Libro N° 9636. Thespis. Novelas Cortas Y Cuentos. Bunge, Carlos Octavio.
© Libro N° 9636. Thespis. Novelas Cortas Y Cuentos. Bunge,
Carlos Octavio. Emancipación. Febrero 26 de 2022.
Título original: © THESPIS. Novelas Cortas Y Cuentos. Carlos Octavio
Bunge
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Original: © THESPIS. Novelas Cortas Y Cuentos. Carlos Octavio Bunge
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THESPIS
Novelas Cortas Y Cuentos
Carlos-Octavio Bunge
Thespis
Novelas Cortas Y Cuentos
Carlos-Octavio Bunge
Title: Thespis
Author: Carlos-Octavio
Bunge
Release Date: October 4,
2008 [EBook #26771]
Language: Spanish
Character set encoding:
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GUTENBERG EBOOK THESPIS ***
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BIBLIOTECA DE
«LA NACIÓN»
CARLOS-OCTAVIO BUNGE
———
THESPIS
(NOVELAS
CORTAS Y CUENTOS)
BUENOS AIRES
1907
Imp. y estereotipia
de La Nación.—Buenos Aires
———
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MÁSCARAS TRÁGICAS |
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Pesadilla drolática (Impresiones de veinticuatro horas de fiebre) |
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MÁSCARAS CÓMICAS |
PRÓLOGO
Al volver Baco de las vendimias, seguíale brillante
séquito de faunos y ninfas. Y los corifeos del dios ventrudo y coronado de
pámpanos, del dios de los árboles frutales y las viñas, cantaban su canción
báquica, narrando hechos y casos...
Thespis, el «divino» creador, inventó entonces la
sustitución del coro por un hombre viviente, de carne y hueso, que simulara y
mimase los hechos y los casos. Él fue este hombre. Y para representar su serie
de encarnaciones, cambiábase sucesivamente de trajes y de máscaras de lino.
Actor único, personificaba hombres y mujeres, viejos y niños, reyes y mendigos.
El coro se limitaba a replicarle.
Autor al mismo tiempo que actor, Thespis es el
padre del teatro griego, la tragedia y la comedia, la máscara de Esquilo y la
de Aristófanes. Por eso pudo Dioscoride escribir en su tumba el siguiente
epitafio:
Aquí estoy yo, Thespis. Fui el primero en inventar
el canto trágico, cuando Baco traía el carro de las vendimias, y era propuesto
en premio un lascivo macho cabrío, con un cesto de higos áticos. Nuevos poetas
han cambiado la forma del canto primitivo; otros, con el tiempo, lo
embellecerán todavía. Pero el honor de la invención siempre queda para mí.
Tendrás eternamente razón, oh glorioso Thespis. El
honor de la invención te pertenecerá siempre. Yo, hijo de tierras que no has
conocido y de una civilización que no pudiste sospechar, lo reconozco; y te
rindo homenaje, poniendo tu nombre al frente de este libro...
Pues este libro es un manojo de cuentos y
fantasías, escrito en los más varios estados de ánimo. Presenta, puedo decirlo,
distintos personajes y diversos estilos. Por mi rostro han pasado también las
máscaras de lino, ya trágicas, ya cómicas... ¿No es acaso todo escritor—poeta,
dramaturgo o novelista,—la sucesiva encarnación de sus personajes? Él siente,
actúa y habla por ellos, ellos por él. Un autor es un actor en silencio... Su
«sinceridad» no es más que su aptitud de sugestionarse con las máscaras que se
suceden sobre su rostro.
¡Sedme pues propicios, oh manes de Thespis, padre
común de todos los poetas, dramaturgos y novelistas!... Al poner mi libro bajo
tu nombre, pido al buen árbol buena sombra.
Buenos Aires, Diciembre de 1906.
PRIMERA PARTE
MÁSCARAS TRÁGICAS
I
Pablo Gastón Enrique Francisco Sancho Ignacio
Fernando María, duque de Sandoval y de Araya, conde-duque de Alcañices, marqués
de la Torre de Villafranca, de Palomares del Río, de Santa Casilda y de
Algeciras, conde de Azcárate, de Targes, de Santibáñez y de Lope-Cano, vizconde
de Valdolado y de Almeira, barón de Camargo, de Miraflores y de Sotalto, tres
veces grande de España, caballero de las órdenes de Alcántara y de Calatrava,
señor de otros títulos y honores, era, ¡cosa extraña en persona de tan ilustre
abolengo y alta jerarquía! un joven modesto, sensato y virtuoso.
Huérfano desde temprana edad, fue educado por su
única hermana, Eusebia, quien, por los muchos años que le llevaba, podía ser su
madre, y de madre hizo. Desmedrado, rubio, paliducho, con incurable aspecto de
niño, de facciones finas, de ojos dulces y claros y porte de principesca
mansedumbre, contrastaba el joven con la igualmente interesante figura de su
hermana. Era ésta una mujer alta, huesosa, de dura y vieja fisonomía, coronada
por abundante masa de negrísima cabellera. Aristócrata y célibe empedernida, en
cuanto él cumplió la mayor edad, profesó ella en la orden de las ursulinas. No
sin decirle antes, sintetizando su obra educativa:
—Por tu nombre y antepasados, eres el primer noble,
el primer grande de nuestra siempre noble y grande España. Después del rey
nadie tiene más altos deberes que tú. Modelo debes ser, en virtudes y
sentimientos, de tanto hidalgo indigno de su prosapia y de tanto plebeyo
blasonado por el dinero y la vanidad. No olvides jamás lo que a ti mismo te
debes, y a tus gloriosos predecesores. Ellos fueron virreyes, generales,
cardenales y hasta reyes y santos; conquistaron tierras para su patria,
laureles para sus sienes y almas para el cielo. En nuestros tiempos tu acción
será forzosamente más reducida y simple. Tu vida, pura y retirada, no sólo será
ejemplo de verdaderos hidalgos, sino también muda protesta contra estos tiempos
corrompidos y vulgares.
Así dijo, en el tono austero y profético de una
sibila. Y sin más, permitiendo apenas que por toda despedida el joven besara
respetuosamente su mano de abadesa, cubriéndola de lágrimas, se retiró del
mundo.
Pablo, Pablito, como ella cariñosamente le llamara,
quedó solo. Aunque emparentado con los mismos Borbones y con toda la nobleza
antigua, no mantenía con sus parientes más que ceremoniosas relaciones de
etiqueta; chocábale la excesiva familiaridad propia de las cortes modernas.
Reservando en el fondo de su corazón tesoros de ternura, creía torpe
derrocharlos en afectos pasajeros y advenedizos. Por eso vivía retraído y hasta
huraño, en su palacio de familia.
Era éste, más que palacio, convento, por su
arquitectura sobria y maciza y por sus vastas dimensiones. El ala central había
sido levantada durante el reinado de Carlos III, en un extremo de la calle del
Rey Francisco, que pertenecía entonces a los suburbios de Madrid. Completado y
reconstruido luego, era todavía grandiosa morada.
Por las muchas deudas que contrajera el último
duque de Sandoval, viejo y disipado solterón, tío del heredero, el palacio
había sido embargado en la liquidación testamentaria de sus bienes. Ocurrió
esto en la minoría de Pablito. Y aquí fue donde primero se manifestó la
entereza de su hermana Eusebia, a cuyos esfuerzos y diligencias debiose en gran
parte la salvación de la finca, con sus magníficas reliquias. Apenas heredara
Pablo los blasones, dio ella en desplegar la perseverancia y hasta el buen
criterio comercial que se revela en el epistolario de Santa Teresa de Jesús.
¡Había que salvar de la ruina que lo amenazara el ducal mayorazgo, honra y prez
de la patria historia! Y tanto bregó, luchó, suplicó, transigió y aun especuló,
que al cabo de algunos años iban en vías de salvarse de las garras de los
acreedores las tierras más tradicionales y las dos más ricas dehesas de la
opulenta casa. Al joven duque no le tocaba ahora más que seguir las operaciones
iniciadas y aconsejadas por su hermana, para que, al cumplir los treinta años,
se viera en posesión de fortuna suficiente al decoro de su rango.
—Mira a nuestro primo Osuna—habíale dicho
Eusebia.—Por la magnificencia de su padre, digno embajador de España ante el
zar, ha debido liquidar en pública almoneda los honrosos trofeos de su estirpe.
Hay que evitar decadencia semejante. Y no podemos evitarla sino con trabajo y
ahorro. El comercio y los negocios no son para nosotros. ¡Recuerda al duque de
Gandía! Los deportes, que convendrían a tus gustos, no convienen aún a tu
fortuna. No olvides que Alba, propietario de cuantiosos bienes, ha gastado una
mitad de ellos en los llamados «sports», que nos traen las modas de Inglaterra.
Tampoco te aconsejaría que esperes aumentar tus caudales, como Montesclaros,
uniéndote a la heredera de algún rico comerciante bilbaíno. Esa gente no
participa de nuestros sentimientos, no es capaz de desinterés ni de delicadeza.
Hasta en ideas políticas te concedo que puedas a veces templar las pasiones
tradicionales con los nuevos tiempos, puesto que tu abuelo y tu tío disimularon
su fidelidad a don Carlos; pero nunca en cuanto a tu casamiento... ¡Una
verdadera duquesa de Sandoval es tan difícil de encontrar como una reina de
España!
Y después de una larga pausa, con una emoción que
nunca, antes ni después, le notara su hermano, había concluido:
—No me he casado yo, tal vez por que no hallé un
marido para mis sentimientos y mi linaje. Dios sabe que sólo quería nobleza, no
dinero. Pero tú, mejorada la suerte de nuestra casa y heredero de sus títulos,
te encontrarás un día en ocasión de poder elegir una princesa. Espero del cielo
que ella exista entre la miseria y corrupción de nuestro siglo. ¿No has visto
nunca crecer, pura y lozana, en montones de estiércol, una azucena blanca?
Mucho meditó Pablo sobre tan excelentes
advertencias. Y después de guardar durante algún tiempo el duelo que sentía por
la profesión de su hermana, comenzó a frecuentar, de cuando en cuando, si no la
sociedad bullanguera y aparatosa, las recepciones de Palacio, donde era bien
quisto por su ejemplar conducta. Allí conoció las beldades de la corte, cuyas
«toilettes» y modos le chocaron, a veces hasta la indignación. Encontrábales
cierta desfachatez que se le antojaba canallesca, bien distante de la casta y
severa majestad de las grandes damas de otros tiempos. Llegó a pensar que
hallaría la esposa soñada en las soledades de provincia y hasta en otras cortes
menos modernas, como las de ciertos pequeños principados de la feudal Alemania.
Pero, ¡ay! esas infantas eran generalmente herejes... Y al defecto de la
herejía innata, cuyo dejo subsiste aún después de la conversión, era casi
preferible el defecto del modernismo parisiense, del modernismo Revolución
Francesa!
Decíase que, avalorando su nobleza y señorío, la
reina madre llegó a insinuarle, por discreto intermediario, la proposición de
que casara con la menor de las infantas reales... Él la conocía, él sabía de
memoria su perfil borbónico... Debió pensar si podría amarla... ¡No, nunca la
amaría, a pesar de su adhesión y su respeto! ¿Cómo engañar, entonces, a una
princesa real ante el altar divino? ¿No sería eso faltar doblemente a su Dios y
a su rey? Fue así que, según se contaba, rechazó el ofrecimiento en agradecidos
y leales términos.
Parece que el emisario de Palacio insistió a pesar
de su negativa. Creyó que ésta fuese inspirada por la modestia; y debió llegar
hasta ofenderle, con su moderno espíritu comercialista, encareciendo las
ventajas de la alianza, como si el joven duque fuese una mercancía que se
ofreciera... Esto acabó por indignarle en su íntimo y concentrado orgullo, y
tan hondamente que, para terminar el enojoso asunto, dio Pablo una réplica
digna de los antiguos tiempos de la grandeza española:
—Diga usted a su majestad la reina que, siendo yo
el primer grande de España, no quiero ser el último infante.
Picado, el proponente preguntó:
—¿Es ésa la última palabra del señor duque?
Pablo se encogió de hombros:
—El duque de Sandoval no tiene más que una palabra.
Lo mismo da llamarla primera que última.
Y, diciendo esto, se puso de pie, para significar a
su interlocutor que había terminado la entrevista.
Poco a poco, disgustado por el ambiente, fue
retirándose otra vez a su palacio. Maldecía allí a las nuevas invenciones, que
le obligaban a vivir continuamente preocupado en el saneamiento económico de su
casa, cuyas deudas estaban todavía a medio amortizar. En los reinados de Carlos
V y de Felipe II, ¡cuánto mejor aprovechamiento tuvieran sus juveniles
energías, al frente de los tercios de Flandes y de Italia, o de las huestes
conquistadoras de las Indias! ¡Felices tiempos aquellos en que el sol no se ponía
nunca en los dominios del Rey Católico!
Cansado por los tráfagos de la administración harto
del inacabable cálculo de intereses y amortizaciones, pensó en distraerse
viajando por el extranjero. Mas desistió por entonces de la idea, en parte por
ahorro, en parte porque todavía no estaban los asuntos de su casa como para
delegarlos en manos de procuradores o intendentes. Seguiría pues aun en el
puesto que su hermana le indicara, cumpliendo las tareas más contrarias a su
carácter generoso y altivo, en aras de esa misma generosidad y esa altivez.
II
Hallábase una noche después de cenar, solo como de
costumbre, hojeando distraídamente periódicos y revistas, en la habitación que
eligiera para gabinete de trabajo. Era ésta una amplia sala, decorada con cinco
antiguos retratos de familia, los mejores de la colección, verdaderas piezas de
museo, obras de grandes maestros. Terminada la lectura, dejó caer al suelo la
última revista y absorviose en la contemplación del cuadro, firmado por el
Tiziano, que tenía frente a su poltrona. Representaba él a don Fernando, el
primer duque de Sandoval, fundador de la grandeza de su casa, en traje de gran
maestre de la orden de Calatrava... Y, por súbita y peregrina ocurrencia, Pablo
dirigió mentalmente a don Fernando, esta breve, pero sentida alocución:
—Ya ves. Llevo por ti, ¡oh mi glorioso abuelo! una
vida lánguida y aburrida, una verdadera vida de sacrificio. Sólo espero que tú,
ya que eres el dios tutelar de nuestra casa, me apruebes y bendigas.
Pareciole entonces ver al joven duque que su abuelo
don Fernando, soltando la preciosa empuñadura de su espada, le tendía, en la
tela del Tiziano, ambas manos, como para bendecirle y protegerle...
—Esto es ilusión de mis ojos—se dijo.—El viento que
penetra por la ventana entreabierta la ha producido, sacudiendo la luz de las
bujías.
Y se levantó bruscamente, para cerrar la ventana,
volviendo a arrellanarse después en su asiento. Pero, realmente, don Fernando
parecía haber cambiado de postura y estar poco dispuesto a tomar de nuevo la
que le diera el pintor...
—Me siento mal—se repitió su último heredero.—No,
no puede ser así. Es tarde... Acaso estoy soñando ya. Debo irme a acostar...
Mañana desaparecerá la alucinación.
Efectivamente, era ya entrada la noche, pues en una
habitación vecina el reloj dio la una. Hizo entonces el joven un esfuerzo para
levantarse, aunque sin conseguirlo, saludando al retrato, entre burlón y
respetuoso:
—De todos modos, don Fernando, os agradezco en el
fondo de mi alma vuestra bendición. Y me despido hasta mañana, porque ya es
tarde y me voy a dormir. ¡Buenas noches... o buenos días!
Los labios de don Fernando parecieron desplegarse
en el retrato, mientras en la misma habitación decía vagamente una voz
engolillada:
—Dios te ayude, hijo mío.
Al oír esta voz, estremeciose Pablo, alarmado.
—Debo de tener fiebre—pensó.—Decididamente, esta
vida que llevo es antihigiénica para cualquiera, y más para mí, que pertenezco
a una familia de guerreros y de ascetas, es decir, de nerviosos. Estoy fatigado
por las preocupaciones y el trabajo. Me siento medio neurasténico... Es preciso
que mañana mismo haga mis maletas y me dé una vuelta por Roma o por París, para
reponerme.
Quiso levantarse otra vez, y le faltaron fuerzas.
Quedó así clavado, siempre en su sillón, agitándolo extraños e indefinibles
presentimientos...
De las tres bujías que alumbraban la estancia,
apagose una, ya consumida... Al disminuir la luz, Pablo dirigió una mirada a
los retratos que colgaban en los muros, y vio que todos, hombres y mujeres, lo
miraban y sonreían cariñosamente, como saludándolo. El único que no le hiciera
manifestación alguna de simpatía era la efigie de un dominico, fray Anselmo de
Araya, gran inquisidor de Felipe II. La adusta rigidez de este fraile, que
permanecía tal cual fuera pintado hacía siglos, infundió a Pablo todavía mayor
temor que las sonrisas y los movimientos de las demás figuras...
Junto al fraile estaba el retrato de su hermana
doña Brianda, la esposa de don Fernando, en un traje de terciopelo negro de
severidad casi monástica. Y destacábase enfrente, atribuida al pincel del
Tintoretto, la arrogante imagen del joven caballero gascón vizconde Guy de la
Ferronière, que cayó prisionero del emperador en la batalla de Pavía. Embajador
más tarde ante Carlos V, aunque por unas semanas, en rápida misión secreta,
habíase enamorado y casado con una española, doña Bárbara de Aldao. De cuyo matrimonio
naciera doña Mencía, la que fue segunda duquesa de Sandoval, por casarse con el
primogénito de don Fernando y doña Brianda. Doña Bárbara, doña Mencía y su
esposo y demás ascendientes de ese tronco no estaban representados en la
galería del salón. En cambio, hechizaban los ojos de demonio de un ángel
pintado por Goya. Este ángel era una mujer descendiente de los nombrados,
tía-tatarabuela de Pablo, llamada doña Inés de Targes y Cabeza de Vaca, dama
admirable que trastornaba los afeminados corazones de los palaciegos de Carlos
IV y María Luisa. Diz que el mismo príncipe de la Paz se enamorara de ella, y
que el rey, a pesar de las insinuaciones de la reina no llegó nunca ni a
fruncir el ceño ante su triunfante belleza. Al verla, Pablo no pudo menos de sonreír
con intensa ternura, lo que tal vez no le ocurriera desde que profesara su
hermana...
Pasándose largas horas, bajo la escasa luz de la
última bujía que duraba encendida, acabó el joven por familiarizarse con el
raro caso de aquellas figuras que se movían y hasta hablaban...
—Vamos, yo os agradezco vuestros saludos—les
dijo,—y os invito a que bajéis de vuestros cuadros, a tomar conmigo una copa de
vino Oporto. Lo tengo bastante bueno, del que olvidara en la bodega mi tío, que
en paz descanse. Esto os reconfortará y servirá de distracción. Pues debéis
sentiros un tanto aburridos de estaros quietos tantos años y hasta siglos
colgados de las paredes...
—Aceptamos—repuso en seguida don Fernando.
—Todo sea a la mayor gloria de Dios—dijo fray
Anselmo, el dominico.
—«C'est gentil!»—exclamó el vizconde de la
Ferronière.—«J'en meurs pour le bon vin du Porto, et de Bourgogne aussi.»
¡Gracias, gracias!
—Has tenido una piadosa idea, mi querido nieto,
digna de la generosa hospitalidad de tus abuelos—articuló la voz de doña
Brianda.
Y doña Inés nada dijo, pero sonrió con tal encanto
a su sobrino-nieto, que su sonrisa era una flecha de amor...
Recibida con tanto gusto la invitación, Pablito se
adelantó hacia su noble antepasado don Fernando, tendiéndole la mano para que
descendiese el primero. El anciano tomó formas corpóreas, y saltó del cuadro al
suelo con la agilidad de un hombre acostumbrado a los hípicos ejercicios de
combate. Su joven descendiente, con una rodilla en tierra, le besó la velluda y
callosa diestra, que midiera su fuerza alguna vez con el mismo Francisco I.
Luego ayudó al inquisidor, quien, materializado a
su vez, se persignó y masculló alguna oración en ininteligible latín.
Doña Brianda, tocándole inmediatamente el turno,
descendió con dificultad, por sus años y su respetable peso de matrona
española. Hasta parece que se dislocó un poco el tobillo izquierdo, sin que el
dolor le impidiera acomodarse el zapato con serio y recatado ademán, dando
amablemente las gracias a Pablito.
Al contrario, la bella doña Inés sólo apoyó
ligeramente su mano en el hombro del joven duque, y saltó con tanto salero y
coquetería, que el mismo gran maestre don Fernando hubo de sonreírle.
Por fin, el vizconde de la Ferronière, tocando
apenas y como por broma la cabeza de Pablo, bajó con la elegancia de un
gimnasta. Riose francamente, y exclamó, luego, con marcado acento gascón:
—«Mais, c'est drôle!» Ya se me había dormido la
pierna derecha de estar tanto tiempo en la incómoda postura en que me puso en
el lienzo ese «brigand» de Tintoretto. ¡Si estuviera aquí, ya le calentaría un
poco las orejas!
Altamente turbado, Pablo no sabía cómo hacer los
honores de su casa... El vizconde intervino, muy oportunamente:
—¿Y no nos habías ofrecido buen vino de
«Bourgogne»... o de «Porto»?
—Voy a buscarlo con el mayor gusto, si lo deseáis,
caballero...
—¡Eh! Yo no soy español. Puedes tutearme, muchacho.
Los franceses, entre iguales, nos tratamos como iguales.
Dejando instalados a sus extraños huéspedes, todos
como en cuerpo y alma, bajó Pablo a la bodega, y volvió al rato con copas de
cristal y botellas cubiertas de polvo y telaraña. Estaba pálido y tembloroso,
pues en el estado de sobreexcitación en que se hallaba, habíale asustado como
espectros un par de lauchas que corrieran en la obscuridad de la bodega.
—Vamos, tranquilízate, «mon cher»—le dijo el
gascón.—¿Te han aterrorizado las ratas del sótano? En mi tiempo, los jóvenes
eran más animosos. Cuando yo tenía quince años...
—Dejad vuestra historia para otro momento,
vizconde, si os place. Ahora beberemos—interrumpió con serena autoridad don
Fernando.
—Tenéis razón, querido consuegro. Bebamos a la
salud del último duque de Sandoval.
Y el mismo gascón descorchó las botellas y sirvió a
los presentes con gallarda alegría. Entonces pudo ver Pablo que las cinco
visitas habían tomado completa posesión de su casa. Encendidas nuevas luces,
estaban diseminadas por la sala, en familiares posturas y cómodos sitiales. El
único que permanecía en un rincón, fosco y como inspirado, era fray Anselmo.
—Yo me siento aquí tan a «mon aise», como si
estuviese «chez moi»—decía el gascón.—Siempre me encontré bien en España,
porque si los españoles son un poco orgullosos, también son valientes,
valientes como los mismos franceses. ¡Y nunca vi mujeres más lindas que las de
España!—Doña Inés agradeció con su mejor sonrisa, mientras proseguía el
vizconde:—¡Sobre todo, que las mujeres de España cuando tienen también su
poquito de sangre francesa, como mi nieta doña Inés!
—No seáis adulador, vizconde—repuso ésta,
irónicamente.—Tal vez si me vierais bajo mi estatua yacente que está en la
catedral de Ávila...
—Estos franceses—murmuró doña Brianda, con la
severidad de una dueña,—más que galantes, parecen deschabetados.
—El hecho es—dijo don Fernando a Pablo, como para
cortar la conversación,—que nos encontramos muy bien en tu casa y que gozaremos
algún tiempo de tu castellana hospitalidad.
Aquí se oyó la gruesa voz del fraile, con
entonación casi iracunda:
—No es por encontrarnos bien por lo que nos
quedaremos un tiempo en vuestra casa, joven duque, sino para cumplir un
designio de Dios. Él nos dio la vida, Él nos la quitó, Él nos la devuelve hoy.
No somos más que instrumentos de su Voluntad omnipotente, que acaso nos llama a
cumplir una grande acción en su pueblo predilecto, el reino católico.
—Amén—agregó doña Inés, más devota que burlona.
—Para servir mejor a mi Dios—continuó el
fraile,—permitidme que me retire a mi habitación... No tenéis por qué
incomodaros acompañándome, joven duque; yo conozco el aposento que me destináis
y puedo ir solo y abrirlo, con la gracia de Dios, llave que abre todas las
puertas. Buenas noches.
—Buenas noches, padre—repuso a coro la compañía.
Y fray Anselmo se retiró, haciendo sonar entre sus
magros dedos las gruesas cuentas negras del rosario que pendía en la cintura de
su hábito blanco.
—Es uno de los más preclaros varones de nuestra
casa, un verdadero santo—exclamó con unción doña Brianda.
—¿Está limpia y ventilada la habitación que se le
destina?—preguntó zumbonamente el gascón.
—Hace algún tiempo que no se abre...—repuso Pablo.
—Algún tiempo... un par de añitos, por lo menos...
Pues en tal caso, si el fraile pasa la noche de rodillas, «saperbleu!», se va a
ensuciar su hábito blanco, y cuando vuelva al retrato, dará asco.
Doña Inés lanzó una alegre carcajada; doña Brianda
estiró su labio con una mueca de desdén y de fastidio...
—Tantas veces os dije, vizconde—observó don
Fernando,—que en España no debéis nunca burlaros o hablar ligeramente de
sacerdotes y cosas de religión...
—Sois insufrible, caballero—aseguró a Guy doña
Brianda.
—¿Cuándo aprenderéis a estaros con
juicio?—preguntole el primer duque de Sandoval.
—¿Cuándo? ¿Y todavía me lo preguntáis? ¿No me he
pasado tres siglos quieto, quietecito, colgado siempre de la pared, sin
moverme, sin pediros en préstamo ni un maravedí, mi querido consuegro, sin
haceros una guiñada, «sage comme une image»? ¡Bien sabéis que muchas veces me
ha picado la nariz, porque se paraba una mosca encima, y que ni a escondidas he
desprendido la mano de la cintura para rascarme!
—Lo cierto es que mi abuelito el vizconde—intervino
graciosamente doña Inés—debe haberse aburrido de lo lindo en su cuadro,
habiendo llevado antes una vida tan divertida en Gascuña, en París y hasta en
Toledo. ¿Os distraíais recordando vuestras aventuras?
—A veces, cuando no flechaba el corazón de la
respetable matrona que tenía en frente—repuso Guy, aludiendo a doña Brianda.
—Estáis faltando a una dama... ¡y a una dama de
vuestra familia!—clamó indignada la aludida.
—Pensad más bien en vuestros pecados, vizconde—dijo
gravemente don Fernando,—para que Dios os perdone en el día del juicio final.
—Felizmente, don Fernando, todavía llevo la espada
al cinto para pelear al Demonio si se atreve conmigo—repuso gallardamente el
gascón, desnudando su toledano estoque y acometiendo con él a un enemigo
invisible... Cuando lo volvió a envainar, agregó, decidor:—Pero es ridículo que
no aprovechemos estas cortas vacaciones y que, mientras pudiéramos divertirnos,
nos quedemos aburriéndonos aquí, con las solemnes caras de tontos que teníamos
en los retratos... ¡Bebamos por mis pecados!
—¡Por vuestros pecados!—exclamó indignada doña
Brianda.
—No, por el perdón de los pecados de abuelito el
vizconde—intercedió seductoramente doña Inés.
—Vamos, perdonadme, oh duquesa, mi ilustre
consuegra, por el amor de nuestros hijos—solicitó galantemente Guy de la
Ferronière a doña Brianda, que, en prueba de su buena voluntad, le tendió la
mano para que la besara.—Bastante reñimos ya en el siglo xvi, para que
volvamos a las andadas. La cosa no nos divertiría ahora, porque ya no tiene
novedad. ¿No es cierto?
Suspiró doña Brianda dignamente, por única
respuesta. Y todos bebieron después; todos menos uno, el anfitrión, pues no le
alcanzaron las copas, habiendo él roto dos, de puro nervioso, al tomarlas para
que sirviera el vizconde...
—No os apuréis por eso, amado sobrino—díjole doña
Inés, tendiéndole su propia copa, después de haber sorbido en ella dos o tres
traguitos.
Bebiose el joven el resto, y sintió mirando a su
bella tía, que un fuego interno le abrasaba, como si el añejo Oporto fuera un
filtro de amor.
—Parece que nuestro querido sobrino no pierde el
tiempo—observó maliciosamente el vizconde, refiriéndose a doña Inés y al joven
duque.—Haznos los honores de tu casa, Pablo. Piensa que sentimos nuestros
músculos un poco entumecidos de las posturas que nos dieron los pintores. Para
desentumecernos nos vendría muy bien danzar un poco. ¿No tienes por acá un
laúd?
—¡Bailar! ¡Excelente idea!—interrumpió palmoteando
doña Inés.—Ahí no sé por qué capricho, pues yo nunca amé la música ni supe
tocar una nota, me ha puesto Goya un laúd sobre una consola, en el fondo de mi
cuadro. ¡Tomadlo, vizconde, y tocadnos algo para que bailemos!
Guy tomó en efecto el indicado laúd, sentose sobre
una mesa y preludió unos bonitos acordes. Se formaron en seguida dos parejas,
una de don Fernando y doña Brianda y la otra de doña Inés y Pablo, y pusiéronse
a bailar pausada y alegremente. Sin saber por qué, Pablo pensó de pronto en la
sorpresa que sufriría su hermana si pudiese verlo en tan curiosa compañía, ¡y
en las caras que pondrían, si lo vieran, su confesor, y sus primos, y sus
acreedores, y sus arrendatarios! Este pensamiento le causó tal alborozo, que se
puso a reír como si le hicieran cosquillas.
—Estáis alegre, sobrino—le observó doña Inés.
—¿Cómo podría yo estar a vuestro lado, mi tía, sino
contento con la felicidad de veros?
El gascón, que había oído muy bien, intervino:
—¿Qué decís?... ¡Más despacio, jovenzuelos! Hace
apenas media hora que os tratáis... Esperad siquiera a estar solos, que faltáis
al respeto a vuestros mayores.
Y sin más ni más, tiró el laúd, levantose, dio dos
o tres volteretas, y besó en las mejillas a doña Brianda y a doña Inés. Doña
Brianda se limpió el beso con el pañuelo de encajes; pero doña Inés miró
sonriendo amablemente a Pablo, como invitándole a que hiciera otro tanto...
Todos, hasta la anciana duquesa, parecían de buen humor, y siguieron luego
danzando y riendo... Mas de pronto, como convidado de piedra, se apareció en el
dintel de la puerta la imponente figura de fray Anselmo. Y habló:
—Vergüenza me da contemplaros y pensar que sois de
mi sangre y de mi raza, ¡oh humanas criaturas! Tenéis apenas, por divina
gracia, horas o días, de una vida especial, y en vez de aprovecharla en la
oración y el recogimiento, armáis una batahola del infierno, interrumpiendo mis
santas meditaciones. ¿No os dije que Dios nos llama a portentosa obra? Dejad de
revolcaros en el fango de la concupiscencia y de la imprevisión, y seguidme a
la capilla, que Jesús nos espera, con los brazos abiertos y tendidos.
No sin echar antes una melancólica mirada al fondo
desierto de sus respectivos cuadros, todos siguieron al fraile, como dominados
por su ojo aquilino. Llegaron en solemne y lenta procesión, después de cruzar
varios corredores, a la gótica capilla del palacio, que parecía aguardarlos con
sus mortecinas luces encendidas. Se descubrieron. Entraron. Persignáronse. Y
fray Anselmo subió al púlpito, desde el cual proclamó, con su calurosa palabra
de vidente, la necesidad de extirpar en España hasta las últimas raíces de
herejía, si se deseaba salvar el reino... Tan extraña y arrebatadora fue su
elocuencia, que todos lloraron. Hasta el vizconde, si bien en su llanto parecía
haber un poco de risa, porque durante el sermón, con un alfiler y una tirilla
de papel que encontrara por casualidad en el suelo, había prendido una pequeña
cola en las abultadas polleras de doña Brianda. Por suerte, nadie advirtió su
impiedad, «nadie—diría fray Anselmo,—¡menos Dios!»
Terminado el sermón, el dominico bajó del púlpito,
y se dirigió al altar... Interrumpiole el vizconde, antes de que se
arrodillara:
—Padre, todos nos sentimos un poco fatigados de
haber estado nada más que la friolera de unos doscientos o trescientos años
metidos en nuestros cuadros... ¿No podríamos dejar para mañana nuestras
devociones, e irnos ahora a estirar nuestros cuerpos en las frescas y finas
sábanas de Holanda que nos ha de ofrecer el joven duque?
El fraile ni se dignó responder, prosternándose
ante el ara...
—«Ces spagnols catholiques son entêtés comme des
huguenots!»—murmuró entonces el gascón.
Y comenzó el rosario. Fray Anselmo iniciaba las
Avemarías, que luego coreaban sus catecúmenos. Era interminable aquel
rosario... Atraído por las luces y la curiosidad, entró en la capilla un gato
negro, familiar de la casa. Pensó el dominico que el animal fuera una
encarnación del demonio mismo, y se disponía a hisoparlo... Pero como el gato
era muy manso, restregose contra las pantorrillas de Guy, el primero que
topara. Y Guy aprovechó la oportunidad para pisarle la cola y hacerlo mayar,
con gran refocilamiento de doña Inés... Huyó atemorizado el gato, terminó el
dominico su rosario, y Pablo despidió a sus huéspedes, instalándolos en sus
respectivas habitaciones. Tiempo era, pues la aurora se desperazaba ya en el
horizonte, y pronto empezaría el tragín de la mañana.
Satisfecha el alma por el santo cumplimiento de sus
devociones, y satisfecho el cuerpo por los varios tragos de viejo Oporto que se
echara entre pecho y espalda, durmió muy bien el joven duque. No hay para qué
decir si los demás dormirían a gusto en las «finas y frescas sábanas de
Holanda», que dijera Guy. Hasta fray Anselmo las aprovechó, a pesar de haber
anunciado que prefería una tarima y aun el duro suelo... ¡Estaban todos tan
cansados!
III
Pocos servidores tenía Pablo: un intendente
general, un ayuda de cámara y un cocinero, tres viejos catarrosos, más gordos y
reservados que canónigos, los cuales a su vez manejaban tres o cuatro galopines
para los barridos y fregados. Mujeres, ni para muestra las había en la casa.
Tal había sido la voluntad de Eusebia, quien consideraba que la mujer sólo debe
servir a su familia o a su monasterio.
Embrutecidos por la monotonía del servicio y
acostumbrados a ver en su amo un ente perfecto, incapaz de humanos yerros, ni
pizca se asombraron los tres antiguos criados del brusco cambio sobrevenido en
la casa durante la última noche. Los nuevos huéspedes eran casi tan tranquilos
como sombras; diríase que apenas tocaban el suelo. Y se imponían: don Fernando
y doña Brianda por su prestancia, fray Anselmo por su austeridad, doña Inés por
su belleza y Guy por su donaire.
Naturalmente, en las sobremesas de la antecocina se
explicó el caso de la manera más natural. Doña Inés era la prometida del amo;
venía a casarse con él. Don Fernando y doña Brianda eran sus padres. Fray
Anselmo bendeciría la boda. El vizconde era un confianzudo amigo de la casa,
que serviría de testigo. Se trataba de una familia de alta alcurnia, que
llegaba de provincia, con los históricos y vistosos trajes de sus antepasados,
conservados por puro orgullo, en una vida de voluntario aislamiento. ¡Al fin había
encontrado el señor duque la deseada esposa, que parecía como mandada a hacer a
su medida!
Y no podía concebirse gente más cómoda y discreta.
El único que fastidiaba un poco, a veces bastante, era el franchute. Tenía
ocurrencias de demonio... De buenas a primeras preguntó a Bautista, el
intendente, si vivía en la casa alguna doncella, porque, desde unos trescientos
años atrás, tenía el capricho de volver a pellizcar blancas y rollizas formas
femeninas... Bautista, con la dignidad propia de un alto servidor de casa
ducal, dijo que allí no había hembra alguna, ni se estilaban mujeres con semejantes
formas... ¿Qué hizo entonces la extravagante visita? Gritó a Bautista que se
quedara quieto; que no huyese si deseaba conservar la vida; desenvainó el
estoque, ¡y lo acribilló a amagos y fintas, enganches y desenganches, quites y
estocadas! ¡Y todavía, porque «ce frippon de Batiste» no gritaba a cada momento
«touché», lo corrió hasta la cocina, cruzándole la espalda a cintarazos!
También Manuel, el ayuda de cámara, tenía quejas no
menos serias del vizconde extranjero. Solía éste darle unas «latas»
formidables, en las cuales barajaba duelos, raptos, batallas, letanías, torneos
y mil demonios. Y hasta recordaba unas señoritas con nombres estrafalarios...
algo como de Montmorency y de Rohan... de quienes decía haberse enamoriscado en
su juventud. Hablaba también de un tal «François» o Francisco, al que llamaba
«rey de Francia»... ¡Ante ignorancia semejante, Manuel no había podido contenerse!
—Señor vizconde—le replicó,—en Francia ya no hay
reyes. Hay una república gobernada por un presidente...
—¡Una república!... Esas son cosas de Venecia y
locuras de la nobleza de Polonia... ¡República en Francia!... ¿Negarás, «cochon
du diable», que en Francia reina el muy grande y generoso rey «François I»?—Y
sacando su espada como de costumbre cuando se enfadaba, lo que ocurría muchas
veces en medio de sus bromas, agregó con ademán harto amenazador:—¡Contesta,
villano de España, si no quieres que manche mi acero en cortar tu lengua de
perro!
Temblando de miedo ante furia semejante, el viejo
servidor tuvo que tartamudear:
—Es cierto, señor vizconde, es cierto... En Francia
hay un rey...
—Hay un grande y magnánimo rey, «François I».
—Hay... un grande... y magnánimo... rey...
«François I»...
—¡A quien Dios guarde muchos años!
—A quien Dios guarde muchos años...
La infantil docilidad del criado pareció encantar a
su verdugo, que le palmoteó la espalda con mano de plomo, exclamando:
—Eres un buen garzón, villano. Vete corriendo a
buscar dos botellas del mejor vino de Borgoña que encuentres, y trae dos vasos.
Quiero que tú también bebas por las glorias del rey de Francia.
Sin comprender claramente y todavía paralizado de
terror, no se movió Manuel... Nuevamente impacientado el hidalgo gascón, le
aplicó un leve puntapié en un sitio que por decoro nadie nombra, salvo los
gascones, gritando:
—¡Anda pronto a traer esas botellas, holgazán del
infierno!
Ni tres minutos pasaron antes de que Manuel
volviera con las botellas y dos copas. Guy tomó las copas riéndose a mandíbula
batiente...
—¿Y a esto llamas vasos para beber vino de Borgoña,
maese Manuel?
—Sí... señor... si el señor no se enfada...
—¿Y crees tú que un francés honesto puede beber
sangre de Cristo en estos dedales de muñeca?
—Sí... no...
—Por la primera vez, cuando tu amo nos convidó, los
he tolerado. ¡Pero ya no los toleraré más! ¡Por los clavos de Cristo, que no
los toleraré más!... ¡Llévaselos a fray Anselmo para cuando diga misa, o a mi
buena amiga la abadesa del convento de Saint Etiene, madame de Montballon!
Pero, sin dar tiempo de que se llevaran los
«dedales de muñeca» a fray Anselmo o a la abadesa madame Montballon, desnudó la
espada, tomó las dos copas con ambas manos, e intentó con ellas unos ejercicios
como juegos malabares, dándolas muy pronto contra el suelo, donde se hicieron
añicos. Inmediatamente increpó a maese Manuel, que le miraba azorado:
—¿Qué haces ahí, zopenco, que no destapas las
botellas? Pareces el arcángel Gabriel que esculpió maese Nicolás para la
capilla de la reina Margarita. ¿Soy acaso la Virgen para que me anuncies el
nacimiento del niño Jesús?
En un abrir y cerrar los ojos, las botellas
estuvieron abiertas. Guy envainó la espada, tomó una, la alzó, la miró, tendió
el brazo, y dijo:
—¡Por las glorias del rey de Francia!
Mas viendo que no se movía Manuel, lo increpó de
nuevo:
—¡Toma pues la otra botella, animal, y no me mires
así! Te he dicho que no soy la Virgen María.
Empuñó Manuel tembloroso la otra botella y la
acercó a los labios...
—Repite antes, ¡por San Clemente de Alejandría! que
bebes por las glorias del rey de Francia, si no quieres que te rompa la cabeza
de un botellazo.
Manuel repitió:
—Por la gloria del rey de Francia...
Y el vizconde y el ayuda de cámara empinaron cada
cual su botella. Poco acostumbrado a este deporte, a Manuel le faltó pronto el
aliento, interrumpiose y erutó rociando el rostro del gascón con un gran buche
de vino.
—Esto trae suerte—dijo Guy, riéndose.—Sigue,
muchacho...
Había terminado su botella el vizconde y el ayuda
de cámara, que no podía ver el vino y jamás lo probaba, iba apenas por la mitad
de la suya...
—¡Si no bebes hasta la borra, insultas al rey de
Francia, y yo, que soy su embajador, te castigaré como mereces!—exclamó el
gascón, requiriendo otra vez su espada...
Más muerto que vivo, y todavía más borracho que
muerto, Manuel se bebió «hasta la borra», dejando luego caer al suelo
estrepitosamente la botella...
—¡Bravo, bravísimo!—aplaudió Guy.
Surgiendo en la puerta, don Fernando observó
severamente a su alegre consuegro:
—¡Pero vizconde! Os olvidáis de vuestro rango...
—¡Un francés no se olvida nunca de su rango ni en
los torneos ni en las batallas!
—Sois un embajador y parecéis un juglar...
—¡Y vos sois un grande de España y parecéis un
fraile mendicante!
—Me insultáis...
—Decid más bien, ¡nos insultamos!
Hízose una pausa, que interrumpió el anciano duque:
—Guardemos compostura, vizconde. Recordad que
tenemos una alta obra que cumplir. Dejad para otro momento vuestros arrebatos y
vuestras bromas.
—¡Para otro momento, querido consuegro? ¿Para
cuándo? ¿Para cuándo tenga que estarme otra vez años y siglos, ahí, rígido en
el cuadro, aunque me pique la nariz o se me duerma una pierna?
Y cambiando en seguida de tono, sacó Guy de un
bolsillo de terciopelo verde una grande y pesada moneda de oro, y se la tiró a
Manuel, diciéndole:
—Anda, buen hombre. Ahí tienes para poner gallina
en tu puchero todos los domingos durante un año. No la vayas a jugar como un
bellaco.
—Mejor que estar departiendo con los criados, vamos
al salón, vizconde—interrumpió don Fernando.—Hay allí un complicado y curioso
instrumento moderno, que Pablo, creyéndolo antiguo, lo ha hecho traer, para
tocarnos en él no sé qué danzas, también muy modernas... pavanas y gavotas. El
instrumento es llamado «clavicordio». Doña Inés lo conocía y está encantada.
—¡Cómo! ¿Doña Inés y Pablo están tocando el
clavicuerno?...
—¡Cla-vi-cor-dio!
—¿Y no está colgado en esa sala algún retrato de
nuestro amado pariente el conde de Targes?
Don Fernando se alzó de hombros y salió, seguido
del vizconde, en dirección a la sala del clavicordio. Manuel volvió a la
cocina, bamboleándose y creyendo haber soñado; pero la arcaica moneda
atestiguaba la realidad del supuesto sueño... ¡y más que la moneda, su
borrachera!
—Se han querido reír de tí—le observó Bautista.
Al día siguiente también se quisieron reír de
Bautista. Pues Guy le pidió una tintura, con estas enigmáticas palabras:
—Búscame pronto algo para teñirme el bigote otra
vez de negro, pues se me está destiñendo; y no quiero volver al cuadro del
Tintoretto sino como él me pintó, con los mostachos ennegrecidos por la pasta
que fabrica maese Sabino, el barbero del rey.
Parece que una caja de betún ordinario sustituyó
bastante pasablemente la antigua industria de maese Sabino...
Todas estas cosas raras se comentaban, aunque
parsimoniosamente, en la antecocina. La ausencia de las figuras en los cuadros
del gabinete de trabajo del amo había pasado hasta entonces inadvertida. ¿Acaso
los sirvientes se ocupan de obras de arte cuando no se les manda limpiarlas?
Contentábanse, pues, con decir que esos nobles de provincia eran incansables
bromistas... ¡y nada más!
Donde se decía mucho más era en la corte. Corrían
las versiones más extraordinarias. Hablábase vagamente de una secreta compañía
de titiriteros, que el joven duque albergaba en su palacio. Otros suponían una
comparsa de bufones, cuyo oficio era distraer, a la antigua usanza, los ocios
del magnate moderno. Creíase también en un tropel de locos y de idiotas que,
por caridad más que por humorismo, cuidaba el joven en su propia casa. En fin,
no faltó quien recordase la presencia de una beldad desconocida, que mantenía a
Pablo cautivo de sus hechizos... Alguien pensó en hacer intervenir la
policía... Pero los antecedentes y la conducta del duque se impusieron. El
palacio permaneció cerrado y silencioso, hasta para los más allegados
parientes.
IV
Lejos de las cortesanas habladurías, Pablo pasaba
una vida casi feliz, una vida de ensueño. Había cobrado verdadera afición a sus
huéspedes. Respetaba las virtudes un tanto agresivas de fray Anselmo, aprobaba
la gravedad de don Fernando y doña Brianda, reía de las ocurrencias de Guy,
enamorábase de las gracias de doña Inés... Y también se sentía entre ellos, que
una tarde llegó hasta disgustarse seriamente con una broma del vizconde...
—Creo que ya debemos volver a nuestros cuadros, por
San Luis rey de Francia—había exclamado Guy, metiéndose, sin más ni más, en el
que le correspondía...
—Vamos, dejaos de chanzas, Guy...—díjole Pablo.
—Pero el gascón se hacía el muerto, o, mejor dicho,
se hacía el retrato, en la misma o semejante postura en que el Tintoretto lo
pintara.
—Bajad de una vez...—suplicaba Pablo.
Como si no lo oyera, lo mismo que antes de la noche
memorable, el vizconde de la Ferronière se estaba quieto y silencioso, «sage
comme une image».
—No seáis terco, abuelito—intervino doña Inés.—Ved
que inquietáis a Pablo.
—Dios podría castigaros—manifestole doña
Brianda—dejándoos allí otra vez para siempre.
El hecho es que no sólo Pablo, sino que todos
estaban alarmados, temiendo fuera ya llegado el momento fatal de despedirse de
su último sueño de vida humana...
—Siempre con bromas de mal gusto,
vizconde—refunfuñó don Fernando.
Haciendo oídos sordos, el porfiado gascón
permanecía impávido, sin fruncir ni la punta de la nariz... De pronto, doña
Inés soltó una carcajada cristalina:
—¡Se ha equivocado de postura! En vez de cruzar la
pierna derecha, que es la que se le había dormido, como estaba antes, ha
cruzado la izquierda... ¡Si lo sabré yo, que lo he tenido tantos años ante mis
ojos... ¡En la pierna izquierda es donde le dará ahora no más un calambre!
Así fue; le dio tan fuerte y repentino calambre en
la pierna derecha al pobre vizconde, que tuvo que saltar del cuadro... Y con
tanta torpeza lo hizo, que con todo su peso le pisó un pie a doña Brianda...
—¡Grosero!—exclamó ésta, sin poder contener su
dolor.
Para tranquilizarla, dobló Guy la rodilla en tierra
y le suplicó:
—«Pardón, madame!»
Fray Anselmo, que musitando sus oraciones había
vislumbrado la escena desde los corredores, vociferó:
—¡Esto es intolerable, ya!—Y dirigiéndose a
Pablo:—¿No sabéis cuándo habrá recepción en Palacio?
—No...
Como era hora de cenar, pasaron al comedor. Después
del «Benedicite», el dominico preguntó al dueño de casa:
—¿Quién se sienta ahora en el trono de España?
—Felipe II—repuso doña Brianda.
—Carlos IV—afirmó doña Inés.
Fray Anselmo impuso silencio, con su mirada de
águila, a tanta ligereza femenina...
—Alfonso XIII—respondió entonces Pablo.
—¿De la casa de Austria todavía?
—No... de la casa de Borbón... rama de la antigua
casa de Francia...
—¡Luego la España de hoy pertenece a Francia, como
la Navarra!—exclamó alegremente el vizconde.—¡Ya lo había previsto el rey
Francisco!
—¡Bah!—interrumpió despreciativamente don Fernando.
—¡Después de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, la
casa de Austria se extinguió sin sucesión en Carlos II el Hechizado...—aclaró
Pablo.
—Justo—confirmó doña Inés.—Y después vinieron los
Borbones, pero Borbones españoles, con Felipe V, Carlos III y nuestro buen rey
Carlos IV.
—Desde Carlos IV hasta ahora—terminó Pablo—se han
sucedido muchos gobiernos... Hoy reina Alfonso XIII de Borbón.
—¿Estos gobiernos fueron siempre
católicos?—interrumpió fray Anselmo.
—Naturalmente, padre...
—¿Alfonso XIII es joven?
—Muy joven; pero tiene la prudencia y la
ilustración de un viejo.
—¿Es casado?
—Hace meses.
—¿Con una princesa de cuál casa?
—De la casa... de Inglaterra—contestó Pablo, algo
confuso.
Fray Anselmo se puso de pie, como si se le
apareciera el demonio...
—¿De la herética casa de Enrique VIII y de Isabel?
—Sí, padre. Pero la princesa se ha convertido... se
ha convertido previamente, según los cánones...
—Se ha convertido. ¡Sí... si!... ¿Pero se la ha
exorcizado?
—...En su religión protestante llamábase Ena de
Battenberg. En su nueva religión de los Reyes Católicos se llama Victoria...
¡Es una bella y virtuosa reina!
Nada más quiso oír el gran inquisidor de Felipe II;
agarrándose la cabeza gritó:
—¡Una hereje en el trono de Carlos V! ¡Una
hechicera, llamada Ena, usurpando la corona de Isabel de Castilla! ¡Oh Dios
mío, apiádate de tu desgraciada España, apiádate de tu desgraciada ahora y
otrora tan fiel y gloriosa España!—Y se retiró a su aposento con lágrimas en
los ojos y fuego en los labios.
En un silencio de tumba sintiose como un soplo de
destrucción y profecía...
—«Sacrement de Dieu!»—interrumpió el gascón,
después de una pausa.—«Jamais je ne pourrais comprendre cet esprit d'exaltation
hugonotte qu'on trouve dans le catolicisme d'Espagne.»
—Más os valiera no hablar de ello, si no lo
comprendéis—observole don Fernando.—Y agregó, dirigiéndose a toda la
compañía:—Buenas noches.
—Buenas noches—respondieron uno a uno, levantándose
todos antes de concluir la comida, no sin empinarse el gascón dos o tres copas
más de vino tinto.
Sintiendo un vago e indefinible malestar, retirose
cada cual a su aposento, a hacer sólo las oraciones, que las demás noches
hicieran juntos, bajo la dirección del dominico, en la polvorosa capilla.
Al siguiente día, después de oír, como de
costumbre, la misa que fray Anselmo dijera a las seis, Pablo anunció:
—Esta noche hay una gran recepción en Palacio.
Acabo de recibir la invitación...
—Pues todos iremos a Palacio, como corresponde a
nuestras dignidades—decidió el inquisidor con voz de trueno.—¡Dios lo manda!
La proposición fue acogida con júbilo general. Don
Fernando, doña Brianda y Pablo tuvieron como un presentimiento de que
prestarían un inapreciable servicio a la dinastía. Guy y doña Inés vieron al
fin llegado el momento de salir de la casa solariega, echar un vistazo por el
mundo, a ver si habían cambiado mucho las cosas y los hombres... No se atrevió
el vizconde a exteriorizar su gusto, por temor de que lo dejaran en casa; mas
doña Inés, riendo como una loca, no pudo contenerse:
—¡Qué suerte!... ¡Luciré todavía ante ese Alfonso
XIII o XIV mi precioso vestido blanco con encajes de Inglaterra!—Y dio unos
saltitos, aunque con moderación, para no desarreglarse el moño del peinado, y
golpeó el hombro del gascón con su abanico de nácar, si bien cuidadosamente,
para no descuajaringarlo, pues como era viejo estaba algo estropeado y
pegoteado.
Esperando impaciente que llegase la hora de
presentarse en Palacio, cada cual se retiró a su habitación. Pablo pasó el día
entero poniendo en orden sus papeles, como si se despidiera del mundo; fray
Anselmo, postrado en oración; don Fernando y doña Brianda, platicando sobre el
poderío del primer Carlos y el segundo Felipe, que imponían al mundo su ley...
El vizconde de la Ferronière se atusaba el bigote y ensayaba pasos y
sobrepasos, danzas y contradanzas... Doña Inés se sonreía ante el espejo...
Sentáronse a la mesa en la hora de la cena; pero
nadie probó bocado, absorbidos, quiénes en altas y graves ideas, quiénes en
pensamientos frívolos y galantes... Y a las once en punto de la noche,
presentábanse todos ante la escalinata de Palacio. Centinelas y guardias
dejáronles pasar, deslumbrados por sus brillantes uniformes; los alabarderos
golpearon el suelo con sus lanzas, pues que los seis de la comitiva eran cinco
grandes de España y un embajador... Y anunciados por los ujieres, corrieron sus
nombres produciendo general estupefacción:
—¡Fray Anselmo de Araya, gran inquisidor de Felipe
II!...
—¡Don Fernando y doña Brianda, primeros duques de
Sandoval!...
—¡El vizconde Guy de la Ferronière, embajador de S.
M. el rey Francisco I ante S. M. el emperador Carlos V!...
—¡Doña Inés, condesa de Targes y Cabeza de Vaca!...
—¡El duque de Sandoval y de Araya!...
Bastaba mirar a los nombrados para comprender que
no se trataba de una broma irreverente; nadie se atrevió ni a pensarlo... El
misterio de lo sobrenatural y lo inexplicable se cernía, como una grande ave
negra, sobre las frentes, pálidas y sudorosas... Los mismos reyes se pusieron
de pie... Y fray Anselmo dobló una rodilla en tierra, besó la mano del monarca,
levantose, y habló... Sus palabras eran como sombras de palabras. Comprendiose
que se referían a la reina, hacia quien tendía sus manos escuálidas, entre
amenazadoras y suplicantes... ¡Lo mandaban las augustas reliquias del Escorial,
para que exorcizara a la princesa que antes fuera hereje!
Pasó algo indefinible... Todos se sintieron como
aletargados... La reina Victoria se arrodilló ante el fraile; el fraile la
tendió como un cadáver a los pies del trono; rezó las oraciones del
exorcismo... Y dijo:
—«Exi, Wycliffe!»
Y surgió, revoloteando en amplia elipsis, hasta
perderse en la sombra, un murciélago... Era el espíritu de Wycliffe.
El fraile dijo:
—«Exi, Calvine!»
Y surgió, también revoloteando en amplia elipsis,
hasta perderse en la sombra, otro murciélago... Era el espíritu de Calvino.
El fraile dijo:
—«Exi, Luthere!»
Y un tercero y último murciélago surgió,
revoloteando en amplia elipsis, hasta perderse en la sombra... Era el espíritu
de Lutero.
Entonces la reina se arrodilló otra vez, volviendo
en sí. El fraile la bendijo y colocó sobre su cabeza una como diadema de
estrellas.
—Ya estás purificada, Ena de Battenberg. Ahora
puedes ser reina de España, reina Victoria. En nombre del monje imperial de San
Yuste y de Felipe, su hijo, yo os bendigo. ¡Que Dios os guarde en su santa
gracia con vuestro digno esposo, Alfonso rey!
Como un inmenso murmullo de marea, todas las bocas
confirmaron a coro:
—Amén.
La reina se levantó, y se sentó en el trono, junto
al rey, resplandeciendo de santidad y de hermosura. Y en la atmósfera vibró un
coro de invisibles ángeles, mientras se retiraban lentamente el gran inquisidor
de Felipe II y sus demás acompañantes, de vuelta al palacio de la calle del rey
Francisco.
Y las cinco figuras volvieron a sus respectivos
cuadros, sepultando en un silencio eterno este acontecimiento inaudito. Nadie
dirá nunca nada de él, porque su propio recuerdo se desvaneció milagrosamente
de la memoria de quienes lo presenciaran. Si alguno vislumbra vagamente algo,
lo desecha como reminiscencia de inoportuna y trágica pesadilla. La historia lo
ignorará siempre, ¡la Historia, la ignorante ineducable, la incorregible
mentirosa! Un solo espíritu hay todavía bastante castizo para poder comprender
y recordar el Hecho. Pero este espíritu vive ya retirado de los hombres,
enfermo de nostalgia y de hipocondría, entre las cuatro paredes de su gabinete
de estudio. En el armorial español se le registra—después de la reciente muerte
de su hermana Eusebia—como único representante de una de las más gloriosas
familias de la nobleza europea, con el nombre de Pablo Gastón Enrique Francisco
Sancho Ignacio Fernando María, último duque de Sandoval y de Araya, conde-duque
de Alcañices, marqués de la Torre de Villafranca, de Palomares del Río, de
Santa Casilda y de Algeciras, conde de Azcárate, de Targes, de Santibáñez y de
Lope-Cano, vizconde de Valdolado y de Almería, barón de Camargo, de Miraflores
y de Sotalto, tres veces grande de España, caballero de las órdenes de
Alcántara y Calatrava...
I
Casi diariamente desaparecía alguna res vacuna o
lanar de las haciendas esparcidas sobre la orilla del Paraná, cinco o seis
leguas al sur de la ciudad del Rosario.
Por muchas diligencias que hiciera la policía del
departamento, no pudo darse con los ladrones que se apropiaran de las reses,
sin dejar siquiera el cuero. La imaginación popular explicó entonces las
diarias desapariciones por causas o fuerzas sobrenaturales. Decíase que en las
islas vecinas vivía una especie de ogro insaciable. Este ogro atravesaba todas
las noches el río a nado, apoderábase de una res cualquiera, y se la devoraba
viva, ¡se la tragaba íntegra!... Y lo peor del caso era que, cuando no encontraba
reses sino «cristianos», tragábase lo mismo a los «cristianos». De otro modo no
podría explicarse la súbita desaparición de dos o tres peones que vigilaran
nocturnamente en los campos ribereños la hacienda, por orden de sus dueños.
Hasta una mujer, «Pepa la Gallega», la cocinera del estanciero don Lucas,
habíase también esfumado una noche, como llevada por el diablo...
El diablo debía andar sin duda metido en el asunto.
Sería el padrino o el compadre del ogro...
Y como tenía padrino, tenía también el ogro su
nombre propio. Llamábasele «el Chucro», sin que nadie supiese quiénes, cuándo y
cómo lo bautizaran.
De todos los robos del Chucro ninguno consternó más
que el de Pepa la Gallega. Su marido y sus hijos ayudados por los gendarmes,
buscáronla sin descanso, hasta en las islas más próximas a la costa. No se la
halló ni viva ni muerta, y diósela por muerta.
Como las desapariciones de reses, ya que no de
personas humanas, continuaran impunemente durante todo el año, los estancieros
apremiaron a la policía para que diese una nueva «batida» en las islas. Buenos
burgueses comerciantes, ellos no creían en las supersticiones populares. Para
ellos, el Chucro, si existiese, era un hombre mortal, de carne y hueso, y no el
espeluznante fantasma que se figurara la imaginación gauchesca.
Especialmente encargado por el jefe de policía de
la provincia, el comisario Rodríguez fue a revisar prolijamente las islas donde
debía habitar el ogro. Acompañábalo un corto piquete de cuatro o cinco hombres.
Todos iban murmurando. ¿Para qué desafiar al diablo, o al ahijado del diablo?
¡Nada más vano que luchar contra vestiglos y fantasmas!
En su incursión a las islas se internaron el
comisario Rodríguez, seguido del escribiente Peñálvez, mientras los demás
hombres estaban «mateando» junto a la canoa que los trajera, a través de una
tupida selva de helechos, ceibos y espinillos. Después de andar una
considerable distancia, extraviáronse ambos completamente. Y mientras buscaban
el rumbo con la brújula, sonó un tiro en la espesura... El comisario cayó
muerto instantáneamente de un balazo en el pecho, y el escribiente echó a
correr...
No tenía muy robustas piernas el escribiente,
muchachón enclenque y larguirucho; y a breve distancia perdió fuerzas, tropezó
con un tronco, cayó de bruces... Tendido en el suelo sintió que se acercaba un
hombre y que dos hercúleos brazos lo ataban codo con codo, lo registraban y le
quitaban el revólver... Pidió gracia por la vida... Nadie le contestó... Pero
un violento puntapié lo obligó a levantarse... Vio entonces que tenía enfrente
un gaucho forajido. Era el gaucho alto, nervioso, de cejas espesas, cutis
cetrino y nariz aguileña. Poblábanle el rostro largas e hirsutas barbas; bajo
el rústico chambergo caíale una melena grasienta y enmarañada. Llevaba una
carabina en la mano y un enorme facón en la cintura...
—¡Ya verán quién es el Chucro!—dijo a Peñálvez—y lo
obligó a que le siguiera dándole culatazos con la carabina.
Después de caminar un cuarto de hora, llegaron a un
estrecho claro que se abría en medio de la maleza, junto a un arroyo disimulado
por gigantescas plantas acuáticas. En medio del claro alzábase un misérrimo
ranchito de barro, ramas y paja. A primera vista todo parecía desoladamente
desierto; ni se oía ladrar un perro... Mas, fijándose mejor, vio Peñálvez que
al borde del arroyo, pescaba una sucia y desgreñada mujer... A pesar de su
aspecto salvaje, él la reconoció. Era Pepa la Gallega, la antigua cocinera de
don Lucas, la desaparecida hacía unos ocho o diez meses...
El Chucro silbó, imitando a la perfección el
estridente grito de una ave acuática. Al oírlo, la Pepa tiró su anzuelo y
corrió a su encuentro como un perro. Peñálvez se sorprendió extraordinariamente
de su actitud de esclava. Pues antes, en la vida civilizada de la estancia de
don Lucas, había sido la gallega más gruñona y colérica. Respondía a su marido,
pegaba a sus hijos, insultaba a los peones, encarábase con el mismo patrón y
vociferaba el día entero. Propios y extraños tenían miedo a su lengua ponzoñosa
y a su genio luciferino. Tolerábanla sólo porque era honesta y muy trabajadora.
En sus habilidades de cocinera no le conocían rival...
No bien vio a Peñálvez pareció reconocerlo por un
leve fruncimiento de cejas; pero no dijo palabra, esperando en silencio las
órdenes de su amo y señor... Él le preguntó:
—¿Lo conoces?
Ella repuso, bajando los ojos:
—Sí. Es Peñálvez, el escribiente de la policía.
El Chucro ató a Peñálvez contra un árbol, y,
después de un silencio, dijo a Pepa:
—Ha venido policía a la isla. Voy a ver si ya se
fue. Cuidá entretanto de ese maula para que no se escape. Tomá la pala y si
quiere irse, le partís la cabeza. ¿Has oído?...
Era imposible una entonación de voz más despótica y
absoluta que el que usara el Chucro con la Pepa. Y la Pepa acataba sus órdenes
como si emanasen de un dios, ¡ella, que antes impusiera siempre su voluntad a
su marido y le mandara a modo de dueña. Hasta a don Lucas, un solterón
bondadoso y tranquilo, recordó Peñálvez que lo intimidaba muchas veces,
disponiendo y arreglando a su gusto las cuestiones caseras...
Comprendiendo Peñálvez que su salvación dependía de
la Pepa, esperó conmoverla y propiciársela... Al efecto, tomó la actitud más
triste, dejando correr las lágrimas del miedo. Pensó que ella, la sempiterna
charlatana de antaño, hablase en cuanto se alejase el Chucro...
Alejose el Chucro con su carabina, agachado como
una fiera en acecho. Ella tomó la pala de hierro, se sentó en un árbol caído, y
se puso a silbar entre dientes...
Viendo que la Pepa no dijera nada, Peñálvez se
atrevió a hablarle y le dijo muy quedo, con su voz más tierna e insinuante:
—Pepa, ¿no me conoces ya?...
Pepa seguía silbando como si no le oyese...
—Pepa, soy Peñálvez, el escribiente de la policía y
amigo de don Lucas. ¿No te acuerdas de cuando iba a visitarlo?
Pepa continuaba sin responder...
—El Chucro me va a matar, Pepa, y si eres buena
debes ayudarme... Nos escaparemos los dos en su canoa... Yo sé remar bien...
Pepa seguía en su misma actitud...
—¡Escúchame, Pepa, por Dios!... ¡Si me salvas, te
juro por las cenizas de mi madre y por mi salvación, que te regalaré los cinco
mil pesos que tengo en el banco!... ¡Piénsalo bien, Pepa!... Podrías comprarte
con eso una quintita y vivir feliz...
Pepa silbaba siempre...
—¿Cómo, Pepa?... ¿Te has olvidado ya de tus hijos y
de tu marido?... Ellos te han buscado de día y de noche... Se les ha dicho que
has de haber muerto ahogada en el río y te han hecho un funeral... Te han
llorado; todavía andan de luto...
Pepa, impasible...
—Tu marido, creyéndose viudo, podría casarse con
Juana, la hija del capataz, por ejemplo... Si tú vuelves impedirás ese
casamiento, porque él te ha querido mucho, mucho...
Pepa oía como quien oye la lluvia...
—Juana, la hija del capataz, te ha sustituido en la
cocina de don Lucas. Pero don Lucas está muy descontento; dice que no volverá a
tener otra cocinera como tú... Y esa Juana es una desfachatada, que provoca sin
cesar los festejos de tu marido... Felizmente, tu marido no te ha olvidado aún.
Estás en tiempo de volver...
Pepa, como antes...
—Tus hijos están bien todos, Pepa... Sólo Perico,
el chiquitín, ha tenido últimamente escarlatina o sarampión... ¡El pobrecito
está muy débil y no tiene quien lo cuide!... La que está hecha una señorita es
tu hija mayor, la Pepeta. Ha cumplido los quince años y se ha puesto vestido
largo... Don Lucas teme que se case pronto con Roque Torres, el compadrito
aquel que echaste con cajas destempladas, como que ahora no estás para
echarlo...
Y Pepa, silbaba, como si nada se le dijera...
—Todos te recibirán con los brazos abiertos, Pepa,
si quieres volver... Se sabe que el Chucro te robó contra tu voluntad... ¡Nadie
te diría una palabra!
Pepa, siempre lo mismo...
—¡Recuerda, Pepa, la buena vida que antes llevabas
y que pudieras llevar de nuevo!... Compárala con tu vida actual, tan llena de
peligros y privaciones... Además, cualquier día, en un momento de rabia, el
Chucro te matará de una puñalada... ¡Ya que no por mí, por tí misma, Pepa, que
siempre has sido una mujer buena, y por tu marido y tus hijos, escapémonos!...
¡Quizás no se te presente en mucho tiempo otra ocasión mejor que esta!...
Y Peñálvez siguió gimiendo, implorando, aconsejando
largas horas, sin que Pepa la Gallega pareciera apercibirse de sus gemidos,
imploraciones y consejos...
II
Ya el sol empezaba a declinar, cuando volvió el
Chucro...
—Los policías se han ido—dijo a Pepa.—Priende fuego
y poné agua a calentar pa' el mate.
Pepa hizo como se le dijo. Y, puesta ya el agua al
fuego, el Chucro agregó:
—Ahora andate a buscar el cuerpo del comisario.
Está a unos pasos del seibo grande, donde enterramos a Pancho el isleño.
Cargalo y tráilo pa' acá, mientras se calienta el agua.
Con su habitual reserva y obediencia, Pepa fue a
buscar el cuerpo del comisario... Entretanto, el Chucro tomaba mate tras mate.
Y su aspecto era tan torvo y sombrío, que Peñálvez no se atrevía a hablarle...
Al rato volvió Pepa, jadeante, arrastrando el
cadáver. Arrojolo sumisa a los pies del Chucro, dicióndole en un tono de
ternura ilimitada:
—Aquí está.
El Chucro le repuso:
—Dejalo ahí.
Se levantó, sacó el facón y se dirigió a Peñálvez.
Peñálvez creyó que lo iba a acribillar a puñaladas, atado al árbol, y se echó a
llorar como un niño... Pero el Chucro se limitó a cortarle, sus ligaduras;
diole la pala que antes tuviera Pepa y le dijo:
—Cavá pronto un hoyo pa' enterrar al comisario.
Sin hacerse repetir la orden, Peñálvez se puso a
cavar con todas sus fuerzas. Mientras cavaba recordó, sin saber por qué, la
defectuosa instalación que se había dado a su mesa de trabajo en la
comisaria... «Cuando vuelva, la mudaré de sitio», pensó. Mas al ver el cadáver
del comisario Rodríguez se dijo que bien podían nombrar para suceder al muerto
a un extraño que le pidiera renunciara él su puesto, así colocaba allí algún
pariente o amigo... «En tal caso—dijose,—me ofreceré de mayordomo a mi buen
amigo don Lucas.»
Después se le ocurrió que acaso le asesinaran allí
mismo, como a Rodríguez. Pero hacía una tan hermosa tarde de primavera, que la
idea de morir le pareció absurda, verdaderamente absurda.
Miró al Chucro y vio que no le sacaba los ojos,
siempre con la carabina cargada en la mano...
«Si intento escaparme—agregose Peñálvez,—me fulmina
de un tiro, con su excelente puntería de cazador profesional. A no ser que me
ayude la Pepa, no podré huir de la isla...»
Entonces imaginó Peñálvez la odiosa vida de
servidumbre a que lo sometería quizás el Chucro en aquel desierto lugar de
salvajes y bandoleros. Su esclavitud sería aún más dolorosa y miserable que la
de la mujer aquella, que tan resignada parecía de su suerte, ¡y hasta
satisfecha!
En ese momento Pepa alcanzaba un nuevo mate al
Chucro, que le decía, en su tiránica forma acostumbrada:
—Con la carne que sobró de ayer haceme un churrasco
al asador.
Otra vez obedeció servilmente la Pepa. Puso el
churrasco en el asador y se quedó contemplando a su amo y señor en una actitud
que rayaba en frenética adoración...
—¿Qué estás mirando, gallega bruta?—preguntole de
pronto el Chucro, con colérica voz—¿Por qué no ponés salmuera al asado?
—Se me olvidaba...—repuso ella.—Voy a ponerle.
Sin manifestar su atención, Peñálvez seguía
mientras tanto cavando la fosa del comisario... «¡Pobre comisario!—decíase.—Era
demasiado pueblero... ¿Por qué no haría caso cuando le advertimos que no debía
internarse así no más en los matorrales de las islas?... ¡Yo fui un tonto en
seguirlo! Podría haberme excusado diciendo que estaba enfermo... Pero, ahora
que no tiene remedio nuestra imprudencia, ¡sabe Dios lo que me espera!...»
Al rato, el Chucro volvió a preguntar a la mujer:
—¿Hay galleta?
Ella contestó:
—Sí. Todavía nos queda una de las que compré la vez
pasada a los isleños.
El Chucro preguntó aún:
—¡Cómo! ¿Queda una sola? ¿Te habrás comido vos las
demás?...
Con la indiferencia de su absoluta pasividad, Pepa
repuso:
—Yo nunca he comido galleta sino cuando tú me das
un pedazo...
—¿Y hay caña?
—Sí.
—Poné entonces la galleta y la caña cerca del
fogón, que en cuanto esté el churrasco, comeré...
—Voy...
Al contemplar a la Pepa, Peñálvez rememoraba las
frecuentes visitas que hacía a don Lucas. No faltaba un domingo a su mesa. ¡Se
comía antes también en aquella casa!... ¡Lástima que desapareciera la Pepa!
Porque Juana, su sucesora, no tenía la habilidad de la española...
Lo malo de la española era entonces su geniazo. Y
recordó algunas escenas que presenciara, en las que se demostraba ese geniazo
de la Pepa. ¿No había llegado una vez a tirar una cacerola a la cabeza de su
marido, el cochero de la casa, porque éste pellizcara a Juana, la hija del
capataz?... ¡Cómo había cambiado esta mujer bajo el dominio fascinante del
Chucro!...
Un poco cansado de tanto cavar, Peñálvez hizo una
pausa y miró al cielo. Muy alto, bajo las nubes algodonosas, pasaba una
larguísima bandada de pájaros blancos, volando con majestad de serafines.
Luego, bajó la vista, y vio que, en la maleza, daban su alegre nota las flores
de los ceibos, rojas de un rojo húmedo, como encías de mujer. A lo lejos oíase
el monótono grito de un ave zancuda... ¡Él no podía morir en medio de aquella
Naturaleza exuberante de vida!
Advertido de su distracción, apostrofolo el Chucro,
apuntándole al pecho con la carabina:
—¿Por qué te quedas papando moscas? ¡Acabá de una
vez el pozo, si no querés que te entierre antes que al comisario!
Peñálvez se secó el sudor de la frente y siguió
cavando. Entre los golpes de pala cavilaba cómo daría, cuando volviera, la
noticia de su viudez a la mujer del comisario. Era bastante simpática esta
muchacha. La última vez que la vio llevaba un traje de muselina blanca con
pintas azules y unas rosas thé en el pecho. Sería la viuda más apetecible del
pueblo...
Después de cavar un momento más, vio que la fosa ya
era bastante grande, aunque el comisario fuera hombre alto y grueso. Fue así
que dijo tímidamente al Chucro:
—Creo que ya podríamos enterrarlo...
El Chucro miró la fosa, pareció satisfecho, y
ordenó a la Pepa:
—Quítale al muerto las prendas que lleva.
La Pepa sacó al muerto el dinero, las alhajas y la
ropa, dejándole sólo la camisa...
—¡Sácale también la camisa!—gritole el Chucro.
Y cuando la Pepa había cumplido su orden, él mandó
a Peñálvez:
—Enterrálo.
Peñálvez tendió el cadáver en el fondo del hoyo y
comenzó a arrojarle palada tras palada de tierra... Sorbiéndose las lágrimas
que le corrían por dentro de la nariz, pensaba: «¡Lástima de hombre, tan guapo
y tan joven!... Pero, «como no hay mal que por bien no venga», tal vez su
muerte sea una felicidad para mí... Si el gobierno es justo, puede nombrar para
suceder a Rodríguez, al sub-comisario... Entonces yo debiera ser también
ascendido. Le pediré a don Lucas que me recomiende al jefe político... Seré sub-comisario
y ganaré cincuenta pesos mensuales más. Con esto ya podré casarme, si Rogelia
me acepta... ¡Y me aceptará! ¿Por qué no? ¡Me aceptará!... Si me muero aquí,
tal vez se case con el borrachón de Manolo... ¡Pero no me moriré! ¿Cómo dejará
la Pepa que se me asesine?...»
No bien arrojara Peñálvez la última palada de
tierra sobre el cuerpo todavía caliente del comisario, díjole el Chucro:
—Ahora cavá otro pozo para enterrarte vos mismo.
Tan alelado sentíase Peñálvez, que no le extrañó
esta nueva orden. Como en un sueño doloroso y febril, obedeció a su destino, y,
pocos pasos más lejos, púsose a cavar la otra fosa...
El Chucro preguntó entonces a la Pepa:
—¿Está ya el asado?
La Pepa repuso:
—Todavía no. Dentro de un momento estará...
Al oír esta respuesta, el Chucro intimó a Peñálvez:
—Apúrate, así te entierro antes de que esté el
asado.
Y Peñálvez se apuró...
El Chucro le añadió en seguida, riéndose
sonoramente por primera vez:
—Como sos flaco, basta una zanja larga...
Peñálvez cavaba sin darse cuenta de lo que hacía...
Y la Pepa dijo:
—El asado ya va a estar...
Apremiado por esta advertencia, el Chucro se plantó
con su carabina a pocos pasos de su víctima, cuidando sin embargo, de no
ponerse al alcance de la pala, y le gritó:
—¡Apúrate más, maulón!...
Apresurose nuevamente Peñálvez, aunque sin terminar
todavía...
La Pepa dijo:
—Si el asado no se come ahora, se reseca y se
quema...
Viendo que la segunda fosa no se concluía,
decidiose el Chucro a comer antes de enterrar a Peñálvez... Pero estaba en los
primeros bocados, cuando éste se detuvo...
—¿Por qué no seguís?—preguntole.
—Ya acabé...—contestó Peñálvez, verdaderamente
sonámbulo.
El Chucro dejó su asado sobre un madero, acercose,
vio que la obra estaba terminada, se rió, tomó la pala de manos de Peñálvez y
le asestó un golpe mortal en la cabeza. Luego, hundiole varias veces en el
cuerpo la misma cuchilla con que comiera, y tiró a la fosa el ensangrentado
cadáver del escribiente...
Limpiado que hubo la cuchilla en el césped, volvió
a comer su churrasco, mezclando en el acero las mal limpiadas gotas de la
sangre de Peñálvez con el jugo del churrasco. De cuando en cuando se empinaba
el porrón de aguardiente de caña, hasta quedarse medio borracho, según su
costumbre, a la caída del sol.
Como el crepúsculo se obscurecía ya, fue a tenderse
en el rancho. Y vio que la Pepa estaba cortando dos palos.
—¿Qué estás haciendo?—le preguntó.
Después de vacilar un momento, ella contestó,
trémula de miedo:
—Una cruz para los muertos.
—¡Dejáte de cruces, gallega, y sacá pronto las
ropas del mocito que está en la zanja todavía vestido!
La Pepa despojó también el cadáver de Peñálvez, y
después, creyendo ya dormido al Chucro, fue a terminar su cruz. Es que ella
sabía que los muertos se levantan como ánimas en pena cuando no tienen una cruz
sobre su tumba, y temía a las ánimas en pena casi tanto como al Chucro...
Extrañando que se retardara tanto afuera, el Chucro
salió del rancho a buscarla... La halló de rodillas colocando su cruz al
comisario. ¡Era la primera vez que Pepa le desobedecía! Púsose tan furioso, que
tomó la pala allí tirada, y pegó a la mujer el mismo golpe que antes pegase a
Peñálvez. La Pepa cayó como muerta, y él la arrojó, refunfuñando, en la misma
fosa de Peñálvez, todavía destapada.
Acostose de nuevo; pero no podía dormirse. ¡Había
cometido una gran estupidez! ¡Ahora que la borrachera se le despejaba un poco,
iba comprendiéndolo. La Pepa le vendía a los isleños los cueros de las nutrias
y las plumas de los mirasoles que cazara. La Pepa le compraba las provisiones.
La Pepa le hacía la comida... ¿Qué haría él ahora sin la Pepa?
Ocurriósele que la gallega podría no estar muerta,
y sólo desmayada, como que no se la había aún cubierto la tierra. Por eso fue a
sacarla de la fosa y la tendió en el rancho. Rociole la cara con agua fría, le
desprendió la bata y le volcó en la boca las últimas gotas del aguardiente de
caña que quedaban en el porrón. Pero su corazón parecía no latir de nuevo, ella
no recuperaba la vida. Irritado por esa obstinación de morirse, le dio un
puntapié, se acostó otra vez bajo su raído poncho y a los pocos instantes
irrumpió en ronquidos...
Sin embargo, la mujer no estaba más que
desvanecida. Incomodada por las hormiguitas que invadían su cuerpo e iban a
libar en ciertas secreciones de sus ojos, a media noche ya, hizo un esfuerzo,
se apoyó sobre sus manos, se sentó, se puso de pie. Tomó agua de una vasija, se
cerró la bata, se arregló el enmarañado cabello y miró al Chucro con una
suprema mirada de amor y de miedo, castañeteándole los dientes. Con grandes
precauciones para no despertarlo, metiose bajo su poncho, se acostó a su lado,
apoyando la cabeza contra su pecho...
El Chucro, como hombre salvaje, tenía el oído
alerta aun durante el sueño. Sintiola perfectamente, despertose, y al saberla
junto a sí, le dijo, con su recia voz de siempre:
—¿Has resucitao, gallega perra? ¡Esto te enseñará a
no morirte otra vez!
Diose vuelta al otro lado, y, mientras ella se
acurrucaba a sus espaldas, como un polluelo friolento bajo el ala de la madre,
estallaron de nuevo sus ronquidos.
I
Lita era una pobre niña que no podía caminar y ni
siquiera tenerse en pie. Atacada a la medula por incurable enfermedad, su
cintura era deforme y sufría dolores que le arrancaban diariamente quejas y
lágrimas. Toda su vida parecía concentrarse en los dos grandes ojos azules que
iluminaban su carita de ángel. Sentada en su sillita rodante, con un libro de
estampas en la mano, fijaba esos dos ojos en su mamá, que bordaba junto a
ella...
—¿Quieres que te cuente un cuento,
Lita?—preguntábale la señora, acariciándole la rubia cabellera.
—No, mamá. Ya sé todos los cuentos.
Muy raro era que Lita no quisiera que le contaran
un cuento, porque prefería los cuentos a las golosinas, a los juguetes y hasta
a los libros de estampas. Por eso su mamá se los contaba todos los días,
inventando a veces algunos muy bonitos.
Después de quedarse un rato pensativa, dijo Lita:
—Mamá, quiero que me digas quién es mi madrina...
Los padrinos de Lita habían sido sus abuelos, los
padres de su mamá, y los dos murieron antes de que Lita cumpliera un año. Así
es que la niña, como no llegó a conocerlos, no podía acordarse de ellos.
La mamá no quería decirle que habían muerto, porque
Lita era muy impresionable. Podía pensar: «Los padrinos de mis hermanitos
viven, y ellos viven y se mueven. Mis padrinos han muerto, y yo, que no puedo
moverme, debo morir también.» Valía más contestarle, como otras veces, cuando
hiciera la misma pregunta:
—Lita, tu madrina está de viaje.
Lita pensaba: «Es muy extraño que mi madrina esté
siempre de viaje...» Pero, no atreviéndose a decir sus dudas y temores,
limitábase a preguntar a su mamá:
—¿Y cómo se llama?
La mamá le contestaba:
—María—porque efectivamente «María» fue el nombre
de la abuelita.
—¿Era muy buena?
—Muy buena.
—¿Me traerá muchos juguetes?
—Muchos y muy lindos...
—¿Y por qué no me los trae ya?
—Porque está muy lejos y porque eres una
preguntona.
Lita volvía a quedarse pensativa. La madre dejaba
entonces el bordado, para mirarla...
—¿Quieres que te saque al patio a jugar con tus
hermanitos?—le decía.
—No, mamá—contestaba Lita, preguntando al
rato:—Mamá, ¿las hadas pueden lo que los médicos no pueden?
La mamá miraba a Lita como si fuera a llorar, y le
decía, besándola en los ojos y bañándole la carita con sus lágrimas:
—Dios puede todo lo que quiere, mi hijita del
alma... ¿Por qué me preguntas eso?
—Por nada, mamá.
Pero Lita sabía por qué preguntaba eso. Lo
preguntaba porque había oído decir a los sirvientes que los médicos no podían
curar su enfermedad. Y ella esperaba que su madrina fuera una hada y la curase.
¿Qué hubiera sido de la Bella-Durmiente-en-el-Bosque sin su hada madrina?...
La mamá de Lita, que era muy linda y bien vestida,
diole un beso en la mejilla y salió a visitas y compras. Miss Mary, la niñera
inglesa, llevó a Lita a la plaza, en su cochecito de manos, con sus hermanitos
y sus primos. Más ella no se divertía en la plaza, porque no podía correr
detrás de un arco como los demás niños y porque siempre veía las mismas casas,
los mismos árboles, la misma gente.
Cuando sus hermanitos y sus primos se fueron a
jugar y la dejaron sola, ella preguntó a la niñera:
—Miss Mary, ¿cree usted que hay hadas?
Sin entenderle, sin escucharla siquiera, miss Mary
repuso:
—«Yes, my dear, yes».
—«¡Qué tontas son estas inglesas!—pensó
Lita.—Aunque no entiendan una palabra dicen siempre «yes, yes, yes», alzando y
bajando la cabeza como el asno de cartón que me trajo papá el otro día.»
Después de jugar en el paseo, los niños volvieron a
casa muy contentos. Muy contentos todos, menos Lita, que sentía en su cabecita
aletear una pequeña preocupación, como una mariposilla prisionera bajo una copa
de cristal.
Más que todos los paseos del mundo, gustábale que
la llevaran, en su casa, al patio de servicio. Pues allí estaba casi siempre
Ramón. Ramón era el hijo de la cocinera, un muchachote de su misma edad, doce
años; pero que parecía su padre. Ramón la idolatraba como si fuera una santita
de madera, le contaba historias preciosas, y le traía del mercado unos juguetes
tan chuscos, que bastaba verlos para reírse a carcajadas.
Esperábala esa tarde con un saltaperico de
retorcidos cuernos y barbas de chivo. Para sorprenderla, lo abrió de repente,
pegándose en la nariz con la cabeza del saltaperico. Pero como ella no tenía
ganas de reírse, no se rió. Guardó distraída el juguete y dio las gracias a su
amigo, preguntándole después:
—Dime, Ramoncito, ¿crees tú que en este mundo hay
hadas?
Ramón abrió tamaños ojos, se puso muy serio,
metiose ambas manos en los bolsillos del pantalón, y repuso:
—Yo creo que en este mundo no hay hadas, niña Lita.
Como Ramón iba al colegio, hacía cuentas en su
pizarra y leía libros de estudio, Lita creía en su ciencia. Después de su mamá,
nadie le inspiraba mayor confianza. Sin embargo, desencantada esta vez por su
respuesta, protestó, con cierta reserva de gran dama ofendida:
—Pues yo creo que hay hadas.
Mírola Ramón casi con lástima...
Ella prosiguió, con un vago temblor en la voz:
—Sí creo, sí creo, sí creo... ¿Qué razón tienes tú,
malo, para no creer?
Tímidamente, el chico contestó:
—Yo nunca las he visto...
—¿Y no crees en Dios?
—Sí...
—¿Y has visto alguna vez a Dios?—exclamó Lita
triunfalmente, burlándose de la poca lógica de su amigo.
Creyó Ramón mejor no tocar más el punto. ¿Cómo iba
a discutirle esa chiquilla que nada sabía, a él, que estudiaba historia de Roma
y multiplicaba por sumas de cinco y de seis números?... Pero ella insistía:
—Dime, malo, remalo, ¿crees o no crees en las
hadas?
Ramón hizo una concesión, entre respetuoso e
irónico:
—Si me lo manda usted, niña...
Sin contestarle, Lita dijo, en voz baja y
misteriosa:
—Pues oye... ¡Oye, que tengo que decirte un secreto
muy grande!... Acerca la oreja... ¡Más!... ¿Sabes qué secreto? ¡Mi madrina es
una hada!
Creyó Lita que Ramón quedaría deslumbrado con
semejante revelación, y sólo parecía perplejo...
—Es una hada que viene a verme todas las noches, en
cuanto me duermo—continuó confidencialmente.—Entra en puntillas y se para al
pie de mi cama. Es todavía más linda que mamá. Tiene una estrella en la frente
y el pelo suelto. Arrastra, como la cola de los vestidos de baile de mamá, un
manto de tul bordado de oro, perlas y brillantes. En la mano lleva siempre
levantada su varita mágica...
Aquí hizo Lita una pausa, para gozar del efecto de
su descripción... En su entusiasmo no vio que el chico, con sus infantiles ojos
negros húmedos de piedad y de ternura, meneaba incrédulo la cabeza... Y ella
prosiguió, alzando su vocecilla de plata:
—Yo sé que esa hada va a curarme y entonces podré
saltar y correr, y cuando seamos grandes, ¡los dos nos casaremos!...
Ahora sí que parecía deslumbrado Ramón, aunque
objetó:
—Pero yo soy el hijo de la cocinera, Lita, y usted
es la niña de la casa...
—¿Qué importa?—respondió Lita con generosidad de
reina.—Además, tú mismo me lo has dicho... Cuando seas grande, tú trabajarás
para tu mamá, y ella no será más cocinera... ¿Qué importa que lo haya sido?
¡Mejor! ¡Así nos hará dulces muy ricos!...
—Pero su mamá...
—Yo no soy orgullosa y mi mamá hace todo lo que yo
quiero.
Sin darse por vencido, no ocultando su triste
escepticismo, Ramón objetó todavía:
—Su mamá hace ahora todo lo que V. quiere, niña,
porque V. está enfermita; pero cuando V. sane, será otra cosa...
Lita contestó muy seriamente:
—¿Prefieres entonces, para casarte conmigo, que yo
siga enferma, clavada en mi silla como los pajaritos embalsamados en los
sombreros de mamá?
—¡Oh, no, niña, no!—afirmó Ramón con toda su
alma.—Prefiero morirme. Se lo juro.
—No digas tonterías.
Se hizo una pausa, que cortó Ramón, después de
suspirar:
—Tengo algo que mostrarle, además del saltaperico,
niña Lita...
—¿Qué?
El chico salió corriendo y volvió triunfante con
una ratonera, donde estaba presa una lauchita...
—Mirela, niña, qué preciosa...
—¡Uf, da asco! ¿Qué vas a hacer con eso?
—Mi mama la va a matar... Yo quería que V. la viera
antes.
—¡No, que no la mate! ¡Suéltala, suéltala, pobre
lauchita!... ¡Si te reprenden, di que yo te lo he mandado, Ramón!...
Ante orden tan perentoria, Ramón comprendió que
había hecho mal en mostrar a la niña la pequeña prisionera... Y la soltó,
porque sabía que los deseos de la niña debían siempre respetarse. La laucha
corrió a esconderse debajo de un armario...
—¡Es una monada!—exclamó Lita batiendo palmas con
alegría.—¡Su mamá va a ponerse muy contenta cuando la laucha vuelva a la
cuevita!—Y cambiando repentinamente de tema y de tono, agregó:—Tenía que
decirte otra cosa, Ramón... y es que puedes tutearme como mis hermanitos y mis
primos.
Luego de pensarlo formalmente, Ramón contestó:
—Eso nunca, niña Lita. Mi mama diría que es una
insolencia, y se enojará.
Lita se encogió de hombros:
—Tutéame cuando tu mamá no te oiga.
—Tampoco... Yo no hago nunca escondido de mi mama
nada que no pueda hacer delante de ella...
—¡Tu mamá es la cocinera y yo soy la niña, y te lo
mando!
—No podría, niña, no podría—gimió Ramón con voz tan
compungida que la misma Lita soltó la carcajada, una de esas sonoras carcajadas
que sólo sabía arrancarle el chico de la cocinera.
—¡Bueno!—dijo, cambiando el giro de la
conversación.—Yo te trataré de usted... Cuéntame... o cuénteme usted lo que ha
hecho hoy en la escuela ese pícaro de... ¿cómo se llama?... Luis Matheu... Ese
que se pelea con todos y está todos los días en penitencia... Ese que en cuanto
se pierde un coscorrón, dices que lo encuentra siempre en su cabeza...
Tuvo que interrumpirse aquí el coloquio, porque se
oyó el recio y bien conocido taconeo de miss Mary que se acercaba... Ramón,
cuya única antipatía en el mundo era esa miss Mary, se hizo humo...
Lita simuló dormitar y despertarse sobresaltada...
—¿Viene usted a buscarme, miss... «Yes»?—preguntó,
no sin altanería.
—«Yes, Lita. Your mother is coming»...
Ante tal argumento, Lita cedió. Hizo una mueca
amistosa a Ramón, que asomaba la cabeza por la puerta de la cocina, a espaldas
de la niñera y se dejó arrastrar en su sillita al encuentro de su mamá.
Por la noche, durante el sueño, volvió a
aparecérsele a Lita su hada madrina. Pero ahora, en lugar de estarse ahí
callada mirándola como otras veces, la habló en un lenguaje que parecía una
música de campanillas de oro. Dijole que iba a sanarla con su varita mágica y
que después se la llevaría a viajar a su país, que era naturalmente el País de
las Hadas, en un cochecito de marfil tirado por dos grandes mariposas azules.
Pero para eso era menester que su ahijada demostrara antes que era buena...
—¿Cómo?—preguntó anhelante Lita, tapándose después
la cara con la sábana, llena de vergüenza por su osadía de interrogar a una
hada...
El hada le contestó que ser buena es ser hacendosa
y caritativa con los niños pobres. Los niños pobres se mueren de frío en las
noches de invierno. Una niña hacendosa y caritativa debía tejerles, así como su
mamá tejiera a su papá una colcha de seda el verano pasado, tres colchas de
lana: una blanca, otra celeste y otra rosada. Ella vendría a buscarlas una
noche, dentro de treinta días justos. Si no estaban listas las colchas se
volvería a su país, donde andaba siempre viajando... ¡Y para no volver más! Pues
como su ahijada no era bastante buena, no la consideraba digna de curarse y
viajar con ella por el País de las Hadas, en un cochecito de marfil arrastrado
por dos mariposas azules.
Tanto se asustó la pobre Lita al oír esta amenaza
de su querida hada madrina, que levantó la cabeza y se despertó sobresaltada...
Pero el hada ya había desaparecido, con su estrella sobre la frente, su pelo
suelto, su varita mágica siempre levantada y su manto de tul bordado de oro,
perlas y brillantes.
II
Una vez despierta, Lita no pudo volverse a dormir.
Con los ojos abiertos como los de un ratoncillo, esperó que llegase el día. Esa
noche dormía en su cuarto, con miss Mary. Porque, cuando no sintiera dolores,
dormía en su cuarto, con miss Mary, esa dormilona que roncaba como un fuelle.
Cuando los sentía, dormía junto a la cama de su mamá, y esto era un consuelo. Y
era tan buena Lita que, delirando por dormir junto a su mamá, para no
afligirla, nunca exageró sus dolores. A veces hasta los disimulaba...
Esa mañana se sentía sin embargo dispuesta a usar
de toda su energía para imponer su voluntad. En cuanto se coló la luz por las
rendijas de la puerta, llamó a miss Mary. Miss Mary se levantó medio dormida,
miró el reloj, dijo que era demasiado temprano y pidió a Lita que durmiese un
poco más... Lita protestó... hizo abrir los postigos... ¡y ordenó a miss Mary,
en el tono más conminativo, que fuese en el mismo momento a comprarle agujas de
tejer y lana blanca, celeste y rosada!
Miss Mary se negó, probablemente sin comprender
bien. Todavía no estaban abiertas las tiendas... Esperaría a que se levantase
la señora... Insistió Lita... Y entre niña y niñera entablose una tremenda
disputa, de la cual resultó llorando la niña... Al oírla, su mamá, que dormía
en el cuarto contiguo con el oído siempre despierto, se apareció envuelta en
elegantísimo peinador de blondas. Besó a Lita en los cabellos, escuchó
estupefacta su petición, y le observó:
—¡Pero si tú no sabes tejer, mi tesoro!
Mimosa y llorosa, contestó la niña:
—No importa, mamá. Tú me enseñarás.
—¡Tejer tu!... ¡No es posible!... Eres muy chica.
¡Y te gastarías esos lindos ojitos míos y esas queridas manitas!... Yo he de
tejerte cuánto me pidas: una carpeta para tu mesita, un pañolón para tu
muñeca... Di, ¿qué más quieres?
—¡Por favor, mamá!—rogaba la niña, sollozando
casi.—¡Enséñame a tejer a mí, tú que eres tan buena! ¡Ten lástima de mí!
—¿Y qué quieres tejer?
—Tres colchas para los niños pobres. Una blanca, y
otra celeste, y otra rosada. ¡Pero quiero tejerlas pronto yo sola, solita!...
Después, mamá, ¡escucha bien, mamá!... Después Dios me curará y podré correr
como los demás chicos... ¡Mándame comprar ya lo que necesito, mamita querida!
Como miss Mary, la señora no se movía... Parecía
enternecida y asombrada... Y Lita, desconsolándose por tales retardos y
vacilaciones, comenzó a derramar el más amargo llanto de su vida, de su pequeña
vida siempre llena de lágrimas.
También despertó al papá con su llanto. Y el papá
vino a verla, vestido con una bonita «robe-de-chambre» de seda azul rameada de
negro. ¡Parecía un chino con esa «robe-de-chambre»!... Pero como era también
muy bueno, se enteró de lo que quería su hijita inválida, y cambió con su mamá
algunas palabras. Aunque hablaban en voz baja y en el otro extremo de la pieza,
Lita les oyó perfectamente...
La voz ronca del padre decía:
—Está demasiado agitada. Es necesario
tranquilizarla. ¿No tiene fiebre?
La voz fina de la madre contestaba:
—Parece que no; ahora le pondremos el termómetro...
¡Pobre chica!... ¡Tiene demasiada imaginación para su estado!... Ha soñado
curarse... Habla de curarse... Yo creo que tejer no le haría mal.
—Habrá que consultar al médico. Tú sabes que no
quiere que se fatigue, ¡ni que te fatigues tú tampoco!
La señora suspiró... El señor parecía preocupado
por la obstinación de Lita. Pues Lita no era caprichosa. Le gustaba contradecir
a veces; pero era dócil y reposada como una viejita de cien años. Como su
capricho de tejer era una cosa rara, el padre ordenó a miss Mary que llamase al
médico por teléfono.
Oyendo la orden, Lita la desaprobó:
—¿Para qué el médico?... Si los médicos no pueden
lo que Dios puede, ¡y yo me curaré sin médico!...—Y luego pensó en voz alta,
consolándose:—De todos modos, aunque miss Mary lo llame, él no va a oír ni
entender, porque ese teléfono es para hablar español y miss Mary no sabe hablar
más que en inglés.
Su padre se sonrió y le dijo:
—El teléfono sirve para todos los idiomas, Lita.
Además, miss Mary sabe hablar español como yo y como tú. Habla inglés con los
chicos para que lo aprendan.
Lita se burló a través de sus lágrimas del español
de miss Mary... Lo cual no impidió que ésta volviera pronto trayendo la
contestación del médico: hasta las cuatro de la tarde no podría venir...
«¡Hasta las cuatro de la tarde!—pensó Lita.—¡Perderé, entonces, todo el día de
hoy, y si no cumplo en los treinta días fijados por mi madrina!...» Y se puso a
llorar otra vez, porque no le traían pronto los útiles pedidos. Su mamá la
consolaba. Su papá fue a hablar él mismo por el teléfono, a reprender al médico
y a mandarle, muy enojado, que viniese en seguida a ver a Lita.
Hubo todavía que esperar un buen rato. La mamá hizo
rezar a Lita sus oraciones de la mañana y le besaba las manitas. Después la
hizo desayunarse con una gran taza de chocolate. Y el médico vino al fin. Tenía
anteojos de oro y un reloj muy grande, que hacía tic-tac hasta cuando estaba en
el bolsillo.
Consultado, examinó a Lita y opinó:
—Pienso que no hay inconveniente en que se le dé lo
necesario para tejer.—Agregando después, cuando creyó el muy tonto que la
enfermita no le oía:—De todos modos, me parece que no llegará a anudar dos
puntos de tejido. Tratará de aprenderlo, y al ver que no es tan fácil como
imaginara, tirará las agujas. Si aprende a tejer, lo que no me parece probable,
hará unos cuantos puntos, y en cuanto la labor pierda su novedad, la dejará de
lado... ¡Tengan por seguro que ya mañana no se acordará de su capricho!
—¿Y si por rara eventualidad se empeña en tejer su
colcha—preguntó la madre—y llega a esforzarse y se fatiga?
—No creo que eso ocurra, señora—aseguró el
médico.—Cuide en todo caso de que no se incorpore mucho... ¿Lleva siempre su
corsé de yeso?
—Todos los días se le pone al vestirla, y todas las
noches se le saca al acostarla.
—Que siga lo mismo. Y si llegara a excitarse
demasiado, dele una cucharadita de la receta calmante que le prescribí la vez
pasada.
—¡Eso la postra!...
—Disminuya la dosis.
Y se fue el médico, con sus anteojos y su reloj.
Requerida por Lita, miss Mary salió a comprar las
agujas de madera y lana blanca, celeste y rosada. Se hizo esperar mucho, ella
también. Pero, mientras volvía, la madre vistió a Lita, la lavó, la peinó, le
puso agua de Colonia y la sentó en su silla rodante.
Poca lana trajo miss Mary... Como no alcanzaba para
las tres colchas pedidas por el hada madrina, Lita reclamó el doble más de lana
de cada color... Su mamá le dijo que aprendiese primero a tejer lo que tenía
delante, y comenzó a enseñarle...
Con gran sorpresa de su mamá, en un momento
aprendió Lita, toda ojos, los puntos del tejido. Antes de la hora de almorzar
ya tejía; bien que imperfectamente, ¡ya tejía!... Como primeros ensayos fabricó
unas tiras largas y desparejas y unos cuadraditos, aunque sucios de dedos y no
sin nudos que acusaban tropiezos y equivocaciones.
Inmediatamente quiso comenzar su colcha blanca.
Nada pudo detenerla: ni las súplicas de su mamá para que descansase, ni
siquiera la severidad de que se armó su padre, todavía vestido con su bonita
bata azul rameada de negro.
Rodeada de su padre, su madre, sus hermanitos y
miss Mary, ella seguía en su labor como una brujita, teje que teje, teje que
teje, teje que teje... Por su boquita, contraída por la atención, acechaba su
lengua a manera de una curiosa que se asoma por la ventana. Sus pequeñas manos
parecían dos arañas de cinco patas, apuradísimas en reconstruir una tela rota
por el viento.
III
Interrumpiose para almorzar, y después, casi a la
fuerza, la obligó la mamá a descansar un buen rato. Quísola llevar de paseo en
carruaje; pero la niña se resistió de tal modo, que también la señora se quedó
en casa. Y en cuanto pudo, volvió Lita al trabajo, y lo continuaba, aunque con
los intervalos que su mamá le imponía...
Llevaba ya tejido un buen principio a la hora en
que Ramón volvía de la escuela. Deseó verle, mostrárselo y hacerlo su
confidente esta vez más... Por eso pidió ella misma un nuevo descanso para que
la llevasen al patio del servicio. La señora accedió, encantada.
Estallando por hablar, en cuanto estuvo cerca de
Ramón, le preguntó, con inusitada formalidad:
—¿Tienes honor, Ramón?
Ramón contestó, no muy seguro:
—Creo que sí, niña...
—¿Puedes darme tu palabra de honor?
—Sí, niña, si usted lo manda...
—¡Dame tu palabra de honor de que no dirás nada a
nadie de lo que voy a decirte!
—Le doy mi palabra de honor, sí...
—Pues escucha...
Y Lita contó a su modesto amigo todo lo que había
pasado desde la noche anterior: la aparición del hada madrina, su oferta y
promesa, cómo había puesto ella manos a la obra...
—Ahora tienes que decirme—terminó,—¿cuántos días
faltan para los treinta días?
Ramón, que la escuchara pensativo, rió como un loco
a esta pregunta, respondiendo:
—Para los treinta días faltan... ¡treinta días!
Lita se impacientó:
—¡Tonto! Pregunto en qué día de qué mes se
cumplirán los treinta días... ¡Parece increíble que un grandulón que multiplica
por mil números en su pizarra no sepa sacar esta cuenta!
—Sí sé, sí sé—repuso Ramón vivamente.—Hoy estamos a
cinco de junio... junio debe tener treinta días... Será entonces el cinco de
julio...
—¿El cinco de julio estaré sana?
—Si Dios quiere...
—Pues apunta la fecha para no olvidarla...
Ramón sacó una libreta y un lápiz del bolsillo, y
apuntó la fecha...
Lita le dijo, dando un suspiro de satisfacción:
—Gracias.—Y añadió:—¿El cinco de julio? ¿Eh? ¡El
cinco de Julio!
—Ya está apuntado... Estese tranquila, niña, que no
lo olvidaré... ¿Quiere que le muestre un abanico de papel de colores que le he
traído del mercado? ¡Voy corriendo a buscarlo!...
Disponíase Ramón a correr en busca del abanico;
pero Lita lo contuvo, con aire importante:
—Me lo mostrarás otro día, Ramón. Ahora estoy muy
apurada. Debo continuar pronto mi trabajo. Llévame pues al otro patio...
Mientras la arrastraban, Lita iba repitiéndose la
mágica fecha, para que no la olvidase su memoria de pajarito... Todavía al
despedirse de Ramón hasta el día siguiente, le recomendó otra vez:
—¡No vayas a perder el apunte!
Ramón se alzó de hombros ante tanta insistencia, y
se volvió a la cocina ligeramente disgustado por la poca atención que mereciera
su abanico de papel de colores...
La mamá sufrió un desencanto al ver que Lita no
quería jugar más tiempo con Ramón, y trató en vano de distraerla para que no se
fatigase demasiado...
Al acostarse, Lita hizo que le dejaran junto a la
cama su cesta de trabajo. Pues su mamá le había regalado una lindísima, con
flores artificiales y moños de cinta punzó. Y antes de cerrar los ojos, Lita
marcó con la uña una señal en la baranda de la cama, para anotar que había
transcurrido el primer día...
Pero no podía dormirse. Estaba demasiado nerviosa
con las agitaciones del día. Su mamá, aunque lo notara, no quiso darle el
remedio recetado por el médico. Sabía que su regazo era el mejor calmante para
la hijita enferma. Por eso colocó muchos almohadones en una «chaisse longue»,
sacó a Lita de la cama, y se acostó con ella sobre los almohadones. Puso su
cabeza muy alta para no dormirse, pues si se dormía un movimiento cualquiera
podía quebrar la cintura de la niña inválida y matarla. Lita recostó su cabeza
febril en el pecho de su mamá, y dejándose cantar lindas canciones en voz baja,
quedose más profunda y tranquilamente dormida que si le hubieran propinado todo
el frasco del remedio recetado por el médico de los anteojos de oro y del reloj
que hacía tic-tac hasta en el bolsillo.
IV
¡Siete días, sólo siete días bastaron a Lita para
concluir su colcha blanca! Y no parecía muy desmejorada la niña, no. Al
contrario, aunque un poco enflaquecida, tenía mejor color, más animación que
antes, hasta su poco de alegría. El médico y la madre se mostraban más bien
contentos de su estado. Quien parecía descontento era el padre. Había comprado
a su hijita un teatro de títeres y otros muchos juguetes ingeniosos, sin
conseguir distraerla de su incesante labor...
Apenas concluida la colcha blanca, pretendió Lita
empezar inmediatamente la celeste... Aquí intervino formalmente el papá. La
enfermita necesita por lo menos un día de descanso, pues que ni el mismo
domingo se había resignado a descansarlo todo entero. Y con su autoridad de
amo, el padre hizo vestir con trajes de calle a su señora, a Lita y a mis Mary,
pidió el carruaje descubierto para después de almorzar, se puso guantes
amarillos y una galera muy grande, y salió a dar un paseo con su familia,
aprovechando el hermoso día. Detrás iba Ramón en un fiacre, con el cochecito de
Lita, para cuando se bajasen en el paseo.
Anduvieron por el bosque y por el Jardín Zoológico.
Miss Mary arrastró a Lita en su cochecito, páranse ante las jaulas de los
animales. Lita adoraba los animales. Y ese día, a pesar de su deseo de reanudar
cuanto antes la labor, tuvo más gusto que nunca en ver leones, jirafas,
avestruces, serpientes, de cuánto Dios crió. Porque pensaba que antes de que se
cumpliese el plazo de los treinta días, ella podría presentar a su hada madrina
las tres colchas. Entonces sanaría y caminaría sola y derecha, aunque tuviera
un cochecito de marfil tirado por dos grandes mariposas azules. Visitaría el
País de las Hadas, donde se ven en jaulas de oro los animales que aquí
faltaban: sirenas, unicornios, dragones...
De vuelta en su casa, preguntó a Lita su papá:
—¿Te has divertido, Lita?
—Mucho, papá.
—Pues pasado mañana repetiremos el paseo.
Lita se afligió mucho, porque si cada dos días
obligaba a descansar uno, no acabaría a tiempo las dos colchas que le quedaban
por hacer. Así fue que rogó a su padre, con lágrimas en los ojos y sollozos en
la voz:
—No me vuelvas a sacar a pasear hasta que termine
la colcha celeste, papá... ¡Sé buenito, papá!... ¡Te lo pido por Dios y por la
Virgen, papá!...
Para tranquilizar a la pobre mártir exaltada y no
perjudicar el buen efecto del paseo, tuvo que prometérselo así su padre...
El día siguiente era el octavo día. En cuanto
amaneció, Lita pidió a miss Mary los útiles y la lana celeste, y se puso a
tejer y tejer... Otra semana más de trabajo, y quedó concluida la colcha
celeste... Otra semana más, ¡y también la colcha rosada!... ¡Ya no le restaba
nada que hacer, sino guardar celosamente su obra, su tesoro!...
Ramón le dijo que estaban a 27 de junio, y que
faltaban todavía siete días para la fecha de redención, el 5 de julio... ¿Cómo
pasar todo ese tiempo para no impacientarse ni aburrirse?... Pues ahora fue la
misma Lita quien invitó a su padre a ir todas las tardes a Palermo y al Jardín
Zoológico, y hasta más de lo que él podía, por sus quehaceres... Y la mamá se
apresuró a hacerle el gusto, gozosa de ver al fin a su hija querida descansada
y contenta:
—¿Cuándo llevaremos a los niños pobres tus
colchas?—le había preguntado un día su mamá.
—Ya lo verás, mamá, ya lo verás. Por ahora sólo
quiero que estén bien guardadas en mi armario, ¡muy bien guardadas!
Se pasaron así los días que faltaban y llegó la
noche del 4 de julio, las ansiadas vísperas. Lita contó las marcas que había
señalado en la baranda de su cama. Eran treinta justas, y su cuenta coincidía
con la de Ramón. Besó a su papá, a su mamá, a sus hermanitos y hasta a miss
Mary. Se hizo acostar muy temprano. Rezó largamente sus oraciones, pidiendo a
la Virgen y a San José que velasen por su madrina... Y se durmió, mirando las
tres colchas, que se había hecho poner junto a su camita.
Costole mucho dormir. Pero, en cuanto se durmió, se
le apareció en su sueño el hada madrina. Venía como siempre, con su estrella,
su varita mágica, su pelo suelto, su magnífico manto... Sonriendo con ternura a
su ahijada, le dijo:
—Veo que eres buena, Lita. Te agradezco tu labor en
nombre de los niños pobres, a quienes les llevaré tus colchas, para que no se
mueran de frío en las noches de invierno.
El paje del hada, que era un gnomo, salió del seno
de la tierra, cargó en las espaldas con los tejidos de Lita, y desapareció...
El hada hizo entonces unos garabatos en el aire con
su varita mágica, diciendo a su ahijada:
—Y porque eres buena, te curo ahora para siempre.
Apenas dicho esto, Lita se sintió curada y se sentó
en la cama, completamente derecha. Sin darle tiempo ni para decir gracias, su
madrina la tomó de la mano...
—Ven conmigo, Lita. Te llevaré a dar una vuelta por
el País de las Hadas, donde viven Caperucita Roja y Pulgarcillo.
Así como estaba, en su blanca camisita de batista,
Lita saltó del lecho sola y adelantó de la mano de su madrina... Atravesaron la
habitación sin hacer ruido, en puntitas de pie, luego el dormitorio de la mamá,
el cuarto de vestir, una sala... iban directamente a la puerta de calle...
Lita misma abrió la puerta que comunicaba la sala
con el vestíbulo. Cruzaron el vestíbulo y abrió también la puerta cancel...
Llegaron al zaguán... Ya estaban ante la puerta de la calle... Lita hizo un
esfuerzo para abrirla... ¡Era un pestillo muy duro y bien cerrado!... Y sintió
de pronto que le faltaba el apoyo de su madrina y cayó sobre el frío umbral de
mármol...
V
A la mañana siguiente, antes de que aclarara del
todo, Ramón fue, como de costumbre, a abrir la puerta de calle a los
proveedores de la casa. Iba tan preocupado con el cuento que le repetía
diariamente Lita de su hada madrina, pensando si se le habría realmente
aparecido durante la noche, que no se fijaba donde ponía el pie... Al ir a
meter la llave en la cerradura de la puerta, pisó una cosa blanda... se agachó
a ver lo que era, y lanzó un berrido estridente... ¡Ahí estaba Lita, en su
camisita de dormir, que mostraba horriblemente la miseria de su deformidad!
¡Ahí estaba Lita, yerta, blanca, verdosa, helada!
Sin saber lo que hacía, loco de dolor, salió
corriendo Ramón y entró en las habitaciones interiores por una puerta que daba
al vestíbulo y estaba entreabierta...
—¡La niña Lita está en la puerta de la
calle!...—gritaba.—¡La niña Lita está muerta en la puerta de la calle!...
El padre, la madre, miss Mary, los chicos, todos
saltaron de la cama y acudieron... El padre fue quien levantó en los brazos el
precioso saquito de huesos... Ramón corrió a llamar al médico... Y el médico de
los anteojos de oro vino, y dijo que la niña estaba muerta.
—Es una felicidad para ella, la pobrecita—agregó
con voz grave.—Y hasta una liberación para sus padres. No tenía remedio y
sufriría inútilmente toda su vida.
Pero los padres no parecían pensar que esa muerte
fuera una felicidad y una liberación. La señora gritaba desconsolada... El
señor estaba fuera de sí... Llegaba a dudar de la muerte de esa frágil y tierna
criatura. Conservando algo como la sombra de una esperanza, explicó al médico
dónde y cómo la encontraran. La niña parecía haberse levantado por sí misma,
como si estuviera sana, tal vez sonámbula...
El médico negó radicalmente semejante hipótesis. La
niña no hubiera podido dar un paso por sí misma... Pero, ¿quién la llevó hasta
allí, mientras miss Mary y los padres dormían?... ¡Pues el chico ese que decía
haberla encontrado muerta! Él la había sacado de la cama para jugar, dejándola
caer después en la puerta de calle. En la caída, la enfermita se había quebrado
la columna vertebral... La niña estaba ya fría porque el chico que la sacara no
se atrevió a avisar en el primer momento, por temor al castigo que le esperaba.
Si se le avisara entonces, tal vez la ciencia la hubiera podido salvar. ¡Esa
era la opinión del médico!
Al oírla, creyéndola en todo verdadera, el padre
interpeló a Ramón con la ira de la desesperación:
—¿Cómo has podido hacer eso, miserable?
Ramón sintió que se le helaba la sangre de horror y
de vergüenza... Su madre se puso a llorar... Y exaltándose más y más en su
dolor, repetía el señor:
—¿Cómo has podido hacer eso, miserable? ¿Cómo has
podido dejar de llamarnos a tiempo siquiera, canalla, desagradecido?
A Ramón le flaquearon las rodillas, y cayó sobre
ellas, desfalleciendo... El padre de Lita creyó ver en ese desfallecimiento la
confesión del crimen, pues se le presentaba el caso como un crimen, y
vociferaba a la criada y a su hijo, en el paroxismo de su cólera:
—¡Fuera de aquí!... ¡Que yo no vea más la cara de
ustedes!... ¡Pronto, fuera, si no quieren que los haga echar por la policía!
Después de diez años de servicios fieles, así
fueron echados la madre de Ramón y su hijo, como ladrones, como asesinos... Y
nadie dudó en ese momento de las palabras del médico, a quien el hecho dio tema
para disertar largamente sobre los sentimientos perversos de la canalla.
Cuando Ramón estuvo solo con su madre en la
pobrísima fonda donde se refugiaron, la abrazó sollozando... Iba a jurarle que
el médico mentía, pero su madre le contuvo:
—¡Hijo querido! No necesitas decirme nada, porque
yo sé que no es cierto. Tú no eres insensato ni cobarde para dejar morir a la
niña sin avisar, ¡hijo querido!
Ramón gritó:
—¡Qué malos son en haber creído a ese médico, qué
malos!
—No son malos—rectificó dulcemente la madre.—Los
hombres no son malos ni buenos... Unos son ricos y otros son pobres... Eso es
todo. ¡Cálmate, hijo mío!
Las crueles emociones de esa trágica mañana
enfermaron gravemente a Ramón. Su madre tuvo que llevarlo al hospital, donde
pasó muchos días entre la vida y la muerte. En sus noches de fiebre deliraba
con la pobre Lita y su pérfida madrina, que no era una hada sino una bruja... A
cada momento creía que esa bruja venía a robarlo a él también... Pero su
naturaleza robusta venció la dolencia. A las tres semanas lo llevó su madre
consigo a la nueva casa en que se conchabara, ya convaleciente, amarillo,
altote, muy triste, y tan flaco como un espectro...
Él no volvió a hablar más de su amarga experiencia.
Parecía olvidado de Lita y de la injuria mortal que recibiera... Mas una noche
dijo sencillamente a su madre:
—Mañana hará un mes de la muerte de Lita, mamá...
Quisiera comprarle unas flores y llevárselas al cementerio... Iremos los dos
antes de ir al mercado, mamá...
En vez de enfadarse, como temía Ramón, su madre se
lo prometió, después de abrazarlo. Compraron así al día siguiente un hermoso
ramo de rosas blancas en el mercado y lo llevaron al cementerio. El guardián
les indicó la tumba de Lita. Ya estaba cubierta de otras flores frescas, flores
finas y raras.
—Mamá—preguntó Ramón divagando todavía con los
pensamientos delirantes de su enfermedad—¿quién habrá puesto ahí esas flores
tan temprano?... ¿No podría ser el hada madrina?...
—No, hijo mío. Esas flores las puso la madre de
Lita, que estuvo aquí antes que nosotros; no lo dudes.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy tu madre.
Ramón se arrodilló, se persignó y dejó sus rosas
blancas junto a las otras flores. Hubiera querido quedarse allí mucho rato,
pues le parecía estar en la casa de Lita, que era un poco como su casa... Mas
su madre lo apremió a que se despidiera; debían volverse porque era tarde...
Entonces Ramón quiso llevarse, como recuerdo, un flor de la tumba de Lita...
Ella era tan generosa que me las daría todas si yo
se las pidiera—dijo con los ojos llenos de lágrimas.
Su madre le prohibió que tomara la flor, porque las
flores de los muertos traen desgracia...
—Las flores de Lita—imploró todavía Ramón,—a mí no
pueden traerme desgracia, sino hacerme bueno, porque ella es como mi ángel de
la guardia...
—No importa, hijo mío—concluyó su madre.—Las flores
de los muertos son para los muertos.
Oyendo esto, Ramón se arrodilló por despedida ante
el umbral del sepulcro, donde dejaba enterrados sus castos sueños de
adolescente. Instintivamente acercó sus labios a un manojo de no-me-olvides que
se destacaba entre las flores de la niña muerta... Y al besarlo creyó besar los
ojos de Lita, creyó besar por primera y última vez los ojos azules de Lita.
Indigentemente cuidado por manos mercenarias, más
envejecido que viejo, se moría Cervantes. Buen cristiano, despedíase del mundo
con la conciencia limpia, después de recibir los últimos auxilios de la
religión. Y, aunque sólo agonizante, por muerto habíanle dejado en la sórdida
guardilla.
No estaba todavía muerto, no, si es que él podría
morir alguna vez. En su imaginación febricitante pululaban sus recuerdos, casi
todos de lágrimas y amargura. Rememoraba envidias, pobrezas, calumnias,
prisiones... Pero, ¿cómo? ¿qué no había tenido él ninguna dicha en la vida?...
¡Ah, sí! La tuvo, sí, la tuvo, cuando en sus horas solitarias viviera el mundo
de su fantasía que describió en sus libros. ¡Felices horas aquellas en que la
fiebre de la concepción lo levantaba a una esfera tan superior a las humanas
miserias! Bien dijo entonces: «Para mí sólo nació don Quijote y yo para él...»
Bien dijo entonces, asimismo, como alguien le tildara de envidioso:
«Descríbaseme la envidia, que yo no la conozco». En cambio, otros, y bien
ilustres, la conocían por él...
No estaba todavía muerto, no, pues que pensaba... Y
sintió que se abría una puerta y entraban en tropel, como legión de espectros,
conocidísimas figuras...
Venía adelante don Quijote de la Mancha, seguido de
su escudero Sancho Panza; luego el bachiller Sansón Carrasco, el cura, el
barbero, Dulcinea del Toboso, Teresa Panza, Camacho, la dueña Rodríguez, los
duques... Y también Persiles y Segismunda, Rinconete y Cortadillo, la
Gitanilla... En fin, toda la caterva de los personajes que aparecían en sus
obras...
Don Quijote, como jefe de la caterva, acercándose
al mísero lecho, lanza en ristre y visera caída, habló primero:
—Este es don Miguel de Cervantes Saavedra, el
malandrín que nos creara y tuviese cautivos en sus libros, como las alimañas
enjauladas que presentan los histriones de la feria, para risa y escarnio del
vulgo soez y malicioso. Este es Cide Hamete Benengeli, el atrevido burlador de
nuestras mejores fazañas y el cuentista charlatán de nuestros amoríos y
secretos.—Y encarándose con el moribundo, agregó:—Ha llegado el momento, oh
Cervantes, de que nos rindáis cuenta de las burlas e injurias que tan
despiadadamente nos habéis inferido, y que he de vengar, ¡vive Dios! por el
valor de mi esforzado brazo, en un hecho como no vieran los pasados siglos ni
verán los venideros...
Sansón Carrasco no parecía menos iracundo:
—Mal hicisteis, don Miguel, en divulgar tanta
confidencia amistosa y reservada que depositamos en el seno de vuestra
confianza y caballerosidad. Mal hicistéis, don Miguel, en contar al público los
yerros y debilidades de nuestros mejores amigos. Aunque no soy yo el peor
presentado, poco hablasteis de mis muchas letras, y mucho de mis pocos donaires
y bellaquerías. Hubierais de haber sido siquiera más imparcial y justo, no
abultando lo malo o indiferente y disimulando lo bueno y lo mejor. ¿Por qué no
escribisteis nada de mis glosas a Aristóteles, nada de mis traducciones de
Horacio, nada de mis puros amores con Casilda de Ricarte?...
Quejábase también el cura:
—Sana habrá sido vuestra intención, don Miguel,
pero, al hablar de mí, ¡bien pudisteis enaltecer mis virtudes y no pasarlas en
tan displicente silencio!
Camacho clamaba:
—Tal fama de rico me distéis al describir mis
bodas, que no hay en veinte leguas a la redonda pobre que no me pida... Y si le
doy mucho, no me lo aprecia; si poco, se retira descontento; si nada, me acusa
de tacañería y maldad... ¡Flaco servicio os debo, señor de Cervantes!
Teresa Panza, la mujer de Sancho, vociferaba a su
vez:
—¿Para qué ha cantado vuesa merced tantas aleluyas
y gastado tanta tinta, sin sacarnos al fin y al cabo de nuestra pobreza?...
¡Hubiérase metido vuesa merced con los ricos y los orgullosos, y no con los
pobres y los humildes, que nada le pedimos ni para nada le llamamos!
La mentada doña Dulcinea del Toboso, por su
verdadero nombre Aldonza Lorenzo, gritaba a la par de Teresa Panza, al doliente
caballero:
—¿Qué os hice para que también os metierais
conmigo, según se me ha dicho, en esas historias mentirosas que corren impresas
por ahí?... ¡Nada os importa, ni a vos, ni al mundo, que yo huela o no huela a
ámbar, que sea soberbia princesa o zafia labradora!...
Maritornes, con los brazos en jarras, era otra
furia. ¿A qué perpetuar el cuento de su extravío de una época pasada, arrojando
la nota de deshonra sobre una moza que después podía ser, y ahora lo era
efectivamente, honestísima madre de familia?...
El barbero decía también:
—Aquí traigo mi navaja, no para afeitar a vuesa
merced, sino para vengarme de ella por las bromas que ha dado a mi cliente don
Alonso Quijano y a sus parientes y amigos...
La dueña Rodríguez clamaba llorosa:
—Yo no soy fantasma, ni visión, ni alma del
purgatorio, sino doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la duquesa, y
vengo a inculparos de vuestra sátira contra todas las dueñas, encarnadas en
vuestra falsa y mentirosa Dueña Dolorida!...
Los mismos duques estaban descontentos, pues que la
duquesa decía:
—A gente de nuestra alcurnia y grandeza, mejor
fuera dejarla tranquila cuando no se trata de históricos hechos. Contar
nuestras acciones privadas es dar pábulo a las habladurías de plebeyos y
villanos...
Persiles y Segismunda hubieran deseado el discreto
velo del silencio sobre sus antiguos amores...
Rinconete y Cortadillo protestaban por su fama de
ladrones. ¡Tan conocida era esta fama, que todos estaban ahora en guardia
contra ellos, y ya no podían seguir robando a gusto!...
La Gitanilla, hasta la Gitanilla se quejaba de su
cervantino renombre, presumiendo de honrada y pudorosa...
Y así, uno por uno, los personajes fueron
exponiendo sus crueles y destempladas quejas. Llegaron a gritar todos juntos,
tan desaforadamente, que el divino Cervantes se creyó expiando algunos
pecadillos en las profundidades del purgatorio...
Sólo Sancho guardaba un pensativo silencio, sentado
a los pies de la cama... Quiso decir algo a don Quijote, y no lo pudo, cubierta
su palabra por la infernal algarabía...
De pronto, don Quijote hizo un molinete con la
lanza obligando a que todos se alejaran del lecho, y clamó con voz colérica e
imperativa:
—¡Basta ya, chusma cobarde y desenfrenada!
¡Apartaos! ¿No veis que es un solo hombre al que todos acosáis? ¡Dejadlo que
combata conmigo solo en singular batalla, y Dios dirá de qué parte están la
razón y la justicia!... He ahí mi guante, Cide Hamete Benengeli, y salgamos a
luchar en campo abierto, si no miente vuestro nombre y corre aún sangre en
vuestras venas.
El moribundo hizo un esfuerzo para incorporarse,
sin conseguirlo... Y Sancho, poniéndose de pie, increpó a Don Quijote:
—¿No ve vuestra merced que don Miguel es inválido
por carecer de un brazo, y que en este momento se nos muere? Antes le debemos
socorro que insultos y ataques. Lo cortés no quita lo valiente, una mano lava
la otra y cada oveja con su pareja...
Viendo que, efectivamente, Cervantes era ya casi un
cadáver, don Quijote exclamó:
—Tienes razón, que te sobra, Sancho amigo. ¡Oh
desgraciado de mí! Cuando al fin alcanzó el más encarnizado de mis enemigos,
aquél con quien contara al mundo mi historia convirtiendo mi valor en
hazmerreír de perversos e ignorantes, aquél cuya péñola implacable hace
irrisión de mis nobles pasiones y befa de mis mejores hazañas, he aquí que lo
hallo enfermo, postrado y agonizando, por obra y gracia de los pérfidos
encantadores que me persiguen, y que no han querido que vengue de una vez por
todas sus burlas y ultrajes, para eterna gloria de mi nombre.
Después de un silencio, Sancho repuso, con
inacostumbrada melancolía:
—Cría cuervos para que te saquen los ojos. El señor
don Miguel no es nuestro enemigo, que es nuestro padre.
Al oír esto, Don Quijote quedó completamente
absorto en sí mismo, un rato largo, muy largo, sin atender a la creciente
farándula con que los demás personajes mortificaban al solitario moribundo...
Luego se irguió y dijo muy recio:
—Cierto. Él es nuestro padre. Él nos ha dado la
posteridad y la gloria, ¡la verdadera vida!
Y sin más, arremetió contra la legión de importunos
que antes capitaneara, arrojándolos de la habitación como a perros, a golpes de
lanza... Cuando salieron todos, cerró la puerta detrás de ellos, quedando solo
con el moribundo y Sancho...
Cervantes, que haciendo un último esfuerzo se había
levantado a echar también a los incómodos visitantes, cayó entonces sobre
Alonso Quijano el Bueno... Y mientras Sancho, arrodillado, le cubría las manos
de lágrimas, rindió su alma a Dios en los brazos de don Quijote. En su boca
descolorida acentuábase una sonrisa de infinita ternura, como si dijera a sus
dos creaciones más ilustres:
—¡Bien sabía que habíais de venir vosotros, hijos
míos, a socorrerme en la hora de la muerte!
«Catalina de Aragón», así como suena, nada menos
que «Catalina de Aragón» se firmaba y se hacía llamar Felipa Danou, francesa de
Montmatre. Y con ese nombre histórico, presumiendo de noble y española, se
inscribía en los programas de los circos y teatros donde se la contrataba como
«domadora de vampiros».
Hay que reconocer que los vampiros eran más
verdaderos que su nombre. Habíalos comprado en Argelia a un cazador marroquí, y
se exhibía en público con ellos, en una gran jaula de fieras, pretendiendo
haberlos domesticado y educado...
Sin embargo, los chupadores de sangre estaban muy
lejos de poseer la dócil inteligencia de tantos perros, focas o elefantes
«sabios». Apenas si reconocían a Catalina, su cuidadora, cuando los llamaba por
sus pintorescos apodos: «¡Sanguijuela!... ¡Borracho!... ¡Lucifer!...» El éxito
de la domadora, harto dudoso por cierto, extribaba más bien en una danza
serpentina que bailaba dentro de la jaula, envuelta en negros crespones.
Mientras torrentes de luz roja y azul le daban matices fantasmagóricos, revoloteaban
a su alrededor, electrizados por su voz aguda y dominante, los enormes
murciélagos hambrientos, ávidos de sorberle la sangre bajo su piel pintada y
sudorosa.
Pronto se cansó el público parisiense de Catalina y
sus vampiros. Se hacía necesario inventar cuanto antes otra cosa, porque los
empresarios no se arriesgaban ya a contratar un espectáculo tan gastado, y ella
no se decidía a abandonar su querido París...
Mejor dicho, su marido o amigo, el lindo Raguet,
era quien no le permitía abandonar a París. Este Raguet era un parisiense
incurable. No concebía la vida sino vagando por los bulevares, teatro de sus
fáciles conquistas...
Como lo fuera con muchas otras, Raguet era un
tirano para Catalina. Siempre insaciable de dinero amenazábala y pegábale
brutalmente cuando ella no se lo proporcionaba. Por eso Catalina, al notar el
creciente descrédito de sus vampiros, se veía obligada a resolver un dilema
insoluble: o contratarse en barracones de tercero y cuarto orden, donde se
pagaba poco a las «artistas», y exponerse por consiguiente a las diarias sobas
de Raguet, o bien abandonarlo y marcharse con sus animalejos en jira por las
provincias y el extranjero...
Esto último hacíasele imposible. Los golpes y las
caricias de Raguet le eran tan indispensables como el aire. Prefería morir
insultándolo martirizada por sus manos implacables, a obtener lejos de él
éxitos y contratas...
Felizmente vino a socorrerla una casualidad
propicia. Sucedió que una norteamericana millonaria y extravagante le ofreció
comprarle sus vampiros... Pidió ella un precio disparatado, justo el que le
pidieran por un joven y gigantesco mono chimpancé que deseaba domesticar... Y
la norteamericana, encaprichada con los vampiros, después de regatear en vano,
acabó por pagarle a Catalina el precio que fijara.
Adquirido el mono, liquidó Catalina su última
contrata, y se retiró con él a una casita de los alrededores de París,
dispuesta a amansarlo y enseñarlo. Con la idea de las ganancias que pudiera
proporcionarle su adquisición, Raguet le disculpó este alejamiento del centro
de la ciudad. Con frecuencia iría a visitarla, siquiera en las noches que no
contase con ningún otro refugio.
«Cónsul», tal era el clásico nombre del mono,
prometía los mejores aplausos y considerable provecho, si llegaba a presentarse
amaestrado en la escena. Era un bello ejemplar de su raza, alto, membrudo,
fuerte, de mirada inteligente y viva, de suave y aterciopelado pelaje. Lo malo
era su humor hosco, impulsivo y variable. En su boca bestial se sucedían
rápidamente salvajes contracciones de cólera y perrunas sonrisas. En los días
de «spleen» mordía y quebraba cuanto hallase a su alcance. Muy prudentemente,
Catalina lo tenía pues encerrado en una sólida jaula de hierro, al menos hasta
que se mostrase más tranquilo y sociable.
Todos los medios conocidos empleó la domadora para
domesticar a Cónsul: el hambre, los golpes, el fuego, la electricidad, los
gritos, las caricias... Pero sólo consiguió que el antiguo gigante de los
bosques, la conociese, respetase y siguiera. Con los extraños, Cónsul se
mantenía siempre en su antigua ferocidad, y tanto, que no se le podía sacar de
su jaula...
Una vez lo intentó Catalina, para enseñarle a comer
en su mesa. Mientras estaba en tête-à-tête con ella sola, la
lección no marchó del todo mal. El mono obedecíale como podía; al equivocarse,
le pedía perdón con sus ojos húmedos como los de un enamorado... Mirándola,
solía distraerse y desobedecer sus órdenes. Entonces ella lo reprendía y castigaba
severamente con una varita de metal...
Conforme adelantaba la lección de comer, y
menudeaban las reprimendas y castigos, Cónsul se ponía más huraño y nervioso,
gruñendo sordamente con los dientes apretados. En otros momentos gemía y se
mordía las uñas, conteniendo su furor... Catalina, como se diese cuenta, con su
instinto de mujer, que el mono nunca se atrevía a atacarla, continuaba el
amaestramiento impávida y decidida... En un momento en que, después de varias
equivocaciones del discípulo y de los consiguientes golpes de la maestra, Cónsul
se clavaba las garras en los muslos para desahogar su furia, entró el sirviente
con un plato en las manos... No bien lo vio, abalanzose el enfurecido animal
sobre él como dispuesto a matarlo... Un grito a tiempo de Catalina lo contuvo,
y el criado pudo retirarse bien librado, a costa de unos pocos rasguños.
A Raguet era a quien profesaba Cónsul su odio más
terrible. Hasta olfateábalo desde lejos. Pues, en cuanto pisaba la casa, de día
o de noche, aunque para nada se acercase a la habitación donde se hallaba la
jaula, Cónsul se ponía como fuera de sí. Gruñía, daba grandes manotones al
aire, se sacudía contra los barrotes de hierro... Muchas veces, antes de que
Catalina viera a Raguet, conocía su aproximación por las demostraciones del
mono, quien ni escuchaba entonces sus voces...
—Tiene celos de ti—decía después a Raguet.
Y Raguet le contestaba, meneando la cabeza y como
si él hubiera contribuido en la compra:
—Me temo que hayamos hecho un mal negocio con el
animalucho. ¿Por qué no lo vendemos?
Catalina sabía que venderlo era dejar la suma casi
íntegra en las manos de ese disipado de Raguet; además, ella no desesperaba de
amaestrar a Cónsul, y hasta le tenía algún afecto... Por eso respondía:
—Tengamos paciencia. Es muy inteligente. Parece un
hombre. No le falta más que hablar... Con el tiempo ha de aprenderlo todo.
Dejará lejos a Pichón, el elefante de Niní de Montecristo. ¿Y sabes cuánto le
pagan a Niní en el Olimpia?... ¡Mil francos por noche!
Ante el convincente argumento del caso de Niní,
Raguet se callaba, no sin rezongarle antes a Catalina:
—Si es así, debes apurarte en amaestrar a tu
Cónsul. ¡Van ya para tres meses que estás de haragana, sin hacer nada!
Raguet iba para treinta años, justo su edad, que
vivía de haragán, sin hacer nada más que gastar lo que pidiere o trampeare...
No obstante de saberlo muy bien Catalina, se limitaba a pedirle perdón:
—¡No te enojes, Raguet! Cada uno hace lo que
puede... La gente ya estaba cansada de los vampiros...
Sin contestar a la domadora domada, Raguet, con un
hambre de diez o doce horas de vagabundeo, replicaba con voz tonante:
—¡Basta de Cónsul! Dame pronto lo que tengas de
comida...
Y Catalina corría a la cocina, de donde volvía
triunfante a la media hora, con alguna cazuelilla improvisada. Servíale a su
hombre, con el mejor vino que encontraba, y lo miraba mientras él comía
disimulando su apetito con nuevas quejas:
—¡Esto es una porquería!... Apenas si puede
probarse... ¡Es estúpido que no tengas nada mejor, cuando Niní convida con
champaña y gallina a Sansón, el hombre de las pesas falsas y de los músculos
postizos!
Catalina lo tranquilizaba entonces, como diciéndole
con su mirada cariñosa:
—Espérate a que eduque a Cónsul, para convidarte
con champaña y gallina, como Niní a Sansón, el hombre de las pesas falsas y de
los músculos postizos...
Una noche estuvo Raguet más exigente que de
costumbre. Necesitaba en ese mismo instante trescientos francos...
—¿De dónde quieres que los saque?...—gemía la
infeliz Catalina.—Ya no me quedan diez céntimos de lo último que cobré... Debo
un mes de alquiler... Ayer pedí prestados quinientos francos a Blondeau el
empresario, y ese gordo tacaño no me quiso prestar más que ciento cincuenta...
¡Alhajas no tengo, ni crédito, ni trabajo!... ¡Perdóname, Raguet, ten lástima
de mí!...
—¡Mientes!—vociferó Raguet.—Debes tener más dinero
guardado... ¿Con qué comes, pues?...
—Te juro que no tengo más, ¡te lo juro por las
cenizas de mi madre, Raguet!... Yo no puedo volverme monedas...
—Dame entonces esos ciento cincuenta francos que te
prestó el imbécil de Blondeau...
—¡No los tengo ya! ¡no los tengo!... He pagado con
ellos al panadero, al mercado, al sirviente, que se fue hoy y me ha dejado
sola...
El lindo Raguet, frenético de impaciencia,
apostrofó a Catalina con sus peores injurias, ¡y tenía un buen repertorio de
ellas! Y cuando se cansó de insultarla, le asestó feroces bofetones y
puntapiés, practicando su máxima favorita: «Las mujeres son como las aceitunas.
Hay que batirlas duro para que den aceite, y cuanto más se las bate, más aceite
dan». Esta máxima, repetida a los compañeros del vermut ante la mesa del café,
en el preciso momento de escupir el hueso pelado de una aceituna a dos varas de
distancia, tenía siempre un éxito loco. También lo tenía aplicada en las nalgas
enrojecidas y en las mejillas ensangrentadas de Catalina de Aragón, la domadora
de vampiros...
Como realmente esa noche la pobre mujer no podía
proporcionarse dinero, los golpes fueron más recios que de costumbre. Y ella
gritaba y gemía como si la desollasen viva...
De pronto se sintió en el silencio y en las sombras
de la desolada casita, ruido de hierros y maderas que crujían... unos pasos
pesados y torpes que se acercaban... un formidable golpe contra la puerta...
Raguet y Catalina se miraron pálidos de terror; la
puerta se abrió... Ante la vacilante luz de la bujía vieron un demonio inmenso
que se adelantaba lentamente sobre sus dos patazas, con los ojos fosforescentes
de cólera... Era Cónsul, el mono chimpancé. Al apercibir los gritos de Catalina
había sacudido con tal fuerza la puerta de su jaula, que había cedido... ¡Venía
a socorrer a su ama!
De un golpe derribó a Raguet... Tomó a Catalina en
sus brazos... Lamiole con su lengua rugosa las heridas... Y llevola cargada
como una criatura a su jaula...
Al volver en sí, Raguet recordó que en la casa no
había nadie a quien pedir auxilio. Tomó su sombrero y huyó cobardemente,
sintiendo siempre detrás de sí los pasos vengadores de Cónsul...
A la mañana siguiente, requerida por un vecino que
oyera durante la noche extraños gritos, la policía entró en la casa desierta...
Registrándola, sólo halló al mono gigantesco en su jaula, sentado sobre la
paja, arrullando tiernamente en sus brazos a una mujer pálida, muerta, ¡muerta
de terror!
(Impresiones de veinticuatro horas de fiebre)
I
Yo no podía dormir... En vano regularizaba mi
respiración, trataba de apaciguar mi pensamiento, me oprimía el pecho para
contener sus latidos, ¡en vano!... ¡Yo no podía dormir!
El insomnio acabó por vencerme y desmoralizarme. Me
abandoné a él como un náufrago que pierde las fuerzas en la corriente. No
pudiendo ya contener mi intranquilidad, me revolvía en las sábanas, me sentaba,
fumaba, encendía y apagaba la luz... Cuando la encendía, no vislumbraba más que
sombras... Cuando la apagaba, en la obscuridad más completa, veía unos vagos
arabescos, como de humo, que se agrandaban y achicaban, subiendo y bajando en
el aire.
En mi cabeza penetró, poco a poco, el clavo
ardiendo de una idea fija. Yo lo sabía perfectamente... Y lo
que supiera era esto, que me repetía a cada instante, a cada minuto, a cada
segundo:
—Tucker, ese bribón de Tucker tiene la culpa.
¿Quién era Tucker? ¿Cómo era Tucker? ¿Qué hacía?
¿Dónde estaba?... Nada de eso sabía yo; pero sabía bien, ¡ah, muy bien! que él
solo, que sólo él tenía la culpa... ¿La culpa de qué? Yo lo
ignoraba asimismo. Comprendía únicamente que eso debía ser
Algo Terrible, macabramente terrible, diabólicamente terrible. Sería como una
inconmesurable esfera de barro que debía aplastarnos; sería como si todos,
hombres y espíritus, me burlasen y despreciaran; sería, en fin como una cosa
que no cupiese en el mundo ni pudiera decirse en lenguaje humano...
¿Había ocurrido ya? ¿Iba a ocurrir más adelante?
¿Estaba ocurriendo entonces? ¡Tampoco sabía yo eso!... Mas nunca, jamás me
sentí tan agitado, ¡y con tanta razón agitado! como aquella noche fatal en que
me repetía, arracándome los pelos:
—¡El malvado de Tucker tiene la culpa!
Consolábame, empero, el vago pensamiento de
que aquello no sucedía realmente. Yo sabía que estaba soñando.
¡Y sin embargo no podía dormirme!... ¿Quién hubiera dormido con semejante
preocupación? ¡No, no dormí un instante en toda la noche!
Cuando amaneció, el sirviente me trajo el desayuno.
¡El sirviente!... ¿Qué venía a buscar a mi habitación ese espía odioso?... Yo
lo maldije y lo eché con voz de trueno (con una voz muy rara, que no era mi
voz):
—¡Váyase al infierno!
Puso él la bandeja sobre una mesa, y salió
disparado, cerrando la puerta. Al cerrarla dio un chillido, porque se apretó la
cola. (Indudablemente tenía cola, una larga y peluda cola de mono.)
Dejé que el desayuno se enfriara en la taza durante
todo el día. Era un desayuno de hirviente sangre humana, y yo no podía olvidar
que la sangre humana tarda mucho en enfriarse.
Esperando pues que se enfriara el desayuno, me lo
pasé todo el día en cama. Felizmente tenía caramelos de goma en la mesita de
luz, porque estaba muy resfriado. Tan resfriado que la respiración se me había
detenido por completo. Esto me daba, naturalmente, mucha risa. ¡Vivir sin
respirar, como los muertos! ¡Qué cosa más ridícula!...
Y todo el día me estuve repitiendo:
—¡El infame de Tucker tiene la culpa! todo el día,
hasta que anocheció.
Cuando anocheció, esta idea llegó a hacerse más
dolorosa que nunca. Comprendí que debía ver a Tucker para enrostrarle su
infamia... Por eso me vestí y salí a la calle.
Advertí en la calle que me había olvidado de
ponerme el saco, aunque estaba muy bien peinado y llevaba una estrella
verdadera prendida en la corbata. Esta estrella, que era como la cabeza de un
clavo, yo la había arrancado del cielo con mi propia mano, parándome en puntas
de pies y estirando enormemente el brazo derecho. Tenía así el brazo derecho
algo descoyuntado y andaba sin saco por la calle... ¡Pero lo peor era la
estrella que me quemaba el pecho como una brasa!
Afuera de mi casa noté una cosa bien tonta. Noté
que el cielo era un gran toldo negro. Y el toldo se caía, por haberle quitado
yo la estrella que lo sostuviera, en el cenit. Había que caminar levantando la
tela del cielo con las manos, como dentro de una carpa de techo muy bajo. ¡Era
esto muy incómodo! Mas sucedió lo que debía suceder. Caído el cielo sobre las
luces de la ciudad, se incendió cómo estopa y voló en levísimas partículas de
ceniza. (No tan levísimas, diré de paso, pues una que me entró en el ojo
derecho era del grandor de una avellana.)
Yo estaba apresuradísimo por ver a Tucker. Tan
rápidamente iba, que caminaba por el aire sin notarlo. La tierra se había
hundido en un abismo sin fin y yo seguía corriendo por el plano vacío que antes
fuera su superficie. No importaba. La cuestión estribaba en ver cuanto antes al
canalla de Tucker.
De pronto sentí tierra firme bajo mis pies. Estaba
en una ciudad extranjera, pero habitada por mis conciudadanos. En las calles
había mucha luz amarillenta y mucha gente que reía, corría, gesticulaba. Todos
estaban tan contentos que bailaban desarticulándose y rearticulándose como
títeres. Yo mismo me daba cuenta de que perdía en el camino, ora un pie, ora un
brazo, ora parte del tronco... No me tomaba el trabajo de recoger estos órganos
cuando los veía caerse, y los dejaba detrás de mí, porque iba muy apurado y
sabía que ellos solos—el pie, el brazo, la parte del tronco,—volverían a
incorporarse a mi persona. Además, todo era un sueño. Además, yo tenía el
privilegio de la salamandra, de hacer retoñar los muñones para recuperar los
órganos perdidos.
La gente seguía riendo, corriendo, gesticulando...
Vi algunos amigos que me reconocieron y me saludaron con gestos extravagantes,
quién sacándome la lengua, quién escupiéndome una ranita verde en la cara. No
me paré a preguntarles la razón de su loca alegría, porque mi prisa arreciaba
como un ciclón.
Mi prisa por arrancarle los ojos a Tucker, ¡el
miserable! era tal, que recorrí muchas veces aquella dilatadísima ciudad de
punta a punta. (Y digo «dilatadísima» sin hipérbole, porque ocupaba muy bien
una tercera parte y más de la Tierra.)
¡Por fin!... Por fin descubrí en la puerta de una
casa de dos pisos una tablilla de cobre que decía:
TUCKER
procurador
—Aquí vive—me dije inmediatamente.
Y traté de pararme. Pero el impulso que llevaba de
tanto correr, me hizo seguir, por la ley de la inercia, varias leguas más allá
de la puerta de Tucker. Así un automóvil a toda velocidad no puede detenerse de
repente, aunque el «chauffeur» descubra en el camino un obispo de mitra y gran
capa pluvial, seguido de una veintena de monaguillos con rojas sobrepellices.
Después de desandar lentamente en diez o doce horas
las leguas que rodara sin poder pararme, me volví a encontrar ante la casa de
Tucker. Justo en la puerta me detuve esta vez. ¡Para ello había vuelto paso a
paso!...
En el tiempo de mi vuelta, la casa había cambiado
bastante. Ahora parecía una ruina y una cueva. Pero no había cómo equivocarse
por la chapa de cobre, que siempre decía:
TUCKER
procurador
Di dos o tres aldabonazos, que retumbaron como
truenos y fulguraron como relámpagos...
—¡Santa Bárbara!—me dije, persignándome a modo de
vieja gruñona.
Y como nadie saliera a recibirme y la puerta estaba
abierta, me colé adentro de la casa de Tucker. El rojo fulgor de los relámpagos
producidos por los aldabonazos, en medio de una profunda obscuridad, me guiaron
hacia la escalera. Era una angosta escalera de caracol. Comencé a subirla, y no
terminaba nunca...
—Es realmente curioso—pensaba mientras subía—que
una casa tan baja, de dos pisos, tenga una escalera tan alta... como de diez...
de veinte... de cien pisos...
Y, bien agarrado de un pasamanos de hierro, seguí
subiendo, subiendo, subiendo... Para distraerme me puse a contar los
escalones... Al pasar de los quince mil perdí la cuenta y me sentí un poco
mareado... Mas estaba tan contento que pude llegar hasta el final de aquella
nueva escala de Jacob.
Terminada la escalera interminable, penetré como
por escotillón en una ancha pieza cuadrada. Una pieza cuadrada, muy grande, con
los muros, el techo, el piso, todo de un blancor de nácar. No habla allí
muebles ni puertas, ni personas, ni el más leve objeto, mancha o sombra. Me
sentí deslumbrado, pues aunque no se veían lámparas, focos ni bujías, estaba
iluminadísima, estaba enteramente iluminada a giorno.
Pasado el primer deslumbramiento, miré mejor y vi
que allá, en el fondo de la pieza, me aguardaba Nanela. Aunque jamás la viera
ni oyese hablar de ella, yo la reconocí en seguida. Era Nanela. Era una alta y
hermosísima mujer pálida—la más alta, más hermosa y más pálida mujer del
mundo,—toda vestida de blanco, sin joyas, flores ni cintas, llamada Nanela.
Sobre su frente exangüe brillaba una cabellera tan negra, que se diría un
cuervo incubando allí sus ideas.
—Hace ya siete años que te estoy esperando—me dijo.
Como era mi prometida, yo la abracé, la besé en sus
rojos labios, y le repuse:
—¡Siete años!... ¡Pobre Nanela!... Pero tú sabes...
—Sí, yo también sé—me interrumpió ella—que el
pérfido de Tucker, mi tío y tutor, tiene la culpa.
—¡Cómo!—exclamé lleno de asombro.—Yo creía que
Tucker era tu padre.
Riéndose con sus dientes centellantemente blancos,
ella me informó:
—Algunas veces es mi padre, otras un extraño, otras
mi tío y tutor. Eso depende del estado de ánimo.
—Cierto, ciertísimo—le contesté, convencido.—Pero
también es cierto, ciertísimo—agregué atemorizado—que él está en el fondo de la
casa, mirándonos a través de las paredes con sus ojos de ahorcado o de
basilisco.
—Huyamos, entonces—me propuso Nanela, echándose
apresuradamente una mantilla de encajes sobre el cuervo de sus cabellos.
—Huyamos.
Y salimos del brazo, bajando juntos una recta y
amplia escalera de mármol blanco, de la escasa altura que convenía a aquella
casita de dos pisos.
—Yo subí por una escalera mucho más alta, obscura y
de caracol—le dije a mi acompañada.
—Verdad—me aseguró Nanela.—Pero cuando se la baja,
esa escalera es como mil veces más corta, y es cómoda y derecha.
Yo me alcé de hombros... ¿Qué tenía que ver eso
conmigo?...
Recorrimos en silencio, siempre del brazo, unas
callejuelas imposibles. Las casas, aunque rígidas e inmobiles, hacíannos al
pasar muecas y gestos, unas veces de paz y amor, otras de odio y cólera.
Pululaban allí lechuzas, viejas y ánimas en pena.
—¿Has notado, Nanela—pregunté a mi amada—que en
esta ciudad siempre es noche?
—Hay una razón para ello. Sus habitantes son todos
noctámbulos.
No sé por qué me hizo enormemente gracia, me hizo
como cosquillas en el alma, la idea de que Tucker fuera, ¡al mismo tiempo!
procurador y noctámbulo. Por no afligirla no hice notar esta coincidencia a
Nanela... Quien en cambio dijo:
—Muy obscura está la noche.
Quise entonces contarle que el cielo se había
quemado; pero no encontraba palabras para contarlo... Cuando las encontré, me
había olvidado de lo que quería contar. Por eso guardé un largo silencio, en el
cual me dijo Nanela, ¡oh querida y dulce Nanela! que, por rara casualidad,
algunas veces amanecía en esa población...
El sol debía estarla escuchando. De otro modo no
puede explicarse cómo amaneció de pronto, en cuanto ella dijera que algunas
veces amanecía en la ciudad.
Todos los habitantes se metieron en sus cuevas y en
sus sepulcros al aparecer la luz indiscreta. Como era la madrugada, la ciudad
parecía un cementerio.
—No bien se abra una iglesia, entramos a
casarnos—murmuró Nanela.
—Claro.
Fue así que entramos en la iglesia de un convento
de franciscanos, donde oraban muchos caballeros medioevales con la visera
calada. A través de la penumbra, los acordes del órgano parecían sollozos e
imprecaciones. En el altar mayor decía misa, parándose en puntas de pie, un
frailecito rechoncho, con dientes como de perro o de lobo. En su boca estaba
siempre estereotipada la doble risa de un hombre satisfecho de su mesa y de sí
mismo. No era más alto que mis rodillas. Para alcanzar al santo tabernáculo tenía
que subirse a un banquillo que le colocaba al efecto el sacristán. Cuando se
subió al banquillo para bendecir a los fieles, Nanela y yo nos arrojamos a sus
pies... Y aprovechamos su bendición para casarnos. Él nos convidó después con
el vino del cáliz, un empalagoso vinillo azucarado. Y nos dio la enhorabuena
con la doble sonrisa de sus dientes de perro y de lobo.
Al salir de la iglesia, me dijo Nanela:
—Haremos un largo viaje de bodas. Tenemos que irnos
lejos, muy lejos. Pues ten por seguro que ese canalla de Tucker nos persigue.
Yo contesté:
—Por seguro lo tengo. ¿Quién se atrevería a
dudarlo, quién?—Y lancé hondísimo suspiro, exclamando:—¡Oh, miserable Tucker!
¡oh Tucker nunca bastante execrado, vos tenéis la culpa, nadie más que vos!
—Huyamos.
Y huímos de nuevo, dando varias veces la vuelta al
mundo, como si arrolláramos un hilo inacabable alrededor de un ovillo redondo.
II
Andábamos a pie, en dromedarios, en ferrocarriles,
trineos, diligencias, globos... ¡qué sé yo!... Y siempre veloces, más veloces
que el viento.
Recorríamos la Siberia, la España, el Sahara,
Alaska, Groenlandia, Siria, Siracusa, Macedonia, Tierra del Fuego, Holanda,
Antioquía... Y mares, bosques, hielos, estepas, montañas, desiertos, pampas...
También atravesábamos tierras sumergidas, Lemuria,
Atlántida, Sudlandia, Cracatoa... Y asimismo ciudades subterráneas, en
Nicomedia, en Babilonia, Pompeya, Herculano.
Veíamos hombres rojos como el fuego y negros como
la noche, hombres peludos como monos y cuadrúpedos como perros, pigmeos del
tamaño de una uña y gigantes más grandes que montañas... Y faunas y floras
indescriptibles... Y hombres piedras, hombres árboles, hombres líquidos,
hombres gases, hombres luminosos, hombres translúcidos y quebradizos como el
cristal...
Veíamos pueblos de animales más inteligentes que
hombres y pueblos de cíclopes, centauros, ninfas, sátiros... Y los jardines del
Paraíso Terrenal, y las cumbres rosáceas del Olimpo, y la Ciudad de la
Muerte... ¡La Ciudad de la Muerte! ¿Qué indiscreto mortal dijera una palabra de
ella? Al decirla, por el solo hecho de decirla, mataría su alma inmortal... ¿Y
qué mayor suplicio que el suplicio del No-Ser?
¡El suplicio del No-Ser! Esto me sugirió una idea
estrambótica, que inmediatamente comuniqué a Nanela.
—¡Esposa mía!—le dije.—¿No podría ser Tucker el
Fantasma del Remordimiento?
Al oírlo, mi mujer se descuajeringaba de risa,
diciéndome:
—¿Cómo crees, menguado, que Tucker pueda ser una
frase hecha?
—Muchos hombres conozco que son una frase hecha,
nada más que una frase hecha,—murmuré.
¡Pero no! Tucker no podía ser un remordimiento...
¿Por qué? Yo no sabía por qué, ¡y sin embargo sabía que no era un
remordimiento!
Y seguimos y seguimos... y yo vi que si seguíamos
así, pronto íbamos a acabar el hilo que enrollábamos alrededor de la Tierra,
que era nada menos que el hilo de nuestras vidas.
Con harta razón alarmado, supliqué a Nanela que nos
detuviéramos... Ella no me escuchó, ocupada en cantarme su canto de amor a
través de nuestra ruta vertiginosa. Y yo la miraba enamorado, tan enamorado que
se me cayeron los ojos...
—Se me han caído los ojos—le dije.—Parémonos a
recogerlos.
Así le dije, deseoso de detenerla y detenerme,
aunque no hubiera olvidado que yo era una salamandra hombre... ¡No era preciso
recoger mis ojos, pues que ellos retoñarían solos!
—Baja los párpados y vuelve a levantarlos—me
insinuó Nanela.
Hícelo así y me retoñaron los ojos... Nanela me los
besó, cantándome con su voz de sirena:
—¡Cuán bellos ojos!... Has ganado en el cambio,
esposo mío. Antes eran pardos y ahora son más negros y expresivos que los de un
arcángel después de rebelarse.
—Por bellos que sean, estos ojos deben cerrarse
pronto—observé desalentado—si continuamos nuestro desenfrenado viaje de
bodas...
—Nuestra huida—rectificó ella.
—Nuestra huida, perfectamente.—Pero los hilos de
nuestras vidas se acaban, se acaban si los seguimos devanando... ¡Y para qué
morir tan jóvenes!... Además, antes de morir, yo quiero conocer a Tucker. Tú lo
sabes.
—¿Estás loco?—prorrumpió Nanela.—¿Quién habla de
morirse? Te equivocas si piensas que todavía no nos queda bastante hilo que
enrollar en nuestros viajes alrededor de la madeja de la Tierra. Y es mejor que
no pienses ahora, ¡oh mi ídolo! en ver a Tucker. Porque tiene lepra y te la
contagiaría si lo vieras.
—Pero cuando que es tu tío y tutor no tiene
lepra—objeté a Nanela.
—No lo niego. Sólo tiene lepra cuando es un extraño
para mí. Cuando es mi padre, unas veces la tiene y otras no.
Bien sabía yo que en aquel momento Tucker no era ni
padre ni extraño para Nanela, antes bien, por el estado de su temperamento, el
verdadero tío y tutor. No quise sin embargo contradecirla, porque nunca
conviene contradecir a la mujer amada, cuando ella es una mujer pálida y
nerviosa. El tiempo me daría razón. Por entonces seguiríamos dando vueltas
alrededor del mundo como mulos vendados alrededor de una noria.
Y cada vez gastábamos más y más el hilo de nuestras
vidas. Enardecíame esta preocupación extraordinariamente. Por eso me sentía
enflaquecer por minutos. Me palpé las manos, los brazos, el rostro, y sentí que
no me quedaba carne y ni siquiera pellejo. Era yo un simple esqueleto andante.
Díjeselo así a Nanela...
—¿De qué te asombras y qué te importa?—me
replicó.—Tampoco yo soy más que un esqueleto andante.
La miré, y la vi como siempre la viera. Nanela no
podía ser sino la mujer más hermosa, más pálida y más alta del mundo. Sin
embargo, ella tampoco conservaba carne y ni siquiera pellejo... Nos quisimos
besar y nuestros dientes chocaron contra los huesos de nuestras calaveras,
produciendo un extraño crac-crac. Si conserváramos nuestros nervios, nos
hubiera horrorizado este crac-crac, tan siniestro como el croar de los sapos en
el pantano de un castillo en ruinas... También las órbitas donde tuvimos las narices
aspiraron el nauseabundo hedor de nuestras podredumbres...
Con todo, lejos de pararnos, tomé de la cintura a
Nanela, ¡Nanela, la mujer única de mi universo!... Ella recostó su cráneo sobre
mi hombro, y seguimos como Paolo y Francesca en las profundidades del infierno.
—Aspiremos el aire de la montaña—me dijo—para
fortalecernos.
Aspiramos, en efecto, mientras marchábamos, un aire
lleno del estruendo de las batallas y de los resplandores del incendio. Muy
vivificante debía ser este aire, pues nos repuso en nuestras antiguas figuras
humanas.
Ya no podíamos más de fatiga. Para mejor, a cada
instante se hundía el piso bajo nuestras plantas... Caíamos bruscamente y
surgíamos de nuevo, como si nuestro camino fuese cruzado por innumerables
zanjas invisibles. O, más bien, como si flotáramos en un viscoso mar de sombras
líquidas que a cada instante abriera sus abismos para tragarnos y, por nuestro
menor peso, nos hiciese flotar después de zambullirnos... Y así de seguido...
Algunas veces continuábamos durante años caminando
y caminando sin poder adelantar un paso. Estábamos estacionarios, y el hilo
seguía sin embargo gastando nuestras vidas... Entonces nuestro suplicio era más
espeluznante si cabe, porque chocaban dentro de nuestros organismos las espadas
de dos principios contrarios, ¡el movimiento y el reposo! ¡la vida y la
muerte!... El choque de esas espadas arrancaba a nuestros nervios chispas que
eran rayos y centellas.
Pensé que ya no nos quedaba más que poquísimo hilo
que devanar, y protesté, con la energía de un dios pagano...
—¡Basta, basta, basta!... ¡No quiero morirme sin
haber visto a Tucker!... ¡Debo verlo ahora mismo!
—¡Qué! ¿No sabes que ha muerto?—me objetó Nanela
soltando una carcajada como un rebuzno.
Miré entonces nuestros trajes de riguroso luto y me
di una palmada en la frente. Una palmada tan sonora como el martillo de un
titán al caer sobre el yunque de una altiplanicie. Fuéronla repitiendo los ecos
indefinidamente... Cuando ya estaban bastante amortiguados para dejar oír mi
voz, lancé un funesto juramento y grité colérico:
—¡Es verdad!... ¡No me acordaba!... ¡Tucker ha
muerto!... ¡Pero quiero verlo de todos modos, de todos modos quiero verlo!
Deseaba seguir vociferando, y tuve que callarme,
pues la mandíbula se me caía sobre el pecho...
Eva (Nanela debía llamarse ahora «Eva» sin duda
alguna), Eva sí podía hablar, y consintió fervorosamente:
—Vamos a verlo. Está en el cementerio.
Y fuimos al cementerio. Destacábase en el pórtico,
secular cancerbero, una Esfinge de piedra, ¡una viva y rugiente Esfinge de
piedra!... En vez de proponernos cuestiones insolubles para devorarnos si no
las resolvíamos, como a Edipo y a tantos otros mortales, huyó a nuestra vista
arrastrando el rabo. Un rabo tan pesado, que hacía un surco en la tierra que se
dijera el lecho seco de un torrente.
—¡Gracias a los dioses que la Esfinge nos abre
paso!—exclamé.—¡Gracias!
Porque desde tiempo inmemorial veníanos siguiendo,
a cientos, a miles, a millones, una bandada de hambrientos lobos con ojos de
fuego... Por mucho que corriéramos, ellos ganaban cada vez más y más terreno...
Ya sentíamos sus dientes en nuestros muslos... ¡Y eran tantos, que cubrían la
superficie de la Tierra!
Apenas entramos al cementerio, echamos los cerrojos
de sus pórticos, para que los famélicos lobos innumerables quedasen al otro
lado. Sus aullidos formaban un trueno infinito.
Tuvimos que echar a vuelo todas las campanas del
cementerio, las colosales campanas de bronce del cementerio, para cubrir el
trueno de sus aullidos. Cubre así a veces la cancerosa llaga de una princesa el
peplo de lino recamado de rubíes.
—¡El descanso, al fin!—prorrumpió mi esposa
sollozando.
—El cementerio es el descanso. Sí, Rosalinda de mi
vida.
Porque había llegado el momento de que Nanela se
llamase «Rosalinda», yo la llamaba «Rosalinda»... Después la llamé, ¡y siempre
tan acertadamente! Isaura, Dioclecia, Xantippa, Agripina, Isabel de Hungría,
Delia, Valentina y María de los Dolores.
—Siempre me aciertas el nombre que corresponde al
instante en que me hablas. ¡Eso prueba que me quieres y comprendes!—me
dijo.—Pero el caso es que yo todavía no sé tu nombre...
—¡Adivínalo!
Esperaba yo que ella me bautizara de mil modos. No
fue así. Sólo me observó, sonriendo con tristeza:
—No puedes engañarme. ¿Para qué voy a darte mil
nombres, malos y buenos, propicios y funestos, alegres y terribles, si tú
mismo, no sabiendo cómo te llamas, no podrás advertirme cuando acierte o
desacierte?...
Hice yo un doloroso esfuerzo de memoria... Un largo
y doloroso esfuerzo de memoria... Y no conseguía acordarme de mi nombre. Pude
decir entonces:
—Nunca tuve nombre. O, si lo tuve, ya no lo tengo.
Lo he perdido. Y, aunque salamandra para los órganos materiales de mi cuerpo,
¡no sé retoñar mi nombre!
Clotilde (así se llamaba ahora Nanela) se rió al
escucharme. Y transformose sucesivamente en una pantera, una garza, una
culebra, una mosca, una corsa...
—Déjate de fastidiarme con tus mutaciones—le
observé severamente.—Es inútil que pretendas lucirte, porque el ruido de las
campanas que echamos a vuelo me obscurece la vista como una niebla... ¡no
olvides que estamos en el cementerio, y que hemos venido a ver a Tucker!
¿Y cómo dudar que nos hallábamos en el
cementerio?... Y debía de ser un día de difuntos, porque el cementerio estaba
lleno de gente y de flores. Lo malo es que la gente parecía flores y las flores
parecían gente. Pero yo no paré mientes en este pequeño detalle insignificante.
Gente o flores, flores o gente... ¿qué importaban al mundo?
Lejos, bastante lejos, muy lejos,
inconmesurablemente lejos, a través de flores de cardo que eran cabezas de
mercachifles y cabezas de doncellas que eran rosas y anémonas, en fin, más allá
de todo lo que fue y sería—inconmensurablemente lejos, como he dicho,—vi la
misma placa que antes viera en la casa en que encontré a Nanela (ahora Nanela
era Nanela). Vi la placa de cobre, la insignia mortal de todas mis penas y
desdichas:
TUCKER
procurador
—Aquí está enterrado—nos dijimos en silencio mi
mujer y yo.
Yo sentí una opresión de agonía, un ansia de llorar
que era como ansia de morirme... ¡Y no podía llorar, y no podía morirme!
Por no poder llorar ni morirme me sentí sonámbulo.
Y di un puntapié con toda mi fuerza a la puerta del sepulcro, una encantadora
capillita gótica. Aunque era de hierro, la puerta voló en astillas y pavesas.
Adentro del sepulcro había un ataúd cerrado con
llave. Como yo llevaba la llave en mi llavero, lo abrí y levanté la tapa. Las
bisagras debían estar muy enmohecidas, pues al abrirse gimieron y silbaron.
Adentro del ataúd había un hombre...
Había un hombre vivo, enteramente vivo, hasta sano
y de buen color. Se le conocía el oficio en su afeitado rostro de curial y en
sus grandes anteojos azules. Su negra y raída levita estaba arrugada por la
incómoda postura que tuviera en el féretro. Era Tucker. Al reconocerlo me reí
un buen rato de la sorpresa... ¿No había temido que ese hombre fuera ya
putrefacto cadáver?... Nanela (de este modo continuaba llamándose ahora mi
mujer, acaso ab eternam), Nanela se reía también. Reíase y aplaudía
de todo corazón...
Esperaba yo que Tucker, una vez sentado en el
féretro, bostezara y se desperezase... ¡Pues nada de eso!... Una vez sentado en
el féretro, me dio un abrazo y me besó paternalmente, diciendo:
—¡Oh mi querido sobrino! ¡Oh mi querido hijo!
Sus labios de carne de víbora, al posarse en mi
frente, me dieron tanto asco y tanta risa, que no me atreví a increpar a Tucker
por sus infamias. Además, yo no podía recordar sus infamias... Al agarrarlas
con los dedos del recuerdo, ellas se deslizaban bajo mis manos como anguilas...
La misma Nanela, en vez de enfadarse, seguía riéndose, riéndose... ¡La verdad
es que era chusco ver a un hombre vivo metido en su ataúd a modo de un
saltaperico de elástico resorte en su cajita de madera!
Quiso Tucker aprovechar la distracción de nuestra
hilaridad para escaparse del ataúd e irse. Muy a tiempo nos percatamos de su
pérfido intento mi mujer y yo. Y lo tendimos en el cajón, a la fuerza... Y nos
sentamos arriba de la tapa para que no pudiera levantarla...
Nanela gritó:
—¡Sepulturero, sepulturero, aquí hay un muerto que
quiere escaparse!...
Yo gritó también:
—¡Socorro, que un muerto quiere escaparse,
socorro!...
Pero Nanela y yo, como no pesábamos mucho, teníamos
miedo de que, forcejeando con la rodilla, Tucker pudiera abrir la tapa del
cajón... Yo no podía volver a echarle llave, por haber perdido el llavero...
A nuestros gritos acudieron los guardianes y acudió
mucha gente emparentada con los muertos de aquel cementerio. Entre todos
claveteamos sólidamente el cajón de Tucker. Uno pudo echarle llave con la llave
de su reloj... (¿Sería un ataúd su reloj?... ¿Qué reloj no es un ataúd de
esperanzas e ilusiones?...)
Después, Nanela y yo nos persignamos y nos fuimos.
Pero la Fatalidad nos perseguía, una Fatalidad indescriptible... Debíamos
seguir... Y cada paso era una brazada menos del hilo de nuestras vidas, ¡una
brazada menos!...
Tan corto nos quedaba ya el hilo, que me parecía
tener atados mis dos pies a una soga... ¡Y la Fatalidad tiraba de la soga para
atrás!... Ya no veía sino un mar de luz... Y oía la luz... Y sentía mi cabeza
llena de una luz que pesaba como plomo derretido...
Aunque Nanela me exhortara:—¡Adelante! ¡Adelante!—la
Fatalidad tiraba para atrás del hilo de mi vida, cada vez con más fuerza... Y
yo avanzaba cada vez con menos fuerza... Tanto me pesaban las piernas que creía
echar raíces en el océano de luz que me rodeaba, que me asfixiaba, que me
devoraba como a una gota líquida más... Dejé de sentir mis pies... mis manos...
mis brazos... mi cuerpo... Ya era sólo una cabeza flotante en aquel océano de
luz, ¡una miserable cabeza que se disolvía como un terrón de azúcar!... Perdí
el pensamiento, la vista, el tacto...
Lo último que debí perder eran los tímpanos...
Porque todavía alcancé a escuchar la furibunda voz con que clamaba Nanela:
—¡Tucker, el demonio de Tucker tiene la culpa!
MÁSCARAS CÓMICAS
Por no fijarse en las coqueterías y devaneos de su
mujer, el pobre Marcos Ruiz tenía fama de zonzo. Pero más zonza era ella,
Currita, pues que, siendo en realidad una buena muchacha, hacía lo posible para
no parecerlo. Y aún más zonzo que ella era Paco del Val, que malgastaba
miserablemente su tiempo siguiéndola como su sombra, mientras ella se reía de
él con todo el mundo, incluso con su propio marido.
Apercibido de la triple y creciente zoncera que
pesaba como una fatalidad sobre esas tres vidas, desquiciando y
esterilizándolas, Jacobo Téllez resolvió desfacer el entuerto. Porque Jacobo
Téllez estaba muy vinculado a los esposos Ruiz y a del Val, y era un excelente
sugeto, lleno de justicia y caridad cristiana...
Dirigiose pues a casa de su amigo Marcos, y,
hallándolo sólo en su escritorio, le dijo solemnemente:
—Bien sabes, Marcos, la amistad que nos profesamos
desde la infancia. En nombre de esa amistad vengo a prestarte algo que reputo
un positivo servicio... Quiero ponerte en guardia contra cuentos y calumnias
que circulan en sociedad, harto injustamente, respecto de tu mujer... Currita
es toda una señora, lo sé; pero no siempre lo parece... Es preciso que cortes
los abusos de su libertad, ¡pues que te pone en ridículo!
Esa misma tarde, Jacobo se encontró con Paco, y le
observó, sin subterfugios ni preámbulos:
—Paquito querido, no hay en ti miga para un don
Juan. No te hagas inútiles ilusiones. Es hora ya de que busques una buena niña
y te cases, dejando de correr detrás de Curra. Curra se ha burlado siempre de
ti, ¡y se burlará mientras viva! En todas partes se habla de tu impermeabilidad
y loca obstinación. Eres el hazmerreír de círculos y clubs... En cambio, aunque
calumniosamente, se supone a otros más afortunados que tú con la dama de tus
pensamientos y desvelos.
A los pocos días, hallándose en tête-à-tête con
Curra, Jacobo se permitió aconsejarla a ella también:
—Curra—le dijo,—usted no ignora que soy el más
respetuoso de sus amigos. La aprecio a usted y soy íntimo de su marido. Por eso
me creo en el deber de advertirla que corren acerca de usted historietas
perversas. Siendo usted una señora intachable, pienso que poco le costaría
evitarlas...
Jacobo hizo una pausa, algo cortado; y Curra, con
su voz más dulce, le preguntó:
—¿Cómo?
—Alentado por la blandura de Curra, Jacobo precisó
sus consejos:
—Tal vez convendría que usted evitara ciertos
afeites y tinturas... Sus trajes son quizás demasiado elegantes... Entre sus
amigas hay un grupo de damas con quienes no debiera juntarse tan a menudo...
¡Y ese tontuelo de Paco! Sería prudente evitar sus
comprometedoras asiduidades... Disculpe usted mi franqueza, Currita. Ya sabe
que sólo hablo por servirla... ¡Y si estoy equivocado, perdóneme también!
Las advertencias de Jacobo no fueron recibidas como
debieran... Marcos le intimó que no debía meterse en lo que no le importaba...
Paco lo mandó sencillamente a paseo... Y Curra, esa admirable y bondadosa
Curra, aunque escuchara sus palabras con gracia y simpatía, conocedora de sus
admoniciones a su marido y su amigo, insinuoles que Jacobo hablaba de despecho.
¡Él se le había declarado, ella le había puesto en su lugar, pero muy en su
lugar!...
—Y cavilando sobre el resultado de sus gestiones,
Jacobo pensaba:
—No cabe duda. Ellos son unos zonzos, los tres,
¡pero yo soy el más zonzo de todos!
Había una vez una princesa que se llamaba Cristela
y estaba siempre triste. No tiene esto último nada de extraño si se considera
que sólo en un cuento modernista puede llamarse «Cristela» una princesa, y que
las princesas de los cuentos modernistas generalmente están tristes. Lo que sí
era extraño es que Cristela ignoraba la causa de su tristeza...
Mas nunca falta quien nos endilgue las cosas
desagradables que nos atañen. Por esto, una noche se le apareció a Cristela un
enano de largas barbas blancas, uno de esos enanos que trabajan los metales en
el seno de la tierra... Y le dijo:
—Yo sé por qué estás triste, Cristela.
Cristela repuso, displicente:
—Muy curioso sería, caballero, que usted supiese
más de lo que yo sé de mí misma.
Sin inmutarse, continuó el enano:
—Los viejos conocemos a los jóvenes mejor que ellos
se conocen.—Y repitió:—Yo, Bob el enano, sé por qué estás triste, Cristela...
Cristela se encogió de hombros, como diciendo:
«Pues si usted lo sabe, guárdeselo para usted. No le pido yo que me lo diga.»
Como si no advirtiera el desvío de la princesa,
dijo todavía el enano:
—Estás triste, Cristela, porque tienes una mala
costumbre...
Miró Cristela al enano de pies a cabeza, con mirada
tan despreciativa, que a no llevar Bob puesta su cota de hierro bajo el mandil
de cuero, hubiérale partido en dos mitades como la espada de un gigante. ¿Cómo
se atrevía esa rata de las montañas a suponer que ella, Cristela, la princesa
mejor educada de la cristiandad y sus alrededores, tuviera una mala
costumbre?... Verdad que de pequeña tuvo algunas, como la de pellizcarse la
nariz, comerse las uñas y empujar con el dedo la comida servida en el plato...
Pero todas fueron corregidas por las reprensiones y castigos que le impusiera
la reina, su agusta madre.
A pesar de su silencio, lleno de principesca
dignidad, el odioso enano se explayó:
—Tu mala costumbre, Cristela, consiste en no
contentarte con mirar el rostro de la gente, y mirarles también el alma. ¡Nunca
mayor imprudencia! El rostro es, generalmente, la máscara del alma. Los rostros
suelen ser agradables o interesantes; las almas son casi todas desagradables y
vulgares. En ellas se lee egoísmo, concupiscencia y vanidad.
Hizo el enano una pausa para que Cristela se
sondara a sí misma, y Cristela descubrió que el enano tenía razón. Estaba ella
triste porque su curiosidad de mirar las almas la había desengañado de hombres
y cosas.
Y Bob le observó:
—A ti, Cristela, los rostros te sonríen como rosas,
blancas, amarillas y encarnadas. Pero las almas son siempre rosales llenos de
espinas... ¡Mira las rosas y no toques los rosales!
«Es verdad—pensó Cristela.—El rostro es la flor, el
alma es la planta. Flores hermosas como el jacinto, el clavel y la orquídea,
provienen de plantas pequeñas y miserables. El arbusto de la rosa es mediocre y
espinado. En cambio, pobres e insignificantes son las flores del laurel, el
roble, la palma, la encina, de todas las plantas más grandes, fuertes y
nobles.»
Penetrada pues de la perspicacia del enano, clavóle
Cristela sus ojos azules con sorpresa y hasta con benevolencia. Sus ojos azules
parecían preguntar cómo pudiera curarse su mala costumbre de arrancar las rosas
de los rosales...
—¡No mires más las almas, Cristela, sino los
rostros!—insistió Bob.—Los rostros bellos encantan por su belleza; en los feos
hay inteligencia y audacia... Conténtate con la máscara, gózate de su mueca y
su pintura; pero no penetres en los sentimientos y las ideas. Tal es el
desinteresado consejo de tu amigo Bob el enano.
Hizo Bob una irónica y profunda reverencia y
desapareció, tragado por la tierra. (Es de advertirse que el aposento de
Cristela estaba en el piso bajo y que el palacio no tenía allí sótanos.)
Reconociendo la utilidad del consejo de Bob,
Cristela lo siguió escrupulosamente. No volvió ya a mirar las almas. No vio las
almas feas tras los rostros hermosos, las almas cínicas tras los rostros
severos, las almas tristes tras los rostros cómicos... Sin pensar en las almas,
deleitábase ahora con los rostros hermosos, se edificaba con los severos, se
divertía con los cómicos, y en todos hallaba su mérito y su interés. La alegría
volvió a su corazón. Y no necesitó más darse colorete a las mejillas, porque ellas
recuperaron su natural carmín.
Al verla por fin tranquila y alegre, el rey su
padre le dijo un día:
—Cristela, ya tienes edad de casarte y debes elegir
un marido sin tardanza. Recuerda que eres mi única hija y que yo soy un
anciano.
Cristela se sintió perpleja. ¿Cómo debía elegir
marido, sólo por el rostro, o también por el alma? ¡Era tan grave esto de
decidirse por un compañero para toda la vida!... Pensó entonces que lo mejor
fuera consultar a Bob el enano, puesto que tanto sabía. Y le llamó con los más
íntimos deseos de su corazón...
Bob vino y le dijo:
—¿Qué quieres, Cristela?
Cristela contestó:
—Quiero consultarle, buen hombre. Mi padre el rey
me manda que elija un marido. ¿Miraré el rostro o el alma de los candidatos?
El caso debía ser peliagudo, porque Bob se tiró de
la barba un buen rato, respondiendo al cabo:
—Para casarse, casarse por amor... El amor entra
por los ojos y se alberga en las almas... Haz lo que te parezca, Cristela.
Así contestó el malicioso enano. Y desapareció
enseguida para no verse en el apuro de responder más clara y categóricamente.
Cristela daba vueltas y más vueltas en su
imaginación la sibilina respuesta del enano, y no la comprendía. «El amor entra
por los ojos...—pensaba.—Esto quiere decir que es el rostro lo que enamora.
Pero el amor se alberga en el alma... ¿Puede entonces haber amor si no se
conocen las almas en que ha de albergarse?...»
Después de mucho cavilar, díjose Cristela: «El
rostro es la puerta del amor, el alma su albergue. Prefiero un palacio con
puerta de cárcel a una cárcel con puerta de palacio. Miraré, pues, las almas
antes que los rostros.»
Vinieron a pedir su mano cientos, millares de
príncipes más o menos desocupados. Pero ella leyó siempre en sus almas
jactancias y ambiciones, llegando a desesperar de que pudiera hallarse un alma
verdaderamente hermosa...
Como rechazara uno por uno los candidatos, su padre
insistió:
—¿En qué piensas, Cristela, que por nadie te
decides?...
Y al sentir que el tiempo pasaba en vacilaciones y
negativas, concluyó con amenazar a su hija con el cetro, como un viejo mendigo
que levanta el bastón en el medio de la calle para intimidar a los rapaces que
le arrojan cascaras y carozos.
Cristela sabía que el rey amenazaba con el cetro
sólo cuando estaba muy enojado. Tres veces no más le vio hacerlo, y las tres en
graves circunstancias. Una, cuando el primer ministro le presentó una renuncia
insolente; otra, cuando el mariscal en jefe le hizo traición, y la tercera,
cuando perdió el gran diamante de su corona...
Como él no se quitaba la corona más que al ponerse
el gorro de dormir, forzosamente habíaselo arrancado alguien tomándola de la
percha donde colgaba la ropa... ¿Quién?...-¡Aunque no lo sabía, bastante lo
maldijo!... Cierto que el diamante era falso, por no haberse podido encontrar
uno verdadero de ese tamaño, y que él no lo ignoraba, cierto... Mas después de
usarlo tantos años como verdadero, por verdadero lo sentía. Su único consuelo
era pensar en el chasco que se llevaría el pícaro ladrón.
Cristela sabía, pues, que si su padre la amenazaba
pegarle con el cetro de oro macizo, es porque se hallaba dispuesto, no
precisamente a pegarle, pero sí a tomar una resolución extrema. La resolución
sería casarla con el primer príncipe que llamara a la puerta del palacio en una
noche de lluvia, pidiendo alojamiento...
¿Y quién le garantizaba que este príncipe no fuera
tuerto o picado de viruelas?... ¡Había que evitar resolución tan inconsulta!...
Y para evitarla, no veía otro medio que dejar de mirar las almas y mirar sólo
los rostros... ¿No era al fin y al cabo eso lo que le aconsejó el enano cuando
le dijera: «mira las rosas y no toques los rosales?...»
Resignose así Cristela a no fijarse más que en el
rostro y a elegir el príncipe más hermoso que encontrara. Y como muy pronto
descubriera que el príncipe más hermoso del mundo era el príncipe de Marruecos,
comprometiose con el príncipe de Marruecos sin mirarle el alma.
Y pensaba: «Por lo menos el rostro es hermoso. ¿Qué
sería de mí si ni siquiera fuera hermoso el rostro?...»
Concertado su matrimonio, enamorose perdidamente
del príncipe. Su amor fulguraba y la enceguía como el sol. Por eso se forjó
otra vez ilusiones, a pesar de su experiencia. Su experiencia, como las gotas
de rocío que la aurora vierte en los cálices de las flores con su ánfora de
nácar, se evaporó cuando el sol de su amor llegó al meridiano... Y esperaba
todavía que el alma de su novio respondiera a su rostro y fuera grande como la
encina, fuerte como el roble o gloriosa como el laurel... Sin embargo, aun no se
atrevía a descubrirla cara a cara...
Pero la pobre princesa había adquirido desde niña
la mala costumbre de mirar las almas, y las malas costumbres renacen cuando
menos se piensa. Imposible era que hiciera vida común con su marido sin verle
el alma. ¡Y se la vio, ya al día siguiente de casarse se la vio!...
¡Horrible desengaño!... Si el rostro del príncipe
de Marruecos era bello como la flor de un tulipán, su alma era débil y pequeña
como la planta, y tenía por raíz una cebolla venenosa.
El alma hermosísima de Cristela no podía simpatizar
con alma semejante. Su antiguo amor se trocó en verdadera repulsión. La vida
matrimonial se le hacía inaguantable... Por eso se separó de su marido y se
echó a llorar sin consuelo...
Felizmente, en la azotea del palacio anidaba una
pareja de cigüeñas. Eran curiosas, y como tenían las patas muy largas y muy
largo el cuello, parándose en la punta de las patas y estirando el cuello,
veían por las ventanas lo que pasaba adentro del palacio. Vieron así llorar a
Cristela de día y de noche...
Eran tan buenas como curiosas esas cigüeñas.
Compadeciéndose de la princesa, resolvieron hacerle un regalo para que se
distrajese. Y, ya que era casada, trajéronle de París un hijito, en una canasta
de mimbre.
Al recibirlo, Cristela olvidó su pena dando un
grito de alegría. Púsose tan contenta, que tarareó la canción de «Mambrú se fue
a la guerra», palmoteo y tocó las castañuelas, bailó en un pie, hizo
reverencias al espejo y besó en la frente al viejo rey, que venía incomodado a
indagar la causa de tanto barullo. ¡Al mismo príncipe de Marruecos hubiera
besado en la nariz si en ese momento entrara en su habitación a ver a su
primogénito!
Es que el princesillo era realmente encantador, tan
bello de rostro como de alma. Festejando el raro consorcio de ambas bellezas,
Cristela quiso llamarle el príncipe «Unico»... Pero con mucha cordura pensó
luego que el nombre de «Unico» se prestaría un poco a las chungas de los
liberales y demócratas... Deseosa de librar al niño hasta de la sombra de este
pequeño ridículo, le llamó entonces el príncipe «Fénix». Y con tal nombre lo
bautizó el gran cardenal arzobispo de palacio, oficiando ayudado por veintitrés
monaguillos.
Protegido por el cariño maternal, el príncipe Fénix
creció tan provechosamente, que a los veinte años era el más gallardo infante.
Veneraba a sus mayores, amaba al pueblo y sabía derecho, astrología y alquimia.
Vivía aún el viejo rey. Estaba tan achacoso que
para caminar tenía que apoyarse en su cetro de oro macizo como en una muleta.
Su cabeza calva se le caía sobre el pecho, por el enorme peso de la corona. Y
la vejez, antes había aguzado que disminuido su celo casamentero... Fue así que
dijo a Cristela:
—Casa cuanto antes a tu hijo, Cristela, si no
quieres que se corrompa en las tentaciones de la corte. Como eres una madre
ejemplar, premio yo tu conducta dándote plena libertad para que lo cases a tu
guisa y criterio.
Aleccionada por su propia vida, Cristela resolvió
elegir su nuera por el alma y no por el rostro. Lo malo es que el príncipe no
lo deseaba así. Con la imprudencia de su juventud, gustaba de las mujeres
bonitas, sin importársele un comino de las bellezas del alma.
Pero Cristela era mujer enérgica y hábil, si la
hubo. Además era madre, vale decir, doblemente enérgica y doblemente hábil, y
de tal modo se condujo, que conminó al príncipe a que pidiese por esposa la
novena hija casadera del duque de los Siete Castillos. Llamábase Isaura y era
una infanta modesta, harto más hermosa de alma que de rostro...
El príncipe Fénix había objetado:
—Tiene pecas.
Cristela le repuso:
—Haz de cuenta que sus pecas son las monedas de oro
de su dote.
El príncipe Fénix añadió:
—Su pelo es rojo y su cuerpo parece agobiado...
Mas Cristela le dijo:
—Piensa que si tiene el pelo rojo es porque no sabe
teñirse y no le gusta engañar... si su cuerpo se agobia, es porque siente sobre
su espalda las penas de todos los desgraciados... ¡Alégrate, hijo mío, de que
sea verdadera y buena!
No se alegró mucho el príncipe Fénix. Sólo aceptó
la infanta Isaura para no entristecer a su madre... Y el Papa mismo vino de
Roma expresamente para casarlos, cabalgando sobre su caballo blanco y coronado
con su tiara. Seguíalo un cortejo de rojas sotanas cardenalicias y violetas
capas episcopales, tan largo y compacto como un río que baja de las cumbres.
La princesita Isaura quería tanto a su esposo, que
cuando lo miraba se quedaba mirándolo como un mirasol que se aduerme mirando el
sol. No tenía otro pensamiento que servirlo. En su bastidor le bordó unas
zapatillas con sus iniciales de perlas y rubíes. También le bordó una relojera
para el día de su santo, pero no le puso iniciales para que no se confundiese
con las zapatillas...
Cada noche que el príncipe colgaba su reloj en la
relojera y cada mañana que se ponía las zapatillas para ir al cuarto de baño,
no podía menos de recordar conmovido el cariño de su mujer. Y llegó a
idolatrarla. Fue muy feliz. Fue también un buen rey, porque tuvo la suerte de
que muriera pronto su abuelo y le dejase el trono. Y Dios bendijo la unión de
los reyes Fénix e Isaura, colmándoles de hijos y prometiéndoles una vida tan
larga que, si no han muerto han de vivir todavía.
Observando la felicidad de sus hijos Cristela llegó
a ser una viejita muy pulcra, que hilaba para sus nietos de la mañana a la
noche en una rueca de plata.
Mientras hilaba inventó un aforismo que haría
enseñar en todas las escuelas del reino. Decía así: «El amor que entra por los
ojos, se escapa por los ojos, porque, los ojos son dos ventanas que están
siempre abiertas. El amor que se refugia en el alma, en el alma queda, porque
el alma es una torre cerrada.»
Y al inventar el aforismo, recordó a Bob el enano.
Con ser un sabio, él la había engañado miserablemente, favoreciendo su
desgraciado casamiento con el príncipe de Marruecos.
Como si la oyera, apareció una última vez Bob y le
dijo:
—¿De qué te quejas, Cristela?... Ningún mortal
puede ser del todo feliz, y tú has pagado, con la desgracia de tu juventud, la
felicidad de tu vejez. Debes estar contenta. Aunque tu experiencia no te
aprovechara a tí, ha aprovechado a tu hijo, a quien quieres más que a tí
misma... ¡Y no puedes reprocharme que te aconsejara mal por malicia o mala
voluntad! Te aconsejé como pude y como supe. Si me equivoqué, merezco tu
perdón.
Cristela paró la rueca, suspiró, y repuso, con más
tristeza que amargura:
—¿Para qué te sirve entonces tu sabiduría, Bob?
¡Linda cosa es ser sabio!
Bob se sonrió, tirose de la larga barba blanca,
como acostumbraba, y dijo:
—Ser sabio... es tener el derecho de equivocarse.
Siempre que tuve noticia de un suicidio, lamenté
que su autor no nos expusiera en público testamento, para ejemplo de sus
semejantes, las causas de su funesta determinación de quitarse la vida... ¡Y he
aquí que yo mismo me siento próximo a eliminarme del mundo! ¿Por qué no indicar
entonces, a los muchos hombres que dejo detrás de mí, el escollo contra el cual
chocara mi barca y puede chocar la de ellos? ¡Oidme pues, oh mis amigos, mis
conciudadanos, mis prójimos, y creedme cuanto me oigáis, y meditadlo! Creedlo,
porque con un pie en la tumba, no podré deciros más que la verdad; meditadlo,
porque tengo, ¡ay! la amarga experiencia de quien viera fracasar todas sus
ilusiones y esperanzas.
El caso es que la Muerte se me ha presentado con un
disfraz amable. Me avergüenzo de confesarlo; pero el caso es que la Muerte vino
a buscarme y me tentó en la forma... ¿cómo decirlo?... de un juego de naipes,
¡el bridge! Supondréis que fui un jugador desgraciado, que perdí mi fortuna, mi
crédito, lo que tenía y lo que no tenía, y que me resuelvo a suicidarme por no
sobrevivir a la deshonra de mi bancarrota... ¡Nada de eso! Mi historia
carecería entonces de toda originalidad y pudiera contarse en dos palabras...
El bridge no es un juego peligroso, como el pocker y el baccarat, y, además,
desde ya os adelanto que he sido más bien un jugador afortunado... ¡Y aun os
declaro que no soy jugador por temperamento, y, si mucho me apuráis, que hasta
detesto el juego! No es el amor y la práctica del bridge la causa de mi
desgracia, ¡antes bien mi antigua ignorancia y mi odio actual!
Era yo administrador de una de las mejores
«cabañas» del país. Después de pasar en ella, para acreditar mis servicios ante
mis tíos los propietarios del establecimiento, una larga temporada, vine el año
pasado a Buenos Aires, a presentar los mejores productos de mi industria en la
Exposición Rural. Obtuve varios premios, y el éxito me decidió a tomarme un mes
de vacaciones en la capital, distrayéndome como correspondía a mi juventud y a
la buena posición social de mi familia.
Ya el día que llegué de la estancia, me preguntó mi
cuñada si sabía jugar al bridge... Como yo le dijera que no, me dio un consejo:
—Debes aprenderlo cuanto antes... Ahora todo el
mundo lo juega... No te lo enseño yo porque es demasiado difícil y soy todavía
bastante «chambona». Pero como se juega en todas las casas de nuestros
parientes, no te faltarán oportunidades de aprenderlo.
Al día siguiente asistí a una comida del llamado
«gran mundo». Había muchos caballeros de frac y damas elegantemente vestidas de
baile. Como en la mesa no se habló más que de noticias sociales que yo
ignoraba, y de bridge, tuve que guardar un desairado silencio. En cuanto
acabaron de comer, todos pasaron al salón a jugar al juego de que hablaban. Me
invitaron y tuve que rehusar, por ignorarlo...
—¡Cómo! ¿V. no sabe jugar al bridge?—exclamó la
dueña de la casa, mirándome de pies a cabeza con su impertinente... Y luego
añadió, ante sus invitados:—¡Este señor no sabe jugar al bridge!
Su exclamación, dicha del modo más despreciativo,
produjo consternación y casi espanto. Todos me rodearon, mirándome asombrados,
como a un animal extraño o un criminal terrible. La distinguida dueña de casa
llegó a disculparse con excelente mímica, mirando a su marido, como si le
dijera: «¿Y estos son los amigos que traes a tu hogar?...»
Me disculpé balbuciendo débiles excusas sobre mi
rusticidad. Y todos se sentaron a jugar, sin hacer más caso de mí... Erré
solitario como una ánima en pena, de un lado a otro, de mesa en mesa, sin saber
dónde ocultar mi ignorancia y mi vergüenza. Hubiera deseado que me tragara la
tierra, porque la empresa de interrumpir a aquellos fanáticos para despedirme
era harto difícil. Y tanto, que al fin salí huido como un ladrón...
De vuelta en casa, hallé sobre mi mesa de luz la
amable esquela de un estanciero inglés que me invitaba a otra comida, para la
próxima semana. Al pie de la tarjeta decía: «Se jugará al bridge.» ¡Qué
prácticos son estos ingleses! ¡Cuánto mal rato y cuánto aburrimiento se me
evitaban con este sencillo agregado: «Se jugará al bridge»! Naturalmente, me
excusé... por cualquier motivo, pues ya no me atrevía a confesar que ignoraba
el jueguito de moda...
Fui al club, a encontrarme con mis amigos. Y, salvo
en el comedor, no pude cambiar dos palabras con ninguno; todos estaban siempre
jugando al bridge...
Y estar jugando al bridge era como estar en la
luna. Su majestad el Bridge resultaba el más absorbente de los déspotas. Vi que
sus jugadores, cuando tenían las cartas en la mano—es decir, en todas las horas
que les dejaban libres sus ocupaciones más apremiantes,—eran ciegos, sordos y
mudos para el mundo... Mis parientes en sus casas, mis relaciones en sus
tertulias, mis amigos en el club, todos parecían olvidarme por completo, para
entregarse a su ocupación favorita. Entonces comprendí la paciencia de Job y
compadecí a los leprosos abandonados en islas solitarias.
Sólo mi amigo Joaquín Villalba interrumpió alguna
partida para decirme, como oportuna advertencia:
—No salude usted nunca a los que juegan al bridge,
Alberto, porque no lo ven... Ni les hable, porque no lo oyen... Y hasta es
bueno que ni los mire, porque si no tienen suerte, pueden pensar que usted les
trae desgracia, ¡y no hay peor reputación que la del «jettatore»!
—¡«Jettatore»! ¡Yo, «jettatore»! ¡Pues no faltaba
más!—exclamé amoscado, agregando:—Pero, ¿qué placer pueden encontrar esos...
ingenuos, en pasarse la vida cavilando y cavilando sobre los naipes, ya que,
según dicen, ese juego no da nunca gran provecho al bolsillo?
—¿Qué placer?—me replicó Villalba mirándome con más
lástima que ira.—¿No sabe usted que al bridge es un juego intelectual, casi
científico, propio de estadistas y filósofos? O, mejor dicho, que no es un
juego, ni un placer...
—¿Y qué es, entonces?—pregunté en el colmo del
pasmo.
Dándome la espalda, Villalba me repuso, con la
solemnidad de un neófito:
—El bridge es una religión.
Este último argumento me pareció tan contundente,
que dejando mis antiguas preocupaciones contra las cartas, resolví profesar esa
nueva religión de ases y damas. Pero yo nunca había tocado una baraja francesa.
Detestábalas de todo corazón. No conocía más juegos que el «burro» y la «cara
sucia». Con tan pobres conocimientos y tan escasa afición, pedí a unos
parientes que me lo enseñaran, siquiera por el buen nombre de la familia...
Diéronme dos o tres explicaciones sobre «triunfos»
y «sin triunfos», «arrastres» y «descartes», «bazas» y «honores», «tricks» y
«schelems», en fin, sobre mil cosas extrañas, para mí tan difíciles como si me
expusieran, en japonés, teoremas de mecánica celeste...
Llegué a acobardarme. Pero mi amigo y compañero de
club Joaquín Villalba, me estimuló de nuevo, dándome preciosos datos.
—Es un juego griego—me dijo.—Tiene la sutileza
propia de ese pueblo genial y decadente. Se presta a admirables combinaciones.
En toda Europa no juega hoy otra cosa la gente que se aprecia y respeta. Y es
tal el entusiasmo que despierta, que no sólo se juega en los salones, clubs y
casinos, sino también en los trenes, los tranvías, los antepalcos de los
teatros durante las representaciones, las antesalas de los dentistas...
—¿Y en los despachos de los ministros? ¿Y en las
sacristías de las catedrales?...—pregunté, por preguntar cualquier cosa.
Mi interlocutor prosiguió como si no me oyera:
—El rey Eduardo VII tomó un maestro para
aprenderlo, y lo ha puesto de moda. En Inglaterra, en Francia, en Bélgica, en
Turquía y en Holanda, se han abierto cátedras de la asignatura.
Fue esto último para mí como un rayo de luz. ¿No
podría yo también asistir a una cátedra de bridge, o tomar, por lo menos, un
profesor particular, como Eduardo VII, rey del Reino Unido y emperador de las
Indias? ¿Acaso debía considerarme yo algo más importante y solemne que un
emperador de las Indias?...
Como adivinando mi pensamiento, Villalba me
observó:
—Puede usted buscar quien se lo enseñe... Porque
debe usted saber que un caballero que no sabe jugar al bridge, ¡no es un
caballero!
¡Era demasiado! ¡No, por Cristo, aunque pasara lo
de «jettatore», yo no podía dejar pasar lo de no ser caballero!... Así fue que
en el mismo día puse, con mi nombre y mi dirección, un aviso en dos importantes
diarios:
«Se necesita un profesor de bridge. Es inútil
presentarse si no se posee especial competencia, demostrada en algún diploma
técnico o universitario. No estarán demás otras recomendaciones.»
Nada me gustaron los dos o tres pretendidos
profesores que al día siguiente se presentaran en casa. No traían diplomas, ni
recomendaciones. Más que austeros sacerdotes de la religión del bridge, más que
aristocráticos súbditos de su majestad el Bridge, pareciéronme aventureros y
caballeros de industria. Por eso los despaché...
Muy desalentado, confesé mi fracaso en el club.
Allí se me recomendó que, antes que profesores, me procurase los muchos y
profundos tratados de la materia... E inmediatamente escribí a mi librero:
«No me mande usted las obras de Shakespeare y de
Balzac que le pedí me enviara a la estancia. Mándeme en cambio, a casa, mañana
mismo si es posible, todos los libros de bridge que encuentre, en cualquier
idioma. El pedido es urgentísimo.»
A las veinticuatro horas recibí un cargamento de
libros. Eran todos tratados y manuales de bridge: cinco en inglés (de los
cuales alguno contaba 537 páginas en octavo), seis en francés, uno en holandés,
dos en alemán y hasta uno en español. Importaban una factura de 253.10$ moneda
nacional, que pagué sin murmurar, y llenaban dos estantes de mi biblioteca.
Desalojaron a Dickens y a Cervantes, que, por falta de espacio, tuve que
desterrar en el sótano.
Me apechugué a mis libros con la avidez del
náufrago que se ase a una tabla de salvación. Leí concienzudamente los mejores,
entre ellos uno que tenía un prólogo de Alfred Capus. El aplaudido dramaturgo
francés recomendaba el bridge en entusiastas párrafos. Era este juego un
antídoto contra el «spleen». Era la mejor imagen de la vida. Era el astro
propicio de los nacimientos, la piedra filosofal que buscaran en vano los
alquimistas, la panacea de todos los males, y muchas y muchísimas otras cosas
más, no menos buenas y brillantes...
Compré también varios juegos de naipes, y me ensayé
con ellos, representando «partidas tipos» y resolviendo «casos prácticos», como
si jugara al «solitario». Tanto estudié y aprendí que, después de una semana de
preocuparme exclusivamente del bridge, llegué a conocer su mecanismo. ¡Eureka!
Ya nadie me supondría importuno «jettatore», ¡ya nadie dudaría de mi
caballerosidad!
Con la agradable idea de jugarlo me dirigí temprano
al club, a las dos de la tarde, para atisbar la primera partida e iniciarme
cuanto antes. Iba tan satisfecho como el adolescente que estrena su primer
reloj de oro, o, más bien, como el alférez que se pone, en día de parada, su
primer traje de gala. ¡Oh día inolvidable! A las tres me senté a jugar,
«baratito», a diez centavos el punto... A las cuatro había perdido ciento diez
pesos... A las cinco, ciento ochenta... A las seis, cerca de trescientos... A
las ocho pasamos al comedor. Yo perdía quinientos y pico, ¡pero sentía una
satisfacción interior que valía miles de miles!
Después de comer reanudamos la partida, que fue
prolongándose y prolongándose hasta las diez de la mañana del día siguiente...
Yo quería seguir jugando aún; pero mis compañeros se rehusaron porque se caían
de sueño, y me prometieron el desquite para cuando lo pidiese... Porque yo
perdía... ¿Cuánto? Ya ni me acuerdo; sólo sé que llevaba mis bolsillos llenos
de cheques en blanco, por prevención para responder en caso de apuro. ¡Y no me
vinieron mal los cheques!... Además, nadie me apuraba. Mis «partners» eran mis
amigos y conocían mi honestidad. El dinero ganado no les producía el menor
gusto por sí mismo, sino por el triunfo que representaba. Así al menos lo creía
yo, y ellos también creían...
La chapetonada del aprendizaje me costó, en una
semana, un par de miles de pesos. Pero pronto aprendí a jugar discretamente,
equilibrando pérdidas y ganancias. Como Dios protege a los inocentes, tuve
suerte y llegué luego hasta ganar algunas veces. Y como la suerte viene por
rachas, no sólo en el juego fui feliz, sino también en los negocios y el amor.
Los toros y ovejas de la «cabaña» se vendieron a
excelentes precios, y mis tíos, los dueños del establecimiento, aumentaron en
premio el tanto por ciento de mis ganancias. Y si me fue bien con mis toros,
mis ovejas y mis tíos, mejor me fue con mi novia.
Mi novia, es decir, mi pretendida, era una niña
encantadora llamada Clarita. Conmovida por mis miradas incendiarias, me ofreció
su casa, y su madre me invitó a comer. Mi nave iba viento en popa...
Durante la comida dije a la niña muchas ternezas.
Ella me agradecía, ruborizábase y bajaba los ojos... Yo era el más contento de
los hombres sentados ante una mesa donde se sirve una mala comida (porque la
comida era mala, lo diré de paso).
Después de comer—¡y aquí principia el cambio de mi
fortuna!—pregunté a mis futuros suegros si les gustaba el bridge... Esperaba yo
me contestaran que deliraban por él, como personas comme il faut...
Pues en vez de eso, el dueño de casa se rascó la nariz, preguntando extrañado:
—¿El bridge?... ¿Es un juego de billar?...
Sentime en el colmo de la indignación. ¿De dónde
podría salir esta gente, que no sabía lo que era el bridge? Creí que ante mis
plantas se abría un abismo... ¡No, yo no podía aliarme con una familia tan...
cualquier cosa! ¡Yo no podía quedar un instante más en una casa tan cursi! Por
eso, sin contestar al anfitrión si era o no el bridge un juego de billar, me
despedí bruscamente...
Salí de la sala tan fastidiado que no permití que
nadie me acompañara. En el «hall», mientras me ponía el gabán, oí que los
dueños de casa se consultaban, estupefactos...
—Se irá porque tiene siempre la costumbre de jugar
al billar después de comer—decía la señora.
—Tal vez—contestaba el señor.—Pero más bien parece
que le ha hecho mal la comida... Se ha indispuesto repentinamente. Deberíamos
haberle ofrecido unas gotas de láudano.
No articuló palabra Clarita; pero sus ojos negros
cuajados de lágrimas me dijeron muchas cosas en una última mirada. Con el dardo
de esta mirada clavado en el pecho, me volví a Venado-Tuerto, a la estancia,
donde me requerían urgentes trabajos. No sin llevarme una biblioteca de bridge,
tres docenas de juegos de naipes y una gruesa de «anotadores».
Enseñé el bridge al mayordomo y a su mujer, culto
matrimonio de ingleses, al médico del pueblo, a varios vecinos estancieros y a
otras muchas personas. Supe inculcar a todos el entusiasmo de mi amigo
Villalba, repitiéndoles cuanto le oyera respecto de Eduardo VII y demás. El
bridge llegó a ser el juego predilecto del mundo «fashionable» de
Venado-Tuerto. Casi todas las semanas tenía que encargar barajas francesas a
Buenos-Aires el pulpero de la estación, pues menudeaban los pedidos.
Pasé así un año más, ocupado en la interesante
faena de la cría y distrayendo mis ocios en el carteo del bridge... ¿Llegó a
gustarme este juego? No tengo ahora el menor reparo en declarar que siempre me
aburrió soberanamente. Pero entonces yo no me lo quería confesar ni a mí mismo.
En cambio, el mayordomo me confesaba cada día su creciente afición... No es
esto de extrañarse, porque el bridge, en razón de mis frecuentes distracciones,
le producía un bonito sobresueldo.
Pronto llegó la época de una nueva exposición
rural, y me vine a Buenos-Aires, con tan notables ejemplares lanares y bovinos,
que creí seguro esta vez sacar los primeros premios. Olvidaba que había más de
un centenar de criadores no menos «seguros» que yo...
Mas esto no nos interesa. ¡Lo que sí interesa a mi
caso es lo que me ocurrió en el club! Pues me ocurrió que, en cuanto instalé
mis animales en la Exposición Rural, fui allí a reanudar mis partidas de bridge
del año anterior. Me encontré con Joaquín Villalba, mi amigo, el infatigable
«clubman», a quien se lo propuse...
—¿Qué dice usted?—exclamó fuera de sí.—¡Jugar al
bridge! ¿Estará usted todavía enfermo de bridgemanía? ¡Pues está usted fresco
de noticias, querido Alberto!
—¿Cómo?—pregunté sin comprender.
—Ya nadie juega al bridge, mi amigo, nadie,
nadie... salvo los «rastaquères», los cursis, los «guarangos». Sólo por
esnobismo pueden hoy jugarlo «dandies» provincianos y trasnochados. Estaría
bien jugar para divertirse... Y se ha demostrado matemáticamente que el noventa
y cinco por ciento de los que jugaban al bridge se aburrían. Es un juego
rutinario y mecánico. ¿De dónde sale usted que no lo sabe?
Yo repuse ingenuamente:
—Vengo de Venado-Tuerto.
—¡Ah, comprendo!—agregó Villalba.—¡En Venado-Tuerto
lo jugará hasta el cura!
—Cierto...
Mi amigo lanzó una franca carcajada, diciéndome:
—¡Y nos viene usted con la moda de Venado-Tuerto!
Nada repliqué, más confuso que fastidiado...
—Si no quiere usted que le demos patente de
cursilería, no vuelva a invitar a nadie a jugar al bridge ¡por favor! ni al
mus, ni a la brisca, ni a la «escoba»...
—¿Y a qué juegan ustedes?
—Al truco. Ese es hoy le mot d'ordre.
¡El truco!
—¿Eduardo VII juega también al truco?
—¿Eduardo VII? No sé. Pero el príncipe de Gales se
muere por él. Lo aprendió de Alfonso XIII, y a Alfonso se lo enseñó Viñas, el
conocido diplomático argentino... Es una moda que hemos sacado los argentinos.
Algo habíamos de dar a la civilización. Y como el cake-walk es yanqui, el
poncho general en la América española y el mate paraguayo...
—¡Viva el truco!—exclamé con colérica alegría.—El
rey ha muerto, ¡viva el rey!
—Sí, mi querido amigo. El bridge ha muerto, ¡viva
el truco!
Tenía razón, mil veces razón tenía mi amigo
Villalba. Bien pronto lo comprendí. Y desde entonces resolví vengarme de todo
lo que había jugado al bridge por hábito y con placer harto mediocre o
negativo. ¡Lástima que me vengué demasiado bien!...
Pues sucedió que me encontré de nuevo con Clarita,
y que su mamá volvió a invitarme a comer. Fui lleno de júbilo. En la casa me
hallé con otro invitado, evidentemente también pretendiente de Clarita.
La comida transcurrió sin novedad. Me di fácilmente
cuenta de que yo era el preferido de la niña. Mi rival estaba como de reserva,
por si yo no me decidía...
Después de comer pasamos al salón donde ¿quién lo
creería? los dueños de casa hicieron el elogio del bridge y se empeñaron en que
lo jugáramos. Me negué, con impaciencia. Creyendo que mi negativa fuera para no
aburrirlos, insistieron, y tanto insistieron, que no me quedó más remedio que
escaparme... Pues esa misma noche, interpretando mal mi huida, Clarita se
comprometió con mi rival, que, como todos los rivales, me parecía un tonto de
capirote.
Comprendiendo tarde, ¡al perderla! cuánto amaba a
Clarita, me volví desesperado a la estancia. En cuanto llegué, el mayordomo,
reforzado con la mayordoma, me instaron a jugar al delicioso jueguito... Loco
de rabia, les contesté del peor modo... El mayordomo se irritó a su vez... Los
dos gritamos desaforadamente... La mayordoma se echó a llorar y me dijo que yo
no era un «gentleman»... En fin, se armó tal camorra, que tuve que echar del
establecimiento ignominiosamente al matrimonio inglés.
El matrimonio inglés fue a quejarse a mis tíos los
propietarios. Mis tíos se enojaron conmigo y repusieron al mayordomo, cuyos
servicios de veterinario eran todavía más indispensables que mis cuentas de
administrador general. Reñí con mis tíos. Me retiré de la estancia, perdí mi
puesto, ¡y me encontré en la calle, con una mano atrás y otra adelante!
No quiero seguir narrándoos mis desdichas, ¡oh
lectores! porque temo conmoveros demasiado. En pocas palabras os diré que, por
ese maldito bridge, perdí mi novia, mi posición y hasta mi nombre. La desgracia
es como una bola de nieve. Ha caído sobre mí y me ha aplastado como a vil
gusano. Hoy soy un pobre náufrago sin rumbo ni salvación posible. Por eso he
resuelto acabar con mi vida... Y si cuento mis desdichas en este testamento
público, es para que él sirva de ejemplo y de escarmiento a mis amigos, mis conciudadanos,
mis prójimos.
Monsieur Jaccotot, el viejo maestro de francés,
llamó ante el pizarrón a Perico Sosa, un rubiecito flacuchín, el menor y el más
travieso de su clase de muchachones adolescentes, para dictarle ejemplos de la
formación del femenino en substantivos masculinos o terminados en e, como nègre, nègresse...
Pertenecía aquella clase a un malhadado colegio
criollo, cuya disciplina era menos que dudosa y cuyos estudiantes eran más que
personajes. Cada vez que monsieur Jaccotot iniciaba alguna explicación, alzaba
la voz algún impertinente. Espíritu sencillo, monsieur Jaccotot solía reprender
entonces a sus alumnos, exclamando:
—En cuanto abro la boca, un imbécil habla.
Su declaración provocó esta vez más una grande
hilaridad en el espíritu tanto menos sencillo de la clase. Sólo Manuel Peralta
no se rió, absorbido por la lectura de algo que disimulaba dentro de su
pupitre. Al notar la distracción del muchacho, el maestro pensó que estaría
leyendo alguna novela, y por temor de encontrarse con un nuevo libro obsceno y
vergonzoso, no se lo pidió, limitándose a observarle que no se venía a la clase
a leer novelas...
—No estoy leyendo novelas,—replicó Manuel Peralta,
con su desagradable voz de pollo que comienza recién a cacarear.
Notando intrigado en su tono y su gesto irónica
impudencia, monsieur Jaccotot le preguntó:
—¿Qué lee usted, pues?
Peralta se levantó arrogantemente y entregó al
profesor un cuaderno, diciéndole:
—Esto.
En la clase se hizo un gran silencio de curiosidad
y expectativa...
Monsieur Jaccotot tomó el cuaderno y lo abrió en su
primera página. Leyó allí la siguiente carátula, escrita con perfilada letra
gótica: «Vida de monsieur Jaccotot (novela de malas costumbres) por M. V.;
ilustrada por el autor; segunda edición, aumentada y cuidadosamente corregida»;
luego veíase un escudo burlescamente dibujado, y, como pie de imprenta, el
nombre del colegio y la fecha...
—¿Quién ha hecho esto?—preguntó el profesor con voz
sorda, esperando el silencio con que tantas otras veces se acogiera una
pregunta semejante...
Pero ahora, la travesura tenía su editor
responsable. Marcelo Valdés, el mejor estudiante de la clase, el preferido de
monsieur Jaccotot, se puso de pie y dijo, tartamudeando:
—Yo he sido, monsieur Jaccotot... No creía hacer
nada malo... Le pido que me disculpe...
Al ver a su discípulo rojo de vergüenza y oírle
hablar en un tono de humilde arrepentimiento, perfectamente nuevo y desconocido
en aquella clase, que él llamaba de «indios rebeldes», monsieur Jaccotot sintió
intensa sorpresa... ¿Qué insólito caso se le presentaba?... Dispúsose pues, a
leer el manuscrito y dio rápidamente vuelta la página de la carátula.
Encontrose en la segunda con una tosca e irrecognoscible imagen, que sin duda
le representaba, pues abajo tenía la siguiente leyenda: «Retrato de monsieur Jaccotot,
por el autor». Al verse tan mal representado, el profesor no pudo menos de
reírse, y pasó a la siguiente hoja... La clase seguía en su silencio de
curiosidad y expectativa...
Leyó monsieur Jaccotot los epígrafes de «Capítulo
primero, Tribulaciones de un marido en Francia», y se enrojeció hasta la
calva... En efecto, él había sido un marido desgraciado en Francia. Por eso
había tenido que abandonar allí su posición universitaria; por eso,
absolutamente incapaz para los negocios, veíase obligado a enseñar aquí en un
colegio particular...
¿Cómo podían sospecharse en la clase sus pasadas
tribulaciones domésticas?... ¡Ah, sí!... ¡Ya lo recordaba!... Habiéndole visto
un domingo el alumno Mario Aguilar de paseo con su hija, díjole zumbonamente el
lunes, cuando iba a dictar su curso:
—¡Lo felicitamos, monsieur Jaccotot!... Ya lo vimos
ayer paseando con una linda rubia...
El maestro contestó, con un dejo de orgullo, que no
pasó inadvertido a las maliciosas orejas de los muchachos:
—Era mi hija Silvia...
—¿Cómo, monsieur Jaccotot?...—preguntó todavía
Aguilar, con no fingida sorpresa.—Nosotros nada sabíamos de que usted fuera
viudo...
Monsieur Jaccotot meneó la cabeza en forma de
negación...
—Ni podíamos creerle casado, puesto que no usa
anillo de compromiso...—continuó Aguilar.
Y para concluir la conversación, monsieur Jaccotot
dijo, con la imprudencia del mal humor:
—Soy casado y mi mujer se quedó en Francia. Yo vivo
aquí con mi única hija, Silvia... ¿Les interesa esto mucho a ustedes?...
Nadie contestó nada; pero, desde ese día, toda la
clase pensaba que monsieur Jaccotot había sido desgraciado con su mujer,
abandonándola en Francia por su conducta escandalosa...
Marcelo Valdés, dejándose llevar por su brillante
imaginación de novelista, había zurcido y fraguado luego toda su «novela de
malas costumbres», alrededor de las tres personalidades de monsieur Jaccotot,
su mujer y su hija. La trilogía era completa: Monsieur, Madame
et Bébé! Con verdadero ingenio, su ensayo no carecía de gracia y humorismo.
Tanto éxito obtuvo, que Abrahám Busch le cambió el manuscrito por un novelón de
Dumas, que le costara dos pesos. E hizo luego un pingüe negocio, alquilándolo
por diez centavos a cuanto lector se suscribiera. La obra de Valdés había sido
así leída, y algunas veces hasta releída, no sólo por toda la clase, ¡por todo
el colegio!
En el primer capítulo dábanse detalles
históricamente exactos, como la fecha del nacimiento y la ciudad provinciana
donde fuera la residencia de monsieur Jaccotot. Ambos datos le habían sido
preguntados, fingiendo un hipócrita interés de simpatía... Cierto era también
que se casó hacía más o menos unos veinte años. La época del casamiento fue
inducida por la edad de la hija, a quien Aguilar—el feliz mortal que tuvo la
suerte de verla—calculaba diecisiete años...
A pesar de la exactitud de estos datos, a renglón
seguido, el novelista suponía que ya al tiempo de su enlace monsieur Jaccotot
fuera tan viejo como ahora, calvo, canoso y de anteojos de oro. No
concibiéndolo sino como lo conocieron, probablemente toda la clase suponía que
monsieur Jaccotot fuese viejo, calvo, canoso y de anteojos de oro desde el
mismo instante del nacimiento. ¿Qué descabellada fantasía pudiera suponer que
monsieur Jaccotot, el maestro francés, hubiese sido alguna vez joven, y menos
aún niño?...
Aparte de este y otros lapsus, la
intriga del casamiento del «viejo» Jaccotot y su «joven» esposa no estaba mal
presentada... Lo malo es que esta joven esposa, que no gustaba de su civil
marido, gustaba en cambio apasionadamente de los uniformes militares... Había
una guarnición en la ciudad, y madame Jaccotot, nueva mesalina, tuvo sus
amoríos con todos los oficiales del regimiento de la guarnición, y luego, con
una buena mitad de las «clases», cabos y sargentos... ¡Los oficiales eran 72 y
las «clases» 205!
Al fin, cansada de tanta mudanza, ancló sus afectos
en el coronel, un guapo mozo, y tuvo una hija... ¡Silvia, la niña de monsieur
Jaccotot, era esta hija del coronel, o, mejor dicho, del regimiento! La
fille du regiment!...
Devorando la lectura, al terminar ese primer
capítulo, el maestro de francés se sentía pálido y desfalleciente; sus ojos se
humedecían, gruesas gotas de frío sudor le chorreaban por las sienes... La
historia del regimiento y del coronel era falsa, falsísima; pero entre él y su
mujer hubo de por medio cierto abogadillo de París... Y su mujer, la hembra más
histérica y perversa, llegó a vengarse de sus justas imprecaciones de marido
burlado, insinuándole mefistofélicamente una duda sobre la legitimidad de Silvia...
¡Como tantas otras veces, la realidad era pues más cruel e inverosímil que la
novela!
No obstante la pérfida insinuación de su mujer,
monsieur Jaccotot se compadeció de aquella criatura... ¿Qué culpa tenía la
pobrecilla?... La trajo a América, mientras la mala madre rodaba por esos
mundos, y la educó como si fuera de su sangre... Sentíase orgulloso y amábala
como si fuera de su sangre... ¿No era esa Silvia la única sonrisa que él
recogiera de la vida?...
Terminado el primer capítulo, conocidas las
«Tribulaciones de un marido en Francia», pasó inmediatamente el maestro a leer
con ansiosa rapidez el «capítulo segundo y último». Digno «pendant» del otro,
titulábase... «Tribulaciones de un padre en la Argentina»...
Iniciábase con una bastante buena descripción de
Silvia... ¡No tuvo mal ojo Aguilar, ni fue parco en transmitir sus impresiones
al cuentista! La niña se presentaba tal cual era: la silueta fina y esbelta,
los movimientos vivos, la nariz ñata y maliciosa, los cabellos de un rubio
rojizo, carnosos labios, ojos claros, velados por negras pestañas... en fin,
una francesilla picante y moderna...
Descripta Silvia, la infantil imaginación de Valdés
se desbocaba en aventuras absurdas... La jeune fille era la
coqueta más desfachatada, ¡peor que su madre!... Hacíase festejar por todo el
mundo... Y a sus plantas desfilaban, requebrándola sin éxito, los maestros más
ridículos y menos queridos del colegio, incluso el de religión, el padre
Martínez... Hasta había una figura titulada «El padre Martínez ante la bella
Silvia», en la cual se veía al sacerdote, acentuados los rasgos sensuales e
hipócritas de su carona afeitada, presentando de rodillas a la esquiva joven,
en ambas manos, el flamígero corazón que suele verse en los detestables cromos
de las estampas religiosas...
Esta figura, bien que tan mala en la ejecución como
en la idea, y a pesar de la evidente inferioridad del Valdés dibujante al
Valdés autor, constituía el verdadero «clou» de la obra. ¡Tantas veces se
populariza una buena obra por un defecto, un agregado o un mal detalle!...
Mientras leía aquel tejido de inocentes
perversidades, monsieur Jaccotot sintiose tocado en la secreta llaga de su
corazón. ¿Cuál sería el porvenir de esa Silvia idolatrada? ¿Heredaría la
naturaleza galante de su madre, así como su fisonomía y su gesto?... Y por el
rostro del viejo maestro corrieron dos lágrimas silenciosas...
Con amarguísima dulzura, preguntó entonces a su
discípulo favorito, tuteándolo por vez primera:
—¿Es posible que tú hayas escrito esto?...
Marcelo Valdés tenía tanto corazón como
inteligencia, y amaba a aquel buen viejo, que tan duramente ganaba su pan
cotidiano. En varias ocasiones evitó descomunales bochinches, haciendo notar a
sus compañeros que iban a perder con un cambio de profesor de francés... Por
eso le repuso, siempre rojo y tartamudeando:
—Yo no he tenido intención ninguna... Escribí por
escribir... Le pido perdón, ¡todos le pedimos perdón, monsieur Jaccotot!...
Y Marcelo Valdés decía la verdad al disculparse.
Había escrito por su temperamento de novelista, como canta el ruiseñor en el
bosque, o croa la rana en el pantano. No pensó que su canto pudiera despertar
los celos del cuervo. No pensó que su croar interrumpiese el sueño del sapo. Su
novela, aunque informe y embrionaria, era, como todas las novelas, una lúcida
mezcla de detalles verdaderos y situaciones imaginarias, de pequeñas dosis de
una realidad supuesta y exagerado desarrollo de una inventiva calenturienta.
En lo que no decía verdad Marcelo Valdés era en el
arrepentimiento de la clase. Y tan es así que, como quedara monsieur Jaccotot
con la meditabunda mirada fija en el espacio y las dos lágrimas silenciosas
deslizándose por las mejillas exangües, Manuel Peralta sacó el pañuelo para
imitarlo, y comenzó la pantomima de un llanto inconsolable. Menos el novelista,
que guardaba huraña actitud, el curso íntegro, divertido por la situación,
imitó en masa al payaso, convirtiéndose en un cortejo de plañideras. De cuando
en cuando, alguno retorcía el pañuelo, como si estuviese empapado en lágrimas,
para exprimirlo a la usanza de las lavanderas al tender la ropa al sol...
Perico Sosa, el rubiecillo travieso y flacuchín que
quedara olvidado ante la pizarra, donde antes escribiera los ejemplos nègre, nègresse,
tuvo entonces una ocurrencia diabólica, como todas las suyas... Dibujó con la
tiza un busto de hombre con una gigantesca cornamenta de ciervo, escribiéndole
debajo: «Monsieur Jaccotot, maestro de francés»... Y estornudó bien fuerte para
llamar la atención de la clase, borrando luego la figura a fin de no ser
descubierto...
La gracia de Perico Sosa hizo cambiar el burlesco
llanto en homérica carcajada... Después, cada cual se puso a divertirse por su
cuenta... Quienes jugaban a las damas en improvisados dameros, quienes
conversaban fumando, quienes discutían, quienes tiraban bolillas de papel... Y,
en tanto, monsieur Jaccotot seguía como una estatua, con la vista fija en el
aire, acaso contemplando dolorosamente el pasado, el presente, el porvenir...
Indignado contra sus compañeros, Marcelo Valdés se
puso otra vez de pie y les apostrofó con la cólera de un loco:
—¡Sois unos cobardes y unos canallas!... ¡Al
primero que diga una palabra a monsieur Jaccotot, le rompo las muelas!...
Como Marcelo Valdés era, no sólo el primero, sino
también el mayor y el más fuerte, se hizo una pausa... Felizmente, sonó en ese
momento la campana anunciando la terminación de la clase...
Al oír la campana, monsieur Jaccotot pareció
sacudirse y despertar de un sueño... Dejó sobre la mesa el cuaderno... Sacó el
pañuelo del bolsillo faldero del jaquet, pasóselo por la cara, guardolo de
nuevo, y salió sin decir palabra... Era la primera vez, en sus doce años de
enseñanza en el colegio, que se olvidaba de marcar la lección para la clase
siguiente, antes de irse...
Los muchachos lo siguieron, y entonces pasó una
cosa extraordinaria, una cosa realmente extraordinaria... Viéronle alejarse por
los corredores con la punta del pañuelo blanco asomando indiscretamente por el
bolsillo de los faldones del jaquet... Aquel trapo cómico hacía pensar que se
hubiese subido apresurado los pantalones en algún gabinete higiénico, dejando
fuera una punta de las faldas de la camisa... El trapo blanco se movía conforme
caminaba, como una cola sainetesca... ¡Y nadie, ni Perico Sosa, nadie se rió!
I
Tan notables fueron los primeros exámenes de
derecho rendidos por Juanillo Simplón, que él, su padre, su madre, su tía, su
abuelita y su padrino, todos de común acuerdo y sin la menor discrepancia,
resolvieron que era un futuro hombre de genio.
Juanillo Simplón sabía—¿quién no lo sabe?—que cada
futuro hombre de genio demuestra desde chiquito sus geniales aptitudes, y que
el mejor modo de demostrarlas es escribir modernísima prosa poética y no menos
moderna poesía prosaica. Pues optó por la prosa poética, decidido a componer un
«cuento-poema» tan nuevo y hermoso, que ni él mismo debía entenderlo. Buscó en
voluminosos diccionarios las palabras más raras y altisonantes, sudó tinta por
todos sus poros, y al cabo de diez días de rudo trabajo puso punto final a su
obra, titulándola «La princesa Belisa.»
Con el precioso manuscrito en el bolsillo, salió a
consultar a su amigo Juan del Laurel. Juan del Laurel, estudiante de derecho
nominalmente y por accidente, era de profesión «un joven de talento». Bastaba
mirarlo para comprenderlo así, pues llevaba los signos de su profesión en su
indumentaria y sus modales...
El joven de talento era por entonces—¡más altas
acciones lo esperaban!—poeta decadente y modernista. Usaba larga melena, poseía
dos estirados ojos semimongólicos, y en la calle marchaba con lentitud y
majestad, mirando al público desde las alturas del Parnaso. Siempre llevaba una
caña de la India con puño de oro y marfil, como lleva San José en los altares
su vara de azucenas, entre el pulgar y el índice de la mano derecha, levantada
a la altura del codo. Leía a Mallarmé y a Mæterlinck, despreciaba a Zola y a
Daudet, y había publicado en la «Revista Azul» un poema, «La Superfetación del
Hierofante», que le conquistó inmortal renombre entre los cuatro o cinco
afiliados de la «Estética Nueva», sociedad literaria de elogio mutuo. Su gesto
era siempre artístico y exaltado. Hasta cuando decía a su sirviente gallego:
«¡Animal, esta mañana no me has lustrado los botines!», parecía decir más bien:
«¡Oidme, emperatriz! La muerte y no el deshonor. Aunque herido en mis dos alas,
águila seré siempre, nunca gusano...» Era pues del Laurel un verdadero poeta
decadente y modernista, ¡pero muy poeta, muy decadente, muy modernista!
Escuchó sin pestañear la lectura que con monótona y
quejumbrosa voz le endilgara su amigo Simplón. Y, después de oírla, meneó
doctoralmente la cabeza a uno y otro lado, diciendo:
—Como ensayo, no está mal tu cuento-poema,
Juanillo. Carece de lugares comunes, y esto demuestra tu buen gusto. Pero tu
prosa no está del todo escrita, y sólo queda lo que está escrito. Para leerlo
en la «Estética Nueva» y publicarlo en la «Revista Azul», lo debes trabajar
más, mucho más, ¡nunca es bastante!
Estaba presente un tercero, Aristarco López,
inseparable amigo de del Laurel, también estudiante de derecho in
nomine y per accidens; pero, en cuerpo y alma, todo un
cronista «sportivo» de un diario popular. Compadecido del escaso éxito de
Simplón, diole sus consejos:
—Mira, Juanillo, tu cuento es obscuro y
distinguido. Tiene sin duda el mérito de palabrotas terribles. Apenas he
comprendido yo el cinco por ciento de las que usas. Pero le faltan ingredientes
modernistas, sensaciones modernistas, en lo que diríamos su argumento, si es
que lo tiene y puede tenerlo. Nos hablas de una princesa bella y sin embargo
desgraciada..... Eso es ya un ingrediente, mas no basta, no basta. Necesita
cuatro o cinco más. Toma un lápiz y apunta los que te voy a dictar. Son los más
socorridos y me los sé de memoria.
Tomó un lápiz Juanillo, y púsose a apuntar
dócilmente en su cartera cuanto le dictaba Aristarco...
—Primero—díjole éste,—pon una theoría de vírgenes
que arrastran sus túnicas de lino a la sombra del laurel-rosa, cada una con un
lirio en la mano. (Fíjate que la palabra «theoría» es con h, y significa un
desfile de dos en dos. ¡No vayas a ponerla sin h, como si se tratara de la
teoría de Savigny sobre la posesión!)
«Segundo, un lago verdinegro donde nadan
amorosamente dos cisnes, a la luz del plenilunio. (No vayas a llamar al cisne
«amante de Leda», porque la mitología está muy gastada; es siempre un lugar
común.)
«Tercero, un albatros que vuela serenamente sobre
la tormenta del Océano. (Esto es siempre de hermoso efecto, por el contraste
entre la serenidad del ave y el movimiento de las olas.)
«Cuarto, un cementerio gótico abandonado hasta por
las ánimas en pena; un campo de asfodelos, y también de iris blancos y lises
rojos que crecen en idílica Harmonía. (No te olvides de escribir «Harmonía»,
con H, y mayúscula. En general, donde quiera que puedas colocar una h y una
mayúscula, colócalas, como en «Harmonía», «Theoría», «Helena», «Martha»...
¡Nada más «fashionable»!)
Apuntadas estas preciosas indicaciones, Juanillo se
quedó mirando a Aristarco, como preguntándole el modo de usarlas. ¿Haría una
simple ensalada rusa con los «ingredientes»?...
Comprendió Aristarco su muda interrogación, y le
repuso:
—Te he dado las piedras para componer el mosaico.
Componlo como quieras.
Y cuando Juanillo se despedía, dando las gracias a
sus amigos y consejeros, todavía Aristarco le agregó algunas indicaciones más:
—Si quieres estar siempre despampanante, nunca
llames a las cosas por sus nombres... En las metáforas y paralelos, compara
siempre lo claro, material y conocido, como una tormenta, con lo obscuro,
espiritual y desconocido, como el estado de alma de un poeta después de haber
degollado a su anciana madre...
Simplón se retiró tan contento con estas
advertencias en la mollera y en el bolsillo, como si le hubieran entregado las
llaves del templo de la gloria. Iba resuelto a aplicarlas en asidua y metódica
labor. ¡Pero qué difícil sería embutir tan heterogéneos «ingredientes» en el
pellejo de un cuento-poema!...
Sin desalentarse, trabajó, trabajó, trabajó... Y,
después de veintiún días de esfuerzo y de gastar treinta y cinco bloques de
papel en borradores, tenía su cuento-poema concluido, muy concluido, y tan
concluido, que ya no se le podía cambiar ni media coma.
Llegó a del Laurel y a Aristarco, siempre reunidos
en casa del primero, la interesante y breve composición. En ella toda una
«trouvaille» para dar lógica cabida a los elementos que indicara Aristarco...
Traduciéndola al pobre lenguaje de mortales, resultaba una historia
conmovedora...
La princesa Belisa era bella y sentíase sin embargo
desgraciada, porque su padre el rey había resuelto casarla con el príncipe
Lejano. La noche antes de embarcarse para las remotas tierras de este príncipe,
daba ella una vuelta por el parque, a la sombra de un bosque de laureles-rosas,
acompañada de sus damas de honor. Estas formaban una theoría, arrastrando de
dos en dos sus túnicas de lino, con un lirio en la mano. El lirio simbolizaba
la inocencia y el sacrificio de la princesa. Pasaron así junto a un lago
verdinegro, donde bogaban amorosamente dos cisnes, bajo la luz del
plenilunio...
Al otro día, la princesa Belisa se embarcó con sus
damas en un esquife de marfil con velas de púrpura. Pero en la mitad de la
travesía estalló una tormenta que levantaba olas como montañas y cordilleras.
Sobre ese océano de abismos imperaba, volando serenamente, un gigantesco
albatros. Lo cual no impidió que el buque naufragase... El mar arrojó más tarde
los cuerpos de las vírgenes a la playa. Recogiéronlos varios pescadores, que al
ver rostros tan hermosos, ¡infelices! se enamoraron de las muertas. Lleváronlas
a un cementerio gótico abandonado en un campo de asfodelos, y las enterraron.
Sobre sus tumbas crecieron espontáneamente, como en almacigo, iris blancos y
lises rojos. ¡Inexplicable caso, porque estas dos especies vegetales nunca, ni
antes ni después, pertenecieron a la flora silvestre de la comarca!...
Terminada la lectura, Aristarco se agarraba el
vientre, como para no reventar de risa...
—¡Bien, muchacho, bien!—exclamó.—Cuando llegas a
tan ingeniosa combinación de disparates, estoy por creer que tienes talento, a
pesar de tus buenas notas en los exámenes.
Después de reprender a Aristarco por su frivolidad,
del Laurel dijo a Simplón:
—No le hagas caso, Juanillo. Tu cuento-poema no
carece de mérito por cierto... Pero tiene también sus defectos. El principal es
contener demasiado argumento. Hay plétora de argumento. No necesitas hablar de
tantas cosas, ni narrarlas sucesivamente como en los cuentos para niños. Busca
la sensación, ¡ante todo la sensación! Y la sensación poética es producto de
musicales combinaciones de palabras y no de lógica sucesión de ideas, ¡Música,
música, mucha música! Y después luz, ¡oh la luz! Tú has de alcanzar todo eso,
sí, tú llegarás. Ya esta composición marca un progreso sobre la primera, la
tercera será mejor que la segunda, la cuarta que la tercera, la quinta que la
cuarta, la sexta que la quinta, y así de seguido... hasta que llegues a la obra
maestra.
Juanillo no sabía qué pensar ni qué decir, porque
si en la progresión aritmética la obra-maestra sólo debía llegar en la
composición número 3527, por ejemplo, ¡más le valía renunciar a la literatura!
Muy oportunamente intervino Aristarco:
—Tiene razón del Laurel, la sensación es lo
primero. Pues para describir bien la sensación (no eches esto en saco roto,
Juanillo), es conveniente haberla experimentado antes. Trata de ver lo que vas
a describir, y sólo después podrás describirlo con relieve y sinceridad.
—No te desanimes, Juanillo—agregó del
Laurel.—Recuerda que Flaubert rompió a Maupassant más de 125 manuscritos, antes
de darle su aprobación al primero que publicara. Corrigiendo una y mil veces su
estilo, decía: «La prosa nunca está concluida».
Esto ya era un consuelo. 125 manuscritos rápidos
pueden hacerse en un año. ¡No había, pues, que remontarse hasta la alarmante
suma de 3527 que al principio imaginara!
Juanillo se despidió más calmado, oyendo desde la
puerta las últimas observaciones de Aristarco y de del Laurel.
—No te olvides; experimenta primero la
sensación,—repetía el uno.
—¡Música, música, mucha música! Y después luz, ¡oh,
la luz!—repetía el otro.
Otra vez quedó perplejo Juanillo. Lo de
«experimentar antes la sensación» le parecía un buen consejo. Mas, ¿dónde
hallar en la democrática ciudad de Buenos Aires una princesa pálida y triste,
para estudiarla? ¿Dónde el albatros volando sobre embravecidas olas? ¿Dónde el
gótico cementerio y el campo de asfodelos, iris blancos y los lises rojos?...
Sólo cisnes en un lago verdinegro, eso si podía observar a gusto, en la
estancia de su padrino, por ejemplo... ¡Eureka! Experimentaría los cisnes y
después escribiría sobre ellos, exclusivamente sobre ellos, su cuento-poema.
¿No le había dicho del Laurel que, al fin y al cabo, al mismo tiempo no se
necesitaban todos los «ingredientes» preconizados por Aristarco? Para una
composición única, ¡bastaban y hasta sobraban los cisnes!
II
Dijo por esto en su casa que tenía que irse a la
estancia de su padrino, en Pehuajó, a hacer importantes estudios. Asintieron
inmediatamente a ello su padre, su madre, su tía y su abuelita, y su padrino le
dio una carta para don José, el mayordomo, ordenando que pusiese a sus órdenes
cuanto necesitase y pidiese.
En la estancia de Pehuajó, Juanillo se pasó días
enteros observando las dos parejas de domésticos cisnes que poblaban, con
varios gansos, un diminuto estanque bordeado de llorones sauces. Como siempre
les llevaba migas de pan en el bolsillo, los cisnes, y hasta los gansos,
llegaron a conocerlo y a seguirlo.
Allí, a la sombra de los árboles, en las horas
muertas de la meditación, recordó la hermosa leyenda del canto del cisne. El
cisne, esa ave armoniosa y blanca, siempre en la mudez del misterio, canta sólo
al morir, una canción de celeste belleza... Esta leyenda le sugirió a Juanillo
un interesante argumento para su cuento-poema. Podía presentar al cisne como la
imagen del Poeta, que cantando rinde su alma al infinito. Cierto que los poetas
escriben generalmente sus mejores composiciones en la juventud, y que muchas
veces mueren viejos, con la lira destemplada o enmudecida... Pero, ¿qué le
importaba eso a Juanillo si el símbolo era bello?
Resolviéndose a escribir su cuento bajo el epígrafe
de «El Canto del Cisne», pensó que sería conveniente «experimentar» la muerte
de un cisne verdadero, pues él nunca vio morir ninguno. Bien sabía,
naturalmente, que los cisnes no cantan al morir; pero pensaba, con mucha razón,
que toda leyenda responde a sus causas... El cisne, aunque no cantase, podía
tener su agonía especial, su estertor, sus actitudes plásticas... Todo ello,
visto y analizado personalmente, iba a sugerirle interesantes ideas poéticas.
Además, su sentimiento al ver morir tan nobles animales, ¿no era ya una
sensación digna de cantarse en primorosa prosa?
Pidió pues prestada al mayordomo su escopeta,
encaminose al estanque, y, con el corazón sangrando, a una vara de distancia,
¡pam! asesinó el primer cisne que saliera a recibirlo, esperando la consabida
migaja de pan... ¡Inútil sacrificio! El humo de la pólvora y la emoción del
primer disparo le impidieron observar la muerte instantánea de la víctima...
Apuntó de nuevo, ¡pam! y cayó otra víctima...
Acercose a mirarla, ¡y ella resultó un ganso viejo!... Otro tiro, ¡pam!... Esta
vez cayó un cisne, que, como conservaba vida, fue a morirse en la maleza,
escapando así a la mirada del cazador... Otro tiro, ¡pam!... Un nuevo cisne
muerto, muerto como una gallina, sin un graznido, sin un ronquido siquiera...
¡Debía ser un cisne hembra! Y como convenía observar más bien el sexo
generalmente cantor de las aves, otro tiro, ¡pam! y fulminó el último cisne, un
cisne macho, sin duda, pero cuya muerte no lo ilustró más que las otras... ¡Ya
no le quedaba ningún otro por matar!
A los disparos acudió gente: el mayordomo, su
mujer, sus nueve hijos, el capataz, la cocinera, varios peones... Todos
contemplaban consternados los cinco cadáveres inocentes...
—¡Pero, don Juan!—exclamó el mayordomo sin poderse
contener.—¡Ha matado usted todos los cisnes!...
—Y un ganso viejo—apuntó la cocinera.
—¿No sabe usted que la señora vive mirándose en
ellos?—continuó quejumbrosamente el mayordomo.—¿Qué le vamos a decir cuando
venga? ¡Y cisnes domésticos no hay en venta en Pehuajó ni en ninguna parte por
aquí! Estos fueron traídos de Buenos-Aires con gran trabajo... Pero, ¿para qué
los ha muerto, si no soy curioso, don Juan? ¿para qué?...
Juanillo guardó prudente silencio. ¿Cómo iba a
explicar a aquella ignorante y pobre gente la intención estética que tuviera?
¿cómo?...
Terminadas las lamentaciones del mayordomo, la
mayordoma comenzó las suyas:
—¡Dios mío! ¡matar esos cisnes tan lindos que eran
como los hijos de la señora!... ¿Y qué nos dirá la señora? ¿Y qué le diremos a
la señora?...
—¡Si los cisnes no se comen, don Juan, no se
comen—agregó el mayordomo.—En el campo hubiera encontrado usted caza cuanta
quisiera: patos, martinetas, perdices...
Para Juanillo, que estaba como anonadado por su
obra, esta última observación fue un rayo de luz...
—¿Dice usted que no se comen los cisnes, don
José?—preguntó triunfalmente.—¡Pues sí que se comen, y muy ricos que son! ¿Para
qué los hubiera matado sino para comerlos?
En la estupefacción general, observó la voz agria
de la mayordoma:
—Usted dirá los pichones de ganso; pero los cisnes,
los cisnes...
—¡No digo los pichones de ganso, digo los cisnes,
señora!—afirmó Juanillo dignamente.
—En todo caso—observó la mayordoma,—no necesitaba
usted haber muerto a todos los cisnes; con uno le bastaba, porque son bien
grandes...
—Claro...
—Claro...
—Claro...—fueron repitiendo en coro, uno por uno,
los nueve vástagos del mayordomo...
—¡Pues no!—concluyó fieramente Juanillo.—Me gustan
mucho y quiero comérmelos todos, esta misma noche. ¿Ha oído? ¡Todos!...
La cocinera, una criolla vieja, clamó,
santiguándose espeluznada:
—¡Avemaría purísima!
—¡Avemaría!...
—¡Avemaría!...
—¡Avemaría!...—exclamaron otra vez, uno por uno,
los hijos del mayordomo.
Y, temiendo que Juanillo fuera el ogro de los
cuentos y los devorase también a ellos, escondiéronse los menores detrás de los
mayores. Formaron así una larga hilera, como cuando jugaban al Martín
Pescador...
Cortando la escena de temores y aspavientos,
Juanillo ordenó terminantemente:
—¡Esta noche quiero que me sirvan, muy bien asados,
los cuatro cisnes y el ganso! ¿Comprenden? ¡No admitiré disculpas!
Y se retiró majestuosamente, ante un público
boquiabierto y aterrorizado...
En la vida monótona de aquellas pampas la tremenda
noticia circuló bien pronto. ¡El ahijado del patrón se comería esa noche, como
quien se bebe un vaso de agua, cuatro cisnes y un ganso viejo! Había que ir a
verlo comer, esa era la palabra de orden en la estancia y sus alrededores.
Llegada la hora, el infeliz Juanillo fue a
sentarse, como de costumbre, solo ante la mesa de los amos. En las ventanas y
puertas del comedor pululaban en enjambre cabezas ávidas de curiosidad... Los
chicos lloraban porque los grandes no les dejaban ver... Las mujeres empujaban
y codeaban a la par de los hombres...
Juanillo desplegó la servilleta con toda
tranquilidad; estaba solamente un poco pálido. Y la cocinera sirvió la sopa,
como siempre... Mientras Juanillo tomaba unas pocas cucharadas, los curiosos se
comunicaban sus impresiones:
—¡Quién lo diría, al verlo tan flacuchín!...
—¡Y la sopa no estaba en el programa!...
—¡Ya tendría preparada una droga para evitar la
indigestión!...
Terminó Juanillo la sopa como si tal cosa. Y la
cocinera, seguida de muchos ayudantes, fue depositando en la mesa las cinco
enormes fuentes con sus correspondientes volátiles. Para acompañarlas, trajo
también tres no menos enormes palanganas llenas de ensaladas de lechuga y
escarola, que alcanzarían para una comida de cien cubiertos. Inmediatamente
cundió por el comedor el olor fétido de la carne de cisne... Los curiosos se
llevaron los pañuelos a las narices, al menos, aquellos que tenían pañuelos...
Juanillo ensayó cortar un alón con el trinchante, inútilmente: la negra carne
parecía madera... El capataz se adelantó entonces ofreciéndole su facón, que,
recién afilado, cortaba como navaja de afeitar... Con él, a costa de penosos
esfuerzos, consiguió Juanillo servirse una ración que apenas cabía en el
plato...
Anhelantes, todas las bocas exclamaron:
—¡Ah!...
Tomó Juanillo un vaso de vino para darse coraje, y
medio mareado ya por la fetidez de aquella carne horrible, se puso de pie y
gritó a la concurrencia:
—¿Qué les importa a ustedes que yo coma o no coma?
¡Mándense mudar ahora mismo, si no quieren que los eche como perros!
Estaba terrible, con el cabello revuelto, los ojos
saliéndose de sus órbitas y el facón en la mano... Los chicos, las mujeres y
hasta los hombres lanzaron un grito de terror y huyeron despavoridos... ¿Cuál
no serían la cólera y la fuerza de un hombre que tenía su apetito? Quedando
solo en el comedor, Juanillo cerró herméticamente las puertas, las ventanas y
los postigos... Lo que así oculto hizo para hacer desaparecer, como si la
hubiera comido, tanta carne nauseabunda, mejor es no contarlo, para no meternos
en cosas sucias, ni entrar en gabinetes reservados.
...Su hazaña, que se dio por hecha, extendió pronto
su nombre de ogro en veinte y treinta leguas a la redonda. El empresario del
«círco de lona» de Pehuajó soñó con contratar al «ogro de los cisnes», en
reemplazo de «la mujer que come vidrio, espadas y fuego», pues el público ya
estaba cansado de esta mujer. Lo contuvo la posición social de Juanillo, y la
consideración de la dificultad que había en proporcionarle todas las noches
tanta alimaña para que la comiera en público. Las piezas, una vez comidas, no podían
repetirse, como ocurría con el vidrio, las espadas y hasta el fuego de la mujer
tragona...
Rodeado de esta alta fama culinaria, mal que bien,
Juanillo escribió su «Canto del Cisne». Volviose con él a la capital y se lo
leyó con su quejumbrosa voz a del Laurel y su inseparable Aristarco López...
—Mejor, mejor, va mejor, muchacho—afirmó del
Laurel.—Pero todavía ni sueñes en publicarlo. No está escrito, no.
El juicio de Aristarco fue más severo:
—Ya que eres bueno y confiado, quiero hablarte con
franqueza, Juanillo—dijo a Simplón.—Tu cuento-poema se define en una sola
palabra: es un mamarracho. Déjate de simplezas; reconoce que no tienes talento,
como tenemos yo y del Laurel; y ocúpate de derecho y política, en los cuales no
se necesita tanta inteligencia, o es, por lo menos, más fácil simularla.
¡Considera tu «Canto del Cisne» como el verdadero canto del cisne de tus
ambiciones literarias!
Juanillo miró a del Laurel, ansioso de que
contradijera a Aristarco; pero del Laurel estaba en ese momento bastante
ocupado en acariciarse la melena... Desalentado, con la muerte en el alma,
Juanillo se retiró entonces a su casa. Por el camino compró seis cajas de
fósforos, resuelto a desleír el veneno en algún vinillo dulce, para que no
resultase el mortal brebaje demasiado feo...
I
A modo de fiera en un redil, la desgracia se había
encarnizado con la familia de Itualde. Primero perdió en especulaciones toda la
fortuna el padre y jefe, don Adolfo. Poco después murió, dejando «en la calle»
a su viuda, doña Laura, y sus cuatro hijos: Adolfo, Ignacio, Laurita y Rosa, la
pequeña, a quien llamaban «Coca».
Doña Laura, que amaba a su esposo, lo lloró
inconsolable. Y más todavía, si cabe, sintió su antigua fortuna, perdida
precisamente entonces, cuando su hija mayor iba a ser una señorita. Cayó en
profundo abatimiento y languideció un año más, al cabo del cual fue a reunirse
con su esposo, en el sepulcro de la familia.
Adolfo, que fuera educado en la abundancia y la
holgazanería, tomó sobre sí las deudas de su padre, púsose a trabajar
empeñosamente, y casó con una niña modesta y bella... Pero estaba escrito que
el destino probaría la paciencia de aquella familia. Al nacer el que sería
primogénito de Adolfo, murió la madre y murió el chico...
«La desgracia no viene sola—pensaba Adolfo.—¿Qué
nos esperará después de estos nuevos golpes? ¿O habrá terminado ya la «racha
negra»?...
Pues la «racha negra» no había terminado, y otro
golpe le esperaba todavía: fracasó en sus negocios y se enfermó del pecho...
Dejándose vencer del desaliento, pronto hubiera
muerto también Adolfo, sin la enérgica y generosa decisión de su hermana Laura.
Habían recetado al enfermo campo y descanso o trabajo metódico y moderado.
Importándosele poco su vida, ya sin halagos, pensó él descuidar los consejos
médicos... Pero Laura no lo permitió. Facilitó la liquidación de su casa en la
ciudad. Solicitó y obtuvo para su hermano el destino de gerente de una pequeña
sucursal del Banco de la Nación, en el Tandil, interesante pueblo de la provincia
de Buenos-Aires. Y fuese con él y con Coca a establecerse en el pueblo.
Adolfo había protestado.
—Yo no puedo permitir, Laura, que tú vayas a
soterrarte, en plena juventud, en un pueblo de campo. Quédate más bien en casa
de cualquiera de nuestros tíos, como te lo pidieron, y déjame a mi solo...
Laura replicó:
—De ningún modo. No te cuidarías, a pesar de que
todavía estás a tiempo... Iremos a cuidarte con Coca. Te haremos allá un
confortable hogar... Para nosotras no será sacrificio alguno, porque llevaremos
un largo luto antes de podernos distraer y divertir. Y en ninguna parte se
lleva mejor el luto que en el campo.
Accedió Adolfo, y fue a instalarse con sus dos
hermanas en una modesta casa-quinta del pueblo donde debía desempeñar su nuevo
cargo. Ignacio no los acompañaba porque, siendo alférez, vivía en el cuartel su
vida militar.
Hizo Laura prodigios con el poco dinero que
llevaran y con el escaso sueldo de su hermano. Poco a poco, comprando un mes un
mueble y otro mes otro, amuebló toda la casa. La hizo pintar, empapelar,
decorar. Llenó las habitaciones de tiestos, moños, grabados ingleses,
mecedoras, almohadones, lámparas con delicados abat-jours... Hizo
arreglar el jardín, improvisó una huerta, cuidó un corral de aves domésticas...
Y todo esto, agregado a su biblioteca, su subscripción a varias revistas, y a
sus habilidades caseras, hicieron de la casita un verdadero oasis en el
desierto de Tandil.
Adolfo olvidó allá su perdida mujer, que no fuera,
por cierto, un dechado de diligencia... De carácter tranquilo, acostumbrose
pronto a la sosegada vida de un burócrata de aldea. Puso todo su empeño en el
servicio del banco y encontró allí una distracción y un rumbo. Llegó así otra
vez a comprender el bonheur de vivre y a amar la vida. En
consecuencia, su sangre tuvo vigor bastante para cicatrizar las incipientes
llagas de sus pulmones, y se sintió fortalecido y casi curado.
En aquella monótona existencia campestre de la
familia de Itualde, también corría el tiempo. Y Laura cumplió los treinta años,
Coca los veinte. Como la sociedad mejor del Tandil era rústica y cuentista, la
habían evitado en su vida discreta y retirada. Temían, y con razón, que su
superioridad chocase demasiado en aquel medio y que la maledicencia tomase
pronto el desquite...
Por ahora, las «morochas» del pueblo se contentaban
con llamarlas «esas orgullosas de Itualde». ¡Y había que ver con cuánto
menosprecio las calificaban de «orgullosas», sabiendo que no eran ricas!...
Poco les importaba a ellas este menosprecio, con tal de que las habladurías no
pasaran a mayores...
Constituían la única verdadera diversión de las dos
muchachas huérfanas las cortas temporadas que pasaban en Buenos-Aires, en las
casas de sus parientes. Pero nunca quisieron, especialmente Laura, prolongar
esas ausencias, por no dejar largo tiempo solo a Adolfo.
Laura no era bonita. Con su alma deliciosamente
tierna y femenina, sus formas parecían demasiado rígidas y sus maneras
demasiado decididas. En cambio, Coca, que no poseía un temperamento tan
femeninamente abnegado, se había hecho una mujer elegante, flexible, de
agraciados modales y hermosa fisonomía. Era la beauty del
Tandil. Tenía no menos de quince admiradores silenciosos, que iban todos los
domingos y fiestas de guardar a lanzarle sus incendiarias miradas en el atrio
de la iglesia, cuando salía de misa de nueve. No tenían más remedio que
admirarla de lejos, pues ella esquivaba toda ocasión de tratarlos. Sin embargo,
no faltó quien la acusara de «coqueta»...
De vuelta de una de estas idas a misa, las recibió
una vez su hermano con una noticia importante. Había llegado al Tandil, a
organizar una estancia inmediata al pueblo, que acababa de comprar, un antiguo
amigo suyo, don Mariano Vázquez, soltero y de buena familia, excelente persona
que iban a tratar con frecuencia...
—Le he invitado a comer para esta noche—dijo a
Laura.—¡Y es todo un novio el que te anuncio!—agregó bromeando.
Laura se había puesto escéptica en materia de
novios. Pensaba que no se casaría, ella que naciera madre, por sus
sentimientos, de todo ser que necesitase su auxilio o protección.
Como no frecuentaba la sociedad, no conocía las
rivalidades femeninas y su carácter de soltera de treinta años no parecía
agriado... Por eso no hubo el más leve sarcasmo en su clara y bien timbrada voz
cuando contestó a Adolfo:
—Mil gracias. Pero si tu don Mariano es un
candidato a novio... lo será a novio de Coca.
Coca preguntó entonces:
—¿Qué edad tiene?
Adolfo repuso:
—No sé bien... Creo que cuarenta años.
—¡Cuarenta años!—exclamó Coca.—Pues se lo dejo a
Laura.
Arreglando la casa para recibir la visita
anunciada, Laura y Coca conversaban y se divertían a costa del candidato
todavía desconocido...
—Es preciso que usemos de todas nuestras
armas—decía riéndose Coca,—para vencerlo y que quede en casa, contigo, y si tú
no quieres o no puedes, aunque sea conmigo... Dime, Laura, ¿y qué harás tú para
conquistar a ese don Mariano?
—¿Yo?—contestaba distraída y complacientemente la
hermana mayor.—Lo que tú quieras. Le pondré ojitos tiernos... le diré palabras
dulces...
—¡Qué mala idea! ¡Cómo se ve que no conoces a los
hombres!
—Y tú, ¿los conoces acaso?...
—Por lo menos sé que deben ser tratados
enérgicamente para que se les venza y domine... ¡Con ojitos tiernos, con
palabras dulces, poco ha de hacerse!...
Laura miró sorprendida a su hermana, diciéndole
irónicamente:
—Habrá que tratarlos a rebencazos...
Encogiose de hombros Coca y rectificó:
—¡Tonta! No quiero decir eso, y bien lo sabes...
Quiero decir que para enamorar a los hombres no es conveniente ser buena y
franca. Hay que ser coqueta y mentirosa.
—Según con qué hombres...
—¡Con todos! ¡Todos son iguales!
—Pues no te aconsejo que ensayes el sistema...
—¿Con ese Mariano Vázquez?...
—Con ése.
—¿Y por qué no con ése?...
—Por lo que yo me sé...
Y Laura dijo lo que se sabía, habiéndolo oído
contar en casa de su tía Viviana. Don Mariano Vázquez tuvo en sus mocedades una
novia, a quien idolatraba... Pero ella, la muy picara, rompió un buen día el
compromiso para casarse con su primo, un calavera «de siete suelas»... Don
Mariano debía ser pues un hombre melancólico y escarmentado...
—Sea como sea—afirmó esa locuela de Coca—es un
hombre, y hay que emplear con él los recursos que sirven para con todos...
—¿De dónde tú tan enterada?...
—Es que tengo dos orejas que oyen bien y dos ojos
que no ven mal.
—Tu cabeza es la que piensa mal, tu cabeza de
chorlito...
Coca se picó y repuso prontamente:
—Hagamos entonces una apuesta. Pongamos en práctica
los dos sistemas, el tuyo y el mío, a ver cuál da mejor resultado con Vázquez.
Tú harás la niña buena y yo haré la niña mala... La que le trastorne primero el
seso se casará con él y... como es muy rico... dotará a su hermanita, si se
queda soltera. ¡Trato hecho!... ¡Nada de echarse atrás!...
Como no podía enfadarse, Laura se rió de la malicia
de su hermana... Y su hermana, tomando esta risa por su aceptación de la
apuesta, exclamó triunfante:
—¡Aceptas!... ¡Pues ya verás!... Pero tendrás que
ayudarme en todo... Yo fingiré novios y coqueterías, ¡y tú vas a
desmentirme!... En cambio yo no me cansaré de hacerte «réclame», insinuando tus
condiciones de hacendosa y casera... ¿Estamos?... ¡Pues ya verás!...
Y para que Laura no se arrepintiese del pacto
tácitamente consentido, Coca se lo estuvo recordando constantemente... Tú harás
esto... Yo haré lo otro... Tú te pondrás bonita, pero con tu traje azul de ama
de llaves y hasta con un delantalcito muy mono... Yo me emperejilaré con todas
mis galas: me pondré flores y polvos; aun me pintaría un lunarcillo en la cara
si Adolfo no fuera a notarlo...
Sugestionándose por su propia charla, Coca se hizo,
mientras hablaba, el cuidadoso aliño de una prometida para su primera
entrevista con el novio. Laura tampoco se descuidó, no viendo gran peligro en
las chanceras intenciones de Coca... Y así fue que todavía estaban riendo y
proyectando, cuando sonó, a las siete en punto, un breve campanillazo. Era don
Mariano Vázquez que llamaba a la puerta de calle.
II
Don Mariano, un cuarentón bien parecido y mejor
conservado, se presentó como amable hombre de mundo. Manifestose alegre y
decidor. Si tuvo una novia inconstante en otro tiempo, esa novia parecía ya
harto olvidada.
Dio durante la comida alguna broma a Adolfo, con
una «elegante señorita» que había visto en la ventana de una casa vecina.
Adolfo protestó ingenuamente; él no volvería a casarse...
—Se encuentra usted demasiado bien así—dijo
Vázquez—con unas hermanas como las que usted tiene... ¡Feliz de usted!... Pero
esta felicidad no puede durarle toda la vida... Ellas se casarán alguna vez...
—¡Oh no!...—interrumpió Coca.
—¿Y por qué no se casa usted?—preguntó Adolfo a su
amigo.
—En cuanto a mí—contestó Vázquez, con un vago dejo
de tristeza—debo decir que siento no haberme casado... ¡Sobre todo cuando
visito un «home» tan alegre y cariñoso como éste!
—¡Pero aun está usted a tiempo de casarse, señor
Vázquez!—interrumpió otra vez Coca, como distraídamente y como arrepintiéndose
luego de su distracción...
Vázquez no se dio por entendido, y siguió hablando,
ahora de temas indiferentes. Describió su establecimiento, exponiendo sus
planes y proyectos con juvenil animación. Terminó insinuando su deseo de que lo
honrasen pronto con su visita de buenos vecinos de campo...
—Aunque mi hospitalidad y mi mesa de
solterón—añadió—no serán tan confortables como las de esta casa...
Coca hizo un gesto como diciendo que no les
importaba la casa y la mesa, sino el dueño de casa y amigo... Mientras éste,
saboreando el postre, un dulce de fresas, exclamaba sinceramente:
—¡En mi vida comí nada más delicado!
—Es obra de Laura—observó Coca, faltando
impudentemente a la verdad, porque ella era la autora del dulce.—Esta Laurita
tiene unas manos de oro para la cocina... Yo la envidio; pero prefiero pasear o
leer a perder mi tiempo en esas labores caseras. Y miró a su hermana mayor para
que no la fuera a desmentir. ¡Cada cual debía desempeñar hasta el fin el papel
que se impusieran!
Y desempeñando su papel, por seguir la broma, Laura
ofreció más dulce a Vázquez... Luego le convidó con un licor de su cosecha... y
dejó que admirara su habilidad—esta vez verdadera—en el arreglo de la casa...
A su vez, Coca no olvidó un momento de hacerse la
coquetuela, melindrosa y casquivana. Dijo que la música le atacaba los nervios,
que detestaba el campo, que su ideal era el dolce far niente, y
cien necedades más...
Vázquez le preguntó si tenía novio, y ella se puso
muy colorada al contestar débilmente que no, como si dijera: «Los tengo a
montones».
—Supongo que todavía hay jóvenes de buen gusto en
el mundo—dijo galantemente Vázquez.
Con femenina impertinencia, Coca le repuso:
—Los jóvenes de buen gusto no me han de querer a
mí, pobre y rústica campesina...
Después de comer, Coca ofreció bombones al
estanciero, en su rica caja de porcelana de Saxe, resto de los antiguos lujos
de la casa.
—¡Hermosa bombonera!—observó Vázquez, admirándola.
—Un recuerdo del corso de las flores, en la última
temporada que pasamos en Buenos-Aires...—aclaró Coca, afectando cortedad.
—¿Regalo de quién?...
—¡Oh, no suponga usted nada!... De un buen amigo y
compañero de armas de mi hermano Ignacio... el capitán Pérez...
Y así soltó, aprovechando la ausencia de su hermano
Adolfo, que se había levantado a traer cigarros, el primer nombre que se le
vino a la cabeza... Dijo «Pérez» como podría haber dicho «Fernández»,
«Rodríguez» o «Martínez». Lo importante era inventarse un novio, ya que no lo
tenía verdadero, para despertar celos en Vázquez... ¡Los hombres debían sentir
los celos antes del amor!...
Laura miró con asombro a su hermana, y no se
atrevió a aclarar el punto, dejando correr la invención del «capitán Pérez», el
pretendiente fantasma...
Despidiose Vázquez y volvió al cabo de tres o
cuatro días. Sus visitas menudearon desde entonces. Venía a jugar al ajedrez
con Adolfo. Se hizo íntimo de la casa...
En presencia de Coca, nunca se olvidaba de mentar
al capitán Pérez, con cualquier pretexto...
Una vez, Adolfo preguntó:
—¿Quién es ese capitán Pérez?
Levemente turbada, sin mirarle, Coca le repuso:
—Un amigo de Ignacio... Creemos que ahora está con
él en el campamento de Mendoza, pues era de su mismo batallón...
Viniendo en auxilio de su hermana, Laura agregó:
—Lo conocimos y tratamos mucho en casa de tía
Viviana, a donde iba casi diariamente.
«Es extraño que no hablaran antes de tal capitán
Pérez», pensó un momento Adolfo, sin dar al militar mayor importancia...
Por el contrario, Vázquez parecía darle
importancia... Y nunca se olvidaba de colocar a su respecto alguna palabrita,
que Coca escuchaba simulando una displicencia afectada...
El personaje imaginario llegó así a ser familiar en
la casa. La misma Laura, que afirmaba haberlo conocido y tratado en casa de la
tía Viviana, se prestaba a una broma que parecía inocente... El capitán Pérez
era simpático, buen mozo, alegre, en fin, poseía numerosas condiciones que la
buena voluntad pudiera suponer en cualquier sujeto militar joven... Tenía un
brillante porvenir... Se había batido una vez en duelo... Y el capitán Pérez
esto... y el capitán Pérez aquello...
Estando una tarde Vázquez de visita, recibieron del
campamento de Mendoza la fotografía de los oficiales del cuerpo, que les
enviaba Ignacio, últimamente ascendido a teniente primero. Laura lo buscó en el
grupo y se lo indicó a don Mariano... Y Coca, anticipándose a un deseo de éste,
señaló con su dedito rosado un oficial cualquiera, diciendo, con agradable
sorpresa:
—Y aquí está el capitán Pérez...
—¿Cuál? ¿cuál?—preguntaron a un tiempo Adolfo y don
Mariano, no pudiendo precisar la indicación de Coca.
Coca, imperturbable, señaló:
—El tercero a la izquierda de Ignacio... Ese que
tiene la mano puesta en la cintura.
El «que tenía la mano puesta en la cintura» era uno
de tantos, sin señas particulares, de bigote y de uniforme como los demás...
—Está bastante parecido—observó Laura, dando un
pellizco en el brazo a su traviesa hermanita.
—Regular...—contestó ésta.—Es más buen mozo.
Con más sorna que ironía, intervino Vázquez:
—Pues en el retrato parece un negro...
—¡Un negro! ¡un negro!—exclamó Coca indignada.—¡Si
es más blanco que usted!...
—Es que la fotografía es bastante mala—observó
Adolfo, con su acostumbrada buena fe.
Los originales son sin duda mejores que el
retrato—agregó Vázquez.—¿No es verdad, Rosa?
Sólo después de un rato, Coca se dio por entendida:
—¿Me habla usted a mí, Vázquez?... Llámeme «Coca»
entonces, como todo el mundo, ¡por favor!... Yo no sabría a quién habría
hablado usted, si me llama «Rosa»... «Coca» me llaman todos mis amigos... ¡Y
creo que tengo bien el derecho de pensar que usted es uno de ellos, y de los
mejores!
Don Mariano asintió, inclinándose con galantería y
sonrojándose levemente:
—Mil gracias por considerarme un amigo, aunque un
poco paternal... ¡Pues «Coca» llamaré mientras viva a la más bonita niña que he
conocido!
Al oírle, Coca le amenazó graciosamente con su
abanico chinesco...
—Si es usted un amigo tan paternal, principie por
no hacerme cumplimientos ni adularme. ¡Los piropos son un veneno para las niñas
frívolas y coquetas como yo!
Y miró a Vázquez con la más tierna de sus miradas y
le sonrió con la más mona de sus sonrisas, como diciéndole: «Pero no importa
que las lisonjas sean un veneno. Yo soy golosa de ese veneno como un
ratoncillo... ¡Sobre todo cuando viene de persona tan simpática como tú!»
¡Era demasiado para don Mariano!... ¡Con qué gusto
se cambiaría por aquel afortunado capitán Pérez!... ¡Y pensar que tan odioso
militarejo pudiese llegar de un momento a otro a destruir el pequeño e inocente
placer de su amistad con la deliciosa criatura, como un asno que arranca con
los dientes, al pasar por un jardín, una florida mata de claveles!
III
Mientras don Mariano se desvelaba recordando las
gracias y donaires de Coca, Coca conversaba largamente con Laura sobre don
Mariano. Las dos hermanas dormían en la misma habitación desde que muriera su
madre. Y, una vez apagadas las luces, antes de dormirse, aprovechaban ese
momento de silencio e intimidad para hacerse sus inocentes confidencias y
comunicarse sus temores y esperanzas.
—Tú no has cumplido bien con nuestro pacto—decía
Coca a Laura.—En vez de tomar la «pose» de niña buena y hacer gala de tus
caseros talentos, te achicas y enmudeces cuando viene Vázquez... Te limitas a
sonreírte de mis manejos, y en el fondo los execras, hallándome indigna de
ti...
—¡Indigna de mí!...
—No me vas a decir que apruebas mi proceder, porque
yo sé que por dentro me lo desapruebas... ¡Pero no podrás ya pensar que no sea
excelente mi sistema de hacer la niña mal criada!... A don Mariano se le cae la
baba cuando me mira...
Después de un momento, con voz ligeramente sorda,
Laura repuso:
—Si resultas vencedora no es por tu «sistema», como
dices, sino porque eres más joven y más bonita que yo...
—¡Más joven y más bonita que tú!—interrumpió
fogosamente Coca.—¡Si tú eres la más buena, la más inteligente y la más linda
de todas las mujeres del mundo! Ese tontuelo de don Mariano no ha de tener ojos
ni seso cuando no te elige a ti, que pareces mandada hacer para él!... ¡Los dos
sois generosos y tranquilos, los dos aficionados a la lectura y a la música,
los dos de una edad correspondiente!...
Dejando pasar otra pausa, y con voz todavía más
apagada, dijo Laura:
—Pues ya lo ves, él te ha elegido... y me ha
desairado.
—Ni te ha desairado, ni me ha elegido... Soy yo
quien no le ha dado tregua un momento... Y si alcanzara el triunfo, tú tendrías
un poco la culpa de mi triunfo... ¿Por qué no has aplicado tú también tu
sistema de conquistarlo, como convinimos?... Es necesario no dejarse andar.
Ayúdate y Dios te ayudará..... ¡Pues yo quiero que te ayudes, hermanita! Y para
empezar, mañana harás algún postre exquisito, que mandaremos a Vázquez...
Con más energía de la que al caso correspondiera,
protestó Laura:
—¡No faltaba más!... ¡Puedes estar segura de que no
haré semejante cosa!
—Entonces, yo lo haré por ti. Fabricaré algo bueno
y se lo enviaré en tu nombre... El inconveniente es que no sé si contaré mañana
con los elementos indispensables. En todo caso, se me ocurre prepararle unas
empanadas de vigilia, de esas «especiales» que yo sé amasar...
—¡Por Dios, Coca!—exclamó alarmada Laura.—¡No vayas
a mandar empanadas de vigilia! ¡Mira que hemos pasado la Cuaresma!
—¡Empanadas de vigilia o cualquier otra cosa!
¡Mañana mismo las tendrá Vázquez en tu nombre!.....—afirmó Coca con decisión.
Deseó luego las buenas noches a su hermana para
cortar toda réplica, diose vuelta hacia el lado de la pared, y quedó pronto
dormida como un pajarito. Entretanto, escuchando su fácil y rítmica
respiración, Laura se revolvía insomne entre las sábanas. Agitábanla
pensamientos tan vagos y tristes, que no acertaba ni hubiera querido
confesárselos a sí misma...
A la mañana siguiente Coca se puso muy temprano a
la obra. Sin atender a las protestas de su hermana, que amanecía con dolor de
cabeza, amasó y coció unos delicados pastelitos criollos. Y, escondiéndose de
Laura, mandóselos en su nombre a don Mariano, «para que los probase, ya que
había sido tan amable de elogiar en dos o tres ocasiones sus habilidades de
repostera.»
En la misma tarde pasó don Mariano por la casa de
sus amigos a agradecer la atención.
—Eran deliciosos sus pastelitos. Se notaban en
ellos las manos de una hada benéfica—dijo a Laura.
Sin atreverse a aceptar un agradecimiento que no
mereciera, Laura parecía turbada... Adolfo, que estaba presente, contestó
entonces por ella:
—No son obra de Laura, Vázquez, sino de Coca...
—Laura fue quien los hizo y los mandó—afirmó ésta
osadamente.
—¡No me explico entonces cómo es a ti, Coca, a
quien se los he visto amasar esta mañana, cuando pasaba por el jardín!—exclamó
Adolfo sin la menor malicia.
Hízose un silencio embarazoso... Observando que
también se sonrojaba Coca, don Mariano pensó: «Parece que la chica es la de los
pasteles... Es muy extraño que me los mandara con el nombre de su hermana...»
Y, aunque quisiera desecharla, desarrollábase en su espíritu una idea bien
halagadora para su vanidad de cuarentón. Coca debería sentir hacia él viva y
juvenil simpatía... ¿Por qué, sino por eso, le enviara su pequeño obsequio?
¿Por qué, sino por eso, ocultaba su nombre bajo el de su hermana, ruborizándose
luego de su ingenuo subterfugio?...
Y en la memoria de Vázquez fueron precisándose una
serie de pequeños detalles, que bien pudieran considerarse síntomas de la
simpatía de Coca... El agrado con que siempre le recibiera, el rubor que solía
enrojecerle las mejillas cuando le hablaba, las cariñosas miradas que más de
una vez sorprendió en sus ojos claros y límpidos... ¡El obstáculo era ese
maldito capitán Pérez! Evidentemente, algo había pasado entre ella y él... De
otro modo no se explicaban las frecuentes alusiones y chanzas que acerca del oficial
provocaba la misma Coca, ¡sin duda por tenerlo siempre presente!...
Preocupado con estos pensamientos salió Vázquez de
la casa de Itualde, y tan preocupado, que tropezó en la calle con un
transeúnte...
—¡Vamos, don Mariano—lo interpeló éste—que me
atropella usted!... Anda usted distraído... Las malas lenguas dicen que está
usted enamorado, y casi me siento en disposición de creerlo...
Levantó Vázquez la cabeza. Viendo que era el juez
de paz quien le hablaba, se apresuró a disculparse y a preguntarle, con voz
cortante, casi con fastidio:
—No veo cómo pueden las malas lenguas decir que yo
esté enamorado, señor juez... ¿De quién?...
—No podría ser sino de alguna de las señoritas de
Itualde, puesto que ellas son las únicas personas que le interesan a usted en
Tandil...
—Visito a Adolfo; siempre fui su amigo... No veo
nada de particular en ello... Y, por otra parte, las señoritas de Itualde son
dos: ¡Con las dos no he de casarme!...
—Al principio—explicó el juez de paz—se creyó que
usted pretendía a la mayor, a Laura. Después hemos sabido que es a la Coca...
—¿Cómo han podido saber tal cosa?
—Muy fácilmente... Observándolo a usted las pocas
veces que se ha encontrado con ellas en público, al salir de la iglesia o en la
plaza... Entonces se ha visto que usted hablaba más con la menorcita que con la
mayor, y la gente ha notado lo que pasaba...
—¿Qué importa a la gente lo que pasaba... si es que
algo pasaba?
—Es que en estos pueblos de campo no hay más
distracción que ocuparse de lo que hacen los demás...
Vázquez rectificó:
—Y de lo que no hacen... ¡Bonita ocupación!—Y
añadió, cambiando de tono:—Pues sépase usted que Coca tiene un novio, o
festejante...
—¡Cómo!—replicó incrédulo el juez de paz.—¡Si no se
ve con nadie en Tandil!
—Podría tener el novio ausente... Y le diré a usted
que presumo lo tenga... Para más datos, puedo asegurarle que él le ha regalado
una preciosa bombonera de Saxe... ¿Aun duda usted?... Para que no dude más le
agregaré que, según creo, es militar...
Viendo que todavía vacilaba el juez de paz, Vázquez
no pudo contenerse, y dijo:
—Se llama el capitán Pérez.
Apenas enunciado este nombre, arrepintiose de
enunciarlo don Mariano... Pero se arrepintió tarde... Se desmintió, y no le
creyeron... No le quedaba más recurso que pedir encarecidamente silencio y
reserva al juez de paz... Hacíalo así cuando el juez le interrumpió
despidiéndose:
—Vaya tranquilo, don Mariano, que no lo diré a
nadie... ¿Por quién me toma usted?... ¡Detesto los cuentos e intrigas como al
propio demonio!
No habría andado veinte pasos el juez de paz
después de despedirse de don Mariano, cuando tropezó con el médico. Y no habría
hablado veinte palabras, cuando ya le dio la noticia, muy confidencial y
secretamente, de que la menor de las de Itualde, la beauty del
Tandil, tenía un novio en Buenos-Aires, el capitán Pérez... No se sabía eso con
certeza; pero había muchos datos para presumirlo. ¿Cómo explicar de otro modo
su desvío para con la juventud dorada del pueblo?...
El médico contó la noticia esa misma tarde,
pidiendo reserva, en la tertulia del boticario... De la tertulia del boticario
pasó ella al Club Social, donde fue la novedad del día...
Esa noche era jueves, y había concierto popular y
paseo en la plaza principal del pueblo. Todo Tandil estaba allí. La novedad del
día, saliendo del Club Social, cayó como una bomba entre la «selecta y numerosa
concurrencia». Los admiradores y cortejantes de Coca recibieron general
rechifla...
Entre ellos sobresalían dos periodistas: Publio
Esperoni, secretario de redacción de La Mañana, y Jacinto Luque,
cronista de El Correo de las Niñas.
Publio Esperoni recibió la noticia sin pestañear,
con ostensible incredulidad, tirándose los negros mostachos...
Jacinto Luque, poeta barbilampiño y melenudo, tal
vez por contradecir a su execrado rival, dijo que la noticia era cierta... Él
la sabía desde algún tiempo atrás... No había querido publicarla para que
«otros» persistieran en el desairado papel de pretendientes...
—¡Qué maldad!—exclamó Lolita Sartori.
Y Filomena Lorenzana preguntó:
—¿Qué tal persona es ese capitán Pérez?
Dándose aires de hombre de mundo, Jacinto repuso:
—¡Excelente sujeto!... No lo he tratado mucho; pero
lo encontré a menudo durante mis permanencias en la capital federal. ¡Frecuenta
la mejor sociedad bonaerense!
—¡Claro!—interrumpió sarcásticamente Publio.—¡Si
frecuenta la mejor sociedad bonaerense, tiene que haberse encontrado a menudo
con Luque en los salones elegantes!
Riose Lolita Sartori de la impertinencia de Publio,
y Jacinto comprendió que se burlaban de él... Dudaban de que hubiera conocido
al capitán Pérez... Para vencer esa incredulidad, hombre de rápida y fogosa
imaginación, ipso facto inventó él y contó cómo le conociera,
¡oh, de un modo bastante chusco!... Estaba él en un baile, conversando con la
joven y distinguida dueña de casa, sentados ambos en el comedor... Como hablaba
al oído de su compañera, tenía agachada la cabeza...
—¡Las cosas que le estaría diciendo el muy
pícaro!—interrumpió Lolita.
Jacinto prosiguió impávido su historieta. Tenía
agachada la cabeza, de modo que el cuello de la camisa se le separaba un poco
del pescuezo, en la parte de atrás, dejando algo como una rendija... ¡Pues por
esa rendija sintió de pronto que se le colaba un líquido helado y le corría a
lo largo de la espina dorsal!... Dio vuelta la cabeza dispuesto a castigar
severamente al bromista, encontrándose con un apuesto capitán que tenía en la
mano una botella de champaña «frappé»... ¡Era el capitán Pérez!... El lo increpó
duramente pidiéndole su tarjeta para mandarle al siguiente día sus padrinos...
Otra vez Lolita, esa pizpireta incorregible, tan
movediza como la «Piedra movediza» de su pueblo, dijo burlonamente:
—¡Así me gustan los hombres, altivos y valientes!
—Verá usted—terminó Jacinto.—No hubo tal duelo...
El capitán Pérez, que es un cumplido caballero a quien conoce toda la sociedad
bonaerense, me dio sus explicaciones. Estaba sirviéndose champaña y le
empujaron el codo... ¡Debía, pues, disculparlo!... Y como lo cortés no quita a
lo valiente, ¡lo disculpé!... ¿Tenía él acaso la culpa de que le empujaran el
codo?
IV
Habiendo afirmado Jacinto Luque la suma distinción
del capitán Pérez, todos los «dandies» del Tandil, declararon conocerlo,
siquiera de vista. El presunto novio de la beldad local llegó así a tener
cierto renombre en el pueblo. Los innumerables pretendientes de Coca excusaban
su derrota adornando al vencedor de excepcionales cualidades. Por lo menos, era
buen mozo y rico...
La prueba de su riqueza era el espléndido regalo
que enviara últimamente a su novia... La bombonera que mencionó don Mariano
Vázquez se había convertido, para aquellas imaginaciones meridionales, en un
cofre artístico lleno de piedras preciosas; perlas, diamantes, rubíes,
zafiros... ¿Quién podía hacer semejantes obsequios en el Tandil?... ¡Esas
mujeres! ¡Bien las conocería Mefistófeles cuando aconsejó a Fausto que regalara
aquellas magníficas joyas a la pequeña y modesta Margarita!
No pudiendo guardar secreto por más tiempo, Jacinto
Luque publicó en El Correo de las Niñas, la siguiente noticia:
«Aunque temamos pecar de indiscretos, nuestros
buenos deseos de informar al amable público tandilense que nos favorece,
impídenos guardar silencio más tiempo sobre una novedad sensacional. Se trata
de un noviazgo últimamente concertado entre una de las más distinguidas
señoritas de esta localidad y un conocido caballero bonaerense. He ahí sus
respectivas siluetas:
Ella.—Tiene la belleza de una hurí del séptimo cielo de Mahoma y la gracia de
una andaluza. Es joven como una mañana y fresca como la flor cuyo nombre lleva
y que suele reputarse «la reina de las flores». Más que por este nombre,
conócesela por un gracioso diminutivo, que consta de cuatro letras, principia
por la tercera del alfabeto y rima con «boca» y con «tapioca».
Él.—Es oficial del ejército argentino. Aunque joven, ostenta ya los galones
de capitán, y pronto será sargento mayor, y luego teniente coronel. Tiene aire
marcial, no es alto ni bajo, usa bigote. Goza de verdadero prestigio entre los
compañeros y superiores que han sabido avalorar sus excelentes prendas. Su
apellido, de cinco letras, es uno de los más comunes y generalizados en gente
de origen español. Termina con la última letra del alfabeto y principia con la
misma que «prócer» y «pueblo». ¡Feliz coincidencia, que bien podemos reputar
como augurio de que alguna vez será un Prócer del Pueblo!»
Tan precisos eran los datos y tan claras las señas,
que ningún lector ni lectora de El Correo de las Niñas dudó un
instante de quiénes fueran los «silueteados». Hasta las modistas y los
almaceneros del Tandil sabían perfectamente que el suelto se refería a Coca
Itualde y el capitán Pérez.
Por si alguno dudaba todavía, La Mañana,
el diario de Publio Esperoni, confirmó la noticia, esta vez con nombres y
apellidos. El suelto, breve y displicente, limitábase a decir que «el capitán
Pérez había pedido la mano de la señorita Rosa Itualde». El casamiento iba a
verificarse a fin de año y el matrimonio fijaría su residencia en la capital
federal... ¡Nada más decía La Mañana!
¡Cuál no sería el asombro de Laura y Coca cuando,
sin preparación previa a causa de su vida retirada, leyeron las noticias
de El Correo de las Niñas y La Mañana!
—¿Será éste el Pérez que yo he
inventado?—preguntaba Coca, entre divertida y fastidiada.
—¡Vaya una gracia con el Pérez que
inventaste!—respondió Laura.
—Sí, pero lo inventé en familia,—agregaba
Coca,—para nosotras y no para que estos indiscretos de los periódicos la
creyeran y repitieran... ¡Sólo Vázquez puede haberla contado!... ¡Francamente,
yo lo creía más discreto!... ¡Ya me las pagará!
—Deja tranquilo a Vázquez, que él no tiene la
culpa. La culpa es tuya y nada más que tuya, que estabas continuamente
insistiendo con la bromita de tu Pérez... ¡Alguna vez iba a divulgarse la
noticia, si tú, la interesada, parecías hacer para ello lo posible!... ¿Querías
que Vázquez te guardara eternamente el secreto?... Además, todavía no sabemos
si ha sido él... ¡Y debemos presumir que en ningún caso él ha dado la noticia a
esos papeluchos, y menos en esa forma asertiva y categórica!
—¡Es para morirse de risa... esto de que me casen
con un personaje de mi propia invención!
—No es sólo para reírse, Coca. También hay que
desmentir la noticia, pues que te perjudica...
—Pero si el novio es un fantasma imaginario...
—No importa. La gente te creerá comprometida...
¡Hay que desmentir hoy mismo!...
—¿Descubriendo que no existe semejante capitán
Pérez?... ¡Por favor, Laura!...
—No hay necesidad de decir eso. Daremos por cierta
la existencia de tu capitán, y sólo negaremos tu compromiso. Deja que yo hable
con Adolfo, para que él pida una rectificación en La Mañana. Y
pierde cuidado... ¡No descubriré tu mentirilla, para no avergonzarte, como lo
merecías, por faltar a la verdad!
Coca dio un beso a Laura para desenojarla y
agradecerle su intervención. Laura habló con Adolfo. Y Adolfo «se apersonó» a
Publio Esperoni, pidiendo «rectificara» la noticia.
Recibiole Publio cortésmente y se lo prometió. Mas
su rectificación no fue un verdadero desmentido. Como La Mañana se
pretendía infalible, limitose a decir que «la noticia anunciada del próximo
enlace de la señorita Rosa Itualde y el capitán Pérez era todavía prematura.
Hacíase esta rectificación a pedido de su hermano, el distinguido caballero don
Adolfo Itualde, gerente de la sucursal del Banco de la Nación.»
Nadie creyó el desmentido. El capitán Pérez siguió
siendo, para todo el Tandil, el pretendiente predilecto de Coca, su novio o su
futuro novio...
El mismo don Mariano, presumiendo toda la culpa de
su indiscreción, dejó de ir unos días a la casa de Itualde... Cuando fue,
después de enviar cómo heraldo un gran canasto de la más hermosa fruta de su
estancia, encontró a sus amigos como de costumbre... Sólo Coca le hizo sus
recriminaciones. ¿De quién sino de él podía haber partido la mentirosa noticia?
Vázquez estaba tan cortado y confundido ante la
niña, como un reo homicida ante su juez. Se disculpó en cuanto pudo. Habían
exagerado y tergiversado sus palabras, dichas al descuido... Él había creído
simplemente, por las continuas bromas, que el capitán fuera uno de tantos
festejantes...
Coca lo negó:
—¡Nada de festejante!... Un amigo, nada más que un
amigo cualquiera... Ni siquiera un amigo íntimo y preferido como usted, al que
antes considerábamos poco menos que de la familia...
El dardo dio justo en el blanco. «¡Conque el
capitán Pérez no era más que un amigo—pensaba Vázquez,—y yo soy un amigo mucho
más querido que él!...» La antigua idea del especial afecto que había
despertado en Coca, retornaba pues a su espíritu... ¿Y por qué no podría ser
cierta?... ¡Pasiones más extraordinarias se veían a cada momento!
Sin apurarse, poco a poco, se insinuaría él en el
ánimo de la agraciada niña. Para escapar a las indiscretas miradas de los
tandilenses, el mismo capitán Pérez le serviría de pantalla...
V
Porque, mientras don Mariano continuaba callado y
pacientemente su obra de ganarse la voluntad de Coca, corrían en el pueblo
innumerables anécdotas e historietas acerca del oficial. Los amigos de las de
Itualde lo defendían y ensalzaban, le atacaban los enemigos...
Entre esos enemigos, sintiéndose desairado por la
esquiva beldad, el más temible era Publio Esperoni. Publio Esperoni podía bien
considerarse un mal sujeto. Hacía gala de serlo, hacía profesión de serlo...
Sin Dios y sin patria, atacaba con implacable ironía de anarquista lo que
desdeñosamente llamaba los «prejuicios sociales», es decir, ¡Dios y la patria!
Su acerada pluma, guiada por su espíritu venenoso, abría heridas y levantaba
ampollas en la epidermis de los pacíficos e inofensivos burgueses del Tandil.
Odiando sinceramente a su afortunado rival el
capitán Pérez, esperaba ansioso la oportunidad del desquite. Pronto se le
presentó esta oportunidad. Los grandes diarios populares de Buenos-Aires dieron
cuenta al público, en sus últimos números, de un presunto escándalo en el
ejército nacional. Habíase levantado un sumario contra varios oficiales, a
quienes se acusaba nada menos que de traición a la República... Sus nombres
permanecían aún reservados...
Pues La Mañana del Tandil insinuó
vagamente alguno de esos nombres. Publicó un extenso artículo titulado «Los
traidores a la patria», comentando y abultando la noticia de los periódicos
bonaerenses... Y al final agregaba que, según datos enviados por sus bien informados
corresponsales de la capital federal, ellos conocían los nombres de los
oficiales indignos, tan severa y justamente acusados... Aunque no se pudiera
todavía afirmar con seguridad, parece que entre ellos figuraba el capitán P.
Era sin embargo de desearse que sólo por un error judicial y militar se
incluyese en la ignominiosa lista el nombre de este oficial, amigo de una de
las más respetables familias de la localidad.
El «capitán P.» no podía ser sino el capitán
Pérez... Y todo el Tandil se conmovió con la noticia. ¿Sería verdad?... ¿Qué
harían ahora los Itualde?... Pero nadie se conmovió más que Jacinto Luque, el
joven poeta barbilampiño y melenudo, redactor de El Correo de las Niñas.
Con su viva inteligencia y su conocimiento del periodismo local pronto sospechó
que se trataba de una insidia de Esperoni. Confirmole esta idea el hecho de no
hallar, en los periódicos de Buenos-Aires, ni la más remota referencia a ningún
capitán Pérez...
Profundamente indignado contra el redactor de La
Mañana, que tantas veces le ridiculizara y burlase, publicó en su periódico
un suelto terrible destinado a desmentir la atroz imputación. Se titulaba «El
honor y la calumnia» y se subtitulaba «Un Dreyfus argentino».
«Es realmente lamentable—decía—que un diario que se
precia de serio, La Mañana, publique tan pérfidas y calumniosas
insinuaciones como la que aparece en el número de hoy... No tenemos por qué
ocultarlo: la insidiosa inicial del «capitán P.», se refiere al capitán
Pérez... ¡Más valiese haberlo nombrado!... Nosotros conocemos a este
distinguido militar, con cuya amistad altamente nos honramos... Le sabemos
pundonoroso y honesto... La noticia de que esté mezclado en la traición
últimamente descubierta es falsa, absolutamente falsa. Lo garantizamos bajo
nuestra fe de periodistas y de ciudadanos...»
La Mañana contestó este suelto. Decía que en su poder
obraban documentos sensacionales que publicaría más adelante... Por entonces se
limitaba a asegurar que el capitán Pérez (ya que el colega lo nombraba) estaba
acusado... La Mañana deseaba de todo corazón que fuese
inocente y se le absolviese... Hasta lo esperaba... Pero había sus
comprometedoras presunciones y sus sólidos comprobandos, que ya conocerían a su
tiempo los lectores...
Al leer estas pérfidas líneas, se extremeció
Jacinto con justa cólera. Vibrante como una arpa agitada por los esqueléticos
dedos del huracán, su alma estalló en protestas e imprecaciones. Publicó
así El Correo de las Niñas un nuevo suelto «poniendo en su
lugar a la pluma viperina que arrojaba diariamente su ponzoña, desde las
columnas de La Mañana, sobre todo lo más santo y respetable: el
honor, la libertad, la religión, la familia, la patria...»
El «asunto Pérez» degeneraba en una cuestión
personal entre los dos periodistas. Pues Publio contestó la última tirada de
Jacinto llamándolo «afeminado esteta»... El «afeminado esteta» le mandó sus
padrinos, y el de la «pluma viperina» nombró los suyos...
Cuatro largos días pasábanse ya los padrinos
discutiendo sin descanso en el Club Social las condiciones del duelo... Los
representantes de Jacinto pretendían que Jacinto era el ofendido, los de Publio
que lo era Publio. Ambos se arrogaban pues el derecho de la elección de
armas... Para Luque, el arma debía ser el nobilísimo acero de la espada; para
Esperoni, buen tirador de pistola, la pistola... Aun aceptando la pistola los
de Jacinto, los de Publio exigían condiciones imposibles: a diez pasos de distancia
y tirar indefinidamente hasta que uno de los adversarios quedase tendido en el
campo del honor...
El Tandil presentaba entretanto el animado aspecto
de una ciudad griega durante las guerras del Peloponeso. La población entera se
agitaba y hablaba en todos los sitios, públicos y privados...
Un grupo de señoras de la sociedad de beneficencia
llamada de las «Damas del Divino Rostro», compuesto de la presidenta primera,
la vice-presidenta tercera y la secretaria segunda, fue a ver al comisario. Se
solicitaba la intervención de la policía para impedir un encuentro sangriento
entre los dos distinguidos caballeros... Y el comisario prometió hacer cuanto
pudiera para evitarlo.
No tuvo necesidad de hacer mucho, porque los mismos
padrinos lo evitaron. Llegaron por fin a ponerse de acuerdo haciéndose
recíprocas concesiones. Publio no había afirmado nada deshonroso respecto del
capitán Pérez; se limitaba a dar una noticia, tal cual le fuera comunicada de
la capital federal, y hasta poniéndola en duda... Por consiguiente, Jacinto
retiraba sus calificaciones de «pluma viperina» y de «pérfida calumnia»... No
dejando ya en pie lo de la «pluma viperina» y la «pérfida calumnia», quedaba en
nada lo de «afeminado esteta»... Y así de seguido, hasta resultar,
naturalmente, que nadie tuvo jamás la intención de ofender a nadie y que los
dos duelistas eran unos perfectos caballeros. En constancia de ello firmaban
las actas los cuatro padrinos de un tenor.
Publicadas las actas al siguiente día en La
Mañana y en El Correo de las Niñas, ocupaban tres largas
columnas, las tres primeras y de preferencia... Con ello, aumentó, si cabe, la
popularidad del capitán Pérez en el pueblo del Tandil...
La pacífica solución del «lance personal» dejaba
sin embargo en blanco el problema de la culpabilidad del capitán Pérez. ¿Era
traidor? ¿No era traidor?... Tal era el dilema que corría en todas las bocas.
Unos se declaraban por la culpabilidad del capitán
Pérez, otros por su inocencia. Y las discusiones violentas y sutiles arreciaban
como en las grandes crisis políticas. Es que en el fondo del asunto había una
verdadera cuestión política. Los conservadores y moderados se declaraban
perecistas, antiperecistas los radicales y liberales. Del temperamento y de las
ideas dependía pues el estar o en contra o en favor del acusado, por su condena
o por su absolución.
Cuando dos tandilenses se encontraban en la calle,
en el club, en los negocios, en cualquier parte, la pregunta de rigor era ésta:
—¿Y qué piensa usted de la Cuestión?
El interrogado contestaba, si era perecista, que se
trataba de una perversa intriga; si antiperecista, que el ejército nacional
debía depurarse de sus malos elementos...
Naturalmente, no siempre coincidían las ideas de
los interlocutores. Y al chocarse las opiniones contrarias, se iniciaban
interminables contiendas. Los contendientes barajaban en sus largas peroratas y
mariscalendas las fundamentales ideas de honor, patria, verdad, progreso, etc.,
etc. Estas ideas eran en gran parte tomadas de la prensa local. Porque aun
después del «lance de honor», El Correo de las Niñas y La
Mañana siguieron tratando el asunto Pérez, si bien evitaban incurrir
de nuevo en ingratas cuestiones personales y de campanario.
Más de una vez se temió que las discusiones
degenerasen en disputas, las disputas en peleas, las peleas en batallas...
Algunos bofetones y botellazos volaron en la estación ferroviaria y en el Club
Social... También hubo sus trifulcas en la escuela. Marciano Esperoni, un
sobrino de Publio, se permitía vociferar contra el capitán Pérez, al cual
prodigaba los epítetos más injuriosos y hasta obcenos... Al oírle, Atanasio
Luque, el hermano menor de Jacinto, replicole como se merecía... Y sin respeto
al maestro, que estaba presente, los dos alumnos, después de insultarse a
gusto, se vinieron a las manos... Los antiperecistas (futuros radicales)
tomaron inmediatamente la parte del pequeño Esperoni, los perecistas (futuros
conservadores) la de Luque... ¡Y tal fue la batahola, que tuvo que venir la
policía a aplacarla! Los pisos, los bancos, los mapas, los pizarrones, todo
quedó para siempre salpicado de sangre arrancada de las narices a feroces
soplamocos.
Alarmado por la exaltación general de los ánimos,
el comisario pidió a la provincia se reforzara la policía con nuevo personal...
El cura, desde el púlpito, fulminó a los
antiperecistas, declamando contra la calumnia y la difamación. ¡Menester era
cortar, una por todas, las siete cabezas de esa hidra feroz, para salvar el
honor de la patria y la santidad de la iglesia!
También las bellas artes contribuyeron a la
terrible lucha de ideas que tenía por teatro el pueblo del Tandil. En un
semanario cómico popular, el Pica-pica, de furiosas ideas radicales
y por ende netamente antiperecista, aparecieron una serie de caricaturas del
«Gran Capitán» (ya se podía llamar a Pérez como a Gonzalo de Córdova).
Representábasele en ellas de puerco, de serpiente, de «clown», y hasta de «mascarita»,
es decir, ¡poniéndose por careta la noble imagen de Dreyfus!...
El «maestro» Thigi, director de la única banda de
música que había en el pueblo, era compositor y perecista. Por eso compuso una
marcha militar titulada «La marcha del capitán Pérez», que, en los conciertos
populares de los jueves, arrancaba los aplausos de una mitad del público y la
rechifla de la otra... Dos o tres anarquistas llegaron a interrumpir la
preciosa música, que tenía sus pujos de wagneriana, con retumbantes rebuznos,
para los cuales poseían particular habilidad. El «maestro Thigi» mandó entonces
al del bombo que cubriera los rebuznos, en cualquier momento que se oyeran, con
estruendosos golpes. Pero los rebuznos eran más fuertes que el bombo, y echaban
a perder los mejores efectos de la pieza... Para acallarlos tuvo que intervenir
el comisario, con amenazas y juramentos...
El comisario deseaba permanecer neutral. Se decía
sólo partidario del orden y del derecho. Mas nadie ignoraba que, en el fondo de
su sensible corazón de patriota (un comisario tiene corazón como los demás
hombres), inclinábase hacia la causa del capitán Pérez; conceptuábala como la
Causa de la Justicia y de la Patria. Esta tendencia oficial contenía un tanto
los avances y rabiosos desmanes de antimilitaristas y anarquistas. «La paz
reinaba en Varsovia»... ¡Felizmente para el Tandil!
VI
Intimidados por la tormenta de las «pasiones
populares» y deseosos de evitarla, Adolfo Itualde y sus hermanas refugiáronse
en su casa-quinta. Hasta allí llegaban, sin embargo, los ecos de la lucha, ¡y
de modo harto expresivo!...
Los partidarios de Pérez enviaban su adhesión a la
familia que suponían lo representara en el pueblo, en forma de felicitaciones
para Coca, por su compromiso. El compromiso era el pretexto de hacer presente
su simpatía. Nadie se daba, pues, por enterado de la rectificación de La
Mañana... ¡Y había que aguantar aquel chubasco de inoportunísimas
enhorabuenas!
Los contrarios, gente enemiga de la burguesía,
gente grosera y sin delicadeza, mandaban, en cambio, a los tres miembros de la
familia, terribles anónimos difamatorios contra el supuesto novio... Y los
anónimos eran más copiosos y categóricos que las felicitaciones...
El cartero dejaba en la casa de Itualde, por
término medio, desde hacía dos semanas, una felicitación diaria y tres
anónimos. Laura era ya tan ducha en conocerlos, que por el sobre distinguía la
una de los otros. Los sobres limpios y firmemente escritos eran de
felicitaciones; los sobres sucios, ordinarios y con letra desfigurada o de
imprenta, de anónimos difamatorios... Para mayor brevedad, todo se rompía o iba
al canasto.
Adolfo tomaba las cosas con visible y creciente mal
humor. Y Coca no podía salir de su sorpresa. ¡Ella era la que inventara aquella
piedra de toque de los sentimientos locales, aquel capitán fantástico, aquel
pleito interminable!... Llegaba hasta dudar de sí misma. Suponía que no había
inventado más que... ¡la verdad!
—La verdad en este caso—le decía su hermana—es que
la gentuza de este pueblo es ingenua y envidiosa... Se ha agarrado de este
pretexto como pudiera hacerlo de cualquier otro, para desbordar su maldad y su
tontería. ¡Nada más odioso que los pueblos chicos!...
Y la hermana mayor tenía que hacer grandes
esfuerzos para tranquilizar a la pequeña. Porque Coca, llena de temor y de
amargura, tomaba ahora su asunto por el lado trágico. Antojábansele burlas las
felicitaciones y personales insultos los anónimos. Lloraba en secreto y se
quejaba sin cesar. Temía ser una gran culpable. La mentirilla de inventarse
para su particular uso un capitán Pérez se le presentaba ahora como un
verdadero crimen. Y así como una ave se resguarda en el caliente nido cuando
estalla la tormenta, ella no tenía otro refugio que la inagotable ternura de su
hermana.
Adolfo y Laura propusieron a Coca un viaje a
Buenos-Aires, para escapar del infierno de las habladurías tandilenses, de los
artículos y de los duelos, de las felicitaciones y los anónimos. Con gran
sorpresa de Adolfo, Coca se negó enérgicamente a este viaje, ella siempre la
más deseosa de distraerse y divertirse en casa de sus tíos... Dijo que ello
significaría una huida cobarde, que era mejor afrontar la situación, que no
valía la pena...
Adolfo insistió, rebatiendo tan débiles
argumentos... Y se hubiera llevado a la niña a Buenos-Aires, malgrado, buen
grado, a no apoyarla Laura en su negativa...
Es que los ojos maternales de Laura habían
comprendido esa negativa. Coca quería quedarse en el Tandil porque le
interesaba Vázquez. ¡Eso era todo!
Allá en su fuero interno, durante largas noches de
insomnio y hasta de vergonzantes lágrimas, ¡cuánto había meditado Laura sobre
Coca... y don Mariano! El hecho era que don Mariano no se había fijado en ella,
sino en su hermanita, y que ésta creía ahora corresponderle...
Al principio, pareciole absurdo a Laura el
casamiento de Coca y el estanciero. Ella debía intervenir y oponerse, teniendo
en cuenta las distintas edades y contrarios caracteres... Pero esta oposición,
¿no obedecería al inconfesable sentimiento de un interés personal? ¿No era que
a ella misma le gustaba para sí ese don Mariano, tan caballero y bondadoso?...
Y en el alma de la joven librose silenciosamente una verdadera batalla de
afectos y razones. De esta batalla resultó que, poniéndose en guardia contra su
propia persona, Laura tomó la decisión de no oponerse al casamiento de Coca...
El candidato era bueno; nada tenía que objetarle.
Fue así que una noche, en la intimidad de la
alcoba, cuando estaban ya acostadas, hizo Coca a su hermana la esperada
confidencia. Vázquez la pretendía, ella lo aceptaba...
Después de oírla en un largo silencio, Laura,
disimulando lo trémulo de su voz, respondió pausadamente:
—Sólo buenas condiciones le conozco a Vázquez...
Pienso que serás feliz con él, si le quieres... Lo que me temo, y estoy en el
deber de no ocultártelo, es que no le quieras suficientemente... No debes
casarte sino enamorada, ¡completamente enamorada!... Todavía eres demasiado
niña e impresionable. Medita bien antes de dar un paso definitivo. No te dejes
llevar de un rápido impulso, que después ya no habrá remedio... Hago, pues, mis
objeciones contra ti y no contra él...
Al escuchar esta respuesta, tuvo Coca por primera
vez en su vida la impresión de que Laura, esa buena y cariñosa Laura, pudiera
ser algo como una persona distinta e independiente de ella; un ser con ideas y
sentimientos personales diferentes de las ideas y sentimientos de la hermana a
la cual parecía siempre identificarse... Pero, con el egoísmo de la inocencia,
pronto desechó esta vaga y obscura intuición, sin buscarle causa, para festejar
alegremente el consentimiento de Laura, a quien no dejó dormir en toda la noche
con la cháchara de sus proyectos...
Como dieran las tres de la mañana, Laura indicó a
su hermana que durmiese, con esta última advertencia:
—Vázquez te hará su declaración uno de estos
días... Lo único que te pido es que no lo aceptes inmediatamente. De todos
modos no se descorazonará, porque está bien decidido... Dale una contestación
ambigua y espera por lo menos un mes para consentir en el sí, que es para toda
la vida... Dile, por ejemplo, que tomarás un tiempo antes de contestar, porque
no estás todavía bien segura de quererlo...
Aunque las últimas palabras se ahogaron en la
garganta de Laura, Coca las atrapó al vuelo, respondiendo prontamente:
—¿Estás loca?... ¡Eso sería echar agua al fuego!...
Aplazaré la contestación un mes como me pides; pero con otro pretexto... Le
diré que todavía no estoy segura de que me quiera.
Con esto terminó la conversación, tomando cada una
postura para dormirse...
Después de un larga pausa, todavía dijo Coca:
—Un mes es demasiado, Laura... Esperaré sólo quince
días, que ya es bastante.
Laura no contestó. Hizo como si estuviera absorta
en sus oraciones, o acaso durmiendo ya.
No se dejó esperar la declaración de don Mariano.
Con la gravedad del caso, dijo a Coca su amor y su deseo de hacerla su
esposa... Como lo conviniera con su hermana, Coca le contestó, muy conmovida,
que aun no se conocían bien, ni estaba segura de su cariño. Aplazaba, pues, su
contestación para cuando ambos adquiriesen mejor ese conocimiento y ella
tuviera esa seguridad... Pero con su mirada húmeda, agregaba bien claro: «Esto
es pour la galerie... Ten un poco de paciencia, Vázquez, que no te
haré esperar mucho. ¡De mi afecto, bien segura estoy!»
Al poco tiempo, don Mariano apremió a su
pretendida:
—Debe contestarme usted pronto, Coca... ¡Esto se va
haciendo inaguantable!... Hace ya dos semanas que usted me tiene en la duda y
la incertidumbre...
Muy formal, respondió Coca:
—¿Dos semanas?... Espere siquiera a que se
cumplan... Apenas han pasado doce días desde que usted me habló. He contado muy
bien, ¡doce días!
Vázquez no pudo menos de reírse...
—Entonces me quedan aún tres días de espera para
cumplir las dos semanas... ¡Cuánta cosa puede suceder en tres largos días!
Y así fue. En el breve plazo de los tres días,
mejor dicho, esa misma tarde, sucedió una cosa extraordinaria...
Como era de rigor, había resuelto Coca consultar su
probable compromiso con Adolfo, el jefe natural de la familia...
Aunque en el primer momento Adolfo no recibiese
bien la noticia, pensándolo mejor, aprobó el proyectado enlace. No tenía ningún
tilde serio que oponer a don Mariano. Lo encontraba excelente, aunque tal vez
demasiado maduro para la novia... Y, coincidiendo con lo que antes observara
Laura a Coca, observole él también:
—Mi único temor es que tú te engañes a ti misma y
que no estés del todo enamorada... El más grave de los errores que puede
cometer en la vida una persona honesta, es casarse sin amor. ¡Y a tu edad y con
tus encantos, Coca, ese error sería imperdonable!
Por toda respuesta, Coca abrazó y besó a su
hermano, con sus naturales mimos y zalamerías...
De pronto cruzó una idea por la cabeza de Adolfo...
—¿Y tu capitán Pérez?—dijo.—¿Estás segura de no
haberle tenido nunca una simpatía más viva que a Vázquez?
Ante tal pregunta soltó Coca la más sonora y franca
de sus carcajadas...
—¡El capitán Pérez!... ¿Conque tú también te lo
tragaste?...—Y refirió en seguida la historia de esa invención, explicando que
no se había atrevido a contar la verdad a su hermano, por temor de que
reprobara su mentira...
Adolfo reveló la sorpresa más profunda... Meditó,
se rió, estornudó, rascose la frente y, como había ojeado a Renan y leído a
France, dijo al cabo:
—¡En mi vida vi nada más curioso!... ¡Si lo que no
inventan estas mujeres nadie podría inventarlo!... ¿Con que lo del capitancito
era un «truc» para que Vázquez se decidiese?...
—Pero no se lo vayas a contar—imploró Coca.—Me
moriría de vergüenza si me creyese una embustera...
—Pierde cuidado... Vázquez es ahora lo de menos...
¡Lo asombroso es que hayas agitado de ese modo con tu fantástico personaje a
todo el público!... El caso es interesantísimo ejemplo de cómo nacen los mitos;
de cómo la inofensiva creación de una chica retirada y tranquila puede dar
origen a sólidas creencias y hasta a pasiones políticas... ¡Si no salgo de mi
asombro!
—Hubo un momento—dijo Coca en tono confidencial y
aun supersticioso,—en que yo, ¡yo misma! llegué a creer en el capitán Pérez...
Si no es por Laura, me convenzo de que hay espectros, transmigración de almas,
espiritismo, telepatía, magia, ¡todo lo que se quiera!
—El hecho es que si un historiador concienzudo
revisara más adelante los documentos y archivos del Tandil, encontraríase con
una misteriosa personalidad en el tal Pérez... ¡Y no le faltarían datos para
investigar su vida y carácter! Los diarios locales le darían entonces
pormenores... Encontraría que lo ha mencionado el comisario, al pedir refuerzo
de la policía local... En los archivos escolares habrá posiblemente algún parte
del maestro explicando la batahola aquella que armaron sus discípulos con motivo
del famoso capitán... Hasta se podía reconstruir su retrato físico con las
caricaturas del semanario cómico...
—Y con la fotografía que yo os mostré, a ti y a
Vázquez—terminó triunfalmente Coca.
—¡Cuántas convicciones, cuántas historias,
reposarán sobre bases no menos falaces!... Porque para los futuros
historiadores hará plena fe la documentación del periodismo y de los archivos
tandilenses. ¿Quién dudaría de la tan probada existencia y hechos no menos
comprobados del capitán Pérez?...
Hubiera seguido Adolfo disertando sobre el tema, a
no interrumpirlo el sirviente, con una carta que acababa de traer el correo...
Fastidiado por la interrupción y por el temor de
recibir una nueva impertinencia o tontería de la gente del pueblo, preguntó a
Laura, que entraba detrás de la carta:
—Adivina qué será... ¿Una felicitación o un
anónimo?
—Esta mañana ya recibió Coca una
felicitación—repuso imperturbablemente Laura.—Ahora debe ser un anónimo.
Tomó Adolfo la carta, alegrose al reconocer la
letra del sobre, y, rasgándolo con rápida mano, exclamó:
—¡Es una carta de Ignacio!
—Tiempo era de que escribiese—dijo Laura.—Veinte o
más días hace que no nos daba noticias suyas.
—Cuando ha pasado tanto tiempo sin escribir—observó
Adolfo,—ha de ser porque está para tomarse unas vacaciones y venirnos a ver...
¡Será una felicidad que podamos festejar con él el compromiso de Coca! Y
veremos lo que diga—añadió chanceando,—porque yo no me atrevo a aprobarlo sin
consultar...
Estaba escrito que Adolfo Itualde iría aquella
mañana de sorpresa en sorpresa... Leyó las primeras líneas de la carta, las
volvió a leer, las releyó de nuevo, restregándose los ojos con la mano como si
no viera bien, frunció el ceño y prorrumpió en un:
—¡No puede ser!... ¡No puedo ser!...
Como electrizadas de curiosidad y de alarma, Laura
y Coca preguntaron a un tiempo:
—¿Qué?...
En la fisonomía de Adolfo se pintaban el pasmo, la
duda, el susto, la risa... mientras decía incoherentemente:
—O es una broma de Ignacio... O Coca me ha
engañado... O es una superlativa coincidencia...
Laura y Coca preguntaban de nuevo:
-¿Qué?... ¿Cuál?...
—Que se nos viene Ignacio con un amigo y
compañero... Pide que le preparen el cuarto de huéspedes, porque el amigo
parará tres o cuatro días con nosotros, aprovechando la temporada de caza...
¡Pero esto no puede creerse!...
Con franca impaciencia interrogó Laura:
—¿Y con quién se nos viene Ignacio al fin?
Adolfo miró a Coca... miró a Laura... miró la
carta... miró al jardín... y repuso, cómicamente trágico:
—¡Con el capitán Pérez!
VII
No quedaba la menor duda. En la carta leída varias
veces sucesivamente y en voz alta por los tres hermanos hasta aprenderse el
párrafo de memoria, Ignacio decía bien claro: «Se nos conceden unas cortas
vacaciones que aprovecharé yendo a visitarlos al Tandil. Llevaré conmigo a un
camarada, el capitán Pérez, con quien me liga estrecha amistad. Pérez se muere
por la caza y sabemos que por allá hay perdices. Prepárenle una habitación. Es
un buen muchacho, de constante buen humor. Contamos con que el amigo estanciero
de quien ustedes tanto me hablan en sus cartas, el señor Vázquez, nos permita
cazar en su campo... Pasado mañana a la noche tomamos el tren. No nos
detendremos en Buenos-Aires; al día siguiente de que ustedes reciban esta
carta, nos recibirán a nosotros en cuerpo y alma.»
Anonadada, repetía Coca:
—¡En cuerpo y alma!... ¿Quién lo creyera?... ¡En
cuerpo y alma!...
Laura explicó el caso como una mera casualidad.
¡Habría tantos Pérez en el ejército!...
Coca pidió, ahora con más razón, que no se le
dijera una palabra a Vázquez. Ella se arreglaría con él, sin descubrir aún su
broma...
Y Adolfo, encarando la cuestión por el lado
práctico, opinó que convenía evitar el encuentro de Coca y el capitán. Pero,
¿cómo?... Coca no podía huir a Buenos-Aires el día que llegaba al Tandil su
hermano, después de año y medio de ausencia... A Ignacio no podía enviársele
telegrama alguno, para que aplazase la invitación a Pérez, pues que ya venían
los dos en viaje... Alojar a Pérez en la casa era impropio, después de lo
sucedido... Mandarle al pésimo hotel del pueblo era cruel... ¡Qué problema de
más difícil solución!... Observó Coca que recordaba el de aquel pobre hombre
que tenía que transportar al otro lado del río una cabra, una col y un lobo,
sin que la cabra se comiera la col, ni el lobo la cabra. Contaba para ello con
un pequeño bote dentro del cual sólo cabía cada vez una de las tres cosas. Y no
podía dejar, en ninguna de las dos orillas, ni al lobo con la cabra, ni a la
cabra con la col...
Después de mucho discutir, los tres hermanos
convinieron en arreglarle a la visita una pieza en el hotel, e invitarlo
diariamente a almorzar y a comer. Coca lo evitaría, explicándose con don
Mariano...
Don Mariano supo en el día la terrible noticia. ¡El
capitán Pérez estaba ad portas!... Sin perder un momento, requirió
una contestación categórica de Coca... Y Coca, que no quería otra cosa, le juró
que jamás había amado al capitán Pérez...
Vázquez le preguntó aún:
—¿Está usted segura, Coca, de no haberlo querido...
y de que nunca hubiese llegado a quererlo?...
¡Si estaría segura!... Por eso repuso, mirando
hondamente al estanciero:
—¿Llegar a quererlo?... Creo que antes me hubiera
enamorado de un títere o de un árbol... ¡Puede usted creerme!
Había que creerla... ¡Feliz don Mariano!... ¿Conque
el capitán Pérez era como un títere o un árbol?... ¡Oh don Mariano, mil veces
feliz!
Habiendo tomado tan favorable giro la plática, el
pretendiente instó y apremió a su pretendida para que de una vez lo aceptase
como novio... Coca se hizo de rogar bastante... Discutió todavía... ¿Podía
estar segura del amor de Vázquez?... ¡Eran tan inconstantes los hombres!... Y
razonando así, entretuvo un buen rato al estanciero, como una gatita blanca que
juega con un ovillo de seda roja...
Agotada la paciencia de Vázquez, él la amenazó con
irse y no volver más si no lo aceptaba o rechazaba definitivamente esa tarde...
¡No era él un adolescente para prolongar mucho tiempo esa femenina política del
«tira y afloja»!
Como Coca lo sabía firme y decidido, temió que
ejecutase demasiado pronto su amenaza, y le dio el «sí», ¡el ansiado «sí»!...
¡Ya eran novios!
Después de proclamar oficialmente en la casa el
noviazgo y recibir los parabienes de estilo, Vázquez tomó una discreta y
delicada resolución... Resolvió irse esa noche a Buenos-Aires, por una semana,
para evitar su encuentro con el capitán Pérez. A su vuelta, despachado el
capitán, arreglaríase el casamiento para fin de año.
VIII
Todo el Tandil se conmovió con el memorabilísimo
acontecimiento de la llegada del capitán Pérez. No se le hizo una gran
recepción pública, porque, no habiéndose previamente anunciado, su arribo fue
imprevisto... ¡Ya les quedaba tiempo a los tandilenses para las
manifestaciones!
Ignacio, en cuanto llegó con su amigo, tuvo una
larga y reservada conferencia con su familia. Salió de ella un tanto amostazado
y vacilante... Sin embargo, quiso desde el primer momento hablar claro con el
capitán Pérez, a quien llevó a la fonda...
—Mira, hermanito—le dijo,—me disculparás que te
instale en el hotel; pero hay sus razones, aunque no sé cómo decirlas...
—¿Incomodo en tu casa?
—¡Nada de eso!... ¡Al contrario!... Pero es el caso
de que eres muy conocido y se ha hablado mucho de ti en el Tandil...
Estupefacto, Pérez exclamó:
—¡En el Tandil se ha hablado de mí!...
—¡Pero si yo jamás he estado en el Tandil, ni
conozco aquí a nadie, ni nadie me conoce!... ¿Y qué ha podido decirse contra mi
modesta persona?... ¿Qué dicen en tu casa?...
—¿Qué dicen en mi casa?... ¡Yo mismo no lo sé!...
No he podido entender claramente lo que pensaban mis hermanos, hablando todos
al mismo tiempo... Parece que creen que tú eres un mito...
—Terriblemente indignado, exclamó Pérez, después de
un breve juramento de cuartel:
—¡Yo un mito!... ¡Un mito yo!... ¿Y quién se atreve
a decirlo, quién?...
Procurando explicarse y calmar a su amigo,
intervino Ignacio:
—¡Vamos!... Quiero decir que en casa creían que tú
eras un personaje imaginario, una pura invención, una mentira, un fantasma...
—¡Yo un personaje imaginario... una pura
invención... una mentira... un fantasma!... ¿Están locos en tu casa?... ¿Y por
quién me tomaban?...
Después de un silencio, Ignacio replicó:
—Yo no los he entendido bien, te repito... No te
enojes, que no vale la pena... Mejor es que por ahora no me hables más del
asunto, que ya lo comprenderás... Mi hermano Adolfo ha hecho lo posible para
servirte, y me pide que le disculpes la mediana instalación del hotel... Te
invita para esta tarde... Siempre comerás en casa... Y aprovecharemos hoy bien
el tiempo, porque en los alrededores abundan perdices y palomas del monte...
Vuelvo a casa y dentro de media hora vengo a buscarte. ¡Hasta luego!
Fastidiado por el extraño recibimiento en el hotel
y las misteriosas palabras de Ignacio, el capitán Pérez sintió deseos de
plantar a su invitante y volverse a Buenos-Aires; pero se contuvo,
resolviéndose a aceptar la invitación a comer... Y no se contuvo por
consideraciones a su camarada, ni por el atractivo de la caza, y ni siquiera
para descubrir el misterio de la extraña historia de su personalidad en el
Tandil... En el Tandil se quedó porque le atraía la casa de Itualde... Porque
allí había entrevisto a una criatura encantadora, probablemente la hermana
menor de Ignacio, y rabiaba por conocerla...
Conocerla luego y sentirse impresionado fue todo
uno, por más que ella se mostrase silenciosa, esquiva y casi descortés...
¡Hacía dos años que el pobre capitán, solo y sin familia, no veía más que las
indias y las gauchas del campamento!
Por su parte, Coca hizo, al tratarlo, el más amargo
de los descubrimientos... Descubrió que su sincero cariño a Vázquez no era
verdaderamente amor... ¿Cómo pudo descubrir tal cosa? ¡He ahí un punto negro
que ella no pudo resolver por más que, nerviosa y desvelada, pensara en él la
noche entera! Y esta vez no se atrevió a consultar con Laura, que dormía el
sueño de los justos...
A la mañana del siguiente día, dedicado a descansar
del viaje, recibió Pérez la tarjeta de un tal «Jacinto Luque, redactor de El
Correo de las Niñas». E hizo entrar al visitante...
En un lenguaje elevado y poético, Jacinto desbordó
sus protestas de amistad y simpatía... El distinguido capitán había sido
calumniado en el Tandil... Como amigo, Jacinto había tomado su defensa... Hasta
hubo de batirse con un colega de La Mañana... Felizmente ya todo
estaba aclarado... Y le daba su enhorabuena por su casamiento con Coca...
Absorto mientras el poeta periodista hablaba, decíase para sí Pérez: «O este
majadero está loco, o yo estoy loco»... Lo de su casamiento con Coca fue lo que
de pronto le sacó de su mutismo...
—¿Con quién dice usted que me caso?—preguntó
prontamente.
—¿Cómo?—dijo sonriendo Jacinto.—¿Querría usted
negarlo?... Si aquí los diarios ya dieron la noticia, y se le esperaba a
usted...
Rabiando de impaciencia:
—¿Me dirá usted quién es esa Coca?—vociferó el
capitán.
Jacinto repuso mansamente:
—Coca Itualde, la hermana menor de la familia, la
más deliciosa criatura del Tandil... ¡Es inútil que usted lo niegue!... ¡Si
todo el Tandil lo sabe!
Extrañas y confusas ideas vibraban en el alma de
Pérez. «¿De dónde habrán sacado los tandilenses todo este
intríngulis?—preguntábase.—¿Me amará la niña sin que yo lo sepa ni la
conozca?... Aunque yo no la conozca, bien pudiera ella haberme conocido de vista
y de nombre, cuando estuve en Buenos Aires!... ¡No sería la única!... ¡Y qué
felicidad poseer esa belleza, para mí, para mí solo!»
Atusándose gallardamente los mostachos, hizo hablar
a Jacinto como adivinando sus deseos... Y poco a poco fue sabiendo todo lo que
podía saber, aunque se lo explicaba a su modo...
Por curiosidad revisó algunos números atrasados
de El Correo de las Niñas y La Mañana, que traía
su visitante en el bolsillo. Advirtió que sus señas particulares eran
perfectamente conocidas en el pueblo; sólo se equivocaban en creerlo rico, no
siendo él, ¡ay! más que una rata de cuartel... Pero, ¿qué le importaba ser
pobre si era querido y tenía un glorioso porvenir?... Y, ¿quién podía haber
revelado sus señas sino la fiel memoria, el expansivo amor de una mujer que lo
quería, y tal vez sin esperanza?... ¡Todos conocían ese amor en el Tandil!
Podía, pues, parafrasear y aplicarse el antiguo adagio madrileño:
Todo el Tandil lo sabía,
¡Todo el Tandil, menos él!
Ahora se comprendía la singular reserva de Coca en
la primera visita que él hiciera en casa de Itualde; comprendía por qué no le
hablara, por qué parecía huirle... ¡Pobrecita!... Iba a ser ella la mejor pieza
de su cacería en el Tandil, ¡ella, la blanca palomita del monte!
Y si el primer día de conocer a Pérez, Coca, «la
blanca palomita del monte», hizo a su vez un primero y amargo descubrimiento,
el segundo día hizo un segundo y no menos amargo... Habiendo descubierto ya que
no amaba a Vázquez como novio, descubrió que podía muy bien amar así a Pérez...
¡Y al tercer día descubrió que ya lo amaba!
Aquello fue un recíproco coup de foudre...
Pérez le declaró su pasión... Coca no pudo aceptarlo; le dijo que esperase y se
echó a llorar... Y lloró sin cansarse en brazos de Laura, que muy solícita la
consolaba... No hubiera acaso hallado fin aquel llanto, si no se presentara
pronto don Mariano...
Venía remozado, por lo menos diez años, con un
elegante trajecito a cuadros y los bigotes retorcidos... Recibiole solemnemente
Laura, encerrose con él, y le habló, muy nerviosa, incoherente casi, presa de
la más honda simpatía, como contrita y avergonzada...
Coca era una chicuela... ¡Había que perdonarle!...
¡Ella creyó estar enamorada de Vázquez, y ahora resulta que no lo estaba!...
Tenía que confesárselo, aunque siempre dispuesta a cumplir su compromiso, si él
lo exigía... Don Mariano no debía por eso juzgar mal a las mujeres... ¡Era ello
una desgracia, una desgracia irreparable, ocurrida a él, tan luego a él, el más
digno y generoso de los hombres!... Pero podía distraerse, olvidar, paseando y
viajando... ¡Ya se casaría más tarde, puesto que su temperamento era el de un
hombre de hogar, y como lo merecía por sus méritos y condiciones!...
Pálido, inmóvil, escuchaba don Mariano aquel
desborde de palabras, hasta que Laura, no pudiendo contener más la emoción,
calló y dejó correr silenciosamente sus lágrimas... Era evidente que sufría,
que sufría una verdadera tortura de femenina compasión, y hasta de
arrepentimiento, pues que se acusara de tener ella un poco la culpa de lo que
pasaba, por no haber intervenido a tiempo como debiera, siendo hermana mayor y
mejor conocedora de la vida... Y en su actitud dramática, la ternura y la
bondad nimbaban la figura de la joven con una resplandeciente aureola de
belleza.
En su fuero interno, don Mariano recordó, por
lógica asociación de ideas, cómo fuera despachado por aquella primera novia que
tuvo allá en sus mocedades. Ella lo llamó por teléfono para decirle que no
volviese más a su casa, sin una palabra, ¡sin una mirada que atenuase tan
brutal resolución!... ¡Cuánta mayor nobleza y sentimiento había en la pena de
esta pobre muchacha soltera, casi solterona ya, que ahora le hablaba en nombre
de su hermana menor!
Sin asomo de ironía, con voz viril aunque trémula,
don Mariano trató de consolar a la que hubo de ser su cuñada... ¡Los papeles se
invertían!...
—No llore Laura...—le rogó.—Yo le agradezco su
amistad y su benevolencia... No me olvidaré en la vida de lo que acaba de
decirme... ¡Es usted muy buena!...—Y para demostrar mejor su agradecimiento,
tomole la mano y se la besó respetuosamente.
Al ver la digna y caballerosa reserva de don
Mariano, Laura, sobreponiéndose a su exaltación y sonriendo a través de su
llanto:
—Sólo me queda rogarle que nos considere siempre
sus amigos...—dijo.—Comprendo que usted dejará de visitarnos por un tiempo;
pero, si no se va a Buenos-Aires, tendrá usted que aguantar nuestra
presencia... Pues con Adolfo iremos a verlo frecuentemente a la estancia, para
que no esté allí solo como un monje, con sus pensamientos... siempre que usted
no nos cierre la puerta...
Vázquez repuso, con enternecida gratitud:
—Es esto muy amable de su parte, Laura... Espero
que cumpla su promesa... ¡Y crea que será para mí un gran placer recibir en mi
casa a mis queridos amigos Adolfo y Laura Itualde!
Y con un movimiento impremeditado, en cierto modo
inconsciente, Vázquez sacó del bolsillo el pequeño estuche del primer regalo
que traía a Coca... Se encontró un tanto perplejo y embarazado con la cajita en
la mano... Y de pronto, dijo, pronunciando en tono suplicante una rápida
ocurrencia del momento:
—Tengo que pedirle un servicio, un gran servicio,
Laura...
Laura hizo un expresivo ademán, como contestando
que su mayor felicidad sería poder cumplir el servicio a pedirse...
—He traído un obsequio para su señorita hermana...
Le ruego que me lo acepte usted como recuerdo...
Temiendo que el obsequio fuese una joya de alto
precio, Laura balbució:
—Pero yo no puedo recibir de usted ese obsequio...
Sería incorrecto...
—Recíbalo usted, como me lo ha prometido, y
guárdelo como un recuerdo, aunque no quiera usarlo...
Y, diciendo esto, don Mariano se despidió.
Cuando, después de contar a Coca su conversación
con Vázquez, salvo lo del obsequio, estuvo Laura sola en su aposento, abrió el
estuche... Adentro había una valiosa sortija de dos magníficas piedras, un
brillante y un rubí.
«¡Vamos!—se dijo Laura.—La guardaré como en
depósito, para devolverla más adelante...» Y ocultó la alhaja en el fondo de un
cajón, junto a algunas otras joyas que recibiera de su madre.
A los pocos días, el capitán Pérez pidió a Coca en
matrimonio... Y Laura, yendo con su hermano a visitar a Vázquez, le contó toda
la historia, rogándole no fuera a suponer un manejo torpe y desleal de parte de
Coca...
Al despedirse, don Mariano pidió a Laura un nuevo
servicio... Que le aceptara también las obras de Lamartine; habíalas encargado
cuando estuvo en Buenos-Aires, y le llegaban ahora, muy bien encuadernadas...
¿Qué iba a hacer él con esos libros de jeunes filles en la
estancia?... Y Laura tuvo que aceptar este otro obsequio, antes destinado a
Coca, y que don Mariano le enviaría ahora a su casa... Casualmente se
encontraba ella en esos momentos sin lectura.
Al recibir Laura los libros, de la estancia, en una
artística caja de caoba, Coca no pudo menos de curiosearlos... Y descubrió en
la portada del primer tomo, leyéndola en voz alta, la siguiente dedicatoria del
obsequiante: «Para mi mejor sino mi único amigo, la señorita Laura Itualde».
Ruborizose Laura hasta la raíz de los cabellos al
oír semejante frase... Y Coca, siempre espontánea y sincera, le dijo en voz
baja:
—Creo que tú vas a ganar la apuesta... Te casarás
con Vázquez... Me alegro y te felicito... Si la coquetería y la mentira
triunfan a veces, también triunfan otras veces la buena fe y la bondad... Lo
reconozco.
Quiso hacerle callar Laura... Pero ella prosiguió,
después de una pausa:
—Pues si ganas la apuesta, cumplirás lo
prometido... ¡Acuérdate!... La que casara con Vázquez debía dotar a su
hermana... Pérez no tiene con qué casarse... Tú y Vázquez, ya casados, para que
también me case yo, me regalarán una casita en Buenos-Aires... Adolfo me la
amueblará... ¡Y todos seremos muy felices!... ¡Acuérdate!...
...En efecto, en la próxima visita de Adolfo y
Laura a la estancia de Vázquez, dijo Vázquez a Laura:
—Tengo todavía un servicio que pedirle...
Laura guardó silencio...
—Tengo que pedirle me acepte un nuevo regalo que he
recibido de Buenos-Aires...
Laura hizo un ademán significando que, si era un
objeto de valor, estaba ya decidida a no aceptarlo...
Comprendiéndola, el estanciero manifestó, con un
rápido ademán, que no se trataba ya de nada valioso... Y dijo, simplemente:
—Es un anillo de compromiso.
FIN
End of the Project Gutenberg EBook of Thespis, by
Carlos-Octavio Bunge
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK THESPIS ***

