Libro N° 9637. Comedias Escogidas. Fernández De Moratín, Leandro.
© Libro N° 9637. Comedias Escogidas. Fernández De Moratín, Leandro. Emancipación.
Febrero 26 de 2022.
Título original: © Comedias Escogidas. Leandro Fernández De
Moratín
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COMEDIAS ESCOGIDAS
Leandro Fernández De Moratín
Comedias Escogidas
Leandro Fernández De Moratín
Title: Comedias escogidas
Author: Leandro Fernández de Moratín
Commentator: José Yxart y
Moragas
Release Date: December 15,
2019 [EBook #60927]
Language: Spanish
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Bibliográfico/Universidad de Cádiz.)
p. 1
Moratín
COMEDIAS ESCOGIDAS
p. 3
LEANDRO FERNÁNDEZ DE
MORATÍN
COMEDIAS ESCOGIDAS
CON EL
DISCURSO PRELIMINAR DEL
MISMO AUTOR
Y UN PRÓLOGO POR
José Yxart
LA COMEDIA NUEVA — EL SÍ DE
LAS NIÑAS
LA ESCUELA DE LOS MARIDOS —
EL MÉDICO Á PALOS
BARCELONA
BIBLIOTECA CLÁSICA ESPAÑOLA
Daniel Cortezo
y C.ª, Ausias March, 95
1884
p. 4
Establecimiento
tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C.ª
p. 5
LEANDRO FERNÁNDEZ
DE MORATÍN
I
Ni el carácter atribuído á Moratín, ni mucho
menos sus obras, concebidas despacio, y más que limadas, sobadas con meticuloso
esmero de artífice, harían sospechar lo azaroso y revuelto de su vida
trashumante. Sin el arraigo que sólo dan en España heredados patrimonios, fué
llevado Moratín de la corriente de los sucesos políticos que arrancaron á la
sociedad española de su secular asiento en el reinado de Carlos IV. Al arrimo
de algún ministro, ó en compañía de amigos é idólatras, siguió la suerte que á
sus protectores deparaba la ocasión, y apenas logró detenerse en alguna parte
el tiempo de hallar el reposo que tanto amaba su natural pacífico. Secretario
particular de Cabarrús, ordenado más tarde de primera tonsura para alcanzar un
beneficio que le confirió Floridablanca, secretario luégop. 6 de la
interpretación de lenguas y favorecido por el príncipe de la Paz, bibliotecario
mayor de la nacional en tiempo de José Bonaparte; á tantos medios hubo de
acudir para lograr una existencia holgada que le permitiera dedicarse á su pasión
por la literatura. Con esta alternaron sus frecuentes viajes á París, á
Londres, Alemania é Italia, sus más frecuentes emigraciones y sobresaltos, los
mil reveses que sufrió en su peculio acumulado á fuerza de ahorros, y los
contratiempos personales que dos veces hicieron cruzar por su imaginación con
la fugacidad del rayo, la idea del suicidio; una, volviendo de Italia por mar,
sobrecogido por un furioso temporal, y otra hallándose en Barcelona, tan
sobrado de vergüenza como falto de recursos. Así vivió sujeto á continuo
vaivén, hasta que falleció en París en 1828, casi olvidado por su patria.
¡Cuántos antecedentes no se hallan en su vida para
juzgar del estado de nuestra nación entonces y siempre! Aquistarse el aprecio
público y general con sólo el talento literario, era entonces, por lo visto,
soñar en lo imposible; adquirir independencia y fortuna, mucho más. Continuando
en otra forma las tradiciones de los trovadores de la Edad Media, y la
asalariada protección que concedieron algunos príncipes á los poetas del
Renacimiento, los literatos del siglo pasado y gran parte del presente, acuden
en la monarquía absoluta á los privados de los reyes, en la constitucional al
Estado. Por una suerte de socialismo tácito, que á nadie espanta, aunque sea al
fin una de las formas del socialismo, el gobierno reparte públicos y menguados
beneficios entre los que se dedican á las letras. En los primeros años de
Moratín, se acostumbraba todavía á sacarlos de las rentas de la Iglesia; luégo
se hizo y se hace confiriendo empleos, cargos retribuídos que, aun siendo más ó
menos literarios, no siempre son adecuados al genio poético, ni doran en
absoluto la humillación. En aquella ocasión no fué sin embargo tan patente esta
anomalía. Dada la índole de su talento, convenía á un Moratín una secretaría de
interpretación de lenguas, ó la plaza de bibliotecario mayor, pero otras se
dieron menos compatibles con la literatura á los mismos poetas, como si el
serlo supusiera gran ilustración en todas materias, cuando cabalmente el genio
poético nada tiene que ver con la ilustración, y anda á veces reñido con ella.
p. 7Pero ni aun con estos recursos se libró Moratín
de los azares de la fortuna, víctima de los frecuentes litigios en que se halla
envuelto quien ha de esperarlo todo del tesoro público. La diócesis de Oviedo
se negó á pagar por largo tiempo la pensión que le había conferido Godoy sobre
aquella mitra. Á la vuelta de Fernando VII y evacuación de los franceses, sus
bienes fueron secuestrados y el dueño sujeto á aquellos juicios de
purificación, que entonces se estilaron, irritante y ominosa medida política que
hoy nos parecería fábula absurda si no fuese historia de ayer. Con esto, las
intermitencias de la cesantía, los frecuentes gastos y las prodigalidades de su
corazón generoso y de sus aficiones de propietario urbano, llegó Moratín en
ocasiones á adornarse con la sentimental aureola de la pobreza, corona con que
hasta hace poco ha sido costumbre presentar en los altares del arte á los
grandes ingenios.
En estos accidentes, y los que más por menudo
relata su biografía—que felizmente no está por hacer, como su completa
semblanza,—Moratín se mostró con todas aquellas cualidades y defectos que dejan
suponer sus mismas obras. Á ser cierto el dicho de que el genio es el
sentido común en su grado máximo, merecería Moratín el dictado de genio á
boca llena. Porque más claro juicio, más cabal discernimiento y más equilibrada
inteligencia, pocos los tuvieron. Pero estas mismas prendas excluyeron en él
aquellas más deslumbradoras facultades que fulguran á nuestros ojos apenas del
genio se habla: intuición rápida, intensa, y que abarca mucho de un golpe;
ánimo arrebatado, pasiones vehementes, audacia y grandeza, así en las virtudes
como en los errores. Lejos de mostrar nada de esto, Moratín fué modelo de
prudentes y discretos, modesto, frío observador en la comedia de la vida. Su
gusto acendrado, su delicadísima percepción le hacían odiosos los extremos y
violencias. No templado para grandes luchas, siempre reservado, siempre huído,
buscó constantemente en las contrariedades el refugio del silencio. Todo
terminaba para él soltando la presa en cuanto se la disputaban. Siendo
protegido por el Príncipe de la Paz, gran visir en aquella monarquía despótica,
ni le aduló, ni se rebulló en sus antesalas, donde iba á sacrificar gran parte
de la nación el resto de pudor que nos quedaba. Retraído siemp. 8pre en
público, sólo en privado mostraba sus cualidades, y particularmente aquel vivo
ingenio cómico, su finísima observación de los caracteres y las ridiculeces
humanas, el exquisito gusto que poseía. Su gran distintivo fué la más perfecta
naturalidad, la extrema sencillez en todo, aquella naturalidad y sencillez, que
ni se compran ni se imitan, prenda nativa, que es el más infalible signo de
grandeza. Resplandece de tal modo esta condición en sus papeles particulares,
coleccionados en sus Obras póstumas, que, conforme se le estudia en
ellas se arraiga la convicción de que nos hallamos ante un hombre
verdaderamente ilustre y privilegiado. La acendrada discreción con que habla de
todas las materias, aun las más ajenas á su talento, la elegante llaneza de su
prosa afluente y festiva, la variedad y acierto de sus observaciones, cautivan
á la larga en sus apuntes de Viajes por Europa. En ellos, en
el Diario de su vida, en sus cartas, resalta siempre el mismo
carácter de un alma bondadosa y apacible, de un hombre modesto y laborioso pero
dotado de buen golpe de vista, y sensibilidad delicada, ya que no profunda, sin
énfasis ni presunción. Bien se comprende leyéndole que su horror á la
pedantería reinante tomara en sus escritos el carácter de una monomanía, y
fuera como la muletilla de su Musa cómica, que, desde un
principio, flagela sin piedad á los pedantes literarios y no cesa de poner en
ridículo en todas sus obras Ermeguncios y Hermógenes, el sentimentalismo y la
filantropía de los malos imitadores de Diderot y Rousseau, la ficticia cultura,
las declamaciones de los falsos innovadores. Hay en esta condición algo
ingénito de nuestra raza, que no acertamos á hallar ni en los vanidosos y
volubles franceses, ni en los italianos ardientes y solapados á un tiempo, ni
en los hombres del Norte, mesurados y cavilosos, que se lo traen todo aprendido
á fuerza de cultura.
Nacido, sin embargo, en una época en que hervía
toda la sociedad en nuevo crisol para tomar nueva forma, no fué de los que
pretendieron sacar á toda costa el genio nacional y la independencia de la
patria de aquella conflagración general. Superior sin duda en ilustración á la
gran mayoría de los españoles, estuvo por los franceses cuando éstos vinieron á
convertir en sucursal del Imperio, el abandonado trono de Carlos IV. Él creería
sin duda de buena fe que el Imperio nosp. 9 traería la cultura que él
deseaba, y con ella todos los beneficios cuyo precio le hicieron inestimable
sus frecuentes viajes por Europa, á trueque de una dependencia que no tenía al
cabo nada de humillante; sin duda pensó, como tantos otros, que nuestro pueblo,
ignorantón y casi salvaje, gangrenado y decaído, con sus incurables
preocupaciones, su apasionamiento y su desidia, no merecía la pena de batirse
por él con una nación civilizada y entonces gloriosa que hubiera establecido
con férrea mano las reformas. No hay que culpar á Moratín por estas ideas.
Quizás eran también las de los mismos que en Cádiz trataban de regenerar á
España, aunque no las manifestasen en público. Lastima, sin embargo, no hallar
á Moratín entre ellos, al lado del gran Jovellanos y Quintana, cuando la nación
entera hizo tan supremo y glorioso esfuerzo. Más simpáticos parecen aquellos
hombres, empeñados en tan legendario combate con los de dentro para ilustrarles
á despecho suyo, con los de fuera para sacar á salvo la independencia. Como
dice el mismo Quintana en la fraseología de la época, «lo primero era ser
libres, el cómo era negocio para después.» El caso fué que, á
pesar de la apática y pesimista convicción de los afrancesados de que España no
resistiría al único genio de nuestro siglo, España renació y desde entonces
vuelve á ser nación á los ojos de Europa; buena ó mala, pero al fin nación: lo
primero es existir, el cómo es cuestión secundaria.
Quizás su conducta en aquel trance, unida á la
índole peculiar de sus obras, fueron causa de que viviese y muriese casi
olvidado de la nación, siendo como fué uno de sus hijos más ilustres, y que con
mayor desinterés ansió y se afanó por su cultura. Razón tuvo, pues, en
despedirse de la patria, con estos melancólicos versos, que puesto que le
pintan de cuerpo entero copiamos aquí, aunque estarían mejor á la cabeza de su
biografía, como artístico medallón sobre los renglones de un epitafio:
Nací de honesta madre; dióme el cielo
fácil ingenio en gracias afluente,
dirigir supo el ánimo inocente
á la virtud el paternal desvelo.
Con sabio estudio, infatigable anhelo
pude adquirir coronas á mi frente:
p. 10la corva escena resonó en frecuente
aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.
Dócil, veraz, de muchos ofendido,
de ninguno ofensor, las Musas bellas
mi pasión fueron, el honor mi guía;
pero si así las leyes atropellas,
si para ti los méritos han sido
culpas; adios, ingrata patria mía.
II
La gloria de Moratín se cifra toda entera en su
campaña para restaurar el teatro español; con el ejemplo, por medio de sus
comedias; con los preceptos, por medio de la exposición de sus teorías, sus
estudios históricos, las observaciones, apuntes y comentarios que se hallan en
todos sus escritos acerca de la poesía dramática. Esta fué su constante
preocupación; lo demás de sus obras es accidental, ó tiene relación inmediata
con su talento de poeta cómico.
En esta campaña teatral Moratín sufrió grandes
sinsabores. Nadie que conozca el teatro por dentro ha de extrañarlo, aun antes
de saber cómo estaba el nuestro á fines del pasado siglo, y las singulares
costumbres de aquella época pintoresca. De todos los que se meten á
reformadores en este bajo mundo, ninguno habrá que tenga aparejada con más
anticipación la cruz, como quien pone empeño en contrariar las dos más
poderosas majestades de la tierra: el gusto del público que asiste á un teatro,
y los intereses de los que viven de contentarle. En tiempo de Moratín, todo
agravaba la empresa: la enmarañada red que envolvía esta diversión pública, con
la intervención de las autoridades civil y eclesiástica, la administración
interna de los teatros, los bandos y partidos, el estado de la literatura y la
opinión. ¡Qué encarnizadísimo asalto debían dar estas entidades juntas contra
el hombre que se propusiera la menor reforma! Tanto más, cuanto quep.
11 Moratín ponía la mira en todo, y en todo quería introducirlas. En este
punto no fué sólo un preceptista literario. Á todo alcanza su crítica, incluso
á defectos de policía de la incumbencia de un Alcalde corregidor. Así discurre
tocante á los medios gubernativos para sacar al teatro de su postración ó las
leyes relativas á la censura, como se entretiene en señalar los vicios de las
chocarreras tonadillas que se cantaban. Basta esto para imaginar su martirio.
¡Qué hervidero de cábalas! ¡qué recelos y envidias de autores y actores! Y en
esto la autoridad, ó impotente ó celosa de sus prerrogativas, el clero, huraño,
los espectadores, como siempre, bien hallados con sus gustos hijos de la
costumbre. Nombrado individuo de una junta para la reforma del teatro, hubo de
retraerse á poco de asistir á ella. Era presidente de la misma, el del mismo
consejo de Castilla... ¡un general! hombre de genio muy áspero é impetuoso, que
no pudo sufrir las observaciones de Moratín, y que estuvo á punto una vez de
tirarle el tintero á la cabeza. Con lo cual ya se deja comprender que el autor
de los Orígenes del teatro español, se convenció á la primera de
que al bravo militar le sobraban razones y que era más entendido que él en
materias literarias. Quiso más tarde el gobierno crear una dirección de
teatros, y le ofreció este cargo; pero Moratín lo rehusó, porque ya había sentido
sus espinas. Por otra parte, no hubo comedia suya cuyas representaciones no
tropezaran con mil dificultades. Exigencias de actriz demoraron cuatro años el
estreno de El Viejo y La Niña después de mil
supresiones que impuso la censura. La Comedia nueva, cruenta sátira
en acción de la decadencia del teatro, apenas pudo arrostrar la estruendosa
animosidad, el pataleo y rabia de las víctimas. Naufragó El Barón el
día de su estreno (después de haber sido plagiada, antes que representada),
víctima de las parcialidades y de la venganza en fermentación por espacio de
algunos años. Á la Mojigata siguieron las más violentas
polémicas é intrigas increíbles, como siempre que se atacó en el teatro la
hipocresía, el vicio más vidrioso y asustadizo de todos, y el que más chilla
cuando se le saca á la vergüenza, como si en él descansara toda la máquina
social, lo cual no parece probable. Enardecidos los ánimos conforme se
acentuaba el propósito de Moratín de acertar en el corazón á las preocupaciones
de aquella época, no pararon los enemip. 12gos hasta delatarle al Santo Oficio
por El Sí de las niñas, y denunciarle como un criminal. De modo que
estas obras que hoy parecen harto morales, parecieron revolucionarias y piedra
de escándalo; y su autor, tímido y juicioso por naturaleza, furibundo demagogo
que atentaba á lo más sagrado. Este último sorbo colmó su amargura y le decidió
á retirarse del teatro y arrinconar los borradores de otras comedias,
limitándose luégo á traducir de Molière, su ídolo, La Escuela de los
maridos y El Médico á palos.
En esta ruidosa campaña ni todo fueron derrotas
para Moratín, ni estas se debieron en absoluto á las malas artes ó á la
brutalidad del enemigo. Algunos idolatraron á Moratín, sus obras á pesar de la
borrasca se representaron con éxito y fueron celebradas y leídas, y cuanto hoy
elogiamos en ellas encantó á muchos. Pero fuerza es decir que los principios
literarios de su autor debían ser discutibles entonces, aunque con más talento
de lo que lo fueron, y son inadmisibles hoy en algunos puntos. Moratín pareció
en la escena, cuando se había perdido toda noción de buen gusto, y agotada la
inspiración, prosperaban sólo en la literatura los defectos del genio literario
español sin sus grandes cualidades; como árbol que había perdido la exuberante
savia, pero no la hojarasca inútil. Atajar, pues, esta general corrupción era
un bien y el expurgo, necesario. Nada enseñó Moratín en este sentido que no
estuviera conforme con la más depurada belleza. Pero el error esencial de todos
sus preceptos estaba: primero, en que si tenían el valor relativo de curar la
enfermedad reinante, no tenían igualmente la virtud de devolver el hervor de la
inspiración y el sentimiento, más necesarios para producir belleza que todas
las retóricas; y en segundo lugar, que siendo la de Moratín la más discreta y
atildada copia de las doctrinas francesas, contrariaba en absoluto el genio
nacional y luchaba á brazo partido con nuestro carácter. Moratín fué la
encarnación viva, definitiva y potente de la escuela francesa que desde
principios del siglo XVIII pretendía entronizarse en España; un
Boileau español, en suma, siempre á vueltas con la razón y el buen sentido, el
decoro y la regularidad, pocas veces partidario de sentir hondo y vehemente. Si
su atildamiento y pulcritud, la templada observación de la naturaleza, la más
absolutap. 13 sumisión á la mediana verosimilitud, podían convenir á la
comedia, no eran bastantes para infundir poderosa y deslumbradora vida al
teatro de una nación, ni podía contentar á un público ardiente como el nuestro.
En todos los principios literarios de Moratín se observa la misma deficiencia y
aquel rigorismo innecesario y á veces absurdo que convierte el arte en
artificio, por una reacción natural contra la licencia y la ignorancia, y obra
como medicina que debiendo depurar la sangre, la empobreciese hasta producir la
anemia.
Tantas revoluciones y tantas ideas se han sucedido
desde entonces y tan apartados nos hallamos de las que profesó Moratín, que ya
es inútil discutirlas siquiera, pero siempre es curioso estudiar hasta dónde
alcanzan las preocupaciones de las escuelas. En el fondo de cuanto dice
Moratín, parece entreverse la eterna cuestión que suscita siempre la literatura
dramática, entre los literatos y el vulgo. El teatro es diversión y es arte;
espectáculo y literatura, y es además todo él convención. ¿Á quién hay que complacer?
¿Al hombre de letras que está apreciando las filigranas del estilo y distingue
de géneros y aquilata los menores detalles, ó á la generalidad de los
espectadores, ávidos de emociones vivas, hondas, inmediatas, para quienes todo
ha de aparecer de bulto y á grandes brochazos? El genio dramático por lo común
complace á todos y alcanza ambos fines; divertir y producir bellezas; pero
nuestros clásicos del pasado siglo y particularmente Moratín, juzgaban en esta
cuestión con criterio casi exclusivamente literario, y querían escribir
tragedias y comedias con la pulcritud y la nimia observancia de las reglas con
que se escribían libros para unos pocos. Se empeñaban además en limitar cuanto
era posible la convención teatral en busca de una casi identidad de la ilusión
escénica con la realidad, no sólo imposible, sino contraria á toda belleza.
¿Hay nada más absurdo y risible que las unidades de lugar y de tiempo en el
drama, tan discutidas entonces? Se fuerza al espectador á que imagine que ve al
mismo César en las tablas y que por consiguiente ha retrocedido muchos siglos,
y no se le puede forzar una vez hecho este largo viaje, á que dé por
transcurrido un año siquiera durante el entreacto. Se le planta en el Foro desde
la butaca, y cuando se le tiene allí con el penp. 14samiento, no le es
permitido salir de Roma para que no se desvanezca la ilusión. Nada hay verdad
en aquella Roma de tela y cartones; ni armas, ni trajes, ni hombres, ni idioma;
pero una vez realizada aquella mentira grata á la imaginación, ésta ya no puede
permitirse un solo pecadillo más, y ha de temblar ante la gramática que mide
sus palabras, encogerse por temor de la irregularidad, reprimir sus vuelos por
no incurrir en inverosimilitudes (de que está llena, por cierto, la realidad
que se pretende imitar), y ahogar toda emoción atendiendo al decoro, como
hastiado palaciego que juzga cursi todo afecto arrebatado. Y esto se quería
imponer como ley en un espectáculo, donde la muchedumbre va á sentir y á
distraerse, donde el efecto es inmediato y no razonado, y la atmósfera
caldeada, la música, las luces, la misma presencia de la mujer, son otros
tantos incentivos que predisponen á la expansión del sentimiento.
Por otra parte, incurriendo en contradicciones,
frecuentes siempre que se pretende embutir en principios generales las libres y
espontáneas leyes de la naturaleza, mientras se aspiraba á remedarla tan
mezquinamente, se huía por sistema de la verdad, en lo más esencial: los
caracteres y las pasiones. Aquellos héroes y reyes de tragedia, que las más
veces debían pertenecer á Grecia y Roma, no habían de parecerse á los seres
vivos que representaban sino á un falso y amanerado tipo, que se había
convenido en tener por ideal; y habían de ostentar una dignidad aparatosa y
afectada en palabras y acciones. Les estaba prohibido dar rienda suelta á sus
pasiones, manchar la escena con su sangre, proferir palabras ó conceptos
familiares, mezclar la risa con el llanto, codearse con sus inferiores en las
tablas. Moratín se indigna de que un Antonio de Leiva diga puesto en ellas,—El
juicio me vuelven estas cosas—y un Julio César—Hola ¿qué es esto?—ú
otras expresiones por el estilo. Quiere á todo trance, que no se confunda nunca
en una misma obra lo patético con lo cómico, ni parezcan revueltas las clases.
Con profunda separación entre ellas, se reserva la tragedia para los héroes y
testas coronadas, y la comedia, para el pueblo, y después de ser depurados en
un alambique, se trasiegan á un frasco el llanto, el veneno y la sangre para
uso de los primeros, y las lagrimillas de risa á otro para la gente de poco más
ó menos, á quien se le permitep. 15 servir de ejemplo de ridiculeces. Ni
tampoco es dado á los coetáneos del autor, mostrar en las tablas heroísmo y
magnanimidad, y ser capaces de poderosas pasiones y virtudes. Los personajes de
la tragedia deben elegirse en regiones y tiempos distantes y apartados del
espectador.
Convengamos en que Moratín tenía razón sobrada en
ridiculizar El gran cerco de Viena, pero que también y á poca costa
se hubiera podido rehabilitar, si no al miserable Eleuterio Crispín de Andorra,
á sus inspirados ascendientes, si no aquellos errores ridículos, su
procedencia. El tiempo se encargó de la tarea; el genio nacional, comprimido y
forzado á aceptar la extranjera moda literaria, rompió aquel molde pequeño, se
desbordó otra vez, y refluyó á su fuente primitiva, que al mismo Moratín á
pesar de sus reservas y distingos parecía abundantísima y rica. El triunfo de
los clásicos, si es que éstos llegaron á triunfar, fué efímero, y sólo benéfico
en cuanto purgaron la lengua y el estilo de la última escoria del gongorismo.
Pero pasada aquella necesidad momentánea, público y autores volvieron á
apasionarse por la riqueza y brillantez de invención de la dramática del siglo
de oro, la fuerza y elevación de los caracteres, la variedad de gentes de todas
condiciones que figuraban en las tablas confundidas como en la vida; el
deslumbrador estilo; en una palabra, volvió á democratizarse el teatro, y á ser
lo que debía, panorama variado del mundo, y vasto como él, y no lección
académica entre cuatro columnas de cartón, ó corrección moral en caseros
octosílabos. Rota la valla, invadieron otra vez la escena los personajes de
capa y espada, dueñas y graciosos, la plebe y los monarcas de la Edad Media; la
comedia se hizo más intencionada y desenvuelta, y enriqueció su estilo con la
rima; la tragedia se vistió de levita; apareció el drama histórico y el
contemporáneo, sentimental ó trascendental y el melodrama patibulario, y de uno
en otro ensayo, de una en otra tentativa paró en breve tiempo en espectáculo
para los sentidos con los violáceos fulgores de las luces de bengala y los
sorprendentes recursos de la escenografía, y los cuadros al vivo de las
apoteósis finales. Desde que murió Moratín hasta el presente, la poesía
dramática agotó los asuntos y las formas, y las empresas, los medios de
divertir é interesar al público. Lejos de hallarnos en el caso de medir el
tiempo de la fábula para que nop. 16 se desvanezca la ilusión, muchos
espectadores se han vuelto ya tan entendidos y se hallan tan poco dispuestos á
pasar por ella, que ninguna convención teatral logra hacerse perdonar la
imprescindible necesidad de su existencia. De modo que algunos sospechan que el
teatro agoniza, fatigado de servir. Todo esto ha pasado, en menos de medio
siglo, inmediatamente después de haberse propuesto Moratín vivificar y
convertir la escena en cátedra de moral y cultura con sólo las túnicas de Británico y Atalía para
las grandes solemnidades y la casaca y la peluca del Barón para
los días de labor.
III
Moratín decía hablando de sí mismo: «Mi padre fué
poeta; yo no lo soy.» Y diversas veces escribió: «No aspiré nunca á ceñir dos
coronas á mi frente.» Y decía verdad. Pocas son sus poesías líricas. De estas,
sus romances festivos y sus epístolas morales, como más adecuados á su ingenio
de autor cómico, ó á su natural reposado y severo, se leen con placer y cierta
fruición cuando la afición á las letras es mucha, porque algún atractivo tiene
aquel gusto depurado, que raya en nimiedad, la sobriedad y elegancia de la
frase, una versificación remachada y correcta, donde en vano se buscaría el
menor descuido. Pero fuera de esto, nunca he podido comprender, lo confieso con
franqueza, qué poesía hallan en las demás obras líricas los amigos del género
pseudo-clásico.
También en esto nos hallamos ya tan distantes de
él, que es imposible aceptar por admirable lo que apenas logra entretenernos.
El poeta lírico era entonces, según la moda reinante, un caballero particular
muy instruído y versado en letras sagradas y profanas, que se olvidaba por
completo de sí mismo y de la realidad presente en cuanto se le ocurría dar
forma á sus inspiraciones poéticas. Entonces se vestía dep. 17 griego ó
romano, se coronaba de rosas, se imaginaba coger el estilete en lugar de la pluma,
y las tablillas en vez del papel, y fija la memoria en lo que sabía de la
antigüedad, á mil ochocientos años de distancia se forjaba la ilusión de que
vivía bajo el reinado de Augusto, pared por medio de Virgilio y Horacio. De
repente, todo se trocaba como por ensueño. La mujer amada perdía su nombre y
apellido por los de Clori ó Lesbia; el amigo, el suyo también por otro de los
que conferían los Arcades de Roma; la historia y la geografía histórica debían
conocerse al dedillo para hablar como de presente de tan lejanos tiempos; el
mayor afán consistía en decir con palabras nobles é imágenes nuevas lo
corriente y vulgar y se establecía entre la imagen y el objeto, el sentimiento
y la expresión tal cúmulo de ideas intermedias, que se necesitaba el caudal de
conocimientos de un erudito para percibir todos los primores. ¿Es esto poesía?
¿Puede parecérnoslo hoy? Será mal gusto mío, mas para mí se halla tan distante
de serlo, como una lección de retórica. Mucho tiene la verdadera poesía de
conmovedor, de inefable, que embriaga y arrebata, que enardece y hace soñar,
que no pude descubrir nunca en este género de versos. El opulento
Gerión, la Cádiz eritrea, el espartario golfo, la
Hesperia, el ceguezuelo niño y el luso y
el galo, etc., acaban por marear. Distraen, enfrían y fatigan
tantas alegorías y perífrasis, para cuya inteligencia se necesita un curso
completo de mitología. No basta hallar de vez en cuando algún sentimiento
sincero entre ese fárrago de frases depuradas y elegantes, ni contenta tal cual
imagen graciosa que desde luégo por su asunto y su precisión parece burilada
como un camafeo, ó recuerda las barrocas entalladuras de los artesones y
muebles de la época.
Esta corona, adorno de mi frente,
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres que algún día
me disteis, sacras musas...
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Quién no ve desde luégo un telón de boca con sus
pintados trofeos?
p. 18........ La Fama es esta,
sí, la conozco. Rápida girando
dilata al aire las doradas plumas,
suelto el cabello que su frente adorna,
desceñida la túnica celeste.
¿Quién no la imagina volando así por los artesones
de un palacio?
Venus, hija del mar, diosa de Gnido
y tú, ciego rapaz, que revolante
sigues el carro de tu madre hermosa
la aljaba de marfil, pendiente al lado.
Bello es, bello como las miniaturas de las
tabaqueras que usarían Napoleón y el Príncipe de la Paz y que se ven todavía en
las colecciones del Louvre. Pero, ¿no ha de consistir en algo más la poesía?
Felizmente los poetas contemporáneos han creído que sí. Se han pedido
directamente nuevas y más eficaces imágenes á la naturaleza, y á los modernos
conocimientos; la fantasía y el sentimiento han visto abrirse inmensos
espacios, con el atractivo indecible de su fondo infinito y sus tintas
rutilantes. Es imposible inventariar en una sola cláusula todos los géneros,
todos los afectos, todas las formas que trajo á la poesía moderna el presente
siglo, que algunos llaman prosáico, pero que de seguro parecerá á los
venideros, más que ninguno poético y original é inspirado en el arte más
inspirado de todos: la música y en el que más se le acerca: la poesía lírica.
En España queda, sin embargo, mucho por hacer todavía, pues la enseñanza
oficial propone aún como indiscutibles modelos algunas obras del género de
Moratín y persuade al culto de la forma por la forma, de la frase por la frase,
de la ficticia elegancia y la imitada majestad y nobleza; á cuanto es posible
adquirir con el estudio y sin levantar la cabeza de los libros. No, lo que en
los libros se adquiere con la servil imitación, no es poesía ni lo ha sido
nunca. Hay que desechar las formas aprendidas y estereotipadas por las que
espontáneamente ofrece el propio genio cuando existe;p. 19 decir lo que se
siente, como se siente, ver y vivir mucho, y sondear, en suma, aquel cielo y
aquel mundo, en los cuales, según la sublime expresión del poeta, existen
muchas cosas más de las que soñó la humana filosofía, léase, la retórica.
J. Yxart.
p. 21DISCURSO PRELIMINAR
p. 23
DISCURSO PRELIMINAR[1]
A
l empezar el siglo XVIII tuvieron
principio en España las calamidades de la guerra de sucesión. Apenas hubo
descanso para celebrar con espectáculos alegres, en los primeros años del
siglo, la coronación de Felipe V, su casamiento con María Gabriela de Saboya, y
el nacimiento de un príncipe de Asturias. En tales ocasiones se representaron
delante de los reyes en el teatro del Buen Retiro, y después al pueblo, algunas
comedias de don Antonio de Zamora, gentil hombre de S. M., que florecía entonces
entre pocos y oscup. 24ros autores, ninguno capaz de competirle. Habíase
propuesto por modelo las obras de Calderón, y es fácil inferir hasta dónde
llegarían los primores de quien sólo aspiraba á imitar los ejemplos poco
seguros de aquel dramático.
En sus zarzuelas ó comedias de música repitió
Zamora iguales desaciertos á los que Candamo, Calderón y Salazar habían
amontonado en las suyas: fábulas de absoluta inverosimilitud, estilo afectado,
crespo, enigmático, lleno de conceptos sutiles y falsos, de empalagosa
discreción que no puede sufrirse. En las comedias historiales confundió los
géneros de la tragedia, de la comedia y aun de la farsa, sin otro mérito que el
de muchos rasgos de indócil fantasía, buen lenguaje y versos sonoros. Lo mismo
hizo en las piezas mitológicas y en las de asuntos sagrados.
Cien años antes había escrito el P. Gabriel Téllez
(conocido bajo el nombre de Tirso de Molina) la comedia de El Burlador
de Sevilla, la más á propósito para conmover y deleitar á la plebe
ignorante y crédula. Representada con aplauso en los teatros de España, pasó á
los demás de Europa: en Francia se hicieron cinco traducciones de ella (más ó
menos libres) por Villars, Dorimond, Dumenil, Tomás Corneille y el gran
Molière. Goldoni, en el siglo anterior al nuestro, no se desdeñó de repetirla.
Los antagonistas del teatro no perdonaron los
defectos de una comedia tan perjudicial á las buenas costumbres, y hubo de
sufrir, como era justo, una severa prohibición. Zamora trató de refundirla, y
conservando el fondo de la acción, la despojó de incidentes inútiles; dió al
carácter principal mayor expresión, y toda la decencia que permitía el
argumento, haciéndole más agradable mediante la feliz pintura de costumbres
nacionales con que le supo hermosear; y añadiendo á esto las prendas de
locución y armonía, conservó al teatro una comedia que siempre repugnará la
sana crítica, y siempre será celebrada del pueblo.
Deseoso de agradarle, escribió Zamora la primera y
segunda parte de El Espíritu foleto, en que por la intervención de
un duende festivo y revoltoso, hacinó prodigios y transformaciones, autorizando
á los que después, con menos gracia, inundaron el teatro de mágicos y diablos,
que todavía le ocupan á despecho del sentido común. En la comedia de Donp.
25 Domingo de don Blas confundió Zamora grandes intereses de
reyes y príncipes con afectos comunes y situaciones de indecorosa ridiculez. La
figura cómica de don Domingo, bien imaginada y mal sostenida, hace reir no
pocas veces; pero sus gracias mezcladas con intolerables descuidos no dan una
idea favorable del buen gusto de aquel poeta. Mayor mérito se reconoce en la
comedia de El Hechizado por fuerza, aunque no exenta de
considerables imperfecciones. La acción está complicada con episodios inútiles,
no verosímiles, y dirigidos únicamente á dilatar y entorpecer un mal desenlace.
Unas veces habla don Claudio como un hombre de instrucción y talento, y otras
como pudiera el más estúpido; no es fácil entender si toma de veras ó de burlas
lo que están haciendo con él, si efectivamente piensa que está hechizado, ó si
trata sólo de engañar á los que intentan persuadírselo. Las situaciones
cómicas, que son muchas, degeneran en triviales algunas veces; el estilo, si no
siempre es correcto, siempre es fácil y alegre; la dicción excelente, la
versificación sonora, el diálogo rápido, animado y lleno de chistes.
Zamora no hizo otra cosa mejor ni sus
contemporáneos escribieron obra ninguna de mayor mérito. Murió hacia el año de
1740; compuso hasta unas cuarenta comedias, y en las que existen impresas se
echa de ver que siguiendo las huellas de sus predecesores, muchas veces
rivalizó con ellos; pero desconociendo los preceptos del arte, cultivó la
poesía escénica sin mejorarla, y la sostuvo como la encontró.
Don Pedro Scoti de Agoiz, coronista de los reinos
de Castilla, compuso por entonces algunas comedias y zarzuelas, en las cuales,
si merece aprecio la facilidad de su versificación, no es de alabar la
confianza con que se abandonó á la imitación de originales defectuosos,
acomodándose al gusto depravado de su tiempo.
Don Diego de Torres y Villarroel, catedrático de
matemáticas y astronomía en la universidad de Salamanca, además de algunas
zarzuelas de corto mérito, publicó una comedia intitulada El Hospital
en que cura amor de amor la locura, fábula de dos acciones, personajes y
estilo tabernario, ninguna perfección que disculpe sus muchos desatinos. Tuvo
aquel poeta grande celebridad en su tiempo, y no sin causa, pues aunque no
conoció el estilo elevado de nuestra lengua,p. 26 supo desempeñar en sus
obras prosáicas con gracia y facilidad los asuntos familiares y humildes; pero
el corto paso que parece que hay de esta clase de escritos, al tono y expresión
de la buena comedia, no supo darle. No fué bastante su talento á inventar una
fábula regular; con todo el conocimiento que tenía de los vicios y ridiculeces
comunes, no supo trazar un solo carácter, ni dar unidad ni interés á su obra;
quiso enredarla, y la embrolló; quiso hacerla muy graciosa, y resultó chabacana
y sucia. Con menos facilidad todavía ejercitó su pluma don Tomás de Añorbe y
Corregel, capellán de las monjas de la Encarnación de Madrid, en unas diez y
ocho ó veinte comedias que dió á luz, en las cuales nada se encuentra que
merezca elogio ni perdón. Si hay alguna de sus piezas que pueda citarse como la
peor, es sin duda El Paulino, que el autor se atrevió á llamar
tragedia, y de la cual hablaron Luzán y Montiano con el desprecio que merece.
Aun suponiéndole ignorante de la lengua francesa, bien pudo haber visto
el Cinna de Corneille, que había traducido con inteligencia y
publicó en el año de 1713 don Francisco Pizarro Picolomini, marqués de San
Juan. Allí hubiera podido á lo menos sospechar lo que es una tragedia; pero de
nada sirven los ejemplos á quien no los quiere seguir.
Por entonces el ilustre benedictino Feijoo, animado
del ardiente anhelo de ilustrar á su nación disipando las tinieblas de
ignorancia en que se hallaba envuelta, se atrevió á combatir en sus obras
preocupaciones y errores absurdos. Es admirable el generoso tesón con que llevó
adelante la empresa de ser el desengañador del pueblo, á pesar de los que
aseguran su privado interés en hacerlo estúpido. Con la publicación de sus
obras facilitaba el camino de un modo indirecto á los autores dramáticos para
exponer en el teatro á la risa pública las prácticas supersticiosas, las
opiniones funestas que habían autorizado la falsa filosofía, la equivocada
política, la credulidad y la costumbre; pero no había poetas capaces de
seguirle ni de aprovecharse de las luces de su doctrina.
Los autores del estimable periódico
intitulado Diario de los literatos de España examinaban con
juiciosa crítica las obras que entonces se publicaban; sostenían los principios
más sólidos del raciocinio y del buen gusto, y trataban dep. 27 encaminar
hacia la perfección, en cuanto les era posible, la literatura nacional. Su
fatiga no fué muy larga, y hubieron de abandonar el empeño por falta de
lectores y de agradecimiento público.
La Academia española, establecida á imitación de la
francesa con una organización igualmente defectuosa, vencida en gran parte
aquella lentitud que es inherente á esta clase de cuerpos literarios, atendía
con laudable celo á la formación del Diccionario de nuestra lengua; pero no
pudo por entonces dirigir sus tareas á otros objetos, ni contribuir á los
progresos de la oratoria y la poesía; su influencia no pasó más allá del salón
en que celebraba sus juntas.
En las escuelas se enseñaban á la luz de la
antorcha de Aristóteles, teología, cánones, leyes y medicina, sin el auxilio de
la filosofía, sin el de la historia, sin el de la política, sin el de las
matemáticas, sin el de la física, sin el de la erudición, sin el de las lenguas
doctas, sin el de las letras humanas. Nada de esto se sabía, porque nadie lo
podía enseñar, y nadie solicitaba aprenderlo. Todas las cátedras de las
universidades (dice Torres) estaban vacantes, y se padecía en
ellas una infame ignorancia. Una figura geométrica se miraba en este tiempo
como las brujerías y tentaciones de san Antón, y en cada círculo se les
antojaba una caldera donde hervían á borbollones los pactos y los comercios con
el demonio... Pedí á la universidad la sustitución de la cátedra de
matemáticas, que estuvo sin maestro treinta años, y sin enseñanza más de ciento
y cincuenta. Si esto sucedía en el más célebre de nuestros gimnasios,
¿cuál debía ser el estado de las buenas letras, el gusto crítico, la amenidad y
corrección de nuestra poesía, la cultura de nuestra escena miserable?
Don Ignacio de Luzán, hijo de una ilustre familia
de Aragón, educado en Italia, discípulo de los más acreditados profesores que
florecían en ella, adquirió con el estudio, el trato y el ejemplo,
conocimientos científicos y literarios que en España no hubiera podido
adquirir. Este erudito humanista dió á luz en Zaragoza en el año de 1737 una
poética, la mejor que tenemos. Celebrada de los muy pocos que quisieron leerla,
y se hallaban capaces de conocer su mérito, no fué estimada del vulgo de los
escritores, ni produjo por entonces desengaño ni corrección entre los que
seguían desatinados la carrera dramática.
p. 28El ministerio, ocupado exclusivamente en
buscar dinero para sostener la sangrienta guerra de Italia, no podía aplicar su
atención ni extender sus liberalidades en beneficio del teatro. Las flotas no
salían de los puertos de América; lo que producían las contribuciones, todo se
consumía en formar ejércitos y conducirlos á la pelea; la administración
interior se desatendía; los sueldos de los innumerables empleados no se
pagaban; los magistrados de las cámaras de Castilla é Indias, después de haber
vivido en la escasez y aun en la miseria, se enterraban de limosna en
Recoletos. El pueblo era el único protector de los teatros; el premio que
obtenían los poetas, los actores y los músicos, se cobraba en cuartos á la
puerta; no es mucho que unos y otros procurasen agradar exclusivamente á quien
los pagaba, y hablarle en necio para asegurar sus aplausos.
Eran los teatros unos grandes corrales á cielo
abierto, con tres corredores al rededor, divididos con tablas en corta
distancia que formaban los aposentos: uno muy grande y de mucho fondo enfrente
de la escena, en el cual se acomodaban las mujeres; debajo de los corredores
había unas gradas; en el piso del corral hileras de bancos, y detrás de ellos
un espacio considerable para los que veían la función de pié, que eran los que
propiamente se llamaban mosqueteros. Cuando empezaba á llover, corrían á la parte
alta un gran toldo; si continuaba la lluvia, los espectadores procuraban
acogerse á la parte de las gradas debajo de los corredores; pero si el concurso
era grande, mucha parte de él tenía que salirse, ó tal vez se acababa el
espectáculo antes de tiempo. La escena se componía de cortinas de indiana ó de
damascos antiguos: única decoración de las comedias de capa y espada. En
nuestra niñez hemos oído recordar con entusiasmo á los viejos aquel
romper de cortinas de Nicolás de la Calle. En las comedias que llamaban de
teatro ponían bastidores, bambalinas y telones pintados, según la pieza lo
requería, y entonces se pagaba más á la puerta. Como La comedia se empezaba á
las tres de la tarde en invierno, y á las cuatro en verano, ni había
iluminación, ni se necesitaba.
El primer teatro que adquirió una forma regular fué
el de los Caños del Peral, en donde muy á principios del siglo se hicieron
algunas óperas y después comedias italianas por unap. 29 compañía que
llamaron de los Trufaldines. El marqués don Aníbal Scoti, mayordomo mayor de la
reina doña Isabel Farnesio, hizo varias obras de consideración en aquel teatro
por los años de 1738, dándole mayor comodidad y ornato, y en él continuaron los
italianos por algún tiempo haciendo sus farsas de representación y de música.
Este ejemplo estimuló á la autoridad á construir de nuevo dos teatros en el
sitio de los dos corrales, que por espacio de siglo y medio habían sido
indecente asilo de las musas españolas. El de la Cruz (alterando en algo los
planes que dejó hechos don Felipe Jubarra) se concluyó en el año de 1743; y el
del Príncipe, dirigido por don Juan Bautista Sachetti (de quien era entonces
delineador don Ventura Rodríguez) quedó acabado en el año de 1745, y se estrenó
con la zarzuela intitulada el Rapto de Ganimedes.
Esta plausible novedad, que dió á la corte unos
teatros regulares y cómodos, nada influyó en todo lo demás relativo á ellos:
siguieron las cortinas, y el gorro y la cerilla del apuntador, que vagaba por
detrás de una parte á otra; siguió el alcalde de corte presidiendo el
espectáculo sentado en el proscenio, con un escribano y dos alguaciles detrás;
siguió la miserable orquesta, que se componía de cinco violines y un
contrabajo; siguió la salida de un músico viejo tocando la guitarra cuando las
partes de por medio debían cantar en la escena algunas coplas, llamadas princesas en
lenguaje cómico. La propiedad de los trajes correspondía á todo lo demás: baste
decir que Semíramis se presentaba al público peinada á la papillota, con
arracadas, casaca de glacé, vuelos angelicales, paletina de nudos, escusalí,
tontillo y zapatos de tacón; Julio César con su corona de laurel, peluca de
sacatrapos, sombrero de plumaje debajo del brazo izquierdo, gran chupa de tisú,
casaca de terciopelo, medias á la virulé, su espadín de concha y su corbata
guarnecida de encajes. Aristóteles (como eclesiástico) sacaba su vestido de
abate, peluca redonda con solideo, casaca abotonada, alzacuello, medias
moradas, hebillas de oro y bastón de muletilla.
Con estos avíos se representaban las comedias
antiguas y las que diariamente se componían de nuevo. El número de poetas
crecía en proporción de la facilidad que hallaban para escribir, habiendo
reducido á dos axiomas toda su poética:p. 30 1.º que las obras de teatro
sólo piden ingenio; 2.º que las reglas observadas por los extranjeros no eran
admisibles en la escena española.
Autorizado con estas libertades, compuso algunas
comedias don Eugenio Gerardo Lobo, capitán de guardias españolas, que habiendo
servido en las guerras de Portugal é Italia, se hizo estimable por su
inteligencia y su valor, y llegó á obtener distinguidos honores en la milicia.
Fácil y gracioso versificador en el género burlesco; hinchado, oscuro y
retumbante en el sublime, y en uno y otro conceptista sutil, equivoquista y
amigo de retruécanos miserables. Sólo hay de él dos comedias impresas: la que
intituló El más justo rey de Grecia, estriba en un vaticinio de
Apolo que puntualmente se verifica. Á veces quiere imitar la de El
Esclavo en grillos de oro; pero tenía menos talento que Candamo, y quedó
muy inferior á su original: el gracioso, llamado Veleta, es de lo
menos gracioso que puede verse. En cuanto á historia y costumbres, mil
desaciertos, ningún asomo de regularidad dramática. Algunos pasajes están
escritos con bastante facilidad y decoro, otros desaliñados, otros de estilo
enigmático y gigantesco. La de Los Mártires de Toledo y tejedor
Palomeque no es mejor. Cuchilladas, devoción, resistencias á la
justicia, celos, apartes, escondites, salir y entrar sin saber á qué,
requiebros, locuras, chocarrerías, bravatas, naufragio, martirio, bautismo
ridículo. La escena es en Toledo, en Málaga y en Argel. El estilo desigual,
nunca oportuno, á veces energúmeno, á veces ratero y chabacano.
Un sastre llamado don Juan Salvo y Vela, eligiendo
el camino más breve de agradar al patio mediante el auxilio de los contrapesos
y las garruchas, publicó la comedia de El Mágico de Salerno Pedro
Vayalarde, y tanto aplauso tuvo, y tanto le solicitaron los cómicos y los
apasionados, que dió libre curso á la vena poética; y en otras cuatro comedias
que escribió con el mismo título, amontonó cuantos disparates le pidieron y
algunos más. Compuso después un auto y varias comedias de santos, todo por el
mismo gusto, adquiriendo general estimación entre las mujeres, los beatos y los
muchachos.
Don Francisco Scoti de Agoiz, caballerizo de campo
de su Majestad, heredó de su padre (de quien se ha hecho menciónp.
31 anteriormente) la inclinación á la poesía dramática, y compuso algunas
comedias que se representaron en los teatros públicos; pero en nada contribuyó
á mejorarlos: tales son las que se conservan impresas, que aún son inferiores á
las de su padre.
Entre estos autores de inferior mérito sobresalía
don José de Cañizares, infatigable escritor de comedias, que supo imitar en las
suyas, si no todos los aciertos, toda la irregularidad de las antiguas. No tuvo
talento inventor; pero llegó á suplir esta falta con una particular habilidad
que manifestó para saber introducir en sus fábulas cuanto había leído en las
otras: este fué su mayor estudio. Apenas se hallará en sus comedias una
situación de algún interés, sin que fácilmente pueda indicarse el autor de quien
la tomó. Á esto añadió de su parte un diálogo animado y rápido, un buen
lenguaje y un estilo en los asuntos heróicos crespo, metafórico y altisonante,
y en los comunes y domésticos festivo, epigramático, chisposo, si así puede
decirse. En los versos cortos tuvo mucha facilidad, pero en los endecasílabos
era tan desgraciado, que mereció la censura de Jorge Pitillas, cuando los
llamó ramplones y malditos. En los últimos años de Carlos II ya
escribía para el teatro. Fué después fiscal de comedias (que este nombre se
daba entonces al encargo de censor), y existen aprobaciones suyas desde el año
de 1702 hasta el de 1747. Durante la guerra de sucesión fué capitán de
caballería, y retirándose del servicio, el duque de Osuna su protector le
colocó en la contaduría de su casa. Aún existe la que habitaba en la calle de
las Veneras, y en ella murió de avanzada edad, poco antes del año de 1750.
Corren impresas unas ochenta comedias suyas, y como
no todas las que escribió se imprimieron, puede inferirse que el número de
ellas fué muy considerable. Compuso zarzuelas, comedias de figurón, de enredo
amoroso, historiales, mitológicas, de santos, de valentías, de magia; no hubo
argumento que él no aplicase al teatro. Si se consideran únicamente aquellas en
que más se acercó á la buena comedia, no es posible disimular que en las de
figurón excedió los límites de lo verosímil, recargó los caracteres, mezcló
muchas gracias y situaciones verdaderamente cómicas con infinitas chocarrerías,
y á cada paso adoptó los recursos de una farsa grosera.p. 32 En las que se
propuso por objeto una pasión amorosa, valiéndose de anécdotas y personajes
históricos (como en las de El Rey Enrique el Enfermo; Si
una vez llega á querer, la más firme es la mujer; El Picarillo en
España, y otras de este género), la composición de la fábula no es
intrincada ni fatigosa; y con la mucha práctica y facilidad que tenía el autor
para los versos octosílabos, introdujo escenas de estilo florido y conceptuoso,
no distante de los originales que imitaba, y siempre agradable á la multitud
que oye y no examina.
Cañizares tuvo presentes las mejores piezas
francesas é italianas que se habían publicado en su tiempo; pero no conoció su
mérito, y precisamente las imitaciones que hizo de ellas son lo peor de cuanto
escribió para el teatro. Véase El Sacrificio de Ifigenia, y se
hallará un embrollo desatinado, compuesto de triquiñuelas de amor, estocadas,
soliloquios, batallas campales, diálogos simétricos, baladronadas
caballerescas, consejos de guerra, templo y aras, y la diosa Diana que baja
cantando en una nubecita para dar fin á tanto delirio. Estilo gigantesco,
atestado de metáforas y de imágenes monstruosas é inconexas. Agamenón
dice que el monte dividido en dos puntas da al mar abrazos de arena,
y que la armada surta en el puerto es una ciudad permanente de peñas
sobre cimientos de espuma y cristal; y entre estas bocanadas heróicas
alternan á cada paso con donaire de callejuela Lola, criada de
Ifigenia, y Pellejo, lacayo de Aquiles. Esta comedia la hizo
Cañizares (como él mismo advierte) para mostrar las comedias según el
estilo francés. También se atrevió á competir con Metastasio en la comedia
intitulada No hay con la patria venganza, y Temístocles en Persia.
Allí hay majestades y altezas, y se habla del niño de la rollona, de los
diablos, de los serafines y de los ciegos que venden jácaras. Allí hay un
insufrible gracioso llamado Tulipán, y un hijo de Temístocles que
canta seguidillas: éste y las damas, y el infante Darico, celebran una academia
ó certamen poético, y cada cual de los concurrentes responde cantando á las
cuestiones delicadas que se proponen unos á otros. Allí hay además un concierto
vocal é instrumental, con unas coplillas en que la rosa habla con el clavel de
parte de la siempreviva, y el clavel responde. En otra escena el rey llama á un
vaso de vino con veneno denodado bruto y púrpura confeccionap. 33da[2]. Todo esto
prueba demasiado que el buen Cañizares escribía sin conocimiento de los
preceptos poéticos: su abundante vena le adquirió por espacio de medio siglo
una celebridad popular de aquellas que duran en la tiniebla del error, y que
luégo se disminuyen ó desaparecen á la luz de mejores doctrinas.
Fernando VI, muerto su padre, ocupó el trono en el
año de 1746. La acción más gloriosa de su reinado fué la de apresurarse á
firmar la paz, después de tan sangrientas é inútiles guerras. Su complexión
flemática, su delicada sensibilidad, su instrucción no vulgar, la dura sujeción
en que había vivido siendo príncipe, todo le estimulaba á procurarse desahogos
no conocidos, entregándose á las suaves inclinaciones que por tanto tiempo
había tenido que reprimir. María Bárbara de Portugal, su esposa, congeniaba en
gran manera con él: celosa del decoro de la majestad, liberal, magnífica,
inteligente en las bellas artes, profesora eminente en la música, apreciaba el
mérito de los que dedicaban su estudio á cultivarlas. Se hallaban sin hijos,
sin esperanza probable de tenerlos, y por consiguiente bien distantes uno y
otro de toda idea de ambición; sólo se prometían en su reinado abundancia y
felicidad. Las flotas detenidas en la América debían enriquecer prontamente el
erario; podían repararse muchos males con una administración regular, y era de
creer que libre ya la nación de las calamidades que había sufrido, la corte
adquiriría nuevo esplendor, dando lugar á los placeres que proporcionan la
riqueza y el buen gusto en el ocio halagüeño de la paz; y así sucedió.
Cuando la reina madre doña Isabel Farnesio se
trasladó desde el palacio de Buen Retiro á una casa particular junto á la
plazuela de Afligidos, y después al Real sitio de San Ildefonso, deseó que
continuara sirviéndola entre los cantores de su cámara Carlos Broschi, llamado
Farinello, que algunos años antes había hecho venir de Londres para distraer
con su voz suavísima la profunda melancolía de Felipe V; perop. 34 la
reina Bárbara no quiso permitirlo, y Farinello se quedó en la corte con el
título de criado familiar de S. M.
Farinello (dice Riccoboni en sus Reflexiones
históricas) es el último y el más joven de los músicos italianos de
gran reputación. Canta por el gusto de Faustina; pero según la opinión de los
inteligentes, no sólo es muy superior á ella, sino que ha llegado al último
grado de la perfección. En el año de 1734 fué llamado á Londres, en donde cantó
tres inviernos con general aplauso; vino á París en el año de 1736, y después
de haber lucido su habilidad en las casas más distinguidas, adonde le llamaron
favoreciéndole como merece, tuvo el honor de cantar en el cuarto de la reina, y
en aquella ocasión le aplaudió el rey con tales expresiones, que toda la corte
quedó maravillada. Cuantos le han oído le admiran, y es general la opinión de
que Italia no ha producido nunca (y tal vez no producirá en adelante) músico
tan perfecto. Actualmente se halla en España, destinado á cantar en el cuarto
del rey y de la reina. Aquel monarca, mediante sus liberalidades y las gruesas
pensiones que le ha señalado, ha hecho la fortuna del señor Broschi, el cual
por su parte ha sabido merecerla, no menos en atención á su habilidad
sobresaliente, que á la de sus méritos personales.
Era de presencia sumamente agraciada, como mostraba
un retrato suyo pintado por Amiconi, que poseía don José Marquina, corregidor
de Madrid: estimable cuadro, que en la noche del 19 de marzo del año 1808
pereció en las llamas al furor popular. Acostumbrado al estudio de las
actitudes nobles del teatro, y á la frecuente conversación de personas bien
educadas, daba á sus palabras y movimientos el tono, la elegancia y el decoro
que tanto interesan en el trato social. Su modestia era admirable: ni el distinguido
favor de los reyes, ni los obsequios de los más ilustres personajes de la
corte, que solían asistir á su antesala y solicitar con empeño las menores
señales de su amistad, fueron bastantes á ensoberbecerle. Á cada paso les
recordaba él mismo su origen humilde, su profesión escénica, y sólo convenía en
que por uno de los caprichos de la fortuna se había visto trasladado, sin
mérito suyo, de las tablas de un teatro público á los piés de un monarca
empeñado en favorecerle. Así confundía la torpe adulación de los muchos que le
fatigaban solicitando sup. 35 mediación y su amistad. Pudo influir
eficazmente en los destinos de la monarquía, y jamás quiso tomar parte, ni aun
remota, en los asuntos del gobierno. Los ministros, ansiosos de complacerle,
anhelaban conocer sus deseos, y no pudieron lograrlo; ni quiso empleos, ni
influyó en las resoluciones, ni elevó ni persiguió á nadie; tenía parientes en
Italia, y á ninguno de ellos permitió que se presentase en Madrid. La historia
no ofrece ejemplo de una privanza acompañada de tanta moderación.
Á este hombre extraordinario se encargó la
dirección del teatro del Buen Retiro, para que se hicieran en él óperas
italianas, igualmente que todo lo relativo á las serenatas que se cantaban por
el verano en Aranjuez, los embarcos nocturnos en la escuadra del Tajo, las
iluminaciones, fuegos de artificio y demás festejos durante la jornada; en
suma, todas las diversiones del palacio se fiaron á su inteligencia y á su buen
gusto. Broschi supo desempeñar todos estos encargos, si no con economía, con
admirable acierto.
Trajo á Madrid los más excelentes profesores de
música vocal é instrumental, maquinistas y pintores de escena, y adornó las
representaciones con magnificencia suntuosa. Cuando se hacían algunas en el
salón llamado de los Reinos, cubrían el piso exquisitas alfombras,
las paredes colgaduras de tisú de oro, espejos, tallas y pinturas, entre las
cuales se colocaban estatuas; la iluminación correspondía á todo lo demás; los
músicos de la orquesta tenían uniformes de grana con galón de plata. En una
ópera cantada en el teatro se presentó una decoración toda de cristal, en otra
ocasión se iluminó la sala del concurso con doscientas arañas; en la ópera
de Armida placata se vió un sitio delicioso con ocho fuentes
de agua natural, y una entre ellas con un surtidor que subía á sesenta piés de
altura, sonando entre los árboles el canto de una multitud de pájaros, imitado
con la mayor inteligencia. La riqueza de los trajes, muebles y utensilios del
teatro, las comparsas (que á veces se componían de cincuenta mujeres y doscientos
hombres), la vista de los ejércitos con numerosa caballería, elefantes, carros,
máquinas de guerra, armas, insignias, música militar, los fuegos artificiales
que se veían al acabarse el espectáculo más allá de la escena (cerrándose la
boca del teatro, para que el humo no ofendiese,p. 36 con dos correderas
compuestas de los mayores cristales de la fábrica de San Ildefonso), todo era
digno de un gran monarca que disipaba en esta diversión la opulencia de sus
tesoros.
Los poetas que escribieron las óperas, serenatas é
intermedios desde el año 1747 hasta el de 1758, fueron el abate Pico de la
Mirandola, Pedro Metastasio, Migliavacca, José Bonechi y Pablo Rolli. Las
piezas que se cantaron en el Retiro y en Aranjuez fueron estas. Óperas: La
Clemenza di Tito, Angelica e Medoro, Il Vellocino d’oro, Polifemo
e Galatea, Artasserse, Armida placata, Demofoonte, Demetrio, Didone
abbandonata, Siroe, Niteti, il Re pastore, Adriano
in Siria. Serenatas: L’Asilo d’Amore, La Festa chinese, La
Nascita di Giove, L’Isola disabitata, Le Mode, La
Ninfa smarrita. Intermedios: Il Cavalier Bertoldo, La
Burla da vero, La Statua, Il Giuocatore, L’Ucellatrice, Il
Cuoco, Don Trastullo, Il Conte Tulipano.
Por esta rápida enumeración se echará de ver que
aquellos brillantes espectáculos, dirigidos por un italiano y desempeñados por
italianos, poco ó ningún influjo pudieron tener en el adelantamiento de los
teatros españoles. Entre los músicos de la orquesta, sólo don Luís Misón y
otros dos ó tres instrumentos no eran extranjeros; entre los que cantaron sólo
hubo una actriz española; los artífices empleados en la pintura de las
decoraciones, en la invención y dirección de las máquinas, vinieron de Italia también.
Se mandó que todas las piezas se imprimieran traducidas en castellano para
distribuirlas á los concurrentes en la primera noche de su ejecución. Se abrió
el teatro con la ópera de La Clemenza di Tito; encargóse á don
Ignacio de Luzán la traducción de ella, y la hizo, aunque en muy pocas horas,
con el acierto que era de esperar; las que se imprimieron después las tradujo
un médico italiano llamado don Orlando Boncuore, que ni se avergonzó de suceder
á Luzán en aquel encargo, ni tuvo escrúpulo de hacerse escritor en una lengua
que no sabía. Sus traducciones pueden considerarse como otros tantos modelos de
extravagancia y ridiculez.
En tanto pues que se admiraban reunidos en el
Retiro todos los primores de la música, de la poesía, de la perspectiva, del
aparato y pompa teatral, la escena española, miserap. 37ble y abandonada de la
corte, se sostenía con entusiasmo del vulgo en manos de ignorantes cómicos y de
ineptísimos poetas. De nada sirvió el haberse dado al corregidor de Madrid el
título de protector de los teatros, con el encargo de la formación de compañías
y el gobierno de ellas: la depravación de nuestra dramática pedía de parte de
la suprema autoridad providencias más directas y más eficaces.
El pueblo que tan estragado gusto manifestaba, se
hubiera engañado mucho menos en sus juicios, si no se hubiese dejado sojuzgar
por la opinión de ciertos caudillos que por entonces le dirigían, tiranizando
las opiniones y distribuyendo como querían los silbidos, las palmadas y los
alborotos. Los apasionados de la compañía del Príncipe se llamaban Chorizos,
y llevaban en el sombrero una cinta de color de oro; los de la compañía de la
Cruz Polacos, con cinta en el sombrero de azul celeste; los que
frecuentaban el teatro de los Caños tomaron el nombre de Panduros.
Había un fraile trinitario descalzo, llamado el P. Polaco[3], jefe de la
parcialidad á que dió nombre, atolondrado é infatigable voceador, que adquirió
entre los mosqueteros opinión de muy inteligente en materia de comedias y
comediantes. Corría de una parte á otra del teatro animando á los suyos para
que dada la señal de ataque interrumpiesen con alaridos, chiflidos y estrépito
cualquiera pieza que se estrenase en el teatro de los Chorizos, si por
desgracia no habían solicitado de antemano su aprobación, al mismo tiempo que
sostenía con exagerados aplausos cuántos disparates representaba la compañía
polaca, de quien era frenético panegirista. Otro fraile francisco llamado el P.
Marco Ocaña, ciego apasionado de las dos compañías, hombre de buen ingenio, de
pocas letras, y de conducta menos conforme de lo que debiera ser á la
austeridad de su profesión, se presentaba disfrazado de seglar en el prip.
38mer asiento de la barandilla inmediato á las tablas, y desde allí solía
llamar la atención del público con los chistes que dirigía á los actores y á
las actrices; les hacía reir, les tiraba grajea, y les remedaba en los pasajes
más patéticos. El concurso, de quien era bien conocido, atendía embelesado á
sus gestos y ademanes, y el patio cubierto de sombreros chambergos (que
parecían una testudo romana) palmoteaba sus escurrilidades é
indecencias.
Entre este desorden y baraúnda seguían
representándose las comedias que daban á luz los pocos y mal cultivados
ingenios, que muerto ya Cañizares, querían ser sus imitadores, y no acertaban á
conseguirlo. Tales fueron don Manuel de Iparraguirre, don José de Ibáñez y
García, don José de Lobera y Mendieta, autor, entre otras, de una comedia
intitulada La Mujer más penitente y espanto de caridad, la venerable
hermana Mariana de Jesús, hija de la venerable orden tercera de penitencia de
N. P. S. Francisco de la ciudad de Toledo; don Antonio Frumento, Marcos de
Castro, Vicente Guerrero, uno y otro cómicos; el P. Juan de la Concepción,
Manuel Guerrero (cómico también y además canonista y teólogo), don Manuel
Daniel Delgado, don Antonio Camacho y Martínez, y otros de la misma escuela.
Don José Julián de Castro, poeta de ciegos, no desprovisto de gracia y
facilidad para sus romancillos y jácaras, dió al teatro la comedia
intitulada Más vale tarde que nunca, en la cual hay privado
perseguido, trueque de puñales, batida general, con aquello de á la
cumbre, á la espesura, al monte, al valle, á la selva; preso que se lamenta
de su desgracia glosando coplas; lacayo entremetido, equivoquista y sucio;
pasito de cárcel entre el leal y el traidor, y el rey que los escucha desde un
rincón. Cuantos desaciertos se hallan esparcidos en las comedias de aquel tiempo,
otros tantos se hallarán hacinados en esta.
Don Blas de Nasarre en el año de 1749 había
recomendado, en el prólogo que puso á las comedias de Cervantes, las más
conocidas reglas del arte dramático[4]. Luzán
tradujo y pup. 39blicó una comedia de M. de La Chaussée, con el título de La
razón contra la moda, la cual ni entonces ni después se ha visto en el
teatro. En los años de 1750 y 51 dió á luz don Agustín de Montiano y Luyando
dos tragedias originales intituladas Virginia y Ataúlfo,
nunca representadas, y de las cuales existe una traducción francesa. En ellas
confirmó su laborioso autor aquella sabida verdad, de que pueden hallarse
observados en un drama todos los preceptos, sin que por eso deje de ser
intolerable á vista del público; y de que para acercarse á la perfección en
este género, no basta que el autor sea un hombre muy docto, si le falta el
requisito de ser un eminente poeta. Don Juan de Trigueros en el año de 1752 dió
á la prensa, traducido en excelente prosa castellana, el Británico de
Racine. Don Eugenio de Llaguno y Amírola publicó en el año de 1754, traducida
en muy buenos versos, la Atalía del mismo autor. Nada de esto
pasó al teatro.
La corrupción era general. En las aulas y escuelas
públicas se enseñaban sutilezas y vaciedades á la juventud, no verdades útiles:
lejos de cultivar y perfeccionar el entendimiento de los discípulos, se le
pervertía inhabilitándolo para adquirir los conocimientos sólidos de las
ciencias. En los púlpitos, según se lamentaban prelados celosos y respetables,
se había introducido la costumbre de predicar sermones disparatados y
truhanescos: tejido informe de paradojas y sofisterías, metáforas, antítesis,
cadencias, juguetes insípidos de palabras, erudición inoportuna, aplicación
reprensible de los textos sagrados á las circunstancias más triviales, lo más
divino confundido con lo más indecente, la sublime y celestial doctrina de
Jesucristo con las preocupaciones y cuentos del vulgo, y todo salpicado de
bufonadas y chistes groseros. En los tribunales no se usaba ni mejor lógica ni
más delicado gusto. El espíritu y la aplicación de las leyes se embrollaban con
las diferentes cavilaciones de los glosistas; suplíase la falta de filosofía,
de historia, de erudición, de verdadera elocuencia con retruécanos,
paranomasias, adagios, cuentos y seguidillas. Tal vez ganó el pleito quien más
supo hacer reir á los jueces; y así se defendían los intereses, los derechos,
la vida y el honor de los hombres.
Entre los desaciertos del teatro, no era el menor
la reprep. 40sentación de los autos sacramentales. El ángel Gabriel anunciaba á
la Virgen (papel que desempeñaba la célebre Mariquita Ladvenant) la encarnación
del Verbo, y al responder, traducidas en buenos versos castellanos, las
palabras del Evangelio: Quomodo fiet istud, quoniam virum non cognosco? los
apóstrofes hediondos del patio y las barandillas, dirigidos á la cómica,
interrumpían el espectáculo con irreligiosa y sacrílega algazara, y hacían
conocer á muchas madres cuán mal habían hecho en llevar consigo á sus hijas
honestas. Una mujer con la custodia en las manos, acompañada de los coros,
cantaba en procesión el Tantum ergo. La primavera, el apetito, el
alma, el cuerpo, la culpa, la gracia, el cedro, la rosa, el domingo, el lunes y
el martes, la gentilidad, el mundo, el olfato y todos los sustantivos del
diccionario, eran interlocutores en aquellas fábulas. En una salía S. Pablo con
su montante enseñando á esgrimir á la Magdalena; en otra se decía que la
Samaritana vive en la calle del Pozo, y que Jesucristo murió en la de las Tres
Cruces; en otra se aconsejaba á S. Agustín que se fuese al hospital de S. Juan
de Dios. Así estaba el teatro cuando vino de Nápoles el señor don Carlos III,
quien por un justísimo decreto puso fin á los indicados escándalos, prohibiendo
la representación teatral de asuntos sagrados.
Don Nicolás Fernández de Moratín, estimado
generalmente como uno de nuestros mejores líricos modernos, compuso á
instancias de Montiano, su amigo, una comedia intitulada La petimetra.
Esta obra, impresa en el año de 1762, carece de fuerza cómica, de propiedad y
corrección en el estilo; y mezclados los defectos de nuestras antiguas comedias
con la regularidad violenta á que su autor quiso reducirla, resultó una
imitación de carácter ambiguo y poco á propósito para sostenerse en el teatro,
si alguna vez se hubiera intentado representarla. La Lucrecia,
tragedia que publicó el mismo autor en el año siguiente, es obra de mayor
mérito, aunque la elección del argumento parece poco feliz, el progreso de la
fábula entorpecido con episodios inútiles, y el estilo muy distante á veces de
la sublimidad que pide este género.
Estos dos beneméritos autores fueron los primeros
que se atrevieron á procurar la reforma de nuestro teatro, escribiendo piezas
originales, compuestas con regularidad y decoro,p. 41 y aunque no
consiguieron toda la perfección á que aspiraban, su estudio y su celo fueron
laudables.
Don José Clavijo y Fajardo, en su obra periódica
intitulada El Pensador, censuró el desarreglo de las comedias que
entonces se representaban; y esto dió motivo á que el mencionado Moratín
publicase en el año de 1762 algunos discursos críticos en que probó, que los
autos de Calderón (tan aplaudidos del vulgo de todas clases) no debían
tolerarse en una nación ilustrada y católica. No pudo desentenderse el gobierno
de la eficacia de sus razones, y desde entonces quedó limpia la escena española
de composiciones tan absurdas[5].
Pocos años después obtuvo permiso el marqués de
Grimaldi, ministro de Estado, para abrir teatros en los Sitios, y allí se
representaron tragedias y comedias traducidas, en que se vió, juntamente con el
mérito de las composiciones, la propiedad de la escena y de los trajes, y una
declamación, si no excelente, libre á lo menos de los vicios extravagantes que
eran peculiares en los actores de Madrid y de las provincias.
El gran conde de Aranda, presidente de Castilla,
empleó al mismo tiempo la acreditada habilidad de los hermanos Velázquez en
pintar decoraciones para los teatros del Príncipe y de la Cruz; aumentó y
mejoró la orquesta, estableció una policía interior y exterior que mantuviese
el orden y decencia en el concurso, y reprimió la turbulenta parcialidad de los
apasionados de ambas compañías, entre los cuales un herrero de la calle de
Alcalá, llamado Tusa, era el alborotador más obstinado y loco.
Favoreció también con su trato y amistad á los escritores más distinguidos de
aquella época, y les exhortaba á componer piezas dramáticas, cuya
representación eficazmente promovía, á pesar de la repugnancia de los cómicos,
poco dispuestos á recibir lo que no fuese irregular y absurdo.
Entonces se repitieron en Madrid las traducciones
que se habían hecho para los Sitios, y además se escribieron algunas tragedias
originales. Tales fueron Hormesinda, de Moratín, más laudable por
algunas situaciones interesantes, por las buenas imitaciones de Virgilio, por
su lenguaje y versificación, que por el artificio de su fábula; Guzmán
el Bueno, delp. 42 mismo autor, en que hay un carácter bien sostenido,
afectos heróicos, pintura de costumbres, violencia repugnante en la unidad de
lugar, y no suficiente corrección de estilo; Don Sancho García, de
don José Cadahalso, arreglada y débil, con rimas pareadas á imitación de los
franceses, cuya cadencia simétrica es en extremo desagradable á nuestros
oídos; Raquel, de don Vicente García de la Huerta, que siguiendo el
mismo plan de La Judía de Toledo, de don Juan Bautista Diamante, no
acertó á regularizarle, sin añadirle graves defectos; hay en ella un carácter
sobresaliente; los demás, ó por falta de conveniencia dramática ó por
inconscientes, han merecido la desaprobación de los críticos; en los
pensamientos se descubren á veces resabios de mal gusto; el lenguaje es bueno,
la versificación sonora. Numancia destruída es de don Ignacio
López de Ayala, donde la mala elección del argumento, los amores episódicos que
la entorpecen y debilitan, la unidad del lugar que produce inverosimilitud
continua, se compensan con un estilo animado y robusto, con la pintura enérgica
de Roma usurpadora, y el feroz heroísmo patriótico de Numancia con el efecto
teatral que produce siempre su representación. Munuza, de don
Gaspar Melchor de Jovellanos; Jahel, de don Juan López
Sedano; Progne y Filomena, de don Tomás Sebastián y Latre, y otras
de inferior mérito que se compusieron entonces, fueron ensayos plausibles de lo
que hubiera podido adelantarse en este género, si sus autores hubieran merecido
al gobierno más decidida protección.
En la comedia nada se hizo, por más que el público,
y los que habitualmente componían para el teatro, vieron indicado en las piezas
traducidas que se representaban cuál era el camino que debía seguirse para
obtener el acierto en este difícil género de la dramática.
Don Ramón de la Cruz fué el único de quien puede
decirse que se acercó en aquel tiempo á conocer la índole de la buena comedia;
porque dedicándose particularmente á la composición de piezas en un acto,
llamadas sainetes, supo sustituir en ellas, al desaliño y rudeza
villanesca de nuestros antiguos entremeses, la imitación exacta y graciosa de
las modernas costumbres del pueblo. Perdió de vista muchas veces el fin moral
que debiera haber dado á sus pequeñas fábulas; prestó al vicio (y aun á los
delitos) un colorido tanp. 43 halagüeño, que hizo aparecer como donaires y
travesuras aquellas acciones que desaprueban el pudor y la virtud, y castigan
con severidad las leyes. Nunca supo inventar una combinación dramática de justa
grandeza, un interés bien sostenido, un nudo, un desenlace natural; sus figuras
nunca forman un grupo dispuesto con arte; pero examinadas separadamente, casi
todas están imitadas de la naturaleza con admirable fidelidad. Esta prenda, que
no es común, unida á la de un diálogo animado, gracioso y fácil (más que
correcto), dió á sus obrillas cómicas todo el aplauso que efectivamente
merecían[6].
Cesó en su presidencia el conde de Aranda, en su
ministerio el marqués de Grimaldi, y los teatros de los Sitios se cerraron; los
de Madrid siguieron mezclando con su antiguo caudal las traducciones que habían
adquirido; y enriqueciéndose cada día con nuevos disparates, solía suceder que
cuando en la Cruz se representaba el Misántropo ó la Atalía,
en el Príncipe palmoteaba el vulgo á Ildefonso Coque haciendo El Negro
más prodigioso, ó El Mágico africano. Nunca se había visto más
monstruosa confusión de vejeces y novedades, de aciertos y locuras. Las musas
de Lope, Montalván, Calderón, Moreto, Rojas, Solís, Zamora y Cañizares; las de
Bazo, Regnard, Laviano, Corneille, Moncin, Metastasio, Cuadrado, Molière,
Valladares, Racine, Concha, Goldoni, Nifo y Voltaire, todas alternaban en
discorde unión; y de estos contrarios elementos se componía el repertorio de
ambos teatros.
Así han seguido, y así continuarán hasta que entre
los medios que pide su reforma, se acuerde la autoridad del primero que debe
adoptarse, eligiendo el caudal de las piezas que han de darse al público en los
teatros de todo el reino, sin omitir el requisito de hacer que se obedezca
irrevocablemente lo que determine.
El Delincuente honrado, tragicomedia escrita por don Gaspar de Jovellanos
hacia el año de 1770, corrió manuscrita conp. 44 estimación; y aunque
demasiado distante del carácter de la buena comedia, se admiró en ella la
expresión de los afectos, el buen lenguaje y la excelente prosa de su diálogo.
Impresa en Barcelona sin anuencia del autor, no se vió representada en los
teatros públicos hasta mucho tiempo después.
En el dicho año de 1770, al cumplir los diez y ocho
de su edad, publicó don Tomás de Iriarte bajo el anagrama de don Tirso
Imarieta, la comedia intitulada Hacer que hacemos, la cual
desagradó á los inteligentes por su falta de interés y de caracteres; los
cómicos, al leerla, creyeron con mucha razón que no podría sostenerse en el
teatro.
La villa de Madrid, que celebró con regocijos
públicos el nacimiento de los infantes gemelos y la paz con Inglaterra, hizo
representar en el año de 1784 dos piezas dramáticas, que apenas vistas
desaparecieron para siempre de nuestra escena. Los Menestrales,
comedia de don Cándido María Trigueros, erudito, moralista, poligloto,
anticuario, economista, botánico, orador, poeta lírico, épico, didáctico,
trágico y cómico; obra escrita á pesar de Apolo, mereció las zumbas de Iriarte,
y la desaprobación del público. Las bodas de Camacho, comedia
pastoral de don Juan Meléndez Valdés, llena de excelentes imitaciones de Longo,
Anacreonte, Virgilio, Tasso, y Gesner, escrita en suaves versos, con pura
dicción castellana, presentó mal unidos en una fábula desanimada y lenta
personajes, caracteres y estilos que no se pueden aproximar, sin que la armonía
general de la composición se destruya. Las ideas y afectos eróticos de Basilio
y Quiteria, la expresión florida y elegante en que los hizo hablar el autor, se
avienen mal con los raptos enfáticos del ingenioso hidalgo: figura exagerada y
grotesca, á quien sólo la demencia hace verosímil, y que siempre pierde, cuando
otra pluma que la de Benengeli se atreve á repetirla. Las avecillas, las
flores, los céfiros, las descripciones bucólicas (que nos acuerdan la
imaginaria existencia del siglo de oro) no se ajustan con la locuacidad popular
de Sancho, sus refranes, sus malicias, su hambre escuderil, que despierta la
vista de los dulces zaques, el olor de las ollas de Camacho y el de los pollos
guisados, los cabritos y los cochinillos. Quiso Meléndez acomodar en un drama
los diálogos de El Aminta con los del Quijote, y
resultó una obra de quínola, insoportable en los teatros públicos,p. 45 y
muy inferior á lo que hicieron en tan opuestos géneros el Tasso y Cervantes.
No sin mucha dificultad consiguió el mencionado
Iriarte dar á la escena en el año de 1788 la comedia de El Señorito
mimado, la cual muy bien representada por la compañía de Martínez, obtuvo
los aplausos del público, en atención á su objeto moral, su plan, los
caracteres, y la facilidad y pureza de su versificación y estilo. Tal vez
mereció la censura de los que notaron en ella falta de movimiento dramático, de
ligereza y alegría cómica; pero fácilmente se disimularon estos defectos, en
gracia de las muchas cualidades que la hicieron estimable en la representación
y en la lectura. Si ha de citarse la primera comedia original que se ha visto
en los teatros de España, escrita según las reglas más esenciales que han
dictado la filosofía y la buena crítica, esta es.
Don Leandro Fernández de Moratín, que ya tenía
compuesta por aquel tiempo la comedia de El Viejo y la Niña,
luchando con los obstáculos que á cada paso dilataban su publicación, meditaba
la difícil empresa de hacer desaparecer los vicios inveterados que mantenían
nuestra poesía teatral en un estado vergonzoso de rudeza y extravagancia. No
bastaban para esto la erudición y la censura; se necesitaban repetidos
ejemplos: convenía escribir piezas dramáticas según el arte: no era ya
soportable contemporizar con las libertades de Lope, ni con las marañas de
Calderón. Uno y otro habían producido imitadores sin número, que por espacio de
dos siglos conservaron la escena española en el último grado de corrupción. No
era lícito que un hombre de buenos estudios se ocupase en añadir nuevas
autoridades al error. No debía ya paliarse el mal; era menester extinguirle.
Consideró Moratín que la comedia debe reunir las
dos cualidades de utilidad y deleite, persuadido de que sería culpable el poeta
dramático que no se propusiera otro fin en sus composiciones que el de
entretener dos horas al pueblo sin enseñarle nada, reduciendo todo el interés
de una pieza de teatro al que puede producir una sinfonía, y que teniendo en su
mano los medios que ofrece el arte para conmover y persuadir, renunciase á la
eficacia de todos ellos, y se negara voluntariamente á cuánto puede y debe esperarse
de tales obras en beneficio de la ilustración y la moral. «Los autores de lasp.
46 comedias, dijo Nasarre, conociendo la utilidad de ellas, se deben
revestir de una autoridad pública para instruir á sus conciudadanos;
persuadiéndose de que la patria les confía tácitamente el oficio de filósofos y
de censores de la multitud ignorante, corrompida ó ridícula. Los preceptos de
la filosofía puestos en los libros son áridos y casi muertos, y mueven
flacamente el ánimo; pero presentados en los espectáculos animados, le
conmueven vivamente. El filósofo austero se desdeña de ganar los corazones; el
tono dominante de sus máximas ofende ó cansa. El cómico excita alternativamente
mil pasiones en el alma; hácelas servir de introductores de la filosofía; sus
lecciones nada tienen que no sea agradable, y están muy apartadas del sobrecejo
magistral que hace aborrecible la enseñanza y aumenta la natural indocilidad de
los hombres».
Sentado el principio de que toda composición cómica
debe proponerse un objeto de enseñanza desempeñado con los atractivos del
placer, concibió Moratín que la comedia podía definirse así: «Imitación en
diálogo (escrito en prosa ó verso) de un suceso ocurrido en un lugar y en pocas
horas entre personas particulares, por medio del cual, y de la oportuna
expresión de afectos y caracteres, resultan puestos en ridículo los vicios y
errores comunes en la sociedad, y recomendadas por consiguiente la verdad y la
virtud».
Imitación, no copia, porque el poeta observador de la
naturaleza, escoge en ella lo que únicamente conviene á su propósito, lo
distribuye, lo embellece, y de muchas partes verdaderas compone un todo que es
mera ficción; verisímil, pero no cierto; semejante al original, pero idéntico
nunca. Copiadas por un taquígrafo cuantas palabras se digan durante un año, en
la familia más abundante de personajes ridículos, no resultará de su copia una
comedia. En esta, como en las demás artes de imitación, la naturaleza presenta
los originales; el artífice los elige, los hermosea y los combina.
Hoc amet, hoc spernat promissi carminis auctor;
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . et quæ
Desperat tractata nitescere posse, relinquit.
En diálogo; porque á diferencia de los demás géneros de la
poesía, en que el autor siente, imagina, reflexiona, describep. 47 ó
refiere, en la dramática que produce poemas activos, se oculta del todo, y pone
en la escena figuras que obrando en razón de sus pasiones, opiniones é
intereses, hacen creíble al espectador (hasta donde la ilusión alcanza) que
está sucediendo cuánto allí se le presenta. La perspectiva, los trajes, el
aparato escénico, las actitudes, el movimiento, el gesto, la voz de las
personas, todo contribuye eficazmente á completar este engaño delicioso,
resulta necesaria del esfuerzo de muchas artes.
En prosa ó verso. La tragedia pinta á los hombres, no como son
en realidad, sino como la imaginación supone que pudieron ó debieron ser; por
eso busca sus originales en naciones y siglos remotos. Este recurso, que la es
indispensable, la facilita el poder dar á sus acciones y personajes todo el
interés, toda la sublimidad, toda la belleza ideal que pide aquel género
dramático; y como en ella todo ha de ser grande, heróico y patético en grado
eminente, mal podría conseguirlo, si careciese de los encantos del estilo
sublime, y de la pompa y armonía de la versificación.
La comedia pinta á los hombres como son, imita las
costumbres nacionales y existentes, los vicios y errores comunes, los
incidentes de la vida doméstica; y de estos acaecimientos, de estos individuos
y de estos privados intereses forma una fábula verisímil, instructiva y
agradable. No huye, como la tragedia, el cotejo de sus imitaciones con los
originales que tuvo presentes; al contrario, le provoca y le exige, puesto que
de la semejanza que las da resultan sus mayores aciertos. Imitando pues tan de
cerca á la naturaleza, no es de admirar que hablen en prosa los personajes
cómicos; pero no se crea que esto puede añadir facilidades á la
composición. Difficile est propriè communia dicere. No es
fácil hablar en prosa como hablaron Melibea y Areusa, el Lazarillo, el pícaro
Guzmán, Monipodio, Dorotea, la Trifaldi, Teresa y Sancho. No es fácil
embellecer sin exageración el diálogo familiar, cuando se han de expresar en él
ideas y pasiones comunes; ni variarle, acomodándole á las diferentes personas
que se introducen, ni evitar que degenere en trivial é insípido por acercarle
demasiado á la verdad que imita.
Estos mismos obstáculos hay que vencer si la
comedia se escribe en verso. Ni las quintillas, ni las décimas, ni las esp.
48trofas líricas, ni el soneto, ni los endecasílabos pueden convenirla; sólo el
romance octosílabo y las redondillas se acercan á la sencillez que debe
caracterizarla, y aun mucho más el primero que las segundas. La facilidad, la
energía, la pureza del lenguaje, la templada armonía que debe resultar de la
elección de las palabras, de la dimensión variada de los periodos, de la
contraposición de las terminaciones asonantes, todo será necesario para llevar
á su perfección este género de poesía, que parece que no lo es. Ni espere
acertar el que no haya debido á la naturaleza una organización feliz, al
estudio y al trato social un extenso conocimiento de nuestra bellísima lengua,
enriquecido con la continua lección de nuestros mejores dramáticos antiguos,
los cuales, á vueltas de su incorrección y sus defectos, nos ofrecen los únicos
modelos que deben imitarse, cuando la buena crítica sabe elegirlos.
Un suceso ocurrido en un lugar, y en pocas horas. Boileau en su excelente Poética redujo á dos
versos los tres preceptos de unidad:
Una acción sola, en un lugar y un día,
conserve hasta su fin lleno el teatro.
Esto mismo recomendaba el autor del Quijote setenta
años antes que el poeta francés; los buenos literatos españoles coetáneos de
Cervantes tenían ya conocimiento de estas reglas. Lope las citó, juntamente con
otras muchas, manifestando, que si no las seguía, no era ciertamente porque las
ignorase: pues no sólo habló de ellas el Pinciano en su Filosofía
antigua poética, impresa en 1596, sino que Bartolomé de Torres Naharro
(ciento y veinte años antes que naciera Boileau) las había practicado en alguna
de sus comedias.
El Pinciano dijo, hablando á este propósito, en la
citada obra: «Toda la acción se finja ser hecha dentro de tres días... cuánto
menos el plazo fuere, tendrá más de perfección... Y de aquí puede colegirse
cuáles son los poemas do nace un niño, y crece, y tiene barbas, y se casa, y
tiene hijos y nietos; lo cual en la fábula épica, aunque no tiene término, es
ridículo; ¿qué será en las activas, que le tienen tan breve?... Aquella fábula
será más artificiosa, que más deleitarep. 49 y más enseñare con más simplicidad...
En vano se aplican muchos modos para una acción... Si una sola basta para
enseñar y deleitar en un poema, ¿para qué se aplicarán muchas?»
Creyó en efecto Moratín que si en la fábula cómica
se amontonan muchos episodios, ó no se la reduce á una acción única, la
atención se distrae, el objeto principal desaparece, los incidentes se
atropellan, las situaciones no se preparan, los caracteres no se desenvuelven,
los afectos no se motivan; todo es fatigosa confusión. Un solo interés, una
sola acción, un solo enredo, un solo desenlace: eso pide, si ha de ser buena,
toda composición teatral. Las dos unidades de lugar y tiempo, muy esenciales á
la perfección dramática, deben acompañar á la de acción, que la es
indispensable; y si parece difícil la práctica de estas reglas, no por eso
habrá de inferirse que son absurdas ó imposibles. No se cite el ejemplo de
grandes poetas que las abandonaron, puesto que si las hubieran seguido, sus
aciertos serían mayores. Ni se alegue que si en la representación de una pieza
cómica ó trágica es necesario que exista (para salvar las impropiedades que el
arte no puede vencer) una tácita convención de parte del auditorio, nada
importa que esta convención se dilate y aumente sin conocidos límites. Si tal
doctrina llegara á establecerse, presto caerían los que la siguieran en el caos
dramático de Shakspeare, y las representaciones del teatro se reducirían á las
mantas y los cordeles con que decoraba los suyos Lope de Rueda. Existe en
efecto la tácita convención; pero aplicable solamente á disculpar los defectos
que son inherentes al arte, no los que voluntariamente comete el poeta. Ya se
ha visto con repetidos ejemplos que la observancia de las unidades de acción,
tiempo y lugar es posible y es conveniente: nada hay que decir en contrario,
sino que la ejecución es dificultosa; ¿y quién ha creído hasta ahora que sea
fácil escribir una excelente comedia?
Sujeta la fábula cómica á los preceptos que van
indicados, hallará comprobada el espectador en su origen, progreso y desenlace
la verdad moral é intelectual que el poeta ha querido recomendarle, si la
composición se dispone con tal inteligencia, que resulte conveniente, verisímil
y teatral. Para ser la fábula conveniente deberá existir una inmediata conep.
50xión entre la máxima que se establece y el suceso que ha de comprobarla. Para
hacerla verisímil no basta que sea posible; ha de componerse de circunstancias
tan naturales, tan fáciles de ocurrir, que á todos seduzca la ilusión de la
semejanza. Para hacerla teatral deberá ser la exposición breve, el progreso
continuo, el éxito dudoso, la solución (resulta necesaria de los antecedentes)
inopinada y rápida; pero no violenta, ni maravillosa ni trivial.
Entre personas particulares. Como el poeta cómico se propone por objeto la
instrucción común, ofreciendo á vista del público pinturas verisímiles de lo
que sucede ordinariamente en la vida civil, para apoyar con el ejemplo la
doctrina y las máximas que trata de imprimir en el ánimo de los oyentes, debe
apartarse de todos los extremos de sublimidad, de horror, de maravilla y de
bajeza. Busque en la clase media de la sociedad los argumentos, los personajes,
los caracteres, las pasiones y el estilo en que debe expresarlas. No usurpe á
la tragedia sus grandes intereses, su perturbación terrible, sus furores heróicos.
No trate de pintar en privados individuos delitos atroces que por fortuna no
son comunes, ni aunque lo fuesen pertenecerían á la buena comedia, que censura
riendo. No siga el gusto depravado de las novelas, amontonando accidentes
prodigiosos para excitar el interés por medio de ficciones absurdas de lo que
no ha sucedido jamás ni es posible que nunca suceda. No se deleite en hermosear
con matices lisonjeros las costumbres de un populacho soez, sus errores, su
miseria, su destemplanza, su insolente abandono. Las leyes protectoras y
represivas verificarán la enmienda que pide tanta corrupción; el poeta ni debe
adularla, ni puede corregirla.
La oportuna expresión de afectos y caracteres se hace tan indispensable en la comedia, que
sin ellos queda imperfectísima la imitación, y si en todos los hombres existe
una fisonomía y un genio que los particulariza y los distingue, mal acierta á
imitarlos el que los iguala en la escena, y á todos los hace sentir, discurrir
y obrar de una manera idéntica. Este defecto, que abunda en las comedias de
nuestro antiguo teatro, y es muy frecuente en las modernas de otras naciones,
no se disimula ni con los rasgos delicados del ingenio, ni con la abundancia de
chistes epigramáticos, ni con la pureza delp. 51 lenguaje, ni con la
cultura del estilo, ni con la fluidez sonora de los versos; si no hay oportuna
expresión de afectos y caracteres, todo es perdido. El arte de escogerlos y de
combinarlos, y el de preparar las situaciones para que naturalmente se
desenvuelvan, ofrece no pequeñas dificultades á un poeta cómico.
Resultan puestos en ridículo los vicios y errores
comunes en la sociedad mediante la disposición de la fábula y la expresión de los
caracteres. En cuanto á estos, conviene que algunos sean ridículos, pero todos
no, porque sin esta contraposición no aparecería la deformidad en toda su luz,
ni existiría la necesaria degradación en las figuras, que tocadas con diferente
fuerza deben quedar subalternas á la que se presenta como principal. Los
defectos meramente físicos, involuntarios y de posible enmienda, no deben ser
objeto primario de la burla, si bien muchas veces se introducen como medios
auxiliares para completar la pintura del vicio que se trata de corregir.
Ninguna ridiculez corporal debe exponerse en el teatro á la irrisión pública,
si otra moral no la acompaña. Los vicios y errores que pinta la comedia deben
ser comunes, porque no siéndolo, ninguna utilidad produciría su imitación. Una
extravagancia, que rara vez se verifique en algún individuo, no puede servir
para enseñanza de la multitud, que podría exclamar indignada contra el poeta:
«Erraste el objeto de corrección que te proponías; nadie de nosotros adolece
del vicio que pintas, ni conocemos á ninguno que le tenga.»
Debe pues ceñirse la buena comedia á presentar
aquellos frecuentes extravíos que nacen de la índole y particular disposición
de los hombres, de la absoluta ignorancia, de los errores adquiridos en la
educación ó en el trato, de la multitud de las leyes contradictorias, feroces,
inútiles ó absurdas, del abuso de la autoridad doméstica y de las falsas
máximas que la dirigen, de las preocupaciones vulgares ó religiosas ó
políticas, del espíritu de corporación, de clase ó paisanaje, de la costumbre,
de la pereza, del orgullo, del ejemplo, del interés personal; de un conjunto de
circunstancias, de afectos y de opiniones que producen efectivamente vicios y
desórdenes capaces de turbar la armonía, la decencia, el placer social, y
causar perjudiciales consecuencias al interés privado y al público.
p. 52Recomendadas por consiguiente la verdad y
virtud en la fábula cómica, mediante la censura de los vicios del
entendimiento y del corazón, desempeñará el poeta el objeto de utilidad general
que debió proponerse. Enseña la verdad, cuando apoyada su doctrina en los
conocimientos de la física, en el exacto raciocinio de la filosofía, que
preside á las ciencias, en los sucesos que eterniza la historia, en la crítica
y buen gusto de la literatura y de las artes, rectifica los errores adquiridos
en la enseñanza de malos estudios, ó en el ejemplo de personas preocupadas ó
estúpidas; y el pueblo, á quien habitualmente rodea espesa nube de ignorancia,
halla en el teatro la única escuela abierta para él, donde se le desengaña sin
castigarle, y se le ilustra cuando se le divierte.
En la comedia se recomienda la virtud haciéndola
amable, como efectivamente lo es; pintando en otros hombres pasiones generosas
ó tiernas, que haciéndolos superiores á todo otro interés menos laudable, los
determinan á proceder en las varias combinaciones de la vida según los
principios de la justicia, de la prudencia, de la humanidad y del honor lo
piden. Cuantos vicios risibles infestan la sociedad, otros tantos descubre la
comedia para inducirnos á conocerlos y evitarlos, al mismo tiempo que nos acuerda
las obligaciones que debemos desempeñar en el trato del mundo para evitar los
peligros que á cada paso nos presenta, para merecer por una conducta
irreprensible la estimación y el amor de los buenos, para hallar en el
testimonio de nuestra conciencia el más poderoso consuelo, la más segura
protección contra los accidentes de la fortuna ó la injusticia de los hombres.
Tales fueron los principios generales que Moratín
creyó convenir al teatro cómico; pero debía pasar más adelante el que tomaba
sobre sí el empeño de reformar el nuestro. Su propia observación le dió á
conocer que si el arte es suficiente para evitar el error, no basta él solo
para producir los aciertos: éstos nacen de otro origen; no los aprende el
poeta, los halla en sí: no los adquiere á fuerza de instrucción, la naturaleza
se los da. Expliquen los que hayan llegado á saberlo, cuál sea la causa de que
en unos individuos sí, y en otros no, se hallen facultades tan diferentes, que
hacen imposible á éstos lo que aquellos encuentran fácil y genial; baste la
persuasión de que efectivamente reside en determip. 53nados sujetos una
peculiar aptitud mental, que les hace percibir lo que para otros muchos,
dotados á lo que parece de la misma disposición orgánica, permanece ignorado y
oculto. Este sentido, este particular instinto (si algún nombre ha de dársele)
es el que ha producido hasta ahora los eminentes profesores en las artes de
imitación. Á él se deben la Venus de Médicis y el Apolo de
Belvedere; Velázquez, guiado por él, supo pintar el aire; por él Molière halló
el verdadero carácter de la comedia; por él Rossini en sus inesperadas
combinaciones armónicas añade á la música nuevos encantos. Si esta facultad
creadora existió en Moratín para dar á sus composiciones dramáticas aquella
facilidad difícil, aquella fuerza de expresión, aquel espíritu de vida, aquella
constante apariencia de verdad, sin la cual nada es tolerable en la escena, la
posteridad justa sabrá decidirlo.
En el éxito que tuvieron sus obras cómicas,
representadas y leídas, vió logrado el fin que se propuso al componerlas. Dió
en ellas el ejemplo práctico de que la observancia de las reglas asegura el
acierto, si el talento las acompaña; y que el arte dramática, como todas las
demás, resulta de principios certísimos é inalterables, sin cuyo conocimiento
los mejores ingenios se precipitan y se malogran. Quiso imitar el atrevimiento
laudable de Corneille y de Molière, que haciéndose superiores á las ideas comunes
de su siglo, crearon la tragedia y la comedia en Francia. No pactó con los
errores vulgares; no aspiró á una celebridad fácil de adquirir; quiso dar á su
nación modelos dignos de ser imitados por los que sigan después tan arduo
camino, y si no bastó su talento á igualar deseos tan generosos, merece á lo
menos la gloria de haberlo intentado. Cuando haya en España buenos estudios;
cuando el teatro merezca la atención del gobierno; cuando se propague el amor á
las letras en razón del premio y el honor que logren; cuando cese de ser delito
el saber, entonces (y sólo entonces) llevarán otros adelante la importante
reforma que él empezó.
Quiso también desmentir de una manera victoriosa
las equivocaciones en que han incurrido no pocos extranjeros que han escrito
acerca de nuestro teatro, creyendo hallar en el carácter nacional las causas de
su corrupción, acumulando errores sobre este supuesto, copiándose unos á otros,
y obsp. 54tinándose en decidir magistralmente sobre el mérito científico de una
nación, sin conocer la historia de su literatura, sus costumbres ni su lengua,
sin querer preguntar jamás lo que ignoran á los únicos que les pudieran
instruir.
Cuando hablan del teatro español exageran su
irregularidad, el espíritu caballeresco que le domina, los caracteres
fantásticos, el enredo complicado, los incidentes imposibles de que se componen
sus fábulas, escritas, á lo que ellos dicen, con estilo oriental, ditirámbico,
erizado de metáforas, equívocos y sutilezas, redundante, hinchado,
tenebroso, ampullas et sexquipedalia verba. Tal es la pintura que
hacen de él; y confundiendo las épocas en razón de su mucha ignorancia, han
atribuído y atribuyen á los españoles que hoy viven el mismo depravado gusto
que reinaba dos siglos há. Nos echan en cara nuestra decidida inclinación á los
autos sacramentales, y el placer con que vemos imitados en acción dramática los
misterios de la religión, olvidándose de que hace ya setenta años que no se
representan tales dramas en ninguno de los teatros de España. Nos citan una
comedia de San Amaro, cuya acción dura doscientos años, y un auto
que acaba con el Ite missa est: y no añaden que no hay un solo
español ni extranjero que haya visto jamás en nuestra escena la representación
de tal comedia ni de tal auto.
¿Qué dirían si juzgásemos el teatro francés por sus
antiguas moralidades y sus misterios? ¿ó si para apreciar el talento cómico de
Molière les citáramos el saco de Scapin, la transformación de M. Jourdain en
Mamaouchi, los cuernos de Sganarelle, el aguavá de Trufaldin, la materia
copiosa y laudable de Lucinda, las disposiciones de Argante y las jeringas de
Pourceaugnac? ¿Qué dirían, si callando los aciertos de Goldoni, de Albergati,
de Metastasio, de Monti, del terrible Alfieri, nos acordásemos únicamente de
los voluntarios desatinos con que infestó el conde Gozzi los teatros de su
nación? ¿si no halláramos otros ejemplares que citar que el de Arlequín
tragado por la ballena, Arlequín que nace de un huevo, El
príncipe Taer convertido en piedra, ó La Dama serpiente, piezas
no ignoradas, como la de San Amaro, no sepultadas en el polvo de
las bibliotecas, como nuestros autos, sino repetidas frecuentemente en las
principales ciudades de Italia, en donde los que hoy viven han podido verlas no
pocas veces?
p. 55Pero no sólo dan por supuesto que la escena
española permanece en un extravagante desarreglo, sino que se adelantan á
negarnos hasta la posibilidad de la enmienda. «Como la comedia tiene por objeto
las acciones de personas inferiores y humildes, no siendo esto conforme con el
carácter altivo de los españoles, puede asegurarse con verdad que la comedia
nunca tuvo cabida en España.—Ningún español ha podido sujetar su talento á la
unidad de lugar. No quieren los españoles salir del teatro conmovidos de ningún
afecto de desprecio, de odio ó de amor: les parecería vergonzoso perder en una
representación su natural indiferencia.—Como la galantería de los españoles ha
sido heredada de los moros, les ha quedado á aquellos un cierto sabor de
África, de que no han participado las demás naciones.» Esto dice el abate
Cuadrio en su Historia poética. «La mezcla de bufonesco y serio, de
trágico y cómico, de caballeresco y popular agrada extremadamente á los
españoles.» Esta observación es del P. Caymo, autor de la obra intitulada El
vago italiano. «La verdadera comedia no ha sido conocida nunca de los
españoles, que no saben reir sin gravedad, ni toleran en el teatro personas
vulgares sino acompañadas con los héroes.» Este rasgo de crítica es del abate
Bottinelli. «En la comedia aprecian siempre los españoles los enredos de
Calderón, Rojas, Moreto y otros autores del mismo género, y durará este aprecio
mientras sus fábulas tengan una relación general con las costumbres.—Si en
España no se aplican á pintar los caracteres y ridiculeces de la sociedad, que
tanto nos agradan en Molière, consiste en que de algunos siglos á esta parte la
sociedad no ha dejado de ser en España lo que antes era.» Esto escribía M. La
Harpe en el año de 1797.
¿Para qué citar más? El público español,
aplaudiendo las comedias de Moratín, responde á tan atropelladas censuras. En
España se llama comedia nacional la que pinta costumbres españolas; y el gusto
dominante en la Península (como en todo lo restante de Europa) es el de ver
copiados en el teatro los originales que se encuentran á cada paso en el trato
común. El desarreglo no es nacional, no lo ha sido nunca en ninguna parte, á no
suponer que exista una nación de estúpidos, en quienes no produce deleite la imitación
de lap. 56 verdad. El desarreglo es meramente accidental y transeúnte en
todas partes, con más ó menos duración. Decir que en España se aprecian las
comedias antiguas porque las costumbres no se han mudado, es hablar con tanto
desacuerdo como si se tratara de un país remoto y casi desconocido.
Precisamente por haberse mudado las costumbres, por no parecerse ya los
españoles que hoy viven á los que existieron dos siglos há, las comedias
escritas en aquel tiempo han decaído de la estimación que tuvieron, y
desaparecerán del todo á proporción del número de piezas modernas que vaya
adquiriendo el teatro. El público español, que tiene por muy nacionales las
comedias de Moratín, ha visto en ellas la pintura fiel de nuestros usos y
costumbres, de nuestros actuales vicios y errores. Ha visto que un español ha
sabido sujetar su carácter altivo á tratar acciones domésticas, reducirlas á
las temidas reglas de unidad, y aún algo más que esto. Ha visto que no hay en
sus fábulas personas heróicas, ni mezcla de bufonesco y serio, de trágico y
cómico, de caballeresco y popular. Ha visto que en su representación se
apasionan los espectadores, lloran ó ríen, según el autor quiso que lo
hiciesen, y que no les es posible conservar aquella inmovilidad de estatuas con
que el bueno del abate Cuadrio nos caracteriza. Ha visto por último en las
citadas piezas la observancia más rigurosa del arte, unida á muchos de los
primores que se admiran en nuestro antiguo teatro, y no se dice que nadie haya
percibido en ellas hasta ahora ningún sabor ni resquemo africano, oriental ni
francés.
Hubo una época en que algunos jóvenes, mal
instruídos en sus primeros estudios, sin conocimiento de la antigua literatura,
ignorantes de su propio idioma, negándose al estudio de nuestros versificadores
y prosistas (que despreciaron sin leerlos), creyeron hallar en las obras
extranjeras toda la instrucción que necesitaban para satisfacer su impaciente
deseo de ser autores. Hiciéronse poetas, y alteraron la sintáxis y propiedad de
su lengua, creyéndola pobre, porque ni la conocían ni la quisieron aprender; sustituyeron
á la frase y giro poético, que la es peculiar, locuciones peregrinas é
inadmisibles; quitaron á las palabras su acepción legítima ó las dieron la que
tienen en otros idiomas; inventaron á su placer, sin necesidad ni acierto,
voces extravagantes que nadap. 57 significan, formando un lenguaje oscuro
y bárbaro, compuesto de arcaísmos, de galicismos y de neologismo ridículo. Esta
novedad halló imitadores, y el daño se propagó con funesta celeridad. Por ellos
dijo Capmany: «Estos bastardos españoles confunden la esterilidad de su cabeza
con la de su lengua, sentenciando que no hay tal ó tal voz, porque no la
hallan. ¿Y cómo la han de hallar, si no la buscan ni la saben buscar? ¿Y dónde
la han de buscar, si no leen nuestros libros? ¿Y cómo los han de leer, si los
desprecian? Y no teniendo hecho caudal de su inagotable tesoro, ¿cómo han de
tener á mano las voces de que necesitan?»
Á la ignorancia de la lengua se añadió la del arte
de componer; falta de plan poético, pobreza de ideas, redundancia de palabras,
apóstrofes sin número, destemplado uso de metáforas inconexas ó absurdas,
desatinada elección de adjetivos, confusión de estilos, y constante error de
creer sencillo lo que es trivial, gracioso lo que es pueril, sublime lo
gigantesco, enérgico lo tenebroso y enigmático. Á esto añadieron una afectación
intolerable de ternura, de filantropía y de filosofismo, que deja en claro el artificio
pedantesco, y prueba que tales autores carecieron igualmente de sensibilidad
que de doctrina.
Si en las obras sueltas de Moratín no se advierten
extravíos de igual naturaleza, no por eso pudo lisonjearse de haber llegado á
la perfección, que siempre huye del anhelo con que los hombres la solicitan:
nada hay perfecto. Nunca aspiró á la gloria de poeta lírico; pero compuso
algunas obras en este género para desahogo de su imaginación y sus afectos, ó
para corresponder agradecido á los que estimaban en algo las producciones de su
pluma. Siguió en este ramo de la poesía los mejores ejemplos de la antigua y
moderna literatura; cultivó su lengua con aplicación infatigable; evitó los
errores que veía difundirse y aumentarse diariamente, aplaudidos por la
ignorancia y la falsa crítica, y sostenidos por la autoridad, que contribuyó
eficazmente á propagarlos; pero ni desconoció la distancia á que se hallaba del
acierto, ni fué tan grande su amor propio que le hiciese olvidar cuán difícil
es adquirir en el Parnaso dos coronas.
p. 59LA COMEDIA NUEVA
COMEDIA EN DOS ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1792
p. 60
PERSONAS
· DON ELEUTERIO.
· DOÑA AGUSTINA.
· DOÑA MARIQUITA.
· DON HERMÓGENES.
· DON PEDRO.
· DON ANTONIO.
· DON SERAPIO.
· PIPÍ.
La escena es en un café de Madrid, inmediato á un
teatro.
El teatro representa una sala con mesas, sillas y
aparador de café; en el foro una puerta con escalera á la habitación principal,
y otra puerta á un lado que da paso á la calle.
La acción empieza á las cuatro de la tarde y acaba
á las seis.
p. 61
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
DON ANTONIO, PIPÍ.
(Don Antonio sentado junto á una mesa, Pipí
paseándose.)
D. Antonio.—Parece que se hunde el techo. Pipí.
Pipí.—Señor.
D. Antonio.—¿Qué gente hay arriba, que anda tal
estrépito? ¿Son locos?
Pipí.—No, señor; poetas.
D. Antonio.—¿Cómo poetas?
Pipí.—Sí señor: ¡así lo fuera yo! ¡No es cosa! Y
han tenido una gran comida. Burdeos, pajarete, marrasquino; ¡uh!
D. Antonio.—¿Y con qué motivo se hace esa
francachela?
p. 62
Pipí.—Yo no sé; pero supongo que será en celebridad
de la comedia nueva que se representa esta tarde, escrita por uno de ellos.
D. Antonio.—¿Conque han hecho una comedia? ¡Haya
picarillos!
Pipí.—Pues qué, ¿no lo sabía usted?
D. Antonio.—No por cierto.
Pipí.—Pues ahí está el anuncio en el Diario.
D. Antonio.—En efecto, aquí está (Leyendo en el
Diario que está sobre la mesa): Comedia nueva intitulada el Gran Cerco
de Viena. ¡No es cosa! Del sitio de una ciudad hacen una comedia. ¡Si son el
diantre! ¡Ay, amigo Pipí! ¡cuánto más vale ser mozo de café que poeta ridículo!
Pipí.—Pues mire usted, la verdad, yo me alegrara de
saber hacer, así, alguna cosa...
D. Antonio.—¿Cómo?
Pipí.—Así, de versos... ¡Me gustan tanto los
versos!
D. Antonio.—¡Oh! los buenos versos son muy
estimables; pero hoy día son tan pocos los que saben hacerlos, tan pocos, tan
pocos...
Pipí.—No, pues los de arriba bien se conoce que son
del arte. ¡Válgame Dios! ¡Cuántos han echado por aquella boca! Hasta las
mujeres.
D. Antonio.—¡Oiga! ¿también las señoras decían
coplillas?
Pipí.—¡Vaya! Allí hay una doña Agustina, que es
mujer del autor de la comedia... ¡Qué! Si usted viera... Unas décimas componía
de repente... No es así la otra, que en toda la mesa no ha hecho más que
retozar con aquel don Hermógenes, y tirarle miguitas de pan al peluquín.
D. Antonio.—¿Don Hermógenes está arriba? ¡Gran
pedantón!
Pipí.—Pues con ese se estaba jugando; y cuando la
decían: «Mariquita, una copla, vaya una copla,» se hacía la vergonzosa; y por
más que la estuvieron azuzando á verp. 63 si rompía, nada. Empezó una
décima, y no la pudo acabar, porque decía que no encontraba el consonante; pero
doña Agustina, su cuñada... ¡Oh! aquella sí. Mire usted lo que es... Ya se ve,
en teniendo vena...
D. Antonio.—Seguramente. ¿Y quién es ese que
cantaba poco há, y daba aquellos gritos tan descompasados?
Pipí.—¡Oh! ese es don Serapio.
D. Antonio.—Pero ¿qué es? ¿qué ocupación tiene?
Pipí.—Él es... mire usted; á él le llaman don
Serapio.
D. Antonio.—¡Ah! sí. Ese es aquel bulle bulle que
hace gestos á las cómicas, y las tira dulces á la silla cuando pasan, y va
todos los días á saber quién dió cuchillada; y desde que se levanta hasta que
se acuesta no cesa de hablar de la temporada de verano, la chupa del
sobresaliente, y las partes de por medio.
Pipí.—Ese mismo. ¡Oh! ese es de los apasionados
finos. Aquí se viene todas las mañanas á desayunar; y arma unas disputas con
los peluqueros, que es un gusto oirle. Luégo se va allá abajo, al barrio de
Jesús: se juntan cuatro amigos, hablan de comedias, altercan, ríen, fuman en
los portales; don Serapio los introduce aquí y acullá hasta que da la una; se
despiden, y él se va á comer con el apuntador.
D. Antonio.—¿Y ese don Serapio es amigo del autor
de la comedia?
Pipí.—¡Toma! Son uña y carne. Y él ha compuesto el
casamiento de doña Mariquita, la hermana del poeta, con don Hermógenes.
D. Antonio.—¿Qué me dices? ¿Don Hermógenes se casa?
Pipí.—¡Vaya si se casa! Como que parece que la boda
no se ha hecho ya porque el novio no tiene un cuarto ni el poeta tampoco; pero
le ha dicho que con el dinero que le dén por esta comedia, y lo que ganará en
la impresión, les pondrá la casa y pagará las deudas de don Hermógenes, que
parece son bastantes.
D. Antonio.—Sí serán. ¡Cáspita si serán! Pero, y si
lap. 64 comedia apesta, y por consecuencia ni se la pagan ni se vende,
¿qué harán entonces?
Pipí.—Entonces, ¿qué sé yo? ¡Pero qué! No, señor.
Si dice don Serapio que comedia mejor no se ha visto en tablas.
D. Antonio.—¡Ah! Pues si don Serapio lo dice, no
hay que temer. Es dinero contante, sin remedio. Figúrate tú si don Serapio y el
apuntador sabrán muy bien dónde les aprieta el zapato, y cuál comedia es buena,
y cuál deja de serlo.
Pipí.—Eso digo yo; pero á veces... Mire usted, no
hay paciencia. Ayer, ¡qué! les hubiera dado con una tranca. Vinieron ahí tres ó
cuatro á beber ponch, y empezaron á hablar de comedias; ¡vaya! yo no me puedo
acordar de lo que decían. Para ellos no había nada bueno: ni autores, ni
cómicos, ni vestidos, ni música, ni teatro. ¿Qué sé yo cuánto dijeron aquellos
malditos? Y dale con el arte, el arte, la moral, y... Deje usted: las... ¿Si me
acordaré? Las... ¡Válgate Dios! ¿Cómo decían? Las... las reglas... ¿Qué son las
reglas?
D. Antonio.—Hombre, difícil es explicártelo. Reglas
son unas cosas que usan allá los extranjeros, particularmente los franceses.
Pipí.—Pues, ya decía yo; esto no es cosa de mi
tierra.
D. Antonio.—Sí tal: aquí también se gastan, y
algunos han escrito comedias con reglas; bien que no llegarán á media docena
(por mucho que se estire la cuenta), las que se han compuesto.
Pipí.—Pues ya se ve: mire usted, ¡reglas! No
faltaba más. ¿Á que no tiene reglas la comedia de hoy?
D. Antonio.—¡Oh! eso yo te lo fío: bien puedes
apostar ciento contra uno á que no las tiene.
Pipí.—Y las demás que van saliendo cada día tampoco
las tendrán: ¿no es verdad usted?
D. Antonio.—Tampoco. ¿Para qué? No faltaba otra
cosa,p. 65 sino que para hacer una comedia se gastaran reglas. No, señor.
Pipí.—Bien; me alegro. Dios quiera que pegue la de
hoy, y luégo verá usted cuántas escribe el bueno de don Eleuterio. Porque, lo
que él dice: si yo me pudiera ajustar con los cómicos á jornal, entonces... ¡ya
se ve! mire usted si con un buen situado podía él...
D. Antonio.—Cierto. (Ap. ¡Qué
simplicidad!)
Pipí.—Entonces escribiría. ¡Qué! todos los meses
sacaría dos ó tres comedias. Como es tan hábil...
D. Antonio.—¿Conque es muy hábil, eh?
Pipí.—¡Toma! Poquito le quiere el segundo barba; y
si en él consistiera, ya se hubieran echado las cuatro ó cinco comedias que
tiene escritas; pero no han querido los otros; y ya se ve, como ellos lo
pagan... En diciendo: no nos ha gustado, ó así, andar ¡qué diantres! Y luégo,
como ellos saben lo que es bueno; y en fin, mire usted si ellos... ¿No es
verdad?
D. Antonio.—Pues ya.
Pipí.—Pero deje usted, que aunque es la primera que
le representan, me parece á mí que ha de dar golpe.
D. Antonio.—¿Conque es la primera?
Pipí.—La primera. ¡Si es mozo todavía! Yo me
acuerdo... Habrá cuatro ó cinco años que estaba de escribiente ahí, en esa
lotería de la esquina, y le iba muy ricamente; pero como después se hizo paje,
y el amo se le murió á lo mejor, y él se había casado de secreto con la
doncella, y tenían ya dos criaturas, y después le han nacido otras dos ó tres;
viéndose él así, sin oficio ni beneficio, ni pariente ni habiente, ha cogido y
se ha hecho poeta.
D. Antonio.—Y ha hecho muy bien.
Pipí.—¡Pues ya se ve! lo que él dice: si me sopla
la musa, puedo ganar un pedazo de pan para mantener aquellos angelitos, y así
ir trampeando hasta que Dios quiera abrir camino.
p. 66ESCENA II.
DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. Pedro.—Café.
(Don Pedro se sienta junto á una mesa distante
de don Antonio: Pipí le servirá el café.)
Pipí.—Al instante.
D. Antonio.—No me ha visto.
Pipí.—¿Con leche?
D. Pedro.—No... Basta.
Pipí.—¿Quién es este?
(Al retirarse después de haber servido el café á
don Pedro.)
D. Antonio.—Este es don Pedro de Aguilar, hombre
muy rico, generoso, honrado, de mucho talento; pero de un carácter tan ingenuo,
tan serio, y tan duro, que le hace intratable á cuántos no son sus amigos.
Pipí.—Le veo venir aquí algunas veces, pero nunca
habla, siempre está de mal humor.
ESCENA III.
DON SERAPIO, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO,
PIPÍ.
D. Serapio.—¡Pero, hombre, dejarnos así!
(Bajando la escalera, salen por la puerta del
foro.)
D. Eleuterio.—Si se lo he dicho á usted ya. La
tonadilla que han puesto á mi función no vale nada, la van á silbar, y quiero
concluir esta mía para que la canten mañana.
D. Serapio.—¿Mañana? ¿Conque mañana se ha de
cantar, y aún no están hechas ni letra ni música?
D. Eleuterio.—Y aun esta tarde pudieran cantarla,
si usted me apura. ¿Qué dificultad? Ocho ó diez versos dep.
67 introducción, diciendo que callen y atiendan, y chitito. Después unas
cuantas coplillas del mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la
niña que está opilada, el cadete que se baldó en el portal, cuatro
equivoquillos, etc.; y luégo se concluye con seguidillas de la tempestad, el
canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se sabe cuál ha de ser: la
que se pone en todas; se añade ó se quita un par de gorgoritos, y estamos al
cabo de la calle.
D. Serapio.—¡El diantre es usted, hombre! todo se
lo halla hecho.
D. Eleuterio.—Voy, voy á ver si la concluyo; falta
muy poco. Súbase usted.
(Don Eleuterio se sienta junto á una mesa
inmediata al foro; saca de la faltriquera papel y tintero, y escribe.)
D. Serapio.—Voy allá; pero...
D. Eleuterio.—Sí, sí, váyase usted; y si quieren
más licor, que lo suba el mozo.
D. Serapio.—Sí, siempre será bueno que lleven un
par de frasquillos más. Pipí.
Pipí.—¡Señor!
D. Serapio.—Palabra.
(Don Serapio habla en secreto á Pipí, y vuelve á
irse por la puerta del foro; Pipí toma del aparador unos frasquillos, y se va
por la misma parte.)
D. Antonio.—¿Cómo va, amigo don Pedro?
(Don Antonio se sienta cerca de don Pedro.)
D. Pedro.—¡Oh, señor don Antonio! No había reparado
en usted. Va bien.
D. Antonio.—¿Usted á estas horas por aquí? Se me
hace extraño.
D. Pedro.—En efecto lo es; pero he comido ahí
cerca. Á fin de mesa se armó una disputa entre dos literatos que apenas saben
leer; dijeron mil despropósitos, me fastidié, y me vine.
D. Antonio.—Pues; con ese genio tan raro que
ustedp. 68 tiene, se ve precisado á vivir como un ermitaño en medio de la
corte.
D. Pedro.—No por cierto. Yo soy el primero en los
espectáculos, en los paseos, en las diversiones públicas; alterno los placeres
con el estudio; tengo pocos, pero buenos amigos y á ellos debo los más felices
instantes de mi vida. Si en las concurrencias particulares soy raro algunas
veces, siento serlo; pero, ¿qué le he hacer? Yo no quiero mentir, ni puedo
disimular; y creo que el decir la verdad francamente es la prenda más digna de
un hombre de bien.
D. Antonio.—Sí; pero cuando la verdad es dura á
quien ha de oirla, ¿qué hace usted?
D. Pedro.—Callo.
D. Antonio.—¿Y si el silencio de usted le hace
sospechoso?
D. Pedro.—Me voy.
D. Antonio.—No siempre puede uno dejar el puesto, y
entonces...
D. Pedro.—Entonces digo la verdad.
D. Antonio.—Aquí mismo he oído hablar muchas veces
de usted. Todos aprecian su talento, su instrucción y su probidad, pero no
dejan de extrañar la aspereza de su carácter.
D. Pedro.—¿Y por qué? Porque no vengo á predicar al
café; porque no vierto por la noche lo que leí por la mañana; porque no
disputo, ni ostento erudición ridícula, como tres, ó cuatro, ó diez pedantes
que vienen aquí á perder el día, y á excitar la admiración de los tontos y la
risa de los hombres de juicio. ¿Por eso me llaman áspero y extravagante? Poco
me importa. Yo me hallo bien con la opinión que he seguido hasta aquí, de que
en un café jamás debe hablar en público el que sea prudente.
D. Antonio.—Pues ¿qué debe hacer?
D. Pedro.—Tomar café.
D. Antonio.—¡Viva! Pero hablando de otra cosa, ¿qué
plan tiene usted para esta tarde?
p. 69D. Pedro.—Á la comedia.
D. Antonio.—¿Supongo que irá usted á ver la pieza
nueva?
D. Pedro.—Qué ¿han mudado? Ya no voy.
D. Antonio.—Pero, ¿por qué? Vea usted sus rarezas.
(Pipí sale por la puerta del foro con salvilla,
copas y frasquillos, que dejará sobre el mostrador.)
D. Pedro.—¿Y usted me pregunta por qué? ¿Hay más
que ver la lista de las comedias nuevas que se representan cada año, para
inferir los motivos que tendré de no ver la de esta tarde?
D. Eleuterio.—¡Hola! Parece que hablan de mi
función.
(Escuchando la conversación de don Antonio y don
Pedro.)
D. Antonio.—De suerte, que ó es buena, ó es mala.
Si es buena, se admira y se aplaude; si por el contrario está llena de
sandeces, se ríe uno, se pasa el rato, y tal vez...
D. Pedro.—Tal vez me han dado impulsos de tirar al
teatro el sombrero, el bastón y el asiento, si hubiera podido. Á mí me irrita
lo que á usted le divierte. (Guarda don Eleuterio papel y tintero; se
levanta, y se va acercando poco á poco, hasta ponerse en medio de los dos.)
Yo no sé; usted tiene talento y la instrucción necesaria para no equivocarse en
materias de literatura; pero usted es el protector nato de todas las
ridiculeces. Al paso que conoce usted y elogia las bellezas de una obra de
mérito, no se detiene en dar iguales aplausos á lo más disparatado y absurdo; y
con una rociada de pullas, chufletas é ironías, hace usted creer al mayor
idiota que es un prodigio de habilidad. Ya se ve, usted dirá que se divierte;
pero, amigo...
D. Antonio.—Sí, señor, que me divierto. Y por otra
parte, ¿no sería cosa cruel ir repartiendo por ahí desengaños amargos á ciertos
hombres cuya felicidad estriba en su propia ignorancia? ¿Ni cómo es posible
persuadirles?...
D. Eleuterio.—No, pues... Con permiso de ustedes.
La función de esta tarde es muy bonita, seguramente; bienp. 70 puede usted
ir á verla, que yo le doy mi palabra de que le ha de gustar.
D. Antonio.—¿Es este el autor?
(Don Antonio se levanta, y después de la
pregunta que hace á Pipí, vuelve á hablar con don Eleuterio.)
Pipí.—El mismo.
D. Antonio.—¿Y de quién es? ¿Se sabe?
D. Eleuterio.—Señor, es de un sujeto bien nacido,
muy aplicado, de buen ingenio, que empieza ahora la carrera cómica; bien que el
pobrecillo no tiene protección.
D. Pedro.—Si es esta la primera pieza que da al
teatro, aún no puede quejarse; si ella es buena, agradará necesariamente, y un
gobierno ilustrado como el nuestro, que sabe cuánto interesan á una nación los
progresos de la literatura, no dejará sin premio á cualquiera hombre de talento
que sobresalga en un género tan difícil.
D. Eleuterio.—Todo eso va bien; pero lo cierto es
que el sujeto tendrá que contentarse con sus quince doblones que le darán los
cómicos (si la comedia gusta), y muchas gracias.
Don Antonio.—¿Quince? Pues yo creí que eran veinte
y cinco.
D. Eleuterio.—No, señor; ahora en tiempo de calor
no se da más. Si fuera por el invierno, entonces...
D. Antonio.—¡Calle! ¿Conque en empezando á helar
valen más las comedias? Lo mismo sucede con los besugos.
(Don Antonio se pasea. Don Eleuterio unas veces
le dirige la palabra y otras se vuelve hacia don Pedro, que no le contesta ni
le mira. Vuelve á hablar con don Antonio, parándose ó siguiéndole; lo cual
formará juego de teatro.)
D. Eleuterio.—Pues mire usted, aun con ser tan poco
lo que dan, el autor se ajustaría de buena gana para hacer por el precio todas
las funciones que necesitase la compañía; pero hay muchas envidias. Unos
favorecen áp. 71 éste, otros á aquél, y es menester una tecla para
mantenerse en la gracia de los primeros vocales, que... ¡Ya, ya! Y luégo, como
son tantos á escribir, y cada uno procura despachar su género, entran los
empeños, las gratificaciones, las rebajas... Ahora mismo acaba de llegar un estudiante
gallego con unas alforjas llenas de piezas manuscritas: comedias, follas,
zarzuelas, dramas, melodramas, loas, sainetes... ¿Qué sé yo cuánta ensalada
trae allí? Y anda solicitando que los cómicos le compren todo el surtido, y da
cada obra á trescientos reales una con otra. ¡Ya se ve! ¿Quién ha de poder
competir con un hombre que trabaja tan barato?
D. Antonio.—Es verdad, amigo. Ese estudiante
gallego hará malísima obra á los autores de la corte.
D. Eleuterio.—Malísima. Ya ve usted cómo están los
comestibles.
D. Antonio.—Cierto.
D. Eleuterio.—Lo que cuesta un mal vestido que uno
se haga.
D. Antonio.—En efecto.
D. Eleuterio.—El cuarto.
D. Antonio.—¡Oh! sí, el cuarto. Los caseros son
crueles.
D. Eleuterio.—Y si hay familia...
D. Antonio.—No hay duda; si hay familia es cosa
terrible.
D. Eleuterio.—Vaya usted á competir con el otro
tuno, que con seis cuartos de callos y medio pan tiene el gasto hecho.
D. Antonio.—¿Y qué remedio? Ahí no hay más sino
arrimar el hombro al trabajo, escribir buenas piezas, darlas muy baratas, que
se presenten, que aturdan al público, y ver si se puede dar con el gallego en
tierra. Bien que la de esta tarde es excelente, y para mí tengo que...
D. Eleuterio.—¿La ha leído usted?
D. Antonio.—No por cierto.
p. 72
D. Pedro.—¿La han impreso?
D. Eleuterio.—Sí, señor. ¿Pues no se había de
imprimir?
D. Pedro.—Mal hecho. Mientras no sufra el examen
del público en el teatro, está muy expuesta; y sobre todo, es demasiada
confianza en un autor novel.
D. Antonio.—¡Qué! No, señor. Si le digo á usted que
es cosa muy buena. ¿Y dónde se vende?
D. Eleuterio.—Se vende en los puestos del Diario,
en la librería de Pérez, en la de Izquierdo, en la de Gil, en la de Zurita, y
en el puesto de los cobradores á la entrada del coliseo. Se vende también en la
tienda de vinos de la calle del Pez, en la del herbolario de la calle Ancha, en
la jabonería de la calle del Lobo, en la...
D. Pedro.—¿Se acabará esta tarde esa relación?
D. Eleuterio.—Como el señor preguntaba...
D. Pedro.—Pero no preguntaba tanto. ¡Si no hay
paciencia!
D. Antonio.—Pues la he de comprar, no tiene
remedio.
Pipí.—Si yo tuviera dos reales. ¡Voto va!
D. Eleuterio.—Véala usted aquí.
(Saca una comedia impresa, y se la da á don
Antonio.)
D. Antonio.—¡Oiga! es esta. Á ver. Y ha puesto su
nombre. Bien, así me gusta; con eso la posteridad no se andará dando de
calabazadas por averiguar la gracia del autor. (Lee don Antonio.) Por
don Eleuterio Crispín de Andorra... «Salen el emperador Leopoldo, el rey
de Polonia y Federico senescal, vestidos de gala, con acompañamiento de damas y
magnates, y una brigada de húsares á caballo.» ¡Soberbia entrada! «Y dice el
emperador:
Ya sabéis, vasallos míos,
que habrá dos meses y medio
que el turco puso á Viena
con sus tropas el asedio,
y que para resistirle
p. 73unimos nuestros denuedos,
dando nuestros nobles bríos,
en repetidos encuentros,
las pruebas más relevantes
de nuestros invictos pechos.»
¡Qué estilo tiene! ¡Cáspita! ¡Qué bien pone la
pluma el pícaro!
«Bien conozco que la falta
del necesario alimento
ha sido tal, que rendidos
de la hambre á los esfuerzos,
hemos comido ratones,
sapos y sucios insectos.»
D. Eleuterio.—¿Qué tal? ¿No le parece á usted bien?
(Hablando á don Pedro.)
D. Pedro.—¡Eh! á mí, qué...
D. Eleuterio.—Me alegro que le guste á usted. Pero
no; donde hay un paso muy fuerte es al principio del segundo acto. Búsquele
usted... ahí... por ahí ha de estar. Cuando la dama se cae muerta de hambre.
D. Antonio.—¿Muerta?
D. Eleuterio.—Sí, señor, muerta.
D. Antonio.—¡Qué situación tan cómica! Y estas
exclamaciones que hace aquí, ¿contra quién son?
D. Eleuterio.—Contra el visir, que la tuvo seis
días sin comer, porque ella no quería ser su concubina.
D. Antonio.—¡Pobrecita! ¡Ya se ve! El visir sería
un bruto.
D. Eleuterio.—Sí, señor.
D. Antonio.—Hombre arrebatado, ¿eh?
D. Eleuterio.—Sí, señor.
D. Antonio.—Lascivo como un mico, feote de cara;
¿es verdad?
p. 74D. Eleuterio.—Cierto.
D. Antonio.—Alto, moreno, un poco bizco, grandes
bigotes.
D. Eleuterio.—Sí, señor, sí. Lo mismo me le he
figurado yo.
D. Antonio.—¡Enorme animal! Pues no, la dama no se
muerde la lengua. ¡No es cosa cómo le pone! Oiga usted, don Pedro.
D. Pedro.—No, por Dios; no lo lea usted.
D. Eleuterio.—Es que es uno de los pedazos más
terribles de la comedia.
D. Pedro.—Con todo eso.
D. Eleuterio.—Lleno de fuego.
D. Pedro.—Ya.
D. Eleuterio.—Buena versificación.
D. Pedro.—No importa.
D. Eleuterio.—Que alborotará en el teatro, si la
dama lo esfuerza.
D. Pedro.—Hombre, si he dicho ya que...
D. Antonio.—Pero á lo menos, el final del acto
segundo es menester oirle.
(Lee don Antonio, y al acabar da la comedia á
don Eleuterio.)
Emperador.
Y en tanto que mis recelos...
Visir.
Y mientras mis esperanzas...
Senescal.
Y hasta que mis enemigos...
Emperador.
Averiguo.
Visir.
Logre.
Senescal.
Caigan.
Emperador.
Rencores, dadme favor.
Visir.
No me dejes, tolerancia.
Senescal.
Denuedo, asiste á mi brazo.
Todos.
Para que admire la patria
el más generoso ardid
y la más tremenda hazaña.
p. 75D. Pedro.—Vamos; no hay quien pueda sufrir
tanto disparate.
(Se levanta impaciente, en ademán de irse.)
D. Eleuterio.—¿Disparates los llama usted?
D. Pedro.—¿Pues no?
(Don Antonio observa á don Eleuterio y á don
Pedro y se ríe de entrambos.)
D. Eleuterio.—¡Vaya, que es también demasiado!
¡Disparates! ¡Pues no, no los llaman disparates los hombres inteligentes que
han leído la comedia! Cierto que me ha chocado. ¡Disparates! Y no se ve otra
cosa en el teatro todos los días, y siempre gusta, y siempre lo aplauden á
rabiar.
D. Pedro.—¿Y esto se representa en una nación
culta?
D. Eleuterio.—¡Cuenta, que me ha dejado contento la
expresión! ¡Disparates!
D. Pedro.—¿Y esto se imprime, para que los
extranjeros se burlen de nosotros?
D. Eleuterio.—¡Llamar disparates á una especie de
coro entre el emperador, el visir y el senescal! Yo no sé qué quieren estas
gentes. Si hoy día no se puede escribir nada, nada que no se muerda y se
censure. ¡Disparates! ¡Cuidado que!...
Pipí.—No haga usted caso.
D. Eleuterio (Hablando con Pipí hasta el
fin de la escena).—Yo no hago caso; pero me enfada que hablen así. Figúrate
tú si la conclusión puede ser más natural, ni más ingeniosa. El emperador está
lleno de miedo, por un papel que se ha encontrado en el suelo sin firma ni
sobrescrito, en que se trata de matarle. El visir está rabiando por gozar de la
hermosura de Margarita, hija del conde de Strambangaum, que es el traidor...
Pipí.—¡Calle! ¡Hay traidor también! ¡Cómo me gustan
á mi las comedias en que hay traidor!
D. Eleuterio.—Pues, como digo, el visir está loco
de amores por ella; el senescal, que es hombre de bien si los hay, no las tiene
todas consigo, porque sabe que el condep. 76 anda tras de quitarle el
empleo, y continuamente lleva chismes al emperador contra él; de modo, que como
cada uno de estos tres personajes está ocupado en su asunto, habla de ello, y
no hay cosa más natural.
(Lee don Eleuterio; lo suspende, se guarda la
comedia.)
Y en tanto que mis recelos...
y mientras mis esperanzas...
y hasta que mis...
¡Ah, señor don Hermógenes! ¡á qué buena ocasión
llega usted!
(Sale don Hermógenes por la puerta del foro.)
ESCENA IV.
DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON
ANTONIO, PIPÍ.
D. Hermógenes.—Buenas tardes, señores.
D. Pedro.—Á la orden de usted.
D. Antonio.—Felicísimas, amigo don Hermógenes.
D. Eleuterio.—Digo, me parece que el señor don
Hermógenes será juez muy abonado (D. Pedro se acerca á la mesa en que está
el Diario; lee para sí, y á veces presta atención á lo que
hablan los demás) para decidir la cuestión que se trata: todo el mundo sabe
su instrucción y lo que ha trabajado en los papeles periódicos, las
traducciones que ha hecho del francés, sus actos literarios, y sobre todo, la
escrupulosidad y el rigor con que censura las obras agenas. Pues yo quiero que
nos diga...
D. Hermógenes.—Usted me confunde con elogios que no
merezco, señor don Eleuterio. Usted sólo es acreedor á toda alabanza, por haber
llegado en su edad juvenil al pináculo del saber. Su ingenio de usted, el más
ameno dep. 77 nuestros días, su profunda erudición, su delicado gusto en
el arte rítmica, su...
D. Eleuterio.—Vaya, dejemos eso.
D. Hermógenes.—Su docilidad, su moderación...
D. Eleuterio.—Bien; pero aquí se trata solamente de
saber si...
D. Hermógenes.—Estas prendas sí que merecen
admiración y encomio.
D. Eleuterio.—Ya, eso sí; pero díganos usted lisa y
llanamente si la comedia que hoy se representa es disparatada ó no.
D. Hermógenes.—¿Disparatada? ¿Y quién ha prorumpido
en un aserto tan?...
D. Eleuterio.—Eso no hace al caso. Díganos usted lo
que le parece y nada más.
D. Hermógenes.—Sí diré; pero antes de todo conviene
saber que el poema dramático admite dos géneros de fábula. Sunt autem
fabulæ, aliæ simplices, aliæ implexæ. Es doctrina de Aristóteles. Pero
lo diré en griego para mayor claridad. Eisi de ton mython oi men aploi
oi de peplegmenoi. Cai gar ai praxeis...
D. Eleuterio.—Hombre; pero si...
D. Antonio (Siéntase en una silla, haciendo
esfuerzos para contener la risa).—Yo reviento.
D. Hermógenes.—Cai gar ai praxeis on mimeseis
oi...
D. Eleuterio.—Pero...
D. Hermógenes.—Mythoi eisin yparchousin.
D. Eleuterio.—Pero si no es eso lo que á usted se
le pregunta.
D. Hermógenes.—Ya estoy en la cuestión. Bien que,
para la mejor inteligencia, convendría explicar lo que los críticos entienden
por prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe, peripecia, agnición, ó
anagnórisis, partes necesarias á toda buena comedia, y que según Escalígero,
Vossio, Dacier, Marmontel, Castelvetro y Daniel Heinsio...
D. Eleuterio.—Bien, todo eso es admirable; pero...
p. 78D. Pedro.—Este hombre es loco.
D. Hermógenes.—Si consideramos el origen del
teatro, hallaremos que los megareos, los sículos y los atenienses...
D. Eleuterio.—Don Hermógenes, por amor de Dios, si
no...
D. Hermógenes.—Véanse los dramas griegos, y
hallaremos que Anaxipo, Anaxándrides, Eúpolis, Antíphanes, Philípides, Cratino,
Crates, Epicrates, Menecrates y Pherecrates...
D. Eleuterio.—Si le he dicho á usted que...
D. Hermógenes.—Y los más celebérrimos dramaturgos
de la edad pretérita, todos, todos convinieron nemine discrepante en
que la prótasis debe preceder á la catástrofe necesariamente. Es así que la
comedia del Cerco de Viena...
D. Pedro.—Adios, señores.
(Se encamina hacia la puerta. Don Antonio se
levanta y procura detenerle.)
D. Antonio.—¿Se va usted, don Pedro?
D. Pedro.—¿Pues quién, sino usted, tendrá frescura
para oir eso?
D. Antonio.—Pero si el amigo don Hermógenes nos va
á probar con la autoridad de Hipócrates y Martín Lutero que la pieza consabida,
lejos de ser un desatino...
D. Hermógenes.—Ese es mi intento: probar que es un
acéfalo incipiente cualquiera que haya dicho que la tal comedia contiene
irregularidades absurdas; y yo aseguro que delante de mí ninguno se hubiera
atrevido á propalar tal aserción.
D. Pedro.—Pues yo delante de usted la propalo, y le
digo, que por lo que el señor ha leído de ella, y por ser usted el que la
abona, infiero que ha de ser cosa detestable; que su autor será un hombre sin
principios ni talento, y que usted es un erudito á la violeta, presumido y
fastidioso hasta no más. Adios, señores.
(Hace que se va, y vuelve.)
D. Eleuterio.—(Señalando á don Antonio.)
Pues á estep. 79 caballero le ha parecido muy bien lo que ha visto de
ella.
D. Pedro.—Á ese caballero le ha parecido muy mal;
pero es hombre de buen humor, y gusta de divertirse. Á mí me lastima en verdad
la suerte de estos escritores, que entontecen al vulgo con obras tan
desatinadas y monstruosas, dictadas más que por el ingenio por la necesidad ó
la presunción. Yo no conozco al autor de esa comedia, ni sé quién es; pero si
ustedes, como parece, son amigos suyos, díganle en caridad que se deje de
escribir tales desvaríos; que aún está á tiempo, puesto que es la primera obra
que publica; que no le engañe el mal ejemplo de los que deliran á destajo; que
siga otra carrera, en que por medio de un trabajo honesto podrá socorrer sus
necesidades y asistir á su familia, si la tiene. Díganle ustedes que el teatro
español tiene de sobra autorcillos chanflones que le abastezcan de mamarrachos;
que lo que necesita es una reforma fundamental en todas sus partes; y que
mientras esta no se verifique, los buenos ingenios que tiene la nación, ó no
harán nada, ó harán lo que únicamente baste para manifestar que saben escribir
con acierto, y que no quieren escribir.
D. Hermógenes.—Bien dice Séneca en su epístola diez
y ocho, que...
D. Pedro.—Séneca dice en todas sus epístolas, que
usted es un pedantón ridículo, á quien yo no puedo aguantar. Adios, señores.
ESCENA V.
DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, PIPÍ.
D. Hermógenes.—¿Yo pedantón? (Encarándose hacia
la puerta por donde se fué don Pedro. Don Eleuterio se pasea inquieto por el
teatro.) ¿Yo, que he compuesto siete prop. 80lusiones greco-latinas sobre
los puntos más delicados del derecho?
D. Eleuterio.—¿Lo que él entenderá de comedias,
cuando dice que la conclusión del segundo acto es mala?
D. Hermógenes.—Él será el pedantón.
D. Eleuterio.—¿Hablar así de una pieza que ha de
durar lo menos quince días? Y si empieza á llover...
D. Hermógenes.—Yo estoy graduado en leyes, y soy
opositor á cátedras, y soy académico, y no he querido ser dómine de Pioz.
D. Antonio.—Nadie pone duda en el mérito de usted,
señor don Hermógenes, nadie; pero esto ya se acabó, y no es cosa de acalorarse.
D. Eleuterio.—Pues la comedia ha de gustar, mal que
le pese.
D. Antonio.—Sí, señor, gustará. Voy á ver si le
alcanzo; y velis nolis, he de hacer que la vea para castigarle.
D. Eleuterio.—Buen pensamiento; sí, vaya usted.
D. Antonio.—En mi vida he visto locos más locos.
ESCENA VI.
DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.
D. Eleuterio.—¡Llamar detestable á la comedia!
¡Vaya, que estos hombres gastan un lenguaje que da gozo oirle!
D. Hermógenes.—Aquila non capit muscas, don
Eleuterio. Quiero decir, que no haga usted caso. Á la sombra del mérito crece
la envidia. Á mí me sucede lo mismo. Ya ve usted si yo sé algo...
D. Eleuterio.—¡Oh!
D. Hermógenes.—Digo, me parece que (sin vanidad)
pocos habrá que...
D. Eleuterio.—Ninguno. Vamos; tan completo como
usted, ninguno.
p. 81
D. Hermógenes.—Que reunan el ingenio á la
erudición, la aplicación al gusto, del modo que yo (sin alabarme) he llegado á
reunirlos. ¿Eh?
D. Eleuterio.—Vaya, de eso no hay que hablar: es
más claro que el sol que nos alumbra.
D. Hermógenes.—Pues bien. Á pesar de eso, hay quien
me llama pedante, y casquivano, y animal cuadrúpedo. Ayer, sin ir más lejos, me
lo dijeron en la Puerta del Sol, delante de cuarenta ó cincuenta personas.
D. Eleuterio.—¡Picardía! Y usted ¿qué hizo?
D. Hermógenes.—Lo que debe hacer un gran filósofo:
callé, tomé un polvo, y me fuí á oir una misa á la Soledad.
D. Eleuterio.—Envidia todo, envidia. ¿Vamos arriba?
D. Hermógenes.—Esto lo digo para que usted se
anime, y le aseguro que los aplausos que... Pero, dígame usted: ¿ni siquiera
una onza de oro le han querido adelantar á usted á cuenta de los quince
doblones de la comedia?
D. Eleuterio.—Nada, ni un ochavo. Ya sabe usted las
dificultades que ha habido para que esa gente la reciba. Por último, hemos
quedado en que no han de darme nada hasta ver si la pieza gusta ó no.
D. Hermógenes.—¡Oh, corvas almas! ¡Y precisamente
en la ocasión más crítica para mí! Bien dice Tito Livio, que cuando...
D. Eleuterio.—Pues ¿qué hay de nuevo?
D. Hermógenes.—Ese bruto de mi casero... El hombre
más ignorante que conozco. Por año y medio que le debo de alquileres me pierde
el respeto, me amenaza...
D. Eleuterio.—No hay que afligirse. Mañana ó esotro
es regular que me dén el dinero: pagaremos á ese bribón; y si tiene usted algún
pico en la hostería, también se...
D. Hermógenes.—Sí, aún hay un piquillo; cosa corta.
D. Eleuterio.—Pues bien: con la impresión lo menos
ganaré cuatro mil reales.
D. Hermógenes.—Lo menos. Se vende toda seguramente.
(Vase Pipí por la puerta del foro.)
p. 82D. Eleuterio.—Pues con ese dinero saldremos de
apuros; se adornará el cuarto nuevo; unas sillas, una cama y algún otro chisme.
Se casa usted. Mariquita, como usted sabe, es aplicada, hacendosilla y muy
mujer; ustedes estarán en mi casa continuamente. Yo iré dando las otras cuatro
comedias, que, pegando la de hoy, las recibirán los cómicos con palio. Pillo la
moneda, las imprimo, se venden; entre tanto ya tendré algunas hechas, y otras
en el telar. Vaya, no hay que temer. Y sobre todo, usted saldrá colocado de hoy
á mañana: una intendencia, una toga, una embajada; ¿qué sé yo? Ello es que el
ministro le estima á usted: ¿no es verdad?
D. Hermógenes.—Tres visitas le hago cada día.
D. Eleuterio.—Sí, apretarle, apretarle. Subamos
arriba, que las mujeres ya estarán...
D. Hermógenes.—Diez y siete memoriales le he
entregado la semana última.
D. Eleuterio.—¿Y qué dice?
D. Hermógenes.—En uno de ellos puse por lema aquel
celebérrimo dicho del poeta: Pallida mors æquo pulsat pede pauperum
tabernas regumque turres.
D. Eleuterio.—¿Y qué dijo cuando leyó eso de las
tabernas?
D. Hermógenes.—Que bien; que ya está enterado de mi
solicitud.
D. Eleuterio.—¡Pues no le digo á usted! Vamos, eso
está conseguido.
D. Hermógenes.—Mucho lo deseo, para que á este
consorcio apetecido acompañe el episodio de tener que comer, puesto que sine
Cerere et Bacho friget Venus. Y entonces, ¡oh! entonces... Con un buen
empleo y la blanca mano de Mariquita, ninguna otra cosa me queda que apetecer
sino que el cielo me conceda numerosa y masculina sucesión.
(Vanse por la puerta del foro.)
p. 83
ACTO II.
ESCENA PRIMERA.
DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON
HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.
(Salen por la puerta del foro.)
D. Serapio.—El trueque de los puñales, créame
usted, es de lo mejor que se ha visto.
D. Eleuterio.—¿Y el sueño del emperador?
D.ª Agustina.—¿Y la oración que hace el visir á sus
ídolos?
D.ª Mariquita.—Pero á mí me parece que no es
regular que el emperador se durmiera, precisamente en la ocasión más...
D. Hermógenes.—Señora, el sueño es natural en el
hombre, y no hay dificultad en que un emperador se duerma, porque los vapores
húmedos que suben al cerebro...
D.ª Agustina.—Pero ¿usted hace caso de ella? ¡Qué
tontería! Si no sabe lo que se dice... Y á todo esto, ¿qué hora tenemos?
D. Serapio.—Serán... Deje usted. Podrán ser
ahora...
D. Hermógenes.—Aquí está mi reloj (Saca su reloj)
que es puntualísimo. Tres y media cabales.
D.ª Agustina.—¡Oh! pues aún tenemos tiempo.
Sentémonos, una vez que no hay gente.
(Siéntanse todos menos don Eleuterio.)
D. Serapio.—¿Qué gente ha de haber? Si fuera en
otro cualquier día... pero hoy todo el mundo va á la comedia.
D.ª Agustina.—Estará lleno, lleno.
p. 84D. Serapio.—Habrá hombre que dará esta tarde
dos medallas por un asiento de luneta.
D. Eleuterio.—Ya se ve, comedia nueva, autor nuevo,
y...
D.ª Agustina.—Y que ya la habrán leído muchísimos,
y sabrán lo que es. Vaya, no cabrá un alfiler, aunque fuera el coliseo siete
veces más grande.
D. Serapio.—Hoy los Chorizos se mueren de frío y de
miedo. Ayer noche apostaba yo al marido de la graciosa seis onzas de oro á que
no tienen esta tarde en su corral cien reales de entrada.
D. Eleuterio.—¿Conque la apuesta se hizo en efecto?
¿Eh?
D. Serapio.—No llegó el caso, porque yo no tenía en
el bolsillo más que dos reales y unos cuartos... Pero ¡cómo los hice rabiar! y
que...
D. Eleuterio.—Soy con ustedes; voy aquí á la
librería, y vuelvo.
D.ª Agustina.—¿Á qué?
D. Eleuterio.—¿No te lo he dicho? Si encargué que
me trajesen ahí la razón de lo que va vendido, para que...
D.ª Agustina.—Sí, es verdad. Vuelve presto.
D. Eleuterio.—Al instante. (Vase.)
D.ª Mariquita.—¡Qué inquietud! ¡Qué ir y venir! No
pára este hombre.
D.ª Agustina.—Todo se necesita, hija; y si no fuera
por su buena diligencia, y lo que él ha minado y revuelto, se hubiera quedado
con su comedia escrita y su trabajo perdido.
D.ª Mariquita.—¿Y quién sabe lo que sucederá
todavía, hermana? Lo cierto es que yo estoy en brasas; porque, vaya, si la
silban, yo no sé lo que será de mí.
D.ª Agustina.—Pero, ¿por qué la han de silbar,
ignorante? ¡Qué tonta eres, y qué falta de comprensión!
D.ª Mariquita.—Pues; siempre me está usted diciendo
eso. (Sale Pipí por la puerta del foro con platos, botep. 85llas,
etc. Lo deja todo sobre el mostrador, y vuelve á irse por la misma parte.)
Vaya, que algunas veces me... ¡Ay, don Hermógenes! No sabe usted qué ganas
tengo de ver estas cosas concluídas, y poderme ir á comer un pedazo de pan con
quietud á mi casa, sin tener que sufrir tales sinrazones.
D. Hermógenes.—No el pedazo de pan, sino ese
hermoso pedazo de cielo, me tiene á mí impaciente hasta que se verifique el
suspirado consorcio.
D.ª Mariquita.—¡Suspirado, sí, suspirado! ¡Quién le
creyera á usted!
D. Hermógenes.—Pues ¿quién ama tan de veras como
yo? ¿Cuándo ni Píramo, ni Marco Antonio, ni los Ptolomeos egipcios, ni todos
los Seléucidas de Asiria sintieron jamás un amor comparable al mío?
D.ª Agustina.—¡Discreta hipérbole! Viva, viva.
Respóndele, bruto.
D.ª Mariquita.—¿Qué he de responder, señora, si no
le he entendido una palabra?
D.ª Agustina.—¡Me desespera!
D.ª Mariquita.—Pues digo bien. ¿Qué sé yo quién son
esas gentes de quien está hablando? Mire usted, para decirme: Mariquita, yo
estoy deseando que nos casemos; así que su hermano de usted coja esos cuartos,
verá usted cómo todo se dispone; porque la quiero á usted mucho, y es usted muy
guapa muchacha, y tiene usted unos ojos muy peregrinos, y... ¿qué sé yo? Así.
Las cosas que dicen los hombres.
D.ª Agustina.—Sí, los hombres ignorantes, que no
tienen crianza ni talento, ni saben latín.
D.ª Mariquita.—¡Pues, latín! Maldito sea su latín.
Cuando le pregunto cualquiera friolera, casi siempre me responde en latín; y
para decir que se quiere casar conmigo, me cita tantos autores... Mire usted
qué entenderán los autores de eso, ni qué les importará á ellos que nosotros
nos casemos ó no.
p. 86D.ª Agustina.—¡Qué ignorancia! Vaya, don
Hermógenes; lo que le he dicho á usted. Es menester que usted se dedique á
instruirla y descortezarla; porque, la verdad, esa estupidez me avergüenza. Yo,
bien sabe Dios que no he podido más: ya se ve, ocupada continuamente en ayudar
á mi marido en sus obras, en corregírselas (como usted habrá visto muchas
veces), en sugerirle ideas á fin de que salgan con la debida perfección, no he
tenido tiempo para emprender su enseñanza. Por otra parte, es increíble lo que aquellas
criaturas me molestan. El uno que llora, el otro que quiere mamar, el otro que
rompió la taza, el otro que se cayó de la silla, me tienen continuamente
afanada. Vaya; yo lo he dicho mil veces: para las mujeres instruídas es un
tormento la fecundidad.
D.ª Mariquita.—¡Tormento! ¡Vaya, hermana, que usted
es singular en todas sus cosas! Pues yo, si me caso, bien sabe Dios que...
D.ª Agustina.—Calla, majadera, que vas á decir un
disparate.
D. Hermógenes.—Yo la instruiré en las ciencias
abstractas; la enseñaré la prosodia; haré que copie á ratos perdidos el Arte
magna de Raimundo Lulio, y que me recite de memoria todos los martes
dos ó tres hojas del Diccionario de Rubiños. Después aprenderá
los logaritmos y algo de la estática; después...
D.ª Mariquita.—Después me dará un tabardillo
pintado, y me llevará Dios. ¡Se habrá visto tal empeño! No, señor, si soy
ignorante, buen provecho me haga. Yo sé escribir y ajustar una cuenta, sé
guisar, sé aplanchar, sé coser, sé zurcir, sé bordar, sé cuidar de una casa: yo
cuidaré de la mía, y de mi marido, y de mis hijos, y yo me los criaré. Pues,
señor, ¿no sé bastante? ¡Que por fuerza he de ser doctora y marisabidilla, y
que he de aprender la gramática, y que he de hacer coplas! ¿Para qué? ¿para
perder el juicio? que permita Dios si no parece casa de locos la nuestra, desde
que mi hermano ha dado en esas manías. Siemp. 87pre disputando marido y mujer
sobre si la escena es larga ó corta, siempre contando las letras por los dedos
para saber si los versos están cabales ó no, si el lance á oscuras ha de ser
antes de la batalla ó después del veneno, y manoseando continuamente Gacetas y Mercurios para
buscar nombres bien estravagantes, que casi todos acaban en of y
en graf, para embutir con ellos sus relaciones... Y entre tanto ni
se barre el cuarto, ni la ropa se lava, ni las medias se cosen; y lo que es
peor, ni se come ni se cena. ¿Qué le parece á usted que comimos el domingo
pasado, don Serapio?
D. Serapio.—¿Yo, señora? ¿Cómo quiere usted que?...
D.ª Mariquita.—Pues lléveme Dios si todo el
banquete no se redujo á libra y media de pepinos, bien amarillos y bien gordos,
que compré á la puerta, y un pedazo de rosca que sobró del día anterior. Y
éramos seis bocas á comer, que el más desganado se hubiera engullido un cabrito
y media hornada sin levantarse del asiento.
D.ª Agustina.—Esta es su canción; siempre
quejándose de que no come y trabaja mucho. Menos cómo yo, y más trabajo en un
rato que me ponga á corregir alguna escena, ó arreglar la ilusión de una
catástrofe, que tú cosiendo y fregando, ú ocupada en otros ministerios viles y
mecánicos.
D. Hermógenes.—Sí, Mariquita, sí; en eso tiene
razón mi señora doña Agustina. Hay gran diferencia de un trabajo á otro, y los
experimentos cotidianos nos enseñan que toda mujer que es literata y sabe hacer
versos, ipso facto se halla exonerada de las obligaciones
domésticas. Yo lo probé en una disertación que leí á la academia de los
Cinocéfalos. Allí sostuve que los versos se confeccionan con la glándula
pineal, y los calzoncillos con los tres dedos llamados pollex, index é infamis,
que es decir: que para lo primero se necesita toda la argucia del ingenio,
cuando para lo segundo basta sólo la costumbre de la mano. Y concluí, á
satisfacción de todo mi auditorio, que es más difícil hacer un soneto que pegar
un hombrillo; y que másp. 88 elogio merece la mujer que sepa componer
décimas y redondillas, que la que sólo es buena para hacer un pisto con tomate,
un ajo de pollo ó un carnero verde.
D.ª Mariquita.—Aun por eso en mi casa no se gastan
pistos, ni carneros verdes, ni pollos, ni ajos. Ya se ve, en comiendo versos no
se necesita cocina.
D. Hermógenes.—Bien está, sea lo que usted quiera,
ídolo mío; pero si hasta ahora se ha padecido alguna estrechez (angustam
pauperiem, que dijo el profano), de hoy en adelante será otra cosa.
D.ª Mariquita.—¿Y qué dice el profano? ¿que no
silbarán esta tarde la comedia?
D. Hermógenes.—No, señora, la aplaudirán.
D. Serapio.—Durará un mes, y los cómicos se
cansarán de representarla.
D.ª Mariquita.—No, pues no decían eso ayer los que
encontramos en la botillería. ¿Se acuerda usted, hermana? Y aquel más alto, á
fe que no se mordía la lengua.
D. Serapio.—¿Alto? uno alto, ¿eh? Ya le conozco. (Se
levanta.) ¡Picarón! ¡vicioso! Uno de capa, que tiene un chirlo en las
narices. ¡Bribón! Ese es un oficial de guarnicionero, muy apasionado de la otra
compañía. ¡Alborotador! que él fué el que tuvo la culpa de que silbaran la
comedia de El Monstruo más espantable del ponto de Calidonia, que
la hizo un sastre pariente de un vecino mío; pero yo le aseguro al...
D.ª Mariquita.—¿Qué tonterías está usted ahí
diciendo? Si no es ese de quien yo hablo.
D. Serapio.—Sí, uno alto, mala traza, con una señal
que le coge...
D.ª Mariquita.—Si no es ese.
D. Serapio.—¡Mayor gatallón! Y ¡qué mala vida dió á
su mujer! ¡Pobrecita! Lo mismo la trataba que á un perro.
D.ª Mariquita.—Pero si no es ese, dale. ¿Á qué
viene cansarse? Este era un caballero muy decente; que no tienep. 89 ni
capa ni chirlo, ni se parece en nada al que usted nos pinta.
D. Serapio.—Ya; pero voy al decir. ¡Unas ganas
tengo de pillar al tal guarnicionero! No irá esta tarde al patio, que si
fuera... ¡eh!... Pero el otro día ¡qué cosas le dijimos allí en la plazuela de
San Juan! Empeñado en que la otra compañía es la mejor, y que no hay quien la
tosa. ¿Y saben ustedes (vuelve á sentarse) por qué es todo ello? Porque
los domingos por la noche se van él y otros de su pelo á casa de la Ramírez, y
allí se están retozando en el recibimiento con la criada; después les saca un
poco de queso, ó unos pimientos en vinagre, ó así; y luégo se van á palmotear
como desesperados á las barandillas y al degolladero. Pero no hay remedio: ya
estamos prevenidos los apasionados de acá; y á la primera comedia que echen en
el otro corral, zas, sin remisión, á silbidos se ha de hundir la casa. Á ver...
D.ª Mariquita.—¿Y si ellos nos ganasen por la mano,
y hacen con la de hoy otro tanto?
D.ª Agustina.—Sí, te parecerá que tu hermano es
lerdo, y que ha trabajado poco estos días para que no le suceda un chasco. Él
se ha hecho ya amigo de los principales apasionados del otro corral; ha estado
con ellos; les ha recomendado la comedia y les ha prometido que la primera que
componga será para su compañía. Además de eso, la dama de allá le quiere mucho;
él va todos los días á su casa á ver si se la ofrece algo, y cualquiera cosa
que allí ocurre nadie la hace sino mi marido. Don Eleuterio, tráigame usted un
par de libras de manteca. Don Eleuterio, eche usted un poco de alpiste á ese
canario. Don Eleuterio, dé usted una vuelta por la cocina, y vea usted si
empieza á espumar aquel puchero. Y él, ya se ve, lo hace todo con una prontitud
y un agrado, que no hay más que pedir; porque en fin, el que necesita es
preciso que... Y por otra parte, como él, bendito sea Dios, tiene tal gracia
para cualquier cosa, y es tan servicial con todo el mundo... ¡Quép.
90 silbar!... No, hija, no hay que temer; á buenas aldabas se ha agarrado
él para que le silben.
D. Hermógenes.—Y sobre todo, el sobresaliente
mérito del drama bastaría á imponer taciturnidad y admiración á la turba más
gárrula, más desenfrenada é insipiente.
D.ª Agustina.—Pues ya se ve. Figúrese usted una
comedia heróica como esta, con más de nueve lances que tiene. Un desafío á
caballo por el patio, tres batallas, dos tempestades, un entierro, una función
de máscara, un incendio de ciudad, un puente roto, dos ejercicios de fuego y un
ajusticiado: figúrese usted si esto ha de gustar precisamente.
D. Serapio.—¡Toma si gustará!
D. Hermógenes.—Aturdirá.
D. Serapio.—Se despoblará Madrid por ir á verla.
D.ª Mariquita.—Y á mí me parece que unas comedias
así debían representarse en la plaza de los toros.
ESCENA II.
DON ELEUTERIO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON
SERAPIO, DON HERMÓGENES.
D.ª Agustina.—Y bien, ¿qué dice el librero? ¿Se
despachan muchas?
D. Eleuterio.—Hasta ahora...
D.ª Agustina.—Deja; me parece que voy á acertar:
habrá vendido... ¿Cuándo se pusieron los carteles?
D. Eleuterio.—Ayer por la mañana. Tres ó cuatro
hice poner en cada esquina.
D. Serapio.—¡Ah! y cuide usted (Levántase)
que les pongan buen engrudo, porque si no...
D. Eleuterio.—Sí, que no estoy en todo. Como que yo
mismo le hice con esa mira, y lleva una buena parte de cola.
p. 91
D.ª Agustina.—El Diario y la Gaceta la
han anunciado ya: ¿es verdad?
D. Hermógenes.—En términos precisos.
D.ª Agustina.—Pues irán vendidos... quinientos
ejemplares.
D. Serapio.—¡Qué friolera! Y más de ochocientos
también.
D.ª Agustina.—¿He acertado?
D. Serapio.—¿Es verdad que pasan de ochocientos?
D. Eleuterio.—No, señor, no es verdad. La verdad es
que hasta ahora, según me acaban de decir, no se han despachado más que tres
ejemplares; y esto me da malísima espina.
D. Serapio.—¿Tres no más? Harto poco es.
D.ª Agustina.—Por vida mía, que es bien poco.
D. Hermógenes.—Distingo. Poco, absolutamente
hablando, niego; respectivamente, concedo: porque nada hay que sea poco ni
mucho per se, sino respectivamente. Y así, si los tres ejemplares
vendidos constituyen una cantidad tercia con relación á nueve, y bajo este
respecto los dichos tres ejemplares se llaman poco, también estos mismos tres
ejemplares relativamente á uno componen una triplicada cantidad, á la cual
podemos llamar mucho por la diferencia que va de uno á tres. De donde concluyo,
que no es poco lo que se ha vendido, y que es falta de ilustración sostener lo
contrario.
D.ª Agustina.—Dice bien, muy bien.
D. Serapio.—¡Qué! ¡Si en poniéndose á hablar este
hombre!...
D.ª Mariquita.—Pues, en poniéndose á hablar probará
que lo blanco es verde, y que dos y dos son veinticinco. Yo no entiendo tal
modo de sacar cuentas... Pero al cabo y al fin, las tres comedias que se han
vendido hasta ahora, ¿serán más que tres?
D. Eleuterio.—Es verdad; y en suma, todo el importe
no pasará de seis reales.
p. 92D.ª Mariquita.—Pues, seis reales: cuando
esperábamos montes de oro con la tal impresión. Ya voy yo viendo que si mi boda
no se ha de hacer hasta que todos esos papelotes se despachen, me llevarán con
palma á la sepultura. (Llorando.) ¡Pobrecita de mí!
D. Hermógenes.—No así, hermosa Mariquita,
desperdicie usted el tesoro de perlas que una y otra luz derrama.
D.ª Mariquita.—¿Perlas? Si yo supiera llorar
perlas, no tendría mi hermano necesidad de escribir disparates.
ESCENA III.
DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DOÑA
AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA.
D. Antonio.—Á la orden de ustedes, señores.
D. Eleuterio.—Pues ¿cómo tan presto? ¿No dijo usted
que iría á ver la comedia?
D. Antonio.—En efecto, he ido. Allí queda don
Pedro.
D. Eleuterio.—¿Aquel caballero de tan mal humor?
D. Antonio.—El mismo. Que quieras que no, le he
acomodado (Sale Pipí por la puerta del foro con un canastillo de manteles,
cubiertos, etc., y le pone sobre el mostrador.) en el palco de unos amigos.
Yo creí tener luneta segura; ¡pero qué! ni luneta, ni palcos, ni tertulias, ni
cubillos; no hay asiento en ninguna parte.
D.ª Agustina.—Si lo dije.
D. Antonio.—Es mucha la gente que hay.
D. Eleuterio.—Pues no, no es cosa de que usted se
quede sin verla. Yo tengo palco. Véngase usted con nosotros, y todos nos
acomodaremos.
D.ª Agustina.—Sí, puede usted venir con toda
satisfacción, caballero.
D. Antonio.—Señora, doy á usted mil gracias por sup.
93 atención; pero ya no es cosa de volver allá. Cuando yo salí se empezaba
la primer tonadilla; conque...
D. Serapio.—¿La tonadilla?
(Se levantan todos.)
D.ª Mariquita.—¿Qué dice usted?
D. Eleuterio.—¡La tonadilla!
D.ª Agustina.—¿Pues cómo han empezado tan presto?
D. Antonio.—No, señora; han empezado á la hora
regular.
D.ª Agustina.—No puede ser; si ahora serán...
D. Hermógenes.—Yo lo diré (Saca el reloj.):
las tres y media en punto.
D.ª Mariquita.—¡Hombre! ¡qué tres y media! Su reloj
de usted está siempre en las tres y media.
D.ª Agustina.—Á ver... (Toma el reloj de don
Hermógenes, le aplica al oído, y se le vuelve.) Si está parado.
D. Hermógenes.—Es verdad. Esto consiste en que la
elasticidad del muelle espiral...
D.ª Mariquita.—Consiste en que está parado, y nos
ha hecho usted perder la mitad de la comedia. Vamos, hermana.
D.ª Agustina.—Vamos.
D. Eleuterio.—¡Cuidado, que es cosa particular!
¡Voto va sanes! La casualidad de...
D.ª Mariquita.—Vamos pronto... ¿Y mi abanico?
D. Serapio.—Aquí está.
D. Antonio.—Llegarán ustedes al segundo acto.
D.ª Mariquita.—Vaya, que este don Hermógenes...
D.ª Agustina.—Quede usted con Dios, caballero.
D.ª Mariquita.—Vamos aprisa.
D. Antonio.—Vayan ustedes con Dios.
D. Serapio.—Á bien que cerca estamos.
D. Eleuterio.—Cierto que ha sido chasco estarnos
así, fiados en...
D.ª Mariquita.—Fiados en el maldito reloj de don
Hermógenes.
p. 94ESCENA IV.
DON ANTONIO, PIPÍ.
D. Antonio.—¿Conque estas dos son la hermana y la
mujer del autor de la comedia?
Pipí.—Sí, señor.
D. Antonio.—¡Qué paso llevan! Ya se ve, se fiaron
del reloj de don Hermógenes.
Pipí.—Pues yo no sé qué será; pero desde la ventana
de arriba se ve salir mucha gente del coliseo.
D. Antonio.—Serán los del patio, que estarán
sofocados. Cuando yo me vine quedaban dando voces para que les abriesen las
puertas. El calor es muy grande; y por otra parte, meter cuatro donde no caben
más que dos es un despropósito; pero lo que importa es cobrar á la puerta, y
más que revienten dentro.
ESCENA V.
DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. Antonio.—¡Calle! ¿Ya está usted por acá? Pues, y
la comedia ¿en qué estado queda?
D. Pedro.—Hombre, no me hable usted de comedia (Se
sienta), que no he tenido rato peor muchos meses há.
D. Antonio.—Pues ¿qué ha sido ello? (Sentándose
junto á don Pedro.)
D. Pedro.—¡Qué ha de ser! que he tenido que sufrir
(gracias á la recomendación de usted) casi todo el primer acto, y por añadidura
una tonadilla insípida y desvergonzada, como es costumbre. Hallé la ocasión de
escapar, y la aproveché.
p. 95D. Antonio.—¿Y qué tenemos en cuanto al mérito
de la pieza?
D. Pedro.—Que cosa peor no se ha visto en el teatro
desde que las musas de guardilla le abastecen... Si tengo hecho propósito firme
de no ir jamás á ver esas tonterías. Á mí no me divierten; al contrario, me
llenan de, de... No, señor, menos me enfada cualquiera de nuestras comedias
antiguas, por malas que sean. Están desarregladas, tienen disparates; pero
aquellos disparates y aquel desarreglo son hijos del ingenio y no de la
estupidez. Tienen defectos enormes, es verdad; pero entre estos defectos se hallan
cosas que, por vida mía, tal vez suspenden y conmueven al espectador en
términos de hacerle olvidar ó disculpar cuántos desaciertos han precedido.
Ahora compare usted nuestros autores adocenados del día con los antiguos, y
dígame si no valen más Calderón, Solís, Rojas, Moreto cuando deliran, que
estotros cuando quieren hablar en razón.
D. Antonio.—La cosa es tan clara, señor don Pedro,
que no hay nada que oponer á ella; pero, dígame usted, el pueblo, el pobre
pueblo ¿sufre con paciencia ese espantable comedión?
D. Pedro.—No tanto como el autor quisiera, porque
algunas veces se ha levantado en el patio una mareta sorda que traía visos de
tempestad. En fin, se acabó el acto muy oportunamente; pero no me atreveré á
pronosticar el éxito de la tal pieza, porque aunque el público está ya muy
acostumbrado á oir desatinos, tan garrafales como los de hoy jamás se oyeron.
D. Antonio.—¿Qué dice usted?
D. Pedro.—Es increíble. Ahí no hay más que un
hacinamiento confuso de especies, una acción informe, lances inverosímiles,
episodios inconexos, caracteres mal expresados ó mal escogidos; en vez de
artificio, embrollo; en vez de situaciones cómicas, mamarrachadas de linterna
mágica. No hay conocimiento de historia ni de costump. 96bres, no hay objeto
moral, no hay lenguaje, ni estilo, ni versificación, ni gusto, ni sentido
común. En suma, es tan mala y peor que las otras con que nos regalan todos los
días.
D. Antonio.—Y no hay que esperar nada mejor.
Mientras el teatro siga en el abandono en que hoy está, en vez de ser el espejo
de la virtud y el templo del buen gusto, será la escuela del error y el almacén
de las extravagancias.
D. Pedro.—Pero ¡no es fatalidad que después de
tanto como se ha escrito por los hombres más doctos de la nación sobre la
necesidad de su reforma, se han de ver todavía en nuestra escena espectáculos
tan infelices! ¿Qué pensarán de nuestra cultura los extranjeros que vean la
comedia de esta tarde? ¿Qué dirán cuando lean las que se imprimen
continuamente?
D. Antonio.—Digan lo que quieran, amigo don Pedro,
ni usted ni yo podemos remediarlo. ¿Y qué haremos? Reir ó rabiar: no hay otra
alternativa... Pues yo más quiero reir que impacientarme.
D. Pedro.—Yo no, porque no tengo serenidad para
eso. Los progresos de la literatura, señor don Antonio, interesan mucho al
poder, á la gloria y á la conservación de los imperios; el teatro influye
inmediatamente en la cultura nacional; el nuestro está perdido, y yo soy muy
español.
D. Antonio.—Con todo, cuando se ve que... Pero ¿qué
novedad es esta?
ESCENA VI.
DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON PEDRO, DON
ANTONIO, PIPÍ.
D. Serapio.—Pipí, muchacho; corriendo, por Dios, un
poco de agua.
p. 97D. Antonio.—¿Qué ha sucedido?
(Se levantan don Antonio y don Pedro.)
D. Serapio.—No te pares en enjuagatorios. Aprisa.
Pipí.—Voy, voy allá.
D. Serapio.—Despáchate.
Pipí.—¡Por vida del hombre! (Pipí va detrás de
don Serapio con un vaso de agua. Don Hermógenes, que sale apresurado, tropieza
con él y deja caer el vaso y el plato.) ¿Por qué no mira usted?
D. Hermógenes.—¿No hay alguno de ustedes que tenga
por ahí un poco de agua de melisa, elixir, extracto, aroma, álcali volátil,
éter vitriólico, ó cualquiera quinta esencia antiespasmódica, para entonar el
sistema nervioso de una dama exánime?
D. Antonio.—Yo no, no traigo.
D. Pedro.—Pero ¿qué ha sido? ¿Es accidente?
ESCENA VII.
DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON ELEUTERIO, DON
HERMÓGENES, DON SERAPIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. Eleuterio.—Sí; es mucho mejor hacer lo que dice
don Serapio.
(Doña Agustina, muy acongojada, sostenida por
don Eleuterio y don Serapio. La hacen que se siente. Pipí trae otro vaso de
agua, y ella bebe un poco.)
D. Serapio.—Pues ya se ve. Anda, Pipí; en tu cama
podrá descansar esta señora...
Pipí.—¡Qué! si está en un camaranchón, que...
D. Eleuterio.—No importa.
Pipí.—¡La cama! La cama es un jergón de arpillera
y...
D. Serapio.—¿Qué quiere decir eso?
p. 98D. Eleuterio.—No importa nada. Allí estará un
rato, y veremos si es cosa de llamar á un sangrador.
Pipí.—Yo bien, si ustedes...
D.ª Agustina.—No, no es menester.
D.ª Mariquita.—¿Se siente usted mejor, hermana?
D. Eleuterio.—¿Te vas aliviando?
D.ª Agustina.—Alguna cosa.
D. Serapio.—¡Ya se ve! El lance no era para menos.
D. Antonio.—Pero ¿se podrá saber qué especie de
insulto ha sido éste?
D. Eleuterio.—¡Qué ha de ser, señor, qué ha de ser!
Que hay gente envidiosa y mal intencionada, que... ¡Vaya! No me hable usted de
eso; porque... ¡Picarones! ¿Cuándo han visto ellos comedia mejor?
D. Pedro.—No acabo de comprender.
D.ª Mariquita.—Señor, la cosa es bien sencilla. El
señor es hermano mío, marido de esta señora, y autor de esa maldita comedia que
han echado hoy. Hemos ido á verla; cuando llegamos estaban ya en el segundo
acto. Allí había una tempestad, y luégo un consejo de guerra, y luégo un baile,
y después un entierro... En fin, ello es que al cabo de esta tremolina salía la
dama con un chiquillo de la mano, y ella y el chico rabiaban de hambre; el
muchacho decía: Madre, déme usted pan; y la madre invocaba á Demogorgón y al
Cancerbero. Al llegar nosotros se empezaba este lance de madre é hijo... El
patio estaba tremendo. ¡Qué oleadas! ¡qué toser! ¡qué estornudos! ¡qué
bostezar! ¡qué ruido confuso por todas partes!... Pues señor, como digo, salió
la dama, y apenas hubo dicho que no había comido en seis días, y apenas el
chico empezó á pedirla pan, y ella á decirle que no le tenía, cuando para
servir á ustedes, la gente (que á la cuenta estaba ya hostigada de la
tempestad, del consejo de guerra, del baile y del entierro) comenzó de nuevo á
alborotarse. El ruido se aumenta; suenan bramidos por un lado y otro, y empieza
tal descarga de palmadas huecas, y tal golpeo en los banp. 99cos y barandillas,
que no parecía sino que toda la casa se venía al suelo. Corrieron el telón;
abrieron las puertas; salió renegando toda la gente; á mi hermana se la oprimió
el corazón, de manera que... En fin, ya está mejor, que es lo principal.
Aquello no ha sido ni oído ni visto: en un instante, entrar en el palco y
suceder lo que acabo de contar, todo ha sido á un tiempo. ¡Válgame Dios! ¡En lo
que han venido á parar tantos proyectos! Bien decía yo que era imposible que...
(Siéntase junto á doña Agustina.)
D. Eleuterio.—¡Y que no ha de haber justicia para
esto! Don Hermógenes, amigo don Hermógenes, usted bien sabe lo que es la pieza;
informe usted á estos señores... Tome usted. (Saca la comedia, y se la da á
don Hermógenes.) Léales usted todo el segundo acto, y que me digan si una
mujer que no ha comido en seis días tiene razón de morirse, y si es mal
parecido que un chico de cuatro años pida pan á su madre. Lea usted, lea usted,
y que me digan si hay conciencia ni ley de Dios para haberme asesinado de esta
manera.
D. Hermógenes.—Yo, por ahora, amigo don Eleuterio,
no puedo encargarme de la lectura del drama. (Deja la comedia sobre una
mesa. Pipí la toma, se sienta en un silla distante, y lee con particular
atención y complacencia.) Estoy de priesa. Nos veremos otro día, y...
D. Eleuterio.—¿Se va usted?
D.ª Mariquita.—¿Nos deja usted así?
D. Hermógenes.—Si en algo pudiera contribuir con mi
presencia al alivio de ustedes, no me movería de aquí; pero...
D.ª Mariquita.—No se vaya usted.
D. Hermógenes.—Me es muy doloroso asistir á tan
acerbo espectáculo. Tengo que hacer. En cuánto á la comedia, nada hay que
decir: murió, y es imposible que resucite; bien que ahora estoy escribiendo una
apología del teatro, y la citaré con elogio. Diré que hay otras peores; diré
que si no guarda reglas ni conexión, consiste enp. 100 que el autor era un
grande hombre; callaré sus defectos...
D. Eleuterio.—¿Qué defectos?
D. Hermógenes.—Algunos que tiene.
D. Pedro.—Pues no decía usted eso poco tiempo há.
D. Hermógenes.—Fué para animarle.
D. Pedro.—Y para engañarle y perderle. Si usted
conocía que era mala, ¿por qué no se lo dijo? ¿Por qué, en vez de aconsejarle
que desistiera de escribir chapucerías, ponderaba usted el ingenio del autor, y
le persuadía que era excelente una obra tan ridícula y despreciable?
D. Hermógenes.—Porque el señor carece de criterio y
sindéresis para comprender la solidez de mis raciocinios, si por ellos
intentara persuadirle que la comedia es mala.
D.ª Agustina.—¿Conque es mala?
D. Hermógenes.—Malísima.
D. Eleuterio.—¿Qué dice usted?
D.ª Agustina.—Usted se chancea, don Hermógenes; no
puede ser otra cosa.
D. Pedro.—No, señora, no se chancea: en eso dice la
verdad. La comedia es detestable.
D.ª Agustina.—Poco á poco con eso, caballero; que
una cosa es que el señor lo diga por gana de fiesta, y otra que usted nos lo
venga á repetir de ese modo. Usted será de los eruditos que de todo blasfeman,
y nada les parece bien sino lo que ellos hacen; pero...
D. Pedro.—Si usted es marido de esa (Á don
Eleuterio) señora, hágala usted callar; porque aunque no pueda ofenderme
cuánto diga, es cosa ridícula que se meta á hablar de lo que no entiende.
D.ª Agustina.—¡No entiendo! ¿Quién le ha dicho á
usted que?...
D. Eleuterio.—Por Dios, Agustina, no te desazones.
Ya ves (Se levanta colérica, y don Eleuterio la hace sentar) cómo
estás... ¡Válgame Dios, señor! Pero, amigo (Á don Hermógenes), no sé qué
pensar de usted.
p. 101D. Hermógenes.—Pienso usted lo que quiera. Yo
pienso de su obra lo que ha pensado el público; pero soy su amigo de usted, y
aunque vaticiné el éxito infausto que ha tenido, no quise anticiparle una
pesadumbre, porque, como dice Platón y el abate Lampillas...
D. Eleuterio.—Digan lo que quieran. Lo que yo digo
es que usted me ha engañado como un chino. Si yo me aconsejaba con usted; si
usted ha visto la obra lance por lance y verso por verso; si usted me ha
exhortado á concluir las otras que tengo manuscritas; si usted me ha llenado de
elogios y de esperanzas; si me ha hecho usted creer que yo era un grande
hombre, ¿cómo me dice usted ahora eso? ¿Cómo ha tenido usted corazón para
exponerme á los silbidos, al palmoteo y á la zumba de esta tarde?
D. Hermógenes.—Usted es pacato y pusilánime en
demasía... ¿Por qué no le anima á usted el ejemplo? ¿No ve usted esos autores
que componen para el teatro, con cuánta imperturbabilidad toleran los vaivenes
de la fortuna? Escriben, los silban, y vuelven á escribir; vuelven á silbarlos,
y vuelven á escribir... ¡Oh, almas grandes, para quienes los chillidos son
arrullos y las maldiciones alabanzas!
D.ª Mariquita.—¿Y qué quiere usted (Levántase)
decir con eso? Ya no tengo paciencia para callar más. ¿Qué quiere usted decir?
¿Que mi pobre hermano vuelva otra vez?...
D. Hermógenes.—Lo que quiero decir es que estoy de
prisa y me voy.
D.ª Agustina.—Vaya usted con Dios, y haga usted
cuenta que no nos ha conocido. ¡Picardía! No sé cómo (Se levanta muy enojada
encaminándose hacia don Hermógenes, que se va retirando de ella) no me tiro
á él... Váyase usted.
D. Hermógenes.—¡Gente ignorante!
D.ª Agustina.—Váyase usted.
D. Eleuterio.—¡Picarón!
D. Hermógenes.—¡Canalla infeliz!
p. 102ESCENA VIII.
DON ELEUTERIO, DON SERAPIO, DON ANTONIO, DON PEDRO,
DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, PIPÍ.
D. Eleuterio.—¡Ingrato, embustero! Después (Se
sienta con señales de abatimiento) de lo que hemos hecho por él.
D.ª Mariquita.—Ya ve usted, hermana, lo que ha
venido á resultar. Si lo dije, si me lo daba el corazón... Mire usted qué
hombre; después de haberme traído en palabras tanto tiempo, y lo que es peor,
haber perdido por él la conveniencia de casarme con el boticario, que á lo
menos es hombre de bien, y no sabe latín ni se mete en citar autores, como ese
bribón... ¡Pobre de mí! Con diez y seis años que tengo, y todavía estoy sin
colocar; por el maldito empeño de ustedes de que me había de casar con un erudito
que supiera mucho... Mire usted lo que sabe el renegado (Dios me perdone);
quitarme mi acomodo, engañar á mi hermano, perderle, y hartarnos de
pesadumbres.
D. Antonio.—No se desconsuele usted, señorita, que
todo se compondrá. Usted tiene mérito, y no la faltarán proporciones mucho
mejores que la que ha perdido.
D.ª Agustina.—Es menester que tengas un poco de
paciencia, Mariquita.
D. Eleuterio.—La paciencia (Se levanta con
viveza) la necesito yo, que estoy desesperado de ver lo que me sucede.
D.ª Agustina.—Pero hombre, ¿que no has de
reflexionar?...
D. Eleuterio.—Calla, mujer; calla, por Dios, que tú
también...
D. Serapio.—No, señor; el mal ha estado en que
nosotros no lo advertimos con tiempo... Pero yo le aseguro alp.
103 guarnicionero y á sus camaradas que si llegamos á pillarlos, solfeo de
mojicones como el que han de llevar no le... La comedia es buena, señor; créame
usted á mí; la comedia es buena. Ahí no ha habido más sino que los de allá se
han unido, y...
D. Eleuterio.—Yo ya estoy en que la comedia no es
tan mala, y que hay muchos partidos; pero lo que á mí me...
Don Pedro.—¿Todavía está usted en esa equivocación?
D. Antonio.—Déjele usted. (Ap. á don Pedro.)
D. Pedro.—No quiero dejarle; me da compasión... Y
sobre todo, es demasiada necedad, después de lo que ha sucedido, que todavía
esté creyendo el señor que su obra es buena. ¿Por qué ha de serlo? ¿Qué motivos
tiene usted para acertar? ¿Qué ha estudiado usted? ¿Quién le ha enseñado el
arte? ¿Qué modelos se ha propuesto usted para la imitación? ¿No ve usted que en
todas las facultades hay un método de enseñanza, y unas reglas que seguir y
observar; que á ellas debe acompañar una aplicación constante y laboriosa; y
que sin estas circunstancias, unidas al talento, nunca se formarán grandes
profesores, porque nadie sabe sin aprender? ¿Pues por dónde usted, que carece
de tales requisitos, presume que habrá podido hacer algo bueno? ¿Qué, no hay
más sino meterse á escribir, á salga lo que salga, y en ocho días zurcir un
embrollo, ponerle en malos versos, darle al teatro, y ya soy autor? Qué, ¿no
hay más que escribir comedias? Si han de ser como la de usted ó como las demás
que se la parecen, poco talento, poco estudio y poco tiempo son necesarios;
pero si han de ser buenas (créame usted), se necesita toda la vida de un
hombre, un ingenio muy sobresaliente, un estudio infatigable, observación
continua, sensibilidad, juicio exquisito: y todavía no hay seguridad de llegar
á la perfección.
D. Eleuterio.—Bien está, señor; será todo lo que
usted dice; pero ahora no se trata de eso. Si me desespero y mep.
104 confundo, es por ver que todo se me descompone, que he perdido mi
tiempo, que la comedia no vale un cuarto, que he gastado en la impresión lo que
no tenía...
D. Antonio.—No, la impresión con el tiempo se
venderá.
D. Pedro.—No se venderá, no, señor. El público no
compra en la librería las piezas que silba en el teatro. No se venderá.
D. Eleuterio.—Pues, vea usted: no se venderá; y
pierdo ese dinero; y por otra parte... ¡Válgame Dios! Yo, señor, seré lo que
ustedes quieran; seré mal poeta, seré un zopenco; pero soy hombre de bien. Ese
picarón de don Hermógenes me ha estafado cuánto tenía para pagar sus trampas y
sus embrollos; me ha metido en nuevos gastos, y me deja imposibilitado de
cumplir como es regular con los muchos acreedores que tengo.
D. Pedro.—Pero ahí no hay más que hacerles una
obligación de irlos pagando poco á poco, según el empleo ó facultad que usted
tenga, y arreglándose á una buena economía.
D.ª Agustina.—¡Qué empleo ni qué facultad, señor!
si el pobrecito no tiene ninguna.
D. Pedro.—¿Ninguna?
D. Eleuterio.—No, señor. Yo estuve en esa lotería
de ahí arriba; después me puse á servir á un caballero indiano, pero se murió;
lo dejé todo, y me metí á escribir comedias, porque ese don Hermógenes me
engatusó y...
D.ª Mariquita.—¡Maldito sea él!
D. Eleuterio.—Y si fuera decir estoy solo, anda con
Dios; pero casado, y con una hermana, y con aquellas criaturas...
D. Antonio.—¿Cuántas tiene usted?
D. Eleuterio.—Cuatro, señor; que el mayorcito no
pasa de cinco años.
D. Pedro.—¿Hijos tiene? (Ap. con ternura ¡Qué
lástima!)
p. 105
D. Eleuterio.—Pues si no fuera por eso...
D. Pedro.—(Ap. ¡Infeliz!) Yo, amigo,
ignoraba que del éxito de la obra de usted pendiera la suerte de esa pobre
familia. Yo también he tenido hijos. Ya no los tengo, pero sé lo que es el
corazón de un padre. Dígame usted: ¿sabe usted contar? ¿escribe usted bien?
D. Eleuterio.—Sí, señor, lo que es así cosa de
cuentas, me parece que sé bastante. En casa de mi amo... porque yo, señor, he
sido paje... allí, como digo, no había más mayordomo que yo. Yo era el que
gobernaba la casa; como, ya se ve, estos señores no entienden de eso. Y siempre
me porté como todo el mundo sabe. Eso sí, lo que es honradez y... ¡vaya!
Ninguno ha tenido que...
D. Pedro.—Lo creo muy bien.
D. Eleuterio.—En cuanto á escribir, yo aprendí en
los Escolapios, y luégo me he soltado bastante, y sé alguna cosa de
ortografía... Aquí tengo... Vea usted... (Saca papel y se le da á don Pedro.)
Ello está escrito algo de prisa, porque esta es una tonadilla que se había de
cantar mañana... ¡Ay Dios mío!
D. Pedro.—Me gusta la letra, me gusta.
D. Eleuterio.—Sí, señor, tiene su introduccioncita,
luégo entran las coplillas satíricas con su estribillo, y concluye con las...
D. Pedro.—No hablo de eso, hombre, no hablo de eso.
Quiero decir que la forma de la letra es muy buena. La tonadilla ya se conoce
que es prima hermana de la comedia.
D. Eleuterio.—Ya.
D. Pedro.—Es menester que se deje usted de esas
tonterías.
(Volviéndole el papel.)
D. Eleuterio.—Ya lo veo, señor; pero si me parece
que el enemigo...
D. Pedro.—Es menester olvidar absolutamente esos
devaneos; esta es una condición precisa que exijo de usted. Yo soy rico, muy
rico, y no acompaño con lágrimas estép. 106riles las desgracias de mis
semejantes. La mala fortuna á que le han reducido á usted sus desvaríos
necesita, más que consuelos y reflexiones, socorros efectivos y prontos. Mañana
quedarán pagadas por mí todas las deudas que usted tenga.
D. Eleuterio.—Señor, ¿qué dice usted?
D.ª Agustina.—¿De veras, señor? ¡Válgame Dios!
D.ª Mariquita.—¿De veras?
D. Pedro.—Quiero hacer más. Yo tengo bastantes
haciendas cerca de Madrid; acabo de colocar á un mozo de mérito, que entendía
en el gobierno de ellas. Usted, si quiere, podrá irse instruyendo al lado de mi
mayordomo, que es hombre honradísimo; y desde luégo puede usted contar con una
fortuna proporcionada á sus necesidades. Esta señora deberá contribuir por su
parte á hacer feliz el nuevo destino que á usted le propongo. Si cuida de su
casa, si cría bien á sus hijos, si desempeña como debe los oficios de esposa y
madre, conocerá que sabe cuánto hay que saber, y cuánto conviene á una mujer de
su estado y sus obligaciones. Usted, señorita, no ha perdido nada en no casarse
con el pedantón de don Hermógenes; porque, según se ha visto, es un malvado que
la hubiera hecho infeliz; y si usted disimula un poco las ganas que tiene de
casarse, no dudo que hallará muy presto un hombre de bien que la quiera. En una
palabra, yo haré en favor de ustedes todo el bien que pueda; no hay que
dudarlo. Además, yo tengo muy buenos amigos en la corte, y... créanme ustedes,
soy algo áspero en mi carácter, pero tengo el corazón muy compasivo.
D.ª Mariquita.—¡Qué bondad!
(Don Eleuterio, su mujer y su hermana quieren
arrodillarse á los piés de don Pedro; él lo estorba y los abraza cariñosamente.)
D. Eleuterio.—¡Qué generoso!
D. Pedro.—Esto es ser justo. El que socorre la
pobreza, evitando á un infeliz la desesperación y los delitos, cumple con su
obligación; no hace más.
p. 107D. Eleuterio.—Yo no sé cómo he de pagar á
usted tantos beneficios.
D. Pedro.—Si usted me los agradece, ya me los paga.
D. Eleuterio.—Perdone usted, señor, las locuras que
he dicho y el mal modo...
D.ª Agustina.—Hemos sido muy imprudentes.
D. Pedro.—No hablemos de eso.
D. Antonio.—¡Ah, don Pedro, qué lección me ha dado
usted esta tarde!
D. Pedro.—Usted se burla. Cualquiera hubiera hecho
lo mismo en iguales circunstancias.
D. Antonio.—Su carácter de usted me confunde.
D. Pedro.—¿Eh? los genios serán diferentes; pero
somos muy amigos. ¿No es verdad?
D. Antonio.—¿Quién no querrá ser amigo de usted?
D. Serapio.—Vaya, vaya; yo estoy loco de contento.
D. Pedro.—Más lo estoy yo; porque no hay placer
comparable al que resulta de una acción virtuosa. Recoja usted esa comedia (Al
ver la comedia que está leyendo Pipí); no se quede por ahí perdida, y sirva
de pasatiempo á la gente burlona que llegue á verla.
D. Eleuterio.—¡Mal haya la comedia (Arrebata la
comedia de manos de Pipí, y la hace pedazos), amén, y mi docilidad y mi
tontería! Mañana, así que amanezca, hago una hoguera con todo cuánto tengo
impreso y manuscrito, y no ha de quedar en mi casa un verso.
D.ª Mariquita.—Yo encenderé la pajuela.
D.ª Agustina.—Y yo aventaré las cenizas.
D. Pedro.—Así debe ser. Usted, amigo, ha vivido
engañado; su amor propio, la necesidad, el ejemplo y la falta de instrucción le
han hecho escribir disparates. El público le ha dado á usted una lección muy
dura, pero muy útil, puesto que por ella se reconoce y se enmienda. ¡Ojalá los
que hoy tiranizan y corrompen el teatro por el maldito furor de ser autores, ya
que desatinan como usted, le imitaran en desengañarse!
p. 109EL SÍ DE LAS NIÑAS
COMEDIA EN TRES ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1806
p. 110
PERSONAS
· DON DIEGO.
· DON CARLOS.
· DOÑA IRENE.
· DOÑA FRANCISCA.
· RITA.
· SIMÓN.
· CALAMOCHA.
La escena es en una posada de Alcalá de Henares.
El teatro representa una sala de paso con cuatro
puertas de habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más grande en el
foro, con escalera que conduce al piso bajo de la casa. Ventana de antepecho á
un lado. Una mesa en medio, con banco, sillas, etc.
La acción empieza á las siete de la tarde, y acaba
á las cinco de la mañana siguiente.
p. 111
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
DON DIEGO, SIMÓN.
(Sale don Diego de su cuarto. Simón, que está
sentado en una silla, se levanta.)
D. Diego.—¿No han venido todavía?
Simón.—No, señor.
D. Diego.—Despacio la han tomado por cierto.
Simón.—Como su tía la quiere tanto, según parece, y
no la ha visto desde que la llevaron á Guadalajara...
D. Diego.—Sí. Yo no digo que no la viese; pero con
media hora de visita y cuatro lágrimas, estaba concluído.
Simón.—Ello también ha sido extraña determinación
la de estarse usted dos días enteros sin salir de la posada. Cansa el leer,
cansa el dormir... Y sobre todo cansa la mup. 112gre del cuarto, las sillas
desvencijadas, las estampas del hijo pródigo, el ruido de
campanillas y cascabeles, y la conversación ronca de carromateros y patanes,
que no permiten un instante de quietud.
D. Diego.—Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí
me conocen todos, y no he querido que nadie me vea.
Simón.—Yo no alcanzo la causa de tanto retiro.
¿Pues hay más en esto que haber acompañado usted á doña Irene hasta
Guadalajara, para sacar del convento á la niña y volvernos con ellas á Madrid?
D. Diego.—Sí, hombre, algo más hay de lo que has
visto.
Simón.—Adelante.
D. Diego.—Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de
saber, y no puede tardarse mucho... Mira, Simón, por Dios te encargo que no lo
digas... Tú eres hombre de bien, y me has servido muchos años con fidelidad...
Ya ves que hemos sacado á esa niña del convento y nos la llevamos á Madrid.
Simón.—Sí, señor.
D. Diego.—Pues bien... Pero te vuelvo á encargar
que á nadie lo descubras.
Simón.—Bien está, señor. Jamás he gustado de
chismes.
D. Diego.—Ya lo sé, por eso quiero fiarme de ti.
Yo, la verdad, nunca había visto á la tal doña Paquita; pero mediante la
amistad con su madre, he tenido frecuentes noticias de ella; he leído muchas de
las cartas que escribía; he visto algunas de su tía la monja, con quien ha
vivido en Guadalajara; en suma, he tenido cuántos informes pudiera desear
acerca de sus inclinaciones y su conducta. Ya he logrado verla, he procurado
observarla en estos pocos días; y á decir verdad, cuántos elogios hicieron de
ella me parecen escasos.
Simón.—Sí por cierto... Es muy linda y...
D. Diego.—Es muy linda, muy graciosa, muy
humilde... Y sobre todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! Vap. 113mos, es de
lo que no se encuentra por ahí... Y talento... sí, señor, mucho talento...
Conque, para acabar de informarte, lo que yo he pensado es...
Simón.—No hay que decírmelo.
D. Diego.—¿No? ¿Por qué?
Simón.—Porque ya lo adivino. Y me parece excelente
idea.
D. Diego.—¿Qué dices?
Simón.—Excelente.
D. Diego.—¿Conque al instante has conocido?...
Simón.—¿Pues no es claro?... ¡Vaya!... Dígole á
usted que me parece muy buena boda; buena, buena.
D. Diego.—Sí, señor... Yo lo he mirado bien, y lo
tengo por cosa muy acertada.
Simón.—Seguro que sí.
D. Diego.—Pero quiero absolutamente que no se sepa,
hasta que esté hecho.
Simón.—Y en eso hace usted bien.
D. Diego.—Porque no todos ven las cosas de una
manera, y no faltaría quien murmurase, y dijese que era una locura, y me...
Simón.—¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica
como esa, eh?
D. Diego.—Pues ya ves tú. Ella es una pobre... Eso
sí... Pero yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado modestia,
recogimiento, virtud.
Simón.—Eso es lo principal... Y sobre todo, lo que
usted tiene, ¿para quién ha de ser?
D. Diego.—Dices bien... ¿Y sabes tú lo que es una
mujer aprovechada, hacendosa, que sepa cuidar de la casa, economizar, estar en
todo?... Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor,
regalonas, entremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas, feas como
demonios... No, señor, vida nueva. Tendré quien me asista con amor y fidelidad,
y viviremos como unos santos... Y deja que hablen y murmuren y...
p. 114Simón.—Pero siendo á gusto de entrambos, ¿qué
pueden decir?
D. Diego.—No, yo ya sé lo que dirán; pero... Dirán
que la boda es desigual, que no hay proporción en la edad, que...
Simón.—Vamos que no me parece tan notable la
diferencia. Siete ú ocho años, á lo más.
D. Diego.—¡Qué, hombre! ¿Qué hablas de siete ú ocho
años? Si ella ha cumplido diez y seis años pocos meses há.
Simón.—Y bien, ¿qué?
D. Diego.—Y yo, aunque gracias á Dios estoy robusto
y... con todo eso, mis cincuenta y nueve años no hay quien me los quite.
Simón.—Pero si yo no hablo de eso.
D. Diego.—¿Pues de qué hablas?
Simón.—Decía que... Vamos, ó usted no acaba de
explicarse, ó yo le entiendo al revés... En suma, esta doña Paquita ¿con quién
se casa?
D. Diego.—¿Ahora estamos ahí? Conmigo.
Simón.—¿Con usted?
D. Diego.—Conmigo.
Simón.—¡Medrados quedamos!
D. Diego.—¿Qué dices?... Vamos, ¿qué?...
Simón.—¡Y pensaba yo haber adivinado!
D. Diego.—¿Pues qué creías? ¿Para quién juzgaste
que la destinaba yo?
Simón.—Para don Carlos, su sobrino de usted, mozo
de talento, instruído, excelente soldado, amabilísimo por todas sus
circunstancias... Para ese juzgué que se guardaba la tal niña.
D. Diego.—Pues no, señor.
Simón.—Pues bien está.
D. Diego.—¡Mire usted qué idea! ¡Con el otro la
había de ir á casar!... No, señor, que estudie sus matemáticas.
Simón.—Ya las estudia; ó por mejor decir, ya las
enseña.
p. 115D. Diego.—Que se haga hombre de valor y...
Simón.—¡Valor! ¿Todavía pide usted más valor á un
oficial que en la última guerra, con muy pocos que se atrevieron á seguirle,
tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al
campo lleno de heridas y cubierto de sangre?... Pues bien satisfecho quedó
usted entonces del valor de su sobrino; y yo le ví á usted más de cuatro veces
llorar de alegría, cuando el rey le premió con el grado de teniente coronel y
una cruz de Alcántara.
D. Diego.—Sí, señor, todo es verdad; pero no viene
á cuento. Yo soy el que me caso.
Simón.—Si está usted bien seguro de que ella le
quiere, si no la asusta la diferencia de la edad, si su elección es libre...
D. Diego.—¿Pues no ha de serlo?... ¿Y qué sacarían
con engañarme? Ya ves tú la religiosa de Guadalajara si es mujer de juicio;
esta de Alcalá, aunque no la conozco, sé que es una señora de excelentes
prendas; mira tú si doña Irene querrá el bien de su hija; pues todas ellas me
han dado cuantas seguridades puedo apetecer... La criada que la ha servido en
Madrid, y más de cuatro años en el convento, se hace lenguas de ella; y sobre
todo me ha informado de que jamás observó en esta criatura la más remota inclinación
á ninguno de los pocos hombres que ha podido ver en aquel encierro. Bordar,
coser, leer libros devotos, oir misa, y correr por la huerta detrás de las
mariposas, y echar agua en los agujeros de las hormigas, estas han sido su
ocupación y sus diversiones... ¿Qué dices?
Simón.—Yo nada, señor.
D. Diego.—Y no pienses tú que, á pesar de tantas
seguridades, no aprovecho las ocasiones que se presentan para ir ganando su
amistad y su confianza, y lograr que se explique conmigo en absoluta
libertad... Bien que aún hay tiempo... Sólo que aquella doña Irene siempre la
interrumpe, todo se lo habla... Y es muy buena mujer, buena...
p. 116Simón.—En fin, señor, yo desearé que salga
como usted apetece.
D. Diego.—Sí, yo espero en Dios que no ha de salir
mal. Aunque el novio no es muy de tu gusto... ¡Y qué fuera de tiempo me
recomendabas al tal sobrinito! ¿Sabes tú lo enfadado que estoy con él?
Simón.—¿Pues qué ha hecho?
D. Diego.—Una de las suyas... Y hasta pocos días há
no lo he sabido. El año pasado, ya lo viste, estuvo dos meses en Madrid... Y me
costó mucho dinero la tal visita... En fin, es mi sobrino, bien dado está; pero
voy al asunto. Llegó el caso de irse á Zaragoza á su regimiento... Ya te
acuerdas de que á muy pocos días de haber salido de Madrid recibí la noticia de
su llegada.
Simón.—Sí, señor.
D. Diego.—Y que siguió escribiéndome, aunque algo
perezoso, siempre con la data de Zaragoza.
Simón.—Así es la verdad.
D. Diego.—Pues el pícaro no estaba allí cuando me
escribía las tales cartas.
Simón.—¿Qué dice usted?
D. Diego.—Sí, señor. El día 3 de julio salió de mi
casa, y á fines de setiembre aún no había llegado á sus pabellones... ¿No te
parece que para ir por la posta hizo muy buena diligencia?
Simón.—Tal vez se pondría malo en el camino, y por
no darle á usted pesadumbre...
D. Diego.—Nada de eso. Amores del señor oficial, y
devaneos que le traen loco... Por ahí en esas ciudades puede que... ¿Quién
sabe? Si encuentra un par de ojos negros, ya es hombre perdido... ¡No permita
Dios que me le engañe alguna bribona de estas que truecan el honor por el
matrimonio!
Simón.—¡Oh! no hay que temer... Y si tropieza con
alguna fullera de amor, buenas cartas ha de tener para que le engañe.
p. 117D. Diego.—Me parece que están ahí... Sí.
Busca al mayoral, y dile que venga, para quedar de acuerdo en la hora á que
deberemos salir mañana.
Simón.—Bien está.
D. Diego.—Ya te he dicho que no quiero que esto se
trasluzca, ni... ¿Estamos?
Simón.—No haya miedo que á nadie lo cuente.
(Simón se va por la puerta del foro. Salen por
la misma las tres mujeres con mantillas y basquiñas. Rita deja un pañuelo atado
sobre la mesa, y recoge las mantillas y las dobla.)
ESCENA II.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO.
D.ª Francisca.—Ya estamos acá.
D.ª Irene.—¡Ay, qué escalera!
D. Diego.—Muy bien venidas, señoras.
D.ª Irene.—¿Conque usted, á lo que parece, no ha
salido?
(Se sientan doña Irene y don Diego.)
D. Diego.—No, señora. Luégo más tarde daré una
vueltecilla por ahí... He leído un rato. Traté de dormir, pero en esta posada
no se duerme.
D.ª Francisca.—Es verdad que no... ¡Y qué
mosquitos! Mala peste en ellos. Anoche no me dejaron parar... Pero mire usted,
mire usted (Desata el pañuelo y manifiesta algunas cosas de las que indica
el diálogo), cuántas cosillas traigo. Rosarios de nácar, cruces de ciprés,
la regla de San Benito, una pililla de cristal... mire usted qué bonita, y dos
corazones de talco... ¡Qué sé yo cuánto viene aquí!... ¡Ay, y una campanilla de
barro bendito para los truenos!... ¡Tantas cosas!
D.ª Irene.—Chucherías que la han dado las madres.
Locas estaban con ella.
p. 118D.ª Francisca.—¡Cómo me quieren todas! ¡y mi
tía, mi pobre tía lloraba tanto!... Es ya muy viejecita.
D.ª Irene.—Ha sentido mucho no conocer á usted.
D.ª Francisca.—Sí, es verdad. Decía, ¿por qué no ha
venido aquel señor?
D.ª Irene.—El padre capellán y el rector de los
Verdes nos han venido acompañando hasta la puerta.
D.ª Francisca.—Toma (Vuelve á atar el pañuelo y
se le da á Rita, la cual se va con él y con las mantillas al cuarto de doña
Irene), guárdamelo todo allí, en la excusabaraja. Mira, llévalo así de las
puntas... ¡Válgate Dios! ¿Eh? ¡Ya se ha roto la santa Gertrudis de alcorza!
Rita.—No importa; yo me la comeré.
ESCENA III.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, DON DIEGO.
D.ª Francisca.—¿Nos vamos adentro, mamá, ó nos
quedamos aquí?
D.ª Irene.—Ahora, niña, que quiero descansar un
rato.
D. Diego.—Hoy se ha dejado sentir el calor en
forma.
D.ª Irene.—¡Y qué fresco tienen aquel locutorio!
Está hecho un cielo... (Siéntase doña Francisca junto á doña Irene). Mi
hermana es la que sigue siempre bastante delicadita. Ha padecido mucho este
invierno... Pero vaya, no sabía qué hacerse con su sobrina la buena señora.
Está muy contenta de nuestra elección.
D. Diego.—Yo celebro que sea tan á gusto de
aquellas personas á quienes debe usted particulares obligaciones.
D.ª Irene.—Sí, Trinidad está muy contenta; y en
cuanto á Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha costado mucho despegarse de
ella; pero ha conocido que siendo para su bienestar, es necesario pasar por
todo... Ya se acuerda usted de lo expresiva que estuvo, y...
p. 119D. Diego.—Es verdad. Sólo falta que la parte
interesada tenga la misma satisfacción que manifiestan cuantos la quieren bien.
D.ª Irene.—Es hija obediente, y no se apartará
jamás de lo que determine su madre.
D. Diego.—Todo eso es cierto, pero...
D.ª Irene.—Es de buena sangre, y ha de pensar bien,
y ha de proceder con el honor que la corresponde.
D. Diego.—Sí, ya estoy; ¿pero no pudiera sin faltar
á su honor ni á su sangre?...
D.ª Francisca.—¿Me voy, mamá? (Se levanta y
vuelve á sentarse.)
D.ª Irene.—No pudiera, no, señor. Una niña bien
educada, hija de buenos padres, no puede menos de conducirse en todas ocasiones
como es conveniente y debido. Un vivo retrato es la chica, ahí donde usted la
ve, de su abuela que Dios perdone, doña Jerónima de Peralta... En casa tengo el
cuadro, que le habrá usted visto. Y le hicieron, según me contaba su merced,
para enviárselo á su tío carnal el padre fray Serapión de San Juan Crisóstomo,
electo obispo de Mechoacán.
D. Diego.—Ya.
D.ª Irene.—Y murió en el mar el buen religioso, que
fué un quebranto para toda la familia... Hoy es, y todavía estamos sintiendo su
muerte; particularmente mi primo don Cucufate, regidor perpetuo de Zamora, no
puede oir hablar de su ilustrísima sin deshacerse en lágrimas.
D.ª Francisca.—Válgate Dios, qué moscas tan...
D.ª Irene.—Pues murió en olor de santidad.
D. Diego.—Eso bueno es.
D.ª Irene.—Sí, señor; pero como la familia ha
venido tan á menos... ¿Qué quiere usted? Donde no hay facultades... Bien que
por lo que puede tronar, ya se le está escribiendo la vida; y ¿quién sabe que
el día de mañana no se imprima con el favor de Dios?
D. Diego.—Sí, pues ya se ve. Todo se imprime.
p. 120D.ª Irene.—Lo cierto es que el autor, que es
sobrino de mi hermano político el canónigo de Castrojeriz, no la deja de la
mano; y á la hora de esta lleva ya escritos nueve tomos en folio, que
comprenden los nueve años primeros de la vida del santo obispo.
D. Diego.—¿Conque para cada año un tomo?
D.ª Irene.—Sí, señor, ese plan se ha propuesto.
D. Diego.—¿Y de qué edad murió el venerable?
D.ª Irene.—De ochenta y dos años, tres meses y
catorce días.
D.ª Francisca.—¿Me voy, mamá?
D.ª Irene.—Anda, vete. ¡Válgate Dios, qué prisa
tienes!
D.ª Francisca.—¿Quiere usted (Se levanta, y
después de hacer una graciosa cortesía á don Diego, da un beso á doña Irene, y
se va al cuarto de ésta) que le haga una cortesía á la francesa, señor don
Diego?
D. Diego.—Sí, hija mía. Á ver.
D.ª Francisca.—Mire usted, así.
D. Diego.—¡Graciosa niña! Viva la Paquita, viva.
D.ª Francisca.—Para usted una cortesía, y para mi
mamá un beso.
ESCENA IV.
DOÑA IRENE, DON DIEGO.
D.ª Irene.—Es muy gitana y muy mona, mucho.
D. Diego.—Tiene un donaire natural que arrebata.
D.ª Irene.—¿Qué quiere usted? Criada sin artificio
ni embelecos de mundo, contenta de verse otra vez al lado de su madre, y mucho
más de considerar tan inmediata su colocación, no es maravilla que cuanto hace
y dice sea una gracia, y máxime á los ojos de usted, que tanto se ha empeñado
en favorecerla.
p. 121D. Diego.—Quisiera sólo que se explicase
libremente acerca de nuestra proyectada unión, y...
D.ª Irene.—Oiría usted lo mismo que le he dicho ya.
D. Diego.—Sí, no lo dudo; pero el saber que la
merezco alguna inclinación, oyéndoselo decir con aquella boquilla tan graciosa
que tiene, sería para mí una satisfacción imponderable.
D.ª Irene.—No tenga usted sobre ese particular la
más leve desconfianza; pero hágase usted cargo de que á una niña no la es
lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal parecería, señor don Diego, que
una doncella de vergüenza y criada como Dios manda, se atreviese á decirle á un
hombre: yo le quiero á usted.
D. Diego.—Bien, si fuese un hombre á quien hallara
por casualidad en la calle y le espetara ese favor de buenas á primeras, cierto
que la doncella haría muy mal; pero á un hombre con quien ha de casarse dentro
de pocos días, ya pudiera decirle alguna cosa que... Además, que hay ciertos
modos de explicarse...
D.ª Irene.—Conmigo usa de más franqueza. Á cada
instante hablamos de usted, y en todo manifiesta el particular cariño que á
usted le tiene... ¿Con qué juicio hablaba ayer noche después que usted se fué á
recoger? No sé lo que hubiera dado por que hubiese podido oirla.
D. Diego.—¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
D.ª Irene.—Y qué bien piensa acerca de lo
preferible que es para una criatura de sus años un marido de cierta edad,
experimentado, maduro y de conducta...
D. Diego.—¡Calle! ¿Eso decía?
D.ª Irene.—No, esto se lo decía yo, y me escuchaba
con una atención como si fuera una mujer de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas
cosas la dije! Y ella, que tiene mucha penetración, aunque me esté mal el
decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el ver cómo se hacen los matrimonios hoy
en el día? Casan á una muchacha de quince años con un arrapiezo de diez y ocho,
á una de diez y siete con otro dep. 122 veintidós: ella niña sin juicio ni
experiencia, y él niño también sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que
es mundo. Pues, señor (que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa?,
¿quién ha de mandar á los criados?, ¿quién ha de enseñar y corregir á los
hijos? Porque sucede también que estos atolondrados de chicos suelen plagarse
de criaturas en un instante, que da compasión.
D. Diego.—Cierto que es un dolor el ver rodeados de
hijos á muchos que carecen del talento, de la experiencia y de la virtud que
son necesarias para dirigir su educación.
D.ª Irene.—Lo que sé decirle á usted es que aún no
había cumplido los diez y nueve cuando me casé de primeras nupcias con mi
difunto don Epifanio, que esté en el cielo. Y era un hombre que, mejorando lo
presente, no es posible hallarle de más respeto, más caballeroso... y al mismo
tiempo más divertido y decidor. Pues, para servir á usted, ya tenía los
cincuenta y seis, muy largos de talle, cuando se casó conmigo.
D. Diego.—Buena edad... No era un niño, pero...
D.ª Irene.—Pues á eso voy... Ni á mí podía
convenirme en aquel entonces un boquirubio con los cascos á la jineta... No,
señor... Y no es decir tampoco que estuviese achacoso ni quebrantado de salud,
nada de eso. Sanito estaba, gracias á Dios, como una manzana; ni en su vida
conoció otro mal, sino una especie de alferecía que le amagaba de cuando en
cuando. Pero luégo que nos casamos dió en darle tan á menudo y tan de recio,
que á los siete meses me hallé viuda y encinta de una criatura que nació
después, y al cabo y al fin se me murió de alfombrilla.
D. Diego.—¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el
bueno de don Epifanio.
D.ª Irene.—Sí, señor, ¿pues por qué no?
D. Diego.—Lo digo porque luégo saltan con... Bien
que si uno hubiera de hacer caso... ¿Y fué niño, ó niña?
p. 123D.ª Irene.—Un niño muy hermoso. Como una
plata era el angelito.
D. Diego.—Cierto que es consuelo tener, así, una
criatura, y...
D.ª Irene.—¡Ay, señor! Dan malos ratos, pero ¿qué
importa? Es mucho gusto, mucho.
D. Diego.—Yo lo creo.
D.ª Irene.—Sí, señor.
D. Diego.—Ya se ve que será una delicia, y...
D.ª Irene.—¡Pues no ha de ser!
D. Diego.—Un embeleso el verlos juguetear y reir, y
acariciarlos, y merecer sus fiestecillas inocentes.
D.ª Irene.—¡Hijos de mi vida! Veintidós he tenido
en los tres matrimonios que llevo hasta ahora, de los cuales sólo esta niña me
ha venido á quedar; pero le aseguro á usted que...
ESCENA V.
SIMÓN, DOÑA IRENE, DON DIEGO.
Simón (Sale por la puerta del foro).—Señor,
el mayoral está esperando.
D. Diego.—Dile que voy allá... ¡Ah! Tráeme primero
el sombrero y el bastón, quisiera dar una vuelta por el campo. (Entra Simón
al cuarto de don Diego, saca un sombrero y un bastón, se los da á su amo, y al
fin de la escena se va con él por la puerta del foro.) ¿Conque, supongo que
mañana tempranito saldremos?
D.ª Irene.—No hay dificultad. Á la hora que á usted
le parezca.
D. Diego.—Á eso de las seis. ¿Eh?
D.ª Irene.—Muy bien.
D. Diego.—El sol nos da de espaldas... Le diré que
venga una media hora antes.
D.ª Irene.—Sí, que hay mil chismes que acomodar.
p. 124ESCENA VI.
DOÑA IRENE, RITA.
D.ª Irene.—¡Válgame Dios! ahora que me acuerdo...
¡Rita!... Me le habrán dejado morir. ¡Rita!
Rita.—Señora.
(Sacará Rita unas sábanas y almohadas debajo del
brazo.)
D.ª Irene.—¿Qué has hecho del tordo? ¿Le diste de
comer?
Rita.—Sí, señora. Más ha comido que un avestruz.
Ahí le puse en la ventana del pasillo.
D.ª Irene.—¿Hiciste las camas?
Rita.—La de usted ya está. Voy á hacer esotras
antes que anochezca, porque si no, como no hay más alumbrado que el del candil
y no tiene garabato, me veo perdida.
D.ª Irene.—Y aquella chica ¿qué hace?
Rita.—Está desmenuzando un bizcocho, para dar de
cenar á don Periquito.
D.ª Irene.—¡Qué pereza tengo de escribir! (Se
levanta y se entra en su cuarto.) Pero es preciso, que estará con mucho
cuidado la pobre Circuncisión.
Rita.—¡Qué chapucerías! No há dos horas, como quien
dice, que salimos de allá, y ya empiezan á ir y venir correos. ¡Qué poco me
gustan á mí las mujeres gazmoñas y zalameras!
(Éntrase en el cuarto de doña Francisca.)
ESCENA VII.
CALAMOCHA.
(Sale por la puerta del foro con unas maletas,
látigo y botas; lo deja todo sobre la mesa y se sienta.)
Calamocha.—¿Conque ha de ser el número tres? Vaya
en gracia... Ya,p. 125 ya conozco el tal número tres. Colección de bichos
más abundante, no la tiene el gabinete de historia natural. Miedo me da de
entrar... ¡Ay! ¡ay!... ¡Y qué agujetas! Estas sí que son agujetas... Paciencia,
pobre Calamocha, paciencia... Y gracias á que los caballitos dijeron: no
podemos más, que si no, por esta vez no veía yo el número tres, ni las plagas
de Faraón que tiene dentro... En fin, como los animales amanezcan vivos, no
será poco... Reventados están... (Canta Rita desde adentro, Calamocha se
levanta desperezándose.) ¡Oiga!... ¿Seguidillitas?... Y no canta mal...
Vaya, aventura tenemos... ¡Ay, qué desvencijado estoy!
ESCENA VIII.
RITA, CALAMOCHA.
Rita.—Mejor es cerrar, no sea que nos alivien de
ropa, y... (Forcejeando para echar la llave.) Pues cierto que está bien
acondicionada la llave.
Calamocha.—¿Gusta usted de que eche una mano, mi
vida?
Rita.—Gracias, mi alma.
Calamocha.—¡Calle!... ¡Rita!
Rita.—¡Calamocha!
Calamocha.—¿Qué hallazgo es este?
Rita.—¿Y tu amo?
Calamocha.—Los dos acabamos de llegar.
Rita.—¿De veras?
Calamocha.—No, que es chanza. Apenas recibió la
carta de doña Paquita, yo no sé adónde fué, ni con quién habló, ni cómo lo
dispuso; sólo sé decirte que aquella tarde salimos de Zaragoza. Hemos venido
como dos centellas por ese camino. Llegamos esta mañana á Guadalajara, y á las
primeras diligencias nos hallamos conque los pájarosp. 126 volaron ya. Á
caballo otra vez, y vuelta á correr y á sudar y á dar chasquidos... En suma,
molidos los rocines, y nosotros á medio moler, hemos parado aquí con ánimo de
salir mañana... Mi teniente se ha ido al colegio mayor á ver á un amigo,
mientras se dispone algo que cenar... Esta es la historia.
Rita.—¿Conque le tenemos aquí?
Calamocha.—Y enamorado más que nunca, celoso,
amenazando vidas... Aventurado á quitar el hipo á cuantos le disputen la
posesión de su Currita idolatrada.
Rita.—¿Qué dices?
Calamocha.—Ni más ni menos.
Rita.—¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que
la tiene amor.
Calamocha.—¿Amor?... ¡Friolera! El moro Gazul fué
para él un pelele, Medoro un zascandil, y Gaiferos un chiquillo de la doctrina.
Rita.—¡Ay, cuando la señorita lo sepa!
Calamocha.—Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con
quién estás? ¿Cuándo llegaste? que...
Rita.—Yo te lo diré. La madre de doña Paquita dió
en escribir cartas y más cartas, diciendo que tenía concertado su casamiento en
Madrid con un caballero rico, honrado, y bien quisto; en suma, cabal y
perfecto, que no había más que apetecer. Acosada la señorita con tales
propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones de aquella bendita
monja, se vió en la necesidad de responder que estaba pronta á todo lo que la
mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto lloró la pobrecita, qué afligida
estuvo. Ni quería comer, ni podía dormir... Y al mismo tiempo era preciso
disimular, para que su tía no sospechara la verdad del caso. Ello es que
cuando, pasado el primer susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y
arbitrios no hallamos otro que el de avisar á tu amo; esperando que si era su
cariño tan verdadero y de buena ley como nos había ponderado, no consentiría
que su pobre Paquitap. 127 pasara á manos de un desconocido, y se
perdiesen para siempre tantas caricias, tantas lágrimas y tantos suspiros
estrellados en las tapias del corral. Apenas partió la carta á su destino, cata
el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus medias azules, y la madre y
el novio que vienen por ella; recogimos á toda prisa nuestros meriñaques, se
atan los cofres, nos despedimos de aquellas buenas mujeres, y en dos latigazos
llegamos antes de ayer á Alcalá. La detención ha sido para que la señorita
visite á otra tía monja que tiene aquí tan arrugada y tan sorda como la que
dejamos allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una todas las
religiosas, y creo que mañana temprano saldremos. Por esta casualidad nos...
Calamocha.—Sí. No digas más... Pero... ¿Conque el
novio está en la posada?
Rita.—Ese es su cuarto (Señalando el cuarto de
don Diego, el de doña Irene y el de doña Francisca), este el de la madre, y
aquel el nuestro.
Calamocha.—¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mío?
Rita.—No por cierto. Aquí dormiremos esta noche la
señorita y yo; porque ayer metidas las tres en ese de enfrente, ni cabíamos de
pié, ni pudimos dormir un instante, ni respirar siquiera.
Calamocha.—Bien... Adios. (Recoge los trastos
que puso sobre la mesa, en ademán de irse.)
Rita.—¿Y adónde?
Calamocha.—Yo me entiendo... Pero el novio ¿trae
consigo criados, amigos ó deudos que le quiten la primera zambullida que le
amenaza?
Rita.—Un criado viene con él.
Calamocha.—¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que
se disponga, porque está de peligro. Adios.
Rita.—¿Y volverás presto?
Calamocha.—Se supone. Estas cosas piden diligencia,
y aunque apenas puedo moverme, es necesario que mi teniente deje la visita y
venga á cuidar de su hacienda;p. 128 disponer el entierro de ese hombre,
y... ¿Conque ese es nuestro cuarto, eh?
Rita.—Sí. De la señorita y mío.
Calamocha.—¡Bribona!
Rita.—¡Botarate! Adios.
Calamocha.—Adios, aborrecida.
(Éntrase con los trastos al cuarto de don
Carlos.)
ESCENA IX.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
Rita.—¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios, don
Félix aquí!... Sí, la quiere, bien se conoce... (Sale Calamocha del cuarto
de don Carlos, y se va por la puerta del foro.) ¡Oh! por más que digan, los
hay muy finos; y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no tiene
remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que está ciega
por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no sería una lástima que?... Ella es.
D.ª Francisca, saliendo.—¡Ay, Rita!
Rita.—¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?
D.ª Francisca.—¿Pues no he de llorar? Si vieras mi
madre... Empeñada está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella
supiera lo que sabes tú, no me mandaría cosas imposibles... Y que es tan bueno,
y que es rico, y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha
llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento ni sé fingir,
por eso me llaman picarona.
Rita.—Señorita, por Dios, no se aflija usted.
D.ª Francisca.—Ya, como tú no lo has oído... Y dice
que don Diego se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he
procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo estoy por
cierto, y reirmep. 129 y hablar niñerías... Y todo por dar gusto á mi
madre, que si no... Pero bien sabe la Virgen que no me sale del corazón.
(Se va oscureciendo lentamente el teatro.)
Rita.—Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para
tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel día de
asueto que tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?
D.ª Francisca.—¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... Pero,
¿qué me vas á contar?
Rita.—Quiero decir, que aquel caballero que vimos
allí con aquella cruz verde, tan galán, tan fino...
D.ª Francisca.—¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?
Rita.—Que nos fué acompañando hasta la ciudad...
D.ª Francisca.—Y bien... Y luégo volvió, y le ví,
por mi desgracia, muchas veces... mal aconsejada de ti.
Rita.—¿Por qué, señora?... ¿Á quién dimos
escándalo? Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás
por las puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos una
distancia tan grande, que usted la maldijo no pocas veces... Pero esto no es
del caso. Lo que voy á decir es, que un amante como aquel no es posible que se
olvide tan presto de su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto hemos
leído á hurtadillas en las novelas no equivale á lo que hemos visto en él... ¿Se
acuerda usted de aquellas tres palmadas que se oían entre once y doce de la
noche? ¿de aquella sonora punteada con tanta delicadeza y expresión?
D.ª Francisca.—¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y
mientras viva conservaré la memoria... Pero está ausente... y entretenido acaso
con nuevos amores.
Rita.—Eso no lo puedo yo creer.
D.ª Francisca.—Es hombre al fin, y todos ellos...
Rita.—¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita.
Con los hombres y las mujeres sucede lo mismo que con los melones de Añover.
Hay de todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleve chasco en
la elección, quép. 130jese de su mala suerte, pero no desacredite la
mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero no es creíble que
lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de perseverancia y amor. Tres meses
duró el terrero y la conversación á oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted
que no vimos en él una acción descompuesta, ni oímos de su boca una palabra
indecente ni atrevida.
D.ª Francisca.—Es verdad. Por eso le quise tanto,
por eso le tengo tan fijo aquí... aquí... (Señalando el pecho). ¿Qué
habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate
Dios! Es lástima... Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho
más... nada más.
Rita.—No, señora, no ha dicho eso.
D.ª Francisca.—¿Qué sabes tú?
Rita.—Bien lo sé. Apenas haya leído la carta se
habrá puesto en camino, y vendrá volando á consolar á su amiga... Pero... (Acercándose
á la puerta del cuarto de doña Irene.)
D.ª Francisca.—¿Adónde vas?
Rita.—Quiero ver si...
D.ª Francisca.—Está escribiendo.
Rita.—Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza
á anochecer... Señorita, lo que la he dicho á usted es la verdad pura. Don
Félix está ya en Alcalá.
D.ª Francisca.—¿Qué dices? No me engañes.
Rita.—Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de
hablar conmigo.
D.ª Francisca.—¿De veras?
Rita.—Sí, señora... Y le ha ido á buscar para...
D.ª Francisca.—¿Conque me quiere?... ¡Ay Rita! Mira
tú si hicimos bien de avisarle... Pero ¿ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno?
¡Correr tantas leguas sólo por verme... porque yo se lo mando!... ¡Qué
agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo le prometo que no se quejará de mí. Para
siempre agradecimiento y amor.
p. 131Rita.—Voy á traer luces. Procuraré detenerme
por allá abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque
hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la madre, la hija,
el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta contradanza, nos hemos de
perder en ella.
D.ª Francisca.—Dices bien... Pero no; él tiene
resolución y talento, y sabrá determinar lo más conveniente... ¿Y cómo has de
avisarme?... Mira que así que llegue le quiero ver.
Rita.—No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá,
y en dándome aquella tosecilla seca... ¿me entiende usted?
D.ª Francisca.—Sí, bien.
Rita.—Pues entonces no hay más que salir con
cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora mayor, la hablaré de todos sus
maridos y de sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si
está allí don Diego...
D.ª Francisca.—Bien, anda; y así que llegue...
Rita.—Al instante.
D.ª Francisca.—Que no se te olvide toser.
Rita.—No haya miedo.
D.ª Francisca.—¡Si vieras qué consolada estoy!
Rita.—Sin que usted lo jure, lo creo.
D.ª Francisca.—¿Te acuerdas, cuando me decía que
era imposible apartarme de su memoria, que no habría peligros que le
detuvieran, ni dificultades que no atropellara por mí?
Rita.—Sí, bien me acuerdo.
D.ª Francisca.—¡Ah!... Pues mira cómo me dijo la
verdad.
(Doña Francisca se va al cuarto de doña Irene;
Rita, por la puerta del foro.)
p. 132
ACTO II.
ESCENA PRIMERA.
DOÑA FRANCISCA.
(Teatro oscuro.)
D.ª Francisca.—Nadie parece aún... (Acércase á
la puerta del foro, y vuelve.) ¡Qué impaciencia tengo!... Y dice mi madre
que soy una simple, que sólo pienso en jugar y reir, y que no sé lo que es
amor... Sí, diez y siete años y no cumplidos; pero ya sé lo que es querer bien,
y la inquietud y las lágrimas que cuesta.
ESCENA II.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
D.ª Irene.—Sola y á oscuras me habéis dejado allí.
D.ª Francisca.—Como estaba usted acabando su carta,
mamá, por no estorbarla me he venido aquí, que está mucho más fresco.
D.ª Irene.—Pero aquella muchacha, ¿qué hace, que no
trae una luz? Para cualquiera cosa se está un año... Y yo que tengo un genio
como una pólvora... (Siéntase.) Sea todo por Dios... ¿Y don Diego no ha
venido?
D.ª Francisca.—Me parece que no.
D.ª Irene.—Pues cuenta, niña, con lo que te he
dicho ya. Y mira que no gusto de repetir una cosa dos veces. Este caballero
está sentido, y con muchísima razón...
p. 133D.ª Francisca.—Bien; sí, señora, ya lo sé. No
me riña usted más.
D.ª Irene.—No es esto reñirte, hija mía; esto es
aconsejarte. Porque como tú no tienes conocimiento para considerar el bien que
se nos ha entrado por las puertas... Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo
que hubiera sido de tu pobre madre... Siempre cayendo y levantando... Médicos,
botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de don Bruno (Dios le haya coronado
de gloria) los veinte y los treinta reales por cada papelillo de píldoras de
coloquíntida y asafétida... Mira que un casamiento como el que vas á hacer, muy
pocas le consiguen. Bien que á las oraciones de tus tías, que son unas
bienaventuradas, debemos agradecer esta fortuna, y no á tus méritos ni á mi
diligencia... ¿Qué dices?
D.ª Francisca.—Yo, nada, mamá.
D.ª Irene.—Pues, nunca dices nada. ¡Válgame Dios,
señor!... En hablándote de esto no te ocurre nada que decir.
ESCENA III.
RITA (Sale por la puerta del foro con luces y
las pone encima de la mesa.), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
D.ª Irene.—Vaya, mujer, yo pensé que en toda la
noche no venías.
Rita.—Señora, he tardado, porque han tenido que ir
á comprar las velas. ¡Como el tufo del velón la hace á usted tanto daño!...
D.ª Irene.—Seguro que me hace muchísimo mal, con
esta jaqueca que padezco... Los parches de alcanfor al cabo tuve que
quitármelos; ¡si no me sirvieron de nada! Con las obleas me parece que me va
mejor. Mira, deja unap. 134 luz ahí, y llévate la otra á mi cuarto, y
corre la cortina, no se me llene todo de mosquitos.
Rita.—Muy bien. (Toma una luz, y hace que se va.)
D.ª Francisca (aparte, á Rita).—¿No ha
venido?
Rita.—Vendrá.
D.ª Irene.—Oyes, aquella carta que está sobre la
mesa dásela al mozo de la posada, para que la lleve al instante al correo... (Vase
Rita al cuarto de doña Irene.) Y tú, niña, ¿qué has de cenar? Porque será
menester recogernos presto para salir mañana de madrugada.
D.ª Francisca.—Como las monjas me hicieron
merendar...
D.ª Irene.—Con todo eso... Siquiera unas sopas del
puchero para el abrigo del estómago... (Sale Rita con una carta en la mano,
y hasta el fin de la escena hace que se va y vuelve, según lo indica el
diálogo.) Mira, has de calentar el caldo que apartamos al mediodía, y
haznos un par de tazas de sopas, y tráetelas luégo que estén.
Rita.—¿Y nada más?
D.ª Irene.—No, nada más... ¡Ah! y házmelas bien
caldositas.
Rita.—Sí, ya lo sé.
D.ª Irene.—¡Rita!
Rita.—Otra. ¿Qué manda usted?
D.ª Irene.—Encarga mucho al mozo que lleve la carta
al instante... Pero no, señor, mejor es... No quiero que la lleve él, que son
unos borrachones, que no se les puede... Has de decir á Simón que digo yo, que
me haga el gusto de echarla en el correo; ¿lo entiendes?
Rita.—Sí, señora.
D.ª Irene.—¡Ah! mira.
Rita.—Otra.
D.ª Irene.—Bien que ahora no corre prisa... Es
menester que luégo me saques de ahí al tordo y colgarle por aquí de modo que no
se caiga y se me lastime... (Vase Rita por la puerta del foro.) ¡Qué
noche tan mala me dió!... ¡Puesp. 135 no se estuvo el animal toda la noche
de Dios rezando el gloria patri y la oración del santo sudario!... Ello por
otra parte edificaba, cierto... pero cuando se trata de dormir...
ESCENA IV.
DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
D.ª Irene.—Pues mucho será que don Diego no haya
tenido algún encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto que es un señor muy
mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡tan atento! ¡tan bien hablado! ¡Y
con qué garbo y generosidad se porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y de
posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene... Es mucho
aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡qué batería de cocina, y qué despensa, llena de
cuanto Dios crió!... Pero tú no parece que atiendes á lo que estoy diciendo.
D.ª Francisca.—Sí, señora, bien lo oigo; pero no la
quería interrumpir á usted.
D.ª Irene.—Allí estarás, hija mía, como el pez en
el agua: pajaritas del aire que apetecieras las tendrías, porque como él te
quiere tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero
mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre que te hablo de esto,
hayas dado en la flor de no responderme palabra... ¡Pues no es cosa particular,
señor!
D.ª Francisca.—Mamá, no se enfade usted.
D.ª Irene.—¡No es buen empeño de!... ¿Y te parece á
ti que no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?... ¿No ves que conozco las
locuras que se te han metido en esa cabeza de chorlito? ¡Perdóneme Dios!
D.ª Francisca.—Pero... Pues ¿qué sabe usted?
D.ª Irene.—¿Me quieres engañar á mí, eh? ¡Ay,
hija!p. 136 He vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha
penetración para que tú me engañes.
D.ª Francisca (aparte).—¡Perdida soy!
D.ª Irene.—Sin contar con su madre... como si tal
madre no tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera sido con esta ocasión,
de todos modos era ya necesario sacarte del convento. Aunque hubiera tenido que
ir á pié y sola por ese camino, te hubiera sacado de allí... ¡Mire usted qué
juicio de niña este! Que porque ha vivido un poco de tiempo entre monjas, ya se
la puso en la cabeza el ser ella monja también... Ni qué entiende ella de eso,
ni qué... En todos los estados se sirve á Dios, Frasquita; pero el complacer á
su madre, asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus trabajos, esa es la
primera obligación de una hija obediente... Y sépalo usted, si no lo sabe.
D.ª Francisca.—Es verdad, mamá... Pero yo nunca he
pensado abandonarla á usted.
D.ª Irene.—Sí, que no sé yo...
D.ª Francisca.—No, señora, créame usted. La Paquita
nunca se apartará de su madre, ni la dará disgustos.
D.ª Irene.—Mira si es cierto lo que dices.
D.ª Francisca.—Sí, señora, que yo no sé mentir.
D.ª Irene.—Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho.
Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en un todo
como corresponde... Cuidado con ello.
D.ª Francisca (aparte).—¡Pobre de mí!
ESCENA V.
DON DIEGO (sale por la puerta del foro, y deja
sobre la mesa sombrero y bastón), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.
D.ª Irene.—Pues ¿cómo tan tarde?
D. Diego.—Apenas salí tropecé con el rector de
Málaga, y el doctor Padilla, y hasta que me han hartado bien dep.
137 chocolate y bollos no me han querido soltar... (Siéntase junto á
doña Irene.) Y á todo esto, ¿cómo va?
D.ª Irene.—Muy bien.
D. Diego.—¿Y doña Paquita?
D.ª Irene.—Doña Paquita siempre acordándose de sus
monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de bisiesto, y pensar sólo en dar
gusto á su madre y obedecerla.
D. Diego.—¡Qué diantre! ¿Conque tanto se acuerda
de?...
D.ª Irene.—¿Qué se admira usted? Son niñas... No
saben lo que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad, así tan...
D. Diego.—No, poco á poco, eso no. Precisamente en
esa edad son las pasiones algo más enérgicas y decisivas que en la nuestra, y
por cuanto la razón se halla todavía imperfecta y débil, los ímpetus del
corazón son mucho más violentos... (Asiendo de una mano á doña Francisca, la
hace sentar inmediata á él.) Pero de veras, doña Paquita, ¿se volvería
usted al convento de buena gana?... La verdad.
D.ª Irene.—Pero si ella no...
D. Diego.—Déjela usted, señora, que ella
responderá.
D.ª Francisca.—Bien sabe usted lo que acabo de
decirla... No permita Dios que yo la dé que sentir.
D. Diego.—Pero eso lo dice usted tan afligida y...
D.ª Irene.—Si es natural, señor. ¿No ve usted
que?...
D. Diego.—Calle usted, por Dios, doña Irene, y no
me diga usted á mí lo que es natural. Lo que es natural es que la chica esté
llena de miedo, y no se atreva á decir una palabra que se oponga á lo que su
madre quiere que diga... Pero si esto hubiese, por vida mía, que estábamos
lucidos.
D.ª Francisca.—No, señor, lo que dice su merced,
eso digo yo; lo mismo. Porque en todo lo que me manda la obedeceré.
D. Diego.—¡Mandar, hija mía!... En estas materias
tanp. 138 delicadas los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan,
proponen, aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!... ¿Y quién ha de
evitar después las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues ¿cuántas veces
vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas solamente porque
un padre tonto se metió á mandar lo que no debiera?... ¿Cuántas veces una
desdichada mujer halla anticipada la muerte en el encierro de un claustro, porque
su madre ó su tío se empeñaron en regalar á Dios lo que Dios no quería? ¡Eh!
No, señor, eso no va bien... Mire usted, doña Paquita, yo no soy de aquellos
hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni mi edad son
para enamorar perdidamente á nadie; pero tampoco he creído imposible que una
muchacha de juicio y bien criada llegase á quererme con aquel amor tranquilo y
constante que tanto se parece á la amistad, y es el único que puede hacer los
matrimonios felices. Para conseguirlo, no he ido á buscar ninguna hija de
familia de estas que viven en una decente libertad... Decente; que yo no culpo
lo que no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas
ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante más apetecible
que yo? ¡Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid!... Lleno de estas ideas me
pareció que tal vez hallaría en usted todo cuánto yo deseaba.
D.ª Irene.—Y puede usted creer, señor don Diego,
que...
D. Diego.—Voy á acabar, señora, déjeme usted
acabar. Yo me hago cargo, querida Paquita, de lo que habrán influido en una
niña tan bien inclinada como usted las santas costumbres que ha visto practicar
en aquel inocente asilo de la devoción y la virtud; pero si á pesar de todo
esto la imaginación acalorada, las circunstancias imprevistas la hubiesen hecho
elegir sujeto más digno, sepa usted que yo no quiero nada con violencia. Yo soy
ingenuo; mi corazón y mi lengua no se contradicen jamás. Esto mismo la pido á
usted, Paquita, sinceridad. El cariño que á usted la tengop. 139 no la
debe hacer infeliz... Su madre de usted no es capaz de querer una injusticia, y
sabe muy bien que á nadie se le hace dichoso por fuerza. Si usted no halla en
mí prendas que la inclinen, si siente algún otro cuidadillo en su corazón,
créame usted, la menor disimulación en esto nos daría á todos muchísimo que
sentir.
D.ª Irene.—¿Puedo hablar ya, señor?
D. Diego.—Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y
sin intérprete.
D.ª Irene.—Cuando yo se lo mande.
D. Diego.—Pues ya puede usted mandárselo, porque á
ella la toca responder... Con ella he de casarme, con usted no.
D.ª Irene.—Yo creo, señor don Diego, que ni con
ella ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?... Bien dice su padrino, y
bien claro me lo escribió pocos días há, cuando le dí parte de este casamiento.
Que aunque no la ha vuelto á ver desde que la tuvo en la pila, la quiere
muchísimo; y á cuántos pasan por el Burgo de Osma les pregunta cómo está, y
continuamente nos envía memorias con el ordinario.
D. Diego.—Y bien, señora, ¿qué escribió el
padrino?... Ó por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con lo que
estamos hablando?
D.ª Irene.—Sí, señor, que tiene que ver, sí, señor.
Y aunque yo lo diga, le aseguro á usted que ni un padre de Atocha hubiera
puesto una carta mejor que la que él me envió sobre el matrimonio de la niña...
Y no es ningún catedrático, ni bachiller, ni nada de eso, sino un cualquiera,
como quien dice, un hombre de capa y espada, con un empleíllo infeliz en el
ramo del viento, que apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y sabe de
todo, y tiene una labia y escribe que da gusto... Cuasi toda la carta venía en
latín, no le parezca á usted, y muy buenos consejos que me daba en ella... Que
no es posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo.
p. 140D. Diego.—Pero, señora, si no sucede nada, ni
hay cosa que á usted la deba disgustar.
D.ª Irene.—Pues ¿no quiere usted que me disguste
oyéndole hablar de mi hija en términos que?... ¡Ella otros amores ni otros
cuidados!... Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!... la mataba á golpes, mire
usted... Respóndele, una vez que quiere que hables, y que yo no chiste.
Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenías doce años, y los que
has adquirido en el convento al lado de aquella santa mujer. Díselo para que se
tranquilice, y...
D. Diego.—Yo, señora, estoy más tranquilo que
usted.
D.ª Irene.—Respóndele.
D.ª Francisca.—Yo no sé qué decir. Si ustedes se
enfadan.
D. Diego.—No, hija mía: esto es dar alguna
expresión á lo que se dice, pero ¡enfadarnos! no por cierto. Doña Irene sabe lo
que yo la estimo.
D.ª Irene.—Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente
agradecida á los favores que usted nos hace... Por eso mismo...
D. Diego.—No se hable de agradecimiento: cuánto yo
puedo hacer, todo es poco... Quiero sólo que doña Paquita esté contenta.
D.ª Irene.—¿Pues no ha de estarlo? Responde.
D.ª Francisca.—Sí, señor, que lo estoy.
D. Diego.—Y que la mudanza de estado que se la
previene no la cueste el menor sentimiento.
D.ª Irene.—No, señor, todo al contrario... Boda más
á gusto de todos no se pudiera imaginar.
D. Diego.—En esa inteligencia puedo asegurarla que
no tendrá motivos de arrepentirse después. En nuestra compañía vivirá querida y
adorada; y espero que á fuerza de beneficios he de merecer su estimación y su
amistad.
D.ª Francisca.—Gracias, señor don Diego... ¡Á una
huérfana, pobre, desvalida como yo!...
D. Diego.—Pero de prendas tan estimables, que la
hacen á usted digna todavía de mayor fortuna.
p. 141
D.ª Irene.—Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita.
D.ª Francisca.—¡Mamá!
(Levántase doña Francisca, abraza á su madre, y
se acarician mutuamente.)
D.ª Irene.—¿Ves lo que te quiero?
D.ª Francisca.—Sí, señora.
D.ª Irene.—¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo
otro pío sino el de verte colocada antes que yo falte?
D.ª Francisca.—Bien lo conozco.
D.ª Irene.—¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena?
D.ª Francisca.—Sí, señora.
D.ª Irene.—¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere tu
madre!
D.ª Francisca.—Pues qué, ¿no la quiero yo á usted?
D. Diego.—Vamos, vamos de aquí (Levántase don
Diego, y después doña Irene). No venga alguno, y nos halle á los tres
llorando como tres chiquillos.
D.ª Irene.—Sí, dice usted bien.
(Vanse los dos al cuarto de doña Irene. Doña
Francisca va detrás; y Rita, que sale por la puerta del foro, la hace detener.)
ESCENA VI.
RITA, DOÑA FRANCISCA.
Rita.—Señorita... ¡Eh! chit... señorita...
D.ª Francisca.—¿Qué quieres?
Rita.—Ya ha venido.
D.ª Francisca.—¿Cómo?
Rita.—Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un
abrazo con licencia de usted, y ya sube por la escalera.
D.ª Francisca.—¡Ay, Dios!... ¿Y qué debo hacer?
Rita.—¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que importa es
no gastar el tiempo en melindres de amor... Al asunto... yp. 142 juicio. Y
mire usted que en el paraje en que estamos, la conversación no puede ser muy
larga... Ahí está.
D.ª Francisca.—Sí... Él es.
Rita.—Voy á cuidar de aquella gente... Valor,
señorita, y resolución. (Se va al cuarto de doña Irene.)
D.ª Francisca.—No, no, que yo también... Pero no lo
merece.
ESCENA VII.
DON CARLOS (sale por la puerta del foro),
DOÑA FRANCISCA.
D. Carlos.—¡Paquita!... ¡vida mía!... Ya estoy
aquí. ¿Cómo va, hermosa, cómo va?
D.ª Francisca.—Bien venido.
D. Carlos.—¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi
llegada más alegría?
D.ª Francisca.—Es verdad; pero acaban de sucederme
cosas que me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo sabe usted...
Después de escrita aquella carta, fueron por mí... Mañana á Madrid... Ahí está
mi madre.
D. Carlos.—¿En dónde?
D.ª Francisca.—Ahí, en ese cuarto. (Señalando al
cuarto de doña Irene.)
D. Carlos.—¡Sola!
D.ª Francisca.—No, señor.
D. Carlos.—Estará en compañía del prometido esposo.
(Se acerca al cuarto de doña Irene, se detiene y vuelve.) Mejor... Pero
¿no hay nadie más con ella?
D.ª Francisca.—Nadie más, solos están... ¿Qué
piensa usted hacer?
D. Carlos.—Si me dejase llevar de mi pasión y de lo
que esos ojos me inspiran, una temeridad... Pero tiempo hay... Él también será
hombre de honor, y no es justo insultarle porque quiere bien á una mujer tan
digna de serp. 143 querida... Yo no conozco á su madre de usted ni...
vamos, ahora nada se puede hacer... Su decoro de usted merece la primera
atención.
D.ª Francisca.—Es mucho el empeño que tiene en que
me case con él.
D. Carlos.—No importa.
D.ª Francisca.—Quiere que esta boda se celebre así
que lleguemos á Madrid.
D. Carlos.—¿Cuál?... No. Eso no.
D.ª Francisca.—Los dos están de acuerdo, y dicen...
D. Carlos.—Bien... Dirán... Pero no puede ser.
D.ª Francisca.—Mi madre no me habla continuamente
de otra materia. Me amenaza, me ha llenado de temor... Él insta por su parte,
me ofrece tantas cosas, me...
D. Carlos.—Y usted ¿qué esperanza le da?... ¿Ha
prometido quererle mucho?
D.ª Francisca.—¡Ingrato!... ¿Pues no sabe usted
que?... ¡Ingrato!
D. Carlos.—Sí, no lo ignoro, Paquita... Yo he sido
el primer amor.
D.ª Francisca.—Y el último.
D. Carlos.—Y antes perderé la vida, que renunciar
al lugar que tengo en ese corazón... Todo él es mío... ¿Digo bien? (Asiéndola
de las manos.)
D.ª Francisca.—¿Pues de quién ha de ser?
D. Carlos.—¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me
anima!... Una sola palabra de esa boca me asegura... Para todo me da valor...
En fin, ya estoy aquí. ¿Usted me llama para que la defienda, la libre, la
cumpla una obligación mil y mil veces prometida? Pues á eso mismo vengo yo...
Si ustedes se van á Madrid mañana, yo voy también. Su madre de usted sabrá
quien soy... Allí puedo contar con el favor de un anciano respetable y
virtuoso, á quien más que tío debo llamar amigo y padre. No tiene otro deudo
más inmediato ni más querido que yo; es hombre muy rico, y si los dones de la
fortuna tuviesen para usted algúnp. 144 atractivo, esta circunstancia
añadiría felicidades á nuestra unión.
D.ª Francisca.—¿Y qué vale para mí toda la riqueza
del mundo?
D. Carlos.—Ya lo sé. La ambición no puede agitar á
un alma tan inocente.
D.ª Francisca.—Querer y ser querida... Ni apetezco
más, ni conozco mayor fortuna.
D. Carlos.—Ni hay otra... Pero usted debe
serenarse, y esperar que la suerte mude nuestra aflicción presente en durables
dichas.
D.ª Francisca.—¿Y qué se ha de hacer para que á mi
pobre madre no la cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere tanto!... Si acabo de
decirla que no la disgustaré, ni me apartaré de su lado jamás; que siempre seré
obediente y buena... ¡Y me abrazaba con tanta ternura! Quedó tan consolada con
lo poco que acerté á decirla... Yo no sé, no sé qué camino ha de hallar usted
para salir de estos ahogos.
D. Carlos.—Yo le buscaré... ¿No tiene usted
confianza en mí?
D.ª Francisca.—¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa
usted que estuviera yo viva, si esa esperanza no me animase? Sola y desconocida
de todo el mundo, ¿qué había yo de hacer? Si usted no hubiese venido, mis
melancolías me hubieran muerto, sin tener á quien volver los ojos, ni poder
comunicar á nadie la causa de ellas... Pero usted ha sabido proceder como
caballero y amante, y acaba de darme con su venida la prueba mayor de lo mucho
que me quiere. (Se enternece y llora.)
D. Carlos.—¡Qué llanto!... ¡Cómo persuade!... Sí,
Paquita, yo solo basto para defenderla á usted de cuántos quieran oprimirla. Á
un amante favorecido ¿quién puede oponérsele? Nada hay que temer.
D.ª Francisca.—¿Es posible?
D. Carlos.—Nada... Amor ha unido nuestras almas en
estrechos nudos, y sólo la muerte bastará á dividirlas.
p. 145ESCENA VIII.
RITA, DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA.
Rita.—Señorita, adentro. La mamá pregunta por
usted. Voy á traer la cena, y se van á recoger al instante... Y usted, señor
galán, ya puede también disponer de su persona.
D. Carlos.—Sí, que no conviene anticipar
sospechas... Nada tengo que añadir.
D.ª Francisca.—Ni yo.
D. Carlos.—Hasta mañana. Con la luz del día veremos
á este dichoso competidor.
Rita.—Un caballero muy honrado, muy rico, muy
prudente; con su chupa larga, su camisola limpia, y sus sesenta años debajo del
peluquín.
(Se va por la puerta del foro.)
D.ª Francisca.—Hasta mañana.
D. Carlos.—Adios, Paquita.
D.ª Francisca.—Acuéstese usted, y descanse.
D. Carlos.—¿Descansar con celos?
D.ª Francisca.—¿De quién?
D. Carlos.—Buenas noches... Duerma usted bien,
Paquita.
D.ª Francisca.—¿Dormir con amor?
D. Carlos.—Adios, vida mía.
D.ª Francisca.—Adios.
(Éntrase al cuarto de doña Irene.)
ESCENA IX.
DON CARLOS (paseándose con inquietud),
CALAMOCHA, RITA.
D. Carlos.—¡Quitármela! No... Sea quien fuere, no
me la quitará. Ni su madre ha de ser tan imprudente que sep. 146 obstine
en verificar este matrimonio repugnándolo su hija... mediando yo... ¡Sesenta
años!... Precisamente será muy rico... ¡El dinero! Maldito él sea, que tantos
desórdenes origina.
Calamocha (saliendo por la puerta del foro).—Pues,
señor, tenemos un medio cabrito asado, y... á lo menos parece cabrito. Tenemos
una magnífica ensalada de berros, sin anapelos ni otra materia extraña, bien
lavada, escurrida y condimentada por estas manos pecadoras, que no hay más que
pedir. Pan de Meco, vino de la tercia... Conque si hemos de cenar y dormir, me
parece que sería bueno...
D. Carlos.—Vamos... ¿Y adónde ha de ser?
Calamocha.—Abajo... Allí he mandado disponer una
angosta y fementida mesa, que parece un banco de herrador.
Rita (saliendo por la puerta del foro con
unos platos, taza, cucharas y servilleta).—¿Quién quiere sopas?
D. Carlos.—Buen provecho.
Calamocha.—Si hay alguna real moza que guste de
cenar cabrito, levante el dedo.
Rita.—La real moza se ha comido ya media cazuela de
albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar.
(Éntrase en el cuarto de doña Irene.)
Calamocha.—Agradecida te quiero yo, niña de mis
ojos.
D. Carlos.—Conque, ¿vamos?
Calamocha.—¡Ay, ay, ay!... (Calamocha se
encamina á la puerta del foro, y vuelve; se acerca á don Carlos, y hablan con
reserva hasta el fin de la escena, en que Calamocha se adelanta á saludar á
Simón.) ¡Eh! chit, digo...
D. Carlos.—¿Qué?
Calamocha.—¿No ve usted lo que viene por allí?
D. Carlos.—¿Es Simón?
Calamocha.—El mismo... Pero ¿quién diablos le?...
D. Carlos.—¿Y qué haremos?
Calamocha.—¿Qué sé yo?... Sonsacarle, mentir y...
¿Me da usted licencia para quep. 147?...
D. Carlos.—Sí, miente lo que quieras... ¿Á qué
habrá venido este hombre?
ESCENA X.
SIMÓN (Sale por la puerta del foro.),
CALAMOCHA, D. CARLOS.
Calamocha.—Simón, ¿tú por aquí?
Simón.—Adios, Calamocha. ¿Cómo va?
Calamocha.—Lindamente.
Simón.—¡Cuánto me alegro de!...
D. Carlos.—¡Hombre, tú en Alcalá! ¿Pues qué novedad
es esta?
Simón.—¡Oh, que estaba usted ahí, señorito! ¡Voto á
sanes!
D. Carlos.—¿Y mi tío?
Simón.—Tan bueno.
Calamocha.—¿Pero se ha quedado en Madrid, ó?...
Simón.—¿Quién me había de decir á mí?... ¡Cosa como
ella! Tan ageno estaba ya ahora de... Y usted de cada vez más guapo... ¿Conque
usted irá á ver al tío, eh?
Calamocha.—Tú habrás venido con algún encargo del
amo.
Simón.—¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese
camino! ¡Ya, ya!
Calamocha.—¿Alguna cobranza tal vez, eh?
D. Carlos.—Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de
hacienda en Ajalvir... ¿No has venido á eso?
Simón.—¡Y qué buena maula le ha salido el tal
administrador! Labriego más marrullero y más bellaco no le hay en toda la
campiña... ¿Conque usted viene ahora de Zaragoza?
D. Carlos.—Pues... Figúrate tú.
Simón.—¿Ó va usted allá?
D. Carlos.—¿Adónde?
Simón.—Á Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?
Calamocha.—Pero, hombre, si salimos el verano
pasadop. 148 de Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de cuatro leguas?
Simón.—¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y
tardan más de cuatro meses en llegar... Debe de ser un camino muy malo.
Calamocha (aparte separándose de Simón.)—¡Maldito
seas tú, y tu camino, y la bribona que te dió papilla!
D. Carlos.—Pero aún no me has dicho si mi tío está
en Madrid ó en Alcalá, ni á qué has venido, ni...
Simón.—Bien, á eso voy... Sí, señor, voy á decir á
usted... Conque... Pues el amo me dijo...
ESCENA XI.
DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA.
D. Diego (desde adentro.)—No, no es
menester: si hay luz aquí. Buenas noches, Rita.
(Don Carlos se turba, y se aparta á un extremo
del teatro.)
D. Carlos.—¡Mi tío!
D. Diego.—¡Simón!
(Sale don Diego del cuarto de doña Irene
encaminándose al suyo; repara en don Carlos, y se acerca á él. Simón le
alumbra, y vuelve á dejar la luz sobre la mesa.)
Simón.—Aquí estoy, señor.
D. Carlos.—¡Todo se ha perdido!
D. Diego.—Vamos... Pero... ¿quién es?
Simón.—Un amigo de usted, señor.
D. Carlos.—Yo estoy muerto.
D. Diego.—¿Cómo un amigo?... ¿Qué? Acerca esa luz.
D. Carlos.—¡Tío!
(En ademán de besarle la mano á don Diego, que
le aparta de sí con enojo.)
D. Diego.—Quítate de ahí.
D. Carlos.—¡Señor!
p. 149D. Diego.—Quítate. No sé cómo no le... ¿Qué
haces aquí?
D. Carlos.—Si usted se altera y...
D. Diego.—¿Qué haces aquí?
D. Carlos.—Mi desgracia me ha traído.
D. Diego.—¡Siempre dándome que sentir, siempre!
Pero... (Acercándose á don Carlos.) ¿Qué dices? ¿De veras ha ocurrido
alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?
Calamocha.—Porque le tiene á usted ley, y le quiere
bien, y...
D. Diego.—Á ti no te pregunto nada... ¿Por qué has
venido de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te asusta el verme?... Algo
has hecho: sí, alguna locura has hecho que le habrá de costar la vida á tu
pobre tío.
D. Carlos.—No, señor, que nunca olvidaré las
máximas de honor y prudencia que usted me ha inspirado tantas veces.
D. Diego.—Pues, ¿á qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son
deudas? ¿Es algún disgusto con tus jefes? Sácame de esta inquietud, Carlos...
Hijo mío, sácame de este afán.
Calamocha.—Si todo ello no es más que...
D. Diego.—Ya he dicho que calles... Ven acá. (Asiendo
de una mano á don Carlos, se aparta con él á un extremo del teatro, y le habla
en voz baja.) Dime qué ha sido.
D. Carlos.—Una ligereza, una falta de sumisión á
usted. Venir á Madrid sin pedirle licencia primero... Bien arrepentido estoy,
considerando la pesadumbre que le he dado al verme.
D. Diego.—¿Y qué otra cosa hay?
D. Carlos.—Nada más, señor.
D. Diego.—Pues ¿qué desgracia era aquella de que me
hablaste?
D. Carlos.—Ninguna. La de hallarle á usted en este
paraje... y haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba sorprenderle en
Madrid, estar en su compañía algunas semanas, y volverme contento de haberle
visto.
p. 150
D. Diego.—¿No hay más?
D. Carlos.—No, señor.
D. Diego.—Míralo bien.
D. Carlos.—No, señor... Á eso venía. No hay nada
más.
D. Diego.—Pero no me digas tú á mí... Si es
imposible que estas escapadas se... No, señor... ¿Ni quién ha de permitir que
un oficial se vaya cuando se le antoje, y abandone de ese modo sus banderas?...
Pues si tales ejemplos se repitieran mucho, adios, disciplina militar...
Vamos... eso no puede ser.
D. Carlos.—Considere usted, tío, que estamos en
tiempo de paz; que en Zaragoza no es necesario un servicio tan exacto como en
otras plazas, en que no se permite descanso á la guarnición... Y en fin, puede
usted creer que este viaje supone la aprobación y la licencia de mis
superiores; que yo también miro por mi estimación, y que cuando me he venido,
estoy seguro de que no hago falta.
D. Diego.—Un oficial siempre hace falta á sus
soldados. El rey le tiene allí para que los instruya, los proteja y les dé
ejemplo de subordinación, de valor, de virtud.
D. Carlos.—Bien está; pero ya he dicho los
motivos...
D. Diego.—Todos estos motivos no valen nada...
¡Porque le dió la gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío de usted no es
verle cada ocho días, sino saber que es hombre de juicio, y que cumple con sus
obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero (Alza la voz, y se pasea
inquieto.) yo tomaré mis medidas para que estas locuras no se repitan otra
vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse inmediatamente.
D. Carlos.—Señor, si...
D. Diego.—No hay remedio... Y ha de ser al
instante. Usted no ha de dormir aquí.
Calamocha.—Es que los caballos no están ahora para
correr... ni pueden moverse.
D. Diego.—Pues con ellos (Á Calamocha.) y
con las maletas al mesón de afuera. Usted (Á don Carlos.) no hap.
151 de dormir aquí... Vamos (Á Calamocha.) tú, buena pieza,
menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto que se haya hecho, sacar los caballos,
y marchar... Ayúdale tú... (Á Simón.) ¿Qué dinero tienes ahí?
Simón.—Tendré unas cuatro ó seis onzas.
(Saca de un bolsillo algunas monedas, y se las
da á don Diego.)
D. Diego.—Dámelas acá. Vamos, ¿qué haces?... (Á
Calamocha.) ¿No he dicho que ha de ser al instante? Volando. Y tú (Á
Simón.) vé con él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se hayan
ido.
(Los dos criados entran en el cuarto de don
Carlos.)
ESCENA XII.
DON DIEGO, DON CARLOS.
D. Diego.—Tome usted... (Le da el dinero.)
Con eso hay bastante para el camino... Vamos, que cuando yo lo dispongo así,
bien sé lo que me hago... ¿No conoces que es todo por tu bien, y que ha sido un
desatino el que acabas de hacer?... Y no hay que afligirse por eso, ni creas
que es falta de cariño... Ya sabes lo que te he querido siempre; y en obrando
tú según corresponde, seré tu amigo como lo he sido hasta aquí.
D. Carlos.—Ya lo sé.
D. Diego.—Pues bien: ahora obedece lo que te mando.
D. Carlos.—Lo haré sin falta.
D. Diego.—Al mesón de afuera. (Á los dos
criados, que salen con los trastos del cuarto de don Carlos y se van por la
puerta del foro.) Allí puedes dormir, mientras los caballos comen y
descansan... Y no me vuelvas aquí por ningún pretexto ni entres en la ciudad...
cuidado. Y á eso de las tres ó las cuatro marchar. Mira que he de saber á la
hora que sales. ¿Lo entiendes?
p. 152
D. Carlos.—Sí, señor.
D. Diego.—Mira, que lo has de hacer.
D. Carlos.—Sí, señor, haré lo que usted manda.
D. Diego.—Muy bien... Adios... Todo te lo
perdono... Vete con Dios... Y yo sabré también cuándo llegas á Zaragoza: no te
parezca que estoy ignorante de lo que hiciste la vez pasada.
D. Carlos.—¿Pues qué hice yo?
D. Diego.—Si te digo que lo sé, y que te lo
perdono, ¿qué más quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso. Vete.
D. Carlos.—Quede usted con Dios.
(Hace que se va, y vuelve.)
D. Diego.—¿Sin besar la mano á su tío, eh?
D. Carlos.—No me atreví.
(Besa la mano á don Diego, y se abrazan.)
D. Diego.—Y dame un abrazo, por si no nos volvemos
á ver.
D. Carlos.—¿Qué dice usted? No lo permita Dios.
D. Diego.—¿Quién sabe, hijo mío? ¿Tienes algunas
deudas? ¿Te falta algo?
D. Carlos.—No, señor, ahora no.
D. Diego.—Mucho es, porque tú siempre tiras por
largo... Como cuentas con la bolsa del tío... Pues bien, yo escribiré al señor
Aznar para que te dé cien doblones de orden mía. Y mira cómo lo gastas...
¿Juegas?
D. Carlos.—No, señor, en mi vida.
D. Diego.—Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y
no te acalores: jornadas regulares y nada más... ¿Vas contento?
D. Carlos.—No, señor. Porque usted me quiere mucho,
me llena de beneficios, y yo le pago mal.
D. Diego.—No se hable ya de lo pasado... Adios...
D. Carlos.—¿Queda usted enojado conmigo?
D. Diego.—No, no por cierto... Me disgusté
bastante, pero ya se acabó... No me dés que sentir. (Poniéndole amp. 153bas
manos sobre los hombros.) Portarse como hombre de bien.
D. Carlos.—No lo dude usted.
D. Diego.—Como oficial de honor.
D. Carlos.—Así lo prometo.
D. Diego.—Adios, Carlos. (Abrazándose.)
D. Carlos (aparte, al irse por la puerta
del foro).—¡Y la dejo!... ¡Y la pierdo para siempre!
ESCENA XIII.
DON DIEGO.
D. Diego.—Demasiado bien se ha compuesto... Luégo
lo sabrá, enhorabuena... Pero no es lo mismo escribírselo, que... Después de
hecho, no importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al tío!... Como una malva
es.
(Se enjuga las lágrimas, toma la luz, y se va á
su cuarto. El teatro queda solo y oscuro por un breve espacio.)
ESCENA XIV.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
(Salen del cuarto de doña Irene. Rita sacará una
luz, y la pone encima de la mesa.)
Rita.—Mucho silencio hay por aquí.
D.ª Francisca.—Se habrán recogido ya... Estarán
rendidos.
Rita.—Precisamente.
D.ª Francisca.—¡Un camino tan largo!
Rita.—¡Á lo que obliga el amor, señorita!
D.ª Francisca.—Sí, bien puedes decirlo: amor... Y
yo ¿qué no hiciera por él?
Rita.—Y deje usted, que no ha de ser este el
últimop. 154 milagro. Cuando lleguemos á Madrid, entonces será ella. El
pobre don Diego ¡qué chasco se va á llevar! Y por otra parte, vea usted qué
señor tan bueno, que cierto da lástima...
D.ª Francisca.—Pues en eso consiste todo. Si él
fuese un hombre despreciable, ni mi madre hubiera admitido su pretensión, ni yo
tendría que disimular mi repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita. Don Félix
ha venido, y ya no temo á nadie. Estando mi fortuna en su mano, me considero la
más dichosa de las mujeres.
Rita.—¡Ay! ahora que me acuerdo... Pues poquito me
lo encargó... Ya se ve, si con estos amores tengo yo también la cabeza... Voy
por él. (Encaminándose al cuarto de doña Irene.)
D.ª Francisca.—¿Á qué vas?
Rita.—El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de
allí.
D.ª Francisca.—Sí, tráele, no empiece á rezar como
anoche... Allí quedó junto á la ventana... Y vé con cuidado, no despierte mamá.
Rita.—Sí, mire usted el estrépito de caballerías
que anda por allá abajo... Hasta que lleguemos á nuestra calle del Lobo, número
7, cuarto segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese maldito portón, que
rechina que...
D.ª Francisca.—Te puedes llevar la luz.
Rita.—No es menester, que ya sé dónde está.
(Vase al cuarto de doña Irene.)
ESCENA XV.
SIMÓN (sale por la puerta del foro), DOÑA
FRANCISCA.
D.ª Francisca.—Yo pensé que estaban ustedes
acostados.
Simón.—El amo ya habrá hecho esa diligencia, pero
yop. 155 todavía no sé en dónde he de tender el rancho... Y buen sueño que
tengo.
D.ª Francisca.—¿Qué gente nueva ha llegado ahora?
Simón.—Nadie. Son unos que estaban ahí, y se han
ido.
D.ª Francisca.—¿Los arrieros?
Simón.—No, señora. Un oficial y un criado suyo, que
parece que se van á Zaragoza.
D.ª Francisca.—¿Quiénes dice usted que son?
Simón.—Un teniente coronel y su asistente.
D.ª Francisca.—¿Y estaban aquí?
Simón.—Sí, señora, ahí en ese cuarto.
D.ª Francisca.—No los he visto.
Simón.—Parece que llegaron esta tarde y... Á la
cuenta habrán despachado ya la comisión que traían... Conque se han ido...
Buenas noches, señorita.
(Vase al cuarto de don Diego.)
ESCENA XVI.
RITA, DOÑA FRANCISCA.
D.ª Francisca.—¡Dios mío de mi alma! ¿Qué es
esto?... No puedo sostenerme... ¡Desdichada! (Siéntase en una silla
inmediata á la mesa.)
Rita.—Señorita, yo vengo muerta.
(Saca la jaula del tordo y la deja encima de la
mesa; abre la puerta del cuarto de don Carlos, y vuelve.)
D.ª Francisca.—¡Ay, que es cierto!... ¿Tú lo sabes
también?
Rita.—Deje usted, que todavía no creo lo que he
visto... Aquí no hay nadie... ni maletas, ni ropa, ni... Pero ¿cómo podía
engañarme? Si yo misma los he visto salir.
D.ª Francisca.—¿Y eran ellos?
Rita.—Sí, señora. Los dos.
D.ª Francisca.—Pero ¿se han ido fuera de la ciudad?
p. 156Rita.—Si no los he perdido de vista hasta que
salieron por puerta de Mártires... Como está un paso de aquí.
D.ª Francisca.—¿Y es ese el camino de Aragón?
Rita.—Ese es.
D.ª Francisca.—¡Indigno!... ¡Hombre indigno!
Rita.—¡Señorita!
D.ª Francisca.—¿En qué te ha ofendido esta infeliz?
Rita.—Yo estoy temblando toda... Pero... Si es
incomprensible... Si no alcanzo á descubrir qué motivos ha podido haber para
esta novedad.
D.ª Francisca.—¿Pues no le quise más que á mi
vida?... ¿No me ha visto loca de amor?
Rita.—No sé qué decir al considerar una acción tan
infame.
D.ª Francisca.—¿Qué has de decir? Que no me ha
querido nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto? ¡Para engañarme, para
abandonarme así!
(Levántase, y Rita la sostiene.)
Rita.—Pensar que su venida fué con otro designio no
me parece natural... Celos... ¿Por qué ha de tener celos?... Y aun eso mismo
debiera enamorarle más... Él no es cobarde, y no hay que decir que habrá tenido
miedo de su competidor.
D.ª Francisca.—Te cansas en vano... Dí que es un
pérfido, dí que es un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.
Rita.—Vamos de aquí, que puede venir alguien, y...
D.ª Francisca.—Sí, vámonos... Vamos á llorar... ¡Y
en qué situación me deja!... Pero ¿ves qué malvado?
Rita.—Sí, señora, ya lo conozco.
D.ª Francisca.—¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con
quién? Conmigo... ¿Pues yo merecí ser engañada tan alevosamente?... ¿Mereció mi
cariño este galardón?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es?
(Rita coge la luz, y se van entrambas al cuarto
de doña Francisca.)
p. 157
ACTO III.
ESCENA PRIMERA.
DON DIEGO, SIMÓN.
(Teatro oscuro. Sobre la mesa habrá un candelero
con vela apagada, y la jaula del tordo. Simón duerme tendido en el banco. Sale
don Diego de su cuarto acabándose de poner la bata.)
D. Diego.—Aquí, á lo menos, ya que no duerma no me
derretiré... Vaya, si alcoba como ella no se... ¡Cómo ronca éste!...
Guardémosle el sueño hasta que venga el día, que ya poco puede tardar... (Simón
despierta, y al oir á don Diego se incorpora, y se levanta.) ¿Qué es eso?
Mira no te caigas, hombre.
Simón.—Qué ¿estaba usted ahí, señor?
D. Diego.—Sí, aquí me he salido, porque allí no se
puede parar.
Simón.—Pues yo, á Dios gracias, aunque la cama es
algo dura, he dormido como un emperador.
D. Diego.—¡Mala comparación!... Dí que has dormido
como un pobre hombre, que no tiene ni dinero, ni ambición, ni pesadumbres, ni
remordimientos.
Simón.—En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora
será ya?
D. Diego.—Poco há que sonó el reloj de San Justo, y
si no conté mal, dió las tres.
Simón.—¡Oh! pues ya nuestros caballeros irán por
ese camino adelante echando chispas.
p. 158D. Diego.—Sí, ya es regular que hayan
salido... Me lo prometió, y espero que lo hará.
Simón.—¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le
dejé! ¡qué triste!
D. Diego.—Ha sido preciso.
Simón.—Ya lo conozco.
D. Diego.—¿No ves qué venida tan intempestiva?
Simón.—Es verdad... Sin permiso de usted, sin
avisarle, sin haber un motivo urgente... Vamos, hizo muy mal... Bien que por
otra parte él tiene prendas suficientes para que se le perdone esta ligereza...
Digo... Me parece que el castigo no pasará adelante, ¿eh?
D. Diego.—¡No, qué! No, señor. Una cosa es que le
haya hecho volver... Ya ves en qué circunstancias nos cogía... Te aseguro que
cuando se fué me quedó un ansia en el corazón. (Suenan á lo lejos tres
palmadas, y poco después se oye que puntean un instrumento.) ¿Qué ha
sonado?
Simón.—No sé... Gente que pasa por la calle. Serán
labradores.
D. Diego.—Calla.
Simón.—Vaya, música tenemos, según parece.
D. Diego.—Sí, como lo hagan bien.
Simón.—¿Y quién será el amante infeliz que se viene
á puntear á estas horas en ese callejón tan puerco?... Apostaré que son amores
con la moza de la posada, que parece un pico.
D. Diego.—Puede ser.
Simón.—Ya empiezan, oigamos... (Tocan una sonata
desde adentro.) Pues dígole á usted que toca muy lindamente el pícaro del
barberillo.
D. Diego.—No; no hay barbero que sepa hacer eso,
por muy bien que afeite.
Simón.—¿Quiere usted que nos asomemos un poco, á
ver?...
D. Diego.—No, dejarlos... ¡Pobre gente! ¡Quién sabe
la importancia que darán ellos á la tal música!... No gusto yo de incomodar á
nadie.
p. 159(Sale de su cuarto doña Francisca, y Rita
con ella. Las dos se encaminan á la ventana. Don Diego y Simón se retiran á un
lado, y observan.)
Simón.—¡Señor!... ¡Eh!... Presto, aquí á un ladito.
D. Diego.—¿Qué quieres?
Simón.—Que han abierto la puerta de esa alcoba, y
huele á faldas que trasciende.
D. Diego.—¿Sí?... Retirémonos.
ESCENA II.
DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO, SIMÓN.
Rita.—Con tiento, señorita.
D.ª Francisca.—Siguiendo la pared ¿no voy bien?
(Vuelven á probar el instrumento.)
Rita.—Sí, señora... Pero vuelven á tocar...
Silencio.
D.ª Francisca.—No te muevas... Deja... Sepamos
primero si es él.
Rita.—¿Pues no ha de ser?... La seña no puede
mentir.
D.ª Francisca.—Calla... (Repiten desde adentro
la sonata anterior.) Sí, él es... ¡Dios mío!... (Acércase Rita á la
ventana, abre la vidriera y da tres palmadas. Cesa la música.) Vé,
responde... Albricias, corazón. Él es.
Simón.—¿Ha oído usted?
D. Diego.—Sí.
Simón.—¿Qué querrá decir esto?
D. Diego.—Calla.
D.ª Francisca (Se asoma á la ventana. Rita
se queda detrás de ella. Los puntos suspensivos indican las interrupciones más
ó menos largas que deben hacerse.)—Yo soy. Y ¿qué había de pensar viendo lo
que usted acababa de hacer?... ¿Qué fuga es esta?... Rita, (Apartándose de
la ventana, y vuelve después.) amiga, por Dios, ten cuidado, y si oyeres
algún rumor, al instante avísame... ¿Para siemp. 160pre? ¡Triste de mí!... Bien
está, tírela usted... Pero yo no acabo de entender... ¡Ay, don Félix! nunca le
he visto á usted tan tímido... (Tiran desde adentro una carta que cae por la
ventana al teatro. Doña Francisca hace ademán de buscarla, y no hallándola
vuelve á asomarse.) No, no la he cogido; pero aquí está sin duda... ¿Y no
he de saber yo hasta que llegue el día los motivos que tiene usted para dejarme
muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de su boca de usted. Su Paquita de usted se
lo manda... Y ¿cómo le parece á usted que estará el mío?... No me cabe en el
pecho... diga usted.
(Simón se adelanta un poco, tropieza en la jaula
y la deja caer.)
Rita.—Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay
gente.
D.ª Francisca.—¡Infeliz de mí!... Guíame.
Rita.—Vamos... (Al retirarse tropieza Rita con
Simón. Las dos se van apresuradamente al cuarto de doña Francisca.) ¡Ay!
D.ª Francisca.—¡Muerta voy!
ESCENA III.
DON DIEGO, SIMÓN.
Don Diego.—¿Qué grito fué ese?
Simón.—Una de las fantasmas, que al retirarse
tropezó conmigo.
D. Diego.—Acércate á esa ventana, y mira si hallas
en el suelo un papel... ¡Buenos estamos!
Simón (tentando por el suelo cerca de la
ventana.)—No encuentro nada, señor.
D. Diego.—Búscale bien, que por ahí ha de estar.
Simón.—¿Le tiraron desde la calle?
D. Diego.—Sí... ¿Qué amante es éste?... ¡Y diez y
seisp. 161 años, y criada en un convento! Acabó ya toda mi ilusión.
Simón.—Aquí está. (Halla la carta, y se la da á
don Diego.)
D. Diego.—Vete abajo, y enciende una luz... En la
caballeriza ó en la cocina... Por ahí habrá algún farol... Y vuelve con ella al
instante.
(Vase Simón por la puerta del foro.)
ESCENA IV.
DON DIEGO.
D. Diego.—¿Y á quién debo culpar? (Apoyándose en
el respaldo de una silla.) ¿Es ella la delincuente, ó su madre, ó sus tías,
ó yo?... ¿Sobre quién, sobre quién ha de caer esta cólera, que por más que lo
procuro, no la sé reprimir?... ¡La naturaleza la hizo tan amable á mis ojos!...
¡Qué esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué felicidades me prometía!...
¡Celos!... ¿Yo?... ¡En qué edad tengo celos!... Vergüenza es... Pero esta
inquietud que yo siento; esta indignación, estos deseos de venganza ¿de qué
provienen? ¿Cómo he de llamarlos? Otra vez parece que... (Advirtiendo que
suena ruido en la puerta del cuarto de doña Francisca, se retira á un extremo
del teatro.) Sí.
ESCENA V.
RITA, DON DIEGO, SIMÓN.
Rita.—Ya se han ido... (Rita observa, escucha,
asómase después á la ventana, y busca la carta por el suelo.) ¡Válgame
Dios!... El papel estará muy bien escrito, pero el señor don Félix es un
grandísimo picarón... ¡Pobrecita de mi alma!... Se muere sin remedio... Nada,
ni perros parecen por la calle... ¡Ojalá no los hubiéramos conocido!...p.
162 ¿Y este maldito papel?... Pues buena la hiciéramos si no pareciese...
¿Qué dirá?... Mentiras, mentiras, y todo mentira.
Simón.—Ya tenemos luz...
(Sale con luz. Rita se sorprende.)
Rita.—¡Perdida soy!
D. Diego (acercándose.)—¡Rita! ¿Pues tú
aquí?
Rita.—Sí, señor, porque...
D. Diego.—¿Qué buscas á estas horas?
Rita.—Buscaba... Yo le diré á usted... Porque oímos
un ruido tan grande...
Simón.—¿Sí, eh?
Rita.—Cierto... Un ruido y... mire usted (alza
la jaula que está en el suelo), era la jaula del tordo... Pues la jaula
era, no tiene duda... ¡Válgate Dios! ¿Si se habrá muerto?... No, vivo está,
vaya... Algún gato habrá sido. Preciso.
Simón.—Sí, algún gato.
Rita.—¡Pobre animal! ¡Y qué asustadillo se conoce
que está todavía!
Simón.—Y con mucha razón... ¿No te parece, si le
hubiera pillado el gato?...
Rita.—Se le hubiera comido.
(Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la
pared.)
Simón.—Y sin pebre... ni plumas hubiera dejado.
D. Diego.—Tráeme esa luz.
Rita.—¡Ah! Deje usted, encenderemos esta (Enciende
la vela que está sobre la mesa.) que ya lo que no se ha dormido...
D. Diego.—¿Y doña Paquita duerme?
Rita.—Sí, señor.
Simón.—Pues mucho es que con el ruido del tordo...
D. Diego.—Vamos.
(Don Diego se entra en su cuarto. Simón va con
él llevándose una de las luces.)
p. 163ESCENA VI.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
D.ª Francisca.—¿Ha parecido el papel?
Rita.—No, señora.
D.ª Francisca.—¿Y estaban aquí los dos cuando tú
saliste?
Rita.—Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó
una luz, y me hallé de repente, como por máquina, entre él y su amo, sin poder
escapar, ni saber qué disculpa darles.
(Rita coge la luz, y vuelve á buscar carta cerca
de ventana.)
D.ª Francisca.—Ellos eran sin duda... Aquí estarían
cuando yo hablé desde la ventana... ¿Y ese papel?
Rita.—Yo no lo encuentro, señorita.
D.ª Francisca.—Le tendrán ellos, no te canses... Si
es lo único que faltaba á mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen.
Rita.—Á lo menos por aquí...
D.ª Francisca.—¡Yo estoy loca! (Siéntase.)
Rita.—Sin haberse explicado este hombre, ni decir
siquiera...
D.ª Francisca.—Cuando iba á hacerlo me avisaste, y
fué preciso retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me habló, qué agitación
mostraba? Me dijo que en aquella carta vería yo los motivos justos que le
precisaban á volverse; que la había escrito para dejársela á persona fiel que
la pusiera en mis manos, suponiendo que el verme sería imposible. Todo engaños,
Rita, de un hombre aleve que prometió lo que no pensaba cumplir... Vino, halló
un competidor, y diría: pues yo ¿para qué he de molestar á nadie, ni hacerme
ahora defensor de una mujer?... ¡Hay tantas mujeres!... Cásenla... Yo nada
pierdo... Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz... ¡Dios mío,
perdón... perdón de haberle querido tanto!
p. 164Rita.—¡Ay, señorita! (Mirando hacia el
cuarto de don Diego.) que parece que salen ya.
D.ª Francisca.—No importa, déjame.
Rita.—Pero si don Diego la ve á usted de esa
manera...
D.ª Francisca.—Si todo se ha perdido ya, ¿qué puedo
temer?... ¿Y piensas tú que tengo alientos para levantarme?... Que vengan, nada
importa.
ESCENA VII.
DON DIEGO, SIMÓN, DOÑA FRANCISCA, RITA.
Simón.—Voy enterado, no es menester más.
D. Diego.—Mira, y haz que ensillen inmediatamente
al moro, mientras tú vas allá. Si han salido, vuelves, montas á caballo, y en
una buena carrera que dés, los alcanzas... ¿Las dos aquí, eh?... Conque vete,
no se pierda tiempo.
(Después de hablar los dos, inmediatos á la
puerta del cuarto de don Diego, se va Simón por la del foro.)
Simón.—Voy allá.
D. Diego.—Mucho se madruga, doña Paquita.
D.ª Francisca.—Sí, señor.
D. Diego.—¿Ha llamado ya doña Irene?
D.ª Francisca.—No, señor... Mejor es que vayas
allá, por si ha despertado y se quiere vestir.
(Rita se va al cuarto de doña Irene.)
ESCENA VIII.
DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA.
D. Diego.—¿Usted no habrá dormido bien esta noche?
D.ª Francisca.—No, señor. ¿Y usted?
D. Diego.—Tampoco.
D.ª Francisca.—Ha hecho demasiado calor.
p. 165
D. Diego.—¿Está usted desazonada?
D.ª Francisca.—Alguna cosa.
D. Diego.—¿Qué siente usted?
(Siéntase junto á doña Francisca.)
D.ª Francisca.—No es nada... Así un poco de...
Nada... no tengo nada.
D. Diego.—Algo será; porque la veo á usted muy
abatida, llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la
quiero tanto?
D.ª Francisca.—Sí, señor.
D. Diego.—Pues ¿por qué no hace usted más confianza
de mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de
complacerla?
D.ª Francisca.—Ya lo sé.
D. Diego.—¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un
amigo, no desahoga con él su corazón?
D.ª Francisca.—Porque eso mismo me obliga á callar.
D. Diego.—Eso quiere decir que tal vez soy yo la
causa de su pesadumbre de usted.
D.ª Francisca.—No, señor; usted en nada me ha
ofendido... No es de usted de quien yo me debo quejar.
D. Diego.—Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted
acá... (Acércase más.) Hablemos siquiera una vez sin rodeos ni
disimulación. Dígame usted: ¿no es cierto que usted mira con algo de
repugnancia este casamiento que se la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen á
usted entera libertad para la elección, no se casaría conmigo?
D.ª Francisca.—Ni con otro.
D. Diego.—¿Será posible que usted no conozca otro
más amable que yo, que la quiera bien, y que la corresponda como usted merece?
D.ª Francisca.—No, señor; no, señor.
D. Diego.—Mírelo usted bien.
D.ª Francisca.—¿No le digo á usted que no?
D. Diego.—¿Y he de creer, por dicha, que conserve
usted tal inclinación al retiro en que se ha criado, quep. 166 prefiera la
austeridad del convento á una vida más?...
D.ª Francisca.—Tampoco; no, señor... Nunca he
pensado así.
D. Diego.—No tengo empeño de saber más... Pero de
todo lo que acabo de oir resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla
inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no tiene
queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la estimo, que no
piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie me dispute su mano... Pues
¿qué llanto es ese? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco
tiempo ha alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco?
¿Son estas las señales de quererme exclusivamente á mí, de casarse gustosa
conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor?
(Vase iluminando lentamente el teatro,
suponiéndose que viene la luz del día.)
D.ª Francisca.—Y ¿qué motivos le he dado á usted
para tales desconfianzas?
D. Diego.—¿Pues qué? Si yo prescindo de estas
consideraciones, si apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de
usted sigue aprobándola, y llega el caso de...
D.ª Francisca.—Haré lo que mi madre me manda, y me
casaré con usted.
D. Diego.—¿Y después, Paquita?
D.ª Francisca.—Después... y mientras me dure la
vida seré mujer de bien.
D. Diego.—Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted
me considera como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo,
dígame usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted
mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su dolor? Y no
para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para emplearme todo en su
consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis
diligencias pudiesen tanto.
p. 167D.ª Francisca.—¡Dichas para mí!... Ya se
acabaron.
D. Diego.—¿Por qué?
D.ª Francisca.—Nunca diré por qué.
D. Diego.—Pero ¡qué obstinado, qué imprudente
silencio!... cuando usted misma debe presumir que no estoy ignorante de lo que
hay.
D.ª Francisca.—Si usted lo ignora, señor don Diego,
por Dios no finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte.
D. Diego.—Bien está. Una vez que no hay nada que
decir, que esa aflicción y esas lágrimas son voluntarias, hoy llegaremos á
Madrid, y dentro de ocho días será usted mi mujer.
D.ª Francisca.—Y daré gusto á mi madre.
D. Diego.—Y vivirá usted infeliz.
D.ª Francisca.—Ya lo sé.
D. Diego.—He aquí los frutos de la educación. Esto
es lo que se llama criar bien á una niña: enseñarla á que desmienta y oculte
las pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan honestas
luégo que las ven instruídas en el arte de callar y mentir. Se obstinan en que
el temperamento, la edad ni el genio no han de tener influencia alguna en sus
inclinaciones, ó en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las
gobierna. Todo se las permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que
sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten
á pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos
escándalos, ya están bien criadas; y se llama excelente educación la que
inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo.
D.ª Francisca.—Es verdad... Todo eso es cierto...
Eso exigen de nosotras, eso aprendemos en la escuela que se nos da... Pero el
motivo de mi aflicción es mucho más grande.
D. Diego.—Sea cual fuere, hija mía, es menester
quep. 168 usted se anime... Si la ve á usted su madre de esa manera, ¿qué
ha de decir?... Mire usted que ya parece que se ha levantado.
D.ª Francisca.—¡Dios mío!
D. Diego.—Sí, Paquita; conviene mucho que usted
vuelva un poco sobre sí... No abandonarse tanto... Confianza en Dios... Vamos,
que no siempre nuestras desgracias son tan grandes como la imaginación las
pinta... ¡Mire usted qué desorden éste! ¡qué agitación! ¡qué lágrimas! Vaya,
¿me da usted palabra de presentarse así... con cierta serenidad y... eh?
D.ª Francisca.—Y usted, señor... Bien sabe usted el
genio de mi madre. Si usted no me defiende, ¿á quién he de volver los ojos?
¿Quién tendrá compasión de esta desdichada?
D. Diego.—Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es
posible que yo la abandonase... ¡criatura! en la situación dolorosa en que la
veo? (Asiéndola de las manos.)
D.ª Francisca.—¿De veras?
D. Diego.—Mal conoce usted mi corazón.
D.ª Francisca.—Bien le conozco.
(Quiere arrodillarse; don Diego se lo estorba, y
ambos se levantan.)
D. Diego.—¿Qué hace usted, niña?
D.ª Francisca.—Yo no sé... ¡Qué poco merece toda
esa bondad una mujer tan ingrata para con usted!... No, ingrata no, infeliz...
¡Ay, qué infeliz soy, señor don Diego!
D. Diego.—Yo bien sé que usted agradece como puede
el amor que la tengo... Lo demás todo ha sido... ¿qué sé yo?... una
equivocación mía, y no otra cosa... Pero usted, inocente, usted no ha tenido la
culpa.
D.ª Francisca.—Vamos... ¿No viene usted?
D. Diego.—Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré
por allá.
D.ª Francisca.—Vaya usted presto.
p. 169(Encaminándose al cuarto de doña Irene,
vuelve y se despide de don Diego besándole las manos.)
D. Diego.—Sí, presto iré.
ESCENA IX.
SIMÓN, DON DIEGO.
Simón.—Ahí están, señor.
D. Diego.—¿Qué dices?
Simón.—Cuando yo salía de la puerta, los ví á lo
lejos, que iban ya de camino. Empecé á dar voces y hacer señas con el pañuelo;
se detuvieron, y apenas llegué y le dije al señorito lo que usted mandaba,
volvió las riendas, y está abajo. Le encargué que no subiera hasta que le
avisara yo, por si acaso había gente aquí, y usted no quería que le viesen.
D. Diego.—¿Y qué dijo cuando le diste el recado?
Simón.—Ni una sola palabra... Muerto viene... Ya
digo, ni una sola palabra... Á mí me ha dado compasión el verle así tan...
D. Diego.—No me empieces ya á interceder por él.
Simón.—¿Yo, señor?
D. Diego.—Sí, que no te entiendo yo...
¡Compasión!... Es un pícaro.
Simón.—Como yo no sé lo que ha hecho.
D. Diego.—Es un bribón, que me ha de quitar la
vida... Ya te he dicho que no quiero intercesores.
Simón.—Bien está, señor.
(Vase por la puerta del foro. Don Diego se
sienta, manifestando inquietud y enojo.)
D. Diego.—Dile que suba.
p. 170ESCENA X.
DON CARLOS, DON DIEGO.
D. Diego.—Venga usted acá, señorito, venga usted...
¿En dónde has estado desde que no nos vemos?
D. Carlos.—En el mesón de afuera.
D. Diego.—¿Y no has salido de allí en toda la
noche, eh?
D. Carlos.—Sí, señor, entré en la ciudad y...
D. Diego.—¿Á qué?... Siéntese usted.
D. Carlos.—Tenía precisión de hablar con un
sujeto... (Siéntase.)
D. Diego.—¡Precisión!
D. Carlos.—Sí, señor... Le debo muchas atenciones,
y no era posible volverme á Zaragoza sin estar primero con él.
D. Diego.—Ya. En habiendo tantas obligaciones de
por medio... Pero venirle á ver á las tres de la mañana, me parece mucho
desacuerdo... ¿Por qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de tener...
Con este papel que le hubieras enviado en mejor ocasión, no había necesidad de
hacerle trasnochar, ni molestar á nadie.
(Dándole el papel que tiraron á la ventana. Don
Carlos luégo que le reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de irse.)
D. Carlos.—Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me
llama? ¿Por qué no me permite seguir mi camino, y se evitaría una contestación
de la cual ni usted ni yo quedaremos contentos?
D. Diego.—Quiere saber su tío de usted lo que hay
en esto, y quiere que usted se lo diga.
D. Carlos.—¿Para qué saber más?
D. Diego.—Porque yo lo quiero, y lo mando. ¡Oiga!
D. Carlos.—Bien está.
D. Diego.—Siéntate ahí... (Siéntase don Carlos.)
¿En dónde has conocido á esta niña?... ¿Qué amor es éste?p. 171 ¿Qué
circunstancias han ocurrido?... ¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde,
cuándo la viste?
D. Carlos.—Volviéndome á Zaragoza el año pasado,
llegué á Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa
de campo nos apeamos, se empeñó en que había de quedarme allí todo aquel día,
por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al siguiente me dejaría
proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas hallé á doña Paquita, á quien
la señora había sacado aquel día del convento para que se esparciese un poco...
Yo no sé qué ví en ella, que excitó en mí una inquietud, un deseo constante,
irresistible, de mirarla, de oirla, de hallarme á su lado, de hablar con ella,
de hacerme agradable á sus ojos... El intendente dijo entre otras cosas...
burlándose... que yo era muy enamorado, y le ocurrió fingir que me llamaba don
Félix de Toledo. Yo sostuve esta ficción, porque desde luégo concebí la idea de
permanecer algún tiempo en aquella ciudad, evitando que llegase á noticia de
usted. Observé que doña Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por
la noche nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome
preferido á todos los concurrentes de aquel día, que fueron muchos. En fin...
Pero no quisiera ofender á usted refiriéndole...
D. Diego.—Prosigue.
D. Carlos.—Supe que era hija de una señora de
Madrid, viuda y pobre, pero de gente muy honrada... Fué necesario fiar de mi
amigo los proyectos de amor que me obligaban á quedarme en su compañía; y él,
sin aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas las más ingeniosas para que
ninguno de su familia extrañara mi detención. Como su casa de campo está
inmediata á la ciudad, fácilmente iba y venía de noche... Logré que doña
Paquita leyese algunas cartas mías; y con las pocas respuestas que de ella
tuve, acabé de precipitarme en una pasión que mientras viva me hará infeliz.
p. 172D. Diego.—Vaya... Vamos, sigue adelante.
D. Carlos.—Mi asistente (que, como usted sabe, es
hombre de travesura, y conoce el mundo) con mil artificios que á cada paso le
ocurrían, facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos... La seña
era dar tres palmadas, á las cuales respondían con otras tres desde una
ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos todas las noches, muy á
deshora, con el recato y las precauciones que ya se dejan entender... Siempre
fuí para ella don Félix de Toledo, oficial de un regimiento, estimado de mis
jefes y hombre de honor. Nunca la dije más, ni la hablé de mis esperanzas, ni
la dí á entender que casándose conmigo podría aspirar á mejor fortuna; porque
ni me convenía nombrarle á usted, ni quise exponerla á que las miras de
interés, y no el amor, la inclinasen á favorecerme. De cada vez la hallé más
fina, más hermosa, más digna de ser adorada... Cerca de tres meses me detuve
allí; pero al fin era necesario separarnos, y una noche funesta me despedí, la
dejé rendida á un desmayo mortal, y me fuí ciego de amor adonde mi obligación
me llamaba... Sus cartas consolaron por algún tiempo mi ausencia triste, y en
una que recibí pocos días há, me dijo cómo su madre trataba de casarla, que
primero perdería la vida que dar su mano á otro que á mí; me acordaba mis
juramentos, me exhortaba á cumplirlos... Monté á caballo, corrí precipitado al
camino, llegué á Guadalajara, no la encontré, vine aquí... Lo demás bien lo
sabe usted, no hay para qué decírselo.
D. Diego.—¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta
venida?
D. Carlos.—Consolarla, jurarla de nuevo un eterno
amor, pasar á Madrid, verle á usted, echarme á sus piés, referirle todo lo
ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni protecciones, ni... eso
no... Sólo su consentimiento y su bendición para verificar un enlace tan
suspirado, en que ella y yo fundábamos toda nuestra felicidad.
p. 173D. Diego.—Pues ya ves, Carlos, que es tiempo
de pensar muy de otra manera.
D. Carlos.—Sí, señor.
D. Diego.—Si tú la quieres, yo la quiero también.
Su madre y toda su familia aplauden este casamiento. Ella... y sean las que
fueren las promesas que á ti te hizo... ella misma, no há media hora, me ha
dicho que está pronta á obedecer á su madre y darme la mano así que...
D. Carlos.—Pero no el corazón. (Levántase.)
D. Diego.—¿Qué dices?
D. Carlos.—No, eso no... Sería ofenderla... Usted
celebrará sus bodas cuando guste; ella se portará siempre como conviene á su
honestidad y á su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto de su
cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido, pero si alguna ó muchas
veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados en lágrimas, por mí las
vierte... No la pregunte usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo, yo
seré la causa... Los suspiros, que en vano procurará reprimir, serán finezas
dirigidas á un amigo ausente.
D. Diego.—¿Qué temeridad es esta?
(Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia
don Carlos, el cual se va retirando.)
D. Carlos.—Ya se lo dije á usted... Era imposible
que yo hablase una palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa
conversación... Viva usted feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he
querido disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle de mi obediencia y mi
respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me niegue á lo
menos el consuelo de saber que usted me perdona.
D. Diego.—¿Conque en efecto te vas?
D. Carlos.—Al instante, señor... Y esta ausencia
será bien larga.
D. Diego.—¿Por qué?
D. Carlos.—Porque no me conviene verla en mi
vida... Si las voces que corren de una próxima guerra se llegaran á
verificar... entonces...
p. 174D. Diego.—¿Qué quieres decir?
(Asiendo de un brazo á don Carlos, le hace venir
más adelante.)
D. Carlos.—Nada... Que apetezco la guerra, porque
soy soldado.
D. Diego.—¡Carlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes
corazón para decírmelo?
D. Carlos.—Alguien viene... (Mirando con
inquietud hacia el cuarto de doña Irene, se desprende de don Diego, y hace
ademán de irse por la del foro. Don Diego va detrás de él y quiere impedírselo.)
Tal vez será ella... Quede usted con Dios.
D. Diego.—¿Adónde vas?... No, señor, no has de
irte.
D. Carlos.—Es preciso... Yo no he de verla... Una
sola mirada nuestra pudiera causarle á usted inquietudes crueles.
D. Diego.—Ya he dicho que no ha de ser... Entra en
ese cuarto.
D. Carlos.—Pero si...
D. Diego.—Haz lo que te mando.
(Éntrase don Carlos en el cuarto de don Diego.)
ESCENA XI.
DOÑA IRENE, DON DIEGO.
D.ª Irene.—Conque, señor don Diego, ¿es ya la de
vámonos?... Buenos días... (Apaga la luz que está sobre la mesa.) ¿Reza
usted?
D. Diego (paseándose con inquietud).—Sí,
para rezar estoy ahora.
D.ª Irene.—Si usted quiere, ya pueden ir
disponiendo el chocolate, y que avisen al mayoral para que enganchen luégo
que... Pero ¿qué tiene usted, señor?... ¿Hay alguna novedad?
D. Diego.—Sí, no deja de haber novedades.
p. 175D.ª Irene.—Pues qué... Dígalo usted, por
Dios... ¡Vaya, vaya!... No sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera cosa,
así, repentina, me remueve toda y me... Desde el último mal parto que tuve,
quedé tan sumamente delicada de los nervios... Y va ya para diez y nueve años,
si no son veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera friolera me
trastorna... Ni los baños, ni caldos de culebra, ni la conserva de tamarindos,
nada me ha servido; de manera que...
D. Diego.—Vamos, ahora no hablemos de malos partos
ni de conservas... Hay otra cosa más importante de que tratar... ¿Qué hacen
esas muchachas?
D.ª Irene.—Están recogiendo la ropa y haciendo el
cofre, para que todo esté á la vela, y no haya detención.
D. Diego.—Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que
asustarse ni alborotarse (Siéntanse los dos) por nada de lo que yo diga;
y cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo necesitamos... Su hija de
usted está enamorada...
D.ª Irene.—¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí,
señor, que lo está; y bastaba que yo lo dijese para que...
D. Diego.—¡Este vicio maldito de interrumpir á cada
paso! Déjeme usted hablar.
D.ª Irene.—Bien, vamos, hable usted.
D. Diego.—Está enamorada; pero no está enamorada de
mí.
D.ª Irene.—¿Qué dice usted?
D. Diego.—Lo que usted oye.
D.ª Irene.—Pero ¿quién le ha contado á usted esos
disparates?
D. Diego.—Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me
lo ha contado; y cuando se lo digo á usted, bien seguro estoy de que es
verdad... Vaya, ¿qué llanto es ese?
D.ª Irene (llorando).—¡Pobre de mí!
D. Diego.—¿Á qué viene eso?
D.ª Irene.—¡Porque me ven sola y sin medios, y
porquep. 176 soy una pobre viuda, parece que todos me desprecian y se
conjuran contra mí!
D. Diego.—Señora doña Irene...
D.ª Irene.—Al cabo de mis años y de mis achaques,
verme tratada de esta manera, como un estropajo, como una puerca cenicienta,
vamos al decir... ¿Quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!... ¡Si vivieran
mis tres difuntos!... Con el último difunto que me viviera, que tenía un genio
como una serpiente...
D. Diego.—Mire usted, señora, que se me acaba ya la
paciencia.
D.ª Irene.—Que lo mismo era replicarle que se ponía
hecho una furia del infierno, y un día del Corpus, yo no sé por qué friolera,
hartó de mojicones á un comisario ordenador, y si no hubiera sido por dos
padres del Carmen, que se pusieron de por medio, le estrella contra un poste en
los portales de Santa Cruz.
D. Diego.—Pero ¿es posible que no ha de atender
usted á lo que voy á decirla?
D.ª Irene.—¡Ay! no, señor, que bien lo sé, que no
tengo pelo de tonta, no, señor... Usted ya no quiere á la niña, y busca
pretextos para zafarse de la obligación en que está... ¡Hija de mi alma y de mi
corazón!
D. Diego.—Señora doña Irene, hágame usted el gusto
de oirme, de no replicarme, de no decir despropósitos; y luégo que usted sepa
lo que hay, llore, y gima, y grite, y diga cuánto quiera... Pero entre tanto no
me apure usted el sufrimiento, por amor de Dios.
D.ª Irene.—Diga usted lo que le dé la gana.
D. Diego.—Que no volvamos otra vez á llorar y á...
D.ª Irene.—No, señor, ya no lloro. (Enjugándose
las lágrimas con un pañuelo.)
D. Diego.—Pues hace ya cosa de un año, poco más ó
menos, que doña Paquita tiene otro amante. Se han hablado muchas veces, se han
escrito, se han prometido amor, fidelidad, constancia... Y por último, existe
en ambos unap. 177 pasión tan fina, que las dificultades y la ausencia,
lejos de disminuirla, han contribuído eficazmente á hacerla mayor... En este
supuesto...
D.ª Irene.—Pero ¿no conoce usted, señor, que todo
es un chisme, inventado por alguna mala lengua que no nos quiere bien?
D. Diego.—Volvemos otra vez á lo mismo... No,
señora, no es chisme. Repito de nuevo que lo sé.
D.ª Irene.—¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué
traza tiene eso de verdad? ¡Conque la hija de mis entrañas encerrada en un
convento, ayunando los siete reviernes, acompañada de aquellas santas
religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que es mundo, que no ha salido todavía del
cascarón, como quien dice!... Bien se conoce que no sabe usted el genio que
tiene Circuncisión... Pues bonita es ella para haber disimulado á su sobrina el
menor desliz.
D. Diego.—Aquí no se trata de ningún desliz, señora
doña Irene; se trata de una inclinación honesta, de la cual hasta ahora no
habíamos tenido antecedente alguno. Su hija de usted es una niña muy honrada, y
no es capaz de deslizarse... Lo que digo es que la madre Circuncisión, y la
Soledad, y la Candelaria, y todas las madres, y usted, y yo el primero, nos
hemos equivocado solemnemente. La muchacha se quiere casar con otro, y no
conmigo... Hemos llegado tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad de
su hija... Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y verá si tengo
razón.
(Saca el papel de don Carlos y se le da. Doña
Irene, sin leerle, se levanta muy agitada, se acerca á la puerta de su cuarto y
llama. Levántase don Diego, y procura en vano contenerla.)
D.ª Irene.—¡Yo he de volverme loca!...
¡Francisquita!... ¡Virgen del Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!
D. Diego.—Pero ¿á qué es llamarlas?
D.ª Irene.—Sí, señor, que quiero que venga, y que
se desengañe la pobrecita de quién es usted.
p. 178D. Diego.—Lo echó todo á rodar... Esto le
sucede á quien se fía de la prudencia de una mujer.
ESCENA XII.
DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, DON DIEGO.
Rita.—¡Señora!
D.ª Francisca.—¿Me llamaba usted?
D.ª Irene.—Sí, hija, sí; porque el señor don Diego
nos trata de un modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué amores tienes, niña? ¿Á
quién has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son estos?... Y tú,
picarona... Pues tú también lo has de saber... Por fuerza lo sabes... ¿Quién ha
escrito este papel? ¿Qué dice?
(Presentando el papel abierto á doña Francisca.)
Rita (aparte á doña Francisca).—Su
letra es.
D.ª Francisca.—¡Qué maldad!... Señor don Diego,
¿así cumple usted su palabra?
D. Diego.—Bien sabe Dios que no tengo la culpa...
Venga usted aquí... (Asiendo de una mano á doña Francisca, la pone á su
lado.) No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no me ponga
en términos de hacer un desatino... Déme usted ese papel... (Quitándola el
papel de las manos á doña Irene.) Paquita, ya se acuerda usted de las tres
palmadas de esta noche.
D.ª Francisca.—Mientras viva me acordaré.
D. Diego.—Pues este es el papel que tiraron á la
ventana... No hay que asustarse, ya lo he dicho. (Lee.) «Bien mío; si no
consigo hablar con usted, haré lo posible para que llegue á sus manos esta
carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que yo llamaba mi
enemigo, y al verle no sé cómo no espiré de dolor. Me mandó que saliera
inmediatamente de la ciudad, y fué preciso obedecerle. Yo me llamo don Carlos,
no don Félix... Donp. 179 Diego es mi tío. Viva usted dichosa, y olvide
para siempre á su infeliz amigo.—Carlos de Urbina.»
D.ª Irene.—¿Conque hay eso?
D.ª Francisca.—¡Triste de mí!
D.ª Irene.—¿Conque es verdad lo que decía el señor,
grandísima picarona? Te has de acordar de mí.
(Se encamina hacia doña Francisca, muy colérica
y en ademán de querer maltratarla. Rita y don Diego procuran estorbarlo.)
D.ª Francisca.—¡Madre!... Perdón.
D.ª Irene.—No, señor, que la he de matar.
D. Diego.—¿Qué locura es esta?
D.ª Irene.—He de matarla.
ESCENA XIII.
DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA,
RITA.
D. Carlos.—Eso no... (Sale don Carlos del cuarto
precipitadamente; coge de un brazo á doña Francisca, se la lleva hacia el fondo
del teatro, y se pone delante de ella para defenderla. Doña Irene se asusta y
se retira.) Delante de mí nadie ha de ofenderla.
D.ª Francisca.—¡Carlos!
D. Carlos (acercándose á don Diego.)—Disimule
usted mi atrevimiento... He visto que la insultaban, y no me he sabido
contener.
D.ª Irene.—¿Qué es lo que me sucede, Dios mío?...
¿Quién es usted?... ¿Qué acciones son estas?... ¡Qué escándalo!
D. Diego.—Aquí no hay escándalos... Ese es de quien
su hija de usted está enamorada... Separarlos y matarlos, viene á ser lo
mismo... Carlos... No importa... Abraza á tu mujer.
p. 180(Don Carlos va adonde está doña Francisca,
se abrazan, y ambos se arrodillan á los piés de don Diego.)
D.ª Irene.—¿Conque su sobrino de usted?
D. Diego.—Sí, señora, mi sobrino, que con sus
palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más terrible que he
tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto?
D.ª Francisca.—¿Conque usted nos perdona y nos hace
felices?
D. Diego.—Sí, prendas de mi alma... Sí.
(Los hace levantar con expresiones de ternura.)
D.ª Irene.—¿Y es posible que usted se determine á
hacer un sacrificio?...
D. Diego.—Yo pude separarlos para siempre, y gozar
tranquilamente la posesión de esta niña amable; pero mi conciencia no lo
sufre... ¡Carlos!... ¡Paquita! ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el
esfuerzo que acabo de hacer! Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.
D. Carlos (besándole las manos.)—Si
nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar á consolar á usted en
tanta pérdida...
D.ª Irene.—¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya
que...
D. Diego.—Él y su hija de usted estaban locos de
amor, mientras usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la
cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del
abuso de la autoridad, de la opresión que la juventud padece; estas son las
seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el
sí de las niñas... Por una casualidad he sabido á tiempo el error en que
estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!
D.ª Irene.—En fin, Dios los haga buenos, y que por
muchos años se gocen... Venga usted acá, señor, venga usted, que quiero
abrazarle... (Abrázanse don Carlos y doña Irene, doña Francisca se arrodilla
y la besa la mano.) Hija, Franp. 181cisquita. ¡Vaya! Buena elección has
tenido... Cierto que es un mozo muy galán... Morenillo, pero tiene un mirar de
ojos muy hechicero.
Rita.—Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la
niña... Señorita, un millón de besos.
(Doña Francisca y Rita se besan, manifestando
mucho contento.)
D.ª Francisca.—¿Pero ves qué alegría tan grande?...
Y tú, como me quieres tanto... siempre, siempre serás mi amiga.
D. Diego.—Paquita hermosa, (Abraza á doña
Francisca.) recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre... No temo ya la
soledad terrible que amenazaba á mi vejez... Vosotros (Asiendo de las manos
á doña Francisca y á don Carlos.) seréis la delicia de mi corazón; y el
primer fruto de vuestro amor... sí, hijos, aquel... no hay remedio, aquel es
para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos podré decir: á mí me debe su
existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido
la causa.
D. Carlos.—¡Bendita sea tanta bondad!
D. Diego.—Hijos, bendita sea la de Dios.
p. 183LA ESCUELA DE LOS MARIDOS
COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1812
p. 184
PERSONAS
|
DON GREGORIO. |
||
|
DON MANUEL. |
||
|
DOÑA ROSA. |
||
|
DOÑA LEONOR. |
||
|
JULIANA. |
||
|
DON ENRIQUE. |
||
|
COSME. |
||
|
UN COMISARIO. |
||
|
UN ESCRIBANO. |
||
|
UN LACAYO. |
|
No hablan. |
|
UN CRIADO. |
||
La escena es en Madrid, en la plazuela de los
Afligidos.
La primera casa á mano derecha inmediata al
proscenio es la de D. Gregorio, y la de en frente la de D. Manuel. Al fin de la
acera, junto al foro, está la de D. Enrique, y al otro lado la del Comisario.
Habrá salidas de calle practicables para salir y entrar los personajes de la
comedia.
La acción empieza á las cinco de la tarde y acaba á
las ocho de la noche.
p. 185
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
DON MANUEL, DON GREGORIO.
D. Gregorio.—Y por último, señor don Manuel, aunque
usted es en efecto mi hermano mayor, yo no pienso seguir sus correcciones de
usted ni sus ejemplos. Haré lo que guste, y nada más; y me va muy lindamente
con hacerlo así.
D. Manuel.—Ya; pero das lugar á que todos se
burlen, y...
D. Gregorio.—¿Y quién se burla? Otros tan
mentecatos como tú.
D. Manuel.—Mil gracias por la atención, señor don
Gregorio.
p. 186D. Gregorio.—Y bien, ¿qué dicen esos graves
censores? ¿Qué hallan en mí que merezca su desaprobación?
D. Manuel.—Desaprueban la rusticidad de tu
carácter, esa aspereza que te aparta del trato y los placeres honestos de la
sociedad, esa extravagancia que te hace tan ridículo en cuanto piensas y dices
y obras, y hasta en el modo de vestir te singulariza.
D. Gregorio.—En eso tienen razón, y conozco lo mal
que hago en no seguir puntualmente lo que manda la moda; en no proponerme por
modelo á los mocitos evaporados, casquivanos y pisaverdes. Si así lo hiciera,
estoy bien seguro de que mi hermano mayor me lo aplaudiría; porque, gracias á
Dios, le veo acomodarse puntualmente á cuantas locuras adoptan los otros.
D. Manuel.—¡Es raro empeño el que has tomado de
recordarme tan á menudo que soy viejo! Tan viejo soy, que te llevo dos años de
ventaja; yo he cumplido cuarenta y cinco, y tú cuarenta y tres; pero aunque los
míos fuesen muchos más, ¿sería esta una razón para que me culparas el ser
tratable con las gentes, el tener buen humor, el gustar de vestirme con
decencia, andar limpio, y?... Pues qué, ¿la vejez nos condena por ventura á
aborrecerlo todo, á no pensar en otra cosa que en la muerte? ¿Ó deberemos añadir
á la deformidad que traen los años consigo un desaliño voluntario, una sordidez
que repugne á cuantos nos vean, y sobre todo, un mal humor y un ceño que nadie
pueda sufrir? Yo te aseguro que si no mudas de sistema, la pobre Rosita será
poco feliz con un marido tan impertinente como tú, y que el matrimonio que la
previenes será tal vez un origen de disgustos y de recíproco aborrecimiento,
que...
D. Gregorio.—La pobre Rosita vivirá más dichosa
conmigo, que su hermanita la pobre Leonor, destinada á ser esposa de un
caballero de tus prendas y de tu mérito. Cada uno procede y discurre como le
parece, señor hermano...p. 187 Las dos son huérfanas; su padre, amigo
nuestro, nos dejó encargada al tiempo de su muerte la educación de entrambas; y
previno que si andando el tiempo queríamos casarnos con ellas, desde luégo
aprobaba y bendecía esta unión; y en caso de no verificarse, esperaba que las
buscaríamos una colocación proporcionada, fiándolo todo á nuestra honradez y á
la mucha amistad que con él tuvimos. En efecto, nos dió sobre ellas la
autoridad de tutor, de padre y esposo. Tú te encargaste de cuidar de Leonor, y
yo de Rosita: tú has enseñado á la tuya como has querido, y yo á la mía como me
ha dado la gana, ¿estamos?
D. Manuel.—Sí; pero me parece á mí...
D. Gregorio.—Lo que á mí me parece es que usted no
ha sabido educar la suya; pero repito que cada cual puede hacer en esto lo que
más le agrade. Tú consientes que la tuya sea despejada y libre y pizpireta;
séalo en buen hora. Permites que tenga criadas, y se deje servir como una
señorita: lindamente. La das ensanches para pasearse por el lugar, ir á
visitas, y oir las dulzuras de tanto enamorado zascandil: muy bien hecho. Pero
yo pretendo que la mía viva á mi gusto, y no al suyo; que se ponga un juboncito
de estameña; que no me gaste zapaticos de color sino los días en que repican
recio; que se esté quietecita en casa, como conviene á una doncella virtuosa;
que acuda á todo; que barra, que limpie, y cuando haya concluído estas
ocupaciones, me remiende la ropa y haga calceta. Esto es lo que quiero; y que
nunca oiga las tiernas quejas de los mozalbetes antojadizos; que no hable con
nadie, ni con el gato, sin tener escucha; que no salga de casa jamás sin llevar
escolta... La carne es frágil, señor mío; yo veo los trabajos que pasan otros,
y puesto que ha de ser mi mujer, quiero asegurarme de su conducta, y no
exponerme á aumentar el número de los maridos zanguangos.
p. 188ESCENA II.
DOÑA LEONOR, DOÑA ROSA, JULIANA. (Las tres salen
con mantilla y basquiña de casa de don Gregorio, y hablan inmediatas á la
puerta.) DON GREGORIO, DON MANUEL.
D.ª Leonor.—No te dé cuidado. Si te riñe, yo me
encargo de responderle.
Juliana.—¡Siempre metida en un cuarto, sin ver la
calle, ni poder hablar con persona humana! ¡Qué fastidio!
D.ª Leonor.—Mucha lástima tengo de ti.
D.ª Rosa.—Milagro es que no me haya dejado debajo
de llave, ó me haya llevado consigo, que aún es peor.
Juliana.—Le echaría yo más alto que...
D. Gregorio.—¡Oiga! ¿Y adónde van ustedes, niñas?
D.ª Leonor.—La he dicho á Rosita que se venga
conmigo para que se esparza un poco. Saldremos por aquí por la puerta de San
Bernardino, y entraremos por la de Fuencarral. Don Manuel nos hará el gusto de
acompañarnos...
D. Manuel.—Sí por cierto: vamos allá.
D.ª Leonor.—Y mire usted: yo me quedo á merendar en
casa de doña Beatriz... Me ha dicho tantas veces que por qué no llevo á ésta
por allá, que ya no sé qué decirla; conque, si usted quiere, irá conmigo esta
tarde; merendaremos, nos divertiremos un rato por el jardín, y al anochecer
estamos de vuelta.
D. Gregorio.—Usted (Á doña Leonor, á Juliana, á
don Manuel y á doña Rosa, según lo indica el diálogo) puede irse adonde
guste, usted puede ir con ella... Tal para cual. Usted puede acompañarlas si lo
tiene á bien; y usted á casa.
D. Manuel.—Pero hermano, déjalas que se diviertan,
y que...
D. Gregorio.—Á más ver.
p. 189(Coge del brazo á doña Rosa, haciendo
ademán de entrarse con ella en su casa.)
D. Manuel.—La juventud necesita...
D. Gregorio.—La juventud es loca, y la vejez es
loca también muchas veces.
D. Manuel.—Pero ¿hay algún inconveniente en que se
vaya con su hermana?
D. Gregorio.—No, ninguno; pero conmigo está mucho
mejor.
D. Manuel.—Considera que...
D. Gregorio.—Considero que debe hacer lo que yo la
mande... y considero que me interesa mucho su conducta.
D. Manuel.—Pero ¿piensas tú que me será indiferente
á mí la de su hermana?
Juliana (aparte).—¡Tuerto maldito!
D.ª Rosa.—No creo que tiene usted motivo ninguno
para...
D. Gregorio.—Usted calle, señorita, que ya la
explicaré yo á usted si es bien hecho querer salir de casa sin que yo se lo
proponga, y la lleve, y la traiga, y la cuide.
D.ª Leonor.—Pero ¿qué quiere usted decir con eso?
D. Gregorio.—Señora doña Leonor, con usted no va
nada. Usted es una doncella muy prudente. No hablo con usted.
D.ª Leonor.—Pero ¿piensa usted que mi hermana
estará mal en mi compañía?
D. Gregorio.—¡Oh, qué apurar! (Suelta el brazo
de doña Rosa y se acerca adonde están los demás.) No estará muy bien, no,
señora; y hablando en plata, las visitas que usted la hace me agradan poco, y
el mayor favor que usted puede hacerme, es el de no volver por acá.
D.ª Leonor.—Mire usted, señor don Gregorio, usando
con usted de la misma franqueza, le digo que yo no sé cómo ella tomará
semejantes procedimientos; pero bien adivino el efecto que haría en mí una
desconfianza tan injusta. Mi hermana es; pero dejaría de tener mi sangre, sip.
190 fuesen capaces de inspirarla amor esos modales feroces, y esa opresión
en que usted la tiene.
Juliana.—Y dice bien. Todos esos cuidados son cosa
insufrible. ¡Encerrar de esa manera á las mujeres! ¡Pues qué!, ¿estamos entre
turcos, que dicen que las tienen allá como esclavas, y que por eso son malditos
de Dios? ¡Vaya, que nuestro honor debe ser cosa bien quebradiza, si tanto afán
se necesita para conservarle! Y qué, ¿piensa usted que todas esas precauciones
pueden estorbarnos el hacer nuestra santísima voluntad? Pues no lo crea usted;
y al hombre más ladino le volvemos tarumba cuando se nos pone en la cabeza
burlarle y confundirle. Ese encerramiento y esos centinelas son ilusiones de
locos, y lo más seguro es fiarse de nosotras. El que nos oprime, á grandísimo
peligro se expone; nuestro honor se guarda á sí mismo, y el que tanto se afana
en cuidar de él, no hace otra cosa que despertarnos el apetito. Yo de mí sé
decir, que si me tocara en suerte un marido tan caviloso como usted y tan
desconfiado, por el nombre que tengo que me las había de pagar.
D. Gregorio.—Mira la buena enseñanza que das á tu
familia, ¿ves? ¿Y lo sufres con tanta paciencia?
D. Manuel.—En lo que ha dicho no hallo motivos de
enfadarme, sino de reir; y bien considerado no la falta razón. Su sexo necesita
un poco de libertad, Gregorio, y el rigor excesivo no es á propósito para
contenerle. La virtud de las esposas y de las doncellas no se debe ni á la
vigilancia más suspicaz, ni á las celosías, ni á los cerrojos. Bien poco
estimable sería una mujer, si sólo fuese honesta por necesidad y no por
elección. En vano queremos dirigir su conducta, si antes de todo no procuramos
merecer su confianza y su cariño. Yo te aseguro que, á pesar de todas las
precauciones imaginables, siempre temería que peligrase mi honor en manos de
una persona á quien sólo faltase la ocasión de ofenderme, si por otra parte la
sobraban los deseos.
p. 191D. Gregorio.—Todo eso que dices no vale nada.
(Juliana se acerca á doña Rosa, que estará algo
apartada. Don Gregorio lo advierte, la mira con enojo, y Juliana vuelve á
retirarse.)
D. Manuel.—Será lo que tú quieras... Pero insisto
en que es menester instruir á la juventud con la risa en los labios, reprender
sus defectos con grandísima dulzura, y hacerla que ame la virtud, no que á su
nombre se atemorice. Estas máximas he seguido en la educación de Leonor. Nunca
he mirado como delito sus desahogos inocentes, nunca me he negado á complacer
aquellas inclinaciones que son propias de la primera edad; y te aseguro que
hasta ahora no me ha dado motivos de arrepentirme. La he permitido que vaya á
concurrencias, á diversiones, que baile, que frecuente los teatros; porque en
mi opinión (suponiendo siempre los buenos principios) no hay cosa que más
contribuya á rectificar el juicio de los jóvenes. Y á la verdad, si hemos de
vivir en el mundo, la escuela del mundo instruye mejor que los libros más
doctos. Su padre dispuso que fuera mi mujer; pero estoy bien lejos de
tiranizarla: para ninguna cosa la daré mayor libertad que para esta resolución,
porque no debo olvidarme de la diferencia que hay entre sus años y los míos.
Más quiero verla agena, que poseerla á costa de la menor repugnancia suya.
D. Gregorio.—¡Qué blandura, qué suavidad! Todo es
miel y almíbar... Pero permítame usted que le diga, señor hermano, que cuando
se ha concedido en los primeros años demasiada holgura á una niña, es muy
difícil ó acaso imposible el sujetarla después, y que se verá usted sumamente
embrollado cuando su pupila sea ya su mujer y por consecuencia tenga que mudar
de vida y costumbres.
D. Manuel.—Y ¿por qué ha de hacerse esa mudanza?
D. Gregorio.—¿Por qué?
D. Manuel.—Sí.
D. Gregorio.—No sé. Si usted no lo alcanza, yo no
lo sé tampoco.
p. 192D. Manuel.—¿Pues hay algo en eso contra la
estimación?
D. Gregorio.—¡Calle! ¿Conque si usted se casa con
ella, la dejará vivir en la misma santa libertad que ha tenido hasta ahora?
D. Manuel.—¿Y por qué no?
D. Gregorio.—¿Y consentirá que gaste blondas y
cintas y flores y abaniquitos de anteojo y?...
D. Manuel.—Sin duda.
D. Gregorio.—¿Y que vaya al Prado y á la comedia
con otras cabecillas, y habrá simoniaco y merienda en el río, y?...
D. Manuel.—Cuando ella quiera.
D. Gregorio.—¿Y tendrá usted conversación en casa,
chocolate, lotería, baile, forte-piano y coplitas italianas?
D. Manuel.—Preciso.
D. Gregorio.—¿Y la señorita oirá las impertinencias
de tanto galán amartelado?
D. Manuel.—Si no es sorda.
D. Gregorio.—¿Y usted callará á todo, y lo verá con
ánimo tranquilo?
D. Manuel.—Pues ya se supone.
D. Gregorio.—Quítate de ahí, que eres un loco...
Vaya usted adentro, niña; usted no debe asistir á pláticas tan indecentes.
(Hace entrar en su casa á doña Rosa
apresuradamente, cierra la puerta, y se pasea colérico por el teatro.)
ESCENA III.
DON MANUEL, DON GREGORIO, DOÑA LEONOR, JULIANA.
D. Manuel.—Ya te lo he dicho. La que sea mi esposa
vivirá conmigo en libertad honesta, la trataré bien, haré estimación de ella, y
probablemente corresponderá como debe á este amor y á esta confianza.
p. 193
D. Gregorio.—¡Oh! qué gusto he de tener cuando la
tal esposa le...
D. Manuel.—¿Qué?... Vamos, acaba de decirlo.
D. Gregorio.—¡Qué gusto ha de ser para mí!
D. Manuel.—Yo ignoro cuál será mi suerte; pero creo
que si no te sucede á ti el chasco pesado que me pronosticas, no será
ciertamente por no haber hecho de tu parte cuantas diligencias son necesarias
para que suceda.
D. Gregorio.—Sí, ríe, búrlate. Ya llegará la mía, y
veremos entonces cuál de los dos tiene más gana de reir.
D.ª Leonor.—Yo le aseguro del peligro con que usted
le amenaza, señor don Gregorio, y desprecio la infame sospecha que usted se
atreve á suscitar delante de mí. Yo le prometo, si llega el caso de que este
matrimonio se verifique, que su honor no padezca, porque me estimo á mí propia
en mucho; pero si usted hubiera de ser mi marido, en verdad que no me atrevería
á decir otro tanto.
Juliana.—Realmente es cargo de conciencia con los
que nos tratan bien, y hacen confianza de nosotras; pero con hombres como
usted, pan bendito.
D. Gregorio.—Vaya enhoramala, habladora,
desvergonzada, insolente.
D. Manuel.—Tú tienes la culpa de que ella hable
así... Vamos, Leonor. Allá te dejaré con tus amigas, y yo me volveré á
despachar el correo.
D.ª Leonor.—Pero ¿no irá usted por mí?
D. Manuel.—¿Qué sé yo? Si no he ido al anochecer,
el criado de doña Beatriz puede acompañaros. Adios, Gregorio. Conque quedamos
en que es menester mudar de humor, y en que esto de encerrar á las mujeres es
mucho desatino. Soy criado de usted.
D. Gregorio.—Yo no soy criado de usted. Vaya usted
con Dios.
(Don Manuel y las dos mujeres se van por una de
las calles.)
p. 194ESCENA IV.
DON GREGORIO.
D. Gregorio.—Dios los cría, y ellos se juntan...
¡Qué familia! Un hombre maduro empeñado en vivir como un mancebito de primera
tijera; una solterita desenfadada y mujer de mundo; unos criados sin vergüenza
ni... No, la prudencia misma no bastaría á corregir los desórdenes de semejante
casa... Lo peor es que Rosita no aprenderá cosa buena con estos ejemplos, y tal
vez pudieran malograrse las ideas de recogimiento y virtud que he sabido
inspirarla... Pondremos remedio... Muy buena es la plazuela de Afligidos, pero
en Griñón estará mejor. Sí, cuanto antes; y allí volverá á divertirse con sus
lechugas y sus gallinitas.
ESCENA V.
DON ENRIQUE, COSME (Salen los dos de la casa de
don Enrique y observan á don Gregorio, que estará distante.), DON GREGORIO.
Cosme.—¿Es él?
D. Enrique.—Sí, él es; el cruel tutor de la hermosa
prisionera que adoro.
D. Gregorio.—Pero ¡no es cosa de aturdirse al ver
la corrupción actual de las costumbres!...
D. Enrique.—Quisiera vencer mi repugnancia, hablar
con él, y ver si logro de alguna manera introducirme.
D. Gregorio.—En vez de aquella severidad que
caracterizaba la honradez antigua (Se acerca un poco don Enrique por el lado
derecho de don Gregorio, y le hace cortesía), no vemos en nuestra juventud
sino excesos de inobediencia, libertinaje y...
D. Enrique.—Pero ¿este hombre no ve?
p. 195Cosme.—¡Ay! es verdad. Ya no me acordaba. Si
este es el lado del ojo huero. Vamos por el otro.
(Hace que don Enrique pase por detrás de don
Gregorio al lado opuesto.)
D. Gregorio.—No, no, no... Es preciso salir de
aquí. Mi permanencia en la corte no pudiera menos de... (Estornuda y se
suena.)
D. Enrique.—No hay remedio; yo quiero introducirme
con él.
D. Gregorio.—¿Eh? (Se vuelve hacia el lado
derecho, y no viendo á nadie, prosigue su discurso.) Pensé que hablaban...
Á lo menos en un lugar, bendito Dios, no se ven estas locuras de por aquí.
Cosme.—Acérquese usted.
D. Gregorio.—¿Quién va? (Vuelve por el lado
derecho; se rasca la oreja, y al concluir una vuelta entera, repara en don
Enrique, que le hace cortesías con sombrero. Don Gregorio se aparta, y don
Enrique se le va acercando.) Las orejas me zumban... Allí todas las
diversiones de las muchachas se reducen á... ¿Es á mí?
Cosme.—Ánimo.
D. Gregorio.—Allí ninguno de estos barbilindos
viene con sus... ¡Qué diablos!... ¡Dale!... ¡Vaya, que el hombre es atento!
D. Enrique.—Mucho sentiría, caballero, haberle
distraído á usted de sus meditaciones.
D. Gregorio.—En efecto.
D. Enrique.—Pero la oportunidad de conocer á usted,
que ahora se me presenta, es para mí una fortuna, una satisfacción tan
apetecible, que no he podido resistir al deseo de saludarle...
D. Gregorio.—Bien.
D. Enrique.—Y de manifestarle á usted con la mayor
sinceridad cuánto celebraría poderme ocupar en servicio suyo.
D. Gregorio.—Lo estimo.
p. 196D. Enrique.—Tengo la dicha de ser vecino de
usted, en lo cual debo estar muy agradecido á mi suerte, que me proporciona...
D. Gregorio.—Muy bien.
D. Enrique.—¿Y sabe usted las noticias que hoy
tenemos? En la corte aseguran como cosa muy positiva...
D. Gregorio.—¿Qué me importa?
D. Enrique.—Ya; pero á veces tiene uno curiosidad
de saber novedades, y...
D. Gregorio.—¡Eh!
D. Enrique.—Realmente. (Después de una larga
pausa prosigue don Enrique. Se pára, deseando que don Gregorio le conteste; y
viendo que no lo hace, sigue hablando.) Madrid es un pueblo en que se
disfrutan más comodidades y diversiones que en otra parte... Las provincias en
comparación de esto... Ya se ve, ¡aquella soledad, aquella monotonía!... Y
usted ¿en qué pasa el tiempo?
D. Gregorio.—En mis negocios.
D. Enrique.—Sí; pero el ánimo necesita descanso, y
á las veces se rinde por la demasiada aplicación á los asuntos graves... Y de
noche, antes de recogerse, ¿qué hace usted?
D. Gregorio.—Lo que me da la gana.
D. Enrique.—Muy bien dicho. La respuesta es
exactísima, y desde luégo se echa de ver su prudencia de usted en no querer
hacer cosa que no sea muy de su agrado. Cierto que... Yo, si usted no estuviese
muy ocupado, pasaría, así, algunas noches á su casa de usted, y...
D. Gregorio.—Agur.
(Atraviesa por entre los dos, se entra en su
casa, y cierra.)
p. 197ESCENA VI.
DON ENRIQUE, COSME.
D. Enrique.—¿Qué te parece, Cosme? ¿Ves qué hombre
este?
Cosme.—Asperillo es de condición, y amargo de
respuestas.
D. Enrique.—¡Ah! ¡Yo me desespero!
Cosme.—¿Y por qué?
D. Enrique.—¿Eso me preguntas? Porque veo sin
libertad á la prenda que más estimo, en poder de ese bárbaro, de ese dragón
vigilante, que la guarda y la oprime.
Cosme.—Auto en favor. Eso que á usted le
apesadumbra debiera hacerle concebir mayor esperanza. Sepa usted, señor don
Enrique, para que se tranquilice y se consuele, que una mujer, á quien celan y
guardan mucho, está ya medio conquistada; y que el mal humor de los maridos y
de los padres no hace otra cosa que adelantar las pretensiones del galán. Yo no
soy enamoradizo, ni entiendo de esos filis; pero muchas veces oí decir á
algunos de mis amos anteriores (corsarios de profesión), que no había para
ellos mayor gusto que el de hallarse con uno de estos maridos fastidiosos,
groseros, regañones, atisbadores, impertinentes, cavilosos, coléricos, que
armados con la autoridad de maridos, á vista de los amantes de su mujer, la
martirizan y la desesperan. Y ¿qué sucede? Lo que es natural, naturalísimo: que
el tímido caballero, animándose al ver el justo resentimiento de la señora por
los ultrajes que ha padecido, se lastima de su situación, la consuela, la
acaricia, la arrulla; y ella, como es regular, se lo agradece, y... en fin, se
adelanta camino. Créame usted: la aspereza del consabido tutor le facilitará á
usted los medios de enamorar á la pupila.
D. Enrique.—¿Qué facilidades me propones, cuandop.
198 sabes que hace ya tres meses que suspiro en vano? Ganado el pleito,
por el cual emprendí mi viaje de Córdoba á Madrid, entretengo con dilaciones á
mi buen padre, impaciente de verme; huyo del trato de mis amigos, de las muchas
distracciones que ofrece la corte; me vengo á vivir á este barrio solitario
para estar cerca de doña Rosita y tener ocasiones de hablarla, y hasta ahora mi
desdicha ha sido tan grande, que no lo he podido conseguir.
Cosme.—Dicen que amor es invencionero y astuto;
pero no me parece á mí que usted pone toda la diligencia que pide el caso, ni
que discurre arbitrios para...
D. Enrique.—¿Y qué he de hacer yo, si la casa está
cerrada siempre como un castillo; si no hay dentro de ella criado ni criada
alguna de quien poder valerme; si nunca sale por esa puerta sin ir acompañada
de su feroz alcaide?
Cosme.—¿De suerte, que ella todavía no sabe que
usted la quiere?
D. Enrique.—No sé qué decirte. Bien me ha visto que
la sigo á todas partes, y que me recato de que su tutor repare en mí. Cuando la
lleva á misa á San Marcos, allí estoy yo; si alguna vez se va á pasear con ella
hacia la Florida, al cementerio ó al camino de Maudes, siempre la he seguido á
lo lejos. Cuando he podido acercarme, bien he procurado que lea en mis ojos lo
que padece mi corazón; pero ¿quién sabe si ella ha comprendido este idioma, y
si agradece mi amor, ó le desestima?
Cosme.—Á la fe que el tal lenguaje es un poco
oscuro, si no le acompañan las palabras ó las letras.
D. Enrique.—No sé qué hacer para salir de esta
inquietud, y averiguar si me ha entendido y conoce lo que la quiero... Discurre
tú algún arbitrio...
Cosme.—Sí, discurramos.
D. Enrique.—Á ver si se puede...
Cosme.—Ya lo entiendo; pero aquí no estamos bien. Á
casa.
D. Enrique.—Pues ¿qué importa quep. 199?...
Cosme.—No ve usted que si el amigo estuviese ahí
detrás de las persianas avizorándonos con el ojo que le sobra... No, no, á
casa... Y despacito, como que...
D. Enrique.—Sí, dices bien.
(Vanse los dos, encaminándose lentamente á casa
de don Enrique.)
p. 200
ACTO II.
ESCENA PRIMERA.
DON MANUEL.
(Sale don Manuel por una de las calles, llega á
su casa, tira de la campanilla, después de una breve pausa se abre la puerta,
entra, y queda cerrada como antes.)
D. Manuel.—Abre.
ESCENA II.
DON GREGORIO, DOÑA ROSA, (salen los dos de casa
de don Gregorio).
D. Gregorio.—Bien, vete que ya sé la casa, y aun
por las señas que me das también caigo en quien es el sujeto.
(Se aparta un poco de doña Rosa, y vuelve
después.)
D.ª Rosa.—¡Oh! ¡Favorezca la suerte los ardides que
me inspira un inocente amor!
D. Gregorio.—¿No dices que has oído que se llama
don Enrique?
D.ª Rosa.—Sí, don Enrique.
D. Gregorio.—Pues bien, tranquilízate. Vete adentro
y déjame, que yo estaré con ese aturdido y le diré lo que hace al caso.
(Vuelve á apartarse y se queda pensativo. Entre
tanto doña Rosa se entra y cierra la puerta. Don Gregorio llama á la de don
Enrique.)
D.ª Rosa.—Para una doncella demasiado atrevimiento
es este... Pero ¿qué persona de juicio se negará á disculparme, si considera el
injusto rigor que padezco?
p. 201D. Gregorio.—No perdamos tiempo... ¡Ah de
casa!... Gente de paz... Ya no me admiro de que el dichoso vecinito se me
viniese haciendo tantas reverencias; pero yo le haré ver que su proyecto
insensato no le...
ESCENA III.
COSME, DON GREGORIO, DON ENRIQUE.
D. Gregorio.—¡Qué bruto de!... (Al salir Cosme
da un gran tropezón con don Gregorio.) ¡No ve usted qué modo de salir!...
¡Por poco no me hace desnucar el bárbaro!
(Mientras don Gregorio busca y limpia el
sombrero que ha caído por el suelo, sale don Enrique, y durante la escena le
trata con afectado cumplimiento, lo cual va impacientando progresivamente á don
Gregorio.)
D. Enrique.—Caballero, siento mucho que...
D. Gregorio.—¡Ah! precisamente es usted el que
busco.
D. Enrique.—¿Á mí, señor?
D. Gregorio.—Sí por cierto... ¿No se llama usted
don Enrique?
D. Enrique.—Para servir á usted.
D. Gregorio.—Para servir á Dios... Pues, señor, si
usted lo permite, yo tengo que hablarle.
D. Enrique.—¿Será tanta mi felicidad, que pueda
complacerle á usted en algo?
D. Gregorio.—No; al contrario, yo soy el que trato
de hacerle á usted un obsequio, y por eso me he tomado la libertad de venir á
buscarle.
D. Enrique.—¿Y usted venía á mi casa con ese
intento?
D. Gregorio.—Sí, señor... ¿Y qué hay en eso de
particular?
D. Enrique.—¿Pues no quiere usted que me admire, y
que envanecido con el honor de que?...
p. 202D. Gregorio.—Dejémonos ahora de honores y de
envanecimientos... Vamos al caso.
D. Enrique.—Pero tómese usted la molestia de pasar
adelante.
D. Gregorio.—No hay para qué.
D. Enrique.—Sí, sí, usted me hará este favor.
D. Gregorio.—No por cierto. Aquí estoy muy bien.
D. Enrique.—¡Oh! No es cortesía permitir que
usted...
D. Gregorio.—Pues yo le digo á usted que no quiero
moverme.
D. Enrique.—Será lo que usted guste. Cosme,
volando, baja un taburete para el vecino.
(Cosme se encamina á la puerta de su casa para
buscar el taburete; después se detiene dudando lo que ha de hacer.)
D. Gregorio.—Pero si de pié le puedo decir á usted
lo que...
D. Enrique.—¿De pié? ¡Oh! no se trate de eso.
D. Gregorio.—¡Vaya que el hombre me mortifica en
forma!
Cosme.—¿Le traigo ó le dejo? ¿Qué he de hacer?
D. Gregorio.—No le traiga usted.
D. Enrique.—Pero sería una desatención
indisculpable...
D. Gregorio.—Hombre, más desatención es no querer
oir á quien tiene que hablar con usted.
D. Enrique.—Ya oigo.
(Don Enrique hace ademán de ponerse el sombrero;
pero al ver que don Gregorio le tiene aún en la mano, queda descubierto, le
hace insinuaciones de que se le ponga primero. Don Gregorio se impacienta, y al
fin se le ponen los dos.)
D. Gregorio.—Así me gusta... Por Dios, dejémonos de
ceremonias, que ya me... ¿Quiere usted oirme?
D. Enrique.—Sí por cierto, con muchísimo gusto.
D. Gregorio.—Dígame usted... ¿sabe usted que yo
soyp. 203 tutor de una joven muy bien parecida, que vive en aquella casa
de las persianas verdes, y se llama doña Rosita?
D. Enrique.—Sí, señor.
D. Gregorio.—Pues bien; si usted lo sabe, no hay
para qué decírselo... Y ¿sabe usted que siendo muy de mi gusto esta niña, me
interesa mucho su persona, aún más que por el pupilaje, por estar destinada al
honor de ser mi mujer?
D. Enrique (con sorpresa y sentimiento.)—No
sabía eso.
D. Gregorio.—Pues yo se lo digo á usted. Y además
le digo, que si usted gusta, no trate de galanteármela y la deje en paz.
D. Enrique.—¿Quién?... ¿Yo, señor?
D. Gregorio.—Sí, usted. No andemos ahora con
disimulos.
D. Enrique.—Pero ¿quién le ha dicho á usted que yo
esté enamorado de esa señorita?
D. Gregorio.—Personas á quienes se puede dar entera
fe y crédito.
D. Enrique.—Pero repito que...
D. Gregorio.—¡Dale!... Ella misma.
D. Enrique.—¿Ella?
(Se admira y manifiesta particular interés en
saber lo restante.)
D. Gregorio.—Ella. ¿No le parece á usted que basta?
Como es una muchacha muy honrada, y que me quiere bien desde su edad más
tierna, acaba de hacerme relación de todo lo que pasa. Y me encarga además que
le advierta á usted, que ha entendido muy bien lo que usted quiere decirla con
sus miradas, desde que ha dado en la flor de seguirla los pasos; que no ignora
sus deseos de usted; pero que esta conducta la ofende, y que es inútil que
usted se obstine en manifestarla una pasión tan repugnante al cariño que á mí
me profesa.
D. Enrique.—¿Y dice usted que es ella misma la que
le ha encargado?...
p. 204D. Gregorio.—Sí, señor, ella misma, la que me
hace venir á darle á usted este consejo saludable, y á decirle, que habiendo
penetrado desde luégo sus intenciones de usted, le hubiera dado este aviso
mucho tiempo antes, si hubiese tenido alguna persona de quien fiar tan delicada
comisión; pero que viéndose ya apurada y sin otro recurso, ha querido valerse
de mí para que cuanto antes sepa usted que basta ya de guiñaduras, que su
corazón todo es mío, y que si tiene usted un tantico de prudencia, es de esperar
que dirigirá sus miradas hacia otra parte. Adios, hasta la vista. No tengo otra
cosa que advertir á usted.
(Se aparta de ellos adelantándose hacia el
proscenio.)
D. Enrique.—Y bien, Cosme, ¿qué me dices de esto?
Cosme.—Que no le debe dar á usted pesadumbre, que
alguna maraña hay oculta, y sobre todo, que no desprecia su obsequio de usted
la que le envía ese recado.
D. Gregorio.—Se ve que le ha hecho efecto.
D. Enrique.—¿Conque tú crees también que hay algún
artificio?
Cosme.—Sí... Pero vamos de aquí, porque está
observándonos.
(Los dos se entran en la casa de don Enrique.
Don Gregorio, después de haberlos observado, se pasea por el teatro.)
ESCENA IV.
DON GREGORIO, DOÑA ROSA.
D. Gregorio.—Anda, pobre hombre, anda, que no
esperabas tú semejante visita... Ya se ve, una niña virtuosa como ella es, con
la educación que ha tenido... Las miradas de un hombre la asustan, y se da por
muy ofendida.
(Mientras don Gregorio se pasea y hace ademanes
de hablar solo, doña Rosa abre su puerta y habla sin haberlep. 205 visto;
él por último se encamina á su casa y le sorprende hallar á doña Rosa.)
D.ª Rosa.—Yo me determino. Tal vez en la sorpresa
que debe causarle no habrá entendido mi intención... ¡Oh! es menester, si ha de
acabarse esta esclavitud, no dejarle en dudas.
D. Gregorio.—Vamos á verla y á contarla... ¡Calle!
Qué ¿estabas aquí?... Ya despaché mi comisión.
D.ª Rosa.—Bien impaciente estaba. ¿Y qué hubo?
D. Gregorio.—Que ha surtido el efecto deseado, y el
hombre queda que no sabe lo que le pasa. Al principio se me hacía el
desentendido; pero luégo que le aseguré que tú propia me enviabas, se
confundió, no acertaba con las palabras, y no me parece que te volverá á
molestar.
D.ª Rosa.—¿Eso dice usted? Pues yo temo que ese
bribón nos ha de dar alguna pesadumbre.
D. Gregorio.—Pero ¿en qué fundas ese temor, hija
mía?
D.ª Rosa.—Apenas había usted salido, me fuí á la
pieza del jardín á tomar un poco el fresco en la ventana, y oí que fuera de la
tapia cantaba un chico, y se entretenía en tirar piedras al emparrado. Le reñí
desde el balcón diciéndole que se fuese de allí, pero él se reía y no dejaba de
tirar. Como los cantos llegaban demasiado cerca, quise meterme adentro,
temerosa de que no me rompiese la cabeza con alguno. Pues cuando iba á cerrar
la ventana, viene uno por el aire, que me pasó muy cerca de este hombro, y cayó
dentro del cuarto. Pensaba yo que fuese un pedazo de yeso, acércome á cogerle,
y... ¿qué le parece á usted que era?
D. Gregorio.—¿Qué sé yo? Algún mendrugo seco, ó
algún troncho, ú así...
D.ª Rosa.—No, señor. Era este envoltorio de papel.
(Saca de la faltriquera un papel envuelto, y
según lo indica el diálogo, le desenvuelve y va enseñándole á don Gregorio la
caja y la carta.)
p. 206D. Gregorio.—¡Calle!
D.ª Rosa.—Y dentro esta caja de oro.
D. Gregorio.—¡Oiga!
D.ª Rosa.—Y dentro esta carta dobladita como usted
la ve, con su sobrescrito, y su sello de lacre verde, y...
D. Gregorio.—¡Picardía como ella!... ¿Y el
muchacho?
D.ª Rosa.—El muchacho desapareció al instante...
Mire usted, el corazón le tengo tan oprimido, que...
D. Gregorio.—Bien te lo creo.
D.ª Rosa.—Pero es obligación mía devolver
inmediatamente la caja y la carta á ese diablo de ese hombre; bien que para
esto era menester que alguno se encargase de... Porque atreverme yo á que usted
mismo...
D. Gregorio.—Al contrario, bobilla: de esa manera
me darás una prueba de tu cariño. No sabes tú la fineza que en esto me haces.
Yo, yo me encargo de muy buena gana de ser el portador.
D.ª Rosa.—Pues tome usted.
(Le da la caja, la carta y el papel en que
estaba todo envuelto. Don Gregorio lee el sobrescrito, y hace ademán de ir á
abrir la carta; doña Rosa pone las manos sobre las suyas y le detiene.)
D. Gregorio.—Á mi señora doña Rosa Jiménez.—Enrique
de Cárdenas. ¡Temerario, seductor! Veamos lo que te escribe, y...
D.ª Rosa.—¡Ay! No por cierto: no la abra usted.
D. Gregorio.—¿Y qué importa?
D.ª Rosa.—¿Quiere usted que él se persuada á que yo
he tenido la ligereza de abrirla? Una doncella debe guardarse de leer jamás los
billetes que un hombre la envíe; porque la curiosidad que en esto descubre,
dará á sospechar que interiormente no la disgusta que la escriban amores. No,
señor, no. Yo creo que se le debe entregar la carta cerrada como está, y sin
dilación ninguna, para que vea el alto desprecio que hago de él, que pierda
toda esperanza, y no vuelva nunca á intentar locura semejante.
p. 207D. Gregorio.—Tiene muchísima razón. (Se
aparta hacia un lado, y vuelve después á hablarla muy satisfecho. Mete la carta
dentro de la caja, la envuelve curiosamente y se la guarda.) Rosita, tu
prudencia y tu virtud me maravillan. Veo que mis lecciones han producido en tu
alma inocente sazonados frutos, y cada vez te considero más digna de ser mi
esposa.
D.ª Rosa.—Pero si usted tiene gusto de leerla...
D. Gregorio.—No, nada de eso.
D.ª Rosa.—Léala usted si quiere, como no la oiga
yo.
D. Gregorio.—No, no, señor. Si estoy muy persuadido
de lo que me has dicho. Conviene llevarla así. Voy allá en un instante... Me
llegaré después aquí á la botica á encargar aquel ungüentillo para los
callos... Volveré á hacerte compañía, y leeremos un par de horas en Desiderio
y Electo... ¿Eh? Adios.
D.ª Rosa.—Venga usted pronto.
(Se entra doña Rosa en su casa.)
ESCENA V.
DON GREGORIO, COSME.
D. Gregorio.—El corazón me rebosa de alegría al ver
una muchacha de esta índole. Es un tesoro el que yo tengo en ella de modestia y
de juicio. ¡Ah! Quisiera yo saber si la pupila de mi docto hermano sería capaz
de proceder así. No, señor, las mujeres son lo que se quiere que sean. (Va á
casa de don Enrique, y llama. Al salir Cosme, desenvuelve el papel, le enseña
la carta cerrada, se lo pone todo en las manos, y se va por una calle.) Deo
gracias.
Cosme.—¿Quién es? ¡Oh! señor don...
D. Gregorio.—Tome usted, dígale usted á su amo que
no vuelva á escribir más cartas á aquella señorita, ni á enviarla cajitas de
oro, porque está muy enfadada con él...p. 208 Mire usted, cerrada viene.
Dígale usted que por ahí podrá conocer el buen recibo que ha tenido, y lo que
puede esperar en adelante.
ESCENA VI.
DON ENRIQUE, COSME.
D. Enrique.—¿Qué es eso? ¿Qué te ha dado ese
bárbaro?
Cosme.—Esta caja con esta carta, que dice que usted
ha enviado á doña Rosita...
(Don Enrique le oye con admiración, abre la
carta y la lee cuando lo indica el diálogo.)
D. Enrique.—¿Yo?
Cosme.—La cual doña Rosita se ha irritado tanto,
según él asegura, de este atrevimiento, que se la vuelve á usted sin haberla
querido abrir... Lea usted pronto, y veremos si mi sospecha se verifica.
D. Enrique.—«Esta carta le sorprenderá á usted sin
duda. El designio de escribírsela, y el modo con que la pongo en sus manos,
parecerán demasiado atrevidos; pero el estado en que me veo no me da lugar á
otras atenciones. La idea de que dentro de seis días he de casarme con el
hombre que más aborrezco, me determina á todo; y no queriendo abandonarme á la
desesperación, elijo el partido de implorar de usted el favor que necesito para
romper estas cadenas. Pero no crea que la inclinación que le manifiesto sea
únicamente procedida de mi suerte infeliz; nace de mi propio albedrío. Las
prendas estimables que veo en usted, las noticias que he procurado adquirir de
su estado, de su conducta y de su calidad, aceleran y disculpan esta
determinación... En usted consiste que yo pueda cuanto antes llamarme suya;
pues sólo espero que me indique los designios de su amor, para que yo le haga
saberp. 209 lo que tengo resuelto. Adios, y considere usted que el tiempo
vuela, y que dos corazones enamorados con media palabra deben entenderse.»
Cosme.—¿No le parece á usted, que la astucia es de
lo más sutil que puede imaginarse? ¿Sería creíble en una muchacha tan ingeniosa
travesura de amor?
D. Enrique.—¡Esta mujer es adorable! Este rasgo de
su talento y de su pasión acrecen la que yo la tengo; (Don Gregorio sale por
una de las calles, y se detiene. Después se acerca.) y unido todo á la
juventud, á las gracias y á la hermosura...
Cosme.—Que viene el tuerto. Discurra usted lo que
le ha de decir.
ESCENA VII.
DON GREGORIO, DON ENRIQUE, COSME.
D. Gregorio.—Allí se están amo y criado como dos
peleles... Conque dígame usted, caballerito, ¿volverá usted á enviar billetes
amorosos á quien no se los quiere leer? Usted pensaba encontrar una niña
alegre, amiga de cuchicheos y citas y quebraderos de cabeza. Pues ya ve usted
el chasco que le ha sucedido... Créame, señor vecino, déjese de gastar la
pólvora en salvas. Ella me quiere, tiene muchísimo juicio, á usted no le puede
ver ni pintado; con que lo mejor es una buena retirada, y llamar á otra puerta,
que por esta no se puede entrar.
D. Enrique.—Es verdad, su mérito de usted es un
obstáculo invencible. Ya echo de ver que era una locura aspirar al cariño de
doña Rosita, teniéndole á usted por competidor.
D. Gregorio.—Ya se ve, que era una locura.
D. Enrique.—¡Oh! yo le aseguro á usted que si
hubiese llegado á presumir que usted era ya dueño de aquelp. 210 corazón,
nunca hubiera tenido la temeridad de disputársele.
D. Gregorio.—Yo lo creo.
D. Enrique.—Acabó mi esperanza, y renuncio á una
felicidad que, estando usted de por medio, no es para mí.
D. Gregorio.—En lo cual hace usted muy bien.
D. Enrique.—Y aun es tal mi desdicha, que no me
permite ni el triste consuelo de la queja; porque al considerar las prendas que
le adornan á usted, ¿cómo he de atreverme á culpar la elección de doña Rosa,
que las conoce y las estima?
D. Gregorio.—Usted dice bien.
D. Enrique.—No haya más. Esta ventura no era para
mí: desisto de un empeño tan imposible... Pero si algo merece con usted un
amante infeliz, (Don Enrique dará particular expresión á estas razones y á
las que dice más adelante, deseoso de que don Gregorio las perciba bien, y
acierte á repetirlas.) de cuya aflicción es usted la causa, yo le suplico
solamente que asegure en mi nombre á doña Rosita, que el amor que de tres meses
á esta parte la estoy manifestando es el más puro, el más honesto, y que nunca
me ha pasado por la imaginación idea ninguna de la cual su delicadeza y su
pudor deban ofenderse.
D. Gregorio.—Sí, bien está: se lo diré.
D. Enrique.—Que como era tan voluntaria esta
elección en mí, no tenía otro intento que el de ser su esposo, ni hubiera
abandonado esta solicitud, si el cariño que á usted le tiene no me opusiera un
obstáculo tan insuperable.
D. Gregorio.—Bien, se lo diré lo mismo que usted me
lo dice.
D. Enrique.—Sí, pero que no piense que yo pueda
olvidarme jamás de su hermosura. Mi destino es amarla mientras me dure la vida,
y si no fuese el justo respeto que me inspira su mérito de usted, no habría en
el mundo ninguna otra consideración que fuese bastante á detenerme.
p. 211D. Gregorio.—Usted habla y procede en eso
como hombre de buena razón... Voy al instante á decirla cuanto usted me
encarga... (Hace que se va, vuelve.) Pero créame usted, don Enrique: es
menester distraerse, alegrarse y procurar que esa pasión se apague y se olvide.
¡Qué diantre! usted es mozo y sujeto de circunstancias: conque es menester
que... Vaya, vamos, ¿para qué es el talento?... Conque... ¡Eh! Adios.
(Se aparta de ellos encaminándose á su casa. Don
Enrique y Cosme se van, y entran en la suya.)
D. Enrique.—¡Qué necio es!
ESCENA VIII.
DON GREGORIO llama á su puerta, y sale DOÑA
ROSA.
D. Gregorio.—Es increíble la turbación que ha
manifestado el hombre, al ver su billete devuelto y cerrado como él le envió...
Asunto concluído. Pierde toda esperanza, y sólo me ha rogado con el mayor
encarecimiento que te diga, que su amor es honestísimo, que no pensó que te
ofendieras de verte amada, que su elección es libre, que aspiraba á poseerte
por medio del matrimonio; pero que sabiendo ya el amor que me tienes, sería un
temerario en seguir adelante... ¿Qué se yo cuánto me dijo?... Que nunca te
olvidará; que su destino le obliga á morir amándote... Vamos, hipérboles de un
hombre apasionado... pero que reconoce mi mérito y cede, y no volverá á darnos
la menor molestia... No. Es cierto que él me ha hablado con mucha cortesía y
mucho juicio, eso sí... Compasión me daba el oirle... Conque, y tú, ¿qué dices
á esto?
D.ª Rosa.—Que no puedo sufrir que usted hable de
esa manera de un hombre á quien aborrezco de todo corazón,p. 212 y que si
usted me quisiera tanto como dice, participaría del enojo que me causan sus
procederes atrevidos.
D. Gregorio.—Pero él, Rosita, no sabía que tú
estuvieras tan apasionada de mí, y considerando las honestas intenciones de su
amor, no merece que se le...
D.ª Rosa.—¿Y le parece á usted honesta intención la
de querer robar á las doncellas? ¿Es hombre de honor el que concibe tal
proyecto, y aspira á casarse conmigo por fuerza, sacándome de su casa de usted,
como si fuera posible que yo sobreviviese á un atentado semejante?
D. Gregorio.—¡Oiga! Conque...
D.ª Rosa.—Sí, señor, ese pícaro trata de obtenerme
por medio de un rapto... Yo no sé quién le da noticia de los secretos de esta
casa, ni quién le ha dicho que usted pensaba casarse conmigo dentro de seis ú
ocho días á más tardar; lo cierto es que él quiere anticiparse, aprovechar una
ocasión en que sepa que me he quedado sola, y robarme... ¡Tiemblo de horror!
D. Gregorio.—Vamos, que todo eso no es más que
hablar y...
D.ª Rosa.—Sí, ¡como hay tanto que fiar de su
honradez y su moderación!... ¡Válgame Dios! ¿Y usted le disculpa?
D. Gregorio.—No por cierto; si él ha dicho eso,
realmente procede mal, y el chasco sería muy pesado... Pero ¿quién te ha venido
á contar á ti esas?...
D.ª Rosa.—Ahora mismo acabo de saberlo.
D. Gregorio.—¿Ahora?
D.ª Rosa.—Sí, señor, después que usted le volvió la
carta.
D. Gregorio.—Pero, chica, si no hice más que
llegarme ahí á casa de don Froilán el boticario, hablé dos palabras con el
mancebo, me volví al instante, y...
D.ª Rosa.—Pues en ese tiempo ha sido. Luégo que
cerré me puse á dar unas sopas á los gatitos, oigo llamar, y creyendo que fuese
usted, bajé tan alegre... Mi fortuna estuvo en que no abrí. Pregunto quién es,
y por la cerradurap. 213 oigo una voz desconocida que me dijo: Señorita,
mi amo sabe que vive usted cautiva en poder de ese bruto, que se quiere casar
con usted en esta semana próxima. No tiene usted que desconsolarse; don Enrique
la adora á usted, y es imposible que usted desprecie un amor tan fino como el
suyo. Viva usted prevenida, que de un instante á otro cuando su tutor la deje
sola, vendrá á sacarla de esta cárcel, la depositará á usted en una casa de
satisfacción, y... Yo no quise oir más, me subí muy queditito por la escalera
arriba, me metí en mi cuarto... Yo pensé que me daba algún accidente.
D. Gregorio.—Ese era el bribón del lacayo.
D.ª Rosa.—Á la cuenta.
D. Gregorio.—Pero se ve que ese hombre es loco.
D.ª Rosa.—No tanto como á usted le parece. Mire
usted si sabe disimular el traidor, y fingir delante de usted para engañarle
con buenas palabras, mientras en su interior está meditando picardías... Harto
desdichada soy yo por cierto, si á pesar del conato que pongo en conservar mi
decoro y honestidad, he de verme expuesta á las tropelías de un hombre capaz de
atreverse á las acciones más infames.
D. Gregorio.—Vaya, vamos, no temas nada, que...
D.ª Rosa.—No; esto pide una buena resolución. Es
menester que usted le hable con mucha firmeza, que le confunda, que le haga
temblar. No hay otro medio de librarme de él, ni de obligarle á que desista de
una persecución tan obstinada.
D. Gregorio.—Bien; pero no te desconsueles así,
mujercita mía; no, que yo le buscaré y le diré cuatro cosas bien dichas.
D.ª Rosa.—Dígale usted, si se empeña en negarlo,
que yo he sido la que le he dado á usted esta noticia; que son vanos sus
propósitos; que por más que lo intente no me sorprenderá; y en fin, que no
pierda el tiempo en suspiros inútiles, puesto que por su conducto de usted le
hagop. 214 saber mi determinación, y que si no quiere ser causa de alguna
desgracia irremediable, no espere á que se le diga una cosa dos veces.
D. Gregorio.—¡Oh! Yo le diré cuanto sea necesario.
D.ª Rosa.—Pero de manera que comprenda bien que soy
yo la que se lo dice.
D. Gregorio.—No, no le quedará duda; yo te lo
aseguro.
D.ª Rosa.—Pues bien. Mire usted que le aguardo con
impaciencia; despáchese usted á venir. Cuando no le veo á usted, aunque sea por
muy poco tiempo, me pongo triste.
D. Gregorio.—Sí, éntrate, que al instante vuelvo,
palomita, vida mía, ojillos negros... ¡Ay! ¡qué ojos! ¡Eh! Adios... (Doña
Rosa se entra su casa y cierra.) En el mundo no hay hombre más venturoso
que yo; no puede haberle... (Da una vuelta por la escena lleno de inquietud
y alegría; después llama á la puerta de don Enrique.) Digo, señor,
caballero galanteador, ¿podrá usted oirme dos palabras?
ESCENA IX.
DON ENRIQUE, COSME, DON GREGORIO.
D. Enrique.—¡Oh! señor vecino, ¿qué novedad le trae
á usted á mis puertas?
D. Gregorio.—Sus extravagancias de usted.
D. Enrique.—¿Cómo así?
D. Gregorio.—Bien sabe usted lo que quiero decirle;
no se me haga el desentendido como lo tiene por costumbre... Yo pensé que usted
fuese persona de más formalidad, y en este concepto le he tratado, ya lo ha
visto usted, con la mayor atención y blandura; pero, hombre, ¿cómo ha de sufrir
uno lo que usted hace sin saltar de cólera?p. 215 ¿No tiene usted
vergüenza, siendo un sujeto decente y de obligaciones, de ocuparse en fabricar
enredos, de querer sacar de su casa con engaño y violencia á una mujer honrada,
de querer impedir un matrimonio en que ella cifra todas sus dichas? ¡Eh! que
eso es indigno.
D. Enrique.—¿Y quién le ha dado á usted noticias
tan agenas de verdad, señor don Gregorio?
D. Gregorio.—Volvemos otra vez á la misma canción.
Rosita me las ha dado. Ella me envía por última vez á decirle á usted, que su
elección es irrevocable, que sus planes de usted la ofenden, la horrorizan, que
si no quiere usted dar ocasión á alguna desgracia, reconozca su desatino, y
salgamos de tanto embrollo.
(Empieza á oscurecerse lentamente el teatro, y
al acabarse el acto queda á media luz.)
D. Enrique.—Cierto que si ella misma hubiese dicho
esas expresiones, no sería cordura insistir en un obsequio tan mal pagado;
pero...
D. Gregorio.—¿Conque usted duda que sea verdad?
D. Enrique.—¿Qué quiere usted, señor don Gregorio?
Es tan duro esto de persuadirse uno á que...
D. Gregorio.—Venga usted conmigo.
(Hasta el fin de la escena va y viene don
Gregorio, unas veces hacia su puerta, y otras á donde está don Enrique, para
que le siga.)
D. Enrique.—Porque al fin, como usted tiene tanto
interés en que yo me desespere y...
D. Gregorio.—Venga usted, venga usted... ¡Rosa!
D. Enrique.—No es decir esto que usted...
D. Gregorio.—Nada. No hay que disputar. Si quiero
que usted se desengañe... ¡Rosita! ¡Niña!
D. Enrique.—¡Pensar que una dama ha de responder
con tal aspereza á quien no ha cometido otro delito que adorarla!
D. Gregorio.—Usted lo verá. Ya sale.
p. 216ESCENA X.
DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, DON GREGORIO, COSME.
D.ª Rosa.—¿Qué es esto?... (Sorprendida al ver á
don Enrique). ¿Viene usted á interceder por él, á recomendármele para que
sufra sus visitas, para que corresponda agradecida á su insolente amor?
D. Gregorio.—No, hija mía. Te quiero yo mucho para
hacer tales recomendaciones; pero este santo varón toma á juguete cuanto yo le
digo, y piensa que le engaño, cuando le aseguro que tú no le puedes ver, y que
á mí me quieres, que me adoras. No hay forma de persuadirle. Con que te le
traigo aquí para que tú misma se lo digas, ya que es tan presumido ó tan
cabezudo que no quiere entenderlo.
D.ª Rosa.—Pues ¿no le he manifestado á usted ya
cuál es mi deseo, que todavía se atreve á dudar? ¿De qué manera debo decírselo?
D. Enrique.—Bastante ha sido para sorprenderme,
señorita, cuanto el vecino me ha dicho de parte de usted, y no puedo negar la
dificultad que he tenido en creerlo. Un fallo tan inesperado que decide la
suerte de mi amor, es para mí de tal consecuencia, que no debe maravillar á
nadie el deseo que tengo de que usted le pronuncie delante de mí.
D.ª Rosa.—Cuanto el señor le ha dicho á usted ha
sido por instancias mías, y no ha hecho en esto otra cosa que manifestarle á
usted los íntimos afectos de mi corazón.
D. Gregorio.—¿Lo ve usted?
D.ª Rosa.—Mi elección es tan honrada, tan justa,
que no hallo motivo alguno que pueda obligarme á disimularla. De dos personas
que miro presentes, la una es el objeto de todo mi cariño, la otra me inspira
una repugnancia que no puedo vencer. Pero...
p. 217D. Gregorio.—¿Lo ve usted?
D.ª Rosa.—Pero es tiempo ya de que se acaben las
inquietudes que padezco. Es tiempo ya de que unida en matrimonio con el que es
el único dueño de la vida mía, pierda el que aborrezco sus mal fundadas
esperanzas, y sin dar lugar á nuevas dilaciones, me vea yo libre de un suplicio
más insoportable que la misma muerte.
D. Gregorio.—¿Lo ve usted?... Sí, monita, sí; yo
cuidaré de cumplir tus deseos.
D.ª Rosa.—No hay otro medio de que yo viva
contenta.
(Manifiesta en la expresión de sus palabras que
las dirige á don Enrique, y en sus acciones que habla con don Gregorio.)
D. Gregorio.—Dentro de muy poco lo estarás.
D.ª Rosa.—Bien advierto que no pertenece á mi
estado el hablar con tanta libertad...
D. Gregorio.—No hay mal en eso.
D.ª Rosa.—Pero en mi situación bien puede
disimularse, que use de alguna franqueza con el que ya considero como esposo
mío.
D. Gregorio.—Sí, pobrecita mía... Sí, morenilla de
mi alma.
D.ª Rosa.—Y que le pida encarecidamente, si no
desprecia un amor tan fino, que acelere las diligencias de unión.
D. Gregorio.—Ven aquí, perlita; (Abraza á doña
Rosa; ella extiende la mano izquierda, y don Enrique, que está detrás de don
Gregorio, se la besa afectuosamente, y se retira al instante) consuelo mío,
ven aquí, que yo te prometo no dilatar tu dicha... Vamos, no te me angusties;
calla, que... Amigo (Volviéndose muy satisfecho á hablar á don Enrique)
ya lo ve usted. Me quiere, ¿qué le hemos de hacer?
D. Enrique.—Bien está, señora; usted se ha
explicado bastante, y yo la juro por quien soy, que dentro de poco se verá
libre de un hombre que no ha tenido la fortuna de agradarla.
p. 218D.ª Rosa.—No puede usted hacerme favor más
grande, porque su vista es intolerable para mí. Tal es el horror, el tedio que
me causa, que...
D. Gregorio.—Vaya, vamos, que eso es demasiado.
D.ª Rosa.—¿Le ofendo á usted en decir esto?
D. Gregorio.—No por cierto... ¡Válgame Dios! No es
eso, sino que también da lástima verle sopetear de esa manera... Una aversión
tan excesiva...
D.ª Rosa.—Por mucha que le manifieste, mayor se la
tengo.
D. Enrique.—Usted quedará servida, señora doña
Rosa. Dentro de dos ó tres días, á más tardar, desaparecerá de sus ojos de
usted una persona que tanto la ofende.
D.ª Rosa.—Vaya usted con Dios, y cumpla su palabra.
D. Gregorio.—Señor vecino, yo lo siento de veras, y
no quisiera haberle dado á usted este mal rato; pero...
D. Enrique.—No, no crea usted que yo lleve el menor
resentimiento; al contrario, conozco que la señorita procede con mucha
prudencia, atendido el mérito de entrambos. Á mí me toca sólo callar, y cumplir
cuanto antes me sea posible lo que acabo de prometerla. Señor don Gregorio, me
repito á la disposición de usted.
D. Gregorio.—Vaya usted con Dios.
D. Enrique.—Vamos pronto de aquí, Cosme, que
reviento de risa.
(Retirándose hacia su casa, entran en ella los
dos, y se cierra la puerta.)
ESCENA XI.
DON GREGORIO, DOÑA ROSA.
D. Gregorio.—De veras te digo, que este hombre me
da compasión.
D.ª Rosa.—Ande usted, que no merece tanta como
usted piensa.
p. 219D. Gregorio.—Por lo demás, hija mía, es mucho
lo que me lisonjea tu amor, y quiero darle toda la recompensa que merece. Seis
ú ocho días son demasiado término para tu impaciencia. Mañana mismo quedaremos
casados, y...
D.ª Rosa (turbada).—¿Mañana?
D. Gregorio.—Sin falta ninguna... Ya veo á lo que
te obliga el pudor, pobrecilla; y haces como que repugnas lo que estás
deseando. ¿Te parece que no lo conozco?
D.ª Rosa.—Pero...
D. Gregorio.—Sí, amiguita, mañana serás mi mujer.
Ahora mismo voy antes que oscurezca aquí á casa de don Simplicio el escribano,
para que esté avisado y no haya dilación. Adios, hechicera.
(Don Gregorio se va por una calle. Doña Rosa
entra en su casa y cierra.)
D.ª Rosa.—¡Infeliz de mí! ¿Qué haré para evitar
este golpe?
p. 220
ACTO III.
ESCENA PRIMERA.
DOÑA ROSA, DON GREGORIO.
(La escena es de noche. Doña Rosa sale de su
casa, manifestando el estado de incertidumbre y agitación que denota el
diálogo.)
D.ª Rosa.—No hay otro medio... Si me detengo un
instante, vuelve, pierdo la ocasión de mi libertad, y mañana... No... primero
morir. Declarándoselo todo á mi hermana y á don Manuel, pidiéndoles amparo,
consejo... Es imposible que me abandonen. Desde su casa avisaré á mi amante, y
él dispondrá cuanto fuere menester, sin que mi decoro padezca... (Don
Gregorio sale por una calle á tiempo que doña Rosa se encamina á casa de su
hermana; se detiene, y al conocerle duda lo que ha de hacer.) Vamos,
pero... Gente viene... Y es él... ¡Desdichada! ¡Todo se ha perdido!
D. Gregorio.—¿Quién está ahí, eh? ¡Calle! ¡Rosita!
¿Pues cómo? ¿Qué novedad es esta?
D.ª Rosa.—¿Qué le diré?
D. Gregorio.—¿Qué haces aquí, niña?
D.ª Rosa.—Usted lo extrañará.
(Indica en la expresión de sus palabras que va
previniendo la ficción con que trata de disculparse.)
D. Gregorio.—¿Pues no he de extrañarlo? ¿Qué ha
sucedido? Habla.
D.ª Rosa.—Estoy tan confusa y...
p. 221
D. Gregorio.—Vamos, no me tengas en esta inquietud.
¿Qué ha sido?
D.ª Rosa.—¿Se enfadará usted si le digo?...
D. Gregorio.—No me enfadaré. Dilo presto. Vamos.
D.ª Rosa.—Sí, precisamente se va usted á enojar,
pero... Pues tenemos una huéspeda.
D. Gregorio.—¿Quién?
D.ª Rosa.—Mi hermana.
D. Gregorio.—¿Cómo?
D.ª Rosa.—Sí, señor, en mi cuarto la dejo encerrada
con llave para que no nos dé una pesadumbre. Yo iba á llamar á doña Ceferina,
la viuda del pintor, á fin de suplicarla que me hiciera el gusto de venirse á
dormir esta noche á casa, porque al cabo, estando ella conmigo... como es una
mujer de tanto juicio, y...
D. Gregorio.—Pero ¿qué enredo es este, señor, que
hasta ahora, lléveme el diablo, si yo he podido entender cosa ninguna?... ¿Á
qué ha venido tu hermana?
D.ª Rosa.—Ha venido... Mire usted, le voy á revelar
un secreto que le va á dejar aturdido... Pero no se ha de enfadar usted, ¿no?
D. Gregorio.—¡Dale!... ¿Lo quieres decir ó tratas
de que me desespere? ¿Á qué ha venido tu hermana?
D.ª Rosa.—Yo se lo diré á usted... Mi hermana está
enamorada de don Enrique.
D. Gregorio.—¿Ahora tenemos eso?
D.ª Rosa.—Sí, señor. Hace más de un año que se
quieren, y cuasi el mismo tiempo que se han dado palabra de matrimonio. Por
esto fué la mudanza desde la calle de Silva á la plazuela de Afligidos,
pretextando Leonor que quería vivir cerca de mi casa, no siendo otro el motivo
que el de parecerla muy acomodado este barrio desierto, adonde también se mudó
inmediatamente don Enrique, para tener más ocasión de verle y hablarle,
aprovechándose de la libertad que siempre la ha dado el bueno de don Manuel.
p. 222D. Gregorio.—Pero este don Enrique ó don
demonio, ¿á cuántas quiere? ¡Si yo estoy lelo!
D.ª Rosa.—Yo le diré á usted. Continuaron estos
amores hasta que don Enrique, celoso de un don Antonio de Escobar, oficial de
la secretaría de Guerra, con quien la vió una tarde en el jardín botánico, la
envió un papel de despedida lleno de expresiones amargas; y desde entonces no
ha querido volverla á ver. Parecióle conveniente además pagar con celos que él
la diese, los que le había causado el tal don Antonio; y desde entonces dió en
seguirme adonde quiera que fuese, y hacerme cortesías, y rondar la casa, todo
sin duda para que mi hermana lo supiera y rabiase de envidia. Yo, que ignoraba
esto, bien advertí las insinuaciones de don Enrique; pero me propuse callar y
despreciarle, hasta que informada esta tarde de todo por lo que me dijo Leonor
(la cual vino á hablarme muy sentida, creyendo que yo fuese capaz de
corresponder á ese trasto), resolví decirle á usted lo que á mí me pasaba,
omitiendo todo lo demás, para que la estimación de mi hermana no padeciese...
¿Qué hubiera usted hecho en este apuro? ¿No hubiera usted hecho lo mismo?
D. Gregorio.—Conque... Adelante.
D.ª Rosa.—Pues como yo la dijese á Leonor que
inmediatamente haría saber al dichoso don Enrique, por medio de usted, cuánto
me desagradaba su mal término, se desconsoló, lloró, me suplicó que no lo
hiciese; pero yo le aseguré que no desistiría de mi propósito. Pensó llevarme á
casa de doña Beatriz para estorbármelo; usted no quiso que fuera con ella, y no
parece sino que algún ángel le inspiró á usted aquella repugnancia. Lo que ha
pasado esta tarde con el tal caballero bien lo sabe usted; pero falta decirle
que así que usted me dejó para ir á verse con el escribano, llegó mi hermana,
la conté cuánto había ocurrido, y... Vaya, no es posible ponderarle á usted la
aflicción que manifestó. Llamó á su criada, la habló en secreto, y quedándose
conmigo sola, me dijo en un tono dep. 223 desesperación que me hizo
temblar, que la chica había ido á su casa á decir que esta noche no iría,
porque doña Beatriz se había puesto mala, y la había rogado que se quedase con
ella. Y que también iba encargada de avisar á don Enrique, en nombre mío, de
que á las doce en punto le esperaba yo en el balcón de mi cuarto, que da al
jardín. Con este engaño se propone hablarle, y dar á sus celos cuantas
satisfacciones quiera pedirla.
D. Gregorio.—¡Picarona! ¡enredadora!
¡desenvuelta!... Y bien, ¿tú qué le has dicho?
D.ª Rosa.—Amenazarla de que usted y don Manuel
sabrán todo lo que pasa, y que yo seré quien se lo diga para que pongan remedio
en ello; afearla su deshonesto proceder, instarla á que se fuera de mi casa
inmediatamente.
D. Gregorio.—¿Y ella?
D.ª Rosa.—Ella me respondió que si no la sacan
arrastrando de los cabellos, que no se irá. Que en hablando con don Enrique, y
desvaneciendo sus quejas, ni á usted, ni á don Manuel, ni á todo el mundo teme.
D. Gregorio.—Mi hermano merece esto y mucho más...
Pero ¿cómo he de sufrir yo en mi casa tales picardías? No, señor. Yo le daré á
entender á esa desvergonzada, que si ha contado contigo para seguir adelante en
su desacuerdo, se ha equivocado mucho; y que yo no soy hombre de los que se
dejan llevar al pilón como el otro bárbaro. Yo la diré lo que... Vamos.
(Quiere entrar en su casa, y doña Rosa le
detiene.)
D.ª Rosa.—No, señor, por Dios, no éntre usted. Al
fin es mi hermana. Yo entraré sola, y la diré que es preciso que se vaya al
instante, ó á su casa ó á lo menos á la de doña Beatriz, si teme que don Manuel
extrañe ahora su vuelta.
(Hace que se va hacia su casa, y vuelve.)
D. Gregorio.—Muy bien; aquí espero á que salga.
D.ª Rosa.—Pero no se descubra usted, no la hable,
no se acerque, no la siga... Si le viese á usted, sería tanta sup.
224 confusión y sobresalto, que pudiera darla un accidente... Si ella
quiere enmendar este desacierto, aún hay remedio; y mucho más si ese hombre se
va, como ha prometido... En fin, yo la haré salir de casa, que es lo que
importa; pero, por Dios, retírese usted, y no trate de molestarla.
D. Gregorio.—¡Marta la piadosa!... ¡Cierto que
merece ella toda esa caridad!
D.ª Rosa.—Es mi hermana.
D. Gregorio.—¡Y qué poco se parece á ti la dichosa
hermana!... Vamos, entra, y veremos si logras lo que te propones.
D.ª Rosa.—Yo creo que sí.
D. Gregorio.—Mira que si se obstina en que ha de
quedarse, subo allá arriba y la saco á patadas.
D.ª Rosa.—No será menester. Voy allá... (Hace
que se va, y vuelve.) Pero repito que no se descubra usted, ni la hostigue,
ni...
D. Gregorio.—Bien, sí, la dejaré que se vaya adonde
quiera.
D.ª Rosa (se encamina hacia su casa, y
vuelve.)—¡Ah! Mire usted. Así que ella salga, éntrese usted, y cierre bien
su puerta... Yo estoy tan desazonada, que me voy al instante á acostar.
D. Gregorio.—Pero ¿qué sientes?
D.ª Rosa.—¿Qué sé yo? ¿Le parece á usted que estaré
poco disgustada con todo lo que ha sucedido?... Nada me duele; pero deseo
descansar y dormir... Conque... buenas noches.
D. Gregorio.—Adios, Rosita... Pero mira que si no
sale...
D.ª Rosa.—Yo le aseguro á usted que saldrá.
(Éntrase dejando entornada la puerta. Don
Gregorio se pasea por el teatro mirando con frecuencia hacia su casa,
impaciente del éxito.)
D. Gregorio.—Y á todo esto, ¿en qué se ocupará
ahora mi erudito hermano? Estará poniendo escolios á algúnp. 225 tratado
de educación... ¡La niña y su alma!... Bien que ¿cómo había de resultar otra
cosa de la independencia y la holgura en que siempre ha vivido?... ¡Mujeres!
¡qué mal os conoce el que no os encierra y os sujeta y os enfrena y os cela y
os guarda!... Pero no, señor... Mañana á las diez desposorio, á las once comer,
á las doce coche de colleras, y á las cinco en Griñón... ¿Cómo he de sufrir yo
que la bribona de la Leonorcica se nos venga cada lunes y cada martes con estos
embudos? No por cierto... Allá mi hermano verá lo que... ¡Oiga! Parece que baja
ya la niña bien criada.
(Se acerca más á un lado de la puerta de su
casa, colocándose hacia el proscenio, y escucha atentamente lo que dice desde
adentro doña Rosa, la cual finge que habla con su hermana.)
D.ª Rosa.—No te canses en quererme persuadir.
Vete... Antes que todo es mi estimación... Vete, Leonor, ya te lo he dicho...
¿Y qué importa que me oigan? ¿Soy yo la culpada?... Vete. Acabemos, sal presto
de aquí.
D. Gregorio.—En efecto, la echa de casa... (Sale
doña Rosa de su cuarto con basquiña y mantilla semejantes á las que sacó doña
Leonor en el primer acto. Luégo que se aparta un poco, cierra don Gregorio su
puerta y guarda la llave.) ¿Y adónde irá la doncellita menesterosa?...
Ganas me dan de... Pero no, cerremos primero.
ESCENA II.
DON ENRIQUE, COSME, DOÑA ROSA, DON GREGORIO.
(Los dos primeros salen de su casa.)
D. Enrique.—¿Dijiste al ama que no me espere?
Cosme.—Sí, señor.
D. Enrique.—Pues cierra y vamos, que aunque sepa
atropellar por todo, he de hablarla esta noche.
(Cierra Cosme la puerta con llave.)
p. 226Cosme.—¡Noche toledana!
D. Enrique.—Y á pesar de quien procura estorbarlo,
ella y yo seremos felices.
(Doña Rosa, después de haberse alejado un poco
hacia el fondo del teatro, vuelve encaminándose á casa de don Manuel; don
Gregorio se adelanta igualmente y la observa. Ella se detiene.)
D.ª Rosa.—Él se acerca á la puerta de don Manuel.
¿Qué haré?... Ya no es posible... (Se retira llena de confusión hacia el
fondo del teatro. Don Enrique se adelanta, la reconoce y la detiene.)
¡Infeliz de mí!
D. Enrique.—¿Quién es?
D.ª Rosa.—Yo.
D. Enrique.—¿Doña Rosita?
D.ª Rosa.—Yo soy.
D. Enrique.—Á mi casa.
D.ª Rosa.—Pero ¿qué seguridad tendré en ella?
D. Enrique.—La que debe usted esperar de un hombre
de honor.
D.ª Rosa.—Yo iba á la de mi hermana; pero él me
observa, no puedo llegar sin que me reconozca, y...
D. Enrique.—Está usted conmigo... Pasará usted la
noche en compañía de mi ama, mujer anciana y virtuosa... Mañana daré parte á un
juez; y á él, á don Manuel, á su tutor de usted, y á todo el mundo, les diré
que es usted mi esposa, y que estoy pronto si es necesario á exponer la vida
para defenderla... Abre, Cosme. Venga usted.
(Cosme abre la puerta de la casa de don Enrique.)
D.ª Rosa.—Allí está.
D. Enrique.—Bien, que esté donde quiera. Poco
importa.
D.ª Rosa.—Allí, allí.
D. Enrique.—Sí, ya le distingo... No hay que temer,
quieto se está... ¡Y qué bien hace en estarse quieto!... Adentro.
(Asiéndole de la mano se entra con ella en su
casa, y Cosme detrás.)
p. 227D. Gregorio.—Pues, señor, se marchó á casa
del galán. No puede llegar á más el abandono y la... Pero ¡regocijo siento al
ver tan solemnemente burlado á este hermano que Dios me dió, necio por
naturaleza y gracia, y presumido de que todo se lo sabe!... Vamos á darle la
infausta noticia... (Se encamina á casa de don Manuel; después se detiene.)
No, el asunto es serio, y si el tiempo se pierde, si yo no pongo la mano en
esto, puede suceder un trabajo... Al fin es hija de un amigo mío... Sí, mejor
es... Allí pienso que ha de vivir el comisario...
(Va á casa del comisario, y llama.)
ESCENA III.
UN COMISARIO, UN ESCRIBANO, UN CRIADO, DON
GREGORIO.
(Salen los tres primeros por una de las calles.
El criado con linterna. La escena se ilumina un poco.)
Comisario.—¿Quién anda ahí?
D. Gregorio.—¡Ah! ¿No es usted el señor comisario
del cuartel?
Comisario.—Servidor de usted.
D. Gregorio.—Pues, señor... Oiga usted aparte... (Se
aparta con el comisario á poca distancia de los demás.) Su presencia de
usted es absolutamente necesaria para evitar un escándalo que va á suceder...
¿Conoce usted á una señorita que se llama doña Leonor, que vive en aquella casa
de enfrente?
Comisario.—Sí, de vista la conozco, y al caballero
que la tiene consigo... Y me parece que ha de ser un don Manuel de Velasco.
D. Gregorio.—Hermano mío.
Comisario.—¡Oiga! ¿Es usted su hermano?
D. Gregorio.—Para servir á usted.
Comisario.—Para hacerme favor.
p. 228D. Gregorio.—Pues el caso es que esta niña,
hija de padres muy honrados y virtuosos, perdida de amores por un mancebito
andaluz que vive aquí en este cuarto principal...
Comisario.—¡Calle! Don Enrique de Cárdenas; le
conozco mucho.
D. Gregorio.—Pues bien. Ha cometido el desacierto
de abandonar su casa, venirse á la de su amante... Vamos, ya usted conoce lo
que puede resultar de aquí.
Comisario.—Sí... En efecto.
D. Gregorio.—Ello hay de por medio no sé qué papel
de matrimonio; pero no ignora usted de lo que sirven esos papeles cuando cesa
el motivo que los dictó... ¡Eh! ¿Me explico?
Comisario.—Perfectamente... ¿Y ella está adentro?
D. Gregorio.—Ahora mismo acaba de entrar... Conque,
señor comisario, se trata de salvar el decoro de una doncella, de impedir que
el tal caballero... Ya ve usted.
Comisario.—Sí, sí, es cosa urgente. Vamos... Por
fortuna tenemos aquí al señor, que en esta ocasión nos puede ser muy útil... (Alza
un poco la voz volviéndose hacia el escribano que está detrás, el cual se
acerca á ellos muy oficioso.) Es escribano...
Escribano.—Escribano real.
D. Gregorio.—Ya.
Escribano.—Y antiguo.
D. Gregorio.—Mejor.
Escribano.—Mucha práctica de tribunales.
D. Gregorio.—Bueno.
Escribano.—Conocido en testamentarías, subastas,
inventarios, despojos, secuestros y...
D. Gregorio.—No, ahí no hallará usted cosa en que
poder...
Escribano.—Y muy hombre de bien.
D. Gregorio.—Por supuesto.
Escribano.—Es que...
p. 229
Comisario.—Vamos, don Lázaro, que esto pide mucha
diligencia.
D. Gregorio.—Yo aquí espero.
Comisario.—Muy bien.
(Llama el criado á la puerta de don Enrique, se
abre, y entran los tres. La escena vuelve á quedar oscura.)
ESCENA IV.
DON GREGORIO, DON MANUEL.
D. Gregorio.—Veamos si está en casa este
inalterable filósofo, y le contaremos la amarga historia... (Llama en casa
de don Manuel, abren la puerta, se supone que habla con algún criado, queda la
puerta entornada, y don Gregorio se pasea esperando á su hermano.) ¿Está?
Que baje inmediatamente, que le espero aquí para un asunto de mucha
importancia... ¡Bendito Dios! ¡En lo que han parado tantas máximas sublimes,
tantas eruditas disertaciones! ¡Qué lástima de tutor! Vaya si... majadero más
completo y más pagado de su dictamen... ¡Oh, señor hermano!
(Don Manuel sale de la puerta de su casa, y se
detiene inmediato á ella.)
D. Manuel.—Pero ¿qué extravagancia es esta? ¿Por
qué no subes?
D. Gregorio.—Porque tengo que hablarte, y no me
puedo separar de aquí.
D. Manuel (adelantándose hacia donde está
don Gregorio.)—Enhorabuena... ¿Y qué se te ofrece?
D. Gregorio.—Vengo á darte muy buenas noticias.
D. Manuel.—¿De qué?
D. Gregorio.—Sí, te vas á regocijar mucho con
ellas... Dime: mi señora doña Leonor ¿en dónde está?
D. Manuel.—¿Pues no lo sabes? En casa de su amiga
doña Beatriz. Allí quedó esta tarde, yo me vine porque tep. 230nía una porción
de cartas que escribir, y supongo que ya no puede tardar. De un instante á
otro... Pero ¿á qué viene esa pregunta?
D. Gregorio.—¡Eh! Así, por hablar algo...
D. Manuel.—Pero ¿qué quieres decirme?
D. Gregorio.—Nada... Que tú la has educado
filosóficamente, persuadido (y con mucha razón) de que las mujeres necesitan un
poco de libertad, que no es conveniente reprenderlas ni oprimirlas, que no son
los candados ni los cerrojos los que aseguran su virtud, sino la indulgencia,
la blandura y... en fin, prestarse á todo lo que ellas quieren... ¡Ya se ve!
Leonor, enseñada por esta cartilla, ha sabido corresponder como era de esperar
á las lecciones de su maestro.
D. Manuel.—Te aseguro que no comprendo á qué
propósito puede venir nada de cuanto dices.
D. Gregorio.—Anda, necio, que bien merecido está lo
que te sucede, y es muy justo que recibas el premio de tu ridícula
presunción... Llegó el caso de que se vea prácticamente lo que ha producido en
las dos hermanas la educación que las hemos dado. La una huye de los amantes; y
la otra, como una mujer perdida y sin vergüenza, los acaricia y los persigue.
D. Manuel.—Si no me declaras el misterio, dígote
que...
D. Gregorio.—El misterio es que tu pupila no está
donde piensas, sino en casa de un caballerito, del cual se ha enamorado
rematadamente; y sola y de noche, y burlándose de ti, ha ido á buscar mejor
compañía... ¿Lo entiendes ahora?
D. Manuel.—¿Dices que Leonor?...
D. Gregorio.—Sí, señor, la misma...
D. Manuel.—Vaya, déjate de chanzas, y no me...
D. Gregorio.—¡Sí, que el niño es chancero!... ¡Se
dará tal estupidez! Dígole á usted, señor hermano, y vuelvo á repetírselo, que
la Leonorcita se ha ido esta noche á casa de su galán, y está con él, y lo he
visto yo, y se quierenp. 231 mucho, y hace más de un año que se tienen
dada palabra de matrimonio, á pesar de todas tus filosofías. ¿Lo entiendes?
D. Manuel.—Pero es una cosa tan agena de
verisimilitud...
D. Gregorio.—¡Dale!... Vamos, aunque lo vea por sus
ojos no se lo harán creer... ¡Cómo me repudre la sangre!... Amigo, dígote que
los años sirven de muy poco cuando no hay esto, esto. (Señalándose con el
dedo en la frente.)
D. Manuel.—Ello es que tú te persuades á que...
D. Gregorio.—Figúrate si me habré persuadido...
Pero mira, no gastemos prosa... ven y lo verás, y en viéndolo, espero y confío
que te persuadirás también. Vamos.
(Se encamina á casa de don Enrique, y después
vuelve.)
D. Manuel.—¡Haber cometido tal exceso, cuando
siempre la he tratado con la mayor benignidad, cuando la he prometido mil veces
no violentar, no contradecir sus inclinaciones!
D. Gregorio.—Ya temía yo que no había de ser
creído, y que perderíamos el tiempo en altercaciones inútiles. Por eso, y
porque me pareció conveniente restaurar el honor de esa mujer, siquiera por lo
que me interesa su pobrecita hermana, he dispuesto que el comisario del cuartel
vaya allá, y vea de arreglarlo, de manera que evitando escándalos, se concluya,
si se puede, con un matrimonio.
D. Manuel.—¿Eso hay?
D. Gregorio.—¡Toma! Ya están allá el comisario y un
escribano que venía con él... Digo, á no ser que usted halle en sus libros
algún texto oportuno para volver á recibir en su casa á la inocente criatura,
disimularla este pequeño desliz, y casarse con ella... ¿Eh?
D. Manuel.—¿Yo? No lo creas. No cabe en mí tanta
debilidad, ni soy capaz de aspirar á poseer un corazón que ya tiene otro dueño.
Pero á pesar de cuanto dices, todavía no me puedo reducir á...
p. 232D. Gregorio.—¡Qué terco es!... Ven conmigo, y
acabemos esta disputa impertinente.
(Se encamina con su hermano hacia casa de don
Enrique, y al llegar cerca salen de ella el comisario y el criado. El teatro se
ilumina como en la escena tercera.)
ESCENA V.
EL COMISARIO, UN CRIADO, DON GREGORIO,
DON MANUEL.
Comisario.—Aquí, señores, no hay necesidad de
ninguna violencia. Los dos se quieren, son libres, de igual calidad... No hay
otra cosa que hacer sino depositar inmediatamente á la señorita en una casa
honesta, y desposarlos mañana... Las leyes protegen este matrimonio y le
autorizan.
D. Gregorio.—¿Qué te parece?
D. Manuel (reprimiéndose).—¿Qué me ha
de parecer?... Que se casen.
D. Gregorio.—Pues, señor, que se casen.
Comisario.—Diré á usted, señor don Manuel. Yo he
propuesto á la novia que tuviese á bien de honrar mi casa, en donde asistida de
mi mujer y de mis hijas, estaría, si no con las comodidades que merece, á lo
menos con la que pueden proporcionarla mis cortas facultades; pero no ha
querido admitir este obsequio, y dice que si usted permite que vaya á la suya,
la prefiere á otra cualquiera. Es cierto que esta elección es la mejor; pero he
querido avisarle á usted para saber si gusta de ello, ó tiene alguna dificultad.
D. Manuel.—Ninguna... Que venga. Yo me encargo del
depósito.
Comisario.—Volveré con ella muy pronto.
(Se entra con el criado en casa de don Enrique.
El teatro queda oscuro otra vez.)
D. Gregorio.—No me queda otra cosa que ver...
Perop. 233 ¿cuál es más admirable, el descaro de la pindonga, ó la
frescura de este insensato que se presta á tenerla en su casa después de lo que
ha hecho, que la toma en depósito de manos de su amante para entregársela
después tal y tan buena?... ¡Ay! Si no es posible hallar cabeza más
destornillada que la suya... No puede ser.
D. Manuel.—No lo entiendes, Gregorio... Mira, tú
has hecho intervenir en esto á un comisario para evitar los daños que pudieran
sobrevenir, y has hecho muy bien... Yo la recibo por la misma razón; para que
su crédito no padezca; para que no se trasluzca lo que ha sucedido entre la
vecindad, que todo lo atisba y lo murmura; para que mañana se casen, como si
fuera yo mismo el que lo hubiese dispuesto; para manifestar á Leonor que nunca
he querido hacerme un tirano de su libertad ni de sus afectos; para confundirla
con mi modo de proceder comparado al suyo... Pero... ¡Leonor! ¿Es posible que
haya sido capaz de tal ingratitud?
D. Gregorio.—Calla, que... (Salen por una calle
doña Leonor, Juliana, y el lacayo con un farol, habiendo pasado ya por delante
de la puerta de don Enrique, al volverse don Gregorio las ve. Doña Leonor al
ver gente se detiene un poco. Se ilumina el teatro.) Sí... Ahí la tienes.
Pídela perdón.
D. Manuel.—¡Yo! ¡Qué mal me conoces!
ESCENA VI.
DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL,
DON GREGORIO.
D. Manuel.—Leonor, no temas ningún exceso de cólera
en mí, bien sabes cuánto sé reprimirla; pero es muy grande el sentimiento que
me ha causado ver que te hayas atrevido á una acción tan poco decorosa,
sabiendo tú quep. 234 nunca he pensado sujetar tu albedrío, que no tienes
amigo más fino, más verdadero que yo... No, no esperaba recibir de ti tan
injusta correspondencia... En fin, hija mía, yo sabré tolerar en silencio el
agravio que acabas de hacerme; y atento sólo á que tu estimación no pierda en
la lengua ponzoñosa del vulgo, te daré en mi casa el auxilio que necesitas, y
te entregaré yo mismo el esposo que has querido elegir.
D.ª Leonor.—Yo no entiendo, señor don Manuel, á qué
se dirige ese discurso... ¿Qué acción indecorosa? ¿qué agravio? ¿qué esposo es
ese de quien usted me habla?... Yo soy la misma que siempre he sido. Mi respeto
á su persona de usted, mi agradecimiento, y para decirlo de una vez, mi amor,
son inalterables... Mucho me ofende el que presuma que he podido yo hacer ni
pensar cosa ninguna impropia de una mujer honesta, que estima en más que la
vida su honor y su opinión.
D. Manuel (volviéndose á don Gregorio).—¿Oyes
lo que dice?
D. Gregorio (acercándose á doña Leonor).—Ya
se ve que lo oigo... Conque Leonorcita... Ahorremos palabras... ¿De dónde
vienes, hija?
D.ª Leonor.—De casa de doña Beatriz.
D. Gregorio.—¿Ahora vienes de allí, cordera?
D.ª Leonor.—Ahora mismo... ¿No ve usted á Pepe, que
nos ha venido á acompañar?
D. Gregorio.—¿Y no sales de casa de don Enrique?
D.ª Leonor.—¿De quién? ¿De ese que vive aquí en?...
¡Eh! no por cierto.
D. Gregorio.—¿Y no habéis concertado vuestro
casamiento á presencia del comisario?
D.ª Leonor.—Me hace reir... ¿Ves qué desatino,
Juliana?
D. Gregorio.—¿Y no estáis enamorados mucho tiempo
há?
D.ª Leonor.—Muchísimo tiempo... ¿Y qué más?
p. 235D. Gregorio.—¿Y no estuviste en mi casa esta
noche? ¿y no te hicieron salir de allí? ¿y no te fuiste derechita á la de tu
galán? ¿y no te ví yo?
D.ª Leonor.—Esto pasa de chanza. Usted no sabe lo
que se dice... (Asiendo del brazo á don Manuel se dirige hacia su casa.)
Vamos á casa, don Manuel, que ese hombre ha perdido el poco entendimiento que
tenía; vamos.
ESCENA VII.
DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, EL COMISARIO, EL ESCRIBANO,
COSME, UN CRIADO, DOÑA LEONOR, JULIANA, UN LACAYO, DON MANUEL, DON GREGORIO.
(El criado saldrá con la linterna. La luz del
teatro se duplica.)
D.ª Rosa.—¡Leonor!... ¡Hermana!...
(Corriendo hacia doña Leonor la coge de las
manos, y se las besa.)
D. Gregorio.—¡Huf!...
(Al reconocer á doña Rosa, se aparta lleno de
confusión.)
D.ª Rosa.—Yo espero de tu buen corazón que has de
perdonarme el atrevimiento con que me valí de tu nombre para conseguir el fin
de mis engaños. El ejemplo de tu mucha virtud hubiera debido contenerme; pero,
hermana mía, bien sabes qué diferente suerte hemos tenido las dos.
D.ª Leonor.—Todo lo conozco, Rosita... La elección
que has hecho no me parece desacertada; repruebo solamente los medios de que te
has valido... Mucha disculpa tienes, pero toda la necesitas.
D.ª Rosa.—Cuanto digas es cierto, pero... (Volviéndose
á don Gregorio, que permanece absorto y sin movimiento.) usted ha sido la
causa de tanto error, usted... No me atrevería á presentarme ahora á sus ojos,
si no estuviese bien segura de que en todo lo que acabo de hacer, aunque lep.
236 disguste, le sirvo... La aversión que usted logró inspirarme distaba mucho
de aquella suave amistad que une las almas para hacerlas felices... Tal vez
usted me acusará de liviandad; pero puede ser que mañana hubiera usted sido
verdaderamente infeliz, si yo fuese menos honesta.
D. Enrique.—Dice bien, y usted debe agradecerla el
honor que conserva y la tranquilidad de que puede gozar en adelante.
D. Manuel (acercándose á don Gregorio).—Esto
pide resignación, hermano... Tú has tenido la culpa, es necesario que te
conformes.
D.ª Leonor.—Y hará muy mal en no conformarse;
porque ni hay otro remedio á lo sucedido, ni hallará ninguno que le tenga
lástima.
Juliana.—Y conocerá que á las mujeres no se las
encadena, ni se las enjaula, ni se las enamora á fuerza de tratarlas mal.
¡Hombre más tonto!
Cosme (hablando con Juliana).—Y en
verdad que se ha escapado como en una tabla. Bien puede estar contento.
D. Gregorio (No dirige á nadie sus
palabras, habla como si estuviera solo, y va aumentándose sucesivamente la
energía de su expresión).—No, yo no acabo de salir de la admiración en que
estoy... Una astucia tan infernal confunde mi entendimiento; ni es posible que
Satanás en persona sea capaz de mayor perfidia que la de esa maldita mujer...
Yo hubiera puesto por ella las manos en el fuego, y... ¡Ah, desdichado del que
á vista de lo que á mí me sucede se fíe de ninguna! La mejor es un abismo de
malicias y picardías. Sexo engañador, destinado á ser el tormento y la
desesperación de los hombres... Para siempre le detesto y le maldigo, y le doy
al demonio, si quiere llevársele.
(Sacando la llave de su puerta, se encamina
furioso hacia ella. Don Manuel quiere contenerle, él le aparta, entra en su
casa, y cierra por dentro.)
D. Manuel.—No dice bien... Las mujeres, dirigidas
porp. 237 otros principios que los suyos, son el consuelo, la delicia y el
honor del género humano... Conque, señor comisario, acepto el depósito, y
mañana sin falta se celebrará la boda.
D.ª Rosa.—¿La mía no más?
D. Manuel.—Si tu hermana me perdona una breve
sospecha, con tanta dificultad creída, no sería don Enrique el solo dichoso; yo
también pudiera serlo.
D.ª Leonor.—Hoy es día de perdonar.
D.ª Rosa.—Sí, bien merece tu perdón y tu mano el
que supo darte una educación tan contraria á la que yo recibí.
D.ª Leonor.—Con su prudencia y su bondad se hizo
dueño de mi corazón, y bien sabe que mientras yo viva es prenda suya.
D. Manuel.—¡Querida Leonor!
(Se abrazan don Manuel y doña Leonor.)
Juliana.—¡Excelente lección para los maridos, si
quieren estudiarla!
p. 239EL MÉDICO Á PALOS
COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1814
p. 240
PERSONAS
· DON JERÓNIMO.
· DOÑA PAULA.
· LEANDRO.
· ANDREA.
· BARTOLO.
· MARTINA.
· GINÉS.
· LUCAS.
La escena representa en el primer acto un bosque, y
en los dos siguientes una sala de casa particular, con puerta en el foro y
otras dos en los lados.
La acción empieza á las once de la mañana, y se
acaba á las cuatro de la tarde.
p. 241
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
BARTOLO, MARTINA.
Bartolo.—¡Válgate Dios, y qué durillo está este
tronco! El hacha se mella toda, y él no se parte... (Corta leña de un árbol
inmediato al foro: deja después el hacha arrimada al tronco, se adelanta hacia
el proscenio, siéntase en un peñasco, saca piedra y eslabón, enciende un
cigarro y se pone á fumar.) ¡Mucho trabajo es éste!... Y como hoy aprieta
el calor, me fatigo, y me rindo, y no puedo más... Dejémoslo, y será lo mejor,
que ahí se quedará para cuando vuelva. Ahora vendrá bien un rato de descanso y
un cigarrillo, que esta triste vida otro la ha de heredar... Allí viene mi
mujer. ¿Qué traerá de bueno?
Martina (sale por el lado derecho del
teatro).—Holgazán, ¿qué haces ahí sentado, fumando sin trabajar? ¿Sabes
quep. 242 tienes que acabar de partir esa leña y llevarla al lugar, y ya
es cerca de mediodía?
Bartolo.—Anda, que si no es hoy, será mañana.
Martina.—Mira qué respuesta.
Bartolo.—Perdóname, mujer. Estoy cansado, y me
senté un rato á fumar un cigarro.
Martina.—¡Y que yo aguante á un marido tan poltrón
y desidioso! Levántate y trabaja.
Bartolo.—Poco á poco, mujer; si acabo de sentarme.
Martina.—Levántate.
Bartolo.—Ahora no quiero, dulce esposa.
Martina.—¡Hombre sin vergüenza, sin atender á sus
obligaciones! ¡Desdichada de mí!
Bartolo.—¡Ay, qué trabajo es tener mujer! Bien dice
Séneca: que la mejor es peor que un demonio.
Martina.—Miren qué hombre tan hábil, para traer
autoridades de Séneca.
Bartolo.—¿Si soy hábil? Á ver, á ver, búscame un
leñador que sepa lo que yo, ni que haya servido seis años á un médico latino,
ni que haya estudiado el quis vel qui, quæ, quod vel quid, y más
adelante, como yo lo estudié.
Martina.—Mal haya la hora en que me casé contigo.
Bartolo.—Y maldito sea el pícaro escribano que
anduvo en ello.
Martina.—Haragán, borracho.
Bartolo.—Esposa, vamos poco á poco.
Martina.—Yo te haré cumplir con tu obligación.
Bartolo.—Mira, mujer, que me vas enfadando.
(Se levanta desperezándose, encamínase hacia el
foro, coge un palo del suelo y vuelve.)
Martina.—¿Y qué cuidado se me da á mí, insolente?
Bartolo.—Mira que te he de cascar, Martina.
Martina.—Cuba de vino.
Bartolo.—Mira que te he de solfear las espaldas.
Martina.—Infame.
Bartolo.—Mira que te he de romper la cabeza.
p. 243Martina.—¿Á mí? Bribón, tunante, canalla, ¿á
mí?
Bartolo (dando de palos á Martina).—¿Sí?
Pues toma.
Martina.—¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay!
Bartolo.—Este es el único medio de que calles...
Vaya, hagamos la paz. Dame esa mano.
Martina.—¿Después de haberme puesto así?
Bartolo.—¿No quieres? Si eso no ha sido nada.
Vamos.
Martina.—No quiero.
Bartolo.—Vamos, hijita.
Martina.—No quiero, no.
Bartolo.—Mal hayan mis manos, que han sido causa de
enfadar á mi esposa... Vaya, ven, dame un abrazo.
(Tira el palo á un lado, y la abraza.)
Martina.—¡Si reventaras!
Bartolo.—Vaya, si se muere por mí la pobrecita...
Perdóname, hija mía. Entre dos que se quieren, diez ó doce garrotazos más ó
menos no valen nada... Voy hacia el barranquitero, que ya tengo allí una
porción de raíces, haré una carguilla, y mañana con la burra la llevaremos á
Miraflores. (Hace que se va y vuelve.) Oyes, y dentro de poco hay feria
en Buitrago: si voy allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te
he de comprar una peineta de concha con sus piedras azules.
(Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el
monte adelante. Martina se queda retirada á un lado hablando entre sí.)
Martina.—Anda, que tú me las pagarás... Verdad es
que una mujer siempre tiene en su mano el modo de vengarse de su marido; pero
es un castigo muy delicado para este bribón, y yo quisiera otro que él sintiera
más, aunque á mí no me agradase tanto.
p. 244ESCENA II.
MARTINA, GINÉS, LUCAS.
(Salen por la izquierda.)
Lucas.—Vaya, que los dos hemos tomado una buena
comisión... Y no sé yo todavía qué regalo tendremos por este trabajo.
Ginés.—¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza
obedecer á nuestro amo; además, que la salud de su hija á todos nos interesa...
Es una señorita tan afable, tan alegre, tan guapa... Vaya, todo se lo merece.
Lucas.—Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos
que han venido á visitarla no hayan descubierto su enfermedad.
Ginés.—Su enfermedad bien á la vista está; el
remedio es el que necesitamos.
Martina (aparte).—¡Que no pueda yo
imaginar alguna invención para vengarme!
Lucas.—Veremos si este médico de Miraflores acierta
con ello... Como no hayamos equivocado la senda...
Martina.—(Aparte, hasta que repara en los dos y
les hace la cortesía. Pues ello es preciso, que los golpes que acaba
de darme los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos...) Pero, señores,
perdonen ustedes, que no los había visto, porque estaba distraída.
Lucas.—¿Vamos bien por aquí á Miraflores?
Martina.—Sí, señor. (Señalando adentro por el
lado derecho.) ¿Ve usted aquellas tapias caídas junto aquel noguerón? Pues
todo derecho.
Ginés.—¿No hay allí un famoso médico, que ha sido
médico de una vizcondesita, y catedrático, y examinador, y es académico, y
todas las enfermedades las cura en griego?
Martina.—¡Ay! sí, señor. Curaba en griego; pero
hacep. 245 dos días que se ha muerto en español, y ya está el pobrecito
debajo de tierra.
Ginés.—¿Qué dice usted?
Martina.—Lo que usted oye. ¿Y para quién le iban
ustedes á buscar?
Lucas.—Para una señorita que vive ahí cerca, en esa
casa de campo junto al río.
Martina.—¡Ah! sí. La hija de don Jerónimo. ¡Válgate
Dios! ¿Pues qué tiene?
Lucas.—¿Qué sé yo? Un mal que nadie le entiende,
del cual ha venido á perder el habla.
Martina.—¡Qué lástima! Pues... (Aparte, con
expresión de complacencia. ¡Ay, qué idea me ocurre!) Pues mire usted,
aquí tenemos el hombre más sabio del mundo, que hace prodigios en esos males
desesperados.
Ginés.—¿De veras?
Martina.—Sí, señor.
Lucas.—¿Y en dónde le podemos encontrar?
Martina.—Cortando leña en ese monte.
Ginés.—Estará entreteniéndose en buscar algunas
yerbas salutíferas.
Martina.—No, señor. Es un hombre extravagante y
lunático, va vestido como un pobre patán, hace empeño en parecer ignorante y
rústico, y no quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dió.
Ginés.—Cierto que es cosa admirable, que todos los
grandes hombres hayan de tener siempre algún ramo de locura mezclada con su
ciencia.
Martina.—La manía de este hombre es la más
particular que se ha visto. No confesará su capacidad á menos que no le muelan
el cuerpo á palos; y así les aviso á ustedes que si no lo hacen, no conseguirán
su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno un buen
garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le necesitamos nos valemos
de esta industria, y siempre nos ha salido bien.
p. 246Ginés.—¡Qué extraña locura!
Lucas.—¿Habráse visto hombre más original?
Ginés.—¿Y cómo se llama?
Martina.—Don Bartolo. Fácilmente le conocerán
ustedes. Él es un hombre de corta estatura, morenillo, de mediana edad, ojos
azules, nariz larga, vestido de paño burdo, con un sombrerillo redondo.
Lucas.—No se me despintará, no.
Ginés.—¿Y ese hombre hace unas curas tan difíciles?
Martina.—¿Curas dice usted? Milagros se pueden
llamar. Habrá dos meses que murió en Lozoya una pobre mujer, ya iban á
enterrarla, y quiso Dios que este hombre estuviese por casualidad en una calle
por donde pasaba el entierro. Se acercó, examinó á la difunta, sacó una
redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de yo no sé qué, y la muerta
se levantó tan alegre cantando el frondoso.
Ginés.—¿Es posible?
Martina.—Como que yo lo ví. Mire usted, aún no hace
tres semanas que un chico de unos doce años se cayó de la torre de Miraflores,
se le troncharon las piernas, y la cabeza se le quedó hecha una plasta. Pues,
señor, llamaron á don Bartolo; él no quería ir allá, pero mediante una buena
paliza lograron que fuese. Sacó un cierto ungüento que llevaba en un pucherete,
y con una pluma le fué untando, untando al pobre muchacho, hasta que al cabo de
un rato se puso en pié, y se fué corriendo á jugar á la rayuela con los otros
chicos.
Lucas.—Pues ese hombre es el que necesitamos
nosotros. Vamos á buscarle.
Martina.—Pero sobre todo, acuérdense ustedes de la
advertencia de los garrotazos.
Ginés.—Ya, ya estamos en eso.
Martina.—Allí debajo de aquel árbol hallarán
ustedes cuantas estacas necesiten.
Lucas.—¿Sí? Voy por un par de ellas.
p. 247(Coge el palo que dejó en el suelo
Bartolo, va hacia el foro y coge otro, vuelve, y se le da á Ginés.)
Ginés.—¡Fuerte cosa es que haya de ser preciso
valerse de este medio!
Martina.—Y si no, todo será inútil. (Hace que se
va, y vuelve.) ¡Ah! otra cosa. Cuiden ustedes de que no se les escape,
porque corre como un gamo; y si les coge á ustedes la delantera, no le vuelven
á ver en su vida. (Mirando hacia dentro á la parte del foro.) Pero me
parece que viene. Sí, aquel es. Yo me voy, háblenle ustedes, y si no quiere
hacer bondad, menudito en él. Adios, señores.
ESCENA III.
GINÉS, LUCAS.
Lucas.—Fortuna ha sido haber hallado á esta mujer.
Pero ¿no ves qué traza de médico aquella?
(Los dos miran hacia el foro.)
Ginés.—Ya lo veo... Mira, retirémonos uno á un lado
y otro á otro, para que no se nos pueda escapar. Hemos de tratarle con la mayor
cortesía del mundo. ¿Lo entiendes?
Lucas.—Sí.
Ginés.—Y sólo en el caso de que absolutamente sea
preciso...
Lucas.—Bien... Entonces me haces una seña, y le
ponemos como nuevo.
Ginés.—Pues apartémonos, que ya llega.
(Ocúltanse á los dos lados del teatro.)
p. 248ESCENA IV.
GINÉS, LUCAS, BARTOLO.
(Bartolo sale del monte con un hacha y las
alforjas al hombro, cantando; siéntase en el suelo en medio del teatro, y saca
de las alforjas una bota).
Bartolo.
En el alcázar de Venus,
junto al Dios de los planetas,
en la gran Constantinopla,
allá en la casa de Meca,
donde el gran sultán bajá,
imperio de tantas fuerzas,
aquel Alcorán que todos
le pagan tributo en perlas;
rey de setenta y tres reyes,
de siete imperios... (Bebe.)
De siete imperios cabeza;
este tal tiene una hija,
que es del imperio heredera.
(Vuelve á beber, va á poner la bota al lado por
donde sale Lucas, el cual le hace con el sombrero en la mano una cortesía.
Bartolo, sospechando que es para quitarle la bota, va á ponerla al otro lado á
tiempo que sale Ginés haciendo lo mismo que Lucas. Bartolo pone la bota entre
las piernas, y la tapa con las alforjas.)
Arre allá, diablo. ¿Qué buscará este animal? Lo
primero esconderé la bota... ¡Calle! Otro zángano. ¿Qué demonios es esto? En
todo caso la guardaremos y la arroparemos; porque no tienen cara de hacer cosa
buena.
Ginés.—¿Es usted un caballero que se llama el señor
don Bartolo?
Bartolo.—¿Y qué?
Ginés.—¿Que si se llama usted don Bartolo?
Bartolo.—No, y sí, conforme lo que ustedes quieran.
p. 249Ginés.—Queremos hacerle á usted cuantos
obsequios sean posibles.
Bartolo.—Si así es, yo me llamo don Bartolo.
(Quítase el sombrero y le deja á un lado.)
Lucas.—Pues con toda cortesía...
Ginés.—Y con la mayor reverencia...
Lucas.—Con todo cariño, suavidad y dulzura...
Ginés.—Y con todo respeto, y con la veneración más
humilde...
Bartolo (aparte).—Parecen arlequines,
que todo se les vuelve cortesías y movimientos.
Ginés.—Pues, señor, venimos á implorar su auxilio
de usted para una cosa muy importante.
Bartolo.—¿Y qué pretenden ustedes? Vamos, que si es
cosa que dependa de mí, haré lo que pueda.
Ginés.—Favor que usted nos hace... Pero cúbrase
usted, que el sol le incomodará.
Lucas.—Vaya, señor, cúbrase usted.
Bartolo.—Vaya, señores, ya estoy cubierto... (Pónese
el sombrero, y los otros también.) ¿Y ahora?
Ginés.—No extrañe usted que vengamos en su busca.
Los hombres eminentes siempre son buscados y solicitados, y como nosotros nos
hallamos noticiosos del sobresaliente talento de usted, y de su...
Bartolo.—Es verdad, como que soy el hombre que se
conoce para cortar leña.
Lucas.—Señor...
Bartolo.—Si ha de ser de encina, no la daré menos
de á dos reales la carga.
Ginés.—Ahora no tratamos de eso.
Bartolo.—La de pino la daré más barata. La de
raíces, mire usted...
Ginés.—¡Oh! señor, eso es burlarse.
Lucas.—Suplico á usted que hable de otro modo.
Bartolo.—Hombre, yo no sé otra manera de hablar.
Pues me parece que bien claro me explico.
p. 250Ginés.—¡Un sujeto como usted ha de ocuparse
en ejercicios tan groseros! Un hombre tan sabio, tan insigne médico, ¿no ha de
comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la naturaleza?
Bartolo.—¿Quién, yo?
Ginés.—Usted, no hay que negarlo.
Bartolo.—Usted será el médico y toda su generación,
que yo en mi vida lo he sido. (Ap. Borrachos están.)
Lucas.—¿Para qué es excusarse? Nosotros lo sabemos,
y se acabó.
Bartolo.—Pero, en suma, ¿quién soy yo?
Ginés.—¿Quién? Un gran médico.
Bartolo.—¡Qué disparate! (Ap. ¿No digo
que están bebidos?)
Ginés.—Conque vamos, no hay que negarlo, que no
venimos de chanza.
Bartolo.—Vengan ustedes como vengan, yo no soy
médico, ni lo he pensado jamás.
Lucas.—Al cabo me parece que será necesario... (Mirando
á Ginés.) ¿Eh?
Ginés.—Yo creo que sí.
Lucas.—En fin, amigo don Bartolo, no es ya tiempo
de disimular.
Ginés.—Mire usted que se lo decimos por su bien.
Lucas.—Confiese usted con mil demonios que es
médico, y acabemos.
Bartolo (impaciente).—¡Yo rabio!
Ginés.—¿Para qué es fingir si todo el mundo lo
sabe?
Bartolo.—Pues digo á ustedes que no soy médico.
(Se levanta, quiere irse, ellos lo estorban, y
se le acercan, disponiéndose para apalearle.)
Ginés.—¿No?
Bartolo.—No, señor.
Lucas.—¿Conque no?
Bartolo.—El diablo me lleve si entiendo palabra de
medicina.
p. 251Ginés.—Pues, amigo, con su buena licencia de
usted, tendremos que valernos del remedio consabido... Lucas.
Lucas.—Ya, ya.
Bartolo.—¿Y qué remedio dice usted?
Lucas.—Este.
(Danle de palos, cogiéndole siempre las vueltas
para que no se escape.)
Bartolo.—¡Ay! ¡ay! ¡ay!... (Quitándose el
sombrero.) Basta, que yo soy médico, y todo lo que ustedes quieran.
Ginés.—Pues bien, ¿para qué nos obliga usted á esta
violencia?
Lucas.—¿Para qué es darnos el trabajo de
derrengarle á garrotazos?
Bartolo.—El trabajo es para mí, que los llevo...
Pero, señores, vamos claros: ¿Qué es esto? ¿es una humorada: ó están ustedes
locos?
Lucas.—¿Aún no confiesa usted que es doctor en
medicina?
Bartolo.—No, señor; no lo soy, ya está dicho.
Ginés.—¿Conque no es usted médico?... Lucas.
Lucas.—¿Conque no? (Vuelven á darle de palos.)
¿Eh?
Bartolo.—¡Ay! ¡ay! ¡pobre de mí! (Pónese de
rodillas juntando las manos, en ademán de súplica.) Sí que soy médico. Sí,
señor.
Lucas.—¿De veras?
Bartolo.—Sí, señor, y cirujano de estuche, y
saludador, y albéitar, y sepulturero, y todo cuanto hay que ser.
Ginés.—Me alegro de verle á usted tan razonable.
(Levántanle cariñosamente entre los dos.)
Lucas.—Ahora sí que parece usted hombre de juicio.
Bartolo.—(Ap. ¡Maldita sea vuestra
alma!...) ¿Si seré yo médico y no habré reparado en ello?
Ginés.—No hay que arrepentirse. Á usted se le
pagará muy bien su asistencia, y quedará contento.
Bartolo.—Pero, hablando ahora en paz, ¿es cierto
que soy médico?
p. 252Ginés.—Certísimo.
Bartolo.—¿Seguro?
Ginés.—Sin duda ninguna.
Bartolo.—Pues lléveme el diablo si yo sabía tal
cosa.
Ginés.—¿Pues cómo, siendo el profesor más
sobresaliente que se conoce?
Bartolo (riéndose).—¡Ah! ¡ah! ¡ah!
Ginés.—Un médico que ha curado no sé cuántas
enfermedades mortales.
Bartolo (con ironía).—¡Válgame Dios!
Lucas.—Una mujer que estaba ya enterrada...
Ginés.—Un muchacho que cayó de una torre y se hizo
la cabeza una tortilla...
Bartolo.—¿También le curé?
Lucas.—También.
Ginés.—Conque buen ánimo, señor doctor. Se trata de
asistir á una señorita muy rica, que vive en esa quinta cerca del molino. Usted
estará allí comido y bebido, y regalado como cuerpo de rey, y le traerán en
palmitas.
Bartolo.—¿Me traerán en palmitas?
Lucas.—Sí, señor, y acabada la curación le darán á
usted qué sé yo cuánto dinero.
Bartolo.—Pues, señor, vamos allá. ¿En palmitas y
qué sé yo cuánto dinero?... Vamos allá.
Ginés.—Recógele todos esos muebles, y vamos.
Bartolo.—No, poco á poco. (Lucas recoge las
alforjas y el hacha. Bartolo le quita la bota y se la guarda debajo del brazo.)
La bota conmigo.
Ginés.—Pero, señor, ¡un doctor en medicina con
bota!
Bartolo.—No importa, venga... Me darán bien de
comer y de beber... (Apartándose á un lado, medita y habla entre sí. Después
con ellos.) La pulsaré, la recetaré algo... La mato seguramente... Si no
quiero ser médico, me volverán á sacudir el bulto; y si lo soy, me le sacudirán
también... Pero díganme ustedes: ¿les parece que este traje rústico será propio
de un hombre tan sapientísimo como yo?
p. 253Ginés.—No hay que afligirse. Antes de
presentarle á usted, le vestiremos con mucha decencia.
Bartolo (aparte).—Si á lo menos pudiese
acordarme de aquellos textos, de aquellas palabrotas que les decía mi amo á los
enfermos, saldría del apuro.
Ginés.—Mira que se quiere escapar.
Lucas.—Señor don Bartolo, ¿qué hacemos?
Bartolo (aparte).—Aquel libro de
vocabulorum, que llevaba el chico al aula. ¡Aquel sí que era bueno!
Ginés.—Vaya, basta de meditación.
Lucas.—¿Será cosa de que otra vez?...
(En ademán de volverle á dar.)
Bartolo.—¡Qué! no, señor. Sino que estaba pensando
en el plan curativo... ¡Pobrecito Bartolo! Vamos.
(Los dos le cogen en medio, y se van con él por
la izquierda del teatro.)
p. 254
ACTO II.
ESCENA PRIMERA.
DON JERÓNIMO, LUCAS, GINÉS, ANDREA.
D. Jerónimo.—¿Conque decís que es tan hábil?
Lucas.—Cuantos hemos visto hasta ahora no sirven
para descalzarle.
Ginés.—Hace curas maravillosas.
Lucas.—Resucita muertos.
Ginés.—Sólo que es algo estrambótico y lunático, y
amigo de burlarse de todo el mundo.
D. Jerónimo.—Me dejáis aturdido con esa relación.
Ya tengo impaciencia de verle. Vé por él, Ginés.
Lucas.—Vistiéndose quedaba. Toma la llave, y no te
apartes de él.
(Le da una llave á Ginés, el cual se va por la
puerta del lado derecho.)
D. Jerónimo.—Que venga, que venga presto.
ESCENA II.
DON JERÓNIMO, ANDREA, LUCAS.
Andrea.—¡Ay, señor amo! que aunque el médico sea un
pozo de ciencia, me parece á mí que no haremos nada.
D. Jerónimo.—¿Por qué?
Andrea.—Porque doña Paulita no ha menester médicos,
sino marido, marido: eso la conviene, lo demás esp. 255 andarse por las
ramas. ¿Le parece á usted que ha de curarse con ruibarbo, y jalapa, y tinturas,
y cocimientos, y potingues, y porquerías, que no sé cómo no ha perdido ya el
estómago? No, señor, con un buen marido sanará perfectamente.
Lucas.—Vamos, calla, no hables tonterías.
D. Jerónimo.—La chica no piensa en eso. Es todavía
muy niña.
Andrea.—¡Niña! Sí, cásela usted, y verá si es niña.
D. Jerónimo.—Más adelante no digo que...
Andrea.—Boda, boda, y aflojar el dote, y...
D. Jerónimo.—¿Quieres callar, habladora?
Andrea.—(Ap. Allí le duele...) Y
despedir médicos y boticarios, y tirar todas esas pócimas y brebajes por la
ventana, y llamar al novio, que ese la pondrá buena.
D. Jerónimo.—¿Á qué novio, bachillera,
impertinente? ¿En dónde está ese novio?
Andrea.—¡Qué presto se le olvidan á usted las
cosas! Pues qué, ¿no sabe usted que Leandro la quiere, que la adora, y ella le
corresponde? ¿No lo sabe usted?
D. Jerónimo.—La fortuna del tal Leandro está en que
no le conozco, porque desde que tenía ocho ó diez años no le he vuelto á ver...
Y ya sé que anda por aquí acechando y rondándome la casa; pero como yo le
llegue á pillar... Bien que lo mejor será escribir á su tío para que le recoja
y se le lleve á Buitrago, y allí se le tenga. ¡Leandro! ¡Buen matrimonio por
cierto! ¡Con un mancebito que acaba de salir de la universidad, muy atestada de
Vinios la cabeza, y sin un cuarto en el bolsillo!
Andrea.—Su tío, que es muy rico, que es muy amigo
de usted, que quiere mucho á su sobrino, y que no tiene otro heredero, suplirá
esa falta. Con el dote que usted dará á su hija, y con lo que...
D. Jerónimo.—Vete al instante de aquí, lengua de
demonio.
Andrea (aparte).—Allí le duele.
p. 256D. Jerónimo.—Vete.
Andrea.—Ya me iré, señor.
D. Jerónimo.—Vete, que no te puedo sufrir.
Lucas.—¡Que siempre has de dar en eso, Andrea!
Calla, y no desazones al amo, mujer; calla, que el amo no necesita de tus
consejos para hacer lo que quiera. No te metas nunca en cuidados agenos, que al
fin y al cabo, el señor es el padre de su hija, y su hija es hija, y su padre
es el señor; no tiene remedio.
D. Jerónimo.—Dice bien tu marido, que eres muy
entremetida.
Lucas.—El médico viene.
ESCENA III.
BARTOLO, GINÉS, DON JERÓNIMO, LUCAS, ANDREA.
(Salen por la derecha Ginés y Bartolo, éste
vestido con casaca antigua, sombrero de tres picos y bastón.)
Ginés.—Aquí tiene usted, señor don Jerónimo, al
estupendo médico, al doctor infalible, al pasmo del mundo.
D. Jerónimo.—Me alegro mucho de ver á usted, y de
conocerle, señor doctor.
(Se hacen cortesía uno á otro, con el sombrero
en la mano.)
Bartolo.—Hipócrates dice que los dos nos cubramos.
D. Jerónimo.—¿Hipócrates lo dice?
Bartolo.—Sí, señor.
D. Jerónimo.—¿Y en qué capítulo?
Bartolo.—En el capítulo de los sombreros.
D. Jerónimo.—Pues si lo dice Hipócrates, será
preciso obedecer.
(Los dos se ponen el sombrero.)
Bartolo.—Pues como digo, señor médico, habiendo
sabido...
p. 257D. Jerónimo.—¿Con quién habla usted?
Bartolo.—Con usted.
D. Jerónimo.—¿Conmigo? Yo no soy médico.
Bartolo.—¿No?
D. Jerónimo.—No, señor.
Bartolo.—¿No? Pues ahora verás lo que te pasa.
(Arremete hacia él con el bastón levantado en
ademán de darle de palos. Huye don Jerónimo, los criados se ponen de por medio,
y detienen á Bartolo.)
D. Jerónimo.—¿Qué hace usted, hombre?
Bartolo.—Yo te haré que seas médico á palos, que
así se gradúan en esta tierra.
D. Jerónimo.—Detenedle vosotros... ¿Qué loco me
habéis traído aquí?
Ginés.—¿No le dije á usted que era muy chancero?
D. Jerónimo.—Sí; pero que vaya á los infiernos con
esas chanzas.
Lucas.—No le dé á usted cuidado. Si lo hace por
reir.
Ginés.—Mire usted, señor facultativo, este
caballero que está presente es nuestro amo, y padre de la señorita que usted ha
de curar.
Bartolo.—¿El señor es su padre? ¡Oh! perdone usted,
señor padre, esta libertad que...
D. Jerónimo.—Soy de usted.
Bartolo.—Yo siento...
D. Jerónimo.—No, no ha sido nada... (Ap. ¡Maldita
sea tu casta!...) Pues, señor, vamos al asunto. (Saca la caja, se la
presenta á Bartolo, y él toma polvo con afectada gravedad.) Yo tengo una
hija muy mala...
Bartolo.—Muchos padres se quejan de lo mismo.
D. Jerónimo.—Quiero decir que está enferma.
Bartolo.—Ya, enferma.
D. Jerónimo.—Sí, señor.
Bartolo.—Me alegro mucho.
D. Jerónimo.—¿Cómo?
Bartolo.—Digo que me alegro de que su hija de
ustedp. 258 necesite de mi ciencia, y ojalá que usted y toda su familia
estuviesen á las puertas de la muerte, para emplearme en su asistencia y
alivio.
D. Jerónimo.—Viva usted mil años, que yo le estimo
su buen deseo.
Bartolo.—Hablo ingenuamente.
D. Jerónimo.—Ya lo conozco.
Bartolo.—¿Y cómo se llama su niña de usted?
D. Jerónimo.—Paulita.
Bartolo.—¡Paulita! ¡Lindo nombre para curarse!... Y
esta doncella ¿quién es?
D. Jerónimo.—Esta doncella es mujer de aquel. (Señalando
á Lucas.)
Bartolo.—¡Oiga!
D. Jerónimo.—Sí, señor... Voy á hacer que salga
aquí la chica para que usted la vea.
Andrea.—Durmiendo quedaba.
D. Jerónimo.—No importa, la despertaremos. Ven,
Ginés.
Ginés.—Allá voy.
(Vanse los dos por la izquierda.)
ESCENA IV.
BARTOLO, ANDREA, LUCAS.
Bartolo (acercándose á Andrea con ademanes
y gestos expresivos).—¿Conque usted es mujer de ese mocito?
Andrea.—Para servir á usted.
Bartolo.—¡Y qué frescota es! ¡Y qué... regocijo da
el verla!... ¡Hermosa boca tiene!... ¡Ay, qué dientes tan blancos, tan
igualitos, y qué risa tan graciosa!... ¡Pues los ojos! En mi vida he visto un
par de ojos más habladores ni más traviesos.
p. 259Lucas.—(Ap. ¡Habrá demonio de
hombre! ¡Pues no la está requebrando el maldito!...) Vaya, señor doctor, mude
usted de conversación, porque no me gustan esas flores. ¿Delante de mí se pone
usted á decir arrumacos á mi mujer? Yo no sé como no cojo un garrote, y le...
(Mirando por el teatro si hay algún palo.
Bartolo le detiene.)
Bartolo.—Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuántas
veces me han de examinar de médico?
Lucas.—Pues cuenta con ella.
Andrea.—Yo reviento de risa.
(Encaminándose á recibir á doña Paula, que sale
por la puerta de la izquierda con don Jerónimo y Ginés.)
ESCENA V.
DON JERÓNIMO, DOÑA PAULA, GINÉS, LUCAS, BARTOLO,
ANDREA.
D. Jerónimo.—Anímate, hija mía, que yo confío en la
sabiduría portentosa de este señor, que brevemente recobrarás tu salud. Esta es
la niña, señor doctor. Hola, arrimad sillas.
(Traen sillas los criados. Doña Paula se sienta
en una poltrona entre Bartolo y su padre. Los criados detrás, en pié.)
Bartolo.—¿Conque esta es su hija de usted?
D. Jerónimo.—No tengo otra, y si se me llegara á
morir me volvería loco.
Bartolo.—Ya se guardará muy bien. Pues qué, ¿no hay
más que morirse sin licencia del médico? No, señor; no se morirá... Vean
ustedes aquí una enferma, que tiene un semblante capaz de hacer perder la
chabeta al hombre más tétrico del mundo. Yo, con todos mis aforismos, le
aseguro á usted... ¡Bonita cara tiene!
p. 260D.ª Paula.—¡Ah! ¡ah! ¡ah!
D. Jerónimo.—Vaya, gracias á Dios que se ríe la
pobrecita.
Bartolo.—¡Bueno! ¡Gran señal! ¡gran señal! Cuando
el médico hace reir á las enfermas es linda cosa... Y bien, ¿qué la duele á
usted?
D.ª Paula.—Ba, ba, ba, ba.
Bartolo.—¿Eh? ¿Qué dice usted?
D.ª Paula.—Ba, ba, ba.
Bartolo.—Ba, ba, ba, ba. ¿Qué diantre de lengua es
esa? Yo no entiendo palabra.
D. Jerónimo.—Pues ese es su mal. Ha venido á
quedarse muda, sin que se pueda saber la causa. Vea usted qué desconsuelo para
mí.
Bartolo.—¡Qué bobería! Al contrario, una mujer que
no habla es un tesoro. La mía no padece esta enfermedad, y si la tuviese, yo me
guardaría muy bien de curarla.
D. Jerónimo.—Á pesar de eso, yo le suplico á usted
que aplique todo su esmero á fin de aliviarla y quitarla ese impedimento.
Bartolo.—Se la aliviará, se la quitará: pierda
usted cuidado. Pero es curación que no se hace así como quiera. ¿Come bien?
D. Jerónimo.—Sí, señor, con bastante apetito.
Bartolo.—¡Malo!... ¿Duerme?
Andrea.—Sí, señor, unas ocho ó nueve horas suele
dormir regularmente.
Bartolo.—¡Malo!... ¿Y la cabeza la duele?
D. Jerónimo.—Ya se lo hemos preguntado varias
veces; dice que no.
Bartolo.—¿No? ¡Malo!... Venga el pulso... Pues,
amigo, este pulso indica... ¡Claro! está claro.
D. Jerónimo.—¿Qué indica?
Bartolo.—Que su hija de usted tiene secuestrada la
facultad de hablar.
D. Jerónimo.—¿Secuestrada?
p. 261Bartolo.—Sí por cierto; pero buen ánimo, ya
lo he dicho, curará.
D. Jerónimo.—Pero ¿de qué ha podido proceder este
accidente?
Bartolo.—Este accidente ha podido proceder y
procede (según la más recibida opinión de los autores) de habérsela
interrumpido á mi señora doña Paulita el uso expedito de la lengua.
D. Jerónimo.—¡Este hombre es un prodigio!
Lucas.—¿No se lo dijimos á usted?
Andrea.—Pues á mi me parece un macho.
Lucas.—Calla.
D. Jerónimo.—Y en fin, ¿qué piensa usted que se
puede hacer?
Bartolo.—Se puede y se debe hacer... El pulso... (Tomando
el pulso á doña Paula.) Aristóteles en sus protocolos habló de este caso
con mucho acierto.
D. Jerónimo.—¿Y qué dijo?
Bartolo.—Cosas divinas... La otra... (La toma el
pulso en la otra mano, y la observa la lengua.) Á ver la lengüecita... ¡Ay,
qué monería!... Dijo... ¿Entiende usted el latín?
D. Jerónimo.—No, señor, ni una palabra.
Bartolo.—No importa. Dijo: Bonus bona
bonum, uncias duas, mascula sunt maribus, honora medicum, acinax acinacis, est
modus in rebus; amarylida sylvas. Que quiere decir, que esta falta de
coagulación en la lengua la causan ciertos humores que nosotros llamamos
humores... acres, proclives, espontáneos y corrumpentes. Porque como los
vapores que se elevan de la región... ¿Están ustedes?
Andrea.—Sí, señor, aquí estamos todos.
Bartolo.—De la región lumbar, pasando desde el lado
izquierdo donde está el hígado, al derecho en que está el corazón, ocupan todo
el duodeno y parte del cráneo: de aquí es, según la doctrina de Ausias March y
de Calepinop. 262 (aunque yo llevo la contraria), que la malignidad de
dichos vapores... ¿Me explico?
D. Jerónimo.—Sí, señor, perfectamente.
Bartolo.—Pues, como digo, supeditando dichos
vapores las carúnculas y el epidermis, necesariamente impiden que el tímpano
comunique al metacarpo los sucos gástricos. Doceo doces, docere, docui,
doctum, ars longa, vita brevis: templum, templi: augusta vindelicorum, et
reliqua... ¿Qué tal? ¿He dicho algo?
D. Jerónimo.—Cuanto hay que decir.
Ginés.—Es mucho hombre este.
D. Jerónimo.—Sólo he notado una equivocación en lo
que...
Bartolo.—¿Equivocación? No puede ser. Yo nunca me
equivoco.
D. Jerónimo.—Creo que dijo usted que el corazón
está al lado derecho, y el hígado al izquierdo; y en verdad que es todo lo
contrario.
Bartolo.—¡Hombre ignorantísimo, sobre toda la
ignorancia de los ignorantes! ¿Ahora me sale usted con esas vejeces? Sí, señor,
antiguamente así sucedía, pero ya lo hemos arreglado de otra manera.
D. Jerónimo.—Perdone usted, si en esto he podido
ofenderle.
Bartolo.—Ya está usted perdonado. Usted no sabe
latín, y por consiguiente está dispensado de tener sentido común.
D. Jerónimo.—¿Y qué le parece á usted que deberemos
hacer con la enferma?
Bartolo.—Primeramente harán ustedes que se acueste,
luégo se la darán unas buenas friegas... bien que eso yo mismo lo haré... y
después tomará de media en media hora una gran sopa en vino.
Andrea.—¡Qué disparate!
D. Jerónimo.—¿Y para qué es buena la sopa en vino?
Bartolo.—¡Ay, amigo, y qué falta le hace á usted
unp. 263 poco de ortografía! La sopa en vino es buena para hacerla hablar.
Porque en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay una virtud
simpática, que simpatiza y absorbe el tejido celular y la pía mater, y hace
hablar á los mudos.
D. Jerónimo.—Pues no lo sabía.
Bartolo.—Si usted no sabe nada.
D. Jerónimo.—Es verdad que no he estudiado, ni...
Bartolo.—¿Pues no ha visto usted, pobre hombre, no
ha visto usted cómo á los loros los atracan de pan mojado en vino?
D. Jerónimo.—Sí, señor.
Bartolo.—¿Y no hablan los loros? Pues para que
hablen se les da, y para que hable se lo daremos también á doña Paulita, y
dentro de muy poco hablará más que siete papagayos.
D. Jerónimo.—Algún ángel le ha traído á usted á mi
casa, señor doctor... Vamos, hijita, que ya querrás descansar... Al instante
vuelvo, señor don... ¿Cómo es su gracia de usted?
Bartolo.—Don Bartolo.
D. Jerónimo.—Pues así que la deje acostada seré con
usted, señor don Bartolo... (Se levantan los tres.) Ayuda aquí,
Andrea... Despacito.
Bartolo.—Taparla bien, no se resfríe. Adios,
señorita.
D.ª Paula.—Ba, ba, ba, ba.
D. Jerónimo (hace que se va acompañando á
doña Paula, y vuelve á hablar aparte con Lucas).—Lucas, vé al instante y
adereza el cuarto del señor, bien limpio todo, una buena cama, la colcha verde,
la jarra con agua, la aljofaina, la tohalla, en fin, que no falte cosa
ninguna... ¿Estás?
Lucas (marchando por la puerta de la
derecha).—Sí, señor.
D. Jerónimo.—Vamos, hija mía.
(Vanse don Jerónimo, doña Paula, Andrea y Ginés
por la puerta de la izquierda.)
p. 264Bartolo.—Yo sudo... En mi vida me he visto
más apurado... ¡Si es imposible que esto pare en bien, imposible! Veré si ahora
que todos andan por allá dentro puedo... Y si no, mal estamos... En las
espaldas siento una desazón que no me deja... Y no es por los palos recibidos,
sino por los que aún me falta que recibir.
(Vase por la parte del lado derecho.)
p. 265
ACTO III.
ESCENA PRIMERA.
BARTOLO (sale sin sombrero ni bastón por la
derecha), DON JERÓNIMO.
Bartolo.—Pues, señor, ya está visto. Esto de
escabullirse, es negocio desesperado... ¡El maldito, con achaque de la
compostura del cuarto, no se mueve de allí!... ¡Ay, pobre Bartolo!... (Paseándose
inquieto por el teatro.) Vamos, pecho al agua, y suceda lo que Dios quiera.
D. Jerónimo (sale por la izquierda).—No
ha habido forma de poderla reducir á que se acueste. Ya la están preparando la
sopa en vino que usted mandó. Veremos lo que resulta.
Bartolo.—No hay que dudar, el resultado será
felicísimo.
D. Jerónimo (sacando la bolsa y tomando de
ella algunos escuditos).—Usted, amigo don Bartolo, estará en mi casa
obsequiado y servido como un príncipe, y entre tanto quiero que tenga usted la
bondad de recibir estos escuditos.
Bartolo.—No se hable de eso.
D. Jerónimo.—Hágame usted ese favor.
Bartolo.—No hay que tratar de la materia.
D. Jerónimo.—Vamos, que es preciso.
Bartolo.—Yo no lo hago por el dinero.
D. Jerónimo.—Lo creo muy bien, pero sin embargo...
Bartolo.—¿Y son de los nuevos?
D. Jerónimo.—Sí, señor.
p. 266
Bartolo.—Vaya, una vez que son de los nuevos, los
tomaré. (Los toma y se los guarda.)
D. Jerónimo.—Ahora bien, quede usted con Dios, que
voy á ver si hay novedad, y volveré... Me tiene con tal inquietud esta chica,
que no sé parar en ninguna parte.
ESCENA II.
LEANDRO (sale por la puerta de la derecha
recatándose), BARTOLO.
Leandro.—Señor doctor, yo vengo á implorar su
auxilio de usted, y espero que...
Bartolo.—Veamos el pulso... (Tomando el pulso,
con gestos de displicencia.) Pues no me gusta nada... ¿Y qué siente usted?
Leandro.—Pero si yo no vengo á que usted me cure;
si yo no padezco ningún achaque.
Bartolo (con despego).—Pues ¿á qué
diablos viene usted?
Leandro.—Á decirle á usted en dos palabras que yo
soy Leandro.
Bartolo.—¿Y qué se me da á mí de que usted se llame
Leandro ó Juan de las Viñas?
(Alzando la voz. Leandro le habla en tono bajo y
misterioso.)
Leandro.—Diré á usted. Yo estoy enamorado de doña
Paulita; ella me quiere, pero su padre no me permite que la vea... Estoy
desesperado, y vengo á suplicarle á usted que me proporcione una ocasión, un
pretexto para hablarla y...
Bartolo.—Que es decir en castellano, que yo haga de
alcahuete. (Irritado y alzando más la voz.) ¡Un médico! ¡Un hombre como
yo!... Quítese usted de ahí.
Leandro.—¡Señor!
p. 267Bartolo.—¡Es mucha insolencia, caballerito!
Leandro.—Calle usted, señor; no grite usted.
Bartolo.—Quiero gritar... ¡Es usted un temerario!
Leandro.—¡Por Dios, señor doctor!
Bartolo.—¿Yo alcahuete? Agradezca usted que...
(Se pasea inquieto.)
Leandro.—¡Válgame Dios, qué hombre!... Probemos á
ver si...
(Saca un bolsillo y al volverse Bartolo se le
pone en la mano; él le toma, le guarda, y bajando la voz habla
confidencialmente con Leandro.)
Bartolo.—¡Desvergüenza como ella!
Leandro.—Tome usted... Y le pido perdón de mi
atrevimiento.
Bartolo.—Vamos, que no ha sido nada.
Leandro.—Confieso que erré, y que anduve un poco...
Bartolo.—¿Qué errar? ¡Un sujeto como usted! ¡Qué
disparate! Vaya, conque...
Leandro.—Pues, señor, esa niña vive infeliz. Su
padre no quiere casarla por no soltar el dote. Se ha fingido enferma; han
venido varios médicos á visitarla, la han recetado cuantas pócimas hay en la
botica; ella no toma ninguna, como es fácil de presumir; y por último,
hostigada de sus visitas, de sus consultas y de sus preguntas impertinentes, se
ha hecho la muda, pero no lo está.
Bartolo.—¿Conque todo ello es una farándula?
Leandro.—Sí, señor.
Bartolo.—¿El padre le conoce á usted?
Leandro.—No, señor, personalmente no me conoce.
Bartolo.—¿Y ella le quiere á usted? ¿Es cosa
segura?
Leandro.—¡Oh! de eso estoy muy persuadido.
Bartolo.—¿Y los criados?
Leandro.—Ginés no me conoce, porque hace muy poco
tiempo que entró en la casa; Andrea está en el secreto; su marido, si no lo
sabe, á lo menos lo sospecha y calla, y puedo contar con uno y con otro.
p. 268Bartolo.—Pues bien, yo haré que hoy mismo
quede usted casado con doña Paulita.
Leandro.—¿De veras?
Bartolo.—Cuando yo lo digo...
Leandro.—¿Sería posible?
Bartolo.—¿No le he dicho á usted que sí? Le casaré
á usted con ella, con su padre y con toda su parentela... Yo diré que es
usted... boticario.
Leandro.—Pero si yo no entiendo palabra de esa
facultad.
Bartolo.—No le dé á usted cuidado, que lo mismo me
sucede á mí. Tanta medicina sé yo como un perro de aguas.
Leandro.—¿Conque no es usted médico?
Bartolo.—No por cierto. Ellos me han examinado de
un modo particular; pero con examen y todo, la verdad es que no soy lo que
dicen. Ahora lo que importa es que usted esté por ahí inmediato, que yo le
llamaré á su tiempo.
Leandro.—Bien está, y espero que usted...
(Vase por la puerta de la derecha.)
Bartolo.—Vaya usted con Dios.
ESCENA III.
ANDREA (sale por la izquierda), BARTOLO,
LUCAS.
Andrea.—Señor médico, me parece que la enferma le
quiere dejar á usted desairado, porque...
Bartolo.—Como no me desaires tú, niña de mis ojos,
lo demás importa seis maravedís, y como yo te cure á ti, mas que se muera todo
el género humano.
(Sale por la derecha Lucas; va acercándose
detrás de Bartolo, y escucha.)
Andrea.—Yo no tengo nada que curar.
p. 269Bartolo.—Pues mira, lo mejor será curar á tu
marido... ¡Qué bruto es, y qué celoso tan impertinente!
Andrea.—¿Qué quiere usted? Cada uno cuida de su
hacienda.
Bartolo.—¿Y por qué ha de ser hacienda de aquel
gaznápiro este cuerpecito gracioso?
(Se encamina á ella con los brazos abiertos en
ademán de abrazarla. Andrea se va retirando, Lucas agachándose, pasa por debajo
del brazo derecho de Bartolo, vuélvese de cara hacia él, y quedan abrazados los
dos. Andrea se va riendo por la puerta del lado izquierdo.)
Lucas.—¿No le he dicho á usted, señor doctor, que
no quiero esas chanzas?... ¿No se lo he dicho á usted?
Bartolo.—Pero hombre, si aquí no hay malicia ni...
Lucas.—Vete tú de ahí... Con malicia ó sin ella, le
he de abrir á usted la cabeza de un trancazo, si vuelve á alzar los ojos para
mirarla. ¿Lo entiende usted?
Bartolo.—Pues ya se ve que lo entiendo.
Lucas.—Cuidado conmigo... (Le da un envión al
tiempo de desasirse de él.) ¡Se habrá visto mico más enredador!
ESCENA IV.
DON JERÓNIMO (sale por la izquierda),
BARTOLO, LUCAS, LEANDRO.
D. Jerónimo.—¡Ay, amigo don Bartolo! que aquella
pobre muchacha no se alivia. No ha querido acostarse. Desde que ha tomado la
sopa en vino está mucho peor.
Bartolo.—¡Bueno! eso es bueno. Señal de que el
remedio va obrando. No hay que afligirse, que aquí estoy yo... (Llama,
encarándose á la puerta del lado derecho.) Digo ¡don Casimiro! ¡don
Casimiro!
Leandro (desde adentro).—¡Señor!
Bartolo.—¡Don Casimiro!
p. 270Leandro (saliendo).—¿Qué manda
usted?
D. Jerónimo.—¿Y quién es este hombre?
Bartolo.—Un excelente didascálico... boticario que
llaman ustedes... eminente profesor... Le he mandado venir para que disponga
una cataplasma de todas flores, emolientes, astringentes, dialécticas,
pirotécnicas y narcóticas, que será necesario aplicar á la enferma.
D. Jerónimo.—Mire usted qué decaída está.
Bartolo.—No importa, va á sanar muy pronto.
ESCENA V.
DOÑA PAULA, ANDREA, GINÉS, DON JERÓNIMO, BARTOLO,
LEANDRO, LUCAS.
(Salen los tres primeros por la puerta de la
izquierda.)
Bartolo.—Don Casimiro, púlsela usted, obsérvela
bien, y luégo hablaremos.
D. Jerónimo.—¿Conque en efecto es mozo de
habilidad? ¿Eh?
(Va Leandro, y habla en secreto con doña Paula,
haciendo que la pulsa. Andrea tercia en la conversación... Quedan distantes á
un lado Bartolo y don Jerónimo, y á otro Ginés y Lucas.)
Bartolo.—No se ha conocido otro igual para
emplastos, ungüentos, rosolis de perfecto amor y de leche de vieja, ceratos y
julepes. ¿Por qué le parece á usted que le he hecho venir?
D. Jerónimo.—Ya lo supongo. Cuando usted se vale de
él, no, no será rana.
Bartolo.—¿Qué ha de ser rana? No, señor, si es un
hombre que se pierde de vista.
D.ª Paula.—Siempre, siempre seré tuya, Leandro.
p. 271D. Jerónimo.—¿Qué? (Volviéndose hacia
donde está su hija.) ¿Si será ilusión mía? ¿Ha hablado, Andrea?
Andrea.—Sí, señor, tres ó cuatro palabras ha dicho.
D. Jerónimo.—¡Bendito sea Dios! ¡Hija mía! (Abraza
á doña Paula, y vuelve lleno de alegría hacia Bartolo, el cual se pasea lleno
de satisfacción.) ¡Médico admirable!
Bartolo.—¡Y qué trabajo me ha costado curar la
dichosa enfermedad! Aquí hubiera yo querido ver á toda la veterinaria junta y
entera, á ver qué hacía.
D. Jerónimo.—Conque, Paulita, hija, ya puedes
hablar, ¿es verdad? (Vuelve á hablar con su hija, y la trae de la mano.)
Vaya, dí alguna cosa.
Ginés (aparte y á Lucas).—Aquí me
parece que hay gato encerrado... ¿Eh?
Lucas.—Tú calla, y déjalo estar.
D.ª Paula.—Sí, padre mío, he recobrado el habla
para decirle á usted que amo á Leandro, y que quiero casarme con él.
D. Jerónimo.—Pero si...
D.ª Paula.—Nada puede cambiar mi resolución.
D. Jerónimo.—Es que...
D.ª Paula.—De nada servirá cuanto usted me diga. Yo
quiero casarme con un hombre que me idolatra. Si usted me quiere bien,
concédame su permiso sin excusas ni dilaciones.
D. Jerónimo.—Pero, hija mía, el tal Leandro es un
pobretón...
D.ª Paula.—Dentro de poco será muy rico. Bien lo
sabe usted. Y sobre todo, sarna con gusto no pica.
D. Jerónimo.—Pero ¡qué borbotón de palabras la ha
venido de repente á la boca!... Pues, hija mía, no hay que cansarse. No será.
D.ª Paula.—Pues cuente usted con que ya no tiene
hija, porque me moriré de la desesperación.
D. Jerónimo.—¡Qué es lo que me pasa! (Moviéndose
de un lado á otro, agitado y colérico. Doña Paula se retirap. 272 hacia
el foro, y habla con Leandro y Andrea.) Señor doctor, hágame usted el gusto
de volvérmela á poner muda.
Bartolo.—Eso no puede ser. Lo que yo haré,
solamente por servirle á usted, será ponerle sordo para que no la oiga.
D. Jerónimo.—Lo estimo infinito... Pero ¿piensas
tú, hija inobediente, que?...
(Encaminándose hacia doña Paula. Bartolo le
contiene.)
Bartolo.—No hay que irritarse, que todo se echará á
perder. Lo que importa es distraerla y divertirla. Déjela usted que vaya á
coger un rato el aire por el jardín, y verá usted cómo poco á poco se la olvida
ese demonio de Leandro... Vaya usted á acompañarla, don Casimiro, y cuide usted
no pise alguna mala yerba.
Leandro.—Como usted mande, señor doctor. Vamos,
señorita.
D.ª Paula.—Vamos enhorabuena.
D. Jerónimo.—Id vosotros también.
(Á Lucas y Ginés, los cuales, con doña Paula,
Leandro y Andrea, se van por la puerta del foro.)
ESCENA VI.
DON JERÓNIMO, BARTOLO.
D. Jerónimo.—¡Vaya, vaya, que no he visto semejante
insolencia!
Bartolo.—Esa es resulta necesaria del mal que ha
estado padeciendo hasta ahora. La última idea que ella tenía cuando enmudeció,
fué sin duda la de su casamiento con ese tunante de Alejandro, ó Leandro, ó
como se llama. Cogióla el accidente, quedáronse trasconejadas una gran porción
de palabras, y hasta que todas las vacíe, ó se desahogue, no hay que esperar
que se tranquilice ni hable con juicio.
p. 273D. Jerónimo.—¿Qué dice usted? Pues me
convence esa reflexión.
(Saca la caja don Jerónimo, y él y Bartolo toman
tabaco.)
Bartolo.—¡Oh! y si usted supiera un poco de
numismática, lo entendería un poco mejor... Venga un polvo.
D. Jerónimo.—¿Conque luégo que haya desocupado?...
Bartolo.—No lo dude usted... Es una evacuación que
nosotros llamamos tricolos tetrastrofos.
ESCENA VII.
LUCAS, ANDREA, GINÉS (van saliendo todos tres
por la puerta del foro), DON JERÓNIMO, BARTOLO.
Ginés.—¡Señor amo!
Lucas.—¡Señor don Jerónimo!... ¡Ay qué desdicha!
Andrea.—¡Ay, amo mío de mi alma! que se la llevan.
D. Jerónimo.—Pero ¿qué se llevan?
Lucas.—El boticario no es boticario.
Ginés.—Ni se llama don Casimiro.
Andrea.—El boticario es Leandro, en propia persona,
y se lleva robada á la señorita.
D. Jerónimo.—¿Qué dices? ¡Pobre de mí! Y vosotros,
brutos, ¿habéis dejado que un hombre solo os burle de esa manera?
Lucas.—No, no estaba solo, que estaba con una
pistola. El demonio que se acercase.
D. Jerónimo.—¿Y este pícaro de médico?...
Bartolo (aparte lleno de miedo).—Me
parece que ya no puede tardar la tercera paliza.
D. Jerónimo.—Este bribón, que ha sido su
alcahuete... Al instante buscadme una cuerda.
Andrea.—Ahí había una larga de tender ropa.
Lucas.—Sí, sí, ya sé dónde está. Voy por ella.
p. 274(Vase por la izquierda, y vuelve al
instante con una soga muy larga.)
D. Jerónimo.—Me las ha de pagar... Pero ¿hacia
dónde se fueron? ¡Válgame Dios!
Andrea.—Yo creo que se habrán ido por la puerta del
jardín que sale al campo.
Lucas.—Aquí está la soga.
D. Jerónimo.—Pues inmediatamente atadme bien de
piés y manos al doctor aquí en esta silla... (Bartolo quiere huir, y Lucas y
Ginés le detienen.) Pero me lo habéis de ensogar bien fuerte.
Ginés.—Pierda usted cuidado... Vamos, señor don
Bartolo.
(Le hacen sentar en la silla poltrona, y le atan
á ella, dando muchas vueltas á la soga.)
D. Jerónimo.—Voy á buscar aquella bribona... Voy á
hacer que avisen á la justicia, y mañana sin falta ninguna este pícaro médico
ha de morir ahorcado... Andrea, corre, hija, asómate á la ventana del comedor,
y mira si los descubres por el campo. Yo veré si los del molino me dan alguna
razón. Y vosotros no perdáis de vista á ese perro.
(Se va don Jerónimo por la derecha, y Andrea por
la izquierda. Lucas y Ginés siguen atando á Bartolo.)
ESCENA VIII.
BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA.
Ginés.—Echa otra vuelta por aquí.
Lucas.—¿Y no sabes que el amiguito este había dado
en la gracia de decir chicoleos á mi mujer?
Ginés.—Anda, que ya las vas á pagar todas juntas.
Bartolo.—¿Estoy ya bien así?
Ginés.—Perfectamente.
p. 275Martina (saliendo por la puerta de la
derecha).—Dios guarde á ustedes, señores.
Lucas.—¡Calle, que está usted por acá! Pues ¿qué
buen aire la trae á usted por esta casa?
Martina.—El deseo de saber de mi pobre marido. ¿Qué
han hecho ustedes de él?
Bartolo.—Aquí está tu marido, Martina: mírale, aquí
le tienes.
Martina (abrazándose con Bartolo).—¡Ay,
hijo de mi alma!
Lucas.—¡Oiga! ¿Conque esta es la médica?
Ginés.—Aun por eso nos ponderaba tanto las
habilidades del doctor.
Lucas.—Pues por muchas que tenga, no escapará de la
horca.
Martina.—¿Qué está usted ahí diciendo?
Bartolo.—Sí, hija mía, mañana me ahorcan sin
remedio.
Martina.—¿Y no te ha de dar vergüenza de morir
delante de tanta gente?
Bartolo.—¿Y qué se ha de hacer, paloma? Yo bien lo
quisiera excusar, pero se han empeñado en ello.
Martina.—Pero ¿por qué te ahorcan, pobrecito, por
qué?
Bartolo.—Ese es cuento largo. Porque acabo de hacer
una curación asombrosa, y en vez de hacerme protomédico han resuelto colgarme.
ESCENA IX.
DON JERÓNIMO, ANDREA, BARTOLO, LUCAS, GINÉS,
MARTINA.
(Sale don Jerónimo por la puerta de la derecha,
y Andrea por la izquierda.)
D. Jerónimo.—Vamos, chicos, buen ánimo. Ya he
enviado un propio á Miraflores; esta noche sin falta vendráp. 276 la
justicia, y cargará con este bribón... Y tú ¿qué has hecho?, ¿los has visto?
Andrea.—No, señor, no los he descubierto por
ninguna parte.
D. Jerónimo.—Ni yo tampoco... He preguntado, y
nadie me sabe dar razón... Yo he de volverme loco... (Dando vueltas por el
teatro, lleno de inquietud.) ¿Adónde se habrán ido?... ¿Qué estarán
haciendo?
ESCENA X.
DOÑA PAULA, LEANDRO (salen por la puerta del
lado derecho), DON JERÓNIMO, BARTOLO.
Leandro.—¡Señor don Jerónimo!
D.ª Paula.—¡Querido padre!
D. Jerónimo.—¿Qué es esto? ¡Picarones, infames!
Leandro (se arrodilla con doña Paula á los
piés de don Jerónimo).—Esto es enmendar un desacierto. Habíamos pensado
irnos á Buitrago y desposarnos allí, con la seguridad que tengo de que mi tío
no desaprueba este matrimonio; pero lo hemos reflexionado mejor. No quiero que
se diga que yo me he llevado robada á su hija de usted, que esto no sería
decoroso ni á su honor ni al mío. Quiero que usted me la conceda con libre
voluntad, quiero recibirla de su mano. Aquí la tiene usted, dispuesta á hacer
lo que usted la mande; pero le advierto que si no la casa conmigo, su
sentimiento será bastante á quitarla la vida; y si usted nos otorga la merced
que ambos le pedimos, no hay que hablar de dote.
D. Jerónimo.—Amigo, yo estoy muy atrasado, y no
puedo...
Leandro.—Ya he dicho que no se trate de intereses.
D.ª Paula.—Me quiere mucho Leandro para no pensarp.
277 con la generosidad que debe. Su amor es á mí, no á su dinero de usted.
D. Jerónimo (alterándose).—¡Su dinero
de usted, su dinero de usted! ¿Qué dinero tengo yo, parlera? ¿No he dicho ya
que estoy muy atrasado? No puedo dar nada, no hay que cansarse.
Leandro.—Pero bien, señor, si por eso mismo se le
dice á usted que no le pediremos nada.
D. Jerónimo.—Ni un maravedí.
D.ª Paula.—Ni medio.
D. Jerónimo.—Y bien, si digo que sí, ¿quién os ha
de mantener, badulaques?
Leandro.—Mi tío. ¿Pues no ha oído usted que aprueba
este casamiento? ¿Qué más he de decirle?
D. Jerónimo.—¿Y se sabe si tiene hecha alguna
disposición?
Leandro.—Sí, señor; yo soy su heredero.
D. Jerónimo.—¿Y qué tal, está fuertecillo?
Leandro.—¡Ay! no, señor, muy achacoso. Aquel humor
de las piernas le molesta mucho, y nos tememos que de un día á otro...
D. Jerónimo.—Vaya, vamos, ¿qué le hemos de hacer?
Conque... (Hace que se levanten, y los abraza. Uno y otro le besan la mano.)
Vaya, concedido, y venga un par de abrazos.
Leandro.—Siempre tendrá usted en mí un hijo
obediente.
D.ª Paula.—Usted nos hace completamente felices.
Bartolo.—Y á mí ¿quién me hace feliz? ¿No hay un
cristiano que me desate?
D. Jerónimo.—Soltadle.
Leandro.—Pues ¿quién le ha puesto á usted así,
médico insigne?
(Desatan los criados á Bartolo.)
Bartolo.—Sus pecados de usted, que los míos no
merecen tanto.
D.ª Paula.—Vamos, que todo se acabó, y nosotros
sap. 278bremos agradecerle á usted el favor que nos ha hecho.
Martina.—¡Marido mío! (Se abrazan Bartolo y
Martina.) Sea enhorabuena, que ya no te ahorcan. Mira, trátame bien, que á
mí me debes la borla de doctor que te dieron en el monte.
Bartolo.—¿Á ti? Pues me alegro de saberlo.
Martina.—Sí por cierto. Yo dije que eras un
prodigio en la medicina.
Ginés.—Y yo porque ella lo dijo lo creí.
Lucas.—Y yo lo creí porque lo dijo ella.
D. Jerónimo.—Y yo porque estos lo dijeron, lo creí
también, y admiraba cuanto decía como si fuese un oráculo.
Leandro.—Así va el mundo. Muchos adquieren opinión
de doctos, no por lo que efectivamente saben, sino por el concepto que forma de
ellos la ignorancia de los demás.
p. 279
ÍNDICE
|
Pág. |
|
|
Leandro Fernández de Moratín. |
|
|
Discurso preliminar. |
|
|
La comedia nueva. |
|
|
El sí de las niñas. |
|
|
La escuela de los maridos. |
|
|
El médico á palos. |
|
NOTAS
[1] Este
Discurso preliminar, que, escrito por el mismo Moratín, figuró al frente de sus
comedias, comprende la historia resumida del Teatro español desde el
siglo XVIII, á la época en que el autor tomó sobre sí la empresa de
restaurarlo con su ejemplo y sus preceptos. Nada dice Moratín de sus coetáneos,
y nada pudo decir, puesto que falleció en 1828, de la profunda revolución que
trajo á la escena española el romanticismo, pocos años después de su muerte.
Así limitado á dicho período todo el discurso, es, en suma, la historia de la
decadencia del teatro genuinamente nacional, y de las tentativas hechas para
sujetarle á los cánones del pseudo clasicismo, hasta que, no bien triunfantes,
fueron otra vez derrocados y olvidados.
[2] Acerca
de esta frase, Hartzenbusch cree que el texto está viciado. Véanse sus apuntes
sobre el teatro moderno español,—artículo 3.º—Revista de España, de Indias y
del extranjero.—Diciembre 1845.
[3] Don
Vicente García de la Huerta en el prólogo de su Teatro español, impreso en
1785, explica así el origen de la denominación de Chorizos.
«Francisco Rubert, por otro nombre Francho, fué la causa del apellido de Chorizos que
se dió en el año de 1742 á los individuos de la compañía de que era entonces
autor Manuel Palomino, con motivo de ciertos chorizos que comía en un entremés;
y habiéndose hallado una tarde sin ellos, hizo tales y tan graciosas
exclamaciones contra el encargado de llevar los chorizos, que era el
guardarropa de la compañía, y movió tanto la risa de los espectadores, que
desde entonces se llamó de los Chorizos.»
[4] Este
prólogo de Nasarre provocó una violenta y ruidosa polémica literaria entre los
partidarios del gusto francés y los del teatro de Lope y Calderón. Es digno de
notarse que en los argumentos que usaban los últimos, se hallan en germen los
principios de la escuela romántica de nuestro siglo.
[5] Los
autos sacramentales se prohibieron por real cédula de 11 de junio de 1765.
[6] La
crítica moderna ha concedido á D. Ramón de la Cruz mayor atención y más francos
elogios, particularmente como autor de los inimitables sainetes,
que gozan hoy de fama universal.
Nota de transcripción
· Los errores de imprenta han sido corregidos sin
avisar.
· Se ha respetado la ortografía del original —que
difiere ligeramente de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor
frecuencia.
· Se han normalizado los puntos suspensivos y se ha
corregido el emparejamiento de admiraciones e interrogaciones.
· Los «cuánto» y «con que» del original se han
convertido a «cuanto» y «conque» cuando distorsionaban el sentido de las
expresiones.
· Las páginas en blanco han sido eliminadas.
· Las notas a pie de página se han renumerado y se
han colocado al final del libro.
· Se ha unificado el encabezamiento de las escenas
indicando siempre los personajes que intervienen, tomando la información
pertinente de otras ediciones.
End of Project Gutenberg's Comedias escogidas, by
Leandro Fernández de Moratín
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK COMEDIAS
ESCOGIDAS ***

