, sufrí
decepción; por ejemplo: en las famosas selvas vírgenes, tan
celebradas por los poetas románticos. Ante mis interrogaciones reiteradas, las
gentes del país me señalaron la manigua. Pero la impresión causada
por ésta fué insignificante. En vez del bosque milenario, no profanado por
planta humana, me encontré con vulgar matorral sembrado de arbustos y pequeños
cedros y caobos creciendo en desorden. Consoléme hasta cierto punto, considerando
que las necesidades de la colonización habían impuesto el descuaje de la
primitiva selva. Ni era cosa de establecer cercados de bosque, a guisa de
vedados de caza, para deleite de los futuros amantes de la naturaleza. ¡Lástima
no haber arribado cuatro siglos antes, cuando los compañeros de Colón hollaron
tantas excelsas virginidades!...
De la fauna quedé también mediocremente satisfecho.
Escaseaban los animales indígenas, y los que veía resultaban poco imponentes.
Ni un jaguar, ¡ni siquiera una triste serpiente de cascabel!... En mis
correrías por los alrededores de la ciudad, sólo pude sorprender el
vulgarísimo gorrión cosmopolita, pájaro importado de España;
algunos cuervos y tordos, y cierta avecilla menuda
y nada vistosa, llamada por los guajiros vigirita. (Aludiendo sin
duda a la flojedad y delicadeza de este pajarillo, nuestros soldados
designaban vigiritas a los criollos, y particularmente a
los mambises o insurrectos; en cambio, los peninsulares éramos
llamados gorriones y patones). Solamente
enjaulados, admiré al polícromo papagayo de las Antillas y
algunos preciosos ejemplares de colibrís del Perú.
Contrarióme asimismo la total extinción de la raza
indígena. En su lugar, y entregada a las más rudas faenas, se mostraba la raza
negra y sus variados mestizajes, de que los cargadores del muelle constituían
arrogantes[p. 275] ejemplares. En cuanto al criollo, me hizo la impresión
de pálida planta de estufa, vegetando muelle y parásitamente a expensas de la
savia del africano o del mulato. Alguna vez, sin embargo, encontré entre los
criollos tipos activos y robustos; mas por lo común, y salvadas algunas excepcionales
complexiones, la raza blanca parecióme incapaz de resistir los ardores y
peligros del clima tropical. El blanco degenera allí rápidamente. Aludo,
naturalmente, al europeo ocupado en las faenas agrícolas y expuesto, por tanto,
a muchedumbre de parásitos, de que son, a menudo, portadores los mosquitos
(paludismo, fiebre amarilla, etc.). Claro es que el cubano, confinado en las
urbes, entregado al comercio o a profesiones ajenas al esfuerzo muscular y al
rigor del aire libre, resiste mucho mejor los efectos enervadores del clima;
así y todo, su vigor sólo se mantiene a costa de reiteradas inoculaciones de
sangre europea.
En virtud de esta exquisita acomodación a la vida
sedentaria, la mujer cubana no sólo ha conservado mejor que el hombre el tipo
de la raza, sino que ha afinado su delicada feminidad, adquiriendo, así en lo
espiritual como en lo físico, dulzuras y suavidades excepcionales o
desconocidas en las bellezas de Europa. Esto explica por qué la mayoría de
nuestros jefes y generales ultramarinos cayeron en las redes de aquellas
lánguidas e irresistibles hermosuras.
En estas exploraciones y novelerías transcurrió
cerca de un mes. Terminado el período de aclimatación, hízose necesario
distribuir el personal médico recién venido de la Península. A tal propósito,
fuimos cierto día convocados los candidatos en la Inspección de Sanidad; allí
se nos informó de las plazas vacantes. Las había de médicos de regimiento en
las columnas de operaciones; de profesores de[p. 276] guardia en los
hospitales urbanos y, en fin, de directores de enfermerías de campaña.
Si el lector tiene presente el carácter sandiamente
quijotesco del autor de este libro, deducirá fácilmente que me sería adjudicado
uno de los peores destinos. Y así fué, en efecto. Inspirado en sentimientos de
equidad y abnegación, por nadie agradecidos, me abstuve de presentar las cartas
de recomendación. Quise correr mi suerte o, mejor dicho, la suerte que no
quisieran correr mis compañeros; los cuales, harto más prácticos y ajenos a mis
escrúpulos, removieron cielo y tierra para asegurarse las plazas de hospital,
verdaderas sinecuras, o, en su defecto, las de médico de batallón. Para los
tontos o desvalidos quedaron reservadas las enfermerías de la manigua y de las
trochas, estaciones aisladas, de difícil aprovisionamiento, y
extraordinariamente insalubres.
Claro es que también el médico de batallón en
campaña corría serios peligros; pero tenía al menos la ventaja de cobrar
puntualmente. Sabía, además, que, tras algunos días de excursión por la
manigua, podría regresar a la capital del distrito para restaurar fuerzas,
remendar alifafes y participar de las satisfacciones de la vida social.
Por cierto que la enfermería que yo debía regentar
era de las más peligrosas e incomunicadas: la de Vista Hermosa,
perdida en plena manigua, dentro del distrito de Puerto Príncipe, en medio de
un país asolado y despoblado por la guerra.
Días después del reparto de plazas, zarpó el vapor
que debía conducirnos a Nuevitas; en él nos embarcamos algunos médicos
destinados al Departamento central, con buen golpe de tropas de refresco para
cubrir bajas. Un tren blindado nos trasladó en pocas horas desde Nuevitas, al
través del manigual desierto, a la capital del Cama[p. 277]güey. Alojéme en la
famosa Fonda del Caballo Blanco, donde se hospedaron también mis
camaradas Vela y Sánchez Herrero. En fin, transcurridos algunos días de
descanso, incorporéme a mi destino, aprovechando la marcha de una columna
volante, encargada de racionar la citada enfermería de Vista Hermosa.
Por cierto que ya en marcha, durante un alto de la
columna, y bajo el techo de estancia abandonada, tuve por primera vez noticia
del próximo advenimiento de la restauración monárquica. Invitado a tomar café
con algunos jefes y oficiales, cierto comandante aragonés sorprendióme con esta
pregunta, disparada a quemarropa:
—Usted, que acaba de llegar de España, ¿qué me
cuenta de la conspiración que debe proclamar a D. Alfonso?
—Creo —murmuré— que la República conservadora
merece la confianza del Ejército.
—Bien veo, paisano, que vive usted en el limbo.
¡Cómo!... ¿Ignora usted que todo el Ejército, sin excepción, es alfonsino, y
que cualquier día, pese a la resistencia de los politiquillos, caerá la
República?...
Lleno de estupor, dirijo una mirada interrogativa
al coronel, jefe de la fuerza, para leer en sus gestos alguna señal de
reprobación, o al menos de contrariedad... Todo lo contrario. Pronto comprendí
que lo expresado por mi paisano era diaria comidilla de la oficialidad, y que
el Ejército de Cuba, como el de la Península, se había pasado en masa al campo
alfonsino.
En vano Castelar, con su prudencia política y
espíritu oportunamente conservador, trabajaba por consolidar definitivamente la
República, ideal de la Revolución: el recuerdo de la indisciplina militar y de
las vergonzosas escenas de Cartagena, la habían matado definitivamente en[p.
278] el corazón del Ejército y en el pensamiento de las clases directoras
del país. El golpe de Estado de Pavía era indeclinable.
Entonces acudieron a mi memoria ciertos hechos
presenciados en Cataluña, acerca de cuya significación no había parado mientes.
Cuando nuestra columna pernoctaba en alguna villa importante, los oficiales
tertulianos del café o del casino se escindían en dos grupos: la masa
principal, con el coronel a la cabeza, agrupábase en una o varias mesas
próximas, cuchicheando de política; mientras que cierto pequeño contingente,
constituído por oficiales o jefes de procedencia republicana, formaba rancho
aparte. Dábase, pues, el caso singular de que, en plena República, los
oficiales republicanos (cuyo número disminuía incesantemente) vivían como
avergonzados de su origen, y eran tratados desconfiadamente y casi con
hostilidad por sus camaradas monárquicos.
Los sucesos hicieron pronto buenas las profecías
del comandante. Sabido es que poco después (29 de Diciembre de 1874) sobrevino
la sublevación de Sagunto y la proclamación de D. Alfonso XII.
El pueblo de Vista Hermosa constituía
un pequeño poblado extendido por las faldas de suave altozano, rodeado de
extensos maniguales. En la eminencia más culminante alzábase sólido fortín
cuadrado, construído con gruesos troncos de árbol y surcado de aspilleras. En
él se alojaba una compañía (harto mermada por las enfermedades) a las órdenes
de un capitán. A corta distancia estaba emplazado el hospital, enorme barracón
de madera, con techo de palma y capaz para unas 300 camas. En los ángulos
periféricos orientados hacia la manigua, destacábanse dos robustos torreones,
reforzados por parapeto de troncos. Al abrigo del fuerte y de la enfermería,
únicos edificios de[p. 279] alguna importancia, extendíanse los almacenes
y algunas pobres rancherías de chinos y negros. En los alrededores veíase un
descampado, limpio de bosque, cuya maleza exuberante había que segar con
frecuencia, para que no invadiera los barracones con su pujante crecimiento, ni
facilitara, por tanto, las sorpresas del vigilante enemigo.
Cada mes nos enviaban desde Puerto Príncipe las
raciones necesarias para el hospital y guarnición, aprovechando al efecto el
tránsito de columnas de operaciones. En el intervalo, quedábamos absolutamente
incomunicados con el mundo, siendo peligrosísimo aventurarse en la manigua más
de un kilómetro, pues los mambises nos espiaban; casi todos los días había
tiroteo entre ellos y los centinelas.
Por aquella época, la enfermería puesta a mi
cuidado albergaba más de 200 enfermos, casi todos palúdicos o disentéricos,
procedentes de las columnas volantes de operaciones en el Camagüey.
Dormía yo junto a mis pacientes, dentro de la gran
barraca, en un cuartito separado del resto por tabique de tablas. Además de
cama y mesa, contenía mi departamento, en pintoresca mescolanza, fusiles de los
soldados muertos, cartucheras y fornituras de todas clases, cajas de galletas y
azúcar, botes de medicamentos, singularmente del sulfato de quinina, la
providencia del palúdico en los países tropicales. Con cajones y latas vacías,
dispuse en un rinconcito un laboratorio fotográfico y construí el estante destinado
a mi exigua biblioteca.
Al principio, no obstante la fatiga y las emociones
inherentes al cuidado de tantos enfermos, lo pasé bastante bien, amenizando mis
ocios con la lectura, el dibujo y la fotografía. Por fortuna, como ya sabe el
lector, la ausencia de vida social la he soportado siempre bien, gracias al[p.
280] noble vicio pictórico y a mi incansable afición por la lectura.
Pero contra los microbios nada valen las
seducciones del arte ni las expansiones de la imaginación. El espíritu se
mantenía bien, pero entretanto el cuerpo decaía. Ni la ración alimenticia,
compuesta de pan, galletas, arroz y café, era la más adecuada para criar buena
sangre. En vano pretendía entonar el organismo agregando al menú,
de tarde en tarde, tal cual plátano o coco, arrebatados eventualmente por algún
negro merodeador de ingenios abandonados.
Al fin flaqueó mi resistencia y caí enfermo de
paludismo. Nubes de mosquitos nos rodeaban: además del Anopheles
claviger, ordinario portador del protozoario de la malaria, nos
mortificaban el casi invisible gegén, amén de ejército innumerable
de pulgas, cucarachas y hormigas. La ola de la vida parásita nos envolvía por
todas partes.
¡Qué cosa más triste es la ignorancia! Si, por
aquella época, hubiéramos sabido que el vehículo exclusivo del paludismo es el
mosquito, España habría salvado miles de infelices soldados, arrebatados por la
caquexia palúdica en Cuba o en la Península... Para evitar o limitar
notablemente la hecatombe, habría bastado proteger nuestros lechos con simples
mosquiteros o limpiar de larvas de Anopheles las vecinas
charcas.
Nada remediaba el tomar dosis heroicas de sulfato
de quinina. Por de pronto se mejoraba; mas, transcurridos algunos días, volvía
la accesión. Ésta vino a ser en mí diaria, a causa, sin duda, de
reinoculaciones muy próximas del plasmodium. Entretanto, había
perdido el apetito y las fuerzas; el bazo se hipertrofiaba; la color hízose
terrosa; andaba premiosamente, y la anemia, ¡la terrible anemia
palúdica!, se iniciaba con todo su cortejo de síntomas[p.
281] alarmantes. Al fin quedé postrado, siéndome imposible atender a los
enfermos. Un practicante estulto me suplía; todo iba manga por hombro. Para
colmo de desdicha, ¡al paludismo se agregó la disentería!...
¡Oh el admirable optimismo de la juventud!... Mi
vida estaba tan seriamente amenazada como la de los infelices soldados
disentéricos, tuberculosos y palúdicos que morían en torno mío; y, con todo
eso, abrigaba tal confianza en la fortaleza de mi constitución, que, en cuanto
abonanzaban los síntomas, aprovechaba mi forzoso reposo en aprender el inglés,
a cuyo efecto habíame procurado en la Habana buen golpe de libros e
ilustraciones yanquis, amén del indispensable Ollendorff. Creía firmemente que,
en cuanto pudiera sustraerme a la influencia de aquellos miasmas (entonces se
creía en los miasmas de los pantanos como causa de paludismo),
recobraría rápidamente la salud. Tengo por seguro que mi profunda confianza en
la vis medicatrix me salvó.
Por aquellos meses hubo en Vista Hermosa cierta
alarma que nos reveló la entereza y decisión de mis enfermos. Sería la del alba
cuando nos sorprendió tumulto de voces y descargas. Arrojéme de la cama,
vestíme sumariamente, y me informaron de que cierta partida enemiga, emboscada
en la vecina manigua, trataba de sorprendernos. En efecto, vislumbrábase entre
los árboles agitación de jinetes y peones, la mayoría negros y mulatos.
Apercibido a tiempo el jefe de nuestro poblado, tomó rápidamente medidas defensivas,
y, lleno de interés hacia mí, me ofreció amparo en la fortaleza.
—No tenga usted cuidado —le dije—. Si los mambises
atacan el hospital, sabremos defendernos; en todo caso, mi deber es permanecer
al lado de los enfermos.
Todo esto ocurrió en un santiamén. Habíame
acometido[p. 282] la accesión febril, y hallábame en un estado de
exaltación casi delirante. No obstante, empuñé un fusil, me proveí de cartuchos
y recorrí las camas, invitando a los enfermos menos graves a la común defensa.
La mayoría de ellos, aun los postrados por la calentura, incorporáronse en el
lecho y descolgaron el Remington. Los que podían tenerse de pie se concentraron
en los bastiones del barracón; los imposibilitados arrodilláronse en la cama, y
desde ella y sacando el fusil por las ventanas, apuntaban al enemigo. Una
descarga respondió al tiroteo de los mambises.
Mas los insurrectos, al encontrarnos tan
apercibidos, retiráronse sin intentar repetir la hazaña de Cascorro, otro
poblado como el nuestro, donde semanas antes habían sorprendido y macheteado a
la guarnición y a los enfermos.
Una vez más se frustraba, por fortuna, mi loco
anhelo de bélicas contiendas. En mi entusiasmo olvidaba a menudo que mi
cometido no era batirme, sino curar enfermos. Como se ve, el ansia de
notoriedad, de vanagloria, me perseguía hasta en el lecho del dolor...
Mi enfermedad, como dejo apuntado, marchaba de mal
en peor. En vista de lo cual, solicité del inspector de Sanidad de Puerto
Príncipe un mes de licencia. Aunque con dificultades y regateos de tiempo
(faltaba personal para reemplazarme), se me otorgó al fin. Arribado a la
capital del Camagüey, un tratamiento racional, y más que nada la cesación de
nuevas infecciones, me aliviaron mucho. La fotografía aquí reproducida no da
suficiente idea del aspecto chupado y anguloso de mi rostro, aun en la época de
máxima reparación. En realidad, había caído en ese estado de decadencia
orgánica conocido con el nombre de caquexia palúdica, que debía
prolongarse muchos años, y de cuyas lejanas repercusiones morbosas soy todavía
víctima.
Lám. XVI, Fig. 25.—Fotografía hecha en Puerto
Príncipe, después de convalecer del paludismo contraído en Vista Hermosa.
Lám. XVI, Fig. 26.—Otra fotografía donde aparecen
dos amigos hospedados en la fonda El Caballo Blanco. (Puerto
Príncipe).
[p. 283]
En vista de mi relativa convalecencia, el jefe de
Sanidad, Dr. Grau, agregóme al Cuerpo de médicos de guardia del Hospital
Militar de Puerto Príncipe, donde alterné con algunos amigos de la Península, y
tuve el gusto de conocer al Dr. Ledesma[41], que
sobresalía ya como operador habilísimo.
Mes y medio permanecí en la ciudad. Fué la época
más agradable de mi estancia en Cuba. Todas las tardes concurrían al Café
del Caballo Blanco, entre otros camaradas, Joaquín Vela y Martín Visié,
excelente amigo y condiscípulo. No obstante mis andanzas por cafés, casinos y
tertulias caseras, tuve la entereza de resistir a los tres grandes vicios de
nuestra oficialidad: el tabaco, la ginebra y el juego. Verdad que no estaba yo
para trotes.
El alcoholismo, sobre todo, hacía estragos en el
ejército. Del coñac y de la ginebra, mejor aún que del vómito, podía decirse
que eran los mejores aliados del mambís. Fumando de lo más caro, y bebiendo
ginebra y ron a todo pasto, no era extraño que muchos jefes y oficiales
decayeran física y moralmente. Además, retenidas las pagas, pasaban apuros
económicos.
También yo luché con dificultades de este género,
aunque por causas independientes de mi voluntad. Durante mis cuatro meses de
permanencia en la isla no había recibido sino la primera paga de capitán (125
pesos oro). En vano remitía mensualmente a la Habana los justificantes de
haberes. La penuria económica de los médicos de enfermerías no obedecía sólo al
clásico desbarajuste de la administración española; debióse también al desfalco
de[p. 284] un tal Villaluenga, farmacéutico del Hospital Militar de la Habana
y habilitado general del Cuerpo de Sanidad, el cual se fugó a los Estados
Unidos en compañía de 90.000 pesos y de una pelandusca.
En esto del cobro de las pagas reinaba desigualdad
irritante. Los médicos militares de servicio en las capitales percibían
puntualmente sus haberes; para los médicos de batallón solían retrasarse algo,
si bien disponían del recurso de percibir anticipos de la caja del regimiento o
de empeñar pagas devengadas en casas de comercio; pero los pobretes que
prestábamos servicios en trochas o en enfermerías de campaña, dependíamos en lo
económico de la Habilitación general de la Habana, y, sin relaciones de amistad
con el comercio de las ciudades, quedábamos frecuentemente desamparados.
Tal me ocurrió a mí. Habiendo expuesto al Dr. Grau
mi precaria situación, tuvo la bondad de gestionar entre los compañeros un
préstamo (125 pesos) a reintegrar, como era justo, de mis haberes atrasados. En
aquellas azarosas circunstancias, mi demanda era inexcusable. Supe, sin
embargo, con sorpresa, gracias al amigo Visié, que aquel guante en
favor de un compañero había desagradado profundamente. «¿Qué hombre es éste
—decían— que, a poco de estar en la isla, demanda una limosna para vivir?...
Apele, como los demás, al crédito; que se espabile y sacuda su cortedad de
genio»[42].
[p. 285]
En efecto; yo fuí siempre poco espabilado;
pero en aquella ocasión mis compañeros deslucieron una buena acción con una
injusticia. ¡No se hacían cargo de que había pasado cuatro meses en un
desierto, y de ellos tres gravemente enfermo!... ¡Mi crédito!... ¿Pero qué
mercader de Puerto Príncipe se hubiera arriesgado a prestar su dinero a un
pobre diablo desconocido, de figura espectral, y condenado, verosímilmente, a
extinguirse en breve plazo en cualquier rincón de las trochas?
El fallecimiento del médico director de la
enfermería de San Isidro en la Trocha del Este, puso fin a mi
situación provisional de profesor de guardia en Puerto
Príncipe. Sin considerar que había en disponibilidad otros ayudantes médicos
más modernos que yo, ni fijarse en que mi salud distaba mucho de estar
consolidada, el Dr. Grau designóme para reemplazar al compañero fallecido,
quien, por cierto, había sustituído a su vez a otro médico caído también en el
cumplimiento del deber. Acepté dócilmente el nuevo cargo, aunque, a la verdad,
hízome poca gracia entrar en fila macabra con mis desdichados antecesores.
La enfermería de San Isidro era
uno de los varios hospitales de campaña anejos a la trocha militar del
Este, la cual comenzaba en Bagá, pequeña población de la amplia bahía de
Nuevitas. Emplazada en terreno bajo y pantanoso, ofrecía, si cabe, mayor
insalubridad que Vista Hermosa, a la que llevaba solamente la ventaja de
superior facili[p. 286]dad en comunicaciones y aprovisionamientos. Porque entre
San Isidro y San Miguel de Nuevitas, la principal ciudad de la trocha, no lejos
de Bagá, circulaba diariamente cierto tren militar o plataforma,
como nosotros lo llamábamos. Para proteger el hospital de campaña, vasto
cobertizo capaz para 300 enfermos, alzábase recio fortín, cuadrado, destinado a
la guarnición. Algunos pobres bohíos, habitados por lavanderas y obreros negros
de la trocha, completaban el exiguo poblado, que dependía en absoluto de San
Miguel, para los suministros de víveres y demás operaciones comerciales.
Mala suerte tuve al adjudicárseme aquel destino. De
las deficiencias higiénicas de San Isidro certificaban, de una parte, la
guarnición, casi siempre enferma en sus dos tercios; y, de otra, el hecho
singular de haber sido escogido dicho paraje —vasta sabana cruzada por
ciénagas— como lugar de corrección de oficiales borrachos y calaveras. Uno o
dos meses de destierro en San Isidro considerábase como recurso heroico capaz
de domar las más enconadas rebeldías. Se decía, y no a humo de pajas, que,
acabada la suave condena, los oficiales levantiscos mostraban la más dulce de
las tranquilidades: los unos, por la sencilla razón de haberse muerto; los
otros, por yacer impotentes en el lecho del dolor...
A poco de mi llegada pude ya comprobar las
excelencias de aquel lugar de expiación. Acababa precisamente de fallecer
cierto capitán borracho y pendenciero, y se preparaban a embarcar en la plataforma liberadora,
con paso débil y mirada desfalleciente, dos oficiales recién cumplidos. Para
reemplazarlos, llegaron, a los pocos días, cierto capitán de Administración
Militar medio loco, pero muy listo, y con quien por cierto mantuve ruidosas
polémicas filosóficas, y tres oficiales de diversas Armas, acu[p. 287]sados de
promover escándalos y cometer muchos excesos en los cafés y demás centros de
recreo. Eran gente alegre y dicharachera. Oyendo sus proezas, pasaba muy buenos
ratos. ¡Qué de novelescas conquistas amorosas!... ¡Cuántos ingeniosos recursos
para burlar la antipática vigilancia de maridos y papás! ¡Qué de infalibles
ardides contra la bolsa de los usureros!...
Lám. XVII, Fig. 23.—Un fortín de la enfermería de
San Isidro, en la Trocha del Este. La fotografía, tomada por mí al colodión,
presenta en primer término la locomotora de tipo americano, con enorme chimenea
de embudo.
Lo malo fué que tan amenas pláticas se acabaron
pronto. Una o dos semanas después casi todos aquellos arrogantes Lovelaces
cayeron en cama con calentura. Y cuando sonó la hora de la ansiada
emancipación, arrojáronse del lecho, resueltos a no permanecer en San Isidro ni
un minuto más. Dos de ellos fueron transportados al tren en camilla. Recuerdo
que, al decirme adiós, miráronme con esa conmiseración con que el rescatado de
Argel debía contemplar al cautivo sin esperanza.
Tal fué el idílico y apacible retiro con que me
obsequió el Dr. Grau, en cumplimiento de atribuciones y deberes indiscutibles.
No me quejé y no me quejo hoy. Al fin y al cabo, alguno había de cargar con el
mochuelo.
No estará demás informar brevemente al lector de la
significación del sistema defensivo de las Trochas militares.
Las trochas de Cuba eran caminos
bordeados por fuerte empalizada, con o sin alambradas de refuerzo, y amparados
cada 500 metros por blockhaus, donde vigilaban pequeños
destacamentos de soldados. Cada 1.000 o más metros alzábase un fortín de
madera, guarnecido por una compañía o fracción de ella. De distancia en
distancia, levantábanse algunos poblados; en ellos la línea militar era
defendida mediante puestos militares de cierta importancia, a cuya sombra
protectora se amparaban enfermerías y almacenes.
[p. 288]La llamada Trocha del Este o del
Bagá, aunque no terminada, extendíase de Norte a Sur unos 52 kilómetros,
comprendía tres o cuatro hospitales de campaña, y secuestraba, en una
inmovilidad enervante, varios miles de soldados. La trocha de Júcaro a
Morón, mucho más larga, inmovilizaba ocho o diez mil, que había que renovar
cada tres o cuatro meses. Épocas hubo en San Isidro, durante las cuales las
tres cuartas partes de las guarniciones de la línea militar eran baja en las
enfermerías; por donde quedaban blockhaus y fortines casi
abandonados y a merced del enemigo.
En teoría, el plan —un tanto pueril— parecía bien
pergeñado. Nuestros técnicos militares debieron quizá discurrir así: Afecta la
gran Antilla figura de salchicha, con dos estrangulaciones centrales divisoras
del territorio en tres principales departamentos: el de las Villas y
Occidental, rico y floreciente, y cuya tranquilidad importaba mucho
asegurar; el Central o del Camagüey, donde la insurrección tuvo
siempre tenaces partidarios, y, en fin, el oriental (Bayamo,
Holguín, Santiago, etc.), donde la rebelión alcanzaba todo su auge. «Si
cortamos la isla de Norte a Sur —debieron pensar nuestros estrategas— por las
susodichas escotaduras, mediante empalizadas y series de fortines, quedarán
convertidas aquellas regiones en perfectos compartimentos estancos. Y una vez
acabadas, las trochas serán eficaces desde luego para preservar del contagio
revolucionario al próspero departamento de las Villas, fuente de valiosos
recursos; y además para que un ejército relativamente pequeño vaya limpiando,
sucesiva y metódicamente, de insurrectos cada compartimento estanco.»
Los repetidos reveses de la campaña probaron, sin
embargo, que las trochas constituyeron grave error militar. Acaso la de Júcaro
a Morón prestó al principio, cuando las[p. 289] partidas revolucionarias
alcanzaban exiguos contingentes o constaban de soldados poco aguerridos,
servicios positivos; pero ulteriormente, los inconvenientes superaron con mucho
a los harto discutibles beneficios. Todo el mundo pudo ver, y ello consta en
las manifestaciones del general Portillo y en las representaciones al Gobierno
del Capitán general Concha, que aquellas inexpugnables murallas de la China
eran tácticamente ineficaces. Atravesábanlas impunemente los insurrectos
(recuérdese, entre otros cruces célebres, el de la trocha del Júcaro realizado
por Máximo Gómez en 1874, para propagar el fuego de la rebelión a las Villas);
inmovilizaban sin fruto copioso ejército que habría sido eficacísimo en
operaciones de persecución activa; aumentaban en grado indecible,
particularmente durante la época de las lluvias, las bajas por enfermedad
(¡muchos fortines se alzaban en marismas y pantanos!...); y, en fin,
consumieron en trabajos de explanación, fortalezas, construcción de estacadas,
entretenimiento de hospitales y depósitos de víveres y medicamentos, sumas
fabulosas. Y esto precisamente cuando los apuros económicos de la metrópoli,
casi huérfana de crédito y desangrada por dos tremendas guerras peninsulares,
eran abrumadores.
Cuando más tarde, aleccionados por dolorosa
experiencia, abandonamos las trochas, éstas habían causado más de 20.000
víctimas[43].
[p. 290]
¡Asombra e indigna reconocer la ofuscación y
terquedad de nuestros generales y gobernantes, y la increíble insensibilidad
con que en todas épocas se ha derrochado la sangre del pueblo!
Al referir aquellos sucesos, después de ocurrida la
catástrofe colonial, es difícil resistir a la tentación de indagar las causas
de tantos reveses y de recordar los grandes desaciertos de nuestra política
ultramarina. Es triste reconocer que la característica de los estadistas
españoles consistió siempre en rechazar obstinadamente las lecciones de la
historia. Nuestros políticos vivieron siempre al día, atentos al conflicto
presente, sin preocuparse lo más mínimo del porvenir. Ni los episodios desdichados
de la emancipación de América, ni dos agotadoras campañas en Cuba, ni el
consejo de los pocos políticos clarividentes que hemos tenido, como Aranda,
Prim y Pí y Margall, hicieron mella en el cerril egoísmo de nuestras
oligarquías turnantes.
Con una falta de cordura incomprensible en
preclaros talentos, hombres como Castelar y Cánovas pensaban que Cuba —esa Cuba
que nos aborrecía y cuya independencia, deseada por América entera, era
inevitable— valía la pena de sacrificarle España. La frase efectista del
célebre estadista conservador «hasta el último hombre y la última peseta»,
ha pasado a la historia cual testimonio elocuente de cómo en España puede
llegarse al pináculo del Poder sin la prudencia y previsión necesarias para
salvaguardar los primordiales intereses de una raza. Harto más hábiles fueron,
en conflictos semejantes, otras naciones. Recuérdese a Portugal y Holanda
conservando sus colonias, no obstante las codicias de las naciones más
poderosas. ¡Qué pena pensar que la rectificación a tiempo de nuestro criterio
político, en orden al régimen de las posesiones de[p. 291] Asia y América,
hubiera conservado sin mermas el glorioso patrimonio de nuestros mayores!...
Al rectificar nuestra conducta, nada teníamos que
inventar. Bastaba con imitar a Inglaterra, la maestra insuperable en las artes
de la política, siempre atenta a las enseñanzas de la realidad. De la guerra
separatista de los Estados Unidos sacó el gran principio de la autonomía,
gracias a cuya leal y generosa aplicación cesó el movimiento emancipador de sus
colonias, que, diversificadas en lo político, vemos hoy de cada vez más
compenetradas en espíritu y sentimiento con la metrópoli[44]. Mientras
tanto, nuestra evolución política en punto al gobierno colonial, consistió en
pasar del régimen tutorial al régimen asimilista. Y cuando, apremiados por las
circunstancias, pensamos en dictar reformas para Cuba, sólo se nos ocurrió
planear incoloro simulacro de autonomía administrativa y política, es decir,
una de esas medias medidas, exentas de generosidad, por igual
aborrecibles a criollos y peninsulares, y que los temperamentos resueltos, en
su odio a la metrópoli, rechazan siempre como burlas intolerables.
Si al menos, al terminar la primera guerra de Cuba,
—que, como todas las contiendas civiles, acabó necesariamente en pacto—
hubiéramos cumplido lealmente solemnes compromisos; si en vez de llevar a las
Cortes fórmulas hábiles hubieran nuestros Gobiernos convertido en ley, como
ofreció Martínez Campos, las condiciones de la[p. 292] paz del Zanjón,
habríamos quizás evitado la segunda guerra separatista, y con ella el
desastroso choque con los Estados Unidos... Hemos caído porque no supimos nunca
ser generosos ni justos.
Pero con estas dolorosas digresiones pierdo de
vista el asunto y falto además a formales promesas. Volvamos, pues, a San
Isidro.
Mi labor médica en San Isidro era abrumadora, pues
pasaban de 300 los enfermos. Por suerte, la patología resultaba poco variada y
difícil: viruela (que hacía estragos en los negros), úlceras crónicas,
disentería y paludismo. A cada una de tales dolencias aplicábase un tratamiento
ritual.
Pero si el servicio profesional, aunque pesado, no
ocasionaba graves quebraderos de cabeza, en cambio los daba, y grandes, el
saneamiento administrativo del hospital. En San Isidro[45] buena
parte de los empleados estafaban al Estado, desde el jefe de la guarnición
hasta los practicantes y cocineros. Conforme era de presumir, el Quijote que yo
llevaba en el cuerpo se me alborotó al tener noticia de tan innobles abusos, y
me lancé resuelto a la pelea, precisamente cuando mi salud volvió a
quebrantarse seriamente.
He aquí la técnica empleada por
los defraudadores para vivir parásitamente a expensas de la administración.
En dos o tres ocasiones habíanseme quejado los
enfermos sujetos a ración de gallina de la insipidez y aspecto estropajoso de
las raciones servidas. Extrañado de la queja, me propuse averiguar a todo
trance por qué las aves de corral habían perdido de pronto su exquisito sabor.
El[p. 293] azar llevóme cierto día a pasear por los alrededores del
poblado, donde sorprendí un bien repuesto gallinero, perteneciente al cocinero
del hospital. Fué tal encuentro para mí rayo de luz en las tinieblas. Y enlazando
los hechos y olfateando las pistas, vine a resolver al fin el problema, amén de
averiguar otros muchos abusos cometidos, con la complicidad del cocinero y
practicantes, a beneficio del jefe y oficiales de la guarnición.
El escamoteo de las gallinas verificábase de dos
maneras: 1.ª De acuerdo con el cocinero, recibían los enfermos como buenas
raciones de gallina trozos de ésta de que se había extraído precisamente el
caldo, y exentos, por tanto, de substancia. 2.ª Los practicantes cargaban en la
libreta de prescripciones y régimen, firmada diariamente por mí, cierto número
suplementario de raciones. Merced a tan ingeniosa invención, practicantes y
oficiales comían pollo a todo pasto y aún quedaba algo para poblar el corral del
cocinero, un negrazo tan bellaco como insolente.
La confrontación, hecha de memoria para no inspirar
recelos, de las libretas del régimen, antes y después de ser enviadas a San
Miguel por el practicante, me confirmó la realidad del abuso y me reveló,
además, que, apelando al socorrido procedimiento de las adiciones, casi toda la
carne, huevos, Jerez y cerveza consumidos por los oficiales y practicantes,
salía del presupuesto del hospital.
Al encararme, indignado, con el cocinero y
practicantes, autores materiales de la defraudación, se desarrolló la escena
consiguiente, que ellos afrontaron con sorprendente cinismo, como quien tiene
bien guardadas las espaldas. Ante mis interrogaciones apremiantes, declararon
que el chanchullo, si así podía llamarse tan venial irregularidad,
constituía régimen consuetudinario de la enfermería; que, gracias a su prudente
tolerancia, consiguió mi antecesor[p. 294] vivir en paz con los oficiales,
amén de economizar casi enteramente su sueldo; y, en fin, que yo debía dejarme
de chismes y tonterías y allanarme a las clásicas prácticas administrativas. ¡Y
esto sucedía cuando yo, atacado nuevamente de paludismo, para no acudir a la
cocina del hospital, gastaba parsimoniosamente mis últimos centavos y entablaba
tratos con cierto almacenista de San Miguel para pignorar una paga atrasada!
Todavía si la mencionada distracción hubiera
obedecido a la necesidad, habría acallado mis escrúpulos; mas constábame, al
contrario, que jefes y oficiales cobraban puntualmente sus haberes. En cuanto
al cocinero y practicantes, hacían con lo defraudado tráfico vituperable.
De este modo resultó inevitable el choque con el
comandante. En conferencia reservada censuré su proceder incorrecto; le expresé
la imposibilidad moral en que me veía de tolerar tales irregularidades, ya que
pesaba sobre mí la responsabilidad administrativa del hospital; añadí, en fin,
que estaba dispuesto a corregir radicalmente los abusos.
Mi interlocutor se enojó mucho, reprochándome y
hasta burlándose de lo que él llamaba chinchorrerías; pero no echó
las cosas a barato. Acaso me creyera incapaz de sanear administrativamente el
hospital. Sin embargo, cuando días después se encontraron jefes y oficiales sin
víveres de guagua y advirtieron que las libretas de pedidos
para la enfermería se comprobaban a diario, reaccionaron vivamente. Comenzó
entonces contra mí una guerra de alfilerazos y de pequeñas insidias; se me
condenó al aislamiento; se hizo lo posible, en suma, para agotar las fuerzas
morales de un enfermo... Excusado es decir que cocinero y practicantes veían,
no sin regocijo, cómo la enfermedad minaba rápidamente mi organismo. Otra
persona más cavilosa que yo habría temido un envenena[p. 295]miento.
Afortunadamente, conservaba incurable optimismo.
Entre las malevolencias con que el comandante trató
de molestarme, hubo una que estuvo a punto de provocar grave cuestión personal.
En las noches de alarma (no raras en San Isidro), el comandante pretendía
encerrar dos caballos suyos en el hospital, al lado de los enfermos, a fin de
protegerlos contra los merodeadores; en justificación del capricho, alegaba que
no cabían en el fortín de su residencia y que la enfermería era el sitio más
seguro para guardarlos. Yo me opuse siempre a tan antihigiénica pretensión,
varias veces renovada, y el jefe, aunque refunfuñando, acababa por desistir.
Perdida ahora la cordialidad, pensó, sin duda, que no debía respetar mis
escrúpulos. Y cierta noche, en que yo me hallaba acostado con fiebre alta, oí
que traían los caballos a la sala, percibiéndose olor de cuadra insoportable.
Vestíme de prisa y salí casi tambaleándome al encuentro de los palafreneros, a
quienes rechacé a empellones, obligándoles a retirar el ganado. Noticioso,
entretanto, el jefe de lo ocurrido, vino furioso hacia mí, exclamando con voz
alterada por la cólera:
—¿Quién es usted para desobedecerme? ¡Aquí
represento la suprema autoridad y usted tiene el deber de acatar ciegamente mis
órdenes!...
—Dispense usted —repliqué—; dentro de este recinto
no hay más autoridad que la mía. Pesa sobre mí la responsabilidad del cuidado
de los enfermos, y en conciencia, no puedo consentir que por capricho de usted
se convierta la sala en cuadra inmunda...
Ciego por la ira, y sin reparar en que estaba
delante de un enfermo, se abalanzó en ademán de agredirme. Yo me puse a la
defensiva, dispuesto a devolver golpe por golpe. La fiebre abrasaba mi cabeza,
y hubo un momento en que[p. 296] todo lo vi rojo. Afortunadamente, los
oficiales, harto más discretos que el comandante, comprendieron lo absurdo de
la situación y nos separaron y apaciguaron.
Conforme era de esperar, el jefe me instruyó
sumaria por insubordinación y amenazas a la autoridad. Comenzaron, pues, las
actuaciones. La causa crecía como la espuma. Mi superior jerárquico propagó la
especie de que no había de parar hasta mandarme a presidio. Para hacer buenas
sus amenazas, confiaba mucho en cierto tío suyo, el brigadier X., habitante a
la sazón en Santiago y personaje muy influyente en la Capitanía general. Mas al
fin ocurrió lo que era de esperar. En cuanto, por mis declaraciones y denuncias,
conocieron las autoridades de Puerto Príncipe las escandalosas filtraciones y
los abusos de autoridad consentidos o cometidos por el jefe militar de San
Isidro, todos, incluso el famoso general de quien tanto fiaba su sobrino,
apresuráronse a echar tierra al asunto. De mi proceso, pues, nadie volvió a
acordarse. Y un oportuno relevo del comandante, fundado en motivos de salud
—allí todos estábamos más o menos enfermos—, restableció definitivamente la paz
en San Isidro.
[p. 297]
CAPÍTULO XXIV
Mis distracciones en San Isidro. — La danza de
negros y el arpa del saboyano. — Se agrava mi enfermedad y se deniega mi
solicitud de abandonar temporalmente la Trocha. — Pido mi licencia absoluta. —
Gracias a la supresión de la Trocha, logro abandonar mi destino. — Un mes en el
hospital de San Miguel.
a temporada transcurrida en San Isidro,
aparéceseme hoy borrosa y gris como mirada al través de espesa niebla. Mi
situación era por cada día más lastimosa. La mayoría de mis horas consumíanse
en el lecho, sin más consuelo y asistencia —vamos al decir— que los prodigados
por un practicante (el de los chanchullos) que me detestaba cordialmente. No
obstante la quinina, el tanino y opio (para la disentería), mis alivios eran
fugaces, episódicos; la ansiada mejoría parecía alejarse indefinidamente, burlando
mis esperanzas. Por primera vez comencé a dudar de los recursos defensivos de
mi organismo. En las horas melancólicas en que, arrastrándome del lecho, podía
respirar el aire libre y presenciar el ajetreo de las gentes, ¡con cuánta
envidia miraba la robusta salud de los negros, los inconscientes obreros de la
Trocha!... A ratos, aquella ola de vida y alegría desbordantes parecíame algo
así como una insolencia...
[p. 298]Aquellos africanos traídos a Cuba por
buques negreros, nos daban lección de paciencia y resignación. Lejos de sentir
nostalgias por la patria lejana, celebraban regocijadamente sus fiestas,
entregándose a zambras alegres y cánticos salvajes.
Era la danza de las negradas espectáculo singular y
atrayente. Mientras ciertas parejas, medio desnudas, bailaban incesantemente
bajo un sol de fuego, otros cimarrones marcaban el compás, golpeando sobre
largos tambores labrados en troncos de árbol. De vez en cuando, una voz
chillona y selvática entonaba sencillo estribillo, traducción acaso de algún
viejo canto aprendido en los bosques africanos. Por su repetición, grabóse
indeleblemente en mi memoria el siguiente:
«Yo fuí quien maté el caimán,
Caimán...
Caimán...
Yo fuí quien maté el caimán.»
Y así sucesivamente durante ocho o diez horas. Un
coro de gritos salvajes saludaban al cantante al terminar cada estrofa.
Aquellos danzantes bárbaros poseían músculos de
acero. El sudor corría a raudales por su piel de ébano y el sol arrancaba a sus
relieves musculares reflejos metálicos. Lejos de amansar su fogosidad, tan
formidable ajetreo parecía estimularles. En algunas parejas, el crescendo de
piruetas, contorsiones y gestos eróticos llegaba al frenesí. De seguro que
ningún europeo habría resistido la mitad de aquel violentísimo ejercicio.
Entre nuestras distracciones de San Isidro
figuraban también conciertos de arpa. Mas esto exige volver atrás, consignando
un antecedente.
[p. 299]Por aquella época, la Isla de Cuba era sima
de soldados. Y como la recluta voluntaria para Ultramar resultaba de cada vez
más premiosa, apelaron los banderines de enganche de la Península a todo linaje
de ardides, aun los más abusivos y vituperables. A tal propósito, agentes
reclutadores sin escrúpulos frecuentaban garitos y tabernas, y comprometían,
previa la correspondiente borrachera, a cuantos extranjeros jóvenes caían en
sus redes. Así fueron a Cuba muchos mozos saboyanos, infelices artistas, que
por la citada época recorrían España cantando, al son del arpa, el himno de
Garibaldi.
Uno de estos desventurados italianos dió con sus
huesos en la enfermería de San Isidro. Padecía de hepatitis e hidropesía, y en
su rostro ictérico mostrábase además el sello del paludismo crónico. Ignoro
cómo, durante su azarosa peregrinación al través de la Isla, había logrado
conservar el precioso instrumento musical, junto al cual solía dormir en la
enfermería, receloso de que se lo arrebataran. Este soldado músico era mozo
servicial y amable, y cuando le dejaba la fiebre, nos obsequiaba con conciertos
al aire libre. Al complacernos, además de nuestra gratitud granjeaba algunos
pesos que economizaba para el ansiado día de la repatriación.
Aún parece que le veo a la luz de la luna, amarilla
la faz, abatida y triste la mirada, con el vientre hidrópico, rasgo morboso que
le daba aspecto trágicamente grotesco. Puesto en el centro del corro, y
apoyando su debilidad en el tronco de un árbol, lanzaba al aire con gusto y
sentimiento, que nuestra hambre musical convertía en exquisitos, romanzas de
Rossini y Donizetti, canciones napolitanas y aires saboyanos impregnados de
penetrante melancolía. Más de una vez, gracias al humilde aventurero, olvidaba yo
las tristezas de mi situación y confortaba el ánimo con las gratas emociones
del arte.
[p. 300]Dejo apuntado más atrás, que mi dolencia
tendía a empeorar. En los seis o siete meses pasados en San Isidro gocé
solamente fugacísimos alivios. El hígado y el bazo mostraban tumefacción
alarmante, y la temible hidropesía se iniciaba. En vano suplicaba a mi jefe
técnico el doctor Grau una licencia temporal. «Carezco de personal, contestaba
siempre. Resista usted cuanto pueda; cuando disponga de gente de refresco, haré
un esfuerzo por reemplazarle.»
Mis esperanzas empezaban a nublarse ante aquella
actitud de resistencia que tenía todo el aspecto de abandono despiadado. Y
acabé por pensar que para salvarme era de todo punto preciso sustraerme lo
antes posible a los efectos de aquella atmósfera deletérea.
Pero ¿cómo?... En mi situación desesperada, sólo
percibí un remedio: pedir la licencia absoluta por enfermo, es decir, renunciar
a la carrera militar y reintegrarme a la Península. Elevé, pues, una instancia
al Capitán general, por conducto de las autoridades sanitarias de Puerto
Príncipe; y cuando esperaba ansiosamente el resultado, informóme un amigo de
que en la capital del Camagüey se negaban a tramitar mi solicitud. Mi piadoso
jefe el doctor Grau creyó, sin duda, que mi decaído organismo podría tirar unos
meses más...
Debo la vida a cierto caballeroso brigadier, de
cuyo nombre, ¡oh ingratitud!, no puedo hacer memoria. Dejo expuesto ya que las
trochas como recurso defensivo habían caído en descrédito, si bien nadie quería
cargar con la responsabilidad de suprimirlas. Por iniciativa del Capitán
general, efectuóse al fin una jira de inspección a dichas líneas militares. Y
el citado brigadier, a quien tocó visitar la del Bagá o
del Este, donde yo me encontraba, impresionóse tan vivamente al
reconocer el mal estado de los soldados y la muchedumbre de enfermos inútiles,
que or[p. 301]denó destruir inmediatamente los fortines y retirar las
guarniciones. Compadecido de mi estado, y noticioso de que mi solicitud de
licencia habíase atascado, quizás intencionadamente, en la capital del
distrito, tomó sobre sí el encargo de cursarla personalmente, prometiéndome
además acelerar todo lo posible la resolución del Capitán general.
Disuelta la trocha del Bagá, fueron los enfermos
concentrados en diversos hospitales, singularmente en el de San Miguel, adonde
fuí yo a parar, esta vez no como médico director, sino como modesto caso
clínico.
Allí, en un destartalado pabellón destinado a los
oficiales enfermos, pude una vez más reconocer la irremediable ineficacia de la
caridad oficial. Aun en los establecimientos benéficos mejor organizados, el
doliente siéntese siempre algo abandonado material y espiritualmente; fáltale
siempre esa tierna y vigilante solicitud de que sólo la madre o la esposa
poseen el secreto. Por imperio del hábito, hermanas de la caridad, enfermeros y
practicantes adquieren pronto cierta insensibilidad ante el dolor ajeno, amén
del acompasamiento rutinario que el egoísmo del enfermo atribuye a la
indiferencia o al despego. Además, el paciente ansía privilegios; quisiera ser
foco de la general preocupación; hallar, en fin, en torno suyo el suave afecto
de sensibilidades vírgenes, no embotadas aún por la diaria batalla contra el
dolor. Pero ello es casi imposible, como lo es también que las angustiosas
peripecias de la enfermedad se ajusten a los horarios administrativos.
Por mi parte, acostumbrado a ser bastante mal
atendido en San Isidro, soportaba con relativa resignación mi soledad
sentimental. No así mis vecinos inmediatos, entre ellos cierto teniente
coronel, de carácter violento, el cual juraba y se exasperaba cuando las hijas
de la caridad no[p. 302] acudían inmediatamente a sus apuros. En su
irritación, dicho jefe —enfermo de tuberculosis grave— dió en la manía de
llamar a tiros de revólver... Por cierto que al oir la primera vez el
estampido, creímos todos que se había suicidado o que había herido a algún
enfermero demasiado gandul. Yo procuraba calmarle y, en la medida de mis
posibilidades físicas, acudía a sus llamadas para apagar su sed devoradora y
administrarle medicinas.
Transcurridas algunas semanas, mejoré lo bastante
para abandonar el Hospital y trasladarme a Puerto Príncipe. Gracias a mi
brigadier bienhechor, la nueva instancia había surtido efecto. Mas para obtener
la licencia absoluta a título de inutilizado en campaña, era requisito
inexcusable sufrir reconocimiento facultativo. Efectuóse, pues, en Puerto
Príncipe, dando por resultado el diagnóstico de caquexia palúdica grave,
incompatible con todo servicio.
Cumplida tal formalidad, y noticioso de que el
Capitán general accedía al adelanto de la licencia[46], tomé la
vuelta de la Habana, donde debía cobrar mis atrasos, obtener el pasaporte y
esperar el vapor.
Como inutilizado en campaña tenía
derecho a pasaje gratuito. Pero mis apuros económicos eran grandes. Se me
debían ocho o nueve pagas. A causa de la orgía administrativa reinante, corría
riesgo de pasar en la Habana un par de meses, ocupado en la liquidación de mis
haberes, cuando precisamente mi estado exigía la más rápida repatriación.
[p. 303]A fin de prevenir tan grave contratiempo,
un mes antes tuve la previsión de escribir a mi padre. En la carta pintábale
sinceramente mi aflictiva situación y le rogaba el envío de dinero. Llegada la
letra, y ya más tranquilo, consagréme a gestionar del Habilitado el cobro de
mis atrasos. Al pronto rehusó pagarme, a pretexto de que la consignación del
último trimestre no había sido hecha efectiva; pero, a fuerza de súplicas y
porfías, conseguí liquidar mis haberes, no sin dejar en las garras del aprovechado
funcionario un 40 y hasta un 50 por 100 del importe de aquéllos. Así y todo
junté cerca de 600 pesos, con que enjugué pequeñas deudas, y adquirí lo
necesario para el viaje de retorno.
[p. 305]
CAPÍTULO XXV
Me traslado a la Habana, donde recaigo de mi
dolencia. — Mi regreso en el vapor España. — Cadáveres de soldados
arrojados al mar. — Tahures trasatlánticos. — El amor y el paludismo. — Vuelta
al estudio de la Anatomía.
ías antes de zarpar el vapor, y cuando obraban
en mi poder el pasaporte y el billete para el viaje, sufrí un ataque de
disentería aguda. ¡Un naufragio a la vista del puerto!... ¡Qué angustias devoré
al verme nuevamente postrado en el lecho, sin amigos que me atendieran, y
precisamente en el ansiado momento de la liberación!...
Por fin, la Providencia apiadóse de mí. Y
aprovechando, impaciente, cierta débil mejoría, embarquéme precipitadamente en
el vapor España con rumbo a Santander. Conmigo abandonaron la
Isla también muchos soldados inutilizados en campaña. Los infelices estaban
enfermos como yo; pero, más desventurados, viajaban en tercera, hacinados en
montón y sometidos a régimen alimenticio insuficiente o poco reparador. Yo me
complacía en cuidarlos, procurándoles medicamentos y alentando sus esperanzas.
Algunos de aquellos desgraciados hijos del pueblo fallecieron durante la
travesía. ¡Qué desgarrador espectáculo contemplar con el alba el lanzamiento de
los cadáveres al[p. 306] mar!... Por fortuna, otros enfermos mejoraban a
ojos vistas. Al alivio cooperaban la pureza del aire y la ausencia de nuevas
infecciones; pero obraban con superior eficacia estos dos supremos tónicos
espirituales: la esperanza de ver pronto el sol de la patria, y la alegría de
incorporarse al seno de la familia.
Yo fuí uno de los rápidamente aliviados por el
ambiente puro del mar. A mi arribo a Santander era otro hombre: comía con
apetito, estaba sin fiebre y podía corretear por la ciudad montañesa. ¡Me había
salvado!... Quedábame sólo cierta demacración alarmante y la palidez pajiza de
la anemia.
Después de ofrecer semejante cuadro de tristeza,
bien será dar una nota amena. Fué nuestro país siempre el fecundo solar del
hampa y de la picaresca. Quevedo podría escribir hoy, si resucitara, sus más
graciosas jácaras. En esto no hemos degenerado todavía. Por consiguiente, en un
trasatlántico español, donde se dan cita todas las clases sociales, no podían
faltar, además de hembras de vida alegre y ejemplares típicos de petardistas de
oficio y empleados concusionarios, algunos genuinos representantes de aquella
castiza fullería tan perfectamente retratada por nuestros escritores del siglo
de oro. Tocóme precisamente ser compañero de camarote de uno de estos jugadores
de ventaja, el cual no tenía más ocupación ni granjería que ir y venir
continuamente de España a Cuba, a fin de limpiar, en unión de otros compinches
y con los mejores modos posibles, la bolsa de los indianos opulentos,
de los comerciantes con ahorros y de los jefes y generales con pacotilla.
Nuestro elegante tahúr viajaba siempre en primera,
lucía en sus dedos enormes solitarios, colgaba el reloj de aparatosa leontina y
vestía con esa fastuosidad presuntuo[p. 307]sa y cursi característica del
plebeyo enriquecido. Desde el primer día fingió compadecerse de mi desgracia; y
deseando protegerme y proporcionarme distracciones adecuadas a mi estado,
invitóme amablemente a una partida de banca, en la cual, gracias a las
habilidades de mi generoso mentor, debía yo ganar infaliblemente.
—Yo no tallo nunca —decíame con ademán modesto—;
limitóme no más a apuntar a una carta pequeñas cantidades. Sólo cuando a las
cuatro o cinco manos conozco, por las señales del dorso, unos cuantos naipes —y
éste es mi secreto—, hago puestas de importancia, ganando siempre.
Y, como yo moviera la cabeza en señal de
incredulidad, añadió:
—¡No sea usted criatura!... En cuanto me vea usted
cargar de firme a una carta, acompáñeme con lo que tenga. De seguro que en una
sesión se gana usted tres o cuatro mil pesos.
Excusado es decir que mi ladino consejero perdía
lastimosamente el tiempo. Aparte el recelo que siempre he sentido hacia las
personas deseosas de protegerme, sin saber a punto fijo si merezco su
protección, jamás he tenido la superstición de la suerte. Ni sentí
nunca eso que Virgilio calificaba con la tan sobada expresión: auri
sacra fames. En mi sentir, los negocios de la vida marchan y se desenlazan
con arreglo a una lógica inexorable y absolutamente limpia de toda influencia
mística.
Pensaba, y pienso además, que sólo existe una
fuente racional y segura de prosperidad económica: el trabajo intenso,
fecundado por la cultura intelectual. Lejos de compadecer al perdidoso en el
juego, le considero como estafador frustrado, o cual gandul codicioso, a quien
todos deberíamos desear, con la ruina fulminante, el definitivo ingreso en la
categoría profesional de faquín, mandadero[p. 308] o chulo, categoría de
que le apartaron el azar de un apellido ilustre o ventajas sociales
inmerecidas.
Pronto me felicité de mi desconfianza. Varios
comerciantes ricos, invitados como yo a coincidir en las
puestas con el citado gancho, quedaron perfectamente desplumados. Los infelices
habían liquidado en pocas sesiones de timba veinte años de trabajo honrado y de
austeras economías. A uno de ellos tuvimos que costearle hasta el bote que le
condujo al muelle. El pobrete perdió 15 o 20.000 duros, caudal con que pensaba
establecerse en su pueblo y hacer la felicidad de la familia.
Mi llegada a Santander debió ocurrir hacia el 16 de
Junio de 1875. Una nube de mujeres nos rodeó, disputándose nuestros equipajes.
Impresionóme muy agradablemente el paisaje de la Montaña, cuya frondosa
vegetación sólo hallé comparable con la de Cuba. Por referencias de varias
personas supe con disgusto que España sólo poseía una estrecha faja de clima
francamente europeo: desde el litoral cantábrico hasta la cordillera limitante
de las altas mesetas castellanas. El resto deja no poco que desear, desde el punto
de vista del régimen pluvial[47].
[p. 309]
De paso para Madrid, visité Burgos, admirando su
maravillosa catedral y sus interesantes monasterios de las Huelgas y
de la Cartuja. Y después de descansar un par de días en la Corte,
tuve al fin la indecible felicidad de regresar a Zaragoza y de abrazar a mis
padres y hermanos. Halláronme amarillo, demacrado, con un aspecto doliente que
daba pena. ¿Qué hubieran dicho si me contemplan dos meses antes?...
Aunque no recobré la antigua pujanza ni
logré sacudir enteramente la anemia palúdica, repusiéronme mucho el
aire de la tierra, alimentación suculenta y los irreemplazables cuidados
maternales. De tarde en tarde, recidivaba la fiebre; pero ahora la quinina
mostrábase más eficaz.
Mejorado, pues, en lo posible, había que pensar en
el porvenir. Debía rehacer mi vida, derivándola otra vez hacia el viejo cauce.
Mi padre, enérgico siempre conmigo, continuaba señalándome el rumbo del
profesorado como el ideal más conforme con mis estudios y aficiones, ya que mis
disposiciones para la clínica dejaban harto que desear. Ni mi salud, bastante
achacosa, consentía el esfuerzo físico que supone el servicio de la clientela
urbana, donde el joven doctor debe estrenarse precisamente con clientes de
cuarto piso o de guardilla.
A propósito de mi aspecto enfermizo y a guisa de
entreacto agridulce, voy a contar el primero de mis desengaños amorosos.
[p. 310]Poco antes de ingresar en el Ejército,
entablé relaciones con cierta señorita huérfana, agradable y bien educada. Sus
cartas recibidas durante las campañas de Cataluña y Cuba constituían para mí
dulce consuelo.
Regresado a España, visité inmediatamente a mi
novia, que vivía al lado de su tía, único pariente que la quedaba. Recibióme
bien, pero sin la efusión y alborozo esperados por mí después de cerca de tres
años de relaciones y de tan prolongada ausencia. Y, en las sucesivas
entrevistas, su reserva y frialdad se acentuaron de modo inquietante.
Naturalmente, dada mi situación de enfermo y
licenciado distaba yo bastante de ser lo que se llama un buen partido.
Con mi malhadado viaje a Ultramar había perdido la salud y mi carrera. Érame,
pues, forzoso abrirme de nuevo camino en la vida. Y el asunto iba para largo.
Asaltáronme, por consiguiente, dudas atormentadoras
acerca del verdadero estado sentimental de mi novia. ¿Era aversión,
indiferencia o afecto real, aunque contenido por los mandatos de la buena
educación? ¿Tendría acaso otro pretendiente?
Para disipar de una vez mi incertidumbre, resolví
hacer un experimento decisivo. Las palabras fingen; pero los gestos, como
instintivos que son, dicen siempre la verdad. Mi plan era tan sencillo como
irreverente. Consistía en averiguar cómo reaccionaría mi prometida ante la
impresión de un ósculo furtivo. Habida cuenta de su excesiva pudibundez, la
prueba revestía caracteres de extrema gravedad.
Reconozco que el beso deja
bastante que desear como reactivo del amor. Y más tratándose de ósculos
improvisados, superficiales y puramente epidérmicos. A propósito de lo cual
recuerdo ahora la ingeniosa clasificación de base estrictamente anatómica dada
por cierto médico francés, que apreciaba el valor sentimental del beso conforme
a la[p. 311] siguiente gradación: besos cutáneo-cutáneos,
besos mucoso-cutáneos y besos mucoso-mucosos. Yo
no juzgué prudente comenzar por el núm. 3.º de la escala, sino por el 1.º Así y
todo, practiqué la prueba con indecible pavor. ¡Como que era el primer beso
dado por mí a una mujer, no obstante mis veintitrés años cumplidos!...
Cierto día, tras largo rato de coloquio lánguido y
anodino, llegó el trágico momento. Al despedirme, reuní todo mi valor; me
acerqué irrespetuosamente a mi novia y estampé bruscamente en su faz el ósculo
consabido...
Mi prometida palideció súbitamente; lanzó un grito
de indignación y retiró rápidamente el rostro. El pudor ofendido coloreó sus
mejillas, y lo que fué para mí altamente significativo, hizo gestos de
instintiva repugnancia, casi de asco. Y con voz alterada exclamó: «Me ofende
usted gravemente con sus audaces incorrecciones. Sepa usted que mi educación y
mis creencias me impiden tolerar estas cosas; y aunque no me lo prohibieran, me
lo prohibiría la prudencia, porque hay hombres tan mal caballeros que son capaces
de contar en los corrillos del café las debilidades y complacencias de sus
novias...»
Anonadado quedé al escuchar tan crueles palabras.
Formulé algunas balbucientes excusas; le dí automáticamente la mano; dirigí
melancólica mirada a aquella estancia donde habían transcurrido tantas horas
felices; tomé la puerta y no volví más. ¡Para qué!...
La prueba resultó concluyente. Para aquella mujer
yo era un pobre enfermo y, además, ¡quién lo pensara!, un felón. Hallaba
justificado y loable que señorita virtuosa y austera repudiara manifestaciones
harto expresivas de amante atolondrado; excusaba, por instintiva y
profundamente humana, la repugnancia hacia el enfermo; pero al alma me llegó el
que una dama me creyera tan mal[p. 312] caballero. Ciertas villanías sólo
pueden pensarse cuando la imagen del amante apenas ocupa lugar en el corazón
femenino. Además, una doncella discreta y enamorada hubiera encontrado razones
más suaves e indulgentes para corregir las demasías —llamémoslas así— de un
novio de sobra impetuoso.
Más adelante supe por tercera persona que mi novia
estaba completamente desilusionada. La compasión más que el amor la ligaban a
su prometido. Disgustábale mi carácter, que le parecía excesivamente brusco y
violento (y en ello exageraba), y desconfiaba de mi salud, harto quebrantada.
Convengamos en que la perspectiva de viudez prematura en plena pobreza tiene
poco de agradable. Como diría Schopenhauer, hablaba en ella el genio de
la especie, que tiene siempre razón.
Véase, pues, cómo el protozoario del
paludismo contraído en servicio de la patria me dejó, primero, sin sangre, y,
después, sin novia. Afortunadamente, no todas las mujeres son tan cuerdas y
fríamente calculadoras. Hay también criaturas angelicales con vocación de
Hermanas de la Caridad, que, antes de rechazar un rostro pálido y unos ojos
hundidos, se preguntan si no sería posible y hasta éticamente bello restaurar a
fuerza de ternura y maternales cuidados una salud quebrantada y devolver un
hombre a la sociedad. Y frecuentemente lo consiguen.
El desengaño fué grande, pero no incurable, por
fortuna. Caí pronto en la cuenta de que no estaba yo para noviazgos. Mi
problema, como el problema de España, según Costa, era de escuela y
despensa. Y de botica, agregaría yo. Importaba, ante todo,
restaurar energías físicas perdidas; estudiar de firme y labrarme un porvenir.
Y esto sólo podría conseguirse siguiendo el camino trazado por mi padre. Lo
demás se me daría por añadidura.
Lám. XVIII, Figs. 24 y 25.—Retratos del autor
hechos en Zaragoza, repuesto ya del paludismo. El primero corresponde a la
época de mi auxiliaría en la Facultad; el segundo es uno o dos años posterior
(1876) y fué tomado por mi amigo H. Villuendas cuando me preparaba para
oposiciones a cátedras.
[p. 313]Frecuenté, pues, nuevamente el anfiteatro;
reconciliéme con los abandonados libros de Anatomía e Histología y comencé mi
preparación para oposiciones a cátedras.
Mientras tanto, y gracias a la buena amistad del
doctor D. Jenaro Casas, se me nombró por la Comisión mixta de estudios
médicos Ayudante interino de Anatomía, con 1.000 pesetas de haber
anual[48]. Dos años
después (28 de Abril de 1877), cuando la Facultad de Medicina de Zaragoza
adquirió carácter oficial, recibí el nombramiento de Profesor auxiliar
interino, cargo que durante aquellos tiempos (la Facultad hallábase en vías
de renovación) daba mucho que hacer por las numerosas cátedras vacantes.
Ocasiones hubo en que tuve que explicar tres lecciones diarias. Con esos cargos
y el producto de algunos repasos privados de Anatomía ganaba lo bastante para
no ser enteramente gravoso a la familia.
Tenía yo nobles ambiciones. Aunque luchando con un
carácter excesivamente apocado y retraído, aspiraba a ser algo, a emerger
briosamente del plano de la mediocridad, a vindicar (si ello era posible) a mi
patria y, dentro de mi modesta esfera, del juicio severo, tantas veces repetido
por nacionales y extranjeros, de no haber colaborado en la obra magna del
conocimiento científico. Y firme en este anhelo patriótico —que todos mis
compañeros estimaban pura locura, cuando no pretensión petulante—, trabajé por
alcanzar el modesto pasar y el ocio tranquilo indispensables para mis
ambiciosos proyectos. Esta aurea [p. 314]mediocritas cifrábase
entonces para mí en la honrosa toga del maestro.
En el próximo volumen referiremos las batallas que
mi candor e inexperiencia hubieron de librar hasta alcanzar el ansiado sillón
de catedrático; y cómo, logrados al fin el vagar y sosiego necesarios a las
tareas del Laboratorio, un pobre médico valetudinario, nada simpático y de
carácter huraño y brusco, sin maestros ni protectores, vino a ser, andando el
tiempo, investigador laborioso y estimado de los sabios extranjeros.
FIN DEL TOMO PRIMERO
[p. 315]
ÍNDICE
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Págs. |
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|
Capítulo I.— Mis padres, el lugar de mi nacimiento y mi primera infancia. |
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|
Capítulo II.— Excursión tardía a mi pueblo natal. — La pobreza de mis paisanos. —
Un pueblo pobre y aislado que parece símbolo de España. |
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|
Capítulo III.— Mi primera infancia. — Vocación docente de mi padre. — Mi carácter
y tendencias. — Admiración por la naturaleza y pasión por los pájaros. |
|
|
Capítulo IV.— Mi estancia en Valpalmas. — Los tres acontecimientos decisivos de
mi niñez: los festejos destinados a celebrar nuestras victorias de África, la
caída de un rayo en la escuela y el eclipse de sol del año 60. |
|
|
Capítulo V.— Ayerbe. — Juegos y travesuras de la infancia. — Instintos guerreros
y artísticos. — Mis primeras nociones experimentales sobre óptica, balística
y el arte de la guerra. |
|
|
Capítulo VI.— Desarrollo de mis instintos artísticos. — Dictamen de un revocador
sobre mis aptitudes. — ¡Adiós mis ensueños de artista! — Utilitarismo e
idealismo. — Decide mi padre hacerme estudiar para médico y enviarme a Jaca. |
|
|
Capítulo VII.— Mi traslación a Jaca. — Las pintorescas orillas del Gállego. — Mi
tío Juan y el régimen vegetariano. — El latín y los dómines. — Empeño vano de
los frailes en domarme. — Retorno a los devaneos artísticos. |
|
|
[p. 316]Capítulo VIII.— El padre Jacinto, mi dómine de latín. — Cartagineses y romanos. —
El régimen del terror. — Mi aversión al estudio. — Exaltación de mi fiebre
artística y romántica. — El río Aragón, símbolo de un pueblo. |
|
|
Capítulo IX.— Continúan mis distracciones. — Los encierros y ayunos. —
Expedientes usados para escaparme. — Mis exámenes. — Retorno a Ayerbe y
vuelta a las andadas. |
|
|
Capítulo X.— Mi regreso a Ayerbe. — Nuevas hazañas bélicas. — El cañón de
madera. — Tres días de cárcel. — El mosquete simbólico. |
|
|
Capítulo XI.— Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios. —
Exploración de la ciudad. — La catedral, San Pedro, San Jorge y Monte-Aragón.
— Nuestros profesores. |
|
|
Capítulo XII.— Mis nuevos compañeros de algaradas. — Reyertas estudiantiles. —
Graves consecuencias de llevar gabán largo. — Accidente en un estanque. — La
religión del color y diccionario cromático. — No hay rosas sin espinas. |
|
|
Capítulo XIII.— Las vacaciones. — Pinturas fúnebres. — Descubrimiento de una
biblioteca de novelas. — Se recrudece mi furor romántico. — El Robinsón y el
Quijote. |
|
|
Capítulo XIV.— En crescendo mis distracciones y calaveradas, mi padre me acomoda
de aprendiz en una barbería. — Mi hermano Pedro. — El Sr. Acisclo. — Majos y
conspiradores. — Las pedreas. — Escaramuza con la fuerza pública. — El placer
de los dioses. — Alarma del público con ocasión de las pedreas. |
|
|
Capítulo XV.— Inquina de mi catedrático de griego. — Decide mi padre
escarmentarme convirtiéndome en aprendiz de zapatero. — Mis proezas en obra
prima. — El ataque de Linás. — Consideraciones en torno de la muerte. |
|
|
Capítulo XVI.— Vuelta al estudio. — Matricúlome en dibujo. — Mis profesores de
Retórica y Psicología. — Impresión causada por las enseñanzas filosóficas. —
Una travesura desdichada. — En busca de aventuras. |
|
|
Capítulo XVII.— Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la
fotografía. — Mi iniciación en[p. 317] los estudios anatómicos. — Saqueo
macabro. — La memoria de las cosas y la de los libros. — La aurora del amor. |
|
|
Capítulo XVIII.— Revolución de Septiembre en Ayerbe. — Ruptura de las campanas. — El
odio del pueblo a los guardas rurales. — Mis profesores de Física,
Matemáticas, etc. — Ulteriormente me reconcilio con la Geometría y el
Álgebra, aunque algo tarde. — Concluyo el bachillerato. |
|
|
Capítulo XIX.— Comienzo en Zaragoza la carrera médica. — El Ebro y sus alamedas. —
Mis profesores del preparatorio: Ballarín, Guallart y Solano. — Cobro afición
a la disección bajo la dirección docente de mi padre. |
|
|
Capítulo XX.— Mis catedráticos de Medicina. — D. Manuel Daina y el premio de
Anatomía topográfica. — Un singular procedimiento de examen. — Nuestro
decano, D. Genaro Casas. — Mis petulancias polémicas. — Notas breves acerca
de algunos profesores y ciertos incidentes ocurridos en sus clases. |
|
|
Capítulo XXI.— Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones. — Mis manías
literaria, gimnástica y filosófica. — Proezas musculares. — La Venus de Milo.
— Un desafío a trompada limpia. — Amores quijotescos. |
|
|
Capítulo XXII.— Recién Licenciado en Medicina, ingreso en el Cuerpo de Sanidad
Militar. — Mi incorporación al ejército de operaciones contra los carlistas.
— El españolismo de los catalanes. — Mi traslación al ejército expedicionario
de Cuba. — Coloquio entre dos camaradas ávidos de aventuras exóticas. — Mi
embarque en Cádiz con rumbo a la Habana. |
|
|
Capítulo XXIII.— Llegada a la Habana. — Soy destinado al hospital de campaña de
«Vista Hermosa». — Enfermo, al poco tiempo, de paludismo. — Aprovecho mi
forzada quietud para aprender el inglés. — Mi dolencia se agrava y se me
concede licencia para convalecer en Puerto Príncipe. — Iniciada mi mejoría,
soy destinado a la enfermería de San Isidro en la «Trocha del Este». — La
vida en la Trocha. — Música a la luz de la luna. — Mis cándidos quijotismos
me impulsan a corregir abusos administrativos, y sólo consigo que me empapele
el jefe de la fuerza. |
|
|
[p. 318]Capítulo XXIV.— Mis distracciones en San Isidro. — La danza de negros y el arpa del
saboyano. — Se agrava mi enfermedad y se deniega mi solicitud de abandonar
temporalmente la Trocha. — Pido mi licencia absoluta. — Gracias a la
supresión de la Trocha, logro abandonar mi destino. — Un mes en el hospital
de San Miguel. |
|
|
Capítulo XXV.— Me traslado a la Habana, donde recaigo de mi dolencia. — Mi regreso
en el vapor España. — Cadáveres de soldados arrojados al mar. —
Tahures trasatlánticos. — El amor y el paludismo. — Vuelta al estudio de la
Anatomía. |
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ÍNDICE DE FIGURAS
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Págs. |
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Lám. I: Retrato
de mis padres. Estas fotografías están hechas cuando mis progenitores pasaban
de los setenta años. |
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Lám. II, Fig. 1.— Larrés tomado a vista de pájaro. En la fotografía no aparece el
Pirineo nevado, que hacia el Norte cierra el horizonte. |
|
|
Lám. II, Fig. 2.— La casa alta, destartalada y situada en el centro de la calle, fué
donde nací. (Petilla). |
|
|
Lám. III, Figs. 3 y 4.— Dos vistas de Petilla: la primera tomada del lado Sur y la segunda
del lado Norte. |
|
|
Lám. IV, Fig. 5.— Vista desde Ayerbe de las faldas del monte del Castillo. |
|
|
Lám. IV, Fig. 6.— La plaza baja de Ayerbe con la torre del reloj y
el palacio de los Marqueses, hoy convertido en casa de vecindad. |
|
|
Lám. V, Figs. 7 y 8.— Para quienes gusten de estas bagatelas, reproducimos aquí dos
acuarelas encontradas rebuscando entre mis viejos papeles. Fueron ejecutadas
de memoria, cuando yo tenía nueve o diez años, poco después de la época del
desahucio del revocador. Ambas, sobre todo la primera, ofrecen ostensibles
defectos de dibujo y proporciones. Una de ellas representa cierto labriego de
Ayerbe bebiendo en la taberna; la otra reproduce la ermita de la Virgen de
Casbas, en los Anguiles, cerca de la citada villa. |
|
|
Lám. VI, Figs. 9 y 10.— Dos vistas del Castillo de Loarre, objetivo de mis correrías y
curioseos arqueológicos durante mi adolescencia. La primera muestra la
fortaleza-palacio de Sancho Ramírez, vista desde el Este. La segunda enfoca
el mismo tema pero desde más lejos, y fué tomada por mí allá por los años de
1883. |
|
|
Lám. VII, Fig. 11.— El monte Uruel (Jaca), visto por el Poniente. La proximidad del
punto de vista impide reconocer la forma y apreciar la grandiosidad de esta
montaña, que sólo aparece bien desde el llano de Jaca, es decir, contemplada
por el Norte. |
|
|
Lám. VIII, Figs. 12 y 13.— Vistas de Jaca. La primera muestra la muralla de Jaca por el lado
del Este, con una de las puertas principales. La segunda presenta el paseo
que rodea la muralla, punto habitual de las correrías de los chicos. |
|
|
Lám. IX, Figs. 14 y 15.— La primera copia la calle principal de Jaca, con el edificio de la
alcaldía. La segunda presenta el río Aragón, bordeado de huertas; allá en el
fondo asoma un pico del Pirineo, el Coll de Ladrones, desgraciadamente muy
achicado por el objetivo fotográfico, que tiene, según es sabido, el defecto
de empequeñecer notablemente los últimos planos. |
|
|
Lám. X, Fig. 16.— Fachada del Instituto de Huesca. |
|
|
Lám. X, Fig. 17.— Puerta principal de la catedral de Huesca. Fotografías del autor. |
|
|
Lám. XII, Fig. 20.— Huesca. Retablo de mármol de la Catedral. |
|
|
Lám. XI, Figs. 18 y 19.— La primera, presenta, según fotografía reciente, la escalera de
descenso a la célebre Campana de Huesca; mientras que la segunda
copia el precioso claustro románico de San Pedro el viejo. |
|
|
Lám. XIII, Fig. 21.— Don Genaro Casas, decano de la Facultad de Medicina de Zaragoza y
buen amigo de mi padre. |
|
|
Lám. XIV, Fig. 22.— Esta fotografía, efectuada por mí por el proceder del colodión
(1873), poco antes de ingresar en el ejército, presenta algunos de mis
condiscípulos y amigos, casi todos fallecidos ya.—1, C. Senac; 2, Simeón
Pastor (que fué catedrático de Terapéutica); 3, Visié (que fué médico
militar); 4, H. Gimeno Vizarra; 5, Félix Cerrada (actualmente catedrático de
Patología general); 6, Hilarión Villuendas (ayudante del Museo); 7, Joaquín
Benedicto (profesor que fué de la Escuela de Comercio); 8, Joaquín Vela (después
médico militar y compañero en Cuba). |
|
|
Lám. XV, Figs. 23 y 24.— Dos retratos del autor. El primero cuando contaba veinte años y
estaba a punto de terminar la carrera; el segundo cuando, sorteado para
Ultramar, se disponía a trasladarse a Cuba con el empleo de médico primero. |
|
|
Lám. XVI, Fig. 25.— Fotografía hecha en Puerto Príncipe, después de convalecer del
paludismo contraído en Vista Hermosa. |
|
|
Lám. XVI, Fig. 26.— Otra fotografía donde aparecen dos amigos hospedados en la
fonda El Caballo Blanco. (Puerto Príncipe). |
|
|
Lám. XVII, Fig. 23.— Un fortín de la enfermería de San Isidro, en la Trocha del Este. La
fotografía, tomada por mí al colodión, presenta en primer término la
locomotora de tipo americano, con enorme chimenea de embudo. |
|
|
Lám. XVIII, Figs. 24 y 25.— Retratos del autor hechos en Zaragoza,
repuesto ya del paludismo. El primero corresponde a la época de mi auxiliaría
en la Facultad; el segundo es uno o dos años posterior (1876) y fué tomado
por mi amigo H. Villuendas cuando me preparaba para oposiciones a cátedras. |
|
[p. 319]
FE DE ERRATAS
|
PÁGINA |
LÍNEA |
DICE |
DEBE DECIR |
|
13 |
nemotécnicas |
||
|
16 |
sediciente |
||
|
30 |
ingenuamente |
||
|
35 |
Magalanes |
||
|
28 |
memotécnica |
||
|
24 |
los de textos |
NOTAS
[1] Apareció
allá por los años de 1900 a 1903 en Nuestro Tiempo y en
la Revista de Aragón.
[2] Aludo a
mi estancia, varios años después, en Sierra de Luna, pueblo de la provincia de
Zaragoza.
[3] Trampas
hechas con una losa y ciertos palillos fácilmente desbaratables por el pájaro
al picar el cebo. Perdone el lector las voces aragonesas que empleo; algunas de
ellas no figuran en el Diccionario.
[4] De la
faz negativa del patriotismo, de que hablaba yo en 1900, tenemos actualmente en
España dolorosos ejemplos. Con ocasión de la horrenda catástrofe europea, los
españoles que leen —afortunadamente son los menos— aparecen divididos en dos
bandos, encarnizadamente enemigos: los neutrófilos, en
realidad germanófilos, y los anglófilos o aliadófilos.
Pero no nos engañemos. Con razón se ha dicho que aquí nadie ama a nadie; todos
aborrecen. Los unos odian a Alemania, a causa de sus ínfulas de raza superior y
su concepción autocrática del Estado. Los otros a Francia e Inglaterra, por
haber sido cuna y constituir vivo ejemplo de la tolerancia religiosa y de las
libertades civiles. Lo que por ninguna parte asoma es el amor sincero a España
y el convencimiento de que sólo por el esfuerzo enérgico y consciente de sus
hijos podrá venir su engrandecimiento político y elevación cultural.
[5] Añado
este párrafo en 1917, en plena decadencia del gusto pictórico.
[6] Aludo a
los desdichados cubistas, prerrafaelistas, impresionistas, a los que lo pintan
todo negro, o todo azul, o todo verde, en fin, a la cáfila de extravagantes que
han deshonrado el arte de Rafael y de Velázquez. ¡Ah! ¡Con cuánto gusto, si el
divino papel que represento no me lo estorbara, saltaría cada
primavera a la arena crítica, y probaría, como tres y dos son cinco, con la
competencia que me da el ser catedrático de Anatomía patológica y
Teratología, y aficionado, además, a la óptica aplicada, las extrañas
deformidades anatómicas y las horribles incongruencias de color, de perspectiva
y de composición, para las cuales tienen nuestros críticos de arte, ¡quién lo
dijera!, increíbles suavidades e indulgencias, cuando no alabanzas fervorosas!
[7] Llamábase
R. Cuiduras y era persona culta, que educó perfectamente a sus hijos, con
quienes mantuve siempre excelentes relaciones.
[8] Cuando
se escribía esto, mi cultura psicológica era bastante deficiente. Datos
valiosos, aunque no siempre coherentes acerca de este interesante punto, se
encuentran en los estudios de Stanley Hall, Ribot, Ferrier, Dewey, James,
Hutchinson, etc.
[9] Fallecido
mi patrón hace muchos años, no tengo por qué disfrazar su nombre. Su
establecimiento, desaparecido hoy, estaba en la calle de la Correría, no lejos
de la Plaza de la Catedral.
[10] Recuérdese
el ejemplo clásico de Campanella, citado por James, «para conocer el estado
mental de alguno, remedaba sus gestos».
[11] Sin
embargo, las obras históricas ojeadas en la biblioteca del confitero y algunos
libros que pude proporcionarme después, despertaron mi afición a este orden de
estudios, que sólo interesan a los jóvenes a condición de introducir en la
narración pormenores descriptivos de batallas y elementos dramáticos y
anecdóticos. Yo era entonces —lo he dicho ya— fervoroso patriota; por tanto, no
extrañará que ciertos episodios de nuestra historia me pusieran de mal humor.
Iniciativas que hoy disculparía teniendo en cuenta el ambiente moral de la
época, el concepto patriarcal de la realeza y la pobre mentalidad de políticos
y generales, causáronme entonces graves enojos.
Cierto que yo me entusiasmé con la epopeya —un poco
lenta— de la Reconquista, la patriótica unión de los reinos peninsulares y el
estupendo descubrimiento y conquista de América, donde tanto brillaron las
épicas hazañas de Cortés, Pizarro, Almagro y Vasco Núñez de Balboa; pero me
sacaban de quicio, exasperándome hasta lo indecible, las alteraciones y
rebeldías constantes de prelados, nobles y municipios, y sobre todo la lenta y
sistemática despañolización de la política de España con el
advenimiento de los Austrias y su séquito de flamencos y alemanes. Yo, que no
pude perdonar al habilísimo Fernando el Católico, tan alabado por Maquiavelo,
su incomprensible desconfianza hacia el Gran Capitán (el único
caudillo genial que tuvo España por entonces), menos había de perdonar al
sombrío burócrata Felipe II, su manía de regir el mundo desde su butaca (en una
época en que todos los reyes batían el cobre en el campo de batalla) y su
imprevisión y ligereza al encargar el mando de la Invencible a
un general de salón, sabiendo que tenía que habérselas con ingleses y
holandeses, los mejores marinos del mundo. Mi fibra patriótica vibraba de
indignación al advertir cómo nuestros reyes, haciendo gala de menosprecio o
desconfianza hacia el talento hispano, confiaban casi siempre el mando de
ejércitos y escuadras a caudillos extranjeros (marqués de Pescara, Alejandro
Farnesio y Filiberto de Saboya), y nombraban al
portugués Magallanes jefe de la gloriosa expedición que dió la vuelta
al mundo.
¡Qué de glorias perdidas —pensaba yo— a
consecuencia de esta incomprensible conducta!...
[12] Allá a
fines de 1865, por disgustos habidos con el Ayuntamiento, dejó mi padre el
partido de Ayerbe, trasladándose primero a Sierra de Luna y luego a Gurrea de
Gállego. Transcurridos dos años, y hechas al fin las paces con el cabildo
ayerbense, retornó al antiguo partido, al cual le ligaban un crédito
profesional bien cimentado y hasta algunos bienes raíces.
[13] Los
condes de Parcent solían pasar entonces los veranos en Gurrea, centro de sus
vastas posesiones señoriales, donde tenían magnífico palacio. Recuerdo todavía
con placer las soberbias cacerías (con acompañamiento de bocinas, tiendas de
campaña, lujosos trajes de caza, etc.) efectuadas en los bosques próximos, y a
las cuales era mi padre graciosamente invitado a título de primera escopeta de
la comarca. Por cierto que el hermano del conde pintaba al óleo bastante bien.
Aún debe conservarse en mi casa cierto retrato de mi padre, con robusto y bien
entonado colorido, regalo del aristócrata aficionado.
[14] El Sr.
Pedrín vive aún, y dirige un acreditado taller de zapatería en Huesca, donde es
muy estimado. Hace algunos años, y poco después de haberse hecho público cierto
afortunado triunfo mío, salióme a recibir a la estación oscense, y sin poder
contener las lágrimas, abrazóme emocionado, exclamando: «¡Y yo que pensaba que
tenías aptitudes excepcionales para el oficio!»
[15] No
respondemos de la fidelidad absoluta del precedente relato. Trasladamos aquí
exclusivamente nuestros recuerdos personales, así como la versión, descartada
de anécdotas y de suposiciones inverosímiles, que por aquellos tiempos corría
en Ayerbe.
[16] Ocurrió
este choque cerca de Plasencia, carretera de Ayerbe a Huesca. Cierta cuadrilla
de contrabandistas, a quienes, al cruzar el Pirineo, había sido arrebatado, con
muerte de algún paquetero prestigioso, valiosísimo contrabando, deseando
vengarse y recobrar el botín, siguió a corta distancia a los carros portadores
del apresado cargamento, recatándose en lo posible de la escolta de carabineros
y fuerzas de infantería que lo custodiaban. Llegados más allá de Ayerbe,
aprovecharon un momento durante el cual, demasiado adelantada la escolta de
infantería, no quedaba junto a los carros sino una docena de carabineros;
entonces sorprendieron a éstos, que marchaban descuidados; mataron seis o siete
infelices; dispersaron los demás, y cargaron rápidamente el contrabando en sus
recuas. Cuando la compañía de infantería, que iba a la cabeza del convoy, tuvo
noticia de la audaz y sangrienta acometida, fué ya imposible alcanzar a los
contrabandistas, que tomaron, por veredas de ellos solamente conocidas, la
vuelta de Zaragoza. A cargo de mi padre corrió la autopsia de los cadáveres, y
yo, llevado de mi curiosidad, le acompañé ayudándole en la fúnebre tarea. Según
supe más adelante (en 1910) precisamente por el jefe de la partida (en Ansó),
los ansotanos tuvieron también algunos heridos, que escondieron en corrales y
aldeas.
[17] Nuestro
modelo de estudiantes aplicados era Arizón, que llegó y no pasó de médico
militar. Jamás pudimos arrancarle el número primero de la clase.
[18] Omito
en la presente edición, por inoportunas, ciertas reflexiones tocantes a
cuestiones psicológicas y metafísicas (problema crítico, criterios de certeza,
fronteras entre el yo y el no yo, tipos
intelectuales, etc.), que figuraban en la primera.
[19] Este
siniestro acaeció precisamente el día que se inauguró la línea de Tardienta a
Huesca.
[20] Muchos
de estos datos los debo a la amabilidad de mi estimado amigo y condiscípulo Dr.
Ricardo Monreal, ilustrado médico de Ayerbe, que ha querido reforzar mis
borrosas reminiscencias con el rico caudal de sus recuerdos.
[21] A causa
de la maravillosa aptitud de Fabre para iniciar a la juventud en el estudio de
las ciencias, el ministro Duruy, que le conocía bien, quiso nombrarlo preceptor
del príncipe imperial; pero no lo consiguió porque el Solitario de
Sérignan no tenía madera de cortesano.
[22] Alude a
la escapatoria camino de Zaragoza. En realidad, los expedicionarios fuimos
cuatro y, naturalmente, de lo peorcito del curso.
[23] Murió
hace algunos años de una afección cardíaca.
[24] Solano
murió joven a consecuencia de una operación quirúrgica.
[25] En el
momento mismo en que corrijo estas cuartillas (10 de Junio de 1917) me entero
por los periódicos del entierro del viejo amigo. Como veremos más adelante, yo
le soy deudor de algunos importantes servicios.
[26] Por
aquel año (1872), otro ministro de la Revolución restableció las calificaciones
de examen.
[27] Comprenderá
el lector que, después del tiempo transcurrido, no puedo precisar los términos
de la polémica, pero sí los argumentos y el espíritu que los animaba.
[28] D.
Pablo Salinas vive aún y es actualmente un jefe prestigioso del Cuerpo de
Sanidad Militar. ¡Lástima que contrariedades de la suerte le hicieran desistir
de la carrera del profesorado, para la cual poseía vocación y talento
singulares!
[29] A decir
verdad, hubo otro compañero, Fernández Brizuela, que siguió cultivando las
musas con estimable éxito. Este excelente amigo, coleccionista infatigable
(coleccionaba hasta los dibujos y ensayos poéticos de sus condiscípulos), murió
joven, después de haber ejercido la Medicina muchos años en Zaragoza.
[30] Recientemente,
uno de los pocos condiscípulos supervivientes, el Dr. Irañeta, me ha mostrado
la citada oda humorística, escrita para celebrar la entereza con que los
alumnos de Fisiología del Dr. Valero persistimos en nuestra huelga hasta
recibir plena satisfacción de ciertas frases molestas proferidas por el
profesor en momentos de acaloramiento. Titulábase La Commune
estudiantil, y está escrita con tal inocencia, que no merece los honores de
la impresión.
[31] Poco
después publicó el brillante escritor D. Amalio Gimeno, futuro catedrático de
San Carlos, cierta novela de asunto bastante semejante, titulada, si mal no
recuerdo, Aventuras de un glóbulo rojo.
[32] Mi
contrincante fué José Moriones, sobrino del general de este nombre,
temperamento caballeresco y excelente camarada. Ingresó, como yo, en Sanidad
Militar, donde hizo brillante carrera.
[33] A mi
vuelta de América, supe con sorpresa que la Venus de Milo, tan
admirada y solicitada por su milagrosa hermosura, no llegó a casarse, aunque
tuvo ventajosísimos pretendientes. Una tisis galopante la arrebató en la flor
de la edad. ¡Ella, que era un modelo de sana belleza y de salud moral!...
¡Convengamos en que los microbios saben escoger!
[34] Mi
amigo M. vive todavía, y figura hoy entre los jefes más prestigiosos del Cuerpo
de Ingenieros de Caminos. Si lee estas líneas, ¡cuánto se reirá de aquellas
chiquilladas!
[35] Mi
pasaporte para incorporarme al ejército de Cataluña, data del 3 de Septiembre
de 1873.
[36] Y a
propósito de Venus, vaya un caso clínico que pudo costarme un disgusto:
Cierto capitán, casado y con familia en Lérida,
presentóseme un día al reconocimiento con síntomas inequívocos de enfermedad
venérea recientemente adquirida. Como el hecho era bastante corriente en
aquella azarosa vida de campaña, no me pareció indiscreto designar las cosas
por sus nombres.
Pero, con asombro mío, el oficial inmutóse
súbitamente y rojo de cólera exclamó: ¡Cuidado, doctor!... Vengo de Lérida, y
ni ahora ni desde hace muchos años he faltado a la lealtad conyugal... ¡Si
fuera verdad!... ¡La infame!...
Comprendí al momento lo sucedido. Y buscando la
manera de reparar o de atenuar la plancha, contesté: «Entonces debe
ser otra cosa». Veamos; ¿abusa usted de la cerveza?
—Muchísimo; es mi bebida favorita.
—Entonces el diagnóstico está claro. Trátase de
simple catarro uretral provocado por la eliminación del
lúpulo, en combinación por la acción del frío. La cosa carece de importancia...
Y cuando le dejé tranquilo y dispuesto a seguir un
tratamiento enérgico, respiré a pleno pulmón. Con mi estratagema (entonces
corría como válido el efecto irritante de la cerveza) había evitado quizás
drama sangriento; porque el tal capitán poseía carácter violentísimo y estaba
celoso de su mujer, que, dicho sea de pasada, tenía equívoca reputación.
[37] El
disfraz de paisano era necesario, porque los carlistas registraban a menudo el
tren que hacía el recorrido de Barcelona a Zaragoza.
[38] Allí
desempeñó los más variados oficios: fué soldado; héroe de la pampa; le hirieron
en diversas escaramuzas, y llegó a secretario particular de cierto cabecilla
indio que no sabía escribir, pero que acometía bravamente en las batallas lanza
en ristre. El hijo pródigo regresó ocho o diez años después al hogar, y,
arrepentido de su conducta, se formalizó en el trabajo y acabó honrosamente los
estudios médicos. Convertido hoy en clínico reputado, figura entre los
profesores de la Facultad de Medicina de Zaragoza. A su tiempo haremos mención
de sus interesantes y fecundas investigaciones sobre la Histología comparada
del sistema nervioso.
[39] D.
Abdón Sánchez Herrero abandonó en Cuba la carrera militar y llegó, por su
aplicación y talento, a catedrático de Patología médica en la Universidad de
Valladolid. Después regentó esta misma cátedra en Madrid, donde murió
prematuramente.
[40] Si no
recuerdo mal, en la jerga de la ciudad llamaban a los comerciantes confabulados
la sociedad de los guiris. Excusado es decir que de sus redes
escapaban los vecinos de la ciudad.
[41] El Dr.
Ledesma, hoy jefe prestigioso del Cuerpo de Sanidad Militar, llegó, como es
sabido, por sus méritos profesionales, a médico de la Real Cámara.
[42] Los
había tan largos y vivos que cobraban tres o cuatro veces una
misma paga en diversos comercios. Pero más vale no hablar de ciertas
combinaciones financieras... Justo es recordar, en disculpa de los hábiles,
que el desorden de la administración llegó por entonces al colmo, justificando
en cierto modo incorrecciones que en época normal habrían parecido
intolerables.
Para que se forme idea de cómo se generalizaba la
corrupción administrativa, transcribimos estas palabras del informe del general
Jovellar al Ministro de Ultramar (13 de Enero de 1874): «La inmoralidad en
todos los ramos de la Administración, sin exceptuar la de Justicia, es la más
corrompida del mundo... Sería necesario separar las tres cuartas partes, por lo
menos, de los magistrados, jueces y empleados de la Administración civil y
militar concusionarios».
[43] De las
estadísticas, harto incompletas, publicadas acerca de aquella campaña, se
deduce que sólo por enfermedad murieron cerca de 58.000 soldados y oficiales.
Juntando a esta cifra la de 16.000, a que ascendieron los soldados devueltos a
la Península por inutilizados en campaña (y de los cuales buena parte sucumbió
en sus pueblos o en los hospitales de la Península), se obtiene la suma de
74.000 bajas por enfermedad, muertos casi todos. Y no contamos aquí los caídos
en el campo de batalla ni los prisioneros y extraviados.
[44] Mientras
escribimos estas líneas, el Canadá, la India, la Australia, el África del Sur,
etc., sienten como suya la guerra entre Inglaterra y Alemania, y, alardeando de
un admirable patriotismo de raza, envían contingentes militares al teatro de la
lucha. ¡He aquí el fruto de la generosidad política, que no es, en suma, sino
altísima y clarividente habilidad!...
[45] Tengo
motivos para pensar que ocurría lo mismo en otros muchos hospitales, y que a
ello no se daba ninguna importancia.
[46] La
orden de anticipo de la licencia absoluta se expidió con fecha de 15 de Mayo de
1875. El pasaporte es de 21 de Mayo de 1875; en él se hace constar que,
hallándome enfermo, mi traslado a la Península corre a cargo de la
Administración militar.
[47] Más
adelante (creo que en 1876) hice breve excursión al Mediodía de Francia en
compañía de antiguo camarada (hijo del Sr. Choliz, de Valpalmas), que se
educaba en Oloron para el comercio. Penetramos en el territorio galo por
Sumport y visitamos Pierrefitte, Oloron y Pau. La sorpresa recibida al
contemplar la excepcional riqueza del suelo francés fué indescriptible. Al
observar aquellos frondosos trigales, donde podía ocultarse un hombre puesto de
pie; las praderas, verdes y mojadas hasta en Agosto; los frutales y hortalizas
prosperando sin riego; la holgura y bienestar del campesino, cuyas aseadas y
cómodas viviendas tanto contrastan con la ruindad y pobreza de las habitadas
por nuestros labriegos; la proximidad y riqueza de villas y ciudades populosas,
etc., tuve por primera vez la melancólica visión de las causas físicas de la
secular debilidad de España. Sólo entonces empecé a comprender su accidentada
historia y a explicarme, no su decadencia (porque esto constituye mero tópico
gratuito de neos y progresistas), sino su radical impotencia para luchar, tanto
en el terreno de las armas como en el de la concurrencia científica, industrial
y comercial, con la próspera y poderosa Francia y demás naciones europeas, que
gozan de geografía y meteorología más afortunadas.
[48] Por
entonces la Facultad de Medicina de Zaragoza no era todavía oficial, estando
sostenida conjuntamente por la Diputación y el Ayuntamiento. Una Comisión de
concejales y diputados provinciales regía los estudios y expedía las
credenciales. Mi nombramiento lleva la fecha de 10 de Noviembre de 1875.
Nota de transcripción
· Los errores de imprenta han sido corregidos sin
avisar.
· Se ha respetado la ortografía del original —que
difiere ligeramente de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor
frecuencia.
· Se han añadido tildes a las mayúsculas que las
necesitan.
· Las erratas declaradas al final del volumen se han incorporado al cuerpo principal del
texto.
· Las páginas en blanco han sido eliminadas.
· Las notas a pie de página se han renumerado y se
han colocado al final del libro.
· Algunas ilustraciones se han desplazado
ligeramente, para evitar que interrumpieran un párrafo.
· Se añade, en las ilustraciones, mención al número
de lámina junto al número de figura. Estos números no están correlativamente
ordenados en el original y contienen repeticiones, razón por la que, además, se
ha añadido un “Índice de figuras” que no aparece en el libro impreso.
End of the Project Gutenberg EBook of Recuerdos de
mi vida (tomo 1 de 2), by
Santiago Ramón y Cajal
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK RECUERDOS
DE MI VIDA (TOMO 1 DE 2) ***

